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Full text of "Valencia árabe"

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VALENCIA ÁRABE 



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VALENCIA 



ÁRABE 



POR 



DON ANDRÉS PILES IBARS 

REGEXTR DE LA NORMAL DE MAESTROS 

DE S1COOVIA, 
HIJO ADOPTIVO DE CULLERA, 
t PREMIADO POR LA REAL ACADEMIA DE LA HISTORIA 

É INDIVIDUO 
CORRESPONDIENTE DE LA MISMA. 



O t-^ 



TOMO I 



VALENCIA— 1 90 1 

IMPRENTA DE MANUEL ALUFRE 

Pellicers, 6. 



Z?-po-<c\ 1>1 



*,£ 




HARVARD 
UNIVERSITY 

U D R ARY 
MAR 7 1963 



'Rjservados los aeréelas de 
propiedad. 



DEDICATORIA 



Al Illmo. Ayuntamiento' de la Ciudad de Chilera 



Illmo. Sr.: 

$i cuantío esa población ostentaba el título be uilla, 
modesto, sí, pero Ijonroso, llenábame be noble orgullo el ser 
¡jijo suyo por abopción, ¿cuánto majo* no Ije be sentirle aljo- 
ra, cuanbo el mérito be su gloriosa Ijistoria le Ija babo títulos 
sobrabos para ser eleuaba á la categoría be ciubab? fíicn 
quisiera ser bigno bel alto cuanto inmerecibo Ijonor con que 
me fauoreció la bonbab be esa ilustre Corporación; mas ya 
que con el talento no lo pueba conseguir, no bejarc be inten- 
tarlo al menos con la noluntab. ^cepta, filmo, ayuntamien- 
to, representación la más genuína be esa mi amaba patria 
aboptiua, este pobre obsequio que en su altar beposita el más 
Ijumilbc be sus Ijijos. 



fcgouia, 12 be flayo be 1901. 



PRÓLOGO 



No doy á este libro el título de Historia , porque más bien le cuadra 
el de Apuntes ó Notas; pero no me atrevo á llamarle asi, por temor á 
que este proceder se atribuya, no á la convicción que abrigo del escaso 
mérito que encierra, sí á modestia afectada, siempre más odiosa que el 
propio orgullo: corra, pues, con el que impensadamente, y porque 
alguno tuviera, le puse de Valencia Árabe, por indeñnido y vago que 
resulte. 

Bien revela esta indicación que aquí no ha de buscarse un trabajo 
que responda con fidelidad al significado de la palabra Historia tomada 
en su acepción más genuína: no un cúmulo de noticias depuradas en 
grado tal que adquieran la categoría de axiomas; no entre ellas la traba- 
zón y enlace tan ajustados que á la vista se ofrezca, cual todo, sin solu- 
ción de continuidad el conjunto-, no la manifiesta relación entre los 
hechos y sus causas; no el exacto desarrollo del plan divino en su apli- 
cación al género humano. 

Ello reclama que al hombre se le observe en todas las manifestacio- 
nes de su actividad; que no sea tan sólo objeto de estudio el curso de los 
acontecimientos políticos, si bien es innegable que, de ordinario, 
constituyen ellos la resultante de todas aquellas manifestaciones: la 
religión, leyes y costumbres, las ciencias, letras y artes, la agricultura, 
industria y comercio..., todo esto, y aun algo más de orden secundario, 
ha de abarcar un libro de Historia, para que merezca este nombre; 
porque sólo así se descubren las causas donde en realidad existen, pues 
todas las facultades, cuál más, cuál menos, influyen en la marcha de los 
pueblos, como es la resultante el efecto común, la suma de todas las 
faerzas concurrentes; sólo así se comprende si el hombre cumple una 
ley, de que mal puede estar exento, cuando 'hasta en la mera materia 



— VIII — 

nada hay que se sustraiga á una regla; sólo asi se explica por qué á la 
observancia de esa ley está vinculada la prosperidad de nuestra especie y 
por qué es secuela indefectible de su transgresión la inestabilidad en la 
vía del progreso, á semejanza del cuerpo en que la vertical que pasa por 
su centro de graveded cae fuera de la base que le sustenta. 

Sólo ajustada la Historia al concepto acabado de exponer es útil, y 
llena, además, todas nuestras aspiraciones: para el que busca en ella 
esparcimiento y grato solaz, ofrece escenas más interesantes y cuadros 
no menos animados que la misma novela; tiene para el hombre pensador, 
el mérito de mostrarle el origen y punto inicial de los sucesos; es para 
quien ama la educación moral, limpísimo espejo en que la humanidad se 
refleja con el atractivo de la virtud ó con ia repulsión del vicio; para 
el hombre que tiene conciencia de que lo es, para el hombre religioso, 
Dios se le muestra guiando la humanidad á su destino á través de gene- 
raciones no siempre dóciles á su voluntad, como pilotó hábil que aun 
en medio de las encrespadas olas de un mar embravecido conduce la nave 
al puerto. 

Mis aspiraciones, en harmonía con las aptitudes y fuerzas que poseo, 
son bastante más humildes: ya que nuestros arabistas de profesión, que 
muy competentes los hay valencianos, desdeñan, según parece, en- 
garzar preciosas noticias que escaparon á la diligencia de nuestros 
cronistas, interesantes relatos que ulteriores descubrimientos han puesto 
de manifiesto, valiosos materiales que en gran copia se han aportado al 
pie de un monumento aún por levantar, yo, simple obrero, animado de 
un buen celo, en alas del afán por depositar mi pobre óbolo en el altar 
de la Patria, intento narrar, con llaneza y sin atavíos, en orden crono- 
lógico y á modo de escuetos anales, del más hermoso periodo de 
nuestra historia, de un pueblo que ya no es y habitó en nuestros 
hogares, aquellos episodios cuyo conocimiento deparóme la suerte, ó 
que á costa de algunos desvelos, no pocos afanes y penosos esfuerzos 
he adquirido. ¡Ojalá que lo imperfecto de esta labor despierte dormidas 
energías! ¡Quién sabe si para gloria de Valencia y esplendor de España 
habré contribuido con este ensayo á que en no lejano día asome quien, 
poseyendo las dotes necesarias, consigne cual cumple en los anales de 
la Historia los fastos de nuestra incomparable región! 

Por más que, midiendo la desproporción entre el verdadero objeto de 



— IX — 

la Historia y mi insuficiencia para poderle alcanzar, jamas tuve tal 
pretensión, no, por ello, he dejado de inspirarme en tan alto ideal, 
anoque descontado tenia que los resaltados, aun vaciado el trabajo en 
más estrecho molde, habían de ser quedarme á la honesta distancia que 
media entre el modelo acabado y su copia más imperfecta. 

Asi, por lo que dice relación al esclarecimiento de las noticias, á la 
apreciación de calidad en los materiales, los he sometido siempre que 
ha sido posible (y en muchas ocasiones lo ha sido) á la por todos reco- 
nocida como mejor prueba, á la piedra de toque de versiones tan dife- 
rentes cual son el testimonio árabe y el cristiano, no, por cierto, muy 
distanciados en lo que atañe al fondo, en lo que afecta á lo intimo y 
esencial. 

Tanta importancia concedo á esta especie de contraste, y muchos 
convendrán conmigo en que la tiene muy grande, que tal vez se llegue 
á juzgar que incurro en nimiedad: porque, no satisfecho con dar á co- 
nocer el espíritu, digámoslo asi, del texto original, desconfiando de mi 
mismo, para evitar que de mis labios salgan, involuntariamente, desfi- 
gurados los hechos, transcribo, -de autores árabes, extensos párrafos, 
vertidos, como es consiguiente, al habla castellana, por quienes entre 
nosotros gozan de alta y merecida reputación de expertos en labor tan 
difícil; y de los cronistas nuestros, sendos trozos latinos, al pie de las 
páginas, á guisa de notas. No es de esperar haya quien malicie no ser 
esto algo más que uno de tantos recursos para llenar algunos pliegos. 

Desde los mal compaginados fragmentos que, por fortuna, se con- 
servan de Isidoro de Beja, del tiempo de la invasión sarracena, hasta el 
último codicilo de Jaime el Conquistador, es decir, en el transcurso de 
cinco siglos y medio, rara vez se verá interrumpida la versión latina; y 
á la par con ella marcha el testimonio árabe, que comienza con el 
Ajbar Machmuá, manuscrito, según se cree, el más antiguo de la histo- 
ria de nuestros muslimes, y acaba en los muy preciosos datos de Aben 
al Abbar, testigo de mayor excepción, por haber asistido al término de 
la dominación agarena en Valencia. 

Entre los varios autores á quienes cito, es digno de especial men- 
ción el de la Historia de Denia; de El Archivo, revista de ciencias histó- 
ricas cuya importancia nunca se encarecerá bastante; de los Monumentos 
históricos de Valencia y su Reino, en que hasta hoy se han publicado las 

♦* 



— X — 

coa justicia encomiadas Antigüedades de Falencia del P. Teixidor, y, 
por último, de la Historia de Gandía, próxima á darse á la estampa, ó 
ya en prensa, según ésta anuncia. 

El ilnstre é ilustrado canónigo de la Basílica Metropolitana de Va- 
lencia, cronista de Alicante y académico de la Real de la Historia, el 
doctor D. Roque Chabás y Llóreos, que es el autor en cuestión, ha 
puesto en claro, con la maestría que le distingue, las más intrincadas y 
arduas cuestiones de nuestra historia. Ha desvanecido, por de pronto , 
el error que sobre una soñada cultura mahometana se padecía, preocu- 
pación nacida, más bien que al calor de la ignorancia, casi siempre dis- 
culpable, del ostensible y marcado empeño en algunos por mermar al 
Catolicismo, principio civilizador por excelencia, su innegable superiori- 
dad sobre todo otro principio; firme, sin embargo, en su propósito de no 
rebasar la linea del justo medio, no vacila en arrostrar las iras de quie- 
nes, animados de un celo indiscreto, de resultados contraproducentes, 
como ya demostró el erudito Feijóo, cuya pura ortodoxia nadie pondrá 
en duda, desconsiderados con quien ha consagrado su vida entera á 
expurgar de lunares que no embellecen, nuestras glorias patrias, se em- 
peñan en arrimar á una obra imperecedera de suyo, carcomidos punta- 
les, temiendo una ruina que no ha de sobrevenir, de lo cual es augurio 
infalible la lógica abrumadora de los siglos. 

Otro de los trabajos del sabio canónigo que nunca se tendrán en la 
debida estima, es su acabado estudio sobre los muzárabes valencianos. 
Sin negar en absoluto que los muslimes invasores fuesen tan cerriles y 
lanudos como sus antepasados del desierto, según ha dicho con frase 
feliz un autor musulmán, ni que las posteriores avenidas de almorávides 
y almohades dejaran de ser tan bárbaras como hoy lo son los mahome- 
tanos de allende el mar, prueba con documentos fehacientes y con ar- 
gumentos irrecusables, que en nuestro suelo hubo cristianos, no sólo 
hasta bien entrada la dominación sarracena, sino hasta en vísperas de la 
misma reconquista. 

Ha corregido inseguras pinceladas en cuadros hábilmente pintados, 
y ha conseguido, con imperceptibles retoques y de no-nada, al parecer, 
acentuar el claro-oscuro de la acertada combinación de luz y sombra, 
hacer más salientes las figuras, que resultaran visibles como en justicia 
les correspondía: un £eid, v. g., estimado antes por cristiano incierto, 



— XI — 

que luego resalta católico efectivo y real, convencido, y, como tal, fer- 
voroso; una doña Teresa Gil de Vid aura, valga también por ejemplo, 
que, de manceba primero del Conquistador, según la fantasearon, en- 
tiéndase bien, románticos novelistas y trovadores, qae hasta pudieron 
invocar en so apoyo producciones cuyo argumento no es la verdad 
relativa, aparece ahora que, con arreglo á la legislación entonces en 
vigor, fué tan mujer legitima de don Jaime, cuanto pudieron serlo sus 
dos primeras esposas, doña Leonor de Castilla y doña Violante de 
Hungría, y tan monja ella, abadesa ó no abadesa, como fraile su último 
marido. 

Seria interminable si á consignar fuera muchos y muchos otros títu- 
los que al Sr. Chabás le asisten para la admiración y reconocimiento de 
muchos, pero con especialidad, de los buenos valencianos. Diré, por 
conclusión, que tampoco ha dejado de poner mano en la difícil tarea 
de dar fijeza cronológica á los interesantes episodios de que es prota- 
gonista é historiador el rey D. Jaime, episodios narrados, es cierto, 
con una sencillez é ingenuidad que encantan, pero con tanto desorden 
y abandono en cuanto á la expresión de tiempo, que era obra de roma- 
nos acomodarlos á las épocas en que se realizaron. Esa labor, iniciada 
con bríos por Diago, no descuidada por el P. Teixidor, proseguida por 
Tourtoulón, extranjero admirador de nuestras glorias, ha tenido, si no 
su perfeccionamiento acabado, un gran paso de avance con el empuje 
que le ha dado el docto canónigo. En medio de las dudas á que se pres- 
tan los diversos cómputos seguidos en los siglos medios, en lo cual, 
justo es confesarlo, fueron más afortunados nuestros muslimes; tan 
desvanecidas están, que si alguna sombra queda, en retirada, es sólo en 
el período comprendido entre la Natividad y la Encarnación del Señor, 
última é infranqueable guarida en que se ha metido un enemigo á quien 
por todos lados se le acosa. 

Causará extrañeza á muchos, que, siendo tan general el descrédito 
en que va envuelto el nombre de Conde, cuando los más se guardan 
de mentarle en su apoyo, sean tantas las citas que de él hago. Nótese, 
lin embargo, el buen cuidado que tengo en no dejarle solo; pues á 
manera de centinela de vista casi siempre le acompaña algún otro autor 
que inspira confianza. Son frecuentes los pasajes cuya certeza queda 
testimoniada á la vez por Conde y por el más implacable de sus detrac- 



— XII — 

tores, el holandés Dozy. Ya caerá el lector en la cuenta de que si, en 
tales casos, Conde yerra, podrá decirse de su compañero aquello del 
ciego que se deja guiar de otro ciego. Pero ya se van convenciendo 
muchos de que no es tan fiero el león como Dozy le pinta, de que 
muchos de los errores que en Conde se descubren, los compartieron con 
él, ó los originales que tuvo á la vista, ó las deficiencias que van anejas á 
toda obra que, muerto el autor, se publica por vez primera. Después de 
todo: ¿quién tiene, aun en lo humano, la dote de infalibilidad? ¿No 
obligó Simonet á Dozy á que rectificase conceptos equivocados? 

Casiri, Conde, Chabás, Chabret, Dozy, Fernández y González, 
Malo de Molina, Moreno Nieto y, por modo principal, el malogrado 
Pons, me han suministrado materiales para dar á este libro carácter dis- 
tinto del que suelen tener las obras de su clase. Y4 no son los guerre- 
ros tan sólo quienes absorben la atención del lector; largas listas de 
literatos, geógrafos, historiadores, médicos y naturalistas, harán menos 
dolorosa la lectura de nuestros fastos. Hora es ya de que se estudien, 
por igual cuando menos, las conquistas del corazóay del entendimiento, 
más eficaces y menos sensibles que las de las armas. 

Á fuer de agradecido, debo consignar en este lugar, que me ha 
parecido el más oportuno, mi reconocimiento al sabio cuanto bonda- 
doso catedrático de Árabe en la Universidad Centra], D. Francisco 
Codera, quien, defiriendo gustoso á ruegos, que también agradezco, de 
D. Pedro Roca, ha puesto á mi disposición el libro inédito del mencio- 
nado Pons sobre médicos y naturalistas. Tenía razón el Sr. Codera al 
anunciarme que no serían muchos los datos del citado libro que para 
éste podría utilizar. No pasan, con efecto, de veinte las biografías de 
que he tomado apuntes; pero ese mismo silencio es para mí tan elo- 
cuente y significativo como si hubieran sido copiosos los datos reco- 
gidos. Hay que renunciar una vez más, en presencia de la realidad, á 
la seductora imagen de un soñado progreso, de una instrucción que no 
hubo, de una civilización imaginaria. Fuera del Cristianismo, ó no hubo 
adelantos, ó si los hubo permanecen estacionarios como las aguas que 
dejó estancadas fuera del cauce un río salido de madre. 

La epigrafía, que tanta utilidad presta á la Historia tratándose de 
períodos como el romano, es de escaso ó ningún provecho en el caso 
presente. Más cuidadoso de los intereses eternos que de los temporales 



— XIII — , 

el pueblo musulmán, mejor dicho, desentendiéndose casi en absoluto 
de las cosas terrenas, apenas habria dejado huella de su paso por 
nuestro suelo, si no fuese por los abundantes nombres geográficos de 
raíz arábiga que aún se conservan y por lo mucho que dejaron escrito 
sus sabios. De inscripciones suyas apenas llegan á media docena las 
conocidas en nuestro reino: en Valencia, Manises, despoblado de Xara 
(ermita de Santa Ana, junto á Simat de Valldigna), Denia, partida de 
Benimasot (distrito de Cocentaina) y Elche (i). Si en alguna de ellas 
asoma fecha, ó es de ningún valor, ó es de tiempo de moriscos: así 
que de ninguna utilidad, ó poco menos, son á la Historia las sentencias 
tomadas del Corán que contienen. Mucho habrá contribuido á que des- 
apareciesen algunas la natural inquina de los cristianos; pero cabe atri- 
buir la parte principal al escaso ó ningún interés que los propios mus- 
limes tuvieron por que su memoria se transmitiese por ese medio á la 
posteridad: pruébalo el que utilizaron para ello el barro corrido, no la 
piedra natura], como los romanos. 

Esto no obstante^ aun es tan considerable el número de fechas que 
aqui van apuntadas, que resulta bien reducido el de los años que dejan 
de consignarse, circunstancia ésta, dicho sea de paso, por la cual el 
nombre de Anales, si se hubiera aplicado á este libro, estaría tan justi- 
ficado como tratándose de obras que con dicho titulo son conocidas. 
Ahora bien: como las fechas vienen á constituir otros tantos centros en 
derredor de los cuales giran los acontecimientos, el intervalo de fecha 
á fecha supone, en orden á la relación entre los sucesos, una distancia 
fácil de franquear á la razón, sin necesidad de que la imaginación supla, 
con sus fantásticas creaciones, huecos y vacíos, ó faltos de realidad, ó 
apenas perceptibles. 

Por manera que, superponiendo esa serie de acontecimientos, cuyo 
principio se descubre, cuyo término es conocido y cuyos puntos inter- 
medios se ven, con la recta que figura el progreso, linea cuyos extre- 
mos asoman, el inicial, en la cuna de nuestra especie, en el acreced 
y multiplicaos», y el que marca el remate, en el ased perfectos como 
mi Padre, que está en los Cieloso, si aquella serie coincide con dicha 
recta, que la razón vislumbra y la revelación proclama, que comenzó 



(i) El archivo, I.ajc,; V, 306; III, 293; 11, 23; I1J, 42 y IV, 1x8. 



— XIV — 

en el Paraíso y acabará en el Cielo, habrá progreso en la dominación 
agarena; mas, si de esa linea se aparta, la obra musulmana será en si 
factor negativo, por más que, negativo y todo, multiplicado por otro, 
no suyo, que también sea negativo, producirá una cantidad positiva, dis- 
tinta, bien se comprende, del Islamismo: que la ley de economía, que 
preside á las fuerzas físicas, no puede menos que regir á otras energías, 
que ni están faltas de realidad, ni ceden, por cierto, en importancia al 
mundo de la materia. 

Las consideraciones expuestas bastarán á que se comprenda que hay 
aquí un problema, que yo planteo, mas no resuelvo, que siento las pre- 
misas de un silogismo, pero que no deduzco la consecuencia. Y si á 
veces algún tanto declaro cuál es mi criterio, es con el fin de contrarres- 
tar opiniones que estimo aventuradas en razón de su poco ó ningún 
fundamento, con el de neutralizar argucias hijas del apasionamiento, 
no argumentos que descansan en base firme. 

La dominación sarracena ¿fué una necesidad? ¿contribuyó al pro- 
greso de nuestro país? ¿fué instrumento de cor/ección á un pueblo 
decadente que quedó regenerado para la obra de la civilización? 

Y cierro estos preliminares, tan imprescindibles como enojosos, 
recordando lo que al comenzarlos dije. La empresa, aun reducida á su 
expresión más modesta, supera al alcance de mis facultades. Suplico, 
pues, benevolencia al lector, siquiera sea en gracia á los buenos propó- 
sitos que me animaron al acometerla, al deseo de hacer algo en obse- 
quio al hermoso suelo en que nací, comarca privilegiada de España, 
la Patria amada. 

SI. 0tí* JtÓKf 



Segovia, 12 mayo de 1901. 



ALENCIA ÁRABE 
Tarimera parte 

3noasióit hasta la § ¡solución &tl jalifato 



(7l:i-103S. 




CAPITULO I 




Invasión 




na 




el libra de Utit LimiaxM, le H.'Mt.M d, W, m i.,,, 


il C^m 0KWI 


DMCHb de le protincít Gallego Seimiia. íijaif.. 


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llien.— Le Aribi»; Muuiu: propagas ion del Jila mi 


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Airé Zon: Tu» ••■ ZneD.~TiaK.miD: iu UtlU 


I.J, fílsK !»(■ 



ir escasos. é inseguros que sean lo'idíitn 1 , rjn 
arrojan la hoja del códice ovetense que c/.¡' 
te en el Escorial, escrita en el año 7fío, <:/ 
10, al parecer, de las di vi .¡orí':'; li'-'-li-r. j/ 
hrí (747-756) \0\: r ^('¡yy}^t)'.\i I lamí'! 
Wamba (672-^0), *lj\\':rA'A fny/i.' ■*-"< 
del libro dé lia::', Ltrr.lv.r.:t (y/>-\7>, 



— 2 — 

y el XVI concilio de Toledo, celebrado el año 693; 
ellos constituyen el único guia para orientarnos en el 
conocimiento de la geografía de nuestra región durante 
el periodo de la invasión sarracena. 

La analogía entre el libro de Idacio y la división 
de Yúsuf salta á la vista con sólo confrontar la última, 
que exponemos en el texto, con el primero, que puede 
verse al pie de la página (1). Copiamos, como es na- 
tural, la parte que nos interesa, como propia de nues- 
tra región. Principales ciudades de la segunda provin- 
cia, Tolaitola, llamada antes de Cartagena: Tolaitola, 
Úbeda, Bayeza, Mentiza, Wadiacix, Basta, Murcia, Bo- 
castra, Muía, Lorca, Auriola, Elixe, Xátiba, Denia, Lu- 
cante, Cartagena, Valentía, Valeria (cerca de Cuenca), 
Segovia, Segobrica, Ercabica (Arcos, junto á Medina- 
celi), Wadilhijara, Secunda (Sigüenza), Ocxima (Os- 
ma), Colounia, Cauca (Coca, en Segovia) y Balan- 
cia (2). 

Daremos ahora á conocer la «Hitación de Wamba». 
Para mejor acomodar estos datos á los sucesos que á 
comienzos del siglo VIII se desarrollan en el oriente 
de España, presentaremos en dos grupos las diócesis 
enclavadas en drcha región: en la parte meridional 
aparecen Elche y Bigastro; y en el resto, Játiba, De^- 
hiá, Valencia, Valeria, Segorbe y Tortosa. Ésta, cóm- 
prendida en la Tarraconense, provincia cuya deño- 



(1) Nomina ciuilaium Ispanie sedes episcopolium, In provincia cartaginieniis 
spartarie: Toleto: oveto: biuata: mentesa: acci: bastí: urci: begastra: üiord: 
ilici: sctabi: dianio: ualeniia: ualeria: segobia: segobriga: arcabica: compluto: 
segontia: oxuma: palencia. (£1 Archivo, IV, 105). 

(2) Conde. Hist, de la D#n. de los Árabes en España, I, 37. 



minación se trocó luego en la de Sarkosta (Zara- 
goza). 

Bigastro se dilataba desde Pugilla (Pozo-rubio, 
norte de Albacete), hasta Losóla (quizá Torrevieja); y 
desde Serta (castillo de Selda, confín de la provincia , 
de Murcia con las de Almería y Granada), hasta Lum- 
Ja (Hondón de los Frailes y Estrecho de las Ventanas, 
nordeste de Abanilla). Elche se extendía desde Oróla 
(Orihuela), hasta Usto (Agost, al este deMonóvar); y . 
desde Beta (Pétrola), hasta Lumba. 

Denia limitaba con Sosona (Jijona) y Ninita (Sie- 
rra Aítana, entre Sella y Confrides); y con Silva (la 
Selva) y Gili (Torre Aguiló, al este de Villajoyosa).-r 
Játiba tenia por confines: Usto y Moleta (El Molatón" 
noroeste de Almansa y nordeste de Higqeruelas); To- m 
pía (Cogullada, cerca de Carcajente) y Ninita (i).. 
Para Valencia estaban: Silva (Chelva) y Murvetum 
(Sagunto); el mar y Alpont (Alpuente). Parax Valeria: 
Alpont y Tarahuela (¿Teruel?) (2). Para Segorbe: Modo 
(Moya) y Tarahuela; Toga (junto á. Espadilla) y Briga 
(Sinarcas). Y para Tortosa: Portella, Denia (?), Tor-, 
moga y Caiena (3). 

Bien se descubre que las más de tales adscripcio-. % 
nes no tienen otro fundamento que razones de seme- 
janza en los sonidos, no despreciando, como es lógi- 
co, la situación de los lugares cuyos nombres nuevos 
responden á los antiguos. Al parecer, la línea divisoria 
tre ambas secciones, coincide con la que puso tér- 



^1) El Archivo, IV, 105 y 106. 
2) Escolano, II, 5. 
j) Flórez, España Sagrada, VII, 58 y 210; VIII, 172 



— 4 — 

mino á la contienda entre Jaime I y Alfonso X. Abde- 
láziz, hijo de Muza, no pasa más al norte de Orihue— 
la; de los dominios de Teodomiro era Alicante, y á 
esta amelia (jurisdicción ó provincia) pertenecía Ca- 
llosa de Ensarriá. Tárik, en su marcha de norte á sur, 
se detiene en Denia. Entre Denia y Callosa estaba 
también el limite de las conquistas de Aragón y 
Castilla. 

Algunos puntos más señala uno de nuestros ve^- 
nerandos fueros: «desde Fuente la Higuera á Burria- 
harón; desde allí, á Almizra y -at puerto de Biar, qu§ 
parte término con Villena; desde allí, hasta la Muela 
y hasta el mar, que parte con Busot y con Aguas»* 
En la limitación que del reino de Valencia se hizo por 
los años 1565 á 1572, quedan aclarados algunos pun- 
tos de la anterior demarcación: desde Garamoxent, 
castillo muy enriscado puesto á una legua larga al 
oeste de Mójente, hasta el puerto; desde el puerto 
hasta Almansa; desde Fuente la Higuera hasta la sie- 
rra de Borea-harón, comprendida entre el repetido 
puerto y la Fuente; Almizra debe ser un cabo de la 
sierra en cuyo otro extremo está Villena; desde el 
puerto de Biar, por la sierra del mismo nombre, hasta 
h del Cid, al este de Elda, y desde la punta Raneza, 
cuatro leguas al oeste del mar, hasta la desembocadura 
del riachuelo que baja de Aigües. Tenía la dicha línea 
sobre 15 leguas (1). 

Fuerza es contentarnos con demarcación tan inse- 
gura, de igual modo que dejamos de empeñarnos en 



(1) ElArch., IV, 374 y 375. 



precisar la linea que limita el alcance de nuestra vista 
al extenderla por espacioso horizonte. 

La «Hitación», obra, al parecer, del siglo XII, nos 
da, cuando menos, los nombres de las diócesis cuyos 
prelados concurrieron al concilio de Toledo celebrado 
el ano 693: algún fondo, pues, de verdad encierra; y 
esos mismos nombres se repiten en la primera divi- 
sión que de nuestra península hicieron los árabes. Al 
concilio XVI acudieron: Eppa, ú Opas, de Elche; Mar- 
ciano, de Denia; Isidoro II, de Játiba; Gaudencio, de 
Valeria» Witisclo, de Valencia, y Anterio, de Segorbe (1). 

Descrito, siquiera sea co.n lineas poco salientes, el 
teatro de acción de los sucesos que pronto vamos 
relatar, expondremos, aunque sea también á la ligera, 
algunas generalidades acerca del estado político y so- 
cial que precedió, si no fué causa de la tremenda jor- 
nada en que sucumbió la España cristiana. 

Nunca la integridad de territorio en una nación, y 
hasta su misma independencia, corren más grave peli* 
gro, que cuando en ella se agita la discordia civil. Va- 
rios motivos puede haber para producirla, pero ningu* 
no tan ordinario como la ambición de mando, máxime 
cuando con ella se aspira á la más encumbrada magis- 
tratura. Influye no poco en ese desequilibrio el siste- 
ma de gobierno por que el pais se rige. 

Las monarquías, con sus reyes, y con sus presi- 
dentes las repúblicas, casi todas fueron, en un princi- 
'd, electivas; más tarde acabaron, con especialidad 
quéllas, por ser hereditarias. Ello es muy lógico, pues 



i) Flórez, España Sagrada, loe. cit. 



— 6 -r 

que, en teoría, nada hay tan puesto en razón conjo la 
elección del más digno, para el mando supremo; la 
experiencia, con sus lecciones, no menos duras que 
elocuentes, ha obligado á restringir cada vez más el 
alcance de aquella bellísima utopia. No poco ha con- 
tribuido á tal metamorfosis, justo es confesarlo, el 
egoísmo de los reyes en transmitir como patrimonio 
de familia intereses generales que tienen bien distinto 
carácter. También este abuso tiene en su abono argu- 
mentos no despreciables. 

De los funestos males de la elección estuvo en 
todo tiempo tocada la monarquía visigoda; y á la 
postre dieron al traste con ella, sometiendo á dura 
prueba de ocho. siglos la virtualidad de esta nación, 
nunca feliz, grande siempre. Dos bandos se disputan 
el trono; apartada de él la parcialidad vencida, no re- 
para en buscar aliados, asi fueran éstos los más temi- 
bles, para de nuevo escalar el puesto-de que se la des- 
poseyera: el interés personal se antepone á los de 
religión y patria; y si el principio cristiano, y civilizador 
por esencia, no sucumbe, es porque la verdad no pe- 
rece; y si el sentimiento nacional surge con mayores, 
bríos, es porque lucha á la sombra de la Cruz. 

Después de un reinado de quince años, murió Wi- 
tiza en el invierno de los años 708 y 709. Como Égi- 
ca asoció á Witiza en el mando, Suintila á Racimiro, 
Sisebuto á Recáredo II, Leovigildo á Hermenegildo y 
Recaredo I, y Liuva I á Leovigildo; Witiza había con- 
fiado á su hijo predilecto Achila el gobierno de las 
provincias Narbonense y Tarraconense, si bien bajo 
el cuidado de un procer, llamado Rechesindo, do- 



tado de gran prudencia y versado en los negocios 
públicos, y hermano, tal vez, de Witiza. 

A la muerte de éste, en pacífica posesión del tro- 
no, quedó por sucesor Achila, niño aún, que en fe- 
brero de 709 comenzó por acuñar moneda en Tarra- 
gona y Narbona. Tutor del niño-rey lo fué Rechesindo. 
Unidos á éste quedaron: la reina viuda; otros dos hi- 
jos, Olmundo y Artavasdes; un hermano del monarca 
difunto, don Opas, arzobispo de Sevilla, y otro perso- 
naje, Sisberto, si no hermano, muy afecto á la familia 
del rey muerto. 

Como desde Wamba había, de hecho, no de dere- 
cho, sustituido, en virtud de la asociación del sucesor 
al mando, la monarquía hereditaria á la electiva, este 
falseamiento del principio de sucesión arrancó-mani- 
festaciones de protesta á muchos magnates, amigos 
de restaurar, decían, las leyes y costumbres antiguas. 
Los derechos de .Achila fueron defendidos valerosa- 
mente por Rechesindo. Año y medio gastaron en es- 
téril lucha los del bando contrario al monarca entro- 
. nizado; y, al cabo, en una -gran reunión, convocada al 
efecto, salió proclamado rey el famoso don Rodrigo, 
hombre muy versado en . las "cosas de la paz y de la 
guerra* y que tenía á la sazón el mando de la Bética: 
«hombre resuelto y animoso, que no era dé estirpe 
real, sino caudillo y caballero» (1). 

La proclamación de Rodrigo se hizo hacia el ve- 
rano de 710. Poco anteSj la reina viuda, con sus dos 
jos, expulsados de Toledo, se había refugiado -en 



1; Ajbar Maehmud, fol. 52. 



— 8 — 

Galicia. En un encuentro habido entre Rechesindo y 
Rodrigo, con quien estaban los más diestros hombres 
de armas, fué aquél vencido y muerto. La familia de 
Witiza tuvo que huir al África, y su patrimonio fué 
aplicado al fisco. Entonces, según el autor de quien 
tomamos estas noticias (i), comienza la fama de Wi- 
tiza á convertirse de gloriosa en infame, en contempo- 
rizador él con licencias en el clero y amigo de judíos. 
Si había ó no corrupción en el clero, dícen- 
lo el único escritor contemporáneo con aquellos ca- 
lamitosos sucesos, y los hechos, confirmados, de 
un don Opas y de otros prelados, que, á true- 
que de conservar la temporalidad de sus dignidades, 
no vacilaron en condenar como imprudentes á már- 
tires hoy venerados en los altares: y cuando el 
mal afecta á la cabeza, los otros miembros no suelen 
estar exentos de dolencia. «En el año 711, el sexto 
del califa Walid, escribe El Pacense, el obispo metro- 
politano Sinderedo no estimula con el celo de la san- 
tidad á los ancianos y venerables sacerdotes á quienes 
encuentra en la diócesis puesta bajo su gobierno; sino 
que, impulsado por Witiza, no cesó, durante el reina- 
do de éste, de causarles continuas vejaciones. Poco 
después, temeroso de la invasión de los árabes, apar- 
tándose del ejemplo de sus mayores, obrando, no como 
pastor, sino cual mercenario, abandona las ovejas de 
Cristo y se traslada á Roma» (2). Ocupaba la cátedra 
de San Pedro el siró Constantino, cuya exaltación fué 



(1) Saavedra (D. Eduardo). Estudio sobre la Invasión de los Árabes en Espa- 
ña y II, p. 24-37. 

(2) Isidoro )de Vieja, 35 . 



— 9 — 

el 25 marzo de 708, y murió en 9 abril de 715. Sin- 
deredo, Opas, Hostigesio y algunos otros, como que 
debían sus prosperidades á la perniciosa ingerencia del 
poder secular en los asuntos privativos de la Iglesia, 
cuidaron más bien de favorecer los intereses políticos 
de sus protectores, que de los eternos. Fueron: ó pas- 
tores que abandonaban cobardes la grey cuando el 
lobo saltaba en el apriscó, ó miserables que luchaban 
contra el lábaro santo de la Cruz y en defensa de Ma- 
Jioma, ó infames que excomulgaban á quienes confe- 
saban á Cristo derramando generosos su sangre. Pre- 
lados de tal Índole ¿cómo no serian capaces de 
transigir con licencias en el clero que fuese de su 
parcialidad? 

Hecho repelidas veces mencionado por los cro- 
nistas árabes es la connivencia de los judios españoles 
<:on los invasores de la Península. Varias fueron las 
ciudades cuya custodia, después de conquistadas por 
los mahometanos, fué confiada á los israelitas. Pudo 
Witiza no ser amigo de los israelitas; pero de la amis- 
tad entre la familia del penúltimo rey godo y los ami- 
bos de los judios, hay pruebas demasiado concluyentes 
para que deje de admitirse por hecho el más evi- 
dente. La representación del pueblo deicida en España 
atesoraba en el pecho grandes odios que vengar, y di- 
fícil era que la víbora dejase de inocular letal ponzoña 
*n el momento en que se le ofreciera ocasión pro- 



veía. 



Hubo, por último, en los visigodos una falta im- 

>lítica en alto grado: transcurrió siglo tras siglo sin 

ue se produjera la fusión entre las gentes que pobla- 



— 10 — 

ban la Península. La separación entre dominadores y 
dominados, entre godos é hispano-romanos, subsistió 
hasta la desaparición de don Rodrigo. En la venida de 
los árabes, no vieron los españoles sino el cambio de 
señor. Luego abundan ya los apellidos españoles ara- 
bizados. Harto divididas estaban las gentes de este 
reino para que su conservación se prolongara mucho 
tiempo. 

¿Qué faltaba, pues, á este carcomido árbol para que 
se viniera al suelo? Que dé cualquier lado soj>lase 
viento algo impetuoso. El vendabal del Islamismo 
arreciaba del otro lado del Estrecho y amenazaba des- 
encadenarse sobre la mísera é infortunada España. La 
traición facilitó el paso. «Contra Agila llamó Atana- 
gildo a los imperiales, á costa de dejarles entre las 
manos buena parte del territorio; contra Suintila trajo 
Siseriando á los francos aprecio de oro; desventura- 
damente ensayó Paulo igual recurso contra Wamba; y 
como Justiniano II reinaba en Bizancio por la ayuda 
de búlgaros y esclavones, así los adversarios de Rodri- 
go pusieron su esperanza en la vecina costa dé África, 
donde se habían amparado.» Era gobernador de 
Ceuta, en la España Tingitana, el conde don Julián, 
ya dependiente de Bizancio, ya de la Península, ya 
tuviese independencia propia. Existiera ó nb el ultraje 
inferido al conde en la persona de su hija, asunto del 
cual hablan diversos cronistas árabes, es lo cierto que 
al amparo de don Julián se acogió la familia de Witi- 
ka, y qué d gobernador de Ceuta acabó por entenderse 
con Muza ben Noséir para proteger á la fáfnilia pros- 
crita. Ésta y el conde tuvieron en la Península largas 



—«II — 

posesiones concedidas por Muza, y respetadas por los 
demás emires (i). 

Conozcamos ahora el nuevo pueblo que durante 
nueve siglos, desde 711 hasta 1609, sentó su planta 
en nuestro suelo. 

En el ángulo sudoeste de Asia se extiende una 
vasta península cuyas costas besan los mares Pérsico, 
índico y Rojo. Elevadas y largas cordilleras y extensí- 
simas llanuras forman su superficie. Climas los más 
variados se experimentan en aquel país; las esta- 
ciones seca y lluviosa se suceden en regular contraste; 
vegetación exuberante y estériles arenales hállanse 
contiguos. Esa península es la Arabia. 

Sus moradores, aparte el nombre que toman del 
país en que viven (2), llámanse también agarenos é 
ismaelitas, de Agar é Ismael, esclava é hijo de Abraham. 
También ios invasores de España se llamaron muslimes 
ó musulmanes (creyentes). Nosotros los conocemos, 
además, por mahometanos, ó seguidores de la doctrina 
del pseudo-profeta, por moros (de Mauritania) y afri- 
canos (de África), regiones de donde inmediatamente 
pasaron á España. 

Toda religión, desde el Sabeísmo hasta la fundada 
por" el . divino Salvador, tuvo en aquella península 
secuaces. A principios del siglo VII habíase llegado. al 
más alto grado de superstición. Un hombre extraordi- 
nario destierra el Paganismo; mas no para sustituirle 



I Saavedra, loe. cit. — pozy (Investig., II) sostiene que el conde teqfa 
el imperio de Bizancio el gobierno de Ceuta. 

) Los árabes son llamados, además, sarracenos, no de Sara, mujer de 
ahara, sino de Sarcbia. ú oriente. 



— 12 — 



con dogmas cuya totalidad sea más aceptable 4 que la 
idolatría. Hacia el año 570 nace en la Meca el compila- 
dor de heterogéneos principios religiosos; al lado de 
sublimes verdades, tomadas del Evangelio, aparecen 
monstruosos errores, preocupaciones hijas de la igno- 
rancia, consejos al calor de los cuales crecen instintos 
crueles, preceptos que halagan á las más bajas pasio- 
nes: recursos no mal discurridos para que surgieran 
numerosos prosélitos, y para que la nueva religión con 
rapidez se extendiera. 

La familia de Mahoma, ese es el nombre del inno- 
vador, estaba al cuidado del Casbah, templo edificado, 
al decir de los musulmanes, por Abraham. Era su tribu 
una de las más poderosas, la de los Coraixitas. Dos 
años contaba Mahoma cuando Abdallah, su padre, bajó 
al sepulcro; la madre, Amina, sobrevivió poco ai mari- 
do. El huérfano fué entregado á una nodriza-. Todo el 
patrimonio del niño lo constituían una esclava etiope 
y cinco camellos. Después paró en poder de su tía 
Abú Taleb, mercader; y mercader fué también el 
sobrino. Ya joven, revelaba talento y era de gracioso 
continente, por lo que, siendo él de veinticuatro años > 
se prendó de sus gracias Cadigia, opulenta viuda que 
contaba cuarenta años, al servicio de la cual, y en 
calidad de mancebo , había entrado Mahoma. La. 
coyunda del matrimonio hizo común la suerte de 
entrambos. 

En sus viajes mercantiles crecieron sobremanera 
los bienes terrenos. No eran éstos, sin embargo, los 
que llenaban el corazón de Mahoma. Al acabar cada 
excursión, retirábase á parajes solitarios, y consagraba 



— 13 — 

á la oración y meditación horas interminables. El 
arcángel Gabriel le visitó y mandóle predicase el 
Islamismo (consagración á Dios). Contra el más gro- 
sero Fetichismo, que tenía 300 ídolos en el Casbah, 
donde tampoco faltaba el sacrificio de victimas huma- 
nas, sentó este principio fundamental de monoteísmo: 
«no hay más Dios que Dios» (la ilaha il-la állaho); y á 
favor del falso profeta quedó la terminación: «Mahoma 
es nuestro enviado» (Mohámmadon ra^ulona). La 
oración, el ayuno, la limosna y la peregrinación, fue- 
ron los primeros preceptos. 

La persuasión, la propaganda pacifica, dio mezqui- 
no resultado: el número de conversos no pasó más 
allá del pequeño circulo de la familia del Profeta: la 
mujer; la hija, Fátima, casada con Alí; Abú Becr, sue- 
gro de Mahoma; Ornar y Zaid. Hízose necesario 
aumentar, corregir y enmendar el código sagrado, y el 
arcángel siguió entregando más hojas sueltas escritas. 
El Profeta las coleccionó en suras ó capítulos, y formó 
el Corán (la Lectura), libro religioso, jurídico, civil, 
militar, etc., confuso embrollo de materias, sin orden 
ni concierto. La poligamia, sancionada y reglamentada 
por la religión; y élgihed ó guerra santa, tras la cual 
asomaban las delicias del paraíso, poblado de encanta- 
dores huríes, de eternal virginidad, próximo y seguro 
premio reservado á quien sucumbiese en campo de 
batalla, fueron poderosos estímulos para que del 
cieno brotase el sinnúmero de muslimes, que pron- 
to poblaron porción considerable de la haz de la 
ierra. 

Pero, como nadie es profeta en su patria, y Maho- 



— i 4 — 

ma en la suya atentaba á las beneficios materiales que 
las ofrendas presentadas en el templo de la Meca ren- 
dían á su familia, sus parientes fueron los primeros 
en perseguirle. Huyó á Yetreb, que desde entonces se 
llamó ¡Medina, esto es, la Ciudad por excelencia. Fué 
la Jiuída ó Hegira, el 16 de julio del año 622 (1). Dos 
años más tarde se apoderó de la Meca y derribó los 
ídolos. Todas las tribus arábigas se agruparon en 
torno suyo. Cuando se disponía á invadir la Siria y la 
Persia, la muerte le sorprendió junto á su amada 
Ayescha, en lunes, 12 de rabié primera del año n 
(7 junio, 632). 

Dos años bastaron al califa (vicario) Abú Becr 
para que sus tropas invadieran la Siria y la Persia. 
Ornar se hizo dueño del Egipto, y murió en dilhagia 
del año 23 (oct.-nov. 644). Othmán, que murió á 
manos de conspiradores (655-56) extendió las corre- 
rías al norte de África. Durante el reinado de Yezid 
ben Moaviah (680-83), el caudillo Ókba llegó á com- 
batir á Tánger y pereció en la empresa. Al ocupar el 
trono Walid, á la muerte de Abdelmélic su padre 
(8 oct. 7o5); en consideración á que el caudillo Muza 
ben Noséir, el futuro conquistador de España, había 
llegado hasta el Atlántico y tocado en los grandes de- 
siertos (697), le confirmó en el gobierno de Ifrikiya y 
países contiguos. En el año 89 (708-9) escribía al califa 
noticiándole que toda la tierra del Magreb quedaba 



(1) Para verificar las fechas de la Hegira, nos valemos de las tablas que 
D. Francisco Codera y Zaidía acompaña á su Tratado de Numismática %Ard- 
bigo-española. 



sujeta y tributaria. Lanzóse contra la España Tingi- 
tana; pero la valerosa defensa de los cristianos man- 
dados por el conde don Julián, le obligó á desistir de 
la empresa (i). Los sarracenos no tardarían en lograr, 
merced á la traición, lo que no habían podido alcan- 
zar con las armas. 

Por entonces ocurrió la muerte de Witiza; la suce- 
* sión de Achila no tuvo buena aceptación del pueblo, 
y se eligió á Rodrigo. Los escritores árabes, sin excep- 
ción, refieren, con sencillez, el agravio que el rey 
infirió al conde don Julián en la persona de su hija, 
ofensa á la cual se atribuye el repentino cambio en el 
gobernador de Ceuta: de celoso defensor que Hasta 
entonces había sido de la España Tingitana, se trocó 
en aliado de los mahometanos. Parécenos que otra 
debió ser la causa de la mudanza: pues que, compara- 
das las fechas de la proclan*ación de don Rodrigo 
(verano de 710), y de la sumisión del conde á Muza, á 
fines del año 90 (noviembre de 709), resulta la ven- 
ganza anterior al agravio. Lo cierto es que don Julián 
estimuló á Muza á que procurase la conquista de 
España (2). 

Consultado el califa Walid acerca de tal empresa, 
éste aconsejó se explorase con las debidas precauciones 
la costa española. "En ramádhan del año 91 (julio 
de 710), el liberto Tarif Abú Zora desembarcó en el 
punto que de su nombre se llama Tarifa, con 400 hom- 
bres, 100 de los cuales eran de caballería, según un 



1 i. 
> * t 



(1) Ajbar Mackmud, p. 4. 
(¿) Ibídem, p. 5. 



— i6 — 

autor árabe (i), y, según otro (2), con 400 peones y 
100 ginetes. Pasaron el Estrecho en cuatro barcos- 
Hizo una correrla á Algecira al Hadra (la Isla Verde), 
recogió cautivas mujeres tan hermosas cual nunca los 
moros habían visto; y con mucho botín, regresó sano 
y salvo al África. El entusiasmo por la conquista de 
España rayó hasta el delirio en los muslimes. 

Utilizando los mismos bajeles desembarcó al pie 
de la roca de Calpe el caudillo Tárik ben Ziyed, persa 
del Hamadán, ó de la tribu de Sadif, con 7.000 mus- 
limes, berberiscos y libertos en su mayor parte. Desde 
entonces la montaña de Calpe se llama Gibraltar 
{Gebal-Tárik). El pasaje del futuro conquistador de 
Valencia se hizo el año 92 (oct. 710-11); un sábado 
de xaában (may.-jun.), según unos; algo antes, el 5 
de récheb (28 abril), según otros (3). 

Distraído don Rodrigo en apaciguar á Pamplo- 
na (4), pocas fueron las tropas cristianas que pudie- 
ran oponerse á las correrías de los molestos agarenos. 
El duque Teodomiro, cuyo valor se había probado ya 
en los reinados de Égica y Witiza, desbaratando á los 
griegos bizantinos, que con pujante armada traían 
resolución de sublevar y esclavizar la provincia Aura- 
riola, antes Orospeda, de la cual era gobernador, es el 
primero en acudir á atajar el paso del invasor (5). 
Con 1.700 combatientes, sostiene tres días algunas 



(1) Ibfdetn, p. 6, 

(2) AI-Makkari, 1. 1, p. 159. 

(3) Ajbar, p. j.—Al-Mokkari, I, 159, 

(4) Ibíd. 

(5) El Pacense, j8. 



— 17 — 

escaramuzas con los musulmanes; y, como era de 
esperar, fué vencido y puesta en fuga su reducida 
hueste- Entonces avisó á don Rodrigo del grave 
peligro que España corría: ((Señor, aquí han llegado 
gentes enemigas de la parte de África, yo no sé si del 
cielo ó de la tierra: yo me hallé acometido de ellos de 
improviso. Resistí con todas mis fuerzas para defender 
la entrada; pero me fué forzoso ceder á la muchedum- 
bre y al ímpetu suyo. Ahora, á mi pesar, acampan en 
nuestra tierra, Ruégoos, Señor, pues tanto os cumple, 
que vengáis á socorrernos con la mayor diligencia y 
con cuanta gente se pueda allegar. Venid vos, Señor, 
en persona, que será lo mejor» (i). 

El aviso causó espanto en Rodrigo, y con ejército 
que se hace subir á cien mil combatientes corrióse al 
mediodía hasta reunirse con las pocas tropas que man- 
daba Teodomiro. Tárik en tanto había pedido refuerzos 
á Muza, y éste se apresuró á enviarle 5.000 soldadcfc. 
Pocas eran, por aguerridas que fuesen esas fuerzas,- 
para contrastar el empuje de Jas cristianas. Entre los 
musulmanes estaba don Julián, con bastante gente del 
país, la cual señalaba los puntos indefensos y servia 
el espionaje. A pesar de ello, Teodomiro hizo prodi- 
gios de valor, y en las sangrientas escaramuzas que 
hubo entre ambas huestes, el triunfo quedó por los 
cristianos, como asegura el Anónimo Latino (2). 
Los ocho días de continuo batallar comenzaron el 
domingo, restando dos noches de ramadhán (19 julio); 



(1) Coode, I, 9. 
2) El Pacense, 38. 



— i8 — 

y el triunfo de Tárik, ó la defección de los parciales 
del hijo de Witiza, entre los cuales se contaba el 
obispo de Sevilla, don Opas, fué en domingo, 5 de 
xawal (26 de julio) (1). 

Envidioso Muza de la gloria alcanzada por Tárik, 
asegurado que hubo el gobierno de África, del cual 
encargó á su hijo Abdeláziz, vino á España en rama- 
dhán del año 93 (jun.-jul. 712). Por Sidonia, Car- 
mona y Sevilla, marchó á Mérida, que se rindió el día 
del Fitr, salida del ramadhán, principio de xawal 
del 94 (30 junio, 713). 

Durante el sitio, vino de África Abdeláziz, con un 
refuerzo de 7.000 caballos y muchos ballesteros ber- 
beríes (2). Para apaciguar á Sevilla, que se habia 
sublevado, le envió Muza; acabada felizmente la comi- 
sión, recibió encargo de continuar la conquista por la 
parte meridional (3). 

* Antes de la rendición de Mérida fué la capitulación 
de Teodomiro en Orihuela. Contra los muslimes 
hacia frontera el caudillo de los cristianos Todmir, 
Tadmir, Theudimer ó. Teodomiro, «varón amador de 
las Sagradas Letras, admirable por su elocuencia y 
experto general» (4). De esto dio claras muestras en 
los reinados de Égica, Witiza y Rodrigo. Tuvo la 
gloria de fundar en España, después de la Invasión, 



(1) %Ajbar, p. y.—Al-Makkari, p. 16?.— Conde, I, 10. 

(2) Conde, I, 13. 

(3) En este punto, hay más conformidad entre Conde, el texto de El 
Pacense y *Ad Dhdbi, que entre éstos y El *Ajbar y Al-Makkari. 

(4) Fuit enim Scripturarum amator, eloquentia mirificas, in praliis expeditos. 
{El Tácense, loe. cit.) 






— i 9 — 

el primer reino cristiano. No se contentó con retirar 
las reliquias del destrozado ejército junto al lago de 
Janda, sino que, al entender que contra él se dirigían 
las armas de Abdeláziz, luchó en los parajes donde el 
terreno le era favorable, no empeñando batalla formal 
ni aun en campo llano, porque sus tropas, aunque nu- 
merosas, peleaban con flojedad. A pesar de sus altas 
cualidades de mando, Abdeláziz, que comprende la 
conveniencia de aniquilar aquel núcleo de ejército, 
logró alcanzarle en campo raso, la llanura de Lorca, 
al parecer: los musulmanes hicieron una matanza tal, 
que casi exterminaron á los cristianos. No todo, estaba 
perdido; aun quedaba la inagotable astucia de Teo- 
domiro. 

Con los pocos soldados que pudieron escapar del 
desastre, se retiró á Orihuela, cuya defensa dejaba 
mucho que desear. Viendo que las escasas fuerzas que 
le quedaban de nada le servían, ordenó que las mujeres 
dejasen sueltos sus cabellos, armólas de cañas que 
semejasen lanzas, é hízolas subir á las murallas, para 
que pareciesen un ejército, mientras él pactaba las 
paces con el enemigo. Salió, pues, como parlamen- 
tario, cuando admirado estaba Abdeláziz al verse ante 
una ciudad dispuesta á resistirle, lo cual él no se 
prometía. Fué el mensajero bien recibido del caudillo 
árabe; pidió la paz y le fué otorgada; «y no cesó de 
insinuarse en el ánimo del jefe del ejército musulmán, 
hasta conseguir una capitulación para si y sus súbdi- 
os, en virtud de la cual se entregó pacíficamente todo 
1 territorio de Todmir, sin que hubiese que cónquis- 
ar poco ni mucho: y se les dejó el dominio de sus 



— 20 — 

bienes» (i). Conozcamos ahora la famosa capitula- 
ción (2). 

«En el nombre de Dios clemente y misericordioso. 
Escritura de Abdeláziz, hijo de Muza, hijo de Noséir, 
para Teodomiro, hijo de Ergobaudo, según la cual 
éste se acoge á la paz bajo la garantía de Dios y su 
profeta (a quien Dios salude y dé la paz). Ni él ni sus 
nobles tendrán obligación de seguir á ningún jefe; 
ni será destituido ni arrojado de su gobierno; y nin- 
guno de ellos será muerto ni cautivado; ni serán apar- 
tados de sus hijos ó mujeres; ni serán molestados en 
su religión, ni quemadas sus iglesias; ni quedará sus- 
traído de su dominio lo que cultive por sus esclavos, 
sus fieles ó colonos quien se haya sometido á este 
pacto. Y queda libre en las siete ciudades de Orihuela, 
Valentela, Alicante, Muía, Begastro, Anaya (3) y 
Lorca, á condición de que no se dé asilo á nuestros 
fugitivos ni á nuestros contrarios, ni se hostigue á 
nuestros protegidos, ni se nos oculten las noticias 
que haya de nuestros enemigos. Tanto él como sus 
nobles pecharán cada año un diñar, cuatro almudes 
de trigo, cuatro almudes de cebada, cuatro azumbres 
de mosto, cuatro azumbres de vinagre, dos azumbres 
de miel, dos azumbres de aceite; y la mitad de esto 



(1) *Ajbar y p. 13. — lAU&Cakkari, p. 166. 

(2) Utilizamos la versión del Sr. Saavedra, c. VI. 

(3) Luis del Mármol (2, 10) confunde á Valentila con Valencia, y á 
Anaya con Denia. Lo propio, respecto de la primera, hace don P. Sandoval 
(Notaciones sacadas de escrituras y memorias antiguas, etc., p. 83). Es de notar 
que los dos atribuyen la conquista de Orihuela á Abdeláziz, y no 4 algún 
subordinado de Tárik, como leemos en el Ajbar y Al-Makkari, y también 
en algunos de nuestros historiadores generales. 



— 2r — 

los siervos. Fueron testigos, Otmán, hijo de Abú 
Abda, el Coraixl; Habib, hijo de Abú Obeida, el Fihrí; 
Abdallah, hijo de Maicera, $1 Fahmi, y Abú '1 Cásim, 
el Hodzall. Fué escrito en el mes de récheb del año 94 
de la Hégira (3 abr.-mayo, 713).» 

El primero en publicar este famoso documento 
fué Casiri, que lo encontró en Dhabbi. Le copió en 
su historia de ios hombres del Ándalos, conservada 
en la Biblioteca del Escorial. El tratado debió conser- 
varse en los archivos de las iglesias ó mezquitas de 
Orihuela. En algunos autores llega á determinarse el 
día de la fecha, 4 de récheb (6 de abril), y no el 5, 
como equivocadamente traduce Dozy, al igual que al 
señalar la rendición de Mérida. De ese pacto hace 
mención el Pacense (1). 

Acerca del valor y alcance de la capitulación, sus- 
téntanse dos opiniones bien encontradas, por los seño- 
res Saavedra y Fernández Guerra. Dice el primero: 
«Teodomiro no creó ni conservó un reino indepen- 
diente, ni un estado tributario, como los muchos que 
hubo en la Edad Media en España, y en los cuales el 
principe pagaba un subsidio determinado y único á su 
vencedor; aquí el tributo era personal de todos los 
habitantes, como subditos del Califa, salvo que se les 
dejaba el uso de su libertad y de sus bienes, con el 
ejercicio de su autonomía en el gobierno de sus ciu- 
dades. De autonomía parecida gozaban los cristianos 
de otros pueblos, que obedecían á sus condes y obis- 



(1) Casiri, II, 106.— El Arch., IV, 101.— *Ajbar, p. 240 (ap.)— iww- 
f., I, 98.— El Pacense, loe. tít. — Conde, I, 1$. 



— 22 — 

pos; pero en Orihuela se hizo la dignidad inamovible 
y hereditaria, á diferencia de otras partes, en que el 

jefe se cambiaba á voluntad de los gobernantes La 

extensión de los dominios de Teodomiro no abarca- 
ban tampoco una provincia gótica entera, según se ha 
dicho, ni siquiera la totalidad de la actual de Murcia; 
pues, de lo contrario, no se hubieran podido reservar 
para el Califa las tierras regadas por el Segura, más 
tarde distribuidas á los soldados egipcios de la expe- 
dición de Balch, que en tiempo de Abú'l Jatar se 
mostraron tan amigos de Atanagildo, hijo y sucesor 
de Teodomiro No es esto negar ni rebajar el mé- 
rito real y efectivo de los cristianos del sudeste, sino 
colocarlo en su justa medida: el jefe godo no pudo 
soñar en restauración ni independencia política, y se 
contentó con la puramente administrativa y reli- 
giosa» (i). 

Del Sr. Fernández Guerra: «Admira, suspende y 
pasma al invasor el ver tan bravamente guarnecida á 
Aurariola; teme y brinda con la paz. Admítela y 
conciértala el Duque %ey con buenas condiciones; 
y afianza desde aquella hora por reino suyo cristiano y 

pacífico su misma provincia, tributario de los alárabes 

El reino de Teodomiro limitábase á ¡a provincia Aura- 
riola El territorio de las siete ciudades condales de 

Teodomiro se identifica á maravilla con el de las siete 

diócesis eclesiásticas Al año 579 corresponde la 

división de España en ocho provincias famosísimas, 
que se nombraron Galecia, Asturia, Antrigonia, Iberia, 



(1) Estudio sobre la Invasión, etc., c. VI. 



— 23 — 

Lusitania, Bética, Hispalis y Aurariola, si reducida, 
fértil y admirable por su belleza» (i). 

Por lo visto, los dominios de Teodomiro si abar- 
caban una provincia entera. Ya se verá por qué causa 
se hizo la distribución de tierras á los egipcios de 
Balch, y cómo se reparó tal infracción del pacto de 6 
abril de 713. La forma del tributo pagado á los califas 
por Teodomiro y sus subditos, tuvo casos análogos 
entre los señores de Valencia para con los reyes cris- 
tianos; y nadie negará que los almorávides, en el 
año 1 122, período al cual nos referimos, no fuesen 
dueños de la ciudad del Turia. Diremos, por último, 
que en El Pacense, única autoridad en que se apoya 
el conocimiento de Atanagildo, sucesor de Teodo- 
miro, ni consta que éste fuera padre de aquél, ni que 
por herencia ocupase el trono. 

Concluyamos, antes de anudar el hilo de la inte- 
rrumpida relación de los sucesos ocurridos ante Ori- 
huela, con la reseña geográfica de la Tierra de Todmir. 
Sus plazas fuertes formaban en la ciudad de Valentela, 
antecesora de Murcia, como una cruz figurada por la 
linea de Alicante, Orihuela, Valentela y Lorca, junto 
con la de Anaya, Valentela, Muía y Bigastro, apoyán- 
dose unas á otras y defendiendo todas á la capital (2). 

En los geógrafos é historiadores árabes aparece 
bien deslindada la región de Todmir, que se extendía 
desde Cartagena á Alicante, y desde Chinchilla y 
Segura hasta la Sierra Mágina, cerca del Guadal bu- 



(1) El Arch., IV, 99-107, 

(2) Saavedra, loe. cit. 



— 24 — 

llón, frontera de la dé Jaén. Sus ciudades eran: Ori- 
huela, capital de la Oróspeda y suntuosa residencia del 
duque, fortificada por los visigodos; Valentila, confun- 
dida con Valencia por varios autores, lo mismo que 
Anaya con Denia; Lecant, cuya jurisdicción abrazaba á 
Callosa; Mola, de la cual todavía quedan vestigios de 
su antigua denominación, en Mont-roy, junto á Villa- 
ricos; Anaya, quizá el Ello, ep el Monte Arabí; Begas- 
tro, cuya hitación queda señalada, y horca, una de 
las más famosas villas de Murcia, como escribe Ar- 
Razi (i). 

Firmado ya el convenio, el parlamentario cristiano 
se descubrió á Abdeláziz, quien, lejos de mostrar 
disgusto, alabó la prudencia del duque; y comieron 
juntos aquel día, como si de largo tiempo fuesen 
amigos. Venida la noche, j Teodomiro se entró en 
Orihuela, y ordenó que, á la hora del alba del dia 7 
de abril, se abriesen las puertas de la ciudad. A la 
mañana siguiente salieron Teodomiro y sus princi- 
pales caudillos á recibir á Abdeláziz y los más notables 
de entre los suyos. Entrados en Orihuela, maravillóse 
el hijo de Muza de las pocas tropas que la guarnecían, 
y preguntó á Teodomiro la causa de la falta de fuer- 
zas, cuando tan numerosas eran las que un día antes 
coronaban los muros. Reveló el duque la estratagema, 
y mereció, según Conde (2), la aprobación de ios 
muslimes, al paso que en otros autores (3) se lee que 



(1) El Arch., IV, 103-10$. 

(2) P. I,c. XV. 

(3) ±Ajbar, p. 13.— *Al-Makkari f p. 167. 



— 25 — 

i los mahometanos les pesó lo hecho; mas todos 
convienen en que cumplieron lo estipulado. Tres días 
los obsequió Teodomiro, y luego se retiraron, por las 
sierras de Segura, á Baza, Guádix, Jaén, Elvira, Gra- 
nada, Antequera y Málaga. 

Lograda la conquista de Mérida, á fines de xawal 
(últimos de julio de 713) Muza se dirigió á Toledo, 
donde encontró á Tárik. Restituido á éste, por orden 
de Walid, el mando de las tropas que para gloria del 
Islam había guiado al combate, dispuso Muza que 
sin dilación partiese Tárik hacia la España oriental. 
Buscó las fuentes del Tajo; atravesó las sierras de 
Arcábica (Arcos, junto á Medinaceli), Molina y Si- 
güenza, y bajó á las vegas y campos regados por el 
Ebro. Puso sitio á Zaragoza, que resistió hasta que 
con su hueste acudió Muza. Mientras éste enseñoreaba 
la Tarraconense, Tárik bajó por el Ebro á Tortosa; y 
luego, siguiendo por la costa con dirección al medio- 
día, entró en Murviedro, Valencia, Játiba y Denia, las 
cuales se sujetaron á las condiciones del Islam, que- 
dando sus moradores, bajo la fe y amparo de los 
muslimes, dueños pacíficos de sus bienes. Fortuna fué 
para esta comarca, se encargara su conquista á Tárik, 
y no á Muza. La avaricia de éste y la prodigalidad de 
aquél, fueron causa de que mutuamente se acusaran 
á Walid como defraudadores del quinto del botín que 
al califa correspondía. Ambos fueron llamados á jus- 
tificarse á Damasco, y en sáfer del año 95 (26 oct, 23 
v. 713) salieron para Oriente (1). 



r ) Apéndices del Ajbar 9 p. 225.— Conde, I, 17. 

4 



— 26 — 

Tan rica en detalles como es la sumisión del reina 
de Todmir á las armas agarenas, es pobte, cual se acaba 
de ver, la del resto de la comarca valenciana; y no es 
que falten los suficientes para poner el relato de la 
conquista del norte y centro a la altura del de la parte 
meridional, sino que esa narración se apoya en auto- 
ridad que inspira escasa confianza. Parécenos que na 
debemos omitir esa relación, por fabulosa que parezca, 
ya en consideración á que ulteriores descubrimientos 
han venido á probar la certeza de hechos antes apre- 
ciados como falsos, ya porque hasta en los sucesos 
juzgados por más apócrifos, de ordinario suele en- 
cerrarse cierto fondo de verdad. Obligación del histo- 
riador es, sin embargo, en tales casos, prevenir al lector 
del peligro que corre al otorgar crédulamente su asenso 
á sucesos sombreados con la duda, ó cuya falsedad 
resulta confirmada hasta la evidencia. 

En el año 1589 publicó Miguel de Luna una 
«Historia verdadera del rey don Rodrigo» que supone 
traducida de una crónica árabe escrita por cierto Abul- 
cásim Tarif Aben Tarique, testigo presencial de la 
Invasión. Dicha historia, según alguno de nuestros 
ingenuos cronistas, se tradujo por orden de S. M. (Fe- 
lipe II), del arábigo, de#la librería de San Lorenzo del 
Escorial, donde estaba incógnita y sepultada (1). Las 
márgenes están llenas de citas de palabras del original, 
para abonar lo dicho en la historia, algunas de las 
cuales citas delatan al falsario. No obstante el valor 
negativo del tal libro, antiguamente le utilizó Lope 



(1) Escolano, 1. II, c. XV. 



— 27 — 

de Vega, y en tiempos más recientes, Washington 
Irving (i). 

Cuenta el real ó supuesto Abulcásim (2), que Muza 
y Tárik no encontraron en largos trechos seria resis- 
tencia hasta Zaragoza, que tampoco se obstinó en la 
defensa. Formando ejércitos separados, después de 
cruzar y repasar los Pirineos, siguieron la costa del 
Mediterráneo, sin detenerse en ninguna parte hasta 
parar en una llanada, donde se alzaba, á cuatro millas 
pequeñas del mar, una hermosa ciudad, Valencia, ro- 
deada de muchos jardines y arboledas, y dotada de 
aguas corrientes, cuyo conjunto alegraba en extremo 
la vista. 

Pusieron los muslimes sitio á Valencia; y, al ver 
que se les resistia, enviaron un mensajero á los sitiados 
prometiéndoles dejarlos vivir en paz, sin hacerles 
agravio ni zozobra, si se rendían, como había hecho el 
resto de España. Un centinela, apostado en una torre 
del muro, ni dio oídos ai mensaje ni avisó ai goberna- 
dor de la ciudad. Disparó el cristiano su arco, y herido 
se retiró al campamento el soldado moro. Sentido Tárik 
de tanto descomedimiento, ordenó á sus tropas diesen 
el asalto; mas los cristianos se defendieron con tal 
valor, que obligaron á retirarse á los mahometanos, 
con pérdida de 250 combatientes. De los valencianos 
murieron 80. 

Ignoraba el gobernador, Agrescio, el incidente del 
mensajero y del centinela; y, como viese que la guarni- 



) Saavedra. Invasión, etc., c. 111. 
* Lib. U, cap. XIV y XV. 



— 28 — 

ción de Valencia no alcanzaba á resistir un largo cerca 
y que sola ella no podía subsistir en medio de tanta 
morisma, envió un parlamentario al caudillo sarraceno 
excusándose del percance ocurrido al moro y pidiendo 
tres días de tregua para resolverse en semejante conflic- 
to. Tárik otorgó lo que Agrescio había solicitado, y de 
común acuerdo pactaron estas condiciones de rendi- 
ción: los cristianos entregarían la ciudad, pero queda- 
rían salvos é inmunes, en posesión de sus bienes, y 
sería respetada su profesión religiosa; y los que no se 
acomodasen con estas condiciones, podrían marchar, 
con sus mujeres y familia, al punto que mejor les pa- 
reciera, para lo cual se les daría salvedad y guiaje^ 
Firmada por ambas partes la capitulación, las llaves 
de la ciudad fueron entregadas á Tárik, y él dejó, con 
suficiente guarnición, á Abú Maicera el Hozdalí (i). 
El caudillo árabe tomó el camino de Murcia y se retir6 
á Córdoba. 

Esta relación tiene muchos puntos de contacto coi> 
la de Conde. Sabido es que este autor, desde que con 
notoria injusticia fué tratado por Dozy, merece poca 
crédito á extranjeros y nacionales. Ya comienza á re- 
conocerse su mérito, y creemos no está lejano el día 
en que se le conceda reparación completa. Con esto no- 
queremos decir que su obra no adolezca de lunares, 
muy naturales si se tienen en cuenta las circunstancias 
que concurrieron en la producción de su obra. 



(i) Mis adelante se le llama Abulcácer el Hodzalí, nombre que se aproxi- 
ma al de uno de los caudillos que suscribieron la capitulación de Orihuela, 
Abukasim el Had^aU; así c orno el de Maicera es el patronímico de Abdallah el 
Fahmí, otro de los testigos. 



— 29 — 

El comportamiento de los invasores era el que la 
prudencia aconseja á los que aun carecen de fuerza para 
imponer su yugo. Conducta que se sintetiza en la 
alocución de Abu Becr, sucesor de Mahoma, á las 
tropas que con Yezid partían á la conquista de Siria: 
«Si Dios os da la victoria, no abuséis de ella, ni tifiáis 
vuestras espadas con la sangre de los rendidos, de los 
niños, de las mujeres y de los débiles ancianos. En las 
invasiones y correrías, no destruyáis los árboles, ni 
cortéis las palmeras, ni abatáis los verjeles, ni asoléis 
sus campos ni sus casas. Tomad de ellos y de sus 
ganados lo que os haga falta; tratad con piedad á los 
abatidos y humildes; no empleéis ni doblez ni falsía 
en vuestros tratos con los enemigos; y sed siempre, 
para con ellos, fieles, leales y nobles; cumplid religio- 
samente vuestras palabras y promesas; no turbéis el 
reposo de los monjes ni destruyáis sus moradas.» Esta' 
misma templanza y moderación trocábase en crueldad 
contra los vencidos que osaron resistir á los muslimes: 
«Arrasad las ciudades y fortalezas que puedan servir 
de asilo á vuestros enemigos; oprimid á los sober- 

» 

bios, á los rebeldes y á los que sean traidores á 
vuestras condiciones y convenios; tratad con rigor á 
muerte á los enemigos que cqn las armas en la mano 
resistan á las condiciones que nosotros les impon- 
gamos» (i). 

Hasta los más entusiastas admiradores de la tole- 
rancia sarracena, hanse visto obligados á confesar que 

invasores sólo eran generosos cuando no contaban 

) Conde, I, 3. 



— 3o — 

un triunfo seguro (i). Dignas de consignarse sora las 
palabras de Dozy, cuyo amor á todo lo que trasciende 
á enemiga contra la pura ortodoxia, es harto manifiesto: 
«Desde que los árabes afirmaron su dominio, obser- 
varon los tratados menos escrupulosamente que cuan- 
do su poder no estaba aún bien establecido. Sucedió 
en España lo que en todos los países que los árabes 
conquistaron: su dominación, de dulce y humana que 
había sido en un principio, degeneró en un despotismo 
intolerable,.. Los conquistadores de la Península si- 
guieron al pie de la letra el consejo del califa Ornar, 
que había dicho crudamente: «Nosotros debemos co- 
mernos á los cristianos y nuestros descendientes deben 
comerse á los suyos mientras dure el Islamismo.» 

Contra la gratuita afirmación de que los árabes 
vinieron á la Península «saturados de mil conocimien- 
tos adquiridos durante* sus correrías» (2) están los 
testimonios del tantas veces citado Saavedra, según el 
cual había ya aquí, entre los cristianos, «una gente cuya 
ilustración es innegable» (3); de Dozy, que trata á los 
invasores de cerriles, zafios é ignorantes (4); de La- 
fuente y Alcántara, que sostiene ser de fines del siglo* 
IX el primer cronista árabe español (5), cuando al 
tiempo de la Invasión teníamos nosotros á Isidoro de 
Beja, tan alabado por el arabista holandés; de Pons, 
que escribe haber transcurrido 254 años desde la Inva- 



(1) Saavedra, pág. 128. 

(2) Marzal.— Cultura Árabe Española, p. 11. 

(3) Obra citada, c. VI. 

(4) Investigaciones, t. I, c. III. 

(5) Ajbar (Apéndices), p. 221. 



_ 3 I — 

sión basta que Al Háquem II mandó recopilar la histo- 
ria de los Moros (i), etc. 

La moral mahometana ha merecido á doctos ara- 
bistas el título de «moral de manga ancha» (2). Y del 
amor ala libertad en los musulmanes, es prueba irre- 
fragable Ja mitad de la especie humana' más digna de 
solicites cuitados, la mujer, obligada á compartir con 
odiadas compañeras el tálamo nupcial, sepultada en el 
harem, convertida en instrumento de placer, en cosa 
cuya custodia está confiada á seres desgraciados en 
quienes se practica execrable mutilación, la más con- 
traria á la naturaleza. 

Europa, cristiana, y África, musulmana, son baró- 
metro del valor civilizador de las religiones fundadas 
por el divino Jesús y el pseudo-profeta Mahoma. 

Razón tenía Isidoro de Be ja al llorar con amargas lá- 
grimas y lastimero acento la ruina de España: «¿Quién 
podrá narrar tanta calamidad? ¿quién contar tan ines- 
perada invasión? Que, aunque todos los miembros se 
convirtiesen en lenguas, no podría la naturaleza humana 
referirtantos y tan grandes males, la inmensa ruina que 
España ha padecido. Para que con breves palabras haga 
comprender al lector el azote, diré: «Cuantas innu- 
merables calamidades ha causado al mundo, en sus infi- 
nitas regiones y ciudades, el enemigo inmundo y cruel, 
desde Adán hasta ahora; cuanto se refiere de Troya des- 
truida; cuanto padeció Jerusalén, anunciado por lospro- 



\ Ensayo bio-bibliogrdfico sobre Jos historiadores y geógrafos arábigo-españoles, 
ir afía n.° i. 

, Ribera, Textos aljamiados. Prólogo, III. 



1 



— 32 — 

fetas; cuanto se consumó en Roma, ennoblecida con el 
martirio de los Apóstoles: todos esos y tan grandes 
estragos ha padecido España, en algún tiempo deli- 
ciosa, y ahora tan desgraciada, en su honor y en su 
renombre...» (i). 



(i) Isidoro Pacense, jj. 



CAPÍTULO II 

Walíes dependientes de Damasco 

(713^754) 



Supuestos «alies de Vetareis: hechos que se les atribnyto.— Confinna el Califa el pacto de Orí huela.— 
Alabes y berberiscos, bekdies y sirios.— Abdelmélk beo Katan: los Beni Cssim: Atpuente.— Abul- 
jaur: infracción del pacto de Orftwela: Atanatldo, su protesta: los sirios, campeones del derecho.— 
Yesaf el FBui: partido que sigue Valencia. —Ciudades de la provincia Tolaitola. 




roauE no de poca importancia, no son mu- 
chos los acontecimientos ocurridos en esta 
región propios del periodo comprendido 
entre la Invasión y la venida de los Ommiadas al 
Ándalos, que historiadores y cronistas, árabes y cris- 
tianos, registran. Ese vacío le llena, en parte, con su 
imaginación, el Abulcásim: si, por casualidad, acierta 
con tal ó cual nombre, en alguno que otro hecho 
aislado, al pretender por nuestra parte concordar el 
conjunto con sucesos estimados como auténticos, 
hay que cejar en la empresa agotadas las energías 
que con semejante intento se emplearon. 

Ya queda dicho que Abdjeláziz ben Muza fué á la 
comarca de Todmir y la conquistó, lo mismo que á 
Granada y Málaga. También está hecha relación de 
( , dejada á un lado la enemiga que había entre 
] za y Tárik, encargóse éste de la vanguardia, y 
] ieron á la conquista de Aragón. Entraron en Bar- 



— 34 — 

celona, penetraron en Narbona y llegaron hasta el 
Ródano. Desde los Pirineos retrocedieron, y poco 
después no quedaba á Muza otra comarca que someter 
al Islam, sino Galicia. En tal empresa andaba ocupado, 
cuando obedeciendo á un segundo aviso del califa 
Waiid ben Abdelmélic, volvió á Sevilla, dejó como 
gobernador de España á su hijo Abdeláziz, y en 
dylcada del año 95 (ag. sept. de 714), pasó el mar, 
junto con Tárik, para ir á Oriente. Ya llegados allá, 
murió Walid y le sucedió en el imperio su hermano 
Suleimán, que fué proclamado á mediada luna de 
giumada postrera del año 96 (25 de febrero- de 

7i5)(0. 

Durante el gobierno de Abdeláziz, supónese que 

ocurrió el hecho siguiente: 

Sujetada toda España, el general Muza se volvió á 
su gobierno de África, y Tárik se fué á la corte del 
Califa. Quedó por gobernador de España Abdelá- 
ziz. Estando en Sevilla con poderoso ejército, tuvo 
aviso de que el gobernador de Valencia, llamado 
Abulcácer el Haudali (¿Abu Cáim el Hadalí?), natural 
de Arabia la Feliz, se había alzado y rebelado con toda 
esta tierra, y hacía mucho daño en las comarcanas. 
Recibió la noticia el gobernador general de España, y 
sintió gran contrariedad, por ser ese movimiento el pri- 
mero que se intentó contra el Amir al Mumenin (el 
Principe de los Creyentes). Alzó el sitio que tenia 
puesto á Sevilla, y con 10.000 infantes y 800 caballos, 
tomó el camino de Murcia, donde se le unió, con más 



(1) AlMakkari, I, p. 172-174.— Conde, I, 18. 



— 35 — 
tropas, su alcaide Ibrahim el Azcanderi, y siguieron 
con dirección á Valencia. Animoso el Haudalí, no 
esperó á que llegasen las fuerzas mandadas por Abde- 
láziz; salió á su encuentro, pero fué vencido y prisio- 
nero. Cortada que le fué, como á rebelde, la cabeza, 
fué, para escarmiento, puesta sobre una de las puertas 
de la ciudad; ésta fué saqueada por la soldadesca. 
Hecha averiguación de los alcaides y capitanes que 
habían tenido parte en el alzamiento, en todos se hizo 
pública justicia. Se nombró nuevo wali, y lo fué un 
caudillo famoso llamado Muhámad ben Becr. Pacifi- 
cada Valencia, el gobernador general volvió á Anda- 
lucia (i). 

El nombre del supuesto walí rebelde, llamado antes 
Abumacer el Audali, participa de los de dos caudillos 
que suscribieron la capitulación de Orihuela; parécese 
la denominación última Abu'l Cácer el HaudaU> en 
cuanto ai nombre y al determinativo de tribu, á la de 
Aba Cditn d Hadali. En Al-Makkari (2) se lee que, 
conquistada Mérida, Abdeláziz fué con un ejército 
contra Sevilla, que se habia rebelado y la conquistó 
de nuevo. 

Mal remate tuvo el gobierno de Abdeláziz. El 
motivo fué que, habiéndose prendado de Egilona, 
mujer de Rodrigo, la tomó por esposa. De tal modo 
condescendió con los deseos de la viuda del último 
rey godo, que hasta llegó á hacer uso de las insignias 
reales, lo cual fué, naturalmente, interpretado en el 



Escolado, I ib. I, cap. 21 y 22. 
Tomo I, pig. 171. 



- 3 6 - 

sentido de que había abrazado el Cristianismo y aspi- 
raba á restaurar el gobierno de España con indepen- 
dencia de los califas. Ello fué bastante para que le 
acometieran y mataran en récheb del año 97 (marzo 
de 716) (1). 

No por la muerte de Abdeláziz, sino por el adve- 
nimiento del califa Suleimán quizá, ó porque fuera 
condición indispensable para la validez de la capitula- 
ción acordada entre.Teodomiro y el hijo de Muza, 
acude el soberano de la Aurariola ante el Principe de 
los Creyentes, á cuyos ojos aparece el príncipe cris- 
tiano como hombre muy prudente, y le colma de 
beneficios, no siendo el de menor importancia la con- 
firmación del pacto que antes había celebrado con 
Abdeláziz. La capitulación permaneció estable hasta 
los tiempos de Isidoro de Beja (754), sin que el lazo 
del convenio se aflojara, ni dejasen de respetarle los 
sucesores de los árabes que realizaron la conquista. 
Motivo tuvo Teodomiro para volver gozoso á sus 
estados, y razón poderosa asistía á sus subditos, para 
dar gracias á Dios, pues, en medio de tiempos tan 
calamitosos, les había concedido un príncipe de tan 
nobles prendas, siendo la principal la constancia en la 
verdadera fe (2). Aquí se ve cuan equivocado va Luis 
del Mármol (3), cuando, como copia Escolano (4),' 
«después de roto el rey don Rodrigo, los moros se 
dividieron en tres ejércitos, para combatirnos á la par 



(1) Ajbar, p. 20.— Apéndices, p. 226. 

(2) El Pacense, 38. 

(3) Lib. II, c. 10. 

(4) Lib. II, cap. 15. 



— 37 — 

por todos los cuarteles de España, sin darnos espa- 
cio (i). El uno destos se encomendó d un renegado 
godo, llamado Tudemiro.» 

Asi como el bueno de Abulcásim nos cuenta la 
rebelión del primer walí de Valencia y la muerte que 
aquél tuvo, alarga el gobierno del segundo hasta el 
año ni de la hégira, que corresponde ai 730 de la 
era cristiana. Durante su largo waliato, caso raro en 
tiempos tan revueltos, hubo diferentes califas, y mu- 
chos más gobernadores generales de España, Suleimán 
falleció en 10 de sáfer del 99 (22 septiembre 717); 
Ornar, en 25 de récheb de 101 (10 febrero 721); 
Yezid, en 25 de xawan de 105 (27 enero 724), é 
Hixem, en 6 de rabié segunda de 125 (6 febrero 743). 
Mayor es el número de los waiíes generales de Espa- 
ña. A Abdeláziz siguieron: Ayub, que acabó en dilcada 
del 97 (agosto 716); Al-Horr, en ramadhán del 100 
(mar.-abr. 719); A£-£amh, en dilagia de 102 (junio 
721); Abderrahmán, en sáfer de 103 (agosto 721); 
Ajibara, en xaavan de 107 (enero 726); Ódzra, en 
xawai de 107 (febr.-mar. 726); Yahya, en rabié i. a 
de 110 (jun.-jul. 728); Hodzaifa, en xaaban de 110 
(nov.-dic. 728); Otsman ben Abi Ni?a, en muhárram 
de ni (abr. 729); Al-Haitsam, en dilcada de 111 
(en.-febr. 730); Mohámmad, en sáfer de 112 (mar.- 
abr. 730), y Abderrahmán al Gafekí, en ramadhán de 
114 (oct. 732). 

Copiemos á Abulcásim. Á la muerte del califa Ya- 
') al Manzor, en el año 725 (¿Yezid?), el gobernador 



) Esto también se lee en el Ajbar, p. 10. 



- 38- 

general de aquí (¿Anba^a?) trató de alzarse con el 
mando de España. Varios fueron los walies que se 
negaron á reconocerle, el de Valencia, Muhámad Aben 
Becr, entre ellos. Hizo más éste: pactó treguas de un 
año con el de Zaragoza, y al frente de 6.000 infantes y 
1.200 caballos, quiso apoderarse de Murcia (¿y el res- 
peto á la tierra de Todmir?); pero su wall, Ibrahim el 
Azcandari, se previno aliándose con el de Baeza. Tu- 
vieron un encuentro en el río Segura, cerca de Murcia, 
y el resultado se mantuvo indeciso el primer día; se 
empeñó el combate al amanecer del siguiente, y á las 
tres de la tarde Abú Becr tuvo que escapar á uña de 
caballo. De una caída y por el disgusto de la derrota, 
murió á los pocos dias (730). 

Se alzó con el mando, atosigando á un niño de 
pocos años que dejó Aben Becr, un deudo suyo, lla- 
mado Abú Bácer ben Becr; pero los cadíes de Murvie- 
dro y del Valle de Ricote, Ali el Cinhigí y Ali Berit 
Huchman, no sólo se negaron á reconocerle, sino que 
se declararon vengadores de la muerte del niño. 

Vinieron contra Valencia v la estrecharon con 
vigoroso sitio. Quiso el de Murviedro sacar partido de 
la revuelta; reclamó auxilios de su pariente Hassán, 
wali de Túnez, y tuvo el Cinhigí á sus órdenes 12.000 
infantes y 1.500 caballos. Su consocio Ali Berit Huch- 
man adivinó la bastarda intención de su aliado y se 
alejó de los muros de Valencia, merced á cuya retirada 
pudo escapar su tercer wali y refugiarse en Zaragoza. 

Tiempo fué el transcurrido desde la Invasión hasta 
el del gobierno de Okba, del mayor desorden; pero 
no hallamos en ningún autor relación de sucesos con 



— 39 — 

los cuales guarden analogia los que acabamos de 
anotar. 

Más fundamento tiene la de los sucesos aquí 
• ocurridos desde enero de 741 hasta mayo de 745, ó 4 
sea, durante los waliatos de Abdelmélic bén Katan, 
\ Balch ben Bixr, Tsaalaba ben £alama y Abuljatar al 
Hoc&am ben Dhirar. La concordancia entre Escolano 
y los modernos arabistas es manifiesta; y no lo es 
menos la que existe entre los últimos y el Pacense. 

«Luis del Mármol y los demás modernos, que 
siguen á otros coronistas árabes, no hazen mención 
de successos de Valencia hasta el año 740, en que 
cuenta Mármol, que después de Óccuba, que gover- 
naba en Córdoba, el halifa Gualid embió, por virrey, 
un alárabe llamado Abubéquer, con grande ejército, ; 
por apaziguar algunas discordias que andaban encen- 
didas entre los caudillos moros de las provincias de 
España. Mas ellos no le quisieron obedecer; y vinien- 
do á juntarse los de Córdova con los de Toledo, Ara- 
gón y Valencia, le dieron batalla y le mataron; y aun 
tentaron de quitar la obediencia al halifa de Arabia, y 
hazer halifa en España de por sí. Lo qual, sabido por 
Gualid, mandó aprestar una gruesa armada en Egypto 
y otra en África, y las embió sobre España con su 
general Reduán, que se dio tan buena maña en redu- 
cirla, que sin derramamiento de sangre sosegó los 
pueblos alterados, y los tornó á la obediencia del 
Halifa (1).» 

Okba ben al Hachchach a<; £elolí murió en sáfer 



1) Escolano, II, 16. 



— 4<> — 

de 123 (dic. 740-en. 741) (1); y el califa Yezid, su- 
cesor de Walid ben Yezid, fué proclamado en 28 de 
giumada2.*de 126 (18 abril 744) (2). El wali enviado 
á España muerto Okba, fué Abdelmélic ben Katan; no 
Abú Becr, si Aben Bixer, ó sea Balch, que vino en auxi- 
lio de Abdelmélic. Éste, después de acabar con la in- 
surrección de los berberiscos, que, como sus hermanos 
de África, habían también elegido su Imam, fué sor- 
prendido por Balch y crucificado. Valencia, y todo el 
oriente de España, siguió el partido de los Beni 
Cásim. Muerto Balch, aunque vencedora su hueste, 
el dominio musulmán amenazaba extinguirse aquí en 
medio de la anarquía en que la tenían revuelta árabes 
y berberiscos, beledíes y sirios, cuando Walid y el 
.gobernador de África, Hantala ben Sefudn (el Reduán 
de nuestros cronistas), atendiendo las súplicas de los 
honrados muslimes de España, pusieron remedio al 
mal y sin efusión de sangre. Esto, que muy en sínte- 
sis apunta Escolano, está en harmonía con lo que vamos 
á exponer más por extenso. 

Cercano á la muerte Okba, designó por sucesor á 
Abdelmélic ben Katan, quien, al fallecer Hixem, en 6 
de rabié postrera del 125 (6 febrero 743), fué confir- 
mado en el cargo. Los berberiscos derrotaron en las 
riberas del rio Masfa (África), á los caudillos árabes 
Thaalaba ben (galerna, Baleg ben Baxir y Hantala ben 
Sefuan. Apurado Balgen Ceuta, donde se había refu- 
giado, solicitó amparo del emir Abdelmélic, quien se 



(1) Ajbar (Apead.;, 241. 

(2) Conde, I, 3 1 . 



— 4 i — 

complació en hacer más desesperada la situación de 
los sirios: crueldad que luego costó cara al emir de 
España. 

Los berberiscos españoles, cansados de la poster- 
gación de que eran objeto, no obstante haber sido 
ellos quienes habían cargado con el peso principal de 
la conquista, provocaron un alzamiento al saber la 
prosperidad de las armas de los berberiscos africanos. 
Estalló la insurrección en todo el norte de la Penín- 
sula, menos en Zaragoza, donde los árabes estaban en 
mayoria. Permanecieron fieles al emir, Córdoba, donde 
estaba de gobernador Abderrahman ben Okba, y Tole- 
do, cuyo wali era Omeya, hijo de Abdelmélic. Valencia 
siguió el bando de Abdelmélic, lo mismo que toda la 
España oriental, cuyos gobernadores y alcaides eran 
amigos y hechura suya (i). De la común parciali- 
dad de Zaragoza, Toledo, Valencia y Córdoba, habla 
también Escolano (2). 

La necesidad obligó á Abdelmélik á solicitar el 
paso de Balch á España, no sin estipulación de con- 
diciones entre heledles y sirios. Merced al valor de 
éstos, la insurrección berberisca fué sofocada en san- 
gre. Ni sirios ni beledíes se cuidaron entonces de 
cumplir el pacto convenido. Los últimos quisieron 
obligar á sus auxiliares á que se embarcaran en expe- 
diciones parciales en Algeciras; y los sirios se opusie- 
ron á ello, no mostrándose dispuestos á repasar el 
m ar sino juntos y desde Todmir ó Elvira. La mal 



(1) Dozy. Historia, I, u.— Conde, I, 30. 
2) Loe. cit. 



6 



- 42 — 

cicatrizada herida del odio enconado que mutuamente 
se tenían, se abrió de nuevo. Aprovecharon los sirios 
el abandono en que vivía en Córdoba el emir, para 
arrojarle del palacio y proclamar á Balg gobernador 
de España (20 septiembre 741), al principiar el mes 
dilcada de 123 (1). Abdelmélik fué crucificado entre 
un cerdo y un perro. 

Del infortunado Abdelmélik eran descendientes los 
Beni-Cásim, poseedores de vastos dominios en las 
cercanías de Alpuente, en nuestra provincia. Cerca de 
Castellón de la Plana hay un pueblo que conserva el 
nombre de tan antigua como poderosa familia. Las 
ambiciosas esperanzas de los hijos de los defensores de 
Mahoma, se redujeron, por lo que toca á una de sus 
ramas, á un pequeño estado enclavado en el ángulo 
noroeste de nuestra provincia (2). Cúpole también la 
triste gloria á ese rincón, de ser el albergue del último 
califa Omeya. 

No fué de larga duración el gobierno de Baich. Los 
hijos de Abdelmélik, ó sean Katan y Omeyya, con los 
mismos berberiscos, á quienes se habían unido para 
vengar la afrentosa muerte dada á su anciano padre, 
se encontraron con Baich en las inmediaciones de 
Córdoba. En el combate fué herido de tanta gravedad 
el caudillo sirio, que falleció á los pocos días, xawai 
de 124 (ag.-sept. 742) (3). 

Muerto Baich, los sirios nombraron por su jefe á 



(1) Dozy, loe. QM.—Ajbar (apéndices, p. 238).— Conde, I, 30, dice fué 
en fio del año 125. 

(2) Dozy, loe. cit. — Al Makkari, II, p. 11. 
(*) Al MnHwri, If, p. 13. 



— 43 — 

Tsaálaba ben £abema. Los gobernó bien, mas hubo de 
retirarse á Mérida, pero en una salida, sorprendió á los 
sitiadores y les hizo muchos prisioneros. La suerte 
que á éstos esperaba tenía poco de lisonjera. Cuando 
no tenían otra esperanza que la de ser cortadas sus 
cabezas, un incidente imprevisto los salvó del peligro. 
A los diez meses de waliado de Tsaálaba, ó sea en 
récheb de 125 (mayo 743), siendo califa Walid ben 
Yezid, fué Abuljatar Ho^am ben Dihrar al Kelbí, nom- 
brado wali por Hantala ben Sefuán, gobernador de 
África. Su bandera salvó de una muerte segura á los 
prisioneros beledíes y berberiscos (1). 

Al walí nombrado por Hantala ben Sefuán, el Re- 
duan de nuestros cronistas, le cupo la gloria «de darse 
tan buena maña en reducir á España, que sin derra- 
mamiento de sangre sosegó los pueblos alterados, y 
los tornó á la obediencia del Kálifa (2).» «No obstante 
su genio militar, era buen poeta; y en los primeros 
tiempos de su mando, se mostró equitativo y justo, 
obedeciéndole toda España (3).» «Era Abuljatar un noble 
siriaco, natural de Damasco, y todos le atendieron y pres- 
taron obediencia, siriacos y beledíes. Dio libertad á los 
prisioneros y cautivos, llamándose, por esta causa, su 
ejército el de la salvación, y aunándose todas las volun- 
tades Acomodando á los siriacos en las diferentes 

comarcas, aquietóse el estado de los españoles (4).» 

Dio en feudo á los sirios tierras del dominio pu- 



to Al Makkari, II, p. 14. 

(2) Escolado, loe. cit. 

(3) Al Makkari, loe. cit. 

(4) Ajbar, p. 46. 



— 44 — 

buco, ordenando á los siervos que las cultivaban 
pagasen desde entonces á los sirios el tercio que de 
las cosechas habían venido satisfaciendo al Estado. 
Los egipcios se establecieron en los distritos de Ocso- 
noba, de Beja y de Todmir (i). Cuando vieron las 
tierras señaladas tan semejantes á las de los países de 
donde procedían, dieron gracias á Dios de su ventu- 
roso estado y bendijeron á Muza ben Noséir y á Balch 
ben Bexir, que tantos bienes y fortuna les habían faci- 
litado (2). 

El repartimiento de tierras de Todmir se hizo con 
infracción del pacto de Orihuela, convenido entre 
Teodomiro y Abdeláziz ben Muza (6 abril 713). 
Poco antes había muerto el duque-rey, y ocupó el 
trono el príncipe Atanaildo, de quien no dice el texto 
de el Pacense fuese hijo de Teodomiro, como asegura 
el sabio académico don Eduardo Saavedra (3). Tan 
aventurada opinión es admitida también por Dozy (4). 
La versión que del texto en que todos han bebido la 
interesante noticia hace el académico Sr. Fernández 
Guerra, es traducción libre de un pasaje del Anó- 
nimo Latino: 

«A Teodomiro sucedióle Atanaildo, opulentísimo 
entre los magnates, y entre ellos el más pródigo de 
las riquezas, generosidad que le valió ceñir la corona, 
electiva de suyo. Devorábanse, por aquellos días, los 
invasores unos á otros en exterminadora guerra civil, 



(1) Dozy.— üftj/oría, I, n. 

(2) Conde, I, 33. 

(3) Estudio sobre la Invasión de los Árabes en España, c. VI. 

(4) Historia, III, 10. 



— 45 - 

pretendiendo el berberisco, el egipcio, el siró, el 
árabe, cada cual de por si, que sólo á él le pertenecía 
esquilmar y empobrecer la tierra avasallada. Con reso- 
lución de apaciguarlos vino aquí el gobernador Abul- 
jatar, acudiendo al expediente gustoso á la tiranía, 
de oprimir y desangrar al débil oprimido. «Tomó 
(dice Rasis) á todos los christianos que eran en 
Espannya, la tercia parte de quanto avíen, así en 
mueble como en raíz, et diólo todo á los que vinieron 
con él.» Eso si, liberal y artístico, puso atención 
grande y especial esmero en que cada una de las 
invasoras tribus lograra acomodarse .y fincar, sin 
desembolso ninguno, por supuesto, en región seme- 
jante á la suya nativa. Los egipcios (misr) quedaron 
repartidos por la Alpujarra; y los que no cupieron 
alli, por la provincia de Todmir ó Murcia. A desa- 
fuero semejante, opuso, enérgico, Atanaildo lo pac- 
tado entre Abdeláziz y Teodomiro (713), con la 
sanción del califa Suleimán (715); pero el soberbio y 
desvanecido gobernador le multó, como á irrespetuoso 
y desobediente, en más de dos millones de reales. 
Por fortuna, las huestes de siros que arribaron dos 
años antes con el caudillo Balch para atacar el desen- 
freno de los berberíes, hácense campeones del derecho, 
y en horas todo lo preparan, de suerte que Atanaildo 
vuelve á la gracia de Abuljatar y sube á mayor gran- 
deza todavía. No descuidó el príncipe godo enviar sus 
mandaderos al califa Meruán pidiéndole nueva confir- 
nación de los tratados, la cual obtuvo llena dé gozo 
3ara España. Durante cuarenta y dos años ni siquiera 
se aflojó el, menor de los benéficos lazos en esta capi- 



- 4 6- 

tulación de Teodomiro, según afirma Isidoro Pacense 
(754); antes bien, por benignidad de los califas, vióse 
templada la dureza del pactado tributo (1).» 

Poco se alargó el periodo de tranquilidad: asi como - 
la imparcialidad de Abuljatar logró la pacificación, su 
amor de tribu dio margen á tenaz lucha entre yeme- 
níes y moraditas. So pretexto de que po había obrado 
en justicia en cierta cuestión un individuo de su tribu 
y otro de otra, Somail, que sentía el despecho de no 
haber recaído en él el nombramiento para el gobierno 
de Zaragoza, se unió con Tsuaba ben Yézid; hicieron 



(1) El Archivo, IV, 106. —Véase ahora el texto latino, advirtiendo que 
transcribimos el párrafo relativo á Átanaildo y eí que le precede, porque A 
ambos comprende la paráfrasis del Sr. Fernández Guerra. cNomine Theudi- 
mer, qui in Hispa ui se partibus non módicas Arabum intulerat neces, et díu 
exagitatis, pacem cum eis foederat habendim. Sed etiam sub Egica et Witiza, 
gothorum regibus, ¡n Grascos qui asquorei navalique descenderant, sua in 
patria de palma victorias triumphaverat. Nam et multa ei dignitas et honor 
refertur, necnon et á christianis orientalibus perquisitus laudatur, cum tanta 
in eo inventa esset veras fídei constan tía, et omnes Deo laudes referen t non 
módicas: fuit enim Scripturarum amator, eloquentia mirificus, in prasliis expe- 
ditos, qui et apud Almiralmuminin prudentior ínter ceteros inventus, utiliter 
est honoratus, et pactum quod dudum ab Abdaliaziz acceperat, firmiter ab 
eo reparatur. Sicque hactemh permanet stabilitum, ut nullatenus á successori- 
bus Arabum tantas vis proligationis solvatur, et sic ad Hispaniam reraeat 
gaudibundus. — 39. Athanaildus, post mortem ipsius, multi honoris et ma- 
gnitudinis habetur. Erat enim in ómnibus opulentissimus dominus, et in ipsis 
nimium pecunias dispensator; sed, post modicum, Alhoozzam, rex, Hispaniam 
adgrediens, nescio quo furore arreptus, non módicas injurias in eum attulit, 
et in ter novies millia solidorum damnavit. Q.uo audito exercitus qui cum duce 
Belgi adv eneran t, sub spatio fere trium dierum omnia parant, et citius ad 
Alhoozzam, cognomento Abulchatar, gratiam revocant, diversisque muniñca- 
tionibus remunerando sublimant.» 

Don Emilio Lafuente (Apéndices Ajbar, p. 149, n.*i) y Dozy (Investig., 
I, i), sustentan la opinión de que estos dos párrafos están fuera de su lugar, y 
que pertenecen á otro capitulo de la crónica de Isidoro de Bsja, ya perdido, 
ó á otra crónica distinta. 



— 47 — 

prisionero, en el Guadalete, á Abuljatar, y le llevaron 
preso á Córdoba, en récheb de 127 (abr.-mayo 745). 
Abderrahmán ben Ha^an logró libertar de la cárcel á 
Abuljatar. Cuando más inminente era una batalla, el 
buen sentido prevaleció sobre la pasión, y Tsuaba-fué 
confirmado en el waliato, á fin de récheb (principios 
de mayo). 

Tranquilo poseedor del waliato Tsuaba, su parcial 
Samail, con nombre de wali de Zaragoza, tomó para 
si el gobierno de las provincias orientales, entre las 
cuales se contaba Valencia. 

Ese cambio frecuente de gobernadores llegó de 
nuevo á cansar á los muslimes. A la muerte de Tsuaba 
(septiembre de 746), después de cuatro meses de 
anarquía, fué elegido, por consejo de Samail, en rabié 
segunda del año 129 (dic. 746-en. 747), Yúsuf al 
Fihrí. 

No, por la elección de Yúsuf, se logró la ansiada 
pacificación. Abuljatar se sublevó, pero fué vencido, y 
la cabeza le fué cortada. También se rebeló Abderrah- 
mán beñ Alkama al Lajmí, el mejor caballero de 
España, gobernador de la frontera de Narbona, y 
hombre de gran esfuerzo y que gozaba de gran cré- 
dito. Todos estos alzamientos tenían su apoyo en los 
cristianos muzárabes (1). Los cristianos aprovecharon 
la interminable guerra civil de los muslimes para 
adelantar en su noble empresa de la reconquista. En 
A l año 133 (750-751) eran ya de su dominio Asturias, 
Galicia y gran parte de León; y en el 136 (753-754), 



(1) Al Makkarí, II, p. 16 y 17. 



— 50 — 

tros principales y 74 ciudades ó diócesis, equivalentes 
á otros tangos condados (1). Era natural: la inmensa 
mayoría de los habitantes eran todavía cristianos. En 
las más de las ciudades seguían los obispos renován- 
dose. Así, en Játiba, por ejemplo, lo eran en 697, 
Jacobo II, que pudo ser contemporáneo con la Inva- 
sión; en 729, Pedro II; en 731, Acacio; en 803, Julia- 
no, y en 826, Severino II (2). Ya se hará mención de 
un obispo muzárabe de Elche. 

Tres años llevaba de gobierno Yú^uf, cuando en 
Oriente una revolución entronizaba á la familia Abas- 
sida (25 oct. 749). Meruán II pereció en un combate 
(6 agosto 750). Los Ommiadas fueron casi extermina- 
dos. Yú^uf, aunque gobernaba con independencia de 
los califas, aún fué confirmado por Meruán. Entonces 
fué cuando Amir ben Amrú, sacando partido del cam- 
bio de dinastía, solicitó del abbassida Abdallah la desti- 
tución de Yú$uf, y se apoderó de Zaragoza (754), de 
donde arrojó al hijo de Samail. Los capitanes de las 
fronteras llevaron sus banderas hacia lo interior, v 
toda' k España oriental se perdió para Yú^uf (3). 

Y ¿cuál era la situación de los muzárabes, ó cris- 
tianos que vivían entre musulmanes? Continuaron 
viviendo según sus propias leyes y bajo autoridades 
instituidas con arreglo á su antiguo código. Ejercían 
el poder eclesiástico superior los obispos y metropoli- 
tanos, llamados betharcath (patriarcas) por los maho- 
metanos. El poder civil le tenían magistrados elegidos 



(i) Gebhardt, II, 5. 

(2) Boix. — Xátiva, Saetabis Goda. 

<3) Conde, I, 38 y 40. 



— 51 — 

en conformidad con los principios del Fuero Juzgo, y 
• conservaban los antiguos nombres de condes, duques, 
etcétera: conocían de las causas civiles y criminales, 
juzgaban á los cristianos según sus leyes, y sin inter- 
vención de los musulmanes decidían sus pleitos; ellos 
eran también los recaudadores de los tributos que 
habían de pagarse al fisco árabe y de los particulares 
que á si mismos se imponían (ó para la conservación 
de sus iglesias, ó para atender á los gastos de muchas, 
poblaciones exclusivamente ocupadas por cristianos), 
con la sola vigilancia de un alcaide musulmán (i). 

Eran los dominadores muy pocos, y muy débiles 
á causa de su interminable guerra civil. Los cristianos 
eran muchos, pero dormían tranquilos, alucinados con 
una tolerancia hija de la necesidad. Cuando los muzá- 
rabes despertaron de su torpe sueño, era ya tarde para 
llevar acabo una empresa justa que al principio les. 
hubiera sido bien fácil realizar. 



., Gebhardt, P. III, c. IV 



CAPÍTULO III 

Fundación del Emirato de Córdoba 



Abdexubmin bm yiaawiy*, 1» bijo* de Yituf'en Valmcle y Todoúr, fÉit Aponer» «I Otaeyt: 
Símil, vencido, luje 1 Todmir: ultima «fwu de Vbnf es Ual j Todnir.-TrulKlon del 
cuerpo da Sí» Viieult Miilir: liiuidón de loi rnuiiribei tu jooeril: ig'nu de la musitaba 
»lrsd>D«.— Vnide de Abdtrnbmdn 1 Vilcndai el SekeleM en Tono».— Vuu eonjur» contra. 
el Emir: dncmbaTCD y dcTlOU del Eil.vo.-AWcTr.lrajiíi I cu Dcnii: lumilüii de Cirila el Fibrl. 
— L« willeí de Velencil }■ d< Todmir jonn i.H¡«ra par I«I»[ Je Abderrehmin: el reina de 
Todniir. — Un lílentn aribe gohermdor di Alciri. 



jekes de las tribus árabes, sirias y egipcias 
qui establecidas, convencidos de la inevi- 
able ruina que, de persistir la anarquía, alr 
Islam amenazaba en España, y sabedores de que se 
habia salvado de la implacable saña de los Abassidas 
un soto vastago de los Ommeyas, refugiado á la sazón 
no lejos de Ceuta, entre los zenetas, á él acudieron 
para que empuñara el timón de esta nave, pronta á 
zozobrar. 

En el mes de rabié 2. a del año 138 (1) (13 sep- 
tiembre-n octubre 755), desembarcó, en Almuñécar, 
Abderrahmán ben Moáwiya (2). Yúsuf, que en fin del 
año 137(15 junio 75 5) habia, al rendirse Zaragoza, 
acabado con la insurrección que había arrancado á su 



(i) En Conde (II, j) se lee 10 de rabié i.» {1% agosto); y en el A ¡bar 
(apéndices, 3)9), i principios de rabié 1.' ó 3.* (agosto o septiembre), 
(a) Jflar, fol. 80. 



— 53 — 

poder el ángulo nordeste y costa oriental de España, 
tiene noticia de la venida de Abderrahmán estando de 
regreso de Aragón, en Wadaramla, cincuenta millas al 
norte de Toledo, y se apresta á resistir al intruso (ad 
Daghel); para lo cual, al mismo tiempo que dio órde- 
nes á su hijo Abderrahmán á fin de que defendiese la 
ciudad y comarca de Córdoba, y él, con Samail, alle- 
gaba gentes de las provincias de Mérida y Toledo, 
envió á sus hijos Muhámad, á la provincia de Valen- 
cia, y al Cásim, á la de Todmir, para que previniesen 
la gente de ellas y en ellas mantuviesen su partido (i). 
Esto es prueba, no sólo de que toda esta comarca había 
sido recobrada por Yúsuf, sino de que la autonomía 
del estado que fundara Teodomiro, ó no existia, ó 
estaba ya en una dependencia lastimosa. Y esta verdad, 
indicada por el falsario Abulcásim y confirmada por 
el injustamente desprestigiado Conde, está puesta fuera 
de duda por el mismo Dozy (2). 

El joven príncipe lleva ceñida á sus banderas la 
palma de la victoria. Yúsuf es derrotado, y las huestes 
vencedoras llegan hasta Córdoba, á la cual estrechan 
con apretado cerco. Solicita el Fihrí el socorro de su 
fiel amigo Samail para hacer levantar el sitio; sábelo 
Aben Moáwiya, confía el mando de las tropas que 
circunvalan k Córdoba á Temam, y con 10.000 caba- 
llos vuela al encuentro del ejército enemigo, numeroso 
y aguerrido, y capitaneado, además, por caudillos tan 
expertos como Samail y Yúsuf. La batalla de Muzara, 



( 1) Conde, II, 4 y 6. 

(2) Historia, I, 16. 



~ 54 — 

dada eldia de la Fftsta de las Víctimas, 10 de dilagía 
de 138 (14 mayo de 755), fué terrible para Yúsuf y 
Samail: dejaron el campo cubierto de cadáveres, y 
cada uno huyó por donde mejor pudo: para el occi- 
dente, Yúsuf, y para la tierra de Todmir, Samail. 
Córdoba abrió sus puertas á los vencedores, y al día 
siguiente, sábado, Abderrahmán fué proclamado emir 
de España. Comprendieron Yúsuf y Samail que era 
temeridad oponerse á la fortuna de Abderrahmán, y 
pactaron con él tratos de avenencia; y, concedidos, 
entraron juntos en Córdoba (julio 756). Para Conde, 
se ajustó y otorgó la avenencia el miércoles, á 2 de 
rabié 2. a del año 139 (3 septiembre 756).. Se retira- 
ron los vencidos á tierra de Todmir, donde mandaba 
Muhámad Abulaswad, hijo de Yúsuf, y después á la de 
Toledo (1). 

Contra el convenio celebrado, Yúsuf se rebeló el 
año 141 (mayo 758-759). Pudo reunir un ejército 
de 20.000 combatientes, de los cuales eran los más 
beledíes, y también algunos sirios, y luego se corrió á 
la tierra de Todmir, ó de Lecant (2), donde se habia 
hecho fuerte el principal núcleo de tropas rebeldes. 
Abdelmélic, general de Abderrahmán, le alcanzó, en 
los campos de Lorca, y Yúsuf murió cubierto de heri- 
das y rodeado de crecido número de cadáveres. En 
Ajbar se lee que Yúsuf pudo escapar después de la 
derrota y que, reconocido á cuatro millas de Toledo, 



(1) *Ajbar, fol. 84-88.— Dozy, I, 15.— Conde, II, 6-8. 

(2) Dozy traduce Fuente de Cantos (I, 16), y lo mismo el Sr. Lafuente 
Alcántara, en la versión del Ajbar (Apéndices, p. 253). 



— ss — 

le fué cortada la cabeza. Al año siguiente, 142 (759- " 
760), Samail murió estrangulado en la cárcel (1). 

Ya apartado el peligro de dos rivales tan podero- 
sos, hubo de defenderse contra las tentativas de los 
Abbasidas. Antes vamos á tratar el asunto de la trasla- 
ción del cadáver de San Vicente. Al mismo tiempo 
que Abderrahmán, libre, siquiera sea momentánea- 
mente, de cuidados interiores, pactaba, con ciertas 
condiciones, parecidas á signo de vasallaje por parte 
de los cristianos, en 3 de sáfer de 142 (5 junio 759), 
paz y seguro (2), comenzó á lanzar la máscara de 
tolerancia que se venía dispensando á los muzárabes. 
Muy dignas de consideración' son la$ reflexiones que 
acerca de tal asunto hace autor cuyo entusiasmo por 
la causa musulmana es harto manifiesto. 

■ 

cPara ser justos, debemos añadir que si ésta conquista fué 
un bien bajo muchos aspectos, fué un mal bajo de otros. Asi, el 
culto era libre, pero la Iglesia estaba sometida á una dura y ver* 
gonzosa servidumbre. El derecho de convocar concilios, como el 
de nombrar y deponer á los obispos, habia pasado de los reyes 
visigodos á los sultanes arábigos, lo mismo que en el norte pasó 
á los reyes de Asturias; y este derecho fatal, confiado á un ene- 
migo de la religión cristiana, fué para la Iglesia fuente inagotable 
de males, de oprobios y de escándalos. Cuando había obispos 
que no querían asistir á un concilio, los sultanes hacían sentar 
en sn lugar judíos y musulmanes. Vendían la dignidad episcopal 
al mayor postor: de modo que los cristianos tenían que confiar 
sus más caros y sagrados intereses, á herejes ó libertinos que, 
aun durante las fiestas más solemnes de la Iglesia, concurrían á 
'~s orgías de los cortesanos árabes, á incrédulos que negaban 



{i) Ajbar, fol. 88-91. — Conde, II, 10-12.— Dozy, loe. cit. 
(2) Conde, II, 11. 



públicamente la vida futura, ó á miserables que, no contemos 

con venderse, vendían también á su rebaño Desde que los 

árabes afirmaron su dominio, observaron los tratados menos 
escrupulosamente que cuando su poder no estaba aún bien esta— 

blecido Habiendo aumentado la población de Córdoba con 

la llegada de los árabes de Siria, y hallándose las mezquitas 
demasiado pequeñas, los sirios opinaron que debía hacerse en 
Córdoba lo que en Damasco, en Emesa y en otras ciudades de 
su país, esto es, quitar á los cristianos la mitad de sus catedrales 
para convertirlas en mezquitas (i) Además, como los docto- 
res (muslimes) enseñaban que el gobierno debía manifestar su 
celo religioso aumentando las contribuciones á los cristianos, 
tantas extraordinarias se les impusieron, que ya en el siglo IX 
muchas de sus poblaciones se encontraban hambrientas. En otras 
palabras: sucedió en España 1o que en todos los países que los 
árabes conquistaron: su dominación, de dulce y humana que 
había sido en un principio, degeneró en un despotismo intole- 
rable. Desde el siglo IX los conquistadores de la Península 
siguieron á la letra el consejo del califa Ornar, que habia dicho 
crudamente: «Nosotros debemos «comernos* á los cristianos, y 
nuestros descendientes deben «comerse» á los suyos mientras que 
dure el Islamismo» (2). 

Los muzárabes valencianos tuvieron, como es 
consiguiente, la suerte que cupo á los del resto de 
España. El moro Rasis escribe en su crónica, que 
cuando el primer Abderrahmán estuvo en Valencia 
en 760, huyeron los cristianos de ella con el cuerpo 
de San Vicente Mártir, y le colocaron en el Trotnon- 
torio Sacro de Portugal, llamado en adelante, por esta 
razón, Cabo de San Fícente. De otras dos traslaciones se 



(1) Los Árabes solían llamar i Sevilla ÍUmts* y y á, Elbira la de Granada, Damasco, y á Jaén, 
Quimerina y como recuerdo de las ciudades de'su patria (Conde, II, 9, nota). Por igual razóu llamaron 
mar de Siria al Mediterráneo. 

(a) Dozy, Historia , II, 2. 



— 57 — 

hace mención: al monasterio de Castres (Francia), 
en 855, y á Capua (Italia), en 970. Resulta, de todo 
esto, que, en testimonio de españoles, portugueses, 
franceses é italianos, se veneró en aquellos tiempos en 
Valencia tan sagrada reliquia. Dozy publicó un calen- 
dario arábigo-cordobés con su traducción antigua 
latina. Es del año 961, y está dedicado á Al Háquem II, 
hijo del primer califa español. Dicho calendario bilin- 
güe prueba lo vivo que estaba el culto de San Vicente 
entre los muzárabes españoles de aquel tiempo, y 
parece insinuar que la gran fiesta (22 enero) era en 
Valencia. 

Según parecer de uno de nuestros cronistas, que 
dice seguir en esto á Mármol, Béuter y otros, los 
muzárabes de Valencia habitaron el cuartel de la parro- 
quia de San Bartolomé, y tuvieron por iglesia la del 
Santo Sepulcro, monasterio entonces de Basilios ó 
Benitos, y ahora parroquia de San Bartolomé (1). 
Más atendibles son las razones que militan en favor 
de que fuese templo de los muzárabes valencianos 
San Vicente de la Roqueta. Según Aimonio, monje de 
Castres, al llegar á Valencia su compañero Audaldo, 
encargado de retirar el cuerpo, del Santo, se hospedó 
en el suburbio, casi abandonado por los cristianos, 
cuya iglesia estaba arruinada. Pero en 11 72, al poner 
sitio á Valencia Alfonso II de Aragón, la iglesia de 
San Vicente aun se conservaba, pues ella, con sus 
diezmos y primicias y demás derechos, quedaba á dis- 
posición del abuelo de Jaime I. De ahí que Alfonso II 



(1) Escolano, II, 15. 



-■ S 8- 

concediese, en octubre de 1177, al monasterio de San 
Juan de la Peña la iglesia de San Vicente, «que era 
entonces, como oportunamente apunta el P. Teixidor, 
la iglesia matriz y como catedral, á cuyo prelado, que 
es el obispo, y á su cabildo, pertenecen los diezmos.» 
En 1 2 12 aun continuaba en posesión de la referida 
iglesia el monasterio de San Juan de la Peña; y cuando 
Valencia estaba en vísperas de su reconquista por los 
cristianos, tenían éstos su iglesia en San Vicente de 
la Roqueta, distante un kilómetro de la puerta más 
próxima, la de la Boatella, ó de San Vicente. Siendo 
práctica constante de los mahometanos no permitir 
edificación de nuevas iglesias á los cristianos , ha- 
biendo estado siempre abierta al culto la de San 
Vicente de la Roqueta, esa, y no la de San Bartolomé, 
pudo ser la de los muzárabes valencianos (1). 

Digamos ahora, con brevedad, lo que acerca de una 
de las traslaciones leemos en uno de nuestros cro- 
nistas. Tomándolo del moro Rasis, dice que en el 
año 759 toda España, excepto Valencia, estaba ya ava- 
sallada al rey Abderrahmán; y. para someterla, partió al 
frente de un grueso ejército. Temerosos los muzárabes 
valencianos de que el Emir repitiese aquí las profana- 
ciones que en otros puntos había cometido con las 
reliquias de los santos, trataron de poner en salvo las 
de San Vicente Mártir, y, al efecto, las trasladaron secre- 
tamente y por mar al Algarbe. La ciudad se le rindió, 
pero fué fieramente castigada por la obstinación en 



(1) £1 Archivo, IV, 14-17. Al llegar al punto de la Reconquista, anota- 
remos mayores particularidades, tomadas de los Monumentos Históricos de 
Valencia y su Reino (lib. V, cap. IV). 



— 59 — 

resistir su imperio. Después de imponer á sus habi- 
tantes, en castigo, pechos y tributos, dio la vuelta á 
Córdoba (i). 

La Poesía, que suple naturales deficiencias, las 
reclamadas por la severidad histórica, arrancando á la 
paleta de la imaginación vistosos colores, ha tomado 
por argumento el que acabamos de reseñar; y echando 
mano, con poco acierto, en verdad, de fechas, que 
con frecuencia suele también equivocar la Historia, 
nos presenta el siguiente y animado cuadro: 

Corría el año 780. Ocupaban los muzárabes valen- 
cianos un barrio extremo de Valencia: agrupados 
vivían en torno á la iglesia del Sanio Sepulcro, hoy 
San Bartolomé. Un domingo, después del medio día, 
algunos muzárabes se habían reunido en el indicado 
templo, como para deliberar sobre gravísimo asunto. 
Un decreto de Abderrahmán I ordenaba se convir- 
tiesen los templos de Cristo en árabes mezqui- 
tas. Un venerable sacerdote, el último deán de la 
catedral, propone se tome el cuerpo del Santo, se le 
traslade al Grao y sea transportado á tierra de As- 
turias. 

Diez ó doce dias más tarde surcaba una nave el 
Mediterráneo, cruzaba luego el estrecho gaditano y 
paraba, por fin, al pie del Monte Sacro. Allí quedaron 
el sagrado depósito y el deán y numerosos muzárabes 
de la ciudad del Turi^. Levantaron un humilde tem- 
nlo, donde fueron instalados los venerandos restos 
..ortales del invicto mártir, y en torno del pequeño 



1) Escolino, n, 1 6. 



— 6o — 

templo alzaron pobres chozas que les sirviesen de 
rústico albergue. 

Hacia el año 1 1 12, reinando en Portugal su primer 
monarca cristiano, Alfonso Enriquez, un caudillo 
moro, Abulhassán, penetró hasta la colonia cristiana, 
hizo cautivos á sus míseros habitantes y hasta los 
cimientos arrasó chozas y templo. Entre los pri- 
sioneros que el regio lusitano nieto de Alfonso VI 
hizo en la famosa batalla de Campo-Ourique (25 
julio 1139), contábanse algunos de aquellos infelices 
cristianos reducidos á cautiverio. Oyó el relato de 
sus infortunios conmovido el rey, y formó propósito 
de recoger el cuerpo del Santo. Dueño ya de Lis- 
boa (1 148), hizo por mar un paseo hasta el Promon- 
torio Sacro, y, guiado por aquellos cristianos, descu- 
brió, bajo bóveda cubierta de escombros, el ansiado 
tesoro. En 1173 fué su traslado á la iglesia mayor de 
la capital del reino, y tres años después se le llevó á 
Braga (1). 



(1) Tradiciones Españolas (Bibl. Encicl. Pop. Ilustr.), I, 153-168. 

El estudio sobre un sepulcro que hasta 1865 estuvo sirviendo de pila en 
el patio de la ciudadela de Valencia y que en la actualidad se conserva en el 
Museo de Pinturas de la misma, merece ser conocido, por lo que reproduci- 
mos lo que guarda estrech?. relación con el asunto de la traslación de los 
restos del invicto mártir. 

cEl sepulcro es de piedra y afecta la forma de una caja rectangular, si a 
tapa, con las siguientes dimensiones, que bastan, por sí sc!as p á determinar el 
carácter sepulcral del monumento: longitud,* 1*91 m.; latitud, 0*63, y pro- 
fundidad, 0*57. 

» Aunque carece de inscripción, puede también precisarse su carácter cris- 
tiano, por los símbolos que en el frontis ostenta esculpidos, tales cora 3 el 
crismón, que representa la persona de Cristo; la cruz, por h muerte y mar* 
tirio; la láurea, por la victoria; las palomas, por el dolor de los vivos; el 



— 6r — 

La venida de Abderrahmán á Valencia fué en el 
año 768. Tranquilo ya de los cuidados que le dieron 
Yúsuf y sus hijos, pues las rebeliones de éstos, en 760, 
762 y 766, fueron ahogadas en sangre, causáronle 
continuo malestar las tentativas de los Abassidas, para 



ciervo, por la humildad, y el cordero, por la redención. El primero de ellos, 
<5 sea, el monograma de Cristo, no se ha hallado en ningún monumento 
gentílico, i no haber sido superpuesto, porque forma parte de la composición. 
»No se necesitan grandes conocimientos arqueológicos para referir, desde 
luego, este sepulcro cristiano á la época romana: su estilo no deja lugar á 
duda; y fácil es hallar similares que lo comprueben en cualquiera de las 
importantes colecciones que dan á conocer los sepulcros de este género, muy 
en particular los hallados en las catacumbas de Roma. 

»Lo que importa es averiguar la fecha del monumento: y ésta ha de ser 
determinada por los símbolos que aquél lleva esculpidos. £1 crismón afecta 
una forma característica de los siglos III y IV; la cruz latina fué de rarísimo 
uso en los monumentos anteriores i Constantino, y la sencilla composición 
del dibujo no prevaleció muchos años después de la paz dada á la Iglesia por 
este Emperador. Con tales datos, que se desprenden del estudio comparativo 
de otros sepulcros de indubitada fecha, podemos reducir la del que ahora nos 
ocupa, á fines del siglo III, ó principios del IV. 

»Pero hay probabilidades todavía de mayor precisión. Los cristianos de 
Valencia fueron indudablemente los que ejecutaron esta monumental obra, 
puesto que su magnitud, peso y olvido en que estuvo, obligan á rechazar la 
idea de que fuese modernamente importada de muy distinto lugar. Ningún 
indicio hay que permita reconocer la existencia de cristianos en Valencia 
antes del siglo IV. Nuestra ciudad, como importante colonia romana que era, 
se inspiraba en los mismos sentimientos paganos del Imperio: no han queda- 
do restos ni memorias de catacumbas; sufrieron persecución los cristianos en 
d año 304, y no pudieron practicar una decente sepultura hasta la paz dada 
por Constantino en 312, según afirma el inmortal poeta Aurelio Prudencio. 
Ahora bien: ¿puede admitirse que antes de esta última fecha labraran tan 
ostentoso sepulcro? En manera alguna: y he aquí, por consiguiente, fijado el 
origen de éste en los primeros años de la paz cristiana. 

»Lo notable es qne á ninguno de nuestros historiadores, eclesiásticos y 
"afanos, antiguos y modernos, haya llamado la atención un testimonio de 

•nejante importancia, cuando tanto y con tal calor se ha defendido la auten- 

idad de otros coetáneos. 
•Tan esplendida cep^tara debió estar destinada á contener los restos mor- 

.£$ de algún cristiano esclarecido y eminente en virtud ó en jerarquía. No se 



— 62 — 

quienes Abderrahmán era ad Daghel, un intruso. Diez 
gruesos bajeles, en los cuales venia el caudillo Abda- 
llah ben Habib el Sekelebí, aportaron á la desemboca- 
dura del Ebro al principio del año 151 (en.-feb. 768). 
Los alcaides de la comarca de Tortosa dieron aviso al 



sa be que en aquella épcca hubiese obispos en nuestra ciudad ni que floreciese 
algún santo ni algunas de esas eminencias que dejan siempre en la historia 
la huella de su paso. Pero ¿i qué otro pudieron dedicar los cristianos de 
V alencia sus primeras prodigalidades sino al invicto mártir San Vicente, pasmo 
y admiración de toda la cristiandad? ¿Qué otro sepulcro puede ser éste que el 
mencionado por el principe de los poetas cristianos en su inspirado himno al 
glorioso diicono? Esto es tan' lógico y natural, que lo único de extraño es que 
nadie haya pensado en semejante probabilidad. 

» Dicen las actas, que los fíeles de nuestra ciudad sepultaron en la arena, y 
con sigilo, el cuerpo de San Vicente Mártir, adornando de continuo con flores 
aquel lugar, para distinguirlo en todo tiempo; y que, obtenido el triunfo por 
Constantino, construyeron una espléndida sepultura, sobre la cual levantaron 
sagrado altar y su correspondiente basílica, cuyo emplazamiento corresponde 
á la actual iglesia denominada de San Vicente de la Roqueta. — La veneración 
que en tiempo de los árabes dieron los cristianos al sagrado cadáver, se revela 
por las siguientes palabras del moro Rasú: «E quando él (Abderrahmán) 
entró en Valencia, teníen y los chrhtianos que y moravan un cuerpo de un 
hombre que hab/e nombre Veceinte e honrávanlo como si fuese Dios. £ los 
que teníen aquel cuerpo, facíen creyente á otra gente, que facíe ver los 
ciegos, e fablar los mudos e andar á los zopos.» 

»Pero el temor de que el citado Abderrahmán se apoderase de él, obligó 
á los cristianos á extraerlo furtivamente de la ciudad, quedando, por consi- 
guiente, vacío el sepulcro desde el siglo VIII, en que se verificó esta trasla- 
ción; pues no es posible suponer, dadas aquellas circunstancias, que los 
devotos ciistianos llevaran también consigo, en tan largo viaje, la monu- 
mental sepultura. 

>Cuando Jaime I conquistó á Valencia, puso un especial cuidado en sus*, 
tituir la antigua iglesia que contuvo los restos del santo mártir, con otra más 
suntuosa. Después sufrió el edificio diversas restauraciones, y modernamente 
fué demolido en parte para regularizar la calle. En alguna de estas obras 
debió ser trasladado el venerado sepulcro al no muy disunte lugar que ocupó 
en la ciudadela» (i). 

(1) El Arthivo, I, 514-316, tomado de Las Proi ¡veías, diario en coyas columnas publicd el trabajo 
don José Martínez Aloy. 






-6 3 ~ 

walí de la ciudad, y éste, á los gobernadores de Tarra- 
gona y Barcelona. Al tener noticia del desembarco 
Abderrahmán, seguido sólo de sus caballos zenetas y 
de los wazires y caudillos que se hallaban en Córdoba, 
partió hacia tierra de Todmir y ,de Valencia, engro- 
sando, al paso, su hueste. Antes de llegar el Emir á 
Valencia, supo que el ejército rebelde que había desem- 
barcado en los Alfaques había sido roto y disperso por 
el walí de Tortosa, y que los africanos vagaban por los 
montes, por no haber podido reembarcarse, pues las 
naves habían sido incendiadas por la flota salida de 
Tarragona. Quiso el Emir, no obstante las halagüeñas 
noticias, proseguir su marcha, por visitar las ciudades 
que t%n buen servicio le habían hecho. Así lo hizo: 
fué á Tarragona y á Barcelona, y por Huesca, Zarago- 
za y Toledo volvió á Córdoba, siendo el día de su 
entrada en ella día de gran fiesta (1). 

Desde los montes de Afrank hasta las costas de 
Andalucía púsose en conmoción la España oriental 
diez años después. Uno había transcurrido desde que 
Abderrahmán sofocara, como él sabía hacerlo, una 
insurrección abortada estando él en Badajoz, cuando 
en Todmir se levantó Abderrahmán ben Habib el 
Fihri, llamado el Eslavo, quien escribió á Suleimán el 
Arabí, de la tribu de Quelb, que estaba en Barcelona, 
invitándole á que abrazase su causa. Contestóle bien 
Suleimán; pero, en vista de que éste retrasó el auxilio 
nrometido, el Eslavo le atacó, bien que con mala 

irte, pues fué vencido y obligado á retirarse á 



) Conde, II, 18. 



_6 4 ~ 

Todmir, adonde el Emir acudió y asoló su comarca. 
Uil traidor, natural de Oreto, asesinó después al 
Fihrí (i). 

No fué éste un movimiento aislado, sino que tenía 
grandes ramificaciones, y que, á no haberse descu- 
bierto el plan, hubiese, de un solo golpe, acabado con 
el poderío de Abderrahmán ben Moáwiya. Los miem- 
bros de la conjura eran los ya dichos Suleimán ben 
Yacdhan el Arabi, gobernador de Barcelona, y Abde- 
rrahmán ben Habib, yerno de Yúsuf el Fihrí, apellida- 
do el «Eslavo»; además, Muhámad Abulaswad, hijo 
de Yúsuf, que muchos años había estaba encerrado en 
una cárcel de Córdoba. Descuidaron los guardas y car- 
celeros su custodia y, compadecidos, le permitieron 
gozara de la luz del sol. Fingióse ciego, y pudo enga- 
ñar á sus guardianes. Muhámad aprovechó el descuido, 
y, en inteligencia con sus parciales, pasó el Guadal- 
quivir á nado, y, en caballos que le tenían preparados, 
llegó sin obstáculo á Toledo (2). 

Los tres caudillos marcharon á Paderborn (777), 
residencia de Carlomagno, y le propusieron una alian- 
za contra el emir de España. El Emperador franquea- 
ría el Pirineo con numerosas tropas; el Arabí y sus 
aliados le reconocerían por soberano, y el «Eslavo », 
reclutadas tropas berberiscas en África, las conduciría 
á la tierra de Todmir y secundaría el movimiento del 
norte enarbolando el estandarte del califa abassida, 
aliado de Carlomagno. 



(1) Ajbar % fol. 94-95. 

(2) Dozy, Historia, I, 16.— Conde, 11, 21. 






-ós- 
Conde refiere lo que Dozy confiesa ignorar, ó sea, 
la parte de España en que debía operar Muhámad el 
Aswad. El fuego de la rebelión se inició én las sierras 
de Cazorla y Segura. En ellas se desplegaron las ban- 
deras de los Fihries, á cuya sombra se recogieron 6.000 
soldados aguerridos y bien armados. Al mismo tiempo 
que Abderrahmán salía de Córdoba contra los rebel- 
des, avisó á los walíes de Todmir y de Jaén, para que 
fuesen á deshacer las taifas de enemigos. El incendio 
se propagó á la serranía de Ronda, en la cual andaba 
Cásim, otro hijo de Yúsuf, y en los montes de Jaén, 
el caudillo Hafila. Sin resultado decisivo se prolongó 
por mucho tiempo esta guerra. 

El «Esjavo», siguiendo el plan acordado, desem- 
barcó, con un ejército berberisco, en la tierra de Tod- 
mir. Pidió socorros al Arabí, y éste, sin negarlos, 
contestó que su acción se reduc ' 1 á obrar en combi- 
nación con Carlomagno, que no nabía atravesado aún 
el Pirineo. El no extinguido odio entre fihritas y yeme- 
níes recrudeció de nuevo. Culpáronse de traición el 
«Eslavo» y el gobernador de Barcelona; salvó el 
desembarcado en Todmir la distancia que los separaba, 
y en el encuentro fué derrotado el caudillo del ejército 
berberisco, que se retiró á la tierra de Todmir. Poco 
después, la traición, comprada, tal vez, por Abderrah- 
mán, le libraba de aquel enemigo. 

Tampoco tuvo mejor resultado la tardía venida de 

Carlomagno. Su retirada por Roncesvalles es famosa, 

íes los vascos probaron una vez más que no impu- 

emente se cruzan en son de guerra sus desfi- 

deros. 



— 66 — 

Aconsejaban á Muhámad Abulaswad sus parciales, 
que se entregase á merced del Emir, que le pidiese 
perdón y excusase su fuga de Córdoba. Muhámad 
contestaba que una fuerza secreta se lo impedia. Supli- 
cáronle que si la batalla se empeñaba, que, al menos, 
se pusiese en salvo apelando á la fuga. Dos días des- 
pués, ó sea el 4 de rabié i. a de 168 (24 septiem- 
bre 784), por traición del que mandaba su ala derecha, 
4.000 de sus compañeros sirvieron de pasto á los 
lobos y á los buitres junto al Guadialhamar. Un año 
más tarde murió Muhámad en Alarcón (1). 

Aun quedaban Cásim, el hijo menor de Yúsuf, y 
Hafila. Sosteníanse en la tierra de Todmir, y Abde- 
rrahmán acudió á apagar aquel fuego. La persecución 
activa de los walies de aquella región dio por resultado 
que Cásim cayera prisionero. Visitó el Emir el castillo 
de Segura, especie de ciudad inaccesible edificada en 
la cumbre de un monte de cuya raíz nacen dos ríos 
tan caudalosos como el Guadalquibir (el Rio Grande) 
y el Guadalabiad (el Rio Blanco), el antiguo Táder, el 
actual Segura. Éste bañaba, por último, la población 
Almodwar. Desde Segura pasó Abderrahmán á Denia, 
y allí le fué presentada la cabeza del infortunado 
Hafila. Se trasladó á Lorca, después á Murcia, donde 
se detuvo algún tiempo, y, por último, á Córdoba, en 
la cual hizo su entrada corriendo ya el año 170 
(jul. 786-jun. 787). A los pocos días de llegar á la 
capital, le presentaron cargado de cadenas el hijo me- 
nor de Yúsuf. Abderrahmán, considerando la incons- 



(i) Dozy, loe. cit. — Conde, II, 22. 



-6 7 ~ 

tancia de la. suerte humana, le miró con ojos de lásti- 
ma, pues de su natural era compasivo. Cásim imploró 
perdón y besó, en señal de humildad, la tierra á los 
pies del Emir, y éste mandó le quitasen los hierros. 
Cásim, á quien Abderrahmán dio largas posesiones 
fn tierra de Sevilla, se mantuvo siempre en obediencia 
á su bienhechor (i). 

Al fin del año 170 (junio de 787) hizo Abderrah- 
mán se congregasen en Córdoba los walíes de las seis 
provincias, Toledo, Mérida, Zaragoza, Valencia, Gra- 
nada y Murcia, los gobernadores de las doce ciudades 
principales y los veinticuatro wazires de éstos, para 
que prestasen juramento de fidelidad á su hijo Hixem 
como sucesor del imperio. La postergación de que 
fueron objeto Suleimán y Abdallah, hermanos mayo- 
res de Hixem, fué causa de larga guerra civil que tuvo, 
en parte, por teatro la región de levante. Pocos días 
después de la jura, partió el Emir á Mérida, y allí bajó 
al sepulcro el 22 de rabié 2. a del año 171 (10 octu- 
bre 787) (2). * 

Las fáciles entradas y salidas de los musulmanes 
en armas en la tierra de Todmir, suponen que el reino 
que aun se conservaba en tiempo de Isidoro de Beja 
(754), había dejado de existir. Presúmese que Atana- 
hildo, ó sus sucesores, se entendieron con los señores 
de España. Al detenerse el célebre Almanzor en Mur- 
,cia cuando su expedición á Cataluña (985), se hospedó 
" casa de Aben Khattab, ya fuese simple particular, 



1) Conde, II, 25. 

2) Conde, II, 24. Eq Casiri (II, 33) se lee que Hi*;m sucedió á su padre 
mo 172, ó sea, el 30 de septiembre de 788. 



— é8 — 

ya tuviera el cargo de cáhdi. Las propiedades del 
murciano eran grandísimas, y sus rentas, enormes» 
Cliente de los Omeyas, procedía probablemente de 
origen visigodo; y, acaso, descendía de Teodominx 
En tiempo de Aben al Abbar (siglo XIII), los Beni 
Kbattab se suponían árabes; pero sus antepasados del 
siglo X no pensaban aún en arrogarse semejante ori- 
gen (i). 

El primer literato árabe de quien sepamos floreció ei> 
nuestro país, fué Rhatis ben Solimán ben Abdelmélic 
Abu Solimán, al cual dedica elogios Aben al Abbar. 
Según Rasis, entró en España con Abderrahmán ben 
Moáwiya; fué gobernador de Alcira y Cabra, y luego 
tuvo con el mismo emir la dignidad de wazir (minis- 
tro). Reinando Hixem, con quien tuvo igual cargo,, 
bajó al sepulcro (2). 



(1) Dozy, Historia, 111, 10. 

(2) Casiri, II, 33-40. 



CAPÍTULO IV 

Guerras de Sucesión 



%Mím de Zaid ben Hc^ain btn Yahya el oiusari: muerte del wali de Valencia: muerte de Zaid.— 
Primera guerra Je Sucesión: derrota de los principes rebeldes: Abdallah el Valenciano. — En» efianzar 
obligatoria del idioma y escritura Árabes á los muzárabes. -—Segunda guerra de Sucesión: retiranse 
hada Todmir los rebeldes: su derrota, y muerte de Solimán: refugiase Abdallah en Valencia: hon- 
rosas condiciones de paz. — Al Heqtum I en Valencia,— El reino de Todmir islamizado.— Tercera y 
a/tíma guerra de Sucesión; test obligado Abdallah á correrse i tierra de Todmir y encerrarse en 
Valencia: sitíala Abderrahmin II: la mezquita de Bab Todmir: generosidad del Emir, y terminación 
de la guerra: Abdallah, señor de Todmir: supuesto origen de Gandía.— Despotism o de los Emires: las- 
madrisas ó escuelas públicas: la circuncisión obligatoria á los muzárabes. 



¡ON preferencia á Conde, hemos venido uti- 
lizando los trabajos de su impugnador 
Dozy (i). El carácter propio de las obras 
de ambos autores nos pone en el caso de alterar el 
orden en aquella preferencia. Dozy es tan propenso á 
generalizar, á remontarse á las regiones de la filosofía 
de la Historia, como Conde lo es á no despreciar los 
más menudos detalles; y nosotros necesitamos en 
adelante más de éstos que de las consecuencias que 
el autor holandés deduce de premisas no siempre 
bien sentadas. Con este procedimiento, fácil es obte- 




[i) Hoy, sin embargo, está ya comprobado que es calumniosa la especie 
que fuera Conde un falsificador. Cotejados sus manuscritos con los origi- 
les de qne se sirvió, se ha observado entre ellos la más exacta confor- 
lad. 



— 7o — 

ner un instrumento acomodaticio, fácil es desna- 
turalizar los hechos, tergiversar conceptos, revestirlos 
con ropaje que no es el suyo propio. A pesar de la 
mal disimulada inquina que ya desde las primeras 
páginas descubre el arabista holandés contra ciertas 
cosas, á las cuales, ó no ha comprendido bien, ó á 
sabiendas las calumnia, no renunciamos en absoluto 
á utilizar su valioso concurso, echando mano de los 
materiales que él aporte y en la medida que la oportu- 
nidad y la prudencia de consuno aconsejen. 

Desde Mérida se trasladó Hixem á Córdoba, y, 
obligado del comportamiento dudoso de sus herma- 
nos Solimán y Abdallah, walies respectivos de las 
provincias Toledo y Mérida, fueron sus primeras me- 
didas ordenar á los gobernadores y cadhies se tratara á 
sus hermanos como rebeldes. Entonces se reprodujo 
un fuego que equivocadamente se consideraba ya 
extinguido. 

En el último capítulo se habló de la parte que en 
los sucesos de allende el Ebro tuvo Abderrahmán ben 
Habib el Fihri, llamado el Eslavo, que desembarcó con 
un ejército en la tierra de Todmir. Disgustados enton- 
ces el Arabi y el Eslavo, llegaron á las manos, y la 
fortuna no sonrió al último, el Fihri. Inconstantes en 
sus odios y amistades, por subordinar sus actos á las 
necesidades del momento, pactaron luego alianza, y 
juntos se alzaron con Zaragoza contra Abderrahmán 
ben Moáwiya. Contaban con el apoyo de Cario Magno, 
y contra él, como contra el Emir, lucharon después 
cuando uno y otro intentaron arrebatarles la presa. La 
ambición de Ai Hozain no consentía compañero en el 



~ 71 — 

mando, é hizo asesinar en la mezquita y en viernes á 
su consocio Al Arabí. Si bien Cario Magno se había 
visto obligado á retirarse de los muros de Zaragoza 
con las manos vacías, el Emir apretó tanto á Al 
Hozain, que éste pidió la paz, y le fué concedida, entre- 
gando en rehenes" á su hijo Zaid. 

Era Zaid de ánimo no apoqado y mañoso, y tuvo 
trazas para huir y reunirse al día siguiente con su 
padre, que se rebeló de nuevo en Zaragoza. Combatida 
ésta otra vez por el Emir, á tanta estrechez se vio 
reducida, que sus moradores imploraron la clemencia 
del soberano y le entregaron el rebelde, quien pagó 
con su cabeza el haberlo sido del motín (1). El hijo 
Zaid, que vivía retirado en Murviedro, deseoso de 
llevar adelante la bandera de la rebelión, aprovechó la 
guerra de sucesión, muerto el primer Omeya; hizo un 
llamamiento á los yemeníes, á quienes había favore- 
cido, y, con el auxilio de tales tropas, fué á Tortosa, 
se apoderó de la ciudad y destituyó á su gobernador, 
Yúsuf el KeicL 

Apenas tuvo noticia de ello Hixem, dispuso que 
el walí de Valencia corriese á Tortosa para sofocar la 
insurrección. Reunió el walí la caballería de la ciudad 
y, al paso, recogió la de Murviedro y la de Nules. No 
esperó Zaid llegasen á Tortosa las tropas enviadas 
contra él: salió á su encuentro, y en la empeñada lucha 
que se trabó, fué derrotado y hubo de apelar á la fuga, 
si no fué esto una de tantas estratagemas que facil- 
ite discurría su astucia. Lo cierto es que tras las 



xAjbar, fol. 96 y 97. 



— 72 — 

vencidas tropas de Zaid se precipitó el walí de Valen- 
cia, y cayó en una emboscada. De ambas partes fué 
grande la matanza, pero el daño que los valencianos 
padecieron fué mayor, por cuanto su gobernador 
quedó muerto en el campo de batalla, y ellos, diezma- 
dos y abatidos, hubieron de replegarse al punto de 
donde habían salido. 

Dícese por unos, que el walí muerto se llamaba 
Muza ben Hodeira el Keicí, y que esta triste jornada 
ocurrió en el año 172 (jun. 788-may. 789). Dícese 
más: que, avisado del desmán el rey Hixem, para 
cortar el ánimo y osadía á los rebeldes, encargó á los 
walíes de Granada y de Murcia que enviasen sus 
gentes á Valencia y que, unidos á su nuevo gober- 
nador, Abú Otmán, escarmentasen á los rebeldes. En 
el año 174 (mayo 790-791), Abú Otmán venció á 
Zaid, el cual murió en la batalla, y su cabeza, enviada 
á Córdoba, fué mandada poner por Hixem en un 
garfio del muro. 

Barcelona, Huesca, Tarazona y Zaragoza, que se 
habían sublevado, abrieron sus puertas. Agradeció 
Hixem los buenos servicios del gobernador de Valen- 
cia, y le mandó esperase en los montes de Afranc, 
adonde se le enviarían refuerzos. Coincidió con tan 
próspera campaña la terminación de la guerra provo- 
cada por los hermanos del Emir (1). 

Casiri habla de ésta: «Abdallah ben Abderrahmán 
ben Moáwiya, más conocido por el Valenciano^ se 



O) Abu Alcatir, VI, 8o-8i.— Aben Adhuí.— Al Makkarí.— Conde, II, 
25-27 —Las dos primeras citas están tomadas de la Historia de Sagunto, por 
don Antonio Chabret, I, 158-159. 



— 73 — 
apropió, muerto su padre, el principado de Valencia. 
A esta ciudad se retiró, reducido por Hixem y renun- 
ciados los derechos de aquél al trono. Renovada- la 
disensión, huyó á Toledo, donde su hermano Solimán 
se había rebelado. Vencidos los dos, fueron enviados 
al África, é Hixem, gozando ya de tranquilidad, con- 
sagró sus afanes á la buena administración de sus 
estados y á la propagación de su imperio, hasta que, 
después de un reinado de siete años, nueve meses y 
dieciocho días, murió enel de la Hégira 180 (mar. 796- 

797) (0-» 
. Clara ya y manifiesta la rebelión de sus hermanos, 

mientras Abdallah se encargó de conservar á Toledo, 
Solimán salió á oponerse al Emir, que desde Anda<- 
lucia acudía á apagar aquel incendio. .Solimán fué 
vencido en Hisn Bulche (?), y obligado de los cam- 
peadores de Córdoba, se replegó á tierra de Todmir el 
año 173 (may. 789-790). Defendíase con tesón en 
Toledo el Valenciano; pero, al ver que su hermano 
Solimán no le auxiliaba y que la plaza tenia apurados 
todos los medios de defensa, él mismo, disfrazado, fué 
á Córdoba y se entregó en brazos de Hixem. El Emir 
le concedió que pudiese morar en una casa, situada en 
ameno sitio y en las cercanías de Toledo. No faltaba 
sino reducir á Solimán, que andaba en tierra de Tod- 
mir levantando los pueblos y allegando gentes. Acudió 
con buen ejército Hixem y confió la vanguardia á su 
hijo el joven é impetuoso Al Háquem. Éste sorpren- 
c , en los campos de Lorca, al ejército de Solimán 

Casiri, II, 33. 

10 



— 74 — 

en ocasión de hallarse este principe ausente. Las 
tropas rebeldes fueron vencidas antes de que pudiese 
acudir el ejército de Hixem. Recibida por Solimán la 
inesperada noticia del desastre de sus armas, después 
de vacilar acerca de la resolución que tomaría, empren- 
dió la marcha hacia Denia. En las cercanías le alcan- 
zaron los campeadores de su hermano, y se entró en 
Alcira, «Gezira-Xúcar, lugar fuerte y rodeado del rio.» 
Escribió á Hixem le recibiese en su gracia con iguales 
ú otras, condiciones que á Abdallah. El Emir se holgó 
mucho de este allanamiento, y concertaron: que Soli- 
mán viviría en Tánger ú otra ciudad de Almagre^ y 
que con el producto de sus posesiones de España 
podría adquirir otras en Berbería. Dicese que de Hixem 
recibió, por sus posesiones, sesenta mil mitcales ó 
besantes de oro. La avenencia se concluyó el mismo 
año en que Abú Otmán, el walí de Valencia, venció al 
rebelde Zaid ben Huseín, ó sea, en 174 (may. 790- 

79i (0- 

Casiri, tomándolo de Aben ai Abbar, encarece la 

buena administración á que Hixem I se consagró ya 
tranquilo de la guerra que le habían suscitado sus 
hermanos. Fué, pues, una de sus medidas, poner en 
Córdoba y en otras ciudades de España enseñanzas de 
la lengua arábiga, y obligar á los cristianos á que no 
hablasen otra ni escribiesen con caracteres latinos (2). 
Esa disposición dictatorial y atentatoria á derechos 
que estaban ai amparo de pactos solemnes, no sabe- 



(1) Conde, II, 26. 

(2) ídem, II, 29. 



— 75 — 

mos haya arrancado censura alguna al profesor de 
leiden, así como tiene calificativos los más duros 
contra los Concilios Toledanos, por las disposiciones 
contrarias á los judíos. Tampoco se han fijado en ella 
los que condenan la pragmática dada en 1566 por 
Felipe II contra los moriscos, cuando no hizo sino 
imitar el ejemplo que ocho siglos antes le diera 
Hixem I. De la ley en cuestión habla el historiador 
arábigo Abu Meruan ben Haiyan, dictada contra millo- 
nes de españoles, cuando la de los Concilios sólo abar- 
caba á algunos miles de judíos, y la de Felipe II, á 
pocos más moriscos ya familiarizados con el idioma 
y caracteres españoles, por el trato frecuente con los 
cristianos. Cristianos y musulmanes obraron como 
acostumbran todos los pueblos: fueron tolerantes 
mientras no echaron profundas raíces en el país con- 
quistado; fueron tiranos y opresores, cuando contaron 
con fuerzas para imponer su idioma y creencias: aspi- 
raron á esto mismo, porque la unidad nacional es 
difícil de conservar donde no hay unidad religiosa, 
á menos que el escepticismo sea el virus que corroa 
las entrañas del país. 

Toda opresión provoca levantamientos: la de Fe- 
lipe III dio margen á la sublevación de los moriscos; 
la de los Omeyas causó la insurrección de los mala- 
dos ó renegados. Hixem I murió el 12 de sáfer del 
año 179 (7 mayo 795). 

Dos días después fué aclamado por rey su hijo Al 

iquem, apellidado Al Mudhaffar (Vencedor feliz y 

rtunado). No fué más afortunado ni más feliz, 

ipero, que el padre ni el abuelo, en cuanto á las 



- 7 6 - 

pretensiones de sus tíos Solimán y Abdallah. Ni el 
uno ni el otro se lanzaron á la lucha sin probabilidades 
de buen éxito, 

Abdallah no reparó en aliarse con Cario Magno. 
En los Anales de Eginhardo se lee que en el año 797, 
de regreso el Emperador á su palacio de Aix, recibió 
en él á Abdallah, sarraceno, hijo del Emir Aben Moá- 
wiya, que venia de África. Como Abdallah vivía, con 
arreglo á la paz que puso fin á la guerra con Hixem, 
en la Península, su venida de Mauritania, para lo cual 
no estaba facultado, supone que su ida allá lo fué en 
secreto y para tener inteligencias con su hermano 
mayor Solimán, que vivía en Tánger desde 790. Cario 
Magno recibió allí á un embajador de Alfonso II el 
Casto, rey de Asturias y de Galicia, y después de la 
entrevista que celebró con sus hijos Pepino y Luis, 
envió éste á la Aquitania, y con él mandó que fuese el 
sarraceno Abdallah, quien después, como él mismo 
deseaba, fué puesto en*España y en manos de hombres 
que eran de su confianza (1). 

Como se ve, los pretendientes no se aventuraron 
á una intentona, sin seguridad de que Al Háquem se 
vería envuelto en tales dificultades de que no saldría 
bien librado. Mientras que Abdallah excitaba á la rebe- 
lión á los pueblos de las provincias Toledo, Todmir 
y Valencia, que no respondieron mal, pues, particular- 
mente, en la última contaba con numerosas simpatías; 
Solimán, que había con sus grandes riquezas logrado 
reunir en Tánger un buen ejército, desembarcaba en 



(x) Egioh. Anna!., ad aun. 797. 



— 77 — 
España, como es natural, allí donde tenia más par- 
tido, probablemente en Valencia y Denia; y, como 
hijo mayor de Abderrahmán ben Moáwiya, se procla- 
mó emir. A marchas forzadas corrió á Toledo, y se 
unió á su hermano Abdallah. 

No intimidó al Emir el porvenir incierto de una 
guerra larga, peligrosa y sangrienta, y marchó hacia 
Toledo. En sus inmediaciones estaba, cuando le llegó 
noticia de que la provincia Sarkosta se le había suble- 
vado: ya se tocaban las consecuencias de la entrevista 
que en Aix iiabía tenido Abdallah con Cario Magno; 
y, como este peligro era mayor que la insurrección de 
sus hermanos, con ser ésta tan grave, envió á uno 
de sus mejores caudillos á que reforzase al walí de 
Zaragoza. Esto sucedió entrado el año 181 (mar. 797- 
feb. 798). Como los walies del país comprendido entre 
el Ebro y los Pirineos estaban acostumbrados á vivir 
con cierta independencia, seguían la política de incli- 
narse al bando que les ofrecía'mayor seguridad para 
conservarse en sus gobiernos; y, al presumir que 
entonces no saldría bien Al Háquem, todos se decla- 
raron contra el Emir. Penosa impresión causó en éste 
la noticia, dejó algunas tropas que mantuviesen el sitio 
de Toledo y partió hacia la España oriental con la flor 
de su caballería. 

La ausencia del Emir facilitó que el ejército de sus 
tíos se acrecentase con numerosos voluntarios que de 
Valencia y de Todmir les acudían. Pueblos y comar- 
co enteras se adherían á su bando. Había frecuentes 
nbates con los walies de Mérida y de Córdoba, pero 

eran decisivos. En tanto, la campaña de Al Háquem 



- 7 8 - 

había tenido feliz resultado; y, dominada la España 
oriental, ló cual le valió el título de Almudhaffar (Ven- 
cedor feliz y afortunado), volvió á Castilla seguido 
de aguerridos soldados, acostumbrados á las penosas 
fatigas de la guerra y que, en punto á valor, podían 
competir con los mejores soldados del mundo. Desde 
entonces mejoró la suerte de las armas contra sus 
tíos: los venció y echó de tierra de Toledo, y los 
obligó á retirarse á tierra de Todmir y de Valencia. 
Esto ocurrió el año 183 (feb. 799-800). 

Entrado el año siguiente (feb. 800-ea. 801), llegó 
con poderoso campo á la tierra de Todmir el emir Al 
Háquem, y estando en Chinchilla, recibió la satisfac- 
toria nueva de que Toledo se había rendido á las 
tropas leales, parte de las cuales acudió á reforzar el 
ejército de Al Háquem. Así y todo, todos sus esfuer- 
zos sólo alcanzar lograron durante algunos meses 
contener, mas no vencer, al partido de sus tíos, con 
los campeadores de urfo *de los cuales, Solimán, sos- 
tuvo algunas escaramuzas. Aquella situación no podia 
prolongarse, y ambos contendientes se resolvieron á 
fiar al resultado de una batalla general el desenlace de 
aquella guerra. 

Movió su cuartel general de Chinchilla el Emir, y 
como de común acuerdo se trabó largo combate, pues 
que se mantuvo por espacio de tres días, y muy encar- 
nizado, ya que el campo, para alegre pasto de aves 
y carnívoras fieras, quedó sembrado de cadáveres. 
Peleábase con tesón por uno y otro campo, pero la 
suerte de la victoria permanecía sin inclinarse á nin- 
guno de los dos ejércitos. Á la tarde del último día, 



— 79 — 
el primer cuerpo de ejército de Solimán fué desbara- 
tado, á pesar del valor que dicho príncipe y su her- 
mano Abdallah desplegaron, demostrando que no en 
vano corría por sus venas sangre de Abderrahmán 
ben Moáwiya. Solimán acude á rehacer sus desorde- 
nadas tropas; se opone al avance de sus enemigos, y 
él solo restaura el equilibrio de fuerzas. Corre enton- 
ces á su lado el Valenciano, que aquellos momentos 
eran supremos. Ebrio de furor Al Háquem al obser- 
var que un puñado de valientes es el único obstáculo 
que impide la marcha al carro de la victoria, antes 
declarada á su favor, pónese á la cabeza de sus terribles 
zenetas y acomete desesperadamente al núcleo en que 
sobresalen las interesantes figuras de sus tíos. En mo- 
mento tal, una flecha atraviesa el cuello de Solimán, 
quien cae del caballo y es atropellado y muerto por 
su propia caballería. Abdallah, que presencia el contra- 
tiempo, desespera del triunfo; es arrastrado por sus 
vencidas huestes, y el campo fué teatro de la más 
horrible matanza. 

Sobrevino la noche, que puso tregua á tanta deso- 
lación, y facilitó al príncipe rebelde la retirada á los 
montes; se corrió hacia Denia, y no paró hasta refu- 
giarse entre sus entusiastas valencianos. Contaban los 
vencedores con que al alumbrar la nueva aurora com- 
pletarían su obra; mas apareció el siguiente dia, y sólo 
reinaba el silencio de los muertos. Mostraron alegría, 
porque el anterior triunfo no le adquirieron á poca 
)sta. Mayor contratiempo habían experimentado los 
míranos: entre los cadáveres se descubrió el del tío 
1 Emir. Amargo desconsuelo se apoderó de Al Há- 



— 8o — 

quem al contemplar tan triste trofeo: derramó sobre 
él abundantes lágrimas, y no alzó de allí el campo 
hasta darle honrosa sepultura. 

No era menguada la hueste que con Abdallah se 
había metido en Valencia, donde era muy amado- 
Comprendieron sus habitantes que era temeridad opo- 
nerse á la feliz estrella del Emir, y exhortaron al prín- 
cipe rebelde á que entrara en avenencia con el sobrino. 
Él, por evitar á la ciudad las calamidades que de con- 
tinuar la guerra la amenazaban, sacrificios inútiles 
además, envió sus mensajeros á Al Háquem ofrecien- 
do desistir de sus pretensiones", quedar á merced del 
Emir y pasar á vivir en África ú otrtf cualquier sitio* 
Y, como en el soberano había interés en que la gue- 
rra acabase aquel mismo año, otorgó la paz con estas 
condiciones: que Abdallah morase donde quisiera y le 
entregara en rehenes sus hijos. 

La caballerosidad del vencedor para con el vencido, 
hacia quien sentía entrañable cariño, por el gran pare- 
cido que tenía con su padre, se demostró con permitir- 
le viviese en alguna casa de campo en Valencia ó en 
Todmir, y señalarle de rentas mil mitcales al mes y 
cinco mil al fin de cada año. Perdonó, además, á todos 
los jekes y wazires que habían seguido la parcialidad 
de sus tíos, y, amén de hacer merced á todos los caba- 
lleros africanos que del ejército rebelde quedaban, ad- 
mitió á no pocos en su guardia. Abdallah pasó á Tán- 
ger, trajo á sus hijos Esfáh y Cásim y los entregó 
al Emir, que los recibió con señaladas muestras de 
amor y dio al mayor por esposa á su propia her- 
mana, Al Kinza (el Tesoro), cuyo nombre cuadraba 



— 8i — 

con sus recomendables dotes, pues era discreta y her- 
mosa. 

Terminadas felizmente estas guerras, Al Háquem 
hizo en Córdoba su triunfal entrada en fin del año 
184 (enero de 801) (1). * 

Es notable la conformidad que con la relación de 
Conde guarda la de Escolano: «Á los principios (del 
reinado de Aljatan), pasaron de Berbería, donde se 
habían entretenido, sus dos tíos, Suleimán y Abdalla, 
con grande favor de alárabes y africanos, á hacerle 
guerra. Abdalla se apoderó de todo el reino de Valen- 
cia: desde ella salían á correrle la tierra ú sobrino. 
Suleimán se metió en el de Toledo, y acabó con los 
toledanos, que tomasen su voz y matasen á los de Al- 
jatan. Mas Aljatan le vino á buscar y le venció en ba- 
talla; y, quedándose Abdalla por rey de Valencia, se le 
rindió é hizo su vasallo. En conformidad de las paces, 
embió sus hijos á la corte de Córdoba por que se cria- 
sen en ella, y casó el uno con una hermana de Alja- 
tan... Fué tratado que Abdalla (Valentín, señor de 
Valencia) se quedase con título de rey, y que le diese 
Aljatan tanta tierra en el contorno de Valencia, que le 
pudiese rentar diezisiete mil morabatines» (2). Tam- 
poco disuena la relación que con el laconismo acos- 
tumbrado hace Casiri, siguiendo á nuestro paisano 
Aben al Abbar: «Llegada á oídos de Solimán y de 
Abdallah la nueva del fallecimiento de Hixem, con 
crecida flota surcaron el mar y disputaron el trono á 



x) Conde, II, 30 y 31. 
v 2) Lib. II, cap. 16. 



11 



- 82 - 

Al Háquem. En combate que sostuvieron por espacia 
de tres días, Solimán fué muerto; y Abdallah empren- 
dió-la fuga con las tropas africanas y se retiró á 
Valencia» (i). 

Incansable el Emir, partió á las fronteras de Afranc 
(Francia), pues los cristianos llegaban en sus algaras 
hasta Tortosa. Después de siete meses de sitio, Barce- 
lona cayó en su poder en fin del año 185. (enero 
de 802). Entró en Zaragoza y en Pamplona, ocupó. á 
Huesca, por las riberas del Ebro bajó hacia Cataluña* 
recobró á Tarragona, y cerca de Tortosa derrotó al 
traidor Bahlul. Aseguradas las fronteras, vino por 
Tortosa á Valencia; y por Játiba, Denia y Todmir se 
restituyó á Córdoba, en la cual hizo su entrada el 
año 188 (dic. 803-804) (2). 

No cejaban los cristianos de Afranc en su noble y 
tenaz empeño de arrancar al Islam la provincia Sar- 
costa. Pusieron sitio á Tortosa, y el Emir hizo que su 
hijo Abderrahmán, que estaba en Zaragoza, fuese, con 
cuanta gente pudiese, á libertar aquella plaza. Iguales 
órdenes se comunicaron al gobernador de Valencia. 
Reunidas las dos huestes bajo el mando de Abde- 
rrahmán, los sitiadores, capitaneados por Ludovico 
Pío, el marqués de la Gothia y algunos condes de la 
Marca Hispana, el de Barcelona, entre ellos, tuvieron 
que alejarse dejando el campo cubierto de cadáveres,, 
para agradable pasto de las aves y carnívoras fieras- 
Fué esto el año 193 (oct. 808-809) (3). 

(1) Casirt, II, 33. 

(2) Conde, II, 32. 

(3) Conde, II, 35. 



-8 3 - 

Hemos visto que durante las mencionadas guerras 
de sucesión, leales y rebeldes cruzaban la tierra de 
Todmir. Este hecho no es, sin embargo, una prueba 
concluyente de que no subsistiese el reino fundado 
por el príncipe cristiano: esas y mayores arbitrarie- 
dades puede cometer la violencia, sin que resulte 
menoscabado el derecho. Otra razón aduce, en testi- 
monio de haber cesado dicho reino, don Aureliano 
Fernández Guerra: 

cÁ principios del siglo EX, escribe el sabio académico, había 
dejado de existir el reino católico é independiente de Teodo- 
rairo, sin duda por la apostasía de muchas familias ambiciosa! 
de cargos públicos, ó atentas á no pagar el doro tributo que 
pesaba sobre los fíeles. Ya hacia el año 814 aparecen allí cadhies, 
ó sean jueces eclesiástico-civiles, por donde se ha de suponer 
islamizado el territorio: consecuencia, quizá, de las guerras de 
que fué palenque reinando Hixem y su hijo Al Háquem, á quienes 
una vez y otra disputaron la corona los príncipes Suleimán y 
y Abdallah, prole de Abderrahmán, fundador del imperio de 
Córdoba» (1). 

Con efecto: al fin del año 198, ó principios del 
siguiente (agosto 814), murió en Todmir el cadhí de 
aquella tierra Fadel ben Amira ben Raxid el Canení, 
varón insigne que, por su virtud y nobleza, fué muy 
estimado de Al Háquem. Por memoria del padre y por 
la misma integridad y doctrina del hijo, también 
llamado Abú Alafia, dióle el Emir el mismo cadhiazgo 
de Todmir. Murió el hijo el año 227 (oct. 841-842), 
y también fué confiado el cadhiazgo á su hijo Aben 
idal (2). 



(1) El Archivo, IV, 107. 

(2) Conde, II, 3S y 44- 



-8 4 - 

Otra razón más concluyente y decisiva de haber 
acabado dicho reino apunta el Sr. Fernández; pero el 
lugar oportuno donde ha de hacerse constar, no es 
éste. 

Turbulento fué el reinado del primer Al Háquenv 
casi todo él gastado en lucha con los muzárabes y 
mulados ó* renegados cristianos. La tolerancia mu- 
sulmana se ponía ya de relieve en matanzas como 
la famosa «jornada del foso» en Toledo, año 190 
(nov. 805-806), y la no menos horrible destrucción 
del arrabal de Córdoba, el jueves, 14 de ramadhán del 
^iño 202 (26 marzo 818), suceso éste relacionado^ 
como se verá, con los supuestos orígenes de Gandía. 
El carácter turbulento de los árabes se revela en suble- 
vaciones como la de Mérida, donde Esfáh, hijo de 
Abdallah el Valenciano, sin consideración al estrecho 
parentesco con el Emir, ni al señalado favor que de él 
recibiera casándole con la bella y discreta Al Kinza,. 
como una de tantas prendas que afianzasen la paz tras 
las revueltas de Valencia, no repara en rebelarse contra 
su primo y cuñado, movimiento que acabó pacífica- 
mente merced á la oportuna intervención de la esposa 
de Esfáh y hermana de Al Háquem. Éste, que fué 
implacable con los cristianos, tanto como indulgente 
con los muslimes, no fué sin propiedad llamado Al 
Mudhaffar, pues, como él mismo decía en elegantes 
versos á su hijo Abderrahmán, se había servido de la 
espada para juntar sus provincias desunidas, como de 
la aguja el sastre para coser los pedazos de tela. «Te 
dejo pacíficas mis provincias, hijo mío, decía al suyo: 
son un lecho sobre el que puedes dormir tranqui- 



- 85 - 

lo » (i). En este vaticinio se engañó: á su muerte, 

ocurrida el jueves 25 de dilagia del año 206 (21 
mayo 822), la guerra civil ensangrentó nuestro suelo, 
repitiéndose aquí la escena del comienzo de los reina- 
dos de los primeros Hixem y Al Háquem. 

«El emir Abderrahman ben Al Háquem comenzó á reinar 
cuando el estado estaba tranquilo y firme, y dedicóse exclusiva- 
mente á sus diversiones y placeres, viviendo como uno de los 
habitantes del paraíso, donde encuentra reunido todo lo que 
puede desear el alma, y halagar los sentidos* (2). 

También, como su padre y como su abuelo, co- 
menzó el reinado envuelto en la discordia que el 
primer Abderrahman legó á sus sucesores. Asi relata 
la última guerra de sucesión nuestro Escolano: «En 
el año 820 de Cristo Nuestro Señor, comenzó á reinar 
un moro llamado Abderrahman,' que fué el segundo 
de aquel nombre de los reyes de Córdoba y heredero 
del rey Aliatan, su padre, que falleció el año 819 (3). 
Y el belicoso Abdalla, rey de Valencia, que con buenos 
partidos habia asentado de nuevo paces con Aliatan, 
las rompió con el hijo, recién heredado. Sobre que 
vinieron á batalla, y, saliendo vencido el de Valencia, 
vino á ella y murió. Entonces Abderrahman envió 
por sus mujeres é hijos, y dióles hacienda y tierras, 
que fueron dellos para siempre, excepto el reino x que 
se quedó con él» (4). En cambio, tuvo, el corto 



' ) Dozy, Historia, II, 4.— *Ajbar t fol. 104. 

i iAjbar, fol. xo$. 

1 Eq la computación de los años de la Hégira, hay equivocación, por 
t ir como base un año de la era cristiana que no es el verdadero. 
r ) Lib. II, cap. 17. 



— 86 — 

tiempo que sobrevivió, la tierra de Todmir: «Abdalla, 
muerto Al Háquem, y elevado al solio su hijo Abde- 
rrahmán; recogidas de África nuevas huestes, repro- 
dujo la guerra civil. Abderrahmán, celebradas paces 
con él, le dio en feudo la ciudad Todmir, y alli, por 
fin, murió Abdallah el año 208 (may. 823-824)!» (1). 

Conozcamos mayores detalles de dicha guerra y 
su conclusión: 

Apenas supo Abdallah ben Abderrahmán ben Moá- 
wiya, residente á la sazón en Tánger, que su sobrino 
Al Háquem había muerto, como la nieve de sus canas 
no hubiese aún entibiado el fuego de ambición que 
en su pecho ardía desde la juventud, vino con crecido 
ejército á España y se proclamó Emir, mas sólo en el 
campo y lugares abiertos, no en las ciudades y casti- 
llos murados. También confiaba, aunque fué en vano, 
en el auxilio de sus hijos, Esfáh y Cásim, que tanta 
privanza tuvieron con el Emir difunto y de quien 
protección tanta recibieron. 

Salió contra el principe rebelde el nuevo rey, le 
venció en algunas escaramuzas y encuentros de poca 
monta, y fuéle empujando, primero, á la tierra de 
Todmir, y, por último, á Valencia. Puso á ella estrecho 
sitio Abderrahmán, con ánimo de no alzarle hasta que 
en sus manos cayera su porfiado tío. Por fortuna para 
éste, hallábanse en el campo de los leales sus hijos 
Esfáh y Cásim, quienes, movidos, al parecer, del deseo 
de poner pronto* término á la guerra civil, habían 
acudido á la hueste de Abderrahmán. Bien conocían 



(i) Casiri, II, 33. 



-87- 

ellos la natural clemencia y generosidad del Emir; 
fundados en ello, prometíanse de sus gestiones el más 
lisonjero resultado, y el cielo, siempre propicio á los 
buenos deseos, bendijo su obra. 

Reducido Abdallah al último extremo, aun quiso 
probar fortuna, siquiera fuese por vez postrera. Un 
jueves manifestó á sus tropas hacer una salida, con 
toda su gente, contra los de Córdoba; y, al efecto, dijo 
á sus soldados: «Mañana, si Dios quiere, compañeros 
mios, haremos nuestra oración de juma (viernes), y, 
con la bendición de Allah, partiremos el sábado, y 
pelearemos, si fuere su divina voluntad.» 

Llegado el viernes, día para pedir á Dios manifes- 
tara su voluntad, congregó sus huestes Abdallah frente 
á la mezquita de Bab Todmir 6 Tuerta de Murcia, les 
hizo una plática, y, acabada, añadió: «¡Oh nobles 
compañías de varonesl Que Dios os sea misericor- 
dioso. Creed que nos conviene pedir á su divina bon- 
dad, que nos enseñe el camino que debemos seguir, 
y el partido que nos conviene tomar, sin otra preten- 
sión que conformarnos con su divina voluntad. Yo 
espero de su clemencia que nos la muestre y nos haga 
entender lo que más conviene.» 

Alzando, en ademán de súplica, sus manos al 
cielo, pronunció estas palabras: «Dios, mío, Señor 
Allah: si tengo razón y es justa mi demanda, si mi 
derecho es mejor que el del nieto de mi padre, ayú- 
dame y dame victoria contra él; y si él tiene más 
idado derecho al trono que su tío, bendícele, y no 
rmitas las desgracias y horrores de la guerra y dis- 
dia que hay entre nosotros; apoya su poder y 



— 88 — 

estado, y ayúdale.» Todos los de la hueste, y muchos 
de la ciudad que alli estaban presentes, contestaron: 
«asi sea.» 

En aquel mismo instante, comenzó á soplar un 
viento muy frío, impropio del clima, de los más apaci- 
bles, v de la estación, el verano. Un súbito accidente 
derribó en tierra al anciano Abdallah y le privó del 
uso de la palabra. Acabóse sin él' la oración pública, 
le trasladaron al alcázar, y sin habla permaneció algu- 
nos días. Cuando Dios le soltó la lengua, dijo á sus 
caudillos y wazires: «Dios ha declarado este negocio: 
así, que no quiera Dios que yo intente cosa contra su 
divina voluntad.» 

Al punto escribió al Emir declarándole su sumi- 
sión, envió un wazir al campo sitiador llamando á sus 
hijos, y mandó abrir las puertas de la ciudad. Entre- 
gadas las cartas á Abderrahmán, Esfáh y Cásim, éstos, 
habida licencia del Emir, montaron á caballo y corrie- 
ron á la ciudad, al mismo tiempo que ya su padre, 
por aviso que de ello le dio el wazir, salía á recibirlos 
seguido de sus caballeros. 

En compañía de Abdallah salieron sus hijos lle- 
vando en medio al venerable anciano. Partieron hacia 
el pabellón de Abderrahmán; y cuando llegaron, Esfáh 
y Cásim se apearon, asió el uno de la brida del caballo 
de su padre, y el otro, para que éste descabalgara, 
echó mano del estribo. Entraron á Abdallah á pre- 
sencia del Emir; fué aquél á besar la mano al rey, y 
Abderrahmán le recibió en sus brazos y le dispensó 
toda suerte de honras. Paz jerpetua quedó asentada 
entre ellos, y al hijo del primer Abderrahmán le fué 



-8 9 - 

concedido el gobierno y señorío de Todmir por los 
días que el anciano viviese, que no fueron muchos, 
pues allí falleció dos años después, en el de 208 
(may. 823-824). Parte de la gente que con Abdallah 
había venido de África, quedó en Todmir, y parte 
volvió á Tánger (1). 

Razón tuvo el ilustrado académico Sr. Fernández 
Guerra al escribir: «Rebelado el anciano Abdallah 
contra el nuevo monarca Abderrahmán II, sobrino 
suyo, vuelve á ser vencido, sométese, y, como prenda 
de paz, recibe el gobierno y señorío de Todmir (821). 
Así vino á tierra la generosa obra de Teodomiro.y 
Atanaildo» (2). Cuando Esfáh y Cásim dieron á Abde- 
rrahmán noticia de haber fallecido su padre, el Emir, 
les concedió que heredasen todos sus bienes (3). 

En el relato anterior se hace mención de una 
puerta de Valencia llamada *Bab Todmir, 6 Puerta de 
Murcia. Ésta debía corresponder á la actual calle de 
San Vicente, cuyo portal llamábase antes, Puerta de la 
Tioatella. Es probable fuese, por la orientación de la 
misma, la antiquísima Puerta Sucronense. El Sr. Malo de 
Molina fija la situación de la Boatella, en las inmedia- 
ciones de San Martin, entré las calles de Cerrajeros y 
el Horno de la Pelota. En cuanto al significado de la 
palabra Boatella, que el Sr. Malo quiere sea Casa de 
Dios (Beit-al-lah) (4), tiene en contra la autorizada 
opinión de don Julián Ribera, quien, sin darnos su 



(1) Conde, II, 38. 

(2) El ^Archivo, IV, 107. 

(3) Conde, II, 39. 

'4) Rodrigo el Campeador, Apéndice, 163. 

12 



— 90 — 

equivalencia, se contenta con acudir á Aben al Abbar, 
que escribía el nombre no recurriendo al Bát-al-lah. 
El distinguido orientalista apunta no ser aquel nombre 
palabra árabe, sino, como lo indica la terminación, 
diminutivo lemosín (i). Y al parecer del último 
remite el suyo el ilustrado académico Dr. D. Roque 
Chabás (2). Ya se ofrecerá ocasión oportuna de insis- 
tir sobre tan interesante asunto de topografía local. 

De la suerte que cupo á los soldados que de África 
se trajo Abdallah, habla Escolano: «Como el rey don 
Ramiro de León (debe ser Alfonso II) hiciese treguas 
con Abderrahmán (824), que duraron muchos años, 
los árabes que moraban en el reino de Valencia y 
habían servido en la guerra al rey Abdallah contra 
Aliatan y también al sucesor, impacientes del ocio, 
pidieron á Abderrahmán que les diese licencia para ir 
á conquistar algunas provincias de cristianos; y, puesta 
á punto una buena armada^ tomaron la derrota de la 
isla de Córcega, con un caudillo llamado Mumén 
Abdimaro. Y, como cuentan algunos historiadores, se 
apoderaron de buena parte de la isla; pero vino armada 
de Italia contra ellos, y, matando á Mumén en batalla, 



(1) Eí xArchivo, I, 211. 

(2) Monumentos Históricos de Falencia y su %eino> lib. I, c. IV. 
El propio autor de los Monumentos nos da en trabajo anterior la etimo- 
logía de la palabra Boatella. tLa Boatella de los árabes era el mercado de don 
Jaime, como lo había sido de los moros y, acaso, de los romanos; pues la 
Boatella de Valencia, lo mismo que la Boatella de Urgel (Bofarul), Condes de 
Barcelona, I, 22), era el forum 'Boartum de los latinos, que, aunque propia- 
mente toma el nombre de los toros, boves, sirve generalmente para señalar 
el mercado de ganados, que es donde se tenía el mercado general cada semana 
en Valencia {El Archivo, IV, 270).» 



— 9i — 

los echaron de toda la isla el año del Señor, 826. Otra 
vez armaron los propios alárabes, y ganaron la isla de 
Candía» (1). Coincide Dozy con nuestro cronista en 
cuanto á la fecha de pasar á dicha isla musulmanes 
procedentes de España, mas no en la circunstancia de 
que fuesen los africanos compañeros de Abdallah. 
Después de la horrorosa matanza decretada por AI 
Háquem contra los moradores del arrabal de Córdoba, 
obligó á que saliesen de España los habitantes que 
quedaron. Unos 15.000 de ellos tomaron el rumbo 
de Egipto, se apoderaron de Alejandría y, aunque 
atacados diferentes veces, supieron mantenerse hasta 
el año 826. Obligados á capitular por un general del 
califa Mamún, se comprometieron á pasar á Creta y 
acabaron su conquista (2). 

Y en otra parte escribe el mismo Escolano: «Vien- 
do los moros valencianos la quietud de sus príncipes, 
motivada por las treguas del rey de León don Ramiro I 
con Abderrahmán II, rey de Córdoba, determinaron 
continuar sus conquistas capitaneados por Mumén 
Abdimaro; pero, muerto éste en una batalla en Cór- 
cega, fué elegido capitán Candaix Achape, quien dio 
sobre Creta el año 827, á la que llamaron sus secua- 
ces, para recuerdo de su conquistador, Candaix ó 
Candía. Á fines de aquel siglo ó principios del inme- 
diato, perdieron la isla, y retirados á este reino, atraí- 
dos por las dulzuras de la patria, se establecieron en 
la Conca de Zafor, y fundaron una población que 



Lib. n, c. 17. 

Dozy, Historia, II, 4.— Conde, II, 36. 



— 92 — 

titularon Candía, en memoria de los triunfos que 
alcanzaron en aquella isla» (i). 

Mayor antigüedad, al parecer, tiene Gandía, como 
* se desprende de las siguientes palabras: «Que no la 
fundaron los cristianos después de la Reconquista, 
está fuera de duda. Su nombre, que no tiene resabios 
de árabe, nos demuestra que tampoco la fundaron 
éstos. Los restos romanos allí encontrados, le dan 
seguramente más antiguo abolengo» (2). 

Tampoco es cierto que fuesen largos los años de 
paz de que gozó este país, si alguna tuvo, después de 
la sumisión de Abdallah. En la tierra de Todmir hubo 
una guerra, que duró siete años, entre yemenitas y 
maádditas. Cuando, por astucia y por sorpresa, se 
apoderó de Toledo el Emir, antes de que Hixem ó 
Hachim tomara ruidosa venganza (828), en el distrito 
de Murcia tenia su campo Abdderrahmán (3). Por- 
que si bien es cierto que consagró parte de sus cuida- 
dos á obras laudables, tales como la de dotar con 
buenas rentas las madrisas ó escuelas de muchas ciuda- 
des (4), no lo es menos que su yugo se hizo inso- 
portable á los cristianos, que recibían agravios bien 
reales: contra ellos se expidieron órdenes que herían 
sus convicciones religiosas y su dignidad personal, 
por ejemplo, el declarar la circuncisión igualmente 
obligatoria para ellos que para los musulmanes (5). 



(1) Lib. VI, cap. XX. 

(2) El •Archivo, I, 363. 

(3) Dozy, Historia, II, 5.— Conde, 11, 42. 

(4) Conde, II, 40. 

(5) Dozy, Historia, II, 6. 



— 93 — 
La persecución más feroz se había desencadenado 
contra los infelices muzárabes. El mismo dia en que 
la muerte asaltó al tirano Abderrahmán, al anochecer 
del jueves, último dia de safer del año 238 (20 agosto 
de 852) (1), pudo descubrir, desde el terrado de su 
palacio, los mutilados cuerpos de algunos mártires, 
clavados en postes á las orillas del Guadalquivir. 



(1) Conde, II, 4¡>.— Doiy señala por fecha de la n 
re til, 9). 



CAPÍTULO V 



Luchas por la Independencia 

ReseSa GioanAFiCA del Mono Rasis.— Tudemir; Oribuela, Alicante y Benicadell.— Valencia'. Játiba, 
Alcira, Valencia, Murviedro y Burriana.— Riotí el de Valencia, el Júcar y el Segura.— El tercbk 
rey db Valencia: traslación del cuerpo de San Vicente: sumisión de Todmir y Valencia al emir 
.MubJmad I.— Los normandos en Orihnela ¿ inmediaciones de Valencia. — Tkeuátguto^ obispo de 
Elche, en el concilio de Córdoba.— Los xbnegados: trágico fin de Zeid ben Casim: el principe Mon- 
dhir en Valencia: Daisam y Aslami. 




Untes de reseñar los hechos acaecidos durante 
los reinados de Muhámad I, Mondhir v 
Abdallah que interesan á nuestro reino, por 
haber tenido en él su teatro y de los cuales tenemos 
conocimiento, creemos pertinente exponer la descrip- 
ción que de la región de Levante hace el moro Rasis, 
geógrafo el más próximo á dichos sucesos. 

Es su verdadero nombre Áhmed ben Mohámmad 
ar Razi, más conocido por at Tarigi, esto es, el histo- 
riador por excelencia. Nació el año 274 (may. 887-888) 
y murió en récheb del 344 (oct.-nov. 955). Tan 
grande como la fama de que goza, es lo poco que de 
él nos queda. Sólo una obra suya se conserva en una 
traducción española, ó sea, la primera parte del libro 
conocido bajo el titulo «Crónica del Moro Rasis». La 
versión castellana de la «Descripción de España» se 
hizo sobre una traducción portuguesa, y no se sabe 



- 95 — 

por quién. La versión al idioma lusitano, hoy perdida, 
se escribió de orden del rey don Dionisio (12 79-1 325) 
por el clérigo Gil Pérez y con el concurso de muchos 
moros: y, ccímo, al parecer, ni el clérigo entendía el 
árabe, ni los moros sabían bien el portugués, la traduc- 
ción había, por fuerza, de resultar imperfecta (1). 
Como se verá en la parte que alcanza á nuestra región, 
la descripción está plagada de errores, fáciles de subsa- 
nar con la superior ilustración de los lectores. Así y 
todo, resulta el primer trabajo de geografía regional que 
encierra curiosos pormenores. Copiemos ahora la des-r 
cripción siguiendo la marcha de sur á norte, ó sea, 
el orden mismo que se siguió por los sarracenos al 
invadir nuestro territorio. 

«Parce el término de Jaén con el de Tudemir. Et Tndemir 
yaze al sol de levante de Córdoba. Ec Tudemir es muy presciado 
lugar et de muy buenos árboles, et toda su tierra riega el río 
(Segura), como face el rio de Nil en la tierra de Promisión. É ha 
buena propiedad de tierra natural, que ha y veneros de que sale 
mucha plata. Et Tudemir ayuntó en sí todas las bondades de la 
mar et de la tierra. Et ha y buenos campos, et buenas villas et 
castillos, et muy defendidos. De los cuales es el uno Lorca; et el 
otro, Murcia, et el otro, Auricla, que es muy antiguo lugar, en 
que moraron los antiguos por luengo tiempo; et el otro es Ali- 
cant. Et Alicant yaze en la sierra de Ben al Catil (Benicadell), et 
de ella salen otras muchas sierras, en que ficieron muchas villas 
buenas, et en que labraban muchas buenas telas de paños de seda; 
et los que y moraban, eran muy sotiles en sus obras. Et una de 
las cibdades es Cartagena (2), á que llamaban los moros al Quero- 



Pons, Ensayo bio-bibliográfico sobre los historiadores y geógrafos arábigo- 
ty des, núm. 23. 

( Los árabes escriben de igual modo Cartagtna que Caruyana 6 Coritya, ciudad que estuvo edi- 
ta ni pie de Gibrsltar (Dozy, Hirt. y II, n. A). 



_ 9 6 - 

ne; et otro es un puerto á que llaman de Uca, et es muy bueno et 
muy antiguo. Et de Tudemir á Córdoba hay andadura de siete 
días de homes á caballo, et catorce á huestes. 

í Parte el término de Tudemir con el de Valencia. Et Valencia 
yaze al levante de Tudemir et al levante de Córdoba. Et Valencia 
ha muy grandeS términos et buenas villas que la obedescen. Et 
las bondades de los que en ellas moran son.muchas. Et Valencia 
ha en si la bondad de la mar et de la tierra; et es tierra llana; et 
ha grandes sierras en su término; et ha otrosí grandes villas 
fuertes et castillos, et con grandes términos. De los cuales es el 
uno el castillo de Tierra (?), et el otro es el de Al Gecira (Alcira). 
Et Valencia yaze sobre el rio de Chúquer. Et en su término yaze 
un castillo á que llaman Xátiba: et Xátiba yaze cerca de la mar; 
et es muy antigua villa et muy buena. Et el otro es un castillo á 
que llaman Morviedro, que es lugar muy presciado, et muy 
bueno, et muy fermoso et muy deleitoso; et fallan en él rastros 
de población muy antigua; et en Morviedro ha un palacio fecho 
sobre la mar, por tan gran maestría, que mucho se maravillan las 
gentes de lo que veen por qué arte fué fecho. Et ayúntase el 
término de Morviedro con el de Borriana: et Borriana es tierra 
muy ahondada, et es toda regantía; et ha y muchas naturas de 
buenas fructas et de buenas naturas. Et en el término de Valencia 
ha tantos castillos, que sería gran sciencia en los contar todos; 
et otrosí ha y tanto azafrán, que ahondaría á toda España; et 
dende lo lyevan los mercaderes á todas las partes del mundo. Et 
de Valencia á Córdoba ha doscientos y dosmigeros (i). 

Una de las equivocaciones que saltan á la vista, es 
la de situar á Valencia sobife el río Júcar, circuns- 
tancia que únicamente concurre en cuanto á Alcira ó 
Cullera. Valencia tiene su asiento junto á otro rio, 
acerca de la significación de cuyo nombre, en tiempo 
de los árabes, reina diversidad de opiniones. Uuad-al- 



(x) La autenticidad de la «Crónica del Moro Rasis» ha sido probada, en la Memoria de don Pas- 
cual Gayangos. Véase el tomo VIII de las Memorias de la Real Academia de la Historia, p. 40. 



— 97 ~ 

-mar vale tanto como «fio de los lugares cenagosos,» 
cual son aquellos en donde nace; uad-al-ud'yar, «rio 
de las cavernas», por las que atraviesa el Turia hasta 
-el Salto de Chulilla, y uad-al-abiad, «río blanco». Esta 
significación (iene, para su acepción, dificultades tales 
como la de no ser legitima ni frecuente la corrupción 
de la d en r. El P. Cañes, en su "Diccionario español 
latino arábigo, adopta la lectura uad-al-aviar, «río de 
-los pozos»; igual lectura se le da en unas papeletas ó 
apuntes conservados en la biblioteca de la Real Acade- 
mia de la Historia. Á pesar de esto, el autor que apunta 
dichos datos, fundándose en razones de consideración, 
se atiene al primer significado de uad-al-viar, esto es, 
«rio de los lugares cenagosos.» Es de advertir que 
tino de los arroyos afluentes del Turia, al cual se 
une cerca de Ademuz, se llama «Río Blanco». 

Un distinguido arabista, tratando de la etimología 
de la palabra Turia; dice que ésta puede venir del vas- 
congado Zuña ó T^uria, que significa Blanco. En el 
siglo IV, Avie no le cita con el nombre Canus, el que 
seguramente tenía entre los hispano-latinos de aquel 
tiempo. En el del bajo latín y en las lenguas romá- 
nicas, dicha palabra equivalía á la nuestra, Blanco. De 
-ahí que, para él aludido arabista, nada más lógico que 
el que los árabes aceptasen dicho determinativo, con la 
denominación Guadalaviar, que también significa Rio 
Blanco (i). Según el etimologista á quien primero 
hacemos referencia, no ha visto en ninguna crónica 
árabe tal nombre aplicado el Turia (2). El de 7(za 

(1) El xArchivOy JV ', 143-144/ 

(2) Malo, Rodrigo el Campeador, Apéndice, 153-154, nota. 

13 



- 9 8- 

Blanco, ó sea Guadalaviad, teníale el Segura, según eí 
Núblense, á quien tradujo Conde (i). De igual modo 
se llamaba el Serpis (2). 

No será de sobra recordemos que el rio más cauda- 
loso de nuestra región, el Júcar, es el único que, A 
través de las generaciones que en ella tuvieron asiento,, 
conserva su primitivo nombre ibero. 

Digamos, para acabar esta descripción á que brinda 
la oportunidad, que en todo tiempo los árabes enca- 
recieron la belleza, fertilidad y apacible clima del 
suelo valenciano. «Alabado sea Dios, porque nos ha 
dado esta tierra», tenían estampado las monedas del 
siglo XII (3). En sentidos versos ponderaba sus envi- 
diados privilegios el poeta que lamentaba el asedio 
puesto por los cristianos del Cid. Y esto mismo repetía 
con su atildada dicción nuestro Aben al Abbar, cuando- 
su coetáneo Jaime el Conquistador calificábala, con su 
elocuente sencillez, de «la mejor tierra del mundo...» 

Y> á fin de que no haya dudas respecto «al palacio- 
de Morviedro fecho sobre la mar por tan gran maestría 
que mucho se maravillaban las gentes de lo que veían 
por qué arte fué fecho,» diremos que no era otro que 
su grandioso teatro romano (4), fábrica de un pueblo- 
cuya cultura superaba en mudio á la de los muslimes. 

Con la proclamación de Muhámad I, hecha en 
agosto ó septiembre de 852, coincidió la muerte de* 
Abdelmélic ben Habib, á una crónica del cual es pro- 



co Conde, II, 23. 

(2) Escolan?, VI, 20. 

(3) Gebhardt, III, 9. 

<4) Chabrct, Sagunto, P. I, c. XV. 



— 99 — 

bable pertenezca un relato de la venida de Muza ben 
Noséir, copiado por nuestro cronista Sandoval. Es 
notable que nuestros modernos arabistas no se hayan 
fijado en el autor español, cuando especifica la sumi- 
sión de Orihuela y su provincia en términos casi 
idénticos á lo que descubrimientos ulteriores y esti- 
mados como originales han fijado como cierto (i). 

Contemporáneo con Muhámad, fué el llamado 
tercer rey de Falencia. También de él hablan con bas- 
tante uniformidad nuestro Escolarlo, á quien tan poca 
importancia se concede, y Dozy, que de tan justa y 
alta reputación goza. Véase lo que dice el primero: 

«Estuvo el reino de Valencia por el rey Abderrahmán hasta 
d año 832, en que Muza Abenhcázin, ó Bencásim, dio batalla 
con un ejército innumerable de paganos al rey don Sancho García 
de Sobrarbe y le mató en ella. Fué Muza, tercero rey de Zara- 
goza, é hijo de padres cristianos, según Blancas; y, habiéndose 
tomado moro, se alzó contra el rey de Córdoba, y puso debajo 
de su imperio á Toledo, Zaragoza, Tudela, Huesca, Valencia y 
buena parte de E-paña en diferentes tiempos: tanto que tuvo 
presumpción de llamarse Miramamolin. Mármol le hace hijo de 
padre alárabe, y lo confirma con el sobrenombre de Abencá- 
cim, que quiere decir hijo de Cácim, nombre propio de moro. 
Éste fué el tercero rey de Valencia, y comenzó á reinar sobre 
ella el año 832; y dice Blancas, que aún vivía en el de 842. 
Mármol cuenta que en el año 850 fué la toma de Toledo, y que 
prosiguiendo desde allí sus conquistas hasta Zaragoza, Huesca, 
Cataluña y Francia, vino á morir en el año 855 á manos de los 
españoles y del rey don Ordoño de León. Que, según esto, la 
tierra primera en que reinó fué Valencia. Mdhamete, rey que 
itonces era de Córdoba, como entendió la muerte de Muza, 
só con poderoso» ejército á cobrar las ciudades de Zaragoza y- 



'1) Pons, Ensayo, etc., núm. 1. 



— IOO — 

Valencia que Muza teni? ocupadas, y las, redujo á sil dominio. 
Y, copio en el año 857 el rey don Ordoño fuese sobre taragoza 
y se la quitase á los alárabes, con los lugares comarcanos; en ei 
siguiente de 858, Mahamete envió sus alfaquís y embajadores á 
pedir socorro á los reyes de África contra los cristianos. Los 
cuales enviaron gran número de infantería y caballería. Los de 
Tingitahia entraron en España por Gibraltár, y los de Túnez, 
por el reino de Valencia; y, recogiendo la gente del, se juntaron 
todos en Córdoba en el año 859. Dieron la batalla al rey Ordoño 
y venciéronle: de qué salió tan soberbio Mahamete, que se entró 
por Castilla la Vieja haciendo diabólico estrago; y, atravesando 
Navarra, corrió la tierra de Francia hasta, la ciudad de Tolosa; 
de donde se volvió á Andalucía á invernar; y después de muchas 
guerras murió en Córdoba el año 88op (1). 

La autoridad musulmana fué acatada en las gran- 
des ciudades, y no en todas; era disputada en las 
demás partes, y casi se la desconocía qn las provincias 
lejanas. El espíritu turbulento y anárquico de los ára- 
bes contribuyó á que en Aragón, provincia que bajo la- 
dominación arábiga se llamaba «la frontera superior»,, 
una antigua familia visigoda, la de los^ Beni-Cásim^ 
fundase un principado independiente. Cuando la Inva- 
sión, apostató de la ♦religión cristiana, y, hechos 
clientes del califa Walid, sus individuos conservaron 
los vastos dominios que poseían en la margen derecha 
del Ebro. En la primera guerra de sucesión, Muza I, 
hijo de Fortún y casado con una hija de íñigo Arista^ 
primer rey de Pamplona, siguió el bando de Hixem 
y arrebató Zaragoza á los adversarios del Emir. Al 
Háquem I, que consiguió someter á todos los rebel- 
des, no pudo subyugar á los Beni-Cásim, que dejaron 



(1) EscoUno, II, 17. 



— 101 — 

de reconocer el poder de Córdoba. A mediados del 
siglo IX dicha familia alcanzó tanta importancia, gra- 
cias á las relevantes dotes de Muza II, que podía 
sostenerla competencia con las casas soberanas (i). 
Su nombre era Muza ben Zeyat el Godaí (2), lo 
que revela su origen godo, y había nacido cristiano; 
renegó de la fe, ,y con toda- su familia abrazó el Isla- 
mismo. Por eso se le conoce también con la denomi- 
nación de «Muza el Renegado» (3). Siendo gobernador 
de Tudéla,- mandaba los ejércitos de Abderrahmán II 
cúandcLjban á asolar las fronteras francesas. Indis- 
- puesto con un caudillo que gozaba de favor con el 
Emir, se sublevó, hizo alianza con el rey de Navarra 
y derrotó el ejército del Emir. Tuvo éste necesidad de 
su auxilio contra los normandos, que en 844 se habían 
apoderado de Sevilla, y, si bien de pronto se mostró 
rehacio á las súplicas de Abderrahmán, luego cayó de 
improviso sobre aquéllos y los obligó á embarcarse. 
Cuando subió al trono Muhámad I, era dueño de Zara- • 
goza, de Tudela, de Huesca, de toda la frontera supe- 
rior, y hasta Toledo había hecho alianza con él, ciudad 
de la cual era cónsul su hijo Lope. Siguiendo una 
política muy acomodaticia, lo mismo volvía las armas 
contra el conde de Barcelona, que contra los soberanos 

de Castilla y de Francia. El monarca de ésta Carlos el 
Calvo, nieto de Cario Magno, pudo comprar á precio 

de oro una paz bochornosa. El mismo Emir no pudo 



(1) Dozy, Historia, II, 10.— Investigaciones (Ensayo sobre la Historia de 
los Tódjibitas,etc.) 

(2) Conde, II, 48. 
(3; Lafuente, Ií, 1 1 . 



102 — 

arrancarle Toledo, de cuyos tnuros hubo de retirarse 
Mondhir, hijo de Muhámad, batido por Muza. Pudo 
éste darse airqs de soberano, sin que nadie se atreviera 
á contrastárselo; y. siéndolo de hecho, no vaciló en 
arrogarse el pomposo título de «tercer rey de Espa- 
ña» (i). Ahí está, sin duda, el título de tercer rey de 
Valencia que también le conceden nuestros cronistas 
regionales. Cierto es también que x Valencia, como 
encavada en la provincia Tolaitolá, siguió casi siempre 
la suerte de ésta, inclinada, además, fcn todo tiempo á 
desprenderse del poder central, para constituirse en 
estado autónomo, favorecida á ello por la Naturaleza 
como ningún otro país del mundo. 

Esa misma prosperidad de Muza II le malquistó 
con sus auxiliares los cristianos, entre los que se 
contaba entonces el rey de Asturias, Ordoño I. Ene- 
mistado con éste, tai vez por su avenencia con los 
navarros, con quienes estaba disgustado Ordoño, 
estaba otra vez en buenas relaciones con Muhámad, 
como lo prueba el hecho de que, deseando el Emir 
propagar el Islam y contener el incesante avance de 
los cristianos, encargó á Muza allegase gentes y pene- 
trara en tierras de Francia. De la empresa volvía 
cuando el rey de Asturias destacó un cuerpo de tropas 
sobre Hisn Albelda, en la Rioja, y el mismo Ordoño 
salió contra Muza. Éste sufrió la más espantosa derrota 
en el monte Laturce, junto á Clavijo, y la victoria es 
atribuida, por error, á Ramiro I. No murió entonces 



(i) Un de, ob tantas victoria? cansara, untura in su per bi a iuturauit, ut se á 
suis tertium regem inHispania appellari prseceperit (Sebast. Salm. Chr., n. 26). 



— 103 — 

Muza, como se ha dicho: pues, si bien recibió tres 
golpes de lanza, medio vivo, y*merced á la generosidad 
de un amigo que tenia entre los contrarios y que le 
facilitó un caballo, pudo escapar. Quien acabó allí sus 
días, como dicen Escolano y nuestros historiadores 
generales, fué el primer rey de Navarra, Sancho García,, 
aliado de Muza II. Esto fué el año 240 (854-855). 

Los émulos de Muza en la corte de Muhámad, 
atribuyeron, á los tratos de aquél con los cristianos, el 
desastre y la pérdida de Albaida, en la Rioja. El Emir 
le depuso á él del gobierno de Zaragoza, y del de To- 
ledo á su hijo Lobia ó Lope. Éste buscó la protección 
de Ordoño, en cuya corte se refugió cuando Toledo, 
después de una guerra de tres anos, cayó en poder de 
Muhámad, en el de 24.5 (abr. 859-mar. 860). 

Valencia siguió la suerte de la capital de su pro- 
vincia, pues ella y su vecina Todmir estaban sumisas 
el año 252 (en. 866-867) al poder central de Córdoba. 
Muhámad, que trataba á los cristianos con verdadera 
saña, pudo infundir miedo en los de Valencia, que 
bajo el dominio de Muza II, cristiano en el fondo, 
vivirían con la tranquilidad de que pudieran gozar los 
subditos de Ordoño. Á' su tiempo se atribuye una 
de las traslaciones del cuerpo de San Vicente Mártir: 
natural era que los*muzárabes, se afanasen por evitar 
la profanación de tan preciada reliquia. 

Dos monjes franceses, Usuardo y Odilardo, que 
pertenecían á la abadía de San Germán de los Prados > 
llegaban á Córdoba el año 858. Hilduino, su abad, 
los había enviado á Valencia para que buscaran e) 
cuerpo del Santo. Informados, en el camino, de que la 



sagrada reliquia había sido' trasladada á Benevento 
(Italia), desde Barcelona torcieron la marcha hacia 
Toledo, en armas á la sazón contra el Emir (i). 

Dos anos después (86o) $íuza murió á manos de 
su yerno Izrac, walí de Guadalajara. Después de la 
muerte de este hombre extraordinario pudo Muhámad 
recobrar á Zaragoza, y*á Valencia, añade Escolano; 
pero, como observa oportunamente Dozy, el gozo del 
Emir fué poco duradero. Diez años más tarde, los 
hijos de Muza, apoyados por los* habitantes de Ja 
provincia y. al amparo de Alfonso III de Asturias; 
arrojaron á los musulmanes (2). 

Como si fuesen pocos los males de que ambas 
comarcas se vieron 'afligidas con los de la guerra 
acabada de narrar, otra calamidad "vino al mismo 
tiempo á hacer más amarga la situación de las> pobla- . 
ciones asentadas en el litoral. También aquí hicieron 
sentir sus estragos los normandos. Eran de la mi§ma 
raza y del mismo idioma que los Francos, divididos 
en dos grandes familias desde que una parte de ellos 
abrazó el Cristianismo. Bárbaros é idólatras aún los 
normandos, la pasión de combatir, la necesidad de una 
vida errante y la insaciable std de botín, los impulsa- 
ban á bajar de sus montañas y á abandonar sus islas 
en busca de aventuras. Eran, por s así decirlo, la reta- 
guardia de las naciones que invadieron el Imperio 
Romano, y no eran más cultos y civilizados que los 
suevos, vándalos y alanos. En frágiles embarcaciones 



(1) Dozy, Historia, II, q. 

(2) Historia, II, 10. — Investigaciones, Ensayo sobre la Historia de los 
Todjibitas, etc., I. 



— 105 — 

se lanzaban, siguiendo las costas, á merced de las 
inconstantes olas del proceloso Océano; penetraban 
por la desembocadura de los ríos en lo interior de la 
tierra; por las márgenes hacían talas espantpsas; acu- 
chillaban á los infelices que tenían la dicha de no 
quedar cautivos, sin respetar á mujeres, niños ni ancia- 
nos, ni aun á los animales domésticos; recogían toda 
clase de ganado; incendiaban las casas, y se complacían, 
sobre todo, en degollar á los sacerdotes, en robar v los 
ornamentos sagrados y en profanar los templos, que 
convertían en establos. 

El año 843 devastaron la costa comprendida entre 
los ríos Tajo y Guadalquivir, con 54 naves: y Abde- 
rramán II mandó, para evitar tales estragos,' que 
hubiese en el litoral capitanes de veredas con cierto 
número de correos á caballo que prontamente avisasen 
el arribo del temido enemigo y al momento transmi- 
tiesen las órdenes del gobierno. Para perseguir á las 
naves normandas, mandó construir en Cádiz, Carta- 
gena y Tarragona, numerosos bajeles. 

Ello no obstante, visitaron, con 62 barcos, el año 
859, las costas meridionales de España. Ahuyentados 
por la caballería que en su persecución envió Muhá- 
mad, pasaron al litoral africano; pero volvieron al 
nuestro, en el año 860. Hicieron el desembarco en 
la costa de Todmir, después que una tempestad que 
los sorprendió en la travesía les hizo perder algunas 
naves. Entraron por la desembocadura del río Segura, 
avanzaron hasta Orihuela, cuya guarnición huyó des- 
pavorida, y se posesionaron del castillo. Retrocedieron 
por el Guad al Abiad (Segura) al mar de Siria (Medi- 



— io6 — 

terráneo); le surcaron hacia el- norte y fueron á parar 
m43 abajo de Arles, en la Camarga, delta formado en 
la desembocadura del Ródano. Allí pasaron el invierno 
de los años 86o y 86 1. 

Desde aquel punto, convertido en centro de opera- 
ciones, mejor dicho, en nido de aves de rapiña, ó en 
cueva de foragidos, corrieron nuestras costas de levante, 
y la misma Valencia pudo presenciar la devastación 
más horrorosa en sus inmediaciones. Claramente lo 
expresan las palabras del obispo Prudencio: «Estos 
dacios, moradores del Ródano, llegan hasta Valencia 
causando ruinas; y desde ella, ya saqueadas sus inme- 
diaciones, vuelven á albergarse en el punto en que 
antes fijaron su asiento» (i). 

No fué muy afortunada ^dicha expedición para los 
normandos. En la tempestad que-k>s sorprendió antes 
de la llegada á Orihuela, dfc 62 bajeles se les extravia- 
ron unos 40. Al embocar, en la retirada ásu país, por 
el estrecho de Gibraltar, tropezaron, frente á Medina 
Sidonia, con una escuadra de Muhámad, y, obligados 
á combatir, perdieron otros cuatro bajeles cargados 
de riquezas, dos de los cuales fueron pasto de las 
llamas (2). 

Pruebas más duras habían de soportar los infelices 
muzárabes. A los padecimientos que les causaban los 
enemigos de la Cruz, se agregó otro más sensible sufri- 
miento: tuvieron que apurar el cáliz de amargura al 



(1) «Hi vero Dasi, qui in Rodhano morabantur, usque ad Valentiam 
civitatem vastando perveniunt; un de, direptisquae circa erant ómnibus, rever- 
ten tes, ad insulana in qua sedes posuerant, redeunt». 

(2) Dozy, Iftvestigaciones, 2. a invasión de los Normandos. 



— 107 — 
verse calificados de imprudentes por indignos obispos 
que andaban en buena amistad coft los gobernantes 
musulmanes; No bastaba á los desdichados la presen- 
cia de los fanáticos sectarios de Mahoma; eran poco las 
medidas para que abandonasen sus nativos idioma y 
escritura; tenían 'que aguantar la tiranía de arrancarles 
jjjflsus pequeñuelps para ser educados en las madrisas ó 

Í escuelas de los dominadores y habían de soportar la 
ignominia de obligarlos á la circuncisión. . . . ¿Cómo no 
*■ habían de sacudir una dominación con la que se tenían 
— en completo olvido solemnes pactos.de sumisión? El 
jM sordo rumor que precede á toda conmoción, percibióle 
C Muhámad, y quiso conjurar la tormenta valiéndose de 
PS menguado instrumento, cual eran. algunos obispos 
•' especie de lobos con piel de oveja metidos en el 
^ aprisco. 
I Hostigesio, que lo era de Málaga y había conver- 
* tido su palacio en inmundo lupanar, que se apropiaba 

* las limosnas y oblaciones de los fieles, que excitaba al 
J Emir á que impusiese nuevas gabelas á los cristianos 
5 de su diócesis, que malversaba los bienes del clero y que 

* propalaba herejías acerca de la naturaleza de Cristo...., 
1 ese monstruo de iniquidad instó á Muhámad para que 
» convocase un concilio en Córdoba, y se celebró el 

* • año 862. -Pretendía el infame obispo se condenara á 
T Z Samsón, integérrimo y celoso defensor de la fe cris- 
i t « tiana: el dolo, la violencia, ejercidos sobre tímidos 
^ ancianos, lograron de pronto el resultado que el pre- 
m lado malagueño perseguía; provocada, empero, nueva 
9 declaración, los débiles é incautos se retractaron de la 
» * primera, y prevaleció la inocencia. Theudeguto, obispo 



— lo8 — 

de Elche (i), asistió, con los de Cabra, Medina Sido- 
nia, Écija, Almería y Córdoba, á ese concilio (2). Toda- 
vía eran, no obstante las naturales y frecuentes apos- 
tasias,x muy numerosos los muzárabes en nuestro 
reino. Señales de vida les veremos dar bien pronto. 
A mediados del siglo XII, uno antes de la reconquista, 
aun dieron que hacer á los almorávides. Una orden de 
expulsión dictada entonces, los redujo á la nada.'No de 
otro modo se arranca planta cuyas raices son pro- 
fundas. 

Gran consuelo es para los que no ven otro remedio 
sino en lo alto, saber que los mártires que entonces 
derramaron su sangre por confesar en público á Jesús, 
hoy son venerados en los altares; y que los indignos 
obispos que se empeñaron en que esos honores no se 
les concedieran, tienen sobre sí el estigma de la repro- 
bación temporal y eterna. 

Los muzárabes, que, nt> por serlo, dejaban de ser 
ciudadanos, y los renegados, cristianos de corazón, aun- 
que débiles, pero no malvados, comprendieron que 
era llegado el momento.de sacudir el yugo. Se insu- 
rreccionaron los cristianos y renegados de las monta- 
ñas de Málaga, y la sublevación se extendió á toda la> 
Península. No fué ajeno ai alzamiento parte de núes-, 
tro reino, que en la parte meridional del mismo se 
mantuvo enhiesta la bandera de la libertad hasta el 
momento en que prevaleció el despotismo. El ordeln 
cronológico reclama se haga mención de un hecho en 



(1) Flóreí, España Sagrada, VIL, 234. 

(2) Lafuente, P. II, c. 11. 



— 109 — 

el que, erradamente al parecer, intervienen como pro- % 
tagonistas un walí de Valencia y el nuevo Viriato , 
español. • 

Corría el año 252 (en 866-867), y hacia dos que 
el héroe que intentó restaurar la independencia nació- 
nal, arrojado de Andalucía, había provocado la insu- 
rrección en la provincia Sarkosta. Sus armas habían 
avanzado hasta el Ebto, y, para contener su marcha, 
había el Emir ordenado á su nieto Zeid ben Cásim, 
que, con la gente de Murcia y Valencia, secundara el 
movimiento del ejército mandado por Muhámad, que 
había llegado á Toledo. 

Comprendiendo Ornar ben Hafsún, que ése era el 
nombre del héroe, la desigualdad de sus fuerzas para 
resistir ai Emir, escribió á éste suplicándole paz y amis- 
tad, y que si le auxiliaba con las gentes de Valencia ó 
con las de la frontera oriental, él rompería, para bien 
del Islam, con los cristianos de Afranc. El cronista 
árabe á quien sigue Conde, exclama: «¡Soberano Alah, 
que cuanto tienes determinado, en tus ciertos y eter- 
nos juicios, el trastornar un estado, ó la ruina y cala- 
midad de un pueblo, te agrada el poner la culpa de 
ello en nuestra ignorancia, y nosotros mismos damos 
prisa y armas á nuestros enemigos, ó corremos apresu- 
rados al precipicio á despeñarnos!». 

Cayó Muhámad. en la red: ofreció á Ornar ayudarle 
con las tropas que acaudillaba Zeid ben Cásim, y al 
tiempo que el Emir retrocedía á Andalucía, ordenaba 
á su nieto siguiera las órdenes del rebelde. Avanzó, 
pues,, el joven é inexperto príncipe, cuya edad frisaba 
en los dieciocho años, hasta los montes de Alcañiz, é, 



— 110 — 

'incorporado á Ornar, confiado dormía una noche, con 
sus soldados de Murcia y de Valencia, cuando de 
improviso cayeron sobre ellos los rebeldes, y los lea- 
les perecieron en su mayor parte, sin que escapara 
el mismo Zeid, que sucumbió defendiéndose con 
un valor impropio dé sus tiernos años. El principe 
heredero Mondhir tomó terrible venganza en los de 
Ornar (i). 

El tantas veces citado autor holandés traslada al 
año 883 el alzamiento de Ornar y señala, como teatro 
de sus operaciones, las provincias meridionales. Si 
realmente ocurrió el suceso acabado de relatar, el trai- 
dor pudo ser, no Ornar, sino Lope, ú otro de los hijos 
de Muza el Renegado, cuando no fuera este mismo* 
cuya muerte alargan algunos al año 257 (nov. 870- 
871). Para oponerse á Lobia, ó Lope, que era, como 
su padre, caudillo de -mucho valor y experiencia, hubo 
necesidad de que Mondhir acudiera varias veces al 
norte de la Península, en una de las cuales, el año 270 
(jul. 883-884), vino á Valencia desde Toledo, con la 
caballería de Andalucía, y marchó á Tortosa, donde 
se detuvo (2). 

¿Á qué causa pudo obedecer el que el ejército de 
Andalucía no viniera, como de costumbre, por Tod— 
mir? En dicha comarca había repercutido el grito de 
guerra lanzado por Ornar (880-881), el héroe español 
que por espacio de treinta años desafió á los inva- 
sores de su patria y que en más de una ocasión hizo 



(1) Conde, II, 50, 51 y 52, 

(2) ídem, II, 57. 



\ 



— III — 



temblar á los Omeyas en su trono. También tuvo eco 
en el rpsto del país, valenciano el grito del nuevo • 
Viriato (i). Pero donde estaba el más poderoso núcleo 
de patriotas, era en Tbdmir; y donde se defendieron 
invocando el mágico nombre de libertad los últimos, 
fué en las- escabrosas sierras que forman la línea divi- 
soria entre las modernas provincias Alicante y Valen- 
cia. En ellas se mantuvo hasta el año 928, cuando 
menos, dos antes que Abderrahmáa III pacificara sus 
estados, el jeke Aslami, señor de Alicante y Callosa, 
calificado, como Ornar, de bandido por los realistas; 
á quienes una y otra vez hicieron morder el polvo. 
También al principio de este siglo daban ese epíteto 
y otros no menos denigrantes los franceses y afrance- 
sados á ios valientes guerrilleros que luchaban* contra 
los que, cometiendo mil felonías, habían invadido 
nuestro suelo. Si, como árabe el caudillo Aslami (2), 
era de origen poco noble, la calidad de Ornar ben 
Hafeún, ó Aben Hafsún, no era sino de gran estima: 
su quinto abuelo era .visigodo, llamóse Alfonso y. llevó 
el titulo de Conde (3). Fué el mantenedor del fuego 
sagrado en Todmir, su señor el jeke Daizán ben 
Ishac, que allí se resistió hasta el año 916, en que 
Orihuela se rindió á las armas de Abderrahmán III (4). 
Muhámad I, que murió el 4; 5 ó 6 de agosto 
de 886, pues los autores no están de acuerdo, no 
pudo ver sofocado el 'alzamiento. Lo propio sucedió 



(1) Dozy, Historia, II, 18. 

<2) Ibídem, 18. 

(3) Ibídem, n. 

(4) Ibídem, 17. 



— 112 — 



á Mondhir, que acabó sus días en junio de 888. Su 
• hermano y sucesor Albdallah vióse á principios de 891 
en situación tan comprometida, que apenas le quedaba 
sumiso su propio palacio. 

La mejor harmonía había reinado entre Ornar ben 
Hafsún y Daizán, *el jeke de la provincia Todmir; 
Pruébalo el hecho siguiente: sentado ya en el trono 
Abdallah, vino de Necur (África) un segundón de la 
familia allí reinante, para tomar parte en la guerra 
santa. Apenas desembarcó, fué atacado por Ornar, 
todos los de su escolta fueron muertos, y él solo 
pudo incorporarse al Emir. Combatió luego contra 
Daizán, y perdió la vida (1). 

Por desgracia para la causa nacional, el acuerdo 
entre ambos caudillos se rompió cuando más apurada 
era la situación del Emir. Como Ornar hiciese cortar 
la cabeza á Khaír, señor de Jódar y aliado de Daizán, 
sólo aquél, pudo Abdallah derrotarle, el 16 de abril 
de 891. Hubo un corto respiro para el Omeya. Pe 
excelentes cualidades Daizán y Ornar, cada uno por 
su lado procuraron anular los efectos del desca- 
labro. 

Por la dulzura de su carácter, por su gran gene- 
rosidad, habíase Daizán conquistado el afecto de 
sus inmediatos vasallos. Escribía elegantes versos, 
pero no menos experto capitán que hábil poeta, supo 
organizar un numeroso ejército, del cual eran parte 
5.000 caballos. Tanto llegó su prosperidad á inquietar 
al Emir, que contra él corrió la voz de que iban desti- 



(1) Dozy, Historia, III, 2. 



/ 



— ii3 — 

nadas las tropas reales que en 895 tantos estragos 
causaron en los sublevados cristianos de Sevilla. 

Era Ornar cristiano en el fondo de su alma; pero, 
á imitación de Recaredo, no juzgó prudente hacer de 
sus creencias pública declaración, sino cuando creyó, 
equivocadamente, asegurado el triunfo de la nobilí- 
sima causa que defendía. Al volver al gremio de la 
Iglesia (899), trocó' su nombre por el de Samuel. Las 
aguas del bautismo recibieron sus padres, y su hija 
Argéntea voló con la palma del martirio al cielo en el 
reinado del primer califa (931). Un año antes, en 
el 898, hubo momentos en que los buenos muslimes 
juzgaron perdida su causa en España, al tratar los Be^ 
Cásim, señores del norte, de entenderse con Ornar, 
dueño del mediodía. No pudo, por desgracia, la alianza 
llevarse á cabo. Sin embargo, la insurrección era toda- 
vía imponente cuando la muerte sorprendió á Abda- 
llah, al principio de rabié i. a del año 300 (15 octubre' 
<le 912) (1). 



i) Dozy, Historia, II, 16, 17 y 18.— Conde, II, 67. 

15 



CAPITULO VI 

Califato de Córdoba 
(»ia-ioos) 



Stm,uu U u C ié* .'< IflwHtt Daiían j Adaal: Abdernbnaii III.— &>;■«• A SiIMmkc; el w»li de 
Valanda: lo» Beni Geh«f_— Lw ulaiw: los Ekoi Ciiiiu.— -lí H.ju». i/: iu adnciciAn por el vdoa- 
d»0 Omil el NttMfc Influencia del tadl nlcnciano AWtiribmio ten Gehaf; aiulo de riego ea 
Yalauia.— üiim //; aM> del Ugib Giaiar bes Oimlo 7 «nmlumlenlD de AbuunT: Tigesinu 
tetda eipcd^tóni atpladldaí de Abned ben Al Ktainab.— Bmtm süAní: Abu Abdallib: Aben al 
Mi.iih Al MourJm BihU: Abdímhmai. Abu Mairc¡,h: Abe» Al Faiadai.— Laa «míí™ n ccnm- 
terioi nmlalmaDH de Valencia. 



5 de rabié i> del año 300 (20 octubre 
de 912) fué con general alegría aclamado 
por sucesor de Abdallah su nieto el joven 
Abderrahmán, hijo de una cristiana llamada María.. 
Comenzó su reinado entrando en tierra de Toledo; y,, 
no contándose allí seguro Aben Hafsún, se retiró á la 
España oriental. Por más que el caudillo cristiano- 
tenia á sus órdenes los hombres más aguerridos de 
esa región y de las sierras de Elbira y de Todmir, fué 
vencido, y desde Guadarrama hasta Murcia, en todas 
partes se reconoció al legítimo soberano (1). 

Corriéronse los rebeldes á tierra de Todmir, y con 
incansable actividad los perseguía Al Mudhaífar, tío 
del monarca: Orihuela, centro de operaciones del 



( i) Conde, II, 68. 



— lis — 
caudillo Daizán, fué conquistada el año 916 (í). 
Pidió el valeroso Al Mudhafíar que se le permitiera 
tratar sin blandura á los de Ornar, que se habían refu- 
giado en las fragosidades de las sierras. Abderrahmán, 
convencido de las razones de su tío, escribió á los 
alcaides de las comarcas de Valencia y de Todmir, que 
tuviesen prevenido su contingente de guerra, porque 
él en persona visitada y allanaría la tierra (2). 

La muerte vino entonces, año 917 (3), á librar de 
su más peligroso enemigo á Abderrahmán. El terrible 
Ornar, que por espacio de treinta años tuvo en jaque 
el poderío musulmán, acabó sus días. Fué héroe cual 
no le tuvo España desde los tiempos de Viríato, pues 
su rebelión tuvo carácter de levantamiento general 
para sacudir el yugo mahometano. Cristiano fué él, 
cristianos fueron sus padres, y por confesar en público 
á Cristo Aigentea su hija, voló, en 931, al cielo con la 
palma del martirio. Gran satisfacción despertó en Cór- 
doba la muerte de Ornar, pues, con tal accidente, 
podía la insurrección darse por terminada en plazo no 
lejano (4). Cúpoles á las comarcas de Todmir y 
Valencia la gloría de que en ellas resonara por último 
«1 grito de libertad é independencia. 

Después del 21 de marzo de 918, Abderrahmán III, 
seguido de la caballería de Andalucía, entró en tierra 
de Todmir y visitó sus ciudades Murcia, Orihuela, 



1) Conde, 1. c— Doiy, Historia, U, 18. 

1) Conde, II, 70 y 71. i 

';) Conde pone U fecha de su muerte al fin -del año jo6 (2 Junio 919) 

■) T>ozy, Historia, I¡, 17. 



— n6 — 

Lórca y Cartagena, en todas las cuales fué recibida 
con vítores y aclamaciones. Los ^principales de ellas 
solicitaban del Emir los admitiese en su hueste. Entró 
también en Elche y Denia, pasó á Játiba, y vino á 
descansar en Valencia, donde se detuvo algunos días. 

Las* manifestaciones de alegría se repitieron en 
Murviedro (primavera de 918) (j), Nules y Tortora. 
Remontando el curso del Ebio, subió hasta Alcañiz, 
y desde allí, hasta Zaragoza, que acabó por abrir, sus 
puertas. La expedición del Emir no tuvo por objeto el 
recreo ni el conocimiento de sus dominios, sino acabar 
con una insurrección que en bien poco estuvo no 
acabara con la dominación sarracena en España {2). 

Aún transcurrieron algunos años hasta que se 
logró la pacificación. En 924 fueron obligados á some- 
terse muchos rebeldes del país valenciano (3). A la 
rendición de Jaén asistió la hueste de Todpiir; y lá de 
Valencia, al sitio de Toledo. H¿sta que ¡la :hueste de 1 
Valencia no estuvo junto á la ciudad del Tajo, Abde- 
rrahmán no se puso en camino. Sometida.. Toledo 
(927"), antes que las tropas leales entrasen en la ciudad, . 
fueron despedidas las de Valencia (4); 

Por más que en general la comarca de Levante 

reconociera el dominio del Emir, la sumisión del país 

• aún no era completa. En 928 hubo necesidad de enviar 

un ejército que acabase con las correrías del Jeké 

Aslamí, señor de Alicante y de Callosa. Era el rebelde,. 



(i). Chabret, Sagunto,!, 12. 

<a) Conde, II, 71. 

(3) Dozy, Historia, 

(4) Conde, II, 73. 



— ii 7 — 

al decir de los árabes, un bandido del peor género, 
quien, con capa de religiosidad, supo encubrir instintos 
los más perversos. Llegado á la vejez, so pretexto de 
que no en otro quería entender sino en la "salvación 
de su alma, era asiduo en la asistencia á las manifesta- 
ciones externas del culto; mas ello no era obstáculo á 
que de cuando en cuando causara estragos pn las tierras 
de sus vecinos. Muerto Abderrahmán sú hijo, en quien 
había delegado sus funciones, el cual pereció luchando 
con las tropas del Emir, encargóse nuevamente del 
mando, que ya le fué de corta duración: el caudillo 
Áhmed ben Ishac le tomó una á una todas sus forta- 
lezas, le obligó á pedir la paz, y fué, con toda su 
familia, conducido á Córdoba (i). 

Libre ya de cuidados Abderrahmán III, ordenó 
que desde el viernes, 16 enero de 929, se ledieran en 
las oraciones, y actos públicos los títulos dé Califa, 
Principe de los Creyentes y Defensor de la Fe- La Numis- 
mática confirma eso mismo: en las monedas de Abde- 
rrahmán desde el año 316 (feb. 928-929), aparecen 
los sobrenombres Amir al Muminin y An Nasir hdin 
Allab (2), Desde esa fecha, no antes, comienza el 
Califato de Córdoba. No falta quien le dé mayor anti- 
güedad, aunque sin salir del reinado de Abderrah- 
mán III: «En el año 302 (julio 914-915), mandó el 
rey Abderrahmán An Nasir mudar el cuño de la 
moneda de oro y de plata. Sus antecesores habían 
reservado el mismo tipo y forma de la moneda de 



A üozy, Historia, IU, 2." 

Codera, Tratado de Numismática Arábigo- Española, sección tercera, I 



— n8 — 

los Califas de Danjasco , y (Abderrahmán) ordenó 

que se pusiese por un lado su nombre y títulos, y por 
otro la confesión de la unidad de Dios y la misión 

profética Asimismo hizo poner en sus títulos en 

ella el de Imam, 6 Príncipe de la Religión, como hacían 
los Califas de Oriente» (i). 

« Los cristianos del Norte no cejaron en su noble 
empresa de arrancar comarcas á los dominios musli- 
mes, no obstante que aquéllos ya no contaban en su 
auxilio con las guerras intestinas de sus enemigos. 
Las huestes de Todmir y de Valencia concurrieron á 
la famosa batalla de Simancas, que á tanta altura puso 
el nombre de Ramiro II. 

Para repeler las continuas y atrevidas incursiones 
del rey de León, publicó Abderrahmán III el algihed 
ó guerra santa. En el tercer cuerpo de ejército y á las 
inmediatas órdenes del Califa, iban las huestes de que 
va hecho mérito. El walí de Valencia quedó con 
Abdallah ben Gamrí, quien, con 20.000 muslimes 
tenia sitiada á Zamora. 

En la sangrienta batalla del 5 de agosto del 
año 939 (2) (no del 22 de julio, ó sea, tres días 
después del eclipse de xawal del año 327, como 
asegura Conde, que, sin duda, toma esta fecha del 
Masudí), pereció á la vista de Abderrahmán III, que 
mandaba el cuerpo de reserva, en que estaban las 
huestes de Todmir y de Valencia, el cadi de ésta, 
Gehaf ben Yemen. No quedó sin recompensa para su 



(O Conde, II, 68. 

(2) La víspera de los santos Justo y Pastor (Sarapiro, c. XXII y XXIII). 



— ii9 — 

familia el sacrificio del cadi. Estando de regreso en 
Córdoba el Califa, después que en Mérida despidió 
aquellas huestes, dio á Giafar, el hijo, el mismo cargo 
eclesiástico-civil que el difunto había desempeñado (i). 

Tiene, pues, razón la Crónica General, cuando, al 
relatar los hechos del Cid que interesan á nuestra 
región, afirma que los ascendientes de Aben Gehaf, el 
mandado quemar por Rodrigo, en mayo de 1095, 
hablan desde tiempo muy antiguo desempeñado en 
Valencia las funciones de cadi. «Era de buenos ornes, 
ca sus abuelos é su padre, des que fuera Valencia de 
moros, siempre fueron alcaides uno empós de otro 
fasta su tiempo: e eran ornes sabios é muy ricos» (2). 

Hijo del cadi Giafar, el recompensado á causa de 
la muerte de su padre en 5 agosto de 939, pudo ser 
Abderrahmán ben Gehaf, que fué cadi de Valencia 
durante el reinado de Al Háquem II. De su impor- 
tancia hablaremos al tratar de dicho reinado. Cono- 
cense de Abderrahmán dos hijos, Abdallah y Giafar. 
Tuvo Abdallah un hijo, también llamado Abderrah- 
mán, nacido el año 383 (febrero 993-994) y muerto 
en el 472 (1079-1080). De él cuenta Ad Dabj, que 
fué cadi de Valencia, que pertenecía á un linaje que se 
distinguía por su principalidad y ciencia, y cuyos indi- 
viduos se sucedían unos á otros en el gobierno de la 
ciudad. De su sobrino Abu Ahmed Giafar Aben Gehaf 
ya nos ocuparemos detenidamente en su lugar opor- 
tuno, ó sea, al narrar los hechos de Rodrigo Díaz de 



ti) Conde, II, 80 y 81. 

(2) Crónica genera), ío!. 324. 



— 120 — 

Vivar* Es, como se ha visto, notable la concordancia 
entre Conde, la General y un distinguido arabista 
valenciano, todos ellos conformes en cuanto á la im- 
portancia de los Beni Gehaf/ célebre familia de entre la 
esplendorosa nobleza musulmana de Valencia (i). 

En el Ajbar Machmua se dá la razóq de esa derrota 
y se señala el comienzo de la influencia de los eslavos 
sobre la de la orgullosa aristocracia árabe. Lo uno y 
lo otro importa sea conocido, por la relación que tiene 
con sucesos privativos de nuestra región. 

«El Califa, á quien Dios perdone, se acabó de entregar á los 
placeres, y sus triunfos le llenaron de vanidad. Desde entonces 
concedió los empleos al favor y no al mérito; eligió para minis- 
tros á personas incapaces, é irritó á los nobles elevando á las 

i 

más altas dignidades á hombres salidos de la nada Los gene- 
rales de nQble alcurnia acordaron entíe si dejarse derrotar, pro- 
yecto que llevaron á cabo en la campaña del año 326 (2). El 
Califa, que había llamado á sus banderas un número inmenso 
de soldados y que había gastado enormes sumas en esta expedi- 
ción, la habia bautizado de antemano con el nombre de campaña 
del poder supremo; pero sufrió la más vergonzosa derrota. Durante 
muchos dias consecutivos los enemigos persiguieron á sus solda- 
dos de etapa en etapa, llevando la muerte por todas partes y 
haciéndoles un gran número de prisioneros. Muy pocos oficiales 
lograron reunir bajo sus banderas una parte de sus soldados 
dispersos y volverlos á conducir á sus hogares. Desde entonces 
el Califa rennnció acompañar al ejército cuando' iba á cam- 
paña, y desde aquel día sólo se ocupó de sus placeres y de sus 
barcos» (3). 

Al cesar la aristocracia árabe de tener importancia 



(1) El Archivo, I, 349-357. 

(2) Debe ser 527 (octubre 958-959). 

(O Ajber, fol. 



— 121 — 

en los negocios del Estado, los Beni Cásim, descen- 
dientes del gobernador de España Abdelmélic ben 
Katan (741), se retiraron á Alpuente, provincia de 
Valencia, donde tenían vastos dominios. Todavía 
queda en la de Castellón un pueblo que se llama Beni 
Cásim (1). 

¿Y quiénes eran los eslavos, que llegaron á dominar 
en toda la región de Levante? (2). Al principio el 
nombre de eslavos se aplicaba á los prisioneros que 
los pueblos germánicos hacían en sus guerras contra 
las naciones asi llamadas, y que vendían á los sarra- 
cenos españoles. Con el tiempo, cuando se comen- 
zaron á comprender bajo el nombre de eslavos una - 
multitud de pueblos que pertenecían á otras razas, se 
dio este nombre á todos los extranjeros que servían 
en el harem ó en el ejército, cualquiera que fuese su 
origen. Según el precioso testimonio de un viajero 
árabe del siglo X, los eslavos que tenia á su servicio 
el califa español, eran gallegos, francos (franceses y 
alemanes), lombardos, calabreses y procedentes de la 
costa septentrional del Mar Negro. Algunos habían 
sido hechos prisioneros por los piratas andaluces; otros 
habían sido comprados en los pueblos de Italia; por- 
que los judíos, especulando can la miseria de los pueblos, 
compraban niños de uno y otro sexo y los llevaban á 
los puertos de miar, donde naves griegas y venecianas 
iban á buscarlos para llevárselos á los sarracenos; otros, 
esto es, los eunucos, destinados al servicio del harem, 



) Dozy, Historia, IV, 362. 
) Ibídem, IV, 1. 



f — 122 — 

llegaban de Francia, donde había grandes manufacturas 
dí eunucos dirigidas por judias* Era muy famosa la de 
Verdún; y había otras en el Mediodía. 

cComo la mayor parte de estos cautivos eran pequeños, 
cuando llegaban á España, adoptaban fácilmente la religión, la 
lengua y las costumbres de sus señores. Muchos de ellos recibían 
una educación esmerada; de suerte que más adelante gustaban 
de reunir bibliotecas y componer versos. Siempre habían sido 
numerosos los eslavos en la corte y en el ejército de los emires 
de Córdoba; pero nunca lo fueron tanto como en tiempo de 
Abderrahmán III. Su número se elevaba entonces á 3.750, 
según unos; á 6.087, según otros, y hay quien los hace subir 
á 13.750. ' 

* Esclavos ellos, tenían, sin embargo, otros esclavos á su 
servicio, y poseían tierras muy extensas. Abderrahmán los invistió 
con las más importantes funciones militares y civiles; y, en su 
odio hacia la aristocracia, obligó á las gentes de alta alcurnia, 
que contaban entre sus ascendientes los héroes del desierto, i 
humillarse ante estos advenedizos^ á quienes despreciaban sobe* 
ranamente» (1). % . 

Abderrahmán III, el primer califa español, murió 
en la noche del miércoles, 16 octubre de 961,7 dejó 
por sucesor á su hijo Al Háquem, segundo de este 
nombre. 

Se ha dicho, y no sin motivo, que cuando la His- 
toria calla está la humanidad de enhorabuena. Concre- 
tándose dicha ciencia en la antigüedad, y hasta en 
nuestros mismos tiempos, salvo muy contadas excep- 
ciones, á narrar los hechos que fascinan al vulgo, 
amigo de sucesos ruidosos, tales como guerras, y 
despreciando el curso de la cabeza y del corazón, 



(1) Dozy, Historia, til, 3. 



— 123 — ~ 

cuyas conquistas se realizan en el silencio y sin efusión 
de sangre; poco interés ofrecería á nuestros lectores el 
reinado del segundo califa, si la ilustración de los 
mismos no comprendiese que fuera de las desgarra- 
doras escenas del campo de batalla, es donde ha de 
buscarse de ordinario el verdadero- y legitimo pro- 
greso. 

No pequeña parte de la gloria de Al Háquem II 
alcanza á Valencia, pues que valenciano fué su maes- 
tro. Las sabias lecciones de Ozmán el Moshafí, sacaron 
á un aprovechado discípulo, al más ilustrado y bené- 
fico de los califas españoles. Contribuyendo en no* 
poco la educación del príncipe, y gracias también al 
natural desarrollo de los acontecimientos políticos, es 
lo cierto que las artes de la paz tuvieron una protec- 
ción que hasta entonces no se les había dispensado, y 
el efecto de esta preciosa labor, por lo que atañe á las 
letras, pudo en nuestra región palparse durante el 
reinado del indefinible Hixem II. 

Fué durante el reinado de Al Háquem II cadí de 
Valencia, Abderrahmán ben Gehaf, yde la estimación* 
que en la corte se le tenia, es testimonio el hecho ' 
siguiente: un principe destronado del norte, llamado 
Ordoño, vino á implorar la ayuda del Califa. En el 
trayecto salieron varios destacamentos de brillante 
caballería, para festejarle y otorgarle los honores debi- 
dos á su alto rango. Por indicación del Califa salieron 
á recibirle en las inmediaciones de Córdoba, con nume- 
¿os regimientos, los cadíes de Valencia y de Gua- 
cara. Ellos fueron también, después de la solemne 
)ública recepción en el palacio de Az Zahra, en la 



— 124 — 

cual se prometió el apoyo al príncipe cristiano, los 
designados para acompañarle y restablecerle en el 
tronó (i). 

Entonces llegó el Califato al apogeo de esplendor. 
Al Háquem recordó, al efecto de hacer lo menos cruen- 
tos posible los necesarios horrores de la guerra, las 
obligaciones del muslim en ella; prohibió el uso del 
vino, muy generalizado al amparo de ciertos pretextos, 
y mandó arrancar las viñas, hasta dejar sólo una ter- 
cera partej para pasa, arrope y otras composiciones líci- 
tas y saludables; y á beneficio de la prolongada paz 
de que disfrutó, acudió al fomento de la agricultura. 
No tuvo en olvido, como es consiguiente, la canaliza- 
ción para el riego, y fueron abiertas, como en otras 
provincias, acequias en la de Valencia. Este buen rey, 
como dicen sus justos ó apasionados admiradores, 
trocó en rejas de arado y en azadones las lanzas y 
espadas; y volvió los espíritus inquietos y guerreros de 
los muslimes en pacíficos pastores y campesinos (2). 

¡Cuan pocos han sido los gobernantes que hayan 
tomado á empeño resucitar los hermosos tiempos de la 
Arcadia! ¡Bendito sea el valenciano Ozmán, que supo 
formarían noble corazón en el nobilísimo Al Háquem! 

Así como el sentimiento de humanidad fácilmente 
nos hace otorgar aplausos á todo lo que dice favor á 
nuestra especie, el espíritu de justicia, que debe presi- 
dir á quien sólo viene obligado á relatar hechos, nos 
pone en el caso de moderar los entusiasmos que en 



(1) El Archivo, I, 249-250. 

(2) Conde, II, 90 y 94. 



— I2J — 

nosotros despierta el cuadro que, como él sólo sabe 
hacerlo, ofrece á nuestra contemplación el sapientí- 
simo Conde. 

No falún quienes ciegamente, ó movidos á impul- 
sos de espíritu sectario, mal de que no juzgamos 
exento á dicho autor, como puede verse en el prólogo 
de otro libro suyo, establezcan parangón entre ia 
influencia cristiana y algunas otras, saliendo, como de 
intento se propuso, no bien parada la primera. Porque 
es en nosotros un deber ineludible dejar las cosas en 
su puesto, hacemos nuestras las siguientes observa- 
ciones, muy pertinentes al caso de la influencia sarra- 
cena en la propiedad material de nuestro suelo. 

• Quisiéramos que se nos hubiera demostrado fuesen los ára- 
bes los que establecieron los riegos de la provincia, pues nos viene 
cuesta arriba que los esfuerzos individuales de aquel pueblo apá- 
tico (el árabe) realizasen lo que suponen no pudieron hacer los 
ricos poseedores de los iatifundia romanos. Seria de desear ma- 
yor certidumbre respecto á la trasmisión de las costumbres agrí- 
colas, industriales y comerciales, pues no vemos en Ao que se 
propone relación de continuidad. Muchas cosas son ahora tales 
espontáneamente, porque salen de su naturaleza íntima, no por 
propagación. Veimoslo. 

» Viene la Reconquista, y los lugares fuertes son ocupados 
exclusivamente por cristianos', y los pequeños y rurales, por los 
moros, que tienen, además, morerías en las capitales. Los cris- 
tianos, catalanes ó aragoneses en su mayor parte, seguían, natural- 
mente, el estilo de sn país, acomodándose á las exigencias del 
suelo y clima valenciano. Los moros, aislados, poca influencia 
:ieron en sus vecinos, superiores en civilización, con sus pre- 
gones de dominio sobre aquéllos. Nótese que los moros no 
ietoo nunca cristianos á sueldo, y el amo es el que impone la 
na de la labranza, y no e! criado. 



^ 



\ 



— X26 — 

*Pero demos por sentado que los moros nos trajeran de 
Marruecos, ó los árabes, de los desiertos, el modo de regar arti- 
ficialmente los campos, aprovechando las aguas de los ríos, y que 
fueron tan buenos agricultores, que llegaran á convertir en un 
verjel la provincia.... ¿Cómo se explica que al ser arrancados de 
cuajo y trasplantados á estas regiones los catalanes y aragoneses, 
/ no se convirtió en páramo todo este reino?» (i). 

Para los que hayan tenido ocasión de registrar 
nuestros archivos, Vio será tarea pesada precisar las 
fechas á partir de las cuales arranca la apertura de 
canales de riego en la región de Levante. Ignoramos 
si en el resto de la Península" sucedería lo propio, 
y á pensarlo asi nos inclinan los comunes elogios con 
que se envuelve la decantada prosperidad del suelo 
valenciano y la de toda España en los tiempos de 
Al Háquem II. Entiéndase qne no tenemos empeño 
en eclipsar el brillo de las glorias árabes; sentimos, 
por lo contrario, no pequeño cariño á sus cosas, pues 
difícil es dar un paso, sin tropezar con mil y mil restos 
suyos. < 

Á la muerte ,de Al Háquem II, ocurrida á 2 de 
sáfer del año 366 (30 de septiembre de 976), subió 
al trono su hijo Hixem II, cuyo reinado fué de los 
más largos, pues alcanza hasta el 22 de abril de 1013^ 
en que Suleimán «hizo de él lo que se ignora, pues 
nunca más pareció vivo ni muerto, ni dejó sucesión 
sino de calamidades y discordia civil» (2). 

Hijo del sabio berberisco valenciano Ozmán de 



(1) El %/inhiiv, IV, 190-191.— Tampoco son despreciables las reflexiones que en el mismo 
libro (II 232-23$) se hacen acerca déla influencia sarracena en la prosperidad agrícola de nuestro 
reino. 

(2) Conde, II, 108. 



— 127 "~ 

Mo'shafi, maestro de Al Háquem II, el más ilustrado 
de los califes españoles, fué el poeta Giafar, desgraciado 
ministro de Hixem II y que preparó la exaltación del 
famoso Almanzor (i). 

La personalidad del desdichado é inepto Hixem II, 
fanatizado é intencionadamente embrutecido por el 
omnipotente ministro y la sultana madre Zobh, ó 
Aurora, viuda de Al Háquem II, queda oculta en el 
serrallo y envuelta en las sombras del misterio. 
Reaparece luego dando rienda suelta á instintos de 
crueldad, esparce la semilla de que surgen los reinos 
de Taifas ó de las Pequeñas Dinastías, y, sin que 
á ciencia cierta nada se sepa, yace poco después sepul- 
tado por siempre en la noche del olvido. 

Para tropezar con algo- que para nosotros encierre 
algún interés, hemos de trasladarnos al año 985, fecha 
de la vigésima tercia expedición del llamado por anto- 
nomasia Al Manzor (El Victorioso). Llamóse Muhá- 
mad ben Abdallah ben Abu Ahmer el Moaferi; era 
biznieto de Abdelmélic de Wasit, que con Tárik entró 
en España, y abuelo de Abdeláziz, el primer emir 
independiente que tuvo Valencia. Por su afabilidad, 
gentileza, valor y consumada prudencia, comprendió 
la viuda que convenía depositar en sus manos las 
riendas del Estado. 

, No faltó quien censurara, bien que en secreto, 

la elección: y fué Giafar ben Ozmán, que miró la 

elevación de Muhámad como menosprecio de sus 

indes y antiguos servicios. Y, como el mayordomo 



.) El Archivo, I, 169. 



— 128 — 

I p 

y ministro de Sobehía rompiera los pactos de paz que 
el último califa tuviera con los cristianos de Asturias 
y del resto de España, y, en cambio, entrara en amis- 
tad con los que fueron enemigos de Al Háquem II, las 
murmuraciones y censuras del ex-hágib Abulhassán 
Giafar ben Ozman el Moshafi y de algún otro, fueron 
en aumento. El poeta valenciano fué puesto en prisión, 
y sus bienes quedaron aplicados al fisco el año 368 
(978-979) (1). 

El año 985 resolvió Almanzor volver sus armas 
contra Cataluña, feudo del rey de Francia, sabedor de 
que ésta era presa de la anarquía feudal y que mal 
podia, por tanto, auxiliar á los condes catalanes. Hasta 
entonces habían los califas respetado el ángulo nor- 
deste de la Península, pues no ignoraban que al com- 
batir al territorio habían de medir también sus armas 
con las de allende el Pirineo. 

Después de reunir crecido número de tropas y 
seguido de unos cuarenta poetas que cantasen sus 
victorias, salió de Córdoba el 12 de dilhagia del año 
374 (5 mayo de 985). Pasó por Elbira, Baza y Lorca, 
y vino á parar en Todmir. Allí se detuvo hasta que 
acudiesen las gentes y naves del Algarbe . Estuvo apo- 
sentado en casa de Áhmed ben Al Khattab ben 
Dagim, amil de la ciudad, según amos, y simple parti- 
cular, según otros. Sus propiedades eran grandísimas, 
y enormes sus rentas. Era cliente de los Omeyas y, lo 
más probable, de origen godo. Acaso descendía de 
Teodomiro, el principe que en abril de 713 acabó 



(1) Conde, II, 96 y 97. 



— 129 — 

capitulación tan honrosa con Abdeláziz ben Muza. 
En la primera mitad del siglo XIII, los Ben i Khattab 
se suponían árabes; pero sus antepasados del siglo X 
no pensaban siquiera en atribuirse semejante abolengo. 
Trece dias estuvo Almanzor hospedado en casa dé 
Áhmed. Durante ellos, el hágib, los caballeros y caudi- 
llos, y los jinetes y peones de los mismos, tuvieron 
abundante comida, y jamás por segunda vez se pre- 
sentó en la mesa del ministro manjares de que ya 
hubiese comido ni vajilla de que ya hubiera hecho uso. 
La esplendidez de Aben Khattab llegó al extremo de 
servir delicados baños de agua de rosa y con profusión 
<le aromas á los principales caudillos. En blandos 
lechos de preciosos paños de seda entretejida con oro 
se entregaban al sueño. 

Por más que Almanzor estuviese acostumbrado al 
lujo, causóle admiración el que Áhmed había desple- 
gado. De ahí que exclamara ante sus caudillos y caba- 
lleros: «En verdad que Áhmed no sabe aposentar 
gente de guerra; yo me guardaré de enviar por aquí 
tropas de algihed ni fronteros,, para quien sus arreos 
son las armas, y el descanso, d pelear. Pero también 
es cierto que no ha nacido para vulgar pechero un 
hombre de tan generosa condición: y, así, en nombre 
de nuestro señor, el rey Hixem, yo íe hago franco de 
pagar tributos durante su vida.» 

Cuando Almanzor estuvo de regreso en Córdoba, 

convidó á Khattab, le honró mucho, le tituló «el 

bsequioso,» le regaló una linda esclava de su alcázar 

hizo que el Califa le otorgara grandes privilegios. 

>lvió el cadí á su amelia ó gobierno no descontento 

17 



* — 130 — 

de la buena recompensa á su nada común generosidad* 
Tampoco faltó de entre los poetas que formaban ef 
corteo de Almanzor, quien perpetuase con elegantes 
versos el suceso: fué el trovador Omeya ben GaJib. 

Contemporáneo de Áhmed fué Abu Becri, caba- 
llero muy favorecido de la reina madre, y tan rico, 
que se contaban como suyas en tierra de Todmir más 
de mil alquerías (1). 

Dejando á Murcia, alcaidía de Todmir, prosiguió 
Almanzor su marcha hacia el norte, engrosando el 
ejército con tropas de á pie y de á caballo que re- 
cogió al paso por Valencia, Tortosa y Tarragona. 
Después de haber batido al conde Borrell II, llegó 
delante de Barcelona el miércoles, i.° de julio; y el 
'lunes siguiente, día 6, la tomó por asalto. Conquistada 
la ciudad condal, en la marcha hacia Córdoba por 
lo interior de España, despidió las huestes de Todmir 
y Valencia (2). 

Como si los laureles de las glorias militares 
hubieran nacido para entrelazarse con los de las letras, 
asoman los primeros frutos de lá nunca bastante 
alabada administración de Al Háquem II. 

Abu Abdallah, hijo de padre valenciano, fué muy 
competente y feliz en juzgar de las cosas ocultas 
y venideras. Aziz Bihla, rey de Egipto y el segundo de 
los califas fathimitas, le distinguía con su familiaridad 
en los consejos y prestaba el mayor asentimiento-, 
á sus indicaciones. N En gracia ante el monarca superó 



(1) Conde, II, 97. 

(2) Dozy, Historia, III, 10.— Conde, II, 98. 



— i3i — 

en mucho á los mismos egipcios. Acabó sus días en la 
primavera de 996 (1). 

También es digno de mención Aben al Maxath. 
Por las recomendables dotes que le adornaban, sobre 
todo por la manera con que explicaba el Corán, se 
captó las simpatías de Aimanzor: de ahí que le confiara 
la dirección de importantes funciones administrativas, 
tales como los cadiazgos de Écija, Osuna, Carmona, 
Morón, Jaén y Valencia. Murió el año 397 (septiem- 
bre 1006- 1 00 7) (2). 

Floreció, igualmente, en el siglo IV de la Hegira 
(912-1008), Muhámad ben Man ben Somadeh, de 
la familia Abu Yahya, de los Todgibitas, llamado 
Al Motacim Bihla y Al Watec Bihla. Nacido en Zara- 
goza, cuj/b gobierno tuvieron su padre y su abuelo, 
wali que fué éste de Huesca; cuando la guerra civil, se 
amparó en Valencia, junto á su primer emir; Abde- 
láziz, á quien poco después dio en matrimonio una 
hija (3). 

En el siglo X de t nuestra era, un autor árabe, 
Abderrahmán Abu Matreph, escribió un libro de 
Agricultura, en el cual trata, principalmente, de las 
plantas que nacen en el litoral de Denia, no pasando 
por alto, como es consiguiente, las laderas del Mongó, 
al que da ya el nombre Caun, como el Nubiense. Del 
libro del autor granadino, varón docto y de buenas 
costumbres, nada más se sabe (4). 

(1) Casiri, 1, 407. 

(2) Pons, Ensayo bio-bibliogrdfico sobre los historiadores y geógrafos arábigo - 
pañoles y nútn. 61. 

(3) Casiri, I, 4jo. 

(4) Casiri, II, 130. 



— 132 — 

Algo semejante á la ninguna utilidad que á nuestra 
reino resulta de la obra del citado autor, ocurre res- 
pecto del historiador Aben al Faradhi. Nació en Cór- 
doba en dilcada del 3 5 1 (diciembre de 962); en el 3 82. 
(992-993) se dirigió á Oriente y, á su regreso, rei- 
nando ya el Modhi Bihla (el conciliador de los ánimos 
desavenidos), ó sea Muhámad II (marzo de 1009)^ 
desempeñó el cadiazgo de Valencia. Ésta y Todmir 
siguieron el bando de Múhámad ben Hixeni. Al escri- 
bir el docto biógrafo cordobés su erudita crónica dé- 
los sabios moros españoles, no había de olvidarse de 
los valencianos, entre quienes vivió. La desgracia 
quiere que no haya aparecido aún ningún códice de 
la obra de Aben al Faradhi, muerto en 20 abril; 
de 1013, al apoderarse de Córdoba los berberiscos (1). 

Por ningún lado asoma la influencia civilizadora 
délos mahometanos en nuestro reino, hasta que llega 
para el Califato la época más tormentosa. Mientras los. 
elementos naturales del país no se asocian á los domi- 
nadores, ni un solo autor arábigo-valenciano figura 
en la serie de sabios musulmanes españoles. Ese hecha 
innegable prueba hasta la evidencia, que no« fué la 
cultura mahometana la que civilizó el país, sino que el 
progreso cristiano aún despidió algunos destellos, no 
obstante la acciófi refractaria del Islamismo. 

Al producirse la amalgama arábico-hispana, apa- 
rece la larga serie de sabios valencianos. Muy del caso 
es señalemos, siquiera sea con la generalidad que 
permiten los datos, el sitio adonde fueron á repo- 



(1) Pons, núm. ji.—E¡ archivo, I, 209.— Conde, II, 



— 133 — 

sar los restos mortales de la mayor parte de esos 
sabios. 

Cuatro ó cinco eran las macboras ó cementerios 
musulmanes de Valencia: el de las Chocas ó Cabanas 
(macbora al jiamí), el de la Puerta Boatella, el de la 
Puerta de la Culebra y el de la Mossala. Su situación 
correspondía: el de las Cabanas, al término de la calle 
San Vicente; elde la Boatella, á la plaza de San Fran- 
cisco; el de la Culebra, á las afueras del portal de 
Valldigna, y el de la Mossala, estarla, tal vez, en las 
de la Xarea, hacia el levante, no lejos del Fosar de 
Benimaclet. Asi se desprende de algunas biografías 
sarracenas y del libro de apuntes para el repartimiento 
de Valencia (1). 

Mientras vivió el ministro favorito de la sultana 
Sobehia, mantúvose fuerte y vigoroso el imperio fun- 
dado por- Abderrahmán I, afirmado en la dinastía por 
Abderrahmán II y robustecido por Abderrahmán III, 
en cuyo tiempo sucumbió la independencia española. 
Muerto Almanzor el lunes, 16 de julio de 1002, á 
consecuencia de las heridas que recibió en la para el 
Islam funesta jornada de Calatañazor, ó el 10 de 
agosto del mismo año, efecto de su avanzada edad, 
sonó para el Califato la señal de su próxima ruina (2). 



\ 



(1) El Archivo, I, 209-219. 

(2) Conde, II, 102. — Dozy, Historia. 



CAPITULO VII 

Disolución del Califato 
(104)2-1031) 



OüMyji.— Ei hfgit Widhi logrí Je Hix, 

vor de los e*l>vos de Todmic, Ctmgcaí, 1 



vilj-¡todideJit¡b..-Iiix < 



la muerte de Almanzor, Hixem II traspasó 
las funciones del ministro á su hijo Abdel- 
mélic al Mudháfar;-y no lo hizo del todo 
mal el nuevo hágib, pero la estrella de los Meruades 
declinaba con marcha .apresurada al ocaso. No sin 
sospechas de haberle envenenado su hermano Abde- 
rrahmán, tan presuntuoso como inepto, murió en 
Córdoba en octubre de 1008. 

Al morir Mudháfar en la flor de sus- años, le suce- 
dió su hermano Abderrahmán, odiado de los faquies, 
porque su madre era hija de un conde de Castilla ó 
de Navarra, llamado Sancho, de donde le vino al hágib 
el titulo despectivo Sanchuelo; porque amaba con pasión 
los placeres y hacía pública ostentación de- impiedad, 
y porque se le acusaba de haber sido él quien con 
una manzana envenenada había causado la muerte á 
su hermano. 



- 135 - 
" Había en los musulmanes otro motivt* de disgusto. 
Elevado Almanzor á la cumbre del poder con el apoyo 
de la formidable clientela de los generales bereberes y 
eslavos, éstos eran objeto de gran aversión por los 
árabes de alta alcurnia, que se veían alejados del 
mando. 

Una imprudencia de Sanchuelo ocasionó su caída 
y mísero remate. Pidió á Hixem II, que no tenia hijos, 
le declarase sucesor. El Califa, después de alguna 
vacilación y previa consulta á varios teólogos, que 
opinaron favorablemente, accedió, por noviembre del 
mismo año 1008, á la pretensión del hágib.Al cundir 
la noticia de semejante atrevimiento, el odio dejos 
cordobeses llegó al colmo. 

No tardó sino dos meses el producirse una revo- 
lución, principio de la porfiada guerra civil que acabó 
con el Califato. El viernes, 14 enero de 1009, salió 
Abderrahmán á campaña contra los Jeoneses: las 
nieves le obligaron á cejar en la empresa. El martes, 
15 de febrero, estalló en Córdoba la insurrección, y 
en menos de veinticuatro horas se derrumbó el pode- 
río de los clientes ameríes, que eran numerosos y 
fuertes. El 26 de febrero, ' Muhámad el Mohdi Bihla 
despojaba ,del trono á su primo Hixem II, y gracias á 
los ruegos de Wadha, le perdonó la vida, si bien le 
condenó á reclusión perpetua. 

Abandonado de los suyos Abderrahmán San- 
chuelo, se sometió á Muhámad él 4 de marzo. Envió 
á Córdoba su harem, compuesto de 70 mujeres. No 
tardó él tampoco en llegar á la capital del Califato. 
Un día después, martes, 18 de récheb de 399 (17 



-i 3 6- 

marzo de 1009), era asesinado Sanchuelo, padre del 
primer emir autónomo de Valencia, y clavado en una 
cruz (1). 

Ya aclamado por rey Muhámad II, como primer 
acto de soberanía ordenó la salida de la guardia afri- 
cana. Berberiscos y zenetas se opusieron con las armas 
en la mano, pero fueron vencidos y expulsados de la 
ciudad el 7 de "junio. La cabeza del jefe fué lanzada 
fuera del muro. Eligieron por vengador á Suleimán, 
primo del decapitado, y, considerando que eran pocas 
sus fuerzas, reclamaron auxilios del rey de León, 
Alfonso V; derrotaron á Muhámad II el 7 de noviem- 
x bre, y tuvo él que refugiarse en ^Toledo, de donde era 
walí su hijo Obeidaláh. Suleimán hizo su entrada en 
Córdoba el 7 de diciembre. 

Por mediación del hijo, alcanzó Muhámad soco- 
. rros de Ramón y / Armengol, condes de Barcelona. 
Cuando Suleimán supo que Muhámad, con escogida 
gente de Toledo, Valencia y Murcia y de catalanes, se 
. acercaba á marchas forzadas, quiso oponérsele y fué " 
derrotado. Hizo Muhámad su entrada en Córdoba. 
Creyéndose ya seguro, despidió á sus auxiliares cata-, 
lañes. Trató, en una salida, de acabar con los africanos, 
pero experimentó la más espantosa derrota, y se vio 
obligado á encerrarse en la capital (2). 

El Gel Wadha juzgó aquél el momento más opor- 
tuno para libertar á su amo, Hixem II. Hízolo así el 
domingo 21 de julio de 1010, puesto de acuerdo con 



(1) Doiy,III, 1?. 

(2) Conde, II, 106. 



— 137 — 

los eslavos, y el hijo dé Al Háquem II fué restable- 
cido en el trono t (i). El pueblo, que ya le tenía por 
muerto, al verle prorumpió en estruendosos vítores y 
aclamaciones- Como primer acto de su restauración 
hizo cortar la cabeza á su primo Muhámad ir y lan- 
zarla fuera del muro. Ya dijimos que durante el corto 
reinado del primo de Hixem II, desempeñó el cadiazgo 
de .Valencia Aben al Faradhí. 

Wadha fué desde entonces el arbitro de la volun- 
tad de Hixem II, que le nombró su hágib. La influen- 
cia del ministro con el Califa llegó á su apogeo, 
cuando venció también á Obeidalah, que desde Toledo 
y movido á excitaciones de Suleimán, acudía á vengar 
la muerte de su padre, Hixem le llenó entonces de 
recompensas y le concedió,- para sus eslavos y amiríes, 
alcaidías y tenencias perpetuas: entre otras, los gobier- 
nos de Todmir, Cartagena, Alicante, Almería, Denia 
y Játiba, y confirmó en otras á los que las tenían (2). 

Ya al salir Wadha de Córdoba para oponerse al 
paso del hijo de Muhámad II, dejó el mando de la 
gente de, la capital á los caudillos eslavos Tahor y 
Anbaro, ó sean, el Modháffar y Mobarac, quienes 
á principios del siglo, V de la Hegira (1009) aparecen 
como señores de Valencia. El historiador Aben Bassam 
es el unido que habla de ellos. Primero fueron esclavos 
de Mojarec el Amirí, quien, á su vez, debió serlo 
de Almanzor, ó de Almudháfar su hijo. Eran, al parecer, 
^«cargados de la acequia de Valencia, antes del año 



) Dozy, III, 14. 
) Conde, II, 108. 



18 



- i 3 8 - 

401 (10 1 o), en que entraron al servicio del wacir 
Abderrahmán ben Yazir. De una moneda suya consta 
que en el 407 (1016-1017) eran ya dueños de Valen- 
cia. El poeta Abu Obadlah les dedica unos versos. 
Los valencianos se rebelaron contra ellos, robaron 
el palacio de Mobarac ó Anbaro, quien siempre ocupa 
lugar preferente, y proclamaron á Lebib, también 
eslavo y señor de Tortosa (1). 

De ellos se valió Wadha para ahuyentar de Cór- 
doba á los africanos de Suleimán el año 401 (1010- 
10 1 1). Como Suleimán invocara el auxilio de los 
walíes de la España oriental, Wadha recurrió á Alí ben 
Hamud, gobernador de Ceuta, á quien prometió la 
sucesión de Hixem. Encontrada la carta en que conte- 
nía la promesa, el Califa le hizo cortar la cabeza 
(16 octubre de ion), y le sustituyó en el cargo de 
hágib con Khairán, eslavo señor de Almería. Á pesar 
de la diligencia y valor del nuevo ministro, Suleimán 
entró en Córdoba él lunes, 6 de xawal de 403 (20 de 
abril de 1013). Entre los muchos que entonces 
sucumbieron víctimas del furor africano, se cuenta 
al sabio Aben al Faradhí, autor de un precioso diccio- 
nario biográfico y cadí que haljía sido de Valencia 
durante el reinado de Muhámad II el Mohdi. El voto 
que había formulado en un momento de entusiasmo 
religioso se había cumplido: había alcanzado la palma 
del martirio. Dos días después, Suleimán era dueño del 
palacio de Hixem II. Á pesar de las súplicas que par- 1 
conservar su vida hicieron los eslavos que formabar 



(1) Dozy, IV, Cronología de los príncipes musulmanes del siglo XI. 



— 139 — 

su servidumbre, lo que de él hizo Solimán, no se 
sabe (i). 

Desde el principio de la guerra civil, muchos 
gobernadores se habían declarado independientes. La 
toma de Córdoba por los berberiscos dio el último 
golpe á la unidad del Imperio, Los generales eslavos 
se apoderaron de las grandes ciudades del Este. Á esos 
tiempos alcanza la fundación de un estado que juega 
papel importante en los sucesos que posteriormente 
se desarrollan en nuestro reino. Entrado el año 404 
(julio 1013-1014) el eslavo Aslao ben Razin, ó sea 
Abu Mohámed ftodail I ben Khalaf ben Lope ben 
Razin, reedificó y pobló el fuerte y villa de Santa 
María de Oriente, que, de su nombre, se llamó 
Santa María de Aben Razin, ó Albarracin, capital de la 
Sahla (la Llanura), cuyos dominios se extendían por 
parte de las actuales provincias Teruel, Castellón y 
Valencia (2). / 

Khairán, curado secretamente de sus heridas, se 
amparó en Orihuela, entre sus parciales y amigos. 
Pasó á Ceuta el año 405 (julio 1014-junio 1015) é 
hizo que el señor "de ella, Aly ben Hamud, ayudase á 
sacar de la prisión á Hixem II, ó á vengar su muerte. 
Vino Aly, y se le unieron todos los alamiríes. Dícese 
que entonces, creyendo Suleimán que el encarcelado 
Hixem II era el fautor del levantamiento de gentes 
enemigas, le asesinó. Quiso Suleimán venir á batalla 
formal, y sin poderlo evitar, fué vencido, por defec- 



Dozy, Historia, III, 15.— Conde, II, 108.— Pons, núro. 71. 
Doiy, Historia, IV, Cronología, etc.— Conde, II, 109. 



— i 4 o — 

ción^e los suyos; y en Córdoba fué, por orden de 
Aly, degollado el domingo, 17 de junio de 1016, sia% 
que se le pudiese arrancar la confesión del fin que 
había dado á Hixem II (1). 

Á fines del mismo año, Khairán hizo se procla- 
mase Califa al auxiliar africano, pues Aly sostenía que 
Hixem II le había nombrado príncipe heredero del 
trono hispano-musulmán. Entonces fué cuando el 
walí ó gobernador de Denia, siguiendo el ejemplo de 
casi todos los de las provincias, se negó á reconocer 
la autoridad de los Beni Hamud y se declaró indepen- 
diente en su waliato. Entonces fué cuando Mugehid, 
de quien hablaremos más por extenso, emprendió las 
conquistas de las Baleares y de ¿erdefta. En el año 
siguiente 408 (mayo 1017-1018), le vemos ya en la 
Península, tomando parte en la empresa de resta- 
blecer la dinastía legítima (2). 

Despechado Khairán porque Aly, temiendo de su 
influjo en Córdoba, le mandó retirarse á su gobierno 
de Almería, concibió el proyecto de restablecer la anti- 
gua dinastía de los Omeyas. Buscó un pretendiente, 
y le encontró, por marzo de 1017; en la persona de 
un biznieto de Abderrahmán II, del niismo nombre 
de su bisabuelo y que á la sazón vivía en Valencia (3). 

Abderrahmán ben Muhámad ben Abdelmélic ben 
Abderrahmán an Nasir, llamado al Mortadhí y Abu '1 
Motaraf, era, además de insigne caballero de los Ome- 
yas, hombre virtuoso, de grandes riquezas, liberal y 



(1) Conde, II, 109. 

m 

(2) El Archivo, II, 297-298. — Conde, II, 110. 

(3) Dozy, Historia, III, 17. Era biznieto de Abderrahmán III. 



— I 4 I — 

de buen "ánimo, por lo que en toda Andalucía se le 
amaba. El solo nombre del biznieto de Abderrahmán 
el Grande, el primer Califa, bastó para que muchos le 
prometieran el apoyo, de cuyo número fué Mondhir, 
gobernador de Zaragoza, de los Beni Háchim, que 
marchó con su aliado Ramón, conde de Barcelona, 
hacia el Mediodia. 

El solemne acto de la proclamación de Abderrah- 
mán IV se hizo en la ciudad de Valencia, desde donde, 
unidos los contingentes de los walíes aliados, mar- 
charon hacia Córdoba. El walí de Denia, siempre; 
dispuesto á favorecer las empresas de los amiríes, 
tampoco negó su concurso á la obra de Khairán (i). 

Los defensores de la legitimidad fueron derrotados 
cerca de Baza, y el hágib tuvo que esconderse, por lo 
que le contaron por muerto ó preso. Con gran alegría 
súpose por los suyos cuál era su paradero, le envió 
Abderrahmán algunos caballeros para que le acompa- 
ñaran y juntos le entraron como en triunfo en Alme- 
ría. Allí se reunieron los alcaides de Denia, Todmir, 
Játiba y muchos alameríes y eslavos. No sólo Valencia 
y Zaragoza siguieron la voz de Abderrahmán IV, sino 
también Tortosa, Tarragona y otras provincias, cuyos 
walíes enviaron sus cartas de obediencia. Los musli- 
mes españoles, que siempre oyeron con cariño el 
nombre de los Omeyas, aceptaron con júbilo la pro- 
clamación de Al Mortahdi; y su entrada en Almería 
fué un día de gloria. 

Preparábase Aly á combatir con Abderrahmán IV, 



El archivo, II, 298. 



— 142 — 

que se hallaba en Jaén, y tenía á punto en las afueras 
de Córdoba sus guardias y acémilas, cuando al tomar 
un baño, el 17 de abril de 10 18, le ahogaron en él 
los eslavos que le servían • Mientras los berberiscos 
andaban discordes respecto del sucesor de Aly, por 
querer unos á Yahya y otros á Cásiro, hijos ambos de 
aquél; Khairán y Mondhir, en reunión del 30 de 
abril, á laque concurrieron muchos jekes y faquies, 
resolvieron que el Califato fuera electivo, y ratificaron 
la elección de Abderrahmán ÍV (1). Poco después fué 
éste derrotado, cerca de Granada, por Zawi, gober- 
nador de la ciudad, que seguía la parcialidad de los 
Beni Hamud. Los ejércitos coligados se desbandaron; 
y, aunque murió el Califa, aún siguieron hacia Cór- 
doba Khairán y Mugehid, al intento de ocuparse en 
la sucesión del Califato. Se separaron sin venir á 
acuerdo, y el wali de Denia, después de apoderarse de 
Tortosa, que abandonó muy pronto, volvió á sus 
dominios (2). Tan breve fué el reinado de Abderrah- 
mán al Mortahdi, que no se sabe se conserve de él 
moneda ninguna (3). 

Tras los breves reinados de Abderrahmán IV, her- 
mano de Muhámad II, proclamado aquél en ramadhán 
de 414 (noviembre-diciembre 1024) y que sólo ocupó 
el trono 47 días; de Muhámad III, que escuchó los 
elegantes discursos de Abdel Wahidi de Córdoba, 
wali '1 coda de Játiba (4) y oriundo de Cabra, monarca 



(1) Do«y, Historia, III, 1 6.— Conde, II, ni. 

(2) El Archivo, II, 298-299. 

(3) Codera, Tratado de Numismática, sección 3. a 

(4) Conde, II, 115. 



— «43 — 

que no reinó más de diecisiete meses, y de Yahya ben 
Aly, que murió en batalla* el 7 de muhárram de 417 
(28 febrero de 1026), llegamos al de otro biznieto de 
Abderrahmán III, hermano aquél de Abderrahmán IV: 
llamábase el principe, Hixem ben Muhámad ben Abdel- 
mélic ben Abderrahmán an Nasir. Al ser proclamado, 
en fin de rabié i. a de 417 (21 mayo de 1026), tomó 
el título de Motad Bihla. 

A la muerte de Yahya ben Alí (28 febrero de 102$), 
atravesado por la lanza de Aben Abed, de Sevilla, 
disgustados de la dominación africana los cordobeses, 
se reunió el mejuar ó consejo supremo, y, merced á 
las solicitaciones del wacir Abu '1 Hezami, prestóse oído 
á los emisarios de los señores eslavos del este, Muge- 
hid, de Denia, y Khairán, de Almería, cuyos embaja- 
dores les prometieron el auxilio de sus amos, si se 
atrevían á sacudir el yugo africano. En mayo de 1026 
cumplieron ^u ofrecimiento, y los africanos fueron 
lanzados de Córdoba. Desavenidos los príncipes auxi- 
liares, en 12 de junio se retiró á Almería el caudillo 
Khairán y poco después Mugehid á Denia, sin que 
hubieran llevado á cabo el restablecimiento de la 
monarquía legitima. 

Abu '1 Hazm ben Djahawar, el más influyente del 
consejo, puesto de acuerdo con los jefes de las fronte- 
ras, se resolvió á elevar al trono á Hixem, hermano 
primogénito de Abderrahmán IV. Contaba más que 
éste cuatro años, y tenía á la sazón 51, pues había 
..do en el 364 (septiembre 974-975). En abril 
1027 prestaron á Hixem III juramento de obedien- 
los habitantes de Córdoba; pero aún se gastaron 



\ 



— M4 — 

cerca de tres años en allanar las dificultades paraixupar 
el trono (i). 

Como á su hermano Abderrahmán IV le alcanzó 
la proclamación en Valencia, él recibió el ofrecimiento 
de la corona estando retirado en un rincón de nuestra 
provincia. Á la muerte de su hermano se refugió en 
Hisn Albonte (2), ó sea Alpuente (3), junto á Abda- 
llah ben Cásim el Fihrí, alcaide de aquella fortaleza. 

No era despreciable el abolengo del alcaide Aben 
Cásim; y tanto más digna de admirar es la protec- 
ción que dispensara al Omeya, si se tiene en cuenta 
que sus antepasados sostuvieron encarnizada lucha 
con Abderrahmán I. Los señores de Alpuente descen- 
dían de Abdelmélic ben Katan el Fihrí, que ftié dos 
veces emir de España por los califas de Damasco. 
Vino á la Península en ramadhán de 114 (octubre- 
noviembre de 732), y duró su gobierno, la primera 
vez, hasta xawal de 116 (nov. de 734), y la segunda, 
desde sáfer de 123 hasta dilcada del mismo año 
(enero-septiembre de 741). 

Por su mala conducta, pues era de carácter despó- 
tico é injusto en sus sentencias, fué relevado primero, 
por más que se había distinguido en la guerra con los 
vascones. Se sublevó contra Ocba, que. vino á reem- 
plazarle y tuvo que abandonar el Ándalos; pero, á la 
venida de Balch, con los sirios, le venció é hizole 
crucificar, en Córdoba, al otro lado del Guadalquivir, 
y entre un perro y. un cerdo. 



(1) Dozy, Historia, III, 17. 

(2) Conde, II, 117. 

(3) Dozy, loe. át. 



— H5 — 

Hermano de Abdelmélic era el padre de Yúsuf. 
Yúsuf fué el último gobernador que tuvo España á la 
venida de los Omeyas; y su padre, ó sea el hermano 
de Abdelmélic, vino á España con Habib ben Abú 
Obeida el Fihrí, uno de los testigos que subscribie- 
ron, en abril de 713, el pacto entre Teodomiro y 
Abdeláziz (1). 

Con la muerte de Abdelmélic concluye el impor- 
tante papel que en la historia musulmana desempeñan 
los hijos de los «defensores de Mahoma». Se conven- 
cieron, tras tantos reveses, de que sus ambiciosas espe- 
ranzas eran irrealizables. Numerosos y ricos, vivieron 
condenados á la obscuridad en sus vastos dominios. 
Descendientes del gobernador Abdelmélic eran los 
Beni Cásim, que poseían vastos dominios cerca de 
Alpuente, provincia de Valencia. En el siglo XI, los 
Beni Cásim eran señores independientes en el pequeño 
estado en que vivía retirado Hixem III. Cierto es que 
aquélla fué la época en que, hundido el califato de 
Córdoba, todo propietario territorial se daba aires de 
soberano (2). 

Todavía puede precisarse cómo tenía tanta impor- 
tancia entonces el protector del último Omeya. «Y 
hay en Ándalos otra frontera además de ésta (el 
poniente), en la que no se estableció Aben Abed, y 
en ella está el país de As-Sahla (la Llanura), que lo 
tomó para sí Hodzail ben Jalf ben Ratsim en el primer 
¿ño de la quinta centuria (1010), cuando el llama- 



Afbar Macbmua. 
) Dozy, Historia, I, 342-343. 

19 



— 146 — 

miento de Hixem (II), y se apellidó Muiiad ed Daula 
y murió en la guerra en el año 50. Después de él 
reinó su hermano Jisaam ed Daula Abdelmélic ben 
Khalaf, sin que dejara de haber emir allí hasta que se 
apoderaron de ella los almorabides, quitándosela de 
sus manos cuando se apoderaron del Ándalos. Y de 
aquella frontera es el pueblo de Albont (Alpuente) y 
Aled'ya (Aliaga). Se apoderó de ella Abdallah ben 
Cásim el Fihri cuando la división de los reinos, y se 
apellidó Nodhzam ed Daula; y él fué el que ayudó á 
Hixem (III) cuando estaba con él, y, á su vez, éste le 
nombró walí de la aljama de Córdoba; y desde aqui 
se volvió á su frontera, muriendo en el año 21 (1030). 
Después de él reinó su hijo Mohámed loman ed 
Daula, que sostuvo guerra con Mugehid (de Denia); 
y después de éste reinó su hijo Ahmed Hodhad ed 
Daula, que murió en el año 40 (junio 1048-1049). 
Reinó luego Abdallah Ionaj ed Daula hasta que lo 
destronaron los almorabides en el año 85 (febrera 
de 1092-1093)» (1). 

Ya que del anterior precioso fragmento de Aben 
Jaldún venimos en conocimiento de los sucesores del 
que amparó á Hixem III, parécenos oportuno apuntar 
la protección que el hijo del walí de la aljama de 
Córdoba prestó á los literatos. 

Llamábase el hijo, según queda dicho, Abú Abda- 
llah Mohámmad ben Abdallah ben Cásim. En carta 
que Aben Rabib el Temení, de Cairoán (en África), 
dirigía á un primo de Aben Hazam, se lamentaba de 



(1) Malo de Molina, %pdrigo el Campeador, págs. 65*66. 



— M7 — 

la negligencia de los españoles en perpetuar las noti- 
cias de sus sabios, las hazañas de sus personajes 
ilustres y las biografías de sus reyes. Por encargo del 
Aben Cásim señor de Alpuente, contestó nuestro 
Aben Hazam á la acusación depresiva del autor 
africano. 

Después de saludar á su antagonista y de hacerse 
cargo de las inculpaciones lanzadas contra los espa- 
ñoles» le arguye que había aquí una asamblea literaria 
de hombres versados en todas las ciencias, un alcázar 
do residía toda suerte de excelencias, una mansión de 
toda elegancia y pulcritud, una morada de todo honor 
y dignidad: la corte del ilustre y honrado Abú Abda- 
Uah Mohámmad ben Abdallah ben Cásim, señor de 
Alpuente. 

Algo más allá en la defensa fué el primo da Aben 
Hazam, pues que éste habia muerto. Después de reba- 
tir los argumentos del Temení, evidencia las ventajas 
que España presenta sobre África, y acaba demos- 
trando la superioridad literaria de los españoles con 
una relación de las obras concernientes á teología, 
jurisprudencia, ciencia de las tradiciones, gramática, 
lexicografía, poesía, historia, medicina, filosofía y bio- 
grafía que se poseían en España (i). 

De perfecto acuerdo con la relación de Aben Jal- 
dún, son las indicaciones que acerca de los sucesores 
del protector de los sabios hace Dozy. Dice que le 
sucedió su hijo Ahmed ad Hod ad Doía, quien reinó 

ta 1049; y á éste, su hermano Abdallah II Djana 



Pons, Ensayo, etc., p. 400-402. 



— 148 — 

ad Dola (1049-1092), quien alcanza los tiempos de 
Rodrigo Diaz de Vivar (1). 

Puesto que del último Omeya nos toca el comien- 
zo de su corto reinado, justo es consignemos sucin- 
tamente lo más notable. 

Retirado vivia en agreste rincón de nuestra pro- 
vincia el último vastago de los Meruanes. Era sabio, 
y, por lo mismo, se había alejado de Córdoba, aquel 
hervidero de ambiciones desapoderadas, lugar de crí- 
menes espantosos, ciudad corroída por los vicios. 
Mensajeros de la capital del Califato corrieron á anun- 
ciarle la, para otros menos avisados, grata noticia; mas 
él recibióla con tristeza. Pretextando su avanzada 
edad, rehusó aceptar el más honroso cargo con que un 
pueblo en masa le brindaba. Á su noble alma era 
doloroso abandonar la tranquila existencia que en 
aquella soledad se deslizaba. Tampoco ignoraba que 
los males del Imperio eran incurables. Ruegos y más 
ruegos doblegaron su voluntad; pero aplazó su ida á 
Córdoba hasta que contuviese las correrías que con 
impunidad practicaban Alfonso V de León y García 
Sánchez de Castilla. 

Día de inmenso júbilo fué para Córdoba el 18 de 
diciembre de 1029. En él hizo su triunfal entrada 
Hixem III. Apiñada multitud le rodeaba; en todos los 
semblantes estaba pintada la alegría; vítores y aplau- 
sos resonaban por doquiera: era la momentánea satis- 
facción que experimenta el enfermo postrado en lecho 
del cual no ha de levantarse. Aquel pueblo, amigo de 



(1) Historia, IV, p. 362. 



— *49 — 

escenas ruidosas, no pudo apreciar el mérito de un 
hombre que vestia ropas humildes y montaba en mal 
caballo. 

Era Hixem bueno y dulce, pero también, débil, 
irresoluto é indolente. Amaba los placeres de la mesa, 
é idolatraba á sus mujeres é hijos. Brillaban en él 
felices disposiciones para la vida doméstica; su mano 
no estaba acostumbrada á empuñar el timón del Estado. 
Su falta de costumbres políticas quedaron al descu- 
bierto en la primera recepción de palacio: pensa- 
mientos vulgares se descubrieron en su mente, frases 
incoherentes asomaron á sus labios: quedaron sin 
contestar los brillantes discursos con que le saludaron. 
Tuvo el mal gusto de elegir para su primer ministro 
á un pobre hombre que en sus primeros años habia 
sido tejedor. 

Á la vez que eran objeto de la predilección del 
Califa las casas de los pobres, los hospicios y las 
escuelas, trató de corregir con mano fuerte los abusos. 
Quiso reducir á la obediencia los walies; pero ellos, 
que, como medida política, acariciaban con larguezas 
á sus inmediatos subditos; que en calidad de reinos 
hereditarios transmitían sus posesiones á los hijos, y 
que acuñaban moneda, signo de la realeza, desoyeron 
ia voz del deber. Se empeñó, durante dos años, en 
someterlos, y no pudo; apeló luego á la persuasión, y 
le despreciaron. Hubo de resignarse á que los aconte- 
cimientos empujaran la nave al paraje que en el libro 
i destino estaba señalado. 

Estalló un motín, y el ministro fué degollado. El 
j 'ico se apoderó de Hixem, y corrió, con sus muje- 



— iSo — 

res, á ampararse en una torre. «Haced de mí lo que 
os plazca, pero respetad á mis mujeres», gritaba el 
infeliz. Burló la vigilancia de los que, no teniendo 
valor para matarle, le habían confinado en una cárcel • 
Salió de ella el año 422 (diciembre 1030-103 1). Paró, 
por fin, en Lérida, que estaba en poder de Solimán 
ben Hud, y allí le alcanzó la muerte en diciembre 
de 1036 (i). 



(i) Dozy, III. 17.— Conde, II, 117. 



Segunda liarte 

f esbe la disolución bel jalifato I) asta la Reconquista. 



11038-1232) 



CAPÍTULO I 



Región de Levante durante la primera dinastía de Denla 



(1013-1074*) 



Mugéhid, liberto de Al Maozor. — Wali de Denia.— Declárase independiente.» Su fidelidad i 1a 
dinastía legítima.— Dominios de Mugéhid.— Sus expediciones marítima»: á las Baleares, á Cerdeña, 
X Italia.— Benedicto VIH.— Contrariedades que sufre Mugéhid.— Vuelve á las Baleares y á España. 
— Su amistad con los condes de Barcelona.— Toma parte en la proclamación de Abderrahraán IV.— 
Abdeláziz, primer emir de Valencia. — Causa de la enemistad entre Abdeliziz y Mugéhid — El de 
Valencia hereda 4 Zohair, de Almería.— Vasta extensión de los dominios de Abdeliziz — Muerte de 
Mug¿hid.-r-Su carácter. — Sus hijos AH y Hazan.— Casamientos entre los principes musulmanes de 
esta región.— Guerras entre los emires de Toledo y de Sevilla.— Distinta parcialidad que siguen 
Valencia y Denia.— Amistad de Ali con los condes de Barcelona.— Abdclmélic, sucesor de Abde- 
liziz. — Fernando I de Castilla y de León sitia 4 Valencia. — Al Mamón, emir de Toledo y suegro 
de Abdelmélk, despoja de sus estados 4 éste y los agrega 4 Toledo.— Al Moktidir, de Zaragoza, se 
apodera de Denia. 




¡no de los libertos á quienes Almanzor hizo 
se diese esmerada instrucción en el Corán, 
fué el cordobés de origen rumi ó cristiano 
M "géhid, fundador del emirato de Denia. Habia sido 
ula ó familiar del hágib Abderrahmán Sanchuelo, 

de Almanzor y padre del primer emir de Valencia; 

1 mismo dia en que Muhámad II fué muerto (2 1 



— 152 — 

julio i oí o), con todos los libertos amiritas salió de 
Córdoba. Al año siguiente (ion) fué confirmado á 
título de perpetuidad en el waliato de Denia por el 
fiel Wadha. Decapitado éste por orden del ingrato 
Hixem II (octubre del mismo año) y vencido el hágib 
Khairán (abril de 1013), era de presumir que Hixem 
habría muerto á manos del africano Suleimán. Ocasión 
oportuna se ofreció á Mugéhid para realizar sus sueños 
de gloria; y, para declararse independiente, bastóle 
trocar el titulo de wali, que hasta entonces usara, por 
el de hágib, que tuvo Almanzor, y acuñar moneda en 
su nombre. La fidelidad de Mugéhid á la dinastía 
legitima de los Omeyas, decláranla con exacta confor- 
midad los escasos datos que arrojan la numismática, 
pues en todas sus monedas se reconoce como Imam, 
ó jefe supremo de la religión del Estado, á Hixem II, 
aceptando la farsa de los Abbadíes, y la historia, que 
presenta al emir de Denia siempre dispuesto á restau- 
rar el imperio de los Meruanes. 

Pero los estados de Mugéhid Edim ben Abdallah, 
que tomó los bélicos sobrenombres de Abu'l Geix 
(padre del ejército) y Al Muafec (el que prospera por 
la gracia de Dios), eran sobrado reducidos para que 
llenasen su ambición. Mudháffar era gobernador de 
Valencia; de Játiba lo era Mobarac, y de Murcia, 
Khairán. No es ello decir que, aunque corto en exten- 
sión el territorio de Denia, dejase de encerrar riquísi- 
mos pueblos, tales como Bairén (castillo de San Juan, 
junto á. Gandía), Oriba (Oliva ú Orba), Attaya 
(Altea), Cocentania (Cocentaina), Potros (Pedreguer, 
ó Petracos, junto á Laguar), Zácram (Sagra), Forcosa 



— 153 — 

(Barcheta, la de Alcoy) y algunos otros, cuya prin- 
cipal riqueza entonces, como ahora, consistía en pasa, 
higos y almendras. 

La situación de Denia, la capital, dotada de un 
hermoso puerto, á que daban los árabes el significativo 
nombre de Sommam (ave de paso), convidaba á surcar 
el Mediterráneo. Desde la cumbre del inmediato gebel 
Cao% el mons Caon de los latinos, el alto Mongó, 
descubríase en dia sereno una de las islas Yebisath (las 
Baleares), y hacia ellas se lanzó el que sería famoso 
pirata del Mediterráneo (i). 

Confió la custodia de sus posesiones continentales 
á persona que fuese capaz de regirlos en tiempos tan 
revueltos, Al efecto, echó mano de Abdallah el Moaití, 
quien, huyendo el año 403 (julio 1012-1013) de la 
persecución de Suleimán, se había refugiado en Denia, 
y á quien Mugéhid le había tratado con gran conside- 
ración, hasta el punto de darle parte en el gobierno. 
Acabó Mugéhid por resignar, en giumada 2. a de 405 
(diciembre de 10 14), el mando supremo en él: ó, lo 
que es igual, por mandato del soberano se le juró 
obediencia, se hizo por él chotba ú oración pública en 
los pulpitos ó mimbares y se acuñó moneda. Mugéhid 
no recobró la autoridad suprema de que entonces 
voluntariamente se despojaba, hasta que en 1018, 
habiendo fallecido Al Moaití, volvió á Denia (2). 



'•> El Archivo, I, 251-254. 

El Archivo, II, 298.— Conde, de acuerdo con Al Makkarí, dice: «En 
a mandaba Abdallah el Moa y tí, y era llamado rey y labraba moneda con 
rapio cuño, pero no pasó mucho tiempo en venir de Mayorcas el señor 
mellas islas, Mugéhid, que le privó de la soberanía y le desterró de Denia, 

20 



— 154 — 

Después que Mugéhid preparó una buena flota, 
con sus gentes y otras que tomó á sueldo, acompañado 
de Al Moaití, navegó, en ramadhán de 405 (marzo de 
1015), hacia las islas Baleares, se apoderó fácilmente 
de ellas y las fortificó. La ambición del caudillo dia- 
nense era insaciable. Obrando también de acuerdo con 
Al Moaití, preparó una escuadra de 120 velas, y en 
rabié i. a del año siguiente (agosto-septiembre de 
1015), pasó á la isla grande de los rumies (cristianos) 
llamada Cerdeña. Por fuerza de armas ocupó la mayor 
parte de ella y se apoderó de sus fortalezas (1). 

Toda la isla cayó en poder del atrevido corsario, 
excepto la capital, Caller. Tampoco en Cerdeña se detu- 
vo el caudillo dianense. Entrado el año 10 16, aprove- 
chando la ausencia del emperador Enrique II, ó sea, 
mientras los písanos sometían en Regio de la Pulla á 
los sarracenos de Calabria, desembarcaron los de Mugé- 
hid en Toscana, se apoderaron de una extensión con- 
siderable del país y se establecieron en Luni, castillo 
del obispo de Milán. Una noche sorprendió Mugéhid á 
la misma Pisa, y de ella se hubiese apoderado, si una 
heroína, llamada Kinzica, no hubiese llamado el pueblo 
á las armas, logrando los ciudadanos rechazar y ahu- 
yentar á los invasores, no sin que la ciudad experimen- 
tase dolorosos estragos (2). 



y se pasó 4 tierra de Cutema y no volvió á alzar cabeza en este mundo, que 
allí falleció, año 432 (II, 117).» Si Al Moaití hubiese usurpado el poder supre- 
mo, no se hubiera Mugéhid contentado con imponerle el destierro. 

(1) Es admirable la conformidad entre Ad Dabi (El Archivo. V, 94) y 
Conde (II, 109). 

(2) Dice Cantú (Hist. Univ. X, 3 ) que el hecho de la sorpresa de Pisa, si es 



— 155 — 

Temió el Papa, Benedicto VIII, mejor guerrero 
que pontífice, el peligro que amenazaba á la misma 
Roma. Reunió á todos los obispos y vizcondes de las 
iglesias. Como entonces no se trataba para el Supremo 
Pastor sino de defender á sus ovejas de los asaltos de 
lobos rapaces, él mismo se puso al frente de numero- 
sos cruzados y marchó contra los que se habían 
establecido en Luni. Tampoco descuidó equipar mu- 
chos barcos para que cortasen la retirada al enemigo. 
Conocidas de Mugéhid estas disposiciones, temió caer 
vivo ó muerto en poder de los cristianos, y aún pudo 
escapar con muy pocos de los suyos. El resto del 
ejército sarraceno peleó con obstinación y hasta logró 
durante los tres primeros días grandes ventajas; mas 
al cuarto tuvo que ceder, y experimentó tan espantosa 
derrota, que, confusos y desordenados los infieles al 
verse cercados por todas partes, todos ellos quedaron 
en el campo de batalla. El número de los muertos no 
se pudo contar, ni valuar el precio del botín. Entre los 
despojos se encontró una diadema que valía mil libras 
de oro, y el Papa la regaló á Enrique II. Cayó en poder 
de los cristianos la reina, la mujer del jefe sarraceno, 
y fué decapitada. Irritado Mugéhid, sintiendo, más que 
todo, el trato inhumano dado á su esposa, envió al 
Papa un costal de castañas, como dando á entender 
que en el verano siguiente volvería contra él con igual 
~ 'mero de soldados que el de los objetos contenidos 

el saco. Recogió el pontífice el guante, contando 



to, dio origen i la Fiesta del Puente, batalla que todos los años se empeñaba 
^re el puente del Amo, y que, aunque fingida en cuanto i la intención, con 
cuencia paraba en verdadero y luctuoso combate. 



-i 5 6- 

con que podía dignamente contestar á semejantes jac- 
tancias: le remitió un costal de trigo, ó de maíz, para 
indicarle con cuántos guerreros se proponía rechazarle 
si volvía otra vez, no contento con su primera expe- 
dición. 

Viendo el Papa la necesidad que había de ahuyen- 
tar de Cerdeña á los soldados de Mugéhid, quienes no 
sólo habían amenazado á la misma Roma, sino que 
sorprendieron y saquearon á Genova, se habían apode- 
rado de Tarento y habían llegado hasta las murallas de 
Salerno; consultado el parecer del Sacro Colegio y 
demás clero, envió el obispo de Ostia como legado á 
Pisa en súplica de colaboración contra el enemigo 
común. Los ruegos del Pontífice no se perdieron en el 
vacío: los nobles y feudatarios de Pisa suministraron 
naves y soldados; la república de Genova, los Malespi- 
na, marqueses de la Lunigiana y hasta el conde de 
Mútica en España (i), equiparon una escuadra. Los 
písanos, que habían alcanzado del Papa el privilegio de- 
la Cruzada y recibido el estandarte de San Pedro, des- 
pertaron el entusiasmo en Genova, cuyo auxilio recla- 
. marón, y los soldados de ambas repúblicas pusieron á 
Mugéhid, que había sido proclamado rey de Cerdeña 
y había allí alzado fortalezas y reunido un numeroso ejér- 
cito, en el trance de abandonar aquella su amada presa. 



(i) Según la crónica de Ademar, por entonces llega roa los normandos á 
Cataluña bajo el mando deRogerio. Entraron al servicio de Ermesinda, la cual 
gobernaba en nombre de su hijo menor el condado de Barcelona. Dice que 
pelearon contra muchos príncipes sarracenos, entre los cuales se contaba Mu- 
géhid, señor de Denia y de las Baleares, el mayor pirata de su época, destruc- 
tor de Pisa y dueño de Cerdeña (Dozy, Los Normandos en España, VII). ¿Sería 
Rogerio el conde de Mútica? 



— 157 — 
Volvamos ahora á las fuentes arábigas, que sumi- 
nistran mayor copia de datos acerca de Mugéhid hasta 
que vuelve á Denia. El mismo año en que, por consejo 
del eslavo Khairán, fué en Córdoba aclamado Ali ben 
Hamud como rey de España (13 de giumada 2. a de 
408=13 noviembre de 1017), Mugéhid, que estaba en 
Cerdeña, notó que á los entusiastas y frecuentes aplau- 
sos con que antes le aclamaban sus tropas, cansadas 
del clima de la isla, de la prolongada ausencia de Espa- 
ña y de la porfiada guerra que los cristianos les hacían, 
sucedieron mal comprimidas murmuraciones contra 
su ambición y codicia. «No bastan, decían, á este emir 
las riquezas y fertilidad de sus estados en lo más ame- 
no y delicioso de España y en las islas Yebisath, y 
pasa el bravo mar acometiendo sus continuos y grandes 
peligros por hacer nuevas adquisiciones. Y de todas 
ellas ¿qué provecho redunda á los que con tanto trabajo 
seguimos sus banderas y servimos á sus temerarias 
intenciones? El ser despojo de la muerte y pasto de 
las voraces fieras.» 

La desmoralización de un ejército es manifiesta 
cuando discute y aprecia las órdenes de sus caudillos. 
Se le rebeló la milicia y marchó á engrosar las filas de 
los rumies. Gran muchedumbre de éstos, naturales de 
la isla y auxiliares de la coalición provocada por el 
Santo Padre, se aproximaban, apoyados, á la vez, por 
tnerosa flota. Pensó entonces abandonar lo que ya 
e escapaba de las manos, Cerdeña, y volver á Espa- 
para aniquilar la facción adversa de los Hamudíes; 
3 ya era tarde, porque los rumies le salieron al 
uentro. 



-i S 8- 

Allegó cuantas riquezas pudo, en objetos preciosos, 
cautivos y ganados, y, no obstante el parecer en con- 
trario de Abu Harub, almirante de la escuadra sarrace- 
na, que le aconsejaba era preferible aventurar en tierra 
el riesgo de una batalla con el enemigo á entregarse á 
merced de las olas del mar, prontas á embravecerse, 
por amenazar furiosa tempestad, entró en sus naves. 
De repente se levantó un viento impetuoso- Olas como 
montes se alzaron, y tan pronto las naves subian hasta 
las nubes, como caían en lo profundo de los abismos. 
La siniestra luz del relámpago se mezclaba con el 
horrísono bramar de las aguas y el pavoroso retumbar 
del trueno. Por todas partes y á cada instante no aso- 
maba sino la imagen de la -muerte. 

Contra el parecer del jefe de la escuadra se había 
entrado en un mal puerto, y las naves iban una á una 
á estrellarse en la costa: de modo que los rumies no 
tenían otro trabajo que coger á los náufragos, para 
hacerlos prisioneros ó cebar en ellos sus armas sedien- 
tas de venganza. Tenía Mugéhid el corazón traspasa- 
do de pena, más que á causa del peligro que él corría, 
por la tristísima suerte que cabía á aquellos infelices. 
Cada vez que una nave caía en poder de los enemigos, 
rompía á llorar, lanzaba desgarradores gritos y profería 
terribles amenazas contra los que á mansalva ejercita- 
ban los más feroces instintos. A pesar de las extraor- 
dinarias manifestaciones de dolor á que se entregaba 
Mugéhid, ni los vientos cesaban, ni el mar recobraba 
la deseada calma. Entonces se acercó Abu Harub á 
Tabit el Guageni, y le recitó estos versos: 



— 159 — 

«Llora el pobrecito: ¡que Dios no le perdone jamás! 
»Miradle, llora; llora por cobardía, y no por otra cosa.» 

Y continuó en prosa: cYa le habla advertido yo que no se 
metiese aquí, pero no quiso escucharme» (i). 

Las escuadras de Pisa y Genova abordaron á Cerde- 
ña y, favorecidas por los cristianos allí residentes, 
fueron reconquistando la isla, hasta el punto de obligar 
á Mugéhid á que abandonase buena parte del cuantio- 
so botín de que se había apoderado. Al ser arrojados 
los sarracenos, quedaron en poder de los cristianos la 
madre de Mugéhid y el hijo de éste, Ali, que más tarde 
se sentó en el trono. La madre, como cristiana que 
era, prefirió permanecer entre los de su profesión reli- 
giosa, cuando Mugéhid quiso rescatarla. Ali, por quien 
hubo el padre de pagar crecida cantidad, abrazó el 
Islam. Se empeñaron los písanos en ceder á sus auxi- 
liares de Genova el tesoro cogido á los mahome- 
tanos, obsequio á cuya aceptación se negaron los 
genoveses; ofrecieron la soberanía de Cerdeña al 
Emperador de los Romanos, y la Santa Sede los 
invistió con el dominio de la isla (2). Can tú 



(1) El relato anterior es casi idéntico cu Conde (II, no) y en Kd Dibí, por lo que es seguro que 
«sene pesaje aquel autor ha bebido en buenas fuentes (El %Archivo, V, 94-95). 

(2) Mochas de estas noticias están tomadas del Cronicón Ugeliano, como 
vamos á ven cAnno 1017. Venerabilis Benedictas, papa, una cum universo 
dericatn et senatu, Iegatum ostiensem episcopum ad civitatetn pisanam misit, 
ttMogettum, regem, de Sardinia expelleret. — 1020. Mugettus recepit castra m 
tañáis, quod sub mediolano episcopatu erat. Et in alio anno Mugettus in 
S~ J *niam est reversus. Et pisa ni , iterum, cum januensibus, fuga ver unt eum, 
¿sauram quem secum tulerat, habuerunt, et totnm januensibus, conven- 
t¡ , concesserunt; aliter vero venire noluerunt. — 10$ o. Mugettus, rex, cum 
■ jo exerátu reversus est in Sardíniam, et edifica vit dvitates et coronatus 
« d. Pisani, vero, una cum Romana Sede firm ni, inde cum privilegio, et cum 



— iéO — 

dice que Cerdeña fué repartida entre los vencedo- 
res (i). 

«Asi que i duras penas salvamos nuestras vidas, concluía 
Tabit, con pocas naves. Mugehid volvió á las islas de Espa- 
ña» (2). cSosegada la tempestad y recogidas las reliquias de la 
flota, volvió el emir á las islas Yebisát, donde descansó y se 
reparó de aquella grave calamidad» (3). 

Hay que despreciar los anacronismos é inexacti- 
tudes que arrojan los cronicones cristianos, haciendo 
guerrear todavía á Mugéhid, cuando ya había bajado 
al sepulcro. Tampoco quedó prisionero el padre, sino 
su hijo Ali, que, según los cronistas árabes, acompañó 
á Mugéhid en la desgraciada expedición de Cerdeña y 
cayó en poder de los isleños á causa de haber embes- 
tido en la playa el barco que le conducía. Siete años 
de edad contaba al caer en poder de los cristia- 
nos, y fué rescatado, por una gruesa suma, el año 423 
(marzo 1023-1024), ó sea, cuando tenia dieciséis 6 
diecisiete años. Es de presumir que se trataría de 
catequizarle al Cristianismo en los diez que perma- 
neció en poder del señor á quien en el reparto del 
botín cupo en suerte, pero luego fué por su mismo 
padre instruido en el Islam; y, circuncidado, vióse 
afligido de enfermedad grave. Yacut afirma que Mugé- 



vexillo sancti Petri accepto, invaserunt regem, et ceperunt illura et totara 
terram, et coronam Romano Imperatori dederunt, et Pisa fuit fírmala de tota 
Sardinia i Romana Sede. No falta quien haya escrito castillo de Juan (Joan ni s) 
por castillo de Luni. — (El Archivo, II, 299-300). 

(1) Cantú, HisL Univ. y X, 3. — Berault-Bercastel, Hist. Gen, de la Iglesia» 
XXX, 4S- 

(2) El Archivo, V, 94-95. 

(3) Conde, II, 110. 



— i6i — 

hid era rumí ó de origen cristiano: hijo fué, con efecto, 
de cristiana, á la cual conservaba en su compañía; y 
al caer, con toda la familia del Emir, prisionera en 
Cerdeña, no quiso ser rescatada, prefiriendo vivir entre 
la gente de su religión (i). 

Fuese por afecto ó por razón de Estado, pues 
muchos eran sus subditos muzárabes en la Península 
y en las Baleares, Mugéhid tuvo estrechas relacio- 
nes de amistad con los condes de Barcelona. En un 
documento del hijo, se lee que viviendo el caudillo 
de Denia llamado Mugéhid, por mediación del obispo 
de Barcelona, cuyo nombre era Gislaberto, redujo y 
sometió las Baleares á la jurisdicción y diócesis de 
Barcelona, estableciendo y mandando que ningún 
clérigo, cualquiera que fuese su grado, establecido en 
dichas islas, solicitara de otro prelado que el de 
Barcelona algún orden sagrado, ó unción de crisma, 
ó consagración del mismo, ó dedicación de templo, ú 
otro servicio de cosa eclesiástica» (2). Esto, como 
veremos, pudo ser antes de la expedición á Cerdeña, 
pues luego aparece un conde Centilio de Mútica en 
España (3), que pudo ser Rogerio, el jefe de los nor- 
mandos entrado al servicio de Ermesinda, la cual, en 
nombre de su hijo menor, gobernaba el condado de 
Barcelona (4), luchando contra Mugéhid en Cerdeña, 
y el emir dianense ocupando en 10 18 á Tortosa y 
luchando con los condes de Barcelona (5). 

(1) El Archivo, II, 300-301; V, 9, 90 y 95. 

) Chabás, Hist. de Denia, P. II, aclaración IV. 

} Cantú, Hist. Universal, X, 3. 

) Dozy, Los Normandos en España, cap. VII . 

i) El Archivo, V, 95. 

21 



— l62 — 

Las Baleares siguieron, desde entonces, unidas á 
la suerte de Denia. Gobernador de Mallorca, por lofc 
emires de Denia, durante el reinado de Mugéhid, lo fué 
un sobrino del atrevido corsario. Abdallah, que asi 
se llamaba el walí, desempeñó su importante cargo 
durante quince años, ó sea hasta que en el de 428 
(octubre 103 6-103 7) murió el hijo del hermano de 
Mugéhid. El sobrino fué reemplazado en el gobierno 
de Mallorca por el liberto Al Aglab, maula del propio 
Mugéhid y sujeto de su entera confianza. Al frente 
del gobierno se hallaba aún cuando la muerte sorpren- 
dió á Mugéhid. Según Aben al Abbar, fué, durante el 
mismo reinado, walí de Mallorca un murciano llamado 
Muhárriad ben Rose Abul Abbás, que murió en 440 
(junio 1 048- 1 049) y que bien pudo ser el Áhmed 
ben Raxik, de quien habla el historiador Abdel Wahid. 
¿Seria gobernador antes ó después de Abdallah y del 
Aglab, ó sólo de parte de las islas sujetas al emir 
dianense? (1). 

En prueba de la fidelidad de Mugéhid á la dinastía 

legitima de los Omeyas, está el hecho del interés que 

por aniquilar á la parcialidad de tos Hamudíes mostró 

cuan.do la suerte comenzó á mostrársele adversa en 

Cerdeña. El 30 de abril de 1018 le vemos en Valencia 

tomando parte en la proclamación de Abderrahmán IV, 

al Murtadhá, á quien prestó juramento. En el mismo 

año, poco después, fueron derrotados Mugéhid, KhaL 

rán y otros de la facción amirita, por Zawi, en la 

vega de Granada, y allí murió el Califa (2). 

(1) El Archivo, II, 300-301; V, 95.— Conde, III, 1. 

(2) El archivo, II, 298, V. 



- 1 6 3 - 

Por entonces comienza á figurar en Valencia Abde- 
láziz Abu'l Hasán ben Abderrahmán ben Abi Áhmer, 
hijo de Abderrahmán el Sancho!, muerto en una cruz 
el 17 de marzo de 1009, y nieto del célebre ministro 
Almanzor, que falleció en 1002. El año 412 (abril 
102 1 -1 022) era walí y señor de Valencia. Lebun y 
Mobaric, señor de Murviedro (que también llegó á 
serlo de Tortosa) el primero, y de Játiva el segundo, 
gobernadores que fueron de Valencia antes de serlo el 
nieto de Almanzor, en tiempo de Suleimán (1009- 
1016), tenían el año 412 por Abdeláziz dichas ciuda- 
des. Era tan político, que acabó por ganar á todos los 
alameríes, y, en especial, á Zohair, todos le miraban 
como su principe y los heredó á todos; y eratanto.su 
poderío y nobleza, que se intituló amir (rey) y al 
Manzor (el Victorioso) (1). Por entonces también 
Mugéhid ocupó á Tortosa y, poniendo en juego á 
Almuaití, se proclamó emir de dicha ciudad y de 
Denia, Mallorca, Menorca é Ibiza. Esto fué el año 413 
(abril 1022-marzo 1023) (2). Dicenos Conde que 
«en Denia mandaba Abdallah el Moaiti, y era llamado 
rey y labraba moneda con su propio cuño. Pero no 
pasó mucho tiempo en venir de Mayorcas el señor de 
aquellas islas, Mugéhid, que le privó de la soberanía 
y le desterró de Denia; y se pasó á tierra de Cutema 
(África), y no volvió á alzar cabeza en este mundo, 
que allí falleció año 432 (1040-1041)» (3). Esa misma 



Dozy, Historia, IV, i.«— Conde, III, i. 
El Archivo, V, 95. 
P. II, c. 117. 



— 164 — 

noticia confírmala Aben Jaldún (1). Sin embargo,, 
parece lo más probable lo que afirma un historiador* 
según el cual, al arribar, desde las Baleares, al puerta 
de Denia Mugéhid y tener noticia del fallecimiento- 
de Al Moaití, que había muerto durante la ausencia 
del emir, asumió nuevamente la soberanía, de que 
antes se había desprendido (2). 

No obstante la muerte de Abderrahmán IV, a] 
Murtadhá, siempre los amiritas dispuestos á restaurar la 
dinastía legítima de los Omeyas, en mayo de 1026 se 
dirigieron Mugéhid y Khairán hacia Córdoba; sin em- 
bargo, desconfiando uno de otro ambos caudillos, el de 
Almería se dirigió en junio hacia la capital del Califato, 
y el de Denia, algo más tarde (3). Khairán, cuyos domi- 
nios abrazaban también el reino de Murcia, en el cual 
estaba comprendida casi toda la actual provincia de 
Alicante, murió el año 1028, ó sea, á la entrada de 
Aben Hamud en Córdoba. Entonces Zohair, también 
amirí, ocupó por fuerza de armas el trono. Mientras 
vivió Zohair, hubo buenas relaciones entre los prime- 
ros emires de Valencia y de Denia (4). 

Poco después murió, por causa bien rara, el emir 
de Sevilla- Su hijo Muhámad estaba casado con una 
hija de Mugéhid, y era la más querida de sus 870 
mujeres. Al dar á luz un niño, el abuelo paterno con- 
sultó á los astrólogos acerca de lo porvenir del recién 
nacido. Fuéle contestado que en el ocaso de la vida 



(1) El Archivo, V, 95. 

(2) El Archivo, II, 298. 

(3) El archivo, V, 9S. 

(4) Dozy, Historia, IV, 2.— Conde, III, 1. 



— 165 — 

palidecería su antes feliz estrella. Afectó en tal grado 
á Aben Abed el triste vaticinio, que de pesar murió 
en la noche penúltima de giumada i. a de 433 (24 enero 
de 1032) (1). 

Tres años más tarde aún obran de acuerdo Mugé- 
hid y Abdeláziz. En las guerras entre los emires de 
Sevilla y de Toledo, se dio á conocer como aliado del 
último, el emir de la Sahla, cuya capital era Albarracin, 
ciudad fundada el año 404 (julio 1013-1014) por el 
eslavo Aslao ben Razin, ó sea, Abu Mohámed Hodail I 
ben Khalaf ben Lope ben Razin. El emir de Toledo 
Ismail ben Dhi'n Nun, de familia berberisca, y que se 
había hecho dueño de aquella ciudad en 1036, aspiraba 
nada menos que á la soberanía total de España. Aliados 
el de Toledo y el de Albarracin, los dos despreciaron 
el aviso de Gewar para que le reconociesen como califa; 
y hasta fueron afortunados en la campaña de Andalu- 
cía. Despechado por la derrota el emir de Sevilla, hizo 
que un esterero de Calatrava, de gran semejanza con 
Hixem II, dijera ser este mismo infortunado principe; 
y, aunque los más se resistieron á admitir la superche- 
ría, fué motivo bastante para que Calatrava se rebelase 
contra el emir de Toledo. Logró Ismail recobrar aque- 
lla ciudad; mas el fingido Hixem pudo refugiarse en la 
corte de Aben Abed, y como á legítimo califa le juraron, 
entre otros, en noviembre de 103 5, los emires de Valen- 
cia y Denia (2). Esto mismo acusan las monedas de 
Denia acuñadas en 436 (julio 1044-1045), último año 



..) Conde, III, 2-3. 

2) Dozy, Historia, IV, i.— Conde, III, i. 



— 166 — 

del reinado deMugéhid (i). Lo propio ocurre con las 
de Valencia; pero es de notar que, si bien en una del 
año 435 (agosto 1043-julio 1044), decimoquinto 
del reinado de Abdeláziz Al Mansor, este emir procla- 
ma á Hixem II, á los remates de su reinado reconoció 
por Imam á Abdallah, siervo de Allah, nombre simbó- 
lico ó verdadero de algún califa de Oriente (2). 

El rompimiento de relaciones entre Mugéhid y 
Abdeláziz, asegura Dozy que ocurrió á la muerte de 
Zohair, después de la derrota que éste experimentó el 
3 de agosto de 1038. Entonces, el de Valencia, cuñado 
de Zohair, so pretexto de que era de justicia el que el 
emir de Almería le devolviese los estados, pues había 
sido cliente de su familia, se apoderó de ellos, desper- 
tando su prosperidad el encono del emir de Denia (3). 

El literato Muhámad ben Somadeh, de la familia 
Abu Yahya, de los Todjebitas, llamado Al Motacim 
Bihla y ai Watec Bihla, nacido en Zaragoza, cuyo 
gobierno habían tenido su padre y su abuelo, al 
producirse la sedición de los árabes dejó el gobierno 
de Huesca y se amparó en Valencia junto á Abdeláziz. 
Poco después dio en matrimonio una hija al emir 
valenciano (4). Para que más afianzada quedase entre 
ellos la amistad, el de Valencia dio por esposas dos 
hijas suyas á Abulahuas Man y á Samida Abu Otba, 
hijos de Muhámad. Éste, acabadas las bodas, se 
embarcó para Oriente, y á poco túvose noticia de que 



(1) Codera, Tratado de Numismática Arábigo-Española, sección 4. a , cap. 8. 

(2) Ibfdem, cap. 6. 

(3) Dozy, Historia, IV, 1-2. — Conde, III, 1, 

(4) Casiri, I, 40. 



- 1 6 7 - 

había perecido ahogado. Abdeláziz puso por adelan- 
tado suyo en Almería, al yerno Abulahuas (i). 

La fidelidad era en aquellos tiempos prenda muy 
rara. Aprovechando Mugéhid la ida de Abdeláziz á 
Almería, atacó sus dominios de Valencia. Tuvo el 
emir de ésta que abandonar á Almería y trasladarse á 
la ciudad del Turia para establecer la paz con Mugé- 
hid; pero mientras tanto, el yerno Abú'l Ahuas Man 
se declaró independiente, y por emir le reconocieron, 
entre otras ciudades, Lorca, Baeza y Jaén (1041) (2). 

Nada más sabemos del primer emir de Denia, si 
no es que falleció el año 436 (julio 1 044-1045), según 
Aben Jaldún (5). También tuvo Mugéhid sus afi- 
ciones á la literatura; y bueno será demos á conocer 
el retrato moral del insigne caudillo, tal y como nos 
le pintan los escritores árabes: 

«Fué Mugéhid el héroe entre los emires de su tiempo, el eru- 
dito entre los reyes de su siglo por los conocimientos que adqui- 
rió en las ciencias coránicas. Él cultivó tales ciencias desde su 
adolescencia, y desde los principios de su carrera hasta la edad 
madura. Las muchas guerras en que se vio envuelto por tierra y 
por mar, jamás le distrajeron de tales estudios, en los cuales vino 
i ser modelo de doctrina único, más bien que raro. Su corte fué 
más escogida y frecuentada que cualquiera otra, porque él hon- 
raba la ciencia y el ingenio. Doctos en varios ramos del saber 
corrieron hacia él desde Córdoba y desde otras grandes ciudades, 
y permanecieron gustosos á su lado, erigiendo las tiendas á la 
sombra de su poderío, hasta el punto que pudieran compararse 



Conde, III, 2. 

Dozy, Historia , IV, 3. — Conde, III, 2-3. 

El xArchivo y V, 96. 



— 168 — 

con ejército de generosos corceles puestos en fila y prontos á la 
carrera. 

»Y, sin embargo, Mugéhid, siendo tan culto y literato, vino 
á ser el critico más rígido que hubo en el mundo tocante á poesía, 
el hombre menos accesible á los poetas y el más sospechoso que 
hubo jamás contra los rapsodas. Cuando iba alguno de éstos á 
recitarle alguna composición, Mugéhid se la desmenuzaba palabra 
por palabra para encontrar algún defecto, ya fuese la impropiedad 
de la frase, ó bien el plagio: no se le escapaba una rima que 
cojease. Mas si te ocurría que salías sano de tales tormentos y 
llegabas á conseguir su benevolencia, con todo esto, no llegabas 
á sacarle un cuarto ni tenias que pensar en recibir cualquier frio- 
lera como regalo. De aquí que los poetas se retrajeron de alabarle, 
y su nombre no se conserva en los versos. 

* A pesar de esto, fué tan esforzado guerrero, que bien puede 
comparársele con firmísima roca. Fué el más docto del mundo en 
la ciencia de las lecturas alcoránicas. No se rodeó jamás de caba- 
lleros que no fuesen valientes á toda'prueba. Tampoco se esforzó 
nunca por acreditarse de espléndido. Cuando alguno trató de 
inspirarle esta virtud y, no consiguiéndolo, le reprochó el vicio 
contrario, Mugéhid alargó un poco la mano: así que apareció 
bajo dos aspectos distintos, ya como generoso, ya como tacaño: 
diríase que se esforzaba por hacer cuanto bastaba para que no se le 
tratase de avaro y miserable. Con el transcurso del tiempo, cambió 
muchas veces de conducta, de forma que mezcló lo bueno y lo . 
malo: vésele unas veces austero, y otras, disoluto. Absorto en los 
ejercicios de piedad y lleno de escrúpulos, rechaza á veces hasta 
la sombra de toda mala costumbre, sólo ocupado en adquirir y 
descifrar viejos pergaminos; y luego, en otras ocasiones, aparece 
licencioso y violento, no tratando siquiera de ocultar la lascivia 
ni los vanos antojos, no privarse del vino ni de otras diversiones 
menos honestas, vivir como ajeno á toda grande empresa y auh á 
todo deber. Por lo demás, todos los reyezuelos españoles de 
aquel tiempo eran asi» (i). 



(i) El ¡Archivo, V, 03-94. 



— i¿9 — 

La habilidad política de Mugéhid no sólo se revela 
por sus actos realizados en vida, sino que se traduce 
en su previsión para dejar asegurada en sus descen- 
dientes la posesión de los dominios que conservaba 
él ai morir en su ciudad de Denia el año 1044. Como 
razón de estado, explotó, al igual que todos los reye- 
zuelos de su tiempo, los enlaces matrimoniales suyos 
y los de sus hijos. Así, vemos que casó una hija con 
Muhámad, hijo del emir de Sevilla, y otra, con el de 
Almería; su hijo Alí casó con una hija del principe de 
esta ciudad y con otra de, Al Moktádir ben Hud, emir 
de Zaragoza (1). No dejó de comprender la necesidad 
apremiante en que estarían sus sucesores de auxiliarse 
de los príncipes amiritas y todjibitas. Pero, como por 
encima de los cálculos de la previsión humana están 
los designios de la Providencia, el mismo medio 
puesto en juego por Mugéhid para afianzar el trono 
en su hijo Alí, contribuyó á que le fuera arrebatado. 

Dejó Mugéhid dos hijos, Alí y Hazán, y, al pare- 
cer, quiso dividir el reino entre los dos hermanos. 
Según resulta de algunas monedas y de una ligera 
indicación de autor árabe, Hazán debió ocupar por 
algún tiempo el trono. Sin embargo, la desavenencia 
surgida al fallecimiento del padre, si es que la hubo, 
cesó pronto, ya que un año después vemos que Alí, 
á imitación de Mugéhid, acuña monedas en Denia y 
en las Baleares. 

El Hazán, hijo de Mugéhid, no puede confundirse 

otro emir del mismo nombre que reinó en Málaga 



I Conde, III, i y 5.— £/ ^Archivo, I, 378; II, 301; V, 96. 

22 



— 170 — 

y Ceuta desde 431 (1039) hasta 434 (1043). En las 
monedas de Hazán de Denia se reconoce el imanato 
de Hixem II, como hizo Mugéhid; mientras que el de 
Ceuta se da á si mismo los títulos de amir al tnuminin 
y de imam (1). 

Lo que fué de Ali hasta que su padre le rescató 
del poder de los cristianos que le cautivaron en Cer- 
deña, ya se ha visto. De él dice un reputado cronista 
arábigo: «No sé que hubiese uno más probo que Ali, 
ni más limpio de fama, ni más continente en la vida 
doméstica. No bebía vino ni se familiarizaba con los 
que le bebían; cultivaba las ciencias y respetaba á sus 
amantes» (2). 

En tiempo de Ali vivió una insigne poetisa, 
Ommol Kiram, hija de Aben Man, de Almería, yerno % 
de Abdeláziz el de Valencia y suegro de Ali. Es digna 
de mención, entre sus composiciones, la dedicada al 
bello Samar, de Denia (3). No de menos fama ni de 
menos justa celebridad goza Abú Amrú Othman ben 
Said, alamí y aimocrí, más conocido por Al Serafí, 
y también por el Dianense. Era natural de Córdoba, 
donde nació el año 371 (julio 98i-junio982), y murió 
en Denia, á los setenta y uno de su edad, ó sea, en la 
feria 7, á 15 de xawal de 444 (sábado, 6 febrero 
de 1053). El año 397 (1006-1007) hizo un viaje á 
Oriente, y en Karván y en el Cairo, donde se detuvo 



(t) Codera, Tratado de Numismática Arábigo- Española, sección IV, capi- 
tulo VIII.— El archivo, I, 378; IV, 6, 25 y 26. 

(2) El Archivo, I, 379. 

(3) Chabás, Historia de *Denia> I, 190. Allí puede verse una desús poesías, 
vertida del francés al castellano en no malos versos. 



— iyx — 

cuatro meses, oyó á muchos de los más célebres 
maestros. De regreso á España (1009), después de su 
peregrinación á la Meca, puso cátedra en Denia, donde 
se dio á conocer como uno de los mejores comenta- 
dores del Corán. Su amena conversación y la gran 
pureza de costumbres le captaron general simpatía, 
que se demostró en su entierro, yendo presidido por 
el mismo Ali el fúnebre cortejo (1). 

Ya asegurado Alí en el trono, el primer asunto en 
que tuvo que entender, fué en el de arreglar el gobierno 
de las Baleares. Á la muerte de Mugéhid, el liberto Al 
Aglab, que desde el año 428 (octubre 1036-103 7) 
estaba al frente de ellas, habiéndose dedicado á la 
piratería y á correr tierras de cristianos, pidió á Alí 
permiso para ir en peregrinación á Oriente. Le obtuvo, 
y, llegado á Denia, su señor le dispensó del oíicio; y 
confirmó en el cargo de gobernador de las islas, á 
Suleimán ben Markián, yerno de Al Aglab y por éste 
nombrado. Suleimán se mantuvo en el cargo cinco 
años, ó sea, hasta su fallecimiento, en 1050 (2). 

Aben Jaldún, de quien son estas indicaciones 
acerca del gobierno de las Baleares, supone que á 
Suleimán sucedió Mobaxir; sin embargo, parece lo 
más probable que entonces fué nombrado para dicho 
waliazgo Al Mortadha Abdallah, lo cual está plena- 



(t) Aunque sus obras excedían en número i 120, sólo se tiene noticia de 
éstas: I, Libro de los tumultos y batallas sangrientas: II, un Fihrist. III, Clases 
<* 'fctores y maestros de lectura alcoránica. Y IV, Método ficilde leer el 
( áo, donde trata extensamente de las varias interpretaciones del Corin, 
s ¡endo los siete métodos mis notables. Pons, n.° 91.— Casiri, I, 504; 

I to, 130 y 145. 

El Archivo, II, 302; V, 95-96. 



— 172 — 

mente confirmado en numerosas monedas acuñadas á 
su nombre, por la .expresión clara de un cronicón 
cristiano y por ligeras citas de cronistas muslimes. 
La misma numismática acusa que continuaba en el 
gobierno cuando Alí fué depuesto del trono por su 
suegro Al Moctádir; y es de suponer que, á conse- 
cuencia de tan deplorable suceso, se constituyera en 
régulo independiente (1). 

Dice Aben Jaldún que después recayó el gobierno 
de las Baleares en Mobaxir, titulado Násir ad Daulah, 
ó sea el Nasiredolus del poema de Lorenzo Vernés- 
Era Mobaxir oriundo de la región oriental de España, 
y, cautivo en su niñez y hecho eunuco, luego vino, 
con los prisioneros de Cerdeña, á poder de Mugéhid. 
En marzo de 11 15 se apoderaron de Mallorca los 
písanos, y del año 507 (junio 1113-1114) se con- 
servan monedas de Mobaxir ben Suleimán. En las de 
Mobaxir y en las de Suleimán se reconoce el imamato 
de Abdallah, nombre del califa que por entonces rei- 
naba en Oriente (2), 

Por rastrear el tiempo en que las Baleares estuvieron 
dependientes de Denia, nos hemos alejado bastante 
del punto en que dejamos los sucesos de la Península. 
Veamos ahora lo que ocurría en Valencia á mediados 
del siglo XI. 

Como ya indicamos, estaban entonces muy en 
boga los casamientos entre los príncipes de las dinas- 
tías reinantes: los resultados no fueron siempre los 



(1) Codera, obra citada, sección IV, cap. VIII. — El oirchivo, II, 302. 

(2) Codera, 1. c— El Archivo, II, 302; IV, 8; V, 96. 



— 175 — 

i 

que se prometían, y ocasión tendremos de observar 
que, por lo que respecta á Valencia, fueron de efecto 
contraproducente. Abdeláziz, el emir de Valencia, casó 
á Abdelmélic, su hijo, con una hija de Al Mamún, 
emir de Toledo desde el año 430 hasta el 468 (1038- 
1075) y señor de Cuenca, á cuyo territorio pertenecía 
también la parte de la actual provincia de Valencia 
comprendida en aquella diócesis. Al parecer, Abde- 
láziz era feudatario del de Toledo por el territorio de 
Cuenca. 

En guerra Al Mamún con los caudillos de Córdoba 
y de Sevilla, quiso hacer una terrible entrada en Anda- 
lucía. Al efecto, el año 440 (jun. 1 048-1049) escribió 
i sus alcaides y á su yerno Abdelmélic, como también 
al walí que en Cuenca tenia el emir de Valencia, 
que le enviasen las huestes de la expresada comarca 
del Júcar, de Alarcón y de Chelva. El mismo Abdeláziz 
aconsejó á su hijo no desatendiera las órdenes del sue- 
gro, y hasta escribió á sus alcaides que acompañaran al 
de Toledo en la expedición. 

A Gehwar, que quiso castigar á los que habían 
jurado por legítimo califa en noviembre de 1035 al 
fingido Hixem II, ó sea, el esterero avecindado en 
Calatrava, comenzando por los más débiles (y como tal 
consideraba á Husam Daulah ben Huzeil Abú Muhá- 
mad, señor de Albarracín), no lográndolo, pues antes le 
alcanzóla muerte (viernes, 15 agosto-14 septiembre 
de 1043), k sucedió su hijo Muhámad IV (1). 

Conocedor Muhámad IV de los grandes preparati- 



Conúe, III, 2 y $, 



~ *74 — 

vos del de Toledo, no descuidó buscar aliados, y los 
encontró en los emires de Sevilla y del Algarbe 
(jul.-ag. de 105 1). Aun cuando los comienzos de la 
campaña fueron favorables á Al Mamún y á sus aliados 
de Valencia y de Sahlá, en muy sangrienta batalla, 
debido á la fuga que emprendieron las tropas auxiliares 
de Valencia, sufrió el de Toledo la derrota más espan- 
tosa, no obstante la tenaz resistencia qu los albarraci- 
neses opusieron. Allí se distinguió ya, por su valor 
personal y alta habilidad estratégica, el privado del emir 
de Sevilla, el famoso Aben Ornar, de quien más ade- 
lante habremos de ocuparnos (1). 

¿Qué bando seguía en esta encarnizada contienda 
el sucesor de Mugéhid? Ali, que comenzó por llamarse 
Ikbalo ad Daulah (Fortaleza del Estado) y agregó más 
adelante á este título el no menos pomposo áeMoi^pad 
Daulah (el que honra al Estado), títulos que mal con- 
forman con sus actos, pues nada se sabe acerca de las 
causas que pudieran merecerle tales dictados, gustaba 
poco, al parecer, de guerras y enemistades. A lo más, 
conservó las relaciones de amistad que su padre man- 
tuvo con los emires de Sevilla y con los condes de 
Barcelona. Como su padre, reconoció de pronto el 
imamato del falso Hixem II; á partir del año 467 
(ag. 1 074- 1 07 5), aceptó el de Abdallah, siguiendo el 
ejemplo de Al Motámid, de Sevilla (2). 

En testimonio de la amistad que Alí conservó con 
los condes de Barcelona y de su tolerancia con los 



(1) Conde, III, 3 y 4. 

(2) El ^Archivo, I, ? 7 8- 3 79; IV, 7-8.— Codera, 1, c, sección IV, capí- 
tulo VIII. 



— I7S — 

muzárabes residentes en las Baleares y término de la 
jurisdicción de Denia, en 26 de diciembre de 1058 
(7 de las kalendas de enero), año 450 de la hégira, 
decía: 

c En el nombre de Dios Todopoderoso, Yo, Alí, caudillo de la 
ciudad de Denia y de las islas Baleares, hijo deMugéhid, caudillo 
que fué de la misma ciudad» oído el parecer de mis hijos y de mi 
consejo, entrego y doy á la sede de Santa Cruz y Santa Eulalia de 
Barcelona, y á su prelado Gislaberto, las iglesias y obispado de 
nuestro reino, asi en las Baleares como en Denia, para que por 
siempre queden en la jurisdicción eclesiástica de Barcelona. Por 
manera que todos los clérigos, presbíteros y diáconos, moradores 
en dichos lugares, de cualquier dignidad y edad que fueren, nopue- 
dan, desde hoyen adelante, pedir á ningún otro obispo, orden, ni 
consagración de crisma, ni servicio de cualquier cargo eclesiástico, 
como no sea al obispo de Barcelona ú otro á quien él designare. 
Y si alguno, lo que Dios no quiera, con dañada intención procurare 
quebrantar ó anular esta donación, incurra en la ira del rey del 
cielo y quede fuera del amparo de toda ley, permaneciendo ello, 
no obstante, firme y estable en todo tiempo . Esta carta de donación 
fué hecha en Denia, por orden de Alí y con asentimiento y firmas 
de sus hijos y de los de su corte, el 26 de diciembre del año 
citado (1). 

m 

Tuvo buen cuidado el obispo Gislaberto de que 
esta concesión , que en si no tenía fuerza canónica, 
fuese reconocida y aceptada por los obispos que acudie- 
ron á la dedicación de la catedral de Santa Cruz y Santa 
Eulalia (2); pues aprueban la concesión del señor de 
Denia los obispos de Arles, Magalona, Narbona yUrgel, 



De este curioso diploma, «cerca de coya autenticidad no cabe dudar, han tratado Dameto, 
Z , Diago, el P. Cayetano de Mallorca, Villanueva, Flórez, Víctor Balaguer y Chabás (Hist. de 
1 . I> '91-193, 7 26s-*69; El Archivo, I, 379; II, joj; V, 9). 

) El Archivo, I, 579. 



- i 7 6 - 

presentes en Barcelona con motivo de la inauguración 
del templo catedral (i). Compréndese que, á causa del 
aislamiento y escasez de relaciones entre los muzárabes 
mallorquines y los cristianos peninsulares, desaparecie- 
ran las de dependencia que ligaban al clero de las 
Baleares con el prelado ó prelados del continente de 
quienes. fueron en otro tiempo subditos religiosos, y 
que, para desvanecer las dudas ó cuestiones que se 
suscitaron, buscó Gislaberto la protección laica, impe- 
trando, al efecto, la protección de los principes musul- 
manes en cuyo territorio moraban los muzárabes suso- 
dichos (2). 

Poco más vivió el primer emir de Valencia. Á su 
muerte, ocurrida el año 452 (1060), ocupó el trono 
su hijo Abdelmélic, llamado Al Mudháfar (el Victo- 
rioso), título que le cuadra tan bien como á su 
contemporáneo Alí los retumbantes que el último 
adoptara. Ya se vio que Abdeláziz reconoció durante 
gran parte de su reinado el imamato del falso Hixem II, 
y que, según acusa una moneda del Museo Arqueoló- 
gico, á la postre prescindió del nombre de aquel ca- 
lifa y adoptó el de Abdallah. Abdelmélic al Mudháfar, ó 
también Ath Tháfir, reconoce, en el primer año de su 
reinado, por Imam Amir al Muminin, al referido Abda- 
llah (siervo de Allah) Aben Aglab. De Al Mudháfar se 
conocen monedas de los años 455, 456 y 457 (diciem- 
bre 1064-1065), pues su suegro Al Mamún, de 
Toledo, le depuso á fines del último año (3). 



(1) El Archivo, V, 9. 

(2) El Archivo, II, 303. 

(3) Conde, III, 3.— Codera, obra citada, sec. IV, cap. VI. 



\ 



— 177 — 

Entre los escritores notables que sobresalieron 
durante el brevísimo reinado de Al Mudháfar, figuran 
Abdelmélic ben Gaznín, nacido en Guadalajara, quien, 
pudiendo escapar de la cáfcel de Toledo en que le 
puso Al Mamún, se vino á Valencia, pasó á Cór- 
doba, y de allí á Granada, donde murió el año 454 
{en. 1062-1063) (1); y Abú Abdallah Muhámad ben 
Meruán ben Abdeláziz, nacido en Córdoba. Tanta era la 
-sabiduría del último, que bien joven tuvo el gobierno 
de Valencia durante el reinado de Abdeláziz; y el 
hijo, Abdelmélic, no sólo le respetó en el cargo, sino 
que le elevó al envidiable puesto de hágib ó primer 
ministro. Del resultado que para el Emir tuvieron sus 
consejos y de la tristeza y desesperación que le produjo 
la desgracia de su señor, pronto hablaremos (2). 

Entre suegro y yerno no reinaban las mejores 
relaciones, como lo prueba el hecho arriba apuntado 
de refugiarse en Valencia los que escapaban de Toledo. 
El poder absorbente de Al Mamün, como más tarde 
le manifestó también Al Moktádir, tenía al emir de 
Valencia en una dependencia humillante. Quiso el de 
Toledo lavar la ofensa que sus armas habían padecido 
cuando su anterior entrada en Andalucía. Con tal 
motivo escribió á sus alcaides, al nuevo emir de 
Valencia y á los walies de Murcia, Cuenca y algunos 
otros, que se le reuniesen con sus respectivos contin- 
gentes. El wazir de Valencia, ó sea, Abdallah Muhá- 
mad ben Meruán, aconsejó á su señor que no le 



(1) Fons, núm. 96. 

(2) Casiri, II, 30. 



23 



- i 7 8- 

convenia declararse enemigo de un rey tan poderoso 
como el de Sevilla, con quien, además, estaban aliados 
sus vecinos los señores de Castellón (?), Murviedro, 
Játiba, Denia y Almería. Abdelmélic siguió al pie de 
la letra el consejo de su ministro, y excusó, con frivo- 
los pretextos, el auxilio á su suegro. Al Mamún se 
llenó de saña al tener noticia de la determinación de 
Al Mudháfar y se propuso hacerle pagar caro el atrevi- 
miento. Una incursión de cristianos en la vega del 
Turia, le impidió poner en obra su venganza tan 
pronto como él hubiese querido. 

Fernando I de Castilla y de León, después de hacer 
sentir el peso de sus armas sobre Coimbra y en las 
comarcas del Duero y del Mondego, quiso que también 
Valencia experimentara los efectos de su acción. Se 
dirigió al territorio de la antigua Celtiberia; taló cam- 
piñas, saqueó poblados, quemó cosechas y destruyó 
cuanto fuera de las ciudades amuralladas encontró al 
paso. Paseó victorioso sus pendones, pues siempre 
arrolló á la morisma, y cual avalancha irresistible, 
avanzó, en la primavera del año 1065, hasta las mismas 
puertas de Valencia. 

Por más que allí estaba encerrado el débil é indo- 
lente Abdelmélic Al Mudháffar, pronto comprendieron 
leoneses y castellanos que no era empresa fácil la de 
tomar aquella ciudad, ceñida de altos baluartes y nu- 
trida de numerosos defensores, suministrados éstos en 
gran parte por el mismo Al Mamún. Los cristianos ape- 
laron entonces á una estratagema que rio estuvo lejos 
de darl.es el resultado que ansiaban. Simularon, como 
desconfiados ya de rendir la ciudad, una retirada hacia 



— 179 — 
t\ norte, hacia las lomas de Paterna, distantes como 
una legua. 

Cayeron los muslimes en el lazo tan hábilmente 
preparado. Con su rey á la cabeza y engalanados con 
sus mejores ropas, salieron en tropel siguiendo á los 
-que suponían fugitivos, que, en su concepto, no de 
otro se trataba que de repartirse el abundante botín 
que en el campo dejaría el enemigo. ¡Cuál no sería la 
sorpresa de los ilusos, al ver, cuando ya estuvieron 
alejados de los muros de la capital, que los cristianos 
volvieron cara y acometían con irresistible empujel La 
llanura quedó sembrada de cadáveres muslimes, y si 
Abdelmélic logró penetrar en el recinto de la capital 
de sus dominios, tuvo que agradecerlo á la velocidad 
4el corcel que cabalgaba. 

Se renovó el sitio. Poco más podían los cuitados 
moros alargar la defensa, cuando el marido de doña 
Sancha se sintió atacado de la enfermedad que le 
llevó al sepulcro, «No quiso Dios, exclama un autor 
moderno, darle la alegría de que viese ondear los 
estandartes de León y Castilla sobre los muros de la 
ciudad del Turia; y el monarca hubo de regresar á su 
capital resignado, como cumplía á su religiosidad, á 
los altos designios de la Providencia». La retirada 
del ejército cristiano se hizo antes del día 9 de dilagia 
del año 457 (12 noviembre de 1065). Poco más vivió 
Fernando I: el 24 de diciembre estaba ya en León, y 
el 27 entregó su alma al Eterno (1). 



[1) Dozy, Historia, IV, 8. Dicho autor, que sigue á Al Makkiri y á Ben 
aam, coloca, como éstos, tales sucesos en él año 456 (diciembre 1063- 
>4), siendo de llamar la atención que uno y otro nombran i Paterna, como 



— i8o — 

Irritado sobremanera Al Mamún, pretextando auxi- 
liar al emir de Valencia, por juzgarle incapaz de con- 
servar su reino, con el mayor sigilo reunió su caba- 
llería, y á marchas forzadas se dirigía contra Valencia;, 
mas, sabedor deque los cristianos la tenian sitiada, se 
detuvo en Cuenca hasta que leoneses y castellanos 
volvieron á sus tierras. Sin comunicar á nadie su 
determinación, caminó de noche y de día, entró en 
Valencia cuando menos se esperaba; ocupó el alcázar 
por sorpresa, defendido por Abú Wahib ben Lebún; 
se apoderó de las torres, y depuso á su yerno del 
gobierno y soberanía de Valencia y de sus dependen- 
cias. Esto fué el mencionado 9 de dilagia, ó sea, el \n 
de noviembre de 1065. Asi quedó el reino de Valencia 
unido al de Toledo, estado de cosas que duró hasta 
la muerte dé Al Mamún (junio de 1075), envenenado 
en Córdoba. 

Merced al cariño que el de Toledo profesaba á la 
esposa del emir destronado, hija suya, le envió deste- 
rrado al castillo de Chelva con cargo de walí. El pros- 
crito, con su familia y acompañado del walí de Cuenca 
y del señor de Santa María de Aben Razín, que 
no quisieron abandonar en el dia del infortunio al 
amigo, se trasladó al lugar del destierro. El ministro 
de Abdelmélic, el aventajado literato Abú Abdallah 
Muhámad ben Meruán, al ver las fatales consecuencias 
que sus consejos habian traído a su señor, murió 
clavándose un puñal en el pecho (1). 



nosotros (Malo de Molina, Rodrigo el Campeador, p. 6o y 63).— Conde, III, 5 
da la fecha- que coincide con la de las crónicas cristianas. 
(1) Casiri, II, 30. 



— 181 — 

No falta autor que diga haber sido el emir Al 
Mudháffar traicionado por su primer ministro Abú 
Becr ben Abdeláziz, por lo que éste recibió, en recom- 
pensa, el gobierno de Valencia, y que el emir destro- 
nado tuvo su encierro en Cuenca (i). Be esa opinión 
disiente otro escritor, según el cual, Al Mamún defó 
en Valencia por wali, para que la tuviera en su nombre, 
á Isa ben Lebún ben Abdeláziz ben Lebúh, que era 
de los arrayaces de Murviedro y de sus parciales. 
Ambos historiadores convienen, sin embargo, en que 
desde entonces quedó Valencia agregada al reino de 
Toledo (2). 

Fin semejante tuvo la primera dinastía de Denia. 
El dia 20 de febrero de 1069, sábado, falleció Motád- 
hid de Sevilla, eterno rival del de Toledo. También 
murió durante el mismo año el señor de la Sahlá, el 
conocido por Aben Aslao, Abú Muhámad Huzeil Aben 
Razin; y le sucedió su hermano Abdelmélic ben Khálaf 
Abú Meruán- Así que Al Mamún tuvo conocimiento 
de haber muerto el sevillano, encendióse nuevamente 
la guerra. Al Mamún, allegadas gentes de Valencia y 
de Albarracin, seguido de las huestes de Murviedro,. 
Játiba, Denia y Cuenca, más los auxiliares castellanos, 
entró por tierras de Murcia y de Todmir. El princi- 
pado de Murcia había formado parte de los estados de 
Zohair; luego, del reino de Valencia, y era v indepen- 
diente en la época que nos ocupa. 

Durante los reinados de Zohair, Abdeláziz y Abdel- 
oélic, había gobernado el territorio, á nombre de 

(1) Do* y, Historia, IV, 8. — Investigaciones, El Cid de la Realidad, 3* 

(2) Conde, III, 5. 



— l82 — 

éstos, Abú Becr Áhmed ben Tahir, árabe de la tribu 
de Cais. Muerto en 1063, ocupó el puesto su hijo 
Abú Abderrahmán ben Tahir, inmensamente rico, 
pues poseía la mitad del territorio; y, aunque muy 
ilustrado, disponía de pocas tropas, circunstancia que 
hacía de fácil conquista su principado. Cometió la 
imprudencia de abandonar el partido de la neutralidad, 
y se afilió al bando de Motámid, el emir de Sevilla. De 
ahí que Al Mamún invadiera el territorio de Murcia, 
de cuya ciudad se apoderó, lo mismo que de Orihuela 
y Muía. Aben Tahir tuvo, pues, que ponerse bajo la 
fe y amparo de Al Mamún, si bien con buenas condi- 
ciones. Sosegadas estas cosas, el vencedor volvió á 
Toledo, dejando bien recompensados á sus auxiliares, 
muslimes y cristianos (1). 

Durante el reinado de Ali floreció Abú Ornar ben 
Abdelbar, nacido en Córdoba el 30 de octubre de 978. 
Visitó las regiones occidental y oriental de la Penín- 
sula, permaneció algunos años en Denia y también 
estuvo luego en Valencia y Játiba. Fué, al parecer, 
cadí en Lisboa y Santarén. En Játiba acabó sus días 
el 3 de febrero de 1071. Puesto que en nuestro reino 
residió largos años y en él terminó su existencia, bien 
podemos considerarle como una de nuestras glorias. 
Dejó escritas una porción de obras, una de educación, 
entre ellas (2). 



(1) Dozy, Historia, IV, u.— Conde III, 5-6. 

(2) Se le atribuyen: I. Tratado del completo conocimiento de los compa- 
neros del Profeta. — II. Libro de las Perlas: compendio de la vida y guerras 
de Mahoma.— III. Libro de las Memorias para las creencias religiosas de los 
sabios de las provincias. — IV. Libro del ornato de las asambleas y de la fami- 



- i8 3 - 

Era por entonces conde de Barcelona, Ramón 
Berenguer I, pues que murió en 27 de mayo de 1076. 
Éste acudió en auxilio de Al Motámid, figurando, por 
tanto, en opuestos bandos el emir de Denia y el conde 
de Barcelona, fenómeno raro. «No deja de causarnos 
extrañeza el ver á Ali y al conde de Barcelona pelear 
en opuestos bandos, exclama un historiador; pero 
sobre la amistad, aunque cuente largos años, suele 
poner la política sus necesidades. Lo que dio motivo 
á esta anomalía, no está á nuestro alcance el poderlo 
apreciar ahora, que son pasados muchos siglos y nos 
vemos privados de las noticias que podrían darnos 
alguna luz» (1). Es lo cierto que el haber tomado 
Ali, pacífico de suyo, parte en aquella contienda entre • 
los emires de Toledo y de Sevilla, fué causa de su 
total ruina. 

Aben Ornar, astuto ministro de Al Motámid, había 
pactado las negociaciones con Ramón Berenguer I; y, 
como éste, al ver que las tropas sevillanas no acudie- 
ron á libertar á Murcia cuando estaba asediada de 
las tropas de Al Mamún y sus auxiliares, sé creyera 
victima de un engaño, se retiró á sus"! estados respi- 
rando venganza contra el supuesto traidor. Para apla- 



liaridad del que asiste á ellas.— V. La intención y el propósito de conocer la¿ 

genealogías de los ira bes y délos bárbaros.— VI. Selecta: sobre la historia de 

los tres íaquíes. — VII. Excitación para referir los orígenes de las tribus y el 

conocimiento de las genealogías. — VJII. Fihríst. — IX. Lo que es suficiente 

"crea de los nombres de los conocidos por la cunia entre los hombres cien» 

eos.— X. Lo que se ha de evitar del Corán. — XI. Al Tacadha.— - XII. Al 

nhid.— XIII. Al Cafl.— Y XIV, una disertación pedagógica, probable- 

ate.— (Pons, biografía núm. ni). 

(1) Chabás, Historia de Denia, II, 4- 



— 184 — 

carie y retirar un hijo de Motámid, que en rehenes 
tenía el Conde, fué Aben Ornar á Barcelona. Prosi- 
guiendo su empresa de sembrar la discordia entre los 
enemigos de su señor, llegó á Zaragoza, donde reinaba 
Al Moctádir, suegro de Ali. Al paso por Lérida, de 
cuya ciudad era gobernador Al Mutamín, hijo de Al 
Moctádir, suscitó allí ciertas discordias y persecuciones 
de familias poderosas, las cuales, obligadas á abandonar 
la ciudad y salir de aquella tierra, se ampararon en la 
corte de Alí. 

Aben Ornar incitó entonces al emir de Zaragoza 
contra él de Denia, cuyo corazón tan nobles senti- 
mientos de hospitalidad albergaba. El príncipe de 
Zaragoza, mientras el zizañero Ornar ocupó algunos 
fuertes, en xaban del año 468 (marzo-abril 1076), 
después de atropellar los derechos de la noble hospita- 
lidad de Ali, le venció en sangrienta batalla é intentaba 
entrar en Denia para dar muerte á los refugiados en 
ella. Enviado por Moez ad Daulah, señor de Almería, 
con cuya hija estaba casado Alí, llegó al campo de Al 
Moctádir con un alcaide con cartas en que rogaba al 
emir de Zaragoza desistiese' de aquella guerra que 
tanto le desacreditaba, por tratar de derramar sangre 
inocente, y que emplease contra los enemigos del 
Islam, que infestaban las mismas fronteras de Zaragoza, 
sus vencedoras insignias. Estas razones persuadieron 
al rey, que volvió á sus tierras, pero confiando la fron- 
tera de Denia á dos alcaides suyos de Bardania. Éstos, 
que eran hijos de Sahail, llamados Ibrahim y Abdelge- 
bar, engañados por Aben Ornar, vendieron las fortalezas, 
que tampoco pararon en manos de los walíes Isa ben 



-i8 $ - 

Lebún y su hermano Abdallah, que las ambicionaban 
por caer cerca de sus señoríos. Esta es una versión (i). 

Semejante á ésta, aun cuando menos rica en deta- 
lles, es la de que Al Moctádir de Zaragoza, se apoderó 
de Denia en iaban del año 468 de la hegira destronando 
á Ikbalo ad Daulah Ali ben Mugéhid; lo cual está 
confirmado, como ya dijimos, por la numismática, por 
no pasar de aquella fecha las monedas que de Ali han 
llegado á nuestros dias (2). 

En Aben Jaldún se lee: que, casado Ali con una 
mujer de la dinastía de Al Moctádir ben Hud f señor de 
Zaragoza, este mismo le hizo salir de Denia é ir á 
Zaragoza, y que Ali murió, poco más ó menos, al 
mismo tiempo que Al Moctádir, hacia el año 474 
(junio 1 08 1- 1 082). Otra versión del propio autor es 
la de que Ali, queriendo escapar de Al Moctádir, 
cuando éste trataba de echarle la mano encima, llegó 
áBugíah, donde se detuvo al ladod el señor de aquella 
ciudad, Yahya ben Hamud, y alli murió. 

Continuaremos copiando del mismo autor la suerte 
que cupo á la familia del infortunado Ali. Cuando en 
Denia cayó su gobierno, aprovechando Mobaxir, el 
gobernador de Mallorca, aquel torbellino de guerras 
civiles, se declaró independiente; compadecido de la 
suerte de la familia de su señor, la envió á pedir, y, 
enviada que le fué desde Denia, le tributó grandes 
honores. Mobaxir murió en el trigésimo cuarto año de 
cn reinado y poco antes de que los condes de Barcelona 
i apoderasen de Mallorca, el año 508 (1114-1115). 

(1) Conde, III, 6. 

(2) Dozy, Loa de lAbbadiiú, II, 106 — E\Jir<Mvo % IV, 26. 

24 



— i86 — 

Téngase en cuenta la opinión, no destituida de funda- 
mento, de que ei agradecido principe fuese Al Mur- 
tadhah. 

Un hijo de Ali, titulado Sirach ad Daulah (lámpara 
ó espejo de la Dinastía), permaneció por algún tiempo 
cerca de los condes de Barcelona, quienes entablaron 
pactos con él y le ayudaron á recuperar algunas forta- 
lezas. Poco sobrevivió á estos triunfos, por cuanto 
el año 469 (agosto 1076-julio 1077) murió á causa 
del veneno que le hizo propinar el inhumano Al 
Mpctádir (1). 

Por el mismo tiempo en que cesa la primera di- 
nastía de Denia, comiénzala segunda que ocupa el trono 
de Valencia, por haberse declarado independiente á la 
muerte de Al Mamún. En el próximo capítulo, trata-; 
remos de la tercera dinastía de Valencia, más los hechos 
que incidentalmente se comprenden privativos del 
emirato de Denia (2). 



(1) El Archivo, II, 302 y V, 96. ) 

(2) Conde (III, 7), y lo mismo Casiri (II, 45), aseguran que el cizañero 
Aben Ornar, ministro del emir de Sevilla, logró enemistar con el emir de Tole* 
do, al wizir de Murviedro, Abúlsa Lebún benLebún, cuya lealtad á Al Mamún 
le valió el gobierno de Valencia al ser depuesto Abdelmélic en 469 (agosto 10J6- 
julio 1077); y con sus dos hermanos Abu Muhámad Abdallah y Abu 
Zaji, abandonaron su patria y estado. Fueron bien recibidos por el emir 
de Sevilla, que les ofreció cadiazgos y gobiernos. En el mismo año 
falleció Abu Isa, y Abu Muhámad y Abu Zaji fueron respectivamente 
gobernadores de Lorca y de Úbeda. Las intrigas de Aben Ornar dieron 
lugar i que Abdelmélic recobrara el cetro, y al morir, al año siguiente, 470 
(julio 1077-1078), había declarado por sucesor á su hijo Abu Becr, confirmado 
en sus tenencias al walí de Cuenca, Said ben al Faraig, y á otros walíes, 
y puesto alcaides de su confianza en Liria, Chelva y Gandía. Hay en esto 
una confusión lamentable de nombres, sucesos y fechas, como indica Doxy 
(Loa de Abbadidis, t. I, p. 100). De Abú Isa ben Lebún se hablará al referir 
los hechos del Cid relacionados con Valencia. 



CAPITULO 11 

Dinastías 2.* y }-• di Valencia. 



Bw txn AMeUiii, tributario ám AI Hvfts, j d« T o4j iidapndinic.— Pag» tributo i Alfa.- 
[.— TcmitiTU A* Abco O™, mininro Jri tmir di SniUi, uiiti el reino di Harria.— 
Tahir k refugSa tn Valencia. — Proclama de Aban Ornar á kc valenciana!, pin 
■t laUe*» coatí» n cnic— MoaoUi, trnii da Denla, Lirio* j Ton™..— Guana, un h 
■tw Huíala, tale <W 2*i*gon.— BI CU derrou á llMnkir en Almena».— Manlli j 
i de Chinen.— On denota jumo al Eon.— Concha 4c liondairpot Coninegra bana Medina 



cía, incorporada á Toledo desde el des- 
lamiento de Abdclmélic, en 1065, lo 
ivo hasta la muerte de Al Mamún, 
rrida en Córdoba y por envenenamiento en dil- 
1 del año 468 (junio-julio 1076), sexto mesdespués 
íaberse hecho dueño de aquella ciudad (1). 
El primer ministro de Abdelmélic al Mudháffar 
la recibido de Al Mamún, en recompensa del 
añopara con su amo y del apoyo que habla prestado 
le Toledo, el gobierno de Valencia. Once años 
> el cargo Abu Becr ben Abdeláziz; y á la muerte 
VI Mamún, que tuvo por sucesor á su nieto Cádir, 
lasiado débil para contener á sus vasallos, en la 

Doiy, Historia, IV, io.—EI Cid, II, 3.— Conde, III, 7. 



— 188 — 

obediencia se apresuró á declararse independiente y á 
ponerse bajo la protección de Alfonso VI. Prometió 
pagar á éste un tributo anual; y, como el patronato 
del Emperador fuese precario, Alfonso, que no reparaba 
en vender sus clientes y estados de los mismos, 
cuando en ello descubría algún interés, enajenó, en el 
mismo año 1076, el gobierno de Valencia, por cien 
mil monedas de oro, á Moctádir, el emir de Zaragoza, 
que acababa de apoderarse del emirato de Denia (1). 

Púsose Alfonso VI en camino para Valencia. Inca- 
paz para defenderse Aben Abdeláziz, salió solo y 
sin armas al encuentro del monarca cristiano; y supo 
ser tan elocuente, elocuencia que bien pudo consistir 
en buenas monedas contantes y sonantes, que decidió 
á Alfonso á abandonar su proyecto y á romper el 
pacto celebrado con Al Moctádir. También pudo 
obligar á Alfonso á desistir de su propósito la idea de 
que vender Valencia, equivalia á matar la gallina de 
los huevos de oro (2). : 

Por la relación que con los sucesos ocurridos en 
nuestro reino tiene la historia de Cataluña, conviene 
saber que en 27 de mayo de este mismo año, 1076, 
murió Ramón Berenguer I. Pro indiviso dejó los es- 
tados á sus hijos Ramón Berenguer II y Berenguer 
Ramón II, hermanos gemelos nacidos en 1053. 

Proseguía en tanto la guerra entre Tokdo y Sevi- 
lla, y después de tres años de inútiles esfuerzos, logró 
Motámid reconquistar á Córdoba (4 de septiembre 



(1) Dozy, Investigaciones, El Cid de la realidad, III. 

(2) Dozy, 1. c. 



F 



— 189 — 

de 1078). Pudo luego el astuto Aben Ornar, ministro 
del sevillano, alejar el peligro de que Alfonso VI se 
apoderase de los dominios de Motámid. 

Quiso Aben Ornar hacer algo más por su sobera- 
no. Trat6 de agregar á sus dominios el reino de Mur- 
cia, que primero habia formado parte de los estados 
de Zohair, después, del reino de Valencia, y ahora 
constituía un principado independiente. Era el princi- 
pe que reinaba allí un árabe de la tribu de Cais llamado 
Abu Abderrahmán ben Tahir. Aunque era muy rico, 
pues poseía la mitad del territorio, contaba con esca- 
sas tropas para defender sus dominios. 

Sabedor de esto Aben Ornar, pues pudo apreciarlo 
cuando pasó por allí para avistarse con el conde 
de Barcelona Ramón Berenguer II, llamado Cap d* 
Estopa, á causa de su abundante y blanca cabellera, 
quiso aprovechar la amistad que ya entonces trabara 
con algunos nobles murcianos, que estaban dispuestos 
i vender á Aben Tahir, no obstante ser nada común 
su reconocida cultura. 

Presentóse á Ramón Berenguer II y le ofreció diez 
mil doblas de oro si le ayudaba á conquistar á Murcia. 
Para el más exacto cumplimiento del contrato, el Con- 
de entregó en rehenes á un sobrino, y Aben Ornar 
prometió que Raxid, hijo de Motámid* quedarla en 
poder de Ramón si el dinero ofrecido tardaba en en- 
tregarse. 

Cumplió el Conde su promesa y atacó á Murcia; 

3mo el de Sevilla, con su natural indolencia, tarda- 

en cumplir á Ramón Berenguer II la entrega del 

ero, el príncipe catalán se creyó engañado y, colé- 



— 190 — 

rico, hizo prender á Aben Ornar y á Raxid, q$e esta- 
ban en su compañía. Trataron los soldados sevillanos 
de libertarlos, mas fueron batidos y obligados á reti- 
rarse. Los dispersos pudieron poner en conocimiento 
de Motámid, que habla llegado á la orilla del Guadia- 
na menor, aquel suceso, y Motámid retuvo prisionero 
al sobrino del Conde.- Diez dias después Aben Ornar 
recobró la libertad y, admitido á la presencia del Emir, 
logró apaciguar al Conde devolviéndole su sobrino y 
entregándole, además de las diez mil doblas estipula- 
das, otras veinte mil, aunque de baja ley, fraude que 
de pronto no descubrió el catalán. 

Aben Ornar, no obstante el fracaso de su primera 
tentativa contra Murcia, la intentó de nuevo, solicita- 
do, según decia, por algunos nobles de aquella tierra» 
Continuando sus jornadas, llegó cerca de un castillo 
llamado Balch, nombre del caudillo de los árabes sirios 
venidos á España en el siglo VIII. Juntos los dos, mar- 
charon á poner sitio á Murcia, y poco después se les 
rindió Muía, pérdida gravísima, pues iban por allí los 
víveres á Murcia. Rindióse esta ciudad, Aben Tahir 
fué preso y los habitantes prestaron juramento á Mo- 
támid. 

Aben Ornar, que á la sazón estaba en Sevilla, co- 
rrió á Murcia, y comenzó á darse aires de soberano. 
Esto, unido á que Aben Tahir contaba con un amigo 
muy poderoso, el emir de Valencia, Abu Becr ben Ab- 
deláziz, fué causa de la total ruina del ensoberbecido 
ministro. 

Qjjíso Aben Ornar congraciarse con el príncipe 
depuesto, pero Aben Tahir rehusó sus obsequios y le 



— iji — 
ofendió recordándole su humilde cuna. Le hizo ence- 
rrar en el castillo de Monteagudo, i una legua de Mur- 
cia. El emir de Valencia influyó con Motámid para que 
se diera libertad á Aben Tahir, pero Aben Ornar, no 
obstante la orden del sevillano, le retuvo preso. Abu 
Becr ben Abdeláziz puso en juego todas sus mañas, y 
Abo Tahir salió del castillo y se refugió en Valencia. 
Presa de furor Aben Ornar, excitó á los valencianos á 
que se rebelasen contra su emir, enviindoles, al efec- 
to, el siguiente poema: 

«Hibiumes de Valencia: sublevaos todos contra ios Beni 
Abdeláziz, proclamad vuestras justas quejas y elegid otro rey, un 
rey que sepa defenderos contra vuestros enemigos. Ya sea Mohá- 
tned ó Áhmed (esto es, sea Juan ó sea Pedro), siempre será 
mejor que ese visir que ha entregado vuestra ciudad al oprobio, 
como un marido sin vergüenza que prostituye á su propia mujer. 
Ha ofrecido asilo al que ha sido abandonado por sus propios sub- 
ditos. Haciéndolo, os ha llevado un pájaro de mal agüero, os ha 
dado por conciudadano un hombre vil é infame. ¡Ay! es preciso 
lavarme la cara en la que una muchacha sin brazalete me ha dado 
on bofetón. ¿Crees escapar, Aben Abdeláziz, á la continua ven- 
ganza de un hombre que marcha siempre en persecución de su 
enemigo y que continúa su ruta, aunque no le alumbre ninguna 
estrella? ¿Con qué astucia pnede sustraerse á las manos vengado- 
ras de un bravo guerrero de los Beni Ornar que lleva tras si un 
bosque de lanzas? (Esperad verlo llegar enseguida rodeado de un 
innumerable ejército! ¡Valencianos: os doy un buen consejo: 
marchad como un solo hombre contra ese palacio que cubre tan- 
tas infamias tras de sus muros; apoderaos de los tesoros que en- 

rran sus cuevas; derribadlo hasta los cimientos de modo que 

o las ruinas atestigüen que existió un día!» 

Al tener Motámid conocimiento de esta compo- 



— I 9 2 — 

sición, ya muy irritado contra Aben Ornar, la parodió 

asi: 

«¿Con qué astucia podrá sustraerse i las manos vengadoras 
de un bravo guerrero de los Beni Ornar, de esos hombres que 
se prosternaban antes con'inaudita bajeza á los pies de todos los 
señores, de todos los príncipes, de todas las testas coronadas* 
que se creían dichosos cuando recibían de sus amos una parte 
algo mayor que los demás criados; que, despreciables verdugos* 
cortaban las cabezas á los criminales, y que se han elevado de la 
condición más ínfima á las dignidades más altas?* 

Esta paráfrasis llenó de gozo al emir de Valencia y 
puso furioso á Aben Ornar, que no vaciló en empañar 
la honra de Motámid con las calumnias más viles; yv 
á pesar de que sólo enseñó el libelo á sus más íntimos,, 
no pudo evitar que uno de ellos, judío emisario de 
Aben Abdeláziz, se procurase una copia y la enviase al 
emir de Valencia. Por medio de una paloma fué envia- 
da al de Sevilla (i). 

Obligado Aben Ornar á abandonar á Murcia, pues 
las tropas pidieron las pagas atrasadas y se le subleva- 
ron, se retiró á la corte de Alfonso VI. De allí huyó á 
Zaragoza, y entró al servicio de Moctádir. Trasladóse á 
Lérida, y volvió á Zaragoza, apenas muerto Moctádir 
(octubre-noviembre de 1081) (2). Un mes más tarde 
(6 diciembre), Ramón Berenguer II fué asesinado por 
orden de su hermano, Berenguer Ramón II, á quien 
veremos tomar parte activa en los importantes sucesos 
del Cid relativos á Valencia, pues elFratricidase trasladó 
en 1097 á Tierra Santa á expiar su horroroso crimen. 



(i) Dozy, Historia, IV, n.— Conde, III, 8. 
(2) Conde, 1. c. 



— 193 — 

Repartió Moctádir sus estados entre sus hijos 
Mutamin, á quien cupo Zaragoza, y Mondzir, titulado 
Imado-d-Daulah, que heredó el trono de Denia. De 
ninguno de los reyes de Taifas han llegado, fuera de su 
padre, tantas monedas hasta nuestros dias, todas ellas 
de vellón y cobre, y en ellas se declara simplemente 
bágib. El dictado Imado-d-Daulah, significa columna 
dd Estado (i). 

Al Mondhir fué instituido heredero, no sólo de 
Denia, sino también de Lérida y de Tortosa. Esa divi- 
sión del territorio español en sinnúmero de pequeños 
estados, fué causa de guerras interminables, lo mismo 
entre musulmanes, que entre cristianos. Unos y otros 
principes buscaban valedores, asi entre los de su creen- 
ciareligiosa, como entre los que la profesaban distinta. 

Mutamin y Mondhir, en vez de valerse como 
hermanos, desde que se sentaron en el trono, se trataron 
como enemigos, y buscaron aliados. Del emir de Zara- 
goza lo fué Rodrigo Díaz de Vivar, y con el de Denia 
se unieron Sancho Ramírez, rey de Aragón y de 
Navarra, y Berenguer Ramón II, conde de Barcelona. 

Al célebre castellano le vemos, como confirma el 
fuero de Sepúlveda, en su país natal el año 1076. En 
los primeros meses de 1081 se puso al servicio de 
Moctádir, después de haber estado algún tiempo en 
Barcelona. Desavenido, sin que se sepa la causa, con 
Berenguer Ramón II, se dirigió á Zaragoza, y el Emir le 
dio favorable acogida. 

Al Mutamin utilizó el auxilio de Rodrigo orde- 



(1) El Archivo, IV, 26-27. 

25 



— 194 — 

nándole que talase y corriese las tierras de Sancho 
Ramírez. Quiso éste impedir las algaras de Rodrigo, y 
en ocasión en que el rey estaba á la vista de Monzón 
y había jurado que elcastellano no entraría en dicha 
villa, el Campeador entró en ella, sin que Sancho, 
ni su aliado Berenguer osaran estorbarle el paso. 

Convenía al emir de Zaragoza reconstruir el cas- 
tillo de Almenara, entre Lérida y Tamariz. Hizolo 
Rodrigo; y, como su presencia estorbase á Mondhir, 
éste se concertó con los condes de Barcelona y de 
Cerdaña, y con los señores de Vich, Ampurdán, Rose- 
llón y Carcasona. Juntos fueron á sitiar á Almenara, 
y Rodrigo, en vista de que el cerco se prolongaba,, 
fué á apoderarse del castillo deEscarps, entre el Cinea y 
el Segre. Cuando lo hubo conseguido, recibió aviso 
de que . los sitiados se hallaban en grave apuro, por 
escasez de agua principalmente, y dio aviso á Muta- 
min, con quien tuvo una entrevista en Tamariz. 
Quería el Emir que Rodrigo atacase á los aliados, 
pero el Campeador aconsejó se les diese alguna 
cantidad con tal que se retirasen. Con sorpresa de 
Rodrigo, rechazaron la proposición, é indignada 
aquél, los atacó con el denuedo y prontitud que 
acostumbraba; no tuvieron tiempo para defenderse: 
fueron degollados en gran parte, y el resto apeló á 
precipitada fuga. Fué inmenso el botín, y entre los mu- 
chos prisioneros que hizo, fué uno Berenguer Ramón II, 
á quien dio libertad cinco días después. Mutamín hizo 
que al vencedor se le recibiera en Zaragoza en medio de 
las más entusiastas aclamaciones de triunfo y le otorgó 
distinciones que ni á su propio hijo había concedido, 



— 195 — 

llegando á darle honores de señor de todo el rei- 
no (1082). 

Los estados de Mondhir continuaron siendo objeto 
de las devastaciones de Rodrigo. Después de haber 
permanecido algunos meses junto á Alfonso, á quien 
fué á consolar por la traición de que fué objeto en 
Rueda (9 junio 1084), cuando se convenció de que 
el corazón de su rey aún no estaba curado de la herida 
que recibió con la jura de Santa Gadea, volvió á Zara- 
goza, mereciendo de Mutamin la buena acogida que 
siempre le dispensara. Acordaron hacer daño á Sancho 
Ramírez, que otra vez estaba sobre Monzón, y con la 
prontitud de sus ataques, en el breve espacio de cinco 
iiías taló la tierra, entró en la villa y con cuantioso 
botín y seguido de muchos prisioneros volvió cubierto 
de laureles á Zaragoza. 

La devastación se dejó sentir enseguida en los 
estados de Mondhir, el emir de Denia. Taló Rodrigo 
los campos de Tortosa, llegó á Morella y la sitió, 
se apoderó del castillo de Alcalá de Chisvert y allí 
se fortificó. Mondhir entabló alianza con Sancho 
Ramírez, y asentaron sus reales no lejos del campa- 
mento de Rodrigo, junto al Ebro. Sancho le ordenó 
desalojase los estados de Mondhir, y Rodrigo le con- 
testó que si sus intenciones eran pacíficas, no sólo 
le dejaría pasar, sino que aún le daría cien caballeros 
para que le acompañasen; y que, en otro caso, no 
se movería de donde estaba. Los dos príncipes se 
sintieron de la contestación, y emprendieron su mar- 
cha contra el intrépido castellano. Empeñada furiosa 
batalla, por largo rato se mantuvo indecisa la victoria; 



— 196 — 

mas, al fin, redoblaron sus esfuerzos los soldados del 
Campeador, y el triunfo quedó por suyo. El campo 
quedó cubierto de cadáveres, los aliados se pusieron 
en fuga, dejando en poder del vencedor dieciséis 
nobles aragoneses (1), dos mil soldados prisioneros 
y un inmenso botín. 

Mutamin le recibió en Zaragoza con los honores 
acostumbrados: el entusiasmo de los moros llegó 
á extremo tal, que hasta los mismos hijos del Emir 
salieron á esperar al invicto caudillo á cuatro leguas de 
la capital, al pueblo llamado Fuentes de Ebro, para 
aclamarle y festejarle. Este memorable triunfo ocurrió 
entre la rota de Rueda y antes de la muerte de Muta- 
min, ocurrida en el año 478 (abril 1085-1086). Le 
sucedió su hijo Mostahín, á cuyo servicio pasó Ro- 
drigo (2). 

A pesar del descalabro sufrido, no desistió de 
la guerra el emir de Denia. «En este treceno año 
(1085, a contar desde el 1072, en que murió' San- 
cho II), ovo batalla el rey don Alfonso con Aben 
al Fange en Consuegra, e fué vencido Aben al Fange > 
e metióse en el castillo: e en esta batalla morió Diego 
Rodríguez, su fijo del Cid Ruy Díaz. E luego, en 
este año, lidió Alvar Fáñez con este Aben al Fange 
en Medina del Campo. E, según cuenta la estoria, 



(1) £1 obispo Ramón Dalmáu, el conde Sancho Sánchez de Pamplona, 
el conde Ñuño de Portugal, Gustio hijo de Gustio Ñuño Suártz de León, 
Anaya Suárez de Galicia, Calvet, Iñigo Sánchez de Mcnteduso, Simón Gar- 
cía de Boil, Pipino Aznar, su hermano García, Ulan Pérez de Pamplona, 
nieto del conde Sancho, Fortún García de Aragón, Sancho García de 
Aleara z, Blasco García, mayordomo del rey, y García Diéguez de Castilla. 

(2) Historia Leonesa. 



— 197 — 

dize que tenia don Alvar Fáñez dos mil e quinientos 
de cavallo, e Aben al Fange, quinze mil; mas, por la 
virtud de Dios, venció don Alvar Fáñez, e dio un 
gran golpe Aben al Fange de la espada en el rostro, 
e fué muy maltrecho e muy quebrantado. E don Alvar 
Fáñez fincó mucho honrado» (i). 

El nombre de Aben al Fange, que da la Crónica 
General á Mondhir, es el mismo de Ai Fagio, corrup- 
ción de la palabra Al bágib, titulo que realmente tuvo, 
como puede verse en sus monedas. 

Las tropas de Alvar Fáñez no eran sino una parte 
de las de Alfonso VI, ocupado á la sazón en el sitio 
de Toledo, destacadas para contener el avance del 
terrible Mondhir. Peleando el hijo de Rodrigo por 
don Alfonso, no es extraño que el padre también 
estuviera ocupado en la importante empresa contra 
Toledo, y que nada se sepa de sus expediciones 
desde 1085 hasta 1088, en que celebró, con objeto de 
apoderarse ¿le Valencia, un convenio con Mostahin. 
Abu Ahmer Jucéf al Mutamin «honró y confió 
(á Aben Ornar) empresas de intriga y adquisición de 
fuertes de frontera en lo de Valencia y Murcia.» Quiso, 
pues, procurar á Mutamin la posesión de Segura. El 
rey de Sevilla, temeroso de que descubriese sus secretos 
y negociaciones, encargó su prisión, lo cual consiguió 
por industria de Abu Becr ben Abdeláziz, de Valencia. 



(j) Crónica General, f. 309. — De la muerte del hijo del Cid se lee 
en la genealogía de Rodrigo: «Este mío Cid ovo por mugier á doña 
Ümena, nieta del rey don Alfonso, filia del conde don Diego de Asturias, 
et ovo della un filio et dos filias, et el filio ovo nombre Diago Rozy, et 
matáronlo en Consuegra los moros.» 



— 198 — 

Fué preso el 2 de julio de 1085, en el castillo de 
Segura. Esta fortaleza habia logrado conservarse inde- 
pendiente desde los tiempos en que Moctádir se apoderó 
de los estados de Alí, el emir de Denia. Un hijo de 
este príncipe llamado Siradj-d-Daulah, la poseyó por 
-algún tiempo; y, como acababa de morir, los Beni 
Sohail, tutores de sus hijos, querían vender Segura á 
cualquier príncipe vecino. Allí, pues, mediante hábil 
estratagema, quedó Aben Ornar en poder de los Beni 
Sohail. 

Resolvieron venderle al mejor postor, juntamente 
con el castillo, y ambos pararon en manos de Motámid. 
Cargado de cadenas se le condujo hacia Córdoba. Por 
todas partes le insultaba el populacho, y el emir de 
Valencia envió un judío, gran andador, para que le 
diese unos versos que contra él escribió, y le alcanzó 
en Caria Jumín, cerca de Córdoba, donde entró el 
viernes 6 de régeb (28 octubre-) Llegado á Sevilla, el 
mismo Aben Ábed le cortó la cabeza alyprincipio del 
año 479 (abril de 1086) (1). * 

En el mismo año en que ocurrió la prisión de 
Aben Ornar, murió el príncipe Mutamin, á quien el 
infortunado ministro prestaba últimamente sus ser- 
vicios de intriga; y le sucedió en el trono su hijo 
Áhmed al Mostahín. Poco antes de morir el padre, casó 
el hijo con una hija del emir de Valencia, esperando 
por este medio heredar á Abu Becr ben Abdeláziz. Las 
bodas fueron de lo más suntuoso que se conoció en 
España. El casamiento le utilizó el emir de Valencia, 



(1) Dozy, Historia, IV, 10 y n. -Conde, III, 8. 



— 199 — 

para tener, en Mutamin, un aliado poderoso contra 
Alfonso VI, que había vendido Valencia á Cádir, último 
emir de Toledo. 

Véase el relato que de las bodas hace un autor 
árabe: «Y luego que la hija del noble uatsir Abu Becr 
ben Abdeláziz fué conducida á Zaragoza con toda la 
pompa necesaria para desposarse con Al Mostahin 
Bil-lah, Al Mutamin Bil-lah invitó á los más nobles y 
principales de Ándalos, á los héroes más bravos y 
distinguidos, á los escritores, hadgibes, uatsires y 
emires, para que asistiesen á las bodas; y todos contes- 
taron á su llamamiento y se apresuraron á concurrir; 
y hubo convites y fiestas, en términos que durante 
ellas en Zaragoza no se pudo entregar nadie al sueño; 
y no fué tan magnífico en sus fiestas Al Maamún (el 
califa Abbasida) cuando se casó con Burán, la hija de 
Al Hasan. Le acudieron riquezas considerables, y todo 
lo que deseó lo logró abundantemente: y el mundo le 
prodigó lo útil y lo superfluo, y reunió en él las alegrías 
de todas sus gentes; y Zaragoza abrió á los deseosos de 
placeres todos sus hipódromos.» 

Entre los que se excusaron de asistir á las bodas, á 
causa de su extremada vejez, se cuenta á Aben Tahir, 
quien escribió en tal sentido una carta á Mutamin (i). 
Poco después murió Aben Abdeláziz, tras un reina- 
do de diez años, en el de 478 (abril 1085-1086). Le 
sucedió su hijo Ozmán el Cadí, sin duda porque 
desempeñó este cargo durante la vida del padre. Abu 
Becr había gobernado primero como wali de Al Ma- 



(1) Malo de Molina, Rodrigo el Campeador, IL 



— 200 — 

mún, el emir de Toledo; y luego se reconoció tribu- 
tario de su hijo Cádir, si bien obrando con cierta 
independencia. 

Ya enemigos en vida del padre Ozmán y un herma- 
no, á su muerte se disputaron el gobierno, pues ambos 
contaban con partidarios. De ahi que muchos se incli- 
naran á reconocer la soberanía del emir de Zaragoza. 
Prevaleció, por fin, el de Toledo, que, como argumen- 
to el más poderoso, se acercó á Valencia seguido de 
numeroso ejército castellano, 

Al aproximarse las tropas auxiliares de Cádir, se 
apaciguaron las disensiones en Valencia, reunióse la 
asamblea de notables y fué depuesto Ozmán, el hijo 
mayor de Abu Becr ben Abdeláziz, temiendo que al 
Cádir los entregase á Alfonso (i). 



i^^^^^^^^^m^^^ 



(i) Dozy, El Cid de la realidad, 3.— Malo, ll.odrigo el Campeador, II. 



CAPÍTULO III 



Yahya al Kádir, antes de la venida del Cid 

(i osé- ios») 

Yahya bea Dzin Nun, al Kádir Bill*b,<— Sale de Toledo para Valencia. —Hospédate en Cuenca.— 
Los Bcsi Faraig.— Muerte de Aba 3ecr ben Abdeláziz. - G «ierra civil entre rus hijo*.— El gober- 
nador de Murviedro.— Yahya y Alvar Fáñez en Serra.— Es depuesto por la aljama el cadi Osmán.— 
Estrada de Yahya en Valencia.— Privanza y prudencia de Aben Lebun.— Falsos obsequios de los 
valencianos á Yahya.— Pídenle que despida á los auxiliares castellanos.— El impuesto de la cebada. 
—Aben Mahcor, gobernador de Jáüba.— Sitíenla Yabya y Alvar Fáñez. — Pide socorro Aben Mafacor 
al emir de Denia.— Retírase de Játibe el emir de Valencia.— Llega basta las puertas de Valencia 
Mondbir.— Vese obligado i retirarse A Tortosa.— Crueldad de las tropas de Alvar Fáñez. — Son 
encarcelados los hijos de Abu Becr. — Logran huir á Murviedro. — Yahya escribe 4 Yusuf ben Taxfin. 
—Parte que toma en la jornada de Zalaca.— Sitia Mondbir á Valencia.— Prudente consejo de Aben 
Tahir.— Mostahin, emir de Zaragoza, y el Cid obligan á Mondbir á levantar el sitio. — Disgusto que 
recibe Mostahin. 



la muerte de Al Mamún, ocurrida en dil- 
cada del año 468 (jun.-jul. de 1076), le 
sucedió en el trono su sobrino Al Kádir, 
como lo prueba el hecho de que del mismo año 468 
hay monedas del último acuñadas en Toledo (i). 
Llamábase Yahya ben Dzin Nun, y tenia por título 
Al Kádir Billah (El Poderoso por Dios) (2). Acerca 
del grado de parentesco con Al Mamún, reina la 
mayor diversidad de pareceres: la opinión más admi- 
tida es la del arzobispo don Rodrigo, que dice era 
hermano de Hixem, también apellidado Kádir, inme- 
diato sucesor de Mamún; y, muerto Hixem, ocupó el 




(i) Codera, Tratado de Numismática Arábigo-Española, sección IV, 5 
(2) Malo, Rodrigo el Campeador y Apéndice XX. 

26 



— 202 — 

trono Yahya. Su carácter duro y cruel, hizole perder 
los dos tronos en que se sentó, el de Toledo y el de 
Valencia (i). 

Ya en dilcada de 472 (may.-jun. de 1080) se albo- 
rotó la plebe de Toledo, y tuvo que huir á Cuenca, 
que también era de sus dominios, lo mismo que 
buena parte de la provincia de Valencia. Imploró 
el auxilio de Alfonso VI: dos años duró el sitio que á 
la ciudad del Tajo puso el rey de Castilla, y el Emir 
quedó restaurado en el trono. So pretexto de ayudarle 
contra sus enemigos, le fué poco á poco arrancando el 
oro y las fortalezas; y, temiendo el Emir un acto 
de desesperación de los suyos, le ofreció, por último, 
á Toledo, mas con pacto «de ganar á la rebelde 
Valencia reduciéndola á sumisión, y que se abstuviese 
de defenderla, para que él redujera por la fuerza á 
su obediencia al régulo que la mandaba» (2). 

En muhárram ^478 (29 abril-28 mayo 1085), ó, 
como se lee en la Crónica General, el 25 de mayo, 
hizo su entrada en la ciudad el rey de León y de 
Castilla. Mientras tanto, Yahya, que era muy supers- 
ticioso, consultaba en un astrolabio la hora favorable 
para emprender su marcha, lo cual le atrajo las burks 
de musulmanes y de cristianos. Los castillos se le 
cerraban, y las posadas le despedían; halló, por fin, 
un asilo en la fortaleza de Cuenca, cerca de sus pa- 
rientes los Beni Faraig, quienes, entre los walies de 
su reino, le eran más afectos y le facilitaron la entrada 



(1) Ibídem. 

(2) Malo, 1. c. 



— 203 — 

« 

en Valencia. Uno de ellos llegó á dicha ciudad y, uti- 
lizando las mañas propias de los políticos de baja 
estofa, hízose intimo amigo de Abu Becr ben Abde- 
láziz, al objeto de observar cuál fuese el estado de 
los ánimos (i). Era entonces cuando se celebró la 
boda del hijo del emir de Zaragoza con la hija del de 
Valencia; y, «como el mundo rueda siempre y las 
órdenes de Dios son perennes y tienen siempre cum- 
plimiento, llegó la noticia de la muerte de Aben 
Abdeláziz, y de que, con este motivo, sus hijos se 
disputaban el gobierno de la ciudad. Entonces salió 
Aben Dzin Nun para Valencia, con más precipitación 
que los katás se precipitan sobre el agua; y llegó á 
ella como llega el celoso cuando sorprende los colo- 
quios de dos amantes» (2). 

El emisario Aben Faraig, que, hospedado en casa 
de Abu Isa ben Lebún, gobernador de Murviedro, 
había, aunque en vano, tratado de sondear las disposi- 
ciones del emir de Valencia, á la muerte del mismo 
corrió á Cuenca para comunicar á Yahya tan alegre 
nueva. Cansado de tantas pretensiones Abu Isa ben 
Lebún, trató de retirarse á su castillo de Murviedro; 
pero su amigo íntimo, el cátib ó secretario Abu 
Mohámed Abdallah el Aroschi, hízole desistir del 
propósito, y convinieron en esperar el desenlace de 
aquellos sucesos y en auxiliarse mutuamente, si era 
necesario. Con objeto de tener, si las circunstancias 
lo reclamaban, más desembarazado el paso y más 



(1) Malo, 1. c. 

(a) Malo, Rodrigo $1 Campeador, II. 



— 204 — 

seguro el asilo, envió sus mujeres, hijos, parientes 
y allegados, á Murviedro, Castro, Santa Cruz y otros 
castillos suyos (i). 

Ido ya á Cuenca el emisario Aben Faraig, reunió 
Yahya sus tropas y las de sus parciales. Reclamó de 
Alfonso VI el cumplimiento de h promesa. Recibió de 



(i) Era Abu Isa bep Lebún uno de los más notables poetas de España. 
Para maestra de sus composiciones, copiamos algunos fragmentos de sus 
versos. Desde una de las piezas ó habitaciones más elevadas del alcázar de 
Murviedro, de donde se dominan los alrededores de la ciudad y en uno de 
esos días en que á la alegre campiña se la ve vestida de sus adornos primave- 
rales, las nubes como el brocado reflejaban espléndidos colores; al contemplar 
Abu Isa ben Lebún aquellos deliciosos huertos de admirable y peregrina 
belleza, respirar los gratos aromas y suaves fragancias que despedían y ver 
descollar entre los árboles el granado de encendidas ñores tintas en sangre, 
que alegra el corazón de los comensales, compuso los versos siguientes: 

«Ea, ea, comensal amigo, corran en círculo las copas del espirituoso vino: 
acaso ¿no ves las flores que matizan el campo, 

«La rosa y el narciso, que traen á la memoria los gratos amores, 

«La flor del granado, que recuerda la sangre fresca de los campos de 
batalla, 

«Y el suave jazmín de límpida corola, que semeja las gotas del rocío de la 
mañana?» 

En otra ocasión estaba bebiendo en compañía de los wazires y altos em- 
pleados de la administración en Lorca, en casa de su hermano. Era una de 
esas tardes en que, ai propio tiempo que llovía como si el cielo llorase sobre 
(a tierra, los valles se engalanaban con sus vistosas tintas, donde la flor del 
narciso lucía sus galas, la luz pálida y azafranada del sol poniente doraba las 
alturas y los montes; era, en fin, el despedir brillante de hermosísima tarde 
como el atractivo cerrar de unos ojos heridos de intensa luz, y escribió á su 
amigo Aben al Yesa, que estaba ausente: 

«¡Ah, amigo mío! si hubieses estado aquí en esta tarde hubieses visto de 
tiempo en tiempo derramar á las nubes la grata lluvia que hace correr el agua 
por sus cauces naturales. 

«La tierra amarillenta y azafranada que las nubes con sus gotas cubrían,, 
figuraba extensa superficie dorada que salpica una lluvia de perlas.» 

Como ya se verá, á trueque de las rentas de un año cedió sus estados al 
señor de Aben Razín. Arrepentido luego, lamentó su pasada grandeza, y el 
infortunio hízole arrancar sentidas notas á su envidiable lira: 



— 2oj — 

él un lucido cuerpo de ejército mandado por Alvar 
Fáñez, que, después de la conquista de Toledo, había 
estado de embajador en la corte de Sevilla. Con las 
tropas auxiliares capitaneadas por el pariente del Cid, 
se dirigió á marchas forzadas hacia Valencia, no parando 
hasta Serra, donde sentó sus reales. Desde allí dio aviso 



i 

A tris. ¡Dejadme que corra 
Al ocaso y al oriente! 
¡Venga el fia de mi dolor 
ó venga pronto la muerte! 
Un cubil y un hueso bastan 
Para que el can se contente; 
Mas el i güila real 
Será menester que vuele. 
Desde lo sumo del aire 
Eq que altanera se cierne, 
Con los penetrantes ojos 
Campos busca, espía reses, 
Ó remontándose al cielo 
La tierra de vista pierde; 
Yo como el águila vivo, 
Volando, aspirando siempre. 
Cuando una región me cansa, 
El mejor de los corceles 
Me lleva cual torbellino 
Á otras regiones y gentes. 
Los amistosos consejos 
No consiguen detenerme; 
Espuelas doy al caballo, 
Voy donde nadie se atreve, 
Soy como el sol, que en un punto 
Del ancho cielo amanece 
Y en la extremidad opuesta 
Entre las ondas se duerme. 

II 

¿Dónde se ocultan los soles 
Que cerca de mí lucieron 



Mientras que el mundo envolvían 
Las sombras en negro velo? 
¿Dó las noches que á tu lado 
Pasé con dulce misterio 
Cuando dormía el celoso 

Y no espiaban sus celos? 

I Qué placer cuando tu diestra 
£1 vaso me daba lleno 
Del áureo vino, encendido 
Cual flor del algarrobero! 

III 

Seguidme al desierto, amigos, 
Para que busque en la arena 
De la mansión de mi amada 
Las ya derruidas piedras. 
Recordar quiero las noches 
Que alegre pasé con ella, 

Y llorar el tiempo hermoso 
Que para siempre se aleja. 
Lozano vastago verde 
Entonces mi vida era, 
Que crece en planta jugosa 

Y se dilata con fuerza. 

Á mí en paz con el destino 
Dichas lograba completas; 
Rico vino me escanciaba 
Mañana y tarde mi bella. 
Estrechándola en mi seno 
Ebrio de vino y terneza, 
Beber pensaba en sus ojos 
El fulgor de las estrellas. 
£1 deleite sobre ambos 
Quiso desplegar su tienda; 






I 



— 206 — 

de su llegada á los valencianos y les hizo grandes 
promesas (i). 

Reunióse en consejo la aljama de la ciudad para 
deliberar sobre la pretensión de Yahya. De común 
acuerdo resolvieron acceder á sus deseos, y no porque 
ks halagase tener por señor á quien acababa de perder 



Allí pláticas sabrosas, 
Risas, cantares y tiernas 
Caricias, y dulces besos, 

Y el sonar de la vihuela, 

Y tener en abundancia 
Cuanto la mente desea, 

Á fin que el anhelo, en goces, 
Apenas nacido, muera. 
¿Quién pensara que ven /a 
El infortunio tan cerca? 
No hay que fiar, ¡oh iortunal 
En tus falaces promesas. 
Quien gusta licor suave, 
Nunca las heces sospecha. 
Me embriagaste con tus dones 
Trastornando mi cabeza, 

Y luego de hiél amarga 
Me diste la copa llena. 
¡Cuánto dolor sobre mí 
Desde aquel instante pesa! 
¡Ay, cuinta noche de insomnio 
Pasé sintiendo mis penasl 
¿Cómo pensar que mis planes 
En mi daño se volvieran? 
¿Por qué me castiga el cielo? 
¿Por qué culpa me condena? 
Cuando me llamó la gloría 
No reposé hasta tenerla, 
Llevando en nobles arranques 



Á todos la delantera. 
Aunque era cruel fortuna, 
Justo es que yo te agradezca 
Que arrancaste de mis ojos 
Alucinados la venda. 
Antes soñando vivía; 
Ya tu mano rae despierta 
De los hombres y del mundo 
Mostrándome la vileza. 

IV 

Basta, basta, ya del mundo 
Para siempre me separo; 
Sus mentiras no me ciegan, 
He roto todos sus lazos; 
Ya mi horizonte limita 
De un pobre huerto el vallado. 
En mis libros, confidentes 

Y amigos tan sólo hallo; 
Noticias me dan del mundo 

Y de los siglos pasados. 

Y su tesoro de verdades 
Me ofrecen y desengaños; 
Mas sentiré que en la huesa 
Le den los hombres descanso, 
Sin saber qué corazón, 

Qué ingenio habrán sepultado. 

(Chabret, Sagunto, Apéndices). 



(i) Crón. Gral. f. 3 14 y 315. — Las poblaciones llamadas Serra más pró- 
ximas á Valencia, eran las de Naquera y la de Turís. Los autores opinan que 
sería la primera. 



¿*¿jf 



por evitar los males que, en caso de 
evendrían á la ciudad. Fué otro de los 

aljama deponer del mando de cadí á 
) de Abu Becr; y, dado cumplimiento al 
ó a Yahya, que Valencia, incluso el 
su castillo, Abu Isa ben Lebún, le 
¡oberano. El mismo gobernador, cuyas 
in allanado el camino al trono á Kádir, 

de los notables de la ciudad á Serra 

1 nuevo rey la resolución, y á la vez le 
no demorase la entrada en Valencia (i). 

en medio de las aclamaciones de la 
, y el Emir, con sus mujeres, fueron 
n las mejores piezas del alcázar, las 
.ebún tenia preparadas. También los 
>n lujosas habitaciones, y los ballesteros 
los se alojaron en la plaza situada entre 
l mezquita. Alvar Fáñez y sus tropas 
tlbergaron en Ruzafa. Al temor que 
:llos cristianos cubiertos de hierro y 
ipadas centelleaban á los rayos del sol, 
s que al afecto, el entusiasmo demos- 
ibimiento. 

i que Yahya dispuso fué nombrar su 
d, ó wazir mayor, al señor de Murviedro. 
n público le honraba mucho, pues el 
:saba general estimación, interiormente 
cierta prevención, por la gran intimidad 
A.bu Becr, el emir difunto. A la perspi- 

'o el Campeador, 11, 



— 208 — 

cacia de Aben Lebún no escapó que las atenciones que 
le prodigaba el Emir dejaban de ser sinceras: buen 
político el ministro, se decidió, después de algunas 
vacilaciones, á desempeñar con toda lealtad su cargo; 
y tal vino á ser su proceder, que Yahya le cobró gran 
afición y formó propósito de no retirarle su gracia ni 
seguir otro consejo que el suyo. Le colmó, además, de 
toda suerte de favores (i). 

Los moros señores de los castillos deshacíanse en 
tales obsequios al Emir, que éste, á ser menos avisado, 
pudiera dafse por satisfecho del amor de sus subditos 
y de la firme estabilidad de su trono. Aquellos agasa- 
jos iban sólo encaminados á que despidiese, por inne- 
cesarias, las tropas auxiliares, cuyo sostenimiento era 
la ruina de la ciudad, pues costaban al dia 600 dinares 
ó monedas de oro. 

Manifestóse al rey, que, pues de buen grado se había 
aceptado su señorío, ningún inconveniente había en 
que Alvar Fáñez y los suyos abandonasen á Valen- 
cia. Yahya, que además de notar que aún daban de 
cuando en cuando señales de vida los bandos en que 
la ciudad estuvo dividida, comprendió que bajo el velo 
de tan halagüeñas manifestaciones se ocultaban inten- 
ciones no tan lisonjeras, en vez de acceder á la 
petición, como los ordinarios tributos no bastasen al 
sostenimiento del ejército cristiano, añadió uno más, 
que vino á poner el colmo á la desesperación de los 
valencianos. So pretexto, ó porque en verdad lo recla- 
mase el pasto de la caballería auxiliar, gravó á nobles y 



(1) Crón. Gral. 1. c 



— 209 — 

plebeyos con el para ellos inusitado pecho de la cebada. 
En son de burla saludábanse al topar los unos con los 
otros diciendo «daca la cebada»; y hasta amaestraron al 
perro de una carnicería á ladrar cuando le acosaban con 
el consabido estribillo: por lo que en tono satírico excla- 
maba un poeta de aquel tiempo: «á fé que no es sólo 
ese perro el que rabia en la ciudad cuando se pide la 
cebada» (i). 

Tan predispuestos estaban los ánimos de todas 
las clases á la rebelión, que bastaba una sola chispa 
para que se produjese un incendio general. Una guerra 
indiscreta y de éxito fatal, vino á hacer estallar la 
insurrección. Todos los señores de castillos enclavados 
en la jurisdicción de Valencia se habían apresurado á 
acudir á la corte para rendir al Emir personalmente vasa- 
llaje. Hubo uno, sin embargo, el de Játiba, llamado Aben 
Mahcor, que, desoyendo órdenes apremiantes de Yahya, 
se concretó á felicitarle enviándole, por conducto de 
un mensajero nombrado al efecto, una carta y añadió 
varios regalos. Excusó su no comparecencia, con sus 
muchas ocupaciones; pero que constase tenía el 
castillo por Yahya y que no tenía inconveniente en 
cumplir su voluntad; y que hasta haría entrega del 
mando, si el Emir así lo quería, siempre que Yahya 
atendiera á su subsistencia (2). 



; (1) Crón. Gral., f. 315. 

! (2) Ibídem.— De Aben Mahcor hablan también incidentalmente los auto- 

! res árabes. De él dice Aben Bassam, que cuando Mutámid hizo poner 

<n 1084 en prisión A visir Aben Ornar, era ya gobernador de Játiba y pidió, 

con otros muchos, el indulto del infortunado ministro. «Si no nos es infiel 

la memoria, escribe Dozy, Aben Bassam ha copiado la carta que Aben 

27 



— 210 — 



Irritó sobremanera al Emir la contestación, por 
creer que en su fondo había mal encubierto espíritu 
de rebeldía. Con todo, no quiso arrojarse á castigar lo 
que él juzgaba desacato á su majestad, sin antes 
tomar consejo de su ministro. Aben Lebún dijo 
que convenía disimular, antes que lanzarse á una 
aventura peligrosa, por la inseguridad en el buen 
éxito y por lo expuesta á gravísimos contratiempos. 
No lo entendió así el Emir, y se apartó del cuerdo 
parecer de su leal ministro: era que los hijos de 
Abu Becr, que ya habían vuelto á la gracia del rey, 
ansiosos de perderle y émulos de la privanza que 
gozaba Aben Lebún, al ser consultados, obraron con 
perfidia é insistieron en que era atentatoria á la dignidad 
de la realeza la respuesta del walí de Játiba y en que no 
era prudente quedara sin castigo (i). 

Previendo Aben Mahcor la tormenta que iba á 
venirle, se había preparado á la defensa fortificándose 
en el castillo, en las torres y en buena parte de la 
villa. Acompañado de Alvar Fáñez corrió Yahya contra 
Játiba, y fácil le fué apoderarse de la parte baja de 
la población, por haberla abandonado el rebelde. No 
sucedió lo mismo con el castillo, donde Aben Mahcor 



Mahcor escribió á Mutámid en esta ocasión, y tenemos i la vista el 
extracto de otra que Mutámid hizo escribir en respuesta á la de Aben 
Mahcor. Este extracto se encuentra en la enciclopedia de Nawairi, man. de 
.Ley den, núm. 273, p. 549. £1 gobernador de Játiba se halla allí nombrado 
por error Aben Yahfur; mas, por lo demás, la pronunciación de la Crónica es 
enteramente exacta, pues los árabes de España apenas dejaban percibir la 
b, dando, además, al wau el sonido de o (Investigaciones, El Cid según ¡os 
documentos modernos, i.« parte, las Fuentes, II). 
(1) Ibídem. 



. í 



— 211 — 



resistió por espacio de cuatro meses, á pesar de los 
combates, escaramuzas y asaltos, y de la escasez de 
bastimentos, principalmente de agua. Esta contrariedad 
inesperada por Yahya, le encendió en cólera contra 
los hijos de Abu Becr: prendió á uno de ellos y 
á un judio mayordomo del otro hermano, y para 
alimentar durante un mes al ejército castellano, les 
quitó cuanto tenían, con lo cual respiraron un poco 
los valencianos (i). 

Cuando Aben Mahcor apuró todos los medios de 
defensa, antes que rendirse ai emir de Valencia, recu- 
rrió á una resolución extrema: propuso á Mondhir, el 
emir de Denia, entregarle Játiba, si acudía en su 
auxilio. Aceptó Aben Hud el ofrecimiento, y, para 
alentar en la resistencia á los setabenses, envió á su 
general Al Aisar (El Izquierdo). Entró este caudillo 
una noche en la alcazaba, y allí encontró al gober- 
nador de Al Menara, que también había acudido al 
lado de Aben Mahcor (2). 

Mientras tanto, el emir de Denia reunió otro ejér- 
cito cristiano para oponerle al de Alvar Fáñez: tomó, 
al efecto, á sueldo al barón de Cervellón, Giraldo de 
Alemany, que tenía á sus órdenes muchos caballeros 
t catalanes. Marchó hacia Játiba, y no atreviéndose el 
emir de Valencia á sostener un choque con las tropas 
acaudilladas por Mondhir, batióse en retirada hacia 
Alcira, y poco después entraba en Valencia cubierto de 
oprobio. Mondhir agregó Játiba á sus dominios, y 



(1) Croo. Gral., f. 316. 

(2) Crónica General, 1. c. 



1 



.■ 



— 212 — 



Aben Mahcor pasó á vivir en Denia, cuyo emir le 
trató con gran consideración y le dio muchas pose- 
siones (i). 

Natural era que Mondhir procurase sacar de la 
retirada de Yahya el mayor partido posible. Franqueó 
por Alcocer, desaparecido en el siglo XVIII, el paso 
del Júcar, atravesó la fértil llanura que se extiende 
hasta Valencia, y sentó sus reales en la Xarea, nom- 
bre también de una puerta de la ciudad situada por 
donde hoy se alza la parroquia de Santo Tomás. 
Allí había una mezquita donde los moros cele- 
braban sus fiestas. Mondhir se aproximó aún más á 
Valencia, á fin de reconocer su sitio. Temeroso Yahya, 
rodeado de sus amigos y valedores, observaba desde el 
muro los movimientos del enemigo. Alvar Fáñez, con 
sus escuadrones formados, estaba dispuesto á rechazar 
á las tropas catalanas, si le provocaban ai combate. El 
emir de Denia tuvo durante algunos días en continua 
alarma á los valencianos; y, viendo que la ciudad no 
abría las puertas, como se le había prometido, alzó el 
sitio y marchó á Tortosa, sitiada por Sancho Ramí- 
rez, rey de Aragón (2). 

Pasado el peligro, volvió el emir de Valencia, obli- 
gado por la necesidad, á sus ordinarias exacciones. 
Apremiándole Álbar Fáñez á que le satisficiera las 
pagas atrasadas, Yahya, exhausto de recursos, propuso 
á los castellanos se establecieran en su reino; y, admi- 



(1) Ibídem. 

(2) Ibídem. — Malo (Apéndice, XVIII).— El Archivo, I, 217.— Chab¿s, 
Mon., 1. 1, c. IV. 



— 213 — 

tida por el caudillo cristiano la proposición, tuvieron 
él y sus soldados extensos terrenos (i). 

Divulgada esta noticia, muchos moros abjuraron 
de su religión y tomaron partido por Alvar Fáñez. 
Como voluntarios que sólo obraban por el cebo del 
sueldo, de la rapiña ó del botín, eran malhechores del 
peor género. «Las taifas de Alvar Fáñez (dice un 
escritor árabe), ¡maldígale Dios y maldígalos á ellos 
también!, cortaban á los hombres y á las mujeres sus 
partes... Eran todos los más malos de los muslimes, y 
los malvados, y los sin vergüenza, y los viciosos de 
los mismos, y, además, muchas gentes de las comarcas 
de los cristianos... Sostuvieron contra los muslimes 
muchas algaras, y violaron sus haremes, y mataron 
sus hombres, y forzaron mujeres y niños, abjurando 
muchos de ellos el Islam, y despreciaron la religión 
del Profeta ¡la paz de Dios sea con él!; hasta el punto 
de vender un muslim cautivo, por un pan, ó por un 
vaso de vino, ó por una libra de pescado; y al que no 
se rescataba él mismo, le cortaban la lengua, ó le 
sacaban los ojos, ó le echaban perros de presa...» (2). 
Esto mismo se lee en la Crónica General: «e davan 
un moro por un pan e por un terrazo de vino.» Estas 
tropas, llamadas cid Dazuar, se reunieron después al 
Cid Campeador. Valencia, como dice la misma Cróni- 
ca, estaba «como en poder de cristianos». De ahí que, 
desesperados los moradores de hallar remedio á sus 
males, la abandonaban, y las tierras perdieran su valor 



(1) Ibídem. 

(2) Malo, Rodrigo el Campeador, Apéndice XXI. 



— 214 — 

acostumbrado. Alvar Fáñez, contando á sus órdenes 
con un tan crecido ejército de moros y de cristianos, 
salió por la parte de Burriana á correr las tierras del 
emir de Denia, y volvió á Valencia con riquísima 
presa de ropas y de ganados. 

La opresión se dejó sentir más sobre los que tenían 
mayor poder. Ya queda expuesto que los hijos de 
Abu Becr, á consecuencia del fracaso contra Játiba, 
sufrieron las iras de Yahya y fueron encarcelados. 
Hasta el gobernador de Murviedro, sin que rompiera 
su amistad con el Emir, vivía apartado de la corte. 

Gracias á la intervención del judío que había sido 
embajador de Castilla en Valencia durante el corto 
reinado de Ozmán, éste, por mediación de Alfonso VI, 
vivía como en libertad y en buenas relaciones con 
Alvar Fáñez. La generosidad de Alfonso tenía poco 
de desinteresada, puesto que el beneficio á Ozmán no 
le alcanzaba sino mediante la promesa de entregar 
cada año al rey de Castilla treinta mil monedas de 
oro; así y todo, por más que Yahya en apariencia 
trataba bien á Ozmán, teníale como preso en su 
propia casa. 

Cuando el hijo de Abu Becr supo que Aben Lebún 
y el judío le esperaban en Murviedro, rompió una 
pared y, disfrazado de mujer, escapó una noche; pasó 
el día oculto en la huerta; á la noche siguiente montó 
en un caballo que le tenían preparado y se refugió en 
Murviedro. Convino con el judío en entregarle enton- 
ces, como así lo hizo, quince mil monedas en dinero, 
sortijas, collares y telas preciosas, y las otras quince 
mil, cuando, disfrutando de entera libertad en Valen- 



— 215 — 

cia, percibiera las rentas de sus posesiones. El judío 
volvió á la corte de Alfonso. 

Ya el otro hermano de Ozmán había, por media- 
ción del emir de Zaragoza, recobrado la libertad; y los 
caballeros moros, sabedores del sitio en que los Beni 
Abdeláziz se habían refugiado, allí acudieron, por no 
tener en Valencia seguras sus vidas ni sus haciendas. 

De igual modo que Alfonso VI tenia avasallado al 
emir de Valencia, estábalo igualmente el de Sevilla; y, 
como toda la España musulmana presentía la total 
destrucción que de ella tenia pensada el rey de Castilla, 
no viendo esperanza de salvación en la Península, se 
tomó la extrema resolución de entregarse en brazos 
de los fanáticos almorávides, dueños á la sazón del 
norte de África. Fué el emir de Valencia uno de los 
muchos que subscribieron la misiva en que se soli- 
citaba el auxilio de Yúsuf ben Texufín, el rey de 
Marruecos- (i). 

En el interlunio de rabié primera del año 479 
(30 junio de 1086) vino Yúsuf á España, con tanta 
gente, «que sólo su Criador puede contarla... La fama 
de esta venida de los moros almorávides voló al campo 
y hueste del rey Alfonso, que estaba sobre Zaragoza; 
y luego levantó el cerco pensando salir al encuentro 
del rey de los muslimes. Hubo Alfonso su consejo con 
los caudillos y escribió al rey de los cristianos Aben 
Radmir (Sancho Ramírez), ¡maldígale Alah!, y al 
Barhanis (Alvar Fáñez), que el primero tenía cercada 
í medina Tartuxa (Tortosa), y el segundo andaba en 



(1) Conde, III, u. 



— 2í6 — 

tierra de Valencia; y los dos vinieron con sus gentes 
en su ayuda, y se juntaron con él» (i). 

En la para los cristianos funesta jornada de Zalaca, 
ocurrida el 14 de récheb del año 479 (23 octubre 
de 1086), el rey Yahya formaba parte de la hueste de 
Sevilla, y Alvar Fáñez, de la segunda de Alfonso VI. 
Diez mil cabezas de cristianos fueron en Valencia testi- 
monio triste y elocuente del triunfo alcanzado por los 
muslimes (2). 

((Alfonso el tirano ¡quebrántele Dios sus miembros!, escribe 
un historiador árabe, sufrió aquella derrota tan memorable en 
día de viernes. Entonces se volvió á su país (maldígale Dios); 
pero llevaba yá los brazos cortados, y su imperio había yá 
finalizado. Con este motivo, se ensanchó libremente el pecho de 
Yahya ben Dzin Nun, respiraba el aire vital con facilidad y se 
regocijó de que aún le quedase sangre en las venas; y entró en 
la alianza con Emir al Moslemín, como lo habían hecho los demás 
principes (3). 

m 

Se vé que Yahya, aunque ocultamente se enten- 
diera, como todos ellos, con el jefe de los almorávides, 
aparentó sumisión á Alfonso VI mientras Alvar Fáñez 
estuvo en Valencia; y luego, inclinándose del lado 
que mayores ventajas le ofrecía, se emancipó del 
soberano de Castilla. Si bien quedó libre de las terri- 
bles mesnadas de Alvar Fáñez, no tardó en ver confir- 
mados sus temores de que, sin la protección de ios 
castellanos, pronto se le rebelarían los gobernadores 
de sus castillos. 



(1) Conde, III, 15. 

(2) Conde, III, 16. 

(3) Malo, Rodrigo el Campeador, Apéndice XX. 



— 217 — 

Pocos días después de la jornada de Zalaca, Yúsuf 
volvió á África á causa de habérsele muerto un hijo. 
En cuanto los cristianos se aseguraron de la marcha 
de Yúsuf, se diseminaron por la España oriental, y 
comenzaron sus correrías por Zaragoza, dirigiéndose 
luego á Valencia, Denia, Játiba y Murcia. Eran dueños 
de Aledo, fuerte á maravilla, y las algaras que desde 
allí hacían, eran más terribles que las tronadoras 
tempestades. 

El emir de Sevilla, Motámid, con tres mil ginetes 
que le había dejado Yúsuf, aprovechó el espanto que 
de los vencidos se había apoderado, y reconquistó á 
Uclés, Huete, Consuegra, Cuenca y otros. No estuvo 
tan afortunado en lo de Murcia: le salieron al encuen- 
tro ciertas compañías de cristianos y le desbarataron, 
y se retiró á Lorca. Allí le obsequió su gobernador, 
Muhámad ben Lebún, pariente del de Murviedro, 
que tenia por Motámid aquella ciudad y había peleado 
como bueno en Zalaca. También Abu Isa ben Lebún 
murió en la guerra santa al año siguiente, 481 (marzo 
1088-1089). Clamaba el emir de Sevilla por el inme- 
diato retorno de Yúsuf; pues «en especial le hablaba de 
las algaras del Cambitor (Campeador), príncipe cris- 
tiano que infestaba las fronteras de Valencia» (1). 

Entrado ya el año 1088, cansados de su emir los 
moros valencianos, se le sublevaron, y los más princi- 
pales llamaron á Mondhir, para dársele por vasallos. 
Con gentes suyas y con algunos catalanes que tomó 
á sueldo, salió de Lérida para Valencia al mismo 



(1) Conde, III, 18. — Chabret, Sagunto, I, 165, n. 

28 



— 2l8 — 

tiempo que encargó á un tío suyo acudiese desde 
Denia, con otro ejército, en día prefijado hacia la 
ciudad del Turia. Temiendo Yahya verse combatido á 
la vez por las dos huestes, aprovechó para atacar á 
la de Denia la circunstancia de haberse ella adelantado 
al dia que se le señalara; pero fué vencido y obligado 
á encerrarse en la ciudad. 

Mondhir tuvo noticia del triunfo de los suyos 
cuando no estaba de Valencia sino á una jornada. 
Durante la noche se aproximó á ella con ánimo de 
combatirla; sin embargo, por causa que se ignora, dejó 
de hacerlo, y permaneció en la inacción durante algu- 
nos dias. Vióse Yahya reducido á tan extrema nece- 
sidad, que resolvió salir del apuro entregándose á los 
sitiadores; mas de ello le disuadió Abderrahmán ben 
Tahir, el ex-rey de Murcia, y le aconsejó que solici- 
tase la protección de los reyes de Castilla y de, Zara- 
goza (i). Dicho Abderrahmán vivió largo tiempo, «en 
términos de sobrevivir á los principales régulos de sus 
días, y presenció la calamidad de los muslimes en 
Valencia causada por el tirano Campeador jquebrante 
Dios sus miembros!» (2). El emir de Valencia, 
siguiendo los consejos de Abderrahmán ben Tahir, 
había enviado mensajeros á los reyes de Castilla y 
de Zaragoza. Por entonces había llegado á la corte 
de Mostahín el arráez Aben Cañón, que procedía de 
Cuenca, y fué uno de los que salieron de Valencia: 
para proponer al emir de Zaragoza que él haría de 



(1) Crón. Gral., f. 321. 

(2) Malo, Rodrigo el Campeador, Apéndice XX. 



— 219 — 

modo que la ciudad se le entregase, é igualmente 
Segorbe, de cuya fortaleza era gobernador un hermano 
suyo. Mostahín dio oídos á la embajada é hizo 
concierto con el Campeador para venir sobre Valencia: 
convinieron en que serían de Rodrigo las riquezas 
que se ganaran, y de Mostahín la ciudad. Empreña 
dieron, pues, la marcha, con 400 jinetes el Emir y 
con 3.000, más 4.000 peones más, el Campeador. 
Cuando Mondhir tuvo conocimiento del acuerdo, 
resolvió abandonar su proyecto; mas no ^lzó el sitio 
hasta que su tío estuvo cerca. En este año, 481 
(mar. 1088-1089), murió en la guerra santa el cadí 
Abu Isa ben Lebún; y por octubre del mismo año, 1088, 
ocurrió una gran avenida del Guadalaviar, la cual 
devastó á Valencia y destruyó el fuerte de su puente. 

Hallándose Mondhir con fuerzas inferiores á las 
desús enemigos, hizo de la necesidad virtud: no se 
apartó de Valencia hasta que. envió á Yahya un 
mensaje diciéndole que, no sólo levantaba el sitio, 
sino que quería trabar amistad con él, con tal que 
no rindiera la ciudad á Mostahín, y que, unidas las 
huestes de Denia y de Valencia, no habría en el 
mundo príncipe, por poderoso que fuera, que se 
atreviese á derribar del trono á Yahya. Harto com- 
prendió Al Kádir la causa á que obedecía el cambio de 
conducta en Mondhir; sin embargo, firmó con él 
capitulaciones de amistad, y el emir de Denia se 
retiró á Tortosa (1). 

No tardaron en llegar \ Valencia los aliados, y 



(1) H&\g* Rodrigo el Campeador, Apéndice XXI.— Crón. Gral., f. 321, v. 



— 220 — 

Yahya, ignorante del pacto que existía entre Rodrigo 
y Mostahín, salió a recibirlos como á sus libertadores, 
les agradeció la señalada prueba de amistad que con 
el socorro le daban, hízolos aposentar en la huerta 
mayor del arrabal llamada Villanueva, «que era adonde 
agora están los barrios de los Tintes, hacia el monas- 
terio de la Corona,» (i) y poco después, en su propio 
alcázar. 

En vano esperó Mostahín á que se le entregase 
el castillo de Segorbe, y otro tanto le sucedió respecto 
de Valencia.. Reclamó de Rodrigo el cumplimiento de 
las promesas hechas por él y por el arráez de Cuenca; 
pero el Cid se negó á ello alegando que Yahya era 
vasallo ó tributario del rey de Castilla, su legítimo 
soberano, y añadiendo que acceder á sus deseos equivalía 
á despojar de Valencia á Alfonso VI, en lo cual no 
podía consentir, á menos que Mostahín declarase la 
guerra á aquel soberano, único caso en que Rodrigo 
ayudaría al rey de Zaragoza contra el de Castilla (2). 

No porque Rodrigo contrariase los deseos de 
Mostahín, dejó éste de sacar su partido, pues Yahya le 
dio, como en feudo, el castillo y villa de Liria, y 
contra aquellos á quienes el emir de Zaragoza quiso 
castigar, empleó el Cid su brazo. Con todo, volvió 
despechado á la capital de sus estados, alimentando 
aún, sin embargo, el intento de dominar á Valencia: 
para lo cual, dejó en ella, so color de que prestasen 



(1) Escolano.— Malo (Apéndice XXIII) sostiene que estaba en San Juan 
de la Ribera. 

(2) Crón. Gral., f. 321, v. 



— 221 — 



auxilio á su emir, uno de sus capitanes con varios 
jinetes, á fin de que le tuviesen al tanto de los sucesos 
que ocurrieran y de que le sirvieran de punto de apoyo 
en ocasión oportuna. 

Esto sucedió antes de marzo de 1089. 



-^" ^■^^^^N^^^rf -1 1- 



CAPÍTULO IV 

Yahya al Kaadir protegido por el Cid. 
lOH»-lO0-¿. 

litio de Je.¡e..-H.bilidid del Cid.— Pesa i Culilli.- Vuelve i V.lencij.— Torrei-Torrei.— Rodrigo 

unirle i Alfonso VI, y no b contigue.— Elehe, Polos, Titbena y Ondnre.— Su eotrada ca Velan- 
eii.-BurriíDeyMorelle.— Tobar del Pio«.— Pu con Bercaguei R.rsóo ti.— El Campeador en el 
Puig.— Muerta de ílondhir.— Su hijo Snldmia.— Lot Beni Betyr J> Aben Montad.- Piole ccioo 
que leí diipeau ti Cid— Tributos que ptK¡htl al Cid.— Sitio de Liria.-Se une Rodrigo i k 
(■pedición da Allomo Vleomii Aüd.lueli.-EDeiniíunie reyy imllo.— Benicadet!.— Enfermedad 
da Yabya.— llarehe el Cid 4 Zangón.- Sitie Alfonso VI i Valencia.— Vengan M de Rodrigo.— 
Hítenle dueño» da Horeiiy de Deuirt lo> ilmoriirides.— Aben Geh.f. -Revolución oue provoca en 
Vítesela.— Alefbeto da Ttnhya. 



rante las negociaciones de Mostahín y del 
Cid en Valencia, compro metióse el señor 
de Murviedro á entregar este castillo al 
emir de Zaragoza. Como Aben Lebún no diera cum- 
plimiento á su promesa, encargó Mostahín á Rodrigo 
le castigase. El Campeador emprendió contra Jérica 
sus operaciones, castillo enclavado en la jurisdicción 
de Murviedro y centro que podría servir de base contra 
la misma capital de los dominios de Aben Lebún. 
Aunque Jérica estaba desprovista de defensores y de 
víveres, no, por ello, dejó de presentar tan firme resis- 
tencia, que Rodrigo prescindiera de formalizar un sitio . 
en toda regla. 

Siguió Aben Lebún el ejemplo de Aben Mahcor, 
el gobernador de Játiba: cuando se vio en el mayor 



— 223 — 

apuro, hizo saber á Mondhir, que si lograba romper el 
cerco, se le declararía su vasallo. Voló el emir de Denia 
en auxilio de Jérica, y Rodrigo tuvo que levantar el 
campo. Es más: por temor de que Mondhir se dirigiese 
contra Valencia, se retiró á ella. 

Entonces puso el Cid en juego su gran habilidad 
para obrar con entera* independencia, en medio de 
tantos enemigos que aspiraban al dominio de Valencia. 
Prometió á Yahya defenderle contra todos, si á nadie 
hacía entrega de la plaza; ofreció á Mostahín, é igual- 
mente á Mondhir, guardarla para cada uno de ellos; y 
al rey de Castilla decíale que era su servidor y vasallo y 
que sustentaba en provecho de Alfonso aquellas guerras, 
por cuanto entretenía y debilitaba á los moros, man- 
tenía á costa de los mismos un ejército cristiano y 
esperaba poner pronto á Valencia en poder de su amado 
monarca. Libre de enemigos el Campeador, se ocupaba 
en hacer algaras por los países limítrofes. Al pregun- 
tarle por qué obraba así, «dezíe él que porque oviese 
qué comer» (i). Dice el libro de donde tomamos las 
noticias que á continuación apuntamos, que «las 
guerras llevadas á cabo por Rodrigo, sus compañeros 
y soldados, no todas están en él escritas» (2). 

Es lo cierto que el Cid se dirigió entonces á la 
corte de Castilla y fué muy bien recibido por Alfonso, 
que le guardó las más exquisitas atenciones. Le dio 
los castillos Dueñas, Gormaz, Ibia, Campos, Gaña, 
Bnbiesca y Berlanga; y, además, le otorgó privilegio de 



,« 



1) Crónica General, fol. 321. 

2) Crónica Leonesa. 



— 224 — 

de que serían para él y para sus sucesores las tierras y 
fortalezas que arrancase á los moros. 

Entrado ya el año 1089, ó sea, en la era 1127, 
reunido en Castilla un ejército de 7.000 combatientes, 
se encaminó hacia el reino de Valencia, atravesó el 
Duero, sentó su campo en un lugar llamado Fresno, 
marchó luego con su ejército y fué á parar á Calamo- 
cha, en territorio de Albarracin. Allí celebró la Pascua 
de Pentecostés (13 mayo). Solicitó con él una entre- 
vista Al Issaam ad Dahula, señor de Santa María, y la 
tuvieron en la misma Calamocha: el musulmán se 
declaró tributario de Alfonso VI (1). 

Prosiguió Rodrigo su marcha hacia Valencia y 
descansó en un valle, el de Torres-Torres (2), próximo 
á Murviedro. La venida del Cid no podía ser de mayor 
provecho al emir Yahya. Desengañado Mostahin de que 
no podía con el Campeador para la posesión de Valen- 
cia, hizo alianza con el conde Berenguer Ramón II. 
Vinieron ambos sobre la ciudad, y mientras el de 
Barcelona combatía á la ciudad, Mostahin hizo dos 
campos atrincherados en el Puig y en Liria, preten- 
diendo levantar otro en la Albufera: los tres fueron 
dados al emir de Zaragoza cuando con el Cid^vino á 
libertar á Yahya (3). 

Apenas Berenguer supo que la hueste castellana 
se acercaba, se llenó de miedo y alzó el sitio. Sus 
soldados desahogaron su enojo profiriendo contra 



(1) Crónica Leonesa. 

(2) Risco le llama Torrente, pero es Torres-Torres, ó sea el Tales, ó 
Tares, de la Crón. Gral., fol. 321 v. 

(3) Crón. Gral., íq). 321. 



— 225 — 

Rodrigo palabras de burla y supliendo la impotencia 
con amenazas de cautiverio, cárcel y muerte, que, por 
cierto, nunca pudieron realizar. Súpolo Rodrigo; mas, 
por consideración al parentesco entre el conde y 
Alfonso, no le quiso atacar. Se concretó a rogarle 
alzase el sitio. Después de algunas contestaciones 
vinieron á acuerdo, conviniendo en que el conde se 
retiraría de Burjasot (Borg as sort), donde estaba, á 
Requena, y desde allí, sin tocaren tierras de Zaragoza, 
á Barcelona. Dejó, pues, en paz á Valencia, y más que 
de prisa fué á Requena, de donde se trasladó por 
Zaragoza á sus dominios (i). 

El Cid, que durante esas negociaciones no se había 
movido de Torres-Torres, se encaminó á Valencia, sin 
que tampoco Mostahín le estorbase el paso. Ya en 
Valencia, Yahya le envió un mensaje y muchos rega- 
los. Establecieron pacto de que Rodrigo pelearía contra 
todos los enemigos del emir, sometería á los goberna- 
dores que se hablan sublevado, depositaría en Valencia 
la presa que hiciese y en ella tendría su centro de 
operaciones. En cambio, Yahya le pagaría mil mone- 
das de oro al mes, esto es, se le hizo tributario. El 
señor de Murviedro siguió el ejemplo del emir de 
Valencia (2). 

Después marchó el Campeador hacia las montañas 
de Alpuente, donde reinaba Djanáh a<d Daula Abdallah. 
Sucedió á su hermano el año 440 (1048-1049) y reinó 
hasta el 485 (1092-1093), en que los almorávides 






(1) Croa. Leonesa. — Croo. Gral., 1. c. 

(2) Crón. Gral., I. c. — Crón. Leonesa. 

29 



— 226 — 

absorbieron sus dominios. Guerreó en ellos el Cid cau- 
sando horrorosa devastación, y allí permaneció gran 
parte del año. Luego paso con su ejército á Requena, 
donde también se detuvo mucho tiempo. Después obli- 
gó á los gobernadores de castillos á que satisficiesen 
al emir de Valencia las pagas atrasadas, lo cual, por 
congraciarse con el Cid, se apresuraron á cumplir (i). 

A excitación del emir de Sevilla habia desembarca- 
do en España Yúsuf ben Texufin en la luna de rabié 
primera de 481 (mayo-junio de 1088). Enseguida 
escribió á los emires españoles convocándolos á la 
guerra santa y señalando para punto de reunión los 
campos de Aledo (Murcia). Era éste un castillo fuerte 
á- maravilla y puesto sobre un monte alto y escarpado 
en una peña tajada. De todas partes había acudido 
innumerable muchedumbre de muslimes, entre los 
cuales se contaba el esforzado Muhámad ben Lebún 
ben I$a, el gobernador de Lorca. La guarnición cristiana, 
formada de 12.000 infantes y 1.000 caballos, se defen- 
día con tesón admirable (2). 

Comenzó, sin embargo, á escasearles el agua, y 
lo que no habían los sitiadores alcanzado con las 
armas, iban á lograrlo por la falta que experimentaban 
los cristianos. Súpolo Alfonso VI, y se propuso sal- 
varlos- Escribió á Rodrigo diciéndole que tan luego 
recibiera la carta se pusiera en camino para Aledo, 
socorriera á sus defensores y peleara con Yúsuf y 
con los demás sarracenos que combatían el castillo. 



(1) Crón. Gral., 1. c— Crón. Leonesa. 

(2) Conde, III, 1 8. . 



— 2TJ — 

Rodrigo contestó por conducto de los mismos que le 
trajeron el aviso: «Venga el rey mi señor, según ha 
prometido, que yo preparado estoy á socorrer de buen 
grado el castillo; suplicóle, sin embargo, tenga la 
bondad de darme conocimiento de su venida». 

Al instante salió de Requena el Cam peador y pasó 
á Játiba. Allí le alcanzó un mensajero del rey, el cual 
le dijo que Alfonso estaba con gran ejército, de 
18.000 combatientes, en Toledo. Y, como se le hu- 
biera dicho que esperase en Villena, por donde con 
seguridad pasaría el monarca, se trasladó á Onteniente 
y allí se detuvo por ser más abundante en pastos que 
Villena; mas, para estar al tanto del paso del rey, envió 
destacamentos á la expresada villa y á Chinchilla. Estas 
medidas fueron de ningún efecto, porque, apartándo- 
se Alfonso del itinerario que había anunciado, bajó 
por distinto camino al Segura. 

Gran disgusto padeció Rodrigo al saber que el rey 
ya iba delante. Desde Hellin, donde tuvo la noticia, 
corrió, ansioso de averiguar el paradero del monarca; 
adelantándose con unos pocos á los suyos, llegó á Mo- 
lina. No esperaron los muslimes la llegada del ejército 
castellano, sino que, á la fama de su venida, Yúsuf, ha- 
bido consejo, se fué rttirando hacia Lorca; y, no cre- 
yéndose seguro en España, en Almería se embarcó 
para África. Hasta cien caballeros sacó de Aledo Alfon- 
so: todos los demás habían perecidode hambre ó pelean- 
do. Esto fué ya entrado el año 483 (marzo de 1090) (1). 

Rodrigo, muy abatido, pasó á Elche, donde estaba 



(0 Crón. Leonesa.— Conde, III, 19. 



— 228 — 

su ejército. Con permiso suyo, algunos de los soldados 
que se trajo de Castilla, regresaron á ella. Alfonso 
volvió á Toledo. Los émulos del Cid le acusaron al rey 
de vasallo infiel,, pérfido y traidor, y de que si no se 
había unido á la expedición, fué con propósito de que 
los castellanos murieran á manos de los sarracenos. 
Alfonso, que bien poco había de menester para irritarse 
contra el Campeador, mandó se le privase de los casti- 
llos, villas y honores que le había otorgado; hizo que 
se le despojara hasta de su mismo patrimonio, y, no 
respetando ya nada, ordenó se le tomara todo el ora 
y plata que se descubriera fuesen suyos, y que su mujer 
é hijos fueran encarcelados. El enojo que por tan in- 
justos atropellos se apoderó de Rodrigo es indecible. 
Al momento envió al rey por mensajero á uno de sus 
más fieles servidores, para que por las armas probase 
la inocencia de Rodrigo. Cuatro testimonios diferen- 
tes presentó el enviado del Cid; mas el rey se negó á 
dar satisfacción alguna. 

En Elche estaba Rodrigo el día de la Natividad del 
Señor (25 diciembre de 1090). Celebrada allí dicha 
Pascua, siguió hacia el norte por la costa, y llegó á 
Polop, castillo en que había una cueva llena de dinero. 
Le sitió y combatió, y al cabo de pocos días fué toma- 
do por asalto. Encontró gran cantidad de oro, plata y 
telas preciosas; y, con tantas riquezas, siguió hasta el 
puerto deTárbena, á poca distancia del cual, ya en la 
jurisdicción de Denia, en el sitio llamado Ondara, 
reparó un castillo y le hizo fuerte (1). 



(f) Crónica Leonesa. 



— 229 — 

Allí tuvo el ayuno de la Cuaresma y celebró la 
Pascua de Resurrección (13 abril de 1091). Bien dice 
la Crónica general que entonces fué á guerrear con el 
señor de Denia y de Játibá; que cerca de la primera 
pasó el invierno; que cada día enviaba sus algaras á 
correr la tierra; que causó tantos males y quebrantos, 
que desde Orihuela hasta Játiba «non fincó pared», y 
que con infinitos cautivos y presa de vacas, ovejas y 
muchas otras cosas, vino á Valencia, vendió lo que 
quiso y tomó lo que él y sus terribles soldados 
habían de menester (1). 

El emir de Denia, en cuyo territorio estaba Rodrigo, 
le envió en solicitud de paz un mensajero: estable- 
cida que fué, se apartó de allí el Cid y vino hacia 
Valencia. Cuando el emir de ésta supo que el de Denia 
había pactado paces con el Cid, llenóse de miedo, y, 
celebrado consejo con los suyos, envió muchos rega- 
los al caudillo castellano: la amistad entre los dos 
quedó afirmada. De igual modo, recibió Rodrigo in- 
numerables tributos de todos los castillos rebeldes al 
rey de Valencia, que parece desdeñaban su imperio (2). 

Al tiempo que el Campeador entraba en Valencia, 
Mondhir salió de Lérida y Tortosa y vino á Murvie- 
dro. Al saber el emir de Denia que entre Rodrigo y el 
de Valencia se habían pactado las paces, poseído de 
espanto, salió de Murviedro á media noche y se alejó. 
El Cid, queriendo hacer una correría hacia Tortosa, 
salió del territorio de Valencia y llegó á Burriana. Allí 



(1) Crón. Gral., f. 321, v. 

(2) Crónica Leonesa. 



y 



— 230 — 

supo que Al Hágib, ó Mondhir, andaba en tratos con 
Sancho Ramírez, con Berenguer Ramón II y con 
Armengol, conde de Urgel, para arrojarle de su tierra 
y obligarle á salir de su reino. Pero ni el rey de 
Aragón ni el conde de Barcelona se mostraron dispues- 
tos á escuchar los ruegos del emir de Denia. 

Rodrigo se detuvo en Burriana inmóvil como 
piedra, esto es, sin preocuparle las gestiones que en 
contra suya practicaba Mondhir. Después se corrió 
hacia el norte y subió á los montes de Morella, donde 
había, no sólo abundancia de pastos, sino también 
innumerables rebaños. Al ver Mondhir que le estragaba 
la tierra, «ca non le avíe dejado nin pan, nin podíese 
sembrar», solicitó el auxilio de el Fratricida, y éste, 
ya recibida gran cantidad de dinero, con su ejército 
salió al instante de Barcelona y se corrió hacia Zara- 
goza. Por fin, puso su campo en Calamocha, territorio 
de Albarracín (1). 

Acompañado de unos pocos el conde, se adelantó 
hasta Daroca, donde estaba Mostahín, el emir de 
Zaragoza, y habló con él al objeto de establecer paz. 
No sólo consiguió esto, sino que recibió además algún 
dinero. Mostahín, atendiendo á los ruegos del conde, 
marchó con él á la Rioja, donde estaba Alfonso VI, y 
le pidieron que les facilitase soldados contra Rodrigo; 
pero el rey de Castilla se negó á ello. Entonces, 
Berenguer, con sus compañeros de armas, Bernardo, 
Giraldo de Alemany y Dorea, seguidos de numeroso 
ejército, fueron á parar á Calamocha. 



(i) Crón. Gral., f. 321. 



— 231 — 

Rodrigo estaba acampado en Tobar del Pinar, valle 
en el cual sólo podía penetrarse por una cañada muy 
angosta.* El emir de Zaragoza, bien fuese por amistad, 
ó por estar á la ganancia con el vencedor, le dio aviso 
de que estuviese preparado á luchar con el conde de 
Barcelona. Rodrigo, como dice la General, contestó: 
«venga, ca esperarlo he»; ó, como dice la Leonesa: 
«Rodrigo con sonrisa contestó al mensajero: doy 
expresivas gracias á mi fiel amigo Mostahin, el emir de 
Zaragoza, porque me ha revelado el propósito de 
atacarme que abriga el conde de Barcelona; pero des- 
precio al conde y á todos los suyos, y muy á gusto, 
confiado en Dios, le espero aquí: si viene, tenga por 
cierto que combatiré» (i). 

Berenguer, seguido de su crecido ejército, llegó 
por la montaña hasta cerca del sitio en que Rodrigo 
había acampado, y clavó sus tiendas no lejos <^e las del 
castellano. Una noche envió espías que explorasen la 
situación del Cid, y hallaron que la tenía al pie de 
un elevado monte. Al día siguiente escribió á Rodrigo 
una carta concebida en estos términos: «Yo, Beren- 
guer, conde de -Barcelona, junto con mis soldados, 
digo á tí, Rodrigo, que hemos leído la carta que en- 
viaste á Mostahin, á quien dijiste que nos la mostra- 
se, y en ella hacías mofa de nosotros y nos llenabas de 
vituperios, cosa que nos hizo encender en ira. No eran 
pocas las injurias que en otras ocasiones nos inferiste, 
por lo cual ya sentíamos contra ti grandísimo enojo. 
¿Cuánto mayor no le abrigaremos ahora, cuando de 



(i) Crón. Gral., f. 322.— Crón. Leonesa. 



— 232 — 

nosotros acabas de hacer mayores burlas y escarnios? 
Aún obra en tu poder el dinero que ha poco nos has 
quitado; y Dios, que es poderoso, nos vengará de 
tantos agravios. Más grave es todavía el habernos 
comparado á nuestras mujeres; y, no queriendo que 
tú ni los tuyos hagáis tanta burla, rogamos y supli- 
camos al Señor, que te ponga en nuestras manos, 
para probarte que valemos algo más que nuestras 
mujeres. También dijiste al rey Mostahin que si no 
íbamos á combatirte, saldrías tú á nuestro encuentro 
antes de que él volviese á Monzón, y que si retrasá- 
bamos el salirte al paso, tú nos buscarías. Encareci- 
damente te suplicamos que no nos vituperes por 
semejante causa; que hoy no hemos bajado adonde 
estás, porque hemos querido cerciorarnos de la pre- 
sencia de tu ejército: ya vemos que al amparo de ese 
monte qo rehuyes la pelea. También vemos que los 
montes, los cuervos, las cornejas, los gavilanes, las 
águilas y toda suerte de aves, son tus dioses, porque 
más confías en sus augurios que en Dios; nosotros, 
pues, creemos y adoramos á un solo Dios, el cual nos 
vengará de ti y te entregará en nuestras manos. Maña- 
na, Dios mediante, nos verás muy cerca de tí y aun 
enfrente de tí. Si eres el mismo Rodrigo á quien 
llaman guerrero y Campeador, saldrás al llano á 
nuestro encuentro y te apartarás de ese monte; y, si 
así no lo hicieres, mereces te llamen, en castellano, 
alevoso, y en catalán, bau^ador y embustero. De poco ha 
de servirte la ostentación que haces de tu poder; 
iremos contra ti y no hemos de apartarnos hasta que 
pares en nuestras manos muerto, ó cautivo y aprisio- 



— 233 — 

nado con cadenas de hierro. En fin: haremos de tí 
al-bara^, aquello mismo que escribiste haber hecho tú 
de nosotros. Y Dios vengará á sus iglesias, las cuales 
rompiste y violaste.» 

Leída que fué dicha carta en presencia de Rochigo, 
al instante mandó escribir otra, que fué remitida al 
conde. Decía asi: «Yo, Rodrigo, junto con mis compa- 
ñeros, á ti, Berenguer y a los tuyos, salud. Sabe que 
oí tu carta y quedo enterado de su contenido. Por lo 
que respecta á lo de la carta que escribí á Mostahín y 
á que en ella hacía mofa de ti y de los tuyos, es cierto. 
Hice burla, y aún la hago. Te diré el motivo: cuando 
estuviste con Mostahín hacia Calatayud, le dijiste que 
por miedo á tí no me atrevía á penetrar en estas tierras. 
Los tuyos, á saber, Ramón de Barán y otros caballeros 
tuyos, repitieron esto mismo haciendo burla en Casti- 
lla ante el rey Alfonso y en presencia de castellanos. Tú 
mismo, estando con Mostahín, dijiste al rey Al- 
fonso que me habías de combatir, que vencido me 
arrojarías de las tierras de Mondhir y que no me 
atrevetía á esperarte en ellas; pero que, por amor al 
rey, habías dejado de hacerlo hasta ahora, pues era yo 
su vasallo. De ahí que no pudiera contener la risa, y 
aún la tengo, y que os haya comparado á vuestras 
mujeres, pues sólo fuerzas de mujer mostráis. Ahora 
no puedes excusar pelear conmigo, si es que así lo 
deseas. Si lo .rehuyes, todo el mundo me tendrá en la 
estimación que merezco; y si quieres salir á mi encuen- 
tro, ya he venido, y no te temo. Supongo que no 
ignoras el daño que os he causado. Tampoco yo 
ignoro que has hecho pacto con Mondhir y que te dio 

30 



— 234 — 

dinero para que me expulsases y arrojases de sus 
dominios. Creo, pues, que vienes obligado á cumplir 
tu compromiso, pero que no te atreverás á hacerlo: 
no temas lanzarte contra mí, que te espero en lo más 
llano 1 * de estas tierras. También te aseguro que de 
nada os ha de aprovechar el rehuir el combate. Si os 
atrevéis, no he de negaros el sueldo que acostumbro 
pagaros. Y, si no venís, escribiré al rey Alfonso y 
enviaré mensajeros á Mostahín diciéndoles que cuanto 
prometiste y te jactabas de realizar, por miedo á mí 
dejaste de cumplirlo. Y no sólo á dichos dos reyes, 
sino que también á todos los nobles, cristianos y 
moros lo haré saber: bien que todos ellos saben que te 
hice prisionero y que en mi poder obra aún el dinero 
tuyo y el de tu gente. Ahora te espero sin temor 
en este llano: si te atreves á venir contra mí, te mos- 
traré parte de tu dinero, no para tu provecho, sino 
para tu daño. Te has jactado, con vanas palabras, de 
tenerme en tus manos vencido, prisionero, ó muerto: 
esto, pues, está en la mano de Dios, no en la tuya. 
Con gran falsedad me llamaste aleve, según el fuero de 
Castilla, ó bauqa, con arreglo al de Francia. Nunca yo 
lo fui; quien lo fué, según consta, es uno á quien tú 
conoces, y no le desconocen cristianos ni moros. Pero 
dejémonos de palabras, y, como es costumbre entre 
buenos caballeros, decidan las armas tales cuestiones. 
Ven, no tardes. Recibirás la paga que acostumbro 
darte.» 

La lectura de esta carta encendió en cólera y rabia 
á Berenguer y á los suyos. Tuvieron consejo y deci- 
dieron que á la noche siguiente fuesen algunos sóida- 



— 235 — 
dos al monte á cuya falda tenía Rodrigo sus tiendas, 
y que subiesen á la cumbre y la ocupasen: pensaban 
asi romper el campamento castellano y apoderarse de 
sus tiendas. Venida la noche, ocuparon el monte, sin 
que Rodrigo lo supiese. , 

Al amanecer del día siguiente, el conde y los suyos 
corrieron hacia el campamento cristiano lanzando 
gritos. Rodrigo, vista la villanía del enemigo, braman- 
do de coraje, mandó á los suyos se vistiesen al 
momento ks lorigas y que, ordenadas las haces, estu- 
viesen á punto. Acometió Rodrigo á la del conde, y la 
rompió y venció en el primer encuentro. Sin embargo, 
estando el Cid peleando, cayó del caballo; pero su 
cuerpo quedó ileso, aunque maltratado. 

No por tal incidente dejaron sus soldados de 
seguir luchando, sino que continuaron con mayor 
esfuerzo, hasta que el conde y su ejército fueron 
vencidos. Los muertos fueron innumerables; el conde 
y 5.000 soldados suyos quedaron prisioneros, los 
cuales fueron conducidos á la presencia de Rodrigo. 

Éste mandó que Berenguer y algunos otros, á 
saber, Bernardo, Giraldo Alemany, Ramón Muróm 
Ricardo Guillem y algunos otros, fueran tenidos á 
buen recaudo. Los soldados de Rodrigo entraron en 
el campamento enemigo: recogieron muchos despojos, 
vasos de oro y de plata, telas preciosas, mulos, caba- 
llos, lanzas, lorigas, escudos y otros muchos objetos, 
todo lo cual fué por entero presentado á Rodrigo. 

Viéndose Berenguer herido y cautivo en poder del 
Campeador, fué humilde y confuso á pedir misericor- 
dia á Rodrigo, que estaba sentado en su tienda. Con 



— 236 — 

muchos ruegos le pidió perdón; mas el castellano no 
quiso recibirle con benignidad, ni aún le permitió 
sentarse en su tienda, sino que mandó que sus solda- 
dos le custodiasen fuera de la tienda; hizo, sin em- 
bargo, que se le proporcionaran solícitamente alimen- 
tos. Por fin, le consintió que volviese librea sus estados. 

Pocos, días después, ya recobrada por Rodrigo la 
salud, convino con Berenguer y con Giraldo Alemany, 
en que por su redención pagarían 80.000 doblas de 
oro de Valencia. Los demás prisioneros se obligaron á 
enfregar dentro de algún tiempo cierta cantidad. 
Volvieron luego con el dinero del rescate; y, como no 
tuvieran lo bastante para completar la cantidad, dejaban 
en rehenes á sus hijos y padres. Enternecido Rodrigo 
con semejante escena, no sólo les permitió que fuesen 
libres á sus tierras, sino que les perdonó lo que 
íaltaban á entregar. Reconocidos ellos á tanta magna- 
nimidad, dieron gracias á su nobleza y piedad, prome- 
tieron, á la vez, servirle con todo lo suyo, y gozosos 
volvieron á su tierra (1). 

Rodrigo se dirigió después hacia Zaragoza, y en 
un lugar llamado Salarca, ó Schacarca, inmediato á 
aquella ciudad, se detuvo por espacio de dos meses. 
Pasó luego á Daroca, donde había abundancia de 
pastos y de ganado. Allí estuvo mucho tiempo, pues 
adoleció de grave enfermedad. Entonces Rodrigo 
envió algunos de sus caballeros con cartas para Mos- 
tahín, á quien encontraron en Zaragoza, y se las 
entregaron. Hallábase también allí Berenguer Ramón II. 



(1) Crón. Gral., f. 322. — Crón. Leonesa. 



— 237 — 

Al saber éste que aquellos caballeros eran enviados 
del Campeador, habló con ellos y les dijo: «Saludad 
de mi parte á mi amigo Rodrigo, pues quiero ser 
su amigo y auxiliarle en todas sus necesidades: no 
dejéis de manifestárselo». 

Ya recobrada la salud, los mensajeros le dieron á 
entender lo que el conde les habia dicho. Mas él 
negóse á condescender con lo que Berenguer pretendía. 
Sorprendidos los allegados del Cid, le dijeron: «¿Qué 
es esto? ¿qué mal te ha causado el conde, para que 
rehuses establecer alianza con él? Le has tenido ven- 
cido, prisionero y cautivo; le has arrebatado sus 
tributos y riquezas, ¿y te niegas á tener paz con él? 
No eres tú quien la quiere, sino él.» Tales razones 
inclinaron, por fin, el ánimo de Rodrigo, y prometió 
"que los deseos de el Fratricida se verían cumplidos. 
Sabida por ^1 conde y por los suyos la resolución del 
Campeador, se alegraron sobremanera. 

Entonces salió de Zaragoza Berenguer y acudió ai 
campamento del héroe castellano: allí se estableció paz 
y amistad entre los dos. Puso el conde todos sus 
dominios bajo la protección del burgalés, y juntos 
bajaron hasta la costa. Rodrigo sentó sus reales en 
Burriana, y Berenguer, apartándose de él, cruzó el 
'Ebro y volvió á su tierra. El Campeador permaneció 
r alli algún tiempo, y se vino á Cebolla (gebal, ó mon- 
taña) ó el Puig, donde celebró la Pascua (28 marzo 
de 1092) (1). 

Dice la Crónica General, que cuando el señor de 



(0 Crón. Leonesa. 



— 238 — 

Denia y de Tortosa tuvo noticia de la rota que 
su aliado había experimentado en Tobar del Pinar, 
hubo grandísimo disgusto, de que adoleció y murió. 
Su reinado duró nueve años, pues comenzó á reinar 
al fallecimiento de su padre, Moctádir, en el 474 
(junio 1081-1082). Dice muy bien un historiadpr, 
que «fué su vida una continua guerra. Atacado por 
todos lados, á todos hace frente, ya sea el rey de 
Zaragoza, ó bien Rodrigo de Vivar, ó al Cádir de 
Valencia, ó el poderoso monarca de Castilla; bien 
vengan solos, ó ya se junten en su daño: nunca 
consiguen que se declare vencido, pues, infatigable 
siempre, reúne recursos, allega gentes, contrae alian- 
zas, y siempre presenta la frente al enemigo; y no 
sólo se defiende, sino que va lejos á presentarle el 
ataque, conduciendo sus haces en persona» (1). 

A diferencia de su padre, que reconoció, según 
acusa la numismática, el imanato de Hixem II, no 
menciona en las suyas imanato alguno, si bien se con- 
tenta con el modesto titulo de ministro (háchib, 
fagib ó fange), muy usado en la época de los reyes de 
taifas y por éstos, como antes por los primeros minis- 
tros de los Omeyas. Mondhir toma, además, el 
dictado sultánico de Columna del Estado (Imado-d- 
Daulah). 

Dejó Mondhir un hijo de pocos años, llamado 
Suleimán Cido-d-Daulah (Salomón, Principe del Esta- 
do). También, como su padre, se ó tituló sencilla- 
mente háchib y no reconoció imanato de nadie. De su 



(1) Chabis, Hist. de Denia, II, $. 



— 239 — 

tutela se encargaron los Beni Betyr, uno de los cuales 
se encargó del gobierno de Tortosa; otro, del de 
Játiba, y un primo, del de Denia (i). 

El Cid volvió á x Valencia, y dijo «que ói apremiarle 
á cuantos señores eran en la Andalucía (España), de 
manera que todos serien suyos.» Entonces llegó á su 
apogeo de gloria. Comprendiendo los Beni Betyr que 
mal podrían conservar los estados de Suleimán sino 
estando en paz con el Cid, se pusieron humildemente 
bajo su protección y le prometieron cuanta contribu- 
ción les impusiese. El Cid les pidió 50.000 maravedíes 
al año: lo aceptaron, y túvoles la tierra, desde Tor- 
tosa hasta Orihuela, en su defendimiento y á su 
mandato. 

Además, le daban: Abezay (Aben Hodzail), señor 
de Albarracín, 10.000; Aben Cásim, señor de Alpuente, 
otros 10.000; el de Murviedro, 8.000; el castillo de 
Segorbe, 6.000; el de Jérica, 4.000; el de Almenara, 
3.000, y el de Liria, 2.000. Pero «en aquel tiempo 
non pechó Liria, ca era del señorío de Zaragoza; é el 
Gd teníe en corazón de lidiar con él.» No tardó en 
ponerlo en práctica (2). 

Por más que Berenguer Ramón II le motejó en 
su carta de impío, la piedad religiosa del Cid salta á la 
vista en no pocos sucesos de su vida. «E de Valencia 
tomaba el Cid 12.000 maravedís cada año, é, más, de 
cada 1. 000, ciento para un obispo, que decíen Alai al 
Manan (debe leerse al Ma/rdn=obispo) por su arábigo: 



(1) Crón. Grah, f. 323. 

(2) Groo. Gral., fol. 323. 



— 240 — 

asi que lo que el Cid mandaba en Valencia, eso era 
fecho; e lo que él vedaba, eso era vedado» (1). 

El castillo de Liria, por más que hubiera sido dado 
por Yahya* en calidad de feudo á Mostahín, venia 
obligado á pagar cada año 2.000 maravedíes, adinares 
ó monedas de oro. Como se negara á su cumplimiento, 
Rodrigo trató de hacerle entrar en razón- Próximo á 
Valencia, le puso sitio, y no con ánimo de alzarle 
pronto, puesto que alli distribuyó con largueza víveres - 
á sus soldados. Tuvo, sin embargo, que apartarse 
por haberle llegado cartas de la reina de Castilla 
(doña Constanza) y de los amigos del Cid exhortán- 
dole á que se uniera á la expedición mandada por 
Alfonso VI contra Andalucía: ese acto, le deoían, 
le reconciliaría con el rey. Por más que Liria, obligada 
de los frecuentes combates y del hambre y de la sed, 
no podía tardar en rendirse, Rodrigo no desoyó el 
ruego de los amigos y de la reina, siempre dispuesto 
á probar su lealtad á su monarca (2). 

Haciendo el Cid largas jornadas con su ejército, 
encontró el de Alfonso VI en Martos, territorio de 
Córdoba. Al tener noticia de su llegada, el rey salió á 
recibirle y le otorgó las mayores honras. No tardaron 
mucho en separarse desavenidos. 

El rey fijó su campamento en lo alto del monte; 
y Rodrigo, para mejor defenderle, hizo poner en el 
llano sus tiendas. Entonces, tocado de envidia Alfonso, 
dijo á los suyos: «Ved y considerad cuánta injuria y 



(1) Crón. Gral., 1. c. 

(2) Crón. Leonesa. 



— 241 — 

afrenta nos ha inferido Rodrigo. Acaba de unirse 
á nuestro ejército después de un largo camino, y llega 
fatigado; y sin embargo, planta sus tiendas delante de 
las nuestras.» Todos ellos, tocados del mismo mal, 
émulos mal disimulados del Cid, respondieron al rey 
que tenía razón y que Rodrigo pecaba de sobrado 
presuntuoso. El rey permaneció allí durante seis días. 

Dice la Crónica Leonesa que Yúsuf, rey de los 
-almorávides (mohabitas), sabedor de que le esperaba 
Alfonso, poseído de espanto y no atreviéndose á 
medir sus armas con las de los cristianos, huvó con 
su ejército alejándose de aquel paraje. La General no 
habla de tal expedición. Es de notar que Yúsuf, 
después de levantar el sitio puesto á Aledo, se volvió 
al África, en ramadhan de 483 (octubre-noviembre 
de 1090), y no vino á España hasta el 496 (octu- 
bre 1102-1103). Es cierto, según testimonio de un 
historiador árabe, que en el año 485 (febrero 1 092-1093) 
reunió Alfonso sus ejércitos y corrió el país de Jaén. 
Una donación de que habla el P. Risco, fechada el 12 
<ie junio de 1092, habla de una jornada que entonces 
se hacia contra los moros (1). 

El autor árabe dice que Alfonso experimentó tan 
seria derrota, que los muslimes tuvieron aquel triunfo 
-como el más brillante después del alcanzado en Zalaca. 
En tal caso, se explica el mal humor de que Alfonso 
se hallaba poseído al regreso á Toledo (2). 

Al llegar á Úbeda, junto al Guadalquivir, mandó 



(1) Malo, Rodrigo el Campeador, II.— Risco, Hist. de Rodrigo Dia^ IX. 

(2) Malo, I. c. 



31 



— 242 — 

Rodrigo que allí fijaran sus tiendas los suyos. Alfonso,, 
fundándose en malas razones, le increpó con palabras 
duras. Montado en cólera, quiso y decretó que se le 
aprisionara. Por más que Rodrigo tuvo de ello algún 
conocimiento, dejó hablar al rey; pero, llegada la 
noche, se apartó con bastante miedo y volvió á su 
campamento. Muchos de los suyos le abandonaron y 
fueron á engrosar el ejército de Alfonso. 

Mientras el rey volvía á Toledo respirando ven- 
ganza contra el Campeador, éste, poseído de tristeza, 
pudo, tras muchas dificultades, entrar en el reino de 
Valencia. Permaneció allí por largo tiempo. Habiendo 
tropezado con un castillo, llamado Benicadell, que los 
moros habían demolido, le puso en admirables con- 
diciones de defensa, así en muros y torres, como en 
víveres y número de soldados. Dicho castillo, tan 
célebre en los tiempos del Cid como en los de Jaime I 
de Aragón, estuvo en opinión de un docto arabista, 
en la sierra de Mariola (1). 

Desde Benicadell bajó el Cid á Valencia. Como 
Yahya padeció una larga enfermedad, hasta el punto 
de que todos le juzgaban como muerto, hubo el Cid 
de cargar con el peso del gobierno (2). En tanto, las 
armas de los almorávides estaban pujantes bajo la 
dirección de Aben Aixa. Ya en 25 de xaban del año 
484 (12 octubre de 1091), al apoderarse de Almería, 
se congratulaba, en carta que escribió á Yúsuf, de que 
en poco más de un año,^ cinco reinos habían sido 



(1) Crón. Leonesa. 

(2) Crón. Gral., f. 323 



— 243 — 

avasallados, y que sólo le faltaba dominar los de Denia, 
Valencia y Zaragoza. Ya entrado el año 485 (febre- 
ro 1092-1093), recibió aviso de que continuara sus 
conquistas comenzando por Denia. Las dotes del 
-caudillo africano eran las más á propósito para que los 
deseos de Yúsuf se vieran realizados, sin que ello 
requiriera el empleo de las armas: porque, siendo 
«muy esforzado y virtuoso, sabio, justo y de apacible 
trato,» hizo con su moderación y prudencia tantas 
conquistas como con las armas (1). 

La entrada de los almorávides en Murcia, despertó 
en Valencia impresiones muy distintas. Los sarracenos * 
corrieron á aquella ciudad para que Aben Aixa no se 
detuviera en su marcha, sino que prosiguiera hasta 
libertarlos del yugo de los cristianos; Rodrigo solicitó 
de Mostahín una entrevista para contener el avance 
de los africanos. Dejó en Valencia, en la Alcudia 
(Tosal), una buena guarnición, á su wazir Aben al 
Faraig, al obispo don Jerónimo, francés de nación, con 
muchos cristianos, y á un enviado de Sancho Ramí- 
rez, rey de Aragón y de Navarra, con 40 caballeros (2). 

Salió el Cid hacia Morella, donde, según la Cró- 
nica Leonesa, aún estaba el 25 de diciembre. Sucesos 
de gran importancia se desarrollaron en la ciudad del 
Turia mientras Rodrigo anduvo fuera de ella. No 
pudiendo Alfonso VI apoderarse del Cid, resolvió 
-castigarle arrebatándole á Valencia. Ello equivalía á 
despojarle de la más hermosa de sus posesiones, á 
herirle en la fibra más sensible de su corazón. 



(1) Conde, III, 21. 

(2) Crón. Gral., f. 323. 



— 244 — 

Comenzó por entenderse con las repúblicas de 
Genova y Pisa , para que con sus escuadras impi- 
diesen á Valencia todo auxilio por mar. No desoyeron 
sus ruegos, y 400 barcos se presentaron en las costas 
de Levante; pero, como en Valencia y en las demás 
plazas del litoral había cundido la noticia, su presen- 
cia fué de ningún efecto; además, una tempestad los 
puso en dispersión (1). 

Alfonso, que había acudido por tierra con nume- 
roso ejército, no llegó á tiempo de ver la armada 
auxiliar; y tuvo que retirarse más que deprisa á Cas- 
tilla, por reclamarlo la defensa de susestados. El 
Campeador se irritó y dejó sentir en laRioja el rigor 
de su venganza. 

Estando en Morella, donde celebró solemnemente 
la Pascua de la Natividad, le visitó uno que le pro- 
metió entregarle el castillo de Borja, poco distante de 
Tudela. Yendo por el camino, le salió al paso un 
mensaje del emir de Zaragoza anunciándole que 
Sancho Ramírez le tenia desde el año anterior (109 1} 
en gran opresión. Cambió Rodrigo de camino, y 
con unos pocos se trasladó á la corte de Mostahin. 
No se detuvo allí, sino que pasó á Fraga y pudo- 
avenir al rey de Aragón con el emir de Zaragoza. 
Rodrigo se detuvo en dicha ciudad bastante tiempo. 
No permanecieron allí ociosas sus armas. 

Sentido de que Alfonso VI, tras echarse con su 
ejército sobre el castillo del Puig, pidiese á los gober- 
nadores de los demás castillos de Valencia el tributo 



(1) Malo, III.— Apéndices, XXI. 



— 245 — 

de cinco años que debían pagar al Cid, y, como las 
respetuosas protestas de que al principio hizo uso no 
lograran detenerle, hizo una entrada en la Rioja, que 
era provincia del rey de Castilla. Gobernaba dicho 
país el conde don Garcia Ordóñez, enemigo del Cam- 
peador. Salió de Zaragoza con numeroso ejército 
Rodrigo. Entró en tierras de Calahorra y de Nájera. 
Se apoderó de Alberite y de Logroño. Taló y abrasó 
con el mayor furor aquel país, y causó en los cristia- 
nos gravísimos daños. Y luego se dirigió sobre Alfaro, 
que no tardó en ser suyo. 

Allí le llegó aviso de García Ordóñez, diciéndole 
que si se detenia una semana, le darían batalla el 
conde y los suyos. Contestó Rodrigo que venia gus- 
toso en ello. Desde Zamora hasta Pamplona se reco- 
gieron infinitos soldados, que llegaron hasta Alberite; 
pero la imperturbable serenidad del Cid llenó de 
miedo á su enemigo, y tuvo por más acertado retirarse 
del sitio que Rodrigo ocupaba. Entonces salió de 
Alfaro el Cid y regresó á Zaragoza, donde permaneció 
muchos días agasajado y honrado por el Emir (i). 

Al tiempo que Alfonso abandonaba las inmedia- 
ciones de Valencia, las naves de Genova y de Pisa se 
dirigieron sobre Tortosa, obrando en combinación por , 
tierra con Sancho Ramírez y con Berenguer Ramón II; 
pero Dios la protegió y se retiraron de ella sin lograr 
sus intentos. 

Los almorávides, mandados por el caid Muhámad 
ben Aixa, después de tener un encuentro con los 



(i) Crón. Leonesa. — Malo, Rodrigo el Campeador, Apéndice XXI. 



— 246 — 

cristianos, en que éstos fueron derrotados, destronaron 
al emir de Murcia y se dirigieron contra Denia, como 
así lo había dispuesto Yúsuf. Su régulo huyó por mar 
y se refugió entre los Hamudíes, cuyo rey era enton- 
ces An Náhser ben Gálnaas, el cual le protegió y 
dispensó honores. 

«Embió luego (Aben Gehaf) sus mandaderos á Aben Axa, 
■el adelantado de los almorávides, que era señor de Murcia, que 
finiese e que le daríe á Valencia; e ovo su consejo cómo el 
alcaide de Algezira de Júcar que embiase á decir otrosí á Aben 
Axa que se apresurase á venir, ó que embiase su alcaide con 
poder, e que veniesen para Algezira, que es cerca, e que se verníe 
luego á Valencia. Aben A-xa, cuando vio los mandaderos, apresu- 
róse á venir; e por quantos castiellos pasó por la carrera, todos 
se dieron á él e le obedescieron. Cuando el alcaide de Denia sopo 
•como veníe aqueste Aben Axa e como se le oviesen los castiellos 
todos dados, non osó y fincar, e apoderóse Aben Axa en Denia.» 

Estando Davud Aben Aixa en Denia, de la cual, 
a*sí como de Játiba, siendo su gobernador Aben 
Monead, se apoderó el almoravide sin mucha dificultad 
ni efusión de sangre, el cadí de Valencia, Aben 
Gehaf, fué á buscarle y le pidió que se viniese 
con él á Valencia; mas no pudo lograr sino que le 
diese algunos soldados al mando del caid Abu Náhser. 
Aben Aixa, se lee en Conde, partió desde allí á Secura 
{quizá Júcar, ó Alcira, como dice la General) (1). 

<rE embió á Algezira de Júcar el su alcaide e apoderóse de 
ella. E quando este mandado llegó á Valencia, fuxeron todos los 
cristianos que estavan y del Ruiz Díaz mío Cid, e el obispo que 
era y del rey don Alfonso, e el mandadero que estaba otrosí del 



(1) Conde, 1. c. — Malo. Rodrigo el Campeador, Apéndice XXI. 



— 247 — 

rey don Ramiro (Sancho Ramírez) con los 40 cavalleros; e lieva- 
ron lo que podieron lievar de lo suyo, e non quesieron y fincar. 
^Estonces ovo grand miedo Aben al Farax, e non sabíe qué- 
fazer. El rey de Valencia non cavalgava nin parescíe fuera; mas se 
sabie que era guarido de aquel mal que oviera. E Aben al Farax 
iva e veníe al alcázar, e fizo encender al rey la cuyta en que esta- 
van. E ovieron su consejo que sacasen sus averes de Valencia e 
que se fuesen. E embiaron á un castiello que dezíen Segorbe 
muchas bestias cargadas de aver, e de sus riquezas, e de sus cosas, 
con un sobrino de Aben al Farax; e embiaron otrosí otras muchas 
cargas á un castiello que dizen Benaecab (al Acab, ú Olocáu), que 
quiere dezir el castiello del Águila, e que fuese en encomienda 
del alcaide que le teníe. E embiaron luego mandado á Zaragoza, 
al Cid, que viniese. E el Cid detóvose en Zaragoza, según ha 
dicho la estoria: e pasaron bien veinte días en este bollicio» (1). 

De perfecto acuerdo con la General, dice Conde 
que ((pasó el ejército (almoravide) á Valencia y la 
cercó. Defendía esta ciudad el rey Yahye ben Dilnün 
ayudado de los cristianos, que eran sus aliados, ó, 
más bien, sus señores. Como valiente y sabio caudillo, 
defendió y disputó, con sangrientas salidas y rebatos, 
la entrada en ella. Viendo que era imposible mante- 
nerla, los cristianos se retiraron de ella; y al Cádir, 
ayudado del esforzado caudillo Aben Táhir, señor de 
Tadmir, la defendió hasta la muerte. Y hubiera cos- 
tado mucho tiempo y mucha sangre entrar en ella; 
pero, por inteligencias con el cadí de la ciudad, 
Áhmed ben Gehaf al Maferí, se abrieron las puertas 
de la ciudad, y los almorávides entraron espada en 
mano haciendo gran matanza en la gente de al Cádir; 
y el mismo príncipe pereció con muchos nobles 



(1) Crón. Gral., f. 3*4. 



— 248 — 

caballeros peleando como un león» (1). Dejando á 
un lado la hipérbole del valor y de la soñada sucesión 
de al Cádir á Yahya, que son un mismo personaje, 
bastante queda de realidad en el fondo. Sigamos 
copiando á la General, ya que tan abundantes y tan 
seguros detalles nos proporciona. 

«Movióse aquel alcaide Aldebahaya, que era en Algezira 
alcaide, á la prima noche, con 20 cavalleros de los almorávides 
e otros tantos de Algezira con ellos, e venieron todos vestidos de 
unas vestiduras por que semejasen almorávides. E amanescióles 
en Valencia á una puerta qual dizen la Puerta de Tudela (2); e 
truxeron sus atambores; é sonó por toda la villa que veníen bien 
500 cavalleros almorávides. E Aben al Farax ovo gran miedo, 
e fuese para el alcázar á verse con el rey: e o vieron su consejo 
que cerrasen las puertas de la villa e que non se reptasen fasta 
que viesen qué era. E cerraron las puertas e pusieron sobrel 
muro peones e ballesteros que guardasen. 

>E fueron los ornes del rey á casa de Aben Jaf, aquel que 
avernos dicho que enviara por el señor de los almorávides, e 
llamáronle que saliese; e él estaba tremiendo en gran cuyta, que 
non osava salir. Desi llegó M ayuda de los de la villa: e quando 
vio qué compaña teníe que le ayudarle, salió; e fué contra el 
alcázar con aquella compaña, e encontráronse con aquel Aben al 
Farax, aquel alguacil del Cid, e presiéronle. 

1E fueron todos los de la villa á las puertas, e embiaron los 
ornes del rey dende. E querien abatir las puertas, mas non podie- 
ron; e pusiéronles fuego, e ardieron; e otros echaron sogas por 
el muro, e acogieron los almorávides dentro. 

^Estonces el rey vestióse con vestiduras de mujer, e salióse 
del alcázar en compañía de sus mujeres, e metióse en una casa 
pequeña cerca del llano. E los de la villa metieron aquel alcaide 
de los almorávides en el alcázar: e robaron quanto y fallaron 



(1) Conde, 1. c. 

(2) Frente á U vU de San Vicente estaba I a Fuerta dt TauUt (El Archivo, III, 224). 



— 249 — 

por las casas del rey, e mataron on cristiano que guardava la 
puerta e otro que avíe y de Sancta María de Albarrazín que 
guardava una de las torres del muro. Ésta fué una de las principales 
por que se perdió Valencia e toda su gente fasta que la ganó el 
Cid. E en una casa pequeña estudo el rey acogido. 

*Des que este alcaide fué metido en el alcázar, tornóse Aben 
Jaf á su casa. E quando vio que todo el puebro teníe con él, e 
que '1 ayudavan, e que eran todos de su parte e á su manda- 
miento, e vido que teníe preso á Aben al Farax, alguacil del Cid, 
cresjció mucho su corazón e enloquesció. E presciábase, que 
desdeñaba á los otros que eran tan buenos como él e mejores, 
porque oviera todas las cosas que cobdiziaba; pero diz que era 
de buenos ornes, ca sus abuelos e su padre, des que fuera Va* 
lencia de moros, siempre fueron alcaides, uno em pos de otro, 
fasta su tiempo: e eran ornes sabios e muy ricos. 

>Desi sopo este Aben Jaf como el rey de Valencia non era 
ido de la villa, empezó '1 á buscar, e fallólo ascondido en aque- 
lla casa pequeña, con ya quantas mujeres de las suyas. E quando 
saliera este rey del alcázar, sacara consigo, de sus tesoros, del 
más presciado e nobre aljófar que podríe ser, que lo non podríen 
fallar en ningún logar tal nin tan mejor; otrosí de piedras pres- 
ciadas, e de zafires e de esmeraldas. E sacara una arqueta que 
era toda de oro, muy llena de todas estas cosas. E teníe en su 
cinta un sartal de piedras preciosas e de aljófar: tal, qual nunca 
rey oviera nin cosa tan rica nin tan preciada como aquel sartal 
era. E diz que fué de Seleyda (Zobaiha), mujer que fué de Aben 
ar Rexit (Harún ar Raschid), el que fué señor de Belcab (Bagdad); 
e que pasó después á los reyes Benivoyas (los Omeyas), que 
fueron señores de Andalucía; e después fué este sartal, de Alí 
Maimón (al Mamún), señor que fué de Toledo; e oviera '1 este 
Yaya, rey de Valencia. 

*De aquel sartal e de las otras cosas muy preciadas que teníe 
este que fué rey de Valencia, cresció '1 á Aben Jaf gran cobdicia, 
e luego cuidó en su corazón cómo lo averie e no '1 sopiese nin- 
guno. E asmó que non podríe ser encubierto, si no '1 matase. 
E puso sobrél guardas que '1 guardasen todo '1 día e la noche, e 

32 



— 250 — 

que '1 matasen. E quando fué la noche, cortáronle la cabeza 
aquellos que lo guardavan. E mandólo echar en una laguna que 
era cerca de su casa. E tomó aquel tesoro e apoderóse dello; e 
aquellos que lo guardavan, otrosi lo que pudieron aver, ascen- 
diéronlo e toviéronselo. 

»E fincó el cuerpo en aquel logar onde lo mataron, fasta otro 
día mañana. E vino gran compaña, e tomó el cuerpo e puso '1 
en las trezes (unas angarillas) del lecho, e cobrió '1 con una 
acitara (gualdrapa) vieja, e llevó '1 fuera de la villa, e fizo '1 una 
fuesa en un logar do yazien los camellos; e soterráronle allí, sin 
mortaja, como á otro orne vil.* (1) 

De conformidad con esto se lee en autor árabe, á 
quien, sin duda, ha copiado Conde: «El faquí Abu 
Áhmed ben Gehaf, que por entonces era cadí en Va- 
lencia, cuando vio que el ejército de los almorávides 
se acercaba y se cercioró de que por otro lado estaba 
este tirano (el Cid), á quien Dios maldiga, excitó los 
ánimos á una rebelión y quiso imitar las agudezas del 
ratero cuando hay bulla y ruido en el mercado; y de- 
seó llegar al poder engañando á los dos contendientes» 
pero olvidó el lamido del zorro y las dos cabras mon- 
teses. Y antes de realizar este proyecto, rogó al Emir 
ai Moslemín (Yúsuf ben Taxíin) que le diese algunos 
pocos de sus soldados; y con ellos sorprendió el pala- 
ció de Ben Dzin Nun, hombre duro é inicuo al par 
que negligente, que se miraba desamparado de sus 
mejores compañeros y cuyo poder se bamboleaba en 
términos de no tener más defensores que sus lágrimas 
ni nadie que le llorase sino el hierro de su lanza. En- 
tonces le mató, dicen que por manos de uno de los 



(i)Crón. Gral., f. 324. 



— 2JI — 

Beni Jadidí, deseoso de vengar á sus parientes, que, 
ó habían perecido á las órdenes de al Cádir, ó les 
había privado de sus honores. Y con ocasión del ase- 
sinato de Ben Dzin Nun al Cádir, dijo Abu Abde- 
rrahmán ben Tháher: 

«¡Oh, tú, el que tienes un ojo azul y otro negro: vete des- 
pacio, porque has cometido un grave crimen! His asesinado al 
rey Yahya y te has vestido su túnica. Llegará el día de darte tu 
merecido, sin que tengas poder bastante para impedirlo» (i). 

Según un autor, la muerte de Yahya ocurrió en el 
año 845 (febrero 1092-1093) (2); y de la carta que 
Rodrigo escribió á Aben Gehaf, se desprende que fué 
á la salida del ramadhán de dicho año, en la noche del 
4 al 5 de noviembre de 1092 (3). Pero esta fecha no 
concuerda con el hecho de la acometida de Alfonso VI 
á Valencia, ni con la permanencia del Cid en Morella 
el 25 de diciembre del mismo año. 

A ser cierto lo que dice Conde, el mismo Abde- 
rrahmán ben Táhir no se limitó á lamentar el triste fin 
de quien se había sentado en dos tronos; sino que des- 
pués de la horrible muerte que padeció Aben Gehaf, 
se trasladó á Murcia y se llevó consigo los restos mor- 
tales de Yahya y les dio honrosa sepultura (4). 



(1) Malo, 1. c— Conde, III, 1. c. 

(2) Conde, III, 21. — Malo, Rodrigo el Campeador, apéndice XXI. 

($) Crón. Gral., f. 324. 

(4) Conde, III, 22. 



CAPÍTULO V 

período republica.no 

<nov. 10»'£-jul. ÍOOB). 

Tieie ti Cid conocimiento de la muerte de Y.nya.-Su venida il Puíg.-Sítio de esta fortaleza.— 
Incapacidad de Aben Gehefparael mando.— C>n« de Rodrigo al «di.— Orden comunicada por 
el Cid n loa altillos de I. jurisdicción de Valencia.— El tenor dt Morvitdco tntrtga loa joyos al 
de Alb.tr.cic— Algarai en 1. butrta de Val toca.— Reaptto y consideración a los trabijidoréi del 
campo. — Ejérci ta de detenta ca Valentía.— Cuna civil eo la eludid.— Loa Beni Gtiicliib.— El 
alcaide dt Carita.— Fomenta Rodrigóla diicordíi en la ciudad.— Procura ganarse il cadi.— Se 
apoderada tesoro enviado á Aben Aiva — Rendición del Puig y reedificación de la villa y caa- 
(tllo.— Establece Rodrigo su campamento en la Derramada.— El wallif dt Moat.hln. — Apodirnnat 



rrió la aciaga muerte de Yahya al Cádir 

n el año 485 (feb. 1092-1093) (1), á la 

ilidadel ramadhán, ó sea en la noche del 

4 al s de noviembre de 1092, como lo indica la carta 

de Rodrigo á Aben Gehaf, según luego se verá. 

Los criados, eunucos y soldados que permanecie- 
ron fieles al infeliz Yahya, huyeron al Puig, castillo 
que estaba á la sazón en poder de un natural de Alba- 
rracin, que tenia la fortaleza en nombre de los Beni 
Cásim. Á los salidos de Valencia los recibid un judío 
llamado Al Mojife. 

Algunos otros, partidarios también de Yahya, fue- 
ron á Zaragoza, donde se hallaba Rodrigo, á ponerle 
al tanto de los sucesos ocurridos en Valencia. Al ins- 



(i) Malo de Molina, apéndice XXI. 



— 253 — 

tante emprendió la marcha hacia Valencia y se enca- 
minó al Puig, cerca de cuyo castillo estableció su cam- 
pamento. Se le unieron los partidarios de Yahya que 
habían abandonado á Valencia, pactaron alianza con 
él y se pusieron incondicionalmente á sus órdenes (i). 

Según la versión árabe, «tan luego como esto (lo 
sucedido en Valencia) llegó á noticia del Campeador, 
que se encontraba cercando á Zaragoza, se encolerizó, 
y su ánimo se irritó, y cesó en él la amistad de Aben 
Gehaf; porque Valencia, en su opinión, estaba en su 
obediencia, pues Al Cádir le pagaba de tributo cien 
mil adinares (2) por año. Caminó, pues, desde Zara- 
goza hasta Valencia, y la sitió por espacio de veinte 
meses, hasta que la tomó por fuerza» (3). 

Dice el autor á quien acabamos de citar, que Ro- 
drigo estaba cercando á Zaragoza, ó que estaba ene- 
mistado con Mostahín; mientras que en la Crónica 
General no consta semejante falta de harmonía, lo cual 
confirma otro autor árabe. Después de la muerte de 
Yahya, cuenta lo que sigue: «Cuando Ájmed ben Yúsuf 
ben Hud, el que en estos mismos momentos se agita 
-en Zaragoza, se cercioró de que los soldados de Emir 
al Moslemín (Yúsuf ben Taxfín) salían de todos los 
desfiladeros y se subían por todas partes á los puntos 
más elevados, excitó á un cierto perro de los perros 
gallegos (un cristiano de los de Castilla), llamado 
Rodrigo, y apellidado el Campeador. Era éste un 



(1) Crónica General, f. 324, v. 

(2) Medio millón de reales, según la equivalencia de Malo de Molina. 

(3) Malo de Molina, 1. c. 



— 254 — 
hombre muy sagaz, amigo de hacer prisioneros y muy 
molesto. Dio muchas batallas en la Península, y causó 
infinitos daños de todas especies á las thaifas que la 
habitaban, y las venció y las sojuzgó. Los Beni Hud, 
en tiempos anteriores, fueron los que le hicieron salir 
de su oscuridad. Le pidieron su apoyo para sus grandes 
violencias, para sus proyectos viles y despreciables; le 
habían entregado en señorío ciertas comarcas de la 
Península, y puso su planta en los confines de sus cinco 
mejores regiones, y plantó su bandera en la parte más 
escogida de ellas, hasta el punto de robustecer su impe- 
rio; y, semejante á un buitre, depredó las provincias 
cercanas y las más apartadas. Al ver (Ájmed) lo que 
les sucedía (con la venida de los almorávides), temiendo 
la caída de su reino y cerciorándose de que sus asuntos 
iban mal, trató de poner al Campeador entre él y la 
vanguardia de los ejércitos de Emir al Moslemín, y le 
facilitó (á Rodrigo) el paso para las comarcas de Valen- 
cia, y le proporcionó dinero y le mandó después hom- 
bres. Descendió, pues, á las inmediaciones de Valen- 
cia, en donde se aposentaba la discordia y sus habi- 
tantes estaban divididos, á causa de que el fakih Abu 
Ájmed ben Gehaf, que por entonces era kaadhi en 
Valencia, cuando vio el ejército de los almorávides que 
se acercaba y se cercioró de que por otro lado estaba 
este tirano (Rodrigo), á quien Dios maldiga, excitó los 

ánimos á una rebelión » 

El mismo autor, después de narrar la muerte de 
Yahya, añade: «Y luego que terminó su proyecto 
Abu Ájmed y que, según su modo de ver, estaba 
firme su poderío, estallaron tumultos, y las puntas de 



— 255 — 

Jas espadas se volvieron irritadas unas contra otras, 
porque, como se veía obligado á dirigir su vista hacia 
los asuntos públicos del reino, que no los habia 
manejado antes, estaba en la oscuridad de sus secre- 
tos; y, debiendo arreglar la marcha de los asuntos 
administrativos, no tenia ciencia para abordarlos con 
presteza y para entrar en lo estrecho de sus sinuosi- 
dades. Él no sabía más que hacer comprender la ley á 
los litigantes, conducir al combate los negros pendo- 
nes, declarar la mavor solemnidad de los contratos 
entre si y escoger (la verdad) entre diversos testigos. 
Se cuidaba sólo de recoger lo que restaba aun del 
tesoro de Ben Dzin-Nun y se olvidaba de reunir 
soldados y de atender á los asuntos de sus pro- 
vincias» (i). 

De la incapacidad de Aben Gehaf para el manejo 
de las riendas del Estado, da, en consonancia con el 
autor árabe, testimonio la Crónica General: «Abenjaf 
estava en su casa con muy lozano continente de rey, 
e non tornava cabeza en ninguna cosa de quanto era 
menester para mantener su estado que él cuidava tener. 
E metía mientes en librar sus cosas e en poner guardas 
que le guardasen en derredor de su casa, los unos 
de noche, e los otros de día. E ordenó cuáles fuesen 
escribanos de su poridad (sus ministros) que le 
fiziesen las cartas para embiar. E escogió de los ornes 
buenos de la villa que oviessen á estar con él e guar- 
darle. E quando cavalgava iban muchos cavalleros e 
monteros con él armados. E quando iba por la calle 



(i) Malo de Molina, apéndice XX 



— 2$6 — 

davan las mujeres grandes alegrías con él, e salían 
á otearle, e pagávase él mucho destas vanidades: e 
fazíe todas sus cosas como por rey; e esto fazíe por 
abajar preyto de un su hermano que era alcalde de la 
villa; e por mostrar que él era señor; e no '1 preciaba 
nada, nin mandava, nin vedava, fueras que le dava 
que espendiese él e toda su compaña mucho escasa- 
mente» (i). Pocos son aquellos á quienes no deslum- 
hra y desvanece el mando supremo, y aun el no 
supremo. 

Había Rodrigo, según apunta la Historia Leonesa, 
salido de Alfaro y llegado á Zaragoza, donde perma- 
neció durante algún tiempo muy honrado por Mos- 
tahin. Estando luego en camino para Valencia seguido 
de su ejército, tropezó con un mensajero, el cual le 
anunció que los almorávides habían llegado á las 
comarcas de Levante, las cuales habían sido devastadas, 
y que habían entrado en Valencia, en cuya posesión 
seguían; y, lo que era más de lamentar, los propios 
subditos de al Cádir, rey de Valencia, le habían traicio- 
nado, y había sido muerto. Al oir Rodrigo esto, 
marchó velozmente hacia el Puig, y al instante le 
puso sitio. Esto, que explica por qué sentó sus reales 
junto al castillo, como se lee en la General, termina, 
con arreglo al escritor árabe: «si Rodrigo no hubiese 
llegado tan pronto á las inmediaciones de Valencia, 
los almorávides se hubieran adelantado hasta ocupar 
toda España, sin escapar Lérida y Zaragoza» (2). 



(1) Crónica General, 1. c. 

(2) Historia Leonesa. 






Aunque fué breve la resistencia que el Piiic opt:>o 
á Rodrigo, duró lo bastante para que coincidiera con 
los primeros ataques contra Valencia. <*E embió (Ro- 
drigo) su carta á Abeniaf desdenadamente: e de.^:e en 
la carta, que ;!oado Dios que le ayudara ayunar su 
quaresma e que cumpliera su ayuno con buen sacri- 
ficio en matar su señor! E embiava 1 reptar que t;/ie- 
ra muy mala cosa en echar la cabeza de su señor en 
la laguna, e el cuerpo al muladar, e soterrarle, E en ün 
de la carta embió 1 dezir que le diese su pan que 
dejara en Valencia en su almacén.» 

Contestó Aben Gehaf, que el trigo habia sido todo 
robado; que Valencia era del emir de los almorávi- 
des, y que si él quería estar á las órdenes de Yúsuf 
ben Taxfin, Aben Gehaf interpondría su valimiento 
para que el Emir le recibiera. Este insulto llenó de 
indignación a Rodrigo: tuvo por «necio e por torpe» 
al cadi, esto es, por incapaz para conservar el reino 
de que violenta é injustamente se habia apoderado. 
Escribióle de nuevo anunciando grandes amenazas; 
denostaba al cadi y á sus parciales y juró que no 
dejaría de la mano causarle el mayor daño que 
pudiese, hasta dejar vengada la muerte del rey de 
Valencia (i). 

Enviada la carta al cadi, pasó aviso á todos los 
castillos situados en derredor de Valencia, para que 
abasteciesen de provisiones con abundancia á su ejér- 
cito, y esto sin demora, so pena de que el que retra- 
sara cumplir la orden experimentaría su enojo. Entre 



(i) Crónica Genera], fol. 324 v. y 325. 

33 



— 258 — 

tantos, sólo el señor de Murviedro, hombre entendido 
y previsor, se opuso al mandato del Cid. 

Abu Exa Aben. Lupón, como le llama la General, y 
de quien ya hablamos al relatar la venida de Yahya á 
Valencia, sabía bien que, ya hiciese lo que el Cid 
mandaba, ya se resistiera á cumplirlo, no podría con- 
servar sus estados y que nadie sería capaz de impe- 
dirlo. Envió, pues, á decir al Cid que sus órdenes 
serian cumplidas; pero al mismo tiempo escribió al 
señor de Santa María de Albarracin manifestándole 
que quería estar bajo su dominio y que viniese á entrar 
en posesión del castillo de Murviedro y de los otros 
que estaban comprendidos en su término. Aconsejá- 
bale, además, que mantuviera buenas relaciones con el 
Cid, y terminaba la carta haciendo constar que él, 
Aben Lupón, no quería cuestiones con Rodrigo y que 
deseaba unirse al ejército del señor de Albarracin. 

Mucho se alegró el de Santa María de Oriente, y 
al instante marchó á entregarse del castillo de Mur- 
viedro. Esto ocurrió pasados veintiséis días después de 
la muerte de Yahya, ó sea en i.° de diciembre de 
1092. Se avistó luego con Rodrigo, con quien pactó 
alianza bajo estas condiciones: los gobernadores de 
sus castillos venderían al Cid cuantos víveres hubiere 
de menester para su ejército; él compraría el botín 
que Rodrigo recogiera en tierras de Valencia, y no 
recibiría el de Santa María mal ni guerra en sus 
castillos. 

Se extendieron documentos en que se diera fe del 
mutuo contrato, y el de Albarracin volvió á sus tierras 
dejando en su nombre un gobernador en Murviedro. 






I 



— 259 — 

Aben Lupón le acompañó, con sus mujeres é hijos, 
sus haberes v su hueste, seguro de que ganaba mucho, 
pues escapaba con su cuerpo; y que no quería tratos 
con el Cid (1). 

También de este suceso hablan los cronistas ára- 
bes. En Casiri se lee: «Abu Isa ben LebúnDulvairraíin, 
uno de los domésticos é íntimos familiares del rev 
Yahya ben Di 1 Xun, obtuvo el gobierno de Sagunto» 
más conocido por Morviedro, y entre los árabes, 
Murvéter. Después, cediéndolo á Abu Meruán Abd el 
Malee ben Razin, de Santa María de Oriente, marchó 
á Sevilla, donde se recuerda el día en que murió. 
Tuvo tres hermanos: Abu Mohámmed Abdallah, go- 
bernador de Lorca; Abu Vaheb, prefecto de la corte 
de Valencia, y Abu Schiag, capitán de Ubeda, cuyas 
vidas el mismo Aben Lebún narró en verso» (2). 

cEI señor de Santa María de Aben Razin, que era Abu Me- 
ruin Abdeimélik ben Huzeil, aliado y pariente de al Cádir, 
excitó 'á los arrayaces de Murbiter, Xátiba y Deoia, que asimismo 
estaban ofendidos de los almorávides, y todos éstos se juntaron 
con Rudenk, caudillo de los cristianos, conocido por el Cambi- 
tor, que se preciaba de ser amigo y aliado del rey al Cádir, de 
Abu Meruán y de sus parientes. Juntaron una escogida tropa de 
caballeros y peones, asi muslimes como cristianos, y, acaudillados 
del Cambitor, cercaron la ciudad de Valencia» (3). 

Comenzaron, con* efecto, las operaciones contra 
Valencia haciéndose en su huerta dos algaras al dia: 
una, por la mañana, y la otra, á la caida de la tarde. Se 



(1) Croma» Genera], f. 325. 

(2) Casiri, II, 30. 

0) Conde, III, 22. 



— 26o — 

robaban ganados, y eran reducidos á cautiverio cuantos 
eran encontrados con armas en la mano. Ordenó 
Rodrigo, sin embargo, que ningún daño se causara á 
los que se dedicaban á las faenas del campo: para el 
más exacto cumplimiento de esta disposición exigió 
juramento á los caballeros, adalides y almocadenes. 
Encarecióles que los halagaran y les asegurasen que 
podían entregarse tranquilos á sus ocupaciones. Decía 
que, así, cuando llegase el tiempo de la recolección 
del trigo, si ellos, los sitiadores, padecían algún con- 
tratiempo, tendrían con que alimentarse; y, aun cuando 
no les vinieran bastimentos de otro lado, tendrían 
con qué sustentarse algún tiempo. 

Á la vez sostenían el cerco puesto al Puig, pero tan 
apretado, que nadie podía entrar ni salir. Los moros 
estaban seguros de que no habían de defenderse largo 
tiempo, y sólo aspiraban á una resistencia honrosa. 
Es más: habían secretamente pactado con Rodrigo que 
se le entregarían; y no podían prolongar mucho la 
defensa, por cuanto los víveres les escaseaban. Muy al 
revés ocurría en el campamento de Rodrigo: allí era 
depositado cuanto los almogávares robaban en las 
inmediaciones de Valencia; era llevado á vender á Mur- 
viedro, con arreglo al convenio con el señor de Alba- 
rracín, y volvían á la hueste mjichas recuas cargadas 
de alimentos. La abundancia reinaba en el campo cris- 
tiano. Así se pasó algún tiempo (i). 

La situación de Aben Gehaf era cada vez más com- 
prometida. Organizó un ejército de defensa con los 



(i) Crónica General, 1. c. 



— 261 — 

caballeros valencianos que habían sido vasallos de 
Yahya, con los otros que se fueron á Denia y con los 
almorávides que de esta ciudad vinieron capitaneados 
por Abu Násir: en total, trescientos. Manteníalos con 
el trigo que había dejado Rodrigo, con las rentas del 
patrimonio real y del almojarifazgo y con algunas 
otras. 

La presencia délos almorávides no le era de mucho 
agrado, por lo que «desdenava á su alcaide e nunca 
los metió en su consejo de ningún fecho que queríe 
fazer, nin dava por ellos nada.» Los almorávides, 
viendo que, dueño Aben Gehaf de Valencia, procuraba 
crearse una situación independiente, se disgustaron, y, 
en su despecho, no vacilaron en entrar en componen- 
das con los enemigos del cadi y en fomentar la guerra 
civil dentro de la ciudad. Pusiéronse de acuerdo con 
los «fijos de Aboégib» y tenían sus conciliábulos; y, 
como esto lo trasluciese Aben Gehaf, enojóse con ellos. 

Dozy (i) y Malo de Molina (2) quieren que los 
Aboégib fuesen los Beni Táhir. Cierto es que éstos no 
estaban contentos del trato que les daba Aben Gehaf. 
El ex-walí de Murcia Abderrahmán ben Táhir escribía 
á un primo del ensoberbecido cadi: «En cuanto á tu 
primo, aumente Dios su talento, desde que realizó su 
rebelión, con la cual cree haber alcanzado hasta las 
estrellas y haberse sobrepuesto á los reyes, me miraba 
de mal ojo y me juzgaba envidioso y su rival; pero 
maldiga Dios á quien envidie la gloria de su rebelión: 



(1) Investigaciones, II, el Cid déla realidad, V. 

(2) %odrigo el Campeador, III. 



— 262 — 

«Ella no era á propósito sino para él, y él no era á 
propósito sino para ella.» Después ha descargado sobre 
mí el lleno de su poder y me ha prodigado todos los 
sinsabores que han estado en su mano; y, con todo 
esto, he devorado en silencio el dolor de su proceder 
y he despreciado sus intenciones; he cuidado de su 
bien y no me he vindicado de sus malas obras; pero 
hoy ha querido, por la maldad de sus pensamientos, 
que se colme la medida con sus falsas interpretaciones 
y sus violencias. Estoy próximo á una cosa extraña 
que no sé apreciar y cuya causa desconozco. Cuando 
se le ha presentado mi mensajero deseando saber sus 
opiniones, se ha mostrado serio y disgustado, se ha 
incomodado y vuelto la espalda; sin embargo, me he 
contenido conservando la estimación y obrando de un 
modo digno. En verdad, que el respeto por Abu Ajmed 
me ha hecho obrar así, sin que sus procederes para 

conmigo me hayan impulsado ¡Que la elevación de 

Aben Gehaf no te perjudique, y que su caída te sea 
agradable! Porque los que son como él, no tienen larga 
duración ni se sostienen mucho tiempo, y nunca obran 
con descanso» (i). 

Acerca de los «fijos de Aboégib» sostiene otra 
opinión uno de nuestros arabistas modernos (2): 

dBoégib, dice, es transcripción casi literal, según la antigua 
ortografía, de la palabra guáchib. Los fijos de Aboégib de la Crónica, 
se nos presentan como jefes de un partido que cifraba la salvación 
de Valencia, no en entregarla al rey de Zaragoza, como antes se 



(x) Malo de Molina, apéndice XX. 

(2) Don Julián Ribera, catedrático de Árabe en la Universidad de Zaragoza. 



— 263 — 

la habían entregado al de Toledo; no en que campase por sus 
respetos una familia de antigua prosapia, orgullosa y decadente, 
los Beni Gehaf, que se creían bastantes á sí propios para librarla 
del conflicto; sino en que se sometiera á los almorávides, 
excitando á las masas populares, más religiosas y fanáticas, para 
que no consintieran las debilidades de los gobernantes con el 
cristiano Rodrigo... 

» Ellos, es verdad que se hacían pasar por Caisies y, como 
tales, por árabes de pura raza; pero fueron tantos en aquellos 
tiempos los que se daban esa clase de abolengo cuando convenía 
á sus intereses ocultar la obscuridad de su origen español, que es 
menester no dar crédito á pies juntillas á todo aquello que de 
«se respecto nos quieran decir... 

»La nobleza de los Beni Guáchib era de fecha reciente, 
modernamente adquirida: pues, á menos que se hayan perdido 
los pergamino; ú olvidado el nombre de sus abuelos, no es 
posible encabezar su genealogía conocida, con personaje que 
baya vivido más allá del siglo IV de la Hégira (913-1008); ni su 
•casa solariega, si los árabes la tenían, había de estar muy distante 
de esas encantadoras riberas del Guadalaviar, cuyo ambiente 
templan las suaves brisas del Mediterráneo... 

* Ornar ben Guáchib, que es el primero de quien tenemos 
noticia, nació muy á los principios del siglo V. Dedicóse con 
afán al estudio de las tradiciones mahométicas, y hubo de 
-distinguirse de tal manera, que vino á ocupar una de las princi- 
pales magistraturas en el gobierno de la ciudad de Valencia. 
JMurió en el año 470 de la Hégira (julio 1 077-1078)... 

>Su hijo, Abu '1 Hassan Mohámmed, fué uno de les hombres 
más queridos y populares en esta ciudad, y gozaba fama bien 
merecida por su carácter generoso y liberal y por la escrupulosa 
honradez en el ejercicio de sus cargos. Ocupó la alcaldía de 
Valencia, con atribuciones para nombrar los alcaldes de Alcira, 
Mnrviedro, etc. Murió en el año 519 (1125-1126)... 

»El nombre de Guáchib es tan raro, que no recuerdo haberlo 
visto usado fuera de esta familia; y las noticias de los individuos 
de la misma no pudo leerlas Dozy, por haber sido publicadas 



— 264 — 

con posterioridad á sus trabajos. De fijo que no hubiese dudado,, 
si hubiera sabido que existió esa familia valenciana* (i). 

Seguían, en tanto, por mañana y tarde, las algaras 
de los cristianos y sus aliados en la huerta, ó tnunya (2} 
de Valencia, y, por más que trataba Aben Geháf de 
impedirlo con sus 300 caballos tomados á sueldo y 
los demás de la ciudad, quedaban siempre escarmen- 
tados, pues «matavan los cristianos muchos dellos: 
así que en la villa cada día fazíen llanto e davan vozes 
por los muertos que metíen cada día.» 

Entre los caballeros moros á quienes se cautivó 
entonces, se hace mención de un rico-home alcaide 
de Alcalá, «que era cerca de Torralva.» Después 
de someterle á grandes castigos, se obligó con ef 
Cid: .á pagarle diez mil maravedíes al año, á entre- 
garle unas casas que tenía en Valencia, llamadas de 
Añaya, de modo que si se apoderaba Rodrigo de la 
ciudad, dichas casas serían suyas (3). 

Malo de Molina, fundándose en que cerca de la 
Torralba situada, dice él, entre Jérica y Viber, no hay 
ningún Alcalá, se inclina á pensar que fuese Torralba 
de los Sisones, en Aragón (4). Si hubiera conocido 
dicho autor los apuntes ó anotaciones para la reparti- 



(1) El Archivo, IV, 86-91. 

(2) En la General se lee: cEl Cid toviera por bien de fazer omenaje á los 
cavalleros, e á los adalides e á los almocadenes, que non farien mal á los de 
tierra de Moya nin á los labradores (f. 325).» Malo de Molina (Rodrigo el 
Campeador, III) opina con Dozy, que en el original árabe diría Moya, y que 
se pronunciaría Monya, pronunciación de la voz árabe al tnunya, que signi- 
fica huerta, 

(3) Crónica General, f. 325 v. 

(4) El Cid Campeador, 1. c. 



— 265 — 

ción del reino de Valencia, habría caído en la cuenta 
de que uno de los valles del mismo era el llamado de 
Alcalá, ó de Carlet, cerca del cual había entonces un 
pueblo llamado Torralba. Son varias las ocasiones en 
que se hace la indicación de Torralba en dicho libro: 
Eleidua, alquería del valle de Alcalá, cerca de Torralba; 
Torralba, cerca de la alquería de Eleidua (t). Formaban 
parte de ese valle: Turis, Serra (subsiste el castillo, en 
término de Turis), Montroy, Real ó Rahal, Monserrat, 
Lombay, Catadáu, Alfarb, Aledua (también se conserva 
sólo el castillo, al norte del río y enfrente de los tres 
últimos pueblos), Torralba (sin rastro ninguno), 
Carlet y Alcudia: es decir, el valle regado por el río que 
forman el Magro y Buñol unidos hasta que desemboca 
en el Júcar cerca de Algemesi. El señor de Torralba de 
los Sisones, ya fuese el de Albarracín ó el de Zaragoza, 
«taba en paz con Rodrigo; probable es que no lo estu- 
viese el de Carlet, próximo á Alcira y de su jurisdicción 
casi siempre, pues Alcira, Cullera y Játiba estaban en 
.poder de los almorávides, enemigos del Cid. 

En todas esas correrías murieron muchos caballeros 
de Valencia y también de los almorávides; mas no, por 
ello, daba la ciudad trazas de rendirse. Hábil político 
-el Cid, y zizañero, además, sólo reservaba á las armas 
los asuntos que no podía ventilar con la diplomacia. 
Sabedor, pues, de la desavenencia que había entre los 
Beni Guáchib y el cadi, procuró con gran secreto enten- 
derse con Aben Gehaf. Envióle á decir que si quería 
ser señor de Valencia, le ayudaría con todas sus fuerzas, 



(1) El Archivo, III, 88 y 9$. 

34 



— 266 -r 

según hizo con Yahya, y que á ello estaba dispuesta 
con una sola condición: la de que hiciese que los almo- 
rávides abandonasen la ciudad. No pareció mal al cadi 
la proposición de Rodrigo, y pidió consejo á Aben 
Faraix, ex-alwatsir de Yahya y del Cid, y á quien aún 
retenia preso Aben Gehaf. Aben Faraix aconsejó al 
cadi que siguiese la línea de conducta trazada por el 
Cid. Aben Gehaf contestó á Rodrigo á satisfacción 
de éste. 

El cadi empezó entonces á emplear medios indi- 
rectos con que apremiase á los almorávides á huir de 
Valencia. Escaseábanles cada dia los víveres, y no por- 
que se careciese de ellos, pues los había en abundancia. 
La situación del cadi era, sin embargo, tan comprome- 
tida, que á cada momento variaba de resolución. 

' Aben Aixa, general almoravide que estaba acanto- 
nado en Denia y á quien, sin duda, infundían no poco 
respeto los soldados del Cid, envió repetidas cartas á 
Aben Gehaf pidiéndole parte de los tesoros que perte- 
necieron á Yahya, con objeto de enviar recursos á Yúsuf 
ben Taxfín, quien así podría organizar un buen ejér- 
cito, venir de África y libertar á Valencia. Reunió Aben 
Gehaf todo el pueblo, y después de encontrados pare- 
ceres, pues la aljama se inclinaba á cumplir las órdenes 
de Aben Aixa, mas no los jóvenes y la plebe, el peso 
del voto de Aben Gehaf inclinó los ánimos de todos 
á enviar el dinero á Denia. 

Reunióse, pues, una buena suma, aunque nunca 
se pudo averiguar el total á que ascendía. Los porta- 
dores del caudal, y mensajeros á la vez, fueron: un hijo 
de Abdeláziz, tal vez el emir de Valencia antes de 



— 267 — 

Yahya; uno de los Beni Guáchib; un pariente de Aben 
Gehaf; otro, llamado Albaga ben Orab, y Aben Faraix* 
Salieron de Valencia guardando las mayores precau- 
ciones, á fin de que el Cid no dificultara la marcha. 

Pero Aben Faraix tuvo buen cuidado de que Ro- 
drigo lo supiese, y al efecto le envió un mensajero. 
El Cid destacó caballeros que siguiesen los pasos de 
los que salían para Denia, y no tardaron en apoderarse 
de cuanto los mensajeros llevaban. Agradeció sobre^ 
manera el buen servicio de Aben Faraix y prometió 
recompensarle con buen gaktrdón (1). 

El castillo del Puig, rudamente combatido, se rin- 
dió entonces á las armas cristianas. Rodrigo construyó 
y pobló allí una villa, la rodeó de muros y de. torres 
muy altas, y la dejó bien abastecida de víveres. Fueron 
sus habitantes los que acudieron de las poblaciones 
inmediatas, que llegaron en gran número. Esto fué 
antes del mes de julio de 1093 (2). De conformidad 
•con esto, se lee en la General: «E en esta sazón dio el 
alcaide de Jubala (Gebal ó Puig=montaña) el castiello 
al Cid, e fincó él con el Cid. E dejó el Cid su alcaide 
en Jubala, e vínose con él con toda la hueste para Va- 
lencia, e posó en una aldea que dezien la Derramada.» 
Debía estar entre el Grao y la Villanueva de entonces. 

Llegado el mes de julio de 1093, ó sea cuando 
los trigos estaban para segar, Rodrigo se adelantó 
hacia Valencia y fijó sus reales junto á la ciudad. 
Mandó quemar todas las aldeas que estaban en su 



■ 1 

•I : ■ .'. 



(1) Crónica General, fol. 325 v. y 326. 

(2) Historia Leonesa. •<.,<;.. .; .-. . o 



— 268 — 

vega, principalmente las que pertenecían á Aben 
Gehaf y á su familia (i); redujo á cenizas los molinos 
y barcas del río; hizo segar los trigos, cercó por todas 
partes la ciudad y derribó cuantas casas y torres halló 



(i) Del libro del Repartimiento consta que en la vega de Valencia había 
estos raffales ó rahales: Abenadin, Abenhapdulmech, Abenimanhor, Aben- 
jehuir, Abimbedel, Abinferro, Abiogeme, Abinmoérez, Abinsancho, Abixal- 
beto, Abrahitel, Acehuy, Alagací, Alarif, AI baca f, Albogadir, Alborgf. 
Albuysí, Alcurantí, Almatarí, Al pon tí, Amambro, Amogeyt, Axacobí, Axa- 
vich, Axat, Axeta, Axuterní, Benicabo, B¿nimocrefo, Canac, Carpesí, Fayo, 
H aben eme, Henna, Hoyx, Lomerí, Ludea, Oezmen, Pinos, Ralimichaclí^ 
Saxón y Terra 5. Y las siguientes alquerías ó aldeas y partidas: Abenyamar, 
Addaya, Adorep, Ahlarei, Alaquaz, Alaxebí, Albalat al Fauquia, Albalat ac. 
Ciflia, Albirayatz, Alboayal, Alboixech, Alboradix, Alburxech, Alfada r, Aliara». 
Alfofar, A'gero^, Algezir, Al hará, Alhaz, AHozar, Almadies, Alm^alla, 
Al macera, Almagdel, Almu£il, Alquellelim, Alqueixia, Alule, Amagrel, 
Andarella, Ared al Maxaraquí, Arrióla, Aucel, Beilota, Benanel, Benaynó, 
Benexejut, Beniacaf, Beniadet, Beniador, Beniamen, Beniaya, Benibahari, 
Beni^aca, Benicayxe, Benicalapec, Benigamo, Benigno, Benicidavi, Benicu- 
^en, Beniemen, Beniferri, Beniloco, Benilopo, Beniraac.ot, Benimglet, Beoi- 
mahabar, Benimahabet, Benimahor, Benimoraix, B¿nioreix, Benitahin,. 
Benivolesar, Benixaix, Benixanut, Benixent, Benjahaf, Benjayó, Benjair, 
Benjemén, Berialfamen, Boatella, Barbatur, Bargaladí, Bjrja^ot, Cahadía^ 
Cactus, Campanar, Canaxet, Cortexí, Cárcer, Carpesa, Cas&én, Castellón» 
Cilla, Cinquayros, Cocellas, Coscoylar, Cot de Rambla, Chilbella de Y Algar- 
bia, Favara, Fernalis, Foyos, Gayubel, Godayla, Ladea, Macalfa^éo, Ma^aK 
mardá, Mac,alterra£, Ma^amagrel, Ma^amoyos, Ma 5 arroyos, Maniata, Malilla, 
Mancelnizar, Maniscs, Marchilena, Meliana, Men$el Acen, Menimanhor,. 
Milleriola, Moneada, Mormáo, Naquarella, Oylla, Oteil, Pala, Pardínez» 
Paterna, Pe Benjadet, Perancisa, Petra, Petraher al Fauquia, Petraher Aci- 
flia, Piccacéo, Portade, Quart, Rambla, Rascayna, Raycol, Rayosa, Riba- 
rroya, Ruzafa, Roteros, Roylo, Rusayna, Trage, Truylar, San Vicente, Villa- 
nova, Xilbella, Zoayr y Zuaqua Caxac. {El Archivo, III, 96-97). Jaime I 
señaló por límites de la ciudad de Valencia, los términos de Cu llera, Alcira,. 
Monserrat, Turís, Buñol, Chiva, Olocau y Murviedro. Pasaron muchos años 
sin que los mojones se fijaran; y al dar esto, como no podía menos, lugar á 
escisiones y graves altercados entre Valencia y aquellas poblaciones, Jaime 11 
dio comisión, en i.° de Marzo de 1321, a Guillermo Bosch, vecino de Játiva 
y i Enrique de Quintavalle, para señalar la línea divisoria. (Hist. de Cutiera y 
págs. 265, 266 y 288). 



— 269 — 

al paso. La piedra y la madera eran enviadas al Puig 
para la construcción de la villa y reedificación de la 
fortaleza (1). 

Al ver los moros de Valencia que sus campos eran 
devastados y que las casas situadas en las afueras 
quedaban destruidas, enviaron mensajeros al Cid rogán- 
dole que les otorgase la paz, pero había de consentir 
en que los almorávides continuaran ocupando la 
ciudad; y Rodrigo contestó que, á menos que los 
africanos no marcharan, de ningún modo tendría paz 
con los valencianos. Negáronse á la petición del Cid 
y se encerraron en la ciudad (2). 

Llegó entonces al campamento cristiano un minis- 
tro del rey de Zaragoza con sesenta caballos (3), y 
dijo al Cid que Mostahín le enviaba con una gran 
suma destinada al rescate de los cautivos moros, lo 
cual hacía movido á lástima y por tener galardón de 
Dios en la otra vida. Otro era el objeto de la venida 
del ministro: vino á tratar con Aben Gehaf para que 
entregase Valencia al emir de Zaragoza y éste le defen- 
dería contra el Cid y contra cuantos le guerreasen; 
pero que había de expulsar de la ciudad á los almorá- 
vides. No se pudo acabar nada, y el mensajero de 
Mostahín anunció que no tardaría en arrepentirse, 
por haber dejado de seguir su consejo (4). 

Al segundo día de la llegada del ministro de 
Mostahín, acometió el Cid con su ejército al arrabal 



(c) Crónica General, f. 326. 

(2) Historia Leonesa. 

(3) Malo de Molina, 1. o, dice que los jinetes eran 300. 

(4) Crónica General, 1. c. 



— 270 — 

de Valencia llamado Villanueva, al norte del rio, en el 
paraje donde hoy se alza San Juan de la Ribera. Fué 
la embestida tan violenta, que entró por fuerza de 
armas, y fueron muchos los muslimes españoles y 
almorávides los que allí sucumbieron. Los vencedores 
se entregaron al pillaje, y fué muy cuantioso el botín 
que se recogió en dinero y en toda otra suerte de 
riquezas. Las casas fueron derribadas, y la madera, 
transportada al Puig. Se dejó allí guardas que impi- 
diesen recobraran los moros el arrabal (i). 

Al día siguiente se acometió á otra parte de la 
ciudad, ó, más bien, á otro arrabal de la misma situado 
al mediodía del Guadalaviar, llamado Alcudia, hoy 
día conocido por el Tosal. Numerosos eran los moros 
que le defendían; pero los cristianos entraron con 
denuedo por enmedio de ellos matando á muchos de 
los enemigos. Tropezó entonces el caballo del Cid, y 
el cabalgador quedó desmontado; recobró el caballo y 
volvió á montar, y la carnicería en los muslimes fué 
tanta, que, espantados, comenzaron á replegarse á la 
ciudad. 

Al mismo tiempo que duraba el fragor del combate 
en la Alcudia, una parte de las tropas de Rodrigo, aco- 
metieron á los moros que defendian la puerta de Alcán- 
tara ó del Puente (2) y dieron muerte á muchos de los 
que estaban sobre el muro. Pero entonces las mujeres 
que estaban en las torres y los moros que coronaban 



(1) Histeria Leonesa. — Crónica General, 1. c. 

(2) Recuérdese que el puente estaba destruido desde la avenida en octubre 
de 1088, según se lee en el Quitabal Ictifd (Malo de Molina, apéndice XXI). 



— 271 — 

el muro lanzaron contra los cristianos nutrida grani- 
zada de piedras y dieron tiempo á que salieran de la 
ciudad muchos caballeros, los cuales sostuvieron junto 
al río, y en el paraje donde estuvo el puente, una terri- 
ble batalla que duró desde la mañana hasta el medio 
dia. Después de dejar el campo cubierto de cadáveres 
de enemigos, el Cid volvió á su campamento. 

*A la fcaída de la tarde se renovó la acometida al 
arrabal de la Alcudia, y puso el Cid en tanta apretura 
* á los moros, que éstos temían que de un momento á 
otro los cristianos entrarían por fuerza. Clamaron los 
muslimes con el aman, ó sea gritando ¡paz! ¡paz! Gran 
alegría causaron en Rodrigo estas voces. Permitió que 
saliesen á conferenciar con él los del arrabal, y les 
otorgó cuantas seguridades le pidieron. Aquella misma 
noche se apoderó del arrabal; puso en él sus guardias; 
mandó á su ejército que no se causara daño ninguno 
á los rendidos, amenazando con cortar la cabeza á 
quien sus órdenes contraviniera, y se retiró á su 
campamento. 

Al amanecer del día siguiente volvió á la Alcudia. 
Hizo que se congregasen sus moradores; templó con 
palabras de consuelo el dolor que padecían; dióles 
seguridades para sus vidas y haciendas, y les prometió 
que les haría bien y merced, que no los oprimiría, 
que cada uno podría con tranquilidad entregarse á 
sus ocupaciones y que no les exigiría otro tributo que 
el diezmo de los frutos, según permitía la ley del 
Koran. 

Puso un almojarife moro, llamado Aben Abdús, 
á quien constituyó en administrador de sus derechos 



— 272 — 

y en recaudador de los tributos que allí había de per- 
cibir. La buena organización dada por Rodrigo al arra- 
bal, dábale semejanza de ciudad. Dio seguro á cuantos 
á él acudiesen. Comestibles v toda otra suerte de mer- 
candas, en gran abundancia eran llevados allí de todas 
partes (1). 

Esto mismo dice con breves palabras la Historia 
Leonesa: «Los hombres que habitaban en la Alcudia, 
se sometieron á Rodrigo y se sujetaron á su señorío é 
imperio. Ya subyugados, los restituyó en paz libres 
con todos sus bienes.» Y añade: «Los moradores de 
Valencia, al ver esto, llenáronse de espanto; y al ins- 
tante, de conformidad con lo que Rodrigo pidió, los 
almorávides (moabitas) fueron expulsados de la ciu- 
dad, y los valencianos quedaron sometidos al yugo del 
Cid. Y él permitió á los almorávides retirarse á Denia 
libres, en paz y tranquilos.» 

Dice la General, que de tal modo estrechó á Valen- 
cia el Cid, que prohibió la entrada en ella y que tam- 
poco de ella podía salir nadie. El temor se apoderó de 
sus moradores, y no sabían qué consejo seguir. En 
alto grado estaban ya arrepentidos de no haber puesto 
en práctica el consejo del ministro del emir de Zara- 
goza. También á los almorávides ponía en cuidado la 
falta de recursos que de día en día notaban, así en ellos 
como en los otros caballeros. 

Á todo esto, los tratos de acomodamiento entre 
Aben Gehaf y Rodrigo, aunque sostenidos con gran 
secreto, no se habían interrumpido. Los almorávides, 



(1) Crónica General, fol. 326 y 326 v. 



; Eq la General se lee mili maravedís; pero, como Dozy observa (Inves- 
tí jones, II; El Cid de la realidad, III), fundándose en que lo que dicen el 
K b al ¡cíifd y la Crónica del Cid, es un error del copista ó del editor, y debe 
le e din mil. 



■ -i 



M 



— *73 — * 

los demás caballeros y todo el pueblo, con el apremio 

de la necesidad, se reunieron para ver de salir de aquella ; f| 

situación angustiosa; y no hallaron otro medio que el \| 

de establecer paz con el Cid, cualesquiera que fuesen - • ;! 

las condiciones, siempre que quedasen en la ciudad y 

durase la tregua hasta que viniese orden y contestación 

de Yúsuf ben Taxfin. , , 

Enviaron aviso al Cid de que querían entrar N en 4 

avenencia con él. Á lo cual contestó que estaba dis- fj 

puesto á ello, con tal que echasen de la ciudad á los 
almorávides, pues, de otro modo, no tendrían tregua 
ni composición con él. Hizose saber á los africanos la 1' 

exigencia del Cid: ellos, ya disgustados del trato que 
se les daba, contestaron que también ellos querían 
marchar y que nunca para ellos había asomado día 
tan feliz. Salvada esta dificultad, pactáronse las siguien- 
tes bases de paz: 1. a los almorávides saldrían de la 
ciudad dándoles salvo-conducto; 2. a Aben Gehaf daría 
al Cid el valor del trigo que tenía en Valencia cuando la 
muerte de Yahya, y además los diez mil maravedís men- 
suales que percibía (1), pagados desde el comienzo de la 
guerra y también en lo sucesivo; 3 . a los arrabales que 
él había tomado por fuerza de armas serían suyos, y 
4. a su hueste, mientras permaneciera en la tierra, ten- 
dría su residencia en el Puig. 

Enseguida salieron de Valencia los almorávides, y 
se les socorrió y dio caballeros que los acompañasen y 



MÍ 






.1- 



35 



1 



— 274 — 

pusiesen en salvo. Los moros. quedaron en paz. El Cid,, 
con su hueste, se retiró al Puig, y no quedaron de los 
suyos en la Alcudia sino los que habían de entender 
en el gobierno de la misma, juntamente con el moro 
almojarife que había de cobrar sus rentas (i). 

De la retirada de los caballeros almorávides da 
también cuenta Abu '1 Hassán, escritor contemporá- 
neo: «Se separó de él (Aben Gehaf) la pequeña y esco- 
gida partida de almorávides que le servía de sostén; y 
á las gentes les hizo creer, con este motivo, que su 
modo de obrar había sido bondadoso para con ellos, 
y que era malvado el de los que calificaba de enemigos 
presentes» (2). 



(1) Crónica Genera), fol. 326 v. 

(2) Malo de Molina, apéndice XX. 



CAPÍTULO VI 

PERÍODO REPUBLICANO 

ijul. lü»»-nnr. !«»*). 

Provocación del Cid el jefe de Les jlmoitvides. — Inceligeacii de Rodriga y d 
caudillo! de Játibc y de Culmen,— Cisiigo el de Alcirc, par aegaisr: i en 
Correiübciu Villene.-ElCiden Benicedcli.— TtilM de Aben Rizin con 

GcMt— Indicuíiowujpográfiíal.— Prec.adooi.de deteui ¡onlij |M ill 
el Cid. — Retirada de loa ehnoraridei.— Apurada limación de Valen;!*.— . 
Hayan.— Arleriu de Aben Geb. 



;n Gehaf procuró enseguida cumplir con 
iodrigo e! compromiso contraído. Convino 
on los señores de los castillos compren- 
término de Valencia, en que le pagasen el 
los productos del campo y de las demás 
entonces la época de la recolección de los 
lid buscó personas competentes que los 
ue tomasen á su cargo el cobro del trigo 
íeros. Designó mayordomo sobre dichos 
* cada oficio agregó dos cristianos al almo- 
más, nombró un fiel, ó secretario, para que 
ntabilidad: «ordenó muy bien su almoja- 



(t) Crónica General, fol. 327. 



— 276 — 

• » Poco antes de retirarse á Denia los almorávides 
que había en Valencia, Yúsuf había escrito al Cid 
prohibiéndole la entrada en la ciudad del Turia. Encen- 
dido en cólera el Campeador, le contestó desprecián- 
dole y haciendo burla de sus palabras. Para más picar 
el orgullo del caudillo almoravide, escribió á los gober- 
nadores y capitanes de España manifestándoles que 
Yúsuf, por miedo no pasaba el mar ni se atrevía á 
venir á Valencia. Sabido ello por el jefe de los almo- 
rávides, mandó congregar un numeroso ejército en 
África y que sin dilación viniese á España. Rodrigo 
dijo entonces á los hombres de la ciudad: «Valencianos: 
ós concedo treguas hasta el mes de agosto. Si en ese 
tiempo Yúsuf viniese y os socorriera y me venciera 
arrojándome de estas tierras y librándoos de mi imperio, 
servidle á él y quedad bajo el suyo; mas si sus fuerzas 
no alcanzan á tanto, estaréis bajo mi señorío.» No des- 
cuidaron los moros en enviar en tal sentido sus cartas 
á Yúsuf y á los demás caudillos almorávides de 
España (1). 

No tardó Rodrigo en tener aviso de que los almo- 
rávides estaban para venir sobre Valencia y de que su 
detención sólo obedecía á que había de capitanearlos 
el mismo Yúsuf. Puso la noticia en cuidado al caudillo 
cristiano, y discurrió el medio de impedir la ve- / 
nida de los africanos. Con el mayor secreto dijo á 
Aben Gehaf que no diera acogida á los almorávides, 
porque si venían, acabaría el señorío del cadi sobre 
la ciudad; y más valia que él le tuviese, que no otro 



( 1 ) Historia Leonesa. 



— *77 — 

para lo cual le ayudaría contra cuantos trataran de 
hacerle daño. / 

Agradó á Aben Gehaf el consejo, y al instante 
buscó medios para que los deseos del Cid se vieran 
cumplidos. Habló con los capitanes almorávides que 
tenían los castillos de Játiba y de Cullera, y acataron 
por establecer alianza de mutua defensa. Acudieron á 
Valencia, y con gran secreto se cerró y firmó el trato. 
También cuidó el cadi de ganarse al capitán almora- 
vide de Alcira, llamado Aben Maimún; mas no pudo 
conseguirlo. El Cid envió contra él sus huestes, que 
talaron los campos, y, por último, al castellano del 
Puig para que pusiera sitio á Alcira. El trigo fué segado 
y depositado en el Puig. 

Éste había adquirido las condiciones de una gran 
ciudad, con buen caserío, iglesias y torres. Allí esta- 
ban guardados los diezmos y demás riquezas del Cid. 
Reinaba la abundancia en todas las cosas necesarias á 
la vida. Maravillábanse las gentes de que en tan poco 
tiempo hubiera aquella población crecido y prospe- 
rado tanto (i). 

Como en la General, al tratar de los caudillos 
almorávides que entraron en inteligencia con Aben 
Gehaf, se diga Cobaira y más adelante Cervera, que pu- 
dieran confundirse respectivamente con Corbera y con 
Cervera, no son de despreciar las razones que han 
obligado á Dozy y á Malo á leer en uno y en otro caso 
Cullera. «Hay, en verdad, escribe el historiador holan- 
d , un Cervera en el reino de Valencia; pero se encuen- 



Crónica General, fol. 327. 



— 278 — 

tra cerca de Morella, y los almorávides no habían aún 
penetrado hasta allí. Hay también un Corbera á cinco 
leguas de Valencia, sobre el río Júcar: yse puede creer 
que se trate aquí de este último sitio; pero la Canción 
(verso 1.375) habla, en otra ocasión, de un castillo 
que llama Guyera. Ésta no puede ser sino Cullera, junto 
á la desembocadura del río Júcar; y yo creo que, en 
nuestro texto, se trata de la misma fortaleza. Véase 
porqué: i.° Edrisí habla de Cullera; 2. el lugar en 
cuestión debe haber sido un castillo, una fortaleza, ya 
que allí se encuentra un capitán y una guarnición, pues 
Edrisí dice, xcon efecto, que el castillo de Cullera es 
muy fuerte; y 3. cuando se adopta esta explicación, 
compréndese por qué se lee una vez Cobaira en la 
General: el lector habrá leído Cobira, en vez de Colira, 
equivocación muy frecuente en los manuscritos ára- 
bes» (1). 

El señor Malo, que rarísima vez disiente de Dozy, 
opina de igual modo que éste (2). Y, si la razón cali- 
gráfica y h estratégica abonan el pensar de tan eximios 
autores, la fonética confírmala hasta desvanecer toda 
duda en contrario. La c y la g 9 asi en nuestro idioma, 
como en el latino, se sustituyen con harta frecuencia; 
y el pronunciar y por // es caso muy común en ambas 
Castillas. Por último: la gran importancia que Beni- 
cadell (Peña Cadiella), Játiba y Cullera tenían enton- 
ces, revélase en que aparecen tan asociados en el Poema 



(1) Esta aclaración no se encuentra en la versión al castellano. Pued 
verse en el t. II de Recherches, p. 166 y 205, y en la nota XXII del Apéndice 

(2) Rodrigo el Campeador, III. » 



- 2?9— : ; 

del Cid (i), como en la Generadlos de Játiba y 
Cullera. 

Hecha esta digresión, proseguiremos el relato 
narrando el castigo impuesto por Rodrigo al señor de 
Albarracin, del cual hablan igualmente la General y la 
Historia Leonesa. Ésta refiere otra empresa del Cid, 
pasada por alto en la General. 

Mientras Rodrigo andaba conjurando, de acuerdo 
con Aben Gehaf, la tormenta que asomaba con la ira 
despertada en Yúsuf, abandonó las inmediaciones de 
Valencia; y, escarmentado el capitán almoravide «acan- 
tonado en Alcira, contando con la protección de los de 
Cullera y de Játiba, se trasladó, con el ejército, á Beni- 
cádell (Pinnacatel), pasando también á Villena (Bellie- 
na). Devastó aquel territorio, hizo muchos cautivos, 
fueron inmensos los despojos, y los víveres que pudo 
recoger, considerables. Depositó efi el castillo de Beni- 
cádell el botín, dejó en él una buena parte del fruto de 
la correría y retornó hacia Valencia. 

Poco tiempo permanecieron ociosas las armas del 
invicto castellano. Salió de Valencia y subió hacia las 
fuentes del Guadalaviar, pues el señor de Albarracin le 
había negado el tributo. Causó en aquel país terrible 
estrago, se apoderó de cuantos frutos allí encontró, é 
hizo que fuera depositado en el Puig. Luego se restau- 
ró á dicho punto (2). 

Véase ahora cómo refiere esa devastación la Gene- 
ral y la causa que la motivó. El señor de Albarracin 



(1} Versos 1.169, I,I 7 2 > I - I 73 Y 1 » I 74» 

(2) Historia Leonesa. Dozy ha leído en ella Albarracin^ qui ex «venditus* 
fuerat, en vez de umentitus». 



— 28o — 

hizo avenencia cc>n Sancho Ramírez, de Aragón, para 
que le ayudase á ganar á Valencia, y, en recompensa, 
daría á Sancho grande haber, entregándole, por adelan- 
tado y en prenda de la alianza, el castillo Torralba de 
los Sisones, poco distante de Daroca (i). Nada gana- 
ron los moros, pues perdieron dicho castillo. Rodrigo, 
que tuvo conocimiento de la alianza, juzgó que le 
hacía traición el que antes había pactado ser su amigo, 
y resolvió castigarle de una manera ejemplar. 

Después que hubo depositado en el Puig los frutos 
robados en el campo de Alcira (2), movió su ejército 
sin que á nadie descubriera el objeto de la nueva 
correría. En una forzada marcha que hizo de noche, 
se trasladó junto á Santa María de Albarracítvy aun 
al nacimiento del Guadalaviar ó «á la fuente». Los 
naturales de la comarca, fiados en la amistad que con 
el Cid tenia su señor, vivían descuidados. Sorprendió- 
les la algara que se hizo por toda la tierra, en la que 
todo fué robado. Fueron muchos los cautivos; y el 
ganado vacuno, lanar y caballar que se recogió, inmen- 
so. Todo lo hizo Rodrigo conducir al Puig. Fué tanto 
el botín, de trigo como de todo lo demás, «que se 
fenchió Jubala, e Valencia e todo su término, deL 
ganado e de los cativos que llevaron» 

En una escaramuza que el Cid sostuvo con doce 
caballeros moros, quedó él herido de gravedad en el 
cuello y le mataron dos caballeros de los suyos; pero 



(1) Doxy, Investigaciones , «El Cid de la realidad,» VI. — Malo, I. c. 

(2) No sabemos cómo Malo ha podido leer Liria en la Algecira del júcar de 
la Crónica General. 



— iSi — 

de los contrarios no se salvaron sino dos. En todas 
estas empresas se gastaron como unos tres meses, ó 
sean los de julio, agosto y septiembre (i). 

Ya pasado el mes de agosto, los habitantes de 
Valencia supieron por cierto, que los almorávides, en 
numeroso ejército, acudían á socorrer á Valencia y á 
romper el yugo que le tenía puesto Rodrigo; y al 
momento se sustrajeron .al pacto que con él tenían, 
declarándosele rebeldes y enemigos (2). 

Cundió por la capital la voz de que la hueste de 
los almorávides se acercaba á ella, que ya se hallaba en 
Lorca y que venia acaudillada por un yerno de Yúsuf, 
Abu Becr ben Ibrahim (3), por no ser posible la venida 
del Emir, á causa de una enfermedad que padecía. 
Tales nuevas causaron entre los de Valencia inmensa 
alegría. 

Los enemigos del cadi hablaban de él con menos- 
precio y anunciaban que se vengarían. Todo esto ponía 
■en gran cuidado á Aben Gehaf. Con el mayor secreto 
despachó un mensajero al Cid anunciándole que ense- 
guida regresase á la ciudad. Rodrigo, que aún estaba 
sobre Santa María de Albarracín causando cuantos 
males podía, cejó en la empresa, y con el ejército se 
vino para el Púig. 

Allí acudieron al momento los gobernadores de 
los castillos de Játiba y de Cullera y Aben Gehaf. Con- 
firmaron la alianza ofensiva y defensiva que los unía 



1) Crónica General, f. 327. 
[2) Historia Leonesa. 
3) Dozy, Investigaciones, 1. c. 

96 



— 282 — 

y acordaron enviar una carta á Abu Becr, el caudillo- 
de los almorávides, para intimidarle con estas noti- 
cias: que el Cid había pactado con Sancho Ramírez 
que éste le ayudaría; que si los almorávides llegaban á 
Valencia,' tendrían que luchar con 8.000 caballeros 
cristianos cubiertos de hierro, los mejores guerreros 
del mundo, y que si se atrevía á lidiar con ellos, que 
continuara la marcha, pero que mirase bien lo que 
hacia. 

Con el doble objeto de probar hasta qué punto- 
estaban dispuestos los valencianos á estarle sumisos 
y de significar á los almorávides la adhesión que le 
tenían, hizo á Aben Gehaf una demanda bien singular: 
que le permitiera pasar con una parte de su ejército, 
para estar algunos días, á la huerta que era de Aben 
Abdeláziz (1), situada junto á la ciudad. La otra parte 
de su hueste estaba en Ruzafa. El cadi condescendió- 
con la petición de Rodrigo, y éste pidió, además, que 
se abriese en el huerto una puerta, porque tenía la 
entrada «por unos logares estrechos, por unas calles 
muy angostas; e el Cid non se queríe meter por aque- 
llas estrechuras.» 

Dicho huerto ó tnunia estaba en el paraje donde 
más tarde se construyó el Real, palacio destruido por 
los franceses en 181 1, en el terreno que hoy se conoce 
como jardín del Real patrimonio, cercado por la parte 
de Benicalaf y Benimaclet por tortuosos callejones, los 
que daban estorbo al Cid, y despejado por el lado del 
río. Esta huerta, aunque más próxima al portal qu< 



(1) Nieto de Almanzor. 



luégo fué de la Trinidad, conducía á la puerta de Bel- 
sahanes ó de la Culebra, portal de Valldigna (i). 

Á todo cuanto el Cid pidió, prestóse gustoso Aben 
Oehaf: púsolo en conocimiento de los de su casa, 
mandó abrir la puerta solicitada por Rodrigo, y convi- 
nieron los dos en el día en que el Campeador seria 
huésped de Aben Gehaf. La puerta se abrió, «aderezó- 
la muy bien e fizo poner muchos estrados de muchas 
ropas preciadas, e mandó echar juncos por toda la cerca 
<Ie la casa e fizo muchos manjares bien adobados.» . 

Todo el día estuvo Aben Gehaf esperando la venida 
<le Rodrigo, y Rodrigo* no vino. Llegada la noche, 
-excusó su falta con estar algo indispuesto, y rogó no 
se tomara á mal el que no hubiese acudido. Aben 
Gehaf, despechado, como es consiguiente, abandonó 
-el huerto y se entró en la ciudad: «e el Cid fizo '1 por 
ver qué diríen los de la villa, e si se quejaríen por ello: 
e así fué, que se quejaron, ende, mucho los fijos de 
Aboégib e todo el puebro; e se querien alzar contra 
Aben Gehaf; mas non osaron, por miedo del Cid; nin 
-querien aver más desabor con él de lo que avíen, por 
miedo que les astragase quanto avien fuera de la 
villa» (2). 

La ansiada venida de los almorávides no llegaba: 
un día se decía «ya están ahí», y al siguiente decían 



(1 ) Malo de Molina, apéndice XXI. 

(2) Cree Malo que el nombre de Real que aún conserva el paraje del 

aerto ó huerta, será de alguna casa ó palacio de recreo que allí tendrían los 

eyes de Valencia; derívase, sin embargo, de Raffal, ó Roa!, 6 casa de campo, 

\ombre aplicado á muchos caseríos, entre los cuales podemos citar, por 

j ?mplo, á Raffal de Montroy, también hoy llamado Real. 



— 284 — 

«ya no vienen». Así pasaron algunos días. Y cuando 
la murmuración por el desaire del Cid al cadi se había 
calmado, de improviso entró Rodrigo en la huerta y se 
apoderó del arrabal ó raffal que junto á ella se alzaba. 
Los moros, sus moradores, no mostraban gran disgusta 
al tropezar á cada momento con los cristianos de la 
hueste. 

Entonces llegó á Valencia aviso cierto de la proxi- 
midad del ejército libertador: los almorávides estaban 
en Lorcay se venían hacia Murcia haciendo largas jor- 
nadas. Estas noticias tenían llefio de satisfacción al 
bando enemigo de Aben Gehaf, los Beni Guáchib. 

El cadi no sabia cómo acallar los murmullos que 
contra él se producían. Y, por prevenirse para cualquier 
revuelta, decía que él no había cedido en absoluto la 
huerta al Cid, sino tan sólo para que en ella se sola- 
zase algunos ratos. Hizoles saber que deseaba romper 
la alianza con Rodrigo y que le enviaría á decir que 
buscara quién cobrase sus rentas, pues él queria desen- 
tenderse de semejante encargo: esto es, que se hallaba 
en un todo identificado con el pueblo. Sin embargo,, 
no pudo reconciliarse con él. 

La gente se inclinó del bando enemigo: tumul- 
tuosamente y en altas voces así lo declaró, mostrán- 
dose dócil á los consejos de los Beni Guáchib. Resol- 
vieron cerrar las puertas de la ciudad. Cuando Aben 
Gehaf oyó esto, no se atrevió á oponerse á tan atre- 
vida resolución. «E entonces se comenzó la guerra del 
Cid de cabo con los de Valencia, e fueron desavenidos 
con él e desacordados». Habiendo durado el sitio 
nueve meses y terminado á mediados de junio de 109^ 



- 28 S - 

y la guerra, veinte meses, que comenzaron a contarse 
en noviembre de 1092, habiendo ya transcurrido once, 
el sitio debió comenzar en octubre de 1093. 

Para la más clara inteligencia de los hechos que 
durante el mismo ocurrieron, no pecarán de supér- 
fluas algunas noticias de topografía local. Algo se 
dijo sobre las macboras ó cementerios muslimes de 
Valencia (1). Para formarnos idea aproximada de lo 
que entonces era la capital de nuestro reino, expon- 
dremos lo que acerca de sus muros, puertas, mezquitas, 
mercados, valladares y puentes han escrito diligentes 
investigadores. 

Del muro que la rodeó desde los dos primeros 
califas, cuando menos, hasta 1356, pueden determi- 
narse como puntos principales: la torre de Ali Bufat, 
ó del Temple, á buscar, por la calle del Horno del 
Vidrio, la de la Congregación, plaza de las Comedias, 
por junto á la Universidad, plaza de las Barcas y teatro 
Principal, á la plaza de San Francisco; desde allí, por 
la acera de la derecha, á la calle de Barcelonina, plaza 
del mismo nombre, por la de Cajeros y calle de San 
Vicente, á salir,, cortando el Trench, al actual Mer- 
cado; por delante de la Lonja, calle de la Bolsería y 
plaza del Esparto, á encontrar el portal de Valldigna, 
aún en pié, calle del Horno Quemado, plaza de Santa 
Cruz, calle de Santa Eulalia, la de Roteros, margen 
derecha del río, á cerrar por la plaza de Trinitarios (2). 

Del libro de notas para el repartimiento, se ve que 



(1) Terminación del c. VI de la i.» parte. 

(2) El Archivo, V, 411, 



— 286 — 

había entonces, y también en los tiempos del Cid, las 
siguientes puertas: la de Boatella, al poniente, que 
corresponde á la calle de San Vicente, inmediaciones 
de San Martín, entre las calles de Mañáns ó Cerra- 
jeros y Horno de la Pelota, llamado en otro tiempo, 
de la Boatella; la de Exerea, al mediodía, enfrente de 
Ruzafa, en lo que hoy es puerta de la Congregación ó 
de Santo Tomás; la Bab as Scharki, ó de levante, tam- 
bién llamada Bab al Birac, ó Puerta de la Hoja, que 
corresponde al Portal de la Trinidad; y la de la Cule- 
bra, ó Bab al Janesch, la Belsahanes de la Crónica 
General, situada antes de llegar á Serranos, en la 
Espartería, frente al rabat llamado entonces al Cudia y 
ó Tosal, en la parroquia de San Miguel, y corresponde 
al actual Portal de Valldigna. 

Estas cuatro puertas merecían tal nombre ó de 
*Bab, según el Sr. Malo de Molina; á diferencia de 
otras más pequeñas que comunicaban con el campo y 
estaban reforzadas con fortalezas, por lo que se las 
llamaba Borg, ó torres. Por su importancia, no puede 
contarse entre estos portillos el Bab a\ Zahar, ó Puerta 
de la Aurora, situada en el Temple, convento en que 
más tarde fué convertido el palacio del rey moro. Alli 
estaba la alta torre de Ali Bufat (¿Ali Abu Fadl?), 
célebre por la elegía de que luego se hablará. Otra 
puerta era la de al Gadá, que tal vez fuese la Ferrisa. 
Digna de llamar la atención es la llamada de al Cán- 
tara, ó del Puente (i). 



(i) En cuestión de etimologías de los nombres de las puertas, no siempre 
están de acuerdo los autores. Boatella, es Beit al hh % ó Casa de Dios, para. 



— 287 — 

Equivocadamente se ha creído que tomaría el nom- 
bre de algún puente tendido sobre el río. Si así fué, 
esto es, si en otros tiempos le hubo, de la Crónica del 
Cid se desprende que no le había entonces, y sí unas 
barcas para vadear el río. Tampoco el rey D. Jaime 
hace mención de puente alguno. Por el, testamento de 
Bernardo Cardona, otorgado en Valencia á 6 de diciem- 
bre de 1254 (VlIIidus), y por el de Ferrando Pérez, hijo 
de£eid, d e 2 2 de octubre de i262(XIkalendasnovem- 
bris), se deduce que ya por entonces había dos puentes. 
Vistos ciertos privilegios concedidos á Valencia, resulta 
que en 1279 se estaba construyendo un tercer puente > 
el de la Trinidad ó de Catalanes, y se pretendía hacer 
otro, también de piedra, para pasar del Temple al ReaL 
Uno de los dos que con anterioridad- á éstos se resta- 
bleció, fué el de Serranos, del cual se cree que existían 
los asientos de piedra, y sólo tramadas de madera en 
tiempo de moros, lo cual está confirmado con la ave- 
nida de que habla el Quitab el Ictifd, ocurrida en octu- 
bre de 1088. El de Catalanes se llamó así, N porque en la 
distribución de calles que se hizo por D. Jaime, tocó á 
los de Lérida la que venía á parar á dicho puente; y el 
de Serranos tomó este nombre porque correspondía á 
la calle ocupada por los nuevos pobladores venidos de 
Teruel, y no porque tuviera dirección hacia la Serranía. 



Malo; Ribera cree que es diminutivo de nombre lemosfn. Xarea es, para aquel 

*"tor, así como puerta judiciaria\ el último le desmiente, y trata de señalar 

trios significados. Cree Malo que Valldigna se deriva de Bab eJ din, y Ribera 

► contradice. Más de acuerdo estin respecto de Bab al Birac, Bab a% Zahar y 

b al Aix ó Janescb, el autor de c Rodrigo el Campeador», y el de los cMo~ 

¿uñemos Históricos de Valencia y su Reino». 



— 288 — 

Era, más bien, la puerta de Al Cántara una torre 
destinada á defender el puente que ponía en comuni- 
cación aquella parte de la ciudad con el campo. El 
puente servia para salvar la acequia de Ruzafa, cuyas 
aguas daban empuje á las que salian por las cloacas ó 
valladares. t 

Según Béuter, el valladar mayor se dividía en dos 
brazos al exterior de los muros: el primero entraba por 
la Espartería, se dirigía ai Mercado de hoy, al Trench, 
calle de Calabazas, de San Vicente, Barcelonina, Trán- 
sits y Barcas, y en el Colegio de Santo Tomás se 
reunía el otro brazo, que, partiendo de la calle de la 
Cerrajería ó Calderería, venía por la de Al Fandech á 
Santa Cruz, Roteros, Temple, Gobernador, Comedias 
y Nave: unidos los dos brazos, salía la acequia ó valla- 
dar común á fecundar las huertas de Ruzafa. 

Otra puerta célebre era la de Roteros, ó de Tro- 
teros, por donde dice la General que se sacó el cadáver 
del Cid al abandonar en 1 102 los cristianos á Valen- 
cia. Se hallaba en las iinediaciones de la que hoy se 
dice de Serranos, por e' horno y carnicerías de Rote- 
ros (1). 

Existiendo medio año después de la conquista, en 
abril de 1239, varias iglesias, éstas fueron mezquitas. 
Había ya entonces las iglesias, ó mezquitas purificadas, 
Santa María de la Seo, San Andrés, San Bartolomé, 
Santa Catalina, Santa Cruz, San Esteban, San Jorge, 
San Lorenzo, Santa Maria Magdalena, San Martín, San 
Miguel, San Nicolás, San Salvador, Santa Tecla y Santo 



(1) Crón. Gral., fol. 361. -£/ Archivo, III, 224.— Malo, apéndice XXIIL 



— 289 — 

Tomás. Se citan, además: la de la Boatella, que nos 
recuerda el interesante pasaje de la tercera guerra de 
sucesión de que se habló en el capitulo IV de la pri- 
mera parte; la de Roteros, la situada en Alcalipbi, y es 
de creer que también tuvieran las suyas las órdenes 
militares y las mendicantes. Todas esas parroquias se 
establecieron al entrar los cristianos, y acaso fueron 
designadas todas al mismo tiempo, incluyendo la de 
San Miguel, suprimida para fundar la Moreria y que, 
al desaparecer ésta, volvió á ser una de las parroquias. 
La mezquita mayor fué convertida en catedral, lo 
mismo en tiempo del Cid que en el de Jaime L El ana- 
cronismo de que se hace cargo el autor de quien uti- 
lizamos estas indicaciones, al comparar la donación 
del Cid á la catedral y su obispo con la fecha de la 
entrada de Rodrigo, le explica satisfactoriamente el 
P. Risco, explicación confirmada con los hechos de 
1098 relatados en la Historia Leonesa. En ambas ocasio- 
nes fué dedicada á la Bienaventurada siempre Virgen Ma- 
ría, y no á San Pedro, como lo prueba el documento 
de donación hecha por el Cid y confirmada por su espo- 
sa, y la inscripción sobre la puerta de la segunda pieza 
de la sacristía principal. El peligro de ruina de que 
amenazaba la primitiva catedral, obligó á fabricar el se- 
gundo tempío, cuya primera piedra fué puesta en 22 de 
junio de 1262 por el obispo Fray Andrés de Albalat (1) 



1) Malo de Molina, apéndice XXIII.— El Archivo, I, 211.— Chabás, 

numtntos Históricos de Valencia, t. 1, 1. I, c. III y IV; 1. II, c. I y II.— Al 

.mpo de la Reconquista, y es probable que también en tiempo del Cid, 

»bía muchísimas mezquitas en Valencia. Se concedieron algunas para casas 

hasta para establos (El Archivo, VI, 243). 

37 



— 290 — 

De los muzárabes valencianos queda probado que 
vivian en el arrabal de San Vicente de la Roqueta. 
Resta, pues, digamos algo también sobre los judíos, 
que hasta 9 de julio de 1391 formaron parte del 
vecindario de Valencia. Además de las cuatro grandes 
puertas, de las que sólo quedan las torres de Cuarte y 
de Serranos, había ocho portillos: uno de ellos se 
llamaba de los Judios. Su extensa barriada estaba com- 
prendida entre la calle del Mar y el Valladar Viejo, en 
lo que es hoy plaza de las Barcas. En donde se edificó 
el convento de Santa Catalina de Sena, al otro lado 
del Valladar, estuvo el cementerio judío. El portillo 
de los Judíos se llamó deis Cabrerots (?), y también de 
San Andrés, por estar en el recinto de esta parroquia. 
Ni de judios ni de muzárabes valencianos se hace 
mención expresa en la parte de la Crónica General 
concerniente á los hechos del Cid: el silencio que de 
los muzárabes guarda no desvirtúa en nada lo dicho 
acerca de su existencia en aquellos tiempos en la 
revista que con frecuencia venimos citando (1). 

El mercado público de los moros no estaba en la 
hoy llamada Plaza de la Constitución y demás plazue- 
las que rodean á la catedral; estaba, desde remotísimas 
edades, en la Boatella. En 1261 estaba inmediato al 
convento de las Hermanas de la Penitencia, desde 
donde se extendía hasta la puerta de la Boatella, por 
la que se iba al monasterio de San Vicente. En conce- 
sión de Jaime I, de 1271, dice que el mercado estat" 
junto á la Puerta Nueva, al remate de la calle de 



(1) El Archivo, V, 408-409. 



— 291 — 

mismo nombre ó de San Vicente. En 1274 dispone 
se tuviera mercado donde siempre se celebró, ó sea, 
desde el cementerio de San Martín, hoy calle de San 
Fernando, hasta ciertas casas situadas, lo más probable, 
junto á San Juan (1). 

Hecha esta descripción, que si en un todo no se 
ajustara á la realidad, tampoco se apartará mucho de 
ella, volvamos á apuntar los hechos cuya relación 
quedó interrumpida. 

Se tuvo otro aviso de que los almorávides habían 
llegado á Játiba. En Valencia despertó la noticia gran 
alegría, pues ya sus naturales se tenían por salidos de 
la gran cuita en íjue estaban. El Cid, con tales nuevas, 

m > 

abandonó la huerta de Aben Abdeláziz y se trasladó 
al paraje llamado la Xarosa, donde estaba su hueste, y 
sentó allí su campo. Vaciló un momento entre aguar- 
dar en aquel punto al enemigo, ó salir á su encuen- 
tro, y, por fin, se resolvió á esperarle allí. No des- 
cuidó, empero, utilizar toda clase de medios para 
impedir la llegada de los almorávides: mandó derribar 
los puentes, que no podían ser los del rio, pues no 
los tenía, é hizo inundar la vega, no dejando descu- 
bierto de agua sino un camino muy angosto. 

Otro mensajero hizo saber á los de Valencia que 
ya el ejército libertador estaba en Alcira. El entusiasmo 
en la ciudad del Turia rayó en delirio: todos subieron 
á las torres para descubrir la hueste africana. Sorpren- 
dióles en este cuidado la noche, y, aunque era muy 
scura, pudieron descubrir, por las muchas hogueras 



(x) El Archivo, IV, 269-270. 



— 292 — 

que habían encendido los almorávides, ó por las que 
servían de aviso en las atalayas, que el ejército de sal- 
vación estaba cerca de Alcacer (i). Los moros dirigían 
sus preces á Alá, y,' por aquello de «á Dios rogando y 
con el mazo dando», al mismo tiempo que suplicaban 
al Eterno ayudase á los africanos, estaban ellos prepa- 
rados á salir y robar las tiendas y aposentos del Cid 
cuando hubiese comenzado el combate entre muslimes 
y cristianos. 

«Mas Nuestro Señor Dios dio tal agua aquella 
noche, qual nunca orne vio, nin tan fuerte diluvio.» 
Noche fué aquélla de terrible ansiedad en los valencia- 
nos. Confiaban descubrir las banderas amigas á las 
primeras ráfagas de luz del nuevo día; mas «non vie- 
ron ninguna cosa; e fueron muy maravillados e muy 
cuitados, e non sabíen qué fazer: e estuvieron asi como 
la muger que está de parto, bien fasta hora de tercia.» 
Á las nueve de la mañana se les desvaneció toda 
sombra de esperanza. Tuvieron aviso de que los 
almorávides habían desistido de venir á Valencia, y 
desde Alcacer habían emprendido la retirada. Los 
valencianos «estonces se tovieron por muertos; é anda- 
van así como beodos: de guisa que non entendíen el 
uno al otro; e denegreciéronse sus rostros así como 
si fuesen cobiertos de pez; e perdieron toda la memo- 
ría, así como el que cae en las ondas del mar» (2). 



(1) La Crónica General dice Bafer.— Malo de Molina y D jzy lo traducen 
por el nombre apuntado en el texto. 

(2) Crónica General, fol. 328.— Dozy (1. c), con el afán de cercenar mé 
rito á todo lo que sea español, dice que las palabras que acabamos de tram 
cribir, son de autor árabe á quien sigue. 



— 293 — 
¿Cómo, estando tan próximos á Valencia los almo- 
rávides, no llegaron á ella? Aben Aixa, el caudillo 
africano acantonado en Denia, y los valencianos refu- 
tados en ella escribieron á los «fijos de Aboégib», 
que los almorávides no se habían retirado por miedo 
ní por cobardía, sino porque en su marcha les hablan 
faltado los víveres y porque las aguas torrenciales les 
habían estorbado el paso; pero que se preparaban de 
nuevo á emprender otra expedición para libertar á 
Valencia de la opresión de Rodrigo: que se esforzasen 
y no entregasen la ciudad á los cristianos (i). 

El P. Risco es de pareter que el miedo á las espa- 
das cristianas fué la causa de la retirada. Eso mismo se 
lee en la fuente que él ha utilizado para la mayor 
iarte de las noticias. «Cuando Rodrigo se cercioró de 
¡ue los valencianos se le habían rebelado quebran- 
ando el pacto que con él habían establecido sitió la 
iudad y la combatió rudamente por todos lados. Sábe- 
e que el hambre causó en ella horrorosos estragos. Un 
jército de almorávides corrió á socorrerla y llegó de 
:11a á muy corta distancia; pero, poseídos de espanto 
.1 saber que tendrían que medir sus armas con el Cid, 
itilizaron las sombras de la noche para retroceder al 
mnto desde el cual emprendieran la marcha» (2). 

Cuanto fué el abatimiento de los mQros, tanto fué 
1 valor en que se encendieron los soldados de Rodrigo. 
>e arrimaban al muro y, con voces de trueno y con 
m enazas de relámpago, gritaban á los muslimes: 



) Crónica General, fol. 328 v 
) Historia Leonesa. 



— 2 94 — 
«falsos, traidores, renegados, dad al Cid Ruy Díaz la vi- 
lla, ca non podedes escapar con ella.» Los moros, amila- 
nados, guardaban sepulcral silencio. Y ya los artículos 
de primera necesidad comenzaron á picar alto (i). 

Por más que el rompimiento con el Cid no fué 
de una manera franca y abierta, procedían como ene- 
migos declarados. De lo que pertenecía á Rodrigo, 
robaban lo más que podían, y, auxiliados de sus muje- 
res, depositábanlo en sus casas. De ahí que el Cid, al 
convencerse de la retirada de los almorávides, volvió 
á aposentarse en la huerta de Aben Abdeláziz, ó del 
Real, y mandó á sus soldados que, en desquite, robasen 
los arrabales de la ciudad. Sus moradores, atemori- 
zados, entráronse en Valencia, juntamente con sus 
mujeres é hijos y cargando con lo más que pudieron 
llevar. Los de la ciudad siguieron el ejemplo, y los 
cristianos derribaban las casas, no respetando sino 
aquello que estaba al alcance de los arcos apostados 
en el muro, y, aun asi, aprovechando la obscuridad de 
la noche, prendían fuego á lo que durante el día no 
pudieron destrozar. Por más que los moros, para estor- 
bar el peligro del fuego, retiraron á la ciudad la madera 
de los edificios arruinados, los cristianos volvían y 
cavaban hasta los cimientos: asi hallaron riquezas, 
ropas y silos de trigo. 



(i) Valían: un cahíz de trigo, 12 maravedís de oro; 1 de cebada, 6 mará» 
vedis; 1 marón (medida de aceite), 1 maravedí; 1 arroba de miel, 1 '/, mr-- 
vtdis; 1 quintal de higos, 5 maravedís; 1 arroba de algarrobts (fruto 1 
algarrobo), l / % de maravedí; 1 arroba de queso, 2 */» maravedís; 1 libra i 
carnero, 6 dineros de plata, y 1 libra de vaca, 4 dineros de plata (Cró* 1 
General, f. 328). 



— *95 ~ 

El ejército cristiano se extendió entonces en torno 
de la ciudad, y, como los moros tratasen de impedirlo, 
menudeaban los combates. Las cartas de Aben Aixa y 
de los valencianos residentes en Denia, dieron ánimo 
á los sitiadores. Empeñados los Beni Guáchib en ani- 
quilar á la parcialidad de los Beni Gehaf, condenada 
entonces al ostracismo, culparon de la retirada de los 
almorávides al cadi. Aben Gehaf y los suyos acecha- 
ban ocasión de derribar del poder á sus contrarios. Al 
malestar de la discordia intestina se agregó la rápida 
subida de precfos en los alimentos (i). 

El ejército cristiano se habia ido aproximando de 
tal modo á la ciudad, que ésta se vio como ceñida de 
un anillo de hierro: nadie podía entrar ni salir de ella. 
Se mandó cultivar los campos y- que el almojarife de 
la Alcudia (Tosal) percibiese el tributo que venian 
obligados á pagar sus moradores. «Aquella puebra que 
fizo el Cid en el Alcudia, era así como villa; e los 
moros que y moravan, estavan seguros que les non 
ferie ningún tuerto, nin les tomava ninguno de lo 
suyo nin de sus heredamientos. E fizo y tiendas e 
mercados para todas las mercaderías. E veníen y de 
todos los logares que eran ende en derredor, e enri- 
quesció mucho los que moravan en aquella puebra. 
E fazíen tan gran justicia e tan gran derecho, que 
nunca y ovo ninguno que oviese querella del Cid, 
nin de su almojarife, nin de ningún otro orne suyo: e 



[i) Valían: cahíz de trigo, 18 m.; de cebada, 9; de panizo, 18; de legum- 
es, 9; quintal de higos, 8; arroba de aceite, 10; de miel, 9; de queso, 3; 
: algarrobas, %; de cebollas, 1; libra de carne, 8 dineros de plata, y de 
"a, 6 (Crónica General, f. 329). 



— 296 — 

juzgávalos según su ley de los moros e según se 
solien juzgar; e non les apremiava. E con esto que les 
fazie fizóles aquel logar muy rico e muy bueno.» Así 
sabía gobernar Rodrigo en tiempo de paz. La tranqui- 
lidad y la abundancia reinaban en las poblaciones suje- 
tas á su dominio: la seguridad imperaba también fuera 
de ellas. 

Por entonces se supo que ya los almorávides habían 
abandonado á Denia y se habían retirado á su tierras 
había, pues, que renunciar á toda esperanza de soco- 
rro. Los señores de los castillos de la comarca, faltos 
del auxilio que con la venida de los africanos se pro- 
metían, volvieron muy humildes al Cid á renovar con 
él la amistad. Rodrigo, por más que descubriese cuánto 
había de hipocresía en aquella sumisión, «recibiólos e 
segurólos a quantos quissiesen andar por los caminos,. t 
que andodiessen seguros.» 

De ellos se valió Rodrigo para hacer más apurada 
la situación de Valencia. Pidióles sus ballesteros y 
peones para combatir la ciudad, y no hubo uno que 
desoyese el mandato. Creció de este modo en tal grado 
el ejército sitiador, que los sitiados se vieron en trance 
el más apurado. Nadie podía salir ni entrar y «estavan 
en las ondas de la muerte.» 

Un moro «muy sabio e muy entendido» subió á. 
la torre más alta, la de Ali Bufat ó del Temple, y 
expresó con esta elegía la tribulación que padecía 
Valencia (1): 



(1) La traducción libre en verso, se halla en el 'Romancero dd Cid, página 
207, edición de Barcelona, 1884. Dice así: 



— 2 9 7 — 



«Apretada está Valencia, 
-puédese oía! defensa r, 
porque los almorávides 
no la quieren ayudar. 
Viendo aquesto nn moro viejo, 
-que soiía adivinar, 
su hiérase á un aita torre, 
para bien la contemplar. 
Cnanto más la mira hermosa, 
más te crece su pesar. 
Sospirando con gran pena, 
aquesto fué á razonar: 
-(i y 2).— tOh Valencia! |Oh Valencia! 
(3). —Si Dios de tí no se duele, 
digna de siempre reinar, 
tu honra se va apocar, 
;y con ella fas holganzas 
• qne nos suelen deleitar. 
<4).— Las cuatro piedras caudales 
do fuiste el muro á sentar, 
para llorar, si pudiesen, 
se querrían ayuntar. 
Tus muros tan preminentes, 
•que fuertes sobre ella están,' 
de mucho ser combatidos 
todos los veo temblar. 
"(5). — Las torres, que las tus gentes 
de lejos suelen mirar, 
que su alteza ilustre y clara 
los solía consolar, 
poco á poco se derriban 
sin podeiias reparar; 
<6).— y las tus blancas almenas, 
que lucen como el cristal, 



su lealtad han perdido 

y todo su bel mirar. 

(7). — Tu río tan caudaloso, 

tu río Guadalaviar, 

con las otras aguas tuyas, 

de madre salido ha; 

(8).— tus arroyos cristalinos 

turbios ya siempre vendrán, 

tus fuentes y manantiales 

todos secado se han. 

(9).— Tus verdes huertas viciosas 

á ninguno gozo dan, 

que la raíz de sus hierbas 

bestias roído las han; 

(10). — tus prados de cien mil flores 

olores de sí no dan, 

mustios andan y marchitos, 

sin color ni olor están. 

(11). — Aquel honrado provecho 

de tu playa y de tu mar, 

en deshonra y daño torna, 

¡mal te puede aprovechar! 

(i 2).— Los montes, campos y tierras 

que tú solías mandar, 

el humo de los sus fuegos 

tus ojos cegado han. 

(13).— Es tan grave tu dolencia 

y tanta tu enfermedad, 

que los hombres desesperan 

de salud podette dar. 

(14).— ¡Oh Valencia! (Oh Valencia! 

{Dios te quiera remediar 1 

que muchas veces predije 

lo que agora veo llorar». 



(1) «Valencia!... Valencia!... Vinieron sobre tí muchos que- 
brantos e estás en hora de morir; pues si ventura fuere que tú 
escapes, esto será gran maravilla á quienquier que te viere. 

»Ay! pueblo de Valencia: venidas son sobre tí muchas tribu- 
ciones e muchos quebrantos del gran poder de nuestros ene-, 
igos, que nos cuidan astragar en derredor, ca estamos en hora 
.j perescer; e será gran maravilla si desto podemos estorcer; e 



— 298 — 

todos aquellos que desta vez nos vieren libres desta cuita (lo que- 
non puede ser) lo ternán mucho por extraño. 

(2) *E si Dios fizo merced algún logar, tengo por bien de lo- 
facer á tí, ca fueste nombrada alegría e solaz en que todos los 
moros folgaban e avien prazer e sabor. 

*E, por ende, pido yo merced á Dios, que, así como él fizo 
muchos miraglos e muy grandes e tan maravillosos fechos como 
éste en que nos estamos, que asi nos libre él desta vez del poder 
destos nuestros enemigos en este logar que nos dio grao fulgu- 
ra, e alegría e solaz en que todo el puebro de Valencia vevimos 
á gran pra£er de nos. * 

(3) »E si Dios quisier que de todo en todo te ayas de perder 
esta vez, será por los tus grandes pecados e por los grandes atre- 
vimientos qpe oviste con tu sobervia. t 

*Ca de todo en todo non vernie sobre el puebro de Valencia 
esta tribulación nin lo ven^eríen sus enemigos, sinón por los sus 
muy grandes pecados e por la muy gran sobervia que mantuvie- 
ron; e por este pecado han á perder tan nobre cibdad como 
Valencia, en que eran apoderados. 

(4) ¿Las primeras quatro piedras cabdales sobre que tú fueste 
formada, quiérense ayuntar por facer gran duelo por tí, e ñor* 
pueden. 

¿Por las quatro piedras cabdales, digo yo en el mi corazón,, 
que se quieren ayuntar por facer muy gran duelo, e non pueden» 
E esto digo yo por la primera piedra cabdal sobre que Valencia fué* 
formada: que es por nuestro señor el rey, que te mucho pre- 
ciaba. E la segunda piedra, el infante fijo de nuesto señor el rey r 
que cuidava heredar á Valencia e ser señor della. La tercera pie- 
dra es el rey de Zaragoza, que era mucho amigo e consejero de 
nuestro señor el rey, que se duele tanto de Valencia como si él 
la perdiese. La quarta piedra es el muy nobre Arráyaz, vasallo e 
consejero de todos sus fechos de nuestro señor el rey. E por 
cada uno destos nombres, ya fuerte piedra cabdal sobre que este- 
vas, Valencia, muy bien segura e bien guardada, e por el muy 
nobre muro que sobre estas cuatro piedras fué levantado, digo 
yo por el muy nobre puebro de Valencia, que era de las muchas 



— 299 — 

gentes muy escogidas, que eran fuertes, e ricos e servien bien su 
señor e amparavan á Valencia, e agora son astragados. 

(5) iLas tus muy altas torres e muy fermosas, que de lueñe 
parearen e confortavan los corazones del puebro, poco á poco se 
-van cayendo. 

*Por las muy altas torres, digo yo por los muy ricos-ornes, e 
nobres e mucho-honrados defendedores de nuestro señor el rey 
-e de ti, Valencia, con muy gran lealtad: así eres tú, Valencia. 

(6) iLas tus brancas almenas que de lueñe muy bien relum- 
bra van, perdido han la su lealtad con que bien pares;íen at rayo 
del sol. 

»Por las tus brancas almenas, e resplandientes al rayo del sol, 
-digo yo por las palabras de estos nobres señores que las dezíen 
con entendimiento de que se aprovechara el tu puebro, e era más 
apuesto en los fueros e en las otras cosas que por estos señores 
nos da va nuestro señor el rey, e porque las sus palabras eran 
-dichas con derecho e con razón, páresete bien el tu puebro: asi 
eran resplandientes e brancas de muy gran apostura, porque seme- 
javan almenas del tu puebro, bien asi como esta cibdad non 
podíe ser sin almenas apuesta sin las mercedes e sin los demos* 
tramientos de tan nobres señores á Dios, que es rayz de justicia, 
se tiene por servido de quanto en tí fazíen. 

(7) »El tu muy nobre rio cabdal Guadalaviar, con todas las 
otras aguas de que te tú muy bien servíes, salido es de madre, e va 
-onde non deve. 

•Valencia: por el tu río cabdal, digo yo por el muy noble 
4ibro de los otros fueros que en tí eran, Valencia: ca, bien asi 
como los árboles é las otras cosas de que los ornes han govierno 
de vianda, que se non pueden mantener sin agua, así el tu pue- 
bro, Valencia, non puede ser mantenido sin este libro de nuestra 
ley, onde sabien muchos governadores para ti e todo el tu reyno 
en cómo devíes obrar, de que agora andamos desordenados e 
obramos de lo que non deviemos obrar. 

(8) //Las tus acequias muy cralas e á las gentes mucho a prove- 
chosas» se tornaron torvias, e, con la mengua de las limpiar, van 
llenas de muy. gran cieno. 



— 3°° — 

»E por las tas acequias cralas e ferraosas de que te tú a pro— 
vechavas cada día, digo yo por buenos alcaydes que en tí eran», 
que davan muy buenos juizios, que es cosa muy crala juyzio 
derecho, de que el puebro era muy bien governado e mantenido 
en justicia e en derechura de igualdad, cada uno en su derecho,, 
que eras muy bien governada de derecho govierno. 

(9) »Las tus muy nobres e viciosas huertas que en derredor de 
ti son, el lobo rabioso les cavó las rayzes, e non pueden dar 
(rucho. 

• Por las muy nobres huertas, dezíe yo e digo de todo mi 
corazón, por las grandes alegrías que rescebíamos cada día en el 
muy noble puebro de tí, Valencia, e de los grandes vicios que 
avernos entre nos cada uno con sus compañas en los buenos 
casamientos que fazíamos á nuestros fijos e á nuestros parientes^ 
de que rescebiemos después muy grandes honrras e acrescimiento 
de linage, que es muy buen frucho de huertas, e con los otros 
pra^eres que se levantan por esta razón; e por el lobo ravioso 
que cava las rayzes á las tus huertas por que non puedan dar 
froles, digo yo por el muy fuerte enemigo que avernos en el Cid, 
que es muy poderoso e nos astraga cada día con poder de cava- 
Hería. 

(10) »Los tus muy nobres prados en que muy fermosas froles 
e muchas avíe, con que tomavael tu puebro muy grande alegría,, 
todos son yá secos. 

• Por los tus muy nobres prados, digo yo por las muy grandes 
riquezas del tu puebro, Valencia, de que ellos eran ahondados^ 
e siempre andavan compridos de alegría; e agora todo lo han 
perdido manteniendo guerra. E, por las muy nobres froles que 
en el reyno eran, digo yo por los muy sabios ornes que en pue- 
bro moravan, e agora son muy más. 

(11) »EI muy nobre puerto de mar de que tú tomavas muy 
grande honrra, ya es menguado de las nobrezas que por él te solíen 
venir á menudo. 

>Por el tu muy nobre puerto de mar, digo yo por nuestro 
señor el rey, que nos aduzíe al puebro de Valencia muchas mer- 
cedes e libertades, en que hay todas las cosas que le pidamos. 



— 3^1 — 

para honrra del puebro de Valencia» onde éramos libres, e ricos,, 
« bien estimados e sin ninguna mala sujeción, de los cuales suje- 
tos non deben aver fijos d'algo; e por este puerto nos solfeo 
venir tan grandes mercedes, que nunca se nos podríe olvidar 
mientra que bivamos. 

(12) 1EI tu muy gran término de que te tú llamavas señora, 
los fuegos lo han quemado, e á ti llegan los grandes fumos. 

»Por el tu gran término, digo yo en el mi corazón por la 
muy buena fama de la grandeza del puebro de Valencia e por el 
gran saber que en ella era, que siempre se sabie defender con 
sabiduría e con poder, á todos aquellos que contra el puebro de 
Valencia veníen. 

(13) > A la tu gran enfermedad non le pueden fallar maleaba, 
e los físicos son ya desesperados de te nunca poder sanar. 

»E, por ende, á la tu gran enfermedad non pueden fallar 
melezina de guar ¡miento, e los físicos te han ya desamparada 
aquellos que solien guardar, ca agora non pueden. 

(14) ^Valencia!... Valencia!... Todas estas cosas que te he 
dichas de tí, con gran quebranto que yo tengo en el mi corazón, 
las dixe e las razoné» (1). 

Y ¿quién es el autor de la composición? En la 
General se lee: en un punto, «el que fiziera e trovara 
las razones en razón de Valencia, avíe nombre Al 
Faraxi»; en otro, «fué el que fizo los versos un alcaide 
que avíe nombre Al Hugí»; en otro, al comienzo de la 
interpretación de la elegía, «palabras de Al Hágib Al 
Faqui», y, por último, en otro, «estos versos que fizo 
el Bataxí.» 

Tenemos, pues, que, siendo uno mismo el autor, 
aparece con tres nombres diferentes: Faraxi, Bataxí y 
~lugi. Todos tres, dada la inseguridad con que ama- 



(1) Crónica General, ff. 319, 339 v. y 330.— Hemos puesto á continuación de cada frase de la. 
fclegia, la explicación que de la metáfora da el propio autor. 



— ' 302 — J. 

nueñses poco cuidadosos pudieron alterar los nombres 
arábigos al traducirlos al castellano, pueden reducirse 
auno solo, al último: Bataxí. La escritura de esté 
nombre es muy fácil confundirla con la de Guacaxí. 
En este caso, resultaría que su patria era Guacax, aldea 
de Toledo. Era, además, faqui notable y alcaide nom- 
brado por el Cid. 

En ad Dabi se habla de un íaquí sobresaliente en 
materias lingüísticas, Hixem ben Áhmed el Quinen! 
Abu '1 Gualid el Guacaxi, que murió el año 489 
(dic. 1095-96). De él dice Aben Pascual, que «era el 
hombre más universal de su tiempo, uno de los más 
sabios gramáticos, entendido en materias de lengua, 
en el sentido de los versos, arte métrica, y en la elo- 
cuencia; y á la actividad de orador ilustre, reunia la de 
buen versificador.» Abú Bahr el Asadi, originario de 
Murviedro, dice que «era hombre de conocimientos 
tan vastos, que, como si supiera todas las cosas en su 
realidad, respondía sobre cualquier punto de que se le 
preguntara.» Atic ben Abdelhamid, mocri de Denia, 
señala el año de su nacimiento y precisa el día de su 
muerte: nació el año 408 (mayo 1017-18) y murió el 
27 de chumada último de 489 (23 junio 1096). Y en 
Yácut se lee que escribió un opúsculo, La derecha via, 
Inversión del orden del rango, El orden adecuado de los 
sobrenombres, Las asambleas y una obra especial sobre la 
Providencia. «Estaba en Valencia cuando se apodera- 
ron de ella los cristianos, y vino á ocupar la alcaldía 
de los musulmanes en ese tiempo.» Ai Maccari le 
llama filósofo alcalde, y recuerda, entre sus discípulos/ 
al mencionado Alie ben Abdelhamid, rector de la mezr 



— 303 — 

quita al jama de Denia; á los individuos de la noble 
familia valenciana los Beni Abdeláziz; á Ben Jairón y 
Ben Junus, alcaides de Murviedro; a los Jarifes de 
Jérica; á Ben Jaravia, rector de la jama de Valencia; á 
Ben Almohalem, recto* de la mezquita Rabhat al Cadi, 
cuando el Cid convirtió en catedral la aljama, y á 
algunos otros. 

«Es de presumir, escribe el autor* de quien tomamos estas 
investigaciones (i), que fuese el personaje de más talla y que 
mis consideración merecía en Valencia por su sabiduría, por su 
edad, trato cortesano y genio conciliador y transigente, algo 
tocadillo de aires cristianos, filosóficos y hasta libre-pensadores, 
que le habilitaban para atraerse el afecto y confianza del Cid, at 
par que el respeto de los musulmanes por su carácter sacerdotal: 
es decir, el hombre necesario de aquel tiempo, del que se apro- 
vechó la sagacidad de Rodrigo al elegirle alcalde.» 

Cree el mismo autor que no es otro que el respe • 
tado faquí Al Guatan, que intervino como mediador 
en las turbulencias interiores, á la vez que de mensa- 
jero cerca del Cid (2). 

Contemporáneo de Hixem ben Áhmed el Qjuineni 
Abu '1 Gualid el Guacaxí, fué Abdallah ben Jaian, ó 
sea el Mahómad Abenhayen Alaronja de la Crónica 
General, uno de los faquies de Valencia. Nació el año 
409. (mayo 1018-19) y murió en el 487 (en. 1094- 
95). Fué autor de algunas biografías y tuvo gran afán 
por la adquisición de libros (3). 



(x) D.JolU* Ribera. 

(2) El Archivo, I, 380-396. 

(j) Malo de Molina, Rodrigo el Campeador, 46, nota. «Abu Muhánud ben 
¿yyen ben Farhon ben Ilm ben Abdallah ben Musa- ben Male ben Hamdon 
en Fayyén al Ansarí al Aruxa, habitante de Valencia, escuchó por mucho 



— 3^4 — 

Político de talla no vulgar Aben Gehaf, natural era 
-que no perdiese la oportunidad que le brindaba el 
malestar de Valencia, para ver de derribar de la presi- 
dencia de la república á sus rivales. Contemplaba con 
gozo el quebranto que padecía la ciudad, y se prome- 
tía que disminuiría la parcialidad de sus enemigos. 
Para dar calor á los descontentos, decía que él no podía 
meterse á dar consejo si no se le pedía; que si se 
hubiera seguido su parecer, Valencia no hubiera pade- 
cido la calamidad que sobre ella pesaba, que el mal 
estuvo en dejarse guiar por los Beni Guáchib, que 
aeran de poco recado, e nin eran mañosos, nin sabios, 
para estar bien con ninguno, nin en lo que oviesen de 
fezer.» Esto lo murmuraba en su casa al oído de cuan- 
tos iban á visitarle; y, al esparcirse fuera las especies 
que soltaba, todos, grandes y pequeños, decían que 
era verdad cuanto hablaba. 

Seguía en tanto la ciudad padeciendo vigorosos 
ataques de los cristianos, y el hambre hacía sentir en 
ella sus estragos. La estrechez que padecían sus mora- 
dores contribuyó á que se apartasen de la familia 
encumbrada en el mando, á la cual atribuían el que- 
branto que experimentaban. Voluble el pueblo y obe- 
deciendo á las sugestiones de los Beni Gehaf, pidió 



tiempo las lecciones de Abu Ornar Abdelbarr, y asimismo las de Ostman ben 
Abi Béquer el de Sifacos, Abu'l Quésim al Afilí, Abu'l Fadl al Bagdadf y 
otros. Tenía gran solicitud en lo tocante á adquirir libros y reunirlos en biblio- 
teca, allegando de ellos gran número. Murió á mediados de xawal del año 487 
de la hegira (últimos de sept. de 1094). De él hace mención Abu Mu h amad 
ar Roseti Abdallah ben Muhámad ben Áhmed el Arabí el Moáferí, natural de 
Sevilla (Fernández y González, Los mudejares de Castilla, pág. 150, nota 2, 
nos da la traducción ésta, que va precedida del texto árabe). 



— 3 o5 — 

perdón al cadi, rogóle que le diera consejo y buscase 
salida á la deplorable situación en que se\hallaba. 

Aben Gehaf, para más* avivar el empeño de tales 
manifestaciones, replicó que no quería abandonar la 
vida privada; que tampoco él estaba libre de los males 
que afligían á los demás, y que no podía dar consejo 
á hombres desavenidos. Sin embargo, encarecíales la 
unión y que todos se decidiesen por estas dos cosas: 
ó apartarse de los Beni Guáchib, ó que estuviesen dis- 
puestos á hacer lo que él ordenase, que cuando él viese 
esto, bascaría la manera de que renaciese la paz; que 
recordasen cuan bien les fué cuando él ocupó la presi- 
dencia, y que confiaba en Dios hacer desaparecer la 
guerra con el Cid y no tenerla con otro ninguno. 
Todos contestaron á una voz que le obedecerían y 
creerían y que no saldrían de lo que él mandase, porque 
siempre que siguieron su consejo tuvieron bienan- 
danza. 

Y á pesar de los buenos deseos, no era empresa 
fácil llevar á cabo la resolución; porque el bando ene- 
migo, aunque desprestigiado y malquisto en fuerza de 
las circunstancias, todavía era numeroso; pero Aben 
Gehaf no vaciló en alzar bandera de rebelión. No quiso 
dar el paso sin antes tener seguridad de que no habían 
de abandonarle sus adeptos. Pidió que se extendiese 
un documento obligándose á ello los principales de 
los que le estimulaban á tomar el mando de la repú- 
blica. 

Logrado esto, Aben Gehaf trató con el Cid el 
medio de expulsar de la ciudad á los Beni Guáchib y 
á sus parciales. Convinieron en que Rodrigo se acer- 

39 



— 3c6 — 

caria al muro y diría que mientras los Beni Guáchib 
estuviesen dentro.de Valencia él no tendría paz con 
sus habitantes: por tanto, que los expulsaran y procla- 
masen de nuevo presidente á Aben Gehaf. Hízolo así 
el Cid, y después de hacer esa declaración, añadió que 
sentía lá tribulación en que estaban los moros, pues 
los amaba; que los protegería como en tiempos de 
Al Mamún y de Yahya, «e que parasen mientes en 
su facienda, enon se dejasen así perder.» 

Las . maquinaciones de Aben Gehaf tuvieron el 
resultado que él apetecía: los de su familia y algunos 
otros más le proclamaron presidente de la república. 
Exigiéronle que lograra la paz con el Cid, según él 
había prometido; mas excusóse con que, á menos que 
de la ciudad no se lanzara á los Beni Guáchib, el Cid 
no lá concedería. Mala impresión causó en el pueblo 
la condición que Rodrigo ponía, tanto, que murmu- 
raban que antes que cometer tamaña juindad, prefe- 
rían la muerte. Así pasaron unos días, mostrándose el 
pueblo rehacio á las aspiraciones de Aben Gehaf. 

No era el cadi hombre que se detuviera á mitad 
del camino que estaba decidido á recorrer. Viendo que 
no podía valerse del pueblo para deshacerse de sus 
enemigos, se entendió secretamente con el Cid y con 
los caballeros y parciales suyos, acerca del modo de 
apoderarse de los Beni Guáchib, y se acordó este 
expediente: uno de los notables del bando de Aben 
Gehaf, llamado At Tetoín, según la General, y At 
Tecorní, como quiere Dozy (i), y uno de cuyos 



(i) El Cid, P. i.t, II. 



— 3°7 — 

antepasados, Abú Ahmer ben At Tecorní, fué minis- 
tro dé\ régulo de Valencia Abdeláziz, el hijo de 
Almanzor (i); acompañado de hombres armados de . 
á caballo y de á pie, fué á reducir á prisión á los Beni 
Guáchib. Se habían amparado en casa de un faquí que 
gozaba de alta reputación entre los moros, casa que 
estaba bien fortificada y cercada de adarbes. Los perse- 
guidos, aunque no contaban allí sino con un puñado 
de valientes, trataron de defenderse hasta tanto que 
por la ciudad cundiese la voz de la revuelta, pues 
contaban con que tendrían valedores. 

Los que iban á las órdenes de At Tecorní pren- 
dieron fuego á las puertas del adarbe, y entonces acu- 
dió, mucha gente menuda, de esa que obra sin con- 
ciencia y al impulso del más audaz ó afortunado. Se 
refugiaron los Beni Guáchib en el patio y bajo el 
alero de un tejado; pero sus perseguidores treparon á 
lo alto y comenzaron á lanzar tejas, penetraron otros 
por fuerza en la casa, que fué saqueada, y los Beni 
Guáchib fueron reducidos á prisión. Cuando se supo 
lo inesperado de aquel ataque, ya todo había acabado. 
No quedó ninguno de la familia vencida que no fuera 
preso. Túvoselos encarcelados aquel día, y en la noche 
fueron trasladados á la Alcudia, donde estaba el Cid, 
á quien fueron entregados. «E quando fué otro día 
mañana, fué gran roydo en el puebro de la villa, e 
ovieron todos muy gran pesar por aquel fecho tan 
malo e tan feo» (2). 



(1) Dozy, I. c, y Malo de Molina, Rodrigo el Campeador, III. 

(2) Crónica General, fol. 330, 330 v. y 331. 



— 308 — 

Fundado el escritor holandés en que los «fijos de 
Aboégib, ó Aboegid, v no podían ser otros que los Beni 
Táhir, se vale de Abu '1 Hasán para precisar la fecha 
de la revuelta acabada de narrar. Aun cuando las razo- 
nes arriba apuntadas nos hayan obligado á tomar por 
los «fijos» en cuestión,, á los Beni Guáchib, es indu- 
dable que los Beni Táhir siguieron el bando enemigo 
á los Beni Gehaf, y también la suerte de aquéllos. 

Dice Abú '1 Hasan que Abderrahmán ben Táhir, 
el ex-emir de Murcia, vivió tantos años, que pudo 
contemplar h caída de las pequeñas dinastías, de los 
reyes de taifas, y que presenció la calamidad que á Va- 
lencia causó el Campeador. Desde ella escribió á sus 
parientes una carta en la cual decía: «Escribo al mediar 
la luna de safar (de 487, ó sea, el 6 de marzo de 1094); 
he sido reducido á prisión por causas que no se han 
visto en los tiempos pasados. Si vieseis á Valencia 
¡dirija Dios sobre ella su mirada y aumente en ella 
sus antorchas! y lo que los tiempos han hecho de ella 
y de sus moradores, de seguro que os doleríais y llo- 
raríais por ella: porque el infortunio la ha dañado en 
los cimientos de sus casas y en sus gentes, y ha eclip- 
sado sus lunas y sus estrellas. Mas no me preguntéis 
qué es lo que por mi pasa, con mis contrariedades y 
mis desesperaciones; ahora necesito rescatarme des- 
pués de haber presenciado la dureza con que ha sido 
derramada la sangre de muchas gentes; no me resta 
sino la bondad derDios, á la cual nos ha acostumbrado, 
y su munificencia, que nos ha enseñado. He departido 
con vos como departen los amigos sinceros, porque 
estoy cierto de vuestra nobleza y de vuestra cuidadosa 



solicitud, y para demandar de vuestra parte, una fer- 
viente oración, porque ella puede ser la causa de que 
me encuentre con alegría y en libertad, si á Dios le 
place: ¡á Él, cuya gloria va siempre en aumento, que 
engrandece las plegarias de los que le rueganl ¡No deje 
nunca vuestra residencia, y gocéis en ella.de sus ben- 
diciones!» (i). 



(i) Malo de Molina, apéndice XX, 



CAPITULO Vil 









PERIODO REPUBLICANO 














(GoadUfiAa). 














ninno junio l(l»4¡. 








utioitu de 


Aben G 


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el Cid en la VillmiKv*.— Condicione! 


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Hudi. 


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de U rendición de V.leoci. .1 Cid.— La 


P" 


midióte 


uiiiib*. 



a logrado el cadí anular á sus contrarios, 
lico fin de su política, y poco ó nada le 
iportaban las censuras del pueblo, por 
merecidas que fuesen. Para avistarse con el Cid, que 
estaba en la Villanueva (San Juan de la Ribera), salió 
«á la glera, cabe la puerta» del puente, derrumba- 
deros ó cascajares de la muralla. Le recibió el obispo 
de Albarracin, á quien acompañaban sus caballeros. 
Allí acudieron también los capitanes de la hueste 
cristiana, y deshaciéndose en obsequios y honras á 
Aben Gehaf, «cuidando que les daríe algo.» También 
Rodrigo confiaba en que no saldría con las manos 
vacias, prometiéndose le diera algo del tesoro arreba- 
tado á Yahya al Cádir. 

Aben Gehaf y el obispo, seguidos de los caballeros 
que á éste acompañaron, cruzaron el río y pasaron á 
la huerta de la Villanueva. Rodrigo salió á recibir al 



— 3ii - 

cadí á la entrada de la huerta, y al bajar del caballo 
hizo ademán de tenerle el estribo, y le abrazó, haiagó 
y honró sobremanera. Le instó á que se quitara el 
tailesán, capirote ó montera distintivo de los cadíes 
«e que vestiese vestiduras de rey, ca rey era.» 

Pasóse largo rato sin que la conversación recayera 
sobre el asunto que mayor interés tenía para Rodrigo. 
Viendo, pues, que no había regalos ni algo que afian- 
zase sú dominio sobre la ciudad, le habló de condi- 
ciones sin las cuales la amistad no seria duradera. Era 
una de ellas que la mitad de las rentas de Valencia, así 
en la ciudad como en el territorio de su jurisdicción, 
había de ser para el Cid, y que, para el cobro de ellas, 
nombraría un almojarife, que residiría en la capital. 
Esta condición fué aceptada de buen grado. 

No asi una segunda condición, como los hechos 
declararon, por más que entonces el cadí mostrase 
también estar conforme. Para seguridad del contrato 
había de entregar en rehenes su hijo, á quien el Cid 
retendría en el Puig. Convinieron en que al día siguien- 
te, 8 de marzo, habían de reunirse en el mismo sitio y 
se extendería documento de aquellos pactos. 

Aben Gehaf entró en Valencia con el corazón 
oprimido de pena: era padre. «Estonces vio cuánto 
mal seso ficiera en echar los almorávides de la tierra 
e en segurarse en ornes de otra ley: e tóvose estonces 
por desesperado de todos los bienes del mundo, e por 
muy engañado, por su mal seso» (i). 



(i) Estas palabras, que sonde la Crónica General (fol. 331), las traduce 
Dozy (£1 Cid de la realidad, VII) y dice que las toma del autor árabe i quien 



Llegado el nuevo día, impaciente Rodrigo con la 
tardanza en la salida de Aben Gehaf, pasóle aviso para 
que acudiese á suscribir el pacto antes convenido. El 
infeliz cadí, decidido á no poner en peligro la vida de 
su hijo, contestó resueltamente que, así le cortara la ~ 
cabeza, no estaba en disposición de entregarle. Grande 
fué el enojo que la respuesta causó en el Cid: en 
carta amenazadora hízole saber que, pues había faltado 
á su palabra, ya nunca estaría con él en amistad ni 
jamás daría crédito á sus promesas. Como primera " 
medida de venganza ordena al moro Al Tecoronní, 
el mismo á quien confiara la custodia de los Beni 
Guáchib, que saliese de la villa (i) y se retirase al 
castillo de Alcalá (2). El moro obedeció al momento 
la orden de Rodrigo. 

La habilidad de que á fines del siglo XV dieron 
muestra los Reyes Católicos fomentando por medio de 
Boabdil y de su tío el Zagal la discordia en Granada, 
púsola mucho antes en práctica Rodrigo, tan astuto 
político como experto é intrépido caudillo. Honró en 
gran manera á los Beni Guáchib y á sus parientes; ' 
hizo que se les facilitase cuanto hubiesen de menes- 
ter, dióles vestidos y prometióles ayuda. Por este lado 
disminuyó la satisfacción que Aben Gehaf pudo expe- 
rimentar con el fallecimiento que por entonces ocurrió 
de tres hombres principales de la ciudad, «los más 



sigue. En Ben Besaam se lee que del cadí se separó la pequeña y escogida 
partida de almorávides que le servia de sostéa. 

(1) Valencia, segúu Dozy; al Cudia, según Malo de Molina. 

(2) Probablemente, Carlet. 



— 3*3 — 

acabados e los más sesudos que y avie», con lo cual 
quedaba el cadi sin nadie que le contradijese. 

El Cid renovó sus ataques, menudearon las esca- 
ramuzas, y el circulo de hierro que oprimía á la ciudad 
hacíase cada día más estrecho: el hambre dejó sentir 
sus horrores (i). En tanto, Aben Gehaf, atento sólo 
á la satisfacción de mando, «desdeñaba mucho los 
ornes, e quando algunos le vcnien á querellar e deman- 
dar, maltraieles e denostávalos. E él estava apartado 
asi como rey: e estavan antél los cobradores, e los 
visitadores, e los maestros de azotes departiendo quál 
diría mejor, estando en grandes solazes.» En medio 
de las críticas circunstancias en que se hallaba, no 
quería renunciar al placer muy en boga entonces entre 
los régulos moros: saborear los dichos agudos de los 
literatos y celebrar las improvisaciones de los poetas. 

A los males del hambre, de la peste y de la guerra, 
tenían sus míseros vasallos que añadir las arbitrarie- 
dades de un déspota sólo cuidadoso de acaparar rique- 
zas. Devorado por la más sórdida avaricia, no respe- 
taba ni las tumbas ni lo sagrado del hogar doméstico. 
A los que morían de hambre, arrancábales de sus 
propias casas cuanto en ellas se encontraba. A los 
buenos como á Jos malos, á todos aplicaba igual 
medida, á todos, con mil pretextos, sometíalos á inicuo 
despojo; y si se oponían, se los prendía y azotaba: «e 
non avie vergüeña ninguna á pariente nin á conos- 



) Valían: cahíz de trigo, 40 maravedís; de cebada, 30; de panizo, 25; 
<J rgarabres, 25; quintal de higos, 13; arroba de algarrobas, 13; quima) de 
■ lj 16; arroba de queso, 14; terrazo (medida) de aceite, 13; arroba de 
c >lias, 3, y carne de bestia, 1. (Grónrca General, f. 331 v.) 

40 



— 3'4 — 

viente: e todos passavan por una regra: de guisa, que 
non despre^iava nada robar nin otras cosas». Y, como 
los artículos de primera necesidad alcanzaban un 
precio exorbitante (i), faltos de ahorros, pues los 
apuró el cadi con sus medidas tiránicas para hacerse 
con dinero con que comprar comestibles, había mu- 
chos vendedores de bienes de fortuna y ningún com- 
prador. 

A todos estos males agregóse el resistir á las 
continuas acometidas de los sitiadores. Tanto se 
aproximaron éstos al muro, que á mano lanzaban 
piedras dentro de la ciudad, y las saetas disparadas 
cruzaban del un extremo al otro. Hizo el Cid cons- 
truir un manganel y le plantó frente á una de las 
puertas. Viendo los moros el daño que causaba, mon- 
taron dos máquinas, y con ellas inutilizaron el ingenio 
de los cristianos. 

Y ¿qué hacía Aben Gehaf? Mostrarse sordo á los 
lamentos, empeñarse en prolongar una resistencia 
cuyo pronto y aciago término podía calcularse. Como 
el precio de los comestibles se elevara hasta el punto 
de ser sólo accesibles á los de posición muy desaho- 
gada, la mortandad en los pobres era aterradora. 
«Tornáronse á comer los perros, e los gatos e los 
mures; e abríen las tristrigas e los caños (al báñales) de 
la villa, e sacavan, ende, el borujo de las uvas; e lavá- 
vanlo e comíenlo; e los ornes que avíen algo, comíen 



(í) Precios: cahíz de trigo, 90 m ; de cebada, 61; de legumbres, 60; 
arroba de higos, 7; de miel, 20; de queso, 18; de algarrobas, 16; jarro de 
aceite, 20; arroba de cebollas, 12; carne de bestias ni de otra clase 00 se 
encontraba. (Crónica General, f. jji, y,). 



— 3»5 - 

• 

las bestias (i).» Esto mismo se lee en autores árabes: 
«Después de haber contrariado (el Cid) en todo este 
tiempo (veinte meses) á sus habitantes, de tal manera 
que no se veia uno que no hubiese sufrido el hambre 
ó las privaciones, hasta el punto de venderse los rato- 
nes por dinero, hizo su entrada en ella (Valencia) el 
año 487 (enero 1094-95)» (2). 

Número considerable de hombres, mujeres y niños 
acechaban la ocasión de abrirse las puertas, para huir 
de la ciudad, sin íemor á caer en manos de los sitia- 
dores, que mataban á unos, y á otros los vendían á 
los moros de la Alcudia. Por un pan ó por un jarro 
de vino se compraba á uno de aquellos desdichados. 
Mercaderes que de todas partes acudian allí por mar, 
compraban para esclavos á los más ricos, como menos 
ajados por el hambre. Los que imprudentemente la 
saciaban, caian muertos. 

«Si vieseis á Valencia, exclamaba Abderrahmán ben Táhir, 
(dirija Dios sobre ella su m<n*da y aumente en ella sus antorchas) 
y lo que los tiempos h«n hcihv> de tila y de sus moradores, de 
seguro que os doleríais y lloraríais por eüa; porque el infortunio 
la ha dañado en los cimientos de sus casas y en sus gentes y ha 
eclipsado sus lunas y sus estrellas» (3). 

A este concierto de voces lastimeras no podía faltar 

« 

la del autor de la elegía dicha desde la torre más alta 
de Valencia: «Si fuese á diestro, matarme ha el agua- 
ducho; e si fuese a siniestro, matarme ha el león; e si 



(1) Crónica General, f. 331 v. 

(2) Malo de Molina, apéndice XXI, 

(3) Mate de Molí**, apéndice XX. 



- 3X6 - 

fuese adelante, moriré en el mar, e si quisiere tornar 
atrás, quemarme ha el fuego.» Lo cual quiere decir, si 
nos queremos guiar por nuestra ley, nos acabará el 
gran poder de nuestros enemigos, que está sobre 
nosotros; si seguimos la de nuestros enemigos, incu- 
rriremos en la ira de Mahoma, por apartarnos del 
camino que nos señaló hasta su muerte, y será contra 
nosotros fortisimo león; si no abandonamos la senda 
por donde vamos, moriremos sufriendo sobremanera, 
pues con ningún socorro contamos; y si queremos 
persistir sufriendo ante nuestros enemigos é ir contra 
nuestra ley, seremos escarnio á las gentes, por haber- 
nos desviado de la linea que seguíamos y por haber 
renegado de nuestra religión. «|Ay, pueblo de Valencia! 
Todo esto digo aquí porque no nos podemos librar 
del poder del Cid, que nos ha de entregar en poder de 
cristianos; y hemos de quedar en sus manos nosotros 
y tú, Valencia, por nuestro pecado y por nuestra mala 
ventura» (i). 

Por más que en la Dzajra de Ben Bessaam se lea 
que «Abu Ájmed, aunque recordaba el lazo en que 
había caído, no facilitaba ni abria puerta alguna», es lo 
cierto que procuró salir de aquel trance recurriendo á 
los principes vecinos, como allí mismo se insinúa (2). 

El primero á quien acudió en demanda de auxilio, 
pintándole con los colores más vivos la critica situa- 
ción en que Valencia se hallaba, fué el emir de Zara- 
goza. Buscó un hombre que llevase una carta á Mos- 



(1) Crónica gener?l, f. 332, 

(2) Malo de Molina, 1. c. 



— 317 — 
tahín, recomendó al portador la mayor reserva, y le 
aseguró que en cuanto el Emir viese la carta le regalaría 
un vestido y le daría, para el regreso, un caballo y un 
mulo. Aben Gehaf, además, le halagó con la promesa 
de que mientras viviese «le íaría mucho algo.» 

Son, en verdad, dignos de ser conocidos los porme- 
nores relativos á esta comisión. ¿Qué tratamiento se 
daría á Mostahin? Se consultó con los «ornes buenos» 
de la ciudad el caso, y, después de gastados tres dias 
en buscarle solución, se acordó, para que no demorase 
la venida, escribirle «á Vos, Señor», esto es, recono- 
ciéndosele vasallo, decisión que fué poco del agrado del 
cadi; pero, apremiado de las circunstancias, hizo de la 
necesjílad virtud y se acomodó al consejo de los nota- 
bles. La miseria seguía entretanto causando estragos 
en la ciudad, y el trigo se vendía, no por cahíces, sino 
por onzas y, á lo más, por libras (i). 

Llegado que hubo el mensajero á Zaragoza, estuvo 
por espacio de tres semanas aguardando día tras día 
contestación, y ni ésta se le daba ni el Emir volvía 
siquiera la cabeza para mirarle; ni aun agua para beber 
se le ofreció. Por miedo á que asesinos pagados por 
Mostahin le salteasen en el camino y á que el mismo 
Aben Gehaf le quitase la vida si volvia sin respuesta, 
el pobre mensajero comenzó á lanzar ayes lastimeros 
junto al pajado del Emir. Cansados los oficiales/ de 
palacio, rogaron á Mostahin pusiera término á tantas 



i) Valían: libra de trigo, i J /i m -J de cebada, i */§"» de panizo, i */%; de 
1 utnbres, i; onza de queso, 3 m. de plata; onza de aj >% 1 dinero; libra de 
' ¡as, 5 d. de plata; de carne de bestias, 6 m.; libra de cuero de vaca, 5 dine- 
1 de plata, y de algarrobas, 1 m. (Crónica General, f. 332 v.) . 



• / 



— 318 — 

importunidades. Hízolo asi él Emir, pero 'la contesta- 
ción se redujo á una evasiva: le dijo que, á menos que 
Alfonso VI no le enviase un buen golpe de caballeros* 
no se atrevía á condescender con la petición del cadi; 
que resistiese algún tiempo más, que se defendiera del 
mejor modo posible y que no dejase de comunicarle 
la situación en que se hallaba. «E tornóse el manda- 
dero con la carta, muy lazerado e con gran miedo, de 
guisa que non cuidó de llegar á Valencia vivo. E veníe 
él muy malandante, porque ninguna cosa dequanto'l 
dezíe Aben Jaf non le dieron, e todo aquello que el rey 
embiara de^ir Aben Jaf, todo era prolongamiento de non fa^er 
ninguna cosd. • 

Igual resultado dieron las gestiones cerca de Yúsuf: 
«Imploró los socorros del Emir at Moslemin y de los 
vecinos que rodeaban sus ceñíanlas. Mas, como aquél 
estaba lejos, demoró su venida; y, como algunas veces 
pudo dejarse oir, el cadí se conmovió de él; y otras 
veces no pudo' lograrlo, y no alcanzaron hasta él sus 
quejas. Sin embargo: en el corazón del Emir al Mosle- 
min había piedad, y se condolía de sus males prestán- 
dole oído; mas fué tardo en prestarle socorro, porque 
se encontraba muy lejos de la ciudad, y sin poder para 
otra cosa. jCuando Dios dispone un suceso, abre sus 
puertas y allana sus obstáculos (i)! «Lo cierto es que 
nadie se atrevía á arrancar de las garras dp aquel lobo 
rabioso» la presa. 

Valencia ofrecía escenas las más desgarradoras. Los 
hombres caían muertos de hambre por las calles. Si: 



(i) Malo de Molina, apéndice XX. 



— 3»9 — 

cuidarse para nada de los males del cautiverio ó de la 
muerte misma, abandonaban la ciudad y se entregaban 
á los cristianos. El cadi en persona registraba las casas 
en busca de víveres, y no permitía los tuviesen para 
más allá de quince dias. Cuando las gentes se quejaban 
«por esta desmesura e por este mal que les fazíe», 
diciéndole «este mal ¿por qué nos lo íacedes?» él con- 
testaba que no se alborotasen, porque ya venia el rey 
de Zaragoza, cuyo retardo obedecía á la impedimenta 
de las muchas viandas que conducía. A nadie consentía 
comprar más de lo necesario al día. De lo que él se 
apoderaba, á unos pagaba, y á otros, no. De ahí que, 
para librarse de sus rapiñas, los que aún conservaban 
trigo, le ocultaban bajo de tierra: por manera que ni 
caro ni con sobreprecio se le pudo ya encontrar. Los 
ricos comían hierbas, cueros, nervios y hasta los lectua- 
rios de los drogueros, comprado á gran precio; los 
pobres se alimentaban con la carne de los muertos... (i). 
No contento el cadí con solicitar repetidas veces 
de Mostahín auxilio, para lo cual cada noche le enviaba 
hombres con cartas, siempre contestadas alentando en 
la defensa, bien que de un modo vago, acudió con 
idéntico objeto al rey de Costilla. Alfonso VI anunció 
que al frente de numerosa caballería enviaba á García 
Ordóñez, en pos del cual acudiría él en persona. Den- 
tro de la carta puso el monarca un billete escrito de 
su propia mano, para que los nobles de la ciudad le 
viesen y leyesen en secreto. A la vez que daba las 
n yores seguridades de acudir en breve á libertarlos, 



Crónica General, f. 352 v. 



— 3 20 — 
mostrábase apenado de la angustiosa estrechez á que 
estaban reducidos. Ansioso Aben Gehaf de escudriñar 
las intenciones del político Alfonso, no cesaba de 
preguntar á los ministros, uno de los cuales hízole 
saber, con natural ó fingida cautela, que el mo- 
narca pensaba alzar una torre de vigía en la Alcudia. 
Picado de mayor curiosidad preguntó el cadí «en qué 
logar ferie aquella torre», y el privado de Alfonso 
no fué más explícito, quizá por no pecar de indis- 
creto. 

A Mostahin no le era indiferente la suerte de los 
muslimes valencianos, por más que para librarlos de 
las molestias del Cid nada hubiese hecho en el terreno 
de las armas. Con ese fin empleó los recursos que las 
circunstancias le permitían. Envió á Rodrigo dos men- 
sajeros en súplica de que suavizara el trato á los sitia- 
dos; y, para ablandarle, le hizo un presente de ricas 
joyas. Otro fin se perseguía, además, con el mensaje: 
entrar en relaciones con Aben Gehaf, para lo cual 
hablan los embajadores de tener urui entrevista secreta 
con él; mas no lo consiguieron, por el recelo que 
inspiraron al Campeador. Sin embargo, aún pudieron 
hacer que llegase á manos del cadí una carta, y en ella 
se leía: «Sepadesque yo envió rogar al Cid que vos 
non apremie tanto; e, por que lo faga, embíole yo mis 
joyas e muy gran presente: e tengo que el mío ruego 
será habido, e que fará lo que le yo embio rogar; e 
que non se muestre contra vos e que avenga convusco. 
E si esto non quisiere fazer, catad que luego vo 
embiaré gran hueste que lo saque de toda la tierra, 
folgaredes del.» Esto, como apunta la Crónica, no ei 



— 3 21 — 
sino «palabra encobierta.» (i) ¿Qué perdía Mostahín 
<:on tener en Rodrigo tan fuerte antemural contra los 
almorávides? ¿qué iba á ganar Alfonso con inutilizar 
la espada del Cid? 

Viendo Rodrigo que la resistencia se prolongaba 
más allá de lo que él calculara, procuró encender de 
nuevo la guerra civil en la ciudad. Estimuló al más 
•caracterizado de los Beni Guáchib (2) á que se alzase 
contra Aben Gehafy le defendería por señor de Valen- 
cia y del territorio que se extiende hasta Denia. Tuvo 
Aben Guáchib sus inteligencias con sus parciales, y se 
mostraron dispuestos á secundarle; mas, aunque fueron 
llevadas con el mayor secreto , Aben Gehaf tuvo 
noticia de la conspiración, *e apoderó de sus fautores 
y á todos los puso á buen recaudo. 

Confió la custodia á dos hombres de su mayor 
confianza; pero toda la entereza y lealtad de los guar- 
dianes cayó á los golpes de un ariete irresistible. Pro- 
metiéronles favores con largueza los reclusos, y no 
tuvieron inconveniente los hombres de la confianza 
del cadí en cooperar al plan de los facciosos. El grito 
de sedición «real del rey de Zaragoza somos» se había 
de dar en el alcázar, y se prometían que el pueblo en 



(1) Crónica General, f. 333. 

(2) Dozy quiere que sea Aben M thtch, cuando claramente le llama la 
Crónica General « quel que dezíen Aboeg d»; y, si, según él, antes eran los 
Beni Tahir, también deberían serlo ahora; no siendo obstáculo que hubieran 
sido reducidos á prisión, porque desde es momento en que Aben Gthaf se 
1 gó A dar en rthnes i su hijo, RoJrig mandó i TV cor on ni se retirase á 
. ala y trató con o *r sideraciones á los rivales de Aben G haf. Hizo entonces 
J Irigo lo que los Reyes Católicos cuando soltaron i Bjabdil después de 
J «ríe prisionero. 

41 



— 3 22 — 

masa se agolparía en torno de la bandera dé rebelión 
y que á la primera embestida darian con el cadi en la 
cárcel. Los sucesos no respondieron al plan ni á las 
esperanzas. 

Dígase lo que se quiera, Aben Gehaf era algo más 
que una medianía como político, en lo cual acierta 
Boix, que no en todo ha de errar. El Cid le venció, más 
por la astucia que por la violencia de las armas. A los 
enemigos interiores, con ser tantos y tan poderosos, 
los tuvo siempre á raya. Cometió violencias: las que 
practica todo hombre investido con la dictadura; y la 
dictadura en circunstancias excepcionales, cuando la 
patria peligra, como entonces, es un recurso legítimo 
y supremo. A pesar de la mala voluntad que siempre 
tuvo Abderrahmán ben Táhir al cadi; rindiendo culto 
á la justicia, haciéndose superior en \m momento al 
estrecho espíritu de partido, acaba por reconocer y 
confesar el mérito nada común de Aben Gehaf. El 
pueblo musulmán español le atribuyó habilidad y 
valor^ santidad y patriotismo. 

Fueron los amotinados una noche al alcázar, sona- 
ron los atambores, y el muedín anunció desde la torre 
de la mezquita el grito convenido. Ese ruido á altas 
horas de Ja noche causó en los primeros momentos 
sorpresa y miedo; interpretado luego, no lo que era, 
sino ataque de los sitiadores, mientras los unos se 
aprestaron á la defensa en sus propias casas, los más 
corrieron á coronar muros y torres. La indecisión se 
apoderó de los mismos que estaban en expectativa de 
la asonada y dispuestos á apoyarla. Aben Gehaf, sin 
atinar de pronto la causa de aquel movimiento, depone 



— 323 — 

el temor, pregunta á cuantos á las puertas de sus casas 
asoman curiosos y asustados las cabezas y, seguido de 
algunos peones y caballos, cada vez más numerosos, 
corre al alcázar á sofocar el alzamiento. 

Un grupo de hombres en medio de los cuales apa- 
rece Aben Guáchib, ocupa la entrada del palacio. 
Esperaba, aunque en vano, que la ciudad corriese á su 
lado. Acomételos con brío toda la tropa leal al cadi, y, 
sin oponer seria resistencia los contrarios, pues juzgan, 
y no mal, abortada la sedición, se dispersan, hecha 
excepción del caudillo, que nunca abandonó el lugar 
del peligro. Él y otros cuatro más son empujados á la 
casa de Aben Gehaf. Éste fué generoso con su rival, 
pues le perdonó la vida; no fué indulgente con los 
demás, que fueron decapitados. Las cárceles se llenaron, 
de aquellos sobre quienes recayó sospecha de estar 
comprometidos; los bienes de los más fueron aplicados 
al fisco. 

Aprovechó el cadí este motín, para dar patentes de 
sumisión al emir de Zaragoza. De los pocos caballeros 
que aún conservaban sus corceles, envió unos cuantos 
á que entregasen á Mostahin, aquél que intentaba 
arrebatarle el dominio que tenía sobre Valencia. A la 
vez que de conducir á Aben Guáchib, tuvieron encargo 
de averiguar las intenciones del Emir, acerca de lo 
cual escribirían á Valencia; y, en el supuesto probable 
de que viniese á libertarla, le acompañarían en la 
marcha. 

Grande era la impaciencia que por esto dominaba 
J cadi. La resistencia se había llevado hasta un limite 
rayano en heroísmo: «estava ya todo el püebro en las 



— 3^4 — 

ondas de la muerte.» Los víveres escaseaban hasta el 
punto de que para los más podían considerarse agota- 
dos- Los hombres caían muertos en las calles. La plaza 
del alcázar estaba llena de fosas en toda la extensión 
del muro, y ninguna contenía menos de diez cadá- 
veres (i). 

Como no pocos se sustraían á ese género de 
muerte abandonando la ciudad y entregándose cauti- 
vos á los sitiadores, presumió el Cid fuese, más que 
recurso para conservar la vida, medio de disminuir 
consumidores, haciendo, así, que la resistencia fuese 
más duradera y más largo el plazo durante el cual 
viniera socorro de los almorávides. Cuando esto pen- 
saba, sentíase abrumado de pena; pero al oir de labios 
de los moros principales que la situación de Valencia 
era insostenible de todo punto y que bastaría, par* 
rendirse, el más ligero ataque, la esperanza en el pró- 
ximo triunfo llenábale de alegría. 

Pudo haber recta intención en quienes hicieron tan 
halagüeñas manifestaciones, pero el resultado de uti- 
lizar las armas no fué el que Rodrigo se prometía. Los 
cristianos ccfizieron una espolonada á la parte que dizen 
Belsahanes, que quiere dezir Puerta de la Culebra,» 
ó de Valldigna. Grandísimo tropel de moros acudió á 
la defensa, una nube de saetas y de piedras salía por la 
puerta, no menor era el número de las que se dispa- 
raban desde lo alto del muro, y ninguna cayó en vacio. 
El Cid y los suyos tuvieron que guarecerse en un bañ< 



, (l) Valían: libra de trigo, 3 m.; de legumbres, 2; onxa de queso, 1; c 
higos, 2 dineros de plata; libra de berzas, 1 m. (Crónica General, f. 333 v. 



— 3*5 — 

situado cerca del muro (i). Salieron entonces Aben 
Gehaf y sus soldados, y acometieron al paraje en que 
Rodrigo y sus compañeros se habían metido. La per- 
manencia allí era peligrosa, y, no pudiendo salir por la 
puerta, abrieron un portillo en la pared opuesta, y pu- 
dieron escapar, aunque no sin pérdidas considerables. 

Comprendió Rodrigo que no había otro recurso 
para apoderarse de Valencia que rendirla por hambre. 
Mandó echar pregón, que fuese oído de los que coro- 
naban el muro, diciendo que cuantos habían abando- 
nado la ciudad serían forzados a entrar en ella, y que 
á cuantos se hallara de los que estaban en este caso, 
como también á los que en adelante saliesen, los man- 
daría quemar. Dieciocho infelices que menospreciaron 
la orden del Cid perecieron de ese modo frente al muro 
en un solo día. Otros eran despedazados por perros 
de presa. Ignorándolo el Cid se descolgaban no pocos 
por el muro, y eran acogidos por sus tropas. Muchos 
fueron vendidos en calidad de cautivos. De éstos, los 
más eran jóvenes de buenas familias; que de los otros 
ningún caso se hacia- Se retuvo á muchas solteras, 
«mozas vírgenes,» cuyos padres podían pagar rescate» 
Sometíanlas á tormento, se las colgaba de las torres 
de las mezquitas situadas fuera de la ciudad, y eran 
apedreadas. Cuando los moros veían esto, las resca- 
taban, y quedaban ellas viviendo entre los de la Al- 
cudia (2). 

La conformidad de este relato con el de un autor 



i) En el libro del repartimiento, se citan quince baños (El Archivo, III, 

>-220). 

i) Crónica General, fot. 333 v. y 334. 



— 326 — 

árabe, no puede ser más exacta. «Durante este tiempo, 
se reunieron al Campeador y á los suyos todos los 
más malos de los muslimes, y los malvados, y los sin 
vergüenza, y los viciosos de los mismos y, además, 
muchas gentes de las comarcas de los cristianos, quie- 
nes tomaron el nombre de xAd Dauar. Sostuvieron 
contra los muslimes muchas algaras, y violaron sus 
haremes, y mataron sus hombres, y forzaron mujeres 
y niños, abjurando- muchos de ellos el Islam, y des- 
preciaron la religión del Profeta (la paz de Dios sea 
con él), hasta el punto de vender un muslim cautivo 
por un pan, ó por un vaso de vino, ó por una libra de 
pescado; y al que no se rescataba él mismo, le cortaban 
la lengua, ó le sacaban los ojos, ó le echaban perros de 
presa» (i). 

«Rodrigo, escribe otro autor árabe, redobló su deseo de 
tomar á Valencia, y la persiguió como se persigue á un deudor, 
y la estimó con la estimación que los amantes tienen á los vesti- 
gios de sus amores. Le cortó los víveres, mató á sus defensores, 
puso en juego toda clase de tentativas y se presentó sobre ella de 
todas maneras. ¡Cuántos soberbios y elevados lugares cuya pose- 
sión tubía sido envidiada por tantas gentes y que las lunas y los 
soles habían desesperado de alcanzar tanta belleza como ellos, 
ocupó este tirano y profanó sus misterios cuando se posesionó 
de ella! ¡Cuántas jóvenes de cuyos rostros manaba sangre al 
lavarse con la leche y que causaban envidia al sol y á la luna y 
daban celos al coral y á las perlas, amanecieron en las puntas de 
sus lanzas como hojas marchitadas por las pisadas de sus envile- 
cidos y bárbaros soldados! Llevó la miseria y el hambre á sos 
habitantes, en términos que consideraron lícita la prohibición de 
comer los animales inmundos» (2) . 



(1) Malo de Molina, apéndice XXI. 

(a) lUlo de éáolitu, «péndice XX. 



— 327 — 

El P. Risco, no obstante la conformidad entre la 
General y los mencionados autores árabes, tiene por 
exagerada la pintura de los males causados con el 
hambre. «La Crónica General y la particular del Cid 
(son sus palabras) cuentan á este propósito cosas 
muy individuales y maravillosas, que creo haberse 
fingido por los romanceros, no menos que otros 
sucesos que refieren las mismas historias inventados 
para hacer más prodigioso al héroe que celebraban. 
Tal es lo que refieren del punto á que subió la carestia 
de bastimentos cuando la ciudad estaba en el mayor 

' aprieto. «E en este día, dicen, pujó mucho la vianda 
más que non era antes; e en toda la villa non había 
más de una muía de Abenjaf e un caballo de un moro 

v que vendió á los carniceros por trecientas y ochenta 
doblas en oro, e que le diesen diez libras de carne del. 

, E valía la libra pequeña diez maravedís al comienzo, e 
después á doce maravedís, e valía la cabeza veinte 
doblas de oro» (i). 

Ya en Valencia no quedaban, según la General, 
sino dos caballos, uno de ellos del hijo del cadi; un 
mulo, de un moro, y una muía, de Aben Gehaf. Conta- 
dos eran ya los que tenían fuerzas para subir al muro. 

• Hasta los más tenaces en continuar la defensa, como 

• los parientes y parciales del cadí, se convencieron de 
que, abandonados, como estaban, del emir de Zara- 
goza y de los almorávides, era vano empeño el prose - 
guir la lucha: «antes querían pasar la muerte que 
p ar aquella lazería.» Era preciso suspender las hos- 



j La Castilla y el tnás famoso castellano , XI. 



— 3*& — 

tilidades y entrar en negociaciones de paz con Ro- 
drigo (i). 

Había que doblegar el ánimo de Aben Gehaf á esta 
solución. ¿Quién se atrevería á proponerla? Un tal 
Aben Habet y algunos otros buscaron al faqui Al Wat- 
thán, «que era orne bueno e honrrado,» y le dijeron: 
«Vete nuestra miseria y sabéis también que en vano 
hemos procurado ser socorridos, bien fuese por el rey 
de Zaragoza, bien por los almorávides. Os rogamos 
que habléis con Aben Gehaf y hagáis de modo que 
tenga término nuestro sufrimiento.» Admitió el vene- 
rable faquí la comisión que se le confiaba, no sin mar- ' 
cada complacencia al ver el aprecio general en que se 
le tenía. Contra lo que se esperaba, en la larga entre- 
vista entre el faquí y el cadí, éste se mostró propicio 
<(á fazer aquello que el puebro tuviese por bien», y 
resignó el mando de aquel desgobernado gobierno en 
Al Watthán . 

Para que viniesen á un acomodo la ciudad y el Cid, 
comenzó por verse con Aben Abdús, el almojarife, 
persona á quien tenían en igual estima Valencia y 
Rodrigo. La paz se concertó bajo estas bases: i. a Los 
valencianos enviarían mensajeros á Mostahín y á Aben 
Aixa, á la sazón en Murcia, para que los socorriesen 
en el plazo de quince días; y si el auxilio no se recibía, 
entregarían la ciudad á Rodrigo. 2. a Llegado este caso, 
el cadí conservaría su alta dignidad, y ni él, ni sus hijos 
ni sus mujeres padecerían daño en sus personas ni 
menoscabo en sus bienes. 3. a Aben Abdús seria el ins- 



to Crónica General, íol. 334. 



— ?*9 — 
pector de impuestos. 4. a Muza, el mismo que fué 
gobernador de Valencia durante el reinado de Yahya, 
seria el wazir de la ciudad. 5/ El Cid tendría su resi- 
dencia en el Puig. Y 6. a Se respetarían la religión, 
costumbres y monedas de los moros. 

Con arreglo á la primera condición, salieron al día 
siguiente cinco mensajeros al emir de Zaragoza, y otros 
á Murcia. Se había tratado que ninguno llevase más de 
cincuenta maravedís, los necesarios para elviaje, y que 
los enviados á Murcia irían por mar hasta Denia en 
nave de cristianos. Rodrigo avisó al capitán de la nave 
que no abandonara el puerto sin que antes registrase 
el Cid á los mensajeros. Hízolo asi; y, como llevaban 
un gran tesoro, de ellos y de algunos mercaderes, dejó 
á cada uno los cincuenta maravedís y se retuvo lo 
demás. Hasta el dinero justamente retenido entonces 
por el Cid, fué luego devuelto. 

En tanto, gozaban los valencianos de relativo bien- 
estar, por haber cesado los ataques y por el pronto 
auxilio que se prometían de Mostahín y de los almo- 
rávides. Sin embargo, el hambre seguía causando estra- 
gos (1). Entonces ocurrió la venta del caballo por el 
precio y condiciones que tan • exagerados parecieron 
al P. Risco. 

Transcurridos los quince días, ni hubo socorro, ni 
volvieron los mensajeros. Quiso Aben Gehaf que los 
moros esperaran tres días más, pero ellos le con tes- 



(1) Valían: libra de trigo, $ rn.; cebada, i 1 /,; panizo, 2*/ 4 ; onza de queso, 
3 dineros; de cañamones, 4; libra de berzas, 1 m. y 2 d. de plata; de cuerno 
Tacaño, 1 (Crónica General, f. 335 v.) 

42 



— 330 — 

taron que ni querían ni podian. El Cid manifestó que, 
terminado el plazo, si retrasaban un solo momento la 
rendición, se consideraría desligado de cumplir las 
condiciones estipuladas. Como transcurriese un dia 
más, el Campeador dijo que no venía obligado á nada. 
Llenos de mansedumbre, exclamaron que se querían 
entregará discreción, y que obrase según le pluguiese. 
Tanta humildad desarmó el justo enojo del Cid, y el 
pacto fué respetado. 

Al dia siguiente salió el cadí, se confirmó el con- 
venio, y le suscribieron los más notables cristianos 
y muslimes. Entró Aben Gehaf en Valencia, y fueron 
abiertas las puertas á las doce del día. Se agolparon á 
ellas los moros, y sus rostros estaban tan demudados, 
que semejaban cadáveres que salían de las tumbas, 
como dicen que abandonarán sus sepulturas todos los 
muertos el día del juicio final (i). 

En cuanto á la fecha de ese famoso aconteci- 
miento, es, salvo muy raras excepciones, común la que 
señalan los historiadores. La Historia Leonesa, los 
Anales Toledanos y una memoria muy antigua que 
cita Sandoval en su historia de Alfonso Vil, convienen 
en la era 1132, equivalente al año 1094 de la Encar- 
nación. Ese mismo año aparece en Casiri y en Conde, 
tomado de autores árabes. Conde llega á señalar el mes, 
giumada i. a , Ben al Abbár precisa el día del mes y de 
la semana: el último jueves del mes indicado en Conde. 
Ahora bien: como el año de la Hegira 487, comenzó 
en sábado y en 21 de enero, el último jueves de giu- 



(1) Crónica General, f. 335 v. 



— 33i — 

mada i. a fué, como dice Dozy, el 15 de junio. Y esa 
misma fecha fué la que debió tener á la vista el autor 
de la Crónica General. «E esto fué, dice, en día de 
jueves el postrimero día de junio después de la fiesta 
deSantJuan á que los moros dicen Alhazaro.» O, lo 
que es lo mismo: el último jueves del mes árabe ter- 
minado en junio, ó sea el mes de San Juan, después 
de Pascua de Pentecostés, del 28 de mayo (1). 

¿Había muzárabes en Valencia, ó no los había? En 
un interesante estudio hecho por diligente escritor de 
nuestros días, leemos: «En una de las capitulaciones 
del Cid con los de Valencia, se convinieron en que la 
guarnición de ésta, hasta la entrega definitiva, se com- 
pondría de cristianos escogidos entre los muzárabes que 
habitaban la ciudad y arrabales.» El escritor á quien alu- 
dimos concluye con estas palabras: «¡Lástima que el 
autor que nos da la noticia, no acote su procedencia!» 
No está, sin embargo, equivocado al presumir que se 
ha tomado de la Crónica General de Ocampo (2). 
Malo de Molina é, igualmente, Dozy, han bebido la 
noticia en dicha Crónica, pero el catedrático holandés, 
además de señalar la procedencia, reproduce fielmente 
el texto de la Crónica: «La guarnición se compondría 
de cristianos sacados de los muzárabes que vivían 
entre los musulmanes (3).» Véanse ahora las palabras 
de la Crónica: «E que fuese alguacil de la villa un 
moro que avíe nombre Muza. E este Muza avíe de 
ver todas sus cosas en tiempo del rey de Valencia. 



(1) Malo de Molina, 124-125, nota. 

(2) El tArchtvo, V, 10. .• ; vl<.i -i\ 

(3) El Cid de la Realidad , VIII. a: •.,:...»■> /* ...,;r..i ;•..< 



— 33* — 
E después que el rey fué muerto, nunca se quitó del 
Cid, e fedéralo alcaide de un castiello, e fallólo siem- 
pre leal. Por esto queríen que toviese éste las puertas 
de la cibdad e que fuese guarda con almocadenes e con 
peones christianos de los al mofara ves que eran criados 
en tierra de moros» (i). Resulta, pues, que el señor 
Malo de Molina, de quien son las palabras «escogidos 
entre los mozárabes que habitaban la ciudad y sus arra- 
bales» (2), no ha expresado bien el sentido de la Cró- 
nica. ¿Había muzárabes fuera de la ciudad, en el resto 
del reino? Al hablar de la expedición de Alfonso I de 
Aragón, el Batallador, á Andalucía, en los años 1125 
y 1 126, tendremos ocasión de convencernos de esa 
verdad. El mismo nombre de villas de Alcanicia que 
aparece en la donación hecha por Rodrigo en i.°de 
julio de 1098 á favor de la catedral de Valencia y de su 
obispo don Jerónimo, lo confirma. 



(1) Folio 335. .- 1 . '" . 

(2) Rodrigo el Campeador , III. i ¡ ( . v 



CAPÍTULO VIII 



El Cid 




(1O94-IO05) 




odrigo Din de Vitar.— Lugir 7 fecbi de 1U rjicimienlo.— S 


« padres. -Im B or,anci. de Rodrigo 


uta Je li baratía de Umlid..— Golpej.r— El C.mpcidor 




Krbrini de Alfonso VI.— Aprecia en que bu» 1076 le .u.o ■ 




Rodrigo. — Dniieiio do Rodrigo.— Pan 1 ofrecer nu servicio: 


1 i Id, condes de Barcelona.— Le •oc- 


prende en Zango» U muerie de el Hociidir.— Reoditioo de 




limos.— lir.inu. del Ijd.— Primer discurso de) Cid i ios sor 


al de Valencia. -B.nl 1. de Ciiui.- 




:¡0 de Aben AbJ ti.- -Prisión y mucre 


de Aben Gebaf.— Fija el Cid en Vileneii 10 morid*.— Alibi 


nui de Aben Tibir .1 ctdí.— Tercer 



pecará de inoportuno el que demos á cono- 
cer á Rodrigo Diaz de Vivar hasta que se 
destaca su interesante figura en el cuadro de 
los sucesos políticos de Valencia durante el reinado de 
Yahya al.Cádir: sólo asf se tendrá concepto cabal del 
personaje típico del valor, caballerosidad, lealtad é 
hidalguía española. 

La historia y la poesía llegaron en este caso con- 
creto á compenetrarse de tal modo, que no ha de cau- 
sar extrañeza el que algunos historiadores, tales como 
Viardot, Quintana y Masdéu (i), faltos de suficientes 
medios y voluntad para distinguir entre lo ficticio y lo 



- (1) De éste dice Dosy que, no obstante su caricter de sacerdote y discí- 
pulo de Sen Ignacio de Loyola, estaba inoculado del virus volteriano de la 
¿poca. No desperdicia ocasión de dar salida i su mal comprimido despecho 



— 334 — 

real, salieran de la dificultad condenando la memoria 
del Cid cual si fuese engendro de la fantasía. Docu- 
mentos que no fueron vistos, autores árabes que fue- 
ron ignorados, han venido, con su peso, á disipar la 
ligereza y atrevimiento de negar hasta la existencia del 
célebre castellano. 

Todavía quedan sombras que ahuyentar, y no son 
las menos espesas las que envuelven la cuna de Ro- 
drigo. ¿Dónde nació? «El apellido de Vivar dio ocasión 
á los autores de cantares y romances antiguos, para 
decir que este famoso castellano nació en la aldea de 
aquel nombre y que fué de gente humilde; no faltando 
quien dijese que su padre fué molinero. Este cuento 
y otros semejantes, que se inventaron para exagerar 
más la fortuna á que fué elevado Rodrigo Díaz, deben 
despreciarse como contrarios á los más autorizados 
documentos que nos dan conocimiento de su familia, 
la que estuvo avecindada en Burgos y fué de las más 
ilustres de España. Su casa se ha conservado con el 
nombre de las Casas del Cid, heredadas por el monas- 
terio de Cárdena y cedidas por el mismo á la ciudad de 
Burgos por un corto censo anual y con la condición 
de mantener en ellas las armas del Cid, para memoria 
del que tanto esclareció á su patria» (i). 

De la opinión del continuador de la obra del padre 
M. Enrique Flórez disiente el Sr. Malo de Molina: 
«Creemos que la denominación de el de Vivar lá debió 
Rodrigo á haber tenido su nacimiento en esta aldea, si 
bien su educación y primeros años los pasara en Bur- 



il ) Risco, Historia de Rodrigo 'Dia^ I. 



• .* • *.* 



— 335 — 

gos, donde habitaba su padre... La exención de tributos 
que acordó á esta villa D. Alfonso VI en 1075, cuyo 
privilegio dice Berganza se conserva en ella, fué por 
respeto á Rodrigo; y todo esto nos confirma en la idea 
de que Vivar fué el lugar del nacimiento del famoso 
castellano de Risco- Y comprueba de un modo indu- 
dable esta nuestra opinión la Crónica rimada, docu- 
mento antiquísimo y apreciable: 

«El Rey con la melanconía por el corazón quería quebrar; 
demandó por Rodrigo, el que nació en Bivar...* (1). 

Igual incertidumbre hay acerca de la fecha del 
nacimiento. Aunque ha llegado á particularizarse como 
tal el 18 de octubre de 1026, es lo más probable que 
no viese la luz del dia hasta el periodo comprendido 
entre los años 1040 y 1050(2). Respecto de su ilustre 
genealogía y noble prosapia hay testimonio auténtico, 
el cual, conocido, ha causado la más perfecta unifor- 
midad de pareceres. Fué su padre, Diego Láinez, des- 
cendiente de don Diego Porcelós, poblador de Burgos, 
y de Lain Calvo, juez de Castilla. Su madre fué doña 
Teresa Rodríguez, hija de don Rodrigo Álvarez, conde 
y gobernador de Asturias (3). 

Al mencionar la expedición de Fernando I á Valen- 
cia, dijimos que murió poco después, en diciembre 
de 1065. Algo antes, en un diploma del mismo rey, 
ya aparece, por primera vez, el nombre de Rodrigo. 
Dicha circunstancia explica la importancia de sus 



(1) Rfiirigo ti Campibr, I. 

(2) Risco, Hist. de Rodrigo Díaz, I. — Malo de Molina, 1. c. 

(3) Risco y Malo, 1. c. 



— 33* — 
estados y los buenos servicios que su padre prestó al 
rey en la guerra con su hermano don García de Na- 
varra, Antes, pues, de la partición de los estados de 
Fernando I, ya Rodrigo tenía edad para intervenir en 
los negocios del Estado, lo cual desmiente el dicho de 
que su tierna edad al faltar su padre, impulsó á 
Sancho II á llevarle á su palacio y perfeccionar la 
educación que su padre, Diego Láinez, le diera en 
su casa. 

En la guerra civil que se produjo á la muerte de 
doña Sancha, la esposa de Fernando I, se hace figurar 
á Rodrigo desempeñando papel importante. El primer 
choque entre los hermanos Alfonso VI, rey de León, 
y Sancho II, de Castilla, se tuvo el 19 de julio 
de 1068, en Llantada, riberas del Pisuerga. Si, como 
quiere Dozy, llevado siempre del poco noble propósito 
de hacer odiosa la memoria de una de nuestras más 
preciadas glorias, se comprometieron los dos monarcas 
en fiar al éxito de una sola batalla el decidir en cuál 
de las dos cabezas habían de quedar ambas coronas, 
Alfonso VI, que fué el derrotado, no debió dar ocasión 
al consejo atribuido al Cid. 

Tres años más tarde encendióse otra vez la guerra 
entre castellanos y leoneses. En los últimos días de 
diciembre de 107 1, ó en los primeros de enero de 
1072, se renovó la lucha, que tuvo trances muy 
diversos. El teatro de aquellos tristes sucesos fué 
Golpejar, pueblo de la comarca de Carrión. Primero 
fueron vencidos los leoneses; en otro combate fueron 
deshechas las tropas castellanas, y á la postre, seguido 
el consejo de Rodrigo, fué Alfonso derrotado y cayó 



— 337 — 

prisionero de Sahcho II. Sandoval confunde en una 
sola acción las tres diversas de Golpejar, y con la de 
Llantada. Ello ha bastado para que Dozy haya dirigido 
á Rodrigo los más duros calificativos. En esa misma 
equivocación se funda Lafuente para tratar de no mejor 
modo al nobilísimo caudillo (i). 

cDebemos observar, dice el traductor español de las Investi- 
gaciones, que el autor exacerba sus censuras en ocasiones sin 
motivo bastante: así, por ejemplo, le acusa de pérfido por acon- 
sejar á su soberano Sancho que caiga sobre las descuidadas 
huestes de Alfonso, bajo pretexto de que aquél no respetó el 
pacto que supone celebrado entre ambos hermanos de ceder su 
reino el que perdiese la batalla. Pero es lo cierto que ni com- 
prueba la existencia de tal pacto, ni Sancho se creyó vencido, ni 
el Cid hizo otra cosa que dar un consejo á su soberano, dictado 
por el amor á la independencia del suelo en que naciera; y, por 
último, á ser cierto todo lo que cuenta el señor Dozy, la nota de 
perfidia recaería sobre Sancho, nunca sobre Rodrigo, que ni lo 
celebró ni era hombre de tratos semejantes» (2). 

Durante el sitio de Zamora, ya Rodrigo es el hom- 
bre de confianza del monarca, de Castilla. «El rey 
Sancho amaba con entrañable afecto á Rodrigo Díaz, 
por lo que le constituyó en caudillo de sus huestes. 
Era fortísimo guerrero y el Campeador (Campidoctus) 
en la corte del rey. En las guerras que don Sancho 
sostuvo con don Alfonso, en las batallas de Llantada 
y Golpejar, de que resultó vencido el rey de León, 
Rodrigo tuvo la enseña real. Habiendo Sancho sitiado 
á Zamora, fué el Campeador sorprendido por quince 



(i) Doiy, 2. a P., El Cid dt la realidad, I.— Lafuente, II, i.« 

(a) Prólogo. 



- 338 - 

caballeros enemigos: mató auno de ellos 1 é hirió y 
derribó á otros dos; los demás apelaron á la fuga.» 

Los que, como Lafuente, atribuyen á la interven- 
ción de Rodrigo en la jura de Santa Gadea la ojeriza 
con que siempre le miró Alfonso VI, no están en lo 
cierto. «Después de la muerte del rey D. Sancho, que 
tanta protección y amor dispensó á Rodrigo, Alfonso 
le recibió por su vasallo, le trató con señalada honra y 
le distinguió con muestras de estimación. Le dio por 
esposa á su sobrina doña Jimena, hija de Diego, conde 
de Oviedo» (i). De la carta de arras se sabe que el 
casamiento se celebró el 19 de julio de 1074. Testi- 
fican del casamiento, el rey, sus dos hermanas Urraca 
y Elvira, y la principal nobleza del reino (2). 

En marzo de 1075 aún seguía Alfonso VI distin- 
guiendo con su predilección al famoso castellano. Por 
entonces acompañó ai rey y á su hermana doña Urraca 
en la visita que hicieron á las reliquias de la catedral de 
Oviedo. En el mismo año le concedió Alfonso un pri- 
vilegio confirmándole en la posesión de su patrimonio 
y declarando libre y exenta de tributos la villa de Vivar. 
Á los tres años y cuatro meses después de la muerte 
de Sancho II, esto es, en febrero de 1076, hace el rey 
una donación en favor del abad Licinio, pariente de 



(1) Hist. Leonesa. 

(2) En ellas se ve que Rodrigo tenía posesiones en estos lagares de Cas- 
tilla: Cavia, Máznelo, Villaizin de Candemunio, Madrigal, Villasaoce, Esco- 
bar, Grijalva, Judego, Quintanilla de Morales, Boada, Manciles, Villagato, 
Villaizán de Treviño, Villamayor, Villahernando, Vallecillo, Melgosa, Alcedo, 
Fuenterevilla, Santa Cecilia, Espinosa, Villanuez, Nuez, Qnintana-Lainez, 
Villanueva, Cerdiños, Vivar, Quintanahortuño, Ruseras, Pesquerino, Ubierna, 
Quintanamontana, Moradillo y Laimbistia (Risco, apéndice III). 



— 339 — 
Rodrigo, y aún prodiga á éste frases del más puro 
afecto. En este mismo año acontecieron las supuestas 
ida de Rodrigo á la corte de Sevilla y batalla de Cabra, 
hechos ambos calificados de fabulosos por Malo de 
Molina; y, sin embargo, en ellos se basan los califica- 
tivos de avaro y traidor que le dirige Dozy, que equi- 
vocadamente atribuye á tal causa la expulsión de 
Rodrigo de los estados de Castilla. Otra fué la causa. 

Estando el rey pacificando tierra de moros que se 
le había rebelado, quedó Rodrigo en Castilla á causa 
de quebranto en la salud. Por entonces hicieron una 
entrada los infieles y se apoderaron del castillo deGor- 
maz. Cuando el Cid tuvo noticia de la irrupción, dijo 
lleno de enojo: «perseguiré á esos ladronzuelos, y 
quizá los haga prisioneros.» Penetró con su hueste en 
tierra de Toledo, causó en ella gran devastación, reco- 
gió mucho botin é hizo 7.000 cautivos, entre hombres 
y mujeres. La envidia de que era objeto por parte de 
algunos consejeros del rey, se manifestó murmurando 
al oído del monarca, que Rodrigo se había propuesto 
con su correría concitar el odio de los infieles y, por 
este medio, que pereciesen Alfonso y los demás cris- 
tianos que se habían internado en Andalucía. El rey 
se irritó contra su más leal vasallo, y le desterró de 
Castilla (1). 

Malo de Molina niega la realidad del viaje á Sevilla 
y el hecho de San Esteban de Gormaz: «Desde el casa- 
miento (19 julio de 1074) hasta el destierro, nada 
hallamos en los autores más dignos de fe que pueda 



(1) Hist. Leonesa. 



— 340 — 
ser verosímil ni, menos, verdadero. Muchas hazañas 
se atribuyen á Rodrigo, ya con motivo de un supuesto 
viaje á Sevilla y Granada para recibir las parias que 
los reyes moros de aquellas ciudades debían al rey de 
Castilla, ya á causa de las correrías que los árabes ara- 
goneses hicieron por San Esteban de Gormaz cuando 
don Alfonso tomaba parte en la guerra civil, que los 
muslimes andaluces sostenían, con el fin de apaci- 
guarlos. Si, en efecto, estas excursiones se hubiesen 
hecho y nuestro héroe hubiera tomado parte en ellas, 
hallaríamos algún recuerdo, ya que no una descripción 
formal, en las memorias árabes que tan clara y minu- 
ciosamente nos hablan de las guerras entre los Beni 
Abed de Sevilla y Beni Dzin-Nun de Toledo; pero, 
lejos de esto, no se encuentra la menor indicación en 
los autores árabes de las derrotas sufridas por el rey de 
Granada, ni de las causadas por el Cid en San Esteban 

de Gormaz Si el Campeador hubiera tomado parte 

en estas empresas y causado los daños que se le atri- 
buyen, su nombre se vería en las memorias árabes, 
como se ve más adelante en los anales de Aragón, 
Murcia y Lorca; y atendida esta falta de conformidad 
en documentos que la guardan absoluta en otros pun- 
tos no menos interesantes, no vacilamos en calificar 
de fábulas cuanto hace relación á los hechos atribuí- 
dos al Cid, desde que contrajo matrimonio el año 
1074, hasta el 1081, en que salió desterrado del reino 
por don Alfonso» (1). En la primera de esas fábulas 
se apoya Dozypara descolgarse con que 1 Rodrigo fu£ 



(x) Rodrigo el Campeador, I. 



— 34* — 
acusado, con ra%ón ó sin ella, de haberse apropiado gran 
parte de los regalos destinados al Emperador. 

Dejando sumidos en el mayor desconsuelo á sus 
amigos, marchó, en un principio, á Barcelona, donde 
reinaban á la vez desde 27 de mayo de 1076, época en 
que murió Ramón Berenguer I, sus dos hijos Ramón 
Berenguer II, apodado Cap £ Estopa, por lo blondo y 
blanco de su cabello, y Berenguer Ramón II, llamado 
el Fratricida, á causa de la muerte que hizo dar á su her- 
mano gemelo Ramón Berenguer II en 6 de diciembre 
de 1 08 1. Poco antes salía de Barcelona para Zaragoza 
el héroe castellano, pues que en Zaragoza le sorpren- 
dió la muerte de al Moctádir, ocurrida en giumada 
i. a del año 474 (oct.-nov. de 1081) (1). 

Ai llegar á este punto exclama el traductor de las 
Investigaciones: «También censura Dozy al Cid el haber 
entrado al servicio de los reyes árabes de Zaragoza, 
sin observar que esto no ocurrió hasta que D. Alfonso, 
que jamás le perdonó ni la pérdida de sus reinos ni 
el juramento de Santa Gadea, lo desterró malamente 
de sus estados movido por las pérfidas insinuaciones 
de García Ordóñez, que combatía á las órdenes del 
rey moro de Granada contra Mutamín de Sevilla, tri- 
butario de D. Alfonso. Rodrigo sólo entró al servicio 
de los árabes cuando le fué imposible vivir entre los 
suyos, cuando fué desatendido por el conde Berenguer; 
jamás combatió contra su rey, y, como decía con razón, 
las luchas intestinas de los árabes en que tomó parte, 
fueron favorables á Castilla. Procuró muchas veces 



1 Hist. Leonesa.— Conde, III, 8. 



i 1 



— 342 — 

volver á la amistad de su rey, que siempre le tuvo oje- 
riza y le hizo cuanto daño pudo; viviendo siempre 
entre enemigos, gente pérfida comúnmente» (i). 

Atinadas son las reflexiones que acerca de las 
alianzas entre cristianos y muslimes hace un historia- 
dor: «Menester es confesar, por más que nos sea dolo- 
roso, que esas alianzas con los mahometanos que 
nuestra severidad histórica nos obliga á condenar, eran 
tan frecuentes en aquellos tiempos, que debemos creer 
se miraban como sucesos ordinarios, ó, por lo menos, 
no se consideraban como crímenes graves contra la 
patria, puesto que magnates, caudillos, príncipes los 
más ilustres y gloriosos, monarcas como los Sanchos, 
los Fernandos, los Alfonsos, se aliaban frecuentemente 
con los musulmanes contra otros cristianos, cuando 
la necesidad ó la conveniencia se lo aconsejaban; 
lamentable necesidad y triste conveniencia, pero que 
no, por eso, deja de constituir uno de los caracteres 
y una parte de las costumbres de aquellos calamitosos 
siglos» (2). 

Narrados ya los sucesos posteriores que tienen 
relación con la marcha política de nuestro reino, salta- 
remos, para reanudar la relación en el punto en que 
la dejamos interrumpida, al día 15 de junio de 1094, 
fecha de la rendición de Valencia á las armas del Cid. 

El último jueves de giumada i. a de 48 7 (15 junio 
de 1094), firmada la capitulación para la entrega de 
Valencia, á las doce en punto se abrieron sus puertas. 



(1) Prólogo. 

(2) Lafuente, II, 6. 



— 343 — 
Á la parte de adentro estaba Aben Gehaf, con fuerza 
armada de su mesnada y también de la hueste* de la 
ciudad, formando un ejército regular. Á medida que 
los cristianos entraban subían á ocupar los muros y 
torres, sin cuidar'se de que el cadi les advertía que 
aquello era infringir el pacto. Acudieron con pan y 
habas los vendedores de la Alcudia, y, sin esperar á 
tanto, salían de la ciudad los moros á dicho arrabal, y 
cada uno compraba cuanto permitían los recursos de 
que disponía. Los más pobres, no contando con dinero 
para adquirir comestibles, se alimentaban de hierbas. 
Todo el mundo entraba en la ciudad v con entera 
libertad salía de ella. La mortandad, sin embargo,, no 
disminuyó, y todos los campos se llenaron de sepul- 
turas: pues, si bien los más avisados se abstuvieron 
de comer cuanto el hambre pedia, los más, como que 
á la carestía propia de los días del sitio había sucedido 
la abundancia, se alimentaron con exceso, y los victi- 
mas de la voracidad fueron numerosas. 

Al día siguiente al en que los cristianos se apode- 
raron de la ciudad (16 junio), entró en ella el Cid 
seguido de fuerzas considerables. Subió á la torre de 
Ali Bufat ó del Temple, la más alta del muro, y desde 
allí estuvo contemplando su preciada conquista. Acu- 
dían allí los moros, le besaban la mano y le daban la 
bienvenida; él correspondía á tales atenciones prodi- 
gándoles toda suerte de honras. Para captarse más la 
voluntad de los valencianos, mandó tapiar de los 
muros y torres las ventanas que tenían vistas á la ciu- 
dad, evitando, asi, las miradas indiscretas de los cris- 
tianos dirigidas á las casas de los moros. Agradecieron 



— 344 — 
éstos sobremanera la moderación del vencedor, lle- 
gando al colmo su júbilo cuando el Cid mandó á los 
suyos que guardasen la mayor consideración á los 
moros, significándola con- saludarlos y cederles el paso. 
Decían: «que nunca tan buen orne vieran, nin tan hon- 
rrado, é que tan mandada gente troxiese.» 

También Aben Gehaf trató de ganarse la voluntad 
del Campeador. Recordaba la saña que del Cid se apo- 
deró cuando fué á visitarle á la Villanueva y no le llevó 
ningún presente ni donativo. Tomó para borrar aquel 
enojo una gran cantidad de dinero de los que vendie- 
ron caro el pan durante el cerco de la ciudad y la llevó 
al Cid. De aquellos comerciantes á quienes arrebató 
el dinero, habia algunos de las Baleares. El Cid no 
quiso recibir el presente, por más que se mostró agra- 
decido al cadí. Por qué obró así, no tardó Rodrigo en 
manifestarlo. Por medio de un heraldo convocó á todos 
«los ornes honrrados é los cavalleros» á una reunión 
que habia de celebrarse en la huerta de la Villanueva 
(San Juan de la Ribera), «do morava estonces el Cid.» 

Á pesar de que muchos muslimes que tenían recur- 
sos para morar lejos de los incircuncisos abandonaron 
la ciudad al entrar en ella los cristianos, trasladándose, 
con especialidad muchos nobles y doctores, á Liria, 
Murcia y Jaén, aún acudieron en gran número á la 
Villanueva. Cuando va estuvieron reunidos, salió el 
Cid á un sitio preparado con tapetes y con esteras, 
hízolos sentar, y comenzó á hablarles en esta forma y 
sobre cosas diversas (i): 

(i) Dozy se ha valido de la traducción que Mr. de Circourt (Hist. des 
Mores Mudejares et des ¡Korisques, t. I) ha hecko de este dbcurso y de otros 



— «345 — 

cYo só orne que nunca ove rey na do, nin orne de tai linaje 
non lo ovo. E el día que vi esta villa, pagúeme mucho della, 
e cobdiciéla e rogué á Nuestro Señor Dios que me la diese. 
E ved cuál es el poder de Dios, que el día que yo posé sobre 
Jubala (Cebolla ó el Puig), non avie mis de quatro panes; é fizó- 
me Dios merced que gane á Valencia, ¿ só apoderado della. Pues 
si yo derecho fiziere en ella e enderezare las sus cosas, dejármela 
ha Dios; é si yo mal y fago, ó tuerto, ó soberbia, bien sé que 
me la toldrá. — E de oy más, vayase cada uno á sus heredades 
é áyalo asi como solíe aver: é el que fallare su viña» ó su tierra, 
ó su huerta, vazía, éntrela luego; é el que fallare su heredad 
labrada, de aquel que la labró pagúele la costa que fizo, é tómela 
su dueño, asi como lo manda la ley de los moros. E, otrosí, 
mando á los que han de tomar derechos de la villa, que non 
tomen más del diezmo, así como manda la costumbre de los 
moros. — E yo tengo que he de ver vuestras faciendas dos días 



dos que pronunció el Cid. Malo de Molina hace la versión al castellano mo- 
derno, «poniéndolo todo lo más parecido al estilo que en la Crónica general 
se guarda». A nosotros nos ha parecido más conveniente transcribir ad pedem 
liittra ules discursos, porque, á pesar del tiempo transcurrido desde Alfonso 
el Sabio, resultan las voces y giros del castellano de entonces bastante inte- 
ligibles. Si alguna palabra ofrece sentido oscuro, el contexto le aclara. Ese 
•castellano y el de la época del Cid han de guardar poca ó ninguna diferencia, 
por el poco tiempo transcurrido. Dos siglos van pasados, valga por ejemplo, 
.desde que escribió el P. Feijóo, y el castellano suyo es casi idéntico al de 
nuestros días. Resulta, pues, que el castellano de la General es el que real- 
mente habría empleado Rodrigo en sus discursos si es que los pronunció» 
Es vergonzoso y ridiculo que, teniendo nosotros á mano el original, hayamos 
.venido dando tumbos del castellano antiguo al francés escrito por un alemán, 
y del francés al castellano moderno por medio de traducciones no siempre 
recomendables. Hay, además, otra razón para que hayamos copiado tex- 
tualmente los discursos y aun otras palabras, frases y períodos de la Crónica 
de Alfonso X: para nosotros es más dulce, suave y armonioso el castellano de 
los siglos medios que el de nuestros días. Estamos, en esta parte, de perfecto 
acuerdo con Dozy, y hacemos, por tanto, nuestras las palabras que siguen: «La 
.Crónica tendría derecho á nuestra estimación, aun cuando no fuese más que 
.por el solo mérito de haber creado la prosa castellana, no la prosa descolorida 
de hoy, falta de carácter y de individualidad, que con frecuencia no es más 



— 34* — 

en la semana, el lunes é el jueves; é si algunos preytos viéredes 
que son presurados, venid quando quisiéredes á mi, ca yo os 
pyré: ca yo non me aparto con mujeres á cantar nin á beber, 
como fazen los vuestros señores, que los non podedes ver; e yo, 
por mi quiero ver las vuestras cosas todas; é servos he así como 
compañero, é guardarvos he así como amigo á amigo, e pariente 
á pariente. E yo quiero ser alcalde é algualzil; é cada que alguna 
querella oviéredes unos de otros, yo lo faré luego emendar.» 

Y añadió: «Dijéronme que Aben Jaf que fizo tuerto á alguno 
de vosotros: que vos tomó los averes para presentar á mi, é que 
vos los tomó por razón que vendiérades el pan muy caro; é yo 
non le quis tomar tal aver nin tal presente, é quando yo de tal aver 
quisiera, yo lo tomaré, ca non lo demandaré á él nin á otro nin- 
guno; mas |non mande Dios que yo cosa de mala parte tomase á 
ninguno é sin razón! E quantos alguna cosa ganaron é vendieron 
de lo suyo bien, Dios les ponga y en ello cobro; é á cuantos 
alguna cosa tomó, vayan áél, que yo ge lo mandaré tornar todo.» 

Y, por último, dijo: «¿Vistes el aver que tomé de los man* 



que francés traducido palabra por palabra, sino la verdadera prosa castellana, la 
de los buenos tiempos, aquella prosa vigorosa, rica, grave, noble y sencilla á 
un tiempo» pero que etpresa un fácilmente el carácter españoi; y esto en una 
época en que los demás pueblos de Europa, inclusa Italia, estaban bien lejos 
de producir una obra en prosa que se recomendase por* su estilo. Pero hay 
más aún: al tiempo en que hemos llegado, gracias á Dios, en el cual hemos 
vuelto á los severos juicios clásicos; en el que se estudian con ardor los mag. 
níñcos monumentos de la Edad Media; en el que se busca con avidez lo que 
aún queda de las poesías que encantaban á nuestros padres; en un tiempo en 
que la Historia de la Edad Media no debe ni puede limitarse á citar fechas, 
á relatar guerras y sitios, á analizar leyes, sino que, por el contrarío, se estu- 
dia en toda clase de monumentos levantados por el genio levantado del 
pueblo ó de los grandes maestros; en un tiempo en que no se satisface la 
curiosidad con indicaciones parciales, sino que se quiere conocer la Edad Media 
con todo lo que ha producido de bello, de grandioso y de sublime; sería un 
espectáculo gracioso, si no fuera menos triste, ver á los historiadores citar el 
libro en el cual se han conservado las muestras de una multitud de poemas 
épicos que nos serían desconocidos, si en él no se hallasen sólo para depri- 
mirlo y contrariarlo: libro tan admirable y que tan alta idea nos da del moví* 
miento literario en la Península». 



- un - 

daderos que yvan á Murcia? Mío era por derecho, ca ge lo tomé 
en guerra, porque falsaron el prejrto que posieron comigo; em- 
pero que por derecho que lo tomé, quiero ge lo tornar todo fasta 
el postrimero dinero, que non pierdan dello ninguna cosa.-— 
E quiero que me fagades preyto é omenaje de las cosas que vos 
yo diré, é que vos non tiredes dellas, é que obedezcades mi man* 
dado, é que me non salgades de postura ninguna que pongades 
comigo, é quanto yo dixiere é feziere, que sea tenido, ca yo amo 
á vos, é quiero tornar sobre vos, é he pesar de vos, é duélome 
de vos é de quanto mal é quanta lazeria levastes de gran fanbre 
é mucha mortandad. E si lo que agora fezistes oviérades fecho 
antes, non llegárades á lo que llegastes, nin comprirades el trigo 
por mili maravedís. — Pues sed en vuestra tierra muy segurados 
é bien sosegados, ca yo he defendido á mis ornes que non entren 
en vuestra villa á mercar nin vender, ca yo les he mandado que 
merquen en el Alcudia quanto ovieren de mercar. E esto fago yo 
por vos non fazer enojo. — E mando que non metan cativo nin- 
guno en la villa; é si lo metieren, tomalde el cativo ¿ soltalde, 
¿matad aquel que lo llevase ó y metiere, sin caloña ninguna.— 
Yo non vos quiero entrar en vuestra villa nin morar en ella, mas 
quiero fazer sobre la puente de Alcántara un logar en que deporte 
á las vezes, é que la tenga presta si menester me fuere para que- 
quier que acaezca*» 

4 

Esto último estaba muy puesto en razón, por 
cuanto, sin tener asegurado el paso del rio, ni él, en 
un momento dado, podría sostener el dominio sobre 
la capital, ni impedir que un enemigo temible, como 
los almorávides, corriese fácilmente hasta el mismo 
campamento cristiano. En octubre de 1088 hubo una 
gran inundación que devastó á Valencia y destruyó el 
borg al Kantara, ó torre del puente (1), En el libro 
del Repartimiento sólo se habla de un puente de ma- 



co Malo de Molina, apéndice XXI. 



- j 4 8 - 

dera, con dos torres y barbacanas á la cabeza; nada se 
dice de puente de piedra. Resulta que de esta clase no 
le había en tiempo de moros. No habiéndole en los 
sitios que ahora ocupan los del Real y del Mar, para 
pasar el río era necesario seguir por las orillas del rio 
hasta junto al Grao. En 1250 concedió Jaime I á 
Valencia que hiciese un puente de madera ó de piedra 
cerca de la Villanueva; y en 16 de abril de 1274 se la 
autorizó para recoger ciertos derechos durante dos 
años, con destino á las obras del puente nuevo de 
piedra, que es el de la Trinidad (1). 

Así como por junio de 1099, poco antes de morir 
el Cid, se hizo general la orden de que se trasladasen 
á la Alcudia los moros á quienes alcanzó en 1095 el 
privilegio de morar dentro de la ciudad, disposición 
hija del peligro que á la conservación de Valencia ofre- 
cía la permanencia de los muslimes en ella (2), la 
traslación parcial de 1095 (3) debió obedecer á igual 
causa: la batalla de Cuart de Poblet se dio en la era 
1 132 (4), ó sea, á raíz de la entrada del Cid (5)* 
Comenzaremos, pues, por relatar dicha batalla. 

Los escritores árabes y los cronistas cristianos están 
contestes en que Yúsuf ben Texufin tomó á empeño 
recobrar la ciudad perdida. «Cuando el Emir al Mos- 
lemín supo esta grave noticia y se apercibió de tan 
gran desdicha (la de haberse perdido Valencia), hizo 



(1) El archivo, IV, 270-271. 

(2) Crón. General, f. 359. 

(3) Dozy, Investigaciones. 

(4) Hist. Leonesa. 

(5) Crón. General, 1. c. 



— 349 — 
todos sus esfuerzos, porque Valencia era para él una 
mota en su ojo; y reunió sus medios y puso en movi- 
miento sus manos y su lengua. Despachó contra la 
ciudad gentes y dineros, y mandó á ella los hombres 
más intrépidos. La guerra entonces ofreció diferentes 
suertes: á veces se decidía por los enemigos, á veces 
por los del Emir al Moslemín» (i). ** 

Yúsuf ben Texufín, sabedor de que Valencia había 
sido tomada por el Cid, se irritó y entristeció sobre- 
manera. Tenido consejo con los suyos, designó por 
caudillo de España á un hijo de su hermana llamado 
Muhámad. El cual, seguido de infinita muchedumbre 
de bárbaros, almorávides y muslimes españoles, fué 
enviado á sitiar á Valencia y á apoderarse de Rodrigo, 
que, cargado de cadenas, había de ser conducido á 
la presencia de Yúsuf. El ejército musulmán llegó 
á acampar en Cuart de Poblet, distante de Valencia 
cuatro mil pasos. El entusiasmo que la presencia del 
ejército despertó en ios habitantes de la comarca de 
Valencia, se evidenció con la prontitud con que de 
todas partes acudieron á abastecerle de víveres, dados 
graciosamente en parte, y también en parte vendidos. 

El número de combatientes se aproximaba á 
150.000, de los cuales había 30.000 de á pie. Al ver 
Rodrigo cuan numeroso era el ejército que vino á 
combatirle, tuvo algún cuidado. Los almorávides per- 
manecieron diez días con sus noches en las inmedia- 
ciones de Valencia. Todos los días daban vueltas en 
torno de la ciudad dando aullidos, y á la vez dispara- 



to Malo de Molina, apéndice XX. 



— 350 — 

ban sus arcos sobre las tiendas del campamento de 
Rodrigo, como apremiándole á combatir. El Cid, sin 
perder su serenidad y valor acostumbrados, animaba 
á los suyos y rogaba sin cesar á Nuestro Señor Jesu- 
cristo le asistiese con su auxilio. 

Cierto día en que los mahometanos iban, como 
de costumbre, en torno de la ciudad dando gritos, 
creyendo que no tardaría en caer en sus manos, Ro- 
drigo, el invencible guerrero, confiando ciegamente en 
la clemencia del Señor, se lanzó bruscamente contra 
el enemigo. Después de un combate encarnizado, 
alcanzó, por mediación del cielo, la más completa vic- 
toria. Los almorávides, volviendo la espalda, enco- 
mendaron á la fuga su salvación, lo cual no les libró 
de que las espadas cristianas se cebaran en ellos. 

Fueron muchos los que, con sus mujeres é hijos, 
cayeron prisioneros, y fueron conducidos al campa- 
mento de Rodrigo. El botín que en el campamento 
de los vencidos se halló fué inmenso, en oro, plata, 
vestidos preciosos y toda suerte de riquezas. Esta vic- 
toria se alcanzó el año 1094, según la Historia Leo- 
nesa. 

De esa misma batalla habla la General. Dice que 
vino contra Valencia el rey Búcar, quien asentó su 
campo en Cuart, «ques una legua de Valencia.» Los 
almorávides eran 30.000. Un moro de Alcira llamado 
Jimén, fué enviado por Búcar para que hablase con el 
Cid. El caudillo mahometano era hermano de Junes, 
rey de Marruecos. Rodrigo triunfó' en la batalla (1). 



(i) Fol. 344-345. 



^ 351 - 

Ahora se comprenderá con cuánta prudencia obró 
el Cid al poner guarnición cristiana en Valencia y por 
qué obligó á que la abandonasen aquellos moros que 
al Campeador no inspiraban confianza. De otro modo, 
el entusiasmo que las tropas de Sir ben Abu Becr, que 
recibió el mando de todos los almorávides á su segun- 
da venida á España, ó de Muhámad ben Aixa, desperta- 
ron en toda la comarca, le hubieran sentido los mora- 
dores de Valencia, y hubiera sido ilusorio el señorío 
del Cid sobre la misma. 

Fueron después los moros á recobrar sus hereda- 
des; pero los cristianos que las tenían, fundándose, 
unos, en que las habían recibido por un año á cambio 
de sus pagas no satisfechas, y otros, en que las habían 
dado en arriendo y aún no había transcurrido el plazo 
de compromiso, se negaron á restituirlas á sus dueños. 
No es de sorprender que impensadamente tropezase 
el Cid con semejante dificultad, cuando siglo y medio 
después Jaime I se encontró con que había dado más 
tierra que la que había disponible y cortó el nudo redu- 
ciendo la medida. Contrariados los moros, esperaron 
la llegada del jueves próximo, para exponer al Cid 
las causas que impedían fuesen sus órdenes cum- 
plidas. 

Llegado el día, no tardó Rodrigo en presentarse 
en el jardín de la Villanueva. Tomó asiento en sil 
estrado y comenzó á presentarles unos ejemplos y á 
divagar de modo que sus palabras no guardaban con- 
cordancia con las razones que seis días antes les expuso. 
Su situación era comprometida: hallábase entre su 
palabra públicamente empeñada y la necesidad de no 



— 3S* — 
enajenarse los brazos sin los cuales su posición era 
insostenible. 

«Si yo fincase, les dijo á los moros, sin los míos ornes, serie 
á tal como el que ha perdido el brazo diestro, ó como los lidia- 
dores que non han espadas cin langas; pues la primera cosa que 
yo he ver é aderezar en este preyto de mis ornes, es fazer las cosas 
que sean más apuestas ¿ más complidas con que yo é ellos sea- 
mos mrjur guardados. Ca, pues Diostovo por bien que yo fuese 
apoderado en la cibdad de Valencia, non quiero que haya otro 
señor sinón yo. Pero digo que si vos comigo bien queredes é que 
vos siempre faga merced, guisad como metades Aben Jai en mi 
poder, ca bien sabedes todos la gran traygión que él fizo al rey 
de Valencia su señor, é el gran lazerio que le fizo pasar é á vos 
todos mientra que vos tove cercados.* 

Cuanto fué el júbilo que los moros tuvieron á 
causa del razonamiento anterior, fué terrible el desen- 
canto que padecieron ahora. No podian explicarse 
aquel cambio en tan pocos días. Contestaron que deli- 
berarían acerca de la grave proposición que les acababa 
de hacer y que le darían noticia del acuerdo que toma- 
sen. Treinta de los más notables se dirigieron al almo- 
jarife Aben Abdús, y le dijeron: «Pedírnoste merced 
que nos consejes del más leal é mejor consejo que en 
ti oviere; ca, pues de nuestra ley eres, tenemos debes 
ser más tenido de lo fazer. E la razón de que te con- 
sejo pedimos, es ésta: el Cid nos prometió la otra vez 
muchas cosas, é vemos agora que no nos dize nada 
de todo aquéllo, é que nos mueve otras razones. E 
tú sabes más las sus costumbres, ca nos fiziestes 
saber la su voluntad; ca, aunque nos ál quisiésemos 
fazer, non estamos en tiempo de fazer sinón lo que 
él quisiere.» 



— 35? — 

Aben Abdús les habló asi: «Ornes buenos, este 
consejo rahez es de fazer, ca bien vedes que Aben Jaf 
fizo gran traygión contra su señor; é guisad agora 
cómo lo metades á él en poder del Cid, é non vos 
re<;eledes nin catedes en ál fazer: ca yo bien sé que 
después nunca cosa demandaredes que vos la él non 
otorgue.» Mostráronse dispuestos á seguir el consejo 
del almojarife, y manifestaron al Cid que se pondría 
en ejecución lo que él habia propuesto. 

Tomaron luego muchos hombres armados y entra- 
ron en la ciudad; fueron á las casas de Aben Gehaf (i), 
rompieron las puertas y entraron dentro; prendiéronle 
á él y á los suyos, y los llevaron á la presencia del 
Cid. Enseguida mandó Rodrigo que el cadi y cuantos 
tomaron parte en el asesinato del emir Yahya fuesen 
encarcelados. 

Hecho esto, el Cid dijo á los notables moros: 
«Pues que agora vos avedes fecho lo que vos yo 
mandé, vos demandad lo que queredes que vos yo 
cumpra agora guisado, é yo comprir vos lo he; pero 
en tal manera que la mi morada sea en la villa, en el 
alcázar, é que los míos cristianos tengan las fortalezas 
todas de la cibdad;» Cuando los moros oyeron esto, 
dijeron: «Señor Cid, tú ordena lo que tovieres por 
bien: é nos lo otorgamos.» Rodrigo les contestó que, 
por lo que hacia relación á las costumbres de ellos, 
pidiesen lo que quisieran; y en cuanto al señorío, si 



(i) H*Día, coa efecto, según se ve en las notas para el libro del Reparti- 
miento, una c<lle del nombre de Atxn Geh<<f, calificada, unas veces, de 
cucac, v, otras, de vicus, títulos que significan menos importancia que carra- 
Ha {El Archivo, III, 218). 

46 



— 354 — 

I 

bien le quería tener completo, no quería sino el 
diezmo de los frutos que cogiesen en sus heredades. 
Mucho les plugo este nuevo razonamiento, y pidié- 
ronle que les pusiese alguacil, rogando, además, se les 
nombrara para alcaide Al Hugí: «é éste fué el que fizo 
los versos, según que lo ha contado la estoria.» 

Un mes se gastó en ultimar estas diligencias entre 
vencidos v vencedores. Ya acabadas, montado á caballo 
penetró en la ciudad seguido de su hueste muy bien 
ataviada y precedido de su bandera, dándose estruen- 
dosos vivas. Bajó al llegar al alcázar, y él y los suyos 
tomaron habitaciones muy buenas junto al palacio. 
Mandó poner, por último, su bandera en la torre más 
alta del alcázar. No sólo Valencia, sino todas las for- 
talezas que eran del señorío de la ciudad, reconocieron 
al nuevo señor. Quedó Rodrigo tranquilo en la pose- 
sión de los nuevos dominios, y él y los suyos cele- 
braron con grandes festejos el acontecimiento. 

«E luego, otro día, mandó el Gd llevar Aben Jaf i Jubala 
(el Puig), é diéronle muy grandes penas, hasta que llegó $erca 
de morir; é toviéronle en Jubala dos dias. E des y tornáronlo i 
Valencia, é toviéronle en la huerta del Cid en prisión. E mandól 
que escriviese una carta por su mano de quantas cosas avie. E ¿1 
ízol asi: é escrivió en aquella carta las sartas, é las sortijas, é los 
paños preciados, é las ropas nobles que avie, é otras cosas 
muchas preciadas de casa, é de las debdas que tenie. E esto le 
mandara el Cid fazer, por ver si averie en lo suyo tanto como en 
lo que en aquello que fuera del rey de Valencia. E quando esta 
carta leyeron ante el Cid, mandó que veniesen los moros que 
eran ornes buenos é honrrados, é que jurase ante ellos que non 
avíe más de aquéllo: é él fízol así» (i). 



(i) Crónica General, lol. 337 y. 



— 355 - 

La conformidad entre la General y la relación de 
Abu'l Hassán no puede ser más exacta: «Á la entrada 
del Cid el cadi se hizo obediente á sus órdenes y 
reconoció la dignidad que le daba la posesión de la 
ciudad, y contrató con él pactos que, en su concepto, 
debían guardarse por Rodrigo; pero que no tuvieron 
larga duración. Ben Gehaf permaneció con el Cam- 
peador poco tiempo; y, como á éste le disgustaba su 
compañía, buscaba el medio de deshacerse de él, hasta 
que pudo lograrlo, dícese que á causa de un tesoro 
considerable, de los que habían pertenecido á Ben 
Dzin-Nun. — Sucedió que Rodrigo en los primeros 
días de su conquista preguntó á Ben Gehaf por el tal 
tesoro, y le tomó juramento en presencia de varias 
gentes de las dos religiones, acerca de que no lo 
poseía. Respondió jurando por Dios y testificartdo 
solemnemente de su inocencia, sin cuidarse <le los 
males que debía esperar de su ligereza. Exigió Rodrigo 
al cadi que se extendiese un contrato con anuencia de 
los dos partidos, y firmado por los más influyentes de 
las dos religiones, en el cual se convino que si Rodrigo 
encontraba ó averiguaba el paradero del tal tesoro, 
retiraría su protección á la familia del cadi y podría 
derramar tu sangre» (i). 

Y después, al otro jueves, mandó que acudiesen al 
alcázar los moros y él se sentó en un rico estrado, 
haciendo lo mismo en su presencia los convocados. 
Mandó que se trajese allí á Aben Gehaf y á los demás 
que con él estaban presos. Preguntó al faquí y alcaide 



(i) Malo, apéndice XX. 



- 3S6 - 
Al Huxí y á los notables qué género de castigo debía, 
según la ley de los moros, aplicarse á los que asesi- 
naron al emir Yahya al Cádir su señor, y ellos, sin 
vacilar, contestaron: «Señor, segund la nuestra ley, 
deven ser apedreados.» Y el Cid mandó que la ley 
fuese cumplida. Y eran los que estaban con Aben 
Gehaf, 330. Nada más dice la Crónica General (1). 

Según un autor árabe, el Cid «encerró después en 
una cárcel ai cadi y á su familia y parientes y comenzó 
á pedirles los tesoros de Ben Dzin Nun sin cesar de 
quitarles cuanto poseían, ya por medio de azotes, ya 
por malos tratamientos, y ya por suplicios crueles. 
Luego mandó encender una gran hoguera, que abra- 
saba el rostro de los que pasaban cerca de ella, y llevó 
al cadi Abu Áhmed sujeto con grillos y rodeado de su 
familia y de sus hijos, y ordenó que todos fueran 
quemados. Los cristianos y los musulmanes empeza- 
ron á gritar, y se reunieron para esto, y quisieron que 
se librase á los esclavos y á los hijos, y lo consiguieron 
después de gran resistencia. Se cavó una fosa en la 
parte más baja de la huerta de Valencia, y se le metió 
en ella hasta el pescuezo, y se apisonó la tierra de su 
alrededor, y se le aproximó la lumbre. Cuando la tuvo 
cerca y se quemaba su cara dijo: «en el nombre de 
Dios clemente y misericordioso», y cogió los tizones 
ardiendo y se los aproximó á su cuerpo para acelerar 
su muerte: en su consecuencia, se quemó. ¡Tenga 
Dios de él compasión! Sucedió esto en giumada al 
aüel del año 488 (9 may.-7 jun. 1095); y el jueves, al 



(1) Fol. 337 ▼. 



— 357 — 

finalizar el mismo giumada al aüel del año precedente, 
fué la entrada del referido Campeador en Valencia» (i). 
El género de muerte que padeció el cadi le atrajo 
las simpatías de los muslimes, que antes le juzgaban 
monstruo de iniquidad. Entre los escritores de aquel 
tiempo, es digno de que se transcriban los encontra- 
dos juicios, antes y después de la muerte de Aben 
Gehaí, del ex-gobernador de Murcia Aben Táhir. 

«¡Oh tú, el que tienes un ojo azul y otro negro: vete despa- 
cio, porque has cometido un grave crimen! Has asesinado al rey 
Yahya, y te has vestido su túnica. Llegará el dia de darte tu 
merecido, sin que tengas poder bastante para impedirlo» (2). 

El mismo Abderrahmán ben Táhir escribía des- 
pués de la muerte del cadi á un primo de éste: «La 
desgracia ha permitido ¡quiera Dios librarte de sus 
males y defenderte de sus asechanzas!, que el faqui, el 
cadi Abu Áhmed ¡perdónele Dios sus pecados! se vea 
abatido y muerto y destituido de su dignidad. Por mi 
vida que las estrellas de la gloria se han oscurecido 
con su ruina, y los cielos de la nobleza han derra- 
mado lágrimas á su muerte y á su desaparición. Cier- 
tamente que por la belleza de su carácter y por los 
socorros que prestaba á los desgraciados, era como la 
lluvia en un año estéril, como la leche en los tiempos 
de preñez. No era de carácter duro; perdonaba los 
errores; era afable con sus vecinos; amigo de sus ami- 
gos; se atraía los corazones por sus buenos modales, 



(1) Malo de Molina, apéndice XX. — La relación de Conde (III, 22) es 
exactamente igual á la que acabamos de transcribir de Aben al Abbar. 

(1) Ifcdo, I. c. 



- 358 - 

y subyugaba á los hombres libres, por su bondad. 
jPor cierto que el mundo lleva luto desde que él no 
existe! Cuando se acercaba á su infortunio dobló su 
altivo cuello para gobernar bien á Valencia, humi- 
llando de tal modo á sus enemigos. Asi ella derrama 
lágrimas por él semejantes á la lluvia de la primavera 
y le encomia por todas partes. Mas ¡ay! que la muerte 
le ha arrebatado bien pronto, cuando por su causa 
vivían entre vosotros los placeres, cuando os había 
ceñido el magnifico collar de gloria y elevado vuestro 
poder sobre todos los poderes. Mas somos criaturas 
de Dios, y volveremos á él, por muy grande que sea 
nuestra desgracia; y á Dios pediremos por él, pues que 
era noble de origen y de principios: era una montaña 
inaccesible y un asilo en la altura» (i). 

Las versiones acerca del género de muerte que 
padeció Aben Gehaf, abren ancho campo á dudas, no 
fáciles de desvanecer en nuestro concepto. Un testigo 
presencial, el autor árabe á quien, según los más 
competentes arabistas, tuvo á la vista Alfonso el Sabio 
al escribir la cuarta parte de su Crónica, dice, con 
gran laconismo, que el cadi, cumpliéndose la ley de 
los moros, fué por ellos condenado á lapidación, y 
que ellos mismos ejecutaron la sentencia. Nuestro 
Aben al Abbar, ministro que fué del walí £eid y del 
emir Zaén, copia á un autor también contemporáneo 
con aquellos sucesos, y nos da la relación del horripi- 
lante fin que se dice tuvo el cadi. ¿Á cuál de los dos 
historiadores daremos fe? 



(i) Malo, 1. c. 



r 



— 3S9 — 

Dozy, cuya parcialidad en más de una ocasión 
hemos podido apreciar, con el empeño de hacer anti- 
pática la más alta figura del pueblo español, se desen- 
tiende de la Crónica General, cuya autenticidad él más 
que nadie ha hecho resplandecer, y se esfuerza por que 
prevalezca la versión que más perjudica al nombre de 
Rodrigo. «El autor (á quien siguió Alfonso X) parece 
haber escrito la historia de su tiempo hasta el mo- 
mento en que Aben Gehaf fué arrojado en prisión, y 
creo que no pudo continuarla porque fué uno de aque- 
llos á quienes el Cid hizo quemar á fines de mayo ó 
principios de junio del año 1095, juntamente con Aben 
Gehaf. — En efecto, el relato es exacto hasta la época 
en que éste fué puesto en prisión; pero su muerte se 
cuenta de un modo singular. El Cid lo hizo juzgar por 
el faqui que habia nombrado el cadi y por los patri- 
cios de Valencia, los cuales decidieron que, puesto que 
habia matado á su rey, merecía, según la ley musul- 
mana, ser muerto á pedradas. Á este relato pueden ha- 
cerse dos objeciones: primera, que están en contradic- 
ción con el testimonio de Aben-Bassán, autor contem- 
poráneo, y con el de Aben al Abbar, historiador muy 
exacto y, además, valenciano; segunda, que no hay ley 
musulmana, al menos que sepamos, que diga tal cosa.» 

La primera objeción acusa, á nuestro entender, 
lógica que se presta á fácil redargución: porque si en 
Aben Bassán se lee lo contrario que en la General, 
puede también deducirse que será falso lo que aquel 
autor dice, por cuanto tiene en contra suya el testimo- 
nio de la General. Es, además, cierto que nuestro Aben 
al Abbar fué tan excelente historiador como político 



— 360 — 

acomodaticio, pero escribió como siglo y medio des- 
pués de los sucesos que relata, y pudo tener como 
fuente de información autor ó autores cuya parcialidad 
y fanatismo religioso les hiciesen falsear la verdad. En 
cuanto á la segunda objeción, se nota en el lenguaje 
de Dozy, que no sabe á ciencia cierta si la pena de 
lapidación estaba ó no admitida en el código maho- 
metano. 

Véase ahora con cuánta razón escribe el traductor 
español de la obra Recherches ó Investigaciones del profe- 
sor de la universidad de Leiden: «El señor Dozy, 
fundado en textos árabes las más veces, cuando no 
cristianos y de enemigos del Cid, infama á éste con un 
simple se supone ó se cree, como lo hace en más de una 
ocasión.» El parece y el creo aparecen, pues, en el caso 
presente. 

Intencionado Dozy, pero con intención que no 
debe anidar en cabeza de quien busca de buena fe la 
verdad, pretende deshacer la observación de que Al- 
fonso, no obstante ser cristiano, fué enemigo del Cid, 
y, como tal, tocado de igual parcialidad que los auto- 
res árabes: «¿Supondremos, acaso, que Alfonso alte- 
rase la narración del suplicio de Aben Gehaf porque 
presentaba al Cid bajo un aspecto muy desfavorable? 
No lo creemos; Alfonso no pudo tener este motivo, 
toda vez que no ha disimulado otros hechos en que 
el Cid se manifestaba más cruel todavía que en estas 
circunstancias» (i). 



(i) Ignoramos que autores árabes ni cristianos apunten acto más cruel 
que el de la muerte dada á Aben Gehaf. Se trata de presentarnos, no el Cid 
de la realidad, sino el Cid de una poesía al estilo de la que gasta Dozy, 



- 3 6f- 

Y de premisas tan falsas, deduce esta consecuen- 
cia: «Preciso es, pues, admitir que la crónica árabe 
(de que se valió el Sabio) no* contaba el suplicio de 
Aben Gehaf; que Alfonso lo tomó de una obra cris- 
tiana y, especialmente, de la leyenda de Cárdena, y, 
por último, que el cronista musulmán se vio obli- 
gado, por un accidente cualquiera, á interrumpir brusca- 
mente su trabajo.» Es decir: el amor de los monjes 
de Cárdena al Cid los llevó al extremo de mentir 
presentándole en el caso en cuestión bajo el aspecto 
más favorable; y, ¿por qué el desamor, más bien, 
el odio que con frecuentes maldiciones se expresa, 
de los autores árabes no los obligó á desfigurar los 
hechos, para presentarnos un ¿Rodrigo monstruo de 
crueldad? 

* De suposición en suposición, Dozy viene á expli- 
carnos d accidente cualquiera que interrumpió brusca- 
mente el trabajo del autor árabe á quien siguió Alfonso 
el Sabio: «Ahora está fuera de duda que el Cid hizo 
quemar vivos en 1095, no s °lo á Aben Gehaf y sus 
parientes (1), sino á otros muchos: entre estos desdi- 
chados se encontraba un hombre de letras que había 
desempeñado el empleo de secretario cerca de un visir, 
y se llamaba Abu Djafar Battí, es decir, originario de 



(1) Esto no es cierto, según los mismos autores árabes. Aben Besaam, en 
so ad-Dzajira, dice: «También pensó Rodrigo, al que Dios maldiga, en que- 
mar á su mujer y á sus hijas; pero le habló por ellas uno de sus parciales, y, 
después de algunas dificultades, no desoyó su consejo, y las libró de las 
manos de su fatal destino.» Y en el manuscrito de Aben al Abbar se lee; 
«Quisieron (los cristianos y los musulmanes) que se librase á los esclaros y á 
los hijos, y lo consiguieron después de gran resistencia.» 



— $62 — 

Batta, uno de los pueblos situados en los alrededores 
de Valencia (i). ¿No podría suponerse (2) que este 
escritor es el autor del relato traducido en la Crónica? 
Admitido esto (3), naturalmente se explicaría por qué 
este relato se interrumpe tan bruscamente y por qué 
no se hace mención en él del suplicio de Aben 
Gehaf» (4). Quedamos igualmente convencidos de 
las dos consecuencias que deduce Dozy, del género 
de muerte aplicado al cadi según algunos autores 
árabes, y de quién fuera aquel á quien copió Alfonso 
el Sabio: es decir, que no lo estamos, porque no pode- 
mos, ni de lo uno ni de lo otro. 

Tampoco fueron los tesoros de Yahya la causa del 
fin trágico del cadi. La General asegura que antes de 



(1) Examinado el índice de pueblos, alquerías y aldeas enclavados en la 
jurisdicción de Valencia (publicado en El Archivo, III, 74-98), no aparece 
'Batta ú otro nombre que se le parezca. Malo de Molina piensa si será < B¿tera % 
inmediato á Liria. Y dice que ad Dhabbí, en su Diccionario "biográfico, escrito 
át fines del siglo XII, trae un artículo concebido en estos términos: «Ajraet ben 
G'Abd el Ualí al Battí Abu D'yagfar, nombrado así de Batta, uno de los 
pueblos de la comarca de Valencia; caátib, poeta y hombre de gran inteli- 
gencia, fué quemado por el Cambitor ¡maldígalo Dios!, cuando se apoderó 
de Valencia: sucedió la quema en el año 488. Habla de él ar Rischathí en su 
libro».— En el 'Diccionario biográfico de los gramáticos y lexicógrafos, por as 
Soiutí, se encuentra el artículo siguiente: cAjmed ben G'Abd el Ualí, el 
Balensí el Battí, Abu D'yagfar: Dice G'Abd el Mélic que había estudiado las 
bellas letras, y escrito libros de gramática, y un diccionario y poesías; que era 
caátib y poeta, y que fué secretario de algunos watsires; y que le quemó el 
Cambitor ¡maldígalo Dios! luego que se apoderó de Valencia en el año 88, 
y hay quien dice que en el 90 (Malo de Molina, %odrigo el Campeador, III, 
nota).» 

. (2) Caben hipótesis hasta de lo más absurdo. 
(3) Aunqne sea con fundamento tan deleznable como el presente. 

: (4) Sí se hace mención, mas no de que fuese quemado, sí de que faé 
apedreado y con arreglo á la ley de los moros, que Rodrigo había de respetar 
según la capitulación para la entrega de la ciudad. 



+ - 3<3 ~ 

la muerte de al Cádir fueron trasladados al castillo 
Benaeeab, Castillo del Águila (i), y luego la Historia 
Leonesa confirma que fueron encontrados en dicho 
castillo, ó de Olocáu (2). ¿Cómo esta circunstancia, no 
ignorada del Cid, pudo servir de pretexto para la 
muerte de Aben Gehaf? 

Que los tesoros públicos obraban en poder del 
cadi, está confirmado por la General, por Casiri y los 
otros autores de que va hecha mención. ¿Pudo el cadi 
ser castigado como defraudador de los caudales públi- 
cos? Sí; pero su muerte obedeció al crimen de regi- 
cidio, que en ninguna nación ha dejado de tener su 
castigo, y las circunstancias agravantes del asesinato 
del emir de Valencia y la participación muy directa 
que en él tuvo el que en primer término venia obli- 
gado á amparar y defender al primer magistrado de la 
nación, merecían un castigo ejemplar. 

Ya expiado el asesinato de. Yahya con el castigo 
impuesto á los que causaron su muerte, Rodrigo 
mandó que al día siguiente acudiesen ante él los 
moros de Valencia para establecer definitivamente las 
relaciones que entre señor y vasallos habían de mediar. 
Ya reunidos en el alcázar y en .torno del Cid, que 
ocupaba un estrado, les habló así: 

«Ornes buenos de la aljama de Valencia: vos sabedes quinto 
yo serví é ayudé al rey de Valencia, é quánto lazerio pasé en 



(1) Fol. 524 v, . 

(2) «Cepit Rodericus castrum qui dicitar Olokabet, in qus quidem mul- 
tum thesaurnm qui fuit regis al Cádir invenir, quem cnm suis bona fidé 
divisit.» v 



— 3*4 ~ 
ganarla. E agora, quando Dios tovo por bien que yo fuesse señor 
della, quiérola para mí é para aquellos que me la ayudaron á 
ganar, salvo el señorío de mío señor, el rey don Alonso. E vos 
todos en mío poder sodes, para fazer de vos lo que quisiere é por 
bien toviere! e podríe vos tomar quanto en el mundo avedes, é 
los cuerpos, é las mujeres, é los fijos; mas yo non quiero así, é 
tengo por bien é mando que los ornes honrrados de vos que 
fuestes siempre leales, que moredes en Valencia en las vuestras 
casas con las vuestras compañas; ¿ que ninguno de vos non 
tenga más de una bestia, e que sea muía, é un orne que vos 
sierva; e que non usedes de armas nin las tengades, sinón quando 
fuere menester £yo mandare. E toda la otra gente, que me vazie- 
des de la cibdad; e que moredes fuera en el Alcudia, onde yo 
solía estar. E que ayades vuestras mezquitas en Valencia ¿ fuera 
en el Alcudia; e que ayades vuestros alfaquíes; e que usedes de 
vuestra ley; é que ayades vuestro alcayde ¿ vuestro alguazil, e 
asi los he puestos; e que ayades vuestras heredades; é que me 
dedes á mi el señorío de todas las rentas; é la justizia que sea 
mía; ¿ yo, que me mande fazer mi moneda. E los que quisieren 
fincar comigo en este señorío, fincad; é los que non quisiéredes 
fincar, yd en buena ventura con los cuerpos solamente, é yo vos 
mandaré poner en salvo. » 

Cuando los moros oyeron estas razones quedaron 
muy tristes y abatidos; mas no tuvieron otro remedio 
que el de acomodarse á las circunstancias. Al momento 
comenzaron á salir de la ciudad todos aquellos que no 
reunían las condiciones señaladas para poder perma- 
necer en ella. A medida que desalojaban sus moradas, 
ocupábanlas los cristianos que hasta entonces vivían 
en Alcudia. Dicese que fueron tantos los moros salidos 
de Valencia, que estuvieron dos días desfilando por 
sus puertas. El Cid y los suyos celebraron con de- 
mostraciones de gozo este acontecimiento. «E duró 
assí esto bien dos meses», dice la General. Y añade: 



-3*5 - 
«E de allí adelante fué llamado el Cid, mío Cid 
Campeador, señor de Valencia,» 

Desde ese momento comenzó Rodrigo á ser llama- 
do Gid, que es el Seid, ó Qeid, equivalente á Señor, 
tratamiento que se le dio por los valencianos al ser 
subditos suyos. 

El titulo de Campeador, ó Campidoctus, según la 
Historia Leonesa, le tuvo desde los primeros tiempos 
conocidos de su vida política. En documentos anti- 
guos se escribe Campidátor y Campeiador. Los árabes 
le llamaron también Canbithor, efecto de la Índole 
especial de su alfabeto. El estudio más acabado acerca 
de la significación y etimología de dicha palabra es 
debido á Dozy. «Inútil es decir, escribe, que Campea- 
dor nada tiene que ver con la palabra latina campus, 
pues se deriva de la teutónica champf, que responde á 
las voces duellum y pugna; el verbo kampjan corres- 
ponde á praliari, y el sustantivo karnfo ó kamfjo, á las 
palabras gladiador, atleta, tiro, púgil, pugilldtor, agonista, 
vendtor, miles, encontrándose estos términos en los 
más antiguos documentos de la lengua alemana» (i). 
El título de Campeador cuadra con Rodrigo, puesto 
que ejercitó su brazo en defensa de la Religión, de la 
Patria y del Re^ (2). 



(1) Investigaciones, «Las fuentes» III. 

(2) Malo de Molina, Rodrigo el Campeador, I. 



CAPÍTULO IX 

El Gd 
(10B5-1099) 

(Cmclmió*). 

Den Jerónimo en Valencia: purificación de melquitas 7 consajTacion de ellaa ■■ eolio católico.— 
Venid. de duna J hueñi.— Conouiíu de loj caiiilloi Oloeiu y Serré. — Alian» de Pedro I d* 
Aragón y el CU.— SntMtntU rn Burriana.— Eipedición 4 Benicedell y batalla de Barren.— Con- 
quiíu de Almenara y rendición, da llurrledro.— Cilebje domínenlo de doución i ti utedral y 
obitpo de Valencia: Plcaieni, Alcuicia, el Pnlg, Farnalt, Almcn.rn y Burriana.— Derrota de Airar 
Fáfiei en Ceenea, y de un cuerpo de ejereito del Cid en Aid r..— Mu™ del Cid. -Fecha de 1. 
míenla. — Injusticia cao fue >e le ha tratado por bilioriadoreí citranjeroi: Víanlo! y Doiy.— 
Proee» de bíilificadim del Gd y Felipe II.— VlndieuiAa.— El Cid de le realidad.- Valencia debe 



se dijo que el obispo don Jerónimo y los 
cristianos que con él estaban en Valencia 
«viendo el emir Yahya al Cádir, la aban- 
donaron cuando los almorávides se aproximaban á 
dicha ciudad (i). Á ella volvió el prelado cuando supo 
que el Cid era señor de la misma. Rodrigo fué á 
visitarle lleno de alegría. Convinieron en que al dia 
siguiente las mezquitas serian purificadas y converti- 
das en iglesias. Que las iglesias fuesen nueve, como 
asegura la General, ó que fuesen más ó menos, no lo 
disputaremos; pero iglesias hablan de tener los cris- 
tianos. El Cid las dotó, é, igualmente, señaló rentas al 
obispo y á los clérigos. Dicese que la principal de las 

(i) CtÓh., f, 333 V. 



— 3*7 — 

iglesias fué dedicada á San Pedro. Claro es que en la 
escritura de dotación que luego se verá se nombra al 
principe de los Apóstoles; pero, según en ella se dice, 
la consagración de la iglesia lo fué á la Bienaventurada 
siempre Virgen María, y no enseguida, sino después 
de ganado Murviedro (i). 

También vemos en Valencia á doña Jimena muerto 
su marido. Cuándo llegó, con sus dos hijas, la Gene- 
ral lo refiere. Se hallaban en el monasterio de San 
Pedro de Cárdena, y Rodrigo fenvió á Alvar Fáñez 
Minaya y á Martín Antolínez, de Burgos, para que, 
con licencia de Alfonso VI, ellas viniesen acompaña- 
das de dichos caudillos. Encontraron en Palencia al 
rey de Castilla, y, entre otras razones, habláronle éstas: 
«Señor, después que de Vos se partió el Cid la pos- 
trimera vez, rompió tres faciendas capdales que ovo 
con moros, é ganó estos castiellos: Xérica, Onda é 
Peña Cadiella; e, con éstos, la nobre cibdad de Valen- 
cia; é hala fecha obispado; é de las ganancias que él 
fizo, embíavos $ien cavallos, como á su señor natural.» 
Alfonso correspondió á la fineza del Cid consintiendo 
la marcha á doña Jimena y á sus hijas, y ordenando 
que se las honrase y custodiase mientras cruzaran 
tierra de Castilla. Y dijo: «Entrególe yo á Valencia é 
todo lo al que fasta oy ha ganado; e lo que de aquí 
adelante ganare, que se llame dello señor, e que á otro, 
señorío non faga, sinón á mí, que só su señor natu- 
ral» (2). Doña Jimena fué recibida en Valencia por su 



(1) Crán., f. 338. 

(2) Crón., 1. c. 



— 368 — 

marido y por el obispo don Jerónimo, con gran alegría 
de moros y de cristianos (i). Lo más regular es que 
doña Jimena acudiera á Valencia así que Alfonso VI 
le dio libertad para volver á la compañía de Ro- 
drigo (2). 

Sosegado el Cid con la posesión y arreglo de 
Valencia, llevó sus armas á los dominios de Abu 
Merwán Abdelmélic II Hosamo-d-Daulah, señor de 
Albarracin. El castillo de Olocáu (Olokábet), al nor- 
deste de Liria, fué el primero en ser combatido, y allí 
encontró un gran tesoro, el que fué del rey al Cádir, y 
le repartió con equidad entre los suyos. Corrióse por 
la misma cordillera hacia levante, y rindió el castillo 
de Serra, al norte y á poca distancia de Naquera, en 
la hoy denominada sierra de Portacoeli. Ambos casti- 
llos eran como las llaves de Murviedro, cuya posesión 
ambicionaba al Cid (3). 

En este mismo año, 1096, murió Sancho Ramírez, 
rey de Aragón de buena memoria, que vivió cincuenta 
y dos años y fué sepultado en el monasterio de San 
Juan de la Peña. Después fué elevado al trono su hijo 
Pedro L Desde 1094 combatía á Huesca el rey Sancho. 
En una salida que hicieron los sitiados, no sólo des- 
truyeron las máquinas de los cristianos, sino que el 
mismo monarca fué herido de una saeta. Antes de 
morir exigió á sus hijos que no abandonarían el sitio 



(1) Crónica del Cid, CCXVII. 

(2) Hist. Leonesa. 

(3) Hist. Leonesa. — También en la General (fol. 324) se lee: *E embiaron 
otrosí (Yahya y sus consejeros) otras muchas cargas (de riquezas) á un cas* 
tiello que dizen 'Benaecab, que quiere decir el Castielh del Águila.» 



— 3*9 — 
hasta que la ciudad cayera en sus manos. Áhmed al 
Mostahín ben Yúsuf, emir de Zaragoza, á quien perte- 
necía Huesca, al ver el apuro en que se hallaban los 
muslimes, salió de la ciudad, y para obligar á los cris- 
tianos á que alzasen el cerco, allegó muchas gentes y 
pidió auxilio á los emires de Albarracin y de Játiba y 
Denia. Esto prueba que á Solimán ben al Mondhir 
aún quedaban estados en la Peninsula. También pidió 
Mostahín refuerzos á Alfonso VI, y el rey de Castilla 
le envió un cuerpo de tropas al mando de Garda 
Ordóñez, conde de Nájera.'Los cristianos salieron al 
encuentro del ejército de los aliados, y alcanzaron 
sobre él en Alcoraz un señalado triunfo el 1 8 de 
noviembre de 1096. Ocho días después, el día 25, 
martes, Huesca se entregó á Pedro I (1), 

Reunidos los principales nobles de Aragón, dijeron 
al rey: «ínclito monarca, unánimes te suplicamos que 
te dignes oir nuestro consejo: es á saber, creemos ha 
de serte útil y de provecho que tengas paz y amistad 
con Rodrigo el Campeador; y de acuerdo con. nuestro 
consejo está, indudablemente, la opinión general.» 
Agradó sobremanera al rey la petición, y envió al Cid 
embajadores pidiéndole la alianza. Dijeron á Rodrigo: 
«Nos envía á ti nuestro señor el rey de Aragón, para 
que te unas con él y establezcas con el mismo paz y 
amistad perpetua; para que estéis unidos contra vues- 
tros enemigos y contra cualquiera de ellos.» También 
á Rodrigo pareció bien lo de la alianza, y manifestó 
que asi se haría. 

(1) Dozy, investigaciones, t. 2.0, V.— Conde, III, lü.—Hist. Leonesa.— 
Chabis, Historia de Denia, P. 2.«, VI. 

47 



— 37o — 

Sentados estos preliminares, Pedro I bajó al cas- 
tillo de Montornés, en la costa del Mediterráneo y 
próximo á Castellón de la Plana. De la importancia 
que dicho castillo tenia en 1364 es testimonio el uso 
que de él hizo contra Pedro I de Castilla Pedro IV de 
Aragón, utilizándole, en combinación con el cimborio 
de la catedral de Valencia, para anunciar los movi- 
mientos de la poderosa armada castellana (1). Pedro I 
de Aragón continuó la marcha hasta Burriana, punto 
en el cual se encontró con el Cid, que desde Valencia 
habla salido á esperarle: Allí pactaron, con ánimo 
bueno v sincero, ayudarse mutuamente contra todos 

mi * «r • 

sus enemigos. Pedro I volvió á su tierra, y Rodrigo, á 
Valencia. Con arreglo á este convenio, á mediados 
de 1097 vino el de Aragón con su ejército á Valencia 
para auxiliar contra los almorávides al Cid, y fué reci- 
bido por el invicto burgalés con las mayores honras. 
Reunidas las huestes aragonesa y castellana, sus intré- 
pidos caudillos tomaron el camino del castillo de 
Benicadell al objeto de dejarle bien abastecido. La 
importancia que en aquellos tiempos le concedió el 
Cid y la que dos siglos y medio después le daba el 
Conquistador, prueban que aquella fortaleza no era 
despreciable. 

Pero ¿dónde estuvo situado el castillo de Beni- 
cadell? Malo de Molina y Dozy, engañados con una 
orientación que no es la rigorosamente científica, le 
colocan entre Játiba y Cullera, dando lugar á con- 
fusas ideas la lectura de la Historia Leonesa. Chabret 



(1) HisU de Cullera, XVI. 



-371- 
está más acertado al fijar su situación entre Játiba y 
Cocentaina. Nadie como el inteligente arabista y docto 
catedrático de la universidad de Zaragoza don Julián 
Ribera ha precisado el punto en que se alzó la célebre 
fortaleza. Justo es, pues, que transcribamos sus pala- 
bras sobre tan interesante materia. 

«En los límites meridionales de la provincia de Valencia y 
separando los hermosos valles de Albaida y Cocentaina alza 
erguido sa cima el picacho de Benicadeli. Su altiva cumbre 
domina orgullosa los montes vecinos, que no le ocultan las 
llanuras valencianas hasta la misma capital. Notable como es por 
su altura y buena posición, frescos manantiales y hermosas 
vistas, tiene para mi el mayor, atractivo en los venerandos recuer- 
dos que ofrece de tiempos pasados. Sqs más gloriosos timbres, 
sin embargo, han permanecido desconocidos ú olvidados. 

» Sábese que Ruy Díaz de Vivar, vuelto de una excursión por 
Andalucía, reedificó un castillo que los moros habían destruido 
hasta sus cimientos, rodeándole de muros y baluartes hasta con- 
vertirle en vasta é inexpugnable fortificación que habitó por 
bastante tiempo. De allí salía en constantes algaras y excursiones 
atrevidas, para volver cargado del botín que pillaba en las comar- 
cas vecinas, teniendo en continuo sobresalto y amenaza á los de 
Játiba y Cultera. Llamábase de Pinnacatel ó Peña Cadiella (i). 

»Los historiadores, como leían en la Crónica Latina, que de 
este castillo se iba á Bairén (2), en dirección al mediodía, versas 
meridiem, cayeron en la cuenta de que debía hallarse en las riberas 
del Júcar. Malo de Molina, que pasa como autoridad en esta 
materia, al hablar sobre este punto se expresa así: clnduda ble- 
mente deberla encontrarse muy cerca del Júcar, entre Játiba y 
Valencia, ya porque asi lo exige que estuviera el camino que el 
Cid hizo desde Úbeda para ocuparlo antes de llegar á Valen - 



(1) Debía ser esto en 1092, antes de conquistar el Cid 4 Valencia y, seguramente, coa inimo d c~ 
hacer de Pinnacatel el centro de sus operaciones, 
(a) Castillo al lado de Gandia. 



— 37* — 

cía (i), ya también por lo que se lee en los versos 1157 y 1174 
del «Poema»; y confiesa que la fortaleza «desapareció y no dejó 
rastro ni aun de la posición que ocupaba» (2). 

»A1 pronto juzgué falaz la semejanza exterior de los nombres 
Pinnacatel y Benicadell, creyendo imposible tan grande error 
geográfico; pero al fin me convencí, yendo en averiguación de la 
cosa, de que no sólo había similitud en los sonidos, sino también 
identidad en el objeto. Los mismos textos meló probaban: 

Daban sus corredores ¿ íacien las trasnochadas. 
Legan i Guyera é legan á Xativaí 
Aun más ayuso, k Deina la casa. 
Cabo del mar, tierra de moros firme la quebranta. 
Ganaron Peña Cadiella, las exidas ¿ las entradas. 

»¿Cómo puede buenamente suponerse que el castillo viniese 
á estar entre Játiba y Valencia, si las palabras aun más ayuso (de 
Játiba, lo contradicen? Sin embargo, no hubiese hecho caso de 
la indicación del Poema, si no hubiese encontrado un clarísimo 
texto de la Crónica Leonesa, casi itinerario 

»Ella nos cuenta que don Pedro I de Aragón, para auxiliar i 
su amigo Rodrigo, vino á Valencia, en donde se unieron los 
ejércitos de ambos. Al dirigirse hacia Pinnacatel yípasar por las 
cercanías de Játiba, Mahómet, sobrino del rey Yúsuf, salióles 
con innumerable ejército en ademán de pelear; pero, felizmente» 
aquel día no quisieron trabar batalla, contentándose con gritar y 
alborotar desde las montañas vecinas durante todo el día. Apro- 
vechándose de esta actitud don Pedro y el Campeador, escogieron 
el botín que á mano se les presentaba y ganaron atrevidamente 
el camino del castillo cuyo amparo iban á buscar. 

*Y me parece indudable que si Pinnacatel se encontrase á 
cuatro leguas antes de llegar á Játiba, como suponen, no se 
hubieran encontrado en las inmediaciones de esta ciudad yendo 
en dirección á aquel castillo, ni se hubiese celebrado su valor 
por haber logrado entrar en él ejército y botín. El encuentro no 

(1 ) Como ti entre esa» dos ciudades no mediase más que el Jocar, 
(a) D017 acepta la conjetura de Malo. 



— 373 — 

sólo es regalar, sino hasta necesario, para llegar i la sierra de 
Benicadell, donde tengo por seguro que reedificó el Cid sn 
fortaleza . 

«Dos únicos caminos hubiese podido tomar que conducen de 
las llanuras valencianas á estos sitios: el de Játiba y el de Gandia 
por Callera, 

Cuando el Cid Campeador ovo Peña Cadiella, 
Males pesa en Xativa fc dentro en Guyera. 

Y estas son 

las exidas é las entradas 

que con feliz expresión recuerda el Poema. 

iEI Cid debió probar fortuna por la más importante, y atre- 
vidamente se dirigió por Játiba para tomar posiciones que le 
aseguraran la vuelta al llano; y, al ver que las tenian ocupadas 
los almorávides, no fué pequeña la hazaña que llevó á feliz 
término atravesando los desfiladeros que conducen al valle de 
Albaida y, por consiguiente, á Benicadell. Una vez allí, debió 
apresurarse á ocupar la otra salida, la de Gandia; pero, compren- 
diendo los* almorávides que poco habían de lograr si, al guare- 
cerse aquél en su nido de águilas metido entre los montes, 
adonde aún hoy sólo estrechas sendas conducen, le dejaban libre 
y fácil acceso á las llanuras, fueron á darle la batalla en los 
alrededores del castillo de Bairén é impedirle que estuviese sobre 
Valencia. 

aOtros pasajes hay en las crónicas que se refieren á tiempos 
anteriores á los que nos ocupan, que señalan claramente su 
afición á estos lagares: 

cEn pos desto fué el Cid guerrear al señor de Denia é de 
Xátiva: é tovo y el invierno cerca de Denia é de Xátiva: é 
embiava cada día sus algaras á correr tierra; é fizóles mucho 
mal é machos quebrantos, de guisa que dende Origüela fasta en 
Xátiva, non fincó pared en fiesta de puebra ninguna, que todo 
non lo astragó; é tenia muy gran robo ayuntado de cativos é de 
vacas, etc.» (i). 



(i) Creo. Gnu., f. 321 t. 



— 374 — 

»Puhto central entre Denia, Játiba y Orihuelá es nuestro 
Benicadell. 

iPero hay en el citado texto latino una afirmación que con- 
tradice gravemente mi conjetura, si han de entenderse material- 
mente y en su acepción común las palabras Egredientes indc ver sus 
merldüm, ad marítima loca, páriter descender unt t et contra c Béyrem 
castra sua fixerunt (i). Pero, teniendo eñ cuenta que las crónicas 
en esta parte siguieron la escrita por Aben Alcama (2), que se 
supone traducido por Alfonso el Sabio, pude fácilmente resolver 
la dificultad que ha hecho tropezar á nuestros historiadores. 

i>Los árabes, en nuestro país, y especialmente en el reino de 
Valencia, estaban equivocados en la orientación, hasta punto tal, 
que parece inverosímil. Benallabbar, historiador muy ilustrado 
y discreto, que no solía creer de ligero cualquier viento de pala- 
bras y gustaba de cerciorarse personalmente, en lo que podía, de 
la verdad de las cosas, al nombrar á Paterna, pueblo inmediato 
á Valencia, imposible que dejase de saber dónde se hallaba, dice 
que está al oriente de la ciudad (3), cuando, en realidad, está 
al N. O. De igual conformidad declara de Silla y Culi era, que 
se encuentran al occidente (4), cuando están al mediodía, la 
última con inclinación á oriente. Este error no puede ser juzgado 
como exclusivo de persona tan sabia, y sí inducido por las 
especiales ideas geográficas de aquel tiempo. En el apreciable 
geógrafo Edrisí aparece la misma desviación: Bocairente supone 
que está el ocaso de Játiba, y se encuentra hacia el sud; Valencia, 
para él, se halla al poniente de Murviedro. Y aun hoy día los 
marinos de las playas valencianas, habiéndolo recibido de los 
árabes, que nos dejaron la palabra, señalan e) vent agarbí en 
dirección S. E. 

»Sin duda alguna, al decir versus meridiem, no significaron 
otra dirección que la correspondiente á la dicción quiblí: y, 



(1) Saliendo de allí hacia ti sud, hacia la cosu, bijaroa juntos y sentaron sus reales Trente á 
Bairen. 

(2) Crónica de la conquista de Valeacia por el Cid. Algunos fragmentos pasaron traducidos 4 la 
Crónica General en su 4. a parte. 

(3) Bi-xa»qui Valensia. 
(a) Bi-garbi Valensia. 



— 375 — 

entendiéndolo de esta manera, viene exactamente i coincidir con 
el punto fijado; dejando sin contradicción los textos que vienen 
á esclarecer la materia. Para que no quedase duda alguna en este 
asunto, nos recuerda Benallabbar el pueblo de Rugat, indicando 
su posición geográfica al mediodía del tosal ó cabero (i), en la 
misma dirección en que se halla el camino de Bairén. 

^Colocado en Benicadell el Cid, estaba en sitio por demás 
estratégico para la Índole de sus hazañas, y, cual otro Ornar ben 
Hafsún, amenaza seriamente la dominación musulmana desde su 
fuerte é inexpugnable castillo 

* ¿Cómo ha venido á convertirse en el moderno Benica- 
dell el Peñacadiel de don Jaime, que en Berganza se llama Teña 
Cadiella y lo mismo que en las Crónicas y en el Poema del Cid, 
y que la Crónica Leonesa apellida Pinnacatel? Toda la dificultad 
está en la primera parte del nombre, que es la que ha mudado. 
Pues bien: cerca de Benicadell está Penáguila; y de esta pobla- 
ción y castillo hallamos (2), que al tiempo de la reconquista se 
le llama, unas veces, Tennáguila y, otras, licniaguila. La misma 
razón hay para que Pennacatdl se convierta en benicadell. 

*>¿Qué es en la actualidad de castillo de tan sólidas construc- 
ciones, recuerdo de nuestro más insigne guerrero? ¡Ah! si fuéra- 
mos á buscar por las orillas del Jilear, seguramente diríamos: 
«desapareció sin dejar rastro de la posición que ocupaba»; pero 
allá en las faldas del Tosal de mich-dia (3), en la umbría de Beni- 
cadell, no lejos de Beniatjar, Otos y Carneóla, aún se guardan 
las derruidas murallas de argamasa granítica, secos algibes y des- 
hechos baluartes del fuerte de la Carbonera (4), que promete 
completa ruina dentro de poco, si no paran de cultivar y destruir 
lo poquísimo que queda (5). 



(z) QoibU si fách. Al mediodía del picacho de Benicadell. 
(a) Repartimiento de Valencia, p. J46. 

(3) Como te le conoce en el valle de Albaida. 

(4) Ya se llamaba asi al tiempo de la Reconquista. 

(5) El Archivo, I, 97-10*.— A continuación de lo que va copiado, se' lee: «Á últimos del siglo 
pasado, ó principios del presente, existía aun un baluarte ú obra avanzada de dicho castillo en una 
pequeña eminencia que domina A Beniatjar, cuyas obras fueron arrancadas por el ptoaarador del 
duque de Villa-hermosa, señor del pueblo, para emplazar allí el calvario» que aún existe. Personas 
andanas del mismo aseguran que hsbia en dicho punto fosos subterráneos, algibes y otras obras. En 



— 376 — 

Hecha esta digresión, que disipa errores patroci- 
nados por autores que gozan de subida y merecida 
fama, reanudemos el hilo de la interrumpida relación 
histórica. Desde Valencia tomaron el camino de Játiba 
los cristianos, y cruzaron, en dirección siempre al 
mediodía, aquellos desfiladeros, sin que Muhámad, 
sobrino de Yúsuf ben Texufín, que capitaneaba 30.000 
soldados, les disputara el paso, contentándose los 
mahometanos con lanzar desde los montes, terribles y 
continuos aullidos. Impertérritos Pedro y el Cid, 
llegaron á Benicadell, y en su castillo dejaron abun- 
dantes provisiones. Debieron los africanos dejar á los 
cruzados libre el paso, creyendo asi dejarlos imposibi- 
litados, encerrados en aquel laberinto de sierras, de 
franquear el paso hacia Valencia (1). Provisto ya de 



este panto habla un lienzo de muralla, del cual apenas quedan vestigios i través de campos cultivados, 
que va, precisamente, en dirección al Castellet, en donde presumo que se hallarla el fuerte principal.— 
La fortaleza, como puede juzgarse por las cortas noticias que me he podido proporcionar, debidas, 
principalmente, i la atención del Sr. Gil, de Albaida, debió consistir en una extensa, linea de fortifi- 
cación apoyada por defensas varias construidas á trecho!; pero, para poderla reconstruir y aproximarse 
á la inteligencia de lo que fué, seria preciso recorrer paso á paso el camino traxado por las ruinas, sin 
fiarse de relaciones de personas imperitas. — Además: muchas de las huellas están borradas, por 
haberse reducido i cultivo los terrenos y porque la mano del hombre, mas destructora que el tiempo, 
no ha tenido inconveniente en arruinar las obras más grandes, para aprovecharlos escombros. — 
En términos de Otos y Beniatjar (en el término divisorio está el CasielUt) se encuentran muchas 
ruinas, de donde se han extraido barros y otros objetos, que señalan el sitio de poblaciones 
desaparecidas...» 

Acerca de la etimología de Benicadell, se lee en El Archivo, II, 71; «La palabra puta no la cono- 
cieron los antiguos latinos, y pertenece al bajo latin, hallándola citada en una carta de 781 con el 
significado de peña. Du Cange dice que aún hoy día llaman los bretones peni los remates de los 
montes, y que esta voz, de donde tomó el nombre el monte Apenino, viene de los antiguos galos. Los 
Benedictinos tienen por españólala pilabra penna (transcripción latina de la forma española peña), y 
le dan el significado de peñasco, collado. Carpentier disminuye este significado, atribuyéndolo á ana 
roca y hasta á castillo roquero. No hay duda, pues, que Pen&cadell es el castillo que se llamó Beni- 
cadell, y que, por su significado, debia estar sobre monte roquero. — Ea cuanto á la segunda parte, el 
nombre es clásico, pues catullus fué usado por Cicerón con significado de cachorro. Si, pues, Pcnacaddl 
es, por consiguiente, Peña cachorra, la peña madrt será Mariola... En S. Isidoro (lib. 19 de sus 
Orígenes, cap. 31), encontramos la especie de que en su tiempo se decían catell* los montes que 
formaban lo que ahora llamamos sierras, cordilleras, etc., es decir, montes escalonados y unidos 
como por cadena...» 

(1) El historiador de Sagú tito (XIV) dice que el caudillo almoravide era 



— 377 — 

víveres Benicadell, Rodrigo y Pedro, para burlar al 
enemigo si esperaba en los desfiladeros de Játiba, 
buscaron nuevo camino pordon4e volviesen á Valencia. 

Siguieron, pues, por el valle de Albaida á desem- 
bocar en el de Bairén. Á pesar de la rapidez con que 
los cristianos practicaron aquella evolución, para que 
el enemigo desconociera el itinerario de la marcha de 
regreso, Muhámad, que vigilaba atentamente á los 
expedicionarios, se corrió por el Fandech, valle de 
Marinen ó de Aguas Vivas, á cortarles el paso (Valí- 
digna), y sentó sus reales junto á un monte grande 
cuya longitud era, al parecer, de cuarenta estadios. 
Ese monte era el llamado, con igual significación, 
Gebalcóbra, distinto del Gebal agQogra (monte pequeño), 
ambos cerrando parte del valle. 

Del mismo, limitado por el sud hacia el mar con la 
Conca de Zafor ó de Bairén, y por el norte con el 
término de Cullera, hizo donación Jaime II en 15 de 
marzo de 1297 á los Bernardos, para que fundasen un 
monasterio; y mandó se llamase de Váll-digna. El 
valle de Marinen, así llamado en tiempo da la Recon- 
quista, está situado entre las vertientes septentrio- 
nales del Mondúber y las agrestes prolongaciones de 
la sierra de las Agujas, que miran hacia el mar. Sobre 
la enhiesta punta de un cerro que asoma por los 
barrancos de la Umbría, descansaba un ruinoso castillo 
(al Calat), denominado de al Fandech, ó sea, del Ba- 
rranco. Al pie de los montes, grande y pequeño, que 



Aben Aixa y que tenia á sus órdenes 9.000 hombres, lo cual está en des- 
acuerdo con la Historia Leonesa. 



48 



— 378 - 

dominaban el castillo, debieron encontrarse las alque- 
rías moras Eyrb al Cobra y Egip a? £ogra, tantas 
veces nombradas en los apuntes ó notas para el libro 
del Repartimiento. Del nombre del castillo principal, 
se llamó el valle, de al Fandech. En él sentarían los 
almorávides sus reales, para salir hacia el llano de 
Jaraco, por donde forzosamente habían de pasar los 
cruzados. 

Muhámad concibió bien el plan: los expediciona- 
rios habían de seguir el mismo camino que 4.1a ida, y 
entre aquellos riscos y desfiladeros podrían con faci- 
lidad ser destrozados, ó tomarían el camino de la 
costa, entre 4speras sierras, en lugares pantanosos y 
junto 4 la costa, vigilada por numerosa escuadra 
mahometana. Nunca el Cid pudo luchar en circuns- 
tancias más difíciles. 

Cuando los cristianos, ya en el valle de Bairén 
(cerca de Gandía), vieron que los soldados almorá- 
vides ocupaban las montañas y que en el mar había 
una numerosa escuadra enemiga, por lo que de uno y 
otro punto les podían alcanzar las armas arrojadizas, 
se llenaron de espanto (i). Comprende el Cid lo 



(i) La distancia entre el mar y el tnons magnas, ó chébal cobra, es bastante 
grande, para que los cristianos no tuvieran suficiente espacio por donde 
pasar sin que les alcanzaran las armas arrojadizas del enemigo. No es des- 
preciable la explicación que salva la dificultad, suponiendo la existencia de 
un lago paralelo á la costa (pues allí aún existen largos trechos de aguas 
estancadas), en el cual los moros colocarían ligeros barquichuelos desde los 
cuales pudieran ofender á los cristianos. 

La escuadra que atacó á los cristianos pudo ser la enviada en este tiempo 
por Syr ben Abi Becr, el Búcar de la General, para apoderarse de las Balea- 
res (Conde, III, 22). ¿Será esa misma la batalla en que, según la Crónica 
(fol. 341), fué herido el rey Junes, venido de Marruecos, y se refugió en el 



— 379 — 

terrible de aquellos momentos, monta á caballo y 
recorre y electriza con su presencia las filas de sus 
tropas, y las arenga en esta forma: «Mis muy amados 
y dulcísimos compañeros: permaneced firmes y pode- 
rosos en el combate, sed valientes, no os acobar- 
déis, ni os intimide la muchedumbre de enemigos; que 
Jesucristo Nuestro Señor los pondrá ho.y en nuestras 
manos y en -nuestro poder.» 

Eran las doce del día, y Pedro I y Rodrigo, seguidos 
de todo el ejército cristiano, cayeron sobre los almo- 
rávides arrostrando el peligro de las armas arrojadizas 
que lanzaban desde el monte y desde las naves. Los 
musulmanes no pudieron resistir el empuje de aque- 
lla valerosa acometida,, y, gracias á la protección divi- 
na, que se mostró clara y patente, los almorávides, ven- 
cidos, abandonaron el campo. Parte de ellos fueron pa- 
sados á cuchillo, y otros cayeron en el rio; pero los más 
se entraron en el mar, en el cual murieron ahogados. 

El botín que allí dejaron los vencidos, en oro, 
plata, caballos, muías, armas riquísimas y otras cosas, 
fué cuantioso.* Dieron alabanzas, con todo su ejército, 
al Señor los dos ilustres, caudillos, y sin dificultad 
ninguna pudieron volver á Valencia (i). No descan- 



castillo llamado Cur quera (Corbera, ó Chébal Cobra), hasta el cual duró el 
alcance? De ser esa Ja etimología de Corbera, tiene fácil explicación la del 
monte en cuyas faldas descansa Culi era, llamado de las Zorras, ac Qogra, 
6 pequeño, como lo es comparado con la sierra de Corbera. Conde fija entre 
los>iños 488 y 493. (en. 1095-nov. 1100) la expedición á las Baleares; y la 
de Pedro I y del Cid i Benicadell debió ocurrir en la segunda mitad de 1097, 
puesto que aprovisionaron el castillo con los víveres adquiridos en la Ribera. 
(1) Es muy interesante el articulo que acerca de esta expedición publicó en 
El Archivo (II, 258-261) el distinguido arabista don Julián Ribera. 



— 38o — 

saron en ella muchos días. Juntos fueron á poner 
sitio al castillo de Montornés, que, enclavado en los 
estados de Pedro I, se le había rebelado: no tardó en 
rendirse. El rey de Aragón volvió gozoso á su reino, 
y Rodrigo, á Valencia. 

Cierto día en que Rodrigo salió á descubrir y reco- 
nocer el parajje por donde andaban sus incansables 
enemigos los almorávides, vio que Abu '1 Fatáh, 
gobernador de Játiba, salió de este castillo y se entró 
en Murviedro. Esto era á fines de 1097. Y es que los 
de Murviedro, temerosos de que las armas del Cid 
reanudaran por allí sus operaciones de conquista en 
los dominios de Aben Razín, ó que anhelaran que los 
almorávides reforzasen su guarnición, es lo cierto que 
el gobernador de Játiba se entró en Murviedro. Rodrigo 
le persiguió hasta que le obligó a entrarse en Alme- 
nara. Le puso sitio y le combatió por espacio de tres 
meses, probablemente, los primeros de 1098. Al cabo 
de ellos, se apoderó por fuerza de armas. A pesar de 
esta circunstancia, permitió que marchasen libres todos 
aquellos que estaban dentro. Mandó que allí se 
edificase en honor de la Beatísima Virgen María una 
iglesia y un altar. 

Dadas gracias á Dios por tan favorable suceso, 
salió de Almenara seguido de su hueste diciendo y 
fingiendo que quería ir á Valencia, cuando en su 
corazón estaba resuelto á cercar y combatir el castillo 
de Murviedro. Con las manos extendidas hacia el 
cielo, oró al Señor diciendo: «Dios eterno, tú, que 
sabes todas las cosas antes que sucedan y á quien nada 
hay oculto; tú sabes, Señor, que no querría entrar en 



- 3 8i - 

Valencia, sin antes sitiar á Murviedro y combatirle, y, 
una vez ganado por fuerza de armas, con auxilio de tu 
poder, y entrado en posesión del mismo, hacer que en 
él se celebrase en honor tuyo el más augusto sacrificio.» 

Acabada la oración, al momento le sitió y comba- 
tió con toda suerte de máquinas, y prohibió que nadie 
entrase en el castillo ni saliese de él. Los defensores 
y los habitantes, al verse atacados por todas partes y en 
tan grande aflicción, decíanse los unos á los otros: 
*¿Qjié vamos á hacer, miserables? Este tirano Rodrigo 
de ningún modo ha de permitirnos que vivamos ó 
habitemos aquí: hará con nosotros lo que hizo con 
los moradores de Valencia y de Almenara, que no 
pudieron resistirle. Veamos, pues, qué vamos á hacer. 
¡Nosotros, y nuestras mujeres, y nuestros hijos y 
nuestras hijas, moriremos de hambre; nadie habrá que 
pueda librarnos de sus manos!» 

No ignoraba Rodrigo la apurada situación á que 
los sitiados estaban reducidos: y, de ahí, que los 
ataques menudeasen, y los constriñó al apuro más 
grave. Al verse puestos en tanta amargura, clamaron á 
Rodrigo, diciendo: «¿Por qué nos causas tantos y tan 
grandes males? ¿Por qué nos matas con lanzas, saetas 
y cuchillos? Suaviza y mitiga tu corazón, y compa- 
décete de nosotros. Todos te suplicamos que, movido 
á piedad, nos otorgues treguas de algunos días. Entre- 
tanto enviaremos mensajeros al Emir y á nuestros 
señores, para que vengan á socorrernos. Si durante 
cierto tiempo nadie puede librarnos de tus manos, 
seremos tuyos, y te serviremos. Y sabe que si no nos 
concedes esas treguas, preferiremos morir á ser tuyos. 



— 382 — , 

No has de conseguirlo, sin que nos destruyas á 
nosotros y á nuestras cosas.» 

Comprendiendo Rodrigo que el recurso de la 
tregua de nada les habla de servir, la dio de un mes. 
Acudieron k Yúsuf ben Texufin, y á los almorávides, 
á Alfonso VI, á Mostahín el emir de Zaragoza, al señor 
de Albarracín y al conde de Barcelona, diciéndoles que 
no dejaran de socorrerlos durante aquellos treinta dias; 
porque, de otro modo, no tendrían más remedio que 
entregarse á Rodrigo. El rey de Castilla les contestó: 
«Creedme, en verdad, que no os socorreré, porque 
más quiero que el castillo de Murviedro esté en poder 
de Rodrigo, que no en el de cualquier rey sarraceno.» 
Al Mostahin dio esta respuesta: «Id y defendeos cuanto 
podáis, que Rodrigo es duro de cerviz y peleador 
fortisimo é invencible, y no quiero tener guerra con 
él.» Ya el emir de Zaragoza estaba prevenido del Cid, 
que le había dicho: «Sabe, al Mostahín, que si inten- 
tares venir con tu ejército contra mí y trabares conmigo 
combate, tú y tus» nobles, ó muertos ó cautivos no 
habéis de escapar de mis manos.» Mostahín, poseído de 
miedo, no se atrevió á venir. El señor de Albarracín 
dijo: «Permaneced firmes lo más que podáis y resistidle, 
que yo no puedo socorreros.» Los almorávides contes- 
taron: «Si Yúsuf nuestro emir quisiere venir, todos 
iremos con él, y gustosos os socorreremos; no siendo 
guiados por él, no nos atrevemos á guerrear con el 
Cid.» Y el conde de Barcelona, Ramón Berenguer III, 
á pesar de que habían los mensajeros procurado 
ganarle pagando un enorme tributo, dijo: «Sabed que 
no me atrevo á pelear con Rodrigo, pero iré pronto 



á sitiar el castillo de Oropesa; y mientras él viene á 
combatir conmigo, podréis vosotros entrar en vuestro 
castillo los víveres necesarios.» El Conde cumplió lo 
que prometió. Al saberlo Rodrigo, no quiso ir en 
auxilio de su castillo, sino que, despreciando al Conde, 
envió á éste un falso espía y le dijo que sabia por 
cierto que el Cid le iba á combatir. Sin pararse á 
averiguar la verdad del caso, el Conde alzó el sitio y, 
poseído de miedo, huyó á su tierra- Si esto del temor 
que á todos inspiraba la espada del Cid no estuviera 
confirmado por los mismos cronistas árabes, podría 
calificarse de manifiesta exageración; pero es preciso 
darle asenso, cuando en escritos de sus enemigos se 
lee: «El poder de este tirano creció hasta el punto de 
ser gravoso á los lugares más elevados y á los más 
cercanos del mar, y de llenar de miedo á los nobles 
y á los pecheros» (i). 

• Transcurridos los treinta días de treguas, Rodrigo 
'dijo á los sitiados: «¿Por qué tardáis en entregarme la 
población?» Y ellos, mintiendo, contestaron: (r Aún no 
han vuelto los mensajeros, por lo que esperamos de 
tu nobleza alargues la tregua.» Por más que Rodrigo 
no ignoraba que le hablaban en falso, les dijo: «Para 
que conste á todo el mundo que no tengo miedo á 
ninguno de vuestros reyes, para que ninguna excusa 
tengan de no venir á socorreros, alargo las treguas 
doce días más. Pasados ellos, os aseguro que, si no 
me entregáis enseguida el castillo, á cuantos de vos- 
otros pueda apresar, he de atormentarle, y, ó le que- 



(i) Malo de Molina, ap. XX. 



- 384 "- 

maré, ó le degollaré.» Transcurrieron los doce días, y 
Rodrigo preguntó á los sitiados: «¿Por qué retrasáis 
tanto hacerme entrega del .castillo?» Y ellos respon- 
dieron: «He aquí que vuestra Pascua de Pentecostés 
está próxima (14 mayo de 1098); en estedia haremos 
la entrega, pues nuestros reyes no nos quieren soco- 
rrer. Y tú, con los tuyos, podréis entrar siempre que á 
ti te plazca.» Él, seguro de que la presa no se le habla 
de escapar, añadió: «No entraré en el castillo en el día 
de Pentecostés, sino que os doy treguas hasta el día' 
de San Juan, Durante ese tiempo, tomad á vuestras 
mujeres, y á vuestros hijos é hijas, y todos vuestros 
bienes, y con todo ello id á donde mejor os pareciere. 
Y yo, Dios mediante, tomaré posesión del castillo el 
día de San Juan.» Los sarracenos no dejaron de mos- 
trarse agradecidos á tan señaladas muestras de un 
corazón tan compasivo y generoso. 

El 24 de junio de 1098 mandó el Cid á sus solda- 
dos que subiesen al castillo. Después entró él y 
mandó que allí se celebrase una misa y que se diesen 
ofrendas. Ordenó que allí se alzase un hermoso tem- 
plo dedicado á San Juan; y á sus tropas, que custo- 
diasen con solicitud las puertas, los muros, el castillo 
y cuantos lugares fuertes había en la ciudad. En el 
castillo encontraron muchas riquezas. Desentendién- 
dose del aviso que el Cid dio á los habitantes de 
Murviedro de que dentro de cierto plazo abandonasen 
la población, quedaron algunos; pasados tres días, 
Rodrigo les dijo: «Ahora os mando que cuanto 
quitasteis á vuestros compañeros y lo que, en daño 
mío, disteis á los almorávides, me lo entreguéis á mi; 



- 3 8s - 

si asi no lo hiciereis, no dudéis que os haré entrar en 
las cárceles y que se os cargue de cadenas.» No 
pudiendo ellos cumplir lo ordenado por el Cid, fueron 
despojados de sus bienes, y, por mandato del mismo, 
conducidos atados á Valencia (i). 

Después de esto, Rodrigo se trasladó á Valencia, 
y la mezquita mayor fué con magnificas &bras conver- 
tida en Iglesia, que fué dedicada á la Virgen Maria, 
madre de nuestro Redentor. Hizo donación á la 
misma de un cáliz riquísimo y de vestiduras preciosas. 
Una semana después de la rendición de Murviedro, 
el i.° de julio de 1098, dotaba espléndidamente á 
dicha catedral y á su obispo y clérigos (2). 



(1) El P. Risco traduce asf el pasaje de la Historia Leonesa: «Aunque 
i los vecinos de Murviedro dio el Campeador licencia de sacar consigo' los 
'bienes qne poseían, con todo eso se hallaron dentro de la ciudad muchas y 
ricas alhajas. Pero sucedió que algunos sarracenos que perra rascieron -en 
Murviedro, robaron varias cosas y dieron otras con gran perjuicio del Cin- 
quistador á los almorávides. Mandóles el Campeador que las restituyesen por 
entero, amenazándoles que, si no lo ejecutaban, los encarcelaría y cargaría 
tie prisiones. No cumplieron, como debían, el mandamiento; y, en castigo 
de su culpa, fueron despojados, y llevados á Valencia en la formí que 
Rodrigo les había dicho (Hist. de Rodrigo Díaz, XIII).» El texto latino da, 
en verdad, lugar á confusión. Dice así: Post triduum vero capiti Roiericus ait 
ülis: Nunc vobis ómnibus modis praxpio, ui cuneta, qua in eis hominibus abstu- 
litis, etea, qua contra me, et ai meum dedecus, et meum damnum Moabitit 
contulistis, tnibi rediatis: quod si faceré nolueritis, vos in carcerem intrudi, es , 
vinculis ferréis diré Maquear i y nequiquam dubitetis. lili vero quasita reddere 
non valen tes y divitiis suis omnino nudati, et vinculis vincti ad Valentiam proti- 
nus Roderici mandato sunt directi. 

• (a) Rodericus Didaci, Valentía sarracenis erepta, ecclesiam et epjsco- 
patem sedem restituit et dotat. Anno 1098. — Cuna divinam prsejentiam 
cathoücorum nullus arabigat, ubique potentialiter adesse, . qu aclara tamen 
prae caeteris loca ad propiciandum fídelibus sibf legitur Omnipetens elegisse:' 
israelítico namque populo legalibus ceremoniis obumbrato, et tabernáculo 
Silo, ubi Deus habitaverat in hominibus, ex filiorum Heli nequitia reprobato, 

49 



— 386 — 

Es un documento notable. Desde luego hay que 
rectificar la fecha, pues fácilmente se comprende que 
Rodrigo no habría sin condición dado rentas de pobla- 
ciones que aún estaban en poder de mahometanos; y 



in monte Sien domum orationM cunctis gentibus instituir, in cujus tempfi 

dedica tione ad robdranda simfl^km corda, Domini gloria in nébula patenter 

apparuit, et Deo imperinm, Q^r mc<m * ros koc ^ ucrat > ia aeternum pro 

muñere constituir, ut autem acópente plenitudine temporis, de térra orta est 

ventas, et mentita est sibi judeorum iniquitas, atque in Sponsi et Redemptorís 

sui thalamum ingressa, et redempta plenitudo gentium, profecto claruit, quod 

scilicet jaepius per Malachice piaedixerat vaticinium: á solis ortu usque ad 

occasnm, msgnum est nomen meum in gentibus, et in omni loco sacrifícatur 

et offtrtur nomini meo oblatio munda. Repulsa que primum, ut oportuit, 

judea perfidia, apostólicas sonitus prasdicationis ab orientali Sion in fines prbis 

exienf, toum íub occiduo rcpltvit Hiípaniam; qcae firmiur ad Dei cultum 

eruditissimis iníbrmata doctoribus, abjectis supersthionibus, extirpatis erro- 

ribus, nemine resistente, nonnullis in pace quievit temporibus. At ubi prorsus 

ex Dei doto abscessit adversitas, et ad votum cuneta successit prosperitas, 

refriguit chantas, abundavit iniquitas, et sectando otium horrendum Dei oblita 

judidum,repentinum est perpessa exterminium, et crudeli filiprum Agargladio' 

sjecuraris dignitas funditus corruit pariter cum sanctuario; et qui líber servisse 

noluit Demino deminorum, jure cegitur fieri servus naturalium servorum. 

Itaque ancor um ferme CCCC. in hac calamitate líbente curriculo, tándem 

dignatus ckmenmsimus Pater suo misereri populo, invictissimum principem 

Rodericum Campidoctorcm, oprobiii servorum suorum suscitavit ultorem, et 

christitrae reiigicnis pie paga torero; qui poit multíplices, et eximias, quas 

divinitus assequutus est, piaeliorum victorias, divitiarum gloria, et hominnm 

copia, opulcntissimam urbem cepit Valcntiam, necnon et innumerabili moa* 

bita i uro, et totius Hispanice barbaroiura exercitu superato, velut in momento, 

ultra quam cu di potest, sine sui detrimento, ipsam meschitam, qua apud 

agarenes de mus oraticnis habtbatur, Deo in ecclesiam dicavit, et venerabili 

Hierocymo, presbytero, concordi et canónica acclamatione, et electione per 

remaní pontiñeis manus in episcopum ccnsccrato, etspecialis privilegii líber. 

tate sublimato, praelibatam ecclesiam ex suis facultatibustali dote ditavit. Anno 

siquidem Incarnationis Dominicas LXXXV1II. post millessimum: Ego, Rude- 

ricus Campidoctcr, et principes, ac populos, quos Deus, quaediu ei placuerit, 

mese potestati cemmissir, donamus ipsi Redemptori nostro, qui solus domi- 

natur in regno heminuro, et tuicumque voluerit, dat illud, et Matri Nostra? 

Eccles'se sedi viddicet Valtntirae, et vecera bili pastori nostro Hieronymo 

p.ontifki, villím qi se dicitur Pigacen, cum villís, et terris, et vineis cultis, 



— 387 — 

da Picasent, las Alcanicias del reino, las muñías ó 
huerto de Sabalek, el que estaba junto á la catedral y 
otro del Puig, la \Jilla de Farnals, en término del Puig, 
y posesiones en Murviedro, Almenara y Burriana* 



vel incultis, et cum diversi generis arboribus, et cam cunctis ad eam quo« 
cnmque modo pertincntibus. Similiter quoqae villas de Alcanitia, ómnibus 
cum molendinis, et aquas ductibus, et cam caaais síbi pertiaeatibus. Muni- 
tíonem etiam quam dicunt Almuaia de Sabaleckem, cum suis molendiais, et 
aquas dactibns, et quodara campo ad merídiem sito, et cum cuactis ad eam 
quoquo modo pertinentibus. Donamus quoque prasscríptae sedi atque ponti- 
fica aliam Almoniam quas est justa ecclesiam Beatas Marías extra murara 
prasfatae urbis. Post mortem meam concedí mus. Almuáiam quae est infra ter- 
minum castri quod vocatur Cepolla, de qua nostra excellentia domino Hiero* 
nymo, pontifici, quamdam partem tradiderat antequam ad pontiíicatus hono- 
rem ascenderet, eo adveniente de Susanna. Plaenit iasuper sublimitati nostra?, 
cunctisque principibus nostris, augere villana quas dicitur Frénales, cum ómni- 
bus sais adjacentiis, infra terminum ejusdem castri Cepollas sitara, et duodecim 
parríliatus infra terminum Muri-veterís, et alias duodecim infra terminum 
castri quod vocatur Almanar. Si mili modo, in pago Burrianas parríliatus duo- 
decim. Concessimus etiam quod quicumque ñdelium pro remedio animas suae, 
vel parentorum suorum, daré ex his qua? ex hereditario jure, vel ex dono 
n ostro, sive cualibet justa acquisitione adeptas est, Matrí nostras Ecclesia?, vel 
pontifici, voluerit, liberam dimittendi facultatem habeat. Hae; autem omnia 
saperias pertaxata, Domino Deo et Ecclesiae Valentinas in honorem B satas et 
Gloríosae semper Virginis Geñitrícis Dei Marías consecratas, liberé, et absoluté, 
remota omnium posteriorum nostrorum, totiusque successionis nostra? callida 
argnmentatione, obstrusa omnium perversorum voce, compilataque iniquorum 
machinatione, sopita omni contradictione, donamus in manu pastoris nostñ 
Híeronymi ab Urbano papa secundo canonicé ordinati, et á D¿o, ut credimus, 
ad restaarandam eamdem ecclesiam, prasiestinati, quatenus püssimus Dominas 
á vinculis peccatorum nostrorum immunes officiat, simulque potenter ab ho - 
stium nostrorum, tam visibilium, quam invisibilium, insidiis el era ínter exp e- 
diat. Quod si quis diabólico instinctu, vel aliquid contra hae; nostra dona > 
vel instituta, venire ad disrumpendum tentaverit, mille libras auri cogantur 
solvere pontifici vel ecclesiae, et ut, qui tentaverint, se po>se rainime adimplere 
confidant, prascamur episcopum, quatenus eos gl adió anathsmatis fáriat, et 
animadversionis ultimas jaculo distrícte confodiat. Ego vero Hisronymu?, 
Valentinas ecclesiae episcopus, cum ómnibus presb/teris mihi subditis, exigente 
justitia, et pus precibus nostri Principis, optimatunqus illius, auctoritate D¿i 
Patris Oranipotentis, et Filii, et Spiritus Sincti, et Beatas Marías semper Vir- 



— 388 — 

porque, como cosas propias, puede disponer de ellas. 
Y, como estas conquistas no las terminó hasta 
junio de 1098, la fecha del documento es posterior á 
dicho mes. Es de advertir que <Al Cánida es vocablo 
arábigo que en la España musulmana se usaba para 
significar templo cristiano ó. iglesia. Lps moros emplea- 
ban esa dicción á modo de denuesto, con arreglo á 
sus ideas, de igual modo que nosotros entendemos 
por Sinagoga el lugar en que se falta á la verdad, á la 
virtud y á la religión, ó, aun, en peor sentido (1). Es, 
según ese testimonio, indudable la existencia de muzá- 
rabes fuera de la capital; lo cual quedará comprobado 
al tratar de la famosa expedición de Alfonso el Bata- 
llador en 1 125 • 

Esta escritura de dotación y la que en 21 de mayo 
de noi otorgó doña Jimena, se cree que fueron saca- 
das de Valencia al abandonar esta ciudad los cristia- 
nos, y que fueron llevadas á Salamanca, en cuyo , 



gifiis, et Beatorum A postolor um Petri et Pauli, potestate á Deo divinitus 
fio bis per eos, eorumque su cees? ores collata, excomroucicamus, et anathema- 
tizamus, et separa idus á sinu Matris nostrse Ecclesiae, et ab omni consonio 
christianorum, et jurgimus díabolo et satelitibus ejus omnes homines utriusque, 
sexus, qui res, ve) r aec dona ecclesiae nestrse auferre, disrumpere, vel alienare 
prsesumpserint, doñee resipiscant, et canonice episcepo et clericis nostrse sedis 
satisfaciam. Ego Ruderico, si muí cum conjuge mea, affirmoboc quod superius 
"scriptum est. Martinus, qui hoc sciipsit die et anno quo supra cum litteris 
** superius rasis in vigessima secunda linea. Ranimirus rob. Munio rob. Rude- 
,rico rob. Martinus conf. Fredinando conf. Didaco cenf. Petro test. Fredirundo 
test. Joannes test. Martinus scripsit. (Ríko, Histeria de Rodrigo Día?, apén- 
dices, IV. — Berganza, Antig . de España, parte 2. 8 , ap. sec. 3.*, cap. XIV). 

(1) El *Archvo, II, 60.— Según Pons y Boigues (D. Francisco), Apuntes 
sobre las escrituras mozárabes toledanas que se conserven en el Archivo Histórico 
Nacional, pág. 27, nota 2, la metátesis Cansía por Canisa,es muy frecuente. 
Con efecto; en la escritura de la p**g. 192, aparece la palabra Can isa y y en et 
-documento déla pág. 248, está repetido el vocablo Cansía. 



- 389 — ' 

archivo fueron depositadas por D. Jerónimo, obispo 
que fué de la misma (í). / 

En la crónica á la cual hemos seguido principal- 
mente en este capítulo, se dice que si se fueran á 
escribir todos los hechos de armas y conquistas de 
poblaciones realizados por el Cid, resultaría un trabajo 
muy extenso, y pesado, por consiguiente, al lector; y 
•que se ha limitado á consignar lo que se tiene admi- 
tido como verdad certísima. «Venció á cuantos desa- 
fiaron sus armas, y él no fué vencido por nadie» (2): 

Las tropas del Cid sufrieron un ccmtratiempo; y, 
aunque no iban guiadas por él, el disgusto que por 
ello padeciera influyó en su salud y le causó la muerte. 

«El emir de los creyentes, dice un autor árabe, tomó la direc- 
ción contra los enemigos, y desde luego dirigió hacia Cuenca lo 
más escogido de su ejército. Precedióle Muhámad ben Aixa, y 
trabó batalla con Alvar Fáñez ¡maldígale Dios! Puso en huida á 
sus delanteros y ocupó sus reales, quedando regocijados y con- 
tentos los muslimes con la victoria. Enseguida se dirigió hacia 
Gezira Xdcar (Alcira) contra el enemigo, y se le dijo que éste la 
codiciaba. Hallóse con la flor de las huestes del Campeador, y le 
atacó, y le causó muchos muertos, sin que escapasen sino muy 
pocos de esta escogida gente. Luego que los que escaparon 
llegaron hasta él (el Campeador), murió de pena. ¡Que Dios no 
le tenga compasión!» (3). 



(1) Risco, Historia de Rodrigo Dia% t XV. 

(2) Historia Leonesa. No están mal empleados los versos escritos en el 
sepulcro que en 1272 hizo labrar Alfonso el Sabio: < Belliger invictos, famosus 
Marte trivmphis, — Chuditur hoc túmulo magnus Didaci *Rj¡dericus. Y donde 
mis campea el sentimiento de nacionalidad es en los siguientes: Quantum 
Rottia fotetis beUicis extolh'tur actis,~Vivox Arthurusfit gloria quanta 'Britannis, 
—Ncbilis e Carolo quantum gaudet Francia Magno, Tantum Iberia duris Cid 

INViCTUS CLARET. 

(3) Malo de Molina, %odrigo el Campeador, III. 



• — 39o — 

Que falleció de muerte natural, confírmalo Abul 
Hassán: «El poder de este tirano (Rodrigo) creció 
hasta el punto de ser gravoso á los lugares más eleva- 
dos y á los más cercanos del mar, y de llenar de miedo 
á los nobles y á los pecheros. Y me contó uno haberle 
oído decir cuando su imaginación estaba exaltada y su 
avidez era extremada: «En el reinado de Rodrigo se 
conquistó esta Península, y otro Rodrigb la liber- 
tará» (i): palabras que llenaron de espanto los cora- 
zones y que infundieron en ellos la certeza de que 
estaban próximos los sucesos que tanto habían temido. 
Con todo, esta calamidad de su época, por la gran 
suspicacia, por la firmeza de su carácter y por su 
heroico ánimo, era uno de los milagros de su Dios, 
precipitándolo aquellas cualidades á su muerte natu- 
ral, que sufrió á poco en Valencia» (2). 

Conozcamos ahora los últimos momentos de Ro- 
drigo tal y como los relata la General. El Cid conoció 
que su existencia había de prolongarse poco, y un 
mes antes de que terminara, se despidió de sus caba- 
lleros anunciándoles su próxima muerte. Fué á la 
catedral y ante numeroso concurso de fieles hizo su 
última confesión al obispo don Jerónimo. «Dessi espi- 
dióse de todas las otras gentes. É, llorando mucho de 
sus ojos, fuese para el alcázar é echóse en su cama, é 
nunca se ende más levantó. É cada día enfraquefió 

á 

(1) Aunque no en forma tan altanera, esa misma expresión dirigida i sn 
señor se halla en el romance: «No soy tan mal vasallo, dijo á Alfonso: pues 
si hubiera otros muchos como yo, se conseguiría recuperar en bre?e lo que 
el rey godo perdió.» 

(2) Malo de Molina, apéndice XX. 



— 39i — 

más, fasta que non fincó del prazo más de siete días.» 
Por último se despidió de su esposa, y ordenó su 
testamento, mandando, entre otras cosas, que su 
cuerpo fuera sepultado en San Pedro de Cárdena, «do 
agora yaze.» 

Las últimas palabras puestas en su boca son éstas: 
«Señor Jesucristo, cuyo es el poder é cuyos son los 
reynos: Tú eres sobre todos los reynos, é Tú eres 
sobre todas las gentes, é todas las cosas son á tu 
mandado: pues, por esto, Señor, pidote por merced 
que la mi alma sea en la fin que non ha fin.» Y 
cuando esto hubo dicho Ruy Díaz, «el nobre Varón, 
dio á Dios Ja su alma sin manziella» (i). 

Respecto del. año, mes y día en que murió, reina 
la mayor discordancia. La General dice que fué en la 
Era 1 1 32. El Cronicón Burgense, los Anales Compos- 
telanos y los Toledanos, señalan la Era n 37, de per- 
fecto acuerdo con la Historia Leonesa, según la cual 
«Rodrigo murió en Valencia en la Era 1137 ( io 99)> 
en el mes de julio» (2). Es indudable que la General con- 
funde el año de la muerte del Cid, con el de su entrada 
en Valencia. En cuanto al mes y día, la General apunta 
el mes de mayo, lo mismo que el Poema del Cid, 
pero en el dia no están de acuerdo, puesto que res- 
pectivamente señalan el día 15 y el 29, día éste en 
que cayó la Pascua de Pentecostés el año 1099. La 



(1; Fol. 360 y 361. 

(2) En el Cronicón Burgense, se lee: «Era MCXXXVII, obijt Roderícos 
Campidoctor»; en los Anales Compos télanos, «Era MCXXXVII, Rodericus 
Campidnctor», y en los Toledanos primeros, «Murió Mió Cid el Campiador en 
Valencia, Era MXXXVII.» En estos últimos falta la letra C. 



— 392 — 

Crónica impresa del Cid coincide con la Historia 
Leonesa en el año y en el mes, y llega hasta á deter- 
minar el día, 10 de julio de 1099. 

¿Fué el Cid digno de ser venerado en los altares, 
como pretendió uno de nuestros reyes, ó un monstruo 
de crueldad, según opinión de casi todos los. extran- 
jeros y de algunos nacionales? 

, Viardot le califica de digno jefe de una banda de mer- 
cenarios, y dice que fué duro, avaro, vengativo, atrevido 
en sus palabras como en sus acciones, lleno de un orgullo 
salvaje, poco preciado de justicia y de lealtad (1). A este 
autor, que incurre, al referir la conquista de Valencia 
en 1094, en errores y omisiones de consideración, 
contestan cumplidamente los Sres. Boix y Lafuente. 

Algo más acreedor á que se tomen en considera- 
ción, sus acusaciones, es Dozy, porque no se limita á 
formularlas, sino que aduce las razones en que se 
funda. Ya hemos tenido ocasión de rebatir algunas. 
Vamos ahora á hacernos cargo de otras. 

Cuando al Mostahín fué á apoderarse de Segorbe, 
ccfué engañado por su aliado, el Cid, que se había 
dejado corromper por los magníficos regalos que 
Cádir le había hecho sin que lo supiese Mostahín:» 
En el Quitab al Ictifá no se particulariza ni que el Cid 
estimulara á Mostahín á apoderarse de Valencia, ni que 
se dejara corromper de Yahya. En la General aparece 
el arráez Aben Cañón, no el Cid, dando aquel con- 
sejo; y si bien allí se dice que «el rey de Valencia 
pusiera su amor con el Cid é enviárale sus dones é 



(1) Historia de los árabes y de los moros de España. 



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Pisa, y ssa respeto al ccci^rcczao ccct:ra:io px ¿ wr d* Casera 
MA1 i Yahra en *a posesioa d¿ re~s> de Vadéese*** 



curera ¿e Rodrigo tocaba a su rus; acaso ex auss» \> 
; as£, al o>»3$. dos iaclim-aas a creerá, cuarvio *< 
ocepaio en edificar Lcesias, el. ^ce habrá ^¿errudv* raitt¿$ 
cuando ñria de augurios v servia *M»o a bandera de cu rr.scuví 
masclTtin.» ¿Q^en acusa al Gd de quemador de ¡g*e^Jt$ y de 
vivir de augurios? Paes nada menos que un coa Je conocido por * s 
Fr&idia, y en guerra con Rodrigo. Bereoguer Ramón II era 
quien, despees de haber experimentado la generosidad de) Cid % 
le apostrofaba diciendo: cVemos también y sabemos <;ue los 
montes, ios cuervos, las cornejas, los gavilanes, las águilas y 
casi toda suerte de aves, son tus dioses, pues ñus que en P:o$ 
confias en los augurios de ellas. Y Dios vengará sus iglesias* poi 
ti violadas y destruidas» (1). 

Dispuesto Dozy á no respetar al Cid en vivía, tam- 
poco había de guardarle consideraciones bajado al 
sepulcro; y de paso ofende como por incidencia la 
memoria del monarca que tuvo el defecto capital de 
haberse con demasía identificado con el sentimiento 
de su pueblo. De ahí que, asi como los historiadores 
musulmanes se desatan en maldiciones contra el Cid 
y Alvar Fáñez, pesados martillos contra el Islamismo, 



(x) Hist. Leonesa. 



— 394 — 

Felipe II, martillo contra la herejía, mereció de todos 
los heterodoxos el pueril é injusto titulo de demonio 
del' mediodía. «Á medida que pasaban días, escribe 
Dozy, el Cid iba ganando opinión de santo en la con- 
ciencia popular; los soldados se procuraban pedazos 
de su ataúd, creyéndolos preservativos contra los peli- 
gros de la guerra. Faltábale sólo la canonización en 
forma, y ésta la reclamó Felipe II. Los acontecimien- 
tos de la época obligaron al embajador español á 
abandonar á Roma de improviso, y las negociaciones 
quedaron interrumpidas. Es,- sin embargo, digno de 
llamar la atención que fuera el sombrío y austero 
Felipe II quien pidiese que se colocara al Cid etí el 
catálogo de los santos: ai Cid, más musulmán que 
católico y que, aun en su tumba, llevaba un vestido 
árabe; al Cid, á quien el poderoso monarca hubiese 
hecho quemar por sus iniquidades como herético y 
sacrilego, si hubiera vivido bajo su reinado; al Cid, á 
quien la nación idolatraba por considerarlo el campeón 
de la libertad, de esa libertad que Felipe supo ahogar 
en España.» Dozy, á pesar de ser un buen arabista, 
desconoce á Felipe II, ó afecta desconocerle, aparte de 
que á nada conduce detenernos en vindicar al monarca 
más grande que España tuvo. Si la guerra con los 
infieles, tanto como las virtudes personales, elevaron 
á la categoría de santos á Fernando III y á Luis IX, 
no hubo desacierto al promover ó activar el proceso 
de beatificación de aquel cuya vida pública fué conti- 
nuo batallar con los mahometanos teniendo á raya en 
las comarcas de levante á los almorávides, y cuyas 
costumbres privadas no consta fuesen merecedoras de 



5*5 



Dozv, lo f¿e coz^o Xarc^eon v César, ¿uk-^es* r.o rv>r 
serlo, ¿t]m de ser hombres veriaieramer.te grandes* 
Lo que se trata ie saber en ¿ G JL es, no si cnerdo i 
dos literatos mas ó menos: el CiJL como Rodrigo 
Díaz, nada nos importa; nos importa en unto one es 
representación ¿el sentimiento nacional: ra;:on por !a 
que nos explicamos que Felipe 1L mas español que 
católico, no Tuviera reparo en canonicato, quemara ó 
no ouemara iglesias v vistiera ó no vistiera Je moro** 
Hacemos, pues ? nuestras las palabras del $i\ Malo 
de Molina: «Creemos habernos acercado al verdadero 
tipo del Cid de la historia: al hombre que. criado y 
educado al lado de los monarcas, aprendió a respetar- 
los y á hacer la guerra con todo el ardor que habia 
visto en los revés D. Fernando v O, Sancho de Casli- 
Ha: al subdito leal, que, á pesar de que sus inclinacio- 
nes le conducían á obrar en beneficio del pueblo, cuyo 
origen recordaba haber sido el de sus progenitores, no 
se excedía en sus peticiones: al patricio que, antepo- 
niendo el interés de este mismo pueblo al particular 
de los reyes, representaba con entere/a las necesidades 
de las clases menos elevadas, sin hollar la dignidad de 
su soberano: al guerrero que no podía dejar pasar 
mucho tiempo sin que su brazo blandiese la lanza ó 
la espada: al cristiano de la Edad Media que, poseído 
del celo religioso de aquellos tiempos, no concedía 
descanso á los enemigos de su fe: al político de su 
siglo, que no miraba como ignominioso el hacer 
alianzas con un enemigo, siempre que tuvieran por 
objeto la destrucción de otro mayor; pero al político 



— 396 — 

que desde que pudo obrar por su cuenta, fué perseve- 
rante en su propósito, cruzándose en mil empresas 
diversas, si bien todas vienen á descubrir un fin, la 
posesión de Valencia y de su reino, como la joya más 
codiciada de los régulos del Islam. Le hemos visto 
respetuoso siempre hacia su rey D. Alfonso, á pesar 
de los sufrimientos que este monarca te infirió más de 
una vez; y, lo que es más de admirar aún: teniéndose 
y proclamándose por su vasallo, cuando, radiante de 
poder y atacado por toda la morisma valenciana, podia 
haber competido con los demás reyes sus vecinos y 
haberse igualado á ellos, si la ambición hubiera sido 
el móvil desús conquistas. Pudo proclamarse rey de 
Valencia y proporcionar grandes disgustos á la corona 
de Castilla; y, al abstenerse de hacerlo, contrajo un 
mérito, á nuestro pobre juicio, tan grande, que esto 
solo, puede borrar las ligeras manchas que se notan en 
su vida» (i). 

Conocedores del mérito excepcional del Cid y del 
reconocimiento á que su vida le hace acreedor, algunos 
valencianos trataron no ha mucho de elevarle una 
estatua en la ciudad ilustrada con sus más legendarias 
proezas. Á la bondad de ese pensamiento no ha fal- 
tado quien haya puesto reparos, dificultando, tal vez, 
la realización de un acto que nosotros juzgamos de 
perfecta justicia. 

«Otra estatua tenemos en puerta: la del Cid Cam- 
peador. GLue nos perdonen los iniciadores del pensa- 
miento lo que vamos á decirles. El Cid es héroe bur- 



il) %pdri%o el Campeador, III. 



— 397 — 

gales, no valenciano. Sus hechos sobre Valencia tienen 
mucho que depurar para hacérnoslos aceptables: comen- 
zando por sus talas, que eran robos en gran escala, y 
acabando por el asesinato de Aben Gehaf, el moro más 
importante de aquellos tiempos. Y, además: el Cid 
¿qué ha dejado en Valencia que le recuerde? Nada. No 
asi D. Jaime, quien, si bien no nacido en Valencia, se 
identificó con nosotros en religión, patria y letras. El 
Conquistador destruyó aquí el Islamismo y estableció 
el culto católico: pobló y dio fueros al suelo valen- 
ciano, y, por fin, nos dio lengua y hasta monumentos 
escritos de su mano» (i). 

Sentimos no estar de acuerdo con el autor de este 
párrafo. Si el Cid es héroe burgalés, el Conquistador 
¿no fué provenzal? Si las talas de Rodrigo fueron robos 
en gran escala, ¿qué fueron las correrías de D. Jaime á 
Burriana, Valencia, Cuilera y Játiba? Si fué asesinato 
el suplicio de Aben Gehaf, ¿no le atenúa nada la 
rudeza de aquellos tiempos y el modo de tratar enton- 
ces á los musulmanes? ¿Cuánto más horrible no fué 
mandar cortar la lengua al obispo de Gerona? Dejó el 
Cid en Valencia lo que hubiera dejado D. Jaime si, en 
vez de sobrevivir á su conquista treinta y ocho años, 
sólo hubiese vivido después cinco y siempre rodeado 
de almorávides. No pudo el Cid ser legislador, pero 
fué lo que las circunstancias le permitieron ser: «cam- 
peador famoso, paladín ilustre, capitán invencible, sub- 
dito leal; y si no se conservó Valencia para el cristia- 
nismo después de su muerte, ya no pudo ser culpa 



(f) El ^Archivo, IV, 41-42. 



suya; seríalo de las circunstancias, ó seríalo de Alfonso, 
que la destruyó y abandonó» (i). Cierto es que don 
Jaime nos dio su lengua; pero, ¡lástima que no nos diese 
la de Aragón, más á propósito, como más semejante á 
la de Castilla, que se habla hoy en casi toda España, 
para constituir nuevo y poderoso vinculo de unión 
con el resto de la Península! 

Hay, después de todo, entre ^sas dos grandes figuras 
muchos puntos de semejanza. Hasta en los últimos 
dias de su existencia resulta grandísimo parecido. El 
Conquistador enfermó en Alciray murió en Valencia; 
falleció el Cid en Valencia á causa del disgusto que 
experimentó por la rota de sus huestes en Alcira. Una 
revolución cosmopolita y extraña en su origen á 
nuestra tierra, alteró también el reposo que los restos 
de los dos héroes tenían en Poblet y en Cárdena. 
Valencia no guarda las cenizas de ninguno de los dos: 
tienen esa gloria la catedral de Tarragona y la capilla 
del ayuntamiento de Burgos. Pero Valencia ha suplido 
en parte esa falta: se ha honrado alzando una estatua 
á Jaime I. Debe completar la obra elevando otro 
monumento igual al Cid Campeador. Además, que 
«fasta que ganó á Valencia el rey don Jaymes, siempre 
fué llamada Valencia la del Cid» (2). 



(1) Lafuente, II, 7. 

(2) Crónica General, fol. 362. La edición que hemos tenido i la vista se 
titula: «Las quatro partes enteras de la Crónica de España que mandó com- 
poner el Serenísimo rey don Alonso llamado el Sabio. Donde se contienen 
los a con tes pimientos y hazañas mayores y mis señaladas que sucedieron en 
España; desde su primera población, hasta casi los tiempos del dicho señor 
rey.— Vista y emendada mucha parte de su impresión por el maestro Florián 
Docampo, cronista del emperador é rey nuestro señor. — Zamora, 1541.» 



CAPITULO X 

DoíU JlMXA 




Jimena Díaz había de probar que era 
;na esposa del invicto Campeador v mi- 
: del joven que á manos de los moros 
acaudillados por al Mondhir murió cerca de Consue- 
gra, cuando la atrevida correría del emir de Denia 
hasta Medina del Campo. Aunque aislada Valencia 
en medio de la inundación general de almorávides, 
no, por el duro contratiempo de la muerte de Rodrigo, 
pensó su esposa abandonarla; sino que, siguiendo los 
consejos del obispo don Jerónimo y apoyada por 
Alvar Fáñez y otros notables caudillos, se mantuvo 
en ella hasta fines de abril de 1102, esto es, cerca 
de tres años. 

La ilustre viuda residía junto á su marido desde 
la batalla de Cuart, época en que, al parecer, junta- 
mente con sus dos hijas doña Elvira y doña Sol, 
ó doña Cristina y doña María, vino á Valencia (1); 



(t) Malo de Molina, Rodrigo el Campeador, IV, 



— 4 00 — 

sin embargo, es lo más probable que se trasladase 
á dicho punto tan luego como Alfonso VI le dio 
libertad para volver á la compañía de Rodrigo (i). 

Que Alvar Fáñez cargó con el peso de la defensa 
de la ciudad, dícelo el testimonio de un autor árabe: 
«Luego que vio el emir Syr ben Abi Becr lo que podía 
esperar del amor del enemigo y que no había más 
que desgracias en el país, dispuso su partida y salió 
en busca de Alvar Fáfíez, y le batió juntamente con 
su ejército, y Dios rompió su poder: por lo cual 
tuvieron miedo los cristianos y conocieron que la 
sumisión á los almorávides no estaba lejana» (2). 

cYúsuf ben Texufín hizo todos los esfuerzos imaginables por 
recobrar á Valencia, pues la posesión de ella por los cristianos 
era para él una mota en el ojo. Contra ella envió los hombres 
más intrépidos, y la guerra ofreció diferentes suertes, decidién- 
dose i veces por los cristianos, y á veces por los almorávides» (3). 

Ese mismo caudillo Syr ben Abi Békir, con una 
' buena armada se había apoderado de las Islas Baleares, 
las cuales desde el año 440 (jun. 1048-49) estaban 
en poder de los Beni Xuheid, ilustres jekes de Murcia 
que las tenían por los emires de Valencia y de Denia 
y las gobernaban en paz y justicia. «Acabada la expe- 
dición á las Islas, con aviso que hubo Syr ben Abi 
Békir de la entrada de los cristianos en Valencia, que 
le comunicó el gobernador de Almería, hijo de Áhmed 
ben Gehaf, el quemado por el Cambitor, envió toda 
su armada de naves y saetías, con mucha gente de 



(1) Risco, Historia de Rodrigo Dla^ XVII. 

(2) Malo de Molina, apéndice XXI. 

(3) Ibidem, XX. 



— 4 01 ~ 

desembarco y gran ballestería de alárabes, de moros 
de Lamtuna y masamudes, y vino sobre la ciudad de 
Valencia; y los cristianos y los muslimes . sus aliados, 
viendo que no la podían mantener y que no esperaban 
socorro, la abandonaron después de largo cerco, en que 
hubo sangrientas batallas y reñidas escaramuzas» (i). 

«Después de la muerte del Cid, su esposa se man- 
tuvo en Valencia al frente de numerosa guarnición de 
caballeros é infantes. Sabida la muerte del Cid, todos 
los sarracenos que habitaban en las costas, reunido . 
un crecido ejército, al momento acudieron sobre Va- 
lencia» (2). Nueve días, después que el hijo del rey 
Búcar plantó sus reales junto á la ciudad, saliendo 
los cristianos una noche por la puerta de Troteros 
(Roteros), atacaron de improviso ai campamento 
enemigo, y Búcar (Becr q Békir) experimentó una 
derrota espantosa, teniendo que refugiarse más que de 
prisa en sus naves (3). 

Vista la harmonía que guardan ciertos hechos 
considerados hasta hoy como fabulosos con otros 
tomados de los cronistas árabes y calificados de ciertos, 
¿quién será capaz de precisar en ellos la línea divisoria 
entre lo llamado ficticio y lo que es real? 

Parece que los régulos españoles musulmanes, 
visto el incremento que tomaban los almorávides, 
depondrían su actitud de continua revuelta y se fijarían 
en el peligro que á todos amenazaba. Mas no fué así: 
por los días en que los africanos procuraban derrocar 



(1) Conde, III, 22. 

(2) Hist. Leonesa, 

(3) Crónica General, fo). 631-632. 



— 4 02 — 

el baluarte alzado por el potente brazo del Cid, el 
señor de Murviedro y un yerno suyo ofrecían al 
mundo un espectáculo nada edificante. 

Poco antes de morir Abú Merwán, señor de Santa 
María de Albarracín, el mismo á quien cedió sus 
retados Abú Isa ben Lebún, estuvo á pique de perder 
la vida á manos de Obeidallah, cuñado suyo y señor 
de Alarcón (Adzcón). Era Abú Merwán muy amado 
de sus gentes: el fuego de la hospitalidad ardía noche 
• y día en su casa, trataba con la mayor afabilidad al 
pueblo, era su más seguro amparo en las necesidades. 
Reunía, además, otras prendas no menos recomenda- 
bles en. un buen muslim: era en la guerra animoso, 
valiente y audaz, amaba al soldado y se confundía con 
él en el traje, en la montura y en ocupar el sitio de 
mayor peligro: era, pues, el ser predilecto de aquellos 
á quienes acaudillaba en el campo de batalla. 

En safar de 493 (última quincena de 1099 y pri- 
mera de 1 100), Obeidallah, su cuñado, de acuerdo 
con Abú Isa ben Lebún y con otros muchos, se 
propuso heredar, de grado ó por fuerza, al señor de 
Albarracín; y, al efecto, le invitó á una entrevista. 
Acompañado de su hijo, que estaba para casar -con 
una hija de Abú Merwán, y seguido de la taifa de los 
suyos, visitó al cuñado: hízole tan extrañas peticiones 
y demandas, para que le designara por heredero de sus 
estados y le sirviera con tropas y dinero, que Abú 
Merwán, no pudiendo sufrir por más tiempo tantas y 
tales importunidades, hubo de reprenderle con aspe- 
reza; y Obeidallah le replicó con otras razones no 
menos duras. 



— 403 — 

Ya en semejante trance, padre é hijo, acalorados 
los ánimos, esgrimieron los aceros y acometieron 
contra AbúMerwán. Comenzó á lanzar gritos pidiendo 
socorro una hermana, ó una hija, esposa del de Alarcón, 
ó prometida de su hijo, y al momento acudieron la 
familia y gente de Abú Merwán. Se lanzaron sobre 
los agresores, y hubieran acabado con padre é hijo, á 
no haberlos contenido el señor de Albarracín, cubierto 
de heridas. A Obeidallah se le clavó en una cruz, 
sacados los ojos y cortados pies y manos; y al hijo se 
le condenó á perpetua reclusión, según unos, ó se le 
dio libertad, amputado un pie, según otros. 

No es fácil que Abú Isa ben Lebún lo pasara bien 
si paró en manos de Abú Merwán, el Humanitario. 
Quizá, pereciera en la refriega, puesto que de él ya no 
vuelve á hacerse mención. Abú Merwán murió poco 
después; y al heredar Yahya, su hijo, los estados, que- 
daron dependientes de Valencia, de la cual eran ya 
dueños los almorávides (i). En 1170 los cedió Aben 
Sad á D. Pedro Ruiz de Azagra. 

No obstante el cuidado en que á doña Jimena 
había de poner el tenaz empeño de los almorávides 
.por recobrar á Valencia, no menos religiosa la ilustre 
viuda que su marido, dotaba, en 21 de mayo de 1101, 
á la iglesia catedral, consagrada «á la bienaventurada 
siempre Virgen María,» y no á San Pedro, como sin 
fundamento se ha venido diciendo. Es más: ni ella ni 
el obispo dan señales de querer abandonar á Valencia; 
y, sin embargo, á contar de la fecha de esa donación 



(1) Conde, 1. c— Chabret, Sagunto, XIV. 



— 404 — 

hasta que Mazdali se puso sobre la ciudad con ánimo 
de hacerse dueño de ella, no transcurrieron sino cuatro 
meses. Doña Jimena no hizo al otorgar su carta más 
que confirmar lo que* su marido hiciera en i.° de 
julio de 1098; pues ya en aquella fecha señaló dota- 
ción á la misma iglesia catedral, dotación aceptada por 
su obispo don Jerónimo (1). 

Al caudillo Abu Muhámad Mazdali, «punta de 
lanza y cordón de que Yúsuf ben Texufin se servía 
para ensartar sus perlas,» cupo la gloria de recobrar 
para el Islam la ciudad de Valencia* Habiendo durado 



(i) Principium scripti muncatur sub nomine Chrísti. Ego denique Exi- 
men a Didaz, inspirante me divina clementia, nullius cogentis imperio, 
ñeque suadentis artículo, sed propria atque spontanea mea volúntate, una 
cum cunctis fíliis atque fíliabus, necnon et raéis bonis hominibus, fació hune 
titulum scriptionis et donationis ad honorem Dei et Beatas semper Virgin i s 
valentinas sedis. Concedimus Deo et gloriosas Dei genitricis prasdictas atque 
patri nostro domino Hieronimo, pontifici, ejusque successoribus, per reme- 
dium animas domini et viri mci Ruderici Campidatoris, sive per remedium 
animas meas, vel ñliis atque fíliabus, et nepotibus meis, non solum illis 
decimis quas prasdictus dominus et vir meus donavit, sed remota omnt 
occasione, adimpleta decimas omnium rerum quas adqui siena per totum 
meum honorem, quem modo et á fíliis vel fíliabus et nepotibus raéis habe- 
mus, vel deinceps per térra, sive per mare, auxiliante Deo, adquisituri sumus. 
Imprimís de pane, et vino, oleo, vel fructus de hortis et arboribus, vel omnia 
quas tellus fructífera profert, adhuc etiam de molendinis, et balneis detentis,' 
vel cabernis, de alfondicis, vel de domibus, de furnis, sive de illas máximas et 
minimas alcabalas, insuper et quinta pars quam usum visumque est acápere 
de meis hominibus, vel etiam de ómnibus rebus, tam de forjs, quam de 
intrinsecis meis urbibus, vel castris maximis et minimis acquisituri sumus; 
damus Deo et prasdictas Dei genitrici, et ómnibus sanctis ejus, et patri nostro 
reveré ndissimo Hieronimo, episcopo, ejusque successoribus, donanda conce- 
dimus. Ideo, ego, prasfata Eximena, base omnia, libenti animo, do; et juro 
fíliis, fíliabusque et nepotibus meis jurare atque firmare prascipio, ut quandiu 
vita vixero et honorem tenuero, ita adinplebo in ómnibus, sicut proraissi Deo 
et matri nostras Ecclesias. Quando autem eis istum honorem dimissero Ipsís 
meis fíliis et fíliabus, hoc totum per scriptum adimpleant quemadmodum 



— 4<>S — 

%\ sitio siete meses, que terminaron al mediar récheb 
del año 495 (5 mayo de 1102), comenzó Valencia á 
ser combatida por los almorávides, en los primefos 
días de octubre de 1101. Al verse doña Jimena, la 
viuda de tan esclarecido marido cual fué el Cid, en 
situación tan angustiosa, y no hallando á su infeli- 
cidad remedio por ningún lado, envió el obispo de. la 
ciudad *á Alfonso VI, para que la amparase en aquella 
extrema necesidad. Apenas el rey oyó el mensaje, 
se puso al frente de su ejércitq y corrió á Valencia. La 
desgraciada doña Jimena mostró su gratitud al rey 



Deo juravimus et promi&simus; et non tantum modo ego, et filiis vel filiabus 
meis ista donarla Deo concedí mus, sed et nostris principibus, quanto jure 
sont constituía, siraili modo illud quod es nobis tenentur, in eodera haere- 
ditario decimis Deo promittant acque concedan t; nos autem, non solum hanc 
paginam firmamus, sed et alus privilegiis quos dominus et vir meus Ruderi- 
cus donavit atque firma vi t, et nosmet ipsas paginas firmavimus, et filiis, et 
filiabas et principibus nostris firmare praecipimus; et, ut firma; permaneant, 
propriis nostris muneribus prsesignavimus. Quod si quis, diabólico instinctu 
vel aliqua contra haec nostra dona venire ad dirumpendum teataverit, centum 
libras aurí cogantur persolvere pontifici vel Ecclesiae; et ut quae tentaverint, se 
posse tninime adimplere confidant. Precamur episcopum quateous eos gladio 
anathematis feriat et animadversionis ultimas jugulo districte confodiat. — Ego, 
fíieronimus, Ecclesiae episcopus, cum ómnibus clericis mihi subditis, authori- 
tate 0ei Patris omnipotentis, et Pilii et Spiritus Sancti, et B. Marías semper 
Virginis, et beatorum apostolorum Petri et Pauli, á Deo divinitus nobis per 
1 eos,^eorumque succesores potestate collata, excomunicamus, et anatemati- 
zara us et separamus á sinu matris nostrse Ecclesiae, et ab omni consortio 
christianorum sequestramus, et jungimus diáfcolo et satellitibus ejus omnes 
homines utriusque sexus, qui iis sacris institutis re bel les vel inobedientes 
obstiterint, doñee re si piscan t et digne Deo, et Sanctae Ecclesiae, et nobis, vel 
successoribus nostris satisfaciant, Facta carta hujus donationis duodécimo 
V kalendas junii, era 1139, anno Domini Nostri Jesu Christi, 1101. Ego, Exi- 
mena prsedicta, qui hanc paginam fieri jussi, manu mea firma vi. — Ramirus, 
robora vi t.—Munio, rob.<— Fredinando, rob,— Petrus, confirmas.— Rudericus, 
conf.— -Santius, conf. — Pelagio, testis*. — Didaco, t. — Nuno, t. — Martinus, 
scrípsit. (Risco, ap. V.— Chabás, Mon. hist, de Val. y su Reino, II, 1-2). 



_ 4 o6 _ 

besándole llena de júbilo los pies, y le suplicó que 
á ella y á los cristianos que con ella estaban los 
socorriese. Se procuró, de pronto, conservar la ciudad, 
mas no se halló á nadie que pudiera defenderla de los 
sarracenos, por caer demasiado apartada de Castilla. Se 
resolvió, pues, tomar el partido de abandonarla y de 
que doña Jimena, con los restos de su marido, con los 
cristianos que allí estaban y con sus bienes y riquezas, , 
se trasladase 4 Castilla. Y ésa fué también la dispo- 
sición que en sus últimos momentos dejó Rodrigo: 

«Pues que todos fueron llegados en uno, enderes^aron su 
camino para Castiella, assí como el Cid les mandara. E alber- 
garon aquella poche en una aldea que dezíen Siete-aguas, que es 
á nueve leguas de Valencia, contra Castiella. Dize la Estoria, 
que quando la compaña del Cid se partieron de Siete-aguas, 
enderesgaron su camino faciendo sus jornadas muy pequeñas, 
que llegaron á Salvacañete.t 

Una vez ya salidos todos de la ciudad, lo cual no . 
fué difícil, pues los almorávides habían alzado el sitio 
y huido al aproximarse Alfonso VI, éste mandó que ; 
se la prendiera fuego, y libertados y libertadores, sin • 
que nadie se atreviera á estorbarles el paso, llegaron á : 
Toledo (i). i 

Los almorávides, luego que los cristianos salieron, í 
entraron en Valencia, aunque incendiada, y «ya nunca 
la perdieron», dice la Historia Leonesa. Los moros de 
la Alcudia fueron los primeros en entrar, no sin pre- 



(i) Esto sucedió en mayo de noa, según se lee en los Anales Toledanos: 
«El Rey D. Alfonso dexó deserta á Valencia en el mes de mayo, Era MCXL.» 
El año aparece confirmado en las Memorias antiguas de Cárdena: «Era de 
MCXL. perdieron los cristianos á Valencia.» 



±- 407 — 

cauciones, por temor de caer en alguna celada. Los 
moros fueron dueños de Valencia «fasta que la ganó 
el rey don Jaymes de Aragón. E non ovo tan "poco 
tiempo que la tovieron los moros, según cuentan las 
estorias: que non ha bien siento é sesenta años; pero, 
qué la ganó el rey don Jaymes, siempre fué llamada 
Valencia la del Cid.» 

No paró en Toledo- la comitiva que acompañaba á . 
D. a Jimena. Ésta, con sus caballeros, trasladó el cuerpo 
de Rodrigo al monasterio de San Pedro de Cárdena; 
y allí, celebrados solemnes funerales en sufragio de su 
alma, se le dio honrosa sepultura (1). 

No será de sobra hacer constar lo que se sabe 
acerca del cadáver del Cid y de los que fueron sus 
compañeros en las gloriosas proezas que llevó á cabo. 
Pareciendo á Alfonso el Sabio sobrado modesto el 
primer sepulcro en que estuvo el cuerpo del Cid, en 
1272 hizo construir uno nuevo, con dos piedras gran- 
des, y le colocó al lado izquierdo del altar mayor. En 
1447, al reconstruir la iglesia, fueron los restos del 
Campeador colocados en otro sepulcro, sobre cuatro 
leones y al frente de la sacristía. En 14 de enero de 
1 541 fueron trasladados á la pared del lado del Eván- 
* gelio, y en octubre de aquel mismo año hizo Carlos V 
que se colocasen en el centro de la capilla mayor (2). 



(1) Historia Leonesa.— Crónica General, f. 362.— Malo de Molina, apén- 
dice XX. 

(2) Es digno de conocerse el decreto por el cual se colocó el sepulcro en 
medio déla capilla mayor á fin de octubre de 1 541. —Dice asi: 

El Rey. 
Venerable Abad, Monges y Convento de San Pedro de Cárdena. Ya sabéis 
como Nos mandamos dar, y dimos una nuestra Cédula para vosotros, del 



— 408 — 

En 1835 desaparecieron preciosos monumentos de 
nuestra gran importancia religiosa y política en los 
siglos medios. Ni las cenizas del Cid ni las de Jaime I 
fueron respetadas* Las del héroe castellano fueron 
trasladadas en 1842 á Burgos, y se las depositó en la 
capilla de las Casas Consistoriales, donde se las guarda 



tenor siguiente: El Rey. — Concejo, Justicia, y Regidores, Caballeros, Escude- 
ros, Oficiales y homes buenos de la ciudad de Burgos, ha sido hecha rela- 
ción, que bien sabíamos, y á todos es notorio, la fama, nobleza, é hazañas 
del Cid, de cuyo valor á toda España redundó honra, en especial á aquella 
ciudad onde fué vecino, y tuvo origen y naturaleza; y que asi los naturales de 
estos Reynos como los Extranjeros de ellos, que pasan por la dicha dudad, 
de las principales cosas que quieren ver en ella, es su sepulcro, y lugar donde 
él y sus parientes están enterrados, por su grandeza é antigüedad; é que 
había treinta, ó quarenta dias, que vosotros, no teniendo consideración á io 
susodicho, ni mirando á que el Gd es nuestro proditor, y los bienes que 
dezó á esta casa, y la autoridad que de estar él ahí enterrado se sigue al dicho 
Monasterio, habéis desechado y 'quitado su sepultura de en medio de la 
Capilla Mayor, donde ha más de 400 años que estaba, y le habéis puesto 
cerca de una escalera y lugar no decente, y muy diverso en autoridad, y 
honra del lugar, y honra, que es fama. También habéis quitado de con él á 
doña Ximena Díaz su muger, y puéstola en la Calostra del dicho Monasterio, 
muy diferente de como estaba. Lo qual aquella ciudad, así por lo que toca á 
nuestro servicio, como por la honra de ella, ha sentido mucho: y que como 
quiera que luego que se supo, fueron á ese Monasterio el Corregidor é tres 
Regidores de ella, á procurar con vosotros que restituyésedes ios dichos cuer- 
pos al lugar en que solían estar, no lo habéis querido hacer; y que si esto así 
pasase, la dicha ciudad se tenía por muy agraviada: allende de que es cosa de 
mal exemplo para Monasterios, i Religiosos, que viendo la facilidad con que 
se muda la sepultura de una tan famosa persona, tomarán el atrevimiento de 
alterar y mudar qualesquier sepulturas, y memorias, de que se seguirá mucho 
daño á nuestros Reynos: Suplicándonos y pidiéndonos por merced, fuése- 
mos servidos de mandar que restituyésedes los cuerpos del Cid y su 
muger en la sepultura, lugar, é forma, que antes estaban. É porque 
habiendo sido el Cid persona tan señalada, como está dicho, y de quien la 
Corona Real de Castilla recibió tan grandes y notables servicios, como es 
notorio, estamos maravillados de cómo habéis hecho esta mudanza en sus 
sepulturas, vos mandamos que si es así que los dichos cuerpos, ó sus enterra- 
mientos, están mudados, luego que ésta recibáis, los volváis al lugar, y de la 



— 4°9 — 

cual tesoro de inmensa valía (i). J^nto al sepulcro 
del Cid está el de su esposa, que murió el año .1104. 

Pon Jerónimo fué consagrado obispo de Valencia 
por el papa Urbano II (1088-1099). Apenas llegado á 
Toledo fué nombrado obispo de Salamanca y de 
Zamora: Raimundo de Borgoña y su esposa doña 
Urraca le hicieron donación de las iglesias y clérigos 
de aquella diócesis en 22 de junio de 1102. Murió 
en 30 de igual .mes de 1 120 (2). 

Tuvo el Cid dos hijas, llamadas, en la General, 
doña Elvira y doña Sol, de las cuales dice que casaran 
con los infantes de Garrión. Hoy está probado que 



forma, y manera que estaban; y en caso que no estuvieren mudados, no los 
mudéis, ni toquéis en ellos, agora, ni en ningún tiempo: y habiendo cumplido 
primero con \p susodicho, si alguna causa, ó razón tenéis para hacer la dicha 
mudanza, enyiárnoseis relación de ello, y de como volvisteis los dichos cuer 7 
pos, y sepulturas á su primero lugar dentro de quarenta días, para que lo 
mandemos ver, y proveer en ello lo que más convenga: Fecha en Madrid á 
ocho días del mes de Julio de mil quinientos y quarenta y un años. Joannes 
Cardinalis. Por mandado de su Magesud, el Gobernador en su nombre. Pedro 
de Cobos. (Risco, Historia de Rodrigo Dia^ XVI). , 

(z) Malo de Molina, apéndice XX.—H¡st. Leonesa.— Crónica General, 

361-362. 

(2) RÍS.CO, Historia de Rodrigo Diai, XVII y XVIIL— Por lo que escribe 
Sandoval (Chrónicadel ínclito Emperador de España don %Alonso Vil, cap. XIV), 
aún vivía en la Era 1164 (1126); «Se le dio la ¿illa (de Salamanca) a don 
Gerónynio, obispo de Valencia, quando se perdió por muerte del Cid, que fué 
después de la Era 1 139 (1101), como, por papel original de doña Ximena 
Díaz, muger de Rodrigo Díaz el Cid, he visto que lo tiene la santa Yglesia 
de Salamanca; y del saqué un tanto, que tengo... Y en este año de la Era 
1 164 (1 126), queriendo el rey don Alonso conservar y aumentar lo q ue su 
padre avía comentado, en Salamanca, á treze de Abril, estando en esta ciudad, 
dio su carta, en que dize: que, assí como sus padres honraron y heredaron la 
santa Yglesia de Salamanca, quando poblaron la ciudad, assí él, por el remedio 
de su alma, le haze gracia y merced á la dicha Yglesia y á su obispo don 
Gerónymo, de todas las Yglesias y Clérigos,, assí de la dicha ciudad como de 
toda su Dieces i, para que siempre las tenga en su poder y señorío...» 

52 



— 4 10 — 

sus verdaderos nombres eran doña Cristina y doña 
María. La primera casó con don Ramiro, infante de 
Navarra, el cual murió en la Era 1148 (11 10), de cuyo 
matrimonio nació García Ramírez, el restaurador de 
dicho reino á la muerte de Alfonso el Batallador; y 
doña María, con Ramón Berenguer III el Grande, 
conde de Barcelona • Estas bodas se concertaron en 
Valencia (1). 

De Alvar Fáñez, el Albarhanis de los cronistas 
árabes, se halla mención en el relato de la triste batalla 
de Uclés, en que pereció el príncipe don Sancho, úni- 
co heredero varón de Alfonso VI. A la venida de 
Ali ben^Yúsuf en 1107, dio á su hermano Temim, 
wali que había sido del Magreb, el gobierno de Va- 
lencia* Deseoso Temim de realizar alguna empresa 
de importancia, se propuso tomar el castillo y ciudad 
de Uclés. Para ahuyentar á los almorávides, Alfonso 
envió, con un buen ejército, á su hijo, niño de once 



(1) «Este mío Cid el Campiador ovo por raugier i dona Ximena, nieta 
del rey don Alfonso, filia del conde don Diago de Asturias, et ovo della un 
filio et dos filias; et el filio ovo nombre Diago Roy2, et matáronlo en Con- 
suegra los moros; de las filias la una ovo nombre dona Christina, la otra, 
dona María; casó dona Christina con el infant don Ramiro, casó dona María 
con el cont de Barcelona: el infant don Ramiro ovo en dona Christina filio 
al rey don García de Navarra, al que dixieron Garci Ramírez; el rey don * 
García tomó por mugier á la reina dona Magelina, et ovo della filio al rey 
don Sancho de Navarra; este rey don Sancho tomó por mugier la filia del 
Emperador de Espanna, et ovo della filio al rey don Sancho que agora es 
rey de Navarra (Genealogía de Rodrigo Díaz escrita en tiempo del santo rey 
don Fernando.— Malo de Molina, ap. Il).—Crón. General, fol. 346. -~En 
una historia portuguesa á que se remite Sandoval (Hist. de los Reyes de 
Castilla y de León, Doña Urraca), dice del rey don García, el que murió en 
Atapuercá: «Este Rey Don Garda ouvo dous fillos, Don Sancho, et Don 
Ramiro, que casou despois con á filia do Cide.» 



— 4" — 

« 

años. Fueron los de Castilla derrotados, y pereció el 
tierno infante (1108). Alvar Fáñez fué uno de los 
nobles que, al verlo todo perdido, corrieron al lado 
del abatido monarca, que murió ai año siguiente 
(30 junio 1 109). 

Pocos años alcanzó del turbulento reinado de 
doña Urraca. Al asomar las escandalosas discusiones 
entre ella y su marido en Segundas nupcias Alfonso I 
de Aragón, logró, entre ellos, establecer momentánea 
concordia (1). Mediado enero de un, estando los 
monarcas en Oña, Alvar Fáñez confirma la donación 
hecha por ellos á favor del monasterio de la expresada 
villa (2). Encendida ya la guerra civil en Castilla, siguió 
de pronto el bando aragonés. El día 19 de abril, después 
de las famosas rotas que los castellanos experimenta- 
ron en Cantespino (Segovia) y en Viadangos, fué 
jurado rey de Castilla en Toledo el monarca de Ara- 
gón, «siendo mucha parte Alvar Fáñez, que tenía 
algunos castillos del reino». Poco después, reunió un 
buen ejército, fué sobre Cuenca y la tomó por fuerza 
en el mes de julio (3), 

Una de las páginas más gloriosas de su brillante 
historia constituyela el buen uso que hizo de alcaide 
de Toledo, cargo con que le había investido el rey de 
Aragón. Asi lo demostró en la defensa que de aquella 



(1) Fernández y González, Los Mudejares de Castilla, V. 

(2) Sandovai, Hist. de los Reyes de Castilla y de León, Doña Urraca. 

(3) Sandoval, O. C— En el cap. IV de las Adiciones y Tabla de 
la Chronica del Ínclito Emperador de España don Alfonso Vll t del propio 
autor, se lee: «Alvar Fáñez prisó Cuenca de Moros en el mes de julio, 
Era 1 149». 



— 4il — 

ciudad hizo contra los almorávides, capitaneados pri- 
mero por Mazdalí y luego por el mismo Ali. 

En el año 507 de la Hegira (jun. 1113-14), el cau- 
dillo Mazdalí corrió la comarca de Toledo, hizo 
espantosas algaras, taló campos, quemó alquerías 
y llegó á combatir durante ocho días la ciudad. 
Guando Alvar Fáñez tuvo noticia de tales estragos, 
llegó con poderosa hueste en socorro de Toledo. 
Mazdalí levantó el campo, mostró salir al encuentro 
del caudillo castellano, pero aprovechó la oscuridad 
de una noche y se retiró hacia Córdoba, adonde llegó 
cargado de despojos (1). 

Alguna mayoj importancia tuvo otra expedición de 
los almorávides contra la ciudad de los Concilios. Ali 
ben Yúsuf, aprovechando el desorden que á la muerte 
de Alfonso VI había en España, desembarcó, acompa- 
ñado de Texufín su hijo, en Sevilla, seguido de 
algunos miles de caballos, ballesteros y peones. En 
pocos días se trasladó á Córdoba, y allí se le incorpo- 
raron los soldados muslimes de España. El ejército de 
Ali cruzó por tierras de Alvar Fáñez Mináya, tomó' 
castillos fuertes y ciudades, parte de los cuales fueron 
destruidos y parte fortificados. Llegados á Toledo los 
mahometanos, destruyeron también los castillos de 
San Servando y de Azeca. Se aproximaron á la ciudad 
y con máquinas lanzaron á ella toda suerte de armas 



(1) Conde, III, 25. — Eq Sandoval, La Reinz D .* Urraca, se lee: «Y en el 
año siguiente Era 115 1, conforme i unas memorias, cercaron i Alvar Fiñéz, 
ño dice si Moros ó Christianos, en Montsant.% Y en otro punto: «Dice una 
memoria, Era 1151, el rey moro Hazmaldali prisó Oreja, y hubo nn temblor 
en la tierra al anochecer martes.» 



— 4*3 — 

arrojadizas. Pero estaba dentro el esforzado capitán 
Alvar Fáñez al frente de una guarnición tan numerosa 
como decidida. Ésta contestó al ataque de los enemi- 
gos sembrando en ellos la muerte. Despechado Ali, 
hizo por la noche animar haces de leña á una torre muy 
alta situada á la cabeza del puente, frente á San Ser- 
vando. Disparaban los sitiadores saetas con las puntas 
recubiertas de alquitrán encendido, para prender fuego 
al combustible hacinado ál pie de la torre; los cristia- 
nos le apagaron vertiendo gran cantidad de vinagre. 
Rodeaban á Alvar Fáñez personas encanecidas y muy 
diestras en tan difíciles circunstancias. Terco Ali, al 
ver que los medios hasta allí empleados de nada 
le habían aprovechado, ordenó que á la mañana 
siguiente sus tropas, comenzando los zenetas, tras los 
cuales seguirían los moros españoles, y después de 
éstos los almorávides, colocasen las máquinas de 
guerra al pie de los muros. Los cristianos opusieron 
otras, de modo que jugando unas y otras por espacio 
de siete días, nada padeció la ciudad. Al séptimo, 
salieron guerreros cristianos por las puertas de po- 
niente y pusieron fuego á las máquinas enemigas, 
obligando antes á huir á los zenetas y á los muslimes 
de España. Con la ayuda de Dios, la ciudad quedó ilesa. 
Ali se retiró de Toledo y causó daños en Madrid, 
Talavera y otras poblaciones; volvió á Córdoba, y, 
después de encomendar las cosas de España á Texufín, 
en Sevilla se embarcó para Marruecos (i). 

Poco después murió en Segoviá Alvar Fáñez. 



(i) Chron. Adef. Imp, 



Fué, dicen, su fin aciago, y se atribuye á diversas 
causas* Lafuente asegura que se afilió al bando 
aragonés, y en una expedición que hizo á aquella 
ciudad le asesinaron 'los parciales de Castilla durante 
la octava de Pascua de la Era 1152 (29 mar. -5 abr. 
11 14) (1). Además de que no fué durante dicha 
semana, sino después, resulta, de escritura de dona- 
ción hecha por doña Urraca á favor del monas- 
terio de San Isidro de Dueñas, que Alvar Fáñez 
suscribe con la reina aquel documento, que lleva la 
fecha de 18 de enero de 11 14: luego estaba afiliado á 
la causa castellana, y no ala parcialidad aragonesa (2). 
El obispo Fr. Prudencio de Sandoval, copiando 
las meiiíorias sacadas del Tumbo Negro de la catedral 
de Santiago, escritas en tiempo de Alfonso el Sabio, 
deja consignado, entre otras cosas: «No sabemos por 
qué razón matavan los de Segovia un caballero tan 
valiente y señalado». Dice esta mesma relación (la del 
Tumbo), de la ciudad de Segovia: «La ciudad de 
Segovia fué muchos tiempos yerma, et después poblá- 
ronla, Era 1 126 (1088)». Y, según esto, los vecinos 
de Segovia eran nuevos moradores y de diversas 
gentes, como de ordinario lo son los que de nuevo 
pueblan algún lugar; y, así, sería gente arriscada para 
motines y sediciones, como los burgeses de Seagún y 
otras partes. Quería Alvar Fáñez reformar sus cos- 
tumbres, ó no les pudo dar contento: y, asi, le quita- 



(1) Lafuente, II, 4. 

(2) Sandoval O. C, VII; dato tomado del libro llamado Becerro de la 
catedral de Astorga, f. 169. 



— 4iS — 
ron la vida, aviéndola él siempre empleado en defensa 
del Reyno.» 

Colmenares, el historiador de Segovia, se esfuerza 
por borrar esa mancha que empaña la brillantez de los 
gloriosos anales de aquella ciudad. Al efecto, escribe: 
«En unas memorias que publicó por antiguas don 
Frai Prudencio de Sandoval, en la historia de nuestro 
rey don Ramón y de doña Urraca, su madre, dice: 
«Los de Segovia, después de las otavas de Pascua 
mayor mataron á Alvar Fáñez, Era 1152.» Es año 
1114, en que va nuestra historia. Discurre Sandoval 
que le matarían porque, como á gente advenediza y 
bulliciosa, les quería corregir. En el hecho de que 
fuese muerto por nuestros segovianos, hay mucha 
duda, por la poca autoridad de aquellas memorias y 
la mucha variedad de opiniones que hay sobre el lugar 
donde este ca vallero está sepultado. Pero, cuando la 
muerte sea verdadera, dejamos bien probado que los 
pobladores de nuestra ciudad fueron los mismos ciu- 
dadanos que poco antes habían huido del poder de 
Almanzor: y, así, presumimos que la muerte fuese 
sobre repartimiento de los términos, queriendo nues- 
tros segovianos retener los heredamientos cuyo domi- 
nio no se podía juzgar de cierto» (1). 

En medio de tanta incertidumbre y variedad de 
hipótesis, lo único firme que queda es que á comienzos 
de 1 1 14 aún vivía y permanecía leal á su reina aquel 
que acompañó, por encargo de su rey, al emir Yahya 
desde Toledo hasta Valencia, donde estuvo hasta 



(1) Colmenares, Hist. de Segovia, XIII, § X. 



— 4 i6 — 

que en Zalaca peleó al lado de su njonarca. Desde el 
año 1 1 14 ya no hallamos hecho en que aparezca quien, 
desde sus tiempos hasta nuestros días, ha sido llamado 
«insigne capitán, el más famoso de los guerreros 
castellanos de la época de Alfonso VI, si se exceptúa 
el Cid» (1). ; . 

Con ser caballero modelo de lealtad el caudillo de 
este nombre y capitán á cuya espada ninguna superó 



(í) Lamente, I. c. — Cerrando la Chron. Adef.lmp. hay unos versos, 
«de estilo duro y áspero, como de poeta bárbaro y de boca de hierro», según 
don Nicolás Antonio, mal llamados Prefacio, en los cuales, comenzando á 
cantar las hacañas de un nieto de Alvar Fáñez, se expresa también el alto y 
merecido concepto en que al ultimo tuvo el autor; 

Alvarus ecce venit Roderici ñlius alti, 

Intulirhic laethum, multis tenuitque Toletum, 

£ pater innato laudatur natus, et ipse, 
. Fortis at ille íuit, nec nati gloria cedit, 

Pater patri magnus, natus sed pollet avo plus, 

Cognitus est ómnibus est avus Alvarus Aix probitatis 

Nec minus hostibus extitit impius urbis bonitatis, 

Audio sic dici, quod est Alvarus ille Fanici, 

Hismaelitarum gentes domuit, nec earum 

Oppida vel turres, potuerunt stare fortes. 

Fortia frangebat, sic fortis ille premebat. 

Tempore Roldani si tertius Alvarus esset 

Post Oliverum fateor sine crimine rerum. 

Subjuga Francorum fuerat gens Agarenorum, 

Nec socii chari jacuissent morte perempti, 

Nullaque sub coelo melior fuit hasta sereno, 

Ipse Rodericus, mió Gd semper vocatus, 

De quo cantatur, quod ab hostibus haud superatus, 

Qui domuit Mauros, Comités domuit quoque nostros . 

Hunc cxtollebat se laude minore ferebat, 

Sed fateor vkura quod tollet nulla dierum, 

Meo Cidi primus juit; Alvarus atque secundüs (i). 



(i) Se ha tenido á U vista la edición de 1600 de la Chrónica del ínclito Emperador de Sandoval, la 
Cbron. sAdtph. Imp. de la España Sagrada y de Berganza, y la edición de 179a de U Historia de ¡a 
'Sjyes dt Castilla y de León, también de Sandoval. 



— 4 i7 — 

en buen temple sino la de su contemporáneo el Cid, 
como se canta en aquel verso del mal llamado Prefacio 
de Almería 

Meo Cid pritnus fuit, Alvaros atque secundas y 

nadie, que sepamos, de entre los modernos ha inten- 
tado devolver á su envidiable fama el brillo de que ei 
descuido, más bien que la malicia, la despojara. 

Lafuente, Zamora y, tal vez, algún otro, no han 
hecho sino reproducir una de las opiniones que acerca 
■del problemático fin de sus días sustentaron ya los 
-antiguos. Tal proceder de nuestros más conspicuos 
historiadores generales, reconoce como causa la des- 
proporción entre la magnitud de la empresa que acor- 
metieron y la falta de materiales adecuados que para 
llevarla á cabo tuvieron á mano. Faltos de acabados 
estudios de interés local, de monografías de sucesos 
aislados, de biografías completas de los personajes más 
salientes de esos hechos, ó, lo que es lo mismo, por 
no disponer de tiempo ó de ocasión para recoger 
la última palabra pronunciada acerca de ellos, la cual 
^ólo puede formularse cuando se han agotado las 
fuentes de información, dejaron correr como verda- 
des innegables especies de dudosa certeza ó de false- 
dad notoria. 

Asi merece calificarse lo que acerca del caso con- 
creto que ahora estudiamos escribe Zamora, con- 
vertido las más de las veces en repetición más ó 
menos consciente de las inexactitudes y prejuicios 
admitidos por alguien que dista mucho de merecer 
ia ciega confianza que comúnmente se le otorga. 

53 



— 418 — 

En prueba de esto, léase de Zamora el pasaje si- 
guiente: 

«Este ilustre capitán (Alvar Fáñez), á quien un moderno histo- 
riador llama el más insigne y famoso de los guerreros castellanos 
de la época de Alfonso VI, si se exceptúa el Cid, después de- 
haber realizado tantas y tan gloriosas hazañas contra los enemi- 
gos de su Patria y de su Fé, murió desastrosamente víctima de 
las contiendas civiles que desgarraban el seno de Castilla.» 

Presumirán, sin duda, nuestros lectores, que el his- 
toriador moderno á quien alude Zamora sea alguno de* 
los escritores de nuestros días: y, con efecto, lo es 
Lafuente; mas, en prueba de la ninguna originalidad 
que en esta parte hay en él, esas mismas palabras 
pueden verse en Berganza, que dice: 

«En este año (1114), nuestro Alvar Fáñez, heredero del 
valor y del gobierno en Toledo del héroe Rodrigo Díaz el Cam- 
peador, fué muerto por los segovianos después de la Octava de 
Resurrección. A un escritor moderno pasó por la imaginación que 
los segovianos, leales á la Reina, quitaron la vida á Alvar Fáñez, 
porque pasó á persuadirles á que siguiesen el partido del rey de 
Aragón. » 

Y eso mismo repite Zamora al escribir 

«Contábase entre los partidarios de Alfonso el Batallador; y, 
habiendo hecho una expedición á Segovia, fué asesinado por los 
parciales de doña Urraca, el mismo año n 14, en que tan brava- 
mente rechazó de Toledo á los almorávides. » 

Resulta, pues, que el autor de quien Zamora reco- 
gió la noticia del asesinato, no sólo resucitó una espe- 
cie vieja, y, por falsa, ya en descrédito, sino que la de 
ser sólo inferior al Cid la supuesta victima, nueva tam- 
bién atribuida á un moderno historiador, alcanza, nada 



— 419 — 

menos, que al promedio del siglo Xfl, época en que 
^e compuso el verso latino que al principio qued.a 
transcrito . 

El primero en lanzarse, en alas de Ja fantasía, á 
inquirir la causa de la muerte de Alvar Fáñez, fué fray 
Pedro* de Sandoval, obispo de Pamplona; y el funda- 
mento que tuvo para aventurarse con tan atrevida y 
ofensiva suposición, fueron estas dos lacónicas indi- 
caciones de los ^Anales Toledanos: 

cLa Ciudad de Segovia fué muchos tiempos hierma, é des- 
pués pobláronla, Era MCXXVI. — Los de Segovia después de las 
Octavas de Pasqua mayor mataron á Albar H¿nnez, Era MCLIL > 

Al ínclito Colmenares, tan diligente investigador 
como admirador entusiasta de las glorias de su patria, 
sonáronle mal el fundamento de la noticia y lo aven- 
turado y ofensivo de la hipótesis. Por lo que opuso á 
ésta el oportuno, reparo de que va hecho mérito. 

Dicho sea con todo el respeto debido á Colmena- 
res, después de hacer resaltar lo aventurado y ofensivo 
de la suposición de Sandoval y lo absurdo que es 
admitir que Segovia estuviese despoblada cerca de un 
siglo, parécenos que tampoco debió él formular nueva 
hipótesis ni presentar como razón la duda que en su 
tiempo había acerca del paradero de los restos mor- 
tales de Alvar Fáñez; ulteriores investigaciones podrían 
arrojar bastante luz hasta dejar esclarecido este último 
punto. 

De todos modos, la defensa de Colmenares hizo 
variar de rumbo á los que se arriesgaron á navegar 
por el inseguro piélago de las suposiciones. Y tampoco 
fueron afortunados en el nuevo derrotero. Entonces, 



— 4 20 — 

brotó la nueva hipótesis de que la muerte obedecería 
al empeño en imponer á los segovianos el bando ara- 
gonés. Salióles Berganza al encuentro, y la fantástica 
nave fué á pique; pero ha salido á flote en nuestros 
tiempos, merced á descuidos de nuestros historiadores 
coetáneos. 

Con gran oportunidad observa Berganza: 

«Lo que se imagina por factible y conjeturable en Historia,, 
se ha de comprobar con razones; parece que el nuevo autor no 
las tuvo, pues no las alega.» 

Esto mismo puede echárseles en cara á Zamora y á 
su guía en esta parte, Lafuente, quienes dan carácter 
de realidad á lo que sólo presenta aspecto de hipótesis 
no razonable. Y añade Berganza: 

«Más factible es que Alvar Fáñez, como persona tan princi- 
pal del Reyno y como governador de Toledo, fué uno de los 
señores que salieron por fiadores en los pactos que se otorgaron 
entre el Rey de Aragón y la Reyna; y que cumplió con el jura- 
mento de entregar la ciudad de Toledo, que estaba á su cargo, 
por aver faltado el Rey á su palabra. Conócese que entregó la 
Ciudad á la Reyna, pues queda visto que en el año ir 13 se dezia 
que reynaba en Toledo.» 

Lamentable fuera que hubiese coronado con una 
infamia su vida de heroísmo el caudillo compañero de 
alfonso yi en los casos prósperos y en los trances 
adversos; que con fidelidad y eficacia secundó las 
órdenes de su soberano; que, llegado éste á la vejez, 
aquél economiza prudentemente las energías, para 
salvar á la patria, puesta al borde del precipicio; que„ 
bajado al sepulcro el anciano y lloroso monarca, asi 
como antes fiara al Cid la noble tarea de contener el 



— 4 2i — 

avance de los almorávides en las comarcas de Levante, 
él defiende de las bárbaras acometidas del feroz afri- 
cano á la inmortal Toledo, hasta que por la parte de 
Aragón asoma Alfonso el Batallador y en Castilla pre- 
ludia sus gloriosas hazañas el ínclito emperador hijo 
de doña Urraca. 

Mas no: el que en 25 de mayo, domingo, de 1085 
entraba con su amado rey en Toledo; el que acepta el 
compromiso, y admirablemente le realiza, de sentar y 
sostener en el trono de Valencia, rebelde á Castilla, al 
último emir de la ciudad del Tajo; el que en los 
momentos de mayor peligro vuela al lado de Alfonso 
y con él comparte, el 23 de octubre de 1086, la triste 
suerte de Zalaca, no vacilando en ese tremendo dia 
probar su lealtad luchando con el mismo emir á quien 
poco antes sentara en un trono y le defendiera contra 
todos sus enemigos; el que en 1092 sostuvo reñida 
batalla con los africanos, orgullosos por su famoso 
triunfo alcanzado seis años antes; el que á la muerte 
del tierno infante D- Sancho, en Ucles, 29 de mayo 
de 1 108, renuncia al bello morir, por no abandonar 
en el desamparo al acongojado y decrépito monarca; 
el que, vacio el trono de Castilla, cuyo seno desga- 
rraba la guerra civil, es respetado en el gobierno de 
Toledo por Alfonso I de Aragón, fineza a la cual 
corresponde reparando con la conquista de Cuenca la 
derrota que doce años antes, en 1099, padeciera junto 
á ella, y salvando á la misma Toledo del furor desbor- 
dado de Ali ben Yúsuf, el emperador de Marruecos; el 
que tres años más tarde, en posesión ya de la ciudad 
de los concilios la calumniada D. ;l Urraca, resiste con 



— 4 22 — 

valentía la última acometida formal de los africanos, á 
quienes mandaba el hasta entonces invicto Mazdalí, la 
aguja de que se valía el emir al Muminín para engar- 
zar las perdidas perlas del Ándalos: el que fué salva- 
ción de España, no podía morir traidor á su patria; el 
que tan buenos'servicios prestara á Alfonso VI y á los 
regios consortes doña Urraca y Alfonso el Batallador, 
no podía cerrar su brillantísima historia coronándola 
con la infamia de la deslealtad para con su reina. 

Y esa mancha no enturbia, en verdad, el esplendor 
de su gloriosa existencia. Pocos días antes de las 
Octavas de Pascua Mayor de que hacen mención los 
Anales Toledanos, estando ya separados doña Urraca y 
el Batallador y en Peñafiel la reina, en escritura de 
donación que ella otorga, en 15 de febrero de 1114, á 
favor de D. Gonzalo Díaz y de su mujer, suscribe el 

r _ 

documento Alvar Fáñe\ de Zorita. Con su ya. temblo- 
rosa mano, pues ya en 1085 era experto general, con- 
firma su lealtad al rey, el que siempre empleó su 
potente brazo, ó en la reconquista, ó en la salvación 
de España. 

No va desatinado el eximio Colmenares al dudar 
de la certeza en las indicaciones de los repetidos Ana- 
les, las que han dado margen á suposiciones tan absnr- 
das como ofensivas al buen nombre del caudillo cuyas 
hazañas acabamos de bosquejar, y al de Segovia, en la 
cual hubo, no la supuesta plebe díscola é insubordi- 
nada, sino que de ella salieron las aguerridas huestes 
que, ó sucumbían con gloria entre la morisma infiel, 
ó coronadas de inmarcesibles laureles tornaban á sus 
lares. Hay en esos Anales apuntamientos que tienen 



— 425 — 
subido valer, y son los más; los hay inciertos, y tam- 
poco faltan los notoriamente falsos. Frente á la noticia, 
dada en ellos, de la muerte violenta de Alvar Fáñez, 
está la que suministran las Memorias ^Antiguas de Cár- 
dena, ya que en éstas se lee: 

ERA DE MCUI, FINÓ ALVAR FANXEZ MINAYA, E YACE... 

Confirmase su fallecimiento en 1114; mas no 4 ue . 
fuera matado por los segovianos . 

Aunque no se completa en las referidas Memorias 
la noticia del paradero de su cadáver, descorre el velo 
un privilegio de Enrique IV, de 10 de enero de 1473, 
donde se dice que en, el monasterio de Cárdena «yace 
sepultado D. Alvar Fdñe^ Minaya, el que ganó á Cuenca 
de Huete de los Moros. » En el año 1 $ 66, el abad fray 
Antonio Hurtado colocó en el lado izquierdo del cru- 
cero de la iglesia del monasterio, entre el sepulcro de 
Gonzalo Núñez, nieto del conde Fernán González, y 
el de Pedro Bermúdez, sobrino del Cid, el de «SDon 
Alvar Fáñe% Minaya: tiene por armas cinco róeles de 
oro en campo de sangre.» 

Como frente á frente estaba la capilla de los Santos 
Mártires, víctimas de la saña mahometana, á esos atle- 
tas de la Religión y al legendario Alvar Fáñez son 
aplicables aquellos versos que en el archivo de Cárdena 
estuvieron: 

«Toda tu gente es de guerra: 
Maguer que si guerrearon, 
Unos vencieron moriendo 
Otros vencieron matando. > 



CAPITULO XI 

Almorávides 
(HOI-1 144) 

Entredi de Iqi «l morí «del en Velencie.— El potu ultlreBo Abtn Jifadu.— CuU ir Abderzíhmin 
ben Táiiir. — Fechi de la entrede de l« ilmoriTides. — Mori miento lileri rio. —Gobierna de Temim. 
De Hubinnrl ben Alhug.— Mostibiu, emir de Zeugma y 111 bija Imedo d' Dolab — Cocqulita de 
Morelli.— Rendición de Zengou 1 Alian» I.— Eituel. de Abu All en Jiribe.— Colinde.— Baftal 
y Segorbe iribuutloi ac Angón.— Emende de Alfon.o el Beulledor heHe JirJt».— Siiioide Veln- 
di. Akln y Denii, y tan» de BenIudelWltoiimiento liierario.— S.if .d Doleh.— Ab; U Guie, 
nlf de Víleocii, en Fraga y en Toledo.— El poete ilcireio Abu Telib Abd el Gewir. 



breves palabras confirma la Historia Leo- 
esa que los cristianos prendieron fuego al 
endonarla, y añade que ya nunca los 
almorávides la perdieron (i). Éste es también el argu- 
mento de unos versos del poeta alcireño Abu Ishac 
ben Jafacha, nacido en la isla del Júcar el año 1058 y 
cuya muerte acaeció en el 1159: 

«Las puntas de las espadas se han esgrimido en tus patios, 
¡oh palacio!; y han destruido tus preciosidades la miseria y el 
fuego. 

sCuando viene uno á mirar tus contornos, largo rato reflexio- 
na; y llora sobre ti ¡oh ciudad infortunada! 



(1) Egressis amera ómnibus ab urbe, loum urbera igne tremad rti 
prxcepit, et curo his ómnibus Toletum pervenit. Sirractoi, lutem, qoi, 
propter ad venturo regis, fugerant et urbem obsessam rcliqucratit, post regis 
recessum, mox, urbem, quíravis arsam, intraveruut; el eam, Cltm ómnibus 
ejuí tinibus, habiuveruoE; et mioquam eam ulterius perdideront. 



— 4*5 — 

•Tos habitantes han sido el juguete de los desastres; y las 
tordas han recorrido tns desiertas calles. 

tLa mano de la desgracia ha escrito sobre tns atrios: «tú no 
eres té, y tns casas no son ya casas) > 

Y añade: «cuando el Emir al Moslemin supo esta 
grave noticia y se apercibió de tan gran desdicha, hizo 
todos sus esfuerzos, porque Valencia era para él una 
mota en su ojo, y reunió sus medios y puso en mo- 
vimiento sus manos y su lengua. Despachó contra la 
ciudad gentes y dinero, y mandó á ella los hombres 
más intrépidos. La guerra entonces ofreció diferentes 
suertes: á veces se decidía por los enemigos, á veces 
por el Emir al Moslemin, hasta que éste oscureció la 
vergüenza que sobre Valencia pesaba, y lavó sus 
ultrajes. El último de los generales que envió allí á la 
cabeza de un ejército numeroso, fué el emir Abu 
Muhámad Mazdali, la punta de su lanza y el cordón 
de que se servia para ensartar sus perlas. Dios le con- 
cedió que la ganase y permitió que ella le debiese la 
libertad en el mes de ramadhán del año 95 (19 jun.- 
18 jul. 1 102) (i), ¡Señale Dios al Emir un puesto en 
el séptimo cielo, y recompense su celo y sus combates 
en la guerra santa y acuérdele los beneficios reservados 
á los virtuosos» (2). 



(i) Esta fecha no es exacta, por no haber interpretado bien la de la carta 
de Aben Tihir. 

(2) Malo de Molina, apéndice XX.— Doiy, Investigación**; cEI Gd», 
i.» parte; Fuentes históricas, I.— Este último autor dice que Aben Besaam, 
Aben Jacin y Aben Jalicin, han consagrado artículos al poeta alcireño. Su 
Dlwan se halla en la biblioteca del Escorial, núm. 376; en la del Museo Asia* 
tico, en San Petersbuigo; en la de Copenhague; en la dt Cid Hammuda, ea 
Constantina y, pbr fin, en h Imperial. 



— 426 — 

El ilustre anciano Abu Abdallah ben Táhir, dis- 
puesto siempre á patentizar su fecundo estro poético, 
no había de despreciar la ocasión que para pulsar su 
bien templada lira le ofrecía el recobro de Valencia. 
En carta dirigida al wisir Abu Abdelmélic ben Abde- 
láziz, le decía: «Te escribo al mediar el bendito mes 
(ramadhán; 3 jul. n 02). Hemos conseguido la victo- 
ria con la toma de Valencia. Purifiquela Dios después 
de la vergüenza que la cubría! El enemigo ha incen- 
diado la mayor parte de los hogares y la ha dejado con 
señales evidentes de devastación y de llanto. Se ha 
tejido vestidos tan negros como los hierros con que 
él la vistió; su mirada está todavía oscura, y de su 
corazón salen suspiros, porque se agita sobre ascuas 
encendidas; pero aún le queda su esbelto cuerpo, sus 
feraces tierras, semejantes al musgo oloroso y al oro' 
rojo, sus magníficos jardines, poblados de árboles, y 
su limpio rio. Mas, por la buena estrella del Emiral 
Moslemín y de los cuidados que le dispensará, se disi- 
parán sus tinieblas y recobrará sus elegantes vestidos 
y sus collares de perlas, y se levantará por la mañana, 
y se presentará como el Sol en el primer signo del 
Zodíaco (Aries, al comienzo de la primavera). (Ala- 
banzas á Dios, rey del universo, que la libró de los 
que dan socios á su Dios (aludiendo al misterio de la 
Trinidad). Y con su restitución al Islam, gozamos un 
placer y un consuelo, á causa de los males que había 
alcanzado, por la fuerza del destino y de la voluntad 
de Dios!» (1). 



(1) Doiy y Malo de Molina, 1. c. 



— 4*7 — 

Conde, siguiendo á Aben al Abbar, señala con 
exactitud el mes de la entrada de los almorávides en 
Valencia: «Por la constancia de los almorávides* Dios 
la restituyó venturosamente al Islam en la luna de 
régeb del año 495 (21 abr.-ao may. 1102)» (1). 
Los Anales Toledanos (I) determinan el mes nues- 
tro, pues dicen: «El rey don Alfonso dexó deserta á 
Valencia en el mes de mayo, Era 1140 (110A* Aben 
al Jatib precisa el dia del citado mes. Por lo que da 
también á conocer las cualidades del afortunado cau- 
dillo y sus hechos más notables, transcribimos el 
texto del mencionado autor: 

«Fué el emir Mazdali (2) el sostenedor más firme 
de la dinastía Lamtuni de Yúsuf ben Texufin v de sus 
parientes. Los dos (Mazdali y Yúsuf) pelearon valero- 
samente con Tarkut, cabeza de esta dinastia, y le 
igualó y le honró, y le hizo admirable. Fué jeke de la 
dinastia Lamtuni y jefe de las cohortes, Sanajad'yies, 
esforzado, perseverante, valiente entre los valientes, 
sin presunción, de gran firmeza, célebre en sus narra- 
ciones, original en sus pensamientos, y de gran expe- 
riencia. Fué larga su vida, y glorificó sus combates, y 
prolongó las algaras, y fueron numerosos sus encuen- 
tros con el enemigo, y siempre obedeció las órdenes 
de su sultán. Ganó i los cristianos por su ingenio Ja ciudad 
de Valencia, y la restituyó al Islam, para su mayor 
honra y gloria, al mediar régeb del año 495 (5 de mayo 



(1) Conde, III, 22.— Doxy, 1. c. 

(2) Era berberisco, como lo revela su nombre completo: MaidaH ben 
Beni Lantun, ben Jasan, ben Mohámed, ben Tarkut, ben Uria bithfa, ben 
Mansur, ben Noskalo, ben Omeia, ben Uaiatín es Shanajad'yí el Lamtuni. 



- 428 — 

de 1102). Entró en Granada; fué walí de Córdoba y 
de Granada y sus cercanías, después de Yúsuf ben 
Texufin, en el* año 505 (jul. mi-jun. 11 12).» Dice 
Ben es Sherfi: «murió en la noche del martes 17 de 
xawal del año 508 (13 febrero de 11 15) (j) peleando 
en las cercanías de Hisn Cosantaina (no la villa de 
Alicante), y se le llevó á Córdoba, llegando allí en día 
de miércoles, segundo después de su muerte; y rogó 
por él y sus restos en la oración del Hashar (tres de 
la tarde) el faquí cadi de Córdoba Abu'l Cásim ben 
Jamdín, y se le enterró junto á su padre, y se cons- 
truyó allí un jardín hermosísimo. Dios le concedió el 
privilegio sin igual de perseverar en la amistad del 
Emir de Muslemín Yúsuf» (2). 

La predicción de Abderrahmán ben Táhir de que 
á Yúsuf ben Texufín cabria la gloria de restaurar á 
Valencia, tuvo, según nuestros cronistas, exacto cum- 
plimiento. Es cierto que acompañado de sus hijos 
Temim y Ali, vino por cuarta vez desde el Magreb á 
España el año 496 (oct. 1102-1103), ó sea, cuando 
los dominios musulmanes en ella estaban pacificados, 
y «recorrió todas las provincias» (3). Según Escolano, 
al encontrar á Valencia arruinada de los trastornos 



(1) Esa misma fecha, con may pequeña diferencia, aparece en las adicio- 
nes y cabla del libro de Sandoval titulado Chrónica del Ínclito Emperador don 
Alonso VII: «Era 1153 (11x5) se hizo otra arrancada (que es una gran 
matanza y destrozo) sobre los almorávides, y mataron á Al M¿zdali, é murie- 
ron muchos de los almorávides en el mes de enero...* Los meses xawal y 
enero se dan la mano en el afio 508 de la Hegira, 11 53 de la Era de España 
y 1 1 1 5 de la Era de Cristo. — Es de advertir llama con frecuencia memorias 
antiguas á los Anales Toledanos, como sucede en este caso. 

(2) Malo de Molina, 1. c. 
(j) Conde, III, 23. 



— 429 — 

pasados, muy de propósito la mandó engrandecer y 
reedificar (i). Diago refiere que Yúsuf engrandeció á 
Valencia con sus obras y la reparó de muchas cosas 
que estaban mal puestas de las pasadas guerras (2). 
Boix atribuye ai anciano Yúsuf el derribo de las 
murallas y el ensanche de la ciudad, encerrada hasta 
entonces en el estrecho recinto que ya tenia en 
tiempo de romanos (3). 

Malo de Molina, fundándose en que los años que 
mediaron desde la conquista del Cid hasta la- de 
Jaime I no fueron bastantes para variar por completo 
la posición de Valencia; en que los recursos disponi- 
bles durante ese periodo de 136 años no alcanzaban á 
cubrir los gastos de abatir murallas y construir otras 
nuevas; en que el sosiego de que entonces disfrutaron 
los muslimes no les permitía dedicarse á obras de 
tamaña importancia, y en que, lo que tiene más 
fuerza, los cronistas de los régulos que dominaron á 
Valencia nada dicen de tal obra, cuando tienen muy 
buen cuidado en hablar de las mejoras que realizaron 
en las ciudades; asegura, sin temor de equivocarse, 
dice, que las murallas de Valencia en tiempo del Cid 
contenían el mismo ámbito que en los de don Jai- 
me (4). Con el ensanche de 1356, obra de Pedro IV, 
apareció un trozo de la muralla que rodeaba á Valen- 
cia en 1238, encontrado en un derribo de la plaza de 
Serranos, y «es un resto del segundo recinto amura- 



(i) Escolano, ni, 1. 

(2) Diago, VI, f. 254. 

(3) Hist. de la Ciudad etc., lib. II. 

(4) Apéndice, XXUL 



— 430 — 

liado construido por los moros para el ensanche 
de la ciudad romana;» pero fué uno mismo el muro 
«que lograron traspasar primero el Cid y después 
el rey don Jírime» (i). En apoyo de esa opinión está 
el testimonio innegable de la obra de los valladares, 
que rodeaban ios muros de la ciudad. Su construcción 
se debió, sin duda, á los Omeyas Abderramán III y Al 
Háquem II, en los años de 300 á 366 (913-977) (2). 
Documentos fehacientes patentizan que rl tiempo 
de la reconquista había dos clases de muralla, una 
antigua y otra nueva: Béuter, que atribuye nada 
menos que á Gneo Escipión (218-212 a. J. C.) la 
fábrica del muro viejo, dice que estaba formado de 
cal y canto; á diferencia del nuevo, que, según él, 
estaba compuesto de dos paredes paralelas, con espe- 
sor de medio ladrillo cada una, y con el espacio inter- 
medio relleno de tierra apisonada (3). 

Al entrar los almorávides en Valencia ,vol vieron á 
ella muchos nobles y doctores que la abandonaron, 
marchando á Liria, Murcia y Jaén, cuando los cristia- 
nos la ocuparon. Es digno de mención, entre aquellos 
sabios y prohombres, Muhámad ben Bahr ben Aasi, 
el Ansarí, natural de Liria y jeke de su patria, que 
huyó á Jaén y allí estuvo como siete años. Con Abu 
Hegag al Kefiz y Merwán Aben Zerag, se dedicó á las 
letras. Al regreso á Valencia, fué lector ó mocrí de la 
mezquita mayor, ó sea, la catedral que los cristianos 
habían consagrado á la bienaventurada siempre Virgen 



( 1 ) El Archivo, V, 411. 

(2) Malo de Molina, I. c. 
(?) Chabás, Mon. Hist., I, 3. 



— 43i — 
María. Escribió sobre las variantes del Corán una obra 
muy critica, y después se retiró á su patria, Liria, donde 
murió, á los 74 años de su edad, á la hora del alba del 
domingo 6 de xawal de 547 (4 enero de 1153), cuando 
ya era emir de Valencia el famoso Aben Sad, abuelo de 
Zaén. El mocrí fué enterrado en la macbora llamada 
Beni Zenún (Benisanó), é hizo por él la oración fúne- 
bre su hermano Abu Muhámad (1). 

En el mismo año de la venida de Yúsuf murió 
Abdelmélic Abu Merwán, señor de Aibarracín; le suce- 
dió su hijo Yahya, pero como dependiente del gobierno 
de Valencia (2). Dos años después murió Yúsuf ben 
Texufin, á la salida de muhárram del año 500 (i.° octu- 
bre de 1 106), á la avanzada edad de cien años y tras 
un reinado que duró cerca de cuarenta. Antes de morir, 
estando aún en España, hizo se jurase por sucesor suyo 
al más joven de sus dos hijos mayores, Abu'l Hassán 
Ali, de madre cristiana, nacido en Ceuta el año 1084. 
El primero en prestarle juramento fué su hermano 
mayor, Abú Táhir Temim, príncipe de nobles prendas 
que poco después tuvo el gobierno de Valencia (3). 



(1) Conde III, 22. — Para apreciar la exactitud de estos datos biográficos, 
00 hay mis que compararlos con los que proporciona el célebre historiador 
valenciano Aben al Abbar: cMojimed ben Yagia ben Mojámed ben Abi 
Ysjak ben G'Amrú ben el G'Ashi el Anshaarí, de las gentes de Liria, gobierno 
de Valencia, conocido por Abn Abdallah, fué discípulo de jekes de su país. 
Luego abandonó éste en la alfatena (escisión) del año 488 (1095-96), des- 
pués de haber ganado los cristianos á Valencia. Permaneció en faén cerca de 
7 años, y aprendió en ella las bellas letras de Abu' i Jad'yad'ye el Calif, y 
aprendió la elocuencia de Abu Merwán ben Sirad*ye y de otros. Después se 
volvió á Valencia el año de su conquista, que fué en récheb del año 49$.» 
(Malo de Molina, pág. 13a). 

(2) Conde, 1. c. 

(3) Conde, III, 23. 



— 43* — 

Muerto sin hijos en 28 de septiembre de 1104 
Pedro I de Aragón, ocupó el trono su hermano Al- 
fonso I, con justicia llamado el Batallador. Acababa éste 
de ganar 4 los moros muchos lugares y castillos, y, 
apenas tuvo noticia del fallecimiento de Yúsuf, se 
corrió hacia Valencia y le puso muy apretado sitio. 
Los de la ciudad, viendo que de todas partes sé le ren- 
dían, vinieron en acomodo con él y le pagaron parias. 
Pronto se negaron al cumplimiento de esta obligación. 
Como los cristianos andaban revueltos entre si, con- 
vidaron á Ali ben Yúsuf para que se aprovechase de la 
discordia entre los cristianos. Vino á España el mismo 
año 500 (1 106-7), y su presencia bastó para que las 
ciudades y reinos tributarios de los mismos, uno de 
los cuales, como va dicho, era Valencia, se les rebe- 
lasen (1). 

Al año siguiente, "501 (ag.- 1107-8), vino Ali 
segunda vez á la Península, habiendo antes enviado á 
ella, confiándole el gobierno de Valencia, á su her- 
mano Abu Táhir Temim, al cual reemplazó en el de 
Magreb el wali Abu Abdallah ben Alhag, gobernador 
también de Valencia poco después. 

Uno de los primeros cuidados de Temim fué con- 
tener las correrías de los dos Alfonsos, el I de Aragón 
y el VI de Castilla. Se propuso apoderarse de Uclés, de 
triste celebridad, por lo que ahora se dirá, y por la 
muerte que allí tuvo más tarde Aben Ayadh, uno de 
los emires de Valencia. Logró Temim hacerse dueño 
de la ciudad, mas no de la ciudadela, en la cual se había 



(1) Escolino, 1. c¿ 



— 433 — 
refugiado la guarnición castellana. Para sacar a los 
cristianos del apurado extremo á que se hallaban redu- 
cidos, Alfonso VI, no pudiendo él ir en persona á liber- 
tarlos, confió el mando del ejército á su único hijo 
varón don Sancho, niño de once años. Temim logró 
un triunfo completo el 10 de junio de no8, y el 
tierno infante quedó muerto en el campo de. batalla. 
* Oprimido de dolor, bajó al sepulcro un año después 
el anciano monarca de Castilla (i). 

La guerra civil se encendió en dicho reino, y Al- 
fonso el Batallador, casado con doña Urraca, la viuda 
de Raimundo de Borgoña, tomó parte en esa desas- 
trosa lucha, distrayendo su atención de la noble em- 
presa de la reconquista. 'No en absoluto se desentendió 
de ella, como lo prueba el hecho de que en el año 502 
(ag. 1108-jul, 1 109), para repeler los estragos que 
Áhmed al Mostahín ben Yúsuf, emir de Zaragoza, le 
causaba en sus estados, entró por la ribera del Ebro 
hasta las puertas de la misma Zaragoza. Con pretexto 
de ayudar al citado emir, mas, en realidad, con inten- 
ción de que ese principe tuviese por los almorávides 
sus estados, ordenó Temim á Muhámad ben Alhag, ya 
gobernador de Valencia, que partiese de esta ciudad 
hacia la capital de los dominios de Mostahín. La orden 
fué cumplida, y la ida no pudo ser más próspera: al 
aproximarse el caudillo almoravide á Zaragoza, los 
cristianos levantaron el sitio, y Aben Alhag entró en 
la ciudad. No fué tan afortunado á la vuelta: en su 



(1) Conde, III* 24.— Gebhardt, III, 25.— En los Anales Toledanos se 
señala otra fecha á aquella batalla: «Mataron al Infante Don Sancho, é al 
Conde Don García cerca de Veles, iii. dfa Kal. de junio, Era mcxlvi.» 



55 



— 434 — 

terrible excursión á tierras de Cataluña, le sorprendió 
Ramón Berenguer III, el hijo de Cap £ Estopa, y en 
las fragosidades de los montes quedaron casi todos los 
soldados muslimes, pudiendo á duras penas librarse 
de la muerte el walí de Valencia (i). Para vengar la 
derrota, envió Ali contra la ciudad condal á Abu Becr 
ben Ibrahim ben Tafelut, walí de Murcia. Pasando 
por Valencia, Tortosa y Fraga, pudo llegar sin que- 
branto al campo de Barcelona; pero también en la 
retirada, hacia Zaragoza, estuvo desgraciado: salióle al 
encuentro el terrible Alfonso I, y 700 muslimes alcan- 
zaron la corona del martirio (2). 

Viendo Ali el mal sesgo qué para el Islam toma- 
ban los asuntos de. España, quiso intervenir directa- 
mente en la marcha de los sucesos: al efecto, vino 
desde Ceuta el 15 de muhárram de 503 (14 ag. de 
1 109). «Deste Ali ben Jusef cuenta el coronista moro 
Cásim, en la descripción dejativa, que labró de nuevo 
su gran castillo, que avia quedado asolado de las gue- 
rras pasadas» (3). No cejaba Alfonso I en su tenaz 
empeño de reconquistar para la cruz las posesiones 
del emir de Zaragoza. Quiso Mostahín acudir en auxi- 
lio de Tudela, sitiada por los cristianos. Trabóse reñido 
combate, y de una lanzada voló el alma del emir á 
gozar de las inefables delicias del paraiso (24 enero 



(1) Asi lo dice Gebhardt (III, 24), mientras Conde (III, 24) asegura que 
el walí pereció con casi todos los caballeros lamtunts. Parece más puesto 
§a ratón lo dicho por el primero, puesto que más tarde, tres años después, le 
veremos tomar parte en la empresa de despojar de sus estados al emir de 
Zaragoia. * 

(a) Conde, 1. c. 

(3) Escolarlo, 1. c— Boix, Xdtiva, IV. 



— 43$ — 

1 1 1 o) (i). Escolino contunde con U muerte Je! emir 
de Zaragoza la de Ali ben YúsuÉ «entonces el rey AH, 
acompañado de todos los caudillos y reyes moros de 
Andalucía, fué en busca del rey don Alonso, y le dio 
batalla, en la cual fué el Miramamolin (corrupción de 
Emir al Mumenin) muerto, y con él mas de 30.000 
moros. Y, como en África se entendió su rota v desas- 
trada muerte, al punto saludaron por rey i su hijo 
Brahim ben Ali— Mas los caudillos moros á quien su 
padre Ali había dejado encomendadas las ciudades y 
reinos de España, se alzaron con ellos, y se hicieron 
llamar reyes» (2). A continuación habla del emirato 
de Aben Sad. 

El hijo y sucesor de Ali ben Yúsuf lo fué Texuftn 
ben Ali, y éste no comenzó á reinar hasta el año 539 
(jul. 1144-jun. 1 145), como, aparte las crónicas ára- 
bes, lo declaran las monedas de Ali, entre ellas, los 
dinares acuñados en las zecas de Murcia, Denia y Va- 
lencia (3). 

Si alguna duda queda, desvanécela un autor, que, 
además, relaciona la muerte de Mostahin con la con- 
quista que de lá primera plaza de nuestro reino hizo 
el vencedor. 

En el mismo año n 10 revolvió contra el reino de 
Valencia sus armas el infatigable Alfonso I. Impetró y 
alcanzó del pontífice Pascual II el privilegio de la Cru- 



(1) Conde, III, 25.— Doxy, Investigaciones, «Relato de Abd'l Hassán.»— 
En los Anales Toledanos se lee: «Murió el Rey Almottayen en Valencia» 
Era MCXLVin.» No fué en Valencia, sino en Valtierra. 

(2) Escolano, 1.' c. 

(3) Codera, sección V, 1. 



— 436 — 

zada. «Apoderándose de la sierra (de Zaragoza), escribe 
Zurita, y convocando los ricos-hombres y caballeros 
de sus reinos, propuso de poner cerco sobre Zaragoza 
y proseguir hasta sacar aquella ciudad del yugo y ser- 
vidumbre de los infieles; y, según algunas memorias 
antiguas, parece que en el año i no fué por él vencido 
en batalla Abu Calen, rey de Zaragoza, junto á Val- 
tierra. Y ganó entonces á Morella; y de la toma de este 
lugar, que está en el reino de Valencia, en los . confi- 
nes de Aragón, se hace mención en los anales antiguos 
de Castilla, en que se dice haberse tomado en 1114. 
Aunque muchos destos lugares hallamos que queda- 
ron en poder de moros reconociéndose tributarios» (.1). 
Por este tiempo murieron algunos muslimes nota- 
bles. En el año 507 (jun. 11 13-14), falleció en Sevi- 
lla el caudillo Syr ben Abi Békir, el llamado en la Gene- 
ral, como también en el Poema y en el Romance del 
Cid, el rey Búcar (2). También murió en el mism'o 



(1) Zurita, I, 41 . — En Sandoval (Hist. de los Reyes de Castilla y de León, 
Doña Urraca), tomándolo de esas memorias antiguas, escribe: «Hicieron este 
aáo (Era 1153=1115) los Christianos una gran entrada y maunza, que la len* 
gua antigua llama arrancada, contra los almorávides por el mes de Enero, y 
les tomaron la villa de Moriella.» — De conformidad con esto, escribe Esco- 
lano (III, i), que sigue i Mármol, (II, 32): «Bolvióse Ali i Barbería; y el año 
siguiente de 1114, rebolvió con mayor armada, y, hallando! nuestros prín- 
cipes discordes y abrasados en guerras, tuvo licencia de talar buena parte de 
España. Entendió el rey don Alonso de Aragón que se apercibía el Moro para 
venir á sitiar la ciudad de Toledo por segunda vea, en el año 11x5; y habién- 
dole concedido el papa Pascual, segundo deste nombre (1099-1118), la Cru- 
zada, juntó un poderoso ejército; y, por divertirle de aquella empresa, se le 
entró por el rey no de Valencia, y se puso sobre la villa de Morella, y la ganó 
por fuerza de armas.»— Los anales antiguos de Castilla á que se refiere Zurita, 
no son otros que los Toledanos, que dicen: «Fué presa Moriella (le Christia- 
nos Era mcliii » 

(2) Conde, III, 2$. 



— 43.7 — 

año, en Mallorca, después de haber permanecido algún 
tiempo en Almería, el ilustre literato Aben al Labbana, 
nacido en Denia. Es notable la correspondencia que 
sostuvo con Motámid, el infortunado emir de Sevilla» 
cuando éste, en su destierro de Agmat, sq vio, con sus 
queridas hijas y mujeres, reducido á la más extre- 
mada miseria (i). 

En el año siguiente, 508 (jun. 1114-may. 1115), 
murió en Murcia el wazir Abu Abderrahmán ben 
Táhir. No obstante haber pretextado sus muchos 
años para no asistir á las bodas de Mostahín, hijo del 
emir de Zaragoza, con una hija del que lo era de 
Valencia, Abu Becr ben Abdeláziz (1086), toma parte 
activa en el agitado periodo, del gobierno de Aben 
Gehaf. En elogio de Aben Táhir decia en 1095 Abu'l 
Hassán: «Abu Abderrahmán ha compuesto tantas obras 
excelentes y sus acciones son tan bellas, que sus 
hechos no cabe referirlos aquí, ni tampoco desenvol- 
ver toda la nobleza de su carácter; pero yo he copiado 
la mayor parte de sus composiciones en un libro aparte, 
al que he puesto el titulo de Hilo de Perlas, sobre las 
cartas de Aben Táhir. En este momento vive en 
Valencia, y, aunque tiene cerca de 80 años, ha conser- 
vado el uso completo de sus facultades, tiene buen 
oído, aún vierte sobre el papel ideas que roban todo 
su brillo á los collares de perlas, y en comparación de 



(1) Además de numerosos versos, compaso: i.— Rocío de perlas y amon- 
tonamiento de flores de la poesía de los Beni Abbed. 2.— El apoyo sobre la 
historia de la misma dinastía. 3.— El libro de los caminos de la guerra civil. 
Y 4.— Libro de la serie de perlas sobre exhortaciones á los reyes (Pons, bio- 
grafía núm. 138). 



— 4 j8 - 

las cuales las noches iluminadas por la hermosa luna 
son oscuras. Y lo que hemos escrito debe bastar: por- 
que ¿qué hombre podrá agotar todo lo que hay que 
decir sobre el asunto?» (i). Desde la muerte del cadi 
vivía retirado ea Murcia (2), 

En el año 509 (mayo 1115-16) dejó de-existir 
Aben al Kama, quien, como poeta y prosista distin- 
guido, alcanzó entre sus coetáneos gran celebridad. 
Nació en Valencia el año 428 (oct. 1036-37), donde 
hizo sus estudios, y de ella escribió una historia que 
versaba sobre la toma de los cristianos antes del año 
500 (sept. 1106-oct. 1 107), acontecimiento sólo 
aplicable á la entrada del Cid (3). 

Y por el año 510 (mayo 11 16-17) murió en Mur- 
viedro, cuyo cadiazgo desempeñaba, Abu Muhámad 
Abdallah ben Abderrahmán ben Abdallah ben Yunus, 
el Codai, de Onda, más conocido por Aben Fairó. Le 
nombró para el expresado cargo el entonces cadi de 
Valencia Abu'l Hassán Muhámad ben Guáchib, «uno 
de los hombres más queridos y populares en dicha 
ciudad y que gozaba fama bien merecida, por su carác- 
ter generoso y liberal y por la escrupulosa honradez 
en el ejercicio de sus cargos.» Tenía, como cadi de 
Valencia, atribuciones para nombrar los de Alcira, 
Murviedro, etc.; y murió en el año 519 (feb. 1125- 
enero 1126) (4). También el de Murviedro gozaba 



(1) Dozy, 1. c. 

(2) Conde, 1. c. y 22. 

(3) Tenia por título Descripción clara sobre el accidente desgraciado ó infausto. 
(Pons, biogr. n.« 140). 

(4) El .Archivo, IV, 87. 



— 439 — 

de envidiable reputación como jurisconsulto, huma- 
nista, orador y poeta (i). 

Para bien de la España cristiana, pudo Alfonso I 
en 1 1 13 entregarse con ardor á la guerra con los infie- 
les. En 1 1 14 puso sitio á Zaragoza, dispuesto i no 
alzarle, á menos que no se le rindiera. Para estorbarlo, 
vino desde Granada á Valencia, con buen número de 
tropas de caballería, Abu Muhámad Abdallah ben Maz- 
dali. Después de haber descansado algún tiempo en 
Valencia, ya entrado el año 510 (mayo n 16-17) pasó 
á Zaragoza, puesta por el de Aragón en grandísimo 
apuro. Después de recios combates, Alfonso se vio 
obligado á alzar el cerco. Libre ya del peligro el 
emir, se retiró á Rueda. Comprendiendo que tenia 
necesidad de un aliado, optó por la amistad con el 
Batallador. 

Ocupaba el trono vacío por la muerte de Mostahin, 
su hijo Abdelmélic ben Áhmed, apellidado Imado-d- 
Daulah (columna del Estado). Negáronse sus subditos 
á reconocerle por emir, á menos que no despidiese de 
su ejército á los soldados cristianos sus auxiliares. 
Acceder á la pretensión, equivalía á entregar su reino 
á los almorávides: negóse, pues, á la exigencia. Los 
descontentos anduvieron en tratos con Ali para que se 
apoderase de Zaragoza. Consultó el príncipe africano 
el caso con los faquíes de Marruecos, y unánimes con- 
testaron que debía admitirse el ruego. Ali ordenó al 
gobernador de Valencia que fuese á apoderarse de 
Zaragoza. Huyó el Emir y suplicó á Ali cumpliese la 



(1) Chabrct, Sagunto, apéndices, «Cpoca árabe». 



— 44o — 
última voluntad de Yúsuf, segúti la cual había de res- 
petarse á los Beni Hud de Zaragoza. Se envió contra- 
orden al gobernador de Valencia; pero, según se dice, 
llegó tarde. Con posterioridad á esa fecha, aún vemos 
al hijo de Mostahín dueño de Zaragoza (i). 

Los muslimes de esta ciudad no se contentaron 
con demandar auxilio al califa Ali. Apelaron á otro 
recurso para sacudir el yugo -de Abdelmélic. 

Disgustados de la alianza los de Zaragoza, escri- 
bieron al caudillo lamtuní Muhámad ben Alhag, walí 
de Valencia, por quien, apenas llegado á aquella ciu- 
dad, se declararon todos. En batalla que dio á.los cris- 
tianos el 4 de ramadhánde 512 (19 dic. n 18) (2), ven- 
cieron los muslimes. Alfonso I, que había concebido 
grandes esperanzas de su amistad con el emir de Zara- 
goza, allegó un numeroso ejército, derrotó al enemigo 
cerca de dicha ciudad, y Lérida, con todo el norte de 
aquella tierra, cayó en su poder. Aben Hud entró en 
Zaragoza, puesto bajo la protección de Alfonso. 

Desentendiéndose ya Alfonso de todo compromiso 
con el emir de Zaragoza, se abalanzó sobre tan codi- 
ciada presa, no sin que antes pidiese á Imado-d-Dáu- 
lah su entrega pacífica; y, como el Aben Hud se 
negara á ello, el monarca cristiano acumuló por mayó 
de 11 18, sobre la ciudad, tantos y tan poderosos 
medios de ataque, que, al fin, cayó en poder de Alfonso 
el día 18 de diciembre del mismo año. Muchos nobles 
muslimes abandonaron á Zaragoza y fijaron en Valen- 



(1) Conde, III, 23 y 30.— Dozy, Hist. t. IV.— Gebhardt, III, 24. 

(2) También los Anales Toledanos señalan por año de la rendición de 
Zaragoza, no el 11 18, sino el 11 19. 



$ 

« 



s- 



— 441 — 

cía v Murcia su nueva residencia. Imado-d-DauUh se 
retiro en absoluto á Rueda (i). 

Purificada la mezquita aljama de Zaragoza, el dia 
6 de enero de 1119 fué consagrada al culto católico. 
Don Pedro de Librana, ya electo obispo de la ciudad 
antes de ser ganada, fué después su primer prelado, y 
recibió la confirmación del papa Gelasío II (111S- 
1 1 19). A Gastón, vizconde de Bearne, se le dono el 
barrio de los muzárabes, y á Rotrón, conde de Alper- 
che, otro barrio comprendido entre la catedral y la 
iglesia de San Nicolás. A fines del siglo XVI aún con- 
servaba el nombre de Barrio del Cottde de A*t>¿rclje* 
Hallándose el Batallador embarazado con las guerras 
de Castilla, hicieron en sus estados varias incursiones 
los muslimes, y, para tenerlos a raya, llamó en su 
auxilio á Rotrón. Vinieron con el conde los francos, 
que confirmaron una vez más la fama que gozaban de 
valerosos. Esto fué el año 11 10. No tuvieron el pago 
que les prometiera Alfonso y al cual se habían hecho 
acreedores. Despechados, volvieron á Francia. Con su 
ausencia reprodújose la osadía de los infieles, y de 
nuevo reclamaron su venida á España los aragoneses, 
Rotrón dio al olvido los pasados agravios, vino á la 
Península y escarmentó á los infieles. Debió ser esto 
el año 1 1 13, lo más tarde, ya que aún estaba Toledo 



(1) S ando val (Historia de los Reyes de Castilla y de León, Doña Urraca)^ 
dice: «En este año de la Era 1156 (in&) ponen la toma de Zaragoza, miér- 
coles, día de Nuestra Señora de la O.» Sigue á Garibay, XXIII, 7.— Zurita, 
I, 44. — Según el historiador aragonés, Temim trató de hacer levantar el sitio; 
' mas, después de haber sentado sus reales en la ribera del Güerba, retiróse sin 
atreverse á medir sus armas con los cristianos. 

56 



— 442 — 

en obediencia del rey de Aragón. Etj agosto de 1114, 
Rotrón se apoderó de Tudela, y le fué dada en feudo. 
Con dicha empresa facilitó la conquista de Zara- 
goza (1); De propósito nos, hemos detenido en dar 
á conocer á don Pedro de Librana, á Gastón de Bearne 
y á Rotrón de Alperche, porque ellos fueron los que 
en el verano de 1122 se corrieron atrevidamente hasta 
Benicadell, y por emularlos hizo Alfonso el Batallador 
su famosa excursión en los años 1125 y 1126 hasta 
las playas de Andalucía. 

La pérdida de Zaragoza puso en conmoción á todos 
los muslimes. El mismo Ali se preparó á volver á 
España. Dispuso que su hermano Temim, que seguía 
con el gobierno de la Ajarquia, reuniese un poderoso 
ejército y fuera á socorrer á los muslimes de las fron- 
teras de Afranc. En Valencia se congregaron, con 
Temim, su pariente Abu Yahya ben Texufln, gober- 
nador de Córdoba, Muhámad ben Alhag, que aún lo 
era de Valencia, muchos nobles jeques de Lamtuna, 
los caballeros almorávides, que, con arreglo á las últi- 
mas disposiciones de Yúsuf, debian ser 4.000 en la 
España oriental, y otra mucha gente de guerra. Fué 
en tierra de Lérida el encuentro de este ejército con 
el de Alfonso; estuvieron tan desgraciadas las tropas 
de Temim, que éste hubo de suspender la jornada, 
retirándose á Valencia con poco más de 10.000 com- 
batientes. 

Las circunstancias que concurren en esta batalla, 
le dan visos de no ser otra que la famosa de Cutanda. 



(1) Crónica de Olderico Vital, 1-3.— Zurita, I, 41-46. 



— 443 — 

Procuró Alfonso sacar de su famosa conquista el 
mayor partido posible. Trató Temim de contener el 
avance del rey de Aragón, y no hizo sino proporcio- 
narle nuevos laureles; 20.000 muslimes mordieron el 
polvo en Cu tanda, y el resto del ejército desbaratado 
huyó á Valencia. En esta batalla, d^a, según las 
mayores probabilidades, el día 19 de rabié i. a de 514 
(18 junio 1 120) (1), selló con su sangre el testimo- 
nio de su fe religiosa el faqui valenciano Áhmed ben 
Ibrahim Abu Ali ac £adafí, que forma época en el 
movimiento literario de nuestro pais. 

Por el año 444 (1052-53) nació en Zaragoza. No 
contento, en su noble afán de saber, con frecuentar las 
escuelas de Valencia y de Murcia, se trasladó á la 
Meca al objeto de recoger en su más pura fuente la 
ciencia oriental. Vuelto á España, vivió en Murcia, 
Játiba, Valencia y Denia, y en todas ellas se consagró 
al ministerio de la enseñanza. Rehusó, ó desempeñó 
breve tiempo, el oficio de cadi, que en más de una 
ocasión le fué ofrecido. 

Su genio activo, lo vasto de su ilustración, su pro- 
bidad acrisolada, su humildad y mansedumbre, captá- 
ronle las simpatías generales; todos se disputaban el 
honor de recoger sus palabras y de profesar su doc- 
trina. Es, sin disputa, uno de los que más honraron 
el Islamismo en España. No debe sorprender que los 



(1) Según Zurita, la batalla de Cutanda precedió á la rendición de Zara- 
goza. Dice qne ya entrado diciembre de 1118, Temim envió, con objeto de 
hacer levantar el sitio, á un sobrino suyo (tal vez Abu Yahya ben Texofío, 
el gobernador de Córdoba), y que Alfonso le hizo sufrir la más espantosa 
derrota, quedando el mismo hijo de Ali tendido en el campo de batalla. 



' — 444 — 

más eximios escritores árabes le hayan consagrado 
trabajos encomiásticos (i). 

Abu Ali se hallaba en Játiba de paso para Cutanda 
en el mes de sáfer del año 514 (2-30 mayo 1120). 
La ciudad contenía en su seno multitud de combatien- 
tes que iban á campaña contra los cristianos. Lo 

extraordinario de las circunstancias no sirvió de obs- 

« 

táculo para que en torno suyo se apiñase la juventud 
setabense, ávida de que entre ellos resonara la autori- 
zada palabra del insigne maestro. 

Entre sus discípulos de Játiba se cuenta una plé- 
yade gloriosa de literatos, tales como Áhmed é Ibra- 
him al Moaierí, hermanos, Ibrahim ben Yonaca, 
Táhir y Muhámad ben. Haidara, también hermanos, 
los Beni Abi Talid, familia de noble estirpe, Muhá- 
mad an Nafzí, Muhámad as Salami, Aben Moncaral, 
Muhámad al Yahssabi, Aben Barca y algunos otros 
de quienes ya se tratará. 

Debieron ser en semejantes conferencias los temas 
obligados, la unión entre los muslimes, la necesidad 
de acudir al campo de batalla, el premio en la otra 
vida. Y, acompañando á la palabra la obra, exhaló en 
Cutanda su último aliento, admirado por sus correli- 
gionarios, que le otorgan sitio distinguido en el libro 
de sus mártires (2). 



(1) Aben Pascual, %Assilah, biogr. 327; ad Dhabbi, Deseo del que busca ¡a 
historia de ¡os varones del pueblo español, biogr. 625; al Makkari, I, 520; Aben 
al Abbar, El Moacham, exclusivamente consagrado á Abu Ali y á sus discí- 
pulos. 

(2) El archivo, II, 2-5. — Pons, biogr. núra. 143. — Conde, 1. c— Los 
Anales Toledanos siguen, al mencionar la rendición de Zaragoia y la batalla 



— 445 — 

anronesas tirdircn roco en cernerse 






hada nuestro reino. La anticua B.Ir:":s* Calatavui > 
rindió i. lis zizzis de Alfonso el Bateador se;> d;a> 
después, eí 24 de junio. Fué poblado con gente de 
guerra, como frontera contra el reino de Va! encía v 
para contener las algaras que en tierras de Aragón 
hadan los moros de las serranías de Cuenca y de 
Molina. Una de las importantes poblaciones que 
cayeron bj : o los vencedoras armas cristianas, fué 
Daroca, en la ribera del Jiloca: asi que el poco antes 
tan reducido reino de Aragón, debido á los esfuerzos 
del Batallador, que habia reducido el emirato de 
Zaragoza á microscópica representación, se extendia 
hasta las fronteras de Castilla y Valencia (1). 

No sólo para estar á la defensiva fortificaba aquella 
linea Alfonso. Desde ella corría y talaba las tierras de 
los muslimes (2). Daroca, lugar fortisimo entonces, 
circunstancia por la cual, además de su situación, se 
consideraba como llave para la conquista de Valencia, 
fué objeto preferente de los cuidados del monarca* 
Cerca de allí edificó el castillo de Monreal y puso de 
guarnición á los ya famosos caballeros templarios. 

Estas son las palabras de Zurita: «Considerando 
que desde Daroca hasta la ciudad de Valencia, por las 
continuas entradas y guerras todos los lugares estaban 



de Cutanda el mismo orden, pero difieren en las fechas respectivas; «el rey 
de Aragón, con ayuda de Dios é de sus Christianos, en el mes de mayo prisó 
4 Zaragoza de Moros, EraiiCLVii.»— «Fué la batalla de Co tanda, Era mclix.» 

(i) Gebhardt, III, 24.— Fernández y González, Les Mudtjans de Castilla, 
apéndice I. 

(2) Conde, 1. c. 



— 446 — 

deshabitados é yermos, y no se labraba y culturaba la 
tierra, y todo se dejaba desamparado y desierto, mandó 
(el rey) poblar aquel lugar (los Ojos) y que se llamase 
la ciudad de Monreal, que ahora se dice del mismo 
nombre, en la que la nueva milicia, dedicada al ser- 
. vicio y aumento de nuestra Fe, tuviese su principal 
morada y convento, y fuese cierta guarida para todos 
los cristianos circunvecinos, y se asegurasen desde 
allí los caminos y pasos, y la conquista contra los 
moros de los reinos de Valencia y Murcia se prosiguiese 
y se facilitase con aquella comodidad. Para sustentar 
este convento, á honra de Nuestro Señor y de aquella 
santa milicia, le señaló el rey ciertas rentas de muchos 
lugares principales que aún estaban en poder de los 
moros que eran sus tributarios, á donde llevaba la 
mitad, de sus rentas, que eran Segorbe, Buñol (i), 
Cuenca, Molina y uno que llaman Burbaca (Bubierca), 
y de otros lugares que había desde el puerto de Cari- 
ñena hasta Monreal» (2). 

Al comienzo de este libro se dijo que Teodomiro, 
por más que él y sus subditos pagaran tributo á los 
califas, creó y conservó un reino independiente: *La 
forma del tributo pagado á los califas por Teodomiro 
y sus subditos, tuvo casos análogos entre los señores 



(1) El término general de Buñol, en cuya jurisdicción estaban Sieteaguas, 
Hiatava, Montrotón (desaparecido y situado en lo que aún se llaman los Cas- 
tillejos^, Amacasta y Alboraig, se daba la mano con el de Cuenca, en el cual 
estaba comprendido Requena, y con el del castillo de Al Calat (Carlet), del 
que formaban parte, en su extremo occidental, Turís y Serra (queda parte de 
su castillo), separados del término privativo de Alboraig por el arroyo deno- 
minado Zaida ó Seda. 

(2) Anales de Aragón, I, 4$. 



— 447 — ' 

m 

de Valencia para con los reyes cristianos; y nadie 
negará que los almorávides, en el año 1122, período 
al cual nos referimos, no fuesen dueños de la ciudad 
del Turia» (1). Dueños de Buñol, Cuenca y Segorbe, 
eran en 1122 los almorávides, y, sin embargo, la mitad 
de sus rentas percibíala Alfonso I, que así pudo cederla 
á los caballeros del Temple. En prueba de que no se da 
interpretación inexacta á las palabras de Zurita, ahí está 
el testimonio de quien ha hecho de los mudejares un 
estudio detenido: «Conquistadas Tudela, Zaragoza, 
Calatayud, Daroca, Tarazona y Medinaceli, pagaban 
tributo al monarca aragonés las comarcas de Lérida, 
Segorbe y Buñol. Para acelerar la conquista del reino 
de Valencia, mandó el de Aragón poblar la ciudad de 
Monreal, donde estableció un convento de la orden 
del Temple, concediéndole la mitad de los tributos 
de aquellos pueblos, que, estando todavía gobernados 
por moros, eran sus tributarios » (2). 

Durante el mismo año 1122, Alfonso I penetró, 
con un buen ejército, en la Gascuña francesa y sitió 
á Bayona. Mientras el autor anónimo de la Crónica 
de Alfonso VII dice que el Batallador volvió sin honor 
á Aragón, esto es, sin haber logrado apoderarse de 
aquella ciudad, en otro punto se lee que el conde Cas- 
tulo de Bigorra se le declaró vasallo (3); y esto mismo 
parece confirmado por el anónimo, ya que entre los 
caballeros que acompañaron al rey en su expedición á 



(1) p. i, c. i. 

(2) Fernández y González, obra y 1. c. 

(3) Gebhardt, 1. c. 



- 448 - 

Andalucía, cita á dicho conde. La ausencia del rey no 
fué obstáculo á que gentes suyas entraran á correr la 
tierra dé Valencia y de Játiba, hasta la Serranía, por 
más que no sp escribe que hicieran, cosa de importan- 
cia (i). Las circunstancias eran favorables para que el 
Batallador abrillantase su título con empresas más 
patrióticas que las á que brindaba Castilla. Valencia 
estaba falta de un buen caudillo que antes habia des- 
empeñado su gobierno. Abu Táhir Temim, el valeroso 
é inteligente hermano de Ali, había pasado á África á 
luchar con los fanáticos almohades* y allí estaba en 
octubre de 1122 (2). 

Dice Escolano que aunque Alfonso el Batallador 
estaba en 11 22 ocupado en empresa cuyo teatro estaba 
situado allende el Pirineo, gentes suyas entraron á 
correr la tierra de Valencia y Játiba y llegaron hasta la 
Serrania, y esto es cierto; mas yerra al añadir que no 
realizaron hecho de importancia, á no ser que para 
ello fuera necesario que se hubiese realizado alguna 
batalla ó conquista de. excepcional importancia. 

Rotrón de Alperche, con los francos, Gastón de 
Bearne, con los gascones, y don Pedro Libratia, obispo 
de Zaragoza, con los caballeros templarios, entraron, 
á mediados del año 1122, por el reino de Valencia y 
llegaron hasta Benicadell, fuerte en el cual había dos 
torres inexpugnables; se apoderaron de él, y allí per- 
manecieron por espacio de seis semanas. Se corrieron 
luego hacia las inmediaciones de Játiba, y salió á su 



(1) Mariana, X, 12. — Escolano, 1. c. 

(2) Conde, III, 27. 



— 449 — 

encuentro Meruán, walí de Valencia, pero huyó antes 
que se llegara á las manos. Los valerosos caudillos 
cristianos, confiada á sesenta de los suyos la conser- 
vación de Benicadell, volvieron á Aragón. 

Obedeciendo órdenes de Air ben Yúsuf, soldados 
almorávides y muslimes de España pusieron sitio á 
Benicadell. Duró el cerco los días 12, 13 y 14 de 
agosto. Cuando los sitiados se juzgaron faltos de todo 
humano auxilio, buscaron la protección del cielo. 
Durante aquellos tres días hicieron penitencia y prac- 
ticaron el a3'uno. Al amanecer del día 15, invocando el 
nombre de Dios, se lanzaron contra el enemigo. Bre- 
garon todo el día, y á la caída de la tarde se declaró 
por los cristianos la victoria. Dispersos los muslimes, 
aprovecharon la oscuridad de la noche para perderse 
por extraviadas sendas, por las cuales no pudieron los 
vencedores seguirles el alcance (1). 

Tres años más tarde, Benicadell, que había vuelto 
á perderse, fué reconquistado por Alfonso el Batalla- 



(1) Para prueba de cuan adulterados aparecen en la Crónica de OÍ dedeo 
Vidal los nombres de personas y lugares que intervienen en* estos hechos, nos 
permitimos transcribir el párrafo relativo á los mismos: cTunc Rotro, comes 
Moritoni¿e, cum francis, et episcopus cjesaraugustanus, cum fratribus de Paimis, 
et Gua^so de lüara, cum gasconibus, Penecadel, ubi sunt du ae turres inex- 
pugnabiles, munierunt, et sex septimanis tenuerunt* Tándem, pugnantes 
contra Amorgan, regem Valentías, per Satinam urbem convenerunt; sed paga ni, 
amequam ferirentur, fugerunt. Relictis autem in munitione Penecadel lx 
satellitibus, redierunt. Sed amoravii et andeluciani de África raissi á rege Alis, 
filio Insted, eis obviaveruat, triduoque in castro Serraliis obsederunt. Christiani 
vero his tribns diebus peccatorum suorum pceaitentiam egerunt; jejunaverunt 
et, Deum invocantes, xvm Kal. Septembris pugnaverunt et, adminiculante 
coelesti virtute, post diurnum certamen, cum sol oceumberet, vicerunt; stá 9 
fogientes paganos, nocturna formidantes pericula, per incógnita itinera diu 
persequi non ausi fuerunt (Ord. Vit., 3).» 

57 



— 4S0 — 

dor, según lo declaran aquellas palabras de los Anales 
Toledanos: «Fué presa Peña-Cadiella, Era mclxiii» (i). 
Los almorávides seguían dejando sentir su férreo 
yugo, lo mismo sobre los muzárabes que sobre los 
muslimes de España. Unos y otros suspiraban por 
sacudirle. Los primeros, sabedores de los prodigiosos 
hechos realizados por el Batallador, á él acudieron 
para que rompiese la cadena de su esclavitud. Los 
muslimes españoles acabaron ppr derribar el edificio 
almoravide^ ya cuarteado á causa de las sacudidas 
que le dio otra secta africana no menos cruel é into- 
lerante. 

«Bajo el reinado de los almorávides, cuando las armas del rey 
Aben Radmir, enemigo de Dios, eran todavía victoriosas, los alia- 
dos cristianos de esta provincia concibieron la esperanza de saciar 
su odio y de erigirse en dueños del pais. Dirigiéronse, pues, i 
Aben Radmir; le enviaron carta sobre carta y mensajero tras 
mensajero, para suplicarle que se aprestase al combate y que vi- 
niese á Granada. Al verle vacilar, le presentaron una lista con los 
nombres de 12.000 de sus mejores guerreros, en la cual no había 
inscrito ningún viejo ni'celibatario. Trataron también de excitar 
su codicia describiéndole todas las excelencias de Granada, que 



(1) No cabe confundir la excursión de 1122 con la de 1125. La distinción 
entre ellas márcala bien otro texto de la crónica citada, como vamos á ver: 
«Anno ab Incarnatione Domini mcxxv postquam Rotro comes cum suis sate- 
llitibus et auxiliariis in Galiana remeavit, aragonensis rex, vi sis insignibus 
gestis quae Franci sine illo super Paganos in Hispania fecerant, invidit; laudis- 
que cupidus, ingentem suae gentis exercitum arroganter adunavit. Remotas 
quoque regiones usque ad Cordubam peragravit (Ord. Vit., 6).» La i.» expe- 
dición se hizo en 1122; fa 2.* en 1125: en aquélla, no. estuvo Alfonso; en la 
última, sí. £1 error en haberlas confundido el autor del artículo inserto en 
El Archivo, II, 249-251, no reconoce otra causa que el haber seguido ciega- 
mente á Dozy, á quien se cita; de ahí que aparezcan nombres y dignidades 
barajados. 



— 4Si — 

hadan de esta ciudad el más bello país del mundo. En resumen: 
se dieron tan buenas trazas, que consiguieron su objeto» (i). 

Comenzó Alfonso por allegar sus gentes, y escogió 
4.000 caballeros que, seguidos de sus gentes de amias, 
se juramentaron de seguir el pendón real, no volver 
nunca la espalda al enemigo, y, en una palabra, ven- 
cer ó morir. A principios de jaban de 519 (primeros 
de septiembre de 1125), fué el rey á Zaragoza, y en 
ella permaneció hasta el día último de mes (2). 

Mientras esa tormenta se formaba, perdía Valencia 
uno de sus hijos más ilustres. El n de jaban (12 sep- 
tiembre) bajó al sepulcro Abu Becr Muhámad Aben 
Fathún, hijo de Jalaf ben Suleimán ben Fathún, naci- 
dos ambos en Orihuela. Uno y otro escucharon las 
sabias explicaciones de Abu Ali, el que murió en Cu- 
tanda. Desempeñó el padre los cadiazgos de Játiba, 
Orihuela y Denia; se retiró á la vida privada, y murió 
el año 505 (jul. nn-jun. 1112). No menos modes- 
to que el padre su hijo, negóse á admitir el cadiazgo 
de Denia; y, como se le apremiara á que aceptase el 



(1) Dozy, Investigaciones, t. II, c. VII, n.° XIV. 

(2) Dice Zurita (I, 47): cHallamos haber ido con él i esta empresa, Gas- 
tón, vizconde de Bearne, don Pedro, obispo de Zaragoza, y don Esteban, 
obispo de Huesca; y es verisímil que no cabía faltar ninguno de cuenta en 
«osa tan señalada, de los que podían poner las manos en ella.» Esto mismo 
se lee en la Cbronica %Adefonsi ltnperatoris: «Congregavit exercitura magnum 
de térra sua et de Gasconia, et consilio habito cura optimatibns suae región is, 
ad augendam vim suam junxit sibi viros fortissimos et potentes, in quibus fuit 
episcopus de Lascar, cui nomen erat Guido, et episcopus de Jacca Donao, 
episcopus de Sancto Vincentio de Rhodas, et abbas de Sancto Indriano, et Gas» 
ton de Bearne, et Centul de Bigorra, et alii fortes viri auxiliara Francorum 
et multi alienigenarum. Movitque exercitum suum et abiit in Caesaraugustam 
civitatem maguara, et alus civitatibus et cistellis quse ipse tulerat sarracenis.» 



— 452 — 

cargo, se ocultó hasta que desapareció lo que él juz- 
gaba grandísimo peligro. Fué, como su padre, sabio 
jurisconsulto , poseedor del Cprán y tradicionero : 
estaba dotado de feliz memoria y de clara inteli- 
gencia (i). 

El día último de jaban (y también de septiembre) 
Alfonso I salió de Zaragoza ocultando su marcha á los 
muslimes, y no se detuvo en parte alguna hasta llegar 
junto á Valencia (2). La combatió durante algunos 
días, aunque sin provecho, por la buena defensa de la 
guarnición almoravide hábilmente dirigida por el wali 
de la ciudad, él jeke Abú Muhámad ben Bedr ben Warca. 
Durante las operaciones del sitio, se incorporaron al 
ejército expedicionario numerosos voluntarios muzá- 
rabes naturales del país (3). El concurso de estos es- 
forzados cristianos, que comprendieron cuál era su 
obligación, aunque debieran haberla cumplido cinco 
siglos antes, fué de grandísima utilidad á la expedición: 
porque, muy conocedores de la región, sirvieron de 
excelentes guías y señalaban las poblaciones en que 
convenía tocar ó no. El juntársele á Alfonso estos 



(1) Se citan como producciones suyas: — i. Compañeros del Profeta. — 2„ 
Opiniones sobre el mismo libro.—- Y 3. Continuación del Mocham de Aben 
Kania (Pons, biogr. n.° 145.— El ^Archivo, II, 5-7). 

(2) Según El Edrbí «de medina Valensia hasta Sarcusta (se cuentan) 
nueve jornadas.» Por tanto, los valerosos cruzados pudieron contemplar el 
bellísimo panorama que ofrece la no menos hermosa ciudad del Turia, al ter- 
minar la primera decena de Octubre. 

(3) Esto explica la donación de Cánidas de esta comarca hecha por el Cid 
y confirmada por su esposa doña Jimena, a* favor de la ex-mezquita aljama 
de Valencia y de su esclarecido obispo don Jerónimo.— Seguimos en esto la 
opinión de Dozy, y no la de Conde, según el cual los muzárabes se agregaron 
después. 



— 453 — 

rnuhahidines, fué cosa que le animó á pasar adelante, 
dice Conde. 

Los cristianos alzaron el campo y corrieron hasta 
Alcira (Gezira Xúcar). También la combatieron por 
espacio de algunos días, é, igualmente, sin resultado, 
como no fuese el perder allí numerosos cruzados. De- 
bieron seguir el curso del rio, pasarle por Cullera, se- 
guir la costa del Mediterráneo, tocando el valle de Al 
Fandech (Valldigna) y cruzando el de Bairén ó Conca 
de Zafor (Gandia), y en la noche del rompimiento del 
ayuno, i.° de xawal (31 de octubre), pararon junto á 
Denia. Aquella misma noche fué la capital objeto de 
un ataque. Después dé algunos inútiles rebatos y aco- 
metidas, se alejaron de Denia y fueron á sentar el cam- 
po junto á un castillo, ya célebre en los tiempos del 
geógrafo moro Rasis (887-955), famoso en los de Ro- 
drigo Díaz de Vivar y de reconocida importancia es- 
tratégica en los del glorioso Jaime I de Aragón. Reco- 
nocida siempre la necesidad de poseerle, so pena de 
exponer á gran riesgo el ejército, Alfonso I, á guien no 
debieron ser extraños los hechos de su hermano Pe- 
dro I, compañero del Cid en la comprometida batalla 
del Fandech, ó de Bairén, combatió también la fortaleza 
de Benicadell; allí fué más afortunado: «en la Era 116} 
(1 125) dize la relación que fué presa Peña cadielav (1). 

Sin la toma de ese castillo, la expedición no 
hubiera pasado adelante, porque ya Castilla había 



(1) Sao do val, Adiciones y tabla de la Chrónica del Ínclito Emperador don 
Alfonso Vil (cap. XII del índice ó tabla), edición del año 1600. — La relación 
i que se refiere Sandoval no es otra que los Anales Toledanos. 



— 454 — 

escapado al dominio del Batallador (i). Asegurado el 
paso difícil de aquel laberinto de sierras, tranquilos 
recorrieron los expedicionarios la costa, haciendo 
pequeñas jornadas y correrías en todos los distritos 
que encontraban al paso. Por el desfiladero (fax) de 
Játiba, al cual se llega por el valle de Albaida, se in- 
ternaron, á los últimos de noviembre, en el reino de 
Murcia (2). 

Mientras los valerosos cruzados se cubren de gloria 
.en los campos de Andalucía poniendo en gravísimo 
apuro el poderío musulmán, esto es, mientras no 
reaparecen en nuestro territorio, volvamos la vista á 
Valencia para apreciar su movimiento literario en el 
promedio de la dominación alnjoravide» 

«El viernes, último día de xawal del año 519 (29 diciembre 
de 1 125), venase salir por la puerca Boatella (calle de San 
Vicente, por junto á San Martín) el féretro del hombre ilustre, 
de provecta edad, zaragozano, envidia de oradores y retóricos, 
docto tradicionista Aben Alaufar, á quien el entonces alcadi de 
Valencia, Abu'l Hassan ben Guáchib, había distinguido nom- 
brándole muftí, consejero del gobierno de la ciudad y reino, 
etcétera, etc. Por el camino de Ruzafa le conducirían al vasto 
cementerio de la puerta Boatella, donde le depositaron al lado de 
su paisano y amigo Aben Manuel. Su entierro fué concurridísimo, 



(1) Antes de la muerte de doña Urraca (7 diciembre de 1126), ya 
Alfonso VII estaba en tranquila posesión de sus dominios. — En dichos Anales 
se lee: «Alfonso Raymondo entró en Toledo, é regnó en xvx. días Kal. de 
Decerabre, Era mclv.» 

(2) Del modo de hacer entonces la guerra, da clara idea el anónimo de 
la Chronica %Aiefonsi Imperatoris: «DepraeJatusque est (res Aragonensium) 
totam terram Va lea ti se et Murcias, et totam Granadam; et predatorias cohor- 
tes ejus fuerunt in térra Almarise, et íecerunt magnan csedem, et icagnam 
captivatisnem, et cremaverunt totam illam terram.» 



— 455 — 

como merecía su probada virtud, su celosa piedad, su valor mos- 
trado en defensa de la religión musulmana, su carácter afable y 
suave trato. Procedente de Zaragoza, donde había ejercido ele- 
vados cargos, vino á Valencia cuando los cristianos conquistaron 
aquella ciudad (ni8)> (i). 

Antes del año 520 (27 enero 1126) murió Abu 
Abdallah Muhámad ben Áhmed ben Abdallah ben 
Hisn, el Ansarí, oriundo de Jérica y descendiente de 
Sad ben Obada, uno de los compañeros más ilustres 
de Mahoma. Discípulo y amigo intimo de el Bataxi, á 
quien se atribuye la famosa elegía sobre Valencia 
durante el sitio puesto por el Cid, permaneció á su 
lado desde el año 481 (mar. 1088-89) hasta el 484 
(feb. 1091-92) (2). 

En el 520, restando tres días de giumada postrera 
(20 junio 1 126), murió en Córdoba, su patria, ^ofián 
ben Alaci, más conocido por Abu Bahr el Asadi. Nació 
el año 444 (1052-53). Era originario de Murviedro. 
Adquirió en Valencia su instrucción) aunque tuvo en 
la capital del antiguo califato su ordinaria residencia. 
Es juzgado como sabio de los más ilustres y de los 
mejores literatos de España (3). , 

Nacido el mismo año que el anterior, murió el 
521 (en 1127-28) Aben as Sid, que, si bien vio por 
vez primera la luz del día en Badajoz, vivió algún 
tiempo en Valencia (4). 

Diez años depués que Aben as Sid, nació en 
Valencia Abu Zaid ben a? Qahar. Con su padre se 



(1) El Archivo, I, 209-219. 

(2) Chabret, Sagunto, Apéndices, época árabe. 

(3) Chabret, 1. c— Pons, biogr. núm. 147: compuso un Fihrist. 

(4) Pons, biogr. núm. 151. 



~ 45 6 — 



trasladó á Almería, donde, bajo la dirección de Abu 
Babr £ofián ben Alaci, hizo sus estudios, que perfec- 
cionó en Granada, Málaga, Córdoba, Sevilla, Ceuta y 
Fez. En esta ciudad se dedicó al tráfico de libros. Com- 
pendió algunas obras de historia, entre ellas la de Abu 
Giafar at Thabarí. Por último, se estableció en 
Marruecos, y allí le alcanzó la muerte (i). 

Algunos años después, en el de 529, el día 10 de 
muhárram (últirqo de octubre de 1134), bajó al sepul- 
cro Omeya ben Abdeláziz, nacido en Denia el año 460 
(1067-68). Abrazó conocimientos los más variados, 
y fué notable en medicina, filosofía, matemáticas, 
astronomía, música y poesía. Se trasladó á Egipto el 
año 489 (1095-96). Fué reducido á prisión, y escribió 
su Risala hacia 50$ (1111-12). Obligado á abandonar 
á Alejandría, se estableció en el Magreb, en Mahadia. 
El soberano, Ali ben Yahya ben Temim, le otorgó 
benévola acogida y colmóle de honores (2). 

Al llegar aquí al apogeo la cultura del pueblo 
musulmán, no podía la amena poesía quedar sin cul- 
tivadores, ya que el bárbaro al Corán tuviese proscritas 
otras bellas artes. Aquí, donde un cielo incomparable, 
un suelo alfombrado de flores, humedecido con nume- 
rosos manantiales, abundantes arroyos y caudalosos 
ríos; donde la naturaleza ostenta sus más ricas galas, 
contribuyendo, cada una de por sí, y todas, en conjunto, 
á despertar, alimentar y exaltar la imaginación; no con- 
tando otro medio de salida al entusiasmo del alma que 



(1) Pons, biogr. núm. 152. 

(2) Pons, biogr. núm. 159. 



— 457 — 

la poesía, no podían faltar poetas en el. suelo valen- 
ciano. Brillaron, pues, en ese tiempo: los valencianos 
Abu Abdallah Muhámad Abderrahmán al Háquem, 
qne hizcv sus estudios en Murcia, y en Denia acabó 
sus días; Abu'l Awas Áhmed ben Muhámad ben Albo- 
rax, el Tochibí, oriundo de Algecira; Abu Ornar ben 
Kalil, el Afadita; Abú Muhámad Abdallah ben Al 
Kálaf; Aben al Kama, as Sadíl; el dianense Abu'l Hokm 
Giafar ben Yahya, y el cordobés Abu'l Hassán Muhá- 
mad ben Alobaid ben Alasbag, vecino de Játiba (i). 

Parando atención otra vez al ruido de las armas, 
asistamos al término déla generosa y titánica. empresa 
llevada á cabo por Alfonso el Batallador, cuyo relato 
dejamos interrumpido. Le perdimos de vista.al desfilar 
por el fax de Játiba- para internarse en Murcia. Ocho 
días gastó en cruzar la capital de ese reino-, pasar el 
rio Almanzora, tocar en Vera, próxipio al mar, Pur- 
chena y el río Tíjola. Atacó inútilmente á Baza, y des- 
pués á Guadix, el último viernes di dilcada (4 diciem- 
bre); abandonó el sitio el lunes siguiente (día 7); el 
martes (día 8) preparó emboscadas á los del territorio 
de Senet, al norte de la sierra, entre Guadix y Gra- 
nada, y, por último, el miércoles (día 9) se paró en 
Graena (al oeste de Guadix, á corta distancia), á donde 
á miles acudían los muzárabes granadinos á engrosar 
las filas de aquellos intrépidos cruzados y libertadores. 

Comprendiendo el ex-gobernador de Valencia Abu 
Táhir Temim ben Yúsuf el gran .peligro que Andalu- 



(i) Casiri, Poetar um áliquot ex eodem opere excerptorum index } núms. 1,3, 
5, 9, 10 y 17. 

58 



-45» - 
cia corría, vino de África al tiempo que Alfonso se 
dirigía, al frente de 50.000 combatientes, hacia Gra- 
nada, circunstancia que puso en tal consternación á los 
muslimes de la ciudad, que rezaron la azalá del temor 
el día de la fiesta del sacrificio (10 de dilagia-7 enero 
de 1 1 26). Errado el golpe de tomar por sorpresa á 
Granada, á causa de que lluvias torrenciales obligaron 
al ejército cristiano á permanecer inactivo hasta el 25 
de dilagia (22 enero), se alzó el campo en medio de las 
muchas recriminaciones que muzárabes y aragoneses 
se dirigían. 

Había fracasado el objeto capital de la empresa: 
constituir allí un reino independiente. Ya no cabía otro 
resultado que el de quebrantar las fuerzas almorávides: 
el día 9 de marzo experimentó Temim un serio desca- 
labro en Lucena (1). Por la inclemencia del tiempo, á 
causa de tantas y Jan penosas marchas y contramarchas 
y obrando sus naturales efectos la escasa é irregular ali- 
mentación, la peste se cebó en los expedicionarios; que, 
además, tuvieron, al retirarse, que tener siempre á raya 
á los almorávides, de quienes incesantemente se vieron 
acosados. Siguiendo el mismo itinerario que ala ida, 
volvieron por Guadix y Murcia; y por Játiba, donde 
dejaron de venir á los alcances los africanos, entraron 
en nuestro reinó. 

Si la expedición duró quince meses, habiendo 
comenzado en septiembre.de 1 125, debió acabar á fines 
del año siguiente. Mal se compagina con tanta dura- 



(1) Eq los Anales Toledanos se lee: «Entró el Rey de Aragón con grand 
hnest en tierra de Moros, é lidió, é venció i Zi. Reyes de Moros en Aran- 
xael, Era mclxi.» 



— 459 — 
ción el hecho que apunta Zurita de que el rey estaba 
ya en Alfaro por junio de 1 126 (1). i 

Alfonso tuvo, de su atrevida correría, la satisfacción 
de que le siguieran 10.000 muzárabes, que prefirieron, 
á los intereses materiales que dejaron en su pais natal, 
la tranquilidad con que en comarcas cristianas podrían 
entregarse al libre ejercicio de su religión. El Batalla- 
dor procuró aliviar la aflictiva situación a que quedaron 
reducidos aquellos consecuentes cristianos. «De las 
entradas que hizo en tierras de moros, sacó de su poder 
gran número de cristianos que vivían debajo de su 
servidumbre, y los llamaban mozárabes. Estando en la 
villa de Alfaro, por el mes de junio de 1126, dio á los 
mozárabes grandes exenciones y franquezas, conside- 
rando que por servicio de Nuestro Señor y por su 
respeto dejaban los heredamientos y haciendas que 
tenían en diversas ciudades sujetas á los moros; y se 
ordenó que ellos, y sus hijos y descendientes, en las 
tierras que les señalaban, gozasen de toda exempción, 
y fuesen juzgados por sus jueces y dellos tuviesen 
recurso al rey: y, asi, hubo algunos que conservaron 
el nombre por linajes, y se llamaron mozárabis» (2). 



(1) Dozy, Investigaciones, I, sobre la expedición de Alfonso el Batallador. 
— Conde, III, 29.— Anales de Aragón, I, 47. Téngase en cnenta que el his- 
toriador aragonés trae muy equivocadas las fechas de la expedición del Bata- 
llador. 

(2) Zurita, 1. c— En la crónica de Olderico Vital hay detalles respecto al 
modo como los muzárabes andaluces se unieron á Alfonso para trasladar á 
tierras de cristianos su residencia: «Nos, inquiunt, et patres nostri hactenus 
ínter gentiles educad sumus et baptiza ti; chrístianam legem libenter teñera us, 
sed perfectum diva; Religíonis dogma numquam ediscere potuimus. Nam 
neqne nos, pro subjectione infídelium, á quibus jamdiu oppressi sumus, roma- 
nos sen gallos expetere doctores ausi sumus, ñeque ipsi ad nos venerunt, 



— 462 — 

Bien claro se dice aquí que los muzárabes fronte- 
rizos, sin ninguna excepción, y en este caso se hallaban 
comprendidos los valencianos, fueron internados en 
Andalucía, y que aquellos que coadyuvaron á la expe- 
dición (y fueron en gran número los que de esta 
comarca acudieron á engrosar las filas de Alfonso 
cuando combatía á Valencia), fuesen transportados á 
África; puede muy J)ien asegurarse que los muzárabes 
valencianos desaparecieron, si no por completo, casi 
todos á raíz de la famosa excursión de Alfonso. De 
ahí qué de las Canicias de que hace mérito general el 
Cid en su donación, sólo queda al tiempo de la recon- 
quista, un siglo después, reminiscencia en la de Alcira, 
en la de Benifairó de Valldigna, en la del castillo 
de Pop, en la comprendida entre Trullas y Torre de 
Romani, y, tal vez, en Turis. Los habitantes que en 
tiempo de Jaime I las abandonaron, con seguridad 
que no serían muzárabes. 

Se ha dicho que Ali ben Yúsuf, hijo del fundador 
de la dinastía de los almorávides, extremó su amor y 
protección á los cristianos de España, y que también 
los distinguieron con su aprecio los monarcas del im- 
perio fundado por el Mahdi: celo que hay de verdad, se 
concluye diciendo, en el asunto de la traslación de los 



se aproximaban i cien mil, no quedaban vivos sino la cuarta parte; «Murie- 
ron, señaladamente, muchos del término de Jitiva, de Co fren tes, de la sierra 
cíe Espadan, de las tierras del rio de Mijares, de Carlet, de Segorbe, de la 
valle de Uxó, de la valle de Segó, y de Buñol. Quedan muy pocos de Gestal- 
gar, de Pcdralva, Bogarra, de Villamarchante, de O loca u, de Naquera, de 
Chilet, Petrex y de Albaida. No hay rastro de los principales de Bétera, Be- 
naguazil, Ben iza non ni de los de Chiva.» (Fonseca, %elación de la expulsión 
de los moriscos del reino de Falencia, XIII.) 



— 4*3 — 
mozárabes á África, ha sido el aprecio con que mira- 
ron las milicias cristianas los principes de la dinastía 
de Yúsuí ben Texufin y de la fundada por Abdelmu- 
meo» (i)* En ésto hay confusión de ideas: cierto es 
que almorávides y almohades se valieron de los servi- 
cios de milicias cristianas de España y de Sicilia; mas 
ello no desvirtúa el concepto del rigor con que, según 
los mismos autores árabes, fueron tratados los muzá- 
rabes españoles (2): bien leídos los textos en que se 
funda la opinión de la supuesta tolerancia, no otra cosa 
dicen (3). Agradecido Abdelmumen al servicio que la 



(1) El archivo, V, 29. 

(2) Dosy, Recberches..., t. I, p. 343.— Conde, III, 29. 

(3) Siendo Alvar Fiñez alcaide de Toledo, intento Ali apoderarse de dicha 
dadad; y, no consiguiéndolo, entregó el gobierno de España á so hijo Texu- 
fin y se trasladó á Marruecos arrastrando consigo á todos los cristianos que 
había hecho cautivos en sus correrías por España, y, además, «omnes captivos 
qoos potuit invenire in totam terrara agarenorum viros et mulieres.» £n esta 
última parte p atece se hallan comprendidos también los muzárabes. De todos 
esos cautivos se habla lo siguiente, ocurrido en el reinado de doña Urraca: 
tTempore antem illo dedit Deus gratiam captivis qui erant in curia regali regis 
Hali, domíni sui; et versum est cor ejus ut beuefaceret christianis, et dilexit 
eos super pmnes homines orientalis gentis su se. Nan\ quosdam fecit cubicula- 
rios secreti sui; quosdam vero mi Íleo arios, et quiogenarios et centenarios qui 
prseerant militiae regni sui; constituit autem illis aurum et argentum, ci vita tes 
et castella munitissima, cum quibus possent lubere supplementum at facien- 
da praelia contra muzmotos et regera assyriorum nomine Abdelmoraeo, qui 
expugnabat partes ejus sine intermissione.» Texufin, por no ser menos, hizo 
lo propio en 1 1 37: «Rex Texufínus abiit traas mare, in civitatem qu« dicitur 
Marrocos, in domum patris sui regis Hali, et transtulit secum mu I tos enrís- 
canos quos vocant muzárabes, qui habitabant ab annis antiquis in térra aga- 
renorum, et ítem tulit secum omnes captivos quos invenit in omnem terram 
que erat sub dominio ejus, et posuit eos in urbibus et in castellis cum ceteris 
christianis á facie illarum gentium quos vocant muzmotos, qui debellabant 
omnem terram moabitarum (Chroniea %Adefonsi Imperatorts).— Prueba del ca- 
rácter del servicio nada voluntario de aquellas milicias, es el hecho de que 
muerto Reverter, su valeroso caudillo, y al ver que los almohades apretaban 



— 464 — 

milicia cristiana le había prestado facilitándole la entra- 
da en Marruecos, engrosó con ella sus ejércitos; sin 
embargo, el trato que los más de aquellos soldados 
cristianos recibieron, los obligó á recogerse durante el 
mismo año á Castilla, y á Castilla se retiraron la mayor 
parte de los muzárabes andaluces huyendo del com- 
portamiento brutal de los bárbaros almohades (1). Un 
autor árabe asegura que los pocos muzárabes que que- 
daron en Granada después de la expulsión de 1126, 
se aumentaron en gran manera merced á la protección 
que les dispensaban ciertos principes, tal vez los mis- 
mos almorávides, que á todo recurrieron al verse per- 
didos; pero que en una batalla que se dio en 1164, 
quizá una de las que perdió Aben Sad (pues la diferen- 
cia de fecha es insignificante), fueron casi todos exter- 
minados. Y añade: «hoy (mitad del siglo xn) no que- 
da sino una pequeña porción, acostumbrada há tiempo 
á la humillación y al desprecio» (2). Es de presumir 
que la correría de Ramón V, ó sea Alfonso II, en 1 1 72, 
también hasta Andalucía, se hizo en connivencia con 



4 » 

en el sitio puesto i Marruecos, se entendieron con los sitiadores, y la ciudad 
fué entregada el 18 de xawal de 541 (23 mar. 1147) (Conde, III, 40). No tardó 
en obligárseles á que huyeran i España. 

(1) Eodem vero anno (1147) quo supradicta victoria Cordubae á Deo facta 
est, gentes quas vulgo vocant muzmotos, venerunt ex África et transierunt 
mare Mediterraneum, et facto magno ingenio, ímpetu tallando, praeocupave- 
runt Sibilliam, et alias civitates munitas, et oppida, in circuitu et á longe, et 
habitaverunt in eis; et occiderunt nobiles ejus, et christianos quos vocabant 
muzárabes, et judeos, qui ibi érant ex antiquis temporibus, et acceperunt 
uxores eorura, et domos et divitias. Qpo tempore multa mülia militum et pe- 
ditum christianorum cum suo episcopo, et cum magna parte clericorum qui 
fuerant de domo regís Hali et filii ejus Texuñni, transierunt mare et venerunt 
Tole tu m (Ckronica %Aiefonsi Imperatoris). 

(2) Dozy, 1. c. 



V 



— 465 - 

los pocos muzárabes que aún quedaban en este reino. 
Medio siglo después intenta Jaime I una excursión se- 
mejante, y sólo pudo llegar hasta Cullera: los cam- 
pos estaban más deslindados» (i). En conclusión: 
fueron tolerantes con los muzárabes los mahometanos, 
mientras no pudieron dejar de serlo, esto es, mientras 
los hubieron de menester; cuando les fué permitido 
acabar con ellos, los exterminaron; de otro modo, los 
de Valencia, como los de otros puntos, hubieran dado 
señales de vida á la entrada de. Jaime I en la ciudad 
del Turia. 

Muerta doña Urraca, la madre de Alfonso VII, en 
7 de diciembre de 1 126 (2), estuvo el Batallador como 
dos años distraído de la guerra con los infieles. Luego, 
desentendiéndose* de los asuntos de Castilla, reanudó 
sus campañas contra los moros, y sujetó las comarcas 
de Molina y de Cuenca. En el mismo año 520 (ea 
1126-27) murió en Granada Abu Táhir Temim, el 
hermano de Ali ben Yúsuf, en, quien el emir habia 
descargado el gobierno de España desde antes de la 
expedición del Batallador. Vino en lugar de Temim, 
Texiífin, el hijo de Ali. Poco después, año 522 (1128), 
los cristianos entraron con poderosa hueste hacia los 
montes de Alcaraz, y Texufín salió á su encuentro. 
Entonces entró al servicio de Aben al Arabí, que se 
dirigia en ademán de guerra á las comarcas valencia- 
nas, un personaje de la ilustre familia de los Beni 
Guáchib. Abu'l Kattab, hijo de Ornar y nieto de 



(t) El *At chivo , V, io-ii. 

(2) Segti'i Zurita ^1, 49), fué su muerte el día 10 de marzo. 



— 4«6 — 

Abu '1 Hassán Muhámad, el cadi puesto por los almo- 
rávides á su entrada en Valencia, año 1102. Abu 1 ! 
Kattab fué, en recompensa, nombrado cadi de Orihue- 
la y de Elche; en uso de las facultades que le fueron 
concedidas, nombró á su vez, cádi de Elche á su her- 
mano Abu '1 Hassán (1). 

Desentendiéndose ya el Batallador de los asuntos 
de Castilla, en 1129 empleó su actividad sujetando las 
comarcas de Cuenca y de Molina; reunió un buen 
ejército y, cruzando el Pirineo, entró en la Gascuña y 
sitió á Bayona, de la cual' se hizo dueño en 1131 (2). 
Ocupado andaba también entonces el conde Ramón 
Berenguer III en la conquista de Mallorca. Aprove- 
charon la ausencia de los soberanos de Aragón y de 
Cataluña los walíes de Valencia, Tobosa y Lérida, 
quemaron la tierra del Principado y sitiaron á Barce- 
lona. Volvió el conde, dio batalla á los moros y los 
venció é hizo tributarios. Repasó al mismo tiempo 
Alfonso el Pirineo, y los escudos de Aragón volvieron 
á reflejar en las aguas del Ebro, del Cincay del Segre. 

Así como á Valencia vino á parar el último emir 
de Toledo, también se sentó en su trono el que aban- 
donó los estados de Zaragoza. En jaban de 524 (julio- 
agosto 1 130) murió en Rot al Yehud (Rueda de los 
Judíos) Abu Meruán Abdelmélic, apellidado Amad 



(i) Conde, III, 30.— El Archivo, IV, 87. 

(2) Sin embargo, la Chronica Adefonsi Imperaioris dice que no lo 'pudo 
conseguir: «Oppugnavit civitatem illarn, et non potuit eam capere. Reversus 
est inde in terram suam sine honore». Pero el autor va en esto equivocado, 
siendo manifiesto el desorden y cor fusión que en hechos y orden cronológico 
padece en este punto.— Zurita dice que se apoderó de Bayona en octubre. 



\ 



— 467 — 

Dolah. Vivia en aquel retiro como despreciado de sus 
mismos vasallos, á causa de su amistad con el joven 
rey de Castilla* llamado el Suftanito; de quien recibía 
protección en sus empresas contra los almorávides. 
Heredóle su hijo Seif ó Saif ad Daulah (Espada del 
Estado), ó sea Áhmed Abu Giafar ben Abdelmélic, 
que tomó, además, los retumbantes títulos al Mostan- 
^ir Billah y al Mo^tahin Billah (el Protegido del 
Señor); «pero no quiso Dios ayudarle ni favorecerle, 
por sus torpes alianzas con los cristianos» (1). El rey 
Zafadola, como le llama la crónica latina, el cual perte- 
necía á una de las más gloriosas familias de España, 
la de los Beni Hüd, cuando tuvo noticia de los hechos 
de armas de Alfonso VII contra el rey de Aragón, y 
al ver, por otro lado, que el Batallado?, en vez de res- 
taurarle en el dominio de sus estados, según jura- 
mento, érale perjuro; reunió sus hijos, mujeres, wazi- 
res, cadíes y personajes más ilustres entre los suyos, 
y les habló así: «¿Conocéis los hechos de Alfonso, el 
rey de León, contra el de Aragón y sus rebeldes?». — 
«Los conocemos», le contestaron. — Y añadió: «¿Qué 
vamos á hacer? ¿Hasta cuándo estaremos encerrados 
aquí?» Allí estaban en aquella miseria y estrechez, por 
miedo á los almorávides, que de todos los estados 
musulmanes del Ándalos se habían apoderado. «Escu- 
chad mi consejo, continuó: Vayamos al rey de León 
y reconozcámosle por soberano, señor y amigo nues- 
tro, porque, según entiendo, logrará dominar los 
países musulmanes, pues el Dios del cielo ha sido su 



(1) Conde, III, 33. 



- 4 68 - 

libertador y está en su ayuda Dios excelso, y sé que, 
con su auxilio, recobraremos yo y mis hijos mayor 
prosperidad, aquella de que á mi, á mis padres y á mis 
gentes nos despojaron los almorávides.» Todos á una 
contestaron: «Excelente es tu consejo, y tu razona- 
miento, inmejorable nos parece á todos.» 

No era fácil la salida de Rueda, á menos que fuer- 
zas cristianas se encargasen de ahuyentar á los almo- 
rávides. «Envíame algunos de tus mejores capitanes, 
á fin de que pueda con seguridad llegar á tu corte»,, 
dijo el emir á Alfonso. Alegróse sobremanera del 
mensaje el rey, y al momento envió á Rueda al conde 
Rodrigo Martin y á Gutierre Fernández. Los recibió 
Áhmed otorgándoles grandes honores y colmándolos 
de regalos. C<?n ellos se trasladó á la corte de Castilla. 

. Alfonso le recibió cual se debía á un monarca, com- 
partió con él el solio y mandó que se le proporcionase 
cuanto hubiera de menester. Viendo esto los magna- 
tes del emir, se llenaron de admiración y unos á otros 
se decían: «¿Qué rey podrá igualarse con el de León?.» 
Al ver Safadola la sabiduría que resplandecía en 

. los actos de Alfonso, sus riquezas, la tranquilidad que 
había en su palacio y la paz de que en todo su reino 
se disfrutaba, no pudiendo contenerse, exclamó diri- 
giéndose al rey: «Lo que pregonaba Ja fama acerca de 
tu sabiduría y nobleza de corazón, y de la paz y abun- 
dancia en tus estados, es cierto; bienaventurados los 
magnates que moran junto á ti y dichosos tus vasallos 
y cuantos en tu reino viven.» Alfonso le dio valiosos 
regalos, entre los cuales se contaban preciosísimas 
joyas; armólos caballeros á él y á sus hijos, prome- 



,> 



— 4*9 — 

tiendo ellos estar al servicio del joven monarca mien- 
tras viviesen. Dio Safadola el castillo de Rueda al rey, 
y éste dio al emir castillos y ciudades en tierra de 
Toledo, en Extremadura y en la ribera del Duero, á 
donde se trasladó y sirvió al rey (i). 

cEl astuto AIÍÚDS ben .Remund, escribe Conde, logró, con 
malos tratos, que al Mostánsir beñ Hud, Saif Dola, rey de la 
España oriental, cediese la fortaleza Rot al Yehud y otras muy 
importantes que tenía, dándole, en cambio, muchas posesiones 
en Toledo y la mitad de aquella ciudad. Estos conciertos se 
hicieron en dilcada de aquel año de 527 (3 septiembre-2 octu- 
bre 1 133)' (2). Movióse á esto Saif Dola porque temía que sus 
mismos vasallos entregasen sus fortalezas á los caudillos almorá- 
vides, porque aborrecían sus tratos y alianzas con el rey Alfonso 
ben Remund, y, por otra parte, no confiaba mucho poderlas 
mantener si este tirano se apartaba de su alianza, como le amena- 
zaba muchas veces. d 

Según otro autor, la proposición de cambio de 
estados partió de Alfonso VIL Manifestó á Aben Hud 
la conveniencia que á éste resultaría con trocar sus 
dominios por otros más próximos á aquellos en que 
aún no dominaban los cristianos, y que, poniéndole 



(1) Que el libro de donde copiamos tan particulares detalles se escribió 
durante el reinado de Alfonso Vil, decláranlo estas palabras de la Chronica 
Adefonsi Impera toris: «Qua (Rota) Res accepta, dedit eam filio suo Regí 
Domino Sanctio Castellano, et populata est á christianis, et cceperunt invo- 
care íbi* nomen Sanctae Trinitatis, et granara Sancti Spiritus. Hoc autem tiento 
novit viventium quod in %(>ta esset invocatum nomen Domini fmblice, nisi modo, 

(a) En una nota del autor se lee: «Asi Abdel Halim; aunque Alcodai dice que estos conciertos fue- 
ron año S34(*g. 1139-40); pero entonces ya no vi via Alfonso beñ Remund.» Con efecto, Aben al 
Abbar escribe: «Y permaneció en Rueda hasta que la desocupó al tirano Adhcfonx ben Remond, el 
conocido por el Sultanito, á quien la dio trocándola por la mitad de la ciudad de Tolétula en el mes de 
dzulcaada del año $34. (Fernandez y González, Los Mudejares de Castilla, 63, nona. 2).» Se equivoca 
Conde al decir que Alfonso ben Remund, ó sea Alfonso Vil, murió en el año 1x39-40: es indudable que 
le confunde con el Batallador ó Aben Radmir, como se ve al darnos el relato de la batalla de Fraga 
(1134), en que murió el de Aragón. El emperador no falleció basta el 21 de agosto de 1157. 



— 47o — 

al frente de tropas castellanas, estaría en condiciones 
de luchar con ventaja con los almorávides, recobrar el 
poderío de sus mayores y erigirse en emir de todos 
los musulmanes de España (i). No va descaminado 
el autor de Los ¡Mudejares ai sentar esta conclusión: 
«Puede colegirse, con probabilidad de acierto, queSei- 
fadola obtuvo de D. Alfonso el puesto de alguacil de 
los mudejares, Sahb al Medina, . ó presidente de la 
aljama ó comunidad toledana.» 

En el año séptimo del reinado de Alfonso VII, ó 
sea en el de nuestra era 1133, trató el rey de vengar 
agravios recibidos deTexufln, que había hecho algu- 
nas entradas en tierra de Toledo, haciendo gran devas- 
tación y efusión de sangre y muchos cautivos. Tomó 
consejo de Saifadola, y éste con el rey entraron por 
Puerta Real en Andalucía. Junto al castillo sarraceno 
llamado Gallel se les unió el otro cuerpo de ejército 
que iba klas órdenes del conde Rodrigo González. Las 
campiñas de Córdoba, Carmona y Sevilla sufrieron la 
devastación más horrorosa (2). La venganza se acen- 
tuó al cruzar el Guadalquivir. 



(1) Kitab al Iclifd. 

(2) Para los que se escandalizan del modo de guerrear empleado por el 
Cid, no será de sobra conozcan cómo procedía Alfonso VII, no obstante ir en 
su compañía Saifadola: «Quotidie exibant de castrís magnas turbas militum, 
quod nostra lingua dicimus algaras, et ibant á dextris et á sin ¡s tris, et prseda- 
verunt totam terram Sibiliae, et Cordubae, et Carmona?, et miseruot ignera 
in totam illam terram, et in ci vita tes et castella, quorum multa inveniebaotur 
absque viris; omnes enim fugerant, et captivationis quaoa fecerunt virorom 
et mulierum, non est nomerus. Sed et praedationis equorum et equarum, 
camellorum, et asinorum, boum qnoque et ovium, et caprarum non est nume- 
ras; frumemi, vini, et olei abundantiam in castra ferebant. Sed et omnes sina- 
gogas eorum quas inveniebant, destructse sunt. Sacerdotes vero, et lejis sü* 



Los caudillos musulmanes andaluces enviaron 
mensajes á Saifadola y le decían: «Habla con el rey de 
los cristianos, y con su auxilio libranos de las manos 
de los almorávides, y satisfaremos al rey de León los 
tributos reales, y hasta mayores que los pagados por 
nuestros padres á los del rey; contigo le serviremos 
con fidelidad,, y tú y tus hijos reinaréis sobre nosotros.» 

, Áhmed» obrando con aprobación de Alfonso y con 
consejo de sus .ministros, contestó á los. mensajeros: 
«Id y decid á mis hermanos los principes de los mus- 
limes españoles: apodéraos de algunos castillos de los 

' más fuertes, haced lo mismo con los castillos de las 
principales ciudades, y moved guerra por todo lugar; 
que yo y el rey de León acudiremos al momento en 
vuestro auxilio.». Los expedicionarios volvieron por 
Talayera-, muy contentos de la venganza tomada en 

los infieles (i). • 

i 

Tampoco el Batallador, aunque en desacuerdo con 

I Castilla, dejaba de ejercitar su potente brazo en los 

1 muslimes de la España oriental. En junio del mismo 

! año 1 133 se apoderó de Mequinenza, y un mes más 

! tarde ponía sitio á Fraga, cerca de la confluencia de los 

i ríos Cinca y Segre, plaza importante por su posición y 

i por los abundantes medios de. defensa que en ella se 

¡ habían acumulado. Contra la bien sostenida defensa 



doctores, quoscumque inveniebant, gladio trucidabant; sed et libri legis suae 
in sioagogis igne combusti sunt (Chronica %Adcfonsi Impera torisj.» Hay que 
apreciar los hechos, do según nuestras costumbres, sino á través del prjsma 
del tiempo en que se realizan. 

(1) Chronica Adefonsi /m/wd/orú.— También de esta entrada hay mención 
en los Anales Toledanos: «Entró el Emperador con el Rey Zcfudoba en tierra 
de Moros, Era mclxxi.j 



— 472 — 

de los muslimes eran inútiles todos los esfuerzos del 
rey de Aragón; así -que el sitio se alargó hasta el 
verano del año siguiente. 

Tenía entonces el gobierno de la región de Levante, 
ó sean los reinos de Valencia y Murcia, el ya famoso 
caudillo almoravide Abu Zacaría Yahya ben Ali Aben 
Gania (i). Reunió este general muchos almorávides y 
moros españoles, y fué ai auxilio de" Fraga, £ero el 
Batallador le venció por dos veces, y huyendo Aben 
Gania, dejó muchos despojos á los cristianos. Estos 
descalabros no desanimaron ai almoravide. Pidió más 
refuerzos á África, y de allí acudieron nuevos almorá- 
vides y otros moros africanos, los cuales, unidos á las 
huestes de Córdoba, Sevilla, Granada, Valencia, Lérida 
y á «todas las gentes de esta parte del mar», formaban 
un ejército muy crecido, con el que Aben Gania fué 
otra vez á libertar á Fraga. Como centro de opera- 
cipnes tenían los muslimes á Lérida; pero Aben Gania, 
escarmentado ya con las derrotas que había sufrido, 
estaba á la expectativa y, á lo más, limitábase á correr 
la* tierra y á estorbar que llegasen provisiones al campo 
enemigo. 

Zurita, al contrario de lo que escribe el anónimo 
de la crónica latina, señala como derrotas para el Bata- 
llador los encuentros que tuvo con Aben Gania antes 
de la batalla dfe Fraga. Dice que, puesto el sitio á dicha 
villa en julio de 1 133, un mes después de la rendición 
de Mequinenza, Alfonso acudió en agosto al campo 



(1) «Magnus princeps Valentías et Murcias», como le llama la Chronica 
Adefonsi Imperatoris. 



— 473 — 
sitiador, y tuvo que retirarse ante la bien sostenida 
defensa de la plaza. Reanudó las operaciones del sitio, 
que sostuvo durante los meses febrero, marzo y parte 
de abril de 1134, y, derrotado, tuvo que levantar 
segunda vez el campo. El día de Santa Justa y de 
Santa Rufina (19 de julio) vinieron á las manos Aben 
Gariia y Alfonso junto á Fraga, y el de Aragón expe- 
rimentó segunda derrota (1). 

Los muslimes, envalentonados, estragaban la co- 
marca de Monzón, y Alfonso salió con 400 caballos á 
castigarlos, si bien dio á fuerzas mayores orden de 
que se le unieran* Estaban los escuadrones que seguían 
al rey bastante apartados del grueso de su ejército. 
Súpolo Aben Gania y atacó con fuerzas muy superio- 
res á la reducida avanzada en que iba Alfonso. Á pesar 
de la notable desigualdad de fuerzas, se trabó encarni- 
zada pelea, pero á la postre triunfó el número. En esa 
triste jornada del 7 dé septiembre (2) sucumbió el 



(1) Sandoval considera esta batalla como definitiva. En las adiciones y 
tabla, al cap. XXVII, dice: «Viene puntualmente esta memoria con lo que 
dize el capítulo del día en que fué la desdichada muerte del valeroso rey don 
Alonso de Aragón. Dize así: «Fué la batalla de Fraga, que fizo el rey 
Daragón con Aben Gama, día de santa Justa é Rufina; é fué vencido el rey 
Daragón, é perdióse allí.» (Anales Toledanos). 

(2) Anales de Aragón, I, $2.— -Esa misma fecha da Sandoval en el texto, 
por mis que en las adiciones y tabla señala el 19 de julio. El autor castellano 
y el aragonés se remiten á una memoria antigua de Castilla, y nuestros histo- 
riadores generales han adoptado la fecha 7 de septiembre.— A Sandoval no 
se le escapó la diferencia que hay entre esa fecha y el día de las santas Justa 
y Rufina, por lo que en otro logar (El Emperador Don Alonso el VIJ) escribe: 
«El tombo negro dice asimesmo la muerte del Rey Don Alonso de Aragón 
en este año, aunque no dice el día, ni mes, Era 1172, fuit interjectio christtit- 
norum in Fraga. No sé si entonces se celebraba la fiesta de Santa Justa y 
Rufina i 7 de Septiembre, que agora celebramos 4 19 de Julio.» 

eo 



-*■ 474 — 

Batallador y, con él, murieron otros muchos, entre 
ellos Centulio de Bearne, Aimerich de Narbona, don 
Gómez de Luna y Lope Cajal (i). 

En lo de que Alfonso peleó tan sólo acompañado 
de parte de su ejército, están conformes Zurita y Conde. 
Según éste, «el rey Alfonso, viendo aquel tropel de 
caballeros (que seguían á Aben Gania) que venían á 
toda rienda á herir en los suyos, sacó parte de su 
batalla y les salió á encontrar; pero no fueron pode- 
rosos para contener el ímpetu de la caballería de Aben 
Gania. Aquellos valientes almorávides rompieron y 
atrepellaron á los cristianos, que huyeron vencidos 
después de horrible matanza, que pocos escaparon de 
la muerte, y entre ellos y de los primeros murió el 
rey Alfonso, cruel enemigo de los muslimes.» 

Y ese mismo detalle se consigna en la crónica 
latina: «Al amanecer del 17 de julio, los centinelas 
cristianos que custodiaban el campamento, descubrie- 
ron innumerables escuadrones sarracenos, y corriendo 
fueron á avisar esta novedad al rey. Alfonso mandó á 
los prelados, caudillos, caballeros é infantes, que estu- 
viesen en el campamento á punto y armados. »Hubo 
muchos nobles aragoneses y otros muchos caballeros 
que con permiso del rey habían ido á sus casas y ya 
volvían á incorporarse al ejército, mas no llegaron á 
tiempo de tomar parte en la batalla.» 



(1) Según la Chronica Adefonsi Imperatoris, murieron los obispos de Jaca 
y de Rhodes, el abad de San Adrián y los caudillos Garzón de Gavescam, 
Béltrin de Lanuza, Fortún de Folch, Obgel de Marimón, Ramón de Talar, 
Calvet de Sua, Gastón de Bearne, Centulio de Bigorra, Aimerich de Narbona, 
no pocos caballeros de Francia y otros muchos extranjeros, todos los de Ara- 
gón y 700 valerosos infantes que formaban la escolta real. 



— 475 — 

En lo de que el campamento cristiano cayó en 
poder del enemigo, están conformes la citada crónica 
y el autor árabe á quien sigue Conde. Se lee en aquélla; 
«Los almorávides y demás muslimes cercaron el cam- 
pamento y comenzaron á pelear y lanzar toda clase de 
armas arrojadizas, con las cuales dieron muerte á con- 
siderable número de personas y de caballos. Viendo 
esto los caudillos, los que podían empuñar las armas 
y los prelados que no podían , defenderse dentro del 
campamento, salieron fuera y se trabó reñido combate; 
pero, estando en la lucha, tropas que estaban escon- 
didas, se apoderaron del campamento, y el obispo de 
Lascar (?), los sacerdotes y demás clero, con cuantos 
estaban en las tiendas, fueron hechos cautivos.» «Los 
muslimes, dice Conde, robaron el campo de los cris- 
tianos, en donde hallaron muchas riquezas, y persi- 
guieron las miserables reliquias de sus vencidas gentes. 
Entonces Aben Gania escribió esta gloriosa victoria y 
venturoso suceso de sus armas al emir Taxfín, que 
holgó mucho de ello; y fué famoso el día de Fraga, 
que no le olvidarán los cristianos. Fué esta gran bata- 
lla año 528 (nov. 1133-oct. 1134)» (1). 



(1) En la crónica se dice que Alfonso, al verlo todo perdido, escapó seguido 
de solos diez caballeros, uno de los cuales era García Ramírez, que luego 
restauró el reino de Navarra; pasó por Zaragoza, mas no se detuvo en ella, 
sino que se encaminó al monasterio de San Juan de la Peña; cayó enfermo de 
tristeza y murió á los pocos días, en el 25 de enero de 11 34 (?), sin disponer 
quién le sucediese en el trono. — Escolano (III, 1), que presenta como rey de 
Almería, Jaén y Granada á Aben Gania en 1125, cuando la correría del Bata- 
llador, ahora da ya como emir de Valencia á Aben Sad, el rey Lobo. Estas 
son sus palabras; «Andando ya en los años n 37, el rey moro Aben Gumeda 
hizo liga con otros reyes moros de España; y con el ejército de la liga y 
ayuda de los almorávides africanos que su rey Brahim les había embiado, 



— 47¿ — 

, El tratamiento que*á los cautivos se daba en 
Valencia era el que podía prometerse de tiempos en 
que tan enardecidos estaban los ánimos de muslimes 
y cristianos: asi, al obispo Guido le afligieron con 
muchos tormentos á fin de que renegase del bautismo 
y de aquel que por nosotros padeció muerte de cruz; 
le circuncidaron, según la ley mahometana, y sólo 
pudo escapar á tanta persecución rescatándose por 
treinta mil morabatines de oro, con lo cual pudo 
volver á su sede episcopal (i). 

El gobierno de Valencia estuvo confiado algunos 
años al vencedor de Fraga, cosa rara en los tiempos 



entró sujetando las tierras que obedecían al rey don Alonso. Era una de ellas 
Valencia, por la amistad que su rey Aben Lobo mantuvo siempre con los 
cristianos aragoneses. Pero los moros sus vasallos, como vieron el poderoso 
ejército de su secta, les abrieron las puertas y metieron dentro. Defendiéronse 
los del alcázar, que, sin duda, serían el rey y sus valedores; y, al cabo de 
algunos combates, fueron entrados y muertos, y el rey Lobo debió escaparse, 
pues años adelante le hallamos otra vez rey de Valencia. De allí se p¿só Aben 
Gumeda á socorrer la villa de Fraga, que era del rey moro de Lérida, uno 
de los confederados y la tenía cercada el rey don Alonso. Llegados á vista 
los dos campos, se presentaron la batalla á 17 de julio de 1137, en que fueron 
los cristianos vencidos, y el rey, muerto. Así lo siente Luis Mármol; pero que 
acaeciese su muerte en el dicho año, no da lugar á creerlo un privilegio 
otorgado por el rey don Alonso (VII) su entenado, que es el postrero de sus 
privilegios en Zaragoza y está guardado en el archivo della, cuya fecha dize 
que pasó ea la era 1 162 y en el mesmo año que le mataron, que viene á ser 
en el de 1034 de Cristo Nuestro Señor (Escolano, 1. c.).» En la Era se ha 
impreso sesenta por setenta, y al restar las centenas se ha prescindido de las 
del minuendo. — Lamente, siguiendo á Zurita, escribe que Aben Gañía era 
walí de Lérida, contra lo que repetidas veces se lee en la Chronica xAdefonsi 
Imperatoris, llamándole «principem Valen ti se», «magnus princeps Valentise et 
Murciae», «princeps militiae Valentiae» y «regem Valentiáe». — Conde, sin decir 
de dónde fuese walí, sólo dice que estaba en Lérida cuando entendió lo que 
pasaba en el cerco de Fraga, ó sean las reñidas escaramuzas que se trababan 
entre sitiados y sitiadores. 

(1) Chronica *Adefonsi Itnperaloris. 



— 477 — 

de la dominación sarracena. Poco después de esa triste 
jornada, en octubre del mismo año 1 134, se despidió 
de Alfonso VII el alcaide de Toledo conde Rodrigo 
González, que se indispuso con el rey, no obstante 
los buenos servicios que le había prestado en correrías 
contra los infieles. Pasó á Jerusalén y se distinguió 
como valeroso cruzado. Después de entregar á los 
caballeros del Temple una fortaleza que alzó frente á 
Ascalón, volvió á España, mas no á Castilla, sino á la 
corte de Ramón Berenguer, conde de Barcelona, y á la 
de García, el rey de Navarra. Se amparó en Valencia, 
junto á su wali Aben Gania, con qtiien estuvo algunos 
días. Diéronle los moros una bebida, y se llenó de 
lepra. Volvió á Jerusalén, y allí acabó sus días (1). 

Corriendo aún el año 1 134, marchó Alfonso VII á 
la Rioja y recobró, sin necesidad de apelar á las armas, 
todo el territorio de que durante su minoridad se 
había apoderado el Batallador. García Ramírez, el de 
Navarra, se le declaró feudatario. Sabedor el de Casti- 
lia del temor que dominaba á los aragoneses por la 
muerte de su rey, dijo á sus caudillos: ((Vayamos á 
Aragón, establezcamos paz con nuestro hermano el 
rey Ramiro (el Monge) y démosle consejo y auxilio.» 
Se le recibió de paz en Zaragoza, donde dejó una 
buena guarnición de caballeros é infantes para que 
guardasen la ciudad. Del feudo y homenaje que desde 
este tiempo prestaron los monarcas de Aragón á los 
de Castilla, fueron relevados cuarenta y tres años 
después, ó sea cuando Alfonso II el Casto concurrió, 



(1) Chronica lAdefonsi Imperatoris. 



-478- 

en auxilio de Alfonso VIII el de las Navas, á la rendi- 
ción de Cuenca (21 sept. n 77). Tenia Alfonso VII á 
su, devoción todos los príncipes cristianos de España, 
la Gascuña, el L'angüedoc y parte de la Provenza, y 
aun de los musulmanes al futuro emir de Valencia, á 
Saifadola: sus dominios se extendían desde el Atlán- 
tico hasta el Ródano. Quiso tomar el titulo de Empe- 
rador, y como tal fué coronado en León el 2 de junio 
del año siguiente, ó sea el día de Pascua de Pentecos- 
tés (1). A 11 de agosto de 1137 se concertó en Bar- 
bastro el casamiento de Ramón Berenguer IV el Santo, 
con doña Petronila, hija de Ramiro II el Monge (2). 
Aún seguia en el cargo de walí de Valencia en 
abril de 1139 el famoso caudillo alinoravide Abu 
Zafaría Yahya ben Ali Aben Gania, según se com- 
prueba con el hecho siguiente. En paz el emperador 
con todos los príncipes cristianos al llegar al décimo- 
tercio año de su reinado, trató de castigar en los mus- 
limes algunas entradas que habían hecho en sus 
dominios. Antes de que Texufin, hijo del emir Ali, 
pasase á África, llamado por su padre, corrió la tierra 
de Huete y Alarcón y entró en Cuenca, cuyos mora- 
dores se le habían rebelado (n 3 7) (3). Las algaras 
continuaron en tierra de Toledo aún después de ido 
Texufin á África á mejorar el estado de las cosas 



(1) Chronica %Aáejonsi Imperatoris. — Dozy (Hist. %Abbadidarum, II, 144) 
dice que hay equivocación en esta fecha, porque Alfonso no entró en Rueda 
hasta 534 (ag. 1139-40); la equivocación no es de la citada crónica, sino de 
Aben a) Abbar, como ya se vio arriba. 

(2) Zurita, I, 46. 

(3) Conde, 1. c. 



— 479 — 

almorávides. Constituían verdadera calamidad y con- 
tinua desazón para la ciudad del Tajo, los almorávi- 
des y demás muslimes de la guarnición de Oreja, cas- 
tillo que se alzaba en la margen izquierda de aquel 
rio, á unos doce kilómetros y al oriente de Aran juez. 
Poseíanle los mahometanos desde los revueltos tiem- 
pos de doña Urraca. Propúsose, pues, su hijo, el empe- 
rador, acabar con aquel nido de aves de rapiña. 

Oído el parecer de sus consejeros, mandó á los 
hermanos Gutierre y Rodrigo Fernández, que cada 
uno, seguido de su respectiva hueste, aumentadas con 
la guarnición de Toledo y con las milicias de la Extre- 
madura de entonces (i), pusiesen cerco á aquel cas- 
tillo. Se estableció en el mes de abril, y á poco acu- 
dió el emperador con un grueso ejército formado de 
gentes de Galicia, León y Castilla. Menester era todo 
aquel aparato de fuerza, porque el castillo, además de 
ocupar una posición excelente, realzada con el auxilio 
de sus altos muros y torres, encerraba una guarnición 
numerosa y decidida, á cuyo frente estaba el intrépido 
Ali, gobernador de quien recuerdos harto tristes guar- 
daban los toledanos. El emperador hizo construir 
máquinas de combate, que incesantemente jugaban 
contra la fortaleza, é hizo que fuertes destacamentos 



(i) Aún ostenta Segovia en su escudo una cabeza, alusiva al Caput Extre- 
madura, título que en los tiempos de Alfonso tenía aquella antiquísima ciu- 
dad. — En documento de la catedral de Valladolid, de 21 de noviembre de 
1 1 22 se nombra á Extremadura, y'Sandoval (El Emperador Don ^Alonso Vil) 
dice que eran las riberas extremas del río Duero á la parte del mediodía, 
«donde entran las tierras de Osma, Segovia, Ávila, Salamanca, Zamora y 
Ciudad-Rodrigo.» 



— 48o — 

custodiasen la orilla del río, para impedir que los 
sitiados continuaran surtiéndose de sus aguas. 

Supieron con turbación y tristeza el apuro en que 
estaban los de Oreja, Aben Gania, caudillo de los 
muslimes de Valencia, Azuel, gobernador de Córdoba, 
y Aben Zeid, que lo era de Sevilla. Trataron de sal- 
var á los sitiados, y, al efecto, convocaron á todos los 
walies de la Península y de sus islas; reunieron asi un 
poderoso ejército, que fué reforzado con otro enviado 
de África por Texufín, del que formaba parte una 
gran muchedumbre de zenetas, á quienes seguían 
interminables recuas de camellos cargados de harina 
y de otros comestibles. 

Movióse el ejército musulmán desde Córdoba, 
contándose en él, aparte la turba innumerable de 
peones, 30.000 caballos. Siguió el camino real de 
Toledo y fué á sentar sus reales en los Pozos de Al- 
godor, nombre del rio que desemboca en el Tajo y 
junto á la población así llamada. Prepararon una em- 
boscada contra el emperador, haciendo que en paraje 
á propósito se ocultara con su hueste el walí de Valen- 
cia, á quien dijeron: «Si el emperador traba combate 
con nosotros, saldrás tú durante la lucha, subirás al 
campamento cristiano, pasarás á degüello á cuantos 
allí encuentres y prenderás fuego á las tiendas; pro- 
veerás de soldados al castillo, de armas y de cuantos 
víveres y agua les sean necesarios, tomados de los que 
llevan los camellos; y después te unirás á nosotros, 
que iremos á Toledo, donde confiamos luchar con el 
emperador. 

Con efecto: la mayor parte del ejército musulmán 



— 481 — 

se corrió á Toledo; pero Alfonso, que supo por los 
espías, el plan del enemigo y habia dejado á doña 
Berenguela con buena guarnición en aquella ciudad, 
no dio lugar á otro día de luto como el de Fraga, que 
hubiera sido fatal á la causa cristiana. Se combatió el 
castillo de San Servando, sin otro resultado que la 
destrucción de una torre, en que murieron cuatro de 
sus defensores; los mahometanos desahogaron en las 
vinas y arbolado su rabia y despecho. 

Subió éste de punto, cuando la emperatriz, con- 
fiada en el valor de la guarnición, que tenia bien 
defendidas las puertas y coronados de guerreros los 
muros y torres, envió este mensaje á los caudillos . 
almorávides: «¿Qué honor vais á reportar de pelear 
conmigo, con una mujer? Si, en verdad, os sentís 
animados del deseo de cruzar vuestras espadas, á bien 
poca costa lo conseguiréis, sólo con trasladaros á 
Oreja, donde el Emperador, os aguarda con las huestes 
preparadas.» 

Alzaron al alcázar su vista Aben Gania y los demás 
caudillos, y observaron, con sorpresa, que la emperatriz, 
engalanada con las mejores preseas y joyas, estaba 
sentada en un trono, y que en derredor suyo estaban 
^ sus damas; y amenizando aquella ostentación de sere- 
nidad, doncellas cantaban con acompañamiento de 
cítaras y campanas, címbalos y salterios. Entre sus- 
pensos y avergonzados, los caudillos moros incli- 
naron, á guisa de saludo á la egregia dama, sus 
cabezas, se alejaron de allí, y, sin causar otros daños 
en aquella tierra, volvieron «sin honor y sin vic- 
toria» á la suya, ó sea, sin haber medido sus armas ni 



%í 



- 4 8* — 
libertado el castillo. Éste se rindió por capitulación 
en octubre, y sus defensores, á quienes los toledanos 
querían dar muerte, fueron custodiados, é ilesos, basta 
Calatrava (i). 

En el año 537 (jul. 1142-43) sucedió á Ali ben 
Yúsuf ben Texufín, su hijo Texufin ben Ali ben 
Yúsuf, que sólo reinó basta 539 (jul. 1144-jun. 1145). 
Supo Texufin que los asuntos de España iban de mal 
en peor. Convocó á los jefes de los cristianos que 
estaban á su servicio y á los de los almorávides y de 
los demás sarracenos, y les preguntó: «¿Qué consejo 
me dais? qué haré de España, que está sin goberna- 
dor?» Y todos le contestaron: «Aquí está Aben Gania, 
tu fiel amigo: en ninguna parte hallarás otro mejor.» 
Le nombró wali de Córdoba, Carmona, Sevilla y Gra- 
nada, y de toda la tierra de España, y le dijo: «Toma 
de mis tesoros dinero en abundancia, ve á tierra de 
cristianos y toma venganza de los walíes nuestros 
hermanos que han sido muertos (marzo de 1143): 
no perdone tu cuchillo comarca alguna, y pon bajo 
mi yugo y bajo el tuyo toda ciudad y todo castillo 
que ofrezca resistencia» (2). En uso de los amplios 
poderes que le fueron otorgados, Aben Gania debió 
nombrar gobernador de Valencia á ' su sobrino Abu # 
Muhámad Abdallah, hijo de su hermano Muhámad 
ben Ali Aben Gania, puesto que allí estaba en el des- 
empeño de aquel cargo cuando estalló la sublevación 



(1) Chronica Adefonsi Impera toris. —Según los Anales Toledanos fué la 
rendición en septiembre: «Prisieron á Oreja los Christianos de Moros en el 
mes de Septiembre, Era mclxxvii.» 

(2) Chronica Adefonsi lmperatoris. 



_ 4 8 3 - 

contra los almorávides el 24 de dilagia de 538 (30 
junio de 1144). 

Comenzóse este capitulo transcribiendo unos ver- 
sos de Aben Jafacha, ilustre vate alcireño. Vamos á 
cerrarle con los de otro poeta, hijo también de la isla 
del Júcar, Ábu Talib Abdel Gewar, con los cuales 
elogiaba á los almorávides, en general, y, muy en 
particular, al principe Texufín, cuando su poderlo, 
asi en África como en España, estaba amenazado de 
muerte: 

Cuando Allah, eterno y poderoso, quiso 
Que su divina ley fuese ensalzada, 
Los ánimos unió de los mortales, 
Para elegir un adalid valiente 
Que acaudillase del Islam las tropas. ' 
Éste fué de Taxfin noble pimpollo, 
De tan insigne planta procedido; 
Al mundo pareció cual clara aurora 
Que á la tiniebla de la noche sigue, 
Puro y resplandeciente como el agua 
De clara fuente, que aura matutina 
Orea y esclarece y nunca admite 
Mancilla en sí que su cristal enturbie. 
Abú Jacub fué tal, y su venida 
Fué de águila caudal; su presto vuelo 
Hacia Zalaca encaminó; la espada 
Allí esgrimió la diestra vencedora. 
Día feliz y campo venturoso, 
Lo que nos diste tú, ¿quién nos ha dado? 
Vuelve otra vez, Señor, tan fausto día. 
¡Oh célebre giuma, día dichoso! 
Cuando la santa ley, atropellada 
Del arrogante infiel, con victoriosas 
Armas se levantó, y á los infieles 



_ 4 8 4 - , 

Dia de juicio fué y -allí quedaron 
Como viles y miseros terrones. 
No te valió aquel dia tu potencia , 
Soberbio Alfonso, pues allí cumplióse 
Lo que grabado en tablas de diamante 
La eterna voluntad de Dios tenia, 

Y protegió con su divina sombra 
La gente fiel, y el rayo de la guerra 
Abrasó á los infieles como fuego; 
Aseguró el Islam cual otras veces, 
En los antiguos tiempos venturosos, 

Y en todas partes libres y seguros, 
A lá alba, á medio dia y á la noche, 

Y en su tiniebla oscura sin temores 
Andaban por doquiera los muslimes. 
Después tomó las riendas del estado 
El hijo de Jusef, el animoso 

Aly, sabio, prudente y justiciero; 
El cual, siguiendo las paternas huellas, 
Alcanzó su virtud, no su fortuna. 
Hubo después las riendas del imperio 
Su hijo Taxifín el esforzado, 
Como bravo león, león rabioso 
Cercado de crueles cazadores: 
Tiranos ambiciosos, á porfía 
Sus estados invaden; los rebeldes 
Su señorío usurpan; tantos males 

Y sin justicia, violencia y robo, 

De vos, potente Allah, remedio esperan (i). 



^^^^^^^^^^^^^^^ 



(i) Conde, 1. c. 



CAPÍTULO XII 

Ihterregno almoravide-almohade 

(t 145-1 i? 2). 

é 

UBRWÁN, SAIPADOLA. Y ABEN AYADH 

fabr. xi4S-ug. 1147). 



Revolución contri los almorávides. — Bl sobrino de Aben Gania abandona 4 Valencia y ae hace fuerte 

r . en Jfciba.— Proclamación de Merwán. —Muerte de Abu'l Kattab (de los Beni Guáchib), en Orihuela. 

— Duración del sitio de Játiba: interrupciones que sufre el auxilio de Aben Giaíar al emir de Valen- 

¡ cía.— Rendición de Jatiba y solemne entrada de Mérwán en Valencia.— Destronamiento de Aben 

i Táhlr y de Merwán.— El castillo de Montroy.— Saifadola, emir de Murcia y de Valencia.— Su 

ingratitud y muerte. — Movimiento literario.— Muerte del arráez de Cuenca, Abdaliah ben Faraig.— 

Breve reinado de Aben Ayadh eu Murcia y en Valencia. — Obispo de Denia á mitad del siglo XII. 




¡arias causas contribuyeron al alzamiento 
general de los muslimes españoles contra 
los almorávides. La gran masa, de aquéllos, 
como procedente de los muí adíes ó renegados cristia- 
nos, era refractaria á quienes ni un momento desmin- 
tieron la justa fama de bárbaros é incultos. Asi los 
pintan árabes y cristianos. Causaban todo género de 
agravios á los andaluces: les robaban sus bienes, les 
estragaban sus jardines, entraban en sus casas y for- 
zaban á sus hijas y mujeres: eso se lee en los autores 
árabes; y eso mismo repiten nuestras crónicas (i). La 
suerte de los almorávides era poco halagüeña en África, 
donde los almohades ó unitarios tomaban cada dia 
mayor incremento. Una nueva secta mahometana habla 



( i ) Conde, III, i .—De la Chronica lAdefonsi Imptlatoris: 4 Moa vi tas medullas 
terne comedant; et possessipnes nostras, aurum et argentuna nobis tollunt; 
uxores nostras et filios nostros opprimunt.» 



— 486 — 

asomado la cabeza en el Algarbe ú occidente de España. 
Los manejos de Saifadola tenía enardecidos los áni- 
mos y dispuestos á romper con los odiados africanos. 
En septiembre de 1144 entró Alfonso VII cop un gran 
ejército en Andalucía y repitió en ella los estragos de 
once años antes, quedando destruida la región com- 
prendida entre Almena y Calatrava (1). Las huestes 
de Toledo, Segovia, Ávila, Salamanca y de otras ciu- 
dades, habían impresionado de tal modo á los mus- 
limes de España, que, reunidos en sus mezquitas, diri- 
gían fervorosas súplicas á Mahoma, para que les ayu- 
dase en su empresa, y estimulaban á Saifadola y á los 
descendientes de los reyezuelos de taifas para que se 
lanzasen á la lucha contra los almorávides. 

El combustible estaba hacinado.- Una sola chispa 
que prendiera, se produciría un incendio, quedando 
reducido á cenizas el imperio de los almorávides en 
España. Á la hora del alba del 12 de sáfer de 539 
(14 ag. de 1 144) se sublevó Aben Cosai en el Algarbe. 
Cundió el movimiento de sedición en Sevilla, y á sofo- 
carle acudió, al frente de numerosas tropas, el ya célebre 
Aben Gania. Alcanzó el caudillo almoravide á los rebel- 
des más allá del Guadiana, y los escarmentó. Cansados 



(1) Destruxeruntque omnes vineas, et oliveta, et ficulneas, et omnia poma* 
ría inciderunt, et combusserunt igne, et dederunt igoem in civitatibus eorum, 
et in villis, et in viculis; et multa castella eorum flamma combusserunt, cepe- 
runtque viros, et mulieres, et párvulos eorum, et magnam prasdam equorura 
et equarum, et camelorum, et mulorum, et asinorum, boum et vaccarum, et 
omnia pécora; aurum et argentum, et omnia pretiosa quae in domibus eorum 
erant, et cuneta supellectili?, etquidquid habere poterant. — En los Anales To- 
ledanos se lee esta lacónica indicación: «Entró el Emperador con su Huest en 
tierra de Moros, é atravesó toda Andaluz, Era MCLXXXII.» 



- 487 - 

estaban sus soldados del sitio de tres meses puesto á 
Xilbe y disgustados de la inclemencia del invierno, 
cuando supieron que también Córdoba se había rebe- 
lado. Se apoderó de la. ciudad Abu Giafar Hamdain. 
Á esta noticia, Aben Gania levantó el campo, que 
tenía puesto sobre Niebla, y por. Sevilla se encaminó 
hacia Córdoba. 

Saifadola era el alma de la sublevación; y ésta se 
extendió á Valencia y Murcia, á Lérida y Tortosa, y á 
Jaén, Übeda, Baeza, Andújar, Sevilla, Granada y Alme- 
ría: en todas estas revueltas corrió abundantemente la 
sangre de los almorávides, aunque vendieron acaras 
sus vidas. La plebe de Córdoba depuso á los catorce 
días del gobierno al walí Hamdain, faquí de la ciu- 
dad, que contaba muchas riquezas (1). Ese cambio 
fué obra de la trama y liberalidades del bando que allí 
se suscitó' á favor de Saifadola, que estaba en la fron- 
tera de Toledo favorecido por los cristianos. Se pro- 
clamó emir á Aben Hud, llamándole al Mostánsir 
Billah Saifadola entró en Córdoba enmedio de las 
aclamaciones del pueblo. Poco después le fué for- 
zoso salir huyendo, porque el pueblo se cansó de las 
violencias que él y sus auxiliares cristianos come- 
tían (2). Aben Hamdain había llamado á Faraig, de 
Calatrava, y á todos sus parientes y amigos, y pro- 
puso se diera muerte á Saifadola para ocupar su puesto. 



(1) Iq illo te ñipo re erat quidam sacerdos in Corduba secundum legem 
Mahometi et de semine agarenorum, et nomen ejus Abefandi, et erat dives 
su per omnes homiaes qui morabantur ia Corduba (Chronica Adefonsi Itnpc- 
ratoris). 

(2) Conde, 1. c. 



— 488 — 

4 

Súpolo el ex-emir de Zaragoza y, llamando á su lado 
á los cristianos, sus. auxiliares, salió de Córdoba con 
ellos y con el de Calatrava..Á éste dijo el emir: «Puesto 
que te has empeñado en causarme daño, yo haré que 
tu resolución no prevalezca. » Enseguida mandó a los 
cristianos que le matasen. Hamdain y los cordobeses, 
indignados, quisieron acabar con Aben Hud y le per- 
siguieron; mas pudo escapar y se retiró á Jaén. 
Hamdain volvió á ser proclamado caudillo de Cór- 
doba (i). 

Mientras Aben Gania acudía del Algarbe hacia Cór- 
doba para sofocar la sedición, supo que también Valen- 
cia se habia sublevado. Era wali de ella su sobrino 
Abu Muhámad Abdallah, hijo de su hermano Muhá- 
mad ben Ali. Trató el gobernador de Valencia de aca- 
llar los gritos de los amotinados utilizando el ascen- 
diente que sobre la ciudad tenía su sabio cadí Merwán 
ben Abdallah ben Merwán ben Kattab, nacido en la 
capital el año 505 (1111-12) y puesto en el cargo por 
Texuíín ben Ali como un año antes, el 24 de dilagia 
de 538 (28 jun. 1 144). Era el cadi muy celebrado por 
su ilustre cuna, por su reconocido valor y por su cien- 
cia nada común. 

Teníale en cuidado la revolución de Córdoba, cuya 
aljama habia proclamado emir de España al faquí Abu'l 



(1) Chronica Adejonsi Imperatoris.— En los Anales Toledanos se refiere del 
siguiente modo la entrada, permanencia y salida de Saifadola: «Fue Cahedola, 
en el mes de Janero á Qordovr, é mató á Farach Adalil, é fuxó á Granada; 
é pues que fuxó Qahedola, levantaron á Aben Hamdio, Rey en Cordova, en 
el mes de marcio, Era MCLXXXUI.»— Conde fija la muerte de Faraig en 
jueves s de ramadhán (4 abr. 1145) y 1* salida de Córdoba de Saifadola en 26 
de abril. 



— 489 — 

Giafar ben Hamdain; estaba bien lejos de recelar el cadi 
que el movimiento de sedición se extendiese también 
á Valencia. Obedeciendo á las indicaciones del wali y 
esforzándose por que no se le juzgase comprometido 
en el motín, fué á la mezquita, subió á la tribuna y 
exhortó á su numeroso auditorio á que depusiese la 
actitud rebelde á los almorávides. Recordó los grandes 
servicios que habían prestado á la causa del Islam sal- 
vando á España cuando ya toda ella la tenían escla- 
vizada los cristianos, acudiendo con oportunidad en 
auxilio de Alcira y arrancando á los infieles la misma 
Valencia, aherrojada por el Cid. Pero ni el respeto 
debido al cadi, ni la elocuencia arrebatadora de su pala- 
bra, fueron parte á desviar al tumultuoso pueblo de la 
senda. que había emprendido. 

El vulgo, amigo de novedades, por peligrosas que 
sean, y más inclinado al desorden que á la paz, pro- 
rrumpió en gritos de guerra contra los africanos; y la 
ciudad se llenó> de terror y espanto. Esto sucedía el 
miércoles 18 de ramadhán de 539 (17 abr. 1145). 
Viendo el sobrino de Aben Gania que no contaba con 
elementos suficientes para sofocar el alzamiento, lle- 
gada la noche abandonó, con su familia, la ciudad, y á 
uña de caballo corrió á refugiarse en Játiba, adonde 
llegó al amanecer del jueves. 

No todos los soldados del walí almoravide pudie- 
ron seguirle en su precipitada fuga, y en ellos se cebó 
el furor del populacho. El cadi veía con malos ojos 
aquellos excesos, y para que no se le juzgara en con- 
nivencia con los amotinados, se ocultó. Como el walí 
hiciera con v sus algaras desde Játiba grandes estragos 

62 



— 490 — 

en los amenos campos y huertas dé Valencia, acudie- 
ron sus naturales al cadi rogándole los amparase y 
defendiera. Receloso él de la inconstancia del pueblo 
y temeroso, además, de que los almorávides le conta- 
ran en el número de los rebeldes, con sus numerosos 
parciales abandonó la ciudad, sentó su campo en Loxa 
(¿la Llosa, junto á Játiba?) y quedó bajo la protección 
del sobrino de Aben Gania. 

Los ruegos de Abdallah ben Mardónix, que se había 
hecho dueño de Almería, y del suegro de éste, Aben 
Ayadh, le movieron á abrazar el partido nacional, á 
ponerse al frente de los, valencianos y á repeler las 
correrías del walí acantonado en Játiba. Sacrificando su 
comodidad y regalo en aras del bien público, siguió el 
consejo de aquellos dos caudillos. Volvió á Valencia, 
y fué proclamado su emir el 3 de xawal (2 mayo). 
Una de sus primeras disposiciones consistió en confiar 
la conservación del país y el cuidado de las fronteras 
á Aben Ayadh, quien, además de asegurar las suyas 
propias, se encargó de hacer lo mismo respecto de las 
de su yerno y contra los lamtuníes, que reclutaban 
gentes - en tierras de Albacete y ocupaban sus forta- 
lezas. 

La sublevación se había extendido á la vez á Mur- 
cia, donde Hamdain, el de Córdoba, fué también pro- 
clamado. Desde el 17 de ramadhán (16 de abril); uñ 
día antes de la sublevación de Valencia, estaban Jos 
murcianos divididos con motivo de la elección de su 
adelantado. El pueblo señalaba para el cargo, á Muhá- 
mad ben Abderrahmán ben Táhir el Kaisí, de la 
nobleza de Todmir, á Abu Muhámad ben Alhag, de 



**3 






r 



Lorca, y á Abderrahmán ben Giafar ben Ibrahim. 
El nombramiento recayó á favor del último, debido á 
que, pasando por junto á Murcia el alcaide de Cuenca, 
Abdallah ben Fetáh, el Thogray, que iba á incorpo- • 
rarse con Hamdain, supo la división de ánimos que 
reinaba en la ciudad del Segura y decidió la elección 
según se ha dicho. 

No contento Aben Giafar con el cargo que debía 
al alcaide de Cuenca, aspiró al mando supremo, y, al 
efecto, el martes, 15 de xawal del año 539 (14 mayo), 
promovió un alboroto contra los almorávides.' Los 
que de éstos habían entrado bajo palabra de seguro 
en Orihuela, fueron alevosamente asesinados. Víctima 
de esa matanza fué el cadi Abu'l Kattab, hijo de 
Ornar, que, ásu vez, lo fué del cadi puesto en Valen- 
cia por los almorávides á su entrada en dicha ciudad. 
Cuando en son de guerra se dirigía hacia la misma en 
522 (1 128) Aben al Arabí, se pasó á su servicio, y en 
recompensa, se le dio el cadiazgo de Orihuela con 
facultad para nombrar al que le desempeñase en Elche. 
En uso de semejante atribución, nombró para él á su 
hermano Abu'l Hassán, de cuyo remate no se tiene 
noticia. Más hábil un tercer hermano, ó, mejor dicho, 
menos consecuente que sus hermanos, padre y abue- 
lo, los famosos Beni Guáchib; Abu Becr, que así 
se llamaba, se acomodó á las circunstancias, y fué 
cadi- de uno de los distritos de nuestra provincia. 
Cuando con el triunfo de los almohades cayó el par- 
tido nacional, fué del consejo de Valencia y tenien- 
te del cadi Abu Temim Maimón ben Chobair, por 
los años 568-581 (ti 72-84). Era Abu Becr muy com- 



— 492 — 

pétente en asuntos administrativos (i). Abu Giafar 
ben Abi Giafar hizo que entrase en Murcia la gente de 
su huerta y aldeas, y fué proclamado emir, so pretex- 
to de hacer esto á nombre de Hamdain, el emir de 
Córdoba. Ocupó el alcázar y se apellidó an Násir 
Ledinallah. Conservó al Thogray en el cargo de alcaide 
de la caballería. 

Para combatir á los almorávides de Játiba, que 
robaban y quemaban las alquerías de Valencia y cauti- 
vaban á las mujeres, formó hueste en dicha ciudad su 
emir. El 28 de xawal (27 mayo) se puso sobre Játiba 
y pidió socorros al nuevo emir de Murcia. Al día si- 
guiente, postrero de xawal, formalizó el sitio, pero el 
sobrino de Aben Gania y sus almorávides se defendían 
con valor. 

Nuevos disturbios ocurridos en Murcia impidieron 
á su emir acudir en auxilio del de Valencia. El Tho- 
gray y Aben Táhir alborotaron al pueblo y proclama- 
ron á Saifadola el mismo día 28. Triunfó Aben Giafar; 
Aben Táhir y Aben Alhag pudieron escapar; el Thogray 
quedó preso y encarcelado, y la alcaidía de la caballería 
se dio á Zaonún, de Orihuela. En lo que restaba del 
año y. hasta el 22 de agosto, acabó Abu Giafar de 
hacerse dueño de la tierra de Todmir. Voló al cam- 
pamento del emir de Valencia* Apenas sus soldados 
tomaron parte en los combates contra los almorávides 
de Játiba, supo que Aben Táhir había sacado de la cárcel 
al Thogray, y que ambos conmovían á la plebe. Abu 
Giafar acudió con 'su caballería á Murcia y sosegó el 



(1) El Archivo, IV, 87-88. 



— 493 — 
alboroto. El Thogray pudo escapar, pero ardiendo en 
deseos cíe venganza (i). 

Segunda vez acudió Abu Giafar al cerco de Játiba, 
y los almorávides, que hasta entonces se habían de- 
fendido .en la plaza, se retiraron al castillo. En auxilio 
. del emir de Valencia acudió también Aben Ayadh, el 
alcaide de las fronteras. Decayó entonces el ánimo de 
los sitiados, pactaron honrosas condiciones de rendi- 
ción y abandonaron á Játiba aquellos valerosos solda- 
dos. Entró Merwán, fortificó la ciudad, colmó de re- 
galos á sus auxiliares, á. quienes despidió, y volvió á 
Valencia. 

Era ya entrado el mes sáfer de 540 (24 juL-22 
ag. 1 145). Hizo su entrada en Valencia montado 
sobre hermoso dromedario, empuñando lucientes ar- 
mas y vestido con preciosas ropas. Los jeques y nobles 
caballeros le rodeaban, y aclamábale la muchedumbre, 
ebria de gozo. Aquél fué un día de gloria para el emir 
de Valencia, el más feliz, el único dichoso de que dis- 
frutó en un reinado de tres meses... La jurisdicción 
de Alicante quedó entonces agregada á la provincia de 
Játiba, y ésta á Valencia. 

Al mes siguiente murió en un encuentro con los 
almorávides, que abandonaron la alcazaba de Granada, 
el emir de Murcia. Los restos de su ejército que 
pudieron volver á Murcia, proclamaron emir á Abder- 
rahmán ben Táhir al remate de rabié 1. a (20 sep- 
tiembre). Muy aficionado éste á la familia que durante 



(c) Todos estos cambios de Murcia están confirmados en el apéndice nú- 
mero 11 de la obra del Sr. Codera que venimos citando. 



• ■•■* 



— 494 — 

largos años tuvo el gobierno del Sarcosta ó España 
oriental, cedió el emirato á Saifadola y se reservó el 
titulo de naib en Murcia. Prevaleciendo esta parcia- 
lidad, que contaba con la protección de Alfonso VII, 
la de Hamdain, que aspiraba á la independencia abso- 
luta, juzgó traición el traspaso que de la corona de 
Murcia había hecho Aben Táhir. Quiso éste ganarse el 
apoyo de Aben Ayadh, mas éste se valió del alcaide de 
la caballería, Zaonún el de Orihuela, el cual fué á Mur- 
cia y proclamó emir al mismo Aben Ayadh. Aben Táhir 
se retiró al alcázar pequeño, y en el grande se instaló 
el nuevo emir. Esto fué el 10 de giumada i. a de 540 
(29 octubre). Efímero fué el reinado de Aben Táhir: 
sólo duró cincuenta días. Por más que ya no quiso 
intervenir en los asuntos políticos, sus émulos procu- 
raron, en diversaá ocasiones, que Aben Ayadh le diese 
muerte. Jamás consintió en ello el nuevo emir de 
Murcia. Lo más que hizo fué prenderle y enviarle 
cargado de cadenas al castillo Maternis, ó Motronios, 
hoy llamado Montroy. El mismo paradero acabará por 
tener el emir de Valencia. 

Inconstantes también los de esta ciudad en sus 
entusiasmos, ó, mejor dicho, Huyendo, como los 
murcianos, del protectorado del monarca de Castilla, 
comenzaron á murmurar de su poco antes ensalzado 
emir. Los prohombres de Valencia y los alcaides de 
Murviedro, Liria, Alcira y Alicante, escribieron á 
Aben Ayadh para que acudiese á tomar las riendas de 
.un estado que estaba como sin cabeza y en el mayor 
• desconcierto. 

Tales maquinaciones no se llevaron tan ocultas 



— 495 — 

que las desconociera Merwán ben Abdallah ben Mer- 
wán ben Kattab; y no las hubiese pasado sin impo- * 
ner el debido correctivo, á no ser tan general el des- 
contento' y tan pronunciado el deseo de nuevo emir. 
Juzgó preferible disimular y estar en acecho de opor- 
tunidad para sustraerse á las iras de un pueblo tan 
inconstante como las olas del mar. Se adivinaron sus 
intenciones, y estalló grandísimo alboroto. Sigilosa- 
mente abandonó el cuitado emir su palacio y se refugió 
en la casa de un amigo. 

Todas sus precauciones acabarían por ser inútiles 
ante el persistente empeño de sus injustos enemigos 
en averiguar su escondite. Aprovechando las sombras 
de obscura noche, la del 25 al 26 de giumada i. a (14 
al 15 de noviembre), se descolgó por el muro y, disfra- 
zado, se trasladó á Cullera.* Creyó, equivocadamente, 
que ya se habría extinguido el furor popular, y volvió 
á Valencia. Pensó, como Aben Táhir, que encerrado 
en su casa y no tomando participación en los negocios 
públicos, se le respetaría; mas no pudo disfrutar del 
gran placer por que suspiraba. 

Pronto salió del error. Buscado con exquisita dili- 
gencia, tuvo que abandonar, también en secreto y dis- 
frazado, por segunda vez á Valencia. Huyó por Murcia 
á Sevilla; pero fué conocido. Se le cargó de cadenas 
y fué trasladado al fuerte castillo de Montroy, «en el 
reino de Valencia.» Allí estaba también Aben Táhir, 
el ex-emir de Murcia. Á éste le ocasionaron el más 
acerbo . disgusto privándole de sus amados libros. De 
poco habían de servirle allí, ya que á los nobles cau- 
dillos se los sepultó en prisión tan obscura, que ni aún 



— 49^ — 

distinguían de la noche el dia. Por fin, lograron los 
egregios reclusos salir de aquella mazmorra. Uno y 
otro pagaron un fuerte rescate: trescientas mil doblas 
ó monedas de oro cada uno (i). 

Juzgando Merwán que la ciudad de Marruecos 
seria para él lugar seguro, pues todo en España era 
guerra y confusión, en ella se refugió y allí acabó 
tranquilamente sus días el año 578 (may. 1182- 
abr. 1 183). Tuvo allí por compañeros á Aben Táhir 
y á otros señores del Ándalos. Favorecidos por el 
wisir Aben Atia, se reunían todas las noches en su 
casa, y consumían las veladas relatando apacibles 
cuentos y recitando elegantes poesías (2). Aquel que 
amó á Valencia como soberano y como buen patricio, 
«amor que no pudo apagar el hielo de su vejez, 
personaje de noble prosapia, digno por su valor y 
famoso por la ciencia», murió á los setenta y tres años 



(1) Casiri, II, 30. — Conde, III, 37. — De tres puntos llamadas Montroy 
venios hecha mención que se hallaran en la comarca de levante: Montroy, 
junto á Villaricos (El Archivo, IV, 104); Montroy, alquería en término de 
Denia en 1348 (El Archivo, IV, 324), y Montroy, castillo y villa, entre Mon- 
serrat y Alcalá en el valle de este nombre (El Archivo, III, 91). 

(2) Conde, III, 41.— En una novela histórica cuyo argumento es la vida 
del emir Merwán, léese que pasó los últimos años entregado al cultivo de la 
poesía, ocupación que le servía de lenitivo á los pesares, que nunca le aban- 
donaron. Así se describen los últimos momentos de Merwán: «Corría el año 
1 182, cuando el ex-rey Abdeláziz bajó al sepulcro en la ciudad de Mequínez, 
rodeado de muchos y respetables personajes de gran distinción, por haber 
desempeñado altos puestos en el ejército y en la política y prestado brillantes 
servicios al Estado. Los más de ellos eran hijos de Valencia, y los restantes, 
naturales de Murcia, y todos, servidores de Abdeláziz ó adictos á su dinastía. 
—Rodeábanle en su lecho de muerte, para recoger de sus labios el nombre 
del heredero á quien legase sus derechos de monarca, al cual apoyarían todos 
los personajes allí reunidos ayudándole á recobrar su perdido trono.de Va- 



— 497 — 
de edad, pues nació en 505 de la Hegira (m t-12) (j). 
Con el destronamiento del ilustre príncipe coincide 
«el nacimiento del célebre geógrafo é historiador Aben 
Chobair, oriundo de Játiba, donde hizo sus estudio? (2). 

Cuando en Valencia se tuvo conocimiento de 
la fuga de Merwán, se proclamó emir á Abu Muhámad 
Abdallah ben Sad Aben Mardónix, que era naib de 
Aben Ayadh en la comarca de dicha ciudad, y fué 
aposentado" en el alcázar. Estando Aben Ayadh de 
camino para Valencia, supo lo de la proclamación de 
Aben Sad. Llegó á ella el día último de giumada i. a 
de 540 (18 noviembre), y se detuvo algún tiempo 
cuidando del gobierno y seguridad de las fronteras. • 
Luego volvió á Murcia y dejó en ella por naib á 4 su 
suegro Abu Muhámad ben Sad, tío de Abu, Abdallah 
ben Sad, cono.cido por el de Albacete, á causa de lo 
que ya se dirá (3). 

Aben Ayadh preparó la proclamación de Saifadola 
al Mostán^ir Billah (4), tanto en Murcia como en 
Valencia. Dijimos que Aben Hud, ayudado de los de 



1 

leñera. Oponíase Abdeláziz á nombrar sucesor, pues no podía olvidar el vene- 
rable anciano las grandes penalidades que había sufrido al descender de aquel 
trono que nunca codiciara y que tan adverso le había sido. — «Los derechos 
que puedo legar, dijo, no son los que están reservados á los monarcas, sino 
á los príncipes proscritos, cuya vida es siempre mis azarosa y llena de pena- 
lidades que la reservada i los mendigos y i los desheredados de la fortuna. 
Dejad, añadió, que mis hijos vivan felices en la oscuridad y no me obliguéis á 
arrojarlos en los abismos de sus desdichas.» (Biblioteca Encidopédica-Popular- 
Española. — Tradiciones de Valencia, p. 215). 

(1) Casirí, II, 30. 

(2) Pons, biogr. núm. 225. 

(3) Conde, III, 37. 

(4) Ese mismo titulo se le dá en moneda de que trata el Sr. Codera, 

sec. V.» c. II, núm. 6. 

■ » 

63 



-498- 

su bando, que cada día se le juntaban, marchó á Jaén 
y ganó el ánimo de su alcaide. Juntos, llegaron a 
Granada, cuyo cadi, para más honrarle, salió á pie á 
recibirle, le saludó como emir de la ciudad y les dio á 
él y á su hijo Amad-Dollah (Columna del Estado), 
espléndido hospedaje. Eran dueños de la alcazaba los 
almorávides, y en un combate, que con ellos sostuvie- 
ron los de Aben Hud, pereció el hijo de éste. Com- 
prendiendo el padre cuántas desgracias ocasionaba su 
permanencia en aquella ciudad, después de estar allí 
un mes, levantó el campo una noche y se retiró á 
Jaén. (i). 

Llegaron mensajeros de Murcia-dándole obedien- 
cia? á nombre de aquel reino y rogándole que sin 
dilación fuese á tomar posesión del mismo. Anunció 
á Aben Ayadh el día en que llegaría á Murcia, y le 
llamaba amigo, honroso título que bien merecía, pues 
que había granjeado con sus gestiones é inteligencias 
el emirato de toda la Ajarquia ó comarca de levante* 
Seguido Aben Hud de numerosos caballeros, hizo su 
entrada en Murcia el viernes 18 de récheb de 540 
(4 en. 1 146). Aben Ayadh, con su hijo Abu Becr y 
con la caballería 'de la ciudad, salió á recibirle. El 
pueblo le vitoreó enmedio de los mayores trans- 
portes de júbilo • 

Igual manifestación se repetía poco después en Va- 
lencia. Denia siguió el ejemplo de Valencia y Murcia,, 
y se aposentó en el alcázar. Volvió á Murcia y se alojó 
en el palacio grande (Alcázar quibir), al paso que 



(1) Conde, III, 37. 



— 499 — 

Aben Ayadh, con arreglo á cuyas disposiciones se 
dirigía todo el gobierno, se aposentó en el palacio 
pequeño (Alcázar ságuir). 

Dice muy bien un autor: «Pasó (Aben Hud) de 
allí (Córdoba) á Jaén y á Granada, poblaciones que, 
-como las del reino de Valencia, reconocieron por el 
momento su imperio, si bien fué su adquisición más 
importante la del reino de Murcia, que le recibió por 
rey voluntariamente. Eran éstos los últimos triunfos 
del capitán ilustre, que de abatido régulo de una 
ciudad pequeña, y de gobernador mudejar de Toledo, 
había pasado á constituirse, bajo los auspicios del 
Emperador, en vengador de los agravios de la raza 
¿rabey fundador de una extensa monarquía» (i). 

El buen éxito en todas estas empresas era debido, 
por modo principal, á la protección de Alfonso VII. 
Con tropas castellanas había el Emir'entrado en Murcia 
y en Valencia, y con ellas se hizo dueño de Jaén, 
Úbeda y Baeza. Cuando Hamdain le obligó á huir de 
Córdoba, envió mensajeros al Emperador diciéndole: 
«La tierra de Übeda y la de Baeza, y sus castillos, ni 
¿ mí quieren obedecerme, ni á tí pagarte tributo.» Ei 
Emperador llamó á los condes Manrique, Armengol, 
Ponce y Martín Fernández, y les dijo: «Id y subyugad 
para mí y para "el rey Saifadola, á Baeza, Úbeda y Jaén,* 
y á todos los rebeldes, y no perdone vuestra espada á 
ninguno de ellos.» Ellos fueron con un gran ejército 
y destruyeron toda la tierra rebelde v 



(i) Fernández y González (D. Francisco), Los Mudejares de Castilla, 
parte I, capítulo V. 



1 



— joo — : 

Al verse los muslimes en tan duro aprieto, enviaron 
una epibajada á Saifadola rogándole que los librase de 
las manos de los cristianos, y le servirían sumisos. 
Recogió numerosas huestes y. salió al encuentro de los 
condes. Fué de paz al campamento de éstos, y les 
dijo: «Devolvedme los cautivos y el botín que habéis 
recogido; iré con vosotros al Emperador y haré cuanto 
él me mandare.» Los condes contestaron: «De nin- 
gún modo haremos lo que tú quieres. Tú mismo 
enviaste a decir al Emperador: «Los subditos de 
Úbeda se nos han rebelado á mí y á ti; envía, un 
ejército que los destruya á ellos y á su tierra.» Y 
el Emperador nos ha mandado que hiciéramos lo 
que tú solicitaste.» Replicó Saifadola: «Si no me 
entregáis los cautivos y el botín, al momento seré 
en batalla con vosotros.» Y ellos dijeron: «Nunca 
mejor ocasión.» , 

Al momento prepararon unos y otros sais huestes^ 
y se trabó una batalla muy. sangrienta. Á la postre vol- 
vieron la espalda los muslimes: fueron vencidos, y el 
mismo Saifadola quedó prisionero. Al conducirle á las 
tiendas de los condes, se acercaron unos caballeros 
llamados los Pardos, y, al conocerle, diéronle muerte. 
Cuando los condes vieron esto, se entristecieron 
sobremanera. Enviaron mensajeros al Emperador, que 
estaba en León, v le dieron minuciosos detalles sobre 
aquella inesperada batalla. Por último, le dijeron: «Tu 
amigo el rey Saifadola ha muerto.)) Alfonso se entris- 
teció y exclamó: «Limpio estoy de la sangre de mi 
amiga Saifadola.» Y todos los cristianos y sarracenos, 
desde la Arabia hasta el Atlántico, conocieron que 



— soi — 

ninguna parte tuvo Alfonso en la muerte del rey 
m Saifadola (i). 

Esta es la versión cristiana sobre el fin del emir» 
Algo diferente es lo que acerca de ello escribió nues- 
tro Aben al Abbar, á quien sigue Conde. 

Parecióle al emir que podia prescindir ya de la 
tutela del Emperador, mal vista, como es natural, por 
los musulmanes. Encendióse en justo enojo Alfonso 
al ver con cuánta facilidad Saifadola rompia unos lazos 
que el rey cristiano juzgaba inquebrantables, y envió 
un ejército* contra aquel que se apartaba de su vasallaje. 

No bien llegados á Murcia Aben Hud y Aben 
Ayadh su wazir, supieron que el alcaide de Cuenca 
corría las tierras de Játiba, al mismo tiempo que los 
cristianos, poco antes sus auxiliares, -talaban y estraga- 
ban aquellos hermosos campos. Pocos días después, 
Abdallah Aben Sad, el naib de Valencia, escribía al 
emir y á su ministro, que las huestes del Thogray y 
de su aliado el rey de Castilla tenían puesto sitio á 
Játiba. Al punto avisaron al naib para que con la gente 
de Valencia saliese contra los enemigos. El emir reco- 
gió la caballería de Murcia, Lorca y Alicante, y fué á 
unirse á las tropas salidas de Valencia. 

Comprendiendo los cristianos el apuro en que se 
verían si luchaban con aquel núcleo de fuerzas ene- 
migas, procuraron medir antes sus armas con la divi- 
sión de Murcia, la más temible; prometíanse destro- 
zarla; y logrado esto, revolverían contra la de Valencia. 
Alzaron el sitio puesto á Játiba, mas no llegaron á 



(i) Cbronica Adefonsi Imperaiotis. 



— 502 — 

tiempo de impedir que formasen un solo cuerpo de 
ejército aquellas dos huestes. Se reunieron el jueves, 
19 de jaban (4 febrero), merced á la diligencia de los 
valencianos. 

En la vasta llanura de Albacete, en las inmediacio- 
nes de Chinchilla, en el campo llamado de Lüg, vi- 
nieron á las manos, el dia 5, moros y cristianos. Tanta 
era en ambds campos la impaciencia por pelear, que 
al apuntar el alba se inició la batalla, cruel y sangrienta 
ya en los primeros momentos. Con tal furor se lucha- 
ba, que más que hombres, los combatientes semejaban 
fieras sedientas de sangre. Allí estaban los más dies- 
tros y esforzados campeadores muslimes y cristianos, 
el odio en unos y en otros era implacable, y en valor y 
constancia rivalizaban los más aguerridos soldados. 

El esforzado emir de Valencia, que bregaba en el 
sitio de mayor peligro, recibió un terrible golpe de 
lanza: por la profunda herida del pecho salió con la 
sangre su noble alma. También murió luchando como 
león bravo en las primeras filas, el naib de Valencia, 
sobrino de Muhámad ben Sad ben Mardónix, naib de 
Murcia. Con la muerte de estos dos Ínclitos caudillos, 
decayó el ánimo de los guerreros valencianos y mur- 
cianos: así que, á pesar de los esfuerzos de Aben 
Ayadh, abandonaron el campo. Las sombras de la 
noche pusieron tregua á la matanza y favorecieron la 
retirada de los vencidos (1). 



(1) Conde, III, 38.— Aunque con la concisión que les es propia, los Anales 
Toledanos convienen con las crónicas árabes en la clase y época de la muerte 
de Saif-adola: «Lidió Qahedola con Christianos, é matáronlo en el mes de 
Febrero, Era MCLXXXIV.» 



— 5°3 — 

Victima de la guerra que agitaba i todos los países 
musulmanes de España, fué este año un hijo ilustre 
de Alcira. Llamábase Muhámad ben Massud ben Kha- 
lassat. Hizo sus estudios v floreció en Córdoba v Gra- 
nada. Fué notable en todas las ciencias: se distinguió 
como orador y poeta sobresaliente, filósofo, teólogo, 
jurisconsulto y aventajado historiador. Asi se des- 
prende de sus escritos, aunque sólo quedan, por des- 
gracia, algunos fragmentos de Retórica y Poética. 
Wació el año 465 (sept. 1072-75). y fué muerto por 
los almorávides el sábado, 12 de düagia de 540 {26 
mayo 1, en el camino Faraónico de Córdoba, no lejos del 
campo Alabana, junto á la puerta de AbdJ^cbar (i)- 
Los almorávides eran dueños del alcázar, desde el cual 
hacían" frecuentes salidas. 

Lleno de consideraciones murió en tierra aparta- 
da, al año siguiente (jun. 1146-47), el célebre viajero 
valenciano apodado el Chino. Sad el Jair visitó el 
apartado imperio de la China, adelantándose á las 
embajadas de Inocencio IV al kan de Tartaria, y a 
Marco Polo. Ávido de saber, estuvo en Bagdad, flore- 
ciente á la sazón en toda clase de estudios. Fijó su 
residencia en Ispahán, contrajo matrimonio y tuvo á 
Fátima, que heredó del padre su saber extraordinario. 
Volvió á Bagdad y allí murió. En prueba del alto apre- 
cio en que alli se le tenia, están las circunstancias de 
haberse encargado de la oración fúnebre el jeque pre- 
dicador de la mezquita del alcázar, y de haber presi- 
dido el gran cadi de la ciudad el entierro (2). 

(i) Casiri, II, núm. 1668. 
(2) Ei Archivo , I, 139-140. 



— 504 — 

Abdallah ben Ayadh, cuya parte en la proclamación 
de Merwán y de Aben Hud ya conocemos, tuvo el 
triste honor de retirar las reliquias del ejército vencido 
en Chinchilla. Respirando venganza recorría su tierra 
y allegaba gentes que oponer á sus ensoberbecidos 
contrarios. Supo que el alcaide de Cuenca habla 
entrado en Murcia después de vencer en sus inme- 
diaciones á su naib Muhámad ben Sad, que pudo 
escapar en un buen caballo y ampararse, con parte de 
' los suyos, en Alicante. Contando Aben Ayadh cdh 
que dentro de Murcia tendría por auxiliares á sus 
mismos habitantes, descontentos del Thogray, por 
su amistad con los cristianos, sus aliados y compa- 
ñeros, recogió numerosas tropas en Valencia, Alicante 
y Lorca, y se dirigió á Murcia. 

Apenas llegó junto á la ciudad, todo el pueblo se 
alzó en armas contra el arráez Abdallah ben Faraig (i). 
Estaba el Thogray sin saber á dónde acudir, si al 
muro, contra Aben Ayaah, ó á sofocar el motín de 
los sublevados. Él, que estaba luchando como bueno 
contra las tropas enemigas recién llegadas, al notar 
el alboroto en la ciudad y la confusión en los suyos, 
no vio otro recurso que el de apelar á la fuga.^Estuvo, 
sin embargo, ^an poco afortunado, que, al salir, por 
la puerta de África, recibió su caballo en la cabeza una 
piedfa lanzada desde el muro. El caballo cayó atolon- 
drado en el Segura arrastrando al jinete. 

Más atentos sus soldados á la salvación propia 



(i) De la entrada y señorío de Murcia por el Thogray es testimonio una 
moneda de que se hace mención en la citada obra del Sr. Codera, cap. XI. 



— 5os — 

.que á la de su jefe, le abandonaron en su precipitada 
fuga. Se apoderó del Thogray un tal Aben Feda, le 
acabó de matar y presentó la cabeza á Aben Ayadh, 
que recompensó con largueza el obsequio. El venga- 
dor de Saifadola entró en Murcia el 7 de récheb de 
541 (13 dic. de 1146). Hieo decapitar á los prisio- 
neros cristianos, perdonó á los muslimes de la parcia- 
lidad contraria y colmó de honores á los de su bando. 
Por segunda vez fué proclamado emir de Murcia y de 
toda la Ajarquia (1). 

Poco sobrevivió al triunfo el nuevo emir de Va- 
lencia. Anduvo algún tiempo persiguiendo á los ven- 
cidos y conteniendo á los cristianos, que no cesaban 
de hacer entradas en tierra de Murcia. Para ampararla 
# de las algaras de los enemigos y de los rebeldes Berii 
Giomail, penetró con buena hueste de caballería hacia 
Cuenca. Cierta noche cruzaba un desfiladero, próximo 
á Uclés y dominado por una gran altura. Apostados 
en ella los enemigos, lanzaban contra el emir y su 
ejército toda suerte de armas arrojadizas. De tal gra- 
vedad hirió una de ellas á Aben Ayadh, que al día 
siguiente, viernes, 22 de rabié i.*de 542 (21 ag. 1147), 
pasó á la misericordia de Dios. % 

No quedó á los suyos otro consuelo que el de 
vengar su muerte. Embalsamado su cuerpo y ence- 
rrado en preciosa caja, fué llevado á Valencia. Toda 
la ciudad hizo por él gran llanto, se derramaron abun- 
dantes lágrimas y se hizo con señalada pompa su 



(1) Es sorprendente la conformidad del libro de Conde con lt obra del 
Sr. Codera, apéndices IX y XI. 

64 



— 506 — 

entierro: su mérito excepcional reclamaba de justicia 
aquel extraordinario tributo, pues, además de exce- 
lente caudillo, como lo probó en la defensa de las 
fronteras, fué en extremo liberal y generoso. 

Cumpliendo los de Valencia lo que Aben Ayadh 
dispuso en sus últimos momentos, proclamaron en- 
seguida emir á Abu Abdallah Muhámad ben Sad Aben 
Mardónix, el náib de Murcia. Su largo reinado, pues 
duró, cuando menos, hasta el año 566 (sept. 1 170-71), 
según confirma la Numismática (1), y los muchos é 
importantes sucesos que durante él ocurrieron, recla- 
man capítulo aparte. 

Por los años en que se realizaron los hechos acaba- 
dos de apuntar, aún se halla rastro de un obispo de 
Denia, que bien pudo serlo sin el carácter de in par- 
tibus. En las deportaciones anteriores de muzárabes no 
todos fueron transportados al África. Las palabras de 
autor árabe «hoy (mitad del siglo xn) no queda sino 
una pequeña porción acostumbrada ha tiempo al des- 
precio y humillación», claramente lo indican (2). Poco 
antes de la muerte de Ali ben Júsuf ben Texufin 
(enero de 1 144), al pasar á Marruecos su hijo Texufin, 
se llevó, además de la flor de la caballería almoravide 



(1) Codera, apéndices IX, X y XI. — Conde, III, 40. 

(2) Dozy, Recherches, etc., I, p. 343. — Sus costumbres, habida conside- 
ración al medio en que vivían, dejaban bastante que desear: «En este tiempo 
(1 106), escribe Sandoval (Cuatro %tyes, XXIF), había muchos mozárabes 
malos cristianos, tan estragados y peores que los moros en los lugares fron- 
teros, donde más convenía haber cristianos ñeles, seguros á su Dios y á su 
rey. Teniendo, pues, el rey (Alfonso VI) aviso de lo poco que en los tales 
hay que fiar, los echó de Málaga y de las demás fronteras donde estaban, y 
los hizo pasar á África.» Eran los muzárabes para los países cristianos, lo que 
los mudejares y moriscos para los africanos. 



— 5°7 — 
que había en España, cuatro mil mancebos cristianos, 
muy diestros en las armas, los cuales servían en la 
caballería de la guardia del príncipe (i). Los almoha- 
des trataron con saña á estos muzárabes y de igual 
. modo á los de España en 1147 ( 2 )- Esos pocos mu- 
zárabes que quedaron á mediados del siglo xn no 
pudieron ser maltratados en tiempo de Saifadola ni 
de Aben Sad, porque uno y otro se sostuvieran con 
la protección de Alfonso VII y Alfonso VIII de Cas- 
tilia y de Alfonso II de Aragón. 

No son, sin embargo, despreciables las. razones 
aducidas en pro del carácter de in partibus que pudo 
tener ese obispo de quien hay rastro. La concesión 
hecha por los emires de Denia Mugéhid y Ali en 
favor del obispo de Barcelona y la actitud de los pre- 
lados de la Tarraconense, reunidos con motivo de la 
dedicación de la iglesia de Santa Cruz y de Santa 
Eulalia, no podían ser del agrado de la provincia ecle- 
siástica de Toledo, á la cual perteneció en tiempo de 
los vi^odos la diócesis de Denia. Es lo más probable 
que, en contraposición á las pretensiones del obispo 



(1) Conde, III, ^ó.— Fernández y González, Los Mudejares de Castilla, 
P. i.*, c. I. 

(2) Eodem vero anno quo supradicu victoria Cor dubas á Deo facta est, 
gentes qoas vu'go vocant muzmotos, venerunt ex África, et transierunt mare 

. Mediterraneum, et facto magno ingenio, ímpetu bellando práeoccupaverunt 
Sibilliam, et alias civitates munitas, et oppida in circuitu, et á longe, 'et 
habitavernnt in eis, et occiderunt nobiles ejus, et christianos quos vocabant 
muzárabes, et judeos, qui ibi erant ex antiqnis temporibas, et acceperunt sibi 
uxores eorum, et domos, et divitias. Quo tempore multa milliá militum et 
peditnm christianornm cum sno episcopo, et cum magna parte clericorura, 
qui fuerant de domo regis Hali et filii ejus Texufíni, transierunt mare, et 
▼enerunt Toletum (Cbronica %AdeJonsi Imperatoris). 



— 508 — 

de Barcelona en lo de Denia, habría un obispo de 
ésta, con residencia en Toledo, el cual hasta cabe se 
entendiera con los pocos muzárabes que en Denia y 
en su jurisdicción quedasen. Y que ese obispo de 
Denia residía en Toledo, pruébanlo sus posesionéis , 
enclavadas no lejos de la ciudad del Tajo. La rivalidad 
entre los arzobispos de Toledo y de Tarragona acerca 
de á cuál de las dos provincias había de pertenecer 
Valencia, se hizo muy patente al ser conquistada por 
ios cristianos (i). 



(i) El oirchivo, V, 20.— VII, 140. 



CAPÍTULO XIII 

Interregno Almorayide-Almohadb 

(1 1451 líl!) 



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ABEN SAO 
















11*7-1173 










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Aben S*J, -Lo» almohadn duafioi de V 


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reinado de Aben Sad, el rey Lobo de nues- 
tros cronistas, es, sin disputa, de los mil 
importantes, ahora se atienda á su lar^a 
duración, ya á los muchos sucesos que durante ¿I ocu- 
rrieron, ó también á la gran resonancia de esos mísrnM 
hechos. Bien merece, pues, nos detengamrw en su 
.estudio. De aquel tiempo hay una preciosa descripción 
geográfica de España, obra de Muhámad ben Muhá- 
mad, llamado también Xeríf ai íidrísf, ó el N'obís 
Edrisita, conocido, ademas, con el titulo de el >íiibi«avs. 
Para no alterar luego la relación de los %nctvA po!;?i- 
eos, comenzaremos este capitulo entresacando y i»r,4o 
á conocer lo que su libro encierra referen** á r, ,<r>íra 
comarca. 



J 



- 5 io - 

Huyendo de la persecución de Mahadrel Fatimita, 
se refugió el año 548 (mar. 1153-54) en la corte de 
Roger I el Conquistador (1130-1154), rey de Sicilia. 
Para corresponder, en parte, á la benévola acogida del 
monarca, le dedicó un libro titulado «Recreación del 
deseo, de la división de las regiones», y con otro nom- 
bre, «Libro de Roger». Hacíase en él la explicación de 
una esfera terrestre de plata que el príncipe había man- 
dado construir (1). 

Al Edrisi escribió su geografía por el estilo de 
Estrabón, añadiendo á cada uno de los climas su tabla 
de longitudes. Solían los geógrafos antiguos hacer la 
descripción del mundo dividiéndole en siete climas, y 
cada uno en secciones. El geógrafo árabe comienza á 
hablar de España en la primera sección del cuarto 
clima. Fija la situación del Ándalos, ó España, en el 
extremo occidental, y dice que le bañan el mar Tene- 
broso (Atlántico) y el de Xam ó de Siria (Medite- 
rráneo), que emana de aquél. Llámase asi el mar de 
Siria, por los árabes que con Balg fijaron su asiento 
en la región de Todmir ó Murcia. - 

En la costa del mar de Xam, después del clima 
Elbira (Granada), sigúese el país de Todmir, en el 
cual se alzan las ciudades Mursia, Aunóla, Cartghena, 
Lurca, Muía y Chinchilla. Dice que este país linda con 



(1) £1 primero en dar una versión latina fué el P. M. Enrique Flore?, en 
la España Sagrada, VIII, 54.— Conde le tradujo directamente del árabe, y 
publicó la traducción, con el texto original, en 1799.— Dosy et Goege han 
publicado otra versión en su Dtscripticn dé T Afrique et deV Espagne.— También 
se ha ocupado detenidamente de ese libro nuestro malogrado amigo D. Fran- 
cisco Pons y Boigues en la importante obra que con frecuencia se ha venido 
dtando. 



— S" — 

el de Cuenca, donde están Aunóla, ya nombrada 
antes, Elx, Le can t, Cuneca y Segura. Sigue el clima 
Argira ó Erguirá (i), donde se alzan Xateba, Xucra 
(Alcira) y Denia, habiendo en él muchos castillos. 
Pasa luego al clima Murbéter, donde se encuentran 
Valensia, Murbéter y Burriana, con muchas fortalezas. 
Dirigiéndose á lo interior ó hacia el norte (i), sigue 
el clima de Cásim, y en él están Alpont y Santa Maria 
de Aben Razim (3). 

Desde el país más septentrional, ó sea desde la 
caída del nahr Ebra hasta Rabeta Castaly, al occidente, 
hay 16 millas, y desde ella hasta el castillo de Penis- 
cola (hisn Beniskela), 6 millas. Es Peñiscola castillo 
fuerte, desde el cual se cuentan 7 millas hasta cumbre 
Abixat (¿Cbivert?); y hasta medina Burriana, al occi- 
dente, 25 millas. Desde Burriana hasta Murviedro se 
cuentan 20 millas. Hay en Murviedro, cercano al mar, 
muchas alquerías, edificios, arboledas bien cuidadas y 
aguas no mal repartidas. 

Desde Murviedro hasta Valencia, al /occidente, 12 
millas.. Medina Valencia es metrópoli de las de España, 
Está sobre rio corriente, cuyas aguas se aprovechan en 
el riego de sembrados, en sus jardines y en la frescura 
de sus huertas y casas de campo. Está edifícala en un 
llano y bien habitada. Viven aüí muchos comercian- 
tes y agricultores. Hay mercados, y es ! jfjar de pr'Ha 



(2) Lo» ir*x% tr.zziíz itvxztt t'-~ ivü^'/t «. *í Of. *:*•'./**> t*jr'>, ut 



y llegada de las naves- Está situada á tres millas del 
mar, al cual se llega siguiendo el curso del rio. 
Desde Valencia hasta Sarcusta (Zaragoza), 9 jomadas 
sobre Kenteda; desde Kenteda hasta hisn ar Riahin, 
2 jornadas, y desde hisn ai Riahin hasta Alcanit, 2 días. 

Desde Valencia hasta Gezira Xúcar, 18 millas. 
Alcira está sobre el río y tiene muchos árboles fruta- 
les. Desde Alcira hasta medina Xáteba, 12 millas. 
Játiba es ciudad hermosa, tiene alcazaba, se bate en 
ella mitkal hermosa y,acendrada (1), y se fabrica papel 
que no le había más precioso: por lo que se manda á 
oriente y occidente (2). Desde Játiba hasta Denia, 
hay 25 millas; desde Játiba hasta Valencia, 32; desde 
Valencia has^a Denia, por la costa, 65; desde Valencia 
hasta hisn Golira, 25, y desde; Cullera hasta Denia, 40. 
El castillo de Cullera está cercado del mar. Es castillo 
inaccesible, sobre la caída de nahr Xúcar. 

Al mediodía del castillo hay un gran monte redon- 
do, llamado Gebal Káum (mons Caon, él Mongó), 
desde el cual se descubre Gebal Yebisat (Ibiza). Desde 
Cuenca hasta Calaba (Jalance), 3 días. Este último. lugar 
está fortificado y construido sobre las laderas de mon- 
tes abundantes en pinos. Cortada la madera, se la lleva, 
por conducción fluvial, hasta Denia y Valencia. Por el 



(1) Según Codera, O. C, sección V, también entonces se acuñaban en 
Valencia, Denia y Murcia dinares con caracteres muy elegantes. 

(2) Hasta que Jaime I se apoderó de Játiba, se usó, para nuestros docu- 
mentos, el pergamino. Después, aún continuó mucho tiempo la importancia 
papelera de Játiba. Era su papel muy grueso y lustroso, por lo que se con- 
serva muy bien después de 600 años. £1 registro de las donaciones de Valen- 
cia, concluido en 1249, se escribió en papel, y es el primero qne se encuentra 
en el archivo de Barcelona (El Archivo, I, 373, nota). 



— si3 — 
rio de Jalance (Júcar), va á Alcira, y desde allí, hasta 
el castillo de Cultera, por donde baja al mar. Se la em- 
barca para Denia, donde se emplea en la fabricación 
de buques, ó para Valencia, para la construcción de 
casas (i). 

Denia es hermosa ciudad marítima, con un arrabal 
bien poblado. Está cercada de altas murallas, que se 
prolongan con mucho arte é inteligencia por la parte 
de oriente hasta el mar. Está defendida por fuerte alca- 
zaba. Rodéanla abundantes viñas é higuerales. Es puerto 
de mar muy frecuentado, y tiene astillero, donde se 



(i) Es indudable que el Júcar fué navegable en la antigüedad. Se cree que 
la vuelta que hace rodeando á Alcira, es artificial, y así aparece de reconoci- 
miento pericial en 1505. En la trova 193 de masen Fevrer (se ve qué desde 
¿ollera subían las naves hasta las inmediaciones de Játiba. Las presas para el 
riego y molinos han inutilitado en su mayor parte la navegación por el río. 
A 16 de junio de 1255 se concedió á Alcira que pudiese aprovechar el agua 
del río de los Ojos, ó sean las acequias de Alasquer y Masalavés; sin embargo, 
•en 16 de febrero de 1 271 se decretó lo necesario para que la navegación se 
conservase, esto es, que en cada presa hubiese un portillo, con su compuerta, 
de 25 palmos. En 1315 hubo necesidad de que Jaime II hiciese guardar las 
prescripciones de su abuelo. Cuando Pedro el Ceremonioso, en guerra con 
Pedro el Cruel, tuvo consejo, estando en Cuitara, acerca del plan de campa- 
ña qué debía seguirse, el parecer del infante D. Pedro fué que el rey debía 
levantar el campamento de Cullera y que el vizconde de Cardona, con las 17 
galeras, podía remontar el curso del Júcar y detenerse en Alcira (20 mayo de 
1364). De un privilegio de Fernando el Católico, expedido en Édja el 4 de 
diciembre de 1501, se deduce que la navegación fluvial había cesado. En 15 
de noviembre de 1393 Juan I concedió á Valencia autorización para tomar 
en Tous agua del Júcar; en 16 de enero de 1404 la otorgó Martín el Humano 
i la misma ciudad para que utilizase la acequia real de Alcira prolongándola 
desde Guadasuar, por Alginet, Sollana, Trullas, Alcaida, Torre de Romaní, 
Almusafes, Benifayó, Espioca, Silla, Picasent, Alcacer, Beniparrell y Al bal, 
hasta Catarroja. El privilegio para sacar aguas del Júcar, le alcanzó Cullera 
en 15 de junio de 1415, otorgado por Fernando el de Antequera; Sueca, en* 2 
de abril de 1484; Escalona, en 159?» y Carcagente, en 1654 (Historia de 
Cutiera, XVIII, — El Archivo, VII, 306-3 13). 

65 



— 5H — 
fabrican embarcaciones. Desde allí parten naves hasta 
las regiones más remotas de Oriente, y la flota, en 
tiempo de guerra. 

Desde Játiba hasta Bocairente (Bekirén), al occi- 
dente, 40 millas, y desde Denia hasta Alcant, por el 
mar, y al occidente, 70 millas. Alicante es ciudad 
pequeña, pero bastante poblada. Tiene un mercado 
y dos mezquitas (1), una mayor ó principal. El suelo 
produce abundantes frutas, y, con especialidad, le- 
gumbres, higos y uva. El esparto que allí crece se 
exporta á todos los paises marítimos. El castillo que 
defiende á esta ciudad es muy fuerte, y su ascensión, 
muy penosa. Es Alicante, no obstante su pequenez, 
sitio en que se construyen buques para el comercio y 
barcas. En sus inmediaciones está la isla llamada 
Eblanesa (isla Plana). Dista de la costa una milla, en- 
frente del río, y es puerto excelente y ensenada en que 
las naves tienen muy buen abrigo. 

Desde la punta an Nedhur hasta Alicante, 10 mi- 
llas. Desde Alicante hasta medina Elche, por tierra, 
una jornada corta. Desde Alicante hasta las emboca- 
duras Belx, 57 millas; y Belx, desde principios de sus 
bocas entran en él muchos ríos y naves. Y de Belx á 
Gezirath al Firén, una milla. 

Segura es como ciudad edificada por sus morado- 
res sobre la cumbre de un monte inaccesible; y es de 
fábrica buena y hermosa. De las laderas del monte 
salen dos ríos, uno de ellos es el de Córdoba, llamado 



(1) De una de ellas se hace mención en la Crónica de Jaime el Conquis- 
tador (Traducción de Flotats y BofaraU, capítulo CCLVHI). 



WTW 



— s*s — 

mhr al Kibir (el rio grande), y el otro, cuyo nombre 
es nahr al Abiad (el rio Blanco), va de la fuente del 
mediodía á Hosain al Fered, lu£go A hisn Muía, des- 
pués á Murcia, capital del pais de Todmir, en una lla- 
nura, á orillas del rio Blanco, y por último, después 
de pasar por Auriola, desemboca, por al Modwari en el 
mar. 

Hecha esta reseña geográfica, comencemos por 
averiguar la duración del reinado de Aben Sad y cu¿\l 
fué su verdadero nombre. La Numismática confirma 
loque dicen los autores árabes á quienes sigue Conde, 
ó sea que comenzó su emirato en 1 147 y acabó en 
1 172 (1), y que se llamó Abú Abdallah Muhámad 
ben Sad (2). Reconoció por Imam á Abíi Alnlalluh 
Muhámad el Muktafa, de los Abasidas (3). También 
cuenta entre sus antepasados á un Mardanis, Mardenis 
ó Merdénix. Lo cual ha dado lugar á la siguiente 
conjetura, no desprovista de fundamento: «Descono- 
cernos si realmente era cristiano bautizado, aunque 
es muy probable que lo fuese, el famoso rey don 



(1) Del año 542 (¡ao. 1147-may. 1148) aún aparecen moneda* <!« A\uñ 
Ayadh como emir de Morcía; 7 de Aben Sad, emir de Valencia y de Murcia, 
las hay desde el mismo 542 ha su 566 (sept, 1170-71) (Codera, »p, firtm, ')), 

(2) Eo an diñar se jo dei año 553 (11 58-59,, *n excelente eitjdtt d« ton- 
se lee en la 1.» irea: «So hay Dios sin ó Allab;— M«h';rrii §l 

de Alian. — Se adhiere i la cnerda de AíJah, el amir A bu Abdallab— 
Mnháraad bea £aad, ijtúclc A lab » £0 la i*. «Ei \mtm—K\tu Ab'l*,lj»h-« 
Mohimud al H< ai* Kainrí— AlUh, amír— de los cre/ent**, al Abb*',' t V 
est la leseada drca f ax: c£a d nombre de A/bh, el cíemente, el mmñvri* 
fm¿ araéyfo este dioax ea Hará*, *ño } J Í&J $ (O, C, f let^^n Vj, 
m tt i~t-mo fin. c, 40, p, KL \jy% *ece» teytt* mi* m*%mo 



'>& ::',y,4, **#* 04 (nte'h)< 




(3) Así se *e por rnmrfú» *sj*% * 
(O. C, ap. afeas, r 7 *> 






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-5ií- 

Lupo de la España, llamado Abo- Abdillah, hijo de 
Saad Aben Merdénix ó Aben Mardenis, general de los 
ejércitos de los hijos del emperador Alfonso VII, y 
que hasta su muerte, en 1172, conservó buena parte 
de los estados de Valencia y Murcia con independen- 
cia de los almohades; pero no es dudoso que perte- 
necía á una antigua familia española, ora se interprete 
su apellido, según pretende Aben Jalicán, por una voz 
latina de significado soez, ora por Aben Martinus, que 
es la explicación adoptada por D'Slare» (1). Se le 
conoce, igualmente, por Aben Lebón, Lupón, Lobo y 
Lope. Por más que uno de nuestros cronistas asegure 
que «á este rey Mahómad llamaron los cristianos el 
rey Lobo ó Lupón, aunque la causa dello no la den 
nuestros historiadores» (2), uno de éstos, posterior á 
aquel cronista, dice que es «en razón de su carácter 
emprendedor y valiente» (3). 

El historiador que da esta etimología, evidencia, 
con un documento sacado de los archivos de Genova, 
que en el año 1149, -dos después de la toma de Alnje- 
ria, Abu Aballah Muhámad ben Said ben Mordanisch, 
llamado Boabdil en aquel documento, «había llegado 
á ser rey de Valencia por una serie de vicisitudes cuya 



(1) El Archivo, V, 29. — De esta misma opinión del Sr. Fernández y 
González ts el Sr. Simonet, según el cual, Aba Abdallah Muhámad ben Sad 
ben Muhámad ben Ahraed ben Mardanix ó Mardonix, cuyo apellido equivale 
al español Martines era de origen cristiano, y «aunque, sin abjurar de la ley 
de Mahoma, en que había sido educado, conservaba el espíritu nacional here- 
dado de sus mayores, estrechando relaciones con los príncipes cristianos, 
coadyuvaba eficazmente á la restauración de España* (El Arclnvo % VI, 173)» 

(2) Escclano, III, 1.* 

(3) Gebhardt, t. III, p* 355. .- . 






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(i) Gc¿fejr£c, III, J47-J^ 
Lapo maihi por cf já<s : :é* es VLvtá&, V*a*sU* j v/k, 4* tvC**** 4* fe 



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* 1* 



— $17 — 

explicación no nos ha conservado la historia» (i). lín V 

el último capitulo se vio qué parte tuvo en el alza- 
miento general contra los almorávides y en los breves 
reinados de Merwán, Saifadola y Aben Ayadh, y cómo 
vino á suceder á éste. Aun en los tiempos de su 
decadencia, «pasaba lo más del tiempo en Valencia, y 
desde allí recorría sus estados y las ciudades de su 
señorío, que eran todas las de la costa del mar Medi- 
terráneo desde Tarragona hasta Cartagena al Ilalfe, y 
las fortalezas de Murbíter, Júcar (Alcira), Játiba, 
Denia, Lecant, Segura, Lorca y la ciudad de Murcia, 
con todas sus comarcas, y muchas villas en las fron- 
teras» (2). ¿Cómo, en medio de almorávides y de 
almohades, entre las pretensiones al emirato general 
por parte de Aben Hamdain y el avance de los reyes 
de Castilla y de Aragón, pudo conservar tantos estados 
y por tan laígo tiempo? La protección que esos mo- 
narcas le dispensaron hízole sostener en situación tan 
comprometida; cuando le faltó ese apoyo, se conjura 
ron contra él miembros ingratos de su propia familia, 
sus mismos subditos y los almohades, que sólo a*f 
hicieron venir al suelo la arriesgada obra del abuelo 
del último emir de Valencia. 

Á la muerte de Aben Ayadh, ocurrida, cuma ya 
se dijo, en día de giuma (viernes), 22 de raUU; i** An 
542 (21 ag. de 1 147), los de Valencia, cijrrif/lí';ri'Jo la 
última voluntad del difunto, proclamaron por emir al 



,'j 



t. 



- 5i8 - 

caudillo Aben Sád (i). En Murcia, donde quedó 
investido con el cargo de walí el naib de la misma Ali 
ben Obeidallah Abúl Hassán, así que llegó el nuevo 
emir proclamado ert Valencia, dicho waK le saludó ' 
con estas palabras: «Ya sabes, señor, que por tí entré 
en esta ciudad y por tí la he tenido: tuya es.» Aquel 
mismo día fué proclamado con gran solemnidad en 
Murcia el rey Lobo. Uno de los que le visitaron fué 
su suegro Aben Hamusek, señor de Segura, Era su naib 
en Valencia y le dejó por walí de Murcia, por tener en 
él gran confianza el Emir. Acabadas las fiestas de la 
proclamación, que fueron muy ruidosas, volvió á Va- 
lencia. Fué la proclamación de Aben Sad en Murcia el 
primer día de giumada i. a de 542 (29 sept. 1147 (2). 



(1) Así describe Escolano el comienzo de su reinado: «Como en África 
se entendió la rota y desastrada muerte de Ali ben Yiisuf, ai punto saludaron 
por rey á su hijo Brahim ben Ali, que, por la misma razón, comenzó i serlo 
de Valencia en dicho año de 1 1 15; mas los caudillos moros i quien su padre 
Ali había dejado encomendados los reinos y ciudades de España, se alzaron 
con ellos y se hicieron llamar reyes. Estaba por adelantado en Murcia un 
valiente moro por nombre M-haraete Aben Zihat, que había servido i los 
reyes almorávides padre y agüelo de Abrahim con mucho valor y fidelidad en 
las guerras del reino de Valencia, y, con la mudanza de nuevo rey, la hizo él 
de su condición y costumbres, y se alzó con los dos reinos de Valencia y 
Murcia el año n 17, ó, lo más largo, 11 18 (Escolado, III, 1 y 2).» Si á dichas 
fechas se añade treinta, se acierta en los años de la muerte de Ali y de la 
proclamación de Aben- Sad. Ibrahim fué hijo y sucesor, no de Ali, sino de 
Tcxufín, su hijo. Durante su reinado fué, con efecto, la sublevación de los 
muslimes de España, que procuraron restablecer, y en parte lograron, los 
llamados reinos de taifas. Como se ha visto, Aben Sad era, con efecto/ ade- 
lantado ó naib de Murcia. En 1140 se acuñaron ya monedas suyas en Murcia. 

(2) Conde, III, 40.— El señor de Segura, que también lo era de Jaén, 
Úbeda y Baeza, tenía por nombre Ibrahim ben Áhmed ben Mofrig,. y por 
apellido Aben Hamusek, ó Harauxco. Era capitán muy valeroso y, aunque 
de origen cristiano, nacido en el Islamismo. Estuvo durante mocho tiempo 
á las órdenes de Aben Sad (Simonet, 1. c). 



- S«9 - 

Por entonces daba. pruebas de gran valor y astucia 
política el que fué gobernador almoravide de Valendia 
desde 113 4 hasta 1139, cuando menos* Aben Gania, 
tío del walí que cedió el puesto á Merwán, estaba em- 
peñado en derribar del poder al emir Hamdain, émulo 
que había sido de Saifadola. No pudiendo Hamdain 
sostenerse en Córdoba contra Aben Gania, él y los 
suyos se recogieron a Andújar. Persiguiólos el caudillo 
almoravide y puso en gran aprieto la ciudad en que se 
habían refugiado. Cuando Hamdain se vio perdido, 
envió mensajeros al Emperador, diciéndole: «Aben 
Gania y su ejército- me tienen cercado; compadécete de 
mí según tu gran misericordia y acude á libertarme, 
que yo y mis parciales te serviremos con lealtad.» 
Alfonso llamó á uno de sus mejores capitanes, y le 
dijo: «Escoge de entre mis soldados aqueltos que mejor 
te parecieren, y corre á Andújar; conservad esta ciudad 
tú y Hamdain, que yo iré en pos dé tí.» Un lucido 
ejército castellano fué á Andújar, y fuera de ella sos- 
tuvo con Aben Gania muchos encuentros, en los que 
de uno y otro campo perecieron no pocos (1). 

Esto fué en la Era 1184 (1146). Como el Empe- 
rador prometiera, entró en Andalucía. Era tan pode- 
roso 5u ejército, que no pudiendo Aben Gania resis- 
tirle, tuvo que entregar las llaves de Córdoba el día 
último de jaban (12 febrero) (2). Saquearon los cris- 



(1) £1 autor 4 quien sigue Conde (III, 40), confunde el auxilio prestado i 
Hamdain, diciendo que se dio á Aben Gania. 

(2) También en el año ha de liaber equivocación al señalar el $41, pues 
resultaría la entrega de Córdoba. «2 d% febrero de 1147, cuando hay docu- 
mentos fehacientes que acreditan, fuá en 1146. Así, Castro escribe en la Cró- 



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— 520 — 

tianos una parte de la ciudad y su mezquita mayor. 
Quería Alfonso quedarse con aquella capital; pero Aben 
Gañía le convenció de que le convenia más la ciudad 
de Baeza, por caer más cerca de las fronteras de Tole- 
do (1). Aceptó el Emperador este partido, porque, 
venidos á España los almohades en muhárram de 540* 
(jun.-jul. 1 146), y dueños de Jerez, Medina-Sidonia y 
Sevilla, en la cual habían entrado en 12 de jaban (6 
enero), acordó retirarse para allegar gentes y oponerse 
con todo su poder á los almohades (2). 

Con la muerte de Ibrahim (24 marzo), Aben Gania 
se entregó en brazos del Emperador y le sirvió con 
lealtad. Era entonces Almería albergue de piratas, 
cuyas depredaciones se hacían sentir en las costas de 

nica del Rey de Castilla Don Sancho el Deseado, c. V: «Este ezerdto que for- 
maua el Emperador, era para conquistar la ciudad de Coria, que la ganó en 
este año, y después las de Baeza y Cordoua, donde auia estado untos siglos 
la corte de los sarrazenos, que desde aquí la passaron i Granada. Estas dos 
ciudades fueron ganadas en este año, antes del mes de Agosto, como consta, 
en un privilegio del mesmo Emperador, su fecha en Toledo en la Iofraoctaaa 
de la Assumpción de nuestra Señora, donde dize que le otorgó poco después 
que ganó á Cordoua, y hjzo su vasallo á Abingania, Príncipe de los Moabitas. 
El siguiente año de 1147 g*°ó ^ Emperador la ciudad de Almería....» — Y en 
carta de donación expedida en 19 de agosto de 1 1 50 en el monasterio de E si onza, 
se lee: «Post redditum fossati quo prsenominatus Imperator principem mauro- 
rum Abioganiam sibi vasallum fecit et quandam partem Cordubae depraedavit 
cum mezquita maiori... (Sandoval, Chrónica del ínclito Emperador, etc., LV.)» 

(1) Conde, 1. c. — Sobre la conquista de Baeza, dice don Rodrigo: «Mauri 
íncolas quia resistere non valuerunt, eius dominio se dederunt, et ei urbts 
prassidium dederunt, quod ipse incontinenti replevit bellatoribus et incolts 
christianis; et remanserunt mauri sub tributo (Parte Vil, cap, XI).»— Zuri- 
ta, II, 6. 

(2) Conde, 1. c— En los Anales Toledanos Primeros, se refiere de este 
modo la entrada de Aben Gania en Córdoba y su sumisión al Emperador: 
«El Rey Abengama sacó al Rey Aben Hamdín de Cordova en e4 mes de 
Febrero: después en el mes de Mayo prisó el Emperador á Córdova, é des- 
pués dióla á Abengama, Era MCLXXXIV.» 



— 5*1 — 

Siria, del Imperio Bizantino, Sicilia, Genova, Pisa, 
Francia, Cataluña, Portugal, Galicia y Asturias. El Em- 
perador envió el obispo de Oviedo, Arnaldo, al conde 
de Barcejona y á Guillermo, señor de Mompeller, 
rogándoles que para salvación de sus almas, acudiesen 
el día i.° de agosto á destruir aquel nido de piratas. 
Prometieron, con la república de Genova, que no 
harían falta en aquella empresa (i). 

En mayo comenzaron á moverse las huestes de las 
diferentes comarcas sometidas á Alfonso, á cuyo frente 
iban los más ilustres capitanes. A engrosar aquel ejér- 
cito acudió el rey de Navarra, García V. Vino de Francia, 
entre otros, el conde Guillermo VIII de Mompeller.Las 
naves de Barcelona, Genova y Pisa, mandadas por Ra- 
món Berenguer IV, fueron. á completar por el mar el 
cerco. Aben Gania, con sus almorávides y los descon- 
tentos de Murcia, entraron, en unión con el Empera- 
dor, en Andalucía, talaron los campos, robaron los gana- 
dos y se pusieron sobre Almería. «Venía por caudillo el 
Embalatur Aladfuns con infinita chusma de caballería y 
^ de infantería que cubría montes y llanos, y no les basta- 
ba para bebida toda el agua de fuentes y ríos, y para 
mantenimiento las yerbas y plantas de aquella tierra: 
temblaban y retumbaban los montes debajo de sus 
pies... Cercaron la ciudad por mar y tierra, que no podían 
entrar en ella sino águilas» (2). 



( 1) Chronica Adefonsi Imperatoris, 

(2) Conde, III, 41. — Algo más lejos vaa en la hipérbole los versos con 
que el autor de la Chronica Adefonsi Imperatoris da término i su precioso tra- 
bajo. Sólo de las huestes de la Extremadura de entonces, canta: 

Si coeli stelas, turbati vel marís uadas, 
Si pluvias guttas, caraporum necnon et herbas, 

66 



— 5 22 — 
¿Quién era el que en Almería desafiaba las iras de 
aquella coalición? No eran almorávides, que, con Aben 
Gariia, estaban en el campo sitiado*; tampoco los 
almohades, ni menos los vasallos de Hamdain. Era 
Yahya Aben Hud, familia que en España pretendía, a 
despecho de muslimes y cristianos, conservar el lustre 
de sus antepasados, y con igual objeto ponía en África 
en gran aprieto al califa Abdelmumen. *\lmeria des- 
pués de un cerco de tres meses, se rindió por avenen- 
cia á Alfonso el día 17 de octubre de 1147 (1), cuando 
ya había perdido en las salidas la flor de su caballería 
y cuando no quedaba en la ciudad quien la defendiese. 
En África, Muhámad Aben Hud, hijo de Abdallah 
Aben Hud, después de haber/ reducido los dominios 
de Adelmumen á solas las ciudades Marruecos y Fez, 
pereció en la batalla que sostuvo poco después del 
primer día de dilcada de 542 (24 abril 1148) (2). 



Ordine quis nosset, populum numerare valeret. 
Vina bibens multa largo cum pane suflulta, 
Ferré valet pondus, sestatis despícit sestus. 
Opperit hoc terram velut innumerata locusta, 
Coelum sí ve mare non suíTicít hoc satiare, 
Disrumpunt montes, exsiccant ordine fon tes, 
Quando consurgunt, coelorum lumina tollunt 
Gens fera, gens fortis, metuens non pecula mortis. 

(i) Esta es la fecha que da Sandoval, en el cap. LII de la Cbrónica del 
Ínclito Emperador don Alfonso VIL Si el sitio comenzó en i.° de agosto, 
según se lee en la crónica latina, y duró el sitio tres meses, como se ve en 
Conde, Almería se rindió en i.° de noviembre, fecha poco diferente de la 
consignada en el texto. Pero Conde, que consigna la duración del sitio, dice 
que terminó en fin del año 542 (21 mayo de 1148), lo cual mal se acomoda 
con aquella fecha,— -Zurita, 1. c— En los Anales Toledanos sólo se lee: «Pri- 
sieron Christianos Genueses Almerfa en el mes de Octubre, Era MCLXXXV.» 

(2) Conde, III, 41.— Fernández y González, Los Mudejares de Castilla, V, 



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— 523 — 

Aún siguió Aben Gania corriendo la tierra y sojuz- 
gando pueblos, para lo cual no vacilaba en respetar en 
sus empleos á los alcaides del bando de Hamdain. 
Todo era menester para contener á los almohades, 
que llegaron á establecer sitio sobre Córdoba. Se 
defendió con admirable tesón Aben Gania, pero tuvo 
que abandonar la capital, que no tardó en rendirse. 
Imploró el caudillo almoravide el auxilio de Al- 
fonso VII, y el rey de Castilla le envió alguna caba- 
llería con él conde D. Manrique (1). 

Relacionado con esto se lee en las adiciones y 
tabla del libro de Sandoval (2): «Deste año de la Era 
1 186 (1 148) no hay otra memoria en este libro mas 
que de un notable peligro en que se vio el Empera- 
dor, por trayción que Abengami, aquel valiente moro 
de Córdoba, le armó, deseando, por este medio, matar 
á tan señalado principe, ya que por otro no era pode- 
roso. Dize esta memoria: «dixo Abengama al Empe- 
rador que fué con él, é quel daríe Jaén, e quísolo 
prender á trayzón. E fué con el conde don Manrich, 
é prisieron lo allá, e otros ricos-ornes muchos con él 
á trayzón; mas después murió Abengama, é los que 
los guardavan, dieron los de mano al conde, é á todos 
los otros, Era 1186 (1148)...» (3). 

Receloso Aben Gania del Emperador, imploró el 
auxilio de los almohades, los cuales le persuadieron á 



(1) Conde, 111, 41 y 42. 

(2) Cap. LIV. 

(3) Y continúa Sandoval: cCon tanta brevedad díze un caso tan notable; 
ni hallo qué dezír, mis de lo que cada uno puede imaginar de lo que en esta 
maraña dd moro de Córdova huvo. V lo que $aco deUa, qae fué »u merecida 
muerte.» 






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— S*4 — 

que les cediera Córdoba, á fcambio del señorío de 
Jaén. Débil para la resistencia Aben Gania, apeló á la 
astucia. Prometió al Emperador entregarle la alcazaba 
de la capital. No pudo apoderarse de Alfonso mediante 
aquella traición, de la cual fueron víctimas el conde 
don Manrique y muchos otros ricos hombres. Se 
vieron libres de la prisión después de muerto aquel 
mismo año, cuando intentaba la alianza del almora- 
vide Al Maymún con los almohades (i). 

No había Ramón Berenguer IV descansado aún 
de la empresa de Almería, acabada con tanta prospe- 
ridad, y ya se preparaba para otra. Volvió el conde 
con la armada genovesa á la playa de Barcelona, 
y, como era tiempo de invierno, se detuvieron allí 
la mayor parte de los genoveses, y su armada pasó 
á Italia á prevenirse para el verano siguiente. Quería 
el esposo de doña Petronila ensanchar sus estados 
á costa de los muslimes y destruir otra guarida de los 
corsarios de occidente. El 29 de junio se hizo á la 
vela la armada de los aliados, desde Barcelona, y 
el i.° de julio llegó á la boca del Ebro. Por mar y por 
tierra se puso sitio á Tortosa. Prodigios de valor 
hicieron los sitiados; pero se vieron precisados á soli- 



(1) Fernández y González, Los Mudejares de Castilla, P. I, c. V. — Esta expli- 
cación desvanece las dudas que se manifiestan en las adiciones y. tabla del 
libro de Sandoval; que en el índice, cap. LVI, escribe: «La muerte deste 
Abengami fué, según la memoria referida, en la Era 1186 (1148), quando 
urdió aquella trayción en Jaén; si no es que se anticipó á dezirla, pudiendo 
aver sido la trayción aquel año, y la muerte del traydor, en éste; ó que, 
después de él muerto, el Emperador fué con su exército á tomarle la tierra y 
vengar la ofensa hecha á sus cavalleros; y, así, sucedió la batalla con los 
muzraitas.» Esta presunción está confirmada por los autores á quienes sigue 
Conde. 



- 5*5 — 

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citar una tregua de cuarenta dias al fin de los cuales, 
si no les acudía el socorro que. esperaban del emir 
de Valencia, rendirían la plaza, como así lo hicieron 
el Hía último del año 1148. Lérida y Fraga se entre- 
garon el 24 de octubre de 1 149; y á Mequinenza le cupo 
igual suerte en el mismo año (1). 

No entraba en el plan del principe de Barcelona 
terminar ahí su obra, cuando en dicho año 1149 
premió á don Guillen Ramón de Moneada sus buenos 
, servicios haciéndole merced de Peñíscola. «Puede pre- 
sumirse que la había ya conquistado, porque en la 
escritura de donación no se usa la fórmula de cos- 
tumbre indicando que el beneficio se otorgaba para 
cuando el objeto donado saliese del poder de los 
moros. En este caso, necesario será advertir que 
dicho castillo volvió más tarde al poder de los sarra- 
cenos» (2). 

En este mismo año, el emir de Valencia se 
declaró vasallo de Ramón Berenguer IV, y, en recono- 
cimiento de feudo y homenaje, le daba todos los 
años cierta cantidad en oro (3). Bien necesitaba Aben 
Sad el auxilio de dos vecinos tan poderosos como los 
reyes de Aragón y de Castilla; porque, de otro modo, 
imposible le hubiera sido resistir el empuje de los 
almorávides, quienes al valor de la barbarie nnhu 
el ardor del fanatismo. Xi el uno ni el otro aban do- 



(i) Znriu, ^Anales é¿ *A*Q£<m, JI, % y y —Ut <*to* fcteho* ó* Vtmbx 
Bereogoer IV, se kapl* «j ií* Aoait* T'jled*wK *K« p'*** 'Jvm*a, 
Era MCLXXXVL— Fue pr«» Jt*j$* • l*r>¿», • M^utw, J>r* M'XXX/VJi* 

(2) Historia de CttoUlét/r., y, #,. 

(3) Zorita, +Antúei dt lAtagxm, ¡1**7 



— $26, — 

naron al emir de Valencia, que de tanto provecho les 
era en aquellas circunstancias. 

«Entrado el año 545 (abr. 1 151-52), el rey Aladfuns de 
Toledo partió en ayuda de Aben Gania y de sus almorávides; y, 
aunque ya sabia su muerte, se declaró amparador de los de 
su bando, y no paró hasta que vino á los campos de Córdoba y 
cercó la ciudad; sus campeadores talaban la comarca y quemaban 
los pueblos, y robaban los ganados y mataban á los infelices 
moradores de Andalucía» (t). 

Dice Sandoval que el Emperador entró con pode- 
roso ejército en Andalucía y llegó hasta Córdoba, á la 
cual puso sitio, durante el cual murió el obispo de 
Burgos, dia de San Juan (24 de junio). Dice más: 
«que el 23 de julio pelearon en batalla campal junto á 
Córdoba los cristianos contra 30.000 almohades y 
otros moros andaluces, y que éstos fueron vencidos 
y rotos» (2). 

El avance simultáneo de los monarcas de Castilla 
y de Aragón podría algún dia ocasionar disensiones 
entre ambos reinos, las cuales convenía prevenir y 
evitar. Este fué uno de los puntos que trataron 
Alfonso Vil y Ramón Berenguer IV en la entrevista 
que tuvieron en Tudelín, cerca' de Aguas Caldas, 
en Navarra, el 27 de enero de 1151, Además de con- 
venir en el modo de hacer la guerra al rey de Navarra 
y en el repartimiento de los despojos, resolvieron qitó 
de las tierras que aún quedaban en poder de infieles, 
tocarían al principe de Aragón: Valencia, con toda 



. (1) Conde, III, 4a.— Fué el año lijo, según los Anales Toledano»: «Cercó el Emperador Cor- 
dova, Era MCLXXXVlIl.i 

(2) Chrónica del ínclito Emperador den •Alfonso Vil, c. LV. 



— 5^7 — 

la tierra que hay desde el Júcar hasta los límites del 
reino de Tortosa, y Denia y su señorío, con el mismo 
reconocimiento y homenaje que Sancho Ramírez y 
Pedro I hicieron por el rey de Navarra á Alfonso VI; 
y, además, la ciudad de Murcia y su reino, con excep- 
ción de los castillos Lorca y Vera, con sus términos, 
con condición de que el Emperador le ayudaría á 
la conquista y que el príncipe de Aragón y los suyos 
tuviesen á Murcia y su reino de la manera que tenían 
por Alfonso VII la ciudad de Zaragoza y su reino; 
pero si Ramón Berenguer conquistaba á Murcia sin 
auxilio del Emperador, la tendría con igual pacto que 
á Valencia (i). 

Influyera ó no este acto en el ánimo de Aben Sad, 
es lo cierto qu? al año siguiente, en fin de 1152, apa- 
rece ya el emir de Valencia como vasallo del rey de 
Aragón. Á estos tiempos atribuye la tradición un 
.suceso que tiene por comienzo unas negociaciones de 
paz entabladas por Aben Sad con el conde de Barce- 
lona (2). Lo cierto es que, en testimonio de autores 



(1) Zurita, II, 10.— Diago, VI, 20.— Sandoval (c. LVIII) escribe qne el 
convenio se celebró en fin de enero de la Era 1 190 (1152). El tino con que 
los dos primeros proceden, nos hace adoptar como verdadera la fecha qne 
ellos señalan. — En cambio, en \* Historia de don }dime > traducción de Flotáis 
y Bofarull, pág. 301-302, nota, se hace constar que el convenio se celebró 
seis días antes de las calendas de febrero del año 1150. — Téngase en cuenta 
que las fechas de los documentos comprendidos entre los días 25 de diciem- 
bre y 24 de marzo, se prestan á la mayor anfibología. 

(2) Lobo, rey moro de Valencia, llamó un día á Áhmed, hijo segundo 
del arráez de Carlet, y le encargó que fuese á ajustar un armisticio con Ramón 
Berenguer IV. Áhmed, seguido de cuatro caballeros, penetró en Cataluña. Al 
cruzar un espeso bosque, le sorprendió una tempestad. Á pesar del viento 
huracanado y del continuo retumbar del trueno y de uua lluvia torrencial, 
llega á sus oídos el rumor de un canto harmonioso. Aprovechando la des- 



— 5*8 — 

cristianos y árabes, poco después obraba Aben Sad 
secundando los planes de los monarcas de Aragón y 
de Castilla, declarado vasallo de Alfonso VII y de 
Ramón Berenguer IV. 

Por carta de donación que de unas casas deL emir 
Aben Razín hizo Alfonso VII, se ve que el día n de 
julio de '1151 estaban el Emperador y sus hijos 
Sancho y Fernando en Jaén esperando que las naves 



lumbradora é instantánea luz del relámpago, aquellas voces le atraen como el 
imán al hierro. Cuando menos lo esperaban los monjes de Poblé t, sorprén- 
deles la presencia de Áhmed. Conviértele el abad á la religión del Crucificado, 
y poco después, Bernardo, el que antes se llamara Áhmed, edificaba con su 
vida austera y santidad de costumbres á sus mismos compañeros de claustro. 
Muchas fueron las conversiones de los moros de la comarca, debidas al celo 
evangélico del nuevo apóstol de Cristo. Es pródigo de limosnas, y, sin em- 
bargo, los bienes de la comunidad van en aumento. Sus compañeros le aman, 
los pobres le bendicen, los que detestaron los errores del falso Profeta le 
miran como ángel de salvación, todos le admiran. E[ que con los extraños se 
porta como hermano, no había de tener en olvido ni podía mirar con indife- 
rencia la suerte eterna de sus hermanos. Anuncia al abad su propósito de 
visitar la casa paterna para anunciar allí el Evangelio, y el abad le predice su 
próxima muerte. Durante el tiempo que Bernardo estuvo ausente de su casa, 
su padre había bajado al sepulcro, y el primogénito había heredado la cuan- 
tiosa fortuna de sus mayores. Las dos hermanas, Zaida y Zoraida, reciben como 
los campos sedientos la lluvia, la celestial doctrina que su buen hermano les 
anuncia. Almanzor, en cambio, persiste tenaz en sus errores. Brama de coraje 
en presencia del cambio tfe fe de sus hermanos, y ellos, antes que ser vícti- 
mas de las amenazas que profiere Almanzor, abandonan el hogar paterno, 
pretenden ganar el Júcar, entrar en una barquilla, surcarle y vivir tranquilos 
profesando la nueva religión en los estados de Ramón Berenguer. Fué mayor 
que su fortuna la diligencia de Almanzor en alcanzarlos: degüella á María y 
Gracia, y Bernardo muere murmurando palabras de perdón con la frente atra- 
vesada por un clavo. (Víctor Balaguer, Contes espagnols, ed. París, 1889, pági- 
nas 145-149).— Hay que leer con prevención cuanto escriben los más de los 
novelistas históricos, que de ordinario tienen poco respeto á la verdad; y no 
es el escritor catalán quien menos peca de este mal. — Poco importa que en 
esta parte vaya de acuerdo con algunos de nuestros cronistas, afanosos de 
milagrerías, que tanto daño causan á la Religión, 



de Cataluña llegasen á Sevilla; y en el mismo docu- 
mento se confirma la victoria que aquel mismo año 
alcanzó de los almohades junto á Córdoba (i). 

Tampoco entonces faltó á su deber Ramón Be- 
renguer IV, En marzo de 1152 había vuelto á Zara- 
goza, después de haber ido, con su ejército, en 
socorro del rey de Valencia, que era s\i vasallo, 
contra los almohades, moros muy poderosos enemigos 
de Lobo (2). 

En el año 546 (abr. 115 1-52) vino á España Abu 
Hafs, y con él, Cid Abu Said, hijo del emir Abdelmu- 
men, con propósito de rescatar de manos de cristia- 
nos á Almería. Sitiáronla por mar y por tierra. Para 
impedir la salida á los sitiados y evitar¿ á la vez, que 
les llegase auxilio, Cid Abu Said mandó alzar una 
cerca en torno de los muros. Alfonso VII y su cuñado 
Ramón Berenguer no habían dé dejar que fácilmente 
se perdiera una plaza que tantos esfuerzos les había 
costado conquistar. El primero envió- en auxilio de la 
plaza á su vasallo Aben Sad con otros capitanes, y 
alzaron otra cerca con que dejaron encerrados á los 
mismos almohades. Todos los dias se trababan san- 
grientas escaramuzas, en que los de la plaza, los almo- 



(i) Facta carta quando Imperator iacebat su per Jaén expectante ñau 

Francorum, quae debebant venirc ad Siviliam. Era M.C.LXXXIUj. quinto 
Idus Julii. Et eodem auno quo Imperator puguavit in lilis Mutmitis super 
Cordubam et divicit eos, (Los Mudejares de Castilla, p. 302).— Por los Anales 
Toledanos se ve que Alfonso VII estaba en Jaén el año 1151, y en Gua- 
dix, el 1152. 

(») • Zurita, ^Anales de *Aragón, II, n. — El vasallaje con Ramón Beren- 
guer IV y con Alfonso VII le tuvo Aben Sad hasta la muerte de aquellos 
monarcas. En escritura otorgada enPaletítia en 11 56, confirman con título 
vasalli lmperatorisy entre otros» Rfix Murciíe (España Sagrada, XXII). 

en 



— 530 — 
hades y las tropas que acaudillaba el emir de Valencia 
realizaban insignes proezas. Los de Aben Sad se con- 
vencieron de que el hijo de Abdelmumen no alzaba el 
sitio, y se retiraron (i). 

En otro libro se lee que Aben Sad, «dotado de 
actividad infatigable, restituyó á la obediencia la ciu- 
dad de Almería, que se había perdido en 1152, ponién- 
dola bajo la autoridad de un sobrino suyo» (2), Según 
esto, Almería, ganada en 1147, se perdió en 11 52; se 
ganó poco después, y volvió á perderse en 1157. Del 
sobrino á quien confió la custodia de Almería, dice 
más adelante el mismo autor, que engañó á Aben Sad; 
lo cual, unido á la traición de Amusek, el suegro, y á 
la falta de apoyo de Aragón, causó la caída del famoso 
emir de Valencia. 

Aprovechando el descanso en que, al parectr, que- 
daron por espacio de algunos años las armas de Aben 
Sad, daremos una ojeada al movimiento literario de 
nuestro país en aquel tiempo. 

El año 543 (may. 1148-49) murió en Marruecos 
un hijo de la culta Játiba, nacido el 464 (septiembre 
1071-72). Abbad ben Sarhán, que asi se llamaba, 
estudió en su país natal, siendo aleccionado por los 
Mofawaz y otros. Pasó á Oriente, residiendo algún 
tiempo en la Meca y en Bagdad, y, al regreso, fijó su 
asiento en Córdoba. Se dedicó á la enseñanza y sacó 
discípulo tan aprovechado como Aben Pascual, á quien 
autorizó para difundir sus lecciones (3). 



(1) Conde, III, 43. 

(2) Fernández y González, Los Mudejares de Castilla, VI. 

(3) Se le atribuye un Fihrist y algunos otros libros (Pons, biogr. núra. 173). 



— S3i — 

No podia Denia dejar* de tener representación en 
periodo de tanto florecimiento literario. Omeva ben 
Abdeláziz, nacido el año 1067, fué médico notable, 
filósofo, matemático, astrónomo, poeta y hasta músico, 
ya que tocaba con admirable destreza el laúd. Fué 
preso en Egipto, á donde se había trasladado en 1095, 
y en la cárcel, por el año 11 n, escribió su T(isala. 
Obligado á abandonar la capital, Alejandría, se esta- 
bleció en Mahadia (Magreb), y el soberano, Ali ben 
Yahya ben Temim, le acogió con benevolencia, y 
hasta su muerte, ocurrida en 1151, le colmó de 
honores (1). 

Falleció por entonces, año 546 (abr. 115 1-52), 
Aben ad Dabag. En su país ejerció por algún tiempo 
el ministerio de la predicación. Vivió en Murcia, y fué 
considerado como el «término y coronamiento de los 
tradicioneros de España» (2). 

El día 4 de enero de n 53 murió en Liria, su 
patria, Muhámad ben Bahr ben Aasi el Ansari, á los 
84 años- Fué jeke de Liria, y á la entrada del Cid en 
Valencia, huyó á Jaén; donde permaneció por espacio 
de siete años. Se dedicó, bajo la dirección de Abu 
Hegag al Kefiz y de Merwán Aben Zerag, á las letras. 
Volvió á Valencia en 1 102, ó sea cuando la recobra- 
ron los almorávides, y fué en ella mocrí ó lector de 
la mezquita mayor ó aljama. Se retiró á Liria, donde 
murió á la hora del alba del domingo y se le enterró 



(1) Pons, biogr. núra. 159.' 

(2) Entre las producciones que se le atribuyen merecen citarse: un Fihrist; 
«Obscuridades y vaguedades»; «Clases de tradicioneros»; «Clases de los princi- 
pales jurisconsultos» y «Nombres de los Hafices» (Pons, biogr. núm* 176). 



en aquella población, en lá macbora de Beni Zenún 
(Benisanó) (i). 

Son dignos de mención dos poetas notables: Abu 
Giafar Áhmed ben Ibrahim ben Salam, el Mohaferí, 
de Játiba, que murió el año 550 (mar. 1 1 5 5-feb. 1 1$6), 
y Abu Muhámad Abdallah ben Obaid ar Rhomán ben 
Higiarf, también Mohaferí, de Valencia, que falleció 
el 551 (feb. 1156-57) (2). 

Hijo de Abdeláziz y nieto de Abu'l Hassán Muhá- 
mad, el cadi puesto en 1 102 en Valencia por los almo- 
rávides, fué Muhámad, que, por su virtud y saber, gozó' 
envidiable fama en su tiempo. Fué cadi de Cocentaina 
y de algunas otras poblaciones, y murió en Bairén 
(junto á Gandía) el año 553 (feb. 1158-en. 11 59) (3). 

Tuvo un- hijo del mismo nombre, y su extremada 
hombría de bien le hacía mirar con horror el desem- 
peño de todo cargo público. Síi instrucción nada 
común en las ciencias coránicas, le elevó á maestro de 
la mezquita de Hisn Bala, en Valencia. Consagraba los 
ratos de ocioá trabajos caligráficos y al dorado de 
libros, ocupaciones de mucha estima entre los árabes y 
en las cuales sobresalió (4). ' 

Ornar, otro hijo del cadi de Valencia en 1102, fué 
sabio jurisconsulto, mufti de gran autoridad, honrado, 
modesto y exacto en ei cumplimiento de sus deberes 
religiosos; y tan amigo del retiro, que huía, no sólo de 



(1) 'Escribió una obra muy crítica sobre las variantes del Corán (Con- 
de, III, 22.-— Malo de Molina, p. 132, nota 2). 

(2) Casirj, Toetarum..., núms. 20 y ai. 

(3) Ei jircUvo, IV, 87-88. 

(4) El %Ar chivo 1 1. c. 



— 533 — 
las vanidades de la corte-, sino también del trato de 
las gentes. Fué uno de los primeros magistrados de 
Valencia y desempeñó eLcadiazgo de Denia. Nacido 
el 476 (may. 1083-84), murió en 557 (diciembre 
1 161-62) (1). 

Y ya que de los Beni Guáchib tratamos, aun 
cuando sea saliendo del periodo que historiamos, 
mencionaremos á otros dos individuos de esa famosa 
familia. El uno, conocido sólo por Guáchib, fué cadi 
de algunos distritos de Valencia, y el otro, Áhmed 
Abu '1 Kattab, es muchas veces citado, y con respeto, 
por Aben al Abbar, el célebre ministro y gloria de 
historiadores, discípulo del uno y del otro (2). 

Muhámad ben Abdallah, oriundo de Cuenca, vivió 
en Játiba y se distinguió por su competencia en 
historia. Fué su muerte en el año 558 (dic. 1162- 
nov. 1 163) (3). 

Al año siguiente, 559 (nov. 1163-64), Aben al 
Kazaz acabó sus dias en Valencia. Durante algún 
tiempo residió en Liria, y en sus últimos años fué 
cadi de Segorbe (4). 

En el mismo año falleció Abu Amir, insigne y 
erudito historiador, el cual permaneció largo tiempo 
en Murcia (5). 



(1) Ibtáera. 

(2) Ibídem. 

(3) Escribió una «Compilación sobre los sabios españoles,» continuación 
de la obra de Aben Pascual (Pons, biogr. núm. 184). 

(4) Pons, p4g. 406. 

(5) Sus producciones fueron: 1. Margaritas de los collares y esplendores 
de las utilidades.— 2. Libro de las perlas ordenadas y de los brazaletes sella- 
dos.— Y 3. La curación ó el remedio (Pons, biogr.- núm. 187). 

\ 



— 534 - 

Por último, Aben an Nimat murió en ramadhán 
del año 567 (abr.-may. 1172). Aunque nacido en 
Almería, habitó casi siempre en Valencia. Sobresalió 
en la ciencia del derecho, en la interpretación del 
Corán, en gramática y en la biografía de musulmanes 
más notables. Fué considerado como el más aventa- 
jado sabio de la región de levante (1). 

Bien lejos de ceder Aben Sad al empuje de los 
almohades, no se contentaba con tenerlos á raya, sino 
que, aprovechando sus descuidos, procuraba ensan- 
char por Andalucía sus estados de Valencia y Murcia. 
El ejército de los almohades corrió á tierra de Gra- 
nada, y Ali, príncipe de los almorávides, huyó de ella 
y se refugió en Almuñécar. Se entregó por avenen- 
cia el año 551 (feb. 1156-57). Apenas habían salido 
las tropas, alborotado el populacho, merced á las ins- 
tigaciones del emir de Valencia, degolló parte m de la 
guarnición con su wali. Aben Sad se hizo dueño de 
Granada con auxilio de los cristianos de su suegro 
Aben Hamuseck, señor de Segura y wali de Murcia (2). 

Abdelmumen tomó á empeño recobrar á Gra- 
nada, y así lo significó á su hijo Cid Abu Said. Éste, 
venido el año 552 (feb. 1157-58), apretó tanto el cerco 
á aquella ciudad, que la obligó á rendirse, si bien ase- 
gurando á los cristianos que la guarnecían el paso á 
sus tierras. El ejército almohade, reforzado con el de 



(1) Soq sus obras: i. Una exposición del Corán, en varios tomos.— 2, 
Comentario á una obra del Nisaf, en diez tomos. — Y 3. Un Barnamech, ó 
catálogo de las biografías de sus maestros (Pons, biogr. mira. 192). 

(2) En Los Mudejares se dice «que arrojó á los almohades de Jaén y faci- 
litó la entrada de su suegro Aben Homoxq en Granada (P. I, c. VI). > 



— 535 — 

Cid Yúsuf, otro hijo de Abdelmumen, y el del caudillo 
Otmán, habia entrado en la vega de Granada. También- 
del Algarbe hablan acudido más tropas á reforzar 
las huestes africanas, y se puso cerco á la ciudad. 
Aben Sad, Hamusek y los auxiliares castellanos se 
defendieron bastante tiempo; y después de muchos 
combates y continuos asaltos,, fué entrada por fuerza, 
muriendo los cristianos y el conde que los acaudillaba. 
El emir de Valencia y su suegro escaparon a uña 
de caballo, librándose asi de una muerte segura. Los 
pocos almorávides que aún quedaban en Andalucía, 
al verlo todo perdido, se pasaron á las Baleares, de 
las cuales eran dueños (i). 

Con arreglo al convenio de repartición de tierras 
convenido en 1151 entre los monarcas de Castilla 
y de Aragón, Ramón Berenguer IV y doña Petronila, 
su esposa, podían disponer del castillo de Cullera. 
Por esto, no degenerando de sus antepasados en 
religiosidad, daban en 1157 á Dios Todopoderoso, 
á la orden de San Juan del Hospital de Jerusalén y á 
su reverendo maestre, entre otras cosas, el castillo de 
Cullera ó el de Cervera, con todos sus territorios 
y pertenencias, tan prorito como cayesen en poder 
de dichos monarcas ó de sus sucesores. Y, como la 
intención que presidía á esta liberalidad no podía ser 
más santa, puesto que se hacía para mayor honra 
y gloria de Dios, en sufragio de las almas de sus 
progenitores, para exaltación de la Iglesia, propagación 
de la fe y devoción de la Trinidad Beatísima, confusión 



(1) Conde, III, 44. 



— 536- 
y destrucción de los infieles, invocaban la ira del cielo 
contra toda persona, eclesiástica ó seglar, que en poco 
6 en mucho intentase anular la donación, la cual 
persona habría de quedar fuera de la comunión cris- 
tiana mientras, condignamente no satisficiera. Este 
acto se celebró en el castillo de Estopañán (i). El prin- 
cipe de Aragón habla ganado en 24 de agosto de 11 53 
el castillo de Miravet, frontero con nuestro reino (2). 
Para contener á los almohades entró el Emperador 
. en Andalucía acompañado de su hijo don Sancho. 
Sintióse enfermo Alfonso, y al volver á sus estados, 
después de confiar al hijo el cuidado de la guerra, 
le asaltó la muerte el 21 de agosto de 1 157. La confe- 
deración de Tudelín y el repartimiento de tierras de la 
conquista se había renovado el año antes, todo ello 
confirmado por Sancho y Fernando, hijos de Al- 
fonso, en abril del mismo año 1 1 57. Cuando murió 
Alfonso, su hijo don Sancho, que había quedado en 
guarda de Baeza, Andújar y Quesada, estaba poniendo 
sitio á Murcia, sin que se sepa la causa. En febrero 
de 1 1 $8 se renovó la confederación entre Sancho el 
Deseado y Ramón Berenguer IV. De ahí que el prín- 
cipe de Aragón acudiera en auxilio de Sancho el 
Deseado recién muerto su padre. En 11 59, Lobo, el 
rey moro de Murcia, se declaró vasallo del conde de 
Barcelona, y, en reconocimiento de señorío, le daba 
cada año cierta cantidad de maravedises mayores en 
oro. El poderío de Ramón Berenguer IV había llegado 



(1) HisL de Culkra, IX. 

(2) Zurita, II, 14. 



— 537 — 

á ser tan grande, que no sólo Aben Sad, sino que 
también otros revés moros sus comarcanos le eran 
tributarios. Mientras el emir de Valencia contó con 
la protección de los príncipes cristianos, pudo soste- 
nerse contra los almohades. Yendo el .príncipe de 
Aragón hacia Turín, murió en la aldea de San Dalma- 
cio el 6 de agosto dé 1162. En manos de dos niños 
los cetros de Aragón y de Castilla, Aben Sad rompió 
el vasallaje que con el primero tenía, dejando desde 
entonces de pagar á Alfonso II las parias que á su 
padre daba; y la antes feliz estrella del emir de Valen- 
cia se eclipsa. Asi lo prueban las batallas de As Sabi- 
ca, Übeda y Agelab que contra los almohades sos- 
tuvo (1). 

Se propuso recobrar á Granada. Con numerosas 
fuerzas de caballería é infantería recogidas en Jaén, 
Guadix, Almuñécar y las Alpujarras, acaudilladas por 
su suegro Ibrahim ben Áhmed Hamusek, señor de 
.Segura y de Jaén, por un hijo de éste, Abu Ishak, y 
por Áhmed Abu Giafar, hijo de Abderrahmán el Oskí, 
esforzado alcaide éste y wali que había sido* de las 
fronteras) de Murcia, Granada y Jaén, se acercó Aben 
Sad á Granada. Los almohades le salieron al encuen- 
tro. Ordenadas con la mayor destreza las haces de uno 
y de otro campo, dióse una de las batallas más san- 
grientas que se registran en los anales de la historia. 
La caballería del emir de Valencia realizó prodigios 
de valor, pero los más de sus soldados no lograron 



(1) Zurita, 17 y 19. — Castro, Coránica del Rey di Castilla Don Sancho el 
Deseado, c. XV. 

68 



-S38- 

otro resultado que sucumbir con gloria. Tampoco, sin 
pérdidas numerosas y sensibles, alcanzaron el triunfo 
los almohades. Tantos fueron los muertos de uno y 
otro ejército, que verdaderos arroyos de sangre brota- 
ban de los montones de cadáveres: por lo que aquella 
funesta jornada para el Islam, fué bautizada con el 
título de As Sabicat, ó de la efusión de Sangre. Fugitivas, 
mermadas y en desorden, se refugiaron en las sierras 
aquella tristisima noche del jueves, 28 de régeb -de 
557 ( x 3 J u ^° de IX ^), las tropas de Aben Sad. Ha- 
musek huyó á Jaén, njas no se detuvo allí, sino que, 
dejando confiada la custodia de esta ciudad, bien for- 
tificada, al caudillo Áhmed Abu Giafar, se retiró á 
Murcia, cuyo gobierno desempeñaba. 

Poco diferente de esta relación es la de otro autor. 
Aben Sad se puso, de acuerdo con los muzárabes y 
judíos de Granada, igualmente descontentos de los 
almohades. Para atacar á la guarnición africana, refu- 
• giada en la Alcazaba Cadina, ó Antigua, situada al 
lado opuesto del río Darro, Aben Sad, con numerosa 
hueste ' de castellanos, navarros, catalanes y moros, 
ocupó las alturas llamadas entonces de la Xarea, situa- 
das sobre la parte superior de dicha Alcazaba y del 
Albaicín. Por la circunstancia de haber ocupado dicha 
loma el emir valenciano, se llamó, hasta el siglo xii 
Alcudia de Aben Sad, y con más frecuencia de Aben 
Marddnix. Hoy se llama Cerro de San Cristóbal. El vale- 
roso caudillo muladí Aben Hamusek, señor de Jaén, 
Úbeda y Baeza, se había fortificado y acampaba en la 
Alcazaba Alhamrá ó Roja, y en la vecina explanada y 
loma de la Sabica, con 2.000 caballeros cristianos y 



A 



»T: 



— 539 — 

t 

muchos peones moros. Distinguíanse entre los caba- 
lleros cristianos un nieto de Alvar Fáñez llamado 
Alvar "Rodríguez, célebre ya en la toma de Almería 
en 1147, Armengol, conde de Urgel, y su hermano 
Galcerán. 

Mientras Hamusek disparaba desde la Alhamrá sus 
catapultas ó almajaneques contra los almohades refu- 
giados en la Alcazaba opuesta, Aben Sad los acosaba 
desde el cerro de San Cristóbal. Sobrevino entonces 
el ejército venido de África en auxilio de los apurados 
almohades, y en el campo de la Sabica se decidió al 
rayar el alba del 13 de julio la suerte de esta em- 
presa. 

Se cogió de sorpresa á los caballeros cristianos, y 
á muchos de ellos los precipitaron los almohades en 
el río Darro, cuyo cauce es profundo al pie de aquellas 
alturas. Entre los que asi perecieron, se nombra al 
nieto de Alvar Fáñez y á otro castellano notable 
llamado Pedro García. Aben Sad y Aben Hamusek 
huyeron con el resto de sus escuadrones. Los almo- 
hades se juzgaron vengados de una terrible derrota 
que pocos días antes les había hecho experimentar 
Hamusek en la vega de Granada. 

Este fué el último^esfuerzo que el espíritu nacio- 
nal inspiró á los muzárabes y muslimes andaluces de 
aquellos tiempos (1). 

Quisieron los vencidos tomar el desquite, y su- 



(1) Dozy, Rechercbes, 3.» edición, I, 365-367 y 375; Hist. dts mus. d'Es- 
pagne, 1. II, c. 12. — El Archivo, VI, 167-1 76. —En los Anales Toledanos se 
lee: t Lidió el Rey Lop con los revellados en Granada, e mataron 4 Pedro 
García la Lacian, Era MCC.» 



— 54» — ■ 

frieron un nuevo y mayor descalabro. Para salir Aben 
Sad airoso en la empresa, dirigió un llamamiento á 
sus partidarios % De las Alpujarras acudió mucha gente 
á la campiña de Córdoba y llanos de Übeda; lo propio 
hicieron muchos caballeros de Guadix y de otras ciu- 
dades. Se pidió, como de costumbre, auxilio de cris- 
tianos, y no les hizo falta. Tampoco se descuidaron 
en prevenirse los almohades. Al encontrarse los dos 
ejércitos enemigos, se lanzaron como tigres y rabiosos 
leones á la pelea. Aben Sad y los cristianos sus auxilia- 
res fueron rotos con grave matanza. Dióse la batalla 
el domingo, 12 de xawal de 557 (24 sept. de 1162). 

Pocos meses más tarde (14 mayo 1163) murió 
en África el emir Abdelmumen, después de haber 
puesto bajo su dominio á Almería, Ébora, Béjar¿ 
Baeza, Badajoz, Córdoba, Granada y Jaén. Esta últi- 
ma, después del triunfo último alcanzado sobre Aben 
Sad y sus aliados. Le sucedió en el imperio su hijo 
Yúsuf Abu Jacúb, cuyo feinado se prolongó seis 
años después de la muerte de Aben Sad. 

Dos años tardó aún Yúsuf en ser proclamado 
emir al Muminín* y en ese tiempo permanecieron en 
sosiego las armas del emir de Valencia y "de Murcia. 
A otra causa que al advenimiento de nuevo emir en 
África se atribuye el reposo en que por ese tiempo 
quedaron las armas de Aben Sad. Dice una llamada 
tradición que el emir de Valencia tenía de su esposa 
Sobeiha (¿\urora), hija de Hamusek, una niña de 
singular hermosura, llamada Zaida (Dichosa). El cau- 
dillo almohade Cid Abu Said tuvo noticia de la belleza 
de Zaida; y, aunque sólo contaba diez años, quedó, 



— 54* — 

por lo que de sus gracias pregonaba la fama, alta- 
mente prendado el hijo de Abdelmumen. Anduvo 
con Ibrahim, el suegro de Aben Sad, en tratos de 
acomodo mediante su casamiento con la princesa 
valenciana. El señor de Segura y wali de Murcia, pre- 
viendo el desenlace fatal de aquella guerra entabló 
negociaciones de paz con aquellos á quienes sonreía 
la fortuna.. Dormido en esta esperanza, no puso el 
cuidado necesario para conservar las plazas fronterizas 
ni en disputar el paso al enemigo, que con toda 
impunidad logró correrse hasta las inmediaciones de 
Murcia (i). 

Aben Sad, que siempre se negó al casamiento de 
su hija con el africano Cid Abu Said^ voló al socorro 
•del suegro, que aún seguía embobado con el acari- 
ciado matrimonio de su nieta Zaida. Pidió el emir de 
Valencia auxilio á los cristianos, y 13.000 de ellos 
acudieron á engrosar sus filas. Al apuntar el alba del 
sábado 8 de.dilagia del año 560 (15 oct. 1165), avis- 
táronse los dos ejércitos en un espacioso y ameno 
campo de las inmediaciones de Murcia donde cada 
año se celebraban concurridas ferias: de ahí que la 
batalla que vamos narrando se llamase de al Gclab. 
Venidos á las manos, era tal el horrísono estruendo 
de voces y alaridos que los combatientes lanzaban, 
que á algunas leguas de distancia percibíase el rumor 
de la pelea. Quedaron cubiertos de cadáveres la llanura 
teatro del reñido combate y los campos vecinos. 
También los de Aben Sad fueron vencidos, y pocos 



(1) Bibl. Encidop. Popular ílustr. —Tradiciones di Valencia, p. 192. 



— 54* — 

de sus auxiliares escaparon al furor de las armas ene- 
migas. El afortunado caudillo de los almohades, Cid 
Abu Said, se apresuró á escribir á su hermano el emir 
Yúsuf Abu Yacúb, esta memorable batalla. «Es fama 
que algunos días después de la pelea, se oían en aquel 
campo alaridos y estruendo de batalla, y por esta razón 
se llamó desde entonces Fohios Agelab» (i). 

En prueba de la enemistad que había entonces 
entre Aben Sad y Alfonso II, cuando apenas había éste 
empuñado las riendas del poder, está el hecho elocuente 
de que tropas catalanas tomaron parte á favor de los 
almohades en la batalla que se acaba de referir. Escribe 
Zurita: «En este mismo año (1165) parece en memo- 
rias antiguas, que fué muerto un capitán principal 
catalán, y muchos cavalleros con él, porlos moros, en- 
una entrada que hicieron por el reyno de Murcia, 
y llamábase Guillen" Despugnolo: y fué la batalla á 
quinze del mes de Octubre» (2). 

Atribuyó el emir de Valencia á flojedad en el 
suegro la derrota, y no pudiendo contener el enojo, 
para con más intensidad herir al suegro en la fibra más 
sensible del corazón, le devolvió Zobeiha, «como hija 
de un caudillo cobarde.» Trató, además, muy mal 
al Oski, que se retiró á Málaga, y de allí á Marruecos 
para con más libertad seguir el bando almohade. 
También Hamusek, como no podía .menos, se apartó 
de la obediencia al yerno. Ya fuese que la razón 
de Estado entrara en los cálculos de Aben Sad, ya que 



(1) Conde, III, 47. 

(2) Zurita, II, 25. 



— S43 — 
renaciera el tierno amor que en todo tiempo sintió 
hacia su esposa, volvió á recibirla, trató de renovar la 
amistad con Hamusek y hasta escribió al Oskí ofre- 
ciéndole los más altos cargos. Estrechó su alianza con 
Alfonso VIII, y de castellanos era la guarnición que 
en Valencia tenía. 

La presencia de los cristianos en Valencia era causa 
de gran disgusto en los muslimes, quienes, por no 
estar en contacto con los castellanos, salíanse á morar 
en los campos y pueblos circunvecinos. Esto ocurrió 
entre los años 561 y 564 (nov. 1165-oct. 1168) (1). 

La protección que mutuamente se 'prestaban en 
determinadas ocasiones muslimes y cristianos tendía 
más bien á salvar dificultades del momento, la propia 
conservación cuando estaba amenazada de peligro real 
ó imaginario, que crear un estado de cosas contrario 
al fin últilmo que unos y otros perseguían. Aben Sad 
se amparaba de los cristianos, porque, en otro caso, su 
ruina hubiera sido tan cierta como inmediata. El 
auxilio que los cristianos le dispensaron tuvo por único 
objeto entorpecer, si no impedir, el avance de los 



(1) Conde, III, 47 y 48.— En esa llamada tradición, que mis bien reviste 
los caracteres de novela del género histórico, se lee: «Aquel pueblo, voluble 
como ninguno, sentíase aherrojado por la mano del rey, dispuesto siempre á 
salir al encuentro de los almohades, cuya dominación apetecían las masas, 
para librarse de la presencia de las tropas castellanas auxiliares de Aben Sad, 
sin las cuales fuérale imposible resistir la invasión africana, acaudillada por el 
príncipe Said, obstinado en penetrar en los estados de Valencia.» En estas 
apreciaciones acerca de los hechos en cuestión, la tradición supuesta tiene, en 
este caso concreto, más de historia que de novela. — De la buena amistad que 
el emir de Valencia mantenía con Alfonso VIII, dan también testimonio los 
Anales Toledanos, pues dicen: «Entró el Rey Lop en Toledo, Era MCCV 
(1 167).» 




— 544 — 

almohades, que, pujantes, como sesenta años antes los 
almorávides, amenazaban reducir á la nada la obra 
iniciada en las venerandas crestas del Pirineo. De ahi 
que los príncipes cristianos de España, cuando el trono 
de Aben Sad se bamboleaba, no obstante la innegable 
utilidad que de él habían reportado, en vez de acudir á 
sostenerle, afirmarle y cimentarle, no parece sino que 
les faltaba tiempo para repartirse los despojos de un 
manto pronto á rasgarse. Perfecto derecho les asistía á 
recoger una herencia que se perdió en 711, porque 
á Dios, para castigo de la corrupción española, así 
le plugo. 

Alfonso II 'de Aragón, llamado el Casto, por la 
severidad de sus costumbres, cuando apenas contaba 19 
años de edad y estaría sentado en el trono unos 7,. 
ó sea desde la muerte de su padre, Ramón Beren- 
guer IV, ocurrida en 6 de agosto de 1162; dio en 1169 
á los caballeros del Temple los castillos Chivert y 
Oropesa (Castellón), para cuando él ó sus suceso- 
res los ganasen á los moros. Fué admitida la donación 
por el. procurador de la orden, frey Jofr¿ de Folcalquer 
y por frey Arnaldo de Torroja, ministro de los tem- 
plarios en la Provenza y en España (1). 

Aben Sad, aprovechando los pocos años que tenía 
, el rey de Aragón á la muerte de su padre, había 
dejado de pagarle el tributo que, en reconocimiento 
de feudo y homenaje se había obligado á dar á Ramón 
Berenguer IV y á sus sucesores. La buena harmonía 
que hubo entre los monarcas cuñados, rompióse asi 



(1) Diago, ¥1, 22. 



— 545 — 

que murió el último conde privativo de Barcelona. 
Castilla favoreció á Aben Sad en perjuicio de Aragón, 
y Aragón prestó auxilio á los almohades con daño del 
-emir de Valencia. La Iglesia, siempre protectora de la 
reconquista española, logró que ese común daño que 
recibían, que padecía la España cristiana con la disen- 
sión entre sus monarcas, se atájase, en la entrevista 
que en septiembre de 1170 tuvieron en Tarazona los 
jóvenes monarcas Alfonso VIII de Castilla y Alfonso II 
de Aragón (1). 

Quejábase el Casto, de que Lobo, rey de Murcia, 
no había pagado las parias y tributos que solía dar, 
desde la última ida de Ramón Berenguer (11 62) á la 
Provenza, y sé había confederado con Alfonso VIII 
para hacer guerra al de Aragón. El de Castilla se 
-comprometió á que Lobo cumpliría lo que estaba 
estipulado y pagaría el tributo como lo declarasen 
Guillen Ramón de Moneada y Guillen de Jorba, que 
le recibían en tiempo de Ramón Berenguer IV; y que 
en cuanto á otras quejas que el de * Aragón tenía 
de Lobo, estaría á lo que determinasen el conde de 
Urgel y los condes don Ñuño, don Gómez y don 
Pedro, ó á lo que' la mayoría resolviera. Prometió 
Alfonso II que, cumpliéndolo así, guardaría á Lobo 
la paz que su padre, Ramón Berenguer IV, tuvo con 



(1) Entrado ei año j 170 fué Alfonso II á. Sahagún á ver á Alfonso VIH. 
Desde allí pasaron lps dos á Zaragoza, de donde se trasladaron á Tarazona, 
para recibir á doña Leonor de Inglaterra, futura esposa del de Castilla. Fué 
padrino el de Aragón, y las bodas se celebraron en septiembre. Estando 
dichos monarcas en Zaragoza s% confederaron contra todos los príncipes 
excepto el de Inglaterra (Castro, Coránica del %ey de Castilla Don Jílonso 
Octavo, XII). 

«9 



— S4* — 
él y no daría favor á los almohades, enemigos del 
emir de Valencia. Juraron esto, de parte del rey de 
Aragón, Ramón FoJch, Ramón de Moneada y Guillen 
de San Martin; y, por el de Castilla, los condes Armen- 
gol, don Ñuño y don Lope (i). 

Ya fuese que los buenos oficios de Alfonso VIII 
no diesen el resultado que él se prometía, ya que en 
Aragón quedaran aún algunos muslimes no sujetos 
al domihio de Aben Sad, es lo cierto que, después del 
anterior pacto, Alfonso II entró en son de guerra por 
las riberas del Alhambra y del Guadalaviar. Por octu- 
bre de este año, 1 171, edificó en la del Guadalaviar una 
fortaleza contra los moros de Valencia. Dio el feudo 
de Teruel, que asi se llamó la nueva población, á un 
rico-hombre de Aragón llamado don Berenguer de 
Entenza; y concedió á sus nuevos pobladores el fuero 
que á Sepúlveda otorgaron los condes Fernán González 
y Garci Fernández y el rey don Sancho, y confirmaron 
Alfonso VI, Alfonso el Batallador y su esposa doña. 
Urraca (2). 

Uno de los caballeros cristianos que estuvieron al 
servicio de Aben Sad, fué el castellano don Pedro Ruiz 
de Azagra, hijo de Rodrigo* señor de Estella, y feudo 
del rey de Navarra (3). Agradecido á-sus buenos oíi- 

(1) Zurita, II, 28. 

(2) Zurita, II, 29. — Castro, Coránica del %ey de Castilla Don %Ál<m& 
Octavo, XIII. 

(3) Don Rodrigo de Azagra, padre del primer señor de Albarracin, acom- 
pañó á Alfonso VII en la entrada que en 1147 hizo este rey en Andalucía, 
siguiendo al rey de Navarra. Era Don Rodrigo caballero muy principal de 
este reino y se señaló mucho en aquella campaña, que tuvo por resultado el 
vasallaje de Aben Gañía, la rendición de Bacía y la toma de Almería (Zurita, 
II, 6). 



— 547 — 
<ios en lo de Murcia el emir de Valencia, le recom- 
pensó con el señorío de Albarracin. Don Pedro contaba 
<:on la protección del rey de Castilla. Por los leales ser- 
vicios que había prestado á Alfonso VIII, este monarca 
le hizo merced, estando en Toledo á mediado noviem- 
bre de 1 167, de la aldea de Mazagán, en territorio de 
aquella ciudad, y de unas casas en la misma Toledo. 

En el año 1171, estando en España el cardenal 
Jacinto, legado de la Santa Sede, dio licencia á don 
Pedro, para que fuese catedral la iglesia de Santa 
María de Albarracin, y fué su primer obispo D. Martin. 
Ya se recordará la intervención de un obispo de Alba- 
rracin en las negociaciones entre el Cid y el cadi de 
Valencia. Dícese que en 11 71 se restauró el obispado 
-de Segorbe y que, como esta ciudad aun estaba en 
poder de infieles, se colocó provisionalmente la silla 
-en Albarracin. Don Martín dio en 11 76 llamarse 
obispo arcohricense, de Arcobriga; mas, por sentencia 
que en Toledo dio el metropolitano, se declaró que 
el territorio de Albarracin, más Segorbe, con el suyo, 
-constituían lo que en tiempo de los godos se llamó 
Segobriga: por lo que el nuevo obispo había de titu- 
larse segobricense, y de ningún modo arcobricense. Por 
letras apostólicas de Inocencio IV y de Alejandro IV, 
fué agregado Segorbe á Albarracin. Susténtase la 
opinión de que, si bien la nueva diócesis se llamó 
segobricense , á causa de estar en ella comprendido 
Segorbe, creóse en 1171 un nuevo obispado distinto 
del que en tiempo de los godos se llamó* segobri- 
cense". 

La situación de Albarracin y el proceder de don 



/ 



- 54« - 

Pedro Ruiz de Azagra pudo, ser causa de disensión 
entre Aragón y Castilla. Estaba Albárracin en el reino 
de Aragón y en confines de Castilla. Viéndose don 
Pedro señor absoluto de aquella ciudad, esto es, que 
la poseía dje los moros y sin dependencia del rey de 
Aragón, se quiso tratar como soberano, no recono- 
ciendo vasallaje á don Alfonso el Casto,, y se intituló 
«vasallo de la Santísima Virgen y señor de Albárracin.» 
No le sentó bien al de Aragón que dentro de su reino, 
como él decía, hubiese un avasallo y señor», ó, más 
bien dicho, un vasallo exento de toda sujeción: alga- 
rabia que sólo la ceguedad de la ambición podía enten- 
derla, y, sí no entenderla, á lo menos sólo ella podia 
ejecutarla.» En la entrevista . que tuvieron los dos 
' Alfonsos el año anterior, resolvieron castigar el orgullo 
de aquel reyezuelo, y convinieron en que Albárracin 
fuese de Aragón, y de Castilla los demás pueblos. Sea 
por lo que quiera, don Pedro conservó sus estados, y 
en el sitio que á la capital de sus dominios tenia puesto 
en 19 de julio de 1220 Jaime I, probó que sabía y 
tenía valor para conservarlos. 

La causa por qué don Pedro se salió con 'la suya, 
apúntala a guisa de conjetura el historiador don Alonso 
Núñez de Castro. 

« Zurita^Carrillo, Mariana y otros dicen que, hallán- 
dose el rey de Aragón falto de medios para reducir á 
su obediencia á don Pedro Ruiz de Azagra, pidió favor 
al de Castilla; y, conseguido, le obligó á que le diese 
vasallaje."» No les niego su autoridad á tan graves his- 
toriadores; pero le toca á la del rey don Alonso", cuya 
historia escribo, el que no prescriba en la lisura de su 



— S49 — 

trato este borrón; que, aunque no se suele tener por 
mancha en las púrpuras el quebrar los fueros de la 
amistad, el rey don Alonso de Castilla, como debió 
desde la cuna á los leales la corona, fué muy leal con 
los leales, nó tomándose licencia de señor para ajar la 
correspondencia. Don Pedro de Azagra sirvió siempre 
con tanta fineza al rey de Castilla, que no hubo em- 
presa en que pudiese contarse entre los más leales 
vasallos por segundo, y en muchas anduvo tan bizarro, 
que le cuentan los anales por primero. Pues ¿cómo de 
un rey tan agradecido se pueden presumir semejantes 
correspondencias? Antes es lo más verosímil que el 
rey de Aragón no se atrevía á romper con don Pedro 
de Azagra, por cuerda presunción de que le haría som- 
bra el rey de Castilla: porque, de otra suerte, ¿qué 
ejército, qué defensa de muros incontrastables tenía 

% don Pedro para resistir á la potencia de un rey de 
Aragón? .....El constar llanamente que este mismo año 
de 1 1 72, en que estos autores desavienen á don Pedro 
con el rey don Alonso de Castilla, se halla á su lado 
firmando los privilegios Lo ¿^ue parece más con- 
forme á razón es que el rey don Alonso de Castilla le 
propusiese á don Pedro las dificultades de mantener 

^señorío en el distrito de un rey poderoso y enojado, 
y que era fuerza que por fuerza obrase presto sin 

- mérito, lo que hecho luego espontáneamente, era nueva 
obligación para el Rey.... Conoció la razón don Pedro,' 
y cedió el título de señpr soberano: con lo que el rey 
de Aragón consiguió su intento, y el de Castilla no 
faltó á las leyes de rey amigo favoreciendo al contra- 
rio; antes, hizo la acción más estimable de ayudar á 



] 



— sso — 

tiempo con un consejo, que suele importar más que las 
armas y el dinero» (i). 

Firme Alfonso II en el propósito de conquistar i 
Valencia; para' facilitarla hizo nuevas donaciones á los 
caballeros de la orden militar de San Juan del Hos- 
pital de Jerusalén. Aunque su padre no les había dado 
en 1 157 más^que uno solo de estos dos castillos, el 
de Cullera ó el de Cervera, Alfonso II les cedió los 
dos en abril de 1171, por carta entregada en Gerona 
al reverendo Guido de Mahú, preceptor de la orden (2}. 

Ya Se dijo algo acerca el malestar que en Valencia 
se sentía á causa de la guarnición cristiana que Aben 
Sad tenía en ella. Los personajes más notables del 
reino fraguaron una conspiración para dar entrada á 
los almohades. El primer chispazo de rebelión, asomó 
en Alcira. Áhmed ben Muhámad ben Giafar ben 
Sofían, el Makzumí, varón preclaro por la progenie, 
ciencia y virtud, que tenia un hermoso palacio en la 
isla del Júcar, viendo, de un lado, que disminuían las 
fuerzas del emir Abu Abdallah ben Muhámad Aben 
,Sad y, temiendo, además, que le atrepellase, escribió 
á los almohades prometiéndoles obediencia si le aco- 
gían bajo su protección y amparo. Veíase que en la 



(t) Castro, Coránica del rey de Castilla Don Alonso Octavo, ViJ, VIII, XIII, 
XIV y XV.-Zurita, II, 29.— Diago, VI, 23.~Escolano, VIII, 12.— El Ch. de 
Tourtoulón (I, 5) escribe que desde entonces se llamó Santa María de Alba- 
rracin la capital de los dominios de don Pedro. Ya antes del año* de la Hegira 
404 (jul. 1013-14) llamábase Santa María de Oriente, para distinguirla de otra 
que había en Occidente. Fundó dicha ciudad el eslavo Aslao ben Raqin, por 
lo que aquélla se llamó Santa María de Aben Ra^in, ó de Albarracin, Vide, c. I' 
de esta 2.* parte. 

(2) Hist. Cullera, 1. c. 



* - 55i - 
lucha con los africanos, había la fortuna abandonado 
al Emir. Los njismos caudillos que con él habían 
compartido los azares de la guerra, se le apartaban 
con cualquier pretexto: volvían la espalda á un astro 
pronto á hundirse, en la inmensidad del Océano. Sus 
propios vasallos le negaban la sumisión echándole en 
cara que su gobierno había sido una serie no inte- 
rrumpida de calamidades para el Estado. 

El Makzumí se fortificó en Alcira, llevó á ella 
á- muchos de sus parciales, entre ellos, al austero y 
valiente Abu'l Awas Áhmed ben Maad, de Uclés, y á 
otros arrayaces de su confianza. Depuso públicamente 
á Aben Sad y llamóle mal muslim y amigo de infie- 
les. Por entonces era también cuando Ibrahim ben 
Hamusek se retiró de- Murcia ofendido, se alzó con 
su ciudad de Segura y fortificó contra el yerno algu- 
nos castillos. ' 

Aben Sad envió contra el walí da Alcira á su hijo 
Abu'l Hegiag Yúsuf (i), caudillo de la caballería, con 
encargo de que ocupase las tierras del rebelde y le 
sitiase en Alcira. Fué el hijo al frente de muchas 
tropas, y estableció tan riguroso cerco, que desde 
mediada luna de xawal (17 junio 1171) hasta mitad 
de dilagia de 566 (16 agosto), fio pudieron sino las 
águilas entrar en la isla. Ya un mes antes, mitad 
de mayo, la tierra había sido talada y estragada., 

El hambre comenzó á dejar sentir sus efectos, y 
públicamente se murmuraba de quien en mal hora 



(1) En monedas de Aben Sad acuñadas en Murcia el año 5 66 (sept. 1 1 70-7 1), 
aparece su hijo como príncipe heredero (Codera, Numismática Arábigo-Espa- 
ñola, ap. n.° 10). 



/ 



tiempo con un consejo, que suele importar más que las?, 

armas y el dinero» (i) • ' " • M v 

Firme Alfonso II en el propósito de conquista i 
Valencia; para facilitarla hizo nuevas donaciones a »; 
caballeros de la orden militar de San Juan del B«j 
pital de Jerusalén. Aunque su padre no les habla» 
en 1 1 57 más .que uno solo de estos dos castillos, 
de Cullera ó el de Cervera, Alfonso II les ce ^° 
dos en abril de 117 1, por carta entregada en o 
al reverendo Guido de Mahú, preceptor de la ora \ 

Ya se dijo algo' acerca el malestar que en ^ ^ 
se sentía á causa de la guarnición cristiana ^ lfiS ¿, 
Sad tenia- en ella. Los personajes más nota 
reino fraguaron una conspiración para aa * ^oa^ 
los almohades. El primer chispazo de reb ¿ ia f a r !*• 
en Alcira. Áhmed ben Muhámad ben r0 geP iCi 
Sofían, el Makzumi, varón preclaro p oT \ iC \o e° la 
ciencia y virtud, que tenia un hermoso P ^oia 11 * a " 
isla del Júcar, viendo, de un lado, que f^ad A ber 
fuerzas del emir Abu Abdallah ben ^í^e, eS¿rÍ 
^Sad y, temiendo, además, que \e attoP e s \ le * L 
á los almohades prometiéndoles obedi^ 1 q ü e en 
gían bajo su protección y amparo. ^ 

(1) Castro, Coránica del rey de Castilla Don AV** rt0 VX& J¿fr¿' 
XIV y XV.-Zurita, II, 2 9 .^D\a g0l VI, 2V^ 8C °^ Ó 5^ ¡>*»' 
Tourtoulóa (I, 5) escribe que desde eaxcmces se tt* ^ ¿¿V^ 
fr^/« la capital de los dominios de don Pedro. ** * p »r* d !' ** * ' 
404 (Jal. 1013-14) llamábase Santa M ^ * ^ ^ ' 

que había en Occidente ♦ F^iand^ <\v 
Jo que aquélla ss llamó Sa.rxtc¿ Kíaria 
de esta 2.« parte. 
(2) Hist. Cullera, 1. c. 



. — 552 — 
había provocado la sedición. El respetable Abu Ayab 
ben Hilel se puso de acuerdo con Iqs alcireños más 
importantes para entregar la fortaleza. Persuadióles 
de que, no obstante la natural defensa de Alcira, era 
imposible prolongar la resistencia, Con efecto: por 
falta de provisiones, los mejores soldados apenas 
podían sostener el aeso de las ármas,*y hombres los 
más robustos quedaron inútiles el resto de su vida. 
Del Makzumi dice Casiri que aún se conservaba en su 
tiempo el códice que contenia varios y muy elegantes 
versos suyos con los que pedía auxilio y ponderaba 
las calamidades que. padecieron los sitiados. Descen- 
diente suyo fué el notable historiador Aben Amira, 
•que viene á cerrar la gloriosa pléyade de atildados 
escritores que tuvo Alcira (i). Como á la reducción 
de. ésta había contribuido Aben Hilel, Aben Sad le 
llevó consigo á Murcia y le tuvo en gran estimación, 
y ■ dio á un hermano suyo el cuidado de aquella 
frontera. 

Logró el hijo de Aben Sad entrar en Alcira, y 
pudo escapar el Mukzumí y refugiarse entre los 
ahnohades. No cesó en sus manejos para derrocar al 
abuelo del último emir de Valencia. Aprovechando- el 
general descontento que contra Aben Sad se sentía en 
ella, logró, por su industria y secretas inteligencias, 
que la capital de sus dominios siguiese el ejemplo de 
Alcira. Aben Sad envió contra Valencia al que había 
reducido aquella población, hermano de Modef y de 
la hermosa Zaida, futura esposa del califa. Puso sitio 



(i) Pons, biogr. n.° 250.— Casiri, II, 30. 



~ 553 — 
á Valencia por mar y tierra durante tres meses; pero 
tuvo que alzarle, por acudir contra Alfonso II, que 
amenazaba anexionarse la parte del reino confinante 
con Cataluña, Favara, Maella, Macaleón, Val de Tor- 
mo,' la Fresneda, Val de Robres, Beceite, Monroy, 
Peñarroja y Caspe, cayeron en su poder (i). Abu'l 
Hegiag quedó al frente de las fuerzas de tierra y se 
colocó entre Tortosa y Tarragona. Mientras tanto 
venció Aben Cásim por mar á los cristianos, quemó 
muchas naves, echó á pique no pocas y apresó algu- 
nas (2). 

Al abandonar la escena política el rey Lobo, 
sucédenos algo semejante A lo que ya notamos en él 
antes de entrar en ella. ¿Dónde murió? ¿cuándo murió? 
Opiniones las más encontradas se sustentan acerca 
de esos dos enigmas. Acerca de esto escribe un autor: 
«Engañado (Aben Sad) por su sobrino y vendido por 
Aben Homox^ (Hamusek), llovieron sobre él calami- 
dades é infortunios, viendo al par sitiadas las dos 
capitales que le permanecían fieles; y, con todo, se 
resistió en Murcia heroicamente, hasta que, sabida la 
rendición de Valencia á los sectarios de Al Mahdi, 
vencido del dolor, murió de pena antes de entregarse. 
Tuvo lugar este acontecimiento el año 1172» (3). Su 
muerte, según esto, ocurrió en Murcia el año que 



(1) Zurita, Anales de Aragón, II, 25. 

(2) Conde, III, 48. * . 

(3) Fernández y González, Los Mudejares de Castilla, IV. — Y en una nota 
escribe el propio autor, t Los Anales Toledanas, no desconformes con nuestras 
crónicas, que llaman á Aben Merdenix don Lup ó don Lobo, dicen: «Murió 
el rey don Lop Era MCCX.» 

70 



— S54 — 

va dicho. En otro autor se lee que el emir Yúsuf Abu 
Yacub vino á España y que hizo en su Axarkia ó 
región de levante expediciones muy venturosas, sojuz- 
gando muchos pueblos, unos de grado y otros por 
fuerza: en donde asoma algo de la resistencia de 
Murcia mientras vivió Aben Sad. Pero léase lo que 
á continuación escribe el mismo autor: «En 567 
(sept. 1171-ag. 1 172) falleció en Mallorca el emir 
de España oriental Abu Abdallah Muhámad ben Sad; 
otros dicen que murió el año 569 (ag. 1173-74), 
y otros, que el 571 (jul. 1175-76), en que le sucedió 
Abu'l Hegiag Jusef ben Muhámad ben Sad ben Mar- 
denis en toda España oriental» (1). 

La avenencia entre los Beni Sad y los almohades 
dio término á la guerra, por más que el emir de éstos 
comenzara á titularse rey de Valencia: «Los valencia- 
nos, muerto su rey Lotho, entraron en grandes bandos 
y disensiones, en razón de que unos querían por rey 
á un hijo del muerto, y otros á Aben Jacob, hijo 
heredero del Miramamolín; y, prevaleciendo esta parte, 
comenzó Aben Jacob á llamarse rey de Valencia en el 
año 1 1 72» (2). Conforme con esto, pero añadiendo el 
medio que se empleó para acabar la guerra, está lo que 
sigue: «Dice Abu'l Feda que después de la muerte 
del emir Aben Sad ben Mardenis, señor de España 
oriental, de Valencia y de Murcia, y de otras muchas 
ciudades, que entonces sus hijos se acogieron al rey 
Juzef Abu Jacub de África', y le entregaron todas sus 



(1) Conde, III, 49. 

(2) Escolano, III, 2. 



— sss — 

tierras, recelando ellos que no las podian mantener, 
porque de una parte les hadan cruda guerra los 
cristianos (aragoneses), y los almohades africanos los 
incomodaban por otra: de suerte que tomaron este 
partido, y pusieron en manos de Abu Jacub todos sus 
estados; y la fortuna le dio de grado, lo que no espe- 
raba ya conseguir por fuerza. Dio á los Aben Sades 
nuevos titulos y estados, y casó con una hermana 
de dichos príncipes: esto acaeció después de la muerte 
de Aben Sad.» Cuándo sucedió el casamiento que puso 
término á la guerra, también lo expresa el mismo 
autor: «En el año de 570 (ag. 1174-jul. 11 75), 
deseoso el rey Juzef Abu Jacub de asegurar la paz 
y tranquilidad de los muslimes de España, casó amir 
Amuminín Juzef Abu Jacub con la hermosa hija 
de Aben Sad ben Mardenis, hermana del señor de 
Denia y Játiva, y de gran parte de España oriental; y, 
para recibirla y obsequiarla, hizo labrar una miher- 
ghána magnífica, que no hay lengua que pueda descri- 
bir su preciosidad y grandeza... Se detuvo cuatro años 
y diez meses en Andalucía, y se tornó á Marruecos 
en jaban bendito del año 571 (feb.-mar. 1 176» (1). 



( 1 ) Conde III, 49. — «El emperador Yócuf recibió con tanta pompa y osten- 
tación á la princesa valenciana, y con tal pasión se prendó de ella, que mandó 
construir, para su mansión y recreo, un suntuoso palacio que eclipsase las 
riquezas y esplendor de la Zaidía, donde la sultana no echase de menos 
aquella mansión de su infancia.» Zaida, añade la tradición, no era feliz en 
Marruecos. Enfermó de tristeza, y, pof consejo de los médicos, la trajo el 
Emir á* Valencia, y ambos se instalaron en el palacio de la Zaidía. En él 
murió y fué sepultada la infortunada hija de Aben Sad. Por indicación de 
Sobeiha, la esposa de éste, dicho palacio había sido regalado á Zaida, hermosa 
de cuerpo, bellísima de espíritu y tan desgraciada como graciosa y encanta- 
dora. Nuestros cronistas (Boix II; Escolano III, i, que cita i Béuter) atribu- 



En privilegio expedido por Jaime I desde Lérida 
á^io de abril de 1255, concedió para siempre á doña 
Teresa Gil de Vidaura, su tercera esposa, el que fué 
palacio de los reyes moros Aben Sad y su nieto Zaén. 
Eran, al parecer, nueve casas, las cuales también 
pertenecieron á la madre de £eid y al faqui Moahac (1). 
El documento en que tan preciosos datos se consignan, 
le vio el P. Teixidor en efc archivo de la Zaidía, que 
fué también dada por don Jaime desde Lérida, á 
5 de abril de 1260, á la misma doña Teresa (2). 

Aún sonará el nombre de los Beni Sad cuando 



y en á Aben Sad la fundación de otro palacio, comprendido en lo que es hoy 
casa del Marqués de Dosaguas, junto á la mezquita que luego se convirtió en 
iglesia de San Martín. 

(1) Dichas casas estaban en las inmediaciones de la catedral, incircuiiu 
Ecclesie Beate Alarte, y se las indica en el Repariimiento (p. 576 y 636) coa 
estas palabras: «Corpus domini Regís: domus Zahén III, et alias matrís 
Qcyt Aboceyt nomine, et alia Aceyt Abeyubron et Res Lupus I, juxta in 
Alcafar, ubi stabat Guillem de Vic, Cayt Abolabez et £eyt Abdellaziz, et 
cameras alias que íuerunt de Mohac alfaqui Almezano, ubi sunt lavan- 
deras VIH.» Al diligente investigador Chabás pareció que dichas casas del rey 
Lobo estarían en la manzana donde hoy se abra el palacio arzobispal; mas 
luego, después de probar que tampoco estuvieron en el sitio del actual 
Almudín, según pretende el P. Teixidor, sospecha estuviesen en la manzana 
comprendida entre dicho edificio y la plaza de la Almoina (Chabás, EU Archi- 
vo, VI, 25. — Monum. Hist, de Valencia y su Reino, t. II, pág. 172-177, 198-200. 

(2) Escola no (lib. 5, col. 943, núm. 12) escribe: «Llamóse la Zaydía esta 
casa, por ser jardín y casa de campo de un moro llamado Zaydi, tan principal, 
que Proa z a, le hace rey.» £1 P. Teixidor dice que todo eso está escrito sin 
fundamento; y después de recordar que ya la Zaidia existía eu tiempo de 
Zaén, como se ve en el ofrecimiento hecho por dicho emir para alejar de la 
conquista á don Jaime, acepta la etimología de Covarrubias Orozco, que dice: 
«Voz arábiga derivada de Qaida, i vale tanto como Dama, Señora, Princesa, 
como Qayd, Señor, que corruptamente llamamos Cid: de aquí se dijo Qaydia 
al monasterio de religiosas Bernardas de Valencia, casa de Señoras princi- 
pales, de donde tomó el nombre.» (Chabás, El Archivo, VI, 26.— Mon. Hist., 
t. II, p. 138). 



— S57 — 

el pendón musulmán tremole por última vez sobre 
las torres y minaretes de la ciudad, reclinada junto 
al Guadalaviar y acariciada por las brisas del mar de 
Siria. 

Siguiendo el plan de dar á conocer el remate de 
los personajes principales que toman parte en los 
sucesos reseñados en cada capitulo, cerramos el pre- 
sente marcando el paradero de Aben Hamusek y del 
Oski. Abu Ishac Ibrahim Aben Hamusek murió 
en Mekinez en la luna de sáfer de 572 (9 ag.- 
6 sept. 1 1 76). Áhmed ben Abderrahmán el Oski de 
Talavera vivió algunos años en Marruecos después de 
la desavenencia con Aben Sad; volvió á España y falle- 
ció en Málaga el año 574 (jun. 1178-79). Era tan 
buen poeta como valiente caballero, y sus admira- 
dores le dieron sepultura con 'mucha pompa en la 
vega de dicha ciudad (1). 



(1) Conde, 1. c. 



CAPITULO XIV 

Almohades 
(1 1-73-12ÜO) 

C111 An Aidiiuh.— Pone «lio i Ytlcadl Alfonso II.-Diefmos y príraicui de te igleeii de S» Vicente 
Hinlr.— Aujiliedo Altooio del mil de V.lench, i¡ii« i Jliibi.— Sele telan nibuierio el iei« de 
Murcie.— Qnebrsnurn lento de psi. — Somete dt nuevo Alfonso i Jiiibi y Vilaa'i.- Dormían de los 
lucimos y primicial de U 'gle sis de Sin Vicente al monasterio de Sin Jilin de ll PeBi.— Enlrtgite 

Valencia j Murcie.— El cánsenlo de Citoria,- Hovimleoio Utcmb.— DtnvM de los triHUnoi 
junto i Requeai.— Trasladen del cuerpo de Su Vírente Manir desde el Promontorio S.cnr I 
Lisboa.— Sillo de S> curen. -ÚUIme eunpiñi de Alfonso II contra Valencia.— N«™ convenía 
entre Pedio II y Allomo VIH en orden i I» conquiíui de Valencia y Mirci*.— Trtguti con el 
emir de leu llo.on.del.— Moyi miento liurerio.— Confirmación de donaciones i los s.n]usnistsi. - 
Retoñan liu de Ademni.— Entrada de Alfosio VIII hasta Jaiibs.- Ultima donación de Pedro ti 



samiento que siempre dominó á Alfonso II 
l Casto (1162-1196), hijo de Ramón Be- 
snguer IV y de doña Petronila, fué el de 
someter á la Cruz el reino de Valencia. Cuando, para 
extinguir las guerras que durante los primeros años de 
su reinado hubo con Castilla en la menor edad de 
Alfonso VIII, fué á Sahagún á mitad de junio de 1170, 
vinieron juntos los dos jóvenes monarcas á Zaragoza 
y en ella permanecieron los meses de julio y agosto. 
Pasaron luego á Tarazona, y en septiembre, Alfon- 
so VIII se comprometió á que Aben Sad pagaría al de 
Aragón el tributo que, en reconocimiento de feudo y 
homenaje, daba á Ramón Berenguer IV, tributo que el 
emir dejó de pagar desde 1162, ó sea, desde la ida del 
principe catalán á la Provenza. En 11 70 sojuzgó 



— 559 — 

Alfonso II á los moros de las comarcas bañadas por el 
Alhambra y el Guadalaviar, y en octubre de 1171 edi- 
ficaba y poblaba en las riberas del último una muy 
principal fortaleza, llamada Teruel, adelantando así las 
fronteras contra los moros de Valencia. Ya se dijo que 
Teruel se dio en feudo y honor á don Berenguer de 
Entenza y que se concedió á los nuevos pobladores el 
que se rigiesen por el fuero de Sepúlveda (1). 

Valencia, al entrar en ella los almohades (1172), 
se apartó del vasallaje que debía al rey de Aragón. 
Estando, por febrero del mismo año, Alfonso II en 
Zaragoza, propuso hacer guerra á los moros del reino 
de Valencia, con quienes desde el principio de su 
reinado había tenido treguas, por habérsele entonces 
declarado sus vasallos y tributarios. Con ocasión de la 
muerte de Aben Sad en aquel año, entró con muy 
poderoso campo hasta llegar á los muros de Valen- 
cia (2). 

Asentaron los expedicionarios su campo contra la 
ciudad, (da más populosa y rica de la morisma», y 
talaron y quemaron su vega. Intimidado el walí, para 



¡ (1) Zurita, II, 31. 

(a) ' Figuraban en dicho ejército: don Pedro, obispo de Zaragoza; don Este- 
ban, de Huesca; don Bernardo, hermano del Rey; abad de Montaragón, 
obispo electo de Tarazona y que llegó á serlo efectivo de Lérida; Arnaldo Mir, 
conde de Pallas; Blasco Roraéu, Jinaeno de Artusella, alférez del Rey; Pedro 
de Castellezuelo, Jimeno Roraéu, Pedro de Arazuri, Berenguer de Entenza, 
Blasco Maza, Jimeno de Urrea, Pedro Ortiz, Artal de Alagón, Galín Jiménez, 
Beltrán de Santa Cruz de Luesia, Pedro López de Luna, ex-maestre del Hos- 
pital de Jerusalén en Aragón y Cataluña y maestre de Amposta cuando la 
orden estaba en aumento; Gombal de Benavente, Sancho Garcés, justicia de 

\ Aragón; Sancho lñiguez, Peregrin de Castellezuelo y Fortún de Estrada 

(Zurita, II, 32). 



— 5 6 ° — 

evitar mayores males, se obligó á pagar los gastos de 
aquella expedición, á ayudar contra los moros de Mur- 
cia y á dar en adelante doblado tributo. Aceptó Alfonso 
aquel partido, y le recibió por vasallo (i). 

Otra condición estipulada para levantar el sitio, 
fué la de que por el rey de Aragón quedaría la iglesia 
de San Vicente mártir, con sus diezmos, primicias y 
demás derechos, de los cuales podría disponer con 
entera libertad. «Estd nos prueba, escribe un autor, 
que dicha iglesia nunca había dejado de estar abierta 
al culto católico, pues práctica constante de los maho- 
metanos fué el no permitir nuevas edificaciones de 
iglesias á los cristianos» (2). 

Al retirarse de Valencia Aben Sad, pasó á Murcia, 
y al morir en 567 (sept. 1171-72), le sucedió con 
todo lo que aún conservaba de la España oriental su 
hijo Abu'l Hegiag Yúsuf ben Muhámad. Hasta el año 
570 (ag. 1174-jul. 1 175), en que el emir almohade 
casó con la hermosa hija de Aben Sad ben Mairdenis, 
hubo guerra entre éste y los almohades, pero era dueño 
de Denia, Játiba y gran parte de España oriental el 
hijo del rey Lobo. Son prueba de que Murcia conti- 
nuaba siendo suya, y no de los almohades, el auxilio 
que éstos, dueños de Valencia, se comprometieron á 
dar contra el señor de aquélla al rey de Aragón, y el 
haber muerto entonces en tierra extraña los murcianos 
Abderrahmán ben Táhir y Al Oskí, enemigos de Aben 
Sad y amigos de los almohades (3). 



(1) Zurita, 1. c. 

(2) El Archivo, V, 16.— Chabás, híon. hist % de Valencia y^u Rtino, V, 4. 

(3) Conde, III, 49. . 



— j6i — 

Dispuesto como estaba Alfonso á hacer cruel 
guerra á los infieles, con el refuerzo del wali de Valen- 
cia siguió hacia el mediodía talando y destruyendo los 
pueblos que no se le rendían ó no le reconocían por 
señor. Por mayo de aquel año se puso sobre Játiba. Poco 
después tuvo que pactar treguas con los moros y con- 
tentarse con que el rey de Murcia le pagase el mismo 
tributo que acostumbró darle el rey Lobo. Sancho VI, 
rey de Navarra, creyendo que el de Aragón corría gran 
peligro por haberse internado tanto en tierra de moros, 
juntó la más gente de guerra que pudo é invadió los 
estados de Alfonso, á pesar de las treguas poco antes 
asentadas. El de Aragón tuvo que suspender la em- 
presa contra los infieles; pero el daño que éstos habían 
de padecer le sufrieron los dominios de Sancho, en . 
los cuales entró Alfonso destruyendo algunos lugares 
y castillos. Se apoderó de Arguedas y dejó fortificadas 
las fronteras; y en julio de 1 173 se apoderó del castillo 
de Milagro y le asoló (1). 

Era natural que las condiciones de paz impuestas 
por el Casto á los muslimes fuesen por éstos quebran- 
tadas tan pronto como para ello se les ofreciera ocasión 
oportuna, y no tardaron en tenerla. En el año 568 
(ag. 1172-73) entró el principe Cid Abu Becr en. 
tierra de Toledo, mató y cautivó gentes, destruyó 
pueblos, quemó alquerías y aldeas, y destruyó un 
ejército castellano con muerte de su caudillo y de 
36.000 de sus soldados. En el año siguiente, 569 



(1) Zurita, 1. c. — Castro, Corpnica del Rey de Castilla Don Alonso Oc- 
tavo, XVII. 

71 



\ 



fc 



— $62 — 

(ag. 1173-74), el mismo emir Yúsuf Abu Jacob entró 
por la costa del Mediterráneo, conquistó la ciudad de 
Tarragona, y sus vencedoras tropas penetraron como 
espantosa tempestad de truenos y relámpagos, talaron 
y arrasaron á sangre y a fuego, mataron y cautivaron 
gentes, robaron ganados y estragaron frutos. Después 
de tan venturosa jornada volvió el Emir á Sevilla, 
casó al año siguiente, 570 (ag. 1174-jul. 1175), con 
la hermosa hija de Aben Sad ben Mardenis, hermana 
del señor de Denia, de Játiba y de gran parte de la 
España oriental; y en el 571 (jul. 1175-76) volvió á 
Marruecos (1). . 

Comprendieron Alfonso VIII y Alfonso II cuan 
necesaria les era la más estrecha unión. Poco después 
de la muerte de doña Petronila (13 oct. 11 73)," la 
viuda de Ramón Berenguer el Santo, despreciando el 
Casto el matrimonio que tenia comprometido con 
una hija de Manuel, emperador de Constantinopla, 
casó con doña Sancha, tia del rey de Castilla é hija de 
Alfonso VII (18 en. 1174). Prueba de que Tarragona 
no siguió en poder de infieles, es que, con otras 
ciudades, se dio en arras á doña Sancha. El cronista 
de Alfonso VIIÍ dice que en consideración al nuevo 
parentesco con Alfonso II, le relevó del feudo y 
homenaje que desde 113 5 tenia Aragón con Cas- 
tilla (2). A otra causa obedeció la absoluta indepen- 
dencia de Aragón. 

Deseaba «con deseo grande» el rey de Castilla, 



(1) Conde, 1. c. 

(2) Castro, O. C, XIX-XX1L— Zurita, II, 32-33. 



I 



- 563 - 

como se expresa en documento de 29 de noviembre 
de 1 173, someter á lds sarracenos de Huete y Cuenca, 
que tenían en continuo sobresalto á Toledo. Para el 
feliz éxito en su empresa, no descuidó Alfonso VIII 
ninguna diligencia: «avia echado los años antece- 
dentes las lineas, prevenido los ricos-hombres, arzo- 
bispos y obispos de su reino y hecho llamamiento de 
los concejos, para ver lo que podía juntar, assi de 
gente, como de víveres y dinero para las pagas de los 
soldados; y, pareciéndole que para tan arduo empeño 
no bastavan sus fuerzas, pidió socorro al rey de Ara- 
gón: y le halló, no sólo ayudándole con soldados, 
sinfr viniendo en persona á la conquista» (1). 

Gastaron el año 1175 en hacer pagar al rey de 
Navarra el papel indigno de entenderse con los mus- 
limes en perjuicio de aragoneses y castellanos. En 
este año daba el rey de 4 Aragón, durante el mes de 
febrero, estando en Anglesola (Lérida), á los monjes 
de Poblet la villa y lugar del Puig, para cuando esta 
población fuese conquistada. Era la voluntad de Al- 
fonso II que se fundara en el Puig un monasterio del 
orden del Cister y de la regla de San Benito para 
cien religiosos. Debería estar el nuevo monasterio 
sometido al de Poblet. Era la intención del rey que 
se le enterrase en el de Poblet, ó en el del Puig. 
Quince años más tarde manifestaba igual voluntad 
que Alfonso II su hijo el infante don Pedro, que seis 
años después heredó el trono (2). 



(1) Castro, I. c. 

(2) ChaWs, Monumentos históricos de Valencia y su %eino t IV, 3. 



*1 



— 564 — 

Después de haber pasado Alfonso II parte del año 
1 1 76 en la Provenza y de dejar bien aseguradas sus 
fronteras con Navarra, reunió un buen ejército para ir 
en auxilio del rey de Castilla, que habia de poner sitio 
á Cuenca (1). Juntos castellanos y aragoneses, pusie- 
ron cerco á Cuenca á fines de 1 176. Es tal la situación 
de aquella plaza y era tan numerosa y aguerrida su 
guarnición, que más que á las armas hubo de recu- 
rrirse, para rendirla, al hambre. También á los sitia- 
dores llegaron á escasear los víveres: tanto, que 
Alfonso de Castilla hubo de trasladarse á Burgos en 
busca de recursos'. Mientras tanto quedó el de Aragón 
dirigiendo las operaciones del sitio: y de tal manera 
se vigilaron las entradas y salidas, para que ni entra- 
sen víveres ni saliesen consumidores, y con tanto 
acierto jugaron las máquinas de combate, que los de 
Cuenca entraron en tratos de rendirse si, transcurrido 
cierto plazo, no recibían auxilio. 

Ya en agosto habia vuelto al campo sitiador el 
rey de Castilla, y agradecido al buen servicio del de 
Aragón y obrando con consejo de los prelados y 
ricos-hombres que allí habia, se concertaron los dos 
monarcas en orden á valerse y ayudarse contra moros 
y cristianos, exceptuando á Fernando II, rey de León 
y tío del de Castilla, y respecto de que, anulados los 
compromisos anteriores, cada uno tuviese para sí y 
sus sucesores, con entera libertad, las villas y castillos 



([) Fueron con el rey de Aragón: don Berenguer de Vilademuls, arzobispo 
de Tarragona; don Pedro, obispo de Zaragoza; Sancho Duerta, Fernando 
Ruiz de Azagra, señor de Daroca; Anal de Foces, Hugo deMataplana, Pernee 
de Guardia, Guillen de Beranuy y otros ricos-hombres de Aragón y Cataluña. 



- S^S - 

que entonces poseían: entonces quedó Aragón exento 
del deudo que desde 113 5 tenía con Castilla. Que- 
daba por resolver la cuestión del señorío de Molina, 
y la fiaron al fallo del conde don Manrique de Lara: 
la decidió adjudicándosele a sí mismo, puesto que 
Molina había sido antes patrimonio de sus mayores. 

Cuenca, tras un sitio de nueve meses, se rindió 
á las armas cristianas el 21 de septiembre de n 77. 
Quiso Alfonso II dejar asegurados á sus vasallos 
moros de Murcia antes de volver á Aragón. Llegó 
hasta Lorca, y logró que el emir de aquella tierra le 
pagase el tributo de su conquista. Por el mes de 
octubre ya estaba en Teruel (1). 

En un diploma se hace constar que en octubre 
de 1 1 77 concedió Alfonso II, que estaba en Teruel, á 
Dodón, abad del convento de San Juan de la Peña, y 
á los monjes del mismo, la iglesia de San Vicente mártir 
de Valencia (2). Dando el rey la iglesia de San Vicente 
con diezmos y primicias, dice el citado abad Briz, supo- 
ne que había actualmente fieles parroquianos de aquella 
iglesia] «y hubiera podido añadir, continúa el P. Teixi- 



(1) Zurita, II, 35. — Castro, 1. c. — De la conquista de Cuenca hallamos 
otras tres fechas diferentes. Se lee: en el Cronicón Burgense, «Era MCCXV, fuit 
capta Conca;» en los ^Anales Complutenses, «Era MCCV, capta fuit Concha, et 
ibi Comes Nuni, III. Non. Aug.,» y en los %Anales Toledanos, «En el mes de 
Octubre prisó el Rey D. Alfonso á Cuenca, Era MCCXVII. Escureció el Sol, 
Era MCCXV.» Esta Era es también la en que se tomó la ciudad. 

(2) Placuit mihi, pro servitio quod mihi feas ti in illa hoste de Valentía, 
-quod dono atque in perpetuum concedo pomino Deo, et jam dicto monasterio 
sancti Joannis de Pinna et fratribus ibidem Deo servientibus, prassentibus 
atque futuris, Ecclesiam S. Vincentii de Valentía, cum ómnibus directis suis 
que modo habet, ?el habere debet, et cum decimis et primitiis, ut sit semper 
libere et absolute, de jure sancti Joannis de Pinna (Briz, Hist. de San Juan de 
la Peña, /, si)- 



— 566 — 

don (i), que era entonces la iglesia matriz y 
como catedral, á cuyo prelado, que es el obispo, 
y á su cabildo, pertenecen los diezmos.» Todavía 
continuó algunos años, á lo menos hasta 12 12, 
en posesión de dicha iglesia el monasterio de San 
Juan de la Peña. Por manera, que no es cierto 
el dicho de Aimonio, según el cual cuando á Va- 
lencia llegó Audaldo, el encargado de llevarse el 
cuerpo de San Vicente, se hospedó en uno de los arraba- 
les, ya del todo abandonado de los cristianos, y cuya 
iglesias tenia casi arrasadas las paredes, si bien aún 
estaba intacto el sepulcro del Santo (2). 

Por este tiempo bajaron al sepulcro algunos mus- 
limes de nuestra región notables por su saber ó por los 
acontecimientos politicos ocurridos en ella de los cua- 
les fueron protagonistas: en el año 569 (ag. 1173-74), 
Abu'l Ahwas Áhmed ben Abderrahmán, de Zaragoza, 
que vivió algún tiempo en Valencia y acabó sus días 
desempeñando el cadiazgo de Sevilla; en el 571 
(jul. 1175-76), también en Sevilla, el valenciano 
Abu'l Hassán Ali ben Ibrahim ben Sad al Khair, y 
en 572 (jul. 1176-jun. 1 1 77), en Málaga, Abu Abda- 
llah Muhámad ben Galib, ar Ra^ifl, de la Ruzafa 
de Valencia (3). En el mismo año, un insigne literato 
granadino presentaba á la academia de su ciudad una 



(1) ^Antigüedades de Valencia, Ms. t. II, p. 346. 

(2) El Archivo, 1. c— En las pags. 6062 reprodujimos un artículo del 
Sr. Martínez Aloy sobre el sepulcro existente en el Museo de Valencia. Son 
también dignos de leerse los trabajos que acerca del mismo asunto se publica- 
ron en El Archivo, I, 321, 323, 404 y 409; II, 129 y 131, y Mon. Hist., t, II, 

p. 44I-4S*. 

(3) Casiri, Poeta rura, números 26, 28 y 31. 



- 5^7 - 

colección de preciosas poesías de alabanza, amatorias 
y morales, labor de Abui Rabi ben Abi Muhámad, 
también hijo de Valencia (i). 

En la luna de sáfer del mismo año 572 (9 ag.- 
6 sept. 1 1 76) murió en Mequinez el célebre Abu 
Ishac Ibrahiíji ben Hamusec, el suegro de Aben Sad, 
á quien tanto daño causara; y en el año 5 74 (jun. 1 1 78-79), 
en Marruecos, Abderrahmán ben Táhir, el walí de 
Murcia, depuesto por Aben Ayadh. Escribía Aben- 
Táhir muy buenos versos, y aún se conservan los 
morales que el Ziezaré leía en Valencia en sus pláticas 
y sermones (2). 

Para cortar las diferencias que por causa del 
repartimiento de tierras que cada uno pretendía eran 
de su conquista se hablan suscitado entre los reyes de 
Castilla y de Aragón, concertaron en 11 78 verse 
al año siguiente en Cazorla. Llegado el año • 1 1 79, 
entró Alfonso II con poderoso ejército en el reino de 
Valencia y puso su campo sobre Murviedro. Desde 
allí fué atravesando hacia Andalucía, y en Cazorla, 
á 20 de marzo, se avistó con el rey de Castilla (3). 

Convinieron en que todo el reino de Valencia 



(1) Tenia por titulo: «Ramillete de Margaritas y Adorno del vestido 
elegante» (Casiri, t. I, p. 135). 

(1) Conde, Le. 

(3) Colmenares (Hist. de Stfovia, c. XVIII, § I) dice que las vistas se 
señalaron para el 20 de mayo. En 1 5 de mana estaba aún en Toledo el rey de 
Castilla con su esposa doña Leonor; y el mismo dia 20 de marxo, (Era 
MCCXVIL 13 Kalendas Aprilis, anno tertio ex qno Serenissimus Rex Alphon- 
sus Conchara cepit) estaba en Huerta.— Acompañaban al de Aragón, don 
Pedro, obispo de Zaragoza, Arnaldo de Tarraja, maestre del Temple, Pedro 
de Castellezuelo, Blasco Roméu, Arnaldo de Pons, Artal de Alagon, alférez 
del rey, Sancho Duerta, mayordomo, Miguel de Santa Cruz, Berenguer de 



— 568 — 

fuese de la conquista y señorío de Aragón; lo mismo 
la ciudad de Játiba y Biar, con sus términos, hasta 
el puerto de Biar, y, además, la ciudad y reino de 
Denia: esto es, desde el rio de la. Cenia, al norte, 
hasta la sierra de Biar, al mediodía. Serian de la 
conquista de Castilla las ciudades y demás poblaciones 
situadas al sur de la expresada sierra, esto es, lo que 
formaba entonces el reino de Murcia (i). 

Esta distribución era á todas luces perjudicial a 
Aragón, por lo que, apenas sentado Pedro II en el 
trono (i 6 mar. 1 196), logró se modificara en términos 
más aceptables el arreglo de Cazorla. Entonces que- 
daron comprendidos en el reino de Valencia la ciudad 
de Alicante y algunos territorios que se detallan en la 
sentencia de 26 de febrero de 1305 pronunciada por el 
arbitro don Dionisio, rey de Portugal (1279-13 2 5) (2). 

Al año siguiente, n 80, por marzo, estando en 
Ariza el rey de Aragón, dio la villa de Ajcañiz y sus 
términos á don Martin Ruiz de Azagra, maestre de 
Calatrava, para que, como lugar frontero de otros 
muchos de moros del reino de Valencia, hiciese 
guerra ó que se respetara la paz ó treguas que se 



Enteriza, Pedro de San Vicente, Fortún de Berga y García de Albero. — Y al 
de Castilla, Cerebruno, arzobispo de Toledo, Ramón, obispo de Paleada, 
Pedro, de Burgos, Rodrigo, de Nájera, Sancho, de Ávila, Gonzalo, de 
Segovia, Miguel, de Osma, los condes don Pedro, don Gómez y don Fernando, 
Pedro Ruiz de Azagra, Pedro de Arazuri, Diego Jiménez, Pedro García, 
Pedro Gutiérrez, Tello Pérez, Pedro Ruiz'de Guzmán, Lope Díaz, mayordomo, 
Rodrigo Gutiérrez, mayordomo, Gómez García de Roa, alférez, Garda de 
Puér tolas, Martín Ruiz de Azagra, Suer Pelayo y García, Muñoz (Zurita, II, 
37.— Castro, XXVII). 

(1) Zurita, 1. c. 

(2) Escolano, I, 22. 



pactasen. Dueño ya de Olocáu, á tres leguas de Mo- 
rdía, hizo, en agosto del mismo año, merced á los 
caballeros de San Juan del Hospital de Jerusalén. 
Obedeciendo las órdenes militares á los altos fines de 
su institución y á los estímulos de los príncipes cris- 
tianos, hicieron los templarios varias entradas en 
tierra de infieles. Llegaron á apoderarse del fuerte* 
castillo de Pulpis y su villa, próximos al mar y á 
corta distancia de Peñiscola (i). En enero de 1181 
les dio Alfonso esta conquista. En noviembre del 
mismo año se ganó el castillo de Villel, último de los 
de Aragón colindantes con el reino de Valencia (2). 
En una de estas entradas murió Yúsuf ben Abda- 
llah, llamado también Abu Ornar ben Ayadh. Nacido 
en Liria, hizo sus estudios en Valencia bajo la 
dirección de Aben Hudzeil, Abu'l Walid ben ad 
Dabag y otros muchos. Sábese por Aben al Abbar 
que fué curioso en tomar notas biográficas de sus 
maestros, así como en apuntar sus anécdotas y poe-» 
sias. Con toda fidelidad transmitió también cuanto 



(1) Diago, VI, 26. — Ca varilles marca con exactitud y minuciosos detalles 
la situación del castillo de Pulpis. «Entre la llanura de las Cuevas y el Medi- 
terráneo hay quatro montes casi paralelos, que se extienden de norte á me- 
diodía. El más oriental, cuyas raíces baña el mar, se llama Hirta, que empieza 
en jas cercanías del sitio que ocupó Alcocéver, lugar hoy día destruido, y, 
elevándose á mayor altura que los otros, se prolonga hasta Peñiscola. Casi 
paralelo á éste corre otro llamado de Polpis y Chiven, por conservarse aún 
en la falda occidental los castillos que pertenecieron á dos pueblos de corto 
vecindario: tiene su principio en varías lomas que se desvanecen antes de 
llegar á Alcocéver, pero que aumentan considerablemente de volumen hacia 
el norte reuniéndose por aquella banda con el citado Hirta para formar el 
monte de San Antonio (Tomo I, pig. 42 , n.° 59).» 

(2) Zurita, II, 38. 

72 



— S7° — 

habia aprendido en las mejores fuentes históricas. 
Buen muslim, empuñó las armas y en su misma 
patria peleó con los cristianos. Murió cubierto de 
heridas en el año 575 (jun. 1179-may. 1180) (1). 

Durante ""el mismo año murió en Egipto el Yasa 
el Gafiqui, nacido en Valencia, si bien su familia pro- 
cedía de Jaén. Con su padre se trasladó s á Almería, 
donde aprendió los rudimentos del saber mahome- 
tano. En Valencia tuvo por maestro al célebre Aben 
Jafacha, el famoso poeta de Alcira. Residió, en testi- 
monio de Al Makkari, algún tiempo en Málaga, y 
llegó hasta á desempeñar el alto cargo de cátib ó 
secretario de los emires de la España oriental. Em- 
prendió el año 560 (1164-65) un viaje á Oriente, se 
estableció en .Alejandría y pasó hiégo á la corte de 
Saladino (1174-93), de quien recibió protección y 
toda suerte de obsequios, como escribe Aben ai 
Abbar (2). * 

Siguiendo el orden cronológico en dar á conocer 
el fallecimiento de los escritores valencianos, nos 
vemos á cada paso en la imperiosa necesidad de sus- 
pender el relato de los sucesos políticos, testimonio 
elocuente del alto grado á que durante el siglo xn de 
nuestra era alcanzó la cultura muslímica valenciana. 

El 30 de octubre de 1182 murió en Valencia Abu 



(1) De sus producciones se citan: — i. Continuación de ac, £ilah de Aben 
Pascual. — 2. Clases de jurisconsultos desde Abd el Barr hasta su tiempo. — Y 
3. Libro de lo suficiente acerca de las clases ú órdenes de tradiciones (Pons, 
biogr. n.* 195). 

(2) Á, ruegos de Saladino escribió un libro, cuyo titulo era: «El que habla 
claramente sobre la historia de las excelencias de la gente magrebina» (Pons, 
biogr. n.o 196). 



- 57i - 
Muhámad Abdallah ben Yahya el Hadrhamí, nacido 
en Palma, cerca de Gandía. Fué vecino dé Játiba, y 
se distinguió como historiador, filólogo y poeta (i). 
También falleció en 578 (may. 1182-abr. 1183) 
otro hijo ilustre dé Palma, distrito de Bairén. £ahib 
a$ £alat, que asi se llamaba, murió en Valencia, pero 
SB6 restos mortales fueron trasladados al lugar de su 
nacimiento (2). Bajó entonces al sepulcro, como ya 
se dijo, Merwán, el emir de Valencia, depuesto en 
6 de enero de 11 46. Y en ramadhán del mismo año 
(dic. 1182-en. n83)dejóde existir, en Córdoba, el céle- 
bre historiador Aben Pascual, oriundo de Sorrión, 
cerca de Játiba (3). 

De dos hechos ruidosos, ocurridos casi al mismo 
tiempo, vamos á ocuparnos ahora: glorioso y afortu- 
nado el uno, y relacionado, según se dice, con los 
venerandos restos del invicto mártir de Valencia, San 
Vicente; no menos ruidoso el otro, pero de éxito 
nada favorable á las armas cristianas. 

En el capítulo III de la primera parte escribimos, 
tomándolo del moro Rasis, «que cuando el primer 
Abderrahmán estuvo en Valencia en 760, huyeron de 
ella los cristianos con el cuerpo de San Vicente Már- 
tir, y le colocaron en el Promontorio Sacro de Portugal, 
llamado en adelante, por esta razón, Cabo de San Vi- 
unte.» Y algo más adelante, siguiendo una llamada 
tradición, anadiamos que, dueño ya de Lisboa (1148) 



(1) Casiri, Poetarum, n.° 37.— Pons, biogr. n.° 199. — Chabás, Hist. de 
Denia, I, 260. 

(2) Pons, p. 407. * 

(j) Pons, biogr. rnSpi. 200. — El Archivo, VII, 370. 



< - 572 - 

Alfonso Enríquez, hizo por mar un paseo hasta el 
Promontorio Sacro, y, guiado por aquellos cristianos 
(que quedaron después de la horrorosa devastación 
del caudillo Abu'l Hassán en 1112), descubrió, bajo 
bóveda cubierta de escombros, el ansiado tesoro. En 
1 1 73 fué su traslado á la iglesia mayor de la capital 
del reino, y tres años después se le llevó á Braga.» 

Según el cronista de Alfonso VIII, ocurrió este 
suceso, qye tanta relación tiene con Valencia, diez 
años después. Estas son sus palabras: 

cEn este año (1183), escribe el P. Juan de Mariana fué 
la Translación del cuerpo de San Vicente Mártir, desde el Pro- 
montorio Sacro, á la ciudad de Lisboa, por el cuidado y devoción 
de el rey don Alonso de Portugal. Premióle Dios este buen zelo, 
con darle felizes sucesos, entrando triunfante por las tierras de la 
otra parte de el Tajo, que confinan con Guadiana; y consiguió 
grandes victorias de los moros, hasta dar vista á Sevilla, tomán- 
doles á Ylipa, que es Niebla. Y, queriendo satisfacerse los moros, 
.entraron en Portugal, hasta sitiar á Samaren; pero, saliéndoles 
al encuentro, por una parte el rey don Alfonso, y por otra su 
hijo don Sancho, iueron vencidos y desbaratados, y su caudillo 
Aben Jacob se ahogó en el rio Tajo» (i). 

Es admirable la concordancia que guarda esta rela- 
ción con la de autor árabe á quien sigue Conde. Dice 
que venido el año 579 (abr. 1183-84) el emir Yúsuf 
Abu Jacob vino á España á su tercera jornada de santa 
guerra; Salió de Marruecos el sábado 25 de xawal 
(14 febr. 1 184); de Salé, en jueves 30 de dilcada 
(16 marzo); de Fez, el 4 de muhárram de 580 (17 



(1) Castro, Coróttiea del Rey de Castilla Don Alonso Octavo, XXXII. -Harían* (XI, 16) úfala 
por techa de la muerte del Emir el año 1 1 84. 



— 573 — 

abril); de Ceuta, después del embarque de zenetas, 
masamudes, magaravas, zan hagas, owaras y otras 
tribus berberíes, y almohades, algazáces y ballesteros, 
el jueves 5 de sáfer (18 mayo). Entró en Sevilla des- 
pués que pasó el jiuma ó viernes 23 de sáfer (5 junio), 
y con su. hijo Cid Abu Ishac, seguidos de aquel nu- 
meroso ejército, caminaron á su gazua hacia medina 
Sant-Arén del Algarbe de España, frente á cuyos 
muros sentaron el campo el día 7 de rabié i.*( 18 junio). 

Por espacio de medio mes se la cercó y combatió 
con diferentes máquinas é ingenios: de día y de noche 
se la daban continuos rebatos, de modo que se la 
estrechó y apuró mucho. Se le ocurrió al Emir mudar 
el campo al norte y poniente de la ciudad en la noche 
del 22 de aquel mes (3 julio). Mandó á su hijo 
que al hacerse de día hiciese con los muslimes espa- 
ñoles una cabalgada á Lisboa. Entendió Cid Abu 
Ishac que aquella misma noche partiese para Sevilla, 
y el diablo esparció en el ejército sitiador la voz de 
que se había mandado levantar el campo y marchar 
aquella noche. Taifa tras taifa fueron desfilando antes 
que amaneciera. 

Al salir el sol el 4 de julio, el Emir, que había 
estado en su pabellón sin saber lo que pasaba, encon- 
tróse, frente á una plaza de guerra, sin más gente que 
unas pocas tropas andaluzas, la gran impedimenta 
de su bagaje y toda la chusma del campamento, que 
sólo sirve de estorbo. Desde los muros de Santarén y 
desde las atalayas descubrieron los cristianos aquel 
pequeño grupo de enemigos. Abrieron las puertas y se 
lanzar