(navigation image)
Home American Libraries | Canadian Libraries | Universal Library | Community Texts | Project Gutenberg | Biodiversity Heritage Library | Children's Library | Additional Collections
Search: Advanced Search
Anonymous User (login or join us)
Upload
See other formats

Full text of "Tratado de los delitos y de las penas"

. 






*7 



i 



*■' 



W>M. 









6 ^COCOUXL 

TRATADO 
3) JE ZOS JDJEJLITOB 



j DE LAS PENAS. 




MADRID: 

Imprenta de Doña Rosa Sanz calle del Baño. 

1820. 

Se hallará en la librería de Míriutria , dalle 
de loledo. 






«m0Uf0 lll QP mm ÍÉ0F 









T 

PRÓLOGO DEL AUTOR. 

■ 

lgunos restos de leyes de un anti- 
guo pueblo conquistador , hechas re- 
copilar por un Príucipe, que doce si- 
glos ha reinaba en Constantinopla, 
mixturadas después con ritos Lombar- 
dos ¿ y envueltas en farraginosos vo- 
lúmenes de privados y oscuros intér- 
pretes, forman aquella tradición de 
opiniones que en una gran parte de 
la Europa tiene todavía el nombre de 
leyes: y es cosa tan común cuanto 
funesta ver en nuestros dias, que una 
opinión de Carpzovio, un uso anti- 
guo , señalado por Claro , un tormen- 
to sugerida con iracunda complacen- 
cia por Farinacio^ sean las leyes obe- 
decidas con seguridad y satisfacción 
de aquellos, que para regir las vidas 
y fortunas dé los hombres deberían 
obrar llenos de temor y desconfianza. 
Estas leyes , heces de los siglos mas 
bárbaros , se han examinado en este 



IV 

libro por la parte que corresponden 
al sistema criminal, y cuyos desórde- 
nes se intenta exponer á los directo- 
res de la felicidad pública con un es- 
tilo que espanta al vulgo no ilumina- 
do é impaciente. La ingenua averi- 
guación de la verdad, la independen- 
cia de las opiniones vulgares con que 
se ha escrito esta obra, es un efecto 
del suave é iluminado Gobierno, ba- 
jo el cual vive el autor. Los grandes 
Monarcas y bienhechores de la huma- 
nidad, que rigen, aman las verdades 
expuestas por los filósofos retirados 
con una sencillez vigorosa, opuesta 
al impulso fanático de aquellos que 
se prevalen de la fuerza ó de la in- 
dustria, rechazados por la razón; y los 
desórdenes presentes son, para quien 
bien examina todas las circunstancias, 
la sátira y zaherimiento de las edades 
pasadas; no de este siglo ni sus legis- 
ladores. 

Cualquiera que quisiere honrarme 
con su crítica, empiece pues por co- 
nocer bien el fin á que se dirige esta 



y 

obra: fin que conseguido , bien lejos 
de disminuir la legítima autoridad, 
serviría de aumentarla , si puede en 
los hombres mas la razón que la fuer- 
za, y si la dulzura y la humanidad 
la justifican á los ojos de todos. Las 
críticas mal entendidas que se han 
publicado contra este libro se fundan 
sobre confusas nociones, y me obligan 
á interrumpir por un instante mis 
razonamientos á los sabios lectores , á 
fin de cerrar de una vez para siem- 
pre toda entrada á los errores de un 
tímido zelo , ó á las calumnias de la 
maligna envidia. 

Tres son los manantiales de donde 
se derivan los principios morales y 
políticos , reguladores de los hombres. 
La Revelación , la ley natural , y los 
pactos establecidos de la sociedad. No 
hay comparación entre la primera y 
las otras con relación á su fin prin- 
cipal; pero son semejantes en que con- 
ducen todas tres para la felicidad de 
esta vida mortal. Considerar las rela- 
ciones de la última no es excluir las 



VI 

relaciones de las dos primeras ; antes 
bien al modo que estas , sin embargo 
de ser divinas é inmutables, fueron 
depravadas por mil modos en los en- 
tendimientos de los hombres, admi- 
tiendo estos malamente Religiones fal- 
sas, y arbitrarias nociones de virtud 
y de vicio; asi parece necesario exa- 
minar separadamente de toda otra 
consideración lo que nazca de las pu- 
ras convenciones humanas ó expre- 
sas , ó supuestas por la necesidad y 
utilidad común: idea en que toda sec- 
ta y todo sistema de moral debe ne- 
cesariamente convenir; y será siem- 
pre laudable empresa la que contribu- 
yese á reducir aun los hombres mas 
incrédulos y porfiados, para que se 
conformen con los principios que los 
impelen á vivir en sociedad. Hay, pues, 
tres distintas clases de vicio y de vir- 
tud : Religiosa , natural y política. 
Estas tres clases no deben jamas tener 
contradicción entre sí , pero no del 
mismo modo en todas las consecuen- 
cias y obligaciones que resultan de las 



vn 
otras. No todo lo que pide la Revela- 
ción lo pide la ley natural , ni todo lo 
que esta pide lo pide la pura ley so- 
cial , siendo importantísimo separar 
lo que resulta de los pactos tácitos ó 
expresos de los hombres; porque los 
límites de aquella fuerza son tales, 
que pueden ejercitarse legítimamente 
entre hombre y hombre , sin una es- 
pecial misión del Ser Supremo. Asi, 
pues , la idea de la virtud política 
puede sin defecto llamarse variable. 
La que resulta de la virtud natural 
seria siempre limpia y manifiesta si 
las pasiones ó la flaqueza de los hom- 
bres no la oscureciesen ; pero la que 
dimana de la virtud Religiosa es siem- 
pre una y constante ; porque revela- 
da de Dios inmediatamente está con- 
servada por él mismo. 

Seria , pues , un error atribuir á 
quien habla de convenciones sociales 
y de sus consecuencias , principios 
contrarios á la ley natural ó á la Re- 
velación , porque no trata de estas. 
Seria un error en quien, hablando 



vni 

del estado de guerra antes del estado 
de sociedad , lo tomase en el sentido 
Hobesiano, esto es, de ninguna ra- 
zón ni obligación anterior; en vez de 
tomarlo por un hecho nacido de la 
corrupción de la naturaleza humana, 
y de la falta de un establecimiento ex- 
preso. Seria un error imputar á delito 
en un escritor que considera las ema- 
naciones del pacto social , el no admi- 
tirlas antes del pacto mismo. 

La Justicia Divina y la Justicia 
natural son por su esencia inmutables 
y constantes; porque la relación entre 
dos mismos objetos es siempre la mis- 
ma ; pero la Justicia humana , ó bieq 
política^ no siendo mas que una rélá-* 
cion entre la acción y el vario estada 
de la sociedad , puede variar á propor- 
ción qi^e se haga necesaria ó útil á la 
misma sociedad aquella acción ; ni sq 
discierne bien sino resolviendo las com- 
plicadas y mudables relaciones de las 
combinaciones civiles. Pero si estos 
principios, esencialmente distintos, se 
Confundieren , no hay esperanza de 



IX 

raciocinar con fundamento en las ma- 
terias públicas. A los teólogos perte- 
nece establecer los confines de lo justo 
y de lo injusto en la parte que mira 
la intrínseca malicia ó bondad del pac- 
to; y al publicista determinar las re- 
laciones de lo justo ó injusto político, 
esto es , del daño ó provecho de la 
sociedad. Ni un objeto puede perjudi- 
car al otro; porque es manifiesto cuan- 
to la verdad, puramente política, de- 
be ceder á la inmutable virtud dima- 
nada de Dios, 

Cualquiera , repito , que quisiere 
honrarme con su crítica, no empiece 
suponiendo en mí principios destrui- 
dores de la virtud ó de la Religión; 
pues tengo demostrado no son tales 
los mios, y asi, en lugar de concluir- 
me incrédulo ó sedicioso , convénza- 
me de mal lógico ó de imprudente 
político: no se amotine por las propo- 
siciones que sostengan el interés de 
Ja humanidad: hágame verla inutili- 
dad ó daño político que' pueda nacer 
de mis principios, y la ventaja délas 



prácticas recibidas. He dado un publi- 
co testimonio de mi Religión y de mi 
sumisión á mi Soberano con la res- 
puesta á las Notas y Observaciones: 
seria superfluo responder á otros es- 
critos semejantes; pero quien escri- 
biere con aquella decencia, que tan- 
to conviene á hombres honestos, y 
con aquellos conocimientos que me 
dispensen de probar los primeros prin- 
cipios y de cualquiera clase que fue- 
ren , encontrará en mí , no tanto un 
hombre que procura responder, cuan- 
to un pacífico amante de la verdad. 









ÍNDICE 



de los párrafos que se contienen en 
este Libro. 






P. , 
rólogo del Autor. . . . ¿ Pág. 3 

§. I. Origen de las Penas 4 

II. Derecho de castigar 5 

III. Consecuencias 8 

IV. Interpretación de las leyes - 10 

V. Oscuridad de las leyes. L 14 

VI. Proporción entre los Delitos y las 
Penas 16 

VIL Errores en la graduación de las 

Penas 20 

VIII. División délos Delitos. ....... 255 

IX Del Honor. 26 

X. De los Duelos 29 

XI. De la tranquilidad pública 30 

XII. Fin de las Penas. 33 

XIII. De los Testigos 34 

XIV. Indicios y formas de juicios. ... 37 

XV. Acusaciones secretas 41 

XVI. Del Tormento 44 

XVII. Del Fisco SU $3 

XVIII. De los Juramentos $6 

XIX. Prontitud de la Pena. ....... 57 

XX. Violencias 60 

XXL Penas de los Nobles 61 

XXII. Hurtos. ....... ¿ 63 



XXIII. Infamia. .V ¿5 

XXIV. Ociosos 67 

XXV. Destierros y Confiscaciones. , . , 69 

XXVI. Del Espíritu de Familia. . . , . 70 

XXVII. Dulzura de las Penas 74 

XXVIII. De la Pena de Muerte 78 

XXIX. De la Prisión. . , 90 

XXX. Procesos y Prescripciones. . , . * 94 

XXXI. Delitos de prueba dificil. .... 97 

XXXII. Suicidio. . 103 

XXXIII. Contrabandos. .......... 108 

XXXIV. De los Deudores 110 

XXXV. Asilas 114 

XXXVI. De la Talla 115 

XXXVII. Atentados , Cómplices , Impu- 
nidad 117 

XXXVIII. Interrogaciones sugestivas y 
Deposiciones. . 120 

XXXÍX. De un genera particular de De- 
litos , ...... . 123 

XL. Falsas ideas de utilidad. .,,... 124 

XLI. Cómo se evitan los Delitos. .... 127 

XLII. De las ciencias. 129 

XLIII. Magistrados. 134 

XLI V. Recompensas. ............ 135 

XLV. . Ediu:acio-n t .... . Id. . 

XLVI. Del Perdón ? . 136 

XLVII. Conclusión , ,'• 229 






TRATADO 

DE LOS DELITOS 

y 

DE LAS PENAS. 



4 ^. INTRODUCCIÓN. 

xlbandonan los hombres casi siempre las 
reglas mas importantes á la prudencia de un 
momento ó á la discreción de aquellos ? cu- 
yo interés consiste en. oponerse á las leyes 
mas próvidas j y asi como del establecimien- 
to de éstas resultarían universales ventajas, 
resistiendo al esfuerzo por donde pudieran 
convertirse en beneficio de pocos; asi de lo 
contrario resulta en unos todo el poder y la 
felicidad , y en otros toda la flaqueza y la 
miseria. Las verdades mas palpables desapa- 
recen fácilmente por su simplicidad , sin lie* 
gar á ser comprendidas de los entendimien- 
tos comunes. No acostumbran estos á discur- 
rir sobre los objetos : por tradición , no por 
examen , reciben de una vez todas las im* 

l 



2 Tratada de los Delitos 

presiones : de modo que solo se mueven á 
reconocer y remediar el cúmulo de desórde- 
nes que los oprime , cuando han pasado por 
medio de mil errores en las cosas mas esen- 
ciales á la vida y á'la libertad , y cuaftdo se 
han cansado de sufrir males sin número. 

Las historias nos enseñan , que debiendo 
ser las leyes pactos considerados de hombres 
libres , han sido partos casuales de una ne- 
cesidad pasagera : que debiendo ser dictadas 
por un desapasionado examinador de la na- 
turaleza humana , han sido instrumento de 
las pasiones de pocos. La felicidad mayor co- 
locada en el mayor número debiera ser el 
punto á cuyo centro se dirigiesen las accio- 
nes de la muchedumbre. Dichosas , pues, 
aquellas pocas naciones , que sin esperar el 
tardo y alternativo movimiento de las combi- 
naciones humanas , aceleraron con buenas le- 
yes los pasos intermedios de un camino que 
guiase al bien , evitando de este modo que la 
extremidad de los males los forzase á ejecu- 
tarlo : y tengamos por digno de nuestro re- 
conocimiento al ñiosofo , que desde lo oscu- 
ro y despreciado de su aposento tuvo valor 
para arrojar entre la muchedumbre las pri- 
meras simientes de las verdades útiles , por 
tanto tiempo infructuosas. 

Conocemos ya las verdaderas relaciones 
entre eí Soberano y los subditos , y las que 
tienen entre sí recíprocamente las naciones. 



y de las Venas. 3 

El comercio animado á la vista de las verda- 
des filosóficas , comunicadas por medio de la 
imprenta , ha encendido entre las mismas na- 
ciones una tácita guerra de industria , la mas 
humana y mas digna de hombres racionales.. 
Estos son los frutos que se cogen á la luz de 
este siglo; pero muy pocos han examinado y 
combatido la crueldad de las penas y la irre- 
gularidad dp los procedimientos criminales^ 
parte de Legislación tan principal y tan des- 
cuidada en casi toda Europa. Poquísimos, su- 
biendo á los principies generales , combatie- 
ron los error gs acumulados de muchos siglos, 
sujetando á lo menos con aquella fuerza que 
tienen las verdades conocidas el demasiado 
libre ejercicio del poder mal dirigido , que 
tantos ejemplos de fria atrocidad nos presen- 
ta autorizados y repetidos. Y aun los gemi- 
dos de los infelices sacrificados á la cruel ig- 
norancia y á la insensible indolencia - 7 los 
bárbaros tormentos con pródiga é inútil se- 
veridad multiplicados por delitos , ó no pro- 
bados ó quiméricos; la suciedad y los hor-* 
rores de una prisión, aumentados por el mas 
cruel verdugo de los miserables , que es la 
incertidumbre de su suerte y debieran mover 
aquella clase de magistrados que guian las 
opiniones de los entendimientos humanos. 

El inmortal presidente de Montesquieu 
ha pasado rápidamente sobre esta materia. 
Xa verdad indivisible me fuerza á aguije las 



4 Tratado de los Delitos 

trazas luminosas de este grande hombre; 
pero los ingenios contemplativos para quie- 
nes escribo , sabrán distinguir mis pasos de 
los suyos. Dichoso yo , si pudiese como él, 
obtener las gracias secretas de los retirados 
pacíficos secuaces de la razón , y si pudiese 
inspirar aquella dulce conmoción con que 
las almas sensibles responden á quien sostie- 
ne los intereses de la humanidad. 

§. I 

Origen de las Penas. 

Las leyes son las condiciones con que los 
hombres vagos é independientes se unieron 
en sociedad , cansados de vivir en un conti- 
nuo estado de guerra , y de gozar una liber- 
tad que les era inútil en la incertidumbre de 
conservarla Sacrificaron por eso una parte 
de ella para gozar la restante en segura 
tranquilidad. El complexo de todas estas por- 
ciones de libertad , sacrificadas al bien de ca- 
da uno , forma la soberanía de una Nación, 
y el Soberano es su administrador y legítimo 
depositario. Pero no bastaba formar este de- 
pósito , era necesario también defenderlo de 
las usurpaciones privadas de cada hombre en 
particular. Procuran todos no solo quitar 
del depósito la porción propia, sino usurpar- 
se las agenas. Para evitar estas usurpado* 



y de las Venas. $ 

nes se necesitaban motivos sensibles, que fue- 
sen bastantes á contener el ánimo despótico 
de cada hombre , cuando quisiere sumergir 
las leyes de la sociedad en su caos antiguo. 
Estos motivos sensibles son las penas estable- 
cidas contra los infractores de aquellas leyes. 
Llamólos motivos sensibles , porque la expe- 
riencia ha demostrado que la multitud no 
adopta principios estables de conducta , ni se 
aleja de aquella innata general disolución, 
que en el universo físico y moral se observa, 
\ sino con motivos que inmediatamente hieran 
en los sentidos, y que de continuo se presen- 
ten al entendimiento , para contrabalancear 
las fuertes impresiones de los ímpetus par- 
ciales que se oponen al bien universal : no 
habiendo tampoco bastado la elocuencia , las 
declamaciones , y las verdades mas sublimes 
á sujetar por mucho tiempo las pasiones ex- 
citadas con los sensibles incentivos de los 
objetos presentes. 

§. II 

Derecho de castigar. 

Toda pena (dice el gran Montesquieu) 
que no se deriva de la absoluta necesidad, es 
tiránica : proposición que puede hacerse mas 
general de esta manera. Todo acto de auto- 
ridad de hombre á hombre , que no se derive 



6 Tratado de los Delitos 

de la absoluta necesidad , es tiránico. Veis 
aqui la basa sobre que el Soberano tiene 
fundado su derecho para castigar los delitos: 
6obre la necesidad de defender el depósito de 
la salud pública de las particulares usurpa- 
ciones j y tanto mas justas son las penas, 
cuanto es mas sagrada é inviolable la seguri- 
dad , y mayor la libertad que el Soberano 
conserva á sus subditos. Consultemos el co- 
razón humano , y encontraremos en él los 
principios fundamentales del verdadero de- 
recho que tiene el Soberano para castigar los 
delitos j porque no debe esperarse ventaja 
durabie de la política moral , cuando no está 
fundada sobre máximas indelebles del hom- 
bre. Cualquiera ley que se separe de éstas, 
encontrará siempre una resistencia opuesta 
que vence al fin j del mismo modo que una 
fuerza , aunque pequeña , siendo continua- 
mente aplicada , vence cualquier violento im- 
pulso comunicado á un cuerpo. 

Ningún hombre ha dado gratuitamente 
parte de su libertad propia con solo la mira 
del bien público : esta quimera no existe sino 
en las novelas. Cada uno de nosotros querria, 
si fuese posible , que no le ligasen los pactos 
que ligan á los otros. Cualquiera hombre se 
hace centro de todas las combinaciones del 
globo. 

La multiplicación del género humano, 
pequeña por sí misma , pero muy superior á 



y de las Penas. 7 

los medios que la naturaleza estéril y aban* 
donada ofrecía para satisfacer á las necesi- 
dades , que se aumentaban cada vez mas en-» 
tre ellos , reunió los primeros salvages. Estas 
primeras uniones formaron necesariamente 
otras para resistirlas , y asi el estado de 
guerra se transfirió del individuo á las na- 
ciones. 

Fue , pues , la necesidad quien obligó á 
los hombres para ceder parte de su libertad 
propia : y es cierto que cada uno no quiere 
poner en el depósito público sino la porción 
mas pequeña que sea posible , aquella solo 
que baste á mover los hombres para que le 
defiendan. El agregado de todas estas pe- 
queñas porciones de libertad posibles forma 
el derecho de castigar : todo lo demás es 
abuso j y no justicia : es hecho , no derecho. 
Obsérvese, que la palabra derecho no es con- 
tradictoria de la palabra fuerza $ antes bien 
aquella es una modificación de ésta , cuya 
regla es la utilidad del mayor número*. Y -por 
justicia entiendo yo solo el vínculo necesario 
para tener unidos los intereses particulares, 
sin el cual se reducirian al antiguo estado de 
insociabilidad. Todas las penas. que pasan 
la necesidad de conservar este vínculo son 
injustas por su naturaleza. También es nece- 
sario precaverse de no fijar en esta palabra 
justicia la idea de alguna cosa real , como de 
una fuerza física ó de un ser existente ¿ es 



8 Tratado de los Delitos 

solo una simple manera de concebir de los 
hombres : manera que influye infinitamente 
sobre la felicidad de cada uno. No entiendo 
tampoco por esta voz aquella diferente suerte 
de justicia , que dimana de Dios , y que tie- 
ne sus inmediatas relaciones con las penas y 
recompensas eternas. „ 

§. IIL 

Consecuencias* 

La> primera consecuencia de estos princi- 
pios es , que solo las leyes pueden decretar 
las penas de los delitos ; y esta autoridad de- 
be residir únicamente en el legislador , que 
representa toda la sociedad unida por el con- 
trato social. Ningún magistrado (que es par- 
te de ella) puede con justicia decretar á su 
voluntad penas contra otro individuo de U 
misma sociedad. Y como una pena extendida 
mas allá del límite señalado por las leyes 
contiene en sí la pena justa , y otra mas en 
la extensión ; se sigue , que ningún magis- 
trado bajo pretexto de celo ú de bien públi- 
co , puede aumentar la pena establecida con- 
tra un ciudadano delincuente. 

La segunda consecuencia es , que si todo 
miembro particular se halla ligado á la so- 
ciedad ? ésta también con cada uno de ellos 
por un contrato , que de su naturaleza obli- 



y de las Venas. 9 

ga á las dos partes. Esta obligación, que des- 
cendiendo desde el trono , llega hasta las 
mas humildes chozas , y que liga igualmente 
entre los hombres al mas grande y al mas 
miserable , solo significa , que el interés de 
todos está en la observación de los pactos 
útiles al mayor número. La violación de 
cualquiera de ellos empieza á autorizar la 
anarquía (1). El Soberano, que representa 
la misma sociedad, puede únicamente formar 
leyes generales que obliguen á todos los 
miembros ; pero no juzgar cuando alguno 
haya violado el contrato social , porque en- 
tonces la Nación se dividiría en dos partes: 
una representada por el Soberano , que afir- 
ma la violación 5 y otra del acusado , que la 
niega. Es , pues , necesario , que un tercero 
juzgue de la verdad del hecho j y veis aquí 
la necesidad de un magistrado, cuyas senten- 
cias sean inapelables , y consistan en meras 
aserciones ó negativas de hechos particu- 
lares. 

La tercera consecuencia es , que cuando 

(1) Esta voz obligación es una de aquellas 
mas frecuentes en la moral que en cualquie- 
ra otra ciencia, y que son una expresión abre- 
viada de un raciocinio y no de una idea. 
Busca una a la palabra obligación y no la en- 
contrarás : haz un raciocinio ; y entendiendo- 
te tú mismo ? serás entendido. 



i o Tratado de los Delitos 

se probase ser la atrocidad de las penas , si 
no inmediatamente opuesta al bien público, 
y al fin mismo de impedir los delitos , á lo 
menos inútil j aun en este caso seria ella no 
solo contraria á aquellas virtudes benéficas, 
que son efecto de una razón iluminada , y 
que prefiere mandar á hombres felices mas 
que á una tropa de esclavos , en la cual se 
haga una perpetua circulación de temerosa 
crueldad , pero también á la justicia y á la 
naturaleza del mismo contrato social. 

§. IV. 

Interpretación de las leyes. 

Cuarta consecuencia. Tampoco la auto- 
ridad de interpretar las leyes penales puede 
residir en los jueces criminales por la misma 
razón que no son legisladores. Los jueces no 
han recibido de nuestros antiguos padres las 
leyes como una tradición y un testamento, 
que dejase á los venideros solo el cuidado de 
obedecerlo : recíbenlas de la sociedad vivien- 
te , ó del Soberano su representador , como 
legítimo depositario en quien se hallan las 
actuales resultas de la voluntad de todos. 
Recíbenlas ? no como obligaciones de un an- 
tiguo juramento ; nulo , porque ligaba vo- 
luntades no existentes j inicuo , porque redu- 
cía los hombres del estado de sociedad al es- 



y de las Venas. n 

tado de barbarie y. sino como efectos de otro 
tácito ó expreso , que las voluntades reuní* 
das de los subditos . vivientes han hecho al 
Soberano , como vínculos necesarios para 
sujetar ó regir la fermentación interior de los 
intereses particulares. Esta es la física y real 
autoridad de las leyes. ? Quien será , pues, 
su legítimo intérprete ? EÍ Soberano ; esto es, 
el depositario de las actuales voluntades de 
todos , ó el juez ? cuyo oficio solo sea exa- 
minar si tal hombre haya hecho ó no una 
acción que les sea contraria. 

En todo delito debe hacerse por el juez 
un silogismo perfecto. Pondráse como mayor 
la ley general ; por menor la acción , confor- 
me ó no con la ley , de que se inferirá por 
consecuencia la libertad 6 la pena. Cuando 
el juez por fuerza ó voluntad quiere hacer 
mas de un silogismo , se abre la puerta á la 
incertidumbre. 

No hay cosa tan peligrosa como aquel 
axioma común , que propone por necesario 
consultar el espíritu de la ley. Es un dique 
roto al torrente de las opiniones. Esta ver- 
dad , que parece una paradoja á les enten- 
dimientos vulgares , en quienes tiene mas 
fuerza un pequeño presente desorden , que 
las funestas , aunque remotas consecuencias, 
nacidas de un falso principio , radicado en 
una Nación , la tengo por demostrada. Nues- 
tros conocimientos y todas nuestras ideas tie-r 



f 2 Tratado de los Delitos 

nen una recíproca conexión : cuanto mas 
complicadas son , tanto mayor es el número 
de sendas que guian y salen de ellas. Cada 
hombre tiene su mira , y cada hombre la tie- 
ne diversa según los diferentes tiempos. El 
espíritu de la ley seria , pues , la resulta de 
la buena ó mala Lógica de un juez , de su 
buena ó mala digestión : dependería de la 
violencia de sus pasiones , de la flaqueza del 
que sufre ¿ de las relaciones que tuviese con 
el ofendido , y de todas aquellas pequeñas 
fuerzas que cambian las apariencias de los 
objetos en el ánimo fluctuante del hombre. 
2 Cuantas veces vemos la suerte de un ciuda- 
dano trocarse en el paso que de su causa se 
hace á diversos tribunales $ y ser las vidas 
de los miserables víctima de falsos racioci- 
nios , ó del actual fermento de los humores 
de un juez, que toma por legítima interpre- 
tación la vaga resulta de toda aquella con- 
fusa serie de nociones que le mueve la men- 
te ? ¿ Cuantas veces vemos los mismos delitos 
diversamente castigados por los mismos tri- 
bunales en diversos tiempos , por haber con- 
sultado , no la constante y fija voz de la ley, 
sino la errante instabilidad de las interpreta- 
ciones ? 

Un desorden que nace de la rigorosa y 
literal observancia de una ley penal, no pue- 
de compararse con los desórdenes que nacen 
de la interpretación. Obliga este momentáneo 



'y de las Venas. ij 

inconveniente 4 practicar la fácil y necesaria 
corrección en las palabras de la ley , que son 
ocasión de la incertidumbre , impidiendo la 
fatal licencia de raciocinar , origen de las 
arbitrarias y venales altercaciones. Pero un 
códice fijo de leyes , que se deben observar á 
la letra , no deja mas facultad al juez , que la 
de examinar y juzgar en las acciones de los 
ciudadanos si son ó no conformes á la ley 
escrita. Cuando la regla de lo justo y de lo 
injusto , que debe dirigir las acciones , tanto 
del ciudadano ignorante ? como del ciudada- 
no filósofo j es un asunto de hecho y no de 
controversia $ entonces los subditos no están 
sujetos á las pequeñas tiranías de muchos, 
tanto mas crueles , cuanto es menor la dis- 
tancia entre el que sufre y el que hace su- 
frir : mas fatales que las de uno solo , porque 
el despotismo de pocos no puede corregirse 
sino por el despotismo de uno; y la crueldad 
de un despótico es proporcionada con los es- 
torbos , no con la fuerza. Asi adquieren los 
ciudadanos aquella seguridad de sí mismos, 
que es justa , porque es el fin que buscan los 
hombres en la sociedad que es útil , porque 
los pone en el caso de calcular exactamente 
los inconvenientes de un mismo hecho. Es 
verdad que adquirirán un espíritu de inde- 
pendencia j mas no para sacudir el yugo de 
las leyes , ni oponerse á los superiores ma- 
gistrados 5 sí , á aquellos que han osado dar 



14 Tratado de los Delitos 

el sagrado nombre de virtud á la flaqueza dé 
ceder á sus interesadas y caprichosas opinio- 
nes. Estos principios desagradarán á los que 
establecen como derecho transferir en los in- 
feriores las culpas de la tiranía recibidas de 
los superiores. Mucho tendria que temer si 
el espíritu de tiranía fuese compatible con el 
espíritu de lectura. 

§• v. 

Oscuridad de las leyes» 

Si es un mal la interpretación de las le- 
yes , es otro evidentemente la oscuridad que 
arrastra consigo necesariamente la interpre-* 
tacion , y aun lo será mayor cuando las le- 
yes estén escritas en una lengua extraña para 
el pueblo , que lo ponga en la dependencia 
de algunos pocos , no pudiendo juzgar por 
sí mismo cuál será el éxito de su libertad ó 
de sus miembros en una lengua que forma 
de un libro público y solemne uno cuasi pri- 
vado y doméstico. ¿Que deberemos pensar 
; de los hombres 7 sabiendo que en una buena 
parte de la culta é iluminada Europa es esta 
costumbre inveterada ? Cuanto mayor fuere 
el número de los que entendieren y tuvieren 
entre las manos el sacro códice de las leyes, 
tanto menos frecuentes serán los delitos ¿ por- 
que no hay duda que la ignorancia y la in- 



y de las Penas. 1 5 

certidumbre ayudan la elocuencia de las pa- 
siones. 

Una consecuencia de • estas últimas refle- 
xiones es , que sin leyes escritas no tomará 
jamas una sociedad forma fija de gobierno, 
en donde la fuerza sea un efecto del todo y 
110 de las partes : en donde las leyes inaltera- 
bles , sin la general voluntad , no se corrom- 
pan pasando por el tropel de los intereses 
particulares. La experiencia y la razón han 
demostrado , que la probabilidad y certeza 
de las tradiciones humanas se disminuyen á 
medida que se apartan de su origen. ¿ Pues 
como resistirán las leyes á la fuerza inevita- 
ble del tiempo y de las pasiones", si no existe 
un estable monumento, del pacto social? 

En esto se echa de ver , qué utilidades 
ha* -producido la imprenta , haciendo deposi- 
tario de las santas leyes , no algunos particu- 
lares y sino el público $ y disipando aquel es- 
píritu de astucia y de trama que desaparece 
á la luz de las ciencias , en apariencia des- 
preciadas , y en realidad temidas de sus se- 
cuaces. Esta.es la ocasión por que vemos dis- 
minuida en Europa la atrocidad de los deli- 
tos , que hacian temer á nuestros an-tiguos, 
los cuales eran á un tiempo tiranos y escla- 
vos. Quien conoce la historia de dos ó tres 
siglos á esta parte , y la nuestra , podrá ver 
como del seno del lujo y de la delicadeza na- 
cieron las mas dulces virtudes ? humanidad, 



1 6 Tratado de los Delitos 

beneficencia y tolerancia délos errores hu- 
manos. Verá cuáles fueron los efectos de 
aquella , que erradamente llamaron antigua 
simplicidad y buena fe : la humanidad gi- 
miendo bajo la implacable superstición : la 
avaricia y la ambición de pocos tiñeron coa 
sangre humana los depósitos del oro y los 
tronos de los reyes. Las traiciones ocultas^ 
los estragos públicos, cada noble hecho un 
tirano de la plebe , los ministros de la ver- 
dad evangélica manchando con sangre las 
manos que todos los dias tocaban el Dios 
de mansedumbre , no son obras de este siglo 
iluminado , que algunos llaman corrompido. 3 

§. VI. 

Proporción entre los Delitos y las Penas* 

No solo es interés común que no se co- 
metan delitos , pero aun lo es que sean me- 
nos frecuentes , á proporción del daño que 
causan en la sociedad. Asi > pues , mas fuer- 
íes deben ser los motivos que retraigan los 
hombres de los delitos , á medida que son 
contrarios al bien público, y á medida de los 
estímulos que los inducen á cometerlos. De- 
be por esto haber una proporción entre los 
delitos y las penas. 

Es imposible prevenir todos los desorden 
oes en el combate universal de las pasiones 



y de las Venas* ty 

humanas. Crecen éstas en razón compuesta 
de la población y de la trabazón de los in- 
tereses particulares, de tai suerte, que no 
pueden dirigirse geométricamente á la públi- 
ca utilidad. Es necesario en la aritmética po- 
lítica substituir el cálculo de la probabilidad 
á la exactitud matemática. Vuélvanse los ojos 
sobre la historia , y se verán crecer los des- 
órdenes con los confines de los imperios 5 y 
menoscabándose en la misma proporción la 
máxima nacional, se aumenta el impulso 
hacia los delitos , conforme al interés que ca- 
da uno toma en los mismos desórdenes : asi 
la necesidad de agravar las penas se dilata 
cada vez mas por tsit motivo. 

Aquella fuerza , semejante á un cuerpo 
grave , que oprime á nuestro frfen estar , no 
se detiene sino á medida de los estorbos que 
le son opuestos. Los efectos de esta fuerza 
son la confusa serie de las acciones humanas: 
si éstas se encuentran y recíprocamente se 
ofenden , las penas , que yo llamaré estorbos 
políticos, impiden el mal efecto sin destruir 
ía causa impeiente, que es la sensibilidad 
misma , inseparable del hombre \ y el legis- 
lador hace como el hábil arquitecto, cuyo 
oficio es oponerse á las direcciones ruinosas 
de la gravedad , y mantener las que contri- 
buyen á la fuerza del edificio. 

Supuesta la necesidad de la reunión de 
lo* hombres , y los pactos que necesariamen- 



1 8 Tratado de Iq$ Delitos 

te resultan de la oposición misma de los in- 
tereses privados , encontramos con una esca- 
la de desórdenes , cuyo primer grado consis- 
ten en aquellos que destruyen inmediata- 
mente la sociedad y el último en la mas pe- 
queña injusticia posible cometida contra los 
miembros particulares de ella. Entre estos 
extremos están comprendidas todas las accio- 
nes opuestas al bie/i público , que se llaman 
delkos , y todas van aminorándose por gra- 
dos insensibles desde el mayor al mas pe- 
queño. Si la geometría, fuese .adaptable á las 
infinitas y oscuras combinaciones de las ac- 
ciones humanas , deberir haber una escala 
correspondiente de penas , en que se gradua- 
sen desde la mayor Hasta la menos dura} pero 
bastará al sabio legislador señalar los puntos 
principales , sin turbar el orden , no decre- 
tando contra los delitos del primer grado las 
penas del último. Y en caso de haber una 
exacta y universal escala de las penas y de 
los delitos , tendríamos una común y proba- 
ble medida de los grados de tiranía y de li- 
bertad , y del fondo de humanidad ó de ma- 
licia de todas las naciones. 

Cualquiera acción no comprendida entre 
los límites señalados , no puede ser llamada 
delito ó castigada como tal , sino por aque- 
llos que encuentran su interés en darle este 
nombre. La incertidumbre de estos límites ha 
producido en las naciones una moral , que 



y de las J^^í. ig 

contradice á Ja legislación j muchas actuales 
legislaciones , que se excluyen reciprócame! - 
te j una muU.it ud de leyes , que exponen tj 
hombre ¿ie bien á las penas mas rigorosas, 
ha hecho vagos y fluctuantes los nombres de 
vici/) y de virtud ¿ ha hecho nacer la ineer- 
tidumbre de ía propia existencia , que pro- 
duce el letargo y el sueño fatal en los cuer- 
pos políticos. Cualquiera que leyere con des- 
interés filosófico los códices de las naciones 
y s.us anales , encontrará casi siempre cam- 
biarse tos nombres de vicio y de virtud , de 
buen ciudadano ó de reo , con las revolucio- 
nes de ios siglos , no en razón de las muta- 
ciones que acaecen en las circunstancias de 
los países , y por consecuencia siempre con- 
formes al interés común $ sino en razón de 
las pasiones y de los errores de que sucesi- 
vamente fueron movidos los legisladores. Ve- 
rá muchas veces que las pasiones de un siglo 
son la basa de la moral de los siglos que le 
siguen : que las pasiones fuertes , hijas del 
fanatismo y del entusiasmo, debilitadas y car- 
comidas (por decirlo asi) del tiempo, que re- 
duce todos los fenómenos físicos y morales á 
la igualdad , vienen poco á poco á ser la pru- 
dencia del siglo , y el instrumento útil en 
manos del fuerte y del prudente. De este mo- 
do nacieron las oscurísimas nociones de ho- 
nor y de virtud j y son tales, porque se cam- 
bian con las revoluciones del tiempo , que 



20 Tratado de los Delitos 

hace sobrevivir los nombres á las cosas : se 
cambian con los rios y con las montañas, que 
son casi siempre los confines , no solo de la 
geografía física , pero también de la moral. 

Si el placer y el dolor son los motores de 
los entes sensibles: si entre los motivos que 
impelen los hombres aun á las mas sublimes 
operaciones fueron destinados por el invisi- 
ble Legislador el premio y la pena ; de la no 
exacta distribución de éstas nacerá aquella 
contradicción ( tanto menos observada , cuan- 
to mas común) que las penas castiguen los 
delitos de que han sido causa. Si se destina 
una pena igual á dos delitos , que ofenden 
desigualmente la sociedad , los hombres no 
encontrarán un estorbo muy fuerte para co- 
meter el mayor , cuando hallen en el unida 
mayor ventaja. 

§. VIL 

Errores en la graduación de las Penas. 

Las reflexiones precedentes me conceden 
el derecho de afirmar que la verdadera me- 
dida de los delitos es el daño hecho á la so- 
ciedad, y por esto han errado los que cre- 
yeron serlo la intención del que los comete. 
Esta depende de la impresión actual de los 
objetos y de la anterior disposición de la 
mente 7 que varían ^n todos los hombres , y 



y de las T?ena$. 2 r 

en cada uno de ellos con la velocísima suce- 
sión de las ideas , de las pasiones y de las 
circunstancias. Seria , pues , necesario for- 
mar, no un solo códice particular para cada 
ciudadano, sino una nueva ley para cadsi 
delito. Alguna vez los hombres con la mejor 
intención causan el mayor mal en la socie- 
dad , y algunas otras con la mas mala hacen 
el mayor biem 

Otros miden los delitos mas por la digni- 
dad de la persona ofendida , que por su im- 
portancia , respecto del bien público. Si esta 
fuese la verdadera medida , una irreverencia 
contra el supremo Ser debería castigarse mas 
atrozmente que el asesinato de un monarca^ 
siendo la diferencia de la ofensa de una re- 
compensa infinita por la superioridad de la 
naturaleza. 

Finalmente , algunos pensaron que la 
gravedad del pecado se considerase en la 
graduación de los delitos. El engaño de esta 
opinión se descubrirá á los ojos de un indi- 
ferente examinador de las verdaderas relacio- 
nes entre hombres . y hombres , y entre los 
hombres y Dios. Las primeras son relacio- 
nes de igualdad. La necesidad sola ha hecho 
nacer dek. choque de las pasiones y de la 
oposición de los intereses la idea de la utili- 
dad común , que es la basa de la justicia hu- 
mana. Las segundas son relaciones de depen- 
dencia de un Ser perfecto y Criador , que se 



i i Tratado de los Delitos 

ha reservado á si solo él derecho de ser á ua 
Éñismo tiempo Legislador y Juez , porque él 
solo puede sttlo sin inconveniente. Si ha es- 
tablecido penas eternas contra el que desobe- 
dece á su Omnipotencia , ¿ quién será el ne* 
ció que osará suplir por ía Divina Justicia: 
que querrá vindicar un Ser , que se basta 
á sí mismo : que no puede recibir de los 
objetos impresión alguna de placer ó de do- 
lor; y que solo entre todos los seres obra sin 
relación? La gravedad del pecado depende 
de la impenetrable malicia del corazón. Es- 
ta no puede sin revelación saberse por unos 
seres limitados : ¿ cómo , pues, se la tomará 
por norma para castigar los delitos ? Podrán 
los hombres en este caso castigar cuando 
Dios perdona , y perdonar cuando castiga. 
Si ellos son capaces de contradecir al Omni- 
potente con la ofensa pueden también contra- 
decirle con el castigo. 

§. VIII. 

División de los delitos. 

Hemos visto que el daño hecho á la $ocie~ 
dad es la verdadera medida .de los delitos. Ver- 
dad palpable como otras, y que no necesita 
para ser descubierta cuadrantes ni telescopios, 
pues se presenta á primera vista de cualquie- 
ra mediano entendimiento ; pero que por una 



y de las Penas. 1 3 

maravillosa combinación dé circunstancias no 
ha sido conocida con seguridad cierta , sino 
de algunos pocos hombres contemplativos dé 
cada Nación y de cada siglo. Las opiniones 
asiáticas , y las pasiones vestidas de autori- 
dad y de poder han disipado ( muchas veces 
por insensibles impulsos , y algunas por vio- 
lentas impresiones sobre la tímida credulidad 
de lcrs hombres) las simples nociones , qué 
acaso formaban la primera filosofía de la so- 
ciedad en sus principios , á la cual parece qué 
nos revoca la luz de este siglo con aquella ma- 
yor fuerza qué puede suministrar un examen 
geométrico de mil funestas experiencias y de 
los mismos impedimentos. El orden proponía 
examinar y distinguir aqui todas las diferentes 
clases de delitos y el modo de castigarlos ; pe- 
ro la variable naturaleza de ellos , por las di- 
versas circunstancias de siglos y lugares , nos 
haria formar un plan inmenso y desagradable. 
Bastarános , pues , indicar los principios mas 
generales y los errores mas funestos y comu- 
nes para desengañar asi los que por un mal 
encendido amor de libertad querrían introducir 
la anarquía , como los que desearían reducir 
los hombres á una regularidad claustral. 

Algunos delitos destruyen inmediatamente 
la sociedad ó quien la representa : otros ofen- 
den la particular seguridad de alguno ó algu- 
nos ciudadanos en la vida , en los bienes ó en 
el honor ; y otros son acciones contrarias á 



24 Tratado de los Delitos 

lo que cada uno está obiigado de hacer ó no 
hacer , según las leyes , respecto del bien pú- 
blico. Los primeros , que por mas dañosos soa 
los delitos mayores, se llaman atiesa Magestad* 
La tiranía y la ignorancia solas que confun- 
den los vocablos y las ideas mas claras pue- 
den dar este nombre , y por consecuencia la 
pena mayor á delitos de diferente naturaleza, 
y hacer asi á los hombres , como en otras in- 
finitas ocasiones, víctimas de una palabra. 
Cualquier delito , aunque privado , ofende la 
sociedad ; pero no todo delito procura su in- 
mediata destrucción. Las acciones morales, 
como las físicas , tienen su esfera limitada de 
actividad , y están determinadíis diversamen- 
te del tiempo y del lugar como todos los mor 
viinieutos de naturaleza } solo la interpreta- 
ción sofística , que es ordinariamente la íilo^ 
soíia de la esclavitud , puede confundir lo que 
la eterna Verdad distinguió con relaciones in- 
mutables. 

Síguense después de estos los delitos con- 
trarios á la seguridad de cada particular. Sien- 
do este el fin primario de toda sociedad legí- 
tima , np puede dejar de señalarse alguna de 
las penas mas considerables, establecidas por 
las leyes á la violación del derecho de seguri- 
dad adquirido por cada ciudadano. 

La opinión que cualquiera de estos debe 
tener de poder hacer todo aquello que no es 
contrario á la leyes ; sin temer otro inconve 7 



y de las Penas. 2 $ 

níente que el que puede nacer de la acción 
misma , debería ser el dogma político creído 
de los pueblos, y, predicado por los magistra- 
trados con la incorrupta observancia de las 
leyes. Dogma sagrado , sin el cual no puede 
haber legítima sociedad $ x recompensa justa 
de la acción universal que sacrificaron los hom- 
bres , y que siendo común sobre todas las co- 
sas á cualquiera ser sensible , se limita solo 
por las fuerzas propias. Dogma que forma las 
almas libres y vigorosas, y los entendimien- 
tos despejados que hace los hombres virtuosos 
con aquel género de virtud que sabe resistir 
al temor , no con aquella abatida prudencia, 
digna solo de quien puede sufrir una existen- 
cia precaria é incierta. Los atentados , pues, 
contra la seguridad y libertad de los dudada* 
nos son uno de los mayores delitos , y bajo es- 
ta clase se comprenden , no solo los asesi- 
natos y hurtos de los hombres plebeyos , sino 
aun los cometidos por los grandes y magistra- 
dos j cuya influencia se extiende á una mayor 
distancia , y con mayor vigor , destruyendo 
en los subditos las ideas de justicia y obliga- 
ción , y substituyendo en lugar de la primera 
el derecho del mas fuerte, en que peligran fi- 
nalmente con igualdad el que lo ejercita y 
el que lo sufre. 

• 



16 Tratado ele los Delitos 

§. IX. 

Del honor. 

Hay una contradicción notable entre las 
leyes civiles , celosas guardas sobre toda otra 
cosa del cuerpo y bienes de cada ciudadano, 
y las leyes de lo que se llama honor y que pre- 
fiere la opinión. Esta palabra honor es una de 
aquellas que ha servido de bisa á dilatados y 
brillantes razonamientos sin lijarle alguna sig- 
nificación estable y permanente. ¡ Condición 
miserable de los entendimientos humanos , te- 
ner presentes con mas distinto conocimiento 
las separadas y menos importantes ideas de las 
revoluciones de los cuerpos celestes que la» 
importantísimas nociones morales , fluctuantes 
siempre , y siempre confusas , según que las 
impelen los vientos de las pasiones , y que la 
ciega ignorancia las recibe y las entrega! Pe- 
ro desaparecerá esta paradoja si se conside- 
ra que como los objetos muy inmediatos á los 
ojos se confunden , asi la mucha inmediación 
de las ideas morales hace que fácilmente se 
mezclen y revuelvan las infinitas ideas simples 
que las componen , y confundan las líneas de 
separación necesarias al espíritu geométrico 
que quiere medir los fenómenos de la sensibi- 
lidad humana. Y se disminuirá del todo la ad- 
miración del indiferente indagador de las cosas 



y de las Venas. 27 

humana» que juzgare no ser por acaso nece- 
sario tanto aparato de moral, ni tantas liga- 
duras para hacer los hombres felices y se- 
guros. 

Este honor pues , es una de aquellas ideas 
complexas , que son un agregado , no solo de 
ideas simples , sino de ideas igualmente compli- 
cadas , que en el vario modo de presentarse á 
la mente , ya admiten y ya excluyen algunos 
diferentes elementos que las componen , sin 
conservar mas que algunas pocas ideas comu- 
nes , como muchas cuantidades complexas al- 
gebraicas admiten un común partidor. Para 
encontrar este común partidor en las varias 
ideas que los hombres se forman del honor 
es necesario echar rápidamente una mirada 
sobre la formación de las sociedades. Las pri- 
meras leyes y los primeros magistrados nacie- 
ron de la necesidad de reparar los desórdenes 
del despotismo físico de cada hombre : este fue 
el fin principal de la sociedad , y este fin pri- 
mario se ha conservado siempre realmente ó 
en apariencia á la cabeza de todos los códi- 
ces , aun de los que le destruyen 5 pero la in- 
mediación de los hombres y el progreso de sus 
conocimientos han hecho nacer una infinita 
serie de acciones y necesidades recíprocas de 
los unos para los otros , siempre superiores á 
la providencia de las leyes , é inferiores al ac- 
tual poder de cada uno. Desde esta época 
comenzó el despotismo de la opinión , que 



a 8 Tratado de los Delitos 

era el único medio de obtener de los otros 
aquellos bienes , y separar de sí los males á 
que no era suficiente la misma providencia de 
las leyes. Y la opinión es la que atormenta al 
¡sabio y al ignorante, la que ha dado crédito 
á la apariencia de la virtud mas alia de la 
virtud misma $ la que hace parecer misione- 
ro aun al mas malvado porque encuentra en 
ello su propio interés. Hicicronse por esto los 
sufragios ae ios hombres no salo útiles , pe- 
ro aun necesarios para no quedar por bajo 
del nivel común. Por esto , si el ambicioso los 
conquista como útiles , si el vano va men- 
digándolos como testimonios del propio méri- 
to ^ se ve al hombre honesto procurarlos como 
necesarios. Este honor es una condición que 
muchísimos incluyen en la existencia propia. 
Nacido después de la formación de la so- 
ciedad no pudo ser puesto en el depósito co- 
mún , antes es una instantánea vuelta al es- 
tado natural, y una substracción momentánea 
de la propia persona para con las leyes , que 
en aquei caso no dehenden suficientemente á 
un ciudadano. 

Por esto en el estado de libertad , extre- 
ma política , y en el de extrema dependencia 
desaparecen las ideas del honor , ó se confun- 
den perfectamente con otras ; porque en el 
primero el despotismo de las leyes hace inútil 
la solicitud de los sufragios de otros : en el se- 
gundo , porque el despotismo de los hombres, 



y de las Penas. 29 

anulando la existencia civil , los reduce á una 
personalidad' precaria y momentánea. El ho- 
nor es , pues , uno de los principios funda- 
mentales de aquella monarquía , que son un 
despotismo disminuido $ y en ellas lo que las 
revoluciones en los estados despóticos , un 
momento de retrotraccion al estado de natu- 
raleza , y un recuerdo al Señor de la igual- 
dad antigua. 

§. X. 

De los duelos* 

La necesidad^de los sufragios de los otros 
hizo nacer los duelos privados , que tuvieron 
luego su origen en la anarquía de las leyes. 
Se pretende que fueron desconocidos en la an- 
tigüedad y acaso porque los antiguos no se 
juntaban sospechosamente armados en los tem- 
plos , en los teatros y con los amigos f acaso 
porque el duelo era un espectáculo ordinario 
y común que los gladiatores esclavos y en- 
vilecidos daban al pueblo , y los hombres li- 
bres se desdeñaban de ser creidos y llamados 
gladiatores con los particulares desafios. En 
vano los decretos de muerte contra cualquie- 
ra que acepta el duelo han procurado extirpar 
esta costumbre , que tiene su fundamento en 
aquello que algunos hombres temen mas que 
la muerte 5 porque el hombre de honor, pri- 
vándolo de los sufragios de los otros 3 se pre- 



3 o Tratado de los Delitos 

vee expuesto á una vida meramente solitaria, 
estado insufrible para un hombre sociable ; ó 
bien á ser el blanco de los insultos y de la 
infamia , que con su repetida ^ccion exceden 
al peligro de la pena. ¿ Por que motivo el 
vulgo no tiene por lo común desafios como 
la nobleza ¿ . No solo porque está desarmado, 
sino también porque la necesidad de los sufra- 
gios es menos común en la plebe que en los 
nobles , que estando en lugar mas elevado , se 
miran con mayores celos y sospechas. 

No es inútil repetir lo que otros han es- 
crito j esto es , que el mejor método de pre- 
caver este delito es castigar al agresor , en- 
tiéndese al que dado la ocasión para el duelo; 
declarando inocente al que sin culpa suya se 
vio precisado á defender lo que las leyes ac- 
tuales no aseguran , que es la opinión , mos- 
trando á sus ciudadanos que él teme solo las 
leyes , no los hombres. 

§. XI. 

De la tranquilidad pública. 

Finalmente entre los delitos de la tercera 
especie se cuentan particularmente los que tur- 
ban la tranquilidad pública y la p quietud de los 
ciudadanos, como los estrépitos y huelgas en los 
caminos públicos destinados al comercio y pa- 
so de los ciudadanos : los sermones fanáticos 



y de las Venas. 3 1 

que excitan las pasiones fáciles de la curiosa 
muchedumbre , que toman fuerza con la fre- 
cuencia de los oyentes , y mas del entusiasmo 
oscuro y misterioso que de la razón clara y 
tranquila , pues esta nunca obra sobre una 
gran masa de hombres» 

La noche iluminada á expensas públicas, 
las guardias distribuidas en diferentes cuarte- 
les de la ciudad, los morales y simples discur- 
sos de la reiigion , reservados al silencio y á la 
sagrada tranquilidad de los templos , prote- 
gidos de la autoridad pública , las arengas ó 
informes destinados á sostener los intereses 
púlicos ó privados en las juntas de la Nación, 
ya sean en los tribunales , ya en donde re- 
sida la magestad del Soberano j son los me- 
dios eficaces para prevenir la peligrosa fer- 
mentación de las pasiones populares. Estos 
forman un ramo principal , de que debe cui- 
dar la vigilancia d,el magistrado , que los 
franceses llaman de la Policía ; pero si este 
magistrado obrase con leyes arbitrarias y 
no establecidas de un códice que gire entre 
las manos ele todos los ciudadanos , se abre 
una puerta á la tiranía , que siempre rodea 
los contines de la libertad política. Yo no en- 
cuentro excepción alguna en este axioma ge- 
neral. Cada ciudadano debe saber cuándo es 
reo , y cuándo es inocente. Si los censores ó 
magistrados arbitrarios son por lo común ne- 
cesarios en cualquier gobierno , nace esto de 



31 Tratado de los Delitos 

la flaqueza de su constitución , y no de la na- 
turaleza de uno bien organizado. La incerti- 
dumbre de la propia suerte ha sacrificado 
mas víctimas á la oscura tiranía que la cruel- 
dad pública y solemne. Amotina mas que en- 
vilece los ánimos. El verdadero tirano empie- 
za siempre reinando sobre la opinión, porque 
ésta se apodera del esfuerzo , que solo pue- 
de resplandecer en la clara luz de la verdad, 
ó en el fuego de las pasiones , ó en la igno- 
rancia del peligro. 

¿Pero cuales serán las penas convenien- 
tes á estos delitos? ¿Es la muerte una pena 
verdaderamente útil y necesaria para la segu- 
ridad y buen orden de la sociedad ? ¿ Los tor- 
mentos son justos , y obtienen el fin que se 
proponen las leyes? ¿Cual es el mejor modo 
de evitar los delitos? ¿Las mismas penas son 
igualmente útiles en todos tiempos ? ¿ Que in- 
fluencia tienen ellas sobre las costumbres ? Es- 
tos problemas merecen ser resueltos con aque- 
lla precisión geométrica , á quien no puedan 
resistir ni la niebla de los sofismas , ni la 
elocuencia seductora, ni la duda temerosa. 
Me tendré por afortunado aunque no tenga 
otro mérito mas que haber el primero presen- 
tado á la Italia con alguna mayor evidencia 
lo que otras naciones se han atrevido á es- 
cribir , y empiezan á practicar $ pero si sos- 
teniendo los derechos de la humanidad y de la 
verdad invencible contribuyese á entrambas^ 



T 

y de las Venas. 3£ 

arrancando de los dolores y angustias de la 
muerte alguna infeliz víctima de la tiranía ó 
de la ignorancia , igualmente fatal ; las ben- 
diciones y lágrimas de un solo inocente en los 
extremos de la alegría me consolarían %£ el 
desprecio de los hombres. 

§. XII. 

Fin de las penas* 

Consideradas simplemente las verdades 
hasta aqui expuestas , se convence con evi- 
dencia, que^el fin de Jas penas no es atormen- 
tar y afligir un ente sensible , ni deshacer un 
delito ya cometido. ¿ Se podrá en un cuerpo 
político , que bien lejos de obrar con pasión, 
es el tranquilo moderador de las pasiones par* 
tieulares $ se podrá , repito , abrigar esta 
crueldad inútil , instrumento dei furor y del 
fanatismo ó de los flacos tiranos ? ¿ Los ala- 
ridos de un infeliz revocan acaso del tiempo, 
que no vuelve las acciones ya consumadas? 
Él fin , pues , no es otro que impedir al reo 
causar nuevos daños á sus ciudadanos , y re- 
traer los demás de la comisión de otros igua- 
les, Luego deberán ser escogidas aquellas pe- 
nas y aquel método de imponerlas > que guar- 
dada la proporción hagan una impresión mas e- 
ficaz y mas durable sobre los ánimos de los hom- 
bres ? y la menos dolorosa sobre el cuerpp del reo. 

3 



34- Tratado de los Delitos 

§. XIII. 

De los testigos. 

*Es un punto considerable en toda buena 
legislación determinar exactamente la creen- 
cia de los testigos y pruebas del reato. Cual- 
quiera hombre racional , esto es , que tenga 
una cierta conexión en sus propias ideas , y 
cuyas sensaciones sean conformes á las de los 
otros hombres, puede ser testigo. La verda- 
dera graduación, de su fe es solo el interés 
que tiene de decir ó ,no decir la verdad. Por 
esto aparece frivolo el motivo de la flaqueza 
en las mugeres : pueril la aplicación de los 
afectos de la muerte real á la civil en los 
proscriptos , é incoherente la nota de infa- 
piia en los infames cuando no tienen en men- 
tir interés alguno. La creencia , pues , debe 
disminuirse á proporción del odio ó de la 
amistad , ó de las estrechas relaciones que 
median entre el testigo y el reo. Siempre es 
necesario mas de un testigo j porque en tanto 
que uno afirma y otro niega no hay nada cier- 
to , y prevalece el derecho que cada cual 
tiene de ser creido inocente. La fe de un tes- 
tigo viene á ser tanto menor sensible cuan-^ 
to mas crece ia atrocidad de un delito (i), 

(i) Entre los criminalisLas la creencia de 



* y de las Venas. 3 y 

ó lo inverosímil délas circunstancias ! tales 
son, por ejemplo, la magia y las acciones 
crueles sin utilidad del que las hace. Es mas 
¡probable que mientan muchos hombres en la 
primera acusación , porque es mas fácil que 
se combinen en muchos, ó la ilusión de la 
ignorancia, ó el odio perseguidor, que no io 
es el que un hombre ejercite tal potestad , que 
Üios , ó no ha dado , ó ha quitado á toda cria- 
tura. Igualmente en la segunda, pdrque el hom- 
bre no es cruel sino á proporción del interés 
propio del odio ó del temor que concibe. No 
hay en el hombre propiamente algún princi- 
pio superfluo : siempre es proporcionado á la 

tin testigo es tanto mayor cuanto es mas atroz 
el delito. Veis aqui el axioma férreo , dictado 
por la flaqueza mas cruel: ín airocisslmis le- 
viores conjccturce sitfjiciunt , & ¿icet Jndici 
jura transgredí. Traduzcámoslo en vulgar , y 
vean los europeos una de muchísimas igual- 
mente racionales máximas , á que casi sin sa- 
berlo están sujetos. w En los mas atroces delitos, 
»esto es, en los menos probables , bastan las 
«mas ligeras conjeturas, y es lícito al juez pa- 
usar por encima de lo prevenido por derecho. w 
Los absurdos prácticos de la Legislación son 
por lo común producidos del temor , manan- 
tial principal de las contradicciones humanas. 
Atemorizados los legisladores ( tales son los ju- 
risconsultos , autorizados por la muerte para 
decidir de todo , llegando á ser de escritores in- 



■--*•' — ' 



36 Tratado de los Delitos 

resulta de las impresiones hechas sobre los 
sentidos. Igualmente la fe de un testigo pue- 
de disminuirse tal vez , cuando este fuere 
miembro de alguna sociedad , cuyos usos y 
máximas sean 6 no bien conocidas , ó diver- 
sas de las publicas. Semejante hombre no solo 
tiene sus pasiones propias , tiene también las 
de los otros. 

Finalmente es casi ninguna la creencia 
que debe darse á un testigo cuando el deli- 
to que se averigua consiste en palabras, 
porque el tono, el gesto , todo lo que prece- 
de y lo que sigue , las diferentes ideas que 
los hombres dan á las mismas palabras, 
las alteran y modifican de tal manera que casi 
es imposible - repetirlas tales precisamente 
cuales fueron dichas. Demás de esio , las ac- 

teresados y venales , arbitros y legisladores de 
las fortunas de los hombres) por la condena- 
ción de cualquier inocente,, cargan la jurispru- 
dencia de inútiles formalidades y excepciones, 
cuya exacta observancia baria sentar la anár- 
quica impunidad sobre el trono de la justicia. 
Atemorizados por algunos delitos atroces y di- 
fíciles de probar , se creyeron en necesidad de 
pasar por encima de las mismas formalidades 
que habían establecido; y asi ya con despótica 
impaciencia , ó ya con un miedo mugeril trans- 
formaron los juicios graves en una especie de 
juego, en que el acaso y los rodeos hacen la 
principal figura. 



lofy de las Tenas. 37 

dones violentas y fuera del uso ordinario, 
como son los delitos verdaderos , dejan se- 
ñales de sí en la muchedumbre de las cir- 
cunstancias y en los efectos que de ellas 
resultan $ pero las palabras no permane- 
cen mas que en la memoria , por lo co- 
mún infiel j y muchas veces seducida de 
los oyentes. Es, pues, sin comparación mas 
fácil- una calumnia sobre las palabras que 
sobre las acciones de un hombre , porque en 
estas , cuanto mayor número dé circunstan- 
cias se traen para prueba , tanto mayores 
medios se suministran al reo para justifi- 
carse. 



§. XIV. 

Indicios y formas de juicios. 






Hay un teorema general muy útil para 
calcular la certidumbre de un hecho , por 
ejemplo r la fuerza de los indicios de un reato. 
Cuando las pruebas del hecho son dependien- 
tes la una de la otra, esto es-, cuando los 
indicios no se prueban sino entre sí mismos^ 
cuanto mayores pruebas se traen , tanto me- 
nor es la probabilidad de él j porque los ac- 
cidentes que harian faltar las pruebas ante- 
cedentes hacen faltar las consiguientes. Cuan- 
do las pruebas del hecho dependen todas 
igualmente de una sola , el número de ellas 



3 8 Tratado te los Delitos 

no aumenta ni disminuye ia probabilidad de 
él, porque todo su, valor se resuelve en el 
valor de aquella sola de quien ¡".dependen* 
Cuando las pruebas son indepeudiettíbsila una 
de la otra , esto es ,. cuando los indicios se 
prueban de otra parte , no. de sí mismos; 
cuaíito mayores pruebas se traen, tamo mas 
creqe la probabilidad del hecho , porque la 
falacia de una prueba no influye sobre la 
otra. Hablo de probabilidad en materia de de^ 
litos que para merecer pena deben ser ciertos. 
Ésta , que parece, paradoja , desaparecerá al 
que considere que : rigorosamente la certeza 
moral no es mas que una probabilidad - T pero 
probabilidad tal , que se llama certeza , por- 
que todo hombre 4^ blaen sentido consiente 
en ello necesariamente por una costumbre na- 
cida de la precisión, de obrar > y anterior 
á toda especulación. La certeza que se re- 
quiere para asegurar á un hombre reo', es, 
pues, aquella que determina á cualesquiera 
en las operaciones mas importantes de la- vida. 
Pueden distinguirse las pruebas de ¡un reato 
en perfectas c imperfectas. Llámause .perfec- 
tas las que excluyen -la posibilidad de que 
un tal hombre no sea reo j é imperfectas las 
que no la excluyen. De las primeras una 
sola aun es suficiente para la condenación: 
de las segundas son necesarias tantas , cuan- 
tas basten á formar una perfecta ; vale tanto 
como decir , si por cada una de estas en partí- 



y de las Penas. 39 

cular es posible que uno no sea reo , por 
la unión de todas en un mismo sugeto es im- 
posible que no lo sea. Nótese que las pruebas 
imperfectas de que el reo puede justificarse, 
y no lo hace , según está obligado , se ha- 
cen perfectas. Pero esta certeza moral de prue- 
bas es mas fácil conocerla que exactamente 
definirla. De aqui es , que tengo por mejor 
aquella ley que establece asesores al juez 
principal , sacados por suerte , no por esco- 
gimiento , porque en este caso es mas segu- 
ra la ignorancia que juzga por dictamen 
que la ciencia que juzga por opinión. Don- 
de las leyes son claras y precisas , el ofi- 
cio del juez no consiste mas que en asegu- 
rar un hecho. Si en buscar las pruebas de 
un delito se requiere habilidad y destreza ; si 
en el presentar lo que de él resulta es nece- 
sario claridad y precisión j para juzgar de 
lo mismo que resulta no se requiere mas que 
un simple y ordinario buen sentido , menos 
falaz que el saber de un juez acostumbrado á 
querer encontrar reos , y que todo lo reduce 
á un sistema de antojo recibido de sus estu- 
dios. ¡Dichosa aquella nación donde las le- 
yes no se tratasen como ciencia ! Útilísima es 
la que ordena que cada hombre sea juzgado 
por sus iguales ; porque donde se trata de 
la libertad y de la fortuna de un ciudada- 
no deben callar aquellas máximas que ins- 
pira la desigualdad , sin que tenga lugar en 



40 Tratado de los Delitos 

el juicio la superioridad con que el hombre 
afortunado mira al infeliz , y el desagrado 
con que el infeliz mira al superior. Pero 
cuando el delito sea ofensa de 'un tercero, 
entonces los jueces deberían ser mitad igua- 
les del reo y mitad del ofendido , asi balan- 
ceándose todo interés, que modifica aun invo- 
luntariamente las apariencias de los objetos, 
hablan solo las leyes y la verdad. Es tam- 
bién conforme á la justicia que el reo pue- 
da excluir hasta un cierto número aquellos 
que le son sospechosos , y que esto le sea 
concedido sin contradicción ; parecerá enton- 
ces que el reo se condena á sí mismo. Sean 
públicos los juicios, y públicas las pruebas 
del reato , para que la opinión , que acaso 
es el solo cimiento de la sociedad , impon- 
ga un freno á la fuerza y á las pasiones, 
para que el pueblo diga : nosotros no somos 
esclavos , sino defendidos ; dictamen que ins- 
pira esfuerzo , y que equivale á un tributo 
para el Soberano , que entiende sus verda- 
deros intereses. No añadiré otros requisitos 
y cautelas que piden semejantes institucio- 
nes. Nada habia dicho si fuese necesario 
decirlo todo, 






y de las Penas. 41 

■ 

§. XV, 

Acusaciones secretas. 

Evidentes , pero consagrados desórdenes 
son las acusaciones secretas, y en mucnas na- 
ciones admitidos como necesarios por la fla- 
queza de la Constitución. Semejante costum* 
bre hace los hombres falsos y dobles. Cual- 
quiera que puede sospechar ver ^a el otro un 
delator , ve en él un enemigo. Entonces los 
hombres se acostumbran á enmascarar sus 
propios dictámenes , y con el uso de escon- 
derlos á los otros llegan finalmente á es- 
conderlos de sí mismos. Infelices , pues , cuan- 
do han arribado á este punto ; sin princi- 
pios claros que los guien , vagan desmaya- 
dos y fluctuantes por el vasto mar de las opi- 
niones , pensando siempre en salvarse de los 
monstruos que ks amenazan. Pasan el mo- 
mento presente en la amargura que les oca- 
siona la incertidumbre del futuro ; privados 
de los durables placeres de la tranquilidad y 
seguridad , apenas algunos pocos de ellos re- 
partidos en varias temporadas de su triste vi- 
da , y devorados con priesa y con desorden 
los consuelan de haber vivido. ¿Y de estos 
hombres haremos nosotros los soldados intré- 
pidos defensores de la patria y del trono ? ¿ Y 
entre estos encontraremos los magistrados in- 



42 Tratado de los Delitos 

corruptos , que con libre y patriótica elo- 
cuencia sostengan y desenvuelvan los verda- 
deros intereses del Soberano? ¿Que lleven 
al trono con los tributos el amor y las ben- 
diciones de todas las congregaciones de los 
hombres , y de este vuelvan á las casas y 
campañas la paz , la seguridad y la espe- 
ranza industriosa de mejor suerte, útil fer- 
mento y vida de los estados ? 

¿ Quien puede defenderse de la calumnia 
cuando ella QSti armada del secreto, escu- 
do el mas fuerte de la tiranía ? ¿ Que gene- 
ro de gobierno es aquel , donde el que man- 
da sospecha en cada subdito un enemigo, y 
se ve obligado por el reposo público á de- 
jar sin reposo los particulares i 

¿Cuales son los motivos con que se justi- 
fican las acusaciones y penas secretas ? ¿ La 
salud pública , la seguridad y conservación 
de la forma de gobierno ? ¿ Pero que extra- 
fia Constituciou es aquella , donde el que 
tiene consigo la fuerza y la opinión mas efi- 
caz que ella teme á cada ciudadano? ¿Preten* 
de , pues , la indemnidad del acusador? Lue- 
go las leyes no le defienden bastantemente $ y 
serán de esta suerte los subditos mas fuertes 
que el Soberano. ¿ La infamia del delator ? 
Luego se autoriza la calumnia secreta , y se 
castiga la pública ¿La naturaleza del delito ? 
Si las acciones indiferentes , si aun las útiles 
al público se llaman delitos , las acusaciones 



í 



y de las Venas. 45 

y juicios nunca son bastante secretos. | Que¿ 
¿puede haber delitos., esto es, ofensas públi- 
cas , y que" al mismo tiempo no sea ínteres de 
todos la publicidad del ejemplo , fin único del 
juicio? yo respeto, todo gobierno y no hablo 
de alguno en particular. Tal es alguna vez 
la naturaleza ¿e las circunstancias , que pue- 
de creerse como extrema ruina quitar un mal 
cuando es inherente al sistema de una na- 
ción ; pero si hubiese de dictar nuevas leyes 
en algún ángulo del universo que estuviese 
abandonado, antes de autorizar esta costum- 
bre me temblaría la mano, y se me pondría 
delante de los ojos la posteridad toda. 

Es- opinión del Sr. de Montesquieu que 
las acusaciones públicas son mas conformes 
al gobierno republicano , donde el bien pú- 
blico debe formar el primer cuidado de los 
ciudadanos que al monárquico , donde esta 
máxima es débilísima ipor su misma naturale- 
za , y donde es un excelente establecimiento 
destinar comisarios que en nombre público 
acusen los infractores deí las leyes. Pero asi 
en el republicano como en el monárquico de- 
be darse al calumniador la pena que tocaría 
al acusado. 



4 



- 



44 Tratado de los Delitos 



§. XVI, 








ú tormento* 





Una crueldad consagrada por el uso entre 
la mayor parte de las naciones es la tortura 
del reo mientras se forma el proceso , 6 para 
obligarlo á confesar un delito , ó por las con- 
tradicciones en que incurre , ó por el descu- 
brimiento de los cómplices,, ó por no sé cuál 
metafísica c incomprensible purgación de la 
infamia , ó finalmente por otros' delitos de 
que podria ser reo r pero de los cuales no es 
acusado. 

Un hombre no puede. ser llamado rea an- 
tes de la sentencia del juez , ni la sociedad 
puede quitarle la pública protección sino 
cuando esté decidido que ha violado los pac- 
tos bajo que le fue concedida. ¿Que derecho 
sino el de la fuerza , será el que dé potes- 
tad al juez para imponer pena á un ciudada- 
no mientras se duda si es reo ó inocente ? No 
es nuevo este dilema j ó el delito es cierto 
ó incierto j si cierto y no le conviene otra pe- 
na que la establecida por las leyes , y son in- 
útiles los tormentos porque es inútil la confesión 
del reo : si es incierto , no se debe atormentar 
un inocente , porque tal es , según las leyes, 
un hombre 3 cuyos delitos no están probados* 



* 






y de las Penas. 45 

Pero yo añado que es querer confundir touas 
las relaciones pretender que un hombre sea al 
mismo tiempo acusador y acusado , que el do- 
lor sea el crisol de la verdad , como si el jui- 
cio de ella residiese en los músculos y fibras 
de un miserable. Este es el medio seguro de 
absolver los robustos malvados , y condenar 
los flacos inocentes. Veis aqui ios fatales in- 
convenientes de este pretendido juicio de ver- 
dad j pero juicio digno de un Canibal , que 
aun los. bárbaros romanos por mas de un tí- 
tulo reservaban á solo los esclavos , víctimas 
de una feroz y demasiado loada virtud. 

¿Cual es el fin político de las penas? El 
terror de los otros hombres. ¿Pero que jui- 
cio deberemos nosotros hacer de las privadas 
y secretas carnicerías que la tiranía del usa 
ejercita sobre los reos y sobre los inocentes? 
Es importante que todo delito público no que- 
de sin castigo j pero es inútil que se acierte 
quién haya cometido un delito sepultado en 
las tinieblas. Un daño hecho , y que no tiene 
remedio , no puede ser castigado por la so- 
ciedad política sino cuando influye sobre los 
otros ciudadanos con la lisonja de la impuni- 
dad. Si es verdad que el número de los hom- 
bres respetadores de Jas leyes , ó por temor ó 
por virtud , es mayor que el de los infracto* 
teres , el riesgo de atormentar un solo ino- 
cente debe valuarse en tanto mas cuanta es 
mayor la probabilidad en circunstancias igua- 



^ - 



46 Tratado de los Delitos 

les de que un hombre las haya mas bien res- 
petado que despreciado. 

Otro ridículo motivo de la tortura es la 
purgación de la infamia. Esto es , un hombre 
juzgado infame por las leyes debe para liber- 
tarse de esta infamia confirmar la verdad de 
su deposición con la dislocación de sus hue- 
sos. Este abuso no se debería tolerar en el 
siglo decimoctavo. Se cree que el dolor, 
siendo una sensación , purgue la infamia 7 que 
es una mera relación moral. Se dirá que aca- 
so el dolor es un crisol j ¿ pero la infamia es 
acaso un cuerpo mixto impuro? No es difícil 
subir al origen de esta ley ridicula $ porque 
los mismos absurdos , adoptados por una na- 
ción entera , tienen siempre alguna relación 
con otras ideas comunes y respetadas de la 
nación misma. Parece este uso tomado de las 
ideas religiosas y espirituales , que tienen tanta 
influencia sobre los pensamientos de los hom- 
bre , sobre las naciones y sobre los siglos. Un 
dogma infalible asegura que las manchas con- 
traídas por la ff agilidad humana , y que no 
han merecido la ira eterna del Supremo Ser, 
deben purgarse por un fuego incomprensible^ 
pues siendo la infamia una mancha civil , asi co- 
mo el dolor y el fuego quitan las manchas espiri- 
tuales ¿por que los dolores del tormento no qui- 
tarán la mancha civil, que es la infamia? Yo creo 
que la confesión del reo 7 que en algunos tri- 
bunales se requiere como esencial para la .con- 



y de las Venas. 47 

denacion > tenga un origen no desemejante; 
porque en ei misterioso tribunal dé la peni- 
tencia la confesión de los pecados es parte 
esencial del Sacramento. Veis aqui como los 
hombres abusan de las luces mas seguras de 
la revelación ; y asi como estas son las que 
solo subsisten en los tiempos de la ignorancia, 
asi á ellas recurre la humanidad dócil en to- 
das las ocasiones , haciendo las aplicaciones 
mas absurdas y disparatadas. Mas , la in- 
famia es un dictamen no sujeto á las leyes 
ni á la razón , sino á la opinión común. 
La tortura misma ocasiona una infamia real 
á quien la padece j luego con este método 
se quitará la infamia causando la infamia. 

El tercer motivo es el tormento que se da 
á los que se suponen reos cuando en su exa- 
men caen en contradicciones j como si el te- 
mor de la pena , la incertidumbre del juicio, 
el aparato y la magestad del juez , la igno- 
rancia común á casi todos los malvados y 
á los inocentes , no deban probablemente ha- 
cer caer en contradicción al inocente que te- 
me , y ai reo que procura cubrirse j como si 
las contradicciones comunes en los hombres 
cuando están tranquilos no deban multipli- 
carse en la turbación del ánimo todo em- 
bebido con el pensamiento de salvarse del in- 
minente peligro. 

Este infame crisol de la verdad es' un mo- 
numento aun de la antigua y bárbara legis- 



48 Tratado de los Delitos 

lacion cuando se llamaban juicios de Dios las 
pruebas del fuego y del agua hirviendo , y 
la incierta suene de las armas. Como si los 
eslabones de la eterna cadena , que tiene su 
origen en el seno de la primera causa , de- 
biesen á cada momento desordenarse y des- 
enlazarse por frivolos establecimientos hu- 
manos. La diferencia que hay entre la tor- 
tura y el fuego y agua hirviendo , es solo 
que el éxito de la primera parece que de- 
pende de la voluntad del reo , y el de la 
segunda de lo extrínseco de un hecho pu- 
ramente físico j pero esta diferencia es so- 
lo aparente y no real. Tan poca liber- 
tad hay ahora entre los cordeles y dolo- 
res para decir la verdad , como habia en- 
tonces para impedir sin fraude los efectos 
del fuego y del agua hirviendo. Todo acto 
de nuesira voluntad es siempre proporciona- 
do á la fuerza de la impresión sensibie, que 
es su manantial , y la sensibilidad de todo 
hombre es limitada $ y asi la impresión del 
doior puede crecer á tal extremo , que ocu- 
pándola toda , no deje otra libertad al ator- 
mentado , que para escoger el. camino mas 
corto en el momento presente ? y sustraerse 
de la pena. Entonces la respuesta del reo 
es tan necesaria como las impresiones del 
fuego y del agua. Entonces el inocente sen- 
sible se llamará reo si cree con esto hacer 
cesar el tormento. Toda diferencia entre 



y de las Peñas. 49 

dios desaparece por aquel medio mismo que 
se pretende empleado para encontrarla. Es 
superñuo duplicar' la luz de estac verdad citan- 
do los innumerables ejemplos de inocentes que 
se confesaron reos por los dolores de la tortu- 
ra : no hay nación , no hay edad que no 
presente los suyos j pero ni los hombres se 
mudan ni sacan las consecuencias. No hay 
hombre, si ha girado mas alia de las necesi- 
dades de la vida , que alguna vez no corra 
hacia la naturaleza > que con voces secretas 
/ y confusas lo llama á sí - 7 pero el uso tirano 
de los entendimientos lo separa y espanta. El 
éxito, pues, de la tortura es un asunto de tem- 
peramento y de cáícuio , que varía en cada 
hombre á proporción de su robustez y de su 
sensibilidad $ tanto que con este método un 
matemático desatará mejor que un juez este 
problema. Determinada la fuerza de los mús- 
culos y la sensibilidad de las fibras de un 
inocente > encontrar el grado de dolor que lo' 
hará confesar reo de un delito supuesto. 

El examen de un reo se hace para cono- 
cer la verdad 5 pero' si esta se descubre difí- 
cilmente en el aire , en el gesto y en la fiso- 
nomía de un hombre tranquilo , mucho me- 
nos se descubrirá en aquel á quien las convul- 
liones del dolor alteran , y hacen faltar todas 
las señales por donde , aunque á su pesar, 
sale al rostro de la mayor parte de los hom- 
bres la verdad misma. Toda acción violenta 



5 o Tratado de los Delitos 

hace desaparecer las mas pequeñas diferencias, 
de los objetos , por las cuales algunas veces se 
distingue lo verdadero de lo falso. 

Conocieron estas verdades los legisladores 
romanos , entre los que no se encuentra usa- 
da tortura alguna , sino en solo los esclavos, 
á quienes estaba quitado todo derecho per- 
sonal. Las ha conocido la Inglaterra , nación 
y reino donde la gloria de laS letras , la su- 
perioridad del comercio y de las riquezas , y 
lo que á esto es consiguiente , el poder , los 
ejemplos de virtud y de valor no dejan dudar 
de la bondad de las leyes. La tortura ha si- 
do abolida en Suecia : ha sido abolida de uno 
de los mayores y mas sabios Monarcas de la 
Europa , que colocando sobre el trono la fi- 
losofía , legislador amigo de sus vasallos , los 
ha hecho iguales y libres en la dependencia 
de las leyes , que es la sola igualdad y liber- 
tad que pueden los hombres racionales pre- 
tender en las presentes combinaciones de las 
cosas. No han creido necesaria la tortura 
las leyes de los ejércitos , compuestos por la 
mayor parte de la hez de las naciones , y que 
por esta razón parece debería servir en ellos 
mas que en cualquiera otra sociedad. Cosa 
extraña para quien no considera cuan grande 
es la tiranía del uso que las leyes pacíficas 
deban aprender el mas humano método de juz- 
gar de los ánimos endurecidos á los estragos 
y á la sangre. 



y de las Penas. $ X 

Esta verdad ? finalmente , ha sido conoci- 
da de aquellos mismos que mas se alejan de 
ella. No vale la confesión dictada durante 
la tortura si no se confirma con juramento 
después de haber cesado ésta $ pero si el reo 
no confirma lo que alli dijo es atormentado 
de nuevo. Algunas naciones y algunos docto- 
res no permiten esta infame repetición mas 
que tres veces : otras naciones y otros doc- 
tores la dejan al arbitrio del juez $ de manera, 
que puestos dos hombres igualmente inocen- 
tes, ó igualmente reos , el robusto y esforza- 
do será absuelto , y el flaco y tímido conde- 
nado en fuerza de este exacto raciocinio : Cf Yo, 
jjjuez , debia encontraros reos de tal delito: 
jítú , vigoroso , has sabido resistir aldolor > y 
j>por esto te absuelvo : tú , débil , has cedido, 
*?y por esto te condeno. Conozco que la con- 
cesión que te he arrancado entre la violencia 
*>de los tormentos no tendria fuerza alguna; 
upero yo te atormentaré de nuevo si no con- 
sumías lo que has confesado." 

Una consecuencia extraña > que necesa- 
riamente se deriva del uso de la tortura ? es, 
que el inocente se hace de peor condición que 
el reo $ puesto que aplicados ambos al tor- 
mento , el primero tiene todas las combina- 
ciones contrarias $ porque , ó confiesa el de- 
lito , y es condenado , ó lo niega , y declara- 
do inocente ha sufrido una pena que no de- 
bia j pero el reo tiene un caso favorable para 



52 Tratado de los Delitos 

sí j este es , cuando resistiendo á la tortura 
con firmeza , debe ser absuelto como inocen- 
te y pues asi ha cambiado una pena mayor por 
una menor. Luego el inocente siempre debe 
perder , y el culpado puede ganar. 

La ley que manda la,, tortura es una ley 
«que dice : "Hombres , resistid al dolor ; y si 
«la naturaleza ha criado en vosotros un inex- 
tinguible amor propio ; y si os ha dado un 
«derecho enagenable para vuestra defensa; 
«yo creo en vosotros afecto todo contrario; 
«esto es , un odio heroico de vosotros mis- 
amos , y os mando que os acuséis , diciendo 
«la verdad aun entre el desenlazamiento de 
«los músculos y dislocaciones de los huesos." 

Se da la tortura para descubrir si el reo 
lo es de otros delitos fuera de aquellos sobre 
que se le acusa , cuyo hecho equivale á este 
raciocinio: Cf Tú eres reo de un delito : lúe- 
«go es posible que lo seas de otros ciento. Es- 
«ta duda me oprime , y quiero salir de ella 
«con mi criterio de la verdad: las leyes te 
«atormentan porque eres reo , porque puedes 
«ser reo , poirque yo quiero que tú seas reo." 

Finalmente , la tortura se da á un acusa- 
do para descubrir los cómplices de su delito; 
pero si está demostrado que ésta no es un me- 
dio oportuno para descubrir la verdad , ¿co- 
mo podra servir para averigurar los cómpli- 
ces , que es una de las verdades de cuyo des- 
cubrimiento se trata ¿ . Como si el hombre que 



i 



y de tas Penas. 53 

«e acusa á sí mismo no acusase mas fácilmen- 
te á los otros. $ Es acaso justo atormentar los 
hombres por el delito de otros? ¿No se descu- 
brirán los cómplices del examen del reo de 
las pruebas y cuerpo del delito , del examen 
de los testigos , y en suma , de todos aquellos 
mismos medios que deben servir para certificar 
el delito en el acusado ? Los cómplices por lo 
común huyen inmediatamente después de la 
prisión del compañero : la incertidumbre de 
su suerte los condena por sí sola al des- 
tierro $ y libra á la nación del peligro de nue- 
vas ofensas , mientras tanto la pena del reo, 
que está en su fuerza , obtiene el fin que pro- 
cura $ esto es , separar con el terror los otros 
hombres de semejante delito, 

§. XVI I. 

Del fisco. 

Hubo un tiempo en que casi todas las pe- 
nas eran pecuniarias , y los delitos de los 
hombres el patrimonio del Príncipe : los aten- 
tados contra la seguridad pública eran un 
objeto de lujo : el que estaba destinado á de- 
fenderla tenia interés en verla ofendida : era, 
pues , el objeto de las penas un pleito entre el 
fisco ( exactor de estas multas ) y el reo \ un 
negocio civil , contencioso , privado mas bien 
que público , que daba al fisco otros derechos 



54 Tratado de los Delitos 

fuera de los suministrados por la defensa pú* 
blica , y al reo otras vejaciones fuera de aque- 
llas en que habia incurrido por la necesidad 
del ejemplo. Jb,l juez era mas un abogado del 
fisco , que un indiferente indagador de la ver- 
dad , un agente del erario , fiscal mas que pro- 
tector y ministro de las leyes. Pero asi como 
en este sistema el confesarse delincuente era 
confesarse deudor del fisco , blanco único en- 
tonces de los procedimientos criminales j asi la 
confesión del delito combinada de modo que 
favorezca, no perjudique las razones fiscales, 
viene á ser , y es actualmente ( continuando 
siempre los efectos , después de haber faltado 
sus causas ) el centro , á cuya inmediación cir- 
culan todas las máquinas criminales. Sin ella 
un reo convencido por pruebas indubitables 
tendrá una pena menor que la establecida: sin 
ella no sufrirá la tortura sobre otros delitos 
de la- misma especie que pueda haber cometi- 
do. Con ella el juez toma posesión del cuerpo 
de un reo , y lo destruye con metódica forma- 
lidad para sacar como de un fondo de ga- 
nancia todo el provecho que puede. Proba- 
da la existencia del delito la confesión sir- 
ve de prueba convincente $ y para hacer 
esta prueba menos sospechosa se la procura 
por medio del tormento y los dolores , convi- 
niendo al mismo tiempo en que una deposición 
extrajudicial , tranquila é indiferente , sin los 
temores de un espantoso juicio , no basta pa* 



y de las Penas. 55 

ra la condenación. Se excluyen las indaga- 
ciones y pruebas que aclaran el hecho , pe- 
ro que debilitan las razones del fisco. No se 
omiten alguna vez los tormentos en favor de 
la flaqueza y de la miseria , sino en favor de 
las razones que podria perder este ente ima- 
ginario é incomprensible. El juez se hace 
enemigo del reo , de un hombre encade- 
•riado y presa de la suciedad , de los tor- 
mentos y de la espectativa mas espanto- 
sa : no busca la verdad del hecho , busca 
solo el delito en el encarcelado. Le pone la- 
zos , y se cree desairado si no sale con su in- 
tento en perjuicio de aquella infalibilidad que 
el hombre se atribuye en todos sus pensa- 
mientos. Los indicios para la captura están 
al arbitrio del juez , &c. Para que un hom- 
bre se halle en la precisión de probar su ino- 
cencia debe antes ser declarado reo. Esto se 
llama hacer un proceso ofensivo j y tales son 
los procedimientos en casi todos los lugares 
de la iluminada Europa en el siglo decimocta- 
vo. El verdadero proceso informativo , esto 
es , la indagación indiferente del hecho , se- 
gún manda la razón , según lo acostumbran 
las Leyes militares , usado aun del mismo 
despotismo asiático en los casos tranquilos é 
indiferentes , tiene muy poco uso en los tri- 
bunales Europeos. jQue complicado laberin- 
to de extraños absurdos , increibles , sin du* 
da , á una posteridad mas feliz ! Solo los fi- 



56 Tratado de los Delitos 

losofos de aquel tiempo leerán en la natu- 
raleza del hombre la posible existencia de 
semejante sistema, 

§. XVIII, 

De los juramentos. 

Una contradicion entre las leyes y las má- 
ximas naturales del hombre nace de los ju- 
ramentos que se piden al reo sobre que 
diga sencillamente la verdad cuando tiene el 
mayor interés en encubrirla ; como si el hom- 
bre pudiese jurar de contribuir seguramente 
á su destrucción : como si la Religión np 
callase en I4 mayor parte de los hombres 
cuando habla el interés. La experiencia de 
todos los siglos ha hecho ver que excede á 
los demás abusos el que ellos han hecho de es^ 
te precioso don del cielo. ¿ Pues por que se ha 
de creer que los malhechores la respetarán si 
los hombres tenidos por sabios y vituosos la 
han violado frecuentemente ? los motivos que 
la Religión contrapone al tumulto del temor y 
deseo de la vida son por la mayor parte muy 
flacos , porque están muy remotos de los senti- 
dos. Los negocios del cielo se rigen con leyes 
bien diferentes de las que gobiernan los ne- 
gocios humanos. ¿Pues por que comprometer 
los unos coa los otros ? ¿ Por que poner al 
hombre en la terrible precisión de faltar á 



y de las Penas. 57 

Dios , 6 concurrir á su propia ruina ? La ley 
que ordena el juramento no deja en tal caso 
al reo mas que la elección de ser mártir ó 
mal cristiano. Viene poco á poco el juramen- 
to á ser una simple formalidad , destruyén- 
dose por este medio la fuerza de los princi- 
pios de la Religión, única prenda en la mayor 
parte de los hombres. Que los juramentos soa 
inútiles lo ha hecho ver la experiencia $ pues 
cada juez puede serme testigo de no haber 
logrado jamas por este medio que los reos di- 
gan la verdad. Lo hace ver la razón que de- 
clara inútües , y por consiguiente dañosas to- 
das las leyes cuando se oponen á los dictá- 
menes naturales del hombre. Acaece á estas 
lo que á las compuertas ó diques opuestos di- 
rectamente á la -corriente de un rio $ ó son 
inmediatamente derribados y sobrepujados , 6 
el esfuerzo lento y repetido del agua los roe 
y mina insensiblemente, 

§. XIX. 

Prontitud de la pena. 

Tanto mas juta y útil será la pena cuan- 
to mas pronta fuere y mas vecina al delito 
cometido. Digo mas justa porque evita en 
el reo los inútiles y fieros tormentos de la 
incerddumbre que crecen con el vigor de la 
imaginación y con el principio de la propia 



5 8 Tratado de los Delitos 

flaqueza : mas justa porque siendo una espe- 
cie de pena la privación de la libertad no 
puede preceder á la sentencia sino en cuanto 
la necesidad obliga. La cárcel es solo la sim- 
ple custodia de un ciudadano hasta tanto que 
sea declarado reo ; y esta custodia , siendo 
por su naturaleza penosa , debe durar el me- 
nos tiempo posible , y debe ser la menos dura 
que se pueda. El menos tiempo debe medirse 
por la necesaria duración del proceso y por 
la antigüedad de las causas , que concede 
por orden el derecho de ser juzgado. La es- 
trechez de la cárcel no puede ser mas que la 
necesaria , ó para impedir la fuga , ó para que 
no se oculten las pruebas de los delitos. El 
mismo proceso debe acabarse en el mas breve 
tiempo posible. ¿ Cual contraste mas cruel que 
la indolencia de un juez y las angustias de un 
reo ? ¿ Las comodidades y placeres de un magis- 
trado insensible de una parte > y de otra las 
lágrimas y la suciedad de un encarcelado? 
En general el peso de la pena y la conse- 
cuencia de un delito debe ser la mas eficaz 
para los otros , y la menos dura que fuere 
posible para quien la sufre } porque no pue- 
de llamarse sociedad legítima aquella en don- 
de no sea principio infalible que los hombres 
han querido sujetarse á los menores males 
posibles. 

He dicho que la prontitud de las penas es 
mas útil porque cuanto es menor la distancia 

J 



y de las "Penas. 59 

del tiempo que pasa entre la pena y el delito, 
tanto es mas fuerte y durable en el ánimo la 
asociación de estas dos ideas delito y penaj de 
tal modo , que se consideran el uno como cau- 
sa , y la otra como efecto consiguiente y nece- 
sario. Está demostrado que la unión de las 
ideas es el cimiento sobre que se forma toda la 
fábrica del entendimiento humano , sin la cual 
el placer y el dolor serian impulsos limitados 
y de ningún efecto. Cuanto mas los hombres se 
separan de las ideas generales y de los prin- 
cipios universales j esto es , cuanto mas vul- 
gares son tanto mas obran por las inmedia- 
tas y mas cercanas asociaciones , descuidan- 
do las mas remotas y complicadas , que sir- 
ven únicamente á los hombres fuertemente 
apasionados por el objeto á que se dirigen, 
como que la luz de la atención ilumina solo 
este , dejando los otros en la oscuridad. Sir- 
ven igualmente á los entendimientos mas ele- 
vados > porque tienen adquirido el hábito 
de pasa/ rápidamente sobre muchos objetos 
de una vez , y la facilidad de hacer chocar 
muchos dictámenes parciales unos con otros; 
de modo que las resultas ó acción son me- 
nos peligrosas é inciertas. 

Es , pues y de suma importancia la pro- 
ximidad de la pena al delito si se quiere que 
en los rudos entendimientos vulgares á la 
pintura seduciente de un delito ventajoso 
asombre inmediatamente la idea asociada de 



6o Tratado de los Delitos 

la pena. La retardación no produce mas efec- 
to que desunir cada vez mas estas dos ideasj 
y aunque siempre hace impresión el castigo 
de un deüio cuando se ha dilatado y la hace 
menos como castigo que como espectáculo^ 
y no la hace sino después de desvanecido en 
los ánimos de los espectadores el horror del 
tal delito particular que serviría para refor- 
zar el temor de la pena. 

Otro principio sirve admirablemente para 
estrechar mas y mas la importante conexión 
entre el delito y la pena 5 este es que sea ella 
conforme cuanto se pueda á la naturaleza del 
mismo delito. Esta analogía facilita maravi- 
llosamente el choque que debe haber entre los 
estímulos que impelan al delito y la repercusión 
de la pena : quiero decir , que ésta separe y 
conduzca el ánimo á un fin opuesto de aquel 
por donde procura encaminarlo la idea que 
seduce para la infracción de las leyes, 

§. XX. ' s 

Violencias. 

Unos atentados son contra la persona, 
otros contra la sustancia. Lot primeros de- 
ben ser castigados infaliblemente con penas 
corporales. Ni el grande ni el rico deben sa- 
tisfacer por precio los atentados contra el fla- 
co y el pobre j de otra manera las riquezas 



y de las Penas. 61 

que bajo la tutela de las leyes son el ppemio 
de la industria , se vuelven alimento de la 
tiranía. No hay libertad cuando algunas ve- 
ces permiten las leyes que en ciertos aconte- 
cimientos el hombre deje de ser persona , y se 
repute como cosa. Veréis entonces la industria 
del poderoso cavilosamente entregada en hacer 
salir del tropel de combinaciones civiles aque- 
llas que las leyes determinan en su favor. Este 
descubrimiento es el secreto mágico que cam- 
bia los ciudadanos en animales de servicio; 
que en mano del fuerte es la cadena que liga las 
acciones de los incautos y de los desvalidos. 
Esía es la razón porque en algunos gobiernos 
que tienen toda la apariencia de libertad estí 
la tiranía escondida , ó se introduce en cual- 
quier ángulo descuidado del legislador , don- 
de insensiblemente toma fuerza y se engrande- 
ce. Los hombres por lo común oponen las mas 
fuertes compuertas á la tiranía descubierta; 
pero no ven el insecto imperceptible que las 
carcome , y abre al rio inundador un cami- 
no tanto mas seguro cuanto mas oculto. 

§. XXI. 

Penas de los nobles. 

I Cuales serán , pues > las penas de los no- 
bles , cuyos privilegios forman gran parte de 
las leyes de las naciones ? Yo no examinaré 



6 2 Tratado de los Delitos 

aqui si esta distinción hereditaria entre los no- 
bles y plebeyos sea útil en el gobierno ó nece- 
saria en la Monarquía. Tampoco examinaré si 
es verdad que forma un poder intermedio que 
limita los excesos de ambos extremos , ó mas 
bien una congregación , que esclava de sí mis- 
ma y de otros , cierra todo giro de crédito y de 
esperanza en un círculo estrechísimo , seme- 
jante á las islillas amenas y fecundas que so- 
bresalen en los vastos y arenosos desiertos de 
la Arabia ; y que cuando sea verdad ser la 
desigualdad inevitable ó útil en la sociedad , lo 
sea también que deba consistir mas bien en 
las compañías que en los individuos ; afirmar- 
se en una parte mas bien que circular por 
todo el cuerpo político $ perpetuarse mas bien 
que nacer y destruirse incesantemente. Limi- 
taréme solo á las penas con que se debe cas- 
tigar esta clase , afirmando ser las mismas 
para el primero que para el último ciudadano. 
Tada distinción , sea en los honores , sea en 
las riquezas , para que se tenga por legítima, 
supone una anterior igualdad fundada sobre 
las leyes que consideran todos los subditos 
como igualmente dependientes de ellas. Se de- 
be suponer que los hombres renunciando su 
propio y natural despotismo , dijeron : quien 
fuere mas industrioso y tenga mayores honores^ 
y su fama resplandezca en sus sucesores , pe- 
ro por mas feáz y mas honrado que sea espere 
mas , y no tema menos que los otros violar aque- 



y de las Penas. 63 

¡los pactos con que fue elevado sobre ellos. Es 
verdad que tales decretos no se hicieron en una 
dieta del género humano ; pero existen en las 
relaciones inmutables de las cosas: no destru- 
yen las ventajas que se suponen producidas de 
la nobleza , é impiden sus inconvenientes : ha- 
cen formidables las leyes , cerrando todo ca- 
mino á la impunidad. Al que dijese que la mis- 
ma pena dada al noble y al plebeyo no es real- 
mente la misma por la diversidad de la edu- 
cación y por la infamia que se extiende á 
una familia ilustre $ responderé que la sensi- 
bilidad del reo no es la medida de las penas 
sino el daño público , tanto mayor cuanto es 
causado por quien está mas favorecido j que 
la igualdad de las penas no puede ser sino 
extrínseca , siendo realmente diversa en cada 
individuo j que la infamia de una familia pue- 
de desvanecerse por el Soberano con demos- 
traciones públicas de benevolencia en la ino- 
cente parentela del reo, ¿ Y quien ignora que 
las formalidades sensibles tienen lugar de ra- 
zones en el pueblo crédulo y admirador? 

§. XXII. 

Hurtos. 

Los hurtos , que no tienen unida violen- 
cia, deberían ser castigados con pena pecu- 
niaria. Quien procura enriquecerse de lo age- 



64 Ttütado de los Delitos 

no debiera ser empobrecido de lo propio* 
Pero como ordinariamente este delito provie- 
ne de la miseria y desesperación , cometido 
por aquella parte infeliz de hombres , á quien 
el derecho de propiedad ( terrible , y acaso no 
necesario) ha dejado solo lo desnuda existen- 
cia $ y tal vez las penas pecuniarias aumen- 
tarían el número de los reos conforme crecie- 
se el de los necesitados , quitando el pan á 
una familia inocente para darlo á los malva- 
dos j la pena mas oportuna será aquella úni- 
ca suerte de esclavitud que se pueda llamar 
justa, esto es , la esclavitu4 por cierto tiem- 
po , que hace á la sociedad señora absoluta 
de la persona y trabajo del reo para resar- 
cirla con la propia y perfecta dependencia del 
injusto despotismo usurpado contra el pac- 
to social. Pero cuando el hurto está mixto 
con violencia la pena debe ser igualmente 
un mixto de corporal y servil. Otros escri- 
tores antes que yo han demostrado el eviden- 
te desorden que nace cuando no se distinguen 
las penas que se imponen por hurtos violen- 
tos , de las que se imponen por hurtos dolo- 
sos , igualando con absurdo una gruesa can- 
tidad de dinero á la vida de un hombre \ pe- 
ro nunca es superfluo repetir lo que casi nun- 
ca se ha puesto en práctica. Las máquinas 
políticas conservan mas que cualquiera otras 
el movimiento que reciben , y son las mas 
difíciles en adquirir otro nuevo. Estos son de- 



, y de las Penas. 65 

Utos de diferente naturaleza , y es ciertísimo, 
aun en ia política, aquel axioma de matemá- 
tica , que entre las cantidades heterogéneas 
hay una distancia infinita que las separa. 

§. XXIII. 

Infamia. 

Las injurias personales y contrarías al 
honor , esto es , á la Justa porción de sufra- 
gios que un ciudadano puede exigir con de- 
recho de los otros, deben. ser castigadas con 
la infamia. Esta infamia es una señal de la 
desaprobación pública, que pri^a ai reo de 
los votos públicos , de la confianza de la Pa-. 
tria , y de aquella como fraternidad que la 
sociedad inspira. No pende esta soia de la 
ley/ Es , pues , necesario que ía infamia de 
la ley sea la misma que aqueiia^que nace de 
las relaciones de las cosas : la misma que re- 
sulta de ia moral universal ó de ia particu- 
lar , que depende de los sistemas particula- 
res , legisladores de las opiniones vulgares, 
y de aquella tal rfacion que inspiran. Si ia 
una es diferente de la otra , ó la ley pier- 
de la veneración pública, ó las ideas de la 
moral y de la probidad se desvanecen con me- 
nosprecio de las declamaciones , que jamas 
resisten á ios ejemplos. Quien declara por in- 
fames acciones de suyo indiferentes , distni- 

5 



66 Tratado de los Delitos 

nuye la infamia de las que son verdadera- 
mente tales. Las penas de infamia ni deben 
ser muy frecuentes ni recaer sobre un gran 
número de personas á un tiempo. No lo pri- 
mero, porque los efectos reales de las cosas 
de opinión siendo demasiado continuos debi- 
litan la fuerza de la opinión misma. No lo 
segundo , porque la infamia de muchos se re- 
suelve en no ser infame ninguno. 

Las penas corporales y dolorosas no de- 
ben imponerse sobre -delitos que , fundados 
en el orgullo , consiguen en el dolor mismo 
gloria y alimento. Conviene á estos la ridi- 
culez y la infamia , penas que enfrenan el 
orgullo de los fanáticos con el orgullo de 
los espectadores , y de cuya tenacidad apenas 
con lentos y obstinados esfuerzos se libra la 
verdad misma. De este modo , oponiendo fuer- 
zas á fuerzas , y opiniones á opiniones, rom- 
perá ei sabio legislador la admiración y sor- 
presa , ocasionada en el pueblo por un falso 
principio , cuyas consecuencias bien deduci- 
das suelen ayudar en el vulgo sus absurdos 
originarios. 

He aqui un modo de no confundir las 
relaciones y la naturaleza invariable de las 
cosas , que no siendo limitada del tiempo y 
obrando incesantemente, confunde y desen- 
vuelve todas las reglas limitadas que de ella 
se separan. No son solo las artes de gusto 
y de placer quien tiene por ^principio uni- 



y de las Penas. 67 

rersal la imitación de la naturaleza , la mis- 
ma política 9 ó á lo menos la verdadera y 
durable , está sujeta á esta máxima general; 
pues no es ella otra cosa que el arte de mas 
bien dirigir á un mismo centro las máximas 
inmutables de los hombres. 

§. XXIV. 

Ociosos, 

El que turba la tranquilidad pública , el 
que no obedece á las leyes ? esto es > á las 
condiciones con que los hombres se sufren y 
se defienden recíprocamente, debe ser exclui- 
do de la sociedad , quiero decir , desterrado 
de ella. Esta es la razón por que los gobier- 
nos sabios no consienten en el seno del traba- 
jo y de la industria aquel género de ocio po- 
lítico que los austeros declamadores confun- 
den con el ocio que proviene de las rique- 
zas bien adquiridas. Ocio que es útil y nece- 
sario á medida que la sociedad se dilata y la 
administración se estrecha. Llamo ocio políti- 
co aquel que no contribuye á la sociedad ni 
con el trabajo ni con las riquezas : que ad- 
quiere , sin perder nunca , que venerado del 
vulgo con estúpida admiración , mirado por 
el sabio con compasión desdeñosa , en fuer- 
za de las víctimas que le sirven de alimento: 
que estando privado del estímulo de la vi- 



68 Tratado de los Delitos 

da activa , cuya alma es la necesidad de guar- 
dar ó aumentar las comodidades de la misma 
vida , deja á las pasiones de opinión ( que no 
son las menos fuertes) toda su energía. No es 
ocioso políticamente quien goza el fruto de los 
vicios ó de las virtudes de sus mayores , y 
vende por placeres actuales el pan y la exis- 
tencia á la industriosa pobreza , % que ejercita 
en paz la tácita guerra de industria con la 
opulencia en lugar de la incierta y sanguina- 
ria con la fuerza. Por esto deben las leyes de- 
finir cuál ocio es digno de castigo , no la aus- 
tera y limitada virtud de algunos censores. 

Cuando en un ciudadano acusado de un 
atroz delito no concurre la certidumbre , pero 
sí gran probabilidad de haberlo cometido , pa- 
rece debería decretarse contra él la pena de 
destierro j mas para determinarlo asi es nece- 
sario un estatuto el menos arbitrario y el ma*s 
preciso que sea posible , el cual condene á es- 
ta pena la persona del que ha puesto á la Na- 
ción en la fatal alternativa de temerlo ó de 
ofenderlo ; pero siempre reservándole el sa- 
grado derecho de probar su inocencia. Mayo- 
res deben ^er los motivos contra un nacional 
que contra un forastero , contra un indiciado 
por la primera vez , que contra bl que ya lo 
ha sido otras. 



\ 

y de las Penas. 69 

§. XXV. 

Destierros y confiscaciones. 

¿ Pero el que es desterrado y excluido pa- 
ra siempre de la sociedad de que era miembro 
deberá ser privado de sus bienes ? Esta cues- 
tión puede considerarse con diversos aspectos. 
Perder los bienes es una pena mayor que la 
del destierro : luego con proporción á los de- 
litos debe haber casos por donde se incurra 
en perdimiento de todos ó parte de los bienes, 
y casos en que no. El perdimiento de todos 
debiera verificarse cuando el destierro decre- 
tado por la ley fuere tal , que anonade todas 
las relaciones que existen entre la sociedad y 
un ciudadano reo. Muere entonces el ciuda- 
dano y queda el hombre ; y en el cuerpo po- 
lítico debe producir el mismo efecto que la 
muerte natural. Parecía , pues , que los bie- 
nes quitados al reo debieran tocar á sus legí- 
timos sucesores mas bien que al príncipe^ 
puesto que la muerte y semejante destierro son 
lo mismo respecto del propio cuerpo político. 
Pero no me fundo en esta sutileza para atre- 
verme á desaprobar las confiscaciones de los 
bienes. Si algunos han sostenido que estas sir- 
ven de freno á las venganzas y prepotencias 
privadas i no reflexionan que aun cuando las 
penas produzcan un bien no por esto son siem- 



70 Tratado de los Delitos 

pre justas , porque para ser tales deben ser 
necesarias j y una injusticia útil no puede ser 
tolerada de un legislador , que quiere cerrar 
todas las puertas á la tiranía vigilante , que 
lisongea con el bien de un momento y con la 
felicidad de algunos personages esclarecidos, 
despreciando el exterminio futuro y las lágrimas 
de infinitos oscuros. Las confiscaciones ponen 
precio á las cabezas de los ñacos ; hacen su- 
frir al inocente la pena del reo , y conducen 
los inocentes mismos á la desesperada necesi- 
dad de cometer los delitos. ¡Que espectáculo 
mas triste que una familia despeñada en el 
abismo de la miseria y de la infamia por los 
delitos de una cabeza , á quien la sumisión 
ordenada por las leyes seria impedimento que 
prohibiese el estorbarlos , aun cuando hubie- 
se medios de ejecutarlo! 

§. XXVL \ 

De/ espíritu de familia. 

Estas injusticias autorizadas y repetidas 
fueron aprobadas de los hombres aun mas ilu- 
minados , y ejercitadas en las repúblicas mas 
libres por haber considerado Ja sociedad no 
como unión de hombres , sino como unión de 
familias. Supongamos cien mil hombres ó 
veinte mil familias , que cada una se compon- 
ga de cinco personas , comprendida su cabe- 






y de las Penas. 71 

7a que la representa. Si la sociedad está cons- 
tituida por familias , habrá veinte mil hom- 
bres y ochenta mil esclavos : si lo está por 
hombres no habrá esclavo alguno , y sí cien 
mil ciudadanos. En el primer caso habrá una 
república y veinte mil pequeñas monarquías, 
que la componen : en el segundo, el espíritu 
republicano no solo respirará en las plazas y 
juntas públicas de la nación , sino también en- 
tre las paredes domésticas , donde se encierra 
gran parte de la felicidad ó de la miseria de 
los hombres. En el primer caso , como las le- 
yes y las costumbres son el efecto de los prin- 
cipios habituales de los miembros de la repú- 
blica ó de sus cabezas de familia , el espíri- 
tu monárquico se introducirá poco á poco en 
la república misma , y sus efectos en tanto se 
mantendrán sujetos , en cuanto medien los 
intereses opuestos de cada uno ; pero no por 
un dictamen que respire igualdad y libertad. 
El espíritu de familia es un espíritu de por- 
menor y limitado á cortos hechos : el regu- 
lador de las repúblicas , dueño de los princi- 
pios generales , ve los hechos y los distribuye 
en las principales clases , é importantes al 
bien de la mayor parte. En la república de 
familias los hijos permanecen en Ja potestad 
del padre en cuanto vive , y están obligados 
á esperar por solo el medio de su muerte la 
existencia que dependa únicamente de las le- 
yes. Acostumbrados á temer y rogar en la 



ji Tratado de los Delitos 

edad mas sazonada y vigorosa , cuando los 
dictámenes están menos modificados por aquel 
temor de experiencia , que se llama modera- 
ción , ¿como resistirán á los estorbos que el 
vicio opone siempre á la virtud en la edad 
cansada y descaecida , en que la ninguna es- 
peranza de ver los frutos , se opone á vigo- 
rosas mutaciones? 

Cuando la república es de hombres , la 
familia no es una subordinación de mando, 
sino de contrato ; y los hijos al tiempo que 
la edad los saca de la dependencia de natu- 
raleza por su flaqueza, necesidad de educa- 
ción y defensa , vienen á ser miembros libres 
de la ciudad, y se sujetan al cabeza de fami- 
lia por participar sus ventajas como los 
hombres libres en las grandes sociedades. Ea 
el primer caso , los/ hijos , esto es , la mas 
grande parte y la mas útil de la Nación , es- 
tan á la discreción de los padres. En el se- 
gundo , no subsiste otro vínculo de mando 
que el sacro é inviolable de suministrarse re- 
cíprocamente los socorros necesarios , y el 
de la gratitud por los beneficios recibidos, 
que no es tan destruido de la malicia |lel co- 
razón humano , cuanto de ana mal entendida 
sujeción decretada por las leyes. 

Semejantes contradicciones entre las leyes 
de familia y las fundamentales de la repúbli- 
ca son un manantial fecundo de otras centre 
la moral domestica y la pública , de donde se 



y de las Penas. 73 

origina un connicto perpetuo en el ánimo ue 
los hombres. La primera inspira sujeción y 
temor $ la .segunda valor y libertad: aquella 
enseña á limitar ia beneticeneia sobre un corto 
número de personas sin espontáneo escogi- 
miento; ésta á dilatarla sobre toda clase de 
hombres : aquella manda un continuo sacrifi- 
cio de sí mismo á un ídolo vano , que se lla- 
ma bien de familia , que muchas veces no es 
el bien de alguno que la compone ¿ ésta ense- 
ña el modo de servir á los propios adelanta-, 
mientos sin ofender las leyes ; ó excita para 
sacrificarse á la Patria con el premio ád fa- 
natismo que prepara la acción. Tales contras- 
tes hacen que los hombres se desdeñen de se- 
guir la virtud , que encuentran oscurecida y 
confusa en aquella distancia que nace de las 
tinieblas de los objetos, tanto físicos como 
morales. Cuántas vqccs un hombre , recor- 
dando sus acciones pasadas , queda atónito 
considerando que han sido poco honestas! Al 
paso que la sociedad se multiplica , cada 
miembro viene á ser mas pequeña parte del 
todo ; y la máxima republicana se disminuye 
á proporción si las leyes no cuidan de refor- 
zarla. Las sociedades , como los cuerpos hu- 
manos,, tienen sus límites señalados ; y cre- 
ciendo 1 mas alia de ellos , la economía se des- 
entona necesariamente. Parece que la masa 
de un Estado debe ser en razón inversa de la 
sensibilidad de quien la compone 3 porque de 



74 Tratado de los Delitos 

otra manera , aumentándose la una y la otra, 
las buenas leyes encontrarán al estorbar los 
delitos un impedimento en el bien mismo que 
han producido. Una república muy vasta no 
se liberta del despotismo sino subdividiéndo- 
se y uniéndose en muchas repúblicas de alian- 
za. ¿ Pero como se conseguirá esto ? Con un 
dictador despótico que tenga el valor de Sila, 
y tanto genio de edificar como él tuvo de 
destruir. Un hombre asi , si fuere ambicioso, 
le espera la gloria de todos los siglos : si fue- 
re filosofo, las bendiciones de sus ciudadanos 
le consolarán en la pérdida de su autoridad, 
aun cuando no fuese indiferente á su ingrati- 
tud. A proporción que las máximas de re- 
union'se debilitan en la Nación, se refuerzan 
las que hay por los objetos que nos rodean^ 
y por esta razón, bajo el despotismo mas 
fuerte , son las amistades -mas durables , y 
las virtudes de familia (siempre medianas) son 
las mas comunes ó mas bien las únicas. De 
aqui puede cualquiera inferir cuan limitadas 
han sido las miras de la mayor parte de los 
legisladores. 

§. XXVII. 

Dulzura de las penas. 

Pero el curso de mis ideas me ha sacado 
fuera de mi asunto , á cuya declaración debo 
sujetarme. No es la crueldad de las penas uno 



y délas Penas. 7$ 

de los mas grandes frenos de los delitos , sino 
la infalibilidad de ellas , y por consiguiente 
la vigilancia de los magistrados , y aquella 
severidad inexorable del juez , que para ser 
virtud útil , debe estar acompañada de una 
legislación suave. La certidumbre del castigo, 
aunque moderado , hará siempre mayor im- 
presión que el temor de otro mas terrible, 
unido con la esperanza de la impunidad; por- 
que los males , aunque pequeños , cuando son 
ciertos amedrentan siempre los ánimos de los 
hombres ¿ y la esperanza , don celestial , que 
por lo co£jn tiene lugar en todo , siempre 
separa la idea de los mayores , principalmen- 
te cuando la impunidad , tan conforme con la 
avaricia y la flaqueza , aumentan su fuerza. 
La misma atrocidad de la pena hace se pon- 
ga tanto mas esfuerzo en eludirla y evitarla, 
cuanto es mayor el mal contra quien se com- 
bate : hace que se cometan muchos delitos, 
para huir la pena de uno solo. Los paises y 
tiempos de los mas atroces castigos fueron 
siempre los de mas sanguinarias é inhumanas 
acciones j porque el mismo espíritu de feroci- 
dad que guiaba la mano del legislador regia 
la del parricida y del matador : sentado ea 
el trono dictaba leyes de hierro para almas 
atroces de esclavos , que .obedecian : en la os- 
curidad privada estimulaba á sacrificar tira- 
nos para crear otros de nuevo. 

Al paso que los castigos son mas crue- 



7 6 Tratado de los Delitos 

ks , los ánimos de los hombres que, como los 
fluidos', se ponen á nivel con los objetos que 
los rodean , se endurecen j y la fuerza siem- 
pre viva de las pasiones es causa de que al 
fin de cien años de castigos crueles la rueda 
se tema tanto como antes la prisión. Para 
que una pena obtenga su efecto basta que el 
mal de ella exceda al bien que nace del deli- 
to j y en este exceso de mal debe ser calcula- 
da la infalibilidad de la pena, y la pérdida 
del bien que el delito produciría. Todo lo de- 
más es supcrfluo y por tanto tiránica Los 
hombres se arreglan por la repetida acción 
de los males que conocen y no por la de 
aquellos que ignoran. Supongamos dos na- 
ciones , y que la una es la escala de penas 
proporcionadas á la escala de delitos , teng& 
determinada por la pena mayor la esclavitud 
perpetua , y la otra la rueda : yo afirmo que 
la primera tendrá tanto temor de su mayor 
pena como la segunda $ y si hay razón para 
transferir á la primera las penas de la segun- 
da , la misma razón servirá para acrecentar 
las penas de esta última , pasando insensible- 
mente desde la rueda á los tormentos mas 
lentos y estudiados , y hasta los mas exquisi- 
tos que inventó la ciencia demasiado cono- 
cida de los tiranos. • ^ 

Otras dos consecuencias funestas y con- 
trarias al fin mismo de estorbar lo$ delitos se 
derivan de la crueldad de las penas. La pri- 



y de las Penas. 77 

mera , que no es tan fácil guardar la fi o- 
poreion esencial entre el delito y la po-na, 
porque sin embargo de que una crueldad in- 
dustriosa haya variado mucho sus- especies, 
no pueden estas nunca pasar mas allá de 
aquella última fuerza á que está limitada la 
organización y sensibilidad humana. Y en 
habiendo llegado á este extremo , no se en- 
contraría pena mayor correspondiente á los 
delitos mas dañosos y atroces , como era ne- 
cesaria para estorbarlos. La otra consecuen- 
cia es , que la impunidad misma nace de la 
atrocidad de los castigos. Los hombres están 
reclusos entre ciertos límites , tanto en el 
bien eom* en el mal j y un espectáculo mu/ 
atroz para la humanidad podrá ser un furor 
pasagero , pero nunca un sistema constante, 
cual deben ser las leyes , que si verdadera- 
inpnte son crueles , ó se mudan , ó la impuni- 
dad fatal nace de ellas mismas. 

¿Quien al leer las historias no se llena de 
horror , contemplando los bárbaros c inútiles 
tormentos , que con ánimo frió fueron inven- 
tados y ejecutados por hombres que se llama- 
ban sabios? ¿Quien podrá no sentir, un es- 
tremecimiento interior y doloroso al ver mi- 
llares de infelices > á quienes la miseria ( ó 
querida , ó tolerada de las leyes , que siem- 
pre han favorecido á los pocos y abatido á 
los muchos ) obligó y condujo á un retroceso 
desesperado sobre el primer estado de natu- 



78 Tratado de los Delitos 

ralcr.a ; ó acusados de delitos imposibles , y 
fabricados por la temerosa ignorancia ; ó 
reos solo de ser fieles á los propios princi- 
pios , despedazados con supuestas formalida- 
des y pausados tormentos por hombres dota- 
dos de los misinos sentidos , y por consi- 
guiente de las mismas pasiones , agradable 
espectáculo de una muchedumbre fanática ? 

§. XXVIII. 

De la pena de muerte. 

Esta inútil prodigalidad de suplicios, que 
nunca ha conseguido hacer mejores los hom- 
bres , me ha obligado á examinar si es la 
muerte verdaderamente útil y justa en un go- 
bierno bien organizado. ¿ Que derecho pueden 
atribuirse estos para despedazar á sus seme- 
jantes ¿ . Por cierto no el que resulta de la so- 
beranía y de las leyes. ¿ Son estas mas que 
una suma de cortas porciones de libertad de 
cada uno , que representan la voluntad ge- 
neal como agregado de las particulares ? 
¿Quien es aquel que ha querido dejar á los 
oíros hombres el arbitrio de hacerlo morir? 
¿Como puede decirse que en el mas corto sa- 
crificio de la libertad de cada particular se 
halla aquel de la vida , grandísimo entre to- 
dos los bienes ? Y si fue asi hecho este sacri- 
fico, ¿como se concuerda tal principio con 



y de las Penas. 79 

el otro , en- que se afirma que el hombre no 
es dueño de matarse ? Debia de serlo , si es 
que pudo dar á otro , ó á la sociedad entera, 
este dominio. 

No es , pues , la pena de muerte derecho 9 
cuando tengo demostrado que no puede serlo: 
es solo una guerra de la Nación contra un 
ciudadano , porque juzga útil ó necesaria la 
destrucción de su ser. Pero si demostrare que 
la pena de muerte no es útil ni es necesaria, 
habré vencido la causa en favor de la hu- 
manidad. 

Por solos dos motivos puede creerse ne- 
cesaria la muerte de un ciudadano. El prime- 
ro , cuando aun privado de libertad , tenga 
tales relaciones y tal poder , que interese á la 
seguridad de la Nación: cuando su existencia 
pueda producir una revolución peligrosa en 
la forma de gobierno establecida. Entonces 
será su muerte necesaria , cuando la Nación 
recupera ó pierde la libertad j ó en el tiempo 
de la anarquía , cuando los mismos desórde- 
nes tienen lugar de leyes j pero durante el rei- 
no tranquilo de estas en una forma de gobier- 
no , por la cual los votos de la nación estén 
reunidos , bien prevenida dentro y fuera con 
la fuerza y con la opinión , acaso mas efi- 
caz que la misma fuerza , donde el mando 
reside solo en el verdadero Soberano , don- 
de las riquezas compran placeres y no au- 
toridad j no veo yo necesidad alguna de <:|f> s- 



8 o Tratado de los Delitos / 

truir á un ciudadano , ámenos que su muer- 
te fuese el verdadero y único freno que con- 
tuviese á otros , y los separase de cometer 
delitos : segundo moiivo por que se puede 
creer justa y necesaria ia muerte de un ciu- 
dadano. 

Cuando la experiencia de todos los siglos, 
en que el último suplicio no ha contenido los 
hombres determinados á ofender la sociedad: 
cuando el ejemplo de los ciudadanos Roma- 
nos y veinte años de reinado que logró la 
emperatriz Isabel de Moscovia , en que dio 
á los padres de los pueblos este ilustre de- 
chado , que equivale cuando menos á mu- 
chas conquistas , compradas con la sangre 
de ios hijos de la Patria , no persuadiesen 
á los hombres, que siempre tienen por sos- 
pechoso el lenguage de la razón y por efi- 
caz el de la autoridad j basta consultar su 
naturaleza misma para conocer la verdad de 
mi aserción. 

No es io intenso de la pena quien ha- 
ce el mayor efecto sobre el ánimo de los 
hombres , sino su extensión j porque á nues- 
tra sensibilidad mueven con mas facilidad y 
permanencia ías continuas , aunque peque- 
ñas impresiones , que una ú otra pasagera, 
y poco durable , aunque fuerte. Kl imperio 
de la costumbre es universal sobre todo en- 
te sensible 5 y como por su enseñanza el Hom- 
bre habla y camina*", y provee á sus nece- 



y de las tenas. 3 f 

sidades; asi las ideas morales no se imprimen 
en la imaginación sin durables y repetidas 
percusiones. No es el freno mas fuerte con- 
tra los delitos el espectáculo momentáneo* 
aunque terrible,, de la muerte de un malhe- 
chor , sino el largo y dilatado ejemplo de un 
hombre, que convenido en bestia de servi- 
cio y privado de libertad , recompensa con 
sus faügas aquella sociedad que ha ofendí-* 
do. Es eficaz , porque con la vista continua 
de este ejemplo resuena incesantemente al 
rededor de nosotros mismos el eco de esta 
sentencia i Ib también seré reducido á tan di- 
latada y miserable condición si cometiere se- 
me janees deUtos. Es mucho mas poderosa que 
la idea de la muerte > á quien los hombres 
miran siempre en una distancia muy confusa. 
■ La pena de muerte hace una impresión* 
que con su fuerza no suple al olvido pronto, 
natural £n el hombre ,, aun en las cosas mas 
esenciales * y acelerado con la fuerza de las 
pasiones. Regla general : las pasiones violen- 
tas sorprenden los ánimos , pero no por lar- 
go tiempo^ y por esto son apropósito para 
causar aquellas revoluciones , que de hom- 
bres comunes hacen Persianos ó Lacedemo- 
nios j pero en ain Gobierno libre y tranquilo 
las impresiones deben ser mas frecuentes que 
fuertes¿ 

La pena de muerte es un espectáculo pa- 
ra la mayor parte , y un objeto de compasión 

6 



82 Tratado de los Delitos 

mezclado con desagrado para algunos: las 
resultas de estos diferentes dictámenes ocu- 
pan mas el ánimo de los concurrentes , que 
el terror saludable que la ley pretende inspi- 
rar. Pero en las penas moderadas y continuas 
el dictamen dominante es el último , porque 
es el solo. El límite que deberia fijar el legis- 
lador al rigor cte la pena parece que consiste 
en el principio de compasión , cuando empie- 
za este á prevalecer sobre toda otra cosa en 
el ánimo de los que ven ejecutar un suplicio, 
mas dispuesto para ellos , que para el reo. 

Para que una pena sea justa no debe te- 
ner lo intenso de ella mas que aquellos gra- 
dos solos que basten á separar los hombres 
de los delitos : ahora no hay alguno que con 
reflexión pueda escoger la total y perpetua 
perdida de la libertad propia por un delito, 
sea ventajoso cuanto se quiera; luego lo in- 
tenso de la pena , que existe en la esclavitud 
perpetua , soscituido á la pena de muerte, tie- 
ne lo que basta para separar cualquier ánimo 
determinado. Añado que tiene mas : muchí- 
simos miran la muerte con una vista tranqui- 
la y entera ¿ quien por fanatismo , quien 
por vanidad, que casi siempre acompaña al 
hombre mas alia del sepulcro ; quien por un 
esfuerzo último y desesperado , ó de no vi- 
vir , ó salir de miseria , pero ni el fanatis- 
mo ni la vanidad están entre los cepos y 
las cadenas , bajo el azote , bajo del yugo, 



y de las Venas. 83 

en una jaula de hierro ; y el desesperado no 
acaba sus males si no los principia. Nuestro 
ánimo resiste mas bien á la violencia y do- 
lores extremos , si son breves , que al tiem- 
po y enojo incesante j porque él puede (por 
decirlo asi) reunirse todo en sí mismo per un 
momento para sufrir los primeros j pero su 
vigorosa elasticidad no es bastante á contra- 
restar la repetida acción de los segundos. 
Cualquier ejemplo que se da á la Nación con 
la pena de muerte supone un delito : en la 
pena de esclavitud perpetua , un solo delito 
da muchísimos y durables ejemplos j y si es 
importante que los hombres vean de continuo 
el poder de las leyes ? no deben las penas dé 
muerte ser muy distantes entre ellos , sino 
continuas: luego suponen la frecuencia de ios 
delitos : luego para que este suplicio sea útü 
es necesario que no haga sobre los hombres 
toda la impresión que debería hacer , esto es, 
que sea útil é inútil al mismo tiempo. Si se 
me dijese que la esclavitud perpetua es tan 
dolorosa 7 y por tanto igualmente cruel que la 
muerte j responderé , que sumando todos los 
movimientos infelices de la esclavitud lo será 
aun mas j pero estos se reparten sobre toda 
la vida , y aquella ejercita toda su fuerza en 
un momento j y en esto se halla la ventaja de. 
la pena de esclavitud , que atemoriza mas á 
quien la ve que á quien la sufre; porque* el 
primero considera todo el complexo de mo- 



84 Tratado de los Delitos 

meatos infelices $ y el segundo está distraído 
de la infelicidad del momento futuro con la 
del presente. Todos los males se acrecientan 
en la imaginación $ y quien los sufre encuen- 
tra recursos y consuelos no conocidos , ni 
creidos de los que los observan $ porque subs- 
tituyen la sensibilidad propia al ánimo endu- 
recido del infeliz, 

' He aqui , al poco mas ó menos , el razo- 
namiento que hace un ladrón ó un asesino 
cuando solo tienen por contrapeso para no 
violar las leyes , la horca ó la rueda. Bien sé 
que desenredar y aclarar los dictámenes inte- 
riores del propio ánimo es un arte que se a- 
prende con la educación ; pero estos principios 
no obran menos en un malhechor porque no 
sepa explicarlos. ¿Cuales son (dice) estas le- 
yes , que yo debo respetar > que dejan tan gran- 
de diferencia entre mí y el rico i El me niega 
un dinero que le pido , y se escusa con mandar- 
me un trabajo que no conoce. iQuien ha hecho 
estas leyes l Hombres ricos y poderosos, que 
no se han dignado ni aun visitar las miserables 
chozas de los pobres , que nunca han dividido 
un pan duro y amohecido entre los inocentes 
gritos de los hambrientos hijuelos y las lágri- 
mas de la muger. Rompamos estos vínculos, 
fatales á la mayor parte , y útiles a algunos 
pocos é indolentes tiranos : acoynetamos la in- 
justicia en su origen : volveré á mi primer es- 
tado de independencia natural ; viviré libre y 



y de las Tenas. 8$ 

feliz por algún tiempo con los frutos de mi va- 
lor y de mi industria : vendrá acaso el dia del 
dolor y del arrepentimiento j pero será breve 
este tiempo , y tendré uno de calamidad , por 
muchos años de libertad y de placeres. Rey de 
un corto número , corregiré los errores de lá 
fortuna y y veré estos tiranos palpitar y cu- 
brirse de palidez á la presencia de aquel , que 
con un insultante orgullo , posponía á sus ca- 
ballos y á sus perros. Acude entonces la Re- 
ligión al entendimiento del malvado , que 
abusa de todo $ y presentándole un fácil ar- 
repentimiento , y una cuasi certidumbre de 
felicidad eterna , le disminuye en gran parte 
el horror de aquella última tragedia. 

Pero aquel que ve delante de sus ojos un 
gran número de años , ó todo el curso de su 
vida , que pasada en la esclavitud y en el 
dolor á la vista de sus conciudadanos , con 
quienes vive libre y sociable , esclavo de a- 
quellas leyes , de quien era protegido y hace 
una comparación útil de todo esto con la in- 
certidumbre del éxito de sus delitos , y con la 
brevedad del tiempo qu^ podrÍ3 gozar sus fru- 
tos. £1 ejemplo continuo de aquellos que ac- 
tualmente ve víctimas dg su propia impruden- 
cia le hace una impresión mucho mas fuerte 
que el espectáculo de un suplicio \ porque este 
lo endurece mas que lo corrige. 

No ys útil la pena de muerte por el ejem- 
plo que da á los nombres de atrocidad. Si las 



86 Tratado de los Delitos 

pasiones ó la necesidad de ía guerra han en- 
señado á derramar la sangre humana , las 
leyes , moderadoras de la conducta de los 
mismos hombres , no debieran aumentar este 
fiero documento , tanto mas funesto , cuanto 
la muerte legal se da con estudio y pausada 
formalidad. Parece un absurdo que las leyes, 
esto es , la expresión de la voluntad pública, 
que detestan y castigan el homicidio, lo come- 
tan ellas mismas $ y para separar los ciudada- 
nos del intento de asesinar , ordenen un públi- 
co asesinato. ¿ Cuales son las verdaderas y 
mas útiles leyes ? Aquellos pactos y aquellas 
condiciones , que todos querrían observar y 
proponer , mientras calla la voz (siempre es- 
cuchada) del interés privado , ose combina 
con la del público. ¿Cuales son los dictáme- 
nes de cada particular sobre la pena de muer- 
te? Leámoslos en los actos de indignación y 
desprecio con que miran al verdugo , que en 
realidad no es mas que un inocente ejecutor 
de la voluntad pública , un buen ciudadano, 
que contribuye al bien de todos , instrumen- 
to necesario á la seguridad pública interior, 
como para la exterior son los valerosos sol- 
dados. ¿Cual, pues, es el origen de esta con- 
tradicción ? ¿ Y por que es indeleble en los 
hombres esta máxima , en desprecio de la ra- 
zón ? Porque en lo mas secreto de sus ánimos 
parte que , sobre toda otra /conserva aun la 
forma original de la antigua naturaleza , han 



y de las Penas. 87 

creído siempre que nadie tiene potestad sobre 
la vida propia , á excepción de la necesidad 
que con su cetro de hierro rige el universo. 

¿ Que deben pensar los hombres al ver los 
sabios magistrados y graves sacerdotes de la 
justicia , que con indiferente tranquilidad 
hacen arrastrar un reo á la muerte con lento 
aparato $ y mientras este miserable se estre- 
mece en las últimas angustias , esperando el 
golpe fatal , pasa el juez con insensible frial- 
dad ( y acaso con secreta complacencia de 
la autoridad" propia ) á gustar las comodida- 
des y placeres de la vida ? \Ah ( dirán ellos) 
estas leyes no son mas que pretextos de la fuer- 
za', y las premeditadas y crueles formalidades 
de la justicia son solo un lenguaje de conven- 
ción para sacrificarnos con mayor seguridad % 
como víctimas destinadas en holocausto al ído- 
lo insaciable del despotismo. 

El asesinato , que nos predican y pintan 
como una maldad terrible , lo vemos prevenido 
y ejecutado aun sin repugnancia y sin furor. 
Prevalgámonos del ejemplo. Nos parecía la 
muerte violenta una escena terrible en las des- 
cripciones que de ella nos habían hecho j pero 
ya vemos ser negocio de un instante. ; Cuanto 
menos terrible será en quien no esperándola se 
ahorra casi todo aquello que tiene de dolorosol 
Tales son los funestos paralogismos que , si 
no con claridad , á lo meaos confusamente, 
hacen los hombres dispuestos á cometer los 



88 Tratado de los Delitos 

delitos , en quienes , como hemos visto , el 
abuso de la Reügion puede mas que la Re- 
ligión misma. ' 

Si se me opusiese como ejemplo el que 
han dado casi todas las naciones y casi to- 
dos los siglos , decretando pena de muerte so- 
bre algunos delitos , responderé , que este 
se desvanece á vista de la verdad , contra 
Ja cual no valen prescripciones j que la his- 
toria de los hombres nos da idea de un in- 
menso piélago de errores , entre los cuales 
algunas pocas verdades, aunque muy distan- 
tes entre sí , no se lian sumergido. Los sacri- 
ficios humanos fueron comunes á casi todas 
las naciones. ¿Y quien se atreverá á excu- 
sarlos? Que algunas pocas sociedades se ha- 
yan abstenido solamente , y por poco tiempo, 
de imponer la pena de muerte , me es mas 
bien favorable que contrario ; porque es con- 
forme á la fortuna de las grandes verdades, 
cuya duración no es mas que un relámpago 
en comparación de la larga y tenebrosa noche 
que rodea los hombres. No ha llegado aun la 
época dichosa en* que la verdad , como hasta 
ahora el error > tenga de su parte el mayor 
número j y de esta ley universal no vemos se 
hayan exceptuado sn>o solo aquellas que la 
sabiduría infinita ha querido separar de las 
otras y revelándolas. 

La voz de un filósofo es muy flaca contra 
los tumultos y grita de tantos á quienes guia 



y. de las Penas. 89 

la ciega costumbre j pero ios pocos sabios que 
hay esparcidos en los ángulos de la tierra me 
la recibirán y oirán en lo íntimo de su cora- 
zón j y si la verdad , apesar de los infinitos 
estorbos que la desvían de un Monarca , pu- 
diese llegar hasta su trono , sepa , que la que 
propongo va acompañada con la aprobación 
secreta de todos los hombres : sepa , que ca- 
llará á su vista la fama sanguinaria de los 
conquistadores j y que la posteridad justa le 
señala el primer lugar entre los pacíficos tro- 
feos de los Titos , de los Antoninos y de los 
Trajános. 

Feliz la humanidad , si por la primera vez 
se la dictasen leyes ahora que vemos colocados 
sobre los tronos de Europa benéficos Monar- 
cas , padres de sus pueblos , animadores de las 
virtudes pacíficas , de las ciencias y de las 
artes. Ciudadanos coronados, cuyo aumento 
de autoridad forma la felicidad de los subdi- 
tos , porque deshace aquel despotismo inter- 
medio , mas cruel por menos seguro , con que 
se spfocaban los votos siempre sinceros del 
pueolo , y siempre dichosos , cuando pueden 
llegar al trono. Si ellos , digo, dejan subsistir 
las antiguas leyes , nace esto de la infinita di- 
ficultad que hay en quitar "de los errores la 
herrumbre venerable de muchos siglos , siendo 
un motivo para que los ciudadanos iluminados 
deseen con mayor ansia el continuo acrecen- 
tamiento de su autoridad. 



9 o Tratado de los Delitos 

§. XXIX 

De la prisión. 

Un error no menos común que contrario 
al fin social , que es la opinión de la propia 
seguridad , nace de dejar al arbitrio del ma- 
gistrado , ejecutor de las leyes , el encarcelar 
á un ciudadano, quitar la libertad á un ene- 
migo con pretextos frivolos , y dejar sin cas- 
tigo á un amigo , con desprecio de los indi- 
cios mas fuertes que le descubren reo. La pri- 
sión es una pena que por necesidad debe , á 
diferencia de las demás , preceder á la decla- 
ración del delito j pero este carácter distintivo 
suyo no le quita el otro esencial, esto es, que 
solo la ley determine la casos en que el hom- 
bre es digno de esta pena. La ley , pues , se- 
ñalará los indicios de un delito que merezcan 
la prisión de un reo , que lo sujeten al exa- 
men y á la pena. La fama pública , la fuga, 
la confesión extrajudicial , la de un compañe- 
ro en el delito , las amenazas y constante ene- 
mistad con el ofendido , el cuerpo del delito y 
otros semejantes , son pruebas suficientes para 
encarcelar un ciudadano $ pero estas penas 
deben establecerse por la ley no por los jueces, 
cuyos decretos siempre se oponen á la libertad 
política , cuando no son proposiciones parti- 
culares de una máxima general, existente en 



y de las Penas. 91 

el Códice. A proporción que se moderen las 
penas , que se quiten de las cárceles la sucie- 
dad y la hambre, que la compasión y la hu- 
manidad penetren las puertas de hierro , y 
manden á los inexorables y endurecidos mi- 
nistros de la justicia j podrán las leyes para 
encarcelar contentarse con indicios menores. 
Un hombre acusado de un delito , preso y 
absuelto , no debiera retener nota alguna de 
infamia. ¡ Cuantos Romanos , acusados de 
gravísimos delitos , habiendo justificado su 
inocencia fueron reverenciados del pueblo y 
honrados con las- magistraturas ! ¿ Pues por 
que razón es tan diveTso en nuestros tiempos 
el éxito de un inocente ? Porque parece que 
en el presente sistema criminal , según la opi- 
nión de los hombres , prevalece la idea de la 
fuerza y de la prepotencia á la de la justicia; 
porque se arrojan confundidos en una misma 
caverna los acusados y los convencidos ; por- 
que la prisión es mas bien un castigo que una 
seguridad del reo j y porque la fuerza , inte- 
rior defensora de las leyes, está separada de 
la exterior, defensora del trono y de la Na- 
ción j siendo asi que deberían obrar unidas. 
Asi la primera, por medio del apoyo común 
de las leyes , estaría combinada con la facul- 
tad judicativa mas no dependiente de ella, 
con inmediata potestad j y la gloria que 
acompaña la pompa y el fausto de un cuerpo 
militar quitarían la infamia , fija (como todos 



92 Tratado de los Delito* 

los dictámenes vulgares) mas en el modo, 
que en la cosa j pues esca probado que las 
prisiones militares no son tan infamativas, en 
la opinión común , como las judiciales ordi- 
narias. Duran aun en el pueblo, en las cos- 
tumbres y en las leyes , inferiores siempre mas 
de un siglo en bondad á las luces actuales de 
una Nación: duran aun las impresiones bar-' 
baras y las ideas feroces de nuestros padres 
los conquistadores septentrionales* 

Algunos han sostenido que un delito^ esto 
cs> una acción contraria á Lis leyes , comé- 
tase donde quiera , puede ser castigado en 
cualquier parte : como si el carácter de sub- 
dito fuese indeleble , es decir , sinónomo, aun 
peor que el de esclavo : como si uno pudiese 
ser subdito de un dominio, y habitar en otro, 
y que sus acciones pudiesen, sin contradic- 
ción , estar subordinadas á dos Soberanos y 
á dos Códices % por lo común contradictorios. 
Igualmente creen algunos que una acción 
cruel hecha , por ejemplo , en Constantino- 
pla , pueda ser castigada en Paris , fundados 
en la razón abstracta de que quien ofende 
la humanidad merece tener toda la humanidad 
por enemiga, y el aborrecimiento universal: 
como si los jueces fuesen vengadores de la sen- 
sibilidad de los hombres, y no mas bien de los 
pactos que los ligan entre sí. El lugar de la 
pena es el lugar del delito j porque alli solo 
se ven precisados los hombres á ofender un 



y de las Penas. 95 

particular para evitar la ofensa pública» Un 
malvado, pero que no ha roto los pactos de una 
sociedad , de que no era miembro , puede ser 
temido , y por tanto desterrado y excluido, en 
virtud d^» la fuerza superior , de la sociedad^ 
pero no castigado con ia formalidad délas le- 
yes , que son vengadoras de los pactos , no 
de la malicia intrínseca de las acciones. 

Los que son reos de delitos no muy gra- 
ves suelen ser castigados ó en la oscuridad 
de una prisión , ó remitidos á dar ejemplo con 
una distante , y por tanto inútil esclavitud, á 
nacionesjjue no han ofendido. Si los hombres 
no^s§^mueven en *un momento á cometer los 
delitos mas graves , la pena pública de una 
gran maldad será considerada de la mayor 
parte como extraña é imposible de acontecer- 
le j pero la pena pública de delitos mas ligeros 
y á que el ánimo está mas vecino , hará una 
impresión , que desviándolo de estos > lo sepa- 
re mucho mas de aquellos. Las penas no de* 
ben solamente ser proporcionadas á los delitos 
entre sí en la fuerza sino también en el modo 
de ejecutarlas. Algunos libertan de la pena de 
un leve delito cuando la parte ofendida lo 
perdona , acto conforme á la beneficencia y á 
la humanidad pero contrario al bien público: 
como si un ciudadano particular pudiese igual- 
mente quitar con su remisión la necesidad del 
ejemplo , como puede perdonar el resarcimien- 
to de la ofensa. El derecho de hacer castigar 



94 Tratado de los Delitos 

no es de uno solo sino de todos los ciudada- 
nos , ó del Soberano j y asi el ofendido podrá 
renunciar su porción de derecho , pero no 
anular la de los otros. 

§. XXX. 

Procesos y prescripciones. 

Conocidas las pruebas y calculada la cer- 
tidumbre del delito, es necesario conceder al 
reo el tiempo y medios oportunos para justifi- 
carse j pero tiempo tan breve ,- que «o perju- 
dique á la prontitud de la pena , que , como 
dejamos sentado , es uno de los principales 
frenos de los delitos. Un mal entendido amor 
de humanidad parece contrario á esta breve- 
dad de tiempo $ pero se desvanecerá toda du- 
da si se reflexiona que los peligros de la ino- 
cencia crecen con los defectos de la legis- 
lación. 

Mas : las leyes deben fijar un cierto espa- 
cio de tiempo tanto para la defensa del reo, 
cuanto para las pruebas de los delitos $ y el 
juez vendria á ser legislador si estuviese á su 
arbitrio determinar el necesario para probar 
un delito. Igualmente aquellos delitos atroces 
que dejan en los honíbres una larga memoria, 
si están probados , no merecen prescripción 
alguna en favor del reo que se ha substraído 
con la fuga j pero los delitos Iqvqs , y jao bien 



y de las Venas. 9 j 

probados , deben librar con la prescripción la 
incertidumbre de la suerte de un ciudadano^ 
porque la oscuridad en que se hallan confun- 
didos por largo tiempo quita el ejemplo de im- 
punidad , quedando al reo en tamo disposición 
para enmendarse. Es suficiente apuntar estos 
principios $ porque el límite preciso puede so- 
lo fijarse en virtud de una legislación según 
las actuales circunstancias de la sociedad} aña- 
diré únicamente que probada la utilidad de 
las penas moderadas en una nación las leyes, 
que á proporción de los delitos aumentan ó 
disminuyen el tiempo de la prescripción ó el 
de las, pruebas, formando asi de la misma cár- 
cel ó del destierro voluntario una parte de 
pena, suministrarán una fácil división de pe- 
nas suaves para un gran número de delitos. 

Pero estos tiempos no se aumentarán en 
la proporción exacta de la gravedad de los 
delitos , puesto que la probabilidad de ellos es 
en razón inversa de su atrocidad. Deberá, 
pues , disminuirse el tiempo del examen 
y aumentarse el de la prescripción , lo 
cual parecerá una contradicción de cuanto he 
dicho , esto es , que pueden darse penas igua- 
les á deütos desiguales , teniendo considera- 
ción ai tiempo de la cárcel ó al de la pres- 
cripción, que antecede á la sentencia como 
una pena. Para explicar al lector mi idea dis- 
tingo dos clases de delitos. Es la primera 
aquella de los mas atroces , que empezando 



96 Tratado de los Delitos 

desde el homicidio , comprende todas las mal- 
dades ulteriores: la segunda es de aquellos 
delitos menores. Esta distinción tiene su fun- 
damento en la naturaleza humana. La seguri- 
dad de la propia vida es un derecho de natu- 
raleza , la seguridad de ios bienes lo es de 
sociedad. El número de motivos que impelen 
á los hombres para atropellar las máximas 
naturales de piedad es con muchos grados 
menor al de aquellos que por el ansia natural 
de ser felices los mueven á violar un derec!io > 
que no encuentran en sus corazones , sino en 
las convenciones de la sociedad. La grandísi- 
ma diferencia de probabilidad en estas dos 
clases pide que se regulen con diversos prin- 
cipios. En los delitos mas atroces , como mas 
raros , debe disminuirse el tiempo del examen 
por lo que se aumenta la probabilidad de la 
inocencia del reo , y debe crecer el de la pres- 
cripción y porque de la sentencia difinitiva, en 
que se declara á un hombre inocente ó culpa- 
do , depende extirpar las esperanzas de im- 
punidad , cuyo daño crece con la atrocidad 
del "delito. Pero en los delitos menores , dis- 
minuyéndose la probabilidad de inocencia en 
el reo , debe aumentarse el tiempo del exa- 
men $ y disminuyéndose el daño de la impuni- 
dad, debe disminuirse el tiempo de la pres- 
cripción. Esta división de delitos en dos cla- 
ses no debería admitirse si el daño de ía im- 
punidad menguase tanto cuanto crece la pro- 



y ele las Penas. tyy 

babilidad del delito. Adviértase que un acu- 
sado , de quien no conste ni la inocencia ni la. 
culpa, aunque se haya librado por falta de 
pruebas , se le debe volver de nuevo á la pri- 
sión y sujetar á nueves exámenes , si apare- 
cieren nuevos indicios señalados por la ley, 
hasta tanto que naya pasado el tiempo deter^ 
minado á la prescripción de su delito. Tal es 
á lo menos el medio que me parece oportuno 
para defender la seguridad y la libertad de ios 
subditos , siendo muy fácil que la una üo sea 
favorecida á expensas de la otra \ de manera, 
que estos dos bienes de que se compone el pa- 
trimonio igual é inseparable de todo ciudada- 
no , no sean protegidos y guardados el uno 
por el despotismo manifiesto ó disfrazado , y 
el otro por la turbulenta y popular anarquía. 

§. XXXI. 

Delitos de prueba dificiL 

En vista de estos principios parecerá ex- 
traño al que no reflexione que la razón casi 
nunca haya sido legisladora de las naciones: 
que los delitos , ó mas atroces ó mas oscuros 
y quiméricos , esto es , aquellos de que hay 
probabilidad menor , sean probados por con- 
jeturas , y otros medios flacos y equívocos; 
como si las leyes y el juez tuviesen interés, 
no en averiguar la verdad , sino en probar el 

7 



98 Tratado de los Delitos 

delito , como si el condenar un inocente no 
fuera un peligro tanto mayor cuanto la pro- 
babilidad de la inocencia supera la probabili- 
dad del reato. Falta en la mayor parte de los 
hombres aquel vigor necesario , igualmente 
para los grandes delitos , que para las gran- 
des virtudes $ porque parece que los unos van 
«iempre á la par con los otros en aquellas na- 
ciones que se sostienen mas por la actividad 
del gobierno y de las pasiones , que conspiran 
al bien público, que por su calidad ó la cons- 
tante bondad de las leyes. En estas las pasio- 
nes debilitadas parecen mas á propósito para 
mantener la forma de gobierno , que para 
mejorarla. De aqui se saca una consecuencia 
importante j y es, que en una nación no 
siempre los grandes delitos prueban su de* 
cadencia. 

Hay algunos delitos que son á un mismo 
tiempo frecuentes en la sociedad y de prueba 
difícil j y en estos la dificultad de la prueba 
tiene lugar de la probabilidad de la inocencia^ 
y siendo el daño de la impunidad de tanta 
menos consideración cuanto la frecuencia de 
ellos depende de otros principios $ el tiempo 
del examen y el de la prescripción deben dis- 
minuirse igualmente. Vemos sin embargo que 
los adulterios , el deleite griego , delitqs de 
prueba tan difícil, son los que , conforme á 
los principios recibidos en práctica , admiten 
las presunciones tiránicas , las cuasi-%ruebas 9 



y de las Penas. 99 

las semi-pruebas (como si un hombre pudiese 
ser semi- digno de castigo y semi-digno de ab- 
solución ) j donde la tortura ejercita su cruel 
imperio en la persona del acusado , en los tes- 
tigos , y aun en toda la familia de un infe- 
liz $ como con frialdad inicua enseñan algu- 
nos doctores , que por norma y ley se ponen 
en manos de los jueces. 

El adulterio es un delito que considerado 
políticamente trae su fuerza y su dirección de 
dos causas , las leyes variables de los hom- 
bres y aquella fortísima atracción, que mue- 
ve el un sexo hacia el otro. Semejante en mu- 
chos casos á la gravedad , motora del univer- 
so . porque , como esta se disminuye con las 
distancias , y si la una modiíica todos los mo- 
vimientos de los cuerpos, la otra casi todos 
los del ánimo, en tanto que dura su período^ 
desemejante en que la gravedad se pone en 
equilibrio con los impedimentos j pero la 
atracción con ellos por lo común cobra fuerza 
y vigor nuevo. 

Si yo hubiese de hablar á las naciones 
que se hallan privadas de la luz de ia Reli- 
gión diria que aun hay otra diferencia con- 
siderable entre este y los demás delitos. Vé- 
rnosle nacer en el abuso de una necesidad 
constante y universal á toda la humanidad, 
necesidad anterior, y aun fundadora de la 
misma sociedad j pero los otros delitos , des- 
truidores de ella , tienen su origen mas bien 



ioo Tratado de los Delitos 

determinado de pasiones momentáneas , que 
de una necesidad, natural. Semejante necesi- 
dad parece á quien conoce la historia , y el 
hombre siempre igual en el mismo clima , á 
una cuantidad permanente. Si esto fuese ver- 
dad , inútiles y aun perniciosas serian aque- 
llas leyes y aquellas costumbres que procura* 
sen disminuir la suma total y porque su efecto 
seria oprimir una parte de las necesidades 
propias y agenas j pero por el contrario se- 
rian sabias aquellas , que ( por decirlo asi ) 
siguiendo la fácil inclinación del plano, divi- 
diesen y distribuyesen la suma en tantas igua- 
les y pequeñas porciones, que impidiesen uui- 
tonaemenie en todas partes la sequedad y la 
inundación. La fidelidad conyugal es siempre 
proporcionada al número y á la libertad de 
los matrimonios. Donde estos se rigen por las 
preocupaciones hereditarias , donde la potes- 
tad domestica los combina y los escoge > alli 
la galantería rompe los vínculos , con despre- 
cio de la moral práctica, cuyo oficio es de- 
clamar contra los efectos , manteniendo las 
causas. Pero no hay necesidad de estas refle- 
xiones para el que viviendo en la verdadera 
Religión tiene mas sublimes motivos , que cor- 
rigen la fuerza de los afectos naturales. La 
acción de este delito es tan instantánea y mis- 
teriosa, tan cubierta de aquel velo mismo que 
las leyes nan puesto: velo necesario, pero 
frágil , y que aumenta el precio de la cosa en 



y de las "Penas. ipi 

vez de disminuirlo , las ocasiones tan fáciles, 
las* consecuencias tan equívocas , que el legis- 
lador podrá mas bien evitarlo que. corregirlo, 
Regla general: en todo delito, que por su 
naturaleza debe las mas veces quedar sin cas- 
tigo , la pena es un incentivo. Es propiedad 
de nuestra imaginación que las dificultades 
cuando no son insuperables ó muy difíciles, 
respecto de la flojedad del ánimo de los hom-r 
bres , la exciten mas vivamente y engrandez- 
can el objeto j porque sirviéndola de estorbos 
que impiden su curso vagabundo y voluble, 
sin dejarla salir de él , y obligándola á recor- 
rer todas las combinaciones, se fija mas estre- 
chamente en la parte agradable, á quien mas 
naturalmente se arroja nuestro ánimo , que en 
la dolorosa y funesta , de quien huye y se se- 
para 

\j2l Venus ática , tan severamente castiga- 
da de las leyes , y tan fácilmente entregada á 
los tormentos, vencedores de la inocencia, 
tiene su fundanientQ menos sobre las necesi- 
dades del hombre aislado y libre , que sobre 
las pasiones del hombre sociable y esclavo. 
Toma su fuerza , no tanto del desmedido uso 
de los placeres , cuanto de aquella educación 
que empieza por hacer inútiles los hombres 
á sí mismos para hacerlos útiles á otros; en 
aquellas casas donde se oscurece y encierra 
la juventud ardiente , donde habiendo una 
valla insuperable á cualquiera otro comer- 



102 Tratado de los Delitos 
ció , todo el vigor de la naturaleza , que se 
desenlaza , se consume inútilmente para la hu- 
manidad , y aun anticipa la vegez. 

El infanticidio es igualmente efecto de 
una contradicción inevitable , en que se en- 
cuentra una persona que haya cedido ó por 
violencia ó por flaqueza. Quien se ve entre 
la infamia y la muerte de un ser incapaz de 
sentir los males , ¿ como no preferirá esta á la 
miseria infalible en que serian puestos ella 
y su infeliz parto ? El mejor modo de evitar 
este delito fuera proteger con leyes eficaces 
la flaqueza contra la tiranía , la cual exa- 
gera los vicios , que no pueden cubrirse con 
el manto de la virtud. 

Yo no pretendo minorar el horror justo 
que merecen estas acciones $ pero señalan- 
do sus orígenes , me juzgo con derecho de 
sacar una consecuencia general , esta es, 
que no se puede llamar precisamente justa 
( vale tanto como decir necesaria ) la pena 
de un delito cuando la ley no ha procura- 
do con diligencia el mejor medio posible de 
evitarlo en las circunstancias existentes de 
una nación. 



y de las Penas. 103 

• y 

§. XXXIL 

Suicidio. 

Él suicidio es un delito que parece no ad- 
mite pena que propiamente se llame tal¿ por- 
que determinada alguna , ó caerá sobre los 
inocentes ó sobre un cuerpo frió c insensible. 
Si esta no hará impresión en los vivos , como 
no la haria azotar una estatua , si aquella es 
tiránica é injusta , porque la libertad política 
de los hombres supone necesariamente que las 
penas sean meramente personales. Aman estos 
mucho la vida , y cuanto los rodea los con- 
firma en este amor. La imagen del placer se- 
ducidora es la esperanza , dulcísimo engaño 
de los mortales , por la cual tragan desmedi- 
damente el mal : mezclado con algunas pocas 
gotas de contento , los atrae mucho para po- 
der temer que la impunidad necesaria de este 
delito tenga alguna influencia sobre ellos. 
I Cual será , pues , el estorbo que detendrá 
Ja mano desesperada del suicida? 

Cualquiera que se mata hace menos mal á 
la sociedad que aquel que para siempre se 
sale de sus confines $ porque el primero deja 
toda su sustancia y el segundo se lleva con- 
sigo parte de sus haberes. Y si la fuerza de 
la sociedad consiste en el número de los ciu- 
dadanos , por el hecho de salirse y entregar- 



104 Tratado de los Delitos 
se á una nación vecina , origina doble daSq 
que aquel que simplemente con la muerte se 
quita de la sociedad misma. La cuestión, pues, 
se reduce á saber si es útil ó dañosa á la na- 
ción dejar una perpetua libertad á todos sus 
miembros para salirse de ella. 

Cualquiera ley que no esté armada, ó 
que la naturaleza de las circunstancias haga 
insubsistente, no debe promulgarse $ y como 
sobre los ánimos reina la opinión, que obe- 
dece á las impresiones lentas é indirectas del 
legislador, y que resiste á las directas y vior 
lentas ; asi las leyes inútiles , despreciadas 
de los hombres , comunican su envilecimiento 
aun á las mas saludables , porque se miran 
mas como una dificultad para vencerla , que 
como depósito del bien público. Asi que, si, 
como se ha dicho , nuestros dictámenes son 
limitados , tanta menos veneración quedará 
á las leyes cuanta tuvieren los hombres á ob- 
jetos extraños de ellas. De este principio pue- 
de el sabio dispensador de la felicidad pública 
sacar algunas consecuencias útiles 3 pues si 
me detuviese á exponerlas me separarian mu- 
cho de mi asunto , que se reduce á probar 
lo inútil de hacer del Estado una prisión. Se- 
mejante ley lo es j porque no estando un pais 
dividido de los otros por escollos inaccesibles 
ó mares inmensos, ¿como se podrán cerrar 
todos ios puntos de su circunferencia ? ¿ y 
como se podrá guardar á los mismos guardas? 



■ ■ 



y délas Venas, %Qf 

3EI que se lleva consigo cuanto tiene no pue r 
de ser castigado después que ío ha hecho. A 
este delito , una vez cometido , es imposible 
aplicarle pena ; y el hacerlo antes es castigar 
la voluntad de los hombres , no sus acciones^ 
es mandar en la intención , parte tan libre 
del hombre , que á ella no alcanza el impe- 
rio de las leyes humanas, Castigar al que se 
ausenta en la sustancia que deja , á mas de 
la fácil é inevitable colusión, que no puede 
impedirse sin tiranizar los contratos , estanca- 
ría todo comercio de nación á nación. Casti- 
garlo cuando volviese el reo , seria estorbar 
que se reparase el mal causado en la sociedad, 
haciendo todas las ausencias perpetuas. La 
misma prohibición de ^alir del pais aumenta 
en los nacionales el deseo de conseguirlo , y 
es una advertencia a los extraños para np es- 
tablecerse en él. 

¿ Que deberemos pensar de un Gobierno, 
que no tiene otro medio para mantener ios 
hombres , naturalmente inclinados á la patria 
por Jas primeras impresiones de su infancia, 
fuera del temor ? El mas seguro modo de fijar 
los ciudadanos en su pais es aumentar el bien 
estar relativo de cada uno, Asi como se debe 
hacer todo esfuerzo para que la balanza del 
comercio decline á nuestro favor \ asi el ma- 
yor interés del Soberano y ele la nación es, 
que la suma de la felicidad , comparada con 
la de las naciones circunvecina? , sea mayor 



ioó Tratado de los Delitos 

que la de estas. Los placeres del lujo no son 
los principales elementos de esta felicidad, 
sin embargo de que sean un remedio necesa- 
rio á la desigualdad , que crece con los pro- 
gresos de una nación, y sin los cuales las ri- 
quezas se estancarían en una sola mano. 
Donde los confines de un país se aumentan 
en grado mayor que su población , alli el 
lujo favorece el despotismo : asi porque cuan- 
to los hombres son mas raros tanto menor es 
la industria $ y cuanto ts menor la industria, 
es tanto mayor la dependencia que la pobre- 
za tiene del fasto, y tanto mas difícil y menos 
temida la reunión de los oprimidos contra los 
opresores : como porque las adoraciones , los 
oñcios , las distinciones , y la sumisión , que 
hacen mas sensible la distancia entre el fuerte 
y el débil , se obtienen mas fácilmente de po- 
cos que de muchos , siendo los hombres tanto 
mas independientes cuanto menos notados $ y 
tanto menos notados , cuanto es mayor el nú- 
mero. Pero donde la población crece en pro- 
porción mayor que los confines , el lujo se 
opone al despotismo , porque anima la indus- 
tria y la actividad de los hombres , y la nece- 
sidad ofrece demasiados placeres y comodida- 
des al rico para que los dé ostentación , que 
aumentan la opinión de dependencia , tengan 
mayor lugar. De aqui puede observarse que 
en los estados vastos , ñacos y despoblados si 
otras causas no lo estorban, el lujo de osten- 



y de las Venas. 107 

tacion prevalece al de comodidad; pero en los 
estados mas poblados que extensos, el lujo de 
comodidad hace siempre disminuir el de osten- 
tación. Sin embargo, el comercio y paso de 
los placeres del lujo tiene este inconveniente, 
que aunque se haga por el medio de muchos, 
comienza en pocos y acaba en pocos , y solo 
poquísima parte gusta el mayor número; de 
tal manera, que no impide el sentimiento de 
la miseria , causado mas por la comparación, 
que por la realidad. Son pues la seguridad 
y libertad , limitadas por solo las leyes, quie- 
nes forman la basa principal de esta felici- 
dad , con las cuales los placeres del lujo fa- 
vorecen la población , y sin las cuales se ha- 
cen el instrumento de la tiranía. "Al modo 
que las fieras mas generosas y las mas vo- 
ladoras aves se retiran á las soledades y á 
los bosques inaccesibles , y abandonan las 
campañas fértiles y agradables al hombre, 
que las pone lazos ; asi los hombres huyen 
los mismos placeres cuando la tiranía los dis- 
tribuve. 

Está , pues , demostrado que la ley que 
aprisiona los subditos en su pais es inútil é 
injusta : luego lo será igualmente la pena del 
suicidio j y asi , aunque sea una culpa que 
Dios castiga , porque salo él puede castigar 
después de la muerte , no es un delito para 
con los hombres, puesto que la pena en lagar 
de caer sobre el reo mismo cae sobre su fami- 



io8 Tratado de los Delitos 
lia. Si alguno opusiese que la pena puede con 
toao eso retraer á un hombre determinado á, 
matarse, respondo: que quien tranquilamente 
renuncia ai bien de la vida > y de tal manera 
aborrece su existencia , que pretiere 4 ella 
una eternidad infeliz , no se moverá por la 
consideración menos eficaz y mas distante de 
los hijos ó parientes. 

§. XXXI I L 

Contrabandos, 

t 

El contrabando es un verdadero delitQ 
que ofende al Soberano y á la nación $ pero 
su pena no debe ser infamativa , porque co- 
metido no produce infamia en la opinioq 
pública. Cualquiera que decreta penas infa- 
inativa$ contra delitos que no son reputados 
tales de los hombres , disminuye el dictamen 
de infamia para, los que verdaderamente lo 
son. Cualquiera ( por ejemplo ) que viere de- 
terminada la misma pena de muerte contra 
el que mata un faisán , y contra el que ase^ 
sina un hombre , ó falsifica un escrito im- 
portante , no hará diferencia entre estos de- 
litos , destruyéndose asi las máximas mora- 
rales , obra de muchos siglos y de mucha 
sangre , lentísimas y difíciles de insinuarse 
en los ánimos de los hombres ? para cuya 
producción se creyeron necesarios la ayuda 



y de las Penas. i 09 

de los mas sublimes motivos y tanto aparato 
de graves formalidades. 

Este delito nace de la ley misma , porque 
creciendo la gabela crece siempre la uiilidad 
y con esta la tentación de hacer el contraban- 
do 5 y la facilidad de cometerlo con la circun- 
ferencia, que es necesario custodiar ? y con 
la diminución del tamaño de la mercadería 
misma. La pena de perder el género prohibi- 
do y la hacienda que la acompaña es justísi- 
ma , pero será tanto mas eficaz cuanto mas 
corta fuere la gabela $ porque los hombres no 
se arriesgan sino á proporción de la utilidad 
que el éxito feliz de la empresa les puede 
producir. 

Pero 1 por que este delito no ocasiona in- 
famia á su autor , siendo un hurto hecho al 
Príncipe , y por consecuencia á la nación 
misma I Respondo, que las ofensas que los 
hombres creen no les pueden ser hechas no 
los interesan tanto , que baste á producir la 
indignación pública contra quien las comete. 
Como las consecuencias remotas hacen cortí- 
simas impresiones sobre los hombre no ven el 
daño que puede acaecerles por ellas $ antes 
bien gozan , si es posible , de sus utilidades 
presentes. Tal es el contrabando. No ven 
ellos y pues ? mas que el daño hecho al Prín- 
cipe , y asi no se interesan en privar de sus 
sufragios á quien lo comete , cerno lo son 
á quien hace un hurto privado, á quien falsi- 



1 1 o Tratado de los Delitos 
fica un escrito , y otros males que pueden su- 
cederles. Principio evidente , de que todo en- 
te sensible no se mueve sino por los males 
que conoce. 

¿ Pero se deberá dejar sin castigo este de- 
lito en aquel que no tiene hacienda que per- 
der ? No por cierto. Hay contrabandos que 
interesan de tal manera la naturaleza del tri- 
buto, parte tan esencial y tan difícil en una 
buena legislación , que su comisión merece 
una pena considerable, hasta la prLsion, has- 
ta la servidumbre j pero prisión y servidum- 
bre conforme á la naturaleza del mismo delito. 
Por ejemplo , la prisión por hacer contraban- 
do de tabaco no debe ser común con la del 
asesino ú el ladrón j y las ocupaciones del 
primero, limitadas al trabajo y servicio de la 
regalía misma que ha querido defraudar , se- 
rán las mas conformes á la naturaleza de las 
penas. 

§. XXXIV. 

De los deudores. 

La buena fe de los contratos y la seguri- 
dad del comercio estrechan al legislador para 
que asegure á los acreedores las personas de 
los deudores fallidos \ pero yo juzgo impor- 
tante distinguir el fallido fraudulento del falli- 
do inocente. El primero debería ser castigado 
con la misma pena que el monedero falso; 



y de las Penas. ni 

porque falsificar un pedazo de metal acuñado, 
que es una prenda de las obligaciones de ios 
ciudadanos , nQ es mayor delito que falsificar 
las obligaciones mismas. Mas el fallido ino- 
cente , aquel que después de un examen rigo- 
roso ha probado ante sus jueces , que ó la 
malicia de otros , ó su desgracia , ó contra- 
tiempos inevitables por la prudencia humana 
le han despojado de sus bienes , ¿ por que 
motivo bárbaro deberá ser encerrado en una 
prisión , y privado de la libertad , único y 
triste bien que solo le queda , experimentan- 
do las angustias délos culpados, y arrepin- 
tiéndose acaso (con la desesperación que cau- 
sa la probidad ofendida) de aquella inocencia 
con que vivia tranquilo bajo la tutela de las 
leyes , cuya ofensa no estuvo en su mano: le- 
yes dictadas de los poderosos por codicia , y 
sufridas de los ñacos por aquella esperanza 
que comunmente centellea en los ánimos de 
los hombres, haciendo creer que los aconten- 
cimientos adversos son para los demás , y pa- 
ra nosotros los favorables ? Los hombres, 
abandonados á sus dictámenes mas triviales, 
aman las leyes crueles aunque estén sujetos á 
ellas mismas. Seria interés de todos que se 
moderasen , porque es mayor el temer de ser 
ofendido que el deseo de ofender. Volviendo 
al inocente fallido , digo , que podrán sus 
deudas mirarse como inextinguibles hasta la 
Jpaga total : podrásele prohibir libertarse de la 



ii2 Tratado de los Delitos 

obligación coniraida sin consentimiento de 
los interesados , y el derecho de retirarse á 
otro pais para ejercitar su industria : podrá- 
sele apremiar , para que empleando su traba- 
jo y sus talentos , adquiera de nuevo con qué 
satisfacer sus acreedores^ pero ni la seguri- 
dad del comercio ni la sagrada propiedad de 
los bienes podrán justificar una privación 
de libertad , que les es inútil , fuera del caso 
en que con los males de la esclavitud se con- 
siguiese revelar los secretos de un supuesto 
inocente fallido , caso rarísimo i en suposi- 
ción de un rigoroso examen. Creo máxima le- 
gislatoria , que el valor de los inconvenien* 
tes políticos se considere en razón compuesta 
de la directa del daño público, y de la inver- 
sa de ia improbabilidad de verificarse* Puciie^ 
ra distinguirse el dolo de la culpa grave , la 
grave de la leve , y ésta de la inocencia, y 
asignando al primero las penas establecidas 
contra ios delitos de falsificación; á la segun- 
da otras menores , pero con privación de li- 
bertad j reservando á la última el escogimien- 
to libre de medios para restablecerse \ quitar 
á la tercera la facultad de hacerlo, dejándola 
á los acreedores. Pero las distinciones de gra- 
ve y de leve se deben fijar por la ley ciega é 
imparcial , no por la prudencia arbitraria y 
peligrosa de los jueces. El señalamiento de 
los límites es asi necesario en la política co- 
mo en la matemática , tanto en la medida del 



y de I41 Penas. 1 1 3 

bien, público , cuanto, en la medida de las 
magnitudes (1). 

j Con que facilidad un legislador próvido 
podría impedir gran parte de las quiebras cul- 
pables , y remediar las desgracias del inocen- 
te industrioso ! Un público y manifiesto regis- 
tro de todos los contratos , y libertad á los 
ciudadanos de consultar sus documentos bien 
(irdenadoS: un banco público, formado de tri- 
butos sabiamente repartidos sobre el comerció 
feliz ? y destinado á socorrer con las cantida- 
des oportunas ál miserable é infeliz miembro, 
de él; no tendrian ningún inconveniente real, 
y pudieran producir innumerables ventajas, 

( 1 ) El comercio y la propiedad de los bie- 
nes no son el fin del pacto social ? pero, pueden 
ser un medio para obtenerlo. Habiendo tantas 
combinaciones que pueden originar los daños 
en la sociedad í exponer todos sus miembros á 
padecerlos, seria subordinar los fines á los me- 
dios , paralogismo dé todas las ciencias , y 
principalmente de la política ? y en el qué caí 
en las ediciones precedentes ¿ donde dije qué 
el fallido inocente debe ser guardado como una 
prenda de sus deudas j 6 servir en las labores 
de sus acreedores como esclavo. Me avergüen— 
30 de haber escrito asi. He sido acusado de 
irreligión j y no lo merecía : he sido acusado 
de sedición r y no lo merecía : he ofendido los 
derechos de la humanidad , y nadie me lo ha 

reprendido. 
- . •* . 



H4 Tratado de los Delitos 
Pero las fáciles, las simples, las grandes le- 
yes , que no esperan para esparcir en el seno 
de la nación la abundancia y la robustez mas 
que la voluntad del legislador , leyes que le 
colmarian de himnos inmortales $ son , ó las 
menos conocidas , ó las menos queridas. Un 
espíritu inquieto y empleado en pequeneces, 
la medrosa prudencia del momento presente, 
la desconfianza y la aversión á toda novedad 
aunque útil , ocupan el alma de aquellos que 
podrian arreglar y combinar las acciones de 
los hombres. 

«. XXXV. 

Asilos. 

Me restan aun dos cuestiones que exami- 
nar : una si los asilos son justos, y si el pac- 
to entre las naciones de entregarse recíproca- 
mente los reos es ó no útil. Dentro de los 
confines de un pais no debería haber algún 
lugar independiente de las leyes. Su poder de- 
bería seguir á todo ciudadano como la sora* 
bra al cuerpo. La impunidad y el asilo se di- 
ferencian en. poco j y como la impresión de la 
pena consiste mas en lo indudable de encon- 
trarla que en su fuerza , no separan estas tan- 
to de los delitos cuanto á ellos convidan los 
asilos. Multiplicar estos es formar otras tan- 
tas pequeñas soberanías ; porque donde no 
hay leyes que manden allí pueden formarse 



y de las Penas. 115 

nuevas , opuestas á las comunes , y asi un 
espíritu contrario al del cuerpo entero de la 
sociedad. Todas las historias muestran que de 
los asilos salieron grandes revoluciones en los 
estados y en las opiniones de los hombres. 
Pero si entre las naciones es útil entregarse 
los reos recíprocamente , no me atreveré á 
decidirlo hasta tanto que las leyes mas con- 
formes á las necesidades de la humanidad, las 
penas mas suaves , y extinguida la dependen- 
cia del arbitrio y de la opinión , no pongan 
en salvo la inocencia oprimida y la virtud de- 
testada , hasta tanto que la tiranía sea des- 
terrada en las vastas llanuras del Asia , por 
el todo de la razón universal , que siempre 
une los intereses del trono y de los súbditosj 
aunque la persuasión de no encontrar un pal- 
mo de tierra que perdonase á los verdaderos 
delitos seria un medio eficacísimo de evitarlos. 

- 

§. XXXVI. 

-. 

De la talla. 

■ 

La otra cuestión es si será útil señalar 
un precio al que entregare la cabeza de un 
hombre declarado reo , y armando el brazo 
de cualquier ciudadano , hacer de él un ver- 
dugo. O el reo está fuera de los confines , ó 
dentro. En el primer caso el Soberano esti- 
mula ios ciudadanos á cometer un delito , y 



n6 Tratado de los Delitos 
los expone á un suplicio , haciendo asi una 
injuria y una usurpación de autoridad en los 
dominios de otro ¿ y autoriza de esta manera 
las otras naciones para que hagan lo mismo 
con él. En el segundo muestra la flaqueza 
propia. Quien tiene fuerza para defenderse 
no la busca. Ademas , este edicto desconcier- 
ta todas las ideas de moral y de virtud , que 
ge disipan en el ánimo de los hombres con 
cualquiera pequeño viento. Ahora las leyes 
convidan á la traición , ahora la castigan. 
Con una mano el legislador estrecha los vín- 
culos de familia , de parentela y de amistad^ 
y con otra premia á quien los rompe y á 
quien los desprecia. Siempre contradiciéndose 
á sí mismo, ya convida los ánimos sospecho- 
sos de los hombres á la confianza , ya espar- 
ce la desconfianza en todos los corazones. En 
vez de evitar un delito hace nacer ciento. Es- 
tos son los recursos de las naciones flacas, 
cuyas leyes no son mas que reparos instantá- 
neos de un edificio ruinoso que amenaza por 
todas partes. A proporción que las luces cre- 
cen en una nación, se hacen mas necesarias 
la buena fe y la confianza recíproca 5 y cada 
vez mas caminan á confundirse con la ver- 
dadera política. Los artificios , las astucias, 
las estradas oscuras é indirectas son por lo 
común previstas , y la sensibilidad de todos 
se defiende mejor contra el interés de cada 
particular. Los mismos siglos de la ignorancia 



y ele las Penas. 117 

en que la moral pública fuerza los hombres á 
obedecer á la privada , sirven de instrucción 
y de experiencia á los siglos iluminados. Pe- 
ro las leyes que premian la traición y excitan 
una guerra clandestina , esparciendo la sos* 
pecha recíproca entre los ciudadanos, se opo- 
nen á esta tan necesaria reunión de la moral 
y de la política , á quien los hombres debe- 
rían su felicidad, las naciones la paz, y el 
universo algún mas largo espacio de tranqui- 
lidad y reposo en los males que lo rodean, 

■ 

§. XXXVII, 

A. 

Atentados , cómplices , impunidad. 

Aunque las leyes no castiguen la inten- 
ción , no por eso decimos que un delito cuan- 
do empieza por alguna acción , que manifies- 
ta la voluntad de cometerlo , no merezca al- 
gún castigo , pero siempre menor á la misma 
comisión de él. La importancia de estorbar 
un atentado autoriza la pena; pero asi como 
entre este y la ejecución puede haber algún 
intervalo , asi la pena mayor reservada al de- 
lito consumado , 1 puede dar lugar al arrepen- 
limiento. Lo mismo es cuando haya cómpli- 
ces , y no todos ejecutores inmediatos , sino 
por alguna razón diversa. Cuando muchos 
hombres se unen para una acción arriesgada, 
á proporción de su tamaño procuran que sea 



1 1 8 Tratado de los Delitos 

igual para todos : luego será mas dificultoso 
encontrar quien se conforme con ser el ejecu- 
tor , corriendo mayor riesgo que los demás 
cómplices. La única excepción seria en el 
caso que al ejecutor se le señalase un premio. 
Teniendo entonces una recompensa mayor 
por el mayor riesgo , la pena debería ser 
proporcionada. Estos discursos parecerán muy 
metafísicos á quien no reflexione cuánta uti- 
lidad hay en que las leyes dejen los menos 
motivos de convención que fuere posible en- 
tre los que se intenten asociar para cometer 
un delito. 

Algunos tribunales ofrecen impunidad al 
cómplice de un grave delito que descubriere 
los otros. Este recurso tiene sus inconvenien- 
tes y sus ventajas. Los inconvenientes son 
que la nación autoriza la traición detesta- 
ble , aun entre los malvados , porque siem- 
pre son menos fatales á una sociedad los deli- 
tos de valor que los de vileza , por cuanto 
el primero no es frecuente , y con solo una 
fuerza benéfica que lo dirija conspirará al 
bien público j pero la segunda es mas común 
y contagiosa , y siempre se reconcentra en sí 
misma. Demás de esto , el tribunal hace ver 
la propia incertidumbre y la flaqueza de la 
ley , que implora el socorro de quien la ofen- 
de. Las ventajas son evitar delitos impor- 
tantes , y que siendo manifiestos los efectos 
y ocultos los autores atemoricen el pueblo. 



■ 



y de las Penas. 119 

Contribuye también á mostrar que quien es 
falto de fe con las leyes , esto es , con el pú- 
blico , es probable que lo sea con un parti- 
cular. Pareciérame que una ley general , la 
cual prometiese impunidad al cómplice ma- 
nifestador de cualquier delito , fuese preferi- 
ble á una especial declaración en un caso 
particular $ porque asi evitaría las uniones 
con el temor recíproco que cada cómplice 
tendría de revelarse á otro , y el tribunal 
no hará atrevidos los malhechores , viendo 
estos en caso particular pedido su socorro. 
Semejante ley debería acompañar la impuni- 
dad con el destierro , del delator:::: Pero ert 
vano me atormento para destruir el remordi- 
miento que siento , autorizando con las leyes 
sacrosantas , con el monumento , de la pú- 
blica confianza, y con la basa de la moral 
humana , la traición y el disimulo. ¡ Que 
ejemplo seria para una nación si se faltase 
á la impunidad prometida , arrastrando al 
suplicio, por medio de doctas cavilaciones, 
en vergüenza de la fe pública , quien ha 
correspondido al convite de las leyes ! No 
son raros en las naciones tales ejemplos , y 
por esta no son tampoco raros los que no 
tienen de una nación otra idea que la de 
una máquina complicada, cuyos muelles mue- 
ven , según su antojo,, el mas diestro y el 
mas poderoso. Frios é insensibles á todo lo 
que forma la delicia de las almas tiernas y 



i2o Tratado de los Delitos 
sublimes , excitan con sagacidad inalterable 
los dictámenes mas afectuosos y las pasior- 
nes mas violentas en el punto que las ven úti- 
les á sus fines , acordando los ánimos como 
Jos músicos los instrumentos. 

§, xxxvm, 

Interrogaciones sugestivas y deposiciones, 

Nuestras leyes reprueban en el proceso 
las interrogaciones que se 1 llaman sugestivas ¡ 
esto es , aquellas , según los doctores , que 
en las circunstancias de un delito pregun- 
tan de la especie , debiendo preguntar del gé- 
nero : quiere decir aquellas interrogaciones 
que, teniendo una inmediata conexión con el, 
sugieren al reo una respuesta inmediata. Las 
interrogaciones , según los criminalistas , de- 
ben , por decirlo asi, abrazar y rodear el he- 
cho espiralmente } pero nunca dirigirse á él 
por línea recta. Los motivos de este método 
¿Sn , ó por no sugerir al reo una respuesta 
que la libre de la acusación , ó acaso porque 
parece contra la misma naturaleza que un reo 
se acuse por sí inmediatamente. Cualquiera 
que sea de estos dos motivos , es notable la 
contradicción de las leyes , que juntamente 
con esta costumbre autórizap la tortura. Por- 
que ¿cual interrogación mas sugestiva que el 



y de las Penas. 1 21 

dolor? El primer motivo se verifica en el tor- 
mentó , puesto que el mismo dolor sugerirá al 
jrobustp una obstinada taciturnidad para cam- 
biar la mayor pena por la menor , y al flaco 
sugerirá la confesión para librarse del tor- 
mento presente , mas eficaz por entonces que 
el dolor venidero. El segundo motivo es con 
evidencia lo mismo. Porque si una interroga- 
ción especial hace confesar á un reo , contra 
el derecho de la naturaleza, mucho mas fácil- 
mente conseguirán esto los dolores , pero los 
hombres se gobiernan mas por la diferencia 
de los hombres que por la que resulta de las 
cosas. Entre otros abusos de ia gramática que 
no han influido pogo sobre los negocios hu- 
manos , es notable el que hace nula é ineficaz 
la deposición de un reo ya condenado j ya 
está muerto civilmente , dicen los jurisconsul- 
tos peripatéticos j y úü muerto no es capaz 
de acción alguna. Para sostener esta varia 
metáfora se han sacrificado muchas víctimas, 
y bien de continuo se ha disputado con seria 
reflexión si la verdad debe ceder á las fórmu- 
las judiciales. Si las deposiciones de un reo 
^condenada no llegan á un cierto punto > que 
retarden el curso de la justicia , ¿por que 
no se deberá conceder, aun después déla sen- 
tencia, á su extrema miseria ya los intereses 
de la verdad , un espacio conveniente , tal, 
que produciendo nuevas especies , capaces de 
alterar la naturaleza del hecho, pueda justifi- 



X 2 2 Tratado de los Delitos 
carse á sí ó á otro con un juicio nuevo? Las 
formalidades y las ceremonias son necesarias 
en la administración de la justicia , ya por- 
que nada dejan al arbitrio del que la admi- 
nistra , ya porque dan idea al pueblo de un 
juicio, no tumultuario c interesado, sino es- 
table y regular 5 ya porque sobre los hom- 
bres , esclavos é imitadores de la costumbre, 
hacen impresiones mas eficaces las sensacio- 
nes que los raciocinios. Pero estas sin un fa- 
tal peligro jamas pueden fijarse por las leyes 
de modo que dañen á la verdad , que ó por 
ser muy simple ó muy compuesta , tiene ne- 
cesidad de alguna pompa externa que le con- 
cilie el pueblo ignorante. Finalmente , aquel 
que en el examen se obstinase , no respon- 
diendo á las preguntas que se le hicieren, 
merece una pena determinada por las . leyes; 
y pena de las mas graves- que entre ellas se 
hallaren para que los hombre no burlen asi 
la necesidad del ejemplo que deben al públi- 
co. No es necesaria esta pena cuando se se- 
pa de cierto que tal reo haya cometido tal de- 
lito 5 de tal modo , que las preguntas sean 
inútiles , como lo es la confesión del delito, 
cuando otras pruebas justifican la criminali- 
dad. Este último caso es el mas ordinario; 
porque la experiencia demuestra que en la 
mayor parte de los procesos los. recs_estan 
negativos. 



y de las Penas. 123 

§. XXXIX. 

i 
De un género particular de delitos. 
¡ 
Cualquiera que leyere este escrito adver- 
tirá haber omitido yo en él un género de der 
litos que ha cubierto la Europa de sangre hu- 
mana, y que ha juntado aquellas funestas fo- 
gueras , donde servian de alimento á las lla- 
mas los cuerpos vivos de los hombres, cuan- 
do era placentero espectáculo y armonía gra- 
ta para la ciega muchedumbre oir los sordos 
y confusos gemidos de los miserables que sa- 
lían envueltos en remolinos de negro humo, 
humo de miembros humanos , entre el rechi- 
nar de los huesos abrasados , y el tostarse 
de las entrañas aun palpitantes. Pero los hom- 
bres racionales verán que el lugar, el siglo y 
la materia no me permiten examinar la na- 
turaleza de este delito. Muy largo , y fuera 
de mi asunto, seria probar cómo debe ser ne- 
cesaria una perfecta uniformidad de pensa- 
mientos en un estado contra el ejemplo de 
muchas naciones 5 cómo opiniones , que dis- 
tan entre sí solamente por algunas sutilísi- 
mas y oscuras diferencias , muy apartadas 
de la capacidad humana , puedan desconcer- 
tar el bien público cuando una no fuete au- 
torizada con preferencia á las otras j y có- 
mo la naturaleza de las opiniones esté cora- 



124 Tratado de los Delitos 
puesta de modo , que mientras algunas con 
el choque , fermentando y combatiendo jun- 
tamente se aclaran, y nadando las verda- 
deras •, las falsas se sumergen en el olvido; 
otras , poco seguras por su constancia des- 
nuda , deban vestirse de autoridad y de fuer- 
za. Muy largo seria probar cómo , aunque 
mas odioso parezca sobre los entendimientos 
humanos el imperio de la fuerza , cuyas solas 
conquistas son el disimulo, y por consiguien- 
te el envilecimiento , aunque parezca contra- 
rio al espíritu de mansedumbre y fraternidad, 
ordenado de la razón y de la autoridad , que 
mas veneramos ; sea sin embargo necesario 
c indispensable. Todo esto debe creerse pro- 
bado evidentemente , y conforme á los ver- 
daderos intereses de los hombres, si hay quien 
con reconocida autoridad lo ejercite. Hablo 
solo de los delitos que provienen de la na- 
turaleza humana y del pacto social , no de 
los pecados , cuyas penas , aun las tempora- 
les , deben arreglarse con otros principios que 
los de uua filosofía limitada. 
i 

§. XL. 

Falsas ideas de utilidad 

i 

Un manantial de errores y de injusticias 
son las falsas ideas de utilidad que se forman 
lo* legisladores. Falsa idea de utilidad es 



y áe las Venas* 12 j 

aquella que antepone los inconvenientes par- 
ticulares al inconveniente general : aquella 
que manda á los dictámenes en vez de exci- 
tarlos : que hace servir los sofismas de la lo* 
gica en lugar de la razón. Falsa idea de uti- 
lidad es aquella que sacrifica mil ventajas 
reales por un inconveniente imaginario ó de 
poca consecuencia que quitaria á los hombres 
el fuego porque quema , y el agua porque 
anega , que solo destruyendo repara los ma- 
les. De esta naturaleza son las leyes que pro- 
hiben llevar armas : no contienen mas que á 
los no inclinados ni determinados á cometer 
delitos j pero los que tienen atrevimiento para 
violar las mas sagradas de la humanidad y las 
mas importantes del Códice , ¿ como respeta- 
rán las menores y las puramente arbitrarias > 
cuyas contravenciones deben ser tanto mas 
fáciles é impunes cuanto su ejecución exac- 
ta quita la libertad personal , tan amada del 
hombre y tan amada del legislador, some- 
tiendo los inocentes á todas las vejaciones 
que debieran sufrir los reos ? Empeoran estas 
la condición de los asaltados, mejorando la 
de los asaltadores : no minoran los homicidios 
sino los aumentan $ porque es mayor la con- 
fianza en asaltar los desarmados que los pre- 
venidos. Llámanse, no leyes preventivas sino 
medrosas de los delitos : nacen de la tumul- 
tuaria impresión de algunos hechos particula- 
res no de la meditación considerada de incon- 



í2Ó Tratado de los Delitos 

venientes y provechos de un decreto univer- 
sal. Falsa idea de utilidad es aquella que quer- 
ría dar á una muchedumbre de seres sensibles 
la simetría y orden que sufre la materia 
brutal é inanimada , que descuida motivos 
presentes los únicos que con eficacia obran 
sobre el mayor número para dar fuerza á 
los distantes ; cuya impresión es flaca y 
brevísima , si una viveza extraordinaria de 
imaginación en la humanidad no suple con 
el aumento á la distancia del objeto. Fi- 
nalmente , es falsa idea de utilidad aquella 
que sacrificando la cosa al hombre divide el 
bien del público del bien de todos los parti- 
culares. Hay esta diferencia del estado de so- 
ciedad al estado de naturaleza , que el hom- 
bre salvage no hace daño á otro sino en 
cuanto basta para hacerse bien á sí mismo; 
pero el hombre sociable es alguna vez movi- 
do por las malas leyes á ofender á otro sin 
hacerse bien á sí. Despótico arroja en el áni- 
mo de sus esclavos el temor y el abatimiento; 
pero rechazado vuelve á atormentar con ma- 
yor fuerza su ánimo. Cuanto el temor es mas 
solitario y doméstico tanto es menos peligro- 
so al que lo hace instrumento de su felici- 
dad; pero cuanto es mas público y agita ma- 
yor número de hombres , es tanto mas fácil 
que haya , ó el imprudente , ó el desesperado 
6 el cuerdo atrevido , que haga servir los 
hombres á su fin, despertando en ellos ideas 



\ 

y de las Venas. 127 

mas gratas , y tanto mas sedúcidoras cuanto 
el riesgo de la empresa cae sobre un número 
mayor ; y el valor que los infelices dan á la 
existencia propia se disminuye á proporción 
de la miseria que sufren. Esta es la causa por- 
que las ofensas originan otras $ pues el odio 
es un movimiento tanto mas durable que el 
amor , cuanto el primero toma su t uerza de 
la continuación de los actos que debilitan al 
segundo. 

§. XLI. 

A I"" 

Cómo se evitan los delitis. 

Es mejor evitar los delitos que ca stigar- 
los. He aqui el fin principal de toda buena 
legislación , que es el arte de condm :ir los 
hombres al punto mayor de felicidad ó al me- 
nor de infelicidad posible, para hablar según 
todos los cálculos de bienes y males de la vi- 
da. Pero los medios empleados hasta ; ahora 
son por lo común falsos y contrarios ; il fin 
propuesto. No es posible reducir la turb ulen- 
ta actividad de los hombres á un orden geo- 
métrico sin irregularidad y confusión. Al mo- 
do que las leyes simplísimas y constante ¡s de 
la naturaleza no pueden impedir que los pla- 
netas se turben en sus movimientos ; asi en 
las infinitas y opuestísimas atracciones del 
placer y del dolor no pueden impedirse por 
las leyes humanas las turbaciones y el des or- 
den. Esta es la quimera de los hombres lii m- 



128 tratado de los Delitos 

tados siempre que son dueños del manden 
Prohibir una muchedumbre de acciones indi- 
ferentes no es evitar los delitos sino crear 
otros nuevos ; es definir á su voluntad la vir- 
tud y el vicio , que se nos predican eternos 
é inmutables. ¿A que nos viéramos reducidos 
si se hubiera de prohibir todo aquello qué 
puede inducir á delito ? Seria necesario pri- 
var al hombre del uso de sus sentidos* Para 
un motivo que impela los hombres á cometer 
un verdadero delito hay mil que los impelen 
á practicar aquellas acciones indiferentes que 
llaman delitos las malas leyes; y sí la proba- 
bilidad de los delitos es proporcionada al mi- 
meto de los motivos, ampliar la esfera da 
aquellos es acrecentar la probabilidad de co- 
meterlos. La mayor parte de las leyes no son 
mas que privilegios , esto es i un tributo que 
pagan todos á la comodidad de algunos 

¿ Queréis evitar los delitos ? Haced que 
las leyes sean claras y simples, y que toda la 
fuerza de la nación esté empleada en defen- 
derlas , ninguna parte en destruirlas. Haced 
que las leyes favorezcan menos las clases dé 
los hombres que los hombres mismos. Haced 
que. los hombres las teman , y no teman mas 
que á ellas. El temor délas leyes es saluda- 
ble; pero el de hombre á hombre es fatal y 
fecundo de delitos. Los hombres esclavos son 
mas sensuales, mas desenvueltos, y mas crue- 
les que los hombres libres. Estos meditan so- 



y de las Peñas¿ 129 

bre las ciencias i meditan sobre los intereses 
de la nación : ven objetos grandes y los imi- 
tan $ pero aquellos , contentes del dia presen- 
te , buscan entre el estrépito y desenvoltura 
una distracción "del apocamiento que los ro- 
dea i acostumbrados al éxito incierto de cual- 
quier cosa , se hace para ellos problemático 
el éxito d£ sus delitos , en ventaja de la pa* 
sion que los domina* Si la incer adumbre de 
las leyes cae sobre una nación indolente por 
clima i aumenta y mantiene su indolencia y 
estupidez : si cae sobre una nación sensual, 
pero activa , desperdicia su actividad en un 
infinito número de astucias y tramas , que 
aunque pequeñas, esparcen en todos los co- 
razones la desconfianza , haciendo de la trai- 
ción y el disimulo la basa de la prudencia: 
si cae sobre una nación valerosa y fuerte , la 
incertidumbre se sacude al ñu , causando an- 
tes muchos embates de la libertad á la escla- 
vitud, y de la esclavitud á la libertad* 

§. XLIL 

De las ciencia$¿ 

¿ Queréis evitar los delito^ ? Haced que 
acompañen las luces a la libertad. Los males 
que nacen de los conocimientos son en razón 
inversa de su extensión , y los bienes lo son 
en la directa. Un impostor atrevido , que 

9 



130 Tratado de los Delitos 
siempre es un hombre no vulgar , tiene las 
adoraciones de un pueblo ignorante y la gri- 
ta de uno iluminado. Los progresos en las 
ciencias , facilitando las comparaciones de los 
objetos y multiplicando las miras , contrapo- 
nen muchos dictámenes los unos á los otros, 
que se modifican recíprocamente co^ tanta 
mas facilidad cuanto se preveen en los otros 
las mismas ideas y las mismas resistencias. A 
vista de las luces esparcidas con profusión en 
una nación calía la ignorancia calumniosa, y 
tiembla la autoridad , desarmada de ra-zones, 
en tanto que la vigorosa fuerza de las leyes 
permanece inalterable; porque no hay hombre 
iluminado que no ame los pactos públicos, cla- 
ros y útiles á la seguridad común, comparan- 
do el poco de libertad inútil sacrificada por 
él, á la suma de todas las libertades sacrifica- 
das.por los otros hombres, que sin leyes podían 
conspirar en contra suya. Cualquiera que ten- 
ga un alma sensible , echando una mirada so- 
bre un Códice de leyes bien hechas , y encon- 
trando no haber perdido mas que la funesta 
libertad de hacer mal á otro , será obligado á 
bendecir el trono y quien le ocupa. 

No es verdad que las ciencias sean siem- 
pre dañosas á la humanidad ; y cuando lo 
fueran , era un mal inevitable para ios hom- 
bres. La multiplicación del génerp humano 
sobre la faz de la tierra introdujo la guerra, 
las artes mas rudas : las primeras leyes , que 



y de las Venas. 131 

eran pactos momentáneos , nacían con la ne- 
cesidad y perecían con ella. Esta fue la pri- 
mera ñlosofia de los hombres , cuyos pocos 
elementos eran justos , porque su indolencia 
y poca sagacidad los preservaba del error. 
Pero las necesidades se multiplicaban cada 
vez mas con la multiplicación de los hom- 
bres. Eran , pues, necesarias impresiones mas 
fuertes y mas durables que los separasen de 
los continuados regresos que hacían al pri- 
mer, estado de desunión , siempre mas y mas 
funesto. Asi hicieron un gran bien á la huma- 
nidad aquellos primeros errores que poblaron 
la tierra de falsas divinidades (digo gran bien 
político), y que crearon un universo invisi- 
ble , regulador del nuesiro. Fueron bienhe- 
chores de los hombres aquellos que se atre- 
vieron á sorprenderlos , y arrastraron á los 
aliares la ignorancia dócil. Presentándoles 
objetos colocados mas allá de lo que alcan- 
zaban los sentidos que se les huían de- 
lante , á proporción que creían alcanzarlos: 
nuuca despreciados , porque nunca bien co- 
nocidos j reunieron y fijaron las pasiones, di- 
vididas en uno solo , que los ocupaba fuerte- 
mente. Estas fueron las primeras mudanzas 
de todas las naciones que se formaron de 
puebicé salvages: esta fue Ja época de la for- 
mación de las grandes sociedades ; y tai fue 
el vinculo necesario, y acaso el único. No 
hablo de aquel pueblo elegido de Dios , en 






132 Tratado de los Delitos 
quien los milagros mas extraordinarios y las 
gracias mas señaladas tuvieron lugar de po- 
lítica humana. Pero como es propiedad del 
error subdividirse hasta lo infinito > asi las 
ciencias que nacieron , hicieron de los hom- 
bres una muchedumbre fanática de ciegos, 
que en un laberinto cerrado se tropezaban y 
atropellaban de modo , que aigunas almas 
sensibles y filosóficas desearon á su pesar el 
antiguo estado salvage. He aqui la primera 
época en que las luces > ó por mejor decir las 
opiniones son dañosas» 

La segunda es en el difícil y terrible pa- 
so de los errores á la verdad , de la oscuri- 
dad no conocida á la luz. El choque inmenso 
de los errores útiles á pocos poderosos contra 
las verdades útiles á muchos desvalidos , la 
reunión y el fermento de las pasiones , que se 
despiertan en aquella ocasión , causan infini- 
tos males á la miserable humanidad. Cual- 
quiera que reflexione sobre las historias , en 
quienes después de algunos intervalos de tiem- 
po se halla cierta semejanza cuanto á las épo- 
cas principales, encontrará muchas veces una 
generación entera sacrificada á la felicidad 
de aquellas que le suceden en el trabajoso pero 
necesario paso de las tinieblas de la ignoran- 
cia á la luz de la filosofía , y de la tiranía á 
la libertad , que son las consecuencias. Pero 
cuando calmados los ánimos y extinguido el 
fuego ^ que ha purificado la nación de los 



y de las Penas. 133 

males que la oprimen $ la verdad , cuyos pro- 
gresos son lentos al principio y después ace- 
lerados , se sienta como compañera sobre el 
trono de los Monarcas , y tiene culto y aras 
en las Parlamentos de las repúblicas ; ¿ quien 
podra entonces afirmar que el resplandor que 
ilumina la muchedumbre sea mas dañoso que 
las tinieblas , y que las verdaderas y simples 
relaciones de las cosas bien conocidas por 
los hombres les sean funestas ? 

Si la ciega ignorancia es menos fatal que 
el mediano y confuso saber , porque este aña- 
de á los males de la primera los del error 
inevitable , en quien tiene una vista limitada 
á espacios mas cortos que aquel donde lle- 
gan los confines de la verdad j el hombre ilu- 
minado es el don mas precioso que puede ha- 
cer a la nación y á sí mismo el Soberano, 
creándolo depositario y guardador de las le- 
yes santas. Enseñado á ver la verdad y á 
no temerla 5 privado de la mayor parte de 
las necesidades de la opinión, nunca bastan- 
temente satisfechas * que hacen experiencia 
de la virtud en la mayor parte de los hom- 
bres , acostumbrado á contemplar la humani- 
dad desde las mas elevadas atalayas $ es en 
su inteligencia la nación una familia de hom- 
bres hermanos , pareciéndole tanto menor la 
distancia de los grandes al pueblo , cuanto 
es mayor la masa de la humanidad misma 
que tiene delante de los ojos. Los filósofos 



134 Tratado de los Delitos 

tienen cuanto necesitan ; y de los intereses 
no conocidos por los hombres comunes aquel 
principalmente de no desmentir en la lux pú- 
blica los principios predicados en la oscuri- 
dad , adquiriendo el nábito de amar la ver-^ 
dad por sí misma. Un escogimiento de taleá 
hombres forma la felicidad de una nación} pero 
felicidad momentánea si las buenas leyes no 
aumentan de tal manera el número que dismi- 
nuyan la probabilidad , siempre considerable, 
de una mala elección. 



§. XLIII. 



• 



Magistrados. 

Otro medio de evitar los delitos es intere- 
sar el magistrado > ejecutor de las leyes , mas 
á su observancia que á su corrupción. Cuan- 
to mayor fuere el número que lo componga, 
tanto es menos peligrosa la usurpación sobre 
las leyes , porque la venalidad es mas diñcil 
en miembros que se observen entre sí , y son 
menos interesados en acrecentar la autoridad 
propia cuanto es menor ia porción que toca- 
rla á cada uno, principalmente comparada 
con el peligro del atentado. Si el Soberano 
con el aparato y con la pompa , con la aus- 
teridad de los edictos , y con no permitir las 
quejas justas é injustas de los que se juzgan 
ofendidos , acostumbra los subditos á temer 
mas los magistrados que las leyes ¿ estos se 



y de las Penas. 135 

aprovecharán de su temor mas de lo que con- 
venga á la seguridad privada y pública. 



§. X L I V. 

Recompensas. 

Otro medio de evitar los delitos es recom- 
pensar la virtud. Sobre este asunto observo 
al presente en las leyes de todas las naciones 
un silencio universal. Si los premios propues- 
tos por las Academias á los descubridores de 
las verdades provechosas han multiplicado las 
noticias y los buenos libros , ¿ por que lo 
premios distribuidos por la benéfica mano de 
Soberano no multiplicarían asimismo las ac+- 
c iones virtuosas? La moneda del honor es 
siempre inagotable y fructífera en las manos 
del sabio distribuidor. 

§. X L V. 

Educación. 

Finalmente , el mas seguro , pero mas di- 
fícil medio de evitar los delitos es perfeccio- 
nar la educación , objeto muy vasto , y que 
excede los límites que me he señalado: objeto 
( me atrevo á decirlo ) que tiene vínculos de- 
masiadamente estrechos con la naturaleza. del 
gobierno para permitir que sea un campo es- 



1 36 Tratado de los Delitos 
téril , y solamente cultivado por un corto nú- 
mero de sabios. Un grande hombre , que ilu- 
mina la. misma humanidad , que lo persigue, 
ha hecíib ver por menor cuáles son las prin~ 
cipales máximas de educación, verdaderamen-i 
te útiles á los hombres , esto es , que consis^ 
ten menos en una estéril muchedumbre de ob* 
jetos y que en la elección y brevedad de ellos: 
en substituir los originales á las copias en los 
fenómenos asi morales como físicos , que el 
accidente ó la industria ofrece á los tiernos 
ánimos de los jóvenes : en guiar á la virtud 
por el camino fácil del dictamen , y en sepa- 
rar del mal por el infalible de la necesidad y 
del inconveniente , en vez de hacerlo por el 
incierto del mando y de la fuerza , por cuyo 
medio se obtiene solo una disimulada y mo-* 

mentánea obediencia, 

■ 

§, X L V I. 

Del perdón» 

A medida que las penas son mas dulces 
la clemencia y el perdón son menos necesa- 
rios. ¡ Dichosa aquella nación en que fue- 
sen funestos! Esta clemencia , esta virtud, 
que ha sido alguna vez en un Soberano el su- 
plemento de todas las obligaciones del trono, 
deberla ser excluida en una perfecta legisla- 
ción , donde las penas fuesen suaves y el 



y de las Penas. 137 

método de juzgar arreglado y corriente. Pare- 
cerá esta verdad dura á los que viven en e 1 
desorden del sistema criminal, en que los per- 
dones y las gracias son necesaria^ á propor- 
ción de lo absurdo de las leyes , y de la atro- 
cidad de las sentencias. Esta es h mas bella 
prerogativa del trono, este el atributo mas 
apetecible de la soberanía , y esta es la tácita 
desaprobación que los benéficos dispensado- 
res de la felicidad publica dan á un Códice ? 
que , con todas las imperfecciones , tiene en 
su favor la preocupación de los siglos , el vo- 
luminoso y arbitrario atavío de infinitos co- 
mentadores, el grave aparato de las formali- 
dades eternas , y el apego de los mas astutos 
habladores y menos temidos semidoctos, Pe- 
ro considérese que la clemencia es virtud del 
legislador, no del ejecutor de las leyes: que 
debe resplandecer en el Códice, no en los jui- 
cios particulares: que hacer ver á los hombres 
la posibilidad de perdonar los delitos, y que la 
pena no es necesaria consecuencia suya; es fo- 
mentar el alhago de la impunidad, y manifes- 
tar, que pudiéndose perdonar, las sentencias 
no perdonadas son mas bien violencias de la 
fuerza que providencias de la justicia, ¿Que de- 
ber emos pensar cuando el Príncipe concede per- 
don, esto, es la seguridad pública aun parti- 
cular , y que con un acto privado de mal en- 
tendida beneficencia forma un decreto púbhV 
co de impunidad? Sean, pues, inexorables las 



138 Tratado de los Delitos 

leyes c inexorables sus ejecutores en los casos 
particulares; pero sea suave, indulgente y 
humano el legislador. Sabio arquitecto , haga 
que su edificio se levante sobre las basas del 
propio amor , y que el interés general sea lo 
que resulie de los intereses particulares, para 
no verse obligado cada instante á separar con 
leyes parciales y con remedios tumultuarios el 
bien público del bien de cada uno, y á ele- 
var el simulacro de la salud pública sobre el 
terror y sobre la desconfianza. Profundo y 
sensible filósofo , deje que los hombres , her- 
manos sujos, gocen eu paz aquella corta por- 
ción de felicidad , que el inmenso sistema es- 
tablecido por aquel que conocemos como pri- 
mera causa , les permite gozar en este ángulo 
del universo. 

§. XLVIL 

■ 

Conclusión. *>q si 

Con esta reflexión concluyo. La gravedad 
de las penas debe ser relativa al estado de la 
nación misma. Mas fuertes y sensibles deben 
ser las impresiones sobre los ánimos endure- 
cidos de un pueblo recién salido del estado de 
barbarie. Al feroz león , que se revuelve al 
golpe de un arma limitada , lo abate el rayo. 
Pero á medida que los ánimos se suavizan en 



y dejas Penas. 139 

el estado de sociedad crece la sensibilidad , y 
creciendo esta debe disminuirse la fuerza de 
la pena , siempre que quiera mantenerse una 
relación constante entre el objeto y la sen- 
sación. 

De cuanto hasta aqui se ha dicho puede 
sacarse un teorema general muy útil , pero 
poco conforme al uso , legislador ordinario 
de las naciones , esto es : -para que toda pena 
no sea violencia de uno ó de muchos , contra 
un particular ciudadano j debe esencialmente 
ser pública , pronta , necesaria , la mas peque- 
ña de las posibles en las circunstancias actuales, 
proporcionada á los delitos , dictada por ¡as 
leyes. 

■ 

FIN. 

" ! 

- 
■ 

q ■ 



^^>f*>t^t*>f*^4*<^4*^^^^ 



RESPUESTA 







. 




Á 


UN 


ESCRITO INTITULADO 








NOTAS 








y 





OBSERVACIONES 

SOBRE EX LIBRO 

DE LOS DELITOS T DE LAS PENAS. 



K 



o es ciertamente un daño nuevo é im- 
pensado en Europa para los hombres estudio- 
sos recibir á un tiempo los aplausos mas li- 
songeros del público y las contradicciones de 
algún emulo , ni puede maravillarse de ello 
un autor que haya consagrado parte de su 
tiempo al conocimiento del ánimo de los hom- 
bres. No es tampoco cosa extraña que se cu- 
bran con el sacro manto de la Religión las 
acusaciones menos fundadas contra un escri- 
tor que la tenga esculpida en su corazón , la 
Jionre en sus escritos , y la profese ea las ac- 



Respuesta á las 141 

ciones. Testimonios de ello tenemos en nues- 
tra Italia , y en este siglo en los respetables y 
piadosos sabios el Preboste Luis Antonio Mu- 
ratori (1), y el marques Cipion Maffei (2). El 
cristiano iluminado perdona las injurias y po- 
ne en claro las acusaciones, sin odiar su au^ 
tor , y sin olvidar su deber respecto á Dios y 
á la propia fama* 

Tengo la gloria de renovar á lá Italia el 
ejemplo dé los dos citados clarísimos varones ¿ 
y por la tercera vez en este siglo es fuerza 
■ ■ 

(i) El Sr. Preboste Luís Antonio Miirató^ 
Ti fué acusado de liercgía por su libro de 7/É« 
geniorum moderatione: Vida de dicho Sr> 
Preboste, f^enecia iy56, pág. 119. Fue acu- 
sado de heregi'a : le escribieron injurias $ malas 
palabras y amenazas. Jbid. pdg* tío. Fueacu-*- 
sado cabeza de Secta. Ibid. pdg. i3o. Inventor 
de nueva heregía contra la B. Virgen. Jbid. pdg, 
i5i. Se imprimieron contra él por Bernardes 
mil infamias, injurias, calumnias, palabras a- 
frentosasj villanías. Jbid. pdg. i/\\. Fue acusa- 
do de jansenismo, ibid. pdg. 1/16. Después de 
su muerte fue declarado desde las cátedras he- 
rege, y condenado. Ibid. pdg. i5o &c. 

(2) El Sr. marques Cipion Maffei fue acusa- 
do de novador , de herege , de jansenista , de 
calvinista &c. Puede verse en las animadver- 
siones ad Historiara Theologicam Dogmatitm 
& opinionum de Divina Gratia , y sobre todo 
l' Infarinato posto al Vaglio. 



142 Notas y Observaciones. 

que vea el público intentada la gravísima a- 
cusacion de irreligión con pruebas , y con 
razones poco dignas verdaderamente de la 
santidad de la augusta materia. El autor que 
las produce comparece con el título de : No- 
tas y Observaciones sobre el libro intitulado 
Tratado de los Delitos y de las Penas. 

En las tales Notas y Observaciones el au- 
tor de los Delitos y de las Penas se halla califi- 
cado hombre de escaso y limitado entendimien- 
to ( pág. $ 1 ) , frenético ( pág. 66 ) , impostor 
(pág. 67), engañador del público (pág. 70), 
de mal talento (pág. 154), que no sabe lo 
que se dice (pág. 13a ), que escribe con mucha 
falsedad (pág. 1 39 ), que vomita osadas nece- 
dades (pág. 140), estúpido impostor (pági- 
na 1 59), furioso (pag.93), satírico desenfrenado 
(pág. 42), Heno de venenosa amaigura, de ca- 
lumniosa mordacidad, de pérfida disimulación, 
de maligna oscuridad , de vergonzosas contra- 
dicciones (pág. 156), de sofismas , de cavila- 
ciones y de paralogismos ( pág. 46 ). Al juicio 
del público pertenece decidir á quién hacen 
agravio tales modos de hablar, sobre los cua- 
les no espere el adversario ni retorsión ni res- 
puesta en manera alguna. 

El autor de las Notas y Observaciones da 
á mi libro los nombres de Obra salida del mas 
proiundo abismo de las tinieblas , homble 7 
monstruosa , llena de veneno (pág. 4), temera- 
riamente atrevida (pág. 1 6)¿ calumniosa (pág. 



Respuesta á las 143 

82) , ridicula (pág. 2$), infame y impía, mal- 
diciente , ^ que sobrepuja la medida de la mas 
maligna y mas desenfrenada sátira (pág. 42). 
Encuentra en ella fuertes temeridades, atrevi- 
das blasfemias (pág. 19), fantásticas doctri- 
nas (pág. 20), indignas injurias (pág. 24), 
insolentísimas ironías (pág, 25), falaces y mi- 
serables raciocinios (pág. 62 ) , impertinentes 
pedanterías (pág. 62 ), escarnios necios y ifr 
merarios (pág. 6$), sofismas traidores, cavi- 
laciones enredosas (pág. 86), crueles invectivas 
(pág. 9$), crecidas atrocidades (pág. 93)5 im- 
pertí nenies necedades (pág. 130), imposturas 
(pág. 114), equívocos ridículos (pág. 130 ), 
exceso* tfe irracionalidad (pág. 141 ), desati- 
nadas invectivas (pág 156), horrendos equí- 
vocos (pág. 164), mordacidad ( pág. 182), 
agudezas impías y escandalosas , grandes inir 
pertinencias (pág. 183), necias suposiciones, 
calumnias maliciosas (pág. 38),. ceguedad in- 
creíble de audacia (pág. 4í). 

No limita su cólera á solo el autor ó á la 
obra : extiéndela hasta el impresor, á quien 
llama descarado é indigno (pág. 188). No me 
hallo dispuesto á responder á este género de 
elocuencia. Dice el adversario antes de prin- 
cipiar sus notas : empiezo tranquilamente mis 
Notas y mis Reflexiones. La misma tranquili- 
dad se observará para responderle $ aunque 
parece mas fácil ser friamente acusador , que 
responder con moderación á las calumnias. 



.¿44 Notas y Observaciones. 

£1 autor de las Notas y Observaciones ha- 
ce muchas contradicciones á los principios de 
política y de derecho de las gentes , que yo 
he fijado en mí libro. No pienso en combatir 
sobre esto sus objeciones: quien los adopte no 
aprobará mis discursos en esta parte y quien 
los apruebe no necesita de que yo los forta- 
lezca con otros nuevoá. 

El autor de las Notas y Observaciones for- 
ma dos grandes acusaciones contra mí , la 
primera está fundada sobre la Religión, la se- 
gunda sobre veneración debida á los Sobera- 
nos j y estas dos importantísimas acusaciones? 
«on las únicas de su libro que pienso exami- 
nar. Empecemos por la primera* 

PARTE PRIMERA. 

ACUSACIONES BE IMPIEDAÚ, 

ACUSACIÓN PRIMERA. 

Él autor del libró de los Delitos y dé las 
Penas no conoce aquella justicia que trae su orí- 
gen del Eterno Legislador , que todo lo ve i y 
todo lo prevee (pág. 24). 

Respuesta, 

Asi he distinguido lá justicia puramente 
humana de aquella que tiene sus raices en la 



Respuesta á las 145 

Religión. ff Por justicia eutiendo yo solo el 
jj vínculo necesario para tener unidos los in- 
i) tereses particulares ( pág. 12):" asi declaro 
querer hablar únicamente de esta justicia hu- 
mana: no cc de aquella diferente suerte de jus- 
ticia que dimana de Dios , y que tiene sus 
)í inmediatas relaciones con las penas y recoin- 
«pensas eternas (pág. 13)." \ Cómo , pues, 
probará el acusador , que yo no conozca una 
justicia dimanada de Dios Eterno , después de 
una explicación tan clara! El modo conque 
deduce el acusador tan extraña consecuencia 
es este silogismo. 

El autor no cree como bueno dejar al ar- 
bitrio del juez la interpretación de ia ley. 

Quien no cree como bueno dejar al arbi- 
trio del juez la interpretación de la ley no cree 
una justicia dimanada de Dios. 

Luego el acusador no cree una justicia di- 
manada de Dios. 

: Acusación segunda. 

El autor del libro de los Delitos y las Penas 
manifiesta creer c¡iie las Escrituras sagradas son 
imposturas (pág. 131). 

R ESP U ESTA. 

En toda la obra de los Delitos y las Penas 
ni aun he nombrado la Sagrada Escritura ; y 

10 



1 46 Notas y Observaciones. 
la única vez que he hablado del Pueblo de 
Dios , se lee asi : ff Aquel Pueblo elegido de 
» Dios , en quien los milagros mas extraordi- 
» narios y las gracias mas señaladas tuvieron 
«lugar de política humana (pág. 241 ). *• Es- 
tas y otras semejantes que veremos i y que 
por moderación seguiremos llamando acusa- 
ciones j en cuya prueba no se trae razón algu- 
na , afirmándose solo voluntariamente $ no pa- 
recen dictadas por un espíritu prácticamente 
embebido en la divina moral de los libros sa- 
grados. 

Acusación tercera. 

El autor del libro de los Delitos y las Penas 
está tenido de todo el mundo racional por ene- 
migo del cristianismo , -por mal filosofo y mal 
hombre. ( pág. 1 5 5 y sig. ) 

Respu ESTA. 

Que yo parezca á mi adversario bueno ó 
mal filósofo no me mortifica : que yo no sea 
un mal hombre , lo afirma quien me conoce $ 
y que yo sea enemigo del cristianismo , se 
puede conocer donde digo, que los cr ministros 
i? de la verdad Evangélica" con sus manos 
cr tocan todos los dias el Dios de mansedum- 
j>bre (pág. 28)." "Que entre los motivos 
i) que impelen los hombres aun á las mas 
«sublimes operaciones fueron destinados por 

... 



Respuesta S las 147 

35 el invisible Legislador el premio y la pe- 
35 ná (pág. 35. )." cr Qüé Dios es ün Ser perfec- 
)) td y Criador ¿ que se ha reservado á sí solo 
néi derecho de 3er á ün mismo* tiéríipo Legis- 
¿jlador y Juez/i¡ürqué él Soló puede serlo sin 
3) inconveniente ( pág. 38 ). " Sé puede cono- 
cer euán enemigo soy del cristianismo > donde 
insto sobré qué la autoridad pública proteja 
* c la sagrada tranquilidad dé los Templos y 
35 los morales y Simples discursos de la Réli- 
jjgion (pág. 5 5). " Donde hablando del Purga- 
torio he dicho asi ; cr Un dogma infalible ase- 
íj gura que las manchas contraidas por la fra- 
35 güidad humana , y qué no han merecido la 
35 ira eterna del' Supremo Ser , deben purgar- 
3$ se por un fuego incoiñprensi ble ( pág. 82)." 
Se puede por último conocer donde digo , que 
én medio de mil errores , en que la continua- 
ción de los siglos ha envuelto los entendimien- 
tos humanos , solo la revelación sé ha preser- 
vado de ellos. cr De esta ley universal no ve- 
351x10$ se hayan exceptuado sino solo aquellas 
«verdades que la Sabiduría infinita ha queri- 
3) do separar de las otras revelándolas ( pág. 
35 i éq ). " Seria demasiado largo copiar aqui 
todos los lugares UenOs de amor ¿ de reveren- 
cia y de f e á la Religión , que se encuentran 
en el libro de los Delitos y de las Penas, aun- 
que no pasa de 1 22 hojas. 



148 Notas y Observaciones. 

Acusación cuarta. 

El autor del libro de los Delitos y las Pe- 
nas cree incompatible la Religión con el buen 
gobierno de un Estado (Not. pág. 165 ) ; y a- 
firma que la Religión no influye nada en los 
Estados ( Not pág. 69 ). 

Respuesta. 

Estas dos acusaciones se destruyen mutua- 
mente , porque una cosa que no influye nada 
en el Estado no puede ser incompatible con el 
buen gobierno de él. Hec^cho , que cc ios prin- 
s> cipios de la Religión son la única prenda en 
« la mayor parte de los hombres (pág. 102)." 
¿ Que cosa puede decirse mas clara ó mas pre- 
cisa , para probar que la Religión es no in- 
útil ni incompatible , sino necesaria en un Es- 
tado, 

Acusación quinta. 

El autor del libro de los Delitos y de las 
Penas afirma que las doctrinas mas augustas, 
mas venerables , y que mas interesan de las Sa- 
gradas Escrituras no son mas que simples opi- 
niones humanas j y que estas llamadas opinio- 
nes pueden acomodarse con las de otras nació* 
nes j y que á mas de esto pueden ser verdade- 
ras y falsas, (Not. pág. 16 y sig. y en otras 
partes. ) 



- Respuesta d las 149 

Respuesta. 

Cualquiera comprenderá de lo que habe- 
rnos dicho á la tercera acusación, «i los dog- 
mas de ia Santa Iglesia son mirados como sim- 
ples opiniones humanas por el autor de los 
Delitos y de las Penas. Que las infalibles ver- 
dades de la verdadera Religión pueden aco- 
modarse con la. felicidad de toda Nación , es 
cierto j y si en este sentido se me hace la ob- 
jeción no mudo de dictamen. Pero que yo ha- 
ya afirmado pueden ser los dogmas de la San- 
ta Fe verdaderos y falsos^ esto con dificultad 
lo hará creer el acusador. Los hombres ilu- 
minados y religiosos hasta ahora han afirma- 
do verdaderos los dogmas 5 los hombres im- 
píos los han afirmado falsos. Quien los afir- 
mare verdaderos y falsos seria un nuevo 
monstruo de. la teología y de la lógica $ esto 
es , un hombre iluminado , religioso é impío á 
un tiempo. Estoy tan lejos de la absurda opi- 
nión , en que, se? afirma , que diversas Reli- 
giones contradictorias entre sí puedan ser un 
cuito, igualmente acepto al Criador , cerno han 
blasfemado algunos > que antes bien he decla- 
rado una sola verdadera Religión ; cr la cual 
5? tiene mas sublimes motivos" (que todo oío- 
jitivo humano) cr que corrigen la fuerza de los 
« afectos naturales (pág. 183 ). " 



i jo Notas y Observaciones. 

. Acusación sexta. 

El autor del libro de los Delitos y de la,$ 
Tenas habla de la Religión como si fuese unc\ 
simple máxima de política. (Not. pág. 159). 

Respuesta. 

■ 

El ^utor de los Delitos y de las Penas 11a- 
pia la Religión cc un precioso don del cie^ 
lo (pág. 101 )." No parece qije una cosa que 
es un precioso don del cielo pueda interpre- 
tarse por una simple máxima de política. Pero 
si el acusador pretendiese imputarme , que st- 
consejo sujetar la santa Religión á la política 
humana, lea. donde digo abiertamente fC que 
j? los negocios del cielo se rigen con leyes 
*> bien diferentes de las que gobiernan los ne- 
5? godos humanos (pág. ioí)" y justifique 
después su acusación. 

Acusación séptima. 

. 

El autor del libro de los Delitos y de* las 
Penas dice que parece odioso el imperio de la 
fuerza de la Religión sobre los entendimientos, 
humanos. /(Nota pág. 156). 



Respuesta á las 151 

Re s pu e st A. 

y 
En mi libro á la pág, 226 dice asi : fr Aun- 
?) que mas odioso parezca sobre los entendi- 
j? inientos humanos el imperio de la fuerza*" No 
puede discurrirse de dónde toma el derecho el 
acusador para añadirme de su voluntad la 
fuerza de la Religión. El imperio de la fuerza 
sobre los entendimientos humanos no es un im- 
perio legítimo ; la razón sola , la persuasión, 
la evidencia tienen derecho á este imperio $ y 
nuestra santa é inmaculada Religión no se ha 
dilatado sobre la tierra con los estragos y con 
el furor como la secta Mahometana , sino con 
las mas celestiales virtudes, con la predicación, 
con la mansedumbre , con la sangre pura é 
inocente de los Mártires ; ni el espíritu de 
nuestra Santa Madre la Iglesia ha sido nunca 
un espíritu de fuerza ó de tiranía , sino un 
espíritu de dulzura y de clemencia : en suma, 
un espíritu de Madre de los fieles , que pro- 
cura mantenerlos en el camino recto con la 
caridad , coa los ejemplos , con las amonesta- 
ciones y coa castigos suaves , cuando á su pe- 
sar la obliga la necesidad á usar de ellos. Tal 
es el espíritu que todo católico iluminado re- 
conoce en la Esposa de Jesucristo Señor nues- 
tro. Introduciendo * pues, el acusador en aquel 
lugar de mi libro las palabras El imperio de 
la fuerza de la Religión , atribuye á la Santa 



ij2 Notas y Observaciones. 
Iglesia un espíritu que siempre ha aborreci- 
do ( i ). cc El imperio de la fuerza sobre los 
j> entendimientos humanos parece odioso " á la 
Santa Iglesia , y asi lo juzgo. Cuando el acu- 
sador quiera sostener que el imperio de la fuer- 
la sobre los entendimientos humanos parezca 
agradable , es libre de hacerlo : el ingerir de 
su propia voluntad palabras y sentencias en 
los testos de los autores , para después com- 
batirlos , no parece conforme á las leyes de la 
buena crítica ; y en la grave materia de Re- 
ligión se debe esto determinar por el tribunal 
de la'Moral Evangélica. 

Acusación octava. 

El autor es un ciego enemigo del Altísi- 
mo. (Nota. pág. 156) 

Respuesta. 

Yo le ruego con todo mí corazón que per- 
done á quien me ofende. 

(1 ) S. Agustín define asi el espíritu de la 
Santa Iglesia : Non ín contení ione , ¿r cernida— 
tione j & persecutionibus , sed mansuete con- 
solando , benevole hortando ? leniter dispu- 
tando sicut scriptum est : servían autem Do- 
mini non oportet litigare , sed mitem, esse ad 
omneSy docihilem , patientem in modestia cor- 
ripientem diversa sencientes. 



Respuesta á las i^j 

Acusación novena. 

Exagera los estragos que se han ocasiona- 
do por las verdades del Evangelio , callando 
siempre los bienes y las ventajas que se han se- 
guido á todo el género humano de la luz de las 
verdades Evangélicas to*c. (Nota pág. 158). 

Respuesta. 

■ 

No se citará una palabra de mi libro i en 
que se hable de estragos ocasionados por el 
Evangelio , ni directa ni indirectamente } y 
aquí se afirma un hecho , esto es , que se ha- 
bla y que se habla con exageración. Habrá 
á esta hora en Italia mil hombres que tengan 
en sus manos mi libro 5 al cuidado del acusa- 
dor toca justificarse con ellos. Es verdad que 
no he hablado en mi libro de los Delitos y dé 
las Penas de los beneficios que ha causado al 
género humano la luz del Evangelio» 

Acusación décima. 

Blasfema contra los ministros de la verdad 
Evangélica , llamando sus manos derramado- 
ras de sangre humana. (Nota pág. 37). 

- 



154 Notas y Observaciones* 
Respuesta* 

En mi obra he afirmado que la introduc- 
ción de la Imprenta ha contribuido á civilizar 
y humanizar la Europa , y añado , que quien 
conoce la historia verá en los tiempos pasa- 
dos cc la humanidad gimiendo bajo la implaca- 
?) ble superstición , la avaricia y la ambición 
v de pocos , que tiñeron con sangre humana 
33 los depósitos del oro y los Tronos de los Re- 
5> yes, las traiciones ocultas, los estragos, pú- 
5) blicos , cada noble hecho un tirano de la 
5) plebe } los ministros de Ja verdad Evangé- 
lica manchando con sangre las manos , que 
35 todos los dias tocaban al Dios de la manse- 
33 dumbre $ no son obras de este siglo ilumina- 
35 do, que algunos llaman corrompido (pág. 27 
3? y 28 ). " Y esta es la blasfemia contra los 
ministros de la verdad Evangélica. .Todos los 
escritores de la Historia antes de Cario Magno 
hasta Otón el Grande , y aun después , están 
llenos de blasfemias semejantes ; pues que el 
Clero , los Abades y los Obispos asistieron á 
la guerra por casi tres siglos : y semejantes 
blasfemias podrá encontrar el acusador en 
abundancia en las Antiquitates Itylkce , dis- 
sert. XXVII, tom, 2 , coi. 164. Las manos de 
los sacerdotes , que entonces tenian parte en las 
matanzas de los hombres , no es blasfemia de- 
cir que estuviesen - r manchadas con sangre hu- 



Respuesta á lm J 5 5 

p mana ,? \ \\\ es blasfemia recordar este an^ 
tiguo desorden de la disciplina , como una de 
Jas pruebas mas convincentes de la ignoran^ 
cia y 'barbarie de aquellos tiempos , desorden 
reprobado y corregido por los Sumos Pontífi- 
ces.- Yo no haré agravio á la literatura de mi 
acusador , sospechándolo poco versado en Ja 
historia de-aqueilos tres siglos j pero sí digo 
que las acusaciones de blasfemia se encuentran 
en su libró con mas frecuencia que los silo- 
gismos. 

Acusación undécima, 

Camina a quitar ttidos los remordimientos, 
de conciencia y aun todos los deberes de natu- 
raleza y de jieíigion. -(.Not 1 . pág. 37,). ia 

Respuesta. 

He aquí sobre que está fundada ésta a cu-. 
"sacioü. Yo digo que rc la única y verdadera 
5? medida , de los delitos es el daño hecho á la 
3) sociedad \\ y que po^ ^ix) hfn errado los 
3) que creyeron serlo la intención del que los 
33 comete (pág. 36). " Yo. he definido el de- 
lito ff una acción opuesta al bien publico 
(pág. 31). 8 Yo he hecho ver el pecada fC una 
s» acción que ofende> las relaciones que hay §n- 
33tre los hombres y Dios (pág¿ 38).' n lJeüto. 
y pecado cc son, pues , dos cosas diversas : t'o- 



156 Notas y Observaciones. 
«do rf delito" es un pecado" , porque Dios 
manda no hacer ff acción opuesta al bien pú- 
jabuco" j pero no todo ff pecado es delito "; 
porque algunas acciones contrarias á la rela- 
ción entre Dios y nosotros pueden ser indife- 
rentes al bien público. Si aun mi proposición 
no fuese suficientemente clara convendrá, traer 
un ejemplo. Cualquiera que hace un juicio te- 
merario sin liegar á pronunciarlo , ha hecho 
un cc pecado " , no ha hecho un fr delito " (1). 
Puestos estos principios ó definiciones de los 
nombres hagamos un silogismo. Una acción 

( 1 ) Un pecado no se comete sin malicia ; 
pero un delito se puede cometer por dolo ma- 
to , por mala intancion y per ignorantiam; 
asi L. .Respiciendum , §. Delinqaunt , ff. de 
Vamis , donde se lee que delinquí lur , aut pro- 
pósito j aut ímpetu , aut, casu. Véanse las Le- 
yes í.ff. de LegibUS y y la Lf. 1. C. Si" adver- 
sas delictum , donde se lee si tamen delictum 
non ex animo , sed extra venit ; y la L. 2.ff. 
de termino moto en el fin , tratándose de im- 
poner penas a qiíieh moviese los términos , di- 
ce : quod si per i'ghorantiam , aut fortuito la- 
pides furati sint sufficiét eos verberibus de- 
cid ere, lie aqui un delito que ño es pecado y 
delito castigado ; y asi otros muchos. Me des- 
agrada la precisión de bajar á probar los pri- 
meros principios de las cosas que todos saben; 
pero no es culpa mi& , si el acusador , negán- 
dolos ó confundiéndolos , uic obliga á hacerlo» 



Respuesta á las 157 

opuesta al bien público , es tanto mayor , 
cuanto es mayor el daño hecho al bien públi- 
co : es asi que el delito es una acción opuesta 
al bien público : luego el delito es tanto 
mayor cuanto es mayor el daño hecho al 
bien público. Luego la única y verdadera me- 
dida de los delitos es el daño hecho á la so- 
ciedad. El acusador añade á esta proposición : 
juzgo demasiado superfino detenerme á respon- 
der y notar sus absurdos y monstruosidades (No- 
ta pág. 37). Yo no creo que tal fatiga hubiese 
sido supérílua $ antes bien es cosa oportunísi- 
ma y necesaria probar las imputaciones que 
se hacen , y mucho mas en una materia grave$ 
y muchísimo mas donde se trate de acusar á 
un hombre de impiedad. Dos hotnbres han in- 
tentado robar : uno encuentra el depóvsito va- 
cío : el otro encuentra dinero y lo usurpa. La 
malicia del acto es igual , y por esto el peca- 
do en sí será igual : el daño hecho á la socie- 
dad es desigual $ y por esto serán desiguales 
delitos y desigualmente castigados en todos 
los tribunales de Europa ( 1 ). Pero aqui aña- 
de el acusador , que supuestos mis principios, 

( t ) Furtum non committitur , nec furtl 
Jpozna locum habet quando effectus sequutus 
non est, Jta si quis furti faciendi causa do~ 
mían alicujus ingressus est , nihil tornen fu~ 
ratus fuit , non tenebitur de furto , nec de 
furto punir i potest. L. jTulgaris y §. Quifur~ 



158 Ñotát y Óbservacionesi 

acaecería ser necesario se castigasen aun las 
casas que se arruinan $ los incendios $ las inun- 
daciones ., las piedras $ el fuego y el agua (No- 
ta pág. 38 ), puesto que hacen daño á la so- 
ciedad. El fin de las penas , según mis prin- 
cipios , es cr impedir al reo causar nuevos da- 
3>ííos á sus ciudadanos , y retraer los demás 
j) de la comisión de otfos iguales ( pág. 60 y 
3í sig. ). " Si imponiendo penas á las casas que 
se arruinan á los incendios , á las inunda- 
ciones , á las piedras , al fuego y á las aguas¿ 
se podrán impedir fc nuevos daños , y tetf aer 
» los demás de hacer otros iguales " ¿ se debe- 
rán castigar. Toca al acusador probar cómo 
los fenómenos de la íisica procedan en esté 
caso. Se me dirá , que un loco puede cometer 
un homicidio como otro cualquier hombre $ y 
que sin embargo no será castigado como 
otro hombre. Lo concedo j mas esto nQ por- 
que sea diversa la intención ó la malicia , si- 
no porque hace menor daño á la sociedad el 
loco que el sano , puesto que este enseña á 
cometer delitos , y aquel no da otro ejemplo 
que el de una locura furiosa. Uno excita el 
desagrado y la idea de un homicidio : el otro 
excita la idea de la compasión en el público. 
Pero siempre vale el teorema i que aun en es- 

ti j ff. de Furtis , & L. 1 '. Sola cogitatio , ff. 
de Kurtis. ubi D D. & in specie Farinac. de 
Furtis , q. 1 74. num. 1 . 



Respuesta á las í $$ 

te caso es él daño he(j:ho á la sociedad quien 
mide las penas , no la intención. Bajo el nom- 
bre de daño se debe entender generalmente to 
da suerte de daño hecho á la sociedad , sea 
con la acción por sí , sea con el ejemplo. De- 
cide el acusador , que no sé da verdadero de- 
lito sin malicia ( Not. pág* 38 ). Una cosa es 
que no haya delito sin malicia , y otra es que 
la malicia sea la medida del delito. Es opinión 
entre todos los criminalistas y todos los tri^ 
bunales de Europa , que asi el dolo como la 
culpa constituyen un delito 5 y la culpa no es 
malicia* ¡ Ahora porque he dicho que la medi- 
da de loa delitos es el daño hecho á la socie^ 
dad no la intención ? por esto el acusador de- 
berá inferir que camino á quitar todo remordi- 
miento de conciencia , ^y aun todos los deberes di 
naturaleza y de Religión ! El remordimiento 
proviene del pecado j y cuándo he hablado 
de un pecador , que no lo juzgo por delito , he 
dicho quedes una culpa que Dios castiga, 
a? porque él solo puede castigar después de la 
35 muerte ( pág. 1 96 ) , " que ha establecido 
3) penas eternas" contra quien falte á su divi- 
na Ley* Cualquiera podrá serme juez 5 si es- 
ta doctrina camina á quitar todo remordimien- 
to de conciencia y todos los deberes de la n&- 
turaleza y de Religión. Esto ha provenido de 
confundir el acusador sus ideas de delito y pe- 
cado. El no entender un libro es un mal me- 
diano: el contradecirlo, no entendiéndolo, es un 



1 6o Notas y Observaciones. 
mal grande : el contradecirlo é injuriarlo no 
entendiéndolo , es uno de los mas grandes ma- 
les que ha causado á los hombres el arte de 
la Escritura. 

Acusación duodécima.. 

El autor de los Delitos y de las Penas acusa 
de crueldad la Iglesia católica, y toma por blan- 
co los sabios de la misma Iglesia. (Not. pági- 
na 95.) 

Respuesta. 

La santa Iglesia católica , en cuyo seno 
Dios me ha hecho la gracia de nacer > y cuyos 
dogmas honro como divinos, y creo como 
infalibles , y en el giemio de la cual es- 
pero vivir y morir $ no ha sido nunca por mí 
acusada de cruel ni de algún vicio. Los sabios 
de la misma Iglesia católica son mis maestros, 
y tengo firmísima opinión en su saber y en su 
rectitud , que cada uno de ellos querria mas 
hacer la parte que ahora hago yo respondien- 
do que no la que ha hecho mi acusador opo- 
niéndome falsedades convencidas de tales en 
lia asunto tan importante. 



' 



• l " Respuesta á las 161 

Acusación decimatercia. 

El autor del libro de los Delitos y de las Penas 
llama ú los mansísimos prelados de todo el ca- 
tolicismo inventores de bárbaros é inútiles tor- 
mentos (Not. pág. 94 y sig. ) 

Respuesta, 

No es por culpa mia , si me veo obligado 
á repetir la misma cosa mas de una ve*. En 
ningún lagar del libro de los Delitos y de las 
Penas se llaman los prelados inventores de 
tormentos. 



■ 



Acusación decimacuarta, 



El autor del libro de los Delitos y de las 
Penas niega que la herejía se pueda llamar de- 
lito de lesa Magestad Divina (Not. pág, 44.) 

Respuesta, 

No hay una sílaba sola en todo mi libro 
de donde se pueda deducir esta proposición*. 
En mi libro me he propuesto hablar solo de 
los Delitos y las Penas , no de los pecados. 
Desde el mismo principio he declarado que por 
el nombre de justicia entendia ír el vínculo ne- 
cesario para tener unidos los intereses -par ti- 

ti 



iói Notas y Observaciones. 

aculares no aquella diferente suerte de 

ajusticia que dimana de Dios , y que tiene sus 
«inmediatas relaciones con las penas y recom- 
«pensas eternas (pág. 13.)" ^ sía es ^ a raz on 
porque, he omitido hablar del delito de lesa 
Magestad Divina. Acaso habria hecho bien 
en hablar de él , conccdolo ¿ pero el omitirlo 
no es negar que la heregía pueda llamarse de- 
lito de lesa Magestad Divina. El error de 
quien me acusa de lo que no he dicho , pro- 
viene de que en mi libro á la pág. 24 , ha- 
blando del delito de lesa Magestad se lee- 
rla tiranía y la ignorancia solas, que confun- 
den los vocablos y las ideas mas claras , pue- 
»den dar este nombre , y por consecuencia la 
«pena mayor á delitos de diferente naturale- 
«za. " El acusador no sabe acaso cuánto abu- 
so se ha hecho en los tiempos de la ignorancia 
del nombre de lesa Magestad , hecho común á 
delitos de ""diferente naturaleza; " porque no 
«procuran la inmediata destrucción de la socie- 
»iad(pág. 24.)" Vea, pues, la ley de los 
Emperadores Graciano , Valentiniano y Teodo- 
sio , Ug. 2 , Cod. de Crimin. SacriL y alli apa- 
recerá que se tratan por reos de lesa Mages- 
tad hasta aquellos que han podido dudar an 
is dignus sit quem eiegerit Imperator. Vea la 
leg. 5 ad leg. Jul. Majest. la cual extiende el 
delito de lesa Magestad á cualquiera que ofen- 
de ios ministros del Príncipe , por la ridicu- 
la y cavilosa razón de que ipsi pars corporis 



Respuesta á las 163 

nostri sunt* Vea otra ley de Vaientiniano, Teo- 
dosio y Arcadio, leg. 9 Cod. Theod. de Falsa 
maneta , y alli encontrará el delito de lesa 
Magestad extendido á los monederos falsos. 
Vea leg. 4. §. ad leg. JuL Majest. y se instrui- 
rá que fue necesario un Senado Consulto pa- 
ra hacer cesar la acusación de lesa Magestad 
contra quien hubiese fundido las estatuas sa- 
gradas de los Emperadores. Vea la leg. $. §. 
Ad l. JuL Majest. y sabrá que fue necesario 
un edicto de los Emperadores Severo y Antonino 
para hacer cesar la acción de lesa Magestad 
contra quien vendiese las estatuas de los Em- 
peradores. Alli verá que se publicó un de- 
creto de ios mismos para que no fuese reputa- 
do reo de lesa Magestad el que por acaso hu- 
biese dado con una piedra en alguna estatua 
de un Emperador. Vea la historia r y encon- 
trará que Domiciano hizo morir una muger 
porque se habia desnudado delante de su esta- 
tua. Tiberio condenó á muerte , como reo de le- 
sa Magestad, uno que habia vendido una casa 
que tenia dentro la estatua del Emperador. 
Vea , aun en los tiempos mas vecinos á noso- 
tros , como abusando Henrique VIH de las 
leyes hizo morir con infame suplicio al du- 
que de Norfolk , acusándolo de lesa Mages- 
tad , porque habia hecho esculpir en la vajilla 
de su casa las armas de la Inglaterra. Vea co- 
mo el mismo Soberano extendió este de lesa 
Magestad hasta aqueL que osase vaticinar 



164 Notas y Observaciones. 
la muerte del Príncipe; de donde nació que 
ninguno de los médicos le avisó del peligro 
en la última enfermedad. Vea , en suma , por 
entero la ley Julia Mujestatis , é instruido en- 
tonces el acusador de aquellas cosas que no se 
ignoran, ó no deben ignorarse por los que 
quieren hablar en materia de legislación y 
criminales , no irá tan largo para interpre- 
tar lo que quiero decir cuando escribo, cr que 
"la tiranía y la ignorancia solas , que con- 
"funden los vocablos y las ideas mas claras, 
^pueden dar eí nombre de lesa Magestad á 
«delitos de diferente naturaleza ;"y no se ex- 
pondrá entonces al peligro de creer con esto 
negado , que la heregía se pueda llamar delito 
de lesa Magestad Divina. 

Acusación decimaquinta. 

Según el autor del libro de los Delitos y de 
las Penas , los hereges condenados por la Igle- 
sia y por los Príncipes son víctimas de una pa~ 
labra. (Not. pág. 43.) 

Respuesta. 

Esta acusación no encontrará vestigio al- 
guno de prueba en mi libro. Es cosa enojosa 
para mí y para los lectores verme en preci- 
sión de repetir tantas veces que el adversario 
me hace imputaciones desmentidas por el he- 



Respuesta á las 165 

cho : no sé qué será para él mismo. Yo expon- 
dré aqui cómo fragua su razonamiento 5 y pa- 
ra hacerle mas simplemente , copio primero el 
lugar de mi texto , luego el comentario que se 
hace palabra por palabra. Mi libro , pues , di- 
ce asi ; "Algunos delitos destruyen inmediata- 
«tamente la sociedad ó quien la representa: 
«otros ofenden la particular seguridad de al- 
aguno ó algunos ciudadanos en la vida , en 
«los bienes ó en el honor ¿ y otros son accio- 
«nes contrarias á lo que cada uno está obliga- 
ndo á hacer ó no hacer , según las leyes , res- 
«pecto del bien público. Los primeros, que 
«por mas dañosos son los delitos mayores , se 
«llaman de lesa Magestad. La tiranía y la ig- 
«uorancia solas, que confunden los vocablos y 
«las ideas mas claras , pueden dar este nom- 
«bre , y por consecuencia la pena mayor á 
«delitos de diferente naturaleza, y hacer asi, 
«como en otras infinitas ocasiones , los hom- 
«bres víctimas de una palabra (página 23 
«y 24.)" 

Veamos ahora cómo interpreta el acusador 
este paso. He aqui sus palabras : Ta habrá co- 
nocido el lector que el autor habla del pérfido 
delito de lieregía , que niega arrogantemente se 
puedz llamar delito de lesa Magestad Divina, 
y que trata de tiranos á ignorantes aquellos que 
enseñan lo contrario j afirmando demás de esto 
con impertinencia inicua , que los hereges con- 
denados por la Iglesia y por los Príncipes son 



1 66 Notas y Observaciones, 

víctimas de una palabra (Not. pág. 43.) 

¿Cómo, pues, pretende el acusador que 
conozcan los lectores se habla del delito de la 
heregía , donde se dividen los delitos en tres 
clases? Primera, aquellos que procuran la in- 
mediata destrucción de la sociedad. Segunda, 
los que ofenden un ciudadano. Tercera, los 
que ofenden solo las leyes. ¿ Cómo , pues, 
puede á qadie ocurrírseie que se hable de 
heregía , donde se establece una teórica y 
puramente humana división de los delitos , uni- 
versal á todo el género humano , mahometa- 
no , idólatra y heterodoxo , independiente en 
todo de la Religión ? Depende esto del deseo 
que el acusador tiene de encontrarla ofendida, 
olvidando la opinión que ios lectores deben 
formar de él. 

Aqui , pues , se trata del delito de lesa 
Magestad sin el épiteto de Divina $ y delito 
de lesa Magestad sin este epíteto, entre todos 
los tribunales y entre todos los hombres de 
la Europa , significa un delito puramente hu- 
mano , no el delito de heregía. Cualquiera que 
tenga alguna noticia de la historia de los Em- 
peradores verá cuántos por ignorancia 6 ti- 
ranía han sido víctimas de una palabra , la 
cual palabra es precisamente esta : lesa Ma- 
gestad. Añado por consejo al acusador sobre 
lo que dejo dicho en la acusación deci- 
macuarta , que dé antes una ojeada á las his- 
torias en caso que piense continuar enri- 



Respuesta á las 167 

quecicndo la república de las letras con sus 
escritos , y edificando los cristianos con sus 
acusaciones. En la historia verá cuánto esta 
palabra lesa Magestad haya servido de pre- 
texto á la tiranía en los tiempos de los Empe- 
radores Romanos \ porque llamándose volun- 
tariamente delito de lesa Magestad toda ac- 
ción que desagradase, á los despóticos , se 
usurpaban la libertad de los subditos á su an- 
tojo y se enriquecían con infinitas rapiñas ba- 
jo el nombre de confiscaciones. Vea el acusador 
á Tácito y á Suetonio , y se instruirá de las 
enormes tiranías , que con la palabra lesa 
Magestad hicieron Tiberio , Nerón , Claudio y 
Caíígula y otras semejantes gangrenas de la 
especie humana. Suetonio dice , que el delito 
de lesa Magestad era el que se atribuía á los 
que no tenían ninguno. Por esto , hablando 
del delito de lesa Magestad , he dicho , que 
la tiranía y la ignorancia solas han dado 
este nombre á delitos de diferente naturale- 
za , y hecho los hombres víctimas de una 
palabra : he dicho aquello que me enseñan 
á decir todas las historias $ ni con verdad 
puede colocarse en mi boca la proposición 
de que los hereges condenados por da Iglesia 
y por los Príncipes son victimas de una pa- 
labra j sino por quien haga uso de una ló- 
gica nueva enteramente , y hasta ahora por 
fortuna del género humano no conocida. 



1 68 ' Notas y Observaciones, 

Acusación Decimasexta. 

El autor del libro de los Delitos y de lüi 
Venas se duele de nuestros teólogos , porque en-* 
señan que un pecado es una ofensa infinita- 
mente grande que se comete contra la Di* 
vina Magestad de Dios ( Not. página 43 ). 

• 
Respuesta. 

No he hablado absolutamente de lá medi- 
da de ios pecados ; no me he dolido de nues- 
tros teólogos : no he negado que el pecado 
sea una ofensa infinitamente grande contra la 
Magostad de Dios : en una palabra , no hay 
una tilde en mi libro que diga esto* Para sa- 
tisfacer la curiosidad del lector , aun en este 
lugar haré ver cómo el adversario produce su 
acusación. 

Después de haber yo hablado de la natu- 
raleza del delito de lesa Magestad : después de 
haberlo definido un delito ? que procura la 
inmediata destrucción de la sociedad : después 
de haber señalado el abuso que en los tiem- 
pos de la tiranía y de la ignorancia se ha he- 
cho de esta palabra lesa Magestad , atribu- 
yéndola á acciones que no se dirigen inme- 
diatamente á la destrucción de la sociedad, 
mas antes bien son de diferente naturaleza^ 
paso á señalar el pretexto con que se qui- 



Respuesta a las lág 

fcieron hacer delitos de lesa Magestad aun las 
acciones que no lo eran , confundiendo fr la 
« ofensa de la sociedad , " con cr ia destruc- 
wcion de la sociedad " por esto digo : fc To- 
j?do delito., aunque privado , oféndela socie- 
ce dad j pero no todo delito procura su inm¿- 
j) diata destrucción. Las acciones morales co~ 
i)mo las físicas tienen su esfera limitada de 
«actividad , y están determinadas diversa- 
35 mente del tiempo y del espacio, como to- 
sí dos los movimientos de naturaleza. Solo la 
95 interpretación cavilosa , que es ordinaria- 
j> mente la filosofía de la esclavitud , puede 
55 confundir lo que la Eterna verdad distinguió 
3? con relaciones inmutables ( pág. 24 )." 

A esto junta el acusador las palabras si- 
guientes. 

Se duele aquí él autor Áe nuestros teólo*- 
¡gos , porque enseñan que un pecado es una 
ofensa infinitamente grande ? que se comete 
contra la Divina Magestad de Dios ( Not> 

Pág. 43 > 

El bostezo verdaderamente singular del 
acusador proviene de no haber entendido bien 
la distinción tan repetida entre delito y pe- 
cado , ni haber parado la consideración en las 
diferentes definiciones que yo presupuse en 
mi libro ; como se ha visto arriba que no 
ha observado que el tratado de los Delitos 
y de las Penas , como de su título apare- 
ce , no debe tratar de la malicia de los pe- 



170 Notas y Observaciones. 
cados ; y viendo aquella palabra acciones mo- 
rales y acaso por no ser muy versado en la 
lengua de los escritores del derecho natural 
y de las gentes, ha creído que se hablase de 
moral , esto es , de pecado , como comun- 
mente hablan los Casistas. Cuando tuviere le- 
gitima autoridad para leer las obras de Puffen- 
dorf , léalas y le describirá , que las accio- 
nes morales en quien habla de política no son 
pecados. Pues ahora : las acciones morales, 
no teniendo por objeto á Dios infinito , sino 
partiendo de un ser limitado cual es el nom- 
bra , y dirigiéndose á otro ser limitado cual 
es la sociedad ; deben tener cc su esfera limi- 
33 tada de actividad , y están determinadas di- : 
33 versamente del tiempo y del lugar , como 
33 todos los movimientos de naturaleza. Solo 
35 la interpretación cavilosa , que es ordina- 
33 riamente la filosofía de la esclavitud , pue- 
jí de confundir lo que la Eterna verdad dis^ 
33tinguió con relaciones inmutables (dicha 
33 página 24)" ; ni de aqui puede inferirse 
desprecio contra los teólogos , ó blasfemia 
contra la naturaleza de la malicia del pecado, 
como parece cree el acusador. Regla gene- 
ral : antes de acusar un libro es necesario 
entenderlo. 






Respuesta á las 171 

Acusación decimaseptima. 

El autor del libro de, los Delitos y de las 
Tenas ha dicho que merece el agradecimien* 
to de los hombres aquel filósofo que tuvo va- 
, lor desde lo oscuro y despreciado de su apo- 
sento para arrojar entre la muchedumbre las 
primeras simientes de las verdades útiles , por 
largo tiempo infructuosas ¡ y este filósofo es Mr. 
Rousseau y esto es una impía blasfemia ( Not. 
pág. 15). 

Respuesta. 

He dicho, que ^tengamos por digno de 
ü nuestro reconocimiento al filósofo que des- 
« de lo oscuro y despreciado de su aposen- 
» to tuvo valor para arrojar entre la muche- 
3)dumbfe las primeras simientes de las ver- 
edades útiles , por tanto tiempo infructuo- 
3? sas ( pág. 2 ). fc No he dieho , que este filó- 
sofo sea el Sr. Rousseau. No creo que sea im- 
piedad ó blasfemia decir que los filósofos , 
que comunican verdades útiles á los hombres, 
merecen agradecimiento ; ni creo que sea im- 
piedad ó blasfemia decir , que las primeras 
simientes de las verdades útiles quedan por 
largo tiempo sin fruto. 

• - 



i7* i Notas y Observaciones. 

Acusación decimaoctava. 

El autor del libro de los delitos y de las 
Penas dice una temeridad muy fuerte y una 
horrible blasfemia , cuando asegura que ni la 
elocuencia , ni las declamaciones , ni las verda- 
des mas sublimes bastan á contener por largo 
tiempo las pasiones de los hombres ( Not. 
pag. 19 y sig.) 



Respuesta. 

■ 
Juzgo que la temeridad fuerte y la blas- 
femia horrible no caiga sobre la elocuencia 
ni sobre las declamaciones. Cae , pues , sobre 
Lis mas sublimes verdades* Pregunto ai acu- 
sador ¿ si cree que estas sublimes verdades, 
esto es , las de la santa Fe , han sido conoci- 
das en Italia ? Responderá que sí. Pregunto 
¿si en Italia han estado contenidas por lar- 
go tiempo las pasiones de los hombres ? To- 
dos los oradores sagrados , todos Jos juecef, 
todos los italianos responderán que no. Lue- 
go de hecho fr no bastan las verdades mas su- 
5> blimes á contener por largo tiempo las pa- 
jj siones de los hombres : " y mientras tanto 
que hubiere jueces criminales , prisiones y 
penas en una nación católica , será señal 
fr que las verdades mas sublimes no bastan. " 
Yo no he dicho , que las verdades de la Fe 



Respuesta á las 173 

no podrían contener aun para siempre las pa- 
siones de los hombres si ellos las meditasen 
seriamente , como querria la razón que se hi- 
ciese ; y sobre este asunto vea donde digo, 
que cr los que viven en la verdadera Religión, 
5) tienen mas sublimes motivos , que corrigen 
5> la fuerza de los afectos naturales (pág. 1 1 6);" 
antes bien digo , que los hombres en general 
no hacen esta seria meditación de las verda- 
des mas sublimes , y por esto ff no bastan ni 
99 las verdades mas sublimes $ " lo cual repi- 
to. La terrible blasfemia está desvanecida : 
queda la fuerte temeridad j pero no soy yo 
quien la ha escrito , y esto sirve de gusto 
al cristiano , al filósofo y al hombre de 
honor. 

AcySACION DEC1MANONA. 



El autor del libro de los Delitos y de las 
Penas escribe con sacrilega impostura contra 
h Inquisición (Not. pág. 167). 

Re s p u e st a. 

En todo mi libro no se ha nombrado ni 
señalado tácita ni expresamente la santa In- 
quisición. Este es un tribunal mas espiritual 
que mundano; y en mi libro he querido tra- 
tar de las instituciones puramente humanas, 
no de las religiosas. Veamos , pues , de don- 



X74 Notas y Observaciones. 
de el acusador saca mis sacrilegas, impos- 
turas contra la Inquisición. 

Cerca del fia de mi libro se lee asi : cc Cual- 
«quiera que leyere esie escrito advertirá 
55 haber omitido yo en él un género de delitos, 
55 que ha cubierto la Europa de sangre hu- 
55 mana , y que ha juntado aquellas funestas 
5) nogueras , donde servían de alimento á las 
5) llamas los cuerpos vivos de los hombres, 
5? cuando era placentero espectáculo y armo- 
55 nía grata para la ciega muchedumbre oir 
5? los sordos y confusos gemidos de los misera- 
5) bles , que salían envueltos en remolinos de 
55 negro numo : humo de miembros humanos 
55 entre el rechinar de los huesos abrasados y 
55 el tostarse de las entrañas aun palpitantes. 
5> Pero los hombres racionales veráu que el 
55 lugar , el siglo y la materia no me permiten 
5) examinar la naturaleza de este delito. Muy 
5) largo y fuera de mi asunto seria probar 
5? como debe ser necesaria una perfecta uni- 
55 formidad de pensamientos en un estado con- 
5)tra el ejemplo de muchas naciones (pág. 123).'* 

Sobre este paso el acusador principia di- 
ciendo , que entre cuantas invectivas han es- 
crito los hereges contra Roma y contra la In- 
quisición , esta se ha escriío con mas sacri- 
lega impostura que toda otra. La acusación 
no es frivola ciertamente : conviene ver si las 
pruebas corresponden. Son , pues , estas. Pri- 
meramente , me atribuye haber dicho , que la 



Respuesta á las 175 

sangre de los hereges condenados á las lia*- 
mas ha cubierto la Europa de sangre huma- 
na (pág. 175). Yo he escrito , que había ff un 
33 género particular de delitos } que ha cubier- 
33 to la Europa de sangre humana. " El acu- 
sador interpreta, que esta sangre humana que 
ha cubierto la Europa sea la de los hereges, 
esparcida por el tribu nai de la Inquisición. 
Pregunto yo : ¿ el hecho es como el lo inter- 
preta ó no ? Si fuese asi no seria sacrilega 
iynpostura decirlo. Si no es asi (como cierta- 
mente no lo es ) , ¿ de dónde discurre que 
yo hable de la Inquisición , hablando de san- 
gre humana esparcida por la Europa ? 

El talento de interpretación crece veloz- 
mente después , donde me hace, decir , que 
ha sido un espectáculo agradable y una armo- 
nía grata para la ciega muchedumbre católi- 
ca oir los sordos y confusos gemidos de los 
miserables , &c. (Not. pág. 17$ ). ¿ Con qué 
fundamento de razón puede el acusador in- 
troducir la palabra católica ? ¿ Con qué razón 
puede decir haber yo escrito que la vista 
de las hogueras , donde se abrasaban los here- 
ges , era para la muchedumbre católica un es- 
pectáculo gustoso y una armonía agradable^ 
como afirma (Not. pág. 175 )? El mismo con- 
fiesa cuantos cruelísimos é iniquísimos tormen- 
tos han hecho ejecutar las naciones paga- 
nas y las sectas de todos tiempos , ó contra los 
cristianos 7 ó contra los hereges ó contra los 



176 Notas y Observaciones, 

sectarios ( Not. pág. 158): en lo cual dice 
bien, y dice la verdad. Pero si esto ha sido he- 
cho por los paganos contra los cristianos, 
como vemos por los infinitos mártires que 
han glorificado la Iglesia de Dios : si esto 
ha sido hecho por los hereges contra noso- 
tros los católicos , como podrá ver el acu- 
sador , entre otros , en la historia de la In- 
glaterra del P. Bartoli : si esto ha sido he- 
cho por los japones y otras naciones del 
Asia contra nosotros, como aun puede ver en 
las historias de las misiones: ¿ Por que , pues, 
el acusador quiere que la ciega muchedumbre 
sea católica mas bien que pagana ó herética ? 
¿Por qué , pues , querrá , que los cuerpos vi- 
vos de los hombres sean hereges y no cristia- 
nos y católicos ( 1 ) ? 

Cualquiera que leyere mi libro conocerá 



( 1 ) Procúrese no olvidar la distinción esen- 
cialísima entre Delito y Pecado , de que ha- 
bernos hablado arriba. La virtud mas pura de 
los mártires , en el lengua ge de los Criminalis- 
tas heterodoxos , se llamaba Delito; y yo , ha- 
blando umversalmente de las Leyes Criminales 
de toda Nación y de toda Religión , llamo De- 
litos aquellos que las leyes de un Pais llaman 
Delitos 5 y en este sentido be dicho en mi li- 
bro que hay Delitos imposibles (pág. 141 )> 
esto es , acciones que se llaman Delitos , aun- 
que yo crea imposible cometerlas. 






Respuesta a las 177 

«jue está escrito con el fia de establecer las 
teorías generales de la legislación puramente 
humana de los Delitos y de las Penas. Estas 
teorías generales y si se hubiesen propuesto j 
demostrado bien (lo cual no me iisongeo yo 
haber podido hacer ) , deberían ser la norma 
de los códices criminales de les cristianos, de 
los idólatras , de los mahometanos y de toda 
sociedad de hombres , cualquiera que fuese 
su religión. Se escriben los elementos de la 
geometría , del comercio , de la medicina y 
de roda ciencia , sin que se escriba la geome- 
tría de los cristianos ó el comercio de los 
cristianos: así yo he escrito los elementos que 
me han parecido verdaderos para la ciencia 
criminal sin contraerlos á religión alguna. 

Pregunto á mí acusador ¿ si cree verda- 
deramente conforme al espíritu de nuestra 
Santa Madre la Iglesia quemar los hombre* 
vivos ? Si esto fuese , él si que haría una in- 
juria á nuestra benignísima Santa Madre. 
La Santa Iglesia Católica ha aborrecido siem- 
pre semejantes crueles espectáculos : lea la 
Historia eclesiástica : lea á 5. Hilario lib. 1, 
Lactancio lib. 3. 5. Ahmasío lib 1. S. Justino 
Mártir lib. $. y allí verá el espíritu verdade- 
ro de la Santa Iglesia Católica. Pero aun sin 
empeñarse tanto en la lectura , vea él mismo 
la Europa católica , y dígame después si por 
sentencia de algún juez eclesiástico se vea 
abrasar ios hereges. Después de esto pregun- 

12 



X78 Notas y Observaciones. 
to de nuevo á mi acusador ¿si cree por bue- 
no que se dé á la ciega muchedumbre el 
espectáculo de oir los sordos y confusos ge- 
midos de los miserables que salen con los 
remolinos de humo de miembros humanos 
entre el rechinar de los huesos abrasados y 
el tostarse de las entrañas aun palpitantes? 
Imagínese que debe decidir la cuestión uni- 
versal para fundar los principios criminales 
de todas las sociedades , sean turcas ó cris- 
tianas. ¿ Encuentra por bueno restablecer 
estas usanzas ? 

Semejantes crueles carnicerías , escribien- 
do en el siglo presente , no tienen uso ya, 
gracias á Dios, en la Europa: por esto he 
dicho , que ni ff el tiempo, ni el lugar , ni la 
»s materia me permitían examinar la naturale- 
za de semejante delito." Este delito, dice el 
acusador, es la heregía. ¿Pero quien se lo ha 
dicho? ¿Cuando me he explicado yo sobre 
este propósito ? ¡ Debe serle permitido supo- 
ner intenciones á un autor , y sobre ellas, asi 
fabricadas, fundar acusaciones y presentarlas 
al tribunal del público, y llamar reo al autor 
por esto de sacrilegas imposturas! 

El acusador cree buenamente que los he- 
reges solos han sido quemados , y que este 
supli.cio se les ha impuesto principalmente por 
los tribunales eclesiásticos. El acusador ha 
dicho que yo querria cobrar autoridad , va- 
nagloriándome de haber leido las historias, y 



Respuesta á las 179 

que osaba con esto engañar al público (Nota 
pág. 70). Yo debo alabar su sinceridad en 
dejarse conocer verdaderamente peregrino en 
ellas , como se muestra aqui y en otras par- 
tes j porque atribuyendo voluntariamente á 
los tribunales eclesiásticos, y á la Inquisición 
particularmente, la muchedumbre de hombres 
quemada en cualquier siglo de la ignorancia 
pasada , afirma una cosa absolutamente con- 
traria á los hechos. Yo ni diré que todos los 
ministros de los tribunales , aun de los mas 
santos y respetables , hayan siempre en todo 
pais y en toda edad correspondido al espíritu 
de su vocación : entre los Apóstoles quiso el 
Divino Redentor permitir que hubiese un re- 
probo j y estando la iglesia de Dios compues- 
ta de nombres seria tentar á este Señor y -pre- 
tender un continuo milagro si se quisiese que 
nunca naciesen desórdenes. Pero estos desór- 
denes el cristiano fiel ios conoce y los des r 
aprueba : no losa tribuye á todo el cuerpo sino 
á los miembros , que son la ocasión 5 y , ó no 
escribe , ó escribe con tal modo y circunspec- 
ción , que observe la sentencia de S. Pablo , 
en que nos amonesta somos deudores á los sa- 
bios y á los ignorantes : sentencia que me he- 
propuesto observar en todo mi libro , y sin- 
gularmente en aquellas pág. 123 y 124. Si 
el acusador, rasgando este velo, que él llama 
oscuridad maglina (Not. pág. 156), y bajan- 
do la cuestión á la inteligencia del vulgo jMa 



1 8o Notas y Observaciones. 
correspondido , no lo sé yo. Sé, volviendo al 
punto, controvertido, que los horrores de que- 
mar vivos los hombres fueron en la mayor 
parte cometidos por tribunales legos en to- 
das las partes de Europa. Sé que la mayor 
parte de aquellos infelices fueron asi maltra- 
tados por delitos de hechicería y de magia: 
vea á Bartolomé Espina de Strigibus y cap. 1 3. 
vea á Nicolás Remigio , consejero secreto del 
duque de Lorena, el cual en su Daemonola- 
treta se jacta de haber hecho morir asi nove- 
cientos hechiceros : vea á Pedro Roger en el 
suplemento al Diccionario Económico de Cho~ 
mcl y art. Sorcclerie , edic. de Amsterdain 
Í740 : vea á Pedro le Brun, Historia critica 
de las practicas supersticiosas , tom. 1. lib. 2. 
cap. 3. y se instruirá como en solo el Par- 
lamento de Burdeos fueron miserablemente 
abrasados mas de seiscientos hechiceros. Jor- 
ge Govat > Jesuíta, en sus Obras Morales, 
tom. 2. trat. $. cap. 42. lee. 2. núm. 63. i* 
hará ver que en un solo año del siglo pasado 
se redujeron á cenizas doscientos hechiceros 
en la Silesia. Podrá instruirse sobre esta oía* 
teria en la Biblioteca Mágica, tom. 36 pág. 
807. en Del-Rio Disquisit. Magicarum , y en 
Pedro Crespet , de Odio Satanae , lib. 1. disc. 
3. también en Lamberto Daneo , citado de 
Del-Rio, Proloquio á las Disquis. Magic. Bo- 
din , Daemonomaní.i \ y en las dudas del P. 
Federico Spé, el cuni llama este suplicio abier- 



Respuesta á las 181 

tamente con estas palabras : Certe irreligiosa 
Jiaec mihi crudelitas videtur. (duda 23 ). 

Ahora , si mis opiniones sobre quemar los 
hombres vivos no son conformes á las de mu* 
chos tribunales legos de los siglos pasados; si 
no son conformes á las de algunos ministros 
aun eclesiásticos , que Dios puede haber dado 
alguna vez á los fieles en su indignación mas 
antes bien lo son al espíritu de la Santa Igle- 
sia , al de los Sumos Pontífices , al de la 
Santa Inquisición de Roma , uno de cuyos 
mas solícitos cuidados es el de tener siempre 
contenidos en los límites de la dulzura mas 
escrupulosa y de la mas paternal clemencia 
todos los ministros esparciados en el mundo 
cristiano : si mis opiniones, digo , son de tal 
naturaleza ¿ donde , pues, encontrará mi acu- 
sador las disculpas para justificarse de ha- 
berme sobre este asunto calificado como un 
hombre que tiene una sacrilega aversión a los 
juicios de la Iglesia y á los dogmas del cris~ 
tianismo ( Not. pág. 1 $ 6 ) : que merece el 
nombre de ciego enemigo del Altísimo (Not. 
pág. 156), como él pretende inferir? ¿Cree 
él que esta nueva lógica sea digna de quien 
intenta escribir en materia de Religión per- 
^íadido á que tiene un juez supremo é in- 
evitable, y que penetra los nías ocultos escon- 
drijos de los corazones , y juzga con infinita 
justicia las acciones de los nombres? 

Pero volvamos á la acusación. El ad- 



1 82 Notas y Observaciones. 

versario no pudiendo hacer la guerra al li- 
bro la hace á la intención de su autor. Dice, 
pues , que en aquel pasage he tenido inten- 
ción' de hablar del delito de la heregía. Y 
cuando esto fuese ¿qué se seguiría de aqui? 
Si yo hubiese aconsejado no quemar vivos los 
hereges habría aconsejado proseguir hacien- 
do aquello que se hace por todos los católicos 
el día de hoy. ¿Donde , pues, se queman los 
hereges en estos tiempos ¿ No en Roma, bajo 
la vista del Vicario de Jesucristo , capital de 
la Religión católica , en donde los protestan- 
tes de cualquiera nación encuentran todos los 
deberes de la humanidad y de la hospitalidad. 
Los últimos Sumos Pontífices, y el que fe- 
lizmente reina de presente , han acogido y 
acogen con suma benignidad los ingleses , los 
holandeses, los tudescos, los moscovitas, de 
sectas y religiones diversas : alli han hecho 
y hacen todos los días libre permanencia, y 
gozan de la protección áó gobierno lo mis- 
mo que los otros hombres. ¿ Cual es el he- 
rege que la Santa Inquisición de Roma ha 
hecho quemar en nuestros dias i En mi li- 
bro he manifestado que soy de parecer que la 
corte de Roma y la Inquisición tienen razón 
para obrar asi : el acusador querría probar 
que la Inquisición y la Corte de Roma no 
la tienen en esto ; j y después me quiere de- 
cir que yo desfogo mi furor contra la corte 
de Roma y contra la Santa Inquisición! 



• 

Respuesta a las 183 

Es necesario distinguir bien las cosas que 
por su naturaleza son distintas. Dejar liber- 
tad á cualquiera ciudadano para ejercitar pú- 
blicamente toda secta es una proposición. De- 
jar que un hombre que tiene la desgracia de 
estar en una religión falsa , pero que no ha- 
ce de ella un ejercicio público , viva libre 
y tranquilo en un estado, es otra proposición. 
Procurar reducir los heterodoxos al gremio 
de la Santa Iglesia con la dulzura y con la 
persuasión , mas bien que con la fuerza , es 
otra proposición. Quemar vivos los hereges 
es también otra proposición distinta, Y cuan- 
do esta última no me pareciese digna de po- 
nerse en práctica no se seguiría por eso que 
yo adoptase todas las tres primeras , ó una 
de ellas , y que esta una fuese la tercera. 
Añado aun un período , puesto que con mi 
acusador se requiere claridad y no dejar ria- 
da á sus comentadores. Yo confieso mi flaque- 
za públicamente j yes, que no me parece 
cosa buena quemar ningún hombre: cada uno 
tiene su gusto. Pero he dicho en mi libro que 
si hay quien con autoridad conocida condene 
á tal pena esto debe creerse necesario, y con- 
siguientemente justo (pág. 123.), y anota 
lo vuelvo á decir. 



T 84 Notas y Observaciones. 

Acusación vigésima. 

El autor del libro de los Delitos y de las 
Penas está lleno de venenosa amargura, de ca~ 
lumniosa mordacidad, de pérfida disimulación, 
de maligna oscuridad , y de vergonzosas con- 
tradicciones. (Not. pág. 56.) 

Respuesta. 

Esta acusación se apoya sobre el lugar 
siguiente de mi libro: Cf Muy largo y fuera 
«de ini asunto seria probar como debe ser ne- 
cesaria una perfecta uniformidad de pen- 
samientos en un Estado contra el ejemplo 
«de muchas naciones ; cómo opiniones, que 
«distan entre sí , solamente por algunas su- 
pinísimas y oscuras diferencias , muy apar- 
atadas de la capacidad humana , puedan des- 
concertar el bien público cuando una no 
«fuere autorizada con preferencia á las otras ; 
«y cómo la naturaleza de las opiniones es- 
«té compuesta de modo, que mientras aigu- 
«nas con el choque , fermentando y comba- 
atiendo juntamente se aclaran , y nadando 
«las verdaderas , las falsas se sumergen en 
«el olvido; otras, poco seguras por su cons- 
«tancia desnuda , deban vestirse de autori- 
«dad y de fuerza. Muy largo seria probar 
«como , aunque mas odioso parezca sobra 



Respuesta á las 185 

«los entendimientos humanos el imperio de 
«la fuerza , cuyas soias conquistas son el 
«disimulo , y por consiguiente el envileci- 
«miento , aunque parezca contrario al es- 
«píritu de mansedumbre y fraternidad , or- 
«denado de la razón y de la autoridad que 
«mas veneramos , sea sin embargo necesario 
«é indispensable. Todo esto debe creerse pro- 
«bado evidente y conforme á los verdade- 
«ros intereses de los hombres , si hay quien 
«con reconocida autoridad lo ejercite. Hablo 
«solo de los delitos que provienen de la na- 
«turaleza humana y del pacto social; no 
«de los pecados , cuyas penas , aun las tem- 
«porales , deben arreglarse con otros princi- 
pios que los de una filosofía limitada (pá- 
«gina 1 24 y sig. ). " 

A este pasage mió añado , palabra por pa- 
labra, cuanto al acusador le parece bien opo- 
nerme. Dice asi: "La estupidez y la impostura 
caminan a la par en nuestro autor : dice que 
seria muy largo el probar como pueda ser ne- 
cesaria una perfecta uniformidad de pensa- 
mientos ( esto es de religión ) contra el ejem- 
plo de muchas naciones. ¿ Cómo , pues , muy 
largo el probar si un estado vivirá mas tran- 
quilo políticamente con una sola religión que 
si las admite todas ? Asi el acusador ( Not. 
pág. 1 59). Aun esta vez el adversario ha he- 
cho uso de sus leyes críticas para ingerir un 
€sto es de Religión donde le ha parecido con- 



1 8 6 Notas y Observaciones. 
veniente. Pero si estas añadiduras otras vece* 
Ban sido fuera de proposito añora por fortu- 
na ia ha acertado. Comienza , pues , maravi- 
llándose porque me parezca largo el probar 
la necesidad de la uniformidad de pensamien- 
tos sobre esta materia en un estado contra el 
ejemplo de muchas naciones. ¿Por qué mara- 
villarse que me parezca largo? El lo cree co- 
sa fácil , prueba de la prontitud de su talento; 
y á mí me parece cosa larga , prueba de la 
estupidez del mió, como reflexiona benignísi- 
mo : en esto no hay ni blasfemia ni sedición. 
Pero pocas líneas mas abajo me cambia el es- 
tado de la cuestión , según su costumbre , y 
viene á zaherirme asi : ¡ Que ceguedad hablar 
de Religión , como si fuese una simple máxima 
de política, y preguntar si deba conformarse con 
el ejemplo de otras naciones* (Not. pág. 159.) 
¿ Quien afirmará que se reduce la Religión á 
una simple máxima de política, porque se ha- 
ya dichoque seria largo probar como sea 
necesaria á un estado la perfecta uniformidad 
de pensamientos aun en materia de Religión? 
Hay dos proposiciones enteramente distintas 
y separadas la una de la otra , que mi acu- 
sador no ha observado bien. La Religión es 
una simple máxima de política , es una pro- 
posición. La Religión tiene influencia sobre el 
sistema político de una nación , es otra ; y es- 
tas dos proposiciones son esencialmente dis- 
tintas , pues la primera es proposición de 



Respuesta a las 187 

un ateísta y la segunda es proposición de un 
cristiano. Esto supuesto , podrá muy bien es- 
te último examinar la influencia de la Reli- 
gión por sola la parte política , abstrayéndo- 
se de su verdad ó falsedad , sin que algún 
fiel é iluminado cristiano tenga razón de za- 
herirle. En este lugar ( quiero tener la com- 
placencia de decir á mi acusador aun mis 
pensamientos , si no han bastado las palabras 
de mi libro ) se habla de la influencia pu- 
ramente política de la Religión. Y note de 
la Religión : no de una determinada , esto es 
de la secta turca , confutezse, bramánica, 
baniánica , luterana , calvinista , ó de cual- 
quiera otra que se halla en el mundo $ las cua- 
les todas tienen el nombre universal de Re- 
ligión como lo tiene nuestra Santa Fe , con 
aquella diferencia que pasa entre la verdad y 
la mentira. Digo, pues, que seria muy largo 
probar ser indispensable para la tranquilidad 
pública una perfecta uniformidad de pensa- 
mientos de religión en un estado. Digo mas, 
que fc seria fuera de mi asunto probarlo". 
Digo mas , que fC debe creerse evidentemente 
«probado" : que esta uniformidad de pensa- 
mientos es indispensable ( p. 124). ¿Como, 
pues , sobre este propósito puede ocurrírsele al 
adversario acusarme de hablar de la Santa 
Religión como si fuese una simple máxima de 
política i ¿Como, pues, se introduce en el 
empeño de probarme aquello mismo que ten- 



1 88 Notas y Observaciones. 
go dicho en varios lugares de mi libro ; esto 
es , que no hay mas Religión verdadera que 
una? ¿Como , pues , se atreve á juntar aquel 
injurioso dilema , de quien una proposición 
supone que yo crea falsa mi Religión? 

Añade aquí el acusador una imagen de la 
Religión , que yo quiero copiar , para que 
sirva á mis lectores como una muestra de la 
claridad de sus ideas. Es como sigue : si la 
Religión representa un hombre que toque con la 
cabeza en nuestro globo , y que tenga sus plan- 
tas apoyadas en el Cielo y toda aquella parte 
de la figura de este hombre, que pudiese por no- 
sotros ser vista , estando sobre nuestro globo 
seria según mi parecer , aquella que representa 
la mas perfecta política para gobernar los hom- 
bres. Si nuestra política no es una parte visi- 
ble de- la verdadera Religión no será , pues y 
buena política y sino una vaga y perjudicial fi- 
losofía (pág. 159): y continúa probando lo 
que nadie le ha disputado y esto es , que la 
política es tanto mas perfecta cuanto es mas 
conforme á la verdadera Religión. Pasa in- 
mediatamente á decir , que la política corres- 
ponde á lo que se llama cuerpo humano y y es- 
to puede ser : y que asi como este no puede 
vivir si su alma no está sana y cosa que aun 
puede ser y prosigue asi : véase si no es un de- 
satino el indagar si la Religión es una cosa qut 
se. deba adaptar al ejemplo de otras naciones. 
Distingo. El adaptar la verdadera Religión 



Respuesta á las 189 

al ejemplo de otras naciones (ó por decir me- 
jor de lo que el acusador ha pensado ) á las 
falsas religiones , es lo mismo que apostatar; 
y esto es malo. El adaptar las falsas religio- 
nes al ejemplo de las otras naciones ó religio- 
nes es cosa muy indiferente. El adaptarla re- 
ligien falsa al ejemplo de la nación que vive 
en la verdadera , lejos de ser desatino, -es co- 
sa muy recomendable y afortunada. ¿-Pero 
por qué , pues , va el acusador errando asi 
por sendas tan distantes de la mia , que llega 
al punto de concluir este discurso , aseguran- 
do que no es ni fanático ni visionario ? { Not. 
pág. 160. ) Cuando yo lo hubiese pensado 
no tengo genio de buscar pasatiempos de esta 
naturaleza , y podía prometerse que ni aun el 
nombre hubiera tomado en la boca. 

Pasemos á la interpretación que mi acu- 
sador da á la segunda cosa que yo no he que- 
rida probar , porque cc seria muy larga y fue- 
í?ra del asunto". Sus palabras son estas : A 
fin , pues , de que aparezca mas y mas el des~ 
pr£cio con que el acusador mira las doctrinas 
del cristianismo , ó su impericia en aquellas, 
porque estamos separados de todas las sectas > 
notaré aqui de nuevo que llama estas doctri- 
nas simples sutilísimas y oscuras diferencias 
( Not. pág- 160 ). Pregunto yo á mi acusador 
2 si es conforme, no diré al Evangelio de Je- 
sucristo, no diré á la buena lógica, pero aun 
al tosco sentido común que tienen todos los 



190 / Notas y Observaciones. 
hombres en general \ hacer semejante impu- 
tación á un autor que ha nacido católico, que 
no ha dado muestra alguna de apostasía, que 
en un libro , donde no se trata de Religión, 
ha proporcionado todos los lugares donde ha 
encontrado oportunidad para insertar pasages 
llenos de reverencia, de persuasión y de amor 
á la santa Religión de Cristo? Pregunto yo 
¿si es permitido suponer que cuando en aquel 
libro se dice sutilísimas y oscuras diferencias, 
pueda entender por esto los dogmas esencia- 
les de su fe? Pero no contento el acusador 
con tan odiosa interpretación pasa á poner en 
boca mia la siguiente horrible blasfemia que 
aun copiándola, temo ofender los piadosos 
oidos de los lectores j pero fuerza es ensuciar 
las plumas con semejantes iniquidades, puesto 
que el acusador ha procurado introducirlas 
en mi libro. He aqui , pues , qué deduce de 
aquellas sutilísimas y oscuras diferencias mias: 
las doctrinas mas augustas , mas venerables^ y 
que mas nos interesan de la Sagrada Escritu- 
ra , no son mas que simples opiniones humanas 
(Not. pág. 161 y sig. ) 

Yo he escrito que era cr muy largo y fue- 
«ra de mi asunto el probar como opiniones 
«que distan entre sí por algunas sutilísimas 
jjy oscuras diferencias, muy apartadas de la 
^capacidad humana , puedan desconcertar el 
«bien público (pág. 123)". Quisiera poder 
ser breve ¿ ¿ pero quien podrá serlo viéndose 



Respuesta á las J91 

á cada paso ea necesidad de probar los pri- 
meros principios ? Que á mi me parezca iar r 
go ú corto probar esto , no creo que sea el 
sugeto de la disputa j sino el que se den opi- 
niones aun en materia de Religión, que disten 
entre sí por algunas sutilísimas y oscuras dife- 
rencias > muy apartadas de la capacidad hu- 
mana. Primeramente , como tengo dicho , ha- 
blar de Religión , ya fuese verdadera , ya 
falsa, considerando la influencia política sim- 
plemente , y haciendo abstracción de su ver- 
dad ó falsedad , era conforme á mi instituto, 
que escribia de los Delitos y de las Penas , y 
al de un hombre que examina generalmente la 
legislación criminal. Que en el universo se 
den y hayan dado sectas distantes entre sí por 
^sutilísimas y oscuras diferencias , apartadas 
sjde la capacidad humana," cualquiera que 
sepa lo que de presente acaece sobre este 
globo mas alia del horizonte que descubre, y 
que sepa lo que ha ocurrido en las edades an- 
teriores á el , conoce y sabe que tales sectas 
las hay y las ha habido , sin que por esto 
pueda ocutfrírsele i ningún hombre racional 
que las doctrinas del cristianismo sean sim- 
ples opiniones humanas. 

Pero el acusador quiere absolutamente que 
esta proposición universal se deba restringir 
á sola nuestra Santa Religión , y que se di- 
ce para señalar algunos sectas que de ella 
se han rebelado. La cosa verdaderamente no 



igi Notas y Observaciones. 
es asi ; pero Jo que hay de mas singular ea 
el caso es , que aun concedidas todas las su- 
posiciones del adversario, y concedido que 
este lugar se entendiese de las sectas divinas 
de la Santa Iglesia , no se seguiría ninguna 
de las horribles consecuencias que el acu- 
sador infiere j porque seria una blasfemia de- 
cir que las diferencias que pasan entre no* 
¿otros los fieles y los hereges no son esencia" 
les. Seria otra blasfemia decir , que las di" 
ferencias que pasan entre nosotros los fieles 
y los hereges no son un estorbo a la salvación 
eterna $ pero decir que estas esencialísimas 
diferencias , que conducen una parte por el 
camino de la condenación eterna , son ^suti- 
lísimas , oscuras y apartadas de la capacidad 
humana , " no será una blasfemia , sino un 
hecho verdadero y legítimo: un hecho, que 
todo buen teólogo concede : un hecho , que 
lo comprueban las historias de la heregía , par- 
ticularmente de la Iglesia Griega. Aquí , 
pues , terminan todas las declamaciones de 
mi acusador contra los genios osados , con- 
tra loj libertinos , y contra mi impericia $ de- 
jándole en cuanto á esta la libertad de quo 
juzgue como le parezca mas conveniente. 

Vengamos al pasage que sigue: pondré an- 
tes el texto de mi libro , y después la explica- 
ción que hace mi acusador. Yo he dicho asi: 
rp Muy largo y fuera de mi asunto seria pro- 
*>bar cómo la naturaleza de las opi- 



Respuesta á las 193 

«niones esté compuesta de modo, que mien- 
«tras algunos con el choque , fermentaría o y 
«combatiendo juntamente , se aclaran , y as- 
edando las verdaderas, las falsas se sumer- 
5?gen en el olvido j otras , poco seguras por 
«su constancia desnuda , deban vestirse de 
«autoridad y de fuerza ( pág. 123 y 124 )." 
Veamos cómo lo interpreta. Dice asi : 

Seria muy largo -probar cómo los dogmas 
de la Religión Cristiana, después de algún exa- 
men , parte son creídos por verdaderos y par- 
te desechados como falsos j y porque contint:* 
que algunas otras de las mismas doctrinas y 
aunque falsas y ridiculas , y que no tienen otro 
mérito que el de ser creídas buenas por ios 
católicos obstinados , sean sin embargo soste- 
nidas de los mismos católicos , hasta hacer a- 
b tasar quien quisiere negarlas. Asi entiendo 
yo aquellas palabras , y no me queda duda que 
sste sea su verdadero sentido (]Slot. pág. iói). 
El acusador habría hecho bien en dudar , y 
acaso hubiera tenido la conciencia mas quie- 
ta y la opinión pública mas favorable. Es 
un fenómeno lógico de los mas curiosos el 
de encontrar un cúmulo de blasfemias en un 
lugar de tal naturaleza , y el de entender , in- 
terpretar , y francamente presentar al público 
un compuesto de errores , que pone en beca 
tnia. Traduzcamos brevemente el paso en 
lengua vulgar , no para los lectores , á quie- 
nes seria superiluo, sino para que el acusa- 

*3 



194 Notas y Observaciones. 
dor conozca qué uso ha tiecho de su tiem- 
po en las notas que le ha puesto. He aqui 
mi lugar traduciao para su inteligencia. 

^tin este libro no hablo de los pecados: 
«las penas temporales de estos deben arreglar- 
le con principios , que no dependen de solo 
«la razón humana , y yo me he propuesto 
«hablar solo de las acciones que dimanan 
«de la razón puramente humana. Creo que 
«el suplicio , que en algunos casos se ha 
«dado a quien no pensaba conforme con la 
«Religión dominante del Estado , esté pro- 
«bado como justo evidentemente 9 pero yo 
«no quiero tratar de esto, ni emprender 
«probarlo, porque seria cosa muy larga y 
«í'uera de mi asunto ¿ y porque veáis que 
«seria larga y extraña de mi argumento, 
«os señalo cuatro objetos principales, sobre 
«los cuales debería hacer cuatro disertacio- 
«nes si quisiera prepararme á esta empresa; 
«esto es : primero , que sea necesaria á la 
«quietud pública una perfecta uniformidad 
«de pensar. Segundo , que aun cuando es- 
«ta uniformidad estuviese destruida por di- 
ferencias sutilísimas y apartadas de la ca- 
pacidad de los hombres se seguida daño 
«á la quietud pública. Tercer© , que la 
«fuerza y la autoridad sean un medio pa- 
«ra dilatar y mantener la creencia de un 
«genero determinado de verdad respecto del 
«público. Cuarto , que sea necesario é in- 



Respuesta á las 195 

indispensable el usar de la fuerza , aunque 
5>eüa por lo común no produzca sino di- 
j?simulo y envilecimiento. Estas cuatro pro- 
aposiciones las creo probadas ; pero no quie- 
bro entrar en el hecho de probarlas." 

Vea ahora el mismo acusador si tantos 
piadosos y celosos hombres , que me han 
leido y entendido , se han engañado , no en- 
contrando en mi libro todos los errores mas 
enormes y mas sediciosos blasfemados hasta 
aqui contra la Soberanía y contra la Reli- 
gión cristiana por todos los mas impíos liere- 
ges , y por todos los irreligiosos antiguos y 
modernos ( Not. pág. 187), que él encuen- 
tra por no haberlo entendido. 

Pero si aun habiendo yo expuesto los 
cuatro artículos que se debian probar na- 
ciese una duda ; esto es > que sea difícil co- 
sa probar cómo á la salud pública política 
( de que trata mi libro ) sea útil el usar de 
la fuerza y de los castigos 5 esta duda será 
aun mas moderada que la que en medio de 
la Italia con la aprobación de muchos pia- 
dosos y apostólicos prelados ha estampado 
sobre el mismo punto el óptimo cristiano, 
ejemplarísimo Eclesiástico, docto y benemé- 
rito Señor Muratori en su tratado de Inge- 
niorum moderatione lib. 2. cap. 8 , donde di- 
ce asi : Quid Catholici nonnulli ad ea respon- 
deant : esto es, á aquel hecho del Evangelio 
de S. Lucas , cuando pidiendo los discípu- 



196 Notas y Observaciones. 
los á Jesucristo Señor nuestro que hiciese 
caer llamas del cielo sobre los Samarita- 
nos, respondió el JUivino Redentor: Nesci- 
tts cujus spiritus estis , Filius hominis non 
venit animas perderé , sed salvare semien- 
tes ,» morte quoque Haereticos pertinaces posst 
juste muictari. . . . Nobis intertm mitiora sua- 
denttbus satis est , &c. En el mismo libro 
al cap. 7: Har éticos ergo Ecciesia potest suis 
urgere armis y quo üíos in suam caulam 
rursus perducat : armis inquam spiritalibus 9 
excomume añone , ac diris ómnibus. Ad Re- 
ges autem saeculique Principes spectat salu- 
taribus etiam poenis solicitare devios , aut 
alíenos á fide , ne in errore diutius perstent y 
ne ve eidem immoriantur. Y en otro lugar 
lib. 2. cap. 12. pág. 370. edic. Venec. 
1763, refiriendo el paso de Lactancio ei* 
estos termines : Defendenda Reiigio est , non 
occidendo , sed meriendo , non saevitia , sed 
patientia , non scúere y sed fide. Illa enim 

tnalorum sunt , haec bonorum nihil 

est tam voiuntarium , quam Reiigio } in qua 
si animus sacrificantis aversus est j jam su- 
blata , jam. nulla est &c asi se explica: 
Et ne nos quidem eos unquam ( esto es los 
hereges ) occidendos profitemur , ideo dumta- 
xat quod d nobis diversa sentiant : quippe 
nos-ira quaeque sententia est , Reiigionem vo- 

luntariam esse deberé ñeque Lactan- 

%'ú sententia exaudí salutarium poenarum 



Respuesta á las 197 

usum , &c. Y en otra parte lib. 2. cap. 
13. pág. 375. añade el citado señor Mura* 
tori : Ñeque tamen lúe ego sum ut sua- 
deam , Haereticos ab Ecclesia damnatos mor* 
te ipsa esse mulctandos. Mihi potius to* uni- 
ce summo, commendare Usuadere summis Po~ 
testatibus moderationem hac in re t& man- 

suetudinem Ecclesiasticorum autem 

omnium esse puto , Legum justitiam hocce 
in negotio mitigare potens , quam accendere y 
ly spiritum lenitatis ab Apostólo commenda- 
tum y non vero saevitiam ubique proderej t& 
meminisse Ecclesiasticam lenitatem sacerdo- 
tali contentam judicio cruentas refugere uU 
tione^, uti ait S. Leo in epist. 93. Tantum 
abest y ut Ecclesia suadeat extremam severi- 
tatem in devios á fide , ut ab ipsis sacris ar- 
ceat religiosos viros , talia suadentes y aliquo- 
ve pacto in judicium mortis influentes. Ideo- 
que vel quum incorrigibiles atque damnatos 
Haereticos saecularibus Judicibus tradit , ob- 
secrat ut leniter in ipsos agatur ; quod ve- 
llem semper ex animo to* non ínter dum ex con- 
suetudine per nonnullos factum fuisset. Lue- 
go si puede un católico ser de parecer que 
la pena de muerte impuesta á los hereges no 
es bien impuesta , porque no es una pena 
saludable, ¿ como querrá el acusador encon- 
trarme un abismo de maldad, aun en el caso 
que dijese ser difícil probar cómo sea bien im- 
puesta sobre ellos la pena de muerte? Por 



198 Notas y Observaciones. 

otra parte conviene distinguir dos proposi- 
ciones diferentes : Castigar los Hereges es 
una: Castigarlos de muerte es otra. Parece 
que el adversario no tuvo presente cuando 
escribió que sus lectores no habían de ser 
los pueblos habitadores del Caucaso , ó del 
Tauro : no los salvages del Canadá , sino 
los Italianos, 

Acusación vigesimaprima. 

El autor del libro de los Delitos y de 
las Penas ha pintado los religiosos , y prin- 
cipalmente los claustrales , con colores infer- 
nales ( Not. pag, 78 ). 

Re s p u e s t A. 

En ningún lugar de mi libro se encontra- 
rá que yo hable de religiosos ni de claustra- 
les. Copiare el párrafo de donde el acusador 
saca los colores infernales. Dice asi : cf Lla- 
j)tno ocio político aquel que no contribuye á 
«la sociedad ni con el trabajo , ni con las ri- 
«quezas que adquiere , sin perder nunca : que 
«venerado del vulgo con estúpida admiración, 
«mirado por el sabio con compasión desdeño- 
«sa en fuerza de las víctimas con que se 
«alimenta : que estando privado del estímu- 
«lo de la vida activa , cuya alma es la nece- 
sidad de guardar ó aumentar las comodida- 



Respuesta a las 199 

«des de la misma vida $ deja á las pasiones de 
«opinión ( que no son las menos fuertes ) to* 
«da su energía " . . . . Cf Las leyes deben de- 
«finir cuál ocio es digno de castigo" ( pág. 
67 y 68 ). 

Asi como el haber hablado yo aqui de 
ocio político , solamente es aquella importan- 
tísima restricción , que hace la proposición 
esenta de toda tacha j asi al acusador le ha 
parecido conforme á razón llamarla pérfida- 
mente astuta (Nota pág. 78), para disponerse 
á interpretarla según su antojo. Pero la cues- 
tión presente , en cuya ventilación difusa ha 
consumido mas de ocho hojas , se reduce á 
nada , porque convenimos ambos en un inis<- 
mo parecer. 

No llamo ociosos políticamente , ni descri- 
bo con colores infernales, como dice el adver- 
sario , aquellos que con preferencia á cualquie- 
ra otro han contribuido y contribuyen todavía 
con sus manos , con su talento y con su ejemplo 
á la mayor ventaja y la mas durable felicidad 
temporal y política de todas las sociedades: 
aquellos que estudian continuamente para la 
propia y agena enseñanza , y que mueven los 
otros á estudiar y vivir como buenos ciudada- 
nos : aquellos que solo con el método y ejemplo 
de su vida hacen que se conserve con mas per- 
manencia en su buen orden la sociedad (L\ T ot. 
pág» 78 ). La voz cc ociosos políticamente " 
no conviene á estos en manera alguna ; y 



loo Notas y Observaciones. 

darles este título seiia como nota bellamente 
el adversario , una grande ceguedad y una 
grande ignorancia de un semidocto y necio po- 
lítico ( Not. pág. 78 ). Pero este juicio, como 
sanamente dice el acusador, puede estar fun- 
dado en el ejemplo de aquellos pocos religio- 
sos que se encuentran en las plazas y en algu- 
nas- casas , y por tamo menos perfectos. Este 
juicio puede mirar á aquellos que no contri- 
buyen á la sociedad ff ni con el trabajo, ni 
*can las riquezas que adquieren , sin perder 
«nunca"} por lo que cuando el adversaria 
ha probado que no hay cosa buena y útil al 
publico y de que no seamos , á lo menos en par- 
te , deudores á los religiosos ( Not, pag. 8 1 . ), 
y que no se encontrará en toda Italia una ca- 
sa religiosa que tenga rentas superiores á la 
sola y necesaria subsistencia de sus religiosos 
(Not. pag. 82.): cuando digo. esto lo ha 
probado también , no deberá creer que mi 
parecer fuese contrario, porque estos tales 
no son Cf ociosos políticos.". 

Debe , sin e nbargo , concederme el ad- 
versario , que donde se diesen personas á las 
cuales se adaptasen en términos las propie- 
dades que yo he señalado para definir el 
ocio políüco , estos deberian llamarse fr ocio- 
95SOS poéticamente í? j y que por esto seria 
fr estúpida la veneración " si el ff vulgo " 
se la tuviese ; y que el cc sabio debería mi- 
trarlos con compasión desdeñosa". Si hay 



Respuesta a las 20 1 

ó no de estos, no lo he decidido yo; an- 
tes bien he añadido , que toca á las le- 
yes definirlo. De hecho Sumos Pontífices, 
Príncipes católicos , ministros religiosos é 
aluminados han encontrado siempre y encuen- 
tran pernicioso á la sociedad tanto como á 
la Religión , que haya en un Estado hom- 
bres de aquellos á quien convenga la dicha 
definición. Los Templarios , los Jesuatos,los 
Humillados y otras ordenes semejantes abp- 
lidas por los Sumos Pontífices : las leyes, 
las pragmáticas , las órdenes de los Sobera- 
nos en todos los Estados de Europa ? que 
prohiben con vigilancia el depósito de las 
riquezas en las manos muertas , prueban que 
el temor de este ocio político es razonable 
y cristiano. 

Concluyamos , pues , que yo he respeta* 
do siempre los eclesiásticos y regulares co- 
mo ministros del Altar , y del Evangelio; 
y que si el acusador me hubiese entendido 
se habría perdonado á sí mismo la incomo- 
didad de aquellas ocho hojas de palabras , y 
el disgusto de hacer ver otra y otras mu- 
chas veces que no ha comprendido un li- 
bro qué quería contradecir. 

Acusación vigesimasegunda. 

El autor del libro de los Delitos y de las 
Tenas dice que algunos son reos solo de ser 



202 Notas y Observaciones. 

fieles á sus propios principios , hablando en 

esto de los Hereges ( Not.. pág. 123 ). 

R E S P U E STA. 

He dicho que algunos han sido expues- 
tos á tormentos bárbaros sin mas delito que 
ser fieles á sus propios principios , y no he 
peiivsado señalar en esto los hereges. Aqui 
110 se habla de Religión; pero cuando el 
acusador quisiere un ejemplo en ella con- 
sulte la Historia eclesiástica, y verá cuan- 
tos Mártires fueron. expuestos á los tormen- 
tos y destrozos mas bárbaros Cf sin mas de- 
buto que ser fieles á los propios priuci- 
«pios (pág. 78.)" de la fe y de la cons- 
tancia en las verdades que Dios ha revelado. 

Acusación vigesimatercia. 

El_ autor del libro de los Delitos y de 
las Penas es uno de aquellos ímpios escrito- 
res que tratan de engañadores los eclesiásti- 
cos , de tiranos los Monarcas , de fanáticos los 
Santos y de impostura la Religión , y que blas- 
feman hasta de la Magestad de su Criador 
(Not. pág. 42). 



Respuesta á las 203 

Respuesta. 

■ ... . ¡ 

Dos ediciones de mi libro se han vendido 
ya en Italia. Lectores ? que tenéis mi obra en- 
tre vuestras manos , ved si hay en ella algún 
vestigio de semejantes impiedades. Toda esta 
compendiosa acusación la saca el adversario 
del paso siguiente. 

Yo he dicho á la pág. 22 que el fr daño 
«hecho á la sociedad es la medida de los de- 
jolitos": he dicho que debería ser esta una 
verdad conocida de cf todo mediano talento. 
jrPef o las opiniones asiásticas , y las pasiones 
íjvestidas de autoridad y de poder han disi- ' 
3>pado ( muchas veces por insensibles impul- 
sos , y algunas por violentas impresiones 
jjsobre la tímida credulidad de los hombres) 
5>las simples nociones que acaso formaban la 
íjprimera filosofía de la sociedad en sus prin- 
jjcipios , y á la cual parece que nos. revoca 
j?la luz de tstQ siglo (pág. 23 y sig)." 

Este lugar mió lo traslada asi el acusa- 
dor. Se lamenta de mi ceguedad y audacia 
increíble en haber dicho que las opiniones asiá- 
ticas (esto es la Religión) ^y las pasiones (es- 
to es los Príncipes cristianos ) vestidas de 
autoridad y de poder > han disipado muchas 
veces por insensibles impulsos ( la predicación) 
y algunas por violentas impresiones ( los mila- 
gros mas portentosos ) sobre la tímida credu- 
lidad de las hombres ( el pueblo cristiano), las 



204 Notas y Observaciones, 
nociones simples , que acaso formaban la pr¿- 
mera filosofía de la sociedad en sus principio?) 
y á ia cual la luz de este siglo ( la luz estaba 
en el ¿ñutido , pero las tinieblas &c. ) parece 
que nos revoca l?c. 

Esta es otra nueva manera de interpretar; 
y tai, que por sí misma demuestra el deseo 
de encontrar impiedad donde no la hay , y 
asimismo lo inútil de sus esfuerzos. He aqui 
ciertamente un nuevo vocabulario, que las 
opiniones asiásticas significan la religión ; y 
las pasiones los príncipes cristianos : los es- 
tímulos insensibles , la predicación del Evan- 
gelio : las t?7ipresiones violentas , los milagros 
mas portentosos : la temerosa credulidad de 
ios hombres , ei pueblo cristiano. Parece que 
ei adversario , tomando en la mano mi libro 
de ios Delitos y de las Penas , antes de leer- 
lo determinó contradecirlo. 

Tendré aun esta vez la complacencia de 
hacer/ie entender lo que cualquiera habrá ya 
entendido. Opiniones asiásticas se llaman las 
del despotismo y la esclavitud , como es sabi- 
do de todos (i); las cuales establecidas ya 

(i) A la pág. 1 15 de mi .obra habría podi- 
do conocer el acusador qué significan las opi- 
niones asiática ? dond~ se ico: La tiranía 
desterrada en las dilatadas llanuras del Asia. 
3No hay parte del mundo donde la religión 
cristiana esté menos estendida que en este pais. 



Respuesta á las A ^ . ? 

eon violencia ya con suaves pef o continuos 
estímulos , han ofuscado el entendimiento de 
los nombres en todas las naciones que han te- 
nido la desgracia de experimentarlo, llegando 
al punto de no conocer las verdades mas pal- 
pables , como es aquella en que afirmo que 
el daño hecho á la sociedad es la única me- 
dida de los delitos. Es interés de todo tirano 
que tal máxima no se establezca, porque qui- 
ta el arbitrio de castigar por capricho 5 pero 
la luz de este siglo , que reúne cada vez mas 
los intereses de los soberanos con los de los 
subditos, nos revoca de nuevo á conocer esta 
yerdad. 

Merecía este pasage la exclamación del 
acusador, que dice: [Quién , pues, será aquel 
cristiano tan poco zeloso de su divina Religion> 
que pudiese contenerse en este lugar sin prorum- 
pir en las mas tremendas execraciones contra 
la infame é impía maledicencia con que se des- 
cribe y se calumnia todo aquello que hay de mas 
augusto y de mas respetable en el universal 
\ Quien podrá dejar de exclamar que este autor 
ha sobrepujado la medida de la mas desenfre- 
nada y maligna sátira ! ¿ Pero sabe el acusa- 
dor quien podrá contenerse? Cualquiera que 
«ntiende el libro. 

Aquí pondremos fin á las acusaciones que 
se me han hecho en el punto de Religión, 
grande , augusto , divino argumento , sobre 
d. cual no debería escribir sino un entendí- 






aoó Notas y Observaciones. 
miento santo , puro é iluminado. Yo no me 
atreveré , interpretando la intención de mi 
acusador, á culparlo dj haberla hecho servir 
á sus fines particulares j antes creo que con 
muy buen corazón y simplicidad de espíritu, 
movido solo de zelo, haya emprendido dispu- 
tar en contra mia esta materia ,, la mas su- 
blime que tienen los hombres^ pero en recom- 
pensa de la rectitud de su intención agradéz- 
came un consejo que quiero darle como fiel 
cristiano, y como hombre que habla con al- 
gún conocimiento de la causa. El deseo de 
encontrar blasfemias é introducir impiedades 
en un libro que no las tiene, no conviene á 
la edificación de los fieles , no contribuye al 
decoro de quien las firma , no perjudica al 
nombre del libro ni del autor. Cualquiera que 
tiene vocación de escribir sobre las cosas de 
Dios empiece fijándolo en su corazón : enton- 
ces respirarán en sus escritos la paz , la dul- 
zura y la persuasión. Instruyase después j y 
si quiere persuadir los incrédulos , no princi- 
pie nunca insultando á un hombre, suponién- 
dolo sin fe , para después combatirlo ¿ sino 
antes bien adiéstrese á conocerlos, adiéstrese 
á raciocinar con buena lógica , y entonces es- 
cribirá de la Religión con aquella dignidad y 
virtud que puede caber en las débiles fuerza* 
de un hombre. Asi trataron las materias sa- 
gradas Bosuet y Fenelon , el Cardenal Orsi, 
y el P. Berti : quiera el cielo que haya razón 



Respuesta á las 207 

algún dia para juntar á estos ilustres nombres 
el de mi acusador. 

PARTE SEGUNDA. 

ACUSACIONES DE SEDICIÓN. 

Acusación primera. 

El autor del libro de los Delitos y de las 
Tenas trata de tiranos crueles á todos los Prín~ 
cipes y cí todos los Soberanos del siglo ( Noc 

pag. i$3> 

Respuesta. 

He aquí como se tratan todos los Sobera- 
nos y Príncipes de Europa en mi libro la ú ni- 
ca vez que los nombro. 

Cf Feliz la humanidad , si por la primera 
«vez se la dictasen leyes , ahora que vemos 
«colocados sobre los tronos de Europa bené- 
«ficos Monarcas , padres de sus pueblos, ani- 
«madores de ias virtudes pacíñcas , de las 
«ciencias y de las artes ; ciudadanos coro- 
«nados , cuyo aumento de autoridad forma la 
«felicidad de los subditos j porque deshace 
«aquel despotismo intermedio , mas cruel por 
«menos seguro , con que se sofocaban los vo- 
«tos siempre sinceros del pueblo , y siempre 
«dichosos, cuando pueden llegar al trono. Si 
«ellos, digo, dejan subsistir las antiguas le- 



208 Notas y Observaciones. 

«yes 7 nace esto de la infinita dificultad que 
5)aay en quitar de Jos errores la herrumbre 
«venerable de muchos siglos , siendo un mo- 
jnivo para que los ciudadanos iluminados de- 
seen con mayor ansia el continuo acrecenta- 
«miento de su autoridad ( pág. 89. )" 

Acusación segunda. 

E/ autor del libro de los Delitos y de las 
Penas se desenvuelve enormemente contra las 
penas con que los Príncipes católicos castigan 
los delitos de heregía (Not. pág. 154). 

2Pjs s p v e st A. 

En todo mi libro siempre he hablado de 
los delitos , no de los pecados : esta distin- 
ción que hice en el principio la he repetido 
muchas veces en el discurso de la obra. La 
única vez en que de paso he tocado alguna 
palabra sobre las penas temporales de los 
pecados á la pág. 124 dice asi: Cf Hablo 
«solo de los delitos que provienen de la 
«naturaleza humana y del pacto social , no 
«de los pecados , cuyas penas , aun las tem- 
«poraies , deben arreglarse con otros prinei- 
«pios que los de una filosofía limitada". Estos 
principios son los del santo Evangelio , de la 
buena teología , y del derecho canónico. He 
stqui cómo me desenvuelvo enormemente con- 



Respuesta á las 209 

tra los Príncipes católicos , que castigan ios 
delitos de la heregía. 

Acusación tercera. 

El autor del libro de los Delitos y de la$ 
Penas excluye atrevidamente todo aquello que 
la recta razón , la política y la Religión en- 
señan para el buen orden del género humano. 
(Not. pág. 3. ) 

Respuesta* 

Espero que el adversario me presente laa 
pruebas de tan extraña imputación j entre- 
tanto, para que vea que á lo menos una co- 
sa enseñada de la recta razón , de la política 
y de la Religión no la excluyo , diré que las 
leyes que castigan á los calumniadores son 
óptimas para el buen orden del género hu- 
mano. 

Acusación cuarta. 

El autor del libro de los Delitos y de las 

Tenas con una libertad que atemoriza se desen- 
vuelve contra los Príncipes , y contra las per- 
sonas eclesiásticas en un modo furioso ( Not, 
pág. a 7 , ; 



■ ■ - l ■ , 



\ 



14 



2 1 o Notas y Observaciones. 

Respuesta. 

La libertad no es mala. Qui ambulat sim- 
fliciur , ambulat confidenter , qui autem de- 
pravat vias suas , manifestus erit, dice el Es- 
píritu Santo en los proverbios cap. X. Que 
mi libertad cause espanto á mi acusador, el 
no es juez compárente: lo afirma , y yo lo 
creo j porque escribiendo esta especie de sue- 
ñjs se acomete en verdad la religión, el cré- 
dito y la fama de un hombre de bien j y en 
este caso la libertad del hombre de bien sirve 
de una pantalla terrible, y el rechazo es fu- 
nesto; pero que yo en mi libro me haya des- 
envuelto contra los Príncipes ó contra las 
personas eclesiásticas , esto es enteramente 
supuesto. Las personas eclesiásticas no han 
sido de mí ni nombradas : por lo que hace 
á los Príncipes , copiaré aqui algunos pocos 
lugares de mi libro-, que manifiestan con qué 
espíritu de amor y de respeto álos Soberanos 
está escrito. 

n E{ legislador representa toda la sociedad 
•maida por el contrato social ( pág. 8 ). El 
«Soberano representa la sociedad viviente, y 
«es el legítimo depositario de la voluntad de 
«todos (página io)'\ Ninguno n'e los be- 
néficos Soberanos que gobiernan la Europa 
pretende mayor autoridad que esta. Los me- 
jores publicistas la tienen por principio : vea 



* Respuesta a las 21 1 

el acusador, entre otros, kVattel U Droit 
des Gens , ou principes de la loi naturelle , lib. 
1. chap. IV. donde encontrará este furioso 
rfiodo de hablar de los Príncipes ( 1 ) : La 
souveraineté est cette autorité publique qui com- 
inande dans la societé avile qui ordonne > et 
dirige ce que chaavPun y doit faite pour en au 
teindre le buU Cette autorité appartient origi- 
nairement , et essentiellement au corps \nem$ 
déla societé , au quel chaqué membre s^esí sou- 
mis y et a cédé les droit s , qui il tenoit de lana* 
ture de se conduire en toutes choses sui vant ses 
lutnieres par sa prope volohíéy et de se faire jus~ 
tice lui-meme. Mais le corps dé la societé ne re* 
tient pas toujours d soi cette autorité souveraine: 
souvent il prend le par ti de la confier á un senat, 
•u d une seule personne. Ce senat, ou cette per* 
sonne est álors le Souverain. Yo no he copiado 
este pasage de tan célebre publicista para 
persuadir á mi adversario con la autoridad 
sobre el origen de los cuerpos políticos , ni 
pretendo desconcertar ei sistema que él ha 

( 1 ) Quiero agravar mis delitos para con 
mi adversario , el cual dice llega á conocer mi 
parcialidad del todo por ciertos escritores V en 
algunos que él llama francesismos fanfarrones 
(Not. pág. 85 y sig. ) Sepa> pues, que tengo 
lá desgracia de entender el francés , y ademas 
lie incurrido en la impiedad de aprender á co- 
piarlo , como «qui y«. 



ni Notas y Observaciones. 
fabricado para el origen de las sociedades ci- 
viles con razones , que cuando no tengan el 
mérito de claras , tienen por lo menos el de 
curiosas ( i ). Me basta hacerle ver que ta- 
les verdades se escriben el dia de hoy en Eu- 
ropa , sin que alguno de los Soberanos , que 
presiden á sus varios Estados haya hasta aho- 



( i ) No me he propuesto en este escrito 
responder á todas lat objeciones que el adver- 
sario me ha hecho , ni á todos sus razonamien- 
tos» Heme limitado á solo las graves acusacio- 
nes. Cualquiera que dudase si acaso yo coa 
poca razón digo mal de sus principios político! 
es justo vea algunos , que por accidente se me 
han ocurrido. Son estos : Un códice de leyes 
que anduviese en manos de todos harta los 
hombres mas atrevidos para cometer los da- 
ños j y multiplicaría los delitos ( pág. 26 ). 
El temor conserva los reinos (pág. 164). El 
hombre es peor á proporción que es mas libra 
(pág i65). Un magistrado que reciba las 
acusaciones secretas de los delitos contra 
el Estado , y que nunca manifieste los dela- 
tores , y los premie , aun en el caso que en— 
cuentre algún calumniador ; sin embargo de 
que esto pueda ocasionar la ruina de algún 
inocente , se debe juzgar y creer por un tri- 
bunal el mas útil , y el mas ventajoso para 
o dos los estados , y el punto de perfección 
* que puede llegar la política humana (pág. 
c oy,ig. 



Respuesta a las % i $ 

n mirado á los autores ó á sus obras como 
contrarios á los sagrados derechos de los 
Príncipes. Pero volvamos á mis furiosos mo- 
dos de hablar de los Soberanos. 

Yo apruebo cr el espíritu de independencia 
«en los subditos , pero no para sacudir el yu* 
jigo de las leyes , ni oponerse á los superio- 
res magistrados (pág. 13)". Antes deseo 
que estos hombres , no esclavos, sino libres, 
bajo la tutela de las leyes, se hagan ff intré- 
pidos soldados, defensores de la patria y del 

«trono Magistrados incorruptos , que 

«con libre y patriótica elocuencia sostengan 
«y desenvuelvan los verdaderos intereses del 
«Soberano , que lleven al trono con los tribu- 
ios el amor y las bendiciones de todas las 
«congregaciones de los hombres , y de .este 
«vuelvan á las casas y campañas la paz , la 
«seguridad , y la esperanza industriosa de 
«mejorar de fortuna (pág. 41 y 4a )". Nin- 
gún Soberano , sea monárquico , democrá- 
tico ó aristocrático , desea mas que reinar sc- 
bre hombres de este temple. Los tiempos de 
los Caligulas , de los Nerones y de los Helio- 
gábalos no son los nuestros; y el acusador 
hace una injuria á los Príncipes si cree que 
mis principios los agravian. 

Yo he llamado los contrabandos rf un hur- 
«to hecho al Príncipe (pág. 109)^* y he 
dicho, que rf hay contrabados, que de tal ma- 
«nera interesan la naturaleza del tributo, par- 



214 Notas y Observaciones. 

«te tan esencial y tan difícil en una. .buena 
«legislación, que su comisión merece una pens. 
«wousiderabie, hasta la prisión, hasta la ser>- 
«vidumbre (pág. no)." ¿Cree el acusador, 
que esto pueda parecer á nadie ultraje de los 
Soberanos , y merecer el nombre de desenvol- 
verse en un modo furioso ? 

He pintado una nación bien gobernada 
tu estos términos : fr Una forma de gobierno, 
«por la cual los votos de la nación estén re- 
manidos, bien prevenida dentro y fuera con la 
«fuerza y con la opinión, acaso mas eficaz 
«que la fuerza misma , donde el mando resi- 
«Je solo en el verdadero Soberano ( pág. 
"79 ) i" ¿ seria esto acaso lo que haría n?, T 
cer-en el acusador la idea del furioso, modo de 
desenvolverme contra los Soberanos? 

Si yo he prestado un homenage público á 
la verdad, hablando de los actuales Sobera- 
nos de Europa : si yo he definido la suprema 
potestad del Príncipe conforme á los princi- 
pios adoptados en todas las partes de la mis- 
ma Europa ; si yo he alabado con preferen- 
cia á todo otro el gobierno en que los subditos 
sean fieles y libres: si yo he- declarado sagra- 
das é inviolables las supremas regalías de los 
principados ; ¿como pues, el acusador puede 
decirme que he faltado al respeto y sumisión 
que todo subdito debe á su Príncipe , y todo 
hombre honesto á las supremas potestades, 
aun extrañas T El fin que he tenido en mi ü- 



Respuesta á las % i 5 

bro ha sido solo buscar la naturaleza en ge- 
neral de las Penas y de los Delitos* La he 
buscado como hombre que no se cincunscribe 
á una nación , óáun siglo , que examinan- 
do las relaciones inmutables de las cosas, es- 
tablece una teoría universal. No w he tenido 
por objeto siglo ó nación alguna en particu- 
lar ; y cualquiera que desapasionadamente 
leyere mi obra lo conocerá fácilmente. 

Acusación quinta. 

El autor del libro de los Delitos y de las 
Penas ha dicho que tiene mayor derecho un 
hombre solo, que toda la sociedad junta ó aque- 
llos que la representan (Not. pág. 8$ ). 

Respuesta. 

"■ - ' . - ' • 

Si en el libro de los Delitos y de las<JPr*h 
ñas hubiese una necedad de esta naturaleza 
no creo que el acusador hiciera un libro de 
191 pág. para contradecirlo 

Acusación sexta. 

El autor del lidro de los Delitos y dé las 

Penas disputa á los Soberanos el derecho der 
imponer la pena de muerte (Not. pág. 108) 



lió flotas y Observaciones. 

Respuesta. 

Si el libro de las Notas y Observaciones 
pudiese permanecer en ios siglos venidero* 
(vaticinio con que yo no me atrevo á lison- 
jearlo ) , serviría ciertamente de asunto á mu- 
chas disputas entre los eruditos respecto al 
espíritu del siglo decimoctavo. Toda la his- 
toria de este siglo la encontrarán ellos lien* 
de rasgos de augusta beneficencia , de amor 
paterno y de clementísimas virtudes , mani- 
festadas á porfía por los Príncipes en benefi- 
cio de la humanidad y á quien presiden $ ras- 
gos y virtudes , que aventajan en gran ma- 
nera los ejemplos vistos en las edades pasa- 
das. Verán la humanidad respetada en medio 
de los males indispensables de la guerra: ve- 
rán aumentada la libertad política : fomenta- 
do el comercio en todas partes : magníficos 
hospicios erigidos públicamente para los guer- 
reros inválidos y beneméritos: verán recogi- 
da la mendicidad , libre de la hambre y de las 
injurias , alimentada , amparada y asistida: 
verán los miserables huerfanillos , y aquella 
porción de la humanidad , nacida sin las 
aprobaciones religiosas y civiles y que antes 
perecía infelizmente , libre ahora en muchas 
partes de las fauces de la muerte por el cui- 
dado paternal de los Príncipes : verán los 
tronos de los Monarcas rodeados , no como 



Respuesta a las 217 

antes del fausto y de la soberbia , sino de 
la humanidad , de la beneficencia y de las 
bendiciones de los pueblos, con puerta fran- 
ca para que lleguen los miserables, y reciban 
pronta defensa en su amparo : verán en su- 
ma los frutos de una virtud dulce , que pa- 
rece es el carácter distintivo de nuestro si- 
glo. ¡ Pero como conciliar tantos y tan nu- 
merosos testimonios con los lamentos de mi 
acusador, porque se dispute á los Sobera- 
nos el derecho de imponer la pena de muer- 
te 3 ¡ Es posible , dirían entonces los erudi- 
tos , que en aquellos tiempos pareciese tan 
precioso á los Soberanos este derecho ! 

Muy mal conoce el acusador la índole 
de los Soberanos actuales. Sepa , pues , que 
todos los Príncipes de hoy día , en lugar de 
tener en tanta estimación el derecho de qui- 
tar la vida á un hombre , miran este acto 
como una de las cargas mas dolorosas del 
principado. Sepa que todos los Príncipes de 
hoy di a en vez de tener en estimación el de- 
recho de imponer la pena de muerte , pre- 
miarían á quien encontrase un medio de pro- 
veer á la seguridad pública sin el exterminio 
de hombre alguno. Sepa , que todos los Prín- 
cipes de Europa en nuestros dias jamas han 
hecho uso personalmente de este tristísimo 
derecho ¿ antes bien se han descargado sobre 
los tribunales , reservándose á sí solos el cua- 
si divino derecho de beneficiar perdonando. 



2 1 8 Notas y Observaciones. 

Sepa, que algunos Príncipes en este siglo 
han llegado á imitar los ejemplos de los em- 
peradores Mauricio ( i ) , Anastasio é Isac 
Ángel (2), los cuales no quisieron hacer 
uso alguno de la potestad de castigar de 
muerte. Sepa en fin , que todos los Prínci- 
pes de hoy dia han limitado , estrechado y 
contenido el uso de la pena de muerte} lo cual 
afirmarán los archivos criminales de todas las 
naciones Europeas , y la tradición de todos 
los Europeos vivientes. 

Tiene siempre el que acusa una gran 
ventaja , porque una imputación se escribe 
en pocas líneas j pero la demostración de la 
falsedad se extiende por su naturaleza á mu- 
chas hojas. Conozco este inconveniente , y 
espero que los lectores sabios no me lo atri- 
buyan á culpa. ¿Yo, pues, he disputado a 
los Soberanos el derecho de imponer la penct 
de muerte 1 . Estas son las palabras escritas en, 
mi libro: fr Por solo dos motivos puede creer- 
le necesaria la muerte de un ciudadano : el 
«primero , cuando aun privado de libertad 
«tenga tales relaciones y tal poder, que in- 
terese á la seguridad de la nación : cuando 
«su existencia pueda producir una revolución 
«peligrosa en la forma de gobierno estableci- 
da.... Cuando su muerte fuese el verdadero 

(i) Evagr. Hist. 

(2) Fragm. de Suid. en Const. Porphyrog. 



Respuesta á las Í19 

«y único freno que contuviese á otros , y lo$ 
«separase de cometer delitos (pág. 79 ) '\ 
Si yo establezco dos clases universales de de- 
lincuentes , contra los cuales cr es justa y ne- 
«cesada" la pena de muerte , ¿como, pues, 
el acusador dirá que yo disputo á los So* 
beranos la potestad de imponer la pena de 
muerte? Nótese aqui de paso que todos 
los. absurdos y las imputaciones que el acu- 
sador hace nacer contra mí sobre este punto 
provienen de la confusión arbitraria que ha 
hecho de dos nombres, que yo distingo consr 
tantemente, Derecho y Potestad. El derecho 
lo he definido en el principio de mi libro. 
ff £l agregado de todas las porciones de li- 
«bertad, puestas en el depósito público, for- 
mina el derecho de castigar (pág. 7 )". Aho- 
ra , no siendo presumible que ningún hom- 
bre haya puesto en el depósito público aque- 
lla porción de libertad que le es necesaria 
para vivir , no se llamará Derecho la razón 
de castigar de muerte. Pero esta misma ra- 
zón será justa y necesaria contra las dos 
señaladas clases de delitos , y esta se llamar 
rá potestad , y potestad justa y necesaria; 
porque si se encuentra que ia muerte de un 
hombre sea útil ó necesaria al bien público la 
suprema ley de la salud del pueblo da potes- 
tad de condenar á muerte ¿ y esta potestad 
nacerá como la de la guerra , y será cr tina 
«guerra de ia nación contra un ciudadano, 



tío Notas y Observaciones. 

tiporque juzgue útil o necesaria ia destrucción 

iide sa ser (pág. 79)." 

Tan verdad es que yo en mi libro he 
creído justa ia peaa de muerte , cualquiera 
vez que fuere útil y necesaria , como lo he 
dicno expresamente , que para probar no 
conviene imponer la pena de muerte , he pro* 
curado nacer ver no ser útil ni necesaria y y 
asi oigo en el principio : ff Si demostrare no 
«ser la pena de muerte útil pi necesaria ha* 
f>bre vencido la causa en favor de la huma- 
unidad (pág. 79)." 

Si yo he demostrado bien ó mal este 
asunto , no me está bien definirlo. Crea el 
acusador lo que quisiere , respecto á que esto 
no mira ni á la santa fe , ni á los Príncipes, 
sina á un mero razonamiento. He aqui mi 
proposición reducida á un silogismo. 

La pena de muerte no debe imponerse 
si no es útil ó necesaria. 

Es asi que la pena de muerte no es útil 
ni necesaria. 

Luego la pena de muerte no debe im- 
ponerse. 

Aqui, pues, no se trata de los derechos 
del Soberano. El acusador no querrá yá sos- 
tener que la pena de muerte se deba dar 
aunque no sea útil ni necesaria. Una proposi- 
ción tan escandalosa c inhumana no puede 
salir de la boca de un hombre cristiano. Si 
en la menor no he raciocinado bien , esto 






Respuesta 6 las aai 

será un delito de lesa lógica , pero no de ksa 
Magéstad. Son por otra parte mis errores 
compatibles : son del mismo género que los 
que cometieron tantos celosos cristianos en 
los primeros siglos déla Iglesia (i): sonde 
aquellos , que cometían los Monges en el 
tiempo de Teodosio el Grande hacia el fin del 

(i ) Consúltense en estos tiempos los Santos 
Padres , y entre otros Tertuliano 9 que en la 
Apolog. cap. XXXVII. dice asi : Era una de 
las máximas de los cristianos sufrir la muerte 
mas bien que darla d otro. Y en el tratado de 
la Idolatría , cap. 18 y 19 condena todas la» 
clases de cargos públicos , como prohibidas ¿ 
los cristianos , por causa de la necesidad de 
condenar á muerte los reos. Cualquiera com- 
prenderá fácilmente cuanto el horror á las 
sentencias de muerte pasase en aquellos tiem- 
pos los confínes de lo justo : no quiero yo en 
esto conformarme con el parecer de Tertulia- 
no y antes bien he dicho con S. Agustín 9 que 
es mejor en lugar de conducir los reos al su- 
plicio ut álicui utilioperi integra eorum mem» 
ira deserviant. August. epist. CCX. Basta solo> 
que mi acusador vea en esto si el espíritu de 
los primitivos cristianos sea mas en favor de 
mi opinión , que desearía no llegasen las penas 
de los hombres hasta la muerte , y se prove- 
yese á la seguridad pública por otros medios; 
que en favor de la suya , qne procura se de§* 
truyan los hombres absolutamente. 



122 Notas y Observaciones. 
«igio cuarto, de los cuales hablan los Anales 
de Italia al tomo segundo, año 389, donde 
dice asi el Sr. Muratori : que Teodosio hizo 
una ley contra los Monges fura que se estuvie- 
sen en sus conventos , pues habia Llegado á tan- 
to su caridad para con el prójimo 9 que quita- 
ban los reos de las manos de los ministros de 
justicia, porque no querían que alguno muriese. 
Mi caridad no llega á este punto, y conven- 
go voluntariamente en decir que la de los 
Monges en aquellos tiempos fuese indiscreta 
y mal entendida. Una acción violenta contra 
la autoridad pública es siempre culpable. Yo 
no he quitado reo alguno de las manos de la 
justicia ; he escrito que es justo se hagan es- 
tos ejemplares cuando es útil ó necesario t he 
creído que ésto no puede ser útil ni necesario 
sino en ios tiempos turbulentos de una nacionj 
i y se ha de decir por esto que yo disputo á 
ios Soberanos el derecho de imponer la pena de 
muerte ! ¡Y un hombre se debe desconcer- 
tar contra mí , calumniándome , porque he 
dicho que no se deben matar los hombres si- 
no por la necesidad ó utilidad pública ! ;Y 
este hombre me deberá decir por esto que mi 
opinión es errónea ( pág. 105 ) , que soy un 
genio osado (pág. 110 ), que hago racioci- 
nios locos (pág. 112), que soy un impostor 
( pág. 114), que acuso de crueldad la misma 
Providencia Divina ( pág. 1 18 ), que digo ne- 
cedades impertinentes ( pág. 1 '30 ) 9 que causQ 



Respuesta é las 223 

fastidio , -y me equivoco ridiculamente ( pág. 
130), y que finalmente los hombres sabios 
mirarán siempre tales verdades con desprecio, 
y las juzgarán partos de hombres igualmente 
despreciables , como dice que yo me he mani- 
festado ! (pág. 135). 

Antes de finalizar la respuesta de esta 
acusación sexta no debo omitir un argumen- 
to del acusador expuesto en estos términos: 
Si el autor cree á la Sagrada Escritura, debe 
creerla aun cuando le ensena que la pena de 
muerte es justa y necesaria, y que se deben res- 
petar las leyes y los Soberanos (Not. página 

*33 > 

¡Donde, pues, se lee en mi libro esta 

blasfemia , que las penas de murte , decreta- 
das por Dios en su pueblo , no fuesen justas 
ni necesarias ! 

¡ Donde se lee en mi libro que no se deba 
imponer la pena de muerte cuando sea justa 
y necesaria ! 

El acusador tiene casi siempre el don de 
confundir una proposición con otra. Yo he 
dicho, y lo repito, que cuando la pena de 
muerte es útil ó es necesaria, es también jus- 
ta, y debe imponerse. ¿Por qué, pues, se 
fatiga tanto en probarme que la pena de 
muerte puede ser justa y necesaria ? 

Pero el acusador , citándome la Sagrada 

Escritura, me cita un argumento, que no 

• prueba, contra una proposición, "que no "Ha 



2 24 Notas y Observaciones. 
entendido bien. ¡Deberé , pues , repetirle lo 
que está escrito en infinitos libros $ esto es, 
que el gobierno del pueblo hebreo no era mo- 
nárquico , no era aristocrático , no era de* 
mocrático, ni mixto j sino teocrático, esto e$, 
dirigido inmediatamente por la mano de Dios, 
que se hacia visible en los multiplicados pro- 
digios obrados en favor de este pueblo j y 
que los profetas hablaban inmediatamente á 
aquella nación con la voz del mismo Dios. 
Si el leyese la Sagrada Escritura y los bue- 
nos y ortodoxos intérpretes, veria que mu- 
chos hechos de aquel pueblo no podrían jus- 
tificar nuestra imitación. Asi la salida del 
Egipto , asi la entrada en la Tierra de pro- 
misión fueron acompañadas de algunas cir- 
cunstancias justas entonces únicamente , por- 
que fueron mandadas por el Supremo Cria- 
dor y Señor de los hombres y de las cosas, 
que sabe abrirse caminos justos y admirables^ 
pero al mismo tiempo imperscrutables al li- 
mitado conocimiento del hombre mismo. Sen- 
tado esto , deberé aun advertir á mi acusador 
como en virtud de la promulgación del Evan- 
gelio y de la ley de gracia fueron abrogadas, 
no tanto las leyes ceremoniales del antigüe 
testamento , cuando las judiciales , y como 
escribe Tertuliano : Vetus lex ultione gladii se 
vindicabat , nova autem lex clementiam desig- 
nabat. Adversus Jud. cap. III. cosas que 
•en dt muy fácil erudición. Reflexiona de 



Respuesta á las 115 

aquí que la única causa criminal ¿ juzgada 
por Cristo Redentor nuestro , no acabó con 
la lapidación , como estaba escrito en las le- 1 
yes , sino con la clemencia. Examine bien el 
espíritu del Evangelio^ ios actos de los Após* 
toles , los escritos de los primeros cristianos^ 
el espíritu de la Santa Iglesia , que suspende 
del ministerio sagrado á cualquiera que sea 
partícipe en la muerte de un hombre , y vea 
después si su sentencia ó la mia es mas con- 
forme, no diré á las virtudes de la humanidad^ 
de la beneficencia y de la tolerancia de los er- 
rores humanos ( virtudes que el adversario 
encuentra equívocas) (Not pág. 30), sino 
ai espíritu del cristianismo ¿ examinando ios 
principios de ambas. 

Finalmente conviene decii* algo respecto 
al respetar las leyes y los Soberanos , cosa qué 
ensena la Escritura , y fuera de esta lo ense- 
ña el buen sentido y la razón á todo hombre 
de cualquiera Religión. ¿Cual ley hay en el 
mundo que prohiba decir ó escribir que un 
gobierno puede subsistir en paz sin decretar 1 
pena de muerte sobre ningún reo i Esto lo 
dice Diodoro lib. 1. cap. 65 > contando , que 
Sabacon , Rey de Egipto , con una clemencia 
dignísima de alabanza mudó las penas capi- 
tales en la esclavitud , é hizo servir los de ¿ 
lincuentes a las obras públicas con suceso fe- 
licísimo. Esto lo dice Estrabon lib. XI. de 
ciertos pueblos vecinos al Caucaso por estas 

15 



22 6 Notas y Observaciones. 
palabras : Nemini mortem irrigasse cuamvis 
p essima inerito. Esto lo dicen las historias 
Romanas después de la ley Porcia , donde se 
estableció , no pudiese quitarse la vida á un 
ciudadano romano sino por sentencia de todo 
el pueblo. Ley de quien habla Livio en el lib. 
X. cap. XI. Ésto por último lo dice el ejem- 
plo de veinte años de reino continuo en nues- 
tros dias en el mas vasto imperio del mun- 
do en la Moscovia , donde subiendo al trono 
la Princesa que murió últimamente , juró no 
quitar la vida á ningún reo > y mantuvo el 
juramento , sin que la justicia criminal haya 
perdido su curso , ó se haya visto empeorar 
la tranquilidad pública. Si estos hechos sub- 
sisten , se sigue como demostración que cual- 
quiera gobierno puede subsistir sin decretar 
pena de muerte contra ningún reo. ¡Y por 
haber escrito un hecho público creerá el ad- 
versario que se ofendan las leyes ó los Sobe* 
ranos ! Las leyes , los Soberanos y los hom- 
bres no se ofenden sino con dichos falsos y 
calumniosos. 

¿ Será acaso prohibido á un ciudadano en 
tanto que obedece las leyes presentes, hacer 
votos y escribir para que se formen mas 
adaptadas , mas claras y mas suaves ? ¿ Será 
acaso delito raciocinar sobre los inconvenien- 
tes universales de todas las naciones para 
que se reformen? ¿ Ha sido acaso mirado co- 
mo un trastornador del público reposo , ó un 



Respuesta á las 227 

ultrajador de las leyes de los Soberanos y ue 
la Iglesia el benemérito é ilustre señor Mar- 
ques Cipion Maffei , cuando combatiendo las 
ideas de la magia se podia decir por el , que 
trataba de crueles tiranos todos los Principes y 
iodos los Soberanos del siglo 7 y los sabios de 
la Iglesia , porque condenaban á muerte ( en- 
tonces se dirian los mágicos y los hechiceros) 
los malvados (Not pág. 133), como el acu- 
sador pretende imputarme í ¿ Cree él que 
haya ó puede haber en Europa algún gobier- 
no satisfecho en tanto grado de su perieccion 
que el sugerirle una mutación deba ofenüerlo? 
Yo aseguro á mi acusador- que todos los go- 
biernos de Europa, y todos los Príncipes que 
presiden en sus estados aceptan ó excluyen ios 
libros según les parece conveniente : que oyen 
é rehusan las proposiciones universales á pro- 
porción que acomodan ó no á su nación ¿ y 
que no creen ultrajado su respeto por quien 
expone sus opiniones , buenas ó malas 9 ge- 
neralmente sia designio o intención de des- 
agradar á alguno, injuriam mihi faciet, si quis 
me ad ullas nostri saecuñ controversias , aut 
natas , aut quae nasciturae praevideri possunt 
respexisse arbitratur. Veré entm profiteor sicut 
mathematici figuras á corporibus semoias con* 
siderant , ita me in jure tractando ab omni stn- 
gulari facto abduxisse animam* Grot. jde jur$ 
Belli , to* Pacis in Prolcgom. 



528 Notas y Observaciones. 

Acusación séptima. 

El autor del libro de los Delitos y de la& 
Penas no ha escrito por amor de la humanidad 
sino solo por desfogar su cólera contra la co- 
mu/a manera de juzgar ( Not. pág. 1 42 ). 

Respuesta. 

En este piadoso juicio que el acusador ha* 
ce de los movimientos interiores de mi ánimo, 
no tiene mejor fortuna de la que ha tenido en 
los juicios de mi libro. En el mismo principio 
de la obra se lee asi : ^Dichoso yo si pudie- 
re obtener las gracias secretas de los retira- 
dos pacíficos secuaces de la razón j y si pu- 
diese inspirar aquella dulce conmoción con 
«que las almas sensibles responden á quien 
«sostiene los intereses de la humanidad (pág. 
*>4). n Y mas adelante: cr si sosteniendo los 
^derechos de los hombres y de la verdad in- 
vencible, contribuyese á entrambas, arran-r 
«cando de los dolores y angustias de la muer- 
arte alguna infeliz víctima de la tiranía ó de 
«la ignorancia , igualmente fatal ¿ las ben- 
adiciones y iágrimas aun de un solo inocen- 
te en los extremos de la alegría , me conso- 
alarían del desprecio de los hombres ( pág. 
"32 y 33 ).'" Asi como estos rasgos son na- 
cidos de mi corazón , asi mé prometo que 



Respuesta a las 229 

todo lector juicioso y sensible conocerá si yo 
Haya escrito no por amor de la verdad > sino 
por desfogar mi cólera contra el tnodo cctmuit. 
de juzgar. 

Conclusión* 

El libro , pues , de los Delitos y de las 
Penas se presenta como reo de las imputa- 
ciones siguientes. De no conocer la justicia 
Divina. De no creer á las Sagradas Escri- 
turas. De ser enemigo del cristianismo. De. 
haber afirmado incompatible la Religión con 
el buen gobierno. De haber llamado las ver- 
dades de la Fe simples opiniones humanas.' 
De haber mirado la Religión como una sim- 
ple máxima de política. De haber llamada 
odioso el imperio de la Religión. De ser un 
enemigo del Altísimo. De haber acusado el' 
Evangelio de estragos horribles. Be haber 
blasfemado contra los ministros de la verdad' 
Evangélica. De haber procurado destruir to- 
dos los remordimientos de conciencia y todas- 
las obligaciones aun de naturaleza. De haber 
satirizado los sabios de la Iglesia católica. 
De haber calumniado los prelados eclesiásti- 
cos. Dq haber negado que la heregía sea un 
delito d$ lesa Magestad Divina. De haber 
dicho que los hereges condenados por la Igle- 
sia son victimas de una palabra. De haber ne- 
gado que el pecado sea una ofensa infinkamen- 
t?e grande cometida contra Dios. De haber es- 



t$o Notas y Observaciones. 
crito con sacrilega impostura contra lalnqui- 
eicion. De haber pintado Jos religiosos con 
colores infernales. De haber tratado de crue- 
les tiranos todos los Príncipes y todos los So- 
beranos del siglo 9 y de haberse desenvuelto 
de un modo furioso contra ellos. De estar, 
en suma , lleno de impías blasfemias , y de 
contener , para decirlo en breve , todos los 
errores mas enormes y mas sediciosos , blasfe- 
mados hasta aqui contra la Soberanía, y con- 
tra la Religión cristiana por todos los mas 
impíos hereges y por todos los ir religionarios 
antiguos y modernos j y todo esto lo ha en- 
contrado el adversario en mi libro, y lo co- 
munica al público por amor á la verdad 
(Not. pág .última.) 

Una sola de estas iniquidades bastaría 
para deshonrar el autor que la sostuviese , ó 
el acusador que falsamente la hubiese impu- 
tado. Todo lector racional que haya visto el 
escrito del adversario, podrá conocer sufi- 
cientemente como haya probado sus theses. 
Algunos extrañarán que yo haya pensado en 
responder á un acusador de tal naturaleza; 
pero no deberá causarles novedad si reflexio- 
nan la importancia de los asuntos que se tra- 
tan. Es un homenage público que todo escri- 
tor cristiano debe á su santa Religión: ó de- 
fenderse cuando se le atribuya culpa injusta- 
mente $ ó retractarse , cuando se haya desu- 
sado en error de tal especie. Una de las 



Respuesta á las 231 

accioues mas ilustres de la vida de Monseñor 
Fenelon fue cuando noticioso de la desapro- 
bación que el Sumo Pontífice babia publica- 
do contra mía proposición escrita por él , su- 
bió aquel honrado y piadoso prelado al pul- 
pito , y se retractó con noble y activa virtud 
á la vista de todo el pueblo , dando gloria á 
las verdades de la Fe. Yo hubiera tenido va- 
lor de imitar, á lo menos escribiendo, un 
ejemplo tan ilustre , cuando se me hubiese 
deslizado una sola de las impiedades que se 
me atribuyen \ y en vez, de respuesta hubiera 
hecho ver al público la retractación de mi 
error , gloriánclome , segqn debo , de mos.- 
trarme , con un acto solemne , hijo obe- 
diente de la Iglesia de Dios , y reverente 
conocedor de aquella distancia que media 
entre los Soberanos y un paticular. 

Pero en el escrito de mi adversario ( á 
que yo siempre he querido llamar libro) y en 
las imputaciones que en él se leen ( á que yo 
siempre he querido dar el nombre de Acusa- 
dones ) , no he encontrado ni una sola fun- 
dada aun sobre aparencia de verdad. De que 
proviene , que en lugar de sentir alguno de 
aquellos desagradables remordimientos , con 
que el acusador me discurre inquieto (No- 
ta pág, 6. ) , deseo de corazón que la recti- 
tud de su intención haya sido tanta ? que 
consiga mantenerle la conciencia en paz. Las 
acusaciones intentadas contra mí por el ad- 



a 3 1 Notas y Observaciones. 
versario , no delante de un juez , ni delante 
de un tribunal , sino á la vista de todos los 
jueces y de todos los tribunales de Italia no 
son sojo un asunto de literatura. Si estas acu^ 
paciones se hubiesen probado , yo seria el 
hombre mas detestable del mundo : si no se 
han probado, yo le perdono, pidiéndole so- 
lo se abstenga en adelante de dar su dicta- 
men sobre otros escritores de nuestra Italia; 
pero en el caso que esto no pueda conseguir- 
se , que ponga á |q menos en el frontispicio 
de las acusaciones que. hiciere á otros autores 
la advertencia de ser & mismo que escribió 
las Notas y Observaciones sobre el libro in~ 
titulado de los Delitos y cjk {#$ Y$na,u 



F I % 



JUICIO 

PE ÜN CÉLEBRE PROFESOR 

SOBRE EL 1IBRO 

£>£ LOS DELITOS 



DE LAS PENAS. 



E 



fl gran Galileo fue de parecer que los 
asuntos inórales eran capaces de demostra- 
ción, del mismo modo que los geométricos. 
El agudísimo Locke sostiene el mismo dicta- 
men , y repite las pruebas de sus primeros y 
simplísimos principios. Las obras morales y 
políticas de Hobbes , autor mucho mas co- 
nocido de lo que merece , están vestidas con 
el uniforme de las matemáticas , sin tener 
su espíritu : y este libro anónimo de los De- 
litos y de las Penas tiene el espíritu geomé- 
trico , sin tener su librea. No puede negarse 



2 34 Juicio sobre el libro 

al autor el talento analítico aplicado á dis- 
cernir y declarar aun las mas complicadas 
relaciones de conveniencia y de discrepan- 
cia : de conexión y de oposición entre fines 
y fines, entre medios y medios, y entre fines 
y medios que se han querido ó no se han 
querido , y que deberían quererse ó no que- 
rerse en las Constituciones políticas de las 
sociedades humanas ; máquinas complicadí- 
simas , de quien la mas bella, esto es ^ lamas 
feliz , será siempre mirada como un maravi- 
lloso esfuerzo de la mas profunda y consuma- 
da sabiduría en las cosas divinas y humanas. 
El estilo de este autor es lacónico, camina 
mas de 1q que parece, significa mas de lo 
que suena , y tal vez no significa aquello que 
suena. No es , pues , para todos los lectores; 
y quien no tuviese la advertencia de con- 
frontar parte con parte , y de interpretar las 
dicciones oscuras y equívocas con las claras 
y exactas de que se sirve en varios lugares 
(conforme á los cánones críticos para los es- 
tilos de esta especie), se desviaría impruden- 
temente del sentido y dictámenes de nuestra 
Anónimo, 

En verdad , aunque su modo de pensar 
en las materias políticas y morales sea ente- 
ramente opuesto al modo de pensar del Hob- 
bes , ha sido sin embargo reputado de algu- 
nos como un Hobbesiano. He aqui las razo- 
nes en que lo fundan. 



de los Delitos y las Venas 235 
Dice ei Anónimo que el estado de natu- 
raleza es el estado de guerra , y que cada, 
uno en el estado de naturaleza es despótico: 
luego según nuestro autor , en el estado de 
naturaleza se puede hacer á cualesquiera toda 
suerte de males sin causarle agravio , y sin 
admitir en sí por ello la mas pequeña injus- 
ticia. No hay otra regla de las acciones en 
él sino el despotismo absoluto de la voluntad; 
y la potencia moral de cada uno , sin los 

{>aetos sociales , no tiene otros límites que 
os del poder físico. Afirma demás de esto, 
que el jus , ó el derecho no es otra cosa que 
la fuerza dirigida á la utilidad de los mas: 
que la justicia, no es alguna cosa real, sino 
un modo de concebir de los hombres , venta* 
joso á cada uno : que no hay delito donde 
no hay violación de pacto : que las nociones 
de vicio y de virtud son oscurísimas, y que 
varían de tiempo y de lugar ; y otras ex- 
presiones semejantes. Luego en dictamen del 
autor no hay disposición de corazón , no hay 
manera de obrar , que considerada en sí 
misma , respecto á los otros , tenga el ca- 
rácter de viciosa ó de virtuosa , de justa ó 
de injusta : las ideas de vicio y de virtud son 
ideas de quita y pon : son modas j ó cuando 
mas artificios políticos , edificados sabia ó 
neciamente á proporción de las diversas mi- 
ras , circunstancias y habilidad de varics le- 
gisladores y conductores de pueblos., Ahora, 



2 $6 Juicio sobre el libró 

si esto es asi ( concluyen ellos ) , j cual es la 

diferencia entre el Anónimo y el Hobbes ? 

Grandísima por cualquier lado , con desa- 
precio de las razones alegadas arriba , y de 
donde creen poder deducir otras tantas con- 
secuencias Hobbesianas. 

El carácter del Hobbes es de un misan- 
tropo cruelísimo : el carácter de nuestro Anó- 
nimo es de un humanísimo filántropo. En el 
estado de naturaleza , según Hobbes , im 
hombre que se divierta en despedazar los tier- 
nos miembros de un inocente jovenzuelo , co- 
yos gritos no encuentren la piedad que soli- 
citan : un cruel asesino de su magnífico y ge- 
neroso libertador , que á riesgo propio y evi- 
dente , y con daño de su persona lo libertó 
de las garras de una bestia feroz; es un hom- 
bre sin tacha , porque no había prometido 
cosa en contrario ni al tierno infante ni á su 
generoso libertador. En el estado de natura- 
leza de nuestro Anónimo la guerra no es jus-. 
ta, si no es necesaria, ni puede hacerse otro 
daño mas con las armas en la mano que el 
indispensable , y nada mas. El Leviatán del 
Hobbes es el despotismo en el mayor grado; 
y en el sistema de nuestro amor la suma po- 
testad csíí señalada y limitada por la ley su- 
prema del bien público $ y es ilícita al des- 
pótico la violación de esta misma ley , que 
hacen gloria de adoctar y respetar los Mo- 
narcas de nuestros dias , conformando en to¡? 



de los Delitos y las Penas. 137 
do con ella sus acciones soberanas. El Levia- 
tán del Hobbes es la norma, el juicio, la me- 
dida de lo justo y de lo injusto, del vicio y 
de la virtud : lo que permite es honesto por- 
que lo permite: lo que prohibe es culpa, por- 
que lo prohibe $ y lo que manda no solo es 
lícito, sino es obligación en todos los subdi- 
tos , porque lo manda. Prescindiendo de los 
pactos y de las voluntades arbitrarias del Le- 
viatán , las acciones humanas no tienen ta- 
cha moral, ni moral bondad. En nuestro 
Anónimo las mismas penas convenidas en los 
pactos sociales , ordenadas por la autoridad 
pública , no dejan de ser injustas , ilícitas y 
vituperables , -si no son proporcionadas á los 
delitos j y las leyes inútiles , erróneas y da- 
ñosas , aunque determinadas por la suma po- 
testad política y practicadas de la nación , no 
pierden el título de malas , de crueles y de 
ilegítimas. Llama nuestro autor en muchos lu- 
gares bellas , sublimes y divinas virtudes, no 
solo á la inocencia , sino á la humanidad , á 
la clemencia , á la beneficencia , calificando 
por consecuencia necesaria todo afecto con- 
trario y toda contraria conducta con títulos 
diametralmente opuestos. Conoce ademas vir- 
tud y vicio , independiente de todo hecho , y 
de toda ley de los que mandan $ y no solo 
conoce la real esencia de las virtudes y de 
los vicios , sino que venera y ama las pri- 
meras > y execra y detesta los segundos ; de 



238 Juicio sobre el libro 

manera que de todo el contesto de su obra 
salta, como suele decirse, á los ojos de cual* 
quier iector imparcial y juicioso una perpetua 
y diametral oposición entre el modo de pen- 
sar del Hobbes y ios dictámenes de nuestro 
Anónimo. 

Las reflexiones, pues, de los enemigos 
de nuestro autor y de los Jectores incompe- 
tentes para transformarlo en un Hobbesiano 
se resuelven en meros equívocos , ó en so- 
fismas que sugiere la impericia de las cosas 
ó el inmoderado prurito de censurar. Es ver- 
dad que llama el Anónimo al estado de natu- 
raleza estado de guerra; pero lo compara ex- 
presamente con el estado actual de las nació* 
nes independientes una de otra; lo cual no 
quiere decir que se aborrezcan recíproca- 
mente, que se nieguen los ohcios de humani- 
dad, de corespondencia , de mutuo comercio, 
de buena vecindad , y mucno menos que sea 
cosa honesta y lícita la violación de los ohcios 
señalados. Quiere decir únicamente , que asi 
como entre las potencias Europeas indepen- 
dientes no se pueden evacuar sus quejas ó 
desavenencias sino con Ja guerra , y es justa 
la que se hace después de provocada , si el 
que agravia no quiere entender la razón , en 
falta de una autoridad superior decisiva; asi 
en el estado de naturaleza todo hombre tiene 
derecho de hacerse justicia por la via del he- 
cho ; porque del mismo modo en el estado de 



de los Delitos y las Penas. ^39 
naturaleza falta la autoridad superior , deci- 
siva del derecho ó del agravio, y una protec- 
ción pública y suficiente contra los atentados 
de los invasores particulares. En este sentido 
llama nuestro autor á todo individuo en el 
estado de naturaleza independiente y despóti- 
co; pero no libre y esento de toda obligación 
moral, y de toda regla de conducta respecto 
de los otros , puesto que en el sistema de 
nuestro autor á la misma potestad suma no le 
es lícito todo , ni á toda nación , respecto 
de las otras ; porque establece y circunscribe 
dentro de confines estrechísimos el jus de ha- 
cer mal á otro con las armas en la mano en 
la|guerra mas justa. Igualmente cuando dice 
que la justicia humana de que trata no es al- 
guna cosa real y no quiere decir por esto que 
no es alguna cosa verdadera sino que no es 
un sugeto existente fuera de nosotros , como 
la diosa Themis de los paganos y de los poe- 
tas^ ú otra semejante fantasma. La llama una 
simple manera de concebir de los hombres: 
manera que influye infinitamente en la feli- 
cidad de cada uno , queriendo significar con 
estos términos , que la justicia es aquel dic- 
tamen que tienen ios hombres racionales de 
aversión , de reprobación y execración con- 
tra ciertas acciones y afecciones determina- 
das j y de aprobación , de estimación y be- 
nevolencia para con otras acciones y afec- 
ciones del ánimo, opuestas directamente í 



240 Juicio sobre el libro 

las primeras j cuyo dictamen de aversión y 
detestación por una parte, de aprobación? de 
alabanza y benevolencia por la otra , se ha- 
lla inspirado en todo ánimo que no esté cor- 
rompido , ó por la naturaleza , ó por el ca-> 
rácter de aquellas acciones ó afecciones dis- 
crepantes de que hablamos j entre las cuales 
y aquellos dictámenes hay tanta conexión 
cuanta entre la causa y el efecto , entre un 
antecedente y una consecuencia , con inde- 
pendencia de todo instituto' humano, y de 
cualquier político artificio. ¿ Y quien no ve 
que aquellos dictámenes de reprobación y de 
aprobación , de execración y de benevolen- 
cia , respecto de aquellas acciones ó afeccio- 
nes , que son sus causas excitadoras , influ- 
yen infinitamente , como reflexiona nuestro 
autor , en la felicidad de cada uno? ¿Y que 
otra cosa son aquellos dictámenes nuestros 
y aquellas nuestros juicios , veracísimos por 
otra parte , y rectísimos por sí mismos , sino 
maneras de concebir, como lo son todos nues- 
tros juicios y todos nuestros dictámenes de 
cualquier género? No es, pues, necesario en- 
venenar la frase usada de nuestro autor, don- 
de habla de la justicia humana. Del mismo mo- 
do seria hacerle un grande agravio, querien- 
do interpretarle lo que dice de los vicios y de 
las virtudes, que admiten mudanzas y nombres 
según los diferentes climas y los diversos tiem- 
pos , como sí no reconociese algún vicio ó al- 



de los Delitos y las Penas* 241 
guna virtud, quesea tal por sí misma en cual- 
quier tiempo, en cualquier pais, y entre todos 
los seres inteligibles del universo. Nuestro au- 
tor conoce tales virtudes, las nombra , reco- 
mienda muchas, y detesta todos los vicios con- 
trarios j pero hay en el mundo ideas falsas y 
confusas de virtud, virtudes de opinión, vicios 
imaginarios mal definidos y peor entendidos; y 
estas tales virtudes ó vicios están sujetas á 
mil mudanzas: ahora viven y mandan: ahora 
son el objeto del desprecio común , á medida 
de las luces que iluminan á los hombres. No 
podían honestamente las damas griegas reci- 
bir cu su gabinete sino los parientes mas in- 
mediatos , y podían sin desdoro representar 
sobre los teatros , y representar pagadas. 
Eran lícitas en Atenas las bodas entre herma- 
no y hermana , detestadas en otras partes. 
El desencogimiento y la urbanidad, tan esti- 
madas en Roma , hicieron entre los Partos 
despreciable á Venon su conciudadano , edu- 
cado en Roma con todos los primores de 
aquella nación. Los zelos son virtud "y punto 
de honor entre algunas naciones 5 y al juicio 
de otras muchas son un objeto de burla , y 
obtienen solo un acto de compasión. La 
avaricia es en cualquiera ciudad de comercio 
una economía laudable: es templanza, es so- 
briedad j y las inconsideradas profusiones en 
algunas poderosas metrópolis se honran con 
el nombre de generosas magnificencias. Era 

16 



242 Juicio sobre el libro 

virtud en los primeros siglos del imperio Ro- 
mano una bárbara carnicería de los inocentí- 
simos cristianos , los mejores de todos ios 
ciudadanos , los mejores de todos los subdi- 
tos; y fue por alguu tiempo creído como vir- 
tud entre los cristianos despedazar y extin- 
guir á los Hebreos. El celo veraz y elocuen- 
te de S. Bernardo iluminó y corrí gió la falsa 
bondad de aquellos homicidios fanáticos. Son 
infinitos los ejemplos de esta clase j y esios 
ejemplos mudan nombre y patria con ei trans* 
curso de los tiempos y con la vicisitud de &$ 
cosas humanas. Estas son aquellas virtudes y 
aquellos vicios , que ha tenido présenles el 
autor, cuando dice, que comunmente son os- 
curísimas las nociones de vicio y de honor; 
sin que por esto haga ei menor agravio á la 
esencia inmutable de la virtud y del vicio, 
y á sus característas c invariables diferen- 
cias. 

Finalmente , cuando el Anónimo dice que 
no hay delito donde no hay violación del 
pacto social, donde no hay daño causado o 
injuria hecha , ni á ia cabeza de la sociedad 
civil, ni al cuerpo entero, ni á sus miembros 
es evidente que habla solo de los delitos po- 
líticos en cuanto tales j ó en otros términos, 
destina en su libro aquella palabra delito á 
significar todas las acciones, contrayéndola 
solo á las que hicieren , ó el cuerpo entero 
de la sociedad , ó su representador , ó los 



de los Delitos y las Penas. 243 

individuos que lo componen j pero no por 
esto mira, como lícitas , honestas , no vitupe- 
rables y no detestables todas las acciones 
que no ofenden el estado y los propios con- 
ciudadanos. £1 asesinato de un exirangero 
inocente , la buena fe pérfidamente quebran- 
tada á un forastero , la ingratitud para coo 
un viagerd benéfico , no son lesiones de los 
pactos sociales , y en este sentido no son de- 
litos políticos j pero lo son en un otro : son 
iniquidades , son bellaquerías , son maldades. 
Nuestro autor las reconoce por tales , puesto 
que recomienda, honra y ama tanto, como 
arriba hemos notado , todas las virtudes ver- 
daderas j y aborrece en tanto grado todos 
los vicios contrarios , que declara ilícito é 
injusto , aun en tiempo de guerra , todo da- 
ño que se haga al enemigo , fuera del pre- 
ciso é indispensable para ocurrir á la nece- 
sidad. 

No soy yo, pues, quien justifica nuestro 
Anónimo de las negras tachas de discípulo 
del antiguo Anasarco y del moderno Hobbes, 
peor que él. Justificase el autor á sí mismo, 
sin que yo haga mas que manifestarlo , de- 
mostrando que el verdadero intérprete de los 
libros es el contesto , y que los comentarios 
de los lugares oscuros y equívocos son los 
lugares claros y precisos del autor de que 
se trate. 

Querría desde luego entrar en el pormenor 



¿44 Juicio sobre el libro Jíc* 
de todos los párrafos de nuestro Anónimo* 
Los juicios , si no se hacen asi , no son ade- 
cuados j pero son muy estrechos los límites 
que se me han señalado para poder extender- 
me á mi voluntad en lo que me parecía nece- 
sario para justa alabanza del autor y del li- 
bro. Diré , pues , solamente cuánto debe de- 
searse que se resuelva á escribir de los Pre- 
mios y del verdadero mérito : del modo de 
juzgarlo: de los medios políticos de hacerlo 
nacer; y del método infalible de reconocerlo 
con desprecio de las tramas y del favor. Aca- 
so algún dia publicaré una Novela mia políti- 
ca , un viage al reino de Solía , parte de las 
tierras Australes incógnitas , donde retrato a- 
quel sistema civil , que creo el mas feliz y el 
mas perfecto , de mas difícil conquista para 
los extraños, y de menos fácil corrupción (por 
no llamarlo imposible) para los naturales. Es- 
to es solo un sueño de un hombre honesto; pe- 
ro no de aquellos del excelente Abad de Saint 
Pierre. Un héroe coronado podría hacerlo reaji 
y verdadero solo con que quisiese. 



FIN DE LA OBRA. 

.37 í 



, / 



**4 




\ 





H ' I 



{ 



¿0X¿rai:*0H30 

okv y 




qiiy. wj¡mú:> otara w 90^ 



--v*- 



( . : 



» <s# 



^rs¿*