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SA 19/S. / 








■i^aríiacíj CcUrgf librare 














1 




1 








« 
■ 



UNA CAMPANA 

PARLAMENTARIA 



Colección de proposiciones presentadas y discursos 
pronunciados en las C<}rtes espaCoIfts de 1872-73 



IK DIPUTACIÓN RADICAL 



PUERTO-RICO 




m- 



^/^ 



lA CMIA PARUilIARIi 



COLECCIÓN 

de proposiciones presentadas y discursos pronun» 
ciados en las Cortes españolas de 1872-73 



POR 



U DIPUTACIÓN RADICAL 



DE 



PUERTO-RICO 



MADRID 

IMPRENTA DE M. O. HERNÁNDEZ 

San Miguel-, *23 

1813 



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SA í B I T, ) 



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MAY i O IÑlñ 



AL LECTOR. 



Difícilmente registrará la historia parlamenta- 
ria de España un período más laborioso, más gra- 
ve, más dramático y de consecuencias más tras- 
cendentales que el período abierto hace apenas 
ocho meses— -el 15 de Setiembre de 1872 — con la 
inauguración de las terceras Cortes ordinarias del 
reinado de D. Amadeo de Saboya, y cerrado há 
pocas semanas con la memorable noche del 22 de 
Marzo de 1873, en que suspendió sus sesiones la 
Asamblea Nacional. 

Objeto aun en estos instantes de los juicios más 
opuestos y á la vez más apasionados, la posteridad 
habrá de estimarle en toda la importancia que im- 
plícitamente le reconocen el mismo calor y la exa- 
geración misma con que ahora propios y extraños 
lo consideran y critican. 

Porque en realidad de verdad, si el período 
parlamentario á que nos referimos ha sido traba- 
joso, ¡quién podrá negarle con justicia el califica- 
do de fecundo! 

¡Fecundo en desastres! — dirán los unos; ¡fe- 



6 

cundo en grandeza! — contestarán los otros; fecun- 
do en movimientos , en sentidos , en evoluciones 
y traaformaciones de la sociedad política españo- 
la, — ^reconocerán todos. 

La República democrática; la Reforma colonial: 
hé aquí las dos fórmulas con que se han despedi- 
do aquellas Cortes ordinarias que saludó el rey 
D. Amadeo casi al cumplir el segundo año de su 
reinado, con estas elocuentes palabras: 

«Lleno del más profundo amor por esta segun- 
da patria mia, que al levantarme á la más alta de 
las dignidades me puso en la más grande de las 
obligaciones, pido á Dios que la otorgue en el año 
que empieza el reposo y el bienestar que merece; 
confio, como el Congreso de los Diputados, en que 
serán vanas en adelante, como hasta aquí por for- 
tuna lo han sido , las maquinaciones que se diri- 
jan contra la libertad y el progreso; y sincera y 
ardientemente deseo que llegue el dia en que de- 
puesta la ira de las pasiones, se persuadan todos 
de que no hay ninguna opinión ni interés alguno 
que no pueda vivir á la sombra de un trono fun- 
dado en la voluntad nacional, identificado cada 
dia más con el pueblo, y cada vez más firme en el 
propósito de buscar en la pública opinión su con- 
sejo, y de quitar por el ejercicio de la libertad 
todo estímulo á la sinrazón y todo pretesto á la 
violencia.» (1) 



(1) Contestación al Presidente del Congreso en la recepción 
régfia de 1.* de Enero de 1873. 



¿Puede imaginarse nada más contrario á la tra- 
dicion española de estos últimos años, que lo úl- 
timamente sucedido y proclamado? ^ 

¿Puede sospecharse nada más en relación con el 
mentido del movimiento de la civilización contem- 
poránea y con las ideas hoy triunfantes en los 
pueblos que marchan á la cabeza de la sociedad 
política moderna? 

¿Puede pensarse nada más adecuado para tras- 
formar todo el orden moral, político y social de 
nuestra patria, la economía y el carácter de nues- 
tros partidos y la tendencia de nuestros empeños? 

Sin duda que el mero hecho de la caida de la 
monarquía y de la aceptación por la Asamblea 
Nacional de la renuncia de D. Amadeo no es 
bastante para que pueda decirse que la República 
está hecha. ' 

Tampoco la abolición de la esclavitud en Puer- 
to-Rico es suficiente para que se pueda asegurar 
que está realizada la Reforma colonial. 

Pero lo verificado hasta el dia , los decretos 
lanzados, las proclamaciones hechas y las circuns- 
tancias en que ha sucedido todo esto, son tales 
que no es dado ya á hombre ni á partido alguno 
detener la corriente de las cosas, ni evitar su 
legítimo y natural desarrollo, que en sí no es más 
que el desenvolvimiento de los principios de la re- 
volución de Setiembre, ni sofocada, ni contenida 
desde 1868. 

La reforma colonial venia siendo en España, 



8 

desde hace cinco años, el terreno elegido por el 
genio de la revolución moderna para dar al pasa- 
do la batalla definitiva. 

En vano los revolucionarios y los reformistas 
hablan proclamado y escrito en la Constitución 
de 1869 el dogma de los derechos naPwrales del 
hombre. En tanto, la tradición, el interés, la ig- 
norancia y las preocupaciones sostenían allende 
los mares la negación más perfecta de este dog- 
ma, y lo sostenían con las armas de España, j 
lo amparaban con la bandera de nuestra noble 
patria. 

En Puerto-Rico, la dictadura militar: en Cuba, 
la esclavitud: en Filipinas, la teocracia. Hé aquí 
lo que subsistía en el territorio de España el año 
de gracia de 1872. 

Y siendo esto así, ¿qué valor podia tener el tí- 
tulo I de la Constitución, cuya condicionalidad, 
y por tanto cuya falta de fundamento democráti- 
co, estaban claramente reconocidos en el mero he- 
cho de tolerar tales disparates y tales abominacio- 
nes al otro lado del Océano? 

Y dadas las relaciones de los países ultramari- 
nos con la Península, dadas las influencias que de 
aUá vienen, dados los elementos de gobierno y las 
fuerzas políticas que allá se forman y se ensa- 
yan, y que, singularmente desde principios de 
este siglo, entrañen el juego de la vida política de 
la Metrópoli, ¿era posible dudar que la contradi-^ 
cion de los revolucionarios de Setiembre habia de 



• 9 

producir en brevísimo plazo la ruina del orden de 
cosas creado en Cádiz y afirmado en Alcolea? 

Por eso desde el momento en que el Gobierno 
radical declaró en Noviembre del año último su 
propósito de abordar la cuestión de las reformas 
de Puerto-Rico, se agitó toda la Península; y así 
que planteó el problema de la abolición, se desen- 
cadenaron los vientos. 

Puerto-Rico valia aquí poco: era un- pretesto^ 
Sobre él se ventilaba toda la cuestión colonial. Y 
con la cuestión colonial, la suerte de la libertad 
en España. 

La República tenia que ser el término de esta 
gran contienda. Error grave fué pensar que una 
institución tradicional pudiera capitanear las 
huestes revolucionarias contra los elementos todos 
de la tradición. 

Y, sin embargo, en esta batalla fué coinprome^ 
tido el rey Amadeo; y á ella acudió — es preciso 
reconocerlo — como leal, como valiente, coma 
bueno. 

La monarquía democrática habia firmado la re- 
forma del clero, habia mirado desdeñosamente á 
la caduca nobleza, habia suscrito la disolución del 
cuerpo de artillería, habia convenido en la aboli- 
ción de las quintas, se habia entusiasmado con la 
emancipación de los negros y las reformas ultra- 
marinas y habia dejado vivir la libertad absoluta 
de la palabra y el sufragio universal. 

Esdeciv, habia atacado de frente todo lo que 



\ 



10 

ora pas;ido> tradición ^ pre^stigio, apáralo, preocu- 
l>acion. anti-revolutñonario y anti-democrático. 
Para todo esto no hubo reparo ni desperdicio. 

Y había consentido el desarrollo avasallador de 

« 

los dos grandes elementos de la revolución mo- 
derna. 

La monarquía era en Enero de 1873 literal- 
mente imposible. Y por segunda vez la corona 
do cien reyes rodó por la tierra clásica de la mo- 
nai^ula y de la tradición, sin que nadie profiriese 
un grito, sin que nadie mostrase la menor estra- 
ñeza, sin que nadie osase poner el pié para dete- 
ner las vueltas de la insignia regia. 

No es el momento actual el más apropiado 
pai'a hacer la historia de estos últimos tres meses» 
y monos aún del 'último período parlamentario: 
do suerte que aun cuando nuestras fuerzas llega- 
ran á tanto, no intentaríamos semejante empresa. 

Si do este asuato aquí nos ocupamos, es pura y 
simplemente para llamar la atención del público 
c»u general, pero muy especialmente de nuestros 
amigos de las colonias y de toda la América lati- 
na sobro la actitud que en este grave período ha 
mantenido y el papel que en todo este interesan- 
tísimo drama ha desempeñado un pequeño grupo 
do hombres, á cuya entereza, cuya perseverancia 
y cuya disciplina (prescindiendo de todo otro gé- 
nei»o de dotes) han hecho plena justicia sus más 
encarnizados adversarios. 

Hace dos años un publicista distinguido, ha- 



11 

blando de la diputación de Puerto-Rico (única* co- 
lonia á Ja cnal las Cortes habian reconocido el de- 
recho de enviar representantes al seno del Parla- 
mento español) encarecía la dificultad de su em- 
peño y la grandeza del compromiso que contraían 
los candidatos á la diputación referida. «No vie- 
nen — decia— yá ser en Madrid unos meros repre- 
sentantes df^ su provincia; no pueden, no deben 
limitar sus fuerzas á un interés puramente local. 
Ellos son moralmente los representantes de todo 
el imperio rolonial de España; y no olvidarán, 
de seguro, que en su hermosa y pacífica isla se 
ventilan les problemas de la grande Antilla y se 
prejuzga la suerte del archipiélago Filipino.» 

Éstas palabras, de una exactitud incontestable, 
bastariíi u para apreciar la responsabilidad tremen- 
da que are|)taba ese puñado de hombres, que en 
la última legislatura constituían la diputación 
piierto-iiqueña, desde el momento en que no se li- 
mitaron w ver cómo se deslizaban los sucesos, sí 
que resolviei on tomar una parte activa en ellos y 
determinarlos hasta cierto punto. 

Por orro lado, no es fácil que, lejos de la vida 
política madrileña, se comprenda la dificultad de 
la empresa de recabar reformas para las colonias. 

Desconói^ese aquí la situación de nuestros paises 
trasatlánticos; á primera vista, importan poco los 
problemas que allí son capitales, y que, después de 
todo, aunque otra cosa parezca, trascienden á la 
Península. Ks considerable, por su número y sus 



i 



12 

recursos, el grupo que en la Metrópoli ha venido 
defendiendo con gran perseverancia el statu quo 
colonial; la guerra de Cuba ha producido grandes 
desconfianzas, no pocas dudas y escesivas preocu- 
paciones; y, en fin, la gravedad de las cuestiones de 
nuestra política interior, no ha permitido, ni aun 
hoy permite buenamente, sacar la vista de lo pró- 
ximo y lo momentáneo. 

A esto habria qué añadir que el partido refor- 
mista ultramarino está á dos mil leguas de distan* 
cia de sus directores, y que estos, á pesar del de- 
cantado oro americano^ han podido disponer de 
escasísimos recursos para la obra de la propagan- 
da, insignificantes de seguro á no haberles ayuda- 
do de un modo decidido la. incomparable Sociedad 
Abolicionista Española. 

Pues bien, con estas dificultades que ligerí sima- 
mente indicamos, han tenido que luchar los Dipu- 
tados de Puerto-Rico. «Diez hombres unidos — de- 
cia el Sr. Esteban Collantes en pleno Qongreso — 
nos dominan y son arbitros de la suerte de Éspa- 
ña. ¿Por qué no os unís del mismo modo los cin- 
cuenta ó sesenta Diputados de Castilla?» «Guando 
se discute toda esta cuestión dé la abolición — de- 
cia el Sr. Jove y Hévia — se discute al Sr. Labra» 
(uno de los diputados puerto-riqueüos). Un perió- 
dico ponia en los labios de un alto personaje estas 
palabras: «Hasta hoy España gobernaba á Puerto- 
Rico. Hoy se han cambiado los términos: Puerto- 
Rico manda en España. » Otro papel se permitid 



13 

saludarlos como «los autores de la República es- 
pañola. » 

Estas frases (prescindiendo de otras muchas y de 
los violentísimos ataques de que han sido objeto 
aquellas personas) demuestran evidentemente la 
importancia que la diputación puerto-riqueña ha 
tenido durante el último período parlamentario. 
La misma irritación conque determinados grupos 
de la Asamblea Nacional en sus postrimerías aco- 
gían las más inocentes pretensiones de los Dipu- 
tados aludidos, prueba que en la Cámara se reco- 
nocía, hasta por los adversarios , ,^1 valer de aque- 
llos hombres. 

Y era efectivo: porque de una parte, á nadie se 
le ocultará que en la nobilísima y bizarra resolu- 
ción áéi Gabinete Ruiz Zorrilla de acometer las 
reformas de Pu.erto-Rico y con ellas la aboli- 
ción de la esclavitud, cupo una parte esencial á 
los Imputados borinquenses; y por otro lado, todo 
el mundo sabe que la mayoría de estos Diputados 
constituye el núcleo del grupo conocido con el 
nombre de conciliadores (ó radicales benévolos) 
que en las solemnes votaciones del 8 y el 24 de 
Marzo (señaladamente el 24) consolidó la Repúhli- 
ca, encargando su dirección á los republicanos de 
la víspera y salvando al país de la anarquía. 

No es de nuestra incumbencia defender á estos 
hombres de los cargos que sus enemigos les diri- 
gen de continuo; la enemistad en la vida política 
arguye valía de parte del atacado. 



L 



14 

Nosotros queremos que á los Dipu i • <1 os «lí* Puer- 
to-Rico se los juzgue por sus obras: y pnra esto 
nos hemos permitido tomar del Díari(> ^/p Sesiones 
del Congreso sus discursos íntegroíf, .«^ns proposi- 
ciones de ley y sus preguntas é interpelaciones. 

Pero nos hemos atenido á la cuestión de Ultra- 
mar, que es en rigor la que interesa M público á 
quien van dirigidas estas líneas. 

A estos trabajos añadimos otro, tomHiiíií>io de la 
prensa diaria; y es el manifiesto (^ nierivnrandu,m 
que uno de aquellos Diputados acaba de dar á sus 
comitentes en el momento de terminar su encargo. 
Siempre conviene tener este docuniento k la vista 
para juzgar del sentido de muchos artos, por 
más de que es seguro, que ni la le<'tiira del mani- 
fiesto ni la de los discursos del Congieso podrán 
hacer que se forme un cabal juicio de lo que la 
diputación puerto-riqueña haya tenido quehacer 
en las interioridades de la vida política para llegar 
á resultados que todo el mundo califir^ dp extra- 
ordinarios. . 

Y con esto terminamos nuestro trabajo, que no 
por modesto estimamos que habrán r|p agradecer 
menos nuestros amigos de Ultrama»'. 

No tenemois por qué ocultar que una estrecha 
amistad nos une á la mayor parte de los Diputa- 
dos borinquenses. Pero no es un monumento á la 
amistad el que levantamos en este instante reco- 
giendo los discursos de aquellos 'ligíios hombres 
políticos. 



15 

Otros amigo» déla Reforma colonial han llevado 
á más su esfuerzo, compilando todo cuanto en las 
Cortes se ha dicho sobre Ultramar y publicándolo 
con este título: Las Antillas a/nte el Parlamento 
español en i 87 2. 

La importancia de este trabajo es evidente, 
cuando menos como obra 'de propaganda. 

Pues bien: á nosotros nos ha parecido oportuno 
reducir la empresa á los trabajos de la diputación 
de Puerto-Rico, primero para contribuir á la di- 
fusión de sus ideas; después para hacer frente con 
la evidencia de los hechos á las calumnias de que 
ha sido y será todavía objeto, y por último, para 
presentar su conducta y sus esfuerzos como un 
término de comparación á los que en lo sucesivo 
tomen á su cargo la obra de. recabar las libertades 
ultramarinas. 

VARIOB amigos de la BBFOBlf a COLONIAL. 

15 d« Abril de 1873. 



.,_u_-i 



A LOS ELECTORES 



DB 



PUERTO- RICO 



(MEMORÁNDUM) 



POS 



RAFAEL M. DE UBRA 



A LOS XLBGTORI» 



DEL DISTRITO DE SABANA GRANDE 

(PUBBTO-BIOO) 



Costumbre ha sido, y costumbre nunca interrumpida^ 
de la diputación reformista de Puerto-Rico, desde que la 
roTOlucion española de 1868 le •abrió las puertas de la 
representación nacional, el dirigir la voz á sus comiten- 
tes, en el instante de terminar la campaña parlamenta- 
ría y en la hora de ser llamado el país á la designación 
de nueros representantes en Cortes. De este modo, los 
Diputados salientes cumplian el deber de explicar, hasta 
donde la naturaleza de las cosas, y las exigencias de la 
política lo autorizaban, su conducta en el seno de las Ca- 
ras, desYaneciendo las confusiones y resolviendo las 
dudas que la distancia á que la isla de Puerto-Rico se 
halla de la Península y la diversidad de las cuestiones 
que en una y otra parte se suscitan, tienen que producir 
necesariamente: mientras que por otro lado, sus obser- 
vaciones y sus juicios, así sobre la política general del 
país, como sobre los intereses de la isla que representa- 
ban, podian servir de punto de referencia, y en todo 
caso, de antecedente valioso para los trabajos y la con- 



21 

parte. Las peripecias de la política española en estos 
últimos dias nos han separado materialmente á los an- 
tiguos Diputados, y la empresa, al parecer sencilla, de 
reunimos y discutir los términos del maniñesto acos- 
tumbrado, hoy rayaría en lo imposible, por ser pocos 
los que en la capital de España actualmente residimos. 
Libre, pues, ha quedado cada cual, de dirigirse ó no 
por su cuenta á sus comitentes, en la seguridad de 
que nadie ha de encontrar en los manifiestos parciales la 
menor contradicción; que tan intima y tan constante 
ha sido la unión de todos los Diputados puerto-rique- 
ños, y tan resueltos se hallan todos á afirmar la solida- 
ridad de sus actos. 

Esto sentado, no necesito anunciar á mis lectores que 
en este papel he de prescindir en absoluto de toda excul- 
pación y toda réplica á las censuras más ó menos dignas y 
mucho más á las torpes calumnias de que la diputación ha 
sido objeto por espacio de muchos meses. Estos ataques 
son quizá uno de nuestros mejores títulos á la conside- 
ración de las gentes honradas é imparciales; que si fue- 
ra cierto que nuestro papel en la política española ha- 
bia sido el que con avieso propásito se nos atribuye; si 
fuera exacto que á nuestros esfuerzos, á nuestra saga- 
cidad y nuestra energía se deben, punto menos que esclu- 
sivamente, el sentido que las cosas han tomado en es- 
tos últimos tiempos y los gravísimos sucesos que llenan 
la dramática historia de la gobernación española desde 
el último mes de Noviembre, ¡qué más pudiera decirse 
en elogio de ocho ó diez hombres, que apartados de sus 
amigos por dos mil leguas, desprovistos de otros re- 
cursos que los meramente personales, apenas conocidos 
en la vida política, espiados y denunciados constante- 
mente por enemigos temibles, asi por su número como 



22 

por sus medios, y sin acudir á procedimiento al^^uno 
que no desafíe la critica más severa, sin embargo, lle- 
gan á dar dirección á la marcha g^aeral de la política 
de nuestro pais en proTOclip de ideas, de principios, de 
intereses cuya bondad nadie podrá jamás oscurecer con 
dicterios ni negar con gritos ni mucho menos poner en 
tela de juicio, entrando en el sagrado de las intencio* 
nes, siempre puras para todos aquellos á quienes la ha- 
bitual contemplación de la propia conciencia no ha acos- 
tumbrado á formar menguado juicio de las virtudes y 
las energías de la humana naturaleza! 

Por esto, y quizá pagando esoesivo tributo á mi pro- 
pia dignidad, pienso apartarme por completo del camino 
de las protestas, y si me inclino ante la costunobre esti- 
mable de acompañar la narración de los sucesos con ob- 
servaciones y comentarios que los espliquen, procuraré 
sobre todo dejar la palabra á los hechos y atenerme á la 
discreción de mis lectores en la mayor parte de las 
cuestiones; en todas las que revistan un carácter esen- 
cialmente personal. 

Y esto dicho, entro en materia. 

Los Diputados reformistas de Puerto-Rico, al inaugu- 
rar la campaña parlaoientaha de 1872-73, debian tener 
en cuenta: 

i.** La bandera con que sus amigos de la pequeña 
Antilla hablan acudido á las urnas. 

2.* Sus deberes de hombres de partido, dentro de 
los partidos de la Península. 

3.® Los intereses políticos de la isla al par que los 
urgentes de la Metrópoli. 

Y 4.® Las relaciones que entre sí hablan de sostener, 
como miembros del Congreso, paarano cqnseguk el éxito 
de su no fácil empresa. 



S3 

El credo del paurtido reformista puerto-riqueuo er^i 
^sefQOcido: Abolición inmsdiata é indebcniza^a de la es- 
^iSLkyrroi}. — ExcsirrRALizAGiON adhinist&atiya, sobre d. 
pidiieipio de la autonomía manicipal y provincial y I9. 
ib<»e 4e la división del mando superior, mediante la 
-creación del gobierno ^ivil.-r-EsTENSiON a Pubrix>-Rigo 
vñ LA €oN8TFru€ioif ESPAjioLA DE 1869. — Fi€l y exaoto 

VKMPLSMiEK^O DE TODAS LAS lAYBS VOTADAS POR LAS jG^RTES 

ESPAÑOLAS, sin ezcepcioaes, subterfugios ni aplaza-^ 
pneoloB. 

Basttímle al pcurtido roformi&ta con obtener esto últi- 
mo , porque en rigor lo fundamental de sus aspirar 
^ones estaba ya recoaiocido por las Cortes Constitu- 
yentes de hace cuatffo años. El art. 21 delaX^pr^ 
•parat&ria de Julio de 1870 prometía solenmemente 
una ley definitiva de abolición. Los artículos tr^in- 
sitorios de las leyes de organización provincial y mu- 
nicipal de Junio de 1^70 sancionaban la validez de 
-«9tas mismas leyes, modiñcadas en un sentido racional- 
mente espansivo, en Puerto-Bico. El art. 108 de la 
OoBstitxioion de 1869 <e8tcd>lecia el prini^pio de la es- 
tensioD de <este Código i las Antillas. 

Per esto los Diputados reformistas puerto-riqueños 
aceptaron desde el primer instante, como base de todQ9 
eus esfuerzos y elemento oapital de toda su argumenta- 
-CMu, la obsérvanosla de las leyes vigentes: y en este ter- 
reno — pueden decirlo sin la mwor reserva, — jamás sus 
adversarios ni siquiera intentaron hacer frente á sus ra- 
bonadas pretensiones. Pero después de utilizar este me- 
dio legitimo de lucha, declarando una y otra vez que 
teolo ellos como sus amigos esitarian siempre dentro del 
procedimiento legal, sin estralioútar sus pretensiones 
«del texto ospreso de las leyes votadas y promulgadas, y 



24 

cuyo incumplimiento constituia un grave pecado de la» 
situaciones políticas posteriores á 1870; después de po- 
ner en parangón la conducta de los que para ser refor- 
mistas no tenian más que exigir el cumplimiento de las 
leyes y de los que para ser conservadores necesitaban 
destruir lo hecho, ó, lo que es peor, violentar la inte- 
gridad de la ley con burlas, aplazamientos y mistifica- 
ciones, declaraban que la reforma más urgente, la más- 
deseada, la más justa era la abolición inmediata de la 
servidumbre, demostrando asi la grandeza de ánimo y 
la sinceridad del liberalismo de la noble y leal isla de 
Puerto-Rico, que desde 1866 á esta parte no ha cesado 
de pedir esto mismo, y con este mismo carácter de ur- 
gencia, conquistando un timbre preclaro en la historia 
de nuestra agitada época. 

Pero todo esto, no se limitó la diputación puerto-ri- 
queña á hacerlo constar en sus discursos. Por el con- 
trario, en la mesa del CSongreso depositó tres proposi- 
ciones de ley; la primera, sobre abolición inmediata é 
indemnizada de la esclavitud — la segunda, sobre esten- 
sion á Puerto-Rico de la Constitución española de 1869 
— y la tercera, en pro de la supresión de las libretas de 
obreros y de toda traba impuesta á la libertad del 
trabajo. 

Claro se está que á estas reformas fundamentales no 
podíamos reducir absolutamente nuestros esfuerzos. La 
situación de las Antillas españolas es tal, el abandono • 
de los Gobiernos de la Metrópoli ha llegado á tal punto 
y la complicación de los problemas interiores de aque- 
llos paises reviste tal carácter, principalmente de 187Q 
¿ esta parte, que puede muy bien asegurarse que todo 
cuanto existe en Ultramar reclama atención esquisita. 
Además, la circunspección que respecto de ciertas de-* 



25 

mandas nos imponían detenninadas consideraciones po-^ 
liticas y de partido de que hablaré más iarde^ exigian 
en cambio que no prescindiésemos de otros negocios y 
otras cuestiones de positivo interés, aunque más ó mé-* 
nos duradero y de aquellas malaventuradas tierras. 

En este sentido fueron presentadas varias proposi- 
ciones que tenian por objeto llevar á Puerto-Rico^ y 
en alguna ocasión á todas las provincias ultramarinas, 
el Código penal vigente en la Península, las leyes de 
casación criminal, la de matrimonio civil, la hipoteca- 
ria, la del registro civil, la reforma del sistema rentís- 
tico y alguna modificación espansiva de la ley electoral, 
como la que concedía el derecho de sufragio á todo 
puerto-riqueño que supiese leer y escribir ó pagase 
alguna contribución al Estado, la provincia ó el mu- 
nicipio. 

Igual carácter tenian otras dos proposiciones; la una 
para que el telegrama oficial y cifrado del Gobernador de 
Puerto-Rico al Ministro de Ultramar, dando cuenta del 

resultado de las elecciones, sirviese de acta provisional á 

» 

los Diputados electos, y la otra para que se diese la publi- 
cidad más amplia — mediante un Boletín que habria de 
repartirse en la Península — á todas las disposiciones del 
ministerio de Ultramar y de las primeras autoridades de 
nuestras colonias; singularmente aquellos acuerdos de 
los Gobernadores ultramarinos, en cuya virttid se dejan 
en suspenso leyes votadas en Cortes y resoluciones to- 
madas en Consejo de Ministros. 

Asimismo, el Sr. Sanromá aprovechó la ocasión qu& 
le proporcionaba el debate abierto por un Diputado con- 
servador sobre la legitimidad y validez de un acta de 
Diputado á Cortes por Puerto-Rico, para esplicar déte-, 
nidamente al Congreso la economía de los partidos 



puerto-riquefios y los manejos de que el conservador se 
'valia para conseguir sus propósitos. 

Del propio modo, otro de los Diputados (el Br. Soria) 
anunció una interpelación al Ministro de Ultramar so- 
bre la situación política de la pequeña AntULa, prome- 
tiéndose con este motivo discutir los protestos en cuya 
virtud no se babia planteado la ley municipal en Puer- 
to-Rico, así como las razones que escusaban el abuso 
de que rigiesen los presupuestos de aquella provincia, 
fuera de toda ley y por la sola voluntad del poder eje- 
cutivo. 

En este camino yo debia también sostener otra inter- 
pelación sobre el incumplimiento de la ley preparatoria 
para la abolición de la esclavitud; incumplimiento tanto 
más irritante, cuanto qne ya era hora de que sintiese la 
plenitud de sus efectos una ley definitiva, aceptada en 
principio hace dos años por los mismos conservadores. 

Por último, las circunstancias me obligaron cagi en 
los últimos dias de la legislatura á defender una j)ropo- 
sicion de confianza al Gobierno para que mantuviese el 
orden en Puerto-Rico y cumpliera las promesas de la 
revolución. El objeto de esta proposición estaba en otra 
parte. Los sucesos de Gamuy hablan dado margen en la 
Península á comentarios de sobra apasionados y en la 
Cámara á serios disgustos. Era preciso esplicar aquje- 
llos acontecimientos, calmando las pasiones y poniendo 
al alcance de todo el mundo, de una parte la sinceridad 
é inocencia de nuestro partido, de otra los gravísimos 
peligros que entrañaba liBi situación política de Puerto- 
Rico después del llamamiento á Madrid del capitán ge<- 
neral Latorre, y luego de anunciado el propósito 4el 
Oobierno de resolver la cuestión de la esclavitud. 

De todos estos actos solo produjeron efecto, lia i^- 



27 

^nsa dd acta de Gaguas hecha por el Sr. Sauromá, la 
enmienda del Sr. Padial sobre el derecho de sufragio y 
mi proposición sobre ios «ucesos de Gamuy. Los demás, 
•^ se intentaron sin éxito, ó quedaron en mero propósito. 
En aquel caso se encuentran: primero, la proposición 
relatíta á la eaaadon criminal, que no se votó deñnitir 
vamenie ni hoy es ley, después de comenzada á discutir, 
por la súbita suspensión de las sesiones de la Asamblea; 
y Inego, la propuesta para que se llevase á Ultramar el 
Código vigente en la Península con ciertas modificacio- 
nes, propuesta que debiera haber surtido ya efecto— á pe- 
sar de haberla yo retirado á excitación de dos Ministros, 
enuna sesión algo seria — pues que entonces me fué pro- 
fiíetido que en el término de dos ó tres meses (esto era 
en Octubre de 1872), el Gobierno satisfaría mis deseos, 
^raliéndose de su poderosa iniciativa. 

Pero sobre todas estas reformas estaba la reforma so- 
cial, y la ley de ^ibolicion parece como que debiera ha- 
ber colmado nuestras aspiraciones. No acepto, sin em- 
ÍMirgo, con plena satis&ocion la responsabilidad de la 
ley de 22 de Marzo, y eso que fui uno de los cuatro in- 
dividuos nombrados para bascar un térmiAO de ave- 
nencia. 

No era la ley votada por la Asamblea el dictamen so- 
metido por la Gomision al voto del Congreso; como tam- 
poco era el proyecto presentado por el Gobierno radical. 
En mi calidad de miembro de aquella Gomision, junto 
€on mi compañero y amigo el celoso representante de 
Guáyame D. José F. Gintron, cuidé siempre de sacar á 
salvo el derecho del negro, economizando d^ños, hasta 
donde era posible, al poseedor de esclavos. Asila indem- 
nieacion concedida á este no tiene igual en la historia de 
la abolición ; y la integridad ddl derecho del liberto se 



28 

garantizaba hasta el punto de prohibir espresamente to-^ 
da reglamentación de trabajo, dejando á aquel abiertas- 
las puertas de los derechos políticos y precisando de un 
modo terminante que por ningún concepto las dificulta^ 
des de la indemnización hubieran de entorpecer el pleno 
reconocimiento de la libertad del negro. En este con- 
cepto, el dictamen de la Comisión era muy superior al 
proyecto sometido á su examen. 

Pero ya nadie ignora que el 20 de Marzo el proyecta 
de abolición habia naufragado. Contra la enmienda del 
8r. García Ruiz (que yo combatí enérgicamente á pesar 
de hallarme enfermo) faltaron muchos de aquellos 280 
YO tos que en Diciembre de 1872 habian acogido, con 
indescriptible entusiasmo, la idea de la abolición inme* 
diata. ^ 

En este instante se me vino á buscar á casa pidién- 
dome en nombre de la patria que transigiera. Era el 
único medio de sacar adelante la libertad del esclavo y 
de poner término á las peligrosísimas sesiones de la 
Asamblea. Conñeáo que dudé mucho, y que antes de 
resolverme consulté á todos los amigos y compañeros 
que á mi alcance tuve, habiendo en cuenta la perento- 
riedad del caso. 

El í^caso del proyecto era seguro, absolutamente 
seguro. Bastaba con que siete Diputados pidieran que 
fuese nominal la votación definitiva; y siendo necesa- 
rios para la validez de esta 265 votos, todo el mundo 
sabia que en el Congreso, y quizá en Madrid, no llega- 
ban á 200 los representantes que podian tomar parte en 
la votación. 

Verdad que una vez fracasada la empresa, habia la ^ 
casi seguridad de que de las próximas Constituyentes 
saliera una ley radical de abolición; pero á esto s& 



29 

podía observar no poco. ¿La esperada ley emancipado- 
ra, seria el primer acuerdo de las próximas Cíonstítu- 
yentes? ¿La distancia que á la sazón nos separaba de este 
acuerdo quizá no comprendería también una séríe de 
gravísimos sucesos, ya en la Península, ya en las co- 
lonias, que dificultase una solución como la que en 
aquel momento mismo era posible? ¿Quizá el responder 
todo ó nada á los ruegos de mi ilustre amigo el señor 
Gastelar y á la espectacion de la parte más sana del 
partido conservador, no nos esponia á que en otros mo- 
mentos se intentase resolver el problema social de Puer- 

* 

to-Rico con el mismo criterío que las circunstancias 
aconsejasen para Cuba? 

Pero sobre todo, ¿cuál seria la situación de Puerto- 
Rico en este lapso de tiempo, después de proclamada 
solemnemente por el Ministro de Estado, entre los aplau- 
sos de ambas Cámaras, la libertad de los esclavos; esci- 
tado el partido conservador ultramarino hasta el punto 
que demostraban los suceso^ de Gamuy, las violencias 
de Barranquitas, las amenazas de Juana Diaz, y los au- 
^os pedidos al comité reaccionarío de la Habana; re- 
celosos cuando no abatidos nuestros mismos amigos, 
que en la hora crítica veian una vez más aplazado el 
planteamiento de la ley municipal y olvidada la tantas 
veces prometida división de mandos; y, en ñn, conmo- 
vido y agitado todo el país, de lo que eran pruebas in- 
contrastables los incendios de Arecibo y de Yauco, y los 
alarmantes bandos de la prímera autoridad de la isla? 
¿Qué sucedería á este nuevo fiasco? ¿Los esclavos se re- 
signarían, desmintiendo así la historía de todas las abo- 
liciones? ¿Podríamos contar con la cooperación decidida 
y fecunda del partido reformista, de nuevo defraudado en 
sus más legítimas esperanzas? ¿Y el ensoberbecimiento 



30 

del partido conservador nos permitiría, dentro de seis ú 
ocho meses, realizar en las condiciones convementes 
nuestro ideal abolicionista? 

Tales fueron las consideraciones que pesaron en mi 
ánimo; y hemos de convenir que algo tenían que ver 
con \fi politica. 

Esto así, después de reflexionar muy seriamente, me 
resolví á discutir lo que quince días antes había recha'- 
zado en absoluto en el seno de la Comisión. Solo que 
entonces contaba con la mayoría de la Cámara, cuyas 
vacilaciones no podía sospechar de modo alguno: ahora 
tenia delante la votación de la enmienda del Sr. García 
Ruiz! 

La cuestión, pues, se redujo á examinar las condicio- 
nes de una inteligencia. ¿Implicaban la negación del 
derecho del esclavo á su inmediata libertad? ¿Imponían 
al siervo la obligación de indemnizar al amo con su 
trabajo? ¿Exigía la reglamentación de este? Pues en tal 
caso yo estaba dispuesto á resistir todo acomodamiento. 
Lo que se hizo es público y notorio. Algo de lo que 
aconteció en la Reunión en 1848: nunca lo que se es- 
tatuyó en la Guyana francesa en aquella misma época. 
No debo razonar en este momento la ley de Marzo. 
Sostengo que acata el principio de la abolición inmedia- 
ta: y pienso que las limitaciones que en cierto orden de 
intereses consigna, son de aquellas cuya desaparición 
en brevísimo plazo dictarán el interés mismo de los po- 
seedores de esclavos y el progreso cada vez más vivo 
de las costumbres púbUcas de Puerto-Rico. 

Pero conste que así y todo yo no acepto, á pesar de 
la directa participación que tuve en la redacción de la 
nueva enmienda de los Sres. García Ruiz y Salaverría, 
la plena responsabilidad de la ley de Marzo. Mi partí- 



31 

colar opinión estaba con el dictamen de la Gomision que 
entendió en el proyecto del Grobierño, y sobre todo con 
la proposición presentada sobre este mismo asunto por 
mi amigo y compañero el 8r. Sanromá — como estaba, en 
otro orden de ideas, con las proposiciones de los señores 
Alvarez Peralta y Soria sobre reforma política y plena 
libertad del trabajo, que eran la verdadera espres^on 
de las doctrinas y los compromisos de la diputación 
puerto-riqueña. 

Bien lé yo ^ue nuestros adversarios, principalmente 
los periódicos conservadores, dieron en la flor de estra- 
mar nuestras pretensiones, afirmando que á nada me- 
nos que á la autonomía colonial aspirábamos. 

Desde luego aquellas buenas gentes, por regla ordi- 
naria, no entendían lo que la fórmula de autonomía colo- 
nial quería decir, sucediendo ahora con este motivo, ni 
más ni menos, que lo acontecido hace catorce ó quince 
años, cuando el partido democrático español consignó en 
derto programa una fórmula semejante, aunque apli- 
cada solo al individuo. A pesar de sus pretensiones, los 
ooQservadores patentizaron su poco conocimiento de 
ciertas cosas, gritando: ¡escándalo! ¡anarquía! No es 
mucho que ahora, con la ñierza que las preocupaciones 
dan y los recursos que las pasiones de la guerra de 
Cuba suministran, se haya querido entregarnos á las 
iras patrióticas del Parlamento. 

Entiéndase qué yo soy partidario de la autonomía 
colonial. Lo he dicho cien veces: lo he escrito otras 
tantas: estoy dispuesto á repetirlo en cuantas ocasiones 
se quiera; pero sépase también que de mi opinión no 
participaban muchos de mis dignos compañeros de la 
diputación puerto-riqueña; y sobre todo, es preciso 
ifae no se ignore que todos los Diputados de Puerto- 



Rico convinimos desde el primer dia en sacrificar 
nuestros esclusivimos ante la fórmula de la asimilación, 
siempre que esta se refiriese, ante todo, al tit. I de la 
Constitución española de 1869. Y esto lo declaramos en 
cuantas ocasiones tuvimos que terciar en los debates 
del Gongr^eso: y lo consignamos en el preámbulo de la 
proposición sobre reforma política, del Sr. Alvarez Pe- 
ralta. 

¿Con qué derecho, pues, se nos ha atribuido otro 
programa? ¿Quizá porque se estima que esa decantada 
y maldecida autonomía es el término lógico de la evo- 
lución democrática en el orden colonial? Así lo creo yo; 
pero entonces debiera hacerse esta declaración. De esta 
suerte el país todo conocerla, por la boca de nuestros 
mismos adversarios, aqpiello á que le obliga la lógica 
del sistema triun&nte en 1868. 

Pero sobre esto me he de permitir alguna obser- 
vación. 

Los Diputados de Puerto-Rico en 1872 tenianpara 
aceptar la fórmula de la asimilación dos razones pode- 
rosísimas — en medio de otras de varia fuerza. En pri- 
mer lugar, esta era la bandera con que sus comitentes 
habian ido á la lucha electoral; en segundo, esta era la 
doctrina consagrada en las leyes de las Constituyentes, 
que ante todo aseguraban la honra y la vida de los ciu- 
dadanos, á despecho de las leyes de Indias y del régi- 
men de la esclavitud. 

Pero íuera de esto, yo declaro que no entiendo que 
en el actual período de nuestro molimiento político sea 
idscreto pretender, para Puerto-Rico esclusivamente, la 
a^utonomía colonial. Las bondades de esta idea no son 
de aquellas que se advierten á primera vista, porque 
sobre ser todavía el derecho colonial la parte más vaga 



33 

y atrasada del derecho público, son pocos los que están 
al cabo de la diversidad de circunstancias, de intereses 
y. hasta de preocupaciones qae separan á toda colonia 
(y por ende, á las españolas) de la Metrópoli. En cam- 
bio, la doctrina de la asimilación seduce por su senci- 
llez; parece la más igualitaria (y eíto es de monta para 
nuestra raza), y no son pocos los que afirman que á ella 
obedece nuestra política tradicional. En este sentido, y 
mientras no sobrevengan sucesos extraordinarios, la au- 
tonomia colonial sonará en la Península como privile^ 
gio — aparte de prestar ancha base á las declamaciones 
de los conservadores; — mientras que la asimilación res- 
ponderá perfectamente al sentido igualitario de la actual 
situación. 

De esta manera, yo he aconsejado siempre que se 
acepte esta fórmula de inteligencia. No es la mejor, sin 
duda: no es la perfecta; pero sobre ofrecer condiciones 
muy recomendables en si mismas (si no se- confunde con 
la uniformidad absoluta), puede servir de base, de un la- 
do, para realizar en la Metrópoli una viva propaganda 
en feívor de su reforma, y de otra parte, para que en el 
curso del tiempo sus mismos resultados patenticen á los 
ojos de la madre patria Ja inconveniencia del sistema, 
mientras en las colonias toman raiz y fuerza aquellas 
instituciones fundamentales que la asimilación habia 
llevado al otro lado del Atlántico. , 

Por esto sacrifiqué mi esclusivo punto de vista; 
porque entiendo que no es político obtener la autono- 
mía colonial sino con el acuerdo reflexivo de la Metró- 
poli. 

El segundo punto que los Diputados puerto-riqueños 
estaban obligados á atender, era el referente á sus 
relaciones con los partidos políticos de la Península. 

3 



34 

Aquí las dificultades revestían otra importancia. Todos los 
miembros de la diputación tenian la honra de pertene- 
cer al partido radical, y públicos eran los compromisos 
de éste respecto de la cuestión ultramarina. 

En vano la ignorancia y la mala fé han pretendido en 
estos últimos meses afirmar la peregrina especie de que 
la nobilísima actitud de aquel gran parado, en NoTÍem« 
bre de 1872, era pura y simplemente una contradicción 
de su pasado, producto de la maquiavélica habilidad 
de los representantes de la pequeña Antilla, ó, lo que es 
peor, imposición vergonzosa y apenas comprensible de 
Gabinetes estraños. 

Dos veces he tenido ocasión, dentro y fuera del Con- 
greso, de ocuparme de la última parte de este aserto. 
Apenas la comprendo: aunque comprendo menos, que la 
pasión de partido lleve á hombres dignos y discretos á 
herir la honra de la patria, pregonando las que cree 
debilidades repugnantes de su Gobierno ante el extran- 
jero. [Y qué diré de aquellos que se valen de este argu- 
mento, conociendo la vanidad de su contenido! 

Asi que siempre he protestado enérgicamente contra 
esa ofensa hecha á nuestra altivez y nuestro derecho: y 
hoy públicamente desmiento á quien afirme que antes 
de las conferencias que yo, en nombre de la diputación 
puerto-riqueña, tuve la honra de celebrar por espacio de 
muchos dias con dos Ministros, en representación del 
Gabinete; que antes, digo, de aquellas amistosas confe- 
rencias, el Gobierno español estuviese comprometido de 
la manera más sencilla con un Gabinete extranjero, á 
realizar las reformas de Puerto-Rico. Más aun; de estas 
mismas conferencias no se tuvo noticia fuera de España 
hasta después de celebradas. Por eso , lo repito: des- 
miento de un modo terminante y categórico á cuantos, 



35 

dándose aires de conocedores de las iüterioridades de 
la política europea y americana , se hayan permiti- 
do afirmar lo que es un agravio para la Nación es- 
pañola; lo que de todas maneras nos haría aparecer á 
los Diputados de Puerte-Rico, que ante todo somos Di- 
putados de la nación, á nna luz en estremo desiavo- 

m 

rabie. 

Ahora, que la opinión del mundo civilizado estaba de 
nuestra parte y que esto ejercía cierta presión sobre el 
Gabinete Zorrilla-Martos ¡quién lo duda! Que en este 
sentido, pero cortésmente, y jamás con el carácter ó bajo 
la fofma de una exigencia, se hubiesen expresado las 
cancillerías extranjeras, tomando constantemente pior 
base (el hecho es digno de particular mención) la acti- 
tud, las demandas y las proposiciones de la diputacidn 
de Puerto-Rico.... ¿á qué negarlo estando á merced de 
'Cualquier curioso el libro rojo de los Estados-Unidos, el 
axul de Inglaterra y las agoviadas páginas d^l Archivo 
'diplomático? ¡Pero esto es una imposición!! ¿Siquiera 
reviste el carácter harto discutible de las gestiones que 
precedieron á la abolición de la trata en Francia, en 
Portugal, en el Brasil y en nuestra misma España? 

Cuando en 1831 se discutía en Francia la ley contra 
el tráfico negrero, también gritaba un esclavista eit la 
Cámara popular: <c ¡Esa es una ley prometida á Ingla- 
terra! 9 — <cNo — respondía Mr. d'Argout — es una ley 
pronietida á la humanidad! d 

Pero sobre todo esto se halla un hecho cuya evidencia 
nadie podrá resistir y que indudablemente reduce á su 
Terdadero valor toda esa ponderada habilidad, toda esa 
influencia temida de la diputación puerto-riqueña, de 
*ocho ó diei: hombres de medianas íácultades y harto re- 
^ducida esfera de acción, sobre un partido tan viril como 



36 

el partido radical y sobre una Cámara tan altiva y tan 
inteligente como la que proclamó la República española 
y Yot6 la acusación Sagasta. 

Me refiero al manifiesto de 15 de Octubre de 1871; 
al que sirvió de base para la constitución del partido 
radical; al que constantemente se refirieron todos los je- 
fes de este en las dos campadas electorales de 1872, y er 
que aceptaron y proclamaron nuestros amigos de Puerto- 
Rico, mereciendo las persecuciones del Gobernador su- 
perior de aquella isla. Pues allí, allf está el compromiso- 
de complementar Uu reforma» democráticas iniciadas en 
Puerto-Rico y hacer la abolición de la esclavitud, con la 
sol¿ condición de que en la Antilla menor hubiese or- 
den. Orden habia, y orden admirable en un pueblo sin 
preparación para el ejercicio de derechos siempre difíci- 
les, pero más en las circunstancias actuales. ¿Por qué, 
de qué manera, con qué titulo habia de negarse el 
partido radical á cumplir uno de los articules de su 
credo, en el momento en que dueño del poder — y ha- 
biéndolo obtenido con el concurso de la diputación 
puerto-riqueña, — suya tenia que ser toda ía respon- 
sabilidad y toda la gloria de su conducta? ¿Por ventura 
querían sus detractores una vez más salir adelante en 
sus empeños por mano del partido liberal , á reser- 
va de más tarde echar en rostro á este su incensé-- 
cuencia y su torpeza, como constantemente han ve- 
nido haciendo los conservadores que en 1837 consi- 
guieron del viejo progresismo la expulsión de ios Dipu- 
tados americanos? 

Pero el partido radical no se contraía solo á las cues- 
tiones ultramarinas: á otras diversas se referia su dog- 
ma, siendo uno de sus capitales intereses la conserva- 
ción del ministerio á la sazón presidido por el Sr. Ruiz . 



.\ . 



37 

"Zorrilla, y en el cual tenia una participación tan escep- 
xional como justificada el Sr. Martos. 

En este punto la diputación puertorriqueña puede 
«segurar que no ha Mtado un solo momento, ni en 
una sola votación empeñada, de allí donde los de- 
beres de reciprocidad, de compañerismo y de ban- 
dera le llamaban. Quizá más de una vez y más de uno- 
'de sus individuos ha sacrificado el rigorismo de sus 
. principios absteniéndose de tomar parte en los debates y 
«n ocasiones violentando su esclusivo punto de vista en 
-^obsequio de la integridad de la situación política que, 
á su juicio, entrañaba la suerte de la libertad y el por- 
venir de la patria; y eso que desde el primer dia los Di- 
putados puerto-riqueños hablan sentado como base de 
su conducta, la unión más perfecta en todo lo relativo á 
la política de la pequeña Antilla y la más cumplida li- 
bertad de pensamiento y de acción en todo lo referente 
á la política general del país y á la gravísima cuestión 
ultramarina de que era término preferente la situación 
de Cuba. 

De mí sé decir que solo me opuse resueltamente á la 
mayoría del partido, en la cuestión de la pena de muerte. 
Por una casualidad no voté contra la ley del clero ni 
-contra las quintas; llegué á deshora, que de otro modo 
contra ambas hubiera votado. A tener tiempo, tam- 
bién hubiera provocado (en ciertos términos y buscando 
siempre una solución dentro de la bandera española) la 
cuestión de Cuba. Pero de estos puntos los primeros no- 
se hallaban en el manifiesto de 15 de Octubre; y por tan- 
to, no me obligaba lazo alguno á seguir á la mayo- 
ría; y respecto del último, notorios eran mis compromi- 
-sos mucho antes de 1871; compromisos que siempre dejé 
^^alvo mediante mi abstención sistemática del camino de 



4 

t, 



36 

los honores y de las posiciones oficiales. £n este punto 1^ 
único á que yo estaba obligado era á no comprometer )|l 
suer^ de mis amigos con una proposición violenta ó á 
deshora. ¿La presenté? 

En cambio, mi voto, ¿dónde estuvo en la votacioi^ 
del Mensaje, en la acusación Sagasta, en la del arreglo 
de la Deuda, en la discusión de los presupuestos, en ln 
cuestión de los artilleros? ¿Y por qué me abstuve en I9. 
cuestión del Banco Hipotecario? ¿Y por qué aplacé tó^o^ 
el tiempo que el Ministerio deseó, mis interpelaciones y 
proposiciones sobre la misma cuestión ultramarina, den 
seoso de evitar la división del partido con debates anti- 
cipados? 

No lo digo, por svpuesto, con ánimo de realzar mi fide^ 
li4ad al bando radical, xú para responder á cargos, que.»- 
por fortuna, nadie me ha hecho ni podria hacerme^ 
Cumplí con un deber, tain libérrimamente aceptado co^ 
mo que todo el mundo sabe que entré en el Congreso 
español en i 871 sin el apoyo de mi partido y que ni an- 
tes ni después le he debido favor alguno personal. Pero 
iipporta consignar todo esto para que la historia' sea 
ex^Ata, máxime en estos tiempos de confusiones y apoisr^ 
traías; y á mi me conviene recordarlo para la perfecta 
educación de lo que sigue. 

La fatalidad hizo que el partido radical no pudiera pa— 
sav de la mera presentación de su Proyecto de abolición 
de la esclavitud eu' Puerto-Rico. El decreto del Sr. Gas* 
set^ que fechado en Noviembre de 1872, llevaba á la pe- 
queña ^Antilla la ley municipal, fué en seguida y por telér»- 
grafo, suspendid,o por el Sr. Mosquera, de un modo para 
viiinesplicado é inesplicable, en la forma y en el fondo. 
De igual suerte, el serio propósito del Gabinete Zorrillar- 
Martes, el compromiso por aquel Gobierno contraidOa ^ 

1 



39 

sep&rar los mandos militar y civil de Puerto-Rico, se vio 
diBsvaiiecido con el envió del 8r. Martinez Plowesá aque- 
lla Capitanía General: siendo de advertir que el nombrad- 
miente de esta persona se hizo sin ser consultada para 
dio la diputación puerto-riqueña. Quedaba, pué», el 
Proyecto de Ley de abolición; nombróse la Comisión 
correspondiente (y por cierto que yo figuré en ella ven- 
cidodo al candidato del Ministro de Ultramar) y entrados 
ya en el debate, sobrevino la renuncia de la corona de 
España por el Rey D. Amadeo de Saboya— suceso para 
mi perfectamente lógico, dada la conducta de los elemen- 
tos monárquicos de nuestro país y supuesta la política 
prudente y previsora que el partido republicano, por 
^[urimera vez, desde 1868, venia observando; pero en-el 
cual no tuve participación alguna directa ni indirecta, 
por lo que puedo y debo declinar en absoluto toda la 
iBsponsabilidad que á sus promotores corresponde. 

Mas presentada la renuncia de D. Amadeo á las Cor- 
tes, nacia una situación por todo estremo crítica pai^ 
los representantes del país. De un lado estaba la cues- 
tión legal; de otro la suerte de la libertad y de la de- 
moerada en nuestra patria. 

Más de una vez he dicho que no soy de aquellos que 
un dia creyeron en la perfecta compatibilidad de la mo- 
narquía con la democracia. Lo que sí he creido por mu- 
«ho tiempo es que loe inconvenientes de la coexistencia 
de estos dos elementos de nuestra vida política á partir 
de 1669, fflran inferiores á los que importarla la procla- 
maeiooi de la república (forma propia de la democracia 
y ^ue naturid y necesariamente vendria por la refor- 
maUidad de la Constitución), en un país como el 
aiiiestro, todavía no preparado, por más de que le cre- 
yese y crea escepcionalmente apto para e| ejercicio de 



40 

ciertos dificiles derechos, que la república supone, y que 
ezigea gran iniciativa y poderosa reflexión de parte del 
pueblo que los ha de practicar. 

Y que esta era mi opinión, expuesta cien veces de 
palabra y por escrito , asf en el trato íntimo de mis 
amigos, como al dirigirme al colegio electoral (entre 
otros en mi manifiesto de 15 de Marzo de 1872} , que 
esta era mi opinión, digo, lo sabian todos, amigos y ad- 
versarios; y por esto ocupaba yo un puesto en el cen- 
tro izquierdo del Congreso, y esto influyó grandemente 
en mi resolución de respetar siempre á la persona inves- 
tida con la alta dignidad de Rey de España; de prestarle 
siempre el apoyo de mi consideracipn y mi lealtad (por 
más de que yo no hubiera votado la monarquía ni ele- 
gido al duque de Aosta, ni asumido en todo este asunto 
más responsabilidad que la de meramente aceptar los 
hechos consumados), pero, al mismo tiempo, de escusar 
mi asistencia á Palacio y de declinar la honra de recibir 
distinciones oficiales ú oficiosas del noble príncipe de 
la casa de Saboya. 

Conforme á estas ideas, en el momento de renunciar 
D. Amadeo la corona de España, después de fracasado 
el ensayo de 1870, trascurridos más de cuatro años do 
ejercicio de las instituciones fundamentales de la demo- 
cracia en nuestro país, y más aun dadas la situación de 
nuestros partidos, la desorganización y agonía del con- 
servador, las conexiones y^simpatías del radical con el 
republicano, la actitud de este, el estado de las cosas 
en Francia y la marcha de los acontecimientos políticos 
en toda Europa, claro se está que el 10 de Febrero mig 
inclinaciones debian ser en favor de la república. Quizá 
venia á deshora; pero esta forma era ya la única com- 
patible con la libertad de la patria. La cuestión se redu- 



41 

cía á suplir con abnegación, con celo, con esfuerzos lo 
que faltaba en el desenvolvimiento político de nuestro 
país, por escasez de tiempo y de preparación, para que 
las nuevas instituciones arraigasen y fuesen fecundas. 

Pero el i i de Febrero debia resolverse otra cuestión 
no menos ^ave: la cuestión de legalidad. Cierto, que 
todo cuanto á nuestro alrededor ocurría era una buena 
prueba de que viviamos en el seno de la revolución. 
Bastarla para reconocerlo asi el espectáculo de los par- 
tidos conservadores, formando la famosa Liga contra 
las reformas ultramarinas, hiriendo con sus violencias 
la misma institución monárquica y dando á sus trabajos 
an carácter esencialmente perturbador. De la propia 
suerte eran pruebas de la realidad de mi aserto, tanto la 
inquietud que" devoraba á todos nuestros hombres poli- 
ticos, la vaguedad de sus aspiraciones y la contradic- 
t^ion de muchos de sus actos, como el rápido é increible 
desgaste de las reputaciones mejor cimentadas en el 
•concepto público. 

También es verdad que la resolución del Rey Amadeo 
no cabia perfectamente dentro de la ley do 1869, donde 
Se hablan previsto solo los casos de abdicación y de in- 
capacidad del Monarca y no el de renuncia. Pero es 
igualmente cierto para mi que lo más próximo á la le- 
galidad era la creación de un Gobierno Provisional que 
convocase Cortes Constituyentes: y no oculto que des- 
4e hace algún tiempo profeso poca afición al procedi- 
miento revolucionario. 

Por esto declaro que sentí grandes dudas el 11 de 

Febrero: con sorpresa asistí á la ruptura de la legalidad 

-cuando las dos Cámaras se reunieron, sin protesta de 

persona alguna, formando la Asamblea Nacional; y solo 

ante las seguridades que me daban los que podiañ y de- 



40 

bian saberlo, de que nuestro voto fiívorable al Gobierno 
Provisional seria el protesto de un alzamiento del país, 
dañoso ¿ la causa misma que pretendiamos defender; 
solo ante el espectáculo de algo extraño que á mis ojos 
pasaba y que todavía no me ha sido esplicado ; solo por 
la fuerza de las circunstancias, en la perplegidad da lee 
momentos críticos y en la impotencia para hacer por 
mi mismo otra cosa, cedí, con algunos otros— ana* 
que pocos — amigos, al ejemplo de la casi totalidaá 
de los jefes caracterizados de mi partido, entendienda 
siempre que la violencia de aquel voto seria subsanada 
por la resolución délas próximas Constituyentes. He 
oido después que algunos cohonestaron su voto con la 
presión de las turbas. Yo declaro que éstas no inflige* 
ron lo más mínimo en mi determinación; pero d^ propia 
modo confieso que hoy mismo dudo de la .bondad de- 
aquel acuerdo, por más de que comprenda que dados 
ciertos antecedentes, en que yo no tuve la menor parte,, 
otra resolución era quizá imposible; de seguro peligrosa 
y muy difícil. 

Pero entiéndase que al votar yo el i 1 de Febrero la 
república, creí votar también otras tres cosas: la comi- 
sión de la dirección política del país á los republicanoa 
de la víspera; la inmediata disolución de la Asamblea y 
la trasformacion del antiguo é ilustre partido radical. 

A estas ideas corresponden mis votos del 24 de Fe-^ 
brero y el 8 de Marzo, así como mi actitud en el 
seno de la Comisión permanente, para la cual fiíí nom« 
brado. Por esto cooperé con la mayoría de los diputados 
de Puerto-Rico á formar el núcleo del grupo llamado de 
los conciliadores. 

Creia yo que era de buen sentido (aparté de aconse- 
jarlo cierto sentimiento de esquisita delicadeza) llamar 



43 

ai frente del país á aquellos hombres \iue, sobre gozar 
4e ux^ gran popularidad y poder prevenir aquella ex- 
plosión, cuya inminencia se nos presentó como un ar-^ 
gumento para que votásemos la república, tenían de su 
piEMrte el prestigio de no haberse equivocado (al menos 
aparentemente) y la representación genuina de la idea 
abora triunfonte. 

Ija única condición que á este llamamiento podíamos 
nosotros poner era que el Grobieirno de ajiora no prejuz» 
g^e, como el de 1868, la cuestión de forma de la 
república, y con ella ciertas soluciones políticas y eco-* 
nómicas para cuya inteligencia y determinación eran 
convocadas las Constituyentes. Pero esta condición no 
podia tener más garantías que la probidad personal de 
Ips nuevos Ministros; y la elección estaba en nuestras 
m^nos. 

íi&l, fui partidario del Ministerio homogéneo republi- 
cano desde el primer dia de la república: y acepté el 
vptQ particular del Sr. Primo de Rivera, aunque la- 
ni^ntando que el plazo para la convocatoria de la 
Qonstituyente no fuese más breve; — y contribuí á Ia 
cureacion del grupo de los conciliadores cuyo empeño sa 
jneducia á sostener enérgicamente la situación creada; á 
no oponer la menor dificultad (ni dentro ni fuera de la 
Asanoblea) ai nuevo Gobierno hasta la próxima reunión 
d.e Cortes; á procurax la inteligencia entre los elemen- 
tos intransigentes del antiguo partido radical y los re- 
publicanos, cada vez más enardecidos; á no apresurar 
con una actitud violenta la proclamación del federalismo 
y de otras mecidas, desde abajo y por las provincias, 
antiss de ser serena y reflexivamente discutidas en el 
seno de la Representación Nacional; y, en ñn, á obser- 
var respecto de la nueva situación la misma actitud que 



44 

la mayoría dé los qae ahora formábamos el grapo con^ 
ciliador habíamos observado en 1868 con el Grobiemo 
Provisional, cuyo primer séhtido no nos había sido en 
aquel entonces muy simpático — sobre todo á los Dipu- 
tados de Puerto-Rico y á los amigos de la Reforma co- 
lonial. 

En cuanto á la disojlucion de la Asamblea.'. . . ¿por 
ventura era discutible la idea? ¿Cuál era nuestra legali- 
dad? ¿Cuál nuestra representación moral? Diputados 
monárquicos habiamos votado, por la salvación de la 
patria, la república sin estar facultados para ello. 
Miembros de las Cortes ordinarias de 1872, bajo la pre- 
sión de las circunstancias, habiamos abandonado el C¡on- 
greso y el Senado para constituir la Asamblea Nacional. 
Era, pues, preciso que se revisasen nuestros poderes; era 
necesario que se nos residenciase ante los comicios. 
{Cómo habiamos de pretender remedar al Parlamento 
Largo! 

Pero si como hombres honrados esto nos era imposi- 
ble, igualmente nos lo era como hombres politices. 
Una necesidad de momento nos había obligado á susti- 
tuirnos á las Cortes Coiistituyentes: nuestro deber más 
claro era acelerar el instante de que el país ejerciese 
su poder soberano y formulara su fallo inapelable sobre 
la situación política y el destino definitivo del orden de 
cosas inaugurado con la renuncia de D. Amadeo de 8a- 
boya. No se comprende , no se puede comprender que 
nosotros mismos opusiéramos obstáculos á la reunión 
de los comicios, contribuyendo, con un aplazamiento á 
todas luces inmoral, ala creación de intereses y costum- 
bres favorables á la situación por nosotros irregular- 
mente creada el 11 de Febrero. 

Se dirá, quizá, que la insurrección carlista y la per- 



45 

turbación producida en el pafs por el mero hecho de la 
subida al poder del antiguo partido republicano , exigía 
que remitiésemos á mejores dias la convocatoria de las 
Constituyentes. Lo contradigo de un modo terminante; 
primero, porque seria absurdo suponer que hasta que 
los carlistas depusiesen las armas no debían verificarse 
las elecciones, cuando el hecho de esa misma ínsurrec^ 
cíonno había obstado á las elecciones de las últimas Cor- 
tes de 1872 , y cuando nadie veía el término de la guer« 
ra de Cataluña y Navarra. Segundo, porque la situación 
general del pafs (aun dando de barato que fuese escep- 
cíonalmente favorable al triunfo del antiguo partido fe-*» 
deral),^ no era mucho más dañosa á los intereses de los 
partidos monárquicos, que lo había sido en 1854 y aun 
en 1868 á los partidos del antiguo régimen. Tercero, 
porque la analogía del periodo histórico que atravesa«« 
mos con otros de los más graves de este siglo, como el 
de 1808 álSlO, nos debía hacer entender que la re-< 
unión de las Constituyentes y la consagración de algo 
definitivo en medio de tantas dudas, tantas confusiones, 
tantas incertídumbres y tantas sorpresas, era lo único 
suficiente á poner un término á la agitación de estos 
momentos, pudiéndose asegurar que la resistencia de la 
Asamblea de 1872 á disolverse corría parejas con la de 
la célebre Junta central á convocar las inmortales Cór«« 
tes de Cádiz. 

Pero sobre todo esto había una razón que brotaba del 
más ligero conocimiento del régimen parlamentario; á 
saber: que siendo de todo punto imposible (por muchos 
motivos que no necesito enumerar, y que en gran 
parte constan en el Diario de Sesiones de los meses de 
Febrero y Marzo) la coexistencia de la Asamblea r<i^ 
dical y del ministerio r^ublicano, era preciso, según 



46 

la ley del parlamentarismo, que uno ú otra desapa- 
reciesen, y nosotros mismos con nuestro YOto del i i 
de Febrero y nuestro pacto del 24 del mismo mes ha- 
blamos convenido en que el ministerio homogéneo era 
de todo punto necesario. 

Además, (ay do nosotros! ¡ay de la Repiiblica! (ay 
del país si surgia una colisión entre el (Grobierno y la 
Cámara! ¿La legalidad, dó^de estaría? En ninguna par- 
te. Pero la lógica, la realidad y el espíritu de la situa- 
ción, estarían con el Gobierno. Por amor á las Cíórtes 
de 1872— á cuyo espíritu levantado, cuya rica inteligen- 
cia y cuyo carácter independiente nunca se hará bas* 
tante justicia — por su nombre, por su decoro, por su 
gloria no debíamos abrirle las puertas de tan sombrío 
porvenir. Por amor á esta patria tan trabajada y tan 
digna de magnífica suerte, por amor á este pueblo cuya 
circunspección y cuya cultura nunca serán bastante ce- 
lebradas, debíamos evitar á toda costa los torrentes de 
sangre que produciría el choque del G-obiemo y de la 
Asamblea. 

Por tanto, prolongar la vida de esta — es decir, de 
un cuerpo sin prestigio y sin derecho para otra cosa 
que para sancionar leyes que como la de abolición 
de la esclavitud estaban votadas en principio por las dos 
Cámaras en el mes de Diciembre de 1872, — era poner- 
se en oposición á las leyes de la lógica, al derecho del 
país y á lo que la conveniencia más vulgar exigia de 
parte de los legisladores déla nación. 

Pero además, yo entendí — como he dicho — al votar la 
república el 11 de Febrero, que votaba la trasformacion 
del antiguo partido radical. Así intenté declararlo en la 
reunión que los individuos de este partido celebramos la 
noche del 23 de Febrero y en la qué ni se me concedió 



4n 

la palabra ni, para proceder á la elección de una junta 
direotÍTa (que jo jamás reconoeí), se acudió al sistema^ 
ordinario de los partidos liberales; á la votación: hecho 
tanto más grave cuanto que los disidentes pasábamos de 
ochenta, como después se patentizó. 

Las razones que yo tenia para creer que el partido 
radical estaba disuelto después del i i de Febrero, son, 
en mi sentir, incontestables. En primer lugar, el punto 
de separación entre la generalidad del partido radical y 
ol partido republicano, era, según la voz de muchos de 
sus doctores, la existencia de la monarquía, y votando 
la república, claro es que hablamos prescindido del ma- 
nifiesto de Octubre de 1871, bandera de nuestra agru- 
pación política. Después, notorio era que el jefe de 
nuestro partido, mi digno amigo D. Manuel Ruiz Zor- 
rilla, se habia despedido de la Asamblea, oponiéndose 
al voto de Febrero: que muchos de nuestros correügio-^ 
narios ó se hablan abstenido en aquella célebre vota- 
ción ó hablan votado contra la república: que el perió*^ 
dioo más popular de nuestro bando — El Imparcial — ha- 
bía levantado la bandera de la monarquía; que otros 
dos diarios habían muerto; un tercero, La Naeion, había 
proclamado el federalismo y otro habia roto el fuego 
alérgicamente contra la tendencia personificada en 
D. Nicolás M. Rivero, cuya importancia á nadie se 
oculta. Nos faltaba, pues, doctrina, y nuestro cuerpo 
evidentemente se deshacía. 

No faltan, empero, los que creen que los partidos los 
constituye puramente la agrupación de individualida- 
des. Tengo por equivocada la idea, pues que siendo así, 
no alcanzo qué diferencia sustancial puede haber entre 
los partidos políticos de nuestro tiempo y las bandas ar- 
madas y las turbas de condotieri de las repúblicas ita- 



48 

lianag. Pero aun cuando fuese de esta manera, se dio la 
circunstancia de que aun dentro del antiguo grupo radi- 
cal brotasen dos tendencias igualmente enérgicas: la de 
los radicales intransigentes y la de los J[)enévolos ó con- 
ciliadores; con lo que hasta unidad de conducta fiütó al 
antiguo bando radical. 

He oido en más de una ocasión añrmar que los con- 
ciliadores éramos en realidad federales, y hasta se llega 
á decir que en esto pagaba tributo el grupo á la influen- 
cia de los Diputados puerto-riqueños. La afirmación es- 
en absoluto íálsa: y si yo acostumbrase á pensar mal de 
mir adversarios, la tacharla de torpemente intencionada. 

Por una parte, conviene que se sepa que después del 
i i de Febrero, la diputación de Puerto-Rico se dividió 
en la manera de apreciar las cosas de la política penin- 
sular. Por decontado, sus individuos no se habian nun- 
ca obligado á la unidad en este extremo: yo mismo re- 
cabé la libertad de acción sobre ciertos puntos. Pero 
ello es cierto, que después de votada la república, solo 
los Sres. Ayuso, Alvarez Ossorio, Alvarez Peralta, 
Gintron, García Maitin, Sanromá y yo tomamos el par- 
tido de formar con el grupo de los conciliadores, y asi 
consta en los periódicos de aquellos dias. No era, 
pues, toda la diputación de Puerto-Ric(D la que en este 
asunto echaba sobre sí la^ responsabilidad de dividir al 
partido radical. 

Demás de esto, es falso que ni una sola vez procla- 
másemos la doctrina federal en nuestras reuniones. 
Por el contrario, en varias ocasiones se dijo, — lo dije yo 
más de una vez — que los conciliadores no temamos otra 
misión que sostener la efectividad de los dos votos de 
11 y 24 de Febrero, oponiéndonos á la proclamación 
á deshora de la república federal, y á la ruina del ac- 



40 

tual gobierno republicano, a Ni unitarios ni federales» 
fué nuestro acuerdo, preocupados como estábamos de en- 
tregar integro el depósito de la legalidad creada el dia 
1 i en manos de las convocadas Constituyentes. 

¡Y sin ^QQbargO) los que más nos han censurado son 
precisaiDente los que altando á sus compromisos y á 

* 

las más evidentes convenieaicias de la política, se dis- 
pusieron muy luego á hacer profesiones de fé de un 
unitarismo que, los hombres sinceramente liberales no 
podrán nunca aceptar sino después de serias y deteni- 
das esplicáciones — sin que de tal merezca el nombre la 
pretenciosa defensa de ciertas unidades que en la edad 
contemporánea no han llegado á negar ni siquiera las 
rq>úblicas confederadas! 

Porque (es preciso decirlo todo) era impolítico, pero 
muy impolítico que los representantes del partido radir 
cal, encargados en aquel entonces de una misión delica- 
dísima, saliesen de la patriótica reserva que la,s circuns- 
tancias les habian impuesto; como era un dislate de pri- 
mera fuerza el creer que del texto y aun del espíritu 
del manifiesto de Octubre de 1871 se hubiese de dedu- 
cir la. república unitaria) como era un desatino incali- 
ficable ó una mala fé visible el confundir la autonomía 
colonial coU' el federalismo, para de aquí inferir la ra- 
zón con que los Diputados de Puerto-Rico (cuya abne- 
gación y desinterés no admiten segumdo puesto) se co- 
locaron de parte del G-obiemo, sin pretender el nombre 
ni las coQsideraciones de ministeriales. 

No es de este momento formular mi juicio sobre la 
república unitaria y la república federal. Diré por mi 
cuenta que ni una ni otra me imponen, por más de que 
para decidirme en el momento de prestarles mi voto 
uecesUe naturalmente ciertas aclaraciones. Histórica"* 



50 

mente, la república unitaria es inaceptable: es la repú- 
blica centralizada; y yo no conozco un solo ejemplo en 
contrario. Presumo, empero, que esto no lo habrian de 
querer muchos radicales que de buena fé y por (posición 
al federalismo se declaran unitarios. — En cambio, el 
federalismo, que en la historia ha sido siempre el tér- 
mino sintético de la confederación v la centraliza- 
cion, del separatismo (teoria de los pactos) y del cen- 
tralismo (teoría de la absorción del Estado), reviste en 
la propaganda que de él se ha hecho en nuestra patria 
cierto sabor socialista á que es preciso poner correctivo, 
no confundiendo cuestiones de forma con otras de 
fondo. 

Yo declaro que no tengo inconveniente alguno en 
aceptar la república federal, manteniendo un criterio 
tan individualista como las leyes de la política lo consien- 
tan, en las cuestiones á que dan origen la propiedad y 
otras relaciones sociales: esto es, si el federalismo conti- 
núa con la significación que en la historia tiene. En 
cambio, no acepto el unitarismo mientras no reniegue 
de su significación histórica. 

Pero esto lo digo ahora: esto jamás, entiéndase bien, 
jamás lo dije en las reuniones de los conciliadores. ¿Con 
qué derecho hubiera podido decirlo? ¿Con qué derecho 
habia yo de comprometer á mi partido sin consultarle 
previa y solemnemente? 

Tal conducta no ha impedido que algunos de nues- 
tros antiguos amigos censuraran acremente (pero nunca 
donde fuera posible la contestación) á los Diputados de 
Puerto-Rico. ¡Quizá se hayan atrevido á murmurar algo 
como de ingratitud! 

¡Ah! ¡Cuánto hubiéramos podido decir nosotros de 
los que nos motejaban! ¡Y cómo hubiéramos podido 



51 

-eponer actitud á actitud! (conducta á conducta! ¡Cómo 
nos hubiera sido fácil recordar nuestra fidelidad al ma- 
nifiesto de 1871, nuestros votos en 1872, nuestra pru- 
dencia en la última campaña y ios fracasos de .últi- 
ma hora y los gravísimos peligros por que corrió la ley 
de abolición! 

Además, que yo no tolero que se diga, ni por un solo 
momeíito, que el partido radical ha tenido mejores de- 
fensores que nosotros. Más inteligentes, más felices, 

más autorizados sin duda alguna: más sinceros y 

más desinteresados, seguramente no. 

El partido radical ha tenido una misión tan grande 
como difícil, y á mi juicio la ha realizado hasta con ex- 
ceso. Para comprender la importancia de £^quel bando 
político, así como la admirable relación que ha mante- 
nido su conducta con sus propósitos, bastarla observar 
la pasión con que, de muy atrás, viene siendo juzgado. 
Se le ama ó se le odia: no hay término medio: y en los 
juicios ninguno toma un punto, de vista imparcial. Sus 
adoradores se extasían ante sus ideas y sus procedi- 
mientos, cuya bondad es el tema de todas las observa- 
ciones y el motivo de todas las alabanzas. Sus adversa- 
rios á esto mismo se contraen y condenan al partido 
radical, no porque haya faltado á la generalidad de sus 
compromisos, sí que precisamente por sus exclusivos 
procedimientos y sus características ideas. No puede 
darse elogio más acabado. 

La misión de aquel partido era esencialmente revo- 
lucionaria, y en este concepto siempre me pareció que 
recogía dignamente la herencia del progresismo de 1854, 
de los centralistas de 1840, de los exaltados de 1820 
y de ios liberales de 1812. En el consorcio de los dos 
-elementos progresisU y democrático en 1870, es evi- 



3S 

dente que si el segundo trajo la doctrina, el primero* 
aportó el procedimiento; y sobre que el método en todo 
sistema tiene una importancia capital, en la vida de .loa 
partidos basta á veces para calificarlos; porque los par- 
tidos no son solo una teoria, sf que una oonduaUt.- Por 
eso el partido radical, diferenciándose del progresismo 
por el adelanto científico da^su doctrina, por la referencia 
de sus antiguas afirmaciones á un principio más abso- 
luto, más racional y más fecundo, como el de los dere^ 
chos naturales del hombre, que á su vez imponía ciertas 
correcciones al primitivo credo; sin embargo, conservé 
el sentido y el alcance de su antiguo método; y este se 
demostró hasta la saciedad en la coalición electoral de 
i 872, en la tentativa de retraimiento del mismo año, 
en la constitución de las actuales Cámaras, en el arre» 
glo del clero, en la cuestión de los artilleros, en la abo- 
rción de la esclavitud y hasta en la votación del 11 de 
Febrero. 

/Quó otro partido ha podido compararse al radical en 
prontitud y acierto para ver al enemigo, en resolución 
para buscarle en sus últimas guaridas, en energía y 
perttoverancia para llevar á término su laboriosísimo 
empeño? ¿Qué otro partido ha osado nunca acometer 
una campaña como la por él inaugurada contra la famo- 
sa Liga, conjuración de todos los elementos reacciona- 
rios para dar la batalla al nuevo espíritu, á pretesto de 
la reforma colonial y con la ventaja de invocar nombres 
augustos é intereses sagrados? Porque entiéndase que 
el quebrantamiento del statu quo colonial, por medio de 
ja ley de abolición, es para mí un acto tan grave en la 
marcha de la política española, como la supresión de 
los señorios, la desamortización ó el derrumbamiento de 
la monarquía* de la media legitimidad. Y para aeome- 



te» esta eoatpresa era de todo punto preciso el temple 
roYolucionario. En tal supuesto, nadie, nadie podrá nes- 
gar esta gloria al partido radicad, cualquiera que haya 
«ido la conducta de algunos de sus representantes en las 
últimas sesiones de la Asamblea. 

Por innecesario tengo repetir que nunca he aceptado 
por completo el procedimiento del partido á que me re- 
fiera. Buenas pruebas he dado de ello combatiendo la 
coaücion electoral de 1872 hasta el punto de retirar mi 
candidatura de Asturias, motando después en la minoría 
de las penúltimas Cortes contra el retraimiento y opx>- 
niéndome en época bien cercana á cierta proyectada se- 
sión permanente del Congreso, en circunstancias de al- 
gún desasosiego. Es decir, que no me ha complacido, lo 
que el procedimiento entraña de forzado, de violento; 
pretendiendo por mi parte distinguir, dentro de lo re 
Yolucionario, lo abreviado y le impetuoso de lo absor- 
bente y lo huracanado, por más de que en la mayor 
parte de las ocasiones entrambas cosas reciprocamen- 
te se supongan y se confundan lastimosamente. 

Pero, así y todo, ¿qué partido aquí puede vanaglo- 
riarse de haberse sometido siempre al procedimiento le- 
gal y al método pacífico, prescindiendo de lo arrebatado 
y lo vertiginoso? ¿Cuál? ¿El absolutista, que &e insurrec- 
cionó en 1814? ¿El moderado, que dirigió el levanta- 
jniento de 1843? ¿La unión liberal, que hizo los contra- 
dictorios movimientos de 1856 y 1868? ¿El republicano, 
que locamente se insurreccionó en 1869 y 1870? 

El factor es, pues, común á todos nuestros partido&, 
y como que para ser eficaz en la vida política actual es 
preciso aceptar la disciplina de los partidos, yo he po- 
dido elegir el radical (lo he dicho ya otra yoz) como el 
más próximo á mis individuales opiniones. 



54 

Pero reconocida toda la importancia y proclamado' 
todo el mérito que el antiguo partido radical tenia, es- 
timo desacertado sacarle de quicio, prolongando su exis- 
tencia fuera de las condiciones que la hacian posible y 
la explicaban. ¿A qué o][>onerse locamente á la ley del 
tiempo y á la lógica de la vida política? ¿A qué preten- 
der la momificación de aquel ilustre partido, cuando de 
su libre descomposición habrían de resultar elementos 
de gran valía para que, unidos con otros del antigua 
partido republicano, reprodujesen algo como la obra 
de 1869, y afrontasen, con su tradicional sentido y po- 
deroso aliento, las dificultades de alguna reforma, para 
la cual fuesen necesarios quizá el espíritu vigoroso de 
Calvo de Rozas y la previsión política y las altas mi- 
ras de Mendizábal? ¿Por qué romper la misma tarde 
déla proclamación de la República con los república-^- 
nos de la víspera, luchar con su prestigio, renunciar á 
la política de abnegación y de benevolencia, para colo- 
carnos fuera de los intereses de la situación á que ha^ 
biamos ayudado con nuestro voto, y cuy ai dirección en 
estos instantes correspondía á los republicanos históri- 
cos, con el mismo derecho con que nosotros, después 
de no pocos tropiezos y de graves conflictos para el país> 
hablamos asumido la de la situación creada en 1868? 

8e dirá que esto lo hubiéramos conseguido mejor no 
desuniéndonos. Es verdad; por eso nunca me lamentaré 
bastante de que algunas ilustres personas del partido 
radical se hayan separado de nosotros. Y digo que se 
han separado, porque los conciliadores estamos, no ya 
con la lógica del voto de 11 de Febrero, sí que con el pac- 
to celebrado por cierta célebre comisión nombrada en 
momentos bien críticos, por la mayoría de la Asamblea 
para conferenciar con el elemento republicano; pacto- 



55 

que expuso dé un modo terminante el Sr. Martos en la 
sesión del 24 de Febrero, y que comenzamos todos á 
cumplir votando su primera parte; esto es, el ministerio 
republicano homogéneo. 

Desgraciadamente no lo entendieron del mismo modo 
todos los Diputados de Puerto-Rieo; y puede decirse 
que esta fué la única cuestión en que nos dividimos. 
Bien es que nunca nos habíamos ol^igado (antes lo he 
dicho) á observar una misma marcha en las cuestiones 
que no fuesen especiales de Puerto-Rico. 

Pero esto no ha evitado que todo^ incurriesen en las 
iras y cuando menos en las prevenciones de ciertos gru- 
pos, alegándose como pretesto para ello, no ya la actitud 
áeunos cuantos, después del 11 de Febrero, sí que la in- 
quieta preocupación que por las cosas de su país venían 
demostrando todos los Diputados puerto-riqueños. fel 
pretesto da lástima, y si de él trato es porque algo tie- 
ne que ver con el tercer punto de que al principio de 
este ya largo escrito prometí ocuparme. 

Una de las mayores dificultades que entraña la pro- 
cura de los intereses puerto-riqueños es la diferencia 
esencialísima de la situación actual de la Península y 
de aquella Antilla. Entiendo que siempre (dentro del 
régimen de la asimilación) este será un gran obstáculo; 
pero máxime hoy, que resueltas en la Metrópoli las 
cuestiones fundamentales de la vida política, no se com- 
prenden, á primera vista, en las Cortes la oportunidad 
con que, en medio de debates de política general y cuan- 
do la casi totalidad de la Cámara está preocupada con 
algo pasajero, pero palpitante, se alce la voz de un Di- 
putado bo rinquense llamando la pública mirada sobre 
problemas aquí ya casi olvidados de puro resuelto s^ 
en el trascurso de treinta años , pero que subsisten 



56 

en toda su virginidad en Ultramar , constituyen aUí 
la preocupación diaria y casi monopolizan la ateor ' 
cioQ de los representantes de aquellos países byasta el 
grado de que lo que aqüf interesa en el momeato^, para 
ellos revista un carácter secundario. 

A esto se junta que las cuestiones de Ultpamar, 
por su naturaleza y por las esperanzas que en e^MB 
muy discretamente han puesto los partidos conservar 
dores de la Península (impotentes aquí para luchar por 
sus ideas cara á cara y para quienes el skitu qtto Gokmiél 
es el benéfico pliegue que los mantiene dentro de la si- 
tuación y les permite hacer sus trabajos de zapa), son 
una eomplicacion más, y los Grobiemos gustan poco de 
que se les ofirezcan dificultades, y los partidos , cuAndo 
están en el poder, no miran con buenos ojos las nieblas 
que una cuestión desconocida puede a4rrojar. 

Por todo esto muchas veces se ha lanzado á la dipu- 
tación puerto-riqueña el cargo de que no perdia de vista 
su interés ni aui^parecia estar en el Congreso para otra 
cosa que para defender las reformas de la pequeña An- 
tilla. Todavía así formulada la primera parte de esta 
crítica es un elogio; pero con los antecedentes consigna* 
dos desaparece todo motivo de censura. 

La merecerla si aquella diputación hubiese pos- 
apuesto alguna vez el interés general de la patria ó la 
causa de la libertad al mero interés de la provincia: 
la mereceria si, por ventura, los Diputados pu^to-ri- 
queños hubiesen abandonado, en los momentos difíciles 
ó en cualesquiera otros, sus escaños so pretexto de que 
no se trataba de su olvidada isla. 

Este esclusivismo provincial seria, aparte de indig- 
no, absurdo y contraproducente. Una po/ííica pwerío-rt- 
queña no se comprende donde todos los Diputados son 



' 57 

DifputadoB de la Nación, y donde la mejor garantía de la 
lib^tad colonial es> y tiene que ser la libertad de la 
Mietrópoli. ¿Qué más hubieran deseado nuestros adver- 
sarios que nuestra abstención sistemática de la política 
^enerail? ¡Qué argumentos no se hubieran sacado de 
nuestro raquitismo de miras, de nuestro* aislamiento, 
ée nuestra polHica egoísta! { Ah! muy torpes, muy can- 
didos hablamos de ser para incurrir en esta debilidad. 
Qvizá el único mérito (si alguno hay) de la política, se- 
guida por los Diputados puerto-riqueños consiste en 
haber identiñcado la suerte de su causa con la suerte 
del partido radical, mediante «na adhesión ñrmíáma 
á los intereses generales por este representados. En tal 
concepto, no reparamos en saícrificios. ¡Cómo, si yo 
alguna vez he temido qué pecábamos de benévolos! 
¿Se duda? 

Silenciosos estuvimos frente al 8r. Gasset, á pesar 
de la aco^da fria, casi desdeñosa de aquel Ministro 
á una comisión de Diputados puerto-riqueños, á los 
cuales en Setiembre anunció que él no era reformista. 
Deferentes estuvimos eon los principales individuos de 
4U{uel ministerio, no sostenieoido Soria su interpelación 
sobre la situación política de Puerto-Rico; Borrell sus 
preguntas sobre la separación del capitán general La 
torre; Maitin sus incesantes gestiones para resolver los 
cottfhctos de la diputación provincial y el gobierno su- 
premo; Gintron su demanda del proceso de Lares; Pa- 
dial sus preguntas sobre el personal de la administra- 
<i(m de la isla; yo mi interpelación sobre el incumpli- 
miento de la Ley preparatoria de 1870; — y eso que los 
esclavistas, pretestando que la ley de 1870 se cumplía, in- 
tentaban evitar la definitiva de abolición; y que en la Pe- 
nínsula se publicaba contra el partido liberal puerto-ri- 



58 

queño una especie de Historia de la insurrección de Lares, 
con pretensiones de estar basada en datos oficiales; y que 
el general Latorre era llamado de improviso á la Metrópo- 
li, conforme babian prometido los conservadores déla pe- 
queña Antilla; y que los periódicos esclavistas no cesaban 
de propalar rumores al^.rmantes sobre la situación ¿e 
aquella isla como medio de impedir toda reforma, y que 
el Ministro de Ultramar se negaba en absoluto á secundar 
recomendación alguna de los Diputados puerto-riqueños 
en materia de personal administrativo, afirmando de es- 
te modo una diferencia, para nosotros ofensiva, respecto 
de lo que de ordinario acontece en la Península. 

¿Y mi amigo Sanromá no desistió de sostener sus 
dos proyectos de reforma social y reforma económica? 
¡Y mi compañero Alvarez Peralta no aplazó la defensa . 
de su proposición de reforma' política! ¡Y yo no evité 
una verdadera batalla retirando, después de discutida 
con los Sres. Martes y Gasset, mi proposición para lle- 
var el Código penal á Cuba, Puerto-Rico y Filipinas! 

Y ¿qué razón teníamos para todo esto? No violentar 
las cosas: no precipitar las soluciones: no traer confii);- 
tos al Gobierno: no quitarle la gloria de su iniciativa» 
una vez que nos hubiera prometido hacer tal ó cual re- 
forma: no dividir la mayoría, como pudiéramos haberla 
dividido á los quince dias de reunidas las Cortes. 

¡Ah! recuerdo bien cómo me censuraron algunos el 
dia que retiré mi proposición sobre el Código penal. Yo 
estoy satisfecho de lo que entonces hice; y si me fuera 
lícito presumir de algo, me permitiría decir que, por lo 
que después medió, ílegué á creer en la superioridad de 
mi previsión política respecto de la de aquellos que por 
aquel entonces me censuraron duramente. Y eso que la 
proposición no se votó: que la mayoría continuó uni- 



59 

da.... que todavía no se ha llevado el Código penal á 
Ultramar, y que para la comisión que el Ministro 
nombró á fin de que. propusiese lo conveniente dentro 
de un brevísimo plazo, se prescindió por completo 4& 
los Diputados borinquenses, dándose participación á 
personas conocidas por su oposición á nuestras ideas. 

Pero {qué más I la misma presentación de nuestras 
proposiciones, el anuncio de nuestras interpelaciones 
¿cuándo tuvo lugar? Después de haber solicitado en va- 
no y por dos veces (sin duda por circunstancian extra- 
ñas á la voluntad de mi respetable amigo el Sr. Ruiz Zor- 
rilla) una conferencia con el Presidente del Consejo de 
Ministros; fracaso de que hubiera resultado la completa 
ruptura de mis relaciones personales y políticas con 
aquella digna persona, á no mediar públicas y honrosas 
explicaciones de ambas partes en la reunión celebrada 
en el Palacio de la Presidencia á ñnes de Octubre, ante 
los Sres. Diputados de Patencia y Pontevedra, cabién- 
dome entonces el honor (con mi amigo el Sr. Sanromá) 
de llevar la voz de la diputación puerto-riqueña y de 
sentar las bases de una inteligencia cuyo primer resul- 
tado fué el decreto que estendió á Puerto-Rico la ley 
municipal. 

Tal vez se busque argumento en una célebre enmien- 
da presentada al voto particular del Sr. Primo de Rive- 
ra en las postrimerías de la Asamblea Nacional. Propo- 
níase en ella que, si por falta de suficiente número de 
Diputados para votar leyes no se aprobaban las de abo- 
lición de la esclavitud, supresión de matrículas de mar, 
y organización de 40 batallones francos (para cuya dis- 
cusión se habia prorogado tan solo la vida de la Asam-t 
blea) se entendiesen promulgadas estas leyes conforme 
á los dictámenes de las repectivas comisiones. 



60 

La mera enuaciacion de esta enmienda produjo ua 
escándalo en la Cámara. Ciertos grapos desde loego 
señalaron como autores de la enmienda á los Diputados 
de Puerto-Rico y como interés supremo del'aditamentá>, 
la ley de abolición. Pues bien; aquella enmienda no ñié 
obra nuestra. Su autor se llamaba D. José Femando 
Gronsalez, uno de los jóvenes de corazón más geneíoso y 
de inteligencia más rica que poseía la minoría republica- 
na, y al cual debe la causado las reformas ultramarinas 
etínerzos verdaderamente extraordinarios. 

Cierto que entre los firmantes de la enmienda de Gon- 
lalez habia el nombre de un Diputado de Puerto-Rico 
(el nombre de Padial), pero cierto también que allí es- 
taba sin previo acuerdo do sus demás compañeros (poi- 
que no se trataba de una cuestión esclusivamentepuer- 
to-riqueña) y en virtud del mismo derecho incontestable 
que tenian todos los demás firmantes. Cierto que la caá 
totalidad de los Diputados de Puerto-Rico votaron la 
enmienda, pero cierto que varios se abstuvieron de votar 
y aun alguno lo hizo en contra. 

Pero entendámonos. ¿Cuál era la razón de aquella 
enmienda? ¿Acaso un nuevo capricho la aconsejaba? 
¿Era una pura intriga? Triste es revelarlo , pero es pre- 
ciso que todo el mundo lo sepa. Algo he dicho ya sobre 
esto al principio de este memorándum, 

A poco de la calda de la monarquía una gran parte 
de los Diputados y Senadores sübandonó las^sesiones del 
Congreso, de suerte que apenas si habia número sufi- 
ciente para votar leyes. Conocido esto de todo el mundo, 
muy luego comenzó á fraguarse un complot, cuyo ob- 
jetivo filé desdé el primer momento la ley de abolición. 
Todo el empeño consistía en pedir, á última hora, la 
votación nominal para el acuerdo definitivo en cuya 



61 

virtud el dictáifien de la comisión abolicionista, después 
de ttn debate de cerca de dos meses, debia ser ley. La 
feílta de Diputados se hacia constar, y para esto ya se 
cuidó «n varias sesiones de que el presidente declarara 
que se necesitaban 255 Diputados para votar leyes. 

Esto para nadie era un misterio. Principiaron á mur^ 
murarlo los convenidos en el Salón de conferencias : lo 
indicaron luego los periódicos conservadores, y los mis- 
mos que habian de pedir la votación nominal y de abs- 
tenerse de votar para que el número fuera aun menor, 
no lo ocultaron después de la derrota de la enmienda 
del Sr. García Ruiz al dictápaen de la comisión: enmien- 
cn cuyo triunfo fiaron aquellos bastante. 

En «sta trama entraban, más ó menos ostensiblemen- 
te, vaHos grupos. En primer lugar, los enemigos de la 
ley de abolición: en segundo, los que ardian por que la 
Asamblea no suspendiese sus sesiones, para volver á la 
constitución de un ministerio mixto ó quién sabe si á un 
ministerio homogéneo radical; én tercer término, los que 
por antipatía á los Diputados puerto-riqueños, por odio 
á la actitud tomada por muchos de estos figurando el 
grupo de los conciliadores, quizá por motivos aun más 
pequeños, querían hacer sufrir á aquellos un descala- 
bro. . . . á costa de la integridad de la doctrina del parti- 
do radical, del prestigio de la Asamblea, de la honra de 
España y de la suerte de los pobres é inocentes negros! 

Pues contra este complot, última maquinación del 
esdavismo, se forjó la enmienda de González. Solo en 
un caso hubiera surtido efecto: en el caso de que un gru- 
po de Diputados y Senadores, faltando á sus deberes, se 
ausentase de la Cámara para que no fuera ley el proyec- 
to de abolición: — aquel proyecto votado moralmente en 
medio de un indescríptible entusiasmo el 22 de Diciem- 



62 

bre. Después de esto, ¿puede nadie estrañar que mu- 
chos votáramos la emnienda en cuestión? Yo respeto las 
opiniones contrarias: sé de muchos que se opusieron á 
la enmienda de muy buena fé, alegando argumentos 
muy atendibles; pero esto no empece para que yo acepte 
con gusto toda la responsabilidad de aquel acto. 

Y buena prueba de la perspicacia acreditada en este 
trance por el Diputado de la minoría republicana, lo que 
después sucedió. Fué desechada la enmienda; ¿pero sa- 
lió el proyecto de abolición tal como la comisión radical 
lo habia presentado? ¡Cuántas angustias no pasamos en 
aquellos inolvidables dias de Marzo! jGómo advertimos, 
profundamente doloridos, ciertas abstenciones en la vo- 
tación de la enmienda García Ruizl {Con qué pena nos 
resolvimos á aceptar la mutilación de nuestro proyecto, 
en aras de la patria y en beneficio de^la misma causa del 
esclavo, ahora súbitamente comprometida de un modo 
apenas imaginable treinta dias antes! 

De suerte que en aquella enmienda ni la iniciativa 
filé nuestra, ni su presentación fué inoportuna, ni el 
apoyo que le prestamos puede tacharse de inconvenien- 
te. ¿Con qué derecho, pues, se ha podido murmurar de 
la actitud de los Diputados puerto-riqueños,, presentán- 
dolos como inquietos y preocupados solo de su interés 
esclusivo? 

Adepiás, los autores de ciertas críticas (cuyo objetivo 
nunca fué para mf desconocido) ignoran que precisa- 
mente uno de los acuerdos tomados por la diputación 
borinqueña al entrar en campaña se contrajo á la esqui- 
sita prudencia con que habia de proceder en todos sus 
actos. Y esto me conduce á tratar del último punto de 
que hablé al principiar este papel. 

Apenas reunida en Madrid la mayoría de los Diputa- 



63 

ilos de la pequeña Antilla, celebróse una reunión con 
la mira de acordar el plan de conducta que debíamos, 
seguir y las bases de los proyectos de reforma que ha- 
blamos de presentar. A aquella junta solo asistimos los 
Sres. Alvarez Peralta, Alvarez Ossorio, Borrell, Gin- 
tron, García Maitin, Mosquera, Padial, Sanromá, So- 
ria y yo, agregándose los Sres. Mata y Rodríguez (Ga- 
briel) electos Senadores. Es decir, que de los catorce 
Diputados radicales electos (el decimoquinto era el se- 
ñor Sanz, conservador) solo diez se reunieron, y de los 
cuatro Senadores," solo dos. A poco y en las siguientes 
sesiones fuimos ya menos, porque el Sr. Mosquera se 
abstuvo y los Sres. Rodríguez y Mata renunciaron el 
cargo de Senadores, de modo que la campaña la hici- 
mos solo nueve representantes de la pequeña Antilla, 
á los que á última hora se agregó el Sr. Ayuso, recien- 
temente nombrado en sustitución del general Górdova. 
La contrariedad no fué pequeña; máxime cuando reuni- 
do el Gengreso y el Senado en el mes de Febrero pudi- 
mos advertir que los Representantes que entonces de- 
biera tener en la Asamblea la isla de Puerto-Rico eran 
nada menos que diez y nueve! » 

En las reuniones á que me refiero, resolvimos , pri- 
mero, mantener una estrecha unión en todo lo referente 
¿ la política de Puerto-Rico — reservándose cada cual su 
libertad de acción para las demás cuestiones de política 
general — para lo que debíamos celebrar conferencias y 
discutir todo paso que en nombre de la pequeña Antilla 
intentásemos. Segundo, huir sistemáticamente los de- 
bates de pasión y procurar á toda costa que se discutie- 
sen, en toda su amplitud y con toda cahna, los proble- 
mas políticos, económicos y sociales de Puerto-Rico, en 
la seguridad de que, teniendo de nuestra parte la razón 



6* 

y Biendo notorio el liberaUamo de la Cámara, ganaría-^ 
mos la partida si oonseguiamos que las G6rtes domina- 
sen serenamente las cuestiones; con lo que, además, ba^ 
riamos frente á la hasta entonces fecunda táctica de 
nuestros adversarios, dedicados á barajar los interósea 
y las pasiones para nunca Ue^r al fon^ del problema 
ultramarino. Tercero^ renunciar á todo propósito y todo 
acto que pudiese ser atribuido de cualquier modo á in- 
terés personal, por lo que así en las votaciones de la 
mesa del Congreso, como en la designación de personas 
para las comisiones nos abstuvimos constantemente de 
presentar nuestros modestos nombres, tomando una ac- 
titud opuesta solo cuando se trató delaleydeabolici(m« 
por motivos fáciles de comprender . Cuarto, deferir á las 
indicaciones del Gobierno y dejarle la iniciativa en todas 
aquellas reformas que se manifestase dispuesto á hacer 
en el orden legal de Puerto-Rico, reservándonos, empe- 
ro, la facultad de provocar todos los debates convenien- 
tes y de presentar todas aquellas proposiciones que no 
se mostrase el Gobierno en ánimo de iniciar ó sostener, 
pero con el propósito siempre de reducir nuestra acti- 
tud á la mera propaganda , á no forzarnos á otra con- 
ducta las circunstancias. Quinto, prescindir de Coda po- 
lítica exclusiva, no reduciéndonos, por tanto , á los me- 
ros intereses locales de Puerto-Rico. 

Tratando este punto, y siquiera de pasada, quiero 
hacer una indicación relativa á mi modo de ver la cues- 
tión de procedimiento en la presentación de las propo- 
siciones para la reforma ultramarina. Yo creia en la 
mayor conveniencia de presentar proposiciones de ley 
especiales sobre cada uno de los estremos que habia de 
comprender la Constitución política de Puerto-Rico. 
Asi hubiéramos conseguido más fácilmente ia libertad 



65 

ÚQ imprenta, y la estension del derecho de sufragio, 
y el jurado, y los derechos de reunión y asociación, sin 
-exponemos á perderlo todo de una vez, si limitábamos 
nuestro esfuerzo á sostener la proposición de llevar de 
4in golpe á la pequeña Antilla la Constitución de 
4869. De esta opinión mia no participaban algunos de 
mis compañeros, y sobre todo el más directamente en- 
-cargado de defender la reforma política. Por esto y por 
haberse echado encima los acontecimientos no pude 
ensayar la realidad y la eñcacia de mi idea. Pero ahora 
jQie importa que conste, para que se entienda una vez 
más, que yo no he aceptado nunca, que yo no acepto 
lioy la fórmula de todt^ nada. 

Fieles al programa anunciado vivimos los siete meses 
délas últimas Cortes. Nuestras deferencias para con el 
Grobiemo dichas quedan en otra par te: nuestra actitud en 
«1 Congreso es de todos conocida, porque pública fué 
nuestra adhesión al centro izquierdo de la última Asam- 
' bles, recibiendo de él, al tiempo de su virtual disolución, 
la alta honra de ser yo nombrado, primero, de la Comi- 
sión directiva del grupo conciliador, y después miembro 
de la Comisión permanente de la Asamblea Nacional. 

No quiero ni debo cuidsírme de razonar la actitud que 
en toda la campaña mantuvimos: ni siquiera he de re- 
lacionarla con los resultados obtenidos. Pero si me creo 
en el deber de llamar la atención de mis correligionarios 
y en particular de las dignas personas que en lo sucesivo 
desempeñen el cargo de Diputados de Puerto-Rico, so- 
bre la intima, la constante é inquebrantable unión 
que sostuvimos los representantes de la pequeña An- 
tilla en la legislatura que virtualmente acaba de ter- 
minar. Es punto menos que imposible que yo esplique 
la fuerza que esto nos dio. Y cuenta que esta unión no 

5 



(S6 

era resultado de una perfecta unanimidad de pareeerea 
de los Diputados. En nuestras particulares reuniones, 
ñieron largos y calurosos los debates, siendo no pocos 
de cinco y seis horas seguidas. Mas es igualmente cierto 
que de aquellas reuniones salia siempruna sola TOlun-^ 
tad. ¡Cómo si no, hubiéramos, por ejemplo, resistido en 
silencio, y al modo de un regimiento al cual se le obliga ét 
recibir arma al brazo el fuego del enemigo, los incesantea 
ataques de que la diputación fué objeto durante la discu-^ 
sion de aquel voto de confianza al ministerio Zorrilla, 
que precedió inmediatamente al proyecto emancipador 
de 22 de Diciembre! Otro ejemplo de disciplina es difi-^ 
cil que se presente — y lo cito po)rque el mérito que me 
alcanza es bien escaso. En aquellos célebres debates — 
ahí está el Diario de Sesiones — no parecía sino que lo 
único que se discutía era la diputación puerto-riqueña: 
la cual en su puesto, tranquila y reservada, soportó las. 
críticas hasta el momento final en que se me dio el en-^ 
cargo de esplicar brevemente nuestra actitud, nuestroa 
compromisos y nuestras aspiraciones. 



Consignadas las esplicaciones que anteceden, y afir- 
mada mi disposición á dar cuantas mis amigos y cori^e- 
ligionarios crean todavía necesarias para la mejor inte^ 



67 

ligeacia de los sucesos de estos últimos meses, tiempo 
es ya de poner término á este escrito. No responde á sus 
fínes discurrir sobre el resultado de la actitud y la con- 
ducta de los Diputados puertorriqueños. Tampoco soy 
yo juejs imparcial, y estimo mejor dejar á la opinión pú- 
blica la referencia de los esfuerzos de aquella diputación 
á las positivas conquistas logradas recientemente en el 
camino d^ la reforma colonial. 

Solo me permitiré decir dos palabras sobre la situa- 
ción presente. La campaña parlamentaria de 1872-73 
terminó con un hecho positivo: la ley de abolición. Para 
los que tienen por realidad solo lo que se gusta y se to- 
ca, quizá peque de pobre é insuñciente la campaña alu- 
dida. Para mí — cualquiera que haya sido la participación 
que en ella tuviéramos ios Diputados borinquenses — me- 
rece el doble caliñcativo de fecunda y sorprendente. La 
ley de abolición, á mi juicio, entraña para Puerto-Rico 
la disolución del partido conservador; para Cuba el alla- 
namiento de uno de los principales obstáculos que en el 
orden de las preocupaciones y de los intereses o&ecia 
su verdadera pacificación: para todo nuestro imperio 
colonial, el primer paso serio y decidido en el sentido d» 
su total reforma. El tiempo dirá si me equivoco. En 
tanto hoy de nuevo repito, que si á la cuestión colonial 
he venido por mis inescusables deberes en pro de la 
abolición de la esclavitud, siempre he pensado que en 
este problema estaba cifrada la suerte entera de todas 
nuestras colonias; pudiendo esperarse que una vez re- 
sulto aquel en disentido de la justicia y de la civiliza- 
ción, lo demás se nos daria por añadidura — según la fra- 
se de los libros cristianos. De este modo, yo, abolido-- 
nista, tenia la seguridad de lliegar á las soluciones de los 
reformistas, ¿Llegaré? ¿He llegado? 



6S 

Entiéndase, empero, que ni remotamente se me ocur- 
re que para alcanzar el desenvolvimiento de la gran obra 
del 22 de Marzo, baste lo hecho, correspondiéndonos ya 
á sus admiradores aplaudir satisfechos, pero reducidos 
pura y esclusivamente á una espectacion benévola. 

Hoy como nunca es preciso trabajar. 

De una parte es necesario que el Ministerio de Ultra- 
mar salga de sus rutinas y abandone sus preocupaciones 
para tener resueltamente una política. Ya no son posi- 
bles las locas pretensiones y mucho menos el desatenta- 
do imperio de aquella burocracia que asf en nuestras 
Colonias como en el mismo Madrid, oponia á la ley de 
espansion y al espíritu democrático de los tiempos mo- 
dernos, ora una actitud de hostilidad manifiesta, ora una 
resistencia pasiva, pero bastante para sofocar en el fon- 
do de los pupitres ó bajo el polvo de los expedientes to- 
da idea y todo proyecto que no saliese de su encasillado 
cerebro. Ya nó es posible mirar á aquellos paises, 
que el genio de nuestros navegantes ó el robusto espíri- 
tu de nuestros colonizadores sacó á la luz de la civiliza- 
ción, como meras ñucas, creadas y fomentadas solo pa- 
ra estéril regalo ó grosero provecho de la Metrópoli, 
obligada, por ende, i estimar al colono como el señor 
•consideraba al siervo de la Edad Media y á tratar como 
•enemigo á todo el que en nombre de los deberes im- 
puestos, cuando no en el de su propia naturaleza, eitigiese 
los derechos de ciudadano español. No es ya posible per- 
sistir en la política de la fuerza, cuya fecundidad ha sido 
tal que ha producido la pérdida de todo el continente 
americano y una serie de cruentas insurrecciones, así en 
nuestras Antillas como en Filipinas, de que es tristísimo 
ejemplo la guerra que há cinco años comenzó en Yara. 
Y, en fín, no es ya hacedero continuar la serie de misti 



69 

¡ 

ficaciones, de torpezas, de contradicciones y de incalifica- 
bles errores que vienen caracterizando á la administra- 
ción ultramarina de 1868 á esta parte. 

En obsequio de la verdad, no puedo pasar por alto 
que la diputación de Puerto-Rico ha debido á las dos 
dignas personas encargadas del ministerio de Ultramar 
desde la proclamación de la República, pruebas de afec- 
to y consideraciones de un género á que ciertamente no 
la tenian acostumbrada los Ministros anteriores, de so- 
bra hechos (con alguna rara escepcion) á las pretensio- 
nes de omnipotencia que siempre han distinguido al de- 
partamento ultramarino y que ik mi me han obligado á 
no mantener con él relaciones oficiosas de ninguna es- 
pecie. Pero esto no basta. No es esta la hora de los bue- 
nos deseos y de las atenciones personales. Hoy se ne- 
cesita una política cuyas dos bases tienen que ser estas: 
primera, que las colonias, ante todo» sgn sociedades con 
destino propio; y segunda, que no hay más medios de 
conservarlas en el seno de la Madre patria que la con- 
fianza, la libertad y el desinterés. 

De la propia suerte, nuestros amigos de Puerto-Rico 
tienen que dedicar todo su esfuerzo para que el com- 
plemento de las reformas iniciadas sea una verdad y se 
realice dentro de plazo breve y próximo. Hasta la sa- 
ciedad he repetido que no basta tener derecho para que 
este sea consagrado, y que todos los esfuerzos que se 
limiten á la vida interior de Puerto-Rico y á lo sumo á 
enviar á las Cortes de la Península ocho ó nueve Di- 
putados, pecarán siempre de deficientes. 

En términos generales, para que un derecho sea aca- 
tado, precisa que antes sea conocido de aquel á quien 
corresponde el acatamiento; y en el orden natural de las 
cosas humanas está que la demostración de la justicia de 



70 

• 

una causa corresponda primera y naturalmente á aquel 
en cuyo provecho se ha de hacer la demostración. En 
este sentido, he aconsejado con repetición suma á mis 
correligionarios que procurasen hacer valer en la Pe- 
nhisula la razón de su demanda, pues que en la Penín- 
sula habia de ser esta atendida. {Cuánto no hicieron en 
este camino las Colonias norte-americanas, antes de la 
triste fecha de 1776! ¡Cuánto no ha hecho Irlanda antes 
de conseguir su flamante Ley agraria! 

Porque pecan de ignorancia ó de mala fé los que 
atribuyen la resistencia que las reformas ultramarinas 
han hallado en la Metrópoli á cierta prevención des- 
favorable de esta; prevención de que se supone que 
participan hasta los partidos más avanzados de la Pe- 
nínsula. No hay tal cosa. Lo que sucede es q«e aquí 
se desconoce de todo punto la verdad de la situación de 
nuestras Colonias, y á este desconocimiento concurrea 
la diversidad de los problemas que se ofrecen en aque- 
llas y en la Península respectivamente, la distancia 
extraordinaria que las separa^ la falta de rápidas 7 fre- 
cuentes comunicaciones entre unos y otros paises, la 
historia de abandono y torpezas de los últimos cincuen- 
ta años, la situación desgraciadísima de Cuba, fuente de 
odios y de preocupcunones de cierta especie, y, por últi- 
mo, la propaganda activa, enérgica, incesante, habilido- 
sa y desesperadora que los interesados en el statu quo 
ultramarino han hecho, muy principalmente desde el 
año de 1870. 

A tales causas de error ¿qué hemos opuesto los ami- 
gos de las reformas ultramarinas? No se mé diga que 
las Metrópolis, dignas del nombre de tales, están seria- 
mente obligadas á investigar sin oscitación extraña, to- 
do lo que importa al bienestar de esas sociedades im- 



71 

perfectas, traídas al mundo de la civilización por el 
trabajo de los colonizadores ó de los guerreros. Es cier- 
ta; pero sobre que el pecado que ¿ este respecto puede 
h^Jber cometido España es el mismo que han cometido 
todas las Metrópolis del mundo (y no las absuelvo por 
e&to) ¡medrados estaríamos si la falta de los unos hu- 
biera de justificar el abandono de los otros! 

Demás que (no lo pueden desconocer mis correligio- 
narios de Puerto-Rico) no es esta la hora de reparar en 
sacrificios. Hace cinco años esto era posible. Hoy, des- 
pués de los compromisos contraidos, después del carác- 
ter que ha revestido la oposición ultra-conservadora de 
djüba, después de la pasión demostrada ]^or los conser- 
vadores de la pequeña Antilla.... ¡ah! la reacción allí 
saria la ik)litica de los embargos y los fusilamientos, 
la poli tica de las violencias y la estirpación; y entonces, 
entonces, ¡cómo ^e reproducirían las quejas y los tar- 
díos arrepentimientos de Cuba! La suerte está echada: 
no es posible retroceder y fuera locura renunciar á los 
^Ijoides medios de acción que ofrece la actual situación 
política de la Madre patria y que casi aseguran un rá- 
pido y satisfactorio éxito. ¿Se necesita otra prueba que 
la de la propaganda abolicionista? 

Y que no basta la eleccipn de seis ú ocho Diputados á 
Cortes, más ó menos unidos, y eiiérgicamepte dispues- 
tos á la consecución de las suspiradas reformas, lo dor 
muestra una consideración sencillísima. Porque ó los 
Diputados aludidos optan por dedicar absolutamente 
todos sus cijiidados á la cuestión de Puerto-Rico, ó se 
resuelven á tomar parte en el movimiento general de la 
política española. En el primer caso , sus esfuerzos se- 
rán absolutamente ineficaces: porque la política especial 
y la preocupación de localidad, jamás han hecho mella 



72 

en la masa de unas Cámaras agitadas por gravísimos 
problemas. 

En cambio, si los Diputados puerto-riqueños se deci-^ 
den á tomar parte en las cuestiones generales, es preci- 
so desconocer por completo lo que son los Congresos y 
los deberes que implica la disciplina de los partidos pa- 
ra pensar que un Diputado puede, en cualquier momea- 
to, usar de la palabra ó presentar una proposición, que 
la Cámara acogería con risas ó murmullos. 

Con este convencimiento recomendé en diversas oca- 
siones la creación en Madrid de un Centro reformista- 
colonial, frente al Centro hispano-ultramaríno, y lar- 
fundación de un periódico, que con la visera levantada- 
sostuviese las aspiraciones de los habitantes de nuestras . 
Colonias. Esto hubiera sido el complemento de la ad-^ 
mirable actitud del partido liberal puerto-riqueño, á cu- 
ya virilidad, cuya cultura y cuyo civismo he hecho - 
siempre plena justicia dentro y fuera del Congreso. 
Pero mis consejos no hallaron eco, sin duda por las cir- 
cunstancias: quizá por no ser factible su realización: 
quién sabe si por entrañar algún error que yo no ad- 
vertí á tiempo. 

Hoy, empero, me ratifico en mi punto de vista de 
siempre. Es preciso trabajar en la Península: es nece- v 
sario no atenerse á los esfuerzos de media docena de- 
Diputados;* es indispensable prescindir de la absurda es- 
pecie de que las cosas hacen por sí su camino, y que la 
conservación de los monopolios es lo único que justifica 
ciertos sacrificios, porque es lo único cuya inmediata y- 
grosera utilidad se vé y se palpa. 

De igual manera importa atender á una dificultad qu& 
pueden producir en nuestro camino la nueva situación- 
del país y el favorable prospecto que las cosas poli-- 



73 

ticas ofrecen. Vamos venciendo, y es punto menos que 
seguro, que la más completa victoria coronará nues- 
tros esfuerzos. Pero la hora de la victoria es frecuen- 
temente la > hora de las divisiones y de los conflictos 
entre los vencedores. Y nuestra victoria no es, no puede 
ser tal que nos permita dar por consolidada, al dia si- 
guiente de concluida, la obra que tanto trabajo, tanta fé y 
tanta perseverancia ha reclamado de nuestra parte. Es 
pues, preciso, hoy más que nunca, mantener la admira- 
ble unión y el vivísimo entusiasmo que han distinguido 
al partido liberal puerto-riqueño. Es necesario llevar 
nuestro espíritu á todos los estibemos y por el ámbito 
de nuestra simpática AntiUa ; organizar nuestras hues- 
tes; reparar nuestras bajas; adquirir nuevas fuerzas y 
ensanchar nuestros horizontes sobre la base de lo con- 
seguido. En una palabra, es indispensable no dormirse 
sobre los laureles. 

Para el sacrificio, sírvannos de ejemplo los infinitos 
de los partidos liberales de }a Madre patria; para ln 
unión, aprendamos también en su historia los peligros 
de las divisiones en los momentos del triunfo. La vida 
de las Metrópolis debe ser siempre un libro abierto pa. 
ra las colonias. 



Y con esto termino, pero no lo haré sin rendir públi- 
co tributo en mi propio nombre y en el de todos mis 
dignos compañeros de diputación al centro izquierdo d^ 
las Cortes de 1872-73, á la minoría republicana, á los 
ilustres directores del partido radical Sres. Rui^ Zorrilla 
y Martos, y sobre todo á la Sociedad Abolicionista Bspa^ 
ñola, cuyo espíritu infatigable y cuyos incesantes traba^ 
jos, nos han dado fuerzas, sin las que quizá nuestra 
campaña se hubiera malogrado. 



Tal ha sido mi conducta como Diputado del distrito 
de Sabana Grande. Júzguenla mis comitentes: que aquí, 
tranquila mi conciencia, aguardo su fallo. 

Guando estas líneas sean laidas en Puerto-Rico, se 
babrán verificado ya las elecciones. No ya, por tanto, 
este papel en demanda de los sufragios de mis correli- 
gionarios. Si de las urnas ha salido mi nombre, acep<- 
taré el cargo, por su carácter esencialmente político, y 
porque no habiendo solicitado este honor ni comprome- 
tido á persona alguna particularmente, entiendo que mi 
conducta ha merecido la sanción del distrito. Pero esto 
mismo abona la redacción de este papel en que se dan 
todos los detalles compatibles con la delicadeza de cier- 
tas cuestiones políticas. 

Si, por el contrario, mis correligionaries han prescin- 
dido de mi humilde persona, este papel servirá de es- 
plicacion de ciertos actos, cuya censura no admito 
mientras no sean verdaderamente conocidos. 



75 

¡Ahora, adelante! 

Conmigo ó sin mí, no desmayéis, liberales de Puer- 
to-Rico. 

La hora de la justicia está próxima. 

La Madre España os reconoce y os bendice, rompien- 
do las cadenas de vuestros esclavos; en el momento de 
afirmar, con la Repúbl^a, la plena responsabilidad que 
corresponde á su absoluta soberanía. 

Pero no lo olvidéis; en vuestras manos está no solo 
la consagración de vuestro derecho. 

De vuestra cordura, de vuestro civismo, de vuestros 
esfuerzos pende, en estos solemnes momentos, la suerte 
de todo el imperio colonial de España. 

La empresa es grande. [Pero qué tentadora! 

{Animo, pues, y adelante. 

Nada por la revolución: nada por la fuerza. 

Guando se tiene razón, el triunfo solo exige tiempo, 
perseverancia y prudencia. ' 



Ijtftfeel M. de Labra» 



20 de AbrU de 1878. 
Madrid.— >yalverde, 25 7 2*7. 



DISCURSOS 



I 



LAS ELECCIONES 

DE 

PUERTO-RICO 



DISCURSO PRONUNCIADO 



POR 



D. JOAQUÍN M. SÁNROHA 



en la sesión celebrada por el Congreso de los Diputados el 10 do 

Octubre de 1872. 



LAS ELECCIONES 



DB 



PUERTO-RICO. 



Señores Diputados : 

Después de dar las gracias al Sr. Ólave por su amabilidad en 
cederme la palat>ra, declaro que entro con temor en esta acta, 
como en toda cuestión de actas, entra otras cosas, por lo que tie- 
nen de personales. Y en esta desgraciada cuestión ultramarina, 
tan envenenada de suyo, no he de ser yo quien venga á despertar 
¿dios haciendo alusiones personales é hiriendo individualidades 
determinadas, porque hace tiempo abrigo, y seguiré abrigando, 
el firme y formal propósito, cuando de Ultramar se trate, de pe- 
dir, de suplicar, de aconsejar, y, si es preciso, de exigir reformas 
radicales, radicalísimas, que yo creo necesarias, que considero 
en mi conciencia indispensables, pero siempre limando asperezas 
y templando enojos. Por lo mismo, sea dicho con perdón del se- 
2or Qamazo, me es mucho más estraña la actitud de su señoría: 
BU señoría no ha venido á combatir ningún acta de Puerto-Rico en 
parücalar; propiamente ha venido á combatir, y asi creo que lo 
há declarado, la política electoral de mis amigos en Puerto- 
Rico; pero al hacerlo su señoría olvida que es conservador, 
7 como conservador no tiene ni autoridad, ni prestigio ni 
fuerza moral ninguna para hablar de abusos electorales. Por- 
que el país sabe ya demasiado que todos los sistemas electorales, 
7 algunos llevamos ya en España ensayados y practicados, 
han sido profundamente viciados y corrompidos por la -gente 

6 



82 

conservadora de todos matices; pero lo que el país no sabe toda- 
vía, y es necesario qae sepa, y es indispensable que con frecoan- 
cla le demostremos, es que, no contentos los conservadores de 
todos matices con habernos dado durante treinta mortales 
años esa educación electoral perversa , que ha podido trascender 
¿ alguna fracción liberal, han escogido un hermoso rincón de nues- 
tra hermosa América para ir á pervertir el sufragio donde estaba 
naciendo, donde por lo mismo era indispensable conservarlo en 
toda su integridad y libre de toda mancha. Y si es gran pecado 
el ir á pervertir y á corromper todo lo qua es maduro y todo 
lo que es viejo, así cuando se trata de hombres como cuando 
se trata de instituciones, mayor, y más grave, y más abomi- 
nable pecado es ir á corromper y á pervertir á los pueblos cuan- 
do están naciendo á la vida de la libertad; ir, llamándose liberar 
les, á corromper las instituciones liberales cuando están tiernas 
todavía, y cuando se presentan con la frescura, con la lozanía, 
con el esplendor y la inocencia de su edad primera. 

Cuatro elecciones generales se han verificado en Puerto-Rico 
desde la revolución acá, y en las dos primeras ni hubo sombra de 
política electoral, ni se falseó el sufragio, ni faltó libertad, ni es- 
caseó independencia á los electores. Algunos que están aquí pre« 
sentes lo estaban allí cuando aquellas elecciones tuvieran lugar, 
y pueden decir con cuánto orden, con qué entusiasmo, con qué 
buena fé iban á depositar sus votos en los urnas aquellos buenos, 
excelentes y nobilísimos isleños. Lo hacían con aquella severa 
dignidad con que se va á ejercer por la vez primera un alto minis- 
terio popular; lo hadan como si fuesen á ejercer, y realmente lo. 
ejercían, el más augusto de los sacerdocios civiles. 

Yo bien sé que concluidas las segundas elecciones hubo algún' 
conato de motin y algún principio de movimiento sedicioso; pero, 
señores, yo no vengo aquí á referir la historia de aquellos suce- 
sos; lo qhe siento es que no se trajera á las Cortes el espediente 
de ellos, que uno de mis amigos reclamó en la legislatura pasada, 
porque aquel espediente demostrarla que los verdaderos respon- 
sables de aquel principio de sedición eran aquellos hombres cuyo 
amor á la autoridad tanto nos ponderaba el Sr. Qamazo; eran 
aquellos conservadores que no se rasignaban á ser derrotados 
después de haber sido durante tanto tiempo triunfantes; eran los 
que no querían ser vencidos después de haber sido vencedores, 



83 

euando por largos años, y casi por largos siglos, porque la tradit- 
cion así lo indica, venian siendo, si no los que tenían el atavio y 
" las formas esternas de la autoridad superior, cuando menos su 
ojo, su oido, su voluntad y su consejo, y los que tenían la in- 
fluencia del dinero, la granjeria de la esclavitud y aquella serie 
Interminable de monopolios, en cuyos pliegues también puede sin 
dificultad envolverse cierta clase de españolismo; mon<^lios á la 
-cabeza de los cuales figuraban los gran^fes propietarios, por cuyo 
medio ciertos conservadores han conseguido impedir que se esta- 
l>lezca un Banco grande ó pequeño en Puerto-Rico, que pueda 
hacer competencia á los cuantiosos préstamos que hacon al Tesoro 
de la isla de Cuba, á la industria y al comercio. 

Llegan en esto las terceras elecciones, que fué en el mes de 
Abril del año corriente, cuando por su ¡nropio daño y con harta 
desventura de la patria ocupaba el poder el Sr. D. Práxedes Ma- 
teo Sagasta. Lo que fueron entonces las elecciones de Puerto-Ri- 
co se ha dicho aquí, é impreso está en el Diarto de 1(m Sesiones, 
Calculen los señores Diputados la suerte que tendría el sufragio 
<en Puerto-Rico cuando tan vilipendiado y escarnecido era, y tan 
por los suelos andaba en la Península. Bntonces ;oh! sí, entonces 
ftié cuando vosotros introdujisteis una política electoral comple- 
ta en Puerto-Rico. Y si el Congreso quiere saber cuál era, yo ten- 
dré mucho gusto en condensarla, para que se fepa lo que son los 
eonseivadores de Puerto-Rico, los que se dicen altos defensores de 
la nacionalidad, y que lo que quieren, como los de aquí, esHomar 
las apariencias, la hipocresía de cierta clase de libertad, para se- 
^^oir tratando las colonias por el absurdo, inicuo é imposible 
priaoipio de que son países conquistados. 

Vuestra política electoral en Puerto-Rico, señoras conservado- 
res, se condensa en los siguientes puntos: introducción del cune- 
rismo; aioenazas en documentos oficiales; recogida sistemática y 
«entinua de la prensa; encarcelamientos en masa y mistificación 
del suAragio, hasta el punto de multiplicar indefinidamente los 
rotos fuera de los límites de las listas electorales. De algunos de 
estos puntos, señores, no quiero ocuparme. ¿He de ocuparme, por 
ejemplo, de los encarcelamientos en masa, cuando vendrá aquí el 
Sr. Cintren, uno de los testigos dó los sucesos, y también una de 
moñ victimas, que, entre otras cosas notables, 61 os contará que 
los conservadores tuvieron que alquilar casas para poder conté- 



Si 

ner en ellas á los presos, 7 os referirá que estos presos eran los 
grandes delincuentes que querían protestar contra los ataques y 
tropelías de la autoridad superior de la isla? 

¿He de hablaros de las amenazas oficiales heeh£S en documentos 
oficiales? También tendréis aquí al 8r. D. Arturo Soria, rechazado 
oficialmente por el Caí itan general de la isla de Puerto-Rico. fEl 
Sr, Soria pide la paMbra.J 

En cuanto á la multiplicación de votos, como es cosa aquí tan 
conocida en los tiempos de los conservadores, no necesito mis 
que, como apunte, recordaros que se limitaron á aumentar en 
8.000 la clftra de los votantes que figuraban en el censo porto-ri- 
quefio. 

Quiero concretarme, sefiores, i dos puntos fdndamentales que 
constituyen la bese de la política electoral que introdujeron los 
conservadores en Puerto-Rico: al cunerismo y ¿ las recogidas sis- 
temáticas de la prensa. 

Sefiores: durante les dos primeras elecciones hablan sido Dipu- 
tados de Puerto-Rico personas que allí representaban algo, como 
riqueza, industria, talento, movimiento científico, 6 acaso (cir- 
cunstancia que para algunos no será atendible, pero que lo es mu- 
cho para el pueblo y para los partidos populares) representabcín 
las aspiraciones naturales del país hacia las mejoras, hacia el 
progreso. Vino tal vez alguno que no tenia la suerte de haber nar 
eido en el país, que no tenia allí propiedad; pero si alguno fué 
elegido sin tener aquellas condiciones, seria como premio tal vez 
inmerecido, tal vez escesivo, á trabajos humildes, pero leales, que 
pudiera haber hecho en el seno de comisiones 6 en informaciones 
dedicadas á producir alguna mejora en la isla. La política uagas- 
tina varió por completo este orden de cosas, y en vez de querer 
15 Diputados por Puerto^RicOy aspiró á traer 15 individiws más de 
la mayoria. Cuidado, señores: yo no niego que algunos de los que 
vinieron tenian arraigo en el país; yo lo que digo es, que tanto 
éstos que tenian arraigo como los que no le tenian, vinieron aqní 
sin fuerza ni voluntad propia, con un ministerialismo absoluto, 
teniendo les manos atadas para proponer todas las reformas que 
hubieran podido reclamar en provecho de la isla. 

Así es, señores, que á mí me daba pena el ver la situación de 
aquellos hombres, por otra parte tan dignos de aprecio. Yeian 
que á la diputación provincial de la isla se la dejaba sin atribu- 



85 

«ciónos, queriendo rebajarla á la categoría de un consejo colonial^ 
y 8ln embargo no protestaban. Velan que no se aplicaba la ley 
municipal, y no protestaban. Yeian que los fondos con que se 
habla de mantener el Erario de Puerto-Rico iban á la isla de Cu- 
l)a soU> por una orden, por un deseo de las autoridades de la pri- 
mera de las Antillas, y no protestaban. Yeian que en todo, por 
todo y para todo se subordinaban & los intereses de Cuba los in- 
tereses de Puerto-Rico, y ellos sufrían esto y consentían que 
Puerto-Rico se considerase como una especie de verruga adherida 
á la isla de Cuba. I^o lo hacian con mala intención, sino porque 
no podían hacer otra cosa; porque venían aquí completamente 
atenidos ¿ la voluntad de aquel Gobierno, que en materia de re- 
formas para Puerto-Rico estaba por el absoluto estacionamiento. 
Pero lo que más me afligió, señores Diputados, y debo decirlo con 
f -anqueza, fué que cuando nosotros, en uso de un derecho indis- 
putable; nosotros, los pocos radicales que hablamos venido la 
Congreso, presentábamos una proposición de ley pidiendo la abo- 
lición inmediata de la esclavitud en Puerto-Rico, con indemnizar 
clon, uno de aquellos señores Diputados conservadores se creyó 
en el compromiso de pedir que no sb dibba lbCtuba de ese pro- 
yecto en la Cámara. Fíjense bien los señores Diputados en este 
hecho. No se trataba de oponerse á que se plantease la abolición; 
no se oponia á que se discutiera aquel proyecto; se oponia á que 
se diese simple lectura de una propoeleion que tenia por objeto 
acabar con la esclavitud, que es causa de que seamos el escándalo 
y el ludibrio de Europa. 

Os he trazado á grandes rasgos la política electoral del gobier- 
no anterior en la isla de Puerto-Rico; y ahora pregunto yo: de 
todos los vicios, de todos los males que hayan podido sobrevenir 
después, ¿quién tiene la culpeC? ¿Quién es el responsable? 

Vamos ahora á la cuestión de la prensa. No solo se recogían los 
periódicos libarales de la isla de Puerto-Rico, sino que se recogía 
también la prensa liberal que iba allí procedente de la Península; 
y no solamente se recogía la prensa liberal, sino que se recogió 
también el maniflesto que tuve el honor de suscribir, en unión 
^e mis dignos amigos los Sres. Alvarez Peralta y Baldorioty de 
Castro; documento grave, digno, reposado, y que entre otras co- 
sas ponia en las nubes, como lo ponemos siempre, el gran princi- 
pio de la integridad nacional. ¿Y por qué lo recogisteis? ¿Por qué 



86 

no 08 atreYÍsteis siqíiienL á ^)oymro6 en la razón que tuvo el Ca-- 
pitan general de Puerto-Rioo? ¿Por qné no oe apoyaste al mono» 
en la razón qae aquel funcionario di6, de que se lastimaba el pre»> 
tigio de las autoridades superiores de la isla de CuIm, que ta& 
alto debe eonservarse en aquellas apartadas regiones? Porqu» 
harto eonooíais que esto era poneros en ridiculo; y para cohones- 
tar la recogida dijisteis que se hacia porque en el manifiesto se 
hablaba de esclavitud; eomo si no hubiera sido posible hacer k> 
que otras veces habláis hecho; oomo si no- hubiera sido posible 
suprimir el párrafo reíbronte ala esclavitud, dejando que oorriera 
lo restante, para que no suCriórais esa especie de vergOenia que 
os da el nombre de esclavitad, como que es el gran remordimien- 
to de vuestra conciencia jo» áiaant revolucionaria. 

Y para colmo de iniquidad, entonces fué cuando osasteis dar 
un carácter oficial á este nombre de partido españ(d, que querei» 
monopolizar en América, como aquí quer^ monopolizar el nonK 
bre de partido constitucional. Entonces fué cuando se dio el es*^ 
cándalo, el inaudito escándalo de que la primera autoridad de la. 
isla, en las primeras páginas de la Cktetta o/Mal, calificara de ee» 
pallolee á determinados candidatos y rechazara á los demás, en- 
tre los cuales se hallaba el dignísimo general Córdova: como si la 
mano airada de un soldado pudiese arrancar de nuestros pechoa 
ese vivo y purísimo sentimiento de nacionalidad que los enciende 
ó ilumina; como si aquella mano pudiera borrar jamás de nues- 
tras frentes aquel primer beso, tan regalado y tan deliciosamente 
español, de* nuestras españolas madres. Sí; entonces llevasteis el 
furor de la arbitrariedad y de la ilegalidad hasta el paroxismo» 
hasta la locura. Atreveos, atreveos ahora, conservadores, á ha- 
tüar de ilegalidades en Puerto-Bico. ^Aplauios.j 

Habláis, sin embargo, de ilegalidades. ¿Os atreveréis, cosa que 
por otra parte no me estra&a, tratándose de un partido que siem- 
pre ha~ hecho política 4e atrevimiento; os atreveréis, digo, á com- 
parar vuestra política electoral, tan compleja y tan violenta, coa 
la política electoral, tan franca, tan natural y tan sencilla come 
la que ha seguido el partido radical? ^Un señor Diputado dice algu-- 
nat palabrms y dirigiéndose al orador. J Entendámonos, ya que se 
interrumpe. No pensaba entrar en este punto; pero debo, decir 
algunas palabras acerca de él. Hay dos políticas electorales: la 
política electoral de gobierno, que es la vuestra, y la política 



87 

•leetoral de partido, que e» la qtie se liaee, la que se hará y la 
qoe debe hacerse siempre en nombre de toda idea liberal. Ya Sé 
que YOBOtros no coa^)rendeis estes oosas, porque no tenéis elins- 
tinto de lo popular^, porque sois muy nerviosos, y los nddos po- 
pulareB os asustan, y la voz de las muchedumbres os alerra, á 
fiMiros á quienes tan poco impresionan el chasquido del látigo 
q«e aiota les ca^es del negro y las amables delicias del boca 
tibajo. Lo poxmlar os ofende, repito, aun en medio de vuestros 
compromisos revolucionarios. 

¿Recordáis cuando uno do vuestros ministros, á quien yo res- 
peto, que es uno de los hombres de más tana política que tenéis 
en vuestras filas; recordáis cuando sostente (y eso que la Consti- 
t«ciOB habla bien claro) que la corona tiene el deredio del veto? 
¿Recordáis cuando otro de los vuestros deoia en un documentb 
ofltíal, al liablar de elecciones, que en aquel instante reeobnuba la 
nación su soberanía? *No; no aleansareis jamás el sentido demo- 
crático, y hé aquí por qué no tiene nada de estraño que vuestra 
política electoral sea fdempre una política de gobierno. Es la ame- 
aan^ la censura, la recomendación oficial; no el tMeHng, el mani- 
fiesto, la tribuna al aii^e libre, el reclamo, el canvassing, como Ol- 
een los ingleses, esos grandes maestres en materia de elecciones. 
No tiene, pues, por consiguiente, nada de particular qtie vuestra 
política electoral en las Antillas haya estado á la altura que ha 
estado siempre vuestra política oolonial. Vosotros habéis hecho, y 
si no vosotros personalmente, vuesl^s antepasados los consefra- 
aeres de todos tiempos, una política colonial de estermtnio. Es- 
terminasteis la raza india en nombre de la altivez castellana; es- 
terminásteis después el AfHca en nombre del trabajo servil y co- 
lonial; ahora queréis esterminar el partido liberal en nombre de 
la integridad del territorio. 

Pues yo os digo que nuestra política electoral está también en 
relación con nuestra política colonial; nosotros no hacemos polí- 
tica de eeterminio, sino la que han hecho los liberales de todos 
tiempos. Los liberales de todos tiempos, y nosotros con ellos, te- 
nemos una política colonial que significa organización, lucha; 
lucha contra los rigores del olteía, contra las grandes resisten- 
cias de una naturaleza tropical y primitiva; organización para ob- 
tener la armonía de los diferentes intereses que allí se cruzan, en 
relaelon y armonía también eon los intereses de la Madre patria. 



88 

Hó aqai| sefioreB Diputados, los motivos por qué nuestra políti- 
ca electoral ba sido franca; hó aquí por qué ha podido serlo; por 
qué ha estado en relación con nuestra política colonial. 

Decís que ha sido tiránica nuestra conducta en las elecciones. 
¿Qué os ha faltado? ¿Os ha íáltado la prensa? ¿Qué se ha recogido 
allí? iAh| sofiores! Los hombres que recogían, no solamente los 
periódicos, sino nuestros maniflestos, vienen ahora á quejarse de 
que se haya recogido un número de El Débcue j otro del BoUtm 
MercantU. 

¿Y por qué se recogieron? ¿Queréis saberlo? Pues se recogieron 
porque esos periódicos arrastraban por el suelo el nombre de la 
autoridad de Puerto-Rico, y nosotros queremos que tengáis razón' 
cuando decís que los buenos y verdaderos patriotas que hay en 
las Antillas se hallan siempre de parte y al lado de la autoridad. 
Habláis de conferencias celebradas por el general con los jefes 
y oflciales del ejército y con los y oficiales de los voluntarlos. Yo, 
señores, no tengo la misión de defender al dignísimo sefior gene- 
ral Latorre; estoy seguro que esta defensa la hará cumplidamente 
el Qobiemo; pero se me ocurre una cosa: ha dicho el Sr. Qamazo 
que se trataba de una imposición; que el seüor general Latorre 
quiso imponerae. Pues si quiso imponerae aquella autoridad, ¿có- 
mo es que no nos votó ni un solo soldado? Pues si, según vues- 
tras doctrinas, los soldados siempre que van á los comicios votan 
en el sentido que sus jefes quieren, es evidente que al no votar- 
nos á nosotros ni un solo soldado , no pudo influir en nuestra 
elección aquella autoridad militar. Y aparte de todo esto, seüo- 
res, ¿qué razón hay para impedir á un jefe militar las conferenilas 
con sus subalternos sobre la elección de los representantet del 
país, y que les recomiende aquellos que le parezcan mejores? 

Pero se dice que ha habido separaciones. Si habéis oído con 
atención al Sr. Gamazo, tal vez os habréis figurado que lo menos 
se habrán removido las dos terceras partes de los alcaldes-cor- 
regidores que hay en Puerto-Rico. Pues, seüore?, nada de eso. De 
68 alcaldes-corregidores que hay allí, solo se han removido seis; 
y yo, señores Diputados, me encuentro en una situación dificilísi- 
ma, porque no puedo decir la caus^ por qué se han removido; lo 
único que sí diré es que se han instruido espedientes desagrada- 
bles, y que desearé vengan algún día á la Cámara; y si para ello 
puedo aprovechar esta ocasión, reclamo desde ahora al Gobierno 



89 

qne los traiga, y se verá qne aquellas separaciones est&n fundadas 
én razones de moralidad y de tranquilidad pública que tuvo el Ca- 
pitán general para hacer estas separaciones. 

Yo, sefiores, no he de dar ningún consejo á mi amigo el Sr. Ga- 
mazo; pero como de más edad, y por lo tanto de más esperiencia 
que su seüoría, puedo, sí, indicarle los peligros que en un mo- 
mento dado pueden correr sus «plniones. Es muy posible que sin 
quererlo, sin saberlo, sin pensarlo siquiera, al venir aquí el s&- 
fior Oamazo á defender los intereses y las ideas del partido que se 
llama eonservctdor en Puerto-Rico, venga á defender en realidad 
otras ideas y otros intereses. 

¡Pues quél ¿no sabe el Sr. Oamazo, que figura como lit)eral 
dentro de la revolución, no sabe que se han dado vivas subversi- 
vos al príncipe Alfonso en algunos colegios de Puerto-Rico, des- 
pués de la derrota sufrida por los conservadores? {Pues qué! ¿no 
sabe el Sr. Oamazo que se ha dicho, no solo en España, sino en 
toda Europa, que en Puerto-Rico se estaba trabajando, y se espe- 
raba de un momento á otro la señal para levantar la bandera de 
la sublevación en favor del príncipe Alfonso? Yo sé que esto no se 
halla perfectamente demostrado; pero estos rumores deben ser 
muy significativos para hombres que, como el Sr. Oamazo, son 
tan sinceramente adictos á todos los principios proclamados por 
la revolución. Esto deba servirle de aviso á su señoría para no 
dejarse sorprender por aquellos que, titulándose revolucionarios, 
ya querían á Alfonso en Cádiz, lo quisieron en Alcolea, balbucea- 
ron su nombre en las Constituyentes, y que hoy, alejados del po- 
der, donde nada revolucionario podrían significar, coquetean en 
Viena, bullen en parís, se agitan en Madrid y en algunas provin- 
cias, y quieren hacer servir la hermosa isla de Puerto-Rico de nú- 
cleo y reclutamiento para el ejército alfonsino. Ya sé yo que ellos 
no convendrán nunca en que son alfonsinos mientras no levanten 
la bandera, y por esto se llaman partido español. 

¡Partido espafioll Yo no llamo ni llamaré nunca partido espa- 
ñol al que sostenga la esclavitud; al que defienda la dictadura de 
ciertos voluntarios; al que proteja los intereses de un grupo de 
hacendados; al que conserve las facultades discrecionales de los 
Capitanes generales. Yo llamaré aquí y en todos sitios partido es- 
pañol al que represente, al que integre esa hermosa España liberal, 
que tiene por ñorones de su m^.s espléndida corona la libertad del 



90 

trabojo, la libertad del penaandanto, la Uberiad de la oenoieneia, 
laa libertadee todaa del ciudadano. 

iEspalioleBl ¿Por qué no lo honoa de ser lea radiealetf ¿Qué fé»* 
demento teneia para no damoa eae nombre? Vengui mmai eeaa 
pniebaa que baoe tanto tieaipo noa eatala prometiendo de <}iie se 
oonspira en Bape&a en Íktot del filiboaterismo; Tengan eaas pira»- 
baa; pues mientras no laa tratgaia yo tengo dereeho á daros ma 
oontestadon dnra, que no ot daré por boy, pero que aantiria te- 
ner algon dia qne lanzar á Toeatra frente. 

¡Bbpaüoleal Bapefiolee basta él entosiasmo, eapañ(Aea beata <ll 
delirio, no somos, ain embargo, los radicales como algiinoa oon- 
serradores que se ocupan inoeeAtemente en dar y negar, oonee- 
der 6 retirar oredendales de espa&olismo en los rincones de un 
casino; tampoco somos de aqasUee que basen vanos, pneriles y 
basta ridículos alardes do un potrotismo que tendré la generoti* 
dad de no calificar, porque entiendo que él patriotismo no se to- 
eea, que el patriotismo no se ruge, que el patriotismo se practioa. 
Y, señores, porqoe nosotros, ciadadanos libres de una patria li- 
bre, lo practicamos, porque queremos que la integridad del dsre- 
cbo sea el oomplemento ebügado de la integridad áA territorio» 
por eso amamos la patria, la pairia nos interesa, nos sentimos por 
ella vivificados; en ella representados, y confieso, señores, quo 
cada vez que me encuentro frente á frente de un estranjero quo 
cruelmente me recuerda que pertenezco á un país que todavía 
tiene bejalatos y aun comiente eeclavos, se me enciende el rostra 
de vergüenza, y quisiera tener en mis manos, en mis pobres y 
débiles manos, fuerza bastante para romper de un golpe, pero do 
un solo golpe, esos pendones de tres colas que vosotros los con* 
servad ores os habéis visto obligados á recoger en la Península y 
querido seguir tremolando en Ultramar; pera romper de paso de 
un solo tajo esas infames cadenas de los negros, que tanto noa 
afrentan. ^Aplausoi.j 

Ni una palabra más, señores Diputados; si amáis la justicia, si 
amáis la verdad, si queréis volver, como he dicho tantas veces, 
por la honra verdadera de España, os suplico que hagáis justi- 
cia á nuestroshermanos de Ultramar: aprobad las actas de Puerto-^ 
Rico. fAplauiOS proloi%g<nd03j 



RECTIFICACIÓN 



(Sesión del 12 de Octubre de 1872) 



Señores Diputados: 

No me propongo pronunciar un segrundo discurso en este mo* 
mentó; varios or&dores han pedido la palabra; ha heoho uso de 
ella mi particular amigo el señor Ministro áe Ultramar, y creo 
que puedo limitarme á una rectlñcacion. 

Lo que 70 celebro es el vivísimo interés que empiezan á, des- 
pertar en esta Cámara las cuestiones de'Ultramar, y en el Parla- 
mento español las cuestiones que empiezan á tener grande interés 
son cuestiones resueltas. 

Dos cosas, dice el señor Ministro de Ultramar, hay en la cues- 
tion ultramarina; la integridad del territorio y les reformas. La 
cuestión de integridad y de honra hay que ponerla por delante; 
ya sabéis lo que esto significa. Esta política es el desenvoUi- 
miento de la fórmula que, á nombre del partido radical, se con- 
signa en la contestación al discurso de la Corona. 

8i la cuestión de integridad ha de ir por delante, es evidente 
que allí donde no esté planteada la cuestión de integridad, ni hay 
sospecha de que se plantee, como no sea en la imaginación siem- 
pre calenturienta de los conservadores; no queda más que la cues- 
tión de reformas. 

Ya lo habéis oido, pues, en bopa del señor Ministro de Ultramar; 
como en Puerto-Rico la integridad no está ni remotamente ame- 
nazada, la reforma se hará y se desenvolverá en una serie de 
pf03reet08-leyes, de acuerdo con lo que dice la contestación al 
discurso de la Corona. 



93 

Y voy á oeaptnne de loe pontos qne abraza la rectificación del 
8r. Oamaxo. Supone su señoría que somos pocos en esta Cámara 
los que de la mayoría somos partidarios de las reformas ultrama- 
rinas; y siento decirle qne está equivocado profándamente, por- 
que la mayoría radical viene impregnada en los principios á que 
me he referido; el progrrama de 15 de Octubre es su bandera, y 
allí están consignadas las reformas de Puerto-Rico, y es evidente 
que se llevarán á cabo, y serán aceptadas por la mayoría, en ol 
régimen político, económico y social de la pequeña Antilla. 

Descendiendo ya á un detalle, deoia el Sr. Oamazo que yo ma- 
nifesté que los Corregidores que hablan sido separados lo hablan 
sido en virtud de espediente. Su señoría ha querido probar lo 
contrario, citando la orden de separación; pero tenga presente 
que los espedientes son de cierto género que yo no debo calificart 
porque hay cosas tan delicadas, que no deben decirse en público, 
y menos en este sitio; pero convendría que esos espedientes se 
trajesen á la Cámara. 

Por supuesto, como tienen costumbre los amigos del señor 
Oamazo, su señoría ha sacado á relucir la escuela economista. 
No vengo á defender á esa escuela á que me honro de pertenecer, 
y que no necesita defensa. No parece sino que no sabéis la his- 
toria. ¿Cuándo ha mandado el partido economista? Si ha habido 
economistas en el Oobierno, ha sido en un Oobiemo de concilia- 
ción, donde estabais vosotros y donde los economistas, como 
vosotros, como los demócratas y como los progresistas, han teni- 
do que vivir á fuerza de transacciones; pero en medio de estas 
transacciones habéis visto marcado el criterio liberal que carac- 
teriza esa escuela; la habréis visto en el sentido altamente liberal 
de las reformas del Sr. Moret, que yo no acepto como solución 
de escuela; la acepto como la única posible que podia obtener 
nuestra escuela en medio de aquellos Gabinetes de conciliación, 
cuya duración desearíais vosotros, porque seria la única manera 
de que ocupaseis el poder. 

Se dice que hicieron reclamaciones los Diputados conserva- 
dores de Puerto-Rico que pertenecieron á la Cámara anterior. 
¿Cómo he de negar yo que se hicieron reclamaciones? Seguro es- 
toy de que pedirían cosas que se refirieran á sus localidades res- 
pectivas: yo sé que hubo conservador que tuvo la suerte de que 
se mandaran muchas varas de cinta para amigos suyos de Fuer» 



93 

4o-Rlco, y oonsi^ió que se dieran bastantes empleos & sus admi- 
radores. Lo que yo sostengo es que no se hicieron reclamaciones 
1)eneíiciottas á aquel país; la de que la diputación provincial que- 
dase reducida á un simple consejo colonial, la relativa al plantea- 
jniento de la ley municipal, y la de la traslación de fondos. Y 
* aquí siento no estar de acuerdo con el seüor Ministro de TJltra- 
mar, que ha defendido la legalidad de que los fondos del Erario de 
Puerto-Rico pasaran constantemente á satisfacer necesidades de la 
isla de Cuba. fEl Sr. Arellano: Como han pasado de Cuba á Puer- 
to-Rico.) Su señoría podrá esplicar esto en otra ocasión. ¿Quién 
puede negar que siendo dos provincias hermanas que tuviesen las 
mismas condiciones que las provincias de EspaÜa, de la manera 
que pasan aquí los fondos de una provincia á otra, pudiesen pasar 
allí de una á otra? 

Pero, en primer lugar, en la Península hay un solo presupues- 
to, y en Cuba y Puerto-Rico dos distintos: en segundo lugar, es 
sabido que se está subalternizando la isla de Puerto-Rico á la de 
Cuba en la cuestión de fondos desde la guerra de Santo Domingo 
y de Méjico, y desde las famosas algaradas del Pacífico. Aquellos 
fondos que debieran dedicare á atenciones de Puerto-Rico, han 
ido á satisfacer necesidades políticas y militares de Cuba, dejando 
desmantelados completamente los elementos de producción de la 
pequeña AntlUa. Si el Sr. Qasset ha dado orden para que esto 
continúe, sé que es porque no es fácil corregir este vicio de re- 
pente y estoy seguro de que cuando examine esto su señoría, pon- 
drá remedio. 

Decia el Sr. Oamazo que nosotros tenemos miras estrechas; 
que olvidamos hasta la idea de patria; que nuestra manera de 
considerar la esclavitud es tan mezquina, que la hacemos mera 
cuestión de sentimentalismo. No hacemos nosotros la cuestión de 
la esclavitud cuestión de sentimentalismo; quien la hace cuestión 
de sentimentalismo son los hombres que no quieren mirar el pun- 
to (»ráotioo de ella. Por lo demás, tenemos derecho para mirar esta 
cuestión bajo el mero punto de vista de la humanidad. ¡Pues quél 
¿No se impresionan ciertos hombres cuando se les habla de regios 
dolores, de ilustres emigrados, del pan más ó menos amargo que 
devoran en el silencio y en la emigración antiguas testas corona- 
das? ¿Pues no tenemos nosotros derecho á hablar del negro, de 
BUS miserias, de sus trabajos, de sus espaldas enrojecidas con el 



« « 



94 

látigo español, á p:tar de U ley de las Cortes Conttitayentes abov 
liendo tan duro é inftunante oastigo? 

Hoy recordaba el Sr. Oamazo una protesta que hacia el señor 
Ulloa contestando á ciertas apreciaciones mias. Decia que los con- 
servadores han hecho muchas relbrmas en Ultramar. Yo quisiera 
saber cuáles son estas reformas. En la cuestión social, ¿qué re- 
formas habéis hecho? ¿Qué habéis hecho en la cuestión de esclavi- 
tud? La esclavitud se presentaba una en la raza, una en la solu- 
ción, una en la cuestión de trabajo. Vosotros habéis complicado 
la cuestión de raza y de trabajo; vosotros habéis aumentado la 
esclavitud; vosotros habéis sostenido la trata; vosotros habéis in- 
troducido la servidumbre de los chinos; vosotros habéis conse- 
guido que de ninguna manera se atienda á reclamaciones de na- 
ciones extranjeras que hablan abolido la esclavitud y se la conser- 
vaba á sus puertas; pero esta es una cuestión internacional, y na- 
die puede negar que una nación tenga derecho á hacer reclama- 
ciones tanto más vivas, cuanto mayor sea el peligro: y vosotros, 
en fin, habéis creado la clase de emancipados, que es cien veces 
más vergonzosa, denigrante y envilecida que la misma clase de 
verdaderos esclavos. 

Se me recordaba que precisamente los que más daño han hecho 
á las provincias ultramarinas han sido los antiguos progresistas. 
Es preciso tener en cuenta que aquellos hombres- eran conserva- 
dores en estado latente, como los de 1856 lo fueron ya más decla- 
rados, y ahora lo son más aun después de la defección del Sr. Sa- 
gasta y los suyos. Aquellos hombres no eran verdaderos libera- 
les, y por eso arrojaron de aqui á Ips Diputados de las Antillas; 
pero al terminar su Constitución pusieron un artículo en que de- 
cían que se regirían por leyes especiales, y sin embargo, vosotros, 
que después habéis gobernado durante tantos años, en vez de ha- 
'cer esas leyes, las habéis dejado al capricho de un Cf^itan ge- 
neral. 



LA CASiaON CRUmAL 

EN 

ULTRAMAR 

DISCURSOS PRONUNCIADOS 
POB 

D. JOSÉ F. CINTRON V D. RAFAEL M. DE LABRA 

en las sesiones celebradas el 12 de Noviembre de 18*72 
y el 1.* de Marzo de 1873. 



U CASACIÓN CRIMINAL 



EL SEÑOR GINTRON 



rSeHan del 12 de Noviembre de ld'72.>/ 



Señores Diputados: 

Como uno de los Armantes de la proposición que acaT)& de leer 
el señor secretario, he pedido la palabra para decir alonas en 
su apoyo. Pocas serán, porque aunque la cuestión sobre que 
^ersa es de trascendencia suma, como comprenderá la Cámara 
no es, sin embargo, de aquellas que, revistiendo carácter i>oliti- 
-00, escitan los ánimos, conmueven los i)artidos y son objeto de 
grandes discusiones. ' 

La casación criminal es, señores Diputados, una de las mayo- 
Tes conquistas de la revolución, que reclamaban de consuno la 
ciencia y la más recta administración de justicia. Proporcionar á 
los procesados toda clase de garantías, y aun á los mismos tribu- 
nales, suministrando á aquellos tod^ ciase de defensa, y á los úl- 
timos un mismo sello, digámoslo así, á sus justas decisiones 6 
su resolución en alanos casos, tal era la necesidad sentida, y 
que vino á satisfacer el establecimiento del recurso de casación 
en lo criminal. 

Vigente para los negocios civiles, era anómalo, era absurdo que 
no existiese para los criminales. No parecia sino que merecían á 
los ojos de la ley más respeto, más garantía las cuestiones que 
se suscitaban en el orden civil, las relaciones de la propiedad, por 
ejemplo, que cuanto dice relación á la bonra, á la dignidad, á la 
personalidad [humana, en una palabra. 

7 



96 

Henar este vacío, entre otroB, en la legislación ultramarina,. 
es el principal móvil de los firmantes de la proposición; con ella 
se satiíácen en este ponto las aspiraciones de los Diputados radi- 
cales de Puerto-IUco, que tienen por bandera la asimilación á la 
Metrópoli de aqaeUa provincia; esto es: llevar á las AntiUas las- 
leyes, las instituciones vigentes de la madre patria, de modo que 
aquella sociedad sea en un todo verdaderamente espaSlola. 

No puede alegarse en contra de la proposición que tengo la 
honra de apoyar las diferencias que puedan existif entre la le- 
gislación ultramarina y la de la Motrópoli, pues di&tirencias exis- 
ten también entre las mismas provincias del lado acá del Océano. 
No son en un todo iguales las leyes que rigen ^n Castilla que las 
vigentes en Cataluña ó en las Provincias Vascongadas, y, sin em- 
bargo, no ha sido esa diferencia óbice para dar leyes generales á 
todo el territorio de la monarquía. 

Además, esa diferencia de leyes entre la madre patria y Puer- 
to-Rico no ha impedido que se hiciera ostensiva á aquella aparta- 
da provincia la ley de casación para asuntos aviles, ^a d^ 4erlo 
para los criminales, en los que, á mi modo de ver, deben propor- 
cionar las leyes más garantías, todas las garantías posible^? ,,-. 

Fundándose en las consideraciones expuestas, y principian- 
te teniendo en cuenta la necesidad de asimilar á la madre pat;eia 
las provincias ultramarinas, el que tiene la honra de dirigir^Ja 
palabra al Congreso espera de este se sirva- tomar en considei»- 
cion nuestra proposición, .para que pase á les secciones; .tanto 
más, cuanto que, segvn tengo entendido, el Gobierno no tien» 
en ello inconveniente. He dicho.. 



EL SEÑOR I4ABRA. 



(Sesión del 1/ de Motmo de 18*73.) 



Seüores Representantes: 

Focas palabras he de decir respecto á esta enestion que tengo 
por grave, por más que no la dé el carácter de cuestión polítioa. 

Hay la costumbre en cierta parte de la Cámara de atribuir todo 
lo que se liace respecto á Ultramar á una habilidad verdadera- 
mente' pasmosa, para lo cual se suponen en los Representantes de 
la peque&a Antilla condiciones diplomáticas que son una verda- 
dera maravilla. Y ciertamente que si hoy existe aquí habilidad, 
es de parte del Sr. Gamazo, porque siendo esta una cuestión de 
suyo corriente, de suyo natural y de un carácter esencialmente 
científico y que no afecta en modo alguno á la cuestión política, 
no me parece mal golpe el de S. S. de llamar la atención de los 

- Biep<reBentanted como para decirles: «cuidado, cuidado, que puede 
' palpitar aquí algún pensamiento que tal vez no hay valor para 

traer de frente, y es necesario que todos estemos de acuerdo en 
este trance;^ porque estos americanos (suponiendo que todos los 
avtdres de la proposición 6 los que la firmaron, así como los que 
<^ desitues han firmado el dictamen de la comisión, fuesen america- 
nos); estos americanos, repito, 8fon hombres muy listos.» Y en 
VAdad,' señores, que su presteza para entender las cosas y su ha- 
bilidad para arreglarlas no se pueden poner en comx)aracion con 
la habilidad y la presteza que distinguen á mi digno contrincan- 
te el Sr. Qamazo, cuyas prendas , según hoy nos ha demostrado, 
fayan en superiores. 
Bueno es advertir, para que todo el mundo lo sepa, que no hay 
' nada de esa presteza ni nada de esa habilidad en la manera de ha- 
'^ bef planteado esta, que es cuestión, pavorosa y con In cual quizá 
vais á resolver (que tal es el pensamiento oculto del Sr. Oamazo) 
la ouestion capital do la integridad nacional; y no sé ciertamente 

- e<kno DO le ha ocurrido la firase al Sr. Gamazo. Pues es el caso, 
' séllOres, que esta proposición está presentada en 15 de Octubre 
"del -alio anterior, que á poco de presentada se dio primera lectura 



100 

7 la apoyó el Sr. Cintroiii pronunciando para ello unas cuantas 
ptlabras; que faé tomada en consideración por unanimidad; que 
se nombró inmediatamente la comisión, nombramiento que tuvo 
logar en Noviembre, y que la comisión, reuniéndose tres ó cua- 
tro veces, discutió muy detenidamente el asunto, exsminó el pro 
y el contra, y hasta tuvo muy en cuenta la observación que hoy 
ha hecho el Sr. Qamazo, única que creo de alguna importancia, 
fuera de la que siempre tiene todo lo que S. S. dice, á saben si 
estaba ya vigente el nuevo Código penal reformado en las provin- 
cias ultramarinas, punto sobre el cual se presentó una proposición 
de ley, que tuve el honor de sostener ante esta Cámara, cuando 
solo era Congreso, y que retiré mediante la solemne promesa que 
se me hizo, cunada hasta cierto punto y no cumplida hasta otro, 
de que se nombrarla una comisión que en dos meses presentase 
un proyecto de Código penal. 

pues bien*, después de discutir con toda detención y de consul- 
tar á varias personas que hablan ejercido cargos en la magistra- 
tura de Ultramar, se dio este dictamen, que, sin embargo, pue- 
de ser muy inferior á lo que dice el Sr. Gamazo, porque indu- 
dablemente no tenemos todos los individuos de esta comisión 
la competencia reconocida de 3. S. Por manera, que bueno es 
que conste que no ha habido precipitación, que ha habido dos me- 
ses nada menos entre la proposición firmada por el Sr. Cintren y 
otros cuantos seüores Representantes de distintas procedencias y 
de distintos bandos de la Cámara, hasta el momento en que se dio 
dictamen, y después que se di6 este, hasta el momento mismo en 
que se ha puesto á discusión, por estar en la orden del dia y antes 
que otro proyecto, si neme equivoco, sobre la abolición de la escla- 
vitud en Puerto-Rico. Pero ha llegado el dia de hoy, y se está dis- 
cutiendo, y yo no tengo en esto uno de esos intereses eminentes^ 
pues creo preferible la cuestión de la abolición á esta y aun á otras 
puramente políticas; mas como este proyecto está en la orden del 
dia, me parece perfectamente natural que se discuta, toda vez que 
corresponde á necesidades de un orden esencialmente jurídico y 
científico á la vez. 

Los señores Representantes del país saben perfectamente el 
atraso horrible ó inexplicable en que se halla toda la legislación 
en general que rige en las provincias de Ultramar, y conocen 
también la diferencia que existe entre la organización de los tri- 



101 

bimales de Ultramar y la^'Peníiisala, así como que existen aquí 
una porción de leyes que no rigen en las provinciaís americanas, 
como, por ejemplo, la del matrimonio y registro civil y laiiipote- 
caria. Sin embargo, es an hecho que la casación civil en unos y 
otros países existe, cosa que no se observa en lo que respecta 
' al orden penal. 

Como los seUores Representantes saben muy bien, el ñn de la 
casación no es otro que unificar hasta donde sea posible las legis- 
laciones parciales y esclusivas de los diversos paises que han ve 
nido á formar una nacionalidad. De este modo, cuando hay con- 
tradicción, verbigratia, entre las leyes de Aragón y las de Castilla, 
lo mismo que cuando en una ú otra se notan vacíos no previstos 
por el legislador, el Tribunal Supremo llena estos 6 resuelve 
aquellos conflictos en un sentido superior á los esclusivismos de 
localidad, dando á la doctrina legal el carácter general de la 
nación, y comunicándola el espíritu espansivo que entraña esta 
forma superior de las sociedades necesarias y permanentes de 
nuestros dias. 

Pues si esto tiene importancia 6n el orden civil , que afecta á la 
propiedad y á la familia, imaginad la que tendrá en la esfera del 
derecho especialmente consagrado á garantir la vida y la honra 
de los hombres. Y si es plausible que la casación civil exista en 
nuestras provincias de XJltramaV, siendo así que allí las leyes ci- 
viles, aunque atrasadas, no son monstruosas; imaginad qué im- 
portancia no revestirá la disposición que establezca la casación 
criminal en aquellos países regidos por leyes bárbaras, por leyes 
imposibles hasta el punto de que los tribunales, en su práctica 
ordinaria, tienen que prescindir del texto legal, acomodándose, 
en sus fallos, al Código penal vigente en In Península, que allí 
ha impuesto la «ostumbre, tolerada por el legislador. 

Y esta última consideración me sirva de argumento , bajo otro 
punto de vista, para defender la casación criminal en Ultramar. 
En nuestras Antillas y en Filipinas es la costumbre, como he di- 
cho, y hasta está mandado que los jueces fallen, citando la Ley de 
Partida, pero acomodándose á nuestro Código penal, que toma allí 
el apellido de doctrina jurídica. De esta manera, la autoridad, la 
competencia judicial tiene allí una escepclonal importancia. El 
texto expreso de la ley— que es la imposible de Partida^-se elude: 
el juez está capacitado para aplicar una doctrina jurídica. De aquí 



102 

que los CrUob de los tribanales altrimarinos yengui k eongtitair- 
una Yerdadera jurisprodenela. De aquí temMen la necesidad de, 
que sobre estos fáUos se halle una aatoridad superior , que uo solo., 
los relacione y compongSt sino qué los someta, y con ellos so^m-^, 
ta:todo el orden penal ultramarino al espíritu, teíadejioias y i^r 
canee del derecho penal de la nación. Y á esto responde la casa^ 
cion criminal. 

Voy & pasar 6 otro punto á que se refería S. S. tratando y^ 
concretamente de los dos artículos del proyecto. En el prU&evQ 
se sostiene el planteamiento de la ley provisional estableciendo 
el recurso de casación, de 18 de Junio de 18*70. Decia S. B. qu^ 
eftta ley se refiere á un proeedimiemto que exisUa antes en la. Pe*, 
nínsula, y que como este procedimiento no existe en Ultramar) 
no hay medios de apUcar allí aquella ley. Esta es una objeeion. 
perfectamente gratuita. Es verdad que la práctica y las reglas 
que nos ha citado S. S. del reglamento proyisional para la admi^ 
nistracion de justicia, lo mismo que todo lo que constituía aqoL 
la ley positiva de enjuiciamiento criminal antes de que esa ley se 
hubiera dado, no existia de un modo concreto y terminante en 
Cuba, Puerto-Rico y Filipinas; pero es verdad también* que elj 
procedimiento está hecho (y aquí hay personas muy ilustradas» 
que han sido jueces, alcaldes mayores y hasta magistrados ea 
Ultramar, que podrán corroborar mis ideas) /^l Sr, Aguirre d» 
Miramon pide la. palabraj y está ajustado á los fallos y á los aof 
tos de los tribunales de justicia, que son los que han constitui- 
do allí el prooedimiento verdaderamente criminal. 

Así es perfectamente aplicable la ley de Junio ; y esto no lo ha 
de decir más que el estudio de si lo existente en Ultramar cabe 6 
no dentro de la ley de reforma para el planteamiento de la cassi- 
cion criminal. Esta es una cuestión que S. S. ha tocado sia 
entrar en detalles, y que yo he mirado con alguna detención. 

Yo confieso que me ha sorprendido que el Sr. Qamazo hiciese 
obiociones á este proyecto, puesto que creia, por algunas onMr 
versaciones que he tenido con S. S. hace tiempo, que se hallaba 
X>erfectamente dispuesto á aprobarle; pero me felicito que tan 
sanos deseos tenga de que^ se unifique la legislación ; esta es la 
garantía primera de una vida moral y una intimidad positiva 
entre nuestras colonias y la Metrópoli. 
No tengo más que decir. 



IL CÓDIGO PUAL 



EN 



ULTRAMAR 

DISCURSO PRONUNCIADO 
POB 

D. RAFAEL HARÍA DE UBRA 

4 

^n lA Besion celebrada por el Congreso el 12 de Noviembre de 18*79 



EL CÓDIGO PENAL 



N ULTRAMAR 



Puede tener la Cámara la seguridad perfecta de que no he de 
pronunciar un discurso, toda vez qua cuantas palabras pueda yo 
decir en este momento h^n de obedecer á un doble propósito: el 
primero, demostrar la importancia de la cuestión á que se refiere 
la proposición presentada; y elBe^ndo, poner de manifíesto su 
pertinencia; resultado de todo lo cual será (yo asi lo espero) que 
él Congreso se digne tomarla en consideración, como es mi deseo. 

Doy por cierto que la mayor parte de los 8res. Diputados saben 
cuáles son las leyes que constituyen la base del orden político y 
de los fundamentos del orden penal vigentes en nuestras proYin- 
eias ultramarinas; y por lo mismo que creo que todos los seño- 
res Diputados están al cabo de esto, creo también que no han de 
salir de Bu asombro ^i de esquivar su pena siempre que piensen 
en este tan delicado como tristísimo particular. Pero tal conside- 
ración no me ha de Impedir que en este momento lo recuerde, 
para que el país todo, y principalmente el país liberal, llegue á 
comprender perfectamente la realidad de las cosas ultramarinas. 
Bn el 6rden político, lo que en Ultramar rige son las leyes del 
libro III del famoso Código de Indias: leyes de las cuales cuatro 
por lo menos (las más importantes) son del tiempo de Felipe n, 
esto es, de 1568; y el resto del de Felipe III, y todas las que te- 
nían por objeto investir á los virreyes y capitanes generales de 



106 

tqaellot remotoe países de fseulUdes omnímodas para éL mante- 
nimiento de la sefiToridad y trcmquUidad de la tierra. Tal es el fan- 
damento y la sustancia de las actuales omnvnodaaáe los capitanes 
generales de Cuba, Paerto-Bieo y Filipinas, aumentadas, respecto 
de la primera, con el célebre decreto de 1825, que les atribuye en 
tiempo de paz y en circunstancias ordinarias las mJwnas facul- 
tades de que gozan los comandantes de plazas sitiadas, y por tanto 
en estado de guerra. 

Pero si esto es incomprensible para un hombre del siglo XIX, 
7 más para un hombre de la revolución de Setiembre, lo deben 
ser más las leyes que aUí constituyen el orden penal, y que no 
son otras que las de Partida y la Novísima Recopilación; esto 
es, loyes pragmáticas, y, en fin, Códigos no ya solo de los siglos 
XVII y XVni, si que del Xni. 

Por manera, Sres. Diputados, que los moldes que pretenden 
contener la vida rica y exuberante de nuestras Antillas, la vida 
moderna que allí por todas partes brota y estalla, son los moldes 
de hace ciento y doscientos y hasta quinientos afios; loe moldes 
ya de todo punto imposibles en esta vieja y trabajada Europa, 
cuanto más en aquella tierra del porvenir, donde todo es vivesa, 
todo movimiento, todo producto de la civilización moderna, y 
magnífica base de unmaüana tan variado como expléndido« 

En honor de la verdad, es presiso reconocer que aquellas leyes 
estaban muy en su lugar en los tiempos gloriosos de la colonizar 
clon española, que en mi sentir aventaja en timbres y fecundidad 
á la colonización por aquel entonces llevada á cabo por otros gran- 
des pueblos de Europa. Era el principio de aquella colonización 
(bien lo sabéis) llevar á los reinos de América, á la Espafia amé^ 
ricana, no solo el espíritu de nuestra civilización, sino todas 
nuestras instituciones, todos nuestros elementos de vida, todo 
nuestro modo de ser político y social. Así es que entonces se daba 
el caso de que todas, absolutamente todas las leyes que reglan en 
U Península (y que se registraban, así en las Partidas, como éñ 
el Ordenamiento de Alcalá, como en el Estatuto de Toro, cómo, 
en fiU) en la Recopilación de 156*7), rigiesen de igaal suerte en 
nuestrns colonias. Por eso habla allí intolerancia religiosa y abso- 
lutismo político, como hubo representación en Cortes, como, en 
án, tO<^M las escasas garantías que la ley política daba al subdito 
contVA él soberano, y todas las condiciones de vida civil que exls- 



107 

tian en la: Península. Por eso la propiedad revistió allá las mismas 
formas que aqoí; por eso la familia tuvo el mismo carácter en 
uno qjjLQ otre mun/do; y. de este modo jaibas pudo resentirse el 
efS>^ritu igualitario de nuestra raza, pues que al Un y al cabp la 
metrópoli-daba á sus oolpnla^ todo lo que tenia, y el español era 
Ql mismo, absolutamen^ el mismo en las playas de Venezuela que 
Ig cima de los Andes, que en las calles y plazas de la villa y cor- 
i^, de Hadrid. < , 

Y^ oigo hablar frecuentemente á una porción de personas que 
aa se han cuidado de hojear, las leyes, de Indias, á pesar de sus 
minchas pretensiones, y que cuando tratan da este Código parece 
tsoi^o que están persuadidas y traían de convencer á las gentes 
d^ que en nuestras colonias rigieron Códigos especialísimos; al 
n^dodel Estatuto colonial que Holanda estableció en Java en 1854^ 
ó las antiguas constituciones de Virginia, Nuevarlnglaterra y 
aun Massachussetts en el Norte de Amér^j&a. Y nada hay más lejos 
^ la verdad. Bien saben cuantos hombres se hayan ocupado sé- 
ciam,ente de estos asuntos, que las Leyes de Indias versaban solo 
sobre aquellps puntos y aquellas cuestiones especialísimas de Ul- 
tramar, y que no teniendo siquiera análogas en la Península, esr 
cj^aban naturalmente á la generalidad de nuestra legislación. 
No habia aquí indios., ni negros, ni. mulatos, ni repartimientos, 
ni seducciones^ ni el comercio revestía las estrechas formas im- 
puestas por la casa de contratación de Sevilla, ni el patronato te- 
x^a la estension que en América, ni existían, en ñn, las mismas 
autoridades y los i^ismos funcionarios que en - Ultramar. Pues 
sobre eso, y solo sobre eso versaban las leyes compiladas al fin 
ppr Carlos II: jamás intentaron coartar, debilitar ó variar la con- 
dición del espaüol que nacía ó vivía al otro lado de los mares; 
j^más rompieron la unidad nacional rebajando los derechos 6 au- 
mentando locf deberes de la Espalla americana. 

E9ta era nuestra clásica legislación colonial; esta era la identi- 
dad de instituciones y de condiciones políticas, civiles, y hasta 
cierto punto económicas, sostenidas por nuestros grandes estadis- 
ta^ de los siglos XVI y XVII; esta la política que, quebrantada 
fH^iamente en el siglo XVIII, se estendió hasta la época (fatal pa- 
ra las provincias de Ultramar) del advenin^ientp del régimen cons- 
titucional en nuestra patria. Así es que esta frase que voy ápro- 
nunciar vaga conatantepente en los labios de los ^ue habitan 



108 

Us Antillas y Filipinas (y eon grande escándalo de machos libe- 
rales de la Península y de Boropa que no pueden comprender su 
historia y su razón): «Que el régimen constitucional, no solo ha 
sido deplorable para nuestras colonias, sino que ftié mucho pn^or 
para ellas él régimen absoluto, en cuanto daba condiciones de 
más vida, 6 por lo menos lo que entonces se proclamaba y se de- 
seaba más, condiciones de más igualdad con el resto de la nación.» 
Por esto también es un hecho de toda e-videncia la razón y la justi- 
cia con que se alza en Cuba un monumento á la memoria de Fer- 
nando VII, de aquel abismo de abominaciones, á quien tanto y 
con tanto motivo odiaron nuestros padres perseguidos en 1814 y 
1828, pero que sin embargo fue un protector para nuestras Anti- 
llas, haciendo allí posible la política de dos de los más notables 
estadistas que España ha tenido en este siglo: el conde de Villa^ 
nueva y el intendente Ramírez. 

Pero ¿queréis más pruebas? Pues fijaos en el orden político. 
Hasta la época constitucional reglan las leyes del libro in del 
Código de Indias; pero con ellas la intervención de los reales 
acuerdos en caaos graves para amparar al individuo contra el ab- 
solutismo de los vireyes y los famosos juicios de residencia al 
terminar los vireyes y capitanes generales su administración. 
Pues bien: los reales acuerdos han sido abolidos, y el juicio de re- 
sidencia (ya lo oísteis dias pasados) no se ha abierto para ninguno 
de los seis 6 siete capitanes generales que ha habido en Ultramar 
desde 1868. ¡Gran progreso! ¡Hoy como nunca están asegurados 
el absolutismo de las autoridades superiores de las provincias 
ultramarinas y su completa irresponsabilidad! 

Pero venid al orden penal, que es el objeto de estas mal hilva- 
nadas consideraciones. Hasta 1834 regia la penalidad de las Par- 
tidas y de la Novísima; pero después ha triunfado. la de las Orde- 
nanzas militares, ora por el fuero de atracción concedido á la 
Guardia civil (aquel fuero que tanto escitó aquí al partido liberal 
en tiempo del general O^Donnell), ora por las comisiones milita- 
res, creadas en 186^, abolidas en 1869, pero que sin embargo 
existen y juzgan, como lo demuestra, sin ir más lejos, el proceso 
íbrmado sobre los dolorosos y abominables sucesos de Cavite; ora 
por los consejos de guerra, que constituyen ya el pan de cadadia 
y el modo ordinario de juzgar en Cuba, y que han puesto en boga, 
no solo la pena de la vida, si que también la confiscación; ora, en 



109 

fin, por la real orden de 1825, dada para circanstancias escep- 

f 
clónales por el absolutismo, ratificada en 1836, y conservada 

hasta el dia por todos los Gobiernos constitucionales de la Pe- 
nínsula. 

¿Queréis más, señores Diputados? Liberales, ¿queréis más? 

¿Se duda? Pues yo reto solemnemente á que se me demuestro la 
«ombra del error tan solo en cualquiera de las añrmaciones que 
he asentado. Son hechos, hechos incontestables, cillas legales que 
desafian toda rectificación. 

Mas ¿á qué debe atribuirse todo esto? ¿Dónde está la cau^ de 
la inferioridad del constitucionalismo en sus relaciones con las 
provincias ultramarinas? ¿Acaso la falta de celo de los hombres 
del partido liberal? ¿Acaso un espíritu de esclusivismo, de into- 
lerancia, de tiranía? Nada.de eso. Lo que ha sucedido, señores 
Diputados, reconoce tres causas. La primera, que aquí ya no hay 
una verdadera política colonial. Tenemos una frase cómoda con 
que al parecer »e resuelve todo, y evita pensar mucho y deteni- 
damente: la integridad nacional. Y esta frase es vacía de sentido, 
ó si alguno tiene, es un sentido materialista, infecundo y hasta 
irracional, siempre que no vaya precedida de otra idea verdadera- 
mente fundamental, que la dé calor, significado, y, en una palabra, 
vida. ¿Qué es si no, qué vale, qué significa , más que una mera 
aproximación de territorios? ¿Y qué vale esto en estos tiempos de 
constante división y recomposición de patrimonios y esta sumisión 
délas riquezas naturales y de las fuerzas físicas al poder incontras- 
table de la idea y al imperio del orden moral? Pero, en cambio, la 
integridad lo puede ser todo cuando presupone la unidad nacio- 
nal; esto es, la intimidad de afectos, de deseos, de aspiraciones, 
de intereses, de costumbres, de leyes de loa hombres que, vivien- 
do en comarcas más ó menos contiguas , proclaman la solidaridad 
de su vida. Y contad que esta, y solo esta, es la idea madre de la 
colonización española. 

En segundo lugar, la cuestión ultramarina viene siendo desde 
principios del siglo para nuestros gobiernos, y sobre todo para 
los gobiernos liberales, más que un problema, un obstáculo, una 
dificultad. Así que la conducta á que se han mostrado aquellos 
más aficionados ha sido la de aquel Emperador romano que deja- 
ba siempre las cosas arduas para el dia siguiente, no compren- 
diendo que BU mero amontonamiento era una dificultad más. De 



lio 

eete modo no me extraña que eeot goUernos yiyan llenos de zo- 
zobra, pero preocupados ante todo de ganar días. 

Por último, tiene la culpa de todo la orgfanizacion y el senti- 
do del ministerio de Ultramar. Yo tengo en mucha estima al ac- 
tual sefior Ministro, persona de mucha inteligencia, de gran labo- 
riosidad y de notorio celo. Conozco del mismo modo las relevan- 
tes prendas que adornan al señor subsecretario, mi antiguo y 
querido amigo el Sr. Gómez Marin; pero esto no quita para que 
sea una verdad incontestable que el ministerio que sus señorías 
dirigen carece de tradición, y al propio tiempo de lo que allende 
el Pirineo se llama etpirUu de eonHnuidad. 

Y esto es evidente. Nada hay allí con rumbo fijo, lo mismo den- 
tro de una situación política determinada, que dentro de todo' el 
período constitucional, y aun dentro del actual período revolu- 
cionario. Así, un Ministro hace esto, y el que le sigue á ios dos 
meses lo revoca; tiende el último á encauzar tal política, y la com- 
bate el rencien llegado, dándose el caso de que sé contradigan 
los preámbulos de sus decretos. Ahora mismo el señor ministro 
nos ha dado una prueba combatiendo la organización del cuerpo 
de aduanas, creado por el Sr. Becerra. Lo mismo ha pasado con la 
libertad mercantil en Filipinas, la carrera, de administración ci- 
vil... y no digamos respecto do proyectos de orden esclusiva- 
mente político. ¿Acaso estoexidte en el ministerio de las Colonias 
ó en el de las Indias de Inglaterra? ¿Acaso sucede lo mismo en 
Holanda, y eso que allí el Parlamento (los^ Estados generales) 
tienen particular afición á ocuparse de las cosas de sus colonias? 
Y cito á Holanda é Inglaterra porque hoy todavía son las únicas 
' naciones que pueden competir con España por la importancia de 
sus provincias ó dependencias ultramarinas. 

En Ultramar habla antes la seguridad de que cuantas leye¿''se 
hiciesen en la Península para los españoles, inmediatamente, 6 
ipso facto, tenían aplicación allende el Atlántico; y respecto dé las 
materias especiales, aquí estaba con el ojo atento y el ánimo 
di£(puesto el Consejo de Indias, cuya competencia, por desgracia, 
no ha heredado cuerpo alguno de los existentes en nuestro^ dias. 
Pero hoy no pasa nada de esto: las leyes que aquí se votan no 
tracienden más allá de Cádiz, y así se ha dado eí caso de que 
mientras en la Península corríamos por los caminos de' la civili- 
zación modificando nuestras instituciones, quedasen estacionadas 



111 

7 como petriñoadas nuestras AntiUas 7 Filipinas. El Gobierno no 
]Lo hacia, las Cortes no lo realizaban, 7 no existia el Consejo de 
.Indias, porque en realidad no debia 7a existir, supuesto el triunfo 
de la política centralista en el orden de la colonización, 7 dada la 
diversidad de los tiempos 7 de las circunstancias, no mal aprecia-* 
das bajo ciertos respetos por la unión liberal. Por eso sucede 
lo que vengo denunciando en diferentes órdenes de la vida jurí- 
dica de las llamadas provincias ultramarinas. 
. Además, señores Diputados, tengo que recordaros una fecha 
tristísima: la fecha de la espulsion de los Diputados americanos 
del Congreso español; la fecha de 1837. Entonces no faltaron 
hombres de entendimiento 7 de corazón que se levantaron aquí á 
protestar contra el hecho; díganlo Vila 7 Caballero; 7 entonces se 
alzó la figura del divino ArgüeUes á decir: «No intentamos con- 
denar, no, á las provincias ultramarinas al absolutismo de que 
acabamos de salir como ellas. Queremos asegurarles el goce de la 
' libertad de que gozamos, pero de otra manera, con otras garan- 
tías, bajo otras formas. Discutiremos, pues, sus le7es especiales. » 
Pero ¡ahí tenemos que han pasado cerca de cuarenta años sin que 
ni siquiera se ha7a intentado discutir esas le7es. Cuarenta años 
de absolutismo positivo para Cuba 7 Puerto-Rico 7 Bilipinas; 
cuarenta ai^os de sufrimientos, de lágrimas, de luto, de dolores, 
á,e sangre, CU70 solo recuerdo h07 horrorizarla á D. Agustín Ar- 
guelles. ^ 

No hubo, pues, en' este medio siglo tiempo para hacer las leyes 

eapedaleSf ni para reformar el orden penal, ni para salir del estado 

social, doloroso por mil conceptos, de nuestras Antillas. Y ha pa-* 

.,sado este tiempo diciendo todos los hombres importantes délos 

. jpartidos liberales: «Aguardad, aguardad que tengamos tiempo 7 

vagar;» pero ni el uno ni el otro ha venido, 7 h07 mismo me temo 

que 8l el señor Ministro de Ultramar, ó el Presidente del Consejo, 

, no toman la cosa con empeño; si aquellos antiguos amigos mios 

que h07 se sientan en ese banco no recuerdan á toda hora sus 

^mpromisos personales en la cuestión ultramarina, mucho me 

temo, digo, que tampoco ha7a llegado el tiempo 7 el vagar que 

tanto necesitamos, en estos últimos cuarenta años. 

Ya \eis, señores, si está esplicado el atraso escandaloso de 
nuestras provincias de Ultramar. 

Aparte de todo esto, os suplico consideréis el estado de cultura 



' :i 



112 

7 civilización de esas provincias, sobre todo de Cuba y Puerto-Rl- 
00. Prescindiendo de la rara penetración de la mayor parte de sos 
hijos, bueno es que se sepa que han llegado á un punto en materia 
de educación y conocimiento general de las cosas, que les hacen 
rivales de las comarcas más civilizadas del continente europeo. 
Islas, y por lo tanto de fácil acceso, dotadas ricamente por la na- 
turaleza, y por tanto con grandes atractivos para el comercio y el 
estranjero, viven en el corazón de la América, mundo de novedad 
y centelleo. Sus habitantes, criollos com# peninsulares, poseen 
comunmente el francés 6 el ingléb, y la suscricion á los periédi- 
eos y revistas de Inglaterra, Francia, Bélgica y losBstadosF-Unidos 
es de gran importancia. 

Repítese allí el fenómeno que observé Humboldt en Nueva-Es- 
paña, y Burke en las colonias inglesas del Norte-América; la rara 
aflcion y elconocimiento poco común de los colonos ¿ los librosde 
Derecho. Los viajes de estos, bien á Europa, bien á los Estados- 
Unidos, les permitirían en todo caso apreciar por sí mismos la di- 
ferencia de situaciones; y la proximidad á la gran república dal 
Norte les hace estar al cabo de problemas que allí se plantean, 
como en Suiza, mucho antes de que allí hayamos comenzado 6 
sospechar su existencia. Y no quiero hablar de problemas como 
el de la abolición de la esclavitud, que aquí se nos antoja pavo- 
roso; y que allí (para los que estudian, se entiende) reviste pro- 
porciones bien modestas, porque, dada la esperiencia de los Esta- 
dos-Unidos, nadie cree en esos temores de que el liberto haya de 
caer precisamente en la doble esclavitud de la ignorancia y del 
crimen, punto sobre el que he de hablar largo dentro de pocos 
dias. 

Dados estos antecedentes, debo insistir en mostrar cuan im- 
posible es que aquellos países continúen viviendo como hasta 
aquí. ¿Necesito decir una palabra sobre lo impolítico de la exis- 
tenciiT de necesidades inescusables que la Metrópoli no satisface, 
máxime cuando le es posible y hasta fácil satisfacerlas? Pero ¿qué 
más (y ahora recuerdo esta circunstancia), qué más que lo que 
yo propongo procurar hacer hoy los tribunales de Ultramar?'Se- 
ria imposible, absolutamente imposible, aplacar en pleno si- 
glo XIX. la penalidad de nuestros antiguas Códigos: así que los 
tribunales por medio de sus autos acordados han establecido un 
procedimiento criminal aceptable , y con su práctica, citando 



118 

siempre las leyes de Partida y la Novísima, procuran poner en vi- 
-gor las disposiciones del Código penal vigente en la Península, á 
que allí se le da un valor doctrinal. Pues bien: yo pretendo dar 
fuerza á la práctica de los tribunales, secundar su espíritu, )iacer 
ley lo que es una buena costumbre. 

Y reparad otra cosa. Entre los muchos errores y las muchas 
vulgaridades que yo suelo oir sobre América, no es la menor la 
de que los pueblos sud-americanos, ayer nuestras colonias, hoy 
repúblicas independientes, yacen en un estado de desorganiza- 
ción, de miseria y de atraso de todo punto insuperables. Yo no 
86 si en esto se llevan algunas gentes un fln político que tengo 
por pobrísimo, pues que á nadie engnñan, ó si obedecen á un im- 
pulso del «mor propio, como si la gloria de la España colonizado- 
Ta necesitase del rebnjomiento de las TCpúblicos latinas del Nuevo 
Mundo, ó si pura y simplements siguen el correr de las noticias, y 
pagan tributo á la petulancia de cualquier tottrislcí de cafó. Pero ello 
-tñ que todo cuanto en daüode aquellos paises se dice es absoluta- 
mente falso, y que los progresos de aquellas simpáticas naciones, 
nuestras hijas, son verdaderamente colosnles. ¡Ah, si yo tuviera 
tiempo para discutir este panto, y esta fuera la oportunid) d de 
•exponeros las dificultades con que han luchado aquellos hombree 
dignos del siglo XIX! iAh,8i yo pudiera esplicar aquí qué clnse de 
obstáculos son rioscomoel Amazonas, y cordilleras como los An- 
des, y hastaqué punto ha perturbado el progreso de aquellos países, 
de un lado la falta de población, y de otro las condiciones en que 
hicieron su independencia y organizaron su vida propia, condiciones 
«que no hubieran sido tan contrarias ni tan perjudiciales á haberse 
-mmí atendido las indicaciones de los Diputados americanos de 1822, 
T en América la política de los Rivadavia y los San Martin! 

Pero si no puedo descender á esto, sóame lícito llamar la aten- 
'«ion del Congreso sobre dos puntos : primero, sobre el progreso 
inercantll y matarial de esrs repúblicas, en que se están hacien- 
do ferro-carriles como los de Chile, y obras no inferiores á la 
perforación dol Mont-Cenis: y después, sobre la revolución que en 
•1 orden político de aquellos pueblos se ha iniciado en 18«"?8, casi 
«1 mismo tiempo que la revolución española, acreditándose así 
- «na vez más esa gran ley de la evolución humana que se llama 
'Hncroniamo hUtdriro. 

Pues bien, señores; en estos instantes yo me atrovo á hacer 

8 



114 

esta aflnnaoion rotniídA: que en el orden político y penal no hajr 
ninguno de na.itros entigaos reinos de Amérioe, ninguna de la» 
repúblicas sud-amerleanas que se halle en el atraso de nuestraa. 
Antillas 7 FlUpinas. Habia basta poco há dos puablos que con 
ellas podian riyalixar: el Paraguay, dtUeraium sin duda de loa. 
enamorados del monastismo íftipino; el Bcuador, donde Qareía 
Moreno emulaba (y escedia á veces) á nuestros capitanee genera- 
les. Pues todo eso, 6 concluyó, como en el Paraguay, donde na 
existen esclavos y vive la libertad, 6 eetá concluyendo , como en 
Quito, donde el régimen representativo y las libertades públicas, 
principian á eclipsar las omnímodas de la presidencia. Pero en el 
orden penal, ¿qué país hay en esa América latina que ya no le. 
tenga asentado, reproduciendo nueatro Código de 1850 , como han 
reproducido en él orlen civil el Código francés conocido eon el 
nombre de Código de Napoleón? 

Y dicho eato, yo no debo afiadir más. La Cámara es harto dis* 
creta para sacar eondusionee de este contraste; yo tengo por cier- 
to que no hay un liberal espa&ol que no oiga 6 las veces la vozde 
su deseo que le anuncia una gran política nacional por medio da 
nuestra, reconciliación con la hoy independiente España ameri- 
cana. Para esto necesitamos poner á Cuba y Puerto-Rico á la al-^ 
tura de los tiempos modernos: y para ponerlas en comunieacion 
con los pueblos civilizados, no necesitamos hoy más que recoger 
el espíritu de nuestra tradición colonial, y decirlas: tLevantaos y 
gozad de nuestras libertades y de nuestras instituciones, que 4 
ellas tenéis derecho.» 

Todavía podria ahadir algo, pero que ya afecta al fondo de la 
cuestión. La Cámara no ignora la importancia que las leyes pena- 
les y la organización judicial tienen en la colonización. En la es- 
pahola se palpa en todo lo relativo á la reducción de indios: en la 
holandesa, es sabido que há tiempo se redactó el Código penal de 
Java, y que existe el propósito, cada vez más enérgico, de estender 
la competencia los de tribunales de residencia, siguiendo la política 
delOobemadorRaffe8;en la India inglesa, ya pocos ignoran que la 
Gran Bretaña ha establecido el jurado y promulgado un Código da 
procedimientos y otro penal en 1859 y 1860, realizando de este 
modo allí un progreso de que no puede ufanarse en su propia casa. 
•Esta es la misión de las metrópolis: abreviar trámites; reducir 
Uemposf: evitar las diflsutades y Ins peripecias de los ensayos, y 



115 

llevar de un golpe á sus dependencias el resultado de sus esfaer- 
zos 7 las recompenoas de sus sacrificios. Así lo hicimos en otro 
tiempo; aliora venimos haciendo lo contrario. 

Pero no pretendo insistir en esto. He hablado más de lo que 
me proponía: pero escúseme el silencio que hasta hoy he observado. 
Solo he de aüadir algunas palabras. ' 

Si se lee con detenimiento la proposición, se tendrá en cuenta 
que consta de tres partes principales: primera, ostensión del Có- 
digo penal vigente en la Península á las provincias de Ultramar: 
segunda, autorización al Gobierno para que, teniendo en cuenta 
la diferencia del estado político y cfocial de aquellas provincias, 
pueda introducir algunas modiñcaciones en el Código, porque evi- 
dentemente (y aunque sienta mucho decirlo , aunque lamente so- 
bra todo el caso) el hecho es que los derechos individuales de que 
todos hablamos no existen en aquellas comarcaSf y esto exige al- 
gún tanto de modificación en algunos de los títulos y capítulos 
del Código penal: tercera, qu^e después de haber hecho las modificar 
clones y aplicado el Código, venga el Gk>biemo á dar cuenta del 
uso de la autorización, para que no suceda lo que con el Código 
penal de 18*70, que aun no hemos podido discutirlo. 

Si el Ministerio tiene este propósito; si tiene el proyecto de 
nombrar, una comisión para que le ayude en esta tarea, que 
la nombce, y solo se la dé el plazo de dos meses para que resuel- 
va con entera libertad lo que estime oportuno. Pero la comisión 
pienso que no haya de dar ningún resultado; yo he formado parte 
de muchas comisiones, he tenido ese honor, que agradezco mu- 
cho; pero, lo declaro con sinceridad, no he hecho nada verdadera- 
mente estimable. Las comisiones son un título de honor para los 
comisionados; pero la verdad es que se reúnen muy pocas veces, 
y buena prueba es el mal éxito de la comisión nombrada hace 
tres años por el Sr. Becerra, precisamente para hacer un Código 
penal con destino á las provi^icias ultramarinas. 

El hecho es que debemos sentar el principio; véalo el Congreso; 
creo que él Oobiemo no tendrá inconveniente en ello; y así ire- 
mos trabajando buenamente en pro de nuestro imperio colonial y 
de Va honra y el poderío de España. 

iQuiera Dios que esto suceda, y que la Cámara y el Gobierno com- 
prendan que para asegurar la anidad y la fuerza de las naciones 
no se necesitan muchos soldados, sino buenas leyes! He concluido. 



RECTIFICACIONES. 



(Sesión del 12 de Noviembre J 



1.a 



La Cóm^rfi ha oido, no el discurso, sino las palabras que yo he 
pronunciado, y habrá advertido que buenamente he dicho aq¡iíf 
deade 9?tas alturas, 1q que digo de ordinario á mis ami^^s en esos . 
pasillos, sin pretcnsiones, sin darlo importancia, sin dirigir cen- 
sura al Gobierno. 

A pesar de la mesura con que he hablado— y voy á decirlo, de 
la benevolencia con que he tratado al Gobierno, al Sr. Ministro 
d0 Ultramar se ha venido esolamando: «¿Pues no ha hecho nada 
el partido radical? Pues las Cortes Constituyentes ¿no hicieron 
nada? Pues el Gobierno ¿no hace nada? Pues el Qr. I^bra ¿no asr 
lt>e, no recuerda que hemos contado con él (particularmente, se 
entiende,) para hacer una porción de cosas, y que 6 algunos de 
sus amigo9 se debe el no haber hecho otras más importantes?» 
Y esto ha ?ido una ocasión como de perlas para que el Sr. Minis- 
tro de Ultramar nos ponderase las excelencias de algo que le 
parece bueno y que á mi me parece detestable, como es un malo- 
grado Consejo de Ultramar, que á S. 8. le vino á las mientes 
apenas hace dos meses, y que, por fortuna, se marchitó en flor. 

Yo no he de discutir esto, y la razón es clara; aunque el pe- 
Üor Presidente es bueno, si yo entrara á debatir todos y cada 
uno de estos puntos, de seguro me tocarla la campanilla. 

Ahora, si diré al Sr. Ministro de Ultramar que el Consejo de 
Indias es un cuerpo especial que tiene razón de ser cuando no se 



118 

aceptan los principloa consignados en la Constitaeion eépaüo^. 
Bs decir, qae ooando se reconoce el principio de asimilación, el 
eentralismo político j la representación de las colonias en las 
C6rtee, aqael caerpo no tiene fundamento de ninguna especie. Y 
no hajr ninguna parte del mando en tales condiciones, donde 
exista ese Consejo j no puede haberlo. Donde quiera que viven 
instituciones de este género, lo que se hace ea suprimir los Re- 
presentantes de las colonias, porque para algo estamos aquí; para 
debatir aqueUas cuestiones ultramarinas; que si todos los Sres. Di- 
putados son competentes para ello, por lámenos nosotros tenemos 
el derecho de conocerlas antes que los demás. Así, aquí estamos los 
Representantes de Ultramar como peticionarios (aparte de que pe^ 
dimos lo que es nuestro derecho) y los Sres. Diputados vienen á 
Juzgar 7 resolver oyendo al Sr. Ministro; que los Ministros deben 
subir al Ministerio, no á estudiar, sino á resolver las cuestiones. 
De8pu3s 3. S. se ha hecho cargo del anuncio que me he permi- 
tido hacer, de que he de debaür la cuestión de la esclavitud. Con 
efecto, yo he de hablar de esta cuestión, y aun de la de Cuba, que 
es el escándalo de los escándalos; y he de hablar concretamente, 
tratando la cuesttion de frente; pero me apena que el Br. Gasset, 
persona á quien estimo y quiero mucho, haya seguido con este 
motivo la misma costumbre que tienen otros. Cuando algún Di- 
putado 6 alguna persona por sus compromisos políticos tiene que 
hablar sobre esta cuestión de Ultramar, sucede que viéndose ex- 
citados, solicitados y colübidos, pierden un poco su serenidad, 
que la cosa no es para menos. Pues bien; aquí hay la costumbre 
de apelar para contestarles al gran recurso, que no dice nada, de 
hablar de si se van á emancipar 6 no los cubanos, de si tienen 6 
no condiciones para crear una Patria y otras cosas por el estilo. 
Ahora no discutimos esto; aquí no venimos á hablar de estas cues- 
tiones. ¿De dónde saca el Sr. Ministro que mis palabras me ponen 
frente á frente de la integridad nacional? Lo que yo he dicho, y 
repito, es que la integridad nacional, que es la reunión de todos 
08 territorios, no significa nada si no tiene por bafie la unidad 
nacional; de esta manera la integridad nacional es él complemen- 
to natural y lógico de la unidad nacional; y así como se puede 
decir que donde hay un inglés en cualquiera parte del mundo, 
allí está Inglaterra, al modo que entre los romanos se decia que 
onde quiera que habia un romano allí estaba Roma, de la misma 



119 

manera se debería decir que donde hubiese un español, lo mismo 
en la Península que en las soledades de Filipinas, que en Cuba y 
que en Puerto-Rico, que donde quiera que haya un español, lleva 
consigo, como tal español, todas las garantías y todas las liber- 
tades que dan á España el carácter de^ una nación noble y digna 
de contarse entre los pueblos civilizados. Pero no es esta la cues- 
tión; es preciso no sacar los debates de su cauce, señor Ministro 
de Ultramar; y hablemos claro. Yo he tenido la suerte de que 
después de haberse murmullo de mi un mar do villanías, 
á las cuales no he hecho caso, porque he creido que no merecían 
apenas mi desprecio, al ñn se me vsya haciendo justicia; por 
manera, que no pueden ni deben inquietarme ciertas cuestiones, 
que á la verdad nunca me han preocupado, porque he tenido siem- 
pre el valor de decir lo que siento. He hablado poco hace de los ha- 
bitantes de las Antillas, y no se me ha ocurrido hablar de insu- 
lares 6 de cubanos solo, y menos para apadrinar antagonismos 
y acariciar preocupaciones. 
Para que no se vuelva á incurrir otra vez en ciertos errores, yo 

* 

adelanto á S. S. para siempre la siguiente contestación: todo el 
mundo tiene derecho para suponer que yo profeso un error, pero 
nadie lo tiene para atribuirme ningún disparate, y yo nunca he 
sostenido que podria constituirse una república independiente en 
Puerto-Rico ni siquiera en Cuba. Sépalo, pues, S. S. para siempre, 
j bien conoce S. S. y todos los demás Ministros que yo tengo 
•el valor de mis convicciones. 

No he de hablar tampoco de que si el partido radical ha hecho 
esto 61o otro en las provincias de Ultramar, porque nada de esto 
viene á cuento. ¿He atacado yo al Sr. Oasset? Cuando yo venga 
á atacarle, entonces yo diré lo que S.S. no ha hecho; lo que el 
partido radical ha realizado y lo que ha prometido hacer en Ultra- 
mar: yo no me he ocupado más que de una cuestión de orden ju- 
rídica, que no tiene trascendencia política, al menos una tras- 
cendencia de primer orden. No conñindamos, pues, las especies, 
si discutimos con seriedad. 

Yo no me he ocupado más que de una cuestión concreta; y si no, 
suplico que se me contest 3 á lo siguiente: ¿Es ó no verdad que en 
Cuba, Puerto-Rico y Filipinos rige como orden penal hoy la ley 
de Partida y la Novísima Recopilación? ¿Es verdad que en pleno 
siglo KIX no i ueden regir estas leyes, y que está reconocida la 



120 

costumbre de aquellos tribunales, que apelan siempre que es po» 
Bible-al Código penal de l<i Península? ¿E¿s verdad que hace cuatro 
aAos estifmos tratando Inútilmente de llevar á aquellas provin»* 
cias nuestro Código penal, y que para esto hubo una comisiOA 
nombrada por el 9r. Becerra, que nada realixóf ¿^s verdad que no 
hay ya ninguna república hispano-americnna, ni un Batado de 1» 
Union del Norte que no haya reconocido y sanoionado un Código 
penal? Tkat is the quesUon. Ni mós ni menos. Yo suplico ¿ 8. SL 
que, juzgando en conciencia, me conteste á estas preguntes. N6 
hablemos, puos, de la cuestión politica ni de la cuestión provim* 
cial, ni de la cuestión municipal, ni del art. 108 de la Constita- 
don: nada de esto tiene que ver con lo que yo he hablado esta 
tarde. No me he ocupado más que de esta cuestión concreta, á sa» 
be>r: de si el Código penal debe ó no aplicarse ü. las provincias de 
Ultramar. 

Todo el mundo reconoce que debe aplicarse, y hnsta ne 
permitiria decir que hay algún individuo de la minoría coip^ 
servadora que es también de esta opinión. La cuestión es» 
que S. S. pide un plazo, y aun cuando S. S. puede tener 
razón, yo creo que se olvida de lo que ha sucedido en es* 
te país con todas las juntas que se han nombrado; que no as 
ha hecho nada con ellas. Asi es, que la comisión que S. S. ms 
anuncia, me temo que haya de seguir el ejemplo de sus análogas, 
y que solo logremos perder un tiempo precioso. Pero no peca» 
bien lo sabe V. S., bien lo sabe el Sr. Presidente del Consejo, n» 
peco de poco complaciente, y así no pongo obstáculos á la preten»' 
sion del Sr. Ministro, de entregarle la plena dirección de este 
asunto, fiando siempre en que todo se hará en un breve plazo. Y 
para esto necesito vencerme, porque no encuentro seria dificultad 
en que la Cámara tome en consideración y apruebe luego la pro^ 
posición, mientras los jurisconsultos de que S. S. nos hn hoblado 
discuten y consignan las modiflcacionee del Código, ganando 
tiempo; y además porque á mí me urge que España aproveche to^ 
das las ocasiones y todas las circunstancias para llevar á Ultra-^ 
mar el espíritu democrático que la ha regenerado, y acMmatar en 
sus colonias todos sus adelantamientos; toda vez que soy de loa 
que creen que nos está reservado un gran porvenir en América, 
por medio de una política levantada y generosa, que recoja las 
ideas, los sentimientos, las aspiraciones de las sociedadas latina» 



121 

del Nuevo-Mundo, nada antipáticas á nuestra liistoria y nuestra 
carácter, como lo demuestran los mismos compal^eros y los 
mismos deseos de aquel Bolivar, que en medio de la gruerra de 
1814, acariciaba la esperanza y fomentaba el pensamiento de vol- 
Yer, una vez concluida su obra en América, á dar la mano á. los 
liberales de la Península, y á pelear en sus filad contra el de^pOr 
tlsmo de nuestros antiguos reyes. Y esta, Sres. Diputados, tiene 
que ser nuestra política nacional; política que, como muchas vece» 
lie dicho, ha de levantarse por cima délas estrecheces de los parti- 
dos, Impidiendo que todavía se diga que las Antipas son hoy el 
primer mercado de esclavos, y que la revolución no sale de los 
limites de un interés local; política, en Ün, una vez xoás afirmada 
por la regencia de Cádiz en aquella frase de que «los reinos de 
América no son factorías, dependencias ni colonias al modo de 
las de otras potencias, sino parte integrante y esencial de la na^ 
donalidad española.» f Aplausos.) 



8.a 



Antes ruego al Sr. Presidente que se sirva mandar leer 1^ pro- 
posición que he presentado. 

El Sr. SECRETARIO (Moreno Rodríguez): Dice así: 
«Los Diputados que suscriben tienen la honra de someter al 
congreso la sigiente 

PBOPOSICION DB LBY. 

Artículo 1.* El Gobierno planteará en el término de dos nm- 
886, en las islas de Puerto-Rico, Cuba y Filipinas, el Código pe- 
nal vigente en la Península, con las modificaciones que entraña 
\a diferencia de estado político y social de aquellas provincias. 



122 

Art. 2.* El Gobierno dará caenta en la próxima legislatara da 
la manofa de haber realizado el precepto anterior, sometienlo en- 
tonces á la diaenaion j aprobación de las Cortes el Código penal 
promulgado. 

Art. 8.* Mientras las Cortee no discutan ni aprueben él ci- 
tado Código, regirá en las provincias de Ultramar citadas. 

Palacio del Congreso 6 de Noviembre de 18*72.— Rafisél liaría 
de Labra.— Salvador Saulate.— Francisco Salmerón y Alonso.— 
Aníbal Alvarez Oasorlo.— Jacinto liaría Anglada.— Joaquín Gil 
Berges. —José Facundo Cintren . » 

El Sr. LABRA: Por manera, que el art. 1.* contesta cumplida- 
mente á lo que ha dicho el Sr. Ministro de Estado, cuando suponía, 
no sé si por vía de protesto para contestar á mi discurso, que la 
proposición t^nia porobjeto llevar á Ultramor el Código penal de 
la Península intacto, y daba como razón para oponerse á estepen- 
samiento, las grandes desigualdades y diferencias que habria que 
reconocer en el Código, haciendo preciso por parte del Gobierno 
ó la Cámara un estudio detenido y especial del asunto. Vea S. 3. 
cómo la proposición dice precisamente que se reconozcan esas 
diferencias del orden político y social, y á mas autorizfi al Gobier- 
no para introducir en el Código las reformas que tenga por con- 
veniente. 

Ha dicho el Sr. Ministro de Estado que esta proposición era al 
parece? un voto de censure. Ya se ve; como el Sr. Martos es muy 
competente en esto de las censuras parlamentarlas y hombre de 
buena palabra, se propone sin duda darme una lección, advirtión- 
dome que las proposiciones no se sostienen como yo lo he hecho. 
Respeto la autoridad de S. S.; pero yo tomo el ejemplo que S. S. 
ha dado en estos bancos con gra'n prestigio de su nombre. Además, 
toda proposición tiene, sobre la importancia, que encierra en el 
íbndo, la importancia de su pertinencia, y para demostrar la pri- 
mera importancia, he tenido que decir (no para que lo sepan los 
Sres. Diputados, sino á fin de que lo sepa el país, para el cual esto 
puede ser una revelación) que lo que rige en materia penal en 
Ultramar en pleno siglo XIX, casi en los albores del XX, es el 
Código de las Partidas. El Sr. Ministro de Estado, que es letrado, 
se habrá dolido siempre de esto; excusado es decir si se habrá de 
doler, si después de tantos plazos no llevamos el Código penal á 



123 

las Antillas y á Filipinas, quedándonos aquí liaciendo la oposición 
á los que nos irigan, preeisamente por no haberlo llevado. 

Decia antes al Sr. Qaaset , que yo no tan solo era benéívolo con 
el Gobierno, sino hasta complaciente. No me gusta, lo confieso, esa 
política de esperas y de aplazamientos. Aquí sí se puede esperar, 
porque tenemos todas laíi libertades y todas las garantías; y 
si aquí pudiera venir al poder, no él partido conservador, sino él 
moderado, podríamos todavía luchar al amparo de las leyes y de 
los tribunales; tendríamos la libertad de la palabra y del pensa- 
miento, la libertad religiosa, la seguridad individual; no podría- 
mos ser deportados, y en todo caso, siempre tendremos el Tribu- 
nal Supremo ante el que acusar á las autoridades arbitrarias; pero 
en ultramar no existen semejantes recursos. Yo defiendo, pues, 
algo qne es generoso y grande; no abogo por mi, que aquí vivo 
y gozo de los mismos darechos que vosotros, Sres. Diputados, y 
tengo qne. correr vuestra misma suerte: yo defiendo al que no 
tiene derechos, y siempre es generoso el dar la mano al desvalido. 
Pero yo no tengo inconveniente en retirar la proposición; á mí lo 
qne me importa es que se haga; y si los Sres. Ministros dicen que 
se podrá hacer en dos 6 tres meses, yo retiro la proposición y 
queda el Gobierno comprometido por su palabra honrada, y como 
caso de honor, á hacer lo que sostiene la propositíon. 

Después de esto, tengo que contestar á una observación. Cree 
él Sr. Ministro da Estado que mi discurso es de oposición: ¿y á 
qué dar importancia á mi discurso? El Sr. Ministro de Estado 
presóme qne yo vengo á dar la batalla al Gobierno; permítame 
S. S. que le diga que lo que yo creo es que S. S. quiere que yo 
le dé la batalla en esta cuestión. Pero no será así; esta cuestión, 
más que política, es científica, es jurídica, no es cuestión de opo- 
sición al Gobierno. Cuando yo quiera dar la batalla al Gobierno, 
porque crea que no cumple sus palabras, esté seguro el Sr. Mar- 
tos de que no he de entrar de soslayo en la cuestión; que he 
ereido siempre que la mejor política es la franqueza y la mejor 
diplomacia la lealtad. Cuando yo quiera combatir al Gobierno, 
vendré aquí con una proposición de censura; pero lo haré en los 
términos que tenga por coaveniente y en la hora que me píarezea 
oportuna, porque yo, lo mismo que el Sr. Ministro, no acepto las 
batallas cuando me las presentan, sino cuando á mí me conviene 
plantearlas. /Olj^aufot .> 



U DIPUTACIÓN 

DB 

PUERTO-RICO 

ANTE US REFORMAS ÜLTRAMARIHAS 

DISGVR80 PRONUNCIADO 

D. RAFAEL HARlA DE LABRA 

en la sesión celebrada por el Congreso el 21 de Diciembre de 18*72 



U DIPUTAaON 

de 




▲MTB LAS BBFOBMAS nL-nU.HABIMAB 



No tema la Cámara qae haya de molestarla oon muchas pala- 
bras, que harto comprendo qoe este dehate va de vencida: la no- 
che viene, el cansancio es grande, y solo sostiene el interés de la 
sesión el vivo deseo de los señores Diputados de escuchar la sienn 
pre elocuente frase de mi amigo el Sr. Castelar, cuyo anunciado 
discurso tiene que revestir, por muchos motivos, una importancia 
eacepcional. Bien seguro es que, á obedecer mis gustos, no habria 
hqy de quebrantar mi silencio; pero de una parte las alusiones 
terminantes de mis distinguidos correligionarios los Sres. Ramos 
Calderón y marqués de Sardoal, de otro lado los ataques y apos- 
trofes, si corteses en demasía enérgicos, de los Sres. Esteban 
CoUantes y general Gándara á la diputación de Puerto-Rico, y por 
último el mandato preciso é inescusable de mis compafieros, los 
Diputados de la peque&a Antilla, única representación de esta 
isla, por no tener asiento en los escaños de la alta Cámara ningún 
señor Senador, me obligan de un modo ineludible á terciar en este 
debate, siquiera por brevísimos instantes, hablando, no por mi 
propia euenta, sí que en nombre y representación déla diputación 
puerto-riqueña. 

Yon verdad, señores, que la situación de los Diputados de 
Puerto-Rico, de algún tiempo á esta parte, es difícil y crítica has- 
ta un punto que quizá raye en ridículo. 



128 

Venimos á la Cámara animadlos por el deseo de responder á las 
urgencias de la isla qae representamos: recogemos el voto de 
nuestros comitentes, apremiados por la necesidad de salir de la 
posición indeterminada, Taga, comprometida (más comprometida 
que la del antiguo itatu quo)j en que los han colocado las pro- 
mesas de la reyoiucion consignadas en textos legales, y los 
preceptos de las Constituyentes, hasta ahora no cumplidos, con 
agravio de la unidad nacional y ' de la soberanía de la Metrópoli: 
"depositamos sobre la mesa los proyectos de ley que represen- 
tan, no ya solo la aspiración del partido liberal de la pequefta 
Antilla, sí que las creencias y los deseos de la casi totalidad del 
país: pretendemos solicitar la atención del Gk)bierno sobre las 
cuestiones de política palpitante que en nuestras Antillas existen, 
y que por sus condiciones particulares y su distancia de la Metró- 
poli revisten pera aquellos lejanos países el mismo interós que 
para la Península reviste una cuestión gravísima de orden pú- 
blico: deseamos, en fin, realizar la obra de la propaganda (yo. que 
no nos sea dado hacer gobierno, como ahora se dice); queremos 
diñindir ideas, examinar sistemas, discutir principios con calma» 
sin pasión, sin dicterios, como cumple á hombres que saben que 
tienen razón, y que no necesitan más que espacio para pelear y 
vencer; y como abogados de un pueblo que está resuelto á obte- 
ueTlo todo del convoncimiento, y nada por la sorpresa, nada por 
la intriga, nada por la fuerza. 

Y en seguida nuestros adversarios formulan sus críticas. So- 
mos impacientes, somos perturbadores, somos imposibles en el 
seno de estas Cámaras. Nuestro afanes entorpecerlos debates; 
nuestro prurito, hacer más complicada la gestión de la cosa pú- 
blica: y todos llevados, cuando no por un interés miserable, sí 
por una verdadera preocupación de localidad, por un interés de 
campanario (que así se dice); como si no estuviera probado que 
en todo el curso de la historia de Espoña, la vida y el desarrollo 
de América ha tenido una influencia capital, decisiva en los des- 
tinos de nuestra patria, y más aun en la suerte de la* libertad, 
desde aquellos días en que, apresados los galeones del Nuevo 
Mundo por el emperador Carlos V, se halló este con recursos para 
las guerras de Alemnnia, y no necesitó reunir más Cortes espaüo- 
las— olvidadas luego por espacio de dos siglos — hasta los comien- 
zos del decimonono, en que los capitanes y soldados que acuchi- 



129 

liaron en los campos de Méjico j Venezuela á los revueltos 
americanos fueron luego las espadas £a vori tas del absolutismo par 
ra concluir en la Península con las instituciones libemles, y aeu* 
cbillar en las llanuras de Castilla y en los riscos de Cataluña á 
nvostros heroicos padres. ^AjpiausosJ 

Pero variamos de conducta. Llegamos al Parlamento en un mo- 
mento crítico. Las dificultades son imponentes. El partido radical 
6 el partido conservador (que para el caso es lo mismo) necesita* 
adquirir las condiciones indispensables para gobernar. Callamos, 
enmudecemos, esperamos; estamos, si queréis, arma al brazo, 6 
oomo en este instante, fiamos en que, corriendo el tiempo, y dado 
que esta Cámara posea, como posee, un sentido eminentemente Ur 
beral, eminentemente democrático, es absolutamente imposible 
que siga la reacción en Ultramar; porque las conciencias no pue- 
den partirse en dos; porque es absolutamente imposible, como deda 
el inmortal Lincoln, al decretar la emancipación de cuatro miU^ 
nes de hombres, que «un pueblo sea mitad libre, mitad escla*- 
vo.» (BienJ 

Y entonces, señores Diputados, las censuras toman otro camino. 
Es que trabajamos á la sombra; es que apelamos á nuestra prover- 
bial habilidad; es que, temibles $ir6naa^ tratamos de seducir y 
embaucar ¡oídlo, señoresl á un Zorrilla y á un M artos fBUasJ; es 
<|ae reanudamos la política de aquelles Diputados americanos de 
1910 y 1820, á quienes se supone reos de infttme ceuduota, por 
más que de este modo se calumnie la memoria de aquellos ilustras 
oradores, de aquellos honrados patriotas, que ni un dia, ni un 
8(do dia, ocultaron & la madre patria que si no hacia pronto y por 
completo las reformas (y por desgracia asi no lo hizo), era por 
todo estremo seguro que, cuando vencida por las compUcaciones 
de la guerra y ante la evidencia de la realidad, tratara de enmen- 
dar sus yerros, habria de resonar en los*eires el terrible es uxrMy 
de los grandes desastres, de las catástrofes providenciales. 

Pues bien: imaginad, señores Diputados, si en este momento la 
representación porto-riqueña enmudeciera, imaginad los argu- 
mentos que se harian. Y por esto no pecando de inoportunos ni 
da inmodestos, la diputación de Puerto-Rico me ha honrado con 
el cargo difícil, pero nobilísimo, de espresar aquí la profundidad 
^de nuestra gratitud á esta Cámara por las manifestaciones verda^ 
-deramente entusiastas del lunes último y de esta tarde (prueba 

9 



190 

evidento de la Intimidad de nuestros afectos), así como para ex-- 
poner de una yex para siempre cuál es y cuál ha sido nuestra actt^ 
tud, perfectamente discutida y exactamente determinada. 
N U'^stra Bctltud ha respondido, seAores Diputados, i dos ideas. 
La primam, no ser un obstáculo á la consolidación del gobierno^ 
y contribuir con nuestras fuerzos todas, de todas maneras y en 
todas ocasiones, al arroigo y robustecimiento del partido radical 
de la Península, en cuyos doctrinas y cuya conducta está, á* 
nuestro juicio, en este instante, la ventura de la patria; porqué á 
nosotros no se nos oculta, á nosotros no puede ocultársenos, que- 
la cfiusa del absolutismo, como la causa de la libertad, son Ib». 
mismas oquende y allende el Atlántico: que si el abismo Uama al 
abismo, es porque lo semejante llama á lo semejrnte. 

Yo no he menester recordaros que el mismo dia que tuye la 
honra de entrar por esas puertas en esta legislatura, anuncié una 
interpelación al señor Ministro de Ultramar sobre el incumplí- - 
miento de la Ley preparatoria para la abolición en Cuba. Poco, 
después, varios de mis amigos presentaban sus proposiciones de/ 
ley sobre diversos asuntos de la pequeña Antilla, y otros hacían 
preguntas y anunciaban interpelaciones sobre diversas materias. 
Pero en tanto, aquí se desenvolvían los debates del mensaje, la 
ley del clero y la discusión del presupuesto: y nosotros, atentos> 
á los solemnes compromisos del señor Presidente del Consejo, . 
aguardamos la conclusión de estos difíciles asuntos. Yo no quise, 
recoger una gravísima alusión que se habla servido dirigirme en 
los primeros solemnes debates de esta Cámara un eminente ora- • 
dor republicano, de cuya íntima amistad me ufano. Ya compren- 
derá su señoría que yo no he abandonado un solo instante la 
cuestión colonial, ni me he resignado á tratarla de soslayo. Bien 
que BU señoría nunca pudo pensar tal cosa de mí. Y ved por qué- 
hemos estado tranquilos y sosegados; ya lo saben los curiosos. 

Por otra parte (y necesito que esto se entienda bien), todos loa^ 
representantes de Puerto-Rico no hemos titubeado en sacrificar 
algo de nuestras respectivas opiniones para llegar á una solución 
común y práctica. Aquí hay partidarios de la asimilación perfecta^, 
dentro siempre del organismo democrático: aquí hay devotos (yo 
soy uno de ellos) de la autonomía colonial; pero unos y otros hemos^ 
reducido nuestros deseos al cumplimiento estricto de lo que han. 
prometido, de lo que han sancionado las Cortes Constituyentes.. 



131 

No venimos aquí á sostener puras teorías: venimos á pedir el 
exacto cumplimiento de las leyes. Lo uno, porque con esas leyes 
se atiende á las necesidades de Puerto-Rico; lo otro, porque nada 
bay más perturbador, nada más inmoral, en el orden jurídico y 
en la vida social de los pueblos, que las leyes en descubierto, que 
los Códigfos convertidos, por abandono ó por malicia, en infecun- 
da letra muerta. ^Bien, Ñen.J 

Así, nosotros pretendemos, no una ley política imaginaria, sí 
que el cumplimiento estricto del art. 108 de la Constitución de 
1869, que preceptúa que se reformará el gobierno de las Antillas 
tan luego estén presentes los Diputados de Cuba 6 de Puerto-Rico. 
Así, nosotros reclamamos, no la autonomía municipal completa, 
sí que el cumplimiento de los artículos 3.* y 4.* de las dos leyes 
de Junio de 1870, que determinan que el Gobierno las debe pro- 
mulgar en seguida en Ultramar. Así, nosotros pedimos el cum- 
plimiento del art. 21 de la Ley preparatoria para la abolición de la 
esclavitud, que promete una ley definitiva de abolición indemni- 
isada para los que quedaran esclavos después de la ley de 18*70. 
Esto, y no otra cosa, es lo q^e contienen los proyectos presenta- 
dos por mis dignos amigos y eompaüeros los Sres. Alvarez Peral- 
ta y D. Joaquin Sanromá. Y esto lo podemos pedir sin pasar plaza 
de hábiles; y para conseguir esto no se debiera dar á la batalla 
más proporciones que las que exije el planteamiento, por ejemplo, 
del jurado para las causas criminales. 

Por esto nosotros nos creemos de todo punto dispensados del 
trabajo de responder por nuestra cuenta á las censuras hecbas 
ayer y hoy por los opositores á la proposición que se ventila. No 
es esta la hora de discutir aquellas leyes que al fin no hizo la di- 
putación de Puerto-Rico: que hicieron (no lo olvidéis) muchos de 
los quei hoy las combaten. Este es el momento de pedir 6 rechazar 
que se cumplan los preceptos legales. El Gobierno tiene el propó- 
sito de llevarlos á cumplido efecto; y yo le felicito, y nosotros le 
seguimos en esta resolución propia de un gobierno honrado. 
¿Creéis malas algunas de aquellas disposiciones? ¿Las creéis de- 
plorables todas? Pues el reglamento oe da medios de tratar el 
asunto de fírente, y contad con que nos habréis de encontrar en 
la refriega; traed proposiciones de ley concretas, terminantes, 
que modifiquen lo antes acordado, y que nos permitan el debate 
completo y amplio; lo tenéis en vuestra mano. fAplautos.J 



132 

BIS?. VICBPRBSIOBNTB (Pasnron y Lastra): Soüor Diputodo, m- 
euerde bu salLoríequeusa de la palabra para una alusión personal. 
Hl Sr. LABRA: SeÜor presidente, por pooo amor propio que 
BU seüoría me atribuya, siempre he de tener el bastante para no 
haoer un disourso cuando todos esperamos la palabra del insigne 
orador republicano; de suerte que si yo hablo en este instante ea 
contra todo mi g^sto, contra el deseo mibifeetado á mis oompa^ 
Üeros, implacables conmigo cuando se trata del cumplimiento de 
un deber. Pero yo necesito algunos minutos más y alguna mayor 
latitud; de suerte que si su seüoriacree que no debo continuar 
como voy hablando, en este mismo instante respeto su acuerdo, 
me callo y me siento. fMucha$ «ocm: No, no. Que hable.y 

Bl Sr. VICBPBBSIDBNTB (Pasaron y Lastra): No deseo que 
an soHoría se siente, sino que no olvide que usa de la palabra pa- 
ra unn alusión. 

Bl Sr. labra: Yo bien sé, señores Diputados (y este ser& el ~ 
único punto que toque saliendo de mi propósito, pero alentado 
por vuestra benevolencia), yo bien sé cuál es el argumento 
Aquilos que ahora se emplea para combatir el cumplimiento de 
las leyes en la pequeña Antilla. 

«Todos somos partidarios de las reformas (se dice), pero con 
discreción y oportunidad. Todos convenimos en que Ins reformas 
en Puerto-Rico no producirán malos efectos. Allí la nbolicion de 
la esclavitud es fácil, y la reforma política encontrará pocos 
obstáculos. Pero^s que lo que ahora se practique 6 se baga en 
Puerto-Rico prejuzga lo que se ha de hacer en Cuba , y no hemos 
de caer en el lazo que se nos tiende, yendo á Cuba, contra nues- 
tra voluntad, por el camino de Puerto-Rico.» 

Soy, sin duda, señores Diputados, la individualidad más humil- 
de que tiene asiento en estos bancos; mas permitidme que crea y 
que diga que nadie habría aquí más autorizado que yo para 
tomar de frente este argumento. 

Público es que cuando entró por vez primera en el Congreso 
representando á un nobilísimo distrito de la Península, tuve la 
honra de plantear, quizá por primera vez también en el Parla- 
mento español después de la revolución de Setiembre, la integri- 
dad del problema colonial; y desde el 10 de Julio de 18*71 aquí, 
no he cesado de sostener franca y resueltamente que la cuestión 
de Cuba no era ni podia ser una mera cuestión de fuerza. Lo que 



133 

«íjítotees dije, tíbxftú to i^llKi^; y eú tevdád (lae o&e va dando i^zoñ 
iSÍ tldttipo. Yo tongo pé^ie^eiá, y espe^ qoe 61 tl€int)0 me aboaatá 
Btás. Hopf, como hace aüo y mediO) doló tengo que oon testar 6 loe 
ioHoeoe y o1)ceoadoe: «ákl tiempos v Por manera qne á mí no me 
duelen prendas, y estoy diepaesto á dieoutir en todos moaientos, 
pero de frente, la oueatioü 6ul)ana. Mas esto mismo me obliga á 
lio aecedor é. loa deseos de mis contrarios, discntiendo ahora lo 
<{«e no es pertinente, é involucrando los términos del problema 
concreto que se exami'Éa. 

Todavía más: yo no Quiero ooultarlo, yO no debo ocultarlo; lo 
<|tte á<|uí pssa es que se intenta una gran mistifloceion: es que Se 
ffeteade llegar á Puerto-Rico por el camino de Cuba, y hacer pro- 
testo de la gran AntiUa para impedir les reformas en la pequeÜiL 
Beto es lo que os preocupa, conserradores; PeTo digo mal: no os 
preocupa Cuba; nó oé preocupa Puefto-Rieo. Lo que os preocupa 
OB la libertad y la democracia, que no habéis podido derrotor aquí, 
y que pretendéis evitar q«e salve las inmensidades del Atlántico, 
y llegue y arraijgrue en las islas que poseemos de aquel mundo, 
donde parece qué hasta la misma espontaíieldad de la naturaleza 
pide espansion y confíanza por parte del hombre; donde dei^mes 
de la abolición de la esclavitud en los Bstad<>»-Unld08, y, la des- 
aparición de la intolerancia religiosa en la América latina, todo- 
Bigniñca democr&cia y libertad, y todo corresponde á maraviHa 
«on la grandeza del movimiento inaugurado en nuestra patria por 
la revolución de Setiembre. (Aplausos.) 

\Ok, sil Precisa estar en guardia. ¿Lo habeiO pensado biéA, 
"feómbres del nuevo régimen? Lo que se os pide con palabras so- 
iiantee, con vanos protestos, con invooaoioBes patrióticlus, eon 
protestas de que cuando se habla de Ultramar no se puede habter 
em nombre de ningún partido (y bien han demostrado lo Oentra- 
rio los oradores que lian tomado parte eñ este debate), lo que se 
os exige es que reftegueis del dogma de los de^^ehas iMturáiu 4bI 
Hombf»», estra&os, por tanto, á las eontiv^éncias de tiempo, cUma 
y (tistaúcia; es que rasguéis los manifiestos del Gobierno Provisio- 
ttU, la Constitución de 1869, las leyes votadas por las Constitu- 
yentes. Lo qae se aguarda de vosotros es, primero, vuestra des- 
Honra, después, vuestro suicidio fBUn.j 

lí yo no quiero, yO no puedo hablaros de Puerto-Rieo. Yo tío 
paedo deciros lo que ha hecho Puerto-Rico por la integridad del 



134 

territorio, arralnando ta Tesoro y enviando qos hijos á la goerra 
do Santo Domingo, resistiendo en 18^ el movimiento general 
separatista de la América latina, peleando contra' los holandeaes 
7 los ingleses poco antei», manteniéndose unida á la madre patria 
por etpecio de setenta olios en el siglo XVll, sin que esta nom- 
brase siquiera los gobernadores de la ItAa. Yo no puedo deciros 
que allí hasta ISdl han regido siampre las mismas leyes que en 
la Península, y vivido l03 ayuntamientos constitucionales dios 
alios, y ejercltádose todos los derechos de la manera cumplida 
que se están ejercitando* los pocos que se le han dado después de 
Setiembre. Yo no puedo demostraros cómo es absolutamente in- 
exacto (rotundamente lo niígo) que en Puerto-Rico haya un par- 
tido aeparcuista; y cuan injusto, por lo menos, es sacar datos con- 
tra la lealtod de algunos hombres, de un procaso como el de Lar- 
res, cortado en sumario por la amnistía de 1869, contra el deseo 
y las roclamacionoa de los que aparecían complicados, y no po- 
dían menos de agradecer la continuación de la causa. Yo no pue^. 
do describiros la situación social de aquella An tilla: aquellas ra- 
zas confuididas, aquella esclavitud reducida al 6 por 100 de la 
población total de la Isla, aquella riqueza basada en los frt4to$ 
menores j aquella agricultura que vive del trabajo libre. Pero sí he 
de proclamar muy alto que la vez primera que los habitantes de 
Puerto-Rico fu3ron consultados (de cuarenta aüos á esta parte) 
sobre sus necesidades y sus aspiraciones, cuando el Qobiemo de 
la Metrópoli estimó oportuno abrir la célebre información de 
1866, los. comisionados de Puerto-Rico, en una tarde célebre (que 
uno de nuestros grandes ora(iores ha comparado con la inolvidable ^ 
del 4 de Agosto), desentendiéndose délos interrogatorios que par- 
tían del supuesto de la esclavitud, protestaron que la primera 
necesidad de Puorto-Rlco era la abolición de la servidumbre, 
y que ellos se creerían indignos de pedir libertades para sí, sin 
recabar antes los derechos de sus esclavos. ^Bien , bi<mj 

Y desde entoncas, señores Diputados, ha sido un deber de con- 
ciencia y una regla de conducta (invariablemente seguida) para 
los Diputados de Puarto- Uco, presentar ante todo sobre esa mesa 
un proyecto de abolición do la esclavitud. Y esta conducta ha si- 
do admirablemente correspondida por sus cotnltentes, que no sa- 
ti3R3Cho3 con las proscripciones de la meticulosa Ley preparatoria 
de ISIO, se han apresurado á realizar espontáneamente numero- 



135 

' -sislmas manumisiones parciales, afirmando así su derecho ¿ partí- 
'^ipar de las conquistas todas da la civilización; que ninguno es 
más di^o de la libertad que aquel que principia por renunciar 
la tiranía. fBUnJ 

Y voy á concluir. La suerte está echada. La cuestión de Ultra- 
mar ha deslindado los campos. No se os oculta: vamos á pelear 
por la libertad. Entiendo que no os falta el aliento. Mas permitid- 

'me que os ha^ un recuerdo. 

Hace sesenta años, un hombre llenaba todo el mundo con sus 
liazañas y sus laureles. Habla llevado al apogeo de la gloria el 
nombre de Francia. Habia estado en Arcóle y Rívoli; habla estado 
'«n Aboukir. Pero de repente su fama palidece; ]^s respetos que le 
rodean se entibian; los soldados le adoran, pero los- hombres de 
bien no le aman. El conspirador del 9 Thermidor fue el pretoria- 
no del 18 Bramarlo. La apostasíaera horrible, y su primitiva gran- 
deza se hubiese hundido á no ser él, á poco, el autor del Código 
Napoleón, del Código que llevó Ift democracia á todos los estremos 
-de Europa. El pecado habia sido grande: quizá fué mayor la re- 
dención. 

Mas á poco este mismo hombre comete un gran crimen; crimen 
más horrible que la horrible noche de Waterlóo. Firma el tra- 
tado de Amians; resucita la trata, restablece la esclavitud, 
vuelve á servidumbre á los negros que eran ya libres, y produce 
la espantosa catástrofe de Santo Domingo, que no, mil veces no, 
no fué la obra de la abolición, i Oh! Para este crimen no habla es- 
liusa, no podia haber compensación. fBien, bien.J 

Y cuentan las historias que cuando el gran capitán del siglo 
yacia en la desnuda roca de Santa Elena, abandonado de todo el 
mundo, contemplando la ingratitud de los hombres y Ins incons- 
tancias de la fortuna, solo una sombra le producía insomnios, so- 
lo un recuerdo le producía la fiebre, solo una figura le detenia el 
paso y obUgaba á bajar la cabeza agobiada por el peso del remor- 
dimiento, y empapada en el frió sudor de la muerte: la figura san- 

^grienta de Touasaint Louvertur», que le gritaba: jCainl ¿qué has 
hecho de tu hermano Abel? Maldición horrible qué será la conde- 
nación eterna de la infame dinastía napoleónica. fAplauso^.j 

Pero seguid la historia. Ahí tañéis 1193: ahí tenéis 1848. Allí 
la Convención herida por las matanzas de Satlemb.^e; aquí la re- 

.pública prostituida por los talleres nacionales y el movimiento 



136 

•oelallsta. Sa Yida fué ooria para loa eontempor&neoa; pero aiai^ 
pre, etemamente YiTirán an Ift Ustoria aquella fnae de La CrolK 
•n la CoBveneion: No no$ dethonrmno$ dUauimtdo la éKktvUud; j 
el decreto de 2*7 de Abril de 1848 declarando áboliim la ueknUuá 
m él tm-rtiorio i» Francia. fBitn.J 

T me siento. Adelante, radicales! adelante, hombres de Setiem^ 
bfel Nuestra obra es de justicia, y no puede menos de producir 
la "bienandanza de la patria. De hoy más no cabe rechasar da 
nuestros brazos á hombre alguno porque sostenga diferentes opi- 
niones de las nuestras: no es posible que en las Antillas existan 
eepaüoles y antiespalicAes, en yes de consenradores y libertes. 
Ko. Con nosotros füeden aquellos insulares ser tan libres como 
«n los Bstados^UnidOB, tan espansivos y vibrantes como en el 
8nd de América, tan felices como en las Antillas inglesas. Con 
Aosotros pueden tncer el camino del ponrenir y d« la humanidad; 
porque todos los partidos caben, el republicano como él monáar- 
quieo, el radical como el conservador, bajo U bandera de BspaSa: 
que todos los matices y todas las tendencias caben en el seno 
augusto de la patria. He dicho. f^plauiOi.j 



U. ABOUaON 



DE LA 



ESCLAVITUD EN PÜERTO-MCO 

DISCURSOS PRONUNGUDOS 
POR 

D. Joaquín M. Sanromá*, D. José F. dntron, 
D. Ra&^l M. de Labra y D. José Alvarez Peralta 

en las sesloneB celebradas en los meses de Febrero y Marzo 

de 18*78 



LA A^UaON DE U^ESCLAVITUD 



BM 



PUERTO-RICO 



EL SEÑOR SANROBCÁ 



^Sesión del \1 de Febrero de \S13j 



Señores Representantes de la Nación: 

Ocho dias hace que debieron empezar estos debates; ¿por qué 
no han empezado? Todos lo sabéis; porque durante este breve es- 
pacio hemos salvado distancias inmensas y hemos colmado gran- 
des abismos. ¿Ha perdido algo el negro con ese retraso? No, 
sefiores; ha ganado. Si hubieran seguido los antiguos procedi- 
mientos parlamentarios, después de una discusión en el Congre- 
so, discusión en el Senado; después de la discusión en el Senado, 
sanción; después de la sanción, promulgación y publicación en la 
Qoioeia^ y esos infelices cuatro meses que se dan de espera al 
esclavo. Hoy, en virtud del nuevo y rápido procedimientp revo- 
lucionario, ley discutida aquí, ley votada aquí, significa en el 
acto, resueltamente, la libertad del esclavo. ¡Bendito sea el tiem- 
po perdido, que es otro tanto tiempo ganado para el i)obre negro I 
iBen4ita sea la abolición, última palabra que iba á pronunciar la 
monarquía, primera palabra que va á pronunciar la república es- 
pañola! fAplCMSOS.J 

Yo no dude, señores, que mi antiguo amigo y querido discípulo 
el abolicionista Sr. Bugallal se asociará á este satisfiíctorio resul- 
tado por la gran ventaja obtenida en beneficio de los esclavos, si 
bien, á decir verdad, me ha dejado un tanto perplejo el discurso 
de S. S. 



140 

¿Qaé es el discurso del 8r. Bugallal? ¿Es un tralMJo sório, me- 
ditado, de íbndo, solare lá euióstioii éono^^eil^ áe la almliclon de la 
esclavitud en Puerto-Rico, 6 cuando menos sobre la cuestión 
general de la esclavitud, 6 más todavía: sobre todns las cuestio- 
nes coloniales que están llamando reciamente y con premura á 
nuestras puertas? ¿O es, por el contrario, una especie de |)rogra- 
ma político, una ocasión de explicar aquí ciertas nctitudes que 
han de tomar S. SS. y algunos de sus amigos de fuera con motlYO 
de las grandes trasformaoiones que ha suMdo 'nuestro régimen 
de gobierno? 

Si es esto, claro es que mi oodtestueioa ai Sr. Bugallal ha de 

ser sumamente breve. Yo diría al Sr. Bugallal ^ Sr, Buga» 

Ual: No hay nada de eso, ni Cosa parecida.) Si no es eso, lo pa^ 
rece, y como lo parece, suponga S. S. que esto que voy á decir se 
le aplica. 

Yo diria al Sr. Bugallal: alíbnsinos os hemos creido siempre 
mientras estuvo el Rey D. Amadeo de Saboya, á pesar de ciertos 
escarceos y conocidas habilidades: alfonsinos os tenéis que decla- 
rar ahora tlBl Sr. Bugallai: Pido la palabra para alosieací» per- 

ftonales; yo no tengo que hacer deelanicioft alguna.) Sea enbots- 
buena; me alegro tanto; poi^oe de esa manera.. ...^£1 Sr. BugalUi 
d(c« ttt0itníu palahrat qm ño ae oyetí.J 

Jñ Sr. I^ABlAL: Nadie ha interumpido á S. 8.: no Interrttoi- 
pa Y. S. ahora. 

fil Sr. VlCBPRBStDBNTE (MftfqndB de Perales): Orden, aslLorsB 
Representantes. 

01 Sr. SAN ROMA: Yo rucgo al Sr Bvgallal que s& sirva oiraie 
con atención y silencio, eotno yo he oido á S. S. Yo he oido con 
calma cómo S.-8. atacaba duramente á los puórto^riqueftos, y me 
he callado, á reserva de volver á la finénte de S. S. la iiQi^ria ^ne 
ha dirigido á los españoles más leales á su país. Sosiégúese, pues, 
S. S. y ói^aihe. 

06 digo que tenéis que declararos hoy alfonsinos, y me alegre. 
De esta manera, en vez de continuar por esta senda de continuo 
fí^ceionatniento, que nos llevaba al atonismo político, los cam- 
pos se van deslindárndo, y ya no habrá más que lo. que haUa en 
otros tiempos: liberales y serviles; y por fortuna y á iMos grsr 
cías, 08 tendreihos enfrente á to<los los enemigos de la libertad 
para combatiros en masa y sin tregua ni descanso. /"El Sr^ JSilé- 



141 

kmn Collantes: Somos más liberales que todos vosotros.) Guarde 
S. S. esta ilusión. 

También me coloca el Sr. Bugallal en otro compromiso. Yo, á 
íüer de amigo suyo, que sabe S. S. que lo soy, aunque buen ad- 
yersario político, no puedo monos de elogiar la bellísima forma 
de BU discurso; pero si penetro en el fondo de su peroración, mi 
lealtad me obliga k decir que he sentido una impresión penosíal' 
ma para el buen nombre de nuestra querida patria. 

Y no se ofenda por ello el Sr. BugalXal; S. S. es hombre político 
ya experimentado, y es además abogado; y achaque es de hom- 
bree políticos y de abogados el eQtregarse á sutilezas de i)ensa9 
miento y de lenguaje. M&s yo digo á cuantos se ocupen de la 
cuestión de esclavitud en el sentido en que hoy os ocupáis vos- 
otros: sutilizad cuanto os p^oa: alambicad cuanto queráis; no lo- 
grareis convencer á los hombres de corazón recto, porque á pesar 
de vuestras largas disertaciones, todos los pueblos saben, todoq 
los corazones rectos sienten que la esclavitud es, por encima de 
todas las cosas, la iniquidad suprema. Saben que cuando se trata 
de una gran mancUa social,^ no hay mono que aspire á pasar por 
faera, que no tenga el compromiso de honor de borrarla en el 
acto. Saben que si nosotros no pusiéramos hoy remedio áeste mal, 
no habia más que cuatro Estados que sostuviesen la esclavitud: 
Turqu'a, Egipto, la República de Yams-Vaal, situada en la Cafre- 
ría, y la República española, colocada en la culta Europa. (Vn ae- 
^Of* R9pr¿»érUante; ¿Y el B asil?) Ya que habláis del Brasil, que ha 
abolido la esclavitud y tiene sociedades emancipadoras, os diré 
que mejor saria que crearais sociedades protectoras de esclavos, 
en vez de orear ligas negreras. ^Aplausos. — Un Sr. Bef^serUqn^ 
¿Por qu6 no crenis vosotros esaa sociedades protectoras?) ¿Nos- 
otros? Nosotros abolimos la esclavitud ; nosotros contestamos con 
hachos; vosotros ya veremos cómo contestáis. ¡Ah, sois abolicio- 
nistas! ¿Qué me importa que os declaréis abolicionistas en prin- 
cipio, qué me importa que la palabra abolición salga tantas veces 
de vuestros labios, si lo que hace al caso, si las cadenas del es- 
elfltvo ni se rompen ni se han de romper jamás en vuestras manos? 
Sola abolieionistaa platónicos, porque el platonismo es para vo&- 
otaros la única política posible: boy amáis platónicamente el esclavo 
eotto aioábeis platónicamente á vuestra Reina Isabel, á quien no 
pBdísteia-deflDflder sino con vuestras lágrimas, suspiros y simpa- 



142 

tías; hoy funais platónicamente al negro como amareis siempre 
platónicamente 6 vuestro Alfonso, en cayo &vor levantáis firmas, 
muchas flnnas, pero en cuyo favor os jaro que no levantareis una 
masa de pueblo, ni á pesar de los tesoros de Cuha habéis podido 
levantar una masa de dinero, ^t Sr, Jov y Hévia: No hemos 
querido.) ¡Ah, qué generosos sois! Sed generosos también oon los 
esclavos. ^InUrrupeioneé y grande» apiausoa.J 

Señor Presídante, supUco á S. 8. me mantenga en el uso de mi 
derecho. No quiero que se me obligue á sostener un diálogo. Hace 
muchos siglos que sufrimos vuestro mando, hombres de la reac- 
ción; sufrid ahora nuestras censuras y resignaos, porque el hecho 
os dominará; al hecho antiguo tradicional, él hecho revolucionsF- 
rio. ^Muy bUnj 

iCosa singular! El Sr. Bugallal, hombre de tradición, empieza 
fritando aquí á todas sus tradiciones; las tenia en Francia como 
representante del partido doctrinario; las tenia en Inglaterra 
como hombre de altos respetos á la clase aristocrática. Inglaterra, 
\ á quien ha aludido el Sr. Bugallal, emancipó '7'70.000 esclavos. 
¿Y quiénes fueron los que allí marcaron con puntos brillantísimo^ 
estes grandes etapas de la abolición de la trata y de la abolición 
de la esclavitud, hermosa y magnífica epope3ra de la práctica In- 
glaterra, enmedio de su decantado positivismo? ¿Quiénes fueron 
aquellos hombres ante quienes incará la rodilla el Sr. Bugallal, sí 
no por su persona, al menos por sus ideas? 

Lord Cha^Am, que puso su firma en el decreto de la abolición de 
la trata; Lord Castlereagh, que la negoció con las potencias ex- 
tranjeras; Lord Bataurst, que preparó los trabajos de emancipa- ^ 
clon; Lord Stanley, que presentó el bilí al Parlamento; Lord Broug- 
ham, el venerable Brougham, que le sostuvo ante la Cámara de 
loB Lores; Lord Melbourne, presidente de aquel Gabinete inglés, 
casi todo compuesto de nobles, en cuyas finas, delicadas y aristo- 
cráticas manos vinieron á deshacerse en menudo polvo las liga- 
duras de los siervos. 

Francia dio libertad á 240.000 esclavos. Es verdad que la dieron 
sus grandes revolucionarios de 1848, y este será su mayor título 
de gloria; pero ¿quiénes fueron los que más alto hablan levantado 
antes la bandera de la emancipación? ¿Quiénes los que hablan 
dirigido los trabajos preparatorios, trabajos que han existido 
también en España, no desde 1865, sino desde mucho antes en las 



143 

eolonias y en la misma Península? ¿Quiénes? Aquellos que no des- 
deñará el Sr. BugaUal de considerar como sus insignes maestros: 
Traey, Remusat, d^Audifliret, Oasparin, Ouizot y el duque de 
Broglie. 

Conservadores españoles de todos matices, ¿por qué no os mi- 
rais en estos clarísimos, espejos? ¿No os da pena Yuestra conduc- 
ta? Qué tienen que ver vuestra hidalguía, vuestras selectas plu- 
mas y vuestras lenguas de oro con las miras de los traficantes- 
de Cuba? 

Muchas veees en el curso de su peroración, el Sr. BugaUal se 
ha declarado abolicionista y ha tenido la habilidad, en nombre do 
todos los españoles, de decir que no habia un solo esclavista en 
Bepaña. 

Pues yo os contesto una oosa: como caballeros, vuestra palabra 
es de oro; como hombres políticos, no tenéis derecho á que crea- 
mos en la sinceridad de vuestro abolicionismo. ¿En qué la fundáis? 
¿Bn vuestras tradiciones dinásticas? ¿En las tradiciones de vues- 
tro partido doctrinario respecto á la cuestión colonial? ¿En vues- 
tro catolicismo, que tanto ha invocado el Sr. Bugallal? ¿En vues- 
tros continuos alardes de hacer política propia, nacional, eminen- 
temente española? 

Invocáis vuestras tradiciones dinásticas. lAhl no tenéis memo- 
ria. ¿No recordáis qué una de las principales cláusulas del tratado 
de Utrech, que consolidó la corona de España en las sienes de 
Felipe V, fué el asiento de negros, concedido para mucho tiempo 6 
perpetuamente á Inglaterra, hoy arrepentida? ¿Qué estraño es, 
por consiguiente, que solo sobre el pavés de la esclavitud podais- 
levantar el trono de vuestro príncipe Alfonso, cuando sobre la 
esclavitud se levantó el de su abuelo? 

iVuestra política ultramarinal Sois muy hábiles para escribir 
historias; y cualquiera que lea las que habéis escrito sobre Cuba, 
creerá fácilmente que esa isla se ha convertido por vuestra obra 
en un verdadero Paraíso. Sin embargo, no es esto lo que nos dice 
un examen imparcial de los hechos. Yo en Cuba veo reducida una 
población que podria pasar de 10 millones de habitantes, á millón 
y medio; yo veo reducida una producción, que podia ser de una 
inmensa variedad de artículos, á un poco de azúcar, de tabaco y 
de café; yo veo reducida su explotación á la décima parte del ter- 
ritorio. fIHsa9 m ios bancos de la ntinoria eonttrvadora.J Sí, reio» 



macho; justo eg que una sonrisa desdeüosa sea vuestra única 
respuesta, cuando tenéis por sistema despreciar & todo lo que 
sufre. (Biwmoñru.j Beios, sí. Reducida, os repito, &la décima par- 
te del territorio la explotación; reducido el crédito á un solo 
Banco privilegiado, casi constantemente en quiebra; por toda 
instrucción unas cuantas enseñanzas mal organizadas en la llap- 
mada Universidad de la Habana; el espíritu de esta enseÜanzE| 
entregado por vosotros á los jesuítas, como en Filipinas lo habéis 
entregado 6 los frailes; caminos, pocos; ferro-carriles, solo loa 
que han sido debidos & la actividad privada, que los ha construi- 
do, no por vuestra ayuda, no por vuestra intervención, que me 
importaría poco, sino luchando con los obstáculos que habéis 
«reado; la orgia del despotismo en los gabinetes de los capitanes 
generales; la orgía de la corrupción en algunos desp»>hos de em- 
pleados; y para sostener tanta pequeüez y tanta miseria,' todavía 
os habéis visto precisados muchas veces 6 teñir vuestras manos 
en la preciosa sangre de los cubanos. Ecu homo; este es jriL Cuba 
que nos habéis dejado. 

Decís que habéis sido más liberalBs que los antiguos prog^sis- 
tas. Yo no vengo aquí á justificar debiiiiadas de nadie; pero si don 
Vicente Sancho decía que 1a mejor Constitución para las colonias 
eca no tener ninguna; si D. Agustín Arguelles decía que en su 
concepto siempre pagarían con ingratitud los ultramarinos todas 
las libertades que les concediéramos, la verdad es que ellos pu- 
sieron al final de su Constitución el artículo de las leyes oapecia- 
leg. Vuestros hombres eran loa encargados de dar esas leyes espe- 
cíales; ¿las han dado? Pues qué, ¿exigiríais que las dieran los que 
solo estuvieron meses en el poder , mientras que vosotros habéis 
estado cerca de treinta años? 

yno de vuestros liombres más rentables decía desde el banco 
azul que para las colonias no hay más leyes especlalQS que órde- 
nes y decretos. Ya sé yo que un amigo del Sr. Bugallal le contes- 
tó entonces en muy buena doctrina. ¿L& habrá olvidado hoy, 

9 

cuando tantas cosas se olvidan? 

gn cuanto á la trata, todos lo sabéis; á la iniquidad de la anti- 
gua esclavitud, habéis dejado agregar la infamia de los emanci- 
pados y la trata de los chinos. Yo pued<o aseguraros que solo uno 
de vuestros capitanes generales har sido resueltamente enemigo 
•de la trata. En cuanto á los negros^ muchos ideales de pducacion 



145 

liabeis tenido; pero en la práctica han quedado reducidos á limitar 
¿ 25 el número de los azotes; castigo que uno de vuestros publi- 
cistas en los Estados-Unidos llamalsa ixpatficibief sin dada no para 
él, ^ino para las pobres espaldas que debían soportarlo. 

Bl Sr. Bugallal sin duda oonocia todo esto, y lo oomprendia así, 
pues S. S. sabe la historia de nuestro país y la de Ultramar* 
cuando no queriendo defenderse, ba adoptado la táctica de at^ioar;, 
diciendo que la democracia bia sido siempre perturbadora en las 
provincias ultramarinas. Por de pronto, debe saber S. S. que la 
dealealtad de los últimos Gobiernos de doña Isabel lí fué la ver- 
dadera causa de la insurrección 4e Yara, porque no solo no se 
tuvieron en cuenta las observadonea de los representantes 4e 
aquella Antilla en materia de impuestos, sino que habiéndose 
establecido además de los impuestos indirectos uno directo muy 
fuerte sobre la propiedad, se quiso hacer pineer que los autores de 
este pensamiento eran los mismos reprsaeftt^mtesde Cuba; y áfln 
de que se creyera, no se permitió que los eomisionados publiea^ 
ran su informe. 

Hablaba el.Sr. Bi^gallal de cristianismo. Siente tener que en-^ 
trar en este terreno, porque me gusta poco que se convierta la 
tribuna en una cátedra de teología: pero ya que teología deseáis, 
teología hab^ de tener. 

Se invoca la política abolicionista 4el cristianismo. Señores, yo 
bo he de venir aquí á herir el sentimiento nacional, si él senti- 
miento nacional es eminentemente oatólioo; pero he .40 decir toda 
ia verdad al país; y la verdad ee que, á pesar de Calmes, de Mon- 
talembert, de Dupenloup y de Chateaubriand, no es exacto que el 
«cristianismo haya abolido la esclavitud. ¿Por dónde queréis empe- 
lar? ¿Por la doctriim? Pues bien; la igualdad cristiana es la igual- 
dad de los hombres ante Dios, pero no la igualdad de los hombres 
entre sí; y por esto las servidumbres de todas clases han podido 
ooexistir con el catolicismo y con el cristianismo, de la misma 
manera que en Oriente coexistien con el budhismo, doctrina tam- 
bién igualitaria, á cuya sombra viven, sin rastro de eondicioa 
'humana,, los parias, los sudrss y los chántalas. 

Hay una razón perentoria para negar que el cristianismo abo« 
liese la esclavitud antigua, y es qtie la esclavitud antigua no se 
«bolló ni gradualmente, como deéia él Sr. Bugallal, ni de una 
repentina. La esclavitud antigua sesstinguió siguiendo la 

10 



146 

ley que queréis establecer abors, kin tener en cuenta la inmensa, 
actividad del progreso moderno. Y se extinguió, no solo por la ao- 
eion del cristianismo, sino por el concurso de varias circunstan- 
cias, una de las cuales, acaso la más pequefia, fué la religión cris- 
tiana. ¿Qué 1^ el cristianismo con los esclavos? Se limitó á ad- 
mitirlos al sacerdocio, á concederles el matrimonio, á prohibir el 
degüello de los prisioneros y la venta de ciertos esclavos á los ex- 
tranjeros. Bl Ck>ncÍlio Agatense del sig^o VI prohibió á los amos, 
que les diesen muerte, obligándoles á presentarles si eran culpa-^ 
bles á los tribunales; y la Iglesia favoreció á los siervos con el be- 
neflcie de no trabajar los domingos, en que debian descansar d» 
los trabajos serviles, palabra extraüa que la Iglesia conserva Uk 
davía, como tantas otras cosas agenas al espíritu del siglo. 

Pues qué, ¿no sabéis que en el siglo XIII todavía tenían escla- 
vos verdaderos los canónigos de París? ¿No sabéis que en el si- 
glo XI, según testimonio de Sismondi, los prisioneros que se ha- 
cian en la guerra podían convertirse en esclavos, y esto en Italia 
y en aquella época en que el Trono Pontificio ejercía un dominia 
completo sobre todas las potencias de Europa? ¿No nos dicen los 
Anales del cardenal Raynaldo que en el siglo XVI un Papa dispuso 
que pudieran convertirse en esclavos todos los prisioneros de los 
Estados que se hablan coaligado contra él? ¿No recordáis que por 
la nación católica por excelencia se^reprodujo la esclavitud de los. 
negros en América, que ahora queremos abolir? ¿No sabéis que la 
última nación donde la esclavitud existe es en la que precisa- 
mente se precia de ser más católica? Si los Papas han clamado- 
contra la trata, ha sido muy de tarde en tarde; y observad, á pro- 
pósito de esto, un hecho singular. 

Cuando se ha tratado la cuestión de la autoridad puntiflcia y la> 
de temporalidades, no solo no se han pasado los siglos, los años y 
los meses, sino que apenas han pasado dias sin que los Papas re- 
clamasen contra supuestas usurpaciones; mas en materia de es-^ 
clavltud han dejado pasar siglos enteros. Desde el siglo XII, en 
que habló Alejandro III, tenemos que saltar al siglo XV y al XVI; 
de Paulo lll, á Urbano VIH; de Urbano VIII, á Benedicto XIV; T 
en nuestros tiempos, si bien es cierto que el Papa Gregorio XVI 
condenó la trata, lo hizo en 1839, e's decir, treinta y dos aSo» 
después de haber sido abolida por la protestante Inglaterra. 
lAh señores! Yo traigo á mi memoria los tiempos de gran fervor- 



147 

pagano, cuando la esclavitud estaba verdaderamente incrustada 
en aquellas opiniones, en aquella manera de ser de la sociedad, y 
veo que Sócrates enaltecía el trabajo; q\te Platón borraba la -pa,- 
labra esclavitud de las pá^nas de su República, que Séneca 
pronunciaba aquella hermosa frase: ¿serví suvuf Inimo homines; 
luego son hombres, luego son amigos y compañeros nuestros; y 
entretanto, recuerdo con dolor que los Apóstoles pro bono pcusis 
encargaban la obediencia ¿ los esclavos y á los amos la dulzura; 
y San Pablo, en su epístola primera á los corintios, decía: «¿qué 
08 importa ser ó no esclavos? Acordaos de Dios, en cuyo seno 
habéis de obtener la libertad.» Recuerdo que San Agustín enla- 
zaba la esclavitud con el pecado original, y decia que en tütimo 
término todos los hombres debian ser esdavos, ó del pecado ó de 
los hombres; que San Ambrosio llamaba á la esclavitud don de 
Dios; que Bossuet afirmaba que del derecho de la guerra nacía el 
derecho de la esclavitud; que Santo Tomás fonda la esclavitud en 
la misma base que Aristóteles, haciéndola poco menos que una 
cuestión de raza. Y si queréis ejemplos más recientes, os. recorda- 
ré, seüores conservadores de la revolución, al padre Puig, que ha- 
béis nombradp obispo de Puerio-Rico, el cual en 1869 vino aquí á 
defender la esclavitud, fundándose en un punto de vista tan ca- 
tólico, tan poético y tan espiritual como el de las cajas de azúcar; 
os recordaré á MonseUor Bouvier y al abate Lyonnet, que en sus 
libros "de teología, publicados en 1836 y 1844, no solo se atreven 
á sostener que el cristianismo nunca ha sido enemigo de la escla- 
vitud, sino que afirman que la trata es lícita, si .hay buena fé en 
el contrato, i Venid á decir ahora que vuestro título de abolicio- 
nistas está en vuestro título de católicos! Pero si sois tan españo- 
les, ¿queréis una política, propia, franca y puramente española? 
^l Sr, Esteban CoUantes: No queremos que nos impongan los 
Estados-Unidos.) Es verdad; como no os importa que Inglaterra 
diese á Fernando VII 400. UOO libras esterlinas por abolir la trata, 
y que aquel Rey se embolsó muy buenamente. ^Aplausosj 

tPolítica propial Sí, la hemos hecho; pero la que hemos hecho 
desde el siglo XVI ha sido verdaderamente curiosa. Cuando la 
política general de Europa ha marchado por sendas relativamente 
liberales, que ha sido pocas veces, entonces hemos hecho política 
propia, sobre todo en Ultramar; cuando la política general de 
Europa ha marchado por sendas torcidas, entonces hemos hecho 



Ii8 

política da engraiu^a, de imitaetoa y de aaUUte. Aaí^ coaado^ aa 
al siglo XVI» que ym ot he dtado, la moda ara oocb^uiatar, y to- 
das las aaeloaea da Baropa sa ooapaten en bataUsr ir guarraar, 
y Qomo sa decia entonees, y todavía dicaa algaaaSfPDOoaraban 
afiadir auoTOs floxoaea á ana. Uoatre Cotona, antoaeaa taia^ian 
aosoteOB bat4km harona y conqnistf hwmoa aa BaiOipajF en Asütelaa, 
y ooaTertiaaios aquaUoaoaaipQa da labor ea aanpoa de ^pnuiáaa 
numiohcBS. militares, y espriaiiinoB el jago de aqoaUaaircaadaa 
raza8.yde4uiueUa8TÍr8^a8tiarcaa ea haaafloio de algnacü to* 
gnMO^ydaalguaoB a^ieonladoves; espepaladoraa qua ao araa 
más que triataa jJmelM de eatos tdstísUnos desaeadiantaa «ajFttb 
qoe hQ0r tratan. de envolTer ea los aohilfrtmospMiniaaB de la han- 
dara nacional mofléqiiifrplpaa de Tino, aoa6q;Gi6 Iwrrilaa de ha- 
ciaa,, y sahse todo aua horsihlas.n^gsadaa. 

Faro cuaado laaideaa han cambiado; cnaado se luiciaa graades 
tafonnas en laa colonias; coando ánumos .llanas las esiiarcia la* 
glaterca enla Jam^ticay an al Canadá y an la Aastnlia; cuando la 
misnutJErancia.BO vaciló aa llevarlas á la llastinica y OoadalA* 
pe, jr ea tiempo del Imperiosa pensó en haaar.civil al rógimen da 
Argelia» noaetroB proaegniamos constituyendo aquella sórie da 
excepciones 6. que -aludia en cierta ocasión on íntimo amigo de sa 
^ T^ftffn. CuandaBctcató de comerciar con esclavos, éramos héroes; 
ahorauíuetodo elmuado procura, abolir la aeclavitud, ¿qué haco- 
moaaosotros? Bn VIIQ queda abolida la trata en Vlxginia;en 1307 
en Inglaterraven 1815 se comprometen con el mismo oléete ocho 
nacionea.de Europa, y enlSIlesnecesaiio comprar áJRemando vn 
para quadedarasa la alxitUcion. Y vino 1835, y vino 1845, y .vino 
18616, y no os atreveréis á. sostener que la trata no continúa aún 
hoy encuba, si hemos d^ dar orédltoiL lasjioticiaa.quehe recibido 
por el último correo, de que en la iuriadlccion de Güines Jmi habido 
doadeaembarcos de bozales, y sobre todo si no mienten ^rtae fio- 
togiaCCas. de capitanes negreros que existen en el Almirantazgo 
inglés, en. las cuales se verían aoaao más que fielmente retratados 
ajgoaos encentados ligueros. 

Pero oa concedo que hagáis política propia, política espaüola, 
daanexion, de integridad del territorio, sin tener para nada en 
cuanta la integridad del derecho. Aun así, ¿qué motivos halláis 
para, no declarar la abolición de la esclavitud en Puerto-Rico? 
Porque, seüores, yo ciertas cosas me las explico y comprendo 



149 

que en el terreno doctrinario nne pereona de ten alta inteligen- 
cia como el Sr. Bugallal exija ciertas condleionés de tiempo y 
oportunidad para bacer reformas; lo que no concibo es que en In 
eneBÜen social de Puerto-Rioo, que es lo que tratarnt» aquí, 
que es de lo que nos ocupamos aquí, se nos venga eon vptxeur 
flStentos* 

Vb concibo que los aboltefontotas tlbtosse detengan anteiss 
siguientes conslderaeiones: prlutera, stqm rloridad numérica de 
iB'élase eedara sobre la clase Hbre; segunda, mayor masa de 
trabajo eselsTO que de trabajo Ubre; tercera, impoBibflidad en 
aquéOasf latitudes, en aquefl ólima, de'trabajo Hbie*, cuarta, temor 
á una 8Ubl078elon de esclavos; quinta, temor á que se arrufne la 
riqtieza; sexta, oposiefon slttemfitica de los propietarios. Pues irt 
yo os demuestro, como fáefil me es demostraros, y como en parte 
08 ba demostrado el mismo Sr. Bugallal, que ninguxm de estas 
oosa9 existe en Puerto-IHoo, ¿cdnm podteis concebir que se apla- 
ee dlí ni un momento la abolieion de la esblavltudT 

Superioridad numérica de la raza esdar» ntíbfB la díase libre. 
Todo el mffittdo sabe que en Puefto-B3co Hay 90.000 esciaros en 
una población de tfOO.OdD tilmas. Pues no solo en Puerto-Kico, si- 
no también en Cufsa, nos encontramos en este punto con una 
inmensa rentaja respecto ft las eoHmtas extf&ujeras. ISa Santo 
Domingo bábia 400.000 negros por M.OOO blancos; en la Jamáfea 
822.000 negros por 85.000 blancos; en la Martinica 110.000 ne- 
gt«s per t^.OOO blanooB, y en anéSoga proporción estaban los ne- 
gros y los blancos en la Antigua, en la Barbada y en todas las 
poÉeslones de Francia, de In^aterm y adn de Suecia y Mnamar- 
ea en el mar de las AntlüaB. Bn los mimios Sstades-üMdo#, A 
en la peblaeien total de la repdbSca no estaban en la mlss» pro^ 
pttrolen los negros y los blancos, dentro de cada distrito la rela- 
eftois era la misma, porque en la Carotina del Sur babla 400.000 
negMs por 221.000 Manóos, y hasta en st Mlssislpí habla 100.000 
negree más que blancos. 

SéÜOr Presidente, me dicen si tendría hreonrenlenteen suspen- 
der pev un momento mi discurso; per mi parte mo hay ninguno; 
yo estoy fatigado, pero esto no importa nada, porque je soporta- 
via eon gusto la ftitlge necesaria para desarrolbir todo el plan de 
loá dlseurso. 

El Sr. VICBPRBSIDSNTB (Marqués de Perales): SI V. S. quiere 



150 

descansar unos minutos, los aproTecharemos para votar definitl- 

Tamenie varias leyes. 

• .....••••••» ••• 

Bl Sr. VICEPRESIDENTE (Marqués de Perales): El 3r. Sanromft 
sigue en el uso de la palabra. 

Bl Sr. SAN ROM a: Estábamos ocupándonos, seUores Represen- 
tantes, de la cuestión de la esclavitud en el árido terreno de las 
cifras, demostrando que en Puerto-Rioo no existe superioridad 
numérica de la raza negra esclava sobre la raza blanca y libre. 
Paso ahora á examinar la importancia del trabi^o esclavo. 

No quiero aducir las últimas estadísticas, j voy á traer las 
menos favorables, que son estadísticas un poco antiguas, y dan 
en Puerto-Rico 90.000 trabajadores Ubres, con solo el 5 por 100 de 
trabajo esclavo, y de los trabajadores Ubres hay un 40 por 100 que 
está representado por negros. Pero no creáis, sefiores, que todos 
estos negros sean simples braceros, pues si bien existen 22.000 
jornaleros y 9.000 trabajadores del campo, hay en cambio más de 
4.000 que son propietarios, lo cual expUca una gran tendencia en 
la raza negra á convertirse en lo que se llama clase conservadora. 

Y con lo expuesto basta para contestar á lo que se dijese acerca 
de que no era posible aUí el trabajo Ubre, pues se ve claramente 
que lo viene siendo hace muchos años, y además lo demostrarán 
también claramente los resultados que ha dado la aboUcion de la 
esclavitud en todas las colonias extranjeras. 

Pero el punto principal de la cuestión no es este, pues en esta 
cuestión todos hemos de estar de acuerdo; el punto principal es 
la posibiUdad de que los negros se subleven el día en que se vean 
emancipados. Y para esto ya sabéis que se invoca constantemente 
por los abolicionistas platónicos (no los llamemos esclavistas) el 
testimonio de la Martinica, de la Guadalupe, de Santo Domingo 
y la Jamaica. Yo, seUores, no voy á entrar en detalles sobre estos 
puntos históricos, que están perfectamente averiguados. Cuantos 
medianamente conocen la historia, saben que los asesinatos de 
Santo Domingo fueron acaslonados, no por la abolición de la es- 
clavitud, sino por el odio de los blancos á los negros Ubres, á 
quienes Francia iba á conceder los mismos derechos políticos. 

Saben que una cosa parecida sucedió en Guadalupe y la Marti- 
nica en 1848; porque respecto á la primera aboUcion, los distur- 
bios de la Martinica y de Guadalupe fueron una consecuencia de 



151 

«u ocupación por los in^lesps, y no del odio de raza; y por ciertO) 
•qne quien más contribuyó á devolver á la Francia esas colonias 
fué la raza negara. 

Para la Jamaica se citan los afios 1899 y 1865. ¿Qué sucedió «n 
1833? La oposición de la legislatura colonial á las leyes de eman- 
cipación inglesa, (lucha eterna entre el^elemento conservador y 
el reformista) fué lo que produjo las perturbaciones de la isla. En 
1863, ya supondréis, seUores, que después de tantos afios de liber- 
tad no hablan de ser las perturbaciones una consecuencia de la 
abolición; el desorden provino da una cuestión política, en la 
cual se dividieron los insulares en dos bandos, en cada uno de 
los cuales figuraron indistintamente los blancos y los negros. 

Pero ¿á qué insistir, señores, sobre esto? ¿A qué hablar, si hay 
números conocidos en esta cuestión de la sublevación de los es- 
clavos? Los ingleses, que todo lo reducen á inventario, despuesde 
haber estudiado los efectos de la abolición de esclavitud en todas 
las colonias que poseían esclavos, han venido á consignar el si- 
guiente dato, que es curiosísimo. Ordinariamente la cuarta parte 
de los emancipados queda én estado salvaje; la otra cuarta parte 
se va á las ciudades, y la restante mitad de los emancipados se 
xiueda trabajando en los campos, y se van convirtiendo en pro- 
pietarios. 

Señores Representantes: no les basta á lo^ enemigos de la abo- 
lición apelar á la historia: necesitan insultar al negro. Para ellos 
es un ser incorregible dotado de instintos salvajes, sin educación 
religiosa, siempre inclinado al vicio y á la vagaccia. lAhl el sar- 
casmo tras la violencia. lAhl \l^ esponja emimpada en hiél por los 
labios de los pobres crucificados! Después de todo, si aquello fuese 
cierto, si fuesen los negros incapaces de educación religiosa, si 
-tuviesen esa tendencia á la vagancia, si poseyesen esencialmente 
ese instinto salvaje, ¿quién tendría la culpa más que la raza blan- 
-ca, que habiendo podido educarlos, en nombre de Dios y del cris- 
tianismo, no lo ha hecho? ¿No dicen los esclavistas que la esclavi- 
tud es la forma natural de la educación de las razas ne- 
gras? ¿Dónde está esa educación? ¿Bn dónde? AHÍ donde en- 
contrareis la educación de los judíos en la Edad Media; la edu- 
cación del pueblo por las clases conservadoras enlaedad presente. 

¿Quiénes fueron los verdugos de los judíos? Los cristianos con 
«US leyes absurdas sobre el interés del dinero, y con sus degüe- 



152 

Uoe en masa en el siglo XIV. ¿Qoiénes han sido los veid ogos d»* 
los negrotff Los blanoos con sus látigos, mazas, cepos y mordazas; 
¿Y quiénes son responsables de la Impaciencia de las clases prole- 
tarias por erigirse en Estado y tiranizar á los demás en su nom- 
bre, sino las m ismas Impaciencias de las clases conservadoras, 
que solo se han preocupado de constituirse ellas solas en Bstádo 
y en poder, para en nombre deteste Estado y de este poder Inter- 
Tenlr en todos los órdenes de la vida y de la actividad humanat 

No echónos, pues, en cara á los oprimidos su fhlta de educa- 
ción social 6 política, sus Instintos salvajes, su astucia 6 su so- 
berbia. Nosotros somos responpábles de estas íUtas; corrijámos- 
las por el único medio posible, la libertad. 

Precisemos. ¿Pueden sublevarse con motivo déla emancipación 
los esclavos de Puerto-Rico? ¿Es esto materialmente posible? 

Yo quiero poner las cosas en el peor estado respecto de la su- 
blevación, y voy á reunir á todos los negros, es decir, los escla- 
vos y los Ubres. Y bien. Tenéis en una población de 64tf.005 
almas unos 300.000 negros, y el resto blancos. Estos blancos po- 
seen el capital, la Inteligencia; no tienen instintos salvajes. ¿Có- 
mo los han de tener? Acaso algunos lo disimulan; pero, en fin, 
convengamos en que no los tienen. Ante todo, salvemos el honor 
de nuestra raza. ^Risas.j Pero ¿es posible que los negros libres se 
subleven; tienen Interés en sublevarse? En todo caso, los que se 
sublevarían serian los negros esclavos, por no estar preparados, 
como decís vosotros, para el trabajo Ubre. ¿Son 81.000 los que 
pueden sublevarse? No, señores, porque tenéis que descontar de- 
■ aquí la mitad entre mujeres, niños y ancianos, que si pueden, 
prestar alguna cooperación á la sublevación, no son un elemento^ 
de sublevación permanente. Quedarían 16.000 esclavos ''que po^ 
drian sublevarse; y de éstos, los que viven en las casas en estado 
de domesticidad, ó los que están acostumbrados á un trabajo sen>- 
ciUo en la ciudad, ¿tendrían tendencias á sublevarse? No; los que 
las tendrían en todo caso serian los que trabajan en las haciendas,, 
es decir, de 8 á 9.000. 

Pues vamos á ver con qué elementos cuentan. ¿Tienen armas,, 
tienen dinero, tienen buques para ponerse en comunicación con 
los fiUbusteros, con los filibusteros ideales que ha inventado ex- 
presamente para Puerto-Rico mi amigo el Sr. Alvarez BugaUal? 
¿Dónde están los recursos con que contarían? No los tienen. Es. 



1S3 

m&s, el Sr. Alv&rez Bugallal nos decia: « ¿sabéis por qué n6 ha 
baUdo sablevacion en Puerto>KieO? Porque no hay manigpua.» 
Pues si no hay manigua, y por la manigua se sostiene la suble- 
Tacion en Cuba, decretad la reforma para Puerto-Rico. 

PóTáidá de la riqueza. Séüores, el argumento es gastadísimo. 
Pareoe imposible que el que haya leido el excelente libro de Co- 
chin, pueda todavía asegurar que el resultado de la abolición de 
la esclavitud en las AnñUas francesas, inglesas, dinamarquesas 
y suecas haya sido perjudicial para los intereses de la produo- 
tíon. Allí, señores, está perfectamente demostrado con eifíraa que 
los reáultadoB han sido favorables. 

Ya se ve, hay hombres que pretenden que toda reft)rma ha de 
dar inmediatamente un resultado beneficioso, y tomando períodos 
cortos, dicen que á los nueve meses dé haberse aboUdo la esclavi- 
tud, las colonias francesas ya tenian perdida la mitad de su cose- 
cha, y que á los pocos meses de abolida la esclavitud en Jamaica, 
tenia perdida la tercera parte de su producción. 

No lo niego, porque las reformas, cuanto más hondas son, nm- 
yoT crisis han de prodacir en los primeros momentos. 

Pero ensanchad la esfera de observación; ved lo que pasa én un 
decenio, y notareis la diferencia de eStá^distadística 6 estadística. 
I/>rd Stanley, en 1842, decia al Parlamento: «Los resultados de la 
abolición de la esclavitud en las cblonias superan á los deseos de 
los más exigentes. Ha progresado la riqueza, ha progresado la in- 
dustria manufacturera, ha mejorado la condición de las clases 
emancipadas.» 

Y si queréis ver un ejemplo práctico, comparad la producción 
del azúcar de la Jamaica con la de la isla de Cuba. Hoy, mientras 
que una caballería de tierra en la Jamaica os da 5. '700 arrobas de 
asnear, una caballería de tierra de la isla de Cuba os dá 2.100 ar- 
Tobas. 

En cuanto á Francia, los datos de Mr. Cochin son inoonteste- 
bles, y me limitaré á decir que un afio después de la emancipa- 
eion de los esclavos, es decir, en 1849, ya la cifra de exportación 
del azúcar habla superado considerablemente al máximum de los 
aftos anteriores á la libertad. 

El máximum de exportación á los aüos anteriores á 1848 no 
habla pesado en 80 millones de kilégramos, y la exportación en 
1849 ascendió á la dfira de 112 mlUones. 



154 ' 

Veamos los Estados-Unidos. ¿Se puede dar resultado más fEívo- 
rabie que el que están esperimentando los Estados del Sor de la 
república anglo-americaaa? ¿Lo queréis ver, señores Represen- 
tantes del país, los efectos materiales? Ya se producen allí las 
coseebas del trigo, del arroz y del maíz en mayores cantidades 
que antes; el algodón sj encuentra casi nivelado: y si el azúcar 
está un poco más bajo, es porque la guerra destruyó todas las 
obras realizadas en las cuencas del Misaisipí y del Colorado, en 
donde aquel articulo se produce. 

¿Queréis resultados morales? Tenéis á Ips negros frecuentando 
hasta universidades como la de Oberlin; tenéis el 1 por 100 de los 
esclavos emancipados, recibiendo educación en las escuelas; te- 
neis negros esclavos, esclavos de esos que están dominados por 
instintos salvajes y aficionados á la vagancia y á la ociosidad, 
que son grandes profesores, ¿en qué diréis, señores? En astronó. 
mía, en matemáticas, en física y mecánica. 

Estos datos, señores, son oficiales, no los invento yo; no los to- 
mo del primer libro que se me \iene á mano. 

Pero volvamos siempra á nuestro Puerto-Rico, y os pregunto: 
¿cuántas liaciendas principales hay en la isla? Unas quinientas. 
¿Cuántas de estas haciendas están en manos de esclavos, y cuán- 
tas en manos de trabajadores blancos? La mayoría está en manos 
de trabajadores blancos. ¿Qué número de propietarios de esclavos 
creéis que existe en Puerto-Rico? De 1.200 á 2.000, algunos de 
los cuales tienen tan poquísimos esclavos, , que no vale la pena 
de ocuparse de ellos, y dispensadme que use la palabra propieta- 
rios en este momento. 

¿A qué venimos, pues, á hablar aquí de la ruina de la propie- 
dad, de la riqueza y de las haciendas en Puerto-Rico, con mo- 
tivo de la abolición de la esclavitud? i Es que los propietarios 
se opondrán sistemáticamente? No lo comprendo; yo sé que 
ahora existe un partido que se llama conservador^, que se 
opone sistemáticamente á todo lo que sea reforma; pero sé tam- 
bién que este partido conservador es una creación artificial, una 
incubación hecha en la Panínsula, tal vez á consecuencia de 
ciertas debilidades ó de ciertas vacilaciones de algunos gober<- 
nantes. Yo sé que antes de que ese partido artificial llamado par- 
tido conservador existiera, y de esto hace muy pocos años, vinie- 
ron aquí Representantes y propietarios importantísimos déla 



155 

iala de Paerto-Rico, y pidieron la abolición inmediata de la esela- 
▼itod en la isla eo» indamnizckcion ó sm elia. Yo a6 que despaet 
han venido aquí en diferentes ocasiones otros Representantes de 
Paertó-RiQO, entre los cuales han figurado, ya en el Congreso 
como tales Diputados, ya en el Senado, propietario» de gran im- 
portaneia que se han asociado á nosotros espontáneamente para 
la abolición; y s6, sobre todo, que ha habido en Puerto-Rico unas 
juntas llamadas de propietarios, que se componían de aquellos 
que poseían más de 25 esclavos, todos los cuales han pedido la abo- 
lición. Podrán haber diferido en la forma, pero estaban conformes . 
en el fondo; y sin embargo, se ha querido después hacer ver que 
han planteado una oposición sistemática á qhe la abolición se 
lleve á cabo. 

Pues bien, seüores; yo me pregunto: si todas estas cireuntan- 
cias existen, ai no hay razón ninguna para que cuando se trata de 
la iita de PttertO'Rico se aplacen las reformas, y sobre todo la re- 
forma social, ¿á qué obedece esta, eterna cruzada contra la aboli- 
ción de la esclavitud en Puerto-Rico? ¡Ah! Ya veo venir el gran 
protesto armado hasta los dientes: es Cuba. ¡Siempre Cuba! Y es- 
ta, señores, es ocasión de que yo repita lo que dije lái dia á mis 
buenos electores de Humacao: «¿Cuando nos dejarán por fin en 
paz á los de Puerto-Rico con su eterna OtibaU 

Sehores R^resentantes, subordinar los intereses de Puerto-Ri- 
co á los intereses de Cuba, como se pretende por el partido con- 
servador en EqpaÜa, como lo ha pretendido esta noche el sefior 
BugaUal, es (permitidme la crudeza de la frase) una insigne ini- 
quidad. No lo admito; ni bajo el punto de vista legal, ni bajo él 
punto de vista político, ni bajo él punto de vista histórico, ni bajo 
el punto de vista económico debe subordinarse el interés de 
Puerto-Rico al de Cuba. 

Cuestión legal. Nos ha hablado el Sr. Alvarez Bugallal del fa- 
moso art 21 de la Ley preparatoria del Sr. Moret. Bstra&o parece 
que vosotros, moderados, que concebís perfectamente un Parla- 
mento disuélto á bayonetazos, os paréis en escrupulillos legales 
como el que habéis inventado á propósito de ese art. 21 de la Ley 
preparatoria. ¿Qué dice este artículo? Que la cuestión de la aboli- 
ción se resolverá por las Cortes, cuando tomen asiento los Diputa- 
dos de Puerto-Rico y de Cuba; de modo que mientras esto no su- 
ceda, que por vosotros no sucederá nunca, no podrá discutirse la 



1G6 

abolición. En primer lugar, y esto lo ha dielio ya desAe aqml 
iMneo mi distinguido amigo él Sr. Mosquera eaando oeuplflMi él 
Ministerio de ultramar, aquella ley tiene su intefpretaddn* a»- 
tóntica, y lo mejor, lo más auténtieo en una ley es lo que Inai 
dicho los legisladores. Afortunadamente, en les Tftilaiibeirtos ÜOS 
legisladores hat>lan claro, á diferencia de lo que SUeedia en aigon 
otro régimen, al cual tal ves profesa shnpatfls él 8r. !0agtfkl8ly y 
en él que se legMLaha á la callada. Las Constituyentes adnsltieftm 
este artículo (y yo supongo que tampoeo los coniserraSoré» le 
rechazaban), con la condición de que hubleeen áe rtiaür pHmtb Íúb 
Diputados de Cuha, y que no se hablan de cerrttr las CMm SBi 
que se dictase una ley de abolidou para ambas Antmaa l^eiño 
quiero que no sea así; me importa muy poeo que lo sea; pues qUé, 
¿todo lo que hicieron las Cortes de 18<^ y Kf tehia el earácter 
constituyente? 

Bn la Ley preparatoria las C6rtes obraron como COrtes orAnar- 
rias, y aun suponiendo que nosotros no seamos constituyentes 
(cuestión grave que no quiero tratar ahora), siempre reSttftarfla 
que estamos perfectamente autorizadojí para aplicar la Le5r prepa- 
ratoria como bien nos pareaca. Bi mtemo derecho qUe aquelHls 
Cortes, tenemos nosotros para legislar sobre esclavitud; ¿qué 
digo derecho? tenemos obligación, porque estamos en él sentiilo 
del art. 108 de la Constitución, según el óuaipara variar el régi- 
men de gobierno de las Antillas, se necesita que tomen asiento MS 
Diputados de Cuba 6 Puerto-Rico; y pregunto yo: si para variair 
una cosa tan esencial como el régimen de gobierno bastan les 
Diputados do alguna de las Antillas, ¿cómo nosolAros haibisBOíos d(B 
convenir en qxie para variar simfUemente las condiciones del tfa^ 
bajo en Puerto-Rico, que al fin y al cabo, señores, es asunito 
de ley orgánica, y no materia constitucional, habla de ser necesa- 
ria la presencia de los Diputados de Cubat 

Cuestión política. Se dice: •resolviendo la cuestión de la ahoU- 
cion en Puerto-Rico, aunque esta isla se encuentre en condicio- 
nes de paz, aumentaremos los conflictos de dicha isla de Cuba.* 
Un amistoso consejo al Sr. Bugallal. Pije su atención sobre itres 
libros que se han escrito acerca de la iSla de Cuba, entre mucfaffl^ 
mos que, referentes á aquella isla, se han publicado recientemen- 
te. Uno de ellos está escrito con un criterio eminentemente sepa^ 
ratista, bajo el título de Vindicación, y sin nombre de autor; otro 



157 

lo eatá en sentido intransigente, por uno que ha pertenecido al 
iBuerpo de voluntarios de la Habana, y otro en sentido reformista, 
tan reforpüata, que parece escrito para nosotros, los partidarios 
d^ las verdaderas reformas; libro excelente, debido á la bien cor- 
tada pluma de mi simpático amigo el Sr. D. C&rlos Sedaño. 

Exprimid la sustancia de estos libros; comparadlos y veréis que 
todos los conflictos que ban tenido lugar en la isla de Cuba son 
Usa y llanamente obra del partido intransigente; que la cuestión 
de Cuba estaba perfectamente resuelta cuando fué allí el general 
Dulce, y qjue los únicos responsables de las tropelías y de las ini- 
quidades qjoe contra BspalUí 6 en nombre de Bspa&a se cometen, 
son aquellos que atacaron el teatro de ViUanueva, que destroza- 
ron á balazos el cafó del I.ouvre, que consintieron en la muerte de 
Arango,.en la del fotógrafo Oohuen y otros subditos americanos; 
que saquearon la casa de Aldama, y que últimamente ensangren- 
taron las callea de la Habana con aquella borrible hecatombe de 
loe estudiantes, que llenó de asombro y de indignación al mundo 
civilizado. 

Pero ¿qué me importa la historia? Ahí la tenéis: si podéis, de- 
fendeos con ella. Yo os digo lo siguiente: la abolición inmediata 
de la esclavitud en Puerto^'Bico, decís que va 6 aumentad los con- 
flictos en Cuba. ¿Quién va á promoverlos? ¿Los insurrectos? Ya 
tenéis para ellos i vuestros heroicos voluntarios, tan felicitados 
por vosotros y tan enmedallados. ¿Los vuestros? Líbreme Dios 
de pensarlo. Pues qué, ¿no habéis sostenido mil veces que allí no 
profesáis otros principios, ni tenéis otras ideas que las del Qo- 
biemo, con tal de qua el Gobierno piense como vosotros? fEisoaj 
¿Los negros? ¡Pobres negros! Dejadlos en paz ya que no queráis 
emanciparlos. ¡Pobres negrosl Yo no evocaré más que un re- 
cuerdo. 

Un Gobierno que mandó durante algunos aüos en Bspa&a, tuvo 
la pretensión de querer elevamos al rango de potencia de primer 
orden.. Creia que las potencias de primer orden no son precisa- 
mente las más inteligentes, las más adelantadas, las más cultas 
y las más ricas, sino aquellas que por tener más grande ejército 
y marina ó por tener más volumen, pueden realizar más grandes 
conquistes. Bse Gobierno se propuso iiue nuestro pabellón se 
izara muy alto en los campos y en los mares de la América, con 
este intento organizó la ezpoúicion al Pacífico, de cuyos resulta- 



158 

dos no quiero bablar, y llevó á eabo la conquista 6 anexión de 
iSanto Domingo. Para todo eso fué necesario disponer de casi iodo 
el ejército que habia en la isla de Cuba. ¿Y en qué momentos, se- 
fiores? Cabalmente en los momentos en que era más fuerte, mAs 
viTS en los Estados-Unidos la gaena, que precisamente se bacía 
en nombre de la libertad de los negros. 

Pues si los esclavos de Cuba, sin necesidad de fuerzas que los 
contuvieran, estuvieron completamente tranquilos; si entonces 
no se sublevaron, ¿cómo queréis que se subleven ahora, cuando 
la liberación de sus hermanos de Puerto-Rico les ha de hacer con- 
cebir la esperanza de que pronto han de merecer ellos las mismas 
simpatías y consideraciones? 

Vuestra política, vuestra administración han marchado siem- 
pre en distinto sentido en cada una de las dos Antillas. ¡Y ahora" 
quisierais subordinar la una á la otra! Habéis tenido siempre dos 
capitanes generales, 'dos intendencias, dos ejércitos, marii^ dis- 
tinta, distinto presupuesto. Es decir, habéis tenido á Cuba y 
Puerto-Rico como pertenecientes á la misma familia; pero las ha- 
béis gobernado siempre con distintos elementos. 

¿Y qué 03 dice además el pasado de las dos islas? Cuba ha sido 
una vez ocupada por extranjeros; Puerto-Rico nunca lo ha sido. 
Ni Drake, ni Cumberland, ni los holandeses consiguieron sentar 
allí su planta. Cuba ha tenido dos grandes insurrecciones, ciertar 
mente la del 54 algo más importante (tue la de 1868. Puerto-Rico 
no ha tenido ninguna insurrección. No os atreváis á hablarme de 
Lares: admírame que lo haya citado el Sr. Bugallal. ¿De qué La- 
res queréis hablar? ¿Del Lares que vuestra fantasía ha inventado 
6 del Lares realidad? Si habláis de este, demasiado sabéis que lo 
que allí hubo no fué una insurrección, fué un simple motín que 
duró veinticuatro horas y que un general de doña Isabel n, el 
Sr. Pavía (D. Juan José), calificó de simple calaverada. La insur- 
rección ha venido después, inventada en las oficinas para empa- 
pelar á los liberales de la isla, á fin de hacerlos imposibles para 
toda clase de gracias y destinos. 

Cuestión económica. ¿En qué se parece Cuba á • Puerto-Rico? 
¿Lo queréis ver en el desenvolvimento del trabajo? Cuba en el 
siglo XVI era un punto estratégico para nuestras comunicaciones 
con el continente americano. Ya aparece en el siglo XVII el cul- 
tivo del tabaco, y en el XVIII este cultivo se convierte en mono- 



159 

polio del Estado, así como en el XIX nacen el azúcar, el algodón 
y otfoB artículos. Yo no diré si el desarrollo de esos cultivos, si 
la explotación de esas riquezas obedecen á los mejores principios; 
pero sí diré que Puerto-Bíco, después de algunas tentativas de 
buscar oro y^plata, que era la fiebre del siglo XVI, empezó de 
una manera normal á producir artículos coloniales^ y en tal esta- 
do ha ido siguiendo basta nuestros dias. 

En cuanto á la organización del trabajo, vosotros lo sabéis; 
los puerto-riqueños han cumplido lealmente con la abolición de 
la trata: no hay bozales, ni chinos, ni emancipados en Puerto- 
Rico. Hablad, pues, de Cuba, yo os hablaré de Puerto-Rico; ha- 
blad de guerras, yo os hablaré de paces; hablad del país donde 
hierven las pasiones, donde silban las balas, donde bullen los 
laborantes y los simpatizadores; yo os hablaré da otro país donde 
impera la razón, donde reina el sosiego, donde no hay más que 
brazos abiertos para estrechar los nuestros, donde no hay ni fili- 
busteros ni separatistas, donde hay intenciones tanto más no- 
bles y puras y tanto más leales y sinceras, cuanto que son per^ 
rectamente constitucionales y perfectamente españolas, f Varios 
9tñor9s Repr^s^ntanUai Bien, bien.) 

Dos palabras ahora sobre el proyecto de ley, y no estrañeis 
que lo haya dejado para lo último, porque al fin y al cabo la 
cuestión magna es aquí 1a cuestión general de la abolición. Y no 
nos hagamos ilusiones; la forma del proyecto es poco importante 
con tal que se hayan salvado dos principios: primero, que la abo- 
lición aparezca clara, terminante, inmediata; segundo, que no se 
haga depender la libertad de la inden^nizacion. No gusta la abo- 
lición inmediata á los conservadores; piden preparación, y la 
pedís vosotros, enemigos del sentimentalismo, en nombre de un 
sentimiento de humanidad hacia los esclavos. 

Tenéis miedo á que les decretemos con la abolición el derecho 
de morirse de hambre. ¡Cómo os enternecen los negros, señores 
sostenedores de sUUu quo en las colonias! Pedís aplazamiento, y 
yo pregunto: cuando hemos tenido hambre de derechos políticos, 
¿hemos aplazado el momento de obtenerlos? ¿Queréis que el ne- 
gro aplace el momento de conquistar los derechos civiles? Tenéis 
prisa de ser verdaderos ciudadanos, ¿y negareis á otros el dere- 
cho de tener prisa para ser hombres? ¿Y quién habla de aplaza- 
mientos? Aquellos partidos que se preocupan tanto de la idea de 



160 

un gobierno, que no pueden reeisUr veinticuatro horasMn gerlosr 
que tino lo consiguen á las vainticuatro horas, principian á oont- 
pirar en los palacios y en los cuarteles pora llegar á ser poder. 

Pues l»ien; sabed una cosa, si acaso la ignoráis. SI nos ato- 
viéraBUNí á la ley lloret, podría haber . escLsYOs dentro de cin- 
cuenta y cineo a&oe. Los hombros queno.pueden oapetm un mi- 
nuto para ser Oobiemo quieren que los esclavos esperen cin- 
cuenta y cinco a&os para ser libres. fÁfitHé$asj 

Por lo demás, ya sabéis lo que son los splazaaientos. faon va 
gran recurso para no hacer nada, ^s esto ,1o que queréis? Pues 
no nos cogerla de sorpresa. Lo cierto es que habéis variado d» 
tácUoa. 

Recuerdo que hace pocos meses, cuando hablábamos con dar- 
tos conservadores, sobre todo con los Uamados conservadores do 
la revolución (que es menester hacer justicia atados) del pn^ 
yecto de abolición inmediata, nos contestabioi que habla^ bastante 
con la ley del 3r. Moret; porque era como lo del Brasil, ni más» 
ni menos. Ahora, según mis noticias, se pretende otra cosa. Pns- 
tóndese que se traiga aquí un proyecto de ley do abolición de la 
esclavitud en Cuba al mismo tiempo que en PuertOrRico. BI 
juego es conocido; tengo el honor de prevenírselo. Vosotros de- 
cís: vamos á prasentar un proyecto de ley que abrace toda la ea- 
davitud, lo cual es á primera vista una medida más radical que 
la del proyecto que se discute* Pero como la aboUclon será gra- 
dual, acaso podremos impedir que la esclavitud termine. Podrá 
ser todo lo contrario de lo que digo, pero permitid que me quede 
en mi soGS)echa. 

lías 3ra que nuestro caballo de batalla era el Brasil, digamm 
algo acerca de él. Allí con la abolición gradual termina la escla- 
vitud en veinte años, y en Bspalia, a^un la Ley preparatoria del 
Sr. Moret, no se verá emancipado el último esclavo hasta des- 
pués de medio siglo. En él Brasil no puede ser una madre esclava 
quedando libres sus hijos; allí hay sociedades emancipadoras do 
esclavos, como oreo que hacen ánimo de establecerlas los que han . 
creado la Liga Nacional fEi%a$); en el Brasil hay sociedades dea- 
tinadas á aumentar el fondo de emancipación de los negros; ¿dón- 
de existe nada de esto en la Ley preparatoria del Sr. Moret? Si so 
hubiese intentado crear alguna sociedad de esas en Cuba, ¿qué 
Capitán general lo hubiera conssntido nunca? 



161 

T9o me eomparei», pnes, la tímida política ab«^cioni8ta que m 
ba heebe es Bepa&a eon la fraitea y reáuelta fim sa está, ai^aiexi- 
do en et Bnsil. iPreparar á loa negaos! Y lo dac^a con verdadem 
companeton mi amigo el Sr. BugaUal. ¿Dónde quifire la prepanu- 
cion S. S.? ¿En la opinioa? Paos ya la tiene boy ; ya exiske» no 
desde 1865, sino desde muchíilmo antes. Las i^lieioit«B de otroa 
países son un gran capital de preparación para el nuestro, ¿^o 
sabe el Sr. BugalHl qna las refvnoas generales que impone el es- 
píritu del siglo, cuando se ban verificado en otros países, apr^ 
mian é instan para que se hagan inmediatamente en otros más 
atrasados? Esto, señores, es una ley indeclinable que responde á 
todos los actos de la vida de un pueblo. 

¿Busca S. S. la preparación de Un leyes? Poaa no bay legreaqua 
tengan más preparado el cambie que nuestraa leyw uUramarl'- 
nas. El esclaro en los dominios españoles, como se Uamabaoi an- 
tiguamente, ^nlas proTinciss espaftolaa, como debemos decir 
ahora, puede casarse, tener p&tHa potestad, testar, adquirir un 
peculio; se le reconocen condiciones de hombre y defunüia, con- 
diciones de derecho; todo menos el eeenciali^mo de disponer de 
su persona. 

Por lo demás, seüores, permitidme que os lo diga: para pre- 
parar al esclavo, no tengo confianza en el amo. B» materia de 
confianza, cada uno 'es-dueüo de depositarla donda le paresea. 
Vosotros la tenéis en él amo; yo la tengo en el eselATO. VosoitroB 
esperáis mucho del dueño en favor de la libertad del esclavo; yo 
nada espero. 

Sé que el amo nunca educará al esclavo paca el trabajo libre, 
por la sencilla razón de que no le sale la cuenta. ¿Han cumplido 
alguna vez los amos, así en Cuba como en Puerto-Rico, los re- 
glamentos para la educación de sus esclavos? Bnel da 1820 para 
Puerto-Rico hay un artículo que dispone que los due&oa de es- 
clavos, pare que estos adquieran instrucción, eelatNran conUtfen- 
cias religiosas bajo la dirección de un sacerdote todas las noche». 
¿Se ba observado fiébnente este precepto? ¿Per dónde? {Si la edu- 
cación religiosa despierta la» idea» de propiedad, de familia^ de 
derecSio y de Ubertod, que np son cempatible» oon el pciiiciplo de 
esctwttud! 

Señores, suponer que el dinero lo ban IrmUm, seria proferir 
una bleslismia; pero el dinero sirve peía haee» mucha» eos»»; 

11 



162 

bien lo sabéis los hombres qae habéis hecho del dinero la condi- 
ción de todos los derechos. Pues bien; ¿qdbreis un gran medio 
.para preparar al esclavo? Dadle el dinero dé la indemnisacion que 
reservamos al propietario. Con este capital en manos del Go- 
bierno, en manos de un banquero, en manos de un conservador, 
08 concedo este privilegio, podréis preparar al esclavo para el 
ejercicio de determinadas industrias, y veréis cómo el esclavo, 
que al fin reconocéis que es un hombre, se levantará á la condi- 
ción de tal y podrá competir con los blancos. 

La indemnización. Yo no he de discutir ni la forma ni la canti- 
dad; á mí me importa muy poco; en último término, yo llamarla á 
los propietarios y les dirin: «España tiene altas razones de conve- 
niencia, de justicia y de humanidad que la obligan á no consentir 
esclavos en ninguna parte de su territorio; eeta es una condición 
que el españolismo Impone; vosotros sois españoles Hn eondido- 
nei; si encontráis en nuestro exhausto Tesoro un puñado de mo- 
nedas, tomadlas todas si queréis, tomad si queréis parte; así po- 
dremos aquilatar vuestro decantado patriotismo. 

Pero si no discuto ni la forma ni la cantidad de la indemniza- 
ción, he de discutir el título; y ciertamente que no he de consen- 
tir, sin protesta, que se hable tantas ^eces de propietarioe de es- 
clavos, y se cite el artículo de la Constitución que ampara la pro- 

I 

piedad. ¿Quieren dinero? Que se lo don; pero conste que ese dine- 
ro no es una indemnización, no es ni siquiera una compensación. 
¿Sabéis cómo lo considero yo? Como un adelanto que se entreg'a 
al propietario en beneficio del esclavo; como un fondo de salarios 
para el trabajador libre. 

En este sentido he de votar la indemnización, no por otro 
motivo. 

¡Título de propiedad! ¿Por dónde ni cómo? ¿Dónde está la pro- 
piedad de los dueños de esclavos? ¿En las leyes comunes? ¿Bn la 
filosofía? ¿Bn las leyes ultramarinas? ¿En el espíritu y en las doc- 
trinas de los grandes publicistas que asistieron al nacimiento de 
la esclavitud ni'gra? No en la filosofía. Estamos muy lejos de 
Aristóteles. Ya que estos debates prometen ser largos, yo quisie- 
ra que la pretendida propiedad c)el hombre sobre el hombre fuera 
examinada por los grandes filósofos de esta Asamblea, por los Ca- 
nalejas, los Uña, los Vidart y los Salmerón. 

Tampoco las leyes comunes. Yo no reconozco más definición 



163 

legal de la propiedad que la que dan las leyes de Partida: sennorio 
que omeha en la cosa. Y á ella nos hemos de atener, por más que 
hoy se diga que la propiedad está determinada por formas exter- 
nas. Yo señores, en cuestiones tan altas os declaro que donde en- 
cuentro una definición jurídica, reconozco el derecho positivo: 
donde no le encuentro, no le reconozco. Las Partidas no se re- 
fieren, no pueden referirse al esclavo, y ciertamente entonces 
existían esclavos, ó cuando menos siervos ó colonos, que se les 
parecían. 

Pero la definición de las leyes de Partida debe completarse 
con las leyes ultramarinas, señores, y aquí es mayor mi triunfo, 
porque las leyes ultramarinas son las que han dado al negro el 
derecho de casarse, el de patria potestad y el de peculio, circuns- 
tancias completamente ajenas al carácter de cosas. De manera 
que si la propiedad ha de recaer en las cosas, y el esclavo no es 
cosa por las leyes ultramarinas, no hay tal propiedad ni tal re- 
clamación, en virtud de principios constitucionales. 

Voy á concluir, señores; voy á concluir con dos palabras so- 
bre las opiniones de los grandes publicistas del siglo xvn. ¿Que- 
réis conocer el valor de una institución? Pues estudiad la opinión 
de los que de ella se han ocupado en el momento mismo de haber 
aquella nacido á la vida. No ignoro que grandes escritores del si- 
glo XVII, Alberico, GentUis, Solórzano, Sepúlveda, han sido de- 
fensores acérrimos de la institución de la esclavitud; pero tenéis 
también dos grandes varones, sacerdotes católicos ambos, á 
quienes, como á todos, hemos de hacer completa justicia, Fr. Do- 
mingo de Soto y B'r. Francisco Victoria. Oid á Victoria: «No hay 
propiedad posible ni sobre el indio ni sobre el negro; ellos y sus 
pueblos tienen el derecho de gobernarse.» 

Oid al P. Soto: «Ni los que cogen á los esclavos, ni los que los 
compran de segunda mano, ni los que los manumiten, pueden 
tener tranquila su conciencia aunque devuelvan el dinero que les 
han costado.» Esto lo encontrareis eh el libro de Justüit et Jtire 
de aquel esclarecido teólogo. 

iAh! no lloréis por la suerte reservada á los amos. Croedme: 
tendrán sus grandes compensaciones. ¿Os parece poca compensa- 
ción la tranquilidad de no ver ya pendiente sobre sus cabezas la 
espada de la abolición, de que no podrían jamás desprenderse? 
.¿Ob perece poca compensación la mayor facilidad de la inmigra- 



oUni UuMft, p*r medio do lAOBál podrás pfOf«ralOMnio tnlüiiK 
doreo mil iateUgostoB'Sr por lo toAto néft boratoo? Uii«notio«4% 
iBdomninaion, ae&oret, no oo tan poqiHfift ooiU>. olganio ooeoofc 
eitá oa Ifc ntonoM, eoonómioa quo hod» ofiop^i^r tai lOoiaL DoA 
liborted do oomoreio pora abaratar oí oonoomot la wáa[nhW| la 
primora materia. Dad libertad do crédito tiara oMonor el dáaotoi 
barato. Dod oduoaeion indnttrial para baoor baoooo njpnrniiiiii 
Hé aquí la grande indomnixoeion para loo amos. Ba lonta, 
twgara: ei gradual, como queréis vosotros la abolición. Y 
tid que á todsa aquellas mejoras tlonosi dorsoho abeolnto los 
poorto-riqoefioa por so gran lealtad, por sa poaíñoa ooadieit»» 
por sn nunca desmontido eapsloBsmo, 

Noootffoa, en nombro de. U rovolnoion y do ropAUiea, no.iMdOr* 
moo hacer jamás om Amórica política do anezton, do extenaJÉéat 
do sangro; debemos hsoor ante todas ooooo politioa do roparsoioa*^ 
tBomoo Qomotído tantas faltaal Qno cuando coda uno do nosotMi 
se retire á sos hogaroa, dolando las tareas del Parlamento, pwia 
deoir pnasta la mano sobro el pocho: «ho posado gran parto do la 
vida rescatando en América las libertades perdida» y afiansaoftar 
en Bnropa las libortadea ganadas;» en yez do doeir como aqfiék 
negrero: «ho pasado mi vida cos^prando blancos en Europa ^ ren-^ 
diondo negros on Amérioa.» /"AjrfoutaM 



EL SEÑOR GI^ÍTRON. 



Sesión dtl dx% 24 és Febrtro de 1873. 



Me parece qae yo puede mogr Men empezar mi eenteeteaio&el 
f^. Romero Ortiz eon las mismae palaiivas oe>n que 6^ ^. eeaett- 
zsbasu dteeanoea la sesión afiiteríor: en citemfótftaoias bienrdtfí- 
Mea, deeiaS. S.,v)9ttgo aldeHaté; laiaateria está agotada por mia 
dilfBOffpredeodaoreai Yo podría por mi parte aiüedir que las eape- 
eiallelmfts circunstaneias en que se encuentra 1a Asamblea^ 7 las 
muy eapecáales en que Se enouenttm el paíB) además de esta» la 
mwfceríA agotada, haeen que estos momeiitos sean los menos apór- 
tenos para hacer un discurso; no es esta mi pretensión; voy taa 
soio á' hacerme caigo de alguna» de las observaciones del a^or 
Romero Ortiz, y á contestarlas lo más brevemettie que me sea 
posible. 

Empezaré por una de sos últimas indicaciones^ Deda el se&or 
Romero Ortiz que nosotros los Representantes de Puerto-Rico no 
hliblamosdicho clara y terminantemente á nuestros electores que 
éMmos abolicionistas radicales. En parte tiene raaon S. S., pero 
m> es nuestra la culpa; es esta de los amigos de S. S., que á raiz 
de la rcTolucion, cuando so proclamaban los derechos naturales 
dol hombre, y entre ellos la libérrima emisión del pensamiento 
per medio de la imprenta, expidieron un decreto, refrendado por 
eü Ministro de Ultramar, Sr. Ayala, estableciendo para Puerto- 
Rico una ley de imprenta restringida, unn ley en que habla dos 
pfohibioiones terminantes, expresas; la de discutir la cuestión so- 
oial, y la de tratar la integridad de la patria. Mal podíamos kss 
que nos prasentamos candidatos para Representantes del país 



leo 

mieninis okír ley Teg\& entrar en el fondo de la oaestion; sinem- 
bergo, ya diurnos lo bastante para que nuestros electores emi- 
tiesen sus votos con la perfecta conciencia de lo que aquellos 
votos signiflcaban. 

El humilde iDdividuo que dirige la palabra á la Asamblea, 
además de su programa, escribió cartas á sus amigos más influ- 
yentes del distrito, en las que decia estas 6 perecidas palabras: 
«para mí, la cuestión de esencia, la cuestión fundamental de las 
Antillas es la abolición de la esclavitud; si no declaramos abolida 
la esclavitud, no creo que tengamos derecho á pedir reforma al- 
guna; mientras tengamos esclavos en Puerto-Rico no seremos 
dignos de la libertad.! 

Pero además, seüores, ¿tenemos los que hoy somos Represen- 
tantes por Puerto-Rico necesidad de declarar una vez más nues- 
tras opiniones sobre esta importante cuestión? ¿No conoce el 
mundo entero las opiniones del Sr. Labra en este punto? ¿No 
saben Puerto-Pico y el mundo entero que lo mismo el Sr. Labra, 
que el Sr. Sanvomá,que elSr. Padial son abolicionistas radicales? 
¿No sabe todo el mundo que toda la representación de Puerto-Ri* 
co en las Cortes, era, es y será abolicionista radical? Ya ve la 
Asamblea cómo los electores de Puerto-Rico en todas las eleccio- 
nes que desde la revolución acá han tenido lugar en Puerto-Rico, 
han podido dar sus votos con la perfecta conciencia de que los in- 
dividuos á quienes los dieron, eran, son y serán franca y resuel- 
tamente abolicionistas radicaos. 

Pero habia además otra circunstancia; á pesar de las prohibi- 
ciones establecidas en la ley á que me acabo de referir, el perió- 
di<$o que en aquella isla defiende las doctrinas conservadoras nos 
hacia grandes cargos, porque, según decia, queríamos la abolición 
de la esclavitud sin indemnización: esto no es exacto, pero este 
era un medio casi seguro para destruir nuestras candidaturas y 
sacar triunfantes las de los conservadorep; tanto más, cuanto que 
no podíamos defendernos en el terreno en que éramos atacados; 
no digo más sobre este punto, porque me quedan otros más im- 
portantes que tratar, y ya he dicho que no pretendo hacer un 
discurso. 

> 

Habrá observado la Asamblea que en todo el curso de esta dis- 
cusión no se ha hablado para nada del derecho del esclavo; todos- 
los que han combatido el proyecto, todos se han fijado con prefe- 



167 

rencia 6 exclusivamente en los pretendidos derechos del amo; es 
verdad también que ningún señor Representante ha llegado á ne- 
gar el derecho del esclavo á la libertad; ¿cómo podrian hacerlo, 
c6mo era posible que en el seno de esta Asamblea y en los tiem- 
pos q'ae alcanzamos hubiese un hombre que lo pretendiese siquie- 
ra? Pero es el caso que, reconociendo al esclavo ese derecho, es 
decir, sin negarlo, se pretende someterle ¿ otros derechos no tan 
perfectos como el suyo. Es cierto que el esclavo tiene derecho á 
la libertad; pero ¿es tan cierto que el amo tenga derecho á in- 
demnización por el Estado, como si se tratase de una expropia- 
ción cualquiera? Pues qué, ¿no podria yo decir, empleando las 
palabras de uno de los oradores que me han precedido en el de- 
bate, y haciendo mias las de un Representante en una comisión 
de información sobre el planteamiento de las reformas en Ultra- 
mar, que antes que el dei^cho del amo está el derecho del esclavo 
¿ la indemnización por el tiempo que ha estado privado de liber- 
tad? Sin embargo, señores, la comisión, comprendiendo que aun 
proclamando el principio de la libertad inmediata para el esclavo, 
como lo reclaman los fueros de la justicia, se puede establecer el 
principio de la indemnización á los dueños, no como una cuestión 
de derecho, sino como una cuestión económica, como un medio 
de subvenir á las necesidades del trabajo, ha establecido el pre- 
cepto de la indeijnnizacion. De esta manera se salvan los fueros de 
la justicia, dándola libertad al esclavo, y se da también una sa- 
tisfacción á los actuales poseedores y se prepara al país para que, 
cambiada ó trasformada la manera de ser del trabajo en aquella 
isla, no sufira la gran i>erturbacion económica que era de esperar, 
dado un cambio como el que se va ¿ operar en la pequeña Antilla. 
Decía el Sr. Romero Ortiz en su brillante discurso que hoy el 
problema de la abolición inmediata en Puerto->Rico entrañaba la 
separación de esta iála de la madre patria. Es verdad que su se- 
ñoría hacia justicia ¿ las aspiraciones y sentimientos de los Di- 
putados por Puerto-Rico; pero sin embargo, enlazando esta cues- 
tión con la de la isla ds Cuba, queria presentamos como provo- 
cadores de un conflicto, ocasionando hoy la pérdida de Cuba y 
mañana la de Puerto-Rico. Nos decia el Sr. Romero Ortiz que de 
esta manera y resolviendo el problema tal como lo propone la co- 
misión, vendría quizá una guerra de razas, vendría la tiranía de 
los negros sobre los blancos. Yo creo que S. S., sabiendo perfeo» 



168 

iU \m wmMUtmm A»-ia Ms^e Oab» y Pnarto-SlMfi 
.^ ü w era— mte en — to; á i i ptoiam e & a.^ pw» no oeon^endo -^iua 
|ffwViiinliwiéii owi pfAwwfi en Fiiefie-&iae j Cote, le nsa 
tdanott pned^eefcaewair aete oeellioito ni eee.tiígeofa áe im ne- 
ffvoe sokfelM'ltenftae, enn cuando eies negpee ftiMiei tenaetoe- 
im^mm ae^lee qstnn pMMntnr . flegnn'el.tdtiiio eenao» TenOtea 
en le m^ó»Caim, l.SN.OOO hetaiiesAee, y entre eUe»hiv 5»U>00 
negrrW) de toe coilee M.OOO son eaeUrvot. iQttióae deolraee «1 
8r. Beineie Oitlsei aele oámero poede oeeiionar «n eenfliolo-en 
CMm? Bate ma, ten bÉriMtBa, ten poeo eivlUxade, tnn nbyeete, 
«oao ee diee y eoao no pnede ménoe de eofioder eetonde en la 
eacleYltnd, ¿pnnde ejeeeer indneaeie eohre Ukín» Uenoe et^fliu- 
de, qoe peedomina, y iine iiene allí, no aotomonte la ÍÉena eiate- 
rltt, Bino toJberaa de la int^UgODeia? 

Pero ee mái, Srea. Repreeen tantee: la abolieiondelaeeelavitiid 
ee ba Uemdo á cabo en todaa lea demáa AnÜUee ain nlnguLeon- 
filete pan óetaa y einpózdidaB para la madre patria; y ee be lle- 
vado á cabo en mnebo peeree coifidiqionee de lae que tienen las 
iilae de Pnerto-Rtco y Cabe. 

Deeretn la aboUeion gindual mgrlaterra pera ene eeloniaa en. el 
alio 83. Aatiir^ia plantea 1» abolieion inmediata; lae demáe aeep- 
tan lA abolieion gradual por medio del aprendizaja^tjne aeñalaba 
nn tiempo determinado para loe eaelavoe raralea, y algún tiempo 
monos para loe de lea poblaciones. 

¿Cuáles fteron las conseouenniae de esta abolision? A.ntigaa la * 
bino inmediata, y Antágoa desarrolló su agriotütnra, su iadoatria 
y eomerolo, y no tuvo ^ne lamenlar esos ezoeeos que nos pintan 
%My los adTerearios de la abolieion. Bs verdad que los bubo en 
otras i^ae; ee verdad que Jamaica fué viotima de grandes tras- 
tornos; pero tué preeisamente efboto de la abolición gradual, taé 
efbeto de que los doebos de eeelaTOS, qne nunca quieren ni ban 
querido desprenderse de sus pretendidos derechos, se ban opues- 
to y se opondrán siempre á todo aquello que sea abolición de la 
esclavitud, y do aquí que se opongan á todas las medidas que 
tienden á coneiuir con eea -ominosa institución; y en vez de cum- 
plir las instituciones dadas por la madre patria para reaUsar eee 
cambio necea&rio, han presentado cuantos obstáculos están en su 
mano para impedir la abolieion. Beta es la verdadera causa de los 
trastornos ocurridos en Jamaica y en otras Antillas; trastornos 



1«9 

rMieol. 

abolicioo, iremwMI lMf«rflttÍM'«a» J«fli» «h rflMitíR. Pawnwio 

eont) debe AdMüffifso -tfl 'IM^^m'Io Aé'IéMIíoIíd csCmI fMBttVMftb^ 
Rtee, ^nur eMWtBta' ^- i ^ ftUB i ^ ée Ut^urtt8iay'»t<» m, tevbvtMM» 
(mM9<Naea,«e&'laiMlwiifikaoloft; pbr «so ktiMS i^MbeateAo-ette* 
tffeyeoto, temíenlo^e ^^uOieni YSBtfttn eoaflicto^ «l9«llib#v<i- 
tflettto^tte4M&%at8nlttM) lft^4a)«ieiM áe la.«^ m iM AbAI- 
U« de ne ettMoMra» ^ ladencrtEailMi. KvmUos Imbb» iomMo 
ntie'ptettftlMnicw«»«efrvi<l», fto «oto fi tas AarOUHySiDo «auMen 
é la iñBAte fRstWft y «Hm 4 lavuittiami ypOj^ctiEaBlM^ t wtaikto de 
iWBOlTisr este pío We am en oofldteloiieB nonMilM f 4e «ntM4o 
legal y tranquilo, sin esperar ¿ que Ittr Hma» de ttDr^ttKMrttriHrto 
nñrolucioBferlo Tlufese é TfimiVnT «M piolilnia, «noilaado toda 
t^Hu» de hfteeeses. 1M(^ ^Atm. SeprtMUlRates, «r k» qnr teft«ft- 
wíbn la Idtftofia. Cttond» vA fiiebMMi abdal «• enconttfa, itfoüo 
«1 que nos oeopa, feíuell» en la «oooWBttla vniverfial, «• proeiBo 
darle solttcion^déiMm'de te ley, si i^cm^eaos aafcvar el irdeii^ el 
derecho y Ira fBtefe»M4k te MODA*» de a^uette taiUtiiitoii crea- 
dos. De oiTo taedo AéB «spooMaei^á IUBcstftitrofBB^de laa r#fOlu- 
dones. 

^^ero quiere la «^oliciieii te isla de Piinrt»-Rioo, d par lo meaos 
te mayorfa de^elteT DMa de «ato S. 3., pero yo debo desiste tve 
so debe dodarlo, pow^ue nttestros eleetores saMaa fnffbelamaiile 
que los Diputados elegidos por ellos éramos todes parUdariéa de 
te aboBeion inniedtete) tadeinntnda. 

aasefiorfatteB deete tamMen qoe en laa Anttltea tranceMí 
hubo gran ndmero de 'vfe tteftp y grandea ttaatoraM por efOeto 
de tes decretos de te GOtt^enetom. Ye aoyoiiBO qtte el Slr. Roontro 
Ortüx no se referirte áltenlo <1>omÍiige, per diasque eate ejemplo 
sea ten traído y llévalo per tedios les «Mmigoa de te ateAicion 
Tadi«a3. Su seUeria-Babe perfactemeiitetiaolos deeastree de Santo 
DOBviogo, tegca deeer debidos 4 la abotieten radical, faerctt, pn 
di contrario, oomeenenrta de te ope^teion de los blancos para 
tiue se coneedteMn dwecAio^á lea neifros, y del decreto de Nupo- 
teOD, qne qaiflo Tolver á te estOevltfld afustes áqvtCMaya es 
tiüEtbte liecbe libtw. 



170 

■ Respecto á las demás Antillas franeesasi debo dedr á S. S. que 
en Oaadalape loe desórdenes tavieron lagar precisamente un alio 
despaes de heeha la abolición, y qae en la Martinica no hubo des- 
órdenes después de hecha la abolición, sino un mes antes. 

Dice S. 8. taihbien que la abolición de la esclavitud en las An- 
tillas francesas habia ocasionado los desórdenes de las Antilías di- 
namarquesas. El Sr. Romero Ortiz sabe perfectamente que la abo- 
lición se llevó ¿ cabo en Francia de una manera definitiva 
ed 1848; pero no debe olvidar que antes, en 184*7, se habia dado 
un decreto para las islas danesas, y que apenas se dictó ese decre- 
to empezaron loa desórdenes. ¿Por qué tuvieron lugar? Porque la 
aboUcion era gradual, habiendo cesado precisfunente con la ley de 
1848, que acordó la abolición radical; porque es preciso tener pre- 
sente que solo ha habido conflictos en aquellos pueblos que han 
neordado la abolición gfradoal. 

Es necesario además que él Sr. Romero Ortiz tenga en cuenta 
las circunstancias especiales en que se llevó á cabo la abolición 
de la esclavitud en las Antillas francesas. Hubo allí complicacio- 
nes como en la madre patria, por efecto de las revoluciones en 
ésta, y á estas complicaciones hay que agregar la oposición que 
los prop^tarios hicieron sieB&pre á la abolición de la esclavitud. 
En cambio, en todas aquellas Antillas en que la abolición se ha 
hecho inmediata y radical, no solamente no ha habido desórde- 
nes ni conflictos, sino que la producción, lejos de disminuir, ha 
aumentado notablemente. La prueba la tenemos en los Estados- 
Unidos del Sur, en la Antigua, en la Reunión, en Curasao y hasta 
en la misma Rusia. 

Además de esto, Sres. Representantes, aun dado caso que la 
abolición de la esclavitud hubiera producido conflictos en las An- 
tillas inglesas, francesas y dinamarquesas, deben tenerse en 
cuenta las distintas circunstancias y condiciones en que la aboli- 
ción fifa llovó á cabo en todas esas islas, comparándolas con las 
condiciones y circunstancias con que la abolición se va á llevar á 
cabo en la isla de Puerto-Rico. En aquellas Antillas los propieta- 
rios de esclavos se oponían abierta y terminantemente á la aboli- 
ción, mientras que en Puerto-Rico la mayoría de los propietarios 
la pide; en las Antillas inglesas, francesas y dinamarquesas, la 
desproporción entre la población blanca y la negra era muy 
grande, y en nuestras Antillas, esa desproporción, no solamente 



171 

no existe en perjuicio de la raza blanca, sino qae la raza negra 
significa muy poco con relación á la raza blanca. 
A este propósito voy á permitirme leer unos datos estadísticos. 
«Puerto-Rico. La población se compone de unos 650.000 habi- 
tantes; de éstos solos unos 42.000 eran esclavos.» 

Esto según el último censo, hecho hrce tres años; pero hoy el 
número de esclavos asciende únicamente á 80.000; de modo que 
hay 13.000 esclavos menos que cuando ese censo se veriíiCÓ. 

Veamos las demás Antillas. En Santo Domingo, por ejemplo, 
la población era de 400.000 de color y 20.000 blancos. Guadalupe, 
41.000 libres por 81.000 esclavos; Martinica, 110.000 de color por 
9.000 blancos; Reunión, 71.000 de los primeros por 81.000 de los 
segundos; y la Guyana 18.000 de aquellos por 1.264 de estos. 

Como se ve, en ninguna Antilla francesa excedía la población 
blanca á la población negra; antes, por el contrario, la raza blan- 
ca ni siquiera llegaba á igunlarse con la de color. Por lo monos 
era esta el doble de aquella. 'En la inglesa, en Jamaica habia 
322.000 esclavos, y solo 35.000 blancos; en Barbada, 82.000 de 
los primeros por 15.000 de los segundos; en Antigua, 33.000 de 
aquellos por 1.980 de estos. 

Como se ve, la desproporción no puede ser más grande, no po- 
dia ser más imponente. Y sin embargo, ¡oh admirables efectos de 
la libertad y de la justicia! ni esas islas se han vendido, ni se han 
separado de la madre patria, ni los negros han dominado á los 
lAancos. Donde como en Francia se aceptó y planteó 1^ gradual, 
hubo trastornos: mientras que en Antigua, donde se- aceptó la 
radical, la Inmediata, no se produjo ni el más mínimo desorden, 
teniendo 38.000 esclavos por 1.980 blancos. 

¿Es posible que, dados estos datos, la abolición de la esclavitud 
nos vaya á traer, como decia el Br. Romero . Ortiz, la tiranía de 
los negros contra los blancos? Pues si vemos que en los demás 
países en donde la abolición inmediata se ha hecho sobresaliendo 
tanto la raza negra, y en peores condiciones bajo todos conceptos 
que en Puerto-Rico no ha pasado nada, ¿por qué ha de suceder al- 
go en dicha isla, donde tenemos 30.000 esclavos por 600.000 
libres? 

Además, el Sr. Romero Ortiz se valia de un argumento de gran 
fuerza para probar que cuanto antes debia llevarse adelante la 
abolición radical. Su señoría por un lado queria que Cuba y 



112 

?mrto-Ri6o 6«tavietMi mt^ pceparfllM psn ta. íí MM^ m ^ f f»r 
otro nos deeia que .Poerto-IÜM «tMba ni^jtif {frepofiUlo ii«s-lM 
A6Dté8 AntiUn osfAft^islMf dMiA# feos prc^totertiSs iriunBptB ms ^[m*- 
storon á todo aquello qoe ftieio piop sw s km pM Is ábeUi^B. En 
Cabs y Paerto-Rleo, séhre todo en Pnev%(KRInor, se isui tesUttib 
casi todas las medidas dadas pof la madre fMMfla pafiidtaiotSsar la 
aserte del eselsTo. Así es qne tienen, entre «Iros, el do w elo de 
coartación y el de ganar jonml. Además, la eendiehtt tfte loSfM- 
ciavoa en Puerto-Rico dieta muebo de la de los esrtniFM de- las 
demás Antillas. Y no liaMo de la poblaeimí de Poerto-RleO) en 
donde por la comnnieaeion de las ideas y porque loeessiaviMieon 
todos indígenas, se han establecido eiertes laeM de nnkm «irtie 
la clase libre y la eadlnya, estando por le tanto esta grandiMttonie 
preparada para entrar en él goce de los defeehos «ivfies. 

Nos decia el Sr. Romero Ortiz qoe al partido é que B. 8. pM^e- 
nees se debían todas las medidas favorables á la iA»oUiAo& de la 
eselavitad, oomo también la informaelon realisada en IMSry 
finalmente, las promesas de las reformas para Caba y Ptterio- 
Rloo. 

Respecto ¿ la información, debo deelr que es cierto ftió inisMü 
por el partido unionista; pero también es cierto que precisamente 
el Sr. Ministro que la convocó se arrepintió de eUe, como lo osa*- 
nlfdstó en las CórteS Constituyentes. Los oomisionados por Puer^ 
to^Rico pidieron la abolición inmediata pora aquella isla, oon t 
sin indemnización, mientras que los oomisionados por Oalm I»- 
bian presentado un proyecto al cual se hablan adherido los de 
Puerto-Rico. Con esto S. S. hacia un cargo é los de Puerto-Rleo, 
y quería sacar el argmnento de que dicha isla no quería la atMiH- 
eion inmediata. 

Los de Puerto-Rico presentaron un proyecto de abolición in- 
mediata; y si se adhirieron al presentado por loe oubanos pava 
aquella isla, fué porque creían que dadas las oondicionos distin- 
tas de la una y de la otra, de una manera débia haoerse en 
Paerto-Rlco y de otra resolverse en Cuba. No quiere eso decir, 
pues, como pretende S. S., que loa de Puerto-Rico no quisieran 
la abolición inmediata; es todo lo contrario. En cuanto á los 
promesas del partido unionista respecto á las reformas de Ultra- 
mar, es verdad que las ha hecho, pero también lo es que ha pre* 
adatado en todos tiempos la rómora más grande, el obstáculo más 



173 
tesTÍIkl«:^i»UevaflasóQalK>. La Constítuclon para Puerto-Bk» 

» 

e]»pe9Ó:6 fUsoutivee «a las Cortes Constítuyeates, y aUí naofrosifis, 
pf#aiaM»eaite por lo» esfU^arsos de les partidarios de S. S. 

iQueestM refOfTiaas produjeron trsstormos y fueron reeibidsiS 
alU 4 foatewtadAacou turbuJtoneáAs! Señores, ¿qué roíbannaB Ue^ó 
elgjsi^effal Dulce á Cuba? No parece sino qite dicho general pisa- 
te& ettí tedas cuastes refonnas se liabian llevado á cabo en la Pe* 
nÚBsoln 6 rai0 de la revoluoion; todo se redujo, Srea. Retrete»* 
taiates, á la pubUcaoion de un decveto de libertad de Uaptenta^ 

Resmnieade, pues^ porque no quiero ser ei^nso, dado el es» 
ta4e aiMMnDQftl de la Asamblea, ba traído también <3w S. á ouenta, al 
combttUjr el proyeeto,^ la tan decantada insurrección de LBffes; 
¿Qué ba eidOy Sreo.. Representantes, esa tan cacareada insurreo- 
olea<^e LiHMB? Per des 6 tres veces bemos pedido los Represen- 
tantes radjícales de Pii^rte-Rico á los Ministros de Ultraaiar que 
tn^ran & la Cámaora la causa formaéa con BQüotlvo de esa insur- 
rección. Ni una vex siquiíura ban sido satisfecboe nuestros de^ 
seosu ¿Y por ^ué? La causa la sabr&n los Sres. láinistroe que se 
ban Uíegado. 6 elle. Pero le que fué aquella inaurfecoion, mei«ff 
q¡fí» yo, que podritt decirse que soy p»rsial, lo dijo el general den 
Juan Julián Pavía, Capitán genevall en la isla de Puerto-Rico, cu- 
yas ideas no serán tncbades por la Cámara. 

«El motin 4e Lares fué obra de cuatro estranjeros, que h)dea- 
dos de varios campesinos, mal armados y peor dispuestos, bioie-' 
ron la locura de dar el grito de «jPuerto-Pico independienteU 
en un sitixy de l%i8la, lejoa de la costa y en el centro de unas 
mentaSbBm donde efa de todo punte imposible que no fueran in* 
BMsdiatameate destmidoB. Por eso el espitan general de la peque- 
ra Antilla, el general D. Juan Pav^ía (bombré del partido mode¡ra- 
do) en tus prioMros partes de 27 y 28 de Setiembre al Oobiame 
de laMati^ll, daba, al suceso el nombre de «mera calaverada.» 
Por eso el: mismo obispo de Puerto»Rioo decia en su circular de 
Setiembre de 186& que el becbo más bien debia caUfiearae de lo- 
cura que de otra cosa. Por ese el genegal Pavía, en su parte dota- 
liado al fitíniairo dala Qutfra(21de Noviembre) consigna quo 
no habia eetimodo. necesario declarar en estado de guena al país, 
puesto que desde el primer momento babia creído el becbo de fár 
cü 4ominaBÍOA,« 7 sin peder citor másbecboa de armas que^el 
llM(ado ¿efecto por un puüado do babitantes del PepiíM^ acaodi^ 



174 

liados por los Sres. San Antonio y García Pérez. KaUta que com- 
batieron eran yaerto-riqueños. Todos los paeblos desde los pri- 
meros momentos se ofrecieron á formar compaliías «le voluntarios 
urbanos, y muchos de ellos á satisfacer adelantados los dos cua- 
trimestres del cupo de la contribución, y otros la de todo el año. 

Cierto es que con ocasión del suceso de Lares se formó una 
causa y fueron incluidas ea ella más de 50 personas conocidas por 
sus opiniones reformistas, siguiendo en esto la costumbre de los 
gobiernos moderados y unlonistds de la Península, que pren- 
dían por preeaueionj con motivo de cunlquijr alboroto, ¿ todos los 
que aparecían como desafectos al ministerio;. pero cierto también 
que la causa quedó en sumariOj i)or haber extendido ¿ Paerto-Ai- 
co la amnistía de Enero de 1869, haciéndose imposible la defensa 
de los procesados, como es imposible, legfal y moralmente, sacar 
de aquel sumario cargo de ninguna especie contra ellos.» 

Sin embargo de esto, y á pesar de la amnistía, se ha querido 
sacar partido de esa causa contra los comprendidos en ella. Yo 
tengo algunos amigos que están en este caso, y debo decir á la 
Asamblea que, si posible fuera, el deseo más vehemente de aque- 
llos señores es qud se volviera á abrir la causa. &ie ha de permitir 
también la Cámara decir dos palabras recogiendo la alusión hecha 
por el señor general Sanz, Representante de Puerto-Rico. 

Decía S. S. que al ir á Puerto-Rico se encontró que en la isla la 
tnaurrecdón moral estaba hecha, que no habia un real en el Teso- 
ro, que el ejército estaba sin pagar, que no habia caminos, etcé- 
tera, etc.; pero en la descripción que b. S. nos ha ido haciendo de 
las medidas por él tomadas para combatir esos males ha dado el 
señor geiyral Sanz la prueba más patente, la añrmacion más com- 
pleta de que es un absurdo lo de la insurreclon que quería echar- 
nos S. S. en cara á los radicales; también nos hablaba del des- 
tierro de un director db un periódico, y nos decía que nosotros 
éramos los hombres que respetábamos tanto la libertad de la 
prensa. Desde luego conste al señor general Ssnz^y conste á la 
Asamblea, que ni hoy ni nunca ha aprobado ni aprobará jamás el 
partido á que pertenezco un destierro, y mucho menos un destier- 
ro sin formación de causa, que en tiempo del señor general hv^ 
torre se llevó á cabo. 

Pero el señor general Sanz se olvida que él cogió á un indivi- 
duo empleado en el consulado inglés y lo mandó á la Habana, cu- 



175 

ya broma le costó á Puerto-Rico 25.000 duros, que tuvo que pa- 
gar por daños y perjuicios á aquel individuo, porque lo redando 
el consulado como subdito inglés que era. 

El general Sanz no recuerda tampoco que amenazó con el des- 
tierro al Sr. Blanco y otros individuos; otros ejemplos podria 
aducir, pero no quiero cansar más á la Cámara. 

En cuanto á la libertad de imprenta, el señor general Sanz lle- 
vó á Puerto-Rico ól decreto del Sr. Ayala; pero S. S. lo mutiló 
todo cuanto pudo; el decreto contenia dos prohibiciones: tratar 
la cuestión de abolición y de integridad nacional. Sin embargo, 
el señor general Sanz estableció la préyia censura y además el 
depósito: puede S. S. vanagloriarse de tanta libertad, dignísima 
prueba del liberalismo de S. S. ' 

Conc uyo, señores Representantes, dando las gracias al Sr. Ro- 
mero Ortiz por las palabras que ha dirigido á los Diputados por 
Puerto-Rico; reconozco sus nobles deseos, y me asocio también á 
las pronunciadas por S. S. respecto 4 1& unión de todos los elemen- 
tos para salvar las Antillas de la catástrofe en que pudieran verse 
envueltas. Creo, señores, que el medio de salvar á las Antillas es 
la abolición de la esclavitud inmediata en Puerto-Rico; por ese 
medio nos atraeremos las simpatías de todo el mundo, las de todo 
el resto de América. 

Quizá por ese medio podamos conseguir que depongan las ar- 
pias los insurrectos cubanos y preparemos la conclusión de aque- 
lia guerra civil, que tanta sangre generosa está costando. Uná- 
monos , sí ; pero unámonos por los santos principios de libertad y 
justicia, y aplicándolos primero con los infelices esclavos, traigá- 
moslos á la vida del ser racional, para que, dueños de su persona- 
lidad, puedan constituir familia, tener propiedad, y ser, más que 
instrumentos de trabajo, miembros útiles á la sociedad. 



EL SEftOR LABRA 



Seiion del dia 2*7 d§ Ftbrwo dé 18*73. 



I. 

SbI^osbs Rbpbbsbhtaütib: 

Tengo easi por inútil decir qae me hallo en una posición muy 
difícil. Las circunstancias son cada vez mus eríticas, y por muy 
tranquilo que se encuentre el ánimo de todos los Sres. Repre- 
sentantes, no lo ha de estar más que el mió, y yo declaro con sin- 
ceridad que me siento ahora dispuesto para todo menos para pro- 
nunciar un discurso, y con mayor motivo siondo grave el asunto 
y perteneciendo la cuestión á que he de consagrar mis esfuerzos 
al número de aquellas que exigen reflexión detenida y un estudio ^ 
hecho con mucho especio. lY aquí todos estamos atraídos por las 
sorpresas de\ día, preocupados con la dramática complicación de 
los sucesos políticos, y vencidos por el interés eminente de hallar 
salida á las dificultades inmediatas y del momento, que en sí en- 
tftfian quizá ^a suerte de la libertad y el porvenir de la patrlal 
. Nada debo hablar tampoco de la contrariedad que siempre su- 
pone para todo orador el venir al debate llenando el sexto turno, 
6 sea para pronunciar el duodécimo discurso, cuando los oradores 
que le han precedido tienen justa fima de tales y han puesto en 
claro su competencia, diciendo casi todo 6 todo cuanto puede 
alegarse en pro 6 en contra del importante punto objeto de nues- 
tras especulaciones, y sin que á mi me sea dado ampararme del 
carácter de resumidor del debate, para cuya empresa, no solo ca- 
rezco de la autoridad necesaria, si que también de las fuerzas 
impreaein^libles, y tiasta, si me es lícito de^rlo, del gusto con- 
veniente es talca caaos. 

12 



I 

I 



178 

Aon faera de esto, todayía mi situBclon no seria desahogaia, 
dominado como eeioy por grandes 7 harto d^yeraos sentimientos, 
pues que si hoy me cahe la deseada hofira 7 la satisfacción in- 
mensa de poner desde este banco mi humilde yoz ál servicio de 
la graa causa á que por deberes ineludibles, dados mis anteco- 
dentee 7 mi posición, he consagrado toda mi corta, pero ya trar 
binada vida, he de hacerlo en la hora solemne de inaugurarse en 
nuestra patria una nueva era 7 una nueva forma de gobierno, 
que en medio del oleaje de las p&siones políticas qne nos envuel- 
ven 7 entre las brumas 7 las tempestades que amenazan á la vieja 
Europa 7 preocupan 6 la sociedad contemporánea, es, á no dudar- 
lo, el último recurso 71a tabla de salvación de los partidos libe- 
rales de Bspaha. 

Los compromisos que esta circunstancia me imponen, fáciles 
son de comprender. Si yo hubiera venido á este sitio extraño á 
los acontecimientos que acaban de tener efecto, me seria dado 
comeniar pidiendo á la ma7oría de esta Asamblea l¿|gica en su 
conducta, porque era de todo punto imposible, en el terreno de 
las ideas, que al fin 7 al cabo son las que dirigen al mundo 7 vi- 
vifican las sociedades, que junto al título primero de la Constitu- 
ción de 1869, que era el criterio gobernante de nuestra patria, 7 
que contenia los derechos naturales del hombre, anteriores á la 
107 7 superiores á toda contingencia 7 á todo compromiso histó- 
ricos, subsistiese la más absoluta 7 conclu7ente negación de 
aquel principio; la infame esclavitud de los negros, eterno men- 
tís dado á la sinceridad de nuestros votos, y causa perenne de 
perturbaciones en la política de nuestra patria, y de inmoralidad 
en el seno de la sociedad española. Hoy no puedo deciros esto. 
Los que ayer os detsniais en la cuestión de forma de gobierno, 
aclamando la esencialidad de la democracia; los que ayer reco- 
nocíais la conveniencia de limitar derechos políticos y secunda- 
rios por la monarquía en bien del orden y de la libertad, hoy es- 
tais aquí, depuesto todo escrúpulo, ante la gravedad de las cir- 
cunstancias, profesando noble, franca y lealmente la perfecta re- 
lación de la forma y del fondo; y seria cosa rara, imposible de 
concebir; que cuando habéis prescindido de toda espera, todo 
distingo y toda reserva en la Cuestión de la organización del po- 
der, guardaseis vuestros recelos y vuestros aplazamientos para 
aquello que, como la libertad del negro, es fundamental, es pri- 



179 

> - 
joaero, es esencial, y se imponia, aun antes de estos últimos sa> 

4sesos, con todo el vigor de un imperativo absoluto. 

Dentro de la monarquía democrática de 1869 no se me alcanza- 
ba la existencia del esclavo en nuestras Antillas; dentro de la 
Bepública democrática, de la República de los derechos naturales 
é imprescriptibles del hombre, lo creo de todo punto imposible. 
yS/ Sr: Calderón Collantes: ¿Cuánto se tardó en realizar la aboli- 
ción de la esclavitud en los Estados-Unidos?) Contestaré después 
á este argumento, que no me parece propio de la notoria ilustra- 
ción de la respetable persona que me interrumpe. 

De otra parte, señores, en la hora de la nueva descomposición y 
trasforíhaeion de los antiguos bandos, pienso que no me cumple 
hacer la defensa de aquel gran partido en cuyas filas militó tan 
•desinteresada como humildemente, cuya dirección yo no tuve, 
pero cuyas responsabilidades yo acepto en este solemne momento 
y para cuya gloria bastaría él haber puesto sobre esa mesa, la 
única vez que gobernó solo, la ley de abolición de la esclavitud 
que hoy estamos discutiendo. « 

Muchos fueron los cargos que á él se dirigieron; y su resolución 
bizarra de afrontar la cuestión colonial produjo la conjuración 
de todos los elementos hostiles á la revolución de Setiembre y de 
los últimos restos de aquel viejo doctrinarismo, que para dar ba- 
talla habia buscado los benévolos pliegues de la bandera nacional 
en la ensangrentada tierra de nuestras Antillas. Y me lo espli- 
cába; lo tenia por natural. 

Dado el empuje que la revolución de Setiembre traia; dadas la 
.fuerza y el alcance que entrañaba, era por todo extremo imposible 
poner en tela de juicio aquí, á la vista de todos y en terreno por 
todos conocido, la excelencia de los principios de la democracia 
moderna. Cabia, alo sumo, negarlos; pero bastardearlos, desva- 
necerlos, mistificarlos, en una palabra, era empresa incompatible 
con las condiciones del lugar y del tiempo. 

Estábamos todos hartos de escuchar que con las libertades de 
imprenta y de asociación eran imposibles la religión, la propie- 
dad, la fEunilia, el orden: los hechos, á pesar de vivir en una épo- 
ca de ansiedades, de crisis y de liquidaciones, hablan venido á 
desmentir estos temores, dándonos el testimonio de la experien- 
cia en el B3no de una revolución no dormida, que todavía hier- 
▼e en su cauce, y que agobiándole y deshaciéndole, aún corre re- 



180 

Tttelta é impetuosa. Pero quedaba algo que oponer á esta avalan— 
eha de nui^vas ideas y nuevos intereses; quedaba un prestigio que- 
utilisar en su da&o en estos d las en que habian sido atropellados 
los dos grandes prebtigios de la sociedad espafiola: la monarquía 
tradicional j el catolicismo romano. Qu:daba la integridad na- 
ckmali palabra que no podia menos de hallar eco en todos los co- 
mones; palabra que no podia menos de producir efecto asi en es- 
te Parlamento como en aquellos hombres de las últimas capas so- 
ciales que al sagrado nombre de la patria parece como que sacu- 
den su miseria y su ignorancia 7 toman aquel gran aire.de caba- 
Uwos que nos ha hecho famosos en toda la redondez de la tierra. 
Y con la integridad nacional en los labios, seos pidió fuera de 
aijuí como antes se os habla pedido en nombre del orden, de la íh- 
milla, de la religión y de la sociedad, el sacrificio de la libertad 
dM pensamiento y do la palabra; el sacrificio de los derechos de 
feunioD y de asociación; la apostasía de todo el título primero d^ 
la Constitución de 1869 y la negación del dogma de los derechos 
naturales del hombre. 

Por esto creí siempre, por esto he dicho repetidas veces, dentro 
y fuera de este augusto recinto, que la revolución de Setiembre- 
llevaba en su seno el principio de su muerte, y que su desarrollo 
era imposible, á no resolver con valor y con conciencia la cada 
vez más pavorosa cuestión colonial. Por eso denuncié entonces el 
doctrinarismO imperante en la gestión de las cosab ultramarinas, 
seguro de que de allí se habia de extender á todas partes, pasan- 
do antes por la teoría de los inaguantables derechos y de la irre- 
formabilidad del art. 83 de la Constitución democrática; por eso 
creí y dije que el proyecto actual de abolición (que os sin duda 
la clave del problema colonial) desencadenarla todos los ele- 
mentos del pasado, y que con su protesto el antiguo régimen nos 
darla su última batalla. Y nos la ha presentado y se la vamos ga- 
nando. 

Y si para este juicio yo no hubiera tenido el conocimiento de- 
tallado de la organización de nuestros pnrtidos, desús hombres, 
do los antecedentes de la revolución, de la manera de haberse és- 
ta desenvuelto y de la historia, y de la economía do nuestras co- 
lonios, hubiera me bastado el considerar, de una parte la natura- 
leza del problema colonial, y de otra el sentido que la reforma 
ultramarina ha impreso en lo que va de siglo á uno de los prime- 



181 

T08 pueblos, quizá el primero de la Buropa modemai á uno de loa 
gaeblos directores del mundo contemporáneo. 

Porque las cuestiones coloniales, señores, están dentro de la 
-más alta esfera del derecho púbUco, y afectan por mil motivog al 
derecho de gentes; por manera que es ÍSeüso, absolutamente falso, 
en el terreno de los principios, como en el orden de los hechioni 
positivo ha sido hast^ hoy falso, desde fines dal siglo XVI, que loa 
problemas de la colonización puedan resolverse con el solo oritoe 
rio y las solas consideraciones que exigen las cuestiones de vida, 
interior y esclusiva de los pueblos. 

Por otra parte, quizá ningún negocio de gobierno reclama más 
dotes y más calidades en el gobernante (calidades y dotes incom- 
patibles con el sentido del doctrinarismo) que la gobernación de 
las colonias, porque si á estas solo se atiende, com^ nunca son 
necesarios el desinterés, el dominio de sí mismo, la conciencia da 
•que esos paises que á fuerza de sacriñcios, de desvelos, de tesorov 
y de sangre, se han descubierto y poblado, no son meras flncaí| 
de inmoral explotación, sí que sociedades cou propio y natura), 
destino, y que justifican aquel concepto de un gran estadista ds 
que «si es difícil á un pueblo gobernarse así propio, nada es tan 
^rduo como gobernar un pueblo á otro pueblo;» y porque si s^ 
atiende á la metrópoli y se ve en la obra de la colonización on 
empeño de exteriorizacion, solo posible en ciertos momentos hi»> 
tórioos y solo dable á ciertos pueblos, se necesita ora una ' alteza 
de mixas, bien superior á esas estrecheces y envidias del amor al 
terruño que frecuentemente se confunde con el patriotismo, ora 
un conocimiento profundo de los grandes destinos que á cada ao- 
dedad ha señalado el invisible dedo de la Providencia. 

Por eso, mientras aquí se ha doblado la rodilla ante las preocu- 
paciones de estos últimos cincuenta años de régimen colonial; 
mientras yo he visto que los hombres de Setiembre no sq atre* 
vian á romper los moldes cegados por esa monarquía de la media 
legitimidad que no se atrevió con la teocracia en Filipinas, con m 
militarismo en Puerto-Rico, y con la trata y la explotación mer- 
cantil en Cuba, yo tenia por cierto que las ideas de la revolucloi^ 
ai revolución y no reforma puede llamarse á todo lo que vemos y 
•an lo que tomamos parte, no alcanzarían su legítimo desarrolla 
ni llegarían siquiera á arraigar en las conciencias hechas para la 
Tardad y esclavas de la lógica; que no son estos tiempos aquAllM 



182 

en qae Bin eseándalo y sin traseendencia podia decirse verdftdt 
aquende el Pirineo, mentira allende; ni ya, después del despertap* 
miento viril de Setiembre, cabla repetir con la sonrisa en los 14- 
bios la frase del ilustre Fígaro: «la libertad no es un género ul- 
tramarino.» Ante la supeditación del derecho á menguados inte» 
reses, y á lo sumo á los intereses de la política pasajera y al me- 
nudeo, el espíritu naturalmente debia irse tras la idea de que lo» 
principios no viven por sí ni tienen valor absoluto, sí que todQ 
vive, ciencia, virtud, moral, derecho, religión, arte, todo de los 
tiempos y de las circunstancias. 

Y estas Ideas adquieren todavía más ftierza si por un momento 
consideráis la historia moderna del pueblo británico. 

No es, no, el carácter con que actualmente se nos ofrece la so- 
berbia Inglaterra, el propio y natural de aquel pueblo, que á par- 
tir del siglo XV (en que soU' los ingleses expulsados definitiva- 
mente de la Europa continental) vuelve sobro sus trcdiciones le- 
gendarias, y encerrado dentro de sus nieblas y en el círculo que- 
Is trazaban sus mares, se dedica á la obra exclusiva de su interior 
organización, violentando hasta donde el orden de la solidaridad 
humánalo consentía la ley suprema del tiempo. Todo el siglo XVI, 
y el XVII casi por igual fueron consagrados á la reforma religio- 
sa y al afianzamiento de las libertades públicas, dando por in- 
mediatos resultados un protestantismo frió, estrecho, antipáti- 
co, revestido de un carácter de nacionalidad impropio de toda 
idea religiosa y toda vida moral, y un consütucionalismo «ui p^ 
ndritf un orden jurídico especial, que por mucho tiempo se crey^ 
exclusivo de la nación que existía más allá del canal de la Man- 
cha. Y este sentido particular, determinado, egoísta; sentido fr 
que coadyuvaban causas ó intereses de muy diverso gónero, fué, 
aun en todo el primer cuarto de este siglo, el sentido de los gran- 
des políticos ingleses; y hasta en los momentos mismos que exis- 
timos, es el sentido profesado por los últimos restos del antigua 
torysmo, encolerizado con William Pitt ante la revolución fran- 
cesa, febril con Lord Benthink ante el movimiento democrático- 
socialista de 1830, y protestante con Sir Disraelli ante las actua^ 
les tendencias cosmopolitas de los partidos radicales ingleses que 
acaban de dar el derecho de sufragio á los houscholders, y han 
reconocido el voto secreto, *y hecho la ley egraria de Irlanda, y 
abolido el último resto de la intolerancia religiosa en Oxford, y 



183 

proclamado sin reserva la doctrina de la emancipación de las 
' colonias. 

¿Y cuál es la causa de esta trasformacion? ¿Cu&l el resorte de 
este cambio verdaderamente admirable? Pues el secreto está en 
dos grande^s movimientos que llenan la vida de toda la Inglater- 
ra contemporánea: en dos grandes movimientos que parece como 
que son producto 4e diverisas causas y tienden á diferente fln; 
pero que en realidad responden á un mismo principio y llegan á 
una conclusión misma: el movimiento libre-cambista, que remue- 
ve el fondo social de la vieja Inglaterra: el movimiento abolicio- 
nista, que encama toda aquella gran reforma colonial que ba te-' 
nido por etapas 1833, 1830 y 1863, y que ba llevado al espirita 
del pueblo inglés ideas verdaderamente democráticas y cosmopo- 
litas, siendo desde entonces posible el espectáculo que nos da* 
esa gran tierra, donde todos los grandes intereses del mundo bar 
lian eco y acogida, donde la opinión del orbe ha puesto la bancli 
universal y el depósito de todo el comercio: donde viven los cen- 
tros de la Internacional al lado de las asociaciones protectoras 
de los aborígenes, y florecen las sociedades para fomentar loi 
descubrimientos y sostener las arriesgadas exploraciones de las 
soledades del mar junto á los primeros Congresos de la edad con- 
temporánea, para la organización de las cárceles y la reforma pe- 
nal; donde, en fin, existe y funciona un Parlamento que ba re- 
producido maravillosamento en nuestros dias la grandeza del 
Senado romano, y que después de gastar 20 millones de esterli- 
nas en abolir la esclavitud en las Indias inglesas, y 2 en comp'rar 
á Femando yil la cesación de la trata, y otros 100 en asegurar 
el derecho de visita y en dar patria en Sierra Leona á las vícti- 
mas del infame negrero, y en socorrer á los esclavos de Zanzíbar, 
y en oponerse á la reproducción de la trata, bajo la forma de in- 
migración de cbinos, y en procurar la abolición en el Egipto, 
luego de haberla consegido en Siam, cree en su lugar cuantos 
debates se susciten en su seno sobre los Intereses y las cuestio- 
nes de todos los paisas del mundo, dispuesto á repetir una y den 
veces el clásico y magnífico homo ium et niMt humani á me aii^ 
numputo. 

Y ahí tenéis esplicado, sefiores, si necesitaseis una nueva de- 
mostración, el fundamento de mi Juicio; ahí tenéis por qué yo 
^ ereia que la revolución de Setiembre, la ide^ novísima de 1808, 



184 

oontenidft en al doetrinarismo del MlAlstMio de Ultramar, tomar 
rU vuelo j alcanzarla todo su desarrollo eh el momento en que 
hubiese on bombre de bastante corazón para afrontar desde el 
poder la reforma colonial, cojra clave está, como antes he dicho, 
en la abolición de la osélaritiid, que es U cuestión social para las 
Antillas y la cuestión de derecho de gentes para todo €í mondo 
eiTilizado. ^ 

Por lógico, pues, tengo que este debate, planteado en los últlr 
' moa dias de la, situación pasada, conserve toda su gravedad in- 
trínseca para 1(»8 conservadores que se sientan en aquéllos bsn- 
oos, por más de que crea, eomo poco hace d^je, que hoy más que 
Bunea, por el mero hecho de la proolamacioa de la.&epúbUca de- 
mocrática, sean superiores los Obstáculos con que lian de luchar 
S. 93., como mayores las probsbllidcdes de éxito eon que los 
abolicionistas hemos de contar, hasta el ponto de tener casi por 
seguro el triunfo. Bstán, pues , en so lugar el ealor , la viveza, el 
fhego, la perseverancia y la intenciun con que este proyecto de 
ley se combate desde aquel sitio; pero esto mismo constituye ua 
argumento más en favor de mi causa, toda vez que la ha de fti.llar 
esta Asfimblea. 

Y explicado de este modo lo que á nuestra vista pasa, he de 
contraer la atención á las objeciones que aquí se lian hecho sA 
el curso de este largo debate, prometióndome realizar mi empefio 
prescindiendo de formas oratorias, para tratar detenida y hasta 
prolijamente, pero de modo que no quede sombra de duda, 
cuestiones ventiladas hasta este momento. 

Los oradores que me han precedido en el uso de la palabm 
estimado oportuno estudiar el proyecto bajo un triple ponto de 
vista jurídico, económico y político; y á este plan he de someter 
también todas mis reflexiones y argumentos. 

Pero antes de debatir la cuestión jurí .lea,' alguno» Sres. Re- 
presentantes, el Sr. Ulloa, hace dias, y hoy el séKor marquás de 
Barzanallana, entendieron que era preciso negar la capacidad 
moral, primero de los Diputados y Senadores, y después de toda 
esta Asamblea, para votar la ley de abolición. Y con este motivo 
oí hablar al 3r. Ulloa del mandato imperativo, afirmando que no 
podíamos votar sobre este punto, acerca del que no hablan Aáa 
consultados directa ni indirectamente nuestros electores; y des- 
pués observaba el Sr. Barzanallana, que el partido radical jamás 



185 

bftbift profesado la idea de la abolición inmediata; y entramlHM 
Mliores recordaban la pradeneia y las compensaciones qiie supo- 
nen las dos Cámaras, conforme á la Constitución, pera la discu- 
sión y Totaclon de las leyes; siendo así que esta se discutía aqui 
deprisa y como por sorpresa, y que saldría sin aquel prestigio, 
aquel respeto y aquellas condiciones morales que tan bien sien- 
tan á todo precepto legal. 

En verdad, señores, que es peregrina la resurrección del man- 
dato imperativo para este solo problema, pues que entiendo que 
cH Sr. ülloa no lo estimará preciso para todas aquellas otras le- 
yes cuya proposición y discusión, no habiendo sido previstas an- 
tes de la reunión de los comicios, surgen en el curso ordinario y 
en la vida normal de las Cortes. Otra opinión no serla ya solo la 
del mandato imperativo ^opuesto á nuestras leyes y nuestras cos- 
tumbres, y equivocado como principio de organización política), 
si qne una exajeracion de esta teoría, que en términos generales, 
sin embargo, ya cuidó de condenar la misma persona que lo uti- 
lizaba como argumento contra el proyecto que discutimos. ¿Y ne- 
cesitaré, seliores, poner nada de cuenta propia contra esta pere- 
grina teoría que se reduce ya solo á aquellos casos concretos que 
no son del gusto de los conservadores,' y por tanto, á la discusión 
y votación de las leyes cuyo aplazamiento los mismos conservaF- 
dores desean; esos mismos conservadores que por boca del sefior 
Romero Ortiz, hasta han pedido el plebiscito solo para la aboli- 
eion de la esclavitud en Puerto-Rico? 

Pero hay, Sres. Representantes, que es un error mayúsculo, él 
de afirmar que el colegio electoral ignoraba de todo punto que 
hubiéramos de discutir este problema. Nada quiero decir de los 
electores de la diputación puerto-riqueza, que desde 1869 viene 
ineesantemente presentando á las Cámaras proposiciones de ley 
de abolición inmediata é indemnizada; nada diré de los comiten- 
tes de los dignos Representantes de esta Asamblea que forman 
parte de la noble é infatigable SocMUid aboUcionitia etj>año¡ay cuya 
-bandera todo el mundo conoce. Mas acaso In mayoría del Congre- 
flsy del Senado, confundidos hoy en esta Cámara, ¿no pertone- 
eian al partido radical? Y el partido radical, ¿no estaba solemne y 
terminantemente obligado á la abolición de la esclavitud en 
Puerto-Rico? 
Bqoivoeado está el Sr. Barzanallana al afirmar lo contrario. Bl 



186 

partido radical tenia ana bandera, el manifiesto de 13 de Oetobf» 
de 18*71; y á 61 se refirieron constantemente, así la digna persona 
qaeocapabala presidencia del anterior Consejo de Ifinistros 
como la prensa toda, como todos los hombres políticos del parti- 
do. En aqoel manifiesto se distíngala precisa y concretamente 
la sitaacion de Caba y la situación de Puerto-Bieo: ¡y tanto, que 
este fué uno de los dos graves pantos de disidencia con el mani- 
fiesto del grupo acaudillado entonces por ol 9r. Segastal 

Respecto de Cuba, $tcUu quo durante la guerra; respecto de 
Puerto-Rico, complemento de las reformas hechas y abolición de 
la esclavitud: hó aqiy los compromisos de aquél manifiesto. Y 
recuerdo que el parrafeen que esto último seconsign&ó, fué la 
condición imprescindible para que firmásemos aquel documento 
más de 80 Diputados, y entre éstos los 15 Tle la isla de Puerto- 
Rico. Lo único cierto de cuanto se ha observado aquí y fuera de 
aquí sobre los compromisos del partido radical respecto de la 
abolición, es qae el manifiesto de 18*71 no hablaba de aboliolon 
inm$diata] pero tampoco hablaba de gradual. El modo era, pues, 
Ubre. ¿Querrían los conservadores que hubiéramos establecido el 
mandato imperativo solo para el modo de la aboUcion? Aquí ve-^ 
niamos, pues, capacitados moralinente para resolver el problema; 
más capacitados, si es posible, que para resolver otro cualquiera 
no previsto antes de la convocatoria de los comicios. Y cuenta 
que yo niego el fundamento de esos compromisos y esas limita- 
ciones que á mi carácter de Diputado pone un Representante con^ 
servador. 

No más fuerza tiene el argumento relativo á la competencia 
dé la Asamblea. Pues qué, ¿puede seriamente ponerse en duda 
que el proyecto que hoy discutimos está ya votado? ¿No os aeor- 
dais ya de aquella frase del Sr. Martes, Ministro de Estado, «los 
esclavos de Puerto-Rico son yfi libres,» y del discurso del seftor 
Ruiz Zorrilla proclamando la abolición inmediata, y de la salida 
del Sr. Gasset del Ministerio de Ultramar por ser partidario de 
la abolición gradual, y de las dos célebres y casi unánimes votar 
clones del Sanado y del Congreso en la última quincena de Di- 
ciembre de 18*72, favorables á la política de la abolición radical? 
¿Acaso moralmente estamos llamados nosotros hoy á hacer otra 
cosa que á dar forma al principio de la abolición inmediata, que 
obtuvo nuestro entusiasta apoyo cuando apartados saludamos 



187 

eon un voto de confianza, y por cierto bien discatido, al Ministro 
que 6nar1!)olat)a esta bandera? 

Yo declaro, señores, que no comprendo qué más prestigio, qué 
más aprobación moral necesita una ley que la que ya tiene eete - 
proyecto; porque las protestas que contra él hacen fuera de aquí 
algunas individualidades, á lo sumo se compensan con los aplau- ' 
sos que otros ' le dedican, siendo cada uno dueüo de dar á estas 
.manifestaciones el valor moral que estime por conveniente. 

Y solventada esta cuestión, vengamos á otra clase de argu- 
mentos: á la cuestión jurídica. 

La primera objeción que en este sentida se ha hecho á este 
proyecto es el de la in<sompetencia legal de la Asamblea. La base 
de esta excepción estriba en que, según el digno Presidente del 
Poder ejecutivo de la República, subsiste toda la Constitución de 
1869, fuera del art. 33 y sus relativos; y como que en la Consti- 
tución se previene que los proyectos de ley se han de discutir 
separada y sucesivamente en las dos Cámaras y éstas ya no ezis- 
ten, resulta que el actual proyecto no es viable, y monos disou^ 
tido en esta sola Asamblea. Bl paralogismo es evidente. 

Yo respeto cual debo la opinión de una persona tan autorizada 
como mi amigo el Sr. Figueras; pero discrepo de ella, y pienso 
que muy fundadamente. Y de mi discrepancia participan aquí y 
fuera de aquí otros: muchos conservadores, siempre, se entiende, 
que no se trate de la viabilidad del proyecto de abolición. Por- 
que, señores, si la Constitución no rige en todo lo relativo al 
art. 33, ¿cómo ha de regir en lo referente á las dos Cámaras, que 
han tenido que anularse como tales y trasformarse en uns, 
Asamblea única y soberana, precisamente para abolir el art. 88 y 
sus consecuencias? Antes que proclamar la República, recuérde- 
se bien, el Senado y el Congreso decidieron constituir un solo 
Cuerpo, el cual aceptó la renunpia de D. Amadeo; y esta primera 
resolución se tomó sin protesta alguna por parte de los dignos 
miembros de los partidos conservador y moderado, que bien, por 
lo contrario, sancionaron aquel acto con su presencia y tomaron 
asiento en esos escaños. 

Pesde aquel instante la competencia de esta Asamblea para tra- 
tar toda clase de asuntos no tuvo más que un fundamento, la ne- 
eesldad pública; no tuvo más que un límite, la justicia y su pro- 
pia voluntad. Por eso se trajeron nuevos proyectos de ley, por eso 



188 

•• repfodqjeron dietámenes de oomisloiies ; por aso se yotaron le- 
yes, sin que Jamás se os ocurriese protestar. Y jo os digo que la 
ley de abolición saldrá de aquí con la misma razón y el mismo 
fandnmonto, cuando m6no8, que cualquiera de esas leyes ya pro. 
mulgadas. lOh! seria admirable que una Asamblea que puede pro- 
eiamar la Repúbliea, por razones de necesidad , no pu lieee por 1» 
misma razón votar una ley de organización del trabajo. Seria pe- 
regrino que á nadie se le hubiese ocurrido poner reparos á la am- 
nistía, y al arriendo de las minas de Riotinto, y á los presu- 
puestos de gastos, y se reservasen los escrúpulos para ¡la re- 
dención del esclavo! 

Pero es, se dice, pasando á otro argumento, que, en todo caso, 
el art. 108 de la Constitución previene que solo Cortes Constitu- 
yentes puedan modificar el orden político y social de nuestras 
Antillas. 

Adelanto desde ahora mi protesta de que yo no entiendo de 
este modo el art. 108, aun para la cuestión de reforma políUca de 
las Antillas, á que en puridad se refiere. El art. 108 se hizo, y 
apelo al Diario de Snionet de aquella fecha, en la inteligencia de 
que las Constituyentes de 1869 habrian de hacer la Constitución 
de Puerto-Rico y de Cuba; y tengo por cierto que á nadie se le 
ocurrió entonces la especie que ahora sostiene el Sr. Ulloa, fiján- 
dose solo en la letra del artículo, porque condena al akUu qtto & 
nuestras provincias de ultramar. Podria esforzar esta opinión 
eon las declaraciones importantes del Ministro de Ultramar pocos 
dias antes de la disolución de la Cámara de 18*70. Pero no nece- 
sito por hoy insistir en esto. 

# 

¿Quó dice ese art. 108 que tanto ha utilizado el Sr. UUoa? Que 
tías Cortes Constituyentes reformarán el sistema actual del gobier' 
«o de las provincias de Ultramar cuando hayan tomado asiento 
los Diputados de Cuba 6 Paerto-Rlco, para hacer extensivos á las 
mismas, con las molificaciones que se creyesen necesarias, loe de^ 
reehoe consignados en la ConstÜt*cion.9 ¿Y qué se discute hoy? ¡Si 
sistema actual del gobierno ultramarino? ¿T^ extensión á Ultramar 
de los derechos consignados en la Consiitueionf ¡Ah! no; discutimos 
pura y simplemente una ley de organización del trabnjo: una ley, 
si gustáis, de carácter social, pero no político. Y entonces, ¿cómo 
oponéis el argumento de ese art. 108, que se refiere á problemas 
completamente distintos? ¿O acaso crea el Sr. Ulloa, acaso piensa 



189 

el Sr. Ulloa que ese artícalo se refiere á todas las leyes de cierta 
gravedad, á todas las reformas trascendentales de la vida de 
nuestras Antillas? Pues entonces resultaría que solo Cortes 
Constituyentes podrían legislar sobre Cuba y Puerto-Rico; y 
como las Constituyentes son la excepción y las necesidades ultra- 
marínas son diarips, tendríamos que boy, en 1813, después de la 
revolución de Setiembre, sucedería lo que la unión liberal y el 
mismo Sr. Ulloa combatían tan decididamente en 1864, á snber: 
que la facultad de legislar allende los mares estaba reservada á la 
Corona. Y esto es literalmente absurdo. 

De modo, seüores, que la competencia legal de esta Asamblea 
queda tan probada como su competencia moral. Al menos así yo 
lo estimo; y esta creencia y el deseo de abreviar en lo posible 
este, que naturalmente tiene que ser largo y enojoso discurso, 
me anima á prescindir de otras razones, para estudiar nuevos ar- 
gumentos. 

Mas el dictamen de la comisión, se dice, es contradictorio y 
prescinde de las leyes vigentes. Asi proclama la abolición: reco- 
noce la indemnización al poseedor del esclavo, pero no la reconoce 
previa. El Sr. Bstóban Collantes primero, y el Sr. Barzanallana 
hoy, han creído oportuno ampararse del art. 14 de la Constitu- 
ción, que dice que «nadie prodrá ser expropiado de sus bienes sino 
por causa de utilidad común, y en virtud de mandamiento judi- 
cial, que no se ejecutará sin previa indemnización regulada por el 
juez con intervención del interesado.» Pero S. SS. olvidaban sen- 
cillamente que, á despecho mío, la Constitución espa&ola de 1869 
no rige en Ultramar. Da otro modo yo utilizarla también otros 
artículos, que se hallan antes del 14, el 2.* iior ejemplo, que dice: 
tNingun español (y español es toda persona nacida en nuesti^ 
terrítorio, según el art. 1.*), ni extranjero podré ser detenido ni 
preso sino por causa de delito;» y luego preguntaría á los impug- 
nadores del proyecto: «¿pero de qué me pedís indemnización? ¿hay 
algún esclavo en Cuba 6 Puerto-Rico?» 

Más acartado el Sr. Ulloa pedia amparo ala ley, ó mejor al de- 
creto que rige en las Antillas sobre expropiación por causa de 
atilidad públ ca. Pero el error de S. S. estaba en otra parte. 

Las resoluciones se piden á los legisladores de una de estas dos 
maneras: en nombre de la lógica del sistema, 6 por razones extra- 
ñas 6 superíores al sistema, y por tanto más defendibles en elter- 



190 

reno de la Josticia y en el de la oonveniencla. Pedir al legislador 
que reniegrae de su criterio para hacer lo que el que pide estima 
injusto 6 ateurdo, es un dislate que á primera vista se comprende. 
Esto así, sellores, ¿en nombre de qu6 y por qu6 pretende de esta 
Asamblea el Sr. Ulloa la indemnización previa á la expropiación 
del esclavo? No será en nombre de la lógica; no ser6 invocando el 
criterio de esta Asamblea, el sistema de que forma parte esta 
Asamblea misma. ¡Oh, nol Seria inconcebible que se os pidiese el 
reconocimiento absoluto de vuestra sin razón; que á tal equival- 
dría el reconocer el principio de la apropiación del hombre. En- 
tonces, ¿en qué fundará el Br. Ulloa su demanda? ¿En una razón 
de justicia, extralia al criterio con que ,de ordinario votáis leyes? 
Pues atróvase S. S. á decirlo frente á frente y sin rebozo; defien- 
da 3. S. la teoría de la esclavitud, la propiedad del hombre sobre 
el hombre; y para esto debe S. S. no confundir como ha hecho la 
propiedad con la posesión, ni olvidar que el usufructo es un dere- 
cho raal, y qua las prestaciones de servicios entran en^el dominio 
del derecho personal, cuya fuente es la obligación que á su vez pro- 
viene (permitidme estos recuerdos de academia) del contrato, y 
que implica la personalidad del acreedor y del obligado. ¿Pero no 
se funda S. S. en una razón absoluta, en una razón de justicia? 
Pues será en una mera razón de conveniencia. Y entonces se tra- 
ta de meros intereses; y para evitar A&^os á éstos, el Estado es 
apreciador absoluto, y por tanto puede posponer, como ha podido 
negar, esa suspirada indemnización. 

Pero ¡ah, señores, que si otro punto de vista se tomara para 
hacer las grandes reformas políticas, económicas y sociales, és- 
tas serian absolutamente imposibles! ¿Cómo habrían de destruir- 
SQ las instituciones añejas, y cómo habrían de sor vencidos los 
intereses croados, si para hacer todo esto el legislador y el refor- 
mista hubieran de obrar con el mismo, absolutamente el mismo 
criterio que habla dado vida á esos intereses y creado esas insti- 
tuciones? ¿Cómo hubieran sido posibles la abolición de los gre- 
mios, las reformas arancelarias, la abolición de los sano ríos en 
España, la destrucción de la mano muerta en toda Europa y las 
novísimas leyes agrarias de Rumania y de Inglaterra? ¿Y cómo, 
conservadores, con este modo de ver las cosas, podríais explicar, 
no solo el progreso, si que la misma historia? La tradición no lo 
es todo; el hecTw no lo dice todo; el interés creado no es el dere- 



191 

cho, como la teoria de los hechos consumados nunca pasará de 
una profunda inmoralidad y un error trascendental en el terreno 
de la especulación científica. 

Y he hablado de la abolición de los señorion en España, que en 
realidad puedo inyocar como un precedente beneficioso para el 
proyecto que discutimos. Vosotros sabéis, Sres. Representantes, 
que la ley de Agosto de 1811, destinada á borrar del territorio 
de la Península la última sombra de la servidumbre y hasta los 
nombres de vasallo y vasaliajej tuvo cuidado de distinguir los 
llamados señoríos (erHíortales y solariegos de losjuridiccionales. 
A consecuencia de esta distinción se declaró «que los contratos, 
pactos 6 convenios que se hubieren hecho en razón de aprovecha- 
mientos, arriendos de terrenos, censos ú otros de esta especie, 
entre los llamados señores y vasalloá,» fuesen considerados como 
contratos de particular á particular; y si bien se abollan los pri- 
vilegios llamados exclusivos, privativos y prohibitivos (de caza, 
pe9ca, etc., etc.), se disponía que fuesen indemnizados con el 
reintegro del capital que apardciese en los títulos de adquisición, 
los señores gue los hubiesen adquirido del Estado por ñtulo oneroso, 
y que los que los hubiesen obtenido como recompensa de grandes ser- 
íñcios, «serian indemnizados de otro modo.» 

Pero respecto de los sofioriosji*risdiccional6s, ¿qué resolvió esa 
misma ley? La abolición, sin r¿serva, ni aplazamiento, ni indem- 
nización. Y la razón es clara; de un lado, porque el señorío Juris- 
diedonal es por su naturaleza inalienable, y sobre su abandono— ¿ * 
incomprensible en el terreno de la razón y de la justicia—por par- 
te del Estado, no puede crearse ningún derecho particular ni in- 
terés alguno sagrado; y de otra parte, porque era natural y lógi- 
co que el Estado se oblig|se á indemnizar á los señores, solo por 
aquello que estos hablan adquirido de él (dada la posibilidad jurí- 
dica déla enajenación, como la habla para los privilegios de 
caza, etc., etc.) mediante contrato. ¡Pero á bien que jamás el le- 
gislador se permitió imponer á los vasallos, á los siervos y á. los 
particulares otra obligación ni otras prestaciones respecto de los 

señores que Ins que proviniesen del contrato particular celebrado 

• 

entre estos y aquellos! Por manera que el Estado, por la ley de 
señoríos, negó toda propiedad y toda indemnización respecto de 
lo inalienable j y solo mantuvo el principio de la propiedad y la 
doctrina de la indemnización para aquellos contratos en que 61 



192 

babia fig^urado como parte y qaeoomo parte se babia directamente 
obligado. 

Y ahora bien: ¿queréis aplicar esta doctrina ¿ la caeation que 
hoy nos ocupa? La libertad del hombre es por su naturaleza in- 
alienable; el Estado en nada contrató ni podia contratar con loa 
rnnoTj y el negro... ya comprendereis, Sres. Representantes, que 
él negro no Armarla su esdavitud. 

Pero la Comisión acepta en este proyecto la indemnización; y 
Yoy á explicar por qué. El hecho de la esclavitud supone tres re- 
laciones: la del esclavo y el Estado, la del Estado y el orno, y la 
del orno y el esclavo. 

Yo comprendo, yo me imagino el diálogo que en este momento 
de crisis puede entablarse entre el Estado y el siervo. Institución 
aquella sin más fln que garantizar el derecho, y no siendo él do- 
recho otra cosa que una relación humana, cuyos dos tómünos 
tienen que ser necesariamente dos personalidades, compréndese 
bien que el Estado solo podia ofrecer una contestación favorable 
al esclavo que se le presentara diciendo: «Soy un hombre, porque 
la negrura de mi piel no ha podido empañar la pureza de mi al- 
ma, y la miseria de mi situación no ha podido arrancarme el se- 
llo divino que en la frente llevo. Gimo en la servidumbre, que 
me niega todas las calidades y todas las condiciones primeras del 
ser humano; y las cadenas que me oprimen son pesada carga, por 
la fuerza impuesta y contra la que la naturaleza y mi propia vo- 
luntad constantemente protestan. Pido, pues, al Estado que ^9^- 
rantiC3 mi dorecho:'reclamo del Estado la proclamación de mi 
grandeza y la seguridad de mi libertad.» 

Comprendo también el diálogo entre el Estado y el poseedor de 
esclavos, máxime si el diálogo es sostenido con el Estado espa&ol 
por un poseedor de nuestras Antillas. «Soy culpable, puede decir 
el poseedor, de un crimen condenado ya por la civilización; pero 
este crimen no ha sido mi osclusiva obra. Más que crimen es una 
desgracia, y me resigno á sufrir sus consecuencias. El esclavo 
será libre; yo perderé mi capital. Pero observad que la esclavitud 
no fué creación mir; que la ley que ya encontré la sancionaba, y 
la ley, no solo es precepto jurídico, si que enseñanza moral. No- 
tad que en mi error la ley me sostuvo; y que llegó al punto de 
prohibir (sin mi voto, y quizá contra mi gusto) la difusión de las 
ideas democráticas y de absoluta justicia en las Antillas, y la for- 



193 

macion de una modesta sociedad, no para emancipar esclavos, 
8i que para no comprar los bozales introducidos de contrabando. 
Notad que el Estado también sacó sus provechos de mis esclavos, 
ya por la alcabala, ya por los antiguos asientos, ya por las demés 
contribuciones ton que he sido gravado. Y bien: sea libre el escla- 
vo. Mas del hecho de la esclavitud, ¿no ha sido también mi cóm- 
plice el Estado? ¿Y por qué solo ^o he de soportar la pena? Com- 
parte conmigo, Bátado, la responsabilidad de nuestra cu].pa co- 
mún.» Y me esplico entónses la indemnización como una conse- 
cuencia de la complicidad del amo y del Estado. 

Pero lo que no puedo comprender es lo que el amo haya de de- 
cir al siervo para retenerle en su poder. Acaso le dirá: «Sres mi 
esclavo, contra naturaleza, contra derecho y contra tu propia vo- 
luntad. Si te he comprado, tú no percibiste el precio. Si hoy te 
poseo, lo hago por la fuerza do las bayonetas. SI espero el resul- 
tado de tu trabajo, es flándolo todo el látigo. Quizá ha sonado la 
hora de tu redención; quizá se ha reconocido fuerte tu derecho á 
la libertad; pe^o yo no puedo perder un capital y no habrás de ser 
Ubre mientras el Instado no me indemnice de la pérdida material 
que tu emancipación me causa. Y no hables de justicia, de moral, 
de derecho, de nada. Tengo de mi parte la fuerza.» ¡Pero no se os 
alcanza, señores, la respuesta de este esclavo! 

Por manera que las tres relaciones do. que he hablado son dis- 
tintas: y si en este litigio comprendo que puede ser larga y reñi- 
da la contienda del Estado y del amo por el tanto respectivo de 
su responsabilidad, no se me alcanza que pueda retardarse un 
instante e> éxito de la demanda de tercería del esclavo, que por 
la acción reivindicatoría pide su libertad. Para esto no ho me- 
nester más que aplicar al ca&o actual las doctrinas corrientes det 
derecho positivo. 

Y en esto se ha fundado la Comisión para sostener que la liber- 
tad del negro está por cima y es diferente de la indemnización, 
del mismo modo que ha acordado la indemnización, todavía más 
quo como un efecto de la complicidad del Eatndo en el hecho de 
la esclavitud, como un medio de ocurrir á las dificultades econó- 
micas del tr:^nsito dol trabajo esclavo al trabajo libre y como una 
subvención al trabado. 

Pero aun se ha querido oponer un argumento do carácter jurí- 
dico al proyecto que examinamos. Casi todos los oradores, desde 

13 



194 

•1 8r. Bugallal •! Sr. Barsantllftiift, m han Talido de él. líe reflefo 
al art. 21 de la Lej |w#pflr«foria de 1870^ <iae te preaenta oo»o 
una garaatb dada á loa poeaedorea de eaclaroa, de qae eate pro- 
jeeto no hubiera de diaeatlne tan pronto. T eon este motiro, 
nvnea me laaientaré baatante de la aíleton de mia reapetables ad- 
Teraarioa á eatadiar y apUcar laa leyea eifióndoae á la letra, q«e 
mata, y preaeindiendo del eepírita, qae aoatiene y vMflea. Por- 
que es nn principio de hermenéatiea legal qae laa leyes se inter- 
pretan, no aolo por sas motivos, si qae por sos preámbulos y por 
las diaeoaiones sostenidaa por sos autores para haeerlas y deere- 
tarlaa; y es de todo punto incontestable que existen leyes coya 
redacción dice claro que obedeeená una idea del momento, cuya 
extensión ¿ otra ópoca ea de todo punto improcedente. 

Y bien, ¿9abeis cuál ea la historia del art. 21 de la Ley Jf^y*- 
raiorta,'puesto que al art. 21 es al que se refieren nuestros con- 
tradictores? 

Pues oídla. Bsa ley de 18*70 fué, como todos sabéis, obra del 
8r. Moret, el cual (es preciso hacerle esa justicia, y se la hago yo 
que le combatí tanto) jamás pensó que su proyecto tuviera más 
carácter que él de una proparacion para la abolición definitiva de 
la esclavitud. Bxr este sentido se halla redactado el preámbulo, y 
con este nombre, aun después de votado por las Constituyentes, 
aparece en la Qaeela y en los Boteíint legislativos. Pues bien; en 
el proyecto del Sr. Moret no existia el referido art. 21 , pero sí el 
el 19 (que era el último) que á la letra decía: «El Gobierno queda 
autorizado para tomar cuantas medidas crea necesarias á fln de k 
realizando la emancipación de los que queden en servidumbre des- 
pués del planteamiento de esta ley, dando en su dia cuenta á las 
Cortes. » Como se ve, el Sr. Moret se prometía hacer la abolición 
definitiva, siquiera desconocióse que con su proyecto en realidad 
la impedia, desorientando la opinión pública y desarmando á mu- 
chos abolicionistas. 

Pero la Comisión del Congreso (de que formaban parte conser- 
vadores tnn caracterizados como los Sres. Topete y Fernandez Va- 
Uin) creyó, y con fundamento, que la autorización pedida por el 
Sr. Morot era ox'>g3rnda; y pensando que el prepósito del Minis- 
tro em ronliznr la abolición en un plazo brevi»i.iiO , se rpresuró á 
fijarle condición s, redactando el artículo (que ya entonces fué 21) 
del sigfulento modo: «El Gobierno presentará á las Cortes u< abrir- 



195 

99 la próxima 26$ri5latt«ra( notad que esto era en 8 de Junio de 18*70} 
el proyecto de emancipación gradual de los que queden en aervl- 
dombre después del planteamiento de la presente ley.» Por ma- 
nera, señores, que el pensamiento de aquella Comisión era que la 
abolición deflnitiva en Puerto-Rico y en Cuba (reparadlo bien; y0n 
thtbaj se hiciera en 1870, cuando ardia la guerra separatista y el 
pervenir era tan sombrío, y que eata abolición fuera gradual. 

Contra esta última forma observó algo el Sr. Moret en pleno 
Congreso, y la Comisión accedió 6 retirar la palabra gradual^ no 
prejuzgando la cuestión. Pero el Sr. Cánovas del Castillo, á poco « 
eroyó oportuno hacer una enmienda, en cuya virtud el srt. 91 
quedó redactado del siguiente modo: «El Gobierno presentará á 
las Cortes, etéCHtdo en eUas )Myan 9Ído admitidos loa Diputados ds 
Hubaf el proyecto de emancipación indemnizada de los que que- 
den en servidumbre después del planteamiento de esta ley.» Y 
▼ed por donde, Sres. Representantes, ahora se dice que mfentras 
ne se hallen aquí los Diputados de Cuba, no podrá decretarse la 
Abolición deflnitiva de la esclavitud. Y como los conservadores 
-q^nan que los Diputados de Cuba no han de venir hasta que sea 
an hecho la paz material y moral de la grande Antilla, y como 
. esto último lo tengo yo por .imposible por el camino que vamos á 
la eonservacion del statu qtto, y en todo caso nadie ve la fecha de 
su realización, compréndese que en puridad lo que se sostiene es 
lo que los esclaviitas defienden con más franqueza, á saber: que 
no se pase de la Ley preparatoria de 1870,'que, dicho sea de per 
so, tampoco se cumple en Cuba. 

¿pero cómo olvidan esos señores la discusión que motivó esa 
enmienda? ¿Cómo prescinden de la explicación natural y de la 
interpretación precisa de ese artículo, cuya letra es absurda 6 
Imposible, dado el carácter general de la Ley preparatoria y la 
gravedad creciente de los problemas? 

Porque sabed que la Comisión que presidia el Sr. Topete se 
negó rotundamente á aceptar esa enmienda, diciendo uno de sus 
individuos, el Sr. Villalobos: 

« Tsi tardan un año en vsnir esQs Diputados^ ¡van á iaedar 

las Corles sin poder- legislar durante ese tiempo indeterm nadof Sslo 
no es p'jsible. Si el pensamiento del Sr. CAnovas es iste, la Comisión 
■no puede aceptarlu. Hs necesario dcjnr les cosas en claro. Ia pro- 
posición 08 indeterminada; y es pneclso, para que la Comisión la 



196 

•dmlta, ooneretarla de un modo terminante. Solo de este mod<y 
paede aeeptarle la Comisión.» 

A lo cual obtenraba el Sr. Cánovas del Castille (autor de la 
enmienda): 

« So trata de que está en el eonveticimiento de todos los 

■ 

Diputados, que está en la sogaridad del conjunto del Oobiemo 
de S. A., según se deduce de las decía rociones que ha beeho eü 
Sr. Ministro de Ultramar, q^^efronto, muy pronto, en ¡aproxima 
legislatura f podrán venir los Diputados de la isla de Cuba. Sa- 
puesto el estado oetuel de cosas, no sobreviniendo ningún hecho 
ni circunstancias anormales ni extrnordinarins de aquellas que 
no pueden preverse en estos momentos, es claro que los Diffaia- 
dos de Cuba podrán estar aquí en la próxima legUl.dura, y patr^ 
tiendo de este tieefio, partiendo de esta convicción que tiene el se- 
ñor Ministro de Ultramar, que tienen los Diputados, que tengo 
yo, que he presentado esA enmienda, esa enmienda ha podido ser 
admitida. Pero si sobreviniesen eircunnianeias que hoy no puede 
prever el iSr. Ministro de Ultramar ni la Cámara, por las cuñales fue^ 



ra absolutamente imposible que los Diputados de Cuba vinieran aqtdy 
digo y repito que para eso esiá siempre integra la potestad de las Cár^ 
tes, y que las Corles legislarán en ese caso con plen2 y absoliUa li- 
bertad.» 

Y luego anadia el Sr. Ministro de Ultramar (Moret): 

«El Sr. Cánovas acaba de Ajar la cueslion con entera claridad... 
Partimos del supuesto de que en la %)rÓxima hgi&latura estarán aqui 
los Dputados por Cuba. As', pues, mingan Sr. Diputado, ni los 
Sres. Diputados de Puerto-iUco, de quiones hice especial mención 
el otro dia, abdican su derecho, como acaba de decir el Sr. Cáno- 
vas. Si algún hecho imprevisto hiciera que los Diputados de Cu- 
ba no vinieran aquí en la próxima legislatura, entonces pencaría- 
mos si hadamos las leyes sin ellos, ó lo que dtbCéramos hacer: elpo^ 
der legislativo queda integro \ ara resolver este punto.» 

Y el Sr. Villalobos conc'uia: 

«Con las aclarr.cioQcs dndns i or el Sr. Ministro, de las que re- 
sulta que en ningún caso podria detenerse la ejecución de esla ley at 
abrirse I Jí próxima legislatura... la Cumisiion no tiene reparo en 
prestar su conformidad.» 

Y aun asi, la enmienda tuvo solo TI votos ásu favor, mien- 
tras 24 Sres. Diputados, más previsores, se mostraron en contra. 



197 

De suerte, Sres. Representnntes , quo la enmienda fué votada 
4espues de hecha bu esplicacion y con un sentido condicional, y 
x|ae la interpretación que hoy le dan los Sres. Ulloa , Bstóban 
Collantes, Bu^llal y Romero Ortiz es precisamente la contraria 
de la que en 1870 le daba su autor el Sr. Cénovss del Castillo.' 

Y solo esta interpretación es la racional. ¿Por dónde unas Cor- 
tes habian de poner la limitación aludida á la soberanía de las 
Cortes siguientes, y mes aun atar las manos de un modo indefi- 
nido al legislador en una cuestión tan grave, tan vital, y cuyo 
interés crecia por momentos? A sí mismas podían hasta cierto 
punto ponerse condiciones y exigir garantías para su ilustración; 
¡pero á otras Cortes! ¿Cómo? ¿Por qué? ¿Y si Cuba se hubiera per- 
dido y nunca hubieran tomado asiento sus Diputados en las Cor- 
tes españolas? 

Argumentemos, pues, de buena fó, y no prescindamos de estos 
antecedentes, que todo el mundo puede leer en el Diario d» la» S^^ 
siones de las Constituyentes del 17 de Junio de 1871. Vóse, por 
tanto, cuan infundada es la oposición que sobre el art. 21 déla 
í.^y preparatoria se hace á este proyecto. 

De modo, Sres. Representantes, que la cuestión, ya resuelta 
tA¡o el punto de visita de la competencia moral de esta Asamblea 
para entender en ella, lo está de la misma suerte bajo el punto de 
vista jurídico. No es exacto que esta Cámara no pueda legalmentOy 
y por el mero hecho de estar reunidos el Senado y el Congreso, 
votar la ley emancipadora. No es cierto que el art. 108 de la Cons- 
titacion vigente, que exige que sean Constituyentes las Cortes 
•que hayan de determinar el gobierno de las provincias ultramari- 
nas, se refiera á una ley do organización del trabajo , como es la 
que discutimos. No es cierto que la ley de expropiación por causa 
de utilidad pública pueda estorbar la emancipación del esclavo si 
no le precede la indemnización ol amo. Y no es , por último, cier- 
to que el art. 21 de la Ley preparatoria de 1870 vede á las actua- 
les Cortes y á esta Asamblea el discutir y votar una ley de aboli- 
ción, no digo ya para Puerto-Rico, si que para Cuba, mientras no 
se hallen aquí los Diputados de la grande Antilla. 

Y con esto creo contestado todo cuanto en el terreno Jurídico 
se ha dicho contra el proyecto que defiendo. Pasemos á otro 
innto. 

Bl derecho no lo es todo, y para muchas gantes es quixi da 



108 

tecta üMesidad moetnr por sqpntido que una cota es justa, eomo> 
qoe as eonTeniente. Mas ahora, como siemp^, es verdad que la 
Justlela 7 él interés se dan en ana misma afirmación. Por eso 
tengo que entrar en el orden eeonómico, y pienso que mis razo- 
nes no hsn de ser de monos füena que las 7a apuntadas. Y si- 
guiendo él plan eataUeoido, veamos los argumentos de los oposi- 
tores. 

SI primero es que este proyecto lle^ de improviso 7 que para 
todo monos para la abolición inmediata estaban preparados loa- 
poseedores. Cuando 70 oigo eate argumento, que se repite dema- 
siado, no acierto ¿ salir de mt áaombro. ¿Pero qué preparación 
deseaban los amot de esclavos? En el interior, considerad, seño- 
res, que así la situación de nuestras colonias como las condicio- 
nes miámaa de la esclavitud de nuestros negros, son teles como 
jamás se han dado en país alguno de aquellos en que la abolición 
de la servidumbre se ha realizado. 

En nuestras colonias no se da el caso de que los esclavos su- 
peren, que ya no doblen y tripliquen el número de los libres, co- 
mo en las Antillas inglesas y francesas. Cuba tiene, según los 
censos de 1862 y 1872 comparados, '728.700 hombres blancos para 
594.400 negros, y de éstos solo 2f 4.600 esclavos. De modo que 
el elemento esclavo representa el 10 por 100 de la población to- 
tal, y los hombres de color libres y esclavos poco más del 43. En 
Puerto-Rico los blancos son, según el estado de 1872 que he reci- 
bido poco há, 328.806; los hombres de color 289.344, y I03 escla- 
vos solo 31.633. De suerte, seüores, que los esclavos represen- 
tan el 5*1 por 100, y los hombres todos de color menos del 47. 
¿En qué país se han dado estas cifras? ¿Un Santo Domingo, don- 
de los negros eran 400.000 para 20.000 blancos ; en Guadalupe, 
donde éstos no pasaban de 41.000 para 87.000 esclavos; en Jamai- 
ca, donde lus esclavos llegaban á 322.000 junto á 83.000 caucá- 
sicos; en las Antillas danesas, donde los esclavos eran 27.144 
para 10.000 blnnccs y 8.000 libres de color; en la Carolina del 
Sur de los Estados-Unidos, donde los siervos pasnbnn de 400.000 
para 290.000 caucásicos y 9.900 hombres de color libres? 

Avlemás, otro hecho que frocuontemente se ignora, y que yo 
aquí solo tocaré de pasada, es que solo á un error deba atribuirse 
la idea de que la producción de nuestras Antillas descansa única- 
mente en el trabi^o esclavo, cerno sucedía en las colonias ex- 



199 

tranjeras; porque os preciso que se sepa que en Cuba se dedicaban 
en 1862 alas labores agrícolas 453.000 hombres blancos con 
103.000 de color libres (un total de 556.000 hombres) junto á 
292.000 esclavos, y que si bien el elemento libre representa en 
la producción del azúcar solo un cuarto, en el cultivo del tabaco 
su importancia es la de cinco sextos. Y esto en Cuba, que en 
Puerto-Rico, como después diró más concretamente, las propor- 
ciones son ezcopcionales. 

Pero sobre esto hay la misma condición de vía servidumbre en 
nuestras Antillas. El Sr. Marqués de BarzanáUana ha hablado de 
ella con elogio, si bien con cierta exageración, porque no es 
exacto que la prohibición de los castigos corporales, la coctrtacion, 
el conuco y otros beneflcioa sean hoy exclusivos de la legislación 
española. Pero la verdad es que aparte de la dulzura, relativa se 
entiendo, con que en nuestras Antillas se trata al negro domés- 
tico y urbano, y las determinadas consideraciones que hasta cier- 
to punto se tienen al rural, nuestras leyes han sancionado la 
epartcMsion^ el derecho de buscar amo, el derecho de ganar jornal, 
concesiones hecha& al negro y que evidentemente le preparan 
para la adquisición y el uso de la libertad. Y en este camino el 
legislador ha llegado á preceptuar en su reglamento de esclavos 
de 1826 y 1842, que el amo eduque moral y religiosamente al 
siervo, que todas las noches le haga rezar el rosario y que le 
acostumbre á tener consideración é. sus mayores, respeto á la 
¥^ud, santo temor á Dios y afición al trabajo; condiciones to- 
das que en sí mismas son la negación de la esclavitud. Pero ea 
el hecho que todo esto existe en nuestras Antillas desde hace 
cincuenta años por lo menos, mientras en las demás colonias, en 
]ña colonias del Codenoir, databa (y no existia todo) de ocho 6 
^ diez años antes del momento de la abolición. Y no quiero hablar 
de la Ley preparjitoria de 18*70, en cuya virtud han debido obte- 
ner la libertad más de 3.700 sexagenarios en Puerto-Rico y sobre 
25.000 en Cuba (sogun el cálculo de los amigos de aquella ley) al 
propio tiempo que quedaban prohibidos los castigos corporales y 
la separación de familias. Ni tampoco he de fijarme en la costum- 
bro, muy arraigada entre los poseedores de esclavos en nuestras 
Antillas, de coartar y manumitir esclavos, la cual ha dado en 
Puerto-Rico, en el solo año de 1872, un total de 553 libertos de 
gracia, y en la última quincena de Enero, cuando en la pequeña 



200 

A.ntilla se oonocla ya él proyecto que diflcutidiOB, unos 48, pi^- 
diendo deeine qae las cuatro quintas partes de los coarUído» do 
aqueUaa islas lo son por noluntad de sus amos. 

' Y bien: ¿de qué fecha son las órdenes en consejo de Inglaterra 
en cnjra Tirtnd se llevaron á les Antillas británicas n.uchos de 
los beneficios que ya hacia medio siglo, por lo menos, que disfru- 
taban nuestros esclavos, y muchas de las medidas ^que siempre se 
han designado como preparatorias para la abolición, y que en Cu- 
ba y Puerto-Rico existian de muchos añus atrás? Pues de Mano 
y Novienbre de 1881, pues que la circular de Lord Bnrthust de 
1828 solo fué una invitación á las colonias para que de grado 
acordasen las medidas que luego se les impusieron. lY el acta de 
abolición Ueva la íécha de 28 de agosto de 18331— ¿Y de cuándo 
datan las medidas análogas en Francia? De 1882, y 1883, y 1836, 
y 1889, y 1840, y sobre todo de 1845 y 45. lY el decreto de aboli- 
ción firmado por el Gobierno Provisional Ueva la fecha de 4 de- 
Marzo de 1848!— Y lo mismo podía deciros de las Antillas dane- 
sas, donde las leyes y ordenanzas preparatorias de 1834 y 1840 
precedieron á la definitiva de 28 de Julio de 184*7; y de las colo- 
nias holandesas, donde la ley de abolición de 1.* de Julio de 1868 
apenas si habia sido preparada con cuatro afios de anticipación. 
Tal vez quiera observarse que si esto pasaba en el interior de 
nuestras colonias, su sentido era desconocido páralos poseedores 
de esclavos; y esto sin duda es lo que ha querido decir el señor 
Ülloa, olvidándose, primero, de que desde hace cuatro a&os nues- 
tras Antillas son la- única comarca de América en que no existe 
una ley de abolición, y, segundo, que el problema está franca- 
mente planteado en Espaüa desdo el año 54. 

Además, si sobre esto pudieran ocurrir dudas, todas desapare- 
cerían, hasta la más ligera, recordando la célebre Junta de infor" 
mmcion de 1865 y la fundación de la Sociedad Abolicionista Espaüo^ 
la, que procede casi de la misma fecha, y cuyos incesantes traba- 
jos son conocidos, no digo ya de nuestras AntiUaSi si que de to- 
do el mundo culto. Y á este propósito necesito rectificar algunos 
errores del Sr. Ulloa sobre el valor y el alcanco de los trabajos de 
la Jítnta de información. Fué ésta, Sres. Representantes, el resul- 
tado de un decreto del Sr. Cánovas del Castillo (entonces Minis- 
tro de Ultramar), on que se reconocía paladinamente que la situa- 
ción de nuestras Antillas no toleraba ya o} sistema político y social 



201 

que en ellas imperaba; y para proponer las reformas convenientes 
& las Cortes españolas, el Ministro resolvió que los ayuntamientos 
y mayores contribuyentes de las islas de Cuba y Puerto-Rico eli- 
griesen varios comisionados que en Madrid se reunirían con otro 
igfual número de personas designadas libremente por el Go- 
bierno. Hizose asi, y por cierto que el Gk>bierno demostró poco 
tacto, pues que sus delegfados, con una ó dos excepciones, pertei^ 
necian todos al partido ultraconservador de la Península y esciar 
vista de las Antillas, llevando siempre la peor parte en los deba^ 
tes que^ sostenían con los antillanos, representan tes en la junta 
de las ideas de progreso y libertad. 

Y sucedió, seüores, que en los interrogatorios presentados por 
el Gobierno se partia del hecho de la esclavitud, como de cosa 
sagrada é inviolable, y que los comisionados de Puerto-Rico se 
adelantaron noblemente é. declarar que la primera necesid|d de 
su país era la abolición de la servidumbre, y que antes que su 
propia libertad estaba el derecho de sus esclavos. Es difícil en- 
contrar en la historia otro rasgo semejante. 

Desde este momento fué preciso oir á los comisionados de las 
Antillas sobre la cuestión de la esclavitud, á despecho y á pesar . 
do los representantes del Gobierno. Y entono3S vinieron, para . 
que constaran en el expediente y no para que se discutieran, dos 
notabilísimos informes en los cuales se pedia la abolición inme- 
diata con 6 sin indemnización, con ó sin organización del trabajo 
para Puerto-Rico, y la abolición gradual en diez ó doce aüos para 
Cuba. 

Y vea el Sr. Ulloa eaán equivocado est& en lo que decía 
respecto de los comisionados del 63. Aquellas dignas personas 
propusieron para Puerto-Rico lo mismo que proponemos nosotros, 
la abolición inmediata. Respecto de Cuba variaban (y ahora no 
discutimos la abolición en Cuba); pero cuéntese que su informe 
es de hace siete aüos, en cuyo período de tiempo debieran haber- 
se «mancipado todos los esclavos, y que las condiciones actuales 
de la grande Antilla no son las de aquella época. 

Y tan cierto es esto, que me creo autorizado para asegurar que 
Alera de una Ó dos personas (cuyo parecer ignoro) de las que fir- 
maron en 1866 aquél informe, todas aclaman, en este instante, 
Ut abolición inmediata en Cuba. La aclaman los que están en 
NaevsrYork sufriendo los resultas de un tremendo error; la 



202 

Mlaman los que en la Halwiiii, en PaiÍB y en lladrlA están «1 
lado de Bapefia en el eonflieto cutiano. 

Bato me obliga tnrnUen á oponer algana obeervaeion ¿ las aflr- 
naelonea del 8r. Ulloa, relaÜYaa al voto de los aboUcionistaa. de 
Caba en la cuestión que debatimos. Su señoría noa aseguraba 
que todos cuantos b&n estudiado el problema de la eaolaYltud 
aobre él terreno, son enemigos de la abolición inmediata; y como 
si esto no fuera baAtante, aündia que lo eran todos los bombfea 
s6ri08 y sensatos; de lo cual debemos estar muy agradecidos al 
Sr. UUoa loa que opinnmos en contrario. iPero á fé que las eitaa 
de S. S. no abonan sus pretensiones! 

Haata abora no habia yo^do Jamás citar á William Cbanning 
como autoridad en estos asuntos bajo el punto de vista político y 
eeon6mieo que aquí los examinamos y cual cumple á un Cuerpo 
legislativo. Cbanning fué un moralista, y nada más que un mo- 
ralista. ¿Por qué el Sr. Ulloa no buscó autoridadea en el grupo de 
bombres competentes en esta materia, dentro del orden que debe 
ocupamos? ¿Por qué no acudió á Calmos, y Sargent, y á Qreely 
y á tantos otros escritores y estadistas á quienas es preciso acu- 
dir siempre que se trate de saber el criterio norte-americano en 
la-iBuestion de la servidumbre? Y e6 también seguro que con pa- 
sar la línea de las Carolinas, S. S. encontraría autoridades en su 
apoyo; la de aquellos demócratas que querían la absoluta libertad 
y el pleno imperio para sí y la servidumbre para los negros, y 
que llegaron á fabricar una teología esclavista. 

Esto quiere decir que se dan cisos en que el espíritu S3 con- 
tradice, aun siendo un espíritu elevado; y que el radicalismo po- 
lítico muchas vecas no es garantía, en el terreno de los liechos, 
de un análogo radicalismo abolicionista. Esto sucede con el res- 
petable D. José Antonio Saco uno de los escritores de más valía 
de la raza española, y á quien siempre harian digno de encomio 
y respeto sus desgracias, si no los impusieran sus altos mereci- 
mientos. Con efecto, el Sr. Saco ha sido un ardiente reformista, 
partidario acérrimo de la doctrina de la autonomía colonial, ene- 
migo decidi lo de la trata; pero nunca abolicionista. iSi él mismo 
no lo pre tendel Y buena pruoba de ello es el folleto que el seüor 
Ulloa leia, y que si no estoy equivocado, es el que publicó el se- 
íior Saco á raíz de la revolución do Setiembre, y cuando se creia 
que hablamos de dictar la abolición inmediata. 



203 

Bespeeto del Sr. Armas (que no es el oomisionedo de 1866, eo-. 
mo supone el Sr. UUoa), cierto que se muestra enemigo de la al)o* 
lición inmediata en nn libro titulado: La weUvoÜuA en Cuba^ pu- 
blieado en Madrid hace siete años y cuando en Cuba no existía la 
guerra; pero verdad también que este escritor tampoco defiende 
la solución del Sr. UUoa. Lo ««ue Armas sostiene es que la metró- 
poli no se entrometa en esta cuestión y la deje íntegra á Cuba, á 
la idla, 6 la provincia, para que allí se resuelva por una Junta 6 
una Asamblea; doctrina muy popular entonces, por varios moti- 
vos, en la grande Antilla. Y por lo que haco & Porfirio Valiente, 
él malogrado Porfirio Vuliente, me limitaré á recordar solo que 
su actitud estaba determinada por dos ideos: la de una oposición 
intransigente á EspaÜa, y la de cierta exagerada devoción á la 
democracia de los Hstados del Sur de la gran República norte- 
americana. Bien es que esto sentido era muy general en Cuba 
baste el segundo período de la revolución iniciada en Yara. 

Por manera que no ha estado muy feliz el Sr. Ulloa en sus ci- 
tas. lY qué diré de la peregrina especie de que todos los escrito- 
res que han estudiado sobre el terreno la cuestión sean partida- 
rios de la abolición gradunll ¿Por dónde? ¿Cómo S. S. desconoce 
á Bialheiro, el autor de la obra clásica de estos tiempos sobre la 
esclavitud, y á Victor Schoelcher, cuya biblioteca abolicionista 
es de tan necesaria consulta para hablar de estos asuntos, y á 
Sargent, ya citado, cuyo último trabajo sobre la esclavitud en 
los Estados confederados ha merecido los honores de la traduc- 
ción á va^-ias lenguas, y las publicaciones, las Memorias y los 
Informes del Antir^lavery Repórter f Yo reto al Sr. Ulloa 6 una 
comparación, y en ella me obligo á cuadruplicar sus citas de 
partidarios de la abolición gradual con las de otros amigos de la 
emancipación inmediata. 

Y dispensadme esta digresión y volvamos al toma de mis ob- 
servaciones. Es un hecho evidente que en la Junta de información 
de 1863, é. que acudieron muchos esclavistas y no pocos poseedo- 
res hasta de l.OOO esclavos, se planteó la cuestión de la abolición 
como una cuestión urgente. Pero todavía después se ha dado el 
caso de que los ponedores de Cuba y Puerto-Rico fuesen solicita- 
dos sobre esta misma cuestión. Esto sucedió on 1870. 

Abababa de votarse aquí la Ley preparatoria] y en seguida co- 
menzaron á reunirse en el palacio del Capitan general de la Ha- 



204 

bftnft mmohot poseedoreí pnrA rer de fiíclUtar el eamplbniento del 
srt. 21; solo qae ettae reuniones torminaron asi que se obtato 
la segrurídad de que el Ooblerno no pasaria de la Ley preparato- 
ria. En Puerto-Rieo sucedió una cosa anAlog^, pero de más senti- 
do 7 mte álgíOL de aplauso. El general Baldrich estimó oportuno 
convocar á los poseedores de más de 95 negros, se celebraron va- 
rias reuniones, y todos los convocados convinieron en la necesi- 
dad de la aboUcion, llagando muchos á la abolición inmediata é 
indemnizada. 

¿Qué más preparación se qu!ere para esos amosf Y por si esto 
no fuera bastante, ¿no hemos venido después nosotros, los Diputa^ 
dos radicales de Puerto-Rico, votados por muchos de osos mismos 
poseedores, y que siguiendo la tra icion de los comisionados de 
1863, no hemos dejado pnsar una legislatum, desde 1869, sin po- 
ner sobre esa mesa nuistro proyecto de abolición inmediata 6 in- 
demnizada? ¿Y no nos han elegido tres veces? ¿Y no representa- 
mos nosotros la pequeña AntiUla, con tanto derecho como repre- 
senta esta Asamblea á la Nación entera? No se nos hable, pues, 
de la falta de preparación de los amoi] de la sorpresa que esta ley 
les ha de causar; y mucho monos se insinúa que deben ser con- 
sultados antes los poseedores de esclavos. ¿Para qué entonces 
estamos nosotros aquí? 

Porque en Inglaterra hubo tres informaciones para llegar á la 
abolición de la servidumbre; pero notnd que en olla tomaron par- 
te, así los poseedores de esclavos como los abolicionistas y pro- 
tectores dQ éstos, y que en el s'stema colonial inglés las colonias 
no tienen r«3presontantes, no tienen Diputados en el Parlamento 
de Londres; por Lo que se comprenderá consulta directa á los in- 
teresados. Aquí, empero, nos bailamos nosotros dentro de las 
Cortes, y los amos han sido exclusivamente consultados, por lo 
menos, dos voces. 

Y debo hacer una protesta respecto á nuestras relaciones con 
los amos de esclavos. No sé qué ompeüo hay en presentarnos á 
los abolicionistas como enemigos de los personas que tienen la 
desgracia de poseer siervos. La verdad es qife muchos de nuestros 
electores son amos de negros, y que nosotros abogamos aquí solo 
por los fueros de la justicia y por la suerte de todo el país. Por 
eso nuestras gestiones no son apasionadas ; por eso no tenemos 
odios; por eso hemos hecho y continuamos haciendo cuanto esté 



. A\ 



205 

en /nuestra mano para evitar hasta donde sea posible dallos y per- 
juicios á los poseedores; por eso hemos procurado y obtenido una 
indemnización ezpléndida. y por eso aconsejamos á nue&tros ami- 
gos y nuestros adversarios que se apresuren á aceptar esta ley, 
adelantándose á los rigores que les reserva el tiempo. 

Y esto sentado, y demostrado que es de todo punto inexacto 
qu3 el actual proyecto coja desprevenidos á los amot^ ni más pre- 
paradas á las colonias, pasemos á otro punto. 

Es (se grita) que la abolición repentina puede* producir la pa- 
ralización del trabajo en el país á que s^ aplique. Al decir esto 
se comete un pcc|üo en que han incurrido crsi todas las personas 
que han tomado parte en este debate. Quiero hablar del empeño 
de generalizar las obaeñraciones , discutiendo con motivo de 
Puerto-Rico el problema social de Cuba •olvic'ando que esta ley 
es para la pequei^a Antilla, y que de todos modos el tema de la 
discusión es él que nuestros adversarios forman con sus ob- 
jeciones. 

Porque imaginad, señores, que la situación de Puerto-Rico fue- 
ra otra de la qu3 es; suponed que la abolición de la esclavitud en- 
contrase allí obitáculoB particulares; y suponed que yo hoy os di- 
jera: «La situación de Cuba es grave, difícil, desesperada. El pro- 
blema social requiere solución inmatliata. Las negradas se 
remueyen como tocndas por algún genio misterioso en el fondo de 
lOBingenios. Ocho mil cimarrones y dos 6 tres mil chinos prófugos 
sostienen la insurrección separatista, peleando, no contra Espa- 
ña, si que por su libertrd personal, cas^en el lindero de las ha- 
ciendns de esclavos. Todos los esclavos del departamento Orien- 
tal han desaparecido y no figuran ya en la estadística. De los res*- 
tantes, más de 12.000 son libres do derecho, porque 6 los amoSf 
hoy insurrectos, han renunciado su sañorío. 6 el Estado los posee 
por efecto do embargo y confíscaciones,y la Ley prepare toria prohi- 
be terminontemente esta posesión. Además, de todos los negros 
del campo, la coái totalidad están reclamados por Inglaterra, por- 
que son bozal «, 6 Inglaterra observa que en 1817 desembolsó 40 
millones para que concluyera la t ata. La e clavitud, pues, de 
Cuba apenos si existe en el terreno del derecho; en la realidad, le 
fiílta asiento. Ln guerra do razas so aproxima. La resp< nuibilidad 
es tremenda... De todo lo cual so deduce que debéis hacer la abo- 
lición inmediata en Puerto-Rico.» 



204 

baña maohot poseedorot pura ver de fincfUtar el cumplimiento del 
art. 21; solo que estaa reuniones torminaron así que se obtuvo 
la sesiurldad de que el Ooblemo no pasarla de la Ley preparato- 
ria. En Puerto-Rico sucedió una cosa onAloga, pero de más senti- 
do y más dlsfua de aplauao. El general Baldrich estimó oportuno 
conyocar á los poseedores do más de 25 nefi^ros, se celebraron vi^ 
lias reuniones, y todos los conyocados convinieron en la necesi- 
dad de la abolición, llegando muchos á la abolición inmediata é 
indemnizada. 

¿Quó más preparación se quiere para esos amosí Y por si esto 
no fuera bastante, ¿no hemos yenido después nosotros, los Diputa- 
dos radicales de Puerto-Rico, votados por muchos de osos mismos 
poseedores, y que sig^iidudo la tm icion de los comisionados de 

1863, no hemos dejado pnsar una leglslatum, desde 1869, sin po- 

< 

ner sobre esa mesa nuistro proyecto de abolición inmediata 6 in- 
demnizada? ¿Y no no3 han elegido tres veces? ¿Y no representa- 
mos nosotros la pequen» AntiUla, con tanto derecho como repre- 
senta esta Asamblea á la Nación entera? No se nos hable, pues, 
de la falta de preparación de los amoB\ de la aorpreta que esta ley 
les ha de causar; y mucho monos se insinúe que deben ser con- 
sultados antes los poseedores de esclavos. ¿Para qué entonces 
estamos nosotros aquí? 

Porque en Inglaterra hubo tres informnciones para llegar á la 
abolición de la servidumbre; pero notnd que en olla tomaron par- 
te, asi los poseedores de esclavos como los abolicionistas y pro- 
tectores d^ éstos, y que en el s'.stema colonial inglóa las colonias 
no tienen representantes, no tienen Diputados en el Parlamento 
de Londres; por lo que se comprenderla consulta directa á los in* 
teresa^ios. Aquí, empero, nos bailamos nosotros dentro de las 
Cortes, y los amos han sido exclusivamente consultados, por lo 
monos, dos voces. 

Y debo hacer una protesta respecto ¿ nuestras relaciones con 
los amos de esclavos. No sé quó empeño hay en presentarnos & 
los abolicionistas como enemigos de las personas que tienen la 
desgracia de poseer siervos. La verdad es qife muchos de nuestros 
electores son amos de negros, y que nosotros abogomos aquí solo 
por los fueros de la justicia y por la suerte de todo el país. Por 
eso nuestras gestiones no son apasionadas ; por eso no tenemos 
odios; por eso hemos hecho y continuamos haciendo cuanto esté 



205 

e^ /nuestra mano para evitar hasta donde sea posible daños y per- 
juicios á los poseedores; por eso hemos procurado y obtenido una 
indemnización expléndida. y por eso aconsejamos á nuestros ami- 
gos y nuestros adversarios que se apresuren á oceptar esta ley, 
adelantándose á los rigores que les reserva el tiempo. 

Y esto sentado, y demostrado que es de todo punto inexacto 
qu3 el actual proyecto coja desprevenidos á los amoa^ ni más pre- 
paradas á las colonias, pasemos á otro punto. 

Es (se grita) que la abolición repentina puede* producir la par 
ralizacion del trabajo en el país á que s4 aplique. Al decir esto 
se comete un pcc{tdo.en que han incurrido crsi todas las personas 
que han tomado parte en este debate. Quiero hablar del empeño 
de genera\izar las obse^'aciones , discutiendo con motivo de 
Puerto-Rico el problema social de Cuba -olvi(!ando quo esta loy 
es para la pequei^a Antilla, y que de todos modos el tema de la 
discusión es el que nuestros adversarios forman con sus ob- 
jeciones. 

Porque imaginad, señores, que la situación de Puerto-Rico fue- 
ra otra de la qu3 es; suponed que la abolición de la esclavitud en- 
contrase allí ob^jtáculos particulares; y suponed que yo hoy os di- 
jera: «La situación de Cuba es grave, difícil, desesperada. El pro- 
blema social requiere solución inma«iiatB. Las negradas se 
lémueyen como tocndas por algún genio misterioso en el fondo de 
loñ.ingenios. Ocho mil cimarronea y dos 6 tres mil chinos prófugos 
sostienen la insurrección separatista, peleando, no contra Espa- 
ña, si que por su libertrd personal, cas^en el lindero de las ha- 
ciendas de esclavos. Todos los esclavos del departamento Orien- 
tal han desaparecido y no figuran ya en la estadística. De los res»- 
tantes, más de 12.000 son libres dé derecho, porque ó los amoa^ 
hoy insurrectos, han renunciado su sañorío. ó el Estado los posee 
por efecto do embargo y confiscaciones, y la Ley prepare toria prohi- 
be terminantemente esta posesión. Además, de todos los negros 
del campo, la casi totalidad están reclamados por Inglaterra, por^ 
que son bozal «, ó Inglaterra observa que en 18 1*7 desembolsó 40 
millones para que concluyera la tata. La e clavitud, pues, de 
Cuba apenas si existe en el terreno del derecho; en la realidad, le 
fltíta asiento. Ln guerra do mzas so aproxima. La respe n habilidad 
es tremenda... De todo lo cual so deduce que debéis hacer la abo- 
lición inmediata en Puerto-Rico.» 



ao6 

¿No ot reirUls, ■é&ores, de mi estralka lógica? ¿No se os oeufri^ 
ris decirme que mis armamentos solo sé Tefbrian á Cabe, y que 
en Puerto-Rico no hay groerra, ni 6o«olfi, ni manigua, ni nada de 
lo que liace horrorosa la subsistencia de la* serridumhre en la 
grande AntiUa? ¿Por qué, pues, los enemigos de este proyecto no 
le discuten de frente y en sus términos precisos? 

Ya sé que se dice que este proyecto repercutirá en Cuba. Bsttt- 
diese también el problema á su tiempo, como i su tiempo traeré 
aquí toda la cuestión de Cuba; que bien saben losseüorerque 
me eseuchan que yo no tengo reparo para ciertas cosas, ni me im- 
ponen gritos y calumnias. Pero reparad que aun así los sellores 
conservadores no debían dirigir sus esfuerzos á combatir la l^y 
en sus artículos, si que i demostrar pura y sencillamente su in- 
fluencia en Cuba. 

Bien es que ellos comprenden, y alguno lo ha reconoeido, la 
absoluta imposibilidad en que están de hacer un argumento so- 
bre Puerto-Rico. 

Porque, como antes os he dicho, la población de la pequeña 
ABtillaes de 618.150 habitantes. De ellos 3*28.806 blancos y 
289.844 neerros. Entre los negros 31.633 son eselayos, lo cual re- 
presenta' el 5*1 por 100 de la población total. Dispensadme que 
repita estos datos. Y esto así y representando el elemento esclavo 
en la vida del trabajo de Puerto-Rico menos, mucho monos de lo 
que representa el trabajo de los niños en el movimiento de Man- 
chester, por ejemplo, ¿qué contestariais, señores Representantes, 
si oyeseis decir en el Palacio de Westminster que la retirada de 
los niños de los talleras paralizarla el trabajo de toda la gran ciu- 
dad manufacturera? 

Además, conviene observar que de esos 81.633, solo 16.4*72 
son varones; y que excluidos los menores de 13 años y los mayo- 
res de 50, queda un total de ambts sexos de poco más de 21.000 
individuos, que, en todo caso, son los que representan lo vivo y 
lo útil de la servidumbre de Puerto-Rlcd. 

Está asimismo averiguado que el ndmero de haciendas existente 
en la pequeña An tilla Uoga á unas "700; que la mitad, por lo me- 
nos se posan sin los br-jzos del esclavo^ y que no hay una sola sos- 
tenida escluslvnment ) por s ervos; lo cual dice la importancia ex- 
cepcional que el trabnjo Ubre li^ue en aquel orden económico. 
Pero todavía hay un dato do gran importanciaf y es el relativo al 



207, 

número de labradores que existen entre los esclayos. Qegun el 
CtffMo de 18*72, los labradores lle^ban á 19.928; de ellos ll.liB 
varoneB, y de estos solo 11.5'72 mayores de 12 años y menores 
de 60. Yo no puedo decir á cuánto asciende h<9y el número de tía- 
bajadores libros dedicados al campo (porque todo lo que os esta^ 
distica- de Ultramar marcha de un modo deplorable)*, pero sé, por 
un trabajo notabilísimo de mi querido amigo el Sr. D. José J'O- 
lian Acosta, que en 1868 figuraban como tales unos 53.500, y no 
necesito deciros la diferencia que va del obrero libre, é quiett se 
toma y se paga por lo que trabaja, al esclavo que aparece en el 
Censo como labrador. 

De todos modos, aun suponiendo que las cifras de 18C3 fuesen 
las de hoy, el elemento esclavo no signlflcaria en las labores del 
campo ni siquie^ el 1*7 por 100; y ya he dicho en qué condiciones 
y de qué suerte; porque en Puerto-Rico impera la pequeüa pro- 
piedad, y como he dicho no existen esas mandas de negros com- 
pletamente apartados del trato social, sino que se hallan estable- 
cidas francas y constantes relaciones entre libres y esclayos y 
blancos y hombres de color, de un modo que constituyen on 
verdadero adelanto social, característico de las colonias espa- 
üolas. 

Por otra parte, señores, notad que el miedo que generalmente 
se tiene á la paralización del trabajo, se funda, no solo en el espí- 
ritu de holganza que se atribuye á todo liberto, si que también 
en la posibilidad de que una vez emancipados los 31.000 siervos 
de Puerto-Rico, abandonen de golpe todas las haciendas. Perora 
este temor se hace frente con la consideración de que en Puerto- 
Rico es materialmente imposible el refugio de los negros en las 
grandes sabanas y los inmensos bosques. La densidad de pobla- 
ción de aquella isla es peregrina, y no existen esas sabanas ni 
esoB amparos. Allí el trabajo es una necesidad, como el contacto 
con los demás hombres una ley inexcusable. 

Fuera de esto, la comparación de los censos de 18*70, *71 y 72 
arroja una baja de esclavos de 8.000 individuos; de ellos sobre 
4.000 sexagenarios y quizá 1.090 manumitidos e8pQntán3amente. 
Y es el caso, que como más tarde probaré, In producción del azú- 
car ha aumentado eu un millón de quintales, y la vagancia no 
ha crecido; y pregunto yo: ¿qué se hicieron de esos o.OOD libertos 
entregados, según los negrófílus de enfrente, á la esclavitud del 



206 

▼tolo y de la miseria? ¿Y o6mo la produoeion sabio, mennándess 
de modo tan eonsideráble las faenas de la servidambre? 

Por manera, seAores, qne es falso, de toda íálaedail, qae con la 
abolición repentina paeda parausarse laprodaceion de la p:qaeSia 
AntUla. 

Pero se observará,' y este es el tercer armamento en el orden 
eoonómlco, que si no toda la produecion, sS se resentirá la pro- 
ducción principal del país. Las colonias, señores, se dedican prin- 
eipalmente á la produscion de materias exportables, de géneros 
de lujo y srran valor; y ban llevado su em|)e&o hasta el punto de* 
reducir á estas materias toda sa producción. Pero como la pror 
duocion era muy cam, de aquí, en gran manera, el carácter es- 
clavista que las colonias tuvieron, merced á la facilidad excepcio- 
nal que la iraii les daba de proveerse de brazos á un precio ínfi- 
mo. Por esto luego de abolida la froto, se complicó la cuestión 
de un modo que no debo examinar ahora; mas por esto también, 
todas aquellas colonias en que la producción no se redujo á la 
producción del azúcar, el café y el tabaco, revistió un carácter 
menos esclavista. 

Y en este caso se halla Puerto-Rico, donde de las doscientas 
mil cuerdas de terreno que están "bn cultivo en todo el país, so- 
bre noventa mil se hallan dedicadas á frutos menores, á víveres, 
los cunles no requieren ni el gran cultivo ni el trabajo esclavo. 
Y si de esta consideración pasáis al valor que unos y otros repre- 
sentan, mientras la renta del café, el azúcar, el tabaco y el ga- 
nado (de importancia en Puerto-Rico) suben á unos siete millo- 
nes de pesos, la de los frutos menores no baja de ocho. 

Y ved, por tanto, como es también inexacto que en caso alguno 
la abolición de la esclavitud y la desaparición de los libertos pu- 
diera dañar á la primera producción del país. 

Sr. Presidente, aunque no pronuncio un discurso y sí solo 
un informe, y por tanto he tomado un tono poco á propósito para 
(aliarme, he hablado mucho; la Cámara debe estar cansada por 
la mucha y constante atención con qua me ha favorecido, y yo 
desearla cinc > minutos de espero, que aprovecharía lara recoger 
mis pensamientos y arreglar algunos apuntes. 

El Sr. VlCüPRBis^DENTB (Gómez): Se suspende la discusión 
por cinco minutos. 



209 



A las seis menos cuarto dijo 

El Sr. VICEPRESIDENTE (Gomez):.Bl Sr. Labra continúa en el 
uso de la palabra. 

El Sr. LABRA: Señores Representantes, continuando el hilo de 
mi discurso, tócame ahora ocuparme de un punto de excepcional 
importancia, que ha sido objeto de muchas y notabilísimas publi- 
caciones en el extranjero, y que se ha traído al debate por loa im- 
pugnadores del proyecto. 

Tal es el ejemplo que nos han dado otros países, de lo cual 
quiere sacarse una razan para decirnos que Puerto-Rico corre el 
mismo riesgo que evitaron los legisladores extranjeros abordando 
la abolición con cautela, ó que corrieron los países en que la abo- 
lición se hizo precipitada. 

Para discutir este punto, debo fijarme en los toques generales 
dé la historia de la abolición; pero no será antss sin quejarme al 
Sr. Esteban CoUantes de que haya traído á este debate datos y 
documentos que no son oficiales. Yo reconozco la sinceridad de 
S. S.; pero en toda discusión debemos aceptar un terreno común; 
y de seguro mi distinguido adversario se sonreiría maliciosamen- 
te si yo para argumentarle me valiera solo de los cálculos y las 
observaciones que consignan los libros de Mr. A. Cochin ó Víctor 
Schoelcher. Datos oficiales, pues, pido; datos que hagan fé para 
todos: estado8 de aduancta, noticia* esUuíisticM, documentos de los 
MiniMerioa de las eolonicis, censos, etc., etc.; y yo aseguro redon- 
damente que eso» datos no los ha traido el Sr. Esteban CoUantes; 
y no los ha traido S. S. porque los tengo yo aquí, y sus resulta- 

14 



V* 



210 

dos Bon diferentes i los que S. S. nos ha leido. Estoy dispuesto 
ti cotejo y la disoosion. 

Pero entrando ya en el fondo del asunto, permitidme que os 
llame la atención sobre la primera enseftanzA que arroja la histo- 
ria déla abolición, y que formulo del sigaiente modo: t Ningún 
pueblo que ha intentado la abolición gradual ha podido Uevarla 
á tórmino, viéndose obligado al fln ¿ adoptar la abolición inme- 
diata.» 

Y ved aquí, señores, c6mo puedo oponer á los conservadores 
el testimonio de la esperlencia, demostrándoles que no tienen 
de su parte ni la justicia, ni la ciencia, ni la historia. 

Yo bien sé que se me hablará del Brasil y de Portugal, y que 
aun se acudirá al eterno argumento de los Estados-Unidos. Pero 
veamos las cosas despacio. Bl Brasil tiene una ley de abolición 
gradual desde hace un año, desde Setiembre de 18*71; ley que al- 
gunos, con desconocimiento perfecto de su letra y de sn espíritu, 
se han atrevido á decir que era inferior á nuestra Ley preparatoria 
de Julio. Porque vosotros sabéis muy bien, Sres. Representantes, 
que nuestra Ley jamás tuvo el carácter de definitiva, toda vez 
que en ella habla un artículo, el 21 tantas veces citado, que re- 
feria á un próximo porvenir la emancipación de la gran masa de 
esclavos de Cuba y Puerto-Rico; y la ley brasileña establece la 
emancipación sucesiva de los siervos existentes, mediante un 
fondo anual que para la indemnización se crea con el producto de 
la tasa de esclavos, las cuotas que al efecto se señalen en los pre- 
supuestos generales del Estado y los de la provincia y el munici- 
pio, y los productos de seis loterías anuales y el décimo de las 
particulares que en lo sucesivo se estableciesen en el Imperio. 
Además, mientras nuestra Ley no tolera la discusión de la escla- 
vitud ni la formación de sociedades emancipadoras, la del Brasil 
parte del hecho de que estas asociaciones existen, y las da gran 
intervención en la obra abolicionista, sancionando, conforme á 
la Constitución del Imperio, la libertad de la palabra escrita y 
hablada. 

Pero, señores, si hay algo de cierto en cuanto se dice hoy del 
Brasil, es que los efectos de la ley de Setiembre solo han servido 
de tema á las censuras y las reclamaciones de los políticos y de 
loa filántropos, pudiendo yo referirme al ilustre Sr. Malheiro, que 
me ha favorepido con sus informes, para asegurar que en un plazo 



211 

brevísimo también tendrá que apelarse en Rio Janeiro á la aboli- 
ción inmediata, como medio de remediar males ya de gran consi- 
deración, y evitar quizá desastres. Pero de todos modos, la abolí- 
clon de la esclavitud en el Brasil aún no ha terminado; hace dos 
años tan solo que rige la ley, y está la obra por tanto muy en los 
comienzos. No niega, pues, la experiencia del Brasil la generali- 
dad y la exactitud de la regla. ^ 

Talgo más sucede en Portugal. Bn 1856 fué decretada la aboli- 
ción definitiT» delaflBTfldniíúicfreiL Solor, liacao y TisÉbr, y la 
Ubertcut de viefUre en el resto de las colonias portuguesas. Mas 
apenas pasan dos años, en 1858, el Gobierno lusitano se ve en el 
caso de forzar la máquina, decretando la termination de la escla- 
vitud en el plazo de veinte aüos, ó sea en el do 1878; y en 1869 
tiene que volver sobre su acuerdo, resolviendo que desde luego 
los esclavos existentes en Angola, Bengala, Guinea, Cabo Verde, 
Santo Tomás y las islas del Príncipe, adquiriesen el carácter de 
libertos, si bien adscritos á las fincas y establecimientos en que 
hubiesen estado trabajando hasta aquella fecha. Y hoy, señores, 
todavía estamos lejos de 1878 y de que se hQ,ya cumplido el plan, 
ya variado y descompuesto de 1856, y á nadie se le oculta que 
una de las cuestiones que más preocupan hoy al Gobierno 
de Lisboa es el estado de perturbación en que se hallan sus 
colonias, principalmente Macao y Angola, donde los libertos 
no se resignan fácilmente á la dura ley de una servidumbre dis- 
frazada. 

Pero ¿y los Bstados-Unidos? Yo he oido repetidamente dentro 
y fuera de este sitio la afirmación de que pretendemos ser más 
abolicionistas que Lincoln, lo mismo que he oido ponderar los 
desastres producidos, que se suponen producidos por la abolición 
inmediata en Santo Domingo. Y sobro aquel error se nos dice: 
«tranquilizaos, transigid, ceded. Dadnos el plazo de Lincoln, que 
proponía á los Estados del Sur la abolición en todo lo que resta 
de siglo. No pretendáis que hagamos en circunstancias normales 
y con nuestros hermanos y compatriotas lo que Lincoln hizo con 
los enemigos, decretando la aboUcion pura y simplemente como 
una medida de guerra, 6 cuando monos como un castigo.» 

¡Qué errorl ¡Qué olvido tan completo de la historia! ¡Quó des- 
conocimiento tan profundo de la vida jurídica de los Bstados- 
ünidos! 



212 

Porque, en primer logar, aeftores, siempre qae de eeto se trata^ 
M (Ávida que el problema de la abolición era en 1862 y 1865 para 
la Repdblica norte-emerleana, no un problema eoonómieo, no un 
interte humanitario, ai que una cuestión constituolonal. Sin duda 
trabajaban por esta idea muchos hombres preocupadOB del carác- 
ter moral y desinteresado de la cuestión. Bn el grupo de los de- 
fensores de estas ideas se hallaban los moralistas, los unitarios 
j los abolicionistas. Pero los políticos yeian en este problema 
otra cuestión: la de mayor 6 menor extensión de las facultades y 
de la competencia del poder central. Porque vosotros sabéis que 
este asunto de la esclavitud fué desde el primer dia, desde 1789, 
dejado é la competencia exclusiva de los EsUidosj de los Congre- 
sos provinciales; y no ignoráis que si el hecho de la esclavitud 
trascendió al carácter y sentido de la sociedad sudista, fué siem- 
pre defendido por los demócratas contra los repttbliccinosy como 
una cuestión que implicaba la autonomía de los Estados, do que 
aquellos sa mostraron siempre tan celosos. Por esto si Lincoln 
hubiera podido obtener de los Estados que espontáneamente abo- 
lieran la servidumbre en todo el siglo XIK, hubiera alcanzado un 
triunfo colosal en el terreno político; porque no tenia derecho 
para pedir esto; porque de esta manera ensanchaba la competen- 
cia del poder central; porque de esta suerte variaba, á despecho 
de la Constitución, mas por buen camino, las condiciones políti- 
cas de todo el país. 

¿Y hay punto de comparación con lo que hoy sucede en nuestras 
Antillas? ¿Desde cuándo las Cortes de la Nación no pueden legis- 
lar sobre la esclavitud como sobre cualesquiera otros hechos 6 
intereses de nuestras colonias? ¿Qué cosa está sustraída á nues- 
tra jurisdicción? ¿Qué esfera de vida es de la exclusiva competen- 
cia de las imaginarias Asambleas ó legislaturas de nuestras An- 
tillas? No se nos coloque, por tanto, en la situación de Lincoln 
en 1862. 

Pero prescindiendo de esto, mis adversarios olvidan un poco la 
exactitud de los hechos, porque no es cierto que la abolición de la 
esclavitud en los Estados-Unidos fuese solo una medida de guerra 
ó un castigo á los rebeldes, como tampoco es innegable que Lin- 
coln haya firmado la ley de abolición total. Estas son cosas que 
se dicen en tertulias y cafés, pero que no son muchos los que se 
dedican á examinarla s. 



213 

Porque es verdad que Lincoln, eomo general en jefe del ejército 
federal , di6 un decreto de feéha 22 de Setiembre de 1862, en cuya 
virtud «todas las personas tenidas eú esclavitud en cada uno deles 
Estados rebeldes quedaban libres para siempre;» pero notad que 
«ste decreto se referia solo é ocho Estados y á3.119.89'7 esclavos. 
Pero aun después de este decreto permanecieron en servidumbre 
hasta 830.000 hombres pertenecientes á los Estados de Georgia, 
Alabama, Tejas y algunos del Norte, que, 6 no se hablan rebelado, 
6 ya habían cedido en su empeño separatista. Yesos 880.000 escla- 
vos fueron también libres, y recibieron la libertad de golpe, no 
como una medida de guerra, no como un castigo á sus amos (que 
no lograron sin embargo indemnización alguna), si que por una 
resolución radical y levnntada, por la enmienda 14 de la Consti- 
tución anglo-americana; enmienda propuesta por el Congreso y 
votada por las legislaturas de los Estados el 18 de Diciembre de 
1865. Convendrá, pues, que los que apadrinen este argumento 
cuiden en lo sucesivo un poco más de la integridad de la his- 
toria. 

De modo, señores, que las excepciones relativas á los Estados- 
Unidos, á Portugal y al Brasil no son procedentes. 

Y bien; fijándonos en otros países, ¿cómo se ha hecho la aboli- 
ción en las colonias inglesas? El Acta de 1838 proclamó la aboli- 
ción, si bien sometiendo á los libertos á un aprendisaje (es decir, 
á una adscripción á los establecimientos y las fincas en que eomo 
esclav9S hablan servido) por espacio de siete años. Debo, empero, 
advertir que el legislador cuidó ya de diferenciar á los negros del 
campo de los de las ciudades, abreviando en dos años el plazo del 
aprendizaje para estos. Pero mientras tales cosas decretaba, no se 
oponia el legislador británico á que aquellas colonias que lo esti- 
masen oportuno proclamaran desde luego la abolición inmediata; 
y esto lo hizo Antigua. Pero la casi totalidad no aceptó el ejemplo, 
y, sin embargo, antes de cinco años tuvo que venir á él por serle 
intolerable el aprendizaje. Y ya ven los señores conservadores cómo 
la experiencia inglesa, la experiencia de Jamaica, Trinidad, Bar- 
bada y las demás Antillas británicas les es totalmente adversa, y 
que lo que en aquellas islas aconteció en el aprendizc^je sirvió solo 
para que los colonos mismos pidiesen la abolición inmediata. fSl 
Sr, BarzanaUana: ¿Y la indemnización?) Ya trataré de todo. Aho- 
ra discuto un punto concreto, y repito quid el aprendizaje sirvió 



2U 

wtAo para que IM miimot piaiuadoru pidienm eaa ábollokm ndi- 
eal que Iwy piden nueetrot eolonos, previeiido loe desaetree qae 
otre medida reeeloee podiera acarrearlee. 

El 8r. VICBPJ^SIDBNTB (merqaée de Peralee): Se tospende- 
etta dieenaioB. 



• ■ I 



II 



S^ion del 3 de Marzo d$ 18*79. 



Señores Representantes: 

Como si no fueran suficientes los motivos que en otra sesión 
tuve la honra de exponer para dificultar mi posición en este sitio 
y hacer poco grata la tarea de solicitar vuestra atención sobre 
un asunto que tengo por resuelto en principio, ha venido á au- 
mentar mi disgusto la suspensión de este importante debate por 
espacio de tres 6 cuatro dias, y presumo que no habré menester 
de esfuerzo alguno para convenceros de que al continuar hoy en 
el uso de la palabra lo hago pura y llanamente cumpliendo un 
estricto deber de que quisiera verme dispensado. Pero esta con- 
sideración me servirá de fundamento para abreviar todo lo que 
en mi mano esté y sea compatible con la claridad . do las ideas y 
las necesidades del debate, esta segunda y última parte de mi 
interrumpido discurso; 

Permitidme empero un recuerdo á lo que decia hace dos 6 trM 
sesiones, y que es absolutamente indispensable para reanudar el 
hilo de mi argumentación. Después de estudiado el problema de»- 
de el punto de vista de la competencia moral y legal de esta 
Asamblea para resolverla, y luego de refutadas las objeciones 
hechas al proyecto que discutimos, ora en nombre de la 1^ de 
expropiación por causa de utilidad pública, que exige la previa 
indemnización, ora en virtud del art. 21 de la Ley preparatoria 
para la abolición, de 4 de Julio de 18*70, entré á discutir la cues- 
tión desde el punto de vista económico. Del primer modo queda- 
ba en pió, por una demostración negativa, por la refutación de 
los argumentos contrarios, el principio jurídico de la personali- 



216 

dad del homl>re, Iwllada por las leyes y reglamentoB qae hasta 
hoy han consagrado la senridombre en nuestras Antillas. 

Poro era preolso ntilizar también los armamentos de conye- 
uienda y de interés eeonómioo; argumentos que de ordinario ha- 
cen gran efecto en ciertos espíritus, y en este terreno pretendí 
probar primero, que la aboUcion inmediata en Paerto-Rico no pa- 
ralizaria, ni siquiera entorpecería, la producción total del país; 
segundo, que aun dlindo por cierto que la emancipación de todos 
los esclavos de aquella isla (que representan poco más del 5 por 
loo de la población puerto-riqueña) perturbase profundamente 
cierta parte de la producción de la isla, esta no seria la primera 
producción, representada allí por los fnUos menores, por los víve- 
res y artículos de primera necesidad, y no por el azúcar, el café y 
el tabaco, productos punto menos que esclusivos de los pueblos 
«eclavistas. 

Pero en el 6rden de mis observaciones habla de llegar á mis, y 
era á demostrar que en Puerto-Rico no podían temerse los malos 
efectos que se atribuyen i la abolición inmediata realizada en 
otros países; por lo que estimé oportuno llamar vuestra ilustrada 
atención sobre los resultados generales y las condiciones de la 
abolición en esos países con tanta frecuencia y tan equivocada- 
mente citados. 

Los resultados, Sres. Representantes, de la abolición, pueden 
reducirse á cuatro. Bl primero, que no se ha dado el caso de que 
uno solo de los pueblos en que se haya comenzado por la aboli- 
ción gradual 6 aplazada, haya podido prescindir al cabo de la in- 
mediata, como medio de evitar las perturbaciones, los conflictos 
y los desastres producidos por la abolición gradual intentada. Y 
la prueba la tenéis en Inglaterra, que al fin, y á excitación de 
los mismos colonos, tuvo que abolir el (aprendizaje mucho antes 
de la fecha designada. Y tenéis la prueba en las colonias danesas 
y holandesas, que se vieron forzadas á prescindir de algo como 
una retención ó aprendizaje que las leyes habían estatuido para 
los libertos. E igualmente tenéis la demostración en el ejemplo de 
Chile en 1833, y de Venezuela en 1848, y del Perú en 1854; todo 
lo cual es por otra parte perfectamente natural, porque es vano 
empeño el de sostener el infecundo é inmoral maridaje de la ser- 
vidumbre y de la libertad, cuando el genio del tiempo ha deteni- 
do con poderosa mano el látigo del mayoral, y la voz del progro- 



217 

80 ha dicho al eeolavo que ha sonado la suspirada hora de la re- 
dención. 

Pero otra seg^unda lección arroja la historia, y es la de qae si 
bien el inmediato resultado, el resultado del dia siguiente de la 
abolición repentina es una baja en la producción del país, éste 
se repone apenas pasado el quinquenio de la crisis, llegando á 
un estado superior al de los tiempos de la servidumbre. Y en- 
trambos fenómenos se explican: el uno, porque toda reforma eco- 
nómica, Inclusa la abolición gradual, tiene que determinar cierta 
sorpresa; cierto desequilibrio, cierta pérdida de capital, de tiem- 
po y de trabajo, que luego se compensa si la reforma ha sido 
acertada; y el otro, porque el trabajo libre, por su propia natura- 
leza, es más fecundo y más económico que el trabajo esclavo, por 
la intensidad y el valor del esfuerzo, así como por la economía 
de los trabajadores que supone. Son pocos, Sres. Representantes, 
los que conocen los notabilísimos trabajos del primer agricultor 
de Cuba, el Sr. Poey, en que se demuestra que la renta ordinaria 
de esos tan celebrados ingenios de la grande Antilia no pasa del 
4' 18 por loo del capital torpemente invertido en ellos; y yo re- 
cuerdo en este momento eWcálculo hecho por el Sr. D. Francisco 
de Armas, en un libro ya citado en este debate /Xa 6aclavüt*d eti 
Cuhajy en cuya virtud puede asegurarse que l5 caballerías de 
tierra y 74 trabajadores libres bastarían para dar el producto del 
común de los ingenios de Cuba, que ocupan 42 caballerías y ne- 
cesitan 142 esclavos. 

Y estos raciocinios tienen su perfecta demostración en los es- 
tados y datos publicados por los Gobiernos extranjeros sobre sus 
respectivos paisas. Comprendo que la Cámara no está para sopor- 
tar la lectura de inventarios y cuadros estadí{iticos; pero sí me 
ha de permitir una ligerísima referencia. 

Se trata, por ejemplo, de los Bstados-ünidos de América, tan 
comunmente citados, para convencemos, con el ejemplo de una 
oontradiccion que ha costado cinco años de guerra y torrentes de 
sangre, que es compatible la democracia con la esclavitud: se 
trata de la gran República norte-americana, cuyo estado presente 
se pinta como horrible y producto solo de la abolición inmediata. 
^Y qué sucede en los Bstados-ünidos? 

DifÍ6il| si no imposible, es qué la abolición se realice en país 
alguno en condiciones más desfavorables. El decreto de Lincoln 



218 

86 di6 enmedio de la gfum: la enmienda 14 de la Constitueion 
se hixo cuando apenas se habla extinguido el eco del último ea- 
Aonaio. Há poco se ha publicado en Inglaterra un libro ouriosisi- 
mo sobre este particular: su autor es If r. Sommers, y su título 
Tké UmiUd Siaut «inee the War. Al recorrer aquellas páginas, et 
espíritu se sobrecojo. 

Los gastos y las pérdidas directas de los Estados confederados 
se ealoulan en 2.700 miUones de pesos. Sobre esto, los esclavos 
representaban otros 2 millones. El capital de los Bancos, yaluado 
en otros 1.000 miUones, fué absorbido por la falta de transaccio- 
nes provechosas; rompiéronse los diques que contenían al Missisi- 
pí y al Ck>lorado; hoUáronse los campos con las marchas y contra- 
marchas de los ejércitos, y so hundieron C&bricas, establecimientos, 
haciendas, puentes, edificios y todo lo que constituia la grandeza 
de aquel vasto territorio, que representaba antes de la guerra, 
en población, el tercio dé la total de los Bstados-Ünldos, y en 
riqueza, sin comprender el valor de los esclavos, las dos sétimas 
partes de la riqueza de la nación entera. La guerra no dejó tras 
sí más que 680.000 soldados esclavistas muertos 6 estropeados y 
una deuda espantosa, que vinieron á^ar la razón al viejo Fran- 
klin, que á principios del siglo exclamaba: «Cuando pienso en la 
esclavitud, y me acuerdo de Dios, tiemblo por mi país.» 

Esta era la situación de los Estados del Sur al comenzar el 
cumplimiento de la ley de emancipación ^ 

Pero luego se complicó el problema; de una parte, la cuestión 
política no resuelta todavía en los campos de batalla, merced á 
los demócratas; de otro lado la creación del secreto Ku-klitX'klcm 
para perseguir á los libertos; aquí, la franca resistencia de la 
mayoría de los antiguos poseedores á entenderse con los negros 
y á darles asilo; allí, la pretensión de los negros á quedarse co- 
mo propietarios con los terrenos que habían ocupado durante la 
guerra y la ausencia forzosa de sus antiguos amos; de esta parte, 
la miseria á que hablan quedado reducidas grandes masas de li- 
bres y esclavos; de la otra, la aglomeración de trabajadores en 
las ciudades; y por digno coronamiento de tan horrible cuadro, 
Iss Cátales cosechas de 1866, que hicieron estériles las débiles 
tentativas de algunos plantadores. A todo esto tuvo que hacer 
frente el gran pueblo norte-americano, y lo hizo por medio del 
^eemen Bt*reau y de los gobiernos militares del Sur, que en 



219 

Terdad no fderon nanea ni siquiera lo qae nuestras capitanías 
erenerales de Ultramar. 

Me dispensareis, seftores, de que os hable de los efectos econó- 
micos de todo esto: me llevaria may lejos. Tendría que explicar 
c6mo padeció la gran propiedad; cómo se dividieron las fincas, y 
el bajo precio de sos porciones atrajo á los libertos; cómo se 
determinó la inmigración blanca del Norte, y otros hechos no mo- 
nos importantes, cayo conocimiento reqaiere la previa lectora de 
los Repports de Mr. Well y los trabajos del ya citado Sommers y 
de Mr. Joavencaa. Qaiero venir á los resaltados. ¿Y cuáles fueron 
estos? 

Aqaí tengo an docomento oficial 900 no alcanza á más del afio 
71. Creí poder presentar otro en este debate, pero no lo he reci- 
bido de las oficinas de Wasingthon. Poes oid: 

La prodaccion de los Estados-Unidos del Sar antes de la gaer- 
ra era por lo general el tabaco, el algodón, el azúcar, el maiz y 
el arroz. 

Respecto del azúcar, debo advertir qae los desbordamientos 
del Missisipí y del Colorado, prodncidos por el abandono de las 
obras hidráallcas qae contenian sas agoas, darante lagaerra, 
junto con otras consideraciones de orden económico, han dado 
por resaltado una disminacion extraordinaria de productos de»- 
paes de 1863, si bien es de notar que, supuesta la exten&iOn del 
terreno ahora cultivado, mucho menor que antes de la guerra, la 
producción parece indudablemente mayor. 

Pero vengamos á las ciftas. Helas aquí: 

uAlgodon. En 136*7 la cosecha de los Estados del Sur fué de 
2. 500. 000 balas (de 400 libras cada una). En 1869 subeá 3.500.000. 
En 1871 á 4 millones. El término medio de 1850 á 1860 (tiempo de 
la esclavitud), fué de 8 millones. 

Tabaco. En 1866, la cosecha es de 307.934.000 libras. De 1850 
á 1860, el término medio llegó á 261 millones. 

Maiz. En 1867, la producción fué de 400 millones de fanegas 
(de 50 libras cada una). De 1850 á 1860, el término medio fué de 
360 millones de fanegas, y el mayor de 435 millones. 

Arroz. La cosecha de 1869-70 en la Luisiana, uno de los pri- 
meros paisas arroceros, fué superior á la de los mejores tiempos 
de la esclavitud.» 

Por manera, se&ores, que en los Estados del Sur, á pesar de lo 



220 

exeapekmal de las oiteuntianolat, la regala que antes apuntó es 
perfectamente exaeta. 

Pero venid á las colonias franoesas, donde la abolición se hizo 
también de un modo violento. La sitoacion de todas eilas en 
184*7 era por extremo difícil, á pesar de las últimas cosecbas; solo 
la isla de la Reunión resistía la general decadencia. El atraso del 
coltiTO, el empobrecimiento de la tierra, las deudas de los ing*- 
nimrot y el desasosiego de los colonos eran evidentes; lo babian 
patentizado. 

Pues bien; llega el decreto de Abril de 1848; ¿y cuáles son los 
resultados? 

Oid el lenguaje oficial, el lenguaje da los estados de aduanas 
7 las noticias oflciales. Fijaos en la exporUidon, porquo la pro- 
ducción principal, casi exclusiva, de las colonias franceses, de 
esclavos, era de materias destinadas al consumo exterior: café, 
azúcar, etc., etc. 

Pues bien; bó aquí los datos: 

«Bzportaoion.^La Reunión desciende en 1848 un 25 por 100 
en el valor de sus exportaciones; pasado el momento crítico, en 
1852, se repone; y á los 10 a&oa, en 185*7, triplica sus valores con 
relación al aüo de esclavitud. 

La Martinica baja en 1848 un 50 por 100. En 1852 no alcanza 
aun la cifra de 1857. En 1857 la excede en un tercio. 

La Guadalupe baja en 1848 un 50 por 100. En 52 no ba llegado 
á la mitad de 1847. En 1857 le excede en 3 millones de francos.» 

Mas fijaos ahora en la importación y la exportación juntas: 

«El movimiento general de los negocios en 1852 excedió al de 
1847 en la Reunión en 6 millones y medio de francos. Baj6 un 
millón en Martinica, y en Guadalupe 12. Cinco aüos después el 
aumento era general; en Guadalupe 4 millones; en Martinica 6; 
en la Reunión 87.» 

Y si queréis apreciar mejor los resultados, fijaos en el movi- 
miento general por quinquenios. Me refiero al término medio, y 
tomo los números redondos: 

Esclavitud. Reforma. Desahogo. 

1843-1847. 1848-1852. 1853-1857. 

Martinica. . . . 89.200.000 86.600.000 51.500.000 
Guadalupe.. . . 39.200.000 28.400.000 39.900.000 
Reunión 33.000.000 34.700.000 72.300.000 



221 

Mr. Cochin, en su excelente li'bro V Abolición del Sselavage, 
expresa de este modo los resaltados: 

«Cinco años después de la emancipación, la disminución es de 
11 millones, y recae casi por entero en una sola colonia, en Gua- 
dalupe. Diez aüos después el aumento es de 56 millones; en las 
cuatro colonias (incluye la Guyana), las cifras han excedido: en 
la Martinica más del tercio; en la Reunión más del doMe.» 

Y en otra parte dice: 

tSin duda la producción se ha reducido, pero jamás se ha ago- 
tado. El trabajo disminuyó, pero jamás cesó por completo. Sufrió 
la propiedad, y este último golpe consumó la ruina de los propie- 
tarios, llenos de deudas; pero este sufrimiento fué común á la 
Francia y á todo el resto del mundo en aquella época. Cierto que 
allí duró más tiempo; pero no hablan trascurrido, cinco años y ya 
el movimiento genor&l de los negocios habla sobrepujado en las 
cuatro colonias las cifras anteriores á 1848; después de diez años, 
la cifra de la exportación solo se habla triplicado en Reunión, su- 
bido un tercio en Martinica y equilibrado en la Guadalupe.» 

«Las facilidades para procurarse nuevos trabajadores, no expli- 
can por sí solas el éxito de la Reunión y el progreso de la Anti- 
llas, porque en la Reunión los productos aumentaron más que los 
trabajadores, y en las Antillas habian sido equilibradas las anti- 
guas cifras antes de que á ello hubiera contribuido la inmigra- 
ción de un modo sensible.» 

Por último, señores, permitidme leeros estas breves líneas del 
mismo popular escritor: 

«En 184*7, las colonias francesas ocupaban 2.022 buques de to- 
da procedencia, y todo destino, con un movimiento total de 
U5.694. 170 francos. 

En Ido*? ocupaban las mismas colonias 2.488 buques, con un 
movimiento total de 166.05'?. 692 francos. 

En 1859, las colonias han empleado 3.842 buques, do cabida de 
^93.929 toneladas, tripulados por 37.487 hombres, y que repre- 
sentaban un movimiento total de 172.355.614 francos. 

Cósese, pues, de repetir que las colonias francesas no trabajan 
ni producen después de la abolición. » 

Pero ¿acaso la generalidad de la regla por mí afirmada se niega 
en las colonias inglesas? Todas las colonias de esclavos podian 



222 

dhridlrao en dos grapos: el uno, en que fifi^mban aquellas que, 
como Jamáiea 7 Trinidad, eataban entregadas completamente al 
eselETismo, donde el elemento lilire era escaso, donde la produc- 
ción erm sólo el asúear, donde existlaii el gran eoltlTO 7 te grsa 
propiedad, 7 donde se padecía también el absenteismo: 7 el otro, 
en que figuraban Antigua 7 Barbada, en que las condiciones to- 
das, sin ser absolutamente opuestas, eran bastante diferentes. 

También debo recordar que solo en Antigua ae planteó desde él 
primer instante la abolición inmediata, 7 que por tanto los efec- 
tos de la abolición en la generalidad de las islas no pueden atri- 
buirse exclosiTamente á la medida radical. 

Y esto así, notad los resultados. 

«La producción de Antigua en los seis a&os anteriores á 1888, 
es por término medio de 168.94*7 quintales; subió & 1*78.000 des- 
pués de la abolición, 7 á los veinte aüos (en 1853) llegó á 186.009. 

Jamaica, antes de 1888 producía 1.862.000 quintales; con él 
aprendizaje bajó á 1.040.070; en 1858 no pasaba de 595.000. 

Barbada, antes de 1883 producía 843.618 quintales; después de 
la abolición 7 durante el aprendizaje. 409.854; veinte a&os des- ' 
pues subia á 541.784. 

Trinidad, antes de 1888 daba 810.097 quintales; después 
295.787; en 1853 sobre 426.042.» 

Abora bien: si se relacionan todas estas colonias 7 se calcula su 
exportación hasta 1840, resulta evidentemente una baja, de que 
en 1858 se reponen sin duda. El venerable De Broglie la estima- 
ba, en su notable Rapport au MinUtre d'Etatf de la Marine et des 
Colonies, en 1843, de esta manera: «Baja de un tercio en la ex- 
portación del cafó 7 de un cuarto en la del azúcar. Pero esto ¿sig- 
nifica baja en la riqueza del país? lOhl no. Oid lo que el Minis- 
tro Stanle7 decía en el Parlamento inglés en 1842, tocando este 
mismo punto: 

«Los importaciones de Inglaterra en sus colonias de esclavos 
fueron: 

Francos. 



En los seis a&os de esclavitud, por 69.575.000 

En los cuatro de aprendizaje. 89.450.000 

En el primer año de libertad (1839) 100.061.000 

En el segundo 87.810.000 



223 

Y es eridente, señores, qae las importaciones crecientes supo- 
nian creciente demanda, y la demanda en progrreeo, progreso de 
riqaeza. En praeba de ello, el mismo Lord Stanley aseguraba que 
en Jam&ica, en la esclavista Jamaica, los propietarios negros que 
en 1838 eran solo 2.114, hablan llegado en 1840 á '7.840; y des- 
pués de advertir que la subida de precios de los azúcares y la me« 
jora y economía de los procedimientos que la abolición habia im- 
puesto hablan compensado con la indemnización la baja de los 
productos á los pfonkuloret, exclamaba: «El resultado de la eman- 
cipación en las islas Occidentales ha sobrepujado las más Usonje- 
ras esperanzas de los ardientes partidarios de la prosperidad co- 
lonial. No solamente ha aumentado de un modo considerable la 
riqueza material de cada una de las islas, sino, lo que es aún me- 
jor, ha habido progreso en los hábitos de trabajo, perfecciona- 
miento en el sistema social y religioso, y desarrollo en los indi- 
viduos de aquellas prendas de corazón y de espíritu más necesa- 
rias á la felicidad que los objetos materiales á la vida. Los negros 
son felices y están satisfechos; se dedican al trabajo, ha mejorado 
su modo de vivir y aumentado su bienestar, y al propio tiempo 
que los crímenes disminuían, se hacian mejores las costumbres. 
Creció el número de los matrimonios: y bajo la influencia de los 
sacerdotes, se ha difundido la instrucción. Tales son los resulta- 
dos de la emancipación; su éxito ha sido completo en cucrnto al fin 
principal d» la medida.» 

No es extraño, por tanto, que dijese después que «Peel si nun- 
ca habla tomado una parte activa en la abolición de la esclavi- 
tud, por considerar la empresa aventurada, después de hecha era* 
llegado el caso de reconocer que habla sido la reforma más feliz 
que el mundo civilizado podía ofrecer como ejemplo.» 

Y vea aquí el Sr. Esteban Collantes cuan equivocada era su 
opinión de que en Inglaterra se tenia por un verdadero fracaso la 
obra de la abolición de 1883 y 1838. A nadie se le ha ocurrido tal 
cosa. 

De suerte, señores, que de esta rápida escursion resulta per- 
fsetamente probada la afirmación que aventuró respecto dB la baja 
y la reposición de la producción colonial, asi como que de todas 
las colonias las que más sufrieron fueroi(L precisamente las ingle- 
sas:|esto es, aquellas que pasaron por el aprendizaje. {Y en verdad 
4ue si el plan de Inglaterra hubiese sido el que sospechaba el se- 



224 

Sor Bitéban Collantes, no debiera haber quedado tan BatiaÜBeha 
de sa empreaal 

Pero esta circunataneia responde ya á otro resaltado general de 
la historia de la abolición, y es qae los malos efectos de esta se 
han hallado siempre en razón directa de los obstáculos que así 
las leyes como los colonos han opuesto á su inmediata realiza- 
ción. Si comparáis las colonias británicas y las fi^ancesas, el fe- 
nómeno parece evidente. Si os íljais en los primeras, por ejemplo, 
el hecho es innegable, aproximando á Antigua, donde se hizo la 
abolición inmediata, y ú Jamaica, donde se resistió á todo tran- 
ce. Y lo mismo sucede en las islas francesas. Guadalupe resiste, 
y esta resistencia contribuye poderosamente á su ruina; la Re- 
unión acepta el nuevo orden de cosas y florece. 

Por esto, señores, no ceso yo de afírxnar q\íe necesitamos del 
concurso de los poseedores de esclavón para el éxito de la aboli- 
ción; y por eso protestó, así contra el empeño de hacemos apare- 
cer como enemigos de los amos, como contra la idea de hacer la 
abolición con un espíritu do hostilidad más ó menos encubierta 
hacia los que tienen la desgracia de ver comprometida toda su 
fortuna en la servidumbre. Y por esto también, no me canso de 
proclamar que lu abolición inmediata es proforible á la gradual, 
no solo por sor la única ju8t.i,-8l que por sus menores inconve- 
nientes y sus mayores bondades en el terreno económico. 

Pero contad, señores, que no son solo estos los resultados que 
los anales de la abolición nos ofrecen; también so cuenta la com- 
plicación de la empresa emancipadora, con otros hechos y otros 
empeños, los más á propósito para impedir el logro de aquella. En 
primer término se halla la cuestión de la inmigración; después 
la de la indemniza clon; en seguida la reforma comercial; y por 
último, las complicaciones políticas y la maldad de las cosechas. 
No me cumple, señores, estudiar todas ni cada una de estas 
cuestiones. El Sr. Ulloa creyó oportuno ocuparse extensamente 
(cerca de una hora habló) 4o la inmigración. Y mientras S. S. dis- 
curría, pensaba yo: pero señor, ¿á qué vieno todo esto? ¡Si en 
Puerto-Rico no se comprendo siquiera este problema; si Puerto- 
Rico, lejos de necesitar inmigrantes, está en inmigración! 

De moJo que todo cuanto S. S. tuvo á bien decir, y que yo no 
acepto, como no aceptará de seguro ningún hacendado de Cuba, 
no tieno más valor que el de una mera posición académica. La in- 



225 

migración solo ha podido ser an problema para Jam&ica, que tenia 
en el momento de la abolición 822.000 esclavos para 85.000 hom- 
bres libres; para Guadalupe, que tenia 8*7.000 siervos para 41.000 
libres; para la Reunión, que tenia 'TI. 000 hombres de color para 
31.000 blancos; para Antigua, que tenia 2.000 blancos para 88.000 
africanos, y que además tenían un territorio poco poblado, ¡^ero 
si en Puerto-Rico hay, como he dicho, 25*7. '709 negros libres y 
826.384 blancos (un total de 584.093 hombres) para 81.000 es- 
clavos! ¡Pero si en Puerto-Rico la densidad de la población es qui- 
zá superior & la de Bélgical SÍ se tratara de Cuba, ya seria otra 
cosa; y entonces yo veria de demostrar al Br. inioa cómo la in- 
migración es allí necesaria, y cómo así esta como la reproducción 
natural de la raza de color es punto menos que imposible con la 
organización de trabajo que S. S. ha sostenido, y cuyos resulta- 
dos debe ver S. S., no precisamente en la Reunión, que prescin- 
dió de la libreta (que es algo menos) el año 50, si que en la infe- 
cunda y agonizante Guyana, donde existe. 

Y con igual rapidez me ocuparé de la reforma comercial que 
así en Inglaterra como en Francia complicó ol problema de la abo- 
lición, allí con motivo de la revisión general de aranceles, y aquí 
con la igualación de los derechos de los azúcares colonial y de re- 
molacha, después de la desatentada protección dada á este últi- 
mo. Nada de esto tiene analogía siquiera con lo que en Puerto- 
Rico pasa, como no tiene semejanza el particular de las cosechas, 
que fueron desgraciadas en las otras colonias y hoy es magnifica 
en la pequeüa Antllla. 

Pero vengamos á la indemnización. Bs cierto que Inglaterra Is^ 
dio espléndida, pero verdad que Francia tardó dos años en darla, 
y nó menos cierto que ningún pueblo del inundo ha señalado á 
los posedores una indemnización como la que el proyecto que dis- 
cutimos les concede. ¿Cuánto dio por término medio Inglaterra? 
Veinticinco libras; esto es, 2.500 rs. ¿Cuánto vino á dar Fran- 
daí? Apenas 500 francos. ¿Cuánto Holanda? Menos de 100 pe- 
sos. ¿Cuánto Dinanxarca? Cincuenta. Y nosotros damos 4.000 
realss; 200 pesos; y los damos en seguida y no como en Francia 
y en algún otro país. 

Pero ¿es que esta indemnización será ilusoria? Probedlo. Yo sé 
que de los presupuestos de Puerto-Rico, del último, hecho preci- 
samente por un correligionario del Sr. UUoa, resultan 16 mÍllo«- 

15 



226 

nat eomo sobrantes, y a6 qae hace poeo se enviaron á la HalMina 
desde la peqoel&a AntlUa 500.000 pesos reembolsables. Pues esa es 
la g^arantía, ora para el empréstito, que es lo qae lo quo yo pre- 
fiero, ora para la renta á los poseedores, qae no del)en yer lejos 
la posibilidad de ana abolición sin indemnización. 

Pero decía el Sr. Ulloa: ¡Donosa indemnización qae se baa de 
pagar los mismos indemnizados! ¿De dónde dedace esto sa selio- 
ria? ¿Por ventura el proyecto dice quo han de pagar laa contriba- 
clones, de donde saldrá la indenmizaclon, solo los ex-poseedores de 
esclavos? ¿O acaso quiere el Sr. Ulloa, que hace poco nos invocap* 
ba la ley de expropiación para impedir la abolición, que suceda en 
Pnerto-Rioo, solo cuando de los poseedores de esclavos se trata, 
lo contrario de lo que pasa en la Península, donde el indemnizado 
paga eomo ciudadano su cuota correspondiente para la indemni- 
zación? Y en verdad que este argumento estarla mucho mejor en 
otros labios que loe del Sr. Ulloa, porque S. S. es de los enalte- 
cedores de la ley preparatoria de 18*70, y allí es donde precisamen- 
te se estatuye eso que ahora S. S. combate; es decir, que la in- 
demnización la paguen únicamente los poseedores de esclavos. 

Por manera, Sres. Representantes, que ni es exacto que la abo- 
lición inmediata haya producido desastrosos efectos y su lüstoria 
arroje grandes enseñanzas en favor de la abolición gradual, ni es 
verdad que el estado económico' de la isla de Puerto-Rico sea com- 
parable al de otros países antes de la abolición, ni los problemas 
que en aquellos dificultaban la solución de la cuestión social tie- 
nen importancia ni aun vida en nuestras colonias. ¿Por qué, pues, 
pedir el testimonio de la experiencia en nuestro daño? ¿Por qué 
no reconocer paladinamente las bondades de nuestras soluciones 
en el orden económico? 

Hay, empero, un último punto de vista, bajo el que se ha exa- 
minado el proyecto de ley; es el punió de vista político. La in- 
fluencia de este proyecto en Cuba; la presión de loe Estados-Uni- 
dos, á que se cree que obedece; la situación política de Puerto- 
Rico, que no lo consiente, y la gravedad de las circunstancias por 
que la Península atraviesa, que no lo tolera; tales son las cues- 
tiones capitales que aquí se han tratado, y sobre las que yo debo 
pronunciar algunas palabras. 

Principiaré por adelantar una idea. Yo soy partidario de la abo- 
lición inmediata, así en Puerto-Rico como en Cuba. De seguro 



227 

qae esta no es una noticia para las di^as personas fine me hon- 
ran Gon sn atención ni para la inmensa mayoría de los que signen 
con algan interés y algún pensamiento el enrso de la política es- 
pañola; pero me importa insistir en ella en los momentos actua- 
les, para recalmr el títalo da testigo de mayor excepción en el 
proceso que ventilamos ahora; es decir, cuando se trata de inqui- 
rir si es verdad 6 no que la abolición de la esclavitud en Puerto- 
Rico no solo ha de producir agitación y turbulencias en Cuba, si 
que la abolición, y la abolición infMdiata, en la grande Antilla. 

Mas hecha constar de nuevo mi opinión particular, puedo diri- 
girme á nuestros adversarios, preguntándoles: si se trata de la 
influencia que la ley que discutimos ha de ejercer en Cuba, ¿de 
qué influencia hablamos? ¿Dónde se ha de hacer efectiva esa in- 
fluenéia? ¿En los negros? ¿En los esclavos? Así parece á primera 
vista por los argumentos que se usan, tomados de lo que se supo- 
ne que sucedió en 1848 en las Antillas danesas, donde con efecto 
•orrió sangre y hubo que proclamar la abolición Inmediata, que 
con la fuerza y la sangre se había querido locamente evitar. Pero, 
señores, yo creo que la mayoría de los que de este argumento 
«e valen dan una importancia exagerada & la proximidad de los 
países para explicarla difusión de ciertas' ideas, y olvidan que 
Puerto-Rico no es una provincia de Cuba, sino que entre una y 
otra isla existen Santo Domingo y Jamaica; que las comunicaciones 
son poco frecuentes y no muy rápidas, como que de una á otra se 
tarda en el vapor cuatro días, y los correos son solo semanales, y 
las relaciones mercantiles, lo mismo que las políticas, rayan pun- 
to menos que en la nulidad. Y esto aparte de la diferencia sus- 
tancial de las sociedades cubana y puerto-riqueña. 

La importancia de estas rectificaciones acrece si se considera 
que no bastó en 1848 el mero hecho de la abolición en San Thó- 
mas y Santa Cruz (de la inmediata vecindad de Puerto-Rico) pa- 
ra que en la pequeña Antilla se agitasen los negros, y eso que 
el general Prim, para socorrer al gobernador danés, envió la 
mayor parte de la guarnición de Puerto-Rico á Santa Cruz; como 
no ha HMtstado la guerra de los cinco años y la abolición en los 
Ettadoa-ünidos, que están casi tocando con Cuba, y con los que 
la grande Antilla sostiene rápidas, directas, diarias y considera- 
bles relaciones, para determinar un movimiento perturbador en 
Cuba. iPero qué más! ¿No arde la insurrección en esta isla? ¿No 



226 

ha oonclaido de heeko la eaelavitod en todo el d^iarUmento 
Oriental y parte del Central? ¿No ton el alma de la inaurreceion 
negroe y chlnoe hnidoe, que eoetienen la propaganda áboUeionifl- 
ta á la puerta de loa grandes ingenios del departamento Occiden- 
tal? ¿Y aoaao se ban levantado las negradas? ¿No se jactan los 
eeolsvistas de la eordiura de sos sierros? No eonf andamos las co- 
sas, se&ores. Cuando las tnrlmlenoias vienen, es que hay causas 
de fiando que las determinen; no porque en la vecindad ocarfan 
movimientos quizá desconocidos absolutamente de aquellos mifr* 
mos en quienes se supone que han de ej^cer influencia. Y esto 
ñió lo que sucedió en las Antillas danesas. No bastó para la coli- 
sión de 1848 la mera ciroonstaneia de la abolición en las AntiUaa 
francesas. Lo que sucedió ftié que en Dinamarca se estaban disMb- 
Üendo hacia meses, y aun aSios, proyectos de ^abolicioa, de los 
cuales habia llegado alguna noticia á los negros.. Loe aconteci- 
mientos europeos de 1848 tuvieron eco entre los blancor de 
aquellas islas, y de sus resaltas corrió el rumor de que habla 
llegado á las colonias el decreto de abolición. Los negros se pre- 
sentaron pacificamente al gobernador, y éste creyó necesario 
proclamar la abolición inmediata, contra la que^ se sublevaron los 
aimoi (entiéndase bien, los blancos), obligando á la gente de co- 
lor á tomar las armas, y produciendo un conñicto sangriento, . 
después del .que, como antee he dicho, tuvo que volverse á san- 
cionar la emancipación radical. 

Por manera, que no la contigOidad de las Antillas francesas, si 
que la situación chisma de San Thómas y de Santa Cruz, y la in-^ 
fluencia de las cosas de Europa en estas islas produjeron allí la 
abolición. No tengáis, pues, miedo de que suqeda una cosa anéh 
loga en Cuba, á no ser que Cuba esté preparada para ellO) en cuyp; 
caso no debéis evitar la abolición en Puerto-Rico, sino tratar de < 
hacerla también en la grande Antilla; y de todos modos, ocurrir 
cuanto antes á la necesidad mes urgente. 

¿Pero se trata de la influencia que este proyecto . ha de ejercer 
en los cmoi^ en los blancos, los comerciantes y los propietarios 
de Cuba? Pues yo reconozco que va á ejercer esa influencia; re- 
conozco que la ha ejercido, y lo celebro y lo aplaudo, porque esto 
nos evitará nuevos males; porque esto sacará á los olvidadizos da 
18*70 de aquel abandono en que incurrieron luego de sabido en la^ 
Habana que por aquí no se trataba, ni poco ni mucho, de cumplir 



229 

el art. 21 de la Ley prepoufcAoria. Porque recordad, id&ores, qae 
en el mes de Jallo de 18*70 no cesaron las reuniones y las confe- 
rencias y los planes de los poseedores de esclavos, con &nimo de 
secundar los supuestos propósitos abolicionistas de nuestro Qo- 
biemo, y que de todo aquello se prescindió una vez entronizada 
en nuestro país la política de concUiacion y entregado del Minis- 
terio de Ultramar el Sr. López Ayala. 

Pues qué, ¿piensa aquí alguno que es ya posible en Cuba la po- 
lítica del siatu quoi ¿Creéis que la guerra que arde en la grande 
AntiUa concluirá de otro modo que con medidas enérgicas, bien 
diferentes de todas las empleadas hasta el dia? Porque entended, 
Sree. Representantes, que de nada de lo que sucede en Cuba es 
responsable la escuela (no dije el partido) radical, porque allí no 
se ba becho nada, absolutamente nada de lo que hemos aconseja^ 
do las contadísimas personas que desde, hace cuatro largos afios 
venimos pidiendo' una variación completa de conducta, inspirada 
en los principloS| en el espíritu y la economía de la revolución de 
Setiembre, i Y por cierto que era ya tiempo de reconocer la infe- 
cundidad del sistema contrario! iCuatro aüos de guerra espantosa 
en que nuestro ejército regular ha tenido, según datos oficiales, 
25.000 bajas, y nuestro pueblo ha enviado cerca de ^é.OOO solda- 
dos, y nuestro Tesoro ha gastado 60 millones de reales en armar- 
los y disponerlos para el viaje, y los peninsulares y el Tesoro de 
Cubaban desembolsado sobre '70 millonesde pesos, y los insurrec- 
tos lian tenido 4.000 fusilados y agarrotados, y despilfarrado sobre 
90 millones de reales en sus expediciones, sus tentativas y sus 
fracasos! ¿Y qué resultado hemos obtenido de tanto esfuerzo y de 
tanta sangre? El que anuncié yo al país la vez primera que tuve 
la honra de hablar en este sitio como Diputado de la Península, y 
cuando solo, absolutamente solo, me decidí á plantear con fran- 
queza la cuestión de Cuba, asegurando que era preciso concluir 
la guerra jpronío y Men; pero que no se conclulria'por los medios 
á que entonces, en 1871, se apelaba y hasta hoy no se han aban- 
donado. 

La guerra sigue, Sres. Representantes; siempre que se trata ée 
relevar á un Capitán general ó á un- intendente; siempre que ié 
pretende aquí alguna reforma digna de este nombre; siempre qve 
un Ministro quiere atraer el aplauso de los ignorantes, sobre tftl ó 
eual medida, corre la noticia de la pronta pacificación de Cuba. 



230 

ooMt de dot mMM, se dice. Bs eow de quince dias, se ha llegada 
4 decir. Soldadoey Haiu 9W0, se afiadia; 7 asi benioa paaado eoa> 
tro a&ot. Y 70 oa digo I107, Representantes de la nadoneqia&olaf 
que por este.eamino la gaerra no oonela7e, 7 que Caba se pierde 
irremisiblemente para Espa&a 7 para la civilización. 

No pretendo, sefiores, imitar á las varias personas que & mi 
juieio ban cometido la falta de extraviar este debate, discutiendo 
la cuestión de Cuba en estos momentos, 7 cuando tenian la segu- 
rtdsd de que, por nuestra posición, no hablamos de abandonar 
el tema que nos ocupa para ventilar el problema cubano en todas 
sus partes. Creo haber dicho que jdenso traer éste á la Asamblea 
6 á las próximas Constitn7entes, si tensen ellas un asiento, que 
Ignoro h07 si solieltaré. Entonces el país nos oirá á todos, 7 no 
he de ser 70 el que m16noe hable. Pero si me ha de ser lícito decir 
dos palabras sobre la situación de Cuba: ser6 brevísimo. Tengo 
interés en ello. 

Por escusado considero pintaros aquella situación. Espanta 7 
avergOenza, sin que por esto 70 niegue las virtudes que en eUa 
puedan descubrirse. Mas lo que me interesa es revelar que el 
fundamento de aquella situación tristísima es la inmoralidad, la 
intolerancia 7 la esclavitud. 

¡La inmoralidad sostenida de un lado por la defraudación de 
laa rentas del Estado, llevaba á un grado 7 protegida por un ci- 
nismo que hace posible que en la Q<keeta de la Habana aparezcan 
como defraudadores multados muchos de los más aplaudidos pa- 
tHoíoi, 7 de otra parte, por esos bienes embargados 7 confiscados 
á los insurrectos 7 á los sospechosos cubanos, procedimiento con- 
trario á nuestras le7es 7 á la civilización moderna, y fuente de 
todo genere de abusos escandalosos, aun en aquella tierra de los 
escándalos. 

¡La intolerancial mantenida por los fusilamientos á la orden del 
dia; por los decretos de los jefes militares, que declaran insurrec- 
tos á todos los habitantes de determinadas comarcas, 7 por la 
prevención 7 loft odios de la parte intransigente de la población 
peninsular de Cuba, de una pequeña parte que por la fuerza de 
las circunstancias ha llevado por mucho tiempo, 7 no sé si aun 
lleva, la dirección de las cosas de aquella guerra. 

iLa esclavitud! de todo punto imposible desde el momento en 
que existen en la insurrección, 7 la sirven de núcleo, algunos 



231 

miles de negros qae pelean por su propia libertad personal, y á 
quienes se les ofrece la perspectiva del garrote 6 el martirio de la 
serridumbre antigua, con el aditamiento del grrillete y la exacer^ 
bacion de los castigos que implican el temor de la reincidencia y 
la rabia del engaño. 

Y bien, señores, para berir estos fundamentos no hay otro re- 
medio que la supresión de los embargos, la amnüstía y la aboli- 
ción de la esclayitud. No me pidáis el desarrollo de estas ideas; 
me Uevaria muy lejos. No supongi^s que pienso que con esto 
bastarla para resolver la cuestión de Cuba. No vengo aquí á dis- 
cutir este problema. Creo que esto es lo indispensable, lo prime- 

^, el punto de partida; como creo que nunca como ahora, nunca 
como en el momento de haberse proclamado la República es esto 
posible. ¡Resolveos, hombres de la nueva situacionl Tened fé, te- 
ned valor, que el éxito es seguro, sobre ser esta la imposición de 
la justicia. 

Y á esto deben estar apercibidos los amos de Cub^. Con cerrar 
los ojos ante el peligro, no se evita la catástrofe. La esclavitud 
es imposible: el statu quo no se puede sostener. ¡Bendito este 
proyecto si deeipierta á los blancos de Cubal 

Pero aun cuando no fuera todo esto, aun rechazarla yo el pi^o 
de algunos hombres de sometéis l>ui cuestiones de la pequeña An- 
tilla & las do Cuba. Dejo á un lado 4a tantas veces sostenida y 
nunca refutada diversidad de estas sociedades, que casi me auto- 
rizan para afirmar que más semejanzas que entre Cuba y Puerto- 
Bico hay entre esta y Andalucía. Tampoco puedo detenerme á de- 
mostrar que esa política es contraria á nuestra tradición, porque 
por algo y para algo nuestros antiguos colonizadores crearon y 
distinguieron los vireinatos y las capitanías generales. No quiere 
recordaros las protestas constantes de la pequeña* AnÜlla en la 
hora del desmembramiento del imperio colonial español, de su 
voluntad declarada de depender directamenti^ de la Península. 
Deseo solo llamar en mi auxilio el testimonio de un gran pueblo, 
de Inglaterra. Se trataba de la' abolición: pues no sometió la suer- 
te de Antigua á la de Jamaica: y la historia demuestra que hizo 
bien, porque la experiencia de la isla pequeña excitó á que se 
proclámase en la grande la abolición inmediata como remedio 
á los males producidos por el aprendizaje. ¿Quién os dice que 
hoy no pudiera suceder lo mismo con Puerto-Rico y coa Cuba? 



232 

Paro Begaid mái. Üa 1776 oomienzan las dUBrencias y las lu- 
ehas de loa Bttadoa-Unidoa é Inglaterra. No eran mea anavea laa 
relaciones de éate y el Canadá; qoixá tenían máa importancia, 
por<tae en él fondo habla ana oueatlon de raza y otra de religión. 
Y se aproxima él momento del conflicto, é Inglaterra resuelre 
todaa las cuestiones con el Canadá y marcha desembarazada á pe- 
lear eontra los Estados-Unidos y á hacerlos Ingleses por ftierza. 
Bl resnltado lo eonooeis bien; hoy los Bstados-Unidos son un 
paeblo independiente, y el Canadá una colonia que protesta y 
enYla aus conüsionadoa á Londres cuando en la Idetrópoli se 
acentúa la doctrina algo exagerada de Oladstone sobre la eman- 
cipación colonial, para pedir á la madre patria que cumpla sos 
deberes y no la abandone. ¡Ah, sefioree, no olvidéis, no olvideit 
este ejemplo! , 

Y vamos á la segunda objeción, que consiste en sostener que 
este proyecto es... lo diré, es obra de los Estados-Unidos. 
' Yo hago justicia á la sinceridad de todas las opiniones, y reco- 
nozco de grado el patriotismo de los impugnadores de este pro- 
yecto, como no dudo del buen propósito de la inmensa mayoría 
de los conservadores al oponerse á las reformas políticas colo- 
niales. Pero en cambio declaro que, á las TeceSf obran como 
enemigos jurados de Espalla. 

Porque se habla de reformas; se ^bla de derechos naturales, de 
surgió universal, de libertad, de democracia; ee decir, dé todo 
aquello que es condición sine gwa non déla vida contemporánea; 
de aquello que se impone de todos modos como ley del tiempo, 
y á que tienen que venir á parar todas las sociedades. Y oídlos: 
«Esa libertad es el separatismo; esos derechos son nuestros ene- 
migos; la democracia es la traición en América; el sufragio uni- 
versal, el reconocimiento de nuestra debilidad y nuestra humi- 
llación. Todo, todo es incompatible con el Imperio de España en 
sus colonias. » . 

Y yo os pregunto: ¿qué más pudieran decir nuestros más en- 
carnizados enemigos? 

En este mismo debate ¡qué cosas he oido! El representante de 
una nación amiga escribe á su jefe el Ministro de Negocios ex- 
tranjeros su juicio particular respecto de las reformas que nues- 
tro Qobiemo prepara para las Antillas; y como opinión propia, y 
en uso de un derecho Inconcuso, aüade que con ellas se separa- 



233 

rea GalMi y Pnerto-Bieo do BspaHa, porqae al>olida la eselavitad 
y oonclnidos los abusos y los monopolios, los ^peninsulares de la 
grande AntiUa no tendrán interés alguno ni motivo de ninguna 
especie para prolongar la lucha. Y este despacho se recoge, y se 
trae aquí y se entrega & todos los Tientos de la publicidad y se 
aduce como argumento contra la trascendencia del proyecto que 
discutimos, y hasta se pondera la perspicacia y la autoridad de 
su autor. Y pregunto yo: ¿es, Sr. UUoa, que S. S. cree, con el 
diplomático citado, que los peninsulares, que los espaüolesde 
Cuba pelean solo por la esclavitud y los monopolios? Pues yo 
protesto contra esa afirmación; yo, que me he cuidado tan poco 
de las censuras como de las alabanzas de los partidos de Cuba. 

Pero se llega á más. Todo el discurso del Sr. Suarez Incláñ y 
una buena parte del de mi respetaUe amigo el Sr. Romero Ortiz, 
se han consagrado á mostrar cómo las notas de los Éstados-üni- 
dos se traducían aquí en proyectos de ley. Yo no sé á quién he 
oido la peregrina especie de que en Washington se escribían los 
preámbulos de nuestros decretos. iSefiores, á dónde conduce la 
pasión de partidol lAh, si yo me dejara llevar de ella, cómo po- 
dria leer aquí, no las conferencias privadas, no los despachos en- 
tre los Ministros y los embajadores de una misma nación, si que 
las conversaciones oficiales, que causan estado, entre Lodr 
Granville, por ejemplo, y el Sr. Ranees en tiempo de los conser- 
vadores, y los discursos irritantes de Lord Falmerston en pleno 
Parlamento inglés, en la época de los m^oderadosl Pero no lo ha- 
ré; primero, porque él patriotismo me lo veda, que aquí no debo 
ser yo eco de las injurias que se hacen á mi país; y después por- 
que no acostumbro á dar á las frases uu sentido distinto del que 
tienen históricamente, y yo bien sé que por mucho tiempo los 
tf»pone$ y la etclavUud nos han tenido en la barra de Europa. 

Pero notad, notad la trascendencia del cargo que hoy nos ha- 
cen los conservadores. El actual proyecto prospera; será ley, y con 
ella daremos patria á 81.000 esclavos. Yo sé cómo esto se ha rea- 
liado; yo he visto y apreciado el entusiasmo con que en nuestra 
tierra se ha acogido el grito de «labajo la esdavitndl»; yo conoz- 
co los sacrificios que ha hecho y los peligros que ha corrido el an- 
tiguo partido radical para descargar su conciencia con esta medi- 
da. Pero {ah! que también nuestros enemigos no ignoran que por 
este eamino aseguramos el imperio moral de Bspaha en América, 



234 

y ya iM eieocliD que dioan: tLa abolición de la eielaTitoA, ¿& 
qolén se debe? La redeneion de 81.000 sierves, ¿quién la ba be- 
ebo7 No, no mireia 4 Bspafia como madre y redentora, Yoeotros 
loe qoe Tenie al mundo del bonor y de la Ubertad; no creáis que 
allende él Atlántico repercuten yuestras alefinrías y raestros so- 
llosos. El qoebrantador de yuestras cadenas lo tenéis más cerca; 
abl está; se llama los Bstados-Unidos. Bl defensor de Tuestrosde- 
recbos está más lejos, pero tampoco babla yuestro idioma; se lla- 
ma Inglaterra. Porque, sabedlo: la ^y de 1878 no la ban becbo las 
Cortes espafiolas, sí que las notas de Inglaterra y los cafiones de 
los Estadoa-Unidos.'Y creedlo, creedlo, que lo dicen, que lo ban 
diobo, que lo proclaman y tienen por incontestable é incon testado 
los Diputados y Senadores conserradoree de la misma Espafia...... 

iObl yo protesto desde el fondo de mi alma contra estas frasee, que 
no quiero calificar cual se merecen. Yo protesto, en nombre de la 
independencia de mi patria, de la bonra de esta Asamblea, de la 
grandeza de España, y condeno con todas mis fuerzas yuestro ex- 
tra&o patriotismo. (Bím^.j 

No, mil Teces no; aquí no bemos aceptado imposiciones. Su 
mera sospecba la rechazaríamos todos como un solo bombre. La 
ley es un tributo pagado á la justicia, y será un resultado de 
nuestra voluntad libérrima. (Bitn^ bienj 

Y tengo más que mis protestas; tengo los datos y las fechas. 
¿Cuál es vuestro argumento? Que nuestra política abolicionista 
es el resultado del mensaje del Presidente Grant y de un despa- 
cho particular (no comunicado á nuestro Ministro de Estado) de 
Mr. Flsb ¿ Mr. Sickles. Pero ¿de qué fechas son estos documen- 
tos? El primero de 1.* de Diciembre de 1872; él segundo de 29 de 
Octubre. Pues bien; la política abolicionista que ahora combata 
está proclamada en el discurso que resumiendo los debates del 
mensaje pronunció el Sr. Ruiz Zorrilla en 15 de Octubro de 1872. 
Aquí lo tengo; puedo leerlo. 

De modo que esta política es nuestra, absolutamente nuestra. 
¿O por ventura creéis que debiéramos haberla variado, porque 
coincidían con ella Mr. Grant, y Mr. Fish, Lord GranviUe y 
Mr. Layard? 

Y como no quiero tratar prolijamente este asunto, me dispenso 
de contestar á lo que el Sr. Ulloa nos hablaba de la poUtica ane- 
xionista de los Estados-Unidos, confundiendo la época de Polk y 



'.ll.*! 



235 

del Congreso de Ostende con estai en que él Gabinete de Was- 
hington se niega á aceptar la bahía de Samaná y las Antillas da- 
nesas, 7 contiene las expediciones filibusteras del litoral mejica- 
no. Entonces la política de los Bstados-ünldos era de extensión, 
y 4 éÚA le llevaban el problema arancelario, las necesidades de la 
producción esclavista y los principios generales del gobierno 
imperante desde Jefferson hasta Buchanam, la doctrina allí co- 
nocida con el nombre de demoor&ttóa, cuya firme base estaba en la 
exagerada autonomía y el número creciente de los Estados. Hoy 
la política que priva es la de la concentración, determinada por 
la última guerra, la reforma constitucional, la obra de la réeons' 
iruecion y las luchas de republicanos y abolicionistas. Confundir 
estas épocas es, sin duda, impropio de la ilustración de los ora- 
dores conservadores de esta Cámara. 

También habéis oido hablar, Sres. Bepresentantes, de la situa- 
ción política de Puerto-Rico como de un motivo para recabar el 
aplazamiento de este proyecto; y en verdad que ninguna situa- 
ción mejor para que nos resolvamos á una gran política refor- 
mista. Yo bien conozco los manejos y las falacias de los conser- 
vadores; pero veo claro que sus esfuerzos para hacer creer que el 
estado de Puerto-íUco es grave, ya no producen efecto. El motín 
de Yabucoa de liace seis meses, con las matanzas de Puerto-Rico 
de hace dos años, solo causan risa; y ahora mismo hemos podido 
apreciar una vez más la fecundidad de ingenio de aquellos caba- 
lleros. 

' Todos hemos leido un telegrama fiechado en Puerto-Rico él dia 
15 de Febrero, dando cuenta de una formidable insurrección 
ocurrida en Arecibo al grito de «Puerto-Rico libre,» precisamen- 
te cuando el correo acababa de llevar ¿ aquel país la seguridad 
de las reformas, y cuando todo el mundo comprendía que el úni- 
co medio de que estas no se realizasen era la perturbación del 
6rden público. Pero resulta, señores, que el Sr. Ministro de Ul- 
tramar recibe anteayer un telegrama de la Habana, fecha 25, en 
que se le participa que el cable de Puerto-Rico está roto desde el 
dia 14. ¿Necesitaré explicaros más, Sres. Representantes? 

Pero veamos, veamos tranquilamente cuál es la situación de 
Paerto-Rico. Presumo que los señores que me escuchan saben 
perfectamente que en Puerto-Rico se han introducido de 1868 acá 
algunas reformas, con las cuales se habia dicho por mucho tiem- 



386 

po qiM el orden y él p rog reeo eran imposibleB en las AntillM. 
Hay allí un decreto iobre imprenta (del tiempo del 8r. Batdriéh) 
<iae eoneede á eata elerta latitud, ai Uen depende absolntamente 
4e la Yolontad del Capitán general. Hay una Dipataekm protln- 
clal qne tendría importancia ai ae cumpliera la ley y ne ae auaei- 
tasen oonatantemente cneationes de competencia, qne liaeen re- 
ñir loa negooloa á la Penínaolft, donde duermen, ¿ pesar de tras- 
eurrir el plazo de loa cuatro meaea para que sean ejecutivoa. Hay 
un derecho de sufragio de todoe loa que pagan contribución 6 sa- 
ben leer y eieribir. Hay dereebo de representación en C6rtes, y 
hay una ley pr§paratoria para la abolición de la esdavitud. Pero 
lo que no rige allí todavía es aquella íbmosa ley municipal que 
oeup6 tanto, hace dos meses, al Congreso y al Senado. Vosotros 
recordareis que todos los seis discursos de oposición ftieron easi 
eontra esta ley; recordareis que en su pro tereió el Sr. Ministro 
de ultramar, y que á ella dedica muy buenos párrafos el manifies- 
to de la Liga] por todo lo que vosotros Juraríais*, de seguro, que la 
ley municipal rige en Puerto-Rico hace dos meses. Pues nada de 
eso; no rige. Estas son las cosas de Ultramar. Faltaban unos re- 
glamentos, y los reglamentos á esta hora se hallan en el ministe- 
rio esperando la aprobación. Y tampoco rige otra cosa: una Isy de 
seguridad personal. No la hay. Allí impera el absolutismo del Ca- 
pitan general, con lo que ya comprendereis el valor que necesita- 
rá un elector para votar á los candidatos de oposición. 
' Pues bien, sehores; de 1868 á es*A parte ha habido cuatro elec- 
ciones generales de Diputados á C6rtes y tres parciales de diputa- 
dos provinciales. Bl derecho de sufragio es el de más difícil ejer- 
cicio, el que implica mayor cultura en la persona, y por tanto, 
' en cujra práctica debiera temerse más la inexperiencia del pueblo 
puerto-riqueño. Pues ahí está la historia. Ni un alboroto, ni un 
conñicto, ni un disgusto. ¿Pues y la prensa? Ni un exceso. Y en 
tanto, los poseedores de esclavos se apresuran á manumitir espon- 
táneamente á muchos do sus siervos, y la inmensa mayoría del 
país firma ana exposición dirigida al Rey Amadeo pidiendo orden 
y libertad, gobierno y reformas á cambio de su acendrado espa- 
ñolismo, de su fé en las personas de la revolución, de su discre- 
ción y su cultura. Y él país prospera y el país está tranquilo. 

No me creáis bajo mi palabra. Tengo aquí tres documentos de 
que os voy á dar rápida lectura. Bl uno el Discurso leido por e¡ t «- 



237 

ñor Presidente de la Audiencia de Puerto^Bico en el solemne acto de. 
la apertura del tribunal el dia^ de Enero de 18'72. 

«En la anterior apertura sometí á vuestra consideración— dic& 
aquel magistrado— la comperacion de la criminalidad del año do 
10 oon el promedio que of^recia el quinquenio vencido en fin del 
propio añ0| y se encontró que el número de causas era 1.435 y 
1.248 el de delitos; 680 contra la propiedad, 302 contra las perso- 
nas; 101 contra el orden público y 52 contra la honestidad. 

En el año pasado se nota gran disminución en los delitos de la 
primera dase y un aumento insignificante en Ips de las tres úl- 
timas; aumentó que, más que otra cosa, tan sólo significa las va- 
riacionee que suelen notarse de un año á otro, sin que pueda de- 
cirse que existe mayor perversión. Además de que debe no olvi- 
darse que hoy es más eficaz y activa la persecución del crimen, ya 
por 01 aumento de juzgados, ya porque el útilísimo é importante 
instituto de la Guardia civil da cad» dia mejores resultados, y 
muchos hechos, que antes de su instalación pasarían desapercibi- 
dos 6 criminalmente ocultados, quedan ahora sometidos á los tri- 
bunales de justicia. La reincidencia ha sido menor que en 1870» 
según ya ae ha visto; y eomo en esta fué más corta que en los 
cuatro años anteriores, aparece que progresivamente va disminu- 
yendo. Este dato es muy interesante, y ofrece la fundada espe- 
ranza de que una vez que se planteen los establecimientos pena- 
les con las condiciones que la ciencia reclama, y conforme á las 
benéficas miras del Gobierno, que siempre se ha ocupado de este 
particular con decidido interés, se conseguirá que sea una verdad 
la enmienda del culpable, que es la más noble y cristiana aspira- 
ción que sobre este asunto abrigfi la sociedad. » 

Y escuchad ahora el juicio que el representante del Gobierno 
inglés ha formado del estado de la isla de Puerto-Rico y de su pre- 
paracion para: la abolición inmediata de la servidumbre: 

«Los frecuentes cambios de Gabinetes 4e España (dice el cón- 
sul inglés á-su Gobierno), aunque producen alguna excitación 
entve los elem^oitos políticos de la isla, no parecen ejercer in-«. 
flneaaia. alguna en la estabilidad de su comercio. En mi última- 
Memoria dije que ladeudade 400.000 pesos contraída por el Capi-» 
tan ganeral Sr. Saní habia sido satisCaoha á los comerciantes por 
su sooeaor el general Baldrieh, el cual, además, introdujo tan &-* 
voraU^s reformas en la administración , que al final del lAo 



238 

(1811) flxiitia un tobranie en Tesorería de 25 millonee de 
reales. 

La exportación de los productos de todas clases anmentó, con 
excepción del algodón y los eneros. Bl coIUto del primero se va 
abandonando cada vez más, reemplazándole por el más provecho^ 
so y monos expuesto del azúcar. La disminución en la exporta- 
ción de los cueros puede atribuirse al aumento en la eq;>ortaeion 
de ganado, particularmente en la parte oriental de la iála, 6 sea 
en el departamento de Humacao. 

Bl azúcar, que tan notable aumento tuvo ya en 1870, ha con- 
tinuado en progresión ascendente en 1871. En el afio anterior se 
exportaron 101.298 toneladas, y en 1871 llegaron á 103.108 to- 
neladas, á las cuales debe agregarse el 25 por 100 de esa canti- 
dad, que se emplea en el consumo de la ida, elevándose por lo 
tanto la cifjra de producción á 128.878 toneladas, lo cual, en mi 
opinión, ea una cantidad qué nunca se ha producido en ningún 
territorio de la extensión de la isla. 

El café también ha tenido el aumento desde. 192.643 quintales 
en 1870, hasta 210.866 quintales en 1871; y aunque la próxima 
cosecha de Mayagüez se espera no sea muy buena, en cambio se 
creo que la del distrito de Agaadilla aumentará en 80 por 100. 
Durante los últimos meses del aüo, los precios del cafó han teni- 
do un alza considerable. 

De la misma manera ha aumentado la exportación de melazas, 
desde 7.293. Ofll galones á 7.590.915. El tabaco tuvo un descenso 
inesperado, desde 64.972 quintales, á que ascendió en 1870, á 
54.640 quintales en 1871, y esta baja hubiera quizás ocasionado 
la ruina de algunos pequeños propietarios, si no hubiera atenua- 
do sus efectos una elevación en los precios que compensó la falta 
de producción. 

El importe total de todo el comercio extranjero en la isla fuá 
de 6.618.492 libras (unos 629 millones 'de reales), de los cua- 
les 3.500.000 representan las importaciones y 3.118.492 las ex- 
portaciones. No 83 posible asegurar su valor detallado á la impor- 
tación; pero los artículos principales sobre que recayó, son: es- 
tampados, telas ligeras de algodón , géneros de hilo y de punto, 
hierro, maquinaria, cuchillería, cervezas, guarniciones, loza y 
perfumería procedente de Inglaterra; harinas, maderas, pescado 
salado, etc., de los Estados-Unidos y Canadá; vino, aceite y fru- 



239 

tas secas de España; tasajo del Bio de la Plata; proylsiones de 
Alemania, y Tino, sedería y porcelana de Francia.» 

El autor de la Memoria inserta después un estado comparativo 
de la exportación durante el último quinquenio, del eoal resulta 
que desde 186*7 la exportación viene creciendo en el azúcar y me- 
laza; en él tabaco casi ha triplicado; en el cafó, que bajó en 69 y 
en '70, ha subido á una cifra' no conocida nunca* 

El tipo de los cambios ha sido por término medio el de 5 
duros por libra esterlina, 'aunque durante los últimos meses del 
alio se ha sostenido más elevado, y según todas las probabilida- 
des y debido á las facilidades de comunicación que el cable sub- 
marino ha proporcionado I el cambio no volverá á estar nunca 
tan bajo como ha venido estando, ni sufrirá tampoco grandes os-» 
cilaciones. Yo lo he conocido á 4 duros y 75 céntimos, también ¿ 
* 5 duros 85 continuos por libra esterlina, lo cual producía grandes 
perjuicios; en lo sucesivo creo que la oscilación será desde 5 du- 
ros á 5 duros y 20 céntimos. 

El número total de buques que han entrado en los diferentes 
puertos de ]a isla en 1871 fué de 1.919, con una cabida de 32*7.941 
toneladas, y 21.161 tripulantes; de estos, 544 buques con 81.966 
y 1.029 tripulantes^ han sido ingleses. 
Y sigue luego: 

«La población, por supuesto, no ha tenido ningún aumento ni 
disminución sensible desde mi último informe; pero sí ha sufrido 
un cambio por demás importante en su condición y carácter, de- 
bido á la ley preparatoria para la abolición de la esclavitud, que 
ae puso en vigor aquí á principios del aüo. 
' A consecuencia de la expresada ley, el número de esclavos ha 
disminuido en 10.000; de manera, que en una población de 79.000 
personas no quedan más que 30.000 esclavos, y estos van dismi- 
nuyendo cada dia, por haberse cerrado las puertas de entrada con 
la extinción absoluta de la trata y haberse abierto las de salida 
por medio de la libertad, siendo estos los efectoá producidos por 
la espresada ley, con la cual, aun cuando nada más se haga, basta 
y sobra para concluir con este horrible sisteme, sobre todo si las 
autoridades locales cumplen sus prescripciones de una manera 
extrlcta, inspirándose en la mejor buena fó. Esta reforma merece 
eqwdal estudio, más bien bajo el punto de vista civilizador y hu- 
manitario, que bajo el poUtico ó universal, puesto que siendo pe- 



240 

queAo el número de esclavoi, sa emanoipaeion no ha de perturbar 
en lo más mínimo la paz pública 6 la marcha del trabajo. 

Paerto-Rioo ee, bajo todoa conceptos, nn país qne deben mirar 
con interés los amigos de la emancipación, por<iae aquí la esda- 
▼itad, bajo cualquier forma que se la considere, está -moribunda 
y tu coneluwion no tretera contigo, como en otras partea, la necuidád 
del trabajo forzado, porque la población que contiene basta y sobra 
para atender á todo, siendo además los propietarios unánimemen- 
te enemigos de la inmigración de trabajadores extraños, ya sean 
cliinos, coolies ó.negros.» 

Por último, permitidme leeros un estado que acaba de pubUoar 
la Revista Mercaniü de Puerto^Rico, y que por el último correo he- 
recibido. 

Se refiere á las exportaciones délos tres a&os de 1869, 70 y 71* 
Pues notad el progreso: 

«1869.^Azúcar, 7.627.451 quintales; mieles, 5.969.020 galo- 
nes; café, 141.896 quintales; tabaco, 28.688 quintales, etc., etc. 

1870.— Azúcar, 2.025.966 quintales; 7.298.011 galones mieles; 
calé, 192.643 quintales; tabacos, 64.978 quintales. 

1871. —Azúcar, 2.162.667 quintales; 7.590.915 galones mieles) 
café, 210.066 quintales; tabaco, 55.240 quintales.» 

Vé ahí, Sres. Representantes, los resultados de tres a3os de po- 
lítica, de agitaciones y de desasosiego. Vé ahí lo que hay de ver- 
dad en el argumento de que la situación de Puerto-Rico no tolera 
ciertas reformas que allí redaman todos los intereses , cuando 
menos para dar armonía y seguridad á la vida puerto-riqueha, 
agitada por continuas promesas, por incesantes anuncios, por 
cambios inminentes, por las innovaciones introducidas en su an- 
tigua existencia, y cuyo complemento ya estimaba indispensable 
el partido radical hace tres a&os. 

Y apenas si merece seria rectificación la peregrina especie de 
que esas reformas liayan de servir á la causa de la separación de 
aquellos países del regazo materno. ¡Ohl Hasta ahora yo no co- 
nozco un solo pueblo que liaya roto los vínculos que con la madre 
Patria le unian en recompensa y camUo de las libertades que an- 
tes hubiera solicitado y al fín hubiese obtenidOJ Sé todo lo contra- 
rio; como conozco también la histbrla del patriotismo , de la leal- 
tad, de la sumisión incondicional de los intransigentes del stak» 
qt*o, á principios del siglo, en América. 



341 

Porque, recordadlo; la Plata se insarreeclonó porque no quisi- 
mos reconocer la libertad mercantil que dé hecho gozaba áeÉáe 
1805, y que al cabo tuvimos que proclamar eñ las Antillas en 
Í817. Y Venezuela se levantó porque en 1810 no quisimos tratar- 
la al igual de los demás reinos de la Península, ni abolir las fa- 
cuitados discrecionales de los capitanes generales, ni liacér otras 
reformas que las tardías y pasajeras de 1813. Y no lo digo yo: ló 
dice el ilustre Florez Estrada, que escribió un libro sobre esto; - 
lo dice el imparcial Vadillo; lo dice el honrado Urquinaoca; 10 
dice aquel Español^ aquel célebre periódico que Blanco publicaba 
en Londres durante nuestra guerra de la Independencia; lo dice 
el nunca bastante alabado Gervinus, autor de la Historia del si" 
glo XIX. 

En cambio yo sé que los esclavistas de Santo Domingo, los 
hombres que arrastraron á Ogée y asesinaron á Laoombe, los que, 
frenéticos, resistieron los decretos igualitarios de la Constitu- . 
yente y la Legislativa francesa, los que sostuvieron aquella espe- 
cie de casino ultramarino que se llamó el club Massiac en París y 
constituyeron la rebelde Asamblea de Saint-Marc, fueron los que 
pactaron con los ingleses la entrega de Santo Domingo mientras 
Francia guerreaba con EspaQa, y los que entregaron á aquellos á 
Jeremie y al mismo Port au Prinoe, reconquistados por el in- 
mortal Toussalnt L*üverture y los libertos de 1^794, verdaderos 
héroes de la integridad de la nación francesa. 

En cambio yo sé que Yermos, y el consulado de comercio, y el 
obispo Pérez, y el traidor Itúrbide, y la Inmensa mayoría, la casi 
totalidad de los héroes de la separacion.de Méjico de 1822, nun- 
ca, nunca fueron liberales, ni pidieron reformas á la madre pa- 
tria, ni levantaron con la bandera de la separación la bandera de 
la libertad, limitándo9e á tomar por causa de su infame resolu- 
ción (ellos que se hablan preparado poco antes para desconocer 
la autoridad de las Cortes españolas y ofrecer un asilo á Fernan- 
, do durante el ominoso período constitucional) los acuerdos y los 
decretos del Congreso de Madrid contra la mano muerta y las úl- 
timas sombras de la tiranía apostólica. 

Oigo la interrupción del Sr. Ulloa. Tiene razón su seüoría: el 
cura Hidalgo se habia levantado antes de 18Q0; en 1810 ó 1812; 
pero ol Sr. Ulloa prescinde de que la insurrección de Méjico tuvo 
dos períodos: el primero el de explosión; pero el levantamien- 

16 



2i2 

lo 4tl cara de Dolores estaba maj eerea de ser sofboado en IdliO, 
soando la yolantad de los Pereí, los ItúrUdes y los hombres del 
eonsalado biso caer noostio imperio en Noeva Bspa&a. Antes de 
1880, snoedia en If éjieo lo^ ^ne ahora en Coba: 80I9 qnedaba en 
los eampos Guerrero eomo boy queda Cei^es. lY & Guerrero 
fueron á buscar aquellos patriotas, aquellos espa&oles sin condi- 
eiones, aquellos leales que en 1810, y al coinenzar él mismo a&o 
iO, no cesaban de acusar de separatistas á los Diputados america- 
nos, que ni un solo dia ocultaron á la madre patria los peligros 
áéíiUUufuo! 

lAhl pero 6 bien que squellos traidores pagaron pronto su cul- 
pa; por amor á los intereses materiales se alzaron contra su patria 
y favorecieron & Guerrero; y la reyolucion triunfó y ellos fbeion 
expulsados de Méjico y sus bienes fueron confiseadosl ¡Recuérde- 
lo, recuérdelo si hay algún insensato, si hay algún menguado 
, que saboree la tristísima historia de los 8epa|atllitas mejicanos 
de 1820! 

No temáis, pues, Sres. Representantes, que esta ley ni otras de 
mayor acentuación política, haya de producir cierta clase de per- 
turbaciones en Puerto-Rico. 

Y voy al último argumento. La situación de nuestra patria: la 
gravedad de las circunstancias por que atravesamos: la necesidad 
de no debilitar la nueva situación con problemas extraSLos al or- 
den interior de la Península; la conveniencia de agrupar en tomo 
del poder naciente & todos las partidos. 

Ante todo, señores, yo reconozco que puede haber algo de cierto 
en todo esto; pero esta misma franqueza me autoriza para afirmar 
que hay todavía algo peor para el orden actual de cosas que el dis- 
cutir y el votar esta ley, y esta cosa es el aplazamiento del pro- 
yecto. Por manera, que en último caso no se trata de optar entre 
una situación despejada y otra comprometida, sino de resolverse 
entre dos graves conflictos. Ya veis que soy franco. 

Porque, señores, no olvidéis que esta ley está moralmente he- 
cha; que su principio ha sido consagrado en dos solemnes vota- 
ciones apenas há dos meses; que el Ministro de Estado ha comu- 
nicado al' mundo toda la resolución del Gobierno español, y reci- 
bido las felicitaciones de todos los Gabinetes de Europa y Améri- 
ca; que aquí, eu este mismo recinto, se ha dicho con una autori- 
dad incontestable ó incontestada: «Los esclavos de Puerto-Rico 



243 

«on ya libres.» ¿Y ereeis, creéis por yeotnra qae estas frases no 
han salvado el Atlántico? ¿Creéis que las ignoran los omoi j los 
«selayos de la pequefia Antilla? Y si no lo ignoran, recordad que 
el mayor peligro de todas las aboliciones, como de todas las gran- 
des reformas sociales, es precisamente su anuncio y su inmediato 
aplazamiento. Aquí se ha hablado de las AntiUas danesas. ¿Qué 
otra cosa sino un aplazamiento insensato , 6 mejor dicho , una 
prolongación impolítica de los debates sobre la ley de abolición 
fué la causa principal de los desastres de Santhómas y Santa 
Cruz? ¿Y qué sucedi6, en otro orden de ideas, en Martinica? lOhl 
Mirad que la sangre que podria producir el desistimiento de este 
proyecto caerla sobre vuestras cabezas. No se juega impunemente 
con la esperanza y la libertad de los hombres. 

Pero venid á otro punto. Fijaos por un momento en las varias 
políticas que en lo que va de siglo hemos practicado en Ultramar. ' 

La primera, la política del régimen absolutista. Su principio es 
generoso y su sentido trascendental. Yo le he hecho aquí cumpli- 
da justicia: consistía en llevar á Ultramar el espíritu y las ins- 
tituciones todas de la vida metropolítica. Por eso el Código de 
Indias no fué nunca un E$t(U%itO'Coloniáí: por eso las leyes de Par- 
tida han sido el fundamento del orden jurídico de nuestras colo- 
nias. No discuto ahora ol valor científico de este sistema , ni me- 
nos la bondad de sus detalles. Reconozco solo su sentido; sentido 
que hizo posibles el famoso reglamento de esclavos de 1789 y los 
Concilios provinciales de Nueva BspaÜa. Y si la memoria del an- 
tiguo régimen hiíbiera sido sagrada para los pueblos americanos 
á no despedirse con Femando VIT, por medio de la real orden 
de 1825 Invistiendo á los Capitanes generales con las omnimodas^ 
y por medio del fomento inmoral de la tratt (á despecho de los 
pactos diplomáticos), que todavía permite decir al célebre Li- 
vingstone «que Cuba es el primer mercado de esclavos del mundo.» 

Y á esta política sigue la del partido moderado; política de ab- 
solutismo y de corrupción, basada en la intolerancia más insen- 
sata y la explotación más desvergonzada de las colonias, como 
mercado y como dependencias burocráticas. No quiero, se&ores, 
sacar el debate de los límites en que la discreción de todos le 
tiene encauzado, y por esto he de prescindir de las censuras que 
á la política de los moderados debiera yo dedicar eh otro mo- 
mento. 



2U 

¡Moa hablan de integridad nacional, elloa, que como,borb6niooa 
tienen en aa hiatoiia la yenta de la Florida y el abandono ver- 
gonzoeo de Santo Domingo! iNos hablan de previsión y tacto^ 
ellos, que en 18^ reaUtieron la libertad mercantil para que per- 
dióramoa loa reinos de América, y una vez perdidos tuviéramoa^ 
qae aclamar la libertad en las Antillaa, y que en 1868 contribu- 
yeron de una manera poderosa, con el decreto sobre la contrlbnr- 
clon directa y el fracaso de la Janta de información, á la Inaux^ 
reecion de Cabal {Nos hablan de puritanismo constitucional,, 
élloa, que por boca del Sr. ^eijas Lozano han proclamado la om- 
nipotencia de la Corona en laa cuestiones de Ultramar, y que han 
dejado de cumpUr veintitrés a&os el art. 80 de la Constitución 
de 18451 

Pero llega la política de la unión liberal. Yo no quiero ocultar 
que por mucho tiempo la unión liberal fué el partido que más de- 
votos tuvo en nuestras provincias trasatlánticas. ¡Habla censura- 
do de tal modo la expulsión de los Diputados do ISSll ¡Habla de- 
fendido de tal suerte la necesidad de las reformas! ¡Habla sido tan 
benévola la gobernación de los Sres. Duque de, la Torre y gene- 
ral Dulce en la mayor da las Antillasl Pero, señores, tanto como 
en otro tiempo era estimada la unión liberal, es hoy aborrecida. 
¡Oh! Su política se ha reducido al avivamiento perenne de todas 
las esperanzas y la decepción incesante, y el olvido sistemático 
de todos las promesas. 

¿Lo dudáis? Pues fíjaos en la primera época. Es la época anterior 
á 1854, en que se echaa los fundamentos de la futura unión libe- 
ral. Entonces se crea un periódico destinado muy principalmente 
á sostener la reforma ultramarina: entonces aparecen las célebres 
Memorias del general Concha: entonces se hace la crítica más 
despiadada del régimen colonial vigente allende el Océano. Pero, 
en seguida, todos las esperanzas producidas por actitud tan simpá- 
tica, todas se desvanecen con la administración desastrosa de 
aquel mismo general Concha en el segundo período de su mando 
en Cuba y con la medida del general O'DonnelI y su influencia en 
la situación de 1854 á 1856. 

Cuando el Sr. Ulloa decia tardes pasadas que la Constituyente 
del bienio habla rechazado en las secciones una proposición sobre 
la abolición de la esclavitud, ¿por qué olvidaba S. S. la participa- 
«ion que en esta negativa tuvo el ilustre duque de Totuan? /'SI 



245 

Sr. üUoa: Nlngana.) Creo yo todo lo contrario, y con fandamen- 
to para ello. Pero es un detalle á que no doy gran importancia, 
porque S. S. podria decirme con razón que en él bienio no gobett- 
n6 tolo la unión liberal. Pues llega la época de su apogeo; llega el 
periodo de los cinco años. Y después de tantas promesas, m'ás 
acentuadas desde 186*7, ¿qué se bizo? La unión liberal trajo al 
Parlamento los presupuestos ultramarinos de 186^63, 6 Imita- 
ción de lo que habla sucedido en el bienio, pero no para que se 
discutiesen, sino para qua una comisión mixta del Senado y del 
Congreso los estudiase, como en efecto no los estudió. Y llevó á 
Cuba (no á Puerto-Rico) una como ley municipal, que es verdad 
que introducía la noveded de la elección, atribuyendo el derecho 
de sufragio á los mayores contribuyentes; pero notad que la de* 
signaeion de los concejales correspondía y corresponde al Capitán 
general; de modo que los electores solo tienen el derecho de pro- 
poner; y del mismo modo, observad que los dichos Ayuntamien- 
tos carecen punto menos que absolutamente de todas las faculta- 
des que eu'aquella época, por cierto nada avanzada, eran propias 
de los municipios de la Península. Y llevó la separación de lo ad- 
ministrativo y lo judicial á las Audiencias, pero sin tocar á las 
omnimodas de los Capitanes generales, que desde entonces no 
tuvieron obst&culo, y creando con lo eontenciosO''adiministraU'OOf 
los Consejos de administración y la Dirección de obras publicas, 
la centralización absurda siempre ^ y en aquellos países incom- 
prensible. 

Yo oigo muchas veces á los hombres de la antigua unión libe- 
ral pedir consideración y plácemes para su política ultramarina, 
y no he podido todavía calmar mi sorpresa de que hombres de 
juicio estimen meritorio lo hecho, cuando dominaron tanto tiem- 
po, y en condiciones tales que pudieron hacerlo todo. |Ohl sello- 
res, los extraño, lo verdaderamente extrallo, es que la unión li- 
beral, que tuvo espacio y hombres para desenvolver toda una po- 
lítica, se detuviese en esos Ayuntamientos y esa centralización; 
prescindiendo ahora de la bondad ó maldad de las tales reformas. 
iPeregrino seria colmar de aplausos á un Gobierno que habiendo 
dominado en España, por ejemplo, desde 1812 á esta parte, se hu- 
biera limitado á abolir el tormento, apegar las hogueras de la in- 
quisición y autorizar cierta libertad de imprenta! Y no lo olvi- 
déis, señores de la antigua unión liberal; de 1858 á 1804 lo 



di6 

pmiiftf^f iodo; pofqoo aquí U» partidos dormían, porque en d» 
tramar teníais autoridades queridas y discretas que sostenían la 
opinión reformista; porque, en fin, teníais entonces, por vuestras 
predicaciones y Tuestros compromisos, la representación moral 
de nuestn» colonias. Y caísteis sin tocar más que la superficie de 
nuestro régimen coIoniaL 

Y calda, volvió la unión liberal á su campaña de ofrecimientos,, 
de esperanzas, de protestas contra el antiguo régimen. La cue»» 
tSon de Ultramar le sirvió & maravilla para hacer gala de su libe- 
rtUsmo en 1865, y aún recuerdo la pasión y la elocuencia, con 
que en favor de las libertades ultramarinas hablaban aquí entona- 
ees el Sr. Posada Herrera y el Sr. ülloa. 

Pero llega la unión liberal al poder: es la hora de las reformasr 

IsB colonias se estremecen de Júbilo Y la Qauta publica la 

convocatoria de una Junia d» Jfíformaeion para que el Qobiemo 
estudiase los problemas ultramarinos y sometiese los resultados 
de su estudio 4 la resolución de las Cortes. La decepción fué hor- 
rible, y más todavía el resultado de la Información^ . que vino 6 
aumentar la historia de las torpezas del Ministerio de Ultramar. 
Porque si alguna palabra hay grave para nuestras Antillas, es 
esta: etíudiaremos, Y tienen aquellas razón: porque en el Gobierno 
se debe resolver. Además, nada de Jo propuesto en la Junta se 
tuvo en cuenta: digo mal (y esto fué obra de los moderados), el 
liinisterio creó la contribución directa, fijando una cuota doble 
de la propuesta por los comi8iona;do8 y manteniendo las aduanas 
que estos abollan; y tuvo la insensatez (no quiero calificarlo más 
duramente) de atribuir la responsabilidad de esta medida á la 
Junta de 1865, sin permitir que esta protestase públicamente. Y 
de aquí, en gran parte, la insurrección de Yara. 

Uega, por fin, la revolución de Setiembre. A pesar de los des- 
engaños, todavía se esperaba en Ultramar mucho de la unión 
liberal: y esta tuvo buen cuidado de recabar la dirección de la 
política ultramarina. Combatí entonces esto, y más la designa- 
ción de la persona que se habla de encargar del Ministerio: por- 
que el Sr. Ayala es una ilustre persona, una gloria literaria de 
nuestro país, pero poco apto para las cuestiones político-adminis- 
trativas y de un criterio excesivamente conservador, y el Minis- 
terio de Ultramar requiere, no solo conocimiento profundo de los 
países trasatlánticos, si que convicciones liberales muy arraiga- 



247 

das 7 un sentido político espansivo incompatible con una ednea^ 
don, enando menos, doctrinaria. 

Pero si la política del 3r. Ayala fué &tal, porque era el más 
ataoluto 6 incomprensible stattt quo dentro de la revolución, en 
las Oonstituyentes hubo conservadores que 8e# fijaron con cierto 
deseo en las cuestiones ultramarinas. Y á ellos (á los Sres. Vallin 
y Ferratges) se debe que el art. 108 variase de carácter, convir- 
tiéndose la conjuntiva y en la disyuntiva ó, en cuya virtud be»- 
taba la presencia de los Diputados de Puerto-Rico 6 de Cuba para 
que la Cámara resolviese todo el problema colonial. Y conserva- 
dores fueron los que, en vista de este art. 108, convocaron los 
comicios de Puerto-Rico y trajeron á la Península á los Diputa- 
dos de la pequeüa AntUla. Y conservadores fueron los que en 
un documento célebre, en que se participaba á las colonias e^ 
éxito de la revolución de 1868, deoian que «el alzamiento nacio- 
nal no se babia llevado á cabo en beneficio exclusivo de los habi- 
tantes de la Península, sino también de nuestros leales liermanos 
de Ultramar, que al escuchar el eco de nuestra victoria, sienton 
próximo el momento de ver realizadas legítimas esperanzas y no- 
bles aspiraciones.» 

Pero ¡ah, seAoresl que todo esto no era más que vana palabra* 
Porque esos mismos conservadores fheron los que para votar al 
Rey Amadeo exigieron que se prescindiese del proyecto de Consr 
titucion para Puerto-Rico; eUos los que duranto el Báinisterio de 
conciliación dejaron sin cumplirlos votos de las Constituyentes é 
Impidieron la discusión de otras leyes; y ¡ya lo veis! si yo luvle- 
ra esperanza aún, la habría perdido después de escuctiar al seüor 
Romero Ortiz, que nos decia: «No quiero más Ley que ía prepa^ 
reitoria de 1870;» á pesar de que el Sr. Topeto y sus amigos creiañ 
en aquel alio que anteas de terminar la legislatura de 18*71 debia 
hacerse la abolición, así en Puerto-Rico eomo en Cuba; y si bien 
él Sr. Ulloa conviene en aceptar una Ley de abolición, es en el 
supuesto de que sea gradual, cuidando de alladir en seguida que 
no admito la competencia de esta Asamblea para resolver la cuea- 
üon. 

Hé ahí, hé ahí, Sres. Representantes, la política ultramarina de 
la unión liberal. Promesas y decepciones: nada más. 

Y viene la política del partido liberal. Bl Sr. Ulloa ha rechaza^ 
do todo contacto eon los Diputados de 1812 y 1820, á pesar de 



d48 

haber lido profirreaista: pero yo, qne no tengo eompromiso alga- 
no, no titubeo en aceptar oomo propia la tradición del partido Ur 
beral, que en 1812 deeeaba llevar la igualación de derechos, y la 
supresión de la trata, y la abolición de la esclavitud á Ultramari y 
que nunca aceptó en principio la servidumbre de nuestras coló- 
niaa. Solo que cometió errores, hijos del desconocimiento de que 
las grandes reformas no se deben solo anunciar y menos aplazar. 
Por eso realizó tarde y con fatales resultados, y por esto mismo 
no por completo, la igualación de derechos en 1810, sucediendo 
lo. que constantemente venian anunciando los Diputados ameri- 
canos, los Fellú, los Mendiola, los liegía, los Alcocer, los Navar- 
rete, que siempre aseguraron (contra lo que aquí se ha dicho 
violentando de un modo absofluto la exactitud de la historia) que 
era imposible el Btatu quo, lo mismo que el imperio de España 
allende los mares, si pronto y con ánimo no se hacían las refor- 
mas. Por eso también expulsó en ISSl y bajo la influencia de cau- 
sas todavía no apreciadas unánimemente por los historiadores es- 
pa&oles, por eso expulsó en 1887 del Parlamento á los Represen- 
tantes de nuestras provincias trasatlánticas, no querlendp, en 
verdad, dejar subistente allende el mar el absolutismo, sino pro- 
ceder en seguida á la organización libre y fecunda de aquellos 
países por medio de leyes especiales'^ vano intento, que solo dio 
fuerzas al tíatu q%io y que ha hecho posible la continuación del 
absolutismo, al principio suave, insoportable después, por.espacio 
de cuarenta años. 

Bn 1854, como ya os dije, no gobernaron solos ni el partido li- 
beral ni el conservador; y, sin embargo, entonces, por vez pri- 
mera, se trajeron á las Cortes los presupuestos de Ultramar y 
se llevó la casación civil á Cuba, Puerto-Rico y Filipinas. Depen- 
día la gestión de las cosas ultramarinas del Ministerio de Estado. 
Pero debo prescindir de esos chispazos, para recoger el espíritu y 
los compromisos del partido liberal, consignados en todos los ma- 
nifiestos de los antiguos partidos progresista y demócrata, duran- 
te el larguísimo período de su persecución y su ostracismo: perío- 
do interrumpido en 1868, en que, como he dicho, se apodera do la 
dirección de las cosas coloniales la unión liberal. Solo en 18*72 
ocupa el poder nuestro antiguo partido, de suerte que sea lícito 
exigirle una responsabilidad completa de sus actos de gobierno. 
Y BU primer acto es este proyecto de ley, perfectamente en con- 



249 

■onanoia eon flus anteiiores compromisos y sos públicos y solem- 
nes msniflettos, pjrfectamente de acuerdo con toda la tradición 
liberal de nuestro país. \ 

Yo no alerto á comprendere insistencia de los conservadores 
en afirmar qae el partido radical (la última forma hasta el 11 de 
Febrero, del antiguo partido liberal espeüol), estaba comprometi- 
do al 8Mu quo ultramarino, mientras durare la guerra de Cuba. 
¿Por dónde? ¿Bn qué se fundan? ¿Cómo olvidan documentos so- 
lemnes en que se dice todo lo contrario? ¿Es posible, se&ores, dis- 
cutir de esta manera? 

¿Pues no sabe todo el mundo tiue el acta de nacimiento del par- 
tido radical es el célebre manifiesto de 15 de Octubre de 18*71, él 
único que ha dado este partido y al que constantemente se refi- 
rieron, asi el digno Presidente del anterior Consejo de Ministros 
eomo toda la prensa y todos nuestros hombres políticos? 

Bn aquel documento hay un párrafo muy largo y muy explícito 
dedicado al problema colonial. Bl destino de nuestras colonias es 
para él la libertad, el cumplimiento -de las promesas de la revoln^ 
«ion de Setiembre; mas para su inmediata realización se estable- 
ce una diferencia, .cuya causa es la guerra de Cuba. Allí donde 
existe la guerra, aplazamiento, solo splazamiento: allí donde, co- 
moen Puerto-Rico, la paz reina, las reformas y la abolición de la 
esclavitud inmediatamente. Bl texto es claro; yo os desafío á ne- 
garlo. ¿Por qué, pues, olvidáis siempre y con tanto empeño este 
documento? Y si hay quien haya intentado evadir sus compromi- 
sos, la contradicción será suya, la falta será suya; que de las opi- 
niones y las torpezas particulares no es responsable ud partido. 

Siento que no se halle en este recinto el Sr. Qasset, porque 
■obre este tema quisiera observar algo á lo dicho por S. S. días 
pasados. Y cuenta que yo he mantenido siempre mis opiniones, 
aun dentro del partido radical; opiniones favorables á la reforma 
inmediata, y habida consideración de la diversidad de las cir- 
cunstancias en Cuba y en Puerto-Rico, sin que la guerra me pa- 
reciese otra cosa que una razón más para la reforma. Pero notad 
oómo he mantenido yo mis opiniones particulares, como creo que 
caben dentro de todos los partidos, esto es, mediante dos condi- 
cioneB. La primera, el cuidar de que todo el mundo entienda que 
las opiniones propias son exclusivas y corren á cuenta del que las 
sostiene; la segunda, el huir toda distinción, todo cargo, todo 



tefi^ d«l ptftido que <|iili& fdiMB Mrrlr de pfwttglo ptimlft 
ídM que w «MtlaM Drante á la opisk» gmend jr ti pio8i»M A>k 
teado politteo á que el disidente perteneee. 

Y DO neeeelto deeiioe, eé&oree» de qii6 modo be enapUdo yo 
eetOB debefee. Stempre be eomenado por deelenr que enaado de 
IM eoUmiee ee tretey faábio por mi propia eoente, y nadie me ba 
eaeontrado jamás en el eamino de leo bonono. 

T por esto me ereo más autorizado para prodamar que el par- 
tido radical está estrecha y rotundamente comprometido 4 baeer 
las reformas en Poerto-Riec. 

Abora bien, Srea. B ep r eo e n tante r á la Tista tenéis todas Iss 
pelíUeas coloniales conocidas en noestro país en lo qae ts de si- 
glo. 9a carácter general es el aplaauniento de las reformes. Los 
■oilTos son díTcrsos y la tendencia diforente. Y ¿cuál ba sido el 
resoltado de ese constante aplaxamiento? Cinco insarrecdones 6 
conatos de insurrección de esdaTOs: irea grandes conspiraciones 
de blancos: ana guerra desastrosa de oaatro aSos, cayo tftrmiao 
nadie ye: an mando de expatriados, de presos, de persegaidos: 
an msr de lagrimes: on diluvio de sangre: una tempestad deshe- 
cha de tormentoe y de pasiones que ba atraído sobre nuestra pa- 
tria la mirada horrorizada de todos los pueblos cultos. lY ante 
semejante cuadro se os pide la continuación de aquella politlcal 
¿Cuándo creerán nuestros adyersarios que ba terminado su ezpe- 
rieneia? ]Y la República ha de comenzar su vida aceptando los pe- 
ligros y los desastroB y los empíricos remedios, y los recursos 
eridentemente ineficaces del antiguo régimenl \Y la RepúbUca, 
para incurrir en estos errores, ha de prescindir por completo de 
todo lo que 'constituye nuestro carácter nacional ' y nuestra tra- 
dición en la obra magnífica de la colonización espaüolal 

Porque, señores, uno de los toques característicos de la forma 
republicana, uno de sos méritos y al par uno de sus peligros, es 
la exhibición completa del carácter y sentido del pueblo que la 
reconoce, de modo que todos los actos de aquel le son imputa- 
bles de un modo absoluto. La monarquía, por el contrario, supo- 
ne cierta limitación de la fuerza espanslva del país, cierto reco- 
nocimiento de la incapacidad en que este se haQa de dirigirse en- 
teramente por sí; cierta dirección superior de los destinos de un 
pueblo que no ha llegado al grado de cultura moral 6 intelectual 
propia de los pueblos mayores de edad. Por eso las culpas de los 



251 

f 

BoetodadeB en qae la monarquía existe se reparten entre la me- 
narqola y la sociedad: por eso la República exige condiciones ex- 
cepcionales, así en el orden de la moralidad como en el orden de 
la inteligencia: por eso la forma republicana es la más nacional y 
la más democrática. Y bien, siendo esto así, ¿cómo en este mo- 
mento podéis prescindir de lo que constituye toda nuestra tradi- 
ción en la obra colonizadora? 

Notad, notad, sefioros, de qué modo en la historia, á partir del 
siglo XVr, se realiza el difícil empéfio del progreso de los pue- 
blos, y de qué manera se encargan las razas y las familias de la 
obra de Itr civilización. Las hay que padecen destinadas á realizar 
un trabí^ interior, trabajo de carácter subjetivo, y que tiene por 
límite la frontera de las nacionalidades, hasta el momento de la 
difusión cuya tarea corresponde á otros pueblos. Reparad si no en 
Alemania, donde se elabora el pensamiento moderno; reparad en 
Inglaterra, donde se foija el organismo [político y económico de 
las sociedades de nuestro tiempo. Pero, en cambio, hay otros 
pueblos consagrados por su índole, por su historia, hasta por su 
posición geográfica á la obra de la exteriorizacion, á llevar á to- 
das partes las conquistas hechas en el orden del progreso social. 

Y en el número de estos contais á Italia, el templo del arte, la 
tierra del Renacimiento, la patria de los grandes sacerdotes de la 
forma en todas las esferas del pensamiento y de la actividad hu- 
manos; á Francia, el país de las revoluciones cosmopolitas, la 
tierra de las expansiones violentas, que, como el mar, lo invade 
todo y todo lo remueve, lo inunda 6 lo salpica; y aquí, en el últi- 
mo extremo de la Europa continental, echada sobre los abismos 
del Atlántico, fírente á todos los misterios del Océano y cara á 
cara con el mundo del porvenir, la Península ibérica, el Upo de 
Vm grandes pueblos colonizadores, la representación más perfecta 
del genio de los descubrimientos y de la difusión de las ideas y 
de los intereses de la vieja Europa en mundos desconocidos y en 
•odedadee remotas por los* medios más atrevidos, diversos y ma- 
ravillosos, que registra la historia. Porque, no lo dudéis, sefioret; 
nuestros timbres de gran nación colonizadora hasta el siglo XVIII 
no tienen rival en la edad moderna. Alteza de miras, seriedad de 
propósito, persistencia en el empello, atrevimiento en la empresa, 
variedad de sentido y riqueza de matices dentro del sentido ge- 
neral ée la eoloi^zBcien, que tiene por objeto poblar desiertos 



252 

(imdar raiai y reprodoolr á mUlares de legoas el espirltii, Im 
Initttacienet y la vida de la madre patria; tales aon las oondieio- 
nes estimables de nuestra colonización, qae se flJ6 en los mandos 
de América, más para crear sociedades 4|ue para explotar fticto- 
rías; y condiciones á que nuestra Tencedora de hoy, Inglaterra, 
ha tenido que volver la vista en la hora del afianzamiento de su 
imperio de la India y de su refarma de las grandes colonias de 
América y Oceania, dentro de las nuevas leyes del tiempo. 

Pues bien; dados estos antecedentes, considerad que no os es 
dado renunciar á un pasado glorioso para doblar la rodilla ante 
un doctrinarismo tan impropio de nuestra ftunilia como universal- 
mente desacreditado. No; que á obrar de otra manera renegaríais 
de la historia y olvidaríais los destinos positivos que nos ligan á 
esa América latina; de la que estaremos eternamente separados 
eomo mes de una vez os dije, mientras en nuestras Antillas man- 
tengamos el monopolio, la dictadura y la esclavitud. 

tOh, nol Es imposible que en este punto podamos olvidar nues- 
tros deberes y nuestro más vulg^ar interés.' ¡Radicales de ayerl 
recordad que tenéis empe&ada ante Dios y ante los hombres vues- 
tra palabra de honor de hacer la abolición de la servidumbre; y 
en verdad, que por grandes que hubiesen sido los errores y los 
pecados de nuestro partido, bastarais esta Ley que devuelve la 
libertad á 80.000 esclavos y rompe el statu quo colonial, para pre- 
tender un lugar envidiable en la historia de nuestra patria. Yo 
no creo, yo no puedo creer que sobre este particular puedan exis- 
tir dudas de ningún género. La abolición de la esclavitud no es 
una mera cuestión política; es una cuestión de humanidad. No 
se trata aquí de nuestro derecho y nuestro interés; nuestro vo- 
to recae sobre el interés y el derecho ageno, sobre la suerte de 
hombres que contra bu voluntad, á despecho de la naturaleza y 
por la sola fuerza de las bayonetas, gimen en oprobiosa servi- 
dumbre. ¡Y el mundo todo sabe que el 22 de Diciembre proclama^* 
mos la libertad de nuestros esclavosl Y vosotros, republicanos de 
la víspera, no lo olvidéis: que la monarquía desapareció procla- 
mando la abolición inmediata, y no se comprende que la Kepúbli- 
ea comience consagrando la esclavitud disfrazada. 

Y voy á concluir. Mi digno amigo el Sr. Romero Ortiz, con su 
elocuencia acostumbrada, terminaba su discurso repitiéndoos 
unas frases célebres del ilustre D. Agustín Arguelles. De todos 



253 

modos, enlamaba, yo pooxo preaenuirme tianqauo ante mis 
éleetoreB, rapitíendo las palabns del diYino Aifirttelles: «He paea- 
to cuanto en mi mano estaba para editar la desmembración del 
imperio de Bsp^ui.» ¡Ah, qué inoportonidad en la cita! Si Argue- 
lles levantara boy sa yenerable cabeza y contemplase los resolta- 
dos de aquella firase y de sa intervencion en la expulsión de los 
IKpatados americanos de 183*7; si Arguelles viese el mar de san- 
gre y la inmensidad de conflictos, agitaciones y dolores qne ban 
llenado estos últimos 40 años; si ArgüéUes boy palpase qne el 
aplazamiento de la reforma de 188*7 solo ba producido el atatn quo 
colonial, el absolutismo y la tiranía que él combatió tanto, \9h\ 
de seguro, de seguro, que yolYeria á cerrar sus ojos con pena y 
con espanto, estimando como el más grande de sus errores ó de 
sus pecados las frases que aquí, con tanto respeto, se evocaban. 
No, no os recordaré yo esas palabras, siquiera por |a memoria del 
ilustre Arguelles. Pero, en cambio, sí concluiré repitiendo otras 
rases no menos célebres; las frases con que lord John Russell 
desarrollaba en pleno Parlamento inglés en 1852 la nueva políti- 
ca colonial británica, la política de la confianza y del derecho; la 
política de la libertad y del self-govemment; la política que ha he- 
cho imposibles é incomprensibles las rebeliones de i as colonias 
Inglesas, y que ha dado á aquel gran pueblo el cetro de la colo- 
nización contemporánea: «Cumplamos nuestro deber; trabajemos 
por el bienestar de nuestras colonias, y suceda lo que sucediere; 
ciudadanos de un grande imperio, tendremos el consuelo de decir 
que hemos contribuido á la felicidad del mundo.» He concluido. 
fBian^ bien. — Muestras g^merai$s de aprobacionj 



RECTIFICACIONES 



(Seflton del 3 de Kano de 1873.) 



Bmplexo diciendo que voy á reetifiear por eortesía alSr. üUoa. 

Yo tengo la pretensión de qae todos los argumentos que be 
sostenido quedan en pió; la Cámara los ha oido, despnes el pdbUeo 
ha de leer él disenrso del Sr. UUoa y el mió, y él juzgará. No etfo 
deber repetir lo que be dicbo. 

Solo sí mé importa bacer una advertencia: algunos argumentos 
á que se ba referido S. S. sobre la fé del ScOraetOj que aunque 
muy bien beobo,yo no be oorregido ni Tisto todavía, se resienten 
de poco exactos. Yo no los be beeho. Por ejemido, se trataba de la 
Indemizacion al poseedor de esclavos, y de la aplicación de la ley 
de expropiación por causa de utilidad pública al caso que discu- 
timos; S. S. pretendía que la indemnización era una cosa de de- 
recbo. Contestando al Sr. Sanromá, observaba que no provendría 
del derecho de propiedad, que quizá no existia sobre el esclavo, 
pero si de la obligación de servicios en que el siervo está consti- 
tuido. Y yo replicaba al Sr. ülloa: es que la obligación proviene 
del contrato 6 del cuasi contrato, y estos presuponen la persona- 
lidad de las partes contratantes. ¿La tiene el esclavo? Luego la in- 
demnización no puede basarse ni en el derecho real, que seria el 
de propiedad, ni en el personal, que nace de la obligación. Este 
es el argumento que creo que S. S. no podria contestar y no ha 
contestado. 

Lo mismo digo respecto á la cuestión de indemnización á pro- 
pósito de los se&oríos. El Sr. ülloa recuerda, como yo, que hubo 
señores indemnizados y otros no; pero eso mismo es el principio 
que yo sostengo, porque el Estado reconocía perfectamente la in- 



256 

demnixaeton para aqa^oa ae&orea con q;:iieiiee bábia contratado» 
7 no para aquellos qae hablan obtenido on derecho de propiedad 
■obre cosa inalienable 6 lobre eoaa de particiilares qoe no habian 
sido parte en el contrato. Paea aplique S. S. eata doctrina á la 
eaestion de la eaelayitud, y ponga en el logar del Bstado 6 en el 
de los particulares al esclayo. 

Tampoco he de decir naJa req)epto á laa personas que S. S. ha 
citado, aunque sí me duele que S. S. las haya juzgado tan mal. 
fElSr. tnioa: No he dicho nada contra ellas; todo lo contrario.) 
lie alegro, porque me honro con la amistad de esas personas, fue- 
ra de una que ya ha fallecido. Bntre ellas, el Sr. Saco es una de 
las personas más competentes que hay, no solo en España, sino 
fbera de nuestro país, en cuestiones coloniales y en cuestiones 
de derecho público: y S. S. Insiste en que el Sr. Saco ha sido abo- 
licionista graduaL S. S. ha partido de un error. S. S. sabe que en 
principios de eseuola, las callfieaeiones no se hacen solo por el fin, 
sino por el principio, el desarrollo y el método do la doctrina. 
Pues bien: la abolición, tal y como S. S. la entiende, no en con- 
sideración al derocho absoluto del negro, no en consideración á 
la personalidad humana, sino en consideración al orden social por 
un lado, al derecho del amo por otro, á la historia, á la tradición, 
á loa intereses materiales, á condiciones estemas, en fin, y pasa- 
jeras, obedece á un sistema perfectamente contrario al sistema 
abolicionista, aunque & S. crea ser abolicionista. No por eso dojo 
de reconocer que hay mucha distancia desde S. S., que se aproxi- 
ma á mis doctrinas, hasta el esclavista empedernido. Bien es que 
esta especie ya no se conoce, pues que hasta el negrero hoy se da 
golpes de pecho, tiabla de humanidad y se llama abolicionista co- 
mo nosotros. 

Yo creo que no tengo más que decir, fuera de una pequeñísima 
rectificación. El art. 108 de la Constitución era por mí citado con 
otro objeto del que S. S. supone. Mi argumento no es ese. Con- 
siste en que la ley de abolición no es una ley de gobierno, una 
ley política de las comprendidas en el art. 108. 

Además, debo recordar que entre los autores de la enmienda 
que S. S. condena se contaba un digno amigo de S. S., el señor 
Balaguer. 



n. 



Pensaba haber dejado las reotificaeiones para cuando hablara el 
Sr. Esteban CoUanteS) porque en realidad lo ^ué ha hecho el 
Sr. Suarez Inclán ha sido tomar pretesto de la^jpalabras que yo 
pronuncié paradirigfir cargos de otra especie y & atr«s^ personas. 
Así que no es perfectamente oportuno todo lo que ^. S.,ha estado 
diciendo respecto de la independencia ^ Cuba, que a(fuí nadie ha 
discutido; antes bien yo he condenado de pa^a'cbíáo lin proble- 
ma inyerosímil. 

iQué empeño este de huir los verdaderos argumentos y sacar 
de quicio el debate! 

Fuera de esto, yo he afirmado rotun(tamente: que el mensaje de 
Mr. Qrant es de 1.* de Diciembre; que'el despacho de Mr. Fish & 
Mr. Sickles es de 29 de Octubre, y qué las declaraciones hechas 
desde este banco por el Sr. Ruiz borrilla, Presidente del Consejo 
de Ministros anterior, maréánQS la política perfectamente defini- 
da en la cuestión de Puerto-Bw), son de 15 de Octubre de 18*72; 
estos son hechos: ¿son verdaderos 6 nó? 

Respecto á lo demás, ya dije que el Ministro de Estado no te- 
nia conocimiento de esta cuestión por lo que se llama literal- 
mente en lenguaje diplomático una nota, ni siquiera por una 
conversación. Se pueden tener conyersaciones amistosas, y sin 
embargo estas no causar estado en la vía diplomática; conversa- 
ciones de otro género de la que tuvo Lord OranvUle en 1871 con 
el Sr.. Ranees, para que la trasmitiese á su Gobierno sobre esta 
cuestión de la esclavitud, y para la que hubiera sido menester la 
energía que ahora tan sin razón se echa de menos. ¿Pero acaso 
existió siquiera esa conversación amistosa? La prueba toca á sus 
sefiorías. 

Por lo demás, yo recuerdo que por aquel tiempo, y tengo algu- 
nas razones para saberlo, cuando el Sr. Suarez Inclán pidió el 
Libro rojo de los Estados-Unidos, no ezistia este documento en el 
Ministerio de Estado, aun cuando habia venido aquí extraoficial- 
mente y yo le tenia, porque me lo hablan reservado particular- 
mente; pero no es un documento oficial de esos que hay necesidad 

17 



258 

de qoa existan en el Minleterio de Estado, sino que sirven de in- 
teligencia para otra porción de tratejos diplomáticos. Eae- Libro 
rqJOf que repito no existia en el Ministerio de Estado cuando su 
se&oría lo pidió, yo tengo noticias segaras de que ftié reclamado 
por telégrafo á Washington. (El Sr. Suares Itlelán: Yo tengo un 
fljjemplar.) Yo tengo otro también. Pero, ¿quiere decir, porque el 
Sr. Suarez Inclán tenga un ejemplar y yo otro, que este es un 
documento oficial de los que precisamente han de existir en la 
secretaria de Estado? ¡Oficiall ¿Por dónde? Yo lo niego, y lo pue- 
den negar todas las personas que están enteradas de las costum- 
bres y prácticas diplomáticas. También tengo el Blue Bookf y sin 
embargo, machos no lo tienen, y es posible que no exista en la 
biblioteca del Ministerio de Estado, sin que sobre esto se pueda 
hacer un cargo al Ministro de que no trae aquí ciertos documen- 
tos oficiales. 

Esta no es la cuestión; y el argumento que yo hago á S. S. es 
bien concreto. 

¿Es verdad 6 no que cuando el Sr. Suarez Inclán se levantaba 
en el Senado á pedir el Libro rojo de los Estados-Unidos, nó exis- 
tia ese libro en el Ministerio de Estado de España? ¿Sí, 6 no? Este 
es un hecho. 

¿Es cierto que el Ministro de Estado de aquella época lo pidió 
por telégrafo en seguida de la reclamación de S. S.? Yo lo afirmo. 

¿Es cierto que á la salida de aquel Ministro de Estado, ese libro 
no habia venido todavía al Ministerio de Estedo? Yo también res- 
pondo de ello, y de ello pueden responder decisivamente los su- 
cesores del Sr. Martes. 

Por lo domas, una cosa es que los Ministros y funcionarios de 
los Estados-Unidos sostengan la opinión que tengan por oportuno 
en esta cuestión, derecho que yo les reconozco, y otra que puedan 
imponemos sus opiniones ni Mr. Grant, ni Mr. Fish ni nadie. Lo 
que hay que demostrar, y este es el quid de la dificultad, es que 
el despacho de Mr. Fish se leyó al Ministro de Estado, y que ha 
mediado alguna nota diplomática para determinar la presentación 
de esta ley á la Asamblea, como supone equivocadamente else&or 
Suarez Inclán. 

Yo protesto de eso: votamos esta ley porque la creemos conve- 
niente; porque así lo exige una razón de justicia; por imposición 
de nadie, ni ahora ni nunca. 



m. 



I 

\ 



Me levanto á dar las gracias al Sr. Collantes por sa rectiñca- 
cion, y debo decir á S. S. que esté tranquilo. En el proyecto que 
hemos presentado no se incurre en esa contradicción que supone 
el orador moderado; en él se sostiene la indemnización, pero no 
porque reconozcamos la propiedad del hombre sobre el hombre, 
sino porque la consideramos como un medio de ocurrir á las difi- 
cultades económicas de la sustitución del trabajo esclavo por el 
trabajo libre; pero repito que protestando siempre contra la idea 
de la propiedad del amo. El preámbulo es explícito. 

Los datos que ha leido S. S. no tienen para mi mucha impor- 
tancia; lo importante era la exactitud de las cifras referentes k la 
baja de la producción en las Indias occidentales. Si S. S. recorda- 
se cómo se hacen esas informaciones, no las daria tanto valor. En 
esas informaciones figuran principalmente las mismas deposicio- 
nes de los interesados, y no los datos verdaderamente oficiales, 
no los estados de población, no los cuadros y estados de aduanas, 
irrecusables para todos y producto de las oficinas del Oobiemo. 
Bs lo mismo que si mañana se publicasen estas discusiones del 
Parlamento, y creyese cualquiera que las observaciones que S. S. 
y yo hemos emitido aquí tienen carácter oficial. 

Por lo demás, la ley ha estado en su lugar; y si yo he sostenido 
mis opiniones particulares respecto de Cuba y Puerto-Rico, quizá' 
haya en la comisión quien sostenga otra cosa, y orea que la aboli- 
ción debe ser gradual en Cubia é inmediata en Puerto-Rico. 

Respecto del último punto, que es el mismo que ha tratado el 
Sr. Suarez inclán, no digo nada, porque espero que el Sr. Minis- 
tro hablará pronto y claro. 



III 



Setion deilBdé Marzo d» 1833. 



Sobre la enmienda del Sr. García Roiz (1). 

Señorea Representantes: ' 

• 

Me leyanto del lecho para tener la honra de dar mi humilde 
voto á la santa causa que siempre he defendido, y para tener el 
sentimiento de negar mi apoyo á la emnienda del Sr. García 
Ri;iz. Esto esplicar& por qué no puedo ser muy estenso, y las 
diflcultades con que he de luchar para debatir con S. S., empresa 
en que ni remotamente habla pensado hasta el presente mo- 
mento. 



(1) Los Diputados que suscriben piden al Congreso se sirva 
admitir la siguiente enmienda al art. 1.* del proyecto de ley so- 
bre abolición de la esclavitud en Puerto-Rico. 

«Queda totalmente abolida la esclavitud en Puerto-Rico desde 
el dia en que se publique esta ley en la Oaeeta de Mcidrid; pero 
durante seis años, contados desde el citado dia, seguirán los li- 
bertos en aprendizaje, con sus amos, ganando el sueldo que de- 
termina la Junta creada ckd hoc^ entrando desde luego en el nao 
plepo de los derechos civiles, sin gozar de los políticos hasta tras- 
curridos los seis años, no pudiendo exceder de ocho horas el tra- 
bajo de aprendizaje en cada dia no festivo; no siendo permitido á 
los amos aplicar á los que ya se considerarán como criados nin- 
gún castigo corporal, y qaedando obligados dichos amos á pro- 
porcionar oficio á los criados que no le tengan y darles la educa- 
ción moral y religiosa necesaria para que lleguen á ser buenos 
ciudadanos libres. . 

Para el exacto cumplimiento de este artículo , el Gobierno pu- 
blicará el oportuno reglamento, creando por él una Junta com- 
puesta de cinco empleados, bien dotados, además del Capitán ge- 
neral de la isla, que la presidirá , encargada exclusivamente del 
asunto, la cual deberá tener presente que el ser más débil, que eo' 
el liberto, ha de merecer toda su solicitud y protección. 

Palacio del Congreso 28 de Enero de 18'73.— Eugenio García 
Ruiz.— Joaquín de Peralta.— Guillermo Nicolau.-^Gregorio Gar- 
cía Ruiz.— José María Brcazti.— Desiderio de la Bsoo8ura.^Ra- 
mon García Hernández.» 



262 

Antas debo dar ana MpUcaeion al Sr. Oamazo. Ayer se digii6 
8. S., según me han dicho, ocuparse con detención de mi último 
discurso. No habiéndolo podido leer todavía, ^v^ que ni hojear 
la Gaeeía me ha permitido el estado de mi salud (y notorio es 
que ayer no asistí á la Asamblea), 6 impidiéndome este mismo 
estado ocupar mucho tiempo la atención de la Cámara, el Sr. Oa- 
maxo me dispensará que no le conteste. Ignoro de todo punto lo 
que dijo S. S. 

Yo reconozco á todo el mundo el derecho de pronunciar todo 
género de discursos, y de dar á éstos la extensión que cada cual 
estime coi«yeniente, discutiendo lo que está dentro y fuera de la 
cuestión, haciendo cuantas digresiones el deseo pida y cuantaa 
correrías la imaginación sugiera; pero me reservo también la fa- 
cultad de no prolongar estos debates, que están exigiendo un 
término para liacer eítctivo lo que corre ya por todos los pueblos 
cultos; lo que es una verdad para los esclavos de la pequeña An- 
tilla, y ha merecido el elogio de todos los Gabinetes europeos; lo 
que constituye un timbre de gloria pera esta Asamblea, aquel 
grito que dio el Sr. Ministro de Editado en una célebre sesión, 
acogido con entusiastas y casi unánimes aplausos, y que no po- 
demos olvidar los que blasonamos de fidelidad á nuestros princi- 
pios y de consecuencia en nuestra conducta: aquel grito de ¡Ya 
90» libres loa eselavot de Puerto-Eieo! 

Porque en verdad, se&ores, que yo no acierto á esplicarme có- 
mo después de cerca de tres meses de planteado el problema y 
luego de una agitación política y de unos amplios debates en el 
Parlamento, en la tribuna y en la prensa, de que quizá no haya 
otro ejemplo en la historia de nuestra patria, todavía nos halle- 
mos sin liaber entrado en la discusión concreta del art. 1.* de 
este gravísimo pero 3ra moralmente aprobado proyecto. Hora era, 
sin duda, de que los pensamientos y las solemnes promesas del 
partido radical, en la memorable sesión del 21 de Diciembre, fue- 
sen una ley; hora, sin duda, era de que uno de los solemnes 
compromisos de la revolución de Setiembre estuviese en el co- 
mienzo de su material realización, demostrándose de un modo 
palpable á nuestro país la efectividad de nuestros principios; á 
nuestras colonias la sinceridad de nuestros propósitos, y al mun- 
do todo la seriedad y la fuerza con que hablamos resuelto liqui- 
dar las cuentas con el pasado, entrando con paso firme y seguro. 



263 

sin reservas ni Intermitencias, en el camino de la democracia y 
del progreso. 

Porque yo no pienso, yo no creo, yo no puedo creer en el Ara- 
caso de este proyecto. No, los que le habéis de dar vida sote los 
mismos, los mismos que en el Senado y en el Congreso saludas- 
teis con un solemne yoto de confianza la declaración de Sfx prin- 
cipio, hectia por el entonces Presidente del Consejo de Ministros. 

iCómo! Habiais de haber afirmado vuestra opinión á la íáz del 
país, y determinado hasta cierto punto la actitud de muchos de 
vuestros electores; liabiais de haber provocado una gravísima 
crisis en el seno de aquel Gabinete, imponiendo la salida de los 
Ministros opuestos á la abolición inmediata; habiais de haber 
dado origen con vuestra conducta á la cita y conjuración de to- 
dos los elementos reaccionarios y esclavistas de nuestra patria, y 
á la serie de trascendentales y á cual más imponentes aconteci- 
mientos que se han sucedido en estos últimos meses, y q^e nos 
han traído á la delicada situación política y social que atravesa- 
mos en estos instantes; y vosotros, vosotros mismos, en el so- 
lemne momento de aprobar definitivaimente el proyecto, en el 
solemne momento de dar forma á vuestras aspiraciones, á vueeh 
tras ideas, á vuestros compromisos, habiais de retroceder abste- 
niéndoos 6 votando en contra, y demostrando de un modo claro 
que 6 vuestras convicciones eran débiles, en cuyo caso no se 
comprende que con tanto ánimo detormináseis en cierto sentido 
el rumbo de la política española, 6 que vuestra actitud de ayer 
respondía á exigencias de partido, error inmenso, pecado terrible 
que 08 echarían en rostro los pueblos, toda vez que á los intere- 
ses pasajeros, á los caprichos, á las exageraciones de partido erais 
capaces de sacrificar los fueros de la justicia y los augustos des- 
tinos de la patrian 

Pero no es á este punto al que debo referir mis observaciones. 
, Ni es del caso, ni mis fuerzas me permitirían continuar por este 
camino. 

DispensadQie el desahogo en todo caso, y vengamos concreta- 
mente á aquello que me ha obligado á pedir la palabra, por au- 
sencia de las dignas personas que estaban encargadas de ante- 
mano de esta no fácil tarea. 

Yo he oido con mucha atención el discurso del Sr. García Ruiz, 
para cusra completa refutación necesitaria tres 6 cuatro horas, 



264 

tanto por «I moeho talento de S. 8., eomo por loe inflnltoe «rro- 
ree de heeho j de eoneepto en qae á mi juicio ha incurrido: pere 
lo qoe lobre todo me ha extraSado en persona tan diicreta y ha- 
bituada & estas contiendas, es que S. 8. haya heeho caso omiso 
de todos los pontos qoe aquí se han tratado anterlormentCi para 
Tobrer á repetir conceptos y datos ya refutados de ana manera- 
completa. Así ha hablado S. S. de la abolición de la esclavitad en 
los EEstados-Unidos, extrallándose de los decretos de Lincoln; y 
el Sr. Gtarcía Rniz olvidaba dar la explicación de por qa6 Lincoln 
podia y debia sostener la abolición gradual en 1862, y cómo el 
Congreso decretó en 1865, con la enmienda 14, la abolición in- 
mediata. Y me refiero á esto, como podría ref(3rirme á otros pun^ 
tos que la Cámara no habré dejado pasar por altó. 

¿Parecería discreto que yo volviera á repetir mis explicaciones 
de hace ocho ó diez dias, y de las cuales se prescinde absoluta- 
mente para incurrir en los mismos errores sra destruidos de un 
modo que no ha tolerado la menor rectificación? Seguramente no. 
Pues esto mismo' deben tenerlo en cuenta nuestros adversarios, 
para no reproducir por décima vez los argumentos ya discutidos. 

En el número de estos se halla, Sres. Representantes, uno en 
cuyo éxito se fía sin dude mucho. Tal es el de las imposiciones, 
ó cuando menos, las exigencias extranjeras para resolver la cues- 
tión social de Puerto-Rico. Yo no insistiré en lo que dias pasados 
expuse: me basta haceros notar la repetición del cargo, y la cir- 
cunstancia de que este mismo haya i^parecido siempre en todos 
los paises del mundo, cuando se ha tratado de abolir la escla^ 
vitud. 

En Inglaterra, la propaganda contra la trata y la esclavitud, 
de 1820 á 1833, era acusada de ser resultado de la influencia 
francesa, de los anárquicos principios de la revolución continen- 
tal; en Francia, todos los trabajos del ilustre principe de Broglie, 
de Passy, de Tocqueville desde 1830 ¿ 1848, cuando se trataba 
solo de la abolición gradual, eran tachados igualmente de impo- 
sición de la política británica; y ahora mismo, en Holanda, los 
reformistas que quieren llevar el nuevo espíritu á la atrasada 
Java, son motejados por su antipatriótico cosmopolitismo y sus 
aficiones á la democracia germánica. De donde resulta que siem- 
pre hay un protesto para esplicar esta gran reforma que tiende la 
redención del ser humano de un modo contrario á la realidad de 



■) 



265 

las eotas, 7 qae siendo imposible disoatlr en principio el dogma 
de la abolición inmediata , siempre se ha echado mano del fan- 
tasma de la influencia extraña, cuando no de la imposición ex- 
tranjera; porque sin duda el patriotismo no solo es nna gran ai^ , 
ma, si que un gran sentimiento fácil de extraviar, cnando la rar 
xon no le alumbra y la conciencia no le domina. 

Pero vengamos ai fondo del discurso del Sr. Qarcia Ruiz, y 
vengamos teniendo siempre en cuenta lo que aquí nos interesa: 
la enmienda. 

El discurso de 0. S. puede dividirse en dos partes: la una refe- 
rente á la enmienda; la otra consistente en una serie de juicios, 
de observaciones, de correrías históricas y de recuerdos sobre 
todos los pueblos del mundo 7 sobre todas las cuestiones que con 
motivo, 6 mejor, con protesto de la quo aqu ventilamos se pue- 
den ocurrir. Declaro francamente y con el respeto debido á su 
señoría, que no veo ni la oportunidad de estas excursiones, ni 
su enlnce con el punto que discutimos; porque aun conce- 
diendo al Sr. García Ruiz (que no lo he de conceder cierta- 
mente) que sea exacto todo lo que S. S. ha dicho de las 
atrocidades de los Estados-Unidos, de los errores de Inglaterra, 
del atraso de Francia, de las torpezas de esta 6 aquella sociedad, 
yo quisiera que S. S me explicara cómo desde aquí se viene y por 
qué lazo dialóctico se llega ¿ probar que es injusta ó inconve- 
niente la abolición inmediata déla esclavitud en Puerto-Rico. 
Porque yo siento mucho la situación de los indios del Norte Amé- 
rica, y me lamento de que los árabes no sean bien tratados en 
Argel,ydeque los griegos y los romanos no hayan gozado de 
gran tranquilidad; pero de todo esto no saco dato alguno ni argu- 
mento de ninguna especie referente á la situncion de la poqueüa 
Antilla, ni mucho monos al estado de sus esclavos, y menos aun 
si cabe á la bondad ó maldad dé la libertad del trabajo y de la re- 
dención de nuestros siervos. 

Pero ocupándome del casi contra-proyecto del señor García 
Euiz, notaré desde luego que esta enmienda, teniendo la preten- 
sión de ser conservadora, lo es mucho menos que el dictamen de 
la comisión, que se tacha de enemiga de los amos y de filan- 
trópica hasta el delirio: porque S. S. principia por olvidar la in- 
demnización á los poseedores de esclavos. iSu señoría, que aboga- 
ba por los intereses de esos propietarios, prescindiendo en absolu- 



266 

to de los interaset de los amos, que, según su enmiexida, tendrían 
que dar un Jornal &los esclavos por espaelo de seis afios, y luego 
se enoontrarian sin esclsTos y sin jornal! rSí Sr, Otureia Ruiz fánm 
JSM^anio): La enmienda es solo si ariíeulo 1.*) La que tengo & la 
Tiita se refiere al artículo 1.*; pero su texto implica la negaoion 
do otros artículos del proyecto. Bsto me parece obvio. 

Además, no se hace cargo el Sr. Oarcía Ruiz de que no son 
unos mismos los intereses de los poseedores de grandes manadas 
de esclayos y los poseedores de uno 6 dos negros. La solución del 
Qipt9^iz9.jt pudiera satisfacer á los poseedores de esclavos en gran- 
de (por supuesto dentro de otras condiciones, como en las Antillas 
inglesas); pero el poseodor de esclavos en pequefio no suscribirla 
ese pensamiento, porque tendría que dar el Jornal, para él punto 
menos que imposible, y de hecho pedería desde el primer instan- 
te el negro. En el caso primero, la explotación ¿ todo vapor; el 
sacrificio total del negro en los afios de tutela, en vista del ma- 
yor número de cajas de azúcar; el desquite de la pérdida del ca- 
pital al fin del aprendizaje^ con el estrujamiento del esclavo en 
este periodo. Pero esto no es siquiera imaginable para el colono 
que no tiene ingenio ni conoce más que uno 6 dos negros: tipo de 
poseedor muy común, general diré mejor, en la isla de Puerto- 
Rico. 

Por esto la solución que mejor responde 6 los intereses de to- 
dos, desde el punto de vista conservador, es la de la comisión: 
la indemnización al orno, y la indemnización en met&lico, que 
casi tengo la seguri(^ad de que sa podrá realizar completamente. 

Bien es que S. S. tiene algún motivo para oponerse á esta in- 
demnización; y en tal caso se olvida ya del interés del amo, para 
aoordarse del interés de Castilla y de Catalufia. 

Su señoría añadía: «esta indemnización es muy discutible, por- 
que si se pierde Cuba y Puerto-Rico, la tendrá que pagar la Me- 
trópoli.» Ante todo conviene recordar que la esclavitud no ha 
existido en nuestras Antillas por la voluntad de las colonias ex- 
clusivamente. En 1868, que fué cuando por primera vez tuvieron 
aquí cumplida representación aquellos insulares en las Cortes 
españolas después de la injusticia de 1837, pidieron la abolición; 
y al principio de nuestro período constitucional, el dignísimo 
sacerdote Alcocer, de quien S. S. se ha ocupado con grando in- 
justicia, dejándose llevar de intenciones supuestas y no de he- 



267 

ehOB incontestables, no pedia la abolición de la trata, que ésta 1a 
iollcitaba Argaellee, sino la abolición completa de la esolayitud. 
Sa señoría ba confundido las especies. Por eso la Sociedad AboHeio^ 
nitta, ¿ la que el Sr. García Raíz ba dirijo un cargo porque le- 
vantara en alto el nombre de ese Tirtaoso sacerdote, le rindió de , 
esa manera nn tributo de respeto y de consideración. ,^l aeüor 
Qarwh Ruix: ¿Y el pedir la Inquisición?) 

No discutimos aquí la Inquisición. Si S. S. cree que por soste- 
ner la Inquisición no se puede c^efenderla abolición de la esclavi- 
tud, i qué argumento para S. S. que defiende los derechos natura- 
lee del hombre, 7 sin embargo insiste en que continúe la servi- 
dumbre en nuestras Antillas! /7risa«; bien, hien.J 

Pues bien; decía que la esclavitud no existe solo por la volun- 
tad de las colonias, y que no es extraña la Metrópoli á esa exis- 
tencia. En efecto, cuando el Estado ha sacado su provecho de la 
servidumbre; cuando la ha sostenido y fbmentado; cuando la ley 
ha perseguido hasta á los que combatían la trata y ha prohibido 
que se constituyese en ultramar una sociedad para no comprar 
bozales, ¿cómo puede decirse que los responsables de la esclavi- 
tud son pura y simplemente los que viven en nuestras Antillas? 
¿Cómo Re puede pretender que ellos solos sean los responsables 
del crimen? ¿Cómo que ¿ ellos exclusivamente toque la pérdida 
que es de rigor, que es justa é imprescindible? 

Oh, señores, no exageremos las cosas. A cada cual lo suyo. La 
responsabilidad de la esclavitud no es solo ni primeramente de las 
colonias ni esclusiva de los que tienen la desgracia de poseer es- 
clavos. 

Pero nosotros hemos resuelto la dificultad de plano, quizá por 
existir dentro de la comisión dos Diputados de Puerto-Rico. En 
lA comisión habia quien noblemente pretendía que España, toda 
España, el Tesoro nacional, se hiciese cargo de esa responsabili- 
dad, como sucedió con los señoríos. Nosotros, previendo las difi- 
cultades que esta idea suscitarla, pero sin negar su justicia, sos- 
tuvimos que la indemnización la pagara esclusivamente Puerto- 
Rico de BUS sobrantes. Y esto se consignó. Y no tenga cuidado 
el Sr. Oarcía Ruiz; si Puerto-Rico se perdiera (hipótesis inadmisi- 
ble, y que yo lamento mucho que S. S. repita tantas veces), como 
que la garantía del empréstito que para la in4emnizacion se le- 
vante ó de los bonos que se expidan con este objeto, está en el 



268 

pTMiipoesto d« la p«qaélla AntiUm, claro m qBB deMpareeiendo 
él pretapaesto daaapareoeria la garantía 7 oon ella la reaponaabi* 
lldad. No 88 alarmo 8. 0. Bate 88 un atonto paramente colonial. 
iMás graTc, mucho máa graye ea todo lo relativo & la deuda de 
Cuba j al empréstito, equivocado en mi eentir, del Sr. Qaaaet; y 
ain embargo, no ha suscitado laa dudas j los temores que asal- 
tan á S. S.! 

Después de esto, la enmienda del Sr. García Ruiz peca de oon- 
tradictoria é imposible. 

Bl primer fundamento, quizá el único de la enmienda de 8. 8., 
consiste en la creencia de que el estado de atraso, de inmoralidad 
y de embrutecimiento de los actuales esclavos de Puerto-Rieo 
los hace incapaces para entrar de improviso en pleno goce de los 
derechos de hombres libres. 

Y pitra obviar estos inconvenientes, S. S. orea el aprendizíkje j 
establece rigurosamente el número de horas de trabajo, y manda 
que se dé á aquellos desgraciados una educación moral y religio- 
sa, que los reformará en un periodo de seis años. ¡Pero si eso no 
ha sido posible, según S. S. mismo, en más de cincuental Pnes 
qué, ¿no está mandsdo todo lo que S. S. desea, en los reglamen- 
tos de esclBvoSj ^n el de 1826 de Puerto-Rico y 1842 de Cuba? ¡Y 
el 8r. García Rulz declara oon el mero hecho de presentar hoy su 
enmienda, que todas esas prescripciones no han baslado en un 
número de años diez veces mayor del que S. S. propone, para sa- 
car á los esclavos de la ignorancia y del salvajismol 

Por otra parte, eso no es posible. La esclavitud supone condi« 
dones propias; laf esclavitud quiere la esclavitud. Hoy existe una 
Ley que ha prohibido los castigos corporales; esta Ley no se prac- 
tica. ¿Por qué? Porque es un buen deseo y una quimera en la 
realidad. ¿Quién entra en el fondo de los ingenios, si la autoridad 
no puede entrar á saber si los negros son 6 no bozales? ¿Qué pasa 
en el mismo Puerto-Rico? ¿Ignora S. S. que el jefe del j^rtido 
conservador allí está hoy procesado por delito de sevicia? ¿Des- 
conoce S. S. que se han cometido crímenes de todo género,, en los 
cuales la autoridad ha tenido que intervenir? ¿Y cuántos queda- 
rán ignorados? A lo sumo, sucedería en Puerto-Rico lo que acon- 
tecía en Jamaica, en la cual los mismos amos pidieron la aboli- 
ción completa del aprendizaje j porque no podian golpear á ios tra- 
bajadores libres, y no les era hacedero obligarlos al trabajo, con 



269 

lo qae Isa complicaciones aumentaron y se hizo la sitoacion in-i^ 
Bostenible. Y vino el remedio de Antigua, donde la abolición fü^ 
feeuiida y se realizó de golpe, como nosotros aconsejamos. \Y qué 
diferencia de Paerto-Rioo, sin garantías, á Jamaica, con los 1)ap» 
tlstas, los abolicionistas, las libertades inglesas, y gobernadores 
como Lord Melcalfe y el marqués de ^igo, todos á porfía partida» 
rios de la redención del esclavo! 

Créame el Sr. García Auiz. Todo lo que en su enmienda so 
contiene foyorable al esclavo, es un puro deseo. Hace honor á su 
corazón: no ¿ su conocimiento del problema y de los esclavistas. 
A aceptarse la Ley que S. S. propone, sqlo regirla una cosa: la li- 
mitación de la libertad del negro; y esta limitación se baria prác- 
tica con arreglo al criterio esclavista, que es preciso negar de 
frente, para que no destile su podredumbre y no se infiltre en las 
mejores leyes; porque el criterio esclavista no solo es el interés, 
él sórdido interés^ si que la costumbre y la tradición. Recuerde 
3. S. cómo se entendió en la Guyana ftancesa la simple regla- 
mentación del trabajo. 

Además yo creo que el decir en una loy que no regirá hasta 
que se hagan los reglamentos, equivale á eludir su cumplimiento 
y burlar la soberanía de las Cortes^ porque con no luicer los re- 
glamentos, de que se encarga siempre el Gobierno, queda burlado 
el precepto del legislador. Bsto ha sucedido con nuestra Ley prepa-^ 
ratoria de la esclavitud; se notó en las Constituyentes de 18*70; 
hastia Agosto de 1872 no se publicó el reglamento, y sin cumplirse 
estuvo en el ínterin la ley en sos más trascendentales artículos. 
Hoy mismo no sé si ha principiado á tener ejecución. Lo pregun- 
tó al anterior Ministerio, y tampoco lo sabia. Por manera, que la 
enínienda del Sr. García Ruiz, sobre poco ó nada conservadora, 
sobre contradictoria y sobre imposible, por el mero hecho de exi- 
gir reglamentos, es ineficaz, punto menos que ilusoria. 

Pero el defecto capital de la enmienda, el que á mí me bastarla 
para negarle mi humilde voto, es su oposición coií el criterio go- 
bernante de nuestro país, su antagonismo con el sistema de vida 
política de nuestra patria, de suerte que constituye una excep- 
ción, y excepción injusta á todas luces. Porque la enmienda de su 
sefioría es atentatoria á los derechos naturales del hombre; niega 
uno de los más laxos y más palpables: combate aquel por el cual 
quizá ha. combatido más la democracia moderna, la libertad del 



Sf70 

trabajo. De aceptar la enmienda de 8. 8., ¿con qa6 derecho noa 
opondríamos hoy á las pretensiones de los doctrinarios, mafiana 
á las imposiciones del socialismo autoritario? Yo apelo ¿ los bom- 
hres de aquellos bancos (8eñalaf%do á loa da partido moderado), y 
yo les pregunto: ¿creen lógica la opinión del Sr. García Roiz so- 
bre este punto del trabajo con los principios y las doctrinas que 
el Diputado demócrata ha sostenido toda su vida? ¡Cómo, el crite- 
rio del taltM popuK, ó quiz6 el más pequeño, el más deleznable, el 
menos racional, de los intereses creados y de las copTeniencias 
sociales; el criterio de todos los atropellos, de todas las Tiolacio- 
nes, de todos los sacrificios del derecho y de la naturaleza hu- 
mana; el criterio ya sentenciado para siempre por la ciencia y 
y por la historie, utilizado ahora para recibir en plena democra- 
cia al negro redimido! ¡Obi no; no hablemos de eso. Bso es mo- 
ralmente imposible. 

Y con osto creo haber contestado, no precisamente á lo que el 
Sr. García Ruiz ha dicho de su enmienda (que ha sido muy poco), 
si que al contenido de la enmienda misma. 

Voy á otras cuestiones si las fuerzas no me abandonan, por- 
que hablo con fiebre. 

El tiempo me impide discutir algunos puntos importantes del 
discurso del Sr. García Ruiz; pero no puedo dejar de decir algo 
sobre la Sociedad Abolicioniita, á que tengo la honra de pertenecer 
y de que S. S. ha sido también vicopresidente. La Sociedad Abo • 
iicionistaj seüores, ha tenido la doble misión de propagar la idea 
redentora y de procurar la emancipación del mayor número de 
esclavos posible. Para consegair esto último, ha debido acudir á 
dos medios! el primero el de venir á la puerta de las Cortes espa- * 
fiólas á pedir una ley de abolición. Porque el problema era ante 
todo jurídico y correspondía primeramente al Estado resolverle, 
pues que era de su competencia, y además porque ninguno tenia 
ni podía tener los medios que esto para concluir con aquella in- 
fame institución. iDonosa ocurrencia, por ejemplo, la del que 
culpase á los defensores de la reforma penal, porque en vez de 
crear por su cuenta una x)enitenciaría se viniera á las Cortes á 
demandar una ley! ¡Donosa teoría la que nos aconseja prescindir 
de los medios políticos para concluir con los hechos y las institu- 
ciones que sostienen de consuno la tradición, los intereses crea- 
dos y los Códigos! 



271 

Bl segando medio á que la SoeUdad «maneipctdora acude (y no 
hablo de sus individuos, porque lo que cada cual hace por si na- 
die tiene derecho á preguntarlo en este sitio 7 ninguno que esti- 
me en alge los augustos secretos de su conciencia debe aquí de- 
clararlo}; el segundo medio de la Sociedad^ repito, es el de procu- 
rar, en cuanto sus fondos lo permitieran, realizar manumisiones 
parciales en las Antillas. Y para esto tiene hace^ mucho tiempo 
•apuestas en su oficina las listas de suscricion. Invito á que las 
honre el Sr. Ruiz, é invito para lo mismo & las personas que an- 
tes aplaudieron, cuando se tachaba á la Sociedad emancipadora de 
falta de filantropía práctica. Las listas aguardan las limosnas 
de SS. SS., que por cierto han tardado basto nte en favorecemos 
con su ayuda. fRisas; aplausosj 

También el Sr. García Ruiz ha recordado la conspiración de los 
negros de Cuba en tiempo del general O'Donnell. ¡Qué recuerdos 
ha despertado S. S. en mi memoria! Por aquellos tiempos era yo 
muy niño y vivia en Cuba. Mi buen padre gobernaba honrada- 
mente un distrito, en donde dejó el nombre de justo, más aun 
que el de benévolo. La denuncia de la conspiración esclava vino; 
las prisiones fueron innumerables; los suplicios horribles, pero 
no en el distrito en que yo vivia, donde no se vertió una sola 
gota de sangre. 

Y yo recuerdo que cuando los negros eran perseguidos tan te- 
nazmente en otros lugares de la isla; cuando tantas lenguas se 
agitaban para execrar la actitud de los esclavos (la actitud su- 
puesta, porque la historia no está todavía bien hecha sobre este 
gravísimo particular) en uno de aquellos dias tristísimos, al por- 
tal de mi casa llegaban dos infelices bozales, cubiertos de hara- 
pos, mejor dicho desnudos, con grandes argollas al cuello:, unidos 
entre sí por pesadas cadenas, con la espalda destrozada, con el 
pecho herido, los ojos fuera de las órbitas, la boca abierta y el 
corazón estallando, como tocados de la rabia; tipos en que no pe- 
dia distinguirse lo bestial de lo humano, y que constantemente 
se levantan en mi ftintasía en los momentos, de sobra repetidos, 
en que escucho comparar la suerte del esclavo de Cuba con la 
situación del obrero libre de Inglaterra. En una mano llevaban 
un pequeño cuchillo de cocina; «on la otra sostenían la cadena. 
Corrían con dificultad; hablan andado cuatro ó seis leguas; re- 
ñían huidos del ingenio, en que un bárbaro mayoral les habia im- 



pamtú tqael tmirlble eastiso; j aeosadot por los loldados de la 
guardia, se retlstian al pié de laa rejaa, basta qae preaente mi 
padre, le entragaron aomisoa el cachillo; j con laa lágrimas en 
loa ojoa, j aquel lenguaje especial de ioa negros de eampo, mar- 

muraban: «á tí sí, mi amo á t(, la libertad!» lAh, sefioreal 

1 Ah, sé&ores, en aquellos instantea se castigaba con f osilamientoB 
7 eon el Til garrote la oonspiracion de los negrosl f Aplausos J 

Pero aquello terminó eon sangre. Cuba sigue tranquila, se dijo. 
Se oortó el mal; eoneluyóae la complicación. lAhl Veinte afios 
ban pasado, j 8.000 negros armados son hoy el alma de la insur- 
eion de Cuba: insurrección hoy mantenida más por la situación 
de los esolsTOS que' por el desamor á Etepa&a. ¡Oh! Yo os lo pido, 
yo os lo pido en nombre de lo más sagrado. No abandonéis á 
aquelloa hombres; redimidlos, dadles patria con la libertad; con 
esa libertad por que tanto habéis luchado; con esa libertad que, 
en mi conciencia, que en mis principios, que en el orden general 
del derecho, que en el desenyolyimiento general de la historia, 
no es, no puede ser opuesta jaziás á la causa de la integridad de 
la patria. (Bisn.) 

Pero fijaos en Puerto-Rico. También es triste la historia de 
aquellos días. Negociantes ingleses se dirigieron á nuestras au- 
toridadea pidiándoles permiso para fundar grandes almacenes y 
establecer una factoría en el puerto de la capital. Pero como 
aquellos eran los dias de la propaganda abolicionista, y los peti- 
cionarios eran ingleses, se negó el permiso. Bntonces los nego- 
ciantes variaron de rumbo. Fijáronse en un islote vecino, en un 
peñasco pobre y desnudo, azotado por los vientos y horadado por 
tempestad. Y á aquel peñasco llevaron sus capitales, su inteli- 
gencia, su actividad. Y aquel x>eñasco es hoy San Thómas, el 
gran almacén de toda la América central, el punto de partida de 
todos los vapores para el Centro, para el Sur, para Europa, para 
los Estados-Unidos; el gran depósito mercantil del mundo sud- 
americano, y el templo levantado entre las tempestades del mar 
de las Antillas á la libertad. 

lY al lado, Puerto-Rico vive triste, pobre, olvidado, y hasta la 
naturaleza se empeña en cegar su entrada con sus arenas y sus 
arrecifes! Ved, ved los timbres, los grande3 hecho8,^la8 grandes 
obras de la servidumbre. 

La insurrección de Cuba de IS'TS; la grandeza del litare San 



273 

Thómas: he aquí cuanto yo debo contestar ¿ los recuerdos del se- 
ñor García Ruiz sobre la propaganda abolicionista de 1845 y 
1848. 

También nos ha hablado S. S. del régimen de las demás colo- 
nias del extranjero, sin duda para sacar la conclusión de que en 
este panto vamos delante de aquellos países, ó al menos que nada 
pueden echarnos en rostro. Mas permítame S. S. que le observe 
con todo el respeto debido, que hablabft refiriéndose solo á libros 
dal año 40. íEl Sr. Gorda RuAz: Y por libros de aho>a.) Pues lo 
extraño, porque S. S. ha estado verdaderamente desgraciado ; y 
este ya no es punto de apreciación, si que mera cuestión de he- 
chos. No sucede hoy nada, absolutamente nada de lo que el señor 
García Ruiz supone; y lo que de veras pasa es que España en 
atraso colonial no puede rivali7>ar con ningún pueblo del mundo. 

¿De dóndct si no, ha sacado S. S. que hoy estén regidas las co- 
lonias francesas sin vida ni libertad políticas, y sometidas al 
pleno arbitrio del Gobierno de la Metrópoli? fSl Sr. García Ruiz: 
/Acaso dan Diputados?) ¡Cómo no, Sr. García Ruiz! ¿Ignora su 
señoría que en la Asamblea de Versalles tienen asiento los Re- 
presentantes de Reunión, de Martinica y de Guadalupe, que á es- 
tas islas se ha llevado (después de existir toda la moderna legis- 
lación civil y penal de la Metrópoli, como no sucede entre 
nosotros) el sufragio universal, el régimen municipal y la orga- 
nización provincial, y que, si no por completo, rigen desde el fa- 
moso 4 de Setiembre leyes espansivas que los Diputados antilla- 
nos quieren poner en perfecto acuerdo (y al parecer van en cami- 
no de obtenerlo) con la legislación política de la madre patria? 
¿B ignora S. S. que el problema social está reducido hoy en aque- 
llas provincias al problema de la inmigración , sobre el que re- 
cientemente Mr. Cascade ha publicado un curioso trabajo, pidiendo 
tierra y propiedad para él africano y la revisión de la reglamenta- 
ción del trabajo, allí conocido con el nombre de l^arreié GtMyelom? 
^Sl Sr. García Ruiz: ¿Y la Argelia? Otra voz:Lb Argelia tiene Dipu- 
tados. ¿Por dónde es Diputado Gambetta, sino por Oran?) Es pre- 
ciso buscar términos hábiles para las comparaciones, y no veo cuál 
puede establecerse entre la Argelia y nuestras colonias de Améri- 
ca. ¿Seria discreto que yo trajee^ el ejemplo de Ceylan para resol- 
ver los problemas de Puerto-Rico, y el de la colonia del Cabo para 
diaertar sobre Cuba? 



274 

La Argelia es una colonia 9ui generit en el mando eonion^rfi» 
neo: es, mejor dioho, an país conqoiatado donde acampa el ejér- 
cito francés mientras se resaelven las graves cuestiones de 1852, 
aquellas que tanto preocupaban á Mr. de Persigny, la de los bu- 
rtaux árabu, la constitución de la propiedad individual, la tras- 
formacion de la tribu errante en sociedad civilizada, y otras no 
menos importantes, pero que ni remotamente tienen que ver con 
los problemas comunes de la vida de nuestras Antillas. Alo 
sumo, podria hacerse cierta comparación entre las ciudades del li- 
toral argelino y nuestras Antillas. ¿Quiere S. S. que la hagamos, 
desde el punto de viste político, se entiende? ^Una voz: ¿Y en 
Holanda?) ¿En Holanda? Su seüoría está en un grave error supo- 
niendo que en las colonias bátevas impera el absolutismo. Las 
accidénteles, las de América, están regidas por el Bstetuto 
de 1834, y en ellas se ha abolido la esclavitud de un modo radi- 
cal por la ley de 1868; y crea el Sr. García Ruiz (sin ponderar las 
excelencias de estas disposiciones) que diste mucho lo que en Su- 
rinan, por ejemplo, existe, de lo que rige en Cuba y aun en Puer- 
to-Rico. 

Bn cambio nuestra gran colonia asiática, Filipinas, era en mi 
sentir superior, bi^o diversos puntos de viste, á Java; pero desde 
1811, desde las leyes de los Estados generales sobre la servidum- 
bre de la gleba, la desamortización y la organización del trabajo 
(sóanme lícitas estas palabras, para no entrar en explicaciones) 
nuestra inferioridad es patente. 

;T qué he de decir de Inglaterra! Su señoría ha tomado por lo 
serio la peregrina idea (muy repetida empero) de que Inglaterra 
gobierna de un modo ten distinto sus colonias, que si en las unas 
llega á la plenitud de la liberted, en otras llega al despotismo 
más brutel. Y no hay nada de esto, Sr. García Ruiz. Inglaterra 
mantiene en todas sus colonias las que en lenguaje político del 
continente llamamos Ubertad^, y el Jurado; humillándose ante la 
célebre freedom, que para aquellos soberbios insulares jamás 
prescribe. En lo que sí hay diferencia, es en la organización del 
l)Oder; en In participación que da á los colonos en la gestión de las 
cosas coloniales, y en esto va desde el régimen militar de Aden 
hasta el Self-Governement del Canadá, del dominio del Canadá, 
porque ya desile 186*7 no existen, Sr. García Ruiz , esos gobiernos 
de Nueva Escociay de Nueva Brunswick, de que S. S. nos hablaba. 



275 

Pero aun en la misma India (y no quiero insistir más en estOi 
ix>rque es ocioso y deseo sentarme) , aun en la misma India ¡cómo 
olvida S. S. que allí existe el Jurado, la libertad de imprenta, el 
derecho de reunión y hasta de muy poco a¿á, algo como un régi- 
men representativo! 

Reconozcámoslo con franqueza. Hay que reconocer la verdad. 
Yo lo he dicho cien veces. Nuestro sistema colonial ha sido supe- 
rior á todos los demás hasta el siglo XVIII. Hoy vamos detrás, 
pero de un modo vergonzoso, de todos los pueblos cultos. 

Yo no puedo contestar al Sr. García Ruiz en lo relativo á los 
Estados-Unidos, ni decir algo sobre lo que puede llamarse el régi- 
men colonial de aquel país, 6 sean los territorios, ni explicar lo 
t[ue S. S. extraña del mensaje de Grant, referente á la carencia 
de derechos civiles do los libertos, ni exponer la realidad de los 
gobiernos militares del Sur, que aquí se confunden con nuestros 
estados de sitio. Ocasión vendrá de hablar de estos puntos, muy 
interesantes, que es necesario ver siempre de alto y bien: hoy 
me limitaré á lamentarme de que una persona como el Sr. García 
Ruiz haya tratado tan dura y tan injustamente á la gran Repú- 
blica de Washington. Aquel pueblo ha podido cometer graves fal- 
tas; pero no creia yo que de la tribuna española debieran salir 
frases tan acerbas y cargos tan violentos contra aqueUa gran 
nación, que como gloria imperecedera tiene la de haber hecho 
efectiva la coexistencia de la libertad y de la democracia, esto 
69, la aspiración de todos los modernos pensadores; y que 
para nosotros en esta hora solemne debe tener el respeto, la 
simpatía, el amor que exige su noble y generosa conducta al sa- 
ludarnos la primera, al constituirse en nuestra tierra la Repúbli- 
ca. No estamos tan sobrados de amigos en estos momentos, ni es 
tan risueño el porvenir que ante nuestros ojos se ofrece, que po- 
damos mirar con recelo, mucho menos con desamor, á los que nos 
aplauden y nos animan. Pero de todos modos, yo protesto contra 
las califícaciones del Sr. García Ruiz ; yo protesto on nombre del 
siglo XIX, uno de cuyos grandes títulos será el de haber creado 
y desarrollado el gran pueblo de los Estados-Unidos. Yo protesto, 
porque si allende el Atlántico se han cometido pecados contra los 
indios, pecados que yo condenar enérgicnmea te, y de los que ningún 
pueblo puede decirse impecable, también allí t3 han derramado 
torrentes de sangre y se han consumido millones de pesos para 



276 

romper par» siempre á los piee del m&rtir Lineoln las cadenAs de 
ouatfo millones de esclavos, y no oomo S. S. deeia para entregar- 
los ¿ la miseria y á la ignorancia, no para lanzarlos como perros 
feroces sobre sus antiguos amos, no para realizar una obra de 
venganza y de aalTaJismo, si qae para redimirlos en nombre de 
Dios y del derecho moderno, y rehabilitarlos ante so propia dig- 
nidad y sa propia conciencia. Y no molesto más ¿ la Cámara. 
fApiautoa^ 



EL SEÑOR ALVAREZ PERALTA. 



^esúm del 13 de Marzo de ISIS.) 



Señores Representantes: 

Como lo siento lo digo: nunca, en ocasión algxina de cuantas 
he tenido que expresar mi pensamiento de palabra, en nin^na 
se me pararon ni se me han parado delante mayores dificultades 
como en la presente, ni perplegidades mayores han embargado 
nunca mi ánimo. Cierto que en ninguna habia ayudado yo ni ayu- 
daba como ayudo hoy & llevar con mis débiles hombros la para mi 
preciosa carga de los intereses de mi proyincia natal, intereses 
que son el patrimonio de todos sus hijos, intereses que forman 
parte, y parte muy principal, de aquel riquísimo tesoro de fó, de 
virtud, de valor, de heroismo, de altivez, de gloriosísimas tradi- 
ciones, de leyes sabias y liberales; riquísimo tesoro que nos le- 
garon nuestros padres, aquellos egregios espa&oles que en el 
siglo XYl dieron sor y vida á la España americana. Pero la mayor 
entre todas las dificultades que, como iba diciendo, se me paran 
delante en la ocasión presente, la mayor de todas consiste en te- 
ner que impugnar afirmaciones nacidas, fuera de aquí, al calor de 
mezquinos y raines y torpes intereses, y aceptadas aquí y faera 
de aquí, de baena íé y sin examen, por personas muy respetables 
y muy honradas, personas á quienes se les ha persuadido de que 
son un peligro para la integridad del territorio y ruina miserable 
de los intereses morales y materiales de la patria común, la abo- 
lición de la esclavitud y el planteamiento de las llamadas refor- 
i|ias ultramarinas en la provincia de Puerto-Rico. 

Sabido es, Sres. Representantes, que es empresa difícil, entre 
las más difíciles, llevar la convicción á los ánimos desfavorable- 



2T8 

mentó proTonidot, mayonnente cuando las preToncionea eetán 
soatenidaa por la buena fó, por el temor de grayee peligros, y yi- 
vlñcadas por el altísimo sentimiento que en nobles y leales pe- 
ebos despierte siempre el nombre tres Teces santo de patria. 

Así y iodo, yo cumpliré mi deber de Representsnte de la na- 
ción por la provincia de Puerto-Rico en estas Cortes soberanas. Y 
si ¿ pesar de mis clares esplicaciones, las personas que creen pe- 
ligrosas la alrolicion de la esclavitud y la aplicación de las llama- 
das reformas ultramarinas en la provincia de Puerto-Rico, con- 
tinuaren abrigando sus infundadas prevenciones, yo deploraré 
en silencio esa su injustiñcada convicción, dejando al tiempo el 
cuidado de demostrar el patriotismo, la lealtad y la nobleza'de 
miras de los Diputados reformistas puerto-riquefios. 

Seliores Representantes, el sesgo que se ha dado 6 la discusión 
de la totalidad del proyecto de Ley para la abolición de la escla- 
vitud en PuertO'Rico; el sesgo dado é. esta discusión, es por todo 
extremo singular. Entendía yo, y entiendo, que discutir la tota- 
lidad de un proyecto de ley vale tanto como examinar el con- 
cepto generel en que descansa, inquiriendo, en el orden de lo 
justo, la bondad de ese concepto y estableciendo 6 negando, den- 
tro de las necesidades sociales y políticas del momento en que 
ese concepto aparece, la legitimidad de todos y cada uno de sus 
desenvolvimientos.' De esta suerte se manifiesta en toda su inte- 
gridad, en toda su plenitud el espíritu de la ley; se aprecia rec- 
tamente su alcance social y político; se estima la necesidad que 
justifica la presentación del proyecto, y podemos todos con cabal 
inteligencia y recta conducta, enmendar y corregir lo que en el 
proyecto de ley corrección 6 enmienda hubiere menester. 

En vez de este procedimiento natural, sencillo , lógico, se ha 
empleado otro, como he dicho antes, muy singular. Por causa y 
con ocasión de discutirse este proyecto de ley , se ha hablado y 
discurrido acerca de todas las reformas ultramarinas; se nos han 
atribuido á todos los reformistas puerto-riquefios miras y deseos 
de separatismo; se ha afirmado que todos los reformistas puerto- 
riqueüos estuvimos moralmente unos, materialmente otros, en 
el motín de Lares; se nos ha echado en cara, á los demócratas 
que hablamos aceptado la legalidad de 1869, se nos ha echado en 
cara nuestro voto á la República; se ha puesto en duda y hasta se 
ha negado la competencia, la autoridad y la potestad de estas 



279 

Cortes soberanas para legislar en punto á los negocios y cosas 
que á Paerto-Rico conciernen; se ha hablado y discurrido tam-, 
bien acerca de los antiguos partidos políticos, y, por último, se 
han sacado á relucir la filosofía alemana , el cristianisnio y la teo- 
logía. Todo ello por causa y con ocasión de discutirse un proyecto 
de ley que tiene por objeto y fin último devolver al hombre es- 
clavo su prístina grandeza de hombre libre. Estos procedimientos 
de discusión han suscitado y suscitan en mi ánimo grandes per- 
plegidades. Quisiera yo poder mantenerme dentro de las reglas 
científicas á que han de ajustarse las discusiones de las leyes, y 
contra mi voluntad y deseo^ vóome obligado á incurrir en los mia- 
mos defectos en que han incurrido nuestros adversarios. La culpa 
es de ellos, que no mia. Oblíganme á bajar á la ardiente arena de 
las discusiones apasionadas, en las cuales obedecemos todos, 
quiénes más, quiénes menos, á las sugestiones del amor propio, 
de sobra quebradizo y vidrioso. Y lo peor del caso es que no pue- 
do evitarlo. Y no puedo evitarlo, porque es deber mió, deber del 
cual no puedo prescindir, dar muy cumplida réplica á temerarias 
afirmaciones, á juicios muy aventurados, deshaciendo errores, 
disipando dudas y desvaneciendo fantasmas, fantasmas creados 
fuera de aquí por la codicia de unos pocos y abultados aquí y 
fuera de aquí por la buena fé engañada, con menoscabo de ella 
misma, con ofensa de la verdad y con daño manifiesto del dere- 
cho y de la justicia. Y basta de preámbulos, siempre fastidiosos, 
por lo que tienen de cansados. 

Y pregunto: ¿por cuál conjunto de inducciones y deducciones 
se ha logrado averiguar que los reformistas puerto-riquefios es- 
tuvimos, moralmente unos, materialmente otros, en el motin de 
Lares? Cuando se hacen afirmaciones de esta índole, se han de 
tener pruebas emanadas da hechos incontestables, emanadas de 
documentos auténticos. ¿Las tienen nuestros adversarios? No las 
tienen; y no teniéndolas, no han debido aventurarse afirmaciones 
que lastiman á mi provincia natal, cuyos hijos en el trascurso de 
cuatro siglos han sacrificado noble, leal y patrióticamente, cuanto 
ha sido necesario, sus vidas y la hacienda por la integridad del 
territorio y por la honra de la patria común. Afirmaciones de esa 
laya no se compadecen bien, ni con la buena fó de quienes las 
profieren, ni con la magostad de las Cortes soberanas, ni con el 
decoro y buena fama de los espa&oles puerto-rique&os. 



280 

Hese hablado aquí, eon oeasion de diaeatir U totalidad del 
proyecto de loy, materia de eote débate, bise hablado aqttí de la- 
yes eq>eeiales; se ha reeordado lo dispuesto en la Oonstitoaion de 
188*7 y en la de 1845, y se ha recordado y citado el sistema colo- 
nial de varias naciones. La cita es desdichada, y el reeaerdo har- 
to triste. tColonias! ¿Cuándo ha tenido ^i caándo tuvo colonias 
Bspalla? Sepa el Sr. Jove y Hévia y sépanlo sus amigos: nunea 
fuimos colonos los espafioles hijos de Puerto-Rico. Sepa también 
S. S. que para España tampoco fueron colonias las dilatadas pro- 
vincias, los dilatados reinos que á su vasto imperio incorporó el 
valor de sus egregios hijos. B importa demostrar esto, Sres. Ro- 
presentantes; importa demostrarlo, porque de algún tiempo aek 
se viene haciendo aqui caudal de argumentos con el vocablo 
«olcmlos contra toda tentativa de reforma, contra toda idea de 
asimilación de nuestras provincias de la España americana á las 
provincias, sus hermanas, á las provincias peninsulares. 

Y á este fln pregunto: ¿tuvo por ventura, durante el rógimen 
absoluto, el español nacido 6 residente en la Península, tuvo al* 
gun derecho que no tuviera el español residente 6 nacido en las 
riberas del Plata, en los llanos de Venezuela, en las playas del 
mar Pacífico, en las faldas de los Andes ó en laS* islas del mar de 
Colon? No; allí como aquí éramos todos vasallos; vasallos, sí, pe- 
ro unos y otros vasallos españoles; vasallos con los mismos dere- 
chos otorgados por el soberano; vasallos sometidos á unas mis- 
mas instituciones. Eramos para el monarca hijos de la propia 
madre, hermanos bajo el mismo cetro, partícipes x)or igual en los 
beneficios y miserias del régimen absoluto. Y esta igualdad de 
derecho entre la España europea y la Espeña americana, ¿sufrió 
por ventura algún menoscabo con el advenimiento del régimen 
liberal? Tampoco. En 1808, en 1812, en 1820, en 1834, 35 y 86, 
una misma fué la ley entre una y otra España. Dos de los Secre- 
tarios que Arman la Constitución de 1812 eran, en aquellas Cor- 
tes Constituyentes, Diputados por provincias de la España ame- 
ricana. 

Conserváronse incólumes, Sres. Representantes, en la Consti- 
tución otorgada en 1808 por el usurpador José Bonaparte, en la 
por todo extremo digna de admiración y respeto de 1812, en el 
Estatuto Real de 1834, en la convocatoria á Cortes de 1836, con- 
serváronse incólumes á la España americana, á nosotros vuestros 



3(11 
barmnaoB, lo» hijos de esa Bapaüii, todos aauBtros dawelios de 
cludBdiinoa espafioUí. 

yo btt tenido, piioa, ni tu'vo nunoa SspaSa coloaiaa. Y por lo 
que toen & paerto-Rlco, hn sido es In realidad paliticn, en 1> pla- 
niwa del dePBcho, provincia MpBÍiola, dBSdfi prineiplna del bI- 
elo XVI luiBta el afio do 1836. 

Poro vino para la SspBÍa nmaricana j también pira 1» patria 
eomnn el iofaustn aí» flo 1837, Hn eae aío laí Cfirtea Constltu- 
yeatéa aiEluyeron 4 la Bspnña nmerleana del gran conaejo de In 
nación; prWtronln de au inconcuso derecho de rapreaentoclon Ein 
laa C6rteB naelonílea; ubrogáronae la esaluaiva polaaliid do o^b- 
oiiar Id» podares públicoa; abrogSronae aaimiamo !a bicIusítb 
potestad ila establecar leyes, y cortaron loa santos laioa de co- 
man origen, de relig-ioD, da lengua, do glorioaas tradlelonea, de 
igTlnMnd políticn, de Igualdad de dsrflcboa, de leyea, usofl </ ooa- 
tum^reB; cortaron estos a&utoa litto», y& que por ser indlBoluhlofi 
Qo podlBU deeatarloB, anadándoloa con las coyundas del recio yu- 
^0 y peafidisima oorfta del régluien despótico y arhitrarlo, no co- 
lonial, como con aotira de iiapropiedad aa ha, dicho aqui y fuero da 
Bquf, Bino militar, sino diotalorin! y reanuilíDaoloB eoa el maldl- 
tÍBlmo vinoato de la sBclavílud. 

Y el en la híbrida Constitución de 183T se declaró qae éramos 
espaüoles todos los nacMos en territorio eapafioL , dlóae aa ella al 
olvido que la nucion eapaUoIs la conatltuye la universalidad de 
tos cladadanos, y diAse también en ella al olvido que an la nnlver- 
talldad de les ciii>lm1snoB, en la totalidad de las provinclea , y no 
en unaa con etcluaion de olraa, reside la aoberanía nasional, 
ftiente de loa poderes ;iiiblicaa. Obra fué estn timnia, no del anil- 
lo bando progresista, nso de alguno de sus áulicos; Urania que 
mantuvo y eonflrmA la Constitución de 1845; tiranía, por último, 
da la cual y oon nutnlSestB violación de nuestro novísimo dere- 
cho público, quedan todavía no pocos raBBbioa, basta el estremo 
que el título primero de In Constltuolon, en el cual ae declara y 
consagra la igualdad do derecha entra todos y para todo5 loa dU' 
dadanos eflpEaoli.'B, solo en parte y cod muy laatimoaaB y humi- 
llBOtas mntllBcioaea sü ha aplicado en Puerto-iUco. 

Mo parece sino que esas libertadas y garantías se nos lian do 
otorgar fi ooaotroe vaeatros bermnnos , A nosotros los puerto^i- 
'tuííios á titulo do gracia y merced y que no disfrutnmoa y dlsfru- 



282 

taremoB de ellas ppr el inconeoao derecho de nuestra provincia. 
Ya lo ven los qae aplauden la conducta y procederes de los le- 
gisladores de 1837 7 18 fó. Unas y otras Cortes anularon, respec- 
to de la España americana, el derecho constitucional , el derecho 
político y el derecho administrativo, sujetando á esa nuestra Es- 
paña al yugo de una muy recia dictadura. Y no se diga que esta 
resolución, mejor dicho, que esta tiranía, pudo establtícerse y se 
estableció por la soberanía nacional, dogma del antl^o bando 
progresista. Porque la soberanía nacional, en cuanto poder cons- 
tituyente, tiene un límite que no puede traspasar sin ruina mi-^ 
semble ella misma: este límite es el derecho, ora del ciudadano, 
ora de la provincia. Cuando la soberanía nacional traspasa este 
límite (Uamo la atención de los Sres. Representantes é este punto 
de doctrina); cuando la soberanía nacional traspasa este límite, 
se hace usurpadora^ se hace despótica, se hace tiránica; en una 
palabra, es focciosa. 

Consideraciones muy justiflcadas, sugeridas todas ellas por el 
altísimo sentimiento de amor á la patria común, me obligan á na 
detenerme en la enumeración de las funestas consecuencias que 
esa torpe violación de nuestro antiguo derecho público ha traído 
aparejadas. Muchas de ellas patentes están á los ojos de todos; es- 
critas están algunas con sangre y fuego en los hoy maldecidos 
campos de Caba. Quien no las vea ó viéndolas no las deplore y no 
acuda á remediarlas, no es español, no; no ea ni será digno de 
formar parte de un pueblo que con su aliento poderoso y su san- 
gre generosa, dio ser y vida á todo un mundo. A prevenir, pues, 
males, Sres. Representantes, removiendo las causes que pueden 6. 
puedan originarlos, no por modo empírico, sino por los medios 
que la razón y la ezperiancia indican como más adecuados al ca-' 
so; y en el caso presente, estos medios son el reconocimiento del 
derecho y la consagración de la justicia: á este importantísimo 
ñn, á este ñn ^«iltamente político, á este fín verdaderamente pa-> 
triótico se enderezan los esfuerzos y las miras de los Diputados 
reformistas puorto-riqueños. 

Háse dicho que la abolición de la esclavitud y el planteamiento 
de las reformas ultramarinas en la provincia de Puerto-Rico 
traerán aparejada la pérdida de aquella provincia para la madre 
patria, 6, lo que tanto vale, que la abolición deAa esclavitud y el 
planteamiento de esas reformas serán llave que abra allí de par 



283 

en par las puertas á miras y deseos de separatismo. ¡Cuánta ce* 
gruedad, cuánta ignorancia de la historia patria no revelan afir- 
maciones de esa layal 

Por manera que la abolición de la esclavitud, plaga asquerosa 
de nuestra sociedad; la libertad individual, fundamento de las 
demás libertades; la libertad de conciencia, esto es, la comunión 
libre de las almas en el sentimiento de lo divino; la libertad de 
enseñanza y la libertad de imprenta, medios de manifestación de 
la libertad del pensamiento; el derecho de reunirse y asociarse 
los ciudadanos para cumplir ios ñnes naturales y legítimos de la 
vida; el derecho de petición, con el cual y por el cual el individuo 
y la sociedad exponen á los poderes constituidos todo cuanto en- 
tiendan ser más conveniente, ora al interés privado, ora al inte- 
rés general; el derecho de ser procesado y sentenciado por el juez 
6 por el tribunal á quien competa el conocimiento del delito; la 
legalidad de las penas; la inviolabilidad del domicilio; el respeto 
á la propiedad; en suma: el imperio de la ley, salvaguardia de la 
libertad; el ejercicio de todos los derechos dentro de las garan- 
tías por la ley declaradas y por la ley establecidas para amparar 
ese natural y necesario y legitimó ejercicio; la unión de todas las 
provincias con el vínculo de una ley común: todo esto, recono- 
cimiento del derecho; todo esto, consagración de la justicia; todo 
esto, en sentir de ciertos repúblicos, encenderá los odios en 
Puerto-Rico coutra la madre patria; todo esto abrirá allí las puer- 
tas de par en par á deseos y aspiraciones de separatismo. Y por el 
extremo contrario, el mantenimiento de la esclavitud; la arbitra- 
riedad, erigida en ley; el derecho desconocido, anulado en todas 
sus necesarias y legítimas y naturales determinaciones; la dicta- 
dura permanente como resorte único para mantener la paz públi- 
ca; el capricho sirviendo de norma á lo justo; la corrupción como 
cosa corriente en todos los ramos del orden administrativo; el 
poder civil de la provincia abatido; el poder militar exaltado; los 
desafueros, las humillaciones, los vejámenes, los atropellos; en 
una palabra, las facultades omnímodas allí mantenidas por abuso 
consuetudinario , que no por ley; todo esto, violación inicua del 
derecho; todo esto, violación inicua de la justicia ; todo esto es y 
será perenne garantía de amor y de ñdelidad de Puerto-Rico á la 
madre patria; todo esto es y será seguro eficaz á In integridad 
del territorio; todo esto es y será allí augurio feliz del progreso 



284 

moral y material de la provincia. No quiero hacer comen- 
tarios. 

También ae ha dicho con ocasión de disentir la totalléád del 
proyecto de ley materia de este debate, también se ha dicho que 
teniendo Puerto-Rico algunos, derechos políticos, no hahiapor 
qué apresurarse en estos momentos á plantear otras reformas en 
aquella provincia. Bsto lo han dicho y lo dicen personas que pre- 
sumen de hábiles y experimentados repúblicos. No advierten qae 
rigiendo, oomo por mandato soberano de las C6rtes Constituyen- 
tes deben regir en Puerto-Rico, la ley provincial y la ley muni- 
cipal, leyes que, con la electoral de distritos, constituyen aquel 
conjunto de disposiciones jurídicas, necesarias todas ellas para él 
ejercicio de los derechos políticos; no advierten que mientras no 
se haga la asimüaeion completa en el orden constitucional, en el 
orden político y en el orden jurídico de nuestra provincia con 
sus hermanas las provincias peninsulares, no es posible que esas 
leyes tengan allí la apetecida obserrancia, como tampoco sin esa 
asimilación, por la cual vengo yo pugnando hace tanto tiempo, 
será posible deslindar en Puerto-Rico la acción y competencia de 
los poderes locales en sus mutuas relaciones, ni en sus relacio- 
nes con los altos poderes del Estado; deslinde de atribuciones y 
facultades muy necesario, porque este deslinde sirve de base y 
fundamento al derecho administrativo y de perenne garantía al 
buen régimen 4^ la cosa pública. En otros términos más breves y 
acaso más claros. Mientras ño se verifique esa asimilación de que 
vengo hablando, no será posible, denrto del derecho constitucio- 
nal, dentro del derecho político, dentro del derecho administrati- 
vo, no será posible determinar con fijeza en Puerto-Rico, ni las 
relaciones del individuo con la sociedad, ni las relaciones del 
municipio con el poder provincial, ni las relaciones del poder 
provincial con los altos poderes del Estado, ni las relaciones de 
la provincia con la nación. 

Temería ofender, Sres. Representantes, la ilustración de la 
Asamblea si me detuviera á encarecer la importancia de estas re- 
laciones. ¿Quién ignora, quién, que de repúblico presuma, puede 
ignorar que estas relaciones radican todas ellas en intereses esen- 
cialmente comunes, intereses que armonizados por una ley co- 
mún, mantienen la estabilidad de nuestro imperio, conservan la 
integridad del territorio, dan firme asiento á la cosa pública y 






285 

afianzan con los beneficios de la libertad, la paz y el bienestar de 
la naden? 

Y ahora, antes de entrar á discurrir acerca del punto concreto 
de la cuestión, tengo que responder al cargo que, con motivo de 
la discusión de este proyecto de ley, se nos ha hecho á los demó- 
cratas que habíamos aceptado la legalidad de 1869, por haber da- 
do nuestro voto á la República. 

Ya dije dias pasados que la democracia no era, ni exclusiva- 
mente monárquica, ni exclusivamente republicana. La democra- 
cia es una doctrina social y política, con principios fijos, con pro- 
pósitos claramente determinados, enderezados todos ellos al re- 
conocimiento del derecho y á la consagración de la justicia. 

Afirmar en toda su plenitud los derechos individuales; recono- 
cer, juntamente con la autonomía del individuo, la solidaridad 
social; realzarla condición de todos y cada uno, sin menoscabo 
de la ajena, ni detrimento de los intereses, ora de la persona, 
ora de la familia, ora de la sociedad ; aniquilar inicuos privile- 
gios, librando á la nación de gravámenes ó injustos sacrificios; 
allanar, en suma, el camino para que todos y cada cual podamos 
realizar el complejo ideal de la vida, aquí en la tierra, así en el 
orden físico como en el moral, como en el intelectual: tales son 
los propósitos de la democracia. Propósitos nobilísimos para cuya 
realización, permítaseme que lo diga al paso, no necesitamos, ni 
del estruendo de las armas, ni de las vociferaciones de los llama- 
dos tribunos, ni de la torpe cuanto arbitraria tutela del Estado. 
Bástanos hoy ¡gracias sean dadas por ello á Dios, fuente de todo 
bien! bástanos hoy mantener incólume lo que hay de fundamen- 
talmente irrevocable en el título primero de la Constitución, 
Bjustando al espíritu de ese título los demás de la ley fundamen- 
tal dentro de las necesidades sociales y políticas del momento en 
:]ue vive y se mueve nuestra patria. 

Y digo dentro de las necesidades políticas y sociales del mo- 
mento, porque, Sres. Representantes, la democracia no aspira á 
realizar todos sus propósitos de golpe, sino al compás de las ne- 
cesidades de cada momento social y político. A este fin abre las 
puertas de par en par á todas las opiniones para que con entera 
libertnd se manifiesten las ideas; fomenta todos los intereses; 
equilibra, sin menoscabo del individuo y de la sociedad, las más 
opuestas fuerzas; magnifica la dignidad del hombre, borrando de 



286 

lai llnütaciones lo que toncan de arbitrarias, y marea con pru- 
dencia legítimos cuanto adecuados términos á las necesarias rea- 
lizaciones del ideal de la cosa pública. 

Explicada de esta suerte mi manera de ver y considerar la de- 
mocracia en alanos út sus propósitos, y en algunos de sus me- 
dios, para ver de llevar á buen tórmino estos propósitos, pregun- 
to: ¿en qué nos separábamos nosotros los demócratas, que .ha- 
blamos aceptado la legalidad de 1869, de los demócratas 
republicanos? Y digo demócratas monárquicos y demócratas re- 
publicanos, porque yo conozcq á muchos radicales y á muchos re- 
publicanos que no son demócratas. De los demócratas republica- 
nos no nos separaba más que la afirmación de un mero accidente, 
la forma constitutiva del Poder ejecutivo, del último de los pode- 
res del Estado: para ellos el jefe del Poder ejecutivo habla de ser 
electivo y amovible; para nosotros electivo y permanente: en to- 
do lo demás no discrepábamos. ¿Quiénes estábamos en lo cierto? 
¿Ellos ó nosotros? Nosotros el dia 10: ellos el'dia 11. 

El Sr. VICBPRESIDBNTB (Bchegaray): Sr. Alvarez Peralta, 
faltan pocos minutos para terminar la sesión... 

El Sr. ALVAREZ PERALTA: Y yo voy á concluir; apenas nece- 
sitaré diez minutos y entiendo que la sesión ha de terminar á 
las siete y cuarto. 

El Sr. VICEPRESIDENTE (Echegaray): En ese caso, puede usía 
' continuar. 

El Sr. ALVAREZ PBRA.LTA: Decía que nosotros estábamos en 
lo cierto el dia 10 y los republicanos el dia 11, y ahora aüado: esa 
es la lay del progreso; lo que ayer era verdad necesaria en cuan- * 
to á forma social y política, cesa de serlo hoy, sin perder por eso 
su legitimidad histórica, sin perder por eso su legitimidad en el 
tiempo. La verdad política, como toda verdad, si una, si incon- 
dicional, si absoluta allá en el supremo ideal, acá en lo humano, 
no lo olvidemos, está como la luz, acompañada de sombras; acá 
en lo humano, está sometida á las condiciones del tiempo. 

A esa inquebraniablo loy del progreso obedeció y ha obedecido 
entre nosotros la proclamación de la República, como á esa mis- 
ma ley han obedecido, obedecieron, obedecen y obedecerán todos 
loa cambios y mudanzas que se han operado y se operen en el 
organismo social y político de los pueblos. Solo pueden negarlo 
los que atribuyen esos cambios y mudanzas á meros caprichos del 



287 

«caso, los qae sastituyen la profunda máxima de BoBsuet: el liom- 
bre te mueve y Dios le conducef eon esta otra: el hombre te agita y 
la casualidad le guia. Solo pueden negarlo los que viviendo eon 
los ojos puestos en las sombras del pasado, no han comprendido 
la verdadera slgn^iiflcacion del movimiento revolucionario de 1868. 
Solo pueden negarlo los que no han comprendido que en 1868 ha^ 
bia sonado la bora en estos tiempos de crisis religiosa, de crisis 
fllosófica, de crisis científica, de crisis social y política, crisis to- 
das reales, crisis todus necesarias, porque son los nuncios del se- 
gundo renacimiento del mundo moderno; crisis que tocamos y 
palpaíbos, que miramos y vemos, y cuyo rumor hiere el oido con 
indefinible emoción del espíritu: solo pueden negarlo los que no 
habian comprendido que en 1868 habia sonado la hora para que 
Bspafia, el pueblo que con más gloria ha cooperado al progreso de 
la humanidad en todas las esferas de la vida, participara de ese 
poderoso movimiento que tan fuertemente sacude los hondísimos 
senos, los cimientos mismos de los pueblos cultos y cristianos. 
Solo pueden negarlo los que con serenidad olímpica atribuyen 
esos cambios y mudanzas á las violencias de la fuerza bruta. No; 
no es bruta esa fuerza que derroca tronos, derrumba imperios y 
levanta pueblos antes sumidos en abyecta postración. No es oca- 
sional, no es somera la causa por cuya virtud se operan cambios y 
mudanzas tan radicales en el organismo político y social de los 
pueblos. 

Bsa causa, esa fuerza, es la misma que rige y gobierna los mo- 
vimientos del espíritu humano; esa fuerza es la misma que rige y 
gobierna los movimientos todos del universo mando; esa fuerza 
es la ley misma del progreso. lAdmirable leyl Todo lo abraza, to- 
do lo comprende, todo lo abarca. Desde el átomo hasta esas in- 
mensas moles que ruedan por el azul de los cielos; desde el mus- 
go hasta A cedro; desde el gusano hasta el hombre; desde eV 
rudimentario instinto de las plantas hasta las prodigiosas facul- 
tades que ostenta el genio. Ella empuja á la humanidad á la ar- 
monía de la ciencia, de la creencia, de la lengua, de las leyes, de 
los usos y costumbres. Pálpala el publicista en Ins ovoiuciones 
del orden social y político de los pueblos; vislúmbranla el geólogo 
y el astrónomo en los vastos senos de la tierra el uuo, en la in- 
iQensidad de los cielos el otro; persígnenla en todas sus manifes- 
taciones por los reinos de la naturaleza ol fisiologista y el quími- 



288 

eo; lA anuncia con su razón el filósofo, y la proclama el teólogo 
bajo la poderofui autoridad de la revelación. Necesidad ingénita 
del espíritu, fin natural de toda humana aspiración, eV progreso 
es, así en lo moral como en lo físico, así en la ciencia como en el 
arte, un hecho forzoso; he dicho mal, es la ley provisional á que 
está sometido todo cuanto surge, pasa ó sucede en el tiempo y en 
el aspado; es el espíritu que vivifica la letra de ese prodigioso, 
de ese inmenso libro en cuya portada leemos Naturaleza, y cuyo 
autor se nombra Dios. 

Bn obediencia á esa inquebrantable ley del progreso, nosotros 
los demócratas que hablamos aceptado la legalidad de 1869, pues- 
tos los ojos en el bien público, sin conculcar nuestros principios, 
sim íialsear nuestra doctrina, sin pipotear nuestra historia, dimos 
leal, patriótica y desinteresadamente nuestro voto á la República. 
Valiera más que, en vez de porfiar vana é inútilmente por vestir- 
nos el sambenito de la apoetasía, valiera más que convirtieran 
nuoAtros adversarios loa ojos á las realidades de lo presente. Y si 
al contemplarlas les infunden ellas espanto en su ánimo, no olvi- 
den que son españoles, y que tienen el deber , el sagrado, el in- 
eludible deber de poner, juntamente con nosotros, los hombros á 
la gran pesadumbre del edificio social y político , para ver de 
asentarlo de una vez para siempre en los firmísimos, en los incoii«> 
movibles fundamentos de la justicia universal. 

Páreme, Sres. Representantes, paróme un tanto confuso, por- 
que advierto que aun no he tocado el punto concreto de la cues- 
tión. Pero debo declarar que no he pedido tumo en este debato 
para examinar la totalidad del proyecto de Ley puesto á discu« 
sion, en todos y cada uno de los desenvolvimientos de la idea 
madre que le da ser y vida. Semejante tarea es superior á mis es- 
casas fuerzas personales. Y aun no siéndolo, que sí lo es, temeri- 
dad injustificada seria intentar siquiera discurrir acerca de un 
asunto examinado ya y discutido por personas ten ilustradas y 
ten competentes en la materia. ¿Qué puedo yo añadir de nuevo 
á lo expuesto con tante copia de datos y ten gran caudal de doc- 
trina por los ilustrados oradores que han hablado en pro del pro- 
yecto? Absolutamente nada. El debate, la materia del debate, es- 
tá agotada. No es posible, ni en pro ni en contra, aducir nuevas 
razones, presentar nuevos argumentos. 

Solo el Sr. Jove y Hévia, persona de toda mi estimación y res- 



289 

peto, podia y ha podido con su ingenio, que es mucho, con su ha- 
bilidad parlamentaria, de todos reconocida, y con su experiencia 
en estas lides, probada en no pocas ocasiones, solo S. S. ha podi- 
do, agotada la mataiia del debate, presentar con novedad obje- 
eiones y reparos á la totalidad del proyecto de Ley. 

Si yo me propusiera replicarle, es seguro que nada nuevo po- 
dría decir, y merecerla por ello que la Cámara me impusiera si- 
lencio, exclamando: bis repetüa non placent. 

Por lo demás, he pedido turno en este debate para poder, den- 
tro del Reglamento, impugnar afirmaciones aquí hechas, juicios 
aquí emitidos acerca de los hombres y cosas de mi provincia na- 
tal: juicios y afirmaciones que, si prevalecieran, vendrían á ser 
ruina miserable de los intereses particulares de Puerto-Rico, y de 
los intereses generales de la patria común. Despuntes he dejado de 
tocar por ser escaso el tiempo, y me reservo el derecho de tocarlos 
cuando llegue la ocasión de rectificar. Ahora, y para concluir, al- 
gunas palabras he de decir acerca de la esclavitud. 

Soy abolicionista, y lo soy por sentimiento y por convicción. 

Los fueros de la justicia son los fueros de la humanidad: hué- 
llalos la esclavitud, hundiendo al hombre en el lodo de todos los 
embrutecimientos; hundiendo al hombro en el fango de todos los 
desprecios. 

La religión y la ciencia así lo proclaman; y ambas con incansa- 
ble afán porfían en el santo propósito de devolver al hombre es- 
clavo su prístina grandeza de hombre libre. ¡Benditas sean una 
y otra, quo así y por tan diferentes caminos, van á parar á fines 
análogos y muy provechosos! La religión, templando la rudeza 
humana con el sentimiento de lo divino, y la ciencia, rasgando, 
gradual y progresivamente, los espesos y tupidos velos con que 
el supremo ideal del bien, de la verdad y de la justicia, se encu- 
bre y oculta á la flaqueza del hombre. 

Cierto, ¿por qué no confesarlo? cierto que ha habido y hay Obis- 
pos y sacerdotes católicos, como ha habido y hay Obispos y pas- 
tores protestantes que en nuestros <^ias han invocado palabras de 
los Evangelios y textos de los Santos Padres, para legitimar la 
institución de la esclavitud; y lo que es más bochornoso, para 
justificar el tráfico inicuo de esclavos, esto es, la trata de negros: 
tíerto también que ha habido y hay políticos que se oponen á la 
abolición de la esclavitud, mejor dicho, que quieren legitimar el 

19 



2B0 

itonimiento de la Mclavitud, inrocando paro ello loe intere- 
■•• pennanenies de la eoeiedad; y cierto asimismo es que sáMot 
ha habido j hay que, paxm cohonestar en nuestros dios la exis- 
tencia de la esclavitud, han echado mano de datos antropológicos 
erradamente Interpretados. 

Pero todo esto, ¿qué significa ni contra la ciencia ni contra la 
religión? Rsto solamente significa que, cuando torpes y mezqui- 
nos y ruines intereses mueven el ánimo , pierde la religión su 
Ineftible santidad y se convierte la ciencia en vanidad y aflic- 
ción del espíritu. Pero la ciencia y la religión, por esas tor- 
peías humanas, no sufren menoscabo alguno en su espíritu. 
Ho atribu]ramos ni á la religión , ni á la ciencia, lo que al fin y 
al cabo obra es, y obra en algún modo necesaria, de la flaqueza 
dsl hombre. 

Ahora, 9res. Representantes, debo deciros que pidiéndoos que 
aprobéis el proyecto de ley para la abolición de la esclavitud en 
Puerto-Rico, pidiéndoos que devolváis al esclavo la dignidad que 
por Dios le fué otorgada, la dignidad de hombre con todos sus de- 
rechos y todas sus preeminencias; pidiéndoos esto, cumplo mi de- 
ber de hombre y de cristiano: cumplid el vuestro, Representantes 
de la nación. /^9<0n, bitnj 



' -.«j ..>^<-.. 



RECTIFICACIÓN 



(Sesión del 17 de BCarzo de 1873.) 



Señores Representantes: 

Ya declaró en la sesión del dia 13, ya declaró que yo no habia 
pedido tumo en pr6 del proyecto de ley de abolición de la escla- 
vitud con el propósito de examinar detenidomente todos y cada 
uno de los desenvolvimientos de la idea madre que da ser y vida 
á ese proyecto. Declaró que habia pedido la palabra para poder 
dar dentro del Regrlamento muy cumplida réplica á temerarias 
afirmaciones hechas aquí, á juicios muy aventurados aquí emiti- 
dos acerca de los hombres y cosas de mi provincia natal; juicios 
y afirmaciones, aBadí, que si prevalecieran vendrían á ser ruina 
miserable de los intereses morales y materiales de la provincia 
de Puerto-Rico y da los muy altos de la nación. 

Así, solamente dos veces tuve la honra de nombrar al Sr. jove 
y Hóvia en mi disrurso de la sesión del dia 13, una para pagar á 
S. S. tributo de estimación y respeto, y la otra con ocasión de 
haberse mostrado S. S.- partidario de leyes especiales para el ré- 
gimen administrativo y gobierno político de nuestras provincias 
de la Bspaña americana. Siendo de advertir que, deseoso yo de 
no dar protesto para que ni por S. S. ni por nadie se dilate este 
debate, al parecer interminable, á drede me abstuve de examinar 
el concepto general, base y fundamento de la doctrina que en 
punto & leyes especiales profesa el Sr. Jove y Hóvia. Poro co- 
mo pudiera creerse que este mi propósito, más que del deseo da 
no alargar el debate, nace de la dificultad que en sentir de alga- 



292 

noa pueda haber para impagnar esta doctrina, ó insistiendo su 
•eüoría en declararla como necesaria y buena, se hace preciso 
que yo procure reducir las afirmaciones expuestas por S. b. en 
su discurso anterior y los hechos alegados por S. S. en pro 
de su doctrina; se hace preciso que yo procure reducir esos 
hechos y esas afirmaciones & la conveniente exactitud y certeza. 
Con lo cual ganaremos todos: la Asamblea desechando una doc- 
trina que ha dado ser y vida al separatismo en Cuba; el Sr. Jove 
saliendo de un lastimoso error, muy perjudicial á los altos in- 
tereses de la patria, y yo teniendo la satisfacción de haber con- 
tribuido á ello con mi pobre palabra y buen deseo. 

¿Cuál es el concepto general en que descansa la doctrina de le- 
yes especiales que S. S. profesa? Ese concepto puede, formularse 
diciendo: «la desconformidad de intereses entre las provincias de 
EEspaña americana y sus hermanas las provincias peninsulares 
exigen el establecimiento de leyes especiales para el régimen ad- 
ministrativo y gobierno político de cada una de esas provincias 
americanas en particular.» Tal es el concepto general que sirve 
de regla al Sr. Jove y Hóvia para pedir el mantenimiento de la 
arbitraria y tiránica excepción introducida por los legisladores de 
1837 y 1845 respecto de la España americana en el antiguo dere- 
cho público español. 

Señores Representantes, si la desconforraidad de intereses en- 
tre unas y otras provincias fuera motivo suficiente, fuera razón 
válida para establecer en cada una de ellas un régimen político 
distinto, un régimen político diferente, un régimen político espe- 
cial; vendríamos á parar á esta peregrina conclusión: no habiendo 
identidad de intereses provinciales, cada provincia se regirá por un 
derecho político propio: con lo cual se daria el caso, único en la 
historia, de una nación sin ley política común, sin vínculo alguno 
de estabilidad, sin derecho político propiamente dicho. Doctrina 
imposible dentro del concepto de unidad nacional; doctrina que 
pugna, no BOloconel sistema exclusivamente unitario del Sr. Jove 
y Hóvia, sino con el sistema republicano federal. Pero, ¿qué digo? 
La misma «¿cuela comunera, la escuela del anseatismo municipal 
no podría aceptarla, porque seria ruina miserable de la sociedad 
y de la nación. 

Ni en los pasados tiempos hubo, ni en los presentes hay, ni en 
los que están por venir habrá identidad de intereses provinciales. 



293 

Y no puede haberla, porque en lo humano á nadie es dado borrar 
los condiciones geogréfieas y topográflces del suelo pátrioj á na- 
die es dado cambiar radicalmente los elementos étnicos, los dia- 
lectos, el carácter, los usos y costumbres con que se distinguen 
unas provincias de otras. Condiciones y causas son éstas, sépalo 
el Sr. Jove y Hévia, sépanlo loa partidarios de las leyes especia- 
les, sépanlo también los separatistas; condiciones y causas son 
estas que determinan el modo de ser de la nación, y establecen 
esa natural desconformidad de intereses, á cuya concordia se en- 
dereza la ciencia de la cosa pública, armonizando esos intereses 
con leyes administrativas adecuadas á las necesidades de todas y 
cada una de las provincias, y manteniendo á éstas unidas con el 
vinculo de una ley común; vinculo sin el cual no habría nación. 

Y no la habría porque el concepto que encierra el vocablo nadon 
ño nace, no se deriva de la idea de yuxta posición en el espacio 
de unos cuantos terrítoríos relacionados por continuidad y conti- 
güidad geográficas, sino que nace, sino que se deriva de una 
idea superior, la cual, compleja y todo como es, puede espresarse 
con esta fórmula, fórmula comprensiva de todos sus elementos 
particulares, á saber: igualdad de derechos dentro d$ %tna l$p 
9omun, 

Privar, pues, Sr. Jove y Hévia, privar, pues,' Sres. Represen- 
tantes, de esta igualdad de derechos á unas provincias con el pro- 
testo de la desconformidad de intereses ó con cualquiera otro 
pretesto, vale tanto como conculcar los fundamentos mismos de 
la unidad nacional; vale tanto como declarar que las provincias 
de esta suerte maltratadas, forman parta integrante de la nación 
en el sentido etimológico del vocablo; esto es, en el concepto de 
territorios vencidos, de territorios conquistados, de terrítoriot 
mantenidos por la fuerza en la obediencia; es abrir de par en par 
las puertas á las aspiraciones del separatismo, es legitimar en al- 
gún modo sus temerarias y sangrientas empresas, con gran con- 
tentamiento, con gran satisfacción de aquellos pueblos que, ha- 
ciendo caudal de nuestros errores económicos y de nuestras tor- 
pezas políticas, coadyuvaron á la ruina miserable de nuestro 
vasto imperio en América, y porflan todavía hoy por que acabe- 
moa de perder esos, que para nosotros deben ser preciosítlmoi 
restos que de ese vasto imperio nos quedan, nuestras provincias 
del mar de Colon. 



294 

La Bspa&a americana, en tiempo del poder abaolato no ae rlffió 
por leyes políticas especiales; ya lo demostré el otro dia. Proeu- 
radorea en Cértes tonian las proyinoias y reinos de la Espaüa 
earopea, y Prooaradores en Cortes tenían las proyinoias y reinoif 
de la España americana. 

Lógico dentro del fundamento científico de su doct^njE^el 
abiolatismo aspiró constantemente á formar del yasto Imperio 
ibérico, por medio de la asimilación de las leyes, una sola nación, 
igualando á la España americana con la España europea. No in- 
yoqoe, paes, el Sr. Joye y Uéyia la autoridad de la escuela abso- 
lutista para juAificar la perjudicial doctrina de leyes especialeí^ 
no la inyoque, porque la escuela al)80lutl&ta procuró con solícito 
eppeño r$duQÍr la forma y momtr^dél gobierno de la España ame* 
ripana al ««(tfo y ári§n con qu^ «ron r^aiáqz y gobfimados, los reinos 
de CastiUa y de L^on. Esa altísima aspiración á crear y mante- 
00^9 dentro de la igualdad de derecños, la unidad nacional, tu- 
piéronla también, 3ra lo dije en 1^ sesión del dia 13, los sabios 
legisladores de 1812« 

Abora debo hacerme cargp de uni^ formación hecha por el se- 
ñ^j^ Joye y Héyia con motiyo de la^ e]g)licacione9 que tuy^ la 
honra de dar acerca de mi conducta y procederes políticos. Ha 
afirmado S. S. que, por dicha suya, el bando moderado no nece- 
sitaba hacQr declaración^ por causa y con ocasión del adyeni- 
miento de la República, atento que S. S. y sus amigos están hoy 
donde há mucho tiempo estabfin. Y|t lo creo; nada nueyo me en- 
seña S. S. que yo no sepa. Sé yo y todos sabemos que el bando 
moderado fué empujado yiolentamente en 1858 por la nnion libe- 
rajL en los abismos de la hi8V>ria. Allí está con el antiguo bando 
progresista, empujsdo también,, yiyo atli^, en. esos abismos por 
IsJi yiolencias de la unión en 1856. Allí están uno y otro, mi^ldi- 
oli^ndose, aherrojados con la inquebrantable cadeoa del tiempo 
qiie.fué. ¡Quiera el ángi^l custodio de la historia dar á sus som- 
bras el apacible sueño del olvido*. 

El partido moderado cumplió su tiempo en 1858. Los que creen 
yerlo hoy, viviendo y moviéndose dentro del actual momento so- 
cial y político, solo yen, como diria Oyidio, Umbra circwnvcllant 
tw^^^l^m^ ó lo que tanto vale en romance, una aparición M alma 
•n p^na^ j nada más. 

Señores Representantes, yo he reconocido y reconozco la buer 



Dítbáe todoB cuautoH hta ñaa'iando aquí que no ere eonTeDlon' 
te llevar por abara mayores reforauía 6 laproilatíaile FnerM-Rt- 
00, y no ncisrUi á, eipUcaroie c6mo el Sr, Jove y HéTia be. podido 
var qua debajo de eaaB pelabniB mÍH8, palabras HÍDcersB, aa octú- 
tabaii intmclanMliijurlaaBaiSjeniia todas ellog 6 mi carácter, 
educación y principios. Si ba habido injuria, no 1» hfin pTofWido 
mÍB lábloa. D3 otros han brotado palabras puco meditadas y real- 
monte ¡QjurloBas. ¿No ae nea bao atribuido miras y deseos de ae- 
paíaüsmo é noBOtros los retorraistaa puerto-rlqueñoa? Y ¿por 
quó, Sres. RepreBBittaates? ¡Porque pedimos Ber esi^&olea en to- 
da la plenitud dal dereobo' 

|AU1 Si los reformiatas puerto -liqaeSos aomoa BeparaUstua por- 
qoe pedimos que la paz y la libertad derramen bus baneñdoa es 
todos loB dominios de ousatro imperio; ai aomoa flllbiuteros par- 
que deseamos y queramos que nuestra bandera, la bandera na- 
cional, BÍmbolD de taDtna glorias y de empreaaB tales, qne una se- 
lo, nos sala, bastarla iiara iluatrarla biatorÍB de lodo un pueblo; 
bL parque deseamos y queremos que osa glorioaa bandera sea 
temblón, uaL en Suropa oomo an Aala, aii en Áfrico oomo en 
América, HÍmbotO de unidad nacional, aimtialo de IguaMod de 
derecbos, símholo vivo, símbolo amado de nacionalidad; al po^ 
que deseamoB, padimoa <r queramos todo esto somos euemigoa de 
Bailas, yo eiolamarA con el insigne república que bosta base 
poooa dias presidía estas iTArtea soberanas; «Si amar la libertad y 
lajuBtlBlaessarfllibustero; si pedir la oboUclon de tn eBOlmitod 
eaaer aeparoUBto; si desear y qnerer la uoidnd nacional, dentro 
da ana ley eemun, ea ser laborante, yo ruegD k la Asamblea que 
en esta BenUilo, que en este concepto, por laborante y por scpa- 
nldsCs y por ñllbustero me tenga< • 

lüesdiohada suerte, Sr. jdvb y HSvin, In de la provínola de 
Puerio-Klao y la de aus ¡tepioaen tantas en estna Cines soberanas! 
iUla pidiendo é, gritos ser espaBola en toda la plenitod del ders- 
Btto, y noaotroa acusados da separatistas, porque porRamoa con 
tsBBi 7 solicito empeOo en Bseor 6 salvo eiH dereobo de i^ntM lo* 
obsUculoa amontonndoB Tuera da aquí per la torpe eodlala da 
OMB pocoa, yaquiy tnsra daoquf por la bnenalú sorprendida 
da algaaosL 

Kime llameo S. 3. la stension i loa dlMonoa qa« squí te bao 
pronunciada en contra de la totalidad del ptoyeoto de ley para la 



296 

ábolieion de la eselayitad, y ha expresado el deseo de que yo le 
cite un Bolo punto de los ventilados que no lo haya sido con él fin 
de examinar el espíritu y la oportunidad del proyecto de ley. 

T pQBgunto á S. S.: ¿qué necesidad habla para establecer 6 ne- 
gar la legitimidad del proyecto de ley, qué necesidad habia de 
atribuimos á los reformistas puerto-riqueños, sin pruebas y por 
el raro deseo de desautorizamos, miras separatistas? ¿Qué necesi- 
dad habia de echamos en cara á los demócratas monárquicos 
nuestro voto á la República? ¿Qué necesidad habia de sacar á re- 
lucir, con visos de novedad, la ya vetusta doctrina de leyes espe- 
ciales? ¿Qué necesidad habia de hablar y discurrir acerca de los 
antiguos partidos medios? 

Pues todo esto se ha traído á colación, poniendo en juego habi- 
lidades parlamentarias. 

Háse dolido el Sr. Jove y Hévia de que yo, haciendo los oficios 
de historiador, no haya celebrado y aplaudido la torpe dictadura 
& que los legisladores de 188*7 y 1845 sujetaron las provincias de 
la EspaÜa americana; y háse también dolido de que yo llamara hí- 
brida á la Constitución de 183*7. No es propicia la ocasión para 
examinar este período de nuestra historia política, ni tampoco lo 
consiente el Reglamento. Solo diré que en ese afio se introduje- 
ron en nuestro derecho público novedades estranjeras, las cuales 
no se compadecían bien con el espíritu democrático de nuestras 
venerandas instituciones patrias. Solo diré que en ese año descen- 
dieron nuestras provincias de la España americana del elevado 
rango de provincias españolas á la humillante condición de terri- 
torios de siervos y esclavos. 

Y ahora voy á dar al Sr. Jove y Hévia las gracias por los elogios 
q^e se ha servido dispensarme con ocasión del discurso por mí 
pronunciado en la noche del 13. Yo no soy orador, y á mis años, 
que son los de un medio siglo, me estarla muy mal presumir de 
serlo. No tengo yo ese don de la palabra, que todos, así amigos 
como adversarios, reconocemos y aplaudimos en S. S.; don divi- 
no que todos admiramos y aplaudimos en los Rlvero, los Olóza- 
ga, los Ríos Rosas, los Figueras, los Bchegaray, los Ulloa, los 
Romero Ortiz, los Cánovas, loa Esteban Collantes, los Gabriel Ro- 
dríguez, los Canalejas, los Salmerón, los Pí, los Pidal, los Labra, 
los Sanromá, y en tantos otros insignes oradores , ornamento y 
gloria de nuestra tribuna parlamentarla. ^Varias 9oc$í: ¿Y Gaste- 



297 

r 

lai^ ¿Y C&stelar?) Don divino que ha alcanzado toda su plenitud 
en ese genio á borbotones, prodigio de ideas y de palabra, que tie- 
ne pQr nombre Castelar, y en ese otro prodigio de palabra y de 
ideas, yerdadero Fldias de la frase, que tiene por nombre* Mar- 
tos, egregios oradores uno y otro que con arte singularísimo, y 
de ellos solo sabido, encierran todos sus conceptos, permítaseme 
la expresión, en cajas de armonía, cautivando de tal modo y suer- 
te nuestro ánimo, que nos hace sentir y pensar como ellos sien- 
ten y piensan, cuando hablan. Uno y otro, y con ellos los demás 
insignes oradores* que antes he nombrado, descollarán siempre 
sobre mí. Quamtum lenta soltnt inter viburna dupresH! 

Así y todo agradezco á S. S. los elogios que me ha tributado, 
no porque yo los merezca, sino porque son una prueba más para 
■LÍ de la estimación que S. S. me favorece y me honra. 



LOS SUCESOS DE CAMÜY 



DISCURSO PRONUNCIADO 



FOB 



D. RAFAEL M. DE LABRA 

en la setion del 20 de Mano de 18*78 



LOS SUCESOS DE CAMÜY 



He pedido la palabra para saplicar al sefior Ministro de Ultra- 
mar que se digne contestar en el acto á ana interpelación que 
tengo la honra de anunciarle sobre los sucesos de Puerto-Rico. 
Prometo ser breve y limitarme á dar algunas explicaciones, pro- 
curando separarme de una determinada cuestión tratada en la 
Cámara; mas estas explicaciones son tanto más necesarias des- 
pués de las de que ha hecho alarde el Sr. Ardanáz, y sin las cua- 
les de seguro yo no hubiera usado de la palabra. 

El señor VICEPRESIDENTE (marqués de Sardoal): El se&or 
Idinistro de Ultramar tiene la palabra. 

El señor Ministro de ULTRAMAR CSomí): Sobre el asunto á 
que se refiere la interpelación que anuncia el Sr. Labra, el Go- 
bierno no tiene absolutamente mes datos que los que ha tenido 
la honra de exponer á la Cámara. ¿Qué ha de contestar, pues, á la 
interpelación de S. &.? El Gobierno espera esas noticias que le 
anuncia el Capitán general de Puerto-Rico, y después que el Go- 
bierno tenga los datos que haya podido adquirir el Capitán gene- 
ral de Puerto-Rico y se los remita, entonces podrá, con conoci- 
miento de causa, contestar á la interpelación de S. S. Entretan^ 
to, el Gobierno, en uso de su derecho, se reserva señalar dia 
para contestar á la interpelación del Sr. Labra. 

El Sr. LABRA: Si el señor Presidente me permite... 

El señor VICEPRESIDENTE (marqués de Sardoal): ¿Pide S. 8. la 
palabra? 

El Sr. LABRA: Sí, señor Presidente. 

El señor VICEPRESIDENTE (marqués de Sardoal): ¿Para qué? 



302 

Bl ñr, labra: Ptra decir dos acerca de las ctae acaba de pro- 
nimolar el aeftor Ministro de Ultramar. 

Bl ieftor VlCBPilBSIDBNTB (marqaóa de Sardoal): Siento no 
poder acceder al deseo de V. S. Su señoría ha annncicdo ana in- 
terpelación; el Qobiemo, en aso de sn derecho, se ha reservado 
contestarla en tiempo oportuno; y al manifestar ahora S. S. deseo 
de hablar sobre esto seg^anda Yez, comprende perfectamente que 
no es ocasión de concederle la palabra. 

Bl Sr. LABRA: Me remito á la benevolencia del seüor Presiden- 
te. Si cree qae no debo hablar, me callo. Además, sobre ese asun- 
to se presentará una proposición, y entonces podré decir lo que 
tenga por conveniente. 
Se lee una proposición que dice: 

«Los Representantes que suscriben piden á la Cámara se sirva 
aeordar que está dispuesta á sostener la integridad del territorio, 
la práctica y estricto cumplimiento de las leyes y de las promesas 
de la revolución en Ultramar. 

Palacio de la Asamblea Nacional 19 de Marzo de 18*73.— Rafael 
María de Labra.— José Facundo Cintren.— José Ayuso.— Manuel 
Qarcía Maitín.— Rafael Primo de Rivera.— Pablo Boch y Barran.— 
Arturo Soria. » 
Después dice 

El Sr. LABRA: Señorea Representantes, antes decía, dirigién- 
dome al señor Ministro de Ultramar, que tenia el pensamiento de 
ser muy breve y muy parco; y no tengo que añadir nada sobre 
otro particular, dirigiéndome á la Cámara, que muchas veces me 
ha prestado su benevolencia. 

Yo, señores, cuando hablo de estos problemas difíciles, ardien- 
tes y comprometidos de Ultramar, enuncio mis juicios con el 
respeto que me merecen las opiniones de mis adversarios. Y la- 
mentó lo que no es decible que cuando de estas cosas se trata 
to^e la palabra la pasión. Yo hubiera dado también por termina- 
do el incidente, si los frases del Sr. Ardanáz no exigiesen al- 
guna explicación de los que hemos hecho uso de la palabra en 
días anteñores, dando cuenta de nuestra manera de ver los 
sucesos que ocurren en Puerto-Rico. Porque ante todo, seño- 
res Representantes, lo primero que se ha hecho notar es que pa- 
rece como que algunos de los miembros do esta Asamblea, y par- 
ticularmente los representantes de Puerto-Rico, tenemos interés 



303 

en desmentir el snpaento motin, állioroto 6 insarrección de Are- 
eilM; y qne p&ra edto hablamos dado pasos, tomaudo por nuestra 
«lienta y sobre nuestra responsabilidad la tarea de decir que erai^ 
absolutamente falsos. Tócame otra vez restablecer la verdad de 
los hechos. 

Bn los últimos días de Febrero corrió la noticia de que se habla 
verificado una insurrección en Areclbo. Yo no tenia el menor 
conocimiento del caso; habla sí oido rumores de que Iba á pertur- 
barse el orden público en aquella provincia^ hablan llegado á mi 
casa muchas y muy diferentes persones de distintos partidos, y 
me hablan preguntado si habla recibido informes sobre los suce- 
sos que se suponían de alguna gravedad. No la tenia, yo no 
podía tener más que sospechas; pero á fines del mes pasado llegó 
& nuestro conocimiento un telegrama de Cuba, que después se 
ha hecho célebre. Inmediatamente, como muy Interesado en que 
la realidad de las cosas se esclareciese, di algunos pasos, me vi 
con el entonces Ministro de Ultramar, Sr. Salmerón, el cual no 
sabia nada; puso un telegrama S. S. al Capitán general de Puerto- 
Rico, y me añadió que era la situación grave, porque habiendo 
participado la proclamación de la República á Puerto-Rico, toda- 
vía no se le habla contestado. No satisfecho con esto, fui á ver al 
Presidente de la Cámara entonces, al Sr. Marios, que con su celo 
y buen deseo de siempre, puso inmediatamente delante de mí dos 
telegramas; uno al embajador de Londres y otro al cónsul eSpa- 
Aol de Cayo-Hueso, preguntándoles si eran ciertos los rumores 
de una insurrección en Puerto-Rico. Sobre la marcha me dirigí 
al Ministro de Marina, Sr. Beranger, y aquella misma noche su 
sefioría puso otro telegrama al comandante de marina de Puerto- 
Rico. Volví, por último, al señor Presidente del Poder ejecutivo, 
el cual me prometió poner un telegrama, como lo hizo, al Capitán 
general de Puerto-Rico y otro al Capitán general de Cuba. Tales 
fueron, señores, los primeros pasos que di para saber la verdad de 
los hechos. 

El cónsul de Cayo-Hueso, el embajador de Inglaterra y el Ca- 
pitán general de Cuba contestaron á los pocos días, que era abso- 
lutamente í!b1so, ó por lo monos que no tenían noticia respecto á 
los acontecimientos de Puerto-Rico. Más aún: el Gobierno dio 
Guenta de haber recibido un telegrama del Capitán general de 
Cuba, en el cual deda que no sabia nada de Puerto-Rico, y que 



304 

■i de Paerto-Rico no hablan contestado á la noticia de la proela-^. 
maoion de la República, ae debia para y exolosivamente á qne 
estando roto el cable entre Santiago de Cuba y aquella AAtilla, 
era necesario poner nn vapor, que él lo había puesto para lleyar 
la noticia de la proclamación de la República, y que no habia 
tiempo para haber podido recibir contestación. 

Después habéis Yisto los dos partes del Capitán general de 
Puerto-Rico, en los que se aseguraba al Sr. Ministro de Ultramar 
que en Puerto-Rico no ocurría la menor novedad. Se les pregun- 
taba á todas esas personas, en los telegramas que yo vi, se les 
preguntaba, no sobra la situación del momento, sino respecto del 
pasado; las contestaciones eran generales, y entonces nosotros te- 
níamos perfecto derecho, absolutamente perfecto, para, no por las 
noticias nuestras, sino por los datos oficiales recibidos por el Go- 
bierno, negar la realidad de eses hechos. 

Bsto fué lo que hicimos, y yo desafío, yo reto á que se nos se- 
ñale un solo párrafo, una sola frase, un solo artículo en donde 
por nuestra cuenta hayamos dicho que los sucesos de Arecibo no 
liabian tenido lugar. Lo único que hemos afirmado es que el Oo- 
biemo no lo sabia; y tanto es así, que un digno compañero de di- 
putación por Puerto-Rico preguntó al Ooblerno si supuesto que 
negaba la existencia de esas noticias; si supuesto que las autori- 
dades de Ultramar no le daban cuenta de que semejantes sucesos 
hubieran tenido lugar, estaba dispuesto á hacer que se aplicara 
el rigor de las leyes á los fabricadores de telegramas falsos y 
propaladores de falsas noticias. Nosotros partíamos de la afirma- 
ción del Gobierno, de las noticias del Gobierno, recibidas direc- 
tamente de sus representantes en el extranjero y de las autori- . 
dades superiores de Puerto-Rico y Cuba. 

Es de advertir, que ha habido en todo esto algo raro, que 
se procurará esclarecer; es de advertir, que en todo esto 
hay dos datos muy notables : el primero, que mientras se reci- 
bía un telegrama particular estando roto el cable, el Gobierno no 
recibió los partes que naturalmente han debido comunicarle las 
autoridades superiores de Puerto-Rico y Cuba; y es el segundo, 
que en las cartas que yo he recibido por el último correo, dándo- 
me cuenta de los sucesos, se me anuncia que se han puesto dos 
telegramas dirigidos á mí, informándome de lo ocurrido; teló- 
gramas que á estas horas no he recibido. Esto, sin duda, significa 



sos 

qiiaMttmii7 mal oi^njzado o! asrviclo ds talfigraflw. Vardad si 
y eon esto con tasto i elerlas intorrapclonos qua se me haean por 
aqni en voz baja, verdad es que la misma noche del día %^ ae ra- 
olbÍ6 aquí un telegrama de Paerto-Kioo, mitod aifrailo, mitad 
en lengaajs común; 7 como sin duda é. coDaecaencLa de eato ao 
ge entendiera hlda lo qua doeia, se pidieron esplicaeioaas eobra 
loa anseaoa de Camu?; paro el resultado es qua la cantaataclon del 
Capitán general rué completarnaate Iranqulliziidora. 

lúe estaa oueatíoneade Ul- 
tiace poca un amigo mió, tienen el tris- 
te privilegio de enconar loa ánimos 7 envoTtenat las dlacoalODea, 
8OQ muy ocasionadas í suponer que de una y otra parte ae acuda 
i malas artes; 7 yo, que tango la pretansion ¡quá digo la proten- 
ílonl el derecho parfeoto a qua por todos ae reconozca mi varaci- 



] quiera, el hecha es 
DO daala 



dad, r 






ni dicho nada por propia cuenta respecto L esoa eoonteoimientos; 
que todo lo que he dlcbo hn sido ap07&ndomeúnÍ0ByB3LcluBiTa- 
msnte en laa afinnaclonoa hechas por el Oobierno. Esta ea In Tsr- 
áadara manera do discutir y de afrontjitcuestloneB de la diflcol- 
ted, ie la gravedad 7 do 1q trasaendoscia de las que naa preocu- 

Debo declarar en segundo lu^f coa toda alnoeHdad que 70 me 
temía algún pequoao alboroto od Puorto-Rloo. Ln digo con Mda 
franquezn; no creí qua debiera venir da nuestro bando; porque 
suponiendo qua los pequeños acantee Imleu tos de CBmu7 hayan 
tenido el carficter do un movimleato separatista, suponiendo que 
ae haya gritado: ¡muera España! declaro que sobre ser una torpe- 
la insigne, aamajanteB aconteciniientos merecen mi completa y 
absoluta reprobación. 31 al cabo do esta larga campitSa que vengo 
soateniendo y quo tantos disgustos 7 tantos Blnaaborea me cneala, 
aunque no me pesan llo^ afronto con ánimo serano, porque tengo 
al deber da afrontarlos), si al cabo ña esta larga oampaBa llegara 
OH momento en que aiiquirisraal pleno con veacloiionto deque 
are Imposible aucar & salva en Ultramar el doble interés do la li- 
bertad y de la Int^rldad nacional, 70 enmudoearia en el acto, yo 
me retíraria completamente de la vida política. Bn oflte punto no 
quiero qne quede la menor duda; si cuando tenemoa lu esperna» 
)a,laBaal seguridad, de que se ha de hacer la reformo complelB 
n Ullismar, si maSana hablSBa ea Ultiaiiuir un levantamiento 



306 

aepamtiita, yo lo doclsro solonmemente en mi propio nombre, 7 
puedo hacerlo UmMen en nombre de todos mis compa&eros de 
diputación, 3ro eondenaria semejante lerantamiento de una ma- 
nera enérgica 7 terminante, sin reserva de ningona especie, 
como opuesto absolutamente á todo lo que somos 7 lo que repre- 
sentamos. 

Pero después de esto, Sres. Representantes, es necesario tener 
en cuenta, es necesario observar en qué momento se habla siem- 
pre de motines 7 perturbaciones en Puerto-Rico. Prescindo del 
motin de Lares. Los Diputados de *Puerto-Rico tenemos pleno 
eonvenchniento de que para discutir , para resolver, para poner 
en claro la cuestión de Ultramar 7 obtener la victoria más com- 
pleta 7 absoluta, no necesitamos más que dos cosas: primera, pru- 
dencia; segunda, discusión. Bste es nuestro empefio de siempre; 
por esto hemos pedido (el Sr. Cintren lo dijo) el proceso de Lares; 
por eso hemos presentado dos proposiciones; por eso hemos queri- 
do hacer interpelaciones, (el Sr. Soria anunció una con el objeto 
que hoy nos preocupa) 7 sin embargo no se nos ha complacido por 
los ministerios pasados; pero nuestro pensamiento, nuestro deseo, 
es que se discuta aquí con calma, sin interrupciones, sin insultos 
de una ni de otra parte, oponiendo razones á razones, principios á 
principios, sefi^iros de que la realidad de las cosas se pondría de 
relieve, 7 de que el país, que se precia de liberal, no podría menos 
de tener simpatías por la extensión de las conquistas de la revo- 
lución á todos los dominios españoles 7 haría plena justicia á 
quien quiera que consiguiese que al fin 7 al cabo se nos cumpliera 
lo que nos está prometido desde liaee treinta afios, promesas que 
han venido á ser confirmadas por la Constitución de 1869, 7 an- 
tes por la revolución de 1868. 

Pues bien, sehores: prescindiendo por completo del motin de 
Lares, ha habido -en Puerto-Rico tres alborotos. En 1871, el pri- 
mero, en los momentos después que fueron vencidos los conser- 
vadores por los liberales en las elecciones de Diputados á Cortes. 
Sobre esto me atengo á los informes del entonces Capitán general 
de la isla de Puerto-Rico, Sr. Baldrich, que constan en el minis- 
terio de Ultramar. Ocurrió el segundo, cuando por segunda vez 
venciéronlos liberales álos conservadores (acercado los cuales 
hablaré luego) en 1872. Entonces se habló de un supuesto mo- 
tin en Yabucoa de que me ocuparé después. Y por último, el 



307 

UrMt Blbototo oaurre cuando tanlsmoa ya faeilidnd pam llevat 
laa refOrmsa, 7 cuando, ai rueaa cierto que hubiora ngltaeioa en 
Paerlc-Rlco, las refuTinfia ae hablan >le detenar, 7 cuasdü todos 
aabea perfáctamentu que In rnaasra mejor 7 únicn de <iue se res- 
UceQ laa refonoaa es continuar en el orden acabado ; ejemplar 
que viene manteniendo la ia\a de Puorto-Ittco desde la revolución 
del G9, i, posar de las provoe^cionea de ndentro, do Ins amenazDB 
de Madrid y de \aa oscitaclonoa de SiaThumBB y Suava-Vork. 

Observad, pues, Sres. RepresenlantaB, quo siempre que bornes 
vencido las liberales, siempre que hemos ealado aa el momento 
de obtener una reforma, 7 alemiira que las reformas han esüido £ 
punto de raalizarsa sa han producido en los primerea Inetantea 
eaas agitaciones que no puaden sar sosa de lua llberalsa, porqaa 
sabido ea por estoa, que tales imprudencias únicamente pneden 

Ahora bien: raapasto del aaceao de Camu7, voy í decir é> loa 
Sras. Rejiresenlanli-'í lo que creo Bferlguado de una y otra parto, 
y los QomentaHoB que liacen los nmigoa de laa reformas, 7 bcsts 
cierto punto los simpatizadores con la causa da Camuy, asi como 
los que hacen también loa que son coatrariog & eatoa boaibreB. 
Loa hecbos vardadoroa son loa sigulontei: 

El primero, qneen una casa de campóse bailaba an bombre 
septuagenario, peninsular 7 bien acomodado, 7 con el varias per- 
aonos, y qne esta hombre (lo cual ea averiguado de ana manara 
completa, sin que nadie absolutamente haya negado bu certeza) 
fa6 Blecoilo por una partida de Insurrectos qaa andaba por los 
campos y las calleat todo lo cual sa reflare en carias de dlrecaae 
penonaa que peTtenecea á unoa 7 otros partidos. 

El aet^ndo dato Incontestable es que un grupo de <ro1ilntarioB 
w cicercá t la casa (no digo cómo, parque en esta hay diversidad 
de opiniones], é IntentA entrar en ella. [U grupo da votuntailoa 
no llevaba autoridad, ni orden ninguna para poder entrar oa 1* 
«ASa 7 para qno ae la franquease la puerta. 

El tercer hecho es que hnbo fuego de una yotra parte, epreban' 
lUésdose k los que estaban dentro de la casa y npodor&ndose da 
doB fuailsa, dos ravAlversy unoarnaabetes; pera ruego Aloe boSo- 
rea Representantes quo no dan Importancias eao de tos sui^atai, 
pUi'B en todos los pulsea en que sa caltlva la eaSa, viene el ms- 
ehata t representar lo mismo qae en &Ddaliiai:i U uvtja, psel 



308 

allí no hay ningim trabajador del campo ni DÍngun negro que no 
Ue ve aa machete, que ea el inatnxmento máa usual del trabajo. 

El cuarto becho ea que deapuee llegó la autoridad, y eata Ínter- 
vino abriendo el aumario, y encontrando al penetrar en la caaa 
muerto al duefio dé eata, que era aeptuagenario y peninsular, 
como antes he dicho, (sujeto que, según me han informado, era 
muy timorato y separado de todas estas cosas políticas) hallándo- 
se además á tres esclavos suyos muy mal heridos, que murieron 
en seguida, y otra tercer persona que se encontró herida el regis- 
trar la casa. 

Estos son los hechos, referidos por los unos y los otros de la 
misma manera, por más que loa comentarios sean diversos. El 
comentario de los que creen que allí habla una insurrección se- « 
paratlsta, se reduce á decir que en aquella casa se encontraban 
reunidos 150, 200 ó 300 conspiradores, y que habiendo pasado 
por allí una partida de voluntarios , creyeron los de adentro que 
iban á ser asaltados, disponiéndose por tanto á la resistencia; que 
llegando loa voluntarios á intentar la entrada, habieron de ser 
rechazados, y pidieron auxilio á una pareja de la Guardia civil y 
después á seis 6 siete voluntarios, y que reunido este peque- 
fto grupo, mandado por D. Juan Pérez , de quien habla el parte, 
forzó entonces la puerta y encontró al muerto y á los heridos 
en el combate mientras el resto de los insurrectos huia por el 
campo. 

Se dice por los que son contrarios á este suceso, que ni Estrella 
(el dueño de la casa) ni ninguno de los que allí estaban, tuvieron 
antecedente de los conspiradores, ni del alboroto, ni de nada de 
eso; añaden que aquellos hombres se encontraban reunidos por- 
que dos ó tres dias antes se habia dirigido Estrella á la autoridad 
superior de Arecibo, pidiéndole permiso para armarse, puesto que 
le hablan asegurado que seria acometido, contestándole la auto- 
ridad que esas eran añagazas y patrañas, que no servían más que 
para poner miedo en el ánimo; y que los asaltantes no se presen- 
taron desde luego, y esto parece verdad, ni con el comandante 
militar que es peninsular, ni con el alcalde de la población, de 
suerte que el acto del ataque fué de la esclusiva espontaneidad 
de los voliintarios y de la Guardia civil. Y sobre esto conviene 
también que loa Sras. Representantes fijen su atención. 

Yo creo quo están en un error los que opinan que hay algo 



Bqnf lavlol&Me 6 Indiscutible; pira entB C&mara no salo Ib Ouar- 
dim cítíI 7 loH volunUrlos de la liberlsd, bIqo tumlileD la ma- 
glstratum, pu»lBD ser objeta da discusión^ aquE se puedo dla- 
enUr todo, paro do laBultar, porquo salo na lo hacen las puraonu 
de edueaolon, y oslo no so hüca ni aquí ni fuere de nqiií; pero sf 
se pusda fleSaUr cuáles aan los defectOB de IBB (¡Otea j de las per- 
■Oosa: oaneurnr su conducta y condenar su actitud, coiraspon- 
dieado al Qotiierno Inatruir una sumarirt para Dverlguar la rea- 
lidad do loa hecboB aabre que se basan Isa crítica. 

Pues bien, seBores; la Quardla civil da Paerto-Bico, ain que yo 
dlgu ahora bí está hien fi mal orsnaliada, tiene una desgracia, y 
es que en las elecciones que se hicieron alando Capitán geiiBral 
el Sr. Oomeí Pulido, Intarvino en las cueaUones pollLicaa j llegó 
bsatn al punto da llevar presea fi algunos olaotores, y desda en- 
tonees, mis por defecto dsl que lo iDBiidabB que por culpa de la 
tropa, ha sido esta inatitueion aelialada como elameota de Qn 
partido dado. Ademña de esto, en puerto- Rico rige una doctrina, 
rocuHHdn aquí por todoa los partidoa Uberala» y conaervadoraí, 
doctrina que hn sido la causa da que la Quardla civil haya sido 
tan condenada por el partido prograsislo, y que en los últimos 
tiempos del general O'Donnall sa consideró casi como abolida; á 
aaber, al fbmoso Tuero de atracción que arranca á los reos comu- 
DBS, i, loa acusados de haber hecho realsteneia t la Ouarilln, da la 
jurinlicciun ordinaria para entregarlos fi loa eonaejog de gaarra, 
en quaia Cluardia civil H^ura coma juei y parte. 

De moda que en PuertO'RIco la Quardla civil do está destina- 
da aolo & per.>iegulr mnlhecboros, sino que interviene también en 



Respecto fi ios voluntarlo», eu eltos ios hay como en todos los 
enerpoi; entra los voluntarios hay una porción de pemoaiiB laay 
aigmiB, de personas muy buenas, y un grupo do intronalganteil 
pero lo peor del caso, pata loa voluntarios , es que aon un partido 
oompiflltimente armado frente á otro Inerme, olemamente aroe- 
naíSday cohibido. No sucede como eu Coba. En Cuba puedan oo- 
meter otros excesos, pueden cometer otro género de atropellos, 
pero al 9n y al cubo, en Cuba pelean por Ib integridad déla patria 
y por lo qua ellos creen exeluslviimaiite al Inlerúa de la Metrópoli 
6 de Ib Madre patria. Pero en Puerto- Rico no veo eso; en Puerto- 
Rleo no ea aolo que loa voluntarios aostengan IB Integridad da la 



310 

patria aefl^n dicen , sino qae se oponen á todas las reformas y s» 
colocan en an bando político caracterizado, enfrente deotrot>ando 
contrario; y esto es tan elerto, que en el bando delosvolantarlos 
se encontraban machos amigos nuestros, muchos radicales, los 
cuales fueron excluidos cortésmente de las filas por los voluntarios, 
quedando de este modo constituido un cuerpo cuya bondad 6 mal- 
dad no discutiré, pero que es un cuerpo político, partidario de la 
integrridad nacional como los otros , pero además opuesto á toria 
reforma política y sobre todo á las reformas radicales. En este 
sentido, se'dáel c&so de que cuando vienen las elecciones y se 
retrae el partido conservador, se retraen también los volunta- 
rios: y por el contrario , cuando el partido conservador lucha y 
vence, vencen también los volantarios ; y es porque toman por 
bandera la de los paisanos que representan allí el sentido conser- 
vador, opuesto en un todo 9l sentido liberal de la mayoría del 
país; esto es, los partidarios armados enfrente de la muchedum- 
bre del país á quien le está prohibido el uso de las armas. 

Dados estos antecedentes, podréis comprender que no el cuerpo 
de voluntarios ni el cuerpo de la Guardia civil, sino uc grupo de 
voluntarios 6 un grupo de individuos de la Guardia civil, pueden 
haber realizado actos de violencia,' y estos son los que se pueden 
discutir y los que tiene el Gobierno el encargo, el deber y la mi- 
sión de examinar con toda la detención posible. Por esto precisa- 
mente se puede decir, á reserva de lo que decidan los tribunales 
de justicia, que los sucesos de Camuy han sido un atropello , no 
del cuerpo de voluntario» ni de la Guardia civil, sino de un grupo 
de voluntarios 6 de la Guardia civil, como he dicho antes, que 
tiene allí, además de su estatuto, por razones históricas, verdade- 
ros compromisos políticos, y que por tanto, constituyen un bando 
que en los momentos en que está perdido, puede hacer todo gé- 
nero de dislates como los ha cometido en tiempo del . general 
Baldrich. 

Pero de esto resaltan dos únicas cosas que me importa consig- 
nar. Primera, que este asunto está en sumario y no se puede for- 
mar juicio sobre él, á pesar de que la autoridad superior da 
Puerto-Rico haya cometido la ligereza de declarar delito de lesa 
nación lo que todavía no está caliñcado por los tribunales de 
justicia. 

Muy distintamente á como opinan el Capitán general de Puer^ 



311 

* to-Rieo opinan las personas que me han &Toreoido con sas cartas 
por el último correo. Estas cartas las tengo á disposición de todos 
los seüores Representantes, y en ellas solo se manifiesta una as- 
piración nnánime «que no Taya la amnistía , qne se examine y se 
continúe el prooeso para que la verdad se descubra. tOpónganse 
ustedes^me dicen^opónganse como un solo hombre á que Ten- 
ga la amnistía, que todo lo borra; discutamos y que el país sepa 
la Terdad de las cosas.» El segundo hecho me importa también 
consignarle, y es que en el parte oficial del Capitán general de la 
isla de nada absolutamente se habla que pueda autorizar ciertas 
alarmas. Al menos yo no lo recuerdo. Más aun; en el parte oficial 
del Capitán general de la isla de Puerto-Ricb se dice terminante- 
mente que reina la tranquilidad moral y mateñal en el país; que 
no hay nada, absolutamente nada. Además, tengo algunas razo- 
nes particulares para afirmarlo, porque algunas personas de mi 
familia están en el ejército de aquellas islas, y por ellas sé que 
inmediatamente el Capitán general mandó varias columnas del 
ejército á recorrer él país, suponiendo que existia gran agitación 
en todo él; las columnas lo recorrieron, en efecto, y al Tolver, 
aseguraron que la isla estaba completamente tranquila. Conste, 
pues, que nada ocurre en la pequeüa AntiUa que pueda cohones- 
tar el aplazamiento de las reformas. 

Estas ideas me bastan 

El Sr. VICEPRESIDENTE (Marqués de Sardoal): Permítame 
S. S. Debo llamar la atención del Sr. Labra sobre los términos en 
que está redactada su proposición y el discurso que acerca de ella 
está pronunciando, que en concepto de la mesa, no parece ajus- 
tarse enteramente á los preceptos del Reglamento. 

El Sr. LABRA: Aunque S. S. tiene mucha más ilustración que 
yo, Terá inmediatamente cómo tienen que Ter mis palabras con 
la proposición, porque estos eran los considerandos y ahora Tiene 
la sentencia. 

De aquí resulta que los sucesos de Puerto-Rico, que tienen una 
•splicacion tan natural y tan obvia, y que, por otra parte, han 
sido interpretados desde el primer momento como debian por los 
Diputados de Puerto-Rico, no pueden ser obstáculo al cumpli- 
miento de las reformas prometidas por la revolución, y que los 
Diputados de Puerto-Rico y los que lian firmado la proposición, 
•reen que, sea lo que fuere lo tcurrido en la isla, á cuyos sucesos 



312 

AigamMtodA iBiportaiitla, estaremos sqol dispaestos todos ft 
prestar nuestro apoyo, eomo dice U misms proposieioxi, para que 
las lejas se enaptan y se mantoaga en Ultramar la integridad de 
la patria. 
Ta Te el seBor presidenta eómo estaba dentro de la cuestión. 



RECTIFICACIÓN 



Bl Sr. LABRA.: Debo aomeniar Observando dISt. Gamaxo, qus 
no tango por perfeclamente discreta la costumbre de S. 3. de 
■tribuir á pura habilidad lo que ea obra de UlntenciDn m£B sen- 
eltla y maDiQeatB. Sobr« esta ha añiulido hoy el Sr. Oamazo una 
(roas qaa me tía hectio da&o. Sn seBotln ineiatlí una 6 dos YeeeB 
en ta eepeolo do qua mis palabras podrían producir oierta sorprea» 
en •! &aifflu de loa Srea, Represenlentes desprevenido b, y contra 
esta (reae debo 70, no solo protestar terminantemente, sino tam- 
bién pedir al Sr. Osjnazo Isa osplUaclonos que o ligo, cuando no 
nuaatra amistad, nuestro mútun deooro. Vo bablo aquí siempre 
oomo se debe entre dignos ropreeanlantes dsi país. Yo respeW 
eoal de1>o todas laa intendonea, ; tongo el dareclw de que nadie 
•ohe & mala parte mia frasea 7 lodo el mundo respete la ^oerí- 
dsd de mía ectoa. Aquí no ba habido, no puede haber aorpresa de 
alngoii genero. 

Adem&s, precUnmeota al tratar de los aoantos de Cemuy, yo 
nada he pneato de cuenta propia, ni menoa caliQcado el auceso. 
Ha repelido taa dos versiones que sobre el hecho, ú mejor sobre el 
sentido y carícler del hecho, babiEn llegados mi oonoolmlanlo, 
procedíntes de amigos y contrarioa. Uo puesto de relieve lo qna 
aparece incontsatable según unoa y otros, yaolo ma he permitido 
dar por mí escasa importancia al auceao. 

Y esto mismo es lo que se deduce de loa pdrratbs que 5. B. ha 
leUto. por alertas conalderaclonea yo no bnbla qaerido ocuparme 
de eate incidente; pero ahora dlr¿ al Sr. Oaroazo que los perl6dt- 
aoB liberales de puerto -Rleo no pudieron publicar nna sioeta y 



314 

etrcanstaaelada resefia del alboroto 6 atentado de Camay reetifl-^ 
cando lo que libremente hablan dicho loa conseryadores, porque 
la autoridad se lo prohibió, á peaar de no existir allí la previa oen- 
■nra; y solo con anuencia de aquella pudo ver la luz el Sxiraordi' 
nario que S. S. ha leido y que yo acepto, porque confirma cuanto 
antea indiqué. 

Por último, el Sr. Qamazo ha sospechado y hasta dicho que los 
temores de intranquilidad de la pequeña Antilla podian estar de- 
terminados por la actitud de los que temían que un posible cam- 
bio de situación política en la Península desvaneciese todos loa 
proyectos de los reformistas. Su señoría no puede deducir esto de 
nada sólido, de nada positivo. Nuestros amigos, nuestra prensa 
jamás ha dicho cosa alguna en que pueda fdndarae aquella pre- 
sunción. 

En cambio, yo tengo aquí un artículo del periódico órgano de 
los conservadores intransigentes, que me dá un perfecto derecho 
para temer de su parte la intranquilidad y la perturbación. 

El Sr. VICEPRESIDENTE (Marqués de Sardoal): Está hablan- 
do S. S. para una alusión... 

El Sr. LABRA: Tiene razón S. S.; pero conste que no puedo 
leer un artículo elocuentísimo del BoUtin MfereantU de Puerto-Ru- 
co, en el cual se amenaza franca y resueltamente con la resisten-^ 
cia á los que intenten de un modo ó de otro, directa 6 Indirecta- 
mente, quebrantar la Integridad nacional; y esto lo dice después 
de haber afirmado un poco antes que hoy con las reformas, ampa- 
radas por los Estados-Unidos, que aquí se proyectan, se trata de 
un modo indirecto de conseguir ese quebrantamiento de la inte^ 
gridad nacional, que de otro modo no puede obtenerse. Y no di^ 
go más. * 



LA REFORMA ELECTORAL ' 

DISCURSOS PRONUNGIADOiS 
POR 

D. LUIS PÁDIAL Y D. RAFAEL MARÍA DE UBRA 

en las seslo^kes del 10 de Marzo y 11 del mismo de 18'73 



LA REFORMA ELECTORAL 



EL SEÑOH PASIAIi 



fSirivn dil LO di Mario dt \eiS.J 



^giúonid mi costumbre, pocoB momentoa, Srea. Represestaa- 
lea, he da molestar -íUBBtr» atención al hacerme cargo de las alu- 
•lOQSB que se hft servido dirigirme el 3r. Gemaio con motivo de 
la eoiuieada qno he teuido el honor de presentar, y que con gran 
aallabccion rolo ya ha aido tomada en oonaidoiacion, 

Anta todo, he de procurar deailrlnitr an vuestro ánimo la im- 
preaion deafevorahlB que huya podido producir Ib gratuita aupo- 
slclou del Sr. Gamazo, de que tía aiila presentada mi enmiendn 
sobreptiolamente, llamando al efecto vuestra atenoioo sobre tn 
raipalabilidad de laa personas qua eonmigo la tlnncn, entre lúa 
que ahora recuerdo A los EIres. Marqués deAlbsida, SuSíryCapdS' 
Tila, RacQOB Calderón y CannleJoB, Dsf como do que ailemáa ba pa- 
sado por tocios loa tr&mltea que prescribe el Keelitinenlo, después 
de haberla oportuncmeate presentado pnrn su discusioa. por otra 
parte también, después de detenido estudio la ba admitido la oo- 
mlsiDn y el Gobierno, que la han creído justa y convanioato por 
las razones que broTsmeate eipondré. Quaden loaomsioa snbrep- 
ticiOB, no para los [>Ípulados de Puerto-Rico ni pnra mi, qua alem- 
pre hacemos usa de nueatro derecha dentro de los leyes y de lo 
que la decencia y dignidad consienten, trayendo a público debate 
tcdfts las caestlones, sino para las que , estimando buenos todos 
los medios, con (ol de que los lleven & su Su, bnsta ban llegado ft 
circular telegramas falsos, con objeto de alarmar j preTeotr el 



318 

ánimo de los SrM. Repratentantes de la nación y de loa peninaa- 
larea, enando delaa cneetionea de ultramar aa trata. Ni ahora ni 
nunca... ÍEI oraáor lMtarr«imp« jm «Ufcurfo, co n tutanáo & In qué 
timé á tu alndédar.J 

El Sr. VICEPRBSIDBNrB (liarqnéa da Peralea): ¿Hacondoi- 
do S. S.? 

Bl Sr. PADIAL: No he empezado, Sr. Preaidente. 

Bl Sr. VICBPRBSIDBNTB (Marqaés de Peralea): Pnaa mego ft 
8. S. que empiece. 

El Sr. PADIAL: Tiene por objeto eata enmiendo, Srea. Repre- 
aentantea, unificar el cenao electoral en Puerto-Rico, donde exia- 
ten tree diatlntoe, según hayan de hacerse elecciones de concejaa 
les, Diputados provineiales 6 Diputados á Cortes. Las respectiv»- 
leyes conceden derecho á votar en las eleccionea municipales á 
los que pagan cualquiera cuota de contribución al municipio, á 
la provincia 6 al Estado, ó saben leer y escribir; en las de Dipu- 
tación provincial, á los que pagan cualquiera cuota de contribu- 
ción directa al Estado 6 saben leer y escribir, y en la de DiputSr 
eion á Cortes, á los que pagan 8 daros de contribución directa al 
Estado 6 saben leer y escribir. Sistema andmalo y absurdo, que 
solo obedece al criterio que constantemente se ha seguido de 
contemporizar las cuestiones de Ultramar con determinados y 
bastardos intereses, peijudicando loa verdaderos y generales de 
aquella isla y de la nación. 

Estos censos fueron señalados por las últimas Constituyentes 
al acordar las leyes electoral, municipal y provincial de la Penín- 
sula y por vía de transacción con ciertos elementos residentes en 
la cuestión de Ultramar, á cuya transacción yo entonces mo opuso 
sosteniendo el principio de absoluta igualdad entre las provin- 
aias peninsulares y ultramarinas. Pero ello fué que otra cosa 
triunfó, sin que á lo entonces votado se opusieran los Represen- 
tantes conservadores de aquella isla, Sres. Pliga, Puig, Machico- 
te y Fernandez, que debían naturalmente representar de un mo- 
do acabado el espíritu resistente de la pequeña Antilla con mayor 
autoridad que los que hoy combaten esta idea. 

Es de advertir que en las mismas Constituyentes, en un plazo 
de meses, se modificaron las condiciones electorales... 

El Sr. VICEPRESIDaNTB (Marqués de Perales): Ruego á su 
señoría que se ciña á la alusión. 



319 

Bl Sr. PADIAL: Iba diciendo que en un breve plazo se habian 
modificado las condiciones electorales. Primero el censo ftió de 
25 duros, y á poco se rebajó á 8; adyirtiendo que el de 25 era una 
modificación introducida por el Sr. Ayala en lo decretado por el 
entonces Capitán general de la isla, que lo fijó en 100, reducien- 
do el número de electores á un grupo exiguo. Desde las Consti- 
tuyentes acá no se ba Tariado en nada el censo, á pesar de ser 
notoria la cultura del país, quizá por no haberse discutido aún el 
proyecto de Constitución. 

Bl Sr. VICBPRBSIDBNTB (Marqués de Perales): Yo ruego á 
S. S. que se ciña á la alusión, porque lo que está discutiendo aho- 
ra no es pertinente á la e)unienda. 

Bl Sr. PADIAL: Voy á concluir en seguida. 

Bl Sr. VICBPRBSIDBNTB (Marqués de Perales): Yo no le digo 
que sea corto ó laxgo; lo qae deseo y le ruego es que use de la pa- 
labra para el objeto que la ha pedido, para lo que el reglamento le 
autoriza. 

Bl Sr. PADIAL: Ahora, como siempre, en esta enmienda, seño- 
res Representantes, aparece el espíritu de no querer dividir las 
razas en Puerto-Rico. Por fortuna, allí están completamente asi- 
miladas, y cualquiera restricción que se introdujese con protesto 
de deprimir á la raza africana podria ser de ¿átales consecuencias, 
cuando hasta ahora para el cumplimiento de las leyes no ha habido 
diferencia ninguna. Los de color que en Puerto-Rico sepan leer y 
escribir ó los que pagan alguna contribución, están en las mis- 
mas condiciones que los blancos. 

Bl Sr. VICBPRBSIDBNTB (Marqués de Perales): Sr. Padial, 
ruego á 8. S. que tenga presente que está defendiendo una opi- 
nión, y no contestando á una alusión; no puedo consentir á su 
señoría que siga por ese camino. 

Bl Sr. PADIAL: Por tanto, yo ruego á la Asamblea que tenga 
«n cuenta estas observaciones, hechas en medio de tantas inter^ 
rupeiones, y que se sirva sostener el articulo en los términos en 
^ue ahora aparece redactado. 



IL 



EL SEÑOR LABR4. 



Sesión del II de Marxo de 1873 



Necesito dar las gracias á la Asamblea por la bondad qae ha 
tenido, acordando qae se me conceda el uso de la palabra. 

La proposición, señores, tiene una importancia puramente del 
momento; se refiere ¿ la posición tristísima en que se encuentran 
todos los Representantes de Canarias y Puerto-Rico, donde no 
bay correo diario con la Península, y que por lo tanto pueden ser 
votados, y sin embargo, no tomar posesión de sus puestos en la 
Cámara, quizá hasta un mes después de proclamados en las i^las 
de Canarias 6 Puerto-Rico. 

En cualquier otra circunstancia esto no tendria gravedad, por* 
que así ha sucedido en esta Cámara y en la pasada, sin que á nln» 
guno de los Representantes de aquellos países nos haya ocurrido 
pedir que se nos pusiese en condiciones de igualdad con el resto 
de los Representantes de la nación. Pero todos los Sres. Rapre^- 
sentantes conocen que las circunstancias son muy graves, que 
aquí dentro de un mes no sabremos lo que podrá suceder, que la 
soberanía del país debo estar en todas sus partes completa, y qua 
quizá fuera conveniente, para los gravísimos problemas que aquí 
se han de ventilar, acaso para la cuestión social y la cuestión po- 
lítica de Ultramar, establecer el principio de que desde el primer 
dia tengan aquí entrada aquellos Diputados. 

21 



922 

No tmplioft esto aboolatamenie nada para la conatitueion defi- 
nitiva. Bl telegrama oficial, y oreo que se lia olvidado ana ftaae 
de importaneiay la de que sea telegrama cifrado para evitar fiílii- 
fieaciones, qoe, como vemos, son muy del ¿pisto de eierto grmpo 
no liberal de Ultramar; el telógrama cifrado que se pase por el 
gobernador snperior de la pequelLa AntiUa 6 de Canarias al mi- 
nistro de ultramar j al de Oobemaeion, podria servir de ereden- 
eial provisional para tomar asiento hasta el momento de la cons- 
titución definitiva de la Asamblea; si en este trascurso no bebían 
venido las actas deflnitlvfts, y no habla todavía ocasión de discu- 
tir seriamente si los Diputados proclamados traian 6 no protestas 
y si eran realmente Diputados, en este caso sucedería lo que pasa 
de ordinario, y es que los Diputados electos que hablan tomado 
asiento durante el período interino de la Asamblea, no pueden 
tomarle al eonstitalrse ésta con el car&cter de Diputados defini- 
tivos. 

Bs decir, que el telóg^rama oficial cifrado servirla de acta pro- 
visional interina; y de todos modos no podrían los Interesados 
ocupar su asiento como Diputados de la Cámara definitivamente 
constituida: y por tanto, como Diputados en la plenitud de su 
derecho y capacidad, sino en el caso de que viniesen sus cre- 
denciales y actas ordinarias. Advierto que no tengo en esto 
gran interés; lo digo, más que por otra cosa, por la soberanía del 
país, por la gravedad de la circunstancias, por los fenómenos 
gravísimos, por los problemas difíciles por todo extremo que todo 
el mundo comprende que se han de presentar aquí dentro de dos 
meses. Por lo demás, la Cámara tomará 6 no esta enmienda en 
consideración, según le parezca conveniente; yo le ruego sobre 
todo que tenga en cuenta, y esto es necesario que lo aprecien 
bien unos y otros, que no se trata de ninguna cuestión grave pa- 
ra Ultramar. Es una desgracia, y hoy lo hemos visto perfecta- 
mente, qoe no bien se anuncia una cuestión en que se hable de 
Cuba 6 Puerto-Rico, se pueblan los bancos y nos apercibimos to- 
dos de forma que parece que se va á librar la batalla más campal 
y más decisiva del mundo. No nos entendemos; no nos olmos; los 
unos creen que sus contrarios son reaccionarlou é Intransigen- 
tes, y los conservadores, atribuyéndonos deseos de precipitar las 
cuestiones, y habilidad para resolverlas, y cuenta que yo soy 
contrario en absoluto á toda precipitación y á toda habilidad. 



323 

noB atribuyen el deseo de tratar de resolver aquí de soslayo 
euestiones grayísimas. 

Discutamos eh paz, porque si nosotros á 2.000 lefifuas de Cuba 
y Puerto-Rico, no estando sujetos á los vapores de aquella guer- 
ra, y no viviendo dentro de aquellos desastres, no tenemos cal- 
ma, rechazamos unos sobre otros cierta clase de acusaciones, y 
no podemos discutir sobre lo que es justicia y lo que es derecho, 
no sé cómo podremos exigir que aquellos insulares se respeten 
mutuamente. Y ahora dicho esto, la C&mara decidirá lo que 
tenga por conveniente. 



PUBLICACIÓN 



DB 



LAS LEYES Y REGLAMENTOS 

• SISGUaSO PaONUMGIADO 

pom 

I 

DON RAFAEL HARlA DE UBRA 

•B 1» «Mion o«Ubnd» «I 11 d« Mano d« 181t 



LAS LEYES Y REGLAMENTOS 



SeSores Re presea Un tea, la proposioioii qas he tenido Ib bonn 
de presentar responde 6 un triple panto ds vista: primero, á que 
BSBD efectlvRH en Ultramar todaa lea dtapoiiclonea qna n den en 
la MBtrApoli; aerado, fi qua etlBta Ib pubUiÜdad neoeaBrta de lo- 
dos eBOB gnYtsimos asantoa, 7 tareero, fi qne en la Metrópoli le 
aspan laa reaolucionea de oaráoter general que >e tomen ea laa 
eoloQlaa. 

Saben perfectameate loa Srsi. Kepreeentantea, qna Ua autoñ- 
tadea anperioros de Ultramar tienen por nuaatraa antigius leyea 
t» Indina, 7 temblón por ta nueva legialacloii proTlncial y □mnld' 
pal de Puerlo-Rloo la ocultad de suspender loa deoretoa del Oo- 
blemo de la Uetrápull, 7 pooaa serán loa que if^noren qae eaCafl 
■uapenalonea ae TorlHe&a con bastante fresuenola. Bato da Ingar 
i qna DOB eaeontremoa en una aituaelaa difícil, porque do lab»- 
mOB al ao cumplan 6 no eaoa decretos, en razón i que, lenlaa do 
laa autoridades da Cltrecsar la fiealtad da tuspender su obaer- 
vanoiii, 7depeadiaado eaa medida de la aprobación del 5r. Minia- 
ITO del camo, no puedan conocer los Represen tantea del pala enfi- 
les se cumplen s cuates no, i no estar soacrilos i Us OouUu de 



A esta Irregularidad 
nendo, toda vei que ea 
la OuMa áe Uadrtd se 1 
en Ultramar, de loa me 
Ministro la aprueba ó n 
tanto, oBBgurado. 



ella 



frente la proposioion de ley qna de- 
consigne al principio de que en 
cuanta de ta suspenaioa ds loa decretos 
ros que btjra bebido pora etli 7 de al el 
Kl Imperio dal Parlaneiito quadn, por 



328 

Bn legando logar, no exiftiendo Teidadera libertad de impren- 
ta en Poerie-Rieo, porque todavía depende del Capitán generalt 
j eareeiendo Caba j Pllipinaa de la pequeña garantía pe^ la ea- 
prea&on del penaamiento j la legítima influencia de la opinión 
pública, ea impoaible diaeutir allí una porción de leyes j de dia- 
poaielonea reglamentarias, pues para que eeto se diacuta aeria 
menester que hubiese la libertad necesaria y rigiesen las disposi- 
ciones de la Península, donde la prensa se baila en condiciones 
de podor discutir completa j ampliamente todos los asuntos. Con 
mi proposición, por tanto, se ocurre á la necesidad de que las 
leyes y los reglamentos se bagan con las condiciones apetecibles 
para asegurar au bondad y su éxito. 

For último, el art. 2.* se refiere á la publicación de un Boutint 
en que ya habia pensado él último Sr. Ministro de Ultramar, en 
Madrid, en él enal babian de insertarse lodaa las disposiciones de 
carácter general que ae diesen en Ultramar. Nadie sabe lo que ri- 
ge en ciertas materias, slgunas tan graves como la organización 
del trabajo y el orden público , y este es un punto de suma tras- 
cendencia, pues que implica una oscuridad perfecta respecto del 
verdadero sistema de e^biemo que priva en nuestras colonias. 

Por lo tanto, yo ruego á los Sres. Representantes que se sirvan 
tomar en consideración esta proposición, y suplico al mismo tiem- 
po al Sr. Presidente se sirva consultar á la Cámara si, como ha 
sucedido con otras, no pasará esta á las secciones y se discutirá 
Inmediatamente. 



mposmoffis di iei 



DICTÁMENES 



REFORMA SOCIAL 



I. 



Pr9po8Ícioii de ley, del Sr. SanromA, sobre la abo< 
lician de la esclavitud en la isla de Puerto-Rico. 



AL COÍÍGRBSO. 

Ck>ntiderando que los Gobiernos de Europa y de América han 
alwlido la esolavltad en la mayor parte de los puntos del glolso 
donde existia: 

(Considerando que la abolición realizada hasta hoy ha dado por 
resultado mayor suma de moralidad en sus costumbres y mayor 
«■tensión al bienestar de los pueblos: 

Considerando que la nación española ha preparado para la vida 
do la libertad á los esclavos de la isla de Puerto-Rico, por la ac- 
eion secular do una le^laclon relativamente humana, por la ab- 
soluta supresión de la trata durante 86 aftos,ypor el cambio 
consiguiente y radical de las costumbres, tanto de los señores 
eomo de los siervos: 

Considerando que estos siervos, á esoepdon de un corto núme- 
ro de ancinnos, todos han nacido en la provincia y poseen la len- 
gua, la religión, los usos y costumbres de los jornaleros libres: 

Considerando que el número de los esclavos de aquélla provin- 



333 

ma trascendencia sobre este asunto, 7 que ha llegado el momento 
solemne de cumplirlos, 

Los Diputados que suscriben , animados del más profundo sen- 
timiento de amor patrio, altamente interesados en la honra na- 
eional, y convencidos hasta la evidencia de la justicia y de la 
conveniencia de la abolición de la esclavitud, tienen la honra de 
proponer al Congreso, como ya se ha hecho en anteriores legisla- 
turas, la siguiente 



PROPOSICIÓN DB LBY. 



Artículo 1.* La esclavitud queda abolida en la iála de Puerto- 
Rico. 

Art. 2.* Los actuales poseedores da esclavos serán indemni- 
zados. 

Art. 3.* Los Ayuntamientos y la Diputación proveerán á los 
inválidos que no puedan permanecer con sus antiguos dueños, de 
los socorros que se dispensen en casos análogos á los demás jorna- 
leros de la isla. 

Proveerán, en los mismos términos, de escuelas á los menores 
de edad de ambos sexos. 

Art. 4.* Los libertos quedan sujetos á los reglamentos do po- 
licía que rijan para los demás jornaleros de la isla. 

Art. 5.* Se procederá á la indemnización por tasación indivi- 
dual, que se hará en cada )ocalidad por dos peritos respectiva- 
mente nombrados, el uno por el amo y el otro por el síndico , en 
representación del esclavo , y un tercer perito nombrado por la 
Diputación provincial, el cuál resolverá en caso de discordia. 

La tasación expresada se hará á la vez en toda la provincia. 

El tórjiino medio de la tasación no excederá de 200 pesos por 
individuo; si en alguna localidad resultare mayor el promedio, se 
reuucirán las tasaciones á prorata. 

Los esclavos coartados no figurarán en ningún caso en la tasa- 
ción con un precio mayor que aquel en que estuvieron coartados. 

Art. 6.* No se reconocerán más esclavos para los efectos de la 



334 

hidemiiizaeioii qae loe oomprendidoi en él 4ltimo padrón de eeta 
cltee. Las dodat qae targieren oon motivo de la época del na- 
cimiento j de loe masrorea de 60 afioi , ae reaolverán trajendo 
& la Tiata laa partidaa de haatlsmo j loa padronea de loa aftoa an- 
teriorea, 6 ai no baataren, con an« prueba teatiflcal. 

Art. 7.* Se auiorixa al Gobierno aaperior civil y á la Dipata- 
cien i»rovincial de Paerto-Rioo para cobrar un empréstito 6 emi- 
tir bonoa de indemnixacion, con la garantía de lanacioni al 6 por 
100 de interéa, por la auma de *? millonea de peaoa, para cubrir el 
importe total de la tasación prescrita en el art. 5.* 

Art. 8.* Para el pago de los interósea de ecta auma j para as 
amortización, ae consignará en el presupuesto de gaatoa de 1» 
ida la cantidad de 600.000 pesos cada a&o , que aera pagada por 
el Tesoro hasta extinguir la deuda de la amortización. 

Se autoriza ademáa á la Diputación provincial para que arbitre 
j promueva por loa trámites legales el eatableclmiento de la lote- 
ría, el importe de un tanto por 100 á los ablnteatatos , herencias 
eolateralea y cualesquiera otros medios que le sugiera el patrio- 
tismo, para aumentar los fondos de amortización y acelerar la ex- 
tinción de la deuda. 

Art. 9.* Todas las diligencias administrativas y judiciales á 
que diere ocasión esta ley, serán de oficio. 

Aft. 10. El Gobierno de S. M. tomará las medidas necesarias 
para dar cumplimiento á esta ley, de modo que dentro de los 
seis meses siguientes á su fecha queden realizados la abolición y 
la indemnización simultáneas de los propietarios, con uno ú otro 
de los medios se&alados en el art. 2.* 

Palacio del Congreso 19 de Noviembre de 1872.— Joaquín María 
Sanromá.— Luis Padial.— Arturo Soria y Mata.— Félix Borrell.— 
Jacinto María Anglada.— José Femando González.— Rafael Ma- 
ría de Labra. 



Proyecto de ley, presentado por el Sr. Ministro de 
Ultramar, sobre la abolición inmediata de la es- 
clavitud en la isla de Pnerto-Rloo. 



Bd nombra de Dios J ao respeto de In razón, de la moTaL, de La 
joaticia, de la ooDvanlenGlftpilbllcBy de la dignidad naaionol, el 
OAbierno, cuiapllendo la m£a sagrada de aus promesas j el mié 
hvmasltarlo de sus deberea, sontete á la aprobación de las CórMa 
•1 provecto de le; para la inmediata itboUalon de la eaeleiltad en 
la provínola da Puerto- Rlao. 

Realizados quedarían bus miia vehemantea deseos, como quedan 
sattsfeshos lua escrúpulos m&s delicados, si la Insansatoi de anos 
saantDS rebeldes pertlanoes no la Impidieran dlapenaar í Coba al 
mismo Inapreciable baneflclo, con las modlfloaciones que aiempra 
MOnssjarien, respecbi de ella, la varía organización del trabajo 
SB ana jr otra lala, la dlaílitta densldod de en población, la enci- 
ma deslgaaldad en el número de aua esalsvDB y lea demfta profaD' 
dls dlferenolsi de ea respectivo estado social. 

BU Ooblemo temarln ofender la sablduriii. de las C6rtes al trata- 
■edejustiñcsr ante ollas au generosa deteTminaoion, iDeedioba- 
d«a de squelloB ao qolenea et slleaoln da ta concleaols bagli neee- 
«BTlo el frío lengnnje del rsolociniol 

Ba le; moral, tan patento como conaoladora, igaa la convínien- 
tit, camina siempre como compaitarn Inseparable de la justlciaí 
pera el Oobiemo debe proclamnr en este soleóme momento i]De. 
eiuBlnHda la rerorma bajo todos sua aspectos, solo lia encontrado 
noBTiB jr podarosaa raiones, qne juntameote con su justleU, de- 
muestran ; BcredIUn au oportunidad. 



336 

La abolidon gnApaXf que mmo a^gon dia leri 1a forma aaceta- 
ria de la emaneipadon en Caba« no ofrece yentaja alguna que la 
reoomiende en Paerto-Rieo. AUi la población ^e origen afrioane 
ea poeo nomeroaa con relación á los habitantes de procedencia 
europea; casi todos los negros han nacido en la isla; de los 81.00A 
que están en esclayitnd, ménoe de 10.000, quixá monos de 8.000 
son loe úniooa dedicados á las &enaa del campo: loe reatantes vi- 
Ten en una especie da «enridumbre doméstica, tan estórU para el 
enriquecimiento de los due&os, como fsTOrable para la educadon 
áe los esclavos, 6 dedicados á oficios mecánicos. Ningún peligra 
ofrece, por tanto, el número ni la calidad de los que un dia pue- 
den pasar de la triste condición de cosas á la nobilísima conside- 
radon de hombres librea. 

Luzca, puea, ese dia yenturoao, j cvnpla Bspa&a la deuda de 
honor que tiene pendiente con la civilización moderna. Un acaso 
que parece providencial, pone la preeentaeion de este projecto en 
el dia consagrado por la cristiandad á conmemorar el nacimiento 
de aquel que hábia de trocar la ílaz del mundo quebrantando las 
cadenas de toda servidumbre y predicando la igualdad de todoa 
los hombres ante Dios. 

Ayudemos á su obra realizando un nuevo progreso en bien de 
la humanidad y en provecho de la patria. La esclavitud es una 
monstruosidad no menos funesta para quien la impone que para 
quien la sufre. Todos los grandes intereses humanos y patrióticos 
redaman á voces su desaparición, que ha de redundar á un tiem- 
po mismo en bien del redimido y en honor de libertador. La re- 
dama la religión, porque entre los hijos del Padre común no debe 
haber ni oprimidos ni opresores: la redama la moral, porque no 
hay acto meritorio donde no hay libre albedrío, y d dma del es- 
clavo es casi siempre un rednto cerrado á toda idea de deber y á 
todo sentimiento de virtud: la reclama el derecho, porque no hay 
injuria con(iparable á la mutilación de la entidad humana en d 
más noble y esencial de sus atributos: la reclama la utilidad, por- 
que el trabajo del esclavo es el menos inteligente, el menos acti- 
vo, el menos productor; la reclama el patriotismo, porque la apa- 
tía, y la flaqueza, y la corrupción son el ordinario castigo de 
aquellos pueblos que, dormidos en la molicie, abandonan á manos 
esclavas las múltiples aplicaciones del trabajo, eterna ley de nuea- 
tra naturaleza y eterno compaüero de nuestra dignidad: la reda- 



337 

ma la política, porqae los hábitos domésticos tienen tan intima 
conexión con las costumbres públicas, que allí donde gimen es> 
clavos, difícilmente puede haber ciudadanos aptos para el espero 
ejercicio de la libertad: la reclama la prudencia, porque la incon- 
siderada prolongación de todo abuso hace más difícil su remedió 
y más violenta su corrección: la reclaman^ en fin, las necesidades 
del Gobierno, dado el sistema de nuestras instituciones represen- 
tativas, porque en las naciones libres no hay resistencia que pre- 
valezca contra la fuerza de la opinión^ y en España la opinión está, 
por fortuna, franca y resueltamente declarada contra esa bárbara 
monstruosidad, cuyos supuestos beneficios se cifran en reducir á 
oro el sudor, el llanto, la sangre y el alma de una raza infeliz, 
condenada hasta aquí al látigo y á la cadena. 

Fundado en tan altas consideraciones, el Ministro que suscribe, 
de acuerdo con sus compañeros, y previamente autorizado por 
S. M. tiene la honra (que estima como la mayor de su vida) de 
someter á la deliberación de las Cortes el adjunto 



PROYECTO DE LEY. 



Artículo 1.* Queda totalmente abolida y para siempre la es- 
clavitud en la provincia de Puerto-Rico. Los esclavos serán libres 
de hecho al finalizar los cuatro meses siguientes al de la publica- 
ción de esta ley en la 0aceta oficial de dicha provincia. 

Art. 2.* Los dueños de los esclavos emancipados serán indem- 
nizados de su valor en el término expresado en el artículo prece- 
dente, conforme á las disposiciones de la presente ley. 

Art. 3.* El importe de la indemnización á que se refiere el 
artículo anterior se fijará por el Gobierno á propuesta de una 
comisión compuesta del Gobernador superior civil de Puerto-Ri- 
co, presidente, del jefe económico de la provincia, del fiscal de la 
Audiencia, de tres individuos nombrados por la Diputación pro- 
vincial y otros tres designados por los cinco propietarios poseedo- 
res en la isla de mayor número do esclavos. 

I^os acuerdos de esta comisión se adoptarán por mayoría de sus 
individuos. 

22 



338 

Art. 4.* De 1a cantidad qae se fije por indemnización, se en- 
tregará el 80 por 100 á los doefios de loe esclavos emaneipedoa, 
mitad por eoenta del Estado j otra mitad por la de la provincia 
de Puerto -Rioo, quedando á cargo de los mismos dueftos el 20 por 
100 reatante. 

Art. 5.* El Gobierno queda autorizado para arbitrar los recur- 
aoa necesarios y adoptar cuantas disposiciones estime conducen- 
tes para el exacto cumplimiento de esta ley en el término Ajado 
en los artículos 1.* y 2.* 

Madrid 23 de Diciembre de 1872.— El ministro de Ultramar, To- 
más María Mosquera. 



III. 



Ilict¿,meii sobre el proyecto de ley de abolición de 
la esclavitud en Puerto-Rico. 



La comisión que suscribe somete á la deliberación del Congreso 
su dictamen sobre el proyecto de ley de abolición de la esclavitud 
en la isla de Puerto-Rico, presentado por el Gobierno de S. M. 

Tiempo era ya de que España , regenerada por el moderno espí- 
ritu de la democracia, volviese por los fueros de la justicia ofen- 
dida y de su honra empañada con la existencia de la esclavitud 
en las provincias ultramarinas. 

Si errores de tiempos que afortunadamente pasaron para no 
volver jamás pudieron, no ya justificar, que nunca hay justifica^ 
clon para el crimen, pero sí explicar tan nefianda institución, una 
vez reconocidos y proclamados en sus más amplias manifestacio- 
nes los derechos inherentes á la naturaleza humana, se hacia im- 



aa9 

p08ible de todo punto lo que es en su esencia la negación déla 
personalidad del hombre. 

La existencia de la esclavitud en provincias españolas es abso- 
lutamente insostenible, no solo aifte las exigencias de la moder- 
na civilización, si que también ante la letra y el espíritu de 
nuestro Código fundamental. La justicia, la moral, la religión, la 
pública utilidad, el orden mismo, si éste es la armonía do verda- 
deros y legítimos intereses sociales; todos, en fin, cuantos prin- 
cipios sirven de base á la vida de los pueblos , todos demandaban 
de consuno la extinción de eso crimen de lesa humanidad, que 
«e llama esclavitud de los negros. 

No hay, no puede haber familia, no hay, no puede haber socie- 
dad, allí donde falta la base de toda familia, y por ende del orden 
social, el hombre; y éste no existe propiamente tal allí donde se 
hallan conculcados sus atributos esenciales. 

Inspirándose en tales ideas el Gobierno que felizmente rige los 
destinos de esta noble é hidalga nación , ha creido cumplir un 
sagrado deber presentando á las Cortes el proyecto de abolición 
inmediata de la esclavitud en la isla de Puerto-Rico. 

Al hacerlo así, da cumplida satisfacción á las exigencias de la 
justicia y de la civilización, á las aspiraciones de la mayoría de 
los espafioles, ya de la Península , ya de la siempre fiel y leal 
provincia de Paerto-Rico, solemnemente manifestadas por cuan, 
tas representaciones ha tenido la pequeña Antilla cerca del Go- 
bierno y en las Cortes; y finalmente, al compromiso de honor 
que espontánea y libremente contrajera el partido radical. Por 
ello merecerá siempre bien de la patria. 

Reconocimiento de los derechos del hombre en el hasta ahora 
-esclavo, é indemizacion al poseedor, no como pago '^de una expro- 
piación que en manera alguna puede aceptar la comisión , y sí 
solo como medio de subvenir á la crisis económica en los prime- 
ros momentos de la solución del problema, son los principios en 
-que á juicio de la comisión descansa el proyecto presentado por 
el Gobierno de S. M. 

Aceptándolos la comisión, ha creído, dadas las tristes lecciones 
4e la experiencia, deber introducir algunas aunque ligeras modi- 
fleaciones que, salvando esos dos principios, hagan efectiva la li- 
bertad del esclavo y la indemnización al poseedor, sin que en 

« 

manera alguna pueda subordinarse la primera á la segunda. 



340 

PftTft U eomliion, lo primero, lo efleneíal es la libertad como^ 
eueation de eatrteta joatiela; lo aeeiindario, lo accidental , la in« 
demnizaeion, como cuestión de equidad y de conToniencia. 

A este pensamiento ol>edeoe el art. 4.*, introducido por la co- 
misión. 

Respecto al segundo principio que sirve de Iwse al proyecto, la 
indemnización, la comisión, opinando que de haberla fuera sufi- 
ciente y eficaz, cree que el medio más expedito para realizarla es 
el de un empréstito, a ese fin, pide al Congreso se sirva autorizar 
al Gobierno para emitir uno suficiente á producir 30 millones^ de 
pesetas, cantidad bastante, á juicio de la comisión, para atender 
á las necesidades que implica la inmediata atención del jornal de 
los libertos. 

Teniendo en caenta, 3ra que los apuros del Tesoro de la Metró- 
poli no le permitirían llevar exclusivamente sobre sí esta carga, 
ya que referido al presupuesto de Puerto-Rico, indirectamente lo 
soporta también la madre patria, la comisión ha caidado de impo- 
ner al de aquella provincia la cantidad anual bastante para aten- 
der á la renta y amortización del empréstito indicado. 

De poco 6 de neda serviria, sin embargo , la declaración de li- 
bertad hecha á favor del esclavo, si por cualquier concepto, y como 
desgraciadamente ha venido sucediendo en Cuba con los emanct^ 
padosj la ley, que siempre debe ser previsora, no tratara de im- 
pedir abusos que vinieran á constituir al liberto en una nueva y 
más odiosa servidumbre. Por eso la comisión pide en el último 
artículo de su dictamen que en manera alguna pueda coartarse la 
libertad de trabajo por medio de reglamentos. 

Fundada en tales consideraciones, la comisión que suscribe 
tiene la honra de someter á la aprobación del Congreso el si- 
guiente dictamen sobre el proyecto de ley de abolición de la es- 
clavitud en Puerto-Rico. 

Vetándolo, aparecemos ante Dios respetando el divino precepto 
de amor á nuestros semejantes; ante la historia reparando una 
gran iniquidad, y ante los pueblos modernos lavando una afrenta 
que empa&a el brillo de nuestra gloriosa ensena. 



341 



DICTAMBIf. 



Artículo 1.* Queda abolida para siempre la esclavitud en la 
Isla de Puerto-Rico. 

Art. 2.* Los actuales esclavos serán libres al Analizar los cua- 
tro meses sigpuientes á la publicación de esta ley en la Gaceta d$ 
MadHd. 

Art. 8.* Los poseedores de esclavos serán indemnizados de su 
valor en el término espresado en el articulo precedente, conforme 
á las disposiciones de la presente ley. 

Art. 4.* Los obstáculos que puedan surgir, ya por la indemiza^ 
«ion, ya con ocasión del cumplimiento de esta ley, no dificultarán 
ni impedirán en manera algruna la realización del art. 2.* 

Art. 5.* El Bstado destina 80 millones de pesetas á la indem- 
nización de que habla el art. 8.* Dicha cantidad deberá distribuir- 
se entre los poseedores de esclavos, teniendo en cuenta el número, 
edad y aptitud individual de estos. 

Art. 6.* La distribución se hará por una junta compuesta del 
Gobernador superior civil de la isla, presidente; del jefe económi- 
co, del fiscal de la Audiencia, de tres diputados provinciales elo- 
g^idos por la Diputación; del síndico del Ayuntamiento de la capi- 
tal, de dos propietarios elegidos por los cincuenta poseedores del 
mayor número de esclavos, y de otros dos elegidos por los cin- 
cuenta poseedores del menor número. 

Los acuerdos de esta comisión serán tomados por mayoría de 
votos. 

Art. 7.* El Gobierno consig^aará anualmente en el presupuesto 
de la isla de Puerto-Rico la cantidad de 8.500.000 pesetas para 
intereses y amortización de un empréstito de 80 millones de pese, 
tas en deuda amort'izable, cuyo producto se destinará á la indem- 
nización que establece el art. 8.* 

Si el Gobierno no colocase el empréstito, entregará los títulos 

los actuales poseedores de esclavos. 



342 

Art. 8.* El QoUerno dictará los regrUmentos noeesarios pai» 
lA^eeoeioii de esta lej, sin atacar en manera algrana la libertad 
del trabajo. 

Palacio del Congreso 27 de Bnero de 1878.— Francisco Salmerón 
7 Alona»), presidente.— Félix de Bona.— líanael L. Moncaai.— An- 
tonio Ramos Calderon.^Ralkel Haría de Labra.— Manuel Gomes 
Marín.— José Facundo Cintren, secretario. 



IV. 



Ley'votada definitivamente' por la Asamblea Na-^ 
cional el 22 de Marzo de 1873. 



Esta ley fué modiñcada por una enmienda de los Sres. Salaver-^ 
ría, Garcia Ruiz, Ruiz Oomez, Ulloa, Gamazo j Ardanáz, y acep- 
tada como transacción por la comisión, á fin de lograr que se vota- 
se una ley. Con este motivo, los Sres. Labra y Ramos, de la comi- 
sión, y García Ruiz y Saltfverría pronunciaron algunas palabras 
que pueden ser consideradas como el preámbulo de la nueva ley. 
Helas aquí: 

El Sr. GARCÍA RUIZ (D. Eugenio): Yo no voy más que á decir 
dos palabras: la primera es si la comisión acepta, como yo espero, 
la enmienda; y la segunda so reduce á rogar al Gobierno, para 
que por boca de su digno presidente (que siento que se marche en 
este momento), mi amigo el Sr. Figueras, dé una explicación 6 
diga cuatro frases que lleven la conñanza á nuestras provinciaa 
de Ultramar, asegurando, como yo creo que está en la idea de es- 
te Gobierno el asegurar, porque reconozco en él tanto patriotis- 
mo como en mí mismo, el asegurar, digo, la integridad del te^*^ 
ritorio. No tengo más que decir. 



E'sr. BAMOS CALDBIiON: SeüIDres repreeonMntes, Ib ooail- 
■lon Kcepta la eiimlendii cuya laetuní acaba Aa Imcer el seDor M- 
sretftrio. No dabe ocultar la comiiion que para Uegír & eate punU 
ha babldo una trensocclon sd todua Ins Blemenlus de la CAioBim. 
Todoa loa BeSoros EtepreaeatantaB aaben (laa asía comlilan ha hUo 
inSexibla an admitir modlfleacioa nlngunB en su dlotAmea: paro 
bs llegaJo el mamonto an que toiai6 peMarlo toda, y ente este 
temor ba habido tranancclonee ; mi>dÍflcacÍonea qae, ^n ofeolar 
& la eseneia del ditláioeD, hagan paalbla que la vot«u tcdoalos 
indiviiluQB de esta cimursi, sin que baya en ellos nlngona abdiM- 
dcn pur au parte. 

La comisión ha sraldu que se salvan todos loaprinalplos oon- 
algDBdoa ea su dictamen, eaCableolenilo desde luego la libertad 
•bsolutn del esclavo; an este punto no hay duda de nlaguna da- 
se. Después, como medida de transacción, ha creido que era ne- 
aeaarlo que se fljn.'K de nlguna manera que el csolavo, ja hecho 
libarlo, ya hecho homlira olrtl, tuyieao Inobligsoon do trabaier 
duraote ua tiempo determinado, si bien podiendo conlratar SO 
trabajo libre con su antiguo amo, con otro nuevo, 6 con al Esta- 
do, que emprenderá, obras pilblicas. V por ülllmo, ho transigido 
con qae no entre este liberto en el goce de los derechos politlCM 
haata ;jS9a<los cinco silos de au emanoipnelon. 

Cao cato, la comisión cree baber hecho un aervlcio, no sólo al 
eselavo, devolviéndole In libertad, aino demostrando también i 
naestroa honnaaos de ultramar que no >e hacen en Eapaila las 
reformas da uno manara atropellads, aino que se tienen presentes 
todos los Intereses y que Antes, y aobre todo, está pam nosotros 
la Integridad d« la patria. 



n la enmienda, ta6 tomnda e 
.', 3 en ssgnida dtjo: 



Bl sijüor presiden le del PODER EJECUTIVO (FlBUsraiJ: Ausen- 
te por uo momento de este salan an servioio del gatada, me han 
dlcbo que mi aotiguo amigo y oorreiigionarlo el Sr. Onrela Ituli 
habla nludilo á mi respecto a que blclara deolaraaloaea sobre la 
iotegrldad del territorio. Vo ea este punta a.Imlto y escusa latí 
moyores susceptibilidades que mi amigo el St. Sarcia Ruti hi 
nido y qae voy á satisíncsrlas. 



di4 

La primera vei qua aa habl6 daada eata banco por el partido ra- 
pabUcano, sa biclaroa redlamaeionea claras, asplicitaa y catag6- 
ricaa raapacto á la Intagridad del territorio; y ahora deeimog noa- 
otroa que no baj sacrificio qne no estemos dispuestos á hacer para 
oonsenrar la integridad del territorio; que este ha sido y ser£ 
nuestro principal objeto; qne á eata cuestión de honra nacional U> 
aacrlfloaremos siempre todo, y que esperamos, no fi6lo que eftas 
Oórtes, sino que todas lus que vengan, en el mero hecho de ser 
Oórtes espaliolas, pensarán lo mismo que piensa el Gobierno ae- 
tasl y que piensa toda la Asamblea. 

Bl 3r. SALAYERRIA: SeUores Representantes, siendo finñante 
con otros compalLeros de eata Asamblea de la enmienda que en 
este momento está sometida á la aceptación de la Cámara, eatoy 
en el deber de manifestar los sentimientos que han inspirado á 
las personas que, firmando esta enmienda y dándola de antemano 
su aprobación, la han presentado en obsequio á que un debate 
tan difícil, tan largo y con tantas contradicciones pueda termi- 
narse en un acuerdo de concordia, en una concordia que yeng^ 
á sellar al término de eata legislatura la esperanza de que en la 
futura los legisladores que hayan de sucedemos en este lugar se 
inspiren también en los mismos sentimientos de patriotismo, en 
los mismos sentimientos de prudencia en que es necesario que se 
inspiren siempre los Diputados de la nación española, para que 
todas las cuestiones que puedan afectar á la integridad de la pa- 
tria, á la defensa de todos sus intereses, se resuelvan aquí en la 
fbrma en qne afortunadamente hemos podido convenir los indi- 
viduos de la comisión y los firmantes de la enmienda, en repre- 
sentación de todos los lados de la Cámara. 

Bl Sr. Ministro de Estado invocaba ayer al concurso de lo que 
en la Asamblea se considera como representación de los elemen- 
tos conservadores, así como el de otros seíiores que representan 
distintos temperamentos de la política. Ya vé S. S. de qué mane- 
ra hemos correspondido á esta invitación. Por parte de los ele- 
mentos conservadores de la Cámara no se suscitarán al Gobierno 
que en el momento actual rige los destinos del país, ni al 
Gobierno que en lo futuro puedan determinar las Cortes Constitu- 
yentes, ninguna dificultad, ningún conflicto; los elementos con- 
servadores se encerrarán en la observancia eztricta de la legali- 



345 

dftd.coalqalera qua bb&Ib legialld&d quo los CArtes Canalltayantai 
BiUblezcBD en loAilnre. 

Y hecha eats declanclon, 70 Cay Iw gradas & lo« acoras In- 
dlvldaos de la comigloD y al OoMerao ds la RepdbUaa por la bao- 
om acogida que hmi dlspenaado fi nuealriL eomlaada; 7 concluyo 
rogando & DloB qus los pr6iimo« Diputados as inspiren , como 
noBotroB DOS hemoa foaplTado ea oaloa dlaa, para asegurar perpé- 
tOBIDentB Ib Integridad de la patril. i'Afuv aún, muy bitn.J 

SI Sr, LABRAD Pido la palabra. 

BlBr. VIcaplíBSlDSNTB (marquéa de Sardoal): La Mena sn 
teBoría, como de ta comlsioa. 

El 3r. labra: Me levanto, BaBores, son el dobla objeto da dar 
laa gracias Bi Sr. SHlevorrla par Ina fraasa faeoérolBa qua ae ha. 
éignado dedioaT 6. la comlnion, y para desir &1 propio tiempo que 
esta, al aceptar la enmienda sncrlflcanilo una parte del rígorlamo 
de su Blatema, mantiene an alto el priacipia ds U. libertad del In- 
dlvidao, y sobre todo, al derecho oatural ImpreEcrfptilile de los 
deBgraoladoi negros qas eDtra.n hoy ea virtud de eaa enmlendat 
lo mismo que en vlrtoil del proyecto preientndo por la comisión, 
ea la plenitud de aquellas racultades Inherentes & la personalidad 
hamaac, que todos aaludamos y reconocemos con respeto y con 
entuBiaamo. 

Coaste siempre qaa noaotroa, al mantener nuestras aoloclones, 
no obe'locemoa por ningún concepto í los estrechos intoreaes de 
partido; qua si flostener el rigor de los principios, tampoco obe- 
deeomoa & penanmlonto alguno meiquino n! olildsmoa loa sagra- 
dos Intereses do la patria; y tanto, que ñi paro dejar eaW k salvo 
se base necesario el sacrilloio deBlguno du nuestros puntos de vis- 
ta y presslndlr del eacIaBlvlamo de nuoatrns opiniones, estamos 
siempre dispuestos 6 alio, así lo hamos hecho y do olio me aíano. 
Por lu damlis, y en ovianUí f> la represeutaclan qas aquí tenemos 
en esta comisión los Diputados do Puerto- Rico, yo no puedo decir 

va di ninguna eapecLe (y en esto hablo en nombre también de 
lodos los Uipatodos pnerto-rlquefios], & lea nobles declaraciones 
del Br. Snlavorrín; qua aquí estamos hoy y siempre, mientras 
Dios nos dé aliento, para aastener el doble In teros do la Ubertnd 
ásl hombre y de ia integridad de la patria, (iplauaoi.j 



LEY 

Artíoalo 1.* Qaeda abolida para aiempre la eeclaTitud en la 
iala de Puerio-Rioo. 

Art. 2.* líos libertos quedan obligados á celebrar contratos 
oon sus actuales poseedores, con otras personas ó con el Estado 
por un tiempo que no bajará de tres afios. 

Bn estos contratos intenrendrán, con el carácter de curadores 
de los libertos, tres funcionarios eq>eeiales nombrados por el Go- 
bierno superior, eon el^ombre de protectores de los libertos. 

Art. 8.* Los poseedores de esclavos serán indemnizados de aa 
valor en el término de seis meses, después de publicada esta lej 
en la Ctaeía d$ Madrid. 

Los poseedores con quienes no quisieran celebrar contratos sus 
antiguos esclavos, obtendrán un beneficio de 23 por 100 sobre la 
indemnización que hubiera de corresponderles en otro caso. 

Art. 4.* Esta indemnización se fija en la cantidad de 85 mQlo* 
nes de pesetas, que se hará efectiva mediante un empréstito que 
realizará el Gobierno sobre la exclusiva garantía de las rentes de 
la isla de Puerto-Rico, comprendiendo en los presupuestos de la 
misma la cantidad de 3.500.000 pesetas anuales para intereses j 
amortización de dicho empréstito. 

Art. 5/ La distribución se hará por una junta, compuesta del 
gobernador superior civil de la isla, presidente; del jefe económi- 
co; del fiscal de la Audiencia; de tres diputados provinciales, ele- 
gidos por la diputación; del sindico del ayuntamiento de la capi- 
tal; de dos propietarios elegidos por los 50 poseedores del mayor 
número de esclavos, y de otros dos elegidos por los 50 poseedom 
del menor número. 

Los acuerdos de esta comisión serán tomados por mayoría de 
votos. 

Art. 6.* Si el Gobierno no colocase el empréstito, entregará 
los títulos á los actuales poseedores de esclavos. 

Art. ^.• Los Libertos entrarán en el pleno gócele los derechos 
políticos á los cinco años de publicada la ley en la Gaceta de Madrid . 

Art. 8.* El (Gobierno dictará las disposiciones necesarias para 
la ejecución de esta ley y atender á las necesidades de beneficen- 
•ia y de trabajo que la misma hiciera precisas. 



REFORMA ECONÓMICA 



Propostcion de ley, del Sr. Padlal, estableciendo 
baaes para Ja reforma y reorganización general 
de la Hacienda pdblica en la Isla de Puepto-Rico. 

AL COSOREaO. 



SI prflsapueato de Faerto-Rico pera e 
t 16'7'2 fué presentado b1 Conin^jso c 
Ub 4.3Qil.D83¡ y el del ojorclelu antaric 
mlaa inlroduoldna |»t decreto da 13 < 
gldo CBleulndo con otra aobranta de 1 



bHo BCoofimliM) de isn 
m an aobnmte de pese- 
', Bieraed & nuavna aaoiy>' 
e Oítubpe de 1870, bsbia 
.rií4,J9a pesetas. Sí bien 
eatOB eantldsdpB pareelsn destinadaaÉrenUzBrlaaopflroeluneBne- 
««afina para snlitar luí défleitade anteriores presupaestoa, la ver- 
dnd ea quo la Importancia de aquolloa rcmnnentBa pru-^ba dead» 
luego nn hecho inconteatnble, li anber, qua In Hncianda do la lila 
M encuentra ya en estado ds deíahoga. Y eate feli: momento t 
«tno ba llegado Puerto- Rico, y del cual, pordeagracia, tanaleJndOB 
nos Tomos en la Península., es cali^ilnieots el nue duba esoogsr 
una adialnlatrscion senaeta para emprender ea el atetema rentís- 
Uco toda clase de refurmaa, encaminadDa i. sentar el Impuesto ao- 
bre bases salidas y rscionaleí, reduciendo al propio tiomjio loa 
gaatoa con {^rnnde bIItIo del cod tribuye ote. 
Rartn conocidos son loa vicioa del slaten: 
Pnsrto-Rico, Los ingresos dependan ea sn 
trTbueiou Indirecta, sobre todo, de las ndus 
•btorbidoa, caai en su tot(ilidsd,par los doa ramos d 
mlniatraeion general. Les aduanas, cuyo rendiralen 
■Dtre 1 y 8 millonea de pesetea desde 1664 A 1808, 
Bolamente en 4 millonea para el ¡.reaupuesUi de ISflH t 18B0) pero 
fué por razones exespclonaloa, y por la inmediata iDiluenola de 



i rentifltlcD vigente en 
Qiiyor parte de la oon- 
\na; y los gastos eatán 
ramos de guerray nd- 
as ealculi 



348 

grtndet ealanüdadea púbUeaSi de todos eonocidu. Asi ee oxpUoa 
queonloetieiiipotposterioreiála rerolaoion de Setiembre 1m 
eantidadee presapaestat voMeron á elevarse, fijándose en 9 y 11 
millones de pesetas para los ejercicios respectlTOS de 1870 á 1871 
7 1871 á 1872. Comparando estas cifras con la tofailidad de los in^ 
grasos, ealcolados en 18 7 15 millones de pesetas, resulta que las 
doce adaanas de Puerto-Rico entran por los dos tercios en la masa 
de recursos con que cuenta el Tesoro. Entretanto, las atenciones 
de gaerra retienen más de 57 por 100 de los gastos que la admi- 
nistración se impone en la isla; 7 esta misma administración, tan 
ÜMtoosa como eomplicada, reclama para sí sola una parte muy 
principal de lo restante. De manera que, un país esencialmente 
sgrícola 7 mu7 adelantado en producción, paga como si fuera pri- 
mitivo por sus simples entradas 7 salidas; 7 un país ^borioso, pa- 
cífico, tranquilo, 7, dígase lo que se quiera, sin ninguna amena^- 
sa de que en 61 se turbe el público reposo, ni corra peligro la in- 
tegridad nacional, se ve agobiado bajo un enorme peso de obliga- 
ciones militares, cual si viviese en un perpetuo estado de guerra. 
No es esto solo, sino que habituaUnente la escala de los gastos en 
Puert>Rlco presenta un ónlen inverso al que le correspondería, 
dadas las condiciones de plena paz 7 de absoluto sosiego en que 
vive. Las útilísimas atenciones relativas al mejoramiento moral 7 
material de la isla deberían figurar en primer término, señalando 
á las de la defensa un puesto más subalterno, 7 allí, por el con- 
trario, mientras la defensa se lleva más de la mitad del presupues- 
to, la sección de fomento apenas ha obtenido alguna vez un tris- 
te 2 por loo del total de gastos. 

A enmendar estos errores dirigiéronse los esfuerzos de algunos 
eminentes patricios que ocuparon con grande honra el Ministerio 
de Ultramar. Pero formaban parte de Gabinetes de conciliación, 7 
bien á menudo sus buenos deseos 7 sabias máximas de gobierno 
fueron á estrellarse contra las tendencias de otros hombres abier- 
ta 7 sistemáticamente hostiles á todo pensamiento de reforma po- 
lítica, social y económica en Puerto-Rico. Por esto , las medidas 
rentísticas que con tanta urgencia reclama aquella provincia, 4 
no han podido ser bastante radicales, ó oun siéndolo, no han pa- 
sado hasta ahora de meros proyectos ó de simples 7 estériles pro- 
mesas. Hay, sobre todo, un punto que merece llamar muy podero- 
samente la atención del Congreso, 7 es el derecho de exportación. 



349 

Bstablecido por el gobierno superior eiyil de la isla en decreto de 
1 de Marzo de 1869, y aprobado con ligeras variantes por el mi- 
nistro de Ultramar en 80 de Abril del mismo a&o, el derecbo de 
exportación es á todas luces vejatorio, y seria uno de los recursos 
más antiesonómicos aun entre los infinitos arbitrios de que sabia 
echar mano el antiguo régimen colonial. Ningún motivo plausible 
puede abonar su continuación: fuó creado para compensar las 
flranquicias que se concedieron á algunos artículos con ocasión del 
terremoto, y aquellas franquicias han desaparecido: la Península 
lo sostuvo en Puerto-Rico como arbitrio provincial para nivelar 
BU presupuesto, y el presupuesto no solo está nivelado, sino que 
deja un escedente. Recarga el precio do los productos más impor- 
tantes de la provincia, como son los azúcares, las mieles, el cafó 
y el tabaco, colocándolos en una situación difícil para sostener la 
competencia con sus similares en los mercados extranjeros, y ca- 
rece de todo carácter de equidad, porque recae sobre productores 
que, además de aquel impuesto, pagan todas las contribuciones 
que pesan sobre los demás. Políticamente considerado, es un con» 
trasentido, porque oprime la agricultura, á la cual por otro lado 
se intenta favorecer; y es un nuevo motivo de que los Estados- 
Unidos sostengan la tirantez de su régimen mercantil, tan per- 
judicial para nuestras Antillas. 

Conviene tanto más fijarse en esta tiltima consideración, cuan- 
to que los puertos de la Union son el mercado más abundante para 
los productos de nuestras provincias americanas; y á fin de de- 
mostrarloi nos basta referimos á la última estadística del comer- 
cio de importación y exportación de Puerto-Rico, que correspon- 
de al año de 18*70. En dicho año, el total de azúcar exportado as- 
cendió á 191. 648. 670 libras, de cuya cantidad solo los Estados- 
Unidos tomaron para su mercado nada menos que 131.637.444. 
Podrá alegarse que el Fisco no debe renunciar con facilidad á un 
rendimiento tan pingüe como el ,que está representando á estas 
horas el derecho de exportación, pues si para 1870 á 1871 se es- 
timó solnmente en 1.500.000* pesetas, ha podido ^n cnlcularse 
para el ejercicio inmediato en 2.920.854. Pero ni son las simples 
conveniencias del Fisco lo que dá razón de ser á los impuestos, ni 
dejaría aquel imr orte, no solo de cubrirse, sino de aumentar en 
mucho con otras reformas que imporiosamente reclama el estado 
de la isla. Sin grande esfuerzo pueden rebajarse los gastos de ad- 



350 

mlBisifAcion en un 88 por 100: modóranae sobre iodo loe de Qiur- 
rft, qae han llegado á un limite Inconcebible; depúrese la riqaeía 
de todas clofles, y aomóntese el caudal trlbatarlo ¿ fuena de de»- 
cabrir ocnltaciones; empréndase de una vez la reforma liberal de 
loa aranceles, proyectada en el art. "I.* del presupuesto para 18*70 
i 18*71, y el Tesoro de la Isla, lejos de padecer quebranto, entra- 
rá en una senda normal do recaudación y de seguros y crecientes 
rendimientos. 

La declaración de cabotaje y la supresión del derecho diferen- 
cial de bandera on la peqnelia AntiUa, son medidas que propuso 
el Oobfemo en 18*70, y cuyo inmediato cumplimiento no puede 
por más tiiunpo diferirse. Pidióronlo con tenaz insistencia los co- 
misionados que Tinieron de Ultramar á tomar parte en la infor- 
mación de 186'7; se recomienda por la necesidad de dar á nuestra 
legislación marítima la misma base para todas las provincias de 
España, y es hasta un compromiso si queremos que nuestros her- 
manos de Ultramar lleven con orgullo el hermoso nombre de ea- 
pa&oles, y que con estas y otras reformas de asimilación, queden 
aseguradas la verdadera integridad nacional y la perfecta unidad 
del territorio. 

Por todas estas razones, los Diputados que suscriben tienen la 
honra de someter á la aprobación del Congreso la siguiente 



PROPOSICIÓN DE LEY. 



Artículo único. En el término de tres meses, á contar desde 
el dia de la aprobación de la presente ley, el Gobierno presentará 
á las Cortes un proyecto de reforma y reorganización general de 
la Hacienda pública en la isla de Puerto-Rico, sobre las bases si- 
guientes: 

1/ Supresión del derecho de exportación aprobado por decre- 
to de 30 de Abril de 1869, sobre los azúcares, mieles, cafó y ta- 
baco. 

2.* Reforma del arancel de aduanas de Puerto-Rico, á tenor de 
las reglas establecidas en el art. 1.* del presupuesto para el a2o 
económico de IS'iO á 18*71. 



351 

3.* Aplicaeion á Puerto-Rico de las ordenanzas de aduanas 
flotadas para la Península en decreto de 15 de Julio de 1870. 

4.' Depuración de la riqueza territorial é industrial de la isla, 
proponiendo los medios oportunos para conocer su verdadera esr 
tensión y evitar las ocultaciones. 

5.* Reducción de un 88 por 100 en los gastos de la provincia, 
luiciendo recaer principalmente la rebaja sobre los que correspon- 
den á las secciones de guerra y administrscion general. 

6.* Aplicación de la mayor cantidad posible de los ingresos á 
gastos de fomento y otros ramos de utilidad general, mientras no 
se planteen en Puerto-Rico aquellas 'reformas políticas y econó- 
micas que permitan al país interesarse directamente en su propio 
desarrollo. 

7.* Supresión del derecho diferencial de bandera y declaración 
de cabotaje para la navegación entre Puerto-Rico, la Península ó 
islas adyacentes. 

8.* Aplicación íntegra de los sobrantes & las necesidades de la 
isla con destino á cubrir el déficit de presupuestos anteriored, á 
facilitar nuevas economías y á mejorar las condiciones económi- 
cas y sociales del país. 

Palacio del Congreso 28 de Noviembre de 1872.— Luis Padial.— 
Joaquín María Sanrpmá.— Félix Borrell.— Aníbal Alvarez Oso- 
rio.— Arturo Soria y Mata.— José Facundo Cintren.— Rafael Ma- 
ría de Labra. 



II. 



Proposición de ley^del Sr. Soria, sobre libertad del 

trabajo en Puerto-Rico. 

AL CONGRESO. 

Los Diputados que suscriben tienen la lionra de someter á la 
deliberación de la Cámara la siguiente 

PROPOSICIÓN DE LEY. 
Artículo 1.* Todo español no esclavo residente en Puerto-Rico 



352 

tlane libertad completa para trabi4>f cuando la pUaea y en la lo- 
calidad qae tenga por eonToniente. 

Art. 2.* Loa liacendadoa j jomaleroa estipularán libremente, 
ain interrenoion de la autoridad, las horas j forma del trabi^o, y 
la remuneración de eete. 

Art. 8.* Quedan derogadas todas las diq;)08Íoionesque se opon- 
gan al cumplimiento de lo preceptuado en los anteriores artículos. 

Palacio del Congreso 12 de Noviembre de 1872.— Arturo Se- 
rta. —Rafael Yagüe.— José Facundo Cintren.— ICanuel Oareía 
Maitin. 



REFORMA POÜTICA. 



Proposición de ley, del Sr. Alvares Per jlta, decl»- 
rando vigente en la provincia de Puerto-Rico 1» 
Constltaclon de 1869. 



AL C0NORB60. 



LoB DIpalndoB que eusariban (alUiisn al ptimero de las daba ' 
tm-iü en la prsBente legialatara no sboganD una vez mía, oomo 
lo ban heebo en Irb n aterí ores, m aombre de la raían 7 de lajut- 
ticla, y en virtud do bu espaoial mandató, ijot gI cmnpllmienw 
del Brt. 1d8 de la ConBtltneioQ, en cuanto puede y debe ser cuid- 
plido j eplioado respecto de la provino ia de Paerto-R.oo. 

Sata provínola forma parte Integrante de la nación espaBoU 
dBBde principios del aislo XVI, en que uuoatroa padrea aa eatable- 
deroD an ella definlUVümento: Ina coatumbrea, la lang-un, la rali- 
glon y la historia de bub bnMlanUs son de esta verdad pruebaí 
IndaoUnablea, Bn ningún tiempo ha aldo interrumpida su nacio- 
.aalidad d1 eu legislación: una y anilogn con la madre patria, ha 
■ufrldo nuooa menoscabo 6 detrimento por canaa i son le Inter- 
Tenclon do bub biíoa, 

Bd el ó^len político tuvo en tos primeroa diside su eilatencia 
Rynntomientos lóenles y Procoradorua en Cíirtes aoaiQ las demia 
provInoicB del reino. SuMñ oomo ellns la pérdida do las antiguas 
Lbertadas hasta principioa del presunto alglo, y como ellas entró 
de nuevo en In vida política de la nación, promulgando y cum- 
pUendo non saon Intallgenola y reotn oondiicta la ConatiluoioB da 
Ib monarquía en loa periodos de IBia, d« 1820 y de 1834. 

t.as guerras del coatinente americano babian terminado, 7 la 
IndependeDela política de aqnel mundo estaba oonsumadn. La pru- 
vLnBia de Puerto-Rloo, en rslaelonea dlaiíaa oes el contnente, 7 



a54 

Uniendo el eonoelmlento claro y distinto do los hombres 7 de tos 
hselios do sqoel tiempo, habim ntn^esado aquel Inrgo y ang^tto- 
so periodo de mina 7 de pertarbaeion nacional, firme en sus tra- 
dleiones, consecuente en sos deberes 7 sin temor á perder ningu- 
no de sus derechos legítimos. 

¿Ni c6mo habia de consentir este tomor la provinoia que tantos 
7 tan nobles sacrificios habia impuesto á la vida y á la fortuna de 
•os hijos para mantener ilesa, así en Amórica como en Europa, la 
ftoria de las armas, la libertad 7 la unidad de la nación? 

Pero vino el aHo, para ella infliusto, de 1887: la política que en- 
tonces prevaleció será siempre recordada por los puerto-riqueüos 
eon dolor profundo. Por una resolución á todas luces injusta, hija 
de errores políticos que han dado en otra parte frutos de perdi- 
eion; sin mis fundamento que la voluntad del ma7or número; sin 
otro apoTo ni razón que la fuerza^ se confiscaron los derechos in- 
concusos de la provincia; sus legítimos representantes fueron es- 
sluidos de las Cortes, y su vida pública se redero á límites tan 
estrechos, que los hombres no tenían en ella ni aun el derecho de 
petición. ¿Qu6 decimos? Hasta la queja respecto de los funciona- 
rios públicos era de hecho un crimen de lesa Magostad. 

La arbitrariedad ministerial, sin más limitación que la arbitra- 
riedad misma, fué la norma del gobierno de aquella provincia. Bl 
-presupuesto confeccionado en la oscuridad, y la fuerza como jus- 
tificación de todos sus actos, han sido los dos polos de su admi- 
nistración. Una carta sosreta, fundada en las apreciaciones perso- 
nales de un funcionario público, que generalmente no conoce ni 
á los hombres ni las cosas de la provincia, arruina la reputacioxí 
del ciudadano mas honrado, 6 le sirve de obstáculo misterioso 
para todos los fines legítimos de la vida. 

Ck>mo los hombres Ubres carecían de todo derecho político, la 
arbitrariedad judicial se doblegaba á las exigencias de este siste- 
ma tiránico, y vela con escaso respeto al ciudadano, y con pro- 
funda indiferencia al hombre esclavo. La institución desmoraliza- 
dora de la esclavitud vivió con todos sus horrores, protegida por 
el silencio forzado, y abandonada su suerte hasta por los sacerdo- 
tes de Jesucristo. 

Tales fueron las consecuencias del acto injusto y profundamen- 
te impolítico de 1837. 

Por fortuna, y gracias al progreso de la ciencia política, los le- 



355 

l^ttkidores de 1869 han promulgado los derechos inalienables de la 
personalidad humana; han reeonoeido quo esos derechos son este- 
riores, anteriores y superiores á la ley, y han señalado su origen 
divino, considerándolos grabados por el dedo de Dios en la con- 
ciencia del hombre. 

Ssta es la sólida base sobre la cual se asienta el derecho públi- 
co de la nación. 

Las actuales Cortes son las llamadas'á hacer ostensivos los de- 
rechos declarados en la ley fundamental del BstadOi en cumpli* 
miento de lo preceptuado en su art. 108, ala provincia de Puerto- 
Rico, donde vive y radica una porción importante de la familia 
española. 

Convencidos, pues, los que suscriben de que los legisladores 
actuales deben y desean fortalecer la unidad nacional, fundándo- 
la por todas partes en el derecho igual de todos los, ciudadanos, 
y en el interós justo y recíproco de todas las provincias que for- 
man la patria; inspirados en tan altos sentimientos, invocando 
las declaraciones de los Gobiernos anteriores y los preceptos so- 
lemnes de las Cortes Constituyentes, tienon la honra de presentar 
al Congreso para que se cumpla el art. 108 de la Constitución, la 
siguiente 



PROPOSICIÓN D3 LSY. 

Artículo 1.* Se declara vigente en la provincia do Puerto-Rico 
la Constitución de la monarquía española, promulgada en 1.* de 
Junio de 1869, en cumplimiento de lo preceptuado en el art. 108 
de la misma, sin otras modificaciones que las espresamente conte- 
nidas en los artículos que siguen. 

Art. 2.* En todos los casos en quo la Constitución se refiere al 
derecho electoral, se entenderá que solo pueden disfrutarlo los es- 
pañoles que teniendo 23 años de edad sepan leer, como también 
los que paguen algana contribución directa al Estado, á la provin- 
cia 6 al municipio. Las clases del ejército quedan sujetas á' las 
condiciones de edad y capacidad, comprobadas por los mismos 
medios y ante las mismas autoridades que se prescribfin para los 
demás ciudadanos. 

Art. 8.* La obligación de manten3r el culto y los ministros dt 



Ift nUftoo «ctAUea, tanto pafroqaial eoiso o&tadral, oonerá «i 1% 
pfovioAta á Migo de 1m Buntoipkis 7 de Ul diputiwlon proriatisil 
mpeelürMnente. 

ATt, á.* La fireaente ley I6naaf& pacte de la Ooaatitacloii del 
reino, y ea Ibrma queda sujeta á las praseripclonea eontenidae es 
loa aritelot 110, 111 y 112 del mismo Código fundamental. 

Palacio del Congreso 7 de Noviembre de 1872.— Joió Antonio 
Altares PeraUa.— Félix Borrell.— Arturo Soria.— Rafael M. de^ 
Labra. --Luis Padial.— Josó Facundo Cintron. ^Manuel Oaroia 
Mattin. 



II. 



Decreto que, merced á. las gestiones de la Diputa- 
ción radical de Puerto-Rico, se dio por el minis-^ 
terio de Ultramar, llevando é, la pequeña AntUla 
la ley municipal de la Península, con algunas 
modificaciones . 



Para la inteligencia de este decreto es suficiente la inserción 
áe BU preámbulo. El articulado, sobre ser muy estenso, es poco 
más 6 monos el mismo que el de la ley de orgfanizacion municipal 
de la Península, y por tanto, muy conocido. 



tSeSor: La ley municipal de la Península estableció en la cuar- 
ta de sus disposiciones transitorias que seria desde luego aplica- 



UAf 1& provlnaia de Puerto-Ploo, eanftirins 1 It 

Conatitueiaa 3 do le; mnnlolpal para aqaella ialn, quo á la hhdh 

■MalMii i^metídoa á U deliberación do liis Cartea CODStiniyeDtaa. 

El Ooblsrno del Rogante avjb da au deber cumplir esta prS'' 
OBpto le^al, y al sfeato Bipldlfi el decreto (ie 'i8 de AgoaMi da 1810. 
8sle dooretn ara parn y almplemeate el proyecto de ley maulcipal 
Ae Puarto-Rlco que babla Formulado le eomUIoa nombrada por laa 
06rtai, de suerte que con 61 parecía qnadar eamplldo en la mejor 
tUMnora el precepto dala ley. 

Pero tiablesdo nproaantado la autoridad superior da PocMo- 
HlcD sobre la necesidad de hwer plgunaa modiflaaclones en el de- 
cíalo, & fln de facilitar au ajaeuolon y da evitar obstóoulos á sa 
eumplimlento, buho de suspeaderas bu publicación en lo Oaeno de 
\M lata bnita que el Oobierno resolviera. 

Bl Qobierao oíamlaó las razones en que sa fundaba la eonsnlta 
d« aquella autoridad, y eaiimandolas ialedera«, nprabA cus! todas 
Ib* modiQ>;Q cianea pedidosi autoriza su Introdueclon en el deor«^ 
», y mandS que este, ya eiodlfloado, se publicara en la (JasWo de 
tB Isla. 

Puhlicflao en efecto; paro na so ha puesto en ajecaeloo por nne- 
T*9 dudaa que ocurrieron d dicba autoridad y que aún no han sido 
resueltas: 

Bl qua Eiiscribe no considera preciso malestar la alenoloD da 
V- M. exponiéndole toa motivos qna ban impedido la ejecución del 
decreto, y ae limita, i. bacer nrdSente que, oualesqulers que aaan, 
no le puede tioy el valor darles qne hasta nqui se les ha dkdo. 
Ya V. M., al abrir las Be:}ionaB do las CÚrtea actuales, tuTO ftbien 
asegurar que na había peligro en llevar & Puerto-Rloo tas reftir- 
maa necesarias para au orgnnlmelon piditica y adminiBlratlva, y 
nada, dea>te que fué beotia tan alta ysDlemae atlrmnclon, ba ocur- 
rido que la coutrarle, Bl Qoblarno, por tanto, llene el deber de 
manlenerl:', y, cumpliéadola, propone resueltamente á V. M. qna 
decreta el plaataamleato en Puerto-Rico del raciman munleipal 
eatlmado allí necedarío por la eabldaría da Isa Curtes Cunalitu- 

Bl Ministro que susl^^lbe, de acuerdo con el Coasajo, tiene por 
aeeptables algunas de las modlfleneianes qne, comp:ili 
mulorliado, hiio del decreto de 33 de Agi>sta di 
<or superior olvil da puerlo-RlM, y eroe qua deben c 



356 

•■í oomo el título «dielonal, para etiya introdaceion lo autorizó al 
Ooblenio. 

BBtaa modifleaeionea, que recaen en loa artíeoloa 22, 41, 49, 689 
Í4, 122 y 181 del decreto, ae dirigen á poner en eonsonaneia las 
diapoaicionea que este contiene con laa cirennatanciaa y condieio» 
nea de aquella proTineia. 

Ademáa eree oonTeniente, y aun preeiao, de acuerdo tambie& 
aa ello eon el Consejo, aoprimir el párrafo cuarto del art. 94, por 
rasonea que parece inútil exponer, y el que con igual número^ 
aoatituyó á este el gobernador superior cítU de la ida. 

Bl motiTO de eata última corrección ae alcanza fácilmente. B» 
Impoaible soetener la cesión que se impone al Estado en favor d^ 
municipio de la quinta parte de sus ingresos por contribución di- 
recta. Sobre la exorbitancia del sacrificio, que seria de aeguro in> 
tolerable, existe una razón orgánica que ae opone, y es que con 
tal medio ae deatruye la Hacienda del Estado y no ae crea la Ha-^ 
alenda municipal. 

Laa Cortos, llamadas & dar carácter doflnitiyo de ley á la obra 
del Gobierno, decidirán ai este ha procedido con acierto y eon 
Juaticia. 

Fundado eon ello el Ministro que suleribe, de acuerdo eon eV 
Gonsejo de Ministros, tiene la honra de elevar á la aprobación dfr 
y. M. el siguiente proyecto de decreto. 

Madrid 18 de Diciembre de 18'72.— Bl ministro de Ultramar^. 
Bduardo Oasset y Artime.» 



Uó aquí ahora los artículoa á que se refiere el preámbulo: 

«Artículo 22. El Gobierno interior de cada pueblo será enco^ 
mondado á un ayuntamiento compuesto de concejales, dividido» 
an tres categorías. 

Alcaldes. 

Tenientes. 

Regidores. 

El ayuntamiento será elegido por los vecinos y domioilladoa 
que, según las leyes, tengan derecho electoral y en la forma qnot 
las mismas determinen. 

Bl númaro de concejales de cada ayuntamiento será proporción 



350 

mal al de habitantea del diatrito manieipsl, y nunca bajará de aaia 
ni escederá de 21 con relación á la aiguiente escala: 











1 

1 TOTAL 


HABITANTES 


ILCALDIS 


TIRIINTM 


RlfilOORBt 

1 


de 

CORCIJAL» 


Hasta 8.000 




> 


5 


i <' 


De 8.000 á lO.OüO. . 




1 


5 


1 


10.001 á 12.000. . 




2 


5 


8 


12.001 á 14.000. . 


- 


2 


. 6 


9 


14.001 á 16.000. . 




2 


7 


10 


16.001 á 18.000. . 




2 


8 


11 


18.001 á 20.000. . 




2 


9 


12 


20.001 á 22.000. . 




3 


9 


13 


22.001 á 24.000. . 




3 


10 


14 


24.001 á 26.000. . 




3 


11 


15 


26.001 á 28.000. . 




3 


12 1 


le 


28.001 á 30.000. . 




4 


12 : 


n 


30.001 á 32.000. . 




4 


18 : 


18 


32.001 á 34.000. . 




4 


14 


19 


34.001 á 36.000. . 




4 


15 


20 


86.001 en adelante 










7 la capital. . . . 


1 


5 


15 


21 * 



▲rt. 41. Son electores en las elecciones manicipales loa veei- 
mos y domiciliados mayores de edad que sepan leer y escribir, 4 
paguen alguoa cuota de contribución directa para el Batado. 

Art. 49. En los pueblos de más de 20.000 habitantes, el alcal- 
de podrá nombrar un secretario especial, cuyo sueldo determinaift 
el ayuntamiento. 

Art. 63. Es necesaria la autorización de la diputación proYin- 
eial para entablar pleitos á nombre de los pueblos menores de 
10.000 habitantes. El acuerdo del ayuntamiento ha de ser tomado 
•n todo caso previo dictamen conforme de dos letrados. 

No se necesita autorización ni dictamen de letrado para enta- 
blar los interdictos de retener 6 recobrar, obra nueva 6 vieja, ni 
r:ara seguir los pleitos en que el ayuntamiento fuese demandado. 

Art. 94. Los ingresos serán: 

1.* Rentas y productos procedentes de bienes, derechos y cap 
pitales que por cualquier concepto pertenezcan al municipio 6 á 
los establecimientos de Beneficencia, Instrucción y otros análo- 
gos que de 61 dependan. 



9.* Raonvot qo6 lot ajnmtamleatM pntáan Totar üb lUniti^ 
•Ion por eóntlBMM adieionalfls tobre 5 por 10 q«o por moa- áM 
Matrlbaoloneo diroetos percibo «1 KotedOf j oufo roporttotoaio 
7 diitrlbueion oo Yorifleorán en la Ibrma hoy eotabloelda 6 qne oa 
lo laoosiYO 00 osuiblesos. 

8.* Arbitrio! é impaestoi manicipalao sobre determinadoB «er- 
^ioiOB, obniB 6 industrias, sai oomo los sproTochamientos de pota- 
da nrbana y rural, y muUss é indenmizaeionea por infraecion dü 
las ordenansas y bandos de policía. 

4.* ün repartimiento general entre todos los Yoeinos y ba- 
eendados en razón de los medios 6 CRcultades de cada uno. 

5.* Impuestos sobre los artículos áe comer,, beber y arder que 
so consuman en cada pueblo, siempre que no embaracen et' tráfico 
y circulación, ni se opongan á las costumbres da la población en 
que hayan de establecerse. 

Art. 122. Los que se crean perjudicados en sus derechos por 
los acuerdos de los ajruntamientos pueden redamar contra olios, 
mediante demanda ante el jues 6 tribunal competente, según lo 
que, atendida la naturalesa del asunto, dispongan las leyes. 

Art. 181. El máximum de la cuota de las multas que los go- 
bernadores y diputación provincial pueden imponer á loa alcal- 
des, tenientes y^regidores por la? faltas en que respectiyamsats 
incurriesen, y según lo prescrito en el presente decreto, ssfi 
proporcional al número de concejales de cada pueblo, en la fbrma 
siguiente: 



NÚMBBO 

DB 

CONCBJAXm. 


AX0AXDB3 

T TBMIBMTB8. 

Peseías. 


aBQIlNIBBB. 


5 á 1 

8 á 10 

11 á 14 

15 en adelante.. 


40 

^0 

120 

200 


80 
50 

80 
100 



361 



ni. 



Proposición de ley, del Sr. Labra, para que el mi 
tro de Ultramar publique en la <<Gaceta de Ma- 
drid» los motivos de la suspensión ordenada por 
los gobernadores de aquellas provincias, de las 
leyes y decretos dictados por los Poderes de la 
metrópoli. 



A LA ASAMBLEA. 

LoB representantes que suscriben tienen la lionrade someter á 
la consideraeion de la Asamblea la siguiente 

PROPOSICIÓN DE LEY. 

Artículo 1.* Mientras existan las leyes de la Recopilación de 
Indias, y los artículos de la ley de organización proyincial de 
Puerto-Rico, que autorizan á los capitanes generales y gobemap- 
dores superiores de las provincias de Ultramar á suspender la eje* 
eucion de las leyes y decretos dictados por los poderes de la me- 
trópoli, queda obligado el ministro de Ultramar á publicar en la 
asceta oficial de Madrid, el hecho y los motivos de la suspensión, 
así como á dar cuenta de la fecha en que dejare sin efecto la sus- 
pensión y los motivos que para ello tuviere. 

Art. 2.* El ministro de Ultramar publicará quincenalmente un 
boletín, en que se inserten todas las disposiciones de car&cter ge- 
neral que adopten las autoridades de nuestras provincias de Ul- 
tramar. 

Palacio de la Asamblea 17 de Febrero de 1878.— Rafael liaría 
de Labra.— El Marquós de la Florida.— Juan Josó González.— 
Luis Padial.—J06d Facundo Cintron.— Valentín Moran.— Tomás 
Roldan. 



REFORMAS ADMINISTRATIVAS. 



Proposición de ley, del Sr. Soria, declarando vigen» 
tes en la provincia de Puerto-Rico todas las dis» 
posiciones que rigen en la Penlnsulai relativas 4 
!a organizacioni régimen interior y administra* 

. olon de las cárceles y presidios. 



Los Dipatedos que saseriben tienen la honra de eometer á la 
deliberación del Congreso la sigoiente 

PROPOSICIÓN DB LBY. 

Ariíenlo 1.* Se declaran vigentes en la lila de Pnerto-Rie» 
todas las disposiciones que rigen en la Península relatlTas á la or- 
ganisacion, régimen interior y administración de las caréeles 7 
presidios. 

Art. 2.* Los 'presidios y caréeles de Puerto-Rico dependerás 
tínicamente de las autoridades eiriles. 

Art. 8.* El ministro de Ultramar, y en su defecto el goberna- 
dor superior civil, nombrará los empleados de unos 7 otrss, dt la 
miima manera que en la Península. 

Palacio del Congreso 12 de Noviembre de 18*72.— Arturo 80- 
Tía.*' José Fheundo Cintren.— Aníbal Alvares Osorio. 



REFORMA PENAL. 



1. 



STL CÓDIGO. 

Proposición 4o ley» dol 8p« Labra, para que el Go- 
bierno plantee en las Islas de Paerto-Rico, Cuba 
y FiUpinas el Código penal vigente en la Penln- 

81ll3t. 



Los Diputados qae suscriben tienen la honra de someter al 
Congreso la siguiente 

PROPOSICIÓN DE LBY. 

Artienlo 1.* El Gobierno planteará en el término de dos me- 
ses en las islas de Puerto-Rioo, Cuba y Filipinas, el Código penal 
vigente en la Península, con las modificaciones que entnAa la 
difereneia del estado político y social de aquellas prorineias. 

Art. 2/ Bl Gobierno dará cuenta en la próxima legiÉlatara de 
la manera de haber realizado el precepto anterior, sometiendo en- 
tonces á la discusión y aprobación de las Cortes el Código penal 
prcMnolgado. 

Art. 8.* Mientras las Cortes no discutan ni aprueben el citado 
Código, regirá en las provincias de Ultramar citadas. 

Palacio del Congreso 6 de Noviembre de 18*72.— Rafael María da 
Labra.— Salvador Saulate.— Francisco Salmerón y Alonso.— Aní- 
bal Alvarez Osorio.— Jacinto María Anglada.— Joaquín Gil Ber- 
ges.— José Facundo Cintren. 



8M 



n. 



IMetámen sobre la proposición de ley declarando 
vigente en las islas de'Paerto-Rico, Gnba y Fili- 
pinas el Código penal vigente en la Península. 



A LA ASABf BLEA NACIONAL. 

é 

La comisión encargada de dar dictamen sobre la proposición dt 
\9j presentada al Congreso en 15 de Ootabre de 1872, declarando 
€Yigente en las iaias de Pnerto-Rico, Caba y Filipinas la la/ da 
easacion criminal que rige en la Península,» dice: 

Que el principio tradicional de la colonización española ha sido 
llevar á todas partes del mundo el espíri u y las instituciones da 
la metrópoli, identificando hasta donde fuera posible la yida de las 
eolonias con la de la madre patria. Este principio fu6 solemne- 
mente proclamado á loa comienzos de nuestra colonización, en la. 
ley 13| titulo II, libro segundo de la Recopilación de Indias; re- 
•onecido por la Jnnta central en su decreto de Enero de 1809, en 
los albores de la reyolucion contemporánea, y consagrado de nua- 
TO en el título X de la Constitución española de 1869. 

Por desgracia, no siempre han sido estimados estos anteceden- 
tes, y buena prueba de ello son la inferioridad en que respecto de 
la metrópoli quedaron las provincias ultramarinas desde 1837 á 
esta parte, y las diferencias sustanciales y los acentuados anta- 
gonismos que se establecieron entre la legislación de las provin- 
«ias trasatlánticas y las Filipinas y el resto de la monarquía. 

Solo hubo una escepclon en esta lamentable historia de medio 
>^^o, y fué la introducida por el real decreto de 31 de En¿ro de 
1855, que hizo ostensivo á Ultramar el recurso de casación civil, 
«onsagrando de este modo la autoridad del Supremo Tribunal de 
Justicia en todos los dominios españoles; decreto de tanta mayor 



9fí 

Importancia, cuanto qne aun despnes de dado, se pretendió por el 
Poder ejecutiYO, en 1865, sustraer á la competencia de las Cortes 
de la nación la inteligencia de los asuntos ultramarinos, y de he- 
ehO quedó establecida esta absurda doctrina, sin que valiesen en 
so daño Tanas protestas ni ofrecimientos nunca cumplidos ni as- 
piraciones perfectamente constitucionaldü, pero jamás realizadas. 

Bsto así, la comisión entiende que no puede menos de acogfsr la 
idea propuesta al Cong^reso en 15 de Octubre pasado, con tanto 
mayor motivo, cuanto que se trata de la honra, de la libertad y de 
lá vida de los ciudadanos de Puerto-Rico, Cuba y Filipincs, des- 
pués de estar garantidas, en cierto respecto, la propiedad y la fa- 
milia. 

Pocas instituciones responden tanto, ning^nna mejor, al princi- 
pio de la unidad nacional, como los tribunales encargados de re* 
solver los recursos de casación, porque sus fallos tienen por obje- 
to armonizar las diferencias de doctrina, suplir los vacíos de la 
ley y dar la norma definitiva en la vida positiva y práctica del 
derecho. 

A esto hay que agregar la circunstancia de que los tribunales 
en Ultramar tienen una amplitud en la manera de fallar, que solo 
puede escusarse por lo absurdo de la legislación 6 que han de re- 
ferir BUS sentencias. 

Rige allí la imposible penalidad de las partidas, y está reco- 
mendado por los jueces estimen como doctrina aprovechable y á 
la que han de Inclinar sus fallos, la de nuestro Código penal de 
1850. Y asi lo hacen, pudiendo decirse que, en realidad, lo mismo 
respecto del orden sustantivo que en la esfera de las leyes adje- 
tivas, sus sentencias son el verdadero texto legal. De.sde este mo- 
mento compréndese más la urgente necesidad de armonizar esas 
sentencias y de encargar la guarda de la unidad legal á un tribu- 
nal superior. 

Prescinde la comisión de otras consideraciones de menor Impor- 
tancia y de hacer frente á objeciones de poco momento. La casa- 
ción no se dá en puridad en obsequio de los particulares: pero de 
hecho es una garantía para estos, que ya no tienen (porque no 
doblan tener) la tercera instancia. 

En nuestras provincias ultramarinas, los negocios todos termi- 
nan en lo criminal en la Sala de la Audiencia que vio el asunto 
en consulta, y que en realidad es la que (hila. Afios hace existia 



li^ 7 womhttm áM «n ferthoaal de Mamokmj^p&to •«stat '4Iía 4 te 
wm m% HA liaaiteio jr vn «Rror, tenniaó moMmdolMtosasal 
pfImHIvo «ttado, «on frsve paijnlBio da mn^iOB intemaot. Háí 
■llamo «Mido oooyiena «alar ptvfiaaidoB «ostra la oltaarraaAoit da 
^pia lafilta da an Cód^ panal, j aobra todo del Código pnniri m 
tormaáo en nnealtas prorinelaa de Ultmnar, obata á U aaaaaj^n 
toe ae pretende. Máa difereneiaa kay en el teden eiTil (povqna al 
loa tribonalea inieriorea de Ultramar aon lo niiamo qne loa de .te 
Mnínanla, ni la organización del notariado ea idánUaa, ni aUí^al- 
g«ea la ley hipotecaria, ni la del matrimonio elTtt, ni oftraajéa 
acentuadísimo ear&eter), jr ain embargo, no aolo existe el reenaao 
de eaaaeion cítÍI, alno Í10 produce buenoa aiiMtoe. Adeesáa, la 
manera y condieionea pcéattcaa del reeurao de casación criminal, 
planteado en la Península por la lej do 1890, baatan por ai solaa 
pava obviar loa inconTcnlentea á que íuto que «tender el real d»- 
ereto de 1855, dando al Tribunal Supremo facultadea pare exami- 
nar él fondo de los negocios civiles, en que «habla lugar» é te car 
aacion de la sentencia recorrida. 

por último, es cabido que por el ministerio de Ultramar aaAá 
nombrada una comisión que tiene el encargo de proponer dentfo 
de un breve plaxo las reformas necesarias para llevar á nuestras 
Antillas y á las Filipinas el nuevo Código penal, y ea de creer que 
quizá dentro de pocas semanas el trabajo preparatorio ae haUa 
concluido. 

Pero desde la presentación al Congreao de la proposición da 15 
de Octubre hasta el dia ha ocurrido la promulgación de la ley de 
enjuiciamiento criminal, en cuyo título VI está incluida la ley de 
casación criminal de 18 de Junio de 1870, con algunas modifica- 
ciones que afectan á la organización del Tribunal Supremo, lo 
cual aconseja que para evitar complicaciones y excepciones que 
solo tendrían por base las provincias de Ultramar, sin que la nece- 
sidad las abonase, se sustituya á la ley de 1870 el título VI antes 
mencionado de la ley de enjuiciamiento criminal de 22 de Diciem- 
bre de 1872. 

También la comisión creía que para que el recurso de casación 
prosperase, era preciso llevar á las provincias ultramarinas la ley 
provisional sobre reformas en el procedimiento para plantear el 
recurso de casación en los juicios criminales «de Junio de 1870;» 



porque mtft le? do salo es un prog;roiio eonaideraMe en cusalro 
prooedlmleato, y prograeo eompulllile «on la orgnnliBClon acluil 
de loB bribuDBle* de Ultrunar, ■! que un precédanle obligado j 
«na beae i]eceMn<i parala casacioa. 

También eatn lejr banldo derogue por le de enjuiciamiento ori- 
stlnal de tB12; vero la comlBion insiste, á peaitr de esto, en sn 
pltmltlvo propósito. No se crea ella con bcullodes bnetentoa para 
preponer la astenelan t intrainnr del CAdlgo completo de IBIÍ, y 
vveUte, porque esÉbviD, la impoBlblUdftd de- entrewMarUilu- 
tleUo ó tal eapíCnlodeL cuerixi lotol de estalar|^7 detenida ley. 
Atiéneae, por tanto, í lo que es de su competoscia, á lo que naide 
lodft necesidad, á lo que, en ña, no podra aer nunea an obstáoulo 
para que se lleven i Puerto- Rico, Cuba y Filipinas otrna roformai 
y entre estsa esa misma ley de enjuiciamiento criminal de 1873. 

Por todo esto, la oomlsion que suacriba tiene la boare de pro- 
poner ü Ui ASamblBii nndonal lo alguiente; 

Artioulo I.' íia deelamn vigentes en las Islas de puerto-RlM, 
Coba y Filipinas: 

Primero. Ce ley provisional sobre reftirmas en el procedimieo- 
lo para plantear al rasurso de eaaoElon en los juicios criminaliza, 
que ri^ en la PeainsaU desdo el 18 de Junio de 1910. 

SeiTundo. Bl tlt. VI de la le; provisional do enjuiciamiento 
criminal vigente en la PoDinsula desda el 9! do Diciembre de 



la interposislDo 






Los plazas que en este títtilo se ma 
del recurso da casación por iarracciun de ley y el de q 
tío lod bllos de Ina .\udíencÍSB, se aatenderán á seis m 
Puerto-Hieo y Cuba, y un aBo para FUiptaes. 

Igualen plazos Be entenderán para la comparecencia de tas par- 
tes aaw el Tribunal Supremo en los raoaraoa por quebrantamien- 
to da forma. 

An. 2." Bl Oobiemo tomara todas las medidas DaceearisB pan 
el cumplimiento del articulo anterior, que debarll aer erecLlio en 
Fuerto-RIco y Cuba antei de 1,* de Julio de 1873, y en las la'as 
FlUpinaa antes del 1.' de Octubre del mismo año. 

Palacio de la Asamblea nacional 13 de Pobrero rio 1873. — An- 
tonio Ramos Calderón, presidente. — Arturo Soria y Matn.— José 
Psaundo CiBtron.'-UaTiiino .^raaa.— Bl Marques de la Florida.— 
José de ItseorlaiB. — Rubial María de Labra, secretorio. 



370 



m. 



LA CASACIÓN CRIMINAL. 

Proposlclott d* ley, del 8r. Labra, dedarando vl- 
l^nte emlaslalas de Pnerto-RIce, Coba y IU4^* 
aas la ley de ea aaeion orimiiialque rige enlaPa- 
nfnenla. 



LOf Diputados que snacrlben tienen U honr% de proponer tu 
Congraeo la sigoiente 

PROPOSICIÓN DK LBY. 

Artíoolo 1.* Se declara vigente en laa ialas de Paerto-Rlco, 
CnlMi y Fillplnaa la ley de easasion erlmloal qué rige en la Penin- 
aula. 

Art. 2.* Bl Qobiemo queda encargado de tomar todas las me- 
didas necesarias para la aplicación de aquella ley , que comenzará 
& ser electiva en laa provincias ultramarinas de América antes de 
1.* de Febrero de 18*73, y en las Filipinas antes de 1.* de Junio 
del mismo año. 

Palaoio del Congreso 15 de Octubre de 18*72.— Rafael María La- 
bra.— Antonio Ramos Calderón.— Marqués de la Florida.— Bsta- 
nislao Figueras.— Félix de Bona.— José Facundo Cintron.— Joa- 
quín de Huelves. 



.iV 



REFORMAS DE ORDEN. GIVE. 



I. 

Proposición de ley, del Sr. Cintren, declarando vi- 
gente en la isla de Puerto-Rico la ley del Regis- 
tro civil, vigente en la Península. 

Los Diputados que suscriben tienen la honra de someter á la 
deliberación del Congreso la siguiente 

PROPOSICIÓN DB LEY. 

Articulo 1.* Se declara vigente en la isla de Puerto-Rico la 
ley del Registro civil, vigente en la Península. 

Art. 2.* El Gobierno queda autorizado para tomar todas laí 
medidas necesarias para el planteamiento de la citada ley. 

Palacio del Congreso 6 de Noviembre de 18*72.— José Facundo 
Clntron.— Rafael María de Labra.— Luis Vidart.— J. López Puig- 
cerber.— Mariano Araus.— José Fernando González.— A. Alvarez 
Osorio. 



II. 



Proposición de ley, del Sr. Cintren, declarando vi- 
gente en la isla de Puerto-Rico la ley de matri- 
monio civil que rige en la Península. 



Los Diputados que suscriben tienen la honra de someter al 
Congreso la siguiente 

PUOPOSICION DB LBY. 

Artículo 1.* Se declara vigente en la isla de Puerto-Rico la ley 
de matrimonio civil que rige en la Península. 



m 






PilMio del OoBffrMO 8 de MOTicmbre de 187$.— joié Feeondo 
dntron.— Raíhél líarlft de Labn.— Luis Vidari.— J. Lopeí Paig- 
eerber.— lUriaoo Anos. —Jote Penando QoBialei.->Axi{bal Al* 
tareí Oaorio. 




Propofldcioii de ley, del Sr. Alvares Peralta, para 
que & los Senadores y Diputados de Puerto-Rico 
les sirva de credencial el telécprama del gober- 
nador superior civil al ministro de Ultramar, 
dando cuenta de la proclamación. 



Los Representantes que sosoriben tienen la honra de someter á 
la ^prolMicion de la Asamblea la siguiente proposíeion de lef, adi- 
ción á la electoral vigente en Puerto-Rico: 

Articulo único. El telegrama oficial pasado por el Gobernador 
superior civil de la provincia de Puerto-Rico al ministro de Ul- 
tramar dando cuenta de la proclamación de Diputados, servirá á 
los electos de credencial interina para tomar asiento, así en el 
Congreso como en el Senado. 

Palacio de la Asamblea 28 de Febrero de 18*73.— José Antonio 
Alvarez Peralta. —Rafael M. de Labra. 



n. 



Articulo adicional del Sr. Alvares Peralta. 



Los Representantes que suscriben tienen la honm de someter á 
la consideración de la Asamblea la siguiente enmienda, artíeol* 
adicional, al voto particular que se discute. 



9f74 

▲rtíenlo •Aieif>l^á• Bl telégranuí oficial de los OoberaadorM 
d* Ctnarias y Poerto-Bioo ,- dando eaenta de la proclamación de 
loa Dipatados eleetoa, aerrirá á estoa de credencial 7 acta pro- 
▼iaional para tomar aaiento en el Congreso hasta la constitneion 
daflnitlTa de la Asamblea. 

2»aUcio de la Asamblea 9 de icario de 18*78.— José Antonio Al- 
Tarez Peralta.— El Marqote de la Florida.— Biignelde Roza.— José 
Ajmso.— Ra(kel liaría de Labra.^ Joaquín María Sanromá.—Aare- 
llano de Bemeta. 



APÉNDICE 



Tras 1u proposlcloBfla, proyectos de ley, clletáinenei de eoml- 
«ionyaUQ loyea deü ni Utos que Tan publioBdoB] en este libro, 
•roamoa oportuno ¡aaerlar dos documanloa qua, iuotoa con lo ley 
muDlclpol y la ley de abolición, coaatltiiyaa hoy el derecho polí- 
tiui de Puerto-Rico y una verdadera Constitución colonial, Hilp«- 
rlor & la enai totulldad de loa conocidna en el mundo. 

Betos doraraentos, son Ql durato de orgnniítBoloD provincial, 
feeba 27 de Agosto de ISIU y In ley de 6 de Agosto do 1813 que 
ha llevada á PaerM-Rlco el título {iiimero de Is CouBtituoloD ea- 
paüola del 119; esto es, loa deracLos aaturalea del bombre J el bd- 
tiBgio unlvarasl. 

E! decreto de oigaaiznalon provlDClal no titt obra ds loa dlpn- 
tidos radicales ds In peqaBlL» AntUla. Solo al Sr- Padlal perleae- 
«jb k tas Constituyentoa del 6U, y á él y fi los Sraa. Castra, BieO' 
riaia, Arbiiu 7 Valdús Lloaras, as deblfi muy HeBalsdainenta 
Bquella leaDlueloii. 

I.B ley de IBIS pnede decirae que es obra de la antigua dlpnti' 
Oioo radical borioquense, porque de aui individuo» olior» oeup*- 
>>!□ IOS eacBQoa del Caneieso los Sres. Ayuso, Cintros, Oarela 
UaiUn, Labra, Psdlal y Sunromñ,— con más loa 9ras. Cocotudo, 
Bathancourt y ¡tegldor, proaentai en los motaenlos diflcilÍBlnaa 
■n que In lay fué volada nomlnalmente ¿ despacho de las ialrlg«s 
de los eonservídorea, qus en la Cámara repnhliaana pretaadioa 
TTiprudueirlBqueinluntnruD an la Asamblea Nacional cea la ley 



S76 

Adüiiái, él projeeto fué epnialtado por el dlgnMme Sr. Mtor, 
mlniftro de ültremer (liiista ahorm él mee demtemta, el mee de- 
cidido y el máe eoneeeaente de loe que ben dirigido nneetra poli- 
tlee eolonlal) & loe.dipat!Pdoe pnertik-iiUipelj^ y á eetoe ee deben 
•eí U redacción del prof telo eemo el inMM>a1o y el articnledo 
del dlctáinen de le eomieloB qae el fin foé 1^, y^oyo trinnlb 
eedió al Sr. Labra á pronunciar las palabraa ten aentidae como po> 
líttoas, y tan oportonae como aplavdilaa, que cierran eete libro. 

Por último insertaremoe el artículo critico que aobre loe Dipu- 
tadoa radiealea paerto-riqneAoe publicó el periódieo La Am^rlee, 
el 28 de icayo de 18*78. 

Ahora he aquí loe primeroe docomentoa referidos: 



I. 



ORGANIZACIOír PROVINGIAL 



Re^>eeto del decreto de organización provincial -creeo^oa opor-* 
tuQO reprodacir aolo el preámbulo, por laa mismas raxonea^qae 
tuvimos para hacer lo propio respecto de la ley municipal. 

EXPOSICIÓN. 

BeAor: Bl decreto sobré la organicaeion ptOYlociftl de le isla 'de 
^MTte-Rieo que tengo el honor de someterá V. A., üe esttáS, 
como el proyecto de ley municipal, que el reflejo de la ley de la 
Península. No podía tampoco ^ser etraeesa, puesto que el'preeep- 
te^e las Oértes Constituyentes tmponeal'Qebiénio lá óbHgáolQ'n 
de hacer extensiva á Paerto^ioo con las modificaciones que elrti- 
mara convenientes en vista del proyecto de Constitución, la ley 
que acababan de adoptar para la Península. 

Basada esta en un elevado espíritu desoentratlxador, y^nao- 
nitadas en ello del modo que la sabiduría de Its Cortes halló má- 
oportuno, las fiacultades del poder central repussestedo por el Oo- 
bemador, con la independencia y vitalidad de los intereses pro- 



ntlceiiw darinnrordeiRTTolln á «itM extremos y panorLi» en bt- 
moalB eon 1)is sondielonsa mpeelales de BluellB bla. \ ta dialan- 
'cIb é qQn áe Ib T^ímuIB aa saouentran tna provInc^BB Ae Kmifí- 
Ct, Ib vida local reelsma pn» bu desarrollo udb Independancte 
'cMfaplats en Ib dlreceloa de loa Intereses ; en la ^sUnndeam 
negocios espeelBlei, y Miga en CEmhlo aun eoneeotraeloii mfts tI- 
goToStty una seolon raét daesralniriiiorlB y niSa enérgloii de IM (a- 
«ullikdBB dal poder eentml SI qne 11 osla repi^HenW. no pudíendo 
'Mina en la Fentnsuln InipIraT^e & onda Ínstenle en el tiensdmtan- 
to del Soblorno pBTB aa^lrlnsVRdnciiines qite Mdoa loe diai 
ocurraa bsIb ildD de los pueblos llbrM, y no ilatlínd»ie npoyA- 
do pop ol tamedlnto oonWetodol poder, ni dirieido por la eMíon 
de] Oobiarno, naceait» ealar revestido de fioattadea quo no se 
eomprpndorinn entre ooaotroay quo Bon Ufllsiioiisiitilos en aque- 
tlBB pfnTineiBB. 

A este ponto de vista general obedecen lea modlflcnelunes qae 
eon TBlnflion 6 ts ley de la Penioíula eneierra el proyoato qae 
tango el bonOT da eomaterA V. A. Así, an el punto mlLi impor' 
tsnte, qne os ea ol debe atribaatones políticos del nobernador 
BdernÜB del derecho de publienr laa lejos, dictar ton bandos, Im- 
poner innlUa y reelEmar el auiHio de la fuana armada, Be la cu- 
torliHporn suspender !ns BBOclaolones que oompromotnn lo eagu- 
rtdnd drl Estado y cerrar los oetobteoimientoi da anaaSaiiía que 
ee encuentran on el álamo caso, para convocar la juntada antO- 
rldedoa, para suplir la eecioa de las corporaciones popillnrea 
eunnde esta no seo. anflelento, y ndernts para anapoader lOs da- 
aretes del Gobierno y do otras aatoTldadea, aanqua con los nqnl- 
sltoa, Itmltnolones y fímlulas oasesariaa. 

estas fticultadss es tan elnra qua no neoealtn Mv 
mentarlos: ellas aoD las atrlbneicmea que sompeten al OoMemo 
-«eatrnl, y que cree necoaarlo delegarlas para qu^ sonn eileace», 
pues para nndo aervirtan si hubieren de ejereltine desde la eapf- 
tnl del rolno. Solnmento ofrece nowedod la que «e reflora al daré" 
oho da suplir la acción de Ina corpomelonea popularos coneeáldi 
«1 oohemador; poro ae eomprende sti raion al -ver con cníota fra- 
caencla im la paofnsul*, y aun en sus eludnJes m&s ImiioHjintMi 
al Danaanclo, Isi diScuUsdes A lapaslon poUtioi detienen en rí» 
ninehiaes la vida munlofpal A proVindlB], ftiaDtBsda todslaiiDU- 




^f4H «oeiaL A prarenlr itU CMib 4«v^ifir toi «riuif^tM^iiQl^ii^ «q 
extraoM peliffrófM «a l«t.»)ter«i dal v^gimeii da UtMrtí^ UieBd» 
•w dltposieioii eomlgnada man 6 menos detalM«flgi«|i^.aB todas 
BOMtras layes monieipalaa y jprovlnoialas. .Ba.auaBto al, dateebo 
4a auspander las ordenas dal Opliiatno y da te damáa w^toridife- 
das, aa nna medUade prudaneia que, garantizada ean Xoareqoiai- 
ioa da qoa sa la rodea, no poeda oficecar sino ventajas. 

Por lo qna basa á la Jnnta da antoridadea, Un . eonpcldlk en 
nnastra legialaoion nliramarlna y creada en la lay do óidea pú- 
bUao de la' Peninsnla, ea un reoorso sopremo en elrcnnstanelaa 
axiraordlnariaa y nna garantía del aenardo en los oasoa síiáa difi- 
eiles, para lo onal ae compone de todos los elammitos da repraaen- 
tadon, de autoridad y de vida del país, y se da .entrada en ella 9\ 
Vicepresidente de la Diputación provli^cial. 

I«a importanaia del Oobemador superior ci^vü en astss provin- 
cias exige que saa sustituido por el Intendenta, y que ad^máa an 
ningún caso puada auaantarae sin el exproso mandato que le au- 
torice & salir do la iala. Asimismo se ha craido oonvenienta y ne^ 
ceaario para la buena adxnlnistraoion establecer un aistemaea- 
peciai de recursoa de alzada contra los actos del Oobemador, ya 
para ante el mismo, ya para anto el Ooblerno supremo. 

De la misma fuente emanan los facultades administratiyas con- 
cedidas al Oobernador para trasladar los funcionarios, suspender- 
los en casos necesarioa, imponer multas á las corporsdones y á 
los mismos funcionarios dependientes de su autoridad, y suscitar 
Isa competencias que fuesen necesarias. 

La aplicación de eate principio exigia como su Inmediata conse* 
oueneia una extensión análoga de laa ibcultadea de la Diputación 
provincial para atender á la misión que se la confia. Por esto el 
Ministro que suscribe ha creido necesario dar más ampjlitud á laa 
atribuciones naturales de una Diputación, detej^minando especial- 
monte todas sus facultfdea, y autorizándola para dictar medidaa 
de carácter general y obligatorio sobre instrucción, obras públi- 
cas, bancos y sociedades, así como para contratar empréstitos qua 
excedan de 250.000 pesetas; pero estas medidas exigirán la apro- 
bación del poder legislativo ó que esto deje trascurrir un año sin 
revocarlas, en cuyo caso se entenderán dennliivamente apro- 
badas. 

Igualmente podrá la Diputación presentar para los cargos ecle-< 



I 
I 



319 

iiormar aobre el eBlaMeoiroiento de a 
proponer la traaeloa 6 la modifloneion de los artítrioa y reeimoa 
localaa, y, en anu palabra, tomEír la inioíatiTU en ludas squollat 
cnestioaes que, aun cuando de competencia exclusive <lal gobier- 
no, neceBiten rerormiis que paodan cenYenlr alliiien régimen de 

I.ft organización de la Comisión ejacutlvR de Ib Dlputaoloa sutro 
Umbien una modiSencion ímportRiito. Los Comisorlog lo ser&n 

'os ajecUCaroa; Idc» que tin ¡lareciilo niAs p^ctica en aquella Isla, 
donde las tnstumbros nmerlonnas otrooen ojemplo tácil da imitir 
y Sililloa convenientes da inlrüduciT, Al mlarao tiempo, y á fia de 
eomplotnr laa faoultadea da la Dlputndon, se le reconoce la de 
innntenarla integridad do bu jurisdicción, estnhleclando al efecto 
las competaoolos quo por defenderlas creyera oporlunuB. 

Fuen do astBB difirancios, que oíradecan al prinolplo nntea eon- 
ilgnBdo y que son oonsoouencia del piTyeclo da Conalltusion pro- 
lontado, lo loy provincial paro Puerto-Rico reflsj a flalmanto la» 
diapoalctnnes Bdoptsdns an la Peninsuln. 

TrI es, aeSor, el cuadro de la nueva orgeniísclon ptovincial ds 
PBorto-Rlco| lo cual, fundándose «n la poderosa ytdn municipal 
qua crea el decreto yaaproliído por V. A., permite esperar ni líi- 
nlatro que suscribe el desarrollo lio la actlTldnd y del progreso en 
aquella provínola ospnSola, Lns anUgUHS erllloiva dlrig idna «I Bii- 



a fundndo de 



la arbitrarle- 
absofila y 



il espirita i!e la 



tema oolaninl ospaBnl 

dad de In^ outoridoilea, del otro on la centnilzi! 
«iBgerada de In viiio lOlonlsl. Al concluir con es 
modificar profundamento la vida colon! ni según i 
revoluelon de Sotlemhre, solo tuibla dos cominoa 
Independencia oomploln de Us autlgusa eolonlBa, i 
oon la metrópoli, llomftmlolliH 6 la parliolpoeion deln vida nndo- 
n»l. La Cimera Constituyente hn Adoptado este último cnmino, y 
al Ministro quo suscribe aoio la toca procurar Interproinr fialmen- 
io eleapiritu de la AaBmblen Boberana. ["aro al hseo'lo hubler» 
ildo preteuHion injualiRcsdn querer igiiolar en un todo la vida 
de una provincia unid» al eonliuento amorinnno y Éoparadn del 
europeo ¡«r la inmonsidad de loa marea, ain tenor en cuanta laa 
eoDdlelonea gaográDces, an lilatorin, bus tendencias, aus simpa- 
I, 1.a arimllacioa otí entendida aerla Ln muart* 



ate 

9é ítodo Mpíriia UmÍiI, j óbtigiria ál eabo á afian^on^r ún 'dírU* 
ibÍa qae, á ídena de MmeJanxM, aaalwriá por quitar el oarábiet 
pít^o y pecaúar. itra, puet, preeiéo al establééér ésleédktemá 
dejar toda la éépanslón poélble y todo el deiarrolló ádÍ&s vigoroso 
,á ioe elementos de la vida propia loéál, yk\ mtinño ileinpo nacer 
entrar eete nnoro desarrollo dentro de un eireulo logial dónlie la 
arbitrariedad no te conoelése, y donde al inimno tiempo lá áci^on 
del poder central' solo ee ¡Antíem para él bf éñ y áó sé la ' enoon'- 
iiaae nanea en el camino del deearroUo y de la vida propia. Para 
éUo el Ministro que soscribe lia comprendido de la manera que 
acabo de exponer á la consideración de V. A. la organización de 
la Diputación prorincial de Paérto-Rlco, y al mismo tíéinpó ha 
boaeado en la soma dé facultades y de medios que la autoridad 
central conserva la mañera dé hacer indisoluble el lazo de uhibñ 
oon RspiÜa, y de cóñrertir al mismo tiempo en fuente de Ibenefl- 
cios la fuerza y la energía del poder central. 

Ciertamente que el ensayo de este régimen ño carecerá de dlfi- 
cultádes; ciertamente que al plantearlo no faltarán descoñnañzaáy 
no escasearán instantes do desaliento, no dejarán de hallarse dí- 
ilcultades: no se pasa de un régimen centralizador y alisorbente 
á una yida de libortad, sin crisis más ó menos difíciles; pero como 
para suplir la (alta de actividad 6 de energía por una parte, y para 
reprimir las manifestaciones de la pasión ó los abusos de la mala 
fó, conserva el poder central cuantas facultades necesita, hay de- 
recho á esperar que la nueva vida y la nueva actividad de nues« 
tras provincias de América entrarán bien pronto en el cauce legal 
que se les traza, y en él se moverán con desembarazo, y prospera* 
rán con rapidez. En todo caso, y si el presente decreto no res- 
ponde por completo á este pensamiento fundamental, el ensayo 
que ahora va á hacerse, cuyo ensayo conocerán en su dGa las 
Cortes, permitirá apreciar los defectos y dará al poder legis- 
lativo el medio de remediarlos cuando con su sanción suprema 
venga á dar á estas disposiciones el carácter legal que necesiiañ, 
y sin la cual no tendria ni la consistencia ni la duración que su 
importancia exige. 

Fundado en éstas razones, el Ministro que suscribe tiene la 
honra de proponer á Y. A. la aprobación del siguiente decretó. 

Madrid 2*7 de Agosto de X810.— Bl ministro de Ultramar, Segis- 
mundo Moret y Prendergast. 



DEGBBXa 

▲ pt^vpan^ M. miniít^KP d a UUmmit^ 4«ifte wdA. con . el Cwr. 
Mijo de Ministrofi, 7 eiikfipndeoiieiiioia.de lo pmcofílQ enJa.dl9pa-L 
iieioiiicanilíorlii4.*djBUviey.p]Dyiiicial de, la. BenínauUi d» 90 
déieonHen^ ▼ensa.en di^CA«r qi^e» Bln peiiuielo de. l^ eltejB^.. 
eiones que laa Cortes CoMtit^yentop ^.cuerden ^n w di»., ee.eV- 
«9rve .desde. lueg« en l«.iflUdePaer!torBiicoeV«i8aieate deemto, 
Ia 0p)i|lerao y admiiOs^rfcioa de U_mie]iMi, 



n. 



CONSTITUCIÓN POXÍTICA. 



• r 



1.^ 

Proyecto del Gobierno. 



•Considerando qae el fandamento de la actoal situación políti- 
ca de la nación espa&ola lo constituyen los principios de la de- 
mocracia, cuyo primer dogma es el de «los derechos naturales del 
hombre^ anteriores y superiores á toda ley positiva:» 

Considerando que estos derechos están consacrrados en el títa- 
lo primero de la Constitución de 1869: 

Considerando que los títulos siguientes se refieren á la organi- 
zación de los poderes públicos, sobre lo cual muy esipecialmente 
están llamadas á entender y resolver en definitiva las actuales 
Cortes: 

Considerando que la cultura de la Isla de Puerto-Rico bastaría 
por si sola, si otras razones de derecho no existiesen, para procla- 
mar en aquel país todas las libertades propias de los pueblos civi- 
liaados: 



Oonsiderando que el Qobernador nperior de aquella isla ha 
«■timado que la sitaacion de la provincia exigía la proclamación 
de las libertades de imprenta, de reunión 7 de asociación, lo cual 
ha hecho coa 01 carácter de m3dida administrativa: 

Considerando que tanto estas medidas como la abolición de Isr 
esclavitud han prodncido la apetecible plenitud de sus efectos: 

Oonsiderando que unidas las raxones de justicia 6 las de con- 
veniencia, hacen imposible el retardar por un solo momento ni 
bajo ningún protesto la consegrocion y reconocimiento explícito 
de los derechos referentes 6 la personalidad humana en la culta, 
pacífica 7 leal isla de Puerto-Rico, 

Bl Ministro que suscribe tiene la honra de someter á las C6rtea 
«1 siguiente 

PROYBCTO D3 LBY. 

Artículo único* Se declara vigente en la provincia de Puerto- 
Rico el titulo primero de la Constitución de 1.* de Junio de 1S69. 

Madrid, 10 de Julio de 1873.— Bl ministro de Ultramar, Fran- 
cisco Sufier y Capdevila.» 



2/ 



Bictájnen de la comisión de las Cortes sobre el 
primer proyecto del Sr. Suñer y ley definitiva 
promulgada en 6 de Agosto de 1873. 



«A LAS CÓRTBS. 

La comisión permauante de Ultramar ha examinado con todo el 
eepacio y esmero que le han sido posibles el proyecto de ley en 
cuya virtud se ©xtionde á la provincia de Puerto-Rico el titulo 
primero de la CouLtitucion española de 1869. 

La comisión acepta en t3dos sus extreoios los lumiuosos conai- 
demnios que ül proyecto preceden, y que demuestran que de hoy 



jjÁi 



iD&B el ministerio de Ultmmar ae Inspirara en du alto erltaria de 
juaticlB y de eipsnaíon, único qua paodo mantenur vivo el aenti- 
mlento da la unidad niiclonal allende el Atl&ntico, único sullcleD- 
te & aasgurar, aa Bolo la integridad de ia patria, sr qus In raaüni- 
elon de lOB grcmies destinoe que í Üafaaa están resorrados en 
si mundo dsscnbterta por nueetroB gmndes neieganlea del sl- 
flo XVI. 

La eomiaion se oree, sin embirso, en el tuso da Intrajadr nt- 
suna modiüiiaeioii en el proyecto aometldu é. i>ii oi&man. 

Segtin el ort. 3\ de la Coiutituciún de 1869. se necesita una ley, 
cuando la ao^ridad del Bstajlaeiijala suspenHion de Isg garan- 
tlea conatgnadBB en los cria, a.*, 5.*, 6.'? lldel mismo código. La 
oottlalon no discute aliora la bondad <le eela doctriiin; ia conside- 
ra como lo^l, ; ae ocupa solo de ponerla en nrmooia con lo eiis- 
taate sn ullcamar; eata os, con todo aqusUo qne no pusde bor- 
raraa da una plomada, y cuya alnroaoiiien último caeo, BpreelarAn 
delenldamonle las Cortes, cuando aeaa llamaJiis 6, entender en li 
urganizBcioD de loapodorea de Dupalraa provincias traBallíintlaaB, 
desque aeiuejnnte punto no queda libremente entregado & Is 
Iniciativa da loa Itdtadua particulares dentro da la fodencion ee- 

roTque resulta, de una [larte, que dada la dialancia & que ee 
llalla la isla de Poerta-aico de la metrópoli, y la folta de contl' 
nuas y rfipldaa comunlcacioneti de entrambaa, aeri punto menos 
qua fmpoalbla, en ciertoa casos, que el crt, 31 sludldo aea porfBc- 
lamenhd ubsarvado, supuesto que, ú serlo, la ley votada por las 
C6rt«B llegaría ü deabom en algunas ucaslODeB. 

Por otra parte, loa [^bernadoros superloroa y cnpitnno» genorn- 
le« da la provincia da Fuarto-Rloo, si bien no ifoian de las facul- 
tades eitreordinnrtaa (por lo monos en bu |iIenUudJ de ijua trata 
In real orden de lUiñ, referente ti Cuba, dlbrrut];u de loita la 
«utorldad y da tudua loa mediaa Buncionadua en U rociipilHCion 
de ludias, principalmente en el liluio lll, Ubre III, lodo lo que 
es da dificil, ai na imposible, relación coa el Cúdlgo conetUucioual 
de leee. 

Conviene, puea, poner en armonía todas estaa dispon Iclonafl y 
linaer frenlo a los dii^cultades qoe la distancio, cuando múaos, 
tMdiia Boscltar i ios lecea- 

F^ra ello la comlilun ba tenido en euenlu las propoBiclonea da 
ley prese ulEuli;» á oslna Curias |K)r toa dignos Ulputudua de Vuvr- 



a». 

«do rtwWer ]M>dllMyMlPi4«l A^o^Aif « iiii.i^«9l^M;«il«k(ii> 
•IgVBa diflaiUTii.ii>;br6jii ftiiaif orgnnlii^imí de if» ^Q.;T0iifUfo 
á «tr BitfidflipaniwiiUrw tf »i i i jttá itt i > Q» dA la MeiMMoA.nHiyi^lA- 
Por mones análogai, la comisión opina qaa os de toda n^sfal*; 
dad.dar eiorVo di«»iifPiFiniítaW y oon él.oiey^pr«9i«Kmiá.<Hi of- 
tromo eonsigoada «n ék sogundo párr»ft>4el aiA. 8l,.d«toaAiiiando, 

lala7<}«Manp4b||fio.q!iielia:dao;agir.6D;Pmorto-RtMt eomfi an 
la Paniatnla, en elartoa j^.d«iterminadAta.c!aioa.. 

Bn. (odio esW.ftioAtda la^oonOsioQ po wna paa^d^iimatfnMV tíe- 
na la lioiiyra.de propones^ la, spcoteaiop. de laf.CértaaOGMtttM«> 
yiaiea el aij^uiAnte.diaWaiepi; 

Ariíealo 1/ Se,. deolaratTigeota en., la anodinóla'; de. Pnerlo-. 
Rioo «L iíiolo I dala.Oopfttiineloa de K* doj^miW da 1860. . 

Arjt< ft.* Coaadola MKoxidad del.B^^do^ en..eicia«alMaiaa.. 
eslmordloArtei^ esliaen la pr^yineia dePttdrU)rRiaois,M«paoaiopr 
de j» wntía» .oo n » i gae<ji m <wi loa artíonloi.ll.*, 5/:f 6..% y páipB/eat. 
pBUaQro«.ftegvuftdojr teie«o del l^^elffobecnador.SttpeslorlQ.poiiH. 
drá por telégrafo en eonoeimiento del Gobierno central, parftqoa. 
eate soUcUe de laa Cartee la 1^, 6 q«a Jtiaoe refbee nota ■ Ja Gonsti- 
tnelon en bu art- 81. 

ArW 8.* Bn ,el caso de que por intemipelon . de. eomuDieaoior 
nes telegráficas} con carieter de permanenciat 6 de larga, dorar 
clon, no pudiese ser cumplido el anterior artieulq^ queda autorl-» 
sado el Gobernador superior civU de la provincia para suspender 
laa garantías consignadas en los artículos 2.*, 5.* y 6.*i y párrafos 
primero, segundo y tercero del 1*7, á mónoaque la Diputación pro.t 
Tln^al en ¡ileno, á este etiacto convocada, y la junta de autorida-^ 
des, por mayoría de votos, no. fuesen favorables á la iadijoada. 
suspensión. 

En el supuesto de empate, lo dlriniir& el Gobernador supe-, 
rior civil. 

En toilas las ocasiones, el Gobernador superior comunicará in- 
mediatamente la resolución tomada y los fundamentas y circuns^ 
iancios del acuerdo al ministerio de Ultramar, para quédatelo 
trasmita á las Cortes, las cuales, por medio de una ley, ai lo esti^ 
Biaran oportuno, ratificarán la suspensión de garantías^ 



Id cnso negativo, 6 irjaeaiñáos treinta días desde \a fecha de 

U «uapenaion sin que liia Cortea bubieren tomado iisiierilo alguno, 

jotenderÉ derogada la disposioion (iBl Goteriiadof iuperior de 

j\. 4.' Para loa efactos del art. 31 da In Conetltueion, B3 sd- 
Unáará vigacta en la provincia de Puarto-Elco la lej da Ardan 
pñbUco de Í3 de Abril da 1870. 

Art. 5.* Qiieitaa derogadas Kidas ¡aa leyes y dlaposicloneH qoe 
de onaliiuler modo se opongan & lo consignada en ie, présenle ley. 

PalaDlo de Ins Cortea U du Julio de 1813. — Jo«é Ramón Fer- 
nandei. presidenta. — Manual Qarcín Murqute, —Manuel CoroliB.- 
do.— Bnriqíie Calvo Delgado.— Santiago Sjler.a 



Discurso del Sr. Labra. 



Hé aquí ahora les ¡laUbniB pronunciadna por al Sr. Labra en el 
Congreso da loa lilputndoa al proalaninrae In votiioiOQ favorable R 
la Ley antarior, el día do Agosto da 1873: 

•Bl Sr. LABRAt He pedido la palabrit, primero, para rogar & In 
Cámaro se sirva ncordar que se traamitn por telégrafo & Puerto- 
Rico el decreto- ley que sa ícaba de volar; j aegundo, para en 
nombre de la diputación puerto-riqneiiB, y creo poder decir tam- 
bién que en nombre da todos <ob liberales da PuerlroRico, rendir 
tqaí un p&blloo tributo de graoina 6 eata Aaemblea y li. asa no- 
blaroo quo han consagrado In libertad da íquellos Uerraa, trayeo- 
da myer t ean mesa y votando hoy con noble ectualasmo lo qne 
en adelanta podrü llamarse bUt de dercehtíáe Puarto-Iüco. fBln, 



Reooarde In Ciimara otro momento grava para este pais; rl mo- 
nento en qua á principios de este siglo sa hondia el imperio de 
EspaBa allende el AtlAntlco 6 Impulsos del movimiento separatlS' 



«ft. iSttlonoM Mll64el tear fle Vu AntilUs una'vox que dMtn'qoe 
ootlqiLieAi'qQii fa«rft Im waétimnmttUtL á BaipaRa en naétode 
«laelUui tedipiMMMf hUMti «aa Ma «Hite ^ «tta/y df^meate^á 
■egoirla por completo en bqb dias crlorioBos como -en "iiu Imnui 
tristes, aaf i'lts^aHuh» die loa trtirafM oalfao'á 4oa «ablamaB de la 
deacpnaoia. Saa ivs efa la dio P^arto^tioD (A^AmmMj^ y mics^rtta 
6B el que ahora me inspira al dirigiros estas palaibrliB. fÁt¡tM»»9^j 
Al miSBio tlempo^me he letaátado pera bácer itorrieñtes ^tos, 
por que el acuerdo toaadolM^ por la OáBsan reiMeim^ii'ioAovlas 
extremos del tdhüorio eaptíMí, asi como fuera de nuestra patria: 
para que aquellos que andan emigrados oyendo la tos de la per- 
turbación y del despecho, comprendan que no hay motivo, ni ea- 
cosa, ni preiesto pa^i no reconocer el imperio de España, que 
tiene el serio pensamiento, sório y honrado, de eonsagrar la liber- 
tad lo mismo en uno que en otro hemisferio. Entiendan, pues, que 
la Cámara se porta de una manera digna, noble y leal; nadie dude 
de la sinceridad de la República española: ¡que correspondan to- 
dos del mismo modo, y así fundaremos sobre sólidos cimientos la 
Integridad de la patria, por la libertad y la demoeraeial» fOran^ 
dét aplauaoi.J 



HL 



LOS rtPÜTADOS REFORMISTAS DE PUERTO-RICO. 



Por poco que el lector se cuide de los asuntos políticos, y mu- 
cho más si ha pasado la vista por las columnas de los periódicos 
-madrilaños en estos últimos meses, habrá observado la insistencia 
<Son que han Sido discutidos la actitud, los esfuerzos y los propósi- 
tos de algunos hombres á quienes, con fundamento 6 sinél,seatri- 



buya unftíntarvenelon aotlvB enioa grnvísimoa auEesoa nua tian 


ocurrido reci 


entamenta en GapaKa. Han cenauredo unoi In eiu- 


beiaaeleda; 




li«n hablado 


otros de la flpmeía da Bne propósitos, y da la petao- 


Teranda da i 


m» oatuerzoa; admíranaa asios de la juveacible uní- 


dad que han 


mantenido ea época como la nueelra de tanlaa dit»- 


.Tsneiss y tac 


.UiB difloultadea; aquellna pondornn su hubflidaa para 




dadef y sa 




pienaan unos 


1 que on flUB manos lian tenido la solución del prolile- 


aa. quila má. 


a ^ra ve y pavoroso da le potíUca espoBola, y otraa 


llesnn 6 dec 


Ir que Una ai.lo Arbitros de la suarta de toda la 


Tlda política 


de Dueatra patria; y, an Ha, mlantros loa primeros aa 



eatlanilaa husta á aaponarlns ea íntlmaa rataolonea con bombrea 
de la primera importancia del aitranjero, loa otros aseguran qu?, 
fi au actitud en la última Asamblea ae deberá el triunfo de la re- 
. pública federal sn EspsSa. 

Da aquí que las cauBuras aorran pareja con las alabanzas; pero 

es lo cierto que todos & une convienen en que esos liombrea eatfn 

dotados ds relavantia prendas de talento, de instruccioa, de alo- 

. cnenoia y de carícter, que su impottauda ea positiva, y notable 

el papel que ban deaempa&ado en )a historia parlamentaria da.es- 

toa Qltlmos tiempos. 

Por aato noaotroa, prescindiendo ahora dalas críticas, aln da- 

1 ddlmoa tampoco poi- [a cansa que representan, 7 aceptando finí' 

, Mwaate el hecho como un fanúmeno digno de especial menciOD 

le estudio, vamos S dedicar aatoa renglonea & eiponor alguoaa 

. btevíaluiBa aoticiaa respecto da aquallBS personas, cuya valía eo- 

i t¿ demostrada, aunque no fuera más, ciertamenta, que porlS 

I pertinacia y el vigor son que auB adversacloa ios combntou. 

Saos hombrea son los Diputados do ruarto-Klco. 



Sleho esto, convendrá advertir al lector de algunoa aiitececten< 
tea naceaarioa para la iDlel^euola del papal que loa oUadoa Be- 
prasantaatea desainpaüan. 



388 

Paerto-Rico es una de las dos islas qae á Espnfia qiedan de su 
▼asto «lomfnio de las Américas, y la nienor del grupo de las cua- 
tro Antillas mayores (Cal)a, Santo Domingo y Jamáiea). Tavo 
primitivamente el nombre de Borinqutn, y cuenta en el número 
de SQS glorias la de nunca haber hollado su tierra el extraojero; 
la de haberse gobernado por el sola, pero dependiente de Espafia 
durante más de medio siglo; la de haber reclamado y obtenido, en 
los aciagos días de la emancipación del contineoto americano, e| 
no separarse de la Metrópoli; y, en fin, la de haber pedido sus 
comisionados al Gobierno de Bspafia, en 186G, que, ¿ntes que to. 
da reforma para ios blancos, se hiciera la abolición de la eseUiTl- 
tud de los negros. 

Hasta 1831 Puerto-Rico suf ria en su organización interior, sal- 
yo en lo relativo al régimen de la esclavitud, las mismas altemap* 
ttvas que la Península, si bien el absolutismo no revistió en 
aquella isla el sangriento carácter que én la madre petria; pero, 
desde dicho aÜO; no admitidos en el Congreso los representantes 
de las provincias de Ultramar, quedó sometida, hasta 1868,4al go. 
bierno de la corona y á los bandos de los capitanes generales.- 

Es fírocuente confuniUr á Puerto-Rico con Cuba, sismas razón, 
sin duda, que el pertenecer aquellas islas al Archiplélhgo de las 
Antillas; pero el estudio de la economía de ambas no puede me- 
nos de evidenciar que las diferencias son tales, que, en ocasio- 
nes, rayan en el antagonismo. EnjCuba, por ejemplo, la esclavi- 
tud tiene una importancia capital; en Puerto-Rico ha sido una 
escepcion: Cuba sostiene casi todas sus relaciones con los Estados- 
Unidos; Puerto-Rico con las domas Antillas y con la América la- 
tina continental. Y como estos pudieran presentarse cien contras- 
tes que, más ó menos, se relacionan con la vida interior de sus 
respectivos territorios. 

La revolución de 1868 abrió las puertas de las Cortes espaüolas 
á los representantes de Puerto-Rico, y desde entonces no han fal- 
tado una sola legislatura, si bien es cierto que su importancia no 
ha tomado rulievo hasta esta segunda época. No se crea, sin em- 
bargo, que todos los Diputados por aquella isla han sido hijos del 
país, cHMosj como de ordinario se les llama: en este particular el 
error es frocuonte, como el suponer que todos pertenecen al parti- 
do avanzado. Verdad es que, cuasi en su totalidad, han sido refor- 
mistas, y hoy mismo lo son en mayor ó menor grado; pero cierto 



» tambten qns más t 



ulaíi'lu 



L dal pata, al lado de 1 



I 



I 



patün^ulBraa, 

pealallilnil de aaa rtsmostriulos asFVlcloa, 

Compfineaa lo iH|ialJolon da quiaca indlvldaoa; paro da eiloa 
solo han innrchado anidoa loa máa reaueltoa an pro da esta lema 
eaorito en bu handora: «It itOroiB oolouinl aobra la baga lie loa da- 
rechos aatuiitlss dol homljre. — Abolición da la eBelHvll.ud can lo' 
damn'.zacion 7 ola organlzaaioD dsl trabajo. — Complata y abaalu- 
ta. desea ntiMlliDciun admlalatcatlva.* 

Mas, S peaar del sentido domoBrttioo de 1e rovoluoion da IBSS, 
taa reformas iatroilueídas en la pequeña Antitla dlabnbaa mucho 
de aata pnigramn. Cun motiTO Ó sin él (que asi* no nos onmpete 
dipcutlr ahom) loa gubiarnoa d3 la Melrftpolt hiihinn hi^ho poliM- 
OB conaervariora, epoyáadoae, con eacepclon del úUtmo mlnlaterlo 
radical, ea loa eleaiantoa y al partido oonaarvador da la Isla. La 
BCtlvaí progiiíg-jinda da loa adveraarlo j da la reflirma edIduIciI taaia, 
por Canto, mal diapuealo el terraao pura. \a empresa da loa Diputa- 
dos qua Ib defiuJliin; y Is. acusación de que, sin quarorlu, tr^iba- 
jtiban por la causa d.'l separatismo, yaraonianto on Paarto-Rloo 
T cali voncila an Cubn, le^ carraba el caminu, conatiiuyonjo una 
de loa primaras dlflcultndaa que aquollos oeessltabtin vencdr. Por 
aitimo, ao eatraba por poco en el número de los obsláculoa la 
COmpUcaolüQ y grnvadad de la política ialarior dB Hapuñii, la cual 
Slempra eJtiirbarln al líabiorno para ealudlnr con oalioa y reaol- 
Tar ooa jui^lj cuestlonua poou conocidas, máxima ciüiudo aa da- 
ba á eetai miiyer ^ravadad que & loa relativos & la Paaiasula, A 
ladudublementa BiaDnazaban producir una ^mn perturbación en 
Id BUerta de la MjtrApoIi. La situación, pues, eraíaiiern; ae ro- 
quariaa especislÍBimas oondlciones, 7 en verdad que estas huí 
concurrido sobradamente en D, Rafael M. da Lnbra, D. Joaquín 
tí, Sanroma, ü. Lu;b Psdial, U. Jos» Alvarez Peralta, ü. Joaé Fu- 
onndu CíDtP.n, D. Uaanal Oercia Maltln, D. Aníbal AHaroi-Oao- 
rio, D. Joaó Ayuau, D. l'élis Barrell y D. Arturo Soria, de loa 
cuales Blnou pruOsJen da la Panioaula, ouatro de Puorto-RIoo y 
UDO de Cuba. 

Bl que mds trocuanteminta ha llevado Ir Toi de la diputación 
en los momentos críticos, 7 da baotio, cuando menos, tiene el 

lOtar do liiikr del grupo es uqd de ana m&s Jurones miemhmB. 

ra — que aste as su nombre — ao oudnia aún i'ó altos. IJaeldo ea 



390 

CuIm, 6 UJo de ptdret peninsulares, vino con ellos á Euroj;» á losf 
diez años de edad. En la oniverildad de Madrid hizo sus estudios' 
con gran aprovechamiento, dándose desde muy iemprano á cono- 
cer yentajosamente en los centros dentificos, como el Ateneo y 
la Academia de Juriepruéiencia. Hijo único, fuóle dado recibir una 
educación tan completa como eiunerada, pues al par qne cultiva- 
ba Us ciencias en los libros y en el aula, no desatendió el estu- 
dio de las lenguas y la música, y el etjercicio de la esgrima, en lá 
que muy especialmente sobresale. Pronto, se di6 también á cono- 
cer en el foro, con éxito y gran aproyechamiento de sus intereses. 
Como director de varias revistas, entre otras la Hiepano^nuriea- 
najSl Correo de ÉepaÜa, y como colaborador de los principales 
periódicos democráticos, demostró su notable competencia sobren 
los asuntos de Ultramar. En la cátedra del Ateneo, desde la que 
explicó en 1810 un notabilísimo curso de «Política y sistemas có- 
■ lóniales;» luego en las oposiciones á la cátedra de «Historia dé 
las posesiones inglesas y holandesas de Asia y Oceanía,» aquel 
mismo aAo creada en la Universidad de Madrid; y, en fin, en los 
debates por él sosteiiidos en el Congreso de los Diputados, cuyas 
puertas se le abrier9n en 1871, precedido ya de justa y merecida 
fama de orador elocuentísimo, le han dado la consideración, que 
nadie lo disputa en la España contemporánea, del primero de 
nuestros colonistas. Sus muchos escritos en favor de la reforma 
de Ultramar, y más que nada, su incesante esfuerzo como vice - 
presidente de la Sociedcid Abolicionista Española^ de la que ha ve- 
nido siendo el alma y el más activo propagandista, le han creado 
numerosos y fuertes enemigos entre los mantenedores del eíatu 
quo] circunstancia que ha influido, no poco, para que aun hoy se 
tenga, por muchos, un concepto por todo extremo equivocado del 
joven leader de la diputación puerto -riqaeña. Pero en honor de la 
verdad, es fuerza convenir que los últimos célebres debates sobre 
la ley de abolición para la Antilla menor y las negociaciones con 
fos conservadores á que aquellos dieron lugar, han desvanecido 
muchos de los erróneos juicios que contra Labra se han formula- 
do. Firme y tenaz siempre en sus propósitos, ha sabido, sin em- 
bargo, elegir el momento oportuno para las transacciones y sa- 
crificar la rigidez de los principios para el mejor éxito de sus em- 
presas. Amante de la pureza del sistema parlamentario, se ha «fe- 
locado, constantemente, desde que entró en la vida pública, en 



^ 



391 

Irenta de Ibh caistiSciicifmBB ; eampaneniJaB. Y ea efeoto, su pri 
mar dl^eursu en si Congreio fuá la seStJ dsl ruego contra el mi 
Hialetio da oonciUaoloa ila ISIl: eaaa&o on al parlirto rsidical, ei 
qua miliLaliB, predominó la idea do la oualiaion eUstoml, coa r« 
pubUcaoaa y carlistm, an caatra de los c 
luclon ds 186S, Labra bb opuso r 
aaa comee aaaclas, bd ua todo realizadoa: por AKima, desposa de. 
la, ranmicla de D- Amadeo de Sabaya fué partidnrlo decidido, en 
el InstanM, da un ministerio de republieanoB ií ta siitiiira, d&n- 
doaat coa sata motivo, la formucloiL «n ia úUima Asamblea del 
grupo tlninado de loa aoiidUadurtí, oaya reprea^ntaoioD lis venido 
ejerciendo el Diputado por Puerto-IÜoo eu al aano de aquella c^ 
lebra comisión permanente que tantas alarmas y pallf^raa ereá 
4 U ^toacion republicana de Febrero. De eata suerte, colocado 
m l«brn en el ailtnaro da nnoatrue primeroH orsdoiaa por su pa- 
labra abundante y bcUIslms,. su vaata Initraocion. ea talfjuto y 
eo, rú» funtaAÍa, oonaldAraaela también, en el día, an político 
prevlaor, Lábil é Influían le. 

Otro orador natnbilislmo cuenta lo Diputación de la paqwñs 
UUUa en Snnromá, ano de loe eoonomlatas más díeUnguldoa da 
Qoestro país. Psrtanaca di^eaieat.a k In pléyade ds loa Pustor, 
loaUocety loa Gabriel ttodrígue>. Catalán de nHClmiento, da 
nos loborioaldad poca oomun , y de envidiables dotes de talento, 
tía permaneciilo aitraüo al movimiento polítloo de nueetea pDtrlH 
hoBtB bace poeoa sSoa, en quo npnresió doutro do Itia Atas ouia 
avuizDdaa, y aceptando una dlr^Mlon aoentuadiuneDte lodlvldun- 
llalL Antas da asta 4poca hnbia obtenido ya por oposlalon varios 
clttedna para venir i desempeílu', por último, la da Historia ge- 
narald^ comprólo, en la escuela especial de Madrid. Ba al des- 
eiapeño de estapuaoda mnalllesto hus vRstoa y serlas estudios 
sobre asuntos coloalelesj y su oompetoaoU aobre eatns miittriiia, 
hí ha vali.Io, sin duda, la repreaentoDlon de Fuerlo-Kica. Pero sus 
BMlorea t mis brillaEttas trtunbs los ba conquistado Suiromü en 
tlAlcnio, eaütSacíídadlibrtdt teOnonáa poliiíia, aa loa nnwtíntit 
libre-oamblalaade la Bolsa yealos da la £ucúdad •IfiuIicfaHlftu 
E^paiola, de la cual ba aldo tamblan uno da los primaros y müe 
decididos aoatenadures. La palabra de gtuu'om& as «legante, atil- 
dada, quhá demiisiado e&uiitli» y agresiva para las UdM parla- 
mautarlaat por lo quD frscuentemants te empeña ea l]ntBJI&Bi[ue 



3» 

•iempre ton muy reAidms, paes no ta pnela de oomplaoieiite y 
mirtdo eon el mdveraario. Bu cambio, ee qaf2á el i»7imero de 
nvettroe oradores par* las reantones popalares: el efecto deta 
paUbra en ellas sorprende y maravilla. Pero más quizá qae como 
orador, siendo eomo es Sanromá notabilísimo, vale como escritor 
público! alejado de la prensa diaria, ba colaborado, sin embargo, 
en casi todas las revistas políticas y científicas más repatadas 
qae ban existido en Bspalla en estos últimos tiempos. Sa notable 
instmccion y su competencia, también incontestable, en las 
caestiones econ6mÍcas, le abrieron, con la revolncíon de 1888, 
las puertas de la snbsecrataría del ministerio de Hacienda, A 
donde pasó al respetable cargo de consejero de Bstado, qae bey 
desempeña. 

Padial, hijo de Paerto-Rlco, pertenece á ana de las femilias más 
conocidas de la isla, y ba sido educado en el colegio miUtar da 
Toledo. Apenas concluida su cerrara, pasó á su provincia, desdo 
donde partió para las dos campeAas d^ Méjico y Santo Domingo. 
Pero la vehemencia de su carácter, ó quizás los trabajos de sus 
enemigos, le forzaron á regresar á la Península, cuando en esta 
comenzaba la conspiración que dio por resultado el levantamiento 
militar de Villarejo de Sálvanos, en 1863. Comprometido con el 
general Prim, tocóle en suerte hacer el movimiento con González 
y Campos en Avila, y fracasndo este tuvo qae huir á Portugal con 
algunas compaüias, constantemente hostigado por las tropas del 
gobierno. 

Dos afioB duró la emigfraclon, á cuyo termino volvió para 
encargarse del mando del batellon de cazadores de Madrid, 
mereciendo la absoluto confianza del marqués de los Castillejos. 
Siendo coronel, la pequeña Antüla le nombró su rapresentonte ón 
las Constituyentes de 1869; y desde entonces no ha dejado su 
puesto en el Congraso, obteniendo el alio anterior el empleo de 
brigadier, y uno de los cargas de más confianza de la administra- 
ción militar, compatible con el de Diputado. Últimamente ha sido 
destinado por el Qobierno de la República á las órdenes del gene- 
ral en jefe que opera contra las huestes carlistas de Catnluüa. 
Conocido por la fogosidad de su carácter, ha representado cons- 
tantemente, á lo menos en la vida pública de la diputación puer- 
to-rlqueña, el elemento más ardiente. 
Bien al contrario de Padial, el doctor Alvaraz Peralte reprosen- 



393 

M'an* oompeBeme, el matiz másconeflíidaFifiqüelellev*, 
iln duda, uan lerpí esperionslo ila In vida, — Tíchaole aua ailemos 
amlgoa de poco político, por eiCQBo de contemplBClDnes; y es pru- 
Iwblo qaa no na equlTOquea , paro nadie podrí negar * Alvares 
Permita talento £ fnstracelan. — Nacida en Pusrto-Rloa, vlnomu? 
jfiron 6 Madrid, donde, non al ílnstre BarulB, rondó el peflódíeo 
SI Sielo, uno ds loB Bifis entibos adalides de la idcn demaoT&tlaa. 
Bn 1654 fii6 con una mlaion diplomática al 5iiovO'Mundo, 7 allí 
permnneció bnata 1864, Blando aso de loa autores da la anexión 
da la Antigua eapaBola. Bn todo esto tiempo so dedlcfi fi tos eatu- 
dloB natnrales 7 da ñloaoria, obtealondo 01 titnlo da doetoT en 
nedicloB. tntimirmaale bs sido nombriula pera representante de 
Eapailí en Bueuoa-AlreB. 

Blllcenolndo Cintren, aunqoa 6l inásifiTea do los Dlpuladoi 
puarto-riqueaos, pneato que apeuns habrfi outnplido 53 años, dla- 
tlngneae por la asquisil» esampuloaidnil da bu trato, y pur la re- 
aolntíon son qiie afronta laa difleultndeB que le suscttn hii empra- 
Ba. Bljo de uTiD de laa QimlliBS mis rlcaa del pafa, be becbo aua 
estudios en la Universidad do Sevilla, aianilo represoilnnta da aa 
provincia en Iraa laglslaturaa, y aesretario de la comisión eneaf- 
gads, de redoctnr el pniyeeto de ley para la abolición de la escla- 
vitud en la pequeSa Antilla. 

Otro hijo cuenta esta isla eo bu Diputnaion, que baca bonornl 
pela, por el celo, por la actividad 7 por los iannitoa recuraoa da 
que dlapone pare la vida social. García Martin es unrtatqfno 
Biliunno de la Escuela da Comlnoa, Canalee y Puertos, bacendado 
da Pnerlo-Rlco, y, í pasar da asta cironnaUncia. partidaria de la 
abolición de le esclavitad. Fué consejero de administración da 
aqaullB lala, en cuyo puesto ea caplA la estimación de loa princl- 

AlTereí Oaorlo, m6dfco de la Unlveraldnd de Sevilla, -viajero 
nnlvereal por espacio de sala bBob. y 
mando, entró en le vLla politles en 1 
que tuvo gran aceptación por lo bien escrito 7 10 iicenluado de an 
■IgnUlcacioD política, 7 qua titnI6 Laa Círiu. Unido el partido 
radical ocupA un puesto elevada en el ministerio de ultramar; 
dsepaee fné nombrado Oobernudor de Bilbeo, y, állimsmeiil«. 
Director ganeral de BsUdfstloa, Agrieultars, Industria y Comer- 
tío, porta qns tuvo que dejar tagaraneia de otro nnevo perl6dloo 



ubre vordadernmonto do 
. fundando un periódico 



qo* hftbia foB^do» lato mwim Antat» con el titula da ¿aJVtifiHi» 



AjQio M un hoalire de^gran ptcioii. politSoa^. afiliado áf^mojr 
toapraao en el partido piogreeiata de Uk Penijunüa 7 oon . él cual, 
ha corrido todas Ua vlolBlUidaa. de eatoa 'últ|aM>a a&oa. AinlgOr 
mosF Intime do Buiz zozrUla,iáé eneaigpdo po? tete- 6 pHnc^giioi; 
de 1872, de la aeoretarla del QoUezno Superior Cl^il da Ifoorto*» 
Rioo. La oondootade Ajnaa en eate poesUs celebrada por loa^re*- 
ftmniatas, Imsta t^ ponto de babetlo favereelda coa k^ repreaanr 
taeion mk Cortea en la primer meante, qne oouríó deapua? de la» 
últimaa eleceionea generalea» ea todavía objeto de lancfluanra». 
máa terrlblM por parte de Umconaervadofiea) (toienea paedja daalx^. 
ae que aobre 61 han condenaado todas sus iiaa. Resultado da^atí». 
ftió U* traalacion de Ayuao á la Peninaala, ¿loa oelio meaea.de ba- 
bee ido 6 Puerto-Rico. 

Bl Dt. Borrell ea un anti^pio j- conocido demócia/tat duelio. da 
uno de loa prhneroa eatablecimientoa^ üarmacóutiooa de BspaSa». 
Bn aquel concepto fa^ concejal y teniente' alcalde de ICadrid desr^ 
puea de la revolución de 1868, 7 Antee habla temado una paste^ 
activa en laa luchaa políticas contra iaunion libenL 

Por último, D. Artaro Soria ha aklo, como Ayuao, secretario ' 
del Gobierno Superior Civil de Puerto-Rice, después de haber 
ocupado otros puestos adminiatrativos 7 poUUeoa en la Penínsu- 
la, en los que alcanzó merecida reputaciout ^bre tpdo por la 
energía de su carácter, bien probada siendo secretarlo del Qo* 
biemo Civil de Orenae, al afrontar laa dificultades que le suscita-* 
ra la insurrección r^ublicana de 1869. Estaba afiliado en. el pai^ 
tido radical 7 hacotrido en un todo. su suerte como, uno da. sos. 
más leales soldados. 

Tal es la Diputación radical puerto-riquefia de la» tÜtimas>C69- 
tes. Como se vó^ en ella asisten todos los matices 7 UAa> notable 
vatíedad de aptitudes. Dos condiciones, sin embargo, pueden sa» . 
Salarse como comanes: el talento 7« la resolución. SI á esta se 
junta, como sucede, una admirable disciplina,, se comprenderá 
perfi9ctamente cómo pudo exclamar en pleua Cámara el jeüé del ^ 
grupo alfonsino: «Señores, diez hombrea unidos nos tienen domi- 
nados 7 tienen en su mano la suerte de toda Bspana^». De todoSf 
modos, es preciso convenir en que el éxito de su campaSA parla- 
mentaria ha sido positivo 7 basta poco imaginable. Por esto, sía 



395 

duda, se lut estimado y agradecido más en Paerto-Riec, donde la 
inesperada nueva de la alx)llcion de la servidambre de los negros 
fué saludada con entusiastas demostraciones de ^bilo nacional, 
rindiendo el merecido tributo al esfuerzo y celo de sus Represen- 
tantes en la última Asamblea. 

(La Ámériea.J 



ÍNDICE 



Pjtginu. 

AL LECTOR ^ S 

MemOraMm.-^X los BLBdtOBBB Di[ Síbama] Obandi 

(Paerto-Rico), por D. Rafiael María de Labra 19 



DISCURSOS 



LjLs BLB0CIOMBS >B PuBBTO-Rioo, por D. Joaquiü María 

Sanrom6 i 81 

RBOTiFiOAOioM del mismo 91 

LA. Casación obixiníx bn Ultbamab, por D. José Fa- 
cundo Cintrou i 9*7 

IDBK, por D. Rafael María^ de Labra 99 

El Código pbmal bm Ultbaxab, por D. RafiMl María de 

Labra 105 

RB0T1FI0A.0X0N del mismo , 1/ 117 

IDBM Ídem, 2.* 121 

Li. DIPÜTAGIQN.DB PQBBTO-RICO AJITB LAB BBFOBXAS UL- 

TBAXABiNls, por D. Rafael María de Lalnra. 12*3 

LA ABOLICIÓN DB LA BSCLAY^TTTD BN FüBBTO-RlCX) , pOr 

D. Joaquín María Sanromá. 189 

IDBX, pos D. José Facundo Cintrqn. 165 

IDBK, por D. Rafael María de Labra, 1 1*7*7 

iDBK, por el mismo, U ' • • 215 



RaOTiFiCAOioii del miimo , 1.* 255 

IDBM Ídem, 2.* 257 

IDBM Ídem, 8.*. . • 259 

IDBM, por el minno (lobre la enmienda del Sr. Oaicía 

Rttlx), m 261 

iDnc, por D. José Alvarez Peralta.; 277 

BBCTIFICA.0ION del mismo 291 

Los 8ÜCB808 DB CáUüY, por D. Bafáel María de Labra. « 801 

RBOTIFICA.0ION dOl mismo 918 

Li. RSFOBMA BLBCTOBAL, por D. Lois Padlal 817 

SSMKfPOTD. Rafael María de Labra. 821 

PUBLI0A.0I0N DU LITBB T BBGUüiBNTOB, pOr D. Barbel 

María de Labsa. • . 827 



PROPOSICIONES DE LEY Y DICTÁMENES 



Reíbrma toclal, I.— Proposición de abolicioni de los 

DipatadOB 831 

ídem, 11.— Proyecto del Gobierno 885 

ídem, m.-^Dictámen de la Comisión 883 

ídem, IV.^Ley definitiya de abOlioion 842 

Reforma económica, I.-* Bases de reforma «oeial presen- 
teda por los Diputados < . . . . 847 

ídem, Il.-^ibertad de trabi^o '851 

Reforma política, L— Proposición de los Dipntados'de- 

clarando viente la Constitaeion del 69 S53 

ídem, II.— Ley municipal 356 

ídem, m.—Pablicacion de las leyes y reglamentos ni- 

tramarinos en la Oaetía^ MaéHd ^61 

Reformas administrativas.— Organización del presidio. :863 

Reforma penal, I.— El Código 865 

ídem, 11.— Dictamen de la Comisión sobre el proyecto 

de casación criminal • . . • '866 

ídem, ni.— Proposición de los Diputados sobre la casa- 
ción criminal . . • ^870 



RefbnnaB del orden eivU, 1 871 

ídem, n 871 

Beforma electoral, 1 878 

ídem, n 873 



APÉNDICE 



Proyecto de 1^ llevando á Poerto-Rieo el título prime- 
ro de la Constitueion de 1869 875 

Dictamen de la Ck>mision 7 ley definitiva. 876 

DiflBurso del Sr. Labra 885 

L08 Dipatadoa reformistas de Puerto-Rieo (artículo de 

La ÁmérieaJ 387 



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