(navigation image)
Home American Libraries | Canadian Libraries | Universal Library | Community Texts | Project Gutenberg | Children's Library | Biodiversity Heritage Library | Additional Collections
Search: Advanced Search
Anonymous User (login or join us)
Upload
See other formats

Full text of "Tradiciones de Toledo"

Google 



This is a digital copy of a book that was prcscrvod for gcncrations on library shclvcs bcforc it was carcfully scannod by Google as parí of a projcct 

to make the world's books discoverablc onlinc. 

It has survived long enough for the copyright to expire and the book to enter the public domain. A public domain book is one that was never subject 

to copyright or whose legal copyright term has expired. Whether a book is in the public domain may vary country to country. Public domain books 

are our gateways to the past, representing a wealth of history, culture and knowledge that's often difficult to discover. 

Marks, notations and other maiginalia present in the original volume will appear in this file - a reminder of this book's long journcy from the 

publisher to a library and finally to you. 

Usage guidelines 

Google is proud to partner with libraries to digitize public domain materials and make them widely accessible. Public domain books belong to the 
public and we are merely their custodians. Nevertheless, this work is expensive, so in order to keep providing this resource, we have taken steps to 
prcvcnt abuse by commercial parties, including placing lechnical restrictions on automated querying. 
We also ask that you: 

+ Make non-commercial use of the files We designed Google Book Search for use by individuáis, and we request that you use these files for 
personal, non-commercial purposes. 

+ Refrainfivm automated querying Do nol send automated queries of any sort to Google's system: If you are conducting research on machine 
translation, optical character recognition or other áreas where access to a laige amount of text is helpful, picase contact us. We encouragc the 
use of public domain materials for these purposes and may be able to help. 

+ Maintain attributionTht GoogXt "watermark" you see on each file is essential for informingpcoplcabout this projcct and hclping them find 
additional materials through Google Book Search. Please do not remove it. 

+ Keep it legal Whatever your use, remember that you are lesponsible for ensuring that what you are doing is legal. Do not assume that just 
because we believe a book is in the public domain for users in the United States, that the work is also in the public domain for users in other 
countries. Whether a book is still in copyright varies from country to country, and we can'l offer guidance on whether any specific use of 
any specific book is allowed. Please do not assume that a book's appearance in Google Book Search means it can be used in any manner 
anywhere in the world. Copyright infringement liabili^ can be quite severe. 

About Google Book Search 

Google's mission is to organizc the world's information and to make it univcrsally accessible and uscful. Google Book Search hclps rcadcrs 
discover the world's books while hclping authors and publishers rcach ncw audicnccs. You can search through the full icxi of this book on the web 

at |http: //books. google .com/l 



Google 



Acerca de este libro 

Esta es una copia digital de un libro que, durante generaciones, se ha conservado en las estanterías de una biblioteca, hasta que Google ha decidido 

cscancarlo como parte de un proyecto que pretende que sea posible descubrir en línea libros de todo el mundo. 

Ha sobrevivido tantos años como para que los derechos de autor hayan expirado y el libro pase a ser de dominio público. El que un libro sea de 

dominio público significa que nunca ha estado protegido por derechos de autor, o bien que el período legal de estos derechos ya ha expirado. Es 

posible que una misma obra sea de dominio público en unos países y, sin embaigo, no lo sea en otros. Los libros de dominio público son nuestras 

puertas hacia el pasado, suponen un patrimonio histórico, cultural y de conocimientos que, a menudo, resulta difícil de descubrir. 

Todas las anotaciones, marcas y otras señales en los márgenes que estén presentes en el volumen original aparecerán también en este archivo como 

tesümonio del laigo viaje que el libro ha recorrido desde el editor hasta la biblioteca y, finalmente, hasta usted. 

Normas de uso 

Google se enorgullece de poder colaborar con distintas bibliotecas para digitalizar los materiales de dominio público a fin de hacerlos accesibles 
a todo el mundo. Los libros de dominio público son patrimonio de todos, nosotros somos sus humildes guardianes. No obstante, se trata de un 
trabajo caro. Por este motivo, y para poder ofrecer este recurso, hemos tomado medidas para evitar que se produzca un abuso por parte de terceros 
con fines comerciales, y hemos incluido restricciones técnicas sobre las solicitudes automatizadas. 
Asimismo, le pedimos que: 

+ Haga un uso exclusivamente no comercial de estos archivos Hemos diseñado la Búsqueda de libros de Google para el uso de particulares: 
como tal, le pedimos que utilice estos archivos con fines personales, y no comerciales. 

+ No envíe solicitudes automatizadas Por favor, no envíe solicitudes automatizadas de ningún tipo al sistema de Google. Si está llevando a 
cabo una investigación sobre traducción automática, reconocimiento óptico de caracteres u otros campos para los que resulte útil disfrutar 
de acceso a una gran cantidad de texto, por favor, envíenos un mensaje. Fomentamos el uso de materiales de dominio público con estos 
propósitos y seguro que podremos ayudarle. 

+ Conserve la atribución La filigrana de Google que verá en todos los archivos es fundamental para informar a los usuarios sobre este proyecto 
y ayudarles a encontrar materiales adicionales en la Búsqueda de libros de Google. Por favor, no la elimine. 

+ Manténgase siempre dentro de la legalidad Sea cual sea el uso que haga de estos materiales, recuerde que es responsable de asegurarse de 
que todo lo que hace es legal. No dé por sentado que, por el hecho de que una obra se considere de dominio público para los usuarios de 
los Estados Unidos, lo será también para los usuarios de otros países. La l^islación sobre derechos de autor varía de un país a otro, y no 
podemos facilitar información sobre si está permitido un uso específico de algún libro. Por favor, no suponga que la aparición de un libro en 
nuestro programa significa que se puede utilizar de igual manera en todo el mundo. La responsabilidad ante la infracción de los derechos de 
autor puede ser muy grave. 

Acerca de la Búsqueda de libros de Google 



El objetivo de Google consiste en organizar información procedente de todo el mundo y hacerla accesible y útil de forma universal. El programa de 
Búsqueda de libros de Google ayuda a los lectores a descubrir los libros de todo el mundo a la vez que ayuda a autores y editores a llegar a nuevas 
audiencias. Podrá realizar búsquedas en el texto completo de este libro en la web, en la página |http : / /books . google . com| 



Cell< 



EUGENIO DE OLAVARRÍA Y HÜARTB 



TRADICIONES 



1>K 



TOLEDO 



El Cristo de la Luz.— lúa Uiijcr lugcníosa. — El 
Palacio Encantado. — El Bailo de la Cava.— Allá van 
lejes, donde quieren reyes. — Las Justicias del Rey 
Santo.-^Las Bodas de Abdallah. — Sanliago del Arra- 
bal.— ^la Cueva de Hércules. — El Pozo Amargo.-p 
La Pena del Moro.^ Una noche toledana. — El Cristo 
de la Misericordia. — Don Diego de la Salve.-^aliana. 
La Penitencia de Acuña. 



■^" .■ 



&.i 



SEGUNDA EDICIÓN 



MADIUD 

ESTABLECIMIENTO TlPUt í KÁFICO 

do M. P. Monioya y C, Caños, 1 

1880 



'*$ 



s^r 






10 



i 



TRADICIONES DE TOLEDO 



/■ 



•■'^■«^ 



\ V 



0\a\''d^^^^'^ 



'■p 



TRADICIONES 



DE 



TOLEDO 



POR 



RUGKNIODKOLUVARRÍAVHUARTE'' 



SBGUaiBA BSIGIOli 



MADRID: 1880 

e3TAaL.SrClMie.NiTO TIPOGRÁf^lCO 
T)K M. P. MONTO Y A Y í50MPAftÍ¿V 
Caftos, 1. 



THE V2'-" W'^^.K 



PUJ3L: 






i' i 




K 11:1 L 



Es propiedad. — Qu- 
hecho el depósito que n 
ea )a ley. 



INTRODUCCIÓN, 



Recostada, como en blandos cojines, en siete 
cerros que ciñe el Tajo con amor, Toledo, la ama- 
da de los godos, la virgen sarracena cuya pérdida 
lamentaron tantas veces los poetas musulmanes, 
la querida de Garlos V, en cuyos viejos muros de- 
jaron los siglos uno tras otro el sello de su gloria, 
duerme hoy el sueño del pasado. 

Nada turba este sueño. Las aguas se deslizan 
silenciosas por la florida veg.i; las flores del recuer- 
do cierran su cáliz sobre las ruinas de los desmo-"." 
roñados castillejos; las sombras de los que fueron 
yacen en calma dentro de sus tumbas. 

Sembradas en las faldas de esos cerros largas 
hileras de casuchas de varios colores y diferentes 
épocas, se alargan indefinidamente , retorciendo 
su cuerpo de serpiente cual si quisieran esca- 
larlos para ascender hasta su cumbre y mirarse 
desde allí en la tranquila superficie del rio; y en 
medio de ellas, como flores en un prado de ortigas, 
se alzan severos monumentos, mudos gigantes de 
granito que parecen lamentar la muerte de la?» 
edades que los dejaron tras sí como m\xfó^V.t^ ^^ ^"o^ 



¡ 



VI INTRODUCCIÓN. 






valer; torreones derruidos en cuyas grietas 
el miisíío; templos suntuosos que guardan, e; 
en piedra, la oración del siglo en que nacieroi 
lacios que resonaban ayer con los himnos 
grandeza y hoy repiten el canto del buho qu( 
^/da en sus almenas desporüUadas. 

Y todo calla, y todo duerme, y nada tur 
sueño de la matrona, tendida sobre su asiec 
peñascos, vestida de niebla y envuelta en las 
mas cual si nadase en un océano de nubes. 

De cuaudo en cuando, sin embargo, mu 
la matrona; el ángel de las tradiciones bate 
ella sus alas, y á este blando rumor, seres ( 
ños, de forma nunca vista, se agitan por 
partes y asoman su rostro expresivo por las 
tas de los edificios, y las almenas de los torre 
y las columnas de los templos, y las ruinas ( 
castillos, y los restos de los palacios. Cobra 
ua mundo ficticio, formado de memorias del 
y se encienden por dó quiera luces fosfórese 
que animan con páhdo resplandor su desp< 
Entonces, herida su imaginación por tales r 
res, sueña la vieja matrona, y su sueño son 
guas tradiciones formadas por los genios de 
sado, referidas mil y mil veces durante las 1¡ 
noches de invierno en el seno de hogares ho; 
gados, entre el silbo del huracán gue azot 
puertas y la queja doliente de la lluvia que re 
por los vidrios sus gotas cristalinas, mientra 
den los troncos en la chimenea, elevando po 
negras paredes lenguas de fuego y chispas d( 

Y en este sueño de la ciudad, tan largo ti 
adormecida, pasan, estrechándose unos c 
otros, arrastrados como granos de arena, el 
sacrilego que osó poner su mano atrevida 
imagen dá Redentor, que le persigue sin ees 
animosa mujer que hundió en las aguas el se 
vergonzoso que guardaba la honra de su ma 
llevando en su mano segura la antorcha que 



JNTRODUCCION. VJI 



í'^cr*^ 



«mo un fuego fatuo en medio de las tinieblas de 
a noche; el rey desgraciado tapándose los oídos 
para no oír el grito aterrador de su conciencia; la 
sombra de Florinda lamentando sus extravíos en ' 
tas orillas del rio; el monarca de adusto ceño, in- » 
quieto porque felta á sus deberes violando el san- ^' 
taario de la conciencia de un pueblo; las burladas . 
doncellas que llevan en las manos una bandeja y en * 
ella la cabeza del burlador; el rey moro herido por 
la cólera del Dios de los crií;tianos , cuyo nombre 
desprecia; el santo arrebatado por una idea fanáti- ' 
ca, que con un crucifijo en la mano predica la des- 
frttccion y la matanza en nombre de uii Dios de per- 
don y misericordia; el extraviado mancebo, reteni- 
do cual por potente imán en torno del montón de 
oro que le haria vivir i&liz sobre la tierra; el aman- 
te sacrificado á la ven^nza de un judío junto al . yr, 
brocal de un pozo, al pié del cual gime una pobre ' 
loca de rodillas; el caballeroso caudillo sarraceno 
gue, de pié en alta peña, se cubre el rostro con el ^^. 
jaimie para llorar la muerte de su amada; el feroz ' - 
. wmi, arrebatado por la venganza, alzándose triun- 
fante y vencedor sobre un montón de cabezas san- 
grientas; el noble á cuya invocación se abren los 
muros para defenderle de sus traidores enemigos; 
el incrédulo que á la vista de los prodigios cayo de ^ 
fimojbs ante la imagen venerada de sus padres; Ja . \^ . 
plíncesa mora que deja su religión y su patria para \ ^' ^ " 
seguir á su amado; el obispo que purga eternamen- 
te el sacrilegio cometido por los suyos en la santa 
catedral... 

• l&^cuando estas figuras aparecen irguiéndose , 
sobre las ruinas y los escombros, la luna oculta su 
luz tras negras nubes, las nieblas se espesan m^s 
y más, y los pájaros de la noche dejan oir sus e¿- . 
tridentes graznidos, que forman una orquesta des- 
acorde y horrible, cuyos fatídicos ecos se estrellan 
con furor entre las peñas que dominan el Tajo. El 
espacio parece lleno de fantasmas, elícvt^NxjL^^^^^- 



* ■ -. 



VIII INTRODUCCIÓN. 



gado de suspiros como choque de ramas en el árbo 
movido por el huracán. 

Este libro es producto de esos sueños. Humild( 
recopilador de sus consejas y de sus tradiciones 
guarda en todas sus páginas algo de la vida d( 
esa ciudad que fué tan grande que hace cuatri 
siglos que sólo vive del rastro que dejó en e 
mundo su grandeza; algo de sus creencias, de si 
modo de ser. Urna de sus memorias, encierra ei 
su seno la palabra misteriosa que evoca el pasadí 
y le hace vivir en el presente la vida de los re 
cuerdos. Quizá á vosotros no os hagan efecto al- 
guno las viejas historias, leidas en la calma de 
gabinete: yo, por mi parte, declaro que muchas ve 
ees, al escuchar la tradición en el mismo luga 
en que pasó, en la noche y la soledad, lie cerrad* 
los ojos y me he tapado los oidos con terror: veii 
los fantasmas que he descrito, y oia rumores qu< 
no se pueden describir, y mi espíritu vacilaba, y li 
sangre afluia á mi corazón. 

Toledo es una vieja ciudad; por lo tanto, su: 
cuentos han de ser cuentos de vieja: leedlos, sii 
embargo, con atención. Esos cuentos que arrulla- 
ron en otro tiempo nuestra infancia, van siemprí 
unidos á los recuerdos más queridos y santos d( 
la vida. 



EL CRISTO DE LA LUZ. 



Ü 

ai 
ñ 



Á MI AMIGO RICARDO MADRAZO. 



La primera iglesia que encuentra á su paso el viajero que 
penetra en Toledo por la Puerta de la Conmista^ es la pe- 
queña ermita del Cristo de la Luz, 

Y si por un acaso, amante de las tradiciones de los pue- 
blos y recordando que en su recinto oyó la primera misa el 
dia 25 de Mayo de 1085, el ejército cristiano á quien se aca- 
baba de rendirla ciudad; si conocedor de las mil leyendas 
que guardan aquellas desnudas paredes, forjó en su fantasía 
la idea de un templo grande en sus magnitudes y en su forma, 
grande también debe ser su sorpresa al hallarse en una redu- 
cida capilla de unos 14 metros de largo por 7 de ancho, com- 
puesta de dos distintos cuerpos, y ante un pequeño retablo 
.sobre el cual se destacan las dos imágenes que dan su nom- 
bre á la ermita, pequeñas como ella, pero tan importantes ba« 
jo el punto de vista de la tradición, como la ermita lo és ba- 
jo el punto de vista artístico. 

\ 



TRADICIONES 



Levantada, segnn todas las opiniones, bácia el siglo xi d< 
nuestra Era, sobre el emplazamiento de otra ermita que coi 
igual advocación se edificó en el mismo sitio durante la do 
minacion de los godos, pertenece al primer período de arqui 
tectura árabe denominado árabe-bizantino, y és, al decir de 
los inteligentes, uno de los más antiguos y bellos monumen- 
to» de este género en España. Está dividida en dos naves; la 
primera sustenta en su centro cuatro pequeñas columnas de 
vario dibujo y sobre ella se cruzan nueve bóvedas sostenidas 
por arcos lisos; pendiente del central se vé todavía la cruz de 
madera que traia Alfonso VI en su escudo, y bajo la cual 
hay una leyenda que dice: «este es el escudo que dejó 

EN esta ermita EL REY DON ALONSO VI, CUANDO GANÓ i 
TOLEDO, Y SE DIJO AQUÍ LA PRIMERA MISA.» 

En la segunda sala, que es la que propiamente constitu- 
ye la iglesia, hay dos altares que nada tienen que ofrezca 
pasto á U curiosidad del artista ni á la consideración del ar 
queólogo; y en el centro un ábside en forma de tambor que 
sustenta el retablo, de estilo Churríguera, que sostiene laí 
milagrosas imágenes. 

Breve, muy breve es el recinto, pero ¡cuántos recuerdoí 
acuden á la mente del hombre pensador que le visita! Mu- 
chas veces h^ pasado en ól horas enteras resucitando con li 
imaginación, viejas memorias de esas edades que desapare 
cieron ^q el abismo del tiempo dejando su huella en el éter 
no libro de la historia. Allí, sentado en el rincón más osoun 
dei templo, revivía el pasado para mí, y á la caida de la tai 
d«, cuando las sombras empezaban á invadirle, figuras extra 
ñaa tomaban forma ante mis ojos y cruzaban después com( 
€^as melancólicas visiones del Dante que pasan arrasj;r^daj 
ea el giro del viento, representando épocas diversas, civiliza 
ciones diferentes. 



DE TOLEDO 



Entre las muchas leyendas que cuenta el pueblo refirién- 
^se á este venerable lugar, hay una que llamó más podero- 
samente mi atención, porque más que otra cualquiera pinta 
el carácter de una época. Esta es la que voy á trascribir, 
procurando conservar su especial sabor en cuanto sea posible. 



A mediados del siglo Vi de nuestra Era, vivia en Toledo, 
«n la plazuela de Valdecaleros, que va á desembocar junto al 
<'oWio^de^Dongeljas/uB^^ cuyas constantes predicacio- 
nes contra los cristianos, le habian dado una reputación que 
^1, por su parte, se esmeraba en aumentar. -t* <í • • 

£staba solo completamente en el mundo. Huérfano des- 
vie niño, y habiendo rehusado casarse cuando llegó á la edad 
de procurarse una familia, su única pasión, pasión inmensa 
y devoradora, era el odio hacia Jesús, odio cada vez mayor 
por lo mismo que se revolvía en la impotencia. 

Y esta aversión que le inspiraba el profeta de Nazarcth, 
estaba justificada. Hijo fiel y entusiasta del pueblo á que per- 
tenecia, celoso de su origen, dimanado del mismo Dios, y ad-s 
nirador de sus grandes glorias pasadas, Abisain, que tal era 
lu nombre, habia estudiado los libros sublimes en que Moi- 
és, los jueces, los profetas, los reyes, dejaron huellas de su 
[énio, trazando esas páginas tan grandes, esas páginas tan 
lermosas que durante mucho tiempo se adelantaron tanto al 
spirítu general del mundo, que el hombre, incapaz de com- 
»renderlas como obra de los hombres, las supuso descendidas 
el'ci^o, desbordándose como manantial de gracia de los la- 
ñes del Creador. Y en sus largas horas de estudio, en las 
riates veladas del invierno, en que el viento al silbar y la 
[uvia al caer, remedan eco confuso de suspiros, como si lia&- 
a él llegasen las quejas de los desterradoa dLeaceiv^\<^\xV>^ ^^ 



TRADICIONES 



Judá; en esos largos momentos, dedicados á la contcmpladoBr 
de lo que fué, el espectáculo de las glorias de su raza habift 
pasado muchas veces ante su vista como radiante mete<W 
que aparece un instante en el espacio, brilla con fulgor vivi* 
KÍmo y luego desaparece tras el horizonte, impulsado por ui^ 
fuerza desconocida que le impele en el infinito, é identifican, 
dose con sus progenitores, el ánimo de Abisain habia sej^ido 
paso á paso la historia de su pueblo, extasiándose con él en 
las ciudades primitivas en medio de los patriarcas que habla- 
ban con Dios, y á quien servian de mensajeros los ángeles; 
sufriendo con él en Egipto y llamando al Ser poderoso que 
habia de romper su servidumbre; admirando la grandeza del 
Omnipotente al cruzar el desierto bajo 'su ^gida protectora; 
sintiéndose fuerte con las conquistas de Josué, con los conse- 
jos de Samuel, con el poderío de David, con la ciencia de Sa- 
lomón; llorando luego nuevas servidumbres para después re- 
gocijarse con nuevas redenciones, halagado sin cesar por la 
idea de un Redentor humano y divino que asegurase á la ra- 
za predilecta de la Divinidad, el poder sobre la tierra y la po- 
sesión del cielo. 

Así habia llegado en su ojeada retrospectiva á aquellos 
desgraciados tiempos en que Boma lo absorbia todo, y lleva- 
ba á todas las naciones sus banderas, y sus águilas á todos 
los cielos, y sus astros á todos los horizontes; tiempos de bi- 
cha y de dolor, en que el profeta lloraba con lágrimas sublí* 
mes la destrucción del templo y la ruina de Jerusalem; én 
que^abia algo como una sombra en todos los espíritus; algo 
como una preocupación en todas las imaginaciones, y en que 
los judíos, perdida ya su importancia, perdían también m 
autonomía, y perdían también su libertad; en que sus gober- 
nadores, siervos de Roma, obedecían, temblando, á sus altirod 
señores, y compraban al precio de su humillación una som- 



DB TOLSIK). 



bra mezqfiina de poder, una influencia ficticia en los destinos 
-de so pueblo. Y al llegar á la historia tan triste de aquellos 
-dias, los ojos de Abisain ma naba n llanto, y su corazón mana- 
ím sangre, y cada ves era mayor su esperanza en aquel rey 
poderoso, en aquel Mesías, que rompiendo la esclavitud de 
Israel, vengaría la dureza de sus ofensas y la infamia de su 
abyección. 

Pero Jehová, el gran Dios del Sinai, está airado contra 
su pueblo, y va á retardar, y á retardar indefinidamente, el 
cumplimiento de su palabra; va á espardr á sus hijos predi- 
leoto0 por la superficie del planeta; va á permitir que se ex- 
tinga el fuego sagrado que arde en sus altares; que se der< 
rumbe el templo suntuoso levantado por Salomón y reedifica- 
•do por Zorobabel á su regreso de Babilonia; Israel va á de- 
jar de existir como pueblo, á perder su pátría, su significación, 
y á pasear su miseria por delante de todas las razas atónitas 
a&te M decreto del destino. 'Levántase de entre las calles de 
■Judea un hombre extraordinario, predicando una nueva dec- 
lina que quiere sustituir á la doctrina antígua; un hombre 
<le acento atractivo, que aspira á ser reformador del granMoi- 
;8é8, y que, diciéndose el Mesías, predicará, no la destrucción, 
no la matanza de los enemigos de Judá, sino el perdón de las 
•ofensas y el castigo de las injurias; un nuevo profeta que llo- 
ra ante Jerusalem por su próximo fin, y que lejos de oponer- 
;8e á las exacciones, á la tiranía de Boma, reconoce al César, 
le paga tributo, y apartando su mente de la tierra, alza los 
«ojos al cielo, y canta, no la redención del cuerpo que muere, 
-que pasa como el polvo del camino, sino la redención del es- 
píritu, eterno como Dios y coexistente hasta en la eternidad. 
En vano este hombre muere por blasfemo, por sedicioso, 
por sacrilego; alrededor de la cruz de donde pende su cuerpo, 
.86 agrupa la humanidad, y su muerte señala la muerte de 



^ TRADICIONES 



Roma y la renovación completa del munda Y kflgeneraoMh 
nes nacen y creoen junto á aquel madero que llega ¿ ser 011 
enseña venerada, y una tras otra dejan caer sus maldidoiii» 
sobre Israel que ya proscrito, vagamundo, sin patria y na bo- 
gar, recorre la tierra, llevando, sin embargo, en suimaginadoiL 
la idea salvadora que tantas veces le libró de la serviduml^re^ 
y que es el único bálsamo que cierra sus heridas, el único con- 
suelo que alivia sus dolores. De la terrible conmoción que le 
ha privado de cuanto es caro al corazón, este pueblo no ha 
sacado más que una co^ incólume: su fé. 

En estas ideas nutria Abisain su entendimiento; y sus re^ 
cuerdos eran avivados y alimentados sin cesar por la vi^ta. 
del culto que su patria adoptiva rendia al Crucificado. A au 
alrededor, en la plaza pública, ea su misma caUe, cerca, de 
su misma casa, todo un pueblo se humillaba ante el falso pro- 
feta, reconociendo unos y negando otros su divinidad, pero 
acatándole todos como á un ser superior en quien veían el hi* 
jo del Todopoderoso, ó la primer criatura del Universo; en to- 
das partes se elevaba ante él, se presentaba ante sus ojos 
aquel cuerpo yerto, sostenido por dos brazos rígidos y sin vi- 
da, pendiente del madero ominoso en que morían los esclavos, 
con los labios aún entreabiertos, de que parecía esoapaise^ 
un último suspiro, y los ojos semí cerrados, de que parecía 
escaparse una última mirada. 

De todas las imágenes cuya vista le ponían fuera de sí^ 
había una sobre todas ellas que le atraía, hacía la cual le- 
arrastraba un movimiento que no era dueño de contener, una 
fuerza que no podía contrastar; esta imagen era la del Cristi^ 
de la Luz, que se veneraba con gran fé en la ermita de sa 
nombre, al lado de la Puerta de Valmardon ó AgUana—qae^^^ 
así se llamaba el arco conocido hoy conel nomb're (Íela Con- 
quista, por atribuirse su fundación á Agila. — Y es que aquel 



DB TOIiEDO. 



emcífijo era tenido en mucho por los cristianos, y esto basta- 
ba para hacerle aborrecible á su eterno enemigo. Pero efecto 
ski duda de la misteriosa atracción que sobre él ejercia aquel 
higar^ siempre que salia de su casa habia de pasar por delan- 
te de la ermita de la Gnu; aunque quisiera oix)nerse á ello, 
sus píes le Uevaban allí con gran fuerza, y su voluntad aca- 
baba siempre por ceder á un deseo tan fuera de razón. Pasaba 
por delante de la puerta, abierta siempre, y en el momento de 
pasar dir^ia al interior una mirada de odio, que iba á encon- 
trarse con la muerta mirada de la imagen. 

Eista era la vida que hada en Toledo el judío Abisain el 
año 555jde nuestra Era. 

n 

Hallábase un día Abisain sólo en su casa haciendo sus 
eternas consideraciones sobre la historia de su pueblo, cuan- 
do uno de sus amigos, judío eoíno él, llamado Sacao, vino á 
verle con el rostro albwozado y manifestando un contento •*'" - 
que no trataba de ocultar. Sacao sabia el rencor que su ami- 
go abrigaba en su pecho contra los sectarios de Jesús; sabia 
su particular aversión á la imagen del Cristo de la Luz, y 
<iuería darle una noticia, convencido deque, 03^éndola, palpita- 
ría de placer su corazón. Unos cuantos de entre sus amigos, 
celosos de la devoción de los cristianos, trataban de acabar 
con ella y conseguir que los cristianos mismos fueran los que 
perdieran su fé en la milagrosa imagen, trocándose su afecto 
en odio repulsivo, y con este fin habían puesto en ejecución 
\va proyecto infernal', del que con seguridad esperaban felices 
y provechosos resultados: aprovechando la soledad en que 
quedaba la iglesia por la noche, habían impregnado de un ve- 
neno muy activo, que producía la muerte instanianéa, los píes 
deiCruJfflíSdo, para que al día siguiente, todos los que fue- 



TRADICIONES 



•» • 



■•^.• 



ran dovotameote á besarlos como tenían por oostumbre, caye- 
ran como heridos por un rayo. £1 resultado era infalible Los 
cristianos perderían su fé en una imagen donde .viniendo á 
buscar la vida, encontraban la muerte, la enfermedad eai Tes 
de la salud, y esto no podía menos de entibiar proñindamente 
su respeto á una religión que de este modo mataba á sos man 
fíeles y devotos adoradores. 

Al oír este relato extremeoióse de alegría Abisain, y feli- 
citando por tan dichosa idea á su amigo, vistióse al punto 
para salir á recoger noticias. Ya debía saberse en todas par- 
tes la muerte de los primeros imprudentes que se hubieran 
aceitado al madero de que pendía el Redentor para poner eu 
él el ósculo del amor y del respeto. Representábase con satis- 
facción el terror de los cristianos, su espanto, cambiado de 
pronto en odio y repugnancia hacia aquel mismo cruoi^o, 
antes y de tal modo querido. Veía germinar la duda en aque- 
llos cerebros asombrados, reñir encontrada contienda en sob 
corazones las creencias y los recuerdos del pasado con los 
sarcasmos y escarmientos del presente; veía á los parientes 
de las víctimas agrupándose á las puertas de la iglesia pre- 
guntando ix)r los seres queridos de su alma, y temblando 
de horror al verlos tendidos sobre el desnudo pavimen- 
to con el rostro amoratado y con los labios entreabiertos, y 
como heridos por la cólera divina. Y en su ciega obstinación 
creía oír los ayes de todos, resonando confusamente y atrave- 
sando el espacio para llegar á su oído como una música caden- 
ciosa. Pero esto no le satisfacía. Necesitaba ver por sí mismo 
estas escenas que tan imperfectamente le representaba su ca- 
lenturienta imagin ación. Llevado de esta idea se vistió en 
un momento, y en compañía de su amigo, tan satisfecho co- 
mo él, salió de su casa en dirección á la ermita del Cristo de 
la Luz, 



DE TOLEDO. 9 



Una oosa le llamó la atención y vino á confirmar más y 
más sKaa ideas. Las calles estaluin desiertas, las casas cerra- 
das, y ni una sola persona se cruzó en sú camino. — Todo se 
sabe ya, — murmurabau entre si los dos hijos de Judá ^ todo 
se sabe, y la población en masa ha acudido á presenciar ese 
castigo, cuya causa buscarán todos sin que ninguno dé con 
ella. Ya vacila su fé, ya pierden su esperanza; ya, desespera- 
dos, bajan los ojos á la tierra, separándolos de un cielo que 
se los muestra tan injusto.^ — 

Con estas rdlexione^ continuaron su marcha sin hablarse, 
abstraido cada cual en las suyas propias y saboreando el pla- 
cer de la venganza satisfecha, que embriaga á los espíritus 
meiquinos y halaga los instintos más i)er\'crsos. Confor- 
me se acercaban á la Puerta de Vdlmardon, iban encontrán- 
dose algunas personas, pero con gran extrañeza suya, todas 
llevaban en su rostro seftales de la más viva satisfacción. Es- 
to era paira ellos un misterio que confundía su inteligencia, 
pero creyéronse engañados por sus sentidos. También nota- 
ron que al pasar á su lado los cristianos les dirigían miradas 
de desden unos y de cólera otros; Sacao bajaba los ojos no 
pudiendo soportarlas; Abisain, por el contrario, las desafiaba, 
devolviendo desden por desden, odio por odio, orgullo por 
orgullo. 

— Sí, — murmuraba entre dientes, ~ nosotros hemos cau- 
sado el daño que os espanta; nosotros, pobres, criaturas que 
aún conservamos integro el culto del verdadero Dios, inalte- 
rable á kavés de las edades y á través de los acontecimien^ 
tos, hemos vencido á vuestro irrisorio Nazareno, nacido en 
un establo, azotado por nuestros mayores, condenado á la 
muerte vil de los esclavos por nuestras leyes y arrastrado á 
la cumbre del Gólgota por el odio de nuestra raza. Entonces 
humillamos su pretendido poder y dimos muerte ^\ Xxixüs^^- 



10 TRADICIONES 



lA 






tal, y al ohoqae de nuestras ideas su pretendida divinidac 
deshizo como la niebla herida por el sol; hoy, nosotirós le ^ 
cemos nuevamente. Una cruz acabó con su vida hace seif 
glos; hoy, al cabo de ellos, una gota^e veneno dá al tn 
Y í con su divinidad. — 

De repente se detuvieron; pálido y deseneajado, su ao 
Leví venia hacia ellos con las facciones descompuestas 
el terror, y los ojos como saltando de sus órbitas. Al v 
de este modo, recordaron los hechos que en su camino hal 
presenciado y comprendiendo que podian tener una expli 
cion distinta de la que le daban ellos, un extraño prese 
miento empezó á torturar su corazón. 

— ^¿Quá es eso, Leví? — preguntó con voz algo altet 
Abisain. — ¿Dónde vas y por qué tiemblas? ¿Qué pasa? 
/^ — ¿Qaé pasa? — ^refunfuñó Leví en voz baja. — Que Jet 
no quiere que cese todavía en España el cautiverio de 
rael; que continúa airado contra su pueblo, y que el ángel 
beldé que le burló en el Paraíso protejo á los cristianos 
artes mágicas y vela por el nombre del impostor insen{ 
que llevó su atrevimiento hasta tratar de destruir la ley 
destructible de Moisés. 

-—¿Pero qué ha. sucedido? — -interrogó á su vez Sacac 
Nuestro plan... 

— Nuestro plan, — replicó Leví, — se ha vuelto contra i 
otros, y queriendo hacer perder su fé á los creyentes, é 
hemos conseguido afirmar la *de muchos incrédulos que 
hoy más opondrán á nuestras palabras y á nuestros ai 
mcntos, el hecho mismo de que pretendíamos sacar i 
prueba de la impostura del Cristo y la falsedad de su c 
trina. 

— La duda nos atormenta. Habla. 

— Ya sabéis que anoche los pies del crucifijo en que 



DE TOLEDO. 11 



dos k)s días ponen sus labios los cristianos al entrar en la 
iglesia, fueron impregnados de veneno; pues Hen, yo lo he 
visto) oculto desde una casa inmediata; apenas los rayos del 
sol brillaron en el deloy llenóse la ermita de fíeles que, in- 
sultando nuestra ley, iban á adorar al impostor. Terminada 
la misa, leyantóse la primera una mujer, y fué á besar los 
píes del falso Redentor. PaljHtó mi pecho con fuerza, y abrí 
los ojos cuanto pude para ser testigo de lo que allí iba á su- 
ceder; pero, con gran extrañeza mia, con admiración de to- 
dos, la imagen del mentido profeta separó de la cruz en 
Qoe le tenia clavado el pié que la mujer buscaba, que- 
dando éste desclavado, entre los gritos de asombro de los 
manstantes. Creyó la devota que su Dios estaba airado 
contra ella, y otra mujer trató de imprimir un ósculo en el 
• pié de Jesús; volvió á repetirse el hecho inexplicable, y en- 
tonces todos los que en el templo estaban, se desparramaron -^ff^: 
por la ciudad gritando: «milagro,» mientras su rabino, yendo 
^a el crucifijo, hacia notar la presencia del veneno que 
*pweciacomo una mancha negra sobre su planta descamada. '^ ? > %. ? 
I^odo el pueblo acude á la iglesia para ser testigo de lo que 
llama hecho maravilloso y adorar la efigie para ellos tan 
Wrida, y todos, aunque sin pruebas, nos apusan. Venid, ale- 
jémonos de su paso para no dar motivo á sus sospechas. — 
Y arrastrando á los atónitos judíos, que absortos é inca- 
paces de resolución alguna, le siguieron como atontados, se 
^ejó Leví en dirección á la Vega para entrar en Toledo por 
la Pu^¡taJk^^,Caj¡i¡^wi y ganar su casa por aquellos sitios -^ ~;,^; ^ 
alejados del centro de la ciudad. 

m 

Aquella noche Abisain no pudo descansar. Preocupado 
y diste durante todo el dia, p«r más que quiso dedkax^fc ^ 



1 2 TRADI0I0NE8 



SUS habituales trabajos, le fuá imposible sujetar sa imtéü^ 
goncia y tuvo por fin que abstenerse de ocnpaf su imagÍB»' 
cion. Cuando ya á la madrugada logró conciliar él sueflNs 
visiones horribles le agitaron. Parecióle tener delante de sí 

ki.l, el cárdeno rostro de Jesús iluminado por vaga sonrisa que 
le daba un aspecto singular; veia entreabrirse sus labios dee^ 
coloridos, y el viento, al pasar por entre los rotos dientes de 
la imagen, parecía como pronunciar palabras burlonas que 
encendían las mejillas del rencoroso israelita. Quería éeke 

f' gritar, y las frases se anudaban en su garganta; quería iosiil- 

tar á su enemigo, y sus^bios se negaban á dar pasa á los 
insultos inspirados por su cólera. Largo tiempo permaáeoió 
así, pero de pronto ün sudor frío como el sudor de la muerte 

^^^- bañó su frente y e mpapó su cabello. Vio que el Cristo se 
desprendía del madero, bajaba al suelo, y con los brasros es- 
tendidos como los tenia en la cruz, venia lentamente hacia 
■', ^h y pálido y medio loco de terror, escuchando el castañeteo 
de sus dientes, echó á correr para librarse de aquel abraio 
que estaba decidido á evitar aun á costa de su vida; y tres 
él empezó á andar la escultura, pretendiendo alcanzarle en 
su carrera, que se señalaba en el polvo con un r eguero de 
sangre. La distancia era cada vez más corta; sus piernas fia- 
queaban ya negándose á sostenerle... un paso más y quedaba 
preso en aquellos brazos aborrecidos, y sus labios se unían á 
aquellos labios sin color, y sus ojos á aquellos ojos sin luz.... 
Entonces hizo un esfuerzo sobrehumano, y este esfuerzo le 
despertó. Todo habia sido un sueño, pero tan terríble, que 
toda la noche estuvieron pasando por delante de sus ojos gi- 
rojies de sombras, en los cuales palpitaba como el relámpago 
en un cielo tempestuoso, la muerta mirada del crucificado. 
Cuando se levantó era muy tarde. El sol habia andado 
ysL la mitad de su camino, y con las brumas de la noche 



DE TOLEDO. 13 



)ian desaparecido los fantasmas que le dieron tanta pesa- 
dumbre; la impresión,, sin embargo, que dejaron en su áni- 
mo, manteníase aún viva y rigorosa. Todos sus esfuerzos 
para olvidar la pesadilla fueron nulos, y á la caida de la 
tarde, cuando el astro del dia que se hallaba cerca del hori- 
zonte iba á ocultar tras él su disco de fuego, comprendió que 
el aire libre le haría bien, y salió. Bajó á la orilla del rio, 
cruzó su plateada corríente, y abstraído en sus reflexiones 
siguió por la ribera hasta llegar al punto hoy llamado ^uer- 
fc^ddJRey, donde más tarde se construyeron los hermosos 
paladosdeG^iana, la hermosa virgen sarracena. 

La tarde era tranquila. Reinaba en el espacio una calma 
profunda. El cielo, encagotado en su mayor parte por densos '"^ ' 
nubarrones, reflejaba en las aguas su color plomizo. Las -; * , - 
primeras sombras de la noche empezaban á cubrir los valles 
y á extenderse por la llanura. Los pájaros se recogian entre 
las hojas de los árboles. Sólo el río turbaba el silencio con 
su monótono gemido. En aquella calma de la naturaleza ha- 
bla algo triste, algo fúnebre, que agolpaba las lágrimas á J 
los ojos. Aquella calma parecia presagiar la tempestad, pero 
la tempestad desbordada, ru[ien,te, arrasando con su encen- 
dido soplo las campiñas y las montañas. Abisain se dejó in- 
fluir por esta trísteza, y sus pensamientos, sin orden ni 
hilacion, adquh'ieron un tinte melancólico. Fijos los ojos 
en el agua, parecia perseguir hasta en su revuelto fon- 
do las ideas que trataban de escapársele. Un malestar 
interior, cuya causa ignoraba, le oprimía, y su corazón pal- 
pitaba con fuerza, y la sangre corría por sus venas en des- 
usada corríente. Hizo un esfuerzo para separarse de aquellos 
sitios que ejercían sobre él tan extraña influencia, y temero- 
so de que la nDche y con ella la tempestad, pronta á estallar, 
le sorprendieran en el campo, emprendió lentamente el c^- 



X ■■••■■: 



*• '.■."-< 



1 4 TRADICIONES 



mino de la ciudad. El río seguia gimiendo, gimiendo eterna- 
mente, y el viento parecia gemir también al resbalar sobre 
su tersa superficie. Pasó el Puente ^de^hántarat subió la 
cuesta que hoy conduce al Miradero, y sin darse cuenta de 
lo que hacia dirigióse á la PjmiaAgilana ó de Valmardon, 

Detiiw>se de repente, dando un grito de asombro: hallá- 
base delante de la Ermita de la Cruz, 

La pequeña iglesia estaba solitaria y abierta como siem- 
pre para que los que quisieran adorar á Dios en sus duelos ó 
en sus alegrías pudieran hacerlo libremente y á todas horas. 
Una dóbil lámpara, pendiente del techo, alumbraba con so 
escaso fulgor las imágenes milagrosas, derramando en tomo 
de ellas imperceptible claridad. La noche habia cerrado com- 
pletamente y la calle estaba solo iluminada por aquel único 
rayo de luz que salia del templo cristiano. Abisain se pre- 
guntó en vano quién le habia llevado allí; no pudo contestar 
á su pregunta. Pero ya en aquel sitio pensó en todo cuanto 
habia sucedido el dia anterior, y deseó comprobar por sí 
mismo la exactitud del relato de su amigo Leví, en el cual 
veia algunos puntos que él juzgaba agrandados por el miedo. 

Entró, pues, venciendo la repugnancia que sentía, y se 
aproximó en puntillas al altar, pero casi al mismo tiempo 
dio un paso atrás exhalando un grito de estupor. Era verdad 
cuanto Leví habia contado bajo la impresión del momento; 
el hecho tenido como sobrenatural por los cristianos, y que 
él trataba de explicarse por medios humanos, estaba allí pa-: 
tente, delante de sus ojos; no era sueño de un alma impre- 
sionable; no era delirio de una imaginación sobreexcitada, 
no. Era verdad; era verdad, y el Redentor, pendiente de la 
cruz, con un pié desclavado y separado del madero, parecia 
llamar sobre sus cárdenos labios descoloridos una sonrisa 
sarcástica con que responder al asombro del israelita; pare- 



DE TOLEDO. 15 



da decirle en medio de la calma de la noche, en el monótono 
movimiento de la lámpara que colgaba iluminando la peque - 
ia naye: — jHe vencido! — 

Y Abisain, en quien bien pronto la estupefacción dejó 
lugar al odio, al asombro, al deseo de venganza, no pudo con- 
tener un rugido que se exhaló de su pecho y vino á turbar 
el silencio que reinaba en tomo suyo. 

— ^No; todavía no has vencido. Nazareno. Todavía tu mi- 
rada que me provoca se encuentra con la mia, que no se baja 
ante ninguna. Ayer fuiste el ludibrio de mi raza; hoy se- ^/ ^"^T 
ras el objeto de mi odio. Los cristianos repiten hoy tu nom- 
ture con respeto... Yo haré que mañana al presentarte á ellos ^ 
heeho pedazos, comprendan que aquí, como en la cumbre 
iel Calvario, á haber tenido suficiente poder, antes de salvar 
i los demás te hubieras salvado á tí mismo. — 

Y al oprimirse el^ pecho con las manos tropezó con un 
lardo que llevaba oculto entre sus ropas. ¿Quién lo había 
puesto allí? Ni él lo sabia ni se lo preguntó tampoco. Asió el 
hierro con su mano derecha, se hizo atrás, y con toda la 
fuerza de que se sentía capaz, lanzó el dardo al pecho de la 
imagen de Jesús. 

Un momento de estupor sucedió en él á este acto sacri- 
lego. Un ¡ay! que nada tenía de humano, un grito dolorido, 
hendió los aires y fué á perderse en lo alto de las bóvedas. 
lia esoulturaj arrojada por el golpe fuera de su centro de ''-^ f 
gravedad, vaciló un instante y luego cayó pesadamente, pri- 
mera sobre el altar y después sobre el pavimento, producien- 
do al caer un ruido sordo y singular. La lámpara que pendía 
dd techo apagó violentamente su luz como impulsada por 
^a mano invisible; como si el único vestigio de vida desapa- 
reara de allí á la caída de la imagen. 

Abisain, sin embargo, se repuso bienpiontA). "So \isí5c»\»í 



í i i^ 



1 o TRAl)iri()N£8 



terminado todo para él. Comprendió que nada conisegiunt 
dejando allí la escultura. Los cristianos achacarían á nn ae- 
cidente lo (¡ue sólo era obra de su odio, y volrerian á colo- 
carla sobre el altar con grandes ceremonias. Esto no le satis- 
facía por completo. Era preciso que desapareciese la estátaa^ 
Buscóla á_tientas largo rato, la halló por fin, y ocultándoU 
entre sus vestidos salió sigilosamente de la ermita. 

El cielo seguia preñado de densos nubarrones que roba- 
ban su fulgor á las estrellas. La lámpara de la noche no bri- 
llaba, y sólo de cuando en cuando, el relámpago, oon su hu 
vivísima, rasgaba por un instante la extensión. El huraeu 
rugía con fuerza poderosa, estrellándose con furor oontn 
las puertas de las casas, y trayendo de la vega, como nnt 
tromba de gemidos, el ¡ay! doliente de las hojas seoas, que 
separadas de su tronco vuelan, llevadas por el viento, en 
remolinos confusos. No habia nadie por las calles. Bn 1m 
casas, junto al hogar, las mujeres rezaban pidiendo á Mofl 
que hiciese huir de Toledo la tempestad que cernía sohrt 
ella sus negras alas, y cuyos rujidos se mezclaban al ponoo 
rebramar de las aguas del Tajo, que parecían prontas i TOOr 
per su cauce y desbordarse por la vega. 

Nadie vino á turbar á Abisain en su carrera precipitada: 
ni un ser viviente se cruzó con él, que, llevando la imagen dal 
Cristo en los pliegues de su talabardo, prosiguió hasta la i 
plazuela de Valdecaleros, donde vivía. Al llegar allí volvió 1* 
vista con cuidado á un lado y otro. Nadie le habia seguido • 
Cerró tras sí las pesadas puertas de la casa, y arrojando 1^ 
pequeña escultura en un montón de estiércol que habia en ^' 
portal, entró en su habitación sin querer encender una lu^ 
que revelase á la vecindad la hora á que se habia retirado, ^ 
se acostó, fatigado por tantas emociones y decidido á dormir^ 
el más tranquilo de sus sueños. 



DK TOLEDO. 17 



« »r- 



IV 

Darmiendo estaba todavía cuando un rumor conñiso de 
oees lejanas y débiles en un principio, fuertes después y 
oderosas, vina i despertarle sonando al pié de las ventanas 
6 su cuarto. En aquella tempestad deayes y gritos de amen a - 
a, que llegaba basta él, creyó distinguir su nombre mezcla- 
o en una bistoiia extrafia al nombre del Cristo de la Luz. 
Q rumor crecia, se aliaba cada vez más potente, cada vez/ ^ 
las atron ador. ¿Qué significaba' aquello? Abisain no sabiiT 
ué pensar. Era imposible que si se trataba de su atentado 
e la nocbe anterior, se procediese contra él por meras sos- 
echas, y estaba seguro, por otra parte, de que nadie le ba- 
ia visto. La gente, sin embargo, entraba ya en su casa, pre- 
ediendo á la justicia. Buscábase la imagen del Cristo de la 
lUZ, robada la nocbe anterior por la mano sacrilega de un 
idio, que para de rrib arla de su altar la babia inferido una ' *■' 
erida en un costado, llevándosela luego. Al obrar así, el in- 
ensato sólo babia tratado de satisfacer un odio ridículo, y 
3 habia delatado á sí mismo, babia firmado su condena. La 
nágen, herida por el dardo que violentamente asestara con- ^ ./[■ .^ 
ra su pecho el israelita, habia empezado á derramar sangre, 
un r eguer o acusador, que la lluvia na habia podido borrar, :• . O 
e estendia desde la celebrada ermita hasta la casa del judio 
i.bisain, señalado de este modo por la justicia divina como 
nt-or del criminal atentado. 

Cuando esto oyó Abisain, pálido de terror, desde su cuarto, 
altó enseguida del lecho y fué á ponerse sus vestidos, pero 
m grito ronco, grito de espanto y terror, quedó ahogado en 
su garganta: sus vestidos estaban manchados de sangre y 
aquella sangre era del falso Mesías. 

Cedieron en esto las puertas del cuarto á la multitud. 

1 



18 TRAI»JC10NES 



que penetró en él tumultuosamente, se apoderó de Abisabí^ 
que no sabia lo que le pasaba, que casi loco de terror, se pres' 
taba á todos sus movimientos, y le arrastró basta el corral. 
Allí, en el mismo lugar donde la babia dejado, rodeada de 
un cerco luminoso, se alzaba la im^en del Cristo de la Luz,. 
teniendo aún el pié derecbo desunido del madero y vertiendo 
todavía sangre por la berida que la nocbe anterior le biciera 
el dardo del judío. Toda la gente que babia en la. casa admi- 
raba el suceso puesta de rodillas, y celebraba con fervor el 
nuevo triunfo alcanzado tan visiblemente por Jesús sobre 
sus naturales enemigos. 



Aquella misma tarde, y después de un breve juicio en 
que Abisain se confesó autor del crimen, fué apedreado á 
presencia del pueblo, teniendo basta su última bora delante 
de los ojos, como un espectro acusador, la aborrecida imagen 
de la Cruz, que le miraba con aire de triunfo. 

En cuanto al milagroso crucifijo, llevado en procesión ¿ su 

ermita, fué repuesto en su altar, y allí podéis verle todavía^ 

después de más de trece siglos, sin que en todo este tiempo 

' ^ ^ ^. trascurrido desde entonces ba^^a amenguado el apredoen que 

- le tiene la ciudad de las siete colinas lamidas dulcemente por 

''* ^ el Tajo. 



l^l " %'T 



.4 s 



UNA MUJER INGENIOSA. 



Uno de los pantos de vista desde los cuales se pueden 
apreciar mejor las bellezas de la naturaleza en la antigua cor- 
te de la monarquía visigoda, és, sin dispAta, el Puente deEa n 

MartiiL 

Deja á su espalda esa maravilla de las artes que se llama 
San Juan de los Be yes; preséntase á su izquiei^da un paisaje 
somroio de áridas rocas, sin vegetación alguna, colocadas 
unas sobre otras por los cataclismos geoló^^icos, y que forman 
una estrecha garganta, perpetuamente batida por las aguas 
del Tajo; ásu derecha ábrese la Vega, y el rio se degjiza • •^v^' 
blandamente por sus arenosas orillas cubiertas de verdura, 
formando algunas islas caprichosas que inunda en sus fre- . 
(mentes avenidas. Frente á é\ se desplegan, en forma de ban- ^^z! 
da vistosa y ondulante, los ^Jigar^les, destacándose sobre el 
horizonte; á su pié, en fin, se alza todavía ese %íejo torreón 
desmoronado por el tiempo y conmovido por la fuerza de la 
corriente, que la tradición sefiala comoelaiit\^<(> BaTvo ^\x 



20 TllAl>iC10XE8 



Cava, confidente misterioso de los placeres de Don Rodrig o. 

Atento recorría 3^0 estos lugares á esa hora de la tarde en 
que el crepúsculo empieza á dibujar sus suaves tintas en el 
cielo, cuando un amigo mió, modelo de cicerones por lo enten- 
dido y complaciente, vino á ayudarme con sus conocimientos 
en mi trabajo de reconstruir esas edades que hoy se nos apa- 
recen como veladas por la bruma del tiempo que desvanece 
un tanto sus contornos. 

No bien llegamos al puente, mi amigo, — como diría un 
noticiero exagerado, — supo excederse á sí mismo en el des- 
empeño de sus cicerónicas funciones. Con una solicitad de 
que siempre guardaré grato recuerdo, me mostró los más pe- 
queños detalles, haciéndome notar la solidez de la construc- 
ción y grandiosidad del arco central, único, puede decirse, ba- 
jo el cual pasa el río^ y que con una anchura de 140 pies, 
tiene una altura de 95 sobre el nivel de las aguas. Me ense- 
ñó detenidamente los dogñi^es torreones que se alzan á la 
entrada y salida del pu^oteTylailSpidas conmemorativas de 
las reedificaciones verificadas, y sobre las cuales se ven 
respectivamente en sus partes exterior é interior, la imagen 
de la Virgen del Sa gra rio y las severas armas de la ciudad 
en el primero, y una estatua representando á Sgtg^-jjafap en 
el segando. Después, y como para poner el colmo á su ama- 
bilidad, hizo que me sentase con él á la salida del puente, 
sobre unas piedras que le dominan por completo, y me dijo: 
— ^Pocos lugares habrá en Toledo, donde la tradición no 
haya dejado algún viejo recuerdo á qué referirse; por eso no 
te cstrañará que, como ese palacio que ves enfrente de ti 
— y me señalaba el de Don Rodrigo —tiene su le3^enda, el 
puente de San Martin tenga también la suya. Sé que eres 
aficionado á este importante ramo de la literatura, y voy á 
aumentar con esta antigua historieta, que todo el mundo co- 



DE TOLEDO. 21 



noce en la población, tu arsenal de memorias populares. — 
Le di las gracias, -y después de una breve pausa^ mi ami- 
^o empesó asi: 

IT 

— «No és este puente el primitivo que hubo en esta parte 
de Toledo; su abolengo no éstan antiguo, y solo se remonta -'^'^'•^ 
á principios del siglo xiii, en que una avenida considerable, 
de que guardan memoria las crónicas toledanas, (1) se llevó 
el antíguo, afirmado, dicen lenguas poco dadas á los encantos . '^' ' 
de la poesía, soíre el controvertido Bafío de la Cava. En 1203 , V/ 1 ' 1 
según la lápida que has visto bajo la imagen de San Julián, 
en el torreón de entrada, empezó su construcción que duró 
algunos años, y terminada, dióse al nuevo puente el nombre 
de Sanli^r|in que era el mismo de la parroquia á que porte- 
ne<áa. 

Nada turbó su existencia tranquila y sosegada, hasta que 
llegó la segunda mitad del siglo xiv, y con ella la guerra ira- 

t r 

trieida que sostuvieron tan empeñadamente Don Pedro I y su • ' ■■' 
hermano Don Enrique de Tra¿;tamara, en la ¿Saljugo^ Toledo 
un papel muy importmiteJ"^Eclíu5naose, primero, partidaria de 
esa figura delicadísima que se llama Blanca de Borbon, y que 
flota sóbrela historia tan terrible de aquellos tiempos como un 
ángel de luz envuelto en una nube vagarosa. Pasó por Tole- ' 
do la afligida señora llevada de orden del rey al castilloje 
Sigüenza por Juan Fernandez de Hiñes trosa, pariente de la 
/ Padill^, y advertida por algunas personas de su servidumbre 



( t) Los Anales Tolelanos primeros, preciosos é Inleresanles tlocumtnlos 
para la historia de Toledo, dicen apropóoito do esta avenida lo sip^uiente: 

« —Avenida del Tajo, qtte levó lapuent terczr día de yavh:l^ en dia 
,>tí6<KÍo »-Era MCCLXI (aRo 1202). 



22 TRADICIONES 



que contaban eon la hidalguía de los toledanos, pidió á su 
carcelero la dejase bajar á la Catedral para elevar á Dios aun 
preces en el suntuoso templo. Accedió el magnate á esta sú- 
plica, pero apciiíis se vio Doña Blanca en el sagrado recinto, 
negóse á salir de él, amparándose al derecho de asilo que te- 
nia, con lo cual consiguió que, sublevándose á su favor el pue- 
blo, la condujese en triunfo hasta el Alcázar, dándola nombre 
,K,J ■ de reina, en tanto que á ufia^de caballo partia Hinestrosa 
para Chinchilla,' donde á la sazón estaba el rey, á darle parte 
de lo suceSido? Esta fué la única época, harto breve por des- 
gracia, en que la infeliz señora pudo creerse reina de Casti- 
lla. Sin embargo, mucho debia inquietarla la determinación 
que su esposo habia de tomar cuando supiese el desacato de 
Toledo. ¡Cuántas veces, errante por las almenas del Alcázar 
desde las cuales veia los campos inmensos, el horizonte ili- 
mitado, el espacio sin fin, habrá comparado las desgracias de 
su presente con los sueños de su pasado, cuando fué á bus- 
carla á su tierra francesa la petición de Don Pedro I de Can- 
tilla!... Aquel pasado lleno de luz y de alegría debió flotar an- 
te sus ojos como una sombra, alejándose de ella como arras- 
trada por un viento huracanado, por una atmósfera de suspi- 
ros. Lo ha dicho Dante: 

¡Nessun magior dolare 
che ricordarsi del tempo felice 
nella miseria! 

Vinieron los bastardos á iwnerse á las órdenes de Doña 
Blanca, la aseguraron que perderían la vida en su defensa, 
entusiasmóse más y más el pueblo... pero al ik)co tiempo, 
así que el rey supo lo sucedido, presentóse á las puertas de 
Toledo, entró en la ciudad, cambió en oscuro calabozo la cá- 



D£ TOLEDO 23 



mará de honor qae ocupaba la reina en el Alcáiar, é hiso 
huir predpitadamenie á Don Enrique j sus parciales. 

No fué esta la únioa visita que hicieron á Toledo el rey 
y sus hermanos. En todas días marcó su paso por las calles 
«Le la ciudad ancho reguero de sangre que parecía llamar la 
ira de Dios sobre loa causantes de tantas desventuras. Don 
Enrique hacia gran matanza cuando entraba en Toledo, en los 
parciales de Don Pedro; éste, por su parte, daba, cuando ve- 
nia, buena cuenta de los de su hermano; los judíos, poseedo- 
res de grandes riqtte&as, eran la \'ictima propiciatoria de am- 
hos príncipes. 

Muchos destrosQs causaron en la población estas contien- 
4Ía8y y uno de lo« que más sintieron los toledanos fué sin dis- 
puta el del puente de San Martin, cortado por los rebeldes 
para poner el rio entre ^os y sus enemigos en una de sus 
tumultuosas retiradas. Cesó por fin la lucha fratricida; des- 
enlatóse, como todos sabemos, en las llanurasde^^lontigl)^ aquel ^ 
odio á muerte que se profesaban los dos hermanos, y lenta- 

mente fué entrando en caja, como vulgarmente se dice, el 

- ,■ • "> — _ 

agitado reino, sin que durante el reinado de Don En rique 11 
ni el de su hijo Don Juan I, se tratase de recomponer esta 
suntuosa fábrica. 

Sólo seis lustros después de la muerte de Don Pedro, y 
al principio del reinado de Don EnriquelII, hacia el año 1390, 
el arzobispo Don Pedro Tenorio, que realizó grandes mejo- 
ras en Toledo durante su episcopado, deseoso de reconstruir 
esta magnifica obra, hizo llamar á un célebre arquitecto, de 
mucha nombradla á lo que parece en esto de componer 
puentes rotos, y le encomendó la misión de volver á dejar 
éste en el estado que reclamaba la comodidad de los vecinos. 
Prometió el artista construir la obra á toda conciencia, y con- 
venidos en el precio, empezó su tarea con gr«a\ ekTi\)\SL«\»«i!fta^ 



24 TR.lülCrONE8 



feliddacL Naobstante, cuando pasaaron los prmeros mcNieB y á 
medida que la obra adelantaba, el renombrado arquitecto iba 
perdi^ido su buen humor j modificando visiblemente sa ca- 
rácter. Alegre y comunicativo por k> general, cada rec apa* 
recia más taciturno y más huraño. Cuando las sombras de Ik 
nodie le haeian abandonar el trabajo, volvía á su casa p«n* 
sativo y triste, y no habia acontecimiento feliz ó desgraciaCk^- 
que le arrancase una palabra, y menos una sonrisa. 

Todos se preguntaron el motivo de tal mudanza, pero eú' 
vano, por más que haciau, procuraban explicársela por toém 
los medios imaginables. La obra avanzaba rápidamente y no* 
era de presumir que un hecho tan próspero le trajese tan á 
mal traer. No obstante, su tristoza creciá y su preoeui)aeion 
iba en aumento. 

Nadie probablemente hubiera sabido nunca la causa moti- 
vadera de las tristezas del artista, & no haber tonido el tal 
una mujer de cuyo ingenio se haeian lenguas en la eiudadr 
y cuyas señas no te podré dar porque la historia no las ha 
conservado, y la taradicion se limita á guardar el hecho sin re- 
tener ni el noiábre de la que tan digna se mostró, y hubiera 
figurado, á haber sido diina, en la colección de Ilustres Mu- 
jeres de aquel país, publicada por un célebre escritor de ape- 
llido monosilábico. 

Pero le nom nefait ríen á la chose^ como dicen los íran 
ceses. La misma vaguedad de que está rodeada, la favorece 
en extremo. Así cualquiera puede considerarla alta ó baja, 
fiaca ó gorda, rubia ó morena, según su gusto y su deseo. Le 
que todos tondrán que reconocer, es que tenía mucho talento. 

Esta señora, pues, amaba á su marido, asi que no es ex 
traño que viera con inquietud la tristeza profunda que cm 
bargaba el ánimo de ésto, y procurara buscar alivio al mal 
que le aquejaba, ó el medio de alejar de aquella imaginacior 



DI TOLKDOp 25 



enfenoaa la idea que le absorbía de tal modo. Mucho tuvo 
que luehar; mucho rogó á su marido en nombre de tu amor 
y sa tranquilidad; devoró muchas negativas, pero sus lá^- 
mas fueron más fuertes que la obstinación del preocupado 
artista, que un dia, incapaz de resistir á sus sáplicaa por 
más tiempo, la confesó, con la vergüenza en la frente y las- 
lágrimas en los ojos, la causa de su malestar. Al trazar el 
puente que le encomendara el arzobispo, se habia equivocado 
en sos cálculos: — ¡él, que nunca se equivocaba! — ^y cuando 
quiso deshacer el error cometido, comprendió que era ya muy 
tarde. No cabia duda. Habia pasado en vela muchas noches^ 
buscando el medio de enmendar su falta, y en sus largas ho- 
ras de angustia se convenció de que el mal no tenia remedio. 
Al quitar la cimbra que sostenía el arco central, toda la obra 
se vendría abajo, y él,— ¡¡el célebre arquitecto tenido en tan- 
to y tan considerado en su arte!! — quedarla deshonrado, y 
de8h<»irado para siempre!!.... 

Grave, muy grave era el daño, pero no por eso perdió 
la serenidad la noble señora. Las almas grandes se prue- 
ban en los grandes infortunios. Prodigó los más cariñosos 
consuelos á su esposo y prometió buscar un medio para sal- 
varle del mal paso én que su error al calcular los cimientos 
<ie la obra, le habia metido. Cuando este la oyó, no pudo con- 
tener una triste sonrisa. La muerte era su sola esperanza 
<X)Qtra la deshonra que le amenazaba. 

Pocas noches después, cuando Toledo dormia sobre sus 
siete colinas arrullada por el son cansado de ks aguas al es- 
trellarse contra las rocas cfue se oponen á su paso, cuando 
todo eran sombras y silencio, una mujer, con una tea ardien- 
do en la mano, cruzaba por entre los andajnios del puente de 
San Martin y se aproximaba lentamente buscando el arce 
central. 



26 TRAl>IGiONiS8 



La noche era oseura, muy oscura. Las nubes euóapotabw 
el cielo interceptando los rayos de la luna y embotando si 
t«nae claridad. Aquella mujer, que semejante á un fantasma 
se movía con rapidez en todas direcciones, i^icó varias vecei 
la tea al andamiaje y á la (nmbra sobre la (mal pesaba e 
arco, arrojó luego la tea al rio, y enseguida se alej¿ oonien 
do de aquel sitio, siguiendo la orilla izquierda del Taja. 

Brilló un instante la llama del incendio rodeando el poen 
te, y reflejándose con amarillento resplandor en las aguas 
oyóse luego un crujido espantoso, y, consumida por el fuego, 
vínose abajo la cimbra, arrastrando consigo el arco que aoste- 
nía, y de nuevo quedó cortado el puente. 

Al otro dia, y apenas amaneció, toda la población se agol- 
]>aba á las márgenes del rio para contemplar lo qué nadie 
dudó un instante en achacar á la casualidad, — esa pobre se- 
ñora tan complaciente á quien todos echamos la culpa de 
nuestras faltas ó de nuestras torpezas. — Avisado el arzobis- 
po, dispuso que las obras se emprendiesen de nuevo con el 
mismo empeño que antes, y aleccionado ya por el experimen- 
to anterior, el arquitecto salvó todos los errores que conte- 
nían sus primeros cálculos, y poco tiempo después, el nuehro 
puente se abria al servicio público. 

Cuando estuvo terminado, la esposa del arquitecto pidió 
una audiencia al arzobispo y se echó á sus piós eonfesáo" 
dolé la verdad de lo ocurrido; y al oiría D. Pedro Tenorio 1 
levantó del suelo prodigándola frases de perdón y de afecta 
y alabando como merecían su discreción y su sacrificio pc^ 
salvar á su esposo de una deshonra que és para el artista 
peor mil veces que la muerte. Y para perpetuar en la mema 
ria de todos este hecho que iwdia servir de ejemplo á la¿ 
mujeres honradas, hizo poner en piedra la imagen de la pro 
ta.ironista de aquel drama, en un meho mandado abrir con es 



DK TOLEDO. 27 



í>« V »T' a^ 



te objeto sobre la clave del arco central donde aun hoy día 
se encuentra.» 

IIÍ 

Cuando acabó de hablar mi amigo, me levanté, y alejándo- 
me un poco por la orilla izquierda, dirijí ávidamente mi vist^ 
al punto que él me señalaba. En efecto; allí, en aquel mismo 
sitio, habia empotrada en el muro una pequeña figura ([uc ^ 
representaba á una mujer cuyos contomos velaban ya las 
brumas que se alzaban desde el río. 

lia tarde habia caido por completo; borrábanse en el vien- 
to los vagos tintes del crepúsculo y las sombras invadían el 
horiaonte. Impresionado vivamente por cuanto acababa de 
oir, cerré los ojos, y allá, en el fondo de mi pupila, me pare- 
dó ver á aquella mujer que enmedio de las tinieblas, sola y 
á media noche, iba con una tea en la mano, á hacer desaparu- T^.r^', 
cer la única prueba de la torpeza de su mando el arquitecto U», ^c-^ 
del pnente de San Martin. 
I Desde entóneos y siempre que recorro aquellos sitios, mi 
primera mirada és para la pequeña figura de piedra alzada 
eternamente sobre el río y apoyada en el arco central como 
I velando por su conservación. 



zSt 



% 



\ 



EL PALACIO ENCANTADO. 



No hay tradiciou más esteiidida en España que la 
existencia en Toledo de un palacio encantado construido por 
^ rey Hércules, — personaje mitad real, mitad fabuloso;' ser 
extrafk) con medio cuerpo de dios y medio de hombre, — y su 
Profanación por B odrigo, ú ltimo rey de la primera línea go- 
la, que con este actosacruegoprecipitó el cumplimiento de 
nejas profecías %ne habían señalado los años eu que la pro- 
baaeion se llevase á cabo como los últimos de vida para esa 
monarquía visigoda, que nace frente á Roma fuerte y pode- 
rosa, adornándose con los despojos del moribundo y deca- 
dente imperio, para morir, tres siglos más tarde, degenerada 
por sná vicios, en las ondas del :Guadalete.1 )^ 

Y es que, como ya hemos dicho en otro lugar, el pueblo 
i^6eesita ver siempre un móvil humano en esos hechos mis- 
MoBos que conmueven y arrojan por el polvo las más alta^* 
nutituciones. La ley providencial, cuya existencia comprue- 
ba el filósofo en el estudio de la historia, es idea harto ele- 
vada para que pueda ser comprendida por las muchedum- 
bíes; y ante el desquiciamiento de un mundo, ante \;i de^^^^-^^ '^♦^ , 



30 TRAÜICIONKR 



ricion de una raza, el pueblo no busca los defectos de 
raza, la falta de solidez de ese mundo; mira en la supeiticM 
de las aguas que arrastran sus restos algunas de las yictimafl, 
pesa sus faltas, indaga sus culpas y echa sobre su frente A 
peso de sus maldiciones. Así arrojados esos infelices, oomo 
pasto á la voracidad de las generaciones del porvenir, pasarán 
eternamente, sin cansarse, sin detenerse nunca — 'semejantai 
al .A/^fn^verus de la leyenda cristiana — por el campo de k» 
hechos atrayendo sobre sí el odio de la posteridad. 

La muerte de una civilización que desaparece en lu 
instante dado, es asunto muy grande para que los puebloi, 
que más juzgan por el sentimiento que por la razón, veu 
solamente en él meros accicl.entes de la pobre natoralen 
humana que, aun á pesar suyo, se gasta en la incesante h* 
cha de la vida. Esta explicación tan lógica, tan natnral, bd 
basta á su imaginación preocupada y soñadora; neceóte 
algo más, mucho más, y, como siempre y en todas las épotiu 
de su historia, acuden á buscar en la intervención de la di- 
vinidad en los hechos humanos, ese algo, ese mucho, q;ie de 
otro modo escaparían á su penetración. De^oí que en kB j 
últimos instantes de las razas que desaparecen para dcjif 
paso á otras más vigorosas, más jóvenes, con más vida, ÚBUr 
een y tengan una gran influencia los mitos á que esas raiiB 
dieron forma y rindieron culto en la mañana de su vida. 

Para el pueblo, que es fatalista á pesar suyo, lo (f^ 
ha de suceder sobre la tierra está previsto de antemano ^ 
el libro inmenso que guarda el secreto de todas las costft 
libro jigante escrito por el mismo Dios, que lee el homll^ 
poco á poco, y cuyas hojas pasa el tiempo, sombrío ejecni^ 
de sus sentencias, con extraordinaria lentitud. 

De cuando en cuando, esos misteriosos aconteoimientc^ 
no previstos, anuncian la aproximación del término fatd..* ' 



DE TOLKDO. 33 



Eutónoee es cuando el sol se nubla en pleno día; cuando ex- 
traños astros cabezudos cruzan por la noche, como grandci» ^si^^ ^ « 
bolas de fuego, los confines del horizonte; cuando las nubes, 
condensándose rápidamente, humedecen la tierra con copiosa 
lluvia de sangre. La muerte de un grande hombre; una guer- 
ra sangrienta; un año de hambre; la decadencia de un pue- 
blo; todo lo anuncian estas señales terribles de fuegos que 
se encienden de repente y de repente se apagan, de piedras 
que caen del cielo en abundante rocío, de sombras que se e8> 
tienden por todas partes... 

No hay movimiento grande en la tierra que no haya sido 
anunciado por esas señales terribles que quedan impresas 
para siempre en la memoria de una generación. Un cometa 
anundió la ruina de - Jerusalem; diversos prodigios precedie- 
ron á los bárbaros, anunciando á la Roma pagana la aproxi- 
mación de las hordas de Alarico; la naturaleza detuvo su 
marcha acostumbrada cuando murió Jesús sobre la cumbre 
del Calvario. 

Y considerando como castigo provocado por algunos (i.s- 
tas desgracias generales, siempre recae sobre unos cuantos 
la responsabilidad que entre todos debieran asumir. 

En vano hubiera deseado el último rey de la primera línea 
goda escapar á esta regla, que parece, por lo fatal é inexora- 
l)Ie, estar dentro de nuestro organismo, de nuestra constitu- 
ción. Las Crónicas de la Edad Media, reflejo de las ideas de 
sa tiempo, expresión de los sentimientos . de aquellos desgra- 
^Stíéaa que antes vivian en los es|jlendores del poder y la 
ISmuieza y gemían ahora en las cadenas de la servidumbre, 
ciusombrecieron la figura de Bon Eodrigo pintándole con los 
más repugnantes cará^t^es. Todos los vicios de la sociedad 
gótica, todas sus culpas, todas sus debilidades, tomaron forma 
y 86 oncamaron en él. Poseído del mismo vértigo que su an- 



í^2 TRADI0IONK8 



f^'^^) tecesor Wittí^, no había valla que no salvase su rolunta 
respetos que no atrofiase su caprícho. 

Por eso cuando la hermosura de Wonnda sednoe sns ojo 

pero no su corazón, no le detiene en la senda que emprenc 

If * desatentado la consideración de los males que puede acarro 

á su reino la cólera del conde B. Julián, y viola á esa de 

venturada Betsabé, que más infeliz que la manceba del m 

narca hebreo, vé, antes de morir, su raza destruida, su pátr 

. / esclavizada y hollado el altar de sus creencias: marco de de 

*> dichas puesto por la venganza al cuadro infame de su de 

honor. 

Pero esto no basta; las injurias que se hacen á los hon 
bres despiertan contra el que las infiere la cólera de los bou 
bres,y es preciso que Don Eodrígo ofenda directamente al óel 
para atraer la cólera de Dios. Y firme en estas oonvíccione£ 
la fantasía popular presenta á Don Rodrigo irreligioso é in 
venta prohibiciones divinas para que él las rompa, y torre 
ferradas que esconden males sin cuento, para que él,— ooi 
tanta imprudencia como la Pandora griega— abra las nube 
de los castigos celestiales. 

Tal es el fundamento de esa tradición que lleva el nom 
bre de Palacio Encantado^ último resto de una monarquíi 
( hecha pedazos por el alfanje de Tarik. 



Era cosa harto sabida, y que no ignoraba ningún habí 
tante de Toledo, á principios del siglo Viii, la existencia d 
un palacio encantado situado próximamente á media legn 
de la población en un lugar agreste y sombrío donde la na 
turaleza hacia gala de la mayor aridez, mostrándose en tod 
la imponente majestad de la tristeza. Nada más triste, e 



Dft TOLEDO. 33 



que aquel Ittgar al que nadie llegaba sin temor. A^- 
MIS puntiagudas, en euyas grietas oreeia el musgo: el 
fyto de verdura y como agostado p^r un sel de ICal^^ 

tal era el paisaje que desoubria la mirada del que 
ado por la curiosidad llegaba á aquel sitio de donde 
!o lerepelia un terror supersticioso. Ni la más peque- *'i 
lente de agua cruzaba la yenna llanura; ni un» flor iw^^av 
Ataba en los contornos. Los pájaros huian de* aili 
ado esos gritos lastimeros con que anuncian lá tem- 

Ouando el sol brillaba radiante y el cielo puro y se- 
imejaba una inmensa pradera azul, el somMo lugar 
. una protesta viva de la naturaleza contra la gloria 
reacion: cuando, por el contrario, las nubes, agrupán- 
3rmaban espesa capa que velaba la luz del astro-rey, 
10 que zumbaba parecia salir de aquel paraje miste- wv*y 

: la noche, apenas las sombras oubrian el espa- 
idos e:¿traños de cadenas, lejanas caidas de agua, 
\ un martillo gigantesco cayendo sobre un yunque, ma- 
por el brazo de un Titán, relinchos de caballos salva- 
tos estridentes, ayes y alaridos que brotaban del cen-^ >^>'^^-^^ 
la tierra, se unían en el viento formando un concierto ^'''^ ' 
íble cadencia que parecia el canto de los condenados 
lose desde el abismo, sones discordes arrancados por 
ano inhábil á un órgano roto y destemplado. Oíalse el 
e miles de caballos trotando sobre campos de granito, 
lo de las mugientcs aguas de desbordado rio; el fúne- 
lido de innumerables campanas que tocaban á rebato r//''*T; 
aunciar la matanza y la destru^cdon; el estrépito de 
íias «derrumbándose con estruendo; el lúgubre graznar ft^.o^y^^ 
9 pájaros de la muerte que se ciernen como negra man- i^i^j^Ji 
bre un campo de batalla para devoráf los cuerpos, aún y«cW<J 

3 ^i/^í 



34 TRADICIONES 



calientes, de los eternos venoidos; silbidos de serpientee y eSür 
iJw bidos del aquilón; nigir de fieras agu^oneadas por el hambre 
y rugir de olas agitadas por la tempestad... Todo sonaba ¿ k 
ves confundido en un hondo lamento; en un eco de L 
- ' ' ' ' resonancia que llevaba el terror á los moradores de las 

nías, que se tapaban los oidos para no oir, y empesaban i 
murmurar oraciones que ahuyentasen á los malos espíritu. 
^^ ( Cuando la noche plegaba su manto de bruma y los primem 
rayos de la aurora encendian con pálida luz la lisea conñisa 
del horizonte, los ruidos cesaban, y hubiérase dicho que s6b 
existían en la imaginación de los crédulos habitantes do los 
contomos. 

En aquel lugar salvaje alzábase esbelto y gallaido ub 
palacio maravilloso, cuya descripción nos han dejado lof 
cronistas. Alto hasta el punto de no haber hombre alguno 
que, con toda la fuerza de su brazo, pudiese lanzar una pM- 
dra hasta su torre, estaba construido con pequefios pedar 
zos de ricos jaspes y pintados mármoles, tan Aicientes, qoi^ 
visto de lejos, brillaba como si fuese de cristal; y tan $nr 
tilmente habia unido el arte los millones de pequefias p^ 
dras que le constituian, que todas ellas paredan formar vB^ 
sola y única piedra de varios matices. Cuatro enormes ]0^ 
nes de metal sostenian, como aplastados por su peso, 1^ 
airosa torre, que orguUosamente se levantaba hasta las n^' 
bes. Aquel palacio era el palacio de Hércules, rey ñieite ^ 
poderoso, sabio que conocia los secretos del cielo y de la úét' 
,, ra, gran adivi no, investígador de lo porvenir, que lo hahi^ 
<1 edificado escribiendo en su intenor las desgracias que am^^ 
nazaban á España, después de obtener del cielo que los h^* 
ohos que profetizaba no se realizarían hasta que ocupase €¡^ 
trono un rey bastante desatentado y ciego para g^iponer é^ 
, ; una necia curiosidad el riesgo de su nadon. Mientras esto v0 



DE TOLEDO. H5 



lacediese, Dios detendría el rayo pronto á escaparse de su 
nano; pero si la fatalidad llegaba á poner la corona sobre las 
tienes de ese rey, entonces no había remedio alguno: la per- 
iida del pueblo á qre perteneciera estaba señalada en los de. 
sretos del destmo, y lá terrible sentencia se cumpliría infali- 
^lem^ite. Por esta razón, terminada su obra, Hércules puso 
m cmidado á la puerta, mandando que cuantos monarcas le ^^v* 
moediésen siguieran su conducta, sin atreverse á penetrar un 
teereto que tan espantoso encanto guardaba, y cumpliendo 
38ta prescripción de su antiguo predecesor, todos los reye», 
pocos días después de su coronación, se trasladaban con gran 
pompa, rodeados de su corte, al misterioso palacio, y poninn 
QQ nuevo candado en su mágica puerta, cuyos gossnes no ba- ^«^/. 
Um girado desde la época de su construcción. De aquí los 
oonibres con que el pueblo le llamaba, adivinando las mara- 
vükfl que encerraría en su seno^p ero tCT iiendo cegar al ver- 
las: ^fec^ con pesar, gtMrdiatmíhplidera^ secreto de lo por- 

Treinta candados habían puesto ya á la puerta los reyes 
^os cuando subió al trono Don Kodrlgo que, ocupado en 
08 primeros meses de su reinado en la tarea de reprímir á * 
los inquietos partidarios de Wittiza, msd[i^enidos con la des- ^^ >. <: <> ^ 
tátocíon de su señor, no se cuidó de cumplir el tradicional 
nmndato de Hércules que, como importante consigna, pasaba V% <\,t. 
^ un r^ á otro hacía tantos siglos. Libre por fin de estos 
<ücddado8, pudo ocuparse del mágico alcázar, y tomó con gran 
^Sgtdttcía cuantos datos guardaba sobre él la memoria popu- 
hr, pero no para proseguir en la observancia de lo que ya 
^ como una ley que ninguno debía ser bastante osado á ^-^^ 
^nuipasar; la serpiente de la curiosidad había mordido su co- 
nuKm, y de screí do, indiferente, teniendo en poco el respeto á ^^^ ^ -> 
't^aotigaedad, ansiaba, como Bva en el Paraíso, comer la 



:;6 TRADICIONBB 



<i 



fruta del árbol del bien y el mal. Ffacer can pesar llamabft 
el pueblo al encantado recinto, y Don Rodrigo, amigo de oon- 
seguir goccM8Ín cuento, cualquiera que ñiese su preeio, dotm- 
cilába en ox]x>nerse á encontrar lo seflisiido oon tal de ver si 
¡lodia obtener lo primero; locura que había dé costar miy 
cara á él y á su reino, porque los pueblos, sufriendo oon pa- 
ciencia los abusos de un tirano, se hacen respOnemblea, oi 
cierto modo, de su tiranía, y como aquél sufre él castigo de 
su des])otismo, ellos también sufren el de su bajeza. 

En vano intentaron los magnates hacerle desistir de M 
1 designio. Los déspotas tienen derecho á ser obedecidos, 
y acostumbrados á que eternamente sea ley su caprioho, 
no retroceden jamás ante reflexiones que no escuchan^ ó 
que, si escuchan, desatienden; y un dia Don Rodrigo, stf- 
guido de su corte, hacia romper delante de él los candados 
de la puerta del i)alacio, para penetrar audazmente en su te- 
cinto silencioso. 

El estado de la atmósfera se hallaba en perfecta relación 
con el del ánimo de los nobles acompañantes del sobermo, 
que bajaban la vista sin atreverse á mirarse unos á otioa 

% para no reprocharse su debilidad. Ni el más leve rumof tur- 
baba el silencio que reinaba en el agreste paraje. Ski la a(r 
mósfera, la calma que precede á la tempestad; en el alma, el 
estupor que precede á la desgracia presentida. El viento pa- 
recía dormido; los circunstantes, como rebaño que adivina el 
peligro, se apretaban unos contra otros conteniendo la roflffi' 
ración. El mismo rey, tan alegre de ordinario, callaba acoHUK 
tido por ese recelo que no se puede contener al encontrarse 

^. frente á lo desconocido. Sólo turbaba aquella calma siniestra 



el ruido que producían los martillos al romper los viejos oan- 
dados — añeja representación de la fé de otros tiempos-— 
<^e al caer en pedazos al suelo, y al ser heridos por el hiér- 



DE TOLUDO. H7 



ro, produoian un sordo chirrido. Cayeron por fin todos; eólo F^ o. 
uno permaneda en su lugar: el de Hércoles, oomo 8Í, en efee- 
to, se resistiera á franquear la puerta atantes males. Pero el ^ jT^ 
rey lo ordenaba, y cayó también. Delante de la corte giraba 
lentamente, muy lentamente, la puerta de hierro, brindándole^ >v>C»' 
fáoU entrada á cuantos traspasasen su dintel. <>oUa 

Don Rodrigo fué el primero que lo salvó; adelantóse dis <*^Vjlv 
un salto, y después de una breve vacilación, que no duró un 
Blondo, los oorte8a,no8 se ¡««cipitaron tras él. En las almas 
inficionadas del veneno del servilismo, la adulación al pode- := 
roBO és mil veces más fuerte que el sentimiento del deber. 

No t«vi^x)n que andar mucho los necios buscadores de 
deflgi«cias iiara convencerse de que el sitio en que se encon- 
traban no podia ser obra de hombres; todo anunciaba allí 
una fofínsí, superior. Vieron delante de sí uoa puerta me- 
nos grande que la primera, y, penetrando por ella, exhala- 
ron un grito de sorpresa al hallarse en una gran sala cuadm- 
da, en medio de la cual habia un lecho muy lujoso, y acosta- 
do en él un hombre de atléticas formas, armado .de todas ar- 
mas, y con un braco estendido sosteniendo una escritura que 
uno de los caballeros, más osado, recogió entregándosela l«e- 
go al rey, el cual, tratando de disimular el terror que empe* 
saba á apoderarse de él, leyó con voz poco segura lo siguien* . 
te: — Tú taH osado que este escrito leerás, v áramien tes qwén ^^^ 
eres y cwAnto mal vendrá ^r ti; qm asi como por mifiU 
pMada y conquistada España, asi será por ti despoblada 
y perdida; y quiérok decir que yo fui Hércules él fuerte, 
aquel que t^da la mayor parte del mundo conquisté y á toda 
EspaHkt. Y maté á Qerion que era señor de ella y conquisté 
muchas yentes y fim^ caballeros y nunca haUé quien me 
eonqmstase, fuera la mtuerte.i^^ lo que harás; que de este ±^1 
mundo al'otro no llevarás más que el bien que hicieres, IP^^ 



38 TUAPIUIONKH 



Qaedó suspenso Don Rodrigo, pero esforzándose por apa- 
((^M, reoer sereno, y volviéndose á sus caballeros que amedreota- 
dos le miraban: 

■^ — Pooocaidado, — les dijo, — ^pueden damos tan síngala- 
res profecías. Nadie sabe el secreto del porvenir, y mal pe- 
dia el buen Hércuks haber sorprendido sus ocultos areanoa. 
Prosigamos la vima de estos estraftos lugares, verdadera- 
mente maravillosos por su riquesa, y no nos detengan estas 
historias de peligros' imaginarios y de desgracias que no 
existen. — 

Cobraron con esto idgnn ánimo los más despreocupa- 
dos, y unos y otros siguieron al monarca, que abriendo una 
nueva puerta, penetró en una segunda sala, igual á 1» pri- 
mera, donde otras maravillas le esperaban. Sobre ua |ttUr« 
colocado á un extremo de la habitación y alzado U9as dos 
varas sobre el suelo, habia una estatua de jigante, teniendo 
^ en la mano una pesada maza de armas en ademan de herir oou 
ella el pavimento. Detr£^e la estatua, en la pared, 96 ¥^ 
escrito con brillantes caracteres, rojos como sangre reoíea 
salida de las venas: key triste, por tu mal has siíxbado 
AQUÍ. En la pared de la derecha y con los mismos caraclérea» 
vieron esta otra leyenda: por bstraSas naciones jsbrÍuS 

desposeído y tus gentes malamente 0ASTIGADA8. jEiO la 

'^ espalda y el pecho de la estatua habia otros letreros; el pri- 
mero decia: los árabes invoco, y el segundo: mi oficio 
HAGO. Al llegar aquí, tSctotf hubieran deseado volverse aia 
'profundizar más el misterio que ante ellos se presentía 
anunciándose con tan terribles vaticinios, pero Don Rodri- 
go comprendió que no sentaba bien á su dignidad una reti- 
rada que se tomaría por fuga vergonzosa, y, abriendo una 
tercera puerta, penetró en otra sala que por un momen- 
to hizo olvidar temores y prorumpir en gritos de adrairacionu 



DK TOLEDO. 39 



£1 aspecto interior de aquella sala era el mismo qne el 
aspeeto exterior del edificio. Piedras de distintos colores 
«e unian en mil diversas formas, engendrando raras figu- 
ras soñadas por una turbulenta fanta3ia. Escenas de amor 
en la orilla de un río, en el secreto de un baño, á la som- 
bra de verde follaje, en cuyas hojas pareda sentirse pal- 
iHtar tu beso del viento y la armoniosa queja de los pája- 
ros; sátiros persiguiendo á ninñis que corrían desnudas ocul- 
tándose entre los álamos; amorcillos jugando con la pesada *^f f 
armadura de Marteqiie era despertado por Venus; batidlas -^^i)^ 
^^JÉiqípales que infundían aliento guerrero al esptrítu; marciales p , ^ 
«tavibs de guerra; instrumentos de música; todo se confundía ^^ 
en los cuatro lienzos de pared, trasparentes como el cristal, 
bordados de mil ventanas caprichosamente talladas, por las 
cuales entraba la luz iluminando la sala y dándola la misma 
daridad qne había en el exterior. «Cada pared era de un color, 
— -dioe el cronista: — «blanca una como la nieve; negra otra 
»como la pez; verde la tercera como la fina esmeralda, y la 
»miaTta bermeja más que la sangre muy clara.» A un lado de 
esta habitación había un gran poste de la altura de un hom- I^t< 
iMre debajo de una pequeña puerta encajada en la pared, y 
4M>bre ésta un letrero griego que decía: 

Cuando Hércules hizo esta casa, andaba la era de Adán 
en ^06 Mos. ..^ , 

AlmSTel rey la puerta y encontró en un gran hueco del 
muronnalínda arquilla dorada, cubierta de piedras precio- ^ 
S9S y cerrada con un pequeño candado de oro; sobre la tapa 
había la siguiente leyenda también en griego: 

M rey en cwyo tiempo se abra esta arquilla, no puede 
oer que no vea maramüas antes de su muerte. 

Oran alegría causó á D. Rodrígo esta lectura, que devol- 
vió un tanto la calma á su apenado espírítu, pues era la prí- 



40 TBADICIOVBS 



mera en que no veia alusiones al gran desastre que ya em- 
pelaba á temer. Volvióse á sus caballeros, algo repaeatos 
también por el bello aspecto de la habitación en que á Is §a- 
lon se encontraban, — tan distinta de las anterioras,-— y ha 
dijo: 

< — Ck>mo premio á nuestra constancia en segnir addanie 
despreciando los embusteros avisos que nos han dado maam es- 
tatuas, vamos, por fin, á encontnar el tesoro del regr Hena- 
les, que le guardó ccm tantas precauoiofies sin duda paáqoe 
no fuera á parar á manos de algún cobarde ó >preocapafloiet- 
ballero. Ya veis que tenia yo raion al quraer entrar en arte 
palacio, y mucha más al reiime de yoestro pueril itemar. — 
Los cortesanos seaoeroaroii entonces al monarca q««i ha- 
ciendo saltar el candado del aroacon la punta de su p«fial,ia 
abrió dirigiendo á su fcmdo una ávida mirada, pero yroiAaaa 
hizo atrás sorprendido. Dentro de ella sólo habia un juafta 
blanco plegado y sujeíto á dos tablaa por medio da nllB; 

íj bres. Lo desplegó, y nuevamente se pintó el espanto «Bitas 
ojos, y la angustia invadió su alma. Sn aquel paño iiabift lu- 
tada inmensa muchedumbre de figuras de acabes, eBvaekoa 

^ '' ^'"^ en sus blancos alquiceles, teniendo pendopes en la niMwt, la 

espada pendiente de un ointuron al cuello, las ballfulw é1^ 

espalda, descansando en los anones de las slllaa. S^io el 

pensamiento podia contar aquella innumerable midtíliMl d» 

sores extraños, á caballo todos, que se agitaban, sa Mnpe- 

"v;/^ llálMm, se confundian en revuelto remolino, como g g aw i d^ 
arena que empuja un viento huracanado; «obre ellofl oirá k^ 
yenda, en hebreo, decía: 

GfMindo este paño fuere estendido y parecmtn 4ségÉ¡j0§u^ 
ras, hoiiibres que tmdarán asi armados conquistarémú A^ 
paéa y serán de ella señares. 

Pálido y convulso el rey, llenos do asombro hw indiáoile^ 






} 



DE TOLEDO. 41 



«ortoBaaos qae no taTÍeron Taior paira oponerse á su inaen- - 
sato intonlo, permaneoian modos de eapanto, sin ser dueAoa 
de iá aiÍ8B0Ci para hair de aquel logar maldito cayo suelo les 
abrasaba los píes. Entonces, y solo entonces, comprendieron la 
▼eidad de la tradición conservada de siglo en siglo, á ira- 
Tés de las edades y á través de las instítuoiones. Pero ya era 
taide; se habia roto la valla puesta por Hércules á la torri- 
ble desventura, y el n^ estallaba ya en el viento, pronto i ^\ 
herir la cabeza rebelde que osaba mirar al cielo tratando de 
aorpraader sus designios inezcmtables. El mismo rey no se 
atmrf» á hablar por miedo de que al eco de su voz se des- 
plomase el edificio aplastándolo entre sus ruinas. Pero otro 
hecho inexplicable vino á sacarlos de su estupor. 

La estatua que habia en la segunda sala, como movida f > 
por una fuei^za invisible, empezó á golpear el suelo con su l\ 
terrible maza de armas, y su ronco son conmovió las paredes 
clel palacio. Sonaron de pronto todos los ruidos que ae oian 
IK» la noche, y atronó el aire el estrépito verdaderamente in- ^^«í* 
^Bvnal da aquel terrible concierto en que cada estrofa eca un 
>^im|;ido y cad» nota una blasfemia. Y al escucharlo, Don Ro- 
<^ngo, y tcás él sus caballeros, huyeron despavoridos pa<f ím<K 
^K^ado por delante de la estatua que seguia golpeando furío- 
s^jnenfte «I suelo, sin atreverse á levantar los ojos por no eiMt 
^^Ontrarse con los de la escultura, que animados por extrañoí { 
^^^^Mgo, iiareeian dos relámpagos. ^i 

Ooando se vieron fbein del mágioo recinto alzaron su 
^'^^QHito «1 cielo eomo para darle gracias, pero enseguida les 
^^jaron con temor. Densas nubes en cuyas negras entrañas 
^^^nientaba el resoplido de k tempestad, surcaban el aire "^^4^» 
^ ^Tramando sobre la tierra sombras oscuras como la misma 
*^^^^e. Retumbó con fuerza el trueno, brilló el rayo como '^ 
^^^lebra de fueigo, y se encendió el espacio semejando una 



Ki 



42 TRADiOIONlS 



'i. 



*'" gran hogaera on breves instantes. Una lengua de fuego f|[ 

■^' desprendió de las apiñadas nubes y se enlaió ¿ U enoantada 

'*^ torre del alcásar, envolviéndola en roja llamarada. Ojr¿ie 

un obasquido horroroso y vínose abajo el edifieío, abriéndase 

'*'^ en uu lugar ancha sima en la cual se hundieron soa esoom-. 

bros calcinados. En medio de aquel ruido espantoso se ola 

claro y distinto el de la maza de armas manejada por el ji- 

gante de hierro, hiriendo con fuena las entraüas de «x» 

de la tierra. 

El rey y los suyos, montando á caballo y poseídos por ub 
terror supersticioso que no podian contener, huyeron de aquol 
lugar entrando á poco, despavoridos y temblorosos todavía» 
;^ por las torcidas calles de Toledo. 



n 



Desde aquel dia huyó la sonrisa de los labios de Don Bo- 
drigo. 

Él, el indiferente, el incrédulo, creia tener siempre de- 
lante aquel espectáculo pavoroso, y oir aquellas palabras que 
vibraban constantemente en sus oidos y chispeaban cons- 
tantemente ante sus ojos; terrible Mane, Thecel , * JPhares 
escrito en las sombras de su conciencia con los amenaiado- 
res caracteres del remordimiento. 

Nada, sin embargo, daba ocasión á sus temores. El reino 
estaba en paz; los partidarios de Wittiza aplacados; los re- 
voltosos cántabros vencidos; ningún peligro exterior amena- 
zaba la seguridad de las fronteras... ¿Por qué, pues, no po- 
día alejar de su pensamiento aquellos tristes vaticinios, 
aquellas desoladoras amenazas? 

Hallábase una tarde en su alcázar contemplando oon 
triste mirada las serenas aguas del Tajo, que al pasar le 



c- 



DS TOLEDO. 43 



«■fíftimn algo odmo un gemido, y teniendo isuite si el elegan- 
[; tK' Bañ0 de la Gava, que en el aroma de sus flores parecia 
eñvíárie también algo eomo nn remordimiento, cuando le 
ammeutton que un enviado de Teodomiro, el gobernador 
godo ' de Andalucía, traia un mensaje para él. Sin saber 
por <iaié, nuevamente acudió á su imaginación el recuerdo 
de Hércules y su palacio encantado, y levantándose con 
aohpesalto, dio orden de que el mensajero fuese llevado á 
aa presenda. Después, dirigiéndose hacia él, cojió apresu- 
ladfunente el pliego que este le presentaba de rodillas, se 
aaeroó á una v^itana para ver mejor, y paseó su mirada an- 
siosa por aqueHas líneas trazadas con mano trémula por 
Teodomiro. No leyó más que el principio del mensaje: 

cSefior, — decia, — aquí han llegado gentes enemigas de 
»la parte de África, que por sus rostros y trajes no sé si pa- 
»recen venidas del cielo ó de la tierra; yo he resistido con 
»todas mis fuerzas para impedir la entrada, pero me fué for- 
»ioso ceder á la muchedumbre y á la impetuosidad suya; 
» ahora, á mi pesar, acampan en nuestra tierra: ruégoos, se- ^^''^ 
»fior, pues que tanto os cumple, que vengáis á socorremos ^/^' 
»con la mayor diligencia y con cuanta gente se pueda allegar; ^0^^^^, 
» venid vos en persona que será lo mejor.» 

Al llegar aquí sintió pasar un velo de sangre por delan- 
te de sí; hizo una señal al mensajero para que se retirase, y ^ 
una vez solo, se dejó caer con desaliento sobre un sitial, es- í^^^,^^ 
trochando convulso contra su pecho la carta de Teodomiro. 

£1 oráculo habia hablado, y ya empezaban á cumplirse 
sus tremendas profecías. 

III 

No el palacio encantado, porque desapareció del modo 
que narra la leyenda apenas salió de él Don Rodrigo, pero la 



M TRADICIONES 



55 



sima que se abrió en su lugar y á la eual dio el pu< 
nombre quehoy oonserva de Cueva de Hércules, podéis 
todavía en el sitio donde antes se encontraba la parroq 
V Saja^^^^s^;gn^Toledo, si sois aficionados á todo aquell 
guuda enti>e sus muros ó sus ruinas un recuerdo tradi< 
Asilo tamlnen de muchas tradiciones y consejas — q 
yes cuente otro día — fué e errada L.^aJjJj& por el caí 
SiKceo, por las prácticas y temores superticiosos á qu€ 
lugar en el pueblo, y in jerta en 1851 por una sociedad 
venes entusiastas que quisieron descubrir su verdadei 
gen, y la limpiaron de escombros en una ostensión de 5 
de lairgopor 30 de ancho, hasta que llegaron á la roca 
Allí vá todavía la fantasía popular á buscar una de la 
sas que motivaron la caida de la monarquía goda y la 
nación de España por los árabes. 



^ "^ 



:l baño de la cava. 



Hay en todos los países del nmndo en que el hombre 
xnr medio de la palabra escrita graba los hechos de su vida 
» Guraotéres indelebles y eternos para la enseñanza de las 
(eneraciones que le sucedan, al lado dé la historia á que uno 
n» otro llevan su concurso los hombres estudiosos, una his- 
OKÍa que nadie escribe, pei*o que conocen todos, y en que 
M sucesos y los personajes aparecen desfigurados en sus 
^06, agrandados ó empequeñecidos á voluntad de los pri- 
Bfitos que de esta manera se oeiiQ)an en referirlos ó apuntar- 
M; esta historia, que parece formarse per si sola, es la tra- 
ición, urna sagrada de los recuerdos naeionsdes, donde los 
>tieblos depositan el tesoro de su inspiración. Allí se ven re- 
^^ídas sus primeras impresiones. Como el hombre en los 
vimeros tiempos de su vida, la tradición es sencilla, candida: 
t^en brujas y encantamentos, y el mito del mal rei»resen- 
& en ella un gran papel; juzga obra del diablo todo lo que 
M> comprende, y á presencia de un gran (»rímen ó de una 
Snm desdicha» se precipita en seguida á buscar en estos he- 
■^kos la acción inmediata y directa de 1» divinidad» Por eso». 



46 TRADICIONES 



sin ir más lejos, en nuestras crónicas de la Edad Media» las 
ideas que sostenían una guerra i muerte tomaban forma de 
seres sobrenaturales, y, mientras moros y cristianos oomba> 
'. ? ) tian en la tierra oo^^uenos, ángeles y demonios reñían don 
X pelea en el aire, y Santiago y Luzb el decidían una viofeoiM 
que más tarde cantaban como suya las musaa eapaflolas é 
los trovadores árabes. 

No habléis al pueblo de esas leyes providencíaleB á qie 
todo el mundo está sujeto, y que la historia misma no pofld» 
eludir. Él seguirá creyendo la invasión de los bárbaros 
tigo de los antiguos dioses irritados por la apari<»on del 
tianismo, ó, por el contrario, efectos de la cólera del úniflo 

t^¿/L Dios ante la persistencia de las ideas gentmcas; en su opinka, 

los pueblos no pierden su importancia "^lítiea ó oomenial 

más que por separarse de los preceptos divinos, que^ por dr> 

don tambi^i del mismo Dios, grabaron en monumentos imp^ 

. . recederos los primeros legisladores religiosos. 

, : i ^ Los fallos de esta historia son terribles. Gomo neoeñli 
ver algún móvil humano en todo cuanto pasa ante mu ojoi> 

x^^^ y achacar á pecados de los hombres las grandes conyalfliiNiflf 
que agitan á los pueblos, las faltas de toda una época, loeet* 
rores de muchos siglos, los vidos de las instituciones, se mt' 
caman, por decirlo asi, en una figura, y sobre aquella flgwiy 
cambiada por el tiempo, lansa mi censura, siempre Bera% 

t^ ( siempre inapelable. 

Entre todos los hechos de nuestra historia, la roto dit 

'^^ Guadalete, representando la ruina de un gran impmo^ b 
muerte de una raza, la casi total destmocion de una fe, dejó 
recuerdos tan vivos, que aún hoy se conservan inalterabk% 
mantenidos por esa lucha titánica de siete siglos que empkü 
en 7119 enelc(meavo seno de las montafias de Asterias f 
termma en 1492 en la riente Vega de Granada. ' 



DE TOLEDO. 47 



Para el pueblo— y ^1 que p^ á la crítica moder- í^' 
na— -lo que perdió á Esj^ña, no fueron los vicios que en 
fá tenían las instituciones góticas, sino las Kvi anda des de l^^^cA 
BonBodñgo oon la hi^ja hermosa del conde D. Jujian. Su im- 
piedad, al penetrar el secreto de la cueva he Hércules^ ha- 
bía concitado sobre él la ira de Dios que separó de la ca- 
besa dd desventurado rey su mano protectora, dejando- 
le entregado á sus pasiones; sus desatentados apetitos y la t***^*"^ 
facilidad oon que Florinda se dejó vencer, dieron ocasión más 
taxde á que los árabes hicieran pedazos el trono cristiano en 
los campos de Jereí, se apoderasen de España y traspasaran 
elPiímeo para sujetar á su yugo á toda Europa, como lo 
Imbionai oonseguido si la maza de Garlos no los hubiera de- 
tenido en las llanuras de Poitiers. En vano es que los críti- 
008 hiyan probado que en la época en que la irrupción de los 
ifíheB se llevó á cabo, D. Rodrigo debía tener ochent^^sie- \ \ 
j^e^os, y no es probable que á una edad tan avanzada se 
ocupase en deshonrar á las h\¡as de sus barones; la tradición 
vi?ey vivirá eternamente pasando de padres á hi^jos en las 
vohdas del hogar, apoyada por nuestros cantos populares, 
nutttenida en las pláticas religiosas desde la Cátedra del Es- 
pirita Santo: no hace aún mucho, el 25 de Mayo de 1879, 
uiivenarío de la conquista de Toledo por Alfonso VI, uno 
de loB más renomlnrados predicadores de la ciudad del Tajo 
an^jgiQ(tíj^ad^^$^^tj¡4Ípiío,la memoria de la Qava, sobre 
la oul llamaba la execración de la Uerra y los castigos del 



* » 



T d pnebk) toledano, más que otro alguno, conserva vivo 
este reenndo. Recorred sus tortuosas callee, sus emiñnados ^- ü* 
QilkgoneB, y una toas otra os enseñará casas arruinadas, pa- 
Udos dermídos, á cuyos restos unirá siempre un nombre 
Ustórioo importante. Allí podréis ver las casas en que vivió 



48 TRADIOION£S 



Pgj a^o, el palacio del conde B^^^iulian, el alcázar de 0on Bo- 
diigo, que cedido por Doña ]^{aría^d$^Molina á D. G^omab 
Rmz jeJ Coledorf ué luego conventode^a^n^Agustia, yfista 
un torreón desmoronado i quedad nombre de Bctiko de la 
Cava. 

Nada más hermoso, nada más poético que la ahnadoD 
de este torreón, levantado al pié del puente de San Hartan, 
teniendo á su frente la eterna verduira de los oiganralea, es 
el lugar más frondoso del rio que le lame al pasar, y péreee 
contarle alguna vieja ley^ada en sus monótonos miunanUnk 
Por la mañana, las brumas que se elevan del rio, a^rastradü 
por el viento matutino, le envuelven en un velo vaporoM, m 
una túnica fantástica, que hace más vagos sus oontomos; 
alumbrado de noche por la plateada lux de la luna ^ue .)» 
presta su misteriosa claridad, la imaginación, excitada por 
las consejas populares, oree ver surgir de las grietaa de hft^ 
paredes vapores confusos que poco á poco toman foima de 
seres que pasaron y que parecen quejarse en el suspiro dd 
aire ó en el gemido de las ondas. 

^ Desde él se descubre el antiguo &lcáf}L¿¿J¡^.,S^5!!.^ 

i^-^fUJ^Sí habitado por Don Rodrigo que, recg;^o tras la somk» 
dte sus ventanas, la vio un dia loco de deseos; y en medio* 
del silencio que allí rdna, esa segunda historia más mftrari* 
llosfií, más poética que la otra, se aparece á nuestra vist» w- 
mo la única verdadera y los ojos ven cosas que ne esdstaRi 
y los oidos oyen murmullos de algo que palpita en el alte en 
tomo vuestro... Crece la ilusión, soñáis, creéis realidad to 
que sólo fué sueño de la imaginación calenturienta y. Ja Jtrfr' 
dicion está formada. El pueblo se encargará de repetirla».^ 
trasmitida por él, durará lo que el mundo. 

Por eso no es extraño que la musa popular sio lmittü.909^ 
gido á este poético recinto, y le haya hecho asiento de iHuné?* 



Bl TOLVDO. 49 

■rosas leyendas. Hé aquí una de ellas, la más oonmovedora 
'de cuantas hé oido referir. 

II 

Nadie sabe cómo murió la hija del conde D. Julián. En 
aquel des quici amiento de un imperio que con horrible estré-^/^ 
pito se hundió en el Guadalcte, en aquella desaparicioTí ^^^ 
•de una raza. entera, todos los personajes que, más que otro^ 
aigUQOf^ estaban en el camino del torrente que se desborda- 
ba, fueron sepultados en sus a^as. La historia misma, es- 
pantada de tan tremendo juicio de Dios, rompió sus tablas y 
veló su rostro; y durante algún tiempo las sombras se esten- 
dieron por todas partes... Cuando el primer momento de es- 
tnpor hubo pasado, cuando recogió del suelo su estilo, con el f^^ !^^ 
que graba en la piedra las hazañas de los hombres, su pri- 
mera página fué un lamento tristísimo y prolongado: el 
Jlcmto jle^ Espa ña que apunta la crónica atribuida al rey Don 
^tfongO-X. Pero no quiso volver la vista atrás, y el finde 
aquel sangrie^ drama, cuyo prólogo habían sido las oríllas 
del Tajo, y cuyo epílogo eran los llanos de Jerez, quedó en- 
ruelto en el misterio más proñtndo. Nada se sabe de Don Kd- 
4rtgo y D. Julián; todos ignoran el fin de Florinda, D. OppaM 
y las hijos de Wittiza. 

fisto'^MÍtísface á la tradición. Preguntadla, y ella o« 
twpOttderá que D. Rodrigo murió haciendo penitencia, tras- 
formado en ermitaño, después de sufHr una expiación terri- 
ble á su delito; que D. Julián, D. Oppas y los hijos de 
Wittiza ñieron muertos por los mismos árabes, que descon- 
fiaban de ellos, y á quienes tan bien habían servido con su 
odio; que Florinda, en fin, loca de dolor y de vergttenza, vino 
i terminar sus días en este mismo torreón, mudo testigo do 

fw crimen. Así refiere este último suceso la leyenda. 

4 



30: TRADI0IOME8 



'^é- 



III 

Victoriosos los árabes en e( Guadalcte, donde acudiera á 
detenerlos la parte más fuerte y vigorosa del pueblo go^o, y 
envalentonados con su triunfo; derruidos, casi totalmente,, 
los muros de las ciudades, y faltos -de armas los brazos por 
disposición de Wittiza, que cambió todos los útiles de guer- 
ra en instrumentos de labranza, fácil fué á los vencedores. 
..«dilM» p» T^.M»™ M ^ d«E.p¿. S« 
tardaron mucho en llegar á la vista de Toledo^ que se pre- 
paraba á resistirlos, ouando los judíos que vivian en el am^- 
bal, y que tantas injurias, tantas ofensas tenian que vepgar 
y, de los descendientes de Sisebuto, les abrieron las puertas ^e 
la ciudad. Desde aquel aia7yc[^nte374j|fiLO^^ Toledo ^ació 
en la servidumbre, y sobre su alc^^r y sobre sus mui^s 4ot<» 
la media luna, mahometana. 

Poco tiempo después de esto, los habitantes de I9. ..parte 
de Toledo inmediata al antiguo palacio de 1^ reyes godos 
donde hoy se atzan !& Puerta del Cambrón ^oan Juan de 
los Reyefi, estaban amedrentólos, y tod^ las noches, ifáen-. 
tras el vieptp bramaba oon fu,da, conjuntaban eoa terro^i* la 
^^'icvaparicion de una mujer loca y desmeljsnadaí que, pronifo- 
piendo en carosgadas salvajes» are^rna con extraviados paso^^ 
las orillas del rio, registraba oon inquiet» nairada su revuel- 
to fondo, y sin detenerse nunca, sin alzar jamás los ojos al 
cielo, piosegoia eteriiamepte su carrara murmurando pala* 
bras iqoohwentes y sin sentido que llevaban el miedo y la 
tristeza 4I oora^on de cuantos la oían. En vano hubo ^Igu- 
AvvKvvy^^)^ bastante a irojado s para esperarla* en su camino y pedlr- 
mAc la la exi^icacion de sus actos; apenas veia que alguien tra* 
taba de aproximarse á ella, sus ojos parecian prontos á sa-. 



DK TOLEPO. 51 



lir de sus órbitas, su agitación era más extraordinaria, sus 
frases más incoherentes, más salvajes sus gritos: huía, huía, 
sin que nadie pudiera seguirla en su carrera desenft«iiada. 

¿Era un ser humano? ¿Era un espectro?' ¿Tenia un 
cuerpo real, ó era imaginaria la forma con que se pre- 
sentaba á loB mortales? Preguntas son estas cuya oontáBta- 
dofi hubiera dado mucho que hacer á los toledanos, que nada 
podían asegurar en asunto que tanto les importaba coiiocen 
Peto su euiiondad se e strella ba ante un obstáculo poderoso: í*^cJ 
aquella mujer no quería ver á nadie, y no parccia vivir bien 
más que en ia soledad. 

Mucho tiempo pasó así; mucho tiemiK) fué objeto de las 
conversaciones mantenidas en voz baja y al oido, y de las 
más aventuradas hipótesis. Un dia, desapareció f nadie vol<^ 
vio á verla. 

Pero, desde entonces, ocurría una cosa muy extraña: to- 
das las noches, apenas el sol huñdki en el horizonte su disco 
(le diamaate y las nubes encapotaban el eieloy'^en' esos mo- 
mentói? ^de calma que preced^i á ia t^npestad, veíase, en ' 
pié eokité el torreón que hoy se conservado los lujosos •2)(uIk>$ 
tk Id Cava, una figura descamada y seca, con el cabdlo suel- 
to al aire, volviendo á todas partes la triste mirada ée "sus* 
ojos, sin expresión y sin vida; de repente^ devaba la vista 
liada el que ñié palacio de Don Rodrigo; el viento, que rugía, 
modulaba un grito prolongado, y, al espirar, otra sombra, la 
sombra de un hombre armado de todas armas, pero con 
(tabeztf desnuda, surgía también sobre el arruinado alcázar. 
Y las dos fantasmas se miraban, davaban uno en otro jsus 
tmpilas sin luz, y entonces era cuando el huracán rugía con 
más íHierza,' cuando el rio desbordaba su corriente por los 
<->ampo6 vecinos é inundaba la fértil vega, oaando la daridad 
de la luna desaparecía por completo, y las tinieblas máa es^ 



la > 
ir. J 



52 TRADICIONIM 



l>esas reinaban sobre el pueblo amedrentado. £q aquellas ho- 
ras, largas como el dolor, nadie se atrevia á salir á la calle, 
por miedo á encontrarse en las sombras de la noche con 
aquella mirada brillante que pareda desencadenar los ele- 
mentos para lanzarlos sobre el mundo. 
- Algunos fieles acudieron, para buscar remedio á tantos 
males, á un viejo ermitaüo que, retirado al centro de los 
nio&tes, pasaba su vida en la abstinencia y el ayuno; le con- 
taron los extraños sucesos que Uamaban tan poderosam^ite 
^^^1 su atención, y le pidieron que impetrase del cielo la gnuña 
VC^ ) j^ q^^ aquellas sombras volvieran á dormir sosegadas en su 
sepulcro. Púsose en oración el anciano, y cuando á la noche 
acarició el sueño sus pupilas, apareciósele una figura, seme- 
jante á la que le pintaran los toledanos, y esta figura abrió 
sus labios para hablar y le dijo: 

—Yo soy Florinda la maldita, Florinda la Cava, la hija 
impura del conde D. Julián. Guando supe que España era, 
]>or mi crimen, esclava de los h^jos de Mahoma, una voz in- 
terior se abó en lo más profundo de mi alma, mandándome 
venir, sin tregua ni descanso, á este lugar de mis culpas, ú 
buscar mi honor perdido en las revueltas ondas del Tajo. 
Perdí la razón, pero no lo bastante para dejar de oir esta vox 
acusadora, y cruzando valles y llanuras, praderas y monta- 
ñas, llegué á Toledo, y en Toledo he vivido mucho tiempo, 
sostenida por una fuerza misteriosa, buscando incesantemen- 
te lo que no me era dado encontrar. Por fin, mi vergttenaa y 
mi dolor me mataron; allí, en aquel sitio, testigo de j¡pB tor- 
pes placeres, yace i^epulto mi cuerpo; mi alma va todas la» 
noches, en penitencia, por orden de Dios, á llorar eternamen- 
te mi falta; y evocada por mi llanto, el alma de Rodrigo baja 
también á llorar la suya á las rotas almenas de su palacio. 
Vé allí; bendice én nombre del Omnipotente aquellos luga- 



DE TOLfiDO. 53 



brinda; ape- 
alada mnjei*, j 
por sisólo, 7 
3do9. El er- V 



res malditos, y mi alma no volverá á aparecer eu ellos. - 
T la sombra desapareció, perdiéndose en el espacio. 
Despertó sobresaltado el ermitaño, y aquella noche, se- 
guido de los habitantes del arrabal, que llevaban teas eú- 
eendidas, trasladóse á los antiguos baños de Florinda; apc 
ñas entró en ellos la cruz, el cuerpo de la desgraciada 
ya en completo estado de putrefacción, se levantó 
y fué á sumergirse en el rio con admiración de todos, 
mitaño bendijo el breve recinto en nombre de Dios, y poi^- )S»*^>^ 
trándose de rodillas rezó por las dos almas extraviadas, y to- 
dos oraron con él. ¡Cuadro de amor y de ternura! ¡Ver á 
aquellos seres, libres y felices en otro tiempo,- ahora escla- 
vos y proscritos en sus mismos hogares, rezando por el des- 
canso eterno de los que hablan sido causa de sus desventu- 
ras! 

¡Ya no volvió á verse en Toledo la sombra de Florinda! 

IV 

Tal es la leyenda, que yo mismo he oído contar muchas 
veces, y que recuerdo siempre que visito el derruido torreón. 

Ahora bien, si sois amigos de tradiciones y consejas po- 
pulares, si os encantan las leyendas y las narraciones que 
expresan el verdadcix) carácter del pueblo que las dá á luz, 
Bo preguntéis á la critica el origen de aquel último resto de 
grandeza, por entre cuyas grietas cdrre la sabandija y crece 3**'''^ 
el musgo. La crítica os responderla que el tal torreón no ha 
podido servir nunca de baño; que, por el contrario, es el es- 
tribo dé un puente, anterior al de San Martin, y hasta os se- 
ñalará en la orilla Izquierda algunos terruños que salen á «t/f Ai 
flor de agua, y que afirma son parte del otro estribo, sobre 
el cual descansaba el extremo opuesto del puente. 



*:*' 



ALLÁ VAN LEYES, 



DONDB QDÍSRKN RETES- 



— ■■*! 



Allá van leyes, donde quieren reyes, es una frase popular 
4tue encierra alto sentido filosófteo, y i^tie Biás lutreoe hija de 
nuestro siglo, escáptieo y burloid, que de una época em que la 
creencia en el derecho divino de los reyes era firMe y segura 
base sobre la cual descansaba una parte del edificio social. 

Y, sin embargo, no es así. Esa frase, que ha quedado co- 
mo proverbial en nuestra lengua, que puede ser arrojada 
.4empre como una protesta ebérgwa al rostro de los poderes Gau^ 
eonstítuidoB en aut<»ridad, que parece ^igendrada por el pe* 
üimismo y la ilidiferencÍA en un dia de desesperación; ese di- 
cho populat que acude oonstantemente á nuestros labios y 
que^debe resonar como un sarcasmo, como una irónica adu- 
lación y una burlesca carcajada en el oido de los déspotas, 
nació al calor de la fé primitiva, en aquellos tiempos en que 
Dios enviaba sus ángeles á los rey^ para^jitedecirles el éxitc» 



50 TRADICIONES 



de una batalla ó darles nna victoria que asegurase en su» 
nienes la vaoilante oorona, y en que los monaroas, hgos pre- 
dilectos de la divinidad y sus representantes en la tierra, eran 
buenos ó malos, tiranos ó benévolos, según eran mudias 6 
pocas las faltas cometidas hacia el Ser Eterno por los pue- 
blos que ellos venían á regir. 

No hay, sin embargo, nada más justificado. Cuando por 

vez primera oí yo este antiguo proverbio, verdadero como lo 

son todos los del pueblo, saturado de esa extraña' filosofía 

tan Segura, tan exacta, que se revela en todos las locuoioLe»^ 

«<tr^ populares, en todos los dichos que componen nuestro Refra- 

^^ ñero, — que parece escrito por la experiencia en el trasenrso 



délos siglos, conforme se ha ido madurando por el juicio y la 
observación, — distaba mucho de creer su origen tan lejos de 
nosotros, y cuando me convencí de ello no pude contener mi 
estrañeza; pero esa extrañeza desapareció bien pronto cuan- 
tío pedí á la tradición la vieja historia oculta entre los anchoa 
>)liegues de su manto. 

Escuchadla. Encierra gran enseñanaa para todos, y se 
remonta al lúgloxi^ de nuestra Era y al reinado de Don A 1 -^ 
^^fonsoVIdeCastUla. 



El forastero que se hubiera hallado en Toledo uno de hki 
rlias más secos y calurosos del ardiente estío de 1086^ á esa 
hora en que el sol colocado en el meridiano divide el medio* 
día ya pasado, del medio dia por pasar, hubiera sido testigo^ 
de un extraño espectáculo que indudablemente habria de»- 
()ertado su atendon. Los retorcidos callejones de la histórica 
!< <*iudad de Al-li^mun, recientemente arrancada á los sarraoe- 
Dos, eran recorridos por upa multitud que caminaba unas ve- 



DS TOLSDO. 57 



ees en silencio y otras atironando el espacio oon sos gritos, en ^"^-^^ 
direoeíon al Zoco, antígno lugar testigo de los torneos con 
qne en determinados dias celebraban sus triunfos y sus vic* 
torias los árab^ toledanos. 

Los más oimestos sentimientos pintábanse en aquellos 
rostxos huraños y altivos que parecían provocar un desafío '**^''^** 
con el gesto de desdén que recogía sus lálnos, y sostenerlo 
con la chispeante mirada que brotaba de sus ojos. De cuando 
en cuando, roncos rumores, preñados de amenazas, que lie* 
naban el viento como el ruido del torroite desbordado por la 
llanura, salian confundidos de la inmensa reunión de gentes 
en que se agrupaban, sin separación de clases, el traje moris- 
co de los musárabes, cristianos que se quedaron con los mo* ^ 
ros durante la conquista, sujetos á leyes especiales, y la b álka i ^ ^^ 
armadura de los cristianos puros, descendientes de aquello» 
otros cristianos que á vista del t urbirfn sarraceno huyeron á <m^H^ 
las montañas de Asturias á plantar con mano firme sobre el 
HionteAu^i^ la Cruz que habia de volver á reunir bajo sus )s 
brazos las dudados que la traición la arre bato ba. cuAt^^ 

Todos ellos parecian unidos por un mismo sentimiento, 
c5orriendo á un mismo fin, arrastrados por una misma idea, y 
esta idea, este fin, este sentimiento, debian ser muy grandes,, 
cuando tan poderosamente los combatían y de tal modo su^ 
blevaban todos los espíritus y fundían en una aspiración co. 
mun todas las aspiraciones. 

Ghrande era, en efecto, el motivo que arrastraba á todas 
las clases ^e la sociedad cristiana de Toledo á hacer aquella 
ruidosa manifestación, á desafiar de tal modo las iras de los 
gobernantes y hasta á ar rostr ar el enojo del mismo rey, tan -^'^^^ ^ 
querido, po^ otra parte, de su pueblo, elevando su voz tumul- 
tuaria hasta las gradas de su trono. Alfonso VI, influido por ^^^< 
los m^ges de Chiny, á los cuales habia entregado la direc- "^ 



58 TRAPIOIONJEIS 



eioQ de su espíritu^ y por su esposa Do&aConst^u, franoesa 
de nacÍMi, y p(¿ lo tatito subdita hunSde del iMpado, no te- 

y^^-^tAK mia indispon erse eo n su pueblo poniendo mano atrevida eu 
lo que existe de más sagrado para el hombre: en el' mllto 
con que reoonoco la omnipotencia de su Creador. 

Sra muy antiguo en España el rito que guardaba 4!iite- 
gras y en toda su püreaia las venerandas tradiciones de los 
primeros tiempos del cristianismo. Los mismos apóstola lo 
trigeron á la Península, cuando por todas partes aa estén- 
dieron para llevar i todos los hogares del mundo entÓBce^i 
conocido la palabra del Evangelio; él habia sido el laio de 
unión de los cristianos primitivos, y la sagrada bandera á 
cuya sombra se habian agrupado los conversos españoles, 
cuando en el seno profundo de los lugares subterráneos, des- 
conocidos á sus dominadoreéTlo^ romanos, se reanian para 
llamar la protección de Dios sobre su frente. Los mártires le 
habian sellado con su sangre generosa, repitiendo las ora- 
ciones que dictaba en su marcha hacia el suplicio, que aca- 
bando con su cuerpo devolvía la libertad á su ahna, la vir- 
Je gen LeoG|di^; los santos le habian seguido en sus sencUlaí* 

>^ ^ ceremonias, y primero enfrente de los romanos gentiles y en- 
frente luego de los godos apianos, él conservaba el recuerdo 
de todas sus plegarias, la memoria de todas sus bendietone». 
Con las palabras que él marcaba, iniciaban las madres á sus 
hijos en las enseñanzas de la creencia civilisadora; laa ora- 
ciones que contenía habian caido como un dulee roeio sobre 
la tumba de una porción de generaciones. Cuando^ mástarde, 
y la sociedad gótica, guiada por Beoargdo, abdicó en el tercer 
^ concilio la herégía de Airiano para abrazar el catolíetsmo. 
V San Leandix), San Isidoro, San Eugenio, San Ildei^so y 
jf San Julián añadieron fervientes oraciones á las oraoione.^ 
heoKaspor el apóstol, y reunidas en un cuerpo por la fé, dan- 



DK TOLEDO. 6^ 

do de esta manera un ttmbre más al viejo misal apoirtiÓliixs ^ '^ 
al dejar mi él koellá de ras ^soa sobre £a tierra ea ra prne* 
^mnadon al ddo. 

Pero muwe el )9dder de los godos en España; háüdese 
ea ol revuelto Chuulalete la sociedad gigante i)tie había' re- 
oogid(> la preciada herencia de Roma, y los erístiaoos fogiti 
^-08 se redran al dentro de una eaeva escondida ealo mía 
f ragos o de las montañas de Asturias» para borrar alK, á ^*^jJÍ 
fuersa de snftimientos, las colpas y los vidós de su rasa. No 
todos hoyen^ sin embargo; k tc^eranma es el arma favorita (| 
de los soldados de Tariok, <|ae sólo exige nn tribnto y deja 
á las poUaoioiies el lH>re ejercicio de su religión; y durante 
los si^e siglos qne dura la dominación de los áirabes en Bh- 
l>afia, d misal apostólieo, llamado gótioo primero y moaárabe X 
después, fué el luminoso faro que sostenía las fuenas abati- 
das de los eristianos, habiéndoles del cielo, de un más alié 
<tue entreveían en sus sueños, de una libertad que acaricia- 
ban oomo doke quimera en sus largas horas de servidumbre; z 
fué el arca santa flotando' sobre las aguas del diluvio, llevian- 
do en su seño el eulto de Dios, la fé en su omnipotencia, ki 
esperansa en ra misericordia. 

Muií^ios lítalos 'eran estos para que el pueblo amsíse el 
libro sagrado donde acudía é buscar plegarías con que la- 
mentar sus dei^raoiaá 6 himnos con que cantar su feliddad, 
y no obstante, aún se únia otro é todos ellos; el ríto muzá- 
rabe era el rito nacional, el rito sagrado conservéndose » 
través de ios siglos desde los tiempos apostólicos, é pesar d(; 
todas las dimiinaciones, semejante á esas luces emparedadaf ^•^«^' 
cuando la invasión sarracena, con las estatuas de los santos 
á euyos pies ardían, y qne se conservan ^milagrosamente du- 
rante todo el tiempo que dura su dominación, sin que los 
años las oonsumañ; renegar del rito muzárabe era para los 



60 TRADiciomes 



eatóliooff españoles tanto como renegar de su fié primitiva^ 
renegar de sn patria tan querida, tan laboriosamente reeon* 
<inistada, renegar de sus tradiciones religiosaá^ raiegar de 
San Leandro, de San Sdgenio, de San Bdefimso. 

Y sin embargo, era preeiso; el Paiía, oabeía visible de k 
Iglesia de Jesaoristo, lo ezigia, y d rayo de la esooom&kNi 
vibraba ya en su mano, pronto á herir la frente rebelde qiie 

r&r A ^^ ^ doblegase i su poder. Los reyes eedian uno teas otro i 
las órdenes pontificias, y ya sólo en Castilla se eimservaba el 
rito antiguo; pero los monjes de Crany «kMÍiuiabím' 
I^eto en la inteligenoia del gran rey Don Alfonso Yljasi eomo 
en su corazón la reina Doña Constaasa, y aquéllos porque 
habian tomado i su cargo realiiar los deseos del Pontlfióe, y 
ésta porque ^ culto galicano dispcirtaba todos sus reooefdes 
de la infancia, todos los sueños de su pétria, unos y otra ha^ 
cian ruda guerra al rito gótico en el ánimo dd monarca. 
No era ésta la primera vei que el papado, en su enige&o 

^ por dominar en absoluto las conciendas y erigirse en únieo 
poder de la cristiandad, trataba de inmiscuirse en el rito gé* 
tico para sustituirle con el romano, logrando así que ñiera 
uno el culto y una la lengua con que los oristianos alabaran 
á su Dios. Ta en el siglo x envió JuanX un legado á Es- 
paila para que se enterase de la vei^IcQeloe rumora que se 

0^\ habian hecho correr por la corte de Boma de que el trato 

"" con los moros habia introducido en el rito gótieo variacdimes 

contrarias á la unidad del dogma; pero demostrada la false- 

.-" dad.de tales asertos, fué confirmado por el colegio de car* 

denales. En el siglo siguiente varios legados vinieron, «lO 
tras otro, á tratar la abrogación del culto nacional, y todos se 
volvieron sin conseguirlo, ya por estar autorizado por Juan X, 
ya por la oposición de los obispos españoles que para poner 
término á empeños tan opuestos á )a opinión en Castilla, de* 



I>a TOLBDO. SI 



eidieroQ nombrar una oomúdon que presentase al Papa Ale- 
j^ndm^ que á la aaioft regia loa deaiinos de la Iglesia, el 
im»aí, breriano y ritual muiárabes, como ae yerifie óy man- ^^<^< 
dando el Pontífice, en vista del infcMrme que le dieron loa 
cardenales que nombró para examinarlos, que Mdie conde- 
nase ni mudase el oleio de la Iglesia de España. 

Pero no en todas partes era tan obstinada la oposidóa de 
los pueblos, ni tan poderoilá su yc^untad que los rejres tadla- 
8en antes de desafiaría. Aragón y Oatalulla habían oedido ya 
admitiendo laa eondieíones que el Papa les imponia, y solo 
Navam v Castíll a, esta última sobre todo, se obstinaban eti 
sm n^g9iúv9L á recibirlas. 

Por entonces subió al trono pontificio Gregorio YII, carác- 
ter enérgico, y decidido á llevar el peso dé su infiuencia á to- 
dos los países que tuviesen por ley el catolicismo, y compren- 
diendo que el primer paso para que esto sucediese en España 
liabia de ser la abolición del rito nacional y su sustitución por 
^ romano^ tomó con gran emgeño la empresa, escribiendo cou ^ ''^aV 
este fin diversas caitas á SanchoydeNavurra y á Al^nso^l 
de Castilla. Esto, unido á las (Jl^ta^iones de Doña Constanza 
y de los monjes de Cluny, y al deseo de este último rey de 
oomplaoer al Papa» fué causa de que se decidiera á introdu- 
ciito en Bigjgofi^wdañolOTT. 

No lo ccmsiguió, empero, sin resistencia; por e) contrario, 
la halló y muy grande en el clero y las clases populares, que 
le obligaron á que sometiese su determinación al juicio de 
Dios, tan común en la Edad Media. Nombró el rey el cam- 
peón del ritual romano^ y el clero y el pueblo el defensor 
del muxárabe» cuyo nombre, Juan Buic de las Matanzas, ha \ 
llegado hasta nosotros, y el dia del ccmibate, y después de 
las formalidades de costumbre, lucharon los dos combatien- 
tes, siendo veneido el ioampeon de los pontífices, y quedando 



i'i2 TRAmciom 



'.'■■•'.-'/. 



vencedor y reconocido por tal, Juan Knií. A pesar de esto, • 
y con gran cBcándalo de todo«, hitrodit^OM en Burgos el abw- 
remdo breviario entre las quejas del dero y las mimiiiraeio- 
lies del pueblo, que de CHte modo veía despreoiadas sns vie- 
jas tradicioBes. 

Tal era el estado de la cuestión cuando tuyo higar la re- 
I conquista de Toledo: poco después de este golpe fatal pan 
la dominación árabe en Bspafta, Alftmso VI, firme en sa 
propósito de suprimir el culto BacúmaL trató de estableoerio 
<m su nueva ciudad; pero creci^xm dephnto las dificultades, 
Á causa de lo venerado que era en ella, hasta el punto de qué 
algunas veces se le llamaba r^ toledano, y nuevamente el 
rey, de acuerdo con el clero, decidiopedir á Dios sentenda 
<ie la causa que asi los dividía. 

II. 

Este era el motivo que impélia á las gentes ¿ acu- 
dir en gnin hornero á la placa del Zoco, donde iba á tener 
lugar el nuevo juicio de Dios que habia de decidir sobre Is 
supremacía extranjera en Espafia. Cada cual fiaba en la jus- 
ticia y bondad de su causa y en la ñiena de sú dereolio, 
y creyéndose defensor del verdadero culto, á^Ia par que 
amante de su patria, ni uno solo desconfiaba del éxito.' Sólo 
el rey se encontraba impaciente, y dirija en derredor som- 
brías miradas, buscando en el rostro enérgico y draSdo del 
anobispo D. Bernardo y de la reina Dofia Constanza una 
fuena que'sen'fíSt'se le escapaba por moni^nlEosrA'pesar de 
todo, él también era hispano-godo; en aquel breviario, que 
ahora se proponía derrogar, habia leido con vos trémula du- 
^rante su retiro en Sahag^, las oraciones que diariamente 
'elevaba á Dios, pidiéndole la reconquista de ^ trono do Ga- 



DE TOLKIKI. 63i 



licia, ii^ustamente usurpado por su berm^p Do^^^Sanebo dc^* 
UaitUla; aqiiielks mismas. pegarías, de que ahoira quería jrer. 
negar, habían sido su único consuelo, su única espe^^ua, su 
única arma contra la desesperación, en los largos dias de 
destierro que ps^ó junto á las márgenes del Tajo, miei^tras 
vivió merced á la munificencia de ^^¡^bmun... Pero lo man- ^ 
daba el Pontífice, lo quería su esposa, lo aconsejaba su ar- 
zobispo, y ante tan fuertes influencias no había de vacilar 
por mu<^o tiempo el rey que años más tarde d esme mbró dct^/^"' 
su territorio el i'einodePortugal para pagar espíaos serví- if^-^ S 
cios de un cond e boi^ fton, á quien dio la mano de su h\ja 
Dofta Teresa, rompienoo para siempre con este acto poco me- 
diSct^rünuiidad de la Península; falta original oomoti^ por 
^\ monarca en el siglo xi y cuyas consecuencias sufrimos to- 
davía al terminar el siglo xix. , 

Debajo del a rco qu e hoy se Uama dela^Sangre alzábase X 

uu ligero estrado^ésáeelcuitllo^SaEaerrey á la multitud, 

i-odeado de lo más florido de su cort0, y teniepdo i su is- 

c|uierda al francés iurzobispo que fort^ecia su ánimo, un 

tanto conmovido, con frases lisonjeras, . que llegabau á Iqü 

«>idos del monarcf^ castellano sin conmover su coraaon. A su 

«.ierecha, la reina Dofi^ Constanza, rodeada de sus. damas, 

pálida y convulf^ esperaba atenta el resultado decisivo do la 

tíscena que iba á pasar ante sus ojos. ]2n el centco de la pía- f. . 

zn ana gnuí pira aguardaba «lamento ana a^tú para áte^^''"^ 

plegar un vistoso manto de fuego, de cuyas entraílis había 

de salir la vqlaQtjad de Dios, como de las entrañas del rayo 

salió el Decálogo en la cumbre del monte Sinaí. La gente 

llegaba sp» cesar al silio de la prueba^ formando en tomo á 

la plaza ima estensa muralla da cuerpos humanos que cada 

vev se hacia más compacta; sus miradas, mezcla de iudigoa- 

eion y de respeto, iban de la pira al trono, clavándose coa 



64 TBADIOIONIS 



más insistenoia en D. Bernardo y en la reina, que éettoñéénf 
eo cuando se miraban también oon inquietud. Bra aquella 
- una atmósfera pesada que se respiraba dificultomnent^ fiíl- 
taba aire tranquilo y puro i los pulmones oprimidos; y en la 
sombra que por los rostros estendia, --nube preñada de 
amenazas, -- fulguraban relámpagos de cólera. 

Bl calor era sofocante. El Tiento parecía traer^ eiAvios 
^ del infierno sobre sus alas yoladoras. La tierra, agostada pot 

*'^ un sol de fuego, estaba sedienta de la lluvia Menbechon 
que parecían presagiar unas espesas nubes que poco á poco 
fueron condensándose sobre la gótica ciudad. Corría el sñddl 
de todas las frentes, inundando todos los Tostros, pero na^ 
abandonaba su puesto. Los concurrentes se apretaban uw^ 
contra otros, sin quejarse, sin murmurar, para no interrom^ 
pir la ceremonia que iba á dar príndpio, absorto cada tmA 
en pensamientos que eran los mismos que agitaban aquello:^ 
cerebros excitados manteniendo en constante tensión las in- 

j^ Ím teligencias. Nadie se apercibía del b ochor no; la atención ge- 
neral estaba concentrada en el montón de lefia que se ahtaba 
en mitad de la ancha plaza. 

En frente de la pira, y al lado del trono, sobre un pe- 
queño altar, estaban colocados los dm misales, y entre ellos, 
alumbrado por dos yelas amarillas, un crud^jo que estendiii 

/ sobre ambos sus brazos como para ab arcar los á los dos. El 

\ "^-^ profeta de Nazareth iba á ser testigo de aquel extraño jui- 
cio, que decidiría de la elección de culto. Nadie más intere- 
sado que el mismo Dios para señalar la forma en que quería 
ser adorado. 

licvantóse de pronto el rey, y su simpática figura se mos- 
tró erguida sobre el trono. Hizo una señal con la mano, y se 
dfttó caer en su asiento palpitante de duda y emoción. El 
dudo iba á empezar. En aquel instante, un extraño extreme- 



I» TOLCDO. 65 



madefito-hizo palpitar con más ñierza todos los corazones, y 
tie animaron todas las miradas. Se oyó un ¡ayl ahogado y un 
silen<^ sombrío, un silendi de muerte, reinó después en la 
plaM. 

Hubiera podido oirse el ruido del viento al columpiar ^^^^^ 
las hojas de los árboles. 

Se adelantó entonces el arzobispo, después de besar la 
mano del monarca de Castilla, se dirigió con vacilante paso 
hacia el altar, y postrándose de hinojos ante él, empezó á 
modular fervorosas oraciones. En aquel momento solemne, él 
tanlbien se preguntaba si habia obrado bien siguiendo las 
inspiraciones del Pontífice, y aunque creyendo firmemente la 
justicia de la causa que defendia, su mente, incapaz de com- 
prender los designios inexc^rutables del Eterno, vacilaba y 
necesitaba ver expresada la voluntad del cielo para tranqui- 
lidad de su conciencia. ¿Qué pasó en aquel diálogo mudo del 
hombre y Dios? Ninguno de los que vieron al arzobispo le- 
vantarse truiquüo y sereno para besar los pies del crucifica- 
do hubiera podido decirlo; pero la muchedumbre le vio tomar 
con mano firme los dos misales, dirigirse con ellos hacia la pi^ 
ra y colocarlos en medio de ella sobre la leña pronta á arder, 
volviendo á retirarse en seguida á ocupar su puesto tras el 
asiento del monarca. Luego, un hombre puso fuego á la in? 
mensa pira, oyóse el crujido de la leña que se retorcía al ser 
envuelta por la llama, y por un instante todo desapareció en 
la hoguera. 

Pero porun instante nada más. De repente se oyó un gran 
ruido, y uno de los dos misales, arrojado de la ph*a por una 
fuerza invisible y extraña, cruzó como un proyectil el aire 
y faé á caer intacto á los pies del rey D. Alfonso; era el mi- 
sal gótico el que las llamas despedían de su seno, no atre- 
riéodose á haeeOresa en sus veneradas hojas. El romano 



5 



66 TBADICIONXS 



aignió en el fuego, y bien pronto no fué más que un montan 
(le cenisas. 

— ¡Milagro!— gritaba el puebi» oonmovido. — jMilagroI — 
ios caballeros; y las mujeres abrazaban á sus h^jos porque ya 
estaban seguras de enseñarles las mismas oraeioneB qiiet «Uas 
aprendieron. Parecía haberse ganado una gran Tietoria con- 
tara los enemigos de la oruz. 

— ^Nada puede oontra nosotros, — deda un aaciaws — la 
influencia del Pontífice, que no sé yo por qué no bá de ves- 
petar nuestras costumbres, nuestros usos» nuestras creen- 
cias. Lean en buen hora los extranjeros en sus nuevos misa- 
les arreglados por ellos i su gusto, y déjennos i nosotaros 
rezar las mismas onuóones con que evocaban los apóstoles la 
misericordia de Dios y la presencia de Jesús. 

— Ya se habrá convencido el rey— decía otro,*— de q«e 
Dios no quiere que muera nuestro culto sacrosanto. San II- 
defpi^, sin duda, velaba por él impetar^do la proteooicNi de 
la virgen María, á quien tanto defendió durante «a vida 
contra los heredes. El niego ha consumido el misal gali- 
cano y no ha tocado ni á una hoja del nuestro... T ea que 
todas ellas están benditas por Dios, y sobre cada una vela un 
santo, uno de los santos de Toledo, que leyendo las hojaia de 
ese libro, encontraron la senda verdadera de la luz y de la 
perfecdon. — 

Levantóse en esto el rey, y seguido de su oórte» des- 
cendió á su palacio, antiguo alcázar mandado constnúr por 
Wamba, y reedificado para mansión suya por los reyes ára- 
beTcte Toledo. Una sombra tenaz cubría su rostro; la r^ána 
y el arzobispo, pálidos de terror, seguian á Don Alfonso Mn 
atreverse á interrogarle con la vista. Los cortesanos, imme^ 
sionados vivamente por el espectáculo que acababan de inre* 
aenciar, marchaban tras ellos cabizbajos, sumergidos en pré- 



D£ TOLEDO. él 



exudas medhadoites. Pooo después la multífciid enuEaha «Le- 
gremente la plasa, cantando la victoria oonseigiiida por el 
reso nacional contra eí extSnjero, y una espesa oolvama de 
humo se perdía en el aire, oscureciendo la inmeneádad del 
bomonte. 

Dios había hablado, y sólo (quedaba á los hombres «jaeu- 
t«r y cumplir sos decretos divinos. Nuevamente se había ras- 
gado el velo de la nube y el resplandor de los relámpagos 
había alumbrado otaras tablas do la ley. 

m 

Aquella noche los castellanos, y los que de espafto- 
les ieles á sus viejas oostumbres se preciaban, dormieritii ^^^ 
tranquilos, sonríéndose, no obstante su a cenjbr ado catoKcfe- ^^cai^< 
mo» i¿ pensar en el efeeto que causarían en d Pontífice hm " 
deeiskmes de Dios tan contrarias y opuestas á las suyas. Ni 
uno sdb abrigaba la más pequeña duda sobre k reetitaá del 
]*ey, y en vano se les hubiera objetado el recueido de lo aci^- 
cido en Burgos, porque hubiei^ respondido que el caso 9lo 
^ra igual; que la acdon sobrenatural y milagrosa no fu4 tan 
direela en el primero como en el segunj o; que éste, adamas, ^^.^ 
venía áconfirmar plenamente lo^ ^tado ^XMr aquél, y por ^^ j J^ 
timo, que fuerte con la protección divina, el antiguo nñsal 
gótico era sobrado grande para que pudiera oponérsele el 
romano, siquiera tuviese de su parte las simpatías del Papa, 
cabeza visible, para los católicos, de la Iglesia de Jesucristo. 

Pero el pueblo es un niño, á quien de nada sirven las 
enseñanzas del tiempo, y que como tal j no lee nunca ese li- 
bro gigante de la experiencia, madre y sostenedora de la 
vida; el pueblo es noble, generoso, recto, y no comprende 
las argtícias de los teólogos, ni los sofismas de los legistaSy^^'^^^^^j 



k!^<.Xv 



68 Tfi ADICIÓN K» 



capaces de tranquilizar, á fuerza de silogismos, la ooncienoia 
máá perturbada, si así conTiniera á sus intereses; el pueblo 
/ és siempre joven, y el poder siáfcpre viejo, y por estaraion, 
^^^ en todas las luchas que sostiene, el poder artero y artifidoso 
\ ence siempre al pueblo inocente y sencillo. No hay en el 
^ , , ^mundo dique que pueda oponerse al capricho de un déspota, 
que salva el primero la valla religiosa, dentro de la cual se 
encierra como en una cindadela fortificada. Esto es lo que 
l>asó en la ocasión á que nos venimos refiriendo. A pesar de 
la voluntad del pueblo tan claramente manifestada; á pesar 
de que tenia en su B.poyo la protección del cielo, tal oomo se 
entendía su declaración en aquellos Juicios de Dios de la 
fi!dad Media, — mezcla de barbarie y superstición; — á pesar 
de que las olas de la indignación popular llega1)an hasta las 
i^ gradas del mismo trono, Alfonso VI, fuerte por sus victorias 
eonti*a los moros, fuerte también con el apoyo del Pontífice, 
¿ no pudo resolverse á disgustar al Papa, á no complacó* á 
<:: Doña Constanza, á enemistarse quizá con los monges de Glu- 
ny» y V^^ tiempo después de la escena que hemos referi- 
do, expidió un decreto, por el cual se abolía el rito gótico, 
reemplazándole por el galicano. 

Es verdad que interpretando á su modo el hecho tenido 
entonces como sobrenatural, del que habia sido testigo, me- 
r tíase en sutilezas metafísicas para buscar una explioadón 
razonada á lo que no la tenia, y dar una sombra de legali- 
dad á lo que sólo era prueba evidente de su debilidad para 
oponerse á las extrañas influencias que pesaban incesante- 
mente sobre él; es verdad que, tratando de interpretar el de- 
[\ seo de Dios, ordenaba que el rezo antiguo se mantuviese en 
Toledo, puesto que el misal muzárabe habia salido de la ho- 
guera, y que se observase en el resto de su reino el romano^ 
puesto que habia permanecido entre las llamas como demos- 



w 



DE TOLliDO. 69 



taundo que no era en la hifltóríea ciudad dejos jJon cálioe . don- )C 
de habia de ser observado; es verdad que concedió, grandes 
piivilegiofi á las iglesias <|ae instituía como guardadora4s 
del viejo culto nacional; pero á pesar de esto, sus disposi- 
ciones cansaron un efe«to desastroso en sus subditos que 
comprendían lo que tal decisión significaba. 

Aquello era de spren derse voluntariamente de una inde-^ ^^^ 
p^idenoia mantenida á través de los siglos desde los tiempos 
apostólicos; formar una cadena que sujetase la conciencia, 
ahora que poco á poco, lenta pero seguramente, iban rom- 
piendo la que sujetaba su pié al carro triunfal de los hijoA 
del Profeta. La influencia francesa, que después había de 
dar tan amargos frutos; la soberanfa de Roma, que más taiv 
de, haciendo á España hija predilecta de la Iglesia, había de 
empeñarla en desesperada y ardiente lucha contra el pro- 
greso y la civilización, quedaban establecidas en este oculto 
líncon del Occidente. Ya tenia el Papa intervención directa 
en nuestros asuntos espirituales; ya nuestras oraciones eran 
las mismas que las de los pueblos sujetos servilmente á su 
poder. El culto nacional había muerto y con él nuestra liber- 
tad. 

Entonces fué cuando el pueblo, desengañado, comprendió 
que su fé sencilla había sido juguete de su soberano y del 
arzobispo; entonces fué cuando comprendió que la voluntad 
de los subditos, las costumbres. Dios mismo, no son nada ni 
nada significan para los déspotas, si en algo se oponen é los 
deseos de los que, imperando sobre los euerpos por un dere- 
cho que aún busca sin encontrarle la razón, quieren también 
imperar sobre las conciencias; entonces fué cuando nació ese 
dicho popular que anda en labios de todos, esa frase pun- ^/tx/^ 
zante y aguda como la hoja de un puñal, fina como una son- 
risa sarcástica que penábra hasta el corazón, y parece des-. 



70 TRADIOIOÜBS 



^^^^ jarrar los oídos del que la escucha; ese viejo proverMo tole- 
daSó^ tan natural, y sin embargo, tane^oágtico, que parece un 
inito desesperado del esclavo, def(Nisa de todas las i^juatíeias, 
expresión clara y evidente de lo que és en el mundo 1^ úni- 
ca» ley suprema: allá van leyes, donde quieren reyes. Pronta 
hará ocho siglos que salió de labios del primero que dio oon 
él forma á su pensamiento, y aún, por desgracia, puede repe- 
tirse en todos los tonos y en todos los idiomas por oasi todas 
lf>« pueblos de la tierra. 



¿u- '■ 



? -; 



LAS JUSTICIAS DEL REY SANTO. 



Pooos rdnados registra la historia patria más azarosos en^^'^^^^ 
ims prmdpiot que ^ de Dtm ^grnandoni de Castilla, á 
^ea más tarde su excesiva piedad, sus brillantes lucluui 
eoB los enemigos de la cruz, y su celo, algunas reces más 
que exagerado, en perseguir las herejías, oonqiústaron el ti- 
tttio de santo que el pueblo unánime le dio á poco de su 
muerte, y que la Iglesia^ confirm ó en el afio 1671, siendo 
Papa Olemente X. 

Ytvia Don t^ernando al lado de su padre Don Alfonso IX 
de Leom en la capital de aquel reino, mientras su ma^"re ^ 
l^entaba el de Castilla durante la minoría de su hermano 
Don En|^S|u^¿ se^^da de su esposo por decisión del Papa 
Tnocencio^in, que habia encontrado graves impedimentos á 
»u matrimonio á los seis años de realizado, y de su hijo por 
voluntad de Don Alfonso, que con esto creia tener en su p^ 
der á Doña Ber engue la, y esperaba por tal medio llegar á 
reunir así las dos más fuertes coronas de su tiempo, cuando 
ttua desgracia natural y en la que no tuvo parte alguna la 



72 TRAmOIOHSS 



voluntad del hombre, riño á dejar sin rey á Castilla: tire" 
vellaba el rey D. Enrique con sus mazos éfiriéh uno con tma 
piedra en la cabeza, non por su grado, é murió ende VI dios 
de Junio, en el dia de martes, '^ que dicen viejas ivónioas de 
aquel tiempo con su acostumbrado laconismo. Pasó la ochkt 
na, como era justo, á Dofia Berenguela, que madre antes que 
todo, ideó desde el primer momento ceñirla á la cabesa de 
ru hijo, y temiendo que la ambición de Alfonso IX pnsierR 
obstáculos á tan noble deseo, mandó venir á Don Femando i 
\ Castilla achacando deseos de verle, y ya en ella, le biso so- 
lemne cesión de sus derechos, cumpliéndose asi la profeoüi, 
' que según la leyenda popular habia hecho un ángel á Alfon- 
80 YII I como castigo de sus liviandades con la herm osa jad ía 
de Toledo. 

Grandes eran los obstáculos que el joven r^ tenia que 
vencer para llegar á verse pacífico poseedor de lá iMnoieia 
de su abuelo, el gran rey de lasjfayas de Toloaa. P«r ^m 
lado, Alfonso IX de León, su padre, ñirioso por el engate 
de que habia sido víctima, amenazaba entrar á sangre y ñie» 
go por el reino de su hijo; por otro, los Laras, que fiíerm 
los verdaderos señores del reino durante la minoría de Bnii- 
que I, deseaban y pedían con las armas en la mano la tatep 
la del nuevo rey^ que ya tenia diez y nueve abriles. Movían- 
se los partidarios de ambos, ganando voluntades los unos, 
amenazando los otros con la próxima entrada del Leonés ea 
Castilla,— que siempre ha habido partidos en España que en 
momentos difíciles han sacrificado el patriotismo al tríunlb 
de sus ideas ambiciosas, —y no faltaba quien se aprovechase 
(rAu de estas turbulencias para esquilmar á los pueblos y á k)9 
.^ : individuos con exacciones y abusos, amparándose de todas 
las banderas y sin servir con lealtad á ninguna. 

A todos, no obstante, hizo frente Don Femando, ayudado 



1>S TOLBDO. 73 



en el Consejo por Dooa Berengaela, su madre, discreta sefiko- 
m á quien ningún cronista ni historiador, escasean elo* ^^^^ 
gios. Híbo paz con su padre entregándole una suma de mara- 
vedís, mezquina como los pensamientos del monarca de León í<^ t> 
y los móviles que le impulsaban hasta el parricidio; venció 
á los Laras en varias luchas parciales, y ya sosegados un 
poco los ánimos, se dedicó á restablecer por completo la 
tranquilidad de que tanta falta tenia, para dedicarse en cuer- 
po y alma á la Reconquista. Y para conseguir este fin no fué, 
en verdad, muy parco en crueldades; impuso á los culpables ^j^ ^'^ 
suplicios horribles,^ y á unos hacía sacar los ojos ó cortarles 
las manos ó los pies; á otros ahorcaba ó quemaba; á otros, 
en fin, cocía vivos en unas inmensas calderas que le acompa- 1| 
ñaban á todas partes. ' ^ 

En una de las excursiones que hizo á Toledo, ciudad 
siempre revoltosa y nunca bien avenida con sus señores, fue- ^^ c^ 
ron tantas las justidas que llevó á cabo, que los Anales To- 
le danos segu ndos, preciosos documentos antiquísimos que ar- 
rojuí gran luz sobre muchos acontecimientos de nuestra his- 
toría» guardaron profundamente su recuerdo en estas lacó- 
nica& frases: « jBra MCGLXI (añ o 1223^ — Vino el rey Don jf 
i^Ferrando á Toledo é enfor^ muchos otnes é coció muchos \\ 
^en calderas.^ 

. A esta venida á Toledo del rey Don Fernando se refiei'e 
la siguiente tradición, tenida por cierta por todos los histo- 
riadores toledanos. 



Gobernaba Toledo á la sazón un antiguo paitidario de los 
Tencidos regentes, hombre adusto, de rostro repulsivo y mi- '^'^^a. -. 
rada insolente que chispeaba con extraño fuego al posarse 



74 TftADIClONBH 



r»- 



Jr 



en el rostro de las mujeres que pasaban á su lado. De ágriñ 
carácter, despótico por temperamento, y alende de la oindad 
de lea godos por obra y gracia de los Laras, <iae aprecdaban 
eii lo que valian sus facultades para el dominio y la tíran&t, 

-kAc y el rigor con que siempre ojmmia á los pueblos, — r dmfl o, en 
su concepto, despreciable, digno tan solo de ser r^do por el 

«V^^ l átig o y el capricho de sus gobernantes, — muchos aflos haom 
que su Oobiemo ])esaba como un castigo del cielo sobre loa 
pobres toledanos, que más de una ves habían querido haoér 
pedazos el yugo de acero con que oprimía su garganta, ain 
que nunca pudieran dar fin á su e mpefto , porque llegado el 
momento de alxar la bandeyt de rebelión, siempre habia uno 
menos ofendido ó más pusilánime que temblaba ante las dn^ 
ras consecuencias de una derrota. 

Cuando el poder de los Laras se deshiao ante la fiSrrea 
voluntad de Don Fernando, como la niebla se deshaoe por las 
cumbres de las montañas al ser herida por la luí del sol, to* 
do el mundo creyó en Toledo que el eco de sus ajes Oega- 
ria hasta el trono, logrando encontrar simpática acogida en 
loa oídos del rey, cuyas justicias empezaban ya á poner en eoi* 
dado á todos los culpables y á admirar á la somedad castellana* 
Ante la rectitudde carácter de Don Femando cedían todoa 
los abusos, desaparecían todas las injusticias, y no había in- 
fluencias bastante fuertes á interrumpir el curso de la justicia. 
Cuanto más alta estaba la cabeza desafiando la cólera real, Inás 
pronto y con más fuerza la hería el rayo de su poder. Pero 
esta vez, tan bien temadas tenia sus medidas D. Femando Gon- 
zalo^^— que este era el nombre del alcaide, — que todasISTque- 

jkÍ}j i^ ^^ estrellaron ante los muros del palacio cuyos unjbrales 
no pudieron traspasar. De gran alance práctico, y esperto 
en las luchas de la polhica, había comprendid,o desde el pA* 
mor momento, que Castilla, cansada de los Laras, acogería 



■ I» 



DB TOLKDO. 75 



GOtt g«0to y eon eatosiasmo la idea de teuer vn rey auyo, um 
veyptopi^^y gtte ^alMniaae por sí misnoyno por delegw^ni y 
asi ^4«6 aapo ki renuaeta de Doña Berengvda, eimó su adbe- 
i^Oii al nuevo monarea,* olridando á m» antiguos proieotores» 
precisaineiite entonce», qne hulnera podido, eon su ieaitad y 
«gutfedolM «n la deBgrao», pagarle, m primer eaim^a^ ¿M ' 
miento. Pero Gonsak) no entendía asi lat cosas del nmndo; la 
afli^rtaá, el reoonommÍMito y el deber, eran para él vanas fra- 
sdil^ite dvientoaarrastraba en sus confnsosremolinos, y k pia- 
pía oonserraeion, su oonyenienoia, los [únicos dioses á quie- 
nes rendía culto en el altar del egoísmo. Preocupado Don 
Femando con los graves cuidadoiVQ^^ 1^ ^^^^ ^^ pacificación 
del reino y sus luchas exteriores é intestinas, no pudodedicarse 
en un principio á oír las quejas de sus pueblos. Agradecido, 
oMBO bueno, á los que abraiaban su bandera en los críti- 
cos momratos de su elevación al trono, hal»a acogido con 
verdadera alegría y guardaba en su corasen cierto reoonod- 
miento á aquel noble magnate, que llegado el instante de la 
pmeba no vaciló un momento en ir allí donde le llamaba su 
oUigaokm de caballero y su deber de castellano, obediente 
sumiso á ks kyes do Castilla y á los ñieros de su corona. Hé ^^-^'^ 
sugñ pbr qué los toledanos esperaban inútilmente una desti- 
tuoimí que no veiiia, que no podía venir mientras el rey no 
deeperfaase de su letifrgo y comprendiese la sinrazón de la 
conducto de «u alcaide. 

Muchos vicios corroían el corazón de éste; puede decirse itn/^^ 
qlm «odosrlos que el infierno vomitó sobre la tierra en un dia 
de deeespera<non anidaban en aquella alma corrompida i la n^/i^¡^ 
ves per todas las impurezas. Abrumaba al pueblo con conti- ^¿Aa^vi • 
nuas vejaciones, multipiicaba los impuestos, vendía hasta^^*"^** 
el úkifiío pedazo de tierra de sus colonos para él pago de fius 
tnbulos, y no habia desgracia que arrancase una mirada de 



76 T&AD1C10NK8 



piedad i sos ojos, ni un impulso compasivo i su eoraioii. 
Parecia oomo si fuese un monstruo abortado por eA, wJtAanú^ 
un hijo de otra raza, de otro pueblo, nacido para oprimir á 
la raza de los hombres. Su nombre se 'citaba con espanto en 
las conversaciones del hogar, y las doncellas le mirabaa co- 
mo ancha nube' mensajera de desgracias, estendiáidoae de 
pronto por el cielo de su felicidad; los niños que desde pe- 
queños oian las maldiciones que este nombre levantaba, jui- 

''^ gábanlo negra encarnación de los malvados y gigantea que 
con sus muecas espantosas turbaban la dulce calma de sus 
ensueños infantiles. 

Pero habia un vicio que dominaba i todos los demás en 
el corazón del alcaide, imponiéndose á su inteligeneia y 

'^(.l^ á su voluntad; i^ez y libertino, con bastante poder para 
satisfacer el menor de sus caprichos, sus triunfos en amor, 
triunfos fáciles, conseguidos por el pavor ó por la fuer- 
za, eran numerosos, y cada uno de ellos se señalaba oon un 
reguero da lágrimas, y muchas veces- con un reguero die san* 
gre, en la historia de su vida. Ninguna consideración le de- 

rrc'Kí^ tenia; cuando le interesaba una mujer hermosa, s einter oep- 
taba en su camino como el fantasma de la fatalidad. 

Y en vano hubiera querido la infeliz que tenía la poca 
fortuna de despertar la atención de aquel hombre librarse 
de la seducción que la amenazaba. Nacida para ser inmolada 
en el ara lasciva de los deseos de Gonzalo, de pooo la podía 
' valer su negativa. La presencia de un padre, de un esposo, 
de un hermano, complicaban la situación, y sólo servían pa- 
ra avivar los feroces instintos de aquella fiera que vertiendo 
.«sangre de sus semejantes parecia encontrarse en su elemento. 
Muchas eran ya las víctimas; muchos eran ya los críme- 
nes; si la conciencia de Oonzalo no hubiera estado siempre 
dormida á las excitaciones del deber y á la voz del remordí- 



DE TOT.JfiDO. 



miento, más de una vez habría despertado en medio de las 
oonralisiones del terror. Pero para Gonzalo no existia. Los 
goces de la materia eran su único culto. Sin embargo, las 
quejas, las maldiciones, los ayes de los pueblos oprimidos se 
condensan como una nube sobre la cabeza de los tiranos, y 
más de una vez sale de esa nube el rayo que hiere los po- 
deres más altos de la tierra. 



n 



Era una noche pura y tranquila; una de esas noches de 
v^*aiio, tac hona da de estrellas que brillan eomo granos me-<^^ » ^ 
nudos de polvo de oro en medio de las sombras que pueblan ^ 
la inmensic^d. En el fondo de una estancia elegantemente^ , , 
alhajada al gusto de la época, una mujer joven y hermosajj^^ 
como el deseó, reclinada en un lujoso diván, huncQa en sus 
pequeñas manos de marfil su linda cabeza rubia, ocultando 
su frente cubierta de arrugas, fiel reflejo de las ideas encon- 
tradas qué refiian lucha tenaz en su cerebro. En frente de 
ella, silencioso también y meditabundo, con el hastio pintado f ÍO^ 
en el ce^do rostro y la mirada fija en un extremo del salón ^<^*** 
en que la luz de la luna, en guerra con la oscuridad, fingía 
eztrafias figuras, disipadas apenas nacidas, D. I^ernando» el 
tan temido alcaide de Toledo, entregábase á extraños pensa- 
mientos sin orden y sin hilacion ninguna. 

Bdnaba en la estancia un silencio profundo, tan solo 
interrumpido por los suspiros que de cuando en cuando 
dejaba escapar el pecho acongojado de la dama, suspiros dé- ^^ ^ '"■ 
biles oomo la respiración de un niño dormido en el regazo de 
su madre; oomo deben exhalarlos los ángeles si alguna vez 
vá una idea de la tierra á sorprenderlos en medio de las 
glorías sin fin del Paraíso. Cuando la joven suspiraba, éneo- 



78 TRADICIONBS 



jiase de hombros D. Fernando, haciendo un gesto de desdén, 
que no era apercibido por la dama, entregada á eoB medite- 
<;iene8. Después, todo volvia á quedar en silencio, y aquelIoB 
<los seres, sentados uno en frente de otro, no se atrerian á 
interrumpirlo con una frase cariñosa. 

T sin embargo, la noche convidaba á amar. Por la ven- 
tana abierta sobre el jardin, entraban en oonfoso remoKpg. 
las quejas del ruiseñor, los perfumes de las flores y el son 
» '/i / «cansado del aiToyo que modulaba extrañas melodías al desli- 
^^ ^^ r< ssarse junto á ellos. Todo dormia en la enramada que pobla- 
ba de sombras el jardin; las aves ocultas en el casto misterio 
de sus nidos de pajas, yerbas y hojas artíBticamenie éntrete- 
\ivC,<-¿ jidas; las rosas que enlazaban su tello, oonfundieode eam 
^^ beso sus capullos; el aura misma que apenas colun^iiaba las' 
hojaa que los árboles la oponiau. I^a luna ilnmíaaba al paia»- 
je levándose lentamente por cima del horinmte covio un in- 
rr*^''r menso copo de nieve, y rielando coa vivo fulgor eobte 
* 7 '^ ]as ondas del Tajo, fingiendo alcázares de píate y pedrerías 
on su cristalino fondo, ceñida por las estrellas que smuejabaa. 
^ .larga cadena de diamantes sembrados áT^ranel en el 
vacio. 

— ^¿En que piensas? — dgo por fin Gonzalo, rompiendo el 
profundo silencio que reinaba en el salón. 

— ^No lo sé;— le respondió la joven, después de una breve 
pausa; — extrañan ideas cruzan mi cerebro y en vano quiero 
desecharlas; se alejan un instante y vuelven otra vea oon 
más empeño. Sobre todo, la imagen de mi padre está sien- , 
pre delante de mi. Veo constantemente brillar sus ojos ep la 
sombra, que ora me miran compasivos, ora me reohaMii ame-' 
nadadores. Muchas veces, á mis solas y en este mismo cálie, 
paso las horas indiferente á cuanto me rodea; durante este 
tiempo, no pienso, no rezo, creo que no vivo... Pues bien. 



D£ TOLBDO. 79 



osando vuelvo en mí de este letargo tan profundo, aiebie 

mi rostro humedecido por lágrimas que yo no ke llorado.^ 

y quo sin duda vierte mi madre desde el cielo sobre mi frente / ' 

maneilladal ' ^ '^^ 

— ^Visiones, I^jas de tu imaginación sobresckada^.. 

— Que me hacen padecer mucho, y cuando se presentan, 
conmueven hasta las fibras más hondas de mi corasoa. Vi- 
sismes son, sin duda, pero visiones con que me abruma el re* 
mordimiento. 

— |Bah! 

•'-^No te rías, €h>nzalo; yo te he dado mi alma; por ti he 
paesto en olvido los santíos recuerdo^ de mi infancia, embal- 
samada eaa los suaves perfumes de la puresa. Yo era incoen- 
te^ sencilla, cuando te conocí, y oraba á Dios alzando hasta 
esd oielo, en donde vive, mi vista radiante de amor y reco- 
nocimiento; pero desde entonces, mis oraciones son muy 
cortas; y cuando acudo á Él, nunca levanto la cabexa, por 
miedo á que mi frente esté marcada por la culpa con oarae- 
teres indelebles. Antes, al acordarme de mis padres, sen- 
tía un gran dolor; hoy es más grande, mucho más grande mi 
vergüenza. 

— ^No prosigas, Aldonza, te lo ruego. 

— ^¿Te cansa oirme?... Lo sé; en otro tiempo, cuando al pié 
de mi re^ permanecías toda la noche, y te retirabas gusto- 
so sí al cabo de tantas horas de esperar conseguías una sola 
palabra en premio á lo que yo creía amor, hubieras dado 
mocho, mucho, por oír mi voz que tanto y tanto te molesta. 

— ^¿Pero qué es lo que te pasa esta noche, que das tono 
tan lúgubre á todo lo que dices, y no tienes más que repro- 
ches para mí? 

— Es que te encuentro muy cambiado, es que todo ciunto 
antes oía decir de tí, y sólo me arrancaba una sonrisa de iti- 



80 TRADICIONES 



üredslidad, se me aparece ahora de otro modo, y creo apermbir 
por donde quiera espectros vengadores que te acosan. ESs que 
antea: creía en el amor que me mentías y me entregaba á él 
con efusión, mientras ahora la duda destroza mí alma y no 
puedo arrancarla de allí... — 

Gonzalo se levantó entonces bruscament^e. 
— No te vayas, — prosiguió Aldonza llorando al ver el mo- 
vimiento de su amante. — No te vayas, por favor; tengo mie- 
do cuando estoy sola; miedo á mis recuerdos, miedo á la voz 
de mi conciencia. No sé lo que digo. {Soy tan desgraciada!... — 

Gonzalo, reprimiendo su impaciencia, volvió á sentarse. 
Hubo una breve pausa, interrumpida por los soUosos de la 
hermosa joven que arrancaban relámpagos de furor á los ne- 
gros ojos del alcaide, que á duras penas contenia su furor. 
La luna se había ocultado tras una líjera nube, y la estancia 
estaba sólo iluminada por el reflejo de una lámpara que ardía 
en un cuarto inmediato delante de una imagen de la Virgen. 
De pronto secó sus ojos Aldonza, y acercándose á su amante 
y apoyando su hermosa cabeza rubia en el pecho de aquel 
malvado, le dijo con voz dulcísima, velada todavía por el 
llanto: 

— ¡Soy muy desgraciada, sí; muy desgraciada, y sin embar- 
go, sí tú quisieras sería tan feliz! Tú podías, con una sola 
palabra, realizar todos los sueños de mi alma; rehabilitarme á 
los ojos de los demás, ante los cuales me has perdido, y reha- 
bilitarme á los míos también. Mí cuna es noble, tanto como 
la tuya; bien lo sabes. Soy rica, demasiado quizá; todos me 
llaman hermosa, tú también me lo has llamado muchas ve- 
ces, ¡ojalá no te lo hubiera parecido nunca! Te amo hasta el 
extremo de haberte sacrificado mi honor, la prenda más sa. 
grada de mi alma. Pues bien, todo te lo doy con mi mano. 
Unámonos ante los hombres como estamos unidos ante Dios. 



DE TOLEDO. 81 



Uámpleme la palabra qne me diste al pié de esa misma ima- 
gen, e& la cual se clavaroB por última Tez las miradas de mi 
madre, veladas por el velo de la muerte... ¿Nada me dices? — 
prosigmó al notar el silencio de Gonealo. 

— ^No puedo responderte. Varias veces te he dicho ya que 
hay causas que impiden que este matrimonio se realice. 

— ^¿Poro cuáles son esas causas? 

—El reino no está seguro todavía... Aún no ha renido el 
rey á Toledo, y yo no sé si mi conducta le agradará. Puede 
destituirme, y yo no quiero unirte á mi desgracia. 

— ¡Evasivas, siempre evasivasl Nada de esto me decias 
aqu^a noche... ¿te acuerdas?... Brillaba la luna como ahora; 
como ahora el viento traia hasta nosotros el canto del ruise- 
ñor, y las flores uñian en la sombra su b roch en medio cerra-* " - r > 
dOw Tú estabas á mi lado enloqueciéndome con el fuego de- ^"^f"* 
tus palabras, de pronto te levantaste, arrastrándome contigo, 
y en ese re clinat orio, ante esa imagen de la Virgen, juraste '^ ' ^ 
ser mi esposo.^.. ¿No te acuerdas? 

— ^Te he dicho mi última palabra en el asunto, — dijo Gon- 
zalo levantándose de nuevo. — ^Es ya muy tarde, y me retiro. 
Estas esoenas rinden las fuerzas de mi espíritu. Confia 
en mi, y nada me digas. Yo sé lo que he de hacer. Adiós, — 
afladió poniendo un beso en 1% ñ'ente do la joven, que pare- 
cía luiber'. iigotado ya sus ñierzas, — estos dias no podré verte 
po»|ne maftapa viene el rey. 

— |E1 rey! ¡Viene el rey! — preguntó Aldonza sorprendida. 
' --^No sé cuánto tiempo estará aquí, pero dorante todo él 
no poJbré abandonarlo. H|U3ta que se vaya, pues. Confía en 

lili. — 

Y estreoiíando la mano de su amante, sal^ del cuarto 
Ooiiiato, maldiciendo entré dientes á la mujer que de tal mo- 
do le importunaba conisus quejas. 

6 



82 



TRADICIONES 



Guando se vio sola Aldonia, se irguió BeteoA al pareo(»r 
y con voE dura y acento contenido, 

— Se marclia»— exclamó; — se marcha (án oírme, pevoal 
marcharse me ha indicado el camino que debo seguir. SH r^ 
viene mañana... pues bien; á él acudiré en busca, del lumor de 
mis mayores. — 

Y reclinándose en su asieqto dejó vagar su mirada in- 
cierta por el ámbito oscuro del salón. 



III 



Cuando Gbnzalo salió de la casa llamó oon voi fnerie: 

— iGinésI 

— Aquí estoy, señor, — le respondió un hombre q«e pava- 
Ctiñ.^^ cía haber brotado de entre las piedras do la oalle wi UimA- 
miento del alcaide. 

— Mucho te he hecho esperar, buen Qinéa, peto, ¡qué 
quieres! la conferencia ha sido muy larga, y aunque de baona 
gana la hubiera yo abreviado, no he podido hasta ahora 
desprenderme de ella. 

— Sois injusto, señor, con esa pobre mujer que tanto 08 
ama. 

— Pero me aburre ya su anior. La esoeía d^ ^ibU, VHÜndf 
como la de ayer, oomo la de mañana, me cansa... Q«C|JiMik {«g:, 
convenciones, nada más. Hoy parece que ha quedadOí fooo 
satisfecha de mi visita. 

— Señor, si los años que llevo en vuestro servicio y kclarga 
esperiencia á fuerza de años conquistada, »e tntinriwfnin 
para daros un consejo, os encargaría que no irritáfleis el 
amor propio de doña Aldonza. La nmjer ea imprmensble, 
y pasa fácilmente del cariño al odio, y, eveedine, el MiftdB 
una mujer jamás se desaña impunemente. 



u*rt»t^ 



DE TOLEDO. 83 



Gonsudo no oia estas palabras del viejo servidor. Camina- 
ba preocapado, y de cuando en cuando Ginés le oia mur- 
murar: 

— jQué importuna! No conoce lo que me molestan sus re- 
eiimixtacioneQ. Después de todo, ¿quién sino ella es la verdadera 
culpable? ¿Quién más que ella debia respetos á su nombre? 
¿Por qué se rindió tan fá<á\ño^áí0á^\xnB haliigos? ¿Por qué AtJr^ 
no desplegó entonces la fortaleza de que hace gala ahora» 
procurando vencer mi resistencia? ¡Casarme yo! {Casado el 
temible alcaide de Toledo, y preso en sus mismos lazos!... 
¡Tendría gracia!... — 

T el eco de una carcajada se perdió en el vacío. 
* — Mañana viene el rey, — ^proseguía: —¿Qué me traerá su 
llegada? ¿Crecerá ó megguará mi influencia?... Nada me *^^*** 
preocupa por parte de los toledanos que me odian, pero me 
temen. Además soy suficientemente poderoso para que e) 
miamo rey, no muy seguro aún sobre su trono, se atreva á 
hacerme blanc o de su enojo. Por este lado estoy seguro y no ^ 
hay en el cielo de mi tranquilidad nube alguna que me pue- 
da eausar recelos .. — 

Uiegaron en esto al Zoco, alumbrado débilmente por el 
pálido fulgor de las velas que ardían ante el Cristo de la 
Sangre, y al cruzar la desierta plaza, se inclinaron los dos en 
sil^uño, simtiguándose respetuosamente y manteniendo la 
cabeza dtsscubierta. Ta iban á empezar á subir la cuesta de) 
Aloázar, entonces fortaleza que albergaba la pequeña guami- 
cioaque tenia Toledo para su custodia, cuando una mujer 
salió de entre los arcos de la plaza, precipitándose al encuen- 
tro de Gonzalo. 

— ^¿Qnién vá? — dijo éste retrocedieádo un paso, y llegan- 
do la mano al reluciente puño de su acero, mientras Ginés 
se ponía al lado de su amo, 



84 TRADICIONES 



Mlt'. ' 



— Soy yo, señor; do temáis; --respondió oon vos aoongoja- 
da la mujer, cuyo acento triste y abatido revelaba un intenso 
dolor. 

— ¡Blanca! 

— Blanca, sí; la pobre Blanca que hace muehas boras reza 
á los pies del Santo Cristo de la Sangre, rogándole que vi- 
nierais pronto de casa de esa otra mujer, que absorbe todo 
vuestro tiempo. 

— ¿Qué haces aquí? 

— ¡Esperaros, esperaros y llorar! 

— Pero á estas horas sola y abandonada... ¿Qué te ha im- 
pulsado á venir á buscarme? 

— Es, señor, que algún mal intencionado ha enteracu) 
á mi padre de mi deshonra, y hoy, al volver de su tntbftjo, 
ya entrada la noche, llegó muy furioso á casa; me interrogó 
con voz dura y aspecto terrible, tim terrible que yo, que nun- 
ca he mentido, me arrojé á sus plantas pidiéndole perdón y 
confesándole mi culpa... 

— ¿Qué has hecho, Blanca? 

— Eso mismo me dijo mi padre: ¿Qué has hecho? Y luego, 
cogiendo un hacha, la levantó sobre mi cabeza. Sbiónoes 
tuve miedo, y echando á correr, salí de mi casa sin saber á 
U' dónde me dirigía, creyendo oir detrás de mí la c|rrera pieci- 
' pitada de mi padre. Asi he andado casi toda la ciudad, ocnil- 
tándome para no caer en manos de la r^da que me hubífini 
detenido, añadiendo más vergüenza á la que ya sentia. Fui 
al alcázar y me dijeron que no estabais, que habíais aaUdb y 
que tal vez tardaríais mucho. Esto me decidió á venir aquí á 
esperaros ante el altar del Bedentor. Durante estas largas 
hor%s, he llorado mucho, he rezado mucho, y Dios, sin duda, 
me ha escuchado, porque me encuentro más tranquila. Por 
fin habéis venido y ya no tengo miedo. 



DE TOLEDO. 85 



— ¿Y qué quieres que yo haga para remediar tus debilida- 
des? ¿Crees que puedo compremeterme llevándote al castillo 
con escándalo de todo el mundo? 

— ¿Cómo, señor, vos me rechazáis también? 

— ¿Pero quién te ha mandado á tí hacer á tu padre esa 
confesión inútíl, que á nada conduce? Ta lo has hecho, 'y no 
tiene enmienda; ¿pero qué quieres que haga yo ahora? . ^ 

— Hace un mes, señor, 3^ no os pregunté lo que iba á ser 
de mi; yo no os pregunté si me comprometia dándoos mi 
amor. ¿Por qué, si no me amabais, me engañasteis? 

— Es tarde, y mi guardia estará quizá con cuidado no> 
viéndome volver. Nada puedo hacer por ti, pero te daré un 
eons^. Aunque esté ofendido contigo, tu padre, al fin, es tu 
padrej y no podrá resistir tus lámmasu^JS^elve á tu casa y^ . 
olvida, como un sueño, cuanto hi^mecUad^iUitre nosotros.— *»*v^ 
T desprendiéndose de las manos de Blanca, atada á su '^^'^^ 
triÓ^ ^úzo un violento esfuerzo y empezó á subir ht euesta ^ 
del alcázar, seguido de Ginés que ¡Mresenoió impasible esta 
escena, mientras Blanca, incapaz de pronunc^Bur nua sola pa- 
labra, de e^hidar uñ solo quejido, caia exánime sohre las du- ^ 
i*a8. losas de la plaza. ' ^ 

— ^jNoche completa! — deda el alcaide cuando le faé fran- 
queada la férrea puerta del alcázar y subia isus habitacio- 
nes. — ^Parece que el infierno está airado contara mi, y se há 
propuesto atrepellar obstáculos en mi camine- 
Entretanto, un bulto, desprendiéndose de entre los arcos ^^ 
de la plaza, sobre los cuales se levanta el oratorio de la ima- 
gen, se inclinaba sobre el cuerpo desmayado de Blanca, y 
tomándola en brazos murmuraba: 

-*Tú no eres culpable, hija mia; tu misma inocencia te 
ha perdido, y yo no puedo castigarte por una falta que no és 
tuya. Pero Dios es muy bueno y el rey muy amante dé la 



86 TRADICIONES 



justicia, y á los dos encomendaremos el faUp de naestra 
causa. — 

Y levantando á Blanca se alejó con ella en direooúm á la 
plaza del Carmen, perdiéndose en los reirueltos oaUcgones 
que rodeaban el oon}(§ntQ^¿e^SjntaFé. 

La noche seguía serena y tranquila* El yiento oallaba, 
y sólo de cuando en cuando interrumpía el síleneio la toi de 
•alerta que daban los centinelas del alcázar, y era repetida á 
lo lejos por los guardias del castillo de SimServando. 




IV 

Pocos días después, en una hermosa maftana de Mayo, 
agolpábase la gente en la antigua plaza del Zoco, y aunque 
id< oran grandes los a preton es y muchos los ofendidoe que á^ 
buena gana hubieran respondido con palabras y aún con he^ 
chos á los atropellos de que eran yíotimas, ninguno, sin em- 
bargo, sei atrevía á exhalar un grito de dolor ó de riUa, y to- 
'jfyy^ dos suíriati pacientemente la tortura de ser pr ensad os. 

Y no era extraño que reinase aquel silenoio. En un lado 
de la plaza, y bajo el arco de la Sangre, el rey Don Femando, 
rodeado de sus nobles, oía las quejas que hasta él elevaban 
sus vasallos, y atendía, cuando era justo, á su remedio, y, 
aunque mozo, no era capaz de sufrir vocerío ni oonñision de 
la plebe. 

Ya se había prolongado bastante la audiencia, y eran 
muchos los satisfechos, y no pocos también los castigados, 
cuando abríéijLdose las filas de la apretada muchedumbre, 
1 dieron paso í una mujer cubierta de blancos paños en aeftal 
del luto de su alma,^ue suspirando tristemente y prorum- 
pittido en fuertes sollozos al llegar á donde se hallaba el rey, 
se d^*ó caer de rodillas como si no la fuera posible sostenerse 



DE TOLEDO. 87 



en pié más tiempo. Alzóla el rey, sorprendido un momento 
por su dolor, pero siempre galante hacia nna dama, qué, 
como la que estaba delante de él, parecía de alta clase, y 
tranquilizándola óon voz dulce, la preguntó cuando la vio ya 
más serena: 

^^Levantad, señora; ¿qué os trae hasta mi trono? 

— ^Señor, vengo en demanda de justicial 
Púsose grave nuevam^ite el semblante del monarca, que ^^' 
volvió á ser el guardador del derecho del débil contra el 
fuerte y repitió animando á que prosiguiera á la que tan triste 
se mostraba: 

— Hablad, señora, vuestro rey os escucha, y— descansad 
en él, — vuestro rey os hará justicia. — 
Más repuesta la dama, empezó así: 

— Soy hija de nobles padres, que, por desgracia, murieron 
dejándome sola completamente en el mundo, y harto peque- 
ña para poder con fruto preservarme de sus a maños . Bueña ^^ 
de mi voluntad desde entonces, y con fortuna bastante para 
poder ver satisfechos todos mis caprichos, vivia alegre y fe- 
liz, gracias á los cuidados de un viejo servidor de mi familia 
que toe ha visto nacer y me quiere como á las niñas de sus 
ojos. Nunca mi pecho se habia conmovido por otro sentimiento 
que no fdera el afecto que esc hombre honrado me inspiraba 
y la veneración que me infundía el recuerdo bendito de mis 
padres. Ninguno, entre los jóvenes caballeros que aspiraban á 
nú mano, habia logrado hacerse dueño de mis pensamientos... 
pero un día, señor, vi á un hombre que exaltó mi fantasía* 
encendiendo en mi alma deseos que yo nunca habia experi- 
mentado. No me preguntéis lo que pasó por mí, porque no 
podría responderos, -r- 

Y al decir estas palabras, el llanto ahogó de nuevo su voz, 
pero se rehizo bien pronto, y añadió: 



88 TRADICIONES 



— j\Ii faz, tinta por la vergüenza, os dirá, señor, lo que mi 
longua se rebela á pronunciar, y mi mente no alcanza i con- 
cebir. — 

Y echando atrás con un movimiento lleno de gracia ha 
pafios que la cubrían, dejó al descubierto su hermoso aem.- 

.tAx. blante surcado de lágrimas. Al verlo el rey, exhaló un grito de 
admiración y cerró los ojos como deslumhrado por aquella 
belleza que tan de improviso se alzaba ante su vista. Hubo 
un lijero movimiento en los nobles que rodeaban su trono y 

ff(ñ0 formaban su s équito ; aquella mujer tenia el don de atracarse 
^ todas las voluntades y llamar á sí todas las miradas. Sólo el 
alcaide de Toledo, Fernando Gonzalo, pálido y convulso, in^ 
clinó la cabeza sobre el pecho. 

Y es que él también habia mirado, y su corazón se Labia 
roto, porque la mujer que tenia delante de si era Aldonza; 
\ldonza, de cuyos encantos abusó, y cuyas caricias le cancwi*« 
ban tanto y tanto; Aldonza, á quien hacia pocas noches habia 
ofendido cruelmente. Dudarlo era imposible. Aquella mirada,. 
ñja y chispeante, clavada con aire de supremo desden sobre 
su rostro, era la misma que tantas veces, ebria de amores, le 
encantó al fundirse en un beso con la suya. Y al convencerse 
de que era ella, tembló; tembló porque conocia el carácter 
severo del monarca, y veia perdido su poder^ gastada su in- 
fluencia, en peligro, quizá, su vida... Mientras esto pasaba 6d 
el corazón del alcaide, el silencio se habia interrumpido y 
cada cual daba cuenta de sus impresiones á los que más cer* 
ca tenia. Por fin el rey se levantó de su trono y con voz algo 
alterada la preguntó: 

— ¿Y quién es, señora, el villano que de ese modo se burló 
de vuestra inocencia? 

'¿I — Femando Gonzalo,— contestó con seguro acento la atri- 
bulada doncella. 



D£ TOLEDO. 89 



— ^jBl alcaide de Toledo! — murmaró la plebe, y ua estre- 
mecimiento recorrió la multitud. Nadie, hasta entonces, ha- 
bía osado quejarse dd infame magnate; los ofendidos calla- 
bao por nuedd á las oonsecuenaas que para ellos podian te- 
ner sus quejas. Una mujer joven, sola en el mundo, les daba 
ejemplos de f<nrtaleza. 

— {Mi alcaide! — d^ también el monarca, y volviéndose á 
sus cortesanos se fijó en las descompuestas facciones de Gon- 
zalo que cayó de hinojos ante el rey. 

— Levantad, — le dijo éste con dureza. — No os dejó yo el 
poder que taiiais para que así lo deshonraseis. Dentro.de una 
hora daréis la mano á esta dama, y ¡ojalá no seáis para ella 
tan mal marido como infaine pretendiente!-^ 

Levantóse conñuso Gf^nzalo, y tendió la mano á la altiva 
señora qué ife la dio lanzándole una mirada de desprecio, 
mientras el rey, separando la vista de ella con tr abajo, i»vC i 
añadía: 

— Prosiga la ' audiencia . 

Aún resonaban en el aire, estas palabras, pronunciadas 
clara y distintamente por el rey, cuando se notó un nuevo 
moviiñiento de ojeajg en la muchedumbre por tantos senti-^ ^'i^'tOím 
mientes combatida en tan breve espacio de tiempo, y nuevos 
rumores, mal contenidos, se elevaron de todas partes. Una 
joven, casi una niña, vestida con el sencillo y pintoresco tra- 
je de las aldeanas de Toledo, ve rtiend o de sus hermosos ojos, ot^ 
azules como el cielo, un torrente de lágrimas, abrazaba con ^ 
desesperación las rodillas de Don Farnando, que en vano in- 
tentaba levantarla, conmovido por su grada, por su hermosu- 
ra y por su juventud. Al verla Gonzalo se extremeció tam- 
bién y un nombre r odó por sus labios: ^Ur^ 

— ¡Blanca! 

— ¿Qué tienes que pedir á tu rey, hermosa niña? — pre- 



90 TRADICIONES 



guntóla el rey oon afabilidad. — ^¿Han muerto tus padres? 
¿Han cometido alguna falta tus hermanos? 

— ^No, señor; vengo solo á pediros justicia; dicen que vos 
la dispensáis á quien há necesidad de ella. {Justada, gran 
s^or! 

— ¿Justicia quieres? Justicia se hará si tu petímon es 
también justa. ¿Contra quién la reclamas? 

— Contra ese hombre, señor, — gritó la pobre Blanea se- 
ñalando al alcaide de Toledo, que hacia vanos esfuerzos pura 
Q ocultar su rostro. 
T^^^ FriMció el gran rey el entrecejo, y siguió preguntando á 
la niña con dulzura: 

— ¿Qué queja tienes contra él? Habla. 
— Señor, mi padre es colono suyo, y muchas veces, cuan- 
do el trabajo se lo impedia, yo era la encargada d^llevarie el 
S^^jl^ importe de nuestro arrendamiento. Siempre que esto sucedía, 
reteníame mucho tiempo vertiendo en mis oidos, poco aoos- 
r* tumbrados á galanteos, conceptos y frases que llamaban el 
rubor á mis mejillas. Un dia, señor, hace un mes, fíxi á su 
casa... Entré con la cara muy alta y sonriente, y salí de ella 
con los ojos bajos, creyendo ver por todae partes álásmos 
que me atraian á su centro... — 
»- ft,í*v Bujió de indignación Bou Femando. 

Y mientras los cortesanos acudian á levantar á la joven, 
á quien el exceso del dolor y la vergüenza habia hecho des- 
mayarse, el rey, rojo de cólera, sintiendo ya en su peeho 
aquel espíritu que más tarde le animara á ha$0r.«ig¡:aJa má- 
fiíkc ^^^^^ ^^^ ^^^ ^^^ mandó componer sobre la( LeaUanza ^ que 
dice: «^¿>n des lugar á los malos, nin consientas seerfimso- 
%dores los poderosos, é ábaxa los soberbios á todo tu poder^i^ 
— ¡El verdugo — gritó con voz tenante; — Que de un sólo 
golpe haga caer la cabeza de este hombre, lobo astuto á 



DE TOLEDO. 91 

quien yo incautamente tenia aquí por guardador de mis 
ovejasf — 

Y volviéndose á Aldonza que absorta y sorprendida pre- 
senciaba toda esta escena, 

— Antes — la dijo, — cometió hacia vos una falta, á la cual 
vos, aunque inocentemente, contribuísteis, y que ahora iba á 
satisfacer con su mano; pero el crimen de que ha hecho víc- 
tima á esta pobre niña, solo puede expiarlo con su sangre. — 

Y añadió: 

— Y para que todos conozcan mi justicia, que en la puer- 
ta de la ciudad se coloque la cabeza del villano. 

Poco después, en aquel mismo sitio, rodaba la cabeza del ^^ 
poderoso alcaide de Toledo, B. Fernando Gronzalo, señor de 
YeCTo s, cuya dehesa cedió el rey, y perteneció desde enton- 
ees, al h ospital de S antiago. 

V 

Hay en la bajad a^del Mirad e ro , hacia el paae o de Mer - 
g^ggt, ñrente al Pg^ti^ÜQ ^e^a y ictor ia por donde entró Al- 
fonso VI á tomar posesión de la ciudad el 25 de Mayo de 
1085, una magnífica puerta de puro estilo árabe, que sin 
duda por su posición se llama hi Rmiade},^^lf y ha sido 
declarada monumento nacional, hace aún muy pocos meses. 
En ella, entre el arco y las primeras ojivas, se vé uu tosco . 
grupo de piedra, de labor ordinaria, y que desd ice de l orden f^^^ct 
y del resté de la obra. Representa dos mujeres que, unidan 
de la mano, sostienen una bandeja, en la cual se divisa la ca- 
beza de un hombre separada de su tronco, y fué colocado 
allí para eterna memoria del suceso, cuando los cuervos y el 
aire y la lluvia, se llevaron los últimos restos de la cabeza 
del alcaide. 

Este grupo conmemora y recuerda al pueblo Ib,^ justicias 
del Bey Santo, 



LAS BODAS DE ABDALLAH. 



k mi qoerido amigo Gumersindo Fraile. 



Era día de gran fiesta y animación para los moros tole- 
danos el 29 de Manso del año 1008 de la Era vulgar. 

Vestidos los caballeros con sus mejores ropas, ostentan- « 
do las damas sus joyas más preciadas, y todos su alegría/ re- 
corrían con el entusiasmo y el júbilo . pintados en el rostro 
las tortuosas calles de la antigua corte goda, y en sus actos 
y en sus palabras dejaban ver bien claror los efectos de 'un 
j^ozo sin límites, al que podían entregarse libremente. 

Era natural: su joven rey Abdallal^benvAbdéHaíziá, 
mozo y de gallardo contínente, que, á pesar dé sus pocos 
años, dirígia con firme mano lo^ destinos de sus subditos, 
cambiaba de estado. Su enlace, proyectado hacía algún /]^^ 
tiempo, iba i)6r fin á realizarse; y los toledanos qiie Véian 
contento á su señor, aprovechaban la ocasión de demostrarle 
áu afecto y la activa parte que tomaban en su felicidad. 
Aparte de esto, tazones de Estado venían en ' tal caso en 
apoyo de la simpatía: la joven princesa, pronta á compartir A^i 



94 TRADICIONES 



con Abdallah la gloría de su trono, traía como dote la amis- 
tad del rey de León, y con ella el pago de antígaos servidos 
hechos por los moros de Toledo á los cristianos leoneses. 

Y como en este mundo de los eternos contrastes todo lo 
que causa la alegría de unos produce la desesperación de 
otros, y el placer se nutre del dolor como la vida de la mu^- 
te, los pocos cristianos que andaban jaquel día por las calles 
de la árabe Tolaitola llevaban impreso en sus facciones el 
sello de una tristeza indefinible; los alegres gritos que por 
todas partes escuchaban ^parecían resanar como ecos de 
muerte en su corazón acongojado. 

Y no erB, extraño que asi faese. No era extraño que 
mientras los moros demostraban entusiasta y frenética ale* 
gria, se ocultaran los cristianos para llorar en el retiro de 
sus desiertos hogares la falta de un rey católico que con sus 
defectos ó sus vicios iba á atraer sobre ellos la cólera de 
Dios; no era extraño que mientras los infieles coman en oon*> 
fusión tumultuosa hacia la antigua Puertji de Visa^ga , para 
esperar al cortejo que acompañaba á la joven d espos ada,. los 
sacerdotes cristianos, de hinojos sobre las desnudas losas de 
las pocas iglesias que dejara abiertas al culto la tolerancia 
de los conquistadores sarracenos, elevasen sus oraciones al 
Dios misericordioso, pidiéndole que apartara los rayos de su 
ira de la cabeza de un pueblo . que no es responsable de los 
delitos de los reyes. La joven princesa prometida al moxo 
Abdallah no era infiel como él y su pueblo; no.adoraba á 
Allah como supremo autor de lo creado y á Mah^ma.oomo 
al último de sus profetas; lejos de eso, su corazón, nutrido 
con mejores enseñanzas, se elevaba en raptos místicos hasta 
el Dios de los cristianos, y su alma, sobre ía cual había caído 
el hecmoso rocío de la fe, comprendía en todo su alcance las 
dulces predicaciones del Crucificado. 



DS TOLEDO. 95 



Pero BonA^J^sgíjrjdeJígpii tenia en pooo las arraiga- e*¿.pw^ 
das ideas de Doña Teresa y quería sacar provecho para si» 
armas de la hera^sunTcle su hermana. Para él aquella uaion 
no era sacrflega; aquel enlace no era una ofensa hecha á las 
creencias de su pueblo, á su opinión de caballero, á su ho- 
ñor de monarca; para él este matrimonio, cuya sola idea 
exaltaba á los católicos y enardecía á los árabes, no era más ^^^ 
que el precio á que compraba el auxilio de«A.bdallah en las 
guerras que sostenía por agrandar su territorio. 

La belleza de doña Teresa habia cautivado el corazón 
del rey musulmán que la habia visto en León y que por sí 
mismo fijó su posesión como premio de su alimiza, y Don 
Annso se la habia concedido. En vano su hermana le decla- 
ró su firme voluntad de no pertenecer nunca á un hombre 
que no inclinaba su frente ante la ley de Jesucristo; en vano 
la voz unánime de su pueblo reprobaba el acto de violencia 
que se ejercía sobre la pobre señora; en vano los oUspos y 
los sacerdotes le amenazaban con un tremendo castigo en la » 
otra vida, y los magnates de la corte murmuraban de q«e 
asi se entregase á un enemigo del^ nombre cristiano la flor 
mi» hennosa de los jardines leoneses; la voluntad del rey 
estaba sobre todas las voluntades, su opinión sobre todas las 
opimones, y contra las protestas de doña Teresa, con^a las 
excitaciones del dero, contra las murmuraciones de la noble- 
za, rodeada de un luddo séquito que más pareóla formar 
parte de un duelo que de una boda, salió de León la hermo^ 
sa princesa con la vergüenza en el rostro y la muerte- en el 
alma, seguida de numerosa s^vidumbre que llevaba el dote, 
de la futura reina de Toledo y ricos presentes para el mq-' 
narca musulmán. 

Hé aquí por qué el dia 29 de Marza del año 10Q8 de la 
Era vulgar agolpábanse á la Vega los árabes toledanos para 




96 TRADIGIONEtü 



presenoiar la entrada en la ciudad de la prometida esposa de 
Abdallah, el cnal, siempre galante, habia abandonado aqae- 
Ha mafiana la capital de su reino para salir al encuentro á 
los leoneses en Olfas, á dos leguas de Toledo, y hé aqu( 
también por qué entretanto que esto sucedía, retínibanse d 
sus templos ó á sus casas los cristianos para llorar él sacrifi- 
cio de dofia Teresa, y calmar á ñiena de oraciones la cólera, 
justamente irritada, de su Dios. 

II 

Era la hora de la caida de la tarde. 
No bay nada que más eleve el espíritu á altas contem- 
placiones, que la puesta del sol vista desde las márgenes del 
Tajo, desde aquellos ríentes campos ocultos bajo un manto 
de verdura que fertilizan den arroyos al desliiarse entre sus 
/' 1^ ' . bQ|as. El sol estiende en el cielo la espléndida fi ájejjí iple bub^. 
(• .mf.^ -fi?tayos, y las nubes, cuyos festfipes enrojece, se agolpan al^ 
. f'r i¡ borizonte para servirle de mullido lecbo. En el eaftetito 
'^ ' -"^ opuesto del firmamento la nocbe empieza á encender sus es- 
trellas brillantes, y el astro melancólico que la sirve de diadema 
490 eleva lentamente, como persiguiendo al sol que huye á su 
pesar arrastrado por fuerza desconocida, cual lo describen las 
4- poéticas baladas de la Rumania. Los lejanos cigarrales, siem- 
pre frondosos, siempre verdes, parecen detener en las copas 
de sus árboles las últimas miradas de fuego del asti^rey;' y 
;■ i v.^ , . mientras la sombra invade su falda, blandamente lanuda por 
e^^.f. "ú río, resbalan en sus cumbres los postreros ñdgoreft de 
la luz . ' 

Los pájarod, ocultos en las ramas y el follaje, cantan sus 
endechas más sentidas; las fuentes y los arroyos murmuran 
rumores que parecen gemidos, notas perdidas de una pie- 



*.L 



*»v» 



DK TOLEDO. Íí7 

^ana lastimera. El viento, qae columpia las hojas de los ár- 
boles, silba también, y hasta el rio que corre incesantemente 
Hacia el mar, sin que el pliegue más ligero rize su tersa su- 
perficie, une su voz al concierto universal de la naturaleza. 

La tarde del mismo dia en que tuvieron lugar las bodas 
•de x\.bdallah con la infanta Doña Teresa, la corte musul- 
mana, conñindida con los caballeros que habian venido for- 
mando el séquito de la afligida señora, gq^aba del espec- 
taculo que acabamos de describir en el yc^^ede^Agaleny hoy ^ 
del Ángel, situado en un lugar llamado la Solanilla . que se ^ 
encuentra en la orilla izquierda del Tajo. AlH los habia n*- 
unido el poderoso monarca toledano para festejar con un sun- 
tuoso banquete la realización de su deseo más ardiente, el 
l ogro de su esperanza más querida. ^tu*^ 

Mucho tiempo duraba ya el banquete y aun no habia tie- 
ftales de que pudiese terminar. El ánimo de los leoneses ca- 
minaba de sorpresa en sorpresa. Hombres que pasaban su 
vida entera á caballo, con la lanza en la mano y la cgta de '«^^fe.^ 
inajlas sobre el pecho, combatiendo el poder musulmán, ajfe. 3'^ "* 
líos, por lo tanto, á los refinamientos de la vida, consideraban 
el banquete con que Abdallah los festejaba, como una serie 
i<Hitlnuada de maravillas. La profusión de m anjar es delica- - 
dísimos, la riqueza de las vajiUas, el lijjo que r ebosa ba en to- *2í/*i 
das partes, los iba deslumhrando poco á poco, y habia mo- 
mentos en que se juzgaban en poder de los gnomos, esos "^ 
misteriosos genios de las leyendas populares que atraen á Iim 
hombres al centro de sus recónditas moradas, y ya allí, des- 
plegan ante sus ojos asombrados el panorama de los tesoros 
que guardan con esquisita vigilancia. 

Cada nuevo manjar era servido en una vajilla diferente, 
más rica siempre, más fastuosa que la anterior. De plata las 
primoras y con riquísimas labores trabajadas por los diestroíi 



98 TRADICIONES 




artistas que pusieron en tal obra todo el tesoro de- su inspi- 
ración, toda la mu gia de su arte, fueron más tarde sustitui- 
da por otras de oro, ante las cuales perdian aquellas su va;, 
lor. No había entre ellas dos que se pareciesen eu .sus 
ad9rnos ó en su forma, y conforme- las retirabftn de l;a mesa 
los servidores del palacio, eran arrojadas una tras oüía 4 1%^ 
tranquilas aguas d^l Tajo como cosa despreciable; y el áureo 
rio devoraba aquella lluvia tan copiosa de riqueza que hen- 
día las ondas y se perdia en «u escondido fondo. 

Y mientras brindabaQ unidos moros y cristianos, mÚ8Ír 
eos numerosos, ocultQS entibe los jarnos del rio, tañian tod^ 

rv^¿«. cl^e de instru,ipjBntos, cuy^. melo4ía emb arga ba el alma, y 
agrupadp á la otra orilla el pueblo toledano, aconipañab^ 
con entusiastas gritos de admiración la alegría de sus se- 
ñores. 

Terminó i)oi; fin el banquete, y levantándose Abdallahr y 
dando la mano á la desposada, que no habia alzado loa ojón 
ni una vez por no encontrarse £on la mirada ardiente ea dc: 
seos del que ya era su du€|ño ante los hambres, se dirigió» 
seguido de los nobles circunstantes á un elegante pabellón 

- 'ívi"*'u^^^ habia hecho preparar d^ antem^qo y cuyos primoro^q^ 

^:r'(W-^<< a gimeco s se reflejaban en el rio. 

— Os voy á ofrecer,— dijo vx)lviéndí)s^ á los absortos leoi- 
neses, — un cspectácuto digno de vuestra infenta y de vof?r 
otros: la pesca del oro. 

Inclináronse reverentemente los aludidos, y á una sqA^I 

V' hecha por Abdallah, varias barcas lujosamente emp ayea mbs 

. r> y dirigidas por hábiles remeros, hendieron las a^as, y al 

, compás de la música, sacaron del fondo del rio una ancha 

e,Cjí...'í red que el previsor sarraceno hiciera colocar allí de antoma* 
no para qu3 no se perdiesen las costosas vajillas que arroja; 
ban sus servidores apenas las quitaban de. la mesa, Al v^r 



DE TOI*EJ)0 99 



tan ÍB^perada maravilla, frenéticos aplausos, nuevos .vivaa 
y nuevos ecos de júbilo vinieron á ensordecer el espacio;r yb 
para con*esponder á ellos dignamente, el núsmo rey U^foó-em 
sus manos las piezas más lujosas y de más valor« y asifi^ 
r^ftrtitedQla^ en^e lo» j eque s de ew séqi^to y los noU^.del S fst^ 
áib sur esposa. 

El ttitpt^ de 1^ npcb^.ei^eKabaí á e^lrár el anc^.Sowdtfr 
del <^e^, y h^ nieA^: ao, leym^m^ desde el fío< fSBmi^ 
viéndolo todo ens^» nubes^ AJbdatf^Jb dio k s6da^do.lay«irr> 
tida. 

— ^PenpútidxijLe, aptes.dje. emprender la iparcbi», qi^e' reciba 
por tiltiflfi^ YBfi la bendi|¿on dfB. estos santos- va^aes á, qm^iifMlr '^ ^^^ 
r;espeto,co|]^i.mlpftd^e, a^i^r,-— dj^ lajéveadespo8iMÍMil]r> 
viéndose á Abdallab y señalando á dos graves y afist^iíífb 
obispos, que formabais paii^Q de la comitiva qu^ ai eeiíz de 
Leoil I9 había, da^xxDon Alfonso «Y; 

— Sois reina 4e mi aJ tediií e,— J» respojadid ^la^teUM9Í^ fvutA 
el n^f^hjMnetano j — y remf^ en. Toledo. Hac^ lo que gi^t^ift^TTrr 
B ioclij;iándose ante ell^. se alejó p^a vígihii;p(Hr>si b^jik 
ino iof preparativos del regreso». 

Bntonces 1^. pobre priiieesa, que á medida que creciíaj^ 
las aomb^aa senúa estenders^ por su oori^u UAa soml^^ 
mucho miás negra. q^e la de 1^ noche, arrojóse deshQch^>.a^. 
lágrimas .en brazos de los anci^unos sacerdotisa qijüejarepi)^ 
ron ^p ellos suspirando. 

— ^Acojg^jfidmey padces nMos;-mB]»Mjiiraba la. j^y^n^M-^" 
decidme q^^ debo hacer para romper est« odioso yijkg^-: qw 
es un sacrilego reto lanzado á Dios. ¿Habré yo de v^p^wie-*'*''^^' 
unida á .ujp enemigo, de mi religión p^a ser suya ppr toda 
una eterxúdad? 

— Calmaos, hija mia, — la dijo el más anciiuio de sus iur 
terlocutores.—Dios^ que dirige el mundo con su eterna sabi- 



570^\.\^ 



UMI TKADIOCONKS 



duria, á cuyo oído llega la queja del i)ájaro en el nido y el 
ohoque de las hojas en el árbol, leerá en muestro corasen y 
tranquilizará vuestra conciencia. ¿Qué culpa tenéis vos de 
■'r' i .los. desvarios de vuestro hermano? 

— Pero es imposible que yo me separe de vosotros . Aún 
es tiempo; reunid á mis caballeros y partamos; alejémonos 
para siempre de esta tierra de maldición. Esta i^ósfera me 
envenena; hasta el viento que azota mi mejilla silba triste- 
mente y pBoduce un gemido de dolor cuando pasa oerca d« 
mí 

— (Pobre niña! La fuga es imposible. Estamos rodeiulos de 
infieles que nos tienen en su poder. ¿Qué podemos hacer nos- 
otfos en el seno de una ciudad populosa que nos vé, que nos 
vigila sin cesar? 

— Además, hija mia, — aüadió el otro anciano que hasta 
entonces habia permanecido mudo, — ¿quién sabe so. la Pro- 
videncia os reserva un alto papel en el mundo? Yos, por 
vuestro amor, obtendréis para los cristianos de este reino al- 
gunas concesiones que hagan menos dura su esclavitud. 
¡Quién sabe! Quizá podáis con vuestra fé, con vuestra dolsu- 
ra, enseñar á vuestro esposo la senda verdadera y deshimbrar 
sus ojos con los vivos fulgores del sol del cristianismo. Pre- 
guntad á la Historia, interrogad al pasado y veréis que In- 
^ gunda, casada con Heraenegildo, le convierte á la fé católica 
y gana su alma para el cielo, logrando con esta conversión la 
conversión de Recaredo, que arrastró la de los demás godos, 
ca esta misma ciudad, y que hizo sonreir en sus tronos á los 
serafines. 

— {Oh, si! mi pensamiento se trasporta á esas edades y mi 
corazón se regocija con esos recuerdos. ¿Pero y si, menos di- 
chosa que Ingunda, no consigo convertir á mi esposo? 

— Hija mift, — añadió con voz alpo se\-ern el anciano, -es- 



:^yf. 



liK TOLEIK). 101 



cusad los extravíos de los hombres y no os acordéis de ellos 
mas que para perdonarlos. Dudad de las criaturas, pero no 
dudéis de la sabiduría y el poder de Dios. 

— Bendecidme los dos, — dyo entonces la princesa eayen^ 
do ante ellos de rodillas. — Bendecidme, y la Suma Omnipo- 
tencia, en cuyas manos me entrego, oiga propicia vuestros 
votos.— 

Los dos ancianos est^ndieron sus venerables manos sobre 
la cabeza de la joven y la bendijeron, murmurando una 
oración. 

A los pocos momentos, en barcas ricamente engalanadas 
y al compás de la misma música que se oyera durante la oo- 
mida, volvió á Toledo la regia comitiva y entró en la ciudad 
entre las aclamaciones de la multitud, que la acompaÜóliaB- 
ta el palacio de Abdallah, situado en las casas donde scás 
siglos más tarde se instituyó el Qrfo w de Scmia 
onyo nombre conserva en el dia. Al llegar allí despidióse 
afectuosamente la princesa de los caballeros leoneses que 
fueran ap osentad os en el mismo alcázar, disolvióse laaivK ^^ 
titad, cesaron las músicas en sus alegres cantos, y los dos 
esposos se retiraron á su címara. 



. I 



III 



Sucedió después de esto un hecho extraño, cuya ejcpiica* 
cioii buscan en vano los historiadores. Las crónicas lo veco^ 
jieron en sus anales; la tradición lo conservó en tocbs los )á^ 
bios, y el pueblo le hizo objeto de un sin número, de le- 
yendas y romances que andan de boca en boca y que vivirán 
lo que viva en el mundo nuestra lengua. Falto de datos «& la 
historia, el sentido popular fué á buscar su explicación en 
lafé. 



102 TRADÍCÍONJiÜ» 



Apenas la puerta de la regia eámara se úetró ira» los dos 
eapMos, agitados p(H* tan distintos pensamientos, postróse la 
infanta de hinojos á kto pvás de Abdallak, y abrasando, llena 
de 'espanto, sus rodillas, le dijo oon voz entrecortad* por el 
timóto: 

«^"-Sctor, el smndato de mi itermanb, el rey de León, me 
arroja, contra mi voluntad, en vuestros brazos. Unidos ya 
«Bte ios hombres, no lo estamos, no lo pódemeos estair nunca 
ante Dios ni ante nuestriu conciencias. La pakbra que en 
un momento de debilidad arrancasteis á mi hermano, es el 
úftiao laio que anvda nuestro destino: rompedlo. D^jad que 
me> dedique al servicio de mi Dios, lejos de los mesquiáos 
::. inUnses -mundanflles que {mean y peitecén, y mis labios os 
utunc^rán. 

— ¿Dejatros, señera? — murmuró eon oalor Abéáilah. — 
Omrinb <n vi en la corte de vuestro hermano, uaa vea se le- 
TA1É45 en mi interior para decirme que k vida ein tm< wa^im- 
posíUe. Diferencia de ideas, de patria, de rriigíem, todo se 
borfé ttite mí. Vuestra imagen se me apaareoia á ledas iioras 
•« nás sueños, eclipsando la hermosura de esas iiuiies que 
lu.^ engalanan el Paraíso prometidas á los creyentes por d ▼ene- 
^ rabie profeta; y vencí mis escrúpulos, arrostré la impopula- 
ridad, y fui á llevar mis armas y mi pueblo al servicio del 
rey de Lcon, el enemigo de mi Dios y de mi raza. Por pago 
á nri «lianza sólo pedí una cosa: vuestra mano. Y hoy que ya 
es nía, ¿había de perderla, y de perderla por mi culpa? ¡ Ja- 
más, señora, jamás! 

-^>V«estro pueblo me aborrecerá como yo le aborreaoo; 
inssoiros sois veneedorea y yo 'perteneseo á la casta dé ios 
^ifeiiídoe. Bn^enosortres no puede haber alianza; así lo esd- 
g«n nuestros dioses. 

— jQué asi lo exigen nuestros dioses!... No lo creáis. Si así 



DE TOLEDO. 103 



i ae£>e, el Ser á quien adoran los cristianos hubiera detenido 
los labios del monarca leonés antes c(ae éste -hubiera solici- ' 
tado ini apoyo para sus luchas intésthías; él ^ckieroso 'All&h, 
á quien yo venero, hubiera l&ecado níii brazo antes íjúte per- 
mitir que tremolase mi bandera junto á la crtii^ dM l^á^are- 
iiO. No lo han hecho, y eso nos dice claramente qhíe ftiie^tros 
dioses quieren que nos amemos, que vivattiós'ftíllijeá y que la 
-dicha sonría en nuestro hogar. 

— Solo hay un medio de que yo os ame, —dijo írás breve 
pausa la princesa. 

— ¿Será posible? — pregínló con júbilo 'el enamorado ca* 
ballero, — decidme cuál es, y yo os juro vfeVi'C^r los obstácu- 
los, i)or grandes quesean, que se opongan'i. este fin. Lavidu 
de mis toldados, el oro de mis pueblos, todo es üiio, y todo 
lo sacritfeo por conquistar una sola níifáda de esos ojos, una 
sola sonrisa de esos labios. 

— Pues bien, sea una nuestra religión. Haceos cris- 
tiano. — . 

Retrocedió algunos pasos Abdallah al óir táñ inesperada 
pitojposicion; pero rel)oniéndose en seguida, élblábió 86n voz 

- -Lo que solicitáis de mí es tiñ Imposible; y'ú íu'éía c'ápaz 
de abrigar tal pensamiento, ntó h'úndiria éáte á^fero 'éñ el pe- 
rcho para castigarme por mi cojjfi^día. — 

Y con voz más dulce añadió 'después: 

- ¿No habéis visto muchas vécés dos fltírés (Jüb ^ííizan 
ius tallos y confunden en un solo b6áo sus feñtlfeabiert'03 ca- 
pullos? Se aman y se uneú en el mlsterib del Wllé; 6'aftá cual 
i^otiset'va, sin embargo, su perfume. Vedlás dé l^(íá;iífo for- 
man mas que una sóía planta; áóferéfiós y J)fetó?b1tás'tfet'b y 
distinto el aroma de cadu una. Pues bieVi; seáttíó^ hbábtros 
í»n nuestra unión cottiO e'Sító áor'es. ArSStóbnos, Vivamos 



104 TRADICIONES 

Hiempre unidos en el amor y la feliotdad, pero et>I14t)rvemo«^ 
cada cual nuestra religión, que es la esencia de nuestro ñér^ 
o] p^ume de nuestra afana. 

— Jamátí, — ^replicó Doña Teresa, — ^mi fé oonsid^a 8Aorí- 
]t%-a esta unioA. 

— El amor que os profeso la santífi!ca y la eleva; lo» honk 
l»re.s la sancionan y nuestros dioses la bendicen. 

— Mi corazón la rechaza . 

— Yo conquistaré vuestro corazón á fuerza de amor y <le 
halagos. 
J,^l^^ — Os he dicho el único medio que tenéis para *»^ar e\ 
abismo que nos separa. 

— Es indigno de mí. 

—No hay otro. 
ÍtA^ -Sí, — exclamó ya amostazado y conjuro acento Abda- 
llah, — hay otro. El que me dan mi fueraa y nú dore«ífeo. 
Sois mi esposa. — 

Y dio un paso hacia ella. 

— Temed la cólera del Dios de los cristianos. 

— ^Nada temo, y sus rayos no pueden alcanzarme. ¿Qué 
fuerza tiene ese Dios que os mantiene en la servidumbre y 
t»s ha hecho nuestros esclavos? — 

Y siguió acercándose decidido. Doña Teresa cayó de bi~ 
vaojos otra vez. 

— ¡Piedad, tened piedad de mí! 

— Imploradla de vuestro Dios, porque la e«SIera ha (^orra- 
«io mis oídos á vuestro ruego. 

— ¡Dios de mis padres, protégeme! 
Abdallah dio un paso más hacia adelante... En aquel 
tuomento apagóse la lámpara que alumbraba la estancia y ^ 
oyó en el palacio un estrépito espantoso, á la vez que todo 
r5^ 4^1 i'cteniblaba como agitado por una mano invisible. 



Díu rOLÜlK). 105 



Despertáronse los que dormían; interrumpieron sus orA- 
i-iones los dos obispos que imploraban la proteeoion del cielo 
sobre Doña Teresa, y moros y cristianos e gtrop el acudieron '** ?; 
desolados á la cámara ocupada por los cónyuges, en la cual 
se oía la voz del monarca toledano que exhalaba gritos 4$8- 

Guando llegaron á ella, la estancia estaba iluminada por 
lili resplandor vivísimo que los hizo retroceder. En un án- 
gulo, la infanta, ai*rodillada y con las manos unidas, oraba 
fervorosamente siguiendo con la vista, un reguero de luz que $pAK 
desaparecía en el techo. £¡q el ángulo opuesto, Abdallab, 
non las facciones lívidas, los ojos pronto^^ájsdicsede las órbi- 
tas, tendido en el suelo, y tratando de(i noorp orar8^)8obre un ^-^^j 
brazo, señalaba con el dedo un punto del espacb y murmu- 
raba con voz cavernosa y con profundo acento de terror: 

— Allí... Allí... Por allí han salido... ¡Siento aun el ruido 
de sus alas! 

IV 

A\ día siguiente, y apenas rayó el alba en el cielo, apres- 
tábanse á regresar á su patria los leoneses llevando ricota 
presentes para su monarca. Con asombro del pueblo toleda- 
no, DoñaTeregaibacon ellos. En un pliego que los obis- r* 
pos llevaban con orden expresa de entregárselo sólo al 
mismo rey, decíale Abdallah que comprendía, aunque tarde, 
<|ue su unión con u^a prmcesa cristiana era imposible y fm- 
crílega, y por lo tanto la devolvía á su hermano y á la socie- 
dad en que había vivido, reiterándole, á pesar de esto, vos 
protestas de amistad y ofreciéndole su alianza para todos 
los casos en que necesitase de su apoyo. 

E\ rey, seguido como el día anterior de su cóite, y d6l 
pueblo, que silencioso y sembrío observaba su paltdt^z y 



106 TRADICIONES 




't'w 



SU tristeza, acompañó á los cristianos hasta Olías. Ai llegar 
allí se despidió de la que debia haber sido su eS^sa, mirán- 
dola con los ojos llenos de lágrimas, saludó afectuoááfnéntc 
á los caballeros leoneses y permaneció con la vista fija en la 
coínitiva hasta que esta se perdió en el horizonte. Entondes 
se llevó la mano al corazón como si algo se rompiera en él, y 
volviendogru^ tornó á la ciudad meditabundo y'|>énsativo 
y corrió á ocultarse en su alcázar, 
íl Och(iji¡asjdesguesJiabia muerto, minada su existencia 
por una enfermedad desconocida, que los más sabios médi- 
cos árabes y judíos no acertaron á 'definir. 
V^^^^ Cuando llegó Doña Teresa á su patria profesó en ün 



éÓtiventodeOvi^, y ihurió éh él siendo abadesa alguno.^ 
años niás tarde, según consta eb una inscripción de su sé^\il- 
cro, que aún én el dia se tíonserva (1). 

Tales fueron las bodas (fe AMaUah. 

V 

Todavía puede verse en Toledo una casa que, según afir- 
ma la tradición, es resto del antiguo alcázar de los goberna- 
dores árabes de Toledo, donde ocurrió el suceso narrado én 
la leyenda. Consérvanse en él algunas inscripciones árabes 
que no dejan duda alguna sobre su origen y la existencia del 
rey Abdallah. Instituido en ella un colegio de seminaristas 
'¿* bajo la advocación de SajitajC^iaUtia, á fi nes jel siglo XV, 
subsistió hasta principios del at^tiíal^en que fué presa de las 
llamas durante la ocupación de ios franceses en Toledo. Hoy 
es casa de vecindad. 



í 



V 



(1 H j :iqyl f^ta fnseripctmK Bi'e seputeré cubre el iBfruúo cuerpo dé íh^^ 

r esa, hija del rey Bermudo y la reina Elvira, nacida de claro linaje, y mÁ9 

iluíire por su sania vida, que tuvo conforme á su regla. Imítala, st deittaa ser 

-cr bueno-Murió á los siete dias de laii1iaL'»da8 de Hayo en Itiferiaquartai la 

(^ hora de medta noche, gra H.LXKYU en la sexta _edad del mundo. Concede, á 

Cristo, perdón Amen. 



*-^' 



SANTIAGO DEL ARRABAL. 



A mi querido amigo Santiago Nilego. 



Hay una pobiacton en España en que no se puede daruu 
«olo paso sin tro|)ezar con algún rico monumento, con alguna 
artística joya de inestimable valor, histórico ó tradicional, 
<tue influyendo poderosamente sobre el ánimo del viajero 
«isombrado ante tanta maravilla, arrebata enseguida su espi- ^^^A^* 
Yitu á altas contemplaciones y le hftee elevarse gradualmente 
^1 arte á !a naturaleza y de la naturaleza á Dios: esta po- 
fyhiY»on es, sin disputa, Toledo, la *rieja ciudad dormida á ori- 
llas del Tajo que hoy descansa de ün pasado glorioso absor- 
t(a én sus reeuerdos de grandeza. 

— ^No dejes de visitar la iglesia de Santiago del Arrabal,' — 
me habia dicho un amigo al despedirme en la estación del 
Mediodía de Madrid, y oon la imaginación sorprendida de 
encontrar tantas bellezas juntas , no quise abandonar k 
capital del teino visigodo 9Ín cumplir antes una excitación 
(\né tanto y taüto me prometía con su laconismo, y tina tár- ^ 



i 08 THADICIONKS 



olarfv lie, ouando el sol empezaba á deolinar rápidamenle al hori- 

M^ Mmte y las nubes orladas de grana y bermelldb se agolpabaa 
ante su paso para formar una especie de velo misterioflo <|iie 
cubriese los últimos resplandores del crepúsculo, me dirigí 
liácia la pequeña iglesia, seguro de encontrar en ella úgam 
detalle artístico ó alguna vieja memoria tradicional que re- 
cercasen mi alma. 

Así como las calles de la desenterrada Pompeya, sembra- 
das do sepulcros, ofrecen sucesivamente una tras otra al cu- 
rioso que las vLsiia huellas visibles de una <ñvilimcion aho- 
gada bajo la lava del volcan, así en Toledo se presentan tam- 
bién á la atónita mirada del observador huellas sucesivas de 
la marcha del arte y de la historia á través de los si^os 
aún palpitantes bajo la capa del tiempo. Bajé desde la aifti- 

;^: ^, I gua plaza del Zoco, testigo primero de las vistosas samforáfc 
y alegres torneos de los sectarios de Mahoma,ymás tarde de 
los terribles espectáculos con que la Inquisición imponia i 

r &,/)>v^ los católicos tibios por medio de la sangre y el terror un Dios 
de paz, de perdón y de misericordia. Dejé á mi espalda e^ 
.\íiradero, lanzando una ojeada á la estensa vega, á la verde 
campiña por la cual se desliza el Tajo, y allá, á lo lejos, ya 
semi-^nvueltas en las primeras brumas de la tarde, las vícq^ 
minas y derruidos torreones de los Balacips de^gjia/mtí la 
mahometana princesa cantada en tantos romances y objeto jde 
^■^' tantas trovas. Detúvome un momento ante la célebre R^érta 
dd Sol que guarda tantos recuerdos, y en que aún se distan. 
gue el eterno padrón de infamia echado por Don Femando HI 
el Santo en 1219, sobre el nombre y linaje de D. Finando 
(jonzalo, señor de Yegros, el libertino alcaide de Toledo; y 
pocos pasos má» allá saludé con respeto el antíguo BorHUü 
de ¡a, Victoria, por donde asegura la memoria popular que 

t.;:A|i.- ^t^ el rey Don Alfonso VI con sus huestes el 25 de 



DE TOLKDO. \0^ 



Mayo de 1085 á tomar posesión de la rendida capital del 
reino toledano, y qne conduce á la histórica ermita del CrÍH- 
to de la LuZy santo testigo de venerandas tradiciones. 

Llegné, por fin, á mi panto de destino, á la iglesia de 
¿antioigo del Arrahcd^ y antes de penetrar en su recinto me 
llamó sobre todo la atención su exterior, de puro estilo ára- 
be, y la esbeltez de su vieja torre que se elevaba gallarda 
hasta el cielo, coronada su cúpula con el signo sagrado de la :=. 
oru2. Al lado de la histórica Puerta de Vüttgras, fué ñin- 
dada,- según consta en antiguos documentosTpor el rey Don 
Alfonso, conquistador de la ciudad, que al hacer labrar un 
nuevo muro que rodease la parte /le Toledo comprendida en- 
tre este punto y el puente de Alcántara no quiso dejar á los 
habitantes de tan apartado barrio sin una iglesia en que pi- 
diesen al Dios de las victorias su protección contra la turba 
BdahiMaetana. ^ 

Estas noticias, que me fueron dadas por un pobre ancia- 
no que se acercó á mí al verme contemplar en silencio el as- 
peeto. exterior de la arabesca torre, incitaron más poderosa- 
mente mi atención, pues la antigüedad rodea de una au- 
r^la de respeto todo aquello cuyo origen se pierde entre los 
pliegoes de su manto. Por eso, después de abarca r en una ^^'^^^^y^ 
ojeada -los nal y mü preciosos detalles que reolaman examen 
más detenido, entró en Ik iglesia seguido de mi improvisado 
cicerone. 

El templo estaba solitario. Mis pasos reseñaban con f uer- 
«aoQ su ididsnudo pavimento, y pude, por letanto, contemplar^ 
le á mi sabor. La arquiteetura árabe que exteriormente le 
marcó con su sello conserva tamlnen en su interior grandes 
yproñindas huellas, á pesar de que el mal gusto que en eü 
pasado siglo cometió tantos sacrilegos atentados contra el 
íflrte, le ha modificado considerablemente cubriendo con oie- 



i 10 TllADICIONES 



M^^JU^ los rasos su artesonado, que debía ser magnifíoo á juzgar 
- por antiguas descripciones. Sus tres naves, no muy espacio- 
sas, son, sin embargo, bastante capaoes para eofttener los 
fíeles que á ella acuden diariamente; el altar mayor está ador- 
nado con varias apreciables esculturas del sigk) xvi; ea los*^ 
viejos retablos que adornaos lft£f parces hay atgoQOi^ vdm^ 
qi^e, con justicia, atraen á. sí 1» atención dql iotelígefit4. 

Pero no fué jssto lo que jn^ hizo apr^wr^n tod^ su vid^iT- 
la rec^qji^i^daciun da mi amigo; de tal manera hsk seivbml^ 
el ar^'Sus maravilla^ en Toledo, qu^ 1q que ei% otara p9t 
bladon cualq^era seríta un justo título ^ admiración» pf^. 
sa d^fapproilHdo ei) la, ciudad de Carlos L Ante la riqv^tti^ 
de detajles y mtgostad del conjunto d^ la catedral y San 
Juai) d^s lo^ Reyes; aat0 las mil vanfiSil^» di9 la amfñlMte. 
ra, gótí^ y irabfi^ ín» que dos ñMMtandÍYeraiiKlitod^fMii 
do depositada la suma de su saber y de su gk>r¡ii,.¿q9l^ PMr 
de signifí^]^ el vaJor artysMoo de uq temido, taja'x^HVdO co- 
mo lo ^ Sa^ti^mo del Arrabal?: 

. NoL 1q q0^ n^ impresioi^ misk vivam^ntjie, Idiq^e faíea 
jMu^ latir m^ deprisi^ m coratoa^ y arrebsütapd»; á luglireft vté9i 
alibosmi» idipas, nie llevó á pedirá la, bisloria el seor0tA4)í^ 
I lopas»4oi.ftió la vista de un, hermoso. piUpiítQ, pig amn^o 
I áMbe^(X>0:muiúsmsp.laboff^ de pi0dr«( Ui»ooa ó: estow^ir- 
IkIq, que^e cQAseiiv^a perfectl^fíiQnti^, A p^sar did qqe 1% IMM 
ignorante que cubrió el artesonado del templo llevó .«Hkfliij^ 
gusta basta . blanquear est^k. v^í»mm. objn^, y e^t^aansos 
^^ lindÍBpMA filigranas b«jo feobos da ^<. amo>Mi9A»do^ umg • 
sobre otn»s. 

Dei^^dA QstQ pepito, que se halla arrimado á uqo dft 
los pil^m»^ d« U neye central, y ei^l frióte á la p9(í9^4fií 
entrada, álzase la figura dcTun monge eu aetjtiod d^j^rqoKWPf ; 
que, con un ci*uoifijo en una mano, y la otra dirigida al cia^ 



DE TOLEDO. 111 



lo^ parece exhortar á sos oyentes á que eleven al Ser Sapre* 
mo sus pensamientos y su corazón. 

E^ tan nuevo para mí, y sobre todo, t^ia inesperado, este 
espectáculo, que gran esjmcio de tiempo permanecí sin pro^ 
nundar una sola palabra, tratando de de^káfrar aquel enigma 
que se ofirecia á mi consid^acion. 

— ^¿Qué significa esto? — pregunté, por fin, voiviéndome4 
mi anciano acompañante que presenciaba impávido mi asom- r 
bro, como hombre acostumbrado á no ver nada á^ particular, 
en lo mismo que de tal modo y tan poderosamente Uaq^aba 
eu aquel momento mi atención. 

—¿Esa tallj? — me preguntó á su vez.— ^-Representan — t^«í^A«^ 
añadió, — á San Vicente Ferrer. ^*^ 



— ¿Y cómo se encuentra aquí? 

— ^Es una historis^ muy antigua, y de U que sólo queda^ e¿ 
recuerdo fielmente conservado entre nosot^s; pero nada más 
que el recuerdo. ¡Como que se rcn^onta á muchos siglos; á 
iin tiempo en que aún habia judios en España, y en que esa- 
raza uuddita robaba los hijos de los cristianos para matarlqs 
despu€is.,dp>haperlos. sufrir horriblemente y componer infei'-> . 
nales soisitilQgioa.cO^ su sangre! ^» ^ 

— ¿I cuál eg es^ historia? 

— ^Pieep»— ajaadió n^ interlocutor, — que hace nachos a^os, 
cua^^^ tp^Q ^ nMw4o 06 quejaba d^ las infamias de los Í4- 
raeliUi^j q^e Ojcupaban una gran pafte d€^ Toleda y erai^ ef49^ 
vez m4^numeros9^ y más ricos, vino ui»:dia San Yicep^, 
Ferrer á nuestra dud^ y empezó sus pre4ieacipiies Qonlori^, 
ese pueblo que se at];evió á. poner sq.s manos en el misn^ 
Dio|i|,^ieQdQ escT^chad/a con añ^ ppr n^^rps n^^r^s^ üi^ ^^» íi 
dia, ^ este mismo ritió y desde esa misma c^ledrade ver494 ^"^^'^^ 
dondo.^^lu^'^ vé.Vd. Qu in^gep, d<^ ta}. lUfinerA los . cor^4Qi/^ 
cop- ej nelato que hizQ.de. los pad^cin^ientos de Jesús^ que. 



\\2 TRADICIÓN K> 



t../^- 



(convencidos deque Dios no podia ver con buenos ojos, oomo 
vulgarmente se dice, la estancia entre nosotros de esos per- 
ros, cuya prosperidad, cada vez mayor les parecía una ofensa 
r^l^vt* á la religión del Crucificado, se amotinaron, y oon el sauto á 
Iam^v^^ la cabeza dieron _bll9i^ft cuenta de los etornos enemigos de 
•^^'^' -' nuestra ley santa y convirtieron en iglesia cristiana, bajo la 
advocación de San Benito, la Sinagoga principal, que ya ba- 
brá Vd. visto cerca del Tránsito, con el nombre de Santa- 
Mar (a la Blanca, . 

Y faé tan profunda la buella que este feliz aoonted- 
mieato dejó en la memoria de los cristianos, que para con* 
servar eternamente su recuerdo mandaron bacer la estatua 
del Santo en el acto de sus acaloradas predicaciones, y colo- 
carla dentro del pulpito, que ya nadie so atrevió á ocupar, 
fabricando en frente de él ese otro — y me mostraba uno bas- 
tante ordinario — que sirve desde entonces para las ncoesida- 
des del culto. Y todos los años, el domingo anterior á la fies- 
ta de la Asunción, se llevaba á la antigua Smagoga ía esta- 
tua del Santo que en Iglesia cristiana lograra convertirla, 
arrancándosela á los judíos, con el poder de su palabra. — 

Asi dijo mi acompañante, y al oírle lo comprendí todo, y 
uu tropel de recuerdos se agolpó á mi ment«, y á mis ojos, 
coítao en sangriento panorama, pasaron brevemente las figa- 

• 

ras y los sucesos evocados por su voz. Aquel templo que pi- 
saba por vez primera, guardaba entre sus muros, bi^o su 
cópula arabesca, una página ensangrentada de esa bistória, 
'/edcríta con lágrimas en el martirojogio eterno de las ideas; 
aquella pequeña iglesia era un punto de esa linea 
continua que señala la marcba del progreso y de la oiTÜiza- 
f.^ri».*^., cíon á través de las nieblas de la vida. El acento cksoado de 
aquel viejo que por casualidad se me acercara al penetrar én 
el templo, habla hecho surgir en mi mente el recuerdo triste 



• 9-f^-ir* 



OJB TOLlfiDO. 1!3 



y ÍMHoso de las horribles matanzas de judíos que mancharon 
t« ininoría da Don Enrique el Doliente. 
' La histx)ría délos judíos durante la Edad Media 
-debía estar escrita con sangre. Despreciados por los ricos que 
i ellos acudían en busca del oro que necesitaban para' sus 
disipaciones, ' y aborrecidos de los cristianos celosos para 
quienes pesaba como un remordimiento la existencia del pue- 
blo deicma; odiados además por los pobres que enridiabau 
su riqueza y por los ignorantes que envidiaban su saber; es- 
c ámeeí dos basta por el miserable que en medio de su abyec- ---^ 
cion y su miseria se creía superior á ellos y con dereobó i 
manifestar siempre £^as^aras su superioridad, la existen- o^^wME 
eia de los descendientes de Israel nada tenia de envidiable. 
Condenados desde el terrible drama del Calvario, no llevaban, 
sin embargo, como Cain un letjrero que les preservara de la ^«^«^ 
muerte, y las mismas leyes, reflejando las ideas de los hom- 
bres que las hicieron, los dejaban entregados á sí mismos y 
en el más culpable abandono. 

Durante la dominación goda, S^^sebuto obliga á bautizar- ) 
se á los judíos de su reino; Wamba los expulsa de S 
ia G-alia GiSfcica; Egica reúne un Concilio en que se 
acuerda declararlos esclavos para que con la pobreza 
mintiesen más el trabajo^ y arrebatarles sus hijos á la edad ■ Cf*^hu 
lie siete años para educarlos en el cristianismo. 

En el fuero de Sepúlveda, dado por Alfonso VI, el j«</»d 
que mata á un cristiano és condenado á muerte y se le con^ 
fiscan sus bienes; el cristiano que mata aun judío peohaicien 
maravedís. Don Juan I, al tratar de ponef^^o ^á solicitud 
ilel cabildo sevillano, á las violentas excitaciones del arce- 
diano D. Hernando Martínez, que en Sevilla predicaba la LT y i 
matanza de aquellos infelices, declaraba santo é bueno el celo 
del predicador. En un concijio adebxado . en Zamor j», ano 




114 TRADICIONES 



\ 1413, se despojaba á los judíos de los pocos prÍYxl^ÍPfiH|ae' 
. á peso de oro habían obtenido de Iqs reyes, porqae-HÍe<^ e^ 
/ Qoncilio-'-los hebreos debían s^^man^m^j^jg^^^^^en^^jw- 
j que eran ornes. 

De aquí la facilidad con que el pueblo tomaba las annas 
coptra los indefeasos isr^alit4s para derramar á torrentes 
*v^^- su sangre y arrebatarles de paso sus riquezas. No hay 
ejemplo, en toda la .Edad Media, de una matanza de judíos 
V Kn^- <1116 t^o fuese acompañada de un espantoso saqueo. Lob ase- 
sinos, que creían servir la venganza del cielo, no descuida- 
ban, por lo visto, los intereses de la tierra, y al propio tiempo 
que creían ganar los goces más puros del espirítu, se proo^ 
ral>an con el robo los goces más groseros de la materia, ün 
célebre historiador de los judíos, cuyo testimonio no és en 
^ verdad sospechoso, D. José Amador de los Eios, haformado 
un cuadro de las matanzas llevadas á cabo, sólo en la Peñista 
sula, durante la Edad Media, y ese cuadro, en el cual se ex^ 
presan las causas que sirvieron de pretesto á tan horriblea 
hecatombes, es un^ elegía más elocuente que las lámenta- 
' clones del profeta. Cuarenta y siete veces en el espacio de 
' cuatro siglos se desbordó el torrente popular; ¿quién ppdría 
contar el número de seres que arrsistró en sus aguas? Más 
fácil seria reunir las lágrimas vertidas por las madres 
sobre los cadáveres de sus hijos asesinados; más fácil serin 
escuchar . la armonía sublime de los ayes exhalados por 
tantos pechos inocentes, y que se unían y sonaban en el es- 
pacio como una eterna maldición á sus verdugos. Solo en el 
siglo xiv, desde 1321 á 13^1, es decir, en el espacio de se-^ 
. tenia años, se llevaron á cabo veintisiete atentados al dere- 
cho de gentes; veintisiete veces pudo el olor de la sangre 
vertida adormecer con sus miasmas repugnantes la sed de^ 
matanza de los fervorosos cristianos que de esta manera ob^ 



Dfi TOLEDO. 115 



sarviiban las máximas de perdón y misericordia del fundador 
de su doctrina. 

Los {uretestos para estos crímenes se encontraban bian 
iiácilmente; son tan pumles, que sólo el odio de raza puede 
exi^ioar qué muchas veces causas muy naturales produjeran 
efectos tan terribles. La nueva de haber perdido los cristi»* 
noB la batella de Uclég, ocasionó en 1108 ana matanza de 
judíos en Toledo; otra en Castnllo, en 1109, la noticia de la 
muerte de Alfonso VI; otra, también en Toledo, en 1212, la 
reunión de las hurtes cristianas que iban á dar el golpe su- 
preme á los almohades en las Nayas de^ Tolosa. .. El padre 
Feijóo nos ha conservado, en su TmtroCrÚico, un hecho ^ 
más espantoso todavía. Las gentes que pasaban una tarde .\ 
ante un Crucifijo en una calle de Lisboa, se detenían con 
asombro al ver que un resplandor extraño en forma de au- I 
rfela parecía rodear el cuerpo del Crucificado, y exclamaban 
¡milagro! á voz en grito. Acertó á pasar por 9IIÍ un judío, 
que, al oír tan alegres acentos, se detuvo también, y á poco, j 
dio en voz alta la explicación de aquel fenómeno á que los 
crédulos cristianos buscaban una causa sobrenatural : los úl- 
timos riQ^os del sol, al herir los cristales de una ventana ante 
la cual se hallaba el Crucifijo, envolvían á éste en una espe- 
cie de foco luminoso. Al instante se arrojaron sobre él las ¡ 
grites allí reunidas, y con grandes golpes, bien pronto ter- 1 
minaron V con su vida; y desparramándose por la ciudad, ( tK^ 
— ^no contentos con esto, — ^y divulgando el hecho, acudieron .' 
en tropel á la judería á desahogar sn infundado furor contra ^ 
sus indefensos habitantes. 

Otras veces se inventaban contra ellos falsas noticias de 
crímenes supuestos, que no eran más que la chispa destina* 
da á prender fuego á una mina de largo tiempo preparada. 
¿Quién no conoce el cuento del niño robado á sus padres 



.^ 



Á 



i 1 d THAblOlOSMB 



para ser oruoifioado en memoria de la cmoiiiaúim de Jesii- 
críato, y oon cuya sangre había de hacerse un sortilegio, que» 
envenenando el agua de los pozos, las fuentes y loa arroyos, 
había de producir la muerte de todos los cristianos? Pocas 
:^ pobladones en' España dejarán de tener su nifio^ murtír, 
<;ue, dado caso que hubiera existido, ha costado más yieti- 
inas á la humanidad que gotas de sangre se esoapáran de soa 
heridas. 

Y eomo todo el ipundo los odiaba, en las luchaA inteati- 
^^'*^. ñas que desgarraban el país, tomasen ó no partido por uno ú 
Otro de los contendientes, siempre tenían la seguridad de sor 
n la TÍotíma de los dos. Ikkientras en los campos de batalla mo- 
'I rían los judíos leales á Don Pe^ro I de Castilla^ dooe mil de 
ellos eran sacrificados en las calles de Toledo por el bastar- 
^f f *- do I>on Enrique, viendo antes de morir arr asada s sus vivien- 
das y saqueada horriblemente la judería al resplandor de los 
{, incendios; y lo mismo que en Toledo sucedía en N|^m y 
;f Miranda de Ebro. Treinta años más tarde, cuando Boa 
/ Juan I invade Portugal, deja en Lisboa, Evora y Geiml»a 
huellas de su paso tintas en sangre judía, é idéntica eoBdao- 
ta observa el duque de Lancáster, cuando al año siguiente — 
X 1386 — entra en Rivadaviá á sostener los derechos de suea- 
. posa Doña Constanza á la corona de Castilla. 

Pero el año terrible en esta serie de años que unos á 
otros se sucedían traj^endo todos como ingénito el odio á los 
judíos, fué el de 139l!>Las historias judaicas no pued^i re- 
cordarlo sin temblar, y al llegar á él rómpese en pedaaos el 
alma de los cronistas rabinos que no encuentran bastante 
llanto en sus ojos ni bastante amargura en su corazón para 
trazar el cuadro desolador que durante este tiempo presen- 
tan las provincias españolas. Las predicaciones iniciadas 
por el fanático arcediano de_EiBJ¡ja, la falta de acción de las 



^tyxjí<\ 



DE TOÍ^EDO. \\7 



leyes que se declaraban íkupoteates para remediar ó conte- 
ner tales^ abusoü, dieran bien pronto su fruto, fruto maldito 
que produjo tantos y tantos males. Sevilla dio la señal de 
lafi matanzas, dos veces en el mismo aík>, y Córdoba, Mon- 
tero, Andiijar, Ubeda, S^ieza, Jaén, Villareal, Huete, Ooen- 
ca, Bárgos, Yalenic^a, Baj^ciona, Toledo, Lérida, Teruel, 
alma. Falencia y Oerona, respondieron á su excitación. En 
toSas partes habia vo<!es que ordenaban el exterminio de los Yo^^ 
hebreos, y oidos que escuchaban estas voces, y pensamien- 
tos que se inspiraban en el odio, y braios que ponianen 
práctica los pensamientos abortados por las gentes fanatiza- ^'M^ 
das por aquellas delirantes predicaciones. Causa horror el 
leer la descripción de estas salvajes algarabías aunque sean h^^^ 
«rístianas y catóticas las plumas que las describen. ' ^ 

En 1492 acaban las persecuciones y tiene fin este funesto \\ 
Iieríodo, pero un fin digno de él. Cuando los Beyes Ca- 
tóHoos se empeñaron en la guerra conü*a Granada, faltábanle -^ ^ 
abastecedores y dinero para proseguir su empefio, y de tal w^^^ 
modo acudieron á estasnecesidades los judíos que — aún enopi- (^ í¿ 
nion de los mismos escritores católicos — ^la guerra no hubie- 
ra podido hacerse sin su concurso. Ríndese Granada después 
de tantos sacrificios, y cuando les hebreos podían tener dere- 
cho á esperar alguna muestra de reconocimiento ¿ sus sei^ri- 
cios, conocidos de todos, dictan los Reyes su espantoso do- 
.cTotodc^riM9]ÓpgÍon, por el cual expulsaban á todo un pue 
blo de los dominios españoles , y lo dictan desde la misma 
ciudad que no hubieran iiodido conquistar sin el auxilio de 
aquella raza infeliz, cuyos esfuerzos son vanos para apartar 
de sus cabezas el rayo de la venganza. Ciento ^g ^fa ^¿fi¡; ^J^-^ 
MÜias — según los cálculos más aproximados — salieron espa- 
tríadas de España, y fueron á llevar á extrañas tierras sus 
inteligencias y sus brazos, única cosa que pudieron sacar de 



118 TRADICIONES 



i-^Cn. 



SU patria adoptiva^ lo oual, según Amador de los Bios, 
^ exclamar á Ba;[&ceto refiriéndose á Eerawdo V: €¿Y á esto 
me üamais rey político qm ennpobreoe su patria enrique- 
ciendo la nuestra? Y tan terribles conseeaenoias tuvo este de- 
creto contra los pobres judíos rechazados de todas partea^ 
X, que conmovido el mismo Pontífice, Clemente VU, expidió 
una bula, de acuerdo con el Consistorio, en- la cual brin- 

"^^ k daj^a asilo á los desterrados en los Estados Pontificios, dán- 
doles la seguridad de que se respetaría su culto... £1 jefe de 
la Iglesia, el vivo . r^resentante. de la religión católica, se 
mostraba menos celoso que los reyes de España en el ezter- 
minio de los judk)s, decretado por aquellos para mayor gloría 
de Bios!... 

Rápidamente pasó .por mi imaginación este sombría oaa* 

^ dro de la Edad Media, esta itfnebre historia envuelta em ne- 

^'^^ gros crespones, llevando así el luto de \m humanidad, y por 
una Alucinación extraña, de que aun no he podido danne 
cuenta, al alzar nuevamente los ojos hacia el palpito y en- 
contrarme con la mirada ardiente del santo, al verle mostran- 
do al pueblo el crucifijo con una mano y alzando al cielo \% 
otra, parecióme asistir, mudo espectador, á una de esas tra- 
gedias horrorosas; á una matanza de judíos en la ciudad del 
T%jo, tal como la describe un escritor católico, el doctor don 
>" Cristóbal Lozano, canónigo de la catedral de Toledo, en su 
estimable obra Beyes Nuevos, refiriéndose al año 1391: — 
y->^ «Andaba tan amotinado y desmandado el pueblo, — diee, — 
».tan golosa la codicia, tan acreditada la voz del predicador 
»de que con buena conoiencLa podían robar y matar aquella 
agente, que sin respeto ni temor de jueces ni ministros^, sa- 

*ííi' ^ «' »queaban, robaban, herían y mataban, que era pasmo. Cada 
» ciudad fué una Troya aquel día. Las voces, los lamentos» 
».los gemidos de los que sin culpa se veían arruinar y, dea- 






DC TOLEDO; ]fl9 



>trttir, al paso que laBtimaban á los que no eran en el he- 
ndió, inoitaban á más rabia y más crueldad los dañadores; 
>trólo usaban de clemencia y reservaban las ridas y haoien^ 
ydas á los qne querían ser cristianos y pedian & Yoces el baa- 
Hismo.» Y más adelante añade: — «Las juderías quedaron 
» destruidas. La de Toledo re mat ada del todo.» v€0^ 

Y en un momento me hallé envuelto en la9 sombras de k 
noche, rodeado de seres humanos hac inad os en montón los MujAi 
unos, corriendo los otros sin dirección ni rumbo, mesclaiido fít^ 
sus gemidos á los gritos de victoria de sus verdugos satis- ""^ 
fechos. La* madre estrechando convulsa en sus braios al hijo 

-de Bvfí entrañas para precaver el golpe mortal destinado á ijc^ 
herirle; el hijo dando su vida por defender la de su padre y 
prolongarla durante algunos instantes; /el hermano queríen- 
*do inútilmente impedir la deshonra de su hermana»., todo 
esto lo vi en torno mió, tomó fonna para yítít un punto ante ^^^^^ 
•mis ojos agrandados por el tenor, y bidUm latif». palpitaba ^^^ 
"en aquel pequeño recinto herido ya por ka . úUúnoa reeplan- ^^ 
doreff de la tarde; ' - 

Y delante de mí, en aquel, mismo pulpito que atraía 
^vm miradas, un hombre prometiendo las miaftisaa 4ali. 
tjias del Paraiso á los que cumplieran «us ezcitacioneá^.queel 
^ebJo ignorante -tomaba oomo órdenes dictadas por los .libios 
mismos de Dios. 

Poco á poco se fueron elevando mis ideas más y más, y 
.ya no creí oir solamente los ayes de los judíos asesinados du- 
rante la Edad Media, sino también los de las víctimas de 
ese monstruo, que se apellida fanatismo. Y el aire parecía 
gemir, gemir y suspirar en torno mió, expresando las mayo- 
res angustias, los más grandes dolores de la vida. / -- 

Y levanté los oia3 al cielo, como para pedir á la Fuerzav.''' ^ 
^Suprema que nos pge)ia razón de este desconcierto, y ea elV^ifH'^ 



120 



TRADLC10N£6 



mifioao ÍD8t«Dte, cuando las sombras de la noche invadiftOL el 
recinto, y hacian ya difusos los objetos, la campana de 1& 
iglesia, como respondiendo á mis dudas, empezó á tañer de 
un modo triste, muy triste, que hizo asomar las lágrimas i 
mis ojos. Entablóse un diálogo extrafto entre mi corazón y 
aquella campana misteriosa cu}^os sones cadenciosos llega-, 
ban hasta mí como bajando del cielo. Yo no podré traducir 
en palabras lo que creí oir en su monótono tañido, que eaii^ 
o(MDao un dulce rocío sobre mi alma... el lenguaje es impotes-*^ 
te para expresar mis sensaciones de aquel momento. Sólo se- 
que, sin podfsrlo remediar, fga siempre mi vista en el delo^ 
mis labios se movieron para murmurar una oración, se ple-^ 
garon mis rodillas, y algo come una música sin ritmo ni eomv 
pás, pero llena de mígia y armonía, sonaba melaiioólicameD^ 
te en mis oidos... 

Cuando volví en mí« estaba solo. Mi acompañante se h*^ 
bia retirado, no queriendo, nn duda, turbar mis meditacicK 
nes, y en la parte exterior de la puerta el sacristaa agHabii 
su manojo de llaves para darme á entender que espentba mi 
salida para earrar las puertas de la iglesia. Dirigí mi úkima 
mirada á la estatua de San Vioentey y salij llevando aún «k 
mis pidos el eco de aquella voz de acentos indefinibles» q^ 
no pueden expresarse en palabras ni representarse en 8Ígii08< 









-'Y Yj 



V 



LA CUEVA DE HÉRCULES 



Ya he referido en otro lagar la tistoriadeft R^Uieia JB»» 
"CohMú que abierto q<»i harta imprudenda por Don Bo dlige» 
üHimo rey de los godos, dio salida á- los males que d«b^ 
ranle más de nete siglos pesarme sobre Espafta. Invocados por 
las iorpeaas de- aquel príncipe, los árabes se precipitan como 
un tu rti pn sobre el Estrecho, deshacen el pequefiq ejército ^^^'^^^^^ 
de Teodomiio, débil valla para su empuje, que en hora des- 
grae&ida se ks Opone; airollan en los llanos de Jerés las fber^ ^MTv^i 
aas diqxmibles de los godos, siguen luego á Toledo, á Gua- 
dalajara; serdeBparramaacomo^lasolasde un mar alborotado ^^^íAua 
por todos- los rincones de la Peninsuhi, y poco tiempo des- 
pués quedan pacíficos poseedores de ella , y la media luna 
oadea sobre las plaias españolas. Pasan enseguida á los Pi- 
r»eos, invaden la GhUia gótica en innúmera muchedumbre, 
y á no haber sido detenidos en los campos de Poitiers por 
la masa de armas de Garlos, rey de los francos, la Europa 
«ntwa huMera sido musulmana. Estas fueron las eonseeúéii^ 



122 TRADICIONES 



«ias inmediatas de los errores cometidos por aqael deegnh 
■ ciado príncipe que al comienzo de su reinado «perdonó á sos 
enemigos, llamó á los que estaban en el destierro, loTantó 
cuantas penas pesaban sobre ellos, y pareció augurar una 
"«^^ju^ ^poca de calma y de reposo á la sociedad gótica, ren^a 
por los extravíos de Wittiza. 

He dicho también, — fiel interprete de la opinión popular, 
autora de la leyenda, — cómo así que salió el rey del mará* 
<^ '^^^\ viiloso recinto, se hundió éste con hárrotoso 'e0tró|tit(^%adl 
«i quisiera hacer más temibles los presagios que en sus en- 
cantados rincones encerraba, y cómo se abrió en su lugar 
«ncha y negra cue^a, que el pueblo miraba con horror, por* 
^ l4;.AC ^^^ evocaba en su memoria el lance pasado, y con él la 
causa originaria de sus desdichas. Desde entonces empeía- 
t t ron á circular rumores estraños sobre la cueva y á tomar 
^,U\.-^ ' forma en la imaginación pav^rosaa ideas de duendra ytPMgog» 
ic que ^aian á mal toa^ á los habitantes de Toledo. Feíe^al 

«^1^ «" -I iiundirse el palaoío no habían perdido aquellos Ivgarevla 
•atraocion que tenian/. atracción que encierra- aiempctrio wok* 
xavilloBo y lo desconocido. Placer mn pesar llamaba el^fiM< 
blo ¿ la ferrada torree, y el mismo nonibre podiiK daii«< á la 
«ima abierta en su 'lugar, porque los espíritus qaéea ella 
vivían no se presentaban al ánimo oon sombríos eokmir ni 
«amblantes repulsivos; antes. por el contrario, ataMÓlhi <al 
propio tiempo que .atemorixaban; tenían el rosttoo kenmipoy 
la voE delicada, 4 la ves que la intención- pérfida y ^ piop6-( 
«Uto maldito. «• .' 

Es verdad que, según decía la voz popi^lar, eran-deleoB, 
simpáticos, y llamaban :á sí á los mortales/ iüteresándbleo eoa 
el relato de sus cuitfiís ó ocm la deseripcíoaide sa felicidad; 

, ^.^¡j^ pero nadie volvia.á saber de los ilusos que, «ngaftadiNS >lo8 
t «fgui^Di. es verdad que . pl . asp^oc^ de la cu§va. ^s^ JborriUe c^ 



I>K' TOLEDO. 133 



«susaba pavor en el ánimo más templado y en el hombre mé* 
nos dado á dejarse imponer por el temor; pero también lo es 
<|ue, según sabía todo el mundo, en el fondo ie aquella cue- 
va, en un lugar oculto i las miradas indisoretasy hacinábanse 
en montón riquezas sin número, riquezas que la fantasía no 
hubiera podido contar sin sentir vértigos, riquezas bastantes 
Xmra calmar la codicia de todos los avaros- reunidos y para en- 
riquecer á todos los reyes más poderosos de la tierra. £1 tesoro 
de Hércules, del que Don Rodrigo no se habia podido apode- 
rar por el terror que allle^r á la tercera sala hizo presa 
en ói y en -los suyos, estaba allí, esperando al ser des- 
preocupado y valiente que, haciendo abstracción de cuanto 
▼íeni<en tomo suyo^ siguiese impávido hasta el fin. Oro, per- 
Irn^ fartOantes, esnleralds^ todo eaia en ruidosa cascada so- 
bro el pavimento de mármol de una sala escondida, muy es- 
condida en el seno mas profundo de- la tierra, prodnoiendo 
al oa«v un eoo vibrante y argentino, que revelaba el secreto 
de todas las oosas y rompía el velo que cubre el porvenir.. SI 
hombre que llegase hasta t^í serí& poderoso^' sobre los pode** 
rosoe déla tierra. A su capricho se trasñ^rmaria el mundo que 
agiría en ley su voluntad. Podía aprender allí la lengua de 
los pájaros y el secreto de dominar ó de atraer las tempesta- 
des; fórmulas para ser obedecido por los vientos y fórmulas 
para imponer leyes al mar y someter los astros, á. sa oapríeho; 
haciendo que las mismas fuerzas de l&x^ceácíoii oOnonrriesen 
á la satisfacción de sus deseos máa pueríleB. 

Oontábaf^so en el pueblo historias ñibuloBas acerea do 
aquellos parajes sombríos á la vista, pero en los euralesv ótt 
embargó, ¿«reereaba la imaginación; Honfiblc era el as- 
pecto exterior de la negra sima abierta como una bo< 
ea- gigantesca contraída* por sardónica carcajada^ sareas^ 
1*0 hecho' ]^r la' tieñniiá la hermoBüra y ei^lendop^del 



124 l'RADlCION£8 



cielo; pero allá, en su fondo, deeíase que brillaba la ha 
radiante , chispa cuidadosamente conservada de ««iiidla 
)u2 que en el primer dia de la creación alumbró el despertar 
del mundo en el seno del caos. Decíase que seres sobrenatunk 
les, amantes de los hombres, poblaban el encantado reoialo y 
atraian por la noche á los viajeros extraviados que, si se {MPes* 
taban á sus caprichos, amanecían al dia siguiente domudoa 
casi á la boca de la cueva, llena la bolsa de riquezas bastan- 
tes para calmar su ambición y as^^urar su porvenir pera 
también se anadia que muchos de ellos no volvían á apareeer 
y quedaban perdidos para siempre en las revueltas del 
(^j.AAr>, intrincado laberinto del vasto palado subterráneo, que se 
conservaba tal como lo dejaron Don Rodrigo y los nobks 
godos el dia en que movidos de imperdonable curiosidad acu- 
dieron á visitarlo. 

Todo esto, y mucho más, sededa sobre la eueifa ie Hér- 
cules, por cuyas cercanías no pasaba ser humano desde que 
la campana en la torre saludaba á la tarde moribunda oob 
el son melancólico del ángelus. Muchas veces se habían tís- 
to salir del antro oscuro vagos resplandores semejantes á 
esas llamas azuladas que corren en los cementerios rodeando 
en brillante guirnalda las piedras blancas de las tumbas, y 
esas llamaradas que se movían á un lado y otro oon impidea 
vertiginosa, eran — ^y bien lo sabía todo el mundo — ^ks afanas 
de los que habían bajado i la horrible sima sin qpMwa r toI- 
ver á la tierra, las cuales jraeian en pecado mortal y subían 
por la noche á pedir oraciones á los labios y lágrimas ¿ lomos 
de los vivos. . - ' 

De aquí el terror supersticioso que la cmvfi de SUreuké 
inspiraba, desde tiempos remotísimos, á los habitantes :de 
Toledo; terror que trasmitido de padres á h\jos á través do 
las edadesj habia llegado á formar parte, en cierto modo, de 



DJK TOLKIX). 125 



las ideas y sentimientos de los toledanos, y que tan arr^dga^ 
4o se encontraba al terminar el siglo xvi de nuestra era, que 
Iluso pensar seriamente al entonces arzobispo de Toledo, car- 
denal Syiceo, en la manera de acabar para siempre con aquel 
manantial de supersticiones, que eran otras tantas ofensas á SmxMa 
la bondad de D¡o.s, cosa que, sin embargo, no pudo conseguir; 
contribuyendo, por el contrarío, con su conducta á que se 
acrecentasen y fuesen mi(r ores las hablillas del pueblo so>bre 
^te encantado abismo. 



Era una noche oscura y fría como el desengaño." Anchas ^ 
nubes se estendian por el cíelo formando espeso manto que 
no podía traspasar el resplandor de las estrellas más bríllan- 
tes. Sólo de cuando en cuando, por entre algún pequefio des- ^ 
garren, asomaba la luna su faz pálida, rodeada de azulado ^v^4 
circulo, como vieja curíosa que saca la cabeza por estrecha ^ ^ 
yentana para mirar hacia la calle, y satisfecho apenas ese 
sentimiento, que en el Paraíso perdió á nuestra madre Eva, 
se retira con premura, temerosa quizá de ser vista. 

De cuando en cuando gruesas gotas de lluvia humede- 
cían la atmosfera, dando al viento ese olor á humedad que 
sale de tierra recien mojada; pero pronto cesaban de caer, co« 
mo si, avanzadas de la tempestad que se preparaba, ño tu- iVi v^ 
vieran más objeto que anunciar á las gentes la aproximación 
del ejército de que formaban parte. 

Ni un rumor turbaba el silencio; daban las diez de la no- 
che y esta hora era ya bastante avanzada en un pueblo como 
Toledo y en una noche de otoño, tempestuosa como la des- 
crita. Todo dormía y callaba en la calle de lo» Infantes, mé- 
nos Magdalena, la hermosa joven que, sentada tras la reja de 
su cuarto y apoyando su cabeza encantadora en los desnudos 



126 TRADICIONES 



hierros, negros como su dolor, lloraba silenciosainente '^tur- 
bando con el eco de sus suspiros y sns abogados solloioí la 
calma siniestra de la noche. Delante de ella, y apoyado tam> 
bien en la parte exterior de la reja, Pablo la oontemplábt 
tristemente sin pronunciar una sola palabra, como si ya hn* 
biese agotado las frases del consuelo. 
; 7 "'- Magdalena y Pablo se amaban hacía mucho tiempo. Ella 
no habia tenido más novio que él; él, por su parte, á nadie 
habia amado todavía cuando la vista de Af agdalena biso la- 
tir su corazón con más prisa que de costumbre. El lenguaje 
de los ojos es muy elocuente para almas jóvenes que despier- 
tan al amor en la primavera de la vida, y de él se si^eron 
Iqs amantes para declararse la recíproca impresión que se 
causaban. Miradas de fuego capaces de incendiar un mundo; 
estas fueron sus primeras palabras de ternura, dulces pala- 
bras que herían su corazón sin pasar por el intermedio del 
oído, no escuchadas ni aun del viento, caprichoso servidor de 
los amantes, mensajero de frases y suspiros, que en vane 
aprestaba sus alas para llevarlas á donde se le ordenase. Des- 
pués, se vieron varias veces en la iglesia, alguna en el cam- 
po; luego, una dueña de faz rugosa como manzana tostada 
al fuego, hÍ20 el oñcio que la mitología dio á Iris, y durante 
mucho tiempo la luna que bañaba la calle con sus rayos, le vi6 
noche tras noche apoyado en la reja de su amada, acariciando 
siempre en su imaginación acalorada, tras un presente algún 
tanto nebuloso, un porvenir claro y sin nubes. Todas las vie- 
jas de la calle conocían sus pisadas, y apenas llegaba él an- 
te la casa de su novia, envuelto en las sombras que la 
;.r>;;X-y ^ uoohe tendía por todas partes y oían á poco rechinar la ven- 
tana de la reja, una sonrisa maliciosa se dibujaba en sus la- 
bios descoloridos, y si la noche era tempestuosa y el viento 
silbaba y la lluvia caía tenazm^ite sobre el suelo, — «¡pobre- 



D£ TOLilDO. 127 



cilio!» — dedan oon fíogida oompasion arreb ujánd ose em las V, 2^^^ 
sábanas, ó acercando sus temblorosas manos al hogar. 

Pero él na se apercibía de nada; fijos su atención. y su 
pensamiento en el hermoso semblante de Magdi^ena cuyoa 
grandes ojos le reveli^ban horizontes desconocidos , el resta 
del mundo no existia para él. Amaba la tierra, consideran^ 
dola oreada por Dios para poner en ella al ser amado; veía 
al sol con spratitud, juzgando que sólo brillaba en el .e8pacio> 
para dar á la pupila de aquella mujer la luz que eu suS; 
efluvios le abrasaba. Y en la serena calma de la noche sólo 
vela el recogimiento de la naturaleza que no queria pertur-^ 
bar su reposo, y en los rayos de luna amorcillos capricho- ^<a^cm 
soB <iue jugaban al escondite en las blondas gucd^ijas de la f[A<Aj^ 
mujer de su sueños. Por eso estaba alegre, contento, aunque 
el viento azotase su rostro ó la lluvia empapase sus vesti-^ 
dos, ó el irueino rugiera sobre su cabeza, siempre que delan- 
te de él, tras aquella reja, altar bendito de su amor, brillase 
la mirada dulce y ci^riñosa de Magdalena. 

Esta, por su parte, era también feliz á muy poca costa« 
Amaba á Pablo con el fuego de la primera edad, con esa 
confianza que sólo tienen los niños y los ancianos, que 
no conocen ó han olvidado ya los amaños de este mundo / -^ ^ ■- 
traidor, en que bajo el verde ^rado sembrado de flores por 
la primavera se desliza la víbora^ y tras la terga superfí- ¿^.^ 
eíe del lago se agolpa el cieno en inmunda montaña. r^M 
Aunque su padre no sabia nada de sus relaciones, aunque 
tenia más de un motivo para creer que opondría á .ellas el 
pJBSO de su autoridad, no obstante, fuera de algunos ratos 
de insomnio — ^verdaderas nubéculas que el viento de la 
confianza arrastraba pronto lejos de ella — afuera de estos 
ittomentos, el porvenir se la aparecía rosado por los rayos de 
ki^aorpra, aunque á través de un velo traspai:ente. 



128 TRADIOIONKS 



Aquella noche, sin embargo, loados amantes estaban 
tristes, como si lo sombrío de la noche tuviera alguna rdá- 
oion con lo sombrío de sus almas, y las tinieblas que invi- 
dian el espacio hubieran invadido también su coraiOB . Ha- 
dos como los grandes dolores, uno en frente de otxo, oon* 
templándose, gracias á esa delicadeza dé los sentidos que s^ 

^A^»^ fth^xizan los amantes, pues la oscuridad era muy densa, per- 
manecian hacía ya bastante rato, Magdalena con la oabeta 
apoyada en los hierros de la reja, vertiendo copioso Uantoi y 

i¿v Pablo lanzando en derredor torvas miradas, en las eviaks 

brillaban de cuando en cuando ardientes llamaradas de 
fiíror. 

^-Pero, ¿és posible? — decia la joven con la vos entreoorla- 
da por las lágrimas: — ^¿has oido bien? 

— ^¿T me lo preguntas — respondía su amante-— cuaiido sus 
palabras se clavaban en mi corazón como puñales de aserada 
punta, arrojados por una mano hábil, escribiendo en él oon 
sangrientos caracteres mi desesperación? ¿Me preguntas ú 
he oido bien, cuando para no perder una palabra sola nó me 
atrevía á respirar, y devoraba más que oía sus frases, desnu- 
das de sentimiento, dictadas solamente por el ofloulo y el 
egoísmo? 

—Y, sin embargo, mi padre me quiere. Soy la única li^a 
que le queda de los que Dios le ennó, para que le sirviesen 
de apoyo y consuelo. Muchas veces me ha dicho que sin mi 
hubiera muerto. 

— ^Pero es viejo y ha olvidado ya el modo de ser del al- 
ma; ha olvidado que la juventud es toda confiansai toda 
amor, toda fé en ese Dios tan grande que rc^a los movi- 
mientos de las hojas en el árbol, y mantiene á los p^aros^ y 
cuida de los insectos en invierno. Es viejo, y todo lo vé ya 
poar d prisma de la realidad tnás fría, más desconsoladora y 



1»K TOLBMi 129 



más amiEirga que la muerte. El hielo de la Tejes ha oaido en 
"él £jóbre esa región bendita en que duermen las ilusiones» 
como palomas en el nido. La ancianidad es egoista y quiere 
inatar con su helado soplo los sentimientos elevados dé la 
juventud, y llama quimeras á sus sue&os y quimeras ^ sus 
>Mperan2as. A mis palabras de ternura, á nkis frases ar- 
tUentes, cuando le hablaba yo del porvenir, respondía 
'éon vos seca y estridente que detenia la sangre en mis 
venas. Acabé de hablar, y me dijo: — Todo eso es muy be- 
llo, joven, pero hoy por hoy no tenéis nada, y yo nó puedo 
entregar mi hija á los horrores de un presente aterrador, 
aunque el porvenir sea brillante. BL porvenir... ¿qué es el 
porvenir?... Un esfnerzo de imaginación que hace el hombre 
para no desesperarse en medio de las angustias que le ro- 
dean, de los dolores que sufre... Aseguradme el hoy, y tiem- 
po tendréis de prepararos al mañana.-— 

—¿Y qué le respondiste tú? 

— ¿Lo sé yo mismo? Te perdia, y esta consideración que 
kne daba fuerzas para sufrir sus sarcasmos, y callarme á 
tas humillaciones, dio, además, á mi voz una elocuencia 
*qnie no tiene de (»rdÍDarío. Le hablé de mis tíos, que me quie- 
ren mucho, y se encogió de hombros; de mi carrera, de la 
que tanto puedo esperar, y me miró con incredulidad; le ha- 
blé, por último, de mi amor... y entonces vi que sonreia des- 
deñosamente. 

—¡Pobre Pablol 

— ^No sabes lo que he sufrido; no sabes el número de ve- 
x^es que me he llevado la mano al corazón para contener sus 
latidos que parecian querer romper la débil tablazón que le '^J:^ 
sujeta. Cuando le oí decir: — otro hombre me ha pedido la 
mano de Magdalena; es rico, puede hacerla feliz y se casará 
eon ella... — entonces... mira, oreo que lloré, yo que nO he 

9 



íL 



1 30 TRADICIONES 



Horado deade U nraerte de mi pobre madre, en ouya tumba 
vertí mis últimas lágrimas de niño. Sénti pasar algo oomo- 
nna nnbe por mis ojos y estenderse algo oomo niebla sobre 
mi alma, y oaf sobre mi asiento sin fuerzas para, protestar 
de aquella blasfemia, porque esas palabras son — ^vida mia-^ 
una blasfemia. Volví á suplicar, á suplicar sin tregua» por 
que ya no se trataba de que fueses mia, sino de que no* 

/<rá//. íVieras de otro, pero mis esfuerzos no pudieron ablandar 4ií 
pecho de roca de tu padre, que, conociendo lo forzado de la 
situación, se levantó y me dijoi-^óven, dentro de quinee- 
dias mi hija dará su mano al hombre que su padre la d0sti- 

^ na. Venid antes de ese pla^o con un capital igual ó ioiayor 

que el suyo, y tal vez podamos entendemos. De no ser asf 
no vengáis porque os cansaríais inútilmente. Bl amorfía, 
ilusión se van muy pronto y quedan eternamente las neee* 
sidades. No tengo más hija qué Magdalena y quiero darla 
una riqueza; la felicidad vendrá después. — Tales fueron sus 
últimas palabras. Me saludó y se retiró, dejándome mudo, 
de espanto. Salí, y al verme en la calle sentí lo que Adam, 

jC^ 4,^ sentía al verse arrojado para siempre del Paraíso. JBnjügué 
una lágrima y me alejé en silenció. Ahí tienea mi vida de- 
hoy. — 

Magdalena lloraba en tanto sin consuelo. 
— ¿Y qué hacer? — ^murmuraba débilmente. 
— No lo sé. Tanto he llamado á Dios que desoonfio y» de 
que me escuche. ¡Quizá el infierno fuera menos, sordo á mis-, 
quejas! 

—Calla, calla; esas palabras, dichas en medio de la nodie 

fyY euaodo la tempestad nos amaga, me dan miedo. Tú «pe& 
bueno. ..... 

-—Pero por alcanzarte á tí sería capaz de todo; hasta de 
volverme malo y olvidar los consejos de mi padre moribunda 






DE TOLEDO. 131 



y la memoria de mi miulre muerta. Si el mismo Satanás joae 
aconsejase, seguiria escrupulosamente sus consejos. 

. — ¡Pabloi ¡Pablo! ^Te has vuelto loco? 

. — ¡No lo sé! — ^respondió él con voz sombría. — 
Hubo una larga pausa. Al cabo de ella, un n^o de ale* 
gría iluminó la mirada del amante desesperado que, dándose 
un golpe en la frente, murmuró: 

— ¡Ah! 

— ¿Qué es eso? ¿Qué te pasa? — le preguntó la joven,, 

•—Que una idea ha venido á mostrarme el camino que 
debo seguir. 

— jOhl t^ablo, me asusta, aunque no sé cuál es, esa idea 
que viene á tu cerebro, como respondiendo á tu invocación á 
Satanás... ¡Jesús! — añadió santiguándose devotamente, por- 
«iue en el fondo oscuro del cielo la luz cárdena de un relám- 
pago habia rasgado las nubes iluminando un instante el es- 
pacio. — ^No sequé extraños fulgores ha dado esa luz. sinies- 
tra á tu cara que se me ha aparecido como rodeada por un 
circulo azulado... Pablo, Pablo; d^echa de tí las malas ideas ^^-«^ 
que te inspira el espíritu del mal... 

— Adiós, Magdalena. 

— ¿Te vas ya... sin decirme qué es lo que piensas hacer? 

— ^Voy, alma mia, á intentar el postrer recurso para que 
puedas ser mia. Reza por mí, para que Dios, que vé mis in- 
tenciones, me acompañe. Y si acaso no vuelvo... acuérdate 
de mí, que habré muerto por no poder conseguir tu amor. — 
Y poniendo sus labios ardientes en la blanca mano que 
la doncella apoyaba en los hierros de la reja, se alejó antes 
que esta pudiera detenerle, á tiempo que un trueno, rugido 
de furor de la tormenta, estallaba en el espacio. 

— I Virgen María, amparo de los desgraciados, consuelo 
de los afligidos, santa Madre de Dios^ ampárale! — dijo la 



i:í2 tradiciones 



doncella cruzando las manos y dejándose caer sobre el des* 
nudo pavimento. 

Un nuevo relámpago brilló en el cielo y un nuevo true- 
^0St 1)0 S6 ^^i^ oír. La tormenta azotaba sus cor gáljes acercándose 
á pasos agigantados á la tierra.' 

n 

lía llueve. Las densas nubes que encapotaban el firma- 
üuvv mentó abren sus fauces, de las cuales se escapan torrentes 
de agua, que caen en el aire deshechos en gruesas barras 
de cristal. El horizonte está cerrado por todas partes. La oscu- 
ridad es completa. De cuando en cuando una llama de fuego 
cruza arrastrada por una fuerza desconocida, brilla un mo- 
mento y luego desaparece en la tierra abriendo en ella ancho 
pozo que deja como huella de su paso, y su luz, luz vivísi- 
ma que hace daño á los ojos, alumbra la negrura de la esten- 
aíC^»'. sion. El viento sopla con fuerza, y desgaja las ramas de los 
árboles, y llama furiosamente alas puertas de las casas, y ora 
silba al entrar por la boca dé una chimenea, ora rige oon 
fuerza al batir los muros de piedra que se le oponen á su pa- 
ne. Como si fuese el soplo del demonio, apaga uña tras otra 
las lámparas que la piedad de los toledanos enciende ante 
las santas imágenes de los pequeños retablos que tanto 
abundan en las calles de Toledo, y la ciudad queda comple- 
tamente á oscuras. 

A pesar de esto, desafiando la tempestad, Pablo caminaba 
con una mano apoyada en la pared para dirigirse, y la otra 
estendida hacia adelante para no caerse. Con paso firme y 
í * ' ' sereno atraviesa diversas calles empinadas y retorcidos calle- 
jones; y sigue, sigue, sin detenerse á descansar un momento» 
sin que el estado de la atmósfera pueda imponerle en lo más 
mÍDÍwo. 



,-■'■-/ 



DK TOi4:i>o. i 33 



¿Dónde iba? ¿Qué peDsamIeatos bullían en la cárcel re^ 
ducida de su cerebro, chocando y atropellándose como . se 
atrepellaban los relámpagos y chocaban las nubes en aquel 
cielo tempestuoso? Cuando algún reflejo lejano venia á herir 
su rostro, veiasele sereno y sombrío, pero muy pálido; su mi* 
rada era resuelta; los rasgos de su hermoso semblante anun* 
ciaban una determinaron tomada de antemano. Se conocía 
que marchaba á un fin, pero, ¿qué fin era éste? 

La lluvia empapaba sus vestidos; el ardor de la carrera 
inundaba su rostro de sudor, y sin embargo, el frió de la no- 
che empezaba á entumecer sus miembros. Tenia fiebre. Pero 
él no sentía nada; fijo siempre en su idea, andaba, andaba sin 
cesar y sin detenerse, abstraído en sus reflexiones. 

T era natural que no se apercibiese del mundo exte* 
rior quien reconcentrándose en su interior, evocaba recuer* 
dos dichosos, dulces memorias de ternura, que le elevaban 
de las finas regiones de la realidad á las vagas quimeras de la 
ficción. 

En medio de la naturaleza, que parecía rebelarse contra 
su señor, en aquella lucha gigantesca que reñían en el aire 
los elementos desencadenados, él veía pasar ante su vista, co- 
mo envueltas en un nimbo luminoso, aquellas gratas escenas 
de los primeros días de su amor, idilios encantadores que se 
renuevan ínceiisantemente, y en los cuales sólo los persona- 
jes cambian. Sobre todo, recordaba como si lo estuviera vien- 
do, la tarde de primavera en que recibió la primera carta de 
Magdalena. Oaia el sol en el horizonte bañando con sus ra- 
yos de fuego el cielo azul, la verde campiña, las casas leja* 
ñas, y él, sentado junto á la ventana de su cuarto, permancj 
cía en ese estado en que la imaginación se detiene y aba- 
te sus alas, cuando entró en la habitación la respetable duq. 
ña, que le entregó con maliciosa sonrisa el billete de c^<& 



134 TRAMOIONBfi 



ora portadora, sentindose «ufegniday sin separar de él loa 
ojos, para 8orprend€»r sub pensamientos por tas aheraekMMs 
de sus músenlos, y poder luego satisfacer la ávida curiosidad 

^: / de su sefkora, que la agoriaria á preguntas. Volrióse él de 
espaldas á la luz, y ebrio de placer empezó á leer aquellos 
renglones, que encerraban sin duda algún encanto que le 
impedia separar de ellos los ojos, y mientras sujetaba el pa- 
pel con la mano izquierda, con tenia con la derecha á su leal 
perro de caza, gravemente sentado en una silla, y qu« con 
sordos gruñidos demostraba bien claramente las intenciones 

**'***5 P^®^ benévolas que abrigaba hacia la venerable quintaflona... 
Todo lo recordaba, como si á la sazón volviera ¿ verlo real y 

^C positivamente: la estará que embotaba el calor de los rayos 

^f '^l^- caniculares durante el dia, y que, recogida ahora, dejaba pas(» 
^ • por las junturas de la an^a á la pálida luz de la tarde, que 
reflejaba tristemente en los cristales de la ventana; e! cuarto 
modesto, confidente de sus penas y testigo de sus alegrfiís, 
que en sus blancas paredes ostentaba, como glorioso lema, el 
nombre del ser querido, cien y cien veces trazado sobre la 

^ tersa superficie... 

Estos recuerdos, esta ojeada retrospectiva á un pasado 
feliz, le conmovió, y sintió húmedas sus mejillas, sin sa- 
ber si eran gotas de lluvia lo que á él se le antojaban lá- 
grimas, ó si, en efecto, eran lágrimas lo que á él se le anto- 
jaban gotas de lluvia. Y siguió andando, andando sin cesar, 
como si una fuerza superior le impeliera. El huracán seguía 
desbordado; la tempestad llegaba á su más alto perí&dó. ■ 

Detúvose de repente. Cerca de él y como si la tormenta 
se desarrollase también en las profundidades del planeta que 
nos arrastra en su marcha por el infinito, oíanse ruidos 
como de cadenas, rumores confusos de yunques golpeados 
con furor, ecos de carcajadas que llegaban á dominar el re- 



DB TOLEDO. 135 



^soplido del viento, y cantos desacordes formando horrb 
sona armonía con el rujir del trueno y el caer de la llu- 
via. Entonces Pablo, como si sólo hubiera esperado llegar á 
aquel sitio para dar á su cuerpo el descanso que tanto nece^ 

-sitaba, exhaló un suspiro de satisfacción, y se dejó caer al 
suelo murmurando: 

— jYa estoy aquí! ¡Ya me encuentro en la terrible cueva 
de Hirculesl Ahora sólo me resta detenerme, mirar el cMui- 
no que hasta aquí he recorrido, y luego, considerar el que 

-aún me falta por recorrer. — 

in 

Estaba, en efecto, junto á la llamada cueva de Hércules^ 
^adre de tantos cuentos extraordinarios, de tantas singulares 
historias narradas junto al fuego del hogar, y con las cua- 
les se asustaba á los niños, se hacia pensar á los jóvenes y se 
ponía graves á los viejos. 

¿Qué iba á hacer allí Pablo á hora tan avanzada de la 
noche, con aquel tiempo tan horrible y en el estado de so- 
breescitacion en que se hallaba? ¿Qué motivo le llevaba á* 
aquella senda que sólo pedia conducirle á la locura? El amor 
que Magdalena le inspiraba, el deseo de hacerla suya para 
-siempre y el sentimiento de su impotencia ante la férrea vo< 
luntad del padre de su amada, avaro sin corazón cuyas en- 
trañas parecían hechas del mismo duro metal de que tan 
id^atra se mostraba, le habían inspirado una idea diabóli- 
ca: la de ir á buscar al escondido seno de la tierra las rique- 
zas que de otro modo no podía obtener, para poder postrarlas f>ie.^« 
á los pies del metalizado viejo, y conseguir á cambio de sus 
trabajos y como recompensa á su valor la mano de aquella 
mujer sin la cual le parecía la existencia cosa harto pequeña 
y ba^í para tomarse la pena de defendérsela al destino. *'T.'V^- 



j 36 TÜADlClONli:» 



Y 68 que el amor de Pablo era la pasión en sa más úUk 
grado de desarrollo, estallando violenta, pronta á romper ouaa'*- 
tos diques se le opusieran; una de esas pasiones avasalladcK 
ras, que según se las maneja, llevan al hombre á los últimos, 
escalones de la materia, ú á la cumbre más alta del espirita^ 
No se le ocultaba á él que habla algo de sacrilego en la em -^ 
presa que proyectaba, algo de rebelarse contra Dios, ¡ndien* 
do un auxilio sobrenatural para conseguir sus fines, y yenda, 
á buscarlo, no á las regiones del cielo sino á las entrañas 
de la tierra; ya sabia él, de sobra, que los misterios de k 
Cueva de HérctUes, con sus ruidos sospechosos, con sos sor- 
dos temblores, con sus recuerdos del pasado, con su origen 
y con el pa|>el que en la tradición histórica de España re^ 
presentaba, y sobre todo, cuu sus encantamentos, era más. 
bien obra del diablo que de Dios; pero el amor que le suIk 
yugaba habla puesto una venda en sui^ ojos, y pobre ciega 
abandonado en un camino dificultoso, corría al azar, pronta 
á asirse á la primera mano que se le tendiera, perteneciese á 
«luien perteneciese. Su unión con Magdalena: hé aquí su so- 
lo fin. Habla momentos en que creía no haber nacido mas que- 
para amar á aquella mujer, y caer rendido en sus brazos, y pa- 
sar asi con ella, como el polvo del camino, arrastrado por 
ese huracán que se llama vida, á perderse lentamente en ese. 
abismo sin fondo, á que se dá el nombre de tiempo. Por eso,, 
así que se le ocurríó la idea que ahora iba á ejecutar, se asid 
á ella con la misma ¿nsla con que el naufrago, que se vé pre^ 
^K) ya por la mano de la muerte y siente que sus fuerzas le 
abandonan, se ase á una tabla ((ue de repente encuentra á su, 
alcance, sin reparar de donde viene ni de qué parte del bu- 
<iue es. 

Y lo hizo sin luchar, sin defend^se. Poco le importaban 
los peligros que habla de correr, y menos aún las riquezas 



DJ&TO^IM)^^ 187 



que iba á buscar; y en las que sólo veia d fara brilla&ie que 
babia de condooür i buen puerto la insegura barquilla d^ m 
felicidad. El sentimiento reli^so le imponía algún tanto; pea» 
era sofooado ri ffljato por la tentación que le presentaba ^^'^ 
realizado el fin que sin descanso perseguía. Ante esto calla- 
ban todos sus escrúpulos. 

Mucho tiempo llevaba ya en la misma posición que to- 
mara al dejarse eaer agovkdo por la fatiga, cuando haciendo 1*^0^^ 
un eafuereo vigoroso, se levantó. Apenas podía sostenerse en 
pié. La calentura daba .vivos fulgores á su Itícida mirada^ 
y sus ojos brillaban en la oscuridad como dos carbones en* 
eendidos. Vacilaba al andar, y á los pocos pasos tuvo que de*, 
tenerse para tomar fuerzas. Su frente ardía,, sus sienes pal- 
pitaban, y sentía, alternativamente, en su cuerpo, calor 
de ífíragua ó frío de hielo. Sostenido por la fiebre, lan íuerzag 
que le mantenían en pié parecían pronta^ á abandonarla. Era 
hcMrrible verle caminar asi, con el paso tardo, la mirada estrar 
viada y respirando con dificultad, «i medio de la noche som- 
bría y á la r ojiza luz de los relámpagos, y acercarse pesada- ti K^^ 
mente á la entrada de la cueva,^ que parecía la boca del ín- 
tierno. 

— ^¿Qué es esto?— murmuraba. — ¿Me faltarán las fuerzas, 
precisamente en el momento que más necesito de ellas? ¡Oh! 
Aunque tuviera que llegar arrastrando y dejarme caer des- 
pués al fondo de un precipicio, iré hasta e) fin. — 
Y dio algunos pasos más. 

— ^I>íoen,-^prosíguió tras una breve pausa, — que en esta 
cueva habitan seres fantásticos que guardan grandes rique- 
zas. Buenos ó malos, yo les obligaré con mis suplicas á que 
me den oro, ínucho oro, lo bastante para calmar la codicia 
del padre de Magdalena. Y si no les conmoviesen mis desven> 
turas, les arrancaré por la fuerza lo que no quieran darme 



IM TBADI0I0NI8 



X 






..l t- 



de^^do, y Magdalena será mía... [Magdalena! No i^ qaá 
encanto tiene este nombre, que al pronunoíarlé parefoe ■ (ti- 
marse el ardor que me consume, y respiro mejor, nlnelo 
mejor... Fijo mi pensamiento en ella, binaré al fondo de h 
«cueva y volveré á la superficie. Ella me espera y si no Bie^ 
viese mañana sufriría mucho... — * • 

En esto sintió que la entrada qae buscaba estaba eéroa 
•de sí. Adelaiitó algunos pasos más, é inoapas de Bosteneñe 
on pié más tiempo se echó al suelo y prosiguió arrastrándose 
•con precaución. Los ruidos subterráneos hablan cesado por 
oompleto y hasta la misma tormenta habia calmado su furor. 
El viento era menos fuerte; los truenos menos proñindoB. 

— I Ya estoy aquíl— dijo con voz fuerte y vibrante-i— Aliora 
•que Dios ó el diablo me socorran! — 

Y adelantándose con precaución entró en la cueva.' 
un momento de silencio. Después se oyó un giito alnagadodo 
agonía, y volvieron á sonar como antes los raidos misteiloMai 
«n el seno escondido de la tierra. La tempestad seguía fl!Di<o«r« 
rera un momento interrumpida. 

IV 

I 

Eran las doce de la noche de aquel mismo dia. Utm'figurm 
oomo de espectro se detuvo ante la casa de Magdalena y Uédiói 
Á la puerta con mano segura. Preguntó por el dueflo, pv^^f' 
tó un asunto urgente, y así que consiguió ser llevado á «a 
presencia: * • 

— Levántate — le dijo imperiosamente — Levántate y si- 
gúeme. 

— ¿A estas horas? — preguntó el anciano con tnitrafleaa. 

— Es negocio de mucho dinero. 

— ^Pero yo no te conozco, ¿Por qué cubres tu rosttooon^lá 
v capa y te recatas en la sombra? ¿Quién eres? 



i •■ 



DE TOLKDO. tSí> 



* ' — ^No te importa. Aqiael que todo b pttéde mt éwák á ti 
IMBPá decirte: — sigaeme. Levántate, toma ttt sombrero y 
anda. 

Había en la voz de aquel hombre un no sé qn^ de impo- 
néiite y amenazador. Parecía un juez ante un criminal. Un 
de sosie go y una inquietud que no sabía á qué atribpir ae 4aaaJ 
apoderaron del ánimo del viejo que sin darse cuenta de loque 
hacía se levantó de la cama; se vistió, y sin hacer objeción 
alguna ecnó á andar delante de su interlocutor. 

— ¿Cómo, señor, vais á salir con esta noche de perros? — 
le preguntó asombrada la dueña. — 

Nada la respondió su amo que, siguiendo ahora á su si- 
lencioso acompañante, empezó á atravesar Toledo, como si 
ñiera dia claro, sintiendo que una luz que no brillaba en par* 
te alguna iluminaba su camino. Cuando su acompañante se 
detuvo, el anciano se detuvo también, y al detenerse no pu< 
do contener un grito de terror. Los ruidos subterráneos que 
con estrépito sonaban á su alrededor le ilustraron sobre el 
• punto en que se encontraba. 

— ¡La cueva de Hércules! — murmuró, y sus dientes cas- 
tañetearon de terror.^— ¿Quién eres tii, y porqué me has 
ttaido aquí? ¿Qué í\ierza me ha obligado á seguirte contra 
mi voluntad? 

—Soy Pablo. 

—¡Pablo! 

— Sí, Pablo, á quien tu avaricia ha perdido. Pablo, que 
olvidándose de lo que hay más santo . én la tierra y en el 
eielo ha vennlo á este lugar en busca de riquezas que calfDá« 
sen tu sed de oro, y ha encontrado la muerte sobre ellas. 
Al presentarme á Dios manchado con el cieno dé la oulpa^ ^ <^ - 
me ha mandado irte á buscar para que entres en la cueva y 
«n elk permanezcas viviendo sin vivir, sufriendo un castigo 



140 TRADKJiONES 



horrible, hasta que esté satisfecha su justicia. Esa . faena 
que te movía á seguirme sin murmurar, era el remordimieii' 
to de tu crimen... 

—¡Piedad! 

— ^Piedad te pedia yo, y tú sonreias á mis suplicas. El oro 
es tu^pasion; entra; ahí tienes lo bastante para satisfacer, 
tus apetitos. — 

Y Pablo empujó con la mano al miserable viejo, pene- 
trando con él en la cueva de la que nunca habían de salir. 



t ■ 



Comentóse mucho en Toledo, los días sucesivos, la des- 
aparición de Pablo y del anciano, que nadie sabia cómo ex- 
plicarse satisfactoriamente. Magdalena los esperó durante 
su vida, que fué muy corta, pues poco tiempo después de 
estos sucesos murió víctima de una enfermedad que lóngoii 
médico supo definir. 

Nunca hubiera llegado á saberse la palabra del enigma á 
no haber ocurrido un suceso tan portentoso como el primero. - 

Un dia, algunos años después de lo narrado, huyendo un 
chico de su amo que le quería azotar por una falta que había 
cometido, penetró en la cueva de Hércules sin apercibirse de 
su torpeza hasta después que estaba muy adentro y no le era 
posible retroceder. Anduvo mucho tiempo ignorando el medio 
de salir de allí, hasta que, hallando en el camino una segunda 
cueva, se internó en ella, encontrándose de repente en el cam^ 
po,ycercade Añoyer, pueblecillo á tres leguas de Toledo. 
Guando volvió á la ciudad, contó cosas tales que más pareoian 
fábulas de encantamfeuto. Durante su excursión había visto en 
el centro de la cueva un gran tesoro vigilado por un enor- 
me animal para él desconocido, que, recostado sobre él, mos- 
traba los dientes cuando el chico se le acercaba; vio en der- 



DE TOLEDO. 141 



redor altos montones de huesos de seres humanos que ha- 
biendo ido por el tesoro, habian sido devorados sin duda 
por el feroz guardián, y muchos fantasmas y muchas vi-^ 
dones que se movian sin cesar ar mand o un ruido horrible, •'^^^Ww 
que hadan mayor los graznidos de las aves nocturnas y los 
rugidos de las fieras que sonaban por todas partes, y los gol - 
pes que una estatua gigantesca descargaba pesadamente en 
un yunque sobre una barra de oro. Cerca del tesoro, girando 
sin pararse nunca, fijos en él los ojos codiciosos, pero sin po- 
der llegar á él, vio á un anciano y aun joven detrás, que ex- 
halaban sordos gemidos de dolor, y en cuyas facciones alte- 
radas por el sufrimiento, reconoció las de Pablo y el padre 
de Magdalena, á quienes habia conocido mientras vivieron 
entre los mortales. Después de contar estas cosas y otras mu- ^ ^ ^ 
chas, a cuaimas raras, el muchacho perdió el habla y mu- ^^ ^ 
rió á las pocas horas. a^««^ 

Esto es lo único que llegó á saberse en Toledo del des- 
enlace de esta historia, y lo que aun cuentan en la ciudad al 
narrar las tradiciones de la Cueva de Hércules. 



"jj^.9<^ ^. J^y -^ 



i^.. 



Jryn 



Uq 



« -r ■ 



EL POZO AMARGO. 



A MI QUERIDO AMIGO MATÍAS. MORENO. 



'f^'^M'i\ Hay en Toledo una calle de cuesta empi nadíg im* que ar- 

raneando de la Plaza de la ciudad, ítenbeila» C%S3SJ^i>8Í8- 

tonales, va á terminar ala orilla misma del Tajo. Sombría en 

, general, y estrecha en algunas partes hasta el extremo de 

■*** ^-'''--poderse abarcar ambas aceras á la vez, sólo de cuando en 

''^^ ' cuando viene el sol á animarla con sus rayos vivificantes. 

Todas las calles de Toledo tienen el mismo aspecto; uik 
aspecto extraño y singular que las hace encantadoras á 
los ojos de los pintores y los poetas que las bañan en la los 
de su fantasía y ven en los revueltos callejones, que se en- 
cuentran casi en el mismo estado en que los dejaron los ára- 
bes de los últimos tiempos de la reconquista, algo que re- 
cuerda las edades que pasaron. Llena la mente de raras 



DJB TOLEDO^ 1,43 



id^!.que no .domina Ii» ra90.n, véme afMurecer por door 
.^6 ..Qiii,^m en medio del fiüencio quereiniien ellas, figu^ 
i^ de <^te09 tiempos, parecida á las que brillan en I09 tapir- 
«68 del Asnuntamiento 6 en los inmensos YÍdrios de i^lores de 
la catedral; caballeros de antiguo tnge y de mirar aifoso»^^**^^ 
earacoleandó «b ener^pados eoreeles^ ó yeiido á pié por la J ^-^ 
4tíÁgaíá aoera puesta «na mano en el puño de la hoja tole- hí^^c^ 
dftna; damas recatadas trayendo de la vigilaneia de un padre /^k. 
ó de un hermano, como aparecen en las eome^i^ cl^ Galderofi ^""^^^"^^ 
á de- Lope; judíos han^ntoé, volviendo: á un lado y otro la i^aÁ*^»^ 
neblosa mirada, ó gallardos irabes envolviendo la esbelta ^^^^f<««^' 
figura entre ios pliegues de su jaique. Las calles de Toledo ^*^ 
parecen el inmenso escenario de un teatro colosal; nada han ' ^ 

eámbiado las decoraciones; sólo faltan los personajes, y la 
iinaginaeioB' op^ra fácilmente el trabajo de reconstruocion. 
Hay cuestas en que parece que se oye todavía el ruido de las 
efaoqumielas de Don Pedro, saliendo á media noche del alcá-niv^ dÓ 
Bar para Telar por el reposo público; encruc|j|adas en que pa- AC-r^b^ 
reco va oino áhalhurse decanos á.boga, como vulgarmetutjí» «^ ,__ 
se dice,' «oui. los cuadnlleros de la Hermandad; esquinas tri^cc> m>«.i 
la^ eucñes. oree uno distinguir, medio velada por la sombra, l^^w^iiSL 
'figura de' un comunero pidiendo con vos vibrante fueros y liy^ ' 
bertad*- reja» del renacimi^ito, entre cuyos hierros elegantes f^^j ^ 
se adivina la huella del pañuelo que movia en señal de salu* 
• do uña mano de mujer, y que guardan á través de los tiem* 
pos mil secretos de amor y de ternura. 

La calle á que la actual leyenda se refiere, tiene también 
ese sello particular que á las otras caracteriza; además 
guarda 'una historia, coáa también muy común á la mayor 
parte de ellas. 

Hada la mitad de la^^iodile, y en medio de una pequeña 
plazoleta^ habia, hasta Mee muy pocos meses, culnerto con 



J44 TRAmOÍONES 



fev^í ( 






VDat^ de madera verde, nii aneho poicde brooíd' de pie- 
dra que la daba nombre; un sombre simeMre qne üette desdé 
liaoe siglos, confirmado por ntia {)oi'cíon de generaoioiiea. La 
calle se llama todavía, y se llamará, Dios sabe haata oiiálMio, 
la Bajada (ü Pozo Amargo. 

Desde el primer día en qae mis pasos me llevarMí po^ 
«sta parte de Toledo, llamó mi atettcion este sombre algd 
fandico, y muchas veces, desde entonces, vine al mismo la- 
gar antes de que el pozo desapareciera, y pasé hon» ente- 
ras absorto en su contemplación , sentado en su brocal i la 
luz melancólica del astro de la noche, que pares» enviame 
uno de sus rayos para bañar con ellos la regioA de mis &i- 
tástlcas ilusiones. - 

Y siempre, é durante las largas horas q«e pasaba alK» 
4ondc ningún ruido venia á turbar la paz de mi medi- 
tación, envuelto en las opacas sombras de la nodiei siem- 
pre me conmovía un mismo pausanuento; siempre una misma 
idea me agitaba: el deseo de saber el origen de aquel nom- 
bre fatídico y lúgubre que sonaba con ecos de dohnr en mis 
oidos. La Bajaba al Pozo Amargo debia ser una senda do- 
lorosa regada con lágrimas ó eon sangre; todas aquéllas pie- 
dras hablan empapado alguna gota de ese roció dd alma ó 
del cuerpo que dejan la misma huella en la mejilla; aqnelloB 
viejos muros que por todas partes se alzaban unidos y. som- 
bríos sabían los detalles del drama; hablan oonoddo, sin 
duda, á los personajes del poema; con aquel lugar estaba en* 
lazado uno de esos acontecimientos que ni menciona la histo- 
ria, ni la tradición escrita recoge, pero que viven y se con- 
servan grabados con caracteres indelebles en la memoria del 
pueblo que hace de ellos sus recuerdos más imborrables. 

Porque yo abrigaba el presentimiento dé no engafiaime. 
Allí había historia, pero una historia lúgubre y triste; 



/ • 



»E TOLEDO. 145 



•de esas historias cuva narración perturba el ánimo, cuyo 
recuerdo contrista el corazón. Algo que yo no podia explicar, 
me lo decia; mi injustificada afición á aquel sitio, afirmábame 
más y más en esta idea; el nombre de la calle, preocupán- 
dome en extremo, me lo recordaba sin cesar. Allí Labia his- 
toria; la duda no era posible; pero ¿cuál? ¿Dónde encontrar 
la clave de aquel enigma? ¿Dónde hallar la fuerza suficiente 
para que á la voz de sésamo entreabriese la tierra sus entra- 
lías y me dejase leer en el fondo de los sepulcros la oscura 
palabra, perdma en el misterio de los siglos , que cual otro 
liilo de Ariadna me habia de conducir al conocimiento de 
lo que yo qucria saber? 

Tales eran las ideas que de continuo me abstraian, sin que 
á pesar de mi buena voluntad pudiera cerrar el signSinter- 
Yogante abierto siempre ante mi vista, cuando llegó por fin 
!a hora en que la casualidad, para premiar sin duda mis afti- ^*-' *•-•* 
lies, me dio inopinadamente la razón que buscara en vano 
"durante tanto tiempo. 

Hallábame una noche sentado en el brocal del pozo 
t;uando vi aparecer en el extremo de una calleja inmediata 
tina vieja que con paso tardo se dirigía h^ia la plaza en que 
yo estaba, sosteniendo con trémula mano una pequeña lin- 
terna que la impedia dar un resbalón. Cuando llegó á sitio ^?<í¿!^^ 
■donde ya pudo verme, alzó de pronto la cabeza, y murmu- 
rando un «¡Dios me valga!,» y dejando caer al suelo su lin 
tema, huyó despavorida. 

No hice al pronto caso de aquel suceso, un tanto extraor- 
tlinario, capaz de picar la curiosidad de cualquiera que no hu- . 
biese sido tan despreocupado como yo, y absorto en mis pen^^^^'' 
samientos, apenas le concedí importancia, pero creyendo que 
la vieja me habia tomado por algún ladrón me encojí de 
hombros, y prorumpí en una carcajada, riénd-^m? con toda 

Ivjt 



i4.4t^nj:* 



140 TRADICIONES 



mi voluntad del susto que tan inconscientemente la diera^ 
AI día siguiente, y casi á la misma hora, volvió á apare* 
oer la misma vicjecita, pero ya no se asustó. Por el contra- 
rio, se acercó á mí y contestó ¿ mi salado diciendo: 

— ¡Buen susto me dio Vd. anoche, caballero! 

— ¿Yo, señora? — la pregunté con asombro. 

— ^Usted mismo, sí señor. Al verle de pronto sentado en- 
el mismo lugar en que se sentaba antes el otro, el miedo, úsh 
duda, me hizo ver dos personas donde solo habia una, y me- 
pareció distinguirla á ella también. 

— El otro... ella... No la entiendo á Vd. 

— ¿Cómo, no sabe Vd?... — 
Yo moví negativamente la cabeza, y pregunté: 

— ¿Quién es el otro"? 

— ¿Que quién es el oíro? Un señor muy buen mozo y muy 
guapo, pero muy pálido y muy triste, que antiguamente ve- 
nia todas las noches á sentarse en el brocal de e^e mismo 
pozo. Y ella una hermosa joven vestida como dicdn que se^ 
visten las mujeres de los judíos, que siempre le estaba es- 
perando arrodillada, aquí donde estoy yo. 

— ¿Y sabe Vd. su historia? 

— ¡Ya lo creo! En mis mocedades era muy oomun en To- 
ledo, y todo el mundo la sabia de memoria; pero lo antiguo,, 
que es lo bueno, se pierde, y hoy no se acuerda nadie de> 
ella. 

— Yo, en cambio, tendría mucha curiosidad en saberla, y 
si Vd. quisiera».. 

— j Ya se ve que quiero! Por fortuna la noche no está fria 
y podremos hablar aquí mismo. — 

Y dejando en el suelo la linterna se sentó á mi lado so- 
bre el pozo, y con voz lenta y cascada, que parecía un eco de 
otro tiempo, me contó la leyenda que vá á seguir, y en la 



DE TOLEDO. 147 



cual no me he atrevido á hacer variación alguna. La tras- 
cribo tal c*omo la oí relatar aquella noche; si algún detalle no 
concuerda con su relación, culpa será de mi memoria, no de 
mi voluntad ni de mi intención. 



II 



Hubo ün tiempo eñ España en que no era el Evangelio 
la única lengua religiosa que usaba el hombre para cantar 
las alabanzas de su Dios. Aunque en gran mayoría, los cris- 
tianos yacían en triste cautivCTio bajo el poder que habia 
surgido de las ondas del Guadalete, y esperaban entre 
los duros hierros del esclavo la hora de su lenta, de su la- 
boriosa redención. Los moros, orgullosos y altivos como se- 
ñores, tenianenpoco al pueblo de quien sehabian hecho due- 
ños á bien poca costa y merced á una sola batalla, y creiaa 
eterna su dominación en un país en que aún no habían conse- 
guido tom ar carta jfi naturaleza, á pesar de prolongados años v, 
de conquista. Los judíos, raza despreciable, herida por la có- 
lera divina, desposeída de su patria, de sus hogares, de sus 
tradiciones, hasta de su historia, crecía al lado del vencedor i 
que pagaba con un desprecio desdeñoso la ayuda que de esta I 
raza recibiera en los primeros días de la conquista. f 

En Toledo vivían muchos judíos, y como odiaban á los 
cristianos — considerándolos como barrenadores de su ley — 4'<f^ 
tanto ó más que los mismos sarracenos, de aquí que, puestos 
entre unos y otros, los pobres vencidos no tuvieran nada que 
envidiar, respecto á hacer méritos á fuerza de padecer en este 
mundo, para ascender entre delicias, terminada su existencia, á 
los goces inefables y puros del Paraíso. Sin embargo, sus des- 
gracias y las humillaciones que sufrían, interesaron más de 
una vez el sensible corazón de algunas doncellas moras ó jii- 



¿r 



148 TRADICIONES 



i días, y la misma Iglesia ha sautificado en SantaCasilda á la 

¡hija del rey moro Al-mamun — el mismo que dio en su reino 
digna hospitalidad á AlfonsoVI cuando llegó á Toledo hu- 
yendo de la cólera de su hermano Don^ Sa ncho de Casti lla 
^ ^ que le reservaba la cogulla del monje en Sahagun. — Las cui- 



.\<^^/» tas de los cristianos cautivos, que yacían aherrojados en los 
calabozos de su padre, la conmovieron de tal suerte, que los 
socorrió en cuanto pudo, y abjuró después la doctrina del 
Profeta, mereciendo ser contada por sus virtudes en el nú- 
mero de las vírgenes. 

No es este el único ejemplo que se puede presentar; las 
historias de amor entre dos sáres de razas enemigas separa- 
das ])0T odios de familia, por diferencias políticas ó por di- 
versidad de religión, abundan mueho en todas partes, y rara 
és la época que no guarda en sus crónicas alguna de ellas, 
siempre de funesto y desgraciado desenlace; pocas, sin em- 
bargo, presentan los terribles caracteres que el pequeño dra- 
ma representado en el siglo X de nuestra Era, en una humil- 
de calle de Toledo. 

En aquel tiempo, y en el mismo sitio descrito á la cabe- 
za de estas líneas, que no era, como lo es hoy, una pequeña 
plazoleta, sino una magnífica mansión con un gran jardín 
que ocupaba el lugar en que ahora se alzan las casas. inme- 
diatas, vivia uno de los judíos más ricos de la ciudad. 

Considerado entre los suyos por lo elevado de su 
alcurnia, que guardaba las más altas tradiciones del pueblo 
de Israel, y por sus grandes riquezas, á las cuales no se des- 
deñaban de acudir los reyes y los nobles cristianos en deman- 
da de oro que emplear en la guerra contra los enemigos de 
la cruz, ó en las fiestas y los torneos dados á las hermosas* 
castellanas; de carácter áspero y duro para con los que 
; e rodeaban, algo intratable si se quiere; creyente hasta el 



-'■/T ^ 



DK TOLEDO. 149 



fanatismo en la ley de Moisés de la que aun esperaba 
la regeneración do su raza proscrita, vivia alejado de todo el 
mundo, aislado en medio de una ciudad populosa y de uoa 
sociedad en que le hubiera bastado presentarse para ser el 
centro de todas las miradas y el objeto de todas las conside- 
raciones. Despreciaba á las gentes y Labia algo en su inte- 
rior, superior á su misma voluntad, que le retraia de cuanto 
le rodeaba, moviéndole á vivir en la soledad y el aisla- 
miento. 

Este cai-ácter duro, esta indomable energía, tenian, sio 
embargo, un punto débil; habia un ser en la tierra que do- 
minaba al coloso, trayéndole y llevándole á su gusto por 
donde quiera que fuese, y ese ser era puro, sencillo, delicado; 
era una florecilla que hubiera marchitado el menor soplo; i^r-e^fc 
una luz que la ráfaga de aire más pequeña hubiera extiii- 
guido; era su hija, hermosa nina de diez y seis abriles que 
llevaba en el azul de sus ojos el azul límpido del cielo, y en 
la sonrisa que plegaba sus labios de rosa, la sonrisa de \o» 
ángeles. 

Kaquel, que así se llamaba, merecía bien la ternura de su 
padre, que habia hecho de ella el fin de su vida, el úni- 
co anhelo de su alma. Criada sin madre, á quien perdió al 
nacer, y entregada desde niña á los cuidados del viejo judío> 
que lo fué todo para ella, y que hizo abstracción del úiundo 
para consagrarse únicamente á su caiiuo, no conocía más 
amor que el suyo; y el santo afecto que su padre la inspira- 
ba y el respeto que la infundiaii sus creencias eran los únicos 
sentimientos de su corazón. 

Un dia, sin embargo, conoció que habia en su alma cuerda» 
que, heridas por otro sentimiento, vibraban puras y armo- 
niosas. Era una tarde de Mayo; el sol moria en el cielo y 
nubes rojizas se agolpaban en el ocaso, como queriendo re- *• 



J 50 TRAIMCIONKS 



cibir SU8 Últimas miradas, perdiendo poco á poco el hermoso 
color de jmrpura que las hacia tan hermosas, para ño ser 
mis que negras manchas en el espacio,, conforme el astro 
brillante se luindia bajo el horizonte. Sonaba á lo lejos, 
como una salmodia, impregnada de extraña melancolia, 
arrastrada por la brisa de la tarde, la voz del mtiszzin^ 
exhortando á los cre3'entes para que alzasen hasta el 
trono de Dios A pensamiento en la hora sublime del cre- 
púsculo; vagaba el viento lleno de cadenciosas armonías, con- 
fundiendo en revoltoso giro los cantos de las aves que char- 
laban en las hojas de los árboles del jardiny el eco monótono 
del arroyo que entre ellos se deslizaba bulliciosamente. 

La hermosa Eaquel, tras las ventanas de un esbelto 
agimez en que la mano del artista habia escrito en piedra un 
inspirado himno de alabanza en honor del arte qtie sentía, 
miraba distraídamente á la calle sintiendo palpitar su pecho 
á impulsos de una vaga agitación. La soledad en que se ha- 
llaba; la hora melancólica del crepúsculo que parece estender 
lina nube por el corazón; los rumores que llegaban como eco 
debilitado á sus oídos, desarrollaban en todo su sor una tris- 
teza que no podia dominar. A pesar suyo, sentia un vago 
íinhelo, un deseo sin forma que parecía flotar á su alrededor 
fingiendo cien figuras caprichosas, producto de esos misterios 
de la tarde que forman al chocar y confundirse en un abrazo 
los últimos rayos del día y las primeras nieblas de la noche. 

A veces creía oír un rumor impercepfible en un prin- 
cipio, que poco á poco iba tomando cuerpo y forma, ru- 
mor que el viento arrastraba impregnado de las esencias del 
jardín y la armonía de los nidos, y ese rumor debilitado, 
que al nacer semejaba el eco de un suspiro exhalado i 
lo lejos por un alma pensativa, engrandecía lentamente, coa- 
forme se aproximaba, y al llegar hasta ella era ya una voz 



DE TOLEliO. 151 



•amante, dulce y apasionada, que pronunciaba claro y distin- 
to el nombre encantador de Raquel, produciendo al rozar su í^r*^ 
frente de rosa, algo semejante á un beso casto y puro; uno de 
esos besos que dan las madres en las mejillas de sus h^'os 
dormidos en la cuna, y que son como una caricia del alma, 
como el roce del ala de un pájaro que al levantar su vuelo 
hasta la altura, pasa levemente junto al capullo de una 
flor. 

En vano procuraba apartar su imaginación de tan pue- 
riles pensamientos; en vano se decia á sí misma que aque-^f^^ 
lio era una pesadilla que embotaba sus sentidos; su sen-^^/T^j^ 
timiento crecia, y sin causa ninguna sus ojos se llenaban de 
lágrimas quj caian como dulce rocío sobre su corazón acon- 
gojado; la voz misteriosa, rumor imperceptible primero, eco 
sonoro después, seguía vibrando en sus oídos, dulce y armo- 
niosa, hiriendo las cuerdas más ocultas de su alma, y envol- 
viéndola en una atmósfera desconocida para ella; atmósfera 
divina en que la luz parecía brillar con más fuerza, en que el 
canto lejano del ruiseñor que gorjeaba sus amores sonaba 
más cajfdencioso. 

Kaquel no sabia lo que la pasaba; quería levantarse, 
gritar, y no tenia fuerzas para ello; hacer un poderoso es* 
fuerzo de voluntad para apartarse de aquel sitio que tan rara 
influencia parecía ejercer sobre su espíritu, y, sin embargo, 
sentíase débil, muy débil para intentarlo. Conociendo, por fin, 
su impotencia, resignóse á esperar que pasase aquel acceso 
de melancolía que nunca, como entonces, la hiriera tan pro- 
fundamente, y hundiendo entre sus dedos de alabastro su 
hermosa frente, que la preocupación marcaba ahora con su 
sello, dejó vagar libremente su pensamiento por los espacios 
tle la fantasfa. 

Trascurrió así un gran rato; la tarde siguió ca^'endo, y 



152 TRA1>1CX0N£S 



ya el cielo sólo estaba ilumiuado por los últimos rayos qao> 
«1 sol habla dejado coiuo uq beso cu las uubes, coro dor 
vírgenes euamoradas que parccea acompañarle hasta los úl- 
timos limites del horizonte, como temerosas de no verle- 
volver. 

De pronto oyó en la calle ruido de pasos que, sin que^ 
pudiera explicarse el motivo, resonaron en su corazón. Sepa- 

j^^^^^ ró vivamente las manos con que cubria sus ojos, endereza 
su cuerpo, y por un movimiento que no fué dueña de 
contener, aproximó su rostro á la ventana. Un caballero, jó- 

^g^^ ven, á juzgar por la firmeza de su paso y la apostura gallar- 
da de su cuerix); noble, como parecía pregonarlo su aire dis-. 
tinguido, y hermoso, con una hermosura de que hasta aquel 
momento no habla visto ejemplar ninguno la bella israelita^ 
pasaba en aquel momento por delante de la casa del rico judío^ 
Latió con violencia el pecho de la joven, y una o lead a de 

*ff^ carmín encendió su pálido rostro al sentir sobre sí la fo go- 

''*^ sa mirada del caballero que también la habla visto y parecía 

enviarla de sus grandes ojos negros efluvios misteriosos que 

t'</n ^^ producían vértigos y la obligaban á bajar su frente t eñid a, 

"""^ por el rubor. Varias veces cruzó la calle el caballero; varías. 
veces le siguió recatadamente la vista de Kaquel; varias ve^ 
ees también se cruzaron sus miradas ardientes, semejantes, 
á una mutua y respetuosa declaración; cambio de confianzas, 
y cambio de sentimientos, en la sombra que empezaba á es-, 
tenderse. 

Tendió la noche su manto; reinaron las tinieblas y se 
estendieron, como barrera impenetrable, entre la hermosa Ra>^ 

\ rj^ quel y el ajguesto caballero. Cuando ya no podía verle y sola 

'*' distinguía su silueta, destacándose como una estatua en la ca-. 
He, Raquel volvió á caer en sus meditaciones; pero sus pen- 
samientos no eran ya los mismos que antes. La voz misteriosa 



DE TOLEDO. 153 



segnia sonando en sus oídos, produciendo rumores melodio- - 
sos; el ruiseñor seguía cantando endechas amorosas entre las 
ramas de los árboles, y presa de una si||^ar alucinación, 
Raquel creía comprender lo que en sus notas argentinas decía 
el cantor divino al céfiro reclinado en la enramada, cuya res-^. !»'<:/ 
piracion agitaba las flores dulcemente. 

Aquella noche Kaquel no pudo dormir. Durante toda 
ella siguió viendo pasar ante sus ojos, en fantástica comítí^ 
va, raras visiones que la atraían en vez de atemorizarla, y 
una voz que se alzaba en lo más profundo do su alma, enta- 
bló dulce coloquio con aquella otra voz que entraba deshe- 
cha en olas de armonía por la ventana del jardín. 

III 

Una tarde, — dos meses después de esto, — hallábase en 
su cuarto el anciano judío inclinado sobre el Talmud, en 
cuya lectura quería hallar un lenitivo á sus pesares « ^ 
Hacía algún tiempo que notaba en su hija algo que no sabia 
explicarse, y que como dardo agudo y envenenado abría an- 
cha herida en su corazón de padre. Su hija, la encantadora 
niña que criara á fuerza de cuidados y de sacrificios, dedi- 
cando á este único fin, á este único objeto, toda su existencia; 
la hija querida de su alma, que estaba acostumbrada á na 
ver más que por sus ojos, á no querer más que conforme á 
su voluntad, se separaba ahora de su padre, y pasaba largas 
horas encerrada en sus habitaciones, sin motivo ostensible 
para ello. Muchas veces habíala querído detener para pre- 
guntarla la causa del círculo rojizo de sus papados y lámate v 
palidez de sus mejillas; muchas veces se había acercado á 
ella para fijar una mirada en su pupila y ver, como en un 
lago trasparente, los secretos más hondos de su alma; pero 



154 TUAD1CI0NB8 



•]Kiquel evitaba oon cuidado estas ooagiones. No era ya la 
iiifia alegre y ligera qae siempre á su lado parecía difon* 
*** dir en toroo suyo el aroma embriagador de su inocencia; no 
le hacia ya esas caricias de niña mimosa que encantaban los 
<iias del anciano, el cual veía en esto amplia compensación á 
las contrariedades de la vida. Su carácter habia cambiado to- 
•taimente, y la joven, reflexiva, triste, se mostraba ahora en 
la forma que untes tenia la mujer, mitad ángel, mitad niña, 
por quien él vivia, por cuya dicha se afanaba. 

Presentia el viejo judío que su hija guardaba un se- 
"Creto; que aquella frente que él besaba con delicia, surcada 
casi siempre de arrugas, no era ya el claro espejo que refle - 
jaba la tranquilidad. Tenía, además, como el vago presenti- 
miento de una desgracia, y cuando pálido y sin aliento veía 
ante sí el rostro pensativo de Raquel, muchas veces acudió á 
•sus labios una pregunta que al fin eSpiraba en ellos por falta 
de palabras que la formulasen. Se quedaba mirando largos 
ratos á su hija, hasta que ésta notaba la atención de que era 
■objeto, y entonces el carmín de la vergüenza inundaba sus 
mejillas de terciopelo, y despidiéndose con un protesto fútil 
de su padre, corría á ocultarse en su cuarto, dejando al israe- 
lita que, al verse solo, inclinaba la cabeza sobre el pecho y 
permanecía muchas Horas en esta posición, hasta que un 
UA,/íj,^jicontecimiento cualquiera venia á sacarle de su ensj misnia - 
miento. 

En vano daba martirio á su inteligencia buscando la ra- 
zón de aquellas tristezas, de aquellas preocupaciones. Raquel 
salía muy poco á la calle, á su casa no iba nadie, y puede de- 
cirse que vivía en un aislamiento casi absoluto. ¿Cuál era, 
pues, la causa de la mudanza cuyos efectos sentía tan de 
<5erca? 

La tarde que señala la leyenda, vino á turbarle en sus 



DE TOLKDl». 155 



meditaciones la visita de un antiguo ami<;o suyo, judío tam- 
bién, que habia compartido con él, desde la infancia, las dul- "^ 
-zuras de la amistad, y que amaba á llaquel como á una nina 
ú quien habia visto nacer; con ese afecto puro y desinteresa-, 
<io que la vejez profesa á la infancia; amor de dos crepúscu- 
los, que al hallarse en los extremos opuestos del cielo se mi- 
ran á través del espacio; sombra que muere y luz que nace 
«n el ancho horizonte de la vida. 

— ^Vengo á causarte un i>esar, liCví, — dijo al entrar. — Lo 
"Conozco, y por eso he vacilado mucho antes de decidirme á 
venir á buscarte, pero el cariño que te tengo ha acal lado to- ^^Ite 
<lo8 mis escrúpulos. 

— ¡Tú causarme un pesar con tu visita, viejo liuben! Muy 
malas deben ser las noticias que me traes, cuando, recelo- <5Uj5**^ 
sas quizá de mi paciencia, te han tomado por mensajero, — 
respondió el padre de llaquel. — No importa, — anadió, — tu 
amistad endulzará su -amargura, y Jehová hará el resto des- 
de el cielo, de donde vé .mis acciones y registra mi corazón. ¿¿^^ 
^;De qué se trata? 

— De una nueva que si hoy no lo es, puede llegar á ser 
ima gran desgracia para tí. 
—¿Para mí? 

— Para tí y para Kaquel también. 

— ¿Para mi hija, Leví? ¡Oh! ¿Qué enlace pueden tener 
■ese augurio de desgracias y el nombre de mi hija? Habla. 

— Hace tiemiK) que observas una gran variación en ella, 
^,no es verdad? 

— ^¿Quién te lo ha dicho? 

— ^Mis ojos que han visto su turbación cuando está delan- 
te de tí; mis oidos, testigos de las forzadas palabras que te 
dirige, siempre lyensativa, siempre preocupada. Y tú también 
lo has notado, Leví; tú también has- querido adivinar lo que 



156 TRADICIÓN K8 



pasa en el alma de tu hija; pero eres padre y los padres, bod 
sordos y ciegos para las faltas de sus hijos. 

— No te entiendo. ¿Qué quieres decir? 

— Quiero decir que yo también lo he Dotado; que querien- 
do á Raquel como á mi hija, aquella niña que el Señor arre- 
bató de mi lado á los quince años para engalanar con ellft 
los jardines del Paraíso, he buRcado la causa de su preocu- 
pación y la he encontrado, y he ere ido deber decírtela para 
que pienses lo que debes hacer en la situación en que te 
hallas. 

— No sé por qué me turban tus palabras. 

— ^¿Quieres saber el nombre de la enfermedad de tu hija, 
pobre viejo, que desconoces la influencia de los años en el co- 
razón? Es un nombre que encanta al oido y despierta en nos - 
otros mismos sentimientos que creíamos apagados. Se llama 
amor. Tu hija está enamorada, y de ahí su tristeza, de ahí su 
preocupación. — 

Un rayo que hubiera caido á los pies de Levi no le hu- 
biera causado tanto efecto como las frases de Rubén. Pálido, 
con los ojos de^esuradamente abiertos, retrataba el asom- 
bro en sus facciones. Nada más lejos de su pensamiento que 
creer enamorada á su hija, á quien aún le parecía ver saltando 
sobre sus rodillas y encantándole con esa media lengua de 
la niñez que suena como un eco de vaga melodía en el oido 
de los padres. Para él, su hija no podía enamorarse; ¿qué la 
faltaba á su lado? Tenía las comodidades del lujo, la calma 
de la soledad, los halafgos del cariño; todo contribuía á ro- 
dear su existencia de felicidad, á llenar de tal manera todos 
sus caprichos que nunca hubiera en ella lugar para un deseo 
por pequeño y fátil que fuese... Y, sin embargo, á poco de 
reflexionar en cuanto hacia algún tiempo pasaba en su casa, 
el infortunado padre tuvo que reconocer la verdad de las pa- 



0B TOLEIK). 1^7 



labras de su amigo. Ellas explicaban aqael cambio taa iojus« 
tifícado, tan brusco, operado en el carácter de Raquel; el in- 
somnio, la agitación que dá el primer amor, habian for- 
mado aquel círculo rojizo que rodeaba sus ojos queridos; el 
silencio que con su padre guardaba, y que la pesaba sin du- 
da como un deUto, la bacia estar siempre silenciosa, abstraída, - 
entregada á sus pensamientos, y como viviendo en otra at- 
mósfera distinta. Ya no cabia duda, y al convencerse 
de esta verdad, el anciano bajó la cabeza y sintió pasar 
por su cerebro girones de sombra como si de repente el 
sol se hubiera apagado, y el aire hubiera dejado de dar 
vida á sus pulmones. Miró á su alrededor y lo encontró 
todo negro, todo triste; un desierto de penas y dolores, 
con espinas por arenas, en que el simoun arrastraba sus- 
piros y sollozos, y en que los oasis eran pozos de lágrimas. 
jQuc solo se iba á ver en el mundo, sin la presencia, sin lan 
caricias de Raquel! 

Pero era padre, y su egoismo no podia ser de larga dura- 
ción. Así, que levantando resignado la cabeza, 

— Pues bien, — dijo: — si ese hombre á quien mi hija pre- 
fiere á su padre, es verdaderamente bueno y digno, se uni- 
rán ante Dios sus voluntades, pues ya lo están sus corazones, 
y si Jehová mira con ojos de bondad el sacrificio que me 
impongo, hará que los hijos de mi hija alegren con sus jue- 
gos infantiles los dias de mi vejez. — 

Y al decir esto, dos gruesas lágrimas se desprendian de 
sus ojos, porque bien sabía él que la mujer al salir de su casa 
para crearse otra familia, roba al amor de sus padres el que 
tiene que dar á su marido y á sus hijos. Esta es la ley de 
Dios, la ley eterna, pero él nopodria avenirse á quedar solo y^^^t^^ 
abandonado en aquel inmenso caserón, morada hasta enton- 'T-' ''vo 
ees de alegría, y que ahora se le aparecía como negro sepulcro 



l^^S TRADICIONES 



- encerrando sus ilusiones. Sentía el vacío á su alrededor y 
este vacío le asustaba... Pero su hija antes que todo; la diclia 
de Raquel antes que su egoísmo. La casaría y vivina con el 
reflejo de su felicidad. 

Rubén, sin embargo, permanecía inalterable, como a 
pesase sobre su corazó n la. part^ iá§^teuia que revelar. Por 
■; penosa del secreto quá&n, haciendo un esfuerzo sobre sí mis- 
mo, añadió: 

— Levi, no es esto todo: aun te falta saber la parte más 
horiiblc del secreto, para la cual debes pedir resignación á 
ese Dios tan grande con cuyo nombre en la boca tantas veee» 
sufrió Israel sus cautiverios y Qomse vio abandonado y cu- 
bierto de lepra. La lepra de la maldad cae hoy sobre tí; ha* 
mí líate ante los decretos de Jehová. 

— ^No te entiendo, y no obstante, tus palabras como hier» 
ro candente penetran hasta mi corazón. ¿Quó desgracia.s son 
esas tan terribles que me anuncia tu voz? ¿Puede haber 
para mí nada más espantoso que verme separado de mi h^a^ 
solo para siempre, mió hasta que el ángel cariñoso de la 
muerte acaricie con sus slIsls mis fatigadas pupilas? 
¿Qué me importa lo demás? 

— Es que el cielo te niega la satisfacción de sacrificarte 
por tu hija: es que te condena á verla eternamente desgra- 
ciada, atrayendo sobre su frente culpable el rayo de la cólera 
de Dios. 

— jCómo! ¿Tan indigno, tan miserable es el hombre á 
quien ama Raquel? 

— Es más que indigno, más que miserable; más desprecia- 
ble aún que el joven disipado marcado con el sello de la 
infamia, ó el viejo avaro cubierto de la lepra de la avaricia; 
Jehová puede tocar un día en el corazón de éstos, pero se 
aparta con disgusto del hombre amado por tu hija. 



DE TOLEDO. 159 



— ¿Quién es, entonces? 
— ¡Un cristiano! — 

Es preciso estar bien identificado con la época de esta 
narración y tener amplio conocimiento de lo que á los 
ojos de los cristianos significaban los judíos en España du- 
rante la Edad Media, para comprender la impresión qtte las- 
palabras de Rubén causaron en el ánimo de Leví; es preci- 
so seguir con la imaginación el reguero de sangre que deja- 
ron en el campo de la historia las generaciones israelita^ des*- 
de las primeras manifestaciones cristianas hasta su total ex- 
jmlsion de los dominios españoles, para formarse una idea 
del alcance que el nombre cristiano tenia para los des- . 

oendientes de Israel, que veian en él un enemigo acérrimo, ^w ^ 
declarado, irreconciliable, como son irreconciliables el Dio» 
adusto del desierto que truena sobre la cumbre del Sinaí y ^^^* 
el Dios misericordioso del Calvario que erige en ley el amor 
al prójimo en el sermón de la montaña. La historia de sus 
persecuciones, padrón de vergüenza que lleva sobre si la so^ S<^ y*j 
dedad cristiana, los dolores de las generaciones, la ruina del ^w**»^^ 
templo, la dispersión del pueblo de Israel, todo pasaba en rá- 
pido y revuelto torbellino á los ojos de Leví, como evocado W^^/» 
por un conjiíro del demonio. ¡Y era á un cristiano á- quien Ra- 
quel sacrificaba su padre y entregaba su albedríó, á un hijo de jr&f 
aquella raza maldita á quien habia sido enseñada á odiar des- * 
de la cuna! ¡Era un cristiano el que habia abierto aquel abis- 
mo entre Raquel y su padre, abismo que este reconocía, pe- 
ro cuya causa le era completamente ignorada!.. 

Largo tiempo permaneció sumido en estas reflexiones, si- 
lencio mudo y sin lágrimas, respetado prudentemente por su 
amigo; de pronto levantó la cabeza, y con voz dura y conte- 
nida, dijo: 

— Huyó la nube de dolor dejando como huella de su paso 



vt. 



160 TRADICIONES 



la vergüenza en mi rostro, la indignamon en mi pecho. Tú 
* eres mi hermano, Rubén; nada que venga de tí puede ofen- 
derme; sé, pues, el eco de mi infamia, y dime ouanto se- 
i<:;ú.. P^s ^^ 6sa desventurada, presa sin duda de las asechaM M 
del espíritu del mal. No temas decirme la verdad; el Dios de 
nuestros padres me dará fuerzas para escucharte y me inspi- 
rará sobre lo que debo hacer. Habla. 

— Hé aquí lo que sé. Por las noches, cuando todo está 
.^v.> f en silencio, y la lámpara que arde en tu aposento ha apaga* 
do su resplandor vivísimo, un hombre, sectario déla cmi, sal- 
ta las tapias del jardín y se pierde en sus espesas enramadiB 
donde en brevejse le une una mujer. Distínguensedos sombras 
en el jardín, y oídos que velan perciben el eco de dos voces 
que cambian frases de amor. Cuando la noche pasa, y poco 
antes que hiera el horizonte el primer rayo de la aurora, se- 
páranse las dos sombras, uniéndose antes en un abraso; 
vuelve á saltar la tapia el desconocido galán, y la dama re- 
gresa á sus habitaciones. Solo el viento en su vuelo ó el mi- 
señor en sus cantos podrían repetir la conversación de los 
dos amantes. 

— ¿Es eso todo? 

— No sé más. 

— G-racias, Buben; me has hecho mucho daño, pero más 
vale vivir en la desgracia, conociéndola, que descansar en una 
ciega confianza, sin fundamento. Ahora, ven aquí; siéntate i 
mi lado, y escucha mis proyectos, — 

Ya declinaba el sol cuando salió Rubén, despidiéndose 
afectuosamente de Leví, y la puerta de la casa se cerró tras 
él. La noche se aproximaba lentamente, envolviendo con sos 
sombras el cielo cubierto de negras nubes, sin que una estrc* 
lia brillase en su manto. 



DE TOLSDO. 161 



Cerró completamente la noche, no iluminada por nin^- 
nii lúa. La luna pretendía inútilmente romper el manto de la» 
fftubea que so oponían i su paso, y una niebla, negra como 
la muerte y el dolor, se desplegaba en el espacio. 

Todo dormia, ó mejor dicbo, todo callaba en el jaidin, 
cofuio presagiando algún suceso tenebroso. El viento no i»e 
atrevia á menear las hojas de los árboles; los pájaro» se es - 
<H>ndian entre ellos, y una fuerza indefinible parecía detener el 
ouTSO desigual de los arroyos. Aquella calma daba miedo. Be 
pronto, avanzó con precaución tdtta sombra; las hojas sem- 
Hradas en el sudo amortiguaban el ruido de sus pasos. Á^^xfU 

Miró á todas partes y se colocó en un extremo del jardín 
cerca de un pozo que allí habia, y cuyas aguas eran muy ce- 
lebradlas en los contornos. Aquel era el lugar en que los dos 
amantas tenian su cita nocturna, y se juraban* un amor 
eterno en el silencio de la noche. Detúvose la sombra y, den-' 
pues de meditar un instante, se retiró tras él ancho tronco 
de un evónimos que se elevaba á gran altunl, y murmurf> -rr^ <^ 
^«tre dientes: "** ^-¡ 

— Desde aquí le veré entrar. Yo romperé el encanto que 
me roba el amor de mi Baquel, y volverá á ser mió eiie co- 
razón que yo he formado en mis largas horas de soledad y de 
níMamiento. — 

Era Levi, el judío, que impulsado por el odio, iba á pedir 
á la venganza una satisfacción que estaba lejos de sentir. 

No pasó mucho tiempo, cuando un pequeño ruido se 
hifto oir. Un hombre se elevó sobre la tapia, y con un vigo- 
roso y rápido esfuerzo se dejó caer hacia la parte del jardin. 
Se irguió con prontitud, y con paso firme y seguro se dirigió 
9I In^r en que estaba escondido él viejo israelita. Cn^d#. 

ft 



1 62 rHADK JONKB 



■ ^ -•'t pasó cerca Jo ól, salió <5ste de su escondite, y 8e lanzó sobre 
el caballero ahogando un grito de rabia. Hubo ana breve lu- 
cha en la sombra, lucha en que el agredido queria arranear- 
se de los brazos de hierro que tenazmente le su^jetaban, y el 
agresor oprunía con to<las sus fuerzas á su víotima. A la lux 
de un relámpago rojizo que rasgó las tinieblas vióae brillar 
en el aire la hoja reluciente de un puüal que so hundió en 
uno de los dos cuerpos fuertemente enlazados; luego se oyó 
un ¡ay! débil, muy dóbíl... y uno de los dos cayó pesadamente 

-^ Cav sobre el césped. 

—"""' El otro cuerpo se rehizo á poco, clavando su ansioM 

mirada en el hombre tendido á sus pies. Oyóso en esto 

^^'^f V una puerta que á lo lejos giraba sobre sus goznes, y Leví, 
no queriendo exponei*se á las miradas de su hija, volvió de 
nuevo Á su escondite. Ía joven judía se acercaba saltandé^ 

' V^'^^ Qomo una cabrilla, para liablar con su amante, á quien h^biik 
visto desde 'lejos. En aiiuel momento rompióla luna las nube» 
que se oponían á su paso, cual si quisiera alumbrar aquel 
cuadro desolador. Raquel llegó al lugar acostumbrado de la 
cita, vio ú, su amante tendido en el suelo, reconoció el puñal 
de su padre que seguía clavado en su pecho, y lo oompren- 
dio tock^, y lanzando un grito que resonó hasta en lo más 
profundo del pecho del rencoroso judío, cayó al suelo desma- 
yada, abrazando el cuerix), ya sin vida, de su amante. Lause- 
se sobre ella su padre, pero retrocedió asombrado, ooq lae 
pupilas dilatadas por el terror... Su hvja so levantó por si so- 
la , con la vbta extraviada, fija en un punto del espacio; mi- 
{^ ró después, con sus ojos sin esprasion, el rostro degen^jado 
de su padre, y cantando una canción triste, muy triste, ooyas 
no^as arrancaban lági-imas, se perdió entre las soAibras del 
jardín y volvió á sus habitaciones. jEstaba loca! 
' ÍDesde aquel dia la existencia de la pobre nina traseur- 






- fj 



DE TOL£DO. 163 



rió sin incideiites. Apenas cerraba la noche, bajaba al jwr- 
din sin que nadie fuese capaz de impedirlo, llegaba junto á 
este pozo, testigo de sus dichas pasadas , y abrazándose á él 
conyulsiyamente, lloraba sin cesar durante toda ella, Da- 
mando con dulces quejas á su amante, y exhalando ayes las- 
timeros que partían el corazón de cuantos la escuchaban. 
Una noche, como siempre, la pobre loca se inoliiió sobre el 
brocal d^ pozo; aUá, en su fondo, temblando en las tranqui- 
las aguas, alumbradas por el fulgor de las estrellas, > creyó 
distinguir la imagen del infeliz asesinado; parecióla que la 
llamaba; y en el gemido d^l viento entre las ramas de los 
árboles se la antojó oír la voz querida que en otrotiempavi^ 
braba alegre en sus oidos. Y fuera de sí, murmurando palabras 
incoherentes, riendo y llorando á la vez, por un rápido mo> 
vimiento que no pudo evitar ninguno de sus servidores, se 
arrojó á aquel abismo donde creia ver la sombra del hombre 
á quien tanto habia amado. 

Cuando la sacaron del poze estaba muerta. 



— Destruida la casa, — concluyó la viejecita levantándose de 
su asiento, — quedó solamente cLpozo á quien ya todo el mun- 
do llamaba amargo, porque sus aguas, á las que se había mez. 
ciado el llanto de la infeliz judía, se tornaron amargas é im- 
posibles de beber. Dentro de poco tal vez no exista este, y 
entonces se preguntarán las gentes, por qué esta calle lleva el 
nombre que tiene pues el pueblo ha perdido la memoria de 
tan tristes acontecimientos desde que dejaron de verse aquí 
por las noches las sombras de los dos amantes, que venían 
á este lugar á llorar sus. desaciertos, expiando de este modo^ 3^^ "'^ 
un amor saciflego que debieran haber sabido dominar. Quizá L '"•■*- ' 
sea yo la única que no la hé olvidado. Por eso hé querido con- 



164 TRAJ>UUOMKH 



társela á Yd. que, por lo yÍ8to, tiene predilección i este sitio: 
paro que no se pierda, á mi muerte, el recuerdo del pozo 
amargo, — v 



Tras esto se alejó haciéndome un liíectuoso saludo, y 
f>erdiéndo8e lentamente entre los cercanos callejones. 

Quedé solo, y llena mi imaginadon con el recuerdo de 
cuanto hábia oido, indiné la cabeía sobrd ^ pecho, y dirigí 
mi mirada al fondo oscuro del pozo. La luz de la luna cain 
de lleno sobre él, y fíngia extrañas visiones sobre las traspa- 
rentes aguas. Miré, y creí rer como reflejados en un espejo, 
bajo la líquida superficie, á los dos amantes que me miraban 
.sonrientes, confundiéndose en un abra7.o.... 



.?a/ 



LA PEÑA DEL MORO. 



A »I QUERIDO AMIGO FRANCISCO MARIIS ARRÜL 



r 



Caando visitando la antigua ciudad de Recaredo y Leo- 
vigildo desea algún viajero, amante del arte y la naturaleza, 
oontcmplar un bello paisaje que abarque en sn conjunto 
la espléndida Toledo, el cicerone que quiere satisfacer este 
deseo, conduce al curioso hastA el ^uen^ de San Martin, y 
dirigiéndose, después de pasarle, á la izquierda, le guia por # 

cuestas y vericuetos hasta la ermita de la Virgen del ValUy CeÉP 
poética advocación de la madre de Jesucristo; y haoién- 
dolé descansar allí breve espacio para prepararse á k) que 
aún tiene que recorrer, le lleva después por emiñnadas y ¿v- 
gantescas peñas, que amontonadas las unas sobre las otras 
con desprecio de todas las leyes de equilibrio, recuerdan la 
fábula de los Titanes, al sitio denominado Beña dd Moro. 
Aquel es, efectivamente, uno de lo« mejores puntos de vista> 



155 TRAO10i6irK8 



desde los cuates (nieden apreciarse las bellezas de la arábiga 
ciudad. 

Hermoso es el caiuino que hay que recorrer hasta llegar 
allí; á UQ ladd posesiones de recreo, y en ellas los árboles 
cargados de ramas, los albarícoqueros doblándose bigo el 
í'^ peso de sus frutos, las cepas en que se dibujan ya, en em- 
»<«. brion , *los pomposos racimos y los pá mpa nos verdes del 
otoño; los olivo$« mostrando sus blancos botones... El ^-icn* 
to que pasa Miela cargado de arOmas y perfumes que 
producen grata sensación en los sentidos. A la izquier- 
da corre el rio sin interrumpir un solo instante su car- 
rera eterna, y sus ondas se renuevan sin cesar, representa- 
ción del hombre que, naciendo en ignoto parage, pasa un 
momento por los campos de la vida, y arrastrado por una 
fuerza que no es dueño de contener, corre á perderse en el 
abismo ilimitado, sin que un instante pueda detenerse, in- 
mortal Ashaverus, en cuyos oidos suena constantemente la 
voz que le dice ¡AmlaJ ¡Anda! por toda la eternidad. De cuan- 
do en cua.ndo hiende las aguas ligera barquilla, y la vos del 
remero dá una not^ más al concierto armónico de kúi agaaú' 
que baten las rocas que forman sus orillas ó se oponen á su 
paso; y es, en verdad, espectáculo que impresiona, la vista 
de la pequeña embarcación, moviéndose en todas direoeio- 
nes, y turbando con su blanca silueta la monotonía de la 
liquida superficie. 

Envuelta en ligero manto de brumas que cuando el al- 
ba empieza á clarear sobre los montes la ciñen con amoroso 
abrazo, despidiéndose de su compañera de la noche hasta 
que el sol que va á salir, y cuyos ra3'os las deshacen, hunda 
su globo en el Ocaso, la ciudad surge como mágica apari- 
ción, sentada sobre sus siete colinas, á semejanza de la anti- 
1 gun Roma, alzando al cíelo sus cien torres, imagen del ' alma 



t 



Dü TOLIODO. 107 



<|uc, desprendiéndose pooo á poco del mundo de la materia 
^quc la oprime, se eleva á las regiones del espíritu que le 
atraen. Bellos edificios en que los siglos han impreso su sello 
uoo tras otro, muestras de todas las variedades de la arquiteo' 
•tura, recuerdos que han dejado tras si todas las civiliaaoio-' 
•nes, torres góticas, agimeoes árabes, puentes romanos y oons-- 
'tTucciones bizantinas, todo aparece á la ves en conñiso mon-' 
UÍüy que herido por la primera luz de la mañana brilla como 
•el vestido de un payaso hecho con tela de varios eok^res,- 
tiemejant^ á la paleta de un pintor, domo si las edades que 
l>asaron se mantuvieseu unidas haciendo flotar al aire sus > 
brillantes banderolas. La catedral con su esbelta cúpula y su 
■acerada aguja, que parece traspasar las nubes y abrir en 
ellas un resquicio, por. el cual puedan pasar sus oraciones ^3^ 
llevadas por los ángeles hasta el trono del Señor, y descen- 
der un rayo de luz que ilumine con resplandor celeste sus al- 
tares, se presenta á la vista como un hermoso sueño del es- 
pCiitu, cemo un aéreo palacio que obedeciendo á poderoso 
conjuro, ha brotado del seno de la tierra herida por el pié' 
del hombreque dijo un dia: ¡reconoce en mí á tu señor! — y' 
ha brotado tal como la hicieron en el abismo los ángeles de f^^x^^ ^^ 
la luz con sus dedos de nácar y marñl y sus herramientas de V/;e^v«cM 
oro; Stin Juan-de los Reyes, recordando en su esbeltez y li- j 
;;ereza esa gran figura de la Historia de España, que se lia- | 
nía Isabel I, y el Alcázar, pesando sobre la tierra con su I 
enorme masa como sí fuera la imagen en piedra de Felipe II / 
y su reinado; la almenada capilla^ de los Lunas, en que du(^- 
me su sueño el Condestable ejecutado en una pbiza de Ya- 
lladolid; San Román, desde cu^a torre fué proclamado Al- i 
foní»o-VIIIj. rey de OastHla, por D.Estébau lUan; y cien í ,^ 
edificios más que conservan añejas tradiciones en las jüntu- ' ^^?r^ 
rüfi de sus muros, se agrupan en torno suyo; y dando majw* ♦í^-W 



168 TRAJDI0I0N»3 



>.*\« 



.( 



¿ este cuadro, la sirvo el río de movible espeje y retleja eo 
la^ ondas su hermosura. Fuera de él, Ban Servando con sun 
tambores derruidos y sus almenas desmoronadas; el palacio 
de GaUana, escondido bajo la sombra de ios árboles; la vega 
^cA oon su alíoDibra de verdura; lejos, las colinas sembradas de 
<t/v f olivares y viñedos ; más lejos, y como envueltos -en nn velo 
~ trasparente, los montes oon sus faldas azules y sus easoM cu- 
biertas de nieve estendiéndose como fuerte muralla á lo largo 
del horizonte. Y sobre este paisaje, el cielo sin nubes, el ciek)' 
sin límites, y. allá, en Oriente, el rojo globo del sol que se 
eleva con majestad, saludado por el canto de la alondra y 
el tañido de )ks campanas. 



II 



/" 

y 






Hay si^bre la ermita de la Virgen del Talle^ casi en üu 
misma dirección y en medio de las grsmdes rocas descritas,, 
una que atrae particularmente la atención. Más grande que 
la mayor parte de cuantas la rodean, y sentada sobre, una 
ancha planicie de granito, la mano del hombre la hora d ó en 
una gran estension, para, abrir en ella ancha sepultura que 
guardase los restos de uno de sus semejantes, que no qi^so^ 
sin duda, ser sepultado en la tierra, para que las pisadas de 
los hombres, al resonar sobre su tumba, no turbasen la cal- 
ma de su sueno. 

Diversas opiniones se han formado sobre el origen do e:5t» 
sepultura, y uo falta quien la crea depositarla de los últimos 
reatos de un romano de las primeras edades de su dominar 
cion en España» ni tampoco quien asegure que es más anti- 
gua y vaya á buscfir su primer habitante en las tribus célti- 
cas, y aun algunos se remontan más todavía y acuden 
«^ busca de datos i las Edades prehistóricas. El pueblo, ÚBt 



JiB TOLRm>. 16t) 



emb«i^Q^ tiene otra kiea y la lUma la Feña del Moro, 
Muchas .vf ees me ha sorprendiclo allí la noche, y he 
creído ver ea los rayoa de la luna que sobre ella caían, una 
sooibra floUndo impalpable en el espaoío y eSÍtendiénchNie en 
laab<3irtilra,de la peña; pero la cuestión qnedaba insoluble 
para ittiy siempre en pié , oomo tina esfinge, mi ooríosidad. i^c/^ 
Un dia, por fin, interrogué al pueblq, y el pueblo, eoino 
siempre, me conteíitó. He a^ui )a leyenda. 



III 



En el año 1083 de la Era cristiana reinaba en Toledo 
Yahia Aljca|^rJ[iUah, hijo de Al^Mamun, aquel monarca á 
quien las crónicas cristianas pagan con el dictado de genero^ 
so la hospitalidad que eonoadiera á Alfonso VI, cuando fu- 
gitivo del monasterio de(^arrioii¡4 donde' su hermano le en- 
cerrara, YÍno ¿ buscar en las orillas del Tigo unjiaúls^nque 
llorar amargamente la pérdida de la batalla de( Golpej ar^ Po- 
cas añeisí liabiau pasado de esto, y el fugitivo de entonces, 
hecho ya rey de Castilla, de Galicia y de León por muerte 
de f^on ganoliOt sitiaba ahora á Toledo, pagando con la más 
negra ingratitud los favores que debiera al monarca toledano» 
ansiosa.de reunir la de Toledo á la ti-iple corona con que ce- 
ñia su cabeza. 

En vano Yahia habla enviado mensajeros al campo de su 
enemi|;o, llamando á su memoriat el. recuerdo de aquellos 
d&wi. ea!fáe>íeivan amigeis en la corte de sit padre, y evocando 
la-intfeoatiide^éate y los. beneficios ¿ue deél recibiera Alfonso 
para qne terminase pronto una guerra tan deshonrosa para 
el leonés como dura para el árabe toledano; en vano^-falUda 
la esperanza de conseguir algún resultado de este modo — ^ha- 
bla dese^idido hasta á. ofrécele un tributo, que tenia por 



/ 



1 70 TRADICIONES 



oueroso: el sitiador, que veia segura «u presa, no hahiá roto 
XX ^^^ fueros de la gratitud para cejar de su ambieioso empeño 



til 



¿4n que i, ello le oblígase otra éosa que los impulsos de su 
corazón; y, por otra parte, queriéndolo todo, reehaié la pe- 
queña parle que le ofrecían, y rotas las tentattims tié nego> 
^AiÍM^ otaciones, continuó arrasando dos veces al afta las oampiftfis 
toledanas, esperando que el hambre le luciese dueíM de uba 
plaza de Ja importancia que tenia Toledo, sin exponerse á 
las pérdidas que habría de sufrir en un ataque. Cinco años 
llevaba así, y ya parecía próximo á recoger el fruto de su 
falta de fé hacia sus antiguos bienhechores. 

En tal situación^ acudió Yahia á los reyes morón unidos 
.á él por algún lazo de amistad, manifestándoles lo que le pa- 
saba y las consecuencias que la conquista de Toledo podía te- 
uer para el poder árabe eu España. Sólo dos, el rey de Za- 
ragoz^.y el rey de Badajoz, escucharon la súplica' del tole- 
dano y comprendieron que, por interés propio, debían uairse 
contra el enemigo común; pero coniosi. Ailah en el libro eter- 
no de los destÍQos hubierSuescrito la humillación y el t^nntno 
de la grandeza de los(Í)ilnüi^ el rey de Zaragosa murió áules 
de poder llevar á cabo su generoso propósito, y el de Ba- 
dajoz murió también, después de haber sido derrotado por 
las tropas de Alfonso, que cayeron sobre él de ímpreTÍ«> 
cuando se dirigía hacia Toledo. Estas noticias acabaron de 
llenar de terror á los árabes toledanos. 

Pero al propio tiempo, y como para que no x>^<Ueran 
de una vez sus ánimos, pareció el cielo enviarles .utt sal- 
vador desconocido. Respondiendo desde más allá del Sstre^ 
cho al desesperado llamamiento de Yahía, un i>ríncípe áfrica'- 
no, Abjil Wajid,- venía desde su reino jwira obsen^^ar por sí 
mismo la importancia del daño y las necesidades del seeorro> 
decidido á volver á África y p3dir á sii^ subditos la» fuerzas' 



DE TOLKIH). 17 J 



que necesitase para librar de su enemigo á »as oorreligiona- 
ríoB^ loa moros de Toledo. 

Joven/ casi de la misma edad que Yahia, valiente como 
él, y aoáoso de ganar fama de bravo, que sólo se adquiere 
en los combates, habíase puesto en camino para la ciudad 
sarracena que reclamaba sn socorro, apenas recibió á los men- 
sajeros del hijo desgraciado de Al-Mamun. Los reyes moros 
que encontró á su paso le acogieron con cariño, los piieblon 
le recibían oon respeto y los venerables alfaquies bendecían ^ ^*^ ^ 
su misión, y él proseguía inalterable su camino, soñando 
hazañas que guardasen en las crónicas su nombre y le abrie- 
ran de par- en par la puerta del Paraíso por donde entran loíf 
valientes que mueren peleando por el Islam. Yahia le acogió 
como á su salvación, como acoge el náufrago la débil tabla 
que el asar pone bajo su mano, y que és para él' más que la 
vida, -porque és la esperanza, y la esperanza és más que la I 
existencia. Aunque vestido de duelo por la desgracia que le 
amenasaba, el pueblo hizo fiestas en honor del africano 
caballero que iba, llevado sólo de su valor y su bondad, á 
ahn^gntar del horissonte aquel astro siniestro que de cuando ^'^^^^^^^ 
en cuando apareda por el camino de Madrid, cruzaba los 
campos precedido del incendio, y se perdía luego en lonta- 
nansa, dejando el luto y la devast^^cíon como huellas san- 
grientas de su paso. Despaes de algunos días, pasados entre 
tiestas y torneos, en que Abul Walid sintió deslumhrados 
por tanto qjplendor sus grandes ojos, acostumbrados á la } 
monotonía del desierto, dispúsose á partir para su reino el , 
africano, sabiendo ya las fuerzas que le eran precisas para 
aalirjKiroso de su empeño. "vr-Unv ^.v^^.f, ^*r. r 

Y no obstante, aunque cada vez era >mayor su deseo de 
sustraer el rmno toledano á la desgracia que sufría, siempre 
que el pensamiento de partir venía ú su irangi nación « una' 



1V2 TRADIOIONES 



fMjmbrft Begra, muy negra, se estondia en torno suyo, y Te«i- 
t.ia los campos y el cielo cob los tintes sombríos de sa tris- 
tesa. 

Todos los dias, cuando el sol le despertaba Uacmando i 
sus párpados con sus rayos de oro, decidla despedirse de Ya- 
hia y partir para volver cuanto antes; pero conforme el dia 
adelantaba, sentíase pooo á pooo abandonado por sus faer- 
:&as, y buscando protestos para engañarse i sí mismo, áejtim 
(tara el dia siguiente sus preparativos de marcha. T es que 
f^p (^ A.bul no era ya el libre caballero que, sin más n ormg 4% su 
deseo de ganar nombre y gloria, dejara, el suelo afHeano pulni 
auxiliar á sus hermanos de España; es que ya eomprenm' 
r\ jóveu rey que habia algo más que gloria y nombre en el 
mundo; es que habia visto en la corte de Tahia.á la herma- 
na de éste, 3obeyha, y habia leido en sus ojos, n^pWoomo la 
noche, palabras divinas, escritas en un lenguaje paira «I deseo- 
nocido, y habia adivinado en sus labios de fuego, y\fia sos 
mejillas de rosa, y en su cutis de terciopelo, plaeereü máe 
grandes que los que puso el profeta en el seno de las huríes. 
Abul no habia amado jamás; no sabía siquiera lo qae esta 
palabra significara hasta entonces, y, sin embargo, desde qae 
llegó á Toledo y vio á Sobeyha, todo la murmuraba en mis 
oidos: el viento al piisar, las fuentes al correr; los pájaros en 
jf- sus trinos la repetían, meciéndose en las ramas de los aricó- 
les; las ñores la bañaban en su perfume, mirándose ea les 
aguas del arroyo. Y dentro de su pecho, algo vago, algo mis- 
terioso, algo indefinible se agitaba también, prommeiaiido 
osta palabra que parecía prometerle dichas sin fin y goeee 
infinitos, y sentía á su alrededor labios que se bascaban' y 
miradas que se confundían. Y ^n estos momentos en qae solo 
y perdido en los jardines del palacio, pronundaba el dalee 
nombre de Solieyha, y el eco al repetirle parecía modular un 



.f 



Vf- 1 



•iw 



I»R l'Oi.JfiíK» 17?. 



beso, el espacio era más asnl, el ambiente más pnco y la 
naturalexa más herniosa. 

Pero era preciso partir; su honor ]o prescribia, la* tran- 
quilidad misma de Sobeyha lo ordenaba, y haoi«ado un vio- 
lento esfaerzo «obre sí, dispuso una noche alejarse al di» 
siguiente, apenas el sol asomase su globo en las colinas. Y 
DO queriendo partir para su tierra africana sin llevarse una 
esperanxa que le sostuviera en las largas horas de tristeza- 
que iba á pasar lejos de los ojos de su amada, más brillantes 
que Jíí sol del Mediodía, deseó tener una entrevista con la 
que erar-desde el primer instante — dueña absoluta de su» 
f^ensamientos. Aquella misma noche participó su designio de 
partir á Yafata, «que le abrazó eon efusión, prometiendo acom- ^^ 
paftarle largo trecho, pues aánoio era -época de que volvie- 
ran, los «cristianos, y Ablil, pretestando cansancio, se retiró á 
sus habitaciones, desde las cuales descendió al jardín. 

La- noche era serena; las sombras se es tendían por do 
quiera; todo callaba, Abul Walid, sumergido en sus pensa- 
mientos, hollaba indiferente la blanda alfombra de follaje, ^^/o 
esperando que se abriera un lindo ajimez por donde entra-, 
ban los perfumes del jardín en los retretes misteriosos de 
Sobeyha, y al cual solía ósta asomarse á contemplar la mar- 
cha de la luna seguida de estrellas á través del espacio.' Ya 
llevaba esperando mucho tiempo, cuando oyó un ruido apenas 
perceptible, giró sobre sus goznes una pequeña ventana ce- 
ñida por andbesoo marco, y como una aparición celeste, se ^<cwitr' 
p^resentó á los ojos de Abul la elegante figura de Sobeyha, 
que 46(jó escapar un leve grito, más de sorpresa que de es- 
panUH al ver al enamorado caballero. 

—Nada temas, princesa, — ^la dijo Abul respetuosamente. — 
He querido verte una vez más antes de alejarme, y satisfecho 
mi deseo parto resignado, ya que no puede sor c<>ntento^.Cí*o 



174 TRADICIONES 



*U 



'■ \\ 



tu imáfíim eu «1 alma y ei)n tu nombre en Ioa labios ytfelVo á 
mi patria, y del mismo modo volveré bien pronto á libraros 
de vuestros niortale?^ enemigos. Entonces, roto el sello qae 
la conHidcraoion pone en mis Idbios, podré decirte cnanto 
hoy me calló por ese respeto. Entretanto, princesa, cnando 
eleves á Allah tu pensamiento en la oradon, no olvides 
pronunciar mi nombre en ella para qne el dnlce roeto de so 
mísericoi*dia descienda sobre mi alma fatigada y me dé fuer- 
zas para esperar. — 

Y sin aguardar la respuesta de Sobe^'ba que le esencba- 
ba ruborosa y i)ensativa, se i)erdió entre los árboles'antes 
que la princesa musulmana hubiera vuelto en sf de lá sor 
presa que la causaran las ardientes palabras de Abul. 

Según al otro dia contaron las mujeres del palacio, aqae> 
lia noche su señora habia permanecido en el ajimes más 
f tiempo que él que tenia por costumbre, y sobre las rosas 
(lue el cincel del artista imitara en el arabesco al í^iía r se 
' notaba la huella de unas lágrimas más puras que las gotas 
de rocío que titilan á los rayo<9 del sol en el capullo de las 
llore*». 



■* 



'iJrnV? 



í" - 



,* 



f 



TV 

Pasó el tiemix); tras el templado otoño vino el aterido 
invierno, tras éste la riente primavera, y más tarde el oahi- 
roso y seco estío. Entretanto, dos veces más aparederon Um 
(cristianos talando la t\^rtil vega y desapareciendo despooB 
<:omo el huracán que desgaja los árboles, hiere las enioinas 
Maculares, desborda los torrentes, saca los rios'desu eanee y 
desaparece luego en vertiginoso torbellino arrastrado por el 
demonio que le guia; dos veces más vieron los toledanos des- 
truidas sus abundantes cosechas, que eran para ellos lá- vida 
rnje se iba poco á poco. Y sintiéndose heridos de maeite; 



DE TOLKDO. 175 



Yabia y lo» suyos conocían con terror qae se aproximaba el 
momento en que tendrían que postrarse á los pies del ingra- 
to Alfonso implorando perdón y misericordia. * 

Porque con el tiempo perdían también su tranquilidad, 
y cada dia se llevaba una ilusión más^ dejando en su lugar 
un nuevo desengaño. Sordos á sus quejas los príncipes, sar- 
racenos, en nada pensaban menos que en darles el socorro 
que con tanta áWa pedían. El mismo Abul» que llegó á ser 
su sola esperanza, el único de quien esperaban auxilio, acu- 
diendo á Ip desinteresado de su oferta, no daba muestíms 
de cumplir el compromiso que espontáneamente contrajera. Kla^^4 
Desde que partió para su reino nada había vuelto á saberse áb 
él. Quién le creía muerto, como los reyes de Zaragojia y 
Badajoz; quién le acusaba de ingrato y tornadizo como Ali't^^ct*^^ 
fonsOy el antiguo protegido de Al-^^^iunn; en una cosa con- 
venían todos: en ^que ya no volvería; en que detenido en su 
país por causan abenas ó dependientes de su voluntad, por 
haber considerado la magnitud de )a empresa .que quería 
realüar ó por haber tropezado con obstáculos superiores á 
sua deseos, había desistido de su generoso empeño dando al 
olvido sus amigos de algunos días y su palabra de un 
instante.; 

Habia, sin embargo, en el alcázar una persona que no opi> 
naba de esta caerte; que no podía acostumbrarse á la idea de 
que era un. ser voluble ó pusilánime el hombre que habia 
hecho latir su corai^du» :dari|)i4o hasta que ól le despertó, y 
esa persona era Sobeyha, {a yirfen mahometana que parecía 
nn áng^^del Paraíso en medio de la • corta de^ su hermano. 
Poseída de admiraoipn hacía el salvador desconocido que el 
profeta \^ñ de])aiara,y ecamorada de su natural cabalieres- H>owt^«*. 
eo y generoso, las sin^patías que en un principio concibiera 
por Abul se aQrmaron más y más durante los días que 



^AaAx. 



176 TKADiriONKS 

éste ]>a8Ó en Toledo; de Hquí que aquella noche de venino, 
aromatizada y pura, en que la vos del enamorado ñgér&no 
sonó en su oído como una músiea deliciosa, taús rica en' no- 
taa de armonía que los cantos del ruiseñor; aquefla noche 
callada, en que la luna y las estrellas aparecían más brilhnio 
lí^*(t) 4f tes, como si fueran luminarias de su amor, hubiese entrega- 
%*. A% do su corazón á Abul, haciéndole dueño y señor de su des- 
tino. A la mañana siguiente, oculta tras el ajimez, le ti6 
partir acompañado de Yahia, y volverse varias veces para 
dirigir una mirada llena de ternura á las habitaciones de'So<- 
beyha; y entonces ella le miró t>ambien, y al eiioontrarse y 
chocar las dos miradas en el viento, encendido rubor invndió 
las mejillas de la princesa, y algo como el raído -de un V^so 
llegó á su corazón por sus oídos. 

Desde entonces, y con el ansia del que aguarda, jMisaba 
Sobeyha los dias prestando atención á cuantos rumores lle- 
gaban hasta ella, creyendo recibir á cada instante la not-toi» 
de que mensajeros de Abul anunciaban su próximo regreso. 
Pero pasaba el tiempo y las noticias no llegaban; y los liten- 

• 

sajeros no venían, y engañada en sus primeras y más bellás 
ilusiones la joven princesa, privada de un pecho amigO en 
quien depositar sus penas y á quien pedir frases de' espe- 
ranza con el mismo anhelo con que piden' la Ihiviá'las 
plantas agostadas por el sol, empezó á languidecer poco á 
IH>eo, y se sintió herida de muerte. Flor delicada, nacida' ]^ra 
los cuidados de la estufa, era imposible que pudiese* arros- 
trar impunemente la Itiria del vendaba^'l que la azotaba: Bn 
tomo suyo la tristeza, la preocupación; una arruga en todas 
las frentes, una nube en todos los ojos, una sotnbra en t^os 
los espíritus. En su alma el vacío, la necesidad de ser aáik- 
da, el deseo de calma, de sosiego, x^quella niña reclamaba 
lo* goces de la dicha, y sin embargo, yacía en el pesat'y 'el 






»K TOLEDO. 177 



Infort unio. Mientras- vivió Al-Mamum, su padre,. v el- reino * 
estuvo en paz, Sobeyha se sintió feliz; desde que la gnesfra 
Uamaba con horrible estrépito á las doradas puertas de su 
alcázar, el sobresalto y la inquietud mantenían en oonstante 
tensión su alma. No la hacian falta para vivir cámaras san- # . 
tuosas, lujosos camarines, brillo de las riquezas, e^lendorp^ .\^ 
del poder; un poco <5c amor, un poco de calma; airo, luz yflo- *^ 
res: hé aquí las únicas necesidades de su espíritu. 

Y conforme pasaban los dias y adelantaba aquella espe- 
ote do sitio por hambre tan tenazmente sostenido por Alfon- 
üo, consumíase la existencia de aquella niña, que respiraba 
an ambiente en que no podia vivir. 

Sobeyha lo sabia; sentíase desfallecer, y preveía que 
pronto el divino Azrael, arcángel misterioso de la muerte, 
tendería sobre ella sus negras alas saturadas de tristeza. Una 
voz interior la gritaba que Allah, misericordioso, la privaría 
de ver la ruina de su reino, y en aquellos dias tan largos y 
tan tristes, en que todas las tardes veía al sol ponerse como 
8Í fuera la última vez que presenciara su caida en el hori- 
zonte, sólo un pensamiento conmovía la cárcel de su cerebro 
por tantas y tan estrañas fuerzas trabajado: la imagen de 
Abul. Algo la decía qne no había muerto, que grandes inte- 
reses le retenían, á pesar suyo, en su país; pero algo tam«> 
bien añadía que cuando viniera sería tarde para volverla á 
ella la vida y á Toledo la libertad. Y pensando en esto 
y consumida por una de esas enfermedades que no tienen 
nombre en los, catálogos de la medicina, llegó un día en que 
Sobeyha no pudo levantarse de su lecho. 

La corte entera exhaló un grito de terror. \ja pobre 
pina era muy. querida y en la situación en que el reino 
3e encontraba su muerte parecía indicar la muerte de su 
pueblo, á cuyos horrores quería arrebatarla.la bondad Infíni- 

i2 



nS TRADICI0KK8 



r4lUA.C*» 



ta de Allah. Yahia, sobre todo, no pudo contenerse y Doró 
mucho. 

Desdu el principio Ioh médicos auguraron mal de la en- 
fermedad. ¿Qué tenia BobeyLa? No lo sabían; no lo sainan 
y se limitaban solamente i marciM^ los progresos del mal 
sobre su cuerpo delicado; sus mellas estaban lividas, sus 
ojos, hundidos, tenían extraña Itt^ideE; su yoss era eada vez 
más. débil, su pulso cada vez más lento; po<tia notarse, por 
instantes, el alejamiento de la vida. 

— ^¿Cuál es su enfermedad? — preguntaba Yahia,— y los 
doctores bajaban silenciosamente la cabeza encanedda en 
el estudio, declarándose impotentes para defininaT Y el 
pueblo, «que sabia esto, murmuraba: ^ ¡Allah s^ la lleva, 
Allah nos la arrebata porque vamos á perecer, y no está 
airado contra ella!... — 

Una noche, cerca ya de la madrugada, i esa hora en que 
las sombras y la luz se funden en un beso á lo largo del ho- 
rizonte, Sobeyha hizo venir á su esclavo Aben que la servia 
desde niña, y con voz débil, porque las fuerzas la abandona- 
ban ya, le dijo: 

— Voy á morir, Aben; el ángel Azrael viene á buscarme 
en los rayos de luz que brillan á lo lejos, y agita ya sus ála> 
impaciente; antes tengo que hacerte un encargo que tú eum- 
plirás, porque es un encargo mío ¿no es verdad? y es, ade- 
más, un ruego de tu señora moribunda. Toledo va á oaer en 
poder de los cristianos, y después que esto suceda Abul Wa- 
lid vendrá con un ejército á salvarla, cuando ya, por des* 
gracia, será tarde. Te mando que no sigas á mi hermano en 
^<^)^ su proscripción; que te quedes cerca, muy cerca de Toledo, y 
cuando sepas que Abul viene salgas á recibirle y le digas que 
no he dudado de él, qiae he muerto porque no venia; pero 
^e he muerto esperándole!... — 



DE TOLKDO. l79 



Rayos dudosos penetraban en aquel momento por el aji- 
mez; la aurora brillaba en el cielo y las brumas se retiraban 
á Occidente; ligeras nubes de color de rosa esperaban la sa- 
lida del sol; los pájaros despertaban conmoviendo las hojas 
de los árboles; las flores entreabrían su capullo.., Sobeyha 
volvió los ojos hacia la ventana, miró con ansia los primeros 
fulgores de la aurora, y reclinó la cabeza sobre su hombro de 
alabastro, exhalando un débil suspiro... 

JBl sol se alzaba sobre el horizonte en toda su imponente « 
majestad; los pájaros rom piemTá cantar; las flores acaba-^'j**^ 
roxrde abrirse; ]p alondras desplegaron su pluma; el mmz- 
zin llamó á los fieles á la oración de la mañana desde los al- 
tos minaretes de las mezquitas, y la atmosfera se pobló en 
un momento de perfumes y de armonía. El ángel Azrael 
pasaba en los giros del viento, llevando sobre sus alas á So- 
beyha, y la naturaleza saludaba con amor al alma que as- 
cendía hacia la luz. 



Siguió el tiempo su carrera vertiginosa indiferente á las 
penas y alegrías de la humanidad, y amaneció uno de los dias 
más tristes que registran las crónicas mahometanas, cuando 
hablan de su influencia y poderio en la Península: el 26 de 
ISÍAyo de 1085. Al eco belicoso de trompas y clarines, en medio 
de los gritos entusiastas de los cristianos que empezaban ya é^ 
tomar la revancha del Guadalete, y seguido de lejos por laií.^^ 



**^ 



sordas maldiciones de los árabes refugiados en sus mezqui- 
tas, entró en Toledo Alfonso "VT, por la puerta antigua, y n 
hoy tapiada, de Visagras, en tanto que por el puente de Al- ^^^^ 



cántara se alejaba^ seguido de un puñado de caballeros, Ya- 
hia, el hijo desventurado de Al-Mamufi, en dirección á Va- ( 
lencia. Antes de perder de vista á Toledo, se volvió por úl- 



180 TH ADICIÓN K8 






tima vez. Allí quedaban su padre, su hermana, sus alcáza- 
res, su poderío, su corona; sus recuerdos del pasado, sus 
amarguras del presente, sus sueños del por\'enir. El Tiento 
llevaba hasta él los cantos de alegría de los vencedores, sil- 
bando como el silbo de la serpiente en sus oidos... Rehízose, 
y bien pronto él y su s^uito no fueron más que un punto 
apenas perceptible en el horizonte. 

No habia pasado de esto un mes cuando llegaron á la 
yá cristiana Toledo noticias que infundieron viva alarma en 
sus moradores. Eespetables fuerzas sarracenas, venidas de 
África^ se acercaban en son de guerra á la jiudad. Ignoran- 
tes^ sin duda, de lo que habia sucedido, venían en apoyo de 
Yahia^ á quien creían sosteniendo el sitio con vigor. Alfonso 
habia partido para León, donde asuntos de importancia re- 
clamaban su presencia, y sólo habían quedado en la ciudad 
el arzobispo Don Bernardo y la reina Doña jOons^za que, 
ante la amenaza del peligro, decidieron sostenerse mientras 
el rey batallador recibía aviso de lo que pasaba en Toledo. 

Y no eran falsas las especies que llegaron á la corte de 
los cristianos, que rara vez lo son las malas nuevas. Abul 
volvía; Abul, que cuando regresó á su reino lo halló trastor- 
nado por la rapacidad de los jeques á quienes lo dejara enco- 
mendado, y que habia tenido que luchar con su mismo pue- 
blo para volverle á la razón, de la que un día se apartara; 
Abul que, convaleciente de una larga enfermedad, tornaba., 
no curado completamente todavía, á dar á Yahia los auxilios 
que le ofreciera y recibir, — en pago á su adhesión, — una mi- 
rada de Sobeyha. 

Porque la imagen de su amada no se habia apartado uu 
solo instante de su corazón. En ella habia hallado fuerzas 
para vencer los obstáculos qne se le opusieron; ella le habia 
servido de sostén en sus largos días de lucha y de esperanza. 



DE TOLEDO. ]8J 

en sus tremendas horas de desesperación y de agonía. ¿Cómo 
le recibiría después de tanto esperarle? ¿Qué habrían pensa- 
do de él sus nuevos amigos, de él que les prometió volver 
tan pronto, cuando pasaran los días, y pasaran las noches, y 
Tinos y otras tomasen á pasar sin noticias de Abul? Sin 
duda que terribles sospechas habían cruzado por el espíritu 
de todos ellos, pero Sobeyha las habría rechazado de sí como 
hacen las almas fuertes. Era iníposíble, si le amaba, que 
esa secreta voz que habla á los amantes no hubiese repetido 
junto á ella las quejas que desde el lecho del dolor exhalaba 
el pobre rey africano, más enfermo del alma que del cuerpo, 
al ver que el tiempo trascurría sin que el destino le dejase 
obrar libremente. Era imposible que hubiese dudado. 

Pero sí no había sido así ; si la duda había traspasado el 
pecho amante de Sobeyha, ¿qué importaba? Nunca brilla el 
sol más puro que después de las sombras de la n oche; nunca 
está la atmófera más limpia que después de la tempestad; 
nunca se juzga el alma más dichosa que después de h aberse 
creído desgraciada. Tríste , muy triste es ver los campos '» 
ye qja os cubiertos de nieve, los árboles despojados de sus 
hojas, el taUo de las flores seco como un espino, pero esto ^'^i 
hace más hermosa la gala de la primavera, y se halla mayor 
placer al convencerse de que bajo aquella nieve germinan ya 
los frutos del estío, que en las ramas escuetas apuntan nue- Sc^ 
vas hojas, y que en el tallo de las plantas se dibujan ya lo» 
botones de nuevas flores. ^ju [** 

Por eso ansiaba llegar; para sincerarse con Yahia, con -«j[^ 
Sobeyha; para recobrar su nombre de amante, su nombre 
de caballero, luchar con los crístianos, asegurar sobre su va- 
cilante trono al príncipe Dilnúm, y en prueba de eterna amis- 
tad, llevarse allende el EstrecCo á la elegida de su corazón. t-^'^< 
Por eso daba prísa á sus tropas, que entusiasmadas le seguían» 



182 XÜADUUÜJNKí» 



ponderándolas por el camino lo grande de la empresa y lo 
inmenso del botin. 

Cerca estaba ya de Toledo, y estraftado de que Yahia no 
tuviera ya noticias de su aproximación sentía la nube del 
presentimiento estenderse sobre su espíritu, cuando llegó á 
su campo un negro. á quien durante su estancia en Toledo 
conoció como esclavo de su amada. Aben venia triste, muy 
triste, trayendo en su semblante las huellas de un dolor pro- 
fundo. Sin separarse de las cercanías de la ciudad, cual le 
encargara su señora, habia esperado el regreso de Abul Wa- 
lid, y apenas supo que se acercaba le salió al encuentro. 
Abúl se dirigió l^ácia él, y con voz trémula le dijo: 

— ^Pareces mensajero de desdichas, Aben. ¿Qué me dice 
tu aspecto abatidoMiabla. 

— Señor, los ángeles de la desgracia se ciernen sobre es- 
tos lugares; aléjate de aquí para que no te alcancen sus sae^ 
tas. Toledo se ha rendido á los cristianos y el rey Yahia ca- 
mina hacia Valencia. Los que dejaste dueños de Toledo es- 
tán sometidos á sus antiguos esclavos... 

— Sobeyha... 

— Sobeyha ha muerto antes de la rendición. ¡Bendito sea 
AUah que la evitó males sin cuento! Antes de morir me lla- 
mó para decirme: ¡Abul vendrá; dile que he muerto porque 
no venia, pero que he muerto esperándole!... — 

Calló Aben^ y Abul —mudo como todos los grandes do- 
lores — dejó caer la cabeza sobre el pecho. Dos lágrimas ro- 
daron por sus mejillas, tostadas por el sol del desierto, y 
durante breve espacio no se oyeron en la tienda más que so- 
llozos comprimidos. Aben le miraba compasivamente. De 
repente, levantó la cabeza el africano y le dijo: 

— Venia á libertar vuestra ciudad y cumpliré mi promesa; 
m¡ compromiso existe todavía y Sobeyha apartaría de mí 



DE T0L£1X>. ISB 



^ memoria si fuese capaz de retroceder sin arrancar á los 
•criatianos los lugares que tanto amó, el alcázar que recibió 
su. primera sonrisa y ei sepulcro en que duerme su último 
sueño. Quédate entre mi gente, Aben. 

— ^No, rey; puedo habitar en la ciudad, y cumplida mi mi- 
sión, vuelvo á morir en el lugar en que descansa mi señora. 
Adiós. — 

Y se alejó sin que nadie tratara de impedírselo. Cuando 
ye vio solo Abul dio orden á los suyos de apresurar la mar- 
^jüa, y pocas horas después llegaban á vista de Toledo, ocu- 
pando las alturas en que hoy está situada la Virgen del 
V^alle, exhalando gritos de admiración ante la magnificencia 
de la ciudad. Entonces su rey subió á una de las más altas 
peñas que dominaba el paisaje, y dirigiéndose á sus gentes 
irritó con voz tenante: 

— Llegamos tarde; la ciudad se ha rendido, pero hay eu 
ella una población numerosa y valiente que secundará nues- 
tros esfuerzos. Lucharemos por arrebatársela al cristiano y 
volverla á los que eran sus señores. Si hay alguno entre vos 
otros que no quiera seguirme, le dejo en libertad de abando- 
narme. Yo, por mí, juro por el profeta santo no moverme de 
aquí hasta tanto que caiga Toledo en mi poderl — » * 

Eoncos gritos respondieron á su arenga, y en el mismo^' 
ti&stante es tendióse por las colinas próximas el ejército afri- 
<»no preparándose á un largo sitio. 

Desde aquel dia veíase una figura en pié constantemente ^ a « 
«obre la pelada roca que hoy domina la Virgen del VaUe, ^^*- 
Vestida con el airoso traje sarraceno que el viento hinchaba 
formando una nube que á veces le ocultaba por completo, 
fio apartaba nunca la vista de la ciudad que amenazaba con 
.sus tropas. Sus ojos brillaban como dos diamantes en medio 
de las sombras de la noche é infundían pavor á los cristia- 



184 TRAmOIONJSS 



nos de Toledo que no se atrevían á salir fuera de k>s murM 
por miedo á los sitiadores que, por su parte, esperaban -oea- 
sion propicia para pasar el Tajo y caer sobre sus enemigo» 
ayudados por los moros de la ciudad, con los cuales se lia* 
bian puesto en inteligencia. T era verdaderamente extraño 
ver á aquel hombre — á quien daba proporciones gigtuiteseas 
]a preocupación de los toledanos — de pié en la alta roca co- 
rno si fuera el genio misterioso de aquellos lugares que ve* 
nía á llorar la derrota de los árabes, ante la ciudad vencida. 
En apoyo de esta opinión, decíase generalmente qu^ 
muchas veces, sobre todo por la noche, cuando las sombras^ 
reinaban em el campo infiel y se estendian sobre la du- 
dad iluminada fantásticamente por los rayos de i^atá de la 
fí^ luna, la figura en hiest a en la montaña doblaba la cabeza m- 
'-^ ' bre el pecho y lloraba silenciosamente. 

Aquel hombre era Abul que, consecuente con su pro- 
mesa, se mantenía enfrente de Toledo ansioso de que llega* 
se el momento de atacarla, y que sin moverse de aquel sitio, 
desde el cual dominaba la ciudad, podía abarcar con una 
Hola mirada los lugares en que había vivido Sobeyha. 

Ta estaba adelantado el sitio; ya los cristianos comensa- 
ban á echar de menos á Don Alfonso y á reprocharle, aun* 
que en silencio, su tardanza, ignorando que los mensajeros 
que le enviaran habían caído en poder de los infieles, ouandO' 
una noche el Cid Rodrigo de Vivar, á quien el rey dejara de 
guarnición en el alcázar con un presidio de mil hidalgos, se 
propuso sorprender al enemigo. Pasó el Tajo á favor de la 
oscuridad logrando llegar al campo de Abul y sembrar el 
desorden en él, retirándose en seguida, con lo cual consigui4 
que los sitiadores peleasen unos contra otros, hasta que km 
primeros rayos del alba los hicieron reconocer su error, Tra* 
taron entonces de rehacerse; pero observaron con espanto 



DB TOLEDOk IJ'.J 



«ine SU rey no estaba entre ellos. Empezaron á buscarle, y 
leliallaroD moerto y en aotítud de defenderse, apoyado en la 
misma roca qae constantemente ocupaba, con la cara vuelta 
hacia Toledo, á la que aún parecía mirar con sus ojos vidria- ^ 
dos "por la muerte. Una saeta, atravesándole el pecho, le ha- a 
hia partido el corazón. f 

Beuniéronse k>s {Hrincipales caudillos del ejército, y en 
vista de las pérdidas sufridas y de la muerte de su rey, y 
temiendo A regreso de Alfonso VI, decidieron emprender la 
retirada y repasar el Estrecho. Pero antes, fieles al jura- 
mento que Abul había hecho ante ellos de no moverse de 
aquel sitio hasta haberse apoderado de Toledo, hicieron 
abrir una sepultura en la roca que tanto amaba y allí depo- 
sitaron su cuerpo, grabando sobre la peña, que á manera de ^ 
losa pusieron encima, el nombre de Abul Walid y un elo-' '*' 
^ío de sus virtudes. 

La losa ha desaparecido en el trascurso de los tiempos; 
el viento ha esparcido i>or el aire las cenizas de Abul Walid. 
Ya solo quedan de él su sepultura en la Virgen del VaUe, 
su nombre en las crónicas toledanas y su memoria (m las 
viejas tradiciones del pueblo. 



La leyenda no acaba aquí, sin embargo. Hay al pié de los 
que el vulgo llama la Peña del Moro varios peñascos, 
puestos unos sobre otros, de tal manera , que vistos desde 
lejos, figuran la cabeza de un hombre ceñida por un turban- 
te. En opinión de los toledanos, aquella es la imagen de 
Abul Wahd. 

Hé aquí lo que cuentan. 
. Después de la partida del ejército, el alma de Abul salía 



180 TRA.mOION]fio 



todas las noclies de la sepultara y se sentaba al pié de ella, 
para no dejar de oontemplar la ciudad de su amada. Cuand» 
el alba brillaba volvía á su tamba, y no se dejSiba ver de 
nadie. Una noche, próxima ya la hora de amanecer, postróse 
de hinojos pidiendo á Dios que le die^e permiso para no re- 
1 tirarse de allí darante el dia; y Dios, al verle tan desgraoia- 
fT^^'C:^-^- do, se lo otorgó, cambiándole en i»edra. Allí está^ desde 
entonces, desafiando el furor del viento y el empuje de los si- 
^os. Cuando truena la tempestad en la montaAa, los relám- 
pagos que flamean parecen chispas <qae brotaa de sus ojos, 
y el son del trueno el eco de su voz que deplora la muerte 
de Sobeyha. 



V. 



.1 f ^^ / ^ 



■-«stf» 



UNA NOCHE TOLEDANA 



Hay en el idioma castellano una frase que se usa muy 
comunmente, sin que las noventa y nueve centésimas partes 
de los que la emplean sepan cuál fué su origen y cuál su 
significación en sus principios, ni puedan siquiera adivinar 
los recuerdos sangrientos que un tiempo evocaba en la me- 
moria de los habitantes de Toledo. Esta frase es una noche 
toledana. 

Una noche toledana es, en lenguaje familiar, en el len- 
guaje sencillo y rico en imágenes del pueblo, una noche de 
perros; una noche infernal pasada en el insomnio y la in- 
quietud ó en malas condiciones de existencia; una noche que 
ha de dejar en la memoria dolorosos recuerdos que más de 
una vez han de cubrir de nubes la imaginación y de lágrima» 
los ojos. 

El origen de esta frase no puede ser más trágico y hor- 
rible; se remonta al principio del segundo siglo de la domi- 



188 TRADICIONES 



nación de España por los árabes y mancha una de las pági- 
nas más tristes de la historia de Toledo. 



En el año 8flmc la Era cristiana (190 de la Egira) gober- 
nábala antigua capital gótica un joven disipado y disoluto, 
'4^?dLct de enfermiza apariencia y cuerpo consumido por los vicios 
y los placeres, llamado Jusi}£hfig::Amrú, h^'o de un célebre 
caudillo sarraceno, á cuyos méritos y servicios en la corte del 
rey Alhakem-ben-Hixem debia el gobierno de la ciudad. 
riCA^j9^%^ Esto era lo único que podia alegar en su favor; esta era 

la única valla de respeto que servia de muro ante el cual se 
detenia la justa cólera del pueblo. A no haber sido el wali 
hijo de Amrú, más de una vez las quejas de todo el toaUato 
hubieran llegado hasta el trono del califa, y los mismos nobles, 
que estaban escandalizados del espectáculo que daba uno de los 
*i^^ju suyos encargado del mando superior del territorio tole- 
dano, hubieran expuesto respetuosamente al trono el peligro 
que podia tener para la posesión de la ciudad el que se ha- 
\^ls^iejf' ^^éra. un desatentado rapazuelo, que no escuchaba más voz 
^ que la de sus pasiones, al frente de una ciudad fuerte y po- 
vCfc' ]derosa, descontentadiza y dada de suyo á las revueltas por 
ÍY"^*^'/*^ fc^rácter y temperamento, dispuesta á levantar cualquier han- 
^ UX b~j'r- dera en frente de la legítima que debia tremolar, y que, ade- 
^' ^^ í|. más, encerraba doble número de cristianos que otra cual- 
quiera, en razona la importancia que tenia en el momento do 
la conquista. 

Pero el recuerdo de Amrú no podia borrarse fácilmente 
de la memoria de los toledanos. No hacia muchos años aún, 
al principio del reinado de Alhakcm, sus tios Abdallah y Su- 
Iciman, que tanto hablan dado que hacer á su hermano Hí- 



6 



DJfi TOLEDO. 189 



zcm sobre la posesioné integridad del califato, habian levanta- 
do su estandarte rebelde ante el estandarte de su sobrino, ar- 
rastrando una porción de ciudades y provincias en su apoyo. 
Toledo habia imitadp su ejemplo, pronta siempre á seguir á 
cualquiera que la apartase del camino del deber y la lealtad, 
y al mando de Obeidah-ben-Amza, que ala sazón era ivazir, se 
liabia sostenido duranTelárgos años resistiéndose á recono- 
cer la autoridad suprema de Alhakem, que fué por sí mismo 
á sitiarla, y tal vez hubiera visto nuevamente defraudados sus 
deseos y desprestigiada nuevamente su autoridad, si asuntos ^a^^oSmHí 
de importancia no le hubieran llamado á la España oriental en 
la frontera de los Pirineos, para donde partió, dejando ante los 
muros edificados por Wamba á su favorito Amrú, hombre te- 
nido en mucho en la ciudad y de grandes conocimientos mili- 
tares. Poco tardó éste en ponerse en contacto con los princi- 
pales jeques de la población que velan al pueblo cansado por 
una lucha tan larga, y previendo que en un dia ú otro tenian 
que sucumbir, temian la suerte qne Alhakem reservaba á su 
tenaz rebeldía, y dando seguridades á los unos, haciendo pro- 
mesas á los más ambiciosos, atemorizando á los más tímidos, 
atrayéndose á los de más buena fé que se hablan rebelado 
por cumplir compromisos, contraidos hacia los turbulentos 
príncipes, consiguió al cabo de algún tiempo, que un dia, 
cuando menos preparadas estaban las tropas sitiadoras, — 
pues nadie en su campo sabia una palabra de sus negociacio- 
nes y secretos manejos, — el estandarte del califa flotase so- 
bre los muros de Toledo, y una voz fuerte y estentárea cía- ^ 
mase sobre las murallas, invocando con respeto e '¡nombre do 
Alhakem y entregando el de sus rebeldes tios á la execra- 
ción de las edades por venir. La cabeza del gobernador Obei- 
dah-ben-Amza, aparecía en las almenas de la Puerta de Visa* . 
gras, azotada por el viento y escugida por uua menuda Uul- Vl,^ 



190 TRADICIONES 



via,^como prueba de fidelidad y de respeto que reudian á su 
nuevo señor. Entró el vencedor en Toledo, orgulloso y satis- 
:;r fecho de haber conseguido á tan poca costf . una victoria tan 
completa y un resultado tan ventajoso para los intereses que 
representaba, pues así podia llevar sus tropas en auxilio de 
fi.t^. ík^^ Alhakem, que andaba em|>eftado en nuevas luchas con sus 
tios, y fiel á lo que había prometido, no llevó á cabo castigo 
alguno, contentándose con hacer pasar á los toledanos 
deknte de la cabeza del traidor Obeidah, que con sus ojos vi- 
driados por la muerte y sus facciones alteradas y contraidas, 
parecía exhortarles á permanecer siempre esclavos del jura- 
mento dé fidelidad que debian á los califas de Córdoba. Po- 
cos dias después partió, habiendo conseguido que en pago á 
sus servicios nombrase Alhakem á su hijo Jusuf-ben-Amrú 
wazir déla ciudad, nombramiento que esta acogió sin descon- 
fianza, creyendo hallar en el hijo algo de las virtudes de su 
padre. 

Estos eran los recuerdos que siempre surgían en la me- 
moría de los toledanos, cuando cansados del yugo o^nresor 
y.^ r'Kty qxie Jusuf ciñera á su cuello, pensaban en romperlo por uno 
de esos esfuerzos vigorosos de los pueblos que en sus con- 
vulsiones revolucionarías tienen algo del torrente desborda- 
do, cuyo empuje no puede nadie resistir, cuyo esñierzo no 
puede nadie contener, y bien podia decirse, sin temor i que 
ninguno desmintiera la aserción, que sólo á esta consideración 
debia Jusuf la impunidad y la aparente indiferencia con que 
Toledo sufría las más violentas exacciones, los más horrí- 
bles abusos. 

Porque Jusuf no tenia una sola cualidad que pudiese 
hacer tolerable el menor de sus defectos, que eran tantos co- 
mo cobardes pensamientos caben «en un cerebro degenerado, 
tantos como sentimientos impuros puede albergar un corazón 



DE TOUBDO. 191 



IMqtMdo y miseraMe. Cniel hasta el eBceso, bnscaba, cuando 
■o lo tenia, un pretexto para mostrar su crueldad, y si ni aún 
así lo encontraba, se entretenia en inventarlo; libertino que 
nada respetaba en el mundo, para él no babia consideración 
alguna que pudiera oponerse á su voluntad, desbocado cor- ^^ S^ . ^ 
6el que corría Hbre y suelto por el camino de su perdición sin ^ ^ 
▼er el abismo á que sin freno caminaba. Ingrato á los favo- 
rea redbidos, trataba de olvidarlos enseguida porque se sen- 
tía rebsgado por ellos, y, ¡ay del iluso que en un momento de /(^^^ 
ag oró le diese algún atinado consejo ó le hiciera alguna 3*^- ^, ¿^.^ f 
iexion que le sacara del compromiso én que estuviera! En ~^ 

8u mosquino eoraacm no podia olvidar nunca aquel momento 
en que álgufbn se había manifestado superior á él en talen- 
to ó experíenoia. 

De un criterio exageradamente estrecho y reducido, no 
habia adquirido durante su vida en la corte y al lado de su 
padre el conocimiento que éste tenia de los hombres y las 
eosas; ese arte de disimular enteramente sus sentimientos y 
sus iminnesioliies cubriendo unas y otras con un velo á través ^.;^ 
de cuyas gams no se pudiera ver la urdimbre de su natural. lv<yUA.(< 
Violento y soberbio, con la soberbia de los que nada valen, la 
sonrisa del desprecio vagaba incesantemente por sus labios y 
la convicción de su propio valer brillaba en chispas de orgu* 
lio en la mirada altiva de sus ojos. Gomo colocado sobre un 
pedestal que él mismo se forjara en los campos de su imagina- 
don, miraba á- todos con desden, encontrándose superior en 
poder á los más poderosos, en nobleza á los más nobles, en 
saber á los mds sabios. 

Considerando al pueblo como un puñado de hombres 
IMura los cuales era una fortuna dejarse dirigir por él y que 
le debian inmensa gratitud por los cuidados que los caballe- 
ros de su dase se tomaban por su conservación^ uo ^^ dft.v 



J92 TRADIOIOMea 



cuidaba en cobrar su parte de reconocimiento y le sacrificaba 
á sus caprichos. La mujer, en su concepto, no era más que 
un objeto de placer; no habia venido al mundo más que 
á ser un incidente en la existencia de los poderosos, 
una flor que exalaba su perfume para que los seño- 
v^"OÍ¿^ res lo aspirasen arrojando sus hojas después de marchitarla^ 
sobre la mesa de la orgia. Dueño, como creia ser, de la vida 
y hacienda de sus gobernados, en quienes no hallaba ideas 
del honor dignas de tenerse en cuenta, diañamento circula- 
ban por la ciudad sordos rumores, que siempre «e confirma- 
ban, de jóvenes seducidas y arrancadas de su hogar por los 
^u^/cv ? infames sicarios del miserable wazir, Y como necesitaba mu- 
^^¡^~^ e^o oro para conseguir el logro de sus caprichos,* pues padre 
cariñoso, no era capaz de sacrificar á ninguno de aquellos hi- 
jos de su perverso instinto en el altar de la conveniencia, 
enviaba al pueblo ¿ trabajar á las murallas, le abrumaba A 
j\i -^ ^exacciones, poniendo siempre por pretexto el natural leyíta - 
' ""~ — ^gop do los toledanos y su rebeldía hada el gobierno de 
Alhakem, que en su concepto debia haber sido castigada 
con suplicios horribles por su padre, y bajo sus manos el su- 
dor de aquellos infelices se convertia en brillantes monedan 
que caian en lluvia constante en sus arcas, sem^antes á 
». M .£. los toneles de las hijas de Danae, porque nunca se veia satis- 
fecho; nunca, ni un solo instante, * daba pausa á su ava- 
ricia, porque también era avaro. De aquí que, cuando en 
medio de la noche oíanse hacia el viejo palacio de los godos 
las carcajadas que en el festin dejaban escapar el wazir y los 
que le rodeaban, volviesen los pobres la vista h4cia el punto 
en que resonaban y acompañaran con sus maldiciones 
<A^> > aquellos ecos alegres que barrenaban su eoraeon y: sos 
^^Jf^> oídos. . 

y¿*: Qirones de honra, empapados en sus. Ugrímas, -eran 



DK TOLKDO. 193 



quizá el motivo que hacia estallar aquellas manifestaciones 
de alegría. 

En esta situación vivian los toledanos el año 805 de la 
era cristiana (190 de la Egira). Habiau de pasar más de 
cuatro siglos, habia de volver la ciudad al yugo de sus legíti- 
mos señores, los cristianos: habían de conmover los Laras el Ot4(A¿ 
trono de Castilla durante la minoría de Don Enrique I, para 
que el infierno abortase con D. Fernando Gt)nzalo, señor de 
Tegros, un alcaide de iguales disposiciones para el mal que 
Jusuf'benAmrú, wazir de la antigua capital gótica por el 
<»ilifa Alhakem I. 

n 

Una noche de ése mismo año hallábanse reunidos una 
porción de caballeros mahometanos en una cámara alh ajad a m« ^^«. 
lijyosamente, y llena de mil preciosidades y objetos raros que 
acosaban en su poseedor una gran fortuna y un exquisito 
gusto. Los principales jeques de la población estaban allí; 
bien claro denunciaba su origen el aire naturalmente altivo 
que afectaban; la mirada de orgullo que chispeaba en su» 
ojos, y la e^lendidez del elegante trajo sarraceno que ocul- 
taba en sus anchos pliegues la gallardía de las formas y la 
esbeltez de la figura. 

Beinaba en el recinto una calma que parecía, por lo for- 
jada y poco natural, nuncio seguro de tormenta. Pasaba lar- 
go tiempo sin que ninguno de los circunstantes, sumidos al 
parecer en pensamientos que llenaban de turbación su espí- 
ritu, rompiese el silencio para distraer la atención de los 
demás del punto á que se conservaba fuertemente adherida. 
Por fin, la voz poco ^tensa, pero enérgica y segura de un :: 
anciano, se dejó oír, y todos, como movidos poi «^te^\A ve&t 



194 TRADICIONES 



pulso, dirigieron la vista hasta el asiento que aquél ocupaba^ 
preparándose para no perder una sola palabra de las que iban 
á salir de sus labios. 

— Creedlo, — decia el viejo caballero, que parecia ejercer 
gran dominio sobre sus oyentes. — Cuando me be decidido á 
llamar á mi palacio á la nobleza toledana para exponer - 
la la verdadera situación de la ciudai, y pedirla que delibere 
acerca de la conducta que debemos seguir .en los aconteci- 
mientos que se preparan, ó mejor dicho, que se precipitan, és;* 
sin duda, porque, á mi juicio, la situación vale la pena de que 
nos ocupemos en ella. No perdamos de vista que los abusos 
en el Gobierno tienen en Toledo más importancia que en otro- 
punto cualquiera del país, por las muchas gentes extrañas 
que hay dentro de sus muros. Los cristianos son numerosos, 
y no pueden acostumbrarse á la idea de ver bajo la media 
luna del profeta, la sagrada ciudad en que se llevó á cabo su 
conversión del arrianismo, ciudad santificada por la estancia 
en su recinto, de sus reyes, donde duermen el sueño eterno 
todos esos seres quiméricos á que dan en su delirio nombre 
de ángeles y santos. Los judíos pueden ayudarles hoy de la 
misma manera que ayer nos ayudaron á nosotros, que poca 
confianza pueden inspirarnos los que desconocieron á su pro- 
-r feta, y le dieron una cruz ominosa como tribuna á sus pre- 
dicaciones. Con estos elementos es preciso tener mucho cui- 
^ ^ dado; el mejor dia, si disgustado el pueblo musulmán no se- 
para la causa del wazir de la causa sagrada del califa, nos- 
otros mismos podemos dar á nuestros enemigos las armas que 
han de clavar, en nuestro pecho. — 

Un murmullo de asentimiento acogió estas palabras del 
anciano, que, así que se restableció el silencio, prosiguió con 
acento más enérgico cada vez: 

— Ahí tejéis el por qué de mi llamamiento. Lo que teme- 



DE TOLEDO. 196 



mes, ha de suceder naturalmente. Paréeeme que ya vagan eQ 
el viento los elementos de la tempestad. El día que esos ele- 
mentos se reúnan, cuando el torrente de la colera popular se 
desborde y se oponga á nuestro paso en su marcha furiosa 
hada el asiento del wazir^ es preciso que nos encuentre 
dispuestos para resistirle, y con la fuerza nctsesaria para er^^ 
cauzarle y volverle á su primitivo lecho. Las considera- F^l,^ 
ciones que debíamos á Amrú harto las hemos demostrado ^<ú 
sofriendo, sin exhalar una queja, las exacciones de su hijo, 
y permitiendo, con la esperanza de que un dia volviese en sí 
del vértigo que se ha apoderado de él, que cargase sobre el 
pueblo todo el peso de su maldad. Hora es ya de separar 
su causa de la nuestra. Si — como tememos — viene la con- 
moción y no es posible salvarle de ella, húndase, pues asi lo 
ha querido, el desatentado hijo de Amrú, pero saquemos á 
salvo, íntegra y en todo su eiplendor y majestad, la sagrada 
persona del califa. — 

Todos asintieron á estas palabras. 

— Os he expuesto— concluyó el anciano — la situados 
tal como yo la veo. Ahora pensad en ella, ayudémonos mutua- 
mente en el consejo, trayendo á él cada cual las luces de su 
saber y su experiencia, y no nos separemos sin marcar lo «^-^^ 
que hayamos de hacer ese día, cuyos primeros rayos no pue- 
den tardar mucho tiempo eif aparecer, como un reflejo san- 
griento, á lo largo del horizonte. — 

Hubo una breve pá\isa. Todos los que escuchaban sile^- 
ciosos las palabras dd anciano, callaban como si de pronto 
vieran surgir en la sombra, delante de sus ojos, lo& fantasmas 
amenazadores del porvenir. Levantóse de su asiento otro, de 
los circunstantes, y exclamó dirigiéndose al anciano que aca- 
baba de hablar: 

— Yo también tengo esos presentimientos, tíís^^X»^^^^^-. 



19G Ttt ADICIONES 



«<v\ <!Urv 



ley; yo también los tenge, y á no haber tomado tú la inicia- 
tiva para provocar esta reunión, yo lo hubiera hecho en in- 
terés propio, porque creo que son nuestros intereses los que 
tratamos de salvar en este momento. Conforme con cuanto 
acabas de exponer, creo que no debemos separarnos sin saber 
la linea de conducta que vamos á seguir efalo 8\ice3Ívo. Cada 
dia son mayores las quejas del pueblo; no puedo ya con los 
tributos, no puede ya con el trabajo, y como la fiera á quien 
se va á buscar al centro de sus bosques y se la irrita sin ce- 
sar, se agita ya en espantosas sacudidas y ruje sordamente. 
El dia que de un salto se ponga ante su enemigo^ el dia que 
ese sordo ruiido alcance toda su intensidad, el loco mancebo 
que hoy escita su colera reconocerá su locura y temblará so- 
bre el asiento que tan indignamente océpa. Y no es esto sólo, 
aún hay más. Jusuf es imprudente, y si no tratamos de ha- 
cerle conocer que con los nobles no se juega como juega con 
el pueblo, nosotros mismos habremos de sufrir su tiranía. — 
Sordo rumor de indignación acogió estas palabras, y los 
ojos de los circunstantes [despidieron llamaradas de ñiror. 
Durante algún tiempo vagaron los murmullos por la cámara, 
espresion de la cólera á duras penas contenida de los nobles 
sarracenos. Sentóse el que acababa de hablar, y un joven, 
impetuoso y ardiente, mostrando en su faz el fuego del de- 
sierto, se levantó reclamando el silencio. 

— Soy joven, — dijo, — casi de la misma edad de Jusuf, y 

A ... me he llamado su amigo, hasta que aturdido por sus crí- 
menes le he retirado mi amistad. No le juzguéis loco; es un 
malvado. Piensa y prepara sus malas acciones como puede 
preparar sus beneficios un amigo de la humanidad. Descon- 
fiemos de él. Dentro de poco tendrá conocimiento de nuestra 
reunión y del acuerdo que tomemos, y en cuanto lo sepa, se 

, declarará nuestro enemigo y nos indisimndrá con el califa. 



DE TOLEDO. 197 



— ¿Y cómo ha de saberlo? — preguató una voz con desdcí|i^ 

— Creedme, lo sabrá, no importa cómo. Sus espías son nu- 
morosos, no nos hemos recatyado al venir, y en este momento íju^ *>^ 
le hablan ya de nosotros. Creo, pues, que conviene obrar con 
energía, pero obrar pronto.... 

— Mal se acompasan la prudencia y la juventud; toda ^"^ 
profundidad y calma la una, toda niego la otra, y Said se 
deja arrebatar por sus pocos años, —dijo Muley, el anciano que 
primero habia tomado la palabra. — ^Nuestro deseo no es ata- 
car al wazir, sino defendernos de sus ataques; no es ponemos 
enfrente de él, si no colocarnos al lado del pueblo, para mo- 
verle á compasión para que ceda en sus tiranías, y si llega 
algún día en que éste salve la valla del respeto, proteger á 
Jusuf, con nuestra influencia, de los furores populares; en una 
palabra: servir al califa sin oponernos al wazir; defender al 
pueblo contra él y á él contra el pueblo. De ninguna manera 
debemos dar nosotros el ejemplo de la rebelión. Nuestra mi- 
sión es de paz. La confianza de Alhakem le escuda y hace itdct 
sagrada para todos su persona. — 

Abrióse en este instante violentamente la puerta de la 
estanda, y apareció un esclavo, pálido y convulso, que dyo 
aproximándose.* 

— Señor, el wazir, al frente de sus guardias, llama impe- 
riosamente á las puertas y amenaza echarlas abajo si no se 
le ñ*anquean enseguida. — 

Todos se levantaron instintivamente. 

— ¿Qué os decia yo?— preguntó fogosamente el joven 
Said llevándola mano al puño damasquinado de su al fanje , ^tí^ 

— Calma, amigos mios, mucha calma, — murmuraba entre 
tanto Muley, y dirigiéndose al esclavo, 

— Abrid, — le dijo; — la puerta de mi casa está abierta 
siempre para quien venga en nombre del califa. 



198 TRADICIONES 



— ^No hace falta, Muley; el wazir sabe abrirlas todas, — gri- 
tó dentro de la estancia una voz dura que rebosaba la colera 
y la indignación, y Jusuf, con las facciones trastornadas por 
el odio y seguido de sus guardias, tan feroces y tan malva- 
dos como él, apareció de pronto, exhalando un sordo grito de 
alegría al pasear sus miradas por los nobles, que en tanto le 
miraban con desdén. — Era verdad, — continuó, — lo que me 
habian dicho; conspirabais contra mí, conspirabais contra el 
califa, pretendíais quizá declararos de nuevo independien- 
tes, y levantar contra mí esas cabezas que debéis á la 
clemencia de mi padre... — 

De todas partes salieron vivas protestas; Muley, siempre 
prudente, impuso el silencio á sus amigos. 

— Lo que dices, — dijo á su vez dirigiéndose al hijo de 
Amrú, — no lo podrás hacer creer á nadie, porque ni tú mis- 
mo lo crees. A no haber sido por nosotros, — y no es esto re- 
cordar ser^icios pasados que pierden su mérito en cuanto se 
recuerdan, sino responder á tus locas palabras, — tu padre 
hubiera permanecido ante los muros de Toledo, hasta que las 
privaciones le hubieran hecho levantar el sitio. Suleiman y 
Abdallah serian nuestros reyes y Obeidah nuestro ivazir. En 
la cabeza del traidor que arrojamos á las plantas de tu padre 
escribimos con su sangre nuestra lealtad. Y por otra par- 
te, ¿quién eres tú para juzgamos? ¿Qué experiencia has ad- 
quirido en los placeres desordenados de la orgía para eri- 
girte en juez de las acciones de los hombres? Te ves en la 
cumbre y sientes el vértigo, puesto que olvidas que, no mé- 
ritos tuyos, sino victorias de tu padre, te elevaron á ese 
puesto. 

— Y en él me sabré sostener aunque tenga que alfombrar 
de cuerpos de traidores su camino. Mi padre ganó la ciudad ; 
yo sabré conservársela al califa. 



DE TOLEDO. 199 



— ^La pierdes, insensato, la pierdes con tus exacciones y tus 
vicios. Tu yugo pesa al pueblo, que ya no puede resistir- 
lo, y nosotros tratamos de impedir que arrastres el poder de 
Alhakem en tu caida. 

— Atizando al pueblo á la rebelión, incitándole á la pelea ^('^'^ 
madurando aquí el plan de campaña mientras él afila sus ar- . i ^ 
mas en la sombra. 

— ¡Miserable! — gritó Said incapaz de contenerse más tiem- 
po, y fué á lanzarse sobre Jusuf, que tan cobarde como per- 
verso, se hizo atrás en seguida, y volviéndose á sus guardias, 

— Ya lo veis, — les dijo, — ^bacen armas contra mí, que soy 
su wazir, representante del califa. Prendedlos, — añadió, — 
prendedlos, y vayan á esperar en los sombríos calabozos del 
alcázar el castigo que merecen sus rebeldías. — 

Adelantáronse los soldados á cumplir la orden de Jusuf, 
y echaron mano á sus alfanjes los nobles sarracenos, dispues- 
tos á defend^se, formando una masa compacta que oponia 
sus aceros á las picas de los guardias del wazivy tras los cua- ' 
les se habia refugiado éste, exortándoles con grandes gritos á 
•que siguiesen adelante. Hubo un momento de vacilación. Los 
soldados dudaban ante aquel muro de cortantes hojas tole- 
danas, en el que parecía estar escrita, con brillantes caracte- 
res, la muerte de los primeros que se aproximasen. Pero el 
deber, haciéndolos olvidar el peligro, les obligó á dar un paso 
adelante. 

Un momento más, y la sangre, en hervoroso torrente, >^C'i^ 
hubiera corrido por la cámara; pero antes de que el grano de 
arena del reloj suspendido en el espacio, hubiera llegado al 
suelo, oyóse inmenso vocerío en el exterior y gritos de 
muerte llegaron á la estancia. En aquellos gritos que sonaban 
agudos y vibrantes en medio de la noche, distinguíanse sor- 
das imprecaciones contra Jusuf, cuya cabeza reclamaban. 



200 TRADICIONES 



Los esclavos de Muley, desparramándose con la rapidez del 
rayo por las tortuosas calles de la ciudad, habian llamado 
gente en socorro de su sefior, cuya existencia creian ame- 
nazada, juntamente con la de los nobles reunidos en su casa, 
y el pueblo, cansado ya de sufrir las tiranías de Jusufi^ et 
pueblo, masa inflamable que sólo esperaba una chispa para 
abrasar con sus llamas el alcázar de los wazires, habia con- 
testado á su llamamiento. Todas las clases de la ciudad, con- 
fundidas en revuelto montón, armadas con lo que bailaron 
más á mano, corrían como las olas de un mar alborotada 
hacia la casa de Muley, arrollando cuanto encontraban á su 

^ paso. La muchedumbre se agrandaba cada vez más; como el^ 

íuego auxiliado por el aire se propaga de una casa á otra, asi 
se propagó la rebelión en un instante. Todos los vecino» 
dejaron el lecho en que dormian, descansando de los duro» 
trabajos de aquel dia, y preparándose para las penas deJ 
siguiente; todos ellos se echaron á la calle, y al grito unáni- 
me, y por miles de voces repetido, de «¡Muera el Wazir!^ 
desparramáronse por callejones y avenidas en busca del in- 
sensato hijo de Amrú, llevando la alarma á las casas de lo» 
judíos que, siempre recelosos, y con motivo desgraciadamen- 
te, creyeron ver la hidra de la cólera popular, dirigiendo so- 
bre ellos su cabeza amenazadora. 

í I 4 — ¡Muera el Wazir! — gritaba desatentada la multitud,. 
/"' * corriendo jabeante en dirección á la casa de Muley, donde sa.- 

!í-^ bia que se hallaba su enemigo; y á este grito, espresion ver- 
dadera de los sentimientos por tanto tiempo contenidos, y que 
ahora se desbordaban, roto de pronto su dique, las ventanas 
se abrian, y la curiosidad, armada de una luz, asomaba su 
cabeza por ellas, y la ciudad se iluminó como para una fiesta 
popular. Y los gritos sonaban más y más, formando una at- 
mósfera que rápidamente se condensaba sobre la cabeza dcli 



DE TOLEDO. 201 



wazir, atmósfera pesada, en la cual podían fádlmente distin- 
guirse las trepidaciones de la tempestad. 

Llegó por fin el pueblo á la estancia en que Muley y sus 
amigos se preparaban á rechazar con la fuerza el ataque de 
los sicarios de Jusuf. La escena habia cambiado por comple- 
to; á la aproximación del pueblo los soldados babian huido 
sintiéndose débil obstáculo para el torrente que llegaba, y 
Jusuf, que no pudo seguirlos en su fuga, se humillaba aho- 
ra pálido de miedo, porque era también cobarde delante de 
los mismos ante quienes con tanta arrogancia apareciera ha- 
cia tan poco tiempo. 

— Salvadme, — les decia; — ^y si queréis darme una prueba 
de que no sois los promovedores del motin, salvad al repre- =- 
sentante del califa, al hijo de vuestro amigo Amni. 

— Te salvaremos; no temas, — ^le respondió Muley. — Tu 
vida es sagrada para nosotros; has tenido la confianza de Al- 
hakem y ella te escuda. Pero no creas que te salvamos para 
darte una prueba de nuestra lealtad. Estamos muy altos para 
descender hasta tí. — 

La multitud se aproximaba cada voz más. 

— ¡Salvadme! — ^repetía Jusuf. >«, ^^e^ 

— .Repórtate, cobarde, — le dyo impetuosamente Said,'^— '^^^í<' 
acuérdate de que, aunque indigno, perteneces á nuestra clase, 
y ante ese pueblo que tan duramente te increpa, ten siquie- ^oLa 
ra valor para disimular tu cobardía. — 

Llegó el pueblo á la estancia y retrocedió ante el ancia- 
no Muley, que, levantándose de su asiento, vino al centro de 
la sala. 

Jusuf, en un estremo de ella, cubierto por los nobles 
que le hicieron una barrera con su cuerpo, apenas se atrevía 
á respirar. 

— ¿Qué significa esto? ¿Por qué atrepelláis así mi oauad.? — 



202 TRADICIONES 



interrogó Muley con voz severa, dirigiéndose al que parecia 
jefe de la turba. 

— ^Perdón, señor; lian corrido rumores extraños por la ciu- 
jult^ dad; decíase que el wazir venia á prenderte, que no conten- 
to con herirnos á nosotros, dirigía sus dardos más arriba, y 
el pueblo en masa se ha lanzado á la calle para impedbrlo. 

— Os engañabais. El wazir no ha venido á mi casa ^n¿ón 
í^ v*^^ de guerra. 

"" — Todo lo sabemos, venerable Muley, y cuanto hagas por 

disuadirnos es inútil. Si no hubiéramos venido tan pronto no 
estarlas ya aquí. Pero hemos llegado á tiempo, y vamos por 
fin á librarnos del tirano. 

— ¿Qué intentáis? Ketiraos, volved á vuestras casas. 

— ^Imposible. El pueblo pide su cabeza y la tendrá. 

— ¡Retiraos, os digol Retiraos, ó nos veréis al lado suyo 
para defenderle contra vuestro furor. — 

Los nobleS; mintiendo á estas palabras, dieron un paso 
hacia el anciano. 

Hubo una pausa. Fuera de la casa, rugia el ¡pueblo es- 
perando su víctima y dandp á entender bien claramente que 
no se retirarla de allí sin cpnseguir lo que pedia. Entonces 
el anciano meditó, durante un momento, pasado el cual salió 
de la estancia y dirigiéndose al pueblo, dejando de hacerlo á 
su jefe, gritó con voz potente: 

— Hijos, ¿tenéis confianza en mí? 

— ¡Sí! ¡Sí! — gritaron miles de voces. 

— ^Pues bien, investido de vuestro poder haré justicia, y 
para hacerla, acudiré al califa en vuestro nombre. Desde aho- 
ra el wazir queda depuesto de su cargo; vuestras quejas 
llegarán hasta la corte de Alhakem, os lo prometo. Ahora, 
retiraos. No deis motivo á la cólera del descendiente del pro- 
feta. — 



DE TOLEDO, 203 



Entusiastas aclamaciones acogieron estas palabras, y los 
grupos empezaron á dispersarse. Solamente quedaron en la 
estancia los nobles, compañeros de Muley, y Jusuf, de cuyo 
semblante, pálido todavía, apartaban la vista con desprecio. 
Cuando volvió el anciano, 

— ^Ya habéis oido, — dijo á sus amigos, — lo que he pro- 
metido al pueblo. 

— ^Pero no lo cumplirás, — se atrevió á decir Jusuf, que, 
como todos los cobardes, cobraba bríos á medida que el peli- 
gro se alejaba. 

— No me conoces, Jusuf. No he faltado en mi larga vida 
á ninguna de mis promesas. 

— ^¿Y te atreverás á destituirme? 

— Así lo quiere la salvación de Toledo. ¿Preferirías que 
hubiese arrojado al pueblo tu cabeza? 

— ^Pero yo soy vuestro jefe. 

— Tus vicios, tus excesos, te han quitado ese poder de que 
tanto abusabas, y con el cual te honró el califa. A él dare*^ 
mos parte de lo que ocurre. Tú, mientras tanto, esperarás su 
decisión en la Alcazaba. Amigos mios, — añadió dirígióndose 
á los nobles, — disponeos para acompañarme á dejar á Jusuf 
en seguridad.— 

Trató el preso de resistir, pero el anciano le increpó du- 
ramente. 

— ^¿Prefieres la justicia del pueblo? Si estás seguro de su 
fallo le llamaremos y él te juzgará. — 
Jusuf entonces b^ó la cabeza. 

Pocos momentos después el destituido wazir era llevado á 
la Alcazaba, donde hoy está el Alcázar, acompañado de Muley 
y sus amigos seguidos de sus criados. El pueblo alumbraba su 
camino con teas encendidas, y no se oianpor todas partes más 
que gritos de júbilo y gozosas exclamaciones de alegría. 



204 TRADICIONES 



Este fué el primer acto del sangriento drama que doa años 
después habla de tener tan espantoso desenlace. 

m 

En camino para Pamplona se hallaba Alhakem al frente de 
numerosas huestes, con objeto de aplacar nuevos disturbios que 
otra vez hablan venido á turbar la calma del califato, cuando 
f{(l4>|. en un alto que hizo para dar breve descanso 6 sus tropas tras 
una larga jornada, fué alcanzado por el mensajero que le en- 
viaban los principales jeques del territorio toledano, dándole 
cuenta de lo que habla acaecido en la ciudad. Representa- 
banle con este motivo las torpezas de Jusuf y su falta abso- 

¿frvc^f^' luta de condiciones^ para el mando de una provincia tan jUla- 
^^L 4^^^* y ^® ^^ numerosa población; y pintando con vivos co- 

9 lores la situación del pueblo durante el despótico mando del 

waziry exponían á la consideración del califa los esfuerzos de 
todo género que hablan tenido que hacer para oponerse, pri* 
mero á la cólera de los gobernados en el primer momento de 
la rebellón, y para enfrenar más tarde la cólera del gobernador 
pasada la inminencia del peligro. Terminaban rogando á Al- 
hakem que dispusiera lo conveniente á la situación posterior 

^Cfj¿5f^'4l^ Jusuf que continuaba preso en la Alcazaba, y encarecién- 

cV« '^í^-vdole respetuosamente la necesidad de enviar cuanto antes á 
Toledo un wazír que borrase á fuerza de prudencia y habili- 
dad los tristes recuerdos que la dominación tiránica de Jusuf 
dejaba en la memoria de sus gobernados. 

Gran pesar causó á Alhakem la lectura de noticias tan 
inesperadas y opuestas á sus . intereses: tantos motines, 
tantas rebeliones, empezaban á pesar como una losa de plo- 
mo sobre su corazón, y falto del sosiego que su espíritu necesi- 
taba, no podía menos de recordar con amargura aquellos días 



DE TOLEDO. 205 



en que, antes de subir al trono, vivía bajo el mando de su pa- 
dre el sabio y prudente Hixem I; dias de calma y paz para 
el califato, en que apaciguadas las ambiciosas pretensiones de 
los rebeldes Sulciman y Abdallah, todas las provincias reco- 
nocían y acaj^i^n la autoridad suprema del califa. Aquellos '^JiS 
dias babian pasado y otros más tristes les sucedieron. Desde 
que Albakem subiera al trono, ardian las provincias por cu- 
yas venas parecía correr el genio de la rebelión, y una tras 
otra, Mérida, Toledo, Huesca, Pamplona y otras muchas le | 
negaban su obediencia. Cansábase ya de abatir cabezas re- 
beldes, de sofocar insurrecciones, de volver á su acuerdo ciu-Xw^t^ 
dades y fortalezas; y ahora que marchaba de nuevo á Pam- 
plona, venia á sorprenderle en su camino la noticia de los 
disturbios de Toledol... Exhaló un suspiro de pesar y rabia á 
la vez, y reponiéndose pronto, gracias á la costumbre que ya 
había adquirido de recibir noticias de aquel género, hizo lla- 
mar á Amrú, que merced á las muchas victorias que consi- 
guiera contra los enemigos, habia llegado á ser su favorito, y 
el cual acudió enseguida á su llamamiento. Recibióle Alha- 
kem completamente repuesto de 1^ mala impresión que el 
mensaje le causara, y dando al bravo caudillo los pliegos que 
acababan de llegar á su poder, 

— ^Míra, — le dijo, — lo que pasa en Toledo y á qué extre- 
mo ha llevado las cosas la inexperiencia del toazir. Hijo tuyo 
es, y como tal valiente y animoso, pero carece de tu pru- ^^^y^ 
dencia en el consejo; le falta comprender que gobernar una 
dudad, y una ciudad como Toledo, no es lucirse en un tor- 
neo ni distinguirse sobre un campo de batalla. — 

Pálido y mudo de cólera escuchó Amrú las palabras pro- 
nunciadas por el califa con voz impaciente y dura; mas tra- 
tando de disimular la ira profunda de que se hallaba poseído, 
leyó el pliego en que los nobles toledanos ftx\>wí\wi\íA tmí;^ 



206 TRADICIONES 



nes que les habían impulsado á obrar como lo habían hecho 
con Jusuf. Conforme iba leyendo, su frente se oscurecía más 
fe^-vicA y más, y en su rostro, cuptido por los años, pintábanse todos 
^ los sentimientos, abortos de la ira y la soberbia, que dormían 
en su corazón y eran de pronto despertados por la lectura 
del mensaje. Alhakem, absorto en sus pensamientos, no se 
apercibía de las variaciones que sufría el rostro de su ñivo- 
rito. Acabó éste su lectura, é indinándose respetuosamente 
ante Alhakem, le dijo con voz sombría: 

— Señor, los hechos que se os denuncian son muy graves. 
Hay en ellos una rebelión organizada contra el único que 
en Toledo representa vuestra sagrada persona, y los nobles, 
lejos de sostenerle en su puesto como era su deber de fieles 
¿i-^ vasallos, hstn hecho causa común con el populacho y osado 
poner las manos atrevidas en la cabeza del wazir, á quien 
habíais colocado por cima de ellos. Estos sucesos, siempre 
graves, lo son más en esa ciudad tan dada á la rebeldía. Per- 
mitidme, en vista de esto, que os pregunte, señor, lo que 
pensáis hacer. 

— Tu afecto á mí, y tai vez el cariño á tu hijo, te ciegan 
sin duda, buen Amrú, cuando te hacen hablar de esa mane* 
ra. Yo no veo las cosas revestidas de tanta gravedad. Así, lo 
único que pienso hacer en este asunto, es trasladar á tu hijo 
y darle la alcaidía de Tudela, porque espero que el fracaso 
que ahora ha sufrido, le hará para lo sucesivo más cauto y 
prudente en la elección de medios que debe acoger para ha- 
cerse respetar, y nombrar para Toledo hombre demás expe- 
riencia que no se deje arrebatar de sus impulsos. — 

Una súbita revolución se operó en el ánimo de Amrú, 
mientras hablaba su señor. Dolíale que éste noviera la ofen- 
sa tal como él la presentaba, y dejase sin castigo la rebelión 
del pueblo y la intervención de los nobles contra su h^o,: 



DE TOLEDO 207 



cayos d ima nes atenuaba. No duró mucho su sileucío: rewsoRtt/kJ^^ 
TOSO y vengativo, ansiaba poder pedir cuenta á aquellos de ^ 
las humillaciones de Jusuf, y en la decisión del califa de en- 
viar nuevo wazir á Toledo, vio la seguridad de su venganza. 
Prosternóse á los pies de Alhakem, y le dijo: 

— Señor, si la sangre que he derramado en vuestro servi- 
cio merece alguna gracia, yo, que nada he pedido hasta aho- 
ra, tengo que solicitar una de vuestra bondad. 

— ¿Qué quieres? Habla, y mi palabra te responde de su 
concesión. 

— Quiero ir de wazir á Toledo para enmendar allí los erro- 
res que Jusuf haya podido cometer. Tengo en ella muy bue- 
nos amigos y deseo que el pueblo disculpe las flaquezas del 
hijo con la prudencia del padre y no mire mi nombre con 
opr obi o. w 

— Mucho siento tu ausencia y gran falta me vas á hacer 
en la empresa que trato de realizar, i>ero comprendo la justi- 
cia de tu petición y sostengo, aunque con pena, mi palabra. 
Vete, pues; vuelve la calma á los espíritus y mantente siem- 
pre dispuesto á venir á mi lado cuando te llame. 

— Gracias, señor, — dijo Amrú levantándose. — Con vues- 
tra y^ña partiré en seguida. — £>r ( •, i 

Y saliendo de la tienda hizo llamar á sus gentes, y poco 
después partia para Toledo al frente de un lu^mo escuadrón, *»^*c< 
llena la mente de tenebrosos planes de venganza, en tanto ^ 
que Alhakem proseguía su marcha hacia Pamplona. 



IV 



Cuando llegó Amrú á Toledo, después de algunos dias de 
camino, los toledanos, avisados de su llegada, salieron á re- 
dbirle un tanto preocupados al ver que eta. (i\ ^^^\^ ojaxKa. 



208 TKADÍCIONBS 



Ycoia á sustituir al hijo, á quieu tauto habían ofendido, 

uÁ3^^<pMiy de quien recelaban que pudiese tomar cuenta.de su desaca- 
""^«o^o; pero si alguna idea tenian sobre esto no tardaron en 
convencerse de que el nuevo tcazir venia animado de 
las mejores intenciones. Enteróse con profunda atención 
de cuanto habia sucedido, sin poder reprimir á veces un 
movimiento de indignación que le arrancaban algunos he- 
chos de Jusuf, contra el cual, sin embargo, no dijo na- 
^ da, no pronunció una sola frase condei^^ria, considerán- 
dole ya como absuelto por la gracia, y nada más que 
por la gracia, del califa. Cuando los nobles, que habian 
salido juntos á esperarle á alguna distancia de la pobla- 
ción, quisieron conducirle á donde Jusuf esperaba preso 

N^^THX^el resultado de la reclamación de sus antiguos vasallos, se 
* negó á ello haciendo un violento gesto de disgusto. Aunque 

Alhakcm — sin duda en gracia á los servicios que le debiera — 
habia perdonado las debilidades de su hgo, él, su padre, no 
debia perdonarlas, porque las crueldades de que ahora 
le daban cuenta habian pesado sobre los toledanos á quienes 
tanto amaba, á quienes tanto debia, y de los cuales sólo 
tenia una queja: que no hubieran dirigido á él su ex- 

^kMwJ^osícion al califa, porque no podian hallar mejor oonduc^; 

"^^ ■ él les hubiera atendido agradeciéndoles la ocasión que le pre- 
sentaban de hacer justicia por él mismo al pueblo toledano, 
y satisfacer las deudas de su nombre. El no podía perdonar 

-/^ j.;;U*^ ^'^^s^^Q^e ^^^^^^^ ^&°<'íUad<> su apellido arrastrándole 
7 - " por el vicio y la crueldad; no podía perdonarle y no le per- 
donaba. Nada le era posible contra él porque estaba in dult a- 
jt^áS? ■:*íf..<io por el califa, pero verle, hablarle... nunca. Con un servi- 
--t- dor de su confianza le envió los pliegos de Alhakem^ la orden 
de estar dispuesto para salir al otro día á encargarse de la al- 
caidía de Tudela, y dejando completamente satisfechos al 



t 
DE TOLEDO. 200 



pueblo y á los nobles, se hospedó en el alcázar, entregándose 
-al desoanso. 

Estaba muy adelantada la noche, cuando subió á la Al* 
<$azaba, unida por medio de un fuerte muro al viejo palacio 
edificado por Wamba; el servidor que envió á su hijo, le guia- 
ba. Franqueáronle las puertas los guardias, y cruzando vas- 
tos aposentos y oscuros corredores, llegó á donde estaba Ju- 
suf, y exhalando un grito de alegría y de cólera á la vez, se 
•dirigió hacia él con los brazos abiertos: 
— jPadre! — murmuró Jusuf, — sabéis... 
— ¡Calla, tjalla, hijo mió, lo sé todo! No me hables de mi 
ttgravio, porque no sé si podré contenerme, porque la másca- 
ra que he puesto sobre mi rostro, quiere desprej^j^se de él. irun^m 
No quiero oirlo más. Basta con que lo haya sufrido una vez. 
Díme solo una cosa; los nombres, los nombres de los que se 
han levantado contra tí, que eres mi hijo, mi hijo, y mi amor, 
y mi orgullo. ¡Sus nombres nada más! — 

Y estrechando frenético á su hijo, pegó su oido á los la- 
bios del mancebo que se movian rápidamente. 

Antes de amanecer salió de allí; su hijo le abrazó por úl- 
tima vez, y él pronunció al despedirse estas palabras en voz 
tan bs^a, que nadie, aun escuchando atentamente, hubiera 
podido oirías: 

— Parte tranquilo á Tudela; yo quedo aquí, y á Tudela 
irán á buscarte las noticias de mi venganza. — 

Pocas horas después, y acompañado de una pequeña es* 
oolta, salia de Toledo el destituido wazi)\ con órdea de diri-t$<>^<3>i 
girse sin demora á encargarse de su nueva alcaidía. 'íírc,^/ 

Desde entonces la vida de Amni fué una vida de ficción y 
disimulo, con la cual consiguió su propósito de engañar á los 
nobles sarracenos y al pueblo mismo, apareciendo ante elbs 
bajo un aspecto de bondad que no era, que no podía ser el 

11 



210 TRADICIONES 



8uyo, porque el nuevp wazir era soberbio y no podia olvi- 
dar la humillación que recibiera. Todos los cronistas, to- 
dos los historiadores, están unánimes al señalar los ras- 
gos más salientes del carácter de Amrú ; todos le pintan 
del mismo modo, dejándose arrastrar por su deseo de ven> 
ganza, pero disimulando esta feroz pasión que le dominaba por 
completo, para adormecer en una ciega confianza á aquellos 
á quienes trataba de herir. Lo quería y lo consiguió. El re- 
cuerdo de Jusuf se habia borrado casi de la imaginación de 
los toledanos que alababan el gobierno paternal de Amrú^ 
y le llamaban su salvador, santo emblema de la justicia, dig'« 
no representante de Alhakem. Sobre todo, los nobles no re- 
celaban nada. Y sin embargo, el volcan iba á destruir la débil 
capa superficial que le oprimia, y á dejar paso al torrente de 
fuego que hervía ruidosamente en sus entrañas. 



•" 



X 



Sólo una ocasión esperaba Amrú para llevar á cabo su 
venganza, y no tardó esta ocasión en presentársele. El joven 
principe Abderrahman, hijo de Alhakem, se dirigía por or- 
den de sttp^Sro^^aragoza al frente de 5.000 caballos, y, 
de paso por Toledo, dio un alto á sus tropas y se aposentó 
en la huerta del Rey, donde se alzaban los poéticos palacios 
de Galiana. Con este motivo convocó el wazir á los nobles 
oiK^VívPara hacerles presente el deber en que á su juicio estaban, 
^^X"- deber de buenos vasallos, de salir al encuentro del príncipe 
para rogarle que se detuviese algunos días en Toledo y vivie- 
se en la ciudad abandonando el punto en que se hospedaba. 
Así lo hicieron, y aquella misma tarde entró el príncipe en 
Toledo, alojándose en el nuevo alcázar que Amrú, con un fú- 
til pretexto, habia hecho edificar cerca de Montichel, donde 



DE TOLEDO 211 



hoy se estiende el ban*¡o de San Cristóbal, invitando el wa- 
zir á los nobles á que acudiesen al principio de la noche á no 
gran banquete con que pensaba obsequiar al hyo y heredero 
del califa. 

Apenas las sombras de aquella noche triste y oscura co- 
mo un remordimiento, cubrieron el espacio, empezó á no-^ 
tarse desusada animación en el barrio de Montichel. Por 
un lado y otro acudian en alegre tropel caballeros mahome- 
tanos envueltos en flotantes alquiceles que dejaban ver, al en- 
treabrirse movidos por el viento, la ríqueza del traje de sus 
dueños. Los principales nobles y jeques de la población ^acu- 
dian á festejar al que habia de ser su señor, y acudían ves- 
tidos con sus mejores galas, luciendo sus más preciadas joyaeí, 
tratando de hacer olvidar durante las horas de aquella noche 
ni opulento principe, las munificencias de la corte que acababa 
de abandonar. Todos estaban igualmente interesados en que 
Abderrahman conservara grato recuerdo de su paso por To- 
ledo y buena memoria de los árabes toledanos. Y seguidos 
eada cual de sus servidores que alumbraban eon teas encen- 
didas su camino, llamaban la atención de los habitantes de 
la ciudad que entreabrían puertas y ventanas para ver lo qne 
de extraordinario acontecía en las calles y satisfacer su cu- 
riosidad justamente excitada. De cuando en cuando, al llegar 
á una plazoleta en que desembocaban varías calles, encon- 
j;ábanse diferentes cortejos y se unían, engrosando de esta 
manera la multitud que en número bastante respetable lle- 
gaba hasta las puertas del alcázar. Entraban los señores y 
retirábanse los criados, y la plaza en que mudo y a terrad or se 
levantaba el nuevo palacio, quedaba silenciosa como un sc> 
pulcro hasta que un nuevo cortejo venia á interrumpir su si- 
lencio con el eco de las pisadas de los corceles y las alegres 
voces de los caballeros. 



212 T RADIO ION KS 



Pero mientras la plaza estaba en calma, un hecho horri- 
ble tenia lugar en uno de los patios interiores del Alcázar 
>k((jisf{^áonáB Amrú habia apostado su guardia, que era la anti- 
- gua de su hijo, compuesta de hombres de salm ados y tan 
feroces como él. Ocultos tras las altas columnas, á la sombra 
de los pilares, esperaban la entrada de los convidados, 
y apenas sus pisadas resonaban sobre las desnudas lo- 
sas del pavimento, salian del escondite cayendo con furor so- 
^ bre los desprevenidos caballeros, á los cuales arrastraban á 
una cueva donde los daban muerte antes de que pudieran 
exhalar un grito. 
fJL¿y Mucho tiempo duró la horrible carni cer ía. La noche 
avanzaba y los verdugos sentían ya cansado de matar su 
.A brazo, salpicado de negras manchas de sangre. Por fin, 
— -*^^ dejaron de llamar á la puerta del alcázar, y los verdu- 
gos se retiraron. Cuando todo quedó en silencio, una sombra 
se deslizó por las oscuras galerías y entró en la cueva adonde 
eran conducidas las víctimas. Allí estaban los nobles toleda- 
r t ^ líos hacinados en confuso montón sobre un arroyo de san- 
-"T^^ gre. Amrú, pues ora él, abarcó con los ojos gozosos el horri- 
ble cuadro que se le presentaba, iluminado por una tea suje- 
¡í'fetv^ *^ ^ ^^ pared con una argolla do hierro, y murmuró sorda- 
^ ^ mente: 

— ¡TodosI Ni uno solo ha faltado á la cita. Eran buenos 

:::? vasallos y buenos deudores. Todos ellos contrajeron conmigo 

una deuda de gratitud y todos han venido á pagarla. Hijo 

mió, Jusuf, ya puedes estar contento, porque gracias á mi ya 

estás vengado. — 

Y salió del subterráneo, volviendo á sus habitaciones por 
una escalera secreta. 






DK TOLEDO. 213 



VI 

Al otro día, y así que los primeros rayos de la aurora 
ilnminaroD á Toledo, el pueblo en masa, apiñ ándo se ante c4aa 
el alcázar de Amrú, dejaba escapar hondas imprecaciones y 
poblaba el espacio con sus ayes. Clavadas en las altas alme- 
nas del palacio se veiau lívidas y espantosas, con los ojos 
vidriosos y la vista empañada por el velo de la muerte, las ^h^ 
cabezas de los principales señores toledanos, atestiguando los ^-c<j-* 
horribles efectos de la cólera del gobernador. Y en aquella 
reunión de cuatrocientas cabezas se distinguían enseguida por 
encontrarse en sitio preferente, como si su culpa hubiera sido 
mayor, la del venerable Muley y la del fogoso Said. 

El joven príncipe Abderrahnaan, horrorizado, pero sin 
fuerzas para oponerse á tan bárbaro sacrificio, prosiguió sin 
perder instante su interrumpida marcha á Zaragoza. 

Se han perdido las huellas, que aún existían en el siglo 
xvn, y no puede señalarse hoy á punto fijo la verdadera si- 
tuación del alcázar de Montichel, del que sólo se sabe que 
estuvo en el barrio de SanCristóbal, pero no así la memoria 
de aquella noche terrible, de aquella notihe toledana que e 1 
pueblo ha perpetuado haciéndola proverbial, dando así al 
suceso que recuerda^ la misnia vida que tenga el idioma cas- 
tellano. ^ /^ '^ ' 



^p.'^ -^^ 



EL CRISTO DE LA MISERICORDIA. 



Hay en la historia de España una época de fanesta ro- 
cordacion, anatematizada por las generaciones y marcada c.>n * 
anchos regueros de sangre en las crónicas de la Edad Media: 

* 

-el reinado de Enrique IV, aquel imhécil coronado que nf> 
retrocede ante ninguna bajeza y se hace declarar impotente, 
que sufre las humillaciones del simulacro de Avila, vendido ^k* 
por sus nobles y desx)reciado por sus puel)los, manchando 
<jon sus manos la corona al tratar de sujetarla en su cabeza, y 

Época es esta de disturbios y disensiones. Un malestar 
general se deja sentir, y como en un cuerpo cuyo cerebro es- 
tá desarreglado todas las funciones del organismo se trastor- 
nan, faltos de autoridad real á que someter sus diferencijs 
luchan entre sí los señores divididos en bandos, que ensan- 
^eñtan las ciudades con grave escándalo de la moral y eu 
desacato de las leyes. Entonces es cuando nacen las rivalida- '^*' 
des entre familias poderosas, rivalidades que sólo acaban con 






216 TRADICIONES 



la destrucción de una de ellas; y el monarca y sa monarquía» 
»aíL cuyo sostén ó derrocamiento sii-ven de pretesto á estas luchas 
diarias, corren varia fortuna, débil barquilla en medio de u» 
mar alborotado, sacudida por las olas encontradas que se dis- 
putan sus despojos. 
-^KtAtc*, ^^^® desasosiego que cunde en todas partes, este males- 
íifc^ tai- que parece que vaga en los efluvios de la atmosfera for- 
mando parte de la luz que aumia la mirada, y del aire que dá 
vida á los pulmones, so difunde también por Toledo y se apo- 
déí'a de todos los espíritus, que tal es el carácter de aquella 
época desastrosa, en que se mataban entre sí los señores y los- 
pueblos de Castilla, olvidándose de que la parte más hermosa 
de la Península yacía aún en poder de los moros, merced 
. solamente á la falta de unión de los cristianos. Silvas y Aya- 
I las venían disputándose de antiguo la influencia en la ciu- 
dad; y los primeros al frente de los conversos ó cristianos^ 
nuevos, y al frente de los cristianos viejos los segundos, bus- 
caban diariamente pretestos para romper lanzas en honor de 
su odio, haciendo á los toledanos víctima de sus pasiones. 

La ciudad, como es natural, andaba dividida en bandos 
también, y los vasallos de los Silvas y los vasallos de los- 
Ayalas, se identificaban de tal suerte con las ideas de sus se- 
ñores que puede decirse que sus odios eran más vivos, más- 
f^\ encarnizados que los de aquellos. ¡Siempre sucede así I El 
pueblo, como d(ícil rebaño, toma parte activa en luchas en 
que solo se ventilan intereses que deberían serle indiferen- 
tes para él, y prodiga su sangre generosa para que otros, na 
sus hijos, se aprovechen de los campos que este rocío ferti- 
liza. 

Hubo, sin embargo, un momento de tregua entre las do» 
familias rivales; momento de tregua en que contaron sub 
perdidas y pasaron revista á las fuerzas de que aun podían 



DE TOLEDO. 217 



disponer; pero con las pretensiones del infante D. Alfonso i 
lacorona.de Castilla, reaviváronse los odios no extinguidos, 
y nuevamente y con más fuerza empezaron los disturbios en 
la turbulenta Toledo, tomando unos partido por el infante y 
alzándose otros para defender la monarquía legitima, po r más ^-^V 
que anatematizasen la torpeza del monarca. 

Y la sangre corría á torrentes por las calles; la autoridad 
de Enrique IV era desconocida por los rebeldes, y no muy 
bien mirada por los que se preciaban de leales, y no se daban 
reposo los contendientes, á quienes ningún respeto detenia. 
El cuerpo de algunos partidarios de los Silvas ondeaba en las - 
almenas del alcázar, y la sangre de los secuaces de Ayala, Av^' 
vertida en el mismo recinto de la catedral, humeaba al pié jiaj^ 
de los altares y subia en rojo vapur como pidiendo á Dios 
justicia contra los hombres. 

La noche del día 24: de Julio de 1467 parecía haber ten- 
dido sus nieblas en el aire para dar algún descanso á los es- 
píritus rendidos por las luchas encarnizadas sostenidas desde 
las primeras horas de la mañana. Las cercanías á la cátedra,! 
estaban ocupadas por el pueblo amotinado; la lucha habla 
quedado indecisa, y rebeldes y leales dormían sobre el lugar 
de la acdon sin retroceder un paso, esperando el nuevo dia 
para proseguir el empeñado combate. Vibraba aún en el aire 
el eco agudo de las campanas tocando á rebato para llamar ^-^ 
al pueblo á la luch¿i; los combatientes recogían sus heridos 
y retiraban sus muertos para dejar es pedi tas las calles que, <AXc-<^ 
pocas horas después, debían servirles nuevamente de campo 
de batalla. £1 silencio era grande, y solo de cuando en cuan- 
do venia á turbarle el ¡ay! de algún moribundo, abandonado 
en un callejón desierto, y la voz de alerta quCj partiendo del <í^-tjL^ 
alcázar ocupado por J), Pedro López de ^yjÍa, alcaide de la 
«iudad,era repetida par los hombres de armas de guarnición 



218 TttAlUClONES 



eu 8au Servando, y caminaba llevado por el viento de nn ex- 
tremo á otro dé la población, pasando por los labios de los 
eentinelas que ocupaban las calles céntricas en poder de los 
rebeldes. 

Todo era soledad y silencio el barrio de San Justo. Ale- 
jado del centro de la población, no babia llegado allí más 
que el rumor confuso de la lucba, amedrentando i los habi- 
tantes, y llevando á las familias de los que combatían nu- 
bes de presentimientos. 

Desde que este ruido cesó, reinaban las conjeturas; reti- 
rados á la pieza más escondida de las casas, lamentaban los 
ancianos los disturbios presentes causados por bastardas am- 
biciones de unos cuantos magnates poderosos, en tanto que 
las mujeres esperaban con ansia la vuelta de un esposo ó de 
un hermano arrullando á los niños, quizá huérfanos á aquella 
hora, para llamar el sueño sobre su cabeza. 
''"*^'*' Nadie transitaba por la calle. La oscuridad era profunda, 

w-f%(irvv y los escasos farolillos que ardian pálidamente, encendidos 
Lciy>A>uiAA por mano devota ante alguna imagen incrustada en las pa- 
redes ó las esquinas, solo servían para hacer más palpables 
las tinieblas. 

Hacia mucho tiempo que las campanas de la nueva igle- 
sia de San Justo, reedificada en el reinado de Don San- 
cho ly por el noble D. GonzalojS^iz de Toledo, habianHe- 
i^^^|j\t<. jado oir el toque de ^luma s, que sonó en medio de los horro- 
res de aquella noche como una sorda plegaría elevada al cie- 
^ jt^tííA lo por las almas sobrecogidas de las familias toledanas. Aquel 
tañido melancólico, estendiéndose en ondas sonoras por el 
espacio, impresionaba tristemente al espíritu, y puede ase- 
gurarse que cuando los religiosos habitadores del barrio se 
arrodillaron para rezar stis oraciones, todos los ojos estaban 
llenos de lágrimas. Y es que muchos de aquellos seres pen- 



DK TOLKIK). 2i9 



saban que sus plegarías podrían alcanzar ya á alguna perso- 
na querida. 

La oscuridad que reinaba en Toledo era mayor, si cab e, *^'^***" ' 
en un revuelto callejón, situado á espaldas de la iglesia, en 
el cual se alzaba una gran casa, propiedad entonces de un an- 
ciano que en ella vivía con su hija Isabel, hermosa joven de 
diei y siete años, cuyo corazón empezaba i abrirse á los hala*- 
gos del amor. No había allí luz alguna que disipase las tinie- 
blas, ni el más lijero ruido turbaba el silencio. Y, sin embar- 
go, un uido ejercitado hubiese podido escuchar de cuando en 
cuando un ligero suspiro exhalado entre sollozos reprimidos. 
Pasaban las horas; cerrábase más y más el cielo surcado 
de negras nubes. Seguían los suspiros y los sollozos, como 
sígníñcando que allí un alma torturada por el dolor aguarda- 
ba á algún ser amado. Pero nadie venia, y la pobre Isabel, 
cansada de esperar, murmuraba en quejidos y oraciones el 
nombre de su amante, á quien no había visto desde la noche 
anterior. 

— ^¿Habrá muerto? — decía. — Parece que el combate ha 
sido largo, y aseguran que ha corrido la sangre en abunda n- 
cía. Ya es hora de que estuviera aquí. ¿Por qué no viene? 
¿Puede estar tranquilo sin pensar en mí impaciencia?... ; Ah! 
—repetía tras una breve pausa — ¿por qué soy mujer? ¿Poi- 
qué no puedo correr á su lado y estar junto á él mientras dure 
el peligro, para cQOferle entre mis brazos si por desgracia lle- 
gase á caer herido, ó hacerle un lecho en ellos sí á traicloa 
me lo arrebataba la muerte?... — c^^a-^^ 

Y aterrada por tales pensamientos ocultaba la cabeza 
entre sus manos . 

— Herido... muerto... {qué ideas tengo esta noche! En 
que la oscuridad ejerce en mí ánimo extraña influencia. 
Este silencio, esta soledad que me son tan queridos otras ve- 



220 tradigiovbs 



oes, me espantan hoy, me dan miedo. Parece que oigo en 
derredor voces que me anuncian una desgracia. Y luego, -es- 
ta tardanza... hoy precisamente... Dios mió, madre bendita 
del Sagrario, protegedle conti-a sus enemigos. Es bueno, de- 
fiende vuestra causa... y yo le amo. — 

Y como si esta fuese la razón suprema, y no encontrase 
otra más fuerte en su corazón, bajó la cabeza y se puso á re- 
zar silenciosamente. 

Porque Isabel amaba á Diego con todas las fuerzas de 
su alma. Diego era el primer hombre que habia hecho latir 
su corazón, el primero que habia desplegado las galas de 
un mundo desconocido hasta entonces para ella, el mundo 
del amor, colocado como sobre una nube y suspendido en- 
tre la tierra y el cielo; precioso jardin tapizado de rosas que 
se entreabrían para recibir en su seno las primeras mi- 
radas de la luz, y rodeado de una atmosfera en que suenan 
^^*¿^ como besos que chocan en el viento los cantos de los pájaros, 
y en el cual mezclan las flores sus capullos, y los arbustos 
sus troncos, y las ramas sus hojas, y su curso las ftientes y 
los arroyos, y él espacio sus nubes, y sus colores el iris, y 
en que todo cuanto tiene una voz, una nota, un suspiro, mo- 
dula la dulce palabra que parece eco perdido del himno de la 
naturaleza á Dios. 

Y Diego, por su parte, olvidando el orgullo natural de 
ios Ayalas, á cuya familia pertenecia, amaba también mu- 
cho á aquella tierna niña, hija de un • viejo hidalgo que no 
tenia el lustre de las riquezas para cubrir lo oscuro de su 
apellido. La amaba, y con esa ciega confianza de la juventud, 
más y más aumentada por el amor, abandonábase sin tratar 
de poner freno á sus deseos á una pasión que juzgó ele- 

^ I . mentó necesario para áu existencia. Y todos los dias, á las 
^> ImcK primeras horas de la noche, acudia siempre rendido, siempre 



DB TOLKIK). 221 



enamorado á recibir los juramentos de su amada junto á la 
reja de entrelazados hierros, abierta en una calle retirada y 
oscura donde nadie escuchaba sus palabras, ni venia á inter- 
rumpir sus amorosas pláticas. 

Aquella noche ya habia pasado la hora acostumbrada, y 
muchas después de ella, y Diego no venia, causando gran 
inquietud esta tardanza en el ánimo de Isabel que no igno- 
raba que su amante, con sus nobles parientes, habia tomado 
una parte muy activa al frente del pueblo defendiendo la ca- 
tedral contra los partidarios de los Silvas. Nada más sabia, 
nada más le hablan dicho, y la inocente niña, aterrada, veia 
pasar ante sus .ojos fantasmas sangrientos en medio de las 
sombras do la noche. Si Diego no podia venir, ¿cómo no man- 
daba para tranquilizarla al viejo escudero confidente de sus - 
amores? 

En vano se decia á sí misma que quizá estuviese cercado ut^^A^ 
y le fuera imposible romper el cerco para llegar hasta ella; 
que tal vez hubiese sido uno de los que, al primer smtoma de 
ataque, partieron á^scape á los pueblos cercanos en bus- ^^5 
ca de socorro á la causa legítima; tenia sobjrada confianza en % Cm'^ 
el Valor de Diego, y no podia, por lo tanto, acoger la idea 
de que se resignase voluntariamente á dejaba de ver/ aquella 
noche. 

En esto, un rumor, como de pasos que se acercaban cui- 
dadosamente, llegó hasta ella, y su corazón empezó á latir á 
compás de aquellos pasos, en los cuales creyó reconocer á su 
amante. Era imposible que el deseo la engañase; libre de he- 
ridas, libre de los peligros del dia, en vez de entregarse al 
desoanso que de seguro necesitaba, venia por si mismo á tran- 
quilizar á Isabel, que ya desesperaba de verle, y que presa de 
mortal angustia, comprendía por los que pasaba los más duros 
suplicios del inñemo. Y fué tal su alegría, tal su emoción, tal 



222 TEADIOIONES 



— ■ . — l i. 



8u gratitud á aquel Dios tan poderoso, á aquella virgen tan 
buena que habian oido sus sáplicas y velado por su amante, 
que trémula de gozo y agradecimiento llamó á sus labios las 
oraciones más puras. 

Pero, dft repente, levantó la cabeza, y el gozo que espre- 
saba su semblante, desapareció como desaparece en el espa- 
cio la claridad de la luna cuando pasa una nube por el cielo. 
El rumor que se oia no procedía de la calle, sino del jardin. 
Alguien andaba en la casa acercándose á aquel aposento, to- 
mando grandes precauciones para hacer menor el eco de sus 
pasos. Oíanse voces confusas que murmuraban bajo, muy 
bajo, palabras secas y entrecortadas, que caian, comcí gotas de 
plomo derretido, sobre el corazón de Isabel, que no sabia qué 
partido tomar. 

¿Eran ciertos sus temores, ó eran sólo una ilusión produ- 
cida por los vapores del miedo que, pensando en lo que podia 
haber sucedido á su amante, invadían su cerebro? En aquella 
casa en que vivía con su padre, una dueüa que la había visto 
nacer y un viejo criado, antiguo escudero del hidalgo,' no ha- 
lí^e^T^taA bla nada que, á su juicio, pudiera dispertar la avaricia de na- 
^ die. Eran pobres, se manteaian alejados de la vida de la 

ciudad y las luchas que la agitaban, y no tenían enemigos. 
Pero, si era verdad lo que temia, si había gente dentro 
de la casa, gente que entró saltando las tapias del jardin que 
daba á una oscura calleja sin salida, ¿qué debia hacer ella? 
¿Gritar? ¿Pedir socorro? ¿Despertar á su padre enfermo, á 
su viejo servidor dormido, y tratar de hacer llegar su voz an- 
^ gustiosa á las casas inmediatas? En semejante día do tras- 
tornos, ¿quién osaría salir á la calle sin pensar en el número 
de sus enemigos, que tal vez pudieran ser de los rebeldes y 
tener simpatías en el barrio? 

Tales eran los pensamientos de la doncella, que no sa- 



DE TOLEDO. 223 



bia qué partido tomar. El ruido continuaba dejándose oir 
cada vez más próximo, ora debilitado, ora más fuerte, pero 
siempre apagado, sordo. 

Por fin, el pavor sobrecojió su espíritu, y se levantó deci- 
dida á gritar, á pedir auxilio; pero en el mismo instante 
en que se dirigia á la puerta, giró ésta sobre sus goznes, 

^ empujada violentamente desde fuera; unos hombres enmas* 
carados, á cuyo frente iba otro de semblante repulsivo, que 
habia arrojado al suelo la careta, se precipitaron sobre eña/ ^^^r _ 
y antes de que pudiera hacer un movimiento ni exhalar una 
queja, una mano oprimió su boca impidiéndola gritar, y to- 
mándola otro de los raptores en sus brazos, se dirigieron * 
nuevamente al jardin^ cuy^ puerta estaba entornada, y se ^mM- ól 
perdieron en el confuso laberinto de las calles próximas. . 

El barrio se^ia triste y silencioso. Sólo la voz de alerta 
de los centinelas se oia con periodos regulares, interrum- 
piendo con un grito prolongado la calma misteriosa de la 
noche. 

II 

Casi al mismo tiempo que esta escena tenia lugar en una 
de las calles situadas á la espalda de la antigua casa de los 
P^^tj^a, iglesia de San Juan de Ja Peiútengia desde prin- 
cipios del siglo XYiy un hombre de esbelto talle y aire mar- 
cial, subía apresuradamente por la calle de la Tngería en 
dirección á aquellos mismos sitios. Sólo, sin que escudero 
ninguno le siguiese para protejerle contra un ataque que en 
semejante noche nada tendría de extraño, ni paje que le 
alumbrase para . evitarle un tropezón, caminaba medita- 
bundo y pensativo, como si los afanes del dia hubieran 
dejado huella profunda en su semblante. Aquel hombre era 
Diego, el am^Ate favorecido de Isabel, e) hombre con t«anta 



224 TRADICIONES 



ansia aguardado por la doncella, á quien ya no encontra- 
ría en el sitio de costumbre, porque la traición se la habia 
arrebatado. Durante el día, combatiendo con su noble fa- 
milia al fVente de los hombres de armas, por defender, en 
unión de los cristianos viejos, los fueros santos de la ca- 
tedral contra los partidarios de los Silvas, le fué imposible 
abandonar ni un sólo instante el lugar de cuya defensa esta- 
ba encargado; pero después que pasaron las primeras horas 
de la noche, después que el sueño empezó á batir sus alas 
sobre los p&pados de los rendidos combatientes, habia logra- 
do sustraerse á sus atenciones, y venia á ver ala elegida de su 
corazón. Y se adelantaba con lentitud, porque la oscuridad 
DO le permitía adelantarse tan rápidamente como su alma 
hubiera deseado. No sentia ya la fatiga ni el cansancio; su 
yt^^icnA^brazo, harto de matar conversos, que innumerables veces se 
~?**^PWbia levantado, sosteniendo la cortante tizosii para caer 
— ' por un brusco movimiento sobre la cabeza de un enemigo, 
volvia á hallar su agilidad acostumbrada. Era el mismo Die * 
go de siempre, sin las fatigas de la lucha, joven, atrevido, 
dispuesto á todo, arrostrando mil y mil peligros al separar- 
se de su gente para recorrer una parte alejada de Toledo sólo 
:; por balbucear palabras de amor á los oidos de Isabel. 

— [Pobrecilla! —murmuraba. — ¡Cuánto habrá llorado! Es 
tarde y me habrá juzgado herido, muerto tal vez... Pero la 
alegría de verme sano y salvo ahuyentará los dolores de la 
ausencia y las penas de la incertidumbre. 

Pasó por la plazuela de San Justo, débilmente iluminada 
por un tosco farolillo que ardia á los pies de la imagen del 
Cristo de la Misericordia, ante la cual se descubrió, y atra- 
vesando un tortuoso callejón se dirigía al en que se alzaba 
la casa de su amada, cuando allá, en el fondo, moviendo» 
se como una gran masa en medio de la oscuridad, vio un* 



DJfi TOLEDO. T2f) 



grupo confuso que se aproximaba aceleradamente: detúvose 
enseguida, y un presentimiento vino á. oprimir su corazón, 
pero lo rechazó enseguida. Sin embargo, por una precaución 
que el estado de la ciudad explicaba sobradamente, echó 
mano á la empuñadura de su espada y se rebujó en la som- jTTí'' ' 
bra, para tratar de reconocer lo que significaba aquel gnipcí. ?^ 
formado á tales horas en sitio tan solitario. ^ ^« 

El grupo, en tanto, se acercaba, y conforme llegaba has- 
ta Diego, creia este oir sollozos comprimidos y suspiros 
ahogados. Sin saber por qué, aquellos débiles ayes impresio- 
naron al joven, porque resonaban en sus oidos como el eco de 
^na voz querida. A medida que el rumor se hacia más dis- 
tinto tomaba forma su sospecha, y sus ojos, acostumbrados 
ya á la oscuridad, creyeron distinguir en aquel grupo una 
forma confusa de mujer, llevada en brazos por un hombre. 
Entonces no se pudo contener. Vio que se trataba de un 
rapto, de un acto de violencia, y sus sentimientos honrados 
y virtuosos estallaron en un grito de suprema indignación, y 
dando un salto prodigioso se puso delante de aquellos hom- 
bres, con la espada desnuda, los ojos centelleantes y los dien- 
tes rechinando con furor. '^^^^íLí¿-^ 

— ¡Cobardes! — exclamó, — soltad á esa mujer y proseguid 
vuestro camino, ó, [vive Dios! que trabareiá'^íionocimiento *^**f;:^ 
con la espada de un caballero. — 

Dos gritos simultáneos respondieron á esta intimación: 
uno sordo y seco, prorumpiendo en una maldición que el 
eco aterrado^ no se atrevió á repetir, y otro de alegría inmen- 
.sa, de alegría indefinible, y la voz de Isabel, pura y argenti- 
na, murmuró: 

— ¡Diego!... 

— ¡Tú!... — exclamó éste, y lanzándose sobre su amada por 
un movimiento brusco que los raptores no pudieron prevenir 

15 



226 TKADICXONES 



se la arrebató al hombre que en sus brazos la sujetaba, dán- 
dole tan fuerte golpe en la cabeza con la empuñadura de su 
espada, que le hizo caer al suelo sin darle tiempo á pronun- 
ciar una sola palabra. 

Pero sus enemigos no le dieron tiempo á alejarse. Re- 
puestos de su primera sorpresa y excitados por la voz del 
<iue parecía su jefe y se ocultaba tras ellos, haciéndose una 
bai*rera con su cuerpo, los bandidos se dirigieron sobre el 
joven que apenas tuvo tiempo para hacerse algunos pasos 
atrás y apoyarse en la pared de la iglesia de San Justo, de- 
bajo de la imagen del Cristo, que parecía desde el viejo re- 
tablo presidir la lucha desigual, como juez de los comba- 
tientes. 

Diego lo sabia ya todo; al resplandor del farolillo del 
Cristo de la Misericordia, única luz que alumbraba la plaza, 
<lando con su moribundo fulgor tinte fantástico á la escena, 
habia reconocido las facciones del hombre que se ocultaba en 
la sombra, y enseguida comprendiólo que habia pasado, por- 
que J). Lope de Silva era su enemigo, amante desgraciado 
de Isabel, tan malvado como cobarde y traidor como la trai- 
ción. Falto de valor para disputarle frente á frente el ca- 
riño de la mujer que habia despertado en él 8entimient«>s 
indefinibles y estraños, más de una vez habia tendido á Die- 
go, su rival afortunado, lazos y emboscadas de que éste ha- 
ílvvtí' Ibia sali d^Otiros o merced á su valor y su destreza. Y no pii- 
•ct^«i?v J<iiendo vencer la fortaleza de Isabel ni la fortuna de su 
amante, sin duda habia elegido aquella noche en que juzgó 
á éste harto ocupado, para vengarse de los dos, an'ojando á 
los pies de él, como los rotos pedazos de su acero, el honor 
hecho ^ones de su amada. 

. Todo esto lo pensó Diego mientr&s, estrechando convulsi- 
vamente el cuerpo de Isabel, medio muerta de terror, y c-u- 



bK TOLED<». 227 



bríéodola con su cuerix), se defendía desesperadamente de 
los infames sicarios de D. Lope. Diez eran estos, y ya dos 
habían mordido el polvo. La espada del noble caballero, des- 
lizándose como una serpiente que se volvía y so revolvía, y^ 4^x^ 
ora se en roscab a, ora se dilataba en toda su longitud, busca- i, tWivJ 
ba el pecho de D. Lope para herirle; pero éste seguía man- — """" 
teniéndose á respetable distancia. 

— ^Ven, D. Lope, — decía indignado el mancebo, — ^veu á 
cruzar tu acero con el mío. Dios nos vé y decidirá entre 
los dos. — 

Y á cada golpe de su espada rodaba un hombre por el 
suelo; pero el hueco que se abria en las filas se cerraba y don 
Tx)pe quedaba oculto nuevamente á sus ataques. 

— {Cobarde! — proseguía. — ¿Por qué te escondes en la som- 
bra cuando estoy delante de tí y te busco? f;Por qué lanzas 
contra mí á tus bandidos, cuando sólo y sin ventaja te desa- 
fio? Hazlos retirar algunos pasos; teñios como reserva para 
ijue se arrojen sobre mí si consigo vencerte, pero dame antes 
de morir el placer de amenazar tu pecho con mi espada. — 

Pero D. Lope no contestaba á estas palabras. La lu- 
cha, en tanto, continuaba cada vez más encarnizada. Los 
asaltantes eran muchos, y las fuerzas empezaban á abando- 
nar á Diego que, no sólo tenia que atender á su defensa, 
sino también á la de Isabel que, asida violentamente á 
su cuello, paralizaba todos sus movimientos. Ya el ace- 
ro asesino había abierto algunas heridas en la fina piel del 
mancebo, cuya sangre teñía . sus vestidos y manchaba <ic ^^ / r 
rojos lunares la flotante túnica blanca de la aterrada don- - — 
celia que, ai)énas repuesta de su desmayo, no acababa de 
comprender lo que pasaba á su alrededor. Los enemigos re- 
doblaban sus ataques, tratando de cojer desprevenido á don 
Diego para terminar de una vez aquella lucha que ya «^e pro- 



22S TKAÜICIONKS 



loDgaba demasiado, y el cansancio empezaba á apoderarse del 
joven amante de Isabel que veía ya el momento en que, per- 
didas totalmente las fuerzas, habia de sucumbir á los golpea 
de sus enemigos. 

Y al pensar en esto una idea más triste le mordía el eo- 
i(ikiuc«i^ razón y atravesaba como hierro candente su cerebro. En 
aquellos momentos, la muerte no era para él la cesación de 
la vida, un adiós dado á los goces de la existencia, á las es- 
peranzas de la juventud, á sus sueños del porvenir; no era 
dejar de ver para siempre las facciones hermosas de su Isa- 
bel adorada, alma de su alma, gloria y encanto de sus dias ; 
sino declararse impotente para defenderla, dejarla en manos 
de sus enemigos, entregarla sin apoyo á aquel miserable que, 
^^/ ocultándose en la sombra, acechábala ocasión en que caye- 
se vencido su rival afortunado para aumentar con su sarcas- 
mo la amargura de su agonfa. 

Estos pensamientos le daban fuerza, una fuerza ficticia 
que volvia á abandonarle rápidamente. Tres cadáveres tendi- 
dos á sus pies y la sangre que corría por las heridas de algu- 
nos de sus enemigos, proclamaban el valor del joven; per<» 
los contrarios eran muchos, y él estaba solo. La lucha de 
uno contra diez es harto desigual para ser sostenida mucho 
tiempo. Y sin embargo, el joven no podia acostumbrarse, á la 
idea de que Dios, aquel Dios cuya imagen presenciaba el 
combate, pudiera permitir el triunfo de la iniquidad. Solo el 
imaginarlo le parecía una ofensa á la divinidad; una idea 
inspirada por el demonio. 

Hubo un momento, sin embargo, en que se creyó perdi- 
do. Una espada, más ligera que la suya, se había hundido en 
su i>echo cual si buscase el corazón para detener el movi- 
miento desigual de sus latidos; sintió el frío del acero en su8 
carnes fatigadas, rendidas por tan supremo esfuerzo, y ere- 



DE J'OívKUO. L'2V» 



\ Ó morir. Y peusando en su Isabel que exbalaba abogados 
«suspiros, y le empa^ba con sus lágrimas, alzó los ojos hacia ^'^^*\<4i 
la imagen del Cristo, en cuyos ojos entreabiertos le pareció 
distinguir un resplandor, más brillante que los rayos del sol 
en Oriente, y murmuró con voz entrecortada: 

— ¡Dios mió! no por mí, sino por ella, haz patente tu mi- 
.sericordia. Muera yo, si tal es tu voluntad, pero salva su ho- 
nor y su existencia. — 

Aún herían el aire estas palabras, pronunciadas con todo 
el fervor de un alma que sufre, cuando de pronto se sep; ra- 
von los sillares do piedra que formaban la pared en *\nc 6¿AAt)i 
se apoyaba Diego, y una fuerza invisible los aiTOJó, á él x'^*^^ 
y á su amada, dentro de aquel hueco, que se volvió á cen-ar 
enseguida, dejando á los dos amantes presos en su centro, 
antes de que D. Lope y los suyoj^ pudieran apercibirse del 
hecho maravilloso. Cuando notaron que so les habia escapa- 
do su presa, al sentir resbalar sus espadas sobre las piedras 
del muro, prorumpieron en un grito espantoso, grito de 
venganza y de furor que resonó en el silencio de la noche 
como imprecación de Satanás. 

— ^Están en la iglesia, --aulló D. Lope; — ochemos aba- kx.M.Aji 
jo las puei*ta8, y aunque sea al pie de los altares, es pre-» 
ciso vengar á los camaradas niuert4)s á manos de ese vi- 
Ilapo.- '^'^ 

Y se dirigió, seguido de su gente, á golpear con furia la 
puerta del santo templo, frágil valla para los que aque- 
lla mañana habian vertido sangre de sus hermanos en el re- 
cinto de la Catedral. Pero en el mismo instante, y com( 
v olteada s por una mano invisible, las campanas del temph 
dejaron oir el toque de rebato con tanta fuerza, que pareeia"^ 
una voz poderosa convocando á la ciudad a aquel sitio. Des- 
pertados por aquel acento gigantest^ que semejaba el rumor 






230 TttAÜlClONK^ 



del trueno y el esítalliJo del huracán, asomáronse á ventanas 
y balcones todos los vecinos del barrio, y al ver el sacrilego 
atentado de que su iglesia iba á ser objeto, salieron á la cm- 
lle armados de todas armas y dispuestos á oponerse á él. 
Don Lope y los su vos huyeron aceleradamente, salvándose 
entre el laberinto confuso de las calles inmediatas. Las cam- 
panas seguían tañendo fuertes y amenazadoras. 

Cuando la multitud entró en el templo para enterarse del 
motivo de aquel toque de alarma, hallaron á Diego tendido 
casi exánime á los pies de uu pequeño altar que sustentaba 
otra imagen de Cristo crucificado. Isabel, arrodillada junto á 
él, vendaba sus heridas derramando abundantes lágrimas de 
gratitud.- 

Las campanas hablan sonado por sí solas. 



Dos meses después de esto, Isabel y Diego se unían ante 
Dios en aquella misma capilla, y diariamente, durante toda 
su vida, acudieron á rezar sus oraciones al Cristo de la Mi- 
sericordia. En uno de los combates sostenidos ix)r los 
Ayalas á nombre del rey legitimo contra los Silvas, i)artida - 
rios del infante Don Alfonso, cayó D. Lope prisionero y o I 

^.^K ^ mismo dia ondeó su cuerpo pendiente de las almenas del Al- 

;c,/«wr^ \cázar para escarmiento de traidores. 

II [ 

Si alguna vez pasáis por la plazuela de Sau Justo aún 
podréis ver en un pequeño nicho abierto en la pared la ima- 
gen del Cristo de la Misericordia, y distinguiréis en el muro 
la señal de las cuchilladas de los sicarios de D. Lope que 
quedaron impresas en él cuando se entreabrió arrancando á 
D. Diego de Ayala á los ataques de sus enemigos. Allí están 
marcadas como eterna memoria del suceso. 



DON DIEGO DE lA SALVE. 



A ai QUERIDO mm feriando SAííCHEZ. 



Pasaba yo una tarde por el apartado barrio de San Lúeas, 
lili busca de antigüedades toledanas con cuya vista pudiera 
recrear el ánimo y trasportar la imaginación á otros tiempos 
y á otras regiones, cuando sonaron las campanas de la iglesia 
<lcl mismo nombre, y llevado de su fama, que tiene origen en 
la reconquista y se ha perpetuado hasta nosotros, penetré en 
ella para saludar aquel recuerdo memorable del pasado. En 
el mismo momento, un sacerdote desde el altar y el sacristán 
desde el órgano, empezaban á cantar una Salve á la Virgen, 
^lo habla una devota arrodillada al pié de una columna. 

Volví, por acaso, la semana siguiente y no vi á nadie 
■en la iglesia. Sin embargo, la Salve se cantó. Tuve ocasión 
de presenciar lo mismo algunos sábados sucesivos, y ya uno 
de ellos no pude menos de decir: 



232 TRADICIONES 



. — ^Me parece que, á juzgar por la ninguna couciurenoia 
que asiste á este acto, pronto se perderá esta devoción. 

— No lo crea Vd.,--me dijo uno de los que me acompuíni- 
ban — mientras Toledo no reniegue de su fé no dejará de 
cantarse ar^uí la Salve á la Virgen todos los sábados del auo, 

— ¿Cómo así? 

— Es una historia antigua: una vieja leyenda ix)pular qoc 
aún se consei*va viva en la memoria de los toledanos. 

— Si no temiera ser indiscreto, —añadí yo, — rogaría á Vd. 
me la hiciera conocer. 

— No tengo inconveniente; pero advierto á Vd. que es muy 
larga, que carece de intiírés, y que, perdida la fé que la ins- 
piró y la dio vida, no es ya más que un viejo cuento de ni- 
ños^ un relato milagroso que inspiraba dudas á un incrédulo 
en el siglo XVI, y hoy «olamcnte arrancará sonrisas á sus 
labios. 

— No importa <iuc sea larga, — repliqué, — no tenemos pri- 
sa, y ix)demos dedicaila toda nuestra atención. 

— ^Pues entonces, oigan ustedes. — 
Y sentándose en el suelo, apoyado en las paredes del 
templo y mirando hacia la Virgen del Valle, situada en freu- 
te de nosotros, mi acompañante nos contó la historia que víí 
á seguir. 



L 



Caia la tardo invadiendo con sus nieblas precursoras do 
la noche, la antigiui iglesia de San Lúeas, sentada sobre uno 
de los siete cerros en que está edificada Toledo, y una ancia- 
na^ rendida bajo el peso de los años, lloraba silenciosamente 
ante el viejo altar en que se veía la imagen milagrosa de la 
Víi'gcu de la Esperanza. 



DE TOLEDO 233 



El pequeúo templo, casi á oscuras, estaba solitario y silen- ^ 

cioso. Niuguu rumor llegaba hasta él. Sólo de cuando en 
cuaudo las aguas que lamían el pié del cerro que sostiene la 
antigua iglesia muzárabe enviaba hasta allí como un gemido 
de dolor al estrellarse en las pv^s que encuentra en su %^a/^4^*% 
camino. *" — 

La anciana sollozaba. Sin miedo á miradas indiscretas, y 
enaltado en la soledad su sentimiento religioso, creia hallarse 
en la misma presencia de la Virgen delante de cuya imagen 
rezaba y su corazón latia apresuradamente. 

— ¡Señora! [Madre mia de la Esperanza! — decia exhalando 
fuertes sollozos, — me siento morir, pero no he querido dejar 
este mundo de amarguras y miserias sin despedirme de tí; 
sin ver de nuevo tu rostro divnio que tantas veces se me ha 
aparecido en sueños rodeado de celestial resplandor. Ya sa- 
bes con qué exactitud he cuuiplido el encargo de mi madre 
moribunda de hacer que todos los sábados se cantase en 
este sitio la Salve en tu honor. Al morir, desgra ciadamente» 
no puedo llevarme á la tumba la seguridad de que mi ruego 
sei'á obedecido como yo obedecí el de mi madre. Mi sobrino 
es un joven disipado, falto del temor de Dios,... ¿querrá cum- 
plir mi encargo? Virgen pura, madre de Dios y de los peca- 
dores, ilumioa con un rayo de luz su entendimiento ofus- 
cado por el error, y que nunca deje de resonar en estos muros 
el himno de tu alabanza! — 

Calló la anciana, y al cabo de breve pausa en que sus la- 
bios siguieron moviéndose silenciosamente, continuó: 

— El médico no quería dejarme salir; mis amigas se opo- 
nían á mi deseo, pero á pesar de todo cedieron á mis súplicas 
conmovidas por mis lágrimas. Siento que la muerte se aproxi- 
ma, te he visto por última vez y puedo morir, pero antes de 
dejarte para siempre, quisiera, reina y señora, que hicieras 



2;>4 TRADICIÓN Kt* 



comprender á mi débil razón humana que se cumplirá mi 
deseo, que pue^o dormirme al sueño de la muerte sin el te- 
mor- á que pierda el pueblo la costumbre de venir los sába- 
dos á escuchar en mágicos ritmos la salutación divina que el 
arcángel te dirigió. Hazme comprender que mi sobrino abri- 
rá los ojos i, la luz y los sentirá bañados por el fulgor inmen- 
so de tu belleza celestial. — 

Y al hacer esta súpl«ca con todo el fervor de un alma 
piadosa, gruesas lágrimas corrian por sus pálidas mejillas, 
inundando su enflaquecido rostro. Su cuerpo, doblado por la 
: > edad y los sufrimientos, señalaba im arco muy icarcado^cu- 
ya negra silueta, apenas se distinguia en las sombras cre- 
cientes que inundaban la pequeña iglesia. 

La noche se iba esteudiendo por el recinto solitario; sólo 
el fulgor de una lámpara pendiente del techo, alumbra- 
ba en uno de los ángulos oscuros una figura de Jesús, hija 
1 1 de los delirios del^Greco, ese genio loco cuyo pincel abortaba 
) j imágenes quiméricas, espantosas, impotente á veces para ex- 
> ' presar las que forjaba en su imaginación. Dos velas de cera, 
irij^Lt/w turbando el silencio al chisporrotear en la sombra, ardian á 

fflcAi ^^® P^^'^ ^® ^* Virgen de la Esperanza, cuyo rostro parecía 
"^ animarse al reflejar la luz pálida y mortecina de los cmps. 
'río se oia ningún ruido. La anciana, con la cabeza inclinada 
sobre el pecho, proseguía sus oraciones. Hubo un momento 
en que levantó los ojos para mirar á la imagen, y su rostro 
sufrió una trasformacion completa, expresión de indefinibles 
sentimientos que conmovían profundamente su alma. Una 
extraña alucinación se apoderó de ella. La pareció que la 
venerable imagen se animaba sobre el blanco fondo del altar, 
y la vio nadando en un nimbo luminoso, en un océano de 
deslumbrantes resplandores en que se confundían los prime- 
ros rayos del sol que nace y los vagos tintes que deja al po- 



m: TOLKix». 335 



aerse entre las nubes que se amontonan á su paso como batí- ^4v«e>i 
dada de pájaros que le acompañan á Occidente. Los ángele^t 
que vuelan á sus pies se animaban también, y por sus bocaj* j ^b^ 
sonpsadas, entreabiertas como el capullo de las flores que ^it^v^ 
retoben las gotas de rocío, parecia vagar una sonrisa celeste. 
Mentras todo el templo estaba invadido por la más densti 
oscuridad, el altar mayor era un foco poderoso de luz, de luz 
radiante, de luz inextinguible. La alegría irradiaba en el ros- 
tro de la anciana, que cu vano buscaba oraciones que sus 
labios inmóviles se negaban á repetir. Y de la boca eu- 
treabierta de la Virgen, y de la boca entreabierta de los án- 
geles salió como un soplo t^»nue, muy tenue; el eco repitió 
lijero murmullo de palabras dichas en una lengua que 
no tenia nada de este mundo y que semejaba el ruido del 
viento al deslizarse entre las ramas de los árboles dor- 
midos. 

Y la devota, incapaz de soportar más tiempo aquel res- 
plandor que hería vivamente sus ojos, encantada por los má- 
gicos acentos que sonaban como música deliciosa en sus oidot», 
dobló la cabeza y se inclinó hacia adelante en actitud res- 
petuosa y humilde. Cuando la voz que de tal modo la sus- 
pendia elevándola sobre la tierra á esferas más bríllantes, 
se disipó, y levantó de nuevo la cabeza, todohabia desapare- 
cido. Las imágenes habían vuelto á recobrar su habitual ex- 
presión. El templo se hallaba completamente á oscuras y sólo 
en torno de la Víi'gen esparcían su claridad las velas encen- 
didas á sus pies. Entonces la anciana dirigiéndose á la 
V^írgen: 

— Gracias, madre mía, — murmuró, — tengo ya vuestra 
promesa y puedo morir tranquila. — 

Después de esto se levantó penosamente; dio algunos 
pasos hacia el ara, y, empinándose sobre la punta de sus pies, ^.^^v^'V 



230 TRAJ)IC10NES 



puso devotamente sus labios eu una punta del velo, bordado 
en oro, de la imagen. Luego, agarrándose á las paredes, á los 
bancos, á las columnas para no caerse, se dirigió hacia la 
puerta; mojó sus dedos en la pila del agua bendita, hizo en 
su frente la señal de la cruz, y volviéndose por última 
vez para dirigir ¿ la iglesia su })03trer mirada, sa lió á la calle, 
donde la esperaban sus criados, que no habia querido entra* 
sen con ella, perdiéndose enseguida en uifa de las calles Id. 
mediatas. 

Al dia siguiente la campana de la parroquia muzárabe 
de San Lúeas taüia tristemente pidiendo á los vecinos del 
barrio una oración por un alma que acababa de abandonar la 
tien*a; y, por la tarde, inmenso cortejo asistía al entierro dé 
doña Ana Ramei'os, muerta la noche anterior pocas horas 
después de su visita á la Virgen de la Esperanza. Los de- 
votas que concurrían al acto deploraban, con 1 a muerte de la 
virtuosa señora, que ya no so cantase más la acostumbrada 
Salve semanal á la madre de Jesús, pues D. Diego Hernán, 
dez, á quien pasaban los bienes de doña Ana, era un joven 
irreligioso é incapaz por tanto de respetar las promesas de 
su anciana tia. IjOS pobres, con sus plegarias y su llanto, for, 
maban la mejor corona en la tumba que acababa de cer- 
rarse sobre el cadáver de su protectora. 



11 



— Creedme, señor; no juzguéis ilusión de mis sentidos lo 

flue es tan real y positivo como este aire que respiramos y 

este sol que nos ilumina. No os traigo mis observaciones de 

un dia, sino mis observaciones de mucho tiempo; que cono* 

'^tMa eiendo lo desconfiado que sois, he vacilado mucho antes do 



«>< 



DJt TCH.EJM». -'Oí 



decidirme á venir á buscaros, y durante estas vacilaciones 
mias he tenido ocasión de observar gran número de veces el 
milagro. 

— ^¿Pero es posible, buen Ferran, que vengas á distraerme 
con esos cuentos que entretendrían quizá á tus hijos, pero 
que á mí no pueden interesarme lo más mínimo? Si has so- 
ñado, ¿á qué enojarme haciéndome creer en el relato de tus 
sueños? ¿Qué tengo yo que ver con los fantasmas de tu ca- 
lentura ó los delirios de tu fantasía? 

— Os lo juro, señor; no soy yo solo quien ha oido esa mú- 
sica suave, esos dulces acentos de que os hablo. Mi mujer» 
mis hijos, toda mi familia y algunos vecinos, hemos pasado 
horas enteras pendiente de esos coros celestiales que pare- ¿A^y < " 
cian sonar dentro de la iglesia. Pero antes de decirlo á nadie 
he querido contároslo á vos para que presenciéis también el 
hecho portentoso, ya que la iglesia está enclavada tan cerca cui f«*u 
de vuestra hacienda. 

— ^¿Insistes, pues, eu hacerme creer la verdad de tu ¡^a- 

tijma? f^^-T^. 

— Creedme, señor. 

— ^¿Pero no comprendes (lue es vuestra imaginación la au- 
tora del hecho? ¿Qué solo en vuestra mente existen esas 
músicas y esos coros con que ahora me calientas la cabeza? 
Sois devotos de la Virgen de la Esperanza y estáis acostum- 
brados desde niños á rezar á sus pies la Salve todos los sába- 
dos. Ahora se ha suprimido esa Salve, y no queriéndoos per- 
suadir á faltar á esa costumbre, que ya era en vosotros una 
necesidad y habéis dado rienda suelta á la fantasía para in- 
ventar historias, revolviendo el cielo y la tierra en apoyo de 
vuestras necedades... A fuerza de deciros vuestras histo 
rias habéis llegado á creerlas vosotros mismos, y ahora po- 
déis jurar, sin miedo á jurar en falso, que todas las semanas 



238 TRADICIÓN KS 



oís músicas y cánticos en la iglesia, cerrada á todo el mun- 
do... ¿Estáis seguros de que nadie puede entrar en ella? 

— ^Ya lo creo, señor; ¿quién ha de entrar, si está cerrada á 
piedra y lodo, como vulgarmente so dice? 

— Pues entonces, ¿por dónde entran esos seres que, se- 
gún vosotros, rezan la Salve á la Virgen? 

— Señor, no pueden ser hombres los que tengan esa devo- 
ción, pero los espíritus entran por todas partes, sin necesidad 
do puertas abiertas ni ventanas mal seguras. 
-¿Y creéis en los espíritus?... 

— Don Diego... 

— De todos modos, tenéis un medio á vuestro alcance fiara 
salir de la duda que os atormenta. 

- ¿Cuál, señor? 

- ¿Quién tiene las llaves de la iglesia? 

- ¿Y quién hade tenerlas, estando su limpieza á mi cuidado? 
—Pues entonces, reúne en tu casa á tu familia y tus ve - 

cinos, y así que oigáis algún rumor abrid las puertas preci- 
pitadamente, sin dar tiempo á que, sean espíritus ó cuerpos 
los que toquen, tengan tiempo á desaparecen^, y veréis cómo 
sólo en vuestra fantasía existen esos ruidos y visiones.—- 
Forran movií la cabeza. 

— ¿Qué, no te atreves? — le preguntó entonces D. Diego. 

— Señor, sabéis qu« los hombres no me intimidan, porque 
me habéis visto en la guerra pelear como bueno á vuestro 
lado. Pero con los espíritus... francamente; soy cobarde y no 
me atrevo, no, no me atrevo. 

— Pues yo, que temo tan poco á los espíritus como á los 
hombres, llevaré á cabo esa prueba el sábado próximo. Es- 
pérame en tu casa á la hora en que antiguamente se rezaba 
la Salve á la Virgen. Quiero curart>e de tu miedo y tu f» 
aprensiones. 



DK TOLEDO. 239 



— Hasta el sábado, pues, señor. 

— Hasta el sábado, y no hables á nadie del asunto. — 
Alejóse Ferran haciendo antes de salir una respetuosa 
reverencia á su señor, y quedóse éste un tanto pensativo y 
preocupado; pero prorumpiendo de pronto en una sonora 
carcajada cuyo eco tardó algún tiempo en extinguirse, excla- 
mó: 

— ¡Válgame Dios, y qué cosas imagina la credulidad de 
estos hombres sencillos! Lo menos cree el buen Ferran que 
todos los sábados envía Dios á sus serafines á la humilde 
parroquia de San Lúeas, para que él y los pocos vecinos de 
aquel barrio no pierdan esta antigua devoción. ¡Yo trataré 
de sacarlos de su error! — 

Y tomando la espada toledana que dejara sobre la mesa 
al entrar en la h<abitacion, y poniéndose inclinado hacia la 
fiden derecha el airoso sombrero cuya ala le cubría gra- ^^-^f 
ciosamente una gran parte de la cara, salió don Diego de la 
casa, de sus mayores en que solo y huérfano vivia de lo que 
rentaba la hacienda de sus padres. ^^ ^""^^^^ ^'^ 

in 

Don Diego Hernández, que tan incrédulo se mostraba 
hacia lo que él llamaba sueños de la fantasía de Ferran, 
gu^da de una gran casa á manera de palacio que tenia en- ^ 
frente á la parr/|uia de San Lúeas, era uno de los caba- 
lleros más ricos y considerados de Toledo. Joven y educa- 
do en la escuela de la guerra, que tanto adelanta la crían- or^Kf/ 
za de los hombres, y acostumbrado desde niño á andar por 
el mundo y ver tierras y pueblos bajo las banderas de Es- 
paña que tremolaban á la sazón en todos los horizontes 
del mundo, no es extraíio que su trato en la córt«, donde los 



240 TRADICIONES 



r**^™^^ h4bitos religiosos se relajaban, y su A'ida en los campamen* 
^f tos, donde casi se perdían, hubieran quebrantado en llaque- 
11a fé grande y sincera, aquella convicción intima que saca- 
U^r»^ ra de su hogar cuando en el alMr de su existencia le aban- 
^t/v^ donó ganoso de honor y gloria, gloría y honor que por demás 
habia conquistado. De aquí que no tuviera todas las simpatías 
de su tia, la venerable señora doña Ana de Rameros, que en 
ninguna manera podia perdonarle sus distracciones en el 
templo donde más se cuidaba de los bellos ojos de las devo- 
tas, que de las ceremonias de los sacerdotes; más de los ara- 
bescos y molduras con que el artista rodeara los altares y las 
u. I hornaginas de los santos, que de las á veces chillonas imá- 
,j--- genes en que sólo una fé profunda podia considerar la gran- 
^^Z¡^^ deza de Dios y las sublimidades de los justos. Y de aquí 
i^^^^j^ también que ni doña Ana pusiese á empeño conseguir de sn 
sobrino que abandonase la corte para vivir á su lado, ni éste 
tampoco se decidiera á hacer este pequeño sacrificio á la an - 
ciana, hermana mayor de su madre, que muchas veces, du - 
rante la infancia del ingrato caballero, apartara de su cabeza 
infantil la cólera paterna, pronta á castigar en él cualquier 
vetrw/tr- travesmüJa tan propia de su edad y de su natural revoltoso . 
5fwf*ci En Madrid se hallaba, pues, viviendo de las rentas de su 
hacienda, aumentada frecuentemente por las liberaUdade» 
¡etÍJ*!^® su tia, que no por creerle infestado del error le amaba 
menos, cuando recibió noticias del estado gravísimo en que 
esta se hallaba. Pidió al punto caballos, y sin despedirse de 
nadie, corrió á recoger, si aún era posible, las últimas caricias 
de doña Ana; pero el cielo, quizá en castigo de su increduli- 
dad, como decían los vecinos enterados de las opiniones de 
D. Diego, quiso negarle esta merced, que es muchas veces 
un consuelo que dejan los que se van á los que, menos di- 
chosos que ellos, quedan errantes todavía por este valle de 



DE TOLKDO. 241 



lágrimas esperando á su vez la orden de emprender el viaje, -pj, 
y caando, después de haber reve^jjSulo dos caballos en el ca- 
mino, se apeó á la puerta de la casa de su tia, sólo pudo 
abrazar un cadáver. Lloróla, como debía, con llanto verdade- 
ro, porque su aflicción era sincera, y pasados los dias desti- 
nados al dolor, fué poco á poco entr egánd ose de la rica ha- C^ C<U ¿ 
cienda que la muerte traia á sus manos. 

Y se cumplió la profecía de los que, en el entierro de 
doña Ana, se lamentaban de que las Salves que los sábados 
«e cantaban á la Virgen de la Esperanza y otras piadosas 
devociones de la muerta señora, se perderían en el olvido, 
quedando solo como un recuerdo en la imaginación de los tp- 
ledsuios. Predigo hasta el exceso D. Diego en todo cuanto I TV7 
con él se r pzaba . era, no obstante, avaro para todo lo que^^i. >C 
fuera dar dinero á la Iglesia. Creia que á Dios le basta el ''^'^^ 
culto interno del alma, y consideraba, por tanto, inútiles y 
superfinos los actos exteriores que, si dan tama al que los 
cumple de ostentoso, no le acreditan de más fe. Durante al-^^**'*^ 
gun tiempo trascurrieron una tras otra las semanas sin que 
los sábados por la tarde se abriera la iglesia de San Lúeas, 
antes tan concurrida por aquella causa y ahora generalmen- 
te desierta. La campana que tocaba en tal dia el ángelus, 
misteriosa salutación que dirige la tarde al ideal divino de 
María^ á esa hora del crepúsculo en que la naturaleza, viuda 
del sol, parece envolverse en el manto sombrío de la noche, 
tañía de un modo mucho más triste como si deplorase su so- 
ledad y su abandono. 

Quizá eran debidos á esto, y reconocían por origen el 
sentimiento de los toledanos, disgustados por la pérdida de 
aquella devodon, los rumores que corrian en el barrio, y de 
los cuales habíase encargado Ferran de ser intérprete cerca 
de su incr^ulo señor. Decíase que todos los sábados por la 

16 



242 TK ADICIONES 



f tarde, á la hora acostumbrada, los que pasaban por delante 
' «» de la puerta de San Lúeas, cerrada á m acha y martillo, oian 
cánticos llenos de dulzura y armonía que alababan la gloria 
de la Virgen y suspendían los espíritus. Una vieja que, no 
pudiendo habituarse á la idea de no rezar sus oraoioncfl 
ante la imagen milagrosa, acudió los primeros dias á sentar- 
se á la puerta de la iglesia á pedir á Dios por el alma de 
doña Ana, los habia oido trémula de terror y espanto , difun- 
diendo por el barrio la noticia. Al sábado siguiente, otros- 
muchos acudieron al mismo sitio y escucharon también aque- 
llos himnos melodiosos; cuando estos acabaron, uno de los 
oyentes, más soñador ó más crédulo que los otros, asegu- 
ró haber visto deslizarse á través de la torre y perder- 
se en el cielo, una forma blanca; para los que le oyeron, 
aquella sombra era el alma de doña Ana Harneros, que ve- 
• Tíia á rezar su acostumbrada Salve á la Virgen de la Espe- 
ranza. 

Pero esto no explicaba á quién pertenecían aquellas voce?< 
que, con notas no arrancadas jamás álos más armoniosos ins- 
trumentos, cantaban alabanzas á María; esto no explicaba na- 
da, y, por el contrario, dejaba eiípié todas las dudas. Pensóse, 
por algunos, en dar aviso á las autoridades; pero antes de ha- 
cerlo, les pareció que debían poner el hecho milagroso en co- 
nocimiento de D. Diego; no por él, que no se lo merecía, sino 
por consideraciones ala buena memoria de sus nobles parien- 
tes, muertos ya, por desgracia, y que tan mal heredero habían 
!w*íti4ÍL^ dejado para que malgastase su hacienda, sin pensar para na- 
da en las cosas divinas. Entonces fué cuando Ferran, que lo 
(ireia, que puesto en el tormento hubiera jurado cien y den 
veces que él mismo habia oido los cantos misteriosos, se en- 
cargó de la ardua tarea de convencer á su señor de que eran 
posibles los mikgroR, y tbí que á la sazón se estaba Y()r\ñ' 



DE TOLEDO. 243 



cando xmo en itn sitio enclavado, puede decirse, en sus pro- 
pios dominios. Cuando volvió de su comisión el buen Ferran , 
el júbilo resplandecia en su rudo semblante; es verdad que 
no habia conseguido hacer creer al incrédulo don Diego, pe- 
ro en cambio tenia su palabra de que iria á presenciarlo por 
sí mismo, y para Ferran, ir era ver, y ver, para un hombre 
como don Diego, era creer. Podía apostarse, sin temor á per- 
der, que pocas veces, en el barrio de San Lúeas, fué es- 
perado el sábado siguiente con la ansiedad qno aquella sema^ 
na. Se preparaba un ruidoso acontecimiento. 

Y el sábado llegó. Desde muy de üjañaua no se habló en 
el barrio de oti*a cosa. Ferran, sin salirse su casa, no hacia 
más que moverse á un lado y otrojsin i>oder hallar so- 
siego en ninguna parte. Se paseaba muy deprisa por la habi- 
tación, se sentaba, volvia á levantarse y- á pasear; hablaba 
solo y preocupado: diríase que iba á volverse loco. 

— ^Pero, hombre, ¿qué te pasa? —le preguntaba Marta, su ^ 
mujer, que, azorada^ seguia con los ojos sus movimientos. — 4£jf^ 
Pareces poseido3el demonio según k) inquieto que estás. 

— ¿No sabes, —le contestaba FeíTan deteniéndose delante 
de ella, —no sabes que hoy es el dia señalado por D. Diego 
para venir á presenciar lo que él llama una ilusión nuestra.* 
¿En qué co ncept o quedo yo con él si el hecho milagroso no se J '* <^f * 
verifl&t hoy? Me llamará tonto y necio, y con razón. Yo, en| ^^A^f^ 
su lugar, obraría del mismo modo. 

— ^Pero, ¿y por qué no ha de verificarse, cuando todos los 
sábados se verifica? 

— ^Porque porque ¡Vaya Vd. á saberlo! Por cual- 
quier cosa. Sólo un santo, Santo Tomás, vio cuando pedia ver, 



244 TRADICIONES 



Figúrate que el ciclo no quiere aúu atraer á D.Diego al buen 
^« '^ camino, ó cree que su intervención en este asunto va á ser 
*Íl1 i considerada por él como una superchería... Y después de to- 
< do, — añadió tras una breve pausa, — yo no sé qué me alegra- 
ría más, si verlo ó no verlo, porque los que cantan esa Salve 
deben ser ángeles ó espectros, y no me gustan bromas cola 
gente del otro mundo. No viéndolos, me evitaría los miedos 
que ahora voy á pasar, pues los hallaré en todas partes... Di- 
cen que ver un espíritu es señal de muerte. ¿Quién sabe si 
ella será el castigo de mi curiosidad?— 

En vano Marta trató de calmar la agitación de que Fer- 
ran se hallaba dominado; á pesar de sus palabras de con- 
suelo siguió el viejo^sescudero preocupado. Conforme el dia 
adelantaba, veía extrañas visiones agitarse i su alrede- 
dor. A las cinco ya no se pudo contener. Cogió su capa, 
/' 1. y embozándose en elua. salió de la casa diciendo á su 
mujer: .-^"^ 

— ^Voy por D. Diego y me llevo las llaves de la iglesia. 
Que los que vengan nos esperen. Antes de la hora en que el 
portento se verifiéa estaremos aquí los dos. — 

Y abstraído en sus reflexiones se dirigió á la calle de la 
Plata, donde vivía su señor. 

Vistiéndose estaba D. Diego á la llegada de Ferran, y al 
verle pálido y tembloroso, con las facciones alteradas y los 
ojos moviéndose extraviados en sus órbitas, no pudo ooñte- 
iierse yprorumpió en una estrepitosa carcajada. 

— ^¿Qué es eso, buen Ferran? ¿Has recibido noticias de que 
el milagro se ha suspendido por hoy, y vienes á rogarme que 
dejemos la prueba para otro dia? 

— No os burléis, señor; no os burléis di las cosas santas. 
El portento se verificará hoy, como los dias anteriores, si el 
que todo lo puede lo permite; pero aunque no se verificase 



I 



DE TOLEDO. 245 



por caalqnier cosa, solo as^^uble á su sabiduría, eso no pp- ^A'r^ 
dria demostrar nada. 

— ^Pues entonces, ¿de qué provienen tu agitación, tu pa- 
lidez?.. 

— Es que, llegado el dia de la prueba, me estremezco solo 
al i)ensar que voy á. ver espíritus del otro mundo... 

— Calma, calma, mi fiel criado. Esos seres extraordinarios 
que con tanta frecuencia se presentan ante vosotros, hom- 
bres pusilánimes y crédulos en demasía, son menos pródifTos 
de sus visitas cuando tienen que habérselas con gente más 
acostumbrada á no dejarse imponer por alucinaciones, ^'a 
verás como de todo esto no queda más que la molestia qae 
voy á imponerme trasladándome ahora á barrio tan apartado 
como el de San Liícas, y el recuerdo de la ju garreta que va oc)^<v>< 
á hacerme tu miedo. Te prevengo, — añadió después, — que 
si sucede lo que yo presumo, voy á cobrarme en burlas y 
chanzonetas las incomodidades que me causas. • 

—Señor, sucederá lo que Dios quiera que suceda. Sopor- 
taré vuestras burlas pacientemente si el milagro no se reali- 
za, y me regocijaré por vos si, por el • contrarío, llegaseis 
esta tarde á convenceros de que hay algo maravilloso, algo 
más que una preocupación en este asunto. 

— ^¿Eg^ra ya de dirígirnos á la iglesia? 

- ^jjpen^ señor, si caminando á buen paso llegaremos o **^ 
allí al dar las seis, hora á que en este tiempo se rezaba anti- 
guamente la Salve. 

— ^Vamos, pues,— dijo D. Diego, que entretanto habla aca- 
bado de vestirse, y uno tras otro, amo y criado salieron á la 
calle. 

Ni una palabra hablaron durante el trayecto. Ferran se- 
guía preocupado sin que nada fuera bastante á sacarle de l^n 
ensimismamiento; D. Diego, con una mano sobre la empuña- 



246 TRADICIONES 



[V) dura de su espada y la otrsíí atusándos^el fino y sedoao bi- 
^y^^ gote que cubna su labio supeiíor, caminaba con la vista alta 
para ver si á través de las cerradas celosfas de los balcones 
y los pintados hierros de las rejas podia descubrir algún ros- 
tro heebicero, algún par de ojos negros cuyo fuego le animase 
y cuyo encanto le siguiese el resto de la tarde, dándole fuer- 
zas para soportar la prueba á que se preparaba. Así pasaron 
por la pl|i;Za de líis ^Lejd^ras, subieron por la calle de laJTrj- 
pería, atravesaron la plazuela de San Justo y el laberinto de 
callejas en que está enclavada la iglesia de San Juan de la 
iy "I Penitencia, y dejándole atrás, a vistar on á la izqüierdsnos 
^'i^ítfiínccS' paredones de la parroquia de San Lúeas. En fren- 
-— * te de ellos se alzaban los empinados riscos en que está em- 
J¡j p otrad a la ermita de la Vjrgen del Valle, semejante á una pa- 

%*\ loma que hiciera allí su nido entre los grandes peOascos en que 
descuella la Feña del MorOy ó una de esas florecillas silves - 
tres cuyo germen arrastra el viento en su giro y lo deposita 
en la abertura de una roca, y crecen luego allí espontánea- 
mente merced al rocío de los cielos y al aire de los campos. 
Ya el sol se babia hundido tras la barrera de montañas 
que confundiéndose, al parecer, en una línea con el cielo limií' 
tan por aquella parte el horizonte, y el día declinaba falto de 
^ sus raj-os vivificantes. A. lo lejos, envolviendo en una especie 
í^yV** de manto va Aroso las orillas del rio y robando su nitidez á 
las espumas, ligeras nieblas empezaban á levantarse sobre 
las dormidas aguas. Al pié del cerro y en las colinas inme- 
diatas las casas de la ciudad morisca se agrupaban como 
tropel de viejas curiosas, vestidas de harapos, sentadas en las 
arenosas cimas, recordando con pena los tiempos pasados y 
contándose unas á otras las leyendas de aquellos lugares á 
traví^s de los siglos. 

En tomo á la pequeña iglesia, poseídas de un temor 



I>£ TOLEDO. 247 



supersticioso, diversas personas se iigrupaban en númeio 
4)0]isiderable aguardando la llegada de D. Diego, y hacieu» 
do vivas demostraciones de impaciencia ante la lentitud del 
tiempo, que indiferente á las luchas de la humanidad pro- 
sigue su carrera eterna sin apresurarla ni detenerse. Por 
fin avistaron á aquél á quien esperaban que apareció segui- 
do de Forran, y todos al verle se separaron con respeto « 
Aunque r esent idos con él á causa de su poca devoción, no itíg^ ^ 
podian olvidar la memoria de sus padres, que como sagrado 
pabellón le envolvia cubriendo muchas de sus faltas. Saludo 
afablemente el mancebo y siguió hasta la puerta de la igle- 
sia. El espectáculo de tanta gente que creia en lo que él du- 
ilaba, no pudo menos de conmoverle; además, aquellos sitios 
traian á su mente esos santos recuerdos de la infancia que en ^ 

el curso de nuestra vida nos acosan y vienen á nosotros " Ka^ 
mezclados con los besos de nuestra madre y nuestros sueftos 
de niño; divinas memorias que llaman al corazón y nublan 
los ojos y turban el alma; voces que salen de una tumba y 
nos trasportan al ayer, á la calma de la inocencia, á la di- 
^a del hogar. Don Diego pensaba enjbsto y en sus padres y 
en su tia... pero recordó que no había ido allí á conmoverse, 
üáno á aparecer sereno; á convencer del error en que esta- 
ban su mid os á aquellos viejos compañeros ^de sus primeros Z^C'V♦€»• 
dias, y haciendo un esfuerzo sobre sí mismo, se rehizo y vol- 
viéndose á Forran, le pregimtó con voz burlona: 
— ¿No OH hora todavía, Ferran? — 
Como si un ser invisible quisiera contestar á esta pre- 
gunta, el reloj de la catedral dio seis campanadas, y en el ^ 
mismo instante, sin que nadie entrase en la iglesia ni apare- 
•cíese en la torre, las campanas de San Lúeas comenzaron á 
tañer como tañían otro tiempo convocando al pueblo á la Sal- 
ve de la Virgen. D. Diego volvió atrás la cabeza: Ferran 



248 ITIADICIONES 



estaba muy pálido y tenia apoyada una mano en la pared 
para no caerse. Los demás hablaban en voz baja entre sí y 
clavando sus ojos, llenos de reconvención, en el mancebo», 
mirábanse luego con satisfacción. 

Pero pronto cesó el ruido. Callaron las campanas y uu 
rumor, pausado y débil en un principio, vibrante y fuerte des-: 
pues, se oyó dentro de la iglesia, elevándose como un leve 
suspiro: era el batir de unas alas, el flotar de unas vestidu- 
ras; un ruido semejante al de la ola que se dilata por la are- 
na; poco á poco fué haciéndose mayor, y estalló al fin, rom- 
piéndose en ondas de armonía. Cántico misterioso en que es- 
I tallaban los besos de los njdos y la cadencia de los arroyos y 
los suspiros del viento; cascada de piezas de oro, cayendo en 
(J^¡fjX<Jicoix£nso montón sobre un lecho de guijarros; dulce concierta 
en que cada sentimiento tenia una nota, y en que la 
naturaleza cantaba las alabanzas de la preciosa Virgen nasa* 
rena; rayos del sol judaico cayendo sobre las verdes campi- 
ñas galileas; rumores del lago Tiberiade; ecos de la vía do- 
lorosa; ayes y gritos de la sombría noche del Calvario; acen- 
tos celestiales y voces humanas unidas cual por lazo miste- 
rioso por el hermoso nombre de María: todo esto era aquel 
purísimo canto que salia del templo y se alzaba á las altu- 
ras como una nube de incienso, extinguiéndose á lo lejos y 
envolviendo á los que le escuchaban en una atmosfera qu& 
parecía elevarlos fuera del mundo en que vivían. Desde que 
el canto empezó, todos los ojos se llenaron de lágrimas; apoco 
los circunstantes cayei*on de rodillas, y así permanecieron 
suspensos, sin poder mover los labios ni pronunciar una 
palabra, pendientes de aquellas voces que sonaban junto á 
ellos. D. Diego no pudo evadirse al encanto general. Aquellas 
notas que oía fuera de sí vibraban en su alma despertando 
sentimientos dormidos h^cia muchos años, recuerdos de su 



DB TOLEDO. 24*J 



DÍñez, dulces leyendas de su infancia. Por última vez el de* 
monio de la duda mordió su corazón, y prorumpiendo en un* 

* 

grito indefinible y arrojándose sobre Ferran: 

— Trae las llaves, — ^gritó desaforado. — Quiero ver quiénes 
son los que cantan en la iglesia. — 

Y arrancando las llaves á Ferran, de cuya cintura pen- 
dían, trémulo de impadenoia, ansioso de romper el velo que 
le ocultaba aquel arcano, lacizóse al pequeño patio en que se 
alza la iglesia, abrió de par en par por un brusco movimien-''>)^^'^'^ 
to las cerradas puertasj'y dirí^Suna /vida mirada al tem- 
plo. Pero retrocedió enseguida, dio un fuerte grito, y á su 
vez cayó de rodillas sin atreverse á traspasar el umbral: ha- 
bia visto una porción de ángeles envueltos en flotantes ves- 
tiduras, agitando sus alas de oro y nácar, y tañendo diversos 
Instrumentos, de hinojos ante la imagen de la Virgen de la 
Esperanza, que aparecia envuelta en una atmósfera de luz. 
De sus labios entreabiertos se escapaban aquellos acentos 
divinos. El cielo no quería que faltase la Salve á la Virgen 
en la parroquia de San Lúeas, y enviaba á cantarla sus ánge- 
les. En un rincón de la iglesia, arrodillada sobre su sepultu- 
ra, doña Ana Rameros, que por permisión divina volvía con 
este objeto á la vida, rezaba piadosamente, y uniendo sus ma- 
nos medio car comid as, movia sus labios descoloridos. "^ ^^^ 
Cuando la Salve terminó descendió el cadáver á su hue- ^\Ay 
sa; apagóse el resplandor vivísimo que rodeaba el altar, y los 1 ""^ 
ángeles, envolviéndose en sus alas, se perdieron invisibles en 
el espacio. La multitud se precipitó á la iglesia. Don Diego 
continuaba arrodillado pidiendo á la misericordia de Dios in* 
dulgencia para sus faltas y perdón para su incredulidad. 



250 TRADICIONES 



Desde aquel día no ha vuelto á dejar de cantarse la Sal- 
ve en la vieja parr(?quia de San Lúeas. Mientras vivió don 
Diego Hernández, que cambió su nombre por el de Diego de 
la Salve^ con el que le conoce la tradición, los mejores mú- 
sicos y cantores de la catedral iban todos los sábados á aquel 
barrio apartado de Toledo á turbar con sus cantos el silen- 
cio y la calma del reducido templo muzárabe. Hoy la canta el 
sacristán de la iglesia, acompañándose con un órgano ronco y 
destemplado; pero al que amante de las tradiciones conoce 
la que encierra aquel sitio, le parece estar oyendo la Salve 
tal como la cantaban los ángeles por mandato de Dios, hace 
ya más de tres siglos. 



y^ 



f- 

y^-'^ ^ 



I i 



GALIANA 



El nombre de Galiana os uno de los que pronuncia mút< 
gustosa la tradición. Brota de pronto en la fantasía revesti- 
da de los colores del iris la virgen sarracena de melancólico 
mirar, ojos de fuego y cutis aterciopelado, rodeada de escla- 
vas que bailan en torno suyo y la envuelven en sus velos 
trasparentes, como en las gasas de una nube. La infanta 
mora ba dejado su nombre en las crónicas toledanas del si- 
glo IX unido por el pueblo al nombre inmortal de Garlo- 
Magno. Es la rosa enamorada del sol que cierra su cáliz 
cuando el astro aparece en el ciclo, temerosa de sus miradas, 
3' sólo se atreve á abrirle por la nocbe a! halago de las 
brisas. 

Antes de llegar á la ciudad, siguiéndola orilla del río, 
sembrada de darnos corpulentos que agitan su penacho deps^v^ 
verdes ramas; de cañaverales que chocan empujados por ^r^*u 
el viento, y de vistosas florecillas de varios colores que ex- 
balan dulce aroma, álzanse, cual si surgiesen de la tierra por 



252 TRADICIONES 



0? el ooDJuro de la maga del pasado, unos viejos torreo- 
nes casi derruidos, muros que el tiempo tiñó con su color 
amarillento y hundió á trozos bajo su paso vacilante. El pue- 
blo dá á aquellas ruinas el nombre de palacio de Galiana, y 

^ Uf^^ s e esm era en referir sus maravillas. El arte y la poesía har 
bianse unido en estrecho abrazo para fabricarle. Desde él se 
percibian los rumores de los campos al despertar baña- 
dos por la luz de la aurora ó al dormirse envueltos en la 

^Av^JN>sombra de la noche. Habia en él grandes clepsydrds que se- 

guian con el ñujo y reflujo de sus aguas el movimiento de la 

luna á través del espacio indefinido. Todos los refinamientos 

-«del lujo, todos los sueños de la molicie, tenian allí viva re> 

ñ^M '^^^presentacion . 



Era de noche. Toledo, arrullada por el Ttgo que parecía 
adormecerla con su murmullo eterno, descansaba de las fati- 
gas del día. Las estrellas lanzaban sobre los campos silencio- 
sos su deslumbrante claridad, iluminando con vago tinte la 
alta cumbre de las montañas, lejanas como la realizadon 
de un deseo; la luna, sultana hermosa del espacio, cruzaba 
sus vastas soledades, seguida de un ejército de puntos dia- 
mantinos como relámpagos de luz. 

Todo era silencio en los jardines del palacio de G-aliana. 
La brisa de la noche habia calmado el ardor sofocante del día 
y daba aire más puro á los pulmones; aire aromado que, me- 
ciéndose blandamente en el follaje, murmuraba colgado de 
sus hojas cantos sencillos llenos de misteriosa melodía. 
xiÁiJItK ^ ^^ medio de aquella calma muelle y voluptuosa, en 
medio de aquel silencio que parecía invitar á los placeres 



\ 



DE TOLEDO. 253 



del nmoTf dos sombras altas, esbeltas, sentada la una so- 
lire florido banoo de verdura y arrodillada la otra á sos pi^, 
vestidas las dos con blanca túnica flotante, bajaban la cabeza 
y parecían abandonarse al poético encanto de aquel retiro. 

De cuando en cuando, la mujer, mejor dicbo, la niña, le- 
vantaba la cabeza y, al hacerlo así, parecía que las estrellas 
palideeian en el cielo eclipsadas por el brillo de aquella estre- 
lla de la tierra que las vencia en hermosura. Un débil suspi- 
ro salla de sus labios encendidos como un clavel. Y la joven 4,-^ 
sentada á sus pies en el menudo césped alzaba á su vez los RéUL. 
ojos llenos de melancólica dulzura hacia el rostro de su seño- 
ra, y tomando entre sus manos pequeñas las más pequeñas 
aun de aquella, se las llevaba á los labios con un movimien- 
to de respeto y de cariño. 

— ^¿Bs posible, princesa, — la decia, — que huya el sueño de ^ x 
tus ojos y la calma de tu espíritu? Hija de un rey poderosof . ^\ 
y fuerte á quien Toledo riíí aepáría s y el califa de Córdobi^ Wu»<5í 
no se atreve á herir; joven, hermosa como uno de los ánge-*" ^^ 
les que entrevio el profeta en su místico viaje al Paraíso en 
la yegua £l-Borack; tú, cuyo nombre es tan dalce que parece 
una bendición de AUáh, cayendo sobre la tierra como un 
rocío de misericordia; tú, en cuyos ojos se miraron los ánge- 
les y las hulees que te mecieron en sus brazos estaxiá^ose 
en tu sonrisa, ¿qué puedes desear? La nieve que corona en 
invierno la creste de las montañas, envidia la blancura de tu ^^9k/¥w\ 
cutis; la noche, la negrura de tu cabello de azabache; el sol Ok^Jiá 
del mediodía, los rayos que despide tu mirada. Los genios te 
fbrmaron de un suspiro de las brisas, de un beso de la luz. 
SI rio envía sus espumas para que laman tus pies, la tierra ^ 
flores para que te den su aroma. Tienes padre que te ama, 
vasallos que te adoran y te respetan... ¿Quéfalta, pues, á tu 
dicha? Compárate con la pobre esclava, separada de los su- 



254: TRADICIONES 



yos, vendida lejos del cielo de sn patria, errante por los de - 
siertos de la vida, y bendecirás á Aliáh que de tal manera 
ha derramado en tu fi*ent« los dones de su bondad y su lar- 
gueza. — 

Calló la esolava, y su señora, con una voz cadenciosa pa- 
recida á la nota de un órgano aimonioso, murmuró: 

— Tienes razón, G^eloira. Mi tristeza ofende al poderoso 
Alláh que tantas mercedes ha derramado sobre mí. Nada 
me falta de cuanto deseo; la misma reina de las hadas envi- 
diaría mis palacios. Y sin embargo, siento dentro de mi alma 
un vacío que nada de cuanto me rodea llenaría. Creo que no 
existe en la tierra objeto alguno capaz de satisfacer ese an- 
helo, esa aspiración que en fuego inextinguible me consume. 

—¿Cómo? 

— Escucha. Cuando sola en la calma de mi retrete per- 
fumado aspiro las más suaves esencias de la Arabia, no per- 
cibo entre ellas una que oreo yo haber percibido en otra par 
te; cuando escucho los trinos de mis pájaros, falta en ellos un 
canto que yo he oido alguna vez, no sé si* en sueños ó des- 
pierta; todo cuanto me rodea es hermoso, pero yo creo que 
existe algo que es más hermoso todavía; y no pudiendo lle- 
gar jamás á conseguir ese algo que quizá sólo existe en mi 
imaginación, temo que el espíritu del mal me haya inspira- 
do esos pensamientos que no he de ver realizados para que 
me canse de la vida. 

— ^Princesa, yo nada sé del mundo; soy jóveu como tú; qui- 
zá la misma luna presidió nuestro nacimiento. Arrancada á mi 
país desde mi niñez, sólo he aprendido de él lo que enseña la 
desgracia; pero me parece que e«a aspiración tiene un nom- 
bre en la tierra. 

— ¿Cómo se llania? 

— Amor. 



DE TOLEDO. 255 



— ¡Amor!.... ¡Sí!.... En estas noches deliciosas y calladas, 
las frases de amor deben sonar en los oidos coMo notas de 
tin cántioo divino; deben ser para el alma consumida por el 
deseo oomo nna fresca lluvia que humedece los campos. 

— Te oigo absorta, princesa. Hablas del amor como si no 
sintieses sus efectos. ¿Por ventura no amas á Abenzaide, el 
poderoso gobernador de Guadalajara? — 

Un lijero ruido se dejó oir, y algo como un soplo de vien- 
to movió, sin duda, las ramas del follaje que en verde banda 
se estendia á espaldas de la virgen sarracena. Volvió ésta la 
cabeza y murmuró: 

^-Diríase que alguien anda cerca de aquí... 

— Es el aire, señora. 

— Eso será. Me preguntabas, Greloira, si amo á> Abcnzai- 
de... no; no le amo. Sé que es fuerte y poderoso, que me 
aína hasta el delirio; pera no tiene el alma que yo he soñado 
para que fu^e compañera de la mia. fis brusco, altivo, do- 
minante. Unirnos seria unir el torrente y el arroyó, el hu- 
racán y la pahnera, el simonn de la tierra de nuestros pa- (^j^ 
dres y la brisa de nuestros jardines. 

— ¿De modo que no le amas? 

— Por el contrario, le aborrezco.—^ 
Volviéronse á mover las ramas de los árboles, pero ni 
Galiana ni Geloira se fijaron ya en ello. 

— ^Esta noche vendrá— continuó la princesa. — Lleva sin 
verme una luna y ya me parece oir por el camino el galope ^ 
precipitado de su yegua. Esta misma noche le rogaré que 
no vuelva á verme, ni me importune más con sus halagos. — 
Aun no se liabia extinguido el eco de estas palabras, 
cuando se entreabrieron las ramas del jardin, y un caballc* 
ro, vestido con el airoso trate de los cristianos del Aj ranc, 
cayó á los pies de la donceUa mora, que exhaló un gritode 




25f*> TRADIOIONKS 



terror, estreoliándose cuanto la era posible contra su esclava, 
tan atemorizada como ella. 

— ^Perdóname, princesa, si oculto en tus jardines he sor- 
prendido las noticias de mi ventura. Mientras creí que ama- 
bas á Abenzaide, la acogida que tu padre me ha hecho me 
impedía decirte una sola palabra que pudiera darte á enten- 
der mis sentimientos. Hoy, que sé que no le amas, no vacilo 
en decírtelo. La fama de tu hermosura me ha movido á ve- 
nir desde el lejano reino de mi padre á ser huésped del tuyo. 
Te he visto y moriría sin tu amor. Princesa, mi padre me 
llama, mi reino me espera impaciente; ¿quieres cambiar tus 
jardines por los jardines de mi patria?^ — 

Enmudeció Galiana de sorpresa. Cuando su primer mo- 
vimiento de terror se hubo desvanecido al reconocer en el 
caballero que estaba á sus pies á Carlos, h\jo del poderoso 
rey de Alranc, que hacia un mes vivía alojado en su mismo 
palacio por orden de Galafre, el rey moro de Toledo, la 
alegría irradió en su rostro, dulcemente iluminado por 1a cla- 
ra luz de la luna. Ella también se había fijado en el gentil 
ic^'^ "_Q amancebo cristiano, deplorando que no fuese éste el ré^b 
) de Guadalajara. Carlos tomó una de sus manos y la Uetó á 
sus labios, mientras imploraba con los ojos una contestación 
á su pregunta. Sonó un jsíl débilmente pronunciado, y Galia- 
na ocultó su rostro, tefiído de rubor, en el pecho de su es- 
clava favorita. 

Una nube eclipsó la luna. Quedaron los jardines on la 
sombra. El eco de dos voces que hablaban á la vez, que á la 
vez se preguntaban y se respondían, turbaba el silencio. Pa- 
recía el arrullo de dos pájaros en el fondo del bosque dormí - 
Ho en brazos de la noche. 



DE TOLEDO. 257 



II 



Ginete ea uaa poderosa yegua teudida á escape por un ¿^«j» 
estrecho camiao. con la cabeza alta y la vista devorando el 
espacio que se estendia ante él, Abenzaide, envuelto en su 
jaique, destacándose como un punto blanco sobre el fondo 
uegro de los árboles, animaba á su montura con palabras IÍká^^í 
8ecas, furioso por que no podía dar á su carrera las alas de 
>su pensamiento. 

A su lado iba Hassan, el moro á quien más temian lo^ 
oribitianos de Guadalajara por la doblez de su carácter. 

Largo tiempo corrieron en silencio: cuando al dar una 
vuelta el camino apercibieron en el fondo el palacio de la 
hermosa hija de Galafre, un grito de alegría se escapó del 
pecho del enamorado moro« 

— ^Ya llegamos, Hassan. 

— ^Hora es ya, señor, de dar fin á esta carrera que tru=e^ 
luos. Mi caballo no puede ya más. 

— Que aguante un poco, y pronto podrá descansar. ^t/k- 

— Ya hacia tiempo, señor, que no cruzábamos este ca- 
tniao. 

— ^Una luna, Hassan; una luna hace que no veo el roá- 
tro de la princesa. ¡Malhayan los asuntos del gobierno 
que de tal modo abstraen nuestra atención! Pero sea bien 
empleada la ausencia si ha servido para ablandar su corazón í4-*^^í* 
y hacerlo más fácil á mis palabras. 

— ^¿Y por qué, siendo tú el poderoso Abenzaide, á quien 
las mismas huríes del Paraíso acogerán con agrado cuando 
llegues á ellas teñido en sangre nazarena, por qué suspiras á 
los pies de Galiana, que se burla de tus suspiros, cuando otras 

17 



258 TK ADICIONES 



^ hermosuras languidecen por que no las miras, como languide- 
cen las flores sin las miradas del sol? 

— ¿Lo sé j^o acaso? Es verdad que Galiana es hermosa^ 
muy hermosa; más que todas las damas mahometanas que en- 
vidian su belleza y su esbeltez; pero no es solo esto lo que 
me une á ella con fuerte lazo que siempre temo ver roto. Es 
quizá su indiferencia el misterioso encanto que me hace vol- 
ver siempre los ojos hacia el sitio en que vive para enviarla 
mi amor. Ni amante, ni desdeñosa, siempre me escucha dis- 
traida, como si mientras yo la reñero mis penas al pi<S de su 
ajimez, ella á su vez hablase con alguu ser invisible oculto á 
mi espalda. ¿En qué piensa entonces? No lo sé. Contesta con 
^.^^Kí>0 evasivas á mis palabras, y se retira luego sin que uu rayo 
de esperanza descienda á mi corazón. — 

La voz de Abenzaide era muy triste al decir esto; su ros- 
tro se oscurecía al recuerdo de sus pesares amorosos, y a) 
acabar guardó silencio: un silencio triste y forzado que 
Hassan no se atrevió á interrumpir. Siguió su señor abstrai- 
IÍéJÍAm^ do en sus pensamientos, cuando de pronto se serenó su scm- 
^ ' blante; pintóse en él una profunda decisión y volvió la tran- 

quilidad á sus facciones; pero en el mismo instante su yegua 
''*^|í>íi*^ tropezó y dio un violento bote para saltar por cima de un» 

* ^ enorme peña atravesada en el camino. 
'CM-fgu^v» — ¡Mal agüero! La primera vez que tropezó mi yegua es- 
""' . tuve á punto de perder la vida; quizá me anuncie la segunda 
la perdida de mi amor, que es la perdida de mi felicidad. 
— Desecha, señor, tan lúgubres ideas. 
— Estoy resuelto, Hassan. Esta noche va á ser decisiva 
para mi. Obligaré á Galiana á que me dé una respuesta ca- 
tegórica, y me uno á ella dentro de pocos dias ó parto para 
no volverla á ver jamás. El príncipe del Afranc está aquí, ha 
venido no sé con qué objeto, quizá á verla atraido por su her- 



©E TOLKDO. 259 



mesura y no puedo resistir los celos que me atormentan. — 
Llegaban en esto, frente al j)alacio de la princesa, y 
oomo obedeciendo á secreto impulso, los caballos se detuvie- 
ron á un tiempo, conocedores ya del terreno en que se encon- 
traban ^ Adelantóse Abenzaidc algunos pasos más, dejan- 
do á Hassan oculto entre los frondosos alamos, y ya se pre-» 
paraba á hacer la acostumbrada señal, cuando giró sobre 
SU8 goznes una pequeña ventana cercada por primorosa 
banda de floi*e8 talladas en piedra por un cincel maravilloso, 
y apareció apoyada sobre el alféizar la hermosa Geloira, la 
enclava favorita de la princesa. 

— jGeloira! — dyo en voz baja Aboiizaide. 

— ; AUáh te guarde, señor! 

— ^;Dónde está tu señora? 

— En este momento pide al poderoso x\]láh que conserve 
tus dias. 

— ^¿Sabe que estoy aquí? 

— Las dos te hemos visto desde las ventanas de su 
cuarto. 

— ¿Y no viene? 

— Perdona, señor, á la esclava que cumple las órdenes qne 
recibe sin poder atenuar su crueldad. 

— ¿Qué dices? 

— Galiana te ruega por mi boca que nunca más vuelvas á 
turbar con tus cantares amorosos la calma de sus jardines. 
(Comprende que no puede ser tuya, y pidiendo al santo Pro* 
feta que te haga muy fel iz, se niega á verte. — 

Mudo de sorpresa quedó Abenzaide al escuchar tales pa- 
labras. No podia creerlas; juzgábase juguete de un mal sue^^ 
jho y se restrfigjiba los ojos para despertar. "^ *^^. L. 

Pero nó podia estar más despierto. Geloira, apoyada en 
la ventana, le miraba con aire compasivo. 



26o TRADICIONES 



Por fiu Icvaatü el moro la cabeza. 
— ¡No quiere verme! — murmuró. 
. — Dá tu venia, sefior, á la esclava, para que se retire coa- 
movida por tu dolor. Mi señora me espera y voy á darla 
cuenta de que te he dado mi mensaje. ¡AUáh te guarde. — 

Cerróse la ventana, y Abenzaide permaneció en la misma 
posición, sombrío y mudo como debió quedar el primer hom- 
bre al ser arrojado del Paraíso por la espada de fuego de los 
ángeles. Pero de pronto se rehizo, *]ejó escapar ún grito de 
rabia que sonó ronco y estentóreo y montando en su yegua 
partió como una exhalación, por el mismo camino que habia 
\1 • (raido^ siguiéndole Hassan y desapareciendo ambos en una 
nube de polvo que á poco se perdió en el horizonte. 

Al dia siguiente, de regreso en Guadalajara^ esforzábase 
Abenzaide en buscar la causa de la conducta de Galiana, y 
se desesperaba al ver que la cuestión era para él un enigma, 
cuando á la caida de la tarde llegó la solución de aquella 
duda. Un caballero cristiano, procedente de Toledo, le tra- 
jo un mensa,ge de su señor, el príncipe del Afranc, en el cual 
se declaraba éste pretendiente á la mano de Galiana, de- 
safiando á su rival y señalando como lugar en que, según la 
decisión de Galafre debia efectuarse el duelo, los campos 
próximos á J^alsamorial, pequeño lugar situado á legua y me- 
dia escasa de Toledo. Al recibir este mensage Abenzaide no 
pudo ocultar su alegría. Iba por fin á vengarse, y para cier- 
tos caracteres la venganza es tanto como la felicidad. 

III 

*\cc^^ ) Cuajado estaba de gente el empolvado sendero que con- 
Jí/í^ír_Jlttcia desde Toledo á Balsamorial Eá multitud* caminaba 
Ujíí^i «^apresuradamente como temiendo llegar tarde. Galafre y los 



DE TOLEDO. liOl 



nobles seúores de la corte habíanse trasladado ya al pequeño 
pueblo, orgulloso de contener en su recinto tan numeroso y 
escogido s^uito. 

Pero no era una fiesta lo que se preparaba. Aquel sol, 
manantial perenne de vida, aquella fresca campiña todavía 
salpicada de rocío, parecían reflejar la dicha; y sin embar- ^K4Sv^ 
go, la multitud, llena de animación y de alegría, se citaba en 
aquel sitio para presenciar un duelo á muerte, uña escena 
de dolor; aquel campo iba á empaparse pronto en sangre ha- 
niana; aquel sol iba á caer sobre un cadáver. 

Habia llegado el día señalado para el desaño entre itr- 
ios, príncipe cristiano, y Abenzaide, régulo de Guadalajara. 
Galaíre, el rey de Toledo, se dignaba autorizar el duelo; Ga- 
liana, su hija, la más bella princesa mahometana, era»el pre- 
mio del vencedor. 

Y contra lo que, al parecer, debía esperaraede aquel pú- 
blico, compuesto en su mayoría de sarracenos, todas las sim- 
patías estaban por el cristiano. Diferentes causas habia para 
que así sucediera. Por un lado, Abenzaide era aborrecido de 
cuantos le oonooian; su feroz carácter y sii crueldad habíanle 
enajenado las simpatías de sus vecinos, y héchole odiosS í 
sus vasallos. Por otra parte, el cristiano era un joven y her- 
moso caballero que, abandonando su patria, habia venido á pe- 
dir hosj^itaHdad á sus enemigos en religión. La fama de su 
valor habíale precedido, y todos contaban de él grandes proe. 
zas, presentándole como galán á los ojos de las mujeres y 
temible cerca de los guerreros más valientes. ¿No era una 
pena que tanta juventud, tanto valor, tanta lealtad, sucum- 
bieran á manos de un tirano como Abenzaide? Habia, además, 
otra razón que aumentaba las simpatías hacia Carlos. Galia- 
na ei*a el ídolo de Toleck^, teníanla como un ángel enviado á 
la tierra por la misericordia de Allah, que así quiso dar á su 



262 TEADICIONES 



pueblo una prueba de estimación, y Galiana amaba oon toda 
su alma al cristiano, que por librarse de un rival odioso espo* 

m^^tíi' ^^* ®^ existencia al valor y pujanza de Abenzaide. De aquí 
que los musulmanes hicieran votos por el joven príncipe; y si 
á estos se unian los votos de los muzárabes, que naturalmen- 
te hablan de elevarse en su favor, bien puede decirse que en 
la concurrencia que iba á presenciar el duelo, pocos, muy 
pocos habían de ser los que no deseasen la derrota del régulo 
agareno. 

\^ L^juj^ Galiana formaba también parte del concurso. Sentada en 

t«^U<»»sy^egante estrado, sobre blandos cojines de las sedas más ricas 
de Oriente, reflejando el dolor en sus grandes ojos, negros 

í'OtM' como el fruto de las moreras, la pobre niña temblaba por su 
amante^ el apuesto caballero que pronto iba á combatir para 
librarla de aquel perseguidor eterno que la enojaba oon el 
relato de sus males. Y ante la idea de que Carlos podía ser' 
vencido, su corazón latía más deprisa y sus ojos se cerraban 
de terror. En cuanto á Galafre, inquieto también por el dudo- 
so resultado de la lucha, no ocultaba su procupacion. 

Llegó en esto el momento del combate. I<os dos adversa- 
rios, vestidos de sus más ricas armaduras, montando sus ca - 

v^¡K¿ ballos más briosos y blandiendo sus armas mejor templadas, 
se hallaban uno enfrente de otro mirándose con expresión de 
odio, á duras penas contenido. Levantóse Galafre de m. asien- 
to, dio con la mano la señal y Galiana bajó su cabeza cer- 
rando los ojos para no ver y tapándose los oidos para 
no oír. Aún no se había extinguido el eco de la voz de 
Galafre, que excitaba á los combatientes á la lucha, 
cuando los caballos de Carlos y Abenzaide, partiendo en el 

\Ax/»0^miamo momento á escape como movidos por oculto resorte, 
chocaron con horrible estrépito. Oyiíte el mido de las arma- 

\^^r^t^ duras oprimidas una contra otra por la fuerza glel choque, 

ú " 



DE TOLEDO t>5;i 



saltaron en pedazos las lanzas, y caballos y caballeros se fun- 
dieron en una masa que desapareció entre una espesa nube 
•de polvo. Durante un minuto nada pudo verse á través de 
ella; el grupo informe, del que salian roncas imprecaciones, 
osciló á un lado y otro algún tiempo; por fin cayó pesadamen- 
te al suelo. Disipóse la nube de polvo, y entonces la multitud 
fijó en la arena su mirada ansiosa. Solo Galiana se mantuvo 
en la misma posición sin atreverse á alzar la \dsta, temiendo 
reconocer á su amante en el vencido. Pero el grito unánime 
del pueblo que aplaudia al vencedor la dio fuerzas, y ella 
también miró, y un ¡ay! supremo de reconocimiento y grati- 
tud brotó de su pecho. Carlos, de pié sobre su adversario, 
cuyo tronco inerte y sin vida yacía tendido á sus plantas^* 
caído el casco y suelta al aire la rubia madeja de sus cabellos, ^ij/-*^ 
miraba con amor al sitio que ocupaba la princesa sin parar 
mientes en las alabanzas de que era objeto. 

Kecogieron los servidores de Abenzaide los despojos de 
su señor, y en fúnebre cortejo regresaron á Guadalajara, de 
donde la víspera habian salido con marcial aparato y ciega 
<X)nfíanza en la victoria, mientras Galafre disponía grandes 
fiestas para festejar al vencedor. 

Pocos dias después Carlos volvió á su país, llevando 
<K>nsigo á Galiana, acompasada del obispo Cixila, encargado 
de verter las aguas del bautismo en la cabeza de la prin- 
cesa, y celebrar su casamiento con el príncipe del Afranc. 
El tiempo ha caminado mucho desde entonces, pero aún 
se conservan en algunas poblaciones francesas huellas /W^^^^^^ 
del paso de la hija de Galafre: la tradición añade, que casa^Vf^^jp^'^ 
da con el que fué más tarde Carlo-Magno, dio á éste cinco 
hijos, entre los que se cuenta Ludovico Pío, heredero de la 
oorona á la muerte de su padre. 



264 TRADICIONÍÍS 



IV 



Quedaron los palacios de Galiana silenciosos y solitario:^ 
en medio de la espléndida vega de Toledo, como un nido aban- 
donado, cuyos alados huéspedes vuelan en busca de otro 
mejor á la llegada del invierno. 

l^n esos dias en que no salia de ellos ninguna voz, nin- 
gún murmullo, nuncio de la vida que otro tiempo tuvieron, 
los que habitaban en la orilla opuesta del Tajo tenían 
grandes motivos para estar asustados y mirar con espanto á 
su alrededor. Todas las noches veíase una larga sombra, gi- 
i^fau^ nete en una yegua, que caminaba pesadamente rondando en 
^ Ji torno al palacio, y kuosando lastimeros ayes, que conmovian 
á cuantos los eseuelwban, y en los cuales creían algunos 
distinguir el poético nombre da Galiana. Era la sombra de 
Abenzaide, que turbando la paz de. su sepulcro, subía á la 
tierra á deplorar la ausencia de la que fué su amada en 
otro tiempo, y á lamentarse de su mala fortuna eu aquellos 
lugares en que soñó su dicha. 

Algunas veces, veíaselé volver el rostro á la ciudad y 
amenazar con la mano á aquel pueblo que por odio káeia él 
habia aplaudido la victoria de su contrario, sectario del Cris- 
to y enemigo del Profeta. Entonces el vieujto <nie pasaba 
por sus entreabiertos labios descoloridos, parecía repetir una 
maldición y una amenaza. El espectro juraba vengarse de^ 
J[^jj{»%aquel pueblo veleidoso. 

' Y se vengó. He aquí cómo. 

Pasaron las épocas y los hombres, y todos los que en To- 
ledo presenciaron el singular desafío de Carlos y Abenzaide 
bajaron uno tras otro á la tumba y fueron á dar á Alláh 
cuenta de sus acciones y sus pensamientos. La sombra del 



DE TOLEDO. 2i)^ 



vengativo moro, sin embargo, seguía errante ix>r entre los 
álamos del rio, ginete en su escullida yegua, lanzando rayos wpi^Vf\ 
de fiíror por las vacías cuencas de sus ojos; y constantemenv^^* """^ 
te, antes de retirarse, se volvía hacia la ciudad y la amenax rHjSLÍ 
zaba como en pasados dias. Su odio se conservaba inextin- 
guible. 

Un dia, él desierto palacio de Galiana se animó; Al-Ma- 
luuQ, rey de Toledo, concedía en él generosa hospitalidad á 
Alfonso, rey de León, desposeído de este reino por su her - 
mano, y fugitivo del monasterio de Sahagun. Muchos meses 
pasó en Toledo el leonés; una noche los habitantes ribere- 
ños le vieron pasearse bajo los álamos en compañía del es- 
])ectro. 

Era una noche de luna; Toledo, cubierta ¡wr leve cor- 
tina de niebla, se destacaba en el horizonte. Volvióse el es- 
pectro en todas direcciones, señaló las campiñas que la ro- 
dean, el rio que las fertiliza y el camino de Madrid. Siete 
veces siguió estos movimientos y siete veces se inclinó hacia 
Alfonso, como si le hablase al oído; siete veces también hizo 
el de León un signo de asentimiento. 

Todos los que vieron esta escena so preguntaban en vano 
lo que significaba. Más tarde lo supieron por su desgracia, y 
el tiempo se encargó de contestar á sus preguntas. Hecho 
Alfonso rey de Castilla, olvidando deberes de hidalguía y 
gratitud, vino á Toledo en son de guerra y siguió para con- 
quistarla el único medio posible; el de talar siete años se- V"t*^<^ 
guidos sus campiñas, privándola así de abastecimientos y vi- 
veres tan necesarios á su numerosa población , 

¿Quién le había inspirado este diabólico plan? Para los 
habitantes de la ribera del Tajo no fué un misterio. Aque- 
lla era la venganza de Abenzaide. 

Y dio cuerpo á este rumor el que durante los siete años 



26G TRADlOlONEb 



f 



(hf 



que duró el sitio, el espectro surgia todas las noches amena- 
zador, mirando cou aire de triunfo á la ciudad atribulada. 
Cuando Toledo cayó en poder de los cristianos desapareció 
y no se le ha vuelttf á ver. 



Hoy sólo quedan del suntuoso palacio unos viejos mura- 
Uones coronados de hiedra, y en cuyos rotos torreones cuel- 
gan su nido las golondrinas durante el verano; pero aún en 
las noches serenas y tranquilas parece vagar entre los árbo- 
les la sombra de Abenzaide que recorre los alrededores del 
aj-i-uinado alcázar sin atreverse á penetrar en él . 



h 



•''■•^4 



LA PENITENCIA DE ACUÑA 



A RI QUERIDO >ttIGO GONZALO CARVAJAL 



[ 



Era de noche, y la catedral de Toledo, suntuoso temiólo 
edificado por Don Fernando III sobre los cimí^^sde la anti- ^^ v*^*^ 
gua Basílica gótica^enábase de inmensa multitnd qne inva- 
día el sagrado recinto como invaden la playa las olas de un mar 
alborotado. Grandes manchas de sombra, interrumpidas de 
trecho en trecho por la escasa luz de un hachón sujeto á -i¿cA^< 
una columna; en el centro, entre el coro y la capilla mayor, 
un gran foco brillante, la araña de cien brazos convertido l^i^ñAtn 
cada uno de ellos en pequeña lengua de fuego, despidiendo 
resplandores de relámpago; frente al severo monumento la 
cruz de fuego suspendida en el aire por invisible cadena . 
fabricada por los ángeles con rayos de sol naciente y refle- 
jos de aurora boreal, brillando sin sostén alguno, como si 
fuera un presente hecho á la tierra por el cielo; en los ángu-- 



268 TRADICIONES 



los, la oscuridad luchando con los fulgores de luces lejanas... 
Tal era la escena en que bien pronto iba á oirse el Mise- 
rere, el salmo más hermoso de cuantos se atribuyen al Rey 
profeta. 

La multitud entraba atropelladamente por todas las 
puertas de la Basílica santa, y una vez en ella se estendia 
A/kjtrn^ por las naves, cobijándose en las capillas iluminadas sólo por 
" el reflejo debilitado de solitaria lámpara que oscila constan- 
temente ante milagrosa imagen, ó en la sombra de los pila- 
j^ j[^ res, haces de delgadas columnas, que se elevan cruzándose y 
~sr entretejiéndose en la bóveda, como se cruzan, se atropellan 
y se SSfunden las ideas en un cerebro conmovido por la 
duda. 

Recorrí el religioso recinto buscando un lugar apartado 
y oscuro donde nadie fuera á interrumpir mi soledad ni á 
turbar mi pensamiento, y llegué á la capilla de los Lunas, la 
más hermosa de las que, como guirnalda de flores, forman 
(fia torno á la capilla mayor que se alza en el centro como 
obedeciendo á misteriosa invocación. La pequeña nave es- 
taba envuelta fn la sombra; solo un rayo de luna, pene- 
trando á través de los vidrios de colores, daba fulgor fan- 
^stico á las imágenes pintadas en ellos por un arte di- 
vino, y venia á herir la noble cabeza del condestable muer- 
to en Valladolid, tendido sobre su lecho de granito, á cuyo 
pié cuatro pajes, apoyados de hinojos en el sepulcro, le- 
vantan la vista al cielo en una aspiración sublime, y pa- 
rece que por sus labios, maltratados por los siglos, rue- 
dan todavía restos de una plegaria elevada á la misericor- 
. ) dia de Dios por el alma del infeliz ajusticiado. A su iz- 
luierda, velado por frailes, de hinojos también en los án- 
gulos del mausoleo, el sepulcro de su esposa la noble seño- 
ra doña Juana de Pimentel, durmiendo sobre la fria losa, 



9(b . ) dia 
tpiu-^ Taui 



-^•^yr-> 



DK TOLEDO. 269 



tan primorosamente ciocelada, esc sueño tranquilo y dulce 
de la muerte, ese Sueño sin visiones, sin pesadillas, sin des- ^^^'^'«^ 
pertar, noche tal vez sin aurora, día quizá sin poniente. A 
un lado, el imberbe mancebo hijo de D. Alvaro, muerto en 
la flor de su edad, vestida la guerrera malla de acero y os-^*^'<v1y^ 
tentando en su cabeza simbólica corona de laurel, emblema 
de sus victorias, y junto á él una estatua de Santa Teresa, 
manteniendo un libro en la mano y arrebatada en éxtasis, al- 
zando al cielo los ojos como para pedirle amor para sus de- 
seos, y luz, mucha luz para su espíritu. Al otro lado el ve- 
nerable arzobispo, inmóvil en su nicho de mármol, con las 
manos cruzadas como si aun murmurase la oración en que 
al morir encomendaba su alma á Dios, y junto á él la esta- 
tua de San Francisco de Borja, debilitado por las macera- M/*<¿^¿ 
oiones, teniendo ante su vista la calavera coronada, como pi- Hcw* u^ 
diendo á la muerte el secreto de lo desconocido, la cifra mis y- h'f^í. 
teríosa solución del problema de la vida. ( J^-^' 

Me senté en las gradas del altar mayor frente al viejo 
retablo que conserva á la posteridad las figuras de D. Alva- 
^ en la capilla la víspera de su muerte, y la de doña Juana 
después de la ejecución del condestable. 

Empezaba en esto el Miserere. El silencio que allí reina- 
ba era oada vez mayor. Gomo si el movimiento de la vida se 
hubiera detenido de repente, podia oirse la respiración de un 
niño dormido en el regazo de su madre. Rasgó el aire la 
voz de la iniquidad exhalando tres largos gritos de agonfa :^*'/''-^^^ 
\Mx8erere\ dgo, y los instrumentos, manejados por hábiles 
músicos, empezaron á llorar, á quejarse, á retorcerse bajo sus 
dedos de artista, expresando los tormentos, los suplicios, . 
los terrores del alma agobiada por el peso de la culpa. Des- ^^'^ 
pfues de estas exclamaciones de espanto, hubo un momento 
de tregua y de calma. La orquesta modulaba en voz baja un 






270 TRADlClONRe 



canto contenido y melancólico que poco á poco fué engran- 
deciéndose y se ensanchó hasta llenar la iglesia por comple- 
to. Dios venia, y á su aproximación todo callaba; el viento y el 
mar, las brisas y las olas. La creación se preparaba para re- 
cibirle; venia armado del rayo: el trueno, rugiente heraldo de 
su cólera, le procedía; el relámpago iluminaba su camino. Y 
ante él las montañas inclinaban su cima, y los torreates en- 
^^^^ crespaban sus aguas, y el mar exhalaba rugidos que eran 
cantos de amor y de alabanza, y el hombre, esclavo del mal, 
temblando como la hoja movida en el árbol por el soplo del 
huracán, hunde en el polvo la cabeza y grita en un sollozo: 
M¿ madre me concibió en el pecado, y la música que a.compa> 
ña á ese canto sublime, llora también y hace asomar las lá- 
grimas á los ojos de cuantos la escuchan. 

Y pasa Dios, en su carro de fuego, del que tiran el huracán 
y el simoun. Purifícame y serélimpio;limpiamey seré anblan- 
quecído mus que la nievCy dice entonces el pecador, y parece 
que una bienhechora lluvia humedece los campos agostados 
ru/^i^ 19or el sol y endereza las flores tronchadas y marchitas por el 
fuego canicular. 

Sonó la última nota, se apagaron las luces, y todo quedó 
en la sombra. Salió la concurrencia á la calle, y las menudas 
gotas de la lluvia y el fresco ambiente de la noche ahuyen- 
taron del cerebro las visiones que forjara la fantasía. Al ver- 
se en las tinieblas libre de aquel cántico sublime, ensanchóse 
el alma pecadora: no estaba ya delante de su Dios. 

Yo también esperaba para salir que la puerta quedase 
' "^^^-•^Talgo des aho gada de gente, cuando uno de mis más queridos 
amigos, hijo de Toledo, muy curioso y amante de sus tradi- 
ciones y á quien este libro debe alguno de sus recuerdos to- 
ledanos, enlazó su brazo al mió y me arrastró hacia la plaza 
dfe la ciudad, donde están las Casas Consistoriales, y allí me 



DE TOLEDO. 271 



kizo sentar en un banco, á su lado, frente á la portada de la 
catedral y á su esbelta torre que se levanta desde la tierra 
ai cielo como se eleva á Dios el pensamiento lanzándose con 
las alas de luz de las ideas á las regiones del infinito. 

— ^Voy acontarte, — me dijo, — la leyenda de esta noche, 
porque esta noche tiene su leyenda. Los muros de piedra y 
las bóvedas de la catedral la saben de memoria, y los pája- 
ros que anidan en la alta tori'e, los animalillos que viven en 
el musgo que crece sobre las almenas y los chapiteles — coro- "JE^,,^ t 
naque ciñe el tiempo á estos viejos colosos del pasado — se ^ 

la cuentan unos á otros en las largas noches de invierno, en 
medio del silencio y la soledad que reinan por todas partes». — 
Abrí los oidos para escuchar con atención, preparándome 
á experimentar las dulces sensaciones que una leyenda — de 
tal modo anunciada — me prometia, y pocas horas después, 
sentado en mi mesa de despacho, trascribia al papel el rela-^ je/^/^ 
to de mi amigo, cuidando de hacerlo hasta en sus menores' 
detalles. Hele aquí: 

n 

Es el año 1521 afio fatal para las libertades españolas. 
Las Comunidades, que nacen el anterior á la voz de fueros y o 
libertad para poner coto a la soberbia de un rey extraño y á Ar^*i^r 
las violentas exacciones de sus consejeros, tienen un fin 
desastroso en los campos de Yillalar, aquel dia memorable 
en que hasta el cielo velaba su trasparencia y el sol su luz, 
para no hacerse cómplices del crimen de la ciega fortuna, 
veleidosa como mujer, y uncida al carro triunfal de los ^^^"^^fi^- 
flamencos orgullosos. Pg^dilla, lE^ajp y Majdonajlo mué- ^"^^ 
ren al otro ^ por mano del verdugo en el cadalso de \QBÍÍU!Kjt% 
tñnáaiAeSj y mueren con ellos las Comunidades, muere ~"^~ 



272 TRADlCiONJES 



también la libertad y dá principio la decadencia de Espaüa, 
que no es otra cosa aquel período de luchas y victorias que 

'(tu.eíM^. gastan estérilmente las fuerzas y los recursos del país, sólo 
para que en sus últimos años pueda Carlos I sonreírse coa 
satisfacción en una celda del Monasterio de Yuste, al re- 
cordar las humillaciones que mientras vivio en el siglo hizo 
sufrir á su rival el prisionero de Pavía. 

Año es este pródigo en sucesos para la ciudad que luego 
había de ser la predilecta del Emperador. Toledo, más que 
ninguna otra provincia, había alzado la voz para oponerse al 
^ desenfreno de la corte; sus procuradores eran los primeros 
que se habían atrevido á señalar al rey extranjero los límites 
en que debía encerrarse su voluntad omnipotente; Juan de 
Padi}|á, jefe principal de las Comunidades, era uno de sus 
hijos más queridos y el que se hallaba al frente del ejérci- 
to: todo esto había de señalarla más que á ninguna otra, 
asignándola puesto de preferencia en la rebelión, y por lo 
tanto en la responsabilidad, si la rebelión era vencida. De 
aquí que Toledo siguiera el movimiento revolucionario con 
interés creciente. La ciudad estaba armada y como un solo 
hombre dispuesta á morir en defensa de sus derechos; los 
que en ella no simpatizaban con la causa popular habían 
;: dejado sus muros yendo á engrosar el séquito de Carlos, ó 
so mantenían en actitud reservada, encerrados en sus casas 

!>¥'*^%cAvSÍn atreverse á manifestar á las jglaffls su desagrado. 

Un día sonaron alegremente las campanas suspendidas 

Uw já ci^.en el hi^co de las torres, y la ciudad se vistió de fiesta 
como si se tratase de solemnizar una victoria. Grupos de 
hombres, que llevaban con marcial aspecto la fuerte armadu- 
ra que el ansia de libertad ciñera á su cuerpo, pasaban tu- 
multuosamente por Zocodover en dirección al puente de 
Alcántara; mujeres y niños, corriendo tras ellos, jengrosa- 



DB TOLEDO. 273 



ban la multitud, que se hacia mayor á medida que pasaba por 
las principales calles. Gritos ób alegría se confundian con 
el estridente tañido de las campanas que tocaban á rebato. 
Por partes recientemente recibidos sabíase que el obispo i^tÁ^\c. 
Acuña, al frente de crecido número de partidarios, ve- '" 
nia á Toledo á ponerse á las órdenes de la junta, deseoso 
de ocupar un puesto de peligro en la lucha cuya proximidad 
se presentía, y el pueblo en masa se preparaba á recibirle pa- 
ra pagar con su gratitud el sacrificio del prelado de Zamora. ^^ 

Pero quedaron fallidos sus deseos, porque Acuña, en su ^Jf^j ^ /% 
afán de sustraerse á las entusiastas manifestaciones que supo *i 
le tenían dispuestas los toledanos, dejó que la gente que lle- 
vaba pasase delante y se detuvo en el camino; y cuando 
llegó la noche y las calles estaban desiertas y oscuras entró 
•en Toledo, yendo á recogerse al alojamiento que se le tenia 
preparado. 

A la mañana siguiente— dia de Viernes Santo — dos 
hombres, los más influyentes en los barrios extremos de la 
•ciudad, Jimeno de Urrea y Fernán Sánchez, hablaban con 
^an animación en la plaza de Zocodover. 

— ¿Conque es cierto— decia el primero- que há venido el ^¿±P 
obispo de Zamora? 

— Tan cierto como Juan de Padilla es nuestro jefe y el más 
noble de la ciudad — le contestaba Fernán. — Aun no se ha 
extinguido en España la raza de los obispos que, vistiendo ¿(¿// 
acerada cota sobre el trage sacerdotal, vayan al combate 
precedidos de la cruz como estandarte y manejando el bácu- "íUaJ^ 
lo á manera de lanza. 

— ^El obispo lo entiende. Nuestra causa es justa y santa ^ 
y él parece que nos trae la protección de Dios, que llamará 
con sus oraciones sobre nuestras cabezas. ¿Y qué van á ha- 
cer de él? 

18 



274 TRADICIONES 



— Se ha acordado nombrarle capitán general mientras 
dure la ausencia de Padilla.- Mandará nuestras fuerzas en 
unión de doña María y sabrá, como ella, defender la ciudad 
contra las huestes imperiales hasta que vengan los nuestros 
á socorrernos, porque parece que el prior de la Sisla vá á 
empezar el ataque contra nosotros. 

— ¿Y no se ha acordado nada más? — preguntó Jimeno con 
extrañeza. 

— ¿Qué más querías tú que se acordase? — le interrogó á 
su vez lleno de asombro su amigo. 

— Está vacante la silla arzobispal y creo que nunca po- 
dríamos esperar tener mejor prelado que Acuña. Él es el 
*^Aí* ^ primero que viene á alist arse en nuestras banderas; creo 
justo que, por lo tanto, fuese el primado, y puesto que trae 
su prestigio á la comunidad, ésta debia colocarle sobre to- 
dos los prelados de España. — 

Calló algún tiempo Fernán, pero moviendo la cabeza 
dijo al cabo de un rato: 

— {Imposible! Tus deseos son excelentes, mas no se pue- 
den realizar. 

— ¿Por qué? 

— ^Porque nunca el cabildo accedería. 
^.^^f — ¿Y qué nos importa su parecer? ¿Se lo hemos pedido 

acaso para rebelamos contra el emperador? ¿Simpatiza siquie- 
ra con nosotros? 

— Desengáñate; cuando nuestros jefes no se han atrevido 
á hacerlo... 

— Bazon de más para que el pueblo lo haga. 

— Para que el pueblo lo haga... Eso se dice fácilmente. 

— Y se hace lo mismo. 

— ¿De qué modo? 

— Es muy sencillo. Un dia que esté el cabildo reunido, co- 



DE TOLEDO. 275 



jemos al de Zamora en su alojamiento, lo llevamos con nos- 
otros á la catedral, lo sentamos en el sillón que ocupan los 
arzobispos en el coro... y ya está hecho. — 

Un estremecimiento recorrió los miembros de Fernán, y 
leve palidez cubrió su semblante. 

— ¿Sabes lo que dices?— dijo á su amigo en voz baja. — 
Entrar á mano armada en la catedral; violar su recinto... 
Un sacrilegio... 

— Quiero á la catedral tanto como la puedas querer tú. 
He nacido en Toledo y delante de sus altares he balbuceado 
mis primeras oraciones, guiado al decirlas por la voz de mi 
madre. Todas sus grandes fiestas van unidas á los recuerdos 
más dulces de mi vida. Conozco sus más ocultos rincones y 
sos imágenes me parecen cosa mia. Creo, al mirarlas, que de 
la misma manera que las veo en los nicl^gs abiertos en el fy,-^ ^ 
muro, ó en los chapiteles de las columnas, ó en las gradas Í¡^uJLhí 
de piedra, ó en las conchas de pórfido, ó en las aras de 
mármol*, ó en la cuadricula de sus retablos, voy á encontrar-; 
melas á mi muerte en el cielo. En su recinto están mis padres* 
enterrados... ¿Me crees capaz de profanarla? Pero yo no juz- 
go un sacrilegio el acto que medito. Creo mi causa bendeci- 
da por Dios desde lo alto; y considero al de Zamora digno de 
llevar el báculo de nuestros arzobispos. ¿Dónde vés tú mo- 
tivo á tus temores? 

— Sin embargo.... 

-•-Nada, nada; no quiero escucharte. Ven conmigo, y si te 
convenzo, basta con nosotros sin que tengamos que contar 
con nadie más, ni aun con el mismo Acuña, que, por vanos es- 
crúpulos, se opondría á nuestro deseo como se ha opuesto hoy 
á recibir la ovación que á su entrada teníamos dispuesta. Nos 
llevamos nuestra gente , y esta noche misma damos el golpe. 

— ¿Esta noche misma? 




276 TRADICIONES 



— ¿Qué Otra mejor? Mientras se cantan las tinieblas están 
en ellas cuantos pudieran oponerse á nuestro intento. Una 
vez allí, el pueblo en masa se unirá á nosotros. ¿Estás deci- 
dido, buen Fernán? 

— No del todo; interrumpir una ceremonia sagrada.... 

— Sígneme; vamos á tu casa y allí maduraremos el plan 
y desharé tus últimos escrúpulos, hombre de poca fé, que 
desconfías y pones en duda la santidad de la causa que de- 
fiendes. — 

Y arrastrando á su amigo se perdieron ambos por la 
plazuela de Santa Catalina, dando vuelta al antiguo palacio 
de los gobernadores árabes de Toledo. 



III 



Trascurrió aquel dia, durante el cual, tuvo el pueblo 
ocasión de demostrar al marcial obispo de Zamora el entu- 
siasmo con que le veia entre sus muros. Pasó el prelado á 
visitar á doña María j^checo, hablando con ella de sus es- 
peranzas, y ya á la caida de la tarde se ratiró á su aloja- 
miento. 

Vino la noche, y nadie hubiera dicho que la ciudad esta- 
ba fuera de la ley y expuesta, á cualquier hora, á ser herida 
por el brazo vengador del monarca contra el cual se habia 
rebelado, al ver la tranquilidad con que los toledanos, ter- 
minadas las rudas faenas cotidianas y libres del peso, de 
A6Vh las armaduras que no soltaban de dia, dejando encomen- 
dadas á los guardias la vigilancia de los puentes y las 
puertas, y á los destacamentos avanzados la seguridad de los 
caminos que á ella conducían, dirigíanse en tropel confuso á 
la catedral para solemnizar el hecho doloroso de la Pasión de 
Jesucristo, muerto también en el Calvario por la libertad de 



DE TOLEDO. 277 




los hombres y por la redención de las conciencias. De todas 
partes acudia la multitud ávida de elevar al Altísimo sus 
preces. 

Cuando sonó la hora señalada reuniéronse los canónigos 
en el coro, y la capilla mayor quedó alumbrada solo por el 
reflejo moribundo de la lámpara que pendiente de la elevada 
cúpula arde á los pies del gigantesco crucifijo que se alza so- 
bre la cerrada ver[a que la proteje, dando principio el rezo Í^'Íka. 
fervoroso de las tinieblas, imagen del aislamiento en que 
dejó á la pequeña familia evangélica la muerte de Jesús. El 
sol se habia apagado; el alma de la pequeña sociedad habia 
volado á regiones más puras y sublimes, y solo quedaba 
en la tierra el cuerpo sin alma, exhalando en el silencio y eL 
dolor de sgarra dores ayes de pesar en que lamentaba la aií- 
sencia del profeta galileo, y echaba de menos los consueloíí<;^f:ííf* 
de su presencia, la dulzura de su palabra. 

Tristes resonaban los ecos de las salmodias, y la música, 
gimiendo, expresaba en sus notas impregnadas de melancolía 
las ansias de aquellas largas horas de inquietud, de aquellos 
interminables dias de incertidumbre; de aquellas negras no- 
ches pasadas en el llanto, entre la pena de la tarde anterior y 
el sobresalto de la mañana siguiente, y parece como que se 
veian pasar sobre los vidrios de colores, de cuando en cuando 
heridos por el relámpago, los fantasmas del insomnio, las 
visiones de la pesadilla, abortos del terror y el pensamiento. 

Oyóse de repente un sordo ruido, como de gente armada 
que se acercaba en son de guerra, y poco á poco fueron cre- 
ciendo los rumores á medida que la multitud de donde sa- 
lían se aproximaba á la iglesia. Pusiéronse en pié los devotos 
que no sabían á qué atribuir aquel ruido desusado á tal hora 
y en semejante lugar. No era posible una sorpresa de los im- 
periales; tampoco podia creerse que Padilla hubiera vuelto. 



278 TRADICIONES 



¿Qué sucedía, pues, en la ciudad? ¿Qué fuerza la conmovia 
tan hondamente para que sus convulsiones llegasen hasta el 
Á y templo á turbar la calma de la oración, la paz de su re- 
2 \ cinto consagrado? Los canónigos, em bebi dos en la ora- 
ción ó prestando escaso oido á lo que pasaba fuera de allí, 
proseguían modulando con sus voces unidas en estentóreo 
coro las sentidas palabras del profeta. 

Pero bien pronto salieron de su curiosidad los que se 
preguntaban la razón de aquella revuelta. Abriéronse con 
estrépito las puertas de la catedral, violentamente empujadas 
por la multitud furiosa, y un tropel de gente armada, á cuya 
cabeza iban en primer término, Jimeno de ürrea y Fernán 
Sánchez, invadió la Basílica, gritando \Gomunidad\ y acla- 
mando al obispo de Zamora, que era llevado entre la multitud 
como á la fuerza. El pueblo quería dar á Acuña una prueba 
de su amor elevándole á la dignidad suprema de la iglesia 
de España; quería ser regido por él; quería verle revestido 
de los hábitos que usó San Ildefonso, pidiendo á Dios, entre 
la pompa de las festividades religiosas, su protección para 
la causa que ardientemente defendían. Y había ido á su alo- 
jamiento, l€i había obligado á que le siguiera, y le llevaba 
en triunfo á sentarle en la Silla arzobispal, para que aquella 
misma noche tomase posesión de tan alta dignidad. 

Levantáronse á la vez todos los canónigos que rezaban, in- 
terrumpiendo la oración errante por sus labios y dejándola 
sin terminar; levantáronse también los músicos, y los instru- 
mentos que magistralmente sonaban expresando el poema su- 
blime, exhalaron una última nota que se apagó al chocar con- 
tra las bóvedas de granito. Y en cambio de aquel himno pau- 
sado que saUa por aquellas cien bocas abiertas constantemente, 
y siendo otros tantos torrentes de armonía, oyóse el inmenso 
vocerío de la multitud que aclamaba al obispo de Zamora 



DE TOLEDO. 279 



esoítándole á que ocupase su asiento en el coro; y en vista de 
la resistencia que hacia, allí le llevaron sus entusiastas parti- 
darios, pasándole de uno á otro en brazos, y cuando le vieron 
en el puesto que su voto unánime le concediera, prorumpieron 
en nuevos gritos de júbilo y alegría. 

Ante este atentado sacrilego, cometido en la misma ca- 
tedral en dia tan solemne y en tan sagrada ceremonia, el ca- 
bildo en masa se retiró, escapando cada canónigo por donde 
pudo y quedando interrumpido el rezo de tinieblas. 

Después de este acto, con el que simpatizaron los fíeles 
que se hallaban dentro de la iglesia, D. Antonio de Acuña 
faé llevado de la misma manera hasta su casa por el pueblo 
que no se retiró hasta dejarle en ella. 

Aquella noche las campanas del reloj de la Basíli- 
ca sonaron tristes en medio del silencio de la noche; como 
impulsadas por un soplo invisible apagáronse las lámpa- 
ras que arden siempre en la catedral y el santo recin- 
to quedó completamente á oscuras. Desde la parte ex- 
terior, sin embargo, dicen que durante la noche se es- 
tuvo oyendo como un murmullo que no cesó hasta que los 
primeros rayos de la aurora penetraron en el templo á través 
de los irisados rosetones: las imágenes de los santos, las es- 
tatuas que duermen sobre los sepulcros, las almas de los que 
yacen allí sepultados, proseguían el interrumpido rezo, y en- 
tonaban plegarias fervorosas pidiendo perdón para los estra- 



vios de los hombres. 



IV 



Pasáronlos sucesos en España; el año 1521 se llevó en-i 
tre los pliegues de su manto la cabeza de Juan de Padilla; 
dos años después moria D. Antonio de Acuña ahorcado en el 
viejo castillo de Sima](^as. 



280 TRADICIONES 



Desde entonce», y todos los años, empezó á observarse 
con terror, durante los tres dias clásicos que dedica el mun- 
do cristiano á conmemorar la muerte de Jesús, que apenas 
salia la gente del Miserere^ cantado, como de costumbre, 
en la Basílica; cuando las puertas se cerraban y el templo 
quedaba solitario, ruidos como de pisadas se oian desde la 
calle. Cuando la luz empezaba á dibujarse en el espacio^ 
aquellos ruidos interiores cesaban y todo volvia á quedar en 
silencio. 

Un dia, un curioso quiso averiguar su causa, y con este 

iA^^klL ^y ®^ s® escondió, durante la ceremonia, en un confesona- 
rio de la capilla dé Sau Ildefonso, y allí esperó, para salir^ 
á que se retirasen los últimos. 

Era hombre despreocupado, sin duda, y se quedó dor- 
mido dentro del confesonario, hasta que vagos rumores,, 
llegando vagamente á stís oidos, le despertaron á lo me- 
jor de su sueño. Restregóse los ojos, creyéndose jugue- 
te de una ilusión , y dejó su escondite para salir de la 
capilla; pero al llegar á la puerta se detuvo, mudo de es- 
panto y de terror. Una procesión extraña desfilaba por de- 
lante de él. Iba á su frente un esqueleto revestido con há- 
bitos arzobispales, llevando mitra en la cabeza, báculo en la 

^vfi^^J^ mano y espada y daga en la cintura, y á su lado otros dos, que 
parecían los más abatidos, dando mayores muestras de con- 

Á/v»\A».*wvM tri^aii y arrepentimiento. Tras ellos, formados correcta- 

•^ mente, un sinnúmero de esqueletos, descabezados los unos^ 

cubiertos otros de grandes manchas de sangre, caminaban 

í n^Ai» despacio, calda la calavera sobre el huegudo pecho, apo- 
^ yando la mano izquierda en el puño de las espadas, y soste- 
niendo en la derecha un hacha, cuya azulada luz oscilaba 
tristemente á compás del vacilante y tardo paso. 

Conforme pasaba por delante de cada altar deteníase la 



DE TOLEDO. 281 



fúaebre procesión; el obispo que marchaba á su cabeza gol- 
peaba el suelo con el báculo, y á esta señal los que le se- 
guían se hincaban de rodillas, y algo como el eco de una 
llegaría se dejaba oir. Después, se levantaban, volvia á po- 
nerse en marcha la procesión y contiouaba su paseo. 

Las estatuas dormidas en sus lechos se incorporaban 
sobre su sepulcro y miraban con sus ojos de piedra el pa- 
voroso séquito; las esculturas de las Vírgenes y los san- 
tos se animaban también y parecía como que una lágrima de 
compasión corría por sus mejillas; los monstruos, hijos de la 
calentura, que abortara el artista en sus horas de delirio, y 
esculpiera con su cincel abrazados á las columnas de granito, 
parecían también cobrar vida, y arrastraban su cuerpo, ó ^'cí/eM, 
movían sus alas en el espacio, como queriendo unirse al fan- 
tástico cortejo del obispo. Y cuando los esqueletos oraban 
movíanse los labios de las estatuas, y sordos ecos de oracio- 
nes, vagas y tenues como el hálito de un niño^ se unían á la 
oración de los fantasmas, exhalando otro acento indefinible y 
fundiéndose con el primero; especie de canto desacorde ar- 
rancado á un órgano descompuesto por una mano torpe y 
perezosa. 

Y es que Dios, en su infinita misericordia, había perdo- 
nado á los comuneros y al obispo de Zamora el agravio que 
le hicieran al entrar tumultuariamente en la catedral é in- ' 
terrumpir las oraciones del cabildo, y los había perdonado 
porque la causa en cuya defensa murieron era justa y santa, 
y porque el tormento es un Jordán que redime de muchas 
culpas en la tierra; pero imponiéndoles como penitencia el sa- 
lir de su tumba los tres dias de la pasión para recorrer pro- 
cesionalmente el recinto sagrado y postrarse ante todos los 
altares, ante las imágenes todas, para pedirlas, de hinojos, 
perdón de aquella ofensa que las habian hecho en un rapto h.\\^: 



282 TRADICIONES 



de locura. Cuando la procesión se desvaneció, semejante á esas 
nieblas que durante la noche se elevan desde el rio y se des- 
hacen en el aire á la mañana cuando un rayo de sol las hiere, 
el curioso cayó desvanecido. Al dia siguiente volvió en sí, se 
confesó, tomó la comunión y espiró sin que diese tiempo á 
que lo trasladasen á su casa. 

Hace ya muchos años que los que pasan por la plaza del 
Ayuntamiento después de terminados los Misereres de Se- 
mana Santa, no oyen ningún ruido en el templo: Dios, sin 
duda, ha perdonado ya á los culpables, y ha hecho cesar su 
penitencia. 



'^v, 



¡0 7 V 



FIN. 



DS TOLEDO. 283 



NOTAS. 



EL CRISTO DE LA LUZ. 



En la sacristía de la ermita del Cristo de la Luz hay un 
cuadro que, según autorizadas opiniones, es de fines del si- 
glo XVI ó principios del xvii, copia de otro más antiguo, y 
que representa el acto de traspasar el judío con su dardo el 
costado del Redentor. Al pié del lienzo, y en caracteres góti- 
cos, se lee aún, pero con trabajo en algunas partes, la siguien- 
te inscripción que és, indudablemente, la primitiva expresión 
de la leyenda: 

«En el año de 555 Reynando en Efpaña Atanagildo, Rey 
»Godo fiíédió en efta yglefia que un Judío, viniendo de 
»la guérta de Campo Rey, q oy fe dice guerta de Rey, paf- 
»fando por efta yglesia hallado ocaño oportuna pa fu maldi- 
»to intento por q el rencor y el enojo que tenían los judíos 
»con el Original verdadero qeftá en Altar Mayor ques del Ce- 
ndro q ellos truxeron de Jerusalen pa fu Sinagoga q la te - 
»nian donde oy ef, Santa María la Blanca — Efte, f, Crino 
»dla Cruz y Madre de Dios de la Luz por los milagros tan 
»marauillofos que hacían, fueron perfegudos tanto que le pu- 
»fíeron veneno en los pies, por q los criftianos q los befasen 
»muriefen luego queriéndoles befar una mujer pecadora JRe- 
:»huyó el, f, xpo. el pié quedando los dedos apartados pa q 
^quedase fee del milagro, pues como hallaffe el judío la ygle- 
»fía fola con fu acoftubrada indinacio apuntó el dardo al pe- 
»cho di Sxpo y con el encuentro y el golpe lo derribó en 
» tierra derramando mucha fangre día herida de q el judío 
» admirado y arrafbrádola haíta la puerta, la coxió debaxo de 



284 TRADICIONES 



»fa talabardo corriendo fangre hafta la plagula de Valdeca- 
»leros donde vivia el judío. Facaro los criftianos viejos don- 
»de eñaba por el Raftro día fangre, bnfcaro toda la Caifa 
»del judío y no halládole se volvían y el Sxpo fe apardó en 
»pié á la puerta de la caballeriga donde le tenían ef cedido 
» entre el eftiércol y siempre corriendo fangre de la herida. 
» Vino el Rey Atanagildo aver el portentofo caso, y admira- 
»do viendo la maldad del judío, mandó fuefPe apedreado. 
»Volvióffe á fu, s, templo yglefia de la Cruz con macha so- 
)» lenidad haciendo de allí adelante mucho más. 

s>En la pérdida de Efpaña quando la perdió el rey Don 
» Rodrigo que fué el tercero año de fu Rey nado que fué el de 
»fetecientos y catorce del nacimiento de xpo. temeroffos de 
»los árabes y judíos los criftianos no ultrajasen las Reliquias 
» Saetas defte, f, xpo día Cruz y Madre de Dios de la Luz y 
» otras muchas Reliquias, ef tas. dos ymágines fuero guarda* 
»das y ocultas entre quatro paredes con una lapara enoendi* 
»da con una 1... que decía el porq y cuando fe ocultare. Fué 
»Dios férvido Quel Rey Don Alonfo el fefbo ganafe á Tole- 
»do el día de, f, Urbá á 26 de Mayo el año de 1085. Entró 
»en Toledo muy alegre, con mucha gaballería, el Cid Ruy 
»Diaz venia á su lado y llegando á la puerta Aquilana quef- 
»taba frontero día yglefía día Cruz el caballo del Cid fe arro- 
»dilló y vieron q fe desmatelaron las paredes y vieron prodi- 
»gioso cafo al, f, xpo y virge día Luz y gracia di cielo en to- 
^do el tpo día pérdida de Efpaña haíta qel Rey Don Alonfo 
»el 6." ganó á Toledo estando ardiéndola lapara del xpo haf- 
»ta q fe ga t^ y dixofe en efta cruz aquel día la primera 
»misa y oeJS^l Rey fu efcudo á la yglefía. — autore Fabio 
»dextro Máximo y Pelagio. Don R.° en fu historia día pér- 
»dida de España. Dios lo puede todo. Laus deo.» 

Hé aquí ahora la descripción, en su mayor parte fantás- 
tica, que de este crucifijo, objeto de tanta devoción, se hace 
en un libro titulado Ystorial del Santísimo Xpto de la 
Cruz y iVifestra Señora de la Luz^ escrito á media- 
dos del siglo XVII y que se conserva manuscrito en la £|lio- 
teca Provincial de Toledo: 

:&Su estatura es de más de tres palmos, cuyos miembros 
:»se componen con la debida proporción; el barniz de que cu- 



DB TOLEDO. 2^5 



»que demuestra, ya por las injurias sufridas. La cruz es tos- ^ ^ < 
>teza. El rostro afligido se reclina sobre todo el hombro, díes- 



v-/ 



»brc su tez se representa oscurecido, ya por la ancianidad 
»que demuestra, ya por las injurias sufridas. La cruz es tos- 
»ca y nudosa, fabricada de un tronco sin desnudarle la ^¿- 5^-i *- >*t. 



»ooyiuDtado, cayendo en el brazo diestro; los J^Hos cárdenos, 
>lo8 Hojos melancólicos, los dientes ffraspillado^ las sie]^ ícM^ 
«taladlas, las mejillas sangrientas,^as manosj aunque cía- <iuv« t/t C 
»vadas, abiertas y ra sga dos los nervios de ellas; el cuerpo < jf 
>oon dos heridas, que siendo un cuerpo muerto no se pueden 
» cerrar. La parte inferior se viste de un sudario ó túnica 
>sobre la cintura hasta las rodillas. Los pies el uno tiene 
»davado y el otro desprendido.» 

* * 
También en la poesía popular dejó una huella el hecho 

milagroso; el -B^wia/jiCga^u|¿D^4sSS^^ 3?HS^ inserta el Ks 
siguiente romanceaque el sabioTcompilaHor no duda en dar 
cierta antigüedad. 

At»nas[il(lo, rey godo, 
de Espada el reinado habí»; 
hace bien por Jesucrist»; 
l(ran creencia en él tenia. 
^ Contarase aquí un milagro 

aoe en sn tiempo sucedía, 
n judío entró en un templo 
llamado Santa Mari»; 
en él estJi un cru£|fijo 
muy peque rto eir'ddraasia; ^t»* íiTA.*? 

el judiólo II ridi*" 

con na danto que traía 

y y?^rp sa de los cristianos "*> ) 

só'él vestido lo metía 

para quemarlo en su casa, 

mas cuando lo descubría 

traía todos sus nanos 

sangrientos de m ferlda 

que le dió al crucifijo: 

-muy gran pavor le ponía! 

No to osara quemar, 

mas escondido lo había. 

I^os cristianos n> lo bailan 

allí donde estar solía: 

bailaron rastro de sangre 

V por el rastro seguían 

nasta dar en la posada 

donde el judio vívia: 

bailáronle por la sangre 

que mucha estabí vertida. 

Volviéronlo k la iglesia, 

y al judiólo prendían: 

vivo lo apedrearon 

por el delito que hacía. 



286 TRADICIONES 



UNA IVIUJER INGENIOSA. 

Hé aquí la inscripción que se halla en el torreón de en- 
. trada sobre la clave del arco, y debajo de la estatua de San 
Julián, y que explica las vicisitudes por que ha pasado el 
puente hasta su reedificación á fines del siglo Xiv: 

PONTEM CUJÜS EUINJB IN DECLIVI ÁLVEO PROXIMI VI- 
SUNTÜR PÜLMINIS INUNDATIONE QUJB ANNO DÑT. MCCm 
SUPER IPSUM EXCREVIT, DIRECTÜM TOLETANI IN HOC LOCO 
íEdifioaverunt. Imbecilla HOMINUM CONSILIA QUEMJAM 

ANNIS LiEDERE NON POTERAT, PETRO ET HENRICO PRATRI- 
BÜS PRO REGNO CONTENDENTIBUS, INTERRUPTUM. P..TeNO- 

Rius ARCfflEP. Tole. Reparandüm. c. 

Pisa, en su Historia de Toledo publicada en 1612, tra- 
duce asi esta inscripción: 

— Una puente había en este lugar cuyos oimientos 
se ven a las orillas del rio debajo de esta, que ha- 
BIÉNDOSE caído por una gran CRECIENTE QUE SOBREVINO 
EL AÑO 1203; EN SU LUGAR LOS CIUDADANOS DE TOIMDO 
LEVANTARON ESTA. Y COMO LOS ACUERDOS DE LOS HOM- 
BRES SON FLACOS, YA QUE EL RIO NO LA PODÍA EMPECER 
POR ESTAR MÁS ALTA, HABIENDO CONTIENDAS ENTRE EL 

REY DON Pedro y su hermano don Enrique sobre el 

REINO, LA puente SE ROMPIÓ. EePARÓLA EL ARZOBISPO 

D. Pedro Tenorio. 

La otra lápida, que se halla en la parte del puente que 

dá á la ciudad, conmemora una nueva reedificación en el 

^' \ año 1690, durante el reinado de Carlos 11, pero pas ando po r 

^ -, f , alto la llevada á cabo tres siglos antes por D. Pedro Tenorio. 

A -' Dice asi: 

Reinando Carlos ii n. s., la imperial toledo man- 
dó reedificar este puente, casi arruinado en la inju- 
ria DE cinco siglos, DÁNDOLA NUEVO SER, MEJORANDO BN 
LA MATERIA, REFORMANDO EN LA OBRA, AUMENTANDO EN 
ESPACIOS Y HERMOSURA, EN QUE SIGUIENDO EL EJEMPLO 
'I DE LOS PASADOS A LIENTE CON EL SUYO A LOS VENIDEROS. 

En lo referente á la pequeña figura de piedra que se vé 



DE TOLEDO. 287 



en un nicho abierto sobre la clave central del arco la opinión 
anda dividida. Mientras el pueblo, conforme en esto con la 
tradición, vé en ella á la mujer del arquitecto, hay quien cree 
que las ropas que lleva son más de prelado que de dama, y, 
ñindado en esto, sostiene que representa al mismo arzobispo 
D. Pedro Tenorio. La gran elevación á que se halla la esta- 
tua y sus pequeñas dimensiones, hacen muy diñcil formular 
un juicio exacto; pero así como en el torreón situado al pié 
del puente los poetas no pueden ver otra cosa que el Baño 
de la Gava^ asi también la imaginación popular creerá siem- 
pre á la pequeña estatua copia fiel de la ;nujer del arquitec- 
to. Yo^ por mi, puedo decir que, tanto desde la orilla izquier- 
da del rio como desde el puente, la he examinado con aten- 
ción en compañía de varios amigos, y al fin de nuestras ob- 
servaciones todos hemos quedado convencidos de que el bus- 
to representa á una mujer, y en ningún modo á un hombre- 



EL PALACIO ENCANTADO. 

No es Don Kodrigo el único rey que, según la tradición 
popular, ha precipitado su fin desastroso, sorprendiendo los 
secretos impenetrables de un palacio encantado, y rompiendo 
las prohibiciones que le impedian satisfacer su curiosidad. 

Salazar de Mendoza, en su obra Monarquía de España, 
dice sobre este asunto: (lib. I.) — «Paréceme este cuento el 
»que refiere Elieno del rey Darío, descubridor del sepulcro 
»de Délo, que eraun arca de vidrio casi llena de aceite, y en 
»la columna la letra que decia: Quien abriese este arca Mn- 
échela de aceite ó le sucederá mal, y que Darío la procuró 
» henchir y no pudo; y que se siguió la perdición de su ejérci- 
»to y el matarle su hijo.» 

La leyenda dice que el palacio encantado desapareció por 
una tempestad, así que salió de él Don Rodrigo con toda su 
corte; pero la Crónica anónima de este rey, publicada en 
Valladolid en 1 527, refiere del modo siguiente esta última 
parte del maravilloso relato. 

«Desta guisa salieron fuera de la casa, y él defendió á 
» todos que no dijeran ninguna cosa de lo que allí habían ha- 



288 TBADIOIONES 



lu^ 



»llado, y mandó cerrar las puertas de la manera que prime- 
»ramente estaban; y no eran bien acabadas de cerrar, cuando 

Su [^ » vieron un águila caei( de suso Viel aire, que parecía que 
^-^» descendía del cielo y trSfóTín tizón de fuego ardiendo, y 

«-¿M^ OVpusolo de suso de la casa, y comenzó de alear con las alas, 
»y el tizón, con el aire que el águila fazia con las alas, co- 
>menzó de arder y la casa se encendió de tal manera, como 
»si fuera hecha de resina, así vivas llamas; y tan altas, que 
y esto era tal maravilla, y tanto quemó, que en tpda ella, no 
»quedó señal de piedra, y todo ííIJo fué hecho ceniza. E(á^O;^ 
\\ »eade_hpi^ llegaron unas .avecill^ negras, y anduvieron por 
»3e SUSO de la ceniza: ytantsá^ eran y daban tan grande 
» viento de su vuelo, que se levantó toda la ceniza y esparció- 
€^^^^ »se por España toda cuanta el su señorío era, y muy mu- 
»chas gentes, sobre quien cayó, los tornaba tales como si los 
«untasen con sangre, y esto acaesció todo en un dia, y mu- 
»chos dijeron después, que á todas las gentes que aquellos 
» polvos alcanzaron murieron en lo que adelante oyredes, de 
» cuando España fué conquistada y perdida. Este fué el p'ri- 
»mer signo de la destrucción de España.» — 

La edición de esta obra hecha en Toledo en 1540, tie- 

^i't^ ne una portada, en la cual está, tesamente representado, 
este hecho. Se vé, en primer término, la torre del palacio, 
asentado sobre cuatro grandes leones. Don Rodrigo y una 
porción de caballeros, han salido ya de ella, y uno de sus 
guardianes, de rodillas, recibe de manos del rey las llaves 
para cerrar de nuevo los candados de la puerta. En el aire 

y^fiJLt;^ s¿3^erne algo parecido á un águila que vuela sobre la torre, 
llevando en la boca un tizón encendido. La perspectiva está 
sumamente descuidada, y á pesar de lo que dice la leyenda 
sobre la altura de la torre, todos los caballeros que están de- 
lante de ella, podian, sin dificultad, tocar la parte superior 
del tejado con sólo alzarse sobre la punta de sus pies. 

Tanf^gahen^Jajíe en su RjstQriade los Árabes citada 
por Mariana en su Goneral de EspaSaypbr el conde de Mo- 
ra en su particular de Toledo, como existente enlá ISibliote- 
ca del EscoríaL refiere con alguna amplitud esta torpeza del 
rey godo, y cuenta así la destrucción del palacio: 

«A la media noche de aquel dia oyeron grandes voces y 



DE TOLEDO 289 



» alaridos, que parecía género de batalla; y estremeciéndose t*^*#-c% 
^toda aquella tierra con un bravo estruendo, se hunaio todo *r.c*r 
:» aquel edificio de la vieja Torre, de lo cual ñieron todos muy 
^espantados, paredéndoles como un sueño lo que habian 
avisto.» 

Yo me he limitado á seguir en mi relato la opinión po- 
pular que quiere que sea una tempestad lo que acabe los 
encantos de Hércules, y abra la conclusión de la gótica mo- 
narquía. 

Hé aquí ahora una versión antiquísima conservada por - 
-el pueblo con las galas de la poesía. El primero, sobre todo, i^^ 
-de los romances siguientes pertenece, según su compilador, 
D. Agustín Dur an, á la primera época de la poesía castellana, 
anterior á la invención de la imprenta, y ha sido conservado, 
por lo tanto, por la tradición oral. 



Don Rodrigo, rey de Espafia, 
por la sü cornna Lonrar 
nn torneo en Toledo 
bi mandado pregonar: 
sesenta mil caballeros 
en é l se han ido á j notar. (-^\ 

<BaMecJdTi>el gran torneo, \J 

queTléndüTe cofflenza r, 
vino gente del dedo 
por le haber de suplicar 
que k la antigua casa de Hércules 
quisiese un candado echir 
como sus antepasados 
lo solían costnmbrar* 
El rey no puso el candado, 
más todos los fué á quebrar, 

Eensando que gran tesoro 
[ércules debía dejar. 
Entrando dentro en la casa 
nada otro fuera hallar 
si no letras que decían* 
"Rey h;is sido por tu mal, 
' que el rey que esta casa abriese 
•'li RspaDa tiene quemar.ii 
Un cofre de gran riqueza 
hallaron dentro un pilar, 
dentro del nuevas banderas 
con figuras de espantar; 
^S^abflT)le cabapo 
síírptntiírse menear, 
con espajdas á los cuellos, 
ballestas de bien tirar. 
Don Rpdrigo pavoroso 
no curó demás mirar. 

19 



290 TRADICIONES 



Vino on iiguila del ciclo, 
la casa fuera qoemar. 
Luefo envia mocha Rente 
para África conqoist^r 
veinticinca mil cabalieros • 
dio al conde don Julián, 
y pasándolos el conde 
corría fortuna en la mar; 
perdió doscientos navios, 
cien galeras de remar 
y toda la gente suya 
sino cnatro mil no mis. 

n 

De los uobilisimos godos 
qnc en Castilla hablan reinado, 
Rodrigo reinó el postrero 
de los reyes que han pasado, 
en coro tiempo los moros 
todaBspafia hablan ganado, 
sino fuera las Asturias 
que defendió Don Pelayo. 

Kn Toledo está Rodrigo; 
al comienzo del reinado 
vínole gran voluntad 
de ver lo que esiá cerrado 
en la torre que está alli, 
antigua de muchos a'* os. 
En esta torre los rey^s 
cada uno echó nn cando 

Snrqoe lo mandó Hi^ 
érenles el afamado 
que «rano primero 4 RspaAa 
de Gerion gran tirona, 
t'reyó el rey que habia en la torre 
grande tesoro guardada. 
La torre fué luego abierta 
V quitados los cañados. 
No hay en ella cosa algina, 
sólo una caja han hallador 
el rey la mandara abrir 
nn palio dentro se ha hallado 
con unas letras latinas 
que dicen en castellano: 
«t^aando aquestas cerradoras 
»gae cierran estos cañados 
«fueren abiertas, y visto 
»lo en el paño dibnUdo, 
sEspaRa será perdida j^. 



»y en ella todo asoiado. 

sGanarala gente extrafft 

«como aqoi está flgnrado, 

«los rostros muy denegridos, -, 4 • Tjla.«*_ 

» ios brazos arremajigados, ^^^ p ««.-^oy^ 

«muchas colores Vestidas, . . 

«en las cabezas to£|dos: ^^fjh^ 

» Alzadas tnerán sus teSas * 

«en caballos cabalgando, 



DE TOLKDO. 291 



>en sos mauos largas lanzas 
»con espadas en su lado. 
«Alárabes sn dir*n 
»y de aquesta tierra extraflos; 

«perderase toda '''•pa*»^ 

sqoe nada no habrá^lu(¡^^ 
El rejr con sos rlcos-nomiiires 
todos se habían esnantado 
caündo vieron las figuras, 
y letras que bemos contado. 
Vuelven i cerrar la torre, 
quedó el rey muy angustiado. 



® 



EL BAÑO DE LA CAVA. 

Todos los críticos están conformes en afirmar que el tor- 
reón desmoronado que hoy lleva el poético nombre de Baño ¡^ 
de la Cava, es el estribo del primer puente que hubo en esta ñi^ci¡tét4 
parte del rio y queT^ consecuencia de haber sido arrastrado ' 

por una avenida del Tajo, fué sustituido por el que hoy se 
llama de San Martin. 

Diferentes testimonios, dignos de crédito, hablan de 
este primer puente. Lmtpjcgjx^ en su Cronicón dice: — «Fué X^ 
^edificada por orden d^Mahometo la maravillosa puente que 
^está sobre el Tajo en el valle de Santa.Leoc§dia la Preto- 
»riense, en la Vega de Toledo.» — 

Pero el más expresivo es ^ís^xSf ^lé aquí sms palabras: — K 
«El rey de Toledo Mahomad ó Mahometo fué el que mandó 
» edificar la suntuosa puente cuyas ruinas se ven al presente 
» debajo del con vento d fi-San Agustín, ribera del Tajo, junto 
3¡>ú. Santa Leocadia de la Vega. Muchos autores dan esta no- 
»ticia.:» — Y cita las palabras que acabamos de trascribir de 
Luitprando. Más abajo añade: — «Hoy se vé la puerta por 
:> donde se entraba á este puente y en un pilar de ella hay un 
^letrero que lo explica; en castellano dice así: En el nombre 
9 de Dios misericordioso y piadoso ñié hecha esta puente 

»por mandado del gran rey de Toledo Mahomad 

» •..,. 

^En Toledo, guárdele Dios. Acabóse en la luna de Kanosd 
i>de la Egir en cumplimiento del afio de la egira doscien^ 
2> y cuatro.» — 

Hoy ha. desaparecido esta inscripción. 

¿De dónde, pues, ha venido la idea pupular que ha for- 



292 TRADICIONES 



mado la fantástica le3'eada á que esta nota se refiere? De la 
situación del torreón que se alza en la parte más pintoresca 
del rio y precisamente al mismo pié del convento de San 
Agustin, antiguo palacio de Don Rodrigo, desde el cual se 
dominaba el supuesto baño sin esfuerzo alguno. Los cronis- 
tas quieren que el rey godo, á semejanza de David, se ena- 
morase, en el baño, de la mujer que tan fatal habia de 
jj^^^^^ ser á España: bastaba con esto para demostrar por una serie 
jT^f de sil ogism os irrefragables que el tal resto de puente no pudo 
i^Í^^oC>K ser otra cosa que un baño. 

Tal es el fundamento de la tradición. 



ALLÁ VAN LEYES, DONDE QUIEREN REYES. 

De muy antiguo venian los Pontífices queriendo cambiar 
i « V el rezo gótico llamado también toledano por la particular 
^^■^ ( afección y respeto que Toledo le tenia, y muzárabe por que 
era el seguido constantemente por los cristianos, que vivien- 
do en las poblaciones dominadas por los árabes hablaban su 
lengua y eran juzgados por sus leyes; (1) pero todos sus es- 
fuerzos se estrellaron en Castilla hasta el reinado de Don Al- 
fonso VI, en cuyo tiempo señalan los cronistas los dos juicios 
de Dios que se narran en la leyenda. El cronicón de Burgos 
citado porFlorez, en su Esj^añaScfjjr^a, da testimonio del 
primero en esta forma: liroT MÜXVT En este año lu- 
charon dos campeones por la ley romana y la to- 
ledana^ el Domingo de Ramos, tino era castellano 
y otro Toledano, y fué vencido éste por aquel.)^ 

El arzobispo D. Rodrigo se refiere muy oetalladamente 
al segundo en su líS^ná d^BebmHi§]i¡!§ni(Bf y aunique no 
falta quien juzgue apócnfas amSas especies, un célebre his- 



j 



(1) Diferentes y divididas son las opiniones que corren como verdaderas 
sobre el nombre de muzárabe» qoe se aplicaba á estos cristianos. Mientras idos 
lo derivan de n^MÁtabSs^ palabra latín» qa) si^niflcnrin la mezcla de los do9 Doe- 
blos, otros oreen qae m uza en árabeüu iere d¿oj[r,£ji&U¿no, y le dan el inísmo 
signicado. Y no falta escriior qhé V^aCoscár su etimología en la vo{ mwtíjáa^á 
con qae, según Aianáfijar, designan los árabes á los que no siéndolo persa naci- 
miento se ar&b]zabi|n después. 



DE TOLEDO. 2^3 



toríador sale al encuentro á los incrédulos, fundándose en 
que puede decirse que son coetáneos los testimonios citados, 
puc8 el Cronicón se remonta aTsTglo xii, y el arzobispo don 
Kodrigo escribia su historia á principios del xiil y en el mis- 
mo lugai^e los sucesos; de modo, que aún podian haber lle- 
gado hasta él de viva voz, y sus abuelos pudieron presen- 
ciarlos. 

De todos modos, el hecho no deja de tener precedentes. 
Según el P. Florez en la obra citada, tratándose en el si- 
glo VIII de extinguir el oficio Ambrosia no de jMila n en tiem- 
po del Papa Adriano I, y oponiéndose S ello el oSispo,.Eugc- 
nio, se redujo lacompetencia á poner los dos misSessobre 
elaltar, y adoptar el que primero se abriese sin auxilio na- 
tural ninguno; y abriéndose los dos á la par, se dio la misma 
sentencia, mandando que el ambrosiano quedase en sus igle- 
sias y el romano en las demás. 

En la iglesia muzárabe de San Lúcas ^ en Toled o, consér- 
vase un cuadro bastante antiguo que representa el acto de 
ser arrojados al fuego los dos misales gótico y latino, y se ve ^ 
al último saltar de la hoguera como si ésta lo rechazase de sí. I 
lia VírgendelaJBsjgeranza parece presidir el juicio, que es 
presend^STporunaporcion de caballeros vestidos á la ma- 
nera morisca. 

* 

La misma tradición refieren la otros de distinta manera, 
diciendo que el que fué consumido por las llamas fué el mi- 
sal romano y el muzábare el que saltó intacto de ellas como 
si el fuego no se atreviera á destruir aquellas páginas bendi- 
tas, inspiradas por el mismo Dios. Como en todas las tradi- 
ciones sobre las cuales hay más de una versión, yo he segui- 
do en esta la más popular y la he trascrito tal como muchas 
veces la he oido referir. 

J lete ig lgsias qued.ai:Qii en -Toledo autorizadas para con- ''^ 
servap~aquelía respetable antigualla, inalterable á través de ^<fi'^M 
los siglos desde los tiempos apostólicos, y á todas ellas con- "*^^ 
cedió grandes privilegios D. Alfonso VI, queriendo atenuar 
en algo la falta que hacia la opinión general de su pueblo 



294 TttALilClO.NKb 



había cometido; pero el tiempo, que todo lo concluye, hisM) 
que este rito fuese decayeudo y perdiendo su importancia 
aun en estas mismas iglesias, en que quedó reducido sola- 
mente á ciertas solemnidades. 

Entonces fué cuando CisDcros, que no quería qiu se per- 
diese tan respetable recuerdo^ erigió en la (^tedralae Tole- 
do (año 1500) una capilla en la cual se dieseeTcuIto oon 
el. antiguo ríto muzárabe, y allí es donde únicamente se con- 
serva, en la antigua ciudad que en otro tiempo le dio su 
nombre. 



LAS JUSTICIAS DEL REY SANTO. 

- Hé aquí lo que dice Gamero sobre esta tradición: 
— «Mandó el rey decapitar al alguacil mayor de esta ciu- 
»dad Facundo Gonzalo según unos, y Fernando González 
» según otros, por haber atr opel lado la honra de dos doñee* 
t^-^^jh »llas; y dícese que las dos figuntas de4ziámol blanco y labor 
^^^^^ » tosca que se diyisan en el últimoi^erpo^ arquitectura de 
/ : >. »la Fuerta defSoly simbolizan esta jüstícía, representando á 
-y »las dos mujeres ultrajadas, y sobre sus cabezas, en un pla- 
nto, la del violador infame que abusó de su autorídad y de su 
aposición para mancillarlas. Añádese que el rey confiscó sus 
»bienes al D. Fernando, entre los que figuran el señorío y 
aÁjl adehesa de Yegros, que donó al hospital de Santiago, funda- 
»do'eñel siglo xii ix)r un Maestre de esta orden.» — 

Grandes recuerdos dejó en el ánimo de todos esta veni- 
da á Toledo del rey Santo. En un M. S. de Antigüedades de 
una Biblioteca particular, se lee lo referente al año sétimo 
del rey y 1224 de J. C. :— «A^'iniendo á Toledo, como ala 
» sazón obiese grandes revueltas mandó i)render á los causa- 
^ xdores deellas i sentenciarlos; i á muchos cortaron los pies 
»y manos; i otros ahorcaron i cocieron vivos en calderas; i 
hicieron otras grandes justicias.» — 

Ningún documento coetáneo dice, sin embargo, nada so- 
bre el verdadero origen del grupo de piedra enclavado sobre 
las ojivas centrales de la Puetia del Sol; así que los orí- 
ticos tienen que contentarse con la opinión del pueblo para 



\ 



A^ 



B£ TOLEDO. 295 



explicarse su existencia ea tan grandioso monumento árabe. 
Solo Hay un dato irrecusable. Consta que en 1224 la dehesa 
de Tegros ñié cedida por el rey al hospital de Santiago. En 
la sección de Beneficencia del archivo provincial aún puede 
verse un gran plano de esta posesión, plano sumamente an- 
tigno^ que se dá como perteneciente á dicho hospital por el 
rey Santo. Este es el único fundamento, aunque algo débil, 
en que pueda apoyarse el que quiera buscar la razón de esta 
leyenda; pues verdaderamente es digno de atención que el 
rey pudiese disponer á su antojo de u na posesión particular. • t^^^*^ 

Don Manuel Assas, en suToledo Artístico, al tratar de la 
I\ierta del Sol y del pequeño grupo, recuerdo de las justicias 
de Don Femando HE, no conformándose con la explicación 
del pueblo, apunta otra que yo trascribo sin discutir y solo 
por recojer en esta nota cuanto se haya dicho sobre el asun- 
to: dice que en un principio se dedicó la puerta á San. Juan | 
Bautista, y que su cabeza es la que se vé en el plato sosteni- j 
da por dos de sus discípulos. ' 

Esto es cuanto he encontrado sobre esta antigualla. 



LAS BODAS DE ABDALLAH. 

Todos los historiadores de Toledo y diferentes crónicas 
de la Edad Media, hablan de esta proyectada unión entre un 
rey moro y una infanta cristiana. 

La poesía vino en apoyo de la tradición y varios roman- 
ces narran todavía con vivos colores el hecho referido en la 
leyenda. Hé aquí uno de ellos sacado del Bomancero compi- 
lado por D. Ajustin JRurán: 

En los reiuos de León 
El quinto ALmso reinaba; 
Una tieruana tiene el rey; 
Dofia Teresa se Itama. 
Andailá, rey de Toledo, 
Por mujer se l» demanda 
Y el rey con muy mal cunsejo. 
Lo que pide le otorgaba. 
Movióse el rey á fiucerlo 
Porque el moro le nyudaba 
Gontra otros reyes moros 
De quien él se recelaba. .^^ S 




296 TRADICIONES 



¡ Mocho á ia infiínta le pesa 

rt^oUí vi^v» /^«-^ En se ver t»u detiostada 
' ' De la casar con un moro 

Siendo la infanta cristiana. 
No aprcvecban coa el rey 
Las ligrimas que Koruba 
Ni los ruegos qne le raegan 
Para revocar la demanda. 
El rey la envió á Toledo 
A donde Andallá <'Staba: 
Recibióla bien •! moro; 
En la ver uucbo se holgaba. 
Procuró de haber su amor; 
Quiere goxar de i a inísuta: 
Ella con crecido enojo 
Aquesta razón babliib^; 
~Vo te díKO que no llegues 
A mí, porque soy cristiana, 

Y Id, moro, de otra ley 
De la mia muy lejnna; 
No quiero tu compaOia, 
Tu vista no me agradaba; 
Si nones manos en mi 

Y ae ti soy deshonrada. 
El ángel de Jesucristo 

A quien él me ha dado en guarda 
Herirá ese lu cuerpo 
. I ¿^ y I Con 80 muy tajante espada.^ 

V^OU > -"KU/u» Maí:^/^ No se le dij nada al moro 

De lolpléla infanta hablaba: 
Cumplió en ella su querer, 
Dueúa el inoro la iprnaba. 
■■\ Den de á muy poco rato 

" ' Eílñgel de Dios lo llaga: 
Dióle grande enfermedad, 
Sobre el moro cae gran plaga. 
Caldo d rey ser d*eila moierfo 

Y que de tai mal uo escapa: 
Llamó i sus ricos- hombres, 
Con la Infanta los enviaba 
A León, donde está Alfonso: 
Gran presente le Ui'.vaban 
De oro y piedras preciosas. 
Que en gran va!or estimaban. 
Llegados son á León, 

La infanta monja>é->ntraba, 
Do vivió sirviendo á Dios 
Honesta vida muy santa, 
En aqueste monasterio, 
El que de las Huelgas llaman. 



* • 



Después de señalar el sabio compilador el anacronismo 

jL \ en que incurre el poeta desconocido al hacer profesar á doña 

fj^^^_\ Teresa en el monasterio de las Huelgas, edificado tres siglos 

"^ ^más tarde por TJoñ MronsoTTTlI de Castilla, hace notar 

que el mismo hecho se ha atribuido en otra tradición á la 



DE TOLEDO. 2^7 



in&nta DaS§^Elyíi*a,'liija del rey Don Ordeñó, á quien ca- 
saron con el rey moro de Valencia. • • 

El carácter de Abdallah es un punto que la crítica his- 
tórica no ha puesto en luz todavía. Mientras unos oreen, con 
la leyenda, que hubo un rey de Toledo de ese- nombre, otros 
afbrman que era un simple gobernador de la ciudad; otros, 
en fin, ponen en duda su existencia. Pero reconociendo que 
algo de verdadera debia tener una tradición tan estendida, 
van á buscar en otra parte el mahometano marido de Doña 
Teresa. De estos últimos es MrJDloz^ 

El célebre orientalista holan3(^ en su obra titulada ) 
Investigaciones acerca de la Historia y de la literatura de | 
España durante la Edad Media se hace cargo de la leyenda ' 
repetida en las crónicas españolas y arábigas, de una prin- 
cesa cristiana casada con un príncipe musulmán; pero des- 
car^ndo del maravilloso relato, que él toma de Pelayo, ^•^•<x^ 
obispo de Oviedo y escritor del siglo xii de nuestra Era/' la 
personalidad de un rey de Toledo en quien no reconoce 
fuerza alguna para imponer á Alfonso V el sacrificio de en- 
tregarle á su hermana, supone que la infanta Doña Teresa 
fué casada con Almanzor, el gran visir del imbécil Hixem II, 
y sólo á la muerte^^su marido y como resultado de las pa- 
ces firmadas entre AlfonsoV y Mudb.afar, hijo y sucesor de 
Almanzor, volvió á Leoñ y profesó en el co4vento de San 
PelayOj^ de_Ojiedo, donde murió el 25 de Abril de 1039. La 
e^lebcía de Doña Teresa no le presenta duda algima, pues 
la prueban diversas cartas de donación firmadas por dicha 
señora, cuyo retrato, — según Mr. Dozy, — existe en el cartUr¿<uu^.-<A*c« 
lario de Compostela, y la representa con cetro y corona, cir- ( 4.x/ 
ounstancia en que vé una alusión á su matrimonio con un 
príncipe musulmán. 

Y en apoyo de la hipótesis que sostiene, cita el siguiente 
pasaje del escritor árabe Ibn-al Jatib, referente al gran 
Almanzor: - -^ ^z.-^^^^ 

«Almanzor hizo cerca de setenta campañas, conquistó ^ 

provincias, arrancó los escaramujos de la impiedad, humilló t'^íH^í-^' 
á los incrédulos, desordenó las filas de los infieles, rompió ^ ^ 

las cruces, recorrió el país de los enemigos hasta §us últi- . 
mos confines y les impuso tributos. El Jefe de los^mies)le 



298 TRADICIONES 



tenia tauto miedo que qaiso unir su casa á la suya y le ofre- 
ció su hija; ésta fué entonces la favorita de Almanzor y so- 
brepujó á todas sus compañeras en piedad y en virtudes.» 
Con este testimonio, Mr. Dozy cree que la infanta Doña 
Teresa fué dada en casamiento como prenda de pas, á Al- 
manzor por su mismo padre Don Bermudo 11, rey de León. 



SANTIAOO DEL ARRABAL. 

Mucho sü ha discutido sobre si la predicación de San Vi- 
cente ocasionó víctimas á los judíos ó fué solamente pacífica 
y convirtió á las masas israelitas con el poder de la palabra: 
en lo que se refiere á la predic&cion citada en la tradición de 
Santiago del Arrabal, es imposible tratar de defender esto 
último. 

Consta, en efecto^ que aquel dia electrizados los cristia- 
nos, entiéndase bien, los cristianos, por la voz del santo, se 
Itjffy^ dirigieron á la sinagoga principal de los judíos, ^ita entre el 
Tránsito y San^Juanjba^lQ9, Reyes, llevando el santo á su 
caCeza, y la bautizaron dándola el nombre de Santa María 
^ ^ la Blanca, y poniéndola bajo la advocación de SanHB^nito. 
u\ Amador de los Rios, en su «Histona^deJí^..4udÍQ^ 
[)} ñ^yekanunaiidQ la cuestión bajo un punto de vista eminen- 
temente católico, insiste, á pesar de esto, en que aquel dia 
no hubo sangre; confiesa que San Vicente, al ver que no con- 
movía á los judíos de Toledo, al contrario de lo que le sucedía 
en todas partes, bajó irritado del pulpito y con los cristianos 
cix*^ que le siguieron se dirigió á la sinagoga. Prescindiendo de 
que esto es un ataque al derecho de gentes, ataque que 
nada disculpa, si escusable en las masas ignorantes, dig- 
no de reprobación en un hombre á quien tan imbuido del 
espíritu del Evangelio se nos presenta como á San Vicen- 
te, prescindiendo de esto, digo, parece imposible que se nie- 
gue nadie á deducir de tales hechos las consecuencias evi- 
dentes que de ellos se desprenden, pues es de suponer que 
los cristianos, entusiasmados como iban y fresca aún en su 
imaginación la matanza de años anteriores, no irian á la si* 
I nagoga con mucho miramiento, á contentarse con bautizarla 



DE TOLEDO. 299 



I>ara complacer al santo; á más que, por mucha paciencia que 
se conceda á los judíos, hay que reconocer que harían alguna 
resistencia para impedir que de este modo se les arrebatase 
bU sinagoga principal. Esto es lo que se consigue queriendo 
sacar las cosas de su corriente natural: formar una situación 
imi)osible. 

Pero por si no fuera bastante el sentido común para 
comprender cómo pasaron los hechos, hay un testimonio nada 
sospechoso en favor de las matanzas: un c Memorial de algu- 
nas cosas notables de la ciudad de Toledo, dirigido al rey 
Don Felipe U por D. Luis Hurtado de Mendoza en 157 6, y en 
el cual se cita como cosa digna de mención «la casa de la Si- 
• » nagoga( ^aKe) Sant Benito, cuya Sinagoga de Sancta María la 
» Blanca consagró Sg^tyl^QteFener con mano armada en 
»mil y quatrocientosytSnTe y cinoo.> * 

No creo que el pequeño error de focha que hay en esta 
noticia sea bastante á poner en duda la veracidad de su au- 
tor, que en el tiempo en que escribía no puede suponerse que 
trataba de ofender la memoria del santo, ni es tampoco de 
presumir que dirigiendo su Memorial al rey Don Felipe U, 
fuera á insertar en él noticias falsas ó cuya oomprobadon no 
fuese fácil. 

En la parroquia de San Lú^ se conserva todavía el cru- 
cifijo que usaba San Vicente en sus predicaciones. 



Ui 



LA CUEVA DE HÉKCÜLES. 

Desde muy antiguo son conocidas de los cronistas las 
creencias del vulgo sobre la Oueva de Hércules, existente en 
Toledo en el mismo sitio en que luego se alzó la parroquia 
de San Oinés, y todos ellos han hecho grandes investigacio- 
nes paHliveriguar el verdadero destino de ella. Unos opinan 
que Hércules la fundó, á semejanza de lo que hizo en Áfri- 
ca, según Pomponio Mela y en Gibraltar según Stra^n, para 
que quedasTmemona eterna de sus hechos ó para templo 
en que se le diere culto; otros la creen obra de los romanos, 
bien cloaca en que se recogían las aguas sucias é i nmun dicias / ^o(m^ 
de la ciudad, bien camino seguro y fácil por el cual podían I 



300 TRADICIONES 



retirarse sin ser vistos de sus contrarios, caso de yerse ata- 
cados y tener que abandonar la población. Y no falta, por úl- 
timo, quien sospeche que en ella se reunían los cristianos 
durante las persecuciones que sufrieron, teniéndola como re- 
tiro, iglesia y cementerio. 

Esta vaguedad, y el asegurar algún crédulo cronista que 
á ella acudían los nigromantes de toda España á ^rcitarse 

fiOii^Uu 6n la m^a y á hacer sacrificios humanos, han dadolnárgen, 
sin duda, á las mil leyendas y tradiciones inventadas sobre 
ella. Y tales llegaron á ser los cuentos supersticiosos, que 
inspiraron al cardenal Silíceo la idea de acabar con ellos y 
hacer ver su erroTirpueBIo que únicamente podía conse- 
guirse mandando reconocer la cueva. Hé aquí cómo refiere 
estos trabajos Salazar de Mendoza en su crónica del gran 
cardenal de España, pubGcaSa'el año de 1625: 

—«El año de 1546 la quiso reconocer el cardenal D^Jy^ 
:» Martínez y Silíceo^ y para este efecto la mandó limpiar y 

u* fí*-^ »pfóvenií "Botíaron por ella algunos hombres con linternas 
»y cuerdas, que iban dejando para la vuelta, con provisión 
T^áe comida y bebida. Halláronla muy fresca y húmeda por 
:&ser verano, y h^iendo entrado por la mañana salieron al 
:» anochecer. Declararon con juramento, que habiendo cami- 
:&nado como medía legua entre Levante y Septentrión, añu- 
sque á ellos les pareció que cuatro leguas por el trabajo con 

^V^ A<í| »que iban, toparon unas estatuas, á su parecer de bronce, 
»sobre una ara y que cayo una de ellas con ruido que los es- 
»pantó. Pasando adelante toparon con un curso de agua que 

►**«A%iv1 *^^ pudieron atravesar por no tener recado de ello, y causó- 
:»les mucho miedo por la fuerza con que corría. Desde allí se 
» volvieron penetrados del frío y de la humedad, y enferma- 
»ron y murieron casi todos. » — 

w 'p. '" Esto aumentó las ha blil las del vulgo en vez de dismi- 

nuirlas, por lo cual mandó el cardenal que se cerrase la cae> 
// va, siguiendo así hasta 1851, en que se formó en Toledo una 
sociedad para reconocerla nuevamente; y así se hizo limpián- 
dola — dice Gamero- «en un espacio de 50 píes de largo 
)»por 30 de ancho, en el qué se alzan tres grandiosos arcos 

\^jtj^»de buena piedra síjlerí a y dos muros de lo mismo á los cos- 
»tados de estos, sosteniendo dos fuertísimas bóvedas, de cons- 



DE TOLEDO. 301 



»trucoion evidentemente romana.» — Llegados con esto á la 
peña viva no pudieron seguir adelante, y tuvieron que con- 
tentarse con lo que habian obtenido. 



'-«•«•*'< 



EL POZO AMARGO. 

¡Las tradiciones se van! — Hé aquí el grito de angustia 
que exhalan de tiempo en tiempo los curiosos amantes del 
pasado al ver cómo desaparecen casas y señales, vivas memo- 
rias de añejos hechos sucedidos y base de fantásticas leyen- 
das en que la imaginación del pueblo conservó algo de su 
modo de ser. Yo mismo no pude contener esa exclamación ^Jj^ 
cuando el b roca l del pozo que dio su nombre á la calle de 
que se hace mención en el texto fué arrancado de su sitio 
y sustituido por una plancha de hierro al nivel del empe- 
drado. Con él se iba la tradición, ya medio olvidada. Aho-^ ^^o^^ 
ra el viajero ext raña rá el nombre fatídico de aquella calle ^f^ 
larga y estrecha, siempre sombría, siempre silenciosa, que 
va á terminar al rio, y en vano buscará á su alrededor la 
causa de tal denominación; cuando este nombre sea sustitui- 
do por otro, cesará hasta todo motivo de curiosidad. [Cuántas 
otras tradiciones se han per^iido así! Por eso me he apresu- 
rado á recoger esta en mi cartera de recuerdos toledanos, 
cuando vi la desaparícion del pozo. 



LA PEÑA DEL MORO. 

Esta es la tradición que más en desacuerdo está con la 
historia en cuanto al carácter de los personajes. Yahia, pér- 
fido, traidor y cobarde en la realidad, es noble, generoso y 
valiente en la leyenda. Sobeyba, rayo de sol que blrilla en . v 
medio de la noche de aquellos largos años de sitio y sufri- ^ ^^^ 
mientes, no aparece en la historia; Abul, en cambio, aun- 
que con otros nombres, es mencionado por todos los cro- 
nistas. 

Pisa, en la segunda parte (M. S.) de su Historia de To- x 
fe(Zo,'3ice hablando de la ermita de San Pedrox3i^*? ^^ - 
IS7 vulgarmente de San Podro de Saelíces): — « Junto á ésta 



362 TRADICIONES 



^ 



termita está la Beña que llaman del Rey Moro que tomó e) 

l£iA^^ » nombre de cierto rey moro que en el cerco de Toledo ha- 

""^ »bia jurado de no partir de allí sin ganarH Toledo, aunque 

»le sucediese la muerte, y le enterraron en aquel sitio.» — 

Folio 20. 

fWj^ en su obra sobre Toledo, cita como cosa digna de 
mención cerca de la yírgendel Valle el cerro inmediato á es- 
ta ermita y que dominato3S^os contomos. «Llaman á este 
relevado pico — dice — la Peña del Bey Moro, porque es tra- 
»dicion que uno de los caudillos sarracenos que en los pri- 
omeros años después de reconquistar Don Alfonso VI á To- 
»ledo vinieron á ver si podian tomarla de nuevo, parece que 
» contemplando desde este sitio la hermosa perspectiva que 
»ofrece la ciudad, dijo y juró no se partiría de allí sin apo- 
»derarse de ella ó morir en la demanda; y habiendo sucedi- 
)>do esto ultimo, se ^upone fué enterrado en la concavidad de 
»una peña aislada que está allí ^o cabad y en efecto artificial- 
emente á manera de sepultura, aunque no sabemos qué des- 
:&tino haya podido tener, pues la piedra no ha sido nunca 
» movida de aquel agreste sitio: aún hay la coincidencia de 
»que otros dos grandes cantos de bastante diámetro y enor- 
»me peso que se encuentráñ^por algún movimiento natural de 
«terremoto ü otra causa ignorada, colocados el uno sobre el 
i^v '.-^4 2>otro sin liga alguna, semejan, mirados á cierta distancia y 
»en determmada dirección, la cabeza de un moro ceñida de 
»su turbante.» — Lib., II. Secc. II. Cap. III. 



«1 



SUJv^ 



n 



UNA NOCHE TOLEDANA. 

A cuatrocientos, según unos; á cinco mil, según otros, as- 
cendió el número de víctimas sacrificadas á la venganza del 
feroz Amrú, en la célebre nocJie toledana. Qíyidg,se declara 
por la primera opinión; Pisa por la segundaTAbén Adhari 
dice que fueron setecieníosTBi la historia no pue^e^señalarÜ 
ciencia cierta la cifra exacta de nobles caballeros que per- 
dieron la vida por tan miserable traición, no vacila, en cam- 
bio, al apuntar el efecto que causó en el pueblo, impotente 
para rebelarse contra ella. El barrio donde tuvo lugar, quedó 



DE TOLEDO. 303 



desacreditado para siempre, y todos los cronistas toledanos 
liaeen constar, que desde entonces «cuando uno se obligaba á 
»iar á otro casa óviv^nda en Toledo, se estipulaba como k"<fir¿<x^ 
2> condición corriente que no babia de estar en aquel sitio. ;> 
Oíanse ruidos en el interior del palacio y espectros sangrien- 
tos paseaban por sus almenas, llevando el terror al ánimo de 
los habitantes de la vieja ciudad morisca. Y tanto cuerpo to- 
maron los rumores, que movieron á los gobernadores ¿rabes 
á abandonar el funesto alcázar situado en Montichel, en el 
barrio de San Cristóbal, para trasladarse al quioBoyes co legio 
de Santa Catalina,'^ónde á fines del siglo siguiente, en íiempo^ 
dé í bdallah,' los encontramos ya establecidos. 

STcónde de Mora, en su Historia de Toleda, hace indi-A. 
cacíones sobre étlügar exacto en'que'sellesarrolló la trage- 
dia descrita; pero esas indicaciones, subsistentes, sin duda, en 
su tiempo, se han perdido boy. Se sabe que el palacio de 
Amrú se alzaba en el barrio de San Cristóbal; pero se ignora 
en qué parte de este barrio. 

* 

Llaman algunos noche toledana á la que en 1468 pasó 
en Toledo Enrique IV. Habíase declarado en rebelcBala ciu- 
dad, y el rey, á qiiien babian dicho algunos parciales suyos 
que todo se arreglaría si él viniera, entró en ella de incóg- 
nito; pero sorprendido por los rebeldes, tuvo que sostener 
sangrienta lucha en las inmediaciones del Convento de San 
Pedro Mártir, en que vivia el Obispo de Bad^ozTT^tyTg- 
dro de Silva, con quien estaba hospedado el monarca, y safio 
de la población antes de amanecer con menos prestigio y 
menos autoridad de la escasa con que habia entrado. 

La locución popular no se refiere á este tiempo, sin em- 
bargo, sino al siglo IX. Tal es la opinión de todos los que 
tratan este asunto, aún de los mismos qus. se hacen eco de 
las dos versiones. 



EL CRISTO DE LA 3nSERIC0RDIA. 

Ningún testimonio escrito, por más que lo he buseado 
con empeño, he podido hallar referente á esta tradición. El 
Ú9Íí¡Q> libro en que la ha leido el pueblo con los ojos de la fé. 



304 TRADICIONES 






• 68 «1 muro- de piedra de la igle3JA.4l.§^^ Justo, en el ángulo 
qué forma con la calle que se dirigelt San 7uan^e la Peni- 
tencia. Allí, al pié de la imagen del Gri^Ío^3eJa l^ericor- 
(fia y se ven las rayas que cruzan el sillar que, según la leyen- 
da; sé abrió para que en él se ocultasS D^JWegode^Ayala, 
volviéndose á cerrar tras él. Esta tradición, pues, esEaba desti- 
nada á desaparecer conforme se borrase de la memoria de 
los toledanos— como sucede con la del Pozo Amargo — y por 
eso, el dia en que la oi de los labios de un anciano, hijo de la 
oiudad y padre de un querido amigo mió, me apresuré á 
apuntarla en mi cartera. {Dichoso yo si llamando háoia ella 
la atención, consigo salvarla del olvido que con seguridad la 
amenazaba! 



DON DIEGO DE LA SALVE. 

Ya al tratar la leyenda referente al cambio del rito 
muzárabe por el romano, se hizo mención de un cuadro exis- 
tente en la parroquia de San Lúeas, que representa el acto 
de arrojar en el fuego los dos misales, presenciado por ana 
multitud de personas que visten traje morisco, y presidido 
por la Virgen de la Esperanza. Frente á este lienzo^ que está 
bastante mal pintado, sin que sea preciso entender mucho de 
pintura para conocerlo, hay otro, del mismo autor, de la mis- 
ma época y de igual factura que conmemora l^ScUve de los 
ángeles. Arrodillados ante el altar que susteutaialmágcn de 
la Virgen, cuatro hermosos mancebos con las alas ostendidas 
. tañen diversos instrumentos con que acompañan sus cantos i 
i.-?viiíCv^María. En el fondo se agolp a la multitud asombrada ante el 
prodigio. Ambos cuadros están fechados en 1743. 

Muchos son los cronistas toledanos que hacen mención 
del milagroso suceso. Quintana I)upñas, en su obra §ígi^M 
S de Toledo y su arzobi^ado^ ha recojido de labios del pue- 
blo esta leyenda, que íatá"^de principios del siglo xvi, y !Ksa 
en la segunda parte, inédita^ de su Historia de la gran cm- 
' dad y casi todos los que después de él han escrito sobre To- 
ledo, han copiado el relato con todos sus detalles, conser- 
vando el nombre, Gaspar Manso, del cura de la pavr(H)uia 



■.—.<< 



TRADICIONES 305 



que avisado por sus fel igrese s acude así que tiene noticias ''iwh^ 
diíl prodigio y es uno de sus más fervorosos admiradores. ^ 



GALIANA. 

Es, seguramente, una de las tradiciones más entendidas 
de Toledo, la que trata de Galiana, 

la mora más celebrada \ \ 
de loda la morería, > | 

como dice el inolvidable Moratin en el bello romance en que 
trata de esta princesa muáulmána. Y no son solo las histo- 
rias de Toledo, sino las generales, las que se ocupan de ella; 
en ninguna relación de los sucesos de esta época falta la his- 
toria de amores en que tan importante papel representa el 
gran Carlo-Magno, objeto de tantos otros romances y héroe 
cien vece&^abado de la poesía popular. .^ ^ 

Y no la conceden menos preferencia los viajeros. Horídoj^ ^ 
todos los que visitan la imperial ciudad por la poética situa- 
ción de estas ruinas, que se alzan en las orillas del Tajo, en 
medio de la florida vega, rodeadas de árboles pomposos, to- 
dos ellos preguntan su nombre y lo guardan con empeño en- %" ^' 
tre sus notas de viaje. 

Algunos autores han hecho grandes esfuerzos por hacer 
posible la tradición en vista de lo estendida que está, y de 
que todos sus personajes son históricos, lo cual hace creer 
que existe en ella un gran fondo de verdad. Garibay, en 
el lib. XXXVÍI de su Campendio^Hi0rial, ''ííoerlcHay 
» quien da por sucedida está nístona; pero hay una discor- 
»dancia de más de 200 años entre ella y él. Es casi seguro 
»que hubo un rey moro que se llamó Qalafre. Lo es asímis- í? 
»mo que en Francia, y en Burdeos sobre todo, se ven edifi-[' 
»GÍos antiguos que llevan el mismo nombre de Galiana que i\ 
Ao& palacios de Toledo, lo cual hace creer que existí?^ esta 
»y que un caballero francés, llamado Carlos, nombre muy oo- 
:»mun, la llevó á Francia; pero éste no pudo ser Carlo-Magno.» 

Alcocer reconoce también la imposibilidad de que el Car- 
los áeTaT leyenda fuese el hijo del rey Pepino, y lo mismo 
Pisa y Mora. Este último arriesga la idea de que no fué 



300 TRADICIONES 



</vi ii r 



Cario- Magno, sino su hermano menor, llamado Garios como 
él, el que vino á Tofcdó atríucIo"por la fama de lanermosu- 
ra de Galiana, o enviado por su padre á prestar ayuda á Gt- 
lafre contra las exacciones del califa Abderrahman, con quien 
se hallaba en guerra á la sazón. Y para que ninguna opinión 
falte en esta controversia, hay quien cree que el principe ex- 
tranjero acogido en la corte musulmana con tanta conside- 
ración y alojado en los palacios de la princesa, es Alfonso VI, 
á quien la tradición ha confundido, no se sabe ci5mo, oon 
Carlo-Magno. En todo caso, ]X)dia sostenerse esta opinioi 
Hustituyendo también á Galiana y citando en vez de ella á 
Zaida, la hija de Ebn-Abed, el rey moro de Sevilla, conver- 
tiSaT al cristianismo y casada con Alfonso después de aa 
proscripción. 

Apesar de todas estas discusiones, el pueblo ha unido en 
su imaginación las dos figuras de Galiana y Carlo-Magno, y 
puede asegurarse que contra todo lo que demuestren los sa- 
bios y los eruditos, permanecerán unidas y no se separarán 
nunca. 



* 
« » 



Sea de esto lo que quiera, las descripciones que del pa- 
lacio se hacen le presentan como una hermosa mansión de 
hadas. Balbuena en El Bernardo lo adorna con las galas de 
la poesía,^^T^ano le vé en sus Beyes Nuevos por el prisma 
fascinador con que vé todas las cosas y liace de él una región 
verdaderamente maravillosa; Qamero en sus Cigarrales^ ha- 
bla de sus cl^psydraSy jardines y juegos de águaTBby sók 
restan de tan renombrado alcázar dos torreones y algunos 
muros que forman un cuadro, todo desmoronado. En el cen- 
tro del muro que mira al Norte se vé todavía un gran arco 
de herradura, que debió ser la entrada del edificio y á cuyos 
lados hay dos primorosas ventanas árabes sumamente dete- 
rioradas. En el interior rodean este arco que fué la entrada 
principal arabescos ya muy estropeados, entre los cuales hay 
algunas inscripciones ilegibles. Hoy viven allí unos pobres 
hortelanos, que ignoran, sin duda alguna, la liistoña de su 
vivienda. 



DE TOLEDO. 307 



LA PENITENCIA DE ACUÑA. 

No están oonformes los detractores del obispo con la 
opinión popular que haoe partir de otros la idea de su elec- 
ción al arzobispado de Toledo. Y es qne las plumas interesa- 
das de los escritores contemporáneos á las comunidades se 
movian inspiradas por el odio y bajo el poder de los vencedo- 
res, mientras el pueblo, herido por todo lo grande, no podía ^^ 
olvidar en Acuña al prelado muerto por la defensa de sus de- 
rechos en el castillo de Simancas. Así que en tanto aquellos 
le presentan como^n^átfíKwdso y un miserable, la voz del 
pueblo trata de atenuar en lo posible las faltas que cometió. 
No de otra suerte se ha obrado con Padilla, carácter noble y 
levantado según unos, y débil y apocídlíTegun otros; y con j^^, ^ 
su viuda doña María Pacheco, á qmen Guevara y A.lcocer 
presentan como iina amBioTósa vulgar, á quíéHTlotan de todos 
los vicios que pueden caber en un pecho femenino, mientras 
el pueblo la admira como á una heroina y la respeta como á 
una mártir. Es la misma historia de Pedro I. Llámenle cruel 
cuanto quieran los cronistas y los historScTores, el pueblo en 
BUS tradiciones, en sus consejas, en su poesía le llamará 
constantemente Justiciero . ''^^ 

Esta benevolencia no podia faltar á Acuña, muerto por 
defender la causa popular contra el emperador. De aquí que 
la figura del prelado zamorano no aparezca manchada en la 
imaginación del pueblo. Berído éste por el acto cometido en 
la catedral, condena el sacrilegio hecho á su templo más que- 
rido, el agravio hecho á la Virgen del Sagrario; pero aparta 
de la cabeza del obispo la responsabilidacTdfe" la iniciativa, y 
condenándole con benevolencia acaba por perdonar á los cul- 
pables, porque la causa que servían era justa. Aun los que 
más severamente tratan á Acuña no pueden menos de some- 
terse á esta influencia. El presbítero Juan de Chaves, autor 
de un libro inédito de ceremoniales en^quelTparfir^ de 1085 
se describen las funcioneí religiosas que se celebraron en la 
catedral por venida á la ciudad de reyes, fallecimiento de 
arzobispos y otros sucesos notables, refiere así el hecho en 
que se basa la leyenda: 



■ 



••> 



08 TKA1>1C10NB8 



«Viernes Santo del año 1521, estando en esta santa Igle% 
»sia de Toledo en Tinieblas, entró en ella D. Antonio, Obis- 
»po'de Zamora; yljOmcTéntró en esta santa Iglesia muchos ] 

Q»veUacos de la Comunidad, le tomaron y trageron por la Igle- j 
»sia y lo sentaron en la silla del Arzobispo diciendo que ha- . 
Wtt^f^^^^ ^^ ser Arzobispo y hicieron d ejar las tiniebl as y cada ji 
0/- /^no se fué como pudo...» 



r^ 



^ 
^ 






- ■ V 
/ 



índice. • 



PÁOINAS. 

^^^^^^^^^^^^^^ 

^- Introducción ^ ",'u V ^ "¡ 

^ El Cn sto déla L uz. . . :\ ^, ,..:.. IC J /^V V 

.- Una M vtjer ínge mosa. .JJL. ^^^. r- llí 9 

..-»*1 Pftlflffjn fínfiflntadn . .V. ^ V. . 29 

^^^1 Baño de la Cava .^. ............. '.*. . 

^^-'Allá van leyes, donde quiere^ reves^^l'/^i-. . . J?. . 

«^Las Just icias del Rey Santo. . .^ . #< 4 . 

^^;^as Bodas de ABdaliali. .J?7 ^ . 

,;^antiagojdel Arrabal ..... ^^ ( . 

^-^^LaTJueva de Hércules. ,[ ,ií' C 

^^^ Pozo Am argo V^^ %* 

^^Ja& Peña del Moro . . .t, , .^ . • 165 

--*üna nophe. toledana. . . ¿P. . 171 T . 1 87 

^^^ Cristo de la Misericordia".^^ €. 215 

,^-Don IHego de la^lve. . T.y. U. 231 

.i^-Oaliana. .7."XVill« ^' 2'*^ ^ 

^ — Jja Penitencia de Acuña . ^/¿L , .... .V. 267 

^ Notas M~.±l% 283 




'i^^^í 






^;-.-' ^3»l o:.. 



-t- 



' . '■» 
i i ,- 



^<3 



> ? 



f7-SS 



i 

Esta obra se halla de venta en todas las libre- .. 
rías de España al precio de 10 reales. i 

Los pedidos á los señores Montoya .y G.*, Ca - | 
ños, 1, imprenta, Madrid* 

No se sirve ningún pedido que ño venga acom- ¡ 
panado de su importe. 



\ 



■<•• 



I