REPÚBLICA DE COLOMBIA
UN VIAJE
POR EL PUTUMAYO Y EL AMAZONAS
ENSAYO DE NAVEGACIÓN
BOGOTÁ
ímprenta nacional
1924
REPÚBLICA DE COLOMBIA
UN VIAJE
POR EL PUTUMAYO Y EL AMAZONAS
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ENSAYO DE NAVEGACIÓN
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BOGOTÁ
IMPRENTA NACIONAL
1924
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UN VIAJE POR EL PUTUMAYO Y EL AMAZONAS
ENSAYO DE NAVEGACIÓN
Esta relación de viaje contiene tan preciosos datos, da
tan interesantes noticias sobre una de nuestras mejores
arterias fluviales, que estamos seguros será leída con avidez
por todo colombiano amante de su patria. Los legisladores
y hombres públicos quizá encuentren algo muy útil en es-
tos sencillos relatos. Se asegura que pronto se discutirá en
el Congreso el Tratado colombo-peruano . Si así fuere, este
folleto, que bien merece los honores de libro, no puede ser
más oportuno. Los lectores se podrán orientar y formar
una idea exacta del Putumayo, cuya geografía es ignorada
por casi la totalidad de los colombianos. Les pedimos lean,
cuando menos, el índice de esta relación de viaje, y su in-
diferencia por aquel misterioso territorio se trocará segura-
mente en vivo interés y afectuosa simpatía.
Fray Fidel de Montclar
o. M. C.
Florencia (Cactuetá), mayo de 1924.
Reverendísimo Padre fray Fidel de Montclar, dignísimo Prefecto Apostólico
del Cagueta — Bogotá.
Muy respetado y apreciado Padre en Jesucristo:
En obedecimiento a sus telegramas del 21 y 22 del
presente, voy a dejar a un lado las muchísimas ocupaciones
que me abruman y a dedicarme por algunos días a remover
en mi archivo particular la multitud de datos que guardo
de la famosa expedición a Manaos con el doctor Tomás
Márquez, y también a penetrar en las reconditeces de mi
4 -
memoria para revivir los acotencimientos no escritos que
tengan algún interés para el objeto que desea Vuestra Re-
verendísima.
Para mayor claridad dividiré esta relación en tres par-
tes La primera comprenderá una pequeña introducción y
lo que nos sucedió desde Puerto Asís a Manaos, de marzo
a junio de 1918. La segunda hará referencia a lo que hici-
mos en esta ciudad, a nuestra salida de allá con la lancha
Yaquirana, al regreso en la misma, sin haber podido llegar
a Puerto Asís por causa de los peruanos, y a nuestra se-
gunda permanencia en aquella población brasilera, del 1'
de junio a los últimos días de septiembre del mencionado
año. En la tercera explicaré las muchas peripecias y pena-
lidades que sufrimos desde Manaos a Puerto Asís, con al-
gunos datos sobre el Amazonas, desde el 26 de septiembre
al 19 de noviembre del mismo año .
REVERENDO PADRE GASPAR DE PINELL Y SEÑOR
DOCTOR TOMÁS MÁRQUEZ
Antes de emprender ei viaje a Manaos,
INTRODUCCIÓN
Quién ea el doctoi* Márquess.
El señor doctor don Tomás Márquez Bravo frisaba en-
tonces en los veintinueve años y pertenecía al partido li-
beral uribista o civilista; fue Secretario privado del General
Rafael Uribe Uribe, y desempeñaba este cargo cuando di-
cho Jefe cayó bajo la hachuela homicida junto al Capitolio
Nacional .
En la capital de la República ejerció varias veces el
dctor Márquez el profesorado de Derecho Internacional,
fue Secretario auxiliar del Senado, Secretario del Ministe-
rio de Obras Públicas, periodista brillante, y en 1918 des-
empeñaba el importante cargo de Visitador Fiscal de la
Nación, y como tal vino al Putumayo. Lo que este señor
ha sido después, lo sabe de sobra la Nación. Terminado
nuestro viaje, fue nombrado Visitador de Consulados de
Sur América. Con este motivo tuvo ocasión de recorrer
V estudiar las Repúblicas del Brasil, Uruguay, Argentina,
Chile y Perú. Al regresar a Bogotá, después de cumplido
este honroso cargo, se declaró conservador convencido des-
de la alta tribuna de la prensa, en la cual libró recias y bri-
llantes batallas en defensa del Gobierno, sistemáticamente
combatido por una oposición ciega y apasionada. Pronto
el Ejecutivo lo distinguió con el alto cargo de Edecán de
honor del Presidente de la República, del cual se separó
para entregarse de lleno a las labores periodísticas. Como
director de La Nación, la buena causa le es acreedora a her-
mosas y eficaces campañas.
La comisión especial que en 1918 lo trajo al territorio
del Putumayo fue la de examinar las obras del camino de
Pasto a Puerto Asís, a cargo en ese entonces de la Compa-
ñía particular Micolta . Visitó también las colonias de Sucre,
Ah^ernia y Puerto Asís, fundadas por la Misión capuchina.
Entró al territorio no poco prevenido con lo mucho que
había oído contra la Misión y sus obras; pero tan pronto
como estudió de cerca las empresas que llevamos a cabo
los Misioneros, las dificultades de todo género con que se
tropieza constantemente, y los esfuerzos sobrehumanos
que se necesitan para no desmayar, de indiferente se con-
virtió en fervoroso amigo de los Misioneros y sus obras.
El fue quien propuso que fuera la Misión la que se encar-
gara nuevamente de la conservación y terminación del ca-
mino de Pasto a Puerto Asís; él quien apoyó la idea de
Vuestra Reverendísima de procurar por todos los medios
posibles la navegación del Putumayo, ya que de ella de-
pende en gran parte el buen éxito de la colonización de
las regiones del Caquetá y Putumayo, y por consiguiente
pl afianzamiento definitivo de la obra espiritual y moral de
la Misión, especialmente respecto a los infelices salvajes.
Del cambio de ideas sobre este asunto y de la perfecta
comprensión de la importancia inmensa de este tópico,
nació la idea de la expedición a Manaos por el curso del
Putumayo, para estudiar detenidamente sobre el terreno
ias dificultades que pudieran ofrecerse y el modo de sor-
tearlas, como también las ventajas y facilidades que se
presentaran para realizar una empresa de tal magnitud.
El doctor Márquez, como perito en Derecho Interna-
cional y conocedor de las condiciones e ideas de Colombia
en estas materias, se ofreció a acompañar al Misionero que
Vuestra Reverendísima escogiera para ir al Amazonas y
Manaos a la comisión indicada. Vuestta Reverendísima
tuvo a bien señalar al suscrito. Desde ese momento nos
pusimos al habla con el doctor Márquez para los prepara-
tivos de un viaje tan largo, por terrenos completamente
desconocidos para nosotros, en parte poblados de salvajes
y de enemigos de Colombia, desierto en su mayor exten-
sión, todo malsano y sumamente caloroso, y del cual tantas
leyendas o historias horripilantes se nos habían referido.
II
Preparativos de viajo en Pasto.
Una vez resuelto el viaje nos dirigimos a la ciudad de
Pasto a informarnos minuciosamente de las condiciones
del comercio : precios de fletes desde Europa y Nueva York,
vm?.
- 7 —
tiempo que emplean las mercancías en llegar por la vía
de Panamá-Tumaco-Barbacoas y derechos de aduanas.
También nos proveímos de lo más necesario para el tiem-
po que gastáramos en llegar a Manaos.
El 11 de marzo salimos con el doctor Márquez de la
ciudad de Atriz, con el alma llena de alegría e ilusiones,
convencidos como estábamos de que íbamos a realizar una
obra grande y provechosa. Al mismo tiempo sentíamos la
melancolía natural de quienes se despiden de amigos que-
ridos que quizá no se volverán a ver y de quienes se van
a internar en lugares desconocidos, llenos de peligros y
sorpresas .
El doctor Eduardo Rodríguez Piñeres y su hijo Gui-
llermo, que en aquellos días se hallaban en Pasto, con oca-
sión de los arreglos de límites con el Ecuador, vinieron a
despedirnos hasta cerca del pueblo de La Laguna. Después
de haber agradecido debidamente las muestras de sincero
afecto que nos dieron, seguímos sin contratiempo alguno
hasta el valle de Sibundoy, Aquel mismo día llegamos a
Santiago, donde los Reverendos Padres Querubín de la
Pina, Florentino de Barcelona y Anselmo de Olot nos re-
cibieron y atendieron con gran amabilidad.
III
Visita a San Andrés — ^El Hermano Leonardo, Marlsta.
Al día siguiente me interesé en que el doctor Márquez
conociera la escuela de niños de San Andrés, regentada por
el Reverendo Hermano Leonardo, Marista francés. Des-
pués de la santa misa y desayuno nos dirigimos allá el Re-
verendo Padre Querubín, el doctor Márquez y el suscrito.
El Hermano Leonardo nos recibió con muestras de grande
alegría y afecto. Pronto hizo formar a los alumnos y nos
obsequió con hermosas recitaciones y armoniosos cantos,
algunos de éstos a tres o cuatro voces, tan bien ejecutados,
que más parecían de una Schola-Cantorum de catedral que
de semisalvajes que apenas pueden pronunciar el castella-
no. Hizo salir al tablero algunos de los indiecitos, y a todos
nos admiró la presteza con que resolvían problemas com-
plicados a base de las cuatro operaciones; las sumas, res-
tas, multiphcaciones y divisiones que, intercaladas, figura-
— 8 —
ban en la solución integral de los problemas, las ejecutaban
las más de las veces mentalmente, sin escribir los factores
en el tablero, con una ligereza digna de matemáticos con-
sumados. Un alumno dibujó en el tablero en cinco minutos
las líneas principales del mapa de Colombia, con la demar-
cación precisa de los Departamentos y sus capitales. Otro
en el mismo espacio de tiempo delineó el de la América del
Sur, con las divisiones de los Estados que la componen y
la situación de sus respectivas capitales. Nos informamos
de que la mayoría de los escolares estaban en condiciones
de exhibirse con el mismo brillante resultado. Visitamos
la huerta de la escuela, y la encontramos digna de figurar
en un parque de ciudad. Todo esto nos convenció de que
la fama de gran pedagogo que tiene el venerable Hermano
Leonardo es bien merecida y tal vez inferior a la realidad,
pues débese tener en cuenta que estos admirables resulta-
dos los obtuvo dicho Hermano con hijos de aquellos indios
de quienes hace apenas unos quince o veinte años, dijo el
ingeniero doctor Miguel Triana a Vuestra Reverendísima
que no se cansara con ellos, porque sería inútil todo lo que
se hiciera con esa gente incapaz de cambiar de costumbres
y dar un paso en el camino de la civilización. ¡De cuan
diferente manera se expresaría hoy el doctor Triana si visi-
tara de nuevo el valle de Sibundoy! Felicitamos efusiva-
mente al Hermano Leonardo, nos despedímos de él y de
sus alumnos, y ese mismo día llegamos al pueblo de Si-
bundoy.
iv
PreparatiTos en Sibundoy y viaje basta Puerto Así».
Siete días permanecimos en aquel pueblo arreglando
con Vuestra Reverendísima los principales detalles del
viaje y recibiendo sus autorizadas instrucciones. El 19 de
marzo, día del Patriarca San José, nuestros corazones expe-
rimentaban en toda su intensidad las inexplicables emocio-
nes que produce la separación de un padre querido y her-
manos afectuosos, cuando esta separación es por tiempo
indeterminado y para una empresa magna, llena de incóg-
nitas y dificultades, de cuyo buen o mal éxito dependen
grandes consecuencias para la entidad en cuyo nombre se
inicia. Acudía entonces a mi memoria aquella popular
copla:
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- 9 —
"Dicen que no se siente la despedida,
díle a quien te lo dijo que se despida."
Recibida la bendición de Vuestra Reverendísima y sus
instrucciones y consejos, con los ojos humedecidos por las
sensaciones del alma, salimos de Sibundoy en dirección a
Puerto Asís, donde debíamos hacer los últimos preparati-
vos, los que tenían relación con la embarcación, bogas y
otras iñuchas cosas indispensables en esa clase de viajes.
De Sibundoy a Puerto Asís aprovechamos las ocasio-
nes que se nos presentaban para ejercer, yo, el santo minis-
terio, y el doctor Márquez ayudarme en tan sagrada ocu-
pación. Puedo afirmar con toda verdad que desde nuestra
salida de Sibundoy hasta que nos separamos en Manaos, el
doctor Márquez fue un verdadero misionero con el ejemplo
y también con las obras que su condición le permitían .
En Sachamates administré a una enferma grave, aban-
donada completamente, y nos interesamos para que la sa-
caran a Sibundoy. Vuestra Reverendísima y el señor Al-
calde, al recibir el aviso que desde allá les mandamos, die-
ron las disposiciones del caso para el traslado, y en Sibun-
doy pudo acabar sus días debidamente asistida por las Re-
verendas Hermanas Misioneras, y con el consuelo de dejar
al amparo de dichas religiosas una hijita de tres años, la
Margarita, que ahora cuenta ya nueve, y como sabe Vuestra
Reverendísima, vive agradecida a los Misioneros y Misio-
neras y da esperanza de ser una excelente cristiana.
En Umbría pasamos un día completo, y ayudado del
celo apostólico del Reverendo Padre Narciso de Batet,
pude preparar a los indios de San Bernardo y también a
varios blancos para administrarles el sacramento de la con-
firmación. El viernes 22 de marzo confirmé a ochenta y
dos personas, indios y blancos, adultos y párvulos. El doc-
tor Márquez fue padrino de todos los varones. Mientras el
infrascrito y el Padre Narciso nos dedicamos a las tareas^
apostólicas, el doctor Márquez se ocupó en arreglar asuntos
de la autoridad civil y en escoger con algunos vecinos de
Umbría un lugar aparente para levantar una iglesia, trazar
un buen caserío y establecer potreros, a fin de que aquel
punto, terminal entonces del camino que debe llegar hasta
Puerto Asís, fuera un puerto cómodo en caso de que el
establecimiento de la navegación tuviera buen éxito.
— 10 -
Para comprender mejor lab actuaciones del doctor
Márquez como autoridad civil, durante esta expedición, con-
viene advertir que además del cargo de Visitador Fiscal
Nacional, que le daba muchas atribuciones, el señor Comi-
sario Especial del Putumayo, doctor Vicente Andrade, lo
comisionó para que en su nombre hiciera visita oficial en
todo el territorio de la Comisaría que recorriéramos en aquel
viaje .
El 23 de marzo a las siete de la noche llegám.os a Puerto
Asís. Allí nos hicieron un cariñoso recibimiento, como
acostumbran aquellos buenos colonos, siempre que los vi-
sitan personas que se interesan por su bienestar y adelanto ;
pero en esta ocasión tuvieron cuidado en extremar las ma-
nifestaciones de aprecio, ya por ser yo su Cura desde hacía
tres años, ya por la simpatía que el doctor Márquez supo
despertar entre aquellos vecinos en dos visitas que nos
había hecho, y sobre todo porque sabían el objeto del viaje
que íbamos a emprender, de cuyo éxito o fracaso dependía
sin duda el adelanto o estancamiento de aquella colonia.
Permanencia en Puerto Asís y últimos preparativos de viaje.
Diez días permanecimos en Puerto Asís disponiendo
los últimos detalles del viaje y también celebrando la Se-
mana Santa, que acaeció entonces. Mis ocupaciones minis-
teriales como Cura y como encargado de la colonia fueron
mtensas y abrumadoras durante aquella semana memora-
ble. Los pocos ratos que me dejaban libres las funciones
sacerdotales, como procesiones, sermones, confesiones,
etc . , los empleaba en contratar los bogas, adquirir la canoa,
disponer las vituallas, medicinas y todo lo que era indis-
pensable para la marcha, como también en hacer entrega
de la parroquia al Padre que debía reemplazarme en la
colonia durante mi ausencia, e informarlo de todos los asun-
tos pendientes y demás cosas que podían convenirle para
su gobierno. Compré una magnífica canoa, de quince me-
tros de largo por más de uno de ancho, que bendijimos y
bautizamos con el simpático nombre de Bote Márquez.
Contraté cinco bogas, señalando a cada uno sus funciones
especiales. A Lisandro Cortés Ferrín (mulato) lo nom-
bramos capitán, y debía entenderse en la dirección y go-
— 11 -
bierno de los demás bogas y en todo lo que hacía referencia
a la responsabilidad en el manejo de la embarcación. A
Antonio Vargas lo llevamos como práctico e intérprete;
éste es hijo de un blanco huilense y una india inca; fue
casado con una huitota en primeras nupcias, y actualmente
con una macagua je, y ha pasado la mayor parte de su vida
entre los indios sionas, cofanes, macaguajes y huitotos, de
manera que entiende y habla perfectamente, además del
castellano, las lenguas propias de las mencionadas tribus,
y conocía además el río Putumayo hasta el Caraparaná;
éste debía servirnos de intermediario para con los indios
que no hablaban el castellano. A Benjamín Castillo (ne-
gro) le dimos el empleo de marinero; éste se distingue
por su fidelidad y por su enorme fuerza. Cuando remaba
con empeño o ejecutaba otro trabajo, como rajar leña para
la lancha, él solo hacia tanto como cuatro peones en igual
espacio de tiempo. A José Trejo (blanco) lo designamos
como mayordomo, y debía cuidar de la cocina y manejo
de los víveres y medicinas. La cocina la preparamos den-
tro de la misma canoa, de manera que las comidas se con-
feccionaban sin suspender la navegación. Y por último, a
Nabor Benavides (blanco) le encargamos del oficio de ca-
marero, y debía atender a nuestras cosas: lavar ropa, ten-
der las camas, servir las comidas, y a todo lo demás que se
le mand3.ra.
. A fin de que nadie se enterara de nuestros nombres
y de quiénes éramos, sino las personas que nosotros juzgá-
ramos conveniente, resolvimos que durante el viaje ningu-
no usara de su nombre propio, sino del de los empleos que
les habíamos asignado a los bogas, y los de doctor y Padre,
ei señor Márquez y el infrascrito.
El 2 de abril el Orfelinato de Puerto Asís y la colonia
agrícola nos obsequiaron con una hermosa velada literario-
musical como despedida. En ella los niños y colonos nos
manifestaron con frases rebosantes de entusiasmo y cariño
lo mucho que esperaban de nuestro largo y peligroso viaje,
como también cuánto sentían nuestra separación, que no
se sabía si sería larga o corta, y quizás para siempre. Estas
manifestaciones eran estímulos eficaces para nosotros, al
mismo tiempo que nos llenaban de gratitud y melancolía.
PRIMERA PARTE
DE PUERTO ASÍS A MANAOS
I
Saliida de Puerto Asís y primeros días de Tiaje.
Por fin amaneció el 3 de abril, día memorable en mi
vida. A las cinco de la mañana celebré la santa misa, en la
cual recibieron la sagrada comunión todos los alumnos y
alumnas del Orfelinato, encabezadas por sus venerables
maestras las Misioneras Capuchinas, todos los que empren-
díamos el viaje y muchos otros devotos y amigos. Estas
comuniones se ofrecieron por el feliz éxito de nuestra ex-
pedición. Tiernos y devotos cantos de los niños y niñas y
de las Madres Misioneras, conmovieron vivamente las al-
mas de los que íbamos a partir.
Después de estar todo embarcado y acomodado en el
Bote Márquez, a las ocho de la mañana dejábamos a Puerto
Asís . La totalidad de los vecinos de la colonia salieron al
embarcadero a darnos el último adiós entre contentos y
conmovidos. Los Padres Misioneros que quedaban en la
colonia, los rfiños y niñas del Orfelinato, con algunas de
las religiosas que lo dirigen, y muchos colonos, nos acom-
pañaron en varias canoas hasta una playa que llaman de
Las Lágrimas, dos horas abajo de Puerto Asís. Allí salta-
mos todos a tierra, bendije a los presentes, y en medio de
los gritos de ¡viva Colombia!, ¡viva Puerto Asís!, ¡vivan
los viajeros!, ¡vivan los colonos! y ¡viva la navegación del
Putumayo!, nos volvimos a embarcar en el Bote Márquez
para seguir a regiones completamente desconocidas para
nosotros. Al arrancar el Bote, un grito unánime y melan-
cólico de "¡adiooos!" y multitud de pañuelos que se agita-
ban en la playa, a los cuales correspondíamos con los nues-
tros, hasta que nos perdimos de vista, llenaron el alma de
Ou
a
Q
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— 13 --
los presentes de emociones hondas e inexplicables y los ojos
de todos de lágrimas, que fluían espontáneamente, sin que
nadie alcanzara a contener, por más que algunos se esfor-
zaban en aparecer serenos e inconmovibles. Uno de los
bogas me aseguró que era la primera vez que lloraba en su
vida desde que él se consideraba dueño de sus actos. Me
acordada en esos momentos de la despedida de San Pablo
de los de Mileto, que se narra en el capítulo XX de los He-
chos de los Apóstoles, y me parecía vivir una de aquellas
escenas de los primeros días del Cristianismo.
Como el viaje, al mismo tiempo que estudiar la nave-
gación del Putumayo, tenía por objeto un fin apostólico,
aproveché cuantas ocasiones favorables se presentaron para
ejercer el sagrado ministerio.
II
Yocoi-opuí .
El segundo día de viaje llegamos a Yocoropuí en las
níltimas horas de la mañana. Es Yocoropuí un pueblo de
indios, formado con los restos de las antiguas tribus de
Montapá y Sotoaró. Como sabe Vuestra Reverendísima,
estos indios tienen sus hijos en el Orfelinato de Puerto
Asís, y en lo espiritual son bastante civilizados. Acostum-
bran subir a la colonia en las principales festividades del
año: Navidad, Semana Santa, Corpus Christi, etc. Algunais
familias de este pueblo quedaron en Puerto Asís cuando
nosotros salimos; habían subido a visitar a sus hijos y a
asistir a las funciones de Semana Santa; pero otros no se
movieron del pueblo. Allí encontramos también unos ocho
indios de la tribu de macaguajes de Montoyá, que todavía
no eran bautizados. Por medio del intérprete Antonio Var-
gas y del catecismo en estampas, catequicé lo mejor que
pude a los macaguajes no bautizados, regeneré sus almas
con el agua de salvación, les administré el sacramento de
la confirmación y presencié el enlace matrimonial de una
pareja de estos nuevos hijos de la Iglesia. Confesé y di la
santa comunión a los demás indios ya instruidos, y además
administré diez y nueve confirmaciones y dos bautismos de
párvulos . De manera que la demora de -día y medio en el
pueblo de Yocoropuí se puede decir que fue abundante en
cosecha espiritual.
— 14 —
III
Mama Cristina.
En el caserío de Yocoropuí pude comprobar una vez
más, con admiración y adorando los designios misericor-
diosos de la Providencia, cómo Dios Nuestro Señor tiene
aun entre los salvajes de las selvas, almas escogidas a quie-
nes concede favores y finezas especiales. Había en este
caserío una anciana llamada mama Cristina. Era mujer
muy habladora y hasta bastante inteligente. Todos los in-
dios la querían y respetaban mucho . En realidad, se puede
decir que era la gobernadora de la tribu . Cuando ella orde-
naba una cosa no había hombre ni mujer, joven o viejo, que
se le resistiera, ni aun el mismo Capitán o Gobernador. Ella
exhortaba a los indios a que mandaran sus hijos al Orfeli-
nato de Puerto Asís, cuando llegaba el tiempo de empezar
el curso escolar; ella se preocupaba de que las familias de
la tribu subieran a la colonia en las principales festividades
del año, a fin de que se fueran instruyendo en los deberes
religiosos y adquiriendo hábitos de civilización en el trato
con los blancos. Ella era la primera en encabezar las cara-
vanas de indígenas que iban llegando a la colonia en las
vigilias de las grandes fiestas. ¡Cuántas veces nos divirtió
organizando en Puerto Asís bonitas y honestas danzas con
los de su tribu! Muchas veces pensé, siendo Cura de allá,
que Dios Nuestro Señor premiaría de manera visible la
buena voluntad de mama Cristina. Ese año, un mes y me-
dio antes de la Semana Santa, sin que nadie la hubiese in-
vitado, ni se viera motivo especial para ello, se presentó a
Puerto Asís y me dijo que venía a confesarse y a recibir a
Nuestro Señor, porque siendo ya vieja como era (tendría
sesenta años ) , bien podía suceder que en cualquier momen-
to se muriera, y deseaba presentarse delante de Taita Dios
con el alma limpia, como el agua del Putumayo. "Ya mun-
do para mi no bonito tiene; no gusto viviendo." Me llamó
bastante la atención esta manera de hablar de la anciana, y
le pregunté si se sentía enferma, y me contestó que nó . En-
tonces le dije que porqué no había esperado, como ^os
demás años, la Semana Santa para venir a visitarnos ; y ella
me manifestó "que .pensando, quién sabe sino muriendo
antes Semana Santa." Tomé nota de todo esto, la confesé
y le di la santa comunión, y se regresó a la tribu sin demo-
- 15 —
rarse en Puerto Asís. En la Semana Santa, cuando los in-
dios de Yocoropuí iban llegando a la colonia como los otros
años, vi que no aparecía; les pregunté qué noticias me
daban de la anciana, y me respondieron que se había que-
dado en el caserío de la tribu medio enferma; que mandaba
muchos saludos a los Padrecitos y a las Madres Misioneras,
y que tal vez "ya no mirando más; así ella diciendo." Al
llegar a Yocoropuí con el doctor Márquez, lo primero que
hice fue averiguar por la salud de mama Cristina; no pude
menos de admirar los designios amorosos de Dios, cuando
todos los presentes me respondieron que el día de Jueves
Santo la habían enterrado. Inmediatamente nos dirigimos
todos al lugar donde la habían sepultado, y en medio de la
devoción y recogimiento de aquellos pobres indios, bendije
el terreno donde descansan sus restos mortales; canté con
la mayor solemnidad que pude un responso en sufragio de
aquella alma escogida; exhorté a todos los allí presentes
a que imitaran los buenos ejemplos y se aprovecharan de
los óptimos consejos que mama Cristina les había prodi-
gado. Confieso que con gran trabajo pude lograr que mis
ojos ocultaran algunas lágrimas durante aquel postumo re-
cuerdo, dedicado a mama Cristina.
Mientras me ocupaba en el santo ministerio, el doctor
Márquez hizo visita oficial al Corregimiento del Bajo Pu-
tumayo, que entonces residía en un punto llamado Santa
Elena, no muy lejos de Yocoropuí. Nombró Corregidor
a nuestro capitán Lisandro Cortés Ferrín, para el tiempo
que durara nuestro paso por el territorio de aquel Corregi-
miento, a fin de facilitar el despacho de cualquier asunto
que se nos ofreciera.
De Yocoi*opuí a Tapacuntí — Fuiúosa tempestad.
El 6 de abril seguímos nuestro viaje, despidiéndonos
de la tribu de Yocoropuí . El día 7 por la noche nos sucedió
el primer percance serio. Poco duchos la mayoría de los
bogas en el conocimiento de la dirección de los huracanes,
no se fijaron en los primeros días del viaje hacia qué punto
del horizonte quedaba la puerta de los ranchos que cons-
truían en las playas para pasar las noches . Es regla general
en la región del Putumayo que nunca debe quedar la puer-
ta del rancho hacia el Oriente, porque casi siempre las tem-
— 16 —
pestades, precedidas de fuertes e imponentes huracanes,
vienen del Oriente, y si cogen los ranchos por el lado de
la puerta, los desbaratan en un momento, dejando a los
viajeros en la intemperie, y lo que es peor, recibiendo sobre
sus personas y camas el diluvial aguacero que acompaña
a dichos vientos.
Esto nos aconteció en la memorable noche del 7 al 8
de abril. Los bogas habían construido el rancho con la
puerta hacia el Oriente, y a eso de las nueve de la noche,
cuando estábamos sumidos en profundo sueño, se desató
un violento temporal de huracán, rayos, truenos y agua,
que parecía el fin del mundo. Nos despertamos sobreco-
gidos de espanto, y sin haber tenido tiempo de darnos cuen-
ta de lo que sucedía, nos encontramos en la intemperie y
recibiendo chorros de agua sobre nuestras espaldas, camas
y equipajes. Iluminaban esta tragedia las siniestras clari-
dades de los rayos que se sucedían a cada segundo, y aho-
gaba nuestras voces el espantoso ruido de los truenos, que
hacían temblar la tierra, y mucho más a los que no estába-
mos acostumbrados a aguantar en el desierto y al aire libre
tempestades de esta clase. Corrimos todos en confusión
hacia la canoa, a ponernos bajo el amparo del pequeño
rancho que durante el día nos guardaba de los abrasados
rayos del sol, que con tanta intensidad se hacen sentir en
la superficie de los grandes ríos en esas regiones tropicales.
Sin una pieza de ropa seca y sin poder prender fuego,
pasamos aquella dantesca noche, esperando con ansia que
los primeros albores del día nos permitieran saltar nueva-
mente a la playa a hacer algún ejercicio muscular, no sin
temor de que algunos amaneciéramos con fuertes calentu-
ras. Pero gracias a Dios todos amanecimos perfectamente,
con la ventaja de que los bogas habían aprendido bien la
lección de cómo deben construirse los ranchos en las pla-
yas del Putumayo.
V
Tapacuntí .
El 8 de abril, al atardecer, llegamos a la tribu de Tapa-
cuntí. Esta tribu está formada de indios macaguajes, que
casi no entienden una palabra de castellano. Estos indios
son pocos en número, unos veinte, y bastante salvajes; al-
— 17 —
gunos no habían visto nunca al Misionero. Allí pasamos
día y medio.
Valiéndome del Catecismo en estampas y del intérprete
Vargas, catequicé algo a estos pobrecitos, suplí las cere-
monias y bauticé sub conditione a nueve adultos y tres pár-
vulos, administré veintiuna confirmaciones y casé a tres
parejas . Algunos blancos que acudieron, y también algunos
indios huitotos algo civilizados, se confesaron y comulga-
ion, y las comuniones que distribuí ascendieron a treinta
y una.
VI
Güepí — Visita a unas tribus huitoías — AJgo sobre sus costumbres.
El 10 de abril a mediodía pudimos contemplar la des-
embocadura del río Güepí. Este lugar es punto céntrico
adonde acuden los indios de algunas tribus de huitotos que
viven no muy lejos de ahí. De Güepí arranca una trocha
que en día y medio conduce a los lagos de Lagarto Cocha,
desde donde se pueden embarcar mercancías hasta el río
Ñapo. Algunos caucheros y balateros del Putum^ayo y tam-
bién del Caquetá, se valen de esta trocha para ir a vender
sus productos al río Ñapo y para introducir mercancías y
víveres, sobre todo sal del Perú. Los indios huitotos en re-
ferencia son los principales cargueros y bogas de esta vía;
con este oficio ganan ropa para vestirse los que no van des-
nudos y también pertrecho y armas.
Nuestro primer cuidado al llegar a Güepí fue levantar
el censo de indios y blancos de aquellos alrededores e im-
ponernos bien si era posible que se reunieran en un solo
lugar para constituir un caserío, donde les pondría escuela
y hasta Misionero, si la fundación se estabilizaba. A la vez
hice avisar a todos los blancos que procuraran venir a la
casa de Artemio Muñoz, donde estábamos hospedados, a
fin de que asistieran a las instrucciones catequísticas que
les dirigía y poder .recibir los santos sacramentos .
En cuanto a los indios, les mandamos avisar que se
reunieran todos en la tribu de los caimitos, distante unas
cinco leguas de la casa de Muñoz, en el interior del monte,
dirección oriental, en las cabeceras del Peneya, donde iría-
mos a catequizarlos, administrarles los sacramentos, nom-
brarles autoridades y tratar de persuadirlos a que se reunie-
Un viaje por el Putumayo y el Amazonas — 2
— 18 —
ran en un solo punto. Cuatro días estuvimos en la casa de
Muñoz, catequizando a los blancos y también a algunos
indios que acudieron allí. El fruto cosechado fufe de ca-
torce bautismos de indios adultos, quince de párvulos
blancos e indígenas, sesenta y dos confirmaciones, sesenta
y nueve confesiones y comuniones y doce matrimonios,
siete de blancos y cinco de indígenas.
Mientras me ocupaba en trabajos apostólicos, el doct )r
Márquez recorría los terrenos de la vecindad, con el fin de
escoger el lugar más apropiado para la fundación del case-
río. Después de estudiar varios puntos, se resolvió que el
lugar más conveniente era el mismo en que estaba la casa
del señor Artemio Muñoz. A todos los que se les habló de
la fundación les pareció muy buena idea y prometieron
contribuir para que pronto se realizara.
El 15, después de la santa misa, seguimos a la tribu de
los caimitos, donde debían esperarnos todos los indios hui-
totos de los alrededores. A pie por una trocha llena de ba-
rro y atravesando terrenos en parte cenagosos, a las cuatro
V media de la tarde llegamos a la mencionada tribu. Los
indios nos recibieron con muestras de cariño y respeto.
Algunos iban completamente desnudos. Se habían reunido
ciento treinta y cinco. Levanté la estadística de todos, y el
resultado fue el siguiente : tribu de sebúas, vive a orillas del
río Güepí, a dos horas más arriba de su desembocadura,
veintiséis indígenas; tribu de huecos, diez y nueve, que ha-
bitan en el interior del monte, en dirección suroeste; tribu
ae caimitos, donde nos reunimos, sesenta y cuatro indios,
es la más numerosa y el punto más céntrico de todas ellas .
Una hora antes de llegar donde los caimitos, se pasa por
ia tribu de los pacuyas, que cuenta con treinta y seis almas ;
así pues, el total de las diversas tribus de indios huitotos,
en los alrededores de Güepí, asciende a ciento treinta y cin-
co indígenas. Algunos de estos indios no habían visto nun-
ca sacerdote. Todo les causaba admiración en mí: unos
me cogían la cuerda, contemplaban los nudos y se echaban
a reír a grandes carcajadas; otros hacían sonar mi rosario,
preguntando para qué servían aquellas pepas; otros me
metían las manos en la capucha, y viendo la puntica con
que termina y que nada había dentro, hacían entre ellos
animados comentarios, que no podía entender; alguno me
cogió de las barbas y empezó a tirar para cerciorarse si eran
o.
ÜJ
— 19 —
naturales o postizas, y cuando me defendía haciendo mani-
festaciones de dolcir, se convenció, no sin gran admiración,
de que eran naturales . Vi uno que preguntaba al intérprete
alguna cosa con mucha insistencia y manifestaba grandes
deseos de satisfacer su curiosidad, y cuando el intérprete
respondía, se quedaba mirándome con cierta atención y ad-
miración, como de quien va imponiéndose de cosas que
Ignoraba y le interesan mucho. Movido yo también por la
.curiosidad llamé al intérprete y le pregunté de qué trata-
ban, a lo cual me respondió que aquel indio le interrogaba
si Fusinamuy, nombre que ellos dan al Padre Misionero,
era hijo de mujer y hombre como ellos, o había salido de
algún lugar especial, si moría y si se hacía viejo. Todas
estas cosas causaban en mi alm.a una impresión de tristeza
y compasión, puesto que revelaban una suprema ignoran-
cia y salvajismo; pero al mismo tiempo mi espíritu se lle-
naba de consuelo porque veía la confianza que ponían en
mí y el respeto que les inspiraba; todo lo cual me hacía
esperar con fundamento que nuestra estadía entre ellos se-
ría fructuosa para sus almas. En efecto lo fue, cj^mo se
comprueba con los datos que pronto se verán . Confieso con
toda sinceridad que los días que permanecimos entre esos
pobres salvajes, han sido los más agradables en mi vida de
Misionero. Cuatro días permanecimos en este lugar, que
los pasé ocupado con tanta intensidad y gusto, que casi ni
comía ni dormía . Durante el día me ocupaba en catequizar
por grupos no muy numerosos, a fin de que todos se apro-
vecharan ; me valí del intérprete y del Catecismo en estam-
pas . Por las noches tomaba datos e informaciones para ios
bautismos, confirmaciones y matrimonios. El señor Arta-
mio Muñoz, que entendía y hablaba bien el huitoto, fue mi
mejor auxiliar en la delicada tarea de las informaciones
matrim.oniales . El fruto de mis trabajos fue el siguiente:
bautismos de párvulos, veintisiete; bautismos de adultos,
cincuenta y dos ; confirmaciones, ciento cuatro ; matrim.o-
nios, veintiséis.
Al mismo tiempo que me dedicaba en cuerpo y alma
a las tareas apostólicas, el doctor Márquez se ocupaba en
ver la manera de organizar la autoridad civil entre aquellas
tribus en la forma m.ás eficaz para reunirlos a todos en
Güepí, a fin de que pudieran mandar los hijos a la escuela,
e irse civilizando, grandes y pequeños. Se estudió el De-
— 20 —
creto 1484 de 1914, sobre gobierno de los indios del Caquetá
y el Putumayo, y basados en el mismo efstablecimos el Coa-
cejo del pueblo de Güepí, formado por individuos de cada
una de las tribus. En mi calidad de representante de la
primera autoridad eclesiástica de la Misión, formé y pre-
senté las ternas de que habla el Decreto; y el doctor Már-
quez, como representante de la primera autoridad civil de
la Comisaría, extendió los nombramientos de Comisarios y
Vicecomisarios y les dio posesión . Les explicamos por me-
dio de intérpretes las atribuciones y deberes de cada uno;
entregamos con gran solemnidad, en presencia de todos los
indios, una vara adornada a cada uno de los miembros del
nuevo Concejo; les exhortamos a que se pusieran a las ór-
denes del señor Muñoz, a quien dejábamos instrucciones
detalladas para el porvenir, a quien el doctor Márquez
nombró Corregidor del Bajo Putum.ayo, con la condición
de que empezaría a ejercer el cargo cuando calculara que
nosotros hubiéramos pasado de Yuvineto, hasta donde se-
guiría ejerciendo nuestro capitán Ferrín. En todas las tri-
bus fueron m_uy bien recibidas nuestras disposiciones, y en
medio de grandes ¡burras! prometieron todos los allí pre-
sentes seguir con docilidad las órdenes que les transmitie-
ran el Gobierno y la Misión.
Los resultados de todas estas medidas no fueron in-
fructuosas, puesto que permitieron fundar la escuela y has-
ta la residencia de Güepí o San Fidel del Bajo Putumayo.
La escuela subsiste todavía, pero la residencia del Misio-
nero hubo Que suprimirse por falta de recursos en el año
de 1921.
A instancias nuestras, la noche antes de salir de Cai-
mitos nos obsequiaron aquellos pobres salvajes con unos
cuantos bailes y cantos de los que acostumbran en sus
grandes fiestas. Ellos celebran con bailes algunas épocas
cel año, como la cosecha del chontaruro y algunas otras fru-
tas de las que m.ás consumen.
En sus bailes imitan sonidos y algunos movimientos
de ciertos animales, como el tigre y el jabalí ; y sus danzas
las apellidan con el nombre de lo que quieren imitar; así,
tienen el baile del tigre, el de los puercos y otros.
En las épocas en que es de rito bailar, hacen grandes
provisiones de comida, como carne de cacería, peces, fariña
(que es el almidón de yuca brava, tostada) y cazabe (que
— 21 ~
consiste en una especie de tortas de almidón de yuca). Los
huitotos preparan el cazabe en tortas muy gruesas, que
quedan crudas por dentro, lo cual hace que sean de aspecto,
gusto y a veces hasta olor desagradables. Otras tribus de
razas distintas preparan el cazabe en tortas delgaditas y
bien tostadas, las cuales son bastante agradables, cuando
uno se ha acostumbrado a comerlas. Me llamó la atención
el que los huitotos no preparan chichas fuertes que los em-
borrachen; como bebida usan lo que llaman casaramano,
que es el caldo que queda después de cocinada la yuca
brava, con la que preparan la fariña y cazabe; probable-
mente agregan a este caldo algún otro ingrediente, cosa
que no pude averiguar bien. Si alguna vez se emborrachan,
es con las preparaciones de tabaco, de que trataremos más
adelante. Para sus reuniones y fiestas tiene cada capitán
de tribu una casa grandísima, de forma circular cónica. Es-
tos caserones tienen las paredes y el techo de una hoja" de
monte que los indios llaman huasipanga (paja de casa).
Estas hojas son parecidas a las de ciertas palmeras, aunque
la planta que las produce no se levanta del suelo más de
vara y media, y ni siquiera tiene la forma de arbusto. Las
paredes de estas habitaciones forman a la vista una sola
pieza con el techo y parecen más bien grandes colmenares
que habitaciones humanas; y como para qu'é aparezca m^ás
gráfica esta semejanza, en todo su alrededor las puertas se
hallan muy inmediatas y por ellas entran y salen constan-
temente los de la tribu cuando celebran sus fiestas. Es cos-
tumbre entre estos indios, el que cada familia tenga la puerta
propia para entrar y salir en este gran edificio, aunque en
su interior no hay división alguna; pero sí cada familia tie-
ne allí su fogón, y nadie hace uso de los fogones ajenos.
Las puertas tienen cada una su abra o tapa, de la misma
clase de hojas de las paredes, y se cierran automáticamente,
cayendo de arriba para abajo, de manera que cuando nadie
entra o sale por ellas, ni siquiera se nota que haya tales
puertas. Cuando las tribus se hallan reunidas en esas gran-
des casas, para pasar las noches guindan sus hamacas unas
encima de otras, formando una especie de escaleras, que
casi van a dar al techo. Causa admiración la destreza con
que suben y bajan al acostarse y levantarse en esos colgan-
tes y elevados lechos . Ordinariamente cada famiilia vive en
t:na pequeña casa de su propiedad, en el monte, y sólo acu-
- 22 —
aen a las mencionadas reuniones cuando el capitán invita
a ellas por medio del toque del maguaré, instrumento sin-
gular, del que también hablaremos. A veces el capitán
invita únicamente a la gente de su tribu, y otras a todas las
tribus amigas de los alrededores; y tienen toques especia-
les par cada clase de invitación. En una de esas grandes
casas, la del capitán de los caimitos, tuvo lugar la reunión
que nosotros pirocuramos. Hechas las precedentes explica-
ciones, que dan alguna idea del escenario en que nos en-
contrábamos, volvamos a la invitación que hicimos a los
indios para que nos divirtieran un poco con algunas de sus
danzas antes de despedirnos. Lo primero que nos contes-
taron al oír nuestra petición fue que no podían complacer-
nos porque no tenían carne, ni pescado, ni cazabe, ni casa-
ramano, y que sin estos elementos no acostum.braban bai-
lar. Insistimos nosotros, diciéndoles que se imaginaran que
tenían todas estas cosas, y nos divirtieran un poco . Por fin,
después de largas conferencias entre capitanes, accedieron,
y pronto armaron una gran algarabía con sus cantos y sal-
tos acompasados, acabando siempre con fuertes gritos y
jhurras! en señal de satisfacción y aprobación.
Por lo que pudimos observar, sus bailes son honestos .
Los hombres fo/man un gran círculo, cantando todos a
la vez una rudimentaria tonadilla, muy corta, que repiten
mientras dura el baile, aunque la letra cambia constante-
mente haciendo referencia al tema del mismo baile; como
por ejemplo, en el baile del tigre, a escenas referentes a las
<:ostumbres y cacería de este animal; y por el estilo en los
demás. Las mujeres van entrando en el círculo de los hom-
bres, form^ando otro concéntrico, y acompañan el tono del
canto con chillidos agudos e intermitentes, formando una
arm.onía no tan desagradable. Al irse a terminar el. baile,
prorrumpen todos en estruendosos gritos y hurras e imitan
con sus chillidos y movimientos a los animales a quienes
dedican la danza, y en medio de grandes carcajadas se des-
hace el grupo. Dirige los bailes uno de los capitanes, te-
riiendo en la mano izquierda tres pajaritos de madera, la-
brados en una sola pieza y pintados de varios colores, en
ios que sobresale el verde, y en la derecha, una especie de
cetro, también pintado. No pude saber el significado pre-
ciso de dichas insignias. Para llamar a reunión e ir a em.-
pezar el baile, el capitán que dirige la fiesta hace sonar la
- 23 —
garatda. Este instrumento es una especie de lanza larga de
palo fino, que tiene en la parte alta como un tamborcito en
forma de óvalo aplanado, vaciado en el mismo palo de la
lanza, o constituye una sola pieza con ella. Vacian el tam-
bor abriéndole una grieta en uno de sus lados, la cual tapan
después con una tira de corteza de árbol del mismo color
de la madera de la garatda. Para que ese tambor suene, co-
locan dentro dientes de mono, y antes, cuando eran antro-
pófagos, ponían los dientes de los que se comían. Al sacu-
dir el palo, los dientes chocan con las paredes del tambor-
cito, produciendo un ruido parecido al de los granos de
maíz dentro de un canuto de guadua. Ellos llaman a este
ruido la voz de Fusinamuy, o sea la voz de Dios. Sin esta
voz que ios llama por medio del capitán, nadie se da por
entendido para empezar el baile. Nos divertimos un bu^n
rato, contemplando y comentando estas escenas ; pero como
en este m.undo no hay alegría sin contratiempo, también
esta vez me tocó pasar mi buen chasco y casi susto. Fue de
la siguiente manera: cuando estaban bailando con el mayor
entusiasmo y nosotros los contemplábamos con regocijo,
salieron de en medio del círculo danzante dos de los prin-
cipales, y muy serios, sin dejar de cantar y moverse al mis-
mo compás de los otros, se dirigieron hacia mí, me cogieron
de los brazos y me invitaron con sus ademianes a que si-
guiera a bailar con ellos en el círculo general. Yo, aver-
gonzado y casi espantado, me resistí al principio, pero vien-
do la actitud de enojo que iban tomando mis invitantes, p.o
me quedó más remedio que seguirlos a hacer el payaso un
lato. Al ver esto el doctor Márquez, corrió a encerrarse
dentro de su toldillo, y allí se estuvo riendo a mandíbula
batiente, mientras yo pasaba mis apuros procurando ajus-
larme a las voces y saltos de mis importunos anfitriones.
Al terminar el baile, el capitán me pasó una ración de coca
que me vi precisado a probar, para que viera que no des-
preciaba su obsequio, y por cierto me causó tan mala im-
presión, que con dificultad pude reprimir el vómito que me
provocó.
La coca es entre ellos un elemento de primera necesi-
dad y un obsequio de los preferidos, como para los blancos
los puros habanos. Tuestan sus hojas verdes a fuego lento
en una olla grande de barro, hasta que se deshacen al tac-
to; cuando la cofca va dando punto, queman hojas secas de
— 24 -
yarumo, del que nace en los rastrojos de la montaña, al
cual no crece mucho y es de hoja muy tiesa. Al estar la
coca bien tostada, la echan en un pilón estrecho y largo y
Ja pilan hasta reducirla a polvo fino ; en este estado la mez-
clan con ceniza de hojas de yarumo, más o menos en canti-
dad igual a la coca; ciernen esta mezcla en un pañuelo, y
el polvo finísimo que va resultando es la coca que ellos
toman continuamente y con la cual se obsequian. La car-
gan en bolsitas de caucho, algunas de forma casi artística
y lujosa, especialmente las que usan los capitanes . La coca
Ja toman llenándose la boca con el polvo mencionado, el
cual se va m^ezclando lentam.ente con la saliva, y de esta
manera lo van ingiriendo poco a poco . A esta operación la
llaman mambear. Cuando manbean, que es casi continua-
mente, tienen los carrillos hinchados como si sufrieran de
dolor de muelas, los dientes negros, y hablan como lo haría-
mos nosotros con la boca llena; de manera que un indio
mambeando es una figura asquerosa. Dicen que la coca en
esta forma les quita el hambre y el sueño; a veces pasan
todo el día caminando o trabajando, sin tomar otro alimen-
to que dicho polvo.
Cuando quieren tratar algún asunto que les parece im-
portante se reúnen de noche los principales de la tribu por
invitación del capitán, y cuando son varias las tribus reuni-
das, sólo los capitanes; se ponen en cuclillas alrededor de
un mate que contiene una bola de tabaco y agua; de vez en
cuando sumergen el dedo en el agua, lo frotan sobre la bola
de tabaco, y haciendo señal de asentimiento con la cabeza,
lo van lamiendo, al mismo tiempo que con la garganta pro-
ducen un sonido gutural semejante a un leve mugido, como
aplaudiendo al que habla, si lo que dice es de su agrado.
Aquella noche memorable, acabadas las danzas, cuan-
do ya la mayoría de los indios estaban tendidos en sus ha-
macas, el capitán nombrado Comisario Mayor llamó a los-
Vicecornisarios, se pusieron alrededor del mate en la for-
ma indicada y charlaron largo rato con grande animación.
Estaba contemplando aquella escena, cuando se me acercó
el capitán Comisario y me invitó a que los acompañara en
la reunión, a fin de persuadirse de mi amistad; lo seguí in-
mediatamente, y' sin saber lo que decían, cuando los del co-
rrillo ponían el dedo en el tabaco y lamían, yo hacía lo
mismo . Cada vez que esto hacía, ellos se alegraban en gran
— 25 —
manera y manifestaban su contento con gritos más fuertes
que de ordinario; para mí era lo contrario; cada vez que
me lamía el dedo, sentía un escozor en la garganta como si
tomara ají, removiéndoseme desagradablemente el estóma-
go, hasta producirme náuseas. Llamé al intérprete y le
hice explicar lo que aquellos magnates decían con tanta
solemnidad. Me refirió que hacían comentarios sobre todo
lo sucedido durante los cuatro días de nuestra permanencia
con ellos; comparaban sus tradiciones con las explicaciones
catequísticas que yo les había hecho y con las láminas que
habían visto en el Catecismo, y que mutuamente se anima-
ban a cumplir las órdenes que les habíamos dado. A mi
vez supliqué al intérprete que les diera las gracias en nom-
bre de la Misión y del Gobierno por la buena voluntad que
manifestaban y por la carifiosa acogida que nos habían he-
cho. Después de una hora de aguantar aquella posición
forzada y cayéndome de sueño, conseguí que levantaran Ja
sesión, en otras circunstancias tal vez interesante, pero mor-
tificante en demasía entonces. Antes de acostarme quise
imponerme por el intérprete de cómo se preparaba aquel
tabaco, y obtuve de él la siguiente explicación: "cogen ho-
jas verdes de dicha planta, la hacen hervir hasta que se
ablande; en este estado, exprimen el jugo en una olla y
botan el bagazo. Hacen hervir este jugo hasta que empieza
a espesarse, luego le mezclan un poco de casaramano y si-
guen cocinándolo hasta que se condensa como miel; en este
estado, lo dejan enfriar y se endurece. De este modo usan
el tabaco mascándolo, y es tan fuerte, que en ocasiones los
emborracha completamente . "
vil
El maguaré.
Ahora digamos algo del famoso maguaré. Es un instru-
mento de madera especial, muy fuerte y vibrante; de for-
ma larga y ovalada; mide una vara y media o dos de lon-
gitud y unos 150 o 200 centímetros de circunferencia los
más grandes ; lo vacian a fuego lento, y por la parte externa
superior le dejan dos agujeros cuadrados u ovalados, de
unos 30 centímetros de circunferencia, a una vara de dis-
tancia, unidos entre sí por una hendidura de una pulgada
de ancho, que comunica con el vacío interior. Ese instru-
- 26
mentó lo colocan encima de un andamio de palos, a una
altura de uno o dos metros del suelo; para hacerlo funcio-
nar le dan golpes a los bordes de la hendidura con un mazo
de madera revestido de caucho, y el sonido que produce
lo perciben ellos a muchas leguas de distancias. Ordinaria-
mente tienen dos maguares juntos, ya en un mismo anda-
mio, ya en otro, pero siempre muy inmediatos; el uno, que
es muy grueso, lo llaman el hombre o macho, llegando a
pesar a veces de treinta a cincuenta arrobas, y su sonido
es ronco y bajo; el otro es más pequeño y delgado, de so-
nido más alto y agudo, y lo distinguen con el nombre de
mujer o hembra. Para sus toques, combinan los sonidos de
uno y otro, como se hace con las campanas . Estos ingenio-
sos aparatos les sirven de telégrafo y teléfono sin hilos; se
hablan a largas distancias unas tribus con otras, se piden
auxilio cuando se creen en peligro, se invitan a fiestas, y
los que todavía son antropófagos, se invitan a comer a los
blancos o indios enemigos que hayan caído en sus manos,
lo cual lo verifican en medio de bailes y fiestas macabras.
Para la preparación e instalación de los maguares, usan un
ritual muy largo y complicado, del que no me pude enterar
bien por falta de tiempo.
Por la misma razón de escasez de tiempo, tam.poco
pude imponerme de otras muchas costumbres de esos sal-
vajes. Por casualidad me enteré de una que me hizo com-
prender el grado de salvajismo en que yacen. Vi un hom-
bre acostado con la cabeza vendada y el rostro pálido; le
pregunté qué tenía, y me contestó que estaba guardando
dieta; me hice explicar en qué consistía su enfermedad, a
ver si podía aliviarlo con algún remedio. Por la explicación
que me dieron, vine en conocimiento de que estos indios,
cuando les nace un hijo, el padre es el que se acuesta y
guarda cuarenta días de dieta, durante los cuales no come
sino carne de aves y manjares de los que acostumbran para
los enfermos. Durante este tiempo cuida al recién nacido,
le hace unas cuantas embadurnadas con resinas silvestres
y otras tantas lociones en alguna quebrada de aguas crista-
linas. Mientras tanto la madre trabaja en los quehaceres
dom.ésticos y en buscar y preparar los alimentos para el ma-
•a
LD
— 27 —
rido, como si en ella no se cumpliera aquella sentencia del
capítulo 3', versículo 16 del sagrado libro del Génesis,
También por lo que pude ver, esa pobre gente tieae
muy poco aprecio por el valor del tiempo, y nunca se pre-
ocupa en calcular el esfuerzo del trabajo con el resultado del
mismo. La prueba de esto es el hecho siguiente: cuando
se aproximan sus fiestas, a fin de hacerse a cacería, cercan
una grande extensión de monte con palitos bien tupidos;
cuando la tienen bien cerrada, abren algunos agujeros por
d©nde puedan salir los animales que hayan quedado den-
tro, y en cada uno de estos pasos arman una trampa, en la
cual quedan cogidos algunos animalitos, que en ningún caso
compensan el tiempo gastado y el trabajo ímprobo que les
cuestan todas estas cosas.
VIII
De Güepí al istmo de Caucaya — Tagua — Visita al Caquetá.
En la mañana del 18 de abril nos despedímos de los
huitotos de Güepí. Muchos de ellos nos acompañaron en
un buen trecho de camino, y todos nos dieron al despedir-
nos muestras de reconocimiento y cariño. Ese mismo día
llegamos a la casa de Artemio Muñoz, a orillas del Putu-
mayo, y nos preparamos para seguir el viaje al día siguien-
te. El 19 dejábamos a Güepí en medio de la tristeza y ma-
nifestaciones de cariño de los blancos, que por última vez
se habían reunido en la casa de Artemio Muñoz para oír la
santa misa y despedirnos. En medio día nos pusimos a la
desembocadura del Caucaya, istm.o de La Tagua, sin otro
contratiempo que habérsenos olvidado en Güepí una cara-
bina y un paraguas. Como estos objetos nos hacían gran
falta en el viaje, resolvimos mandar a nuestro capitán Fe-
rrín a que nos los trajera; por fortuna en una de las islas
del río encontramos un potrillo que nos sirvió a las mil
maravillas para este objeto. En el Caucaya, mientras espe-
rábamos el regreso del capitán Ferrín, resolvimos estudiar
el istmo que separa el Putuma^^o del Caquetá. Fuimos has-
ta este último río por una muy rudimentaria trocha, que nos
condujo a la desembocadura y antiguo puerto de La Tagua.
Medímos la distancia entre el Caquetá y el Putumayo, re-
sultando 21 kilómetros. Atravesamos dos quebradas bas-
tante grandes, que creím.os fueran las cabeceras del Cara-
paraná, pero luego nos convencimos de que eran los orí-
— 28 —
genes de los ríos Cejerí y Curillá, afluentes del Putumayo,
que quedan mucho más arriba del Caraparaná. En este
istmo nos sobrevino de noche otra tempestad como la de
que he hablado, pero con circunstancias mucho más agra-
vantes. La primera la pasamos en una playa y en el río,
donde no había peligro de morir aplastados por un árbol;
en ésta, al horror producido por los rayos y truenos cons-
tantes, se agregaba el que las frecuentes caídas de los árbo-
les derrumbados por el espantoso huracán, hacían retum-
bar la montaña, como si sonaran grandes cañonazos cerca
de nosotros. Los árboles de nuestro alrededor, que nos cc^
bijaban con sus ramas, traqueaban con una pertinacia que
nos tenía a todos sobresaltados; rezábam^os a la Virgen, auxi-
liadora de caminantes y navegantes, con un fervor edifi-
cante. Como lo chusco se mezcla siempre con lo serio, y lo
sublime con lo ridículo, también en esos m^omentos de an-
gustia y ansiedad nos tocó presenciar una escena, que des-
pués de pasado el peligro nos divirtió en gran manera: el
intérprete Vargas, acostumbrado como está a los usos de
los indios, en los momentos en que estábamos afanados
por los horrores de la tempestad, no pudiéndose contener,
sahó del ranchito donde estaba con los otros bogas y em-
pezó a soplar hacia los cuatro puntos cardinales, haciendo
gesticulaciones y profiriendo extraños gritos, como dicen
que lo hacen los brujos de las tribus donde él ha vivido.
Por el momento poco caso hicimos de aquellas raras cere-
monias, porque la preocupación principal de todos era el
temor de morir aplastados por los grandes árboles que nos
rodeaban, o carbonizados por algún rayo de los que se su-
cedían sin interrupción; pero cuando ya pudimos reflexio-
nar con serenidad, el pobre Vargas y sus brujerías fueron
el tema principal que nos divirtió durante varias jornadas.
El estudio que en aquella ocasión hicimos de aquel lu-
gar, sirvió no poco para que la Comisión que el Gobierno
Nacional nombró en 1920, lo escogiera como el punto más
aparente para la fundación de la Colonia Penal del Putu-
mayo, decretada por la Ley 24 de 1919.
IX
Del Caucaya aJ Carapai'aná — Entrada a la zona ocupada por el Perú .
El 25 de abril seguímos por el Putumayo con desejs
de llegar pronto a Yuvineto, ya que de lo que allí nos suce-
— 29 —
diera dependía en gran parte el éxito o fracaso de nuestra
expedición, y sobre todo el rumbo definitivo de nuestro
viaje. Si allí se nos impedía el paso, tendríamos que regre-
sar para tomar alguna trocha que nos condujera al río Ñapo
e Iquitos; y esto implicaba el tener que separarnos de los
bogas con quienes estábamos ya familiarizados y quienes
deseaban más que nosotros conocer el Amazonas y Manaos.
Además, esta contrariedad nos impediría conocer y estu-
diar las condiciones del Putumayo para la navegación.
En todo el trayecto del Putumayo hasta el Caucaya
poco molesta el mosco jején durante el día, ni tampoco
el zancudo por la noche; pero de ahí para abajo, el Putu-
mayo es casi inhabitable por las inmensas nubes de jején,
zancudo y arenilla, especialmente en ciertos trayectos del
río. Cuando uno se halla recogido dentro del toldillo, espe-
rando que amanezca, parece corno si se encontrara rodeado
de un avispero alborotado, tal es el ruido que producen di-
chos insectos; y si al acostarse no se tiene la precaución de
arreglar el toldillo de m^odo que quede bastante separado
del cuerpo, no se limitan a hacer ruido, sino que al través
de la tela van acribillando a picotazos al pobre mortal que
no ha sido suficientemente precavido, en términos que por
más dormido que uno esté lo despiertan y se ve precisado
a defenderse . Hace algunos años que en un folleto del Ge-
neral Rafael Reyes leí que eran tantos los moscos del Pu-
tum.ayo, que bastaba dar un palmetazo con las manos, para
que quedara en ellas una pasta formada por la muchedum-
bre de moscos que con esta sola acción se aplastaban y que
de noche era preciso cubrirse completamente con una grue-
sa capa de arena, dejando únicamente en descubierto las
narices para no asfixiarse, a fin de poder dormir y evitar
las picaduras de los zancudos. Al leer estas afirmaciones
me sonreí, pareciéndome una enorme exageración, pero
confieso ingenuam.ente que después de haber pasado por
dicho río, la exageración no me parece tan grande. En con-
firmación de lo que acabo de decir, referiré las precauciones
que teníamos que tomar para poder celebrar la santa misa;
pero antes voy a permitirme una pequeña digresión, que
no me parece fuera de lugar. La piedad de los expedicio-
narios era ejemplar; todos los días, al laventarnos, lo pri-
mero que hacíamos era celebrar la santa misa, que oían to-
dos; el doctor Márquez la ayudaba auxiliado con el Cate-
— 30 -
cismo, y ademáis ^comulgaba diariamente y muchas veces
también algunos de los bogas. Cuando llegábamos donde
había gente, lo primero que hacíam.os era brindarles los ser-
vicios y auxilios espirituales, como bautizar, confirmar,
confesar, casar, etc. Por las noches nunca nos acostábamos
sin haber rezado en común el santo rosario y todos pric-
ticaban con gusto y devoción estos actos de piedad. Pues
bien, del Caucaya para abajo, para celebrar la santa misa
nos vimos precisados a destinar al capitán de la tripulación,
para que con un abanico de plumas de cola de pava espan-
tara las moscas que durante el santo sacrificio se prendían
de la cabeza, pescuezo y manos del celebrante, con una
pertinacia desesperante; y el doctor Márquez, para hacer
de acólito, se veía precisado a taparse la cara y manos con
una gasa que algo lo defendía de la voracidad insaciable
de esa terrible plaga. Durante el día, en la canoa, o teníamos
que taparnos completamente la cara y las manos, lo cual
nos producía un calor insoportable, o era preciso rodearnos
de espirales de humo de nidos de comején que encendía-
mos, cuyo mal olor nos atontaba pronto la cabeza, al mismo
tiempo que nos hacía lagrimear en abundancia. Con todo,
a pesar de estas penosas precauciones, llegarnos a Manaos
con las manos tan llenas de puntos negros, que se podían
confundir con las de los descendientes de Cam.
Después de estas explicaciones, que dan alguna idea
de los trabajos que pasamos desde nuestra salida del Cau-
caya, volvamos a seguir la relación del curso de nuestro
viaje. En tres días y medio de navegación nos pusimos del
istmo de La Tagua a Yuvineto. Este lugar, considerado mi-
litarmente, es muy estratégico, está en el vértice de un in-
menso ángulo que form^a el cauce del Putumayo. Hay dos
casas grandes desde las cuales se domina perfectamente el
río en una extensión de más de una legua, tanto hacia arri-
ba como hacia abajo. En aquel tiem.po había allí ocho sol-
dados y un Teniente, todos en apariencia palúdicos y en
un estado de abandono que no parecían militares. Más de
una hora antes de llegar, ya divisám.os las casas, y aunque
ninguno de los que íbamos conocía eV punto, pronto com-
prendimos lo que en realidad era. El rato que tardám.os en
llegar lo pasamos en animados coment^iríos de lo que nos
podía suceder, al mismo tiempo que estábamos todos poseí-
dos de la más viva curiosidad y zozobra. Atracamos al des-
- 31 —
embarcadero, donde se nos acercó un soldadito que tenía ia
cabeza y el cuello cubiertos con una especie de cofia, cuyas
extremidades en forma de faldones le colgaban por el pe-
cho y la espalda, indumentaria muy común en las regiones
del Bajo Putumayo para defenderse de los mosquitos. Le
preguntamos por el jefe y nos respondió que lo iba a llamar,
al mismo tiempo que nos interrogó quiénes éramos. Le
manifesté que era un Misionero, el doctor Márquez un com-
pañero de viaje, y los demás los bogas . Inmediatamente se
iue a comunicar al jefe lo que había oído, y que deseábamos
hablar con él. Pronto bajó un individuo de aspecto anti-
pático, con barbas negras como de enfermo, rostro blanco
alabastrino, efecto del paludismo, en el cual resaltaba mu-
cho la negrura de sus desgreñados pelos. Nos preguntó
quiénes éramos y a dónde íbamos. Nuestra respuesta fue,
poco más o menos, la misma que dimos al soldado. Nos
exigió pasaportes, pero como no traíamos, dijo que siquiera
le jinostráram.os algún documento que acreditara nuestra
personalidad, pues aunque él creía que éramos gente res-
petable y honrada, bien podía suceder que fuéramos unos
bandidos o espías. Al oír esto, respondí inrhediatamente
que no éramos bandidos y que sí podía acreditar mi carác-
ter de Misionero, cuyos títulos traía, y diciendo esto le mos-
tré mis documentos eclesiásticos; pero como estaban io-
dos en latín, tan pronto como les hubo dado un vistazo, me
respondió que a él aquello no le servía, y me exigió que le
presentara algún documento escrito en castellano . Después
de un múnucioso registro en mis papeles, no encontré otro
para el caso que el nombramjlento de Viceprefecto Apostó-
lico. Con disimulo pregunté al doctor Márquez si presen-
taba o nó aquel documento, y fue de parecer que debía mos-
trarlo. Lo leyó, se quedó pensativo y no dijo nada. Enton-
ces se dirigió al doctor haciéndole la misma exigencia; y
éste, como no encontrase otro documento a propósito, se
vio precisado a presentar un telegrama de Bogotá, en que
se le l'amaba Visitador Fiscal de la Nación . Desde que se
impu-^o de los papeles aludidos, cambió un poco de moda-
les. I e preguntamos si podíamos pasar, que era lo que más
nos i'-teresaba, y nos contestó que sí. La respuesta nos re-
goc^'ió sobremanera, y desde este momento se acabó la an-
siedr '^ oue nos dominaba y que no podía menos de apare-
cer ^" el exterior. Interrogamos a dicho señor si los que
-- 32 —
vivían allí eran militares, y nos contestó que nó, que eran
caucheros de la casa Arana, y para hacernos creer mejor
lo que nos decía, nos contó que en el Putumayo no se co-
secha caucho fino sino una mezcla de varias gomas o jebes,
con las que se forman tiras gruesas de caucho llamadas ra-
bos del Putumayo, cuatro de los cuales constituyen un pago,
o sea una arroba de caucho ; y que para extraer esas gomas
no cortan los árboles, sino que pican uno de los lados del
tallo en forma de espinazo de pez. Con todo, nos dijo que
él tenía el título de Inspector del tráfico, y como tal debía
averiguar y registrar todo lo que subía y bajaba por aquel
sitio ; y en efecto, nos hizo examinar la canoa y los equipa-
jes, pero lo hicieron con tal timidez, que no se dieron cuen-
ta de nada; manifestó además que se llamaba Valdés Ra-
mos y que sólo desde enero estaban allí, habiendo perma-
necido ese sitio abandonado durante mucho tiempo. A
pesar de lo que nos decía aquel señor, nos llamó en gran
manera la atención y nos hizo dudar de que las cosas fue-
ran como él decía, el hecho de ver en las chaquetas viejas
que tenían puestas los tres o cuatro m.uchachos que apare-
cieron en el embarcadero, unos ribetes colorados como los
que se usan en los uniformes militares. Ofrecí al señor Ra-
mos mis servicios apostólicos y me contestó que nada había
que hacer, pues todos eran racionales (así llaman por allá
a los blancos para distinguirlos de los indios ) , habían reci-
bido el bautismo y eran casados , No nos invitó a subir a la
casa, ni a nada, lo cual no nos disgustó, pues la catadura de
toda aquella gente poca confianza nos inspiraba. Como re-
feriremos a su debido tiempo, supimos después que el señor
Ramos no era tal Valdés sino el Teniente Barriga, y los
demás que vimos no eran peones de la casa Arana sino
soldados del Gobierno del Perú, y que estuvieron delibe-
lando un buen rato si nos apresaban o nó.
Después de la escena apuntada, que duró una hora y
media, seguímos viaje, dando gracias a la Santísima Virgen
de poder continuar todos por el Putumayo al Amazonas.
Impresionados por el mal aspecto de la gente de Yuvi-
neto, por la soledad de aquellos lugares en donde no se en-
cuentra un alma, y por lo mucho que habíamos oído contar
sobre crímenes en el Putumayo, desde aquel momento
resolvimos andar día y noche y no quedarnos nunca a dor-
mir en aquellas desiertas riberas. Arreglamos en la misma
canoa una especie de camarote donde podíamos dormir los
dos pasajeros, aunque con alguna estrechez; y a los bogas
jes ordenamos que uno fuera guiando la canoa como piloto,
mientras los otros dormían, dejándola deslizar al solo im-
pulso de la corriente, y que a cada cuatro horas se releva-
ran; así anduvimos durante todo el trayecto del Putumayo,
ocupado por el Perú. Al amanecer saltábamos a las playas
o montes a celebrar la santa misa, y volvíamos a embarcar-
nos inmediatamente después de concluido el augusto sa-
crificio .
Durante quince noches, algunas muy oscuras, que na-
vegamos en esta forma por regiones desconocidas, no tuvi-
mos sino dos sustos regulares. Fue el primero en un gran
remolino situado entre Yuvineto y Caraparaná . Las vueltas
de la impetuosa corriente cogieron al bote, impulsándolo a
•que girara al, mismo compás de las aguas, a pesar de los es-
fuerzos del piloto; éste, no dándose cuenta exacta de la
clase de fuerza inusitada que quería arrebatarle la nave,
tan dócil de ordinario a la dirección de su remo, gritó angus-
liado: "¡Se hunde la canoa!" Despertamos todos sobresal-
tados, pero, por dicha nuestra, cuando empezamos a pre-
guntar de qué se trataba, ya la destreza del capitán había
logrado sacarnos de aquel baile aterrador. El otro nos so-
brevino entre el Igaraparaná y el Yaguas, y tuvo causas muy
distintas. A las diez de la noche se desató una de aquellas
imponentes tempestades de que hemos hecho ya mención,
la cual levantaba encrespadas olas, que al mismo tiempo
que casi hacían zozobrar la canoa, impedían su marcha des-
cendente. El aguacero era tan fuerte, que al mismo tiempo
que nos empapó, iba llenando la frágil barquichuela. Inten-
tamos arrimar a una orilla, pero como la anchura del río
en aquellos lugares se acerca a dos kilómetros, e íbamos
bajando por la mitad del cauce, y la corriente impetuosa
nos empujaba a seguir esta misma dirección, para conseguir
la que deseábamos, los bogas tuvieron que acometer una
lucha peligrosa y casi desesperada, que la oscuridad de ^a
noche convertía en heroica. Mientras los animosos tripu-
lantes luchaban a brazo partido con las olas y la corriente,
el doctor Márquez y el que esto escribe, con una actividad
febril, nos ocupábamos en sacar agua de la canoa con mates
y tazas. En aquel sitio las orillas del río son bajas e inun-
Un viaje por el Putumayo y el Amazonas — 3
— 34 -
dadizas, y como éste estaba en gran creciente o conejera,
como llaman en el Putumayo a las grandes avenidas, cuan-
do creíamos alcanzar tierra por los árboles que ya tocába-
mos, tuvimos todavía que hacer mil maniobras para poner
la canoa en varadero . Venciendo no pocas dificultades, con-
seguimos prender una lámpara de petróleo que llevábamos.
Guiados por esa luz pudimos evitar que la embarcación se
nos hiciera pedazos entre aquellos árboles, pero al mismo
tiempo nos hizo ver una gran culebra de tres o cuatro me-
tros de largo, que se deslizaba junto a la canoa, con la cabeza
levantada, como si quisiera subir o pasar la noche con nos-
otros para reponerse del susto que los bogas le habían dado
inadvertidamente en sus agitadas maniobras en medio de
aquellas ramas. Esta inesperada visión nos acabó de enar-
decer a todos para seguir venciendo dificultades y llegar
pronto a tierra firme. Por fin, después de tres cuartos de
hora de lucha tenaz, pusimos pies en barrialosa y acabamos
de pasar aquella noche con un frío más que regular. Auxi-
liados con el petróleo y la lámpara logramos prender fuego,
que nos sirvió no poco para consolarnos y reanimarnos.
En tres noches y dos días y medio llegamos al Cara
paraná. Una hora antes de llegar a la confluencia de dicho
lio nos encontramos con el colombiano César Niño, quien
nos dio muchos datos y explicaciones de aquellos sitios
Orientados por estos informes determinamos subir has-
ta El Encanto, donde está la agencia principal de la
casa Arana, y también ir a visitar a unos Padres Misio-
neros ingleses que vivían en San Antonio, a unas seis ho-
ras por tierra desde aquel punto. El encuentro de aquel
colombiano podemos afirmar que fue providencial; de lo
contrario, casi con seguridad habríamos pasado por la des-
embocadura del Caraparaná sin darnos cuenta de que ha-
bíamos llegado allí. Este río cae al Putumayo de Oriente
c' Occidente, y el Putumayo corre de Occidente a Oriente,
en largos trayectos, y especialmente en aquel donde recibe
el Caraparaná . A la vista, su desembocadura hace el efecto
de un brazuelo del Putumayo; y uno que rio conozca el
terreno, si no pasa muy cerca de la orilla, lo cual no sucede
cuando se navega aguas abajo, ni siquiera sospecharía que
aquello sea un río distinto. Al pasar muy cerca de su des-
embocadura, el color de las aguas del Caraparaná indica
que son de otro río.
35 -
JbJnti'adu al í'araparaná — M Kncanto— Visita a los Padres Franciscanos en
San Antonio—Censo de la población indígena del Caraparaná e Igaraparaná.
Alf>:Rnajf costumbres de los indios — Curiosidad que despertó nuestra visita
en aquellos sitios .
En catorce horas de navegación aguas arriba por el
Caraparaná llegamos a El Encanto. En este trayecto del
río habían entonces unas diez familias colombianas o de
colombianos que vivían con indígenas huitotos. Hablamos
con todos ellos; nos contaron muchas cosas de los perua-
nos, sobre todo acontecimientos sucedidos hacía ya mu-
chos años. Nos manifestaron que a ellos no les daban tra-
bajo en la empresa Arana, pero que tampoco los hostili-
zaban, y que el único medio que tenían para ganar algún
dinero, era vender carne de monte o peces a la agencia
principal "de la empresa o a sus vapores. En El Encanto el
Gerente de la casa Arana, señor Miguel de Loaisa, nos
recibió muy bien y nos atendió con m.ucho esmero. Al
manifestar nuestros deseos de visitar a los Padres Misio-
neros Franciscanos en San Antonio, inmediatamente puso
a nuestra disposición un blanco., empleado de la empresa,
señor Carlos Seminario, y cuatro indios huitotos; el pri-
mero para que nos sirviera de guía, y los segundos para
que nos llevaran el equipaje.
El Encanto lo componen tres edificios regulares y unas
quince casas de paja, la mayor parte habitadas por indios
huitotos. Los edificios pertenecen, uno a la casa de Arana,
a la cual sirve de agencia y es de madera labrada con cu-
bierta de cinc; otro, de propiedad del Gobierno Nacional,
donde está el motor y maquinarias de la torre inalámbrica,
sistema Telefuncke, que funciona allí; éste de cemento,
con techo también de cinc; la torre es de hierro y mide
unos 60 metros de altura; la maquinaria de la torre estaba
a cargo de un mecánico alemán, pero el telegrafista era
peruano. El tercer edificio sirve de cuartel a la guarnición
militar de aquel sitio; es inferior a los otros dos en cuanto
a solidez y valor, aunque superior en dimensiones. Aquella
guarnición se componía de veinticinco hombres, coman-
dados por el Capitán Udiales. Este señor, cuando supo lo
que nos había sucedido en Yuvineto, se contrarió bastante
y nos dijo que el sujeto que se había presentado como Ins-
— 36 -
pector del tráfico no era tal Valdés Ramos sino un Teniente
Barriga, su subalterno, y los jóvenes que lo acompañaban,
soldados del ejército peruano; agregó que el Putumayo
constituía el primer sector militar de Loreto con tres guar-
niciones: la de Yuvineto; la de El Encanto, residencia del
Jefe del sector, y la de Taraparaná, en la frontera con el
Brasil. Se lamentó de que tan mal representada estuviera
su patria en la frontera de Colombia. Seguramente aquel
seudo Valdés Ramos recibiría su buena reprimenda, por
haberse puesto un nombre tan bonito; con todo esto, se
confirmó una vez más la verdad de aquel adagio: "Más
fácil es coger a un mentiroso que a un cojo." El Capitán
U diales nos facilitó un pasaporte para que en la guarnición
de Tarapacá, desembocadura de Cotué, no nos sucediera
contrariedad alguna. El lugar de El Encanto es muy pin-
toresco. Unas bellas lomitas, tapizadas de verde césped,
cuyo asiento baña el río Caraparaná, formando dos gran-
des herraduras, constituyen el área de población. En este
lugar tiene la empresa de Arana una lancha de treinta to-
neladas, llamada Callao, comandada por un portugués de
apellido Tabares, y tripulada por indios huitotos. Con ella
recogen el producto de todas las secciones que quedan cer-
ca de los ríos navegables, a fin de que el vapor Liberal, que
cada tres meses va de Iquitos a El Encanto y La Chorrera,
encuentre la carga lista. Junto a la Callao amarramos nues-
tro bote y observamos que era dos metros más largo que
dicha' lancha . Les llarrió mucho la atención nuestra canoa
z los vecinos de El Encanto, quienes no se cansaban de
alabar sus magníficas condiciones, lo que nos llenaba de
orgullo y satisfacción.
El 3 de mayo, después de un desayuno-almuerzo ob-
sequiado por el señor Loaisa, nos dirigimos a San Antonio.
Salím.os de El Encanto a las nueve de la mañana, y a las
dos de la tarde llegamos a la sección cauchera de Esme
raída. Durante el camino pudimos observar lo que nos
contó en Yuvineto el supuesto Valdés Ramos, sobre la
m.anera como picaban los tallos para extraer la goma. A
ambos lados de la trocha, muy ancha y bien arreglada, por
donde pasábamos, vimos multitud de árboles picados en
forma de espinazo de pez, por todos sus lados, los que
indican distinta época; pues debe saberse que a cada árbol
no puede hacérsele sino cada cuatro años una de esas pica-
— :-?7
duras laterales . La sección de Esmeralda se compone de
unas dos tribus de indios huitotos, manejados por un blan-
co. Allí se nos presentaron una multitud de indígenas
completamente desnudos, sobre todo las mujeres. Los
hombres, aun los más escasos de vestido, llevaban siquiera
un pequeño delantal, como de una cuarta y media de largo
por una de ancho, que les cubría siquiera lo más indispen-
sable para no hacer avergonzar a los que los vieran; pero
las del sexo débil, sólo llevaban unas pequeñas gargantillas
en las muñecas y en los tobillos. En ese lugar nos cogió
un soberbio aguacero en una de las grandes casas del ca-
pitán de la tribu. Allí tocamos largamente el maguaré y
pudimos comprobar que es cosa cierta que los indios oyen
a largas distancias los sonidos de este singular instrumento.
Teníamos que pasar del Caraparaná, y no habiendo canoa
en el lado donde nosotros estábamos, nos fue preciso pe-
dirla a una tribu que vivía en la otra banda, pero a unas
horas de distancia de Esmeralda. Los que nos acompaña-
ban dieron en el maguaré los toques que acostumbran para
estos casos, y en el tiempo preciso que necesitábamos la
embarcación, llegaron los indios con ella. Antes de que
nadie hablara con ellos, el doctor y yo les preguntamos
quién les había avisado, y nos respondieron que habían
oído el maguaré. A las seis de la tarde llegamos a San
Antonio. Los Padres Franciscanos Cipriano Burne, Sebas-
tián Fitzpatrick y el Herm.ano fray B. Edwin O'Donell,
nos recibieron con sorpresa, al mismo tiempo que con gran
caridad y finas atenciones. Les conté en confianza el ob-
jeto de nuestro viaje y quiénes éramos; y ellos a su vez
me explicaron muchas cosas referentes a su situación y
ministerio, y me suministraron datos estadísticos comple
tos de los ríos Caraparaná e Igaraparaná. Por ellos supe
que en 1912 el Papa Pío X les había enviado allí a raíz de
la publicidad que se dio a los crímenes del Putumayo.
Cuando dicho Pontífice publicó la Encíclica Lacrimabili
Statu, se hizo en Londres una gran colecta para auxiliar
a los salvajes del Putumayo. Lo que se colectó se depositó
a interés en un establecimiento de crédito, y se dispuso que
con los réditos se fundara y sostuviera una Misión católica
que fuera el amparo y defensa de aquellos infelices. Esa
región, según el mapa eclesiástico del Perú, forma parte
del Vicariato Apostólico de Iquitos. Con todo, la Misión
- o8
de los Padres Franciscanos se estableció como indepen-
diente, aunque siii excardinarla territorialmente de aquella
entidad. Al principio vinieron cuatro religiosos sacerdotes,
cuyo Superior tenía facultades de Prefecto Apostólico.
Establecieron dos residencias: una en la región del Igara-
paraná, en el caserío de La Chorrera, centro principal de
aquel río, y otra en la del Caraparaná, en el sitio de San
Antonio, antiguo San Gregorio, cuando en esa región te-
nían sus empresas los colombianos Gregorio Calderón y
hermanos. Los Padres fundaron escuelas en cada una de
las residencias, pero casi sin ningún resultado, debido a que
ni a los indios les gusta concurrir a ellas, ni por parte de la
casa Arana, ni por la del gobierno del Perú, encontraron
¿ipoyo alguno p^ra que obligaran a los indios a enviar sus
hijos a educarse e instruirse. Su ministerio se reducía casi
exclusivamente a bautizar indios párvulos sin uso de ra-
zón y adultos en la hora de la muerte. Me dijo el Reveren-
do Padre Cipriano que en seis años habían hecho dos casa-
mientos y distribuido un número insignificante de comu-
niones. Desde que estalló la guerra europea casi no
recibían auxilio alguno; cuando pasamos nosotros, sólo
celebraban dos veces por semana por escasez de harina y
de vino, por lo que les obsequié un poco de harina de la
que nosotros traíamos para hacer las hostias. Antes de la
guerra recibían mensualmente provisiones y recursos de
Inglaterra por conducto del Cónsul de Iquitos y de la Com-
pañía Booth, cuyos barcos hacían viajes directos de Liver-
pool a la capital de Loreto. Hacía ya dos años que el Re-
verendo Padre Superior y otro de los Padres habían
regresado a Europa por motivos de salud, y ellos esperaban
que les llegara de un momento a otro la orden de regresar
también. Efectivamente, en el mes de octubre de aquel
mismo año se fueron para su patria, quedando de nuevo
las regiones del Caraparaná e Igaraparaná espiritualmente
desamparadas.
Según el último censo levantado en 1917 por la casa
Arana y que dichos Padres Misioneros me facilitaron, ha-
bía en la región del Caraparaná 2,300 indios, todos huitotos,
diseminados en las siguientes caucheras: El Encanto, cen-
tro principal; Esmeralda, con la sucursal de San Antonio,
residencia de los Misioneros; Argelia, con las sucursales de
Pisaguas y Sebuas; Yabuyanas; Florida, con la sucursal
Nonuyas; La Sombra, con la sucursal Frayes; Esperanza;
_ ^9 —
La India e Iberia (antigua Nueva Granada), sobre la orilla
izquierda del Putumayo, cuatro horas más abajo de la des-
embocadura del Caraparaná. Cada sección se compone de
dos, tres o más tribus de indios, a órdenes cada una de su
capitán respectivo. Las sucursales cuentan con menos in-
dios. Cada capitán de tribu tiene su gran casa de reunión,
como se dijo al hablar de los huitotos de Güepí, y en cada
casa sus maguares. Estos capitanes están sujetos a un agen-
te blanco que reside en cada sección, y éstos a su vez re-
ciben sus órdenes directas del Gerente de El Encanto.
En la región del Igaraparaná domina la casa Arana
6,200 indios de distintas razas y lenguas, siendo los huitotos
los más numerosos. Las razas con lengua propia son seis:
huitotos, boras, andoques, recígaros (que sólo cuentan 50
hombres de trabajo), ocainas y muinanes. Las estaciones
de aquella región son las siguientes: La Chorrera, que es
la principal, a orillas del mismo Igaraparaná; allí reside el
Gerente de aquella región, que era entonces el señor
Ubaldo Lores; hasta allí va cada tres meses el vapor Libe-
lal a cargar caucho y balata. Dispone también de una lan-
cha llamada Águila, para recoger el producto de las distintas
secciones; esta lancha es un poco más pequeña que la
Callao. Sección Sur, de indios huitotos; Oriente, de indios
ceainas; Occidente, con la sucursal Emerayes, ambas de
huitotos; Atenas, con la sucursal Charocamena, también
de huitotos; Andoques, de indios andoques y boras; Saba-
na, con las sucursales Nonuyes y Aimenas, de indios hui-
totos, boras y recígaros; Entrerríos, con una sucursal,
ambas de huitotos; Ultimo Retiro, con la sucursal Por-
venir, de indios huitotos y muinanes; Abisinia, con la su-
cursal Uvatipa, de indios boras, y Santa Catalina, también
ae indios boras. Me informaron además los Reverendos
Padres Misioneros que en la raza bora había aún muchos
salvajes, a los cuales no habían podido someter los blancos,
y que para éstos eran una verdadera amenaza, de tal ma-
nera que no podían andar por las cercanías donde esos
indios tienen sus centros, sin ir bien armados y en grupos,
pues a uno solo, aunque vaya bien armado, le es muy difícil
defenderse. En el año de 1917 hubo en el Igaraparaná un
levantamiento de indios, parte de los sometidos y parte de
los indómitos, quienes atacaron la agencia principal de
•aquella región. Durante varios días hubo un nutrido tiro-
- 40 —
teo entre rebeldes y blancos e indios fieles . Los insurrectos
se atrincheraron dentro de una casa rodeada de una mura-
lla de bultos de caucho, en la que no penetraban las balas.
De Iquitos acudió una compañía de soldados con una ame-
tralladora, pero ni así consiguieron desalojar de sus posi-
ciones a los levantiscos; sólo lo consiguieron cuando lo-
graron incendiar el techo de la casa donde se guarecían,
por medio de una pelota impregnada de petróleo, la cual
{.rendieron y lanzaron sobre la casa. En esa ocasión los
blancos del ígaraparaná se salvaron por haber hecho trai-
ción algunos de los mismos mdios, quienes les avisaron
con tiempo lo que se tramaba, y así pudieron prevenirse
y repeler el ataque desde los primeros momentos. Muchas
otras cosas me contaron los Padres sobre las relaciones de
los blancos e indios. También sobre el apoyo que los em-
pleados de la casa Arana prestaban a los Misioneros. Este
apoyo fue casi siempre insignificante, por lo menos en la
parte moral o a la que se refería al ministerio apostólico e
mstrucción pública. No hostihzaban directamente a los
religiosos, pero tampoco ejercían influencia sobre los indios
para que se aprovecharan de sus labores apostólicas. La
presencia de los Padres favoreció mucho a los indios, pues
los Padres, tanto como Misioneros católicos, eran conside-
rados como espías ingleses, y el temor de una intervención
extranjera moderó a los caucheros. La primera mejora
que se implantó con la llegada de los Padres a esas regiones
fue el cambio de sistema en la manera de hacer trabajar a
los indios. Antes, a los jefes de sección se les daba como
honorarios un tanto por ciento de lo que recogían los indios
que manejaban. Con este sistema "sucedía muchas veces que
por el deseo inmoderado de lucro, se exigiera a los pobres
indios tareas superiores a sus fuerzas, dando esto ocasión a
crueldades y malos tratos por no cumplir lo que les era ma-
terialmente imposible. Desde la llegada de los Padres se
abandonó el sistema del tanto por ciento y se estableció el
de sueldos fijos. Cuando nosotros pasamos por el Carapa-
raná todos los empleados de la empresa Arana tenían sus
sueldos, cualquiera que fuese el resultado del trabajo de los
indios. Por lo que pudimos observar y también por lo que
nos contaron los Padres Franciscanos, nos formamos la con-
vicción de que hace algunos años no se registran casos de
barbarie como los que se cuentan de tiempos anteriores.
- 41 --
Unos colombianos, que cuando nosotros pasamos por El.
Encanto vivían en el Caraparaná y después subieron a Puer-
to Asís, m.e contaron que desde nuestra visita habían me-
jorado ios pagos a los indios. ¡Quién sabe si sea verdad
tanta belleza!
Los indios que todavía viven sin sujeción a nadie son
antropófagos, como lo .eran hasta hace poco los que están
sometidos. Más todavía: se puede afirmar que los ancianos
de las tribus ya conquistadas son aún antropófagos ^ y si
se contienen, es por el miedo de ser castigados por los blan-
cos, si continuaran con tan inhumana costumbre. Un em-
pleado de la casa Arana quq ha pasado muchos años en las
regiones del Caraparaná e Igaraparaná, me contó que uno
de los trabajos más grandes que tuvieron al hacerse cargo
de aquellas tribus, fue quitarles la bárbara costumbre de
comerse los de una tribu a los de la otra cuando los cogían
prisioneros en sus peleas. Para comerse a los que aprisio-
naban, preparaban estos salvajes una gran fiesta con sus
bailes respectivos. Durante dos o tres días invitaban a los
de toda la tribu y demás tribus amigas con continuos toques
de maguaré. Cuando llegaba el momento de empezar la
fiesta, ataban al prisionero a un palo clavado en la mitad
de la casa donde se celebraba la macabra ceremonia. Orga-
nizaban un gran círculo de danzantes alrededor de la víc-
tima y lo iban despedazando por partes a medida que el
baile avanzaba, obedeciendo a ciertas señales del que lo
dirigía: primero, le cortaban un brazo; después, el otro;
luego las piernas una por una, y finalmente lo remataban
con un golpe en la nuca. El señor que esto me contó me
dijo que algunas veces los blancos al oír los toques del
maguaré, corrían al lugar donde se iba a efectuar tan bár-
bara fiesta, y valiéndose de fuetes y palos lograban despejar
la casa y salvar a la víctima; y que a veces ocurría el que
algunas de esas víctimas al verse libres, como que se entris-
tecían y no querían huir, diciendo que era m.ejor acabar la
fiesta y que se los comieran, teniendo por honor y orgullo
poder demostrar a sus enemigos que son valientes y que
pueden aguantar sin quejarse todo el odio y ferocidad de
que son víctimas, lo cual demuestra el estado de degrada-
ción moral de aquellos infelices . j Oh profundidades inson-
dables del corazón humano!
43 -
Cuando yo contaba a los Misioneros Franciscanos la
manera como en Colombia se trata a los indios, se queda-
ron admirados. Les mostré el Decreto del Gobierno, nú-
mero 1484 de 1914, sobre la manera de gobernar a los indios
del Caquetá y Putumayo, y al verlo me dijeron que ni en
Iquitos se conocían y mucho menos se aplicaban disposi-
ciones tan .católicas y justas. Como se comprenderá, la
premura del tiempo me impidió informarme detalladamente
robre muchas otras costumbres de los indios. Con todo,
alcancé a recoger algunos datos que creo oportuno dejar
consignados aquí. Aquellos indios creen en la existencia
de un Ser superior todopoderoso, a quien llaman Fusina-
muy; este mismo nombre dan a todo aquello que tiene
relación directa con ese Ser, según su manera de discurrir;
así, llaman también Fusinamuy al Padre Misionero, por
considerarlo representante de Dios. Reconocen también la
existencia de un ser inferior, espíritu del mal, que denomi-
nan Taifeño. Admiten la inmortalidad del alma y la vida
futura. Rinden homenaje al sol, que llaman harria, y a la
luna, que apellidan fuey. Entierran a sus muertos en la
misma casa que habitaba el difunto, envuelven el cadáver
en una hamaca nueva y lo sepultan con todos los utensilios
de su propiedad. No tienen ceremonia especial de matri-
monio. Cuando un indio desea casarse, se dirige al lugar
donde reside su pretendida, desmonta un pedazo de terre-
no, prepara leña para su futuro suegro y da en ofrenda al
capitán de la tribu de su amada, una bolsa de coca o una
bola de tabaco. Pasados unos quince días, el capitán men-
cionado entrega al novio la mujer que pretende. En sus
costumbres no existe la poligamia; solamente uno que otro
capitán se ha atrevido alguna vez a tener dos o más muje-
res. Todos los huitotos hablan el mismo idioma, con algu-
nas modificaciones no sustanciales; es idioma muy sencillo
y carece de artículos y conjugaciones. Ordinariamente lo
hablan con una entonación prolongada bastante armoniosa.
Medio día y una noche permanecimos con los Padres
Franciscanos cambiando ideas e impresiones. Muy satis-
fechos y agradecidos regresamos a El Encanto, por camino
distinto. Pasamos esta vez por dos caseríos de indios o
estaciones caucheras; la última se llamaba La Esperanza.
En ambas observamos poco más o menos lo mismo que en
Esmeralda. Dos o tres casas grandes de capitanes de tribu
— 43 -
y una o dos para los empleados blancos. Indios desnudos,
algunos medio vestidos, y montones de caucho o gomas,
parte en tiras largas, en forma de tallos de árboles, de unos
40 centímetros de grueso (los rabos del Putumayo de que
se nos habló en Yuvineto) .
En El Encanto nos volvieron a recibir con toda ama-
bilidad. Mientras fuimos a San Antonio, dejamos al prác-
tico y al camarero, que estaban un poco enfermos de cule-
brillas en los pies, para que cuidaran el bote Márquez y
los equipajes. Al llegar nos contaron que los empleados de
^g agencia, desde el mismo Gerente, los sometieron cons-
tantemente a largos y minuciosos interrogatorios, para sa-
carles quiénes éramos y a dónde íbamos; y como nunca
oyeran nuestros nombres sino los que antes habíamos con-
venido, como ya se explicó, pretendían saber también
cómo se llamaban y cómo nos llamábamos. Como estaban
bien aconsejados, supieron guardar el secreto y evadir to-
das las preguntas capciosas. Lo mismo, aunque en forma
más culta, hicieron conmigo y el. doctor. Me acuerdo que
el señor Loaisa, seguramente para disimular más sus ver-
daderas intenciones, buscaba las ocasiones propicias para
encontrarnos los dos solos, y cuando lo consiguió me hizo
un gran panegírico de la Orden de San Francisco y de lo
mucho que en el Perú quieren a los Franciscanos, por ha-
c-er sido estos religiosos de los que más se distinguieron
en la catequesis y civilización de las tribus incas; pero al
mismo tiempo que me hablaba de estas cosas, al parecer
inocentes, introducía preguntas capciosas sobre lo que ha-
bíamos hecho en Colombia, estábamos haciendo y pensá-
bamos realizar, especialmente en las regiones del Caquetá
V Putumayo. Así, nos veíamos precisados a responder con
mucha circunspección, para no comprometernos ni contra-
decirnos.
La tarde antes de salir de El Encanto llegaron los indios
de una sección, todos cargados con bultos de caucho; les
causó gran admiración ver a un Padre con barbas; pronto
me rodearon y conversaban con gran animación del Fusi-
namuy (Misionero) colombiano. Algunos referían que
habían conocido a otros Padres iguales, y les alcancé a oír
los nombres de los Padres Basilio y Jacinto (Capuchinos).
Iba correspondiendo al saludo afectuoso de cada uno, con
cariñosas palmaditas sobre sus desnudas y sudorosas es-
— 44
paldas. Cuando en esta forma departíamos alegremente
con esos salvajes, se oyó un grito de un empleado de la
agencia, y en un instante me dejaron solo.
Tuvimos ocasión de visitar La Chorrera y región del
Igaraparaná, adonde se puede ir en una jornada de a ca-
ballo por buena trocha; pero cQm.o comprendimos que poco
les gustaba nuestra presencia en aquellos sitios, resolvimos
proseguir nuestro viaje sin más demoras.
XI
Del Caraparaná al Anuizonas — Región desierta y causas que impiden coló-
uizai'la — Canoas de tribus no conquistadas — Encuentro trágico-cómico con*
Samuel ncgeroni — Entrada en el Putimiayo, colonizado por el Brasil.
Puesto fiscal brasilei-o— Continuación del viaje en lancha brasilera — Indios
del Igarapaianá en el Brasil — Nostalgia de sus tribus y su regreso — Lilegada
aJ Amjizonas .
El 5 de mayo salimos de El Encanto. Todos los em-
pleados de la casa Arana nos despidieron con grandes aten-
ciones. Este día pernoctamos en una casa de colombianos
del Caraparaná, donde se reunieron todos los connacionales
que vivían cerca de aquel sitio. Algunos de éstos tuvieron
interés especial en que les bautizara y confirmara sus hijos
y en que el doctor Márquez fuera su compadre, a lo cual
accedimos gustosos. Como algunos de ellos hacía muchos
años que vivían por allá, nos refirieron multitud de acon-
tecimientos que habían presenciado, sobre algunos de los
cuales habíamos oído ya vagas referencias, pudiendo de
.este modo aclarar informes sobre hechos importantes pu-
blicados y tal vez escritos con espíritu apasionado o ten-
dencioso. Nos informaron también que todavía había
algunos colombianos que servían como empleados en la
casa Arana. Calculamos que entre los empleados de la casa
peruana y los que vivían aparte, en casas propias, darían
un total de 35 a 40 colombianos residentes en aquella región.
En doce días y algunas noches nos pusimos del Cara-
paraná a Cotué. Este trayecto del río está casi todo de-
sierto; encontramos solamente unas doce casas a largas
distancias, algunas — más o m.enos la mitad — eran de colom-
bianos; una de un venezolano, y las demás de peruanos.
En casi todas ellas ejercí el santo ministerio, bautizando,
confirmando y presenciando uno que otro matrimonio. Las
— 45 —
^au5a.s principales de tan exigua población en el trayecto
dei Futumayo ocupado por el Perú, han sido los procederes
de la empresa Arana, la cual se considera dueña absoluta
de las tribus más numerosas de aquella comarca. Cuando
algunos de esos indios se han ido a trabajar con otros em-
presarios independientes que han querido establecerse en
aquella región, la casa Arana los ha mandado capturar, con
comisiones especiales, a veces de indios mismos, dejando
de esta mianera sin brazos apropiados a los pequeños indus-
triales que a la vez serían colonos . Además, com.o la única
navegación del Putumayo es la de la empresa Arana, basta
que ésta se niegue a transportar productos y a vender ví-
veres y mercancías, para que nadie pueda establecerse
ventajosamente en aquellos lugares. Como no hay mal que
por bien no venga, esta conducta de la empresa peruana
no hay duda de que ha favorecido a Colombia, pues cual-
quiera ve que es mucho m.ás fácil hacer un arreglo de lí-
mites con mutuas concesiones, tratándose de terrenos* des-
poblados, que no si el arreglo versara sobre regiones bien
coionizadas por ciudadanos peruanos. Seguramente las
circunstancias apuntadas no habrán dejado de influir en el
Tratado de límites firmado en Lima el 24 de marzo de 1922.
Desde la desembocadura del Igaraparaná hasta cerca
del Yaguas, vimos varias canoas viejas, rundimientarias,
vaciadas a fuego y sin pulir por la parte exterior, abando-
nadas en medio de palizadas o entre las malezas de las ori-
llas del Putumayo. Al averiguar quién construía y usaba
aquellas embarcaciones, supimos que eran potrillos de los
salvajes que no han entrado aún en relaciones con los blan-
cos, y que para fabricarlas se sirven de hachas de piedra
V del fuego. La aparición de embarcaciones de esta clase en
cualquier río o quebrada es señal cierta de que no muy
lejos hay infieles; y los caucheros o cualquiera persona
que ande por aquellos parajes debe tomar precauciones para
evitar sorpresas desagradables. Las grandes y súbitas ave-
nidas de los ríos y quebradas suelen arrastrar esas embar-
caciones por descuido o imprevisión de sus dueños, deján-
dolas abandonadas e inservibles en aquellas riberas.
El 13 de mayo, después de siete días de no encontrar
^. nadie ni ver huellas humanas, advertimos que subía una
gran canoa por la orilla izquierda del río, e inmediatamente
dirigimos hacia ella la nuestra, movidos por el deseo que
— 46 -
teníamos de saber cuánto nos faltaba para llegar al Amazo-
nas. Nuestra sorpresa fue grande cuando notamos que así
que nos vieron, arrimaron a la orilla y algunos de los que
iban en la canoa saltaban a tierra, como huyendo de nos-
otros o preparándose para atacarnos, al mismo tiempo que
uno de los que quedaban en la embarcación se levantó
súbitamente y apuntó hacia nosotros. Todos instintiva-
mente gritamos: ¡no disparen!, pero antes de acabar de
pronunciar estas palabras, oímos la detonación y vimos que
se dirigían apresuradamente en su canoa hacia nosotros .
Durante algunos momentos fuimos presa de viva ansiedad
V temor, pero pronto nos tranquilizamos, porque nos dimos
cuenta de que recogían algo flotante en la corriente. Habían
disparado con una carabina a un pato real que nadaba en
dirección nuestra, y le habían destrozado el cuello. Nos
acercamos a saludar a aquellos individuos, quienes nos
dijeron que venían del Ñapo y entraban por primera vez
en él Putumayo. El patrón se llamaba Samuel Rogeroni,
ecuatoriano de prosapia italiana, y sus peones eran indios
incas de aquel río . Nos regaló el pato que acababa de matar
y nos dijo que al vernos se había asustado creyendo que
éramos gente de la casa Arana, que íbamos a impedirle
sus trabajos, y que por esta razón había hecho desembar-
car parte de sus peones para que pudieran ver, escapar y
dar cuenta, si algo les sucedía. Nos informaron del lugar
donde estábamos, que era a unas pocas leguas más abajo
de la confluencia del Igaraparaná. Conversamos un rato,
nos reímos del miedo mutuo que nos habíamos causado /
nos despedímos con la mayor cordialidad.
Hacía cuatro días que nuestro camarero no podía mo-
verse a causa de una maligna erupción de culebrilla o saba-
ñones que le invadían las piernas, y nos vimos precisados
cj demorarnos un día en una de aquellas desiertas playas,
a fin de curarlo con más detención y cuidado, pues a pesar
ae que todos los días le aplicábamos remedios a mañana y
larde, la infección se iba haciendo más extensa, pero con
las especiales aplicaciones que ese día le hicimos, pudimos
atajar el mal y lograr que no tardara mucho en reponerse.
Aprovechamos esta ocasión para lavar la ropa, limpiar com-
pletamente el bote Márquez, y también enviar a cacería al
práctico y marinero, quienes volvieron con algunos monos
y paujiles que buen servicio nos hicieron.
- 47 --
El 17 de mayo, a las tres y media de la tarde, atraca-
mos a Tarapacá, puerto militar peruano, situado en la des-
embocaduurlando esta
vigilancia. Para conseguirlo han tenido que andar largas
jornadas por entre la selva virgen, pero esto para ellos no
es problema muy difícil de resolver, ya que los indios en
el monte encuentran toda clase de recursos, como nosotros
cuando andamos en países poblados y civilizados. Es ad-
mirable el modo como se orientan y vencen dificultades.
El sol es su brújula segura durante el día, y la luna y las
estrellas les guían admirablemente de noche. Encuentran
frutas y plantas para alimentarse; cuando no hallan aguas
corrientes, apagan su sed con agua de guadua y con sabro-
sos líquidos de distintos bejucos. De un árbol cuyo nom-
bre no recuerdo sacan una especie de mechas o teas que
— 54 —
arden sin apagarse fácilmente, y con ellas se alumbran
para andar de noche. Sus flechas y lanzas les sirven a las
mil maravillas para proveerse de carne. Cuando en la mar-
cha se encuentran atajados por algún gran río, lejos de des-
animarse, con la mayor naturalidad del mundo cortan una
palma de las que llaman chuchanas, que ordinariamente
forman en su tallo abultadas y prolongadas combas, se sien-
tan encima de una de éstas, y sirviéndose de una astilla de
la misma chonta como canalete o remo, atraviesan el río
con la misma facilidad que un blanco en buena canoa. Su
mayor cuidado cuando andan de huida es no dejar huella
alguna con que los puedan seguir, pues los indios del Ca-
raparaná e Igaraparaná saben que la casa Arana tiene un
cuerpo de vigilancia formado de indígenas fieles a la em-
presa, a quienes tratan muy bien, los cuales cuidan de per-
seguir a los que huyen, empleando a veces meses enteros
en esta ocupación, y si los llegan a coger son castigados
con severidad, para escarmiento propio y de los demás.
Dejemos ya el Putumayo y volvamos al Amazonas,
para llegar pronto a Manaos, pues esta relación se va alar-
gando demasiado.
XIII
De la confluencia del Putiunayo a Manaos — ^Divei-sos nombi*es del Ama-
zonas, Putumayo y Caquetá — Encuentro con el Reverendísimo Padre Pre-
fecto Apostólico del Alto Solimoes — División eclesiástica del Estado del
Amazonas — Seguridad de conseguir lancha en Manaos — Motores que ense-
ñan a remar — Recibimiento de Obispo— Entrada a Ríonegro — Llegada a
Manaos y pérdida del equipaje.
Los peruanos dan al Amazonas el nombre de Marañón
desde su origen hasta que se junta con el Ucayali, cerca
de Iquitos; de allí en adelante recibe el propio nombre de
Amazonas. Los brasileros lo denominan Alto Solimoes, de
Tabatinga a Teffé; Baixio Solimoes, de Teffé a Manaos, y
Baixio Amazonas, de Manaos al Atlántico. Al Putumayo
lo llaman los brasileros Icá, y Yapurá al Caquetá. El Ama:
zonas forma tres grandes brazos en la desembocadura del
Putumayo. Para chimbar en canoa el de la confluencia se
gasta hora y media. Estos datos dan una pequeña idea de
la inmensidad de aquel gigante que con razón lo llaman
Mar Dulce o Mediterráneo de Sur América. El Putumayo
- 55 —
j€ convierte en un pigmeo en presencia de aquel coloso;
al perder su nombre forma un regular delta, como aver-
gonzándose de la pequenez que hasta entonces había os-
tentado, con una majestad imponente ante quienes lo na-
vegábamos por primera vez y no conocíamos río mayor.
Después de tener la retina acostumbrada a las anchuras del
Amazonas nos parecía imposible que aquél fuera el Putu-
mayo, que antes habíamos conocido. En los cuatro días
que esperamos el vapor Cuyabá en Puerto América, deter-
minamos dejar colocados en casas honorables de buenos
amigos a nuestros fieles compañeros el capitán, el práctico
y el marinero, a fin de que nos aguardaran allí hasta nuestro
regreso. El plan nos salió muy bien, porque tan pronto
como expusimos nuestros deseos a esos buenos amigos, nos
manifestaron que recibirían a nuestros bogas con mucho
gusto, aunque ellos lo habían tenido mayor en no separarse
de nosotros. Desde que nos embarcamos en la lancha Ser-
gipe, en la frontera brasilera, nuestro Bote Márquez siguió
a remolque. Muchos querían comprarlo, aun el mismo Jefe
del resguardo; pero como ignorábamos la suerte que nos
esperaba al regreso, resolvimos dejarlo recomendado a un
buen amigo de San Antonio.
El 27 de mayo a las nueve de una hermosa y despe-
jada mañana, llegó ostentando sus galas el esperado Cuyabá.
Nos embarcamos con presteza, despidiéndonos con pro-
funda pena de tres de nuestros inmejorables bogas y de
todos los buenos amigos que nos habían distinguido con
sus atenciones y servicios durante aquellos pocos días. A
las diez de la mañana zarpó el Cuyabá. En cuatro días con
sus noches recorrimos la distancia que nos separaba de
Manaos, y durante este tiempo pudimos admirar la belleza
y grandiosidad de aquellos paisajes que se iban sucediendo
sin interrupción. Llenos de alegría y esperanza hacíamos
animados comentarios sobre la manera como empezaría-
mos nuestras gestiones en la capital del Amazonas. Al
amanecer del segundo día fuimos gratamente sorprendi-
dos con la presencia en el vapor de los religiosos Capu-
chinos. No hay para qué decir que tanto ellos como yo lo
primero que hicimos fue darnos el fraternal abrazo de los
hijos de San Francisco y preguntarnos quiénes éramos y
a dónde íbamos. Pronto supieron de mí lo que convenía;
y yo de ellos que eran el Reverendísimo Padre Evangelista
- 56 -
de Cefalonia, Prefecto Apostólico del Alto Silimoes, y el
muy Reverendo Padre Yocundo de Solliera, miembro de
aquella Misión; que el Reverendísimo Padre Evangelista
iba a Manaos en asuntos de su Prefectura, y el Padre Ya-
cundo a Florianápolis, grande hacienda cercana a donde
estábamos, en funciones de su ministerio. Efectivamente,
, poco rato el muy Reverendo Padre Yocundo se despidió
de nosotros. Por el Reverendo Padre Evangelista supe
muchas cosas eclesiásticas, civiles y comerciales del Brasil,
y especialmente del Amazonas y Manaos, que era lo que
más nos interesaba. En lo eclesiástico supe que el Estado
del Amazonas comprendía cuatro Prefecturas A.postólicas
y el Obispado de Manaos. Las Prefecturas son: Alto Soli-
moes, cuya capital es Tunantins, situada a dos horas en
vapor más abajo de la desembocadura del Putumayo y
dentro de la región que Colombia reclama. Comprende
esta Prefectura la cuenca brasilera del Amazonas, desde
los límites con el Perú hasta las vertientes del Tutahy, por
la banda derecha; y hasta las aguas del río Negro, por la
izquierda. Encierra pues dentro de sus límites las regiones
del Bajo Putumayo y del Bajo Caquetá, que coloniza el
Brasil, pero que figuran en el mapa de Colombia. Esta Pre-
fectura está a cargo de nuestros hermanos los Padres de
la Provincia italiana de Umbría o Seráfica. La de Teffé,
a cargo de los Padres franceses de la Congregación del
Espíritu Santo y Sagrado Corazón de María; su capital es
Teffé, la ciudad más antigua del Amazonas, situada sobre
las orillas de un lago del mismo nombre, y en la banda de-
recha del Amazonas y a 372 millas de Manaos. La de Río-
negro, a cargo de los Padres Salesianos ; su capital es Santa
Isabel, y comprende la cuenca media de dicho río, desde
la frontera de Colombia para abajo. Y la de Ríoblanco,
administrada por unos Padres Benedictinos alemanes;
Boavista es su capital, y abarca la región de O . Ríobranco,
afluente del río Negro en su banda izquierda. Lo restante
del Estado de Amazonas forma el Obispado de Manaos
Las notas características de estas entidades eclesiásticas
son: una inmensa extensión de terreno palúdico y malsa-
no, muy poca población, diseminada en pequeños caseríos,
a largas distancias unos de otros y en multitud de cauche-
ras ( seringaes, como dicen los brasileros ) , que constituyen
grandes haciendas. Tienen como única vía de comunica-
- 57 --
ción los ríos; disponen de muy pocos recursos económicos
para establecer sólidamente el culto externo, y fomentar las
obras de progreso moral y educación cristiana. En tiem-
pos en que el caucho valía, los recursos abundaban, pues
según me contó el Reverendísimo Padre Evangelista, los
caucheros pagaban muy bien y con gusto crecidos derechos
eclesiásticos por cualquier ministerio, pues por un bautis-
mo daban una libra esterlina, por un casamiento quince o
veinte libras, y así en los demás ministerios; pero desde
que el caucho se desvalorizó, los pocos sacerdotes que hay
en aquellas regiones pasan trabajos para poder vivir, según
ru posición ; y les es casi imposible fomentar obras mate-
nales y empresas que impulsen el incremento religioso, y
por último, y esto es lo más grave, hay una escasez descon-
soladora de clero. En ese tiempo la Prefectura Apostólica
de Solimoes contaba tan sólo con cinco sacerdotes; y tres
de estos tenían que estar en Manaos atendiendo a la re-
sidencia y parroquia de San Sebastián; de modo que en la
Prefectura quedaban solamente el Reverendísimo Padre
Prefecto Apostólico y el muy Reverendo Padre Yocundo.
La de Teffé tenía once sacerdotes; y si no recuerdo mal,
ocho la de Ríoblanco. En Manaos hablé con el Reverendí-
simo Padre Lorenzo Giordano, Prefecto ApostóUco de Río-
negro, y al preguntarle por el número de Misioneros de
que disponía, me contestó señalando su persona: "Aquí le
presento la mitad de mi clero." En el Obispado de Manaos
c del Amazonas eran diez y seis los sacerdotes seculares
que prestaban servicios ministeriales, con la circunstancia
de que seis de éstos eran ya muy ancianos. Tengo enten-
dido que de estos diez y seis la mayoría eran extranjeros:
portugueses e italianos. Estos datos pueden hacer com-
prender a cualquiera versado en asuntos de gobierno ecle-
siástico, cómo estará aquella región inmensa en cuanto a
religión, y por consiguiente en sana moraHdad.
Mucho nos ilustró el Reverendísimo Padre Evangelis-
ta en cuestiones civiles, políticas y comerciales de aquellos
lugares, pero para no hacerme interminable dejemos esos
asuntos para mejor ocasión.
Por los datos que nos dio aquel Prelado, nos persua-
dimos de que con absoluta seguridad conseguiríamos en
Manaos lancha para subir a Puerto Asís, pues nos pintó las
cosas tal como en realidad las encontramos : el comercio en
— 58 —
ruina, las transacciones completamente paralizadas, multi-
tud de lanchas y vapores, deteriorándose en los puertos por
falta de movimiento, y sus dueños deseosos de encontrar
ocasión propicia de poderlos mover aunque fuera sin pin-
gües ganancias, con tal de evitar su destrucción. Contando
pues nosotros con recursos, podríamos estar seguros de que
muy pronto tendríamos numerosas ofertas para realizar el
viaje en buenas condiciones. Con estos razonamientos nos
llenábamos de regocijo y entusiasmo, por comprender que
podríamos cumplir pronto y con brillo nuestra comisión.
Además, el Reverendísimo Padre Prefecto del Alto
Solimoes nos hizo conocer moralmente las principales ca-
sas comerciales de Manaos y nos ofreció presentarnos a los
dueños de algunos de estos establecimientos, quienes nos
darían informaciones completas para orientarnos bien y
poder obrar con verdaderas probabilidades de éxito. En
efecto, así lo hizo al llegar a aquella ciudad, y debido a sus
valiosas recomendaciones encontramos desde un principio
simpatías y apoyo de parte de personas de gran influencia
en aquella sociedad en favor de nuestra empresa. Todos
estos favores nos llenaron de gratitud hacia tan bondadoso
Prelado, gratitud que me complazco de un modo especial
en dejar consignada en estas líneas.
Dos casos chuscos presenciamos en ese trayecto de na-
vegación. Fue el primero que habiendo subido a bordo en
uno de los puertos intermedios un viajante comisionista de
motores de gasolina para pequeñas embarcaciones, uno de
los pasajeros dijo en alta voz a los que estaban escuchando
e' panegírico de esa mercancía de labios de dicho señor:
"Si quieren aprender a remar compren esos motores." Oír
esto el comerciante y encolerizarse fue simultáneo; pidió
explicaciones; el autor devla frase, con la mayor frescura,
por toda explicación le contó algún caso que a él mismo
le había sucedido, en confirmación de su aserto. Todo esto
provocó la hilaridad de los presentes, la cual mortificó más
y más al impaciente vendedor. Por fin, viendo que la cosa
iba tomando mal cariz, el capitán del buque intervino, puso
en silencio a los altercantes y todo quedó en santa paz.
El segundo caso fue de otra naturaleza, aunque de ma-
yores proporciones, por haber sido todo un pueblo el chas-
queado. Estaba el señor Obispo de Manaos pasando visita
pastoral en el pueblo de Coary, acompañado de un Reveren-
- 59 -"
do Padre Jesuíta, y había anunciado a los vecinos de Codajás
que en el primer vapor que bajara se embarcaría para aque-
lla población. Pero ocurrió que nuestro vapor llegó a Coa-
ry el día de la festividad de Corpus al amanecer, cuando
faltaba todavía mucho para la hora en que el Ilustrísimo
había anunciado al pueblo la misa de aquel día. Agregá-
base a esto la circunstancia de que otro vapor llamado Tu-
pania, procedente de río distinto, había atracado a Coary
la noche anterior y no salía hasta la tarde de aquel día . Por
todos estos motivos el señor Obispo resolvió celebrar con
toda solemnidad la fiesta de Corpus y embarcarse en el
vapor Tüpana. Como no hubiera telégrafo ni teléfono entre
esas dos poblaciones para avisar oportunamente la última
resolución del Prelado, resultó que los de Codajás salieron
a recibir al señor Obispo en el primer vapor que llegó, que
era el nuestro. Encontramos el muelle lleno de gente, y
hasta una banda de música. Así que el vapor atracó pro-
rrumpieron en estruendosos ¡vivas! al señor Obispo, y la
banda a tocar el himno nacional brasilero. Al poner el
puente, una multitud, encabezada por las autoridades lo-
cales, invadió la nave en busca del señor Obispo, y por más
'que los marineros les dijeron que no venía, no les creían.
Un Coronel brasilero que venía en el vapor, hombre de
muy buen humor, viendo que la gente se empeñaba en bus-
car por todas partes a quien no estaba ahí, me cogió del
brazo, me llevó a un pasadizo por donde entraba la gente,
y empezó a decir en alta voz: "Aquí está el señor Obispo,
pasen a besar el anillo"; al oír esto me quise retirar co-
rriendo, pero él me lo impidió, teniéndome con su robusto
brazo, mientras la gente admirada y desengañada decía:
"Este nao, es nosso Bispo. Nosso Bispo nao tem barba, es
de mais edade e viste outra classe da sotaina. Este es um
Padre Sao Franciscano." A viajeros y vecinos de Codajás
nos produjo risa el percance, y mientras nosotros quedá-
bamos contentos y agradecidos por el inmerecido y solem-
ne recibimiento, los pobres codajenses se retiraban a sus
casas a esperar la ocasión oportuna de manifestar a su
Obispo el afecto filial que como buenos católicos le pro-
fesan .
El 31 de mayo a las diez de la mañana dejábamos el
Amazonas para entrar en el río Negro.
Es imponente la unión de los ríos Negro'^y Solimoes.
A la vista se duda de cuál de los dos ríos sea más ancho; poco
— 60 -
les faltará a uno y otro para alcanzar una legua. Como las
aguas de cada uno son de distinto color, parecen como dos
enormes serpientes que se disputaran el cauce del Amazo-
nas de ahí para abajo. Las aguas del río Negro tienen un-
color negro subido, y las del Amazonas, en tiempo de cre-
ciente, como era cuando nosotros llegamos, son completa-
mente turbias, de un amarillo terroso. En su confluencia
la corriente del Solimoes es más impetuosa que la del río
Negro, y esa impetuosidad hace que represe las aguas de
Lu rival, de modo que el contacto de las dos corrientes, con
sus colores distintos, forma una línea recta, como tirada a
compás, que alcanza todo el cauce del río Negro y hace
el efecto como si las aguas de este último quedaran estan-
cadas en ese punto; pero mirando un poco más abajo des-
aparece la ilusión, porque se ven las negras y amarillas olas
confundirse, y formar un solo color amarillo, más oscuro.
A esta línea la llaman barra del rio Negro.
No cabe duda que este gran río debe su nombre al co-
lor de las aguas . En él se nota un contraste muy singular ,
Como si quisiera compensar la mala impresión de mugro-
bidad que sus aguas producen al que las contempla por
primera vez, parece que se complace en mostrar en sus
playas y lecho una arena blanquísima, admirando uno el
que puedan coexistir y compenetrarse sin desmerecer tan
opuestas cualidades.
A la hora y media de haber entrado en el río Negro
atracamos al puerto de Manaos con el alma llena de espe-
ranzas y la voluntad resuelta a hacer cuanto de nosotros
dependiera, para conseguir lo que tanto anhelábamos. El
Reverendísimo Padre Prefecto del Alto Solimoes nos llevó
a) convento de Capuchinos y no quiso que fuéramos a hos-
pedarnos a otra parte. Con los Padres permanecimos todo
el tiempo que duró nuestra estadía en aquella ciudad.
Antes de cerrar esta primera parte, quiero dejar con-
signado un desagradable percance que nos sucedió al lle-
gar a la ciudad deseada. Fue que al ir a desembarcar no
permitieron que sacáramos de a bordo los equipajes, ale-
gando que antes tenía que registrarlos un empleado de la
aduana. Nos manifestaron que la misma compañía de va-
pores cuidaba del desembarco de equipajes y de hacerlos
trasladar al respectivo domicilio, si lo deseaban los pasaje-
ros, dejando' su dirección. Así lo hicimos nosotros. Espe-
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rábamos que nos llevaran pronto al convento nuestras co-
sas; pero viendo que se demoraban mucho, fuimos a la
oficina de la Compañía, esperando encontrar allí lo que
hasta entonces habíamos aguardado inútilmente. Nuestra
sorpresa fue grande cuando después de haber pasado la
vista por todos los bultos desembarcados del vapor Cuyabá,
advertimos que no estaban nuestros equipajes. Nos dije-
ron que no podía ser otra cosa sino que dichos bultos habían
seguido en el mismo vapor hacia Belén del Para. Recibi-
mos gran contrariedad con esta noticia; nos pusimos al ha-
bla con el Encargado del Consulado colombiano, para ver
si había modo de recuperar lo que tanta falta nos hacía. Este
señor nos llevó al Gerente de la Compañía de vapores . Des •
pues de contarle lo que nos había sucedido, nos dijo que no
tuviéramos cuidado, pues él pondría un radiograma al va-
por Cuyabá, ordenándole que transbordara nuestros equi-
pajes al que subía de Belén para Manaos, y que muy pronto
los tendríamos en nuestro poder. Así fue; a los cinco días
nos trajeron al convento todos los bultos que se habían ido
en el Cuyabá, pero faltando dos cobijas españolas muy bo-
nitas y una botella thermos, cosas que aunque reclamé
con insistencia, nunca pude recuperar.
Con lo escrito, que no es poco, dejo terminada la pri-
mera parte de esta relación, para empezar inmediatamente
la más importante, que es sin duda la que sigue.
SEGUNDA PARTE
NUESTRA PERMANENCIA EN MANAOS-DE MANAOS AL CARA-
PARANÁ, Y DE ESTE PUNTO A ABANAOS, EN LA LANCHA "YA-
QUIRANA."— SEGUNDA PERMANENCIA EN M.\NAOS
Cuatro palabras sobre Manaos y el Estado del Auiazonas .
Manaos es la capital del Estado del Amazonas, sin
auda el más extenso de la Confederación brasilera, como
también el más despoblado. Es fronterizo con cinco na-
ciones: Guayana inglesa, Venezuela, Colombia, Perú y So-
livia. Esta circunstancia obliga al Gobierno federal a man-
tener en el Amazonas multiud de puertos aduaneros y de
guarniciones de fronteras, contribuyendo éstos a su vez a
dar vida a Manaos, centro de esa inmensa región, que con
toda propiedad se podría llamar la hoya de los mayores ríos
del mundo. La extensión del Estado del Amazonas se cal-
cula en un millón seiscientos setenta y tres mil kilómetros
cuadrados (1.673,000), y su población solamente en 350,000
habitantes. Manaos en tiempo de su mayor auge, o sea an-
tes de la guerra auropea, contaba 75,000 almas; durante la
catástrofe mundial su población disminuyó no poco, debido
3 las grandes dificultades para comunicarse con el resto del
mundo, lo cual impedía al comercio la exportación del cau-
cho fino o borracha, como dicen los brasileros, que es la
principal riqueza de aquellas regiones. En 1918 no pasarían
de 50,000 los habitantes de Manaos. En todas las calles, en
las puertas de muchas casas, se leía: "Alúgase" (se alquila) .
Manaos es ciudad moderna, situada sobre la margen izquier-
da del gran río Negro, a muy poca distancia de su confluen-
cia con el Amazonas, desde donde se gasta una hora su-
biendo en vapor. Dista igualmente de la desembocadura
de los grandes afluentes amazónicos Purús y Madeira, los
ríos más comerciales de aquel Estado. El Purús nace en el
- 63 —
Perú y corta en dos mitades iguales el territorio del Acre,
recibiendo como afluente el río de este mismo nombre, lo
cual hace que el Purús sea la vía principal por donde se
sacan los productos de aquel importante territorio federal,
el más rico del mundo en la calidad y abundancia del ziringa
c caucho fino. Hasta el Perú se puede navegar sin inte-
rrupción. El Madera es tal vez el afluente mayor del Ama-
zonas, y además del gran movimiento comercial de sus
riberas, en el curso brasilero, por él baja al río gigante el
comercio de una gran parte de la República de Solivia,
donde nace este río, y recibe el famoso Madre de Dios.
Para salvar algunos raudales inaccesibles a la navegación
se construyó el difícil ferrocarril Madeira-Mamoré, que
tantos millones de pesos y miles de vidas consumió.
Esta situación privilegiada fue la causa principal del
rápido crecimiento de Manaos, cuando el caucho alcanzó
precios fabulosos. Se puede afirmar que en veinte años
aquella ciudad alcanzó a ser el puerto fluvial más comercial
del mundo. Antes de la guerra europea eran cinco las
grandes compañías transatlánticas que mensualmente llega-
ban hasta Manaos, y algunos hasta cada quince días. Una
inglesa, otra alemana, una italiana, una brasilera y una fran-
cesa. En la aduana de Manaos, entre buques de alta mar y
vapores fluviales se recibían y despachaban por término me-
dio diez y seis embarcaciones diarias. Con la guerra quedó
casi completamente paralizado aquel movimiento. Cuando
nosotros estuvimos allá pasaron muchos días sin que entrara
ni saliera embarcación alguna . El puerto de Manaos cuenta
con un mxuelle flotante construido por la Manaos Harbour
Limited, con un complemento de almacenes, cables de trans-
porte, grúas de embarque y desembarque, etc., etc., que
bien se puede afirmar es una verdadera obra monumental,
cuyo costo debe contarse por millones . El río Negro, como
todos los del Amazonas, crece durante seis meses, de di-
ciembre a mayo, y merma durante el resto del año, alcan-
zando de diez a doce metros la diferencia del nivel de las
aguas. Cuando el río crece, el muelle ya ascendiendo, y
cuando decrece baja, sin obstáculo alguno para el movimien-
to de embarque y desembarque . Cuando llegamos a Manaos
era el tiempo de la mayor creciente del río, y desembar-
camos al nivel de las calles de su población. En cambio,
cuando regresamos en septiembre, para ir del punto donde
- 64 -
antes desembarcamos a las calles, tuvimos que subir una
larga pendiente de unos cien metros de extensión. Aquella
ciudad tiene bellas avenidas, anchas y rectas calles, asfal-
tadas unas, adoquinadas otras, y todas limpias, de buen
aspecto. Algunos de sus edificios son regios, distinguién-
dose entre ellos la Beneficencia Portuguesa, el Palacio de
Justicia y el Teatro Amazonas. Tres son las iglesias prin-
cipales : la catedral, con dos esbeltas torres ; la parroquia de
San Sebastián, a cargo de nuestros hermanos los Padres
Capuchinos, y el Santuario de los Remedios. Es notable
por su perfección escultórica el monumento de Amazonas,
erigido en conmem.oración de la apertura del río Amazonas
al comercio y navegación universales. La circundan bellos
paseos, bien sombreados y confortantes. Su altura sobre el
nivel del mar es de 32 metros. Su temperatura más común
es de 30 a 35 grados, pero varía de 25 a 35. La mucha hu-
medad de aquella inmensa región de los grandes lagos y
líos da la impresión de un clima más ardiente de lo que es
en realidad. Aunque la mayoría de los habitantes de Ma-
naos son brasilerqs, como es natural, las numerosas colonias
extranjeras la convierten en ciudad cosmopolita. Son las
principales: la portuguesa, con 10,000 almas; la italiana,
con 4,000; la española, 2,000; y son notables la turco-siria,
alemana, china y otras. Las principales casas de comercio
son portuguesas y francesas; alguna es española.
II
Nuestras primeras diligencias en Manaos — "The Amazon Rdver" y sus
líneas fluviales — Ck>nrlucta digna de gratitud del señor José Vaz D'Oliveira.
Ansiedad por la demora en las comunicaciones cablegráficas y alegrías que
éstas nos proporcionaban — Tiempo que se gastaría de Eui'opa y Norte Amé-
rica a Manaos y Puerto Asís, y viceversa — Costo por tonelada entre esos
puntos.
Nuestro primer cuidado al llegar a Manaos fue comu-
nicarnos con Vuestra Reverendísima. A las pocas horas de
estar en la ciudad pusimos el siguiente cable:
"Prefecto Apostólico — Pasto (Colombia) .
"Conseguido vapor.
''Gaspar, Márquez."
Dimos como cosa hecha la que con toda seguridad
creímos poder conseguir, con el fin de que Vuestra Revé-
— 165 - -
rendísima activara lo necesario en Colombia; mientras es-
perábamos la respuesta y recursos para poder obrar, íbamos
informándonos de todo aquello que creía'mos nos podía
servir, para hacer bien el arreglo definitivo. El Reveren-
dísimo Padre Prefecto del Alto Solimoes nos presentó
pronto al primer comerciante y hacendado del Amazonas,
señor Comendador Joaquín Gonsalves de Araújo, dueño
de los famosos Almacenes Rosas, los más bien surtidos de
aquella plaza. Con él tuvimos largas conferencias y nos
aconsejó que tratáramos directamente con la The.Amazon
Riyer Steamship Navigation Company, para el alquiler de
la lancha. Esta gran Compañía de navegación está subven-
cionada por los Gobiernos Federal y Estadoal, y tiene esta-
blecidas líneas regulares de Manaos a casi todos los puertos
fluviales del Estado. Estas diversas líneas se conocen con
los siguientes nombres: línea Solimoes-Yavari, va hasta
Tabatinga y Remate de Males, frontera con el Perú. Línea
Itacoatiara-Parintins, hasta esta última ciudad sobre la ban-
da derecha del Amazonas, en el límite con el Estado de
Para. Línea Yapurá (o Caquetá), llega a Jatuarana, lugar
situado cerca de la desembocadura del Apoporis, frontera
con Colombia. Línea Antazé, hasta el puerto de Castello,
sobre ese río, que cae al Amazonas por su banda derecha
entre los ríos Negro y Madeira. Línea de Ríonegro, recorre
este río hasta el punto de Santa Isabel, donde empiezan
Las Chorreras. Línea de Madeira, hasta Puerto Velho y
San Antonio, lugar de donde arranca el ferrocarril Madeira-
Mamoré. Línea Turuá, por Amazonas y río de este nom-,
bre, hasta Cruzeiro do Sul, capital de la Prefectura Civil
de Jurúa, en la parte occidental del territorio federal de
Acre, y línea de Purús-Acre, por los ríos de estos mismos
nombres, hasta la parte oriental de aquel territorio. Ade-
más, desde que empezó la guerra europea, la Amazon Ri-
ver estableció un servicio mensual de vapores de gran to-
nelaje desde Belén del Para a Iquitos. Para todas estas
líneas dispone dicha Compañía de multitud de vapores y
lanchas. Tienen unas que llaman chatas, impulsadas por
grandes ruedas hidráulicas, en vez de hélice, las cuales pue-
den cargar hasta cien toneladas, sin calar más de dos pies.
El Comendador Gonsalves se ofreció a vendernos y
comprar también las mercancías que fueran necesarias
para organizar el viaje, tan pronto como hubiéramos con-
Un riaje por el Putumayo y el Amazonas— á
— ()6 -
seguido la lancha. A pesar de que traíamos precios detalla-
dos de todos los artículos que de Colombia podían expor-
tarse al Amazonas, nos manifestó que para poder hacer un
negocio en grande era necesario que el comercio conociera
primero las muestras. Nos aconsejó que no compráramos
lancha alguna hasta no ver prácticamente el resultado del
primer viaje; que por esta vez nos limitáramos a alquilarla.
Estos consejos nos parecieron muy prudentes, y resolvi-
mos seguirlos. El 4 de junio, no habiendo recibido contes-
tación alguna al cable que dirigimos a Vuestra Reveren-
dísima, pusimos este otro:
"Montclar — Pasto .
"Urge cargar buque."
Seguímos estudiando en diversas casas y con el auxilio
de buenos amigos las condiciones comerciales y lo que más
nos convenía hacer. El Encargado del Consulado de Co-
lombia, señor José Vaz D'Oliveira, de nacionalidad portu-
guesa, establecido en Manaos hacía muchos años y comer-
ciante m.uy práctico, nos ayudó, con un interés y actividad
dignos de toda gratitud y encomio; nos presentó a las prin-
cipales casas navieras y comerciales, nos exponía las ven-
tajas e inconvenientes que fundándose en la experiencia
\ circunstancias del lugar veía en las muchas propuestas
que hacíamos y se nos hacían por diferentes casas comer-
ciales y dueños de embarcaciones; nos preparó un mues-
trario, .bastante completo, de granos y telas, de los que se
consumen y venden en Manaos, con sus correspondientes
precios; y además, catálogos y valores de herramientas,
medicinas y de otros objetos de los cuales no se podían pre-
parar muestras; podemos decir que fue nuestro brazo de-
recho y nuestro mejor amigo y servidor en aquella ciudad,
amistad y servicios que sabemos agradecer como se mere-
cen. Deseo que estas líneas sirvan como expresión sincera
de la gratitud que hacia el digno señor José Vaz D'Oliveira
guardan nuestros corazones.
Llegó el 8 de junio y aún no habíamos recibido contes-
tación alguna de Colombia. Como el Brasil era beligerante,
creím.os que nuestros cables no eran entregados, por juz-
garlos sospechosos. Varias veces fuimos a la oficina del ca-
ble a informarnos, y siempre nos contestaron que nada
sabían ni podían preguntar. Este silencio nos tenía bastan-
- 67 -
«e angustiados. El 9 de junio el doctor Márquez recibió
cable de su familia, que nos tranquilizó completamente,
pues comprendimos que sí estaba expedita la comunica-
ción. Por fin el 11 de junio recibimos el primer cable de
Vuestra Reverendísima, en que nos preguntaba el precio
de algunos artículos. Inmediatamente nos pusimos en ac-
tividad, averiguamos lo que se nos pedía y estudiamos la
manera de contestar sin gastar mucho dinero, pues en cues-
tión de recursos estábamos ya en la última expresión. Re-
solvimos contestar así:
"Mon telar — Pasto .
"Sitúenos veinte mil dólares ($ 20,000), respondemos
de ganancia apreciable. Detalle precios, dispendioso, in-
útil. Urge recursos sostenernos."
El 14, cuando ya esperábamos alguna respuesta de
Vuestra Reverendísima, vino al convento de San Sebas-
tián un empleado de la Oficina del cable a decirnos que en
Pasto no entregaban nuestra comunicación por no tener el
nombre completo del destinatario, y que debía ponerse
además la calle y número de su casa de habitación. Dada
nuestra situación económica, cualquiera puede suponerse
. la impresión que esta noticia nos causaría. Fui personal-
mente a la Oficina, y después de conferenciar largamente
con el Jefe de la misma, resolvimos cambiar la dirección de
Montclar por la de Prefecto Apostólico, y con esto quedó
obviada aquella dificultad. Pasaron nuevamente varios días
sin que recibiéramos de Colombia respuesta alguna. Cierto
es que mientras tanto no perdíamos el tiempo, pues nos
íbamos informando más y más por diversos conductos de
la manera como nos podrían • salir mejor nuestros planes.
Hacíamos, deshacíamos y rehacíamos cálculos fundados en
le que habíamos visto y oído, pero en definitiva a ningún
resultado práctico podíamos llegar, pues nos faltaba la base:
recursos y comunicación de Vuestra Reverendísima. Ama-
neció el día de San Luis, y nuestras angustias se convirtie-
ron en rebosante alegría. Recibimos a la vez tres cables de
Vuestra Reverendísima, uno del 11, diciéndonos que yo
girara por cuatro mil dólares ($ 4,000) y el doctor Márquez
por dos mil ($ 2,000) ; otro del 17, preguntándome si reci-
bíamos los cables, y otro sin fecha, avisándonos que era
— 68 —
indispensable expresar los precios de los artículos que nos
indicaba en el primer cable. Nos pusimos en seguida en
movimiento; intentamos hacer los giros; consultamos a va-
rios comerciantes y banqueros cómo los podríamos reali-
zar, y todos fueron de parecer que desde allá era imposible.
El Gerente del London River Píate Bank me aconsejó que
comunicara a Vuestra Reverendísima que por medio de
una casa comercial o Banco de Colombia, situara los fon-
dos en la Gerencia del River Píate de Nueva York, y de
este modo sería fácil recibirlos en Manaos . Después de tra-
tar detenidamente todos estos asuntos con el doctor Már-
quez, convinimos en contestar a Vuestra Reverendísima
así:
"Prefecto Apostólico — Pasto (Colombia) .
"Imposible girar. Deposite London River Píate Bank
en Nueva York. Domésticos promedio quince^ centavos
metros; género blanco, veinticinco; kerosín, cinco dólares
($5) caja. Demanda aquí papas, harina, quesos, granos."
Mientras llegaba la contestación definitiva, seguímos
nuestras investigaciones. La Compañía Amazon River nos
manifestó que para poder mandar uno de sus buques hasta
Puerto Asís, era necesario garantizarle veinte contos de
reís de flete, o sea, más o menos, cinco mil dólares ($ 5,000) .
Otros empresarios particulares se brindaron a hacer el viaje
con sus lanchas por tres mil dólares ($ 3,000) . íbamos es-
tudiando y comparando propuestas. Al mismo tiempo ave-
riguábamos el costo de los fletes de Manaos a Europa y
Norte América y viceversa, así como el tiempo que los bu-
ques gastaban en esas travesías; si el Brasil permitía el libre
tránsito por el Amazonas de mercancías extranjeras para
otras naciones y qué comisión se cobra en Manaos para el
transbordo, almacenaje y reexpedición de esas mercancías.
Sobre estos últimos puntos obtuvimos los siguientes datos:
desde que empezó la guerra europea, y sobre todo desde
que el Brasil entró en ella, era imposible calcular tiempo
y precios por el transporte en buques marítimos, por el
sinnúmero de contingencias que podían suceder. Antes de
la guerra los precios de los fletes eran los siguientes: de
Nueva York a Manaos, siete libras esterlinas {£ 7) la tone-
lada y ocho libras esterlinas (£8) desde Europa. El Brasil
69
concede paso libre por el Amazonas a las mercancías aun
extranjeras que vayan a Colombia. Los derechos de desem-
barque, almacenaje y reexpedición en Manaos para las mer-
cancías de tránsito, las recarga en un medio por ciento so-
bre el flete de Europa y Norte América. Los agentes en-
cargados de estas operaciones cobran el 1 por 100 sobre el
valor de las facturas.
Los días que empleaban ios buques desde Europa y
Norte América a Manaos y viceversa eran quince por tér-
mino medio. En aquellos días la última carga que había
llegado a Europa les resultó a treinta y cinco dólares ($35)
]?. tonelada.
Según las propuestas más favorables que se nos hicie-
ron, calculamos que de Manaos a Puerto Asís la tonelada
nos resultaría a treinta dólares ($ 30) . Llegamos también
a la conclusión bien fundada de que estableciéndose una
línea directa de Europa a la desembocadura del Putumayo,
línea que podía prolongarse hasta la plaza de ¡quitos, se
haría la notable economía de diez pesos ($10) por tone-
lada. Además, por los informes que tomamos en nuestro
viaje, nos persuadimos de que era muy fácil encontrar en
el Bajo Putumayo, colonizado por el Brasil, o en el Alto
Solimoes, quien se encargara de organizar una empresa de
navegación de Puerto Asís a la confluencia del Putumayo
en condiciones muy favorables para el comercio de Colom-
bia; y si se lograba que a esta empresa la subvencionaran
los Gobiernos colombiano y brasilero o el del Estado de
Amazonas, los fletes para el comercio podrían ponerse en
condiciones ventajosísimas. No faltó quien ofreciera sus
lanchas e intereses para una obra de esta clase.
El 25 de junio, cuando esperábamos de un momento
a otro el aviso de que teníamos a nuestra disposición los
recursos tan deseados, el Jefe de la oficina cablegráfica me
mandó decir que había recibido una comunicación sobre
el último cable que habíamos puesto, y que para podernos
entender era necesario que fuera a hablar con él. Inmedia-
tamente me trasladé a su oficina, y resultó que la Junta de
censura cablegráfica de Valparaíso quería saber la naciona-
lidad del Prefecto Apostólico y la mía, y quién era el Pre-
fecto Apostólico; además, exigía una explicación sobre el
contenido del cable. Satisfice todas las exigencias de la
Junta de censura y me regresé con la confianza de que el
cable llegaría a manos de Vuestra Reverendísima. El 10
- 70 —
de julio, viendo que no recibíamos todavía comunicación
alguna de Colombia, fuimos nuevamente con el doctor
Márquez a la oficina del cable, a ver a qué causas podía
obedecer tanta demora en los despachos dirigidos a esta
República. Nos contestó que nada sabía, ni podía saber,
por cuanto tenían prohibido preguntar si se había entrega-
do o nó una comunicación. Nos dijo que él opinaba que el
cable había llegado a su destino, pues pidieron explicacio-
nes y se las dimos, al parecer satisfactorias. Nos insinuó
que podíamos averiguar si se había recibido o nó el último
cable por medio de la línea Madera- Western, que tenía otra
Junta de censura, advirtiéndonos, empero, que la palabra
costaba once francos. Por la primera, nos importaba nueve
trancos cincuenta y cinco céntimos. A él le pareció inútil
preguntar por la misma línea, por la sencilla razón de que.
Si no habían entregado el primer cable, tampoco entregarían
los demás que hicieran referencia al mismo. Salimos de la
oficina desconsolados y abatidos, sin un centavo en el bol-
sillo, con deudas de alguna consideración ya contraídas y
sin saber qué hacer. Resolvimos esperar unos días más,
antes de tomar determinaciones definitivas. Como siempre
en esta vida se alternan las tristezas con las alegrías, a los
dos días de sucedidas estas aflictivas escenas, recibimos
cable de Vuestra Reverendísima, en los siguientes términos:
"Pasto. 11 julio.
"Gaspar Pinell — -Manaes.
"Situados casa indicáronme once mil dólares ($ 11,000) .
Traigan objetos indicados cable, mayor cantidad domésti-
cos, añadan clavos, alambre, varillas acero, cinc. Avisen
precios papas, etc.
'Tidel Montclar"
Con estas noticias se convirtieron nuestras penas en
gozo, y esa noche no pudimos dormir.
III
Ultimas diligencias y dificultades para recibir recursos — Gran crisis em
Manaos y todo el Estado del Amazonas — ^Propaganda a favor de artícnlos
colombianos y de la navegación del Putumayo — Artículos colombianos que
no sería negocio exportar — Abundancia de ganado en la región de Ríoblanco.
Terrible fiebre palúdica.
El 13 de julio, llenos de entusiasmo, fuimos al London
River Píate Bank a mostrar el cable en que se nos comuni-
o
>.
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E
3
3
O.
CQ
-_ 71 —
caba el depósito, y ver qué debíamos hacer para recibir el
dinero. Nos dijeron que no tenían noticia alguna, pero que
tan pronto como les comunicaran algo nos avisarían. Con
esta esperanza seguímos haciendo preparativos, aunque
con cierto miedo y desconfianza.
En ese tiempo escaseaban mucho los víveres en Ma-
naos, la pobreza tomaba proporciones de calamidad pública.
El Gobernador del Estado recibió cable de la Argentina,
que era la principal proveedora de harina, aununciándole
que en adelante no podría remitir sino la mitad de la acos-
tumbrada hasta entonces. El Congreso Estadoal, reunido
en aquella época, en vista de la triste situación del comercio
y de toda la población del Amazonas, resolvió pedir al Go-
bernador Federal que interviniera para aminorar los males
del Estado. Los Cónsules y colonias extranjeras, apoyados
por todo el comercio de la ciudad, resolvieron también tele-
grafiar a Río Janeiro para que en alguna forma los ayudaran
a resolver aquel alarmante estado de cosas . Aprovechamos
aquellas circunstancias para hacer propaganda en favor de
los artículos de Colombia y navegación del Putumayo. El
doctor Márquez escribió algunos artículos en ese sentido en
los principales diarios de la ciudad. Hablamos con el señor
Gobernador del Estado sobre estos asuntos; se interesó
mucho por ellos y nos prometió que haría gestiones ante
el Congreso Estadoal, a fin de que prestara atención a las
ventajas que les podría traer esta nueva línea. Conferen-
ciamos en una reunión de los principales comerciantes im-
portadores y exportadores» y todos fueron de parecer que
el asunto era digno de tenerse en cuenta, pero creían nece-
sario que ante todo hiciéramos un viaje de prueba para
cerciorarse si los artículos de Colombia podrían competir
en calidad y precios con los de su clase importados de la
Argentina, Portugal y otras naciones europeas.
Por nuestros estudios, llegamos a la conclusión de que
según los precios de antes de la guerra algunos artículos de
Colombia, como las papas, por ejemplo, no podrían com-
petir en Manaos con las introducidas de Portugal y otros
países ; pero sí en el Alto Amazonas, y con mayor razón en
Iquitos . En cambio otros artículos, como la cebada, alcanza
muy buenos precios por el gran consumo que tienen en la
fabricación de cervezas. Recuerdo que el dueño de una
/ ¿ —
cervecería me dijo que si le traíamos la lancha llena de ce-
bada, él nos la cargaría con la ciase de mercancía que esco-
giéramos. También nos convencimos que hay mucho de
leyenda en lo que se cuenta por acá, de los precios fabulo-
sos que alcanzan en el Amazonas algunos comestibles. Oí
decir alguna vez a persona muy respetable por su edad y
dignidad, que en Manaos se había llegado a pagar por un
novillo mil dólares ($ 1,000), pero por lo que vimos, la
carne es uno de los alimentos de precio más módico. Vale
más en Puerto Asís que allá. Esto es debido a que en la
región de Ríoblanco, a cuarenta y ocho horas de navegación
de la ciudad de Manaos, existen grandes pampas, a seme-
janza de los llanos del Yarí y Casanare, divididas en mul-
titud de grandes haciendas de particulares y hasta del Go-
bierno Federal, en las que se crían miles de reses sin mayor
costo. Según la última estadística oficial que pude consul-
tar, la del año de 1913, en esa época había en Ríoblanco
200,000 reses. Suponiendo en un 20 por 100 anual de au-
mento, que es lo menos que se puede suponer, actualmente
habrá allá una cifra muy cercana a medio millón de reses,
aun teniendo en cuenta las que se han consumido y las
que se hayan perdido por causas fortuitas. El Estado del
Amazonas, según los cálculos oficiales, consume al año
unas 25,000 reses ; de esas 15,000 la sola ciudad de Manaos ;
pero allí no solamente degüellan ganado de Ríoblanco, sino
que, debido a las mejores facilidades de transporte, man-
dan mucho del Bajo Amazonas, y no sólo a Manaos sino a
otros pueblos y ciudades del Estado. Estos datos explican
el porqué allá la carne es tan barata . En Ríoblanco una res
de diez a doce arrobas cuesta sólo doce dólares ($ 12) .
Una de las preocupaciones de los hacendados de Ríoblanco,
según oímos del principal de ellos, nuestro buen amigo el
Comendador Joaquín Gonsalves de Araújo, es buscar pla-
zas de consumo para el ganado. Algunos han intentado ya
exportarlo a la Guayana inglesa. La región de Ríoblanco
es fronteriza con dicha colonia británica, y según datos
fidedignos, en una semana se puede ir de Boavista, capital
del Municipio de Ríoblanco, a Georgetown, aprovechando
los ríos Takutú y Mahú, de la región brasilera, sirviéndose
luego de un camino de herradura de ocho leguas, que con-
duce al río Repunnuny, afluente del Essequibo, por los
cuales se navega hasta Georgetown, capital de dicha coló-
/ó
:nia . Todo esto convence de que no puede ser buen negocio
mandar ganado de Colombia a Manaos.
La causa de la gran ruina en que se hallaba el Estado
del Amazonas, y sobre todo la ciudad de Manaos en aque-
llos días, era la falta absoluta de transportes para Europa y
Norte América. Todas las casas de comercio tenían sus
almacenes abarrotados de caucho fino, castaña, fríjoles de
playa y demás productos que se exportan de allí, sin poder
mandar ni recibir nada del Exterior. Los principales co-
merciantes tuvieron varias conferencias, en las que llegaron
hasta proponer la formación de una compañía de buques
veleros, que hicieran la travesía de Manaos a Lisboa . Segu-
ramente la terminación de la guerra europea los haría de-
sistir de aquellos propósitos. Las grandes casas comerciales
despidieron la mitad y algunos las dos terceras partes de
sus empleados, para poder sostenerse. Daba verdadero pá-
nico contemplar cómo se iba poniendo día por día la situa-
ción . Mucha gente hasta bien vestida y que se presentaban
como personas de alguna posición, se hallaban en la mayor
miseria. Varias veces nos pedían limosna gentes de esta cla-
se. En estas angustiosas circunstancias iban pasando los
días sin que de Colombia recibiéramos lo que tanto espe-
rábamos. Y esto, como era natural, nos tenía bastante in-
traquilos, y hasta llegamos a temer que el comercio de
Manaos nos tuviera por unos embaucadores.
El 15 de julio, viendo que nada decían de Nueva York
al River Píate Bank, suplicamos al Gerente que pusiera
un cable por nuestra cuenta, preguntando por nuestros re-
cursos. La respuesta se hizo esperar mucho. Viendo el
Gerente que nada contestaban, me pidió el cable de Vuestra
Reverendísima, para en vista del mismo tener una confe-
rencia cablegráfica con la sucursal de Nueva York.
En todas esas llegó el día de la Virgen del Carmen, la
que sin duda quiso probar mi paciencia y resignación, per-
mitiendo que en esa fecha me diera una fiebre tan violenta,
que los Padres creyeron que se trataba de fiebre amarilla.
Ya estaban pensando en llevarme al hospital destinado es-
pecialmente para esa enfermedad, que para los enfermos
es casi siempre mortal allá; pero gracias a Dios, a los dos
días empecé a mejorar y muy pronto mi restablecimiento
fue completo.
- 74 - -
IV
-Contrato de la lancha que debía subir a Puerto Asís — Recibo de i-ecursos.
Amigable alegato— Dificultades de última hora.
Mientras convalecía de mi enfermedad, el doctor Már-
quez iba terminando las condiciones del contrato de alqui-
ler de la lancha que debía hacer el viaje a Puerto Asís. La
primera que contratamos fue una llamada Angelina, de cin-
cuenta toneladas, muy bonita y hasta lujosa, pues tenía her-
mosos camarotes y luz eléctrica. El precio convenido fue
el de once contos de reis, o sea más o menos dos mil sete-
cientos cincuenta dólares. Como era natural, este contrato
quedaba siempre subordinado a la condición de si recibía-
mos recursos, porque hasta entonces obrábamos sólo con
esperanzas .
Por fin el 22 de julio, después de casi dos meses de
angustias y alegrías, confianzas y decepciones, el Gerente
del River Píate Bank nos llamó para entregarnos cuarenta
y seis contos, cincuenta y cuatro mil novecientos seis reís
(46:054.906), que fue lo que produjeron al cambio de esa
época y descontando gastos de giros los once mil dólares
que Vuestra Reverendísima nos depositó. Desde ese mo-
mento nos reanimamos y empezamos a trabajar activa-
mente y en firme. El doctor Márquez se encargó de la parte
oficial del viaje, como despachos consulares y de la capi-
tanía del puerto, pasaportes, etc . ; y yo de las compras y
cargamento de la lancha. El doctor Márquez fue personal-
mente -a hablar con el Cónsul del Perú para saber con toda
certeza si por parte del Gobierno de aquella nación habría
inconveniente para el paso de la lancha en el Putumayo,
y el Cónsul le manifestó que había recibido un radiograma
de Iquitos indicándole que tratara a los colombianos como
ciudadanos de la nación más favorecida. También cuidó
el doctor de poner en firme el contrato del alquiler de la
lancha. Juntos fuimos a ver la Angelina, que teníamos ya
contratada, aunque sin las formalidades legales. Al pre-
sentarnos para cumplirlas, su propietario nos dijo que no
podía hacerlo, porque el capitán del puerto, en la revisión
que mandó practicar, ordenó que se hicieran algunas repa-
raciones en la caldera de la A ngelina, las cuales demorarían
por lo menos de quince a veinte días. Nos ofreció otra lla-
mada Yaqiúrana, más pequeña, de cualidades inferiores a
/D —
la primera. Después de tratar largamente el asunto, con-
venimos en llevar la Yaquirana de cuarenta y cinco tone-
ladas. El contrato se ajustó en las siguientes condiciones:
la lancha haría viaje redondo de Manaos a Puerto Asís, y
viceversa ; llevaría la carga que le entregáramos en esos dos
puertos. Debía demorar en Puerto Asís quince días, si lo
creíamos conveniente; y admitir de ida doce pasajeros:
cinco de primera clase y siete de tercera ; y de regreso : tres
de primera clase, corriendo la alimentación de todos a car-
go del contratista. Nosotros le pagaríamos dos mil seiscien-
tos veinticinco dólares de alquiler: la mitad al salir de Ma-
naos, u'na cuarta parte en Puerto Asís, y el resto al cum-
plirse el viaje.
Arreglado ya el contrato en firme, lo que más nos pre-
ocupó fue salir cuanto antes. Entonces pusimos el siguiente
cable:
"Fidel Montclar — Pasto .
"Llegaremos mediados agosto. Papas, doce dólares
($12) carga. Cebada cruda, ídem."
Así las cosas, al doctor Márquez se le ocurrió que sería
muy bueno que él se fuera directamente a Bogotá por la
vía Pará-Nueva York, mientras yo subía por el Putumayo
con la lancha, y así podría influir a tiempo ante el Gobierno
Nacional y el Congreso para alcanzar alguna subvención,
a fin de que los viajes se repitieran. Por fortuna. Dios me
inspiró en aquellos momentos que me opusiera con toda
resolución a aquella idea. Meditando algunas veces sobre
lo que después nos sucedió, he llegado a convencerme de
que mi oposición en aquellas circunstancias ha sido una de
las determinaciones más acertadas de mi vida. El estaba
empeñado en poner en práctica sus deseos, y yo en que no
lo hiciera. Las razones en que me fundaba para impedirle
su determinación eran la posibilidad de que nos sucediera
algún percante en la parte del Putumayo ocupada por el
Perú. En este caso creía indispensable su presencia para
defenderme y defender a la Misión ante el Gobierno y Na-
ción colombianos, de cualquier cargo de temeridad o inco-
rrección que se nos pudiera hacer. El sostenía que nada
nos podía suceder, pero como soy siempre algo pesimista
en empresas de esta magnitud y de óptimas consecuencias,
' las cuales no les pueden faltar dificultades, ni de parte
- 76 -
del infierno, y hasta entonces todo nos había salido a las
mil maravillas, no convine de ninguna m.anera en que nos
separáramos. Viendo que no lo podía convencer, amenacé
con deshacer todo lo hecho e irme yo también por Belén
del Para, o regresarme sin lancha por Iquitos. Cuando me
vio tan resuelto desistió de sus planes y accedió a venirse
conmigo. Los acontecimientos posteriores pudieron con-
vencer al doctor, por desgracia, si mi pesimismo fue o nó
prudente .
Después de mucho bregar, pudimos fijar para el 28 de
julio, por la noche, el día de nuestra salida de Manaos con la
lancha, pero cbmo suele suceder en circunstancias de esta
clase, a última hora se nos presentaron un mundo de difi-
cultades, al parecer insolubles, y de las que nos fuimos li-
brando con paciencia y constancia. Las principales fueron:
primera, el señor Giovanni Rossetti, que así se llamaba el
dueño y alquilador de la Yaquirana, se excusó del viaje y
de comandar la lancha, como habíamos convenido, alegan-
do que tenía un hijo enferm.o, a quien había que operar en
breve. Tuvimos gran alegato con él por este motivo. Como
era un hombre muy vivo, activo, y sobre todo, un comer-
ciante muy experto, queríamos a todo trance que fuera él
V no otro el responsable del viaje. Por fin, aunque con bas-
tante disgusto, aceptamos el reemplazo que nos dio, que
fue el portugués señor Augusto Viera. Segunda: al ir a sa-
car los despachos aduaneros y de la capitanía del puerto,
se nos comunicó que estaba absolutamente prohibido, des-
de que el Brasil entró en la guerra, la salida para el Exte-
rior de herramientas y fierros; por lo tanto, no podríamos
llevar los que teníamos ya comprados y listos para embar-
car. Apuros y carreras en busca de influencias para vencer
aquellos obstáculos, que sólo después de no pocas diligen-
cias logramos vencer. Tercera: el Cónsul del Perú dijo que
para librar el despacho necesitaba contestación a un radio-
grama que había puesto a Iquitos. Nuevas zozobras y des-
confianzas de buen éxito. Después de alguna espera inquie-
tante alcanzamos el anhelado despacho. Cuarta: el señor
Rossetti, encargado de obtener los pases de la Jefatura de
Policía, nos mandó decir que para poderlos sacar era nece-
sario que presentáramos el pasaporte y la carta de identi-
dad. Carta de identidad teníamos, pero no pasaporte. Nue-
vas carreras a la casa de Rossetti y a la Jefatura de Policía
para arreglar aquel embrollo . Con no poco trabajo pudimos
-- 77 —
obtener los pases. Quinta: a última hora el capitán que ve-
nía a comandar la lancha se dio cuenta de que en algunos
despachos faltaba el visto bueno del Cónsul peruano. Nue-
vas dificultades que por fin pudimos vencer, y a las doce
K.e aquella memorable noche del 28 de julio pudimos salir
de Manos con la lancha Yaquirana. Todas las contrarieda-
des que acabo de apuntar nos sucedieron en la tarde última
de nuestra permanencia en aquella ciudad. Rendidos como
quien sale de un gran combate, pero contentos con la vic-
toria alcanzada, al oír la sirena de la Yaquirana, que daba
la señal de marcha, sentimos una satisfacción tan grande,
que bien la podemos contar sin temor de equivocarnos
como una de las mayores de nuestra vida. Nos considerá-
bamios ya en Puerto Asís, pudiendo dar buena cuenta de
nuestras gestiones y saboreando la gloria que nuestro éxito
nos proporcionaría; pero ¡oh mezquindad de las alegrías
humanas! ¡Cuan distintos fueron los resultados de lo que
nosotros nos los imaginábamos al alejarnos de Manaos,
donde tantas emociones agradables y desagradables había-
mos experimentado en los dos meses de nuestra perma-
nencia! Lo último que hice momentos antes de dirigirnos
al puerto para emprender viaje, fue poner a Vuestra Reve-
rendísima el siguiente cable:
"Salimos. Alisten mil bultos."
Nos acompañaron a la lancha para despedirnos, sin te-
ner en cuenta las altas horas de la noche, nuestros herma-
nos los buenos Padres Capuchinos, que tantas atenciones
nos prodigaron en aquella ciudad, y hacia quienes conser-
varemos eterna gratitud y reconocimiento; el Cónsul de
Venezuela y Encargado del Consulado de Colombia, in-
comparable amigo señor José Vaz D'Oliveira; el dueño de la
lancha, señor Rossetti, y otras muchas personas, de quie-
nes conservamos gratos recuerdos.
Visitas a las bibliotecas y museos — Información sobre el Caquetá, el Putuma-
yo y otras regiones amazónicas — Ejemjrfos que nos estimulaban — Instrucción
religiosa de los colombianos e ignorancia catequística de algunos m.oradores
del Axnazonas — ¿Qué es la santa comunión? — Agricultura en el Am&xtínas.
Colonización e inmigración — Visitas de Julio Arana — Nombres y apellidos
en el Brasil — Títulos honoríficos- — Respeto y tolerancia religiosos — Práctica
edificante.
Antes de empezar a escribir lo que nos sucedió des-
pués de nuestra primera salida de Manaes será bueno ano-
— 78 -
tar algo más de lo que hicimos por allá. Los muchos días
que las dificultades apuntadas nos impidieron dedicar a los
asuntos directos de la navegación, los aprovechamos para
informarnos sobre las costumbres sociales, tradiciones y
demás cuestiones interesantes que nos pudieran ser de al-
guna utilidad. Visitamos varias veces la Biblioteca Esta-
doal, donde hallamos documentos admirables sobre el Ama-
zonas y su colonización, alegatos entre Portugal y España
sobre estas regiones, y relaciones diplomáticas del Brasil
con sus vecinos, con mapas antiguos ilustrativos. En el Mu-
seo de Numismática admiramos preciosidades inestimables
en monedas antiguas : vimos unas dos de la Judea del tiem-
po del Redentor, y a una de ellas la acompaña una leyenda
que dice: "Por treinta monedas como ésta fue vendido Je-
sucristo."
Tuvimos ocasión de hablar con varios colombianos que
hace muchos años viven en aquellas regiones y conocen
perfectamente el Bajo Caquetá. Nos dieron informaciones
minuciosas de aquellos lugares, supimos detalles pormeno-
rizados sobre los sucesos de La Pedrera, sus causas, des-
arrollos y tristes efectos. En la biblioteca del Consulado y
en otras particulares encontramos una verdadera biblio-
grafía sobre el Putumayo desde el tiempo de su descubri-
miento hasta el Libro Rojo y el intento de refutación por
los peruanos. Vimos documentos privados que nos ente-
raron cómo se formó la The Peruvian Amazon Company
Limited y se posesionó de los ríos Caraparaná e Igarapa-
raná. En ese entonces dicha Compañía estaba en liquida-
ción. Su Gerente era don Julio Arana, residente en Ma-
naos. He tenido informes posteriores de que ya se terminó
dicha liquidación, y ha quedado como dueño único de aque-
llos ríos la casa Arana y Hernández. Conocimos y tratamos
largamente con el Reverendísimo Padre Lorenzo Giorda-
no, Salesiano, Prefecto Apostólico de Ríonegro, quien nos
dio abundantes datos sobre el territorio de su Prefectura.
Esta colinda con Colombia y con el Vicariato Apostólico
de los Llanos de San Martín; nos contó que varias veces
se había visto y tratado con los Padres de aquella Misión
colombiana, cómo éstos han tenido algunas veces necesi-
dad de ir a Manaos a proveerse de lo que les hacía falta.
Obtuvimos también informaciones que nos hicieron
comprender las labores y esfuerzos de algunos Colombia-
- 79
nos ilustres para defender de la invasión de sus vecinos la
región amazónica de Colombia, intentando establecer la
navegación oficial o particularmente en los ríos que lo per-
mitieran. Me hice a la copia de una colección de cartas
privadas del General Uribe Uribe, que son un testimonio
indiscutible de cuánto ese señor se interesó para que Co-
lombia no dejara de ser ribereña del Amazonas. Estos ejem-
plos nos estimulaban en no desfallecer hasta conseguir
nuestros intentos, por más contratiempos que se nos pre-
sentaran; y sobre todo para el doctor Márquez tenían una
fuerza especial, por cuanto con esta obra, no sólo trabajaba
por la grandeza de su patria, sino que al mismo tiempo le
ofrecía ocasión de honrar la memoria de seres para él muy
queridos. Respecto al General Uribe Uribe, recuerdo la
siguiente anécdota: unos peruanos, que sin duda ignora-
ban lo que dicho General fue en Colombia, me dijeron,
como quejándose de falta de diplomacia, que les habían
mandado con carácter diplomático a un inconsciente y alco-
hólico llamado Uribe Uribe, quien en la misma ciudad de
Lima se había atrevido a insultar al Perú y comprometer a
Colombia con motivo de la cuestión de límites . Al oír estas
razones, pensaba en mis adentros: ¡cuan errados y despre-
ciables son los juicios de los hombres y cuánta prudencia y
reflexión se requiere para poder formar concepto acertado-
sobre alguna persona, y sobre todo para exteriorizarlo en
forma dogmática!
En fin, conocimos multitud de datos históricos, geográ-
ficos, etnográficos, etc., del Caquetá, del Putumayo y demás
ríos de aquellas regiones, que seguramente nunca habríamos
conocido si nuestra permanencia en Manaos hubiese sido
más corta y menos accidentada. No quiero dejar de anotar
un hecho muy honroso para Colombia: fuimos a visitar la
Casa de Misericordia u Hospital de Caridad de Manaos,
donde se refugian enfermos pobres de todo el Estado de
Amazonas. A veces se encuentran allí individuos de dis-
tintas naciones. Nos mostró todo el establecimiento el ca-
pellán del mismo, un sacerdote portugués muy ejemplar.
Al enterarse de que era yo un Misionero de Colombia, me
dijo: "Lo felicito por la suerte de vivir en Colombia, país
que debe ser muy católico. Cuando me llaman a asistir al-
gún enfermo, sin que él me lo diga conozco al instante si
es colpmbiano, por la instrucción religiosa que poseen todos
- 8U —
ios que dicen ser de allá. Algunos pueden ser hasta muy
malos, pero en todos se nota una gran superioridad en for-
mación cristiana, comparándolos con los que aquí se jun-
tan de otras partes. Con éstos a veces tengo que empezar
por enseñarles la señal de la cruz." Al oír esta espontánea
manifestación tan honrosa para Colombia, como es de su-
poner me llené de santo orgullo, ya que me complazco en
considerar a Colombia como a mi segunda patria, y como
a tal la amo y le he probado mi am.or con sacrificios que
no he tenido ocasión de hacer por la inolvidable Espafia.
Las palabras del capellán de la Casa de Misericordia me
recordaron un hecho que confirma plenamente el concepto
que exteriorizó sobre ignorancia reHgiosa de algunos habi-
tantes de aquellas regiones: como el doctor Márquez recibía
todos los días en la misa la santa comunión, una vez cuando
el doctor acababa de comulgar, un muchacho de doce a
quince años se acercó 3. uno de los bogas, y le preguntó:
"¿Qué es lo que el Padre da a aquel señor en aquel pape-
iito blanco que le pone en la boca?" Al oír esto el boga,
medio escandalizado y admirado, le respondió: "i Qué pa-
peHto, si es la santa comunión!" El muchacho, que segu-
ramente no había oído hablar de tal cosa, volvió a pregun-
tar: "¿Y qué remedio es la santa comunión?" Este hecho
tan desconsolador es rigurosamente histórico, y nos suce-
dió en una casa que no era de indios. El da por desgracia
idea del estado de instrucción religiosa de algunos mora-
dores de la hoya amazónica.
En aquellos días se hacía en Manaos y en todo el Es-
tado del Amazonas una propaganda intensa en favor de
la agricultura en periódicos, hojas volantes y demás medios
de difusión, en que se exhortaba a todos los dueños de
caucheras, haciendas y terrenos, a que cultivaran la tierra
y suspendieran la extracción de caucho por algún tiempo,
mientras se pudiera exportar el que estaba almacenado, a
fin de aliviar de este modo la carestía de víveres e irse
haciendo a nuevos medios de riqueza y desarrollo de aque-
llas regiones. De algunos años a esta parte, sobre todo
desde que empezó la guerra europea, la agricultura y ga-
nadería se han desarrollado en el Amazonas en notable es-
cala. En las orillas de esos ríos se ven por todas partes
grandes potreros con ganados, y también producen ya arroz,
azúcar, fríjoles y otros artículos alimenticios que antes ha-
„. 81 -
bía que importar casi en su totalidad. Existe en aquellas
regiones un frijolito de grano y mata muy pequeños, pero
muy fino y sabroso. No se levanta del suelo más de una
cuarta y carga más vainas que hojas. Lo siembran en las
grandes playas arenosas del Amazonas y sus afluentes du-
rante los meses de verano, cuando estos ríos están en su
mayor seca. En tres meses se logra siembra y cosecha,
constituyendo un alimento de primera clase, al mismo tiem-
po que un artículo de exportación. Las ventajas que ofrece
son grandísimas, pues no tiene más trabajo que sembrarlo
y cosecharlo, por cuanto la misma naturaleza se cuida de
preparar los campos de cultivo con sólo la merma de las
crecientes de los ríos.
Otro de los asuntos que preocupa mucho la atención
de los pensadores del Amazonas, es la colonización o inmi-
gración. Las características de aquel Estado son la grande
extensión de terreno (1.673,000 kilómetros cuadrados) y el
exiguo número de población (350,000 habitantes) . Estos
pocos habitantes no son suficientes ni siquiera para la ex-
tracción del caucho y otras riquezas naturales que con
abundancia les brindan aquellas inmensas regiones. Esto
hace que descuiden los trabajos agrícolas y que por consi-
guiente sufran mucho por falta de alimentos sanos . Opinan
muchos que la falta de alimentación sana y nutritiva es la
causa principal de las enfermedades de aquellos ríos, pues
dicen haberse comprobado que la región amazónica es el
país tropical más sano del mundo, por comparaciones he-
chas con las mismas zonas del Asia, África y Oceanía.
Hay ríos en aquella región que tienen fama de ser muy
mal sanos y de que nadie entra en los mismos sin salir con
fiebres y otras graves enfermedades, pero según conceptos
científicos, no son aquellos sitios la causa de las enferme-
dades sino la falta de higiene y mala alimentación de sus
moradores. La base de la alimentación de la gran mayoría
del pueblo del Amazonas, especialmente en ciertas épocas
del año, es el pirarucu o paiche (especie de bacalao secado
al sol) y la fariña de yuca (almidón tostado y seco), con-
feccionada de una manera muy rudimentaria. Hay cauche-
ros que pasan m.eses seguidos tomando sólo estas dos clases
de alimento. Con una sana inmigración, preparada y des-
arrollada práctica y científicamente, se encontrarían los re-
Un vi Jije por el Pututnayo y el Amazonas— 6
82 —
medios para estos males. Los inmigrantes con sus labores
agrícolas proveerían de sanos alimentos a los caucheros y
habitantes de las ciudades, y ellos a su vez se harían a re-
cursos con el fruto de su trabajo; pero para conseguir estos
fines sería necesario escoger bien el personal de inmigran-
tes y los puntos donde deberían establecerse. Los que con
mayor atención habían estudiado estas importantes cues-
tiones creían que la región que debía escogerse de prefe-
rencia para establecimientos de núcleos de población de in-
migrantes eran las orillas del río Solimoes, o sea el mismo
Amazonas, desde Manaos a la frontera con el Perú, por ser
el río más céntrico y vía obligada del comercio para varias
naciones. Todos, eso sí, convenían en que los nuevos colo-
nos no debían colocarse en sitios despoblados completa-
mente, sino muy cerca de los núcleos de población ya exis-
tentes, por la sencilla razón de que los inmigrantes solos
se aburrirían pronto viendo que el fruto de sus labores no
tiene valor alguno, por cuanto al poco tiempo todos cose-
charían los mismos productos y no encontrarían a quién
vender lo que no alcanzaran a consumir, acarreándoles esto
la falta de medios para proveer a las demás necesidades de
la vida. En cambio, al lado de una población ya formada,
ellos favorecerían a sus moradores con el fruto de su tra-
bajo, y éstos a aquéllos con sus consejos y ejemplos de vida
práctica de la región, al mismo tiempo que con sus compras.
Algunos llegaban ya hasta señalar los siguientes puntos
como los más indicados para este objeto: una faja de te-
rreno elevado cerca de la ciudad de Manacapurú, a unas
sesenta millas de Manaos, donde calculaban espacio para
quinientas familias. Otra elevación cerca de la desemboca-
dura del río Teffé, donde se podrían colocar también qui-
nientas familias. Este punto es muy estratégico, por reunir-
se allí los tres ríos: Amazonas, Teffé y Caquetá. Todo el
espacio entre la desembocadura de los ríos Juruá y Tutahy,
afluentes de la banda derecha del Amazonas, donde po-
drían distribuirse holgadamente más de tres mil familias de
colonos. En la boca del río Putumayo, junto a San Anto-
nio, calculaban espacio para trescientas familias; y final-
mente, en las tierras firmes o elevadas de San Pablo de
Olivensa, opinaban que se podían establecer de tres a cua-
tro mil familias. Creo oportuno llamar la atención de los
colombianos sobre la importancia y situación de estos dos
— 83 -
Últimos lugares. Como en el Amazonas hay todavía terre-
nos baldíos o del Gobierno, que tienen caucho fino, acon-
sejaban que a los colonos, a la vez que terrenos para la
agricultura, se les diera algún pedazo de monte donde pu-
dieran arreglar su estrada de caucho o de castaña, a fin de
poderse dedicar a la industria de la extracción cuando las
circunstancias no les permitieran trabajos agrícolas, y tam-
bién para que las familias pudieran repartirse el trabajo,
dedicándose unos a la agricultura y otros a colectar pro-
ductos del monte, a fin de tener en todo tiempo medios
seguros de subsistencia. En aquellos lugares las caucheras
están repartidas por estradas; una estrada consiste en una
porción de terreno con cierto número de árboles de caucho.
También los árboles que producen la famosa castaña del
Amazonas se dividen por estradas. La castaña del Amazo-
nas, después de las gomas, tal vez constituye el primer ar-
tículo de exportación ; es muy parecida a la castaña europea,
aunque de mayor tamaño, y en Europa es muy apreciada
para confeccionar dulces y conservas. Ni en la recolec-
ción del caucho, ni en la de la castaña, se cortan los árboles ;
por consiguiente, una estrada es una finca durable y pro-
ductiva, que se puede ir perfeccionando con nuevas siem-
bras de esos preciosos árboles.
Como medios eficaces de colonización se aconsejaban
los siguientes como principales : que el Gobierno pagara los
transportes de las familias inmigrantes hasta el lugar de las
colonias; que los proveyera de herramientas y semillas
para la siembra, y les diera la alimentación hasta la primera
cosecha .
Para la repartición de terrenos se examinaban deteni-
damente los sistemas de arrendamiento, donación y venta;
y después de detenido estudio, ilustrado con ejemplos prác-
ticos de la Argentina y otras naciones, sentaban como indis-
cutible que el mejor era la venta, facilitando por supuesto
los medios de pagar el importe de los lotes, ya con fruto
de los mismos, ya con dinero adquirido con el producto del
lote, para lo cual se señalarían plazos razonables y acomo-
dados a las circunstancias. No obstante, todos los que de-
fendían la tesis de la venta, consideraban necesarias dos
excepciones: los indios y las Misiones religiosas. Para los
indios se aconsejaba un régimen especial, que no les per-
mitiera vender sus terrenos sin estar asesorados por la auto-
- 84 -
ridad o personas respetables que pudieran suplir su falta
de comprensión en esta clase de transacciones. Se aconse-
jaba, además, respecto de los mismos indios, que sus cen-
tros estuvieran siempre cerca de las colonias de los blancos,
a fin de que éstos pudieran servirse de las habilidades de
aquéllos en las industrias de la montaña y de los ríos; y los
indios a su vez fueran adquiriendo hábitos de civilización
y aprendieran a aprovechar el tiempo y a hacer fructificar
su trabajo.
Se aconsejaba también de un modo especial a los em-
presarios de ferrocarriles y obras públicas, que ante todo
procuraran la fundación de colonias agrícolas y pecuarias
bien organizadas, para el fácil abastecimiento de víveres y
carne fresca, a fin de evitar la mortandad enorme de peo-
nes, como sucedió en la construcción del ferrocarril Made-
ra-Mamoré .
Respecto a la selección de colonos, la opinión más
aceptada por los hombres prácticos y de estudio era que
debían preferirse los nacionales a los extranjeros; y entre
los nacionales a los de los Estados de Ceará y Parahyba;
faltando los nacionales, debía acudirse a los extranjeros
que más se adaptaran a las necesidades y condiciones del
Estado. Sentadas estas premisas, pasaban a examinar las
naciones extranjeras de donde convenía traer inmigrantes,
y después de haber examinado las condiciones peculiares
de los portugueses, alemanes, austríacos, polacos, italianos,
españoles, turcos, japoneses y chinos, y sabido que france-
ses e ingleses no inmigran, llegaban a la conclusión de que
la mejor inmigración para el Amazonas era la portuguesa,
por la identidad de raza, religión, lengua, costumbres, tra-
diciones y leyes con los blancos criollos de aquel Estado,
Recuerdo que respecto a los alemanes, los cuales han colo-
nizado casi íntegramente, en mayor proporción que otras
razas, los tres Estados más al Sur de aquel país: Paraná,
Santa Catarina y Ríogrande do Sul, había en ese entonces
gran eferverscencia, achacándoles el intento de considerar
esos Estados como colonias alemanas, y hasta dijeron que
el Gobierno se había visto en la necesidad de tomar medidas
serias para obligarlos a usar la lengua portuguesa en los
actos oficiales y públicos, como en las escuelas, oficinas,
sermones, conferencias, etc. Muchas otras cosas que nos
parecieron muy prácticas y útiles, escuchamos sobre esta
— 85 —
importante materia, pero para no hacerme interminable,
dejo la explanación de este asunto para mejor ocasión.
A poco de haber llegado a la capital del Amazonas, nos
vino a visitar el señor don Julio Arana, dueño principal de
las regiones del Caraparaná e Igaraparaná, y nos dijo que de
El Encanto le habían comunicado por radio nuestro viaje;
se puso enteramente a nuestras órdenes, nos visitaba con
bastante frecuencia, aparentando siempre interesarse mu-
cho por el éxito de nuestra empresa, haciéndose lenguas
de las ventajas que traería a sus negocios la libre navega-
ción del Putumayo. Sin faltar a las reglas de caballerosi-
dad y cortesía, nos guardábamos muy bien de valemos para
nada de las influencias y ofrecimientos de dicho señor; y
cualquiera que sepa la historia y conozca el estado actual
del Putumayo, comprenderá fácilmente la razón de nues-
tra conducta.
Quiero anotar también una costumbre de los brasileros,
que nos llamó la atención : es la manera como usan de nom-
bres y apellidos y los tratamientos que emplean en las re-
laciones sociales. Ordinariamente cada persona usa dos o
tres nombres de santos y tres o cuatro apellidos; y en el
trato y correspondencia ordinarios, en vez de los títulos
de señor don, que usamos los españoles y sus descendien-
tes, emplean el de Excelentísimo e Ilustrísimo; en cambio
noté que para nombrar a los señores Obispos, anteponen
solamente el título de don a sus nombres. Entre los hijos
del país es título muy honorífico y común el de Coronel
de la Guardia Nacional, como en Colombia el de General,
y entre los portugueses, muy estimado y distintivo de gran-
deza, el de Comendador. Inspira vivas simpatías el trato
fino, caballeroso y digno de la buena sociedad amazonense.
Existe allá absoluta tolerancia de cultos y gran respeto ex-
terior a toda religión . Noté que al pasar los tranvías reple-
tos de gente por delante de una iglesia católica, todos los
hombres se descubrían con veneración y sin respeto huma-
no, y hacían también lo mismo al pasar por frente de cual-
quier capilla o casa de oración, aunque no fuera católica.
Me edificó en Manaos una práctica que demuestra lo arrai-
gada que está la fe católica en el corazón del pueblo, con-
sistente en que todo el mundo al dar las doce y la puesta
del sol, se paran y los caballeros se descubren aun en medio
de las calles y plazas más concurridas, el tiempo necesario
para rezar el Ángelus.
86 -
VI
De Manaos al Oaraparaná — Visitas a Teffé y Tonantins — Encuentro con los
compañeíos de viajo— Reloj viviente y sn fin trágico — Sastre improvisado.
Entrada al Putumayo, ocupado por el Perú — Inesperado encuentro con Ia
*'Cailao" — "Bote Márquez" destrozado — Se nos obliga a aiTibar a El Encanto.
Cuando daban las doce de la noche del 28 de julio, sa-
limos del puerto de Manaos con la Yaquirana cargada de
telas y herramientas. Hasta cierto punto del Amazonas lle-
vó a remolque algunos botes de pescadores. Es costumbre
allá que los que viven de la pesca ruegan a los capitanes
de vapores y lanchas que salen, que remolquen sus embar-
caciones hasta los lugares donde pretenden hacer sus pes-
querías, y ellos dan en cambio a la nave que les hace este
servicio una cantidad de pescado fresco del primero que
cogen .
El 1' de agosto llegamos a la ciudad de Teffé. Visitamos
allí al Reverendísimo Padre Prefecto Apostólico, llamado
Alfredo Barra, francés. Estuvimos cambiando ideas con él
sobre la empresa que nos proponíamos realizar. Mucho le
gustó, y nos dijo que le trajéramos de Puerto Asís algunos
bultos de harina de trigo para las hostias. 'Fuimos a ver el
Orfelinato que aquella Misión tiene establecido en Teffé,
y seguímos viaje. El 5 de agosto nos encontramos nueva-
mente en Tonantins con el Reverendísimo Padre Evange-
lista de Cefalonia, a quien tantos favores debíamos y de
quien nos despedímos en Manaos la noche del 5 de julio.
En Tonantins paró la Yaquirana a coger leña, y mientras
tanto aprovechamos la ocasión para ir a conocer la ciudad
antigua, que está situada a orillas de un lago bastante gran-
de, a media hora del Amazonas, adonde se va por un caño
navegable en todo tiempo. El mismo Reverendísimo Pa-
dre Prefecto nos llevó en una lanchita de motor de kerosene
que tiene para sus correrías apostólicas y que él mismo ma-
neja. Nos mostró en aquella ciudad el local donde funcionó
un colegio dirigido por los Padres Misioneros, el cual tu-
vieron que cerrar por falta de recursos . Nos explicó el plan
que tenía de edificar una gran iglesia en la orilla del Ama-
zonas y trasladar allá la ciudad de Tonantins, a fin de que
fuera puerto de tránsito y tuviera más vida. Nos refirió
que su proyecto había encontrado gran oposición, y que
eran muchas las dificultades que tenía que vencer para rea-
— 87 -
lizarlo; tanto que lo obligaron a ir a Manaos a tratar el
asunto con el Gobierno del Estado . Nos llenó nuevamente
de atenciones y nos dijo que si no fuera por el compromiso
que tenía con el muy Reverendo Padre Yacundo, de ir a
bendecir dentro de pocos días la nueva iglesia de San Pa-
blo de Olivensa, vendría con nosotros a Puerto Asís. Me
expuso un plan que se le ocurría, si acaso la comunicación
con Colombia quedaba expedita, y era el de mandar a tem-
perar a los Misioneros que enfermaran al clima frío de
las cordilleras de nuestra Misión, en vez de mandarlos a
Italia, como se veía obligado a hacer. Le manifesté que
me parecía magnífico su plan, y que por nuestra parte está-
bamos dispuestos a recibir con los brazos abiertos a cual-
quier Misionero que mandara. Paramos en Tonantins me-
dio día y una noche. Al amanecer del día siguiente nos
despedímos llenos de gratitud del Reverendísimo Padre
Evangelista y de un Hermano lego que lo acompañaba, y
r las cuatro horas llegamos a San Antonio y Puerto Amé-
rica. Allí encontramos a los compañeros que habíamos de-
jado recomendados. Grande fue su alegría y la nuestra.
Nos contaron multitud de cosas que les habían sucedido;
los comentarios que los vecinos de aquellos lugares, espe-
cialmente los que eran de nacionalidad peruana, hacían so-
bre nuestro viaje. Benjamín, el marinero, pasó aquel tiem-
po en la casa de un señor Francisco Larrañaga, colombiano
pástense, hermano del que fue dueño de las caucheras del
Igaraparaná. Ferrín, el capitán, estuvo sirviendo en la lan-
cha Sergipe; y Vargas, el práctico e intérprete, se fue a
vivir con unos indios incas, en las orillas de un gran lago
cerca del Putumayo. Todos estaban satisfechos del buen
trato y atenciones que les habían prodigado los habitantes
de aquellos lugares. En San Antonio recogimos también
otro compañero, del cual todavía no he hecho mención : fue
un gallo que en compañía de otros embarcamos en Puerto
Asís, con la intención de que nos proporcionara un buen
caldo en alguna playa del Putumayo; pero resultó que se
hizo muy confianzudo y amigo de todos los viajeros, y cada
mañana cantaba a la misma hora, precisamente en la que
nosotros habíamos determinado levantarnos y celebrar el
santo sacrificio de la misa. Estas acciones del noble animal
le acarrearon pronto las simpatías de todos; le pusimos el
nombre de Reloj, y resolvimos conservarle la vida, volverlo
- 88 -
a Puerto Asís y dejarlo morir de viejo, en agradecimiento
de sus buenos servicios y para que nos sirviera de recuerdo
del viaje. A la bajada lo dejamos recomendado en San
Antonio, en la misma casa en donde dejamos el bote Mar
quez, con la intención de recogerlo cuando subiéramos,
como lo hicimos. Lo embarcamos en la Yaqüirana, reco-
mendando en gran manera al cocinero que no cayera en la
tentación de torcerle el pescuezo. Hablamos también al
capitán sobre el nuevo pasajero; pero a pesar de todas las
precauciones, pronto se cumplió para el pobre pollo aquel
refrán de que "unos componen y otros descomponen," pues
a los pocos días, estando divirtiéndose con otros de su es-
pecie, el cocinero necesitó los servicios de alguno de ellos
para el almuerzo, y echó mano del primero que topó, sin
fijarse que era el de las recomendaciones hasta que ya le
había quitado la posibilidad de volver a cantar a las tres y
media de la mañana. Cuando nos enteramos de lo sucedi-
do, sentimos una verdadera contrariedad, pero pronto nos
consolamos, practicando aquello de que "a mal que no tie
ne remedio, buena cara," y más en este caso, que pronta
nos ayudaría a ponerla lo sabroso de sus carnes bien con-
dimentadas por el cocinero. En San Antonio amarramos
también a remolque de la lancha el bote Márquez, creyendo
no hacer ya más uso del mismo hasta Puerto Asís, aunque
por mal de nuestros pecados de él tuvimos que valemos
para arrimar allá. Muchas veces me ofrecieron compra, pero
como presintiendo algo, aunque sin fundamento razonable,
nunca quise acceder a tales propuestas, algunas por cierto
muy tentadoras, lo cual se explica fácilmente, teniendo en
cuenta que esa magnífica canoa llamó en gran manera la
atención de los brasileros por sus dimensiones, buena cons-
trucción, solidez y calidad del palo de que estaba hecha.
El 8 de agosto atracamos al puerto fiscal brasilero de Ipi-
ranga, sobre el Putumayo, del cual he hablado ya en la pri-
mera parte de esta relación. Todos los vecinos de aquel
lugar nos recibieron con grandes pruebas de afecto y ale-
gría, pero de un modo especial nos las dieron don Juan
Miguel Pinto Riveiro; el secretario que nos había obsequia-
do en la bajada, señor Misael Texeira de Mello, y el capitán
de la Sergipe, señor Luis Suárez Ramos, de quien tan bue-
nos servicios habíamos recibido. Pronto examinaron los
desjpachos de la lancha y nos dieron el pase. Pasamos allí
— 89 —
unas cuantas horas tratando. asuntos referentes a la libre
navegación con el señor Riveiro, hombre muy simpático y
emprendedor. Este señor ofreció establecer por su cuenta y
riesgo una agencia en la desembocadura del Putumayo si
se establecía definitivamente la comunicación con Colom-
bia. En ella recibiría las mercancías que vinieran de Euro-
pa y cuidaría de despacharlas a Puerto Asís ; y hasta anun-
ció deseos de poner lanchas de su propiedad y hacer él
mismo los viajes a Colombia. En la boca del Putumayo se
nos habían hecho también propuestas parecidas por otros
hacendados y dueños de lanchas. Estas cosas, como era
natural, nos llenaban de entusiasmos y esperanzas. Tanto
nosotros como los brasileros creíamos que si alguna difi-
cultad se presentaba por parte del Perú, sería en Tarapacá
o Cotué, lugar muy cercano a Ipiranga, como queda indi-
cado. Por este motivo el señor Riveiro se vino en nuestra
lancha y desembarcó en la casa brasilera más cercana a la
frontera del Perú, para estar listo a ayudarnos en caso de
inconveniente en el paso. Al llegar a la vista de Tarapacá
debía la Yaquirana izar la bandera peruana en el mástil prin-
cipal .
Al ir a sacarla el capitán del depósito de banderas, la
encontró completamente apolillada, en forma que parecía
más bien un objeto de burla y desprecio que bandera des-
tinada a saludar a una nación amiga. Por lo visto, hacía
mucho tiempo, tal vez años, que no había salido a la luz
del sol. Todos, tripulantes y viajeros, experimentamos un
verdadero disgusto . Al considerar que no quedaba otro re-
curso y no se podía perder tiempo, me improvisé de sastre,
cogí aquel trapo roto, lo doblé en dos partes iguales, dismi-
nuyéndole la mitad del tamaño, corté el doble y cosí las
dos mitades una encima de la otra, a fin de que mutua-
mente se disimularan los rotos, y de esta manera quedó
más o menos pasable, aunque no como era de desear. Por
fortuna al ir a tracar al puerto de Cotué, el sol se acababa
de poner, y el marinero encargado de las banderas dijo que
según disposiciones del ramo, a la puesta del sol se arrian
banderas, y lo hizo con toda presteza. El señor Teniente pe-
ruano Osear Ceballos Ortiz, ya conocido nuestro, nos reci-
bió bien, examinó los despachos y nos dijo que podíamos
seguir. Sólo nos exigió una lista con los nombres de pasa-
jeros y tripulantes; otra de las mercancías que llevábamos,
90 -
y la condición de que admitiéramos a bordo un soldado de
los suyos, con un oficio para el Capitán de El Encanto, y
que facilitáramos a su 'subalterno que pudiera entregar el
oficio al mencionado Capitán, y a él le recomendó que en
el trayecto del río que ellos llaman peruano no dejara ven-
der mercancía. Convinimos en todo y seguímos viaje. Tan
pronto como dejamos a Tarapacá, el doctor Márquez me
dio algunas chanzonetas, burlándose del miedo que mani-
festé en Manaos cuando me opuse a que él se fuera a Bo-
gotá por vía distinta. Me limité a contestarle que ojalá todo
saliera como deseábamos, pero que me parecía mejor que
dejara aquellas chanzas para cuando hubiéramos pasado a
Yuvineto, porque de lo contrario se exponía a que se vol-
vieran contra él sus propios chistes cuando menos lo creye-
ra. Dos días seguímos río arriba sin otra novedad que una
varada de la lancha el día de San Lorenzo, precisamente
en los momentos en que iba a empezar el santo sacrificio
de la misa . La ofrecí con la mayor devoción que pude, para
que pronto nos desvaráramos, y ¡cosa admirable!, así que
empecé a rezar las Avemarias del fin de la m.isa, empezó
también la lancha a continuar su camino . A las nueve de la
mañana del domingo 11 de agosto vimos que por un bra-
zuelo del río, por el cual nosotros no pasamos, bajaba una
lancha; no sin curiosidad de saber qué lancha andaba por
aquellos sitios tan desiertos, seguímos nuestra marcha por
la madre del río . Tan pronto como la embarcación indicada
salió del brazuelo, nos hizo señal de que paráramos, y co-
rrió hacia nosotros. Entonces vimos que era la Callao de
la casa Arana, en la cual iban unos doce o quince soldados
bien uniformados y armados y el capitán de la guarnición
de El Encanto, que ya no era el señor Udiales sino un tal
Manuel Curiel. Así que llegaron cerca de nosotros, el Ca-
pitán Curiel llamó al comandante de la Yaquirana y le exi-
gió que presentara todos los despachos y documentación.
Los examinó todos minuciosamente y practicó un registro
a todos los apartamentos de nuestra nave. Acabada esta
maniobra, nos dijo que podíamos seguir. Le preguntamos
"Á había algún inconveniente para llegar hasta Puerto Asís,
y nos contestó que creía que no lo hubiera, por cuanto los
despachos y documentación de la lancha estaba en forma
correcta y legal; pero nos manifestó que para darnos el
pase tendríamos que ir a El Encanto. En esos momentos
— 91 —
tan poco tranquilos para nosotros, dirigí algunas inquietas
miradas al doctor Márquez, como diciéndole que, por des-
gracia, parecía que yo iba resultando profeta de desdichas.
El quería disimular, procurando convencerse y convencer-
nos de que nada nos podía suceder, pero lo cierto fue que
desde entonces se le acabaron las ganas de chancearse de
mis miedos. Desde el encuentro con la Callao tardamos
nueve días en llegar al Caraparaná, debido a que nos vimos
obligados a gastar tres o cuatro, preparando y embarcando
leña, y no podíamos andar de noche a causa de la oscuridad
y de no llevar práctico bien conocedor del río. En todo
este tiempo la Callao nos fue escoltando, unas veces que-
dándose atrás, otras adelantándose, pero nunca se alejó
mucho. La Yaquirana era mucho más rápida en su andar,
pero como no encontramos leña preparada, debido a que
aquel trayecto de río está casi completamente despoblado,
cada vez que se nos acababa el combustible, la Callao nos
alcanzaba y nos dejaba atrás.
Durante estos nueve días el único percance digno de
mención que nos sucedió fue el que en una noche muy os-
cura, estando la Yaquirana anclada en medio del río y con la
caldera casi apagada y la tripulación dormida, se desató una
furiosa tempestad de viento, relámpagos, truenos y agua,
la cual hizo rodar la lancha en tal forma que anuló la po-
tencia de las áncoras y empezó a bajar a merced de la co-
rriente, con peligro de estrellarse contra las orillas. Al
darse cuenta el capitán y demás tripulantes de lo que suce-
día, se afanaron, armando a bordo una confusión más que
regular, hasta que el maquinista consiguió levantar vapor
y vencer la fuerza de la corriente. Gracias a Dios, descon-
tado el buen susto que todos nos llevamos, no sucedió otra
desgracia que la rotura de la popa del bote Márquez, que
se estrelló contra la ribera; al mism.o tiempo se rompió la
cadena que lo sujetaba a la lancha y se fue río abajo. Nues-
tros bogas se dieron cuenta de lo que había sucedido, y
movidos por el cariño que tenían a su querida canoa, en
medio de aquella oscuridad tan tremenda, cogieron un bote
de la Yaquirana y se fueron a alcanzar al Márquez. Después
de unas dos horas de lucha con la oscuridad y la corriente,
llegaron trayendo su malferida nave, en la cual, sin ellos
sospecharlo, tenían que librar recias campañas antes de po-
nerla en Puerto Asís, donde existe todavía.
— 92 -
Al subir íbamos recordando con gusto las impresiones
de la bajada, sobre todo la mortificación tremenda que las
nubes de moscos nos causaban en la canoa. jQué diferen-
cia! Lo que en canoa recorrimos en ocho o diez días de
bajada, en lancha lo subimos en cuatro o cinco; y las mo-
lestias de la navegación en lancha son casi insignificantes.
Anotamos algunas coincidencias curiosas. Aquel año la
Asunción de la Virgen cayó en jueves, como la Ascensión
del Señor. Los dos miércoles vigilias de esas grandes fies-
tas, llegamos al mismo punto del Putumayo, donde pasa-
mos las mencionadas festividades descansando. La prime-
ra vez cuando bajábamos en canoa, y la segunda subiendo
en la lancha. Tuvimos que pasar el día de la Asunción de
)a Virgen para hacer leña. En esas ocasiones, nuestros
fieles bogas lucían sus habilidades en competencia con los
tripulantes de la Yaquirana. Pudimos comprobar varias
veces que en igual espacio de tiempo hacía más leña nues-
tro marinero, el famoso Benjamín Castillo, que cuatro ma-
rineros brasileros. Al ver el garbo con que aquél trabajaba,
el comandante de la lancha decía: *'Ese preto damnado
tem forza como cavallo.''
En las grandes festividades que iban sucediendo du-
rante el viaje, procuraba que todos los que andábamos jun
los se acordaran de ellas, haciendo algún acto piadoso extra-
ordinario; para conseguirlo, aprovechaba estas ocasiones
para regalarles medallas, santos Cristos 3^ rosarios; y el re-
galo iba casi siem.pre acompañado de una exhortación, a
que en medio de los negocios, trabajos y contratiempos de
la vida no se olvidaran del negocio más importante de su
alma.
La falta de leña casi nos duplicó el tiempo en el tra-
yecto de Cotué a El Encanto, donde no pudimos llegar
antes del 19 de agosto. Los colombianos del Caraparaná,
con quienes nos habíamos hecho amigos en nuestra bajada,
se alegraron mucho al vernos regresar con lancha que se-
gún nuestros cálculos debía llegar hasta Colombia y dejar
definitivamente expedita la vía para nuevos viajes. Casi
todos hacían ya sus cálculos para ir a visitar a sus parientes
en los pueblos natales, en la nueva subida de la lancha. La
noche antes de llegar a El Encanto, que la pasamos en la
estación cauchera de Iberia (antigua Nueva Granada),
nosotros y nuestro comandante rogamos y exigimos al Ca-
o
~ 93 -
pitan Curiel que nos despachara sin entrar al Caraparaná,
puesto que este río quedaba desviado de nuestra ruta. No
lo pudimos conseguir, y además en esa ocasión nos insinuó
que para podernos conceder libre paso, tenía que consultar
a íquitos por medio de la Telefuncke. Al oír esta razón
comprendí que se confirmaría plenamente lo que hacía
días iba presintiendo, o sea que nos demorarían allí mien-
tras consultaban, lo cual nos causaría grandes perjuicios,
por no estar esta demora prevista en el contrato de alquiler
de la embarcación; y hasta llegué a imaginar ya, y lo insi-
nué con pena al doctor Márquez, el fracaso que pronto se
realizó por completo.
VII
PeiTuanencia l'erzada en El Encanto— Pánico disinmlado en la empresa
Arana — Objeto d<á viaje de la "Callao" — El señor de lioaísa visita a la
"Telefujicke" — BevSpuestas evasivas de Curiel — Alegatos infructuosos.
Attiuciones simuladas de la casa Ai-ana — Notas cruzadas entre el Capitán
peruauo y el Comandante brasilero — Radiogramas a Manaos e íquitos.
Protesta formal contra el Gobierno del Perú a bordo de la "Yaquirana."
Tan pronto como llegamos a El Encanto, pedímos res-
petuosamente al Capitán Curiel que nos despachara, el cual
nos contestó que para poder librar los despachos necesitaba
la respuesta de un radiograma que en consulta había puesto
a íquitos. Exigió al comandante de la Yaquirana que le
presentara una lista de carga y pasajeros, la cual debía que-
dar en la Comisaría Militar peruana.
Por lo que pudimos observar y nos contaron los colom-
bianos, la noticia de que se iba a establecer libre y periódica
navegación en el Putumayo, produjo gran pánico en la
empresa Arana, que sin duda vio en ésta la desbandada de
los indios y por consiguiente su ruina. Supimos entonces
que el viaje de la Callao debía ser hasta Cotué, a fin de im-
pedir que entráramos en territorio ocupado por el Perú;
pero como ya nos encontraron dentro y vieron que todos
los despachos eran legales, el Capitán Curiel no se atrevió
a hacernos regresar sin consultar primero con otros que le
ayudaran a llevar responsabilidades. Estamos plenamente
convencidos que la mano negra que embrolló ese asunto
fue la casa Arana y el Consejero de Curiel, en quien se no-
taba mucha perplejidad, era el señor de Loaisa, hombre
sumamente astuto e inteligente, que hace más de veinte
— 94 —
año& que dirige los asuntos de aquella empresa en el Cara-
paraná. El presenció y tomó parte en muchos de los acon-
tecimientos de aquellos lugares, cuando las empresas cau-
cheras pasaron de manos de los colombianos a las de los
peruanos. El estaba allí, cuando las comisiones mandadas
por gobiernos extranjeros visitaron aquellas regiones a raíz
del gran escándalo mundial que produjo el denuncio sobre
ciímenes en el Putumayo. Ha tenido que entenderse con
muchos empleados del gobierno del Perú, algunos de los
cuales han sido acérrimos enemigos suyos, hasta el punto
de pegarle alguna vez. No faltan quienes lo sindican como
el criminal mayor del Putumayo o autor moral de los mayo-
res crímenes; pero el caso es que él ha salido siempre ileso
de todas estas borrascas, sin que hasta la fecha se le haya
comprobado hecho alguno criminoso. Este fue el hombre
de confianza del Capitán Curiel durante el tiempo en que
nos ocurrieron los sucesos que relatamos. No obstante, él
sabía disimular tan bien, que si nosotros no hubiéramos
sabido de antemano con quién tratábamos y no hubiéramos
discurrido sobre segundas intenciones, nos habríamos per-
suadido de que nos ayudaba con grande interés a vencer
dificultades. Supo que yo había dicho que seguramente
porque perjudicaría intereses particulares, la libre navega-
ción tropezaría con graves obstáculos, pues pronto me man-
dó con el doctor Márquez la razón de que como en el Putu-
mayo que ellos llaman peruano no hay más intereses par-
ticulares que los de la Compañía Arana, podía yo estar
muy cierto que lejos de perjudicar a dicha casa, la navega-
ción que nosotros intentábamos establecer, antes les favo-
recería mucho por facilitarles en gran manera la adquisi-
ción de víveres y otros objetos de Colombia que ellos
necesitaban; y noté además que desde entonces todos los
dependientes de la casa tenían un interés especial en' con-
vencernos de que nuestra demora obedecía únicamente al
Gobierno del Perú o a sus subalternos, y que la casa Arana
estaba dispuesta a favorecernos en todo, como lo había de-
mostrado, facilitándonos leña y víveres. A pesar de todo,
nosotros no dejábamos de repetir en nuestros adentros
aquel sabio refrán de que "por más que el lobo se vista de
piel de oveja, lobo se queda."
A las seis de la tarde del mismo día que llegamos a El
Encanto, el comandante de la Yaquirana, acompañado de
- 95 -
un intérprete, individuo de la tripulación que poseía muy
bien el castellano, se fue a conferenciar con el Capitán Cu-
riel, para exigirle que nos despachara pronto; le respondió
que no había inconveniente para el despacho, puesto que
la documentación era legal, pero siendo la primera vez que
subía embarcación para Colombia, había consultado a Iqui-
tos si se debía mandar un gendarme hasta Yuvineto. Estas
razones nos tranquilizaron bastante. Durante esa forzada
demora, aprovechamos el tiempo libre para conocer bien
todo lo de El Encanto. Visitamos las maquinarias de la
Telefuncke o torre inalámbrica, y el telegrafista, un señor
Salinas, nos mostró la manera como funciona esa admira-
ble invención del ingenio humano. Transmitió y recibió
algunas comunicaciones en nuestra presencia. Nos dijo
que todos los días se comunicaba con Lima por intermedio
de las torres de Iquitos, Manaos y otras . Nos manifestó que
oía radiogramas de casi todas las Repúblicas de Sur Amé-
lica, y algunas veces hasta de las Antillas. Sólo de Colom-
bia dijo que no tenía presente haber oído transmisión al-
guna. El lo atribuía a que seguramente no funcionaba en
ese entonces estación alguna radiotelegráfica en Colombia.
Mientras estábamos hablando con el señor telegrafista,
entró a la oficina el Capitán Curiel. Aprovechamos la oca-
sión para preguntarle si nos despacharía pronto, y su res-
puesta fue que no nos despachaba, porque tenía orden de
no dejar pasar embarcación alguna que no viniera del puer-
to de Iquitos. Esta respuesta tan inesperada nos hizo sos-
pechar que se trataba de algún plan para impedirnos el
paso a todo trance.
Aproveché la ocasión de la ida de un colombiano a
San Antonio, donde los Padres Franciscanos, y les escribí
recordándoles la visita que les hicimos en el mes de mayo,
y contándoles también algo de lo que nos estaba sucediendo.
El tercer día de nuestra permanencia en el Caraparaná,
por la mañana el comandante de la Yaquirana fue a decir al
Capitán Curiel que si él no nos despachaba pronto, le man-
daría un oficio exigiéndole expusiera por escrito los moti-
vos que tuviera para tal proceder. El Capitán peruano le
contestó que tal vez a las once de la mañana llegaría la
respuesta a la consulta que había elevado a Iquitos y podría
despacharnos, pero que en todo caso estaba listo a escribir
- 96 —
ios motivos porqué no despachaba la lancha. Ese mismo
día el primer piloto de la embarcación detenida mandó un
oficio al mismo Capitán Curiel, preguntándole qué requi-
sitos se necesitaban para poder pasar en lancha brasilera
por territorios ocupados por el Perú. Con el que entregó
el oficio mandó razón al piloto brasilero que le contestaría .
Poco después de recibido este oficio, Curiel se fue a confe-
renciar con Loaisa, conferencia que quiso ocultar el Capi-
tán peruano, procurando despistar en público, pues precisa-
mente cuando se dirigía a donde Loaisa, pasó por donde
nosotros estábamos hablando con el capitán de la Callao;
3 para que nosotros lo oyéramos le preguntó en alta voz
cómo estaba Loaisa y le encargó que lo saludara, diciéndole
que aquel día no podía ir a visitarlo. Al salir de la confe-
rencia con Loaisa, Curiel mandó decir al primer piloto,
como respuesta a su nota, que otra vez se fijara en lo que
escribía, porque la palabra territorio ocupado por el Perú
era una ofensa que se hacía a su patria, ya que el Perú
nunca ha ocupado sino lo que siempre le ha pertenecido
Ese día el doctor Márquez fue a decir al Capitán Curiel
que si él o yo éramos la causa de no despacharse la lancha
para Colombia, o nos tenía por sospechosos, allí estábamos
a su disposición; pero que en todo caso no demorara más
el despacho. Le contestó que ni yo ni el doctor Márquez
éramos la causa de la demora, pues bien veía que éramos
personas serias y honradas, de quienes nada había que
temer .
Al llegar con el doctor Márquez a la Yaquirana, de re-
greso de un paseo que hicimos por aquellos alrededores,
encontramos al comandante de la Callao y al primer piloto
de nuestra lancha en el siguiente alegato: decía el primer
piloto: "Si la Yaquirana no llega a Puerto Asís por causa
de los peruanos, cuenten ustedes con que el vapor Liberal
tampoco llegará a El Encanto por causa de los brasileros."
El comandante le respondía: "Si la Yaquirana intenta su-
bir sin despacho del Capitán Curiel, seguiremos tras ella y
le impediremos el paso, aunque sea a bala, y si se regresa
a Manaos sin esperar la respuesta de Iquitos, el Gobierno
del Perú nada perderá con esto; quienes perderán serán
ustedes." Esto demostraba que los ánimos se iban exaltan-
do de parte y parte, y hasta peligraba un conflicto. Inter-
vinimos nosotros, a fin de que se dejaran de disputas, que
- 97 -
a nada conducían ; y así se calmaron . En todas esas los de
la casa Arana, seguramente para disimular sus verdaderos
sentimientos, al parecer se desvivían para ayudarnos a re-
solver las dificultades. Nos aconsejaban con mucho interés
que aguardáramos, que estaban ciertos de que llegaría res-
puesta favorable para nuestro paso; y nos decían que de-
seaban en gran manera la libre comunicación con Colombia,
a fin de poder realizar buenos negocios y reanimar el co-
mercio del Putumayo, tan decaído entonces y ahora. Nues-
tro Comandante, viendo que iban pasando los días sin con-
seguir nada, mandó al Capitán Curiel, en la tarde del 21
de agosto, un oficio en el que le preguntaba y exigía por
contestación escrita, los motivos que tuviera para no des-
pachar la lancha brasilera. A este oficio contestó Curiel
con el que copio a continuación:
"V Región del Oriente — Sector número 1 — Comandancia — Encanto, 21 de
agosto de 1918 .
"Señor Comandante de la lancha brasilera Yaquirama, al ancla en este
puerto — Presente .
"Señor Comandante:
"En contestación de su oficio de la fecha, debo mani-
iestarle que a pesar de existir libre navegación fluvial entre
los Estados Unidos del Brasil y el Perú, sin embargo es de
práctica, como requisito aduanero, que toda embarcación
que pase al Alto Putumayo sea despachada por la aduana
principal de ¡quitos. Así pues, la demora de cincuenta ho-
ras que esta Comandancia tiene hasta la fecha, en expedir
el pase de salida de la embarcación de su digno mando,
obedece a una consulta que sobre el particular se ha hecho
por radiograma a la superioridad en Iquitos, y que el sus-
crito no puede precisar su llegada.
"Dios guarde a usted, señor Comandante.
"El Capitán Comandante del sector,
*'Me. Curiel*
Un viaje por el Putumayo y el Atnazona3'-7
~ 98 —
Impuesto el Comandante Viera de la contestación del
Capitán Curiel, resolvió que si al día siguiente no obtenía
el pase, reuniría a la oficialidad del buque, a los demás tri-
pulantes y pasajeros, y en presencia de todos formularía
por escrito formal protesta, haciendo cargo al Gobierno del
Perú de todos los daños y perjuicios que el proceder de
Curiel nos ocasionaba. Al día siguiente resolvimos apurar
todos los recursos, antes de tomar la dolorosa resolución
de regresar a Manaos sin llegar a Puerto Asís. Nos dirigi-
mos al Gobernador del Amazonas y al Cónsul brasilero en
Iquitos por medio de la Telefuncke, en los siguientes tér-
minos:
"Encanto, 22 de agosto de 1918.
"Em viagem alto Isa com embarsasao mercante brazi-
ieira de meu comando, estamos detido por autoridades pe-
ruanas. Todus os papéis e carga estando legalizados, por
autoridades brazileiras e peruanas de Manaos e da Frontei-
ra. A autoridade deste lugar officiomme que so pode dar
passe as embarcacao sejam despachadas en Iquitos. Con-
sulton seu Governo . Pedimos esclarecer este asunto urgen-
temente. Demorados desde 19 as 14 horas.
"Fermado, Augusto Viera"
' Estos dos telegramas nos costaron la friolera de 173
soles peruanos. Mientras tanto, el señor Loaisa nos decía
que se interesaba mucho por nosotros, y que había puesto
un radiograma al señor Prefecto de Loreto, diciéndole que
la lancha brasilera se perjudicaba con la demora en despa-
charla.
El 23 de agosto a mediodía, viendo que aún no se to-
maba resolución alguna por parte de los peruanos, el señor
Viera mandó al Capitán Curiel el siguiente oficio:
•'Ilustrísimo señor Capitáo da Comandancia do Porto do Encanto.
"Levo ao vosso conhecimiento que a lancha nal brazi-
leira Yaquirana sob meu comando prizentemente detida
n'este porto por ordem de Vuestra Señoría so tenho, resol-
vido a so sperar até amanha as 8 horas do día a desisaó de
Vuestra Señoría com nao haya resolusaó alguna. Convoco
a junta de officiaes e lavro o meu protesto responsabilizan-
— 99 —
do au Governo peruano por tudos os prejuijos causados da
leferida embarsasao. Nestos termos pede deferimento.
"Firmado,
''Augusto Viera, Comandante de Yaquirama."
En este día tanto Loaisa como Curiel manifestaron un
interés especial en decirnos que tenían plena seguridad de
que siendo la lancha brasilera podría llegar hasta Puerto
Asís. El Capitán Curiel dijo particularmente al Coman-
dante Viera que hacía varios días tenía telegrama sobre la
Yaquirana, y añadió que si en la lancha no hubiera más
que brasileros, estaría ya despachada, y que la causa de la
dem.ora érameos nosotros. Enterado el doctor Márquez de
estas manifestaciones del Capitán peruano, aprovechó una
ocasión en que estaban juntos Curiel y Loaisa para decirles
que le gustaría oír una declaración de esta clase de boca
de un funcionario del Gobierno del Perú, pues "yo — aña-
dió — aunque simple particular, tengo conocimiento de que
el Gobierno de mi Patria no pone obstáculo alguno a que
suban lanchas peruanas a Puerto Asís. Si la declaración
de que habla el señor Viera es cierta, la pondré en conoci-
miento del Gobierno de mi Patria." Inmediatamente tomó
la palabra Loaisa y dijo que la manifestación a que se refe-
ría el Comandante brasilero la había hecho él (Loaisa), no
el Capitán Curiel; pero que el sentido de ella era que no
habiendo tratado de navegación entre Colom.bia y Perú,
era imposible dar paso libre sin m.uchas condiciones. Que
ciertamente existía un tratado de libre navegación del Pu-
tumayo entre Perú y Brasil, pero que estaba ya caducado
por no haberse puesto nunca en práctica.
El Capitán Curiel, cuando recibió la última nota de
nuestro Comandante, le mandó decir verbalmente "que
sentía mucho no poder dar todavía el pase, pues en ningún
caso debía desobedecer órdenes de sus superiores, y que
por lo demás estaba listo a recibir y firmar la protesta aue
levantaran en la Yaquirana." Adem.ás, Curiel particular-
mente dijo a Viera que el Perú no quería cuestiones con el
Brasil, pero que con todo estaba plenamente convencido
que mientras no se fijaran definitivamente los límites entre
Perú y Colombia, sería la última vez que subía lancha a
— 100 —
Puerto Asís. Este mundo de razones contradictorias nos
convencieron que no pasaríamos. Por otra parte, las vitua-
llas y recursos de nuestra lancha iban escaseando, y el per-
juicio que recibíam.os por cada día de demora no prevista
era grande . El 24 de agosto a las ocho de la mañana, como
habíamos anunciado en la nota dirigida al Capitán Curiel,
se reunió a bordo de nuestra lancha la junta de oficiales
convocada por el Comandante Viera, y además todos los
pasajeros y tripulantes, y se formuló oficialmente y por es-
crito una protesta solemne, haciendo cargo al Gobierno del
Perú de los daños y perjuicios que nos causaba el procedi-
miento arbitrario del Capitán Curiel. Se mandó copia de
esta protesta a dicho Capitán, y empréndemeos nuevamente
marcha de regreso a Manaos.
VIII
I>e El Encanto a IVlanaos — Conflicto internacional inminente — Escoltados
por la "Callao" — Justa indignación en el Brasil — Nuevo acceso de fiebre.
Sensación en Manaos y protestas de la prensa — ^Se ratifica la reclamación
ante las autoridades federales.
Calcúlese cuáles serían nuestra desilusión y pena al
bajar nuevamente el Putumayo sin haber podido coronar
con éxito nuestros titánicos esfuerzos, estando ya tan cerca
de Puerto Asís . Calculábamos que emplearíamos cinco días
de El Encanto a Puerto Asís con la Yaquirana. La tripula-
ción brasilera al llegar su nave a la desembocadura del Ca-
laparaná, estuvo tentada de aceitar bien sus rifles, seguir
Putumayo arriba y arrostrar las consecuencias. Bastante
nos costó calmar los ánimos, a fin de evitar un conflicto in-
ternacional. La Callao nos volvió a escoltar, seguramente
hasta cerciorarse de que habíamos pasado el Cotué, pues
como nuestra lancha andaba mucho más, muy pronto la
perdimos de vista y no supimos a punto fijo hasta dónde
nos seguiría.
Grande fue la indignación de los brasileros al enterarse
de que no habíamos podido llegar a Puerto Asís por causa
de los peruanos. Sobre todo los radicados en el Bajo Pu-
tumayo y sus vecindades, a quienes tanto habría favorecido
ja libre navegación de aquel río, estaban furiosísimos y de-
cían que ellos tampoco dejarían pasar el vapor Liberal.
r^""
h
— 101 —
En Tunantins dejamos recomendado el bote Márquez
al Reverendísimo Padre Evangelista, diciéndole que se lo
regalábamos, si acaso no volvíamos por esa vía o no lo ne-
cesitábamos más.
Al pasar por la confluencia del Putumayo y el Tunan-
tins, me dio otro acceso de fiebre, como el que experimenté
en Manaos, a mediados de julio. Dos días estuve postrado en
el camarote y con temor de que no me mejorara tan pronto,
pero gracias a Dios, al tercer día pude pararme de nuevo.
El 3 de septiembre llegamos nuevamente a Manaos.
Allí causó gran sensación la noticia de lo que nos había su-
cedido en El Encanto . Toda la prensa de la ciudad protestó
con vehemencia contra los abusos de los peruanos. Como
muestra transcribo, traduciéndolo al pie de la letra del por-
tugués, lo que dijo Gazeta da Tarde, de aquel mismo día^
uno de los diarios de más circulación en el Estado del Ama-
zonas :
''Abuso del vecino peruano, a bordo de la 'Yaquirana.*
"Con destino a San Francisco de Asís, en el alto Isa,
puerto colom.biano, zarpó de nuestro puerto el día 28 de
julio último la lancha Yaquirana, bajo el mando del señor
Augusto Viera, y de consignación de la casa J. V. D'Oli-
veira, de esta plaza. La referida embarcación, que llevaba
gran cargamento, fue legalmente despachada en las ofici-
nas estadoales, federales y en los respectivos Consulados
del Perú y Colombia.
"Después de salir de este puerto siguió viaje sin el me-
nor contratiempo hasta Tarapacá, lugar donde se halla ins-
talado un puerto peruano. La respectiva autoridad revisó
los papeles de la Yaquirana, y viendo que estaban legaliza-
dos, despachó la lancha dejando que siguiera en paz su
camJno. Dos días después, todavía en aguas peruanas, fue
la Yaquirana sorprendida por el encuentro de la lancha pe-
ruana Callao, armada, trayendo a bordo una fuerza de sol-
dados peruanos, bajo el mando del Capitán Curiel, Comi-
sario peruano del Putumayo.
"Intimado el Comandante de la Yaquirana a pasar, la
fuerza peruana invadió la lancha, y después de examinar los
papeles pasó revista a toda la embarcación, inclusive en las
bodegas, a pesar de las protestas del Comandante de la
Yaquirana.
— 102 -
"El Capitán Curiel intimó al Comandante Augusto
Viera a seguir con su embarcación hasta la población pe-
ruana de El Encanto, punto muy desviado de la ruta o ca-
mino que debía seguir la Yaquirana.
"Preguntado por el referido Comandante cuál era la
razón de tamaño abuso, el Capitán respondió que si la lan-
cha procediese de Iquitos, podría seguir sin dificultad, pero
como era del Brasil, tenía orden de no dejarla pasar.
"En estas condiciones, la lancha siguió hasta El En-
canto, donde estuvo aprisionada por espacio de cinco días,
sin el menor respeto a nuestras leyes, a pesar de las cons-
tantes y justas reclamaciones de su Comandante, quien
mostró todos los documentos sellados y legalizados. Visto
esto, el Comandante extendió su protesta, en la cual hacía
responsable al Gobierno peruano de tal atropello. Embar-
cóse de nuevo para Manaos, adonde llegó hoy. El Coman-
dante notificó lo ocurido a las autoridades competentes, y
mañana ratificará su protesta ante el Juez federal. Eran
pasajeros de la Yaquirana el ilustre Tomás Márquez, colom-
biano, y el Reverendo Padre Gaspar Pinell. Esta noticia
fue recogida en la casa consignataria de la referida lancha
y confirmada por el digno doctor Tomás Márquez, con
quien tuvimos el placer de hablar."
Lo primero que hicimos al llegar a Manaos fue ir a en-
contrar a un buen abogado que se hiciera cargo de presen-
tar y tramitar nuestra protesta y demanda ante las autori-
dades federales. Junto con el Comandante Viera, entabla-
mos pues la correspondiente reclamación. Como no sabía-
mos lo que nos sucedería y qué determinaciones tendríamos
qué tomar, esta vez llevamos hasta la capital del Amazonas
a toda la tripulación del bote Márquez.
El doctor Márquez y el suscrito volvimos a alojarnos,
como era natural, en el convento de nuestros Padres, y a
los bogas les buscamos un hotel.
103 —
IX
l'iaje del doctor ¡Márquez a Río de Janeiro y Lima — >Ii permanencia en IVIa-
naos — Informe de Vuestra Reverendísima — Sensible separación — Gestiones
pai-a salir pronto de IManaos — Elección de vía para el regi'eso— Vía Puluma-
yo como mal rticnoi* — Visita y servicios de Julio Ai'ana — ^Radiograma de Iqui-
tos y carta del señor Arana — Fecha en que el vapor "Liberal" sale de Iquitos.
Inspiración del Ángel do la Guarda — Arana sigue la pista de las gestiones
de la Misión para establecer la navegación del Putuinayo — Suposiciones
sobi-e influencias de Arana — Gestiones de Ai'ana para valorizar su empresa.
Después de hechas las primeras diligencias de la recla-
mación, resolvimos que el doctor Márquez siguiera a Río de
Janeiro y de allí a Lima, si era necesario, a fin de interesar
a las Cancillerías en la resolución y buen éxito de la de-
manda iniciada. Yo me quedaría en Manaos activando lo
conveniente, para que la demanda debidamente documen-
tada llegara pronto a Río de Janeiro, y al mismo tiempo
para ver qué se podía hacer con la carga de la lancha.
Hasta esa fecha nada había escrito a Vuestra Reveren-
dísima desde que salimos de Güepí, último punto del Pu-
tumayo que se comunica con alguna facilidad con Puerto
Asís, por la sencilla razón de que estábamos persuadidos
de que primero llegaríamos nosotros a Colombia que las
cartas que le despacháramos por correo. Pero entonces
viendo el mal suceso del pasado y lo incierto del porvenir,
le escribí un informe explicándole lo sucedido hasta aquel
día y las angustias y oscuridad en que estábamos respecto
a lo que nos sucedería en adelante; convencido esta vez de
que por bien que nos fuera en nuestro viaje de retorno, le
llegaría el informe mucho antes de que nos viéramos. Con
todo, el informe llegó a Sibundoy quince días después de
estar yo allá.
Al cuarto día de haber llegado a Manaos, el doctor se
embarcó para Río de Janeiro, quedándome con los cinco
muchachos con quienes salimos de Puerto Asís. Cualquiera
que sepa de amistad verdadera y haya compartido penas
y alegrías, triunfos y fracasos con algún buen amigo, com-
prenderá fácilmente cuánto sentiríamos aquella separación
en tierra extraña, sobre todo por la incertidumbre y oscu-
ridad de unos y otros. Busqué manera de hacerme a re-
cursos para poder salir de Manaos tan pronto como la
buena marcha de la reclamación me lo permitiera. Varias
veces m.e tocó ir a declarar ante el Juez Federal y procurar
— 104 —
que todos los de la tripulación de la Yaquirana hicieran lo
mismo. Fui estudiando la vía más fácil para llegar nueva-
mente a Colombia con los bogas. Después de las debidas
comparaciones, dadas las dificultades para combinar vapo-
res, arreglar pasaportes y muchas otras debidas a la guerra
europea, y especialmente a que el Brasil era nación beli-
gerante, llegué a la convicción de que la vía más fácil y
económica, aunque no la menos penosa, era sin duda alguna
la del Putumayo, aprovechando el vapor peruano que cada
tres meses va de Iquitos a El Encanto.
Resolví pues trabajar para hacer la siguiente combina-
ción: embarcarnos en vapor brasilero desde Manaos a la
confluencia del Putumayo; en vapor peruano de este punto
a El Encanto, y en el bote Márquez de Caraparaná a Puerto
Asís. Esta combinación nos hacía pensar seriamente en las
torturas que nos causarían los moscos del Putumayo en el
trayecto de El Encanto a Caucaya; pues si bajando por la
mitad del río casi nos desesperaban, qué sería subiendo a
paso lento por las orillas, donde se juntan a millones, amén
de los inconvenientes de las enormes avenidas, que muchas
veces detienen semanas enteras a los que suben en canoa y
de la despoblación absoluta de aquel trayecto. Con todo,
como mal menor escogimos esa vía. Para poder hacer con
éxito la combinación indicada, era preciso que tuviera cer-
teza de la fecha en que el vapor Liberal salía de Iquitos
para el Putumayo, y también de que los peruanos nos deja-
rían embarcar y pasar sin dificultad. Para ese objeto creí
oportuno aprovechar los servicios del señor JuHo Arana,
el cual muchas veces se había brindado a ayudarnos en lo
que se ofreciera. Al llegar a Manaos con la Yaquirana, la
primera visita que se nos hizo en el convento de los Padres
Capuchinos fue la de ese señor, que nos vino a manifestar
r^u condolencia por lo que nos había sucedido en el Putu-
mayo. jSabe Dios la parte que a él le correspondía en las
causas de estos desdichados acontecimientos! A pesar de
todo, haciendo de la necesidad virtud, me resolví a confe-
renciar con el señor Julio Arana para combinar el viaje.
Con muchas atenciones me informó de las fechas en que el
vapor Liberal salía de Iquitos y entraba en el Putumayo, y
me brindó caballerosa y espontáneamente su recomenda-
ción para el Comandante de dicho vapor, a fin de que nos
llevara sin dificultad hasta El Encanto, y también para que
- 105 ~
las autoridades peruanas no pusieran obstáculo alguno a
nuestro paso para Colombia en canoa. Le pregunté si creía
él que podía haber dificultad en que alguna lancha brasi-
lera de las del Bajo Putumayo o Alto Silimoes nos fuera a
dejar hasta Yuvineto en caso de no poder tomar a tiempo
el vapor Liberal. Me contestó que no podía darme respuesta
segura a este asunto; pero me dijo que si yo quería, pon-
dría un radiograma a Iquitos consultando, y que tan pronto
como tuviera contestación me la haría conocer. Acepté y
agradecí el ofrecimiento. En efecto, a los dos días me man-
dó al convento de San Sebastián la contestación de Iquitos,
acompañada de una atenta carta; la respuesta decía:
"Itaj-a (Iquitos), 18 septiembre 191 S. Extra.
"Arana — Alauaos .
"Prefecto dice no está sus atribuciones conceder lan-
cha Riveiro surque Yuvineto, pudiendo Padre Gaspar via-
jar sin inconveniente vapor Liberal próximo octubre.
"Firmado, Zumaeta"
La carta estaba concebida en los siguientes términos;
"Reverendo Padre Gaspar de Pinell — Presente.
"Muy estimado Padre:
"En este momento recibo el telegrama de Iquitos, el
que original acompaño a ésta, y por el que verá usted que
no hay inconveniente en que viaje en el vapor Liberal.
"Comprendo, como dije a usted, que las autoridades
peruanas no dejarían pasar la lancha del señor Riveiro arri-
ba de El Encanto; pero creo que si en el telegrama de pre-
gunta no hubiéramos dicho que iría hasta Yuvineto, y sí
al Encanto, no hubiera puesto inconveniente el señor Pre-
fecto de Loreto.
"Al decir que no hay inconveniente en que viaje en el
vapor Liberal, es de entender también que no hay obstá-
culo para que siga de allí en canoa y con sus remadores,
pues que eso dijimos en el telegrama de pregunta.
"No avisa la fecha de salida del Liberal de Iquitos, sin
duda porque no saben ni allí, puesto que depende del tele-
~ 10b —
grama que harán de Chorrera y Encanto pidiéndolo; pero
yo creo que no saldrá de Iquitos antes del 10 de octubre,
conforme hemos conferenciado verbalmente.
"Por estar muy ocupado, con un correo que sale hoy
ai Para, no puedo ir personalmente a verlo, pero aquí me
tiene usted siempre a su disposición.
"Con sinceridad y simpatía, soy su muy atento y se-
guro servidor,
'7. C. Arana"
El que haya seguido atentamente el curso de esta re-
lación y conozca lo que representa Julio Arana en Iquitos
y en el Putumayo, quizá podrá ver entre líneas cómo las
ideas que en ella se expresan con ambigüedad estudiada
respecto a la ida de lanchas brasileras al Alto Putumayo,
no están muy en desacuerdo con las que se nos manifesta-
ron en El Encanto sobre este mismo asunto, y que segura-
mente fueron el resorte, arbitrario por supuesto, que nos
impidió llegar a Puerto Asís, y deducir de ahí que las in-
fluencias de ese señor no eran ajenas a los consejos de Loai-
vsa, ni a las perplejidades de Curiel.
Como se ve en la carta transcrita, la fecha m.ás proba-
ble en que el vapor Liberal saldría de Iquitos era el 10 de
octubre. Según eso, pudimos permanecer en Manaos hasta
el 2 o 4 del mismo mes, días en que por lo regular pasaba
por Mañaos el vapor brasilero de la línea Pará-Iquitos . Así
me lo aconsejó repetidas veces el mismo señor Arana, ig-
noro si con verdadera sinceridad, y otros amigos. A pesar
de todo lo que me decían, tenía cierto presentimiento que
me impelía fuertemente a salir de Manaos antes de la fe-
cha aconsejada, a fin de asegurar que el vapor Liberal no
eitrara en el Putum.ayo, sin estar nosotros en su confluen-
cia. Después de serias reflexiones determiné hacer caso
omiso de los consejos y seguir mi impulso interior, y por
lo que más adelante contaremos, se verá cuan acertada fue
esa determinación, la cual he atribuido siempre a influen-
cias del Ángel de la Guarda.
En esa ocasión que nos franqueamos más con el señor
Julio Arana, supe por boca de él mismo que hacía tiempo
seguía la pista del interés con que la Misión trataba de es-
tablecer la libre navegación del Putumayo. Me contó el si-
— 107 —
guíente hecho, que comprueba plenamente lo que acabo de
afirmar. El año antes de emprender nosotros el viaje, Vues-
tra Reverendísim.a escribió al Ilustrísimo señor Obispo- de
Manaos exponiéndole sus ideas sobre este asunto y pidién-
dole datos comerciales y de otros órdenes sobre la plaza
de Manaos, que pudieran orientarlo para adelantar con
éxito sus gestiones . El Ilustrísimo señor Obispo pasó la
carta a su muy ilustre Vicario General, a fin de que tomara
ios datos correspondientes y formulara la contestación de-
bida. El muy ilustre señor Vicario era amigo íntimo de don
Julio Arana, amistad que se fomentó entre otras razones
por la vecindad de las respectivas casas de habitación. Lo
primero que je ocurrió a dicho sacerdote al recibir el en-
cargo del Ilustrísimo señor Obispo, fue pasar la carta de
Vuestra Reverendísim^a al señor don Julio Arana, a fin de
que le suministrara los datos indispensables para la contes-
tación; lo cual hizo este señor, según él mismo me explicó.
Siento no poder tener a la vista en estos momentos aquella
contestación para fijarme si se traslucen o nó deseos de que
el Putumayo quede expedito para el comercio de Colom-
bia. Todo esto me hace suponer que las gestiones de Arana
para nuestro fracaso venían estudiándose y desarrollán-
dose con mucha anticipación y sagacidad. Así, cuando re-
cibió la noticia de que nosotros pasamos por El Encanto
con rumbo a, Manaos, se enteró de que habíamos llegado
a aquella ciudad y de lo que nos proponíamos hacer ; él por
su lado iría moviendo resortes que condujeran con seguri-
dad al resultado que lamentamos . Lo expuesto son apenas
suposiciones, pero dejamos al criterio de los lectores el
juzgar si son o nó fundadas.
En ese tiempo me impuse también de las diversas ges-
tiones que ha hecho Julio Arana para sacar a su empresa
del Putumayo del estado de quiebra en que se halla, o por
Ir menos se hallaba, pues él mismo me dijo que entre Para
e íquitos tenía íntegras las zafras o cosechas de dos años,
sin que pudiera conseguir valorizarlas y explotarlas. Este
es un dato que puede persuadir a cualquiera de que si pa-
garan siquiera medianamente bien, a los miles de indios
que tienen ocupados en el Caraparaná e Igaraparaná,
dado, además, el poco valor del caucho que sacan, porque
r o es del fino, la empresa tendría necesariamente que ob-
tener pésimos resultados económicos. Supe entonces, no
— IOS —
por boca de Arana, sino por otros que seguían muy bien
sus gestiones, que este señor no hacía mucho que había
hecho una gran propaganda, por medio del cinematógrafo,
de sus caucheras del Putumayo, para venderlas bien o para
levantar capital con qué poder dar más lucrativa ocupación
a sus miles de indios. Yo mismo pude ver una colección de
vistas muy bien tomadas, que m.e confirmaron plenamente
este aserto. Fueron completamente negativos los resulta-
dos de su propaganda; pero por lo que pude ver, ese señor
no pierde ocasión para buscar medios de revivir su empre-
sa. En esos días se había organizado un sindicato inglés,
cuyo Gerente, según me informaron, era un señor colombia-
no, Norzagaray, a quien conocí personalmente, para ex-
plotar la balata, en la región de Ríobranco, pues según de-
cían, esa goma, muy abundante en aquellas regiones, era
más útil que el caucho para algunas industrias especiales,
como correas de máquinas, cubrir cables submarinos, etc.
Los del sindicato traían instrucciones especiales para
sacar la goma sin cortar los árboles, y para prepararla en
forma de cueritos delgados, que la hacía muy valiosa. El
señor Julio Arana, como era natural, se enteró de todos
estos proyectos, buscó pronto quiénes fueran a contratarse
de peones con aquellos empresarios, para que aprendieran
pronto y bien esa nueva industria y mandarlos después al
Putumayo, a fin de que la enseñaran a los indios de su do-
minio. Así se realizó en efecto, y según informes posterio-
les qué he tenido, la balata que sacan y preparar los indios
del Caraparaná e Igaraparaná es muy apreciada en el co-
mercio y ha servido en gran manera para evitar la ruina
total de la casa Arana. Con todo, por las informaciones que
pude adquirir, estoy en la convicción de que aquella em-
presa no está en estado floreciente, y que su dueño la ven-
dería con gusto si hubiera quien le ofreciera lo suficiente
para quedar en buen predicamento en Loreto. Al impo-
nerme por medio del cable, de que el Senador Arana era
adverso al tratado de límites con Colombia, he llegado a
pensar que tal vez su oposición se deba a fines de negocio,
esto es, intentar con su proceder inducir al Gobierno de
Colombia a que le compre al precio que él desee, todos los
intereses que él tiene en el Putumayo; pues no se compa-
gina esa actitud con lo que él mismo me dijo más de una
vez; estoy persuadido de que con sinceridad, comprendía
— 109 —
las ventajas que traería para Colombia y el Perú, sobre todo
para Loreto, su tierra natal, un tratado de límites y libre
iiavegación, que pusiera fin al estado de tirantez e incom-
prensión que tanto perjudicaba a ambos países y que, como
peruano, deseaba de veras se llegara pronto a esa amigable
y honrosa solución.
X
Oliveira, nuestro apoderado — Araiisticio eui-opeo — Radiogi'ania del doctor
Márquez — ^Período álgido de la crisis del ilinazonas — Bogas en la cárcel.
Desaparción del práctico Vargas — Motivos que nos impelían a salir pi'onto
de 3Ianaos — Ajisiedad en Puerto Asís — Las Cancillerías de Colombia, Brasil
y Perú, preocupándose de nosotros.
El 26 de septiembre salió de Manaos el vapor Cidade
de Teffé con rumbo al río Yavarí, y en él tomamos pasaje
hasta la desembocadura del Putumayo.
Antes de dejar definitivamente a Manaos, recomendé
todos nuestros asuntos al señor José Vaz D'Oliveira, Cónsul
de Venezuela y Encargado en ese entonces del Consulado
de Colombia, quien hasta el presente ha tomado tanto inte-
rés en lo que se le recomendó, como si fuera cosa propia.
Antes de separarnos del doctor Márquez, constituimos am-
bos nuestro apoderado legal al señor D'Oliveira, con am-
plios poderes para poder obrar como nosotros mismos,
quedando encargado de todos nuestros intereses pendien-
tes, mercancías, reclamación, etc. En esos días se firmó el
armisticio entre los beligerantes de la guerra europea, cir-
cunstancia que nos perjudicó en gran manera para la reali-
zación de las mercancías de la lancha, pues con la sola
noticia de la suspensión de hostilidades, los precios dismi-
nuyeron en un 20 o 30 por 100. El señor Oliveira nos fue
dando cuenta exacta a su debido tiempo del curso de los
asuntos que le habíamos recomendado con completa escru-
pulosidad, acreditando una vez miás su merecida fama de
perfecto caballero portugués. Que Dios Nuestro Señor re-
compense abundantemente sus inapreciables servicios y
bondades .
El doctor Márquez se encargó de estudiar las facilida-
des que ofreciera el viaje por la vía de Belén del Para y
otras del Sur, lo mismo que si el asunto de nuestro reclamo
era muy demorado o de fácil resolución, y comunicarnos
pronto sus impresiones para nuestro Gobierno. Con reía-
— no-
ción a estos encargos nos puso desde Marañón el siguiente
radiograma:
"Asunto demorado, si es posible cojan vía Putumayo
o ¡quitos."
Esta comunicación confirmó plenamente lo acertado
que anduve al escoger la vía Putumayo.
En el tiempo de nuestra segunda permanencia en Ma-
naos, la crisis general había llegado a su período álgido.
Todos los días se registraban raterías, y como nuestros bo-
gas eran desconocidos allí y los policías veían que no se
ocupaban en trabajo alguno, cada rato cogían a uno u otro
como sopechosos. Varias veces tuve que ir a sacarlos de
la cárcel haciendo ver a los agentes de seguridad que se
trataba de personas honradas, explicándoles los motivos de
•a situación en que se encontraban. Por otra parte, los gas-
tos diarios de los cinco bogas en el hotel eran considerables.
Además, pasamos el gran susto de perder por unos días al
práctico Vargas. Como nunca había vivido en ciudad sino
a sus anchas en medio de las tribus de los indios, el encon-
trarse encerrado entre cuatro paredes del hotel o en el pe-
rímetro de la ciudad, que para él se convertía en cárcel; la
muchedumbre que continuamente veía, con la cual no po-
día tratar con aquella franqueza con que estaba acostum-
brado con las tribus del Putumayo; el traje bien ajustado
con que debía presentarse en público, el cual contrastaba
con la cusma que hasta entonces había sido su vestido ordi-
nario, los botines que comprimían aquellos pies, hechos a
posarse con la anchura máxima de los dedos; el tener que
comer en mesa con la etiqueta indispensable en un hotel
V el continuo ruido de tranvías y tráfico de la ciudad, lo
molestaron y aburrieron de tal manera, que no pudiendo
aguantar más, sin despedirse ni avisarnos, salió de Manaos
y se fue a vivir unos días en las riberas del río Negro . Yo y
los demás compañeros de viaje que ignorábamos su reso-
lución, y que no habíamos sospechado siquiera la intensi-
dad de la nostalgia que lo afligía, creímos que se había per-
dido o que algún cauchero brasilero lo habría conchavado
para llevárselo a su estrada y mil conjeturas más, que nos
tenían sumamente inquietos.
Por otro lado, se nos hacía muy extraño que habiendo
dejado hijos, todavía pequeños, en poder de sus parientes,
pues hacía poco que había quedado viudo cuando salimos
— 111 —
de Puerto Asís, se desentendiera de tal manera de ellos, que
ya no pensara en volverlos a ver pronto. Durante tres o cua-
ti o días mandé a los demás bogas que lo buscaran por toda
la ciudad y sus alrededores y que averiguaran por él en
todos los lugares donde sospecharan que podrían recibir
alguna noticia. Viendo lo infructuoso de las averiguaciones
de mis compañeros, pensé dar aviso a la policía, explicando
lo que nos sucedía. Cuando estaba ya para cumplir esta
resolución, se presentó mi hombre manifestándome que se
había ido a pasar unos días en las orillas y playas del río,
porque no podía aguantar más tanto ruido y tanto encierro y
también porque la nostalgia del agua, de la vista del río y
de la soberana libertad que en sus riberas se goza para ba-
ñarse cuando a uno le da la gana y para comer plátano asado
y buen peje fresco a su gusto, sin necesidad de platos, ni
cucharas, le habían impelido a irse a pasar unos días con
unos amigos a que se había hecho, a fin de acabar con la
tristeza que lo tenía abatido. Me dijo que lo perdonara por
no habérmelo avisado antes, pues no lo hizo porque daba
por seguro que yo no accedería a sus deseos, tan necesarios
e imperiosos. Y que además procedió así, porque había
comprendido que nuestro viaje no era inminente, teniendo
el buen cuidado de regresar antes de nuestra salida. No hay
que decir que lo perdoné con gusto, no sin la consiguiente
reconvención de que otra vez fuera más prudente en sus
procederes, para evitarnos angustias y dolores de cabeza.
Todo lo expuesto y muchas otras razones en relación con
Vuestra Reverendísima, Puerto Asís y Colombia, hacían
que procuráramos salir cuanto antes de aquella ciudad.
A fin de hacer las cosas en la mayor reserva, convinimos
con el doctor Márquez no poner desde Manaos comunica-
ción alguna sobre lo sucedido, y él quedó encargado de
comunicarlo todo a Vuestra Reverendísima desde Belén
del Para. Sea que el cable no llegara o que hubiera descui-
do en el cumplimiento del convenio, lo cierto fue que Vues-
tra Reverendísima nada supo de lo sucedido hasta mucho
tiempo después, lo cual le ocasionó grandes sinsabores y
ansiedades pensando en la suerte que nos había tocado,
viendo que no llegábamos a Puerto Asís en la fecha calcu-
lada y que no recibía noticia alguna. A este silencio se de-
bió que nuestros nombres anduvieran por las Cancillerías
de Colombia, Brasil y Perú, averiguando por nuestro pa-
radero.
112
XI
IjO que Iiicijnos a bordo de la "Yaquirana" — Riuiibos y dibujo del Piitumayos
Colombianos en el Amazonas — Treinta y ocho hijos y diez y ocho nietos.
Creyendo ser brasilero, sin renegar de Colombia — Distancia en millas náu-
ticas de Manaos a Iquitos, Cotué y puntos interaiedios — Ciudades, pueblos
y caseríos del Ajiiazonas — Grandes afluentes del mismo — Bocas del Cagueta.
Dificultades que ofi*ece para la navegación.
Antes de dar por terminada esta segunda parte, me pa-
rece bueno explicar lo que hicimos en la Yaquirana duran-
te el tiempo que anduvim.os en ella. En el Putumayo fui
comparando y rectificando el rumbo del río y distancias
que había tomado en nuestro viaje en canoa, y además con-
seguí que uno de los prácticos de la lancha, el señor Manuel
Pinheiro Guedes, hábil dibujante y marino fluvial muy
práctico, me sacara un dibujo de todo el trayecto de aquel
río que recorrimos en la Yaquirana.
En las orillas del gran río Amazonas encontramos va-
nos colombianos establecidos allá, quienes nos llenaron de
atenciones y se interesaron mucho por el feliz éxito de
nuestra empresa. Entre ellos merece m^ención especial el
señor Heliodoro Córdoba, pástense; este sujeto nos contó
que hacía cuarenta años que vivía en aquellas regiones,
donde se había casado dos veces, y contaba con treinta y
echo hijos y diez y ocho nietos. Dos veces había poseído
buena fortuna y otras tantas había venido a menos. Nos
dijo que sospechaba ser brasilero por no haber protestado
de aquella nacionalidad en una época en que el Gobierno
del Brasil dictó un decreto resolviendo que todos los ex-
tranjeros que vivían en aquel país serían considerados como
nacionales si en el término de seis meses no protestaban de
la naturalización, y como él no protestó, creía que era bra-
silero, aunque nunca había renegado de Colombia. Nos
manifestó también que estaba en la convicción de que to-
davía sus padres vivían en Pasto, pero hacía muchos años
que no tenía noticia de ellos. No hay que decir que todos
estos colombianos se forjaron ilusiones y llenaron de espe-
ranzas patrióticas, pensando ya en emprender negocios
con sus paisanos de Nariño, pero con el sensible percance
de la Yaquirana todas sus ilusiones y esperanzas quedaron
en nada.
Fuimos anotando las distancias de Manaos a la con-
fluencia del Putumayo, fronteras con el Perú y puntos inter-
113
medios, como también otras que pueden interesar a los co-
lombianos .
Hé aquí las principales:
Millas
náuticas.
Del Atlántico a Manaos 1,030
De Belén del Para a Manaos 930
De Manaos hasta ¡quitos son las siguientes:
De Manaos a Manacapuru (pueblo) 60
De Manaos a Codajaz (ciudad) 168
De Manos a Coary (ciudad) 259
De Manaos a Teffé (ciudad) ...» 372
De Manaos a Caisara, caserío y desembocadura
principal del Caquetá : 429
De Manaos a Fonte Boa (ciudad) 543
De Manaos a Tunantins (ciudad) 661
De Manos a la boca del Putumayo 679
De Manaos a San Pablo D'Olivensa (ciudad) . 761
De Manaos a Tabatinga (frontera con el Perú) 902
De Manaos a Loreto (caserío peruano) .... 965
De Manaos a Caballo Cocha (caserío peruano) . 1,000
• De Manaos a Peruaté (caserío peruano) . . . 1,064
De Manaos a Pebas (caserío peruano) .... 1,120
De Manaos a ¡quitos (ciudad peruana) .... 1,232
De la boca del Putumayo a Cotué 120
Tenemos pues que de Manaos a Cotué, frontera del
Putumayo, entre Perú y Brasil, hay 799 millas. Hay que
advertir respecto a distancias en el Amazonas, que casi nun-
ca se encuentran dos personas que concuerden en los datos,
y esto proviene de que las medidas brasileras y portuguesas
son distintas, en casi todos los órdenes, de las de otras na-
ciones, como anotaremos más adelante, circunstancia que
conviene tener en cuenta en los contratos comerciales. Res-
pecto al caso concreto de millas, podemos señalar estas di-
ferencias: la milla náutica y geográfica tiene 1,852 metros;
la inglesa, 1,609, y la brasilera, 2,200 metros. I^as distancias
que hemos apuntado las tomamos de distintas rutas de los
pilotos de la Yaquirana.
También anotamos los diversos pueblos, ciudades y ca-
seríos que hay en el trayecto de la boca del Putumayo a
Un viaje por el Putumayo y el Amazonas— 8
— 114 —
Manaos . En la. banda izquierda, por orden descendente, los
principales núcleos de población son: San Antonio, en la
boca del Putumayo, caserío; la ciudad de Tunantins; Ba-
dajoz, población a orillas de un lago del mismo nombre;
queda retirada del río, desde el cual no se alcanza a ver;
Codajaz, ciudad y municipio; Anorí, pueblo regular; Ana-
mau, caserío, y Manacapuru, población y municipio. Por
la banda derecha, en orden ascendente, se encuentran:
Coary, ciudad y municipio; Teffé, la ciudad más antigua y
municipio; Caisara, caserío de frente a la desembocadura
del Caquetá; Ponte Boa, ciudad y municipio. Además de
los centros indicados, se encuentran multitud de fincas, al-
gunas formando caserío, todo lo cual contribuye a dar un
aspecto bellísimo a*las riberas del gran río de América. En
este mismo trayecto de río de que estamos hablando des-
embocan, a lado y lado, grandes ríos, algunos de ellos mu-
cho mayores que el Putumayo. En la banda derecha, bajan-
do, se encuentran: el Jutahy, a unas cien millas más abajo
de la ciudad de Tunantins; el Juruá, a cincuenta millas
después de la ciudad de Ponte Boa; el Teffé, en la ciudad
del mismo nombre; el Coary, también en la ciudad de este
nombre, y el Purús, a ciento treinta millas de Manaos. Por
la banda izquierda recibe el río Negro, muy cerca de Ma-
naos, y el Caquetá, en el pueblo de Caisara, a, 429 millas
de aquella ciudad. Creo oportuno rectificar aquí un dato
geográfico, que en Colombia pocos lo tienen en cuenta.
Se dice comúnmente que el Caquetá tiene varias bocas, y
se considera como una de ellas el brazo Auatiparaná, pero
en realidad en este brazo y otros que se juntan con el Ca-
quetá antes de Caisara, las aguas del Caquetá no corren
hacia el Amazonas, sino las del Amazonas hacia el Caque-
tá; más abajo de Caisara caen al Amazonas otros caños
que llevan aguas del Caquetá, pero propiamiente tampoco
merecen el nombre de bocas de aquel río, porque al jun-
tarse con el Amazonas, llevan ya más aguas de este mismo
río y otros que del Caquetá. Entre estos últimos es nota-
ble por su anchura y caudal de agua el llamado Paraná de
Codajaz . Al tomar los datos que preceden sobre el Caquetá
y sus bocas se nos informó también que este río presenta
muchas dificultades para la navegación constante, aun en
la parte baja, colonizada por el Brasil, debido a la gran an-
chura y a la poca profundidad de su cauce. Se nos dijo que
- 115 —
por estas razones la Compañía Amazón River varias veces
suspendía por largas temporadas la línea que llega hasta
cerca de Apoporis o frontera de Colombia.
XII
Sigue lo que hicimos en la "Yaquirana" — Tripulación legal de las lanchas
fluviales en el Estado del Amazonas — Cinco clases de embarcaciones — Tri-
pulación de la "Yaquirana" — Qué es una jangada — Ocios de a bordo— Com-
paración de distancias y fletes de Europa y Norte Ajnérica a Pasto, entre
las vías de Tumaco y Manaos — Fin trágico de la "Yaquirana" — Informe
del Nuncio del Brasil.
Andando en la Yaquirana nos informamos también de
las condiciones legales que se exigen en el Brasil para que
una lancha pueda matricularse oficialmente.
En Manaos se clasifican los vapores fluviales en cinco
clases, cada clase exige el personal con los sueldos mensua-
les que a continuación se expresan, los cuales se fijan como
mínimum: primera clase, lanchas remolcadoras, hasta de
30 toneladas; carecen de espacio para pasajeros, y ordina-
liamente las usan para remolcar jangadas (grandes balsas
de madera para construcción) :
Un comandante, con noventa dólares .....$ 90
Un práctico, con setenta y cinco 75
Un maquinista, con setenta y cinco 75
Dos fogoneros, con treinta 30
Un marinero para gobernar el timón.
Un mozo para los trabajos de limpieza, y un criado.
La remuneración de estos tres últimos se deja al buen
sentido del dueño de la lancha.
Segunda clase, comprende las lanchas comerciales de
un solo piso y hasta 30 toneladas:
Un comandante, que al mismo tiempo sea práctico,
con noventa dólares $ 9Ó,
Un práctico, con setenta y cinco 75
Un maquinista, con setenta y cinco 75
Dos marineros para gobernar el timón, con treinta
cada uno 30
Tre^ mozos o simples tripulantes, tres fogoneros, un
cocinero y despensero y un criado.
El salario de los nueve últimos se deja también al cri-
terio del dueño de la lancha.
~ 116 -
Además, la ley exige un contador y un médico; pero
esta exigencia se elude fácilmente.
Tercera clase : lanchas de dos pisos o toldas, de 30 a 50
toneladas :
Un comandante, con noventa dólares $ 90
Dos prácticos, con cincuenta cada uno 50
Dos maquinistas, con setenta y cinco ($75) el
primero y cincuenta ($50) el segundo 125
Tres fogoneros, con treinta ($30) cada uno ... 60
Tres m.arineros para gobernar el timón, con veinte
{$ 20) cada uno 60
Tres mozos, simples tripulantes, con quince ($15)
cada uno 45
Un cocinero, con treinta 30
Un despensero, con veinte 20
Un copero, con doce 12
Un contador y un médico, de los cuales se puede pres-
cindir fácilmente.
Cuarta clase : lanchas de dos pisos, de 50 a 70 tone-
ladas :
Un comandante, con noventa dólares $ 90
Un contramaestre, con setenta y cinco 75
Dos prácticos, con cincuenta ($50) cada uno . . 100
Dos maquinistas, con setenta y cinco 75
Tres fogoneros, con treinta ($30) cada uno ... 90
Dos carboneros, con veinticinco cada uno .... 50
Tres marineros para gobernar el timón, con veinte
($ 20) cada uno 60
Tres mozos, simples tripulantes, con quince ($15)
cada uno 45
Un cocinero, con treinta 30
Un despensero, con veinticinco ($25) 25
Tres criados, con doce ($12) cada uno 36
Un médico, del cual se puede prescindir con facilidad.
Quinta clase: vapores de gran tonelaje:
Un comandante.
Un inmediato.
Un contramaestre.
Dos prácticos.
Cuatro fogoneros.
Dos carboneros.
— 117 —
Cuatro marineros.
Cuatro mozos.
Dos cocineros.
Un despensero.
Cuatro criados.
Un médico, que casi nunca se consigue.
Los sueldos de los empleados de esta última clase no
se fijan oficialmente porque se supone que son siempre su-
periores a los de la clase inmediata y ordinariamente de-
penden de las ganancias que hagan los dueños de las em-
barcaciones y de los buenos servicios de los tripulantes.
Para expedir el título oficial de práctico se exige un
examien riguroso sobre la geografía y condiciones especia-
les de los ríos para los cuales se quiere adquirir, dando por
supuesto que el que lo pretende sabe dibujar y hacer los
cálculos marítimos, propios de la profesión. Me acuerdo
que una de las dificultades que más nos costó vencer para
poder salir de Manaos con lancha, fue el no encontrar prác-
ticos del río Isa o Putumayo. La Yaquirana pertenecía a
la tercera de las clases .mencionadas, y su personal era el si-
guiente :
Un comandante, señor Augusto Viera.
Dos prácticos: el primero, señor Manuel Pincheiro
Guedes; el segundo, Manuel Romualdo Martínez.
Dos maquinistas: el primero, José dos Reís e Goes; el
segundo, Raim^undo Augusto de Silva.
Tres fogoneros: Justino Machado Sgrejo, Alviro da
Silva y Catharino Macedo Silva.
Dos marineros : Eloy Alves Braga y Antonio Gonsalves
Dantos .
Cuatro mozos o simples tripulantes: Francisco Havier
de Macedo, Manuel María Alves Guimaraes, Raimundo Ri-
veiro dos Santos y Manuel Pelacho Seixag.
Un despensero: Joao Lauria.
Un copero: Francisco Matheus.
Un cocinero: Joao Justino.
Estos fueron los compañeros de alegrías y desdichas
en el accidentado viaje de Manaos a El Encanto y de El
Encanto a Manaos, de quienes conservamos gratos recuer-
dos por su corrección y caballerosidad en todo, al mismo
tiempo que por el interés con que cumplieron sus deberes
y ayudaron en cuanto estuvo de su parte a vencer dificul-
— 118 —
tades para el feliz éxito de nuestra empresa. ¡Que Dios
Nuestro Señor pague su buena voluntad y premie sus es-
fuerzos !
Incidentalmente hemos hecho mención de las janga-
das; antes de seguir adelante me parece oportuno decir
dos palabras sobre estas embarcaciones singulares. Una
jangada consiste en una enorme balsa confeccionada con
grandes trozos de madera fina para aserrar o edificar; hay
jangadas -de mil y hasta dos mil trozas . Ordinariamente las
preparan en las cabeceras de los grandes afluentes del Ama-
zonas, donde abundan los bosques de maderas de construc-
ción. En la superficie de esas largas y anchas balsas arman
casas de habitación los peones que las dirigen, de manera
que a la vista hacen el efecto de un campamento o ranche-
ría ambulante. Mientras se dejan llevar por la corriente
andan por su propio impulso y con bastante rapidez; pero
si para llegar a su destino es necesario remontar algún río
o andar por aguas estancadas, tienen que valerse de la fuer-
za de las lanchas remolcadoras, que son las del primer grupo
de la clasificación mencionada.
También aprovechábamos los ocios de a bordo para
hacer comparaciones entre los fletes de las vías Nueva
York-Europa, Tumaco-Barbacoas-Pasto y Nueva York-
Europa, Manaos, Puerto Asís-Pasto. Para esas compara-
ciones nos servíamos de los datos que el doctor Márquez,
como Visitador Fiscal de la Nación, había recogido en las
costas del Pacífico, Barbacoas y Pasto, y de las que había-
mos recogido en Manaos y en el Amazonas. De estas com-
paraciones sacamos las siguientes consecuencias: en 1917,
una tonelad de Nueva York o Europa a Tumaco, costaba
87 dólares; y de Tumaco a Barbacoas, 38 dólares. En 1918
una tonelada de Norte América o Europa a Manaos resul-
taba en los casos de más recargo a 45 dólares . En una lan-
cha que pueda ir y volver, cargada de Manaos a Puerto
Asís, la tonelada por término medio no saldría a más de 30
dólares. Las distancias de Barbacoas a Pasto y de Pasto a
Puerto Asís son equivalentes. Por consiguiente, en ese
tiempo la diferencia a favor de la vía Europa-Manaos-Puer-
to Asís era de 50 dólares por tonelada. Naturalmente que
al principio se presentarían muchas dificultades imprevis-
tas, como la falta de leña preparada en los desiertos del
Putumayo ; algunas veces falta de carga en Puerto Asís,
— 119 -
y otras por el estilo, pero todas se podrían compensar con
una subvención oficial a la compañía que emprendiera esta
magna obra durante el tiempo necesario para solucionar
estos inconvenientes que la experiencia iría presentando.
Los vapores de altar mar se ponen en quince días de Euro-
pa o Norte América a Manaos; y cualquier lancha que ande
siquiera cinco millas por hora, puede ponerse de Manaos a
Puerto Asís en 273 horas, pues según datos bien fundados
y aproximados, entre esos dos puertos no hay más de 1,363
millas.
En esta clase de ocupaciones pasábamos los ocios de a
bordo mientras nos alentaba la esperanza de llegar a Puerto
Asís con la Yaquirana; pero en otros cálculos, por cierto
bien tristes, empleamos los últimos días que nos tocó andar
en aquella nave de tristes recuerdos.
A veces se notan en la vida algunos encadenamientos
de acontecimientos desgraciados, como si un hado fatídico
í.e cebara en ciertos objetos y personas. De un modo espe-
cial ha sucedido esto con la Yaquirana, a la cual con razón
podríamos apellidar la lancha de las desdichas. Cuando
estaba recién construida fue quitada a su dueño por haber
sido aprehendida con un contrabando. Más tarde en un
afluente del Amazonas tuvo un percance, no recuerdo si
con los peruanos o bolivianos, el cual costó bien caro a los
que lo promovieron. Ya hemos contado lo que a nosotros
nos aconteció en el Putumayo, y finalmente, hace ocho días
que recibí la triste noticia de que el 17 de febrero del pre-
sente año naufragó trágicamente en Manacapurú, perecien-
do en ella veintitrés personas. Según los datos que me han
comunicado, cuando se hundió llevaba a bordo cuarenta y
cuatro personas, seiscientos sesenta barriles o cajas de cas-
tañas del Amazonas, mil kilos de caucho fino (o borracha
en el Brasil), y ciento ochenta kilos de pescado. Esas ci-
íras dan una idea de la capacidad de dicha embarcación.
Despidámonos ya de la Yaquirana para volver a recor-
dar las últimas diligencias que hice antes de dejar a Manaos,
tal vez para siempre. Estas diligencias fueron: escribir al
Nuncio Apostólico del Brasil, explicándole lo que nos ha-
bía sucedido, e interesándole vivamente a que nos ayudara
ante aquel Gobierno a establecer la navegación y vencer
las dificultades por medio de la vía diplomática. Le expuse
las grandes ventajas que esa medida traería a los pobres
— 120 —
salvajes del Putumayo, objeto de las tiernas solicitudes del
Sumo Pontífice. Le recordaba las manifestaciones princi-
pales de esta paternal solicitud; la Encíclica Lacrímabili
Statu y el establecimiento de la Misión de Padres Francis-
canos ingleses en el Caraparaná e Igaraparaná. Le hacía
presente que aquella Misión estaba por acabarse por care-
cer los Padres de lo indispensable para atender a las más
apremiantes necesidades de la vida. Le exponía cómo con
la libre navegación del Putumayo, esos miles de indios se
pondrían en contacto con el mundo civilizado y éste se
enteraría del yugo que soportan y podría interceder por
ellos, o ellos mismos librarse por m^edio de un fácil traslado
a otras partes donde les fuera más fácil recibir con mayor
eficacia las enseñanzas redentoras del Evangelio y hacerse
a las prácticas de la verdadera civihzación. Le ponía de
presente cómo el eco de la crueldad que se había tenido
con los indios del Caraparaná e Igaraparaná no sólo conmo-
vió el corazón paternal del Papa sino que también movió la
compasión de algunos gobiernos civilizados, quienes se inte-
resaron mandando visitadores especiales a que se informa-
ran de lo que ocurría y de lo que se podía hacer para acabar
con las prácticas reñidas con la civilización y el derecho de
gentes . Y finalmente le m.anif estaba cómo la guerra euro-
pea frustró en parte el fruto de esas visitas, por embargar
aquélla toda la atención de los gobiernos, aunque sin duda
alguna tuvieron provechosos resultados, pues desde enton-
ces se- mejoraron los métodos y el trato de aquellos seres in-
felices dignos de mejor suerte.
Aquí pongo punto final a esta segunda parte de mi in-
forme, dispuesto a seguir con la tercera, hasta dar fin al en-
cargo de Vuestra Reverendísima.
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TERCERA PARTE
DE MANAOS A PUERTO ASÍS, Y ALGUNAS COSTUMBRES Y DATOS
SOBRE EL AMAZONAS
Be Míinaos a la desembocadura del Putiuiiayo — Victoria que se convirtió
en deri-ota — Fiesta de nuestro Padre San Francisco en Tunantins — Com-
postura del "bote RIárquez" — Las "charapas" del Amazonas — Su utilidad.
Su pesca-caza — Tabuleiros — Llegada a Puerto América .
El 26 de septiembre por la noche salimos nuevam.ente
de Manaes con los cinco tripulantes del bote Márquez en
el vapor Cidade de Teffé, que viajaba con rumbo a Yavarí .
i Qué diferencia entre el estado de ánimo del día de esta
salida, al que teníamos la noche del 28 de julio, cuando de-
jábamos a Manaos, embarcados en la Yaquírana! Ese día
creíamos haber conseguido uno de los triunfos más gran-
des de nuestra vida, y en esta ocasión la triste realidad nos
hacía experimentar que aquella victoria saboreada antes de
Liempo, no nos servía sino para hacernos experimentar con
mayor intensidad en esos melancólicos momentos todo el
peso de un desastre, no por involuntario y de fuerza mayor,
míenos sensible para los que com^prendíam^os su fatal e in-
evitable trascendencia .
En seis días de feliz navegación llegamos a Tunantins.
Como estaba persuadido de que pasarían algunos días antes
de que llegara el vapor Liberal a la confluencia del Putu-
mayo, resolvimos celebrar en Tunantins la fiesta de nuestro
seráfico Padre San Francisco, en compañía del Reveren-
dísimo Padre Evangelista de Cefalonia. Pasamos allí cua-
tro días m.uy bien atendidos . Durante este tiempo los bogas
repararon las averías que el bote Márquez había recibido
en la desanclada de la Yaquirana, que ya referimos. Una
vez compuesto, se sirvieron de él para ir a la caza-pesca,
que de todo tiene, de charapas o tortugas grandes, con tan
— 122 —
buen resultado, que en una noche cogieron treinta o cua-
renta.
Digamos algo sobre la charapa (tartaruga en portu-
gués), elemento de primera necesidad en el Amazonas.
Este anfibio llega a alcanzar proporciones increíbles para
quien no los haya visto ; algunas pesan más de tres arrobas
y tienen un metro de largo por medio de ancho. Los ama-
zonenses se aprovechan de ella en tal forma, que todo el
año les proporciona carne fresca. La saben preparar con
una habilidad y destreza tan admirables, que la hacen sa-
ber a mxuchas otras carnes distintas, de tal modo que a veces
presentan en una misma comida tres o cuatro platos diver-
sos, que uno que no sepa, ni siquiera sospecha que hayan
salido de los elementos de un mismo animal. En todas las
casas de las orillas del río se ve una especie de corral, como
una jaula grande, parte del cual constituye un estanque de
agua no muy limpia; es el vivero de las tortugas. Allí las
colocan cuando las cogen, y en esos sitios viven hasta años
enteros, sin otro gasto que algunas hojas que les echan
para su alimento. A medida que las necesidades de la fa-
milia lo reclaman, las van matando para su alimentación,
como se hace con las aves de corral. Es muy original y di-
vertida la manera de cogerlas: hay una época en el año,
especialmente en los meses de septiembre y octubre, cuan-
do el Amazonas alcanza su mayor merma y deja grandes y
anchas playas, algunas de leguas, en que las tortugas salen
de noche en manadas de cientos y a veces miles, a poner
huevos en aquellos inmensos y calientes arenales. Cuando
salen, hacen un ruido especial, que los oídos de los que es-
tán acostumbrados a la vida del río lo perciben a bastante
distancia. Estas salidas sólo las hacen a oscuras y en playas
donde no haya movimiento de gente o animales, y no se
noten rastros frescos. Como estos anfibios constituyen una
verdadera riqueza que conviene aprovechar, ya para la
alimentación, ya para la venta, y por otra parte las orillas
del Amazonas van llenándose de casas y fincas, en forma
que casi no se encuentran playas desiertas, donde no ande
gente o ganado, los municipios resolvieron organizar la
caza-pesca de las charapas, en forma que al "mismo tiempo
que fuera abundante y segura, sin acabar con estos anima-
les, resultara una renta para el fisco municipal. Dicha- orga-
nización se efectuó así : escogieron unas playas a las cuales
— 123 —
llaman tabuleiros, donde prohiben que nadie ande, ni suelte
ganado. Para que de lejos se conozcan estas playas, las se-
ñalan con banderas blancas. Cada año el municipio arrien-
da esas playas en licitación pública. El mejor postor queda
con el derecho exclusivo de vigilar la playa, y para el efecto
tiene policías a sus órdenes . Cuando llega la época de la
postura de los huevos, frente a los tabuleiros, en la orilla
opuesta del río, se constituye un verdadero pueblo provi-
sional, de gente deseosa de proveerse de carne para todo el
año y también para la venta. A veces pasan en estos cam-
pamentos semanas enteras en espera de la salida de las tor-
tugas; las noches que por las condiciones atmosféricas es
casi seguro que salgan, unos cuantos hombres prácticos y
animosos se arriman a la playa a atisbar si se cumplen o nó
sus deseos. Así que oyen salir las tortugas se van alistando
en espera de que se hayan separado bastante de la orilla
Cuando calculan que están lejos del agua, a una señal del
arrendatario de la playa, que es el que dirige estas .opera-
ciones, dada por medio de un pito, corren tras las tortugas
V las van volteando patas arriba. Cuando las charapas se
dan cuenta de que hay quien las persigue, giran y prenden
carrera hacia el agua, con tal velocidad, que es imposible
atajarlas, y si son muchas las que se regresan, los viradores,
que así se llaman los que las voltean, tienen que andar muy
listos en abrir paso; a fin de librarse de fuertes golpes que
con aquellas grandes conchas recibirían en Jas canillas, ca-
paces de hacerlos caer al suelo y dejarlos sin sentido, pues
es enorme la fuerza de esos animales. Para esa especie
constituye excepción aquel refrán de paso de tortuga, ya
que cuando van de huida, su paso es más ligero que el de
muchos otros animales. En algunas viradas, si los opera-
rios son hábiles, consiguen movilizar 500, 800 y hasta 1,(X)0
charapas. Al terminar la viración, por medio de un pitazo,
el arrendatario del tabulero avisa a los de la orilla opuesta,
quienes están ya preparados en sus canoas. Al oír la señal
empiezan a chimbar el gran río con la mayor presteza. Así
que llegan a la playa, cada uno va cogiendo y cargando las
charapas que alcance. A veces en estos momentos se ar-
man grandes altercados, y siempre esta operación es mo-
tivo de gran algazara y alegría. Familias enteras forman
parte en esta última maniobra, consiguiendo de este modo
hacer buena provisión. Hay que tener práctica y bastante
— 1^4 -
fuerza para coger y cargar esos animales; de Ío contrario
se exponen a que de un mordisco les pasen la mano o cor-
ten un dedo; o con las patas y míanos, que mueven sin ce-
sar, les desgarren las orejas, espaldas y brazos. La opera-
ción de la recogida hay que efectuarla con alguna presteza,
pues la charapa con sus esfuerzos logra volver a sentar su
pecho en la arena y entonces no hay quien la alcance. Al
terminar la recogida, el arrendatario de la playa pasa a
contar el número total de presas, y de cada ocho o diez
separa una para sí.
La tortuga es un buen negocio en el Amazonas: por
cada una de las grandes se pagan dos y tres dólares, y todos
los buques y lanchas que van a Manaos compran las m.ás
que pueden. Antiguamente los amazonenses se dedicaban
a la extracción del aceite o manteca de los huevos de tha-
rapa, operación muy demorada, pero después se dieron
cuenta que les daría mejor resultado coger las charapas, y
hace mucho tiempo que así lo efectúan, y han dejado casi
por completo la industria del aceite o manteca. Ordinaria-
mente las cogen antes de desovar, lo cual les permite apro-
vechar no sólo la carne sino también los huevos, que por
cierto son mu}^ sabrosos y alimenticios. Mientras yo des-
cansaba en Tunantins con el Reverendísimo Padre Prefecto
Apostólico del Alto Solim^oes, mis compañeros de viaje se
fueron a una de esas cacerías nocturnas, de la cual volvie-
ron muy satisfechos, aunque aJgunos con las señales de su
poca destreza, en las orejas y m.anos.
El 6 de octubre salimos de Tunantins para la boca del
Putumayo en la lancha de la frontera brasilera de Ipiraaga,
que había ido allá a visitar al Reverendísimo Padre Prefecto
y a otros quehaceres de su cargo . Desembarcamos en Puer-
to América a esperar el vapor Liberal, pensando que tar-
daría todavía siete u ocho días en pasar por allí. Apoyado
en esta convicción, di permiso a los bogas para que se fue-
ran a visitar sus antiguos amigos de aquellos contornos,
exigiéndoles como m.edida preventiva que el 10 estuvieran
sin falta todos conm.ieo.
125 —
II
Razas del Amazonas — Caboclos — Lingua geral úo , Brazil — Palabras del
Amazonas y sus equivalentes en Colombia — Amor a las tradiciones indíge-
nas y al Portugal — El portugués más popular del mundo — Causas del afecto
al Portugal.
Como estamos ya para dejar definitivamente el Ama-
zonas, antes de despedirme de esa simpática región, donde
tanto sufrí y gocé, creo del caso decir algo más sobre sus
pobladores y su lengua. El Amazonas tiene su raza y len-
gua propias, pero la Taza está ya muy mezclada con los
blancos y también, aunque en proporciones muy inferio-
res, con ios negros. A los naturales de esa región que no
sean de raza blanca pura los llaman caboclos, palabra por-
tuguesa que significa cobrizo. El Amazonas y todos sus
afluentes tenían sus razas indígenas peculiares. Según es-
tudios concienzudos, se enumeran 373 tribus de indios, más
o menos heterogéneos, sólo en los diversos ríos del Estado
del Amazonas. La población de raza blanca es también
muy diversa: hay portugueses, turcos, sirios, judíos, biasi-
leros de los Estados centrales y del Sur, colombianos, pe-
ruanos, chinos y algunos alemanes. Los caboclos hablan
su lengua propia, que llaman lingua geral do Brazil. Según
los historiadores, en tiempo del descubrimiento, en todo el
litoral del Brasil, se hablaba una sola lengua con las alte-
raciones accidentales, ocasionadas por las circunstancias de
las diversas regiones. En cambio, en el interior del país se
hablaban diversos idiomas, y una y otros tenían multitud
de dialectos. La necesidad de hacerse comprender impulsó
a los negociantes portugueses y a los Misioneros católicos
a constituir una lengua uniforme que les sirviera para en-
tenderse con todos los indios del litoral. Debido a estos es-
fuerzos, a las relaciones que se fueron estableciendo entre
los indios del litoral y del interior, a la necesidad en que se
vieron los indios de entenderse con los conquistadores y
Misioneros, y sobre todo a las gramáticas que escribieron
estos últimos, especialmente los jesuítas, aquella lengua
del litoral, debidamente sistematizada y perfeccionada, se
vino a convertir en la lingua geral do Brazil, con la cual se
entendían perfectamente todos los habitantes de aquellas
inmiensas regiones. Esta lengua es algo parecida en el so-
nido al inca o quichua del Ecuador y de algunas tribus de
— 126 -
nuestra Prefectura Apostólica. Ignoro las analogías que
tengan, por no haber tenido lugar de hacer comparaciones.
Casi todos los blancos radicados en aquellas regiones en-
tienden y hablan perfectamente esta lengua. Gran parte
de los caboclos no saben otra.
Noté una cosa muy particular en los brasileros del
Amazonas de raza blanca pura, y es el grande amor que
tienen a las tradiciones indígenas. Consideran como una
gloria hablar correctamente la lingua geral. Cuentan como
un hecho digno de perpetuarse en los fastos de su historia,
el caso del Emperador Pedro II, que cuando fue a visitar
al Papa, después de haberle hablado en el idioma diplomá-
tico, lo hizo en la lingua geral do Brazil, diciéndole que
aquella era la lengua propia de sus subditos. No creo fut-
ra de lugar poner aquí una lista de nombres con que en el
Amazonas se conocen algunos objetos, animales y plantas.
Ignoro el origen etimológico de la mayor parte de ellos,
por no haber podido consultar con personas o libros com-
petentes; lo mismo que si pertenecen a la lingua geral do
Brazil, o son mezcla de etimologías portuguesas e indíge-
nas; se nota claramente que algunas son de origen portu-
gués. A fin de que pueda comparar quien quiera, pondré
dos listas : una con los nombres que se emplean en el Ama-
zonas y otra con sus equivalentes en Colombia.
Amazonas. Colombia.
Anta ; , Danta.
jacaré Caimán.
Paca Mamita o boruga.
Cutia Guara o tintín.
Viado Venado.
Gado Ganado.
Macaco Mono.
Macaco-guariba Mono-cotudo.
Macaco-yapusa Mono-chorongo.
Macaco-chero Mono-tanque.
Macaco-sagui Mono-chiciiico.
Macaco-prego Mono-chichico-blanco.
Lontra Nutria.
Tartaruga .- Tortuga grande o charapa.
Faricaya Tortuga o charapa pequeña.
Fracuya ídem, ídem.
Juca Tortuga más pequeña.
luvatí (mátelo en el Perú) Tortuga de monte o morrocoy.
Motú Paujil.
jacú o cuyubí Pava.
— 127 --
Amazonas. Colombia.
Pirarucú Paiche (pez grande como bacalao).
Survibí '.. Bagre (pez grande).
Tambatí Gamitana o dorada.
Mapará Bocachico (pez).
Peraña Puño (pez).
Peixe-boy Vaca-marina.
Mandyhi Barbudo (pez).
Pacú Garopa (pez).
Cachorro Dentón (pez).
Matinchón o chatuarana Sábalo (pez).
Arará Guacamaya.
Tucano Picudo o tucano.
Ananá o Cacachí Pina.
Mamón Papaya.
Jurumú Calabazo o zapallo.
Avacacha Mango.
Aviyú Caimito.
Tangerina Mandarina.
Mirití = Canangucho (palma y su fruto).
Pupuña Chontaduro.
Asaí (himipué, entre macaguajes).... Palma sacristán o naibe.
Jahuarí Palma de coco.
Pachuba Bombón (palma).
Anaya Palma real y palma milpesos.
Bacaba Palma chontilla.
Patagua Palma milpesos.
Caxú Marañón (planta y fruto).
Paraná Brazo de río.
Ygarapé Río pequeño o quebrada.
Masaranduba Árbol de la balata.
Al río Cotué, fronterizo entre el Perú y Brasil con el
Putumayo, lo llaman Güequí.
Al revés de lo que ha sucedido en otras repúblicas de
la América latina, los brasileros o por lo menos los amazo-
nenses de raza blanca brasileros, tienen como un timbre de
honor ponerse apellidos indígenas o que hagan referencia
a tradiciones indígenas. Recuerdo que un gran personaje
ostentaba el apellido de Indio del Brasil, y uno de los gran-
des vapores de la Compañía Lloyd Brasileiro, que hacen la
travesía de Río de Janeiro a Manaos, lleva este nombre, se-
guramente como homenaje a ese personaje.
Otra cosa que también cautiva la atención es la gran
veneración que todos, cabuclos y blancos, tienen al Por-
tugal . Para ellos ir a Lisboa es la meta de sus aspiraciones ;
algo así como ir a París los de la «América española. Es
popular allá este dicho: "quem nao ha visto Lisboa nao ha
visto cousa boa." Muchos cablocos conocen aquella capi-
~ 128 —
tal. En tiempos en que el caucho tenía precios fabulosos
y en que fácilmente cualquiera podía hacer fortuna, lo pri-
m.ero en que pensaban cuando disponían de bastante dine-
ro era en ir a Europa, pero antes que todo a Lisboa . Todos
los periódicos de Manaos traen minuciosas noticias, aun de
los pueblos miás insignificantes de Portugal, como si en
realidad formaran parte del Brasil o Amazonas. Las glorias
portuguesas las consideran como propias. Respecto a esto,
recuerdo el hecho concreto del interés que tienen en llamar
a San Antonio no con el sobrenombre de Padua, como se
conoce universalmente, sino de Lisboa; consideran a San
Antonio como el portugués más popular del mundo y el más
grande en su esfera. Por consiguiente, no quieren que se
olvide que fue Lisboa y no Padua la cuna de aquel insigne
bienhechor de la humanidad. El 13 de junio pudimos con-
templar en Manaos la gran devoción que el pueblo tiene a
aquel santo y también cóm.o se complacían los que habla-
ban con nosotros de la festividad del día, en recalcarnos
que debíamos decir San Antonio de Lisboa y no de Padua.
Discurriendo sobre las causas de haber los brasileros
conservado tanto afecto a Portugal, creo que se puedan se-
ñalar como no despreciables, el haberse independizado sin
guerras y haber fomentado después de la independencia
los vínculos comerciales con el Portugal, tal vez con más in-
tensidad que antes . Actualmente en el Amazonas las casas
comerciales más fuertes y bien organizadas son portugue-
sas. Esto hace que los portugueses se encuentren en el
Brasil como en su propia nación; y tal vez se podría afir-
mar, sin alejarse mucho de la verdad, que hay m.ás portu-
gueses en ei Brasil que en el Portugal.
III
Medidas brasileras y su equivalencia en el sistema métrico decimal — Unidad
monetaria del Brasil y su equivalencia con el dólar y peso colombiano.
Caimanes del Amazonas — "Baixa enorme jacaré" — Aspecto pavoroso de la
muerte — Reses descalabradas — El caimán y el tigre — Pesca con flecha.
Pesca de tortugas con anzuelo— Cómo se pescan la vaca marina, el paichc
y el bagre.
Para el comercio hay que tener en cuenta que los pesos
y medidas que se usan* en el Brasil, o por lo menos en el
Amazonas, son distintos de los que se emplean en Colom-
bia, Perú y otras naciones. Por si fueren de alguna utili-
- 129 - \
i
dad, pongo a continuación dichas medidas, y su equiva- 1
lencia en el sistema métrico decimal: ]
Medidas de longitud. ¡
Legua brasilera, 6,172 metros. ]
Milla brasilera, 2,200 metros. ^
Braza, brasilera, 2-20 metros. j
Vara brasilera, 1-10 metros, 1
Un cobado o codo brasilero, 66 centímetros . ;
Un pie de reis, 33 centímetros.
Un palmo, 22 centímetros.
Una pulgada brasilera, 0.0275 decímetros. \
Una línea brasilera, 0.0023 decímetros. 1
Medidas de peso. \
Tonelada brasilera, 793 kilos. :
Quintal brasilero, 58 kilos. j
Arroba brasilera, 14 kilos. i
Libra brasilera, 458 gramos 05 centigramos. '
Onza brasilera, 28 gramos 68 centigramos.
Octava brasilera, 3 gramos 586 miligramos. ;
Quilote brasilero, 195 miligramos.
Medidas de capacidad. •!
j
Pipa brasilera, 480 litros. \
Canadá brasilera, 2-26 centilitros. ;
Cuartillo brasilero, 0-66 centilitros. ]
Alquiere brasilero, 36-27 centilitros. J
Cuarto brasilero, 9-07 centilitros. '
Selamím brasilero, 2-27 centilitros. ]
Es bueno tam.bién tener en cuenta lo que representa la i
unidad monetaria del Brasil con relación al peso oro colom- ]
biano o dólar americano. La unidad del Brasil es el reis; -;
cuando el cambio está a la par, cuatro mil reis representan . i
un dólar y un contó de reis, que equivale a decir un millón j
de reis; a la par son doscientos cincuenta dólares o pesos ^
($ 250) oro colombiano. í
No quiero tampoco dejar en el tintero la impresión que ^
nos causó el tamaño enorme que alcanzan los caimanes en j
Un viaje por el Putuma3'o 3' el Amazonas— 9 ^
— 130 —
el Amazonas o Jacarés, como lo llaman allá. Desde la lan-
cha nos divertíamos haciéndoles tiros con carabinas Win-
chester, y aunque a veces parecía que daban en el blanco,
no se movían del sitio aquellas enormes cabezas que desde
la altura en que nosotros estábamos nos hacían el efecto de
cabezas de caballo. Por contemplar a uno de esos mons-
truos que se dejaba arrastrar al mismo compás de la co-
rriente, con todo su cuerpo en la superficie de las aguas, el
cual medía por lo menos unos cuatro metros de largo por
un grosor extraordinario, casi perecemos todos en la Ya-
quirana, precisamente m^uy cerca del lugar donde hace poco
naufragó. El hecho sucedió de la siguiente manera: se des-
encadenó un fuerte y persistente viento, que levantaba
grandes olas con espuma blanca, como las que se contem-
plan en los temporales marítimos . En vista de las violentas
sacudidas que sufría la embarcación, hasta el punto que ya
nos empezábamos a marear, el Capitán creyó prudente arri-
mar a un remanso de la ribera, en espera de que las aguas
estuvieran más tranquilas. Con cabos de alambre amarra-
ron la lancha a un gran palo, que quedaba a diez metros
de la orilla. Mientras la mayoría de pasajeros y tripulantes
estábamos echados en las hamacas platicando apaciblemen-
te, y el Capitán profundamente dormido, oímos un grito
dado por un tripulante de popa: baixa jacaré enorme; oír
esto, levantarnos todos y correr hacia donde salía el grito,
fue en un instante, de modo que todos los de a bordo,
excepto el Capitán que seguía durmiendo, nos reunimos en
la popa de la lancha a mirar aquel monstruo enorme, que
como durmiendo y dejándose mecer tranquilamente por la
corriente pasó muy cerca de nosotros. El peso de todos los
allí reunidos hizo que la lancha halara con gran fuerza el
cable que estaba amarrado en el árbol, el cual a la vez iiizo
derrumbar todo el pedazo de terreno que lo separaba del
río, y junto con él se sumergió en las aguas, siguiendo la
corriente del río, pasando precisamente par debajo de la
lancha, haciéndola levantar tanto de proa a popa, que hubo
un momento que nos creímos todos en el agua y tapados
por la nave. Al grito de angustia que dimos se despertó
sobresaltado el Capitán, precisamente en los instantes en
que la posición de la lancha era más peligrosa. Al ver aque-
llo, sin saber de qué se trataba, se puso tan pálido que creí-
mos se quedaba exánime, pero gracias a Dios, a los pocos
O
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a^i
— J31 —
momentos pasó el peligro, sin que la nave sufriera avería
alguna, quedando todos nuevamente tranquilos y haciendo
animados comentarios de aquel extraño suceso, que junto
al aspecto horrible del caimán nos hizo contemplar el no
menos pavoroso de la muerte.
En muchas haciendas de las orillas del gran río se ven
reses descalabradas por los caimanes: a unas les falta un
pedazo de papada, otras tienen la nariz partida, y así por el
estilo. Estas fieras acuáticas ordinariam.ente se esconden
casi a flor de agua en los lugares donde el ganado va a be-
ber, y cuando* las reses están más desprevenidas, apagando
tranquilamente su sed, las hieren a coletazos, que a veces
son mortales. Los caimanes atacan con el filo superior de
la cola, que corta como un buen cuchillo; y si con el golpe
que dan consiguen hacer caer al agua su presa, inmediata-
mente la cogen con su horripilante y larga boca, llena de
grandes colmillos, y en pocos momentos la tienen despe-
dazada y engullida. Todas estas operaciones las ejecutan
dentro del agua; en tierra son cobardes y generalmente
huyen .
Se dice que el tigre tiene un poder tal vez magnético
sobre el caimán. Varias personas me contaron que habían
presenciado cóm.o el tigre despedazaba enormes caimanes,
sin que éstos intentaran correr ni defenderse; parece que a
la sola presencia del rey de los felinos, el de los lagartos
queda desconcertado y aturdido, sin que tenga ánimos ni
siquiera para correr. ¡Cosas de mi Dios!
También es muy curioso ver cómo los amazonenses
manejan el arco para pescar aun en tiempo de las grandes
crecientes. Usan unas flechas de acero en forma de arpon-
citos, atados a una piola larga y enroscada, en una de cuyas
puntas lleva un pedacito de madera flotante. Para dar en
el blanco y calcular distancias, disparan hacia arriba, de
manera que la flecha cae verticalmente sobre la presa. La
precisión en ios cálculos de la distancia es admirable. Con
sólo el movimiento del agua conocen qué clase de pez o
anfibio es el que anda por allí, y si sube hacia la superficie
o si sólo se menea en el fondo de las aguas. Cuando según
sus cálculos deben aparecer en la superficie, disparan el
arco en forma que al salir se encuentren con la flecha .jue
les cae; si hacen blanco, el animal al sentirse herido se su-
merge con presteza, y entonces se va desdoblando la ros-
— 132 —
quita de piola que va atada a la flecha y al palito flotante.
El pescador, por el movimiento del palito, que queda siem-
pre en la superficie, conoce si el herido se aleja o queda
quieto allí mismo en el fondo de las aguas. Si se aleja, lo
va siguiendo con su potrillo hasta que se convence de que
deja de andar. Cuando el perseguido está quieto, el pes-
cador coge el palito boyante, y de una manera muy maño-
sa va tirando la piola hasta que consigue levantar su presa
al alcance de un arpón grande, empatado en un palo fino
y pesado, ordinariamente de chonta, atado tamibién a una
larga y gruesa piola . Al ver pues que ya puede alcanzar con
el arpón el objeto de sus desvelos, se lo clava con toda la
fuerza; si el animal es muy grande, al sentirse herido con
el arpón prende vertiginosa carrera; entonces la habiUdad
del pescador consiste en saber darle soga y tirar a la vez
hasta lograr cansar y apoderarse de la presa ambicionada.
Las tortugas de río, tanto las grandes charapas com.o
las pequeñas taricayas, salen con mucha frecuencia a la su-
perficie de la corriente, durante las grandes crecientes; sa-
can la cabeza y dejan ver la concha, pero al instante vuel-
ven a hundirse, de manera que para poderlas pescar con
flechas se necesita m.ucha destreza. Las pescan también
con anzuelos: cuando conocen que en un sitio hay tortu-
gas en el fondo del agua, conocimiento que adquieren
fijándose en las burbujas que suben a la superficie, arman
un manojo de tres o cuatro anzuelos pequeños, atados a
otras tantas piolas delgadas enroscadas, que a su vez llevan
un pedacito de palo flotante, en la misma forma de las fle-
chas de que hemos hablado. Ponen en cada anzuelo una
pepita de las que acostumbran comer las tortugas, y los
echan al agua, dejándolos que vayan flotando muy cerca
de la superficie, y los pescadores se quedan atisbando los
palitos; muy pronto las tortugas pican las pepas, quedando
prendidas del anzuelo; al instante de prenderse se sumer-
gen con rapidez y hacen miover de manera vertiginosa los
palitos, que siempre quedan en la superficie. Los atisba-
dores esperan que la tortuga se calme y se esté quieta para
hacer la misma operación que hacen con las flechas: ir su-
biendo muy despacio y con habilidad especial la presa
prendida en el anzuelo, hasta que puedan fisgarla con el
arpón, lo cual consiguen a la profundidad de una vara, y
desde aquel miomento es presa segura.
— 133 —
La vaca marina, el paiche, el bagre y otros grandes
peces los cogen también con el arpón; atan éste a un vo-
lantín de diez a doce brazas de largo, de cáñamo, algodón
u otra m.ateria bien resistente. El pescador se em.barca en
un pequeño bote o potrillo, sin otra carga que los aperos de
pescar . Anda con el mayor sigilo que puede por los lugares
donde acostumbran vivir esos grandes vertebrados acuáti-
cos; cuando ve alguno al alcance de sus armas, empata el
arpón en un palo de chonta o de madera bien pesada, y co-
giéndolo en sus manos lo echa con la mayor fuerza que
puede sobre el codiciado animal. 3i hace blanco, el pez se
aleja en vertiginosa carrera, desarrollando una fuerza extra-
ordinaria, con la cual arrastra tras de sí al pescador con su
potrillo, y entonces éste necesita habilidad especial para
no caer al agua y para no 'soltar la presa. Esta habilidad
consiste en saber dar soga al mismo tiempo que dirigir el
potrillo y halar del volantín, hasta que comprende que con
sus haladas puede dominar al prendido, lo cual consigue
cuando éste se siente cansado y desangrado; entonces lo
acerca a sí para rematarlo con lanza o machete. Para la
pesca de vacas marinas usan sogas o volantines muy resis-
tentes, a fin de poderlos amiarrar en algún árbol, sin peligro
que los rompan con su enorme fuerza; de lo contrario, les
es muy difícil y a veces imposible sujetarlas desde el ve-
tulio.
El peixe-boy (vaca marina) y el pirarucú (paiche),
son una de las industrias más productivas del Amazonas;
estos grandes peces los secan en anchas pencas, como el
bacalao en Europa, y constituyen la carne cuotidiana de la
gente pobre de aquella región.
IV
En Puerto América — Llegada inesperada del vapor "Liberal" — Ausencia de
algunos compañeros de viaje — Angustias y temores — Acto casi heroico do
caridad — Cacería que nos hacía perder el viaje — Apareció el perdido — Mi-
litai-es a bordo — La mano de la Pi'ovidencia .
Volvamos a Puerto América y despidámonos definiti-
vamente del Amazonas. El 8 de octubre, confiando tanto
yo como mis bogas en que el vapor Liberal no saldría de
Iquitos hasta el 10 u 11, como acostumbraba en los viajes
anteriores, estábamos muy tranquilos creyendo que nos
— 134 —
faltaban todavía tres o cuatro días para podernos despedir
del Amazonas. El 9 de octubre a las seis de la mañana ce-
lebraba la santa misa en Puerto América, sin sospechar que
la hora de partir estuviera muy próxima, cuando oí una
sirena de vapor que arrimaba a aquel puerto, y a todos los
circunstantes que en tono de extrañeza decían: "¡El Libe-
ral!, ¡el Liberal! ¿Porqué será que pasa tan pronto esta
vez?" Como la mayoría de mis compañeros no estaban
conmigo, sino paseando donde sus amigos, que yo mismo
ignoraba dónde vivían, calcúlese el susto y sorpresa que
experimentaría en esos. momentos; pues comprendía muy
bien que un vapor como el Liberal (tiene unas cien tone-
ladas) no podía demorar a esperar los pasajeros que en el
tránsito quisieran embarcarse. Acabé la santa misa lo más
pronto que pude, e inmediatamente dispuse se buscara a
los compañeros que faltaban, quienes tenían permiso de
estar ausentes hasta el día siguiente . Me fui a hablar con el
Com_andante del vapor Liberal, señor Celso Prieto, Capitán
de la marina de guerra peruana, le entregué la carta que
para él traía del señor Julio Arana, y le expuse lo que nos
pasaba. En el vapor venían un Teniente Coronel del ejér-
cito peruano, señor Teuxio; unos treinta soldados; el Jefe
del Resguardo aduanero de íquitos, señor Patriau; mucha
tripulación y unos doce pasajeros particulares; todos iban •
al Putumayo ocupado por el Perú. Como es de suponer,
nuestra angustia era grande al considerar que si perdíamos
aquella ocasión no podíamos subir por el Putumayo hasta
después de tres meses, y se nos dificultaba en gran manera
ir por la vía del Ñapo, la cual suponía varaderos y trochas
en donde no sabíamos si encontraríamos canoas, ni siquie-
ra gente; y adem.ás, era im^posible pensar subir en canoa
por el mismo Putum.ayo, desde donde estábamos, porque
con seguridad no habríamos resistido un viaje de tres o
cuatro meses por lugares llenos de plagas, día y noche, y
en donde no encontraríamos qué comer. Como dije, expli-
qué al Comandante del vapor Liberal estos afanes y zozo-
bras, el cual me aconsejó que embarcara yo y los que está-
bam.os presentes, que con mucho gusto nos llevaría hasta
El Encanto, y que si alguno de los muchachos no aparecía
pronto lo dejara recomendado a algún buen amigo y él
cuidaría de embarcarlo en el próximo viaje de enero. Al
rír esto le respondí que de ninguna manera podía consentir
— 135 "'
en dejar ni uno solo de mis fieles bogas; en primer lugar,
porque podría morir de pena al verse solo y abandonado
en tierra extraña, sin esperanza de regresar pronto a su
patria; por otro lado, nada adelantábamos con que lo su-
biera hasta El Encanto en el mes de enero, puesto que en
aquel lugar se encontraría más solo y desamparado que en
el Amazonas; y finalmente, todos los que venían eran in-
dispensables para manejar el bote Márquez, único vehículo
con que contábamos para trasladarnos del Caraparaná a
Puerto Asís. El señor Prieto me insistió en que todas esas
dificultades podrían solucionarse. En El Encanto nos faci-
litarían los bogas que necesitáramos, y a los que se queda-
ran, también les facilitarían allá la manera de poder llegar
a Colom_bia. Insistí en que mi conciencia no me permitía
dar este paso, pues toda la vida me parecería haber come-
tido un crimen, si dejaba alguno de los muchachos en aquel
lugar, tan lejano y lleno de dificultades para salir, de ma-
nera que o nos íbamos todos o nos quedábamos todos.
Estando en esas pláticas llegaron dos de los tres que falta-
ban. Esto nos animó no poco, y empezamos a embarcar
las cosas, mientras esperábamos si llegaba el otro, que era
el intérprete y práctico Vargas. Alguien nos dio la noticia
de que se había ido Putumayo arriba, a la casa de unos
indios amigos que tenía en las orillas de un lago, media le-
gua distante de Puerto América. Esta razón nos tranqui-
lizó, pensando que al pasar por frente al lago lo llamaríamos
y podríamos seguir todos sin dificultad. Salimos de Puerto
América, después de dos horas de parar el vapor allí; al
pasar por frente al lago donde creíamos encontrar a Vargas,
el vapor paró y llamó con la sirena, y pronto estuvo a bordo
un indio a averiguar qué se ofrecía. Calcúlese la ansiedad
con que le preguntamos yo y mis compañeros de viaje dón-
de estaba Vargas; nos respondió que aquella mañana había
salido a cacería al monte, que hacía poco había oído unos
tiros allá en una orilla del Putumayo, distante una media
hora de donde estábamos, y que si nos esperábamos él iría
a ver si lo encontraba. Al oír esta razón, el capitán dio
orden al piloto que virara el buque y lo dirigiera hacia el
lugar indicado por el indio, al mismo tiempo que sin cesar
tocaran la sirena. Llegamos pronto al punto indicado y no
apareció nadie. En estos apuros ofrecí una novena de mi-
sas a las almas del Purgatorio para que nos ayudaran a 3alir
— 136 ~
con bien en este trance angustioso. El Capitán insistía en.
que no me preocupara tanto por un indio, que él respondía
de que ningún mal le sucedería, aunque se quedara en aque-
llos lugares hasta el mes de enero, y entonces él lo subiría
hasta El Encanto. Le contesté lo mismo de antes: que o
nos íbamos todos o nos quedábamos todos; que para mí
poco influía que fuera indio o blanco ; me bastaba que fuera
hombre y padre de familia para no abandonarlo en ningún
caso, por más trabajos que tuviéramos que pasar todos por
esta causa. Como el Capitán no dio orden de que parara el
vapor en la orilla donde esperábamos encontrar a Vargas,
fue siguiendo río abajo, y pronto volvimos a llegar al Ama-
zonas, de donde habíamos salido hacía ya dos horas. Al
darse cuenta de esto, el Comandante regañó al piloto, y le
ordenó que inmediatamente girara la nave para arriba, y
así se hizo en efecto. Viendo que no aparecía Vargas por
ningún lado, con gran pena supliqué al señor Prieto que
hiciera parar la nave y desatar el bote Márquez, que venía
c remolque, a fin de desembarcar con mis bogas y quedar-
nos entregados en las manos de la Providencia, que con
toda seguridad nos proporcionaría alguna solución favora-
ble en premio del acto casi heroico de caridad que hacíamos
en favor de nuestro compañero. El Capitán y también al-
gunos de los pasajeros nos hicieron nuevas reflexiones,
diciéndonos que pensáramos bien en el disparate que 'ha-
mos a cometer, las consecuencias que nos podrían sobreve-
nir, las dificultades que encontraríamos por la vía Ñapo y
otras muchas cosas que seguramente me habrían inducido
a no desembarcar si la voz de la conciencia no me hubiera
gritado más duro que todas estas razones de conveniencia;
puesto que en el cumplimiento del deber no se debe fijar
uno en la magnitud del sacrificio; y deber primordial con-
sideraba para mí en esos instantes no d^jar contra su vo-
luntad en tierra extraña a ninguno de los que se habían
confiado a mi cuidado y puesto bajo mi dirección. Los
otros cuatro compañeros, al ver que el vapor estaba ya pa-
rado y el bote Márquez listo a recibir nuestros equipajes,
sintieron en sus alm.as toda la magnitud de la desgracia cjue
nos estaba sucediendo, y sin fijarse en las consecuencias
de lo que decían, casi todos fueron de parecer que dejára-
mos a Vargas, recomendándolo al señor Riveiro, jefe de la
frontera brasilera, muy buen amigo nuestro, como ya que-
~ 137 —
da dicho. Además, con todo el mal humor que es de supo-
ner, empleaban expresiones duras contra el pobre indio,
que sin él sospecharlo era causa de tan grave conflicto. Me
vi obligado a hacerles serias reflexiones, poniéndoles de pre-
sente lo que pensaría cada uno de ellos si se encontrara en
lugar del pobre Vargas, y de repente se enterara de que
los demás lo habían abandonado, sin tener esperanzas de
poder volver pronto a Colombia, donde con tantas ansias
deseaban llegar. Les recalqué que ninguna culpabilidad
tenía Vargas en lo que nos pasaba, puesto que estaba con
permiso hasta el día siguiente; y les recordé que Vargas,
aunque indio y humilde, era padre de familia y tenía alma
y sentimientos, como teníamos cualquiera de nosotros. Me
sostuve firme en mi resolución, dispuesto a sufrir resigna-
dam^ente las incalculables consecuencias de aquella obra
de caridad; pero cuando habíamos perdido ya toda espe-
ranza, la Providencia solicionó aquel angustioso conflicto
de la manera más suave y natural . Al empezar a sacar, tris-
tes y desconsolados, nuestros equipajes del vapor Liberal
para pasarlos al bote Márquez, vimos una canoíta que ma-
nejada por un solo individuo salía de una orilla del río y se
dirigía hacia nosotros. Los pasajeros, que comprendían la
gravedad de lo que nos sucedía, así que se advirtieron de
aquella canoa, empezaron a gritar: "¡Suspendan el desem-
barque que seguramente allí viene el perdido!" Esta /oz
de esperanza nos reanimó. Deseábamos con ansia conocer
pronto quién era el de la canoíta, y nuestra tristeza se con-
virtió de súbito en gran alegría, al ver que efectivamente
era Vargas . Al hallarnos a todos en el vapor, que él no creía
fuera el Liberal, quedó medio aturdido y espantado, sobre
todo cuando oyó a los otros cuatro compañeros que en tono
regañón le hacían cargos de que por él casi perdemos el
viaje; pronto se reanim.ó, le contaron todo lo que nos había
sucedido, y él también nos explicó que hacía mucho rato,
tal vez unas cuatro horas, que oía y hasta veía el vapor,
pero como no sospechaba que fuera el que esperábamos, si-
guió muy tranquilo en su cacería, persiguiendo una mariada
de chorongos (monos), hasta que por fin, oyendo con tanta
insistencia el toque de sirena, y dándose cuenta que el bar-
co subía y bajaba en aquel trayecto, como si buscara a al-
guno, le entró sospecha de que tal vez llamaban a él, y fue
entonces cuando resolvió salir a la orilla del río, donde había
— 138 —
dejado el potrillo que llevó de la casa de sus amigos; al
llegar allí vio el vapor parado, le entró curiosidad de ir a
preguntar lo que sucedía, y el resultado fue la solución sa-
tisfactoria del gran conflicto. ¡Cosas de la Providencia!
Inmediatamente en medio de la más grande alegría se vol-
vió a amarrar a remolque el bote Márquez, y seguimos
viaje.
Antes de pasar adelatne se me ocurren las siguientes
preguntas y reflexiones: ¿porqué la casa Arana adelantó
ese mes el envío del vapor Liberal, teniendo establecido,
como costumbre fija, que la salida de Iquitos fuera los días
10 u 11 de cada mes? ¿Porqué el empeño del señor Julio
Arana en que yo no saliera de Manaos antes de que pasara
el vapor de la línea Pará-Iquitos, vapor que no se encontró
esta vez con el Liberal? Es difícil poder dar una respuesta
que corresponda del todo a la realidad de las cosas; pero
seguramente la exacerbación que produjo en el ánimo de
los brasileros del Putumayo y parte del Amazonas el per-
cance de la Yaqiiirana, exacerbación que provocó amenazas
de ataque al vapor Liberal, no dejaría de influir en el ade-
lantamiento inesperado de ese viaje. Los treinta militares
que iban a bordo, al mando de un Teniente Coronel, segu-
ramente no ignorarían tampoco la calentura de los brasile-
los. Ellos decían que su viaje obedecía al relevo del oer-
sonal de las guarniciones del Putumayo; pero con seguri-
dad que en lugar de ir a relevar aquellas guarniciones, las
irían a aumentar, pues no hay duda que los peruanos cree-
rían, como es de sentido común, que el proceder arbitrario
de Curiel o de su gobierno provocaría la indignación del
Brasil y de Colombia. Adelantando el viaje, pasaban por
Ja parte del Brasil que es necesario atravesar para ir a El
Encanto, en días en que nadie lo esperaba, y así les era
mucho más fácil burlar cualquiera intentona de ataque. Mi
presencia en el buque peruano no hay duda que contribuyó
también a calmar los animaos de los brasileros, pues viendo
que me trataban bien, suponían que el Perú estaba dispues-
to a dar satisfacciones por lo ocurrido.
La visita al Putumayo en esa ocasión del Jefe del Res-
guardo de la Aduana de Iquitos, seguramente no obedecía
a otra cosa sino a ir a averiguar lo sucedido con la Yaqui-
rana. El interés de Julio Arana en que yo no saliera de
Manaos antes del 2 de octubre, ¿no sería para que no me
— 139 —
enterara de que subían soldados para el Putumayo? No lo
puedo saber. De lo que sí me convencí palpablemente fue
de que la Providencia nos iba guiando, infundiéndome pre-
sentimientos tan fuertes de lo que nos podía suceder, y des-
pués en efecto nos sucedía, que bien puedo asegurar que
se cumplió en nosotros una vez más aquel cristiano y teo-
lógico pensamiento de que el hombre se agita y Dios lo
conduce .
Del Aiiíazonas al Caraparaná — Cambio de riuiibo: al Caraparaná en vez del
Igaraparaná — Llegada inesperada a El Encanto — Guarnición militar de La
Chorrera — Rata de navegación del vapor "Liberal," dé Campuya a Iquitos,
Contingencias que influyen en la rapidez de la navegación de los vapores
fluviales — Idea de ponernos presos — Desaparición de mi cartera de viaje.
La bandera colombiana en el Putumayo — Píxjblenias internacionales del
Perú .
El 18 de octubre llegamos por última vez a El Encanto
en el Liberal. Durante esos días tuvimos buen viaje. En
El Encanto no esperaban el vapor hasta el 25, y por lo mis-
mo no tenían la carga lista . Otra prueba más de que la pre-
cipitación del viaje se resolvió en Iquitos, y no obedeció a
que les hubieran avisado del Putumayo que la carga estaba
lista. También pude comprobar que recelaban de nosotros,
pues el intento del Comandante del vapor era entrar antes
al Igaraparaná que al Caraparaná, y así nos lo había mani-
festado varias veces, pero seguramente después de confe-
renciar con el Teniente Coronel y con el Jefe del Resguardo
(^e la Aduana de Iquitos, resolvió ir directamente al Cara-
j: araná, y supongo que fue para que nosotros no conocié-
ramos lo que tienen en La Chorrera. Oí entonces algún
rum^or referente a que intentaban restablecer la guarnición
militar en aquel punto. Según nos informaron, antes ha-
bían tenido guarnición allí, pero hacía ya algunos años que
la habían suprimido; tal vez para que no supiéramos esta
nueva determinación oficial, acordaron ir primero a dejar-
nos en El Encanto. A pesar de todos los recelos, pude ha-
cerme a buenos datos a bordo del vapor Liberal. Con imo
que conocía bien el río Putumayo y hacía mucho tiempo
que andaba en aquel vapor, pude recoger la siguiente ruta
de navegación, que da idea exacta de las distancias, desde
el Campuya, más arriba del Caraparaná, hasta Iquitos y
puntos intermedios:
— 140 —
Río Putumayo ( bajando ) .
Del Campuya a la boca del río Caraparaná, cuatro
horas .
De Caraparaná a Iberia (Nueva Granada), una hora
veinte minutos.
De Iberia a Los Cocamas (lugar), cuarenta minutos.
De Cocamas al río Eré, dos horas.
De Eré a Cuédados (lugar, banda derecha del Putu-
rnayo), dos horas cincuenta minutos.
De Cuidado al lago Gamboa, a la banda izquierda del
Putumayo, dos horas cinco minutos.
Del lago de Gamboa a Las Piedras, banda derecha del
río, una hora treinta minutos.
De Las Piedras a El Estrecho, primer paso de Las Ter-
mopilas, cinco horas.
De El Estrecho a Sábaloyaco, quebrada a la izquierda
del río, una hora veinte minutos.
De Sábaloyaco al río Esperanza, dos horas.
De Esperanza al Remanso, izquierda del río, una hora
veinticinco minutos.
De Remanso a la finca Chaves, derecha del río, treinta
minutos .
De la finca Chaves al lago de Santa Rosa, a la derecha
del río, tres horas treinta y cinco minutos.
Del lago de Santa Rosa al río Inca, derecha del Putu-
mayo, treinta minutos.
Del río Inca al río Buriburi, izquierda del Putumayo,
tres horas diez minutos.
Del Buriburi a la primera boca del Algodón, derecha
del Putumayo, dos horas.
De la primera boca del Algodón a la segunda, una hora.
De la segunda boca del Algodón al Igaraparaná, ires
horas .
Del Igaraparaná a Puerto Punchana, orilla derecha del
Putumayo, cincuenta minutos.
De Puerto Punchana (lugar) a la quebrada Trompe-
tero, banda derecha, dos horas.
De la quebrada Trompetero a Malpaso Bobona (la-
gar), treinta minutos.
Bobona a la purma, en el Perú (equivalente a rastrojo
en Colombia), de Bellavista, izquierda, dos horas cinco mi-
nutos.
-- 141 —
De rastro de Bellavista a Pesquería antigua (lugar), a
la derecha, dos horas.
De Pesquería antigua al río Mutú, a la derecha, treinta
minutos.
"De Mutú a Chonta-pacta (lugar), a la izquierda, o San
Jerónimo, a la derecha, tres horas.
De San Jerónimo a Puerto Alfonso (lugar), dos horas
treinta y cinco minutos.
De Puerco Alfonso a la quebrada Curinga, a la dere-
cha, treinta minutos.
De la quebrada Curinga a la quebrada Águila, a la iz-
quierda, una hora diez minutos.
De la quebrada Águila al río Pupuña, a la izquierda,
una hora veinte minutos.
Del río Pupuña al estirón de Tabatinga, una hora.
Del estirón de Tabatinga a Malpaso de Tresesquinas
(segundas Termopilas), dos horas.
De Tresesquinas a la isla Putumayo, frente a dos que-
bradas, banda izquierda, una hora.
De la isla del Putumayo al río Esperanza, a la derecha,
V otra quebrada a la izquierda, dos horas.
Del río Esperanza al río Porvenir, banda izquierda, tres
horas treinta m.inutos.
De Porvenir a Puerto Lom.as, quebrada a la izquierda,
una hora.
De Puerto Lomas a Puerto Alegría (lugar y casa), a
la izquierda, dos horas.
De Puerto Alegría al río Yaguas, a la derecha, una hora.
Del río Yaguas a Puerto San Cristóbal (lugar), a la
derecha, dos horas cincuenta minutos.
De San Cristóbal a Santa Clara (casa y quebrada), a
la izquierda, cuarenta minutos.
De Santa Clara a Tarapacá y río Cotué, a la derecha,
dos horas.
Del río Cotué a El Retiro (casa y quebrada), a la de-
recha, una hora.
De El Retiro a Ipiranga, aduana brasilera, una hora .
De Ipiranga a Mucuripí (finca), a la izquierda, una
hora veinticinco minutos.
De Mucuripí a Itú (finca), a la derecha, dos horas.
De Itú a Puritú, río, dos horas.
De Puritú a la quebrada Juhy, a la derecha, veinte mi-
nutos .
- 142 —
De la quebrada Juhy a la isla de Gamboa, cinco mi-
nutos.
De la isla de Gamboa a la isla de San Joao o Vireito,
diez minutos.
De Vireito a la quebrada Apapary, a la derecha, dos
horas .
De Apapary a La Unión (finca), a la izquierda, una
hora treinta minutos.
De La Unión al río Molino (Muinho en portugués),
tres horas.
Del río Molino a Porto-libertade (finca), a la izquier-
da, treinta minutos.
De Porto-libertade a Sao Sebastiáo (finca), a la iz-
quierda, una hora.
De Sao Sebastiáo al lago Tapacoa, a la izquierda, dos
horas.
De Tapacoa al lago de Carará, a la izquierda, treinta
minutos .
De Carará a la boca del río Tacurapá, a la derecha, dos
horas.
De Tacurapá a la boca del Putumayo, treinta minutos.
Río Amazonas (subiendo) .
De la boca del río Isa (Putumayo) a Colonia Rigana
(propiedad de Julio Arana), tres horas treinta minutos.
De Colonia Riojana a Matura (finca), una hora cua-
renta minutos.
De Matura a Laranjal (finca), dos horas cuarenta y
cinco minutos.
De Laranjal a San Pablo D'Olivenza (ciudad), ciaco
horas cuarenta minutos.
De San Pablo D'Olivenza a Santa Rita (finca), ciaco
horas cincuenta y cinco minutos.
De Santa Rita a Boavista (finca) , dos horas treinta mi-
nutos .
De Boavista a Palmeares (finca), cuatro horas cuaren-
ta minutos .
De Palmares a Belem (finca), cuarenta y cinco mi-
nutos.
De Belem a Capacete (creo es puerto fiscal), ocho ho-
ras veinticinco minutos.
— 143 —
De Capacete a Esperanza (finca), tres horas cuarenta
y cinco minutos.
De Esperanza a Tabatinga, una hora cuarenta minutos.
De Tabatinga a Leticia, frontera entre Perú y Brasil,
cuarenta minutos.
De Leticia a Santa Sofía (finca), tres horas veinte mi-
nutos .
De Santa Sofía a Supe (fincas) , una hora diez minutos.
De Supe a Caballo Cocha (lago, caserío), seis horas.
De Caballo Cocha a San Juan (fincas), seis horas cua-
renta minutos.
De San Juan a Santo Tomás ( fincas ) , tres horas ve^ n-
ticinco minutos.
De Santo Tomás a Macallacta (fincas), tres horas
treinta y cinco mintuos.
De Macallacta a Callacalla, siete horas cincuenta mi-
nutos.
De Callacalla a Tipisca, tres horas cuarenta y cinco
minutos .
De Tipisca a Santa Rosa de Oran ( fincas ) , cinco horas.
De Santa Rosa de Oran a Santa Teresa, tres horas cin-
cuenta minutos.
De Santa Teresa a Iquitos, cuatro horas cuarenta y cin-
co minutos.
Según estos datos, tenemos que del Campuya a la boca
del Putum.ayo, bajando a m.archa ordinaria, en río no cre-
cido, del vapor Liberal se gastan ochenta y nueve horas
quince m^inutos; y de la boca del Putumayo a Iquitos, su-
biendo en la misma forma, se emplean ochenta y seis horas
treinta y cinco minutos, y por consiguiente de Campuya a
Iquitos, ciento setenta y cinco horas con cincuenta minutos
de navegación. Para poder calcular con exactitud distan-
cias sobre estos datos, hay que tener en cuenta que en los
ríos los vapores y lanchas andan por lo menos una tercera
parte más y a veces la mitad, cuando bajan que cuando su-
ben. No se puede dar un dato fijo de cuántas millas por
hora ande el vapor Liberal o cualquier otro, pues esto
depende de muchas contingencias, como son la clase de
leña que consumen, la rapidez de la corriente del río, que
cuando está crecido es por lo menos el doble de cuando está
bajo, y por consiguiente impulsa de manera extraordinaria
a las naves que descienden y neutraliza en gran parte la
velocidad de los que suben.
- 144 -
Iban como pasajeras del vapor Liberal la esposa del
Teniente Barriga y una indiecita sirvienta suya, las cuales
estaban en Yuvineto cuando pasamos el 28 de abril, ün día
se me acercó la indiecita como a quererme confiar algún
secreto, la atendí y me refirió lo siguiente: "Yo lo vi, Padre,
cuando bajaron por Yuvineto. El Teniente pensó ponerlos
presos; dijo: 'Qué hago con esta gente? ¿Los amarro aquí
algunos días?' Pero después de haber hablado con ustedes,
al subir nuevamente a la casa, volvió a decir: 'Mejor, para
evitar compromisos, dejo que pasen; se ve que son gente
de alguna categoría.'" Acostumbré durante todo el viaje
escribir cada día un pequeño apunte de las impresiones y
cosas principales que íbam^os viendo y nos iban sucediendo.
En el camarote que ocupaba en el vapor Liberal iba oiro
pasajero peruano, el cual bajó en un punto intermedio en-
tre Cotué e ígaraparaná. Para no estar abriendo y cerrando
cada rato la maleta, dejaba debajo de la alm.ohada la libreta
del diario. Poco después de haber desembarcado aquel su-
jeto, fui en busca de la libreta para hacer algunos apuntes,
y había desaparecido. Averigüé con los camareros si alguno
sabía de ella, y me contestaron que probablemente aquel
señor la habría llevado, pues ellos notaron varias veces que
cuando yo no estaba en el camarote, registraba los libros
de mi uso que encontraba a mano, como el breviario, etc.
Un ejemplo más de que uno no puede fiarse de nadie que
no conozca bien, y mucho menos viajando en tierra extra-
ña, pues es de notar que ese señor se presentaba siempre
como muy educado, y me trataba con grandes atenciones
y deferencia.
Me parece oportuno referir también otro hecho que
me sucedió a bordo del vapor Liberal. Una tarde, después
de una llovizna agradable, apareció con todo su esplendor
el arco iris, formando sobre el río Putumayo un poético
puente de colores. Desde a bordo los principales pasajeros
estábamos contemplando y comentando aquella bella vi-
sión. En esos momentos, entre espontánea e intencionada-
mente, dije: "Vean la bandera colombiana ostentando ma-
jestuosamente sus colores sobre el Putumayo." Al oír esto
el Jefe del Resguardo de la aduana de Iquitos, me replicó:
"¡Qué bandera colombiana, ni ocho cuartos; no hay rÍ3>go
de que Vuestra Reverencia la vea nunca ondear en estos
sitios!" Como si me hubiesen dado una puñalada en el co-
Feracidad del Putumayo,
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— 145 -
lazón, le contesté inmediatamente: "¡Quién sabe, señor,
cosas más difíciles vemos realizarse todos los días!" Enton-
ces varios a la vez me replicaron: "Lo que es esto, le pode-
mos asegurar que no se realizará mientras haya un peruano
capaz de tomar las armas."* Yo añadí a la vez: "Pues yo
también les puedo asegurar que por cada peruano capaz
de tomar las armas, hay un colombiano en las mismas con-
diciones, y no debemos olvidar que donde las dan, las to-
man." A fin de evitar el exacerbar el patriotismo de nadie,
nos separamos del grupo con el Teniente Coronel, quien
tomando pie de esta conversación, me contó las cuestiones
internacionales que preocupaban al Perú. Entre otras co-
sas me dijo: "Nuestro verdadero enemigo, que en realidad
nos preocupa y contra quien hace años nos preparamos, es
Chile; con Colombia y con el Ecuador ni queremos ni de-
bemos pelear; nuestro ejército es suficiente para enfren-
tarse a las dos Repúblicas juntas, a las cuales no tememos,
pero no creo que llegue el caso de irnos a las manos para
arreglar asuntos que deben tratarse por la vía diplomática."
Haciéndome cargo de mi situación, y para no pasar los lí-
mites de la prudencia, resolví quedarme callado, aunque
no sin tomar nota del estado de ánimo que aquellas conver-
saciones denotaban.
Dicho Teniente Coronel me dijo que muy pronto de-
bía salir hasta Yuvineto la lancha Callao a relevar los sol-
dados que había allá, y que podría irme en ella . Muy bu ^na
me pareció la idea, pues aquel trayecto entre Caraparaná
y Yuvineto es muy largo y sobre todo muy mortificante
para subirlo en canoa. Con esta esperanza llegamos a El
Encanto. En la desembocadura del Caraparaná dejé el bote
Márquez y cuatro de los cinco bqgas. Loaisa, Curiel y otros
muchos conocidos, peruanos y colombianos, me recibieron
muy bien.
VI
Por última vez en El Encanto— Despedidas y i-egalos — ^Fin funesto de Curiel.
Misa con abanico— Corridos por los zancudos — Pesca inesperada — Centine-
las dormidos — Disparos misteriosos — El gran "amaron" — Saetas vivientes.
Zabullidos en el río — Sitio de los crueles recuerdos — Enorme cantidad de
huevos de charapa — Segunda vez en Yuvineto — Un hermoso rey de los fe-
linos.
Lo primero que hice al llegar a El Encanto fue averi-
guar cuándo saldría la Callao para Yuvineto. El Teniente
Un viaje por el Putumayo y el Amazonas— 10
— 14b -
Coronel y el señor Loaisa casi me aseguraron que sería el
día siguiente, pero desgraciadamente muy pronto el Co-
mandante del Liberal me desilusionó, diciendo que era im-
posible que la Callao fuera a Yuvineto antes de reunir ia
carga para el vapor; además, manifestó que tendría que ir
antes que a Yuvineto hasta la desembocadura del Igarapa-
laná a dejar la carga de El Encanto, que el vapor no podía
esperar ahora, y que al regreso de La Chorrera la recogería
en el punto indicado.
Estas razones me hicieron perder toda esperanza de
subir con lancha hasta Yuvineto, y por lo mismo resolví
irme cuanto antes en canoa, a fin de no perder tiempo.
Compré algunos víveres que nos hacían falta para el viaje.
Saqué pasaportes par mí y para los bogas en la Comandan-
cia del Sector Militar, a fin de que no tuviéramos dificultad,
alguna en Yuvineto, pasaportes que me expidió el fatídico
Capitán Curiel. Me despedí de todos los conocidos, y eíl
19 de octubre dejamos el puerto de El Encanto, que tantos
desencantos tuvo para nosotros. El señor Carlos Semina-
río, empleado de la casa Arana, que en el mes de mayo nos
acompañó a visitar a los Padres Franciscanos de San An-
tonio, me obsequió para el viaje bastantes latas de conser-
vas y aceite español. Los colombianos, tanto los que estaban
en El Encanto como los que vivían más abajo en las orillas
ael Caraparaná, nos regalaron gallinas y víveres, al mismo
tiempo que nos expresaban su pena por las dificultades y
contratiempos que habíamos sufrido. Antes de dejar defi-
nitivamente a los peruanos, creo de justicia hacer constar
que en el vapor Liberal no sólo el Comandante sino toda la
tripulación en general, y los mismos pasajeros, nos trataron
muy bien; sobre todo el Comandante se esmeró en llenar-
me de atenciones, obedeciendo seguramente a la recomen-
dación del señor Julio Arana. Varias veces, como prueba
de especial estimación, hizo servir la comida a los dos solos
en su camarote, haciéndola preparar más esm.eradamente
que para los demás pasajeros. Me complazco pues en hacer
constar mi reconocimiento por todas esas atenciones.
Respecto al Capitán Curiel, instrumento principal de •
nuestros desastres, no será por dem.ás hacer notar que '^m
fin fue de lo más desastroso que podía haber para un pobre
mortal. En 1921, junto con el Capitán Cervantes, encabe-
2'aron la revolución del Departamento de Loreto contra el
- 147 —
poder central de Lima. Al ser derrotados por la fuerza del
Gobierno legítimo, se refugió en el Ñapo ecuatoriano, y allí
murió asesinado de la manera más villana, a fines de 1922.
¡ Que Dios Nuestro Señor le haya perdonado todos sus dis-
parates !
El 20 de octubre, después de haber administrado el
santo bautismo, en la desembocadura del Caraparaná, a al-
gunos niños hijos de colombianos, emprendimos nueva-
mente marcha en nuestro bote iMárquez. Entonces nues-
tros fieles bogas de Puerto Asís volvieron a lucir sus habi-
lidades, con la desventaja para todos, que ahora nos tocaba
aguas arriba, y por consiguiente el tiempo en recorrer las
distancias se nos duplicaba, y a veces triplicaba, y también
los moscos nos triplicaban los tormentos, por cuanto el roce
de la canoa y palancas de los bogas en las orillas del río,
levantaban nubes de jejenes durante el día; y el no poder
andar de noche nos obligaba a aguantar la música y las
picaduras de los crueles zancudos. Para poder celebrar la
santa misa, tuvimos que volver al método de poner un peón
que espantara a los jejenes, que con una pertinacia deses-
perante se prendían a chupar sangre al propio tiempo que
producían una comezón desesperante en mi pescuezo, ca-
beza y manos.
Una tarde llegamos al borde de un pedazo de monte
muy bonito, y resolvimos construir rancho para pasar allí
la noche; mxientras duró la luz del día estuvimos muy tran-
quilos y contentos, pero así que empezó la oscuridad de la
noche, se nos vino encima una cantidad tal de zancudos,
de los que cantan fino y pican duro, que por allá a media
noche, cansados y aburridos de golpearnos para espantar
esas dim^inutas fieras, y también desesperados por el ardor
que nos producían sus piquetes inmisericordes, sin que
alcanzara a defendernos la ropa que nos cubría, todos fui-
mos de parecer que era preferible seguir viaje río arriba,
aun exponiéndonos a algún percance ocasionado por la
oscuridad de la noche, que no seguir aguantando aquel tor-
turador suplicio. Así lo hicimos. En aquella hora intem-
pestiva embarcamos todo lo que habíamos sacado al monte
para seguir la marcha; pero casi siempre en este mundo las
penas van mezcladas con las alegrías; al ir a desatar la canoa
para empezar a andar, uno de los bogas quiso recoger un
anzuelo bagrero que había echado al agua con un corazón
— 148 —
de paujil al acostarnos, y notando que no seguía con facili-
dad empezó a tirar duro del volantín que lo sujetaba, y :u
sorpresa y la alegría de todos fueron grandes al ver que
estaba prendido un bagre que medía, por lo menos, dos me-
tros de longitud; todos con gran presteza, ayudados de la
luz de la lámpara, contribuímos a rematarlo y embarcarlo
en la canoa. Al amanecer lo desollamos en una bonita pla-
ya, y nos dio unas ocho arrobas de sabroso alimento, que
buen servicio nos hizo en aquellas soledades donde el via-
jero no se puede proveer sino con buenas armas de cacería
y adecuados aperos de pesca.
En once jornadas llegamos a Yuvineto; al principiar
nuevamente nuestro viaje en canoa no dejamos de tener
cierto temor de que tal vez pudiéramos ser víctimas de al-
gún asalto nocturno de los salvajes o de indios mal aconse-
jados; para evitar alguna sorpresa, resolvimos que siempre
quedara en guardia uno de los bogas, mientras los demás
dormíamos; pero por más que repetidas noches intentamos
poner en práctica nuestro deseo, nunca lo pudimos conse-
guir, porque al poco rato de estar velando, el centinela que-
daba más profundamente dormido que los demás, debido
al cansancio del día. Algunas veces desperté en aque-
llas noches, y quise comprobar si efectivamente había quien
vigilara, y nunca encontré boga que no roncara con gran
satisfacción. Viendo que era inútil intentar la vigilancia
nocturna, desistimos de nuestros propósitos, entregándo-
nos confiados en las manos de la Providencia. Un día de
esos, cuando precisamente pasábamos por uno de los luga-
res más distantes de donde pudiera encontrarse gente civi-
lizada, el práctico Vargas disparó a unos patos; a los pocos
momentos oímos otro tiro dentro del monte; le ordené que
disparara nuevamente, por si acaso el que contestó fuera
alguno que anduviera perdido en la montaña. Así lo hizo,
y tam_bién a los pocos minutos volvimos a oír otro disparo,
como antes. Disparamos nosotros por tercera vez, y por
tercera vez nos correspondieron. Esto nos hizo entrar
pronto en sospechas y comentarios de que tal vez nos se-
guían. A la media hora ordené que se hiciera otro tiro, / a
los cinco minutos obtuvimos también respuesta, como en
las veces anteriores. Después de discurrir sobre lo que su-
cedía y si podía tener o nó consecuencias para nosotras,
resolvimos pasar unos dos o tres días, sin hacer disparo
— 149 --
alguno, a fin de evitar que se orientaran, si es que en efecto
nos seguían o vigilaban.
Un percance digno de anotarse nos ocurrió en el trayec-
to entre Caraparaná y Yuvineto: una mañana lluviosa, tris-
te y fría, con aquel frío que en esas regiones produce la.
humedad, subíamos por la orilla del río, llena de palos se-
cos, ramas y barro. El Capitán Ferrín divisó una cosa ne-
gra, parecida a un gran pez que tuviera el cuerpo fuera
del agua, y la cabeza y la cola escondidas en la misma;
buscó la carabina para dispararle, y cuando estábamos ya
muy cerca de aquel objeto y Ferrín apuntándole, el práctico
Vargas dio un grito angustioso a media voz, como quien
teme hacer ruido, diciendo : "No dispare, es el gran amaron
(boa), que nos puede voltear la canoa." Al oír esto, todos
asustados dirigimos la vista hacia aquel olDJeto, y pudimos
contemplar, entre curiosos y temerosos, una enorme boa,
de diez a doce metros, que parecía dormir el sueño que les
produce la digestión de los grandes animales que devoran.
La cabeza estaba debajo de nuestra canoa; lo que se yeía
en la orilla era un pedazo de su cuerpo, y nos tocaba pasar
por encima de su parte posterior, si no queríamos regresar
aguas abajo, lo cual nos habría hecho perder unas cuatro
horas de viaje. No hay que decir que pasamos con todas las
precauciones del caso, para no turbar el sueño de aquel
monstruo, que con sólo rebullirse habría podido voltearnos
la embarcación y estrangular y tragarse a algunos de nos-
otros. Así que habíamos dejado atrás unos diez metros
aquella compañía tan poco grata, y comentábamos anima-
damente el peligro que acabábamos de pasar, uno de los
bogas punteros, sin darse cuenta, tocó con su palanca un
nido de avispas bravas, de aquellas que se echan como fle-
chas sobre lo que atacan. Tocar el avispero y echarse en-
cima de nosotros una multitud de aquellas saetas vivie.ites
y encendidas, fue una sola cosa. Como el dolor de esas
picaduras es insoportable, los bogas no encontraron otro
recurso para defenderse que zabullirse en el río, y así lo
hicieron todos, sin acordarse de la peligrosa vecindad de la
boa, excepto dos que se quedaron sosteniendo la canoa.
Yo me defendí a sombrerazos y encerrándome en el ranr-.ho
del bote, pero siempre alcanzaron a enredarse algunas en
mis barbas, y tuve que luchar un buen rato para aplastarlas,
antes de que consiguieran clavar su aguijón en mis carrillos.
- 15) —
Con todos estos afanes, los dos bogas que habían quedado
gobernando la canoa ya no podían dominarla, e iba dando
la vuelta hacia el lugar donde dormía la boa de que acabá-
bamos de librarnos . Al ver que para librarnos de las llamas
avíspales, íbamos a caer en aquella inmensa brasa culebral,
grité con energía a los que estaban en el agua que no f\ie-
ran cobardes y ayudaran a salir pronto de aquellos lugares
donde tan mal nos recibían y trataban.
Haciendo de tripas corazón, como vulgarmente se dice,
se embarcaron nuevamente y empujaron con tal energía, que
muy pronto estuvim.os lejos de aquel sitio, que bautizamos
con el nombre de Los Crueles Recuerdos. En la primera
playa a que llegamos, saltamos a reponernos de los grandes
sustos que acabábamos de pasar; pero los pobres punteros
sufrieron algo más que sustos, ya que los piquetes recibidos
se les enconaron de tal manera que les produjeron grandes
chupos, al mismo tiempo que fuertes dolores, hasta el pun-
to de impedirles trabajar todo aquel día; les apliqué algu-
nos remedios, con los cuales se aliviaron, y al día siguiente
pudimos continuar el viaje.
Nos entreteníamos a veces en buscar nidos de chara-
pas en las grandes playas. Encontramos muchos, algunos
hasta de ciento cincuenta huevos; alcanzamos a llenar una
tercera parte de la canoa; y por fin aburridos de tanto co-
mer y ver huevos de tortuga, los votamos al río y lavamos
bien la canoa.
El 30 de octubre pasamos nuevamente por Yuvineto,
y todavía estaba allá de Jefe el supuesto Valdés Ramos;
esta vez nos recibió mejor y hasta nos invitó a pasar la no-
che en su casa, oferta que no aceptamos, a pesar de que
eran las cinco de la tarde cuando salimos de aquel lugar.
Presenté los pasaportes que en El Encanto nos dio Curiel,
y aquel día anduvimos hasta las doce de la noche. El 7 de
noviembre arribamos a la boca del Caucaya o istmo de La
Tagua .
Entre el Caraparaná y el Caucaya, debido a que en
todo ese trayecto no vive alma humana, si exceptuamos los
pocos soldados de Yuvineto, con frecuencia interrumpían la
monotonía del paisaje y de nuestra vida fluvial manadas de
animales, que a veces chimbando el río, otras haciendo rui-
do en las orillas del monte o encaramados en las copas de
los grandes árboles, nos proporcionaban un rato de solaz.
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— 151 —
corriendo en su persecución, a veces dando buena cuenta
de ellos; y otras, sin otro resultado que perder infructuosa-
mente el tiempo. Algunos días matábamos tres o cuatro
puercos jabalíes, de los que andan en grandes manadas, y
que por acá llaman manaos. Con mucha frecuencia podía-
mos disparar a los monos de distintas clases que amenizan
aquellos bosques seculares. Paujiles y pavas eran la comi-
da más común. Hasta un grande y hermoso tigre quiso que
Ferrín y Benjamín ensayaran en su bello bulto la incierta
puntería. Una tarde muy hermosa, a la hora en que el sol
trataba de ocultarse entre las copas de los frondosos y altí oí-
rnos árboles, apareció sentado en un gran palo seco de la
orilla un soberbio ejemplar del rey de los felinos, mirando
el río en actitud meditabunda, como si no acabara de resol-
verse a pasarlo; subíamos en la canoa por el mismo lado
donde él estaba; lo alcanzamos a ver a una distancia de
cincuenta o sesenta metros, y nos parám.os a contemplarlo
un buen rato; ordené que alistaran las carabinas y dispara-
ran tan pronto como él intentara privarnos de su vista; pero
lejos de esto, no se daba por entendido, y a pesar del ruido
que hacía la canoa subiendo, permanecía en la misma po-
sición; al llegar a veinticinco metros de donde él estaba,
hice parar la canoa y di orden de que apuntaran las dos ca-
rabinas a la vez y de que hicieran fuego; ni el ruido de los
dos disparos, ni el silbido de las balas, que debieron pasar
muy cerca de su hermosa piel, consiguieron hacerlo 'no-
ver; ordené que dispararan por segunda vez, y entonces dio
un brinco, se estiró desperezándose y se metió en el monte
a paso lento, y mirando de soslayo, como si fuera a prepa-
rarse para tomar la revancha. El práctico Vargas nos dijo
en esta ocasión que cuando se anda en el monte de cacería
y se topa un tigre de aquella clase, no se le debe disparar
si no se está muy seguro de inmovilizarlo del primer bala-
20 ; de lo contrario, el cazador debe prepararse a luchar con
él mano a mano, porque lo primero que hace al sentirse
herido es atacar al que lo hirió. Estuvimos un buen rato
mirando si salía a embestirnos, puesto que la actitud con
que se fue no era de susto sino de coraje y de ganas de
vengarse .
- 152 -
VII
Convaleciendo en el Caucaya — Todcs enfermes — "Si mala muerte os di,
buena sepultura os preparé" — Llegada a Güepí — Emocionante encuentro de
Vargas con gus hijos — Leña para la lancha — Otra vez en Yocoropuí — "Usté
derecho dueño Putuniayo" — Puerto Asís a la vista — "¡Viva Puerto Asís y
sus colonos!"— Te Deum en acción de gi'acias — Cariñosa serenata — Banquete
familiar — Separación de los bogas — Protestas en Colombia — Llegada a Si-
bundoy — ^Muestrario comercial — Datos interesantes .
En el Caucaya tuvimos que parar un día, esperando
convalecieran el capitán Ferrín y el camarero Nabor Be-
navides, de unas fuertes fiebres que hacían dos o tres días
les habían atacado. Con los remedios que les hice en dos
días, conseguí córtales la enfermedad, y el 9 de noviembre
pudimos continuar el viaje. Casi todos nos encontrábamos
enfermos, unos de fiebre y otros del estómago, que se nos
descompuso a causa de la gran humedad que hacía tanto
tiempo soportábamos de día y de noche. Muchas veces
nos tocó dormir en la canoa, por no encontrar tierra seca
dónde hacer rancho, a causa de las grandes crecientes del
río. Estas mismas crecientes nos impedían andar con pres-
teza, pues había jornadas enteras en que los bogas sola-
mente podían mover la canoa cogiéndose de las ramas de
los árboles y apoyando las palancas en los troncos secos
que se veían en las orillas. Cuando la creciente es grande,
cada vez que hay necesidad de chimbar el río para podar
subir con más comodidad, la canoa retrocede grandes tre-
chos, que en las partes anchas del río a veces llegan a kiló-
metros. Gran servicio me hizo en esos días, en que tanto
sufrí del estómago, el aceite que el peruano Seminario me
regaló en El Encanto. Pasé semanas enteras sin probar
otra comida que pan untado de aceite y espulverizado con
sal. Cada vez que sentí alivio con alguna de las cosas que
nos regalaron los peruanos, acudía a mi memoria aquel
dicho: "Si mala muerte os di, buena sepultura os propor-
cioné," parodiándolo en esta forma: "Si grandes trabajos
y enfermedades os causamos, buenos remedios os dimos."
La esperanza de llegar pronto a Puerto Asís nos hacía
sacar fuerzas de nuestro agotamiento físico; todos deseá-
bamos con delirio llegar al término de nuestro viaje, los bo-
gas para ver y consolar sus familias, y yo para sacar de an-
gustias a Vuestra Reverendísima.
— 153 —
El 11 de noviembre llegamos a Güepí; allí tuvimos ya
algunas noticias de Puerto Asís y de los preparativos que
habían hecho para recibir la lancha. En aquel lugar admi-
nistré algunos bautismos y seguímos sin interrupción el
viaje. En Tapacuntí, Vargas encontró a sus hijos, después
de ocho meses de separación. Escena conmovedora fue
aquélla; los niñitos lo abrazaban, llorando de emoción, y
él, sin poder tampoco contener las lágrimas, los cargaba y
llenaba de besos y caricias. Todos comprendimos que ese
espectáculo no era más que una imagen de lo que pasaría a
los demás al llegar al seno de sus respectivos hogares; y
sólo con imaginar lo que les esperaba, no podían ocultar su
emoción, y aun contra su voluntad no pudieron menos de
juntar sus lágrimas con las del compañero de viaje, parti-
cipando de este modo de su justa alegría. En Tapancutí
administré también algunos bautismos y 'confirmaciones.
El 14 de noviembre arribamos a La Concepción, donde
encontramos en tres casas recién edificadas una familia de
blancos y tres de indios incas. También vimos allí tres
montoncitos de leña preparados para la lancha, que nos re-
novaron la justa indignación contra los peruanos. En este
lugar nos demoramos el tiempo necesario para administrar
tres bautismos y tres confirmaciones, y seguímos río arriba
con la mayor ligereza que pudimos. El 17 estábamos en
Yocoropuí. Los indios nos recibieron con muestras de gran
cariño y alegría; nos contaron muchas cosas de Puerto
Asís, y me dijeron que estaban muy tristes porque creían
que "ya no más mirando Taita Pagre Daspar; usté Taita
Pagre derecho dueño Putumayo, otro nosotros no quiere,
usté sí mucho quiere," y otras cosas por el estilo, que son
prueba evidente que muchas veces la aparente indiferen-
cia y frialdad de los pobres indios depende más de la falta
de cultura que de la de sentimientos. En Yocoropuí adrni-
nistré también en esa ocasión algunos bautismos y confir-
maciones. Al día siguiente de nuestra llegada, después de
la santa misa que oyeron todos los indios, hice a cada uno
un pequeño obsequio, y seguímos nuestra marcha con in-
tención de ponernos en Puerto Asís en dos días . Lo con-
seguímos, llegando el primero a la confluencia del Cuembí,
en casa de Abel Guerra, donde pasamos la noche; y el 19
de noviembre, a las siete, arribamos al puerto deseado, de
donde con tantas esperanzas habíamos salido el 3 de abril.
- 154 -
Como nadie tenía noticia de que estuviéramos cerca,
y mucho menos sospechaban que llegáramos aquel día,
nuestro primer intento fue esperar a que adelantara la no-
che y entrar calladitos, sin que nadie se diera cuenta hasta
el día siguiente; pero era tan grande el deseo que teníamos
de llegar y la alegría que nos embargaba, que no pudimos
esperar. Así que estuvimos a la vista de la colonia, dispa-
ramos los pocos tiros de carabina que nos quedaban. Los
bogas acompañaban cada disparo con estruendosos gritos
de satisfacción. Al principio los de Puerto Asís creyeron
que serían cazadores, y no hicieron caso, pero observando
que los tiros se repetían y que iban acompañados de fuertes
voces, empezaron a poner atención, y pronto conocieron a
los bogas por la voz. Al instante hicieron correr la noticia
de que llegaban los bogas del Padre Gaspar y el doctor
Márquez; lo cual fue causa de que pronto estuvieran en el
desembarcadero todos los vecinos de la colonia. A medida
que nos íbamos acercando al puerto, los bogas menudeaban
más los gritos de ¡Viva Puerto Asís! ¡Viva el Reverendo
Padre Gaspar ! ¡ Vivan los colonos ! , vivas que eran contes-
tados con entusiasmo por los que esperaban en la orilla.
Como no creían que yo subiera en canoa por el Putumayo,
cuando los bogas gritaban : ¡ Viva el Reverendo Padre Gas-
par!, los de tierra contestaban: "¡No está acá!" Los bogas
agregaban: "¡Nosotros lo traemos!", pero como era abso-
luta la convicción que tenían de la imposibilidad de mi re-
greso en canoa por el Putumayo, decían: "¡No lo creemos
hasta que lo veamos! ¡Si vino el Padre, que hable pa^a
que nos convenza!" En esos agradables alegatos atracamos
puerto. Ahí fueron los saludos afectuosos y las curiosas
preguntas de parte de los que llegábamos y de parte de los
que nos volvían a ver. Nos dirigimos todos a la iglesia a
cantar un Te Deum y una Salve a la Divina Pastora, patro-
na de nuestra Misión, en acción de gracias por haber po-
dido regresar a Puerto Asís . Durante el trayecto del puerto
a la iglesia, algunos me pasaban la mano por la espalda y
los brazos, y decían: "Lo vemos y lo tocamos y casi no lo
creemos; nos parece un sueño que esté nuevamente c.m
nosotros." Después de dar gracias a Dios, les invité desde
e) altar a que asistieran todos a una misa que a los dos días
se cantaría en acción de gracias por haber podido volver;
entonces les explicaría detalladamente todo lo que nos ha-
— 155 —
bía pasado, y con esta promesa logré que se retirara la ^ea-
te aquella noche, no sin que pronto volvieran a obsequiar-
nos con una serenata de cantos, con acompañamiento de
requintos y guitarras.
Como suponía las angustias y ansiedad en que estaría
Vuestra Reverendísima, mi primer cuidado al llegar a Puer-
to Asís fue ponerle telegrama, avisándole nuestro arribo y
pidiéndole me enviara caballerías a Umbría, para seguir
pronto a Sibundoy a darle cuenta de todo lo sucedido. La
contestación me hizo comprender que no me había equi-
vocado al juzgar su estado de ánimo, pues estaba concebida
en los siguientes términos:
"Felicitólo por su llegada. ¡Bendito sea Dios! ¿Dónde
se halla el doctor Márquez? Lunes próximo llegarán bestias
Umbría."
El día señalado cantamos la misa en acción de gracias,
y al concluir expliqué extensamente a todos los presentes,
que eran la colonia entera, lo que nos había acontencido
desde que salimos de Puerto Asís . Al oír el relato, la indig-
r ación contra los peruanos se apoderó de sus ánimos. En
esos m.omentos todos habrían querido ser soldados para ir
G abrir paso a las naves brasileras y vengar la ofensa que
conjuntamente se hizo al Brasil y a Colombia.
En Puerto Asís me enteré de las angustias y sufrimien-
tos que pasó Vuestra Reverendísima en los dos meses que
allí nos estuvo aguardando; del sinnúmero de dificultades
que tuvo que vencer para aprontar los setecientos bultos de
víveres destinados a cargar la Yaquirana, y que cuando
nosotros llegamos, se estaban ya deteriorando; de las ges-
tiones que hizo ante el comercio de Pasto para que remi-
tiera carga; de los inconvenientes con que tropezó para ha-
cer componer el camino, que en algunos puntos ya no daba
paso. Asimismo nos explicaron los preparativos que ha-
bían hecho para nuestro recibimiento; la indignación que
se apoderó de todos, cuando sospechaban que los perua.ios
serían la causa de que no llegara la lancha brasilera; y !as
protestas que levantaron ante el Gobierno de Colombia,
protestas que tuvieron eco elocuente en el mismo Senado
de la República por medio de una enérgica proposición
aprobada por unanimidad, y reproducida poco después en*
la prensa de Quito, como señal de solidaridad con Colom-
— 156 —
bia en sus justas quejas y reclamos contra el Perú. Otras
muchas cosas nos contaron que nos convencieron de que
mientras nosotros estábamos en Manaos venciendo gran-
des dificultades, Vuestra Reverendísima afrontaba tal vez
otras mayores en Colombia.
Cuatro días permanecí en Puerto Asís restableciéndo-
me un poco de los quebrantos de salud sufridos en ios
treinta y un días que gastamos del Caraparaná a esa colonia.
Todos los que conocían ese trayecto se admiraban de que
en tan poco tiempo lo hubiéramos recorrido. Los que íia-
bían andado por aquellos sitios en tiempos en que se hacía
algún comercio entre Nariño y Caraparaná, me dijeron que
en canoa grande como la nuestra no gastaban menos de se-
senta días. Ciertamente, nosotros a veces anduvimos tra-
yectos más largos de subida que cuando bajamos, lo «:ual
se explica por las excelentes cualidades de los bogas, y so-
bre todo por el deseo vehementísimo que teníamos ellos y
yo de llegar pronto a Colombia, deseo que nos centuplicaba
las energías.
El lunes 25 de noviembre salí de Puerto Asís en direc-
ción a Sibundoy. En aquella colonia dejé ya en el seno de
sus familias a los fieles bogas hacia quienes conservo gra-
titud profunda y estimación sincera, puesto que todo el
tiempo que me acompañaron, y en todos los lugares donde
estuvimos, se portaron dignamente, al mismo tiempo que
nos prestaron servicios inapreciables. ¡Que Dios Nuestro
Señor y la Divina Pastora, bajo cuya protección especial
nos colocamos durante aquella difícil época, les recompen-
sen con creces su buena voluntad, grandes sacrificios y pe-
nalidades sin cuento de todo orden, que animosos y con-
tentos sufrieron conmigo! Como prueba de gratitud, el día
antes de mi salida de Puerto Asís, que fue domingo, los ob-
sequié a todos cinco en el convento con un banquete que
podríamos llamar familiar, en el cual me esmeré en aten-
derlos lo mejor que pude, recordándoles los buenos servi-
cios que ellos me habían prestado durante los ocho meses
que formamos como una familia ambulante, por lugares
desconocidos para todos y llenos de peligros.
El 30 de noviembre tuve el consuelo de abrazar nue-
vamente en Sibundoy a Vuestra Reverendísima, acto que
consideré como el complemento de las satisfacciones que
experimenté al llegar de nuevo al seno de la Misión. Allá
o
•a
c
X3
— 157 -
conversamos largamente de todo lo sucedido, entregué a
Vuestra Reverendísima un muestrario bastante completo
de artículos comerciales, con sus precios, en la plaza de Ma-
naos, le suministré todos los datos que creí de algún inte-
rés, algunos de los cuales le sirvieron inmediatamente para
contestar ciertos escritos insidiosos de la prensa liberal de
Nariño. Tratamos también de la manera como se poiría
evitar la pérdida completa del cargamento de víveres reujii-
dos en Puerto Asís . Por desgracia, ninguna de las medidas
que se nos ocurrieron fueron eficaces para impedir el ma-
logro total de aquellos valiosos intereses.
Lo que después ha sucedido: el ningún resultado, por
lo menos hasta el presente, de la reclamación establecida,
lo conoce más Vuestra Reverendísima que yo, ya que cono
digno jefe de la Misión le ha tocado activar aquellos asumos.
CONCLUSIÓN
¿Se puede decir que nuestro viaje fue del todo infruc-
tuoso? No lo creo; por el contrario, estoy firmemente per-
suadido que produjo ventajas no despreciables. En primer
lugar, las que ofrece el conocer prácticamente las condicio-
nes de Manaos y del Amazonas en general: artículos que
se puedan exportar e importar con buenas utilidades; y
cuáles no reúnen esas condiciones; medidas preventivas
que habría que tomar para que los efectos lleguen allá en
estado de poder competir con los de su clase, importados
de Europa y otras partes; tipo de embarcación que debería
adoptarse para evitar varadas y contratiempos en los ríos;
lugares donde habría que estacionar gente para proveer de
combustible a las lanchas; y así por el estilo otros muchos
conocimientos prácticos que sólo se pueden adquirir sobre
el terreno, y que son esenciales para el buen éxito de ur a
empresa de esta clase.
También en el orden internacional creo que produjo
beneficios nuestro viaje. La exacerbación de los ánimos al
saberse en Colombia y el Brasil las arbitrariedades del
Perú; la mayor atención que estos sucesos provocaron en
el comercio del Amazonas y de Colombia sobre esa nueva
vía, que podría abrirse a las justas aspiraciones de ambos
países, y muchos datos que el Gobierno recibió sobre aque-
llas regiones, es de suponer que no dejarían de influir en
- 158 -
el adelantamiento del tratado de límites que se intentó con
la Administración Pardo, y que junto con ella fracasó, así
como en el que se firmó en Lima el 24 de marzo de 1922,
que según decires de los que lo conocen, pone fin de male-
ra decorosa al secular litigio de fronteras entre Colombia y
el Perú. Amén de otras muchas ventajas que no pueden
escaparse a la perspicacia de los que se interesan por la me-
jor suerte de esas importantes regiones, tan codiciadas a la
vez que abandonadas, como también por la de sus infelices
moradores, que sin duda son dignos de participar con ma-
yor abundamiento de los beneficios de la civilización cris-
tiana .
Antes de poner puto final a esta larga relación, jreo
oportuno manifestar que a mí no me sorprendió ni desani-
mó el resultado adverso de aquella magna empresa. Por el
contrario, aquel resultado es para mí prueba convincente
de que la obra es buena y por lo mismo necesita muchos y
grandes sacrificios. Ños enseña la experiencia que todas
las obras de trascendencia para gloria de Dios y bien de las
almas, sufren grandes contrariedades y hasta fracasos antes
de poderse llevar a cabo. Convencido como estoy del bien
inmenso que la navegación del Putumayo produciría a mi-
les de salvajes, que yacen en la esclavitud e ignorancia más
espantosas, se me hacía raro que todo nos saliera tan bien
al principio. Recuerdo que varias veces dije al doctor Már-
quez que esperaba como cosa segura grandes contratiem-
pos, precisamente porque veía la bondad de lo que teaía-
mos entre manos . Estaba f irmem^ente persuadido de que el
infierno entero no dejaría de mover todas sus baterías y
escuadrones para impedir su pronta realización. Esta con-
vicción fue una de las causas que más me impulsaron a no
dejar separar al doctor Márquez, cuando él quería irse a
Bogotá desde Manaos, por vía distinta. Tengo fe firme y
absoluta en las saludables consecuencias de la navegación
del Putumayo para gloria de Dios y salud de miles de al-
mas. Estoy dispuesto a sacrificarme nuevamente y hasta
dar la vida, si es necesario, para que la luz del Evangelio
entre a raudales a iluminar las torvas inteligencias, y la Di-
vina Gracia a fortalecer las embrutecidas voluntades de
tantos infelices salvajes que m.oran en la región del Putu-
mayo, ya que éste fue el fin principal que me propuse,
cuando con insistencia pedí venir a entregar a Dios mi
159 —
vida y actividades en estas regiones que amé antes de co-
nocer, y cuyo conocimiento ha aumentado en mí el cariño
y afecto, precisamente porque en ellas moran miles de seres
desgraciados, cuya redención física, moral y sobrenatural
necesita de grandes sacrificios y sobrehumanos esfuerzos.
La libre navegación del Putumayo allanaría muchas de
las dificultades que ahora parecen y en realidad son insu-
perables. ¡Quiera Dios concederme la dicha de ver reali-
zada esta magna obra y contemplar cómo la Divina Pasto-
ra, recientemente declarada por la Santa Sede Patrona
principal de la Prefectura Apostólica, apacienta todas las
almas que andan diseminadas en estas inmensas selvas.
Creo haber dado cumplimiento a la orden de Vuestra
Reverendísima de escribir por extenso lo que nos sucedió
en el viaje a Manaos.
Bendígame y reciba los respetuosos homenajes de su
£Úbdito e hijo en Jesucristo, que mucho lo aprecia.
Fray Gaspar de Pinell,
Capuchino Misionero Apostólico.
iistdige:
Págs.
División del informe 3
INTRODUCCIÓN
I — Quién es ef doctor Márquez 5
II — Preparativos de viaje en Pasto 6
III — Visita a San Andrés — El Hermano Leonardo, Marista 7
IV — Preparativos en Sibundoy y viaje hasta Puerto Asís 8
V — Permanencia en Puerto Asís y últimos preparativos de viaje 10
PRIMERA PARTE
DE PUERTO ASÍS A MANAOS
I — Salida de Puerto Asís y primeros días de viaje 12
11 — Yocoropuí 13
III — Mama Cristina 14
IV — De Yocoropuí a Tapacuntí — Furiosa tempestad 15
V — Tapacuntí 16
VI — Güepí — Visita a unas tribus huitotas— Algo sobre sus costumbres. 17
VII— El maguaré 25
VIII— De Güepí al istmo de Caucaya— Tagua— Visita al Caquetá 27
IX — Del Caucaya al Caraparaná — Entrada a la zona ocupada por el
Perú 28
X — Entrada al Caraparaná — El Encanto — Visita a los Padres Francis-
canos en San Antonio— Censo de la población indígena del Ca-
raparaná e Igaraparaná — Algunas costumbres de losindios — Cu-
riosidad que despertó nuestra visita en aquellos sitios 35
XI — Del Caraparaná al Amazonas — Región desierta y causas que im-
piden coionizarla — Canoas de tribus no conquistadas — Encuen-
tro trágico-cómico con Samuel Rogeroni — Entrada en el Putu-
mayo colonizado por el Brasil — Puesto fiscal brasilero — Conti-
nuación del viaje en lancha brasilera — Indios del Igaraparaná en
el Brasil — Nostalgia de sus tribus y su regreso — Llegada al
Amazonas 44
XII — Distancias del río Putumayo — Sus principales afluentes— Tro-
chas comerciales y estratégicas — Censo etnográfico — Facilidad
con que los indios vencen las dificultades que ofrece el andar por
las selvas vírgenes ^ 50
XIII — De la confluencia del Putumayo a Manaos — Diversos nombres
del Amazonas, Putumayo y Caquetá — Encuentro con el Reve-
rendísimo Padre Prefecto Apostólico del Alto Solimoes — Divi-
sión eclesiástica del Estado del Amazonas— Seguridad de con-
seguir lancha en Manaos— Motores que enseñan a remar — Reci-
bimiento de Obispo— Entrada a Ríonegro — Llegada a Manaos y
pérdida del equipaje 54
Un viaje por el Putumayo y el Amazonas— 11
— 162 —
SEGUNDA PARTE i
NUESTRA PERMANENCIA EN MANAOS— DE MANAOS AL CARAPARANÁ
y DE ESTE PUNTO A MANAOS, EN LA LANCHA «YAQUIRANA» — SE- '
GUNDA PERMANENCIA EN MANAOS j
Págs.
I — Cuatro palabras sobre Manaos y el Estado del Amazonas 62 i
II — Nuestras primeras diligencias en Manaos — The Amazon_River y ]
sus líneas fluviales — Conducta digna de gratitud del señor José \
Vaz D'Oliveira — Ansiedad por la demora en las comunicaciones j
cablegráficas y alegrías que éstas nos proporcionaban — Tiempo ^.\
que se gastaría de Europa y Norte América a Manaos y Puerto i
Asís y viceversa — Costo por tonelada entre esos puntos 64 '
in — Ultimas diligencias y dificultades para recibir recursos — Gran cri-
sis en Manaos y todo el Estado del Amazonas — Propaganda a ;
favor de artículos colombianos y de la navegación del Putuma- j
yo — Artículos colombianos que no sería negocio exportar — Abun- '
dancia de ganado en la región de Ríoblanco— Terrible fiebre pa- j
lúdica 70 !
IV— Contrato de la lancha que debía subir a Puerto Asís — Recibo de
recursos — Amigable alegato — Dificultades de última hora 74 )
V — Visitas a las bibliotecas y museos — Información sobre el Caquetá, '
el Putumayo y otras regiones amazónicas — Ejemplos que nos es-
timulaban — Instrucción religiosa de los colombianos e ignoran- -;
cia catequística de algunos moradores del Amazonas — ¿Qué ]
es la santa comunión? — Agricultura en el Amazonas — Coloniza- \
ción e inmigración — Visitas de Julio Arana — Nombres y apelli- i
dos en el Brasil — Títulos honoríficos — Respeto y tolerancia reli- j
giosos— Práctica edificante 77 ;>
VI — De Manaos al Carapajaná — Visitas a Teffé y Tonantins— En- ]
cuentro con los compañeros de viaje — Reloj viviente y su fin trá-
gico — Sastre improvisado — Entrada al Putumayo ocupado por el j
Perú — Inesperado encuentro con la Callao — Bote Márquez des- i
trozado — Se nos obliga a arribar a El Encanto 86
VII— Permanencia forzada en £/ £/2canfo — Pánico disimulado^ en la í
empresa Arana — Objeto del viaje de la Callao — El señor de \
Loaisa — Visita a la Telefuncke — Respuestas evasivas de Curiel. j
Alegatos infructuosos — Atenciones simuladas de la Casa Arana. |
Notas cruzadas entre el Capitán peruano y el Comandante bra- ■;
silero — Radiogramas a Manaos e Iquitos — Protesta formal con- :
tra el Gobierno del Perú, a bordo de la Yaquirana 93
VIH — De El Encanto a Manaos — Conflicto internacional inminente. :
Escoltados por la Callao— justa indignación en el Brasil — Nuevo ^
acceso de fiebre — Sensación en Manaos y protestas de la prensa, j
Se ratifica la reclamación ante las autoridades federales ÍOO-^ I
IX — Viaje del doctor Márquez a Río de Janeiro y Lima — Mi per- s
manencia en Manaos— Informe a Vuestra Reverendísima — Sen- i
sible separación — Gestiones para salir pronto de Manaos — Elec- '^
ción de vía para el regreso — Vía Putumayo como mal menor. ■:
Visita y servicios de Julio Arana— Radiograma de Iquitos y carta ^
del señor Arana— Fecha en que el vapor Liberal sale de Iquitos. ..
Inspiración del ángel de la guarda— Arana sigue la pista de las '
-H
3
i
~ 163 — i
i
Págs. ■
gestiones de la Misión para establecer la navegación del Putu- :
mayo— Suposiciones sobre influencias de Arana — Gestiones de ]
Arana para valorizar su empresa 103 ;
X — Oliveira, nuestro apoderado — Armisticio europeo — Radiograma j
del doctor Márquez — Período álgido de la crisis del Amazonas. '
Bogas en la cárcel — Desaparición del práctico Vargas — Motivos ■
que nos impelían a salir pronto deManaos — Ansiedad en Puerto
Asís — Las Cancillerías de Colombia, Brasil y Perú preocupando- \
se de nosotros 109 i
XI— Lo que hicimos a bordo de la Yaquirana — Rumbos y dibujo del j
Putumayo— Colombianos en el Amazonas — Treinta y ocho hijos I
y diez y ocho nietos — Creyendo ser brasilero, sin renegar de Co- ]
lombia- Distancia en millas náuticas de Manaos a Iquitos, Cotué \
y puntos intermedios — Ciudades, pueblos y caseríos del Ama- \
zon?s — Grandes afluentes del mismo — Bocas del Caquetá — Di-
ficultades que ofrece para la navegación 112 :
XII— Sigue lo que hicimos en la Yaquirana— Túp\i\zc\ón legal de las ''
lanchas fluviales en el Estado del Amazonas— Cinco clases de i
embarcaciones — Tripulación de la Yaquirana — ^^Qué es una jan- '
gada — Ocios de a bordo — Comparación de distancias yfletes de
Europa y Norte América a Pasto, entre las vías de Tumaco y ,'
Manaos — Fin trágico de la Yaquirana — Informe al Nuncio del <
Brasil 1 15
TERCERA PARTE
DE MANAOS A PUERTO ASÍS, Y ALGUNAS COSTUMBRES Y DATOS SO-
BRE EL AMAZONAS
I — De Manaos a la desembocadura del Putumayo — Victoria que se
convirtió en derrota — Fiesta de nuestro Padre San Francisco en
Tunantins— Compostura del boie Márquez- Las charapas del
Amazonas — Su utilidad— Su pesca-caza — Taftw/e/ros- Llegada
a Puerto América 121
II — Razas del Amazonas — Caboclos—Lingua geral do Brazil — Pala-
bras del Amazonas y sus equivalentes en Colombia — Amor a las
tradiciones indígenas y al Portugal — El portugués más popular
del mundo — Causas del afecto al Portugal 125
in— Medidas brasileras y su equivalencia en el sistema métrico deci-
mal — Unidad monetaria del Brasil y su equivalencia con el dólar
y peso colombiano— Caimanes del Amazonas — Baixa enorme
jacaré— Aspecto pavoroso de la muerte — Reses descalabradas.
El caimán y el tigre — Pesca con flecha — Pesca de tortugas con
anzuelo — Cómo se pescan la vaca marina, el paiche y el bagre. 128
IV— En Puerto América— Llegada inesperada del vapor Liberal— Au-
sencia de algunos compañeros de viaje — Angustias y temores.
Acto casi heroico de caridad— Cacería que nos hacía perder el
viaje— Apareció el perdido— Militares a bordo— La mano de la
Providencia 133
V — Del Amazonas al Caraparaná — Cambio de rumbo— Al Carapara-
ná en vez del Igaraparaná — Llegada inesperada a El Encanto.
Guarnición militar de La Chorrera— Ruta de navegación del va-
164 —
Págs.
por Liberal de Campuya a Iquitos— Contingencias que influyen
en la rapidez de la navegación de los vapores fluviales — Idea de
ponernos presos — Desaparición de mi cartera de viaje — La ban-
dera colombiana en el Putumayo -Problemas internacionales del
Perú 139
VI — Por última vez en El Encanto — Despedidas y regalos — Fin funes-
to de Curie! — Misa con abanico— Corridos por los zancudos.
Pesca inesperada — Centinelas dormidos— Disparos misteriosos.
El gran amaron — Saetas vivientes — Zabullidos en el río — Sitio
de Los crueles recuerdos — Enorme cantidad de huevos de chara-
pa — Segunda vez en Yuvineto —Un hermoso rey de los felinos 145
vil— Convaleciendo enelCaucaya — Todos enfermos — «Si mala muer-
te os di, buena sepultura os preparé» — Llegada a Güepí — Emo-
cionante encuentro de Vargas con sus hijos — Leña para la lancha.
Otra vez enYocoropuí — «Usté derecho dueño Putumayo» — Puer-
to Asís a la vista — «¡Viva Puerto Asís y sus colonos» — Te Deum
en acción de gracias — Cariñosa serenata — Banquete familiar.
Separación de los bogas — Protestas en Colombia— Llegada a
Sibundoy — Muestrario comercial — Datos interesantes 152
Conclusión 157
3 1153 DIGEEDED E
F