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Full text of "Un viaje por el Putumayo y el Amazonas : ensayo de navegacion"

REPÚBLICA DE COLOMBIA 



UN VIAJE 

POR EL PUTUMAYO Y EL AMAZONAS 



ENSAYO DE NAVEGACIÓN 






BOGOTÁ 

ímprenta nacional 
1924 



REPÚBLICA DE COLOMBIA 



UN VIAJE 



POR EL PUTUMAYO Y EL AMAZONAS 



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ENSAYO DE NAVEGACIÓN 





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BOGOTÁ 

IMPRENTA NACIONAL 
1924 



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UN VIAJE POR EL PUTUMAYO Y EL AMAZONAS 

ENSAYO DE NAVEGACIÓN 

Esta relación de viaje contiene tan preciosos datos, da 
tan interesantes noticias sobre una de nuestras mejores 
arterias fluviales, que estamos seguros será leída con avidez 
por todo colombiano amante de su patria. Los legisladores 
y hombres públicos quizá encuentren algo muy útil en es- 
tos sencillos relatos. Se asegura que pronto se discutirá en 
el Congreso el Tratado colombo-peruano . Si así fuere, este 
folleto, que bien merece los honores de libro, no puede ser 
más oportuno. Los lectores se podrán orientar y formar 
una idea exacta del Putumayo, cuya geografía es ignorada 
por casi la totalidad de los colombianos. Les pedimos lean, 
cuando menos, el índice de esta relación de viaje, y su in- 
diferencia por aquel misterioso territorio se trocará segura- 
mente en vivo interés y afectuosa simpatía. 

Fray Fidel de Montclar 

o. M. C. 



Florencia (Cactuetá), mayo de 1924. 

Reverendísimo Padre fray Fidel de Montclar, dignísimo Prefecto Apostólico 
del Cagueta — Bogotá. 

Muy respetado y apreciado Padre en Jesucristo: 

En obedecimiento a sus telegramas del 21 y 22 del 
presente, voy a dejar a un lado las muchísimas ocupaciones 
que me abruman y a dedicarme por algunos días a remover 
en mi archivo particular la multitud de datos que guardo 
de la famosa expedición a Manaos con el doctor Tomás 
Márquez, y también a penetrar en las reconditeces de mi 



4 - 



memoria para revivir los acotencimientos no escritos que 
tengan algún interés para el objeto que desea Vuestra Re- 
verendísima. 

Para mayor claridad dividiré esta relación en tres par- 
tes La primera comprenderá una pequeña introducción y 
lo que nos sucedió desde Puerto Asís a Manaos, de marzo 
a junio de 1918. La segunda hará referencia a lo que hici- 
mos en esta ciudad, a nuestra salida de allá con la lancha 
Yaquirana, al regreso en la misma, sin haber podido llegar 
a Puerto Asís por causa de los peruanos, y a nuestra se- 
gunda permanencia en aquella población brasilera, del 1' 
de junio a los últimos días de septiembre del mencionado 
año. En la tercera explicaré las muchas peripecias y pena- 
lidades que sufrimos desde Manaos a Puerto Asís, con al- 
gunos datos sobre el Amazonas, desde el 26 de septiembre 
al 19 de noviembre del mismo año . 




REVERENDO PADRE GASPAR DE PINELL Y SEÑOR 
DOCTOR TOMÁS MÁRQUEZ 

Antes de emprender ei viaje a Manaos, 



INTRODUCCIÓN 



Quién ea el doctoi* Márquess. 



El señor doctor don Tomás Márquez Bravo frisaba en- 
tonces en los veintinueve años y pertenecía al partido li- 
beral uribista o civilista; fue Secretario privado del General 
Rafael Uribe Uribe, y desempeñaba este cargo cuando di- 
cho Jefe cayó bajo la hachuela homicida junto al Capitolio 
Nacional . 

En la capital de la República ejerció varias veces el 
dctor Márquez el profesorado de Derecho Internacional, 
fue Secretario auxiliar del Senado, Secretario del Ministe- 
rio de Obras Públicas, periodista brillante, y en 1918 des- 
empeñaba el importante cargo de Visitador Fiscal de la 
Nación, y como tal vino al Putumayo. Lo que este señor 
ha sido después, lo sabe de sobra la Nación. Terminado 
nuestro viaje, fue nombrado Visitador de Consulados de 
Sur América. Con este motivo tuvo ocasión de recorrer 
V estudiar las Repúblicas del Brasil, Uruguay, Argentina, 
Chile y Perú. Al regresar a Bogotá, después de cumplido 
este honroso cargo, se declaró conservador convencido des- 
de la alta tribuna de la prensa, en la cual libró recias y bri- 
llantes batallas en defensa del Gobierno, sistemáticamente 
combatido por una oposición ciega y apasionada. Pronto 
el Ejecutivo lo distinguió con el alto cargo de Edecán de 
honor del Presidente de la República, del cual se separó 
para entregarse de lleno a las labores periodísticas. Como 
director de La Nación, la buena causa le es acreedora a her- 
mosas y eficaces campañas. 

La comisión especial que en 1918 lo trajo al territorio 
del Putumayo fue la de examinar las obras del camino de 
Pasto a Puerto Asís, a cargo en ese entonces de la Compa- 
ñía particular Micolta . Visitó también las colonias de Sucre, 
Ah^ernia y Puerto Asís, fundadas por la Misión capuchina. 



Entró al territorio no poco prevenido con lo mucho que 
había oído contra la Misión y sus obras; pero tan pronto 
como estudió de cerca las empresas que llevamos a cabo 
los Misioneros, las dificultades de todo género con que se 
tropieza constantemente, y los esfuerzos sobrehumanos 
que se necesitan para no desmayar, de indiferente se con- 
virtió en fervoroso amigo de los Misioneros y sus obras. 
El fue quien propuso que fuera la Misión la que se encar- 
gara nuevamente de la conservación y terminación del ca- 
mino de Pasto a Puerto Asís; él quien apoyó la idea de 
Vuestra Reverendísima de procurar por todos los medios 
posibles la navegación del Putumayo, ya que de ella de- 
pende en gran parte el buen éxito de la colonización de 
las regiones del Caquetá y Putumayo, y por consiguiente 
pl afianzamiento definitivo de la obra espiritual y moral de 
la Misión, especialmente respecto a los infelices salvajes. 

Del cambio de ideas sobre este asunto y de la perfecta 
comprensión de la importancia inmensa de este tópico, 
nació la idea de la expedición a Manaos por el curso del 
Putumayo, para estudiar detenidamente sobre el terreno 
ias dificultades que pudieran ofrecerse y el modo de sor- 
tearlas, como también las ventajas y facilidades que se 
presentaran para realizar una empresa de tal magnitud. 

El doctor Márquez, como perito en Derecho Interna- 
cional y conocedor de las condiciones e ideas de Colombia 
en estas materias, se ofreció a acompañar al Misionero que 
Vuestra Reverendísima escogiera para ir al Amazonas y 
Manaos a la comisión indicada. Vuestta Reverendísima 
tuvo a bien señalar al suscrito. Desde ese momento nos 
pusimos al habla con el doctor Márquez para los prepara- 
tivos de un viaje tan largo, por terrenos completamente 
desconocidos para nosotros, en parte poblados de salvajes 
y de enemigos de Colombia, desierto en su mayor exten- 
sión, todo malsano y sumamente caloroso, y del cual tantas 
leyendas o historias horripilantes se nos habían referido. 

II 

Preparativos de viajo en Pasto. 

Una vez resuelto el viaje nos dirigimos a la ciudad de 
Pasto a informarnos minuciosamente de las condiciones 
del comercio : precios de fletes desde Europa y Nueva York, 






vm?. 



- 7 — 

tiempo que emplean las mercancías en llegar por la vía 
de Panamá-Tumaco-Barbacoas y derechos de aduanas. 
También nos proveímos de lo más necesario para el tiem- 
po que gastáramos en llegar a Manaos. 

El 11 de marzo salimos con el doctor Márquez de la 
ciudad de Atriz, con el alma llena de alegría e ilusiones, 
convencidos como estábamos de que íbamos a realizar una 
obra grande y provechosa. Al mismo tiempo sentíamos la 
melancolía natural de quienes se despiden de amigos que- 
ridos que quizá no se volverán a ver y de quienes se van 
a internar en lugares desconocidos, llenos de peligros y 
sorpresas . 

El doctor Eduardo Rodríguez Piñeres y su hijo Gui- 
llermo, que en aquellos días se hallaban en Pasto, con oca- 
sión de los arreglos de límites con el Ecuador, vinieron a 
despedirnos hasta cerca del pueblo de La Laguna. Después 
de haber agradecido debidamente las muestras de sincero 
afecto que nos dieron, seguímos sin contratiempo alguno 
hasta el valle de Sibundoy, Aquel mismo día llegamos a 
Santiago, donde los Reverendos Padres Querubín de la 
Pina, Florentino de Barcelona y Anselmo de Olot nos re- 
cibieron y atendieron con gran amabilidad. 

III 

Visita a San Andrés — ^El Hermano Leonardo, Marlsta. 

Al día siguiente me interesé en que el doctor Márquez 
conociera la escuela de niños de San Andrés, regentada por 
el Reverendo Hermano Leonardo, Marista francés. Des- 
pués de la santa misa y desayuno nos dirigimos allá el Re- 
verendo Padre Querubín, el doctor Márquez y el suscrito. 
El Hermano Leonardo nos recibió con muestras de grande 
alegría y afecto. Pronto hizo formar a los alumnos y nos 
obsequió con hermosas recitaciones y armoniosos cantos, 
algunos de éstos a tres o cuatro voces, tan bien ejecutados, 
que más parecían de una Schola-Cantorum de catedral que 
de semisalvajes que apenas pueden pronunciar el castella- 
no. Hizo salir al tablero algunos de los indiecitos, y a todos 
nos admiró la presteza con que resolvían problemas com- 
plicados a base de las cuatro operaciones; las sumas, res- 
tas, multiphcaciones y divisiones que, intercaladas, figura- 



— 8 — 

ban en la solución integral de los problemas, las ejecutaban 
las más de las veces mentalmente, sin escribir los factores 
en el tablero, con una ligereza digna de matemáticos con- 
sumados. Un alumno dibujó en el tablero en cinco minutos 
las líneas principales del mapa de Colombia, con la demar- 
cación precisa de los Departamentos y sus capitales. Otro 
en el mismo espacio de tiempo delineó el de la América del 
Sur, con las divisiones de los Estados que la componen y 
la situación de sus respectivas capitales. Nos informamos 
de que la mayoría de los escolares estaban en condiciones 
de exhibirse con el mismo brillante resultado. Visitamos 
la huerta de la escuela, y la encontramos digna de figurar 
en un parque de ciudad. Todo esto nos convenció de que 
la fama de gran pedagogo que tiene el venerable Hermano 
Leonardo es bien merecida y tal vez inferior a la realidad, 
pues débese tener en cuenta que estos admirables resulta- 
dos los obtuvo dicho Hermano con hijos de aquellos indios 
de quienes hace apenas unos quince o veinte años, dijo el 
ingeniero doctor Miguel Triana a Vuestra Reverendísima 
que no se cansara con ellos, porque sería inútil todo lo que 
se hiciera con esa gente incapaz de cambiar de costumbres 
y dar un paso en el camino de la civilización. ¡De cuan 
diferente manera se expresaría hoy el doctor Triana si visi- 
tara de nuevo el valle de Sibundoy! Felicitamos efusiva- 
mente al Hermano Leonardo, nos despedímos de él y de 
sus alumnos, y ese mismo día llegamos al pueblo de Si- 
bundoy. 

iv 

PreparatiTos en Sibundoy y viaje basta Puerto Así». 

Siete días permanecimos en aquel pueblo arreglando 
con Vuestra Reverendísima los principales detalles del 
viaje y recibiendo sus autorizadas instrucciones. El 19 de 
marzo, día del Patriarca San José, nuestros corazones expe- 
rimentaban en toda su intensidad las inexplicables emocio- 
nes que produce la separación de un padre querido y her- 
manos afectuosos, cuando esta separación es por tiempo 
indeterminado y para una empresa magna, llena de incóg- 
nitas y dificultades, de cuyo buen o mal éxito dependen 
grandes consecuencias para la entidad en cuyo nombre se 
inicia. Acudía entonces a mi memoria aquella popular 
copla: 




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- 9 — 

"Dicen que no se siente la despedida, 
díle a quien te lo dijo que se despida." 

Recibida la bendición de Vuestra Reverendísima y sus 
instrucciones y consejos, con los ojos humedecidos por las 
sensaciones del alma, salimos de Sibundoy en dirección a 
Puerto Asís, donde debíamos hacer los últimos preparati- 
vos, los que tenían relación con la embarcación, bogas y 
otras iñuchas cosas indispensables en esa clase de viajes. 

De Sibundoy a Puerto Asís aprovechamos las ocasio- 
nes que se nos presentaban para ejercer, yo, el santo minis- 
terio, y el doctor Márquez ayudarme en tan sagrada ocu- 
pación. Puedo afirmar con toda verdad que desde nuestra 
salida de Sibundoy hasta que nos separamos en Manaos, el 
doctor Márquez fue un verdadero misionero con el ejemplo 
y también con las obras que su condición le permitían . 

En Sachamates administré a una enferma grave, aban- 
donada completamente, y nos interesamos para que la sa- 
caran a Sibundoy. Vuestra Reverendísima y el señor Al- 
calde, al recibir el aviso que desde allá les mandamos, die- 
ron las disposiciones del caso para el traslado, y en Sibun- 
doy pudo acabar sus días debidamente asistida por las Re- 
verendas Hermanas Misioneras, y con el consuelo de dejar 
al amparo de dichas religiosas una hijita de tres años, la 
Margarita, que ahora cuenta ya nueve, y como sabe Vuestra 
Reverendísima, vive agradecida a los Misioneros y Misio- 
neras y da esperanza de ser una excelente cristiana. 

En Umbría pasamos un día completo, y ayudado del 
celo apostólico del Reverendo Padre Narciso de Batet, 
pude preparar a los indios de San Bernardo y también a 
varios blancos para administrarles el sacramento de la con- 
firmación. El viernes 22 de marzo confirmé a ochenta y 
dos personas, indios y blancos, adultos y párvulos. El doc- 
tor Márquez fue padrino de todos los varones. Mientras el 
infrascrito y el Padre Narciso nos dedicamos a las tareas^ 
apostólicas, el doctor Márquez se ocupó en arreglar asuntos 
de la autoridad civil y en escoger con algunos vecinos de 
Umbría un lugar aparente para levantar una iglesia, trazar 
un buen caserío y establecer potreros, a fin de que aquel 
punto, terminal entonces del camino que debe llegar hasta 
Puerto Asís, fuera un puerto cómodo en caso de que el 
establecimiento de la navegación tuviera buen éxito. 



— 10 - 

Para comprender mejor lab actuaciones del doctor 
Márquez como autoridad civil, durante esta expedición, con- 
viene advertir que además del cargo de Visitador Fiscal 
Nacional, que le daba muchas atribuciones, el señor Comi- 
sario Especial del Putumayo, doctor Vicente Andrade, lo 
comisionó para que en su nombre hiciera visita oficial en 
todo el territorio de la Comisaría que recorriéramos en aquel 
viaje . 

El 23 de marzo a las siete de la noche llegám.os a Puerto 
Asís. Allí nos hicieron un cariñoso recibimiento, como 
acostumbran aquellos buenos colonos, siempre que los vi- 
sitan personas que se interesan por su bienestar y adelanto ; 
pero en esta ocasión tuvieron cuidado en extremar las ma- 
nifestaciones de aprecio, ya por ser yo su Cura desde hacía 
tres años, ya por la simpatía que el doctor Márquez supo 
despertar entre aquellos vecinos en dos visitas que nos 
había hecho, y sobre todo porque sabían el objeto del viaje 
que íbamos a emprender, de cuyo éxito o fracaso dependía 
sin duda el adelanto o estancamiento de aquella colonia. 



Permanencia en Puerto Asís y últimos preparativos de viaje. 

Diez días permanecimos en Puerto Asís disponiendo 
los últimos detalles del viaje y también celebrando la Se- 
mana Santa, que acaeció entonces. Mis ocupaciones minis- 
teriales como Cura y como encargado de la colonia fueron 
mtensas y abrumadoras durante aquella semana memora- 
ble. Los pocos ratos que me dejaban libres las funciones 
sacerdotales, como procesiones, sermones, confesiones, 
etc . , los empleaba en contratar los bogas, adquirir la canoa, 
disponer las vituallas, medicinas y todo lo que era indis- 
pensable para la marcha, como también en hacer entrega 
de la parroquia al Padre que debía reemplazarme en la 
colonia durante mi ausencia, e informarlo de todos los asun- 
tos pendientes y demás cosas que podían convenirle para 
su gobierno. Compré una magnífica canoa, de quince me- 
tros de largo por más de uno de ancho, que bendijimos y 
bautizamos con el simpático nombre de Bote Márquez. 
Contraté cinco bogas, señalando a cada uno sus funciones 
especiales. A Lisandro Cortés Ferrín (mulato) lo nom- 
bramos capitán, y debía entenderse en la dirección y go- 



— 11 - 

bierno de los demás bogas y en todo lo que hacía referencia 
a la responsabilidad en el manejo de la embarcación. A 
Antonio Vargas lo llevamos como práctico e intérprete; 
éste es hijo de un blanco huilense y una india inca; fue 
casado con una huitota en primeras nupcias, y actualmente 
con una macagua je, y ha pasado la mayor parte de su vida 
entre los indios sionas, cofanes, macaguajes y huitotos, de 
manera que entiende y habla perfectamente, además del 
castellano, las lenguas propias de las mencionadas tribus, 
y conocía además el río Putumayo hasta el Caraparaná; 
éste debía servirnos de intermediario para con los indios 
que no hablaban el castellano. A Benjamín Castillo (ne- 
gro) le dimos el empleo de marinero; éste se distingue 
por su fidelidad y por su enorme fuerza. Cuando remaba 
con empeño o ejecutaba otro trabajo, como rajar leña para 
la lancha, él solo hacia tanto como cuatro peones en igual 
espacio de tiempo. A José Trejo (blanco) lo designamos 
como mayordomo, y debía cuidar de la cocina y manejo 
de los víveres y medicinas. La cocina la preparamos den- 
tro de la misma canoa, de manera que las comidas se con- 
feccionaban sin suspender la navegación. Y por último, a 
Nabor Benavides (blanco) le encargamos del oficio de ca- 
marero, y debía atender a nuestras cosas: lavar ropa, ten- 
der las camas, servir las comidas, y a todo lo demás que se 
le mand3.ra. 

. A fin de que nadie se enterara de nuestros nombres 
y de quiénes éramos, sino las personas que nosotros juzgá- 
ramos conveniente, resolvimos que durante el viaje ningu- 
no usara de su nombre propio, sino del de los empleos que 
les habíamos asignado a los bogas, y los de doctor y Padre, 
ei señor Márquez y el infrascrito. 

El 2 de abril el Orfelinato de Puerto Asís y la colonia 
agrícola nos obsequiaron con una hermosa velada literario- 
musical como despedida. En ella los niños y colonos nos 
manifestaron con frases rebosantes de entusiasmo y cariño 
lo mucho que esperaban de nuestro largo y peligroso viaje, 
como también cuánto sentían nuestra separación, que no 
se sabía si sería larga o corta, y quizás para siempre. Estas 
manifestaciones eran estímulos eficaces para nosotros, al 
mismo tiempo que nos llenaban de gratitud y melancolía. 



PRIMERA PARTE 

DE PUERTO ASÍS A MANAOS 

I 

Saliida de Puerto Asís y primeros días de Tiaje. 

Por fin amaneció el 3 de abril, día memorable en mi 
vida. A las cinco de la mañana celebré la santa misa, en la 
cual recibieron la sagrada comunión todos los alumnos y 
alumnas del Orfelinato, encabezadas por sus venerables 
maestras las Misioneras Capuchinas, todos los que empren- 
díamos el viaje y muchos otros devotos y amigos. Estas 
comuniones se ofrecieron por el feliz éxito de nuestra ex- 
pedición. Tiernos y devotos cantos de los niños y niñas y 
de las Madres Misioneras, conmovieron vivamente las al- 
mas de los que íbamos a partir. 

Después de estar todo embarcado y acomodado en el 
Bote Márquez, a las ocho de la mañana dejábamos a Puerto 
Asís . La totalidad de los vecinos de la colonia salieron al 
embarcadero a darnos el último adiós entre contentos y 
conmovidos. Los Padres Misioneros que quedaban en la 
colonia, los rfiños y niñas del Orfelinato, con algunas de 
las religiosas que lo dirigen, y muchos colonos, nos acom- 
pañaron en varias canoas hasta una playa que llaman de 
Las Lágrimas, dos horas abajo de Puerto Asís. Allí salta- 
mos todos a tierra, bendije a los presentes, y en medio de 
los gritos de ¡viva Colombia!, ¡viva Puerto Asís!, ¡vivan 
los viajeros!, ¡vivan los colonos! y ¡viva la navegación del 
Putumayo!, nos volvimos a embarcar en el Bote Márquez 
para seguir a regiones completamente desconocidas para 
nosotros. Al arrancar el Bote, un grito unánime y melan- 
cólico de "¡adiooos!" y multitud de pañuelos que se agita- 
ban en la playa, a los cuales correspondíamos con los nues- 
tros, hasta que nos perdimos de vista, llenaron el alma de 




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— 13 -- 

los presentes de emociones hondas e inexplicables y los ojos 
de todos de lágrimas, que fluían espontáneamente, sin que 
nadie alcanzara a contener, por más que algunos se esfor- 
zaban en aparecer serenos e inconmovibles. Uno de los 
bogas me aseguró que era la primera vez que lloraba en su 
vida desde que él se consideraba dueño de sus actos. Me 
acordada en esos momentos de la despedida de San Pablo 
de los de Mileto, que se narra en el capítulo XX de los He- 
chos de los Apóstoles, y me parecía vivir una de aquellas 
escenas de los primeros días del Cristianismo. 

Como el viaje, al mismo tiempo que estudiar la nave- 
gación del Putumayo, tenía por objeto un fin apostólico, 
aproveché cuantas ocasiones favorables se presentaron para 
ejercer el sagrado ministerio. 

II 

Yocoi-opuí . 

El segundo día de viaje llegamos a Yocoropuí en las 
níltimas horas de la mañana. Es Yocoropuí un pueblo de 
indios, formado con los restos de las antiguas tribus de 
Montapá y Sotoaró. Como sabe Vuestra Reverendísima, 
estos indios tienen sus hijos en el Orfelinato de Puerto 
Asís, y en lo espiritual son bastante civilizados. Acostum- 
bran subir a la colonia en las principales festividades del 
año: Navidad, Semana Santa, Corpus Christi, etc. Algunais 
familias de este pueblo quedaron en Puerto Asís cuando 
nosotros salimos; habían subido a visitar a sus hijos y a 
asistir a las funciones de Semana Santa; pero otros no se 
movieron del pueblo. Allí encontramos también unos ocho 
indios de la tribu de macaguajes de Montoyá, que todavía 
no eran bautizados. Por medio del intérprete Antonio Var- 
gas y del catecismo en estampas, catequicé lo mejor que 
pude a los macaguajes no bautizados, regeneré sus almas 
con el agua de salvación, les administré el sacramento de 
la confirmación y presencié el enlace matrimonial de una 
pareja de estos nuevos hijos de la Iglesia. Confesé y di la 
santa comunión a los demás indios ya instruidos, y además 
administré diez y nueve confirmaciones y dos bautismos de 
párvulos . De manera que la demora de -día y medio en el 
pueblo de Yocoropuí se puede decir que fue abundante en 
cosecha espiritual. 



— 14 — 
III 

Mama Cristina. 

En el caserío de Yocoropuí pude comprobar una vez 
más, con admiración y adorando los designios misericor- 
diosos de la Providencia, cómo Dios Nuestro Señor tiene 
aun entre los salvajes de las selvas, almas escogidas a quie- 
nes concede favores y finezas especiales. Había en este 
caserío una anciana llamada mama Cristina. Era mujer 
muy habladora y hasta bastante inteligente. Todos los in- 
dios la querían y respetaban mucho . En realidad, se puede 
decir que era la gobernadora de la tribu . Cuando ella orde- 
naba una cosa no había hombre ni mujer, joven o viejo, que 
se le resistiera, ni aun el mismo Capitán o Gobernador. Ella 
exhortaba a los indios a que mandaran sus hijos al Orfeli- 
nato de Puerto Asís, cuando llegaba el tiempo de empezar 
el curso escolar; ella se preocupaba de que las familias de 
la tribu subieran a la colonia en las principales festividades 
del año, a fin de que se fueran instruyendo en los deberes 
religiosos y adquiriendo hábitos de civilización en el trato 
con los blancos. Ella era la primera en encabezar las cara- 
vanas de indígenas que iban llegando a la colonia en las 
vigilias de las grandes fiestas. ¡Cuántas veces nos divirtió 
organizando en Puerto Asís bonitas y honestas danzas con 
los de su tribu! Muchas veces pensé, siendo Cura de allá, 
que Dios Nuestro Señor premiaría de manera visible la 
buena voluntad de mama Cristina. Ese año, un mes y me- 
dio antes de la Semana Santa, sin que nadie la hubiese in- 
vitado, ni se viera motivo especial para ello, se presentó a 
Puerto Asís y me dijo que venía a confesarse y a recibir a 
Nuestro Señor, porque siendo ya vieja como era (tendría 
sesenta años ) , bien podía suceder que en cualquier momen- 
to se muriera, y deseaba presentarse delante de Taita Dios 
con el alma limpia, como el agua del Putumayo. "Ya mun- 
do para mi no bonito tiene; no gusto viviendo." Me llamó 
bastante la atención esta manera de hablar de la anciana, y 
le pregunté si se sentía enferma, y me contestó que nó . En- 
tonces le dije que porqué no había esperado, como ^os 
demás años, la Semana Santa para venir a visitarnos ; y ella 
me manifestó "que .pensando, quién sabe sino muriendo 
antes Semana Santa." Tomé nota de todo esto, la confesé 
y le di la santa comunión, y se regresó a la tribu sin demo- 



- 15 — 

rarse en Puerto Asís. En la Semana Santa, cuando los in- 
dios de Yocoropuí iban llegando a la colonia como los otros 
años, vi que no aparecía; les pregunté qué noticias me 
daban de la anciana, y me respondieron que se había que- 
dado en el caserío de la tribu medio enferma; que mandaba 
muchos saludos a los Padrecitos y a las Madres Misioneras, 
y que tal vez "ya no mirando más; así ella diciendo." Al 
llegar a Yocoropuí con el doctor Márquez, lo primero que 
hice fue averiguar por la salud de mama Cristina; no pude 
menos de admirar los designios amorosos de Dios, cuando 
todos los presentes me respondieron que el día de Jueves 
Santo la habían enterrado. Inmediatamente nos dirigimos 
todos al lugar donde la habían sepultado, y en medio de la 
devoción y recogimiento de aquellos pobres indios, bendije 
el terreno donde descansan sus restos mortales; canté con 
la mayor solemnidad que pude un responso en sufragio de 
aquella alma escogida; exhorté a todos los allí presentes 
a que imitaran los buenos ejemplos y se aprovecharan de 
los óptimos consejos que mama Cristina les había prodi- 
gado. Confieso que con gran trabajo pude lograr que mis 
ojos ocultaran algunas lágrimas durante aquel postumo re- 
cuerdo, dedicado a mama Cristina. 

Mientras me ocupaba en el santo ministerio, el doctor 
Márquez hizo visita oficial al Corregimiento del Bajo Pu- 
tumayo, que entonces residía en un punto llamado Santa 
Elena, no muy lejos de Yocoropuí. Nombró Corregidor 
a nuestro capitán Lisandro Cortés Ferrín, para el tiempo 
que durara nuestro paso por el territorio de aquel Corregi- 
miento, a fin de facilitar el despacho de cualquier asunto 
que se nos ofreciera. 

De Yocoi*opuí a Tapacuntí — Fuiúosa tempestad. 

El 6 de abril seguímos nuestro viaje, despidiéndonos 
de la tribu de Yocoropuí . El día 7 por la noche nos sucedió 
el primer percance serio. Poco duchos la mayoría de los 
bogas en el conocimiento de la dirección de los huracanes, 
no se fijaron en los primeros días del viaje hacia qué punto 
del horizonte quedaba la puerta de los ranchos que cons- 
truían en las playas para pasar las noches . Es regla general 
en la región del Putumayo que nunca debe quedar la puer- 
ta del rancho hacia el Oriente, porque casi siempre las tem- 



— 16 — 

pestades, precedidas de fuertes e imponentes huracanes, 
vienen del Oriente, y si cogen los ranchos por el lado de 
la puerta, los desbaratan en un momento, dejando a los 
viajeros en la intemperie, y lo que es peor, recibiendo sobre 
sus personas y camas el diluvial aguacero que acompaña 
a dichos vientos. 

Esto nos aconteció en la memorable noche del 7 al 8 
de abril. Los bogas habían construido el rancho con la 
puerta hacia el Oriente, y a eso de las nueve de la noche, 
cuando estábamos sumidos en profundo sueño, se desató 
un violento temporal de huracán, rayos, truenos y agua, 
que parecía el fin del mundo. Nos despertamos sobreco- 
gidos de espanto, y sin haber tenido tiempo de darnos cuen- 
ta de lo que sucedía, nos encontramos en la intemperie y 
recibiendo chorros de agua sobre nuestras espaldas, camas 
y equipajes. Iluminaban esta tragedia las siniestras clari- 
dades de los rayos que se sucedían a cada segundo, y aho- 
gaba nuestras voces el espantoso ruido de los truenos, que 
hacían temblar la tierra, y mucho más a los que no estába- 
mos acostumbrados a aguantar en el desierto y al aire libre 
tempestades de esta clase. Corrimos todos en confusión 
hacia la canoa, a ponernos bajo el amparo del pequeño 
rancho que durante el día nos guardaba de los abrasados 
rayos del sol, que con tanta intensidad se hacen sentir en 
la superficie de los grandes ríos en esas regiones tropicales. 

Sin una pieza de ropa seca y sin poder prender fuego, 
pasamos aquella dantesca noche, esperando con ansia que 
los primeros albores del día nos permitieran saltar nueva- 
mente a la playa a hacer algún ejercicio muscular, no sin 
temor de que algunos amaneciéramos con fuertes calentu- 
ras. Pero gracias a Dios todos amanecimos perfectamente, 
con la ventaja de que los bogas habían aprendido bien la 
lección de cómo deben construirse los ranchos en las pla- 
yas del Putumayo. 

V 
Tapacuntí . 

El 8 de abril, al atardecer, llegamos a la tribu de Tapa- 
cuntí. Esta tribu está formada de indios macaguajes, que 
casi no entienden una palabra de castellano. Estos indios 
son pocos en número, unos veinte, y bastante salvajes; al- 



— 17 — 

gunos no habían visto nunca al Misionero. Allí pasamos 
día y medio. 

Valiéndome del Catecismo en estampas y del intérprete 
Vargas, catequicé algo a estos pobrecitos, suplí las cere- 
monias y bauticé sub conditione a nueve adultos y tres pár- 
vulos, administré veintiuna confirmaciones y casé a tres 
parejas . Algunos blancos que acudieron, y también algunos 
indios huitotos algo civilizados, se confesaron y comulga- 
ion, y las comuniones que distribuí ascendieron a treinta 
y una. 

VI 
Güepí — Visita a unas tribus huitoías — AJgo sobre sus costumbres. 

El 10 de abril a mediodía pudimos contemplar la des- 
embocadura del río Güepí. Este lugar es punto céntrico 
adonde acuden los indios de algunas tribus de huitotos que 
viven no muy lejos de ahí. De Güepí arranca una trocha 
que en día y medio conduce a los lagos de Lagarto Cocha, 
desde donde se pueden embarcar mercancías hasta el río 
Ñapo. Algunos caucheros y balateros del Putum^ayo y tam- 
bién del Caquetá, se valen de esta trocha para ir a vender 
sus productos al río Ñapo y para introducir mercancías y 
víveres, sobre todo sal del Perú. Los indios huitotos en re- 
ferencia son los principales cargueros y bogas de esta vía; 
con este oficio ganan ropa para vestirse los que no van des- 
nudos y también pertrecho y armas. 

Nuestro primer cuidado al llegar a Güepí fue levantar 
el censo de indios y blancos de aquellos alrededores e im- 
ponernos bien si era posible que se reunieran en un solo 
lugar para constituir un caserío, donde les pondría escuela 
y hasta Misionero, si la fundación se estabilizaba. A la vez 
hice avisar a todos los blancos que procuraran venir a la 
casa de Artemio Muñoz, donde estábamos hospedados, a 
fin de que asistieran a las instrucciones catequísticas que 
les dirigía y poder .recibir los santos sacramentos . 

En cuanto a los indios, les mandamos avisar que se 
reunieran todos en la tribu de los caimitos, distante unas 
cinco leguas de la casa de Muñoz, en el interior del monte, 
dirección oriental, en las cabeceras del Peneya, donde iría- 
mos a catequizarlos, administrarles los sacramentos, nom- 
brarles autoridades y tratar de persuadirlos a que se reunie- 

Un viaje por el Putumayo y el Amazonas — 2 



— 18 — 

ran en un solo punto. Cuatro días estuvimos en la casa de 
Muñoz, catequizando a los blancos y también a algunos 
indios que acudieron allí. El fruto cosechado fufe de ca- 
torce bautismos de indios adultos, quince de párvulos 
blancos e indígenas, sesenta y dos confirmaciones, sesenta 
y nueve confesiones y comuniones y doce matrimonios, 
siete de blancos y cinco de indígenas. 

Mientras me ocupaba en trabajos apostólicos, el doct )r 
Márquez recorría los terrenos de la vecindad, con el fin de 
escoger el lugar más apropiado para la fundación del case- 
río. Después de estudiar varios puntos, se resolvió que el 
lugar más conveniente era el mismo en que estaba la casa 
del señor Artemio Muñoz. A todos los que se les habló de 
la fundación les pareció muy buena idea y prometieron 
contribuir para que pronto se realizara. 

El 15, después de la santa misa, seguimos a la tribu de 
los caimitos, donde debían esperarnos todos los indios hui- 
totos de los alrededores. A pie por una trocha llena de ba- 
rro y atravesando terrenos en parte cenagosos, a las cuatro 
V media de la tarde llegamos a la mencionada tribu. Los 
indios nos recibieron con muestras de cariño y respeto. 
Algunos iban completamente desnudos. Se habían reunido 
ciento treinta y cinco. Levanté la estadística de todos, y el 
resultado fue el siguiente : tribu de sebúas, vive a orillas del 
río Güepí, a dos horas más arriba de su desembocadura, 
veintiséis indígenas; tribu de huecos, diez y nueve, que ha- 
bitan en el interior del monte, en dirección suroeste; tribu 
ae caimitos, donde nos reunimos, sesenta y cuatro indios, 
es la más numerosa y el punto más céntrico de todas ellas . 
Una hora antes de llegar donde los caimitos, se pasa por 
ia tribu de los pacuyas, que cuenta con treinta y seis almas ; 
así pues, el total de las diversas tribus de indios huitotos, 
en los alrededores de Güepí, asciende a ciento treinta y cin- 
co indígenas. Algunos de estos indios no habían visto nun- 
ca sacerdote. Todo les causaba admiración en mí: unos 
me cogían la cuerda, contemplaban los nudos y se echaban 
a reír a grandes carcajadas; otros hacían sonar mi rosario, 
preguntando para qué servían aquellas pepas; otros me 
metían las manos en la capucha, y viendo la puntica con 
que termina y que nada había dentro, hacían entre ellos 
animados comentarios, que no podía entender; alguno me 
cogió de las barbas y empezó a tirar para cerciorarse si eran 




o. 



ÜJ 



— 19 — 

naturales o postizas, y cuando me defendía haciendo mani- 
festaciones de dolcir, se convenció, no sin gran admiración, 
de que eran naturales . Vi uno que preguntaba al intérprete 
alguna cosa con mucha insistencia y manifestaba grandes 
deseos de satisfacer su curiosidad, y cuando el intérprete 
respondía, se quedaba mirándome con cierta atención y ad- 
miración, como de quien va imponiéndose de cosas que 
Ignoraba y le interesan mucho. Movido yo también por la 
.curiosidad llamé al intérprete y le pregunté de qué trata- 
ban, a lo cual me respondió que aquel indio le interrogaba 
si Fusinamuy, nombre que ellos dan al Padre Misionero, 
era hijo de mujer y hombre como ellos, o había salido de 
algún lugar especial, si moría y si se hacía viejo. Todas 
estas cosas causaban en mi alm.a una impresión de tristeza 
y compasión, puesto que revelaban una suprema ignoran- 
cia y salvajismo; pero al mismo tiempo mi espíritu se lle- 
naba de consuelo porque veía la confianza que ponían en 
mí y el respeto que les inspiraba; todo lo cual me hacía 
esperar con fundamento que nuestra estadía entre ellos se- 
ría fructuosa para sus almas. En efecto lo fue, cj^mo se 
comprueba con los datos que pronto se verán . Confieso con 
toda sinceridad que los días que permanecimos entre esos 
pobres salvajes, han sido los más agradables en mi vida de 
Misionero. Cuatro días permanecimos en este lugar, que 
los pasé ocupado con tanta intensidad y gusto, que casi ni 
comía ni dormía . Durante el día me ocupaba en catequizar 
por grupos no muy numerosos, a fin de que todos se apro- 
vecharan ; me valí del intérprete y del Catecismo en estam- 
pas . Por las noches tomaba datos e informaciones para ios 
bautismos, confirmaciones y matrimonios. El señor Arta- 
mio Muñoz, que entendía y hablaba bien el huitoto, fue mi 
mejor auxiliar en la delicada tarea de las informaciones 
matrim.oniales . El fruto de mis trabajos fue el siguiente: 
bautismos de párvulos, veintisiete; bautismos de adultos, 
cincuenta y dos ; confirmaciones, ciento cuatro ; matrim.o- 
nios, veintiséis. 

Al mismo tiempo que me dedicaba en cuerpo y alma 
a las tareas apostólicas, el doctor Márquez se ocupaba en 
ver la manera de organizar la autoridad civil entre aquellas 
tribus en la forma m.ás eficaz para reunirlos a todos en 
Güepí, a fin de que pudieran mandar los hijos a la escuela, 
e irse civilizando, grandes y pequeños. Se estudió el De- 



— 20 — 

creto 1484 de 1914, sobre gobierno de los indios del Caquetá 
y el Putumayo, y basados en el mismo efstablecimos el Coa- 
cejo del pueblo de Güepí, formado por individuos de cada 
una de las tribus. En mi calidad de representante de la 
primera autoridad eclesiástica de la Misión, formé y pre- 
senté las ternas de que habla el Decreto; y el doctor Már- 
quez, como representante de la primera autoridad civil de 
la Comisaría, extendió los nombramientos de Comisarios y 
Vicecomisarios y les dio posesión . Les explicamos por me- 
dio de intérpretes las atribuciones y deberes de cada uno; 
entregamos con gran solemnidad, en presencia de todos los 
indios, una vara adornada a cada uno de los miembros del 
nuevo Concejo; les exhortamos a que se pusieran a las ór- 
denes del señor Muñoz, a quien dejábamos instrucciones 
detalladas para el porvenir, a quien el doctor Márquez 
nombró Corregidor del Bajo Putum.ayo, con la condición 
de que empezaría a ejercer el cargo cuando calculara que 
nosotros hubiéramos pasado de Yuvineto, hasta donde se- 
guiría ejerciendo nuestro capitán Ferrín. En todas las tri- 
bus fueron m_uy bien recibidas nuestras disposiciones, y en 
medio de grandes ¡burras! prometieron todos los allí pre- 
sentes seguir con docilidad las órdenes que les transmitie- 
ran el Gobierno y la Misión. 

Los resultados de todas estas medidas no fueron in- 
fructuosas, puesto que permitieron fundar la escuela y has- 
ta la residencia de Güepí o San Fidel del Bajo Putumayo. 
La escuela subsiste todavía, pero la residencia del Misio- 
nero hubo Que suprimirse por falta de recursos en el año 
de 1921. 

A instancias nuestras, la noche antes de salir de Cai- 
mitos nos obsequiaron aquellos pobres salvajes con unos 
cuantos bailes y cantos de los que acostumbran en sus 
grandes fiestas. Ellos celebran con bailes algunas épocas 
cel año, como la cosecha del chontaruro y algunas otras fru- 
tas de las que m.ás consumen. 

En sus bailes imitan sonidos y algunos movimientos 
de ciertos animales, como el tigre y el jabalí ; y sus danzas 
las apellidan con el nombre de lo que quieren imitar; así, 
tienen el baile del tigre, el de los puercos y otros. 

En las épocas en que es de rito bailar, hacen grandes 
provisiones de comida, como carne de cacería, peces, fariña 
(que es el almidón de yuca brava, tostada) y cazabe (que 



— 21 ~ 

consiste en una especie de tortas de almidón de yuca). Los 
huitotos preparan el cazabe en tortas muy gruesas, que 
quedan crudas por dentro, lo cual hace que sean de aspecto, 
gusto y a veces hasta olor desagradables. Otras tribus de 
razas distintas preparan el cazabe en tortas delgaditas y 
bien tostadas, las cuales son bastante agradables, cuando 
uno se ha acostumbrado a comerlas. Me llamó la atención 
el que los huitotos no preparan chichas fuertes que los em- 
borrachen; como bebida usan lo que llaman casaramano, 
que es el caldo que queda después de cocinada la yuca 
brava, con la que preparan la fariña y cazabe; probable- 
mente agregan a este caldo algún otro ingrediente, cosa 
que no pude averiguar bien. Si alguna vez se emborrachan, 
es con las preparaciones de tabaco, de que trataremos más 
adelante. Para sus reuniones y fiestas tiene cada capitán 
de tribu una casa grandísima, de forma circular cónica. Es- 
tos caserones tienen las paredes y el techo de una hoja" de 
monte que los indios llaman huasipanga (paja de casa). 
Estas hojas son parecidas a las de ciertas palmeras, aunque 
la planta que las produce no se levanta del suelo más de 
vara y media, y ni siquiera tiene la forma de arbusto. Las 
paredes de estas habitaciones forman a la vista una sola 
pieza con el techo y parecen más bien grandes colmenares 
que habitaciones humanas; y como para qu'é aparezca m^ás 
gráfica esta semejanza, en todo su alrededor las puertas se 
hallan muy inmediatas y por ellas entran y salen constan- 
temente los de la tribu cuando celebran sus fiestas. Es cos- 
tumbre entre estos indios, el que cada familia tenga la puerta 
propia para entrar y salir en este gran edificio, aunque en 
su interior no hay división alguna; pero sí cada familia tie- 
ne allí su fogón, y nadie hace uso de los fogones ajenos. 
Las puertas tienen cada una su abra o tapa, de la misma 
clase de hojas de las paredes, y se cierran automáticamente, 
cayendo de arriba para abajo, de manera que cuando nadie 
entra o sale por ellas, ni siquiera se nota que haya tales 
puertas. Cuando las tribus se hallan reunidas en esas gran- 
des casas, para pasar las noches guindan sus hamacas unas 
encima de otras, formando una especie de escaleras, que 
casi van a dar al techo. Causa admiración la destreza con 
que suben y bajan al acostarse y levantarse en esos colgan- 
tes y elevados lechos . Ordinariamente cada famiilia vive en 
t:na pequeña casa de su propiedad, en el monte, y sólo acu- 



- 22 — 

aen a las mencionadas reuniones cuando el capitán invita 
a ellas por medio del toque del maguaré, instrumento sin- 
gular, del que también hablaremos. A veces el capitán 
invita únicamente a la gente de su tribu, y otras a todas las 
tribus amigas de los alrededores; y tienen toques especia- 
les par cada clase de invitación. En una de esas grandes 
casas, la del capitán de los caimitos, tuvo lugar la reunión 
que nosotros pirocuramos. Hechas las precedentes explica- 
ciones, que dan alguna idea del escenario en que nos en- 
contrábamos, volvamos a la invitación que hicimos a los 
indios para que nos divirtieran un poco con algunas de sus 
danzas antes de despedirnos. Lo primero que nos contes- 
taron al oír nuestra petición fue que no podían complacer- 
nos porque no tenían carne, ni pescado, ni cazabe, ni casa- 
ramano, y que sin estos elementos no acostum.braban bai- 
lar. Insistimos nosotros, diciéndoles que se imaginaran que 
tenían todas estas cosas, y nos divirtieran un poco . Por fin, 
después de largas conferencias entre capitanes, accedieron, 
y pronto armaron una gran algarabía con sus cantos y sal- 
tos acompasados, acabando siempre con fuertes gritos y 
jhurras! en señal de satisfacción y aprobación. 

Por lo que pudimos observar, sus bailes son honestos . 
Los hombres fo/man un gran círculo, cantando todos a 
la vez una rudimentaria tonadilla, muy corta, que repiten 
mientras dura el baile, aunque la letra cambia constante- 
mente haciendo referencia al tema del mismo baile; como 
por ejemplo, en el baile del tigre, a escenas referentes a las 
<:ostumbres y cacería de este animal; y por el estilo en los 
demás. Las mujeres van entrando en el círculo de los hom- 
bres, form^ando otro concéntrico, y acompañan el tono del 
canto con chillidos agudos e intermitentes, formando una 
arm.onía no tan desagradable. Al irse a terminar el. baile, 
prorrumpen todos en estruendosos gritos y hurras e imitan 
con sus chillidos y movimientos a los animales a quienes 
dedican la danza, y en medio de grandes carcajadas se des- 
hace el grupo. Dirige los bailes uno de los capitanes, te- 
riiendo en la mano izquierda tres pajaritos de madera, la- 
brados en una sola pieza y pintados de varios colores, en 
ios que sobresale el verde, y en la derecha, una especie de 
cetro, también pintado. No pude saber el significado pre- 
ciso de dichas insignias. Para llamar a reunión e ir a em.- 
pezar el baile, el capitán que dirige la fiesta hace sonar la 



- 23 — 

garatda. Este instrumento es una especie de lanza larga de 
palo fino, que tiene en la parte alta como un tamborcito en 
forma de óvalo aplanado, vaciado en el mismo palo de la 
lanza, o constituye una sola pieza con ella. Vacian el tam- 
bor abriéndole una grieta en uno de sus lados, la cual tapan 
después con una tira de corteza de árbol del mismo color 
de la madera de la garatda. Para que ese tambor suene, co- 
locan dentro dientes de mono, y antes, cuando eran antro- 
pófagos, ponían los dientes de los que se comían. Al sacu- 
dir el palo, los dientes chocan con las paredes del tambor- 
cito, produciendo un ruido parecido al de los granos de 
maíz dentro de un canuto de guadua. Ellos llaman a este 
ruido la voz de Fusinamuy, o sea la voz de Dios. Sin esta 
voz que ios llama por medio del capitán, nadie se da por 
entendido para empezar el baile. Nos divertimos un bu^n 
rato, contemplando y comentando estas escenas ; pero como 
en este m.undo no hay alegría sin contratiempo, también 
esta vez me tocó pasar mi buen chasco y casi susto. Fue de 
la siguiente manera: cuando estaban bailando con el mayor 
entusiasmo y nosotros los contemplábamos con regocijo, 
salieron de en medio del círculo danzante dos de los prin- 
cipales, y muy serios, sin dejar de cantar y moverse al mis- 
mo compás de los otros, se dirigieron hacia mí, me cogieron 
de los brazos y me invitaron con sus ademianes a que si- 
guiera a bailar con ellos en el círculo general. Yo, aver- 
gonzado y casi espantado, me resistí al principio, pero vien- 
do la actitud de enojo que iban tomando mis invitantes, p.o 
me quedó más remedio que seguirlos a hacer el payaso un 
lato. Al ver esto el doctor Márquez, corrió a encerrarse 
dentro de su toldillo, y allí se estuvo riendo a mandíbula 
batiente, mientras yo pasaba mis apuros procurando ajus- 
larme a las voces y saltos de mis importunos anfitriones. 
Al terminar el baile, el capitán me pasó una ración de coca 
que me vi precisado a probar, para que viera que no des- 
preciaba su obsequio, y por cierto me causó tan mala im- 
presión, que con dificultad pude reprimir el vómito que me 
provocó. 

La coca es entre ellos un elemento de primera necesi- 
dad y un obsequio de los preferidos, como para los blancos 
los puros habanos. Tuestan sus hojas verdes a fuego lento 
en una olla grande de barro, hasta que se deshacen al tac- 
to; cuando la cofca va dando punto, queman hojas secas de 



— 24 - 

yarumo, del que nace en los rastrojos de la montaña, al 
cual no crece mucho y es de hoja muy tiesa. Al estar la 
coca bien tostada, la echan en un pilón estrecho y largo y 
Ja pilan hasta reducirla a polvo fino ; en este estado la mez- 
clan con ceniza de hojas de yarumo, más o menos en canti- 
dad igual a la coca; ciernen esta mezcla en un pañuelo, y 
el polvo finísimo que va resultando es la coca que ellos 
toman continuamente y con la cual se obsequian. La car- 
gan en bolsitas de caucho, algunas de forma casi artística 
y lujosa, especialmente las que usan los capitanes . La coca 
Ja toman llenándose la boca con el polvo mencionado, el 
cual se va m^ezclando lentam.ente con la saliva, y de esta 
manera lo van ingiriendo poco a poco . A esta operación la 
llaman mambear. Cuando manbean, que es casi continua- 
mente, tienen los carrillos hinchados como si sufrieran de 
dolor de muelas, los dientes negros, y hablan como lo haría- 
mos nosotros con la boca llena; de manera que un indio 
mambeando es una figura asquerosa. Dicen que la coca en 
esta forma les quita el hambre y el sueño; a veces pasan 
todo el día caminando o trabajando, sin tomar otro alimen- 
to que dicho polvo. 

Cuando quieren tratar algún asunto que les parece im- 
portante se reúnen de noche los principales de la tribu por 
invitación del capitán, y cuando son varias las tribus reuni- 
das, sólo los capitanes; se ponen en cuclillas alrededor de 
un mate que contiene una bola de tabaco y agua; de vez en 
cuando sumergen el dedo en el agua, lo frotan sobre la bola 
de tabaco, y haciendo señal de asentimiento con la cabeza, 
lo van lamiendo, al mismo tiempo que con la garganta pro- 
ducen un sonido gutural semejante a un leve mugido, como 
aplaudiendo al que habla, si lo que dice es de su agrado. 

Aquella noche memorable, acabadas las danzas, cuan- 
do ya la mayoría de los indios estaban tendidos en sus ha- 
macas, el capitán nombrado Comisario Mayor llamó a los- 
Vicecornisarios, se pusieron alrededor del mate en la for- 
ma indicada y charlaron largo rato con grande animación. 
Estaba contemplando aquella escena, cuando se me acercó 
el capitán Comisario y me invitó a que los acompañara en 
la reunión, a fin de persuadirse de mi amistad; lo seguí in- 
mediatamente, y' sin saber lo que decían, cuando los del co- 
rrillo ponían el dedo en el tabaco y lamían, yo hacía lo 
mismo . Cada vez que esto hacía, ellos se alegraban en gran 



— 25 — 

manera y manifestaban su contento con gritos más fuertes 
que de ordinario; para mí era lo contrario; cada vez que 
me lamía el dedo, sentía un escozor en la garganta como si 
tomara ají, removiéndoseme desagradablemente el estóma- 
go, hasta producirme náuseas. Llamé al intérprete y le 
hice explicar lo que aquellos magnates decían con tanta 
solemnidad. Me refirió que hacían comentarios sobre todo 
lo sucedido durante los cuatro días de nuestra permanencia 
con ellos; comparaban sus tradiciones con las explicaciones 
catequísticas que yo les había hecho y con las láminas que 
habían visto en el Catecismo, y que mutuamente se anima- 
ban a cumplir las órdenes que les habíamos dado. A mi 
vez supliqué al intérprete que les diera las gracias en nom- 
bre de la Misión y del Gobierno por la buena voluntad que 
manifestaban y por la carifiosa acogida que nos habían he- 
cho. Después de una hora de aguantar aquella posición 
forzada y cayéndome de sueño, conseguí que levantaran Ja 
sesión, en otras circunstancias tal vez interesante, pero mor- 
tificante en demasía entonces. Antes de acostarme quise 
imponerme por el intérprete de cómo se preparaba aquel 
tabaco, y obtuve de él la siguiente explicación: "cogen ho- 
jas verdes de dicha planta, la hacen hervir hasta que se 
ablande; en este estado, exprimen el jugo en una olla y 
botan el bagazo. Hacen hervir este jugo hasta que empieza 
a espesarse, luego le mezclan un poco de casaramano y si- 
guen cocinándolo hasta que se condensa como miel; en este 
estado, lo dejan enfriar y se endurece. De este modo usan 
el tabaco mascándolo, y es tan fuerte, que en ocasiones los 
emborracha completamente . " 

vil 

El maguaré. 

Ahora digamos algo del famoso maguaré. Es un instru- 
mento de madera especial, muy fuerte y vibrante; de for- 
ma larga y ovalada; mide una vara y media o dos de lon- 
gitud y unos 150 o 200 centímetros de circunferencia los 
más grandes ; lo vacian a fuego lento, y por la parte externa 
superior le dejan dos agujeros cuadrados u ovalados, de 
unos 30 centímetros de circunferencia, a una vara de dis- 
tancia, unidos entre sí por una hendidura de una pulgada 
de ancho, que comunica con el vacío interior. Ese instru- 



- 26 

mentó lo colocan encima de un andamio de palos, a una 
altura de uno o dos metros del suelo; para hacerlo funcio- 
nar le dan golpes a los bordes de la hendidura con un mazo 
de madera revestido de caucho, y el sonido que produce 
lo perciben ellos a muchas leguas de distancias. Ordinaria- 
mente tienen dos maguares juntos, ya en un mismo anda- 
mio, ya en otro, pero siempre muy inmediatos; el uno, que 
es muy grueso, lo llaman el hombre o macho, llegando a 
pesar a veces de treinta a cincuenta arrobas, y su sonido 
es ronco y bajo; el otro es más pequeño y delgado, de so- 
nido más alto y agudo, y lo distinguen con el nombre de 
mujer o hembra. Para sus toques, combinan los sonidos de 
uno y otro, como se hace con las campanas . Estos ingenio- 
sos aparatos les sirven de telégrafo y teléfono sin hilos; se 
hablan a largas distancias unas tribus con otras, se piden 
auxilio cuando se creen en peligro, se invitan a fiestas, y 
los que todavía son antropófagos, se invitan a comer a los 
blancos o indios enemigos que hayan caído en sus manos, 
lo cual lo verifican en medio de bailes y fiestas macabras. 
Para la preparación e instalación de los maguares, usan un 
ritual muy largo y complicado, del que no me pude enterar 
bien por falta de tiempo. 



Por la misma razón de escasez de tiempo, tam.poco 
pude imponerme de otras muchas costumbres de esos sal- 
vajes. Por casualidad me enteré de una que me hizo com- 
prender el grado de salvajismo en que yacen. Vi un hom- 
bre acostado con la cabeza vendada y el rostro pálido; le 
pregunté qué tenía, y me contestó que estaba guardando 
dieta; me hice explicar en qué consistía su enfermedad, a 
ver si podía aliviarlo con algún remedio. Por la explicación 
que me dieron, vine en conocimiento de que estos indios, 
cuando les nace un hijo, el padre es el que se acuesta y 
guarda cuarenta días de dieta, durante los cuales no come 
sino carne de aves y manjares de los que acostumbran para 
los enfermos. Durante este tiempo cuida al recién nacido, 
le hace unas cuantas embadurnadas con resinas silvestres 
y otras tantas lociones en alguna quebrada de aguas crista- 
linas. Mientras tanto la madre trabaja en los quehaceres 
dom.ésticos y en buscar y preparar los alimentos para el ma- 




•a 



LD 



— 27 — 

rido, como si en ella no se cumpliera aquella sentencia del 
capítulo 3', versículo 16 del sagrado libro del Génesis, 

También por lo que pude ver, esa pobre gente tieae 
muy poco aprecio por el valor del tiempo, y nunca se pre- 
ocupa en calcular el esfuerzo del trabajo con el resultado del 
mismo. La prueba de esto es el hecho siguiente: cuando 
se aproximan sus fiestas, a fin de hacerse a cacería, cercan 
una grande extensión de monte con palitos bien tupidos; 
cuando la tienen bien cerrada, abren algunos agujeros por 
d©nde puedan salir los animales que hayan quedado den- 
tro, y en cada uno de estos pasos arman una trampa, en la 
cual quedan cogidos algunos animalitos, que en ningún caso 
compensan el tiempo gastado y el trabajo ímprobo que les 
cuestan todas estas cosas. 

VIII 
De Güepí al istmo de Caucaya — Tagua — Visita al Caquetá. 

En la mañana del 18 de abril nos despedímos de los 
huitotos de Güepí. Muchos de ellos nos acompañaron en 
un buen trecho de camino, y todos nos dieron al despedir- 
nos muestras de reconocimiento y cariño. Ese mismo día 
llegamos a la casa de Artemio Muñoz, a orillas del Putu- 
mayo, y nos preparamos para seguir el viaje al día siguien- 
te. El 19 dejábamos a Güepí en medio de la tristeza y ma- 
nifestaciones de cariño de los blancos, que por última vez 
se habían reunido en la casa de Artemio Muñoz para oír la 
santa misa y despedirnos. En medio día nos pusimos a la 
desembocadura del Caucaya, istm.o de La Tagua, sin otro 
contratiempo que habérsenos olvidado en Güepí una cara- 
bina y un paraguas. Como estos objetos nos hacían gran 
falta en el viaje, resolvimos mandar a nuestro capitán Fe- 
rrín a que nos los trajera; por fortuna en una de las islas 
del río encontramos un potrillo que nos sirvió a las mil 
maravillas para este objeto. En el Caucaya, mientras espe- 
rábamos el regreso del capitán Ferrín, resolvimos estudiar 
el istmo que separa el Putuma^^o del Caquetá. Fuimos has- 
ta este último río por una muy rudimentaria trocha, que nos 
condujo a la desembocadura y antiguo puerto de La Tagua. 
Medímos la distancia entre el Caquetá y el Putumayo, re- 
sultando 21 kilómetros. Atravesamos dos quebradas bas- 
tante grandes, que creím.os fueran las cabeceras del Cara- 
paraná, pero luego nos convencimos de que eran los orí- 



— 28 — 

genes de los ríos Cejerí y Curillá, afluentes del Putumayo, 
que quedan mucho más arriba del Caraparaná. En este 
istmo nos sobrevino de noche otra tempestad como la de 
que he hablado, pero con circunstancias mucho más agra- 
vantes. La primera la pasamos en una playa y en el río, 
donde no había peligro de morir aplastados por un árbol; 
en ésta, al horror producido por los rayos y truenos cons- 
tantes, se agregaba el que las frecuentes caídas de los árbo- 
les derrumbados por el espantoso huracán, hacían retum- 
bar la montaña, como si sonaran grandes cañonazos cerca 
de nosotros. Los árboles de nuestro alrededor, que nos cc^ 
bijaban con sus ramas, traqueaban con una pertinacia que 
nos tenía a todos sobresaltados; rezábam^os a la Virgen, auxi- 
liadora de caminantes y navegantes, con un fervor edifi- 
cante. Como lo chusco se mezcla siempre con lo serio, y lo 
sublime con lo ridículo, también en esos m^omentos de an- 
gustia y ansiedad nos tocó presenciar una escena, que des- 
pués de pasado el peligro nos divirtió en gran manera: el 
intérprete Vargas, acostumbrado como está a los usos de 
los indios, en los momentos en que estábamos afanados 
por los horrores de la tempestad, no pudiéndose contener, 
sahó del ranchito donde estaba con los otros bogas y em- 
pezó a soplar hacia los cuatro puntos cardinales, haciendo 
gesticulaciones y profiriendo extraños gritos, como dicen 
que lo hacen los brujos de las tribus donde él ha vivido. 
Por el momento poco caso hicimos de aquellas raras cere- 
monias, porque la preocupación principal de todos era el 
temor de morir aplastados por los grandes árboles que nos 
rodeaban, o carbonizados por algún rayo de los que se su- 
cedían sin interrupción; pero cuando ya pudimos reflexio- 
nar con serenidad, el pobre Vargas y sus brujerías fueron 
el tema principal que nos divirtió durante varias jornadas. 
El estudio que en aquella ocasión hicimos de aquel lu- 
gar, sirvió no poco para que la Comisión que el Gobierno 
Nacional nombró en 1920, lo escogiera como el punto más 
aparente para la fundación de la Colonia Penal del Putu- 
mayo, decretada por la Ley 24 de 1919. 

IX 
Del Caucaya aJ Carapai'aná — Entrada a la zona ocupada por el Perú . 

El 25 de abril seguímos por el Putumayo con desejs 
de llegar pronto a Yuvineto, ya que de lo que allí nos suce- 



— 29 — 

diera dependía en gran parte el éxito o fracaso de nuestra 
expedición, y sobre todo el rumbo definitivo de nuestro 
viaje. Si allí se nos impedía el paso, tendríamos que regre- 
sar para tomar alguna trocha que nos condujera al río Ñapo 
e Iquitos; y esto implicaba el tener que separarnos de los 
bogas con quienes estábamos ya familiarizados y quienes 
deseaban más que nosotros conocer el Amazonas y Manaos. 
Además, esta contrariedad nos impediría conocer y estu- 
diar las condiciones del Putumayo para la navegación. 

En todo el trayecto del Putumayo hasta el Caucaya 
poco molesta el mosco jején durante el día, ni tampoco 
el zancudo por la noche; pero de ahí para abajo, el Putu- 
mayo es casi inhabitable por las inmensas nubes de jején, 
zancudo y arenilla, especialmente en ciertos trayectos del 
río. Cuando uno se halla recogido dentro del toldillo, espe- 
rando que amanezca, parece corno si se encontrara rodeado 
de un avispero alborotado, tal es el ruido que producen di- 
chos insectos; y si al acostarse no se tiene la precaución de 
arreglar el toldillo de m^odo que quede bastante separado 
del cuerpo, no se limitan a hacer ruido, sino que al través 
de la tela van acribillando a picotazos al pobre mortal que 
no ha sido suficientemente precavido, en términos que por 
más dormido que uno esté lo despiertan y se ve precisado 
a defenderse . Hace algunos años que en un folleto del Ge- 
neral Rafael Reyes leí que eran tantos los moscos del Pu- 
tum.ayo, que bastaba dar un palmetazo con las manos, para 
que quedara en ellas una pasta formada por la muchedum- 
bre de moscos que con esta sola acción se aplastaban y que 
de noche era preciso cubrirse completamente con una grue- 
sa capa de arena, dejando únicamente en descubierto las 
narices para no asfixiarse, a fin de poder dormir y evitar 
las picaduras de los zancudos. Al leer estas afirmaciones 
me sonreí, pareciéndome una enorme exageración, pero 
confieso ingenuam.ente que después de haber pasado por 
dicho río, la exageración no me parece tan grande. En con- 
firmación de lo que acabo de decir, referiré las precauciones 
que teníamos que tomar para poder celebrar la santa misa; 
pero antes voy a permitirme una pequeña digresión, que 
no me parece fuera de lugar. La piedad de los expedicio- 
narios era ejemplar; todos los días, al laventarnos, lo pri- 
mero que hacíamos era celebrar la santa misa, que oían to- 
dos; el doctor Márquez la ayudaba auxiliado con el Cate- 



— 30 - 

cismo, y ademáis ^comulgaba diariamente y muchas veces 
también algunos de los bogas. Cuando llegábamos donde 
había gente, lo primero que hacíam.os era brindarles los ser- 
vicios y auxilios espirituales, como bautizar, confirmar, 
confesar, casar, etc. Por las noches nunca nos acostábamos 
sin haber rezado en común el santo rosario y todos pric- 
ticaban con gusto y devoción estos actos de piedad. Pues 
bien, del Caucaya para abajo, para celebrar la santa misa 
nos vimos precisados a destinar al capitán de la tripulación, 
para que con un abanico de plumas de cola de pava espan- 
tara las moscas que durante el santo sacrificio se prendían 
de la cabeza, pescuezo y manos del celebrante, con una 
pertinacia desesperante; y el doctor Márquez, para hacer 
de acólito, se veía precisado a taparse la cara y manos con 
una gasa que algo lo defendía de la voracidad insaciable 
de esa terrible plaga. Durante el día, en la canoa, o teníamos 
que taparnos completamente la cara y las manos, lo cual 
nos producía un calor insoportable, o era preciso rodearnos 
de espirales de humo de nidos de comején que encendía- 
mos, cuyo mal olor nos atontaba pronto la cabeza, al mismo 
tiempo que nos hacía lagrimear en abundancia. Con todo, 
a pesar de estas penosas precauciones, llegarnos a Manaos 
con las manos tan llenas de puntos negros, que se podían 
confundir con las de los descendientes de Cam. 

Después de estas explicaciones, que dan alguna idea 
de los trabajos que pasamos desde nuestra salida del Cau- 
caya, volvamos a seguir la relación del curso de nuestro 
viaje. En tres días y medio de navegación nos pusimos del 
istmo de La Tagua a Yuvineto. Este lugar, considerado mi- 
litarmente, es muy estratégico, está en el vértice de un in- 
menso ángulo que form^a el cauce del Putumayo. Hay dos 
casas grandes desde las cuales se domina perfectamente el 
río en una extensión de más de una legua, tanto hacia arri- 
ba como hacia abajo. En aquel tiem.po había allí ocho sol- 
dados y un Teniente, todos en apariencia palúdicos y en 
un estado de abandono que no parecían militares. Más de 
una hora antes de llegar, ya divisám.os las casas, y aunque 
ninguno de los que íbamos conocía eV punto, pronto com- 
prendimos lo que en realidad era. El rato que tardám.os en 
llegar lo pasamos en animados coment^iríos de lo que nos 
podía suceder, al mismo tiempo que estábamos todos poseí- 
dos de la más viva curiosidad y zozobra. Atracamos al des- 



- 31 — 

embarcadero, donde se nos acercó un soldadito que tenía ia 
cabeza y el cuello cubiertos con una especie de cofia, cuyas 
extremidades en forma de faldones le colgaban por el pe- 
cho y la espalda, indumentaria muy común en las regiones 
del Bajo Putumayo para defenderse de los mosquitos. Le 
preguntamos por el jefe y nos respondió que lo iba a llamar, 
al mismo tiempo que nos interrogó quiénes éramos. Le 
manifesté que era un Misionero, el doctor Márquez un com- 
pañero de viaje, y los demás los bogas . Inmediatamente se 
iue a comunicar al jefe lo que había oído, y que deseábamos 
hablar con él. Pronto bajó un individuo de aspecto anti- 
pático, con barbas negras como de enfermo, rostro blanco 
alabastrino, efecto del paludismo, en el cual resaltaba mu- 
cho la negrura de sus desgreñados pelos. Nos preguntó 
quiénes éramos y a dónde íbamos. Nuestra respuesta fue, 
poco más o menos, la misma que dimos al soldado. Nos 
exigió pasaportes, pero como no traíamos, dijo que siquiera 
le jinostráram.os algún documento que acreditara nuestra 
personalidad, pues aunque él creía que éramos gente res- 
petable y honrada, bien podía suceder que fuéramos unos 
bandidos o espías. Al oír esto, respondí inrhediatamente 
que no éramos bandidos y que sí podía acreditar mi carác- 
ter de Misionero, cuyos títulos traía, y diciendo esto le mos- 
tré mis documentos eclesiásticos; pero como estaban io- 
dos en latín, tan pronto como les hubo dado un vistazo, me 
respondió que a él aquello no le servía, y me exigió que le 
presentara algún documento escrito en castellano . Después 
de un múnucioso registro en mis papeles, no encontré otro 
para el caso que el nombramjlento de Viceprefecto Apostó- 
lico. Con disimulo pregunté al doctor Márquez si presen- 
taba o nó aquel documento, y fue de parecer que debía mos- 
trarlo. Lo leyó, se quedó pensativo y no dijo nada. Enton- 
ces se dirigió al doctor haciéndole la misma exigencia; y 
éste, como no encontrase otro documento a propósito, se 
vio precisado a presentar un telegrama de Bogotá, en que 
se le l'amaba Visitador Fiscal de la Nación . Desde que se 
impu-^o de los papeles aludidos, cambió un poco de moda- 
les. I e preguntamos si podíamos pasar, que era lo que más 
nos i'-teresaba, y nos contestó que sí. La respuesta nos re- 
goc^'ió sobremanera, y desde este momento se acabó la an- 
siedr '^ oue nos dominaba y que no podía menos de apare- 
cer ^" el exterior. Interrogamos a dicho señor si los que 



-- 32 — 

vivían allí eran militares, y nos contestó que nó, que eran 
caucheros de la casa Arana, y para hacernos creer mejor 
lo que nos decía, nos contó que en el Putumayo no se co- 
secha caucho fino sino una mezcla de varias gomas o jebes, 
con las que se forman tiras gruesas de caucho llamadas ra- 
bos del Putumayo, cuatro de los cuales constituyen un pago, 
o sea una arroba de caucho ; y que para extraer esas gomas 
no cortan los árboles, sino que pican uno de los lados del 
tallo en forma de espinazo de pez. Con todo, nos dijo que 
él tenía el título de Inspector del tráfico, y como tal debía 
averiguar y registrar todo lo que subía y bajaba por aquel 
sitio ; y en efecto, nos hizo examinar la canoa y los equipa- 
jes, pero lo hicieron con tal timidez, que no se dieron cuen- 
ta de nada; manifestó además que se llamaba Valdés Ra- 
mos y que sólo desde enero estaban allí, habiendo perma- 
necido ese sitio abandonado durante mucho tiempo. A 
pesar de lo que nos decía aquel señor, nos llamó en gran 
manera la atención y nos hizo dudar de que las cosas fue- 
ran como él decía, el hecho de ver en las chaquetas viejas 
que tenían puestas los tres o cuatro m.uchachos que apare- 
cieron en el embarcadero, unos ribetes colorados como los 
que se usan en los uniformes militares. Ofrecí al señor Ra- 
mos mis servicios apostólicos y me contestó que nada había 
que hacer, pues todos eran racionales (así llaman por allá 
a los blancos para distinguirlos de los indios ) , habían reci- 
bido el bautismo y eran casados , No nos invitó a subir a la 
casa, ni a nada, lo cual no nos disgustó, pues la catadura de 
toda aquella gente poca confianza nos inspiraba. Como re- 
feriremos a su debido tiempo, supimos después que el señor 
Ramos no era tal Valdés sino el Teniente Barriga, y los 
demás que vimos no eran peones de la casa Arana sino 
soldados del Gobierno del Perú, y que estuvieron delibe- 
lando un buen rato si nos apresaban o nó. 

Después de la escena apuntada, que duró una hora y 
media, seguímos viaje, dando gracias a la Santísima Virgen 
de poder continuar todos por el Putumayo al Amazonas. 

Impresionados por el mal aspecto de la gente de Yuvi- 
neto, por la soledad de aquellos lugares en donde no se en- 
cuentra un alma, y por lo mucho que habíamos oído contar 
sobre crímenes en el Putumayo, desde aquel momento 
resolvimos andar día y noche y no quedarnos nunca a dor- 
mir en aquellas desiertas riberas. Arreglamos en la misma 



canoa una especie de camarote donde podíamos dormir los 
dos pasajeros, aunque con alguna estrechez; y a los bogas 
jes ordenamos que uno fuera guiando la canoa como piloto, 
mientras los otros dormían, dejándola deslizar al solo im- 
pulso de la corriente, y que a cada cuatro horas se releva- 
ran; así anduvimos durante todo el trayecto del Putumayo, 
ocupado por el Perú. Al amanecer saltábamos a las playas 
o montes a celebrar la santa misa, y volvíamos a embarcar- 
nos inmediatamente después de concluido el augusto sa- 
crificio . 

Durante quince noches, algunas muy oscuras, que na- 
vegamos en esta forma por regiones desconocidas, no tuvi- 
mos sino dos sustos regulares. Fue el primero en un gran 
remolino situado entre Yuvineto y Caraparaná . Las vueltas 
de la impetuosa corriente cogieron al bote, impulsándolo a 
•que girara al, mismo compás de las aguas, a pesar de los es- 
fuerzos del piloto; éste, no dándose cuenta exacta de la 
clase de fuerza inusitada que quería arrebatarle la nave, 
tan dócil de ordinario a la dirección de su remo, gritó angus- 
liado: "¡Se hunde la canoa!" Despertamos todos sobresal- 
tados, pero, por dicha nuestra, cuando empezamos a pre- 
guntar de qué se trataba, ya la destreza del capitán había 
logrado sacarnos de aquel baile aterrador. El otro nos so- 
brevino entre el Igaraparaná y el Yaguas, y tuvo causas muy 
distintas. A las diez de la noche se desató una de aquellas 
imponentes tempestades de que hemos hecho ya mención, 
la cual levantaba encrespadas olas, que al mismo tiempo 
que casi hacían zozobrar la canoa, impedían su marcha des- 
cendente. El aguacero era tan fuerte, que al mismo tiempo 
que nos empapó, iba llenando la frágil barquichuela. Inten- 
tamos arrimar a una orilla, pero como la anchura del río 
en aquellos lugares se acerca a dos kilómetros, e íbamos 
bajando por la mitad del cauce, y la corriente impetuosa 
nos empujaba a seguir esta misma dirección, para conseguir 
la que deseábamos, los bogas tuvieron que acometer una 
lucha peligrosa y casi desesperada, que la oscuridad de ^a 
noche convertía en heroica. Mientras los animosos tripu- 
lantes luchaban a brazo partido con las olas y la corriente, 
el doctor Márquez y el que esto escribe, con una actividad 
febril, nos ocupábamos en sacar agua de la canoa con mates 
y tazas. En aquel sitio las orillas del río son bajas e inun- 

Un viaje por el Putumayo y el Amazonas — 3 



— 34 - 

dadizas, y como éste estaba en gran creciente o conejera, 
como llaman en el Putumayo a las grandes avenidas, cuan- 
do creíamos alcanzar tierra por los árboles que ya tocába- 
mos, tuvimos todavía que hacer mil maniobras para poner 
la canoa en varadero . Venciendo no pocas dificultades, con- 
seguimos prender una lámpara de petróleo que llevábamos. 
Guiados por esa luz pudimos evitar que la embarcación se 
nos hiciera pedazos entre aquellos árboles, pero al mismo 
tiempo nos hizo ver una gran culebra de tres o cuatro me- 
tros de largo, que se deslizaba junto a la canoa, con la cabeza 
levantada, como si quisiera subir o pasar la noche con nos- 
otros para reponerse del susto que los bogas le habían dado 
inadvertidamente en sus agitadas maniobras en medio de 
aquellas ramas. Esta inesperada visión nos acabó de enar- 
decer a todos para seguir venciendo dificultades y llegar 
pronto a tierra firme. Por fin, después de tres cuartos de 
hora de lucha tenaz, pusimos pies en barrialosa y acabamos 
de pasar aquella noche con un frío más que regular. Auxi- 
liados con el petróleo y la lámpara logramos prender fuego, 
que nos sirvió no poco para consolarnos y reanimarnos. 

En tres noches y dos días y medio llegamos al Cara 
paraná. Una hora antes de llegar a la confluencia de dicho 
lio nos encontramos con el colombiano César Niño, quien 
nos dio muchos datos y explicaciones de aquellos sitios 
Orientados por estos informes determinamos subir has- 
ta El Encanto, donde está la agencia principal de la 
casa Arana, y también ir a visitar a unos Padres Misio- 
neros ingleses que vivían en San Antonio, a unas seis ho- 
ras por tierra desde aquel punto. El encuentro de aquel 
colombiano podemos afirmar que fue providencial; de lo 
contrario, casi con seguridad habríamos pasado por la des- 
embocadura del Caraparaná sin darnos cuenta de que ha- 
bíamos llegado allí. Este río cae al Putumayo de Oriente 
c' Occidente, y el Putumayo corre de Occidente a Oriente, 
en largos trayectos, y especialmente en aquel donde recibe 
el Caraparaná . A la vista, su desembocadura hace el efecto 
de un brazuelo del Putumayo; y uno que rio conozca el 
terreno, si no pasa muy cerca de la orilla, lo cual no sucede 
cuando se navega aguas abajo, ni siquiera sospecharía que 
aquello sea un río distinto. Al pasar muy cerca de su des- 
embocadura, el color de las aguas del Caraparaná indica 
que son de otro río. 



35 - 



JbJnti'adu al í'araparaná — M Kncanto— Visita a los Padres Franciscanos en 
San Antonio—Censo de la población indígena del Caraparaná e Igaraparaná. 
Alf>:Rnajf costumbres de los indios — Curiosidad que despertó nuestra visita 

en aquellos sitios . 

En catorce horas de navegación aguas arriba por el 
Caraparaná llegamos a El Encanto. En este trayecto del 
río habían entonces unas diez familias colombianas o de 
colombianos que vivían con indígenas huitotos. Hablamos 
con todos ellos; nos contaron muchas cosas de los perua- 
nos, sobre todo acontecimientos sucedidos hacía ya mu- 
chos años. Nos manifestaron que a ellos no les daban tra- 
bajo en la empresa Arana, pero que tampoco los hostili- 
zaban, y que el único medio que tenían para ganar algún 
dinero, era vender carne de monte o peces a la agencia 
principal "de la empresa o a sus vapores. En El Encanto el 
Gerente de la casa Arana, señor Miguel de Loaisa, nos 
recibió muy bien y nos atendió con m.ucho esmero. Al 
manifestar nuestros deseos de visitar a los Padres Misio- 
neros Franciscanos en San Antonio, inmediatamente puso 
a nuestra disposición un blanco., empleado de la empresa, 
señor Carlos Seminario, y cuatro indios huitotos; el pri- 
mero para que nos sirviera de guía, y los segundos para 
que nos llevaran el equipaje. 

El Encanto lo componen tres edificios regulares y unas 
quince casas de paja, la mayor parte habitadas por indios 
huitotos. Los edificios pertenecen, uno a la casa de Arana, 
a la cual sirve de agencia y es de madera labrada con cu- 
bierta de cinc; otro, de propiedad del Gobierno Nacional, 
donde está el motor y maquinarias de la torre inalámbrica, 
sistema Telefuncke, que funciona allí; éste de cemento, 
con techo también de cinc; la torre es de hierro y mide 
unos 60 metros de altura; la maquinaria de la torre estaba 
a cargo de un mecánico alemán, pero el telegrafista era 
peruano. El tercer edificio sirve de cuartel a la guarnición 
militar de aquel sitio; es inferior a los otros dos en cuanto 
a solidez y valor, aunque superior en dimensiones. Aquella 
guarnición se componía de veinticinco hombres, coman- 
dados por el Capitán Udiales. Este señor, cuando supo lo 
que nos había sucedido en Yuvineto, se contrarió bastante 
y nos dijo que el sujeto que se había presentado como Ins- 



— 36 - 

pector del tráfico no era tal Valdés Ramos sino un Teniente 
Barriga, su subalterno, y los jóvenes que lo acompañaban, 
soldados del ejército peruano; agregó que el Putumayo 
constituía el primer sector militar de Loreto con tres guar- 
niciones: la de Yuvineto; la de El Encanto, residencia del 
Jefe del sector, y la de Taraparaná, en la frontera con el 
Brasil. Se lamentó de que tan mal representada estuviera 
su patria en la frontera de Colombia. Seguramente aquel 
seudo Valdés Ramos recibiría su buena reprimenda, por 
haberse puesto un nombre tan bonito; con todo esto, se 
confirmó una vez más la verdad de aquel adagio: "Más 
fácil es coger a un mentiroso que a un cojo." El Capitán 
U diales nos facilitó un pasaporte para que en la guarnición 
de Tarapacá, desembocadura de Cotué, no nos sucediera 
contrariedad alguna. El lugar de El Encanto es muy pin- 
toresco. Unas bellas lomitas, tapizadas de verde césped, 
cuyo asiento baña el río Caraparaná, formando dos gran- 
des herraduras, constituyen el área de población. En este 
lugar tiene la empresa de Arana una lancha de treinta to- 
neladas, llamada Callao, comandada por un portugués de 
apellido Tabares, y tripulada por indios huitotos. Con ella 
recogen el producto de todas las secciones que quedan cer- 
ca de los ríos navegables, a fin de que el vapor Liberal, que 
cada tres meses va de Iquitos a El Encanto y La Chorrera, 
encuentre la carga lista. Junto a la Callao amarramos nues- 
tro bote y observamos que era dos metros más largo que 
dicha' lancha . Les llarrió mucho la atención nuestra canoa 
z los vecinos de El Encanto, quienes no se cansaban de 
alabar sus magníficas condiciones, lo que nos llenaba de 
orgullo y satisfacción. 

El 3 de mayo, después de un desayuno-almuerzo ob- 
sequiado por el señor Loaisa, nos dirigimos a San Antonio. 
Salím.os de El Encanto a las nueve de la mañana, y a las 
dos de la tarde llegamos a la sección cauchera de Esme 
raída. Durante el camino pudimos observar lo que nos 
contó en Yuvineto el supuesto Valdés Ramos, sobre la 
m.anera como picaban los tallos para extraer la goma. A 
ambos lados de la trocha, muy ancha y bien arreglada, por 
donde pasábamos, vimos multitud de árboles picados en 
forma de espinazo de pez, por todos sus lados, los que 
indican distinta época; pues debe saberse que a cada árbol 
no puede hacérsele sino cada cuatro años una de esas pica- 



— :-?7 



duras laterales . La sección de Esmeralda se compone de 
unas dos tribus de indios huitotos, manejados por un blan- 
co. Allí se nos presentaron una multitud de indígenas 
completamente desnudos, sobre todo las mujeres. Los 
hombres, aun los más escasos de vestido, llevaban siquiera 
un pequeño delantal, como de una cuarta y media de largo 
por una de ancho, que les cubría siquiera lo más indispen- 
sable para no hacer avergonzar a los que los vieran; pero 
las del sexo débil, sólo llevaban unas pequeñas gargantillas 
en las muñecas y en los tobillos. En ese lugar nos cogió 
un soberbio aguacero en una de las grandes casas del ca- 
pitán de la tribu. Allí tocamos largamente el maguaré y 
pudimos comprobar que es cosa cierta que los indios oyen 
a largas distancias los sonidos de este singular instrumento. 
Teníamos que pasar del Caraparaná, y no habiendo canoa 
en el lado donde nosotros estábamos, nos fue preciso pe- 
dirla a una tribu que vivía en la otra banda, pero a unas 
horas de distancia de Esmeralda. Los que nos acompaña- 
ban dieron en el maguaré los toques que acostumbran para 
estos casos, y en el tiempo preciso que necesitábamos la 
embarcación, llegaron los indios con ella. Antes de que 
nadie hablara con ellos, el doctor y yo les preguntamos 
quién les había avisado, y nos respondieron que habían 
oído el maguaré. A las seis de la tarde llegamos a San 
Antonio. Los Padres Franciscanos Cipriano Burne, Sebas- 
tián Fitzpatrick y el Herm.ano fray B. Edwin O'Donell, 
nos recibieron con sorpresa, al mismo tiempo que con gran 
caridad y finas atenciones. Les conté en confianza el ob- 
jeto de nuestro viaje y quiénes éramos; y ellos a su vez 
me explicaron muchas cosas referentes a su situación y 
ministerio, y me suministraron datos estadísticos comple 
tos de los ríos Caraparaná e Igaraparaná. Por ellos supe 
que en 1912 el Papa Pío X les había enviado allí a raíz de 
la publicidad que se dio a los crímenes del Putumayo. 
Cuando dicho Pontífice publicó la Encíclica Lacrimabili 
Statu, se hizo en Londres una gran colecta para auxiliar 
a los salvajes del Putumayo. Lo que se colectó se depositó 
a interés en un establecimiento de crédito, y se dispuso que 
con los réditos se fundara y sostuviera una Misión católica 
que fuera el amparo y defensa de aquellos infelices. Esa 
región, según el mapa eclesiástico del Perú, forma parte 
del Vicariato Apostólico de Iquitos. Con todo, la Misión 



- o8 

de los Padres Franciscanos se estableció como indepen- 
diente, aunque siii excardinarla territorialmente de aquella 
entidad. Al principio vinieron cuatro religiosos sacerdotes, 
cuyo Superior tenía facultades de Prefecto Apostólico. 
Establecieron dos residencias: una en la región del Igara- 
paraná, en el caserío de La Chorrera, centro principal de 
aquel río, y otra en la del Caraparaná, en el sitio de San 
Antonio, antiguo San Gregorio, cuando en esa región te- 
nían sus empresas los colombianos Gregorio Calderón y 
hermanos. Los Padres fundaron escuelas en cada una de 
las residencias, pero casi sin ningún resultado, debido a que 
ni a los indios les gusta concurrir a ellas, ni por parte de la 
casa Arana, ni por la del gobierno del Perú, encontraron 
¿ipoyo alguno p^ra que obligaran a los indios a enviar sus 
hijos a educarse e instruirse. Su ministerio se reducía casi 
exclusivamente a bautizar indios párvulos sin uso de ra- 
zón y adultos en la hora de la muerte. Me dijo el Reveren- 
do Padre Cipriano que en seis años habían hecho dos casa- 
mientos y distribuido un número insignificante de comu- 
niones. Desde que estalló la guerra europea casi no 
recibían auxilio alguno; cuando pasamos nosotros, sólo 
celebraban dos veces por semana por escasez de harina y 
de vino, por lo que les obsequié un poco de harina de la 
que nosotros traíamos para hacer las hostias. Antes de la 
guerra recibían mensualmente provisiones y recursos de 
Inglaterra por conducto del Cónsul de Iquitos y de la Com- 
pañía Booth, cuyos barcos hacían viajes directos de Liver- 
pool a la capital de Loreto. Hacía ya dos años que el Re- 
verendo Padre Superior y otro de los Padres habían 
regresado a Europa por motivos de salud, y ellos esperaban 
que les llegara de un momento a otro la orden de regresar 
también. Efectivamente, en el mes de octubre de aquel 
mismo año se fueron para su patria, quedando de nuevo 
las regiones del Caraparaná e Igaraparaná espiritualmente 
desamparadas. 

Según el último censo levantado en 1917 por la casa 
Arana y que dichos Padres Misioneros me facilitaron, ha- 
bía en la región del Caraparaná 2,300 indios, todos huitotos, 
diseminados en las siguientes caucheras: El Encanto, cen- 
tro principal; Esmeralda, con la sucursal de San Antonio, 
residencia de los Misioneros; Argelia, con las sucursales de 
Pisaguas y Sebuas; Yabuyanas; Florida, con la sucursal 
Nonuyas; La Sombra, con la sucursal Frayes; Esperanza; 



_ ^9 — 

La India e Iberia (antigua Nueva Granada), sobre la orilla 
izquierda del Putumayo, cuatro horas más abajo de la des- 
embocadura del Caraparaná. Cada sección se compone de 
dos, tres o más tribus de indios, a órdenes cada una de su 
capitán respectivo. Las sucursales cuentan con menos in- 
dios. Cada capitán de tribu tiene su gran casa de reunión, 
como se dijo al hablar de los huitotos de Güepí, y en cada 
casa sus maguares. Estos capitanes están sujetos a un agen- 
te blanco que reside en cada sección, y éstos a su vez re- 
ciben sus órdenes directas del Gerente de El Encanto. 

En la región del Igaraparaná domina la casa Arana 
6,200 indios de distintas razas y lenguas, siendo los huitotos 
los más numerosos. Las razas con lengua propia son seis: 
huitotos, boras, andoques, recígaros (que sólo cuentan 50 
hombres de trabajo), ocainas y muinanes. Las estaciones 
de aquella región son las siguientes: La Chorrera, que es 
la principal, a orillas del mismo Igaraparaná; allí reside el 
Gerente de aquella región, que era entonces el señor 
Ubaldo Lores; hasta allí va cada tres meses el vapor Libe- 
lal a cargar caucho y balata. Dispone también de una lan- 
cha llamada Águila, para recoger el producto de las distintas 
secciones; esta lancha es un poco más pequeña que la 
Callao. Sección Sur, de indios huitotos; Oriente, de indios 
ceainas; Occidente, con la sucursal Emerayes, ambas de 
huitotos; Atenas, con la sucursal Charocamena, también 
de huitotos; Andoques, de indios andoques y boras; Saba- 
na, con las sucursales Nonuyes y Aimenas, de indios hui- 
totos, boras y recígaros; Entrerríos, con una sucursal, 
ambas de huitotos; Ultimo Retiro, con la sucursal Por- 
venir, de indios huitotos y muinanes; Abisinia, con la su- 
cursal Uvatipa, de indios boras, y Santa Catalina, también 
ae indios boras. Me informaron además los Reverendos 
Padres Misioneros que en la raza bora había aún muchos 
salvajes, a los cuales no habían podido someter los blancos, 
y que para éstos eran una verdadera amenaza, de tal ma- 
nera que no podían andar por las cercanías donde esos 
indios tienen sus centros, sin ir bien armados y en grupos, 
pues a uno solo, aunque vaya bien armado, le es muy difícil 
defenderse. En el año de 1917 hubo en el Igaraparaná un 
levantamiento de indios, parte de los sometidos y parte de 
los indómitos, quienes atacaron la agencia principal de 
•aquella región. Durante varios días hubo un nutrido tiro- 



- 40 — 

teo entre rebeldes y blancos e indios fieles . Los insurrectos 
se atrincheraron dentro de una casa rodeada de una mura- 
lla de bultos de caucho, en la que no penetraban las balas. 
De Iquitos acudió una compañía de soldados con una ame- 
tralladora, pero ni así consiguieron desalojar de sus posi- 
ciones a los levantiscos; sólo lo consiguieron cuando lo- 
graron incendiar el techo de la casa donde se guarecían, 
por medio de una pelota impregnada de petróleo, la cual 
{.rendieron y lanzaron sobre la casa. En esa ocasión los 
blancos del ígaraparaná se salvaron por haber hecho trai- 
ción algunos de los mismos mdios, quienes les avisaron 
con tiempo lo que se tramaba, y así pudieron prevenirse 
y repeler el ataque desde los primeros momentos. Muchas 
otras cosas me contaron los Padres sobre las relaciones de 
los blancos e indios. También sobre el apoyo que los em- 
pleados de la casa Arana prestaban a los Misioneros. Este 
apoyo fue casi siempre insignificante, por lo menos en la 
parte moral o a la que se refería al ministerio apostólico e 
mstrucción pública. No hostihzaban directamente a los 
religiosos, pero tampoco ejercían influencia sobre los indios 
para que se aprovecharan de sus labores apostólicas. La 
presencia de los Padres favoreció mucho a los indios, pues 
los Padres, tanto como Misioneros católicos, eran conside- 
rados como espías ingleses, y el temor de una intervención 
extranjera moderó a los caucheros. La primera mejora 
que se implantó con la llegada de los Padres a esas regiones 
fue el cambio de sistema en la manera de hacer trabajar a 
los indios. Antes, a los jefes de sección se les daba como 
honorarios un tanto por ciento de lo que recogían los indios 
que manejaban. Con este sistema "sucedía muchas veces que 
por el deseo inmoderado de lucro, se exigiera a los pobres 
indios tareas superiores a sus fuerzas, dando esto ocasión a 
crueldades y malos tratos por no cumplir lo que les era ma- 
terialmente imposible. Desde la llegada de los Padres se 
abandonó el sistema del tanto por ciento y se estableció el 
de sueldos fijos. Cuando nosotros pasamos por el Carapa- 
raná todos los empleados de la empresa Arana tenían sus 
sueldos, cualquiera que fuese el resultado del trabajo de los 
indios. Por lo que pudimos observar y también por lo que 
nos contaron los Padres Franciscanos, nos formamos la con- 
vicción de que hace algunos años no se registran casos de 
barbarie como los que se cuentan de tiempos anteriores. 



- 41 -- 

Unos colombianos, que cuando nosotros pasamos por El. 
Encanto vivían en el Caraparaná y después subieron a Puer- 
to Asís, m.e contaron que desde nuestra visita habían me- 
jorado ios pagos a los indios. ¡Quién sabe si sea verdad 
tanta belleza! 

Los indios que todavía viven sin sujeción a nadie son 
antropófagos, como lo .eran hasta hace poco los que están 
sometidos. Más todavía: se puede afirmar que los ancianos 
de las tribus ya conquistadas son aún antropófagos ^ y si 
se contienen, es por el miedo de ser castigados por los blan- 
cos, si continuaran con tan inhumana costumbre. Un em- 
pleado de la casa Arana quq ha pasado muchos años en las 
regiones del Caraparaná e Igaraparaná, me contó que uno 
de los trabajos más grandes que tuvieron al hacerse cargo 
de aquellas tribus, fue quitarles la bárbara costumbre de 
comerse los de una tribu a los de la otra cuando los cogían 
prisioneros en sus peleas. Para comerse a los que aprisio- 
naban, preparaban estos salvajes una gran fiesta con sus 
bailes respectivos. Durante dos o tres días invitaban a los 
de toda la tribu y demás tribus amigas con continuos toques 
de maguaré. Cuando llegaba el momento de empezar la 
fiesta, ataban al prisionero a un palo clavado en la mitad 
de la casa donde se celebraba la macabra ceremonia. Orga- 
nizaban un gran círculo de danzantes alrededor de la víc- 
tima y lo iban despedazando por partes a medida que el 
baile avanzaba, obedeciendo a ciertas señales del que lo 
dirigía: primero, le cortaban un brazo; después, el otro; 
luego las piernas una por una, y finalmente lo remataban 
con un golpe en la nuca. El señor que esto me contó me 
dijo que algunas veces los blancos al oír los toques del 
maguaré, corrían al lugar donde se iba a efectuar tan bár- 
bara fiesta, y valiéndose de fuetes y palos lograban despejar 
la casa y salvar a la víctima; y que a veces ocurría el que 
algunas de esas víctimas al verse libres, como que se entris- 
tecían y no querían huir, diciendo que era m.ejor acabar la 
fiesta y que se los comieran, teniendo por honor y orgullo 
poder demostrar a sus enemigos que son valientes y que 
pueden aguantar sin quejarse todo el odio y ferocidad de 
que son víctimas, lo cual demuestra el estado de degrada- 
ción moral de aquellos infelices . j Oh profundidades inson- 
dables del corazón humano! 



43 - 

Cuando yo contaba a los Misioneros Franciscanos la 
manera como en Colombia se trata a los indios, se queda- 
ron admirados. Les mostré el Decreto del Gobierno, nú- 
mero 1484 de 1914, sobre la manera de gobernar a los indios 
del Caquetá y Putumayo, y al verlo me dijeron que ni en 
Iquitos se conocían y mucho menos se aplicaban disposi- 
ciones tan .católicas y justas. Como se comprenderá, la 
premura del tiempo me impidió informarme detalladamente 
robre muchas otras costumbres de los indios. Con todo, 
alcancé a recoger algunos datos que creo oportuno dejar 
consignados aquí. Aquellos indios creen en la existencia 
de un Ser superior todopoderoso, a quien llaman Fusina- 
muy; este mismo nombre dan a todo aquello que tiene 
relación directa con ese Ser, según su manera de discurrir; 
así, llaman también Fusinamuy al Padre Misionero, por 
considerarlo representante de Dios. Reconocen también la 
existencia de un ser inferior, espíritu del mal, que denomi- 
nan Taifeño. Admiten la inmortalidad del alma y la vida 
futura. Rinden homenaje al sol, que llaman harria, y a la 
luna, que apellidan fuey. Entierran a sus muertos en la 
misma casa que habitaba el difunto, envuelven el cadáver 
en una hamaca nueva y lo sepultan con todos los utensilios 
de su propiedad. No tienen ceremonia especial de matri- 
monio. Cuando un indio desea casarse, se dirige al lugar 
donde reside su pretendida, desmonta un pedazo de terre- 
no, prepara leña para su futuro suegro y da en ofrenda al 
capitán de la tribu de su amada, una bolsa de coca o una 
bola de tabaco. Pasados unos quince días, el capitán men- 
cionado entrega al novio la mujer que pretende. En sus 
costumbres no existe la poligamia; solamente uno que otro 
capitán se ha atrevido alguna vez a tener dos o más muje- 
res. Todos los huitotos hablan el mismo idioma, con algu- 
nas modificaciones no sustanciales; es idioma muy sencillo 
y carece de artículos y conjugaciones. Ordinariamente lo 
hablan con una entonación prolongada bastante armoniosa. 

Medio día y una noche permanecimos con los Padres 
Franciscanos cambiando ideas e impresiones. Muy satis- 
fechos y agradecidos regresamos a El Encanto, por camino 
distinto. Pasamos esta vez por dos caseríos de indios o 
estaciones caucheras; la última se llamaba La Esperanza. 
En ambas observamos poco más o menos lo mismo que en 
Esmeralda. Dos o tres casas grandes de capitanes de tribu 



— 43 - 

y una o dos para los empleados blancos. Indios desnudos, 
algunos medio vestidos, y montones de caucho o gomas, 
parte en tiras largas, en forma de tallos de árboles, de unos 
40 centímetros de grueso (los rabos del Putumayo de que 
se nos habló en Yuvineto) . 

En El Encanto nos volvieron a recibir con toda ama- 
bilidad. Mientras fuimos a San Antonio, dejamos al prác- 
tico y al camarero, que estaban un poco enfermos de cule- 
brillas en los pies, para que cuidaran el bote Márquez y 
los equipajes. Al llegar nos contaron que los empleados de 
^g agencia, desde el mismo Gerente, los sometieron cons- 
tantemente a largos y minuciosos interrogatorios, para sa- 
carles quiénes éramos y a dónde íbamos; y como nunca 
oyeran nuestros nombres sino los que antes habíamos con- 
venido, como ya se explicó, pretendían saber también 
cómo se llamaban y cómo nos llamábamos. Como estaban 
bien aconsejados, supieron guardar el secreto y evadir to- 
das las preguntas capciosas. Lo mismo, aunque en forma 
más culta, hicieron conmigo y el. doctor. Me acuerdo que 
el señor Loaisa, seguramente para disimular más sus ver- 
daderas intenciones, buscaba las ocasiones propicias para 
encontrarnos los dos solos, y cuando lo consiguió me hizo 
un gran panegírico de la Orden de San Francisco y de lo 
mucho que en el Perú quieren a los Franciscanos, por ha- 
c-er sido estos religiosos de los que más se distinguieron 
en la catequesis y civilización de las tribus incas; pero al 
mismo tiempo que me hablaba de estas cosas, al parecer 
inocentes, introducía preguntas capciosas sobre lo que ha- 
bíamos hecho en Colombia, estábamos haciendo y pensá- 
bamos realizar, especialmente en las regiones del Caquetá 
V Putumayo. Así, nos veíamos precisados a responder con 
mucha circunspección, para no comprometernos ni contra- 
decirnos. 

La tarde antes de salir de El Encanto llegaron los indios 
de una sección, todos cargados con bultos de caucho; les 
causó gran admiración ver a un Padre con barbas; pronto 
me rodearon y conversaban con gran animación del Fusi- 
namuy (Misionero) colombiano. Algunos referían que 
habían conocido a otros Padres iguales, y les alcancé a oír 
los nombres de los Padres Basilio y Jacinto (Capuchinos). 
Iba correspondiendo al saludo afectuoso de cada uno, con 
cariñosas palmaditas sobre sus desnudas y sudorosas es- 



— 44 

paldas. Cuando en esta forma departíamos alegremente 
con esos salvajes, se oyó un grito de un empleado de la 
agencia, y en un instante me dejaron solo. 

Tuvimos ocasión de visitar La Chorrera y región del 
Igaraparaná, adonde se puede ir en una jornada de a ca- 
ballo por buena trocha; pero cQm.o comprendimos que poco 
les gustaba nuestra presencia en aquellos sitios, resolvimos 
proseguir nuestro viaje sin más demoras. 

XI 

Del Caraparaná al Anuizonas — Región desierta y causas que impiden coló- 
uizai'la — Canoas de tribus no conquistadas — Encuentro trágico-cómico con* 
Samuel ncgeroni — Entrada en el Putimiayo, colonizado por el Brasil. 
Puesto fiscal brasilei-o— Continuación del viaje en lancha brasilera — Indios 
del Igarapaianá en el Brasil — Nostalgia de sus tribus y su regreso — Lilegada 

aJ Amjizonas . 

El 5 de mayo salimos de El Encanto. Todos los em- 
pleados de la casa Arana nos despidieron con grandes aten- 
ciones. Este día pernoctamos en una casa de colombianos 
del Caraparaná, donde se reunieron todos los connacionales 
que vivían cerca de aquel sitio. Algunos de éstos tuvieron 
interés especial en que les bautizara y confirmara sus hijos 
y en que el doctor Márquez fuera su compadre, a lo cual 
accedimos gustosos. Como algunos de ellos hacía muchos 
años que vivían por allá, nos refirieron multitud de acon- 
tecimientos que habían presenciado, sobre algunos de los 
cuales habíamos oído ya vagas referencias, pudiendo de 
.este modo aclarar informes sobre hechos importantes pu- 
blicados y tal vez escritos con espíritu apasionado o ten- 
dencioso. Nos informaron también que todavía había 
algunos colombianos que servían como empleados en la 
casa Arana. Calculamos que entre los empleados de la casa 
peruana y los que vivían aparte, en casas propias, darían 
un total de 35 a 40 colombianos residentes en aquella región. 

En doce días y algunas noches nos pusimos del Cara- 
paraná a Cotué. Este trayecto del río está casi todo de- 
sierto; encontramos solamente unas doce casas a largas 
distancias, algunas — más o m.enos la mitad — eran de colom- 
bianos; una de un venezolano, y las demás de peruanos. 
En casi todas ellas ejercí el santo ministerio, bautizando, 
confirmando y presenciando uno que otro matrimonio. Las 



— 45 — 

^au5a.s principales de tan exigua población en el trayecto 
dei Futumayo ocupado por el Perú, han sido los procederes 
de la empresa Arana, la cual se considera dueña absoluta 
de las tribus más numerosas de aquella comarca. Cuando 
algunos de esos indios se han ido a trabajar con otros em- 
presarios independientes que han querido establecerse en 
aquella región, la casa Arana los ha mandado capturar, con 
comisiones especiales, a veces de indios mismos, dejando 
de esta mianera sin brazos apropiados a los pequeños indus- 
triales que a la vez serían colonos . Además, com.o la única 
navegación del Putumayo es la de la empresa Arana, basta 
que ésta se niegue a transportar productos y a vender ví- 
veres y mercancías, para que nadie pueda establecerse 
ventajosamente en aquellos lugares. Como no hay mal que 
por bien no venga, esta conducta de la empresa peruana 
no hay duda de que ha favorecido a Colombia, pues cual- 
quiera ve que es mucho m.ás fácil hacer un arreglo de lí- 
mites con mutuas concesiones, tratándose de terrenos* des- 
poblados, que no si el arreglo versara sobre regiones bien 
coionizadas por ciudadanos peruanos. Seguramente las 
circunstancias apuntadas no habrán dejado de influir en el 
Tratado de límites firmado en Lima el 24 de marzo de 1922. 

Desde la desembocadura del Igaraparaná hasta cerca 
del Yaguas, vimos varias canoas viejas, rundimientarias, 
vaciadas a fuego y sin pulir por la parte exterior, abando- 
nadas en medio de palizadas o entre las malezas de las ori- 
llas del Putumayo. Al averiguar quién construía y usaba 
aquellas embarcaciones, supimos que eran potrillos de los 
salvajes que no han entrado aún en relaciones con los blan- 
cos, y que para fabricarlas se sirven de hachas de piedra 
V del fuego. La aparición de embarcaciones de esta clase en 
cualquier río o quebrada es señal cierta de que no muy 
lejos hay infieles; y los caucheros o cualquiera persona 
que ande por aquellos parajes debe tomar precauciones para 
evitar sorpresas desagradables. Las grandes y súbitas ave- 
nidas de los ríos y quebradas suelen arrastrar esas embar- 
caciones por descuido o imprevisión de sus dueños, deján- 
dolas abandonadas e inservibles en aquellas riberas. 

El 13 de mayo, después de siete días de no encontrar 
^. nadie ni ver huellas humanas, advertimos que subía una 
gran canoa por la orilla izquierda del río, e inmediatamente 
dirigimos hacia ella la nuestra, movidos por el deseo que 



— 46 - 

teníamos de saber cuánto nos faltaba para llegar al Amazo- 
nas. Nuestra sorpresa fue grande cuando notamos que así 
que nos vieron, arrimaron a la orilla y algunos de los que 
iban en la canoa saltaban a tierra, como huyendo de nos- 
otros o preparándose para atacarnos, al mismo tiempo que 
uno de los que quedaban en la embarcación se levantó 
súbitamente y apuntó hacia nosotros. Todos instintiva- 
mente gritamos: ¡no disparen!, pero antes de acabar de 
pronunciar estas palabras, oímos la detonación y vimos que 
se dirigían apresuradamente en su canoa hacia nosotros . 
Durante algunos momentos fuimos presa de viva ansiedad 
V temor, pero pronto nos tranquilizamos, porque nos dimos 
cuenta de que recogían algo flotante en la corriente. Habían 
disparado con una carabina a un pato real que nadaba en 
dirección nuestra, y le habían destrozado el cuello. Nos 
acercamos a saludar a aquellos individuos, quienes nos 
dijeron que venían del Ñapo y entraban por primera vez 
en él Putumayo. El patrón se llamaba Samuel Rogeroni, 
ecuatoriano de prosapia italiana, y sus peones eran indios 
incas de aquel río . Nos regaló el pato que acababa de matar 
y nos dijo que al vernos se había asustado creyendo que 
éramos gente de la casa Arana, que íbamos a impedirle 
sus trabajos, y que por esta razón había hecho desembar- 
car parte de sus peones para que pudieran ver, escapar y 
dar cuenta, si algo les sucedía. Nos informaron del lugar 
donde estábamos, que era a unas pocas leguas más abajo 
de la confluencia del Igaraparaná. Conversamos un rato, 
nos reímos del miedo mutuo que nos habíamos causado / 
nos despedímos con la mayor cordialidad. 

Hacía cuatro días que nuestro camarero no podía mo- 
verse a causa de una maligna erupción de culebrilla o saba- 
ñones que le invadían las piernas, y nos vimos precisados 
cj demorarnos un día en una de aquellas desiertas playas, 
a fin de curarlo con más detención y cuidado, pues a pesar 
ae que todos los días le aplicábamos remedios a mañana y 
larde, la infección se iba haciendo más extensa, pero con 
las especiales aplicaciones que ese día le hicimos, pudimos 
atajar el mal y lograr que no tardara mucho en reponerse. 
Aprovechamos esta ocasión para lavar la ropa, limpiar com- 
pletamente el bote Márquez, y también enviar a cacería al 
práctico y marinero, quienes volvieron con algunos monos 
y paujiles que buen servicio nos hicieron. 



- 47 -- 

El 17 de mayo, a las tres y media de la tarde, atraca- 
mos a Tarapacá, puerto militar peruano, situado en la des- 
embocadura del Cotué, banda derecha del Putumayo. Por 
este sitio pasa la línea limítrofe entre Perú y Brasil, acor- 
dado en 1852, aunque con la protesta de Colombia. Esta 
línea arranca de Tabatinga, sobre el Amazonas, cerca de la 
confluencia del Yavarí, y en dirección norte va a dar a la 
bocana del Apoporis en el Caquetá; corta el Putumayo en 
la desembocadura de Cotué, por la banda derecha; y por 
le izquierda, a una legua y media más arriba en la con- 
fluencia de una quebradita que no tiene nombre. Consti- 
tuyen a Tarapacá dos casas regulares con una pequeña 
guarnición de un Teniente, un Sargento y tres soldados 
El Teniente de ese entonces se llamaba Osear Ceballos 
Ortiz; nos recibió con algún recelo, pero le presentamos el 
pasaporte que en El Encanto nos falicitó el Capitán Udia- 
les. A la vista de ese documento se volvió más amable, 
le puso su visto bueno y nos preguntó si llevábamos algún 
indio de las regiones del Caraparaná e Igaraparaná o de 
cualquier otro punto del Putumayo ocupado por el Perú. 
Le respondimos que nó; nos exigió los nombres de todos 
los que íbamos y nos dio el pase sin ninguna dificultad. 
Nos despedímos costésmente, y desde este momento en- 
tramos en territorio colonizado por los brasileros. Desde 
este punto a la desembocadura del Putumayo, unas 40 
leguas por el curso del río, hay una multitud de fincas a 
lado y lado; probablemente pasan de ciento. 

Ya entrada la noche, llegamos a la casa de un brasi- 
lero, llamada El Retiro, pernoctamos allí y pasamos en ella 
ia Pascua del Espíritu Santo, que fue al día siguiente. El 
dueño de' El Retiro se llamaba Martiniano Cardoso ; nos 
contó que había acompañado al General Gamboa en La Pe- 
drera y que con anticipación había advertido a dicho Jefe 
de las intenciones de los peruanos y muchas otras cosas 
referentes a aquellos sucesos. También nos habló larga- 
mente del río Caquetá y de sus pobladores de la parte baja, 
de la Compañía colombiana Félix Mejía Angarita, estable- 
cida en aquellas regiones, y de otros muchos asuntos que 
sería largo enumerar. Allí oí hablar por primera vez la 
lengu^ portuguesa. Al oírla me hizo el efecto de una mez- 
cla de catalán chapurrado y castellano mal pronunciado, 
de manera que en seguida entendí perfectamente el por- 



- 48 — 

tugues, aunque no puedo decir lo mismo respecto a ha- 
blarlo. El lunes del Espíritu Santo, a las dos horas y media 
de haber salido de El Retiro, llegamos a Ipiranga, puesto 
fiscal brasilero, en la banda derecha del Putumayo. Hay 
en ese lugar aduana con su resguardo y una buena lancha 
de vapor. El Secretario — scriváo en portugués — encargado 
de la Jefatura, señor Miguel Texeira de Melho, nos recibió 
muy bien y nos informó que el Jefe, señor Juan Miguel 
Pinto Riveiro, estaba ausente en uso de licencia. Hablamos 
largo sobre el objeto de nuestro viaje, que le pareció a él 
magnífico, y nos animó mucho a que lo efectuáramos, di- 
ciéndonos que en Manaos encontraríamos con toda seguri- 
dad muchos que secundarían nuestros deseos ; nos dio datos 
muy interesantes sobre el comercio y comunicaciones de 
aquella región, y puso a nuestras órdenes la lancha del res- 
guardo para que nos llevara hasta el Amazonas. Pasamos 
un día en este lugar, donde se reunió bastante gente de las 
fincas vecinas, que tan pronto como supieron que había 
llegado un sacerdote acudieron a hacer bautizar algunos 
niños. Bauticé una docena, y con motivo de esto y de los 
compadrazgos organizaron una gran fiesta que terminó con 
animados bailes al son de victrolas. Al día siguiente conti- 
nuamos viaje en la lancha Sergipe, que así se llamaba la 
del resguardo, y en dos días llegamos al Amazonas. Varias 
veces paramos durante ese trayecto para que la lancha to- 
mara leña o llamados por los habitantes de las fincas ribe- 
reñas, que deseaban hablar con el Comandante de la em- 
barcación, señor Luis vSuárez Ramos, hombre muy estimado 
en todo aquel trecho del río . Todas estas demoras las apro- 
vechaba para administrar el santo bautismo a los que lo 
solicitaban. Bauticé unos veinte. Con el señor Suárez 
Ramos, hombre muy práctico y conocedor de esas regiones, 
tuvimos largas e interesantes conversaciones sobre comer- 
cio, geografía y costumbres locales. Entre otras cosas me 
contó un hecho que pinta a las mil maravillas la inconstan- 
ria de los pobrecitos indios y que recuerda las rebeldías del 
pueblo de Israel, cuando a pesar de las gracias continuas 
que Dios Nuestro Señor les concedía en el desierto, suspi- 
raban nuevamente por las ollas de Egipto, prueba de que 
c la desgraciada humanidad seduce tanto el espejismo de 
los recuerdos como la esperanza de un bien, incapaz en 
todo caso de satisfacer el corazón humano creado para co- 



— 49 — 

sas más grandes. El hecho es el siguiente: un día se pre- 
sentaron al Jefe del puesto fiscal brasilero don Juan Miguel 
Pinto Riveiro, unas veinticinco familias de indios boras 
escapados del Igaraparaná; le dijeron que querían estable- 
cerse en el Brasil, y le contaron horrores respecto del trato 
que les daban en sus tribus. Este señor, hombre muy hon- 
rado, de corazón noble y profundamente cristiano, se com- 
padeció de ellos y los colocó en una finca que tiene en 
Atú, sobre la orilla izquierda del Putumayo, unas seis le- 
guas más abajo de Ipiranga, y les dio facilidades para que 
pudieran establecerse con toda comodidad. Construyeron 
cuatro o cinco casas grandes, como las que acostumbran 
en sus tribus. Les proporcionaba víveres, mercancías y 
medicinas para alimentarse bien, vestirse mejor y curarse 
en sus enfermedades. Cualquiera supondría que lo más 
natural era que los indios agradecidos perseveraran a las 
órdenes de este señor, que los quería y trataba como si fue- 
i'¿ su padre. No obstante, no fue así; después de algún 
tiempo de disfrutar de aquel buen trato empezaron a tener 
largas conversaciones con el Comandante del vapor Libe- 
ral, cada vez que pasaba por aquel lugar; y un día, en me- 
dio de la estupefacción de todos los que lo presenciaron, 
aquellos infelices salvajes, con muestras de alegría y como 
quien alcanzaba un triunfo, se embarcaron todos en el va- 
por peruano para volver al Igaraparaná a sujetarse a la 
misma cautividad que antes habían abominado. ¡Desen- 
gaños de la vida! ¡Cuántas veces a los pobres Misioneros 
les suceden lances de esta clase! Podría contar más de un 
caso semejante de los que me han ocurrido. A veces cree 
uno estar rodeado del afecto de aquellos a quienes hace 
el bien y para quienes se sacrifica, y cuando menos lo sos- 
pecha, se encuentra solo y abandonado. No obstante, 
esto es de gran provecho para el alma, puesto que enseña 
de un modo absolutamente convincente que sólo Dios no 
te muda y que únicamente a aquel que a Dios y por Dios 
trabaja nada le falta. En la desembocadura del Putumayo 
al Amazonas pasamos cuatro días esperando que pasara el 
vapor de la Compañía de The Amazon River, que hace 
viajes mensuales de Belén del Para a Iquitos, y viceversa. 
Nos informaron que dentro de pocos días bajaría a Iquitos 
el vapor Cuyabá. Esos días los pasamos en Puerto Amé- 

Un viaje por el Putumayo y el Amazonas— 4 



- 50 - 

rica, caserío situado en una isla del Amazonas, frente a la 
bocana del Putumayo, cuyo dueño era entonces un peruano 
llamado Aníbal Carranza. Visitamos también algunas fin- 
cas vecinas y el caserío de San Antonio — Santo Antonio de 
Icá, que llaman los brasileros, — que es el núcleo de pobla- 
ción más antiguo y principal de aquellos alrededores ; cons- 
ta de unas quince o veinte casas, con una iglesia pequeña, 
cubierta de teja y bastante desmantelada, y de unos cien 
habitantes . 

Este caserío está situado en una altiplanicie sobre la 
margen izquierda del Amazonas, media hora más abajo de 
la confluencia del Putumayo. Varias veces han tenido que 
cambiarlo de sitio, debido a los derrumbes producidos por 
]as crecientes y m.ermas del gran río. 

XII 

Distancias del río Putiunayo — Sus principales afluentes — Trochas comer- 
ciales y estratégicas — Censo etnográfico — Facilidad con que los indios ven- 
cen las dificultades que ofrece el andar por las selvas vírgenes. 

Antes de dejar el Putumayo creo conveniente dar al- 
gunos datos más sobre este famoso río. Durante todo el 
viaje fui tomando con brújula los rumbos de la corriente; 
en general, su dirección varía entre Sureste y Noreste. Las 
distancias aproximadas calculadas por el andar de la canoa, 
en una legua por hora, bajando y midiéndolas por el curso 
del mismo río, el cual tiene muchas y grandes vueltas, son 
las siguientes: de Puerto Asís a San Miguel, 25 leguas; de 
San Miguel a Güepí, 14 leguas; de este último punto a Cau- 
caya, 12 leguas; de Caucaya a Yuvineto, 29 leguas; de Yu- 
vineto al Caraparaná, 42 leguas; de éste al Igaraparaná, 82 
leguas; del Igaraparaná a Cotué, 84 leguas; de Cotué a la 
confluencia del Putumayo, 40 leguas; total, de Puerto Asís 
al Amazonas, 328 leguas. 

Son muchos los grandes ríos que contribuyen a aumen- 
tar el caudal del Putumayo. Por la banda derecha pode- 
mos anotar como principales los siguientes, de los cuales 
indicamos a la vez lo ancho de su desembocadura: el 
Cuembí, seis leguas abajo de Puerto Asís, 80 metros; el 
Puñuña, una legua antes de la confluencia del San Miguel, 
30 metros; el San Miguel, fronterizo con el Ecuador, 300 
metros; Güepí, 120 metros; el Peneya, tres leguas abajo 




O 



UJ 



- 51 — 

del istmo de La Tagua, 100 metros; el Yaricaya, a diez le- 
guas y media del Peneya, 50 metros; el Anquisilla, a doce 
leguas del anterior, 100 metros; el Yuvineto, 100 metros; 
el Campuya, veinte leguas abajo del Yuvineto, 200 metros; 
el Eré, a veinte leguas del Campuya, 50 metros; el Inca, a 
cincuenta leguas del Eré, 30 metros; el Algodón, a quince 
leguas del Inca, 100 metros; el Mutú, a treinta leguas del 
Algodón, 100 metros; el Esperanza, a treinta y cinco leguas 
del Mutú, 50 metros; el Yaguas, a diez y ocho leguas del 
Esperanza, 150 metros; el Cotué, a diez leguas del Yaguas, 
200 metros; el Puritú, a diez y ocho leguas de Cotué, 100 
metros ; el Molino ( Muinho en brasilero ) , a siete leguas de 
Puritú, 70 metros, y el Yacurapá, a doce leguas del Molino, 
200 metros. Por la banda izquierda recibe: el Cocayá, una 
hora abajo de Puerto Asís, 40 metros; el Piñuña grande, 
a quince leguas de Puerto Asís, 80 metros; La Concepción, 
cuatro leguas abajo de San Miguel, 50 metros; el Caucaya, 
100 metros; el Cejerí, a cuatro leguas abajo del Caucaya, 
50 metros; el Curilla, a cuatro leguas del Cejerí, 80 metros; 
el Caraparaná, 200 metros ; el Esperanza, a cuarenta y ocho 
leguas del Caraparaná, 50 metros; el Buriburi, a veinte le- 
guas del Esperanza, 100 metros; el Igaraparaná, que es sin 
duda el mayor afluente del Putumayo, 300 metros; el Pu- 
puña, a cuarenta leguas del Igaraparaná, 100 metros; el 
Porvenir, a veinticinco leguas del Pupuña, 100 metros; el 
Yapacuá, a once leguas antes de la desembocadura del Pu- 
tumayo, forma un gran lago, y el Carará, que forma tam- 
bién un gran lago, le cae siete leguas antes de la confluen- 
cia en el Amazonas. Todos los ríos indicados son navega- 
bles en sus cursos inferiores por vaporcitos o lanchas; al- 
gunos en extensión de muchas leguas. El Putumayo desde 
Yuvineto para abajo se explaya tanto, que en algunos lu- 
gares llega hasta dos kilómetros de anchura. Con todo, 
como el terreno es siempre sinuoso, de repente, después 
de algunas de esas explayadas, su cauce se estrecha tanto 
entre lomitas, que queda reducido a 200 o 300 rhetros, for- 
mando a la vista del viajero un efecto tan raro, como si el 
río se acabara. En estas angosturas el río alcanza grandes 
profundidades y su corriente es muy impetuosa, aunque 
no ofrece dificultad alguna para la navegación a vapor. 
Especialmente hay dos de estos estrechos que son muy 
notables y se conocen ambos con el nombre de Paso de las 



- 52 - 

Termopilas. El primero queda cuarenta leguas más abajo 
de la confluencia del Caraparaná, y el segundo a cincuenta 
leguas más abajo de la del Igaraparaná. 

En cuanto a trochas que comunican al Putumayo con 
otros ríos, las más notables de Puerto Asís para abajo son: 
la de Güepí a Lagarto Cocha, y la del istmo de La Tagua, 
de las cuales se ha hablado ya; la de Yuvineto a Pantoja, 
sobre el río Ñapo, que tiene unas diez y seis leguas aproxi- 
madamente; por ella se comunican con mucha frecuencia 
las guarniciones militares peruanas establecidas en aque- 
llos puntos. De Rem.olino, sitio entre Yuvineto y Carapa- 
raná, va otra a las cabeceras de este último río. Esa trocha 
tiene aproximadamente unas cuatro leguas, y por ella los 
de Yuvineto pueden acortar mucho las distancias para tras- 
ladarse a El Encanto. De las mismas cabeceras del Cara- 
paraná arranca otra que va a dar a Las Delicias o Puerto 
Pizarro, en la confluencia del río Caguán con el Caquetá. 
Le calculan de seis a ocho leguas . De la desembocadura del 
Campuya también sale una que va al río Tamboryaco, 
afluente del Ñapo en su banda izquierda, pero es muy larga 
y poco transitada. Del Caraparaná parte otra hasta el ca- 
serío de Mazan, en el Ñapo, y de allí a la capital de Loreto. 
De ésta se sirven los de El Encanto y Chorrera para man- 
dar recados urgentes a Iquitos. En La Chorrera hay otra 
que comunica este punto con El Cohuinarí, afluente del 
Caquetá en su banda derecha; por ésta se pueden comu- 
nicar los peruanos con el Bajo Caquetá con mucha faci- 
lidad. Hace algunos años que desde el Igaraparaná arras- 
traron por trocha al Cahuinarí una lancha que todavía está 
allá, aunque inservible. Toda la región que ocupan las 
tribus conquistadas del Caraparaná e Igaraparaná está llena 
de magníficas trochas, y ya hemos dicho que de El Encanto 
a La Chorrera se puede ir a caballo en una jornada. La 
parte colonizada por el Brasil está también cruzada de tro- 
chas en todas direcciones. 

Los habitantes del Putumayo, de San Miguel al límite 
brasilero, son muy escasos. En Güepí y sus alrededores, 
hasta Yuvineto, contando blancos, indios huitotos y maca- 
guajes, no pasan de 300 personas. En Yuvineto con la 
guarnición militar hay unas 20 almas. En las regiones del 
Caraparaná e Igaraparaná se cuentan 8,500 indios, mane- 
jados por la casa Arana, y algunos que todavía no se han 



■■- 53 - 

dejado dominar. Se ignora el número de éstos, pero por 
cálculos muy bien formados, se ha llegado a la convicción 
de que los de la cuenca del Putumayo son muy pocos, 
mucho menos de la tercera parte de los ya conquistados. 
En estas mismas regiones viven unos 150 blancos: 100 em- 
pleados de la casa Arana y unos 50, la mayor parte colom- 
bianos, diseminados, trabajando independientemente. Nos 
informó el señor Samuel Rogeroni que en las cabeceras 
del Algodón habitaban unos 150 indios orejones, que él 
manejaba. Se nos dijo que en el Yaguas y su cuenca había 
unos 60 indios de varias procedencias, manejados por un 
señor Mariano Córdoba, peruano, con quien hablamos y 
quien nos confirmó esos informes. El ya citado Rogeroni 
nos dijo también que en las cuencas y riberas del Cotué, 
de donde venía cuando lo encontramos, había hallado va- 
rias viviendas de salvajes no sometidos, que daban idea 
de ser unos 200 o 300. En el trayecto del Igaraparaná al 
Cotué, en distintas viviendas a las orillas del Putumayo, 
hallamos unas 50 personas entre indios y blancos. Los 
blancos son peruanos, colombianos, y cerca del Cotué, bra- 
sileros. En el trayecto colonizado por el Brasil ya indiqué 
Gue había como unas cien haciendas; en estas haciendas 
hay bastantes blancos y también indios, y algunas parecen 
caseríos . De modo que sin temor de equivocarme, creo que 
st pueden calcular en 2,000 los habitantes de ese trayecto 
del Putumayo. Muchos de los indios que viven en esas 
haciendas son oriundos del Igaraparaná. A pesar de que la 
guarnición de Tarapacá en Cotué tiene un cuidado especial 
en no dejar pasar ningún indio sin pasaporte de la casa 
Arana, muchos se han trasladado al Brasil burlando esta 
vigilancia. Para conseguirlo han tenido que andar largas 
jornadas por entre la selva virgen, pero esto para ellos no 
es problema muy difícil de resolver, ya que los indios en 
el monte encuentran toda clase de recursos, como nosotros 
cuando andamos en países poblados y civilizados. Es ad- 
mirable el modo como se orientan y vencen dificultades. 
El sol es su brújula segura durante el día, y la luna y las 
estrellas les guían admirablemente de noche. Encuentran 
frutas y plantas para alimentarse; cuando no hallan aguas 
corrientes, apagan su sed con agua de guadua y con sabro- 
sos líquidos de distintos bejucos. De un árbol cuyo nom- 
bre no recuerdo sacan una especie de mechas o teas que 



— 54 — 

arden sin apagarse fácilmente, y con ellas se alumbran 
para andar de noche. Sus flechas y lanzas les sirven a las 
mil maravillas para proveerse de carne. Cuando en la mar- 
cha se encuentran atajados por algún gran río, lejos de des- 
animarse, con la mayor naturalidad del mundo cortan una 
palma de las que llaman chuchanas, que ordinariamente 
forman en su tallo abultadas y prolongadas combas, se sien- 
tan encima de una de éstas, y sirviéndose de una astilla de 
la misma chonta como canalete o remo, atraviesan el río 
con la misma facilidad que un blanco en buena canoa. Su 
mayor cuidado cuando andan de huida es no dejar huella 
alguna con que los puedan seguir, pues los indios del Ca- 
raparaná e Igaraparaná saben que la casa Arana tiene un 
cuerpo de vigilancia formado de indígenas fieles a la em- 
presa, a quienes tratan muy bien, los cuales cuidan de per- 
seguir a los que huyen, empleando a veces meses enteros 
en esta ocupación, y si los llegan a coger son castigados 
con severidad, para escarmiento propio y de los demás. 

Dejemos ya el Putumayo y volvamos al Amazonas, 
para llegar pronto a Manaos, pues esta relación se va alar- 
gando demasiado. 

XIII 

De la confluencia del Putiunayo a Manaos — ^Divei-sos nombi*es del Ama- 
zonas, Putumayo y Caquetá — Encuentro con el Reverendísimo Padre Pre- 
fecto Apostólico del Alto Solimoes — División eclesiástica del Estado del 
Amazonas — Seguridad de conseguir lancha en Manaos — Motores que ense- 
ñan a remar — Recibimiento de Obispo— Entrada a Ríonegro — Llegada a 
Manaos y pérdida del equipaje. 

Los peruanos dan al Amazonas el nombre de Marañón 
desde su origen hasta que se junta con el Ucayali, cerca 
de Iquitos; de allí en adelante recibe el propio nombre de 
Amazonas. Los brasileros lo denominan Alto Solimoes, de 
Tabatinga a Teffé; Baixio Solimoes, de Teffé a Manaos, y 
Baixio Amazonas, de Manaos al Atlántico. Al Putumayo 
lo llaman los brasileros Icá, y Yapurá al Caquetá. El Ama: 
zonas forma tres grandes brazos en la desembocadura del 
Putumayo. Para chimbar en canoa el de la confluencia se 
gasta hora y media. Estos datos dan una pequeña idea de 
la inmensidad de aquel gigante que con razón lo llaman 
Mar Dulce o Mediterráneo de Sur América. El Putumayo 



- 55 — 

j€ convierte en un pigmeo en presencia de aquel coloso; 
al perder su nombre forma un regular delta, como aver- 
gonzándose de la pequenez que hasta entonces había os- 
tentado, con una majestad imponente ante quienes lo na- 
vegábamos por primera vez y no conocíamos río mayor. 
Después de tener la retina acostumbrada a las anchuras del 
Amazonas nos parecía imposible que aquél fuera el Putu- 
mayo, que antes habíamos conocido. En los cuatro días 
que esperamos el vapor Cuyabá en Puerto América, deter- 
minamos dejar colocados en casas honorables de buenos 
amigos a nuestros fieles compañeros el capitán, el práctico 
y el marinero, a fin de que nos aguardaran allí hasta nuestro 
regreso. El plan nos salió muy bien, porque tan pronto 
como expusimos nuestros deseos a esos buenos amigos, nos 
manifestaron que recibirían a nuestros bogas con mucho 
gusto, aunque ellos lo habían tenido mayor en no separarse 
de nosotros. Desde que nos embarcamos en la lancha Ser- 
gipe, en la frontera brasilera, nuestro Bote Márquez siguió 
a remolque. Muchos querían comprarlo, aun el mismo Jefe 
del resguardo; pero como ignorábamos la suerte que nos 
esperaba al regreso, resolvimos dejarlo recomendado a un 
buen amigo de San Antonio. 

El 27 de mayo a las nueve de una hermosa y despe- 
jada mañana, llegó ostentando sus galas el esperado Cuyabá. 
Nos embarcamos con presteza, despidiéndonos con pro- 
funda pena de tres de nuestros inmejorables bogas y de 
todos los buenos amigos que nos habían distinguido con 
sus atenciones y servicios durante aquellos pocos días. A 
las diez de la mañana zarpó el Cuyabá. En cuatro días con 
sus noches recorrimos la distancia que nos separaba de 
Manaos, y durante este tiempo pudimos admirar la belleza 
y grandiosidad de aquellos paisajes que se iban sucediendo 
sin interrupción. Llenos de alegría y esperanza hacíamos 
animados comentarios sobre la manera como empezaría- 
mos nuestras gestiones en la capital del Amazonas. Al 
amanecer del segundo día fuimos gratamente sorprendi- 
dos con la presencia en el vapor de los religiosos Capu- 
chinos. No hay para qué decir que tanto ellos como yo lo 
primero que hicimos fue darnos el fraternal abrazo de los 
hijos de San Francisco y preguntarnos quiénes éramos y 
a dónde íbamos. Pronto supieron de mí lo que convenía; 
y yo de ellos que eran el Reverendísimo Padre Evangelista 



- 56 - 

de Cefalonia, Prefecto Apostólico del Alto Silimoes, y el 
muy Reverendo Padre Yocundo de Solliera, miembro de 
aquella Misión; que el Reverendísimo Padre Evangelista 
iba a Manaos en asuntos de su Prefectura, y el Padre Ya- 
cundo a Florianápolis, grande hacienda cercana a donde 
estábamos, en funciones de su ministerio. Efectivamente, 
, poco rato el muy Reverendo Padre Yocundo se despidió 
de nosotros. Por el Reverendo Padre Evangelista supe 
muchas cosas eclesiásticas, civiles y comerciales del Brasil, 
y especialmente del Amazonas y Manaos, que era lo que 
más nos interesaba. En lo eclesiástico supe que el Estado 
del Amazonas comprendía cuatro Prefecturas A.postólicas 
y el Obispado de Manaos. Las Prefecturas son: Alto Soli- 
moes, cuya capital es Tunantins, situada a dos horas en 
vapor más abajo de la desembocadura del Putumayo y 
dentro de la región que Colombia reclama. Comprende 
esta Prefectura la cuenca brasilera del Amazonas, desde 
los límites con el Perú hasta las vertientes del Tutahy, por 
la banda derecha; y hasta las aguas del río Negro, por la 
izquierda. Encierra pues dentro de sus límites las regiones 
del Bajo Putumayo y del Bajo Caquetá, que coloniza el 
Brasil, pero que figuran en el mapa de Colombia. Esta Pre- 
fectura está a cargo de nuestros hermanos los Padres de 
la Provincia italiana de Umbría o Seráfica. La de Teffé, 
a cargo de los Padres franceses de la Congregación del 
Espíritu Santo y Sagrado Corazón de María; su capital es 
Teffé, la ciudad más antigua del Amazonas, situada sobre 
las orillas de un lago del mismo nombre, y en la banda de- 
recha del Amazonas y a 372 millas de Manaos. La de Río- 
negro, a cargo de los Padres Salesianos ; su capital es Santa 
Isabel, y comprende la cuenca media de dicho río, desde 
la frontera de Colombia para abajo. Y la de Ríoblanco, 
administrada por unos Padres Benedictinos alemanes; 
Boavista es su capital, y abarca la región de O . Ríobranco, 
afluente del río Negro en su banda izquierda. Lo restante 
del Estado de Amazonas forma el Obispado de Manaos 
Las notas características de estas entidades eclesiásticas 
son: una inmensa extensión de terreno palúdico y malsa- 
no, muy poca población, diseminada en pequeños caseríos, 
a largas distancias unos de otros y en multitud de cauche- 
ras ( seringaes, como dicen los brasileros ) , que constituyen 
grandes haciendas. Tienen como única vía de comunica- 



- 57 -- 

ción los ríos; disponen de muy pocos recursos económicos 
para establecer sólidamente el culto externo, y fomentar las 
obras de progreso moral y educación cristiana. En tiem- 
pos en que el caucho valía, los recursos abundaban, pues 
según me contó el Reverendísimo Padre Evangelista, los 
caucheros pagaban muy bien y con gusto crecidos derechos 
eclesiásticos por cualquier ministerio, pues por un bautis- 
mo daban una libra esterlina, por un casamiento quince o 
veinte libras, y así en los demás ministerios; pero desde 
que el caucho se desvalorizó, los pocos sacerdotes que hay 
en aquellas regiones pasan trabajos para poder vivir, según 
ru posición ; y les es casi imposible fomentar obras mate- 
nales y empresas que impulsen el incremento religioso, y 
por último, y esto es lo más grave, hay una escasez descon- 
soladora de clero. En ese tiempo la Prefectura Apostólica 
de Solimoes contaba tan sólo con cinco sacerdotes; y tres 
de estos tenían que estar en Manaos atendiendo a la re- 
sidencia y parroquia de San Sebastián; de modo que en la 
Prefectura quedaban solamente el Reverendísimo Padre 
Prefecto Apostólico y el muy Reverendo Padre Yocundo. 
La de Teffé tenía once sacerdotes; y si no recuerdo mal, 
ocho la de Ríoblanco. En Manaos hablé con el Reverendí- 
simo Padre Lorenzo Giordano, Prefecto ApostóUco de Río- 
negro, y al preguntarle por el número de Misioneros de 
que disponía, me contestó señalando su persona: "Aquí le 
presento la mitad de mi clero." En el Obispado de Manaos 
c del Amazonas eran diez y seis los sacerdotes seculares 
que prestaban servicios ministeriales, con la circunstancia 
de que seis de éstos eran ya muy ancianos. Tengo enten- 
dido que de estos diez y seis la mayoría eran extranjeros: 
portugueses e italianos. Estos datos pueden hacer com- 
prender a cualquiera versado en asuntos de gobierno ecle- 
siástico, cómo estará aquella región inmensa en cuanto a 
religión, y por consiguiente en sana moraHdad. 

Mucho nos ilustró el Reverendísimo Padre Evangelis- 
ta en cuestiones civiles, políticas y comerciales de aquellos 
lugares, pero para no hacerme interminable dejemos esos 
asuntos para mejor ocasión. 

Por los datos que nos dio aquel Prelado, nos persua- 
dimos de que con absoluta seguridad conseguiríamos en 
Manaos lancha para subir a Puerto Asís, pues nos pintó las 
cosas tal como en realidad las encontramos : el comercio en 



— 58 — 

ruina, las transacciones completamente paralizadas, multi- 
tud de lanchas y vapores, deteriorándose en los puertos por 
falta de movimiento, y sus dueños deseosos de encontrar 
ocasión propicia de poderlos mover aunque fuera sin pin- 
gües ganancias, con tal de evitar su destrucción. Contando 
pues nosotros con recursos, podríamos estar seguros de que 
muy pronto tendríamos numerosas ofertas para realizar el 
viaje en buenas condiciones. Con estos razonamientos nos 
llenábamos de regocijo y entusiasmo, por comprender que 
podríamos cumplir pronto y con brillo nuestra comisión. 

Además, el Reverendísimo Padre Prefecto del Alto 
Solimoes nos hizo conocer moralmente las principales ca- 
sas comerciales de Manaos y nos ofreció presentarnos a los 
dueños de algunos de estos establecimientos, quienes nos 
darían informaciones completas para orientarnos bien y 
poder obrar con verdaderas probabilidades de éxito. En 
efecto, así lo hizo al llegar a aquella ciudad, y debido a sus 
valiosas recomendaciones encontramos desde un principio 
simpatías y apoyo de parte de personas de gran influencia 
en aquella sociedad en favor de nuestra empresa. Todos 
estos favores nos llenaron de gratitud hacia tan bondadoso 
Prelado, gratitud que me complazco de un modo especial 
en dejar consignada en estas líneas. 

Dos casos chuscos presenciamos en ese trayecto de na- 
vegación. Fue el primero que habiendo subido a bordo en 
uno de los puertos intermedios un viajante comisionista de 
motores de gasolina para pequeñas embarcaciones, uno de 
los pasajeros dijo en alta voz a los que estaban escuchando 
e' panegírico de esa mercancía de labios de dicho señor: 
"Si quieren aprender a remar compren esos motores." Oír 
esto el comerciante y encolerizarse fue simultáneo; pidió 
explicaciones; el autor devla frase, con la mayor frescura, 
por toda explicación le contó algún caso que a él mismo 
le había sucedido, en confirmación de su aserto. Todo esto 
provocó la hilaridad de los presentes, la cual mortificó más 
y más al impaciente vendedor. Por fin, viendo que la cosa 
iba tomando mal cariz, el capitán del buque intervino, puso 
en silencio a los altercantes y todo quedó en santa paz. 

El segundo caso fue de otra naturaleza, aunque de ma- 
yores proporciones, por haber sido todo un pueblo el chas- 
queado. Estaba el señor Obispo de Manaos pasando visita 
pastoral en el pueblo de Coary, acompañado de un Reveren- 



- 59 -" 

do Padre Jesuíta, y había anunciado a los vecinos de Codajás 
que en el primer vapor que bajara se embarcaría para aque- 
lla población. Pero ocurrió que nuestro vapor llegó a Coa- 
ry el día de la festividad de Corpus al amanecer, cuando 
faltaba todavía mucho para la hora en que el Ilustrísimo 
había anunciado al pueblo la misa de aquel día. Agregá- 
base a esto la circunstancia de que otro vapor llamado Tu- 
pania, procedente de río distinto, había atracado a Coary 
la noche anterior y no salía hasta la tarde de aquel día . Por 
todos estos motivos el señor Obispo resolvió celebrar con 
toda solemnidad la fiesta de Corpus y embarcarse en el 
vapor Tüpana. Como no hubiera telégrafo ni teléfono entre 
esas dos poblaciones para avisar oportunamente la última 
resolución del Prelado, resultó que los de Codajás salieron 
a recibir al señor Obispo en el primer vapor que llegó, que 
era el nuestro. Encontramos el muelle lleno de gente, y 
hasta una banda de música. Así que el vapor atracó pro- 
rrumpieron en estruendosos ¡vivas! al señor Obispo, y la 
banda a tocar el himno nacional brasilero. Al poner el 
puente, una multitud, encabezada por las autoridades lo- 
cales, invadió la nave en busca del señor Obispo, y por más 
'que los marineros les dijeron que no venía, no les creían. 
Un Coronel brasilero que venía en el vapor, hombre de 
muy buen humor, viendo que la gente se empeñaba en bus- 
car por todas partes a quien no estaba ahí, me cogió del 
brazo, me llevó a un pasadizo por donde entraba la gente, 
y empezó a decir en alta voz: "Aquí está el señor Obispo, 
pasen a besar el anillo"; al oír esto me quise retirar co- 
rriendo, pero él me lo impidió, teniéndome con su robusto 
brazo, mientras la gente admirada y desengañada decía: 
"Este nao, es nosso Bispo. Nosso Bispo nao tem barba, es 
de mais edade e viste outra classe da sotaina. Este es um 
Padre Sao Franciscano." A viajeros y vecinos de Codajás 
nos produjo risa el percance, y mientras nosotros quedá- 
bamos contentos y agradecidos por el inmerecido y solem- 
ne recibimiento, los pobres codajenses se retiraban a sus 
casas a esperar la ocasión oportuna de manifestar a su 
Obispo el afecto filial que como buenos católicos le pro- 
fesan . 

El 31 de mayo a las diez de la mañana dejábamos el 
Amazonas para entrar en el río Negro. 

Es imponente la unión de los ríos Negro'^y Solimoes. 
A la vista se duda de cuál de los dos ríos sea más ancho; poco 



— 60 - 

les faltará a uno y otro para alcanzar una legua. Como las 
aguas de cada uno son de distinto color, parecen como dos 
enormes serpientes que se disputaran el cauce del Amazo- 
nas de ahí para abajo. Las aguas del río Negro tienen un- 
color negro subido, y las del Amazonas, en tiempo de cre- 
ciente, como era cuando nosotros llegamos, son completa- 
mente turbias, de un amarillo terroso. En su confluencia 
la corriente del Solimoes es más impetuosa que la del río 
Negro, y esa impetuosidad hace que represe las aguas de 
Lu rival, de modo que el contacto de las dos corrientes, con 
sus colores distintos, forma una línea recta, como tirada a 
compás, que alcanza todo el cauce del río Negro y hace 
el efecto como si las aguas de este último quedaran estan- 
cadas en ese punto; pero mirando un poco más abajo des- 
aparece la ilusión, porque se ven las negras y amarillas olas 
confundirse, y formar un solo color amarillo, más oscuro. 
A esta línea la llaman barra del rio Negro. 

No cabe duda que este gran río debe su nombre al co- 
lor de las aguas . En él se nota un contraste muy singular , 
Como si quisiera compensar la mala impresión de mugro- 
bidad que sus aguas producen al que las contempla por 
primera vez, parece que se complace en mostrar en sus 
playas y lecho una arena blanquísima, admirando uno el 
que puedan coexistir y compenetrarse sin desmerecer tan 
opuestas cualidades. 

A la hora y media de haber entrado en el río Negro 
atracamos al puerto de Manaos con el alma llena de espe- 
ranzas y la voluntad resuelta a hacer cuanto de nosotros 
dependiera, para conseguir lo que tanto anhelábamos. El 
Reverendísimo Padre Prefecto del Alto Solimoes nos llevó 
a) convento de Capuchinos y no quiso que fuéramos a hos- 
pedarnos a otra parte. Con los Padres permanecimos todo 
el tiempo que duró nuestra estadía en aquella ciudad. 

Antes de cerrar esta primera parte, quiero dejar con- 
signado un desagradable percance que nos sucedió al lle- 
gar a la ciudad deseada. Fue que al ir a desembarcar no 
permitieron que sacáramos de a bordo los equipajes, ale- 
gando que antes tenía que registrarlos un empleado de la 
aduana. Nos manifestaron que la misma compañía de va- 
pores cuidaba del desembarco de equipajes y de hacerlos 
trasladar al respectivo domicilio, si lo deseaban los pasaje- 
ros, dejando' su dirección. Así lo hicimos nosotros. Espe- 




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rábamos que nos llevaran pronto al convento nuestras co- 
sas; pero viendo que se demoraban mucho, fuimos a la 
oficina de la Compañía, esperando encontrar allí lo que 
hasta entonces habíamos aguardado inútilmente. Nuestra 
sorpresa fue grande cuando después de haber pasado la 
vista por todos los bultos desembarcados del vapor Cuyabá, 
advertimos que no estaban nuestros equipajes. Nos dije- 
ron que no podía ser otra cosa sino que dichos bultos habían 
seguido en el mismo vapor hacia Belén del Para. Recibi- 
mos gran contrariedad con esta noticia; nos pusimos al ha- 
bla con el Encargado del Consulado colombiano, para ver 
si había modo de recuperar lo que tanta falta nos hacía. Este 
señor nos llevó al Gerente de la Compañía de vapores . Des • 
pues de contarle lo que nos había sucedido, nos dijo que no 
tuviéramos cuidado, pues él pondría un radiograma al va- 
por Cuyabá, ordenándole que transbordara nuestros equi- 
pajes al que subía de Belén para Manaos, y que muy pronto 
los tendríamos en nuestro poder. Así fue; a los cinco días 
nos trajeron al convento todos los bultos que se habían ido 
en el Cuyabá, pero faltando dos cobijas españolas muy bo- 
nitas y una botella thermos, cosas que aunque reclamé 
con insistencia, nunca pude recuperar. 

Con lo escrito, que no es poco, dejo terminada la pri- 
mera parte de esta relación, para empezar inmediatamente 
la más importante, que es sin duda la que sigue. 



SEGUNDA PARTE 

NUESTRA PERMANENCIA EN MANAOS-DE MANAOS AL CARA- 
PARANÁ, Y DE ESTE PUNTO A ABANAOS, EN LA LANCHA "YA- 
QUIRANA."— SEGUNDA PERMANENCIA EN M.\NAOS 



Cuatro palabras sobre Manaos y el Estado del Auiazonas . 

Manaos es la capital del Estado del Amazonas, sin 
auda el más extenso de la Confederación brasilera, como 
también el más despoblado. Es fronterizo con cinco na- 
ciones: Guayana inglesa, Venezuela, Colombia, Perú y So- 
livia. Esta circunstancia obliga al Gobierno federal a man- 
tener en el Amazonas multiud de puertos aduaneros y de 
guarniciones de fronteras, contribuyendo éstos a su vez a 
dar vida a Manaos, centro de esa inmensa región, que con 
toda propiedad se podría llamar la hoya de los mayores ríos 
del mundo. La extensión del Estado del Amazonas se cal- 
cula en un millón seiscientos setenta y tres mil kilómetros 
cuadrados (1.673,000), y su población solamente en 350,000 
habitantes. Manaos en tiempo de su mayor auge, o sea an- 
tes de la guerra auropea, contaba 75,000 almas; durante la 
catástrofe mundial su población disminuyó no poco, debido 
3 las grandes dificultades para comunicarse con el resto del 
mundo, lo cual impedía al comercio la exportación del cau- 
cho fino o borracha, como dicen los brasileros, que es la 
principal riqueza de aquellas regiones. En 1918 no pasarían 
de 50,000 los habitantes de Manaos. En todas las calles, en 
las puertas de muchas casas, se leía: "Alúgase" (se alquila) . 
Manaos es ciudad moderna, situada sobre la margen izquier- 
da del gran río Negro, a muy poca distancia de su confluen- 
cia con el Amazonas, desde donde se gasta una hora su- 
biendo en vapor. Dista igualmente de la desembocadura 
de los grandes afluentes amazónicos Purús y Madeira, los 
ríos más comerciales de aquel Estado. El Purús nace en el 



- 63 — 

Perú y corta en dos mitades iguales el territorio del Acre, 
recibiendo como afluente el río de este mismo nombre, lo 
cual hace que el Purús sea la vía principal por donde se 
sacan los productos de aquel importante territorio federal, 
el más rico del mundo en la calidad y abundancia del ziringa 
c caucho fino. Hasta el Perú se puede navegar sin inte- 
rrupción. El Madera es tal vez el afluente mayor del Ama- 
zonas, y además del gran movimiento comercial de sus 
riberas, en el curso brasilero, por él baja al río gigante el 
comercio de una gran parte de la República de Solivia, 
donde nace este río, y recibe el famoso Madre de Dios. 
Para salvar algunos raudales inaccesibles a la navegación 
se construyó el difícil ferrocarril Madeira-Mamoré, que 
tantos millones de pesos y miles de vidas consumió. 

Esta situación privilegiada fue la causa principal del 
rápido crecimiento de Manaos, cuando el caucho alcanzó 
precios fabulosos. Se puede afirmar que en veinte años 
aquella ciudad alcanzó a ser el puerto fluvial más comercial 
del mundo. Antes de la guerra europea eran cinco las 
grandes compañías transatlánticas que mensualmente llega- 
ban hasta Manaos, y algunos hasta cada quince días. Una 
inglesa, otra alemana, una italiana, una brasilera y una fran- 
cesa. En la aduana de Manaos, entre buques de alta mar y 
vapores fluviales se recibían y despachaban por término me- 
dio diez y seis embarcaciones diarias. Con la guerra quedó 
casi completamente paralizado aquel movimiento. Cuando 
nosotros estuvimos allá pasaron muchos días sin que entrara 
ni saliera embarcación alguna . El puerto de Manaos cuenta 
con un mxuelle flotante construido por la Manaos Harbour 
Limited, con un complemento de almacenes, cables de trans- 
porte, grúas de embarque y desembarque, etc., etc., que 
bien se puede afirmar es una verdadera obra monumental, 
cuyo costo debe contarse por millones . El río Negro, como 
todos los del Amazonas, crece durante seis meses, de di- 
ciembre a mayo, y merma durante el resto del año, alcan- 
zando de diez a doce metros la diferencia del nivel de las 
aguas. Cuando el río crece, el muelle ya ascendiendo, y 
cuando decrece baja, sin obstáculo alguno para el movimien- 
to de embarque y desembarque . Cuando llegamos a Manaos 
era el tiempo de la mayor creciente del río, y desembar- 
camos al nivel de las calles de su población. En cambio, 
cuando regresamos en septiembre, para ir del punto donde 



- 64 - 

antes desembarcamos a las calles, tuvimos que subir una 
larga pendiente de unos cien metros de extensión. Aquella 
ciudad tiene bellas avenidas, anchas y rectas calles, asfal- 
tadas unas, adoquinadas otras, y todas limpias, de buen 
aspecto. Algunos de sus edificios son regios, distinguién- 
dose entre ellos la Beneficencia Portuguesa, el Palacio de 
Justicia y el Teatro Amazonas. Tres son las iglesias prin- 
cipales : la catedral, con dos esbeltas torres ; la parroquia de 
San Sebastián, a cargo de nuestros hermanos los Padres 
Capuchinos, y el Santuario de los Remedios. Es notable 
por su perfección escultórica el monumento de Amazonas, 
erigido en conmem.oración de la apertura del río Amazonas 
al comercio y navegación universales. La circundan bellos 
paseos, bien sombreados y confortantes. Su altura sobre el 
nivel del mar es de 32 metros. Su temperatura más común 
es de 30 a 35 grados, pero varía de 25 a 35. La mucha hu- 
medad de aquella inmensa región de los grandes lagos y 
líos da la impresión de un clima más ardiente de lo que es 
en realidad. Aunque la mayoría de los habitantes de Ma- 
naos son brasilerqs, como es natural, las numerosas colonias 
extranjeras la convierten en ciudad cosmopolita. Son las 
principales: la portuguesa, con 10,000 almas; la italiana, 
con 4,000; la española, 2,000; y son notables la turco-siria, 
alemana, china y otras. Las principales casas de comercio 
son portuguesas y francesas; alguna es española. 

II 

Nuestras primeras diligencias en Manaos — "The Amazon Rdver" y sus 
líneas fluviales — Ck>nrlucta digna de gratitud del señor José Vaz D'Oliveira. 
Ansiedad por la demora en las comunicaciones cablegráficas y alegrías que 
éstas nos proporcionaban — Tiempo que se gastaría de Eui'opa y Norte Amé- 
rica a Manaos y Puerto Asís, y viceversa — Costo por tonelada entre esos 

puntos. 

Nuestro primer cuidado al llegar a Manaos fue comu- 
nicarnos con Vuestra Reverendísima. A las pocas horas de 
estar en la ciudad pusimos el siguiente cable: 

"Prefecto Apostólico — Pasto (Colombia) . 

"Conseguido vapor. 

''Gaspar, Márquez." 

Dimos como cosa hecha la que con toda seguridad 
creímos poder conseguir, con el fin de que Vuestra Revé- 



— 165 - - 

rendísima activara lo necesario en Colombia; mientras es- 
perábamos la respuesta y recursos para poder obrar, íbamos 
informándonos de todo aquello que creía'mos nos podía 
servir, para hacer bien el arreglo definitivo. El Reveren- 
dísimo Padre Prefecto del Alto Solimoes nos presentó 
pronto al primer comerciante y hacendado del Amazonas, 
señor Comendador Joaquín Gonsalves de Araújo, dueño 
de los famosos Almacenes Rosas, los más bien surtidos de 
aquella plaza. Con él tuvimos largas conferencias y nos 
aconsejó que tratáramos directamente con la The.Amazon 
Riyer Steamship Navigation Company, para el alquiler de 
la lancha. Esta gran Compañía de navegación está subven- 
cionada por los Gobiernos Federal y Estadoal, y tiene esta- 
blecidas líneas regulares de Manaos a casi todos los puertos 
fluviales del Estado. Estas diversas líneas se conocen con 
los siguientes nombres: línea Solimoes-Yavari, va hasta 
Tabatinga y Remate de Males, frontera con el Perú. Línea 
Itacoatiara-Parintins, hasta esta última ciudad sobre la ban- 
da derecha del Amazonas, en el límite con el Estado de 
Para. Línea Yapurá (o Caquetá), llega a Jatuarana, lugar 
situado cerca de la desembocadura del Apoporis, frontera 
con Colombia. Línea Antazé, hasta el puerto de Castello, 
sobre ese río, que cae al Amazonas por su banda derecha 
entre los ríos Negro y Madeira. Línea de Ríonegro, recorre 
este río hasta el punto de Santa Isabel, donde empiezan 
Las Chorreras. Línea de Madeira, hasta Puerto Velho y 
San Antonio, lugar de donde arranca el ferrocarril Madeira- 
Mamoré. Línea Turuá, por Amazonas y río de este nom-, 
bre, hasta Cruzeiro do Sul, capital de la Prefectura Civil 
de Jurúa, en la parte occidental del territorio federal de 
Acre, y línea de Purús-Acre, por los ríos de estos mismos 
nombres, hasta la parte oriental de aquel territorio. Ade- 
más, desde que empezó la guerra europea, la Amazon Ri- 
ver estableció un servicio mensual de vapores de gran to- 
nelaje desde Belén del Para a Iquitos. Para todas estas 
líneas dispone dicha Compañía de multitud de vapores y 
lanchas. Tienen unas que llaman chatas, impulsadas por 
grandes ruedas hidráulicas, en vez de hélice, las cuales pue- 
den cargar hasta cien toneladas, sin calar más de dos pies. 
El Comendador Gonsalves se ofreció a vendernos y 
comprar también las mercancías que fueran necesarias 
para organizar el viaje, tan pronto como hubiéramos con- 

Un riaje por el Putumayo y el Amazonas— á 



— ()6 - 

seguido la lancha. A pesar de que traíamos precios detalla- 
dos de todos los artículos que de Colombia podían expor- 
tarse al Amazonas, nos manifestó que para poder hacer un 
negocio en grande era necesario que el comercio conociera 
primero las muestras. Nos aconsejó que no compráramos 
lancha alguna hasta no ver prácticamente el resultado del 
primer viaje; que por esta vez nos limitáramos a alquilarla. 
Estos consejos nos parecieron muy prudentes, y resolvi- 
mos seguirlos. El 4 de junio, no habiendo recibido contes- 
tación alguna al cable que dirigimos a Vuestra Reveren- 
dísima, pusimos este otro: 

"Montclar — Pasto . 

"Urge cargar buque." 

Seguímos estudiando en diversas casas y con el auxilio 
de buenos amigos las condiciones comerciales y lo que más 
nos convenía hacer. El Encargado del Consulado de Co- 
lombia, señor José Vaz D'Oliveira, de nacionalidad portu- 
guesa, establecido en Manaos hacía muchos años y comer- 
ciante m.uy práctico, nos ayudó, con un interés y actividad 
dignos de toda gratitud y encomio; nos presentó a las prin- 
cipales casas navieras y comerciales, nos exponía las ven- 
tajas e inconvenientes que fundándose en la experiencia 
\ circunstancias del lugar veía en las muchas propuestas 
que hacíamos y se nos hacían por diferentes casas comer- 
ciales y dueños de embarcaciones; nos preparó un mues- 
trario, .bastante completo, de granos y telas, de los que se 
consumen y venden en Manaos, con sus correspondientes 
precios; y además, catálogos y valores de herramientas, 
medicinas y de otros objetos de los cuales no se podían pre- 
parar muestras; podemos decir que fue nuestro brazo de- 
recho y nuestro mejor amigo y servidor en aquella ciudad, 
amistad y servicios que sabemos agradecer como se mere- 
cen. Deseo que estas líneas sirvan como expresión sincera 
de la gratitud que hacia el digno señor José Vaz D'Oliveira 
guardan nuestros corazones. 

Llegó el 8 de junio y aún no habíamos recibido contes- 
tación alguna de Colombia. Como el Brasil era beligerante, 
creím.os que nuestros cables no eran entregados, por juz- 
garlos sospechosos. Varias veces fuimos a la oficina del ca- 
ble a informarnos, y siempre nos contestaron que nada 
sabían ni podían preguntar. Este silencio nos tenía bastan- 



- 67 - 

«e angustiados. El 9 de junio el doctor Márquez recibió 
cable de su familia, que nos tranquilizó completamente, 
pues comprendimos que sí estaba expedita la comunica- 
ción. Por fin el 11 de junio recibimos el primer cable de 
Vuestra Reverendísima, en que nos preguntaba el precio 
de algunos artículos. Inmediatamente nos pusimos en ac- 
tividad, averiguamos lo que se nos pedía y estudiamos la 
manera de contestar sin gastar mucho dinero, pues en cues- 
tión de recursos estábamos ya en la última expresión. Re- 
solvimos contestar así: 

"Mon telar — Pasto . 

"Sitúenos veinte mil dólares ($ 20,000), respondemos 
de ganancia apreciable. Detalle precios, dispendioso, in- 
útil. Urge recursos sostenernos." 

El 14, cuando ya esperábamos alguna respuesta de 
Vuestra Reverendísima, vino al convento de San Sebas- 
tián un empleado de la Oficina del cable a decirnos que en 
Pasto no entregaban nuestra comunicación por no tener el 
nombre completo del destinatario, y que debía ponerse 
además la calle y número de su casa de habitación. Dada 
nuestra situación económica, cualquiera puede suponerse 
. la impresión que esta noticia nos causaría. Fui personal- 
mente a la Oficina, y después de conferenciar largamente 
con el Jefe de la misma, resolvimos cambiar la dirección de 
Montclar por la de Prefecto Apostólico, y con esto quedó 
obviada aquella dificultad. Pasaron nuevamente varios días 
sin que recibiéramos de Colombia respuesta alguna. Cierto 
es que mientras tanto no perdíamos el tiempo, pues nos 
íbamos informando más y más por diversos conductos de 
la manera como nos podrían • salir mejor nuestros planes. 
Hacíamos, deshacíamos y rehacíamos cálculos fundados en 
le que habíamos visto y oído, pero en definitiva a ningún 
resultado práctico podíamos llegar, pues nos faltaba la base: 
recursos y comunicación de Vuestra Reverendísima. Ama- 
neció el día de San Luis, y nuestras angustias se convirtie- 
ron en rebosante alegría. Recibimos a la vez tres cables de 
Vuestra Reverendísima, uno del 11, diciéndonos que yo 
girara por cuatro mil dólares ($ 4,000) y el doctor Márquez 
por dos mil ($ 2,000) ; otro del 17, preguntándome si reci- 
bíamos los cables, y otro sin fecha, avisándonos que era 



— 68 — 

indispensable expresar los precios de los artículos que nos 
indicaba en el primer cable. Nos pusimos en seguida en 
movimiento; intentamos hacer los giros; consultamos a va- 
rios comerciantes y banqueros cómo los podríamos reali- 
zar, y todos fueron de parecer que desde allá era imposible. 
El Gerente del London River Píate Bank me aconsejó que 
comunicara a Vuestra Reverendísima que por medio de 
una casa comercial o Banco de Colombia, situara los fon- 
dos en la Gerencia del River Píate de Nueva York, y de 
este modo sería fácil recibirlos en Manaos . Después de tra- 
tar detenidamente todos estos asuntos con el doctor Már- 
quez, convinimos en contestar a Vuestra Reverendísima 
así: 

"Prefecto Apostólico — Pasto (Colombia) . 

"Imposible girar. Deposite London River Píate Bank 
en Nueva York. Domésticos promedio quince^ centavos 
metros; género blanco, veinticinco; kerosín, cinco dólares 
($5) caja. Demanda aquí papas, harina, quesos, granos." 

Mientras llegaba la contestación definitiva, seguímos 
nuestras investigaciones. La Compañía Amazon River nos 
manifestó que para poder mandar uno de sus buques hasta 
Puerto Asís, era necesario garantizarle veinte contos de 
reís de flete, o sea, más o menos, cinco mil dólares ($ 5,000) . 
Otros empresarios particulares se brindaron a hacer el viaje 
con sus lanchas por tres mil dólares ($ 3,000) . íbamos es- 
tudiando y comparando propuestas. Al mismo tiempo ave- 
riguábamos el costo de los fletes de Manaos a Europa y 
Norte América y viceversa, así como el tiempo que los bu- 
ques gastaban en esas travesías; si el Brasil permitía el libre 
tránsito por el Amazonas de mercancías extranjeras para 
otras naciones y qué comisión se cobra en Manaos para el 
transbordo, almacenaje y reexpedición de esas mercancías. 
Sobre estos últimos puntos obtuvimos los siguientes datos: 
desde que empezó la guerra europea, y sobre todo desde 
que el Brasil entró en ella, era imposible calcular tiempo 
y precios por el transporte en buques marítimos, por el 
sinnúmero de contingencias que podían suceder. Antes de 
la guerra los precios de los fletes eran los siguientes: de 
Nueva York a Manaos, siete libras esterlinas {£ 7) la tone- 
lada y ocho libras esterlinas (£8) desde Europa. El Brasil 



69 

concede paso libre por el Amazonas a las mercancías aun 
extranjeras que vayan a Colombia. Los derechos de desem- 
barque, almacenaje y reexpedición en Manaos para las mer- 
cancías de tránsito, las recarga en un medio por ciento so- 
bre el flete de Europa y Norte América. Los agentes en- 
cargados de estas operaciones cobran el 1 por 100 sobre el 
valor de las facturas. 

Los días que empleaban ios buques desde Europa y 
Norte América a Manaos y viceversa eran quince por tér- 
mino medio. En aquellos días la última carga que había 
llegado a Europa les resultó a treinta y cinco dólares ($35) 
]?. tonelada. 

Según las propuestas más favorables que se nos hicie- 
ron, calculamos que de Manaos a Puerto Asís la tonelada 
nos resultaría a treinta dólares ($ 30) . Llegamos también 
a la conclusión bien fundada de que estableciéndose una 
línea directa de Europa a la desembocadura del Putumayo, 
línea que podía prolongarse hasta la plaza de ¡quitos, se 
haría la notable economía de diez pesos ($10) por tone- 
lada. Además, por los informes que tomamos en nuestro 
viaje, nos persuadimos de que era muy fácil encontrar en 
el Bajo Putumayo, colonizado por el Brasil, o en el Alto 
Solimoes, quien se encargara de organizar una empresa de 
navegación de Puerto Asís a la confluencia del Putumayo 
en condiciones muy favorables para el comercio de Colom- 
bia; y si se lograba que a esta empresa la subvencionaran 
los Gobiernos colombiano y brasilero o el del Estado de 
Amazonas, los fletes para el comercio podrían ponerse en 
condiciones ventajosísimas. No faltó quien ofreciera sus 
lanchas e intereses para una obra de esta clase. 

El 25 de junio, cuando esperábamos de un momento 
a otro el aviso de que teníamos a nuestra disposición los 
recursos tan deseados, el Jefe de la oficina cablegráfica me 
mandó decir que había recibido una comunicación sobre 
el último cable que habíamos puesto, y que para podernos 
entender era necesario que fuera a hablar con él. Inmedia- 
tamente me trasladé a su oficina, y resultó que la Junta de 
censura cablegráfica de Valparaíso quería saber la naciona- 
lidad del Prefecto Apostólico y la mía, y quién era el Pre- 
fecto Apostólico; además, exigía una explicación sobre el 
contenido del cable. Satisfice todas las exigencias de la 
Junta de censura y me regresé con la confianza de que el 
cable llegaría a manos de Vuestra Reverendísima. El 10 



- 70 — 

de julio, viendo que no recibíamos todavía comunicación 
alguna de Colombia, fuimos nuevamente con el doctor 
Márquez a la oficina del cable, a ver a qué causas podía 
obedecer tanta demora en los despachos dirigidos a esta 
República. Nos contestó que nada sabía, ni podía saber, 
por cuanto tenían prohibido preguntar si se había entrega- 
do o nó una comunicación. Nos dijo que él opinaba que el 
cable había llegado a su destino, pues pidieron explicacio- 
nes y se las dimos, al parecer satisfactorias. Nos insinuó 
que podíamos averiguar si se había recibido o nó el último 
cable por medio de la línea Madera- Western, que tenía otra 
Junta de censura, advirtiéndonos, empero, que la palabra 
costaba once francos. Por la primera, nos importaba nueve 
trancos cincuenta y cinco céntimos. A él le pareció inútil 
preguntar por la misma línea, por la sencilla razón de que. 
Si no habían entregado el primer cable, tampoco entregarían 
los demás que hicieran referencia al mismo. Salimos de la 
oficina desconsolados y abatidos, sin un centavo en el bol- 
sillo, con deudas de alguna consideración ya contraídas y 
sin saber qué hacer. Resolvimos esperar unos días más, 
antes de tomar determinaciones definitivas. Como siempre 
en esta vida se alternan las tristezas con las alegrías, a los 
dos días de sucedidas estas aflictivas escenas, recibimos 
cable de Vuestra Reverendísima, en los siguientes términos: 

"Pasto. 11 julio. 

"Gaspar Pinell — -Manaes. 

"Situados casa indicáronme once mil dólares ($ 11,000) . 
Traigan objetos indicados cable, mayor cantidad domésti- 
cos, añadan clavos, alambre, varillas acero, cinc. Avisen 
precios papas, etc. 

'Tidel Montclar" 

Con estas noticias se convirtieron nuestras penas en 
gozo, y esa noche no pudimos dormir. 

III 

Ultimas diligencias y dificultades para recibir recursos — Gran crisis em 
Manaos y todo el Estado del Amazonas — ^Propaganda a favor de artícnlos 
colombianos y de la navegación del Putumayo — Artículos colombianos que 
no sería negocio exportar — Abundancia de ganado en la región de Ríoblanco. 
Terrible fiebre palúdica. 

El 13 de julio, llenos de entusiasmo, fuimos al London 
River Píate Bank a mostrar el cable en que se nos comuni- 




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-_ 71 — 

caba el depósito, y ver qué debíamos hacer para recibir el 
dinero. Nos dijeron que no tenían noticia alguna, pero que 
tan pronto como les comunicaran algo nos avisarían. Con 
esta esperanza seguímos haciendo preparativos, aunque 
con cierto miedo y desconfianza. 

En ese tiempo escaseaban mucho los víveres en Ma- 
naos, la pobreza tomaba proporciones de calamidad pública. 
El Gobernador del Estado recibió cable de la Argentina, 
que era la principal proveedora de harina, aununciándole 
que en adelante no podría remitir sino la mitad de la acos- 
tumbrada hasta entonces. El Congreso Estadoal, reunido 
en aquella época, en vista de la triste situación del comercio 
y de toda la población del Amazonas, resolvió pedir al Go- 
bernador Federal que interviniera para aminorar los males 
del Estado. Los Cónsules y colonias extranjeras, apoyados 
por todo el comercio de la ciudad, resolvieron también tele- 
grafiar a Río Janeiro para que en alguna forma los ayudaran 
a resolver aquel alarmante estado de cosas . Aprovechamos 
aquellas circunstancias para hacer propaganda en favor de 
los artículos de Colombia y navegación del Putumayo. El 
doctor Márquez escribió algunos artículos en ese sentido en 
los principales diarios de la ciudad. Hablamos con el señor 
Gobernador del Estado sobre estos asuntos; se interesó 
mucho por ellos y nos prometió que haría gestiones ante 
el Congreso Estadoal, a fin de que prestara atención a las 
ventajas que les podría traer esta nueva línea. Conferen- 
ciamos en una reunión de los principales comerciantes im- 
portadores y exportadores» y todos fueron de parecer que 
el asunto era digno de tenerse en cuenta, pero creían nece- 
sario que ante todo hiciéramos un viaje de prueba para 
cerciorarse si los artículos de Colombia podrían competir 
en calidad y precios con los de su clase importados de la 
Argentina, Portugal y otras naciones europeas. 

Por nuestros estudios, llegamos a la conclusión de que 
según los precios de antes de la guerra algunos artículos de 
Colombia, como las papas, por ejemplo, no podrían com- 
petir en Manaos con las introducidas de Portugal y otros 
países ; pero sí en el Alto Amazonas, y con mayor razón en 
Iquitos . En cambio otros artículos, como la cebada, alcanza 
muy buenos precios por el gran consumo que tienen en la 
fabricación de cervezas. Recuerdo que el dueño de una 



/ ¿ — 



cervecería me dijo que si le traíamos la lancha llena de ce- 
bada, él nos la cargaría con la ciase de mercancía que esco- 
giéramos. También nos convencimos que hay mucho de 
leyenda en lo que se cuenta por acá, de los precios fabulo- 
sos que alcanzan en el Amazonas algunos comestibles. Oí 
decir alguna vez a persona muy respetable por su edad y 
dignidad, que en Manaos se había llegado a pagar por un 
novillo mil dólares ($ 1,000), pero por lo que vimos, la 
carne es uno de los alimentos de precio más módico. Vale 
más en Puerto Asís que allá. Esto es debido a que en la 
región de Ríoblanco, a cuarenta y ocho horas de navegación 
de la ciudad de Manaos, existen grandes pampas, a seme- 
janza de los llanos del Yarí y Casanare, divididas en mul- 
titud de grandes haciendas de particulares y hasta del Go- 
bierno Federal, en las que se crían miles de reses sin mayor 
costo. Según la última estadística oficial que pude consul- 
tar, la del año de 1913, en esa época había en Ríoblanco 
200,000 reses. Suponiendo en un 20 por 100 anual de au- 
mento, que es lo menos que se puede suponer, actualmente 
habrá allá una cifra muy cercana a medio millón de reses, 
aun teniendo en cuenta las que se han consumido y las 
que se hayan perdido por causas fortuitas. El Estado del 
Amazonas, según los cálculos oficiales, consume al año 
unas 25,000 reses ; de esas 15,000 la sola ciudad de Manaos ; 
pero allí no solamente degüellan ganado de Ríoblanco, sino 
que, debido a las mejores facilidades de transporte, man- 
dan mucho del Bajo Amazonas, y no sólo a Manaos sino a 
otros pueblos y ciudades del Estado. Estos datos explican 
el porqué allá la carne es tan barata . En Ríoblanco una res 
de diez a doce arrobas cuesta sólo doce dólares ($ 12) . 
Una de las preocupaciones de los hacendados de Ríoblanco, 
según oímos del principal de ellos, nuestro buen amigo el 
Comendador Joaquín Gonsalves de Araújo, es buscar pla- 
zas de consumo para el ganado. Algunos han intentado ya 
exportarlo a la Guayana inglesa. La región de Ríoblanco 
es fronteriza con dicha colonia británica, y según datos 
fidedignos, en una semana se puede ir de Boavista, capital 
del Municipio de Ríoblanco, a Georgetown, aprovechando 
los ríos Takutú y Mahú, de la región brasilera, sirviéndose 
luego de un camino de herradura de ocho leguas, que con- 
duce al río Repunnuny, afluente del Essequibo, por los 
cuales se navega hasta Georgetown, capital de dicha coló- 



/ó 



:nia . Todo esto convence de que no puede ser buen negocio 
mandar ganado de Colombia a Manaos. 

La causa de la gran ruina en que se hallaba el Estado 
del Amazonas, y sobre todo la ciudad de Manaos en aque- 
llos días, era la falta absoluta de transportes para Europa y 
Norte América. Todas las casas de comercio tenían sus 
almacenes abarrotados de caucho fino, castaña, fríjoles de 
playa y demás productos que se exportan de allí, sin poder 
mandar ni recibir nada del Exterior. Los principales co- 
merciantes tuvieron varias conferencias, en las que llegaron 
hasta proponer la formación de una compañía de buques 
veleros, que hicieran la travesía de Manaos a Lisboa . Segu- 
ramente la terminación de la guerra europea los haría de- 
sistir de aquellos propósitos. Las grandes casas comerciales 
despidieron la mitad y algunos las dos terceras partes de 
sus empleados, para poder sostenerse. Daba verdadero pá- 
nico contemplar cómo se iba poniendo día por día la situa- 
ción . Mucha gente hasta bien vestida y que se presentaban 
como personas de alguna posición, se hallaban en la mayor 
miseria. Varias veces nos pedían limosna gentes de esta cla- 
se. En estas angustiosas circunstancias iban pasando los 
días sin que de Colombia recibiéramos lo que tanto espe- 
rábamos. Y esto, como era natural, nos tenía bastante in- 
traquilos, y hasta llegamos a temer que el comercio de 
Manaos nos tuviera por unos embaucadores. 

El 15 de julio, viendo que nada decían de Nueva York 
al River Píate Bank, suplicamos al Gerente que pusiera 
un cable por nuestra cuenta, preguntando por nuestros re- 
cursos. La respuesta se hizo esperar mucho. Viendo el 
Gerente que nada contestaban, me pidió el cable de Vuestra 
Reverendísima, para en vista del mismo tener una confe- 
rencia cablegráfica con la sucursal de Nueva York. 

En todas esas llegó el día de la Virgen del Carmen, la 
que sin duda quiso probar mi paciencia y resignación, per- 
mitiendo que en esa fecha me diera una fiebre tan violenta, 
que los Padres creyeron que se trataba de fiebre amarilla. 
Ya estaban pensando en llevarme al hospital destinado es- 
pecialmente para esa enfermedad, que para los enfermos 
es casi siempre mortal allá; pero gracias a Dios, a los dos 
días empecé a mejorar y muy pronto mi restablecimiento 
fue completo. 



- 74 - - 

IV 

-Contrato de la lancha que debía subir a Puerto Asís — Recibo de i-ecursos. 
Amigable alegato— Dificultades de última hora. 

Mientras convalecía de mi enfermedad, el doctor Már- 
quez iba terminando las condiciones del contrato de alqui- 
ler de la lancha que debía hacer el viaje a Puerto Asís. La 
primera que contratamos fue una llamada Angelina, de cin- 
cuenta toneladas, muy bonita y hasta lujosa, pues tenía her- 
mosos camarotes y luz eléctrica. El precio convenido fue 
el de once contos de reis, o sea más o menos dos mil sete- 
cientos cincuenta dólares. Como era natural, este contrato 
quedaba siempre subordinado a la condición de si recibía- 
mos recursos, porque hasta entonces obrábamos sólo con 
esperanzas . 

Por fin el 22 de julio, después de casi dos meses de 
angustias y alegrías, confianzas y decepciones, el Gerente 
del River Píate Bank nos llamó para entregarnos cuarenta 
y seis contos, cincuenta y cuatro mil novecientos seis reís 
(46:054.906), que fue lo que produjeron al cambio de esa 
época y descontando gastos de giros los once mil dólares 
que Vuestra Reverendísima nos depositó. Desde ese mo- 
mento nos reanimamos y empezamos a trabajar activa- 
mente y en firme. El doctor Márquez se encargó de la parte 
oficial del viaje, como despachos consulares y de la capi- 
tanía del puerto, pasaportes, etc . ; y yo de las compras y 
cargamento de la lancha. El doctor Márquez fue personal- 
mente -a hablar con el Cónsul del Perú para saber con toda 
certeza si por parte del Gobierno de aquella nación habría 
inconveniente para el paso de la lancha en el Putumayo, 
y el Cónsul le manifestó que había recibido un radiograma 
de Iquitos indicándole que tratara a los colombianos como 
ciudadanos de la nación más favorecida. También cuidó 
el doctor de poner en firme el contrato del alquiler de la 
lancha. Juntos fuimos a ver la Angelina, que teníamos ya 
contratada, aunque sin las formalidades legales. Al pre- 
sentarnos para cumplirlas, su propietario nos dijo que no 
podía hacerlo, porque el capitán del puerto, en la revisión 
que mandó practicar, ordenó que se hicieran algunas repa- 
raciones en la caldera de la A ngelina, las cuales demorarían 
por lo menos de quince a veinte días. Nos ofreció otra lla- 
mada Yaqiúrana, más pequeña, de cualidades inferiores a 



/D — 



la primera. Después de tratar largamente el asunto, con- 
venimos en llevar la Yaquirana de cuarenta y cinco tone- 
ladas. El contrato se ajustó en las siguientes condiciones: 
la lancha haría viaje redondo de Manaos a Puerto Asís, y 
viceversa ; llevaría la carga que le entregáramos en esos dos 
puertos. Debía demorar en Puerto Asís quince días, si lo 
creíamos conveniente; y admitir de ida doce pasajeros: 
cinco de primera clase y siete de tercera ; y de regreso : tres 
de primera clase, corriendo la alimentación de todos a car- 
go del contratista. Nosotros le pagaríamos dos mil seiscien- 
tos veinticinco dólares de alquiler: la mitad al salir de Ma- 
naos, u'na cuarta parte en Puerto Asís, y el resto al cum- 
plirse el viaje. 

Arreglado ya el contrato en firme, lo que más nos pre- 
ocupó fue salir cuanto antes. Entonces pusimos el siguiente 
cable: 

"Fidel Montclar — Pasto . 

"Llegaremos mediados agosto. Papas, doce dólares 
($12) carga. Cebada cruda, ídem." 

Así las cosas, al doctor Márquez se le ocurrió que sería 
muy bueno que él se fuera directamente a Bogotá por la 
vía Pará-Nueva York, mientras yo subía por el Putumayo 
con la lancha, y así podría influir a tiempo ante el Gobierno 
Nacional y el Congreso para alcanzar alguna subvención, 
a fin de que los viajes se repitieran. Por fortuna. Dios me 
inspiró en aquellos momentos que me opusiera con toda 
resolución a aquella idea. Meditando algunas veces sobre 
lo que después nos sucedió, he llegado a convencerme de 
que mi oposición en aquellas circunstancias ha sido una de 
las determinaciones más acertadas de mi vida. El estaba 
empeñado en poner en práctica sus deseos, y yo en que no 
lo hiciera. Las razones en que me fundaba para impedirle 
su determinación eran la posibilidad de que nos sucediera 
algún percante en la parte del Putumayo ocupada por el 
Perú. En este caso creía indispensable su presencia para 
defenderme y defender a la Misión ante el Gobierno y Na- 
ción colombianos, de cualquier cargo de temeridad o inco- 
rrección que se nos pudiera hacer. El sostenía que nada 
nos podía suceder, pero como soy siempre algo pesimista 
en empresas de esta magnitud y de óptimas consecuencias, 
' las cuales no les pueden faltar dificultades, ni de parte 



- 76 - 

del infierno, y hasta entonces todo nos había salido a las 
mil maravillas, no convine de ninguna m.anera en que nos 
separáramos. Viendo que no lo podía convencer, amenacé 
con deshacer todo lo hecho e irme yo también por Belén 
del Para, o regresarme sin lancha por Iquitos. Cuando me 
vio tan resuelto desistió de sus planes y accedió a venirse 
conmigo. Los acontecimientos posteriores pudieron con- 
vencer al doctor, por desgracia, si mi pesimismo fue o nó 
prudente . 

Después de mucho bregar, pudimos fijar para el 28 de 
julio, por la noche, el día de nuestra salida de Manaos con la 
lancha, pero cbmo suele suceder en circunstancias de esta 
clase, a última hora se nos presentaron un mundo de difi- 
cultades, al parecer insolubles, y de las que nos fuimos li- 
brando con paciencia y constancia. Las principales fueron: 
primera, el señor Giovanni Rossetti, que así se llamaba el 
dueño y alquilador de la Yaquirana, se excusó del viaje y 
de comandar la lancha, como habíamos convenido, alegan- 
do que tenía un hijo enferm.o, a quien había que operar en 
breve. Tuvimos gran alegato con él por este motivo. Como 
era un hombre muy vivo, activo, y sobre todo, un comer- 
ciante muy experto, queríamos a todo trance que fuera él 
V no otro el responsable del viaje. Por fin, aunque con bas- 
tante disgusto, aceptamos el reemplazo que nos dio, que 
fue el portugués señor Augusto Viera. Segunda: al ir a sa- 
car los despachos aduaneros y de la capitanía del puerto, 
se nos comunicó que estaba absolutamente prohibido, des- 
de que el Brasil entró en la guerra, la salida para el Exte- 
rior de herramientas y fierros; por lo tanto, no podríamos 
llevar los que teníamos ya comprados y listos para embar- 
car. Apuros y carreras en busca de influencias para vencer 
aquellos obstáculos, que sólo después de no pocas diligen- 
cias logramos vencer. Tercera: el Cónsul del Perú dijo que 
para librar el despacho necesitaba contestación a un radio- 
grama que había puesto a Iquitos. Nuevas zozobras y des- 
confianzas de buen éxito. Después de alguna espera inquie- 
tante alcanzamos el anhelado despacho. Cuarta: el señor 
Rossetti, encargado de obtener los pases de la Jefatura de 
Policía, nos mandó decir que para poderlos sacar era nece- 
sario que presentáramos el pasaporte y la carta de identi- 
dad. Carta de identidad teníamos, pero no pasaporte. Nue- 
vas carreras a la casa de Rossetti y a la Jefatura de Policía 
para arreglar aquel embrollo . Con no poco trabajo pudimos 



-- 77 — 

obtener los pases. Quinta: a última hora el capitán que ve- 
nía a comandar la lancha se dio cuenta de que en algunos 
despachos faltaba el visto bueno del Cónsul peruano. Nue- 
vas dificultades que por fin pudimos vencer, y a las doce 
K.e aquella memorable noche del 28 de julio pudimos salir 
de Manos con la lancha Yaquirana. Todas las contrarieda- 
des que acabo de apuntar nos sucedieron en la tarde última 
de nuestra permanencia en aquella ciudad. Rendidos como 
quien sale de un gran combate, pero contentos con la vic- 
toria alcanzada, al oír la sirena de la Yaquirana, que daba 
la señal de marcha, sentimos una satisfacción tan grande, 
que bien la podemos contar sin temor de equivocarnos 
como una de las mayores de nuestra vida. Nos considerá- 
bamios ya en Puerto Asís, pudiendo dar buena cuenta de 
nuestras gestiones y saboreando la gloria que nuestro éxito 
nos proporcionaría; pero ¡oh mezquindad de las alegrías 
humanas! ¡Cuan distintos fueron los resultados de lo que 
nosotros nos los imaginábamos al alejarnos de Manaos, 
donde tantas emociones agradables y desagradables había- 
mos experimentado en los dos meses de nuestra perma- 
nencia! Lo último que hice momentos antes de dirigirnos 
al puerto para emprender viaje, fue poner a Vuestra Reve- 
rendísima el siguiente cable: 

"Salimos. Alisten mil bultos." 

Nos acompañaron a la lancha para despedirnos, sin te- 
ner en cuenta las altas horas de la noche, nuestros herma- 
nos los buenos Padres Capuchinos, que tantas atenciones 
nos prodigaron en aquella ciudad, y hacia quienes conser- 
varemos eterna gratitud y reconocimiento; el Cónsul de 
Venezuela y Encargado del Consulado de Colombia, in- 
comparable amigo señor José Vaz D'Oliveira; el dueño de la 
lancha, señor Rossetti, y otras muchas personas, de quie- 
nes conservamos gratos recuerdos. 



Visitas a las bibliotecas y museos — Información sobre el Caquetá, el Putuma- 
yo y otras regiones amazónicas — Ejemjrfos que nos estimulaban — Instrucción 
religiosa de los colombianos e ignorancia catequística de algunos m.oradores 
del Axnazonas — ¿Qué es la santa comunión? — Agricultura en el Am&xtínas. 
Colonización e inmigración — Visitas de Julio Arana — Nombres y apellidos 
en el Brasil — Títulos honoríficos- — Respeto y tolerancia religiosos — Práctica 

edificante. 

Antes de empezar a escribir lo que nos sucedió des- 
pués de nuestra primera salida de Manaes será bueno ano- 



— 78 - 



tar algo más de lo que hicimos por allá. Los muchos días 
que las dificultades apuntadas nos impidieron dedicar a los 
asuntos directos de la navegación, los aprovechamos para 
informarnos sobre las costumbres sociales, tradiciones y 
demás cuestiones interesantes que nos pudieran ser de al- 
guna utilidad. Visitamos varias veces la Biblioteca Esta- 
doal, donde hallamos documentos admirables sobre el Ama- 
zonas y su colonización, alegatos entre Portugal y España 
sobre estas regiones, y relaciones diplomáticas del Brasil 
con sus vecinos, con mapas antiguos ilustrativos. En el Mu- 
seo de Numismática admiramos preciosidades inestimables 
en monedas antiguas : vimos unas dos de la Judea del tiem- 
po del Redentor, y a una de ellas la acompaña una leyenda 
que dice: "Por treinta monedas como ésta fue vendido Je- 
sucristo." 

Tuvimos ocasión de hablar con varios colombianos que 
hace muchos años viven en aquellas regiones y conocen 
perfectamente el Bajo Caquetá. Nos dieron informaciones 
minuciosas de aquellos lugares, supimos detalles pormeno- 
rizados sobre los sucesos de La Pedrera, sus causas, des- 
arrollos y tristes efectos. En la biblioteca del Consulado y 
en otras particulares encontramos una verdadera biblio- 
grafía sobre el Putumayo desde el tiempo de su descubri- 
miento hasta el Libro Rojo y el intento de refutación por 
los peruanos. Vimos documentos privados que nos ente- 
raron cómo se formó la The Peruvian Amazon Company 
Limited y se posesionó de los ríos Caraparaná e Igarapa- 
raná. En ese entonces dicha Compañía estaba en liquida- 
ción. Su Gerente era don Julio Arana, residente en Ma- 
naos. He tenido informes posteriores de que ya se terminó 
dicha liquidación, y ha quedado como dueño único de aque- 
llos ríos la casa Arana y Hernández. Conocimos y tratamos 
largamente con el Reverendísimo Padre Lorenzo Giorda- 
no, Salesiano, Prefecto Apostólico de Ríonegro, quien nos 
dio abundantes datos sobre el territorio de su Prefectura. 
Esta colinda con Colombia y con el Vicariato Apostólico 
de los Llanos de San Martín; nos contó que varias veces 
se había visto y tratado con los Padres de aquella Misión 
colombiana, cómo éstos han tenido algunas veces necesi- 
dad de ir a Manaos a proveerse de lo que les hacía falta. 

Obtuvimos también informaciones que nos hicieron 
comprender las labores y esfuerzos de algunos Colombia- 



- 79 

nos ilustres para defender de la invasión de sus vecinos la 
región amazónica de Colombia, intentando establecer la 
navegación oficial o particularmente en los ríos que lo per- 
mitieran. Me hice a la copia de una colección de cartas 
privadas del General Uribe Uribe, que son un testimonio 
indiscutible de cuánto ese señor se interesó para que Co- 
lombia no dejara de ser ribereña del Amazonas. Estos ejem- 
plos nos estimulaban en no desfallecer hasta conseguir 
nuestros intentos, por más contratiempos que se nos pre- 
sentaran; y sobre todo para el doctor Márquez tenían una 
fuerza especial, por cuanto con esta obra, no sólo trabajaba 
por la grandeza de su patria, sino que al mismo tiempo le 
ofrecía ocasión de honrar la memoria de seres para él muy 
queridos. Respecto al General Uribe Uribe, recuerdo la 
siguiente anécdota: unos peruanos, que sin duda ignora- 
ban lo que dicho General fue en Colombia, me dijeron, 
como quejándose de falta de diplomacia, que les habían 
mandado con carácter diplomático a un inconsciente y alco- 
hólico llamado Uribe Uribe, quien en la misma ciudad de 
Lima se había atrevido a insultar al Perú y comprometer a 
Colombia con motivo de la cuestión de límites . Al oír estas 
razones, pensaba en mis adentros: ¡cuan errados y despre- 
ciables son los juicios de los hombres y cuánta prudencia y 
reflexión se requiere para poder formar concepto acertado- 
sobre alguna persona, y sobre todo para exteriorizarlo en 
forma dogmática! 

En fin, conocimos multitud de datos históricos, geográ- 
ficos, etnográficos, etc., del Caquetá, del Putumayo y demás 
ríos de aquellas regiones, que seguramente nunca habríamos 
conocido si nuestra permanencia en Manaos hubiese sido 
más corta y menos accidentada. No quiero dejar de anotar 
un hecho muy honroso para Colombia: fuimos a visitar la 
Casa de Misericordia u Hospital de Caridad de Manaos, 
donde se refugian enfermos pobres de todo el Estado de 
Amazonas. A veces se encuentran allí individuos de dis- 
tintas naciones. Nos mostró todo el establecimiento el ca- 
pellán del mismo, un sacerdote portugués muy ejemplar. 
Al enterarse de que era yo un Misionero de Colombia, me 
dijo: "Lo felicito por la suerte de vivir en Colombia, país 
que debe ser muy católico. Cuando me llaman a asistir al- 
gún enfermo, sin que él me lo diga conozco al instante si 
es colpmbiano, por la instrucción religiosa que poseen todos 



- 8U — 

ios que dicen ser de allá. Algunos pueden ser hasta muy 
malos, pero en todos se nota una gran superioridad en for- 
mación cristiana, comparándolos con los que aquí se jun- 
tan de otras partes. Con éstos a veces tengo que empezar 
por enseñarles la señal de la cruz." Al oír esta espontánea 
manifestación tan honrosa para Colombia, como es de su- 
poner me llené de santo orgullo, ya que me complazco en 
considerar a Colombia como a mi segunda patria, y como 
a tal la amo y le he probado mi am.or con sacrificios que 
no he tenido ocasión de hacer por la inolvidable Espafia. 
Las palabras del capellán de la Casa de Misericordia me 
recordaron un hecho que confirma plenamente el concepto 
que exteriorizó sobre ignorancia reHgiosa de algunos habi- 
tantes de aquellas regiones: como el doctor Márquez recibía 
todos los días en la misa la santa comunión, una vez cuando 
el doctor acababa de comulgar, un muchacho de doce a 
quince años se acercó 3. uno de los bogas, y le preguntó: 
"¿Qué es lo que el Padre da a aquel señor en aquel pape- 
iito blanco que le pone en la boca?" Al oír esto el boga, 
medio escandalizado y admirado, le respondió: "i Qué pa- 
peHto, si es la santa comunión!" El muchacho, que segu- 
ramente no había oído hablar de tal cosa, volvió a pregun- 
tar: "¿Y qué remedio es la santa comunión?" Este hecho 
tan desconsolador es rigurosamente histórico, y nos suce- 
dió en una casa que no era de indios. El da por desgracia 
idea del estado de instrucción religiosa de algunos mora- 
dores de la hoya amazónica. 

En aquellos días se hacía en Manaos y en todo el Es- 
tado del Amazonas una propaganda intensa en favor de 
la agricultura en periódicos, hojas volantes y demás medios 
de difusión, en que se exhortaba a todos los dueños de 
caucheras, haciendas y terrenos, a que cultivaran la tierra 
y suspendieran la extracción de caucho por algún tiempo, 
mientras se pudiera exportar el que estaba almacenado, a 
fin de aliviar de este modo la carestía de víveres e irse 
haciendo a nuevos medios de riqueza y desarrollo de aque- 
llas regiones. De algunos años a esta parte, sobre todo 
desde que empezó la guerra europea, la agricultura y ga- 
nadería se han desarrollado en el Amazonas en notable es- 
cala. En las orillas de esos ríos se ven por todas partes 
grandes potreros con ganados, y también producen ya arroz, 
azúcar, fríjoles y otros artículos alimenticios que antes ha- 



„. 81 - 

bía que importar casi en su totalidad. Existe en aquellas 
regiones un frijolito de grano y mata muy pequeños, pero 
muy fino y sabroso. No se levanta del suelo más de una 
cuarta y carga más vainas que hojas. Lo siembran en las 
grandes playas arenosas del Amazonas y sus afluentes du- 
rante los meses de verano, cuando estos ríos están en su 
mayor seca. En tres meses se logra siembra y cosecha, 
constituyendo un alimento de primera clase, al mismo tiem- 
po que un artículo de exportación. Las ventajas que ofrece 
son grandísimas, pues no tiene más trabajo que sembrarlo 
y cosecharlo, por cuanto la misma naturaleza se cuida de 
preparar los campos de cultivo con sólo la merma de las 
crecientes de los ríos. 

Otro de los asuntos que preocupa mucho la atención 
de los pensadores del Amazonas, es la colonización o inmi- 
gración. Las características de aquel Estado son la grande 
extensión de terreno (1.673,000 kilómetros cuadrados) y el 
exiguo número de población (350,000 habitantes) . Estos 
pocos habitantes no son suficientes ni siquiera para la ex- 
tracción del caucho y otras riquezas naturales que con 
abundancia les brindan aquellas inmensas regiones. Esto 
hace que descuiden los trabajos agrícolas y que por consi- 
guiente sufran mucho por falta de alimentos sanos . Opinan 
muchos que la falta de alimentación sana y nutritiva es la 
causa principal de las enfermedades de aquellos ríos, pues 
dicen haberse comprobado que la región amazónica es el 
país tropical más sano del mundo, por comparaciones he- 
chas con las mismas zonas del Asia, África y Oceanía. 
Hay ríos en aquella región que tienen fama de ser muy 
mal sanos y de que nadie entra en los mismos sin salir con 
fiebres y otras graves enfermedades, pero según conceptos 
científicos, no son aquellos sitios la causa de las enferme- 
dades sino la falta de higiene y mala alimentación de sus 
moradores. La base de la alimentación de la gran mayoría 
del pueblo del Amazonas, especialmente en ciertas épocas 
del año, es el pirarucu o paiche (especie de bacalao secado 
al sol) y la fariña de yuca (almidón tostado y seco), con- 
feccionada de una manera muy rudimentaria. Hay cauche- 
ros que pasan m.eses seguidos tomando sólo estas dos clases 
de alimento. Con una sana inmigración, preparada y des- 
arrollada práctica y científicamente, se encontrarían los re- 

Un vi Jije por el Pututnayo y el Amazonas— 6 



82 — 

medios para estos males. Los inmigrantes con sus labores 
agrícolas proveerían de sanos alimentos a los caucheros y 
habitantes de las ciudades, y ellos a su vez se harían a re- 
cursos con el fruto de su trabajo; pero para conseguir estos 
fines sería necesario escoger bien el personal de inmigran- 
tes y los puntos donde deberían establecerse. Los que con 
mayor atención habían estudiado estas importantes cues- 
tiones creían que la región que debía escogerse de prefe- 
rencia para establecimientos de núcleos de población de in- 
migrantes eran las orillas del río Solimoes, o sea el mismo 
Amazonas, desde Manaos a la frontera con el Perú, por ser 
el río más céntrico y vía obligada del comercio para varias 
naciones. Todos, eso sí, convenían en que los nuevos colo- 
nos no debían colocarse en sitios despoblados completa- 
mente, sino muy cerca de los núcleos de población ya exis- 
tentes, por la sencilla razón de que los inmigrantes solos 
se aburrirían pronto viendo que el fruto de sus labores no 
tiene valor alguno, por cuanto al poco tiempo todos cose- 
charían los mismos productos y no encontrarían a quién 
vender lo que no alcanzaran a consumir, acarreándoles esto 
la falta de medios para proveer a las demás necesidades de 
la vida. En cambio, al lado de una población ya formada, 
ellos favorecerían a sus moradores con el fruto de su tra- 
bajo, y éstos a aquéllos con sus consejos y ejemplos de vida 
práctica de la región, al mismo tiempo que con sus compras. 
Algunos llegaban ya hasta señalar los siguientes puntos 
como los más indicados para este objeto: una faja de te- 
rreno elevado cerca de la ciudad de Manacapurú, a unas 
sesenta millas de Manaos, donde calculaban espacio para 
quinientas familias. Otra elevación cerca de la desemboca- 
dura del río Teffé, donde se podrían colocar también qui- 
nientas familias. Este punto es muy estratégico, por reunir- 
se allí los tres ríos: Amazonas, Teffé y Caquetá. Todo el 
espacio entre la desembocadura de los ríos Juruá y Tutahy, 
afluentes de la banda derecha del Amazonas, donde po- 
drían distribuirse holgadamente más de tres mil familias de 
colonos. En la boca del río Putumayo, junto a San Anto- 
nio, calculaban espacio para trescientas familias; y final- 
mente, en las tierras firmes o elevadas de San Pablo de 
Olivensa, opinaban que se podían establecer de tres a cua- 
tro mil familias. Creo oportuno llamar la atención de los 
colombianos sobre la importancia y situación de estos dos 



— 83 - 

Últimos lugares. Como en el Amazonas hay todavía terre- 
nos baldíos o del Gobierno, que tienen caucho fino, acon- 
sejaban que a los colonos, a la vez que terrenos para la 
agricultura, se les diera algún pedazo de monte donde pu- 
dieran arreglar su estrada de caucho o de castaña, a fin de 
poderse dedicar a la industria de la extracción cuando las 
circunstancias no les permitieran trabajos agrícolas, y tam- 
bién para que las familias pudieran repartirse el trabajo, 
dedicándose unos a la agricultura y otros a colectar pro- 
ductos del monte, a fin de tener en todo tiempo medios 
seguros de subsistencia. En aquellos lugares las caucheras 
están repartidas por estradas; una estrada consiste en una 
porción de terreno con cierto número de árboles de caucho. 
También los árboles que producen la famosa castaña del 
Amazonas se dividen por estradas. La castaña del Amazo- 
nas, después de las gomas, tal vez constituye el primer ar- 
tículo de exportación ; es muy parecida a la castaña europea, 
aunque de mayor tamaño, y en Europa es muy apreciada 
para confeccionar dulces y conservas. Ni en la recolec- 
ción del caucho, ni en la de la castaña, se cortan los árboles ; 
por consiguiente, una estrada es una finca durable y pro- 
ductiva, que se puede ir perfeccionando con nuevas siem- 
bras de esos preciosos árboles. 

Como medios eficaces de colonización se aconsejaban 
los siguientes como principales : que el Gobierno pagara los 
transportes de las familias inmigrantes hasta el lugar de las 
colonias; que los proveyera de herramientas y semillas 
para la siembra, y les diera la alimentación hasta la primera 
cosecha . 

Para la repartición de terrenos se examinaban deteni- 
damente los sistemas de arrendamiento, donación y venta; 
y después de detenido estudio, ilustrado con ejemplos prác- 
ticos de la Argentina y otras naciones, sentaban como indis- 
cutible que el mejor era la venta, facilitando por supuesto 
los medios de pagar el importe de los lotes, ya con fruto 
de los mismos, ya con dinero adquirido con el producto del 
lote, para lo cual se señalarían plazos razonables y acomo- 
dados a las circunstancias. No obstante, todos los que de- 
fendían la tesis de la venta, consideraban necesarias dos 
excepciones: los indios y las Misiones religiosas. Para los 
indios se aconsejaba un régimen especial, que no les per- 
mitiera vender sus terrenos sin estar asesorados por la auto- 



- 84 - 

ridad o personas respetables que pudieran suplir su falta 
de comprensión en esta clase de transacciones. Se aconse- 
jaba, además, respecto de los mismos indios, que sus cen- 
tros estuvieran siempre cerca de las colonias de los blancos, 
a fin de que éstos pudieran servirse de las habilidades de 
aquéllos en las industrias de la montaña y de los ríos; y los 
indios a su vez fueran adquiriendo hábitos de civilización 
y aprendieran a aprovechar el tiempo y a hacer fructificar 
su trabajo. 

Se aconsejaba también de un modo especial a los em- 
presarios de ferrocarriles y obras públicas, que ante todo 
procuraran la fundación de colonias agrícolas y pecuarias 
bien organizadas, para el fácil abastecimiento de víveres y 
carne fresca, a fin de evitar la mortandad enorme de peo- 
nes, como sucedió en la construcción del ferrocarril Made- 
ra-Mamoré . 

Respecto a la selección de colonos, la opinión más 
aceptada por los hombres prácticos y de estudio era que 
debían preferirse los nacionales a los extranjeros; y entre 
los nacionales a los de los Estados de Ceará y Parahyba; 
faltando los nacionales, debía acudirse a los extranjeros 
que más se adaptaran a las necesidades y condiciones del 
Estado. Sentadas estas premisas, pasaban a examinar las 
naciones extranjeras de donde convenía traer inmigrantes, 
y después de haber examinado las condiciones peculiares 
de los portugueses, alemanes, austríacos, polacos, italianos, 
españoles, turcos, japoneses y chinos, y sabido que france- 
ses e ingleses no inmigran, llegaban a la conclusión de que 
la mejor inmigración para el Amazonas era la portuguesa, 
por la identidad de raza, religión, lengua, costumbres, tra- 
diciones y leyes con los blancos criollos de aquel Estado, 
Recuerdo que respecto a los alemanes, los cuales han colo- 
nizado casi íntegramente, en mayor proporción que otras 
razas, los tres Estados más al Sur de aquel país: Paraná, 
Santa Catarina y Ríogrande do Sul, había en ese entonces 
gran eferverscencia, achacándoles el intento de considerar 
esos Estados como colonias alemanas, y hasta dijeron que 
el Gobierno se había visto en la necesidad de tomar medidas 
serias para obligarlos a usar la lengua portuguesa en los 
actos oficiales y públicos, como en las escuelas, oficinas, 
sermones, conferencias, etc. Muchas otras cosas que nos 
parecieron muy prácticas y útiles, escuchamos sobre esta 



— 85 — 

importante materia, pero para no hacerme interminable, 
dejo la explanación de este asunto para mejor ocasión. 

A poco de haber llegado a la capital del Amazonas, nos 
vino a visitar el señor don Julio Arana, dueño principal de 
las regiones del Caraparaná e Igaraparaná, y nos dijo que de 
El Encanto le habían comunicado por radio nuestro viaje; 
se puso enteramente a nuestras órdenes, nos visitaba con 
bastante frecuencia, aparentando siempre interesarse mu- 
cho por el éxito de nuestra empresa, haciéndose lenguas 
de las ventajas que traería a sus negocios la libre navega- 
ción del Putumayo. Sin faltar a las reglas de caballerosi- 
dad y cortesía, nos guardábamos muy bien de valemos para 
nada de las influencias y ofrecimientos de dicho señor; y 
cualquiera que sepa la historia y conozca el estado actual 
del Putumayo, comprenderá fácilmente la razón de nues- 
tra conducta. 

Quiero anotar también una costumbre de los brasileros, 
que nos llamó la atención : es la manera como usan de nom- 
bres y apellidos y los tratamientos que emplean en las re- 
laciones sociales. Ordinariamente cada persona usa dos o 
tres nombres de santos y tres o cuatro apellidos; y en el 
trato y correspondencia ordinarios, en vez de los títulos 
de señor don, que usamos los españoles y sus descendien- 
tes, emplean el de Excelentísimo e Ilustrísimo; en cambio 
noté que para nombrar a los señores Obispos, anteponen 
solamente el título de don a sus nombres. Entre los hijos 
del país es título muy honorífico y común el de Coronel 
de la Guardia Nacional, como en Colombia el de General, 
y entre los portugueses, muy estimado y distintivo de gran- 
deza, el de Comendador. Inspira vivas simpatías el trato 
fino, caballeroso y digno de la buena sociedad amazonense. 
Existe allá absoluta tolerancia de cultos y gran respeto ex- 
terior a toda religión . Noté que al pasar los tranvías reple- 
tos de gente por delante de una iglesia católica, todos los 
hombres se descubrían con veneración y sin respeto huma- 
no, y hacían también lo mismo al pasar por frente de cual- 
quier capilla o casa de oración, aunque no fuera católica. 
Me edificó en Manaos una práctica que demuestra lo arrai- 
gada que está la fe católica en el corazón del pueblo, con- 
sistente en que todo el mundo al dar las doce y la puesta 
del sol, se paran y los caballeros se descubren aun en medio 
de las calles y plazas más concurridas, el tiempo necesario 
para rezar el Ángelus. 



86 - 

VI 

De Manaos al Oaraparaná — Visitas a Teffé y Tonantins — Encuentro con los 
compañeíos de viajo— Reloj viviente y sn fin trágico — Sastre improvisado. 
Entrada al Putumayo, ocupado por el Perú — Inesperado encuentro con Ia 
*'Cailao" — "Bote Márquez" destrozado — Se nos obliga a aiTibar a El Encanto. 

Cuando daban las doce de la noche del 28 de julio, sa- 
limos del puerto de Manaos con la Yaquirana cargada de 
telas y herramientas. Hasta cierto punto del Amazonas lle- 
vó a remolque algunos botes de pescadores. Es costumbre 
allá que los que viven de la pesca ruegan a los capitanes 
de vapores y lanchas que salen, que remolquen sus embar- 
caciones hasta los lugares donde pretenden hacer sus pes- 
querías, y ellos dan en cambio a la nave que les hace este 
servicio una cantidad de pescado fresco del primero que 
cogen . 

El 1' de agosto llegamos a la ciudad de Teffé. Visitamos 
allí al Reverendísimo Padre Prefecto Apostólico, llamado 
Alfredo Barra, francés. Estuvimos cambiando ideas con él 
sobre la empresa que nos proponíamos realizar. Mucho le 
gustó, y nos dijo que le trajéramos de Puerto Asís algunos 
bultos de harina de trigo para las hostias. 'Fuimos a ver el 
Orfelinato que aquella Misión tiene establecido en Teffé, 
y seguímos viaje. El 5 de agosto nos encontramos nueva- 
mente en Tonantins con el Reverendísimo Padre Evange- 
lista de Cefalonia, a quien tantos favores debíamos y de 
quien nos despedímos en Manaos la noche del 5 de julio. 
En Tonantins paró la Yaquirana a coger leña, y mientras 
tanto aprovechamos la ocasión para ir a conocer la ciudad 
antigua, que está situada a orillas de un lago bastante gran- 
de, a media hora del Amazonas, adonde se va por un caño 
navegable en todo tiempo. El mismo Reverendísimo Pa- 
dre Prefecto nos llevó en una lanchita de motor de kerosene 
que tiene para sus correrías apostólicas y que él mismo ma- 
neja. Nos mostró en aquella ciudad el local donde funcionó 
un colegio dirigido por los Padres Misioneros, el cual tu- 
vieron que cerrar por falta de recursos . Nos explicó el plan 
que tenía de edificar una gran iglesia en la orilla del Ama- 
zonas y trasladar allá la ciudad de Tonantins, a fin de que 
fuera puerto de tránsito y tuviera más vida. Nos refirió 
que su proyecto había encontrado gran oposición, y que 
eran muchas las dificultades que tenía que vencer para rea- 



— 87 - 

lizarlo; tanto que lo obligaron a ir a Manaos a tratar el 
asunto con el Gobierno del Estado . Nos llenó nuevamente 
de atenciones y nos dijo que si no fuera por el compromiso 
que tenía con el muy Reverendo Padre Yacundo, de ir a 
bendecir dentro de pocos días la nueva iglesia de San Pa- 
blo de Olivensa, vendría con nosotros a Puerto Asís. Me 
expuso un plan que se le ocurría, si acaso la comunicación 
con Colombia quedaba expedita, y era el de mandar a tem- 
perar a los Misioneros que enfermaran al clima frío de 
las cordilleras de nuestra Misión, en vez de mandarlos a 
Italia, como se veía obligado a hacer. Le manifesté que 
me parecía magnífico su plan, y que por nuestra parte está- 
bamos dispuestos a recibir con los brazos abiertos a cual- 
quier Misionero que mandara. Paramos en Tonantins me- 
dio día y una noche. Al amanecer del día siguiente nos 
despedímos llenos de gratitud del Reverendísimo Padre 
Evangelista y de un Hermano lego que lo acompañaba, y 
r las cuatro horas llegamos a San Antonio y Puerto Amé- 
rica. Allí encontramos a los compañeros que habíamos de- 
jado recomendados. Grande fue su alegría y la nuestra. 
Nos contaron multitud de cosas que les habían sucedido; 
los comentarios que los vecinos de aquellos lugares, espe- 
cialmente los que eran de nacionalidad peruana, hacían so- 
bre nuestro viaje. Benjamín, el marinero, pasó aquel tiem- 
po en la casa de un señor Francisco Larrañaga, colombiano 
pástense, hermano del que fue dueño de las caucheras del 
Igaraparaná. Ferrín, el capitán, estuvo sirviendo en la lan- 
cha Sergipe; y Vargas, el práctico e intérprete, se fue a 
vivir con unos indios incas, en las orillas de un gran lago 
cerca del Putumayo. Todos estaban satisfechos del buen 
trato y atenciones que les habían prodigado los habitantes 
de aquellos lugares. En San Antonio recogimos también 
otro compañero, del cual todavía no he hecho mención : fue 
un gallo que en compañía de otros embarcamos en Puerto 
Asís, con la intención de que nos proporcionara un buen 
caldo en alguna playa del Putumayo; pero resultó que se 
hizo muy confianzudo y amigo de todos los viajeros, y cada 
mañana cantaba a la misma hora, precisamente en la que 
nosotros habíamos determinado levantarnos y celebrar el 
santo sacrificio de la misa. Estas acciones del noble animal 
le acarrearon pronto las simpatías de todos; le pusimos el 
nombre de Reloj, y resolvimos conservarle la vida, volverlo 



- 88 - 

a Puerto Asís y dejarlo morir de viejo, en agradecimiento 
de sus buenos servicios y para que nos sirviera de recuerdo 
del viaje. A la bajada lo dejamos recomendado en San 
Antonio, en la misma casa en donde dejamos el bote Mar 
quez, con la intención de recogerlo cuando subiéramos, 
como lo hicimos. Lo embarcamos en la Yaqüirana, reco- 
mendando en gran manera al cocinero que no cayera en la 
tentación de torcerle el pescuezo. Hablamos también al 
capitán sobre el nuevo pasajero; pero a pesar de todas las 
precauciones, pronto se cumplió para el pobre pollo aquel 
refrán de que "unos componen y otros descomponen," pues 
a los pocos días, estando divirtiéndose con otros de su es- 
pecie, el cocinero necesitó los servicios de alguno de ellos 
para el almuerzo, y echó mano del primero que topó, sin 
fijarse que era el de las recomendaciones hasta que ya le 
había quitado la posibilidad de volver a cantar a las tres y 
media de la mañana. Cuando nos enteramos de lo sucedi- 
do, sentimos una verdadera contrariedad, pero pronto nos 
consolamos, practicando aquello de que "a mal que no tie 
ne remedio, buena cara," y más en este caso, que pronta 
nos ayudaría a ponerla lo sabroso de sus carnes bien con- 
dimentadas por el cocinero. En San Antonio amarramos 
también a remolque de la lancha el bote Márquez, creyendo 
no hacer ya más uso del mismo hasta Puerto Asís, aunque 
por mal de nuestros pecados de él tuvimos que valemos 
para arrimar allá. Muchas veces me ofrecieron compra, pero 
como presintiendo algo, aunque sin fundamento razonable, 
nunca quise acceder a tales propuestas, algunas por cierto 
muy tentadoras, lo cual se explica fácilmente, teniendo en 
cuenta que esa magnífica canoa llamó en gran manera la 
atención de los brasileros por sus dimensiones, buena cons- 
trucción, solidez y calidad del palo de que estaba hecha. 
El 8 de agosto atracamos al puerto fiscal brasilero de Ipi- 
ranga, sobre el Putumayo, del cual he hablado ya en la pri- 
mera parte de esta relación. Todos los vecinos de aquel 
lugar nos recibieron con grandes pruebas de afecto y ale- 
gría, pero de un modo especial nos las dieron don Juan 
Miguel Pinto Riveiro; el secretario que nos había obsequia- 
do en la bajada, señor Misael Texeira de Mello, y el capitán 
de la Sergipe, señor Luis Suárez Ramos, de quien tan bue- 
nos servicios habíamos recibido. Pronto examinaron los 
desjpachos de la lancha y nos dieron el pase. Pasamos allí 



— 89 — 

unas cuantas horas tratando. asuntos referentes a la libre 
navegación con el señor Riveiro, hombre muy simpático y 
emprendedor. Este señor ofreció establecer por su cuenta y 
riesgo una agencia en la desembocadura del Putumayo si 
se establecía definitivamente la comunicación con Colom- 
bia. En ella recibiría las mercancías que vinieran de Euro- 
pa y cuidaría de despacharlas a Puerto Asís ; y hasta anun- 
ció deseos de poner lanchas de su propiedad y hacer él 
mismo los viajes a Colombia. En la boca del Putumayo se 
nos habían hecho también propuestas parecidas por otros 
hacendados y dueños de lanchas. Estas cosas, como era 
natural, nos llenaban de entusiasmos y esperanzas. Tanto 
nosotros como los brasileros creíamos que si alguna difi- 
cultad se presentaba por parte del Perú, sería en Tarapacá 
o Cotué, lugar muy cercano a Ipiranga, como queda indi- 
cado. Por este motivo el señor Riveiro se vino en nuestra 
lancha y desembarcó en la casa brasilera más cercana a la 
frontera del Perú, para estar listo a ayudarnos en caso de 
inconveniente en el paso. Al llegar a la vista de Tarapacá 
debía la Yaquirana izar la bandera peruana en el mástil prin- 
cipal . 

Al ir a sacarla el capitán del depósito de banderas, la 
encontró completamente apolillada, en forma que parecía 
más bien un objeto de burla y desprecio que bandera des- 
tinada a saludar a una nación amiga. Por lo visto, hacía 
mucho tiempo, tal vez años, que no había salido a la luz 
del sol. Todos, tripulantes y viajeros, experimentamos un 
verdadero disgusto . Al considerar que no quedaba otro re- 
curso y no se podía perder tiempo, me improvisé de sastre, 
cogí aquel trapo roto, lo doblé en dos partes iguales, dismi- 
nuyéndole la mitad del tamaño, corté el doble y cosí las 
dos mitades una encima de la otra, a fin de que mutua- 
mente se disimularan los rotos, y de esta manera quedó 
más o menos pasable, aunque no como era de desear. Por 
fortuna al ir a tracar al puerto de Cotué, el sol se acababa 
de poner, y el marinero encargado de las banderas dijo que 
según disposiciones del ramo, a la puesta del sol se arrian 
banderas, y lo hizo con toda presteza. El señor Teniente pe- 
ruano Osear Ceballos Ortiz, ya conocido nuestro, nos reci- 
bió bien, examinó los despachos y nos dijo que podíamos 
seguir. Sólo nos exigió una lista con los nombres de pasa- 
jeros y tripulantes; otra de las mercancías que llevábamos, 



90 - 

y la condición de que admitiéramos a bordo un soldado de 
los suyos, con un oficio para el Capitán de El Encanto, y 
que facilitáramos a su 'subalterno que pudiera entregar el 
oficio al mencionado Capitán, y a él le recomendó que en 
el trayecto del río que ellos llaman peruano no dejara ven- 
der mercancía. Convinimos en todo y seguímos viaje. Tan 
pronto como dejamos a Tarapacá, el doctor Márquez me 
dio algunas chanzonetas, burlándose del miedo que mani- 
festé en Manaos cuando me opuse a que él se fuera a Bo- 
gotá por vía distinta. Me limité a contestarle que ojalá todo 
saliera como deseábamos, pero que me parecía mejor que 
dejara aquellas chanzas para cuando hubiéramos pasado a 
Yuvineto, porque de lo contrario se exponía a que se vol- 
vieran contra él sus propios chistes cuando menos lo creye- 
ra. Dos días seguímos río arriba sin otra novedad que una 
varada de la lancha el día de San Lorenzo, precisamente 
en los momentos en que iba a empezar el santo sacrificio 
de la misa . La ofrecí con la mayor devoción que pude, para 
que pronto nos desvaráramos, y ¡cosa admirable!, así que 
empecé a rezar las Avemarias del fin de la m.isa, empezó 
también la lancha a continuar su camino . A las nueve de la 
mañana del domingo 11 de agosto vimos que por un bra- 
zuelo del río, por el cual nosotros no pasamos, bajaba una 
lancha; no sin curiosidad de saber qué lancha andaba por 
aquellos sitios tan desiertos, seguímos nuestra marcha por 
la madre del río . Tan pronto como la embarcación indicada 
salió del brazuelo, nos hizo señal de que paráramos, y co- 
rrió hacia nosotros. Entonces vimos que era la Callao de 
la casa Arana, en la cual iban unos doce o quince soldados 
bien uniformados y armados y el capitán de la guarnición 
de El Encanto, que ya no era el señor Udiales sino un tal 
Manuel Curiel. Así que llegaron cerca de nosotros, el Ca- 
pitán Curiel llamó al comandante de la Yaquirana y le exi- 
gió que presentara todos los despachos y documentación. 
Los examinó todos minuciosamente y practicó un registro 
a todos los apartamentos de nuestra nave. Acabada esta 
maniobra, nos dijo que podíamos seguir. Le preguntamos 
"Á había algún inconveniente para llegar hasta Puerto Asís, 
y nos contestó que creía que no lo hubiera, por cuanto los 
despachos y documentación de la lancha estaba en forma 
correcta y legal; pero nos manifestó que para darnos el 
pase tendríamos que ir a El Encanto. En esos momentos 



— 91 — 

tan poco tranquilos para nosotros, dirigí algunas inquietas 
miradas al doctor Márquez, como diciéndole que, por des- 
gracia, parecía que yo iba resultando profeta de desdichas. 
El quería disimular, procurando convencerse y convencer- 
nos de que nada nos podía suceder, pero lo cierto fue que 
desde entonces se le acabaron las ganas de chancearse de 
mis miedos. Desde el encuentro con la Callao tardamos 
nueve días en llegar al Caraparaná, debido a que nos vimos 
obligados a gastar tres o cuatro, preparando y embarcando 
leña, y no podíamos andar de noche a causa de la oscuridad 
y de no llevar práctico bien conocedor del río. En todo 
este tiempo la Callao nos fue escoltando, unas veces que- 
dándose atrás, otras adelantándose, pero nunca se alejó 
mucho. La Yaquirana era mucho más rápida en su andar, 
pero como no encontramos leña preparada, debido a que 
aquel trayecto de río está casi completamente despoblado, 
cada vez que se nos acababa el combustible, la Callao nos 
alcanzaba y nos dejaba atrás. 

Durante estos nueve días el único percance digno de 
mención que nos sucedió fue el que en una noche muy os- 
cura, estando la Yaquirana anclada en medio del río y con la 
caldera casi apagada y la tripulación dormida, se desató una 
furiosa tempestad de viento, relámpagos, truenos y agua, 
la cual hizo rodar la lancha en tal forma que anuló la po- 
tencia de las áncoras y empezó a bajar a merced de la co- 
rriente, con peligro de estrellarse contra las orillas. Al 
darse cuenta el capitán y demás tripulantes de lo que suce- 
día, se afanaron, armando a bordo una confusión más que 
regular, hasta que el maquinista consiguió levantar vapor 
y vencer la fuerza de la corriente. Gracias a Dios, descon- 
tado el buen susto que todos nos llevamos, no sucedió otra 
desgracia que la rotura de la popa del bote Márquez, que 
se estrelló contra la ribera; al mism.o tiempo se rompió la 
cadena que lo sujetaba a la lancha y se fue río abajo. Nues- 
tros bogas se dieron cuenta de lo que había sucedido, y 
movidos por el cariño que tenían a su querida canoa, en 
medio de aquella oscuridad tan tremenda, cogieron un bote 
de la Yaquirana y se fueron a alcanzar al Márquez. Después 
de unas dos horas de lucha con la oscuridad y la corriente, 
llegaron trayendo su malferida nave, en la cual, sin ellos 
sospecharlo, tenían que librar recias campañas antes de po- 
nerla en Puerto Asís, donde existe todavía. 



— 92 - 

Al subir íbamos recordando con gusto las impresiones 
de la bajada, sobre todo la mortificación tremenda que las 
nubes de moscos nos causaban en la canoa. jQué diferen- 
cia! Lo que en canoa recorrimos en ocho o diez días de 
bajada, en lancha lo subimos en cuatro o cinco; y las mo- 
lestias de la navegación en lancha son casi insignificantes. 
Anotamos algunas coincidencias curiosas. Aquel año la 
Asunción de la Virgen cayó en jueves, como la Ascensión 
del Señor. Los dos miércoles vigilias de esas grandes fies- 
tas, llegamos al mismo punto del Putumayo, donde pasa- 
mos las mencionadas festividades descansando. La prime- 
ra vez cuando bajábamos en canoa, y la segunda subiendo 
en la lancha. Tuvimos que pasar el día de la Asunción de 
)a Virgen para hacer leña. En esas ocasiones, nuestros 
fieles bogas lucían sus habilidades en competencia con los 
tripulantes de la Yaquirana. Pudimos comprobar varias 
veces que en igual espacio de tiempo hacía más leña nues- 
tro marinero, el famoso Benjamín Castillo, que cuatro ma- 
rineros brasileros. Al ver el garbo con que aquél trabajaba, 
el comandante de la lancha decía: *'Ese preto damnado 
tem forza como cavallo.'' 

En las grandes festividades que iban sucediendo du- 
rante el viaje, procuraba que todos los que andábamos jun 
los se acordaran de ellas, haciendo algún acto piadoso extra- 
ordinario; para conseguirlo, aprovechaba estas ocasiones 
para regalarles medallas, santos Cristos 3^ rosarios; y el re- 
galo iba casi siem.pre acompañado de una exhortación, a 
que en medio de los negocios, trabajos y contratiempos de 
la vida no se olvidaran del negocio más importante de su 
alma. 

La falta de leña casi nos duplicó el tiempo en el tra- 
yecto de Cotué a El Encanto, donde no pudimos llegar 
antes del 19 de agosto. Los colombianos del Caraparaná, 
con quienes nos habíamos hecho amigos en nuestra bajada, 
se alegraron mucho al vernos regresar con lancha que se- 
gún nuestros cálculos debía llegar hasta Colombia y dejar 
definitivamente expedita la vía para nuevos viajes. Casi 
todos hacían ya sus cálculos para ir a visitar a sus parientes 
en los pueblos natales, en la nueva subida de la lancha. La 
noche antes de llegar a El Encanto, que la pasamos en la 
estación cauchera de Iberia (antigua Nueva Granada), 
nosotros y nuestro comandante rogamos y exigimos al Ca- 




o 



~ 93 - 

pitan Curiel que nos despachara sin entrar al Caraparaná, 
puesto que este río quedaba desviado de nuestra ruta. No 
lo pudimos conseguir, y además en esa ocasión nos insinuó 
que para podernos conceder libre paso, tenía que consultar 
a íquitos por medio de la Telefuncke. Al oír esta razón 
comprendí que se confirmaría plenamente lo que hacía 
días iba presintiendo, o sea que nos demorarían allí mien- 
tras consultaban, lo cual nos causaría grandes perjuicios, 
por no estar esta demora prevista en el contrato de alquiler 
de la embarcación; y hasta llegué a imaginar ya, y lo insi- 
nué con pena al doctor Márquez, el fracaso que pronto se 
realizó por completo. 

VII 

PeiTuanencia l'erzada en El Encanto— Pánico disinmlado en la empresa 
Arana — Objeto d<á viaje de la "Callao" — El señor de lioaísa visita a la 
"Telefujicke" — BevSpuestas evasivas de Curiel — Alegatos infructuosos. 
Attiuciones simuladas de la casa Ai-ana — Notas cruzadas entre el Capitán 
peruauo y el Comandante brasilero — Radiogramas a Manaos e íquitos. 
Protesta formal contra el Gobierno del Perú a bordo de la "Yaquirana." 

Tan pronto como llegamos a El Encanto, pedímos res- 
petuosamente al Capitán Curiel que nos despachara, el cual 
nos contestó que para poder librar los despachos necesitaba 
la respuesta de un radiograma que en consulta había puesto 
a íquitos. Exigió al comandante de la Yaquirana que le 
presentara una lista de carga y pasajeros, la cual debía que- 
dar en la Comisaría Militar peruana. 

Por lo que pudimos observar y nos contaron los colom- 
bianos, la noticia de que se iba a establecer libre y periódica 
navegación en el Putumayo, produjo gran pánico en la 
empresa Arana, que sin duda vio en ésta la desbandada de 
los indios y por consiguiente su ruina. Supimos entonces 
que el viaje de la Callao debía ser hasta Cotué, a fin de im- 
pedir que entráramos en territorio ocupado por el Perú; 
pero como ya nos encontraron dentro y vieron que todos 
los despachos eran legales, el Capitán Curiel no se atrevió 
a hacernos regresar sin consultar primero con otros que le 
ayudaran a llevar responsabilidades. Estamos plenamente 
convencidos que la mano negra que embrolló ese asunto 
fue la casa Arana y el Consejero de Curiel, en quien se no- 
taba mucha perplejidad, era el señor de Loaisa, hombre 
sumamente astuto e inteligente, que hace más de veinte 



— 94 — 

año& que dirige los asuntos de aquella empresa en el Cara- 
paraná. El presenció y tomó parte en muchos de los acon- 
tecimientos de aquellos lugares, cuando las empresas cau- 
cheras pasaron de manos de los colombianos a las de los 
peruanos. El estaba allí, cuando las comisiones mandadas 
por gobiernos extranjeros visitaron aquellas regiones a raíz 
del gran escándalo mundial que produjo el denuncio sobre 
ciímenes en el Putumayo. Ha tenido que entenderse con 
muchos empleados del gobierno del Perú, algunos de los 
cuales han sido acérrimos enemigos suyos, hasta el punto 
de pegarle alguna vez. No faltan quienes lo sindican como 
el criminal mayor del Putumayo o autor moral de los mayo- 
res crímenes; pero el caso es que él ha salido siempre ileso 
de todas estas borrascas, sin que hasta la fecha se le haya 
comprobado hecho alguno criminoso. Este fue el hombre 
de confianza del Capitán Curiel durante el tiempo en que 
nos ocurrieron los sucesos que relatamos. No obstante, él 
sabía disimular tan bien, que si nosotros no hubiéramos 
sabido de antemano con quién tratábamos y no hubiéramos 
discurrido sobre segundas intenciones, nos habríamos per- 
suadido de que nos ayudaba con grande interés a vencer 
dificultades. Supo que yo había dicho que seguramente 
porque perjudicaría intereses particulares, la libre navega- 
ción tropezaría con graves obstáculos, pues pronto me man- 
dó con el doctor Márquez la razón de que como en el Putu- 
mayo que ellos llaman peruano no hay más intereses par- 
ticulares que los de la Compañía Arana, podía yo estar 
muy cierto que lejos de perjudicar a dicha casa, la navega- 
ción que nosotros intentábamos establecer, antes les favo- 
recería mucho por facilitarles en gran manera la adquisi- 
ción de víveres y otros objetos de Colombia que ellos 
necesitaban; y noté además que desde entonces todos los 
dependientes de la casa tenían un interés especial en' con- 
vencernos de que nuestra demora obedecía únicamente al 
Gobierno del Perú o a sus subalternos, y que la casa Arana 
estaba dispuesta a favorecernos en todo, como lo había de- 
mostrado, facilitándonos leña y víveres. A pesar de todo, 
nosotros no dejábamos de repetir en nuestros adentros 
aquel sabio refrán de que "por más que el lobo se vista de 
piel de oveja, lobo se queda." 

A las seis de la tarde del mismo día que llegamos a El 
Encanto, el comandante de la Yaquirana, acompañado de 



- 95 - 

un intérprete, individuo de la tripulación que poseía muy 
bien el castellano, se fue a conferenciar con el Capitán Cu- 
riel, para exigirle que nos despachara pronto; le respondió 
que no había inconveniente para el despacho, puesto que 
la documentación era legal, pero siendo la primera vez que 
subía embarcación para Colombia, había consultado a Iqui- 
tos si se debía mandar un gendarme hasta Yuvineto. Estas 
razones nos tranquilizaron bastante. Durante esa forzada 
demora, aprovechamos el tiempo libre para conocer bien 
todo lo de El Encanto. Visitamos las maquinarias de la 
Telefuncke o torre inalámbrica, y el telegrafista, un señor 
Salinas, nos mostró la manera como funciona esa admira- 
ble invención del ingenio humano. Transmitió y recibió 
algunas comunicaciones en nuestra presencia. Nos dijo 
que todos los días se comunicaba con Lima por intermedio 
de las torres de Iquitos, Manaos y otras . Nos manifestó que 
oía radiogramas de casi todas las Repúblicas de Sur Amé- 
lica, y algunas veces hasta de las Antillas. Sólo de Colom- 
bia dijo que no tenía presente haber oído transmisión al- 
guna. El lo atribuía a que seguramente no funcionaba en 
ese entonces estación alguna radiotelegráfica en Colombia. 

Mientras estábamos hablando con el señor telegrafista, 
entró a la oficina el Capitán Curiel. Aprovechamos la oca- 
sión para preguntarle si nos despacharía pronto, y su res- 
puesta fue que no nos despachaba, porque tenía orden de 
no dejar pasar embarcación alguna que no viniera del puer- 
to de Iquitos. Esta respuesta tan inesperada nos hizo sos- 
pechar que se trataba de algún plan para impedirnos el 
paso a todo trance. 

Aproveché la ocasión de la ida de un colombiano a 
San Antonio, donde los Padres Franciscanos, y les escribí 
recordándoles la visita que les hicimos en el mes de mayo, 
y contándoles también algo de lo que nos estaba sucediendo. 

El tercer día de nuestra permanencia en el Caraparaná, 
por la mañana el comandante de la Yaquirana fue a decir al 
Capitán Curiel que si él no nos despachaba pronto, le man- 
daría un oficio exigiéndole expusiera por escrito los moti- 
vos que tuviera para tal proceder. El Capitán peruano le 
contestó que tal vez a las once de la mañana llegaría la 
respuesta a la consulta que había elevado a Iquitos y podría 
despacharnos, pero que en todo caso estaba listo a escribir 



- 96 — 

ios motivos porqué no despachaba la lancha. Ese mismo 
día el primer piloto de la embarcación detenida mandó un 
oficio al mismo Capitán Curiel, preguntándole qué requi- 
sitos se necesitaban para poder pasar en lancha brasilera 
por territorios ocupados por el Perú. Con el que entregó 
el oficio mandó razón al piloto brasilero que le contestaría . 
Poco después de recibido este oficio, Curiel se fue a confe- 
renciar con Loaisa, conferencia que quiso ocultar el Capi- 
tán peruano, procurando despistar en público, pues precisa- 
mente cuando se dirigía a donde Loaisa, pasó por donde 
nosotros estábamos hablando con el capitán de la Callao; 
3 para que nosotros lo oyéramos le preguntó en alta voz 
cómo estaba Loaisa y le encargó que lo saludara, diciéndole 
que aquel día no podía ir a visitarlo. Al salir de la confe- 
rencia con Loaisa, Curiel mandó decir al primer piloto, 
como respuesta a su nota, que otra vez se fijara en lo que 
escribía, porque la palabra territorio ocupado por el Perú 
era una ofensa que se hacía a su patria, ya que el Perú 
nunca ha ocupado sino lo que siempre le ha pertenecido 
Ese día el doctor Márquez fue a decir al Capitán Curiel 
que si él o yo éramos la causa de no despacharse la lancha 
para Colombia, o nos tenía por sospechosos, allí estábamos 
a su disposición; pero que en todo caso no demorara más 
el despacho. Le contestó que ni yo ni el doctor Márquez 
éramos la causa de la demora, pues bien veía que éramos 
personas serias y honradas, de quienes nada había que 
temer . 

Al llegar con el doctor Márquez a la Yaquirana, de re- 
greso de un paseo que hicimos por aquellos alrededores, 
encontramos al comandante de la Callao y al primer piloto 
de nuestra lancha en el siguiente alegato: decía el primer 
piloto: "Si la Yaquirana no llega a Puerto Asís por causa 
de los peruanos, cuenten ustedes con que el vapor Liberal 
tampoco llegará a El Encanto por causa de los brasileros." 
El comandante le respondía: "Si la Yaquirana intenta su- 
bir sin despacho del Capitán Curiel, seguiremos tras ella y 
le impediremos el paso, aunque sea a bala, y si se regresa 
a Manaos sin esperar la respuesta de Iquitos, el Gobierno 
del Perú nada perderá con esto; quienes perderán serán 
ustedes." Esto demostraba que los ánimos se iban exaltan- 
do de parte y parte, y hasta peligraba un conflicto. Inter- 
vinimos nosotros, a fin de que se dejaran de disputas, que 



- 97 - 

a nada conducían ; y así se calmaron . En todas esas los de 
la casa Arana, seguramente para disimular sus verdaderos 
sentimientos, al parecer se desvivían para ayudarnos a re- 
solver las dificultades. Nos aconsejaban con mucho interés 
que aguardáramos, que estaban ciertos de que llegaría res- 
puesta favorable para nuestro paso; y nos decían que de- 
seaban en gran manera la libre comunicación con Colombia, 
a fin de poder realizar buenos negocios y reanimar el co- 
mercio del Putumayo, tan decaído entonces y ahora. Nues- 
tro Comandante, viendo que iban pasando los días sin con- 
seguir nada, mandó al Capitán Curiel, en la tarde del 21 
de agosto, un oficio en el que le preguntaba y exigía por 
contestación escrita, los motivos que tuviera para no des- 
pachar la lancha brasilera. A este oficio contestó Curiel 
con el que copio a continuación: 

"V Región del Oriente — Sector número 1 — Comandancia — Encanto, 21 de 

agosto de 1918 . 

"Señor Comandante de la lancha brasilera Yaquirama, al ancla en este 
puerto — Presente . 

"Señor Comandante: 

"En contestación de su oficio de la fecha, debo mani- 
iestarle que a pesar de existir libre navegación fluvial entre 
los Estados Unidos del Brasil y el Perú, sin embargo es de 
práctica, como requisito aduanero, que toda embarcación 
que pase al Alto Putumayo sea despachada por la aduana 
principal de ¡quitos. Así pues, la demora de cincuenta ho- 
ras que esta Comandancia tiene hasta la fecha, en expedir 
el pase de salida de la embarcación de su digno mando, 
obedece a una consulta que sobre el particular se ha hecho 
por radiograma a la superioridad en Iquitos, y que el sus- 
crito no puede precisar su llegada. 

"Dios guarde a usted, señor Comandante. 

"El Capitán Comandante del sector, 

*'Me. Curiel* 

Un viaje por el Putumayo y el Atnazona3'-7 



~ 98 — 

Impuesto el Comandante Viera de la contestación del 
Capitán Curiel, resolvió que si al día siguiente no obtenía 
el pase, reuniría a la oficialidad del buque, a los demás tri- 
pulantes y pasajeros, y en presencia de todos formularía 
por escrito formal protesta, haciendo cargo al Gobierno del 
Perú de todos los daños y perjuicios que el proceder de 
Curiel nos ocasionaba. Al día siguiente resolvimos apurar 
todos los recursos, antes de tomar la dolorosa resolución 
de regresar a Manaos sin llegar a Puerto Asís. Nos dirigi- 
mos al Gobernador del Amazonas y al Cónsul brasilero en 
Iquitos por medio de la Telefuncke, en los siguientes tér- 
minos: 

"Encanto, 22 de agosto de 1918. 

"Em viagem alto Isa com embarsasao mercante brazi- 
ieira de meu comando, estamos detido por autoridades pe- 
ruanas. Todus os papéis e carga estando legalizados, por 
autoridades brazileiras e peruanas de Manaos e da Frontei- 
ra. A autoridade deste lugar officiomme que so pode dar 
passe as embarcacao sejam despachadas en Iquitos. Con- 
sulton seu Governo . Pedimos esclarecer este asunto urgen- 
temente. Demorados desde 19 as 14 horas. 

"Fermado, Augusto Viera" 

' Estos dos telegramas nos costaron la friolera de 173 
soles peruanos. Mientras tanto, el señor Loaisa nos decía 
que se interesaba mucho por nosotros, y que había puesto 
un radiograma al señor Prefecto de Loreto, diciéndole que 
la lancha brasilera se perjudicaba con la demora en despa- 
charla. 

El 23 de agosto a mediodía, viendo que aún no se to- 
maba resolución alguna por parte de los peruanos, el señor 
Viera mandó al Capitán Curiel el siguiente oficio: 

•'Ilustrísimo señor Capitáo da Comandancia do Porto do Encanto. 

"Levo ao vosso conhecimiento que a lancha nal brazi- 
leira Yaquirana sob meu comando prizentemente detida 
n'este porto por ordem de Vuestra Señoría so tenho, resol- 
vido a so sperar até amanha as 8 horas do día a desisaó de 
Vuestra Señoría com nao haya resolusaó alguna. Convoco 
a junta de officiaes e lavro o meu protesto responsabilizan- 



— 99 — 

do au Governo peruano por tudos os prejuijos causados da 
leferida embarsasao. Nestos termos pede deferimento. 

"Firmado, 

''Augusto Viera, Comandante de Yaquirama." 

En este día tanto Loaisa como Curiel manifestaron un 
interés especial en decirnos que tenían plena seguridad de 
que siendo la lancha brasilera podría llegar hasta Puerto 
Asís. El Capitán Curiel dijo particularmente al Coman- 
dante Viera que hacía varios días tenía telegrama sobre la 
Yaquirana, y añadió que si en la lancha no hubiera más 
que brasileros, estaría ya despachada, y que la causa de la 
dem.ora érameos nosotros. Enterado el doctor Márquez de 
estas manifestaciones del Capitán peruano, aprovechó una 
ocasión en que estaban juntos Curiel y Loaisa para decirles 
que le gustaría oír una declaración de esta clase de boca 
de un funcionario del Gobierno del Perú, pues "yo — aña- 
dió — aunque simple particular, tengo conocimiento de que 
el Gobierno de mi Patria no pone obstáculo alguno a que 
suban lanchas peruanas a Puerto Asís. Si la declaración 
de que habla el señor Viera es cierta, la pondré en conoci- 
miento del Gobierno de mi Patria." Inmediatamente tomó 
la palabra Loaisa y dijo que la manifestación a que se refe- 
ría el Comandante brasilero la había hecho él (Loaisa), no 
el Capitán Curiel; pero que el sentido de ella era que no 
habiendo tratado de navegación entre Colom.bia y Perú, 
era imposible dar paso libre sin m.uchas condiciones. Que 
ciertamente existía un tratado de libre navegación del Pu- 
tumayo entre Perú y Brasil, pero que estaba ya caducado 
por no haberse puesto nunca en práctica. 

El Capitán Curiel, cuando recibió la última nota de 
nuestro Comandante, le mandó decir verbalmente "que 
sentía mucho no poder dar todavía el pase, pues en ningún 
caso debía desobedecer órdenes de sus superiores, y que 
por lo demás estaba listo a recibir y firmar la protesta aue 
levantaran en la Yaquirana." Adem.ás, Curiel particular- 
mente dijo a Viera que el Perú no quería cuestiones con el 
Brasil, pero que con todo estaba plenamente convencido 
que mientras no se fijaran definitivamente los límites entre 
Perú y Colombia, sería la última vez que subía lancha a 



— 100 — 

Puerto Asís. Este mundo de razones contradictorias nos 
convencieron que no pasaríamos. Por otra parte, las vitua- 
llas y recursos de nuestra lancha iban escaseando, y el per- 
juicio que recibíam.os por cada día de demora no prevista 
era grande . El 24 de agosto a las ocho de la mañana, como 
habíamos anunciado en la nota dirigida al Capitán Curiel, 
se reunió a bordo de nuestra lancha la junta de oficiales 
convocada por el Comandante Viera, y además todos los 
pasajeros y tripulantes, y se formuló oficialmente y por es- 
crito una protesta solemne, haciendo cargo al Gobierno del 
Perú de los daños y perjuicios que nos causaba el procedi- 
miento arbitrario del Capitán Curiel. Se mandó copia de 
esta protesta a dicho Capitán, y empréndemeos nuevamente 
marcha de regreso a Manaos. 

VIII 

I>e El Encanto a IVlanaos — Conflicto internacional inminente — Escoltados 

por la "Callao" — Justa indignación en el Brasil — Nuevo acceso de fiebre. 

Sensación en Manaos y protestas de la prensa — ^Se ratifica la reclamación 

ante las autoridades federales. 

Calcúlese cuáles serían nuestra desilusión y pena al 
bajar nuevamente el Putumayo sin haber podido coronar 
con éxito nuestros titánicos esfuerzos, estando ya tan cerca 
de Puerto Asís . Calculábamos que emplearíamos cinco días 
de El Encanto a Puerto Asís con la Yaquirana. La tripula- 
ción brasilera al llegar su nave a la desembocadura del Ca- 
laparaná, estuvo tentada de aceitar bien sus rifles, seguir 
Putumayo arriba y arrostrar las consecuencias. Bastante 
nos costó calmar los ánimos, a fin de evitar un conflicto in- 
ternacional. La Callao nos volvió a escoltar, seguramente 
hasta cerciorarse de que habíamos pasado el Cotué, pues 
como nuestra lancha andaba mucho más, muy pronto la 
perdimos de vista y no supimos a punto fijo hasta dónde 
nos seguiría. 

Grande fue la indignación de los brasileros al enterarse 
de que no habíamos podido llegar a Puerto Asís por causa 
de los peruanos. Sobre todo los radicados en el Bajo Pu- 
tumayo y sus vecindades, a quienes tanto habría favorecido 
ja libre navegación de aquel río, estaban furiosísimos y de- 
cían que ellos tampoco dejarían pasar el vapor Liberal. 



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— 101 — 

En Tunantins dejamos recomendado el bote Márquez 
al Reverendísimo Padre Evangelista, diciéndole que se lo 
regalábamos, si acaso no volvíamos por esa vía o no lo ne- 
cesitábamos más. 

Al pasar por la confluencia del Putumayo y el Tunan- 
tins, me dio otro acceso de fiebre, como el que experimenté 
en Manaos, a mediados de julio. Dos días estuve postrado en 
el camarote y con temor de que no me mejorara tan pronto, 
pero gracias a Dios, al tercer día pude pararme de nuevo. 

El 3 de septiembre llegamos nuevamente a Manaos. 
Allí causó gran sensación la noticia de lo que nos había su- 
cedido en El Encanto . Toda la prensa de la ciudad protestó 
con vehemencia contra los abusos de los peruanos. Como 
muestra transcribo, traduciéndolo al pie de la letra del por- 
tugués, lo que dijo Gazeta da Tarde, de aquel mismo día^ 
uno de los diarios de más circulación en el Estado del Ama- 
zonas : 

''Abuso del vecino peruano, a bordo de la 'Yaquirana.* 

"Con destino a San Francisco de Asís, en el alto Isa, 
puerto colom.biano, zarpó de nuestro puerto el día 28 de 
julio último la lancha Yaquirana, bajo el mando del señor 
Augusto Viera, y de consignación de la casa J. V. D'Oli- 
veira, de esta plaza. La referida embarcación, que llevaba 
gran cargamento, fue legalmente despachada en las ofici- 
nas estadoales, federales y en los respectivos Consulados 
del Perú y Colombia. 

"Después de salir de este puerto siguió viaje sin el me- 
nor contratiempo hasta Tarapacá, lugar donde se halla ins- 
talado un puerto peruano. La respectiva autoridad revisó 
los papeles de la Yaquirana, y viendo que estaban legaliza- 
dos, despachó la lancha dejando que siguiera en paz su 
camJno. Dos días después, todavía en aguas peruanas, fue 
la Yaquirana sorprendida por el encuentro de la lancha pe- 
ruana Callao, armada, trayendo a bordo una fuerza de sol- 
dados peruanos, bajo el mando del Capitán Curiel, Comi- 
sario peruano del Putumayo. 

"Intimado el Comandante de la Yaquirana a pasar, la 
fuerza peruana invadió la lancha, y después de examinar los 
papeles pasó revista a toda la embarcación, inclusive en las 
bodegas, a pesar de las protestas del Comandante de la 
Yaquirana. 



— 102 - 

"El Capitán Curiel intimó al Comandante Augusto 
Viera a seguir con su embarcación hasta la población pe- 
ruana de El Encanto, punto muy desviado de la ruta o ca- 
mino que debía seguir la Yaquirana. 

"Preguntado por el referido Comandante cuál era la 
razón de tamaño abuso, el Capitán respondió que si la lan- 
cha procediese de Iquitos, podría seguir sin dificultad, pero 
como era del Brasil, tenía orden de no dejarla pasar. 

"En estas condiciones, la lancha siguió hasta El En- 
canto, donde estuvo aprisionada por espacio de cinco días, 
sin el menor respeto a nuestras leyes, a pesar de las cons- 
tantes y justas reclamaciones de su Comandante, quien 
mostró todos los documentos sellados y legalizados. Visto 
esto, el Comandante extendió su protesta, en la cual hacía 
responsable al Gobierno peruano de tal atropello. Embar- 
cóse de nuevo para Manaos, adonde llegó hoy. El Coman- 
dante notificó lo ocurido a las autoridades competentes, y 
mañana ratificará su protesta ante el Juez federal. Eran 
pasajeros de la Yaquirana el ilustre Tomás Márquez, colom- 
biano, y el Reverendo Padre Gaspar Pinell. Esta noticia 
fue recogida en la casa consignataria de la referida lancha 
y confirmada por el digno doctor Tomás Márquez, con 
quien tuvimos el placer de hablar." 

Lo primero que hicimos al llegar a Manaos fue ir a en- 
contrar a un buen abogado que se hiciera cargo de presen- 
tar y tramitar nuestra protesta y demanda ante las autori- 
dades federales. Junto con el Comandante Viera, entabla- 
mos pues la correspondiente reclamación. Como no sabía- 
mos lo que nos sucedería y qué determinaciones tendríamos 
qué tomar, esta vez llevamos hasta la capital del Amazonas 
a toda la tripulación del bote Márquez. 

El doctor Márquez y el suscrito volvimos a alojarnos, 
como era natural, en el convento de nuestros Padres, y a 
los bogas les buscamos un hotel. 



103 — 



IX 

l'iaje del doctor ¡Márquez a Río de Janeiro y Lima — >Ii permanencia en IVIa- 
naos — Informe de Vuestra Reverendísima — Sensible separación — Gestiones 
pai-a salir pronto de IManaos — Elección de vía para el regi'eso— Vía Puluma- 
yo como mal rticnoi* — Visita y servicios de Julio Ai'ana — ^Radiograma de Iqui- 
tos y carta del señor Arana — Fecha en que el vapor "Liberal" sale de Iquitos. 
Inspiración del Ángel do la Guarda — Arana sigue la pista de las gestiones 
de la Misión para establecer la navegación del Putuinayo — Suposiciones 
sobi-e influencias de Arana — Gestiones de Ai'ana para valorizar su empresa. 

Después de hechas las primeras diligencias de la recla- 
mación, resolvimos que el doctor Márquez siguiera a Río de 
Janeiro y de allí a Lima, si era necesario, a fin de interesar 
a las Cancillerías en la resolución y buen éxito de la de- 
manda iniciada. Yo me quedaría en Manaos activando lo 
conveniente, para que la demanda debidamente documen- 
tada llegara pronto a Río de Janeiro, y al mismo tiempo 
para ver qué se podía hacer con la carga de la lancha. 

Hasta esa fecha nada había escrito a Vuestra Reveren- 
dísima desde que salimos de Güepí, último punto del Pu- 
tumayo que se comunica con alguna facilidad con Puerto 
Asís, por la sencilla razón de que estábamos persuadidos 
de que primero llegaríamos nosotros a Colombia que las 
cartas que le despacháramos por correo. Pero entonces 
viendo el mal suceso del pasado y lo incierto del porvenir, 
le escribí un informe explicándole lo sucedido hasta aquel 
día y las angustias y oscuridad en que estábamos respecto 
a lo que nos sucedería en adelante; convencido esta vez de 
que por bien que nos fuera en nuestro viaje de retorno, le 
llegaría el informe mucho antes de que nos viéramos. Con 
todo, el informe llegó a Sibundoy quince días después de 
estar yo allá. 

Al cuarto día de haber llegado a Manaos, el doctor se 
embarcó para Río de Janeiro, quedándome con los cinco 
muchachos con quienes salimos de Puerto Asís. Cualquiera 
que sepa de amistad verdadera y haya compartido penas 
y alegrías, triunfos y fracasos con algún buen amigo, com- 
prenderá fácilmente cuánto sentiríamos aquella separación 
en tierra extraña, sobre todo por la incertidumbre y oscu- 
ridad de unos y otros. Busqué manera de hacerme a re- 
cursos para poder salir de Manaos tan pronto como la 
buena marcha de la reclamación me lo permitiera. Varias 
veces m.e tocó ir a declarar ante el Juez Federal y procurar 



— 104 — 

que todos los de la tripulación de la Yaquirana hicieran lo 
mismo. Fui estudiando la vía más fácil para llegar nueva- 
mente a Colombia con los bogas. Después de las debidas 
comparaciones, dadas las dificultades para combinar vapo- 
res, arreglar pasaportes y muchas otras debidas a la guerra 
europea, y especialmente a que el Brasil era nación beli- 
gerante, llegué a la convicción de que la vía más fácil y 
económica, aunque no la menos penosa, era sin duda alguna 
la del Putumayo, aprovechando el vapor peruano que cada 
tres meses va de Iquitos a El Encanto. 

Resolví pues trabajar para hacer la siguiente combina- 
ción: embarcarnos en vapor brasilero desde Manaos a la 
confluencia del Putumayo; en vapor peruano de este punto 
a El Encanto, y en el bote Márquez de Caraparaná a Puerto 
Asís. Esta combinación nos hacía pensar seriamente en las 
torturas que nos causarían los moscos del Putumayo en el 
trayecto de El Encanto a Caucaya; pues si bajando por la 
mitad del río casi nos desesperaban, qué sería subiendo a 
paso lento por las orillas, donde se juntan a millones, amén 
de los inconvenientes de las enormes avenidas, que muchas 
veces detienen semanas enteras a los que suben en canoa y 
de la despoblación absoluta de aquel trayecto. Con todo, 
como mal menor escogimos esa vía. Para poder hacer con 
éxito la combinación indicada, era preciso que tuviera cer- 
teza de la fecha en que el vapor Liberal salía de Iquitos 
para el Putumayo, y también de que los peruanos nos deja- 
rían embarcar y pasar sin dificultad. Para ese objeto creí 
oportuno aprovechar los servicios del señor JuHo Arana, 
el cual muchas veces se había brindado a ayudarnos en lo 
que se ofreciera. Al llegar a Manaos con la Yaquirana, la 
primera visita que se nos hizo en el convento de los Padres 
Capuchinos fue la de ese señor, que nos vino a manifestar 
r^u condolencia por lo que nos había sucedido en el Putu- 
mayo. jSabe Dios la parte que a él le correspondía en las 
causas de estos desdichados acontecimientos! A pesar de 
todo, haciendo de la necesidad virtud, me resolví a confe- 
renciar con el señor Julio Arana para combinar el viaje. 
Con muchas atenciones me informó de las fechas en que el 
vapor Liberal salía de Iquitos y entraba en el Putumayo, y 
me brindó caballerosa y espontáneamente su recomenda- 
ción para el Comandante de dicho vapor, a fin de que nos 
llevara sin dificultad hasta El Encanto, y también para que 



- 105 ~ 

las autoridades peruanas no pusieran obstáculo alguno a 
nuestro paso para Colombia en canoa. Le pregunté si creía 
él que podía haber dificultad en que alguna lancha brasi- 
lera de las del Bajo Putumayo o Alto Silimoes nos fuera a 
dejar hasta Yuvineto en caso de no poder tomar a tiempo 
el vapor Liberal. Me contestó que no podía darme respuesta 
segura a este asunto; pero me dijo que si yo quería, pon- 
dría un radiograma a Iquitos consultando, y que tan pronto 
como tuviera contestación me la haría conocer. Acepté y 
agradecí el ofrecimiento. En efecto, a los dos días me man- 
dó al convento de San Sebastián la contestación de Iquitos, 
acompañada de una atenta carta; la respuesta decía: 

"Itaj-a (Iquitos), 18 septiembre 191 S. Extra. 
"Arana — Alauaos . 

"Prefecto dice no está sus atribuciones conceder lan- 
cha Riveiro surque Yuvineto, pudiendo Padre Gaspar via- 
jar sin inconveniente vapor Liberal próximo octubre. 

"Firmado, Zumaeta" 

La carta estaba concebida en los siguientes términos; 

"Reverendo Padre Gaspar de Pinell — Presente. 

"Muy estimado Padre: 

"En este momento recibo el telegrama de Iquitos, el 
que original acompaño a ésta, y por el que verá usted que 
no hay inconveniente en que viaje en el vapor Liberal. 

"Comprendo, como dije a usted, que las autoridades 
peruanas no dejarían pasar la lancha del señor Riveiro arri- 
ba de El Encanto; pero creo que si en el telegrama de pre- 
gunta no hubiéramos dicho que iría hasta Yuvineto, y sí 
al Encanto, no hubiera puesto inconveniente el señor Pre- 
fecto de Loreto. 

"Al decir que no hay inconveniente en que viaje en el 
vapor Liberal, es de entender también que no hay obstá- 
culo para que siga de allí en canoa y con sus remadores, 
pues que eso dijimos en el telegrama de pregunta. 

"No avisa la fecha de salida del Liberal de Iquitos, sin 
duda porque no saben ni allí, puesto que depende del tele- 



~ 10b — 

grama que harán de Chorrera y Encanto pidiéndolo; pero 
yo creo que no saldrá de Iquitos antes del 10 de octubre, 
conforme hemos conferenciado verbalmente. 

"Por estar muy ocupado, con un correo que sale hoy 
ai Para, no puedo ir personalmente a verlo, pero aquí me 
tiene usted siempre a su disposición. 

"Con sinceridad y simpatía, soy su muy atento y se- 
guro servidor, 

'7. C. Arana" 

El que haya seguido atentamente el curso de esta re- 
lación y conozca lo que representa Julio Arana en Iquitos 
y en el Putumayo, quizá podrá ver entre líneas cómo las 
ideas que en ella se expresan con ambigüedad estudiada 
respecto a la ida de lanchas brasileras al Alto Putumayo, 
no están muy en desacuerdo con las que se nos manifesta- 
ron en El Encanto sobre este mismo asunto, y que segura- 
mente fueron el resorte, arbitrario por supuesto, que nos 
impidió llegar a Puerto Asís, y deducir de ahí que las in- 
fluencias de ese señor no eran ajenas a los consejos de Loai- 
vsa, ni a las perplejidades de Curiel. 

Como se ve en la carta transcrita, la fecha m.ás proba- 
ble en que el vapor Liberal saldría de Iquitos era el 10 de 
octubre. Según eso, pudimos permanecer en Manaos hasta 
el 2 o 4 del mismo mes, días en que por lo regular pasaba 
por Mañaos el vapor brasilero de la línea Pará-Iquitos . Así 
me lo aconsejó repetidas veces el mismo señor Arana, ig- 
noro si con verdadera sinceridad, y otros amigos. A pesar 
de todo lo que me decían, tenía cierto presentimiento que 
me impelía fuertemente a salir de Manaos antes de la fe- 
cha aconsejada, a fin de asegurar que el vapor Liberal no 
eitrara en el Putum.ayo, sin estar nosotros en su confluen- 
cia. Después de serias reflexiones determiné hacer caso 
omiso de los consejos y seguir mi impulso interior, y por 
lo que más adelante contaremos, se verá cuan acertada fue 
esa determinación, la cual he atribuido siempre a influen- 
cias del Ángel de la Guarda. 

En esa ocasión que nos franqueamos más con el señor 
Julio Arana, supe por boca de él mismo que hacía tiempo 
seguía la pista del interés con que la Misión trataba de es- 
tablecer la libre navegación del Putumayo. Me contó el si- 



— 107 — 

guíente hecho, que comprueba plenamente lo que acabo de 
afirmar. El año antes de emprender nosotros el viaje, Vues- 
tra Reverendísim.a escribió al Ilustrísimo señor Obispo- de 
Manaos exponiéndole sus ideas sobre este asunto y pidién- 
dole datos comerciales y de otros órdenes sobre la plaza 
de Manaos, que pudieran orientarlo para adelantar con 
éxito sus gestiones . El Ilustrísimo señor Obispo pasó la 
carta a su muy ilustre Vicario General, a fin de que tomara 
ios datos correspondientes y formulara la contestación de- 
bida. El muy ilustre señor Vicario era amigo íntimo de don 
Julio Arana, amistad que se fomentó entre otras razones 
por la vecindad de las respectivas casas de habitación. Lo 
primero que je ocurrió a dicho sacerdote al recibir el en- 
cargo del Ilustrísimo señor Obispo, fue pasar la carta de 
Vuestra Reverendísim^a al señor don Julio Arana, a fin de 
que le suministrara los datos indispensables para la contes- 
tación; lo cual hizo este señor, según él mismo me explicó. 
Siento no poder tener a la vista en estos momentos aquella 
contestación para fijarme si se traslucen o nó deseos de que 
el Putumayo quede expedito para el comercio de Colom- 
bia. Todo esto me hace suponer que las gestiones de Arana 
para nuestro fracaso venían estudiándose y desarrollán- 
dose con mucha anticipación y sagacidad. Así, cuando re- 
cibió la noticia de que nosotros pasamos por El Encanto 
con rumbo a, Manaos, se enteró de que habíamos llegado 
a aquella ciudad y de lo que nos proponíamos hacer ; él por 
su lado iría moviendo resortes que condujeran con seguri- 
dad al resultado que lamentamos . Lo expuesto son apenas 
suposiciones, pero dejamos al criterio de los lectores el 
juzgar si son o nó fundadas. 

En ese tiempo me impuse también de las diversas ges- 
tiones que ha hecho Julio Arana para sacar a su empresa 
del Putumayo del estado de quiebra en que se halla, o por 
Ir menos se hallaba, pues él mismo me dijo que entre Para 
e íquitos tenía íntegras las zafras o cosechas de dos años, 
sin que pudiera conseguir valorizarlas y explotarlas. Este 
es un dato que puede persuadir a cualquiera de que si pa- 
garan siquiera medianamente bien, a los miles de indios 
que tienen ocupados en el Caraparaná e Igaraparaná, 
dado, además, el poco valor del caucho que sacan, porque 
r o es del fino, la empresa tendría necesariamente que ob- 
tener pésimos resultados económicos. Supe entonces, no 



— IOS — 

por boca de Arana, sino por otros que seguían muy bien 
sus gestiones, que este señor no hacía mucho que había 
hecho una gran propaganda, por medio del cinematógrafo, 
de sus caucheras del Putumayo, para venderlas bien o para 
levantar capital con qué poder dar más lucrativa ocupación 
a sus miles de indios. Yo mismo pude ver una colección de 
vistas muy bien tomadas, que m.e confirmaron plenamente 
este aserto. Fueron completamente negativos los resulta- 
dos de su propaganda; pero por lo que pude ver, ese señor 
no pierde ocasión para buscar medios de revivir su empre- 
sa. En esos días se había organizado un sindicato inglés, 
cuyo Gerente, según me informaron, era un señor colombia- 
no, Norzagaray, a quien conocí personalmente, para ex- 
plotar la balata, en la región de Ríobranco, pues según de- 
cían, esa goma, muy abundante en aquellas regiones, era 
más útil que el caucho para algunas industrias especiales, 
como correas de máquinas, cubrir cables submarinos, etc. 

Los del sindicato traían instrucciones especiales para 
sacar la goma sin cortar los árboles, y para prepararla en 
forma de cueritos delgados, que la hacía muy valiosa. El 
señor Julio Arana, como era natural, se enteró de todos 
estos proyectos, buscó pronto quiénes fueran a contratarse 
de peones con aquellos empresarios, para que aprendieran 
pronto y bien esa nueva industria y mandarlos después al 
Putumayo, a fin de que la enseñaran a los indios de su do- 
minio. Así se realizó en efecto, y según informes posterio- 
les qué he tenido, la balata que sacan y preparar los indios 
del Caraparaná e Igaraparaná es muy apreciada en el co- 
mercio y ha servido en gran manera para evitar la ruina 
total de la casa Arana. Con todo, por las informaciones que 
pude adquirir, estoy en la convicción de que aquella em- 
presa no está en estado floreciente, y que su dueño la ven- 
dería con gusto si hubiera quien le ofreciera lo suficiente 
para quedar en buen predicamento en Loreto. Al impo- 
nerme por medio del cable, de que el Senador Arana era 
adverso al tratado de límites con Colombia, he llegado a 
pensar que tal vez su oposición se deba a fines de negocio, 
esto es, intentar con su proceder inducir al Gobierno de 
Colombia a que le compre al precio que él desee, todos los 
intereses que él tiene en el Putumayo; pues no se compa- 
gina esa actitud con lo que él mismo me dijo más de una 
vez; estoy persuadido de que con sinceridad, comprendía 



— 109 — 

las ventajas que traería para Colombia y el Perú, sobre todo 
para Loreto, su tierra natal, un tratado de límites y libre 
iiavegación, que pusiera fin al estado de tirantez e incom- 
prensión que tanto perjudicaba a ambos países y que, como 
peruano, deseaba de veras se llegara pronto a esa amigable 
y honrosa solución. 

X 

Oliveira, nuestro apoderado — Araiisticio eui-opeo — Radiogi'ania del doctor 
Márquez — ^Período álgido de la crisis del ilinazonas — Bogas en la cárcel. 
Desaparción del práctico Vargas — Motivos que nos impelían a salir pi'onto 
de 3Ianaos — Ajisiedad en Puerto Asís — Las Cancillerías de Colombia, Brasil 
y Perú, preocupándose de nosotros. 

El 26 de septiembre salió de Manaos el vapor Cidade 
de Teffé con rumbo al río Yavarí, y en él tomamos pasaje 
hasta la desembocadura del Putumayo. 

Antes de dejar definitivamente a Manaos, recomendé 
todos nuestros asuntos al señor José Vaz D'Oliveira, Cónsul 
de Venezuela y Encargado en ese entonces del Consulado 
de Colombia, quien hasta el presente ha tomado tanto inte- 
rés en lo que se le recomendó, como si fuera cosa propia. 
Antes de separarnos del doctor Márquez, constituimos am- 
bos nuestro apoderado legal al señor D'Oliveira, con am- 
plios poderes para poder obrar como nosotros mismos, 
quedando encargado de todos nuestros intereses pendien- 
tes, mercancías, reclamación, etc. En esos días se firmó el 
armisticio entre los beligerantes de la guerra europea, cir- 
cunstancia que nos perjudicó en gran manera para la reali- 
zación de las mercancías de la lancha, pues con la sola 
noticia de la suspensión de hostilidades, los precios dismi- 
nuyeron en un 20 o 30 por 100. El señor Oliveira nos fue 
dando cuenta exacta a su debido tiempo del curso de los 
asuntos que le habíamos recomendado con completa escru- 
pulosidad, acreditando una vez miás su merecida fama de 
perfecto caballero portugués. Que Dios Nuestro Señor re- 
compense abundantemente sus inapreciables servicios y 
bondades . 

El doctor Márquez se encargó de estudiar las facilida- 
des que ofreciera el viaje por la vía de Belén del Para y 
otras del Sur, lo mismo que si el asunto de nuestro reclamo 
era muy demorado o de fácil resolución, y comunicarnos 
pronto sus impresiones para nuestro Gobierno. Con reía- 



— no- 
ción a estos encargos nos puso desde Marañón el siguiente 
radiograma: 

"Asunto demorado, si es posible cojan vía Putumayo 
o ¡quitos." 

Esta comunicación confirmó plenamente lo acertado 
que anduve al escoger la vía Putumayo. 

En el tiempo de nuestra segunda permanencia en Ma- 
naos, la crisis general había llegado a su período álgido. 
Todos los días se registraban raterías, y como nuestros bo- 
gas eran desconocidos allí y los policías veían que no se 
ocupaban en trabajo alguno, cada rato cogían a uno u otro 
como sopechosos. Varias veces tuve que ir a sacarlos de 
la cárcel haciendo ver a los agentes de seguridad que se 
trataba de personas honradas, explicándoles los motivos de 
•a situación en que se encontraban. Por otra parte, los gas- 
tos diarios de los cinco bogas en el hotel eran considerables. 
Además, pasamos el gran susto de perder por unos días al 
práctico Vargas. Como nunca había vivido en ciudad sino 
a sus anchas en medio de las tribus de los indios, el encon- 
trarse encerrado entre cuatro paredes del hotel o en el pe- 
rímetro de la ciudad, que para él se convertía en cárcel; la 
muchedumbre que continuamente veía, con la cual no po- 
día tratar con aquella franqueza con que estaba acostum- 
brado con las tribus del Putumayo; el traje bien ajustado 
con que debía presentarse en público, el cual contrastaba 
con la cusma que hasta entonces había sido su vestido ordi- 
nario, los botines que comprimían aquellos pies, hechos a 
posarse con la anchura máxima de los dedos; el tener que 
comer en mesa con la etiqueta indispensable en un hotel 
V el continuo ruido de tranvías y tráfico de la ciudad, lo 
molestaron y aburrieron de tal manera, que no pudiendo 
aguantar más, sin despedirse ni avisarnos, salió de Manaos 
y se fue a vivir unos días en las riberas del río Negro . Yo y 
los demás compañeros de viaje que ignorábamos su reso- 
lución, y que no habíamos sospechado siquiera la intensi- 
dad de la nostalgia que lo afligía, creímos que se había per- 
dido o que algún cauchero brasilero lo habría conchavado 
para llevárselo a su estrada y mil conjeturas más, que nos 
tenían sumamente inquietos. 

Por otro lado, se nos hacía muy extraño que habiendo 
dejado hijos, todavía pequeños, en poder de sus parientes, 
pues hacía poco que había quedado viudo cuando salimos 



— 111 — 

de Puerto Asís, se desentendiera de tal manera de ellos, que 
ya no pensara en volverlos a ver pronto. Durante tres o cua- 
ti o días mandé a los demás bogas que lo buscaran por toda 
la ciudad y sus alrededores y que averiguaran por él en 
todos los lugares donde sospecharan que podrían recibir 
alguna noticia. Viendo lo infructuoso de las averiguaciones 
de mis compañeros, pensé dar aviso a la policía, explicando 
lo que nos sucedía. Cuando estaba ya para cumplir esta 
resolución, se presentó mi hombre manifestándome que se 
había ido a pasar unos días en las orillas y playas del río, 
porque no podía aguantar más tanto ruido y tanto encierro y 
también porque la nostalgia del agua, de la vista del río y 
de la soberana libertad que en sus riberas se goza para ba- 
ñarse cuando a uno le da la gana y para comer plátano asado 
y buen peje fresco a su gusto, sin necesidad de platos, ni 
cucharas, le habían impelido a irse a pasar unos días con 
unos amigos a que se había hecho, a fin de acabar con la 
tristeza que lo tenía abatido. Me dijo que lo perdonara por 
no habérmelo avisado antes, pues no lo hizo porque daba 
por seguro que yo no accedería a sus deseos, tan necesarios 
e imperiosos. Y que además procedió así, porque había 
comprendido que nuestro viaje no era inminente, teniendo 
el buen cuidado de regresar antes de nuestra salida. No hay 
que decir que lo perdoné con gusto, no sin la consiguiente 
reconvención de que otra vez fuera más prudente en sus 
procederes, para evitarnos angustias y dolores de cabeza. 
Todo lo expuesto y muchas otras razones en relación con 
Vuestra Reverendísima, Puerto Asís y Colombia, hacían 
que procuráramos salir cuanto antes de aquella ciudad. 

A fin de hacer las cosas en la mayor reserva, convinimos 
con el doctor Márquez no poner desde Manaos comunica- 
ción alguna sobre lo sucedido, y él quedó encargado de 
comunicarlo todo a Vuestra Reverendísima desde Belén 
del Para. Sea que el cable no llegara o que hubiera descui- 
do en el cumplimiento del convenio, lo cierto fue que Vues- 
tra Reverendísima nada supo de lo sucedido hasta mucho 
tiempo después, lo cual le ocasionó grandes sinsabores y 
ansiedades pensando en la suerte que nos había tocado, 
viendo que no llegábamos a Puerto Asís en la fecha calcu- 
lada y que no recibía noticia alguna. A este silencio se de- 
bió que nuestros nombres anduvieran por las Cancillerías 
de Colombia, Brasil y Perú, averiguando por nuestro pa- 
radero. 



112 



XI 

IjO que Iiicijnos a bordo de la "Yaquirana" — Riuiibos y dibujo del Piitumayos 
Colombianos en el Amazonas — Treinta y ocho hijos y diez y ocho nietos. 
Creyendo ser brasilero, sin renegar de Colombia — Distancia en millas náu- 
ticas de Manaos a Iquitos, Cotué y puntos interaiedios — Ciudades, pueblos 
y caseríos del Ajiiazonas — Grandes afluentes del mismo — Bocas del Cagueta. 
Dificultades que ofi*ece para la navegación. 

Antes de dar por terminada esta segunda parte, me pa- 
rece bueno explicar lo que hicimos en la Yaquirana duran- 
te el tiempo que anduvim.os en ella. En el Putumayo fui 
comparando y rectificando el rumbo del río y distancias 
que había tomado en nuestro viaje en canoa, y además con- 
seguí que uno de los prácticos de la lancha, el señor Manuel 
Pinheiro Guedes, hábil dibujante y marino fluvial muy 
práctico, me sacara un dibujo de todo el trayecto de aquel 
río que recorrimos en la Yaquirana. 

En las orillas del gran río Amazonas encontramos va- 
nos colombianos establecidos allá, quienes nos llenaron de 
atenciones y se interesaron mucho por el feliz éxito de 
nuestra empresa. Entre ellos merece m^ención especial el 
señor Heliodoro Córdoba, pástense; este sujeto nos contó 
que hacía cuarenta años que vivía en aquellas regiones, 
donde se había casado dos veces, y contaba con treinta y 
echo hijos y diez y ocho nietos. Dos veces había poseído 
buena fortuna y otras tantas había venido a menos. Nos 
dijo que sospechaba ser brasilero por no haber protestado 
de aquella nacionalidad en una época en que el Gobierno 
del Brasil dictó un decreto resolviendo que todos los ex- 
tranjeros que vivían en aquel país serían considerados como 
nacionales si en el término de seis meses no protestaban de 
la naturalización, y como él no protestó, creía que era bra- 
silero, aunque nunca había renegado de Colombia. Nos 
manifestó también que estaba en la convicción de que to- 
davía sus padres vivían en Pasto, pero hacía muchos años 
que no tenía noticia de ellos. No hay que decir que todos 
estos colombianos se forjaron ilusiones y llenaron de espe- 
ranzas patrióticas, pensando ya en emprender negocios 
con sus paisanos de Nariño, pero con el sensible percance 
de la Yaquirana todas sus ilusiones y esperanzas quedaron 
en nada. 

Fuimos anotando las distancias de Manaos a la con- 
fluencia del Putumayo, fronteras con el Perú y puntos inter- 



113 



medios, como también otras que pueden interesar a los co- 
lombianos . 

Hé aquí las principales: 



Millas 
náuticas. 



Del Atlántico a Manaos 1,030 

De Belén del Para a Manaos 930 

De Manaos hasta ¡quitos son las siguientes: 

De Manaos a Manacapuru (pueblo) 60 

De Manaos a Codajaz (ciudad) 168 

De Manos a Coary (ciudad) 259 

De Manaos a Teffé (ciudad) ...» 372 

De Manaos a Caisara, caserío y desembocadura 

principal del Caquetá : 429 

De Manaos a Fonte Boa (ciudad) 543 

De Manaos a Tunantins (ciudad) 661 

De Manos a la boca del Putumayo 679 

De Manaos a San Pablo D'Olivensa (ciudad) . 761 
De Manaos a Tabatinga (frontera con el Perú) 902 
De Manaos a Loreto (caserío peruano) .... 965 
De Manaos a Caballo Cocha (caserío peruano) . 1,000 
• De Manaos a Peruaté (caserío peruano) . . . 1,064 
De Manaos a Pebas (caserío peruano) .... 1,120 
De Manaos a ¡quitos (ciudad peruana) .... 1,232 

De la boca del Putumayo a Cotué 120 

Tenemos pues que de Manaos a Cotué, frontera del 
Putumayo, entre Perú y Brasil, hay 799 millas. Hay que 
advertir respecto a distancias en el Amazonas, que casi nun- 
ca se encuentran dos personas que concuerden en los datos, 
y esto proviene de que las medidas brasileras y portuguesas 
son distintas, en casi todos los órdenes, de las de otras na- 
ciones, como anotaremos más adelante, circunstancia que 
conviene tener en cuenta en los contratos comerciales. Res- 
pecto al caso concreto de millas, podemos señalar estas di- 
ferencias: la milla náutica y geográfica tiene 1,852 metros; 
la inglesa, 1,609, y la brasilera, 2,200 metros. I^as distancias 
que hemos apuntado las tomamos de distintas rutas de los 
pilotos de la Yaquirana. 

También anotamos los diversos pueblos, ciudades y ca- 
seríos que hay en el trayecto de la boca del Putumayo a 

Un viaje por el Putumayo y el Amazonas— 8 



— 114 — 

Manaos . En la. banda izquierda, por orden descendente, los 
principales núcleos de población son: San Antonio, en la 
boca del Putumayo, caserío; la ciudad de Tunantins; Ba- 
dajoz, población a orillas de un lago del mismo nombre; 
queda retirada del río, desde el cual no se alcanza a ver; 
Codajaz, ciudad y municipio; Anorí, pueblo regular; Ana- 
mau, caserío, y Manacapuru, población y municipio. Por 
la banda derecha, en orden ascendente, se encuentran: 
Coary, ciudad y municipio; Teffé, la ciudad más antigua y 
municipio; Caisara, caserío de frente a la desembocadura 
del Caquetá; Ponte Boa, ciudad y municipio. Además de 
los centros indicados, se encuentran multitud de fincas, al- 
gunas formando caserío, todo lo cual contribuye a dar un 
aspecto bellísimo a*las riberas del gran río de América. En 
este mismo trayecto de río de que estamos hablando des- 
embocan, a lado y lado, grandes ríos, algunos de ellos mu- 
cho mayores que el Putumayo. En la banda derecha, bajan- 
do, se encuentran: el Jutahy, a unas cien millas más abajo 
de la ciudad de Tunantins; el Juruá, a cincuenta millas 
después de la ciudad de Ponte Boa; el Teffé, en la ciudad 
del mismo nombre; el Coary, también en la ciudad de este 
nombre, y el Purús, a ciento treinta millas de Manaos. Por 
la banda izquierda recibe el río Negro, muy cerca de Ma- 
naos, y el Caquetá, en el pueblo de Caisara, a, 429 millas 
de aquella ciudad. Creo oportuno rectificar aquí un dato 
geográfico, que en Colombia pocos lo tienen en cuenta. 
Se dice comúnmente que el Caquetá tiene varias bocas, y 
se considera como una de ellas el brazo Auatiparaná, pero 
en realidad en este brazo y otros que se juntan con el Ca- 
quetá antes de Caisara, las aguas del Caquetá no corren 
hacia el Amazonas, sino las del Amazonas hacia el Caque- 
tá; más abajo de Caisara caen al Amazonas otros caños 
que llevan aguas del Caquetá, pero propiamiente tampoco 
merecen el nombre de bocas de aquel río, porque al jun- 
tarse con el Amazonas, llevan ya más aguas de este mismo 
río y otros que del Caquetá. Entre estos últimos es nota- 
ble por su anchura y caudal de agua el llamado Paraná de 
Codajaz . Al tomar los datos que preceden sobre el Caquetá 
y sus bocas se nos informó también que este río presenta 
muchas dificultades para la navegación constante, aun en 
la parte baja, colonizada por el Brasil, debido a la gran an- 
chura y a la poca profundidad de su cauce. Se nos dijo que 



- 115 — 

por estas razones la Compañía Amazón River varias veces 
suspendía por largas temporadas la línea que llega hasta 
cerca de Apoporis o frontera de Colombia. 

XII 

Sigue lo que hicimos en la "Yaquirana" — Tripulación legal de las lanchas 
fluviales en el Estado del Amazonas — Cinco clases de embarcaciones — Tri- 
pulación de la "Yaquirana" — Qué es una jangada — Ocios de a bordo— Com- 
paración de distancias y fletes de Europa y Norte Ajnérica a Pasto, entre 
las vías de Tumaco y Manaos — Fin trágico de la "Yaquirana" — Informe 

del Nuncio del Brasil. 

Andando en la Yaquirana nos informamos también de 
las condiciones legales que se exigen en el Brasil para que 
una lancha pueda matricularse oficialmente. 

En Manaos se clasifican los vapores fluviales en cinco 
clases, cada clase exige el personal con los sueldos mensua- 
les que a continuación se expresan, los cuales se fijan como 
mínimum: primera clase, lanchas remolcadoras, hasta de 
30 toneladas; carecen de espacio para pasajeros, y ordina- 
liamente las usan para remolcar jangadas (grandes balsas 
de madera para construcción) : 

Un comandante, con noventa dólares .....$ 90 

Un práctico, con setenta y cinco 75 

Un maquinista, con setenta y cinco 75 

Dos fogoneros, con treinta 30 

Un marinero para gobernar el timón. 

Un mozo para los trabajos de limpieza, y un criado. 

La remuneración de estos tres últimos se deja al buen 

sentido del dueño de la lancha. 

Segunda clase, comprende las lanchas comerciales de 

un solo piso y hasta 30 toneladas: 

Un comandante, que al mismo tiempo sea práctico, 

con noventa dólares $ 9Ó, 

Un práctico, con setenta y cinco 75 

Un maquinista, con setenta y cinco 75 

Dos marineros para gobernar el timón, con treinta 

cada uno 30 

Tre^ mozos o simples tripulantes, tres fogoneros, un 
cocinero y despensero y un criado. 

El salario de los nueve últimos se deja también al cri- 
terio del dueño de la lancha. 



~ 116 - 

Además, la ley exige un contador y un médico; pero 
esta exigencia se elude fácilmente. 

Tercera clase : lanchas de dos pisos o toldas, de 30 a 50 
toneladas : 

Un comandante, con noventa dólares $ 90 

Dos prácticos, con cincuenta cada uno 50 

Dos maquinistas, con setenta y cinco ($75) el 

primero y cincuenta ($50) el segundo 125 

Tres fogoneros, con treinta ($30) cada uno ... 60 
Tres m.arineros para gobernar el timón, con veinte 

{$ 20) cada uno 60 

Tres mozos, simples tripulantes, con quince ($15) 

cada uno 45 

Un cocinero, con treinta 30 

Un despensero, con veinte 20 

Un copero, con doce 12 

Un contador y un médico, de los cuales se puede pres- 
cindir fácilmente. 

Cuarta clase : lanchas de dos pisos, de 50 a 70 tone- 
ladas : 

Un comandante, con noventa dólares $ 90 

Un contramaestre, con setenta y cinco 75 

Dos prácticos, con cincuenta ($50) cada uno . . 100 

Dos maquinistas, con setenta y cinco 75 

Tres fogoneros, con treinta ($30) cada uno ... 90 
Dos carboneros, con veinticinco cada uno .... 50 
Tres marineros para gobernar el timón, con veinte 

($ 20) cada uno 60 

Tres mozos, simples tripulantes, con quince ($15) 

cada uno 45 

Un cocinero, con treinta 30 

Un despensero, con veinticinco ($25) 25 

Tres criados, con doce ($12) cada uno 36 

Un médico, del cual se puede prescindir con facilidad. 

Quinta clase: vapores de gran tonelaje: 

Un comandante. 

Un inmediato. 

Un contramaestre. 

Dos prácticos. 

Cuatro fogoneros. 

Dos carboneros. 



— 117 — 

Cuatro marineros. 

Cuatro mozos. 

Dos cocineros. 

Un despensero. 

Cuatro criados. 

Un médico, que casi nunca se consigue. 

Los sueldos de los empleados de esta última clase no 
se fijan oficialmente porque se supone que son siempre su- 
periores a los de la clase inmediata y ordinariamente de- 
penden de las ganancias que hagan los dueños de las em- 
barcaciones y de los buenos servicios de los tripulantes. 

Para expedir el título oficial de práctico se exige un 
examien riguroso sobre la geografía y condiciones especia- 
les de los ríos para los cuales se quiere adquirir, dando por 
supuesto que el que lo pretende sabe dibujar y hacer los 
cálculos marítimos, propios de la profesión. Me acuerdo 
que una de las dificultades que más nos costó vencer para 
poder salir de Manaos con lancha, fue el no encontrar prác- 
ticos del río Isa o Putumayo. La Yaquirana pertenecía a 
la tercera de las clases .mencionadas, y su personal era el si- 
guiente : 

Un comandante, señor Augusto Viera. 

Dos prácticos: el primero, señor Manuel Pincheiro 
Guedes; el segundo, Manuel Romualdo Martínez. 

Dos maquinistas: el primero, José dos Reís e Goes; el 
segundo, Raim^undo Augusto de Silva. 

Tres fogoneros: Justino Machado Sgrejo, Alviro da 
Silva y Catharino Macedo Silva. 

Dos marineros : Eloy Alves Braga y Antonio Gonsalves 
Dantos . 

Cuatro mozos o simples tripulantes: Francisco Havier 
de Macedo, Manuel María Alves Guimaraes, Raimundo Ri- 
veiro dos Santos y Manuel Pelacho Seixag. 

Un despensero: Joao Lauria. 

Un copero: Francisco Matheus. 

Un cocinero: Joao Justino. 

Estos fueron los compañeros de alegrías y desdichas 
en el accidentado viaje de Manaos a El Encanto y de El 
Encanto a Manaos, de quienes conservamos gratos recuer- 
dos por su corrección y caballerosidad en todo, al mismo 
tiempo que por el interés con que cumplieron sus deberes 
y ayudaron en cuanto estuvo de su parte a vencer dificul- 



— 118 — 

tades para el feliz éxito de nuestra empresa. ¡Que Dios 
Nuestro Señor pague su buena voluntad y premie sus es- 
fuerzos ! 

Incidentalmente hemos hecho mención de las janga- 
das; antes de seguir adelante me parece oportuno decir 
dos palabras sobre estas embarcaciones singulares. Una 
jangada consiste en una enorme balsa confeccionada con 
grandes trozos de madera fina para aserrar o edificar; hay 
jangadas -de mil y hasta dos mil trozas . Ordinariamente las 
preparan en las cabeceras de los grandes afluentes del Ama- 
zonas, donde abundan los bosques de maderas de construc- 
ción. En la superficie de esas largas y anchas balsas arman 
casas de habitación los peones que las dirigen, de manera 
que a la vista hacen el efecto de un campamento o ranche- 
ría ambulante. Mientras se dejan llevar por la corriente 
andan por su propio impulso y con bastante rapidez; pero 
si para llegar a su destino es necesario remontar algún río 
o andar por aguas estancadas, tienen que valerse de la fuer- 
za de las lanchas remolcadoras, que son las del primer grupo 
de la clasificación mencionada. 

También aprovechábamos los ocios de a bordo para 
hacer comparaciones entre los fletes de las vías Nueva 
York-Europa, Tumaco-Barbacoas-Pasto y Nueva York- 
Europa, Manaos, Puerto Asís-Pasto. Para esas compara- 
ciones nos servíamos de los datos que el doctor Márquez, 
como Visitador Fiscal de la Nación, había recogido en las 
costas del Pacífico, Barbacoas y Pasto, y de las que había- 
mos recogido en Manaos y en el Amazonas. De estas com- 
paraciones sacamos las siguientes consecuencias: en 1917, 
una tonelad de Nueva York o Europa a Tumaco, costaba 
87 dólares; y de Tumaco a Barbacoas, 38 dólares. En 1918 
una tonelada de Norte América o Europa a Manaos resul- 
taba en los casos de más recargo a 45 dólares . En una lan- 
cha que pueda ir y volver, cargada de Manaos a Puerto 
Asís, la tonelada por término medio no saldría a más de 30 
dólares. Las distancias de Barbacoas a Pasto y de Pasto a 
Puerto Asís son equivalentes. Por consiguiente, en ese 
tiempo la diferencia a favor de la vía Europa-Manaos-Puer- 
to Asís era de 50 dólares por tonelada. Naturalmente que 
al principio se presentarían muchas dificultades imprevis- 
tas, como la falta de leña preparada en los desiertos del 
Putumayo ; algunas veces falta de carga en Puerto Asís, 



— 119 - 

y otras por el estilo, pero todas se podrían compensar con 
una subvención oficial a la compañía que emprendiera esta 
magna obra durante el tiempo necesario para solucionar 
estos inconvenientes que la experiencia iría presentando. 
Los vapores de altar mar se ponen en quince días de Euro- 
pa o Norte América a Manaos; y cualquier lancha que ande 
siquiera cinco millas por hora, puede ponerse de Manaos a 
Puerto Asís en 273 horas, pues según datos bien fundados 
y aproximados, entre esos dos puertos no hay más de 1,363 
millas. 

En esta clase de ocupaciones pasábamos los ocios de a 
bordo mientras nos alentaba la esperanza de llegar a Puerto 
Asís con la Yaquirana; pero en otros cálculos, por cierto 
bien tristes, empleamos los últimos días que nos tocó andar 
en aquella nave de tristes recuerdos. 

A veces se notan en la vida algunos encadenamientos 
de acontecimientos desgraciados, como si un hado fatídico 
í.e cebara en ciertos objetos y personas. De un modo espe- 
cial ha sucedido esto con la Yaquirana, a la cual con razón 
podríamos apellidar la lancha de las desdichas. Cuando 
estaba recién construida fue quitada a su dueño por haber 
sido aprehendida con un contrabando. Más tarde en un 
afluente del Amazonas tuvo un percance, no recuerdo si 
con los peruanos o bolivianos, el cual costó bien caro a los 
que lo promovieron. Ya hemos contado lo que a nosotros 
nos aconteció en el Putumayo, y finalmente, hace ocho días 
que recibí la triste noticia de que el 17 de febrero del pre- 
sente año naufragó trágicamente en Manacapurú, perecien- 
do en ella veintitrés personas. Según los datos que me han 
comunicado, cuando se hundió llevaba a bordo cuarenta y 
cuatro personas, seiscientos sesenta barriles o cajas de cas- 
tañas del Amazonas, mil kilos de caucho fino (o borracha 
en el Brasil), y ciento ochenta kilos de pescado. Esas ci- 
íras dan una idea de la capacidad de dicha embarcación. 

Despidámonos ya de la Yaquirana para volver a recor- 
dar las últimas diligencias que hice antes de dejar a Manaos, 
tal vez para siempre. Estas diligencias fueron: escribir al 
Nuncio Apostólico del Brasil, explicándole lo que nos ha- 
bía sucedido, e interesándole vivamente a que nos ayudara 
ante aquel Gobierno a establecer la navegación y vencer 
las dificultades por medio de la vía diplomática. Le expuse 
las grandes ventajas que esa medida traería a los pobres 



— 120 — 

salvajes del Putumayo, objeto de las tiernas solicitudes del 
Sumo Pontífice. Le recordaba las manifestaciones princi- 
pales de esta paternal solicitud; la Encíclica Lacrímabili 
Statu y el establecimiento de la Misión de Padres Francis- 
canos ingleses en el Caraparaná e Igaraparaná. Le hacía 
presente que aquella Misión estaba por acabarse por care- 
cer los Padres de lo indispensable para atender a las más 
apremiantes necesidades de la vida. Le exponía cómo con 
la libre navegación del Putumayo, esos miles de indios se 
pondrían en contacto con el mundo civilizado y éste se 
enteraría del yugo que soportan y podría interceder por 
ellos, o ellos mismos librarse por m^edio de un fácil traslado 
a otras partes donde les fuera más fácil recibir con mayor 
eficacia las enseñanzas redentoras del Evangelio y hacerse 
a las prácticas de la verdadera civihzación. Le ponía de 
presente cómo el eco de la crueldad que se había tenido 
con los indios del Caraparaná e Igaraparaná no sólo conmo- 
vió el corazón paternal del Papa sino que también movió la 
compasión de algunos gobiernos civilizados, quienes se inte- 
resaron mandando visitadores especiales a que se informa- 
ran de lo que ocurría y de lo que se podía hacer para acabar 
con las prácticas reñidas con la civilización y el derecho de 
gentes . Y finalmente le m.anif estaba cómo la guerra euro- 
pea frustró en parte el fruto de esas visitas, por embargar 
aquélla toda la atención de los gobiernos, aunque sin duda 
alguna tuvieron provechosos resultados, pues desde enton- 
ces se- mejoraron los métodos y el trato de aquellos seres in- 
felices dignos de mejor suerte. 

Aquí pongo punto final a esta segunda parte de mi in- 
forme, dispuesto a seguir con la tercera, hasta dar fin al en- 
cargo de Vuestra Reverendísima. 




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TERCERA PARTE 

DE MANAOS A PUERTO ASÍS, Y ALGUNAS COSTUMBRES Y DATOS 
SOBRE EL AMAZONAS 



Be Míinaos a la desembocadura del Putiuiiayo — Victoria que se convirtió 
en deri-ota — Fiesta de nuestro Padre San Francisco en Tunantins — Com- 
postura del "bote RIárquez" — Las "charapas" del Amazonas — Su utilidad. 
Su pesca-caza — Tabuleiros — Llegada a Puerto América . 

El 26 de septiembre por la noche salimos nuevam.ente 
de Manaes con los cinco tripulantes del bote Márquez en 
el vapor Cidade de Teffé, que viajaba con rumbo a Yavarí . 
i Qué diferencia entre el estado de ánimo del día de esta 
salida, al que teníamos la noche del 28 de julio, cuando de- 
jábamos a Manaos, embarcados en la Yaquírana! Ese día 
creíamos haber conseguido uno de los triunfos más gran- 
des de nuestra vida, y en esta ocasión la triste realidad nos 
hacía experimentar que aquella victoria saboreada antes de 
Liempo, no nos servía sino para hacernos experimentar con 
mayor intensidad en esos melancólicos momentos todo el 
peso de un desastre, no por involuntario y de fuerza mayor, 
míenos sensible para los que com^prendíam^os su fatal e in- 
evitable trascendencia . 

En seis días de feliz navegación llegamos a Tunantins. 
Como estaba persuadido de que pasarían algunos días antes 
de que llegara el vapor Liberal a la confluencia del Putu- 
mayo, resolvimos celebrar en Tunantins la fiesta de nuestro 
seráfico Padre San Francisco, en compañía del Reveren- 
dísimo Padre Evangelista de Cefalonia. Pasamos allí cua- 
tro días m.uy bien atendidos . Durante este tiempo los bogas 
repararon las averías que el bote Márquez había recibido 
en la desanclada de la Yaquirana, que ya referimos. Una 
vez compuesto, se sirvieron de él para ir a la caza-pesca, 
que de todo tiene, de charapas o tortugas grandes, con tan 



— 122 — 

buen resultado, que en una noche cogieron treinta o cua- 
renta. 

Digamos algo sobre la charapa (tartaruga en portu- 
gués), elemento de primera necesidad en el Amazonas. 
Este anfibio llega a alcanzar proporciones increíbles para 
quien no los haya visto ; algunas pesan más de tres arrobas 
y tienen un metro de largo por medio de ancho. Los ama- 
zonenses se aprovechan de ella en tal forma, que todo el 
año les proporciona carne fresca. La saben preparar con 
una habilidad y destreza tan admirables, que la hacen sa- 
ber a mxuchas otras carnes distintas, de tal modo que a veces 
presentan en una misma comida tres o cuatro platos diver- 
sos, que uno que no sepa, ni siquiera sospecha que hayan 
salido de los elementos de un mismo animal. En todas las 
casas de las orillas del río se ve una especie de corral, como 
una jaula grande, parte del cual constituye un estanque de 
agua no muy limpia; es el vivero de las tortugas. Allí las 
colocan cuando las cogen, y en esos sitios viven hasta años 
enteros, sin otro gasto que algunas hojas que les echan 
para su alimento. A medida que las necesidades de la fa- 
milia lo reclaman, las van matando para su alimentación, 
como se hace con las aves de corral. Es muy original y di- 
vertida la manera de cogerlas: hay una época en el año, 
especialmente en los meses de septiembre y octubre, cuan- 
do el Amazonas alcanza su mayor merma y deja grandes y 
anchas playas, algunas de leguas, en que las tortugas salen 
de noche en manadas de cientos y a veces miles, a poner 
huevos en aquellos inmensos y calientes arenales. Cuando 
salen, hacen un ruido especial, que los oídos de los que es- 
tán acostumbrados a la vida del río lo perciben a bastante 
distancia. Estas salidas sólo las hacen a oscuras y en playas 
donde no haya movimiento de gente o animales, y no se 
noten rastros frescos. Como estos anfibios constituyen una 
verdadera riqueza que conviene aprovechar, ya para la 
alimentación, ya para la venta, y por otra parte las orillas 
del Amazonas van llenándose de casas y fincas, en forma 
que casi no se encuentran playas desiertas, donde no ande 
gente o ganado, los municipios resolvieron organizar la 
caza-pesca de las charapas, en forma que al "mismo tiempo 
que fuera abundante y segura, sin acabar con estos anima- 
les, resultara una renta para el fisco municipal. Dicha- orga- 
nización se efectuó así : escogieron unas playas a las cuales 



— 123 — 

llaman tabuleiros, donde prohiben que nadie ande, ni suelte 
ganado. Para que de lejos se conozcan estas playas, las se- 
ñalan con banderas blancas. Cada año el municipio arrien- 
da esas playas en licitación pública. El mejor postor queda 
con el derecho exclusivo de vigilar la playa, y para el efecto 
tiene policías a sus órdenes . Cuando llega la época de la 
postura de los huevos, frente a los tabuleiros, en la orilla 
opuesta del río, se constituye un verdadero pueblo provi- 
sional, de gente deseosa de proveerse de carne para todo el 
año y también para la venta. A veces pasan en estos cam- 
pamentos semanas enteras en espera de la salida de las tor- 
tugas; las noches que por las condiciones atmosféricas es 
casi seguro que salgan, unos cuantos hombres prácticos y 
animosos se arriman a la playa a atisbar si se cumplen o nó 
sus deseos. Así que oyen salir las tortugas se van alistando 
en espera de que se hayan separado bastante de la orilla 
Cuando calculan que están lejos del agua, a una señal del 
arrendatario de la playa, que es el que dirige estas .opera- 
ciones, dada por medio de un pito, corren tras las tortugas 
V las van volteando patas arriba. Cuando las charapas se 
dan cuenta de que hay quien las persigue, giran y prenden 
carrera hacia el agua, con tal velocidad, que es imposible 
atajarlas, y si son muchas las que se regresan, los viradores, 
que así se llaman los que las voltean, tienen que andar muy 
listos en abrir paso; a fin de librarse de fuertes golpes que 
con aquellas grandes conchas recibirían en Jas canillas, ca- 
paces de hacerlos caer al suelo y dejarlos sin sentido, pues 
es enorme la fuerza de esos animales. Para esa especie 
constituye excepción aquel refrán de paso de tortuga, ya 
que cuando van de huida, su paso es más ligero que el de 
muchos otros animales. En algunas viradas, si los opera- 
rios son hábiles, consiguen movilizar 500, 800 y hasta 1,(X)0 
charapas. Al terminar la viración, por medio de un pitazo, 
el arrendatario del tabulero avisa a los de la orilla opuesta, 
quienes están ya preparados en sus canoas. Al oír la señal 
empiezan a chimbar el gran río con la mayor presteza. Así 
que llegan a la playa, cada uno va cogiendo y cargando las 
charapas que alcance. A veces en estos momentos se ar- 
man grandes altercados, y siempre esta operación es mo- 
tivo de gran algazara y alegría. Familias enteras forman 
parte en esta última maniobra, consiguiendo de este modo 
hacer buena provisión. Hay que tener práctica y bastante 



— 1^4 - 

fuerza para coger y cargar esos animales; de Ío contrario 
se exponen a que de un mordisco les pasen la mano o cor- 
ten un dedo; o con las patas y míanos, que mueven sin ce- 
sar, les desgarren las orejas, espaldas y brazos. La opera- 
ción de la recogida hay que efectuarla con alguna presteza, 
pues la charapa con sus esfuerzos logra volver a sentar su 
pecho en la arena y entonces no hay quien la alcance. Al 
terminar la recogida, el arrendatario de la playa pasa a 
contar el número total de presas, y de cada ocho o diez 
separa una para sí. 

La tortuga es un buen negocio en el Amazonas: por 
cada una de las grandes se pagan dos y tres dólares, y todos 
los buques y lanchas que van a Manaos compran las m.ás 
que pueden. Antiguamente los amazonenses se dedicaban 
a la extracción del aceite o manteca de los huevos de tha- 
rapa, operación muy demorada, pero después se dieron 
cuenta que les daría mejor resultado coger las charapas, y 
hace mucho tiempo que así lo efectúan, y han dejado casi 
por completo la industria del aceite o manteca. Ordinaria- 
mente las cogen antes de desovar, lo cual les permite apro- 
vechar no sólo la carne sino también los huevos, que por 
cierto son mu}^ sabrosos y alimenticios. Mientras yo des- 
cansaba en Tunantins con el Reverendísimo Padre Prefecto 
Apostólico del Alto Solim^oes, mis compañeros de viaje se 
fueron a una de esas cacerías nocturnas, de la cual volvie- 
ron muy satisfechos, aunque aJgunos con las señales de su 
poca destreza, en las orejas y m.anos. 

El 6 de octubre salimos de Tunantins para la boca del 
Putumayo en la lancha de la frontera brasilera de Ipiraaga, 
que había ido allá a visitar al Reverendísimo Padre Prefecto 
y a otros quehaceres de su cargo . Desembarcamos en Puer- 
to América a esperar el vapor Liberal, pensando que tar- 
daría todavía siete u ocho días en pasar por allí. Apoyado 
en esta convicción, di permiso a los bogas para que se fue- 
ran a visitar sus antiguos amigos de aquellos contornos, 
exigiéndoles como m.edida preventiva que el 10 estuvieran 
sin falta todos conm.ieo. 



125 — 



II 



Razas del Amazonas — Caboclos — Lingua geral úo , Brazil — Palabras del 
Amazonas y sus equivalentes en Colombia — Amor a las tradiciones indíge- 
nas y al Portugal — El portugués más popular del mundo — Causas del afecto 

al Portugal. 

Como estamos ya para dejar definitivamente el Ama- 
zonas, antes de despedirme de esa simpática región, donde 
tanto sufrí y gocé, creo del caso decir algo más sobre sus 
pobladores y su lengua. El Amazonas tiene su raza y len- 
gua propias, pero la Taza está ya muy mezclada con los 
blancos y también, aunque en proporciones muy inferio- 
res, con ios negros. A los naturales de esa región que no 
sean de raza blanca pura los llaman caboclos, palabra por- 
tuguesa que significa cobrizo. El Amazonas y todos sus 
afluentes tenían sus razas indígenas peculiares. Según es- 
tudios concienzudos, se enumeran 373 tribus de indios, más 
o menos heterogéneos, sólo en los diversos ríos del Estado 
del Amazonas. La población de raza blanca es también 
muy diversa: hay portugueses, turcos, sirios, judíos, biasi- 
leros de los Estados centrales y del Sur, colombianos, pe- 
ruanos, chinos y algunos alemanes. Los caboclos hablan 
su lengua propia, que llaman lingua geral do Brazil. Según 
los historiadores, en tiempo del descubrimiento, en todo el 
litoral del Brasil, se hablaba una sola lengua con las alte- 
raciones accidentales, ocasionadas por las circunstancias de 
las diversas regiones. En cambio, en el interior del país se 
hablaban diversos idiomas, y una y otros tenían multitud 
de dialectos. La necesidad de hacerse comprender impulsó 
a los negociantes portugueses y a los Misioneros católicos 
a constituir una lengua uniforme que les sirviera para en- 
tenderse con todos los indios del litoral. Debido a estos es- 
fuerzos, a las relaciones que se fueron estableciendo entre 
los indios del litoral y del interior, a la necesidad en que se 
vieron los indios de entenderse con los conquistadores y 
Misioneros, y sobre todo a las gramáticas que escribieron 
estos últimos, especialmente los jesuítas, aquella lengua 
del litoral, debidamente sistematizada y perfeccionada, se 
vino a convertir en la lingua geral do Brazil, con la cual se 
entendían perfectamente todos los habitantes de aquellas 
inmiensas regiones. Esta lengua es algo parecida en el so- 
nido al inca o quichua del Ecuador y de algunas tribus de 



— 126 - 

nuestra Prefectura Apostólica. Ignoro las analogías que 
tengan, por no haber tenido lugar de hacer comparaciones. 
Casi todos los blancos radicados en aquellas regiones en- 
tienden y hablan perfectamente esta lengua. Gran parte 
de los caboclos no saben otra. 

Noté una cosa muy particular en los brasileros del 
Amazonas de raza blanca pura, y es el grande amor que 
tienen a las tradiciones indígenas. Consideran como una 
gloria hablar correctamente la lingua geral. Cuentan como 
un hecho digno de perpetuarse en los fastos de su historia, 
el caso del Emperador Pedro II, que cuando fue a visitar 
al Papa, después de haberle hablado en el idioma diplomá- 
tico, lo hizo en la lingua geral do Brazil, diciéndole que 
aquella era la lengua propia de sus subditos. No creo fut- 
ra de lugar poner aquí una lista de nombres con que en el 
Amazonas se conocen algunos objetos, animales y plantas. 
Ignoro el origen etimológico de la mayor parte de ellos, 
por no haber podido consultar con personas o libros com- 
petentes; lo mismo que si pertenecen a la lingua geral do 
Brazil, o son mezcla de etimologías portuguesas e indíge- 
nas; se nota claramente que algunas son de origen portu- 
gués. A fin de que pueda comparar quien quiera, pondré 
dos listas : una con los nombres que se emplean en el Ama- 
zonas y otra con sus equivalentes en Colombia. 

Amazonas. Colombia. 

Anta ; , Danta. 

jacaré Caimán. 

Paca Mamita o boruga. 

Cutia Guara o tintín. 

Viado Venado. 

Gado Ganado. 

Macaco Mono. 

Macaco-guariba Mono-cotudo. 

Macaco-yapusa Mono-chorongo. 

Macaco-chero Mono-tanque. 

Macaco-sagui Mono-chiciiico. 

Macaco-prego Mono-chichico-blanco. 

Lontra Nutria. 

Tartaruga .- Tortuga grande o charapa. 

Faricaya Tortuga o charapa pequeña. 

Fracuya ídem, ídem. 

Juca Tortuga más pequeña. 

luvatí (mátelo en el Perú) Tortuga de monte o morrocoy. 

Motú Paujil. 

jacú o cuyubí Pava. 



— 127 -- 



Amazonas. Colombia. 

Pirarucú Paiche (pez grande como bacalao). 

Survibí '.. Bagre (pez grande). 

Tambatí Gamitana o dorada. 

Mapará Bocachico (pez). 

Peraña Puño (pez). 

Peixe-boy Vaca-marina. 

Mandyhi Barbudo (pez). 

Pacú Garopa (pez). 

Cachorro Dentón (pez). 

Matinchón o chatuarana Sábalo (pez). 

Arará Guacamaya. 

Tucano Picudo o tucano. 

Ananá o Cacachí Pina. 

Mamón Papaya. 

Jurumú Calabazo o zapallo. 

Avacacha Mango. 

Aviyú Caimito. 

Tangerina Mandarina. 

Mirití = Canangucho (palma y su fruto). 

Pupuña Chontaduro. 

Asaí (himipué, entre macaguajes).... Palma sacristán o naibe. 

Jahuarí Palma de coco. 

Pachuba Bombón (palma). 

Anaya Palma real y palma milpesos. 

Bacaba Palma chontilla. 

Patagua Palma milpesos. 

Caxú Marañón (planta y fruto). 

Paraná Brazo de río. 

Ygarapé Río pequeño o quebrada. 

Masaranduba Árbol de la balata. 

Al río Cotué, fronterizo entre el Perú y Brasil con el 
Putumayo, lo llaman Güequí. 

Al revés de lo que ha sucedido en otras repúblicas de 
la América latina, los brasileros o por lo menos los amazo- 
nenses de raza blanca brasileros, tienen como un timbre de 
honor ponerse apellidos indígenas o que hagan referencia 
a tradiciones indígenas. Recuerdo que un gran personaje 
ostentaba el apellido de Indio del Brasil, y uno de los gran- 
des vapores de la Compañía Lloyd Brasileiro, que hacen la 
travesía de Río de Janeiro a Manaos, lleva este nombre, se- 
guramente como homenaje a ese personaje. 

Otra cosa que también cautiva la atención es la gran 
veneración que todos, cabuclos y blancos, tienen al Por- 
tugal . Para ellos ir a Lisboa es la meta de sus aspiraciones ; 
algo así como ir a París los de la «América española. Es 
popular allá este dicho: "quem nao ha visto Lisboa nao ha 
visto cousa boa." Muchos cablocos conocen aquella capi- 



~ 128 — 

tal. En tiempos en que el caucho tenía precios fabulosos 
y en que fácilmente cualquiera podía hacer fortuna, lo pri- 
m.ero en que pensaban cuando disponían de bastante dine- 
ro era en ir a Europa, pero antes que todo a Lisboa . Todos 
los periódicos de Manaos traen minuciosas noticias, aun de 
los pueblos miás insignificantes de Portugal, como si en 
realidad formaran parte del Brasil o Amazonas. Las glorias 
portuguesas las consideran como propias. Respecto a esto, 
recuerdo el hecho concreto del interés que tienen en llamar 
a San Antonio no con el sobrenombre de Padua, como se 
conoce universalmente, sino de Lisboa; consideran a San 
Antonio como el portugués más popular del mundo y el más 
grande en su esfera. Por consiguiente, no quieren que se 
olvide que fue Lisboa y no Padua la cuna de aquel insigne 
bienhechor de la humanidad. El 13 de junio pudimos con- 
templar en Manaos la gran devoción que el pueblo tiene a 
aquel santo y también cóm.o se complacían los que habla- 
ban con nosotros de la festividad del día, en recalcarnos 
que debíamos decir San Antonio de Lisboa y no de Padua. 
Discurriendo sobre las causas de haber los brasileros 
conservado tanto afecto a Portugal, creo que se puedan se- 
ñalar como no despreciables, el haberse independizado sin 
guerras y haber fomentado después de la independencia 
los vínculos comerciales con el Portugal, tal vez con más in- 
tensidad que antes . Actualmente en el Amazonas las casas 
comerciales más fuertes y bien organizadas son portugue- 
sas. Esto hace que los portugueses se encuentren en el 
Brasil como en su propia nación; y tal vez se podría afir- 
mar, sin alejarse mucho de la verdad, que hay m.ás portu- 
gueses en ei Brasil que en el Portugal. 

III 

Medidas brasileras y su equivalencia en el sistema métrico decimal — Unidad 
monetaria del Brasil y su equivalencia con el dólar y peso colombiano. 
Caimanes del Amazonas — "Baixa enorme jacaré" — Aspecto pavoroso de la 
muerte — Reses descalabradas — El caimán y el tigre — Pesca con flecha. 
Pesca de tortugas con anzuelo— Cómo se pescan la vaca marina, el paichc 

y el bagre. 

Para el comercio hay que tener en cuenta que los pesos 
y medidas que se usan* en el Brasil, o por lo menos en el 
Amazonas, son distintos de los que se emplean en Colom- 
bia, Perú y otras naciones. Por si fueren de alguna utili- 



- 129 - \ 

i 

dad, pongo a continuación dichas medidas, y su equiva- 1 

lencia en el sistema métrico decimal: ] 

Medidas de longitud. ¡ 

Legua brasilera, 6,172 metros. ] 

Milla brasilera, 2,200 metros. ^ 

Braza, brasilera, 2-20 metros. j 

Vara brasilera, 1-10 metros, 1 

Un cobado o codo brasilero, 66 centímetros . ; 
Un pie de reis, 33 centímetros. 
Un palmo, 22 centímetros. 

Una pulgada brasilera, 0.0275 decímetros. \ 

Una línea brasilera, 0.0023 decímetros. 1 

Medidas de peso. \ 

Tonelada brasilera, 793 kilos. : 

Quintal brasilero, 58 kilos. j 

Arroba brasilera, 14 kilos. i 

Libra brasilera, 458 gramos 05 centigramos. ' 
Onza brasilera, 28 gramos 68 centigramos. 

Octava brasilera, 3 gramos 586 miligramos. ; 
Quilote brasilero, 195 miligramos. 

Medidas de capacidad. •! 

j 

Pipa brasilera, 480 litros. \ 

Canadá brasilera, 2-26 centilitros. ; 

Cuartillo brasilero, 0-66 centilitros. ] 

Alquiere brasilero, 36-27 centilitros. J 

Cuarto brasilero, 9-07 centilitros. ' 

Selamím brasilero, 2-27 centilitros. ] 

Es bueno tam.bién tener en cuenta lo que representa la i 

unidad monetaria del Brasil con relación al peso oro colom- ] 

biano o dólar americano. La unidad del Brasil es el reis; -; 

cuando el cambio está a la par, cuatro mil reis representan . i 

un dólar y un contó de reis, que equivale a decir un millón j 

de reis; a la par son doscientos cincuenta dólares o pesos ^ 

($ 250) oro colombiano. í 

No quiero tampoco dejar en el tintero la impresión que ^ 

nos causó el tamaño enorme que alcanzan los caimanes en j 

Un viaje por el Putuma3'o 3' el Amazonas— 9 ^ 



— 130 — 

el Amazonas o Jacarés, como lo llaman allá. Desde la lan- 
cha nos divertíamos haciéndoles tiros con carabinas Win- 
chester, y aunque a veces parecía que daban en el blanco, 
no se movían del sitio aquellas enormes cabezas que desde 
la altura en que nosotros estábamos nos hacían el efecto de 
cabezas de caballo. Por contemplar a uno de esos mons- 
truos que se dejaba arrastrar al mismo compás de la co- 
rriente, con todo su cuerpo en la superficie de las aguas, el 
cual medía por lo menos unos cuatro metros de largo por 
un grosor extraordinario, casi perecemos todos en la Ya- 
quirana, precisamente m^uy cerca del lugar donde hace poco 
naufragó. El hecho sucedió de la siguiente manera: se des- 
encadenó un fuerte y persistente viento, que levantaba 
grandes olas con espuma blanca, como las que se contem- 
plan en los temporales marítimos . En vista de las violentas 
sacudidas que sufría la embarcación, hasta el punto que ya 
nos empezábamos a marear, el Capitán creyó prudente arri- 
mar a un remanso de la ribera, en espera de que las aguas 
estuvieran más tranquilas. Con cabos de alambre amarra- 
ron la lancha a un gran palo, que quedaba a diez metros 
de la orilla. Mientras la mayoría de pasajeros y tripulantes 
estábamos echados en las hamacas platicando apaciblemen- 
te, y el Capitán profundamente dormido, oímos un grito 
dado por un tripulante de popa: baixa jacaré enorme; oír 
esto, levantarnos todos y correr hacia donde salía el grito, 
fue en un instante, de modo que todos los de a bordo, 
excepto el Capitán que seguía durmiendo, nos reunimos en 
la popa de la lancha a mirar aquel monstruo enorme, que 
como durmiendo y dejándose mecer tranquilamente por la 
corriente pasó muy cerca de nosotros. El peso de todos los 
allí reunidos hizo que la lancha halara con gran fuerza el 
cable que estaba amarrado en el árbol, el cual a la vez iiizo 
derrumbar todo el pedazo de terreno que lo separaba del 
río, y junto con él se sumergió en las aguas, siguiendo la 
corriente del río, pasando precisamente par debajo de la 
lancha, haciéndola levantar tanto de proa a popa, que hubo 
un momento que nos creímos todos en el agua y tapados 
por la nave. Al grito de angustia que dimos se despertó 
sobresaltado el Capitán, precisamente en los instantes en 
que la posición de la lancha era más peligrosa. Al ver aque- 
llo, sin saber de qué se trataba, se puso tan pálido que creí- 
mos se quedaba exánime, pero gracias a Dios, a los pocos 




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— J31 — 

momentos pasó el peligro, sin que la nave sufriera avería 
alguna, quedando todos nuevamente tranquilos y haciendo 
animados comentarios de aquel extraño suceso, que junto 
al aspecto horrible del caimán nos hizo contemplar el no 
menos pavoroso de la muerte. 

En muchas haciendas de las orillas del gran río se ven 
reses descalabradas por los caimanes: a unas les falta un 
pedazo de papada, otras tienen la nariz partida, y así por el 
estilo. Estas fieras acuáticas ordinariam.ente se esconden 
casi a flor de agua en los lugares donde el ganado va a be- 
ber, y cuando* las reses están más desprevenidas, apagando 
tranquilamente su sed, las hieren a coletazos, que a veces 
son mortales. Los caimanes atacan con el filo superior de 
la cola, que corta como un buen cuchillo; y si con el golpe 
que dan consiguen hacer caer al agua su presa, inmediata- 
mente la cogen con su horripilante y larga boca, llena de 
grandes colmillos, y en pocos momentos la tienen despe- 
dazada y engullida. Todas estas operaciones las ejecutan 
dentro del agua; en tierra son cobardes y generalmente 
huyen . 

Se dice que el tigre tiene un poder tal vez magnético 
sobre el caimán. Varias personas me contaron que habían 
presenciado cóm.o el tigre despedazaba enormes caimanes, 
sin que éstos intentaran correr ni defenderse; parece que a 
la sola presencia del rey de los felinos, el de los lagartos 
queda desconcertado y aturdido, sin que tenga ánimos ni 
siquiera para correr. ¡Cosas de mi Dios! 

También es muy curioso ver cómo los amazonenses 
manejan el arco para pescar aun en tiempo de las grandes 
crecientes. Usan unas flechas de acero en forma de arpon- 
citos, atados a una piola larga y enroscada, en una de cuyas 
puntas lleva un pedacito de madera flotante. Para dar en 
el blanco y calcular distancias, disparan hacia arriba, de 
manera que la flecha cae verticalmente sobre la presa. La 
precisión en ios cálculos de la distancia es admirable. Con 
sólo el movimiento del agua conocen qué clase de pez o 
anfibio es el que anda por allí, y si sube hacia la superficie 
o si sólo se menea en el fondo de las aguas. Cuando según 
sus cálculos deben aparecer en la superficie, disparan el 
arco en forma que al salir se encuentren con la flecha .jue 
les cae; si hacen blanco, el animal al sentirse herido se su- 
merge con presteza, y entonces se va desdoblando la ros- 



— 132 — 

quita de piola que va atada a la flecha y al palito flotante. 
El pescador, por el movimiento del palito, que queda siem- 
pre en la superficie, conoce si el herido se aleja o queda 
quieto allí mismo en el fondo de las aguas. Si se aleja, lo 
va siguiendo con su potrillo hasta que se convence de que 
deja de andar. Cuando el perseguido está quieto, el pes- 
cador coge el palito boyante, y de una manera muy maño- 
sa va tirando la piola hasta que consigue levantar su presa 
al alcance de un arpón grande, empatado en un palo fino 
y pesado, ordinariamente de chonta, atado tamibién a una 
larga y gruesa piola . Al ver pues que ya puede alcanzar con 
el arpón el objeto de sus desvelos, se lo clava con toda la 
fuerza; si el animal es muy grande, al sentirse herido con 
el arpón prende vertiginosa carrera; entonces la habiUdad 
del pescador consiste en saber darle soga y tirar a la vez 
hasta lograr cansar y apoderarse de la presa ambicionada. 
Las tortugas de río, tanto las grandes charapas com.o 
las pequeñas taricayas, salen con mucha frecuencia a la su- 
perficie de la corriente, durante las grandes crecientes; sa- 
can la cabeza y dejan ver la concha, pero al instante vuel- 
ven a hundirse, de manera que para poderlas pescar con 
flechas se necesita m.ucha destreza. Las pescan también 
con anzuelos: cuando conocen que en un sitio hay tortu- 
gas en el fondo del agua, conocimiento que adquieren 
fijándose en las burbujas que suben a la superficie, arman 
un manojo de tres o cuatro anzuelos pequeños, atados a 
otras tantas piolas delgadas enroscadas, que a su vez llevan 
un pedacito de palo flotante, en la misma forma de las fle- 
chas de que hemos hablado. Ponen en cada anzuelo una 
pepita de las que acostumbran comer las tortugas, y los 
echan al agua, dejándolos que vayan flotando muy cerca 
de la superficie, y los pescadores se quedan atisbando los 
palitos; muy pronto las tortugas pican las pepas, quedando 
prendidas del anzuelo; al instante de prenderse se sumer- 
gen con rapidez y hacen miover de manera vertiginosa los 
palitos, que siempre quedan en la superficie. Los atisba- 
dores esperan que la tortuga se calme y se esté quieta para 
hacer la misma operación que hacen con las flechas: ir su- 
biendo muy despacio y con habilidad especial la presa 
prendida en el anzuelo, hasta que puedan fisgarla con el 
arpón, lo cual consiguen a la profundidad de una vara, y 
desde aquel miomento es presa segura. 



— 133 — 

La vaca marina, el paiche, el bagre y otros grandes 
peces los cogen también con el arpón; atan éste a un vo- 
lantín de diez a doce brazas de largo, de cáñamo, algodón 
u otra m.ateria bien resistente. El pescador se em.barca en 
un pequeño bote o potrillo, sin otra carga que los aperos de 
pescar . Anda con el mayor sigilo que puede por los lugares 
donde acostumbran vivir esos grandes vertebrados acuáti- 
cos; cuando ve alguno al alcance de sus armas, empata el 
arpón en un palo de chonta o de madera bien pesada, y co- 
giéndolo en sus manos lo echa con la mayor fuerza que 
puede sobre el codiciado animal. 3i hace blanco, el pez se 
aleja en vertiginosa carrera, desarrollando una fuerza extra- 
ordinaria, con la cual arrastra tras de sí al pescador con su 
potrillo, y entonces éste necesita habilidad especial para 
no caer al agua y para no 'soltar la presa. Esta habilidad 
consiste en saber dar soga al mismo tiempo que dirigir el 
potrillo y halar del volantín, hasta que comprende que con 
sus haladas puede dominar al prendido, lo cual consigue 
cuando éste se siente cansado y desangrado; entonces lo 
acerca a sí para rematarlo con lanza o machete. Para la 
pesca de vacas marinas usan sogas o volantines muy resis- 
tentes, a fin de poderlos amiarrar en algún árbol, sin peligro 
que los rompan con su enorme fuerza; de lo contrario, les 
es muy difícil y a veces imposible sujetarlas desde el ve- 
tulio. 

El peixe-boy (vaca marina) y el pirarucú (paiche), 
son una de las industrias más productivas del Amazonas; 
estos grandes peces los secan en anchas pencas, como el 
bacalao en Europa, y constituyen la carne cuotidiana de la 
gente pobre de aquella región. 

IV 

En Puerto América — Llegada inesperada del vapor "Liberal" — Ausencia de 

algunos compañeros de viaje — Angustias y temores — Acto casi heroico do 

caridad — Cacería que nos hacía perder el viaje — Apareció el perdido — Mi- 

litai-es a bordo — La mano de la Pi'ovidencia . 

Volvamos a Puerto América y despidámonos definiti- 
vamente del Amazonas. El 8 de octubre, confiando tanto 
yo como mis bogas en que el vapor Liberal no saldría de 
Iquitos hasta el 10 u 11, como acostumbraba en los viajes 
anteriores, estábamos muy tranquilos creyendo que nos 



— 134 — 

faltaban todavía tres o cuatro días para podernos despedir 
del Amazonas. El 9 de octubre a las seis de la mañana ce- 
lebraba la santa misa en Puerto América, sin sospechar que 
la hora de partir estuviera muy próxima, cuando oí una 
sirena de vapor que arrimaba a aquel puerto, y a todos los 
circunstantes que en tono de extrañeza decían: "¡El Libe- 
ral!, ¡el Liberal! ¿Porqué será que pasa tan pronto esta 
vez?" Como la mayoría de mis compañeros no estaban 
conmigo, sino paseando donde sus amigos, que yo mismo 
ignoraba dónde vivían, calcúlese el susto y sorpresa que 
experimentaría en esos. momentos; pues comprendía muy 
bien que un vapor como el Liberal (tiene unas cien tone- 
ladas) no podía demorar a esperar los pasajeros que en el 
tránsito quisieran embarcarse. Acabé la santa misa lo más 
pronto que pude, e inmediatamente dispuse se buscara a 
los compañeros que faltaban, quienes tenían permiso de 
estar ausentes hasta el día siguiente . Me fui a hablar con el 
Com_andante del vapor Liberal, señor Celso Prieto, Capitán 
de la marina de guerra peruana, le entregué la carta que 
para él traía del señor Julio Arana, y le expuse lo que nos 
pasaba. En el vapor venían un Teniente Coronel del ejér- 
cito peruano, señor Teuxio; unos treinta soldados; el Jefe 
del Resguardo aduanero de íquitos, señor Patriau; mucha 
tripulación y unos doce pasajeros particulares; todos iban • 
al Putumayo ocupado por el Perú. Como es de suponer, 
nuestra angustia era grande al considerar que si perdíamos 
aquella ocasión no podíamos subir por el Putumayo hasta 
después de tres meses, y se nos dificultaba en gran manera 
ir por la vía del Ñapo, la cual suponía varaderos y trochas 
en donde no sabíamos si encontraríamos canoas, ni siquie- 
ra gente; y adem.ás, era im^posible pensar subir en canoa 
por el mismo Putum.ayo, desde donde estábamos, porque 
con seguridad no habríamos resistido un viaje de tres o 
cuatro meses por lugares llenos de plagas, día y noche, y 
en donde no encontraríamos qué comer. Como dije, expli- 
qué al Comandante del vapor Liberal estos afanes y zozo- 
bras, el cual me aconsejó que embarcara yo y los que está- 
bam.os presentes, que con mucho gusto nos llevaría hasta 
El Encanto, y que si alguno de los muchachos no aparecía 
pronto lo dejara recomendado a algún buen amigo y él 
cuidaría de embarcarlo en el próximo viaje de enero. Al 
rír esto le respondí que de ninguna manera podía consentir 



— 135 "' 

en dejar ni uno solo de mis fieles bogas; en primer lugar, 
porque podría morir de pena al verse solo y abandonado 
en tierra extraña, sin esperanza de regresar pronto a su 
patria; por otro lado, nada adelantábamos con que lo su- 
biera hasta El Encanto en el mes de enero, puesto que en 
aquel lugar se encontraría más solo y desamparado que en 
el Amazonas; y finalmente, todos los que venían eran in- 
dispensables para manejar el bote Márquez, único vehículo 
con que contábamos para trasladarnos del Caraparaná a 
Puerto Asís. El señor Prieto me insistió en que todas esas 
dificultades podrían solucionarse. En El Encanto nos faci- 
litarían los bogas que necesitáramos, y a los que se queda- 
ran, también les facilitarían allá la manera de poder llegar 
a Colom_bia. Insistí en que mi conciencia no me permitía 
dar este paso, pues toda la vida me parecería haber come- 
tido un crimen, si dejaba alguno de los muchachos en aquel 
lugar, tan lejano y lleno de dificultades para salir, de ma- 
nera que o nos íbamos todos o nos quedábamos todos. 
Estando en esas pláticas llegaron dos de los tres que falta- 
ban. Esto nos animó no poco, y empezamos a embarcar 
las cosas, mientras esperábamos si llegaba el otro, que era 
el intérprete y práctico Vargas. Alguien nos dio la noticia 
de que se había ido Putumayo arriba, a la casa de unos 
indios amigos que tenía en las orillas de un lago, media le- 
gua distante de Puerto América. Esta razón nos tranqui- 
lizó, pensando que al pasar por frente al lago lo llamaríamos 
y podríamos seguir todos sin dificultad. Salimos de Puerto 
América, después de dos horas de parar el vapor allí; al 
pasar por frente al lago donde creíamos encontrar a Vargas, 
el vapor paró y llamó con la sirena, y pronto estuvo a bordo 
un indio a averiguar qué se ofrecía. Calcúlese la ansiedad 
con que le preguntamos yo y mis compañeros de viaje dón- 
de estaba Vargas; nos respondió que aquella mañana había 
salido a cacería al monte, que hacía poco había oído unos 
tiros allá en una orilla del Putumayo, distante una media 
hora de donde estábamos, y que si nos esperábamos él iría 
a ver si lo encontraba. Al oír esta razón, el capitán dio 
orden al piloto que virara el buque y lo dirigiera hacia el 
lugar indicado por el indio, al mismo tiempo que sin cesar 
tocaran la sirena. Llegamos pronto al punto indicado y no 
apareció nadie. En estos apuros ofrecí una novena de mi- 
sas a las almas del Purgatorio para que nos ayudaran a 3alir 



— 136 ~ 

con bien en este trance angustioso. El Capitán insistía en. 
que no me preocupara tanto por un indio, que él respondía 
de que ningún mal le sucedería, aunque se quedara en aque- 
llos lugares hasta el mes de enero, y entonces él lo subiría 
hasta El Encanto. Le contesté lo mismo de antes: que o 
nos íbamos todos o nos quedábamos todos; que para mí 
poco influía que fuera indio o blanco ; me bastaba que fuera 
hombre y padre de familia para no abandonarlo en ningún 
caso, por más trabajos que tuviéramos que pasar todos por 
esta causa. Como el Capitán no dio orden de que parara el 
vapor en la orilla donde esperábamos encontrar a Vargas, 
fue siguiendo río abajo, y pronto volvimos a llegar al Ama- 
zonas, de donde habíamos salido hacía ya dos horas. Al 
darse cuenta de esto, el Comandante regañó al piloto, y le 
ordenó que inmediatamente girara la nave para arriba, y 
así se hizo en efecto. Viendo que no aparecía Vargas por 
ningún lado, con gran pena supliqué al señor Prieto que 
hiciera parar la nave y desatar el bote Márquez, que venía 
c remolque, a fin de desembarcar con mis bogas y quedar- 
nos entregados en las manos de la Providencia, que con 
toda seguridad nos proporcionaría alguna solución favora- 
ble en premio del acto casi heroico de caridad que hacíamos 
en favor de nuestro compañero. El Capitán y también al- 
gunos de los pasajeros nos hicieron nuevas reflexiones, 
diciéndonos que pensáramos bien en el disparate que 'ha- 
mos a cometer, las consecuencias que nos podrían sobreve- 
nir, las dificultades que encontraríamos por la vía Ñapo y 
otras muchas cosas que seguramente me habrían inducido 
a no desembarcar si la voz de la conciencia no me hubiera 
gritado más duro que todas estas razones de conveniencia; 
puesto que en el cumplimiento del deber no se debe fijar 
uno en la magnitud del sacrificio; y deber primordial con- 
sideraba para mí en esos instantes no d^jar contra su vo- 
luntad en tierra extraña a ninguno de los que se habían 
confiado a mi cuidado y puesto bajo mi dirección. Los 
otros cuatro compañeros, al ver que el vapor estaba ya pa- 
rado y el bote Márquez listo a recibir nuestros equipajes, 
sintieron en sus alm.as toda la magnitud de la desgracia cjue 
nos estaba sucediendo, y sin fijarse en las consecuencias 
de lo que decían, casi todos fueron de parecer que dejára- 
mos a Vargas, recomendándolo al señor Riveiro, jefe de la 
frontera brasilera, muy buen amigo nuestro, como ya que- 



~ 137 — 

da dicho. Además, con todo el mal humor que es de supo- 
ner, empleaban expresiones duras contra el pobre indio, 
que sin él sospecharlo era causa de tan grave conflicto. Me 
vi obligado a hacerles serias reflexiones, poniéndoles de pre- 
sente lo que pensaría cada uno de ellos si se encontrara en 
lugar del pobre Vargas, y de repente se enterara de que 
los demás lo habían abandonado, sin tener esperanzas de 
poder volver pronto a Colombia, donde con tantas ansias 
deseaban llegar. Les recalqué que ninguna culpabilidad 
tenía Vargas en lo que nos pasaba, puesto que estaba con 
permiso hasta el día siguiente; y les recordé que Vargas, 
aunque indio y humilde, era padre de familia y tenía alma 
y sentimientos, como teníamos cualquiera de nosotros. Me 
sostuve firme en mi resolución, dispuesto a sufrir resigna- 
dam^ente las incalculables consecuencias de aquella obra 
de caridad; pero cuando habíamos perdido ya toda espe- 
ranza, la Providencia solicionó aquel angustioso conflicto 
de la manera más suave y natural . Al empezar a sacar, tris- 
tes y desconsolados, nuestros equipajes del vapor Liberal 
para pasarlos al bote Márquez, vimos una canoíta que ma- 
nejada por un solo individuo salía de una orilla del río y se 
dirigía hacia nosotros. Los pasajeros, que comprendían la 
gravedad de lo que nos sucedía, así que se advirtieron de 
aquella canoa, empezaron a gritar: "¡Suspendan el desem- 
barque que seguramente allí viene el perdido!" Esta /oz 
de esperanza nos reanimó. Deseábamos con ansia conocer 
pronto quién era el de la canoíta, y nuestra tristeza se con- 
virtió de súbito en gran alegría, al ver que efectivamente 
era Vargas . Al hallarnos a todos en el vapor, que él no creía 
fuera el Liberal, quedó medio aturdido y espantado, sobre 
todo cuando oyó a los otros cuatro compañeros que en tono 
regañón le hacían cargos de que por él casi perdemos el 
viaje; pronto se reanim.ó, le contaron todo lo que nos había 
sucedido, y él también nos explicó que hacía mucho rato, 
tal vez unas cuatro horas, que oía y hasta veía el vapor, 
pero como no sospechaba que fuera el que esperábamos, si- 
guió muy tranquilo en su cacería, persiguiendo una mariada 
de chorongos (monos), hasta que por fin, oyendo con tanta 
insistencia el toque de sirena, y dándose cuenta que el bar- 
co subía y bajaba en aquel trayecto, como si buscara a al- 
guno, le entró sospecha de que tal vez llamaban a él, y fue 
entonces cuando resolvió salir a la orilla del río, donde había 



— 138 — 

dejado el potrillo que llevó de la casa de sus amigos; al 
llegar allí vio el vapor parado, le entró curiosidad de ir a 
preguntar lo que sucedía, y el resultado fue la solución sa- 
tisfactoria del gran conflicto. ¡Cosas de la Providencia! 
Inmediatamente en medio de la más grande alegría se vol- 
vió a amarrar a remolque el bote Márquez, y seguimos 
viaje. 

Antes de pasar adelatne se me ocurren las siguientes 
preguntas y reflexiones: ¿porqué la casa Arana adelantó 
ese mes el envío del vapor Liberal, teniendo establecido, 
como costumbre fija, que la salida de Iquitos fuera los días 
10 u 11 de cada mes? ¿Porqué el empeño del señor Julio 
Arana en que yo no saliera de Manaos antes de que pasara 
el vapor de la línea Pará-Iquitos, vapor que no se encontró 
esta vez con el Liberal? Es difícil poder dar una respuesta 
que corresponda del todo a la realidad de las cosas; pero 
seguramente la exacerbación que produjo en el ánimo de 
los brasileros del Putumayo y parte del Amazonas el per- 
cance de la Yaqiiirana, exacerbación que provocó amenazas 
de ataque al vapor Liberal, no dejaría de influir en el ade- 
lantamiento inesperado de ese viaje. Los treinta militares 
que iban a bordo, al mando de un Teniente Coronel, segu- 
ramente no ignorarían tampoco la calentura de los brasile- 
los. Ellos decían que su viaje obedecía al relevo del oer- 
sonal de las guarniciones del Putumayo; pero con seguri- 
dad que en lugar de ir a relevar aquellas guarniciones, las 
irían a aumentar, pues no hay duda que los peruanos cree- 
rían, como es de sentido común, que el proceder arbitrario 
de Curiel o de su gobierno provocaría la indignación del 
Brasil y de Colombia. Adelantando el viaje, pasaban por 
Ja parte del Brasil que es necesario atravesar para ir a El 
Encanto, en días en que nadie lo esperaba, y así les era 
mucho más fácil burlar cualquiera intentona de ataque. Mi 
presencia en el buque peruano no hay duda que contribuyó 
también a calmar los animaos de los brasileros, pues viendo 
que me trataban bien, suponían que el Perú estaba dispues- 
to a dar satisfacciones por lo ocurrido. 

La visita al Putumayo en esa ocasión del Jefe del Res- 
guardo de la Aduana de Iquitos, seguramente no obedecía 
a otra cosa sino a ir a averiguar lo sucedido con la Yaqui- 
rana. El interés de Julio Arana en que yo no saliera de 
Manaos antes del 2 de octubre, ¿no sería para que no me 



— 139 — 

enterara de que subían soldados para el Putumayo? No lo 
puedo saber. De lo que sí me convencí palpablemente fue 
de que la Providencia nos iba guiando, infundiéndome pre- 
sentimientos tan fuertes de lo que nos podía suceder, y des- 
pués en efecto nos sucedía, que bien puedo asegurar que 
se cumplió en nosotros una vez más aquel cristiano y teo- 
lógico pensamiento de que el hombre se agita y Dios lo 
conduce . 



Del Aiiíazonas al Caraparaná — Cambio de riuiibo: al Caraparaná en vez del 
Igaraparaná — Llegada inesperada a El Encanto — Guarnición militar de La 
Chorrera — Rata de navegación del vapor "Liberal," dé Campuya a Iquitos, 
Contingencias que influyen en la rapidez de la navegación de los vapores 
fluviales — Idea de ponernos presos — Desaparición de mi cartera de viaje. 
La bandera colombiana en el Putumayo — Píxjblenias internacionales del 

Perú . 

El 18 de octubre llegamos por última vez a El Encanto 
en el Liberal. Durante esos días tuvimos buen viaje. En 
El Encanto no esperaban el vapor hasta el 25, y por lo mis- 
mo no tenían la carga lista . Otra prueba más de que la pre- 
cipitación del viaje se resolvió en Iquitos, y no obedeció a 
que les hubieran avisado del Putumayo que la carga estaba 
lista. También pude comprobar que recelaban de nosotros, 
pues el intento del Comandante del vapor era entrar antes 
al Igaraparaná que al Caraparaná, y así nos lo había mani- 
festado varias veces, pero seguramente después de confe- 
renciar con el Teniente Coronel y con el Jefe del Resguardo 
(^e la Aduana de Iquitos, resolvió ir directamente al Cara- 
j: araná, y supongo que fue para que nosotros no conocié- 
ramos lo que tienen en La Chorrera. Oí entonces algún 
rum^or referente a que intentaban restablecer la guarnición 
militar en aquel punto. Según nos informaron, antes ha- 
bían tenido guarnición allí, pero hacía ya algunos años que 
la habían suprimido; tal vez para que no supiéramos esta 
nueva determinación oficial, acordaron ir primero a dejar- 
nos en El Encanto. A pesar de todos los recelos, pude ha- 
cerme a buenos datos a bordo del vapor Liberal. Con imo 
que conocía bien el río Putumayo y hacía mucho tiempo 
que andaba en aquel vapor, pude recoger la siguiente ruta 
de navegación, que da idea exacta de las distancias, desde 
el Campuya, más arriba del Caraparaná, hasta Iquitos y 
puntos intermedios: 



— 140 — 
Río Putumayo ( bajando ) . 

Del Campuya a la boca del río Caraparaná, cuatro 
horas . 

De Caraparaná a Iberia (Nueva Granada), una hora 
veinte minutos. 

De Iberia a Los Cocamas (lugar), cuarenta minutos. 

De Cocamas al río Eré, dos horas. 

De Eré a Cuédados (lugar, banda derecha del Putu- 
rnayo), dos horas cincuenta minutos. 

De Cuidado al lago Gamboa, a la banda izquierda del 
Putumayo, dos horas cinco minutos. 

Del lago de Gamboa a Las Piedras, banda derecha del 
río, una hora treinta minutos. 

De Las Piedras a El Estrecho, primer paso de Las Ter- 
mopilas, cinco horas. 

De El Estrecho a Sábaloyaco, quebrada a la izquierda 
del río, una hora veinte minutos. 

De Sábaloyaco al río Esperanza, dos horas. 

De Esperanza al Remanso, izquierda del río, una hora 
veinticinco minutos. 

De Remanso a la finca Chaves, derecha del río, treinta 
minutos . 

De la finca Chaves al lago de Santa Rosa, a la derecha 
del río, tres horas treinta y cinco minutos. 

Del lago de Santa Rosa al río Inca, derecha del Putu- 
mayo, treinta minutos. 

Del río Inca al río Buriburi, izquierda del Putumayo, 
tres horas diez minutos. 

Del Buriburi a la primera boca del Algodón, derecha 
del Putumayo, dos horas. 

De la primera boca del Algodón a la segunda, una hora. 

De la segunda boca del Algodón al Igaraparaná, ires 
horas . 

Del Igaraparaná a Puerto Punchana, orilla derecha del 
Putumayo, cincuenta minutos. 

De Puerto Punchana (lugar) a la quebrada Trompe- 
tero, banda derecha, dos horas. 

De la quebrada Trompetero a Malpaso Bobona (la- 
gar), treinta minutos. 

Bobona a la purma, en el Perú (equivalente a rastrojo 
en Colombia), de Bellavista, izquierda, dos horas cinco mi- 
nutos. 



-- 141 — 

De rastro de Bellavista a Pesquería antigua (lugar), a 
la derecha, dos horas. 

De Pesquería antigua al río Mutú, a la derecha, treinta 
minutos. 

"De Mutú a Chonta-pacta (lugar), a la izquierda, o San 
Jerónimo, a la derecha, tres horas. 

De San Jerónimo a Puerto Alfonso (lugar), dos horas 
treinta y cinco minutos. 

De Puerco Alfonso a la quebrada Curinga, a la dere- 
cha, treinta minutos. 

De la quebrada Curinga a la quebrada Águila, a la iz- 
quierda, una hora diez minutos. 

De la quebrada Águila al río Pupuña, a la izquierda, 
una hora veinte minutos. 

Del río Pupuña al estirón de Tabatinga, una hora. 

Del estirón de Tabatinga a Malpaso de Tresesquinas 
(segundas Termopilas), dos horas. 

De Tresesquinas a la isla Putumayo, frente a dos que- 
bradas, banda izquierda, una hora. 

De la isla del Putumayo al río Esperanza, a la derecha, 
V otra quebrada a la izquierda, dos horas. 

Del río Esperanza al río Porvenir, banda izquierda, tres 
horas treinta m.inutos. 

De Porvenir a Puerto Lom.as, quebrada a la izquierda, 
una hora. 

De Puerto Lomas a Puerto Alegría (lugar y casa), a 
la izquierda, dos horas. 

De Puerto Alegría al río Yaguas, a la derecha, una hora. 

Del río Yaguas a Puerto San Cristóbal (lugar), a la 
derecha, dos horas cincuenta minutos. 

De San Cristóbal a Santa Clara (casa y quebrada), a 
la izquierda, cuarenta minutos. 

De Santa Clara a Tarapacá y río Cotué, a la derecha, 
dos horas. 

Del río Cotué a El Retiro (casa y quebrada), a la de- 
recha, una hora. 

De El Retiro a Ipiranga, aduana brasilera, una hora . 

De Ipiranga a Mucuripí (finca), a la izquierda, una 
hora veinticinco minutos. 

De Mucuripí a Itú (finca), a la derecha, dos horas. 

De Itú a Puritú, río, dos horas. 

De Puritú a la quebrada Juhy, a la derecha, veinte mi- 
nutos . 



- 142 — 

De la quebrada Juhy a la isla de Gamboa, cinco mi- 
nutos. 

De la isla de Gamboa a la isla de San Joao o Vireito, 
diez minutos. 

De Vireito a la quebrada Apapary, a la derecha, dos 
horas . 

De Apapary a La Unión (finca), a la izquierda, una 
hora treinta minutos. 

De La Unión al río Molino (Muinho en portugués), 
tres horas. 

Del río Molino a Porto-libertade (finca), a la izquier- 
da, treinta minutos. 

De Porto-libertade a Sao Sebastiáo (finca), a la iz- 
quierda, una hora. 

De Sao Sebastiáo al lago Tapacoa, a la izquierda, dos 
horas. 

De Tapacoa al lago de Carará, a la izquierda, treinta 
minutos . 

De Carará a la boca del río Tacurapá, a la derecha, dos 
horas. 

De Tacurapá a la boca del Putumayo, treinta minutos. 

Río Amazonas (subiendo) . 

De la boca del río Isa (Putumayo) a Colonia Rigana 
(propiedad de Julio Arana), tres horas treinta minutos. 

De Colonia Riojana a Matura (finca), una hora cua- 
renta minutos. 

De Matura a Laranjal (finca), dos horas cuarenta y 
cinco minutos. 

De Laranjal a San Pablo D'Olivenza (ciudad), ciaco 
horas cuarenta minutos. 

De San Pablo D'Olivenza a Santa Rita (finca), ciaco 
horas cincuenta y cinco minutos. 

De Santa Rita a Boavista (finca) , dos horas treinta mi- 
nutos . 

De Boavista a Palmeares (finca), cuatro horas cuaren- 
ta minutos . 

De Palmares a Belem (finca), cuarenta y cinco mi- 
nutos. 

De Belem a Capacete (creo es puerto fiscal), ocho ho- 
ras veinticinco minutos. 



— 143 — 

De Capacete a Esperanza (finca), tres horas cuarenta 
y cinco minutos. 

De Esperanza a Tabatinga, una hora cuarenta minutos. 

De Tabatinga a Leticia, frontera entre Perú y Brasil, 
cuarenta minutos. 

De Leticia a Santa Sofía (finca), tres horas veinte mi- 
nutos . 

De Santa Sofía a Supe (fincas) , una hora diez minutos. 

De Supe a Caballo Cocha (lago, caserío), seis horas. 

De Caballo Cocha a San Juan (fincas), seis horas cua- 
renta minutos. 

De San Juan a Santo Tomás ( fincas ) , tres horas ve^ n- 
ticinco minutos. 

De Santo Tomás a Macallacta (fincas), tres horas 
treinta y cinco mintuos. 

De Macallacta a Callacalla, siete horas cincuenta mi- 
nutos. 

De Callacalla a Tipisca, tres horas cuarenta y cinco 
minutos . 

De Tipisca a Santa Rosa de Oran ( fincas ) , cinco horas. 

De Santa Rosa de Oran a Santa Teresa, tres horas cin- 
cuenta minutos. 

De Santa Teresa a Iquitos, cuatro horas cuarenta y cin- 
co minutos. 

Según estos datos, tenemos que del Campuya a la boca 
del Putum.ayo, bajando a m.archa ordinaria, en río no cre- 
cido, del vapor Liberal se gastan ochenta y nueve horas 
quince m^inutos; y de la boca del Putumayo a Iquitos, su- 
biendo en la misma forma, se emplean ochenta y seis horas 
treinta y cinco minutos, y por consiguiente de Campuya a 
Iquitos, ciento setenta y cinco horas con cincuenta minutos 
de navegación. Para poder calcular con exactitud distan- 
cias sobre estos datos, hay que tener en cuenta que en los 
ríos los vapores y lanchas andan por lo menos una tercera 
parte más y a veces la mitad, cuando bajan que cuando su- 
ben. No se puede dar un dato fijo de cuántas millas por 
hora ande el vapor Liberal o cualquier otro, pues esto 
depende de muchas contingencias, como son la clase de 
leña que consumen, la rapidez de la corriente del río, que 
cuando está crecido es por lo menos el doble de cuando está 
bajo, y por consiguiente impulsa de manera extraordinaria 
a las naves que descienden y neutraliza en gran parte la 
velocidad de los que suben. 



- 144 - 

Iban como pasajeras del vapor Liberal la esposa del 
Teniente Barriga y una indiecita sirvienta suya, las cuales 
estaban en Yuvineto cuando pasamos el 28 de abril, ün día 
se me acercó la indiecita como a quererme confiar algún 
secreto, la atendí y me refirió lo siguiente: "Yo lo vi, Padre, 
cuando bajaron por Yuvineto. El Teniente pensó ponerlos 
presos; dijo: 'Qué hago con esta gente? ¿Los amarro aquí 
algunos días?' Pero después de haber hablado con ustedes, 
al subir nuevamente a la casa, volvió a decir: 'Mejor, para 
evitar compromisos, dejo que pasen; se ve que son gente 
de alguna categoría.'" Acostumbré durante todo el viaje 
escribir cada día un pequeño apunte de las impresiones y 
cosas principales que íbam^os viendo y nos iban sucediendo. 
En el camarote que ocupaba en el vapor Liberal iba oiro 
pasajero peruano, el cual bajó en un punto intermedio en- 
tre Cotué e ígaraparaná. Para no estar abriendo y cerrando 
cada rato la maleta, dejaba debajo de la alm.ohada la libreta 
del diario. Poco después de haber desembarcado aquel su- 
jeto, fui en busca de la libreta para hacer algunos apuntes, 
y había desaparecido. Averigüé con los camareros si alguno 
sabía de ella, y me contestaron que probablemente aquel 
señor la habría llevado, pues ellos notaron varias veces que 
cuando yo no estaba en el camarote, registraba los libros 
de mi uso que encontraba a mano, como el breviario, etc. 
Un ejemplo más de que uno no puede fiarse de nadie que 
no conozca bien, y mucho menos viajando en tierra extra- 
ña, pues es de notar que ese señor se presentaba siempre 
como muy educado, y me trataba con grandes atenciones 
y deferencia. 

Me parece oportuno referir también otro hecho que 
me sucedió a bordo del vapor Liberal. Una tarde, después 
de una llovizna agradable, apareció con todo su esplendor 
el arco iris, formando sobre el río Putumayo un poético 
puente de colores. Desde a bordo los principales pasajeros 
estábamos contemplando y comentando aquella bella vi- 
sión. En esos momentos, entre espontánea e intencionada- 
mente, dije: "Vean la bandera colombiana ostentando ma- 
jestuosamente sus colores sobre el Putumayo." Al oír esto 
el Jefe del Resguardo de la aduana de Iquitos, me replicó: 
"¡Qué bandera colombiana, ni ocho cuartos; no hay rÍ3>go 
de que Vuestra Reverencia la vea nunca ondear en estos 
sitios!" Como si me hubiesen dado una puñalada en el co- 




Feracidad del Putumayo, 



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— 145 - 

lazón, le contesté inmediatamente: "¡Quién sabe, señor, 
cosas más difíciles vemos realizarse todos los días!" Enton- 
ces varios a la vez me replicaron: "Lo que es esto, le pode- 
mos asegurar que no se realizará mientras haya un peruano 
capaz de tomar las armas."* Yo añadí a la vez: "Pues yo 
también les puedo asegurar que por cada peruano capaz 
de tomar las armas, hay un colombiano en las mismas con- 
diciones, y no debemos olvidar que donde las dan, las to- 
man." A fin de evitar el exacerbar el patriotismo de nadie, 
nos separamos del grupo con el Teniente Coronel, quien 
tomando pie de esta conversación, me contó las cuestiones 
internacionales que preocupaban al Perú. Entre otras co- 
sas me dijo: "Nuestro verdadero enemigo, que en realidad 
nos preocupa y contra quien hace años nos preparamos, es 
Chile; con Colombia y con el Ecuador ni queremos ni de- 
bemos pelear; nuestro ejército es suficiente para enfren- 
tarse a las dos Repúblicas juntas, a las cuales no tememos, 
pero no creo que llegue el caso de irnos a las manos para 
arreglar asuntos que deben tratarse por la vía diplomática." 
Haciéndome cargo de mi situación, y para no pasar los lí- 
mites de la prudencia, resolví quedarme callado, aunque 
no sin tomar nota del estado de ánimo que aquellas conver- 
saciones denotaban. 

Dicho Teniente Coronel me dijo que muy pronto de- 
bía salir hasta Yuvineto la lancha Callao a relevar los sol- 
dados que había allá, y que podría irme en ella . Muy bu ^na 
me pareció la idea, pues aquel trayecto entre Caraparaná 
y Yuvineto es muy largo y sobre todo muy mortificante 
para subirlo en canoa. Con esta esperanza llegamos a El 
Encanto. En la desembocadura del Caraparaná dejé el bote 
Márquez y cuatro de los cinco bqgas. Loaisa, Curiel y otros 
muchos conocidos, peruanos y colombianos, me recibieron 
muy bien. 

VI 

Por última vez en El Encanto— Despedidas y i-egalos — ^Fin funesto de Curiel. 
Misa con abanico— Corridos por los zancudos — Pesca inesperada — Centine- 
las dormidos — Disparos misteriosos — El gran "amaron" — Saetas vivientes. 
Zabullidos en el río — Sitio de los crueles recuerdos — Enorme cantidad de 
huevos de charapa — Segunda vez en Yuvineto — Un hermoso rey de los fe- 
linos. 

Lo primero que hice al llegar a El Encanto fue averi- 
guar cuándo saldría la Callao para Yuvineto. El Teniente 

Un viaje por el Putumayo y el Amazonas— 10 



— 14b - 

Coronel y el señor Loaisa casi me aseguraron que sería el 
día siguiente, pero desgraciadamente muy pronto el Co- 
mandante del Liberal me desilusionó, diciendo que era im- 
posible que la Callao fuera a Yuvineto antes de reunir ia 
carga para el vapor; además, manifestó que tendría que ir 
antes que a Yuvineto hasta la desembocadura del Igarapa- 
laná a dejar la carga de El Encanto, que el vapor no podía 
esperar ahora, y que al regreso de La Chorrera la recogería 
en el punto indicado. 

Estas razones me hicieron perder toda esperanza de 
subir con lancha hasta Yuvineto, y por lo mismo resolví 
irme cuanto antes en canoa, a fin de no perder tiempo. 
Compré algunos víveres que nos hacían falta para el viaje. 
Saqué pasaportes par mí y para los bogas en la Comandan- 
cia del Sector Militar, a fin de que no tuviéramos dificultad, 
alguna en Yuvineto, pasaportes que me expidió el fatídico 
Capitán Curiel. Me despedí de todos los conocidos, y eíl 
19 de octubre dejamos el puerto de El Encanto, que tantos 
desencantos tuvo para nosotros. El señor Carlos Semina- 
río, empleado de la casa Arana, que en el mes de mayo nos 
acompañó a visitar a los Padres Franciscanos de San An- 
tonio, me obsequió para el viaje bastantes latas de conser- 
vas y aceite español. Los colombianos, tanto los que estaban 
en El Encanto como los que vivían más abajo en las orillas 
ael Caraparaná, nos regalaron gallinas y víveres, al mismo 
tiempo que nos expresaban su pena por las dificultades y 
contratiempos que habíamos sufrido. Antes de dejar defi- 
nitivamente a los peruanos, creo de justicia hacer constar 
que en el vapor Liberal no sólo el Comandante sino toda la 
tripulación en general, y los mismos pasajeros, nos trataron 
muy bien; sobre todo el Comandante se esmeró en llenar- 
me de atenciones, obedeciendo seguramente a la recomen- 
dación del señor Julio Arana. Varias veces, como prueba 
de especial estimación, hizo servir la comida a los dos solos 
en su camarote, haciéndola preparar más esm.eradamente 
que para los demás pasajeros. Me complazco pues en hacer 
constar mi reconocimiento por todas esas atenciones. 

Respecto al Capitán Curiel, instrumento principal de • 
nuestros desastres, no será por dem.ás hacer notar que '^m 
fin fue de lo más desastroso que podía haber para un pobre 
mortal. En 1921, junto con el Capitán Cervantes, encabe- 
2'aron la revolución del Departamento de Loreto contra el 



- 147 — 

poder central de Lima. Al ser derrotados por la fuerza del 
Gobierno legítimo, se refugió en el Ñapo ecuatoriano, y allí 
murió asesinado de la manera más villana, a fines de 1922. 
¡ Que Dios Nuestro Señor le haya perdonado todos sus dis- 
parates ! 

El 20 de octubre, después de haber administrado el 
santo bautismo, en la desembocadura del Caraparaná, a al- 
gunos niños hijos de colombianos, emprendimos nueva- 
mente marcha en nuestro bote iMárquez. Entonces nues- 
tros fieles bogas de Puerto Asís volvieron a lucir sus habi- 
lidades, con la desventaja para todos, que ahora nos tocaba 
aguas arriba, y por consiguiente el tiempo en recorrer las 
distancias se nos duplicaba, y a veces triplicaba, y también 
los moscos nos triplicaban los tormentos, por cuanto el roce 
de la canoa y palancas de los bogas en las orillas del río, 
levantaban nubes de jejenes durante el día; y el no poder 
andar de noche nos obligaba a aguantar la música y las 
picaduras de los crueles zancudos. Para poder celebrar la 
santa misa, tuvimos que volver al método de poner un peón 
que espantara a los jejenes, que con una pertinacia deses- 
perante se prendían a chupar sangre al propio tiempo que 
producían una comezón desesperante en mi pescuezo, ca- 
beza y manos. 

Una tarde llegamos al borde de un pedazo de monte 
muy bonito, y resolvimos construir rancho para pasar allí 
la noche; mxientras duró la luz del día estuvimos muy tran- 
quilos y contentos, pero así que empezó la oscuridad de la 
noche, se nos vino encima una cantidad tal de zancudos, 
de los que cantan fino y pican duro, que por allá a media 
noche, cansados y aburridos de golpearnos para espantar 
esas dim^inutas fieras, y también desesperados por el ardor 
que nos producían sus piquetes inmisericordes, sin que 
alcanzara a defendernos la ropa que nos cubría, todos fui- 
mos de parecer que era preferible seguir viaje río arriba, 
aun exponiéndonos a algún percance ocasionado por la 
oscuridad de la noche, que no seguir aguantando aquel tor- 
turador suplicio. Así lo hicimos. En aquella hora intem- 
pestiva embarcamos todo lo que habíamos sacado al monte 
para seguir la marcha; pero casi siempre en este mundo las 
penas van mezcladas con las alegrías; al ir a desatar la canoa 
para empezar a andar, uno de los bogas quiso recoger un 
anzuelo bagrero que había echado al agua con un corazón 



— 148 — 

de paujil al acostarnos, y notando que no seguía con facili- 
dad empezó a tirar duro del volantín que lo sujetaba, y :u 
sorpresa y la alegría de todos fueron grandes al ver que 
estaba prendido un bagre que medía, por lo menos, dos me- 
tros de longitud; todos con gran presteza, ayudados de la 
luz de la lámpara, contribuímos a rematarlo y embarcarlo 
en la canoa. Al amanecer lo desollamos en una bonita pla- 
ya, y nos dio unas ocho arrobas de sabroso alimento, que 
buen servicio nos hizo en aquellas soledades donde el via- 
jero no se puede proveer sino con buenas armas de cacería 
y adecuados aperos de pesca. 

En once jornadas llegamos a Yuvineto; al principiar 
nuevamente nuestro viaje en canoa no dejamos de tener 
cierto temor de que tal vez pudiéramos ser víctimas de al- 
gún asalto nocturno de los salvajes o de indios mal aconse- 
jados; para evitar alguna sorpresa, resolvimos que siempre 
quedara en guardia uno de los bogas, mientras los demás 
dormíamos; pero por más que repetidas noches intentamos 
poner en práctica nuestro deseo, nunca lo pudimos conse- 
guir, porque al poco rato de estar velando, el centinela que- 
daba más profundamente dormido que los demás, debido 
al cansancio del día. Algunas veces desperté en aque- 
llas noches, y quise comprobar si efectivamente había quien 
vigilara, y nunca encontré boga que no roncara con gran 
satisfacción. Viendo que era inútil intentar la vigilancia 
nocturna, desistimos de nuestros propósitos, entregándo- 
nos confiados en las manos de la Providencia. Un día de 
esos, cuando precisamente pasábamos por uno de los luga- 
res más distantes de donde pudiera encontrarse gente civi- 
lizada, el práctico Vargas disparó a unos patos; a los pocos 
momentos oímos otro tiro dentro del monte; le ordené que 
disparara nuevamente, por si acaso el que contestó fuera 
alguno que anduviera perdido en la montaña. Así lo hizo, 
y tam_bién a los pocos minutos volvimos a oír otro disparo, 
como antes. Disparamos nosotros por tercera vez, y por 
tercera vez nos correspondieron. Esto nos hizo entrar 
pronto en sospechas y comentarios de que tal vez nos se- 
guían. A la media hora ordené que se hiciera otro tiro, / a 
los cinco minutos obtuvimos también respuesta, como en 
las veces anteriores. Después de discurrir sobre lo que su- 
cedía y si podía tener o nó consecuencias para nosotras, 
resolvimos pasar unos dos o tres días, sin hacer disparo 



— 149 -- 

alguno, a fin de evitar que se orientaran, si es que en efecto 
nos seguían o vigilaban. 

Un percance digno de anotarse nos ocurrió en el trayec- 
to entre Caraparaná y Yuvineto: una mañana lluviosa, tris- 
te y fría, con aquel frío que en esas regiones produce la. 
humedad, subíamos por la orilla del río, llena de palos se- 
cos, ramas y barro. El Capitán Ferrín divisó una cosa ne- 
gra, parecida a un gran pez que tuviera el cuerpo fuera 
del agua, y la cabeza y la cola escondidas en la misma; 
buscó la carabina para dispararle, y cuando estábamos ya 
muy cerca de aquel objeto y Ferrín apuntándole, el práctico 
Vargas dio un grito angustioso a media voz, como quien 
teme hacer ruido, diciendo : "No dispare, es el gran amaron 
(boa), que nos puede voltear la canoa." Al oír esto, todos 
asustados dirigimos la vista hacia aquel olDJeto, y pudimos 
contemplar, entre curiosos y temerosos, una enorme boa, 
de diez a doce metros, que parecía dormir el sueño que les 
produce la digestión de los grandes animales que devoran. 
La cabeza estaba debajo de nuestra canoa; lo que se yeía 
en la orilla era un pedazo de su cuerpo, y nos tocaba pasar 
por encima de su parte posterior, si no queríamos regresar 
aguas abajo, lo cual nos habría hecho perder unas cuatro 
horas de viaje. No hay que decir que pasamos con todas las 
precauciones del caso, para no turbar el sueño de aquel 
monstruo, que con sólo rebullirse habría podido voltearnos 
la embarcación y estrangular y tragarse a algunos de nos- 
otros. Así que habíamos dejado atrás unos diez metros 
aquella compañía tan poco grata, y comentábamos anima- 
damente el peligro que acabábamos de pasar, uno de los 
bogas punteros, sin darse cuenta, tocó con su palanca un 
nido de avispas bravas, de aquellas que se echan como fle- 
chas sobre lo que atacan. Tocar el avispero y echarse en- 
cima de nosotros una multitud de aquellas saetas vivie.ites 
y encendidas, fue una sola cosa. Como el dolor de esas 
picaduras es insoportable, los bogas no encontraron otro 
recurso para defenderse que zabullirse en el río, y así lo 
hicieron todos, sin acordarse de la peligrosa vecindad de la 
boa, excepto dos que se quedaron sosteniendo la canoa. 
Yo me defendí a sombrerazos y encerrándome en el ranr-.ho 
del bote, pero siempre alcanzaron a enredarse algunas en 
mis barbas, y tuve que luchar un buen rato para aplastarlas, 
antes de que consiguieran clavar su aguijón en mis carrillos. 



- 15) — 

Con todos estos afanes, los dos bogas que habían quedado 
gobernando la canoa ya no podían dominarla, e iba dando 
la vuelta hacia el lugar donde dormía la boa de que acabá- 
bamos de librarnos . Al ver que para librarnos de las llamas 
avíspales, íbamos a caer en aquella inmensa brasa culebral, 
grité con energía a los que estaban en el agua que no f\ie- 
ran cobardes y ayudaran a salir pronto de aquellos lugares 
donde tan mal nos recibían y trataban. 

Haciendo de tripas corazón, como vulgarmente se dice, 
se embarcaron nuevamente y empujaron con tal energía, que 
muy pronto estuvim.os lejos de aquel sitio, que bautizamos 
con el nombre de Los Crueles Recuerdos. En la primera 
playa a que llegamos, saltamos a reponernos de los grandes 
sustos que acabábamos de pasar; pero los pobres punteros 
sufrieron algo más que sustos, ya que los piquetes recibidos 
se les enconaron de tal manera que les produjeron grandes 
chupos, al mismo tiempo que fuertes dolores, hasta el pun- 
to de impedirles trabajar todo aquel día; les apliqué algu- 
nos remedios, con los cuales se aliviaron, y al día siguiente 
pudimos continuar el viaje. 

Nos entreteníamos a veces en buscar nidos de chara- 
pas en las grandes playas. Encontramos muchos, algunos 
hasta de ciento cincuenta huevos; alcanzamos a llenar una 
tercera parte de la canoa; y por fin aburridos de tanto co- 
mer y ver huevos de tortuga, los votamos al río y lavamos 
bien la canoa. 

El 30 de octubre pasamos nuevamente por Yuvineto, 
y todavía estaba allá de Jefe el supuesto Valdés Ramos; 
esta vez nos recibió mejor y hasta nos invitó a pasar la no- 
che en su casa, oferta que no aceptamos, a pesar de que 
eran las cinco de la tarde cuando salimos de aquel lugar. 
Presenté los pasaportes que en El Encanto nos dio Curiel, 
y aquel día anduvimos hasta las doce de la noche. El 7 de 
noviembre arribamos a la boca del Caucaya o istmo de La 
Tagua . 

Entre el Caraparaná y el Caucaya, debido a que en 
todo ese trayecto no vive alma humana, si exceptuamos los 
pocos soldados de Yuvineto, con frecuencia interrumpían la 
monotonía del paisaje y de nuestra vida fluvial manadas de 
animales, que a veces chimbando el río, otras haciendo rui- 
do en las orillas del monte o encaramados en las copas de 
los grandes árboles, nos proporcionaban un rato de solaz. 




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— 151 — 

corriendo en su persecución, a veces dando buena cuenta 
de ellos; y otras, sin otro resultado que perder infructuosa- 
mente el tiempo. Algunos días matábamos tres o cuatro 
puercos jabalíes, de los que andan en grandes manadas, y 
que por acá llaman manaos. Con mucha frecuencia podía- 
mos disparar a los monos de distintas clases que amenizan 
aquellos bosques seculares. Paujiles y pavas eran la comi- 
da más común. Hasta un grande y hermoso tigre quiso que 
Ferrín y Benjamín ensayaran en su bello bulto la incierta 
puntería. Una tarde muy hermosa, a la hora en que el sol 
trataba de ocultarse entre las copas de los frondosos y altí oí- 
rnos árboles, apareció sentado en un gran palo seco de la 
orilla un soberbio ejemplar del rey de los felinos, mirando 
el río en actitud meditabunda, como si no acabara de resol- 
verse a pasarlo; subíamos en la canoa por el mismo lado 
donde él estaba; lo alcanzamos a ver a una distancia de 
cincuenta o sesenta metros, y nos parám.os a contemplarlo 
un buen rato; ordené que alistaran las carabinas y dispara- 
ran tan pronto como él intentara privarnos de su vista; pero 
lejos de esto, no se daba por entendido, y a pesar del ruido 
que hacía la canoa subiendo, permanecía en la misma po- 
sición; al llegar a veinticinco metros de donde él estaba, 
hice parar la canoa y di orden de que apuntaran las dos ca- 
rabinas a la vez y de que hicieran fuego; ni el ruido de los 
dos disparos, ni el silbido de las balas, que debieron pasar 
muy cerca de su hermosa piel, consiguieron hacerlo 'no- 
ver; ordené que dispararan por segunda vez, y entonces dio 
un brinco, se estiró desperezándose y se metió en el monte 
a paso lento, y mirando de soslayo, como si fuera a prepa- 
rarse para tomar la revancha. El práctico Vargas nos dijo 
en esta ocasión que cuando se anda en el monte de cacería 
y se topa un tigre de aquella clase, no se le debe disparar 
si no se está muy seguro de inmovilizarlo del primer bala- 
20 ; de lo contrario, el cazador debe prepararse a luchar con 
él mano a mano, porque lo primero que hace al sentirse 
herido es atacar al que lo hirió. Estuvimos un buen rato 
mirando si salía a embestirnos, puesto que la actitud con 
que se fue no era de susto sino de coraje y de ganas de 
vengarse . 



- 152 - 

VII 

Convaleciendo en el Caucaya — Todcs enfermes — "Si mala muerte os di, 
buena sepultura os preparé" — Llegada a Güepí — Emocionante encuentro de 
Vargas con gus hijos — Leña para la lancha — Otra vez en Yocoropuí — "Usté 
derecho dueño Putuniayo" — Puerto Asís a la vista — "¡Viva Puerto Asís y 
sus colonos!"— Te Deum en acción de gi'acias — Cariñosa serenata — Banquete 
familiar — Separación de los bogas — Protestas en Colombia — Llegada a Si- 
bundoy — ^Muestrario comercial — Datos interesantes . 

En el Caucaya tuvimos que parar un día, esperando 
convalecieran el capitán Ferrín y el camarero Nabor Be- 
navides, de unas fuertes fiebres que hacían dos o tres días 
les habían atacado. Con los remedios que les hice en dos 
días, conseguí córtales la enfermedad, y el 9 de noviembre 
pudimos continuar el viaje. Casi todos nos encontrábamos 
enfermos, unos de fiebre y otros del estómago, que se nos 
descompuso a causa de la gran humedad que hacía tanto 
tiempo soportábamos de día y de noche. Muchas veces 
nos tocó dormir en la canoa, por no encontrar tierra seca 
dónde hacer rancho, a causa de las grandes crecientes del 
río. Estas mismas crecientes nos impedían andar con pres- 
teza, pues había jornadas enteras en que los bogas sola- 
mente podían mover la canoa cogiéndose de las ramas de 
los árboles y apoyando las palancas en los troncos secos 
que se veían en las orillas. Cuando la creciente es grande, 
cada vez que hay necesidad de chimbar el río para podar 
subir con más comodidad, la canoa retrocede grandes tre- 
chos, que en las partes anchas del río a veces llegan a kiló- 
metros. Gran servicio me hizo en esos días, en que tanto 
sufrí del estómago, el aceite que el peruano Seminario me 
regaló en El Encanto. Pasé semanas enteras sin probar 
otra comida que pan untado de aceite y espulverizado con 
sal. Cada vez que sentí alivio con alguna de las cosas que 
nos regalaron los peruanos, acudía a mi memoria aquel 
dicho: "Si mala muerte os di, buena sepultura os propor- 
cioné," parodiándolo en esta forma: "Si grandes trabajos 
y enfermedades os causamos, buenos remedios os dimos." 

La esperanza de llegar pronto a Puerto Asís nos hacía 
sacar fuerzas de nuestro agotamiento físico; todos deseá- 
bamos con delirio llegar al término de nuestro viaje, los bo- 
gas para ver y consolar sus familias, y yo para sacar de an- 
gustias a Vuestra Reverendísima. 



— 153 — 

El 11 de noviembre llegamos a Güepí; allí tuvimos ya 
algunas noticias de Puerto Asís y de los preparativos que 
habían hecho para recibir la lancha. En aquel lugar admi- 
nistré algunos bautismos y seguímos sin interrupción el 
viaje. En Tapacuntí, Vargas encontró a sus hijos, después 
de ocho meses de separación. Escena conmovedora fue 
aquélla; los niñitos lo abrazaban, llorando de emoción, y 
él, sin poder tampoco contener las lágrimas, los cargaba y 
llenaba de besos y caricias. Todos comprendimos que ese 
espectáculo no era más que una imagen de lo que pasaría a 
los demás al llegar al seno de sus respectivos hogares; y 
sólo con imaginar lo que les esperaba, no podían ocultar su 
emoción, y aun contra su voluntad no pudieron menos de 
juntar sus lágrimas con las del compañero de viaje, parti- 
cipando de este modo de su justa alegría. En Tapancutí 
administré también algunos bautismos y 'confirmaciones. 

El 14 de noviembre arribamos a La Concepción, donde 
encontramos en tres casas recién edificadas una familia de 
blancos y tres de indios incas. También vimos allí tres 
montoncitos de leña preparados para la lancha, que nos re- 
novaron la justa indignación contra los peruanos. En este 
lugar nos demoramos el tiempo necesario para administrar 
tres bautismos y tres confirmaciones, y seguímos río arriba 
con la mayor ligereza que pudimos. El 17 estábamos en 
Yocoropuí. Los indios nos recibieron con muestras de gran 
cariño y alegría; nos contaron muchas cosas de Puerto 
Asís, y me dijeron que estaban muy tristes porque creían 
que "ya no más mirando Taita Pagre Daspar; usté Taita 
Pagre derecho dueño Putumayo, otro nosotros no quiere, 
usté sí mucho quiere," y otras cosas por el estilo, que son 
prueba evidente que muchas veces la aparente indiferen- 
cia y frialdad de los pobres indios depende más de la falta 
de cultura que de la de sentimientos. En Yocoropuí adrni- 
nistré también en esa ocasión algunos bautismos y confir- 
maciones. Al día siguiente de nuestra llegada, después de 
la santa misa que oyeron todos los indios, hice a cada uno 
un pequeño obsequio, y seguímos nuestra marcha con in- 
tención de ponernos en Puerto Asís en dos días . Lo con- 
seguímos, llegando el primero a la confluencia del Cuembí, 
en casa de Abel Guerra, donde pasamos la noche; y el 19 
de noviembre, a las siete, arribamos al puerto deseado, de 
donde con tantas esperanzas habíamos salido el 3 de abril. 



- 154 - 

Como nadie tenía noticia de que estuviéramos cerca, 
y mucho menos sospechaban que llegáramos aquel día, 
nuestro primer intento fue esperar a que adelantara la no- 
che y entrar calladitos, sin que nadie se diera cuenta hasta 
el día siguiente; pero era tan grande el deseo que teníamos 
de llegar y la alegría que nos embargaba, que no pudimos 
esperar. Así que estuvimos a la vista de la colonia, dispa- 
ramos los pocos tiros de carabina que nos quedaban. Los 
bogas acompañaban cada disparo con estruendosos gritos 
de satisfacción. Al principio los de Puerto Asís creyeron 
que serían cazadores, y no hicieron caso, pero observando 
que los tiros se repetían y que iban acompañados de fuertes 
voces, empezaron a poner atención, y pronto conocieron a 
los bogas por la voz. Al instante hicieron correr la noticia 
de que llegaban los bogas del Padre Gaspar y el doctor 
Márquez; lo cual fue causa de que pronto estuvieran en el 
desembarcadero todos los vecinos de la colonia. A medida 
que nos íbamos acercando al puerto, los bogas menudeaban 
más los gritos de ¡Viva Puerto Asís! ¡Viva el Reverendo 
Padre Gaspar ! ¡ Vivan los colonos ! , vivas que eran contes- 
tados con entusiasmo por los que esperaban en la orilla. 
Como no creían que yo subiera en canoa por el Putumayo, 
cuando los bogas gritaban : ¡ Viva el Reverendo Padre Gas- 
par!, los de tierra contestaban: "¡No está acá!" Los bogas 
agregaban: "¡Nosotros lo traemos!", pero como era abso- 
luta la convicción que tenían de la imposibilidad de mi re- 
greso en canoa por el Putumayo, decían: "¡No lo creemos 
hasta que lo veamos! ¡Si vino el Padre, que hable pa^a 
que nos convenza!" En esos agradables alegatos atracamos 
puerto. Ahí fueron los saludos afectuosos y las curiosas 
preguntas de parte de los que llegábamos y de parte de los 
que nos volvían a ver. Nos dirigimos todos a la iglesia a 
cantar un Te Deum y una Salve a la Divina Pastora, patro- 
na de nuestra Misión, en acción de gracias por haber po- 
dido regresar a Puerto Asís . Durante el trayecto del puerto 
a la iglesia, algunos me pasaban la mano por la espalda y 
los brazos, y decían: "Lo vemos y lo tocamos y casi no lo 
creemos; nos parece un sueño que esté nuevamente c.m 
nosotros." Después de dar gracias a Dios, les invité desde 
e) altar a que asistieran todos a una misa que a los dos días 
se cantaría en acción de gracias por haber podido volver; 
entonces les explicaría detalladamente todo lo que nos ha- 



— 155 — 

bía pasado, y con esta promesa logré que se retirara la ^ea- 
te aquella noche, no sin que pronto volvieran a obsequiar- 
nos con una serenata de cantos, con acompañamiento de 
requintos y guitarras. 

Como suponía las angustias y ansiedad en que estaría 
Vuestra Reverendísima, mi primer cuidado al llegar a Puer- 
to Asís fue ponerle telegrama, avisándole nuestro arribo y 
pidiéndole me enviara caballerías a Umbría, para seguir 
pronto a Sibundoy a darle cuenta de todo lo sucedido. La 
contestación me hizo comprender que no me había equi- 
vocado al juzgar su estado de ánimo, pues estaba concebida 
en los siguientes términos: 

"Felicitólo por su llegada. ¡Bendito sea Dios! ¿Dónde 
se halla el doctor Márquez? Lunes próximo llegarán bestias 
Umbría." 

El día señalado cantamos la misa en acción de gracias, 
y al concluir expliqué extensamente a todos los presentes, 
que eran la colonia entera, lo que nos había acontencido 
desde que salimos de Puerto Asís . Al oír el relato, la indig- 
r ación contra los peruanos se apoderó de sus ánimos. En 
esos m.omentos todos habrían querido ser soldados para ir 
G abrir paso a las naves brasileras y vengar la ofensa que 
conjuntamente se hizo al Brasil y a Colombia. 

En Puerto Asís me enteré de las angustias y sufrimien- 
tos que pasó Vuestra Reverendísima en los dos meses que 
allí nos estuvo aguardando; del sinnúmero de dificultades 
que tuvo que vencer para aprontar los setecientos bultos de 
víveres destinados a cargar la Yaquirana, y que cuando 
nosotros llegamos, se estaban ya deteriorando; de las ges- 
tiones que hizo ante el comercio de Pasto para que remi- 
tiera carga; de los inconvenientes con que tropezó para ha- 
cer componer el camino, que en algunos puntos ya no daba 
paso. Asimismo nos explicaron los preparativos que ha- 
bían hecho para nuestro recibimiento; la indignación que 
se apoderó de todos, cuando sospechaban que los perua.ios 
serían la causa de que no llegara la lancha brasilera; y !as 
protestas que levantaron ante el Gobierno de Colombia, 
protestas que tuvieron eco elocuente en el mismo Senado 
de la República por medio de una enérgica proposición 
aprobada por unanimidad, y reproducida poco después en* 
la prensa de Quito, como señal de solidaridad con Colom- 



— 156 — 

bia en sus justas quejas y reclamos contra el Perú. Otras 
muchas cosas nos contaron que nos convencieron de que 
mientras nosotros estábamos en Manaos venciendo gran- 
des dificultades, Vuestra Reverendísima afrontaba tal vez 
otras mayores en Colombia. 

Cuatro días permanecí en Puerto Asís restableciéndo- 
me un poco de los quebrantos de salud sufridos en ios 
treinta y un días que gastamos del Caraparaná a esa colonia. 
Todos los que conocían ese trayecto se admiraban de que 
en tan poco tiempo lo hubiéramos recorrido. Los que íia- 
bían andado por aquellos sitios en tiempos en que se hacía 
algún comercio entre Nariño y Caraparaná, me dijeron que 
en canoa grande como la nuestra no gastaban menos de se- 
senta días. Ciertamente, nosotros a veces anduvimos tra- 
yectos más largos de subida que cuando bajamos, lo «:ual 
se explica por las excelentes cualidades de los bogas, y so- 
bre todo por el deseo vehementísimo que teníamos ellos y 
yo de llegar pronto a Colombia, deseo que nos centuplicaba 
las energías. 

El lunes 25 de noviembre salí de Puerto Asís en direc- 
ción a Sibundoy. En aquella colonia dejé ya en el seno de 
sus familias a los fieles bogas hacia quienes conservo gra- 
titud profunda y estimación sincera, puesto que todo el 
tiempo que me acompañaron, y en todos los lugares donde 
estuvimos, se portaron dignamente, al mismo tiempo que 
nos prestaron servicios inapreciables. ¡Que Dios Nuestro 
Señor y la Divina Pastora, bajo cuya protección especial 
nos colocamos durante aquella difícil época, les recompen- 
sen con creces su buena voluntad, grandes sacrificios y pe- 
nalidades sin cuento de todo orden, que animosos y con- 
tentos sufrieron conmigo! Como prueba de gratitud, el día 
antes de mi salida de Puerto Asís, que fue domingo, los ob- 
sequié a todos cinco en el convento con un banquete que 
podríamos llamar familiar, en el cual me esmeré en aten- 
derlos lo mejor que pude, recordándoles los buenos servi- 
cios que ellos me habían prestado durante los ocho meses 
que formamos como una familia ambulante, por lugares 
desconocidos para todos y llenos de peligros. 

El 30 de noviembre tuve el consuelo de abrazar nue- 
vamente en Sibundoy a Vuestra Reverendísima, acto que 
consideré como el complemento de las satisfacciones que 
experimenté al llegar de nuevo al seno de la Misión. Allá 




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— 157 - 

conversamos largamente de todo lo sucedido, entregué a 
Vuestra Reverendísima un muestrario bastante completo 
de artículos comerciales, con sus precios, en la plaza de Ma- 
naos, le suministré todos los datos que creí de algún inte- 
rés, algunos de los cuales le sirvieron inmediatamente para 
contestar ciertos escritos insidiosos de la prensa liberal de 
Nariño. Tratamos también de la manera como se poiría 
evitar la pérdida completa del cargamento de víveres reujii- 
dos en Puerto Asís . Por desgracia, ninguna de las medidas 
que se nos ocurrieron fueron eficaces para impedir el ma- 
logro total de aquellos valiosos intereses. 

Lo que después ha sucedido: el ningún resultado, por 
lo menos hasta el presente, de la reclamación establecida, 
lo conoce más Vuestra Reverendísima que yo, ya que cono 
digno jefe de la Misión le ha tocado activar aquellos asumos. 

CONCLUSIÓN 

¿Se puede decir que nuestro viaje fue del todo infruc- 
tuoso? No lo creo; por el contrario, estoy firmemente per- 
suadido que produjo ventajas no despreciables. En primer 
lugar, las que ofrece el conocer prácticamente las condicio- 
nes de Manaos y del Amazonas en general: artículos que 
se puedan exportar e importar con buenas utilidades; y 
cuáles no reúnen esas condiciones; medidas preventivas 
que habría que tomar para que los efectos lleguen allá en 
estado de poder competir con los de su clase, importados 
de Europa y otras partes; tipo de embarcación que debería 
adoptarse para evitar varadas y contratiempos en los ríos; 
lugares donde habría que estacionar gente para proveer de 
combustible a las lanchas; y así por el estilo otros muchos 
conocimientos prácticos que sólo se pueden adquirir sobre 
el terreno, y que son esenciales para el buen éxito de ur a 
empresa de esta clase. 

También en el orden internacional creo que produjo 
beneficios nuestro viaje. La exacerbación de los ánimos al 
saberse en Colombia y el Brasil las arbitrariedades del 
Perú; la mayor atención que estos sucesos provocaron en 
el comercio del Amazonas y de Colombia sobre esa nueva 
vía, que podría abrirse a las justas aspiraciones de ambos 
países, y muchos datos que el Gobierno recibió sobre aque- 
llas regiones, es de suponer que no dejarían de influir en 



- 158 - 

el adelantamiento del tratado de límites que se intentó con 
la Administración Pardo, y que junto con ella fracasó, así 
como en el que se firmó en Lima el 24 de marzo de 1922, 
que según decires de los que lo conocen, pone fin de male- 
ra decorosa al secular litigio de fronteras entre Colombia y 
el Perú. Amén de otras muchas ventajas que no pueden 
escaparse a la perspicacia de los que se interesan por la me- 
jor suerte de esas importantes regiones, tan codiciadas a la 
vez que abandonadas, como también por la de sus infelices 
moradores, que sin duda son dignos de participar con ma- 
yor abundamiento de los beneficios de la civilización cris- 
tiana . 

Antes de poner puto final a esta larga relación, jreo 
oportuno manifestar que a mí no me sorprendió ni desani- 
mó el resultado adverso de aquella magna empresa. Por el 
contrario, aquel resultado es para mí prueba convincente 
de que la obra es buena y por lo mismo necesita muchos y 
grandes sacrificios. Ños enseña la experiencia que todas 
las obras de trascendencia para gloria de Dios y bien de las 
almas, sufren grandes contrariedades y hasta fracasos antes 
de poderse llevar a cabo. Convencido como estoy del bien 
inmenso que la navegación del Putumayo produciría a mi- 
les de salvajes, que yacen en la esclavitud e ignorancia más 
espantosas, se me hacía raro que todo nos saliera tan bien 
al principio. Recuerdo que varias veces dije al doctor Már- 
quez que esperaba como cosa segura grandes contratiem- 
pos, precisamente porque veía la bondad de lo que teaía- 
mos entre manos . Estaba f irmem^ente persuadido de que el 
infierno entero no dejaría de mover todas sus baterías y 
escuadrones para impedir su pronta realización. Esta con- 
vicción fue una de las causas que más me impulsaron a no 
dejar separar al doctor Márquez, cuando él quería irse a 
Bogotá desde Manaos, por vía distinta. Tengo fe firme y 
absoluta en las saludables consecuencias de la navegación 
del Putumayo para gloria de Dios y salud de miles de al- 
mas. Estoy dispuesto a sacrificarme nuevamente y hasta 
dar la vida, si es necesario, para que la luz del Evangelio 
entre a raudales a iluminar las torvas inteligencias, y la Di- 
vina Gracia a fortalecer las embrutecidas voluntades de 
tantos infelices salvajes que m.oran en la región del Putu- 
mayo, ya que éste fue el fin principal que me propuse, 
cuando con insistencia pedí venir a entregar a Dios mi 



159 — 

vida y actividades en estas regiones que amé antes de co- 
nocer, y cuyo conocimiento ha aumentado en mí el cariño 
y afecto, precisamente porque en ellas moran miles de seres 
desgraciados, cuya redención física, moral y sobrenatural 
necesita de grandes sacrificios y sobrehumanos esfuerzos. 

La libre navegación del Putumayo allanaría muchas de 
las dificultades que ahora parecen y en realidad son insu- 
perables. ¡Quiera Dios concederme la dicha de ver reali- 
zada esta magna obra y contemplar cómo la Divina Pasto- 
ra, recientemente declarada por la Santa Sede Patrona 
principal de la Prefectura Apostólica, apacienta todas las 
almas que andan diseminadas en estas inmensas selvas. 

Creo haber dado cumplimiento a la orden de Vuestra 
Reverendísima de escribir por extenso lo que nos sucedió 
en el viaje a Manaos. 

Bendígame y reciba los respetuosos homenajes de su 
£Úbdito e hijo en Jesucristo, que mucho lo aprecia. 



Fray Gaspar de Pinell, 

Capuchino Misionero Apostólico. 



iistdige: 



Págs. 
División del informe 3 

INTRODUCCIÓN 

I — Quién es ef doctor Márquez 5 

II — Preparativos de viaje en Pasto 6 

III — Visita a San Andrés — El Hermano Leonardo, Marista 7 

IV — Preparativos en Sibundoy y viaje hasta Puerto Asís 8 

V — Permanencia en Puerto Asís y últimos preparativos de viaje 10 

PRIMERA PARTE 

DE PUERTO ASÍS A MANAOS 

I — Salida de Puerto Asís y primeros días de viaje 12 

11 — Yocoropuí 13 

III — Mama Cristina 14 

IV — De Yocoropuí a Tapacuntí — Furiosa tempestad 15 

V — Tapacuntí 16 

VI — Güepí — Visita a unas tribus huitotas— Algo sobre sus costumbres. 17 

VII— El maguaré 25 

VIII— De Güepí al istmo de Caucaya— Tagua— Visita al Caquetá 27 

IX — Del Caucaya al Caraparaná — Entrada a la zona ocupada por el 

Perú 28 

X — Entrada al Caraparaná — El Encanto — Visita a los Padres Francis- 
canos en San Antonio— Censo de la población indígena del Ca- 
raparaná e Igaraparaná — Algunas costumbres de losindios — Cu- 
riosidad que despertó nuestra visita en aquellos sitios 35 

XI — Del Caraparaná al Amazonas — Región desierta y causas que im- 
piden coionizarla — Canoas de tribus no conquistadas — Encuen- 
tro trágico-cómico con Samuel Rogeroni — Entrada en el Putu- 
mayo colonizado por el Brasil — Puesto fiscal brasilero — Conti- 
nuación del viaje en lancha brasilera — Indios del Igaraparaná en 
el Brasil — Nostalgia de sus tribus y su regreso — Llegada al 

Amazonas 44 

XII — Distancias del río Putumayo — Sus principales afluentes— Tro- 
chas comerciales y estratégicas — Censo etnográfico — Facilidad 
con que los indios vencen las dificultades que ofrece el andar por 

las selvas vírgenes ^ 50 

XIII — De la confluencia del Putumayo a Manaos — Diversos nombres 
del Amazonas, Putumayo y Caquetá — Encuentro con el Reve- 
rendísimo Padre Prefecto Apostólico del Alto Solimoes — Divi- 
sión eclesiástica del Estado del Amazonas— Seguridad de con- 
seguir lancha en Manaos— Motores que enseñan a remar — Reci- 
bimiento de Obispo— Entrada a Ríonegro — Llegada a Manaos y 
pérdida del equipaje 54 

Un viaje por el Putumayo y el Amazonas— 11 



— 162 — 



SEGUNDA PARTE i 

NUESTRA PERMANENCIA EN MANAOS— DE MANAOS AL CARAPARANÁ 

y DE ESTE PUNTO A MANAOS, EN LA LANCHA «YAQUIRANA» — SE- ' 

GUNDA PERMANENCIA EN MANAOS j 

Págs. 

I — Cuatro palabras sobre Manaos y el Estado del Amazonas 62 i 

II — Nuestras primeras diligencias en Manaos — The Amazon_River y ] 

sus líneas fluviales — Conducta digna de gratitud del señor José \ 

Vaz D'Oliveira — Ansiedad por la demora en las comunicaciones j 

cablegráficas y alegrías que éstas nos proporcionaban — Tiempo ^.\ 

que se gastaría de Europa y Norte América a Manaos y Puerto i 

Asís y viceversa — Costo por tonelada entre esos puntos 64 ' 

in — Ultimas diligencias y dificultades para recibir recursos — Gran cri- 
sis en Manaos y todo el Estado del Amazonas — Propaganda a ; 
favor de artículos colombianos y de la navegación del Putuma- j 
yo — Artículos colombianos que no sería negocio exportar — Abun- ' 
dancia de ganado en la región de Ríoblanco— Terrible fiebre pa- j 
lúdica 70 ! 

IV— Contrato de la lancha que debía subir a Puerto Asís — Recibo de 

recursos — Amigable alegato — Dificultades de última hora 74 ) 

V — Visitas a las bibliotecas y museos — Información sobre el Caquetá, ' 
el Putumayo y otras regiones amazónicas — Ejemplos que nos es- 
timulaban — Instrucción religiosa de los colombianos e ignoran- -; 
cia catequística de algunos moradores del Amazonas — ¿Qué ] 
es la santa comunión? — Agricultura en el Amazonas — Coloniza- \ 
ción e inmigración — Visitas de Julio Arana — Nombres y apelli- i 
dos en el Brasil — Títulos honoríficos — Respeto y tolerancia reli- j 
giosos— Práctica edificante 77 ;> 

VI — De Manaos al Carapajaná — Visitas a Teffé y Tonantins— En- ] 
cuentro con los compañeros de viaje — Reloj viviente y su fin trá- 
gico — Sastre improvisado — Entrada al Putumayo ocupado por el j 
Perú — Inesperado encuentro con la Callao — Bote Márquez des- i 
trozado — Se nos obliga a arribar a El Encanto 86 

VII— Permanencia forzada en £/ £/2canfo — Pánico disimulado^ en la í 

empresa Arana — Objeto del viaje de la Callao — El señor de \ 

Loaisa — Visita a la Telefuncke — Respuestas evasivas de Curiel. j 

Alegatos infructuosos — Atenciones simuladas de la Casa Arana. | 

Notas cruzadas entre el Capitán peruano y el Comandante bra- ■; 

silero — Radiogramas a Manaos e Iquitos — Protesta formal con- : 

tra el Gobierno del Perú, a bordo de la Yaquirana 93 

VIH — De El Encanto a Manaos — Conflicto internacional inminente. : 

Escoltados por la Callao— justa indignación en el Brasil — Nuevo ^ 

acceso de fiebre — Sensación en Manaos y protestas de la prensa, j 

Se ratifica la reclamación ante las autoridades federales ÍOO-^ I 

IX — Viaje del doctor Márquez a Río de Janeiro y Lima — Mi per- s 

manencia en Manaos— Informe a Vuestra Reverendísima — Sen- i 

sible separación — Gestiones para salir pronto de Manaos — Elec- '^ 

ción de vía para el regreso — Vía Putumayo como mal menor. ■: 

Visita y servicios de Julio Arana— Radiograma de Iquitos y carta ^ 

del señor Arana— Fecha en que el vapor Liberal sale de Iquitos. .. 

Inspiración del ángel de la guarda— Arana sigue la pista de las ' 

-H 

3 
i 



~ 163 — i 

i 

Págs. ■ 

gestiones de la Misión para establecer la navegación del Putu- : 

mayo— Suposiciones sobre influencias de Arana — Gestiones de ] 

Arana para valorizar su empresa 103 ; 

X — Oliveira, nuestro apoderado — Armisticio europeo — Radiograma j 

del doctor Márquez — Período álgido de la crisis del Amazonas. ' 

Bogas en la cárcel — Desaparición del práctico Vargas — Motivos ■ 
que nos impelían a salir pronto deManaos — Ansiedad en Puerto 

Asís — Las Cancillerías de Colombia, Brasil y Perú preocupando- \ 

se de nosotros 109 i 

XI— Lo que hicimos a bordo de la Yaquirana — Rumbos y dibujo del j 
Putumayo— Colombianos en el Amazonas — Treinta y ocho hijos I 
y diez y ocho nietos — Creyendo ser brasilero, sin renegar de Co- ] 
lombia- Distancia en millas náuticas de Manaos a Iquitos, Cotué \ 
y puntos intermedios — Ciudades, pueblos y caseríos del Ama- \ 
zon?s — Grandes afluentes del mismo — Bocas del Caquetá — Di- 
ficultades que ofrece para la navegación 112 : 

XII— Sigue lo que hicimos en la Yaquirana— Túp\i\zc\ón legal de las '' 

lanchas fluviales en el Estado del Amazonas— Cinco clases de i 

embarcaciones — Tripulación de la Yaquirana — ^^Qué es una jan- ' 
gada — Ocios de a bordo — Comparación de distancias yfletes de 

Europa y Norte América a Pasto, entre las vías de Tumaco y ,' 

Manaos — Fin trágico de la Yaquirana — Informe al Nuncio del < 

Brasil 1 15 



TERCERA PARTE 

DE MANAOS A PUERTO ASÍS, Y ALGUNAS COSTUMBRES Y DATOS SO- 
BRE EL AMAZONAS 

I — De Manaos a la desembocadura del Putumayo — Victoria que se 
convirtió en derrota — Fiesta de nuestro Padre San Francisco en 
Tunantins— Compostura del boie Márquez- Las charapas del 
Amazonas — Su utilidad— Su pesca-caza — Taftw/e/ros- Llegada 
a Puerto América 121 

II — Razas del Amazonas — Caboclos—Lingua geral do Brazil — Pala- 
bras del Amazonas y sus equivalentes en Colombia — Amor a las 
tradiciones indígenas y al Portugal — El portugués más popular 
del mundo — Causas del afecto al Portugal 125 

in— Medidas brasileras y su equivalencia en el sistema métrico deci- 
mal — Unidad monetaria del Brasil y su equivalencia con el dólar 
y peso colombiano— Caimanes del Amazonas — Baixa enorme 
jacaré— Aspecto pavoroso de la muerte — Reses descalabradas. 
El caimán y el tigre — Pesca con flecha — Pesca de tortugas con 
anzuelo — Cómo se pescan la vaca marina, el paiche y el bagre. 128 

IV— En Puerto América— Llegada inesperada del vapor Liberal— Au- 
sencia de algunos compañeros de viaje — Angustias y temores. 
Acto casi heroico de caridad— Cacería que nos hacía perder el 
viaje— Apareció el perdido— Militares a bordo— La mano de la 
Providencia 133 

V — Del Amazonas al Caraparaná — Cambio de rumbo— Al Carapara- 
ná en vez del Igaraparaná — Llegada inesperada a El Encanto. 
Guarnición militar de La Chorrera— Ruta de navegación del va- 



164 — 



Págs. 



por Liberal de Campuya a Iquitos— Contingencias que influyen 
en la rapidez de la navegación de los vapores fluviales — Idea de 
ponernos presos — Desaparición de mi cartera de viaje — La ban- 
dera colombiana en el Putumayo -Problemas internacionales del 
Perú 139 

VI — Por última vez en El Encanto — Despedidas y regalos — Fin funes- 
to de Curie! — Misa con abanico— Corridos por los zancudos. 
Pesca inesperada — Centinelas dormidos— Disparos misteriosos. 
El gran amaron — Saetas vivientes — Zabullidos en el río — Sitio 
de Los crueles recuerdos — Enorme cantidad de huevos de chara- 
pa — Segunda vez en Yuvineto —Un hermoso rey de los felinos 145 

vil— Convaleciendo enelCaucaya — Todos enfermos — «Si mala muer- 
te os di, buena sepultura os preparé» — Llegada a Güepí — Emo- 
cionante encuentro de Vargas con sus hijos — Leña para la lancha. 
Otra vez enYocoropuí — «Usté derecho dueño Putumayo» — Puer- 
to Asís a la vista — «¡Viva Puerto Asís y sus colonos» — Te Deum 
en acción de gracias — Cariñosa serenata — Banquete familiar. 
Separación de los bogas — Protestas en Colombia— Llegada a 

Sibundoy — Muestrario comercial — Datos interesantes 152 

Conclusión 157 



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