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Full text of "Valladolid, Palencia y Zamora;"

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Talladolid 
Falencia y Zamora 



^fú 



MiiiTOS í AEIES-SÜ NlTÜMLm E ilSmiA 

Valladolid 

:©ALENCIA Y JZaMORA 

t>. gosé Ü)." Quaírrabo 

Fotograbados de Meíseneach y Gómez Polo — Hkliografías de Thomás 
Cromos de Xumetra — Dibujos de Pascó, Pasbos, Xumetra 

RlQUERO Y DcÉGUEZ 



BARCELON.A 

ESTABLECIHIEBTO TIPOGRÁFICO - EDITORIAL DE DANIEL CORTEZO Y O 
Calle de Ausias-March , Nüheros q; v 97 



iflí^íífWl^ieííte» V. 




'^^^^p^^' 






SL bajar de las sierras asturianas los sucesores de Pelayo, 
no pararon en su primer ímpetu hasta los montes de Avila 
y Extremadura, invadiendo una y otra vez el dilatado territorio 
que surcan el Duero y sus copiosos tributarios. Aquellas vastas 
y fértiles regiones, no divididas entre sí por valla alguna consi- 
derable, no pobladas ni definitivamente poseídas sino al cabo de 
algunos siglos, formaron el ensanche natura! del reino de León 
paralelamente con el del condado de Castilla. Hoy reparten en- 
tre sí el expresado suelo cuatro grandes provincias : Falencia, 
Zamora, Valladolid y Salamanca. 



VI INTRODUCCIÓN 



Habitábanlo en las edades más remotas los vacceos y los 
vetones en zonas estrechas y prolongadas de norte á mediodía; 
los primeros al oriente, desde las fuentes del Carrión y del Pi- 
suerga hasta los montes de Guadarrama; los segundos del 
Duero al Tajo, abarcando una porción de Extremadura. A la 
vida nómada de los pueblos pastores reunían los vacceos la la- 
boriosidad de los agrícolas, distribuyéndose anualmente las tie- 
rras que habían de cultivar y el producto de las cosechas, y 
castigando con pena de muerte tedia oGiikación ó atentado con- 
tra la común propiedad (i): los cereales, principal riqueza de 
sus feraces llanuras, metíanlos durante las guerras en hondos 
graneros, donde se conservaba el trigo cincuenta años y cienjto 
el mijo. Más tarde se reunieron en poblaciones, y Plinio les 
atribuye diez y ocho, Tolomeo nombra veinte, y menciona algu- 
nas más el itinerario de Antonino (2). Independientes y aguerri- 
dos, levantaron en unión con los ólcades y carpetanos un ejército 
de cien mil hombres contra Aníbal (3), y defendieron brava- 
mente de la avidez y soberbia de los cónsules romanos sus bie- 
nes y su libertad. El pretor Lucio Postumio Albino fué el primero 
que en el año 1 79 antes de Cristo invadió y saqueó sus comar- 
cas, matando á treinta y cinco mil de los habitantes (4) : siguióle 
treinta años después el avariento Licínio Lúculo, cuyas hazañas 



(i> ínter Jinilimas illas gentes^ dice Diodoro Sicu\o, cu liissima est Vaccceorum 
naiio. Hi enim divisos quoiannis agros colunt, et communicatis inter se frugibus, 
suam cuique Partem atlribuunl: rusticis aliquid interverteutibus, suppiicium capitis 
muleta est. Silio Itálico apellida late vagantes á los vacceos. 

(a) Las que nombra Tolomeo, y cuya difícil reducción no emprenderemos en 
este lugar, son: Bargiacis, Intercacia, Víminacium, Porta Augusta, Ántraca, Meo- 
riga. Avia, Sepontia Parámica, Gella, Albocella, Rauda, Segísama Julia, Palancia, 
Eldana, Cougium, Cauca, Octodurum, Pintia, Sentica y Sarabris. En el camino de 
Mérida á Zaragoza menciona Antonino en dicha región á Sibaria, Ocello Duri, Al- 
bucella, Amallóbrica, Septimanca y Nivaria; y en el de Astorga á Zaragoza á Bri- 
gecio, Intercacia, Tela, Pincia y Rauda. Plinio cita álntercacia, Palancia, Lacóbriga 
y Cauca; Estrabón á Segisama, Intercacia y Aconcia bañada por el Duero. 

(3) Carpetanorum cum appendicibus Olcadum Vaccceorumque centum millia 
fuere^ invicta acies si cpquo dimicaretur campo. (T. Livio.) 

(4) Eadem cestate et L. Posthumium in Hispania ulteriore bis cum Vaccceis egre- 
gie pugnasse scribunt, ad triginta et quinqué millia hostium occidisse et castra op- 
pugnasse. (T. Livio, Dec. IV, lib. X.) 



Campesino de Valladolid 



INTRODUCCIÓN Vil 



se redujeron á la pérñda matanza que sin respeto á los pactos 
hizo en los moradores de Cauca, al infructuoso sitio de Interca- 
cia, y á la retirada vergonzosa que hubo de emprender perse- 
guido hasta el Duero por los de Falencia ; pero más desastrosa 
fué todavía catorce años adelante la de Emilio Lépido, á quien 
mataron seis mil soldados los palentinos dignos aliados de Nu- 
mancia. Necesitóse el esfuerzo del vencedor de ésta, Escipión 
Emiliano, para domar á los vacceos, que cercados prefirieron la 
muerte á la servidumbre (i). Los vetones, no menos belicosos, 
al mando de su jefe Hilermo auxiliaron á Toledo sitiada por 
Fulvio Nobilior, y figuraron en las guerras púnicas y en las de 
los pompeyanos contra César, formando en el ejército romano, 
después de sometidos, cohortes y escuadrones ó alas de caballe- 
ría, pues sobresalían en ligereza sus jinetes como sus yeguas en 
fecundidad (2). Inaccesibles al ocio y á toda idea de diversión ó 
paseo, no comprendían medio entre el descanso de las tiendas y 
la fatiga de los combates (3). 

Á la caída del imperio romano, destituido aquel país de po- 
der que le amparara, quedó abandonado á las incursiones de los 
suevos y á los estragos aún más asoladores de los godos, á cuyo 
dominio no pasó completamente sino reinando Leovigildo. La 
monarquía goda dejó en él vestigios y recuerdos no escasos: en 
San Román de Hornisga escogió Chindasvinto sepultura para 
sí y para su esposa ; en Baños junto á Falencia edificó Reces- 
vinto una iglesia á San Juan Bautista; en Gérticos acabó sus 
días este rey, y allí mismo se cree fué elegido Vamba en el 
lugar que lleva su nombre. Campos Góticos se denominaron por 



(i) Vaccoei obsessi, liheris ei Conjugibus trucidatis, tf>st se interemeruni. ^T. Li- 
vio, epítome lib. LVIl.) 

(2) Leves intitula Lucano á los vetones. Silio Itálico aplica á sus yeguas la cé- 
lebre fábula de que concebían simplemente del viento. 

(3) Refiere Estrabón que al principio tuvieron por locos á unos centuriones 
romanos á quienes veían pasearse delante de su campamento: putabant enim aut 
in tabernáculo quiete sedendum aut puf^nandum esse. 



Vin INTRODUCCIÓN 



largo tiempo las vastas llanuras actualmente conocidas por tie- 
rra de Campos. 

Pronto cesó de pesar sobre ellas el yugo sarraceno, pero 
tarde reflorecieron la paz y la seguridad en el emancipado terri- 
torio. Desde que lo atravesaron por primera vez los victoriosos 
pendones de Alfonso I, hasta que se cubrió de ciudades, villas y 
lugares, transcurrieron no menos de tires siglos, durante los cua- 
les apenas fué otra cosa que un yermó, y dilatado palenque 

abierto á las encarnizadas luchas de los opresores y de los liber-. 

• 

tadores de España. Aunque Alfonso III fijase en el Duero la 
frontera estableciendo en Zamora su cuartel general, aunque 
victorioso en Simancas Ramiro II emprendiese la colonización de 
las riberas del Tormes y del Adaja, á menudo las algaras infle* 
les en la creciente de sus avenidas borraban los límites trazados 
por la espada de nuestros reyes, y barrían los prematuros ensa- 
yos de la cristiana restauración. Hasta mediados del siglo xi no 
se dio pues por aflanzada su posesión y por consumada su con- 
quista. En 1035 fué repoblada Falencia, en 1 102 Salamanca, y 
por el mismo tiempo Zamora que no habia podido sostenerse 
tan aislada; Ciudad Rodrigo lo fué después hacia 1 170. 

Cuando se levantaron de entre sus ruinas ó tuvieron princi- 
pio estas poblaciones, reinaba ya en todo su esplendor el arte 
bizantino. Él dotó de catedrales para su tiempo suntuosas á Za- 
mora, Salamanca y Ciudad Rodrigo, á V^lladólid y Toro de 
ricas colegiatas, de preciosos templos á Dueñas^ Carrión, Agui- 
lar de Campóo y Benay^nte ; él sembró de parroquias innume- 
rables las ciudades y las villas, de ermitas y de castillos los 
cerros, de monasterios y prioratos los páramos y las márgenes 
de los ríos. Sea por la grandeza y hermosura que supo dar á 
sus construcciones, bastante para prevenir el de$eo ó la necesi- 
dad de renovarlas, sea por el dichoso estacionamiento del país, 
lo cierto es que en ningún otro quizá se han conservado tan en- 
teras y en tanto número, y que su tipo venerable, tan raro en 
otras partes y allí tan familiar, parece vivir con lo presente en 



INTRODUCCIÓN IX 



vez de permanecer inmóvil cual monumento de lo pasado. 

Á pesar de su tardía aparición, muy en breve alcanzaron las 
nuevas colonias la plenitud de su desarrollo y el colmo de su 
grandeza. Irradió sobre toda la comarca el subitáneo brillo de 
Valladolid honrada tan á menudo desde el siglo xii con la resi- 
dencia de los soberanos de Castilla, y llegó á ser el foco vital y 
el corazón de la monarquía durante períodos, infelices y turbu- 
lentos unos, ilustres y gloriosísimos los otros. No hay villa ape- 
nas en aquellos campos que no haya encerrado por algún tiem- 
po la corte dentro de sus tapias; ni hay castillo que no recuerde 
insignes títulos ó solares, prisiones de magnates ó príncipes, si- 
tios, asaltos, hazañas y catástrofes; ni hay allí nombre que no 
suene, ni lugar que no se describa, en las crónicas de los si- 
glos XIV y XV y en las historias del xvi. Las azarosas menorías 
de Femando IV y Alfonso XI, el brillante é inquieto reinado de 
Juan U, las glorias inmortales de los Reyes Católicos, las re- 
vueltas de las Comunidades, la tranquila pujanza del Empera- 
dor, la severa majestad de Felipe II, la decadente pompa del Ter- 
cero, todo lo llenan de memorias suyas, y se adhieren con indi- 
soluble vínculo al suelo donde estamparon más particularmente 
sus huellas. 

Y no fué sólo Valladolid el teatro de tan larga serie de 
acontecimientos: al rededor suyo participan de su fama y com- 
pletan sus anales Peñafíel, Olmedo, Medina del Campo, Siman- 
cas, Tordesillas, Villalar, Medina de Rioseco, conservando más 
ó menos completo el traje del lucido papel que desempeñaron. 
Falencia sobre el Carrión, Zamora y Toro sobre el Duero, si 
bien no tan encumbradas como la reina del Pisuerga, tienen 
historia y existencia propia, antiguos blasones, notables monu- 
mentos; pero con aquella compite en rango y la vence en mag- 
nificencia la abatida Salamanca, que si la una fué corte del reino, 
la otra lo fué de las ciencias durante más largo tiempo. Iglesias, 
conventos, colegios, palacios, forman un gran museo arquitec- 
tónico de la ciudad del Tormes, cuyo séquito componen girando 



INTRODUCCIÓN 



en torno de ella y recibiendo su luz Alba, Ledesma, Béjar y 
Ciudad Rodrigo. 

Adulta y poderosa vamos á hallar pues la monarquía, que 
en Oviedo vimos dentro de la cuna, y creciente y joven en 
León ; pero no tal como después se ha mostrado desde que fijó 
en Madrid su capital, dotada de aquella unidad centralizadora 
que absorbió casi en el estado la personalidad de las provincias 
y de los municipios. Veremos todavía al feudalismo , indócil y 
osado tal vez más que nunca, dictar á menudo la ley al sobe- 
rano, y hacerle guerra con las mercedes de él obtenidas ; vere- 
mos al trono, viajando siempre de pueblo en pueblo, llevar una 
vida ambigua entre la de campamento y la de corte, y carecer 
de asiento y hasta de palacio propio en los días de su mayor 
grandeza; veremos más veces en guerras intestinas que en he- 
roicas campañas contra los moros agitarse aquellos campos y 
cruzarse unas con otras las lanzas castellanas ; á los concejos, 
fieles auxiliares del poder real, sucumbir después en la liga for- 
mada contra los abusos del mismo ; á las nobles ciudades de 
Castilla sobrevivir á su representación y á sus fueros , retenien- 
do su peculiar carácter y fisonomía en el seno de la general 
nivelación; veremos por fin, en correspondencia con esta dilata- 
da sucesión histórica , desenvolverse en construcciones magnífi- 
cas el arte, desde los primeros ensayos del género ojival hasta 
la mayor pureza y suntuosidad del renacido greco-romano. 



r 



» • i 



1 



¥ «o que ha sido Madrid de tres siglos á esta parte, eso fué 
^^^ Valladolid durante los tres anteriores: una villa improvi- 
sada y sin historia, objeto de la predilección gratuita de los mo- 
narcas, preferida á las antiguas cortes de León y Burgos y á 
las gloriosamente conquistadas de Toledo y Sevilla para ñjar 



12 VALLADOLID 



SU real domicilio, y mantenida con todo en su humilde clase, 
corriendo los días de su mayor pujanza, tal vez para que recor- 
dase, así ella como las ilustres ciudades postergadas, que^ todo 
lo debía al soberano favor. Sin embargo la villa del Pisuerga 
pretende tener sobre la del Manzanares patentes y naturales 
ventajas; un suelo más fecundo, un río más caudaloso, situación 
más oportuna para constituirse emporio de comercio y navega- 
ción por medio de no difíciles canales. Á principios del siglo xvii 
logró todavía arrebatar por algunos años á su rival y sucesora 
la dignidad de capital de la monarquía; y aún ahora, importan- 
te por su categoría civil, judicial y universitaria, extendida su 
jurisdicción militar sobre el antiguo reino de León hasta las 
costas del Océano, y elevada últimamente al rango de metro- 
politana su sede episcopal que no cuenta tres siglos de existen- 
cia, es acaso la única entre las ciudades de la vieja Castilla, que 
en vez de sentarse sobre las ruinas de lo pasado, camina á su , 
engrandecimiento con la mirada fija en el porvenir. 

En su formación y planta ofrece Valladolid singular analo- 
gía con la presente .corte. Como ésta, empezó por un pequeño 
núcleo á orillas del río que al occidente corre, y al rededor del 
primitivo alcázar que se trocó después en monasterio de San 
Benito; como ésta, fué creciendo y redondeándose por norte, 
levante y sur, manifestando en la irregularidad de sus extremi- 
dades la gradual inclusión de los arrabales en su recinto ; como 
ésta, tiene al oriente su Prado que se interna en la población, 
si bien menos prolongado y harto más inculto que el madrileño. 
Lo que empero la distingue son los dos brazos del Esgueva, 
riachuelo angosto si bien á veces asolador como un torrente, 
que cruzan del este al oeste casi paralelamente la ciudad, el 
uno por medio de ella en dirección algo oblicua, el otro descri- 
biendo en línea curva su circuito meridional, y ambos desaguan 
por separado en el Pisuerga. Variedad en las perspectivas y 
abundancia de contrastes, magníficas plazas y sombrías plazue- 
las, simétricas y alineadas calles junto á viejas y tortuosas 



VAL LA D O L I D I3 

manzanas, brillantes tiendas y ruinosas tapias de conventos, 
focos de animación y movimiento en medio de yermos y silen- 
ciosos barrios, monumentos de toda clase y de toda época des- 
collando sobre caserío ya humilde ya ostentoso : he aquí lo 
que encierra de preferente para el artista la corte de los siglos 
medios respecto de la uniformidad de la moderna (i). Es ver- 
dad que lo mismo que á Madrid, sus coronados protectores no 
le dejaron por lo general grandiosos edificios, ni se vio decora- 
da en el apogeo mismo de su gloria con obras comparables á 
las que ennoblecieron á León , Burgos, Toledo, Sevilla y Sala- 
manca; pero lo recibido de entonces, en g^an parte lo ha con- 
servado, cesando al par de la necesidad de su ensanche, y del 
fausto y exigencias de su destino, la destructora manía de la 
renovación. 

La entrada principal que presenta Valladolid al mediodía, 
es de incomparable magnificencia. Al asomar por la puerta del 
Carmen, compuesta de tres arcos y erigida en el reinado de 
Carlos III cuya estatua la corona, descúbrese de golpe una área 
triangular, diez y seis veces más extensa que la plaza Mayor 
de Madrid (2), vuelta por la base á la circunferencia y por el 
vértice hacia el centro de la población, y rodeada toda de tem- 



fi] Mengua es que en nuestros ariisiicos tiempos se desconozca ó se olvide lo 
que medio siglo atrás, bajo el imperio de la regularidad clásica, no se ocultaba al 
viajero Bosarte, quien hablando de Valladolid escribe : «Los que pretenden que 
todas las casas de un pueblo ó de cada calle se tiren á cordel y sean iguales en 
altura, que las plazas sean altas y cargadas de habitaciones y que el aspecto sea 
muy igual... no dudarán con tales principios despojar crudamente á los sentidos 
de su principal deleite que es la variedad/ ni tendrán reparo en fastidiarlos con 
una pesada monotonía, ni en hacer tolerar el ímpetu de los vientos encañonados 
por calles rectas, ni en fastidiar con penosas y tristes escaleras á los que usan las 
habitaciones. Los vicios de la planta de un pueblo no están en que sus calles sean 
diferentes entre sí, ni en que entre unas y otras casas haya desigualdad de altu- 
ras, ni en que se continúen por medio de tapias de jardines.» 

(3) Ponz la consideró sólo tres veces más grande; pero Bosarte asegura que 
de su medición resultan 42 obradas de tierra menos 80 estadales, componién- 
dose cada obrada de 600 estadales cuadrados, y cada estadal de 10 pies por lado. 
Consta pues el Campo Grande de 2.5 1 2,000 pies, mientras que el área de la plaza 
Mayor de Madrid no llega á 145,000. 



14 VAI. LADOLID 

píos y públicos edificios. Doce conventos, además del grande 
hospital de la Resurrección, los unos abandonados ó converti- 
dos en diversos usos, habitados los otros por religiosas, cierran 
en dilatada línea este ámbito inmenso, descollando entre sus 
desiguales fachadas de los siglos xvi y xvii la ostentosamente 
churrigueresca de San Juan de Letrán : los Mercenarios des- 
calzos que lo poseían, los Capuchinos, los Carmelitas calzados, 
los de San Juan de Dios, los Agustinos recoletos, todos salie- 
ron á la vez de su morada, sino los misioneros Filipinos; pero 
en la suya permanecen con la iglesia abierta al culto las fran- 
ciscanas de Sancti Spiritus y de Jesús María , las dominicas de 
la Laura y de Corpus Cristi, las huérfanas de la Misericordia*; 
y solamente á la de Agustinas recoletas en el vecino Campo de 
la Feria se ha trasladado la parroquia de San Ildefonso. Cual- 
quier objeto parece allí diminuto, cualquiera muchedumbre es- 
casa, cualquier adorno ó monumento que no fuese colosal se 
perdería en el seno de tal espacio (i); tanto que apenas logra 
llamar la atención un elegante paseo de olmos y acacias, largo 
de mil cuatrocientos pies y con una fuente á su extremo, que 
ocupa el lado oriental de la esplanada (2). Campo Grande la 
llama el pueblo, Campo de Marte los eruditos, y añaden que 
en otro tiempo se apellidó de la Verdad cuando servía de pa- 
lenque á los caballeros para mantener su derecho con la espa- 
da: á las lides, á las justas y festejos sucedieron más lúgubres 
espectáculos, y más de una vez se levantaron los patíbulos y se 
encendieron allí las hogueras á fin de sofocar en España los 
gérmenes del oculto fuego del luteranismo. 

Atravesada ésta que pudiéramos calificar de ante-ciudad y 



(i) Hubo en medio una fuente, «y porque levantaron, dice Ponz, el falso testi- 
monio de que no le llegaba el agua, la quitaron de allí.» 

(2) Desde que escribía en 1861 estas páginas, se han realizado en aquella in- 
mensa plaza arreglos y construcciones de importancia, que si bien embellecen 
mucho su aspecto, me juzgo dispensado de (letallar en una obra de carácter ar- 
tístico y monumental. Ha desaparecido por desgracia, si mal no recuerdo, el arco 
de ingreso á la calle de Santiago con el objeto de ensancharla. 



VALLADOLID I5 

un puentecillo sobre el Esgueva, introduce á la población un 
arco titulado de Santiago y sustituido á la antigua puerta del 
Campo^ obra sencilla y majestuosa de principios del siglo xvii 
que se atribuye á Francisco de Praves, insigne arquitecto. Dos 
templos sobresalen en la primera calle que se enfíla, fundados 
los dos á últimos del xv, pero renovados en época de mal gusto; 
el uno de las comendadoras de Santiago metido en un patío 
adentro, el otro parroquial bajo la advocación del mismo após- 
tol, cuyo ábside y cuadrada torre conservan restos venerables 
de gótica arquitectura. Mejores los contenía el grandioso convento 
de San Francisco, situado á la derecha de la propia calle al 
desembocar en la plaza Mayor; y con ellos han perecido en su 
fatal demolición recuerdos históricos de más valía que las nuevas 
casas construidas en su solar y la espaciosa acera ofrecida á los 
curiosos y paseantes. 

La plaza Mayor de Valladolid, pues la anterior se deno- 
mina campo más bien que plaza, reúne las condiciones apeteci- 
bles en obras de este género: planta regular cuadrilonga de 
ciento treinta pies de anchura por ciento noventa de longitud, 
uniformes casas con tres órdenes de balcones, cómodo pavimen- 
to, pórticos sostenidos por magníficas y altas columnas de una 
sola pieza, toda la hermosura en fin que puede dar una perfecta 
simetría. Ocupa el centro del lienzo septentrional la casa de 
Ayuntamiento, presentando seis balcones en el piso bajo y diez 
y siete en el principal divididos solamente por pilastras á mane- 
ra de galería; deslácenla empero lo aplastado de las aberturas 
y los extravagantes chapiteles de sus dos torres, entre los cua- 
les se eleva no con mucha mayor gracia el moderno cuerpo del 
reloj t:oronado de trofeos militares. Así renacieron de las ceni- 
zas del espantoso incendio de 1561 la plaza y el edificio muni- 
cipal bajo la dirección de Francisco Salamanca, por cuya traza 
se reedificaron también los contiguos barrios de la Platería, 
Especería y Rinconada que el fuego había consumido con sus 
riquezas. Del trágico fin de D. Alvaro de Luna señálase como 



l6 VALLADOLID 



recuerdo el mascarón de bronce colocado en un ángulo de la 
plaza (i); mas no fué en esta donde murió decapitado el con- 
destable, sino en la vecina del Ochavo, que en el siglo xv se 
intitulaba la Mayor, y cuyo ámbito posteriormente redujeron las 
manzanas al rededor construidas. 

Ahora la plazuela del Ochavo es simplemente casi una en- 
crucijada, formada por la intersección de varias simétricas calles, 
que toma el nombre de la octógona figura que le dan sus re- 
machadas esquinas. Igual uniformidad en el caserío, igual pro- 
fusión y grandeza de columnas traídas á gran costa de las 
lejanas canteras de Villacastín, reproducen las inmediatas calles, 
residencia del comercio; y no acaban los soportales sino en la 
Platería, que desde el Ochavo adelante sigue tirada á cordel y 
decorada de pilastras en vez de columnas, campeando en su 
fondo la bella fachada de la iglesia de la Cruz, atribuida sin 
razón bastante á Juan de Herrera. Á espaldas de la casa de 
Ayuntamiento, en la plaza de la Red destinada á la venta de 
comestibles, cimbréase sobre la fuente de la Rinconada una 
graciosa pirámide frente á la iglesia de Jesús Nazareno, y cerca 
de allí adorna la fuente Dorada una linda estatua de Apolo. 

Si en vez de seguir en dirección al oeste por aquel sitio des- 
ahogado hasta dar vista á la torre de San Benito y salir á la 
margen del Pisuerga, nos internamos por la ciudad hacia levan- 
te remontando el pequeño cauce del Esgueva que corre á tre- 
chos subterráneo, pronto á la vuelta de algunas calles se nos 
aparecerá la grandiosa aunque incompleta mole de la Catedral, 
privada de las dos torres que debían flanquearla, una de las 
cuales no llegó á concluirse y la otra se vino al suelo en nues- 
tros días. El que reconozca como tipo único de perfección la 



(i) Conjetúrase con bastante probabilidad que el mascarón fue puesto allí por 
los años de j 65 8, en que el supremo consejo de Castilla declaró en juicio contra- 
dictorio la inocencia y lealtad de D. Alvaro dos siglos después de su muerte, y 
que la argolla que en la boca tiene alude á la falsedad con que depusieron contra 
él los testigos. 



VALLA DO LID I7 



severa y grandiosa arquitectura de Herrera, se extasiará ante 
la dórica fachada, si bien afeada ya en su segundo cuerpo con 
barrocas añadiduras, y deplorará entrando en el templo que se 
haya quedado á la mitad de la obra aquel todo sin igual (i), 
trazado para descollar sobre todas las catedrales como el Esco- 
rial* su hermano sobre todos los monasterios; pero el artista 
exento de exclusivismo, sin rehusar su admiración á la sencilla 
majestad de lo edificado, reservará una lágrima para la antigua 
colegiata bizantina que se creyó necesario demoler al erigir la 
nueva sede, y cuyas interesantes ruinas se alegrará aún de po- 
der contemplar al través de los principiados arcos y pare- 
dones. 

Siguiendo el flanco derecho de la Catedral decorado de pi- 
lastras y ventanas cuadradas ó circulares, descúbrese la plaza 
de Santa María, y á un lado de ella la churrigueresca fachada 
de la Universidad con estatuas de las ciencias que allí se ense- 
ñan y de los reyes que la protegieron, empezando por Alfon- 
so VIIJ. Cambia ya en sus contornos el aspecto de la ciudad: 
las calles, como las de Francos, Moros, Rúa oscura, las Parras 
y Ruiz Hernández, conservan los nombres que en los siglos xii 
y xiii recibieron; muchas de las casas ofrecen, si no la forma de 
entonces, al menos el delicado estilo plateresco, combinado en 
algunas con las postreras galas del gótico. Los puentecillos 
sobre el Esgueva que cruza por allí descubierto (2), los árboles 
que sombrean sus orillas, dan á aquel barrio un no sé qué de 
campestre y pintoresco ; y completan la variedad del cuadro el 
bizantino pórtico y el gótico ábside y crucero de la parroquia de 
la Antigua. 

Fundada á fines del siglo xi por el conde Pedro Ansúrez y 



(i) Tal proyectó hacerlo su artífice, desterrando para siempre de España, se- 
gún expresión suya, la barbarie y soberbia ostentación de los antiguos edificios, 
es decir, de los góticos. 

(2) Posteriormente se ha cubierto el cauce del arroyo, perdiendo el sitio en 
variedad é interés lo que ha ganado en higiene y policía. 



\ 



l8 VALLADOLID 

ampliada en el xiv por Alfonso XI, levanta esta venerable igle- 
sia al otro lado de la Catedral, como para humillarla, su torré 
monumental de cuatro cuerpos, que lleva el peso de más de 
siete centurias, coronada por una aguja de pintados ladrillos. 
A su sombra parecen agruparse los solares más ilustres: frente 
á la graciosa portada corintia del santuario de las Angustias, 
da entrada al palacio del almirante D. Fadrique Enríquez, hon- 
ra y prez de Valladolid en el siglo xvi, un arco semicircular en- 
cima del cual se abría un lindo ajimez encuadrado dentro de la 
moldura ; muéstrase convertida en hospital la antigua mansión 
del conde Ansúrez, embellecida con gótico portal y artesonado 
posteriores á su época; la del marqués de Villasante luce sus 
labores platerescas en la calle del Rosario, pequeña iglesia que 
tiene de gótico la entrada y parte del interior ; y en la casa del 
marqués de Revilla, esquina á la calle de la Ceniza, llaman la 
atención una rica techumbre sobre la escalera y una galería 
formada de caprichosos arabescos. En medio de estos nobles 
albergues descuella la bizantina torre de San Martín, coetánea 
casi y semejante á la de la Antigua, menos en el cónico remate 
que se le quitó; pero su iglesia parroquial en 1621 fué renova- 
da toda al estilo dórico por Francisco de Praves. 

¿Quién al entrar en Valladolid no pregunta por San Pablo, 
prodigio del arte gótico y depositario de insignes recuerdos 
desde la menoría de Juan II hasta el retiro del duque cardenal 
de Lerma su restaurador? Vedle allí al célebre templo de do- 
minicos al extremo de la Corredera de su nombre, ostentando 
en la riquísima portada más profusión de labores y esculturas 
que pureza y elegancia de líneas, y encerrando en la grandiosa 
y desmantelada nave la majestad de una basílica. Cansados los 
ojos de ver y de admirar tropiezan á la vuelta del edificio con 
la portada del inmediato colegio de San Gregorio, no menos 
labrada y minuciosa que la de San Pablo, y erigida como ésta 
por la generosidad de fray Alonso de Burgos, obispo de Falen- 
cia: patios, galerías, portales, ventanas, artesonados, todo se 



V A L L A D o L I D IQ 



halla revestido de la pomposa ornamentación que se acostum- 
braba á últimos del siglo xv; y si aún ahora sorprende tal cú- 
mulo de bellezas, ¡cuál sería su completo efecto, antes que 
arrebataran los franceses el primoroso sepulcro del fundador, 
antes que fuera demolido para presidio-modelo el claustro mag- 
nífico de San Pablo, antes que para instalar en el colegio las 
oficinas del gobierno civil se mutilaran ó destruyeran sus estan- 
cias y sus muros exteriores! 

Á estos monumentos acompañan dignamente las casas cir- 
cunvecinas. Frente á San Pablo presenta el real palacio de Fe- 
lipe III, comprado al duque de Lerma, su grave frontis guarne- 
cido de dos torres y coronado por una serie de arcos de medio 
punto, como casi todos los del siglo xvi, y su patio rodeado de 
galería alta y baja con relieves y medallones platerescos. Aque- 
lla linda ventana de abalaustradas columnas, abierta en el án- 
gulo mismo de la casa del conde de Ribadavia (i), esquina á la 
Corredera, recuerda el nacimiento y solemne bautizo de Felipe II, 
que salió para la augusta ceremonia por un pasadizo levantado 
desde una reja del piso bajo hasta la vecina iglesia de domini- 
cos. Delante de San Gregorio otra casa del duque del Infantado 
despliega al rededor del patio dos elegantes arquerías de orden 
jónico con bellas y finísimas labores en el friso superior ; y en el 
fondo de la ancha calle muestra su gallarda arquitectura la de- 
nominada del Sol^ construida á principios del xvii por el sabio 
conde de Gondomar, Diego Sarmiento de Acuña, quien reedificó, 
al propio tiempo, la contigua parroquia de San Benito el Viejo, 
esculpiendo á espaldas de ella un grande escudo imperial. La 
parroquia, actualmente suprimida, da vista á una plazuela, desde 
la cual tirando siempre hacia nordeste se divisa otra desierta 
plaza; allí se isienta melancólica la iglesia de Santa Clara, mani- 
festando exteriormente sus dos épocas, de fundación en el si- 
glo XIII y de ampliación en el xvi. Hacía 1619 avanzó desde 



(i) Hoy del marqués de Camarasa. 



20 VALLADOLID 



San Benito hasta más allá del convento la puerta septentrional 
que lleva hoy su nombre, para incluir en el recinto de la ciudad 
aquel arrabal formado como una excrecencia sobre el camino de 
Burgos ; y entonces también quedó dentro de la cerca el extenso 
Prado, que todavía permanece al cabo de más de dos siglos va- 
cío y yermo en medio de la población. 

Causa novedad verse trasladado de pronto desde las angos- 
tas calles á aquel anchuroso espacio, que hacen medroso las 
sombras y el silencio de la noche, é insalubre la humedad exce- 
siva, por atravesarlo en toda su longitud el cauce del Esgueva. 
Destinado á pastos y á cultivo, parece campo más bien que 
paseo, á pesar de cruzarlo diversas calles de álamos y chopos, 
y de rodearlo numerosos templos y edificios (i). Al occidente 
tiene la Chancillería, hoy Audiencia, con su adjunta cárcel, vas- 
ta y seria construcción del siglo xvi, la parroquia dedicada á 
San Pedro de remota creación y de moderna apariencia; la 
iglesia de Descalzas Reales erigida por la reina Margarita de 
Austria, sin contar la antiquísima ermita de nuestra Señora de 
la Peña de Francia y el convento de monjas de la Madre 
de Dios, que años há desaparecieron de su sitio : al mediodía 
del Prado están la parroquia de la Magdalena que le da su 
nombre, y el monasterio de las Huelgas. Reedificó la Magdale- 
na hacia mediados del xvi D. Pedro Gasea, obispo de Palencia 
y Sigüenza y pacificador del Perú, y sobre los dos arcos de la 
portada estampó un escudo real de colosales dimensiones, y en 
medio de la esbelta nave de crucería dejó su sepulcro y su efi- 
gie tendida, cuya primorosa escultura compite con la del bellí- 
simo retablo mayor. Las Huelgas ocupan el palacio de D.* Ma- 
ría de Molina, y en el centro del crucero de su espaciosa y 
renovada iglesia guardan las cenizas de la magnánima reina, 
sirviendo de lecho la urna gótica á su majestuosa estatua de 
alabastro. 



(i) Hoy está convertido el Prado en frondoso paseo, y merced á nuevas plan- 
taciones ha mejorado, tanto como en salubridad, en deleite y hermosura. 



VALLADOLID 21 



En aquellos barrios excéntricos y destartalados, crecidos al 
extremo oriental de la población, y formados al parecer por 
nuevo y allegadizo vecindario, habitaban sin embargo á veces los 
antiguos monarcas de Castilla y con ellos la nobleza de su cor- 
te. Junto á la Magdalena residía Fernando IV, el rey Pedro 
en las contiguas casas del abad de Santander que habían per- 
tenecido á los Templarios. Allí poseían desde el siglo xii estos 
caballeros, cuyo . nombre retiene una calle, la iglesia de San 
Juan erigida luego en parroquia y conservada hasta nuestros 
días, en que su pila bautismal se ha trasladado al templo de 
monjas cistercienses de Belén, obra arreglada de principios 
del XVII. Á sus inmediaciones también una reina harto liviana de 
conducta, Leonor de Portugal, madre política de Juan I, fundó 
el grandioso convento de Mercenarios calzados, hoy destinado 
en parte á cuartel y en parte demolido, sin que de la portada 
de su templo y de su claustro construidos según el estilo de He- 
rrera permanezcan ya vestigios. A las antiguas puertas de San 
Juan y de Santistevan ha sustituido por aquel lado la de Tudela, 
adornada por fuera de arbolado hasta la fuente de la Salud. 

Pero el ornamento principal del distrito lo constituye el co- 
legio de Santa Cruz , fábrica admirable que reúne toda la regu- 
laridad y pulimento de las modernas, con la riqueza y majestad 
y exquisita labor de las antiguas. Aunque fundado por el car- 
denal Mendoza en tiempo de los Reyes Católicos, predomina 
en su traza el anticipado gusto del renacimiento, y á los detalles 
góticos exceden los platerescos , combinados unos y otros con 
la más cabal armonía. Su fachada magníñca y bella, á pesar de 
los balcones recientemente sustituidos á las ojivales ventanas, 
invita á cruzar la herbosa plaza delantera, y á penetrar en el 
patio que circuyen tres graciosos órdenes de galerías cerradas 
de cristales, donde se custodian *las riquezas artísticas salvadas 
del naufragio de los conventos. Una vez caducado el primitivo 
objeto del edificio, difícilmente podía dársele otro más digno 
que el de museo y biblioteca. 



22 VALLADOLID 



Tomando una larga calle hacia mediodía, encuéntrase á los 
pocos pasos la parroquia de San Esteban, que abandonada su 
antigua iglesia, se instaló en la de San Ambrosio perteneciente 
á los jesuítas, unida á un gran colegio de estudios, sólo notable 
por su churrigueresca portada. Restos son del primitivo templo 
las ménsulas y los arcos tapiados que en la opuesta acera se 
denotan y los que existen todavía juntamente con lápidas no 
muy añejas dentro del corral de la casa apellidada de los Duen- 
des. La del Cordón frente á San Ambrosio, de palacio que an- 
tes era, donde se cree fué hospedado San Francisco, donde 
vivió D. Alvaro de Luna, y murió de una caída en 1461 el 
obispo de Falencia D. Fedro de Castilla, ha venido á parar en 
hospital de orates ó inocenteSy quedando solamente para dar 
margen á romancescas tradiciones, unos enormes cerrojos col- 
gados de la pared y un farol pendiente de una mano misteriosa. 
A otro hospital contiguo daba renombre el humorístico epitafio 
de Fedro Miago su fundador, que escrito según el lenguaje 
hacia fines del siglo xv, es un resumen de cristiana filosofía (i). 

Al occidente de San Esteban y más al centro de la ciudad 
cae la parroquia del Salvador, notable exteriormente por su 
plateresca fachada de tres cuerpos y por su ligera y elevada 
torre de otros tantos, é interiormente por algunas capillas de 
la gótica decadencia. Abundan dentro de su feligresía, no me- 
nos que las iglesias, las casas históricas y monumentales. En 
una de las más próximas al templo hay cierta ventana, decora- 
da sencillamente con pilastras y frontón triangular, pero de tan 



C i) Si este Pedro Miago, cuyo apellido toma Antolínez de Burgos por corrup- 
ción de Aniago, de donde dice era señor, fué, según afirma la tradición, mayordo- 
mo del conde Pedro Ansúrez, debemos suponer el epitafio tres ó cuatro siglos 
posterior á su fallecimiento. Decía así la lápida puesta en el portal con figura de 
medio relieve: 

Aquí yace Pedro Miago 
Que de lo mió me fago. 
Lo que comí y bebí perdí, 
Lo que acá dejé no lo sé, 
Y el bien que fice fallé. 



VALLADOLID 23 

perfectas proporciones que merece ser propuesta por modelo 
de clásica arquitectura. La que hoy ocupa la academia de no- 
bles artes en la calle del Obispo, antiguamente de Pedro Ba- 
rrueco, junto á la destruida iglesia de Clérigos Menores, alber- 
gaba en el siglo xvi al formidable tribunal de la Inquisición 
hasta que se trasladó más adelante á las inmediaciones de San 
Pedro. En la calle de Teresa Gil vivía, al empezar el xiv, la 
ilustre dama de este nombre, infanta de Portugal y rica hembra 
de Castilla; allí nació Enrique IV en la casa de Diego Sánchez, 
á la cual pertenece acaso el grande arco gótico tapiado cerca 
de Portaceli; allí en la casa de las Aldabas vio brillar sus prós- 
peros días el desgraciado D. Rodrigo Calderón, cuyo decapita- 
do cuerpo y expresivo bulto de mármol, con los demás de su 
familia^ conserva la contigua iglesia de religiosas dominicas de 
Portaceli construida por él á toda costa. Distínguense además 
en dicha calle la iglesia de San Felipe Neri flanqueada por dos 
torres, la de Premonstratenses con su fachada convexa de ladrillo, 
y al extremo de la misma en el Campillo la de monjas también 
dominicas de San Felipe de la Penitencia, concluida en 1618. 

El aumento más reciente que recibió Valladolid fué sin duda 
por el lado del sur, extendiéndose primero hasta el brazo infe- 
rior del Esgueva, y avanzando luego mucho más allá al oriente 
del Campo Grande. Aquellos barrios, no incorporados en el 
recinto de la ciudad sino de dos centurias á esta parte, revelan 
todavía su plebeyo origen de arrabal ; y sus mismas parroquias 
llevan el sello de su moderna fundación. En el siglo xv era San 
Andrés una ermita fuera de los muros, junto á la cual se daba 
sepultura á los ajusticiados ; desde entonces ha ganado más en 
magnitud que en interés artístico, no conteniendo otra cosa re- 
comendable sino la capilla de los Maldonados. San Ildefonso data 
como parroquia de los últimos años del xvi. y ha buscado ya 
nuevo local en la iglesia de Agustinas recoletas. Más antigüe* 
dad presenta San Antón, aunque simple oratorio, en su fábrica 
de sillería y en su elegante nave gótica cortada por un crucero. 



24 VALLADOLID 

Falta recorrer todavía la zona occidental de la ciudad, que 
baña en toda su longitud el Pisuerga, y cuyas torres y cúpulas 
van desñlando al través de la densa arboleda alineada sobre la 
izquierda margen del río. De esta perspectiva disfruta San Lo- 
renzo, reedificada y hecha parroquia hacia 1468, pareciendo 
mejor con la amenidad del sitio la crestería que corona su ca- 
pilla mayor y su nave, bien distante de corresponder por dentro 
á su gótica gentileza. En las vecinas calles colocadas al oeste 
de la plaza Mayor, aparece el teatro sucesor del famoso corral 
de comedias donde tan insignes obras se estrenaron en los si- 
glos XVI y xvii; la iglesia de la Pasión, en su fachada y en su 
interior locamente churrigueresca ; la de Trinitarios calzados, 
cuyas tres naves y góticas capillas devoró en 1 809 un incendio; 
y la de Bernardas recoletas tituladas de Santa Ana, elegante 
rotonda con simétricos altares, construida no há un siglo toda- 
vía por traza de Sabatini. 

Sobre todas empero descuella más adelante San Benito, 
vasto alcázar real cedido á los monjes por Juan I, serio y mag- 
nífico templo de tres naves edificado á últimos del siglo xv por 
Juan de Arandia y decorado con primoroso retablo y sillería 
por Berruguete ; claustro digno de Herrera por su severa ele- 
gancia si bien debido á artífice menos famoso, fachada de ex- 
traño é indefinible carácter, que se eleva encima del pórtico á 
manera de pabellón formado por grandes arcos sobrepuestos y 
flanqueado por octógonos torreones. No es poca fortuna poder 
hoy reconocer al través de su actual destino militar el conjunto 
y las partes principales del monástico edificio, á cuya imponente 
masa se agrupa por el lado del río San Agustín , presentando 
hacia el paseo su robusto ábside de sillería rodeado de contra- 
fuertes. Entera si bien desmantelada yace la majestuosa iglesia 
de agustinos calzados, arreglada al mejor gusto del siglo xvi y 
precedida de una portada del xvii; pero ha caído la del adjunto 
colegio de San Gabriel, y su ingreso de orden corintio embelle- 
ce ahora el campo santo. 



VALLADOLID 25 

Internémonos un poco por aquel distrito, primer recinto de 
la villa en el siglo xi, y sembrado tal vez más que otro alguno 
de Valladolid de construcciones religiosas. Al norte de San Be- 
nito arrimábase la parroquia de San Julián ; y allí cerca, al ex- 
tremo de la calle del doctor Cazalla, á la cual dio nombre la 
demolida casa del dogmatizador de Lutero, se levantaba en su 
plazuela la de San Miguel titulada anteriormente de San Pelayo, 
donde se custodiaba el archivo municipal, y cuya campana toca- 
ba á rebato en días de tumulto. Reunidas ambas parroquias, 
pasaron después de la extinción de los jesuítas á ocupar la 
suntuosa iglesia de San Ignacio, que hoy se denomina de San 
Miguel, enriquecida en su retablo mayor con preciosas estatuas 
y relieves, y con reliquias y alhajas copiosas en su espléndida 
sacristía. Al revolver de cada esquina asoman allí celosías de 
conventos y portadas de iglesias : ya sea Santa Isabel de monjas 
franciscanas, construida aún al estilo gótico ; ya la Concepción, 
de la misma orden religiosa y de la misma arquitectura, pero 
más esbelta; ya Santa Catalina de dominicas, que encierra los 
sepulcros y marmóreas estatuas de sus bienhechores; ya las 
brígidas, cuyo exterior retiene aún la forma de opulenta casa y 
unos medallones representando corridas, luchas y espectáculos 
en memoria de las reales fiestas de Felipe III ; ya por último las 
bernardas de San Quirce, trasladadas en el turbulento reinado 
de D. Pedro desde la opuesta orilla del Pisuerga á la plazuela 
solitaria que hoy ocupan. Había además un convento de recole- 
tos franciscos de San Diego á espaldas del real palacio, del cual 
no resta sino la capilla donde se desposó Carlos II con Mariana 
de Neoburg, un antiguo oratorio de San Blas (i), y otro de 
Nuestra Señora del Val que todavía permanece. Aunque conver- 



(i) Á una cofradía allí establecida estaban inscritos los Reyes Católicos, cuyos 
retratos, sacados del natural con los trajes de su época por Antonio del Rincón, 
pintor coetáneo, honraban el reducido oratorio. Agregada después aquella funda- 
ción á la de San Juan de Letrán en el Campo Grande, vinieron á parar estos pre- 
ciosos cuadros á la escalera de la contigua casa de los capellanes, donde los vio 
Bosarte en 1802. Ignoramos su actual paradero. 

4 



20 VALLADOLID 

tidas en claustros muchas ilustres moradas, subsiste una frente 
á San Miguel notable por su atrevida ventana abierta en la es- 
quina, y en la plaza de Fabio Neli el palacio de este noble ita- 
liano, decorado con dos torres severas y con una portada corintia 
de dos cuerpos, cuyo orden asimismo siguen las columnas de su 
patio. 

En el ángulo de nordoeste y tocando casi al puente Mayor 
está la parroquia de San Nicolás, construida de piedra en su 
parte inferior y de ladrillo en lo restante, y tan antigua en lo 
primero como vieja en lo segundo. Emigrando pues de su ruino- 
so templo, se ha mudado al vecino de Trinitarios descalzos, 
compuesto de tres modernas naves y honrado con la posesión 
del cuerpo del bienaventurado Miguel de los Santos, que termi- 
nó allí en 1625 su breve y gloriosa carrera. Las torres y prolon- 
gadas líneas de rejas y balcones que ostenta en la misma plaza 
el Hospicio, indican que no ha tenido siempre tan modesto ca- 
rácter; era palacio del conde de Benavente, y junto á los arcos 
de este nombre que dan salida al paseo avanzaba otro de sus 
torreones, demolido poco há por los ingenieros, cuyos balcones 
pareados y de abertura semicircular apoyaban sobre macizos 
conos inversos. Al lado de San Nicolás un laberinto de pequeñas 
manzanas y callejuelas marca aún el recinto de la Sinagoga, 
cercado en otro tiempo y establecido á los judíos por los frailes 
de San Pablo : y á lo último campea aislado á la orilla del río el 
humilde convento de Santa Teresa, divisando en frente los efí- 
meros restos del de mínimos de la Victoria. 

Frescas son y deleitables las márgenes del Pisuerga: la iz- 
quierda por bajo de la ciudad ceñida con las umbrías calles del 
paseo que hoy se denomina de las Moreras y anteriormente del 
Espolón; la derecha sembrada de casitas y huertas, entre las 
cuales se distinguía con sus jardines y palacio y su artiñcio de 
Juanelo (i) la huerta apellidada del Rey y desde que la adquirió 



(i> Llamábase así por analogía con el famoso ingenio de Toledo, y debióse su 



VALLADOLID 27 

— ■■■■ - — ^■. M..M II ■■ — — ^M II- ^■^ ■ - I II «M 11 I I ^ ■ .11 m il ■■■■■■ »■ » ■■ 

Felipe III del duque de Lerma su privado. Cierra la perspectiva 
por la parte septentrional, reflejándose en la corriente, un anti- 
guo puente de diez arcos. Los unos tirando á la ojiva, los otros 
al semicírculo, y desiguales todos entre sí, no permiten determi- 
nar el tiempo de su fábrica que la tradición atribuye al conde 
Ansúrez y á su esposa : en medio de él se levantaba una torre, 
más de una vez ocupada y embestida en las discordias civiles de 
la Edad media, y derribada á mediados del siglo xvi. Al otro 
lado del puente se dilata un arrabal, donde estuvo hasta el xiv 
el convento de monjas de San Quirce y luego desde el xvii el 
de trinitarias de San Bartolomé ; y en amena pradería cercana al 
río asienta más lejos su cuadrada mole el monasterio de Jeró- 
nimos, flanqueado de torres en sus ángulos y envanecido con un 
excelente claustro de Juan de Herrera. 

Brillante como un trofeo de bruñidas armas, risueña como 
un canastillo de flores, aparece Valladolid desde las alturas de 
poniente, tendida largamente sobre la ribera, orlada con la pla- 
teada cinta del río y con la frondosa guirnalda de sus alamedas, 
y desplegando por cima de ellas en anfiteatro las masas de sus 
techos ó perfilando en el claro cielo sus agujas y remates. Un 
ojo perspicaz y experto logrará discernir uno por uno los edifi- 
cios de entre la confusión general ; mas para ver sus contornos 
y apreciar mejor su carácter conviene buscar un punto de vista 
más cercano en el seno de la misma población. Así la torre de 
la Antigua, atalaya al par que ornamento principal de la ciudad, 
ofrece por los arcos de sus ventanas el panorama más completo: 
al norte su compañera la de San Martín y la majestuosa nave 
de San Pablo escoltada de grandes caserones ; al occidente el 
monástico alcázar de San Benito rodeado de numerosos conven- 
tos, con el Pisuerga y la vega á sus espaldas ; á oriente el vecino 
Prado metido en el caserío á manera de ensenada entre los ca- 



construcción en lóc? á D. Pedro Cubiaure con el objeto de abastecer las fuentes 
de la ciudad y regar la Huerta del Rey ; fué demolido en 1 794. 



^LLADOLlD 



bos avanzados de Santa Clara y de las Huelgas; al mediodía la 
desmochada Catedral, la barroca Universidad, la crestería del 
colegio de Santa Cruz, las elevadas torres del Salvador y de 
Santiago, y los extremos edificios del Campo Grande; por todas 
partes espadañas y torrecillas y veletas que sobresalen. 

Hora es ya de analizar este complejo grupo y de descompo- 
ner, por decirlo así, los elementos con que cada siglo ha contri- 
buido á su formación. Hasta aquí no hemos hecho sino saludar 
los monumentos de Valladolid ; vamos á emprender su detallada 
visita, clasificándolos más bien por el tiempo de su fundación 
que por el de sus reformas posteriores, y estudiándolos con re- 
lación á la época que los vio nacer y á los notables sucesos que 
presenciaron. De esta suerte resultará más animada la descrip- 
ción, y más dramática á su vez la historia. 



ae leías ae orocaao, cuyos caaa- 
veres por su rico traje indicaban 



30 VALLADOLID 

ser de caballeros; otros encontrados junto á la Universidad al 
construir en 1 7 1 5 su nuevo claustro ; dos habitaciones de mo- 
saico, hallada la una al pié de la Catedral y la otra cerca del 
arca de Santiago ; una arquita de monedas del Imperio en la ca- 
lle de la Parra ; y la urna de una matrona de aquel tiempo, des- 
tinada á pila en la parroquia de San Esteban. Nada patentiza 
sin embargo que dicha población correspondiera á la Pintta que 
situó Antonino á ciento y seis millas de Astorga y que Zurita 
reduce mejor á Peñafiel, á pesar del crédito que ha obtenido 
desde el siglo xvi la opinión del erudito humanista Fernán Nú- 
ñez de Toledo, gozoso de condecorar á su ilustre patria con tan 
antiguo y eufónico nombre y de honrarse á sí propio con el títu- 
lo de Pinciano. Valle de olor^ valle de olivos^ valle de lides^ valle 
de Ulid^ son las diversas etimologías á que se presta su actual 
denominación, fundándose sobre tan débiles apoyos la conjetura 
de que como punto limítrofe entre los arévacos, astures, vac- 
ceos y carpetanos, servía frecuentemente de palestra á sus com- 
bates, ó la suposición de haber tenido por fundador á un sarra- 
ceno, á quien ó sea á su nieto se toma por aquel Ulid Ablapaz 
(Walid Abul-Abbas) vencido y muerto en San Esteban de Gor- 
maz á manos de Ordoño II. Por testimonio de tales fábulas ale- 
gábase el famoso león de piedra colocado sobre un pilar á la 
entrada de la Catedral, entre cuyas garras asomaba la cabeza 
de un moro con el letrero Ulit oppidi conditor^ esculpido en 
época muy posterior al suceso (i). 

En la crónica de Cárdena citada por Sandoval es donde apa- 
rece por primera vez Valladolid entre las poblaciones del infan- 
tazgo, que juntamente con la villa de Rioseco ofreció Sancho 11 
á su hermana Urraca en cambio de Zamora, cuyo cerco debía 



(i) Este pilar, que subsistió hasta 1841 y que antes de la erección de la Cate- 
dral estuvo colocado en la plaza de Santa María, servía como de rollo, donde acos- 
tumbraban aun en el siglo xvii publicarse los pregones y las almonedas y los 
autos de los jueces ordinarios, y donde eran puestas á la vergüenza las malas mu- 
jeres, excediéndose tanto el pueblo en maltratarlas que fué preciso poner coto á 
estos desmanes. 



VALLADOLID 3I 

costarle la vida. Pero el principio de su renombre y de su gran- 
deza, yá que no su fundación misma, lo debe Valladolid al conde 
Pedro Ansúrez, á quien Alfonso VI lo cedió con otros pueblos 
hacia 1074 en recompensa de sus servicios. Era hijo del pode- 
roso Asur Díaz conde de Monzón, Husillos, Saldaña, Liévana y 
Carrión y de su primera consorte D.* Eylo, que por nobleza y 
favor sobresalían en la corte de Fernando I como él en la de 
Alfonso; y la tradición le atribuye mucha parte en la libertad de 
su rey, retenido en Toledo por su huésped Almenón. Engran- 
deció el opulento magnate á Valladolid como á capital de sus 
estados; ediñcó la iglesia de Santa María la Antigua, y algunos 
años después la de Santa María la Mayor, erigiéndola en cole- 
giata y dotándola generosamente; fundó la parroquia de San 
Nicolás además de las de San Julián y San Pelayo, que tal vez 
halló ya establecidas; construyó el gran puente sobre el Pisuer- 
ga; abrió á los pobres y peregrinos dos hospitales junto á su 
mismo palacio; y en suma la hizo rica, hermosa y grande entre 
todas las villas castellanas, hasta el punto de poder alternar 
bien pronto con las más distinguidas ciudades del reino. 

El recinto de Valladolid no tenía entonces arriba de dos mil 
doscientos pies de circuito, arrancando al norte desde el torrea- 
do alcázar, después monasterio de San Benito, siguiendo por las 
calles de Santa Isabel y San Ignacio, por la plaza de San Pablo 
y su Corredera, bajando por frente á las Angustias, y orillando 
la derecha margen del brazo superior del Esgueva hasta cerrar 
otra vez con el alcázar. Ocho eran las puertas distribuidas en 
sus muros: frente á San Agustín la de los Aguadores ó de 
Nuestra Señora, cuya antigua efigie se venera hoy en la parro- 
quia de San Lorenzo ; en la esquina del real palacio . la de Ca- 
bezón ó de D. Rodrigo; en la Corredera la de la Peñolería; la 
de los Baños al fin de la calle de las Damas; la de la Pelletería 
en la calle de Cantarranas; la del Azog^ejo (i) á la entrada de 



(i) Diminutivo de la palabra arábiga az-zoq que signifíca mercado. 



32 VALLADOLID 



la Platería; la del Trigo junto á la puentecilla de la Rinconada, 
y la del HierrQ inmediata á San Benito: cuyas ocho puertas 
figuraban en el primitivo sello municipal á guisa de estrella, in- 
terpoladas con salientes torres. Fuera de esta cerca y al sudeste 
de la misma, levantó el conde Pedro Ansúrez su morada y los 
principales templos, dando en cierto modo la señal para el en- 
sanche de la villa y presintiendo la grandeza á que había de 
llegar. 

En 21 de Mayo de 1095 celebróse la dedicación solemne de 
Santa María la Mayor por el arzobispo de Toledo D. Bernardo 
y por Raimundo obispo de Palencia, asistidos de los obispos 
Pedro de León, Gómez de Burgos, Osmundo de Astorga, Mar- 
tín de Oviedo y Amorino de Lugo, y acompañados de varios 
condes y caballeros, entre ellos el famoso Alvar Fáñez, yerno 
del insigne fundador. En la escritura que Ansúrez y su esposa, 
llamada Eylo como la madre de éste, otorgaron en el propio 
día á Salto primer abad y demás clérigos de la colegiata, con- 
cediéronle un vasto territorio comprendido entre los dos brazos 
del Esgueva para poblarlo, los monasterios de San Julián y San 
Pelayo dentro de la villa y otros muchos en tierra de Campos, 
los diezmos de pan y vino, el mercado de Valladolid, y la mitad 
de las multas exigidas por delitos (i). Careciendo ya de suce- 



(i) En el archivo de la Catedral existe la citada escritura, cuyas cláusulas 
más importantes transcribimos: Ego comes Petrtis Ansuriz et conjure mea come- 
tissa Eyloni multa mole peccatorum oj>j>ressi^ culparum nostrarum enormitatem re- 
cognoscenles^ pro remedio animarum nostrarum omniumque parentum nostrorum^ 
ecclesie Sce. Marie de Vall^oliti site secus fluvium Pisorice in territorium del Cabe- 
zones guam ecclesiam supradicti nos fundavimus^ multas portiones nostre heredita- 
tis multis in locis offerimus.., ea lege ut obsequium Dei quotidic celebretur in pre- 
fata ecclesia, et devotio sacris altaribus sine intermissione^et requies ibidem recon- 
ditis exhibeatur. Damus igitur atque offerimus in hac cartula testamentaria ad 
sacrum altare et ad abbas domnus Saltus et collegio clericorum qui ibidem sunt 
conmoranteSj unum barrium in Valleoliti cum suis terminis et divisionibus ^ de illa 
kairera majore que discurrit per mediam villam usque adcurtem de Martino Franco 
et curtem de domno Cidiz et curtem de Sol Arnaldiz que fuit dominum, et discurrit 
per directum ad Aseuam usque ad illum quadronem cum illis molinis et cum suis 
piscariis^ ut habeat licentiam abbas ibi constitutus populandi ultra Aseuam quan- 
tum potuerit. Adjicimus etiam illud monasterium Sci, Juliani quod est /undatum hic 



VALLADOLID ^^ 

■ I — ' 

sión varonil, permitieron á la comunidad escoger de entre los 
descendientes de sus hijas el patrono que mejor le conviniera, y 
en caso de extinguirse su posteridad, al extraño que más la fa- 
voreciese. En otra escritura de 31 de Marzo de 1 109 citada por 
Antolínez, confirieron á los clérigos en unión con los patronos y 
con aprobación del arzobispo de Toledo el derecho de elegir 
abad del seno de su iglesia si lo hubiere <ligno, ó si no de fuera; 
y así filé las más veces, por qué esta codiciada dignidad vino á 
ser patrimonio de infantes y de personajes los más eminen- 
tes (i). 



in villam; similUer apponimus tnoñasterium Sci^ Pelagii et omnes ecdesias que ihi 
fuerint fúndate; necnon adjicimus ibi decimum de pane et de vinum de Valleoliti in 
vita nostra, etpost obitum nostrum quisquís dominaverit hanc hereditatem sine ulla 
contentione reddat decimam j>refate ecclesie Sce, Marie, (Sigue la donación de va- 
rias iglesias y monasterios, nombrándose entre estos los de San Sebastián ribera 
del Duero, de San Tirso en Trigueros, de San Estevan en Villavoldo término de 
Cardón, de San Miguel en Riba de goza, de Santa Columba en Cervatos, de San 
Esteban en Fuentes de Valdepero, de San Cristóbal en Cordovilla término de Cis- 
neros, de San Andrés en Sciscla, de San Pclayo en Barcial de Lomba y de Santa 
María de Camraso en Ceaya, y las iglesias de San Pedro en Cuéllar, de San Martín 
en Lombigos, de San Pedro en Carrión dentro de la ciudad de Santa María, de 
San Mames en Quintanella de Anellos y de Santiago en Villa del rey.) Et adhuc 
ad/icimus in Valleoliti prejate ecclesie Sce, Marie de illo mercatOt de omnia que ibi 
ganaverimus vel adquisierimuSy de ómnibus calumpniis que in/ra villam et extra 
villam evenerint, seu de homicidio vel de furto aut de latrone aut de aliqua calump- 
nia, concedo medietatem ecclesie beate Marie, et non habeat licentiam nostro majo- 
riño vel sagione aut illo concilio de illa villa ñeque ullo homine intrate per vim in 
casas de clericis que canonicis sedeant Sce. Marie pro nulla catumpnia... Ordinamus 
quod numquam sedeat isto monasterio dividato de propinquis nostris vel de extra- 
neis, sed illo abbate qui ibi fuerit constitutus serviat nobis in diebus nostris, et post 
obitum nostrum sedeat de qualicumque voluerit de Jiliis vel de neptis nostris qui 
melius fecerit ei et ad Ule placuerit.., Et sipeccato impediente, et nostra extirpe ex- 
tincta fuerit ut nullum remaneat, evadat á cujuscumque Ule voluerit et melius fece- 
rit.,. Pacta charla XII kal.jun. discurrente era MCXXXIII, et in eodem die fuit illa 
ecclesia dedicata. Ego comes Petrus et cometissa Eyloni in hanc seriem testamenti 
manus nostras una cum filias nostras roboravimus. Petrus Legionensis sedis eps. 
Amorinus Lucensis sedis eps. Didacus abbas in Seo. Facundo. Regnante Aldephon- 
sus rex in tota Espania, Raimundus comes in Gallicia, Bernardus Toletane sedis 
archieps. Raymundus Palenline sedis eps. et istos dedicaverunt illa ecclesia. (Si- 
guen otras muchas firmas de condes y caballeros confirmando la donación.) 

(i) Los primeros abades de Valladolid durante el siglo xii fueron Salto ó 
Asaldo, Herveo, Pedro, Martín, Juan, Miguel y Domingo; en el tími se distinguie- 
ron Juan Domínguez canciller de San Fernando, D. Felipe hijo del santo rey, don 
Sancho de Aragón hijo de Jaime I, D. Martín Alonso hijo natural del rey Sabio, y 
Gómez García de Toledo cuyo epitafio puede verse en el tomo de Castilla la Nueva, 

5 



34 VALLADOLID 



Á espaldas de la parte edificada de la Catedral y en el suelo 
que ocupar debía la que resta por edificar, permanecen restos 
de la antigua colegiata, no tal como el conde la fundó, sino con 
las mudanzas hechas en su fábrica siglo y medio más adelante. 
Por el Tudense sabemos que la construyó de nuevo y la enri- 
queció con muchas posesiones su abad el sapientísimo Juan 
canciller del santo rey Fernando, nombrado después obispo de 
Osma; y durante estas grandes obras fué cuando residió el ca- 
bildo en el templo de la Antigua por espacio de año y medio 
hacia el 1226. Su estructura más bien que al género puramente 
bizantino demuestra pertenecer al de transición usado en el si- 
glo XIII. Ancha por extremo era su única nave, teniendo la ca- 
becera al oriente y los pies al opuesto lado, donde queda de 
pié un fragmento de la primitiva torre con ventana y cornisa 
ajedrezada ; distínguense hasta cinco de sus pilares arrimados al 
muro, y flanqueado cada uno por cuatro columnas de notables 
capiteles bizantinos ; y todavía se ve entera la portada lateral 
que miraba hacia la Antigua, cuyos arcos ligeramente apunta- 
dos, aunque bizantinos por lo demás, descansan sobre capiteles 
de forma cúbica emplastados de yeso. De pilar á pilar obsérvan- 
se arcos como de capillas, ojivales y bajos algunos y otros más 
recientes, abriéndose encima de ellos sencillas ventanas semicir- 
culares ; y á la derecha de la entrada indican los arranques la 
existencia de otra capilla gótica, que tal vez fuese la del Sagra- 
rio en cuyas bóvedas aparecían los blasones del cardenal Tor- 
quemada. Antolínez de Burgos á fines del siglo xvi alcanzó á 
ver y describe con admiración un magnífico claustro (i), del cual 



descripción de la catedral de Toledo, capilla de Santa Lucía; en el xiv Juan Fer- 
nández de Limia después arzobispo de Santiago y Fernando Alvarez de Albornoz 
primo del cardenal ; en el xv Diego Gómez de Fuensalida obispo de Zamora, el 
cardenal Pedro deFonseca, Roberto de Moya obispo de Osma, el célebre Alonso 
Tostado, el cardenal fray Juan de Torquemada, el cardenal D. Pedro de Mendoza 
y su sobrino D.'García; los últimos en el siglo xvi fueron D. Fernando Enríquez 
hijo del almirante, D. Alfonso Enríquez Villarroel y D. Alfonso de Mendoza. 

(i) «Yo, dice, alcancé un claustro que se labró algunos años después de la 
fundación de la iglesia, que fué de los más suntuosos y lucidos que había en Es- 



VALLADOLID 35 

acaso formaba parte aquella especie de corredor llamado hoy la 
Cerería que presenta á uno y otro lado agudos nichos ojivales; 
lo cierto es que aún subsiste con el nombre de Librería la parte 
superior de la inmediata capilla de San Lorenzo fundada en 1345 
por Pedro Fernández de la Cámara, tesorero de Alfonso XI (i), 
y destinada después á sala del concejo municipal en el cual te- 
nían asiento y voto dos canónigos (2). Dividida horízontalmente 
en dos pisos su altura, ostenta en el de arriba sus bóvedas for- 
mando cupulilla cada una y adornadas con varios arabescos. 

Gemela de Santa María la Mayor, dícese que con ella nació 
y fué inaugurada en un mismo día Santa María la Antigua, esta 
para ser parroquia del palacio del conde, como aquella para co- 
legiata; pero escrituras coetáneas la mencionan existente ya 
siete años antes en 1088, y tal vez el epíteto de la Antigua, que 
se le dio desde el principio, podría suponer en ella un origen 
más remoto. Mucho conserva de la fábrica de aquel siglo, aun- 
que á mediados del xiv Alfonso XI la renovó, dando al crucero 
y á la principal de sus tres naves harto mayor altura, y cam- 
biando en peraltadas bóvedas sus primitivos techos de madera. 
Gruesas molduras bizantinas revisten la ojiva de la portada, 
pintorreada y casi oculta por un moderno pórtico, en cuyas 



paña, todo lleno de imágenes de bulto de piedra, todo con colores, y todo al rede- 
dor poblado de nichos de entierros muy antiguos de ilustres personas, con sus 
letreros y escudos de armas labrados en lo alto de las bóvedas, cuya variedad de 
armas, por ser unas reales, otras de la ciudad y otras de prelados, suponen ser la 
fábrica de bienhechores.» 

(i) «En medio del claustro, añade el citado Antolínez, habia dos capillas, la 
una con la advocación de S. Toribio, la otra de S. Lorenzo que los prebendados 
convirtieron en sala de cabildo, y su altura era tanta que se atajó por medio y aun 
quedó bastante proporción. Fueron los fundadores de esta capilla en i 345 Pedro 
Fernandez de la Cámara y su hermano Juan Gutiérrez, y ayudó á su fundación un 
tal Juan Manso fundando una cofradía del Cuerpo de Dios, con condición de que 
el cofrade prebendado que dijese la misa no fuese concubinario.» De un hijo del 
fundador de esta capilla parece ser la siguiente lápida que se ve en la actual ante- 
sacristía: Aquiyace Pero Pérez sacristán que fué de la egiesia de Santa Marta la 
Mayor, efijo de Paro Fernandez de la Cámara texorero mayor que fué del rey D. Al- 
fonso^ que Dios perdone las sus ánimas, efinó en la era de MCCCCXIX (año 1 381). 

(2) Subsistió dicha sala hasta el año 1600 en que fueron destruidos los claus- 
tros. 



36 VALLADOLID 

puertas el conde D. Pedro de Portugal atestigua haber visto 
suspendidas las aldabas que el conde Armengol nieto de Ansú- 
rez arrancó de las de Córdoba en 1 1 49, y que pasaron á ador- 
nar después el sepulcro de su abuelo. Por dentro campea la 
arquitectura gótica en los arcos de comunicación, en los capite- 
les de los pilares y en varias de las capillas, señalándose en el 
fondo de la nave derecha por sus bellas pinturas puristas la de 
los condes de Cancelada fundada por Gregorio de Tovar del 
consejo de Órdenes, y otra en la misma nave contemporánea de 
los Reyes Católicos. El retablo de la capilla mayor, obra maes- 
tra de Juan de Juní empezada en 1 5 5 1 y en seis años concluida 
por precio de dos mil trescientos ducados, inmortaliza el nombre 
del insigne escultor que tal expresión y vida supo comunicar á 
los numerosos relieves y ñguras de que se compone, bien que 
su arquitectura adolece bastante de caprichosa (i). 

Cuanto tiene la Antigua de monumental descúbrese en toda 
su belleza desde la plazuela que el Esgueva cruza, situada á sus 
espaldas: ¿qué importa que un muladar obstruya el suelo, y que 
se le arrimen mezquinas y parásitas construcciones? Agrúpanse 
la obra de Ansúrez y la de Alfonso XI; sobre el ábside lateral 
bizantino descuella el gótico principal, perforado por dos órdenes 
de severas aunque engalanadas ojivas, flanqueado de estribos, 
erizado de caprichosas gárgolas, coronado de agudos botareles, 
ceñido lo mismo que el crucero con un lindo antepecho calado. 
Corre por el flanco de la iglesia un pórtico ó galería bizantina 
de quince arcos, distribuidos de cinco en cinco y orlados por una 
moldura cilindrica, que tachonan florones de cuatro hojas des- 
cribiendo rombos en sus huecos; sus desgastados capiteles, sus 
graciosos semicírculos tapiados, claman para que se restaure 



<i) Obligóse Juan de Juní en 1545 á hacerlo por 2,400 ducados, pero atrave- 
sándose la competencia de Francisco Giralte que ofrecía desempeñar la obra con 
mayor baratura, y viniendo á parar la cuestión en pleito, en i 5 5 i estipuló con 
los feligreses nuevo contrato, en el cual firmó también su mujer Ana de Aguirre, 
haciendo cien ducados de rebaja. Consta el retablo de tres cuerpos sin contar el 
basamento y el remate. 



VALLADOLID 



Torre de Santa María la Antigua 



38 VALLADOLID 

aquella tan frágil y tan antigua belleza en que nadie apenas re- 
para y que forma juntamente con la torre el más pintoresco 
conjunto de Valladolid. La torre, una de las más elevadas y 
grandiosas del género bizantino, sube desde el primer cuerpo á 
mayor altura que la iglesia, y acumula encima otros tres, divi- 
didos por cornisa de tablero y sostenidos por columnas en sus 
esquinas. Las ventanas semicirculares abiertas en sus cuatro 
cuerpos, una en el primero, dos en el segundo, tres en el terce- 
ro, y dos en el cuarto que reparten entre sí la anchura de las 
tres inferiores, llevan columnas á los lados y la misma orla 
romboidal que los arcos del pórtico, continuada horizontalmente 
á modo de cornisa á la altura de los capiteles, y comunican una 
aérea gallardía á aquella imponente arquitectura. Sírvele de re- 
mate una aguja, parecida en su forma á una mitra por las líneas 
algo convexas de sus ángulos, y cubierta de ladrillos rojos á 
manera de escamas que brillan á lo lejos. 

Á imitación de la torre de la Antigua se levantó á su lado 
casi la de San Martín, una de las primeras parroquias fundadas 
con motivo del ensanche de la villa. En nada discrepa de su 
modelo sino en lo liso de las cornisas y en el ajimez ojival que 
sustituye en su segundo cuerpo al arco de medio punto, prueba 
de que su construcción alcanzó ya los tiempos de la arquitectu- 
ra gótica, á pesar de haber copiado las formas bizantinas. Han- 
la tenido por arábiga algunos poco entendidos en materias tales, 
y este error artístico ha producido otro histórico, de suponerla 
atalaya en la época de los sarracenos. Su chapitel piramidal, 
también idéntico al de la Antigua, fué quitado tiempo há para 
aligerarla del peso que había producido en sus costados grietas 
y hendiduras (i), sin apelar, como se hubiera hecho probable- 
mente en nuestra cultísima edad, al extremo recurso del derribo. 



(i) De esta supresión del chapitel habla ya como de cosa antigua en 1 788 el 
ingeniero D. José Santos Calderón en un ofício en que tranquiliza completamente 
al cura de San Martin que le había consultado acerca de la solidez y firmeza de la 
torre. 



VALLADOLID 39 

Por lo tocante á la iglesia ya dijimos que fué renovada en 1621 
con toda la regularidad del orden dórico así en su interior como 
en su portada; pero dudamos que esta reedificación, aunque 
encomendada á Francisco de Praves, maestro mayor de las obras 
reales, si se la compara con el derribado templo, cediese mucho 
en honra de Dios y del bienaventurado San Martín^ como se 
lee en el friso de la nave. 

Las demás fundaciones del conde Ansúrez ningún rasgo 
ofrecen de su primera fisonomía. En el abandonado y ruinoso 
templo de San Nicolás sólo parecen antiguos los sillares del 
cuerpo inferior de la torre : San Julián y San Pelayo que después 
tomó el nombre de San Miguel, ambos existentes en aquella épo- 
ca remota, han desaparecido completamente. Las armas del con- 
de y las reales, sostenidas por dos leones á la entrada del hos- 
pital de Esgueva, recuerdan haber sido éste el palacio del 
poderoso magnate; pero es por demás advertir cuan posterio- 
res á su tiempo son las dos estatuas góticas puestas bajo dose- 
letes á los lados de la portada, representando al parecer la 
Anunciación de la Virgen, y el artesonado de menudas labores 
que cubre la cúpula del vestíbulo. En este hospital, floreciente 
aún hoy día, vinieron sin duda á refundirse otros dos estableci- 
dos por Ansúrez, uno de ellos bajo la advocación de Todos los 
Santos en la calle de la Solana (i), el otro pudo ser el de Pedro 
Miago que dicen fué su mayordomo. 

Del puente Mayor, otra de sus obras más importantes, re- 
fiere la leyenda que lo construyó en ausencia del conde su es- 
posa D.^ Eylo, y que hallándolo éste á su vuelta estrecho en 
demasía, hizo añadirle otra tanta anchura en toda su longitud. 
Y en efecto, obsérvase la fábrica de un extremo á otro partida 



(1) Dicho hospital, cuyo solar subsiste convertido en corral, tenía sobre su 
puerta, hasta el año 1669 en que fué reedificado, la siguiente inscripción no muy 
antigua por cierto según el lenguaje : Hospüal de la cofradía de Todos los Santos, 
de los Abades y S. Miguel de los Caballeros^ que fundaron el conde D. Pedro Ansú- 
rez y la condesa D.' Elo su mujer ^ año MC. 



40 VALLAD o LID 

en dos mitades de época diferente, lo cual sin duda dio origen 
á la tradición, pareciendo la más antigua por las ménsulas de su 
pretil y por los agudos contrafuertes de sus arcos la que cae 
corriente arriba. 

Mientras vivió Alfonso VI, obtuvo su mayor privanza Pedro 
Ansúrez, si bien menos ocupado en los negocios de la corte que 
en el gobierno de sus propios estados y en la defensa de los de 
su yerno Armengol conde de Urgel, que murió desgraciadamen- 
te en MoUerusa peleando con los sarracenos. Á su prudencia y 
á las virtudes de su consorte la piadosa Eylo confío el soberano 
la educación de su hija Urraca, cuyo reinado prometía mejores 
esperanzas; pero los desórdenes del palacio y las imprudencias 
de la joven reina pronto llegaron á tal exceso, que el respeta- 
ble ayo, incapaz de contenerlas con su censura y privado de la 
real gracia y de los honores y bienes recibidos, tuvo que aco- 
gerse á Alfonso I rey de Aragón, quien no omitió favor ni hala- , 
go para atraerle á su servicio y enmendar los agravios de su 
voluble esposa. Amanecieron en breve días azarosos para Cas- 
tilla y para Urraca, en que vencida una y repudiada la otra por 
el aragonés se vieron amenazadas de perder aquella la indepen- | 

dencia y ésta la corona : y entonces el leal magnate olvidado de 
la ingratitud pasada y conmovido por la desgracia de su pupila, 
se presenta al rey batallador en su castillo del Castellar, mon- 
tado en un caballo blanco, vestido de escarlata y con un dogal 
en la mano, diciéndole: «los castillos y tierras que me confias- 
teis, á la reina se los he entregado, cuyos eran, como á su se- 
ñora natural : pero las manos y la lengua y el cuerpo con que 
os presté homenaje, vuestros son y á entregároslo vengo para 
que dispongáis de ello á vuestro albedrío. > Irritóse de pronto 
el rey, pero acabó por admirar y aun recompensar tamaña 
hidalguía con dádivas y honores, absolviéndole del incauto jura- 
mento. 

Durante estos aciagos disturbios, hacia el año 1 1 1 2, bajó al 
sepulcro la condesa D.^ Eylo que lo eligió no se sabe dónde, si 



VALLADOLID 



41 



ya no fué en su favorecido monasterio de Sahagún al lado de 
su único hijo varón el pequeño Alfonso, que allí yacía des- 
de 1080 habiéndose llevado consigo las esperanzas de sus pa- 
dres. Tal vez con el deseo de lograr aún sucesión varonil, bien 
que pareciera cifrado su cariño en Armengol su nieto, pasó el 
conde á segundas nupcias con Elvira Sánchez ; pero en 1 1 1 8 
acabó sus días sin prole alguna de su nueva esposa, haciéndose 
enterrar debajo del coro de Santa María la Mayor que antigua- 
mente estaba en alto. Si tuvo allí un mausoleo digno de su 
grandeza y de la gratitud de Valladolid, deshízose éste junta- 
mente con la vieja colegiata en 1552, y entonces abierta la 
tumjbst apareció el cadáver del noble adalid con su armadura y 
sus espuelas y su gloriosa espada; pero mezquina sepultura por 
cierto le aguardaba en el moderno edificio, y tal como provisio- 
nalmente se le hizo, así por tres siglos se ha quedado en la ca- 
pilla del fondo de la nave izquierda, tendida sobre la urna la 
efigie del finado ni antigua ni buena, y escritos en dos tablas 
para mengua de Castilla y ultraje de los vivientes aquellos sa- 
bidos y sentenciosos versos, que si bien de principios del mismo 
siglo XVI según el lenguaje, merecieran esculpirse en mármol: 



Aquí yace sepultado 
Un conde digno de fama, 
Un varón muy sefíalado, 
Leal, valiente, esforzado; 
Don Pedro Ansurez se llama. 

El qual sacó de Toledo 
De poder del rey tirano 
Al rey, que con gran denuedo 
Tuvo siempre el brazo quedo 
Al horadarle la mano (i). 

La vida de los pasados 
Reprehende á los presentes : 
Ya tales somos tomados. 



Que el mentar los enterrados 
Es ultraje á los vivientes. 

Porque la fama del bueno 
Lastima por donde vuela, 
Al bueno con el espuela, 

Y al perverso con el freno. 

Este gran conde excelente 
Hizo la Iglesia Mayor 

Y dotóla largamente , 

El Antigua y la gran puente, 
Que son obras de valor, 
San Nicolás, y otras tales 



(1) Véase en el capítulo de la historia de Toledo, tomo de Casulla la Nueva^ 
la anécdota á que dio lugar el mote de mano horadada aplicado á Alfonso VI por 
su liberalidad. 

6 



42 VALLADOLID 

Que son obras bien reales , Ya casi puesto en olvido 

Segim f>or ellas se prueba; Dentro de esta sepultura. 
Dejó el hospital de Esgueva Porque en este claro espejo 

Con otros dos hospitales. Veamos cuanta mancilla 

Por esta causa he querido Ahora tiene Castilla 

Que pregone esta escritura Según lo del tiempo viejo. 
Lo que nos está escondido, 

Cuatro hijas dejó Pedro Ansúrez, todas noblemente casa- 
das: María la primogénita con el conde de Urgel. Emilia con el 
celebrado Alvar Fáftez de Minaya, Elvira con un conde Sancho, 
y Mayor con Martín Alonso de Meneses. Bajo la tutela de su 
madre y de su abuelo se había educado en Valladolid el joven 
Armengol, que reuniendo á los paternos estados de Urgel los 
maternos de Castilla, vino á ser uno de los príncipes más pode- 
rosos de su tiempo. Sus hermanas Estefanía y Mayor, se des- 
posaron la una con Fernán García, la otra con el famoso Pedro 
de Trava, ayo de Alfonso VII, y él en vida de Ansúrez con 
Arsendis, hija del vizconde de Ager, acrecentando su pujanza 
con tan ilustres parentescos. A pesar de su doble carácter de 
barón catalán y de ricohombre castellano y de los opuestos 
intereses de sus diversos señoríos, su espada no se distinguió 
en las encarnizadas querellas entre Castilla y Aragón, sino 
únicamente contra los musulmanes en la rendición de Baeza y 
Almería y al pié de los muros de Córdoba, de cuyas puertas 
arrancó con sobrenatural esfuerzo las aldabas, que trajo á su 
residencia por trofeo y que Alfonso el emperador añadió por 
timbre á sus blasones (i). 

Pudiera honrarse Valladolid con ser corte de tal magnate, 
pero á mayores destinos y á más alto lustre la llamaban ya des- 
de entonces los acontecimientos. Allí reunidos en concilio los 
prelados del reino por el cardenal legado Adeodato, trataron 



(i) Estas aldabas, colocadas primero en las puertas de la Antigua y después 
á los lados del sepulcro de Ansúrez, han desaparecido, advirtiéndose únicamente 
junto á dicho sepulcro los agujeros en que estuvieron engastadas. 



VALLADOLID 43 

en 1 1 24 de remediar los desórdenes de la guerra y los abusos 
introducidos á su sombra. Allí, después de coronado solemne- 
mente en León con la diadema imperial, vino Alfonso VII en 
Junio de 1135, seguido de sus proceres entre los cuales brillaba 
el conde Armengol , tal vez para activar la guerra contra los 
infieles de Andalucía. Allí en 1137 se celebró un nuevo concilio 
presidido por el cardenal Guido, al cual siguieron las entrevis- 
tas del emperador con el rey de Portugal , reconciliados entre 
sí por la mediación benéfica del legado. Pero nunca desplegó su 
magnificencia el soberano en la villa del Pisuerga como á prin- 
cipios del año 1 1 5 2 , al desposarse en segundas nupcias con 
Rica, hija del duque de Polonia Uladislao, en espléndidas justas 
y toros y danzas que deslumhraron á los rubios hijos del norte 
venidos con la princesa, y poco después en la solemnidad con 
que armó caballero á su infante primogénito D. Sancho. Allí le 
volvemos á encontrar en 1155 con sus hijos y esposa, asistien- 
do á un tercer concilio de catorce obispos congregados bajo la 
presidencia del legado Jacinto, y allí por Enero del siguiente 
año al conceder á la villa juntamente con varios montes la mer- 
ced de una feria franca por Santa María de Agosto. 

Con la afluencia de gentes atraídas por tan frecuentes y 
altas ocasiones, creció rápidamente Valladolid al rededor del 
palacio condal y de la colegiata, formándose en breve la feligre- 
sía de San Martín fuera de la cerca primitiva, mientras que allá 
arriba junto al puente se aumentaba la de San Nicolás. Su régi- 
men municipal, asaz libre respecto del señorío de sus condes, 
estaba vinculado en diez familias ó linajes, tal vez las de los 
primeros pobladores, en las cuales residía privativamente el 
derecho de elección para los cargos y oficios públicos, que cada 
año repartían entre sí por suerte y adjudicaban por turno entre 
los aspirantes. Reuníanse en la casa llamada de Linages sita en 
la calle del Río junto á San Lorenzo, y desde allí divididos en 
dos grupos de cinco familias, á uno de los cuales daban nombre 
las de Tovar y Mudarra y al otro las de Reoyo y Cuadra, pa- 



44 VALLADOLID 

saban los primeros á la iglesia mayor y los segundos desde el 
siglo XIII á la de San Pablo para distribuir los oñcios de justi- 
cia. Esta singular oligarquía, que dividiendo la población en dos 
grandes bandos, no podía dejar de producir con el tiempo re- 
petidos y sangrientos tumultos, por de pronto sin embargo no 
paralizó la prosperidad del naciente concejo, cuya jurisdicción 
se extendía sobre Cabezón, Tudela y Portillo con sus aldeas, y 
más tarde sobre Santovenia, Herrera del Duero y término de 
Aniago adquiridos por compra, y cuyos procuradores en las 
cortes de León y Carrión hacia 1 188 tomaron asiento ya con 
los delegados de las más insignes ciudades de Castilla. 

En II 54 á 28 de Agosto falleció en Valladolid el conde Ar- 
mengol, y heredó el señorío de la villa con los estados de 
Urgel su hijo del mismo nombre, casado con Dulce de Aragón 
hija del esclarecido Ramón Berenguer y de la reina Petronila. 
En la división de la monarquía de Alfonso VII entre sus dos 
hijos cupo Valladolid al reino de Castilla; pero irritado Fernan- 
do II de León contra los Laras que le habían excluido de la 
tutela de su sobrino, devastó con el hierro y con la tea los do- 
minios de aquella ilustre casa tendidos sobre las márgenes del 
Duero, y en 11 77 invadió ambiciosamente el infantazgo de Va- 
lladolid que comprendía los valles de Duero y Esgueva hasta 
Vamba, comarca restituida en breve á Alfonso VIII por la paz 
de II 8 1 . Sin embargo el señor de Valladolid, cuyo gobierno 
en sus frecuentes ausencias tenía confíado á Fernán Rodríguez 
de Sandoval, siguió al parecer la causa del monarca leonés, de 
quien fué mayordomo mayor, recibiendo de su mano cuantiosas 
mercedes é importantes villas en su reino. Murió este conde 
Armengol en 1 1 de Agosto de 1 1 84, desgraciada y gloriosa- 
mente como su abuelo, sorprendido por los infieles en las inme- 
diaciones de Requena, al regresar triunfante y cargado de des- 
pojos de una feliz correría contra los moros de Valencia. 

Su hijo Armengol , tercero de este nombre en el señorío de 
Valladolid, casi nunca tuvo su residencia en Castilla, y dejando 



VALLADOLID 4; 

allí por lugarteniente suyo á Alfonso Téllez de Meneses, dirigió 
las miras á sus estados de Cataluña, donde ganó fama de esfor- 
zado en sus continuas luchas con los barones convecinos. Pero 
si Valladolid carecía de la presencia de su señor, en cambio go- 
zaba á menudo de la de su rey, que en 1193 y 1 195, en 1201 
y 1 204, según consta por la data de diversas escrituras, hospe- 
dábase en el alcázar situado sobre el Pisuerga. Así, cuando 
en 1 208 terminó su carrera el último conde Armengol, sin de- 
jar más sucesión de Elvira de Subirats su consorte que una 
hija llamada Aurembiax, Alfonso VIII incorporó la codiciada 
villa á su corona, por más que el testamento del difunto mag- 
nate legase la mitad de ella al papa Inocencio III y la otra mi- 
tad á sus herederos propios. En vano la condesa Aurembiax 
alegó sus derechos, en vano los trasmitió á su esposo el infante 
D. Pedro de Portugal, y los retuvo éste en la donación que del 
condado de Urgel hizo en 1231 á Jaime I de Aragón; la razón 
de estado, aprovechando la extinción de la descendencia varo- 
nil de la hija primogénita de Ansúrez, prevaleció sobre las 
cláusulas de un testamento, porque la que en breve iba á ser 
corte de Castilla ya no debía reconocer otro señorío que el de 
su monarca. 



48 VALLADOLID 

Junio de 1 209, ajustaron allí sus largas querellas el rey de Cas- 
tilla y su yerno el de León, que disuelto su enlace con Beren- 
guela le asignó para su mantenimiento ciertas villas, prometién- 
dose recíproca amistad por cincuenta años, y sancionando la 
promesa el anatema de seis prelados, arbitros y ejecutores del 
convenio, contra los que osaran infringirlo. La ínclita Bereng'uela, 
á quien su padre legó en usufructo el infantazgo de Valladolid, 
el más rico y vasto de Castilla, pues llegó á comprender cin- 
cuenta y dos pueblos, trasladó allí en 1 2 1 5 la corte de su her- 
mano y pupilo Enrique I ; y cuando la intriga y la violencia la 
obligaron á abandonar la tutela al ambicioso D. Alvaro de Lara, 
quedóse en la misma villa, hasta que no creyéndose segura se 
refugió á la fortaleza de Autillo. Valladolid vio indignada en un 
simulacro de cortes generales aprobados servilmente los des- 
manes del soberbio tutor y el despojo de su benéfica señora; 
pero fallecido el joven rey en Falencia á los pocos días de haber 
presenciado su partida, saludó con inmenso júbilo á Berenguela 
que volvía con su hijo de la mano, para transferir á las sienes 
del mancebo la corona de Castilla, que iban á presentarle las 
cortes del reino, reunidas allí mismo, como á primogénita de 
Alfonso VIII. Celebróse esta doble proclamación á i .^ de Julio 
de 1 2 1 7 en la plaza Mayor ^ apellidada entonces del Mercado y 
situada fuera del amurallado recinto, donde subieron á un ta- 
blado cubierto de telas de oro la reina y el príncipe ; y fué luci- 
da y noble y numerosa por demás la comitiva que les acompañó 
desde la plaza al templo de Santa María y desde allí otra vez 
al alcázar, y ruidosas las aclamaciones y brillantes los regocijos 
que inauguraron el feliz gobierno del rey santo. 

Suscitáronse tormentas en sus principios, pero disipólas en 
breve el calor del naciente astro. Alfonso IX de León, que ha- 
bía bajado hasta Arroyo y Laguna á una legua de Valladolid 
para disputar á su hijo el materno cetro de Castilla, se retiró 
sin intentar ataque alguno: D. Alvaro de Lara, que promovía 
nuevas inquietudes talando los pueblos, fué conducido á la villa 



VALI-ADOLID 49 

prisionero y metido ei^ estrecha cárcel. Obtuvo Valladolid la 
predilección de Fernando III sin duda por el cariño de su ma- 
dre ; y las cortes celebradas en Febrero de 1 2 2 1 en que se con- 
denó al seftor de los Cameros don Rodrigo Díaz á restituir al 
rey los castillos usurpados, el concilio reunido en 1228 'bajo la 
presidencia del legado obispo de Sabina para extirpar el concu- 
binato de los clérigos y condenar los errores albigenses, el ca- 
pítulo general de la orden de Calatrava tenido á 28 de Octubre 
de 1238 en presencia del rey y de su madre y de su segunda 
esposa, fueron otras tantas ocasiones en que la hizo teatro de 
su grandeza. En la capilla de aquél alcázar, á 26 de Noviembre 
de 1 246, solemnizáronse los desposorios del príncipe Alfonso 
con Violante hija del rey de Aragón, niña apenas dé once años, 
á quien fué señalada en arras la misma villa con otras de impor- 
tancia; pero las triunfales campañas de Andalucía impidieron al 
glorioso monarca asistir á la fausta ceremonia, y á las rogativas 
que de su orden se hicieron el año siguiente por la salud de San 
Luís su primo á Nuestra Señora de la Peña de Francia en su 
devoto santuario del Prado de Valladolid. Otorgó San Fernan- 
do á la población varias donaciones en 12 40 y 1242, y hay 
quien dice que sus armas en la toma del castillo del Carpió ; 
pero el origen de estas es tan controvertido como el objeto que 
representan, dudándose si son llamas, ondas ó girones. 

También al sabio Alfonso, al rey legislador, blanco de tan 
varia fortuna en vida como de opuestos juicios en la historia, 
mereció Valladolid una especial solicitud y una frecuente per- 
manencia. En 1252 y 53, desde el año primero de su reinado, 
le conñrmó los antiguos privilegios y donaciones y le concedió 
otras nuevas: en 1255 víspera de San Juan Bautista dio comien- 
zo allí al código inmortal de las Partidas^ y allí terminó en 
30 de Agosto el fuero real, que no fué otorgado á la villa sin 
embargo hasta diez años después: en 1258 por el mes de Ene- 
ro reunió en ella cortes generales para reformar las costumbres, 
la mesa y el traje de las diversas clases del estado empezando 



50 VALLADOLID 

por sí y por la reina, y más adelante expidió ordenanzas locales 
sobre las atribuciones de los alcaldes y trámites de sus juicios. 
Su nieto Alfonso, hijo del infante D. Fernando de la Cerda y 
de Blanca de Francia, destinado por derecho á sucederle, vio 
allí la Itiz en 1270 y fué bautizado con insigne pompa en la 
iglesia de Santa María. Pero el descontento cundía y amenazaba 
estallar en sedición : los grandes murmuraban de ultrajes y des- 
afueros recibidos,. los prelados pedían el remedio de sus quere- 
llas contra los ministros reales (i). En la reunión numerosísima 
que en 1281 allí tuvieron los abades de los monasterios de la 
orden de Cluni, del Cister y de Premonstrato en Castilla, y en 
la hermandad entre ellos acordada para la observancia de su 
instituto, tal vez pudo observar Valladolid á vueltas del celo re- 
ligioso algo de política desazón y de las ambiciosas intrigas del 
infante D. Sancho que les había convocado : mas no tardó en 
ver rasgado el velo de iniquidad. En 8 de Julio de 1 282 (2) ante 
una junta inmensa de prelados, ricoshombres y caballeros de 
Castilla, León y Galicia, ante la esposa del monarca y el infante 
D. Manuel su hermano y sus hijos los infantes D. Pedro y Don 
Juan, oyó negar la obediencia al rey Alfonso, y aclamar por le- 
gítimo señor al rebelde príncipe, y prestarse todos juramento de 
sostener recíprocramente sus libertades, ó más bien de asegurar 
sus usurpaciones. 

Tal vez hizo teatro á Valladolid de tan odiosa escena la au- 
toridad de la reina Violante que la poseía en señorío y la arras- 
tró á conjurarse contra su real esposo; pero en compensación 
debióle la villa dos de sus más insignes conventos, San Francis- 
co y el de dominicos de San Pablo. Había fundado el primero 



(i) El Sr. Sangrador en su apreciable historia de Valladolid afirma que se ce- 
lebraron en esta población las cortes de 1 27 i, de las cuales se apartaron los no- 
bles descontentos con el infante D. Felipe á su cabeza, y en que mediaron la reina 
Violante y el infante D. Fadrique y otros para terminar sus desavenencias con el 
rey ; pero así de las historias más acreditadas como de las actas de cortes se des- 
prende que estas se tuvieron en Burgos. 

(3) La crónica de D. Juan Manuel pone este suceso en el mes de Abril de dicho 
año. 



VALLADOLID 5I 



en 1 2 10 bajo la protección de la reina Berenguela fray Gil com- 
pañero del patriarca de Asís, en el sitio apellidado Río de Ol- 
mos camino de Simancas : Violante lo trasladó dentro de la po- 
blación, cediendo á los religiosos en 1 260 unas casas en la calle 
de los Olleros frente al Mercado convertido más tarde en Plaza 
Mayor, en un barrio á la sazón extremo y el más céntrico des- 
pués. Otra reina, María de Molina, agregó al convento un pala- 
cio contiguo; mas sin perder su primer destino, la morada de 
los humildes frailes Menores dio aposentamiento muchas veces 
á las personas reales, como su iglesia dio sepultura á los despo- 
jos de las mismas. El primero que allí bajó á descansar fué don 
Pedro hijo de Alfonso X y de la fundadora, fallecido en Ledes- 
ma á 20 de Octubre de 1 283, mientras auxiliaba la rebelión del 
hermano contra el padre; el segundo D. Enrique hermano del 
mismo rey Alfonso, cuyo cadáver traído desde Roa, donde mu- 
rió en Agosto de 1303, debió su honrado entierro á la genero- 
sidad de la reina María. Ni del lugar y forma de los sepulcros 
de ambos infantes ni de sus epitafios queda memoria cierta ( i ) ; 
pero sí de los versos leoninos que llevaba en la capilla mayor 
el túmulo de Pedro Alvarez seftor de Norefta, padre del famoso 
Rodrigo Alvarez de Asturias (2). Ninguna descripción, ningún 



(i) Según Antolínez de Burgos, estaban sepultados en dos nichos á los lados 
de la capilla mayor, en el del evangelio D. Enrique, en el de la epístola D. Pedro á 
quien llama D. Pedro Manuel. Morales en su Via/e sanio asegura que no se sabía 
el lugar de la sepultura de D. Enrique, y que la de D. Pedro estaba en la capilla 
de los Leones en cama alta con bultos él y su mujer Margarita de JVarbona. Nin- 
gún escritor moderno, de los que antes de 1837 alcanzaron á ver aquel edificio, 
ha resuelto dicha controversia. 

(2) Dice Morales que era de palo este sepulcro con las armas de Noreña; pero 
en tiempo de Flórez el sepulcro y los versos ya no existían. Estos nos los ha con- 
servado una historia manuscrita del convento. 

Impia mors, quis te furor impulit ut Petrus iste 

Sic rueret per te, cui vita favebat aperte } 

Hic custos legis, cor regis, pauperis egis, 

Hic tutela bonis, hic cultor relígionis. 

Hunc genus, hunc mores, facundia, census, honores, 

Deseruisse docent quem coluisse solent. 

Al otro lado de la piedra : 



52 VALLADOLID 

diseño nos permite tampoco apreciar dignamente la pérdida de 
aquel templo, demolido en iZ^^^ para subvenir á los gastos de 
la guerra civil; sólo sabemos que era una suntuosa y dilatada 
nave, construida en la mejor época del arte gótico, pues de pe- 
queña que antes era, la hizo de nuevo con su gran pórtico á fines 
del siglo XIV Juan Hurtado de Mendoza, uno de los tutores de 
Enrique III, sepultado debajo del coro. Las portadas que salían 
á la calle y plaza Mayor, decíase haberlas costeado los jurados 
en penitencia de haber infringido .el derecho de asilo tapiando 
las puertas á un homicida; la de la plaza, consumida en el terri- 
ble incendio de 1561, se reedificó conforme á la traza que Feli- 
pe II señaló. Así el claustro como la iglesia encerraban grandio- 
sas capillas: la de Linages cubierta por una cúpula octógona de 
crucería, se veía alfombrada de losas, entre ellas la de un obis- 
po, y rodeada de nichos greco-romanos de medio punto con 
lápidas en su fondo; la de los Leones y próxima á la sacristía y 
colateral de la mayor, contenía la notable tumba de una dama 
y de una hija de Enrique II, ambas por nombre Leonor, falleci- 
da la madre en 1369 y la hija en 1375, á cuya historia dieron 
acaso romancesco interés los leones esculpidos sobre la cubier- 
ta (i). Grandes cuadros de Bartolomé de Cárdenas, Felipe Gil 



Serve Dei Francisce, mei sis dux morientis^ 
Do tibí me, tu sis animae comes egredientis. 
In te confído, placuitque mihi tuus ordo. 
Me totum tibí do, quid plus? cum corpore cor do. 
Pro te qui minor es, ad fratres migro minores, 
Fratribus unitus, fratris sub veste minoris. 

Anno Domini MCCLXXXVl. 

Este magnate gran servidor de Sancho IV, era padre, y no abuelo como dice 
Flórez, de D. Rodrigo Alvarez de quien hablamos en el tomo de Asturias y León, 
pág. 1 60. En medio de la capilla mayor» según Morales, estaba enterrado con 
tumba alta cerrada de reja, el conde de Castro. 

(i) Cuéntase que recelando el rey de la fidelidad de su dama, mandó exponer 
el tierno fruto de sus amores á la voracidad de aquellas fieras , las cuales, respe- 
tando maravillosamente á la niña, le demostraron la inocencia de la madre. De 
esta anécdota no dan indicio alguno las historias ni la inscripción colocada en el 
sepulcro, que decía así: «Aquí yacen enterradas D.' Leonor de los Leones y D." Leo- 
nor su hija y del rey D. Enrique el Viejo que Dios dé santo paraíso ; finó la madre 



VALLADOLID 53 

y Diego Valentín Díaz, preciosas figuras de Juni y de Gregorio 
Hernández, cubrían los muros ó adornaban los retablos; y sem- 
braban por todas partes el pavimento nobilísimas sepulturas, 
distinguiéndose entre todas la que custodió por seis afíos los 
preciosos restos del descubridor del nuevo mundo, Cristóbal 
Colón, antes de ser trasladados á la Cartuja de Sevilla, y la que 
recordaba la pavorosa leyenda aplicada después al alcalde Ron- 
quillo (i). 

Con la fundación de San Francisco guarda singular analogía 
la de San Pablo. También le concedió el solar la reina Violante 
otorgando á los dominicos en 1276 el vasto terreno de Casca- 
jera hasta San Benito, donde les sirvió de primer santuario la 
ermita de nuestra Señora del Pino; también la reina María, al 
confiarle los despojos de su tierno hijo Alfonso fenecido á los 
cinco aftos (2), dio á la fábrica poderoso impulso, y lególe una 
renta anual de cuatro mil maravedís sobre el portazgo de Va- 



aquí en Valladolid en la era MCCCCVII, y la hija finó en la villa de Guadalajara en 
la era MCCCCXIIIj; y la dicha Leonor hizo hazer esta capilla y estas sepulturas 
para que la enterrasen á ella y madre, á las cuales Dios por su santísima miseri- 
cordia quiera perdonar sus almas.» En su testamento menciona Enrique II á esta 
dama, llamándola Leonor Alvarez, y á su hija desposada con D. Alfonso de Ara- 
gón, hijo del marqués de Villena, cuyo matrimonio al fin no se realizó, legando á 
la primera diez mil maravedís anuales, y á la segunda veinte mil doblas de oro 
para su dote. 

(i) En el centro de la iglesia, debajo de una lápida donde se veían de relieve 
las figuras de un hombre con su mujer, dícese que fué enterrado un juez de alta 
categoría. Hallábase un religioso á deshora de la noche escribiendo el sermón de 
honras en la biblioteca, cuando le apareció el alma del infeliz magistrado rodeada 
de demonios, quienes promulgada la sentencia del Señor que les entregaba tam- 
bién su cuerpo, condujeron al fraile á la sepultura, le mandaron extraer del cadá- 
ver la sagrada hostia con religioso aparato, y prescribiéndole referir el caso desde 
el pulpito, se llevaron aquel con estruendo formidable. La odiosidad que excitó 
contra el alcalde Ronquillo el suplicio del obispo Acuña en Simancas, dio margen 
á suponerle objeto de esta leyenda que parece más antigua ; pero basta recordar, 
como lo prueba el Sr. Sangrador, que Ronquillo murió en T/iadrid y no en Valla- 
dolid á 9 de Diciembre de i $ 5 2, y que no fué sepultado en San Francisco, sino en 
la iglesia de religiosas de Arévalo. 

(2) Nació este infante en Valladolid en 1 286 y murió allí mismo en 1 29 1; es- 
taba desposado ya con D.* Juana Núñez de Lara que se criaba en palacio. Créese 
estuvo enterrado en una de las tres cajas pintadas de bermellón que vio Morales 
puestas en alto en la capilla mayor, y que tal vez desaparecieron al labrar allí el 
duque de Lerma su magnífico panteón. 



54 VALLADOLID 

lladolid mientras durase la obra de la iglesia y claustro. Pero 
más tarde, á mediados del siglo xv, veremos al edificio desple- 
gar sus brillantes galas, y recibir á principios del xvii el com- 
plemento de su grandeza, perfeccionando la obra de las reinas 
el cariño de un prelado y la munificencia de un valido. 

Antes que uno y otro convento, filé erigido en 1 247 el de 
Santa Clara en vida de la santa por una de sus compañeras 
bajo la advocación de Todos los Santos. El sitio que al presen- 
te ocupa se hallaba fiíera de los muros, y lo estuvo hasta la en- 
trada del XVII en que llegó á envolverlo la población; díríase 
que aguardando pacientemente esta crecida,* renunció á trasla- 
darse en 1 37 1 junto á la iglesia de San Esteban á unas casas 
del conde D. Sancho. Desde Alfonso XI hasta Enrique IV, to- 
dos los reyes otorgaron privilegios y rentas á este convento, 
acreditado por su rígida clausura. Ocupaba su primitiva iglesia 
el sitio donde hoy está el coro bajo, y á ella pertenecen los vie- 
jos muros del cuerpo que avanza hacia la plazuela, presentando 
en su ventana ojiva un no sé qué de monumental. Por dentro 
corresponden á una capilla cuadrada con bóveda de crucería, 
donde vivió como emparedada en una contigua celda, y donde 
quiso reposar en muerte la viuda de Alonso Pérez de Vivero, 
D.* Inés de Guzmán (i); la otra capilla del coro la fundó para 
su entierro D. Alonso de Castilla, más esclarecido aún por la 
fama de sus virtudes que por su descendencia del rey D. Pe- 
dro (2). La iglesia actual, nave gótica de piedra, desfigurada 
interiormente, pero cuyo exterior aún engalana alguna creste- 
ría, la construyó hacia 1495 D. Juan Arias del Villar, obispo de 



(i) Sobre la tumba de esta dama se lee : «A honra y gloria de Dios todo pode- 
roso yace aquí en esta sepultura D.' Inés de Guzman condesa de Trastamara, que 
mandó facer esta capilla año de 1489.» Su esposo fué el que muriendo por orden 
de D. Alvaro de Luna ocasionó la caída de este valido. 

(2) Fué éste D. Alonso hijo natural de D. Pedro de Castilla, después obispo 
de Osma, habido en una dama inglesa. Cuenta la tradición que cada vez que se 
acercaba á la muerte alguna persona del noble linaje de los Castillas, se percibían 
fuertes y misteriosos golpes dentro del mencionado sepulcro. 



VALLADOLID 55 

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Oviedo y más tarde de Segovia, reedificando al propio tiempo 
la portería, según acreditaban sus blasones esculpidos en la.s 
claves de la bóveda (i). En la capilla mayor, ocupada por un 
retablo churrigueresco, contienen los enterramientos de las fa- 
milias de Boninseni y Nava cuatro nichos de severa arquitectura 
como la de los tiempos de Herrera ; pero las estatuas yacentes 
ofrecen aún en época tan avanzada la expresiva actitud y la rica 
minuciosidad de trajes que caracterizaban las de la Edad me- 
dia (2). 

No reanudaremos el hilo de la historia, tan revuelta como 
gloriosa para Valladolid en el breve reinado de Sancho IV y en 
las agitadas menorías de Fernando IV y Alfonso XI, sin tender 
antes una mirada por el dilatado circuito que ocupaba ya enton- 
ces la villa. Limitada al poniente por el Pisuerga y partiendo 
del alcázar como de centro inmóvil, habíase ido aumentando por 
las otras direciones en línea casi paralela á la del primer recin- 
to. La puerta de Nuestra Señora no había cambiado sino de 
nombre titulándose del Río ; pero desde allí subía la nueva mu- 
ralla á la puerta del Puente, en medio del cual descollaba un 
torreón para su defensa. Seguía la cerca por el lado septentrio- 



( i) Murió el citado obispo en i 5 o i en el pueblo de Mojados. Creen las religio- 
sas que está enterrado en su claustro, y así lo afirma Garibay, pero según Colme- 
nares yace en Segovia. 

(a) En los nichos del lado del evangelio yacen un caballero y una señora ; el 
bulto de aquél presenta una hermosa cabeza de anciano, enjuto de carnes, vestido 
de armadura completa, con una mano empuñando la espada y con la otra caída, 
notándose á sus pies un león y el casco ; la dama viste un rico traje de la época, y 
lleva un perrito de lanas sobre la orla de su vestidura. Las inscripciones dicen 
así: «Aquí yace el muy ilustre señor Pedro Boninseni, comendador de Fuente la 
Peña y recebidor general de la religión de San Juan; falleció á 8 de Setiembre de 
1581. Requiescat in pace. Este caballero fué embajador de su religión en esos 
reinos y en los de Portugal, y fué capitán en Italia y gobernador de Taranto, y es 
de quien dize la corónicade Malta cuando la cercó el Turco.»— «Aquí yaze la muy 
ilustre señora D.' Isabel Boninseni y de Nava, falleció á 18 de Setiembre de i 580. 
Requiescat in pace.» Otro bulto semejante de caballero se ve en uno délos nichos 
del lado de la epístola, con el siguiente epitafio : «Aquí yace Juan de Nava caba- 
llero del abito de Santiago, gentilhombre de la boca de S. M., hijo de Pedro de 
Nava del consejo de los Reyes Católicos y de Juana Ondegardo; están enterra- 
dos en la capilla de Santa Catalina de San Francisco de esta ciudad. Murió año 
de I 590.» 



t;6 VALLADOLID 

nal, incluyendo el barrio de San Nicolás y orillando la huerta 
de San Pablo, hasta la puerta de San Benito el Viejo, desde la 
cual dejando fuera á Santa Clara, se inclinaba hacia levante y 
abría dos puertas al extremo occidental del Prado, la una deno- 
minada de San Pedro enfrente de esta iglesia, la otra de San 
Martín junto á la cruz donde antes estaba la ermita de la Peña 
de Francia. Formando una excrecencia hacia la Magdalena, la 
separaba del monasterio de las Huelgas situado allende los 
muros, y hoy todavía contiguo á dicha parroquia aparece tapia- 
do un viejo arco de ladrillo de forma de herradura, que pudo ser 
puerta, si bien la de San Juan estaba algo más adelante en la 
plazuela de este nombre. Al extremo de la calle de Herradores, 
hacia el sudeste un elevado castillo con foso y barbacana defen- 
día la puerta de San Esteban, otra enfilaba la calle después 
llamada de Teresa Gil ; y tomando el muro por foso el brazo 
inferior del Esgueva y excluyendo el anchuroso Campo Grande, 
formaba la puerta del Campo donde se levanta hoy el arco de 
Santiago, y sobre el otro brazo del Esgueva la de San Lorente 
hasta cerrar otra vez con el alcázar. 

Dentro de esta muralla de diez puertas, muchas de las cua- 
les subsistían aún á la entrada del siglo xvii, quedaron encerra- 
das diferentes iglesias, que desde el xii las más, habían nacido 
como ermitas en medio de los campos, y que luego vinieron á 
ser parroquias rodeadas de feligreses; en qué época precisa- 
mente no se sabe, ni si fueron erigidas tales á un mismo tiempo, 
pero á mediados del xiv consta ya que lo eran casi todas. De 
esta suerte á la Antigua, á San Julián, á San Pelayo titulada ya 
entonces San Miguel, á San Martín y á San Nicolás, fueron 
añadiéndose San Lorenzo, Santiago, el Salvador, San Esteban, 
San Juan, la Magdalena, San Pedro y San Benito el Viejo, pre- 
sidiendo á los respectivos barrios recién formados en torno 
suyo. Sus templos, pobres sin duda y reducidos en razón de su 
origen, perdieron sucesivamente su primitiva forma: los de San- 
tiago y San Lorenzo restaurados en el último período del arte 



VALLADOLID 57 

gótico; los de la Magdalena, el Salvador, San Pedro y San Be- 
nito en el siglo xvi y xvii; los de San Miguel, San Juan y San 
Esteban trasladados casi en nuestros días á vacantes y espacio- 
sas iglesias de conventos. 

Coincidió, si más bien no le fué debido, este singular incre- 
mento de Valladolid con el reinado de María de Molina, su 
principal favorecedora después del conde Ansúrez, figura ma- 
jestuosa y apacible que durante cuarenta afíos llena casi exclu- 
sivamente sus anales. Ya en vida de su esposo Sancho el Bravo 
tuvo allí la prudente reina su residencia más frecuente, y alcan- 
zó del rey que concediera á aquellos vecinos la aldea de Cigales 
para que fuesen más ricos y hubiesen más con que poderles ser- 
vir; allí dio nacimiento en 1 286 á su segundo hijo Alfonso cuya 
muerte cinco aftos después debía llorar, y en 1 290 á Pedro que 
terminó gloriosamente su juvenil carrera en la vega de Granada. 
Aumentaron en aquella época el lustre de la villa la celebración 
de un concilio nacional en 1291 y de unas cortes generales de 
León y Castilla en 1 293 ; y sus escuelas públicas, que con algún 
fundamento se suponen trasladadas allí desde Palencia, florecían 
de tal suerte con la protección del soberano (i), que al estable- 
cer las de Alcalá de Henares, nada mejor creyó éste poderles 
otorgar que los mismos privilegios é inmunidades de aquellas. 

Con la muerte de Sancho quedó su esposa por única salva- 
guardia de un nifto, cuyo derecho contradecían poderosos reinos, 
y cuya tutela ambiciosos bandos se disputaban. Las intrigas y 
sugestiones de D. Enrique, tío del rey difunto, lograron enagenar 
de la reina el ánimo de sus más fieles subditos; y Valladolid 
en 1 295 víspera del Bautista cerró las puertas á su señora, y al 
cabo no le permitió entrar sino sola con su hijo, separada de la 



(i) En 129$ concedió dicho rey al estudio general para salario de sus maes- 
tros las tercias de Valladolid y su tierra además de las de Mucientes y Fuensalda- 
ña, por los grandes servicios que le habían prestado siempre los letrados de aque- 
lla escuela, tal vez, como conjetura el Sr. Sangrador, en la ruidosa cuestión de la 
sucesión á la corona. 

8 



58 VALLADOLID 

comitiva. En las cortes abiertas allí el siguiente día, cedió la 
madre el codiciado gobierno á D. Enrique, reservando única- 
mente para sí la educación del rey menor; y si bien prestaron 
juramento á Fernando IV los concejos de León y Castilla, reno- 
varon su hermandad recelosa imponiendo condiciones al trono, 
y á ellos siguió con sus demandas el brazo de la iglesia. Pero á 
fuerza de habilidad y dulzura triunfó D.* María: los más temi- 
bles é inquietos magnates, D. Diego de Haro y D. Juan Núftez 
de Lara, vinieron en pos de ella á rendir homenaje á su hijo; y 
la villa, vuelta en sí del momentáneo extravío, abrazó con tanto 
ardor su causa, que sorda á la voz de la reina Violante su anti- 
gua señora, la cual en ausencia de aquella aspiraba á penetrar 
en su recinto sosteniendo las pretensiones del infante de la 
Cerda, le impidió la entrada coronando de armas sus muros, y 
la obligó á retirarse á Cabezón lanzando imprecaciones y ame- 
nazas. 

Valladolid fué el cuartel general escogido por la varonil 
princesa en 1 296 para hacer frente á la formidable liga con que 
Aragón, Francia, Portugal, y un pretendiente al reino de León 
y otro al de Castilla, aspiraban á derribar el trono y desmem- 
brar la monarquía. Hallábase la reina oyendo misa en la capilla 
del alcázar, cuando en traje de camino se le acercó D. Enrique 
consternado con el inminente peligro, proponiéndole como único 
medio de conjurarlo un segundo enlace con el infante de Ara- 
gón D. Pedro, caudillo de las huestes aliadas. Ella, no tomando 
consejo sino de su casto y firme corazón, respondió tque jamás 
quebrantaría la fe del primer consorcio aun á trueque de ganar 
cien coronas para su hijo, y que mejor interesaría en favor de 
éste á Dios conservando su decoro, que admitiendo en sus tocas 
el más mínimo lunar. » Y Dios no engañó su esperanza : aban- 
donada de D. Enrique y llevados á Andalucía sus defensores, 
combatió por ella la peste diezmando el ejército enemigo, y sus 
destrozados restos imploraron tregua para retirarse, y los cadá- 
veres del infante de Aragón y de sus nobles, al atravesar por 



VALLADOLID 59 

Valladolid, merecieron de su generosa adversaría ricos paftos 
de oro con que cubrir su desnudez. Al rey de Portugal, que lle- 
gó más tarde con otro ejército hasta Simancas, sin poder ella 
oponerle más soldados que los ñeles habitantes de su corte, 
respondió negándose á las exigencias que le presentaba y aun 
á toda entrevista, y amenazándole con la ruptura del proyectado 
enlace entre sus hijos si jamás se ponía en su presencia. Esta 
comunidad de glorias y peligros se la recompensó D.* María á 
los de Valladolid concediéndoles franquicia de portazgos, que 
al año siguiente hizo extensiva á los mercaderes que la abaste- 
cieran. 

Por tres aftos consecutivos, en Febrero de 1298, Abril 
de 1299 y Abril de 1300, reunidas allí las cortes otorgaron á 
la corona cuantiosos donativos para las necesidades de la gue- 
rra, y en las últimas por fin hincó la rodilla ante el joven rey el 
infante D. Juan su tío, que traía perturbado el reino con ince- 
santes rebeliones. De otras dos cortes generales presenció Va- 
lladolid la solemne apertura durante el breve reinado de Fer- 
nando IV, de las unas en 28 de Junio de 1307, de las otras 
en 24 de Abril de 131 2, en las cuales se ordenaron sabias y 
populares leyes. No fueron con todo estos años los más ventu- 
rosos para María de Molina; mejor quisiera seguir arrostrando 
riesgos y combates que sufrir el desvío ingrato de su hijo, sobre 
todo después del casamiento de éste con D.^ Constanza de Por- 
tugal, que se celebró en Valladolid con suntuosas fiestas en el 
mes de Enero de 1302. Entregado el rey á la fatal privanza de 
sus antiguos y constantes enemigos el infante D. Juan y D. Juan 
de Lara, excitó el disgusto de la nobleza y especialmente de 
D. Enrique su antiguo tutor; y la reina madre hubo de emplear 
toda su prudencia en calmar el despecho de éste y los celos de 
aquella, enmendando los agravios del imprudente mozo. A poco 
muríó D. Enrique, y D.^ María olvidando pasadas quejas mos- 
tró una vez más su magnánima bizarría : pocas lágrimas corrie- 
ron en las exequias del avaro y turbulento anciano, y al trasla- 



i 



6o VALLADOLID 



dar su cadáver desde Roa á Valladolid, escasa comitiva y de 
mal grado le acompañaba, ni iban con la cola cortada los roci- 
nes, ni lucían velas en la procesión ; pero la reina cuidó de suplir 
este abandono, y envió para cubrir el féretro una preciosa tela 
de brocado. 

La caída de los Templarios tuvo en Valladolid un eco dolo- 
roso. Poseían allí desde mediados del siglo xii el convento y la 
iglesia de San Juan, nombrado en segundo lugar entre todos 
los de España en una bula de Alejandro III : apoderóse de sus 
tienes la corona, á pesar de haber declarado su inocencia el 
concilio de Salamanca; la iglesia permaneció como parroquia 
hasta iS^2 en que fué demolida por ruinosa; el convento fué 
dado por habitación á D. Nufto Pérez de Monroy, abad de San- 
tander y canciller de la reina, quien fundó en él un hospital, 
quedando todavía al parecer espacio bastante en el edificio para 
servir á los reyes de palacio (i). En este hospital fué sepultado 
su opulento fundador, que sobreviviendo pocos años á su seño- 
ra, falleció en 2 de Agosto de 1326; pero devorado por las 
llamas el piadoso asilo, no sabemos en qué fecha, pasaron sus 
restos al interior del monasterio de las Huelgas, á cuya fábrica 
había contribuido pródigamente (2). 



(1) Sólo así puede conciliarse la indudable erección del hospital en el referido 
convento, con las repetidas indicaciones de la crónica del rey D. Pedro, quien se- 
gún la misma tenía su alojamiento en las casas del abad de Santander. En confir- 
mación de nuestra conjetura afirma el moderno historiador de Valladolid que esta 
morada, donde D. Pedro celebró Sus bodas con Blanca de Borbón, es la conocida 
con el nombre de palacio del Duque^ del cual ya no existen ruinas, y cuyo sitio 
señalan unas tapias en el espacio que media entre la calle de la Magdalena y la de 
los Templarios. 

(2) El epitafio decía así : « Aquí yace D. Ñuño Pérez de Monroy abad de Santan- 
der, notario mayor por el rey D. Alonso del reino de León. Fizo este hospital para 
los omes mantener á servicio de Jesucristo y de la Virgen Santa María su madre y 
de la corte celestial, por du alma en remisión de sus pecados. Fué canciller de la 
reina D.' María que edificó el monasterio de las Huelgas que es aquí en Vallado- 
lid : fué natural de Plasencia, e finó á dos dias andados del mes de agosto era de 
mil e trescientos e sesenta e cuatro.» Fray Alonso Fernández, que inserta dicha 
inscripción en su historia de Plasencia, refiere el testamento del abad, que legó al 
hospital todos sus bienes y sesenta mil maravedís de renta para sustentar diaria- 
mente á cincuenta pobres y cuidar á treinta enfermos, tres mil doblas de oro al 



VALLADOLID 6l 

El rey Fernando, que en 1 3 1 1 había convalecido en Valla- 
dolid de una peligrosa dolencia, murió al año siguiente en Jaén; 
y no falta quien traiga á orillas del Pisuerga el principio de la 
trágica historia de los Carvajales ligada con aquella muerte 
misteriosa, diciendo que en el campo de la Verdad y que después 
se llamó de Marte, lidiaron los infelices hermanos con los Bena- 
vides (i). Hallóse la reina de nuevo sin más apoyo que su en- 
tereza para salvar la cuna de su nieto y el cetro en ella deposi- 
tado, de los recios embates de encontradas ambiciones; pero 
aunque instada con dobles miras por su cufiado D. Juan á encar- 
garse de la regencia, rehusó con todo admitirla mientras no se 
la confiriese el solemne voto.de las cortes, y para terminar di- 
sensiones, dejó á su hijo D. Pedro el gobierno de León y á don 
Juan el de Castilla, tomando á su cargo la crianza del pequefio 
Alfonso que también acababa de perder á su madre. Su benigna 
influencia no se ejercitó sino en hacer levantar en una junta de 
prelados, que por Junio de 1 3 1 4 se tuvo en Valladolid, el entre- 
dicho lanzado por el pontífice á causa de la indebida percepción 
de las tercias decimales, y en conciliar á los desavenidos tuto- 
res por medio de las cortes allí mismo congregadas en Julio 
de 1 31 8. Una misma y gloriosa muerte en la vega de Granada 
puso fin muy pronto á las querellas del tío y del sobrino; y aun 
lloraba D.* María á su hijo Pedro, cuando su último hijo Felipe 
y el hijo del difunto D. Juan y D. Juan Manuel su primo se 
presentaron en Valladolid á reclamar imperiosamente la tutela, 
y sin aguardar la decisión de las cortes como la reina les pres- 
cribía, se la hicieron otorgar por sus parciales. Aumentáronse 
con esto en vez de calmar los disturbios ; fué llamado el reino 
á cortes generales en Falencia ; pero antes de acudir allí la ex- 



monasterio de las Huelgas para construcción de la capilla en que habían de depo- 
sitarse los restos de D.' María y mil para hacer el claustro, trescientas para el del 
convento de Santa Clara, trescientas para concluir la cerca del de San Quirce, y 
cuatrocientas para celebrar veinte mil misas, la mitad para sí y la mitad para la 
reina. 

(i) El citado fray Alonso Fernández. 



b2 VALLADOLID 



celsa pacifícadora, detúvola en su predilecta villa mortal enfer- 
medad. Entonces llamó á los caballeros y regidores de aquella, 
y encomendando á su lealtad la custodia del nieto hasta, que 
llegara á la mayoría, cerró más tranquila los ojos día i .^ de Ju- 
lio de 1321 (i). 

Desde San Francisco, donde murió la reina en las habitacio- 
nes que se había reservado al ceder sus casas al convento, fué 
llevado el cadáver, vistiendo el hábito dominico, á un reciente 
templo de religiosas, donde celebró los oñcios el cardenal obispo 
de Sabina, y fueron . muchas y muy sentidas las oraciones "que 
por su alma se elevaron, aun sin el estímulo délas indulgencias 
concedidas al efecto por el legado. Aquel templo lo había ella 
fundado con la advocación de Santa María la Real y sobrenom- 
bre de las Huelgas, á imitación del de Burgos (2), para unas 
pobres dueñas de la orden del Cister, cuyo primer asilo sobre 
la margen izquierda del Esgueva se había incendiado en 1282, 
desprendiéndose del palacio contiguo á la Magdalena que antes 
fué real morada de su hijo. Con sus limosnas y las de su digno 
ministro el abad de Santander trocóse el palacio en convento ; 
pero consumido en 1328 por las llamas en días de civil contien- 
da, renació de sus cenizas (3), para ser tercera vez destruido á 
fines del siglo xvi, y reemplazado por una ostentosa construc- 
ción arreglada al estilo de Herrera. La espaciosa nave, la alta 
cúpula, el ancho crucero, el bello retablo de orden corintio, cuya 



(i) Esta fecha se halla bastante controvertida. Mariana y otros la ponen en 
I ." de Junio de i 3 2 a ; y el Sr. Sangrador, que en el primer tomo de su historia la 
había fijado en i.* de Julio de i 32 1, en el segundo sigue á Mariana. Por nuestra 
parte preferimos atenernos al cronicón contemporáneo de D. Juan Manuel, que 
pone dicho fallecimiento en Julio de i 32 1 , y á lo que se desprende de la data de 
las cortes de 1322, que celebradas con posterioridad á la muerte de D." María, 
funcionaban ya en 8 de Mayo. 

(2) En su testamento mandó D.' María, que fuese siempre monja y señora del 
monasterio una princesa de sangre real y que tuviese su ración como las infantas 
de Burgos ; pero no se sabe que en el de Valladolid profesara infanta alguna, aun- 
que sí señoras de calificada nobleza. 

(3) Véase más adelante en el capítulo de Toro la venta que el convento hizo á 
aquel concejo en 1403 del llamado monte de la Reina^ contiguo á dicha población, 
para atender á importantes reparaciones. 



VALLADOLID 63 

arquitectura y relieve principal empezó y acabó en 1 6 1 6 el fa- 
moso Gregorio Hernández, llaman menos la atención que el se- 
pulcro en medio de la iglesia colocado de la ilustre fundadora, 
que parece expuesta aún allí de cuerpo presente al amor y 
veneración de los pueblos como en el día de sus exequias. Des- 
de la capilla mayor del gótico templo, donde en 1572 alcanzó á 
verla Morales (i), fué pasada la urna al crucero de la nueva 
fábrica, pero con tan poco cuidado, que junto á los antiguos 
relieves de alabastro se ven las toscas pilastras que en los án- 
gulos se añadieron. Escudos reales y de familia, fíguras de la 
Virgen y de San Bernardo, representan dichos relieves, y el de 
los pies á la misma reina con altísimo y singular tocado en el 
acto de otorgar á las monjas la carta de fundación. La efígie 
tendida sobre la cubierta, mayor del tamaño natural, resplan- 
dece de blancura, bella en el rostro, mórbida en las carnes, 
honesta en la vestidura, ceñida con esmaltada correa, con toca 
en la cabeza y con un libro en las manos ; sobre la orla de su 
vestido juega un perrito faldero, y á los pies y á los lados velan 
pequeños leones. Los que aquel túmulo labraron, si es que no 
habían alcanzado á conocerla, tenían al menos muy reciente la 
memoria de la que, tan grande como Berenguela é Isabel la 
Católica, si no logró tan altas dichas, arrostró mayores dificul- 
tades. 

Otras monjas también cistercienses experimentaron la libe- 
ralidad de D.^ María, y fueron las de San Quirce. Bajo la invo- 
cación de Santa María de las Dueñas moraban al principio junto 



(i) «La reina tiene corona, añade Morales, mas está en hábito honesto, sin 
tener letra ninguna. Tiene los escudos con castillo y león, y otros con solo león, y 
castillo por orla, que parece fueron las armas de su padre el infante D. Alonso de 
Molina. Á ambos lados en la pared están arcos labrados de follages de yeso, con 
tumbas no muy grandes de lo mismo, con aquellos escudos de león y sin letra: 
son sepulturas de los infantes sus hijos, como las monjas por tradición refieren.» 
Sin embargo la opinión general es que D. Alfonso y D. Enrique, que murieron de 
menor edad, fueron sepultados en San Pablo. Morales, que visitó las Huelgas nue- 
ve años antes de empezarse la iglesia actual, dice que se parece en toda ella ser 
obra muy antigua. 



64 VALLADOLID 

al puente al otro lado del Pisuerga; y en este sitio las designa 
en su testamento otorgado en 1307 la infanta de Portugal doña 
Teresa Gil, que ha transmitido su nombre auna de las mejores 
calles (i). £1 nuevo título de San Quirce con que las nombra 
la reina, y el objeto que da á su piadosa manda de tres mil ma- 
ravedís para cubrir la casa comenzada^ hacen creer que se esta- 
ba ya efectuando en 1 3 2 1 la traslación del monasterio dentro 
de la población, si bien Antolínez la refiere y atribuye á los 
trastornos del reinado de D. Pedro. El sitio que en el arrabal 
dejaron se convirtió en hospital de San Lázaro ; el que pasaron 
á ocupar en la parroquia de San Nicolás pertenecía á la noble 
familia de Ulloa, y la villa ayudó con crecidas sumas á construir 
la iglesia, no ciertamente la que hoy existe de dórica arquitec- 
tura, que esta fué concluida en 1632. Á la tenaz resistencia que 
opuso este convento en 1 46 1 al establecimiento de la clausura 
y á la reforma intentada por el prior de San Benito, sucedió la 
más rígida observancia, produciendo en su claustro modelos de 
santidad. 

El vacante cargo de tutor lo confirieron á D. Felipe, hijo de 
la gran reina, las cortes reunidas en Valladolid á 8 de Mayo 
de 1322, año memorable para la villa, durante el cual vio con- 
gregado además un capítulo general de Calatrava y un concilio 
el más notable de cuantos allí se celebraron por el número é 
importancia de sus cánones. Pero el entusiasmo y júbilo subie- 
ron á su colmo, cuando cumplido fielmente por el concejo su 
glorioso encargo, y llegado á sus catorce ailos el rey, salió á 
caballo en un día de Agosto de 1325 escoltado por lo más ilus- 
tre de sus reinos, y en el campo de ¿a Verdad pendones desple- 
gados proclamó su mayoría, recogiendo de sus tutores los sellos 



(i) En las historias generales y en las peculiares de Valladolid no hemos po- 
dido hallar más noticias de esta dama: su patronímico parece indicar que tuvo 
por padre á D. Gil Alonso, hijo natural de Alfonso III rey de Portugal y bailío de 
San Blas en Lisboa. Legó dicha señora á San Quirce cuatrocientos maravedís de á 
diez dineros. 



VALLADOLID 65 

con que tan interesadamente habían gobernado. Muchos meses 
y aun algunos del siguiente afto duraron las cortes en que se 
hizo esta solemne declaración, y en que el joven soberano, 
agradecido á los servicios que se le votaron, confirmó privile- 
gios, otorgó peticiones, y premió sobre todo á los de Vallado- 
lid concediéndoles por juro de heredad numerosos pueblos y 
librándoles de todo pecho y marzadga (i). Antes de concluir el 
año, en 28 de Noviembre, brillantes fiestas solemnizaron allí 
sus desposorios con D.^ Constanza, hija de D. Juan Manuel, á 
quien le interesaba atraer á su servicio : la infanta permaneció 
en Valladolid con título de reina; pero deshecho más adelante 
el proyectado enlace por otro más ventajoso con María de Por- 
tugal, Constanza ñié llevada prisionera al alcázar de Toro, has- 
ta que por último fiaé restituida á su padre. 

Días de revuelta sucedieron impensadamente á los de unión y 
esperanza: celosa la población que había custodiado en difíciles 
trances el trono, levantóse indignada contra los favoritos que 
lo avasallaban. Cundió la voz de que el hebreo Jucef, tesorero 
real, había venido á llevarse la infanta Leonor hermana de Al- 
fonso para casarla con el valido Alvar Núftez Osorio; y fomen- 
tados estos falsos rumores por su aya D.* Sancha García y 
acreditados por los aprestos de viaje, al ver á la doncella salir 
de palacio cabalgando en una muía seguida del obispo de Bur- 
gos su canciller y de toda su comitiva, el pueblo insurrecciona- 
do la obligó á retroceder, y se dispuso á asaltar el palacio pi- 
diendo la cabeza del judío. Entretúvoles la infanta con la 
promesa de castigarle si la permitían trasladarse al alcázar 
viejo; pero después de penetrar en él, escudando á Jucef que 
asido á las faldas de su vestido la seguía á pié y tembloroso 
entre la escolta, desoyó los sediciosos clamores prevalecida con 
la fortaleza del sitio. La furia de los amotinados habríase extin- 
guido tal vez al pié de aquellos muros, si por ocultas instigacio- 



(i) Impuesto que se pagaba en el mes de Marzo. 



66 VALLADOLID 

nes de la dueña no hubieran llamado en auxilio suyo al prior 
de la orden de San Juan Fernán Rodríguez de Balboa, que tenía 
ya sublevadas á Toro y Zamora contra la privanza de Osorio. 
Presentóse Alfonso delante de Valladolid en Julio de 1328, re- 
forzada su hueste con las tropas de los concejos comarcanos; 
la villa le rehusó la entrada si antes no separaba á su valido, el 
cual se vengó mandando talar las tierras y pasar á cuchillo los 
ganados. Para abrir brecha y facilitar el ataque, no temieron 
los sitiadores incendiar el reciente convento de las Huelgas pe- 
gado á la muralla, después de extraído por orden del rey el 
cadáver apenas consumido de su venerable abuela; pero recha- 
zados al resplandor siniestro de las llamas y puestos algunos 
de inteligencia con los de adentro, suspendieron los mortíferos 
combates. Cedió por ñn Alfonso destituyendo al favorito, á 
quien bastaba por culpa á falta de otra la de causar tamaños 
disturbios; y entró ruidosamente aclamado en la villa, donde 
acabaron de disiparse los recelos que aún llevaba de la lealtad 
de sus moradores. Salvado de la muerte el aborrecido tesorero 
y libertadas las gentes del alcázar, llevóse consigo á Portugal á 
su hermana Leonor para asistir á sus bodas, que este y no otro 
había sido el objeto del misterioso viaje, y regresó al cabo de 
poco tiempo con su nueva esposa en medio de espléndidos re- 
gocijos. Lejos de guardar resentimiento á los insurgentes, los 
declaró en una cédula como libertadores, compadeciendo los 
daños que habían sufrido por apartarle de la compañía del trai- 
dor Osorio, y estimando este servicio por no menor al de su 
crianza y custodia. 

A este movimiento político añadiéronse intestinas querellas: 
llegaron entre sí á las manos en las elecciones de 1332 las 
banderías de Tovar y de Reoyo, que desde siglos atrás, y no 
siempre en paz completa, se repartían los cargos y oñcios mu- 
nicipales; la sangre corrió, y los ánimos se escandecieron hasta 
el punto, que el rey en cédula de 4 de Marzo hubo de prohibir 
so pena de muerte proclamar como grito de alarma aquellos 



VALLADOLID 67 

apellidos, y para quitar tal vez á la lucha su carácter demasiado 
popular, excluyó en adelante de los ayuntamientos y de los 
destinos públicos á los menestrales y gente menuda. Pero los 
tumultos apenas interrumpían las continuadas funciones y repe- 
tidas fiestas que ocasionaba en Valladolid la permanencia de la 
corte. Celebrólas harto complaciente la villa en 1330 por el 
nacimiento de un hijo natural, D. Pedro el de Aguilar, que dio 
á Alfonso XI su dama la hermosa Leonor de Guzmán á vista 
de la misma reina. En los dos años consecutivos dieron á luz 
allí también la dama y la esposa, aquella á D. Sancho el Mudo 
el de Ledesma, ésta á D. Fernando, cuya temprana muerte pri- 
vó á Castilla de un reinado menos azaroso probablemente que 
el del cruel D. Pedro. Á todas las demostraciones motivadas 
por tales acontecimientos superaron con todo en esplendor las 
famosas justas, en que el brioso soberano, aprovechando un 
breve respiro de paz interior y de tregua con los moros, quiso 
desplegar la bizarría y gala de sus caballeros, y lidiar disfraza- 
do al frente de los de la Banda que poco antes había instituido. 
Eran estos los mantenedores del torneo ; tras ellos entró en el 
memorable campo de la Verdad el escuadrón de aventureros, y 
se mezclaron y combatieron con ardor sin igual, suspendiendo 
por largas horas la atención de las damas y señores colocados 
en vistosas galerías y del inmenso pueblo apiñado tras de las 
barreras. Aumentado el empeño al paso que disminuía el núme- 
ro de los contendientes, saliéronse del palenque y llegaron pe- 
leando al puente del Esgueva junto á la puerta del Campo, 
donde por fin á las tres de la tarde lograron separarlos los 
jueces, sin poder ó sin atreverse á adjudicar á una ú otra parte 
la prez de la jornada. Terminóla dignamente un suntuoso festín 
servido á entrambas cuadrillas en sus respectivas tiendas, pre- 
sidiendo el rey la mesa de los de la Banda; y reunidos después 
todos, le acompañaron hasta su morada al son de las aclama- 
ciones populares. Sucedía esto por la pascua de 1335. 

Las fiestas de navidad de 1337 y 1341 las pasó también en 



68 VALLADOLID 



Valladolid Alfonso XI ; pero sus visitas se hicieron menos fre- 
cuentes en sus últimos años, empleados en gloriosas campañas 
contra los moros de Andalucía. Pocos monarcas dotaron á la co- 
ronada villa de tantos y tan insignes privilegios : durante su rei- 
nado y mediante su protección se erigió en universidad pontificia 
el estudio general; adquirió belleza y desahogo el templo de la 
Antigua, elevándose sobre las naves laterales y cubriéndose de 
esbelta bóveda la principal; y dióse principio al suntuoso claustro 
de Santa María la Mayor y á sus vastas capillas, á cuya fábrica 
contribuyeron con fuertes sumas el canciller don Ñuño Pérez y 
el abad de la colegiata D. Juan Fernández de Limia, imponiendo 
éste al cabildo la obligación de conservar el claustro primitivo. 
Con fausto agüero para Valladolid abrió el joven Pedro su 
reinado, oyendo en cortes generales desde Julio hasta Octubre 
de 1 35 1 las necesidades y peticiones de sus varios reinos, y 
dictando sabias é importantes ordenanzas para las diversas cla- 
ses del estado ; pero poco tardó en desplegar allí mismo toda 
la violencia de sus pasiones. En Mayo de 1353, desprendiéndo- 
se de los brazos de la Padilla, vino para dar su mano á Blanca 
de Borbón que le aguardaba desde el 25 de Febrero acompa- 
ñada de la reina madre: señalóse para las bodas el día 3 de Ju- 
nio, y salieron los novios de las casas del abad de Santander, 
que servían entonces de real palacio, montados en blancos 
palafrenes, y la reina María y la reina viuda de Aragón tía de 
D. Pedro cabalgando en sendas muías, cuyas riendas llevaban 
los infantes hijos de ésta D. Juan y D. Fernando, mientras que 
D. Enrique y D. Tello, hijos de la Guzmán, reconciliados últi- 
mamente con el rey su hermano, guiaban el caballo de Blanca. 
Reunidos se hallaban en amistoso grupo los que dentro de 
breves años habían de exterminarse. Dirigióse la comitiva á 
Santa María la Mayor, donde resonó la solemne promesa con- 
yugal ; tres días después huía el desatentado mancebo á reunir- 
se otra vez con su dama, sin conmoverle las súplicas de su ma- 
dre y de su tía ni los encantos de su inocente esposa. Solamente 



VALLADOLID 69 

las instancias de los mismos deudos de la Padilla pudieron re- 
ducirle al cabo de algún tiempo á volver al lado de la abando- 
nada princesa ; pero esta segunda estancia no duró más que la 
primera, y partió para no verla ya más, cual si un diabólico 
maleficio los separara. Desde entonces al parecer se le hizo 
odiosa la misma villa teatro de su infausto enlace, y sólo tres 
veces tornó á visitarla ; en 1354 de paso para Cuéllar al ir á 
desposarse sacrilegamente con D.^ Juana de Castro, en 1358 
para presidir un capítulo de la orden de San Juan, y en 1360 
para derribar las cabezas de Garci Fernández y de Juan Sán- 
chez, hijos del noble caballero Fernán Sánchez, tal vez por pro- 
bado crimen, tal vez sólo por injustas sospechas. 

De Enrique II, cuyo partido abrazó desde muy temprano 
Valladolid, no quedan allí notables recuerdos, aunque consta su 
residencia por privilegios y cédulas expedidas desde aquel pun- 
to en 1369, 1 37 1, 1376 y 1379. En este último año se detuvo 
allí su cadáver traído desde Burgos á Toledo, celebrándosele 
solemnes exequias en Santa María la Mayor, como diez años 
atrás se habían celebrado en San Francisco por una de sus da- 
mas, Leonor Alvarez, cuyo sepulcro y tradición singular arriba 
ya mencionamos. Creación de este monarca fué el tribunal de la 
Chancillería, compuesto de siete oidores que daban audiencia 
tres días á la semana, y establecido desde su fundación en Va- 
lladolid en las casas de Fernán Sánchez de Tovar calle de 
Moros: pero transferido sucesivamente de pueblo en pueblo, no 
llegó á fijarse,, y todavía no de un modo inalterable, en su pri- 
mer asiento hasta el 1442, y reformado después por los Reyes 
Católicos, pasó á ocupar las casas de Alonso Pérez de Vivero, 
en el sitio donde figuran hoy la audiencia y cárcel junto á la 
parroquia de San Pedro. El edificio, flanqueado por dos fuertes 
y cuadrados torreones, y marcado en su frontispicio con las ar- 
mas de León y Castilla, pertenece al siglo xvi (i). 



(i) Dice el señor Sangrador que al revocarse en 1828 la fachada con motivo 



70 VALLADOLID 



Vestido de luto por el fatal desastre de Aljubarrota, con los 
infantes sus hijos, abrió Juan I las cortes de Valladolid en i.^ de 
Diciembre de 1385, exponiendo los motivos del duelo que en- 
volvía su corazón, no sólo por la mengua de sus armas y por 
la pérdida de tantos caballeros, sino por los inveterados abusos 
que no podía desarraigar, y por los gravosos tributos que las 
necesidades de la guerra le obligaban á imponer á sus vasallos. 
A uno y otro punto atendieron las cortes ; pero los apuros au- 
mentaron al año siguiente con los precipitados aprestos que en 
la villa se dispusieron para defender el reino contra el duque de 
Lancáster, que al frente de una armada inglesa venía á preten- 
derlo. Sólo azares é inquietudes experimentó por aquellos años 
Valladolid ; sin embargo en medio de ellas se realizaron dos de 
sus más importantes fundaciones, la del convento de la Merced 
y la del monasterio de San Benito. 

El origen del primero, si merece crédito la tradición, va en- 
lazado á una historia que no es la más edificante. Acompañando 
á la reina Beatriz heredera de Portugal y esposa de Juan I, vino 
á Castilla su madre Leonor Téllez de Meneses, viuda del rey 
Fernando, á quien éste había arrebatado de los brazos de su 
primer marido Juan Lorenzo de Acuña, haciendo disolver su 
enlace para elevarla al tálamo real. Retirada ó detenida más 
bien en el convento de Tordesillas mientras vivió su yerno, 
pasó después á Valladolid, donde se había refugiado cabalmente 
el burlado Acuña llevando puesta por sarcasmo en el sombrero 
la divisa de su deshonra, y donde había fallecido al poco tiem- 
po, obteniendo sepultura en la iglesia de la Antigua. Los años 
no enmendaron á la reina viuda, y de ciertos amores con Zoilo 
íñiguez gentil caballero hubo, además de un hijo fenecido de 
tierna edad, una hija llamada María, cuya crianza encomendó á 



de la llegada de Fernando VII, quedaron ocultas dos inscripciones que había en 
lápidas de mármol, una de las cuales refería su fundación á los Reyes Católicos, y 
la otra contenía este expresivo verso : 

Jura, fidem ac poenam, reddit sua murtera cunctis. 



VALLADOLID 7I 

Fernán López de Laserna, y encargóle al morir que en su pro- 
pia morada estableciese un convento de religiosas donde se 
encerrara el fruto de su liviandad. Mas no sucedió así, porque 
la hija también enamorada de un sobrino de Laserna, con quien 
antes creía tener parentesco, casó con él, y para cumplir en 
algo la voluntad materna, erigió en su casa natal, ya que no un 
convento de monjas, uno de frailes Mercenarios. Añádese que 
esto fué en 1384: ó en la fecha ó en los sucesos hay error, pues 
á haber pasado las cosas de esta manera, antes del 1410 no 
pudieran llevarse á cabo. Lo cierto es que la reina Leonor 
como fundadora tuvo allí su sepulcro, aunque olvidado con el 
tiempo permaneció casi desconocido hasta 1626 en que se tras- 
ladó desde una capilla al claustro (i). Junto á ella yacía el in- 
fante D. Juan Alonso de Portugal, hijo bastardo al parecer del 
rey Dionís (2), que murió en Valladolid de edad de noventa y 
ocho años en 24 de Julio de 1422. Tenía la iglesia techumbre 
de madera de labor muy costosa; la capilla mayor la reedificó 
magníficamente aquel valeroso adalid, terror de los ingleses en 
sus guerras con Francia, honor de Valladolid su patria, y brazo 
derecho de Juan 11, D. Rodrigo de Villandrando, que compró 
el patronato de ella, y que en su testamento del año 1465 (3) 



(1) Entonces se le puso la siguiente inscripción en letras doradas: «Aquí yace 
la reyna D.* Leonor, mujer de D. Fernando de Portugal; está un infante á sus pies. 
Dotó dos misas cada semana por sí y por su hija D.' Beatriz reyna de Castilla mu- 
jer del rey D. Juan I, y fué fundadora de este monasterio año de i 384.» De este 
enterramiento real no hace memoria Morales en su Vtck/e SantOy prueba de que en 
su tiempo se hallaba perdida. 

(2) No hallamos por aquellos tiempos otro que así se llame en las genealo- 
gías de Portugal de Méndez Silva, quien dice no tener de él más noticia que su 
nombre. 

(3) No es de dicho año, como supone Antolínez, el testamento, sino del 1448 
á I <; de Marzo, según lo ha publicado el académico de la Historia señor Fabié, 
copiándolo del archivo de la casa de Salinas y Ribadeo. Compruébase esta priori- 
dad de diez y siete años en la muerte del esforzado varón con el silencio que guar- 
dan las crónicas acerca de su actitud en los notables acontecimientos que señala- 
ron los seis años últimos del reinado de Juan II y los once primeros del de 
Enrique IV, en los cuales, aunque septuagenario, no hubiera podido menos de 
influir, mayormente andando tan metida con la reina en la caída de D. Alvaro de 
Luna la intrigante condesa de Ribadeo, su segunda esposa. Manda enterrarse 



72 VALLADOLID 

hizo el encargo, no cumplido por cierto, de que para sí y su 
mujer se labrasen dos entierros con sus bultos. Amplióse el 
convento á principios del siglo xvii con la donación de la conti- 
gua muralla, en cuyo hueco se encontró una Virgen de barro, 
objeto desde entonces de singular devoción con el título de la 
Cerca; se construyó un magnífico claustro con dóricas columnas 
en la galería baja y jónicas en la superior; hízose á la iglesia 
una portada de orden dórico sencilla y noble; obras todas que 
merecieran ser atribuidas á Juan de Herrera, si no se supiese 
que en 1629 labraban el claustro Hernando del Hoyo y Rodrigo 
de la Cantera, y Pedro de la Vega la portada (i). Nada ha 
obstado para que el mutilado convento se destinara en nuestros 
días á cuartel, y viniera al suelo la iglesia, para abrir por su 
solar comunicación más expedita con la puerta de Tudela. 

Mayor fama y mayor grandeza todavía alcanzó San Benito: 
por fundador tuvo al mismo Juan I, por local el antiguo y fuerte 
alcázar, al rededor del cual había ido formándose la villa. Desde 
el principio los reyes se reservaron esta morada para sí: ni el 
conde Ansúrez ni los de Urgel sus descendientes, aunque seño- 
res de Valladolid, lo habían jamás habitado. Andando el tiempo 
lo abandonaron también los reyes por otras mansiones menos 
imponentes si bien más cómodas, y vemos á Fernando IV resi- 
dir en su palacio contiguo á la Magdalena, á María de Molina 
en sus habitaciones de San Francisco, á Pedro el Cruel en las 
casas que fueron del Temple, y solamente en las revueltas 
de 1328 figura el alcázar como lugar de refugio de la infanta 



D. Rodrigo en la capilla mayor aún no construida de la iglesia de la Merced, para 
cuya fábrica lega 200.000 maravedís y hacer dos sepulturas con sus bultos, una 
para sí y otra para la referida D/ Beatriz de Zúñiga ; y en un codicilo de 2 de 
Abril siguiente dispone se celebren en dicha iglesia dos misas diarias, una canta- 
da y otra rezada en sufragio de las almas de los suyos, y en la vecina parroquia 
de San Esteban por los expresados frailes un aniversario cada año por el alma de 
su madre Aldonza Díaz del Corral. 

(i) Consta que en 1630 se debían á Cantera 35,363 reales, y en 1633 á Hoyo 
28,263. A Pedro de la Vega ayudó en la portada Felipe de Ribera. Francisco de 
Praves en 163 1 hizo la traza para el cuarto nuevo del convento desde el refecto- 
rio hasta la bóveda, por lo que le pagaron doscientos reales. 



VALLADOLID 73 

Leonor. Éralo sin duda completamente seguro, pues lo ceñía 
profundo foso y alta barbacana, y reforzaban cinco torreones 
cada uno de sus cuatro lienzos, agrupándose con otro fuerte 
que se llamaba el alcazarejo flanqueado por ocho cubos, todo 
ello contenido dentro de una vasta cerca con extensos jardines 
de flores, higueras y naranjos. Entrábase por la puerta denomi- 
nada de Hierro y después Real; el alcázar mayor contenía dos 
grandes patios, donde estaban la bodega, los graneros y las 
caballerizas del rey, y en el lienzo oriental del patio del norte 
hacia San Julián la real capilla dedicada á San Ildefonso, que 
presenció tantos casamientos de príncipes. Entre el alcázar y la 
cerca, á la parte de occidente, había un barrio que decían de 
Reoyo y se componía de tres calles desde San Agustín hasta la 
puentecilla de San Lorenzo (i). 

Todo este recinto dilatado lo cedió Juan I á los benedictinos, 
en reparación de otro monasterio incendiado en otro tiempo por 
su padre siendo aún conde de Trastamara (2). En 27 de Se- 
tiembre de 1390 se reunieron en la capilla del alcázar quince 
monjes venidos del priorato de Nogales con el venerable fray 
Antonio de Ceinos á su frente, á quienes el obispo de Oviedo 
don Guillen instaló en la real morada. Doce días después murió 
el rey en Alcalá, y careciendo de validez por no ser autorizadas 
con el sello real sus cuantiosas donaciones, viéronse los monjes 
de pronto reducidos á la escasez, con el tesoro no más de la 
fama de sus virtudes que les adquirió el renombre de beatos. 



(i) En tiempo de fray Mancio de Torres, que en su historia de San Benito es- 
crita en 1023, nos ha conservado estos preciosos detalles, subsistía parte de la 
cerca y barbacana hacia la cocina y cillería del convento, « habiéndose arrasado 
todo lo demás por razón de los edificios, y las torres por merced de los reyes con 
motivo de los daños quede ellas resultaban al monasterio.» El alcazarejo se man- 
tenía aún en pié, y en él estaba el colegio de niños Esclavos de Nuestra Seño- 
ra. Sobre el Esgueva había una sala donde guardaban sus armas los de Valla- 
dolid. 

(2) Se ignora cuál fuese este monasterio y dónde estuvo situado, si en Fran- 
cia, Aragón ó Castilla. Antolínez citado por Risco (tomo -^pde la España Sagrada) 
dice que estaba en Valladolid mismo; pero no consta que hubiese allí casa alguna 
de benedictinos anterior á la fundación de Juan 1. 

lO 



74 VALLADOLID 

Vivieron al principio en el alcazarejo, sin más iglesia que la 
antigua capilla con clausura igual á la del más penitente con- 
vento de religiosas ; y su rígida observancia, propuesta por mo- 
delo é implantada en muchos otros cuya reforma se les enco- 
mendó, valió á aquella insigne casa ser erigida en cabeza de su 
orden. No correspondía á esta grandeza moral la majestad del 
edificio, cuando el obispo de León D. Alonso de Valdivieso, su 
decidido protector, concertó con el arquitecto Juan de Arandia, 
vizcaino y natural de Elgoybar, la fábrica de la capilla mayor 
y la de la nave del evangelio titulada de San Marcos, aquella 
para entierro propio, ésta para el de D. Lope su hermano y 
demás parientes; posteriormente hizo contrata de la otra nave, 
el todo en poco menos de dos millones de maravedís. No se 
olvidó el buen prelado de su sepulcro y hasta de sus menores 
detalles (i), y un año después su cadáver aguardaba en la igle- 
sia vieja la conclusión de la obra; pero noticiosa de ello la Reina 
Católica, mandó so pena de su enojo que no se colocasen en 
aquella capilla otros entierros ni otros blasones que los de los 
reyes fundadores del monasterio. Ocultaron la cédula los mon- 
jes; y fallecida la reina dieron cumplimiento á la voluntad del 
bienhechor; mas por otra cédula de 9 de Diciembre de 1600 
fué desalojado el obispo para hacer lugar á dos infantes (2), á 
quienes á su vez arrojaba de San Pablo la vanidad del favorito 
duque de Lerma, y lo pasaron á la capilla de San Marcos sin 



(1) En el convenio de i.* de Setiembre de 1499 que trae Risco, se lee el artí- 
culo siguiente: «ítem ha de facer en dicha capilla á la parte del evangelio un arco 
para la sepultura de dicho señor obispo, con sus piezas mortidos, con chambrana 
rica con sus follajes, y la vuelta del arco con sus borlas colgantes muy finas y muy 
espesas, las quales dichas piezas han de nacer sobre dos escudos de armas con 
ángeles que los tengan. En derecho de la chapa de la chambrana se han de 
poner dos escudos de armas con sus ángeles, el un escudo de Valdivieso y el otro 
de los de Ulloa. ítem en el remate del arco de la dicha sepultura bajo de la cham- 
brana ha de hacer una imagen de Nuestra Señora de la quinta angustia.» Murió 
este prelado en Villacarlón á 2 1 de Mayo de i 500, dejando al monasterio toda su 
hacienda, plata, ropa, alhajas y tapicería, y además trescientos mil maravedís 
para edificar una ancha y honrada hospedería en que se aposentasen. 

{2) Eran estos Alfonso hijo de Sancho IV y de María de Molina y un hijo de 
D. Juan Manuel. 



VALLADOLID 75 



más distintivo que una simple estatua tendida. Al lado de Val- 
divieso había descansado antes en la capilla mayor la reina 
María hermana del emperador Carlos V y viuda de Luís de 
Hungría, desde su muerte acaecida en Cigales en 1558 hasta 
su traslación al Escorial en 1574. 

Levantadas sobre sus pilares las espaciosas naves del templo 
fíeles todavía á las tradiciones ojivales, pensóse en adornarlas; 
y en 1526 se encargó al célebre Alfonso de Berruguete la cons- 
trucción del retablo mayor, que en 1532 tenía ya asentado y 
tan enperficion^ como dice él mismo, que estaba muy contento (i). 
Y podía estarlo bien, porque sus abalaustradas columnas y cor- 
nisas, sus pinturas y relieves y estatuitas sin cuento, salidas 
todas de una mano, formaban en el género plateresco una obra 
incomparable: y sin embargo logró igualarle si no vencerle 
Gaspar de Tordesillas, tal vez su discípulo, en el retablo de 
San Antonio que hizo en 1547 para el testero de la nave de la 
epístola, soltando la rienda en el ornato á su voluptuosa fantasía. 
Para el coro bajo se mandó labrar con todo el primor y minu- 
ciosidad de aquel estilo una sillería apenas inferior á la de nin- 
guna catedral, colocando en los asientos los nombres y escudos 
y santos titulares de los cuarenta y dos monasterios de la orden 
en España, obra atribuida por conjeturas al entallador Andrés 
de Nájera, que en Santo Domingo de la Calzada su pueblo dejó 
otra semejante. Otras preciosidades artísticas, no menos que 
riquísimas alhajas y reliquias muy devotas, encerraba aquel 
augusto templo, descollando entre las primeras el Cristo de la 
Luz, la perla como la llaman del escultor Gregorio Hernández, 
que respiraba no sólo nobleza, sino aun divinidad. 

Las obras continuaron en la segunda mitad del siglo xvi, y 
sobre el pórtico de la iglesia levantó Juan de Rivero Rada aquella 



(1 ) Así lo escribía á Andrés de Nájera, suplicándole fuese tasador por su parte 
en la estimación que había de hacerse del retablo, en la cual no conviniéndose los 
peritos, Felipe de Borgoña nombrado por tercero, después de poner varios repa- 
ros á la obra, la tasó en 4400 ducados. 



76 VALLADOLID 

torre de aspecto tan caprichoso y tan ageno de la clásica regu- 
laridad que empleó en la fachada de la portería y sobre todo en 
la traza del majestuoso claustro, de orden dórico en el primer 
cuerpo y jónico en el segundo, cuyas bellas proporciones han 
parecido por largo tiempo sólo dignas de la fama de Herrera (i). 
A mediados del xviii 
completó las galerías 
que faltaban el monje 
lego fray Juan Ascon- 
do, así como otro lego 
fray Pedro Martínez 
había construido poco 
antes la escalera prin- 
cipal sobre arcos y co- 
lumnas. En éstos con- 
cluye la serie de los 
arquitectos de San Be- 
nito empezada por el 
cantero Gómez Díaz ve- 
cino de Falencia , á 
quien consta haber en- 
cargado en 1453 la 
piadosa D." Inés de 
Guzmán el panteón de 

Antigua torre de San Benito _ ^ 

SU marido Alonso Pérez 
de Vivero, víctima de la venganza de D. Alvaro de Luna, en la 
capilla que junto al claustro había fundado anteriormente el 
obispo de Palencia D. Sancho de Rojas, y donde se enterraron 
después los condes de Fuensaldaña descendientes del desgra- 
ciado contador de Juan II (2). 



(i) En el archivo del monasterio, muy copioso y bien ordenado, constaba que 
cl arquitecto del claustro fué dicho Rivcro y no Herrera, según lo aseguró el mon- 
je encargado de aquel al viajero Bosarte. 

(3) Habla en la capilla dos letreros que decían: a Esta capilla es de Alonso 



VALLADO LID 77 

Trocado de alcázar en convento San Benito, de convento ha 
vuelto en nuestros días á ser fuerte y cuartel, y fácil es concebir 
cuánto habrá alterado el nuevo destino su venerable ñsonomía. 
Los retablos, los cuadros y eñgies, la sillería, pueden aún admi- 
rarse en el museo; pero el célebre claustro y la magníñca igle- 
sia se hallan como prisioneras en poder de la milicia, y sólo es 
dado contemplar por fuera el flanco y el ábside de aquella, mar- 
cando el número de sus bóvedas los robustos machones y las 
rasgadas ventanas ojivales. Algunos años atrás, antes de sufrir 
rebaja, vimos todavía levantarse con no sé qué belicoso desen- 
fado la torre de cuatro cuerpos, que avanza á estilo de pabellón 
sobre la tapiada puerta del templo, sirviéndole de pórtico su 
cuerpo bajo, abierto hacia sus tres lados, lo mismo que el se- 
gundo, por un grande arco apuntado levemente y orlado de 
molduras. Galerías de dos arcos semicirculares perforaban los 
costados del tercer y cuarto cuerpo, cuyos ángulos subían desde 
abajo á reforzar octógonos torreones, imprimiéndole una forma 
que sin poder reducirse á ninguno de los géneros conocidos^ ni 
menos equivocarse con los restos del antiguo alcázar, como han 
creído algunos, parecía sin embargo una de sus reminiscencias, 
y dejaba indelebles huellas en la fantasía por su originalidad y 
atrevimiento. 

La prematura muerte de Juan I renovó en Castilla las turba- 
ciones de una menor edad; y al frente de un ejército se acerca- 
ron á Valladolid en Agosto de 1391 el arzobispo de Toledo, el 
duque de Benavente y otros magnates descontentos á reclamar 
parte en la regencia de que se les había excluido, conciliándose 
al fin las pretensiones de unos y otros por mediación de D.* Leo- 
nor, tía del rey y reina de Navarra. Tres años después llegado 



Pérez de Vivero, señor de la casa de Villa Juan que murió por ser leal á la corona 
real. Esta obra hizo Gómez Diaz, cantero vecino de Falencia por mandado de la 
condesa de Trastamara, mujer que fué de Alonso Pérez de Vivero, año de 1453.» 
Recluyóse después esta señora, como ya dijimos, en el convento de Santa Clara. 
La capilla de los Viveros subsiste, formando cuerpo separado de la iglesia. 



78 VALLADOLID 

á la mayoría Enrique III sometió á juicio los actos de sus tuto- 
res el mencionado duque y el arzobispo de Santiago, que bien 
necesitaron de su perdón, y guardó allí como prisionera á la 
reina Leonor complicada en las inquietudes del reino, hasta 
devolverla al de Navarra su marido. Durante este reinado, en 
que una mano juvenil y enfermiza empuñó con ñrmeza las riendas 
del gobierno, Valladolid no sufrió sino las generales y terribles 
avenidas de 1 403 que maltrataron su cerca y puente, y vio por 
dos veces reunirse las cortes en su recinto: la una en el citado 
año para volver la obediencia al papa de Avifión Benedicto XIII 
de quien se había separado Castilla pasajeramente, la otra 
en 1405 para proclamar heredero de la corona, dos meses des- 
pués de nacido, á aquel príncipe D. Juan, cuya azarosa y larga 
historia se identiñca casi con la de la villa que fué su corte 
preferente. 

Si á Enrique el Doliente no debió Valladolid monumento 
alguno, dos de sus más queridos y respetables consejeros la 
favorecieron con la fundación de otras dos insignes casas reli- 
giosas, el condestable Rui López Dávalos con la de agustinos, 
Diego López de Zúñiga con la de trinitarios. Obtuvo el primero 
en 1398 de la reina Catalina un palacio que poseía ésta á es- 
paldas del alcázar habitado ya á la sazón por los benedictinos, 
y en 1407 de acuerdo con su esposa D.* Elvira de Guevara, 
estimulado tal vez por el piadoso ejemplo que tenía á los ojos, 
lo cedió á la orden de San Agustín. Ignóranse las formas del 
primitivo convento, antes que hacia 1598 se llevara á cima la 
actual iglesia (i), de vastas y bellas proporciones y de grave 
arquitectura en su nave, crucero y cimborio, cuyos arcos torales 
sustentan estriadas columnas. Los marqueses de la Vega en la 
capilla de Santiago, el noble italiano Fabio Neli en la de la 



( I ) Existía según Ponz la citada fecha en unp de los últimos arcos de la bóveda 
según el Sr. Sangrador la de 1595. Añade éste que el arquitecto bajo cuya direc- 
ción se concluyó consta haber sido Baltasar Álvarez; Ccan Bermúdez lo da por 
ignorado. 



^LLADOLID 



Anunciación (i), D.Juan de Tarsis primer conde de Villamediana 
en la capilla mayor, á la vez por aquellos años se prepararon 
lujosos entierros con estatuas, y enriquecieron con excelentes 
pinturas los retablos y hasta las paredes; la fachada empero, 
compuesta de dos ordene» 'l'» n;Uc,t.«o «„« »., <■-«« 
tispicio, tardó en concluí 
hasta 1 664. Maltratado t 
de la Independencia, des- 
nudo de sus artísticas 
joyas, mutilado en sus 
capillas , San Agustín 
participa de la suerte de 
San Benito al cual está ' 
pegado; mas todavía su 
grandioso ábside descue- 
lla con majestad sobre la 
del Pisuerga, cercado d< 
que le imprimen cierto gói 
su lado ha venido al suel 
San Gabriel de la misma 
en 1576 por D.' Ana d 
estatua yacía sobre la urna en medio de claustro del antiguo 

U;i ^_ • 1 j_ • Convento de S. Agustín. 

capilla mayor, obteniendo únicamente 

gracia su portada corintia para ser trasladada al cementerio. 

El poderoso Diego López de Zúñiga, al erigir en 141 7 no 
lejos de la puerta del Campo el convento de la Trinidad, destinó 
la capilla mayor para entierro de su rama primogénita y otras 
dos para sus demás descendientes. Otras nobles familias com- 
pitieron en imitarle, y pronto las capillas se vieron llenas de 
esculturas y de sepulcros y de estatuas de mármol bravamente 
labradas en expresión de Ponz, quien á pesar de su clásico ri- 



(i) Podz elogia en gran manera los cuadros de esta capilla, pero Bosarte to- 
davía más las pinturas al temple que han desaparecido lastimosamente con su 
demolición. La reja de esta capilla llevaba el año i ;g8, tade Santiago el de 1594. 



8o VALLADOLID 

gorismo no pudo menos de rendirles homenaje (i). Era la igle- 
sia de tres naves y suntuosa, de estilo ojival, con un gallardo 
pórtico cuyas ruinas se conservaron hasta época muy reciente, 
y por colmo de fortuna poseía su capilla mayor un primoroso 
retablo plateresco, rival del de San Benito, obra, según creencia 
general, de la misma privilegiada mano de Alonso de Berruguete. 
Todo lo consumieron en 1 809 las llamas, no quedando á los 
religiosos más que un humilde asilo, que también ha desapare- 
cido á su vez en la calle de Boariza. 

Los palacios se volvían conventos, pero en cambio los con- 
ventos servían á los reyes de palacio, no como albergue pasa- 
jero, sino como fija residencia. Teníanla en San Pablo el rey 
niño Juan II y su madre la reina Catalina y el infante D. Fer- 
nando su tío, durante la regencia más tranquila y venturosa que 
había jamás alcanzado Castilla. En aquel convento, aún muy 
distante de la magnificencia que después tuvo, se celebró en 1 409 
un capítulo de la orden de Alcántara, y se juntaron las cortes 
para ratificar los desposorios entre D. Alfonso, primogénito del 
infante, y la princesa María hermana del rey, bien ágenos de ser 
entonces los futuros reyes de Aragón. En una de sus ^as fué 
solemnemente recibido el embajador granadino Alí Zoher, que 
venía con ricos presentes á implorar una prorrogación de treguas 
que no le fué concedida; y en la contigua calle de la Cascajera 
justaron los bravos jinetes de su comitiva con los caballeros 
castellanos, en los lucidos torneos que se ordenaron para obse- 
quiar á la reina de Navarra. En San Pablo fué recibido en 141 1 
el infante D. Fernando con un ósculo por el rey y con un abrazo 
por la reina madre al regresar victorioso de la campaña de An- 
tequera, á cuya toma debió su renombre ; y allí otorgaron otras 
cortes cuantiosos servicios para continuar la dichosa guerra 
contra Granada. Sin duda por hallarse estrecha en su monástica 



(i) Véase en Besarte la descripción del retablo y sepulcros de la capilla de 
San Blas pertenecientes á los señores de Villaviudas. 



VALLADOLID 8l 

habitación, hizo la reina derribar en aquel año una línea de casas 
inmediata al convento, para construir un regio alcázar en el sitio 
que vino á ocupar después el colegio de San Gregorio, y con 
el objeto de abrir á la entrada de aquel una ancha plaza, tomó 
á los religiosos gran porción de su huerta. El terreno al parecer 
no llegó á emplearse, pues en 1467 lo devolvió al convento 
Enrique IV cumpliendo la última voluntad de su padre. 

Vecinos de índole bien diversa se amparaban por el lado 
opuesto á la sombra de San Pablo. Publicado en 2 de Enero 
de 141 2 el riguroso ordenamiento contra los judíos, que mate- 
rial y moralmente los aislaba del resto de la sociedad imponién- 
doles duras prohibiciones y distintivos afrentosos, pidieron los 
de Valladolid al prior de dominicos les estableciese el solar 
necesario para vivir reunidos y encerrados según el edicto pre- 
venía. Concedióselo el pripr en el distrito del Puente al oeste 
del convento, y allí edificaron sus viviendas que comprendían 
ocho ó diez calles y que cercaba un alto muro con una sola 
puerta, cuya llave guardaba de noche el corregidor. Así vivió 
ochenta años la abatida raza hasta su expulsión general en 1492, 
en que la judería habitada otra vez por cristianos tomó el nom- 
bre de Barrio Nuevo. Era la aljama de Valladolid de las más 
numerosas y florecientes de Castilla, y de su seno había salido 
á fines del siglo xiii el sabio rabí Abner, que convertido á la 
fe católica sostuvo su verdad en público certamen y fué uno de 
sus más victoriosos apologistas (i). 

En el espacio de dos años la iglesia de San Pablo vistió 
luto por las exequias del infante D. Fernando yarey de Aragón 
en 1 41 6, y en 141 8 por las de la reina Catalina, cuyo cadáver 
quedó allí depositado desde el 2 de Junio día de su muerte has- 



(i) Bautizóse en 129^ tomando el nombre de maestre Alfonso, y murió ha- 
cia 1346 después de haber desempeñado por largo tiempo el cargo de sacristán 
de Santa María la Mayor. Escribió el libro de las batallas de Dios, vertiéndolo él 
mismo del hebreo al castellano por mandado de la infanta D.* Blanca señora de 
las Huelgas de Burgos, cuyo notable manuscrito vio Morales en la biblioteca de 
San Benito; y fué autor de otras obras que menciona Castro. 

ZI 



82 VALLADOLID 



ta su traslación á la catedral de Toledo en Diciembre del si- 
guiente año. Vio entonces el joven rey abrírsele las puertas del 
alcázar, donde su madre harto cautelosa le había tenido como 
encerrado; pero al terminar su menor edad, que tan pacífica y 
casi gloriosa transcurriera bajo la tutela de aquellos, empeza- 
ron las intrigas y los bandos de los que se disputaban el domi- 
nio de su alma débil é impresionable. Sus primos y cuñados los 
turbulentos infantes de Aragón, D. Juan y D. Enrique, trataron 
de subyugarle por la fuerza; D. Alvaro de Luna, su paje y 
compañero de encierro en la mocedad, aspiró á poseerle por el 
cariño. De este reinado, que no fué más que una menoría pro- 
longada, obtuvo sin embargo Valladolid venturosas primicias 
en las cortes abiertas á 13 de Junio de 1420, en que reconoció 
el monarca á los pueblos el importante derecho de no pagar 
pecho alguno que no fuera antes otorgado por sus procura- 
dores. 

Hay en la calle de Teresa Gil junto á la iglesia de religio- 
sas de Portaceli un grande arco gótico tapiado que pertenece 
al convento : aquellas parece fueron las casas de Diego Sánchez, 
donde alojada accidentalmente la reina María, en el día 5 de Ene- 
ro de 1425 dio á luz con faustos agüeros un infante que fué des- 
pués Enrique IV. Pompa sin igual acompañó á su bautismo 
celebrado en la iglesia de San Pablo y seguido de procesiones 
y torneos (i), y con mayor si cabe fué aclamado príncipe de 
Asturias, corriendo el mes de Abril, en el refectorio del conven- 
to donde las cortes se hallaban de nuevo congregadas. A las 
fiestas sucedieron, como otras veces, á fines del próximo año 
alborotos populares, suscitados por los recrudescentes bandos 
de Tovar y de Reoyo ; hablábase de sangre copiosamente ver- 
tida y de casas incendiadas; pero al acudir el rey desde Zamo- 
ra, huyeron los criminales á pesar de hallarse tomadas las 



(i) Es incomparablemente deliciosa la relación que hace de esta solemnidad 
en su carta primera el bachiller de Cibdad Real, describiendo no sólo las gualas, 
sino los semblantes y caracteres de los personajes. 



VALLADOLID 83 

puertas, y rindióse la torre del puente, arrojándose al río los 
pelaires que la ocupaban (i). Enojado Juan II destituyó á los 
regidores, y tal vez entonces, para evitar la conflagración pro- 
ducida por las elecciones anualmente, hizo vitalicios sus cargos^ 
continuando no obstante vinculada en aquellas familias la facul- 
tad del nombramiento. 

Pronto estallaron en abierta lucha las rivalidades de la cor- 
te. Como en opuestos campos observándose mutuamente, ha- 
llábase el rey en Simancas al lado del condestable D. Alvaro, y 
en San Pablo de Valladolid aposentados los infantes de Aragón, 
el uno de los cuales ceñía ya la corona de Navarra, ocupados 
en atraer y regalar á los magnates de Castilla, y en atizar en 
nocturnas pláticas la envidia y el descontento contra el privado. 
Tal partido llegaron á formar, que el monarca para evitar un 
rompimiento sometió la decisión de las querellas al arbitrio de 
cuatro jueces, dos por bando ; quienes reunidos en el monaste- 
rio de San Benito é incapaces de avenirse, apelaron según lo 
acordado al voto decisivo del prior de aquel, fray Juan de Ace- 
vedo. Día 5 de Setiembre de 1427 pronuncióse la sentencia que 
desterraba al condestable de la corte á una distancia de quince 
leguas durante diez y ocho meses ; pero si bien fué dócilmente 
aceptada, no tardaron sus mismos émulos divididos entre sí á 
llamarle otra vez al lado del rey, cuyo afecto había redoblado 
con la ausencia. Tal vez para celebrar esta concordia, más bien 
que para festejar á la infanta Leonor de Aragón que iba á des- 
posarse en Portugal, tuvieron lugar en Valladolid á principios 
del año 1428 aquellos brillantes espectáculos, que por espacio 
de cuatro días ofrecieron sucesivamente el infante D. Enrique, 
el rey de Navarra, el de Castilla y el condestable, ocupando las 



(i) «Venimos de Zamora á Valladolí, dice en su carta VI el citado bachiller, 
porque dijeron al rey que la villa se hundia en guerras ceviles de Mario é Sila; y 
eran unos seis carda estambre, que se sotrajeron á la torre de la puente. El rey se 
ha ensañado del mal proveimiento que dan á la justicia los regidores de Valladolí, 
e ha dejado al relator Fernando Diaz de Toledo para que acabe la pesquisa desta 
desbarrada.» 



84 VALLADOLID 

horas diurnas en cabalgatas y torneos y las noches en banque- 
tes y danzas, donde ambas cortes con sus reinas al frente des- 
plegaban todo su esplendor, y donde poniendo tregua á la am- 
bición y al encono, parecía no existir más lucha que de liberalidad 
y de cortesía (i). 

Lo que duraron las fiestas duró la paz : á las sordas intrigas 
promovidas por los ilustres huéspedes en la corte de su primo, 
sustituyeron encarnizadas luchas en las fronteras de Aragón y 
de Navarra, y después en los campos de Extremadura, cuyas 
plazas fuertes ocuparon los infantes D. Enrique y D. Pedro; 
pero al hacer frente á estos peligros con tanto valor como des- 
treza D. Alvaro de Luna, no se descuidó de mantener la gloria 
de las armas de Castilla y el entusiasmo de los pueblos en más 
honrosas empresas contra los infieles. Así á la entrada de 1429, 
en el mayor ardor de aquella casi civil contienda, las cortes 
reunidas en Valladolid negaron al rey de Granada las treguas 
que pedía; y en 1431 se verificó la caballeresca jornada á An- 
dalucía, que destaca tan brillante entre las turbulencias de aquel 
reinado, y que por poco dio anticipadamente á Juan II la prez 
reservada para Isabel la Católica su hija. Al año siguiente Va- 
lladolid vio suplicantes á los embajadores del rey de Túnez im- 
plorar para el granadino la paz, de que no menos que el vencido 
necesitaba el vencedor; y el rey pudo entregarse de nuevo 
tranquilamente á sus métricos trabajos y á los bélicos ejercicios 
de las justas. Dos lanzas rompió en las que allí se tuvieron por 
el mes de Abril de 1434, seguidas de un suntuoso banquete 
que dio á los caballeros el condestable y de una linda encami- 
sada á lo morisco; espectáculo deslumbrador, bien diferente del 
que en el próximo invierno presentaron aquellas calles inunda- 
das por el Esgueva, que transformó la Platería^ llamada enton- 
ces Costanilla^ en campo de devastación. 



(i) Véase la minuciosa descripción de estas fiestas en la carta XVI del bachi- 
ller de Cibdad Real. 



VALLADOLID 8$ 

Cinco años después quinientos hombres de armas destaca- 
dos de Rioseco, donde acampaba la liga de los nobles descon- 
tentos, sorprendieron á Valladolid apoderándose de sus puertas; 
y el rey, acosado á la vez por sus subditos y por sus primos el 
de Navarra y el de Aragón, que al rumor de las discordias 
acudieron para recobrar sus perdidos bienes, se vio forzado á 
capitular con ellos en Castronuño, consintiendo en alejar de su 
lado por seis meses al condestable. Con la retirada de éste cre- 
cieron los males públicos, tanto que las cortes reunidas en la 
regia villa para remediarlos en Abril de 1 440, autorizaron de 
nuevo la vuelta del valido secundando los deseos del monarca. 
Pero al propio tiempo cundió la discordia dentro de la misma 
casa real, y salióse de ella el príncipe heredero, persistiendo en 
no tornar hasta que su padre hubiese destituido á ciertos con- 
sejeros que le disgustaban : á esta reconciliación pusieron sello 
las bodas celebradas en Valladolid por Setiembre del propio 
año entre el joven Enrique y la princesa D.^ Blanca, hija del rey 
de Navarra. Con pompa mayor aún que de costumbre fué reci- 
bida la novia, y desde la posada de su padre conducida al pala- 
cio de San Pablo donde se verificaron los desposorios, y después 
de algunos días presentada al pueblo, saliendo con su esposo 
y sus padres y sus suegros en lucida cabalgata á visitar el tem- 
plo de Santa María : danzas y festines, justas y un paso de ar- 
mas mantenido por Rui Díaz de Mendoza no sin muerte de 
algunos caballeros, solemnizaron este enlace malogrado, que 
tan poca dicha había de traer á ninguna de las partes. 

En aquella época de tan mezquina y complicada historia, de 
banderías tan pronto formadas como disueltas, de luchas todas 
personales, de revueltas y traiciones, de encumbramientos y 
ostracismos, época que al través de las diferencias sociales es 
acaso la que más se parece á alguna de nuestras modernas, 
ningún nombre suena tan glorioso y tan leal como el de Valla- 
dolid. Ni una sola vez aparece sublevada contra su rey y señor, 
ni como teatro de las humillaciones y vergonzoso cautiverio del 



86 VALLADOLID 

— • - - — 

trono, ni como sangriento campo donde se disputaban el supre- 
mo mando* las facciones : el más valiente de sus guerreros, Ro- 
drigo de Villandrando, salvó al monarca de los partidarios de 
D. Enrique de Aragón á las puertas de Toledo en 1441 ; sus 
naturales arrostraron todo riesgo para librarle en 1444 de la 
opresión en que le tenía dentro de Portillo el insolente rey de 
Navarra. Por esto Juan II, que ya la había declarado en 1422 
la más noble villa de sus reinos confiriéndole este dictado, juró 
en 1442 no enagenarla jamás de la corona ni siquiera darla á 
príncipe ni á reina, y en 1453 un año antes de su muerte hizo 
exentos á los vecinos para siempre de pedidos, empréstitos y 
monedas. Él mismo expresa ser aquella su residencia ordinaria 
durante la mayor parte del año ; y las ordenanzas de cortes 
de 1442, 1447, 1448 y 1 45 1 nos la muestran como un centro 
legislativo, de donde partían disposiciones más sabias que obe- 
decidas contra la anarquía feudal y las regias prodigalidades. 
En las de 1448, año notable además por un extraño lance de 
caballería entre micer Jaques de Lalain y Diego de Guzmán, 
que en la plaza hoy huerta de San Pablo derribó al soberbio 
borgoñón, distinguióse por su noble sinceridad el procurador 
Diego de Valera, quien al acompañar con los demás hasta la 
puerta del Campo al rey que iba á verse con su hijo en Torde- 
sillas, recomendó la clemencia con los desterrados al par que la 
justicia de no condenarles sin oirles, atrayéndose los murmullos 
de los cortesanos y el aprecio del monarca (i). 

Acercábase el prolijo drama á su trágico é imprevisto des- 
enlace: cegado por la venganza perdió D. Alvaro la serenidad, 
y dio lugar á sus enemigos á herirle so color de justicia. Viole 
con asombro Valladolid llegar preso desde Burgos donde poco 
antes había pasado la corte, y partir inmediatamente para la 



(i) Los historiadores generalmente han enaltecido mucho esta entereza del 
Valera; pero su mérito se rebaja no poco al recordar cuánta parte tuvo en la caída 
y prisión del condestable y cuan ligado andaba con sus enemigos, pudiendo con- 
fundirse en su boca el interés de partido con las inspiraciones de la rectitud. 



VALLADOLID 87 

fortaleza de Portillo, de la cual ya no había de volver, terminado 
un breve simulacro de proceso, sino acompañado del virtuoso 
franciscano del convento del Abrojo fray Alonso de la Espina, 
que saliéndole al camino, enderezó sus pensamientos y sus es- 
peranzas hacia la eternidad. Sus émulos sólo con la vida creye- 
ron poderle ya privar de su pujanza, y arrancando al rey la 
terrible firma en un momento de flaqueza, escogieron por lugar 
del suplicio la plaza misma donde tantas veces había desple- 
gado su bizarría y magnificencia. Por posada destináronle la 
casa de Alonso Pérez de Vivero, donde es hoy la Audiencia, 
de cuya muerte le acusaban ; pero los insultos y vocería de los 
criados obligaron á trasladarle á la de Zúñiga su enemigo y 
guardador, sita en la calle de Francos, donde pasó una noche 
de gran contrición e dolor ^ y se fortaleció con los Santos Sacra- 
mentos para el trance decisivo. 

Amaneció el lúgubre 2 de Junio (i) de 1453, y en la plaza 
del Ochavo, que con las calles y manzanas contiguas formaba 
entonces la Mayor de Valladolid, levantábase un cadalso cu- 
bierto de paño negro y encima una cruz alumbrada por cirios, 
sobresaliendo un poste con la escarpia destinada á recibir la 
truncada cabeza del condestable. Llegó éste por la calle de 
Francos, Cantarranas y Platería, montado en una muía enlutada 
y precedido del pregonero, cuyas punzantes acriminaciones no 
le arrancaban sino estas humildes palabras: más merezco. Apeóse 
al lado de San Francisco, y subiendo al patíbulo con firmeza, 
después de inclinarse ante la cruz, paseó un rato como dudando 
si hablaría al pueblo ó callaría, cuando divisó entre la apiñada 
muchedumbre á su fiel paje Morales y á Barrasa, caballerizo 
de D. Enrique. A éste le encargó decir al príncipe que no si- 



(i) Según los documentos que cita el Sr. Quintana en su Vida de D. Alvaro^ 
debe fijarse indudablemente en este día la controvertida fecha de aquel suplicio, 
que Mariana refiere al 5 de Julio y el Sr. Sangrador al 7 de Junio. No se ofrece 
más reparo sino que el epitafio del sepulcro del condestable en la catedral de 
Toledo dice que murió en el mes de Julio. 



88 VALLADOLID 

guiera el ejemplo del rey su padre en el modo de galardonar á 
sus servidores; á aquél entregó por último don el anillo de sellar, 
que el joven recibió llorando fuertemente, llorando con él á grito 
alto no pocos de los circunstantes. «Del cuerpo fagan luego á 
su sabor,» dijo después de contemplada la escarpia y sabido el 
objeto de ella; y atadas las manos con la cinta que él mismo 
sacó del seno, y separada del cuello la ropa, entregó la cabeza 
al verdugo, que pocos minutos después la levantó destilando 
sangre á la vista del pueblo horrorizado. Tres días permaneció 
expuesto el cadáver y nueve la cabeza, con un cepillo al lado 
para recoger limosnas, y con ellas se le dio sepultura entre los 
malhechores en la ermita de San Andrés situada aún fuera de 
los muros ; pero á los dos meses fué trasladado á más decente 
entierro en San Francisco, empezando así la rehabilitación de 
sus despojos, que tan magníficamente había de consumarse trein- 
ta y seis años más tarde en la catedral de Toledo (i). 

Menos tranquilo y bajo el peso de más severo fallo ante la 
posteridad, vino á morir Juan II en Valladolid á 2 1 de Julio áú 
siguiente año, echando menos en medio de los crecientes dis- 
turbios el apoyo de que tan insensatamente se había privado, y 
lamentándose de haber nacido para rey de Castilla y no para 
fraile del Abrojo. Y en verdad que el fundador de este austero 
eremitorio distante como dos leguas de Valladolid, el santo fray 
Pedro Regalado, que en 1390 había ilustrado la villa con su 
nacimiento y la comarca con sus virtudes y prodigios, tuvo una 
muerte harto más envidiable que la del pusilánime monarca 
en 31 de Marzo de 1456 en su convento de la Aguilera junto á 



( I ) Véase la descripción de la capilla del Condestable en dicha catedral, tomo 
de Castilla la Nueva. En la relación de los últimos momentos de D. Alvaro hemos 
seguido extrictamentc las memorias coetáneas, especialmente la inimitable car- 
ta 103 del bachiller de Cibdad Real, menos en lo que refiere de las fluctuaciones 
y órdenes encontradas del rey en aquel terrible día, pues el rey no se hallaba 
entonces en Valladolid sino sobre Maqueda; y este error, incomprensible en un 
seguidor de la corte, ha sido uno de los argumentos que más se han esforzado 
contra la autenticidad de las referidas cartas. 



VALLADOLID 89 

Aranda de Duero, donde permanece expuesto á la veneración 
pública su cadáver. 

Más cerca de Valladolid, á un cuarto de legua no más, y 
sobre la opuesta margen del Pisuerga, convirtióse en el propio 
reinado hacia 1440 la ermita de Nuestra Señora del Prado 
en monasterio de Jerónimos, llamados por el abad de la co- 
legiata Don Roberto de Moya. A la fábrica de su espacioso 
templo dieron impulso después los Reyes Católicos, destinan- 
do su capilla mayor para entierro de los hermanos de Boab- 
dil rey de Granada, D. Fernando y D. Juan, que residieron 
mucho tiempo cerca de San Pablo (i); al edificio todo hizo dar 
más adelante Felipe III algo de la grandiosa regularidad del 
Escorial y labrar un claustro entre otros, que aumenta el catá- 
logo de las obras atribuidas al insigne Herrera, como si proce- 
diera de su mano todo cuanto á su escuela pertenece. Cinco 
arcos por lienzo lo componen, y pilastras dóricas y corintias 
adornan su doble galería. 

Como punto de descanso en la fatigosa jornada histórica 
que acabamos de andar, se nos presenta aquel magnífico con- 
vento de San Pablo, que después de haber constituido la morada 
casi continua de Juan II, tuvo en depósito su cadáver hasta que 
fué llevado á la deliciosa Cartuja de Miraflores. En el estado en 
que lo dejó la reina María de Molina (2), alcanzólo en sus pri- 
meros años el monarca, y empezó á mejorarlo á instancia de su 
coníesor fray Luís de Valladolid, venerable religioso que asistió al 
concilio de Constancia y estableció en la universidad las cátedras 
de teología. Las obras entonces hechas desaparecieron con las 
reformas posteriores, y sólo quedó la sillería del coro pintada 
con figuras al temple en sus respaldos, que al cabo fué susti- 
tuida también por otra en el siglo xvii. Mayor empresa acome- 



(i) Bautizáronse en 30 de Abril de 1492 en el real de Granada: casó D. Fer- 
nando con D.® Mencía de la Vega, y D. Juan, que fué gobernador en Galicia, con 
Doña Beatriz de Sandoval. 

(2) Véase más arriba pág. $3. 

13 



90 VALLADOLID 

tió el cardenal fray Juan de Torquemada, prior que había sido 
de aquella casa, en reconstruir el templo tan vasto cual hoy se 
ofrece con su larga nave y crucero, dando á la capilla mayor 
una altura prodigiosa. A la muerte de este ilustre protector^ 
acaecida en Roma en 1468, no tardó á presentarse otro en fiay 
Alonso de Burgos, obispo de Falencia y confesor de Isabel la 
Católica, quien hizo el coro, el retablo y reja de la capilla mayor, 
la fachada de la iglesia (i), las piezas del capítulo y los claus- 
tros alto y bajo del convento. Estos, que caliñcan de preciosí- 
simos los artistas que alcanzaron á verlos, han sido bárbara y 
gratuitamente destrozados, no en días de revuelta, sino para 
construir el presidio modelo que al cabo se halló estrecho en 
aquel local, aprovechándose la piedra para el nuevo cuartel de 
caballería; pero la fachada de la iglesia subsiste salvada del 
vandalismo oficial, como las víctimas que sobreviven para acu- 
sar á los delincuentes. 

En el siglo que la vio nacer, y con relación á la gentileza 
incomparable de los monumentos coetáneos, menos digno tal 
vez hubiera sido de admiración que de censura aquel ostentoso 
capricho del arte gótico, cuya decadencia marcó sensiblemente, 
contribuyendo quizá no poco á la corrupción del gusto ; y mien- 
tras no se aduzcan algo más que gratuitas suposiciones, nos 
repugna atribuirlo á Juan y á Simón de Colonia, á los inspira- 
dos arquitectos de la Cartuja de Miraflores y de las afiligrana- 
das torres de Burgos. No es que no sea rico hasta la profusión 
y esmerado hasta la minuciosidad el trabajo de boceles y foUa- 



(i) Aunque la fachada generalmente se atribuye al cardenal Torquemada, y 
así parece confírmarlo el relieve colocado sobre la puerta, afirmando también Lia- 
guno que fué terminada en 1463, preferimos seguir las indicaciones expresas de 
los contemporáneos y en particular la kalenda antigua del colegio de San Grego- 
rio citada por Pulgar en su historia de Falencia, la cual hablando del obispo fray 
Alonso de Burgos decía así : «Qui etiam monasterium totum S. Pauli edifícavit 
splendide non sine magnis sumptibus,pra;ter corpustantummodoecclesiae, atque 
praefata edifícia monasterii ab hoc tanto praesule constructa, aliqua diruta, aliqua 
vero antiquata quae ruinam minabantur, restituit.» Cambiados por el duque de 
Lerma los antiguos escudos de la fachada, no pueden ya ser invocados para adju- 
dicar la erección de ella al cardenal ó al obispo. 



VALLADOLfD 



Facftada de San Pa 



92 VALLADOLID 

• — 

jes, de figuras y doseletes, de trepados y colgadizos, que cam- 
pean por todas partes sobre un fondo labrado, cual jJrecioso 
tapiz, de escamas y tracerías: mas no aparece allí la ojiva agu- 
da y esbelta, sino encuadrada, comprimida por líneas horizonta- 
les, cediendo el paso á la bastarda forma conopial; falta ele- 
gancia á las proporciones, unidad y armonía al coi^unto, y el 
oportuno relieve á cada una de las partes, presentándose todas 
ei^ un mismo plano como en los retablos de estilo plateresco. 
Sin el auxilio de la lámina, difícil nos sería dar á los lectores 
una idea de los órdenes y compartimientos en que se distribuye, 
y que sólo después de un atento examen se demuestran al tra- 
vés del exuberante ornato. Una portada, guarnecida en sus ar- 
quivoltos y escoltada á los lados por efigies de santos de la 
orden con sus pináculos y repisas, encima de la cual un relieve 
corrido representa no muy felizmente la coronación de la Virgien 
y al cardenal asistido de los santos de su nombre el bautista y 
el evangelista; un grande arco rebajado, cubierto también de 
figuras y orlado de festones, que cobija aquella portada; dos 
treboladas ojivas que resaltan del muro, partidas por tres do- 
seletes uno en el intermedio y dos en el vértice de cada una, 
bajo los cuales se sientan el Rey del universo y los santos Pe- 
dro y Pablo, sirviendo de nichos los senos de aquellas á los 
cuatro evangelistas ; una claraboya de sencillos y hermosos ara- 
bescos, encuadrada á manera de remate de antiguo retablo, y 
recamada en su hemiciclo superior de colgantes preciosos que 
imitan un rico cortinaje ; dos agujas de crestería, que flanquean- 
do el arco principal, suben desde el suelo hasta la última línea 
del cuerpo descrito, formadas de haces de columnitas y de gru- 
pos de sutiles pirámides y de estatuitas sin cuento, más estima- 
bles cuanto más pequeñas : tales son las partes componentes de 
la grande obra del siglo xv. En el relieve que está encima de 
la puerta, en las enjutas del arco, á los lados de la claraboya, 
se ven ángeles sosteniendo escudos de armas de mayor ó menor 
tamaño, que no son ya los del fundador: un restaurador orgu- 



VÁLLADOLID 




Facbada d« San Pablo ( parte iaferlor ) 



\'A.LLADOLID 



Fachada de San Pablo.— Detalles de la i 



94 V A L L A D o h 1 D 



lioso á principios del siglo xvii los reemplazó todos con los su- 
yos, y á mayor abundamiento los reprodujo sobre los seis pila- 
res que colocó delante de la portada, confiándolos á la custodia 
de otros tantos leones de piedra. 

Este fué D. Francisco de Sandoval y Rojas, duque de Ler- 
ma, valido omnipotente del rey Felipe III, que al sentir vacÜar 
su privanza, buscó en la Iglesia un seguro asilo contra la fortu- 
na, guareciendo su cabeza con el capelo cardenalicio. Al esco- 
ger por panteón la iglesia de San Pablo, con la mira de emular 
tal vez las magnificencias del Escorial, gastó no menos de se- 
senta mil ducados en levantar toda la nave á la altura que tenía 
la capilla mayor desde la obra de Torquemada; y con esta re- 
forma hubo de añadirse á la fachada un segundo cuerpo. De 
grande estima sin duda gozaba el primero todavía, pues á pesar 
del rigorismo preceptista que condenaba entonces la gótica bar- 
barüy tratóse no obstante de imitarla en los mejores tiempos de 
la arquitectura. El lienzo que sobre la antigua fachada se asen- 
tó, cortóse horizontal y perpendicularmente por relevadas mol- 
duras de trenzados cordones en quince compartimientos desigua- 
les, dentro de los que sobre discordantes repisas colocáronse 
grupos de historia sagrada y personajes del antiguo y nuevo 
Testamento, mezclados con los consabidos blasones, salpicán- 
dolo todo con innumerables estrellas en memoria de las del 
apellido de Rojas. Por remate se dio á la obra un frontón trian- 
gular, adornado de extrañas bien que lindas hojas en su cornisa 
y de labores de encaje en sus vertientes, y en su centro repitió- 
se de mayor tamaño el escudo del nuevo patrono sostenido por 
dos leones. La cuadrada torre que antes había y otra nueva 
colateral hubieron de subir al nivel del frontón, desnudas em- 
pero de todo ornato, y terminando en un mezquino arco para 
las campanas (i). La imitación como se ve no fué tal que hicie- 



( I ) En dichas torres debajo de las armas del duque hay una larga ¡nscripción, 
puesta sin duda al tomar aquél posesión del patronato, de la cual con motivo de 
la elevación sólo leímos las siguientes frases: Quam piurima cernens in se divina 



96 VALLADOLID 

ra honor á sus autores, pero merece gratitud por haber al 
menos respetado la integridad del modelo que no supo conti- 
nuar. 

Más homogeneidad presenta el interior, y sin los ducales 
timbres que en las claves de la bóveda campean sobre la pinta- 
da y dorada crucería, creyérase que la grandiosa y altísima 
nave nació de una vez con toda su elevación al mismo tiempo 
que la capilla mayor y crucero, mientras reinaba aún exclusiva- 
mente el estilo ojival. De las cinco bóvedas del cuerpo de la 
iglesia, el coro levantado en alto ocupa las tres, impidiendo á 
los ojos gozar desde luego de su elevación y gentileza : la sille- 
ría hizo labrarla de nuevo el duque de preciosas maderas, des- 
alojando la antigua de fray Luís de Valladolid, y presidió á su 
traza tal nobleza y severidad que sin advertir el anacronismo la 
han tenido muchos por de Herrera (i), y figura dignamente 
ahora en la catedral erigida por el más célebre de los arquitec- 
tos. No se tocó á las dos ricas portadas de los brazos del cru- 
cero, cuajadas como la exterior de estatuas y relieves y creste- 
ría, de las cuales la izquierda introducía al claustro, y la derecha 
comunicaba con el colegio de San Gregorio ostentando las ar- 
mas de fray Alonso de Burgos su fundador ; en el ábside polí- 
gono dejó abiertas las rasgadas ojivas que tan bellamente lo 
alumbran ; pero el gótico retablo mayor, costeado por el mismo 
Burgos, fué quitado de su puesto y vendido en 1 6 1 7 á la parro- 
quia de San Andrés, para hacer lugar á otro de orden corintio 



pietate congesta bona, gratus inperpetuum^ tnemor humana condtttonis.,, cosnobium 
p:iirono destitutum grandi pecunia dotavtt exornavitque, ac suij'uris f>aÍronatus li' 
berorumque primonatorum fecitj inque sepulturce locum sibi et Caiherince Lacerda 
uxori vivenlibus, posierisque suis pie decrevit VIIÍ idus decembris MDCI. Esto en 
una torre, en la otra se repite casi lo mismo en castellano. 

(i) Veinticuatro años después de fallecido Herrera, en 162 i, según una nota 
que existía en el archivo del convento, se finalizó la sillería del coro, compuesta 
de cincuenta y cinco sillas altas y cuarenta y cinco bajas, costando la hechura de 
cada par unas con otras treinta ducados al duque cardenal. Las sillas altas tienen 
columnas dóricas estriadas, y pilastras las bajas: las maderas fueron traídas de 
las Indias portuguesas. 



VALLADOLID 97 



que construyeron los artífices de la sillería Francisco Velásquez 
y Melchor de Beya (i). Sin embargo, donde cifró su mayor 
cuidado el favorito, fué en el panteón que fabricó para sí á la 
izquierda del presbiterio, haciendo retirar á dos regios infantes: 
allí en un nicho á manera de tribuna sostenido por pilastras de 
mármol, se hizo representar de rodillas con su esposa Catalina 
de Lacerda en excelentes estatuas de bronce dorado, como las 
de Carlos V y Felipe II en el Escorial, valiéndose del mismo 
célebre escultor Pompeyo Leoni ; allí en un subterráneo retrete 
debajo del pavimento hizo abrir su sepulcro; allí cerca dicen 
que se reservó un pequeño aposento para su retiro, como el 
real fundador de San Lorenzo, cuyos solemnes recuerdos dista 
mucho de suscitar. Ocupábase de esto el duque de Lerma 
en 1604, en el apogeo de su poder, al año siguiente de la pér- 
dida de su consorte (2), bien ageno entonces de pensar que en 
aquella iglesia catorce años después hubiese de celebrar su pri- 
mera misa, y todavía más ageno de que permaneciendo en pié el 
edificio, hubiera de profanarse su mausoleo y reaparecer á la luz 
sus huesos esparcidos y su cráneo destrozado, y pasar al museo 
las ilustres efigies cual anónimas y encontradizas antiguallas. 
Colateral con el túmulo de Lerma abríase enfrente el reli- 
cario, saqueado en la invasión francesa, y tan copioso en ricas 
joyas como lo era en buenos cuadros la vasta sacristía. Hallóla 
el duque construida poco antes á expensas de D. García de 
Loaysa, arzobispo que fué de Toledo ; dos columnas dóricas es- 



(i) También la arquitectura de este retablo se ha creído equivocadamente de 
Juan de Herrera; las pinturas, que no desmerecían de aquella, las hizo Bartolomé 
de Cárdenas. Costeáronlo los religiosos, si bien puso en él sus armas el duque de 
Lerma. Ignoramos si pereció ó si fué trasladado, pues el que hoy existe moderno 
y diminuto no corresponde ciertamente á la majestad del templo. 

(2) La lápida sepulcral decía así : D. O. M. Franct'scus Lertnce dux, induce San- 
dovalis familice ca^ui^ Philippo III monarchce summo sese ioium impendens^ ab ípso 
regia munificentia cumulaiissime ornaius, regi summa fide et gratitudine serviens^ 
Deo bonorum omnium auctori supplex, secundis rebus mortis memor, vivus integer 
ac vaiidus^ hoc monumentum sibi ac Caiherince Cerdee ducissce, conjugi pientissimce^ 
Mar garitee regince cubiculi majoriprcefecice, liberis et posteris^Jaciendum curavii. 
MDCIV. Las dos estatuas se dice que costaron veinte mil ducados. 

'3 



98* VALLADOLID 

triadas adornan su ingreso, pero su bóveda es aún de crucería, 
y sus grandes ventanas conservan resabios del gótico moderno. 
A este género bastardeado pertenecen las paredes exteriores 
más próximas á la fachada; aunque siguiendo por fuera el flanco 
derecho de la nave, van asomando por la parte superior genti- 
les arabescos y agujas de crestería. De pronto aparece en el 
mismo muro otra fachada riquísima, y el espectador sorprendi- 
do se halla en presencia de un monumento distinto del primero, 
y que sin embargo tiene con él de común el estilo, el fundador 
y el instituto religioso á que pertenecía. 

Fray Mortero, que así apellidaban á D. Alonso de Burgos, 
ora por ser natural del valle de Mortera, ora por su rudo as- 
pecto, no había gastado toda su actividad y energía en las de- 
licadas comisiones, que facilitando á Isabel la posesión de la 
corona, á él le valieron la mitra; sino que una vez prelado, las 
enderezó á construir brillantes y magníficas obras. Sin hablar 
de las que costeó en Burgos y Falencia, las de San Pablo de 
Valladolid por sí solas parecieran bastantes á absorber su aten- 
ción y agotar sus tesoros; y no obstante faltábale todavía rea- 
lizar su creación predilecta, el título especial de su gloria y 
nombradía. Agradecido á la enseñanza que había recibido en 
aquel convento, quiso erigir al lado del mismo para los religio- 
sos de su orden un colegio de estudios bajo la advocación de 
San Gregorio, llamando á lo más selecto y florido de las artes 
para adornar dignamente la mansión de las ciencias. Ocho años 
tan solo, de 1488 á 1496, duró la fábrica de esta joya, labrada 
toda minuciosamente como un relicario por fuera y por dentro; 
mas el inspirado artífice que la trazó, Macías Carpintero, vecino 
de Medina del Campo, no logró verla terminada : á los dos años 
de dirigirla, una desastrada muerte, un suicidio misterioso puso 
fin á sus días, degollándose con una navaja en 31 de Julio 
de 1490 (i). 



(i) Esta noticia la tomó Ceán Bermúdez de un diario manuscrito de los caba- 
lleros Verdesotos regidores de Valladolid. 



VALLADOLID 



Fachada de San Gmecokio 



del trabajo. Del suelo arrancan del- p-^eht* i^te».»» ce sak ghgor.o 
gados troncos y nudosas varas retorcidas, aquellos para formar 
las repisas, éstas el arquivolto de la portada y las aristas de los 
pilares que flanquean todo el frontispicio, compuestos de tres 
órdenes de pilastras y rematando en pequefias agujas: el fondo 
figfura una estera de mimbres entretejidos; las estatuas, así las 



VALLADOLID 



102 VALLADOLID 



de los lados de la puerta, como las que ocupan los nichos de los 
pilares disminuyendo gradualmente en tamaño, representan vellu- 
dos salvajes con clavas en las manos, parto tal vez de la fanta- 
sía excitada por aquellos años con el descubrimiento del nuevo 
mundo. Sutiles ramajes con la flor de lis, que constituía el bla- 
són del fundador y que campea cien veces en su escudo, bordan 
el dintel y las jambas del cuadrado portal formadas de una sola 
pieza ; y distingüese el prelado de rodillas ante San Gregorio 
y otros santos en el relieve del testero, que más cercano parece 
á las tinieblas de la época bizantina que á la aurora del renaci- 
miento. Una conopial y trebolada ojiva adorna el arco rebajado 
guarnecido de encajes, desde el cual suben rectamente dos 
trenzados cables á dividir el muro en tres compartimientos; en 
los laterales vense sostenidos por ángeles los episcopales escu- 
dos de la flor de lis y dos heraldos más arriba ; en el central el 
soberano escudo de los Reyes Católicos, protectores del colegio, 
entre dos rapantes leones; pero es menester observar de cerca 
el granado fructífero que los sostiene, y el pilón de la fuente de 
donde brota el árbol, y la multitud de niños encaramados por 
las ramas ó colocados al rededor de aquél, para concebir una 
idea de la juguetona inventiva del escultor. En cuanto á la cres- 
tería de los numerosos doseletes y del remate, salió tan desgra- 
ciada y corrompida, que apenas merecen deplorarse los estra- 
gos ejercidos en ella por el tiempo que tampoco ha respetado 
mucho los calados y las flores de lis y las granadas tendidas 
como una diadema á lo largo del edificio. 

La misma prolijidad de ornato, las mismas flores de lis nos 
acompañarán por todo el ámbito interior: después de encontrar- 
las en las columnas del primer patio semigótico, las veremos 
repetidas en los ángulos del segundo debajo del escudo de los 
reyes. Doble galería y en cada lienzo seis arcos de aplanada 
curva sobre columnas espirales, forman este patio suntuoso; los 
de arriba se subdividen en dos, orlados de colgadizos y festo- 
neados por una gruesa guirnalda, entre cuyos huecos asoman 



VALLAHOLID 



Patio de San Gregorio 



104 VALLADOLID 

unos angelitos y un campo flordelisado. Mayor pureza en el 
estilo gótico conservan los calados rombos del antepecho, por 
bajo del cual circuye el friso inferior una cadena de piedra; en 
el superior alternan manojos de flechas con nudos gordianos, 
gloriosas divisas de Fernando é Isabel ; y de la cornisa moder- 
namente reformada (i) avanzan caprichosas gárgolas del mejor 
gusto. La escalera ostenta reproducidas en su parte baja las 
labores del antepecho, los muros cubiertos de casetones y sal- 
picados de escudos de lises, la cúpula ricamente artesonada; y 
al pié de ella y en Simbas galerías lucen sus góticos primores 
varias puertas y ventanas, al paso que sus hojas platerescas en 
el primer patio una portada del renacimiento. Las de la biblio- 
teca, capilla y refectorio obtuvieron los elogios del crítico Ro- 
sarte. 

Para llegar á la capilla situada en el piso bajo, atraviésase 
una larga pieza cuyo techo esmaltan doradas flores de lis sobre 
fondo azul, y un pequeño corredor abovedado; pero al que ha 
leído la descripción de sus antiguas preciosidades, asalta una 
triste sorpresa, al hallar vacía y desnuda aquella estancia. Con 
la invasión de los franceses desapareció el retablo de la Piedad, 
quinta esencia délas sutilezas del goticismo y comparable sólo 
cU sepulcro de ^uan II (2), el cual además del grupo principal 
del Descendimiento de la cruz compuesto de ocho figuras, com- 
prendía veinte y un relieves de la historia del Salvador y multi- 
tud de estatuas pequeñas, entre ellas el retrato del obispo, no- 
table por su verdad y semejanza. La urna, que en medio de la 
capilla encerraba los restos del fundador, era una de las más 
insignes joyas del renacimiento, labrada muchos años después 
de su muerte, que ocurrió en 8 de Noviembre de 1499. Cuatro 
esfinges ó sirenas se adelantaban de los ángulos del sepulcro; 
cuatro medallas simbolizando virtudes, y cuatro figuras de la 



(i) «Esta coronación se hizo en el año de 1 708,» dice una inscripción repar- 
tida en tarjetones refiriéndose á aquel insignificante reparo. 
{2) Bosarte. 



e 



' - . 



valladolid 105 

Virgen con el Niño, San Gregorio, Santo Domingo y San Pedro 
Mártir, cubrían sus costados; y al rededor corría un lindo ba- 
laustre sembrado de flores de lis y de graciosos niños. Los már- 
moles eran de meícla, blanco empero el de la tendida efigie de 
D. Alonso, que le representaba con sus vestiduras episcopales 
y con un libro en las manos, harto favorecido en el semblante 
respecto de los retratos coetáneos, y no obstante recordando 
según se cree con el mote opertbus credite^ único epitafio que 
existía, la desventaja de sü aspecto comparado con sus obras. 
El monumento, así por la belleza y corrección de las formas 
como por el esmero de la ejecución, parecía digno de Berru- 
guete y semejante al del cardenal Tavera en el hospital de To- 
ledo: así tuvo la desdicha de gustar á los caudillos de Bona- 
parte que se lo llevaron como artístico botín, y los fi-agmentos 
escapados á la rapacidad de los extranjeros dícese que los em- 
plearon los naturales en fregar y pulir los pavimentos de sus 
casas (i). 

Tras de la codicia que arrebata, vino el vandalismo que 
destruye; y manos españolas demolieron no há muchos años el 
largo muro que corría desde la fachada de San Gregorio hasta 
la casa del Sol, enriquecido en su parte superior con exquisitos 



(i) En 1861 ó 62 escribíamos: «Muy grata ha sido nuestra sorpresa, al saber 
que, restauradaúltimamente esta célebre capilla, se ha abierto otra vez al culto con 
religiosa solemnidad: pero debemos advertir una vez por todas que en el texto 
nos referimos á los tiempos en que verifícacnos nuestro viaje por Castilla la Vieja 
en 1852 y á las impresiones que entonces recibimos, sin perjuicio de dar cuenta 
al fin del tomo, como lo hicimos en el de Castilla la Nueva, de las mudanzas ocu- 
rridas en este largo intermedio, las cuales ojalá sean todas tan plausibles como 
las que nos van llegando de Valladolid. Sabemos con efecto que el desierto é in- 
salubre prado de la Magdalena se transformó en un ameno vergel ; que se hallan 
desembarazados y limpios los pintorescos alrededores de la Antigua; que hay 
proyectos de habilitar de nuevo el grandioso templo de San Benito; que se trata 
de la restauración de San Pablo; que la ha experimentado ya, muy acertada y 
completa, el patio de San Gregorio sin distinguirse apenas los reparos; y por 
último, que tanto el actual Gobernador civil Sr. de Aldecoa como los individuos 
de la Academia de Bellas Artes se hallan animados del más exquisito y laudable 
celo, rivalizando en ingeniosos recursos para remediar en lo posible los dolorosos 
estragos, harto ciertos, que en nuestras páginas lamentamos. Reciban por tanto 
esta anticipada y justa satisfacción.» 



ij 



I06 VALLADOLID 

adornos del renacimiento, nichos, hermosos bustos, bichas y 
candelabros. Entre tantos edificios religiosos vacantes en Valla- 
dolid, no supo encontrarse otro para oficinas del gobierno sino 
el precioso colegio, al cual era imposible tocar sin dar al suelo 
con cien bellezas y sin ahuyentar de aquellos claustros las ilus- 
tres memorias del elocuente Granada, del virtuoso cuanto infor- 
tunado Carranza, del sabio y vehemente Cano, que hicieron allí 
sus estudios. Al dividir en habitaciones el vasto salón de la bi- 
blioteca, deshízose su brillante techumbre art^sonada, rica en 
dorados y primorosa en labores; pérdida tanto más deplorable,, 
cuanto más tranquila fué la época en que se consumó, triste como 
las últimas víctimas de un contagio que se daba ya por extin- 
guido. 

Cuando asistía asombrada Valladolid á la construcción de 
las magníficas obras de Torquemada y de fray Mortero, lucían 
sobre ella días de grandeza y de reposo tras de prolongadas 
agitaciones y calamidades (i). Acababa de atravesar con honra 
el reinado desastroso de Enrique IV, y de acreditar al príncipe 
nacido en su seno la constante fidelidad que le juró al procla- 
marle rey á la muerte de su padre. Había arrojado de su recinto 
en 1 464 al hijo del almirante, que trataba de sublevar á nom- 
bre del infante D. Alfonso la villa que el rey le confiara (2) ; y 
aunque al año siguiente ondeó en sus muros el pendóa rebelde 
levantado en Ávila desafiando el ejército real, habíanse dado 



(i) En 1457 hubo peste en Valladolid, de la cual acaso tomó nombre la puerta 
de la Pestilencia que se hallaba al extremo del Campo Grande á la izquierda de la 
del Carmen saliendo; y en 1461 á 6 de Agosto hubo en la plaza un incendio que 
abrasó cuatrocientas treinta casas entre grandes y pequeñas con la Costanilla y 
parte de Cantarranas y de la Rua-escura. Tal vez con este motivo se trasladó la 
antigua plaza Mayor á la del Mercado. 

(2) Según el importante cronicón de Valladolid dado á luz por el Sr. Baranda 
en el tomo Xill de la Colección de documentos inéditos^ «sábado quince de setiembre 
Juan de Vivero e don Alfonso fijo del almirante se alzaron con Valladolid, e tovie- 
ron cercado á Alonso Niño merino en la puerta del Campo; e otro dia domingo en 
la tarde se levantó la comunidad contra los dichos y los echaron de la villa, e 
despojaron todos los mas que eran de la opinión de aquellos, e sacaron al merino 
de la dicha torre; y esa noche vino aquí Alvaro de Mendoza con fasta mil rocines 
de la guarda.» 



VALLADOLID I07 

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prisa sus moradores en sacudir el odioso yugo de los turbulen- 
tos magnates, y en abrir las puertas al destronado monarca 

Que en Valladolid solmente 
Halló fée e conocimiento 
De señor (i). 

Sus huestes acudieron á auxiliarle después del dudoso triunfo 
de Olmedo, y equilibraron las fuerzas de los poderosos conju- 
rados. Si contra la regia voluntad fué teatro la villa sin saberlo 
del más importante y feliz consorcio que hubo jamás en España; 
ái en la memorable noche del i8 de Octubre de 1469, dentro 
de la casa de Juan Vivero hoy ocupada por la Audiencia, dio su 
mano la princesa Isabel al infante de Aragón D. Fernando que 
había entrado secretamente, celebrando las bodas con tenue 
aparato y con prestados recursos (2), Valladolid entonces no 
abandonó al rey Enrique para aplaudir á los nuevos desposados 
y secundar las intrigas de los revoltosos; antes poniendo tregua 
á sus bandos entre cristianos viejos y conversos, y recelando de 
la lealtad de Vivero, acometieron de consuno su fortificada 
mansión, y obligaron á los augustos huéspedes á huir hacia 
Dueñas sin tardanza (3). Enrique pasó luego á confirmar la 



(1) Pulgar. 

(3) El citado cronicón da un exacto dietario de estos notables acontecimientos. 
En 3 I de Agosto puesto el sol llegó á Valladolid la princesa D.' Isabel con el arzo- 
bispo de Toledo y el almirante D. Fadriquc. En 14 de Octubre á las once de la 
noche vio por primera vez el príncipe D. Fernando á su futura, y volvió luego á 
Dueñas. En 1 8 de Octubre á las siete de la tarde se desposaron públicamente en la 
sala rica de dicha casa por mano del arzobispo. Al día siguiente se velaron y se 
les dijo la misa, y comieron con gran solemnidad; «esa noche, dice, fué consunto 
entre los novios el matrimonio, á dó se mostró complido testimonio de su vergi- 
nidad e nobleza en presencia de jueces e regidores e caballeros, según pertenecía 
á reyes.» En ag de Octubre, domingo, fueron á misa á Santa María la Mayor con 
mucha solemnidad, é hizo un sermón fray Alonso de Burgos tomando por tema: 
patientam habe in me, el omnia reddam Ubi. 

(3) De estos bandos entre conversos y cristianos viejos, protegido? éstos por 
Vivero y aquéllos por los parciales del rey D. Enrique, no hay en el referido cro- 
nicón más indicio que el siguiente . «Sábado 8 de setiembre de 1470 después de 
comer pelearon en Valladolid dos cofradías que al tiempo había en ella, la una de 
la Trenidad, la otra de S. Andrés, aquella era de mercaderes e sus ayudas, la otra 



I08 VALLADOI. in 

fidelidad de los suyos y á sosegar la población, cuyo gobierno 
encargó al conde de Benavente, haciéndole merced de la casa 
del proscrito Juan de Vivero. 

Pero la muerte del débil soberano permitió á Valladolid 
transferir sin meng^ua sus sinceros homenajes á la varonil her- 
mana y sucesora del mismo. Visitáronla desde los primeros 
meses de su reinado Fernando é Isabel, hospedándose en el 
edificio que les recordaba sus desposorios (i); y lejos de guardar 
enojo á la villa por los pasados recelos y hostilidades, la con- 
virtieron en su cuartel general para la formidable lucha que iban 
á sostener en defensa de su corona. Allí sin adormecerse como 
los reyes anteriores en fiestas y regocijos (2), oyeron y contes- 
taron con firmeza á las reclamaciones del rey de Portugal; allí 
recibieron la sumisión y las mesnadas de los más ilustres ricos- 
hombres de Castilla, juntando en tres meses un ejército de diez 
mil jinetes y treinta mil peones; allí aguardó la magnánima 
reina, previniéndolo y animándolo todo, la decisión de las ar- 
mas, que por fin en los campos de Toro aseguraron sus dere- 



de ciertos escuderos e ofíciales e otras gentes ; en la qual pelea pelearon en la 
boca de la Frenería e á la boca de la calle de Olleros e de Santiago e del Azoguejo: 
murieron catorce varones e dos mujeres de esta pelea.» De la venida y retirada de 
los príncipes, ni del combate de la casa de Vivero, no hace mención alguna. En 
otro alboroto suscitado en 149$ murió el conde de Coruña, según escribe Galín- 
dez Carvajal, ó como se lee en otros, el conde de Camina, herido inadvertidamente 
por su criado. El cronicón no habla de esta muerte, sino de la de D . Juan Manrique, 
hijo del maestre de Santiago, á quien un paje suyo dio una pedrada en la cabeza 
en 23 de Noviembre de 14B8. 

(i) En 18 de Marzo de i47'> entraron los reyes en Valladolid, aposentándose 
en las casas de Vivero que pocas horas antes había evacuado el conde de Bena- 
vente ; y al otro día muchos de la villa, sin mandado, antes con enojo de los reyes, 
comenzaron á derrocar los baluartes de dicha casa contigua á la puerta de Cabe- 
zón, que levantados en parte por Vivero y en parte por el conde, parece se habían 
hecho odiosos al pueblo por las opresiones pasadas. 

(2) Trae el cronicón de Valladolid una minuciosa relación de la justa que se 
celebró en 3 de Abril de 1475,1a más rica que en cincuenta años se había visto, y 
de la cual fué mantenedor el duque de Alba, quien además hizo sala á los reyes y á 
la corte en sus casas del Cordón. En la justa tomó parte el rey, sacando en el yel- 
mo un yunque con este expresivo mote : 

Como yunque sufro y callo 
por el tiempo en que me hallo. 



VALLADOLID lOQ 

chos y la unión y la grandeza de España. Asociada Valladolid 
á las más gloriosas empresas é importantes sucesos de aquel 
reinado, presenció notables actos de severidad y firmeza en 
afianzar el imperio de las leyes y la seguridad de los pueblos ; 
obtuvo ver fijado en su seno bajo nueva forma el tribunal de la 
chancillería; recibió con brillantes festejos en el invierno de 1488, 
en uno de los intermedios de la gloriosa conquista del reino de 
Granada, á los embajadores que venían á preparar la unión de 
la imperial casa de Austria con la española (i); asistió estreme- 
cida en 19 de Junio de 1489 al formidable estreno de las justi- 
cias de la Inquisición (2); vio en 1492 expulsados de su seno 
los judíos; y acogió en 20 de Mayo de 1506 el último suspiro 
del descubridor del nuevo mundo, el gran Colón, que colmado 
de servicios y de desengaños, falleció con la resignación del 
justo en la calle de la Magdalena, encomendando su espíritu al 
Señor (3). 

A la católica real pareja otra sucedió harto menos gloriosa, 
la de Felipe el Hermoso y de Juana la Loca, á, quienes procla- 
mó Valladolid en la primavera de 1506, y juraron las cortes 
del reino reunidas en la histórica sala capitular de San Pablo, 
donde la firmeza del almirante salvó á la desgraciada reina del 
encierro que su ingrato esposo le destinaba. Fallecido éste en 
Burgos á 25 de Setiembre del mismo año, al día siguiente toda 



(i) Estas fiestas, en que se trató de superar el fausto y magnificencia de la an- 
tigua corte de Borgoña á los ojos de los alemanes y flamencos, se celebraron 
en 4 de Enero de 1489 : los reyes se hallaban en Valladolid desde el 6 de Setiem- 
bre anterior. 

(2) En este primer auto, no mencionado por Antolínez, fueron quemadas diez 
y ocho personas vivas y cuatro muertas: «ninguno de los vivos, dice el cronicón, 
paresció confesar la sentencia en público.» Entre los nombres de los reos que cita 
no aparece ninguno notable; pero sí lo eran algunos de los presos en el otoño an- 
terior, tales como Juan Rodríguez de Baeza y su mujer, Luís de Laserna, y el 
Dr. Diego Rodríguez de Aylión que fué traído de Galicia. El tribunal del santo ofi- 
cio no se estableció fijamente en Valladolid hasta el año i 500. 

(3) Se le hicieron las exequias en la Antigua, y fué depositado su cadáver en 
San Francisco, desde donde fué trasladado en i 51 3 por orden del rey Fernando á 
la Cartuja de Sevilla, y desde allí en i <; 36 á la isla de Santo Domingo. Cedida ésta 
á los franceses en 1 795, fué pasado á la catedral de Cuba. 



lio VALLADOLID 



Valladolid, con la chanciilería y el obispo de Catania á su fren- 
te, se trasladó á Simancas á reclamar la persona del infante 
D. Fernando, segundo hijo de los reyes y niño de tres aflos y 
medio, para que no se apoderaran de él algunos grandes á fin 
de promover disturbios; y otorgando á los de Simancas su 
pundonorosa exigencia de seguir al infante y de formar á su 
alrededor una guardia de cien hombres, fué llevado al reciente 
colegio de San Gregorio, y guardado y educado allí cuidadosa- 
mente hasta la vuelta del Rey Católico su abuelo. Regresó éste 
á Valladolid en 1509, y entonces en 4 de Marzo juró la famosa 
liga de Cambray con el papa, el emperador y el rey de Francia 
contra la república de Venecia; entonces la reina Germana de 
Foix, su segunda esposa, hospedada en la casa del almirante, le 
hizo padre día 3 de Mayo de un infante llamado D. Juan, que 
muriendo á los pocos días abrió de nuevo el camino á la unión 
de los reinos peninsulares; entonces el rey, sexagenario casi, 
salió á jugar cañas con su cuadrilla en las fiestas con que se 
celebró por San Juan la nueva del casamiento de su hija Catali- 
na con Enrique VIII de Inglaterra. 

Entre tanto seguía creciendo la población al compás de la 
monarquía, de la cual era uno de los focos principales: restau- 
rábanse las antiguas iglesias^ otras se erigían de nuevo, y todas 
bajo aquel tipo de lujosas formas y de carácter indeciso, en que 
iban mezcladas las más tardías galas del arte gótico con las 
más tempranas flores del renacimiento. A Santa María la Ma- 
yor hacia la plazuela de su nombre hizo añadir el cardenal Tor- 
quemada un magnífico pórtico y una grandiosa capilla del Sa- 
grario, en cuyas bóvedas figuraba la incendiada torre emblema 
de su apellido. La antigua parroquia de San Miguel, que desde 
el siglo XII al parecer había dejado la advocación de San Pela- 
yo, reparó las quiebras producidas tal vez en 1489 por el in- 
cendio de las vecinas casas, renovando su fachada, en la cual 
los Reyes Católicos hicieron colocar la efigie del santo arcángel, 
transferida hoy con el cargo parroquial al templo de los jesuí- 



112 VALLADOLID 



tas; y en 1497 levantaron su capilla mayor, que desde treinta 
años atrás yacía por el suelo, el doctor Portillo y el comenda- 
dor D. Diego de Bobadilla, ambos muy favorecidos de los mo- 
narcas, dotándola en común para conservar mejor los lazos de 
amistad y parentesco que los unían. En la parroquia del Salva- 
dor, á la cual más tarde debía proveer el renacimiento de bella 
portada y esbelta torre, construyéronse por entonces suntuosas 
capillas eon sepulcros para sus patronos, distinguiéndose por 
su alta bóveda de rica crucería y por sus góticos primores la 
del Bautista propia de los duques de Medinaceli, oculta ahora 
á la derecha detrás de un retablo y destinada á depósito de 
muebles (i). En 1490 dio Luís de Laserna á la parroquia de 
Santiago las sencillas formas ojivales que aún conserva al tra- 
vés de las obras posteriores, por dentro en la crucería del pres- 
biterio y artesonado del coro, por fuera en la cuadrada torre 
de piedra que corona un moderno remate, y en el ábside mismo 
donde un tosco relieve representa al apóstol de las Españas en 
medio de dos escudos del fundador. La iglesia posee una obra 
maestra de escultura en la adoración de los magos de Juan de 
Juní. 

Las agujas de crestería que engalanan el exterior de San 
Lorenzo y la cornisa que lo ciñe figurando sartas de perlas, in- 
dican bastantemente la época de su restauración, debida desde 
los cimientos al noble D. Pedro Niño, merino y regidor perpetuo 
de Valladolid: la ocasión se dice "fué el recobro inesperado de 
una hija muy amada, á quien había sanado el manto de la Vir- 
gen, y luego por poco había sumido en el sepulcro la retención 
irreverente del mismo. Lámparas de plata é innumerables votos, 
dádivas de reyes y de pobres, de grandes y de pequeños, cuel- 



(i) Hay en esta capilla tan lastimosamente abandonada un sarcófago de D. Pe- 
dro de Lacerda, hijo del duque D. Luís, fallecido en 1549. En otra capilla del 
opuesto lado, que según se lee en la reja es del licenciado de Burgos y de D.' Isa- 
bel de Torquemada su mujer, yacen dos estatuas que por sus trajes pertenecen á 
últimos del siglo xv. En la mayor descansan Juan Rodríguez de Entrambasaguas 
y D.* Isabel Andrés de Cartagena que murieron hacia 1403. 



114 VALLADOLID 



gan ante esta venerada efigie, aclamada por patrona de la po- 
blación sobre cuya puerta antes velaba, á la cual se atribuye un 
antiquísimo y portentoso hallazgo; y como si fuera el destino de 
aquella parroquia atesorar tradiciones singulares, contiene otra 
devota imagen de nuestra Señora titulada de la Cabeza por ha- 
berla inclinado deponiendo como testigo acerca de la palabra 
de casamiento empeñada por un caballero á una pobre doncella, 
y luego del Pozo por haber salvado de él á un niño, elevándole 
sobre las aguas hasta el borde donde le aguardaban los brazos 
de su madre. Con tales objetos de piadoso culto no podía menos 
de experimentar la iglesia frecuentes transformaciones: primero 
en 1602 bajo la dirección de Juan Díaz del Hoyo por precio de 
dos mil quinientos ducados, de la cual sólo queda la suntuosa 
portada corintia que terminó en 1 6 1 7 Bartolomé de la Calzada; 
más adelante al estilo churrigueresco, cubriéndose los techos y 
paredes de confusa y extravagante talla (i) ; y por último 
en 1826 en que se trató de restituirle su anterior regularidad. 
No por tantas reformas ciertamente ha pasado San Andrés: 
cuando á la entrada del siglo xvii emprendió el obispo de S¡- 
güenza fray Mateo de Burgos su reedificación, no terminada 
hasta 1776 por fray Manuel de la Vega, ambos nacidos en su 
feligresía, tal vez apenas había perdido el humilde aspecto de 
ermita que tenía á últimos del siglo xv al convertirse en parro- 
quia, y vivían en ella los recuerdos del degollado condestable 
que han desaparecido por completo de su espaciosa nave mo- 
derna. 

Multiplicábanse también por entonces, si bien de estructura 
más modesta, los asilos de religiosas. En 1472 fundó la vene- 
rable D.* Juana de Hermosilla el beaterío de Santa Isabel que 



(i) Creemos no debe atribuirse á Juan Díaz del Hoyo esta ornamentación ba- 
rroca, como lo hace el Sr. Sangrador; pues en 1602 no había cundido aún el con- 
tagio de sirenas, grifos, ángeles y ridicula hojarasca que menciona, y jo comprue- 
ba la nobleza y sencillez de la portada de aquel tiempo. Conviene por tanto 
distinguir dos épocas. 



VALLADOLID 



Il6 VALLADOLID 

doce aflos después se erigió en convento de franciscas; en 1488 
ediñcó el de Santa Catalina de Sena D.^ María Manrique, viuda 
del señor de la Mota D. Manuel de Benavides, á la cual perse- 
guía de muerte su propio hijo para impedir la fundación; 
en 1506 dio licencia el papa á D.* María de Zúñiga para insta- 
lar el de Comendadoras de Santiago, principiado durante las 
guerras de Granada por las viudas y huérfanas de los caballe- 
ros que allá sucumbían. Santa Isabel conserva su gótica nave 
con bóveda de crucería y el antepecho calado del coro, real- 
zándola lindos retablos del renacimiento, tanto el mayor com- 
puesto de diversas historias y relieves, como el que contiene la 
admirable figura de San Francisco esculpida por Juan de Juní. 
Las grandes estatuas de mármol arrodilladas que á los lados 
del presbiterio de Santa Catalina ocupan unos nichos con pilas- 
tras, más bien que á los señores de la Mota creemos que re- 
presentan á D. Antonio Cabeza de Vaca y á su mujer D.* Ma- 
ría de Castro, que en recompensa de la capilla mayor dejó á 
las monjas én 1604 setecientos ducados de renta, y la que en 
medio de una capilla yace con traje de golilla á Juan Acacio 
Soriano, abogado de la chancillería, que legó sus bienes al con- 
vento en 1588. En cuanto al de Comendadoras titulado de 
Santa Cruz, apenas ofrece vestigios de su primera fábrica: su 
iglesia se cortó después por el tipo greco-romano, su fachada 
interna bien que anterior á la corrupción del gusto adolece de 
pesadez, y tan sólo hacia la espalda aparecen unas labores gó- 
ticas en la celosía de su torre. 

A las construcciones religiosas vencían aún en importancia 
las civiles. En la plaza del Mercado, que había venido á ser ya 
la Mayor, junto á la puerta principal de la iglesia de San Fran- 
cisco, mandaron los Reyes Católicos por el mes de Marzo 
de 1499 construir las casas del ayuntamiento: aniquilólas el 
incendio de 1561 sin dejamos el menor recuerdo de sus dimen- 
siones y de su estilo. Subsiste empero como concluido- de ayer 
el suntuoso colegio, que el insigne cardenal D. Pedro González 



il 



VALLADOLID 



Museo. — Espaldar de una silla de coro (De Berruguete) 



Il8 VALLADOLID 

de Mendoza erigió para abrir á los ingenios pobres las más bri- 
llantes carreras, y cuya magnificencia se desarrolló casi simul- 
táneamente con la del colegio de San Gregorio su competidor, 
al cual sirvió de estímulo y de modelo. Instaláronse en número 
de veinte sus primeros colegiales en las casas que fueron de 
Diego de Arias y más adelante convento de Belén, y allí se ce- 
lebró la primera misa en 25 de Febrero de 1484. Hasta la pri- 
mavera de 1486 no se inauguraron las obras del actual edificio, 
empezando por el derribo de las casas que ocupaban su solar; 
en 1492 habían terminado ya, celebrándose su conclusión con 
grandes fiestas^ y comiendo aquel día en el refectorio la reina 
Isabel. Su advocación fué la de Santa Cruz, la que solía poner 
á sus monumentos el cardenal; el arquitecto fué el mismo que 
el de su célebre hospital de Toledo, Enrique de Egas hijo del 
flamenco Anequin. Sin embargo no contentó la fábrica en su 
principio al ostentoso primado de las Españas, y sin los repeti- 
dos elogios que de ella hacían el rey y la reina, asegúrase que 
hubiera mandado demolerla por mezquina. 

Y he aquí lo que cuesta trabajo comprender al que desde 
un ángulo de la vasta y yerma plaza en que está situado admira 
aquel magnífico cuadrado de sillería, formado de tres cuerpos, y 
coronado en su delantera por una balaustrada, y al rededor por 
una diadema de flameros y pilaretes. Sutiles machones remata- 
dos en agujas, que tienen más de góticos en la intención que en 
los detalles, trepan desde abajo hasta la plateresca cornisa, di- 
vidiendo en cinco compartimientos la fachada principal;. los de 
en medio más adornados, con alguna crestería en su primer 
tercio y con pilastras estriadas en los restantes, cierran el en- 
trepaño del centro vistosamente almohadillado, sobre el cual 
campean los escudos reales y los de Mendoza. Nada empero 
sorprende como el ver en aquella obra la singular precocidad 
del renacimiento, años antes de espirar el siglo xv, y su impro- 
visado triunfo sobre el arte de la Edad media; tanto más cuanto 
en la fachada del hospital de Toledo, construida muy posterior- 



VALLADOLID II9 

mente por el mismo Egas, aparece todavía como un tímido en- 
sayo. Labores platerescas muy limpias y delicadas, que revelan 
experta y segura mano, llenan exclusivamente las pilastras, 
columnas y friso de la portada, en cuyo testero de medio punto 
figura como en aquella el cardenal de rodillas ante la cruz sos- 
tenida por Santa Elena; y al mismo género pertenecen las que 
adornan el gracioso y rico balcón del segundo cuerpo. No ha- 
blamos del frontispicio triangular, ni de los que coronan los 
cuatro balcones restantes, ni de los hierros labrados de sus an- 
tepechos; pues todo esto son innovaciones modernas que no 
alcanza á disculpar la autoridad de D. Ventura Rodríguez, y 
que hacen echar de menos las anteriores ventanas, que eran 
ojivales según noticias. Entonces, en la última mitad del siglo 
pasado, se trocaron también en balcones las aberturas de las 
fachadas laterales, y se picó la piedra, y se dio al edificio aquel 
aspecto remozado, que si bien halaga de pronto la vista, lo priva 
del más poético barniz de antigüedad (i). 

Reina en el patio la misma elegancia y pulcritud, y el mismo 
gusto en sus tres órdenes de galerías, cuyos arcos de medio 
punto sostienen octógonos pilares, resaltando en sus enjutas 
ora las cruces ora los blasones del cardenal : un gótico antepe- 
cho bellamente trepado ciñe el segundo cuerpo, y el tercero una 
balaustrada. Con el nuevo destino del colegio su conservación 
ha mejorado todavía; subsiste su copiosa biblioteca, y aquellas 
galerías cerradas de cristales á manera de invernáculos encie- 
rran uno de los más preciosos museos de España. Huyendo de 
la profanación y del abandono ó de la inminente demolición, 
vinieron á juntarse allí, procedentes de distintas iglesias y claus- 
tros, las minuciosas y expresivas tablas de la antigua escuela y 
los grandiosos lienzos de la mejor época del arte, las obras 
maestras que pintó Rubens para el pobre convento de monjas 



(i) Deplora esto en su Viaje el mismo Bosarte, nada sospechoso de antico-ma- 
nía como la llama. 



VALLADOLID 



de Fuensaldaña (i), y las creaciones nacional^ de Velázquez y 
Murillo, de Ribera y Zurbarán, de Jordán, Palomino y Valentín 
Díaz, las delicadas esculturas de Berruguete, las animadas efi- 
gies y grupos de Juan de Juní, los célebres pasos de semana 
santa de Gregorio Hernández, los insignes trabajos en bronce y 
marfíl de Pompeyo Leoni, la admirable sillería plateresca de 
San Benito y la de San Francisco poco menos estimable, sarco- 
fagos góticos, lápidas romanas, objetos artísticos de toda edad 
y carácter. Ahora les prestad noble edificio en sus claros ándi- 
tos y espaciosas salas la hospitalidad que antes estaba llamado 
á dar á los talentos necesitados de protección, conserva el rico 
depósito de las generaciones pasadas en vez de producir hom- 
bres eminentes para las venideras, y así como su arquitectura 
marca perfectamente la transición entre la Edad media y la mo- 
derna, abriga hermanadas bajo su techo las glorías de uno y 
otro período. 



(i) Son tres cuadros que representan á nuestra Señora sobre un trono de 
ángeles, á San Antonio de Padua y á San Francisco, encargados por el conde de 
Fuensaldaña y celebrados entre los más insignea de Rubens. 




CAPÍTULO IV 



ValladoUcl en los tr«s ülUmos siglos.— Edificios modernos 



'/ f ' NTES de llegar Valladolid en el espléndido siglo xvi á la 
j-^ plenitud de su grandeza, pasó como las demás ciudades 
de Castilla por duras pruebas y trastornos, en los cuates sin 
embargo no perdió al par de aquellas su representación y su 
importancia. Inaugurada apenas la regencia del gran Cisneros, 
opúsose la villa á la organización de milicias permanentes pro- 
yectada por el cardenal, y se levantó en defensa de sus liberta- 
des no bien comprendidas acaso, obligando al capitán Tapia, 
que venía á reclutar soldados, á refugiarse dentro de San Fran- 
cisco. Devolviéronle la tranquilidad las prudentes cartas y luego 
la presencia del joven soberano, que en 1 8 de Octubre de 1 5 1 7 
hizo en ella su solemne entrada, y se hospedó en las suntuosas 
casas frente á San Pablo esquina de la Corredera. La entrega 
hecha allí á Adriano de Utrech del capelo cardenalicio al cual 



122 VALLADOLID 

en breve había de suceder la tiara, la visita que pasó el rey á 
la chancillerfa seguida de suntuoso festín y de brillantes espec- 
táculos (i), y las célebres cortes que por primera vez convocó, 
tuvieron en movimiento á Valladolid durante los seis meses es- 
casos de la permanencia real. Abriéronse aquellas en 2 de Fe- 
brero de 1 5 1 8 en una sala alta del colegio de San Gregorio ; 
en 7 del propio mes fué jurado Carlos I, mas no sin que antes 
jurara las leyes y privilegios del reino y sobre todo la exclusión 
de los extranjeros de los cargos y oñcios públicos, gracias á la 
ñrmeza del diputado por Burgos el doctor Zumiel (2). Dos aflos 
después, en i.° de Marzo de 1520, volvió el monarca á Valla- 
dolid de paso para Alemania donde iba á recoger la diadema 
imperial, y no bastaron á retenerle ni las instancias del concejo 
que se negaba á conceder el donativo para el viaje, ni el des- 
atentado tumulto que estalló el día 5 para cerrarle la salida. Al 
través de cinco mil insurgentes armados reunidos en la plaza 
Mayor abrióle calle hasta la puerta del Campo la guardia fla- 
menca; pero el rebato de la campana de San Miguel, si bien 
costó sendos castigos á los culpables (3), tuvo ecos muy pro- 
longados y dio en cierto modo la seflal al levantamiento de las 
comunidades de Castilla. 

Por algunos meses mantuvo en paz á la población el consejo 
de gobierno, que bajo la presidencia del cardenal flamenco dejó 
instituido el emperador y que desde el 5 de Junio se fijó en 
Valladolid, cuando un día á fines de Agosto vino á encenderla 



( 1 ) Refiere Antolínez que en este banquete salió de un enorme pastel un niño 
de cuatro años brincando por la sala, y que en el patio se dio al pueblo una comi- 
da en la cual brotaban dos fuentes de vino, siguiendo por la tarde funciones de 
toros y cañas y por la noche una farsa pastoril representada en uno de los salones. 

(2) Llamábase Juan y era doméstico del condestable, por cuyo influjo sin duda 
se volvió después contra las Comunidades y desempeñó en Toledo el oficio de ri- 
guroso juez. Ignoramos si fué este doctor ó algún hijo suyo ei que hizo con su 
mujer D.* Catalina de Estrada el célebre retablo mayor de la Antigua por los años 
de 1550, según refiere Antolínez que le titula alcalde mayor de Villalpando. 

Í3) El cordonero portugués que tañó la campana pudo escapar, pero á otros 
se les azotó, se les cortaron los pies, se les derribaron las casas, y tres clérigos 
fueron sacados á la vergüenza y encerrados en el castillo de Fuensaldaña. 



VALLADOLID 12^ 

el reflejo de las terribles llamas que consumían á Medina del 
Campo por adicta á la comunidad. Al toque de asonada saquean, 
abrasan las casas de Antonio de Fonseca, autor de aquel incen- 
dio, y las de los regidores que otorgaron el donativo, salvándose 
únicamente la del comendador Santistevan á favor del aparato 
religioso y de la mediación de los franciscanos ; júntanse luego 
en la Trinidad, juran la nueva bandera, eligen por caudillo de 
sus huestes al infante de Granada (i); y nombran para la junta 
de Ávila animosos diputados. Un fraile dominico desde el pulpito 
de Santa María intima á los vecinos una orden de la insurrecta 
junta para prender al consejo, y bien que no osaran cumplirla 
por entonces, los miembros de aquel se desbandaron al acercarse 
Juan de Padilla, y los que no se salvaron con la fuga, fueron 
conducidos presos á Tordesillas en carretas y cercados de lan- 
zas. Sólo restaba el buen cardenal Adriano, que al fin no cre- 
yéndose seguro, intentó salir también por el puente mayor con 
su escolta flamenca ; y aunque el amotinado pueblo y las instan- 
cias de D. Pedro Girón le obligaron á volver atrás para evitar un 
sangriento conflicto, logró á los pocos días evadirse con mayor 
cautela á Medina de Rioseco y reconstituir el gobierno al abrigo 
de sus muros. 

En las calles cada día se cruzaban los aceros, y resultaban 
choques y reyertas entre los bandos. Tímidos de suyo los mer- 
caderes trataron de poner á salvo en los conventos sus bienes 
y riquezas ; obligóles á volverlas á sus casas la indignación po- 
pular, protestando contra la injuriosa sospecha de saqueo. Au- 
mentábase por momentos el número de los deseosos de paz con 
las exhortaciones y mensajes que á su amada villa hacía llegar 
el almirante D. Fadrique Enríquez, uno de los tres gobernado- 
res del reino, usando de su hereditario y poderoso influjo y de 
su prudencia conciliadora; y una comisión del ayuntamiento an- 



(i) Era este don Juan, uno de los hermanos de Boabdil bautizados por los 
Reyes Católicos, de quienes hablamos atrás pág. 89. Su hermano D. Fernando 
había muerto en i 5 i 5 . 



124 VALLADOLID 

duvo de Rioseco á Tordesülas, del gobierno á la junta, para 
entablar entre ambas partes una avenencia imposible por enton- 
ces de lograr y rechazada con furor por el pueblo, que destituyó 
y arrojó de sí á los oficiosos mediadores (i). El campo quedó 
por los más ardientes : mil hombres de armas de Valladolid al 
mando del diputado Alonso de Saravia, siguieron á D. Pedro 
Girón al sitio de Rioseco, y estrellóse en la tenacidad del belicoso 
Acufla la voz del presidente y oidores de la chancillería, que en 
vano corrieron á detener el armado brazo de los combatientes. 
Con la retirada de las huestes comuneras y la pérdida de 
Tordesillas cundió en Valladolid la alarma y desatóse la anar- 
quía: mezclados con los irritados plebeyos los desertores y fu- 
gitivos, después de talar las campiñas empezaron á saquear las 
casas, llegando á tal punto el desenfreno que hubo de atajarlo 
con severos castigos el obispo Acufla. Motejado de traidor in- 
cesantemente, acabó por abandonar Girón la villa y el mermado 
ejército; y en vanas escaramuzas se pasó lo más crudo del in- 
vierno, persiguiendo muchas veces á los de Valladolid hasta sus 
puertas la guarnición que en Simancas tenía el conde de Oflate. 
Pensó al fin la junta, reinstalada allí al escapar de Tordesillas, 
en dar á sus tropas un digno jefe, y eligió al toledano D. Pedro 
Laso de la Vega ; el pueblo proclamó al idolatrado Juan de Pa- 
dilla, y á gritos y amenazas hizo prevalecer su nombramiento á 
pesar de la resistencia del modesto adalid. Sonrióle al principio 
la fortuna con la toma de Torrelobatón en los últimos días de 
Febrero de 1 5 2 1 , pero nuevos tratos vinieron á entorpecer la 
campafla: negociaciones ocultas y peligrosas entre el almirante 
y algunos diputados, sesiones tumultuosas en el seno de la junta, 
discursos conciliadores, pláticas furibundas, asonadas populares, 
mantuvieron por largo tiempo suspensa á Valladolid entre la 



(i) Estos fueron don Pedro Bazán, señor de la Bañeza, el doctor Espinosa, el 
bachiller Pulgar y Diego de Zamora, en unión de los cuales ñié también destituido 
el infante de Granada, confiriéndose la capitanía á Sancho Bravo de Lagunas que 
huyó por no aceptarla. 



VALLADOLID I25 

paz y la guerra. Nada aún se logró: á las amenazas de perder 
la universidad y la chancillería contestó la villa con gritos de 
furor; á los carteles, con otros carteles; á la proscripción nomi- 
nal de centenares de comuneros con la declaración de traidores 
solemnemente lanzada contra los proceres principales; y perdidos 
dos meses, exhaustas enormes sumas tomadas del monasterio 
de San Benito y del colegio de Santa Cruz, volvió Padilla una 
noche á Valladolid, y sacó dos mil infantes y doscientas lanzas 
para incorporarlos en su triunfal carrera. Al primer paso tropezó 
en Villalar con la derrota y con el cadalso. 

Al estallido de tal nueva dispersóse en Valladolid la junta 
y la plebe se embraveció ; pero sin dirección y sin defensa hubo 
de abrir las puertas al ejército vencedor, que desfiló por las 
calles desiertas y silenciosas, sin asomarse á su paso los deso- 
lados moradores. Aquel mismo día, 27 de Abril, resonó en las 
plazas el perdón que el almirante en nombre del emperador 
otorgaba á sus compatriotas, y evitóse por entonces el horror 
de los suplicios; pero al aflo siguiente murieron ajusticiados el 
licenciado Rincón y el alguacil Pacheco, mientras que en Burgos 
hería la cuchilla al fogoso procurador de Valladolid Alonso de 
Saravia. Con la entrada del soberano en la regia villa en 26 de 
Agosto de 1522 deshiciéronse los patíbulos, y aunque de la 
amnistía general, proclamada con augusta pompa en el mes de 
Octubre por el mismo emperador, quedaron exceptuadas cerca 
de trescientas personas, entre ellas algunos vecinos de Vallado- 
lid y el mismo prior de Santa María D. Alonso Enríquez, ya 
no llegó á cumplirse en ellas la cruel justicia: hubo fiestas y 
corridas de toros y justas reales en que el César en la flor de 
su juventud quebró dos lanzas, y en la fachada del palacio del 
almirante, negociador infatigable de la gracia, se perpetuó en 
una vulgar quintilla la memoria de su lealtad al príncipe y de 
sus servicios á Valladolid (i). Subsiste en la plazuela de las 



(i) Créese que la lápida de mármol negro, en que se leían no hace muchos 



I2b VALLADOLID 

Angustias, ya que no la inscripción ni el bello ajimez gótico de- 
bajo del cual caía, la portada de arco semicircular de su vivien- 
da, como recuerdo de aquel insigne varón, figura la más vene- 
rable quizá que destaca en medio del tumultuoso grupo de las 
Comunidades. 

Sin embargo Valladolid, aunque foco del desgraciado movi- 
miento, nada apenas perdió de sus prerrogativas; y al ver con- 
gregarse con tal frecuencia bajo el cetro imperial en la famosa 
sala capitular de San Pablo las c(wtes de Castilla, pudo creerse 
aun en aquellos tiempos en que de sus votos pendían los recur- 
sos de la corona y la suerte de la nación. Húbolas en 1523 con- 
tinuadas al aflo siguiente en que todavía quedaron sin conclusión, 
en 1527 desde Febrero hasta Abril, en 1537 con asistencia de 
la emperatriz y del príncipe heredero, en 1542 desde Enero 
hasta Mayo, en 1544 y en 1548 por el príncipe D. Felipe á 
nombre de su padre, en 1555 y en 1558 por la princesa Dofla 
Juana, hija del emperador, como gobernadora del reino. Es ver- 
dad que de cada vez eran más cuantiosos y con menos reparo 
se otorgaban los donativos para sostener ruinosas guerras con 
el francés ó con el turco, y se retardaba más y más ó se remitía 
al consejo el despacho de las peticiones presentadas por los 
procuradores ; síntomas de engrandecimiento en el poder real, 
que trajo á la España mezcla de males y de bienes, y que sa- 
cándola de la postración del siglo xv le preparaba otra para el 

siglo XVII. 

¡ Cosa extraña ! en aquel período de su mayor grandeza, en 
Valladolid que constituía casi fijamente su corte durante sus 



años los versos siguientes, existe oculta debajo de una capa de yeso. Decía así 

Viva el rey con tal victoria, 
Esta casa y su vecino. 
Quede en ella por memoria 
La fama, renombre y gloria 
Que por él á España vino. 

Año MDXXII. Carlos. 
Almirante D. Fadrique, segundo de este nombre. 



VALLADOLID I37 

permanencias en la península, carecía el monarca de palacio 
propio; y recién casado con Isabel de Portugal, la llevó allá en 
Noviembre de 1 5 26 á las mismas casas de! conde de Ribadavia 
donde nueve años antes se había albergado. Allí en 21 de Ma- 
yo de 1527 dio á luz la emperatriz al que se llamó Felipe II, y 
como si transfundiera en el acto á su hijo aquella estoica impa- 
sibilidad tan admirada por unos como execrada por otros, de- 
cía entre los acerbos dolores del 
parto á la q 
ahogarse: n¿ 
comadre, que 
grttarei. Im- 
posible es 
contemplar I 
j.unto á San 
Pablo aquel 
caserón que 
hacia la Co- 
rredera y 
hacia las Ca- 
denas de 

San Grego- ^*" ■"""•= "*''"* ^"""^ " 

rio no presenta más que vetustas rejas é irregulares balcones, 
á excepción de la plateresca ventana abierta en la esquina so- 
bre la cual se asienta una ancha y aplastada torre, sin tras- 
ladarse mentalmente al solemne 5 de Junio en que fué conducido 
el augusto niño, para ser bautizado, desde la casa al contiguo 
templo por un frondoso y perfumado corredor, y sin recordar 
los brillantes festejos, que suspendidos por un momento con la 
nueva de la prisión del papa y del saqueo de Roma por los 
mismos imperiales, celebraron altas esperanzas no fallidas por 
esta vez. 

Ya no fué en esta morada, sino en la vecina situada enfren* 
te de San Pablo y propia á la sazón del comendador Francisco 



VALUAbOLID 



de los Cobos, donde al año siguiente parió la emperatriz á otro 
infante llamado D. Juan, que en breve murió de alferecía. Dis- 
tinto era el aspecto del edificio del que tuvo más adelante al 

convertirse en pala- 
cio de Felipe III des- 
pués de haberlo sido 
de su privado; pero 
tal vez en aquel tiem- 
po existían ya, según 
lo plateresco del es- 
tilo, las galerías altas 
y bajas del patio con 
Ü sus esbeltas colum- 
( s ñas y sus arcos apla- 

rfí nados y sus meda- 
llones y bustos de 
emperadores roma- 
nos en las enjutas. 
Diez días después de' 
su primer enlace con 
María de Portugal, 
en 2 2 de Noviembre 
de 1543, hospedóse 
allí el príncipe Don 
.,« Felipe; y allí en 8 

■^ I de Junio de 1 545 vio 

la luz y recibió el 
VENTAKx DE UA CASA DE fel.p. 11 bautismo CU k Capi- 

lla su primogénito Carlos, que empezó la serie de sus desgra- 
cias costando la vida á su madre á los cuatro días de nacido. 

Desde muy temprano ensayóse Felipe el Prudente en las 
funciones de rey, gobernando desde Valladolíd los reinos de 
España en las frecuentes ausencias de su padre. Reemplazáron- 
le en 1 548, con motivo de su viaje á Alemania, su hermana doña 



VALLADOLID I2Q 

María y su primo el príncipe Maximiliano, que en el año ante- 
rior se habían desposado con grande aparato en la misma villa; 
y en 1554, al pasar á Inglaterra con cuya reina María se había 
vuelto á casar, dejó por gobernadora á su segunda hermana 
D.*^ Juana viuda del príncipe de Portugal, que residió de conti- 
nuo en Valladolid (i). Ella mandó celebrar en la vasta iglesia 
de San Benito las solemnes exequias de su abuela la reina dofla 
Juana, que después de cincuenta años de demencia murió en 
Tordesillas por Abril de 1555. Ella, sabedora de la abdicación 
de su padre, hizo levantar pendones por su hermano, y en 24 de 
Octubre de 1556 recibió al ex-emperador que iba á encerrarse 
en el monasterio de Yuste. Diez días permaneció en Valladolid 
por última vez Carlos I, hospedándose en casa del conde de 
Melito, y reservando para sus hermanas D.* Leonor y D.*^ María, 
reinas viudas de Francia y de Bohemia, los obsequios y regoci- 
jos que le estaban preparados. Dos años apenas transcurrieron 
hasta que en Diciembre de 1558 se colgaran otra vez de negro 
las naves de San Benito, y se levantara en el centro un túmulo 
empavesado de gloriosas banderas con la corona imperial por 
remate, para las honras fúnebres del desengañado monarca, en 
las cuales predicó ¿y quién mejor? el también desengañado du- 
que de Gandía San Francisco de Borja. 

Muchas subsisten en Valladolid de las nobles y torreadas 
mansiones de aquella época gloriosa. Algunas, como las del 
Cordón y de los Duendes, conservan recuerdos más antiguos 
-que se remontan á los tiempos de Juan II; otras ostentan ya la 
severidad de la arquitectura greco-romana, ora en portadas 
como la del palacio de Fabio Neli, ora en ventanas como la que 
mira enfrente de la iglesia del Salvador : la mayor parte empero 
se engalanan con las caprichosas y menudas labores del renaci- 
miento, y si en ellas se mezcla algo de gótico es tan sólo por 



(1) Durante el gobierno de esta princesa, en 4 de Mayo de 1556, fué degolla- 
do en la plaza de Valladolid don Alonso de Peralta, gobernador de Bugía, por no 
haberla defendido debidamente contra los infieles. 



17 



130 VALLADOLID 

vía de reminiscencia. Tales son las del marqués de Villasante y 
del de Revilla, tal el lindo patio de la del duque de Infantado 
al lado de la casa natal de Felipe II, tal era la de Benavente 
antes de perecer lo que de palacio le quedara al convertirse en 
hospicio (i), tales la de Salinas en la calle de Santiago y otra 
en la del Obispo citadas con elogio por Ponz, tal se conserva 
frente á la actual parroquia de San Miguel la del marqués de 
Valverde con la almohadillada ventana abierta en un ángulo, 
con su mascarón de bronce y sus dos figuras de relieve, objeto 
de romancescas tradiciones (2). Más interesante tal vez que ésas 
fastuosas viviendas de señores y magnates es la modesta casa 
habitada por el que vestía de tan exquisitas esculturas los tem- 
plos y los palacios, por el incomparable Alfonso de Berrugue- 
te (3) : muéstrase junto al monasterio de San Benito, formando 
una baja galería sostenida por columnas jónicas pareadas, el 
taller de donde salieron tantos prodigios del arte y de donde se 
supone haber salido muchos más. Y no menor veneración des- 
pierta á la salida del Campo Grande esquina á la calle de San 
Luís el sitio de la casa de aquel Juan de Juní, gloria peculiar de 
Valladolid, que por los mismos años poblaba de excelentes efi- 
gies sus altares; cuya habitación quiso poseer, comprándola 
medio siglo después á su hija, el famoso Gregorio Hernández 
heredero de su genio privilegiado. 



(i) Excusamos repetir lo que de cada una de estas casas dijimos en el capítu- 
lo I al recorrer las calles de Valladolid. 

(a) Cuéntase que el mascarón con argolla en la boca y las figuras colocadas 
arriba en unos medallones, una de ellas en actitud de recogerse la falda del vesti- 
do, se refieren al adulterio de cierta señora con su paje, que el tribunal al conde- 
narlos permitió al marido consignar perennemente en la fachada de su casa. Pres- 
cindiendo de lo monstruoso de tal anécdota en una nación y en unos tiempos en 
que se escribían el Médico de su honra y A secreto agravio secreta venganza^ sólo 
observaremos con el Sr. Sangrador que las dos figuras son de mujer. 

(3) Aunque natural de Paredes de Nava residía Berruguete en Valladolid» 
donde obtuvo una escribanía del crimen que probablemente no regentaba por sí 
mismo. Trabajó mucho tiempo, pues en i $26 emprendió el retablo de San Benito 
terminados sus largos estudios en Italia, y no murió hasta i $61 en Toledo donde 
labraba el sepulcro de Tavera. 



VALLADOLID I3I 

Tampoco las iglesias dejaron ociosos en Valladolid á los 
artistas del renacimiento. Pensóse en dotar la corte de un tem- 
plo digno de su rango, y en 1 3 de Junio de 1527 abriéronse las 
zanjas para la nueva colegiata de Santa María, cuya traza se 
confió á Diego de Riaflo, autor de la sacristía de la catedral de 
Sevilla. Por su muerte pasó la obra en 1536 á Rodrigo Gil de 
Ontaflón, quien juntamente con su hermano Juan, con Juan de 
Alba y Francisco Totomía, la llevó adelante hasta la altura de 
seis estados. De ella sólo nos dicen los que alcanzaron á verla 
< que era relevante y en tanto extremo costosa que al parecer 
jamás pudiera concluirse; » pero fácil es conjeturar su estilo 
por el de las catedrales de Segovia y Salamanca que inmortali- 
zan el nombre de Rodrigo. Lástima es que no se guardara al 
viejo templo la atención que usó su padre Juan Gil con el de 
Salamanca, edificando al lado y no encima de él; y así irrita 
menos que al encargarse de la fábrica Juan de Herrera, después 
de paralizada por muchos aflos no sabemos con qué motivo, 
derribara á su vez todo lo nuevamente construido, sofocando en 
su germen la creación gótico-plateresca. 

De esta hiezcla participa la iglesia de monjas de la Concep- 
ción, fundada en 1521 por el regidor Juan de Figueroa y por 
su mujer D.* María Núfiez de Toledo. En la bóveda, en las 
ventanas, en las molduras de la portada, predomina aún el gé- 
nero ojival; y acaso no cuentan mayor antigüedad la nave de 
crucería de la ermita de San Antón y la portadita gótica del 
oratorio del Rosario. Otros conventos empero, aunque erigidos 
en la mitad primera del siglo xvi, con las traslaciones y mudan- 
zas sufridas posteriormente perdieron del todo su primera fiso- 
nomía. De Portillo vinieron en 1530 las agustinas de Sancti 
Spiritus traídas por el comendador Martín Gálvez, de Villasirga 
años después las franciscas descalzas llamadas por la condesa 
de Osomo D/ María de Velasco; unas y otras edificaron en el 
Campo Grande que empezaba á poblarse entonces. Las prime- 
ras permanecen allí en su lóbrega iglesia poblada de sepulcros 



132 VALLADOLID 

de bienhechores (i); las segundas pasaron frente á la Chancí- 
Hería, donde la reina Margarita de Austria les construyó á prin- 
cipios del XVII un templo regular adornado de estimables pintu- 
ras, tomando con esto el nombre de Descalzas Reales. £1 edificio 
que dejaron estas en el Campo Grande lo ocuparon las domini- 
cas de Corpus Christi fundadas en 1545 por D.* Ana Bonisen, 
después de haber estado sucesivamente en el barrio de San 
Lorenzo, en Simancas y al otro lado del Pisuerga ; y en el mis- 
mo Campo se establecieron las del Sacramento desmembradas 
de dicha fundación, antes de trasladarse junto á San Nicolás al 
lado del puente. Con la protección del príncipe D. Felipe, por 
el cual se titularon de San Felipe de la Penitencia, mudáronse 
en 1 5 5 1 desde la calle de Francos al Campillo las arrepentidas, 
que en 1530 había recogido el dominico padre Minaya; pero la 
iglesia no se terminó sino en 1 6 1 8 á expensas de los vecinos, y 
por el mismo tiempo costeó tal vez el lindo retablo mayor su 
patrono Juan de Valencia. Hijuela de este convento fué el de la 
Aprobación, que para noviciado de aquellas se creó en 1605 
junto á San Nicolás, y se halla ahora suprimido. 

De esta suerte casi todas las fundaciones del reinado del 
Emperador no llegaron á constituirse y á ñjar en cierto modo 
sus formas hasta el de Felipe III. Así sucedió con la de monjas 
bernardas de Belén, cuya traslación á su nueva iglesia de orden 
dórico, que ahora sirve de parroquia de San Juan, verificada 
con gran pompa en 1 6 1 2 por el duque de Lerma sobrino de su 
fundadora D.'^ María de Sandoval, ha hecho olvidar los princi- 
pios que el convento tuvo en las casas de Diego Arias y el 
horrible estrago que en su claustro hicieron las doctrinas del 
luterano Cazalla á quien acompañaron en el castigo siete de sus 



(i) Estos son los de Juan de Ortega de la cámara de Felipe II, y de D.« Fran- 
cisca de Zúñiga y Sandoval, ambos con estatua, y el de D.* Mencía Manuel y Cas- 
tilla. En la portada del templo existe la inscripción siguiente : «A loor y gloría de 
Dios todopoderoso. Padre, Hijo, y Espíritu Santo, y de su bendita madre, Mart.-de 
Galbes comendador... fundó e acabó e toda la cassa restauró y el ospital edificó 
año de M y D y XXX años : rrogad á Dios por él.» 



VALLADOLID I33 

religiosas en 1559, según recordaba la inscripción de la cruz de 
piedra plantada por el Santo Oficio enfrente de su fachada. El 
único que conservó al parecer su primitivo templo con resabios 
de gótico, fué el convento de dominicas de la Madre de Dios, 
instituido hacia 1 550 detrás de San Pedro y dotado por D. Pedro 
González de León y por su mujer D.* María Coronel; pero 
en 1 806 éste cabalmente fué demolido por ruinoso. 

Otro tanto que de las de monjas pudiéramos decir de las 
casas de religiosos. Los jesuítas, que ya en 1543 vinieron á 
Valladolid, se albergaron de pronto en el hospital de San Antón, 
y á pesar del crédito de su instituto no tuvieron por muchos 
años otro domicilio, hasta que en los primeros del siglo xvii les 
edificó su casa profesa de San Ignacio la munificencia de la con- 
desa viuda de Fuensaldaña D.* Magdalena Borja y Loyola, 
nombres queridos para la Compañía (i). El templo, vaciado en 
el molde greco-romano, y ataviado en su nave, crucero y cúpula 
con aquellas labores de yeso tan frecuentes en Valladolid, logra 
distinguirse por su esplendidez entre los de su religión, y entre 
los de su época por sus correctas y regulares formas: los cuatro 
apóstoles de su retablo mayor han merecido atribuirse á Pom- 
peyó Leoni, los relieves y esculturas del mismo á Gaspar Be- 
cerra que tiempo atrás había fallecido, algunas efigies de sus 
capillas á Gregorio Hernández, á Miguel Ángel un crucifijo de 
marfil; y la sacristía, antesacristía y relicario, de una suntuosi- 
dad poco común en las mismas catedrales, abundan en preciosi- 
dades artísticas y devotas. En el presbiterio figuran orando de 
rodillas, dentro de un nicho á manera de pórtico, las estatuas 
de la fundadora y de su marido el conde Juan Pérez de Vivero, 
que murió quince aflos antes que ella en 1610; y su entierro 
ocupa una espaciosa cripta. Casi por el mismo tiempo, y con 
semejantes aunque más reducidas proporciones, erigióse el co- 



(i) Era esta señora nieta de San Francisco de Borja por su padre, é hija de 
una sobrina de San Ignacio, según su lápida refiere. 



134 VALLADOLID 

legio de San Ambrosio, señalándose entre sus bienhechores Don 
Diego Romano, obispo de Tlascala, cuya figura de mármol per- 
manece al lado del altar mayor, y honrándolo con su residencia 
y con su sepulcro el venerable escritor ascético Luís de la Puen- 
te (i). Desde la expulsión de sus sabios y virtuosos moradores 
en 1767, trasladóse á San Ambrosio la parroquia de San Este- 
ban y á San Ignacio la de San Miguel, y sus casas se trocaron 
en cuarteles, conservando aún hoy día el del colegio su barro- 
quísima portada. 

Era en 1544 cuando se establecieron los Mínimos al otro 
lado del puente en la ermita de San Roque, y en 1552 cuando 
los del Carmen Calzado se instalaron junto á la puerta de este 
nombre al extremo del Campo Grande; y sin embargo el edifi- 
cio de los primeros por lo que de él subsiste, y el de los segun- 
dos destinado á hospital militar, parecen de fecha algo más 
reciente. Atribuyese á Diego de Praves, maestro mayor de Fe- 
lipe III, la iglesia de Carmelitas, elogiada por su seria arquitec- 
tura, pero más favorecida todavía por el piadoso escultor Her- 
nández, quien por devoción y por vecindad le legó muchas de 
sus insignes obras, su retrato y sus mortales despojos al fenecer 
en 22 de Enero de 1636. 

Bajo un- monarca como Felipe II no podían menos de multi- 
plicarse en Valladolid las fundaciones religiosas. Mas no se li- 
mitó el próvido soberano á ceflir de conventos su villa natal para 
mostrarle su cariño: hizo reedificar con magnificencia sus más 
céntricos y populosos barrios, dio á su municipalidad singulares 
distinciones y un soberbio consistorio, erigióla en silla episcopal 
emancipándola de la de Falencia, encargó para ella al más in- 
signe de sus arquitectos la traza de una catedral incomparable, 
condecoróla por último, enmendando el descuido ó la indiferen- 
cia de cinco siglos, con el dictado de ciudad. Y sin embargo él 



(i) Murió en 1634. Junto á él yace otro venerable, Jerónimo Benete, que des- 
pués de haber sostenido toda su vida á los pobres con el producto de sus pinturas, 
falleció en 1 707 vistiendo la sotana de jesuíta. 



VALLADOLID I35 

fué quien le quitó la prerrogativa de corte, que alternadamente 
con otras poblaciones y en los últimos tiempos casi exclusiva- 
mente había tenido, adoptando para residencia suya otra villa: 
diríase que los dones á aquella conferidos fueron á título de 
indemnización por el rango que perdía. 

En los primeros aflos que siguieron á la abdicación del em- 
perador, mientras estuvo ausente de España el rey Felipe, per- 
maneció en Valladolid el gobierno encomendado á la prince- 
sa D.^ Juana, bajo cuya tutela crecía enfermizo é impresionable 
el príncipe D. Carlos. Entonces le tocó á la población ser teatro 
de unos sucesos que revelarpn principalmente el carácter y la 
tendencia del nuevo reinado, de mantener á toda costa la unidad 
católica de la monarquía. Sucesos que en nuestros días se pre- 
sentan especialmente pavorosos por el castigo, pero que á la 
sazón lo parecieron incomparablemente más por el crimen y por 
el peligro que los motivaba. En este punto el Felipe II tan exe- 
crado no fué más que el consecuente biznieto sucesor de la ca- 
tólica Isabel tan bendecida: podrán en todo caso censurarse los 
medios, mas no controvertirse la rectitud, la elevación, y hasta 
las ventajas políticas del pensamiento. Á los mal extirpados gér- 
menes del mahometismo y de la ley mosaica, que podían recru- 
decer en los de su raza, pero no propagarse á los demás, á 
quienes retraían de los vencidos y de sus creencias inveterados 
odios y desdenes, vino á juntarse harto más temible la cizaña 
protestante importada en la península por sus frecuentes rela- 
ciones y hasta su común vasallaje con Alemania. La Inquisición, 
que desde los Reyes Católicos había seguido sin tregua funcio- 
nando en Valladolid, citaba ya á su sombrío tribunal de la calle 
del Obispo á reos que invocaban el mismo Dios de los cristia- 
nos; preces humildes al Salvador aparecen aún en las húme- 
das paredes de sus calabozos, escritas por los años de 1534 
y 1 55 1 (i): sin embargo sus justicias, si algunas hubo por en- 



(1) El Sr. Sangrador, que dice haber reconocido hasta los más ocultos subte- 



136 



VALLADOLID 



tonces, quedaron eclipsadas del todo por las más solemnes y 
terribles de 1559. 

Un día se difundió por la regia villa el rumor de que junto 
á la plazuela de San Miguel se había descubierto un conventículo 
de luteranos; que una mujer celosa, siguiendo á su marido pla- 
tero y sorprendiendo la contraseña de los adeptos, había logrado 
penetrar en la nocturna asamblea denunciándola en seguida al 
Santo Oñcio (i); que había sido preso con toda su familia el 
doctor Agustín Cazalla, uno de los más sabios y elocuentes pre- 
dicadores del emperador (2); y cundió la alarma en los gober- 



rráneos de aquel edificio, hoy academia de nobles artes, copia los siguientes frag- 
mentos de inscripciones en verso, que atestiguan como otras en latín la instrucción 
no vulgar de los detenidos. Quiénes fuesen estos no osaremos conjeturarlo, y sin 
asegurar que perteneciesen á la secta luterana, cuyo descubrimiento fué posterior 
á las expresadas fechas, observaremos por la cristiana piedad de los sentimientos 
que no debieron ser sus autores moriscos ni judaizantes. Serían tal vez acusados 
tan inocentes si no tan ilustres como Carranza y fray Luís de León. 

Con fé caridat y esperanza Año de i 5 5 i . 

Y obrando bien por amor Deseo, mi Dios bendito. 

La gloria de Dios se alcanza Y no me muero de enfermo, 

Y esta es ver la alabanza Como ermitaño contrito 
Con que Hacer mi vida en un yermo 

Año de 1534. Para alegrías. ..*... 

Llorando noches y días 

Hacer allí habitación 

Como hizo Jeremías 

En el monte de Sion. 

Desdichado, desdichado ! 

Aun en esto no he gozado En tu fé santa me fundo. 

De catorce meses tres. Bendito y santo Jesu, 

Y con grillos á los pies Pues yo sé cierto que tú 
Mas de seis meses he estado. Veniste á salvar el mundo. 

( 1 ) Vivía esta mujer con su marido Juan García, según tradición, en la calle de 
la Platería, donde, dicen, se mandó colocar en memoria del suceso Una figura que 
la representaba. 

(2) Era natural de Sevilla é hijo de Pedro Cazalla, contador del rey; pero per- 
tenecía á una de las más arraigadas familias de Valladolid por su madre D.* Leo- 
nor de Vivero, cuya era la casa donde vivía y juntaba á sus sectarios. Fué ca- 
nónigo de Salamanca: no se sabe si pasó á Alemania como otros teólogos enviados 
por el emperador á conferenciar con los luteranos, aunque algo de esto parece 
indicar lllescas en su Historia pontifical al decir que volvieron pervertidos algunos 
de los que iban allá á convertir. Tuvo dos hermanos curas, Francisco y Pedro, y 
una hermana soltera, Beatriz, que fueron como él ajusticiados; otro de sus herma- 
nos, Juan, y una hermana, Constanza, viuda del contador Hernando Ortiz, salieron 
condenados á cárcel perpetua. 



VALLADOLID 1 37 

nantes y el espanto en la muchedumbre (i). Á medida que se 
trataba de aislar el dafto, más dilatadas aparecían sus ramifica- 
ciones: en Falencia el maestro teólogo Alonso Pérez, en Toro 
el bachiller Herreruelo, en Zamora Pedro Sotelo, Cristóbal de 
Ocampo y Cristóbal de Padilla, en Pedrosa su cura Pedro de 
Cazalla, dogmatizaban la herética reforma; á todos acaudillaba 
y dirigía con su malogrado tesón D. Carlos de Sesso, caballero 
veronés, domiciliado en Villamediana de Logroño y enlazado 
con la ilustre estirpe de los Castillas (2). No había clase, ni pro- 
fesión, ni sexo, ni edad, exentas del contagio: sacerdotes y segla- 
res, teólogos y abogados, hijosdalgo, comendadores de órdenes 
militares, artesanos y labradores, nobles damas, jóvenes donce- 
llas, humildes criadas, austeras beatas, y hasta vírgenes del 
claustro bien mozas y bien hermosas, seducidas acaso por sus 
directores, llegaban cada día á las prisiones del tribunal, cogi- 
dos varios en su fuga y algunos ya fuera de España. Igual si 
rigurosa anduvo la formidable vara, sin torcerse por contempla- 
ción alguna, creyendo con razón que mayor escándalo que el del 
crimen es el de la impunidad, y mayor que éste todavía el de 
la parcialidad en el castigo. 

Llegó el día prefijado, domingo 21 de Mayo de 1559, para 
uno de aquellos lúgubres espectáculos, explicables por las cir- 
cunstancias de los tiempos, defendibles por los resultados, pero 
siempre repugnantes al corazón, al par que terriblemente fasci- 
nadores para la fantasía. Centelleaba la plata y oro, ondeaba 
la seda y brocado en los tablados y galerías levantadas en tor- 



(i) Copiosa luz sobre los errores de los dogmatizantes y sobre sus medios de 
propaganda ha derramado últimamente en sus Heterodoxos españoles el diligentí- 
simo Menéndez Pelayo, cuyas investigaciones con placer aprovecharíamos, si más 
estrechamente se relacionaran con el objeto de esta publicación; basta á nuestro 
propósito no hallamos en discrepancia notable con su concienzuda historia. 

(2) No se dice cómo ni cuándo vino de Italia este caballero: algunos escriben 
Sesse en vez de Sesso, dando margen á creerle de aquella ilustre familia arago- 
nesa. Herrezuelo, en vez de Herreruelo, llama Menéndez al bachiller de Toro si- 
guiendo al autor de la Historia pontifical, y de Cristóbal de Padilla, á quien otros 
titulan caballero de San Juan, dice que era criado de la marquesa de Alcañices. 

18 



138 VALLADOLID 

no de la plaza Mayor para el príncipe D. Carlos y su tía doña 
Juana, para las autoridades y corporaciones, para los grandes y 
damas de la corte que lucían sus galas y sus tocados, contras- 
tando no poco con el aspecto sombrío del tablado de los reos. 
Por el suelo, por los balcones y ventanas, por los tejados, hor- 
migueaba una inmensa multitud, reunida de toda Castilla la 
Vieja, según los contemporáneos. Desfiló la triste procesión; las 
túnicas sembradas de llamas indicaban en catorce de los infeli- 
ces que iban á ser entregados al suplicio, mientras que los otros 
diez, y seis serían reconciliados con la Iglesia. Entre los prime- 
ros absorbía la atención el célebre Cazalla, acompañado de su 
hermano D. Francisco, cura de un pueblo de la diócesis de Fa- 
lencia y de su hermana D.^ Beatriz; seguían el maestro Alonso 
Férez, los caballeros Ocampo y Fadilla, el bachiller Antonio 
Herreruelo, cuya impenitencia indicaba la mordaza puesta en su 
boca, el licenciado Francisco Férez de Herrera, vecino de Cala- 
horra, el platero Juan García, D.^ Catalina de Ortega viuda del 
comendador Loaisa, y tres mujeres de Fedrosa, Isabel de Es- 
trada, Catalina Román beata y Juana Velázquez, criada ésta de 
la marquesa de Alcañices; el último era Gonzalo Báez, judaizan- 
te de Lisboa. El sabio dominico Melchor Cano hizo oir desde 
un pulpito su elocuente voz; leyéronse las causas y las senten- 
cias, y se absolvió á los reconciliados condenando los más á 
reclusión perpetua, algunos á destierro y todos á confiscación 
de bienes. De ilustre sangre eran casi todos ellos : además de 
un hermano del doctor Cazalla Juan de Vivero, de su hermana 
Constanza y de su esposa D.^ Juana de Silva, hija natural del 
marqués de Montemayor, figuraban entre los penitenciados 
D.* Francisca de Zúñiga, hija del contador Baeza natural de Va- 
lladolid; D. Juan de Ulloa Fereyra, caballero de Toro; D.* Leo- 
nor de Cisneros, esposa de Herreruelo; María de Saavedra, mu- 
jer del hidalgo Cisneros de Zamora, y más notablemente Don 
Luís de Rojas Enríquez, hijo del marqués de Foza; D.* María de 
Rojas su tía, monja de Santa Catalina de Valladolid; su tío Don 



VALLADOLID I39 

■ ■■ ■ ■ ^^^^^ 

Pedro Sarmiento, comendador de Alcántara, y la esposa de éste 
D.* Mencía de Figueroa, y por último su joven prima D.* Ana 
Enríquez, hija del marqués de Alcafiices (i), que al subir al 
pulpito estuvo por caer desmayada. Completaban el número 
Antón Waser, inglés, criado del D. Luís; Isabel Domínguez, cria- 
da de D.* Beatriz de Vivero; Antón Domínguez, su hermano, y 
Daniel de la Cuadra, labrador de Pedrosa. 

Volvieron éstos en procesión á sus cárceles; los relajados 
al brazo seglar, verificada antes en los tres sacerdotes la cere- 
monia de la degradación, fueron traídos al Campo Grande don- 
de se levantaban quince patíbulos con sus argollas. Admiraba 
y enternecía á todos con sus entrañables muestras de contrición 
el doctor Cazalla; proclamaba que sólo la ambición y el deseo 
del renombre de que gozaban los jefes de secta le habían arras- 
trado á su ruina; exhortaba vivamente á penitencia al bachiller 
su compañero, que oponía á la serena humildad del cristiano 
la tenacidad sombría del estoico. En los demás el horror á la 
hoguera obraba un tibio y dudoso arrepentimiento; así que uno 
tras otro apretó sus cuellos el garrote, y las llamas se cebaron 
únicamente en sus cadáveres. Sólo el obstinado Herreruelo 
arrostró este cruel suplicio ; ni una queja ni un extremo se le 
escapó; pero en su rostro, dice un testigo de vista (2), quedó 
estampada la más extraña tristeza que jamás cupo en expresión 
humana. Con estos fueron quemados también los desenterrados 
huesos y la efigie de la madre de los Cazallas D.^ Leonor de 
Vivero, fallecida en la prisión, y se mandó demoler y sembrar 
de sal su casa como receptáculo de la herejía (3). 

No sin inquietud se consumó la gran vindicta ; y ora por 
sospechas de tumulto, ora por prevenir el desorden en gentío 
tanto, los soldados se mantuvieron sobre las armas. Aquel día 



(i) Era ya casada con D. Juan Alonso de Fonseca. 

(2) Gonzalo de Illescas en su Historia pontifical. 

(3) En el solar se levantó una columna de piedra con una inscripción que sub- 
sistió hasta el año 182 i : la calle retiene el nombre del doctor Cazalla. 



140 VALLADOLID 

á favor del tropel estrechó por primera vez la princesa dofta 
Juana á su hermano natural D. Juan de Austria, mozo entonces 
de catorce años, á quien en compañía de su tutor Luís Quijada 
hizo venir desde Villagarcía donde se educaba (i): viole con 
gran secreto, mas no tanto que dejara de traspirar, abriendo el 
camino á su reconocimiento como príncipe, que en aquel mismo 
año le concedió Felipe 11. 

De vuelta de su largo viaje llegó éste á Valladolid en 8 de 
Setiembre inmediato, y con los festejos de su venida se mezcla*^ 
ron las fúnebres pompas de un segundo auto de fe, que le te- 
nían reservado para el domingo 8 de Octubre. Presos en Pam- 
plona mientras huían D. Carlos de Sesso y un hermano del 
marqués de Poza, fray Domingo de Rojas, dominico, marchaban 
al frente de los reos de muerte, siguiéndoles el licenciado Diego 
Sánchez, clérigo de Villamediana ; Pedro de Cazalla, cura de 
Pedrosa, hermano también del doctor, y Juan Sánchez su cria- 
do; cuatro monjas del convento de Belén, D.^ María de Gueva- 
ra, D.* Catalina de Reinoso, D.* Margarita Santisteban y doña 
María de Miranda; otra monja fugitiva de Palermo, llamada 
Eufrasia de Mendoza (2), Pedro Sotelo de Zamora, Francisco 
de Almarza de Soria y un morisco conocido por Gaspar Blanco: 
acompañábales la efigie de Juana Sánchez, beata de Valladolid, 
que había escapado al verdugo dándose muerte en la cárcel 
con unas tijeras. Á menor castigo estaban reservadas la noble 
esposa de Sesso, D.* Isabel de Castilla y D.* Catalina su her- 
mana ó sobrina, tres monjas más de Belén, y otras mujeres que 
con algunos hombres componían como la otra vez el número de 
diez y seis penitenciados (3). Predicó D. Pedro de Castro, obis- 



(i) Fué á Valladolid Quijada por especial comisióQ del Emperador retirado eQ 
Yuste, con cartas sobre el asunto de la herejía. 

(2) Eufrosina Ríos se la nombra en otras listas, expresando que era monja de 
Santa Clara de Valladolid. 

(3) Según los manuscritos de la inquisición que en la biblioteca de Santa 
Cruz consultó el Sr. Sangrador, fueron dichos penitenciados, además de las cita- 
das señoras y de las monjas de Belén D.' Felipa de Hercdia, D.* Francisca de Zú- 
ñiga y D.' Catalina de Valcazar, Margarita Hernández, labradora de Valverde; Ana 



VALLADOLID I4I 

po de Cuenca ; el rey prestó juramento sobre la cruz de mante- 
ner la fe y amparar su tribunal. * ¿Así me dejaréis quemar?» le 
gritó al marchar para la hoguera el infortunado Sesso ; y el 
monarca contestó con aquellas palabras tan acriminadas y sin 
embargo las únicas capaces de excusar su impasibilidad por la 
rectitud y convicción profunda que revelan : * para quemar á mi 
propio hijo, si fuese hereje, traería yo la leña. > La serenidad 
del caballero dogmatizador no se desmintió entre las llamas ; y 
electrizado de verla el criado de Cazalla, también impenitente, 
trepó á lo más alto del palo, y gritando cieña, leña,» se arrojó 
con delirante brío en medio de la hoguera. Los otros, al pare- 
cer arrepentidos, murieron en la argolla. 

No pasaron más de dos años sin que la Inquisición volviera 
á solemnizar sus rigores; pero esta vez se ejercieron ya princi- 
palmente en sus objetos ordinarios, moriscos y judaizantes; y 
los luteranos que aparecieron eran casi todos franceses, alema- 
nes y flamencos introducidos en España, de los cuales uno tan 
solo sufrió el último suplicio. Siete fueron los relajados al brazo 
seglar, y uno de ellos quemado por su pertinacia en el judaismo 
con tres estatuas de ausentes, en el auto de 28 de Octubre 
de 1561; veintisiete los reconciliados, y entre ellos únicamente 
son de mentar fray Rodrigo Guerrero, religioso mercenario de 
Sevilla y maestro en teología, y fray Gonzalo de LJlloa, agusti- 
no de Orense. En otro auto de 26 de Setiembre de 1568 Leo- 
nor de Cisneros, que admitida á penitencia había vuelto á caer 
en sus errores, quiso morir entre las llamas, emulando el triste 
valor de Herreruelo su marido, á pesar de las sentidas exhorta- 
ciones del obispo de Zamora D. Juan Manuel. Mas na son tanto 



de Mendoza, Ana de Castro, beata; D/ Teresa de Doypa de Madrid, casada; Leonor 
de Toro, viuda; Isabel de Pedrosa, ama del cura Pedro Cazalla ; Catalina Becerra, 
Francisco de Coca, Amador de Miranda, judaizante; Antón González y Pedro 
Aguilar, todos menos los tres últimos por luteranos. Entre esta nómina y la que 
publica en su Historia de España el Sr. Lañiente sacada del archivo de Simancas, 
nótanse bastantes discrepancias ; ambas las hemos tenido presentes para comple- 
tarlas una por otra. 



142 YALLADOLID 



de lamentar estos castigos, que excusaban al fin guerras religio- 
sas y desastres sin cuento á la monarquía, como las persecucio- 
nes suscitadas por la envidia y acogidas por la suspicacia contra 
víctimas tan ilustres como el arzobispo Carranza ó tan puras y 
virtuosas como fray Luís de León. Ambos tuvieron en las pri- 
siones de Valladolid su prolijo cautiverio, el primero de 1559 
á 1566 hasta que fué remitido á Roma, el segundo desde 1572 
en adelante por espacio de cinco años ; pero si en estos proce- 
sos, y en el del célebre humanista Francisco Sánchez el Bró- 
cense, incurrió el ceñudo tribunal en la nota de injustas sospe- 
chas, al menos no echó sobre sí, como otros tribunales no tan 
inculpados, el oprobio de una condenación inicua. 

Una hoguera harto más vasta y pavorosa que las encendi- 
das de vez en cuando por la justicia en el Campo Grande, se 
levantó poco antes del tercer auto en el centro de Valladolid, 
amenazando devorarla toda. Quien le prendió fuego no se supo 
por de pronto; sospechóse de los extranjeros, de los luteranos: 
pero algunas astillas y unos mendigos que las encendieron á fin 
de guarecerse del frío en la noche de 21 de Setiembre de 1561, 
bastaron con el soplo del cierzo para reducir á pavesas todo lo 
más rico y principal de la población. Ardió en seis horas de un 
extremo á otro la Platería, cuyos artífices, más hábiles y nume- 
rosos que en ninguna otra ciudad de España, salvaron sus joyas 
arrojándolas á los pozos: desde allí partido el fuego en dos 
brazos asoladores, invadió por un lado la Especería y Cebade- 
ría hasta la Rinconada, por el otro penetró en la ancha plaza 
Mayor envolviendo las casas consistoriales y la fachada de San 
Francisco.. El estallido de las llamas, el hundimiento de los edi- 
ficios, el humo y el polvo que interceptaban la luz del sol para 
que brillase más siniestra la del incendio, llantos, alaridos, re- 
bato de campanas, cantos religiosos con que eran acompañadas 
al lugar de la catástrofe las más devotas efigies y la misma 
Hostia santa para conjurar sus estragos, mientras que miles de 
operarios de toda clase y condición, caballeros, soldados, frailes. 



144 VALLADOLID 

artesanos, labradores, maniobraban para detenerlos, parecían 
anunciar que era el postrero para Valladolid aquel día, cuyo 
aniversario se celebra aún por solemne voto. Cuatrocientas 
cuarenta fueron las casas destruidas, y sólo tres las personas 
que perecieron. Conmovióse Felipe II con el infortunio de su 
patria, y en 9 de Octubre expidió cédula desde Madrid para 
que se reedificara lo quemado del modo más conveniente alor- 
nato de la villa y plaza, haciéndose las calles derechas sin escon- 
ces^ y las paredes de ladrillo y con muy poca madera para dis- 
minuir el peligro, y mandó que hubiera vela de noche y personas 
que tuvieran cargo de herradas de cuero, Jeringas^ escaleras y 
otros aparejos necesarios para matar el fuego, con obligación 
de acudir con ellos adonde lo hubiera. Encargó además á su 
maestro mayor Francisco de Salamanca los planos de la nueva 
plaza y consistorio, disponiendo para mayor uniformidad y ar- 
monía que las obras no se limitaran á lo arruinado sino que se 
extendieran á las calles contiguas, y ayudando á ellas por su 
parte no menos que con cincuenta mil ducados. 

Entonces la plaza Mayor y sus inmediaciones tomaron aquel 
aspecto de regularidad y simetría que sorprende y encanta al 
viajero del siglo xix ; entonces fué cuando se extendió al rede- 
dor su triple balconaje capaz de veinticuatro mil espectadores, 
y se levantaron por todos lados sobre monolitas columnas de 
granito sus espaciosos soportales, dilatándose al oriente hasta 
la calle de Orates, y subiendo á formar la pequeña y graciosa 
plazuela del Ochavo y las uniformes calles confluyentes ; enton- 
ces con pilastras y jambas y dinteles, de una sola pieza tam- 
bién, reedificóse igual y recta la Platería. Las casas consistoria- 
les desde el lado de San Francisco se trasladaron al opuesto 
frente de la plaza, ocupando el testero de ella; pero su fábrica, 
bien que dirigida hasta 1573 por Francisco de Salamanca y 
continuada luego por su hijo Juan, todavía quedó incompleta, y 
dio lugar para que dos siglos después rematase las torres á su 
manera el licencioso churriguerismo y se añadiese en nuestros 



146 VALLADOLID 

tiempos la del reloj, privándonos de poder juzgarla por la pri- 
mitiva traza del arquitecto (i). 

Mas no dominaba aún tan exclusivamente el rigorismo greco- 
romano, que por el mismo tiempo no se marcara en las cons- 
trucciones de vez en cuando el gusto más tolerante del primer 
período del renacimiento. Vivía cargado de aftos el famoso Ro- 
drigo Gil, autor del comenzado proyecto de Santa María la 
Mayor; y á él se confió la planta del nuevo templo de la Mag- 
dalena (2), cuya reedificación había encargado por su testamento 
el obispo D. Pedro de la Gasea á su hermano D. Diego. La del 
cuerpo de la iglesia con su torre la ejecutó por seis mil cuatro- 
cientos ducados el maestro Francisco del Río conforme á dicha 
planta y al convenio otorgado en 1570; la de la capilla mayor 
la emprendió en 1576 el propio Rodrigo Gil por cuatro millo- 
nes de maravedís (3) ; pero es dudoso que pudiese llevarla á 
cabo, porque al año siguiente falleció. Tiene la iglesia en su 
despejada nave y crucero y en sus gentiles bóvedas mucho de 
aquel género del siglo xvi que se apellida gótico moderno ; y su 



(i) En el capitulo primero, pág. i «;, describimos ya brevemente este edificio. 

(2) Sabido es que la existencia de esta parroquia remonta á grande antigüe- 
dad y que el palacio de Fernando IV tomaba nombre de su proximidad á la Mag- 
dalena. Del templo anterior no queda en el actual más que una memoria, y es el 
siguiente epitafio en el arco que da entrada á la capilla de los Revillas. «Aquíyaze 
sepultado don Sanctome fundador de la cofradía de la Trinidad, capitán que fué 
de la gente de Valladolid en la derrota de S. Isidro en defensa de la jurisdicción 
de esta abadía con el obispo de Falencia.» Tal vez al reformar la inscripción al 
mismo tiempo que la iglesia se omitió la fecha de este suceso interesante, del cual 
no tenemos otra noticia, pero que debió ser sin duda bastante anterior alano 1470 
en que existía ya dicha cofradía de la Trinidad. 

(3) Valía entonces 37 ^ maravedís el ducado. Bosarte publicó una y otra escri- 
tura, que dice haber visto originales en el archivo del marqués de Revilla, la una 
de 1 1 de Octubre de i $70, la otra de 14 de Junio de i '576. Notamos empero, sin 
saberlo explicar, que esta, relativa á la capilla mayor, indica estaba todavía por 
hacer el cuerpo de la iglesia, al paso que aquella supone estar ya hecha la capilla, 
como así procedía naturalmente; de suerte que las fechas parecen invertidas. La 
torre, que según la primera debía tener ciento y cinco pies de altura y elevarse 
treinta sobre el tejado de la iglesia, sin duda no llegó á su cumplimiento, pues la 
que hoy existe es harto más baja y sus arcos demuestran más antiguo carácter; 
dícese sin embargo que la primitiva no era más que una simple espadaña coloca- 
da sobre el viejo arco ó puerta de la villa que subsiste al lado de la iglesia. 



friso pregona los elogios del magnífico prelado de Falencia y 
más tarde de Sigüenza, del enérgico y desprendido presidente 
del Perú, al paso que el gigantesco escudo imperial, que llena 



casi la fachada toda desde los dos arcos de ingreso arriba, re- 
cuerda los servicios por él prestados y la gratitud del empera- 
dor (i). Vive allí el insigne varón en su efigie de alabastro 

(i) Eb singularmente curiosa la iDscripción escrita al rededor de la nave, 
alusiva i lOB grandes trabajos que pasa eo el Perú el presidente Gasea de i 54; 



148 VALLADOLID 



tendida en medio del crucero, tal es de natural la expresión del 
risueño semblante ; y la riqueza de las vestiduras é insignias 
pontificales que en vida usó, debió quedarse atrás á la delicade- 
za de las labores con que el cincel supo bordar el duro mármol. 
Airoso salió de su empeño el escultor Esteban Jordán, de enri- 
quecer isu obra conforme al bulto del fundador del colegio de 
San Gregorio, é antes mas que menos; pero la urna de mármol 
rojo no llegó á labrarla con las molduras que debía según su 
propio modelo, pues en ella no hay más adorno que una tarjeta 
sostenida por dos ángeles con un texto de la Biblia (i). Su ele- 
gancia en la arquitectura y su primor en la estatuaria lo desple- 
gó el excelente artista en el bellísimo retablo mayor de orden 
corintio, cuyos cinco cuerpos y multiplicados nichos y figuras 
abarca de una vez el ojo en su armonioso conjunto, y examina 
con placer en sus esmerados detalles. Mil quinientos ducados 
fueron el precio en que se concertaron todas estas obras 
en 1 5 7 1 , y en más de otro tanto cuatro años después el dorar 
y colorear el retablo, que apareció terminado en el día de su 
titular año de 1577. 

Estos góticos resabios, conservados aún en parte por los 



á 1550, reduciendo á fuerza d^ armas y derrotando en lid campal á Gonzalo Piza- 
rro y á los suyos, y devolviendo á la corona real aquel rico imperio no sin severos 
castigos de los rebeldes. Dice así: nllmus, ac revmus. doci. dnus. Petrus Gasea, qui 
primo sacras generalis inquisitionis ex consilio^ ^ost Palentínus, deinde Seguntinus 
antistes^ Perú regnum novi orbis, regiam invictissitni Charoli quinti tmperatores 
Hispaniarumque regis vicem gesiurus, adivit, unde iyrannis rebellibusque primo 
congressu superatis, provinciisque illis regio imperio subactis^ vexilla hcec nonnu- 
¡laque trophcea arripuit^ quo circa decies centum millia super tercentum millia du- 
catorum aureorum census Ccesaris militibus una die ipse solus^ auri contemptor, 
erogavit; quibus feliciter gesiis^pro taniis beneficiis divinitus in eum collatis vota 
solvensy hanc sacram cedem ad laudem et gloriam omnipotentis Dei et ad honor em 
beatce Marice Magdalence á fundamentis erexit et munificentissime dotavitj eamque 
sibi nomine mauseoli vendicavit. Obiii Seguniice anno á nativitate Domini t$6jy 
IV idus novemb, cetatis suce 74.0 En un ángulo de la fachada se ve otro escudo con 
nueve banderas y con el siguiente lema que el emperador concedió á Gasea poder 
añadir á sus blasones : C^sar restiiutis Perú regnis tyrannorum spolia, 

( I ) Accepit regnum decoris et diadema speciei de manu Domini, El concierto de 
Esteban Jordán con el doctor Gasea hecho en 2 3 de Octubre de i $ 7 1 lo copia tam- 
bién Bosarte. 



rALLADOLID 



149 



viejos arquitectos, seg^n acabamos de ver, son sin duda los que 
se propuso extirpar de España para siempre el celebrado Juan 
de Herrera, al levantar de orden del rey los planos de la iglesia 
mayor de Valladolid. Su primera empresa fué arrollar cuanto 

habían empezado Diego de Riafio y Rodrigo 

¡noso el tipo de 
acariciábalo con 
más cariño tal 
vez, como crea- 
ción suya exclu- 
siva, que la 
grandiosa cons- 
trucción del Es- 
corial que le ha- 
bía legado con- 
cebida ya Juan 
Bautista de To- 
ledo. Ambicionó 
hacer un todo 
sin igual, y tra- 
zó un cuadrilon- 
go de cuatro- 
cien tosonce pies 
de longitud y 
-.K^ff^^.. ^^ -.---, . doscientos cua- 

tro de anchura, 
■GLcs.A DE distribuyéndolo 
en tres naves 
y capillas al rededor, y cortándolo por mitad con un crucero 
en forma de cruz griega, en cuyo centro debía levantarse 
una cúpula; en los ángulos proyectó cuatro torres, y á la 
izquierda del crucero hacia el Esgueva un espacioso claustro, á 
su derecha una fachada lateral hacia la plazuela de Sta. María. 
La principal quiso que venciese en elevación á la de ¿os Reyes 






Restos d 



150 VALLADOLID 



de aquel famoso monasterio, y es la única que proclama la glo- 
ria del que pudiéramos llamar el Felipe II del arte. Su idea es 
sencilla y colosal como todas las de Herrera: cuatro medias 
columnas dóricas de una vara de resalte, sostienen á sesenta 
pies de altura el entablamento del primer cuerpo; en el entre- 
paño del centro un arco, que según D. Ventura Rodríguez 
€ excede á todos los triunfales erigidos por la vanidad de los 
romanos emperadores (i),> cobija la puerta rectangular y una 
imagen de la asunción de la Virgen ; en los intercolumnios se 
abren dos nichos con las efigies de San Pedro y San Pablo, y 
dos puertas menores á uno y otro lado de la columnata. Si 
alcanzó á ver esta parte de su obra el insigne arquitecto, gran- 
de debió ser su complacencia, cual lo sería su indignación si en 
el segundo cuerpo la mirase hoy desfigurada por la atrevida 
mano de Alberto Churriguera, á qfiien encargó el cabildo á 
principios del siglo xviii la terminación de la fachada. En las 
estatuas de los cuatro Doctores puestas sobre los pedestales de 
la balaustrada que ciñe la cornisa, en las pilastras y retropilas- 
tras correspondientes á las columnas de abajo, en los escudos 
colocados en sus intermedios con el sol y la luna, y en el del 
nombre de María sito encima de la grande é insulsa ventana 
que da luz al templo, en las acroterías en fin que rematan el 
triangular frontispicio, se marca notablemente la época infeliz 
de esta continuación (2), á la cual pertenece también el atrio 



(i) Son palabras del informe que dio de la fabrica de aquel templo en 1768 
el segundo restaurador de la buena arquitectura, quien dice antes hablando de la 
fachada: «nunca el orden dórico á quien pertenece unió más bien la fortaleza suya 
con la hermosura, ni se vio con libertad más bien entendida.» Extraña sobrema- 
nera el lenguaje conceptuoso y por decirlo así altamente churrigueresco de aquel 
escrito, firmado por el que se proponía desterrar el churriguerismo del arte. 

(2) Estas dos épocas y estos dos géneros que contrastan tan visiblemente en 
la fachada, ó no supo ó no quiso distinguirlos en su informe el sabio Rodríguez: 
lo primero no se concibe, lo segundo no se explica. Lo cierto es que todo lo supo- 
ne de Herrera, todo lo celebra y ensalza con igual entusiasmo. Más explícitos an- 
duvieron Ponz y Ceán Bermúdez, execrando las variaciones introducidas en el 
plan, y expresando que las estatuas, así las de San Pedro y San Pablo como las de 
arriba, fueron hechas en 1 729 por un tal Bahamonde. 



VALLADOLID Í51 

que delante se extiende cercado de verjas con sus pilares. Tal 
vez á vista de tamaños delirios se aplaudiera menos el restau* 
rador de la arquitectura greco-romana de haber desterrado la 
gótica minuciosidad, preferible sin duda en su concepto propio 
á la monstruosa Ucencia en que había de degenerar tan pronto 
su severa reforma. 



De las dos torres simétricas que debían banquear la facha- 
da principal, la de la izquierda no pasó de su primer cuerpo, la 
otra llegó á su conclusión. Nuestra generación la ha visto aún, 
decorada con fajas y pilastras en sus tres primeros cuerpos y 
con ventanas y claraboyas en los entrepaños, abrir en el tercero 
á los cuatro vientos otros tantos graciosos arcos, y por entre 
el abalaustrado antepecho que en cuadro lo ceñía levantarse 
en forma de templete octógono el cuarto cuerpo con igual 
corona de balaustres, y cimbrearse á doscientos setenta pies de 
altura la cruz sobre el cimborio y su gentil linterna. £n la tarde 



I«)2 VALLADOLID 



del 31 de Mayo de 1841, después de una tormenta, hundióse 
toda con horrible estruendo, logrando salir con vida algunas 
víctimas encerradas entre sus escombros; á pesar del pronóstico 
de D. Ventura, aquellas robustas paredes «eregidas como para 
sufrir el continuado peso de los siglos» no resistieron al de dos 
y medio (i); y la vecina torre de la Antigua, que cuenta casi 
triple fecha, pudo sonreir, ella hija de la barbarie^ de ver por 
el suelo á su presuntuosa rival, maravilla de la edad de oro. 
Para los dos ángulos opuestos del cuadrilongo diseñó el arqui- 
tecto otras dos torres, iguales en sus dos primeros cuerpos á 
las descritas, y sobre las cuales debían asentar dos pirámides 
de sesenta pies. 

En el interior es donde prevalece la majestad del edificio; 
y sean cuales fueren las prevenciones ó las esperanzas precon- 
cebidas del que entra por primera vez, triunfa de las unas y 
satisface completamente las otras aquella mezcla indescriptible 
de fuerza y de elegancia, que se observa en las bóvedas, en los 
arcos, en los machones revestidos de bellas pilastras de orden 
corintio. Por cima de las capillas, cuya entrada reduce notable- 
mente un arco cerrado con verja, corre lo mismo que en el Es- 
corial un ándito ó tribuna descubierta con balaustrada en el 
antepecho, favorable al misterio y al desahogo de la vista. Mas 
por desgracia las tres naves no despliegan más que cuatro 
bóvedas, hasta el punto donde debía cortarlas el crucero ; y en 
lugar de la perspectiva que ofreciera su anchuroso espacio, vie- 
nen á cerrarlas tres capillas provisionales, de las que la mayor, 
colocada ahora en el centro de la fábrica destinado para la 
excelsa cúpula, presenta un aspecto desacorde y casi teatral 
con la multitud de puertas y tribunas á guisa de balcones abier- 
tas en su hemiciclo. £1 coro, que había de situarse más allá del 
crucero, á espaldas del altar mayor, dejando libre y despejado 



(i) Trátase de levantar nuevamente dicha torre, no sé si confornfeal proyecto 
de Herrera. 



VALLADOLID 153 



el cuerpo principal de la iglesia, lo obstruye actualmente cer- 
cado de altas paredes, en cuyo grueso se forman profundas 
capillas y de una elevada reja por el lado del presbiterio. Las 
bóvedas, contra la mente del arquitecto sin duda, se ven cubier- 
tas de recuadros y labores de yeso: nada hay en suma que no 
contribuya á desvirtuar las impresiones del gran todo llegado 
apenas á su mitad. 

Retenido por las obras del Escorial y á lo último por sus 
achaques. Herrera no dirigió por sí la fábrica de su concepción 
predilecta, sino por su aparejador Pedro de Mazuecos, maestro 
de obras de Valladolid ; y cuando la muerte del grande arqui- 
tecto y la del gran monarca poco distantes entre sí privaron 
de sus dos sostenes á la naciente catedral, Mazuecos y tras él 
Diego de Praves continuaron todavía por veinte años el pode- 
roso impulso comunicado por aquellos. Con la postración que 
sobrevino á Valladolid en pos del momentáneo recobro de su 
grandeza, interrumpiéronse los trabajos durante el siglo xvii; y 
sólo á principios del inmediato bajo el fatal ascendiente del barro- 
quismo volvieron á emprenderse con más ardor que acierto, 
levantando las cuatro capillas de la derecha, y habilitando para 
el culto la parte ediñcada, como si se desconfíase ya de condu- 
cirla á su término (i). Dos millones de ducados calculaba Ro- 
dríguez en 1768 para la conclusión de la basílica; hoy sabe 
Dios á cuántos ascendería el presupuesto. Detrás de la capilla 
mayor aparecen las construcciones empezadas : 

pendent opera interrupta, minaeque 
Murorum ingentes ; 

distingüese la ancha zona del crucero; márcanse los estribos de 



(i) Acredita el cabildo, dice el informe mencionado, tener gastados desde el 
año 1709 hasta el presente setenta mil ducados para levantar las cuatro capillas 
de la mano derecha, proseguir y finalizar la fachada principal y la una de las to- 
rres, continuar la otra, con varios crecidos gastos en la hechura de retablos dora- 
dos, efigies de santos, rejas de hierro, canceles, y otras muchas cosas precisas 
para el interior adorno que pide la decencia del sagrado culto.» 



20 



15 I VALLADOLID 

las naves, que más allá debían prolongarse con otros tres arcos 
y comunicarse en línea recta á espaldas del coro cercadas de 
capillas en disposición semejante á la catedral de Salamanca; 
contémplase en los magníñcos planos el vasto local reservado 
para la sacristía y sala capitular y para el dórico claustro, que 
con siete arcos en cada galería había dé medir ciento setenta y 
seis pies en cuadro. Y entre los destrozos y ruinas de lo que 
fué (i) y el embrión de lo que probablemente no llegará jamás 
á ser, que luchan y se confunden como dos cuadros disolventes 
en el momento de la transición, siéntese á la vez la lástima de 
lo destruido y el deseo impaciente de lo que está por construir. 
No que juzguemos, como los exclusivos seguidores de Vitrubio, 
que aquel monumento realizado por completo hubiese de exceder 
á cuantos llenan la cristiandad con excepción del de San Pedro 
en Roma; pero quisiéramos que de escuela tan decantada nos 
quedase un tipo perfecto é irrecusable, para que puesto en com- 
paración perenne con las catedrales de Burgos, Toledo y Sevi- 
lla, entrase en liza á disputarles la palma, y diese lugar á 
imparciales fallos sobre las excelencias de una y otra arquitec- 
tura. 

En los accesorios del templo todo lleva el mezquino sello 
de interinidad ; y no bastan para ñjar la atención en las capillas 
varios sepulcros modernos y algunas pinturas regulares que las 
adornan (2). Solamente dos objetos se hermanan allí con la 
severidad del edificio, y son la custodia del famoso Juan de Arfe 
y la actual sillería del coro. Aquella, alta de dos varas y com- 



(1) De los restos de la colegiata bizantino-gótica y de sus obras antiguas, ha- 
blamos atrás en la pág. 34. 

(2) Estas pinturas son copias en su mayor parte : los mejores originales son 
de Lucas Jordán y de Piti su discípulo. Las lápidas sepulcrales pertenecen al si- 
glo XVII, y algunas al xvi trasladadas del antiguo templo, distinguiéndose las de la 
ilustre familia de Venero con varios bultos de piedra, que estaban en la iglesia de 
San Francisco en su capilla de Santa Catalina. Hállanse también sepultados en 
dichas capillas los obispos Soria y Talavera, los demás en las naves del templo. 
Del entierro del conde Ansúrez y de su epitafio, véase lo dicho en las páginas 41 
y 43. La casa donde nació en 1 5 52 el beato Simón de Rojas, incluida en el ensan- 
che del nuevo templo, se ha convertido en capilla. 



VALLADOLID I55 



puesta de cuatro cuerpos unos octágonos y otros circulares, 
con las ñguras de Adán y Eva y el misterio de la Concepción 
en el centro, la terminó el docto artífice en 1590 por cuarenta 
y cuatro mil reales, emulando más bien la gallardía greco-ro- 
mana que la plateresca prolijidad, sin omitir por esto el más 
exquisito primor en los relieves y labores. La sillería, aunque 
traída últimamente de la iglesia de San Pablo, no la hubiera 
trazado de otra forma el mismo Herrera, tal es su analogía con 
el estilo de la catedral (i); y en gracia de ella perdonamos y 
aun aplaudimos por esta vez que le cediera el puesto la anterior 
sillería del siglo xv, procedente de la antigua colegiata, de la 
cual aparecen interesantes fragmentos y tablas en varias capi- 
llas y puertas de la sacristía, y que mejor hubiera sido trasla- 
dar por vía de trueque á la gótica iglesia del convento. 

Felipe II, decidido patrono y hasta promovedor de esta 
construcción soberbia (2), la visitó dos veces en su principio; 
primero en 1590 en que la peste abrevió su permanencia, des- 
pués en 1592 durante la temporada de verano, desde 21 de 
Junio hasta 1 6 de Agosto, que pasó con su corte en Valladolid. 
Pero antes de cerrar los ojos, sin aguardar á que adelantasen 
más las obras, quiso verla sublimada al rango de catedral, po- 
niendo fin de una vez al prolongado litigio y hasta choques 
violentos producidos por las exenciones que alegaba la abadía 
de Valladolid respecto del obispado de Palencia. En 25 de 
Setiembre de 1595 expidió Clemente VIII la bula de erección 
de la nueva diócesis, formada de las desmembraciones de su 
matriz y de las de Segovia, Avila, Salamanca y Zamora ; y en 
9 de Enero de 1596 el soberano, para hacerla capaz de esta 
prerrogativa eclesiástica, otorgó el título de ciudad á la que 



(1) Véase lo que de esta sillería queda dicho en la página 96. 

(2) En 1 583 concedió este rey al cabildo de Valladolid con aplicación á la fá- 
brica de su catedral, el producto de las cartillas de doctrina cristiana para uso de 
los niños, privilegio que otorgado por tres años se fue prorrogando hasta el pre- 
sente siglo. 



156 VALLADOLID 

hasta entonces, según el adagio, se había aventajado sobre 
todas las villas (i). Con buen signo nació la moderna sede, 
ocupada por sabios y virtuosos prelados (2), y designada ya al 
cabo de dos siglos y medio para ascender á metrópoli, en una 
jerarquía en que rarísima vez se improvisan las carreras y en 
que cuenta por mucho la antigüedad. 

Al lado de un monumento de importancia tal, apenas figu- 
ran las demás construcciones religiosas erigidas en el propio 
reinado : el reducido convento de Teresas, plantel de santidad 
establecido en 1568 cabe el Pisuerga al nordoeste de la pobla- 
ción, cuya pobreza ilustran los numerosos recuerdos de su in- 
mortal fundadora y las fragantes virtudes de sus primeras hijas; 
el colegio de doncellas de la Anunciación instituido en 1586 por 
el abogado D. Luís Daza y extinguido ya en 1 71 2 ; el convento 
de franciscanas de Jesús María fundado por los mismos años en 



( 1 ) Vilia por villa, Valladolid en Castilla. 

(2) Su catálogo es como sigue : D. Bartolomé de la Plaza, primer obispo de 
Valladolid en i 597 y antes lo fué de Tuy, murió en 1600.— D. Juan de Acevedo, 
renunció en 1606 la mitra para aceptar los cargos de inquisidor general y de 
presidente de Castilla, murió en 1608.— D. Juan Vigil de Quiñones, trasladado á 
Segovia en 1 6 1 6.— D. Francisco Sobrino, murió en 1 6 1 7.— D. Juan Fernández de 
Valdivieso, murió en 16 19 antes de tomar posesión.— D. Enrique Pimentel, tras- 
ladado á Cuenca en 1620.— D. Alonso López Gallo, antes obispo de Lugo, murió 
en 1624.— D. Juan de Torres Osorio, antes obispo de Oviedo, murió electo de Má- 
laga en 1632.— Fray Gregorio de Pedrosa, Jerónimo, antes obispo de León, murió 
en 1645.^0. Francisco de Alarcón, notomóposesorio.— Fray Juan Merinero, fran- 
ciscano, murió en 1663.— D. Francisco Seijas y Losada, trasladado en 1670 á 
Salamanca.— D. Juan de Astorga, no tomó posesión.— D. Gabriel Lacalley Heredia, 
renunció el obispado por sus dolencias en 1Ó83.— D. Diego de la Cueva, murió 
en 1707.— D. Andrés Urueta, murió en 1716.— Fray José de Talavera, Jerónimo, 
murió en 1 7 2 7.— D. Julián Domínguez de Toledo, murió en 1 74 ^.-D. Martín Del- 
gado Cenarro, venerable por sus eminentes virtudes, murió en 17$ 3.— D. Isidro 
Cosío y Bustamante, renunció la mitra en 1 767.— D. Manuel Rubín de Celis, tras- 
ladado á Cartagena en 1 77 3.— D. Antonio Joaquín de Soria, murió en 1 784.— Don 
Manuel Joaquín Morón, murió en 1801.— D. Juan Antonio Fernández Pérez de 
Larrea, murió en 1803.— D. Vicente Soto y Valcarce, murió en 1819.— D. Juan 
Baltasar Toledano, murió en 1 830.— D. José Antonio Ribadeneyra, murió en 1856. 
— D. Luís de Lastra y Cuesta, antes obispo de Orense, entró en 1857, como primer 
arzobispo, promovido en 1862 á Sevilla.— D. Juan Ignacio Moreno, cardenal, tras- 
ladado desde Oviedo y promovido á la silla primada de Toledo en 1875.— Fray 
Fernando Blanco, dominico, antes obispo de Ávila, fallecido en 1881.— D. Benito 
Sanz y Fores, antes obispo de Oviedo, actual arzobispo. 



158 VALLADOLID 



el Campo Grande; el de carmelitas descalzos, segundo de su 
orden, instalado en 1 581 fuera de la puerta de Santa Clara; el 
de monjes basilios que anduvieron largo tiempo errantes de er- 
mita en ermita sobre la opuesta margen del río; el de San Juan 
de Dios y el de Agustinos recoletos construidos en dicho Cam- 
po Grande casi á la vez; los colegios de Ingleses y Escoceses 
creados por el celoso monarca para asilo de los jóvenes católi- 
cos de la gran Bretaña y semillero de apóstoles y tal vez de 
mártires. Demarcábase ya fuera de la antigua puerta del Campo 
aquel triángulo inmenso de edificios, y el ensanche de la pobla- 
ción por el lado oriental del mismo hizo necesaria la creación 
de la parroquia de San Ildefonso desmembrando la de San An- 
drés; pero diósele por hospedaje la iglesia de monjas del Sacra- 
mento, con las cuales alternaban los clérigos en la celebración 
de los oficios, hasta que sucediendo á ellas en 1 606 las Agustín 
ñas recoletas se fabricaron otro templo mejor, que también ha 
acabado por hacer suyo la parroquia, abandonando el primero. 
Á la mancebía, que tan santa vecindad reclamaba desalojar de 
aquel sitio (i), sustituyó el hospital de la Resurrección, en cuya 
portada se lee la fecha de 1579, y en el cual han venido á re- 
fundirse los innumerables que contaba Valladolid. 

Subió Felipe III al trono ; y la nueva ciudad, enlutada por 
las víctimas del contagio que la diezmó en el verano de 1599, 
reanimóse en el siguiente para recibir al joven rey que venía á 
visitarla. En 19 de Julio de 1600 verificóse la solemne entra- 
da (2): nunca había desplegado Valladolid tal aparato y digni 



(1) Desde el siglo xv corría esta casa á cargo de la cofradía de la Consolación, 
que invertía en beneficio de los pobres los productos de tan torpe ganancia, hasta 
que en i 5 5 3 la municipalidad se apoderó del edificio trasladando á él los enfer- 
mos, y la mancebía pasó al lado de la antigua puerta de Teresa Gil y después á la 
ronda de San Antón, donde la alcanzó el decreto de Felipe IV mandándolas cerrar 
en todo el reino. 

(a) Ínterin se disponía el recibimiento, detúvose el rey, como lo había hecho 
ya en 1 592 Felipe II, en las casas de D. Bernardino de Velasco inmediatas al Car- 
men calzado, que á la sazón se consideraban todavía fuera de los muros. Para los 
gastos de esta entrada tomó á censo el ayuntamiento hasta cuarenta mil ducados. 



l6o VALLADOLID 

dad en las ceremonias, tal esplendor en los festejos, tal magni- 
ñcencia en sus calles y plazas, tal lucimiento y gala en sus 
vecinos, como entonces que se proponía ganar la predilección 
de su coronado dueño y mostrarse digna del perdido rango con 
sus alardes de grandeza. Instó, prometió, hizo valer las glorias 
de lo pasado, las lástimas de lo presente, los beneñcios del por- 
venir, solicitó con discreta lisonja el honor de inscribir perpetua- 
mente entre sus regidores al vanidoso duque de Lerma por 
quien todo se gobernaba ; y dos meses más tarde, al despedir á 
su regio huésped, sonreíale ya la esperanza de verle tornar 
bien pronto para fijar allí su residencia. Con efecto, publicóse 
á la entrada del 1601 que la corte se trasladaba desde las ori- 
llas del Manzanares á las del Pisuerga, y en 9 de Febrero se 
instalaron los reyes en la restablecida capital. Tanto por la es 
casez de edificios públicos, como para compartir las preeminen- 
cias oficiales entre las poblaciones de Castilla la Vieja, cuyoabati 
miento se trataba de remediar con aquella traslación, fué llevada 
la chancillería á Burgos y la inquisición á Medina del Campo. 

De palacio real, ínterin se trataba de levantar uno desde 
los cimientos, sirvió el del conde de Benavente, que había ocu- 
pado ya durante su gobierno la princesa D.^ Juana ; y su proxi- 
midad al río, al puente, al verde soto teatro de amorosas y 
pendencieras aventuras, y su sitio al extremo occidental de la 
población, pudo recordar á sus nuevos moradores la posición y 
vistas del alcázar madrileño. Más adelante el flojo rey admitió 
de su privado la histórica morada que acababa éste de adquirir 
frontera á San Pablo, propia un tiempo de D. Francisco de los 
Cobos, donde había vivido siendo príncipe Felipe II y nacido su 
hijo D. Carlos: y entonces adquirió el edificio la imponente fa- 
chada que le distingue, flanqueada por dos torres y coronada 
por una gentil galería de arcos alternados con cuadradas aber- 
turas (i). El escudo real, colocado bajo el frontón triangular 



(1) Había en el centro de la fachada otro torreón denominado el peinador de 






102 VALLADOLID 



del balcón del centro, denota su nuevo aunque breve destino y 
el augusto título que le ha quedado. Á sus espaldas cerróse 
una plazuela recién formada para corridas de toros y otros so- 
lemnes espectáculos, cuya memoria se cree que conservan cier- 
tos lindos medallones esculpidos en las paredes exteriores del 
convento de las Brígidas, que tal vez le han comunicado la de- 
nominación de los Leones (i). Para completar la ñsonomía de 
aquella corte, en la misma plazuela se fundó con la protección 
del de Lerma un convento de recoletos franciscos de San Diego, 
en una de cuyas celdas cuéntase que solía encerrarse Felipe III 
á hacer penitencia hasta salpicar de sangre las paredes ; y la 
propia capilla de palacio fué cedida á la tercera orden de San 
Francisco. 

Durante su corta residencia hizo patria á Valladolid de más 
de un infante la fecundidad de la reina Margarita. En 22 de 
Setiembre de 1601 dio á luz, no sin eminente peligro de su vida, 
á la que vino á ser reina de Francia y madre de Luís XIV, la 
célebre Ana de Austria; en 1603 parió otra infanta llamada 
María que murió á los dos meses; pero el júbilo llegó á su col- 
mo, cuando en 8 de Abril de 1605, día de viernes santo, nació 
el deseado príncipe que reinó después con el nombre de Feli- 
pe IV. Celebróse el bautismo en San Pablo el domingo de Pen- 
tecostés; y en las funciones de iglesia, en las mascaradas é ilu- 
minaciones, en los saraos y juegos de cañas en que tomó parte 
el mismo rey, ostentó la corte de España una incomparable 
magnificencia, sin duda para deslumhrar al embajador de Ingla- 
terra que había venido por aquellos días á ratificar las paces, 
como si las locas profusiones de los convites dados por el duque 
de Lerma y por el condestable al altivo almirante inglés y de 



la reina, que se desplomó en 1 729. Vendió el duque de Lerma este palacio á la 
corona, según afirma el Sr. Sangrador, por 37 millones y pico de maravedís. 

( I ) Los medallones representan en pequeños grupos luchas de fieras, corridas 
de carros, y otros juegos más propios de la antigüedad que del siglo xvii, lo que 
no sabemos explicar sino por un capricho del artista. 



TALLADOLID I&3 

los regalos hechos á su comitiva, no fuesen más bien que de 
poderío síntomas de vanidad y flaqueza de los que acompañan 
siempre á la decadencia de los estados (i). 



Patio del Palacio Real 

En seguiniiento del monarca, cuya persona ejercía aún la 



(i) Ea imposible no recordar cod este motivo y aun transcribir el cáustico 
soneto que Pellícer atribuye á Góngora, tan severo y justo en su censura contra 
las prodigalidades cortesanas, como injusto en su animosidad contra el autor del 
Quiote. 

Parió la reina ; el luterano vino 
Con seiscientos hereges y heregiaa; 
Gastamos un millón en quince dias 
En daries ¡oyas, hospedage y vino. 

Hicimos un alarde 6 desatino 
Y unas fiestas, que fueron tropelías, 
Al áoglico legado y sus espías 
Del que juró la paz sobre Calvino. 

Bautizamos al niño Dominico, 
Que nació para serlo en las Españas; 
Hicimos un sarao de encantamiento. 
Quedamos pobres, íui Lutero rico. 
Mandáronse escribir estas hazañas 
A 0. Quijote, á Sancho y su jumento. 



164 V A L I. A D o I. I D 

acción centralizadora que faltaba á su gobierno, todo lo que 
existía entonces en la nación de ilustre, de eminente, de notable 
en diversos conceptos, había acudido á Valladolid, que á la vez 
de centro político era el foco intelectual de la monarquía. Los 
ingenios, más brillantes que sólidos, más vastos que profundos 
de aquella época, veían por lo general de mal talante su nueva 
morada, y empujados por aquella sorda corriente de oposición 
que á menudo dirige las ideas por rumbo contrario al de las 
tendencias oñciales, no escaseaban á la flamante capital las bur- 
las que también habían prodigado á Madrid en los días de su 
fortuna (i). Entre ellos, no tan oscureciólo que no mereciera el 
aprecio ó la envidia de sus contemporáneos y hasta alguna vez 
las distinciones del poder (2), pero pobre asaz y desvalido, vivía 
el gran Cervantes con su mujer, dos hermanas, una sobrina y 
una hija natural, en una de las casas nuevas del Rastro á es- 
paldas del Campo Grande, donde concluyó la primera parte de 



(i) En esta cruzada contra Valladolid distinguióse sobre todos el terrible 
Góngora, que le dedicó cinco ó seis sonetos no muy limpios, entre ellos el que así 
principia : 

i Vos sois Valladolid ? i vos sois el valle 
De olor } \ ó fragrantísima ironía ! 



En otro soneto dice : 



Busqué la corte en^él, y yo estoy ciego, 
O en la ciudad no está, ó se disimula. 



Y en otro : 



Pisado he vuestros muros calle á calle. 
Donde el engaño con la corte mora ; 
Y cortesano sucio os hallo agora, 
Siendo villano un tiempo de buen talle. 

Tampoco se quedó atrás Quevedo, bien que muy joven todavía. Cervantes, 
aunque no pasó allí muy buenos ratos, dice sin embargo en su Licenciado Vidriera 
que prefería «de Madrid los estremos, de Valladolid los medios... de Madrid cielo 
y suelo, de Valladolid los entresuelos.» 

(2) Véanse los últimos versos del citado soneto de Góngora, de los cuales pa- 
rece deducirse que se encargó á Cervantes la relación de los festejos por el naci- 
miento de Felipe IV. 



V A L L A D o L I D l6S 

SU inmortal Quijote^ y donde el haber amparado á un caballero 
herido en cierta nocturna pendencia de las tan usuales á la sa- 
zón, le costó á él y á su familia varios días de cárcel hasta que 
el proceso aclaró su inocencia. 

Mas no fueron tanto los epigramas más ó menos exactos ó 
decentes de mordaces poetas contra el Valle de olor y los per- 
fumes del Esgueva, cuanto otros argumentos más positivos para 
venales consejeros, los que decidieron la restitución de la corte 
á Madrid en 20 de Febrero de 1 606, á los cinco años cumplidos 
de su llegada. Las enormes sumas ofrecidas ostensiblemente 
por los madrileños para los gastos de traslación, sin contar los 
donativos privados y secretos, hicieron evocar diestramente los 
recuerdos de la enfermedad de la reina, de la muerte de la in- 
fanta, de las periódicas epidemias que ocurrían; y Valladolid 
fué declarada insalubre. No se desalentó ésta sin embargo de 
recobrar por análogos medios su perdida dignidad; y como sí 
se adjudicase por subasta la prerrogativa de capital, se compro- 
metió en 1608 á erigir á su costa un suntuoso real palacio y á 
contribuir anualmente con cien mil ducados para sostenerlo, 
solicitando la gracia de ceder el antiguo al duque de Lerma, y 
á su favorito D. Rodrigo Calderón la casa de Verdesoto en la 
calle de Teresa Gil. Infructuosas salieron esta vez las promesas, 
neutralizadas acaso por otras mayores ; y la nueva ciudad, des- 
vanecida su momentánea grandeza, sintió más acerbamente su 
soledad y postración, al volver á una condición más subalterna 
que la que antes tuvo siendo villa. Abandonóse el colosal pro- 
yecto de hacer navegables el Esgueva, Pisuerga y Duero, ensa- 
yado con éxito en presencia del monarca: disminuyó en su 
ensanchado recinto el vecindario, arruináronse los gremios, 
cerráronse unas tras otras las fábricas de paños y sederías, y 
alcanzó á Valladolid y sus contornos con la expulsión de los 
moriscos la pérdida de más de mil habitantes (i). 



(i) En 1 589 se contaban en el término de la abadía de Valladolid mil ciento 
setenta y dos moriscos. 



l66 VALLADOLID 



No obstante aumentábanse los conventos, y en los edificios 
religiosos hallaba ocupación perenne la arquitectura. El erudito 
conde de Gondomar, D. Diego de Sarmiento y Acufla, al mismo 
tiempo que se labraba un palacio de portada corintia y de pri- 
morosa fachada, cuyo remate le ha comunicado el nombre del 
Soly é instalaba en él su biblioteca de quince mil volúmenes re- 
cogidos en sus embajadas á Alemania, Inglaterra y Flandes (i), 
emprendía hacia 1 609 la reedificación de la parroquia de San 
Benito el Viejo, que hoy convertida en almacén no da asilo si- 
quiera á los profanados restos de su patrono. Algo más tarde 
levantó la parroquia del Salvador, antigua ermita de Santa 
Elena, su fachada suntuosa de do$ portales ; pero al examinar 
sus tres cuerpos, de orden jónico el primero, corintio el segundo 
y compuesto el tercero, y las figuras de la Anunciación de la 
Virgen y Transfiguración del Señor, y la ventana de estilo pla- 
teresco, y el ático y balaustrada en que termina, y la fina minu^ 
ciosidad de las partes, y la caprichosa idea del conjunto, cual- 
quiera la creería inspiración del renacimiento y le atribuyera un 
siglo más de antigüedad. La torre, que empezando por un pri- 
mer cuerpo cuadrado de piedra, continua con otros dos octógonos 
de ladrillo, se distingue entre las de Valladolid por su altura y 
ligereza. 

No hallamos en aquellos tiempos arquitecto más insigne á 
quien atribuir semejantes obras que Francisco de Praves, aun- 
que en la renovación de San Martín y en el magnífico arco de 
Santiago erigido en 1626 sobre los cimientos de la antigua 
puerta del Campo se manifestó el traductor de Paladio harto 
más adicto á la rígida sencillez de las tradiciones greco romanas. 
A él probablemente, y de ningún modo á Juan de Herrera, se 
debe la traza de la linda iglesia de las Angustias, que costearon 



( I ) Esta biblioteca, distribuida en cuatro salas espaciosas ocupando exclusiva- 
mente una de ellas numerosos é interesantes manuscritos, fué trasladada á Madrid 
al empezar este siglo, y forma hoy parte de la nacional. El sabio conde murió en a 
de Octubre de i6af6. 



VALLADOLID 167 

en 1 604 Martín Sánchez de Aranzamendi y D/ Luisa de Ribera 
su mujer; y no cabe en aquel género mayor elegancia y pureza 
que la de su fachada, decorada en el primero y segundo cuerpo 
con cuatro columnas corintias, en los entrepaños con nichos que 
ocupan excelentes figuras de San 
Pedro y de San Pablo, y en el re- / . ■■■/ 
mate con frontón triangular. A la ^ ^ 
belleza del edificio corresponden las - ■ ■ . 
preciosidades artísticas que encierra; 
el retablo mayor, de sencilla forma 
y de perfecta escultura , atribuido á 
Pompeyo Leoni; en la capilla del 
lado de la epístola debajo de ua 
barroco templete la incomparable 
Virgen de los Cu£kt¿los^ obra maes- 
tra de Juní; y en la de enfrente la 
Virgen de las Angustias con el ca- 
dáver de Jesús en el regazo, que con 
otras efigies y pasos de Gregorio 
Hernández, ha sido trasladada al 
Museo, parecía hacer visible la com- 
petencia de los dos artistas privile- 
giados del siglo XVI y del xvii en 
representar á cual más dignamente 
el sublime dolor de María. 

Las renovaciones más ó menos 
completas que por entonces experi- 

. ■ » j I 1 1 / Iglesia de las Angustias 

mentaron casi todos ios templos, así 

los de creación reciente como los de antigua fecha, según en su 
lugar respectivo al tratar de su fundación las hemos ido consig- 
nando, dieron á sus fachadas el aspecto uniforme que todavía las 
caracteriza : su tipo es un lienzo de ladrillo distribuido en dos 
cuerpos, adornado con columnas ó pilastras, coronado por un 
frontispicio triangular, flanqueado por dos torres y cuando no por 



ibS VALLADOLID 



dos espadañas. Á excepción de las colosales obras emprendidas 
en San Pablo por el duque valido, poco de notable presentan las 
demás de aquella época, aunque construidas muchas bajo los 
reales auspicios, por más que el soberano y su corte solemnizaran 
con lucida procesión en 1601 la instalación de los Recoletos en 
San Diego, en 1 6 1 2 la traslación de las monjas de Belén, en 1 6 1 5 
la de las Descalzas Reales á sus nuevas iglesias. Observamos 
ya que en este reinado más bien se constituyeron y ñjaron los 
conventos establecidos durante los dos anteriores, que no se 
fundaron otros por primera vez. Algunos, sin embargo, tuvieron 
bajo él su origen: en 1603 los Clérigos Menores, cuyo vasto 
templo demolido hoy día en la calle del Obispo no se terminó 
hasta 1690; en el mismo año los Mercenarios descalzos, que 
asentados tras de diversas mudanzas junto á la puerta de Tu- 
dela, pasaron en el presente siglo al hospital de Letrán; en 1606 
los descalzos de la Trinidad, situados largo tiempo fuera de los 
muros al otro lado del puente mayor, mientras poseían vivo 
aquel dechado de santidad, fray Miguel de los Santos (i), que 
feneció en 10 de Abril de 1625, y cuyos preciosos restos se lle- 
varon en 1670 á su nueva morada déla plazuela de SanQuirce, 
donde dieron cima en 1740 á su iglesia de tres naves, hoy con- 
vertida en parroquia de San Nicolás. 

En el propio año de 1 606 solicitó de la ciudad la duquesa 
viuda de Alba, D.* María de Toledo, permiso para trasladar 
desde Villafranca del Vierzo el convento de monjas dominicas 
que había allí comenzado bajo la advocación de nuestra Señora 
de la Laura; y hospedadas provisionalmente junto á la puerta 
del Carmen en la casa de D. Bernardino de Velasco, se estable- 
cieron diez años después en su actual vivienda al otro lado del 
Campo Grande. Ni la fábrica ni el ornato del templo revelan la 
magnificencia de la fundadora, cuyo entierro ' sólo indica en el 
presbiterio una sencilla lápida colocada en frente de la de su 



(i) Fué beatiñcado en 1 779, y en 1 862 se trató ya de su canonización. 



VALLADOLID 169 

esposo D. Fadrique, hijo del intrépido y adusto gobernador de 
los Países Bajos (i). Debió contrastar la pobreza de la Laura 
con el esplendor de otro convento de la misma orden que se 
erigía á la sazón ; la iglesia aunque reducida se construía esme- 
radamente según el diseño de Francisco de Mora, pintábanse 
con recuadros y almohadillas las paredes y la cúpula, enlosába- 
se de mármol el crucero y el presbiterio, y mármoles blancos y 
verdes se combinaban con el bronce en la formación del rico 
tabernáculo y retablo mayor, engastando exquisitas pinturas y 
admitiendo no menos bellas eñgies. £1 convento era Portaceli, 
fundado primeramente en 1598 para franciscanas en la calle de 
Olleros; su protector el improvisado magnate D. Rodrigo Cal- 
derón, marqués de Siete Iglesias y subprivado por decirlo así de 
Felipe III, quien adquirido el patronato de aquel y haciéndolo 
cambiar de regla y de domicilio, lo había traído á su propia 
casa de /as Aldabas en la calle de Teresa Gil, inaugurándolo 
con gran pompa en 1 6 1 4. Á los lados del crucero dispuso los 
mausoleos de su familia ; y en un nicho aparecen las estatuas 
de sus padres, en el otra la suya y la de su esposa (2), todas 
de rodillas y ostentando en nevado mármol el rico traje de su 
tiempo, distinguiéndose la del marqués, que parece ser la del 
lado del evangelio, por su cabeza calva y venerable. ¡ Ah ! ¡ ni 
la conciencia propia, ni la envidia agena, ni el ejemplo de don 
Alvaro de Luna, le habían jamás advertido que pudiese llegar 
á su sepulcro separada del tronco aquella cabeza, y que las 
buenas religiosas, ñeles al menos ellas en la desgracia, hubiesen 
de recibir su cadáver de manos del verdugo! 



(i) Dicen asi las inscripciones, de las cuales la primera es evidentemente re- 
novada. «Aquí yace el Excmo. Sr. D. Fadrique Alvarez de Toledo duque de Alba: 
requiescat inpace,—Aqui yace la Excma. Sra. D/ María de Toledo y Colona duque- 
sa de Alba, fundadora de este convento: requiescat tn pace.» Vivía la duquesa con 
las religiosas, y falleció antes de trasladarse éstas á su nuevo local. 

(2) Era ésta, según el Sr. Lafuente, D.' Inés de Vargas de quien nacieron al 
marqués varios hijos; su padre el capitán D. Francisco Calderón, le tuvo de una 
doncella alemana con la cual casó después, y alcanzó á ver la desgracia de Don 
Rodrigo. 

2a 



lyO VALLADOLID 



Arrastrado por el duque de Lerma en su caída, vivía reti- 
rado D. Rodrigo en su palacio de Valladolid, cuando en el 
año 1 6 19 fué una noche reducido á prisión, y á la mañana si- 
guiente conducido al castillo de Montanches. Dos años duró el 
proceso, pero la cuchilla no cayó hasta después de fallecido el 
rey que tanta privanza le había dispensado. La plaza de Madrid 
fué teatro del suplicio en 21 de Octubre de 1621, y Valladolid 
no vio reproducida dentro de sus muros la horrible tragedia del 
condestable en el personaje cuya protección constituía poco 
antes su esperanza. Sin embargo, los homenajes tal vez serviles 
que había tributado la ciudad á los ídolos del favor, tuvo la 
noble constancia de no desmentirlos en los días de infortunio: 
pacíñco y obsequioso asilo encontró en ella al salir desterrado 
de la corte el duque- cardenal ; y cuando en 161 8 dejó el mundo 
que le repelía por la iglesia que le amparaba, no sin procurarse 
aún las más eminentes dignidades, la ceremonia de su primera 
misa se celebró en San Pablo con pompa casi regia. En el acia- 
go fin de su hechura vio estremecido la suerte, que tal vez sin 
su retirada á tiempo se le destinara ; pero sus magníficas refor- 
mas en el templo dominico y las respetuosas atenciones que al 
ex favorito demostraba la ex-capital, distrajeron y suavizaron 
sus amarguras, y al terminar su larga existencia á 1 7 de Mayo 
de 1625, brilló todavía en los ostentosos funerales un reflejo del 
antiguo poder. Con el palacio, donde al parecer murió, aunque 
ya de antes incorporado á la corona, pasó también á ésta la fa- 
mosa huerta del duque sita sobre la derecha margen del Pi- 
suerga. 

Felipe III conservó á Valladolid su primer afecto, visitán- 
dola á veces en sus frecuentes idas á la villa de Lerma con su 
núnistro; Felipe IV, olvidado casi de haber nacido en ella, la 
abandonó á la corriente de sus infortunios. Graves y repetidos 
fueron los que experimentó por aquellos años; en 1626 los de- 
sastres de una avenida, de 1629 á 31 los horrores del hambre, 
en 1648 una nube de langosta que asoló los campos; pero nin- 



VALLADOLID I7I 



guno comparable al de la inundación de 4 de Febrero de 1636, 
en que el Pisuerga arruinó ó maltrató sobre una y otra orilla 
numerosos conventos y edificios, y en que los dos hinchados 
brazos del Esgueva se derramaron por las calles de la ciudad, 
hundiéndose ochocientas casas, y pereciendo bajo sus escombros 
ó en las olas más de ciento cincuenta vidas. En sus postreros 
años volviendo el soberano de la frontera de celebrar el tratado 
de los Pirineos, se detuvo en Valladolid del 1 8 al 2 2 de Junio 
de 1660, días que fueron de lucidas fiestas y variadas funciones 
de toros, noches de músicas y vistosos fuegos en el Prado y en 
la huerta del río, de saraos y comedias en el palacio. Esto fué 
todo lo que debió la antigua corte á su coronado patricio, en 
cuya época no vio nacer más fundaciones que las de Premonstra- 
tenses, Capuchinos y sacerdotes de San Felipe Neri en 1628, 
1 63 1 y 1658, y las de religiosas de San Bartolomé y Santa 
Brígida en 1634 y 1637. Esta última promovida por la venera- 
ble Marina de Escobar, tuvo efecto en las casas del licenciado 
Butrón, una de las más suntuosas de hijosdalgo, que en la 
parte superior de su fachada conserva curiosos medallones de 
antiguos espectáculos (1), y cuya entrada sirve aún de portería, 
si bien la iglesia despejada y alegre se reedificó á fines del 
propio siglo: la de San Bartolomé de monjas trinitarias tomó el 
nombre del primitivo hospital que reemplazó al otro lado del 
puente, y después de sufrir los estragos de las inundaciones y 
de la guerra ha acabado por desaparecer. La de Capuchinos en 
el Campo Grande, las de San Felipe y de Premonstratenses en 
la calle de Teresa Gil, nada ofrecen de señalado, sino la tercera 
su convexa fachada y el ornato churrigueresco que más tarde 
se le impuso. 

Dos autos de fe, de que apenas hay noticia, había celebrado 
la inquisición de Valladolid en 1623 y en 1636; con otro harto 
más famoso inauguróse allí el reinado de Carlos II en 30 de 



(i) Véase lo que atrás queda dicho en la página i6o. 



172 VALLADOLID 

Octubre de 1667. Ochenta y cinco reos judaizantes, naturales 
de Portugal casi todos, y de condición humilde á excepción de 
algunos administradores de rentas reales, ocuparon el formida* 
ble tablado : sólo dos, Gaspar Fernández y Baltasar Rodríguez, 
fueron entregados por pertinaces á la justicia seglar, y aun 
éstos, dando señales de arrepentimiento al llegar al patíbulo, 
evitaron el cruel suplicio de las llamas. Por mucho tiempo deseó 
en balde la ciudad la visita del enfermizo monarca, y en 1679 
se reformó y compuso toda, aguardándole á su regreso de Bur- 
gos juntamente con la joven reina; pero sus esperanzas se frus- 
traron, sin ahorrar por esto los dispendios de las fiestas prepa- 
radas ni los de la ostentosa comitiva que salió á presentarle 
sus homenajes en el camino. La honra sin embargo de que no 
pudo gozar al tiempo del primer enlace, se la proporcionó el 
segundo, trayendo allí en 1 690 al rey con toda su corte para 
recibir á su nueva esposa Mariana de Neoburg, y haciendo 
teatro de sus desposorios la humilde iglesia de San Diego en 
el día 4 de Mayo, festividad de la Ascensión, al cual siguió una 
semana de regocijos hasta la salida de la real pareja (i). 

Con pompa muy parecida á la de estos augustos recibimien- 
tos, con juego de sortija y estafermo, celebróse en 1681 la de- 
dicación de la Cruz, iglesia cuya elegante fachada adorna el tes- 
tero de la Platería, recordando más bien el estilo de Herrera á 

f 

quien se atribuye como tantas otras, que los tiempos de corrup- 
ción artística en que fué renovada. No así la de Jesús Nazareno, 
y menos aún la de la Pasión, que en su exterior y en su baja y 
sombría nave cubierta de pinturas ostenta las extravagancias 
del barroquismo. Todas estas iglesias, llamadas penitenciales 
por hallarse á cargo de cofradías de penitentes, que nacieron ó 
llegaron á su mayor auge en el siglo xvii (2), se honran de 



( 1 ) «Esmeróse la ciudad en suntuosas é ingeniosas invenciones de festejos, co- 
medias, máscaras, cañas, toros, despeñaderos, fuegos en la tierra y en el agua, de 
modo que compitiesen los elementos sobre quien habia de festejar más á sus due- 
ños.» Flórez en sus Reinas católicas. 

(2) Existen en el día con este título la Pasión, las Angustias, la Cruz y jesús 



174 VALLADO LID 



poseer aún tan expresivas como devotas figuras, y guardaban en 
otro tiempo aquellos grupos tan famosos con el nombre de 
pasos^ que llevados en andas recorrían las calles en las proce- 
siones de Semana Santa, excitando una admiración menos artís- 
tica, pero más popular y entusiasta ciertamente, que la que 
producen ahora colocados en el museo. Obras fueron casi todos 
del escultor privilegiado de los sufrimientos del Redentor y de 
la Virgen, del fecundo Gregorio Hernández. Aquellos insignes 
cuánto modestos artistas, iluminados por la fe y animados por 
la caridad, devolvían á menudo á la iglesia en piadosas funda- 
ciones lo que por sus preciosos trabajos recibían ; de esta ma- 
nera Diego Valentín Díaz, señalado pintor, dotó y restauró el 
colegio de Niñas Huérfanas en el Campo Grande, dejándole, 
como había hecho Hernández al Carmen Calzado, su sepulcro 
y su retrato y un curioso retablo de perspectiva (i). 

El siglo XVIII pasó sobre Valladolid tan vacío de sucesos 
históricos como escaso de monumentos. La fidelidad que en la 
guerra de Sucesión conservó siempre por las flores de lis, pro- 
duciendo en 7 de Julio de 1 706 un alzamiento popular contra 
los partidarios del Archiduque; la segura estancia que se pro- 
curó allí Felipe V para su familia y corte en Setiembre de 17 10, 
abandonando á Madrid después de la perdida batalla de Zara- 
goza; las inundaciones del 6 de Diciembre de 1739 y del 25 de 
Febrero de 1788, copiosas en daños si bien exentas de vícti- 



Nazareno: la Piedad, abandonada por ruinosa en la calle de su nombre, se trasla- 
dó en 1727 á la iglesia de San Antón, festejándose con solemnes i'egocijos esta 
mudanza. También pertenecía á la cofradía de plateros el oratorio de San Eloy 
consagrado en i $47, y que tomó el nombre de Nuestra Señora del Val desde que 
fué llevada allí en 1 6 1 o aquella devota efigie procedente de una ermita que ocu- 
paba entonces la Merced descalza. . 

(ij Merece transcribirse la lápida que da cuenta de dicha fundación. «Esta 
iglesia hizo y la dedicó al nombre de María Santísima Diego Valentín Díaz pintor, 
familiar del Santo Oficio; para cuya conservación y remedio de las huérfanas de su 
colegio dejó toda su hacienda, y aunque de todo se le dio el patronazgo, fué su 
voluntad se dé al que sea más bienhechor, y á él y á D.* María de la Calzada su 
mujer se le dexe esta sepultura. Fué á dar cuenta á Dios año de 1 660. Ayúdesele 
á pagar el alcance rogando á Dios por él.» 



VALLADOLID 



Hospital de San Juj 



1 76 VALLADOLID 



mas, en que se vio convertido en lago el centro de la población, 
salvándose por las ventanas en barquichuelos sus consternados 
moradores; los festejos nunca vistos con que se solemnizó en 
1747 la canonización de San Pedro Regalado y en 1768 y 1778 
la beatiñeación de los venerables trinitarios Simón de Rojas y 
Miguel de los Santos, hijos los dos primeros de la ciudad y el 
tercero su huésped y vecino : he aquí las únicas memorias que 
en los anales de dicha centuria brillan. Pero todavía son menos 
notables las artísticas, y acaso fuera preferible que se hubiesen 
quedado completamente en blanco durante el interregno del 
buen gusto. Hemos visto ya en la catedral y en otros templos 
las invasiones del churriguerismo; no menos desatinadas las 
observaremos en el ediñcio de la universidad. Dícese que trazó 
su fachada el autor del famoso transparente de Toledo, y por 
cierto que no desmienten la analogía sus dos series de colum- 
nas de orden compuesto y las hojarascas de sus escudos, exce- 
lentes en expresión de Ponz para nidos de golondrinas; amane- 
radas estatuas representan en los nichos de los intercolumnios 
y en la delantera del ático las varias ciencias y facultades, entre 
las cuales ocupa el lugar preferente la. teología; y como epílogo 
de la historia del establecimiento coronan la balaustrada de su 
remate cuatro figuras de reyes, la de Alfonso VIII, fundador 
de la universidad de Palencia su antecesora, y las de Alfon- 
so XI, Juan I y Enrique III, protectores generosos de la de Va- 
lladolid (i). Revistió también el caprichoso traje de aquella 
época el hospital de San Juan de Letrán, fundado en el Campo 
Grande desde 1550 y concedido últimamente para convento á 
los Mercenarios descalzos; y pasó entonces por maravilla la 
portada con sus ridiculas columnas salomónicas y el exótico 
templete en que termina y sus trofeos inoportunos de bombas 



(i) Alfonso XI erigió en universidad pontificia el estudio general de Vallado- 
lid y fija en 20,000 maravedís las rentas de las tercias concedidas por sus antece- 
sores; Juan 1 eximió de todo pecho á sus maestros, licenciados y bachilleres; En- 
rique 111 les otorgó las tercias de los arciprestazgos de Cevico y Portillo. 



178 VALLADOLID 



y morteros. Más tarde, cuando á la anarquía licenciosa sucedió 
• la tirante dictadura de las reglas, empezó á levantarse al lado 
del anterior, según los planos de D. Ventura Rodríguez, el con- 
vento de filipinos, como llaman á los agustinos misioneros des- 
tinados á aquellas colonias que lo habitan en gran número toda- 
vía, si bien de la construcción sólo puede juzgarse por el des- 
ahogado y ameno claustro, única parte concluida del edificio; 
al paso que Sabatini trazaba en 1780 una agraciada rotonda 
con seis altares para las monjas bernardas de Santa Ana, que 
trasladadas de Perales á Valladolid en 1595, alcanzaron del 
dadivoso Carlos III la reedificación de su iglesia. 

Del corriente siglo no son recuerdos precisamente los que 
faltan á Valladolid, sino distancia oportuna para apreciarlos 
como es debido. Con el tiempo parecerán más interesantes su 
larga opresión bajo el peso de las armas fí-ancesas principiada 
ya antes de la caída de Carlos IV, su heroico levantamiento 
en I.® de Junio de 1808, la matanza de sus inexpertos cuanto 
valientes hijos ametrallados en el puente de Cabezón, el denue- 
do de sus regidores arrostrando del emperador Napoleón ame- 
nazas de muerte á trueque de no entregar víctimas á su cuchilla, 
la glacial acogida hecha al intruso rey José, las aclamaciones 
entusiastas á los libertadores alternadas una y otra vez con el 
espanto producido por la vuelta de los enemigos (i); y á con- 
tinuación de las visitas de sus antiguos reyes se registrarán la 
de Fernando VII en 1828 y las de D.* Isabel II en 1858 y 1861. 
En cuanto á su aspecto, en vez de nuevas construcciones mo- 



co En 7 de Enero de 1808 ocuparon los franceses á Valladolid en calidad de 
aliados; en 1 2 de Junio, el mismo día de la derrota de Cabezón, la entraron como 
enemigos. Después de la victoria de Bailen respiró libre la ciudad por algún tiem- 
po, y en 28 de Octubre proclamó solemnemente á Fernando VII; pero en breve 
recayó bajo la servidumbre extranjera. Del 6 al 1 7 de Enero de 1 809 permaneció 
Napoleón en Valladolid; en 27 de Abril y en 10 de Julio de 181 1 pasó por allí 
el rey José de ida y vuelta de París, y se fijó en ella con su corte desde el 23 de 
Marzo hasta el 2 de Junio de 1813 en que la abandonó definitivamente. En menos 
de un año fué libertada tres veces la ciudad por el ejército aliado, y otras tantas 
volvió al poder de los franceses. 



VALLADOLID 1 79 

numentales (i) sólo podrá señalar materiales adelantos y mejo- 
ras de ornato y policía; pero si atajando el vandalismo y saliendo 
de la incuria que tan deplorables pérdidas le han causado, se 
dedica á conservar y á restaurar solícitamente, según empieza 
á observarse, el precioso depósito que le queda, todavía puede 
en esta época merecer bien de las artes y de la verdadera cul- 
tura y encontrar en sus pasadas glorias el más ñrme apoyo 
para su futuro engrandecimiento. 



(i) SiD caliñcarlos de tales, merecen atcoción el teatro ediñcado ¡unto á la 
plazuela de las Angustias, y el suntuoso palacio arzobispal, cuya capilla decoró 
espléndidamente el arzobispo cardenal Moreno con preciosas tablas de la vida y 
martirio de San Esteban traídas de Portillo. 



za, y fueron sometidas sucesivamen- 



l82 VALLADOLID 



te por los monarcas á la jurisdicción absorbente de aquel concejo. 
Tudela, Cabezón, Pefiaflor, Portillo en 1255, Cigales en 1289^ 
Olmos de Esgueva en 1367 pasaron á la obediencia de su pode- 
rosa vecina, mandándoseles no tener otro fuero, seña ni sello que 
el de Valladolid y acudir á sus juicios, perdido el derecho de po- 
ner alcaldes propios. De esta suerte, bien que á costa de su vida 
peculiar, reforzaron la autoridad municipal de la regia villa, y 
exentas generalmente de aristocrático señorío, impidieron que 
en su horizonte se desplegaran al viento las enseñas feudales 
y que avanzaran hasta sus muros las mesnadas de los ricos- 
hombres. Si va unido el nombre de ellas á algún importante 
suceso, si recuerdan combates ó avenencias ó entrevistas de 
príncipes, son episodios del continuado drama que allá dentro 
se desenvolvía, reflejos ó sacudidas emanadas del foco que las 
abarcaba en su esfera de luz y actividad. 

Sin embargo un pueblo hay, que situado dos leguas más 
abajo sobre la opuesta orilla del río, presenta su larga historia, 
y lo que es más, sus actuales títulos de importancia y nombra- 
día aparte de la antigua corte. Muy antes de nacer ésta, aquel, 
honrado con un nombre genuinamente romano, había pasado 
ya por más asaltos, ruinas y restauraciones de las que en su 
carrera había de experimentar Valladolid. Septimanca era una 
población de las Vacceas en el camino de Mérida á Zaragoza, 
una de las pocas del itinerario cuya situación y correspondencia 
pueden fijarse con seguridad. Godos y sarracenos respetaron 
su nombre, y nada más tal vez : á mediados del siglo viii figura 
entre las varias que libertó prematura y fugazmente la espada 
de Alfonso I; á fines del ix, entre las que protegidas por los 
triunfos de Alfonso III renacieron y se colonizaron y se ciñeron 
de fuertes muros para guardar la frontera. Hízola á menudo 
residencia suya Alfonso IV, y contando afianzar y extender sus 
conquistas por aquel lado más de lo que sus inclinaciones mo- 
násticas prometían, erigióla en silla episcopal hacia el año 927. 
De esta diócesis, formada de desmembraciones de las de León 



VALLAD OLID 183 

y Astorga y anterior á la de Falencia, sólo se conocen dos pre- 
lados, Ildefredo en 959 y después Teodisclo; pues como con- 
traria á los cánones la mandó suprimir en 974 un concilio re- 
unido en León por la infanta Elvira, tía y tutora de Ramiro III. 
Mas entonces ya la condecoraba una gloria más insigne que 
su breve dignidad, el lauro de la inmortal jornada de Julio 
^^ 939 (i)- Precedida de un eclipse de sol de temeroso agüero 
para unos y otros combatientes, trabóse á vista de Simancas 

■ 

una acción sangrienta entre Ramiro II que iba en socorro de los 
sitiados de Zamora y el califa Abderramán III: la España cris- 
tiana y la sarracena, cansadas ya de una lucha de dos siglos, 
parecían haber juntado allí sus fuerzas para decidir de una vez 
los destinos de la península. Desde la aurora estremecía el sue- 
lo el movimiento de entrambas huestes y ensordecían el aire sus 
trompetas y alaridos; pero no se mezclaron hasta después de 
levantado el sol, sin que palidecieran en aquel formidable cho- 
que los que tres días antes habían temblado de un fenómeno 
natural. En la delantera y centro de la batalla hacía prodigios 
de valor el príncipe Almudafar, tío del califa; pero resistían bra- 
vamente los apiñados escuadrones cristianos sostenidos por los 



( I ) En el tomo de Asturias y León observamos que los que distinguían la batalla 
de Simancas de la de Zamora fijaban la primera en el 19 de Julio, día en que acon- 
teció el eclipse ; pero habiendo sido éste tres días anterior á aquel combate, debe 
referirse más bien al día 22, El orientalista Dozy en el primer tomo de susRecher- 
ches sur Vhisioire et la litterature i'Esj(>a^n& últimamente publicadas, niega la céle- 
bre acción de los fosos de Zamora, como fundada únicamente en el error que supo- 
ne cometido por el escritor árabe Masoudi, al tomar por /oso la palabra i4//^/ianúfec, 
siendo nombre propio del lugar Alhandega donde se completó la derrota de los 
fugitivos musulmanes : este error, si lo es, se generalizó desde muy antiguo, pues 
Morales afirma ya que en las crónicas arabescas esta batalla se conoce por la del 
barranco. Verdad es que nuestros cronistas la pasan en silencio : la de Simancas 
la refieren unos al año 934, otros al 938, y alguno al 940. Nadie la relata con 
más copiosos é interesantes detalles que Conde : lástima que á los orientalistas 
merezca tan poca confianza ! Otro historiador árabe citado por Dozy atribuye la 
derrota de los sarracenos á traición de los nobles irritados por el valimiento que 
dispensaba el califa á Nadjda de Hira, oscuro esclavo. En varios cronicones alema- 
nes se halla consignado el recuerdo de esta victoria de los cristianos unido al del 
eclipse, mencionando además á cierta reina Toda, que no puede ser otra que la 
varonil regente de Navarra, adiada tal vez de Ramiro II y participe de su gloria en 
el combate. 



184 VALLADOLID 

auxiliares muslimes que había traído el tránsfuga valí de Santa- 
ren, al paso que el monarca leonés con sus caballos armados de 
hierro hendía y desbarataba las alas enemigas formadas por las 
gentes de Toledo y de Badajoz. El califa al frente de su guar- 
dia y de la flor de la caballería andaluza restableció la suerte 
del combate, que para los suyos se volvía ya en derrota : nues- 
tras historias afírman que ésta se consumó con matanza de 
ochenta mil Ínfleles, escapando apenas Abderramán semivivo; 
las arábigas pretenden que la noche separó á los dos ejércitos y 
que descansaron sobre cadáveres, esperando con temor é impa- 
ciencia la vuelta del día para terminar su contienda. Añaden 
que los recelos infundidos á Ramiro por el traidor valí de San- 
taren, Omeya-benishac (i), y la muchedumbre de banderas 
muslímicas abultada por la incierta luz del crepúsculo, decidie- 
ron al rey de León á retirarse, salvando de su poder á los que- 
brantados sarracenos; y en efecto parece que la victoria de los 
cristianos, por más que brillante, no fué bastante completa y 
decisiva para hacer levantar el sitio de Zamora, en cuyos fosos 
pocos días después se coronaron de igual gloria sus valientes 
defensores. 

Esta épica batalla, que enlazada con visiones y prodigios, 
conmovió vivamente la fantasía de largas generaciones, marcada 
con dolor y espanto en la memoria de los vencidos, y saludada 
con júbilo, á pesar del aislamiento tan absoluto á la sazón entre 
las naciones, hasta en el más remoto confín de la cristiandad, 
no aseguró sin embargo tranquilidad duradera á la fronteriza 
Simancas. Desalojó de sus muros á los cristianos hacia el 950, 
si hemos de creer á los anales arábigos, el valí Ahmed-ben-Said 
Abu-Amer, y en 964 la tomó otra vez y destruyó el califa Alha- 



(i) Pudiera suponerse que este personaje es el Abu-Yahia de Zaragoza, que 
según Sampiro militaba con el califa y fué hecho prisionero por Ramiro II su anti- 
guo confederado, á pesar que no convienen del todo las circunstancias. Ibn-Khal- 
doun citado por Dozy refiere el cautiverio de un Mohamed-ibn-Hachim el Todjibita 
gobernador de Zaragoza. 



VALLADOLID 185 

kem 11; si damos fe á alguno de nuestros historiadores (i), so- 
corrióla por este tiempo el conde de Castilla Fernán González 
que la había repoblado y fortalecido, dejando tendidos en sus 
campos diez mil infieles. Pero la más cierta, la más terrible de 
sus desgracias, la que señalan unos y otros por memorable, es 
la que padeció cayendo en manos del irresistible Almanzor en 
el verano de 981, después que fueron destrozadas en la vecina 
llanura de Rueda las fuerzas reunidas de los castellanos, nava- 
rros y leoneses, t Cercóla con sus estancias repartidas, dice un 
documento contemporáneo (2), y aquejándola con sus arcos y 
saetas, derribando sus muros y abriendo sus puertas, entró con 
ferocidad el lugar ; todos los que allí encontraron xle los cristia- 
nos pasaron á cuchillo los moros crueles con su espada venga- 
dora.! Entre los defensores cayó el que era sin duda su caudi- 
llo, el conde Nepociano Díaz, cufiado de Ramiro III, casado con 
su hermana la infanta D.* Oria. A esta época se refiere la le- 
yenda de las siete mancas doncellas mutilándose á sí mismas 
para guardar su castidad, las cuales, si no han dado su nombre 
al pueblo según pretenden ignorantes etimologistas (3), han 
formado por lo menos su blasón. Más verdadera gloria comuni- 
ca á Simancas la constancia de los cautivos, que acaso por más 



(i) Luís del Mármol, quien en su descripción de África hizo uso de las histo- 
rias arábigas. Tal vez este hecho se confunde con la parte que tomó el conde, no 
en la célebre victoria de Simancas, sino después en la persecución de los enemi- 
gos, según se desprende del famoso privilegio del voto que otorgó al monasterio 
de San Millán de la Cogulla. 

(2) Es un privilegio de Veremundo II, de 7 de Febrero del año 985 ó 986, en 
que hace donación á la catedral de Santiago de los bienes de Domingo Sarracino, 
martirizado en Córdoba. Transcríbelo Morales juntamente con otro expedido á fa- 
vor del monasterio de Samos, que habla del conde Nepociano Díaz y de su muerte 
en Simancas. En cuanto á la data del suceso seguimos á Dozy ; los anales Complu- 
tenses señalan el año 983, y los de Cárdena el 984. Estos dicen : «tomaron á Siet- 
mancas, et fué quando la de Roda.» 

(3) Semejante hablilla del vulgo extrañamos verla acogida por autores, que 
cualquiera fuese su criterio, no podían ignorar que el pueblo se llamase Septi- 
manca desde la época romana, y no sabemos dónde halló Méndez Silva que lleva- 
se entonces el nombre de Séntica y en tiempo de Alfonso I el de Bureva : todos los 
documentos están acordes en desmentirlo. El blasón de la villa es un castillo con 
una estrella y siete manos en la orla. 

24 



l86 VALLADO LID 



ricos perdonó la cimitarra, y que traídos á Córdoba languide- 
cieron en sus mazmorras durante dos años y medio, hasta que 
vertieron su sangre en medio de la pla¿a, cuando ya se hallaba 
en camino para conseguir su rescate un mensajero del rey Ve- 
remundo. Entre ellos se ha conservado únicamente el nombre 
de Domingo Yáfiez Sarracino, que en aquel término y en el de 
Zamora poseía cuantiosas haciendas (i). 

Simancas no reparó sus estragos ni se consideró definitiva- 
mente segura sino un siglo después con la conquista de Toledo; 
pero con el peligro disminuyó también su importancia, y la que 
en el siglo x era custodia de la frontera, fortaleza sólo inferior 
á la de Zamora, y honrada con el título de ciudad, suena ya 
raras veces en el xii, confundida con las rústicas poblaciones de 
Campos. £1 súbito crecimiento de Valladolid, plantada tan cerca 
de ella sobre la ribera misma, robábale por decirlo así toda su 
savia y vigor. Dícese que en 1202 aún poseía Simancas un tér- 
mino muy dilatado ; mas en breve la hallamos incorporada al 
de la nueva capital, á cuyo municipio fué concedida como una 
de tantas aldeas en 6 de Noviembre de 1255, privada de tener 
fuero propio. Dependencia tan humillante, en vez de quebrantar 
los ánimos de sus moradores, los exacerbaba más con el recuer- 
do de sus antiguos timbres, dando lugar á discordias y reyertas 
entre la villa decadente y la pujante, mal apagadas todavía en 
el siglo XVI. 

Desde aquel punto la historia de Simancas se identifica con 
la de la nueva corte, cuya proximidad más bien que honores y 
ventajas atraía sobre ella peligros, agitaciones, armamentos, en 
las continuadas revueltas civiles que hervían al rededor del 
trono. Ocupóla en 1 296 el rey Dionís de Portugal amenazando 



(i) Todo consta del privilegio del 986 arriba mencionado. Morales creyó ha- 
ber descubierto en el monasterio de San Acisclo de Córdoba el epitafio de la mu- 
jer de Sarracino, supliendo algunas equivocaciones del contexto que literalmente 
decía así: Obiit J amula D¿L„ Didicus Sarracini uxor era T vicesim, V kal. ags. La 
data conviene con el suceso, ora se lea 982, ora 987, según si se aplica la cifra V 
al año ó al día del mes. 



VALLADOLID 187 



á la varonil regente D.* María; pero los descontentos castella- 
nos que le acompañaban se redujeron á su deber, y los extran- 
jeros desbandados retiráronse á toda prisa. Allí se encerró 
en 1427 Juan II con D. Alvaro de Luna su privado, hasta que 
no pudiendo sostenerle por más tiempo contra las exigencias 
de sus enemigos, hubo de salir para la corte y el valido para el 
destierro. Treguas, negociaciones, conferencias, no caben en 
cuenta las que allí se pactaron y tuvieron. Mas no siempre se 
mantuvo Simancas espectadora pasiva de los acontecimientos: 
en 1465 tomó partido por su rey Enrique IV contra la rebelde 
liga, y cuando los sublevados de Valladolid, después de batir á 
Peñaflor, acamparon en las cuestas que la dominan, la fíel villa 
les resistió denodadamente, defendida por Juan Fernández Ga- 
lindo. Parodiando la escena de Ávila, cuyo principal autor había 
sido el arzobispo de Toledo, más de trescientos mozos de espue- 
la pasearon con ignominia la estatua del sedicioso prelado á 
vista de los sitiadores, y publicada la sentencia á voz de prego- 
nero, la quemaron en medio de la plaza al son de esta canti- 
nela: 

Esta es Simancas, D. Opas traidor, 
esta es Simancas, que no Pefiaflor. 

En SU castillo, jamás hostil á la corona aunque puesto bajo 
la tenencia del almirante, educóse D. Fernando nieto de los 
Reyes Católicos; y fallecido en 1 506 su padre el archiduque, los 
simanquinos no consintieron la entrada á los de Valladolid que 
reclamaban al tierno infante, sino que le acompañaron á su 
nueva residencia por no delegar á nadie su custodia. Pronto se 
convirtieron los almenados muros de residencia de príncipes en 
prisión de estado, sofocando dos años después los dolorosos 
ayes que arrancaba la tortura á D. Pedro de Guevara, á vuelta 
de graves revelaciones contra el Gran Capitán y otros magna- 
tes de Castilla, cuyo descontento del Rey Católico atizaba el 
emperador Maximiliano. En 1 5 1 5 sirvieron de cárcel al vicecan- 



l88 VALLADOKin 



ciller de Aragón Antonio Agustín, destituido del favor de su 
monarca por no haberle servido á medida de su gusto en las cor- 
tes del reino; y en 15 19 recibieron á D. Pedro mariscal de Na- 
varra, víctima de la lealtad á sus desposeídos reyes por quie- 
nes despreció dignidades y libertad, hasta que en 1523 puso 
término á sus días una cristiana muerte, ó según añrman otros, 
un desesperado suicidio (i). 

Con la guerra de las Comunidades se reveló más enconada 
que nunca la rivalidad entre Simancas y Valladolid. Padilla y 
Bravo á su paso por la villa, al traer presos á los oidores del 
consejo real, se descuidaron de ocuparla y guarnecerla, y die- 
ron lugar á que sus enemigos acampados en Rioseco vinieran 
á instancia de los habitantes á enarbolar en aquellos muros el 
pendón del monarca. Mandados por el conde de Oftate hostiga- 
ban sin cesar los caballeros á los de la Junta, interceptando sus 
comunicaciones, tomándoles los víveres y rebaños, y llegando 
en sus correrías á las puertas de la sublevada capital, donde el 
viejo capitán Tristán Méndez hacía proezas dignas de los anti- 
guos tiempos. Cansados los comuneros de estas escaramuzas 
en que como menos expertos y disciplinados llevaban siempre 
la peor parte, emprendieron el sitio de aquel padrastro que no 
les daba tregua ni reposo ; pero se lo hicieron abandonar muy 
pronto los certeros tiros de la artillería, y Simancas, satisfecha 
de vengar sus agravios particulares á la sombra de sus servicios 
políticos, se quedó con el doble timbre de fiel y de vencedora. 



(i) Acerca de ambos personajes cuenta singulares rumores la historia manus- 
crita del cura Cabezudo. Del vicecanciller dice que «no quiso el rey decir por en- 
tonces la causa de su prisión, y aunque el rey ponia otros colores, la verdad fué 
por requerir de amores á la reina Germana su mujer.» Especie que nos parece por 
demás absurda tratándose del grave y ya provecto magistrado : soltóle con fian- 
zas el cardenal Cisneros durante su regencia. En cuanto al mariscal refiere la cita- 
da historia, que viendo que no terminaba con la vuelta del emperador su cautive- 
rio, vino á caer en una tristeza tan grande, que con un cuchillo pequeño de escri- 
banía se punzó toda la garganta y se mató. Lo mismo indica Garibay, pero niégalo 
Moret con referencia al sacerdote que le asistió y administró los Sacramentos. 
Desde el castillo de Atienza habíanle traído en 1519a Barcelona, donde se negó 
' á prestar juramento á Carlos 1 mirándole como á usurpador del trono de Navarra. 



VALLADOLID 189 



Sin embargo no pudo negar una lágrima seguramente á 
aquel gallardo joven, que vestido de terciopelo blanco y sereno 
el rostro como si fuera á desposarse, salió de la fortaleza para 
el cadalso levantado en medio de la plaza, en la mañana 
del 14 de Agosto de 1522. Era D. Pedro Maldonado Pimentel, 
regidor de Salamanca y primo del conde de Benavente, el cual 
desde la derrota de Villalar vivía en holgada prisión, conñando 
en el poder de sus deudos y descuidado del improviso rayo que 
hirió su cabeza. Sin lágrimas despidióse del mariscal de Nava- 
rra, compañero suyo de cárcel, y de su propio hermano religioso 
francisco, que entró á decir misa por él aguardando en el altar 
la nueva de su muerte; y arrodillado sobre una alfombra tendió 
su cabeza al verdugo, mancillando la sangre en breve la blan- 
cura de su ropa, y hay quien dice que la fama de su linaje, hay 
quien dice que la púrpura del inclemente César. 

La expiación no tardó en recaer sobre otra cabeza más de- 
lincuente y más ilustre. Años había que el turbulento obispo 
de Zamora, como enjaulado león, se revolvía impaciente dentro 
del castillo que por cárcel perpetua se le había dado (i), mal sa- 
tisfecho con la vida que le aseguraban su sagrada dignidad y su 
noble parentela. Un domingo de cuaresma, 25 de Febrero 
de 1526, á hora* de vísperas entró á visitarle por enfermo el 
alcaide Mendo Noguerol; pero después de secreta y prolongada 
lucha quedó cadáver acribillado de heridas, mientras el homicida 
prelado, saliendo á la barbacana y subido sobre el adarve, me- 
día con la vista el foso para descolgarse y huir. Estorbóselo no 
sin respeto la gente que acudió á los gritos del hijo del alcaide, 
y empezó el proceso sobre el asesinato y la evasión proyectada, 
que al cabo de tres semanas de declaraciones vino á concluir 



(i) «oí decir muchas veces, escribe el historiador de Simancas, á personas 
que en aquel tiempo le guardaban, que siempre paseaba en la sala real grande 
con tanta prisa y furia como si fuera huyendo, y que le duraba el paseo tres y 
cuatro horas. Y como un hidalgo de esta villa le dijese: {por qué no se sienta 
usía , que estará cansado r le respondió : Nunca están asentados estos sesenta 
años.» 



1()¿ VALl-ADOLID 

de entrambos á Pedro de Mazuecos, todas bajo la dirección de 
su privilegiado arquitecto Juan de Herrera, inculcando que no 
se afease la forma del ediñcio al ensanchar su capacidad. En 
1588 encomendó á Francisco de Mora nuevas trazas que ejecu- 
taron Mazuecos el joven, Diego de Praves y Francisco su hijo, 
durando la fábrica hasta 1631, mientras que diestros entallado- 
res labraban prolijamente los estantes (i). El archivo y su 
disposición y arreglo lo confió desde 1566 á su secretario Die- 
go de Ayala, á cuyos tJescendientes hasta nuestros días pasó 
vinculado este honroso oficio (2). 

Bajo el aspecto monumental ganó poco el castillo cierta- 
mente; los recelos de Felipe II se cumplieron. Una techumbre 
de plomo parece aplastar su gallardía; los torreones despoja- 
dos de su corona semejan palomares, y el principal lleva por 
cubierta un extraño chapitel á modo de campana. Balcones y 
rejas reemplazan á los ajimeces ó ventanas de medio punto, 
redondas lumbreras asoman más arriba... así reformaban He- 
rrera y sus discípulos las construcciones de la Edad media. 
Aún conserva, sin embargo, los cubos y almenas de su barba- 
cana, y el ancho y profundo foso, y los puentes antes levadizos 
que á levante y á poniente dan entrada ; y no sin emoción atra- 
viesa éste el viajero para llegar á la puerta principal, cuyo arco 
sellan las armas reales y cuyas torres desfiguran las adiciones 
del siglo pasado. £1 patio grande, la esbelta galería que lo do- 



(i) De los artífices que aUí trabajaron trae Ceán Bermúdez una extensa rela- 
ción de la cual resulta que el entallador Rodrigo Daques labró en i <)64 las alace- 
nas de la sala baja de la torre vieja y en i 567 las de la sala superior titulada del 
patronato viejOy Pedro Mazuecos el mozo en i 589 las piezas bajas de la izquierda, 
el escultor Hernando Munal la portada de las salas de estado en i <>90, las bajas de 
la derecha en i 592 Tomé Cavano y Gonzalo de Acevedo, y Juan de Pintos en 1 $9? 
la escalera principal. 

(3) El último, D. Hilarión de Ayala, murió en 1844. Después de los incalcula- 
bles trabajos que en el archivo prestó su fundador Diego de Ayala, los principales 
son debidos á D. Francisco de Hoyos, á D. Antonio su hijo y á D. Pedro García de 
los Ríos que en el siglo xvii hicieron los inventarios, y áD. Tomás González, canó- 
nigo de Plasencia, que lo reorganizó después de los trastornos de la invasión fran- 
cesa. 



valí. ADOLID 193 

- — > — ^ — —— — ^— ^— __^___ 

mina, atraen de pronto las miradas; pero luego olvida las for< 
mas artísticas y los recuerdos locales y el edificio, para ocupar- 
se sólo del histórico caudal que encierra. 

Á su derecha é izquierda tiéndense en el piso bajo dos 
líneas de salas, regulares unas, prolongadísimas otras, algunas 
octógonas ó circulares colocadas en el hueco de los torreones. 
Sube la espaciosa escalera, y en el principal ve reproducida 
igual distribución; las salas de estado enlosadas con jaspes 
blancos y negros, cubiertas de techo artesonado, vestidas de 
primorosa estantería del xvi, cual si de su recinto se hubiera 
querido desalojar los suspiros del cautiverio y los gritos de la 
tortura ; el cubo que fué prisión de Acuña convertido en lindísi^ 
mo gabinete con florones en su bóveda. Con las del segundo y 
tercer piso se cuentan más de cuarenta estancias (i), las más 
con anaqueles de yeso, varias con un corredor que á media 
altura las circuye. Allí está la historia de España, cuando Es- 
paña era casi la Europa por no decir el universo, la de Italia, 
Flandes y el Nuevo Mundo que poseía, la de Alemania, Francia 
é Inglaterra, sus enemigas ó sus aliadas. Allí los tres reinados 
más gloriosos, los Reyes Católicos, el Emperador, Felipe II el 
creador de aquel inmenso panteón de memorias que puede evo- 
car cualquiera ante la posteridad, para cuyo juicio dejó el mis- 
mo tantos datos en millares de notas y apuntes escritos de su 
mano laboriosa. Aquel gran tesoro, que tentó la imperial codi- 
cia de Napoleón y cuyo despojo emprendió en 1 8 10 sin que haya 
podido lograrse en más de medio siglo su restitución completa, 
aquel tesoro explorado alguna vez por nuestros escritores y más 
á menudo por los extranjeros, yace todavía desconocido en su 
mayor parte, y quizá no ha revelado hasta ahora sino una mí- 
nima porción de sus secretos. El ánimo desfallece bajo el cúmulo 
de materiales existentes y de los que cada día van entrando, y 



(i) Los departamentos principales son los de real patronato, registro general 
del sello, estado, guerra y marina, contaduría mayor y dirección general de ren- 
tas, cada uno de los cuales ocupa varias salas. 

95 



194 VALLADOLID 



naturalmente se ocurre preguntar: ¿quién de esa balumba de 
papeles contemporáneos se lanzará á desentrañar la historia 
del siglo XIX ? 

Al revés de la fortaleza, la perspectiva exterior de la villa 
es más grata que sus adentros. Un antiguo puente de diez y 
siete arcos, ceñido de modillones por debajo de su pretil, sub- 
yuga á sus pies el ancho Pisuerga; restos de muralla la circu- 
yen, y el caserío se eleva en anñteatro, dominado por la parro- 
quia y el archivo que guardan entre sí cierta simétrica analogía. 
Por dentro es un rústico villorrio de doscientos vecinos, donde 
no encuentra el estudioso, no ya esparcimiento, pero ni cómodo 
albergue siquiera. Poco antes de las Comunidades destruyó un 
incendio su antigua iglesia de San Salvador, y la claustra servía 
para el culto provisionalmente, cuando en uno de sus ángulos 
fué sepultado el infeliz Acuña. El nuevo templo, construido al 
estilo gótico del xvi, ostenta su trebolado portal, y despliega 
con elegancia sus tres naves ¡guales en altura, sostenidas por 
columnas cilindricas de estrecho capitel ; el retablo, que hasta 
1 5 7 1 no se acabó de pintar, es fama que lo labró el insigne 
Juní, escultor de Valladolid, de cuya diestra mano no desdicen 
sus medallones, figuras y relieves. De la vieja fábrica no sub- 
siste más que la torre bizantina que las llamas respetaron, me- 
tida toda en la actual fachada y afeada con un moderno remate: 
molduras ajedrezadas orlan sus arcos y ciñen sus cuatro cuer- 
pos, y en el tercero y cuarto ábrese un magnífico ajimez en 
cuyos capiteles se observan extrañas y profusas labores. 

Pero si en este género busca el artista una perfecta y bien 
conservada joya, no la encontrará sino en un pueblo de catorce 
chozas más bien que casas, á medio camino entre Simancas y 
Valladolid. La parroquia de Arroyo de la Encomienda, que por 
sus dimensiones pudiera calificarse de ermita, no es una ruina 
ni parece una antigualla, sino un lindísimo dige acabado de ayer, 
ó por lo menos desenterrado de profundidades donde no le al- 
canzaran los estragos del tiempo. Todo lo que constituye una 



VALLADOLIt> 



196 VALLADOLID 

iglesia del siglo xii, todo lo presenta en exquisita miniatura: á 
un lado el portal semicircular con sus tres arcos concéntricos y 
decrecentes y bordados los arquivoltos ; bellos capiteles, pre- 
ciosas cornisas, grotescos y variados caprichos en las ménsulas; 
el ábside en su redondez perforado por tres ventanas que se 
estrechan hacia dentro, apoyando sus dovelas sobre cortas co- 
lumnas con grupos de ángeles y animales por capitel. Dijérase 
que es el modelo de una basílica grandiosa que se quedó olvi- 
dado en aquella soledad; y la soledad, y el olvido y la pobreza 
le han protegido mejor que no hubieran hecho la estimación, la 
frecuencia y la liberalidad de las gentes. 

Otro monumento de época y carácter diferente, aunque no 
menos completo, se eleva al nordeste y á una leg^a de Valla- 
dolid, y es el castillo de Fuensaldaña. Fabricáronlo en el si- 
glo XV y lo poseyeron por más de dos centurias los Viveros 
vizcondes de Altamira y señores del pueblo, del cual tomaron 
título de condes á fines del xvi (i): su primer ascendiente fué 
el contador real Alonso Pérez, á quién hizo arrojar fuera de sí 
el condestable Luna por una ventana del alcázar de Burgos el 
día de viernes santo de 1453; el segundo Juan de Vivero, en 
cuya casa se celebró el enlace de los Reyes Católicos. Al cons- 
truirse aquel albergue, el poder feudal se hallaba ya agonizante, 
y poco recelo inspiraba la aparición del alcázar aristocrático á 
las puertas mismas de la capital. Sin embargo, no vienen á di- 
simular ó á suavizar su guerrero continente adornos cortesanos, 
y todo en él anuncia más bien una fortaleza que una fastuosa y 
pacífica morada. Por cima del cuadrado recinto de un muro que 
le cerca por tres lados guarnecido de almenas y salientes cubos^ 
descuella á gallarda altura el edificio de planta cuadrilonga, 
sobresaliendo los cuatro torreones que guardan sus ángulos y 
las dos garitas que resaltan en el centro de los lienzos más 



(i) La sucesión de esta ilustre casa ha venido á recaer en la del marqués de 
Alcañices. 



VALLADOLID I97 

prolongados ; los bélicos matacanes y los merlones recortados 
en triángulo con bolas á modo de perlas en sus cúspides, le 
forman al rededor una condal diadema de incomparable majes- 
tad. Allí la gentileza, hermanada constantemente con la robus- 
tez, evita la pompa y desdeña los atavíos: sencilla es la ojiva 
de la entrada, sin más escultura que el blasón de sus dueños; 
desnudas las salas sobrepuestas una á otra, á las cuales se sube 
desde el patio por una escalera aislada con puente levadizo; 
lisas y angostas y cerradas con fuerte reja las ventanas levan- 
tadas tres ó cuatro escalones sobre el piso; por doquiera ma- 
cizas bóvedas y paredes de formidable espesor. Á ellas sin duda, 
no menos que á su actual destino de granero, debe el castillo 
su conservación excepcional. A sus pies se dilata el pueblo, y se 
cimbrea tíb sin gracia la torre de su parroquia mitad de piedra 
y mitad de ladrillo, y oran por los condes sus fundadores las 
monjas concepcionistas, privadas ya del tesoro inestimable que 
les atraía incesantes visitas y limosnas de los viajeros, á saber, 
tres excelentes pinturas de Rubens que desde su altar mayor 
pasaron á ocupar el puesto preferente en el museo de Vallado- 
lid (i). 

No por todas partes se ofrecen al artista tan lisonjeros ha- 
llazgos, harto preciosos para ser frecuentes, pero en cambio 
produce la comarca abundante cosecha de recuerdos. Al norte 
de Fuensaldaña se tropieza con Mucientes, lugar donde Felipe 
el Hermoso puso en observación á la triste reina D.^ Juana antes 
de entrar en Valladolid á su regreso de Flandes, sin que lograra 
convencer de la demencia de su esposa á los grandes de Casti- 
lla que acudieron á visitarla (2). A su levante aparece Cigales 



(i) Véase la página 1 19 de este tomo. En el pavimento de la iglesia de dichas 
religiosas, hay una lápida con la siguiente inscripción y su escudo correspon- 
diente: «Aquí yace D. Alonso hijo del señor D. Alonso Pérez de Vivero, conde de 
Fuensaldaña, murió á 4 de diciembre de 1 68 1 .» 

(2). Fueron éstos el almirante y el conde de Benavente, que hallaron en aque- 
lla fortaleza á D.' Juana acompañada del cardenal Cisneros y de Garcílaso, y como 
en los días que hablaron largamente con ella no la encontrasen nunca desconcer- 



198 VALLADOLID 



tan nombrada en las crónicas del xiv y xv^ campamento de los 
ex-tutores de Alfonso XI, D. Juan Manuel y D. Juan confede- 
rados contra los validos del monarca, teatro de la efímera re- 
conciliación del rey D. Pedro con sus bastardos hermanos Don 
Tello y D. Enrique en un día de Mayo de 1353, y de otra no 
menos pasajera en 1427 entre el débil Juan II y los bulliciosos 
infantes de Aragón que traían revuelta su corte. Todavía mués 
tra la villa el antiguo y ruinoso palacio donde fué á morir en 
18 de Octubre de 1558 la reina María viuda de Luís rey de 
Hungría y de Bohemia, al mes no cumplido del fallecimiento del 
Emperador su hermano. También posee Trigueros su palacio ó 
castillo (i), y en tiempo del conde Ansúrez tenía ya su monas- 
terio de San Tirso, cedido en 1095 ^ ^^ iglesia de Valladolid, y 
otro de Santa María unido en 1 1 29 al de San Zoil de Carrión 
por la condesa D.^ Mayor Gómez, de ninguno de los cuales 
queda más que la memoria. 

La palma empero de antigüedad la pretende Cabezón, no 
solamente sobre las villas del contorno sino sobre la misma 
Valladolid; y en verdad que si le faltan títulos para acreditar 
su pretensión de haber recogido en 1065 el postrer aliento del 
glorioso rey Fernando, los presenta harto auténticos en la 
misma donación de Ansúrez para decir con orgullo que en al- 
gún tiempo fué aldea suya la reina del Pisuerga (2). Bien pudo 



tada, dijeron con valentía al archiduque que se mirase bien en recluirla. «Estaba 
sola, dice pintorescamente Zurita, en una sala escura, sentada en una ventana, 
vestida de negro y unos capirotes puestos en la cabeza que le cubrían casi el 
rostro.» 

(1) Perteneció el señorío de Trigueros á los Lujancs de Madrid condes de 
Castroponce^ el de Gigalcs al famoso conde Pero Niño, pasando sucesivamente por 
hembras al señor de Herrera, al condestable de Castilla, al conde de Benavente y I 
por último al duque de Osuna. 

(2) Ecclesie Sánete Marte de Valleoliii, dice el conde en su donación que in- 
sertamos íntegra en la pág. 32, site secus fluvium Pisorice in territorium del Cabe- 
zone; palabras que expresan claramente que Valladolid y su iglesia caían dentro 
del territorio ó término de Cabezón. En cuanto á la opinión, contraria á la de los 
más autorizados cronistas, de haber muerto allí Fernando 1, no tiene mejor apoyo 
que ciertos versos de un romance de los del Cid, cuya antigüedad no llega tal 



VALLADOLID igq 

esto ser, porque siglo y medio antes que Valladolid fué poblada 
Cabezón por Alfonso III al mismo tiempo que Dueñas y Siman- 
cas. Su pintoresca puente de nueve arcos sobre el Pisuerga, las 
ruinas del castillo que coronan el cerro nombrado de Altamira, 
realzan poéticamente su aspecto al paso que atestiguan su im- 
portancia. Dióla en arras Alfonso VIII á su esposa Leonor de 
Inglaterra ; agrególa el Décimo al concejo de Valladolid ; capi- 
tuló en ella con la rebelión Enrique IV, declarando por sucesor 
á su hermano Alfonso á trueque de casarle con su dudosa hija 
D.* Juana, é hízole jurar solemnemente en 30 de Noviembre 
de 1 464 por los tres estados reunidos en un campo ; ganó su 
señorío Juan de Vivero con el título de vizconde de Altamira, 
atrincherándose en su castillo á favor de la princesa Isabel. Co- 
rona dignamente éstos sucesos la heroica aunque desgraciada 
defensa de su puente contra las huestes de Napoleón en 1 2 de 
Junio de 1808. 

Convertido en granja subsiste no lejos de Cabezón el insig- 
ne monasterio de Palazuelos, donde se celebraban cada trienio 
los capítulos generales de la orden cisterciense. Era antes una 
villa que Alfonso VIII dio en 1213a Alfonso Tello de Meneses, 
biznieto del conde Ansurez, y que al momento transfirió el pia- 
doso caballero á los monjes benedictinos de San Andrés de 
Valbenigna para que tomando la cogulla blanca se establecie- 
sen en aquella vega deleitosa. Sus vecinos en 1224 recibieron 
fuero del abad Domingo, que trocaron por el de Portillo 
en 1 31 3, año célebre para el monasterio, en cuyo claustro se 
juntaron los concejos de Castilla para repartir entre la prudente 
reina María y su hijo D. Pedro y su ambicioso cuñado D. Juan 



vez al siglo xv, en que dice la infanta Urraca hablando del rey su padre al Cam^ 
peador : 

Fizóos mayor de su casa 
Y caballero en Coimbra 
Cuando la ganó á los moros, 
Cuando en Cabezón moría. 



200 VALLA ^DOLID 



la regencia y tutoría del pequeño Alfonso XI. No tan antiguo, 
pero más venerado tal vez por la santidad de Pedro Regalado 
su fundador (i), floreció á orillas del Duero entre álamos y 
sauces el convento del Abrojo, á cuyos austeros moradores en- 
vidiaba en su agonía Juan II ; pero también vendrá lentamente 
al suelo la humilde mansión de franciscanos reformados, que 
supo conservar por tanto tiempo su pobreza, ilustrada solamen- 
te por penitencias y milagros. Mentaráse vagamente su nombre, 
como se mienta hoy el del monasterio de Santa María que esta- 
ba algo más arriba en la misma ribera, del cual sólo se sabe que 
fué dado en 1067 por Sancho II al santo abad Domingo de Si- 
los, sin poderse averiguar si es el que Sampiro menciona con el 
propio título, ^rig^do sobre el Duero por el rey Ramiro el ven- 
cedor de Simancas. 

Tudela, Herrera, Puente Duero, se asientan una tras otra 
cabe el río que les da sobrenombre y á cuyo celebrado caudal 
no corresponde la importancia de estos pueblos. En Tudela, 
que es el más crecido, ningún resto de fortaleza viene á confir- 
mar su glorioso significado, defensa del Duero, aunque en las 
escenas complicadas de la Edad medía representó distintas ve- 
ces algún papel. Tocóle su turno á Laguna, cuando en ella 
acampó Alfonso K de León para combatir á su propio hijo 
Fernando el Santo, celoso de su engrandecimiento ; tocóle á 
Renedo, cuando en 1506 presenció la estéril conferencia que 
tuvieron en una capilla el Rey Católico y su yerno, encubriendo 
con muestras de cariño su recíproca desconfianza; tocóles en fin 
á las más humildes aldeas del contorno hallarse asociadas á al- 
gún hecho notable desde el siglo xiii al xvi ; pero estas distin- 
ciones eventuales no las llevan escritas en su aspecto, y perma- 
neciendo en su condición oscura, ellas mismas han olvidado lo 
que recuerdan. 



(i) Fundólo en 14 15 en unión con el virtuoso fray Pedro de Villacreces, y 
compartía su residencia entre este eremitorio y el de la Aguilera. 



»Y~\o así Peñafiel. Villa noble y solariega, con blasones pro- 
r^^pios, con intrínseca pujanza, se presenta armada de punta 
en blanco, levantando por cabeza su enhiesto castillo tan robus- 
to todavía como venerable, y defendiéndose con su cintura de 
murallas rodeadas de foso. El Duratón la atraviesa deslizándose 
por los ojos de dos puentes, y el Duero majestuoso parece de 
lejos saludarla al romper sus aguas en los pilares de otro her- 
moso puente de ocho arcos. Su vecindario, numeroso respecto 
del de los pueblos de Castilla, pues excede de tres mil almas, se 
distribuye en tres antiguas parroquias, Santa María, San Salva- 
dor y San Miguel de Reoyo, de las cuales la segunda á fínes 



202 VALLADOLID 



del siglo XI llevaba el título de real monasterio. Bajo las bóve- 
das de la principal un concilio de obispos sufragáneos de la 
metrópoli de Toledo, entre los cuales se contaba el de Falencia, 
dictó en 1302 importantes reglas sobre reforma de la disciplina 
y protección á los convertidos. Con sus parroquias rivalizaba el 
convento de dominicos, cuya primera piedra puso en 5 de Mayo 
de 1324 el infante D.Juan Manuel destinándolo tal vez para 
panteón de su familia, aunque mayor fama ha logrado con la 
posesión de los restos de la bienaventurada Juana de Aza, ma- 
dre del santo patriarca de la orden. Otro convento de francis- 
canos, uno de monjas de Santa Clara, hospitales, ermitas, dos 
arrabales con sus respectivas parroquias, indican el desarrollo 
que alcanzó bajo varios conceptos la población en épocas ante- 
riores. 

Algún nombre arábigo debió llevar Peftafiel entre los sarra- 
cenos, si es cierto que se la ganase hacia i o 1 4 el conde Sancho 
García. Al menos consta que dio fuero á sus pobladores el ada- 
lid castellano, y que en 1256 y 1264 Alfonso X les otorgó el 
real y varias franquicias á sus caballeros, protegiéndolos á título 
de concejo de extremadura^ es decir fronterizo. Recibióla 
en 1 282 el infante D. Manuel, hermano del Rey Sabio, de manos 
de Sancho IV su sobrino, como regalo hecho á su recién nacido 
Juan Manuel á quien sacó de pila el rebelde príncipe, ó más 
bien en recompensa del apoyo prestado al usurpador; pero al 
siguiente año por Diciembre le sorprendió la muerte en su nue- 
vo dominio. Al heredar D. Juan Manuel los estados paternos, 
escogió por cabeza de ellos á Peñafiel enclavada en el centro 
de Castilla, y en 1307 empezó á amurallarla; allí tuvo su corte 
el ambicioso magnate, allí su estudioso retiro el escritor á la 
vez filósofo y caballeresco del Cande Lucanor; allí negoció 
en 1325 el casamiento de su hija Constanza con el rey Alfon- 
so XI cuya tutela acababa de ejercer, y volvió á recibirla 
en 1328 sin haberse efectuado su enlace, vengando la injuria 
con prolijas y encarnizadas querellas. Frente á frente de la reg^a 



VALLADOLID 203 

capital se alzaba el alcázar del ofendido infante, que detrás de 
sus almenas desañó constantemente la bravura del monarca y 
le hostigó sin tregua casi hasta 1 340 con osadas correrías y te- 
mibles alianzas. Cuando en el seno de una honrosa paz acabó 
su agitada y laboriosa carrera, quisp reposar entre sus predi- 
lectos religiosos de San Pablo de Peñafiel, en cuyo templo yace 
olvidada una de las espadas más insignes y una de las más 
diestras y elegantes plumas del siglo xiv (i). 

Sus dos hijas estaban destinadas á reinar; D.^ Constanza en 
Portugal, D.^ Juana en Castilla al lado de Enrique II su marido, 
á quien había acompañado varonilmente en el destierro. Enton- 
ces seguramente volvió Peñafiel á la corona, pues Juan I, nieto 
del letrado infante, la cedió de nuevo á Fernando su segundo 
hijo con título de ducado, poniéndole en la cabeza al darle la 
investidura una guirnalda de aljófar. En hora menguada para 
Castilla lo hizo, porque subiendo al trono de Aragón Fernando 
el de Antequera, la transfirió á su tercer hijo D. Enrique, tan 
funesto por las revueltas que suscitó con sus hermanos á Juan II. 
Rotas en 1429 las hostilidades entre ambos reinos, introdujo 
en Peñafiel á los aragoneses el conde de Castro Diego Gómez 
de Sandoval, y desmintiendo la villa su nombre cerró de pronto 
las puertas al soberano que acudió á recobrarla; bien que per- 
donada generosamente, volvió á la obediencia tan luego como 
sus opresores se retrajeron al castillo. No tardó éste en rendir- 



(i> El epitafio, que se le puso mucho después, dice que murió en i 362 en la 
ciudad de Córdoba; pero desde el 1 349 cesa de figurar su nombre en las crónicas 
y documentos. Casó tres veces, con Isabel hija de Jaime II rey de Mallorca, con 
Constanza hija de Jaime II de Aragón y con D.* Blanca de la Cerda y Lara; de las 
dos últimas tuvo sucesión. Verno de reyes y padre de reinas, llena con sus hechos 
la primera mitad del siglo xiv y con sus obras el primer puesto entre los ingenios 
de su época : las que andan impresas en el tomo 51 de la Biblioteca de Autores 
Españoles son : El conde de Lucanor ó libro de Patronio^ del caballero e del escude- 
ro^ de los estados, de las maneras del amor, de castigos ó consejos para su hijo^ de 
los frailes predicadores y de la asunción de Sta, Marta. Argote de Molina cita otras 
varias, de los sabios, de la caza, de los engeños, de los cantares, de los ejemplos. 
Mandó además escribir una crónica de España y el cronicón latino de sus aconte- 
cimientos más notables publicado en el tomo II de la España sagrada. 



204 



VALLADO LID 



se, y entró en su torre prisionero por sospechas de connivencia 
con los rebeldes el duque de Arjona D. Fadrique, nieto del 
desgraciado maestre del mismo nombre inmolado por su her- 
mano el rey D. Pedro; pero aquel cautiverio no fué prolongado, 
pues al siguiente año le puso término la muerte con lástima 
universal (i). Mal segura en poder de infantes Peftafiel fué dada 
después al conde de Urefta, á favor de cuyos descendientes los 
duques de Osuna la erigió Felipe III en marquesado. 

He aquí la rápida historia de sus vicisitudes enlazadas con 
la varia suerte de sus dueños ; no menos ilustres los tuvo el 
pequeño lugar de Curiel, distante una legua al otro lado del 
Duero, cuyas dos parroquias Santa María y San Martín no se 
hicieron sin duda para la escasa población presente. Perteneció 
su señorío á la incomparable reina Berenguela, dióla en arras 
Alfonso el Sabio á su esposa Violante de Aragón; pero su cas- 
tillo sirvió más veces de cárcel que de palacio. El revoltoso in- 
fante D. Juan harto feliz en escapar á costa de un breve encierro 
de las airadas manos del rey D. Sancho hermano suyo; Jaime 
de Mallorca rey de Ñapóles recluido allí en 1368 por Enrique 
de Trastamara como aliado del rey D. Pedro, hasta que pagó 
por su rescate setenta mil doblas la reina su consorte ; el bas- 
tardo Sancho culpable sólo por haber nacido del mismo don 
Pedro; todos suspiraron impacientes por salir de aquellos mu- 



(1) De este suceso escribe el bachiller de Cibdad Real en la carta XLV de su 
centón epistolar: «Acá, en Astudillo, se ha sabido la muerte del noble duque de 
Arjona, que habrá sido el fenecimiento de sus cuitas... E el rey trae paños de due- 
lo por su finamiento, e le ha mandado facer osequias muy honorables. Mas iqué 
importa? Que el duque quedará sepelido tn ceternum en Peñafíel do murió en pri- 
sión, e D. Fadrique de Luna se queda con Arjona. Ha sido plañida la muerte del 
duque só la piel, ca sus enemigos le facian malo, e dicen otros que era médola de 
la humanidad e cortesía e el vero acorrimiento de los que le demandaban ayuda. 
En la gloria le fará Dios la paga si es vero. » No le trata tan bien el romance que 
nos queda acerca de su prisión, pues pone en boca del rey estas amargas recon- 
venciones : 



De vos, el duque de Arjona, 
Grandes querellas me dan ; 
Que forzades las mujeres 
Casadas y por casar. 



Que les bebiades el vino 
Y les comíades el pan, 
Que les tomáis la cebada 
Sin se la querer pagar. 



VALLADOLID 205 

ros, dentro de los cuales el tercero acabó sus días precozmente. 
Hoy en la fortaleza de Curíel y en la de Castrillo de Duero, lo 
mismo que en la de Pefiafiel, no flotaría al viento otra enseña 
que los girones de la casa de Osuna, en quien no acumuló tan- 
tos monumentos el destino sino para imponerle el deber glorio- 
so de conservarlos. Tal vez alcancen mejor suerte estos castillos 
que los monasterios nacidos antes que ellos en las mismas már- 
genes, y que ahora se aniquilan abandonados: el de Valbuena 
fundado para los cistercienses por la condesa Estefanía hija de 
Armengol de Urgel y de la primogénita de Ansúrez, á quien 
auxilió con liberales dádivas Alfonso VII ; y el de premonstraten- 
ses de Retuerta erigido por D.^ Mayor la cuarta hija del pode- 
roso conde, casada con el progenitor de los Meneses. 

Á larga distancia se descubre Portillo, que situada en em- 
pinado cerro y ceñida de muros parece una vasta ciudadela, que 
domina su célebre castillo á manera de torre del homenaje. Tres 
arcos introducen á su recinto; tres parroquias contaba poco 
tiempo atrás, y alguna de sus ruinosas iglesias se ve trocada 
en cementerio; la población se ha desparramado fuera de la 
cerca por el pié de la colina. Del castillo lo que más entero 
queda son los subterráneos, así como su historia se reduce casi 
á prisiones y encierros. Sufriéronlo allí en el reinado de Juan II 
muchos personajes del uno y del otro bando, incluso el mismo 
rey detenido en 1 444 en poder del de Navarra su primo y cus- 
todiado allí por el conde de Castro, hasta que con pretexto de 
salir á caza recobró la libertad lanzándose en brazos del partido 
opuesto. Tan sólo para D. Alvaro de Luna tuvo un éxito la- 
mentable este cautiverio, del cual ya no salió sino para encon- 
trar en Valladolid el cadalso. Por el contrario el conde de Be- 
navente D. Alonso Pimentel llegó á obtener de Enrique IV el 
señorío del lugar de su antigua reclusión, y se lo devolvió 
en 1476 Femando el Católico arrancándolo de manos de los 
portugueses. 

Vasto término y diez y ocho aldeas reunía Portillo cuando 



206 VALLADOLID 



en 1255 y después en 1325 fué agregada al concejo de Valla- 
dolid : su fuero propio debió gozar de crédito, pues lo solicitaban 
los pueblos comarcanos. Pero la inmediata villa de Mojados re- 
cibió en 1 1 75 el de Madrigal de su nuevo señor el obispo de 
Falencia, á quien se la dio Alfonso VIII. Mojados se asienta á 
orillas del río Cega al extremo de un puente; y las cuadradas 
torres y los ábsides bordados por fuera con arabescos de ladri- 
\\o, imprimen en sus parroquias San Juan y Santa María un ca- 
rácter monumental. Á Iscar rodean dilatados pinares, y al par 
que la distinguen sus tres antiguas iglesias y su elegante con- 
sistorio, ennoblécenla su origen y su restauración, derivado aquél 
del romano municipio Ipscense y ésta de Alfonso el conquista- 
dor de Toledo que la encomendó ál valiente Alvar Fáñez de 
Minaya. Un día en 1334 se acercó yendo de caza Alfonso XI al 
pié de su castillo, perteneciente entonces á la casa de Haro, y 
pidió se le diese entrada ; negósela el alcaide, y esta audaz re- 
sistencia, sin valerle los derechos feudales, le costó sufrir en 
Valladolid el suplicio de los traidores. Más tarde vinieron á po- 
seerlo los Zúftigas, condes de Miranda del Castañar. 

En el fondo de rasas y amarillentas llanuras se destacan por 
ñn los muros de Olmedo la famosa, llave de Castilla, á cuya 
posesión, según el adagio, iba vinculado el dominio del antiguo 
condado, ó más bien la preponderancia entre las facciones que 
se lo disputaban. Por su levante corre el Eresma, por su po- 
niente el Adaja; restos de castillo la señorean al nordoeste, 
cual si la naturaleza y el arte se hubieran convenido en fortale- 
cerla. Entre la triunfal escolta de poblaciones que acompañaron 
á Toledo en su reconquista, brilla el nombre de Olmedo (i), 
que sin recurrir á orígenes más antiguos se explica naturalmen- 



(i) Recordamos aquellos dos versos del poético catálogo de las conquistas de 
Alfonso VI que trae el arzobispo D. Rodrigo, y que insertamos en el tomo de 
Castilla la Nueva—Toledo, en la reseña histórica de esta ciudad: 

Cauria, Cauca, Colar, Iscar, Medina, Canales, 
Ulmus et Ulmetum, Magerit, Atencia, Ripa. 



VALLADOLID 207 

te por los frescos árboles del territorio situado entre dos ríos. 
La arquitectura de sus parroquias más inclinada todavía al gé- 
nero bizantino que al ojival^ y una ermita de Santa Cruz fundada 
hacia el siglo xii en sus contornos (i), demuestran que la villa 
creció con rapidez y que sus monumentos precedieron bastantes 
años á su historia ó al menos á los ruidosos sucesos consignados 
en crónicas y anales. Sólo sfe sabe que su fuero era el de Roa; 
que ebrio de amor vino allí en 1353 el impetuoso rey D. Pedro 
huyendo por segunda vez de Valladolid y de los brazos de su 
legítima esposa para lanzarse en los de María de Padilla; que 
andando el tiempo la hija de su adulterio D.^ Constanza, mujer 
del duque de Lancáster, recibió á Olmedo con otras villas al re- 
nunciar en 1388 sus derechos á la corona, y que en 1436 fué 
asignada en dote por el rey de Navarra á Blanca su hija, pro- 
metida vanamente al príncipe D. Enrique. De aquella época, es 
decir del período más azaroso para Castilla, datan las glorias y 
los infortunios de Olmedo, bajo cuyo despejado cielo no sé qué 
estrella favorable al trono dio por dos veces al pendón monár- 
quico victoria contra los rebeldes. 



( 1 ) Trae Sandoval en su crónica de Alfonso VI la inscripción colocada en la 
torre de dicha ermita, de la cual se desprende que la fundó y dotó un virtuoso sa- 
cerdote, y añade el autor que vino éste de Andalucía huyendo de la invasión de 
los moros almohades. Merecen transcribirse sus curiosos dísticos leoninos : 

Sub cruce, sub Christo, dum corpore vixit in isto, 

Cselica facta dedit quem lapis iste tegit. 
Ordine tam pulchro sancto dominante sepulchro, 

Pauperiem voluit semper, et hanc docuit. 
Coelitus adjutus, pacis anxius, indeque tutus, 

Hoc sibi fecit onus quod tenet ista domus. 
Hanc sublimavit vivens, moriensque beavit, 

Auctam divitiis moribus atque piis. 
Presbyter insignis, fulgens ut stella vel ignis, 

Hic fuit absque dolo, regnat ct ipse polo. 
Mille trahunt centum septuagésima. Arnugo. 

En el nombre de Arnugo, que cree ser el de la persona sepultada, hallamos por lo 
insólito alguna dificultad, no menos que en la data que Masdeu enmienda arbi- 
trariamente por era centum bis septuagésima 6 año 1202. El tercer verso parece 
indicar que perteneció á la orden del Sepulcro ó á los Templarios, que según tra- 
dición tenían casa en Olmedo. 



208 VALLADOLID 

Mal de su grado toleraba la villa el señorío de D. Juan de 
Aragón, que olvidado de su reino de Navarra, sólo se acordaba 
de ser infante de Castilla para revolverla y saquearla. Al verle 
llegar banderas desplegadas contra su propio rey al frente de 
tropas advenedizas, cerróle las puertas, recordando primero el 
deber de subdita que el de feudataria ; pero entrada á viva fuer- 
za, lloró degollados en un patíbulo'á sus principales moradores, 
y entregadas al furor de la soldadesca las casas y bienes de sus 
vecinos. Agravóse la opresión con el cerco que le puso el ejér- 
cito real acampando á media legua hacia los molinos de los 
Abades : reuniéronse en cortes bajo las mismas tiendas los bra- 
zos del reino, corrieron negociaciones inútiles con los sitiados, 
hasta que llegando refuerzos al monarca se acordó venir á las 
manos. Dos horas antes de ocultarse el sol, en 19 de Mayo 
de 1445, trabóse la batalla que desde la mañana había comen- 
zado por escaramuza: los combatientes antes de embestirse se 
contemplaron y midieron sus fuerzas largo rato. Las huestes no 
eran numerosas, pues la del rey que era la mayor apenas exce- 
día de dos mil seiscientos peones y otros tantos jinetes, pero en 
ellas militaba la flor y la nobleza toda de Castilla, desplegando 
sus más lucidas galas como si fuera en un torneo: la mayor 
parte, olvidadas por un momento sus mutuas querellas, seguían 
al bondadoso Juan II y al príncipe su hijo reconciliados á la sa- 
zón, y con los caballeros lidiaban los prelados de Toledo, Si- 
güenza y Cuenca; pocos si bien muy principales, el almirante, 
el conde de Benavente, el de Castro, los Quiñones, por envidia 
al condestable servían al rey de Navarra y á su hermano Don 
Enrique. Peleóse con encono (i), y al frente de sus alas se en- 
contraron D. Enrique con el de Luna, el navarro con su yerno 



(i) «E unos para otros chocaron, dice el bachiller de Cibdad Real en su epís- 
tola XCII, e se peleó mucho rato corajosamente como si fuera contra los moros, e 
no se vencia una parte á otra; e muchos que de animosos se jataban, atordidos de 
la pelea, de sus decurias se salían e se metían en las que mas apartadas eran, de 
que no callan los nombres los que acá cuentan el fecho c se mostraron muy ani- 
mosos.» 



V A I. I. A D o I. I D 209 

el príncipe de Castilla. No tardaron en cejar los sublevados, 
pero el triunfo aunque completo no se ensangrentó con la ma- 
tanza; treinta y siete cadáveres tan sólo quedaron tendidos en 
el campo; muchos cayeron prisioneros, entre ellos los más ilus- 
tres, con quienes anduvo asaz clemente el vencedor. Los infan- 
tes de Aragón, no juzgándose ya seguros en Olmedo, la aban- 
donaron aquella noche, y D. Enrique fué á morir en Calatayud 
de la atosigada herida que en la mano izquierda recibió. Sobre 
el teatro de la batalla mandó el piadoso rey en cumplimiento de 
su voto erigir una capilla al Espíritu Santo, donde se celebra- 
ran perennes sufragios por las almas de los muertos ; á los na- 
turales recompensó con insignes mercedes, y nueve afiqs des- 
pués encarecía aún sus servicios, cuando el héroe de la jornada 
D. Alvaro de Luna había sucumbido ya en el cadalso á los ren- 
cores de los que allá fueron vencidos (i). 

Mayores peligros corría el cetro en 1467 en las débiles 
manos de Enrique IV. Pedro de Silva, que tenía á Olmedo por 
la reina D.* Juana, abrió en 1 8 de Junio un postigo de la mura- 
lla al infante D. Alfonso, quien aclamado por los rebeldes mu- 
chos y poderosos, estableció allí su corte más frecuentada que 



( I ) En el archivo municipal de Olmedo hallamos un privilegio dado por Juan II 
en Valladolid á 7 de Marzo de 1454, por el cual concede á la villa los pontazgos 
de Valdestillas y de Palacio, expresándose en la siguiente forma : «E me pidieron 
por merced que en remuneración de los trabajos e daños y pérdidas e robos que 
avian rescibido en los tiempos pasados e por guarda de la dicha villa, les fíciese 
merced de los dichos derechos... e yo acatando e considerando los dichos trabajos 
y pérdidas y robos y daños y males que pasaron y padescieron por mi servicio los 
de la dicha villa, así como buenos y leales vasallos son tenudos e obligados á su 
rey y señor natural, los quales son á mi públicos e notorios e conoscidos, e ppr 
tales los he y declaro, especialmente á la sazón que el rey D. Juan de Navarra y el 
infante D. Enrique su hermano y otros cavalleros de su opinión vinieron á la di- 
cha villa, e porque los non quisieron acoger en ella y les resistieron la entrada, la 
entraron y tomaron por fuerza e hicieron degollar ciertos omes de los mejores de 
la dicha villa y robaron á todos los vecinos y moradores della todos sus bienes y 
hazienda que les hallaron ; e asimismo otros males y daños que padescieron du- 
rante el tiempo que yo estove con mi real y tove cercada la dicha villa fasta el dia 
de la batalla que yo ove con los dichos rey e infante e con los otros cavalleros que 
con ellos estaban, en la qual por la gracia de Dios fueron por mí vencidos y des- 
baratados.» 

27 



2IO VALLADO LID 



la de su hermano. Presentóse el rey con su mesnada de cuatro 
mil hombres no cumplidos; y á pesar suyo, por el denuedo de 
Beltrán de la Cueva su privado y por la impaciencia de los 
suyos, mezcláronse las huestes día 20 de Agosto. De un lado 
combatía el valido que con orgullo había mostrado antes á sus 
contrarios para servirles de blanco las armas y la divisa que 
pensaba usar ; del otro con sus vestiduras arzobispales el turbu- 
lento Carrillo ducho en funciones semejantes, al lado del joven 
príncipe; sólo el monarca, sea por miedo, sea por horror á la 
fratricida lucha, se mantuvo retraído de ella, hasta que le bus- 
caron para anunciarle la victoria. Sin embargo, no fué ésta tan 
decisiva como la otra de su padre : los conjurados permanecieron 
en posesión de la villa, mientras que los del rey se retiraron á 
Medina del Campo. La paz acordada al año siguiente puso á 
Olmedo en poder de la ínclita princesa Isabel como primicias 
del glorioso reinado que le aguardaba ; y luego apenas coronada 
se apresuró á jurar á sus habitantes cuantas prerrogativas le pi- 
dieron, que todas respiran odio al señorío feudal, á las quere- 
llas y opresiones de los grandes y hasta á sus propias fortifica- 
ciones, que en lugar de defenderla le habían acarreado en las 
guerras civiles una funesta importancia (i). 



(1) De este notable documento de su archivo otorgado por la Reina Católica al 
principio de su reinado, extractamos lo que sigue : «Las cosas que yo juro e pro- 
meto por mi palabra y fé real de guardar y que serán guardadas á la villa de Ol- 
medo y lugares de su tierra son las siguientes; que agora y en tiempo alguno no 
faré ni mandaré facer merced ni cmpeñamiento ni gracia ni donación ni trueque 
ni cambio de la dicha villa ni de los lugares de su tierra á ninguna persona de 
cualquier estado, condición, preeminencia ó dignidad que sean, ni la apartaré ni 
será apartada de la corona real destos mis reinos e que la déteme para ellos. Otro 
sí de no darles corregidores sino fuere á pedimiento de dicha villa e por mas 
tiempo de un año. Otro sí por quanto de la fortaleza que se ovo fecho en la dicha 
villa vino grand daño á ella y á su tierra y á la república de ella, que por quitar y 
apartar estos daños e otros inconvenientes que de ello se podian seguir, que yo 
no faré ni mandaré fazer ni que sea fecha ni se faga fortaleza ni otra casa fuerte en 
la dicha villa ni en su tierra que pueda ser dicha ofensiva ni defensiva agora ni en 
tiempo alguno ; ni porque aya escándalos ni guerras ni otros bullicios en estos 
mis reinos, e aunque convenga e sea complidero á mi servicio e al bien de la dicha 
villa e tierra de fazer la dicha fortaleza e casa defensiva e ofensiva, que se non 
hará ni la mandaré fazer en tiempo alguno. Ítem que gocen de los pedidos e mará- 



VAL.LADOLID 211 



Hoy subsisten todavía estos muros para ella ominosos, pero 
ya no tientan á opresor alguno á guarecerse tras de sus frágiles 
lienzos ; coronados de almenas, flanqueados de torreones de dis- 
tintas formas, aunque cuadrados los más, sirven antes de pinto- 
resco adorno que de peligro, por más que hacia poniente y me- 
diodía se conserven casi enteros. En varios portales de la cerca, 
pues se cuentan más de siete, obsérvase el doble arco y la canal 
por donde caía el rastrillo. Las parroquias, fabricadas de ladri- 
llo, levantan á corta altura sus cuadradas torres, y en el exte- 
rior de sus torneados ábsides ostentan aquellas zonas de arque- 
ría de medio punto que distinguen característicamente á las de 
Toledo; pero no todas retienen intacta su primitiva forma. En 
Santa María, la principal de las seis, reedificóse de piedra la 
capilla mayor, dándole bóveda de crucería y un retablo de me- 
nuda arquitectura donde pintó los misterios de la Virgen en 
doce interesantes tablas algún purista aventajado; y el ojivo 
portal quedó debajo de un pórtico greco-romano añadido á su 
fachada. San Juan fué también renovada, cuando luchaba el re- 
nacimiento con las postreras tradiciones del arte gótico, por un 
obispo de Córdoba, á cuya ilustre familia de Cotes sirvió de 
panteón una capilla hoy destinada á sacristía, con cúpula por 
techo y con platerescos sepulcros en sus ángulos (i). En la 
moderna iglesia de la Merced, cuya bóveda y cimborio tachonó 
el barroquismo con vistosos casetones, se han reunido dos pa- 
rroquias, San Julián y San Pedro; mas por fortuna permanece 



vedis que el rey D. Enrique m¡ señor hermano les ovo fecho.» Les promete ade- 
más su favor y ayuda para reprimir las opresiones y vejaciones de algunos caba- 
lleros, y les permite juntarse con mano armada para resistirles. 

(i) Sobre un arco de la capilla mayor se lee : « Aquí yace el honrado cavallero 
Garci González de Cotes y su mujer Teresa Rodríguez, al qual armó cavallero el 
infante D. Fernando estando sobre Seteñil año de 1407 ; falleció á 19 de septiem- 
bre año de 141 3. Reedificó este arco con esta iglesia su descendiente Hernando 
de Vega y Cotes presidente de los consejos de Hacienda é Indias y obispo de Cór- 
doba. » En los sepulcros, uno de los cuales tiene más de gótico-arábigo que de 
plateresco, se leen los epitafios de D. García que falleció en i 542 y yace allí con 
su mujer, de otro García fenecido en 1561 y de D. Jerónimo, todos del apellido 
de Cotes. 



212 YALLADQLID 

aún de pié el viejo templo de San Julián, que con los de San 
Miguel y San Andrés nos traslada á la desconocida Olmedo del 

siglo XIII. 

Los tres pertenecen á la transición del estilo bizantino al 
gótico, con los cuales viene á mezclarse no poco de arábigo. Al 
lado de la naciente ojiva tímidamente trazada campea el arco 
de herradura, como se nota en las dos puertas y en la nave de 
San Julián ; las bóvedas son macizas y de medio cañón, los ábsi- 
des de forma románica aunque desnudos de ornato^ y en sus 
costados tienen nichos sepulcrales. Arabescas labores y cornisa 
estalactítica presenta una de las hornacinas de dicho templo (i); 
en las de San Andrés aparecen á la derecha dos grandes efigies 
yacentes de caballeros armados con un pajecillo á sus pies, re- 
presentando según fama á los marqueses de San Felices y con- 
des de Alcolea ; y por fuera indican también entierros varios 
nichos apuntados á espaldas de una vetusta capilla. Á San An- 
drés distinguen el retablo mayor, atribuido por mera tradición 
á Berruguete no solamente en la parte de escultura sino tam- 
bién en la de pincel, y la torre que encima de un grande arco 
abre arriba tres menores; á San Miguel sus tres naves, elevadí- 
simas en proporción de su estrechez, cuyos arcos suspendidos y 
cortados á cierta altura le dan todavía un carácter más extraño. 
Pero el objeto más venerado, no ya de la parroquia sino de la 
villa entera, es la imagen de su patrona la Virgen de la Sote- 
rraña que allí se reverencia en una clara y moderna cripta, efi- 
gie que si bien por sus formas y tamaño no semeja harto anti- 
gua, remontan sus devotos al tiempo de San Segundo, discípulo 
de los apóstoles, y ligan con la reconquista del pueblo por su 
aparición á Alfonso VI y misterioso hallazgo en una cueva (2). 



(1) Este sepulcro, que recuerda el de Fernán Gudiel en una de las capillas de 
la catedral de Toledo, lleva en la orla un epitafio que empieza : «Aquiyaze Alfonso 
Sanchiz.» 

(2) De esta imagen compuso el presbítero Antonio Prado hacia mediados del 
último siglo un novenario inédito con siete recuerdos históricos, panegíricos y mo- 



VALLADOLID 213 

Cinco humildes conventos de religiosas contaba Olmedo 
desde la entrada del siglo xvi: hoy las franciscas de la Cruz y 
las de Jesús se han reunido con sus hermanas las de la Concep- 
ción en un mismo claustro; subsisten en su pobre edificio las 
dominicas de la Madre de Dios, y fuera de los muros hacia le- 
vante las bernardas de Sancti Spiritus, que en el reinado de 
Enrique IV parece ocuparon la ermita fundada por Juan II sobre 
el campo de batalla (i). Pegado á la misma cerca por aquel 
lado, y entre árboles que parecen dar mayor antigüedad á la 
destrucción, vimos aún de pié medio cascarón de la capilla ma- 
yor de San Francisco, á cuyo convento transformado en para- 
dor ha cabido más triste suerte que al de Mercenarios conver- 
tido en escuela pública. Á una legua de allí se ha reducido á la 
condición de granja, demoliendo cuánto no sirve para sus cam- 
pestres usos, el célebre monasterio de Jerónimos erigido á prin- 
cipios del siglo XV y titulado de la Mejorada por su fundadora 
María Pérez, que destinó á este piadoso objeto la herencia con 
que la habían mejorado sus padres en tercio y quinto. La sille- 
ría gótica de su coro ha pasado á San Andrés, á Santa María 
un curioso relicario con cuarenta y nueve bustos de santos que 
contienen algún resto de los mismos. 

La quietud de aquel claustro vino á turbarla un matador 
en 2 de Noviembre de 1 5 2 1 , costando grandes trabajos á los 
monjes el asilo que le dieron, hasta que huyó á Méjico á impo- 
nerse con voluntaria penitencia la expiación que evitó de la jus- 
ticia: era Miguel Ruiz de la Fuente bañado en la sangre de 
Juan de Vivero, á quien había armado asechanzas en el camino 
de Medina aquella noche, ambos ilustres hidalgos de la villa. 
¿Será acaso la víctima de quien canta aquel sentido romance? 



rales, y es lo único que se ha escrito acerca de la historia de Olmedo, tratada allí 
toda con referencia á esta devota figura. 

(i) a dicho convento se refiere una de las concesiones de la Reina Católica en 
el documento arriba citado : « Otro sí por quanto el monesterio de Sancti Spiritus 
que es cerca de la dicha villa es pobre e tiene de merced e limosna ciertos mara- 
vedís, es mi merced e mando que aquellos sean pagados.» 



214 VALLADOLID 



De noche le mataron 
Al caballero, 
La gala de Medina, 
La flor de Olmedo. 

¿Será éste el caballero de Olmedo, á quien presentó en escena 
el gran Lope, avisado por su misma sombra del trágico destino 
que le aguardaba (i)? ¿Anda ligada dicha historia con la titá- 
nica empresa que cuentan acometió un enamorado de cambiar 
el cauce del río Adaja abriendo la cava que se ve junto á Me- 
dina, sólo por coger la palabra á la señora de sus pensamien- 
tos? ¿Ó quizá se la confunde con otra muerte producida por los 
nefandos celos de un imberbe paje que reconoció luego á su 
padre en el asesinado rival? Ni uno ni otro parece de aquel 
siglo; si aquello se remonta á las hazañas de caballería, esto 
desciende hasta el drama romántico de nuestros tiempos. Lo 
cierto es que al llegar á la cuesta del Caballero donde sucedió 
la catástrofe, á la hora del crepúsculo, siente uno estremecerse, 
y al través de los pinares cree divisar la triste sombra y perci- 
bir el gemido del héroe de la leyenda, que cuanto más descono- 
cido y vago más vivamente impresiona la fantasía. 



(i) La acción del drama de Lope no es más que una trivial intriga de amor y 
celos que supone acaecida en el reinado de Juan II ; pero se ve claramente que lo 
escribió sobre el romance popular, cuyos versos intercala poniéndolos en boca de 
un pastor en el momento en que va á consumarse el asesinato. Con el propio títu- 
lo de El Caballero de Olmedo compuso Monteser una parodia del de Lope. 



CAPITULO Vil 

Medina del Campo 



QUÉ solitaria yace la villa de las ferias, el emporio del co- 
mercio de Castilla! ¡qué silencioso el recinto donde tantas 
veces se congregaron las asambleas del reinot ¡qué abatida la 
mansión frecuente y no siempre tranquila de los monarcas, la 
residencia querida y última de Isabel la Católica, la denodada 
sostenedora del pendón comunero al través de las llamas y del 
estrago! Sus catorce mil vecinos se han reducido á setecientos, 
sus quince parroquias á siete y sobra aún la mitad ; á cada paso 



2l6 VALLADOLID 

se tropieza con ruinas de conventos, con recuerdos de suntuo- 
sos hospitales. Barrios enteros han desaparecido cual si los hu- 
biese devorado la tierra ; y á larga distancia del centro perma- 
necen en medio de aquel nuevo Herculano ya un arco, ya una 
torre, señalando la vasta redondez de su destruida cerca. Los 
campos la han invadido por todas partes, y lo que fueron calles 
han tornado á sementeras. ¿Qué es lo que guarda pues con sus 
cuádruples muros el celebrado castillo de la Mota que al orien- 
te vela sobre los restos de Medina? Ya no tiene reyes ó fueros 
que defender, ni validos que combatir, ni riquezas que custodiar. 
No parece sino que avergonzada de su pobreza se ha acurruca- 
do en lo más bajo de la hondonada la población antes extendida 
por la raíz de los cerros que la circuyen, y que el humilde Za- 
pardiel, más acomodado á su condición presente que á su gran- 
deza pasada, libre casi de edificios y ceñido de zarzales, acom- 
paña su muda soledad, arrastrándose lentamente por un lecho 
cenagoso. 

Apenas hay ejemplo en pueblo alguno interior de aumento 
tan improviso y de tan rápida decadencia. Diríase que las nom- 
bradas ferias, que cuatro veces al año celebraba, le habían for- 
mado un puerto en el seno de las llanuras, ó abierto hasta allí 
canales navegables desde los extremos de la península. Coloca- 
da entre los focos industriales y agrícolas de Avila, Segovia, 
Valladolid, Toro, Zamora y Salamanca, era el gran mercado 
adonde afluían los productos y manufacturas de todas, distribu- 
yéndolas por el norte y occidente de España. Hermanábase este 
pacífico movimiento con las deliberaciones á veces tumultuosas 
de las cortes y con el estrépito de las armas, que traía consigo 
á menudo la estancia de los reyes, atraídos desde el siglo xiv 
en adelante por no sé qué oculta fuerza hacia la populosa y 
traficante villa. No fueron sólo Juan II y Enrique IV, errantes 
siempre de pueblo en pueblo durante las continuas turbulencias 
de sus reinados, sino Fernando é Isabel en el apogeo de su 
gloria los que la honraron casi anualmente con su presencia, 



^LLADOLID 



cuando les brindaban con su esplendor y sus delicias tantas y 
tan insignes capitales. Duró la pujanza de Medina hasta muy 
entrado el siglo xvi, en que la vida de la nación con el descu- 
brimiento del Nuevo Mundo huyó del centro á las extremidades, 
dejando poco menos que yerto el corazón de Castilla. 

A pesar de su arábigo apelativo que tiene común con otras 
tantas, Medina del Campo no ñgura en los anales sarracenos, 



y aun después de restaurada por el conquistador de Toledo, 
tarda- bastante en adquirir nombradía. En 1 1 70 la obtiene entre 
los lugares dados en arras por Alfonso VIII á su consorte Leo- 
nor de Inglaterra, y merece hospedar al mismo rey: Alfonso el 
Sabio, que la visita en 1258, completa su primitivo fuero con 
importantes leyes acerca del número y nombramiento de los 
alcaldes, reuniones del concejo, y enjuiciamiento y penas contra 
las riñas y homicidios. En 1 296 ve retirarse disperso el ejército 
del rey de Portugal desconcertado por el sereno valor de la 
reina María de Molina. Por primera vez en 1302 se reúnen allí 
las cortes convocadas por Fernando IV, acudiendo sólo los con- 
cejos de León y Extremadura, á las cuales suceden otras más 



2l8 VALLADOLID 



generales en 1 305 para decidir las pretensiones sobre el seño- 
río de Vizcaya, y otras en 1 3 1 8 durante la menor edad de Al- 
fonso XI á fin de otorgar servicios á los infantes para su infausta 
expedición á Andalucía. Allí encontraremos en 1353 á una reina 
infortunada, á la triste Blanca de Borbón, llorando al lado de su 
suegra los desvíos de su esposo; allí á los caballeros coligados 
para defender su querella, cuyo caudillo Juan Alonso de Albur- 
querque espira de pronto con sospechas de veneno, encomen- 
dando que no se dé sepultura á su cadáver hasta conseguir la 
justa demanda; allí antes de un año al iracundo rey, que rotos 
los frágiles lazos con que se intentó sujetarle, manda quitar la 
vida á Sancho Ruiz de Rojas y al adelantado Pedro Ruiz de 
Villegas, sembrando de ilustres víctimas su camino. 

Para reducir las plazas y castillos inobedientes todavía y 
saciar de oro á los adalides extranjeros, llama las cortes á Me- 
dina en 1370 Enrique II y les pide cuantiosos donativos: 
en 1380 las junta nuevamente Juan I para decidir á cuál de los 
dos pontífices, al de Roma ó al de AviftÓn, ha de rendir home- 
naje la monarquía. Con estas coincide el nacimiento de un in- 
fante, segunda prole del rey y de Leonor de Aragón, y sin sa- 
berlo festeja Medina al que ha de poseerla en señorío y ceñir 
más adelante la corona materna. Dícese que una noche al vol- 
ver el monarca del bosque de Carrioncillo aquejado de oculta 
pena, frente á la parroquia de San Andrés se le hizo visible el 
santo apóstol, desmintiéndole los celos que á nadie había reve- 
lado y anunciándole que le daría la reina un hijo para el día de 
su festividad; y con efecto en 30 de Noviembre nació D. Fer- 
nando. Pero la villa natal no le fué dada desde luego ; confirióla 
primero el rey á su segunda esposa Beatriz de Portugal, y re- 
vocando luego su disposición, al firmar con su prima Constanza 
la paz sellada con un enlace, se la dio de vida juntamente con 
Olmedo. La hija del rey D. Pedro, antes de volver á Inglaterra 
con su marido, quiso visitar en el mes de Agosto de 1388 aquel 
corto legado que le quedaba del reino de su padre; y allí, ex- 



VALLADOLID 219 

tínguidos los odios hereditarios, recibió del hijo de Enrique de 
Trastamara, que iba á ser su consuegro, obsequios y honores 
verdaderamente reales. 

Por fin en 1406,- sin averiguar el tiempo y el modo, había 
pasado ya Medina al infante, cuando bajo la advocación de San 
Andrés su patrono fundó el convento de dominicos. Al partir 
para su gloriosa campaña contra los sarracenos, escogióla por 
residencia de sus numerosos hijos y de su esposa Leonor Urra- 
ca, á quien se le hizo tan agradable, que en los días de su viu- 
dez, saliendo de las tierras de Aragón donde había reinado, 
volvió á fijarse en ella con preferencia á cualquier otro retiro. 
Con justas y lucidos festejos celebráronse allí á presencia suya 
en 20 de Octubre de 141 8 los desposorios de su hija María con 
Juan II y su elevación al trono de Castilla, á la cual siguió la 
reunión de cortes en el próximo año. Pero desgraciadamente 
para la quietud de Medina D. Fernando, al morir rey de Ara- 
gón, la había legado á su segundo hijo D. Juan, á quien vio 
nacer aquella con fatal agüero en 1397. Ceñida apenas la coro- 
na de Navarra vino el cizañero príncipe, más bien que á visitar 
á su madre, á tramar alzamientos con los grandes castellanos, 
á quienes ligó con juramento por el mes de Noviembre de 1426 
en la cercana ermita de Orcilla. Durante las guerras intestinas 
que provocó, aquella fué su plaza fuerte y su campamento ; pe- 
ro muy pronto, trocada en mejor la suerte, vencidos los rebel- 
des y echados los extranjeros, vino á ser por algunos años la 
corte de Juan ü. La reina viuda de Aragón, para que no prote- 
giese á sus hijos los infantes, hubo de salir desterrada á Torde- 
sillas; aunque en breve, acatando su dignidad y sus virtudes, 
fué restituida al venturoso asilo que se había labrado en el 
convento de monjas dominicas de Santa María la Real (i). 



(i) Mariana y Méndez Silva lo titulan de San Juan de Dueñas. Fué D.* Leonor 
Urraca hija única de D. Sancho conde de Alburquerque, uno de los hermanos de 
Enrique II, apellidada por sus opulentos estados la rica hembra^ y codiciada de 
muchos por esposa cuando dio su mano al infante D. Fernando. 



220 VALLADO LID 



donde espiró en Diciembre de 1435, bendecida del pueblo y 
transida de dolor por el cautiverio de sus hijos en Ponza. En 
aquel templo yace la fecunda madre de reyes y de reinas al 
lado de su cuarta nieta Magdalena infanta de Navarra, que en- 
tregada en rehenes á los Reyes Católicos feneció doncella en 
mayo de 1 504. 

Mientras residió en Medina Juan II, rodearon casi perenne- 
mente su trono las asambleas del reino. Á fines de 1429 se 
concedían cuarenta y cinco cuentos para resistir á las invasiones 
de los reyes hermanos de Aragón y de Navarra; en 1430 se 
confiscaban los estados á los rebeldes infantes y á sus adictos, 
repartiendo entre los fieles sus despojos, medida á que rehusa- 
ron suscribir los procuradores antes de consultar á sus ciudades 
respectivas; en 1431 por Octubre se otorgaba la paz á los por- 
tugueses y se votaban recursos para continuar la guerra de 
Granada tan gloriosamente empezada aquel año, perturbando 
el público regocijo de aquellos días los recelos de nuevos tras- 
tornos y las prisiones decretadas contra los Vélaseos y los To- 
ledos; en 1434 se dictaban ordenanzas contra las banderías, y 
era arrestado el revoltoso D. Fadrique de Luna, hijo bastardo 
del rey Martín de Sicilia y emigrado de Aragón, á quien cuatro 
años atrás había acogido allí la corte, prodigándole distinciones 
y pingües rentas. Durante el siguiente invierno una desastrosa 
avenida del Zapardiel vino á demostrar que, tan pequeño como 
era, podía convertirse en azote de la villa, y el rey desistió del 
proyecto de traerle nuevos caudales, cegando la zanja abierta 
con este objeto. Días de grandeza para Medina, días de gloria 
para sus hijos, cuyo pendón mejor que en las contiendas civiles 
ondeaba victorioso en los campos granadinos, conquistando, ya 
en el asalto de Ronda, ya en el combate de la Higuera, aque- 
llas aldabas y cadenas que cuelgan todavía en su iglesia princi- 
pal, aquellos trece róeles plateados en campo azul que blasonan 
su escudo! Lleva éste por orla un extraño mote: ni el papa be- 
neficio ni el rey oficio^ en memoria de la singular exención de 



VALLADOLID 221 



que gozaban de toda provisión real y pontificia sus cargos civi- 
les y sus prebendas eclesiásticas. 

Continuaba en posesión de Medina el rey de Navarra á pe- 
sar de sus deméritos, pues en 1436 la señaló en dote á su hija 
Blanca desposada con el príncipe, para que así volviese á la co- 
rona de Castilla: pero cansado de sus continuas tramas el so- 
berano, creyó llegada la hora de confiscársela irrevocablemente. 
Habitaba allí como áolía Juan II, ora. prendiendo, ora perdonan- 
do, ora en abierta lucha, ora en transacciones con los descon- 
tentos, entre los cuales se contaban su consorte y su propio hijo, 
receloso, clemente y pródigo siempre fuera de sazón, cuando en 
el verano de 1441 apareció cercada la villa por las huestes de 
los infantes. Corto fué el sitio, porque una noche abrió en los 
muros traidora brecha el caballero que tenía su custodia, y al 
amanecer del 14 de Julio invaden la población los conjurados 
dirigiéndose á la real morada. Los habitantes, ó azorados ó 
neutrales, se mantienen inmóviles, y sólo alguna caballería en 
las bocas de las calles y de las plazas, detiene por un momento 
el ímpetu de los eneniigos, mientras que D. Alvaro de Luna y 
su hermano el arzobispo de Toledo y el maestre de Alcántara, 
después de probar la desigual pelea, se salvan á uña de caballo 
por el lado opuesto. Al rey encuentran en la plaza defendido 
sólo por su dignidad, y descabalgan y bésanle la mano los gran- 
des sediciosos, y el rey de Navarra le rinde acatamiento, al que 
contesta dándole paz en el rostro el ofendido monarca. No fué 
aquello avenencia de partidos (i), sino triunfo del más osado y 



(i) Tal pudiera deducirse de los halagüeños colores con que describe este su- 
ceso Juan de Mena : 

Vi la furia civil de Medina, 
E vi los sus muros no bien foradados, 
Ví despojadores e vi despojados 
Hechos acordes en paz muy aina; 
Ví que á su rey cada cual inclina 
Yelmo y cabeza con el estandarte, 



222 VALLADOLID 



escarnio de la majestad real, á quien retuvo cautiva á vuelta de 
pérfidos homenajes, imponiéndole sus consejeros y sus criados 
y convirtiéndola en instrumento de su tiranía. 

Sacudióla en un momento de vigor Juan II huyendo de la 
fortaleza de Portillo; reconocióle Medina del Campo por su 
único seftor, y á fines de 1 444 le vio reconciliado ya con su hijo, 
en medio de sus cortes, solicitando medios para abrir contra los 
sublevados la campaña que debía terminar con la victoria de 
Olmedo. Por última vez le recibió en 1453 enfermo de cuarta- 
nas, devorado de remordimientos por la acerba paga que á los 
servicios de su fiel privado acababa de dar, sin que ni los cono- 
cidos lugares ni el acostumbrado clima devolviesen el vigor á su 
cuerpo ni á su espíritu la serenidad. Tiempos no más tranquilos 
y más degradantes escenas alcanzó á presenciar en el siguiente 
reinado: traiciones, revueltas, impunidad, disoluciones y escán- 
dalos en la corte, y castigado con el suplicio en el desgraciado 
Alonso de Córdoba, el delito de enamorar á la querida del rey 
Catalina de Sandoval. Sólo de ésta se mostró celoso Enrique IV; 
su esposa, su cetro lo abandonaba á sus validos, sus dominios 
á las facciones, repartiendo con profusa mano entre sus insacia- 
bles ricos hombres lo poco que le restaba. Mientras que allí 
distribuía condados y señoríos, se enarbolaba en el castillo de 
la Mota la bandera de la rebelión á nombre del arzobispo de 
Toledo, y la villa sujeta á todo estrago iba á perderse sin re- 



E vi dos estremos hechos una parte 
Debaxo la justa real disciplina. 

Y luego recordando el espanto que produjo la voz de Jesús en el huerto sobre los 
que iban á prenderle, continúa: 

Y como aquel pueblo cayó casi muerto, 
Assí en Medina veyendo tal ley 
Vista la cara de nuestro grsLti rey 
Le fué todo llano e allí descubierto. 

No es posible llevar más adelante la lisonja para encubrir su humillación al mal 
parado rey, ó las ilusiones que se forjaba tal vez el candido poeta acerca de la 
fusión de los partidos. 



VALLADOLID 



223 



curso, cuando entró victorioso el ejército real, á quien por se- 
gunda vez en Olmedo había favorecido la fortuna. Allí pasó el 
rey Enrique la noche que siguió á su único é involuntario triun- 
fo, allí oyó benévolo las proposiciones conciliadoras del nuncio 
pontificio, allí en la inacción vio deshacerse hoja por hoja su 
efímero laurel, hasta que al fin hubo de firmar las capitulacio- 
nes, mediante las cuales fué cedido con otros aquel rico pueblo 
á su hermana y heredera. 

Por aquellos días, después de ver cumplidos los tristes pro- 
nósticos que de su real alumno había formado, falleció en Cuen- 
ca á 30 de Mayo de 1469 uno de los más insignes hijos de 
Medina y de los que más acaso contribuyeron á su pujanza, fray 
Lope de Barrientos dominico, obispo sucesivamente de Segovia, 
Ávila y Cuenca, confesor de Juan II y maestro del príncipe, á 
quien cupo en la corte un papel tan principal como después al 
arzobispo Carrillo y al cardenal Mendoza. Magnífico, dadivoso, 
más acomodado en las costumbres á su época que á su profe- 
sión, previno minuciosamente en vida la brillante pompa con 
que había de ser trasladado su cadáver á la capilla del hospital 
de la Piedad edificado á sus expensas, donde bajo una cúpula 
artesonada con estrellas de gusto arábigo, aparece de rodillas 
sobre la losa su efigie, que por lo earecterístico del semblante 
debe ser de notable semejanza y por la riqueza del traje epis- 
copal muy conforme á su esplendidez (i). La inscripción del 
friso recuerda sus títulos y blasones, entre otros ¡menguado 
elogio para un prelado! el ser fundador del linaje de Ba- 
rrientos. 



(i) En su testamento otorgado en Medina á 1 7 de Noviembre de 1454 dispo- 
ne el obispo que el cadáver «lo entierren y sepulten en la nuestra capilla mayor 
del nuestro hospital, e lo pongan debaxo del vulto de alabastro, segund por la via 
que lo nos tenemos fecho e ordenado.» Al hospital lega una porción considerable 
de sus bienes, al convento de dominicos una fuerte manda. La familia de Barrien- 
tos era una de las siete familias más ilustres de Medina; acerca de la descendencia 
de D. Lope establecida en Cuenca, véase lo dicho en el tomo de Castilla la Nueva, 
Fuera del sepulcro del obispo, no contiene cosa notable el hospital sino un pe- 
queño retablo gótico en la sacristía con preciosos grupos de figuritas. 



VALLADOLID 



La fortaleza de la Mota habfa pasado al arzobispo de Sevi- 
lla Fonseca y por muerte de éste á su sobrino; cansados de su- 
fruir sus continuos daños cercáronla los medíneses en 1473, 
llamando en su auxilio al temible alcaide de Castronuño que con 
su osadía burlaba la ley y hasta la imponía á los partidos, y por 
armas y por tratos á un tiempo, traba- 
jaron en adquirirla para derrocarl 
con sus gentes el duque de Alb 
persando á los sitiadores, tomó 
lio en tercería hasta tanto que s( 
nízara á Fonseca, con promesa d 
donarlo después al pico destruct 
al presentarse en 1475 Fernan- 
do é Isabel recién coronados 
en Segovia , creyó no poder 
tributarles don más grato que 
aquellos muros, que ponían en 
sus manos la población más 
opulenta de Castilla y la más 
importante para las necesida- 
des de la guerra. Los tres 
brazos del reino reunidos -en 
cortes, últimas que se celebra- 
ron 6n aquel punto, ofreciéron- 
les la mitad del oro y plata de 

las iglesias de sus dominios Castillo de la mota. -torre dbi. 

por vía de anticipo hasta lo- homenaje 

grar la victoria, que no se hizo 

aguardar por largo tiempo. Las ovaciones de Medina fueron 
las primeras que recibió Fernando V al volver triunfante de 
los campos de Toro; y el primer uso de la adquirida fuerza, 
que le permitía ser clemente, fué e! perdón concedido á los po- 
derosos hermanos -Girones, el conde de Ureña y el maestre de 
Calatrava. Desde entonces apenas transcurrió ningi^n aAo sin 



VALLADOLID 225 

que los Reyes Católicos visitasen su amada villa. De su perma- 
nencia le dejaron notables fechas: en 27 de Setiembre de 1480 
la creación del formidable tribunal del Santo Oficio y el nom- 
bramiento de los primeros inquisidores; en 27 de Marzo de 1489 
la salida para su gloriosa carrera de lides y conquistas hasta 
descansar en la Alhambra; en 1494 su triunfal regreso de Gra- 
nada; en 1497 las conferencias con el embajador francés, en 
que se ventilaban los despojos de dos coronas, la de Ñapóles y 
la de Navarra. Sin embargo, en aquel período de gloria lucie- 
ron días desastrosos para Medina, el 23 de Febrero de 1479, 
el 16 de Julio de 149 1, el 7 de Setiembre de 1492, en que las 
llamas con una insistencia, que más parece obra de malicia que 
de casualidad, amenazaron devorarla toda, consumiendo esta 
última vez lo que la liberalidad de Isabel la Católica acababa de 
reedificar. 

Interesantes recuerdos de aquellos años nos conservan las 
torres de la Mota. Allá junto á la barrera, en una desabrigada 
y humilde cocina, habitaba la heredera de la monarquía espa- 
ñola, la princesa D,^ Juana^ sin sentir la intemperie del frío, 
fijos los extraviados ojos en el puente levadizo que ni á sus 
mandatos ni á sus ruegos se bajaba, espiando la ocasión de es- 
capar para ir á pié á reunirse en Flandes con su veleidoso ma- 
rido el archiduque. Ni las instancias del obispo de Córdoba ni 
las del arzobispo de Toledo bastaron para que volviese á sus 
aposentos; sólo el cariño de su madre que vino enferma de Se- 
govia, y sobre todo la promesa de enviarla á su esposo al aso- 
mar la primavera, lograron tranquilizar á la desgraciada loca 
de amor. En aquel recinto perdía sus esperanzas al trono de 
Ñapóles Fernando duque de Calabria, y con la noticia de la 
muerte de su padre D. Fadrique recibía los postreros avisos* 
del destronado rey despertando su vigor aletargado. En más 
estrecha prisión se embravecía cual cautivo tigre el famoso 
César Borja, traído de Italia con engaño que no disculpan sus 

innumerables perfidias y maldades, y guardado de reserva por 

29 



220 VALLADOLID 

el suspicaz Fernando V para soltarlo en ocasión oportuna, no 
ya contra sus enemigos, sino contra el mismo Gran Capitán de 
cuya lealtad recelaba. Cansado de aguardar por espacio de dos 
años la libertad, procúresela con la fuga el audaz revolvedor 
en la noche del 25 de Octubre de 1506, y aunque el alcaide 
Gabriel de Tapia llegó á tiempo de cortar la cuerda con que se 
descolgaba por las almenas, todavía maltrecho pudo montar á 
caballo y refugiarse con auxilio del conde de Benavente á las 
tierras del rey de Navarra su cuñado. 

Todas estas memorias las eclipsa las del fallecimiento de la 
inmortal Isabel, cuyo postrer suspiro se duda si recogieron los 
muros de la fortaleza, ó los del palacio que tenían los reyes en 
la plaza, ó los del convento de Santa María la Real. Un denso 
velo de tristeza pesaba sobre la corte en el año de 1504: la 
princesa por fin había partido á Flandes separándose de su ma- 
dre para no volverla á ver ; la infanta Magdalena, hija de los 
reyes de Navarra Catalina de Foix y Juan de Albret, educada 
durante ocho años ál ladp de la Reina Católica no con la des- 
confianza de rehenes sino con maternal afecto, acababa de mo- 
rir en la flor de su primavera; el rey convalecía apenas de una 
grave enfermedad, cuando su esposa en el verano se sintió ata- 
cada de la hidropesía que á los cincuenta y tres años debía 
conducirla al sepulcro. Madre tan desgraciada como reina ven- 
turosa, había perdido sucesivamente á su único hijo varón, á su 
primogénita, á su nieto; y de tantos reinos, de tantas conquis- 
tas dejaba por heredera á una infeliz demente. Al apercibirse 
de su próximo fin, en 1 2 de Octubre dictó su testamento, pági- 
na la más tierna y más sublime que haya suscrito jamás mano 
soberana ( i ) ; y continuó sin tregua ocupándose del bien de sus 



(i) No podemos resistir al deseo de insertar una muestra de este precioso 
documento poco conocido bien que no inédito, que copiamos de su original en el 
archivo de Simancas. «E quiero e mando, dice, que mi cuerpo sea sepultado en el 
monasterio de S. Francisco que es en la Alhambra de la cibdad de Granada, en 
una sepoltura baxa que no tenga vulto alguno, salvo una losa baxa en el suelo 
llana con sus letras esculpidas en ella. Pero quiero e mando que si el rey mi señor 



VALLADOLID 227 

vasallos hasta el 26 de Noviembre, en que á la hora de medio- 
día espiró tan santamente como gloriosamente había vivido. El 
luto que vedó á sus pueblos se encargó de mostrarlo el cielo 
lloviendo á mares semanas continuas al salir para Granada su 
cadáver; y burlando sus modestas prevenciones acerca de la 
sepultura, que tanto contrastan con la vanidad ostentosa del 
obispo Barrientos, la historia, más unánime que nunca tal vez 
en su admiración y en su cariño, ha tomado de su cuenta la 
inscripción, la efigie y el monumento. 

. Á su esclarecido consorte, arrebatado doce años después 
por el mismo mal, Medina no le vio morir, pero sí enfermo y 
<lébil por un extraño filtro que le propinó su segunda mujer 
xleseosa de sucesión, huir de las gentes y de los negocios y 
complacerse no más en la soledad de los bosques. Principiaba 
ya á la sazón la decadencia de aquel emporio, pero á sus causas 
lentas y radicales añadióse un hecho glorioso y terrible que la 
precipitó, dando á sus ruinas el esplendor de las de Numancia 
y Sagunto. En 2 1 de Agosto de 1 5 20 presentóse á sus puertas 
Antonio de Fonseca, reclamando la artillería que desde tiempo 
atrás se custodiaba en la Mota para batir los muros de Segovia 
levantada por las Comunidades: Medina, que simpatizaba con 
ellas, se negó á entregarla, y desmontando parte de la misma, 
empleó la restante en guarnecer la plaza y las avenidas de las 
calles. El ataque empezó : los medineses, rechazados de la débil 



eligiere sepoltura en otra cualquier iglesia ó monasterio de qualquier otra parte 
ó lugar de estos mis reinos, que mi cuerpo sea allí trasladado e sepultado junto 
con el cuerpo de su señoría, porque el ayuntamiento que tovimos biviendo e que 
nuestras ánimas espero en la misericordia de Dios teman en el cielo, lo tengan e 
representen nuestros cuerpos en el suelo. E quiero e mando que ninguno vista 
jerga por mí, e que en las obsequias que se fizieren por mí donde mi cuerpo esto- 
viere las hagan llanamente sin demasías, e que no aya en el vulto gradas ni cha- 
piteles, ni en la iglesia entoldaduras de lutos ni demasía de hachas, salvo sola- 
mente trece hachas que ardan de cada parte en tanto que se dixere el oficio divino 
•e se dixeren las missas e vigilias en los dias de las obsequias, e lo que se avia de 
gastar eñ luto para las obsequias se convierta e dé en vestuario á pobres, e la cera 
•que en ellas se avia de gastar sea para que arda ante el Sacramento en algunas 
iglesias pobres onde á mis testamentarios bien visto fuere.» 



228 VALLADOLID 



cerca, se atrincheraron tras de los cañones en el centro de la 
población; los soldados de Fonseca se derramaron por los ba- 
rrios más opulentos robando y saqueando y sembrando á tre- 
chos alcancías de alquitrán. De pronto brotaron las llamas, y 
en breve la villa toda fué un mar de fuego ; y entonces aque) 
pueblo de mercaderes vio impasible arder sus moradas y sus 
riquezas, sin abandonar un punto la artillería ni distraerse de su 
custodia para acudir al remedio de su daño. Avergonzado, per- 
seguido por la execración general y tal vez por sus propios re- 
mordimientos, el incendiario caudillo huyó de Medina y poca 
después de España; y victoriosos pero arruinados circularon los 
moradores la triste nueva á las ciudades de Castilla con frases 
dignas de su heroísmo (i). Tres días duró el fuego: de sete- 
cientas á nuevecientas casas perecieron en las calles de la Rúa, 
de San Antolín, de San Francisco y en el barrio de la Joyería; 
abrasóse el célebre convento de Franciscanos depósito de inesti- 
mables mercancías, y el hueco de un olmo de la huerta junto á la 
noria sirvió de asilo al Santísimo Sacramento. Oro, plata, perlas^ 
brocados, tapicerías, formaban el cebo de aquella vasta hoguera 
en que se consumió la fortuna y se acrisoló la honra de Medina. 
Peligroso era tras de tamaña catástrofe hablar de paz y 



(i) Son de notar las siguientes en la carta que acerca del triste suceso dirigió 
Medina á Valladolid, escrita en el lenguaje elocuente con sus puntas de concep- 
tuoso que caracteriza los documentos de aquella época. «Antonio de Fonseca y 
los suyos, desque vieron que los sobrepujábamos en fuerza de armas, acordaron 
de poner fuego á nuestras casas y haciendas, porque pensaron que lo que ganá- 
bamos por esforzados perderíamos por codiciosos. Por cierto, señores, el hierro 
de nuestros enemigos en un mismo punto hería en nuestras carnes y por otra 
parte el fuego quemaba nuestras haciendas; y sobre todo veíamos delante nues- 
tros ojos que los soldados despojaban á nuestras mujeres y hijos. Y de todo esto 
no teníamos tanta pena como de pensar que con nuestra artillería querían ir á 
destruir á la ciudad de Segovia, porque de corazones valerosos es los muchos 
trabajos propios tenerlos en poco, y los pocos ágenos tenerlos en mucho... Ya te- 
nemos los cuerpos fatigados de las armas, las casas todas quemadas, las hacien- 
das todas robadas, los hijos y las mujeres sin tener do abrigarlos, los templos de 
Dios hechos polvos ; y sobre todo tenemos nuestros corazones tan turbados que 
pensamos tornarnos locos. Y esto no por mas de pensar si fueron solos pecados 
de Fonseca ó si fueron tristes hados de Medina, porque fuese la desdichada Medi- 
na quemada. n 



VALLADOLID 22Q 

mucho menos de perdón á los ánimos escandecidos. Invadió la 
muchedumbre el consistorio, al regidor Gil Nieto atravesó con 
su daga el tundidor Bobadilla, y el cadáver echado por las ven- 
tanas cayó sobre las picas de los amotinados: Lope de Vera, el 
librero Téllez y otros sucumbieron inmolados á la furia popular. 
Con banderas de luto y alaridos de venganza fueron acogidas 
allí las huestes de Bravo y de Padilla: la primera salida fué 
contra Alaej os perteneciente á los Fonsecas, cuyo castillo no se 
rindió tan fácilmente como el pueblo. Cuatro meses duró el sitio 
sostenido por el alcaide Gonzalo de Vela contra Luís de Quin- 
tanilla caudillo de los medineses, y al cabo hubieron de retirar- 
se, dejando prisionero en poder de los cercados para ser colga- 
do de una almena á Bobadilla el tundidor, que hecho intolerable 
después de la revuelta por sus aspiraciones aristocráticas (i), 
se había acreditado en el asalto de brioso y audaz guerrero. A 
Francisco del Mercado, capitán de la gente de caballo, hubiera 
cabido por sentencia del consejo igual suplicio, á no haberse 
puesto en salvo, fenecidas las Comunidades ; pero ya que no á 
sus propios hijos, vio Medina caer al pié de la picota en 1 4 de 
Agosto de 1522 las cabezas de siete procuradores de ciudades 
aprendidos en Tordesillas, y luego en 1 3 de Octubre la de Pe- 
dro de Sotomayor, diputado por Madrid. No pudo por tanto la 
villa gloriarse del infortunio padecido por una causa vencida y 
declarada por desleal. Pero la corte sin embargo le continuó 
por algún tiempo sus favores, y casi todo el año de 1532 lo 
pasó dentro de su recinto la emperatriz Isabel en ausencia de 
su esposo, realzando el esplendor de las célebres ferias, no sin 
que murmuraran de su residencia los cortesanos con aquellos 
epigramas con que suelen perseguir las pretensiones de los pue- 
blos que nacen ó que ya dedinan (2). 



(i; a Tomó casa y puso porteros, dice Guevara, y se dejaba llamar señoría, 
como si él fuera ya señor de Medina ó fuera muerto el rey de Castilla ; » y añade el 
• historiador de Simancas que comenzó á hacer plato como señor de salva. 

(3) He aquí cómo se expresa Guevara acerca de Medina en una de sus epísto- 



230 VALLADOLID 



Á Medina del Campo no le quedan de sus mejores días 
preciosos é insignes monumentos, pero sí vestigios irrecusables 
de prosperidad y de grandeza. La extensión de su plaza asom- 
braría en cualquiera capital ; y los soportales que en parte la 
ciñen y los de la calle de la Rúa recuerdan las numerosas tien- 
das y almacenes, los multiplicados oficios, la mercantil anima- 
ción que hervía allí como en su centro (i). Aquellas orillas del 
Zapardiel, devueltas ya casi á su rusticidad primitiva, atrajeron 
tantas riquezas y sostuvieron barrios tan opulentos como las del 
humilde Esgueva en medio de Valladolid; por aquellos dos 
puentes circulaba á todas horas gentío innumerable, y junto al 
principal descollaban San Francisco dando nombre á una de las 
calles más frecuentadas, y la antigua casa de ayuntamiento que 
con sus escrituras pereció también entre las llamas. La actual 
con su fachada de sillería flanqueada de torreones, y las Cami- 



las: «Mi parecer es que ni tiene suelo ni cielo, porque el cielo está siempre cu- 
bierto de nubes y el suelo lleno de lodos, por manera que si los vecinos la llaman 
Medina del campo, los cortesanos la llamamos Medina del lodo. Tiene un rio que 
se llama Zapardiel, el cual es tan hondo y peligroso que las ánsares hacen pie en 
el verano: como es rio estrecho y cenagoso, provéenos de muchas anguilas, y 
aun encúbrenos con muchas nieblas.» En otra carta dice el mismo hablando de 
las ferias : « Veo en estas tiendas de burgaleses tantas cosas ricas y apacibles, que 
en mirarlas tomo gozo y de no poderlas comprar tomo pena. La emperatriz salió 
.á ver la feria, y como princesa prudentísima no quiso consigo sacar ninguna da- 
ma, porque siendo los galanes que las sirven tan pobres y tan pocos, no pudiera 
ser menos sino que ellas se desmandaran á pedir ferias, y ellos se obligaran á pa- 
garlas.» 

(i) De este movimiento dan alguna idea los siguientes versos de un vulgar 
romancillo ó jázara rufianesca, cuyo mérito poético dista mucho de corresponder 
al interés topográfico. Como tan prosaicos, los transcribimos á renglón seguido. 
« Está S. Miguel — junto á Zapardiel. — Seros ha notorio — el gran consistorio— de 
los regidores;— justicia y señores- todos en cuadrilla— gobiernan la villa.— Luego 
en continente— pasareis la puente,— y á un paso de grúa— tomareis la Rúa.— Pero 
en esta calle— no es razón que calle— que hay mil ejercicios— de dos mil oficios;— 
veréis los traperos,— sastres, calceteros,— y los tundidores,— y los corredores,— 
arcas de escribanos— no se dá de manos ;— y veréis los cambios— cambios y re- 
cambios—y el rollo y alberca,— la noria con cerca.— Es grande alegría— ver la jo- 
yería—y la mercería — y la librería — con la lencería, — y el reloj armado — de 
S. Antolin,— y luego á man drecha— una calle estrecha,— y por allí van — luego á 
S. Julián, etc.» La noria con cerca alude sin duda á la de la huerta de San Fran- 
cisco, cercada en reverencia de haber encontrado refugio allí el Santísimo Sacra- 
mento. 



VALLADOLID 23I 



cerías, sencilla y elegante construcción dividida interiormente en 
tres naves por dos columnatas, indican en qué pujanza se man- 
tenía aún la población durante el siglo xvi. Hospedábanse los 
reyes, destruido ya su palacio, en la casa del regidor Dueñas, 
cuyo patio circuye doble galería de orden corintio con bustos 
en las enjutas, y cuya escalera recuerda la bellísima de los ex- 
pósitos de Toledo. Aquella noble morada, que se distingue en- 
frente de San Facundo por su portal y ventanas platerescas 
decoradas con pilastras y frontones triangulares, sirvió de alber- 
gue al tribunal de la Inquisición establecido pasajeramente en 
Medina mientras que Valladolid fué corte de Felipe III. Pero 
nada infunde tan alta idea de las fortunas de sus vecinos como 
el grandioso hospital de la Concepción, erigido en 1 619, muy 
avanzada ya la decadencia, por el cambista Simón Ruiz, cuya 
estatua aparece arrodillada en el presbiterio de la capilla en 
medio de las de sus dos consortes vestidas con gentil gala: 
verdadero palacio alzado á la miseria, tiene en su fachada tres- 
cientos pies de longitud, setenta y dos arcos en las galerías alta 
y baja de su espacioso claustro, y en él quedan refundidos hasta 
. veintidós asilos de su especie. En época más reciente,- para sa- 
car de su abatimiento á la población, trató el caído marqués de 
la Ensenada de convertirla en depósito inmenso, empleando en 
beneficio del lugar de su destierro los restos de su noble activi- 
dad; y con este objeto se levantó á la salida la vastísima fábri- 
ca, que hoy lleva el nombre de cuarteles, lastimosamente des- 
mantelada durante la guerra de la Independencia. 

Los templos, que generalmente suelen sobrevivir al caserío 
cuando viene por grados la decadencia y no por efecto de súbi- 
tos trastornos, han pagado en Medina su contingente á la des- 
trucción, y aunque según el aspecto de los que subsisten la pér- 
dida artística no parece muy importante, por lo menos ha sido 
copiosa. San Nicolás, San Pedro, San Esteban, San Andrés, San 
Juan de Sardón, Santa María la Antigua, han desaparecido entre 
las parroquias; Santa María del Castillo desde su vieja iglesia 



233 VALLADOLID 

se trasladó á una moderna ermita, y Santiago al hermoso tem- 
plo de jesuítas, que fundó hacia 1563 Pedro Quadrado (1), y 
en cuyo crucero descansan bajo sencilla losa las cenizas del vir- 
tuoso ministro de Fernando VI, que en 1781 feneció resignada- 
mente en inmerecida desgracia del monarca sucesor. Permanecen 
todavía San Martín, San Facundo con sus tres cortas naves sos- 
tenidas por estriadas coUimnas, San Miguel cabe el río, Santo 
Tomé junto á la puerta de Valladolid abandonado solo en medio 
del campo por el reflujo de la población, los dos reforzados en 
sus ábsides con estribos de gótico moderno. Zonas de arquitos de 
harto más antiguo carácter guarnecen el de San Julián hacia la 
puerta de Olmedo. Sobre todos ellos descuella en un extremo de 
la plaza San Antolín, que de simple parroquia ascendió en 1480 
á colegiata, pero si algo tuvo de monumental lo perdió en el in- 
cendio de 1 5 20: su portada, á pesar del realce que le da una 
vasta lonja, es insignificante en el estilo del renacimiento, sus tres 
naves iguales en altura descansan sobre bocelados pilares del 
siglo XVI, su retablo mayor se compone de numerosas tablas de 
relieves, y en la sillería del coro, en los sepulcros, en las capi- 
llas espaciosas, nada detiene la atención del artista. 

Menos espléndido que antes renació de sus cenizas San Fran- 
cisco, pero ha vuelto á hundirse al par de San Andrés, convento 
de dominicos restaurado por fray Lope de Barrientos. Nueve de 
religiosos y seis de monjas contaba aún Medina en el siglo xvii : 
hacia los cuarteles se conservan los antiguos restos del de pre- 
monstratenses, é inmediato al castillo el de benedictinos de San 
Bartolomé, cuyo lindo claustro y curiosa iglesia no correspon- 
den á la antigüedad de su fundación en 1 1 8 1 por el caballero 
Berengario, que lo sometió después al de Sahagún. La erección 
de Santa Clara se atribuye al rey San Fernando; Santa María la 



(i) Profetizó esta fundación San Ignacio, de quien fué grande amigo el funda- 
dor. Murió éste en i $66, y su estatua y la de su mujer D.' Francisca Marjón ador- 
nan el presbiterio. La bóveda del templo es de crucería y el retablo mayor se 
recomienda por su mérito. 



i 

I 

I 

1 



VALLADOLID 233 

Real recuerda á su fundadora la reina de Aragón Leonor Urraca 
cuyo sepulcro posee; ambos edificios góticos, aunque poco nota- 
bles. La nave de crucería de las Magdalenas con su crucero la 
mandaron construir en 1556 D. Rodrigo Dueñas, regidor, y su 
esposa D.^ Catalina Quadrado, señores de las villas de Tortoles 
y de Población de Cerrato. 

Sólo un monumento hay en Medina, y es el castillo de la 
Mota. Cuatro recintos forman su conjunto: la barbacana exterior 
que cierra la plaza de armas, el muro de ladrillo con almenados 
cubos y aspilleras para la arcabucería, el castillo propiamente 
dicho, y la torre del homenaje orlada toda de modillones y 
flanqueada por dos garitas en cada uno de sus cuatro lienzos, 
describiendo ángulos entrantes en las esquinas. Sobre el arco 
del puente levadizo, que divide el primer recinto del segundo, 
los blasones de los Reyes Católicos y su divisa del nudo gor- 
diano y de las flechas indican la época en que se efectuaron 
aquellas obras; y otro arco altísimo, que con doble rastrillo se 
cerraba, introduce á las habitaciones del alcázar, alguna de las 
cuales conserva con el nombre de tocador de la reina su bó- 
veda de lacería. Dos minas ó corredores subterráneos, uno de- 
bajo del otro, circuyen la fortaleza, permitiendo por sus ocul- 
tas troneras una defensa encarnizada. Las ruinas no son bellas, 
pero sí imponentes; la torre se elevaba á prodigiosa altura, y 
aun se denotan los arcos de su segundo cuerpo. 

Como lozanos retoños al rededor de un robusto tronco de- 
rribado, han crecido en torno de Medina del Campo, villas po- 
pulosas : en vecindario casi la iguala Rueda, conocida sólo por 
la fatal derrota que en 981 sufrieron Ramiro III de León y 
Sancho García de Navarra y el conde de Castilla Garci Fernán- 
dez arrollados por la cimitarra de Almanzor (i); excédela bas- 
tante la Seca, y la duplica Nava del Rey, poblaciones más. im- 
portantes por sus modernos edificios que por antigüedades ó 



( I ) Véase lo dicho atrás pág. 185. 

30 



234 VALLADOLID 

recuerdos. Hacia el norte limita su jurisdicción el majestuoso 
Duero, y en su confluencia con el Adaja asoma entre frondosas 
alamedas la célebre cartuja de Aniago que fundó en 1441 la 
reina D.^ María y que encubre bajo el más rústico exterior un 
magnífico claustro de ojival arquitectura. Habíanla precedido 
varios ensayos de monasterios (i) desde que eñ 1 135 fué cedida 
su iglesia por Alfonso VII al de Santo Domingo de Silos, pa- 
sando el lugar alternativamente del señorío real al del concejo 
de Valladolid. 

Al oeste de Medina, paralelo casi al Zapardiel, corre el río 
Trabancos, pero ha desaparecido la línea de castillos que de- 
fendía sus llanuras. Pereció el del Carpió, ¿y qué mucho si se 
ha hundido hasta la parroquia del pueblo, convertida hoy en 
cementerio, permaneciendo sólo entre las ruinas la gótica capilla 
mayor con sus hermosos sepulcros de alabastro y con el pan- 
teón de sus señores (2), y la torre ennegrecida cuya antigüedad 
remonta hasta los árabes el vulgo? Del de Siete Iglesias, lugar 
inseparablemente unido á la memoria de su desgraciado mar- 
qués D. Rodrigo Calderón, no se conservan sino vastos subte- 
rráneos : el de Alaejos subsistió entero con sus cuatro torreones 
hasta nuestros días, en que su dueño lo abandonó á los vecinos 
para que aprovecharan sus sillares, no quedando de él más que 
lo bastante para acreditar su solidez y echar menos su gallar- 
día. No le valió el haber servido de morada ó más bien de cár- 
cel en 1468 á la reina D.^ Juana, esposa de Enrique IV, puesta 
en poder del arzobispo de Sevilla D. Alonso de Fonseca; ya no 
existe el torreón del tocador por el cual escapó cierta noche 
descolgándose dentro de un canasto, para correr á reunirse en 



(i) Tales fueron el de Jerónimos que en 1376 trató de establecer la reina 
Doña juana Manuel, y el colegio de sacerdotes mozárabes que fundó á principios 
del siglo inmediato el obispo de Segovia D. Juan Vázquez de Cepeda cediendo su 
patronato á la reina D.* Marta, sin que llegara á realizarse. 

(3) En 146$ dio Enrique IV la villa al conde de Alba, cuyos descendientes 
unieron á este título el de marqueses del Carpió : los entierros de la capilla mayor 
pertenecen á la familia de Vázquez. 



VALLADOl-ID 2^5 



Buitrago con su hija, montada á la grupa del caballo del joven 
D. Luís de Mendoza : pero si infamó aquellos muros con adúl- 
teros amores la liviana princesa, según publicaron sus enemigos, 
echando nueva mancha sobre el tálamo real, justo era recordar 
la gloriosa resistencia que opusieron en 1520 á los comuneros 
de Segovia, Avila y Medina, que en el alcázar del aborrecido 
Fonseca trataban de vengar el atroz incendio de sus hogares. 
Bajo el señorío de aquella poderosa familia floreció Alaejos en 
el siglo XVI, y en sus dos parroquias Santa María y San Pedro 
lególe el renacimiento insignes construcciones. Distingüese la 
primera por sus buenos detalles platerescos y por los ricos ar- 
tesonados estalactíticos que adornan su cimborio y la parte in- 
ferior del coro alto; la segunda, mayor y más esbelta, por sus 
excelentes proporciones, por la ligereza de las columnas que 
sustentan sus tres naves, y por la elevación y gracia que carac- 
teriza su torre bien que terminada en la postrer centuria. Entre 
las conquistas de Alfonso VI nombra á Alaet el obispo D. Pe- 
layo; hoy es un pueblo grande y rico que ha ganado en impor- 
tancia lo que ha perdido en fortaleza. 

Por un castillo, como suena el nombre, empezó Castro Ñuño 
en las márgenes del Duero junto á la embocadura del Traban- 
eos; Castro Benavente se le llamó antes que lo repoblara y ce- 
diera á la orden de San Juan, Ñuño Pérez alférez de Alfonso VII, 
quien otorgó en 1152a sus habitantes varias exenciones y el 
fuero de Sepúlveda. Cediólo en 1 30 1 Fernando IV al inquieto 
D. Juan su tío á trueque de reducirle á su obediencia; pactó allí 
en 1439 Juan II con los infantes de Aragón, humillando su au- 
toridad ante las exigencias de los rebeldes. Bajo el débil cetro 
de Enrique IV un audaz alcaide tras de aquellas almenas llegó 
á erigirse en arbitro y opresor de la comarca : Pedro de Menda- 
via, á quien cuenta Guevara entre los famosos tiranos^ todo lo 
asolaba y revolvía desde al Duero al Tormes, burlando alter- 
nativamente á los diversos bandos del reino, y para confirmar 
sus usurpaciones enarboló contra los Reyes Católicos el pendón 



*. 



336 VALLADOLin 

de la Beltraneja. Castro Ñuño fué el asilo del rey de Portugal 
fugitivo y derrotado en Toro ; Castro Ñuño, cuando se habían 
ya rendido las plazas todas, resistió hasta el verano de 1477 
con esfuerzo digno de mejor causa, y después de capitular hon> 
rosamente salieron para Portugal los defensores con su bagaje, 
obteniendo el alcaide Mendavia en vez de castigo una recom- 
pensa de siete mil ñorines. Elscarmentados los vecinos y teme- 
rosos de los males de la guerra, arrasaron el castillo, de cuyas 
piedras se dice haberse construido la ermita situada en el cerro 
de la Muela, y cuyo nombre conserva aún la parroquia de Santa 
Marfa. Esta destrucción se comprende al menos, no la que dia- 
riamente se está cebando á sangre fría en torres indefensas, en 
ruinas pintorescas y venerables. 



CAPÍTULO VIII 



Tor deslllas. — Torrelobatóc — Vlllalar 



a NA jornada sobra para recorrer el teatro de la campana 
que en ocho meses anduvo Juan de Padilla, campaña, más 
bien que gloriosa por sus aciertos ó resultados, interesante por 
la bandera que sostuvo y por la noble desgracia que la coronó. 
Tordesillas, cuartel general de sus operaciones tan pronto ga- 
nado como imprevisoramente perdido, Torrelobatón trofeo de 
su bravura y testigo después de su desidia, Villalar padrón la- 
mentable de su derrota y suplicio, forman el breve triángulo 
misterioso donde se encierran los destinos del héroe de las 
Comunidades. Las aldeas, los arroyos, los barrancos mismos 
han inmortalizado su nombre, uniéndolo á las vicisitudes de 



238 VALLADOLID 

aquella lucha menos épica que dramática; y no sé qué aspecto 
melancólico y solemne toman sus rasas y yermas llanuras, don- 
de cada cual, según el sistema histórico que se ha forjado, cree 
ver surgir espléndido el trono del caos de las revueltas feudales 
y concejiles de la Edad media, ó percibir el postrer suspiro de 
las libertades castellanas. 

Tordesillas se sienta sobre un alto ribazo á la orilla dere- 
cha del Duero, descollando entre sus iglesias la gótica crestería 
de San Antolín y de Santa Clara. Desde sus miradores señorea 
un horizonte dilatado, cuyo primer término alegran las corrien 
tes del río recamadas de verdor y un magnífico puente de diez 
arcos apuntados, en medio del cual se levantaba en otro tiempo 
una torre flanqueada por almenados torreones. No lejos de él 
existía el palacio donde se hospedaron tantos reyes, y donde 
arrastró medio siglo de soledad y de insensatez la reina propie- 
taria de Aragón y de Castilla, la triste D.^ Juana; mandóse de 
real orden en 1771 demoler por ruinoso, y hoy lo reemplaza un 
moderno villar. Aunque poco inferior en blasones históricos á 
Medina del Campo, nunca alcanzó Tordesillas la pujanza de 
aquella ; por esto ha sido menos profunda su caída. Su vecinda- 
rio ha disminuido poco del que contenía en el siglo xvi, sus seis 
parroquias subsisten, y presenta aún animación y vida su cua- 
drada plaza, cruzada por cuatro calles, rodeada de pórticos y 
uniforme en su ventanaje. De sus murallas permanecen vesti- 
gios y los arcos de sus cuatro puertas : castillo nunca lo tuvo, 
sino un pequeño fuerte contiguo á la puerta del Mercado, sin 
eximirse por lo débil de las calamidades de riguroso cerco. 

Ninguna de sus parroquias sobresale en hermosura ni en 
grandeza: San Miguel, Santiago, San Juan, á más de reducidas, 
son insignificantes á fuer de renovadas; Santa María se distin- 
gue solamente por su torre, que ceñida de balaustres y termi- 
nada por un segundo cuerpo con airosa cúpula y linterna, ad- 
mite todavía alguna ventana ojival en su estilo del Renacimiento; 
San Pedro cubre sus tres naves con bóveda de cru9ería, conté- 



VALLADOLID 239 

niendo dos bultos mortuorios dentro de un nicho en la capilla 
del inquisidor Gaytán. La más notable es sin disputa San Anto- 
lín, erigida al santo tutelar de Falencia, á cuya diócesis perte- 
necía la comarca; y su gótica capilla de los Alderetes, que 
avanzando por fuera hacia el mirador, realza con la gentileza de 
sus botareles la amenidad del sitio, custodia en su interior in- 
signes obras de escultura. Sobre una tumba aislada cubierta de 
medallones y figuras al uso plateresco, yace la bella efigie del 
comendador Pedro González de Alderete, rodeada de graciosos 
niños, reclinados cuales sobre el casco del guerrero, cuales so- 
bre fúnebres calaveras ; y dentro de un arco gótico aparece otra 
estatua tendida de Rodrigo de Alderete, juez mayor de Vizca- 
ya (i). Labrólas á mediados del siglo xvi el famoso Gaspar de 
Tordesillas, aventajado imitador y tal vez discípulo de Berru- 
guete, á cuyo cincel se debió también probablemente el retablo 
de la capilla dedicado á la Virgen de la Piedad : el litigio susci- 
tado entre el artista y el patrono nos ha conservado por con- 
ducto de Ceán Bermúdez esta preciosa noticia. 

Antigüedad y magnificencia, si las hay en Tordesillas, ha- 
llarse han en un convento de religiosas. Han perecido el de 
franciscanos y el de dominicos de Santo Tomás ; el de comen- 
dadoras de San Juan fundado en 1489 se ha modernizado por 
completo; el de Santa Clara empero ostenta á la vez sus au- 
gustas memorias y sus formas monumentales. Un rey licencioso, 
el célebre D. Pedro, lo erigió en 1363; el primer fruto de la 
más querida de sus damas, la infanta D.^ Beatriz, se encerró en 
aquel claustro, desvanecida con la catástrofe de Montiel la es- 
peranza de suceder á su padre y de casarse con el príncipe de 



(i) En torno de la urna del Comendador se lee el siguiente epitafio: «Este 
bulto e capilla mandó hacer el doctor Pedro de Aldrete comendador de la caballe- 
ría de Santiago, vecino e regidor de la villa de Tordesillas, falleció en Granada 
año de i 501, cuyo cuerpo está aquí sepultado.» El entierro del nicho lleva esta 
otra leyenda: «Aquí yace el licenciado Rodrigo Alderete juez mayor de Vizcaya 
por sus magestades, falleció año de mili e quinientos...» y luego continúa pintado 
en vez de esculpido «y XXVII,» prueba de que la inscripción se puso en vida del 
finado, añadiéndose después el año de su muerte. 



240 VALLADOLin 

t — ■ 

Portugal. Transformáronse en monasterio las casas principales 
que habitaba el rey durante sus frecuentes estancias en la villa, 
donde al lado de la reina su madre, se había visto como asedia- 
do por los grandes para que rompiese sus adúlteros lazos, 
donde había ensangrentado con muertes como solía, las fiestas 
y torneos celebrados por la rendición de Toro, donde en 1355 
y 1359 le había hecho padre la Padilla de la infanta Isabel que 
vino á casar en Inglaterra con Edmundo duque de York, y del 
príncipe D. Alfonso cuya muerte prematura hizo inútil su pro- 
clamación como heredero. Insignes honores y prerrogativas se 
acumularon sobre la real fundación; hízoles merced D. Pedro 
de los pontazgos de Tordesillas y de Zamora, y varios pueblos 
del contorno rendían homenaje al báculo de su abadesa. Hon- 
rado encierro de testas coronadas, albergó sucesivamente el 
edificio á la reina viuda de Portugal D.* Leonor de Meneses, de 
cuya inconstante voluntad y liviana conducta recelaba su yerno 
Juan I; á la reina viuda de Aragón D.* Leonor Urraca, objeto 
de la suspicacia de Juan II durante la guerra con sus hijos los 
infantes; á D.^ Juana la Loca que venía á contemplar á menudo 
los embalsamados restos de su marido depositados en el templo. 
Napoleón hizo respetar la clausura escribiendo su nombre en 
aquellos muros (i); honrólos en 18 de Setiembre de 1858 alo- 
jada en su hospedería, la bondadosa Isabel II. 

Con el carácter gallardo y sobrio de la arquitectura ojival 
del siglo XIV combínanse armoniosamente en Santa Clara los 
rasgos del arte arábigo importado en Castilla, ó mudejar como 
se ha dado en llamarle, tan floreciente en el reinado de D. Pedro 
y tan del gusto de aquel monarca. ¿Hiciéronse al inaugurarse el 
monasterio, ó son restos acaso de la mansión espléndida de 



(i) Atestigua el Sr. Rada y Delgado en la descrípción del viaje de SS. MM. en 
i8()8, con referencia á la nonagenaria abadesa de Santa Clara, que á petición de 
la misma, escribió Bonaparte para que sus soldados respetasen á su vez el con- 
vento: aquí ha estado el Emperador, y que estas palabras se conservan todavía 
medio borradas. Detúvose el gran caudillo en Tordesillas el 26 de Diciembre 
de 1808. 



VALLADOLID 24 1 



María de Padilla acomodados al nuevo destino, las obras que 
en este género se observan? El claustro, que pudo ser patio muy 
bien, apoya sus rudos arcos semicirculares sobre capiteles ará- 
bigo-bizantinos de columnas sin basa, desde los cuales suben 
franjas de labores hasta las vigas que cubren los ánditos en vez 
de bóvedas ; acá y acullá asoma alguna puerta en forma de he- 
rradura, y en el muro exterior de la iglesia se divisan unos ar- 
cos lobulados con lindos arabescos. Dícese que fué techumbre 
de una regia sala el artesonado que se extiende sobre la capilla 
mayor, cuajado de oro y describiendo ingeniosas estrellas, por 
cuyo arranque corre á manera de friso una galería de arcos 
estalactíticos, conteniendo pintados bustos de santos de singular 
hermosura; y en verdad que si en algo desdice de un palacio, 
es por estas sagrada.s imágenes y no por falta de riqueza. Alta 
y gentil es la gótica nave, orlada de copiosas molduras y folla- 
jes la ojiva de la portada, bello el retablo principal, á cuyos lados 
campean renovadas las armas reales del fundador. Al estilo del 
templo corresponde la sacristía cubierta por ochavada cúpula, 
salpicados sus muros con la cifra de Jesús. 

Dos tercios de siglo contaba la obra del rey D. Pedro, 
cuando vino á realzarla, añadiéndole una preciosa capilla, el 
contador mayor de Juan II, Fernán López de Saldaña. Llegaba 
á la sazón el arte al apogeo de su vigor y lozanía, al momento 
de entreabrir sus flores y de asomar sus más vistosas galas, sin 
que todavía se adulterase en nada la pureza de sus líneas ni se 
afeminara su noble y varonil atractivo. El artífice elegido fué el 
que llevaba entonces adelante la más castiza y homogénea cons- 
trucción de su género, la catedral de León: llamábase Guillen 
de Rohán, como se ha escrito generalmente copiando á Llaguno, 
ó de Ridán según leímos nosotros en el epitafio (i), extranjero 



(i) Está en la pared exterior de la capilla, esculpido en caracteres tudescos, y 
dice así: «Aquí yace maestre Guillen de Ridan maestro de la yglesia de León (las 
dos primeras letras del vocablo han saltado ya) et aparejador deísta capilla, e fínó 
á VII dias de deciembre año de mili et CGCC et XXX et un años.» 

3t 



242 VALLADOLID 



probablemente por lo que indican el apellido y hasta el nombre. 
Empezóse la capilla en 1 430, y al año siguiente falleció el ar- 
quitecto obteniendo fuera de ella humilde sepultura ; quedaba 
empero su traza, que cuatro años después logró verse realizada. 
Á la derecha de la nave ábrense dos grandiosos arcos orlados 
de colgadizos, que introducen á su recinto formado por dos bó- 
vedas de crucería; siete graciosas ventanas rasgan la parte supe- 
rior de los muros resaltando en sus alféizares majestuosas efígies 
de los apóstoles, y en la inferior aparecen cuatro nichos sepul- 
crales bordados de arabescos delicadísimos hasta la mitad de su 
abertura, con dos ángeles en su vértice que sostienen los bla- 
sones de los ñnados. Las tumbas carecen de inscripción; pero 
según la que corre por el friso de la capilla (i), la efígie tendida 
con ropaje talar, espada en la mano y turbante en la cabeza, 
conforme á la moda cortesana del siglo xv, representa al mismo 
fundador Fernando de Saldafia, y la inmediata á su esposa El- 
vira de Acevedo, quedando en duda á qué miembros de su 
familia pertenecen el otro bulto de mujer, y el de varón con tú- 
nica corta y el pelo cortado á cerquillo, y los que se notan sen- 
tados á los pies de los sepulcros, del mismo tamaño que los 
yacentes. Por apreciables que sean estas esculturas ceden no 
poco en perfección y delicadeza á las del retablo, que aseguran 
fué el portátil del rey D. Pedro y que más bien creemos por su 



( I ) De esta larga inscripción sólo pudimos leer lo siguiente:... «Femand López 
de Saldaña contador mayor del virtuoso rey don Johan e su camarero e su canciller 
e de su consejo, et fué et es comentada en el año del nascimiento de nuestro Sal- 
vador Jhu. Xpo. de mil quatrocientos et treynta et cinco años, á honor et reveren- 
cia... (de la virgen María)... que él tiene por protectora et abogada en todos sus 
fechos ; e está aquí enterrada Elvira de Azevedo su mujer que Dios perdone, la 
qual finó en T.<* (Toledo) víspera de Pascua mayor que fué á onze dias de abril de 
mil quatrocientos e treinta e tres años. Gloria in excelsis Deo et in tcrra pax ho- 
minibus bone voluntatis; laudamus te, benedicimus te, adoramus te, glorifica- 
mus...» Si mal no recordamos, en el año del fallecimiento de Elvira se omite la 
palabra treinta, mas no pudo ser otro que el de 1433 según la celebración de la 
pascua que fué á 1 3 de Abril. Fué Fernán López de Saldaña uno de los personajes 
más importantes de la corte de Juan II, enemigo del Condestable por haberle qui- 
tado éste en 1434 la cámara y ropería del rey, y en la batalla de Olmedo de 1445 
figuró en el bando de los infantes de Aragón. 



VAL LADO LID 243 



florido carácter contemporáneo de la capilla, donde bajo dose- 
letes de la más pura crestería dos órdenes de relieves interpo- 
lados con imágenes de profetas recuerdan la serie de los tor- 
mentos del Salvador, compitiendo con el primor de los detalles 
la singular expresión de las figuras. Estofado todo de brillantes 
colores, pintadas por fuera y por dentro sus puertas con histo- 
rias sagradas, nada le falta para ser una regia joya y una obra 
maestra de su siglo. 

En Tordesillas no hay que buscar monumentos ni aun me- 
morias anteriores á la reconquista. Quédense en paz la Aconcia 
de Estrabón y la Tela de Tolomeo y la Torre de Sila y las 
etimologías hebraicas, célticas y arábigas que de aquel nombre 
se han ensayado (i); de oíero deriva que no de íorre^ y Oter 
de Siellas se la llama constantemente en los documentos de la 
Edad media. En su archivo subsisten las pruebas de la impor- 
tancia que adquirió desde muy temprano: la venta que en 1229 
le otorgó Fernando el Santo de la heredad de Zofraguilla, cu- 
riosas leyes suntuarias publicadas en 1252 contra el excesivo 
lujo de las armas, el fuero que en 1262 le concedió Alfonso X 
en recompensa de grandes servicios prestados á su padre y á 
su bisabuelo el de las Navas (2), la promesa de Sancho IV 
en 1 287 de no desprenderla jamás del real señorío (3), la dona- 



(i; Puede consultarlas el lector desocupado en el diccionario del Sr. Cortés, 
que soñando siempre con sus raíces hebreas ve en Thor Stiah una sinonimia con 
Aconcia y Tela, y en el del Sr. Madoz que tras de emplear columna y media en re- 
futarle concluye interpretándola por Torre de los Shilahes, una de las tribus ára- 
bes invasoras á lo que dice. El blasón parlante de la villa fígura tres sillas á la ji- 
neta sobre un peñasco entre dos llaves doradas. 

(2) En el preámbulo de este fuero fechado en Sevilla expresa que se lo da 
«porque fallamos que la villa de Oterdesiellas no avien fuero complido porque se 
judicasen así como devien, e por esta razón venien muchas dubdas e muchas con- 
tiendas e muchas enemistades e la justicia no se cumplie... e por darles galardón 
por los muchos servicios que fícieron al noble don Alfonso nuestro bisabuelo e á 
nuestro padre.» 

(3) « Por fazer bien e merced, dice el privilegio original, al concejo de Oter de 
Siellas á los que agora son e fueren en adelante, otorgámosles que sean siempre 
nuestros por en todos nuestros dias e de los otros reyes que vinieren después de 
nos, e que los non demos á infante ni á ric ome ni á rica fembra ni á orden ni á 
otro ninguno, ni que sean de otro señorío sino del nuestro ; e porque esto sea fir- 



244 VALLADOLID 

ción que en 1 305 le hizo Fernando IV de las aldeas de Bercero 
y de Matilla. Allí consta el homenaje que en 2 de Abril de 1354 
recibió de los moradores de la villa el rey D. Pedro debajo del 
portal de la iglesia de Santa María (i); allí la prisa que se dio 
Juan I de reincorporarla á la corona en 1385, después de ceder 
en cambio á su esposa Beatriz la villa de Béjar, poniendo á sal- 
vo la jurisdicción del convento de Santa Clara; allí el privilegio 
que le otorgó Enrique IV en 28 de Agosto de 1465 de tener 
mercado franco todos los martes, merced que confirmada por 
los reyes posteriores constituye todavía su prosperidad y rique- 
za (2). 

La gratitud del rey y su interés por el acrecentamiento de 
Tordesillas se explican por los graves sucesos de que fué teatro 
la población durante el siglo xv. Empezó éste con la celebra- 
ción de cortes que en Marzo de 1401 juntó en ella Enrique III 
para atajar la codicia y los excesos de los arrendadores de al- 
cabalas. Moraba allí en 1420 Juan II recién salido de su larga 
menoría, cuando entró audazmente á apoderarse de su persona 
su primo D. Enrique de Aragón rodeándole de gentes armadas 
hasta conseguir la mano de su hermana Catalina, siendo el pri- 
mero en imponerle aquella mal encubierta servidumbre que sin 
más cambio que el de dueños ya no había de terminar sino con 
su reinado. En 1439 la liga de los cien grandes juramentados 
contra su monarca (3), en 1443 los tratos del príncipe D. Enri- 



me e estable mandárnosles dar este nuestro privilegio. En Valladolid, lunes trece 
dias andados del mes de enero en era de MCCCXXV.» Firman después del rey su 
mujer y los infantes D. Fernando y D. Alfonso. 

(i) Este documento expresa que habitaba el rey «en las casas de morada de 
Diego Ruiz yerno de Juan Alfonso.» 

(2) Expidió Enrique IV esta cédula en el real sobre Valladolid, mostrándose 
inclinado «por los muchos e buenos e leales servicios que vosotros me avedes 
fecho e fazedes de cada dia, e porque de aquí adelante esa villa se pueble e enno- 
blezca mas e sea mejor proveida.» 

(3) La censura que excitó esta conjuración se muestra bien en la carta que 
escribió el bachiller de Cibdad Real á Pedro Alvarcz Osorio señor de Cabrera: 
« Escribo á Vm. dende el lecho, dice ; e á Dios pluguiera que antes de haber sabi- 
do lo que al postrero de la otra semana pasó en Tordesillas, yo fuera finado. 



r 



VAI.LADOLID 245 



que con Pacheco y con el obispo Barrientos para libertar á su 
padre de la tiranía del bando aragonés restituyendo la privanza 
al Condestable, en 1448 la reconciliación del rey con su hijo 
sellada con el decreto de prisión de los cortesanos que los 
traían entre sí revueltos, fueron la parte que alcanzó á Torde- 
sillas de la porñada é ignominiosa contienda en que los partidos 
jugaban la corona, y la corona el honor de la monarquía. Por 
desgracia de Enrique IV nacióle allí á su enfermizo padre de su 
segunda esposa Isabel de Portugal en 15 de Noviembre de 1453 
un infante llamado Alfonso, que más tarde le alzaron los rebel- 
des por competidor en el trono, encendiendo en guerra civil las 
dos Castillas. Fué al rey en este trance leal la villa y propicia 
en sus campos la fortuna, quedando vencido en ellos un escua- 
drón de los sublevados y muerto su jefe Juan Carrillo (i); y 
estos son los servicios que premió con su protección decidida. 
Allí residía en el siguiente año de 1466 al renovar la institución 
de la Santa Hermandad. 

No menor aprecio dispensaron los Reyes Católicos á Tor- 
desillas. Habíala libertado ya don Fernando en el mes de Junio 
de 1474, reinando todavía su cufiado, de la opresión del famoso 
alcaide de Castro Nufio, cuyos secuaces no entregaron sino tras 
de vigorosa defensa la fortaleza de la puerta del Mercado : en 
sus cercanías, coronado rey al afio siguiente, pasó revista á su 
ejército antes de abrir la campafia contra los portugueses; y 
ñjando allí sus cuarteles la grande Isabel dirigía y vigilaba la 
formidable y decisiva lucha concentrada al rededor de Zamora 
y Toro. Libres ya de riesgos y cuidados, en la plenitud de su 
grandeza, violes la población en 1494 reunir asamblea general 



A Vm. me lamento de que... hayades ahora sido uno de los ciento que en Torde- 
sillas entrastes con los que, á guisa de vasallos de otro rey, fícieron pleitesías con 
el rey suyo legítimo con una mancha, que de aceite no cundiera mas en un capote 
de velarte, que cundirá en vuestros linajes ín scecula sceculorum.y> 

(i) Antes de espirar reveló este caudillo al monarca cierto trato para matarle 
y el nombre de los conjurados, pero Enrique IV por incredulidad ó por clemencia 
no hizo caso del aviso y 16 mantuvo perpetuamente secreto. 



246 VALLADOLID 



de las órdenes militares, y trazar de acuerdo con Portugal los 
límites de los descubrimientos y conquistas de ambas naciones 
en África y en Indias: ¡cuan diferentes escenas presenció luego, 
cuando abatido y mustio el Rey Católico renunció en i.° de 
Julio de 1506 á favor de su petulante yerno el poder que su 
consorte le había legado sobre los reinos de Castilla, y cuando 
en Febrero de 1 509 trajo consigo á su demente hija, insepara- 
blemente acompañada del cadáver de su esposo, para instalarla 
en la residencia que definitivamente le había escogido ! Cuarenta 
y siete años permaneció en ella la señora de la mayor monar- 
quía de los tiempos modernos, insensible á los trastornos, á las 
glorias, á las vicisitudes de cuanto la rodeaba, contentándose 
con descubrir desde las ventanas de su palacio el templo donde 
yacía el que en vida tan mal la había correspondido, sin que 
otro suceso viniese á interrumpir su monótona existencia más 
que las dos breves visitas de su hijo Carlos I en 3 de Octubre 
de 1 5 1 7 y en 5 de Marzo de 1 5 20. 

Aún estaba muy reciente la última que recibió sin conocerle 
del futuro emperador al despedirse para Alemania, cuando de 
pronto y casi á un tiempo llamaron á las puertas del palacio los 
consejeros del rey ausente y los caudillos de las sublevadas co- 
munidades, evocando como del sepulcro á la hija de los Reyes 
Católicos para constituirla arbitra imparcial y legítima de sus 
querellas. Cuidadoso de que los insurrectos tomaran el nombre 
de la reina, acudió á ella el consejo real con el arzobispo Rojas 
á su frente para que reprobase con su firma aquellos actos ; y 
entonces ocurrió una escena solemne y misteriosa, que arroja á 
la vez un rayo de luz en el sombrío encierro y en la perturbada 
mente de D.^ Juana. < Quince años hace, dijo, que no me trataa 
verdad ni á mi persona bien, como debieran ; y el primero que 
me ha mentido es el marqués,» añadió señalando al de Denia 
su mayordomo que á su lado estaba, y que postrándose á sus 
plantas exclamó : < Verdad es, señora, que os he mentido, pero 
helo hecho por quitaros de algunas pasiones, y hágola saber 



VALLADOLID 247 

que el rey vuestro padre es muerto y yo lo enterré. > Volvién- 
dose ella al presidente repuso: «paréceme un sueño, obispo, 
cuánto me dicen y veo; > y el prelado contestó que en sus ma- 
nos estaba después de Dios el remedio del reino. AI otro día, 
no olvidada de la etiqueta, mandó que se trajesen bancos y no 
sillas para sentarse los consejeros como en tiempo de su ma- 
dre, reservando únicamente silla al presidente ; y después de 
seis horas de plática secreta los despidió, prometiendo ñrmar 
las providencias que en Valladolid con sus compañeros acor- 
daran. 

Mas no les dio tiempo Padilla : el 2 de Setiembre llegó á las 
puertas de Tordesillas á la cabeza de su hueste toledana, y 
al ruido de salvas y trompetas y aclamaciones fué conducido 
hasta el palacio, donde la reina le acogió benignamente, é in- 
formada de su noble calidad y rectas intenciones, le nombró ca- 
pitán general del reino. De orden de la misma, según se publicó, 
trasladóse de Ávila á Tordesillas la santa junta; Burgos, León, 
Toledo, Salamanca, Ávila, Segovia, Toro, Madrid, Valladolid, 
Sigüenza, Soria y Guadalajara, enviaron á ella sus procurado- 
res y á la vez numerosas gentes de infantería y de á caballo, 
que no cabiendo en la población acamparon fuera, alojándose 
por las vecinas aldeas los capitanes. En 24 de Setiembre se 
inauguró la asamblea ; el doctor Zúñiga, catedrático de Sala- 
manca, peroró largamente sobre los males y remedios de las 
cosas públicas, y D.^ Juana después de pedir almohadas para 
oirle despacio, dolióse de los unos, aprobó los otros, y mandó 
que designaran de su seno cuatro personas con quienes pudiera 
conferenciar cada día, si preciso fuese, acerca del gobierno. Los 
primeros actos de la junta fueron exigir la responsabilidad álos 
que en las cortes de la Coruña habían otorgado el subsidio al 
soberano, y ordenar el arresto de los consejeros reales en Va- 
lladolid, de los cuales sólo tres llegaron á la villa presos : el 
marqués de Denia D. Bernardo de Rojas y Sandoval, fué sepa- 
rado de la real casa con su esposa, y conñóse á la del capitán 



248 VALLADOLID 



Quintanilla y á las de otros comuneros, el servicio y custodia de 
la reina y de la infanta Catalina, doncella de catorce años y 
única compañía de la infortunada madre (i). 

Esta galvánica resurrección, si fué tal como se dijo entonces, 
cesó muy en breve ; D.* Juana volvió á su letargo, y la sania 
junta se quedó con el sello real y un fantasma de reina, sin 
atreverse á llevar adelante sus deliberaciones. Perdióse el tiem- 
po en tratos de paz inútiles, en recriminaciones acerbas con los 
que defendían los derechos del emperador; y hasta mediados 
de Noviembre no se puso en marcha el ejército de ías comuni- 
dades, compuesto de diez y siete mil hombres, llevando por ca- 
pitanes á muchos de los que habían venido por diputados. 
Desairado por la transmisión del mando á D. Pedro Girón, reti- 
róse Padilla á Toledo, y sólo quedaron para guardar la villa y 
el palacio, cuatrocientos clérigos que seguían las banderas del 
obispo de Zamora y unos pocos jinetes y peones. Día por día 
se aguardaba la noticia de la toma de Rioseco, donde al amparo 
de frágiles muros se guarecían los regentes ; aprestábanse fes- 
tejos para el triunfo y coronas para los vencedores, cuando á 
un tiempo cundió la voz de que Girón sin combatir, con torpeza 
muy semejante á la perñdia, se había retirado con sus fuerzas 
á Villalpando, y que avanzaban sobre Tordesillas las tropas 
imperiales. 

Vecinos, soldados, clérigos, todos se apercibieron á la de- 
fensa, emulando el heroísmo de Medina del Campo. Al caer la 
tarde del 5 de Diciembre, desoído el mensaje de los sitiadores, 
empezó el ataque al nordeste de la cerca entre las puertas de 
Santo Tomás y de Valladolid, y muy pronto conocida la resis- 
tencia del muro, hubo de asestarse contra una de las puertas la 



(i) Casó esta princesa en i 524 con Juan III rey de Portugal. AI dar cuenta al 
emperador de la situación del reino el consejo real en 1 2 de Setiembre de dicho 
año, la reasume en estos breves y enérgicos rasgos: «De manera que V. M. tiene 
contra su servicio comunidad levantada, á su real justicia huida, á su hermana 
presa y á su madre desacatada; y hasta agora no vimos alguno que por su servi- 
cio tome una lanza.n 



VALLADOLID 249 

artillería de campaña. Mandaba las huestes el joven conde de 
Haro, primogénito del condestable Velasco, seguíale el de Ci- 
fuentes con el estandarte real encarnado y verde al frente de 
dos compañías de jinetes desmontados, mientras que al opuesto 
lado de la villa el cojide de Alba de Liste se esforzaba en abrir 
brecha por un tapiado boquerón que el caballero Dionís de Deza 
acababa de descubrir. Anochecía ya, cuando quedó libre el por- 
tillo y practicable con los desprendidos escombros la subida, 
por donde treparon uno á uno los más valientes y penetraron 
por entre las llamas que á las casas vecinas habían prendido los 
sitiados ; y al mismo tiempo caía á hachazos la puerta, fran- 
queando la entrada á las cerradas columnas del enemigo. Todo 
fué confusión y matanza en medio de las tinieblas, rasgadas 
únicamente por el resplandor del incendio : los proceres atrave- 
saron á paso de carga la villa, corriendo á apoderarse del pala- 
cio y á impedir que los fugitivos se llevaran por el puente á la 
reina, á quien hallaron en el atrio con su hija, asustada y ató- 
nita entre dos bandos que se proclamaban á la vez sus defenso- 
res. Duró el saqueo hasta la mitad del siguiente día, hasta dejar 
hartos y rendidos á los feroces soldados y rudos vasallos de los 
grandes (i) ; cayeron prisioneros dentro del monasterio de Santa 
Clara nueve diputados de la santa junta, y muertos no sin es- 
trago de los vencedores gran número de vencidos^ vendiendo 
caras sus vidas algunos de los mismos clérigos de Acuña (2). 
Tordesillas y la reina Juana salieron, como se dijo entonces, de 
la opresión de los rebeldes (3), pero la una asolada, la otra 



(i) Los del conde de Luna, de las montañas de León, viendo que en el saco 
venían los demás muy cargados, decían, según refíereel historiador de Simancas: 
«no pensé que saco, saco era furtar, que yo furtára mas que cuatro.» 

(a) «Vi con mis ojos propios, escribe Guevara al célebre obispo de Zamora, á 
un vuestro clérigo derrocar á once hombres con una escopeta detrás de una al- 
mena, y el donaire era que al tiempo que asestaba para tirarles, los santiguaba 
con la escopeta y los mataba con la pelota. Vi también que dieron al clérigo 
una saetada por la frente... que ni tuvo tiempo de se confesar ni aun de se san- 
tiguar.» 

(3) A estos sucesos se rcfíere sin duda una piedra que vimos en Tordesillas 

33 



250 VALLADOLID 



sumida otra vez en su melancólica demencia, de la cual ya no 
despertó sino pocos momentos antes de espirar en 1 1 de Abril 
de 1555, noche de jueves santo, á la voz del venerado Francis- 
co de Borja. Con la salida de su cadáver y del de su marido 
para la capilla real de Granada, acabó la spmbra de corte que 
una sombra de reina había dado á Tordesillas. 

Cuando Padilla, para reparar los desastres causados por la 
mala fe del caudillo que le había sido antepuesto, se puso otra 
vez al frente de las tropas obligado por las aclamaciones popu 
lares, sus miradas se fijaron desde luego en Torrelobatón, pue- 
blo del almirante D. Fadrique, cuya guarnición dándose las 
manos con las de Tordesillas y Simancas, y asegurando las co- 
municaciones con Rioseco, tenía bloqueada á Valladolid último 
asilo de la santa junta. Antes que á los poderosos Enríquez 
había pertecido Torrelobatón en el siglo xiv á la reina D.^ Jua- 
na Manuel, quien habiéndola heredado de su madre D.^ Blanca 
de Lacerda, la cedió en 1380 al hospital de Villafranca de Mon- 
tes de Oca. En 1 444 era ya del almirante, y como tal mereció 
ser teatro en i.° de Setiembre de las solemnes bodas de su 
hija D.^ Juana Enríquez con el rey de Navarra D. Juan de Ara- 
gón, enlace que á vuelta de graves daños é injusticias trajo más 
adelante el beneficio de dar existencia á Fernando el Católico. 
Perdióla en. las fi-ecuentes revueltas el inquieto magnate, y sir- 
vió de prisión su recinto al rebelde conde de Castro : pero en 
breve filé restituida á su señor, bajo cuyo nieto se preparaba á 
sostener el pendón real y la autoridad de los gobernadores, 
después de haber presenciado las estériles negociaciones que 
para evitar el rompimiento mantuvo desde allí el benévolo Don 
Fadrique con la junta de Tordesillas. 



con los siguientes versos, de los cuales el tercero presenta en su principio alguna 
dificultad: 

Esta villa fué tomada 
Y por Dios fué delibrada. 
.... tame esta victoria 
Por dejar de mí memoria. 



VALLADOLID 2^1 

Fuertes muros rodeaban entonces al pueblo, aunque su po- 
sición en un hoyo no brinda á la defensa ; hoy no subsiste de 
ellos más indicio que un arco al extremo de la plaza junto al 
moderno consistorio, pero ya en aquel tiempo había desborda- 
do de la cerca el caserío, formando un arrabal que ha ido en 
aumento posteriormente. Su actual aspecto discrepa muy poco 
de la época de las comunidades, á la cual pertenecen con corta 
diferencia sus dos parroquias de San Pedro y Santa María, 
ambas de tres naves y de la gótica decadencia, con la particula- 
ridad de que entre la nave principal y las laterales de la segun- 
da, media á cada lado un solo arco de comunicación, rebajado 
y grandioso, que atrevidamente abarca toda la longitud del 
templo. Nada mejor conservado que el castillo, tan entero que 
sin su historia y su carácter se le creyera casi de construcción 
reciente : dominan los techos su robusta mole, flanqueada en 
tres de sus ángulos por cubos y en el otro por la cuadrada torre 
del homenaje, que descuella gentil con sus ocho garitas; y ni 
uno falta apenas de los modillones que ciñen la obra, sin 
que aparezca una sola almena ni vestigios de que nunca las 
haya habido. 

Corría la segunda mitad de Febrero de 1521, al caer una 
mañana sobre Torrelobatón siete mil infantes y quinientas lanzas 
al mando de Juan de Padilla. Con el primer ímpetu penetraron 
en el arrabal é intentaron escalar los muros; pero los certeros 
tiros de los sitiados, barriendo sus apiñadas filas, les hicieron 
más cautos para lo sucesivo. Armáronse las baterías, exploróse 
el lado más débil de la cerca, abriéronse portillos, fueron ahu- 
yentadas en repetidas escaramuzas las fuerzas que ya el almi- 
rante, ya el conde de Haro, destacaban para socorrer á los de 
dentro. Al quinto día, 26 de Febrero, recompensó la fortuna la 
previsión y constancia del adalid toledano : asaltada á la vez por 
todo su circuito la pequeña villa, entrada á viva fuerza por un 
lado y rendida por otro, pagó con el más cruel saqueo, como 
Tordesillas, su heroica resistencia, y quedó preso su jefe Garci 



252 VALLADOLID 

Osorio, de la familia del marqués de Astorga. El castillo, ates- 
tado de niños y mujeres, se entregó al día siguiente con más 
ventajosas condiciones. Con esta toma se juzgó compensada la 
reciente pérdida; con este triunfo que prometía otros mayores 
olvidáronse las pasadas derrotas, y de todas las ciudades de 
Castilla levantóse una aclamación unánime al nombre que se 
había hecho símbolo de victoria y de esperanza. 

¡Esperanzas ilusorias! Transcurrieron días, semanas, meses, 
y Padilla continuaba en Torrelobatón dormido sobre sus laure- 
les. Concertáronse treguas por ocho días, que con sutiles mañas 
y especiosos proyectos de paz fueron prorrogando los gober- 
nadores hasta rehacer sus fuerzas; y la hueste comunera, entre- 
gada de día á la inacción ó al merodeo, y de noche al más pro- 
fundo sueño al calor de las hogueras encendidas de trecho en 
trecho por las calles del arrabal, acabó por experimentar nume- 
rosas deserciones, perdiendo sus mejores lanzas y los veteranos 
que tenía á sueldo. Todo el cuidado del vencedor se cifró en 
fortalecer su conquista, como si en ella hubiese de asentar su 
trono, y en alguna que otra correría por las inmediaciones para 
contemplar de lejos á Tordesillas; y entre tanto bajaba de Bur- 
gos con crecidos escuadrones el condestable, y subían los otros 
magnates, banderas desplegadas, á envolverle en su guarida. 
La proximidad del ejército imperial, reunido á una legua de 
distancia en Peñaflor, sacó por fin á Padilla de su letargo : en- 
tonces pensó en retirarse hacia Toro para juntarse con los re- 
fuerzos de Zamora y Salamanca; entonces, desdeñando los 
siniestros agüeros de su capellán y echándose en brazos de la 
Providencia, en la mañana del 23 de Abril emprendió su salida 
de aquel lugar funesto que tenía su vigor paralizado. 

No aguardó las sombras de la noche para encubrir su reti- 
rada; receloso de alguna emboscada del enemigo ó tal vez más 
de la firmeza de los suyos, quiso que al menos se la infundiera 
la luz del día avergonzando á los cobardes : delante marchaban 
dos cuerpos compuestos de ocho mil peones, iba en el centro la 



VALLADOLID 253 

artillería de Medina del Campo, y detrás con quinientas lanzas 
el caudillo. Mustios y con la celeridad que toleraban lo lluvioso 
del día y lo cenagoso del terreno habían andado tres leguas de 
eriales y ondulosos campos á lo largo del arroyo Ornija, cuan- 
do se dejaron oir antes que ver á sus espaldas los escuadrones 
imperiales. Dejando atrás á su infantería mal segura también 
como la otra, dos mil cuatrocientos jinetes y entre ellos la flor 
de la grandeza embistieron cuáles por los flancos, cuáles por la 
retaguardia, á los ya temerosos comuneros; el estrépito y la 
gritería y algunos disparos de cañón bastaron para sembrar el 
pánico entre sus filas, y la lluvia que les azotaba el rostro y la 
esperanza de guarecerse en el pueblo de Villalar, que cercano 
se veía, acabaron de desordenarlas. A las voces de Santa Ma- 
ría y Car/os apenas había quien repusiera Santiago y libertad 
sino Padilla, que por tres veces intentó en vano detener y orde- 
nar sus tropas, y que seguido sólo de cinco escuderos se preci- 
pitó á morir en medio de las lanzas enemigas ; atascada en el 
lodo la artillería no pudo maniobrar, y dispersos como manadas 
de ovejas los peones, sin disparar un solo tiro, caían atropella- 
dos bajo las plantas de los caballos. Al fin hubo de rendirse el 
valiente campeón rota la lanza y herido en una pierna, y si ha- 
lló por lo general entre sus adversarios el respeto debido á su 
noble infortunio, no faltó quien villanamente á pesar de verle 
desarmado le ensangrentara el rostro de una cuchillada. 

Villalar, pueblo humilde y hasta la sazón oscuro, presenta 
al norte unas areniscas cuestas, que fueron teatro de la batalla 
ó más bien de la derrota. Rodeólas por el lado oriental una di- 
visión de caballeros dejándose caer de pronto sobre los fugiti- 
vos; y en aquel pequeño puente llamado de Fierro que se 
levanta apenas sobre el arroyo, allí se ensangrentó la matanza, 
que vino á aumentar la llegada de los peones imperiales. Más 
de dos leguas hasta Villaster á la luz del crepúsculo persiguió 
el conde de Haro á los comuneros, felices cuando lograban tro- 
car la roja cruz que adornaba sus pechos por la blanca de los 



254 V A L L A D o L I D 



vencedores: ni uno de estos pereció, de los vencidos no murie- 
ron más que ciento (i), quedando cuatrocientos heridos y mil 
prisioneros que desnudó hasta las carnes la rapacidad de los 
soldados. Dióse á Padilla por cárcel el contiguo castillejo de 
Villalba, lugar que ya no existe, perteneciente entonces al caba- 
llero de Toro D. Juan de Ulloa que le había herido cobarde- 
mente ; y allí con su inseparable amigo Juan Bravo, capitán de 
Segovia, y con los dos Maldonados de Salamanca, aguardó á 
que los gobernadores fallaran sobre su destino. Á la mañana 
siguiente fueron conducidos á una casa de Villalar, donde pre- 
cediendo solamente un breve interrogatorio, les intimó el alcal- 
de la sentencia de decapitación (2) ; escogió Padilla por confesor 
un fraile francisco, y por único testamento, ya que su hacienda 
había de ser confiscada, escribió á la ciudad de Toledo y á su 
esposa aquellas dos incomparables cartas, en que mejor que en 
las lides desplegó su magnánimo carácter (3). 

En sendas muías se dirigían los ilustres reos al suplicio; 
pero en lugar de D. Pedro Maldonado Pimentel, á quien por de 
pronto habían logrado salvar las instancias de su deudo el conde 
de Benavente, buscóse otra víctima, á Francisco Maldonado, 
que iba ya preso camino de Tordesillas. El pregón que delante 
recitaba el verdugo los daba por traidores, á cuyo dictado no 
pudiéndose contener el impetuoso Bravo < mientes tú y aun 
quien te lo mandó decir,» exclamó; con un desatento golpe de 
vara contestó el alcalde, con estas sublimes palabras Padilla : 
€ Sr. Juan Bravo, ayer fué día de pelear como caballeros, hoy 



(i) Así dice Sandoval ; el conde de Haro en el parte que dio al emperador in- 
dica que «los muertos y heridos serían obra de mil hombres, de los cuales mató 
muchos el artillería.» 

(2) Publicóse en el tomo 1 de la Colección de documentos inéditos de los seño- 
res Navarrete, Salva y Baranda, pág. 283. El doctor Cornejo, que la firma con los 
licenciados Garci Fernández y Salmerón, fué uno de los oidores del consejo que 
Padilla trajo presos á Tordesillas, culpa que tiene buen cuidado de recordar en el 
interrogatorio. 

{i) Las insertamos en el tomo de Castilla la Sueva^Toledo^ en la reseña his- 
tórica de esta ciudad. 



VALLADOLID 255 

lo es de morir como cristianos. > AI llegar á la fatal picota asie- 
ron del segoviano, que rehusó morir sino á la fuerza, y tendido 
sobre un repostero le degollaron, separando como de rebelde 
la cabeza del cuerpo por orden del implacable magistrado ; Pa- 
dilla, después de entregar al hijo mayor del marqués de Denia 
D. Enrique unas reliquias que traía al cuello para su consorte, 
y de contemplar un momento el truncado cadáver de su amigo, 
diciéndole t ¡ahí estáis vos, buen caballero! » tendióse tranqui- 
lamente á su lado y sufrió la misma suerte (i). Casi al propio 
tiempo fué traído el capitán de Salamanca, y un momento des- 
pués colgaban al rededor del célebre rollo tres cabezas, no de 
mártires ni tampoco de traidores, como opuestas pasiones los 
han declarado, sino de caballeros más animosos que prudentes 
y de mejor intención que acierto. 

A las de muchas ciudades excede en interés dramático la 
reducida plaza de aquel lugar donde tal tragedia se representó: 
situada al oeste del pueblo cíñenla al norte y mediodía bajas 
habitaciones de tierra y ladrillo, al oriente descuella la raquítica 
torre del reloj frente á la cual erguíase sobre unas gradas la 
funesta picota (2), al poniente presenta su flanco la parroquia 
de San Juan, que si bien del siglo xvi como la otra de Santa 
María, no ostentaba entonces la cúpula y el moderno ornato 
que engalana ahora sus tres naves. Aunque perteneciente á la 
orden de Santiago y aneja á la encomienda de Castroverde de 
Cerrato, elegía Villalar sus alcaldes, y en 1537 acabó de eman- 
ciparse, comprando diezmos, montes, pastos y jurisdicción por 
cinco millones y medio de maravedises. Al año siguiente Pedro- 



(i) Para completar los pormenores de los últimos instantes de Padilla debe- 
mos añadir que antes de tenderse dijo al verdugo: «hacedme este placer, que 
seáis conmigo mas liberal que con el señor Juan Bravo,» y luego levantando los 
ojos exclamó : Domine^ non secundum peccata nostra facías nobis. Al ir á desnu- 
darle el verdugo, se lo prohibió y aun le amenazó D. Luís de Rojas. Bravo pidió 
ser degollado primero «para no ver la muerte del mejor caballero de Castilla.» 

(3) Ya no existe este padrón, ni al pié de él los restos de los caudillos comu- 
neroSj pues en 1 8 j i parece fueron exhumados y depositados dentro de una urna 
en una parroquia do la villa, y desde allí trasladados á la catedral de Zamora. 



256 VALLADOLID 

sa su vecina se eximió también del señorío de Toro y se apelli- 
dó del Rey en memoria de esta merced. 

Al terminar esta histórica correría, pálidos aparecen los re- 
cuerdos y hasta insignificante la fisonomía de las restantes villas 
de la comarca, por más que sean relativamente populosas. Res- 
tos de fuerte castillo, una puerta de su derruida muralla y un 
suntuoso palacio de sus señores ofrece la Mota, nombre gené- 
rico que en la provincia equivale á fortaleza, y al cual añadió el 
dictado del Marqués desde que reinando Felipe II fué erigida 
en marquesado á favor de D. Rodrigo de Ulloa. No dos parro- 
quias, que estas las tienen allá los más pequeños lugares, sino 
cuatro cuenta la villa de Tiedra, lo cual unido á su sobrenom- 
bre ¿a Vieja y á las ruinas del castillo que la guardaba indica 
su importancia antigua ; hoy se la conoce principalmente por la 
fama de una devota efigie de nuestra Señora á la cual venera 
en pomposo santuario. Ni una ni otra suenan en la historia de 
las Comunidades; la que alcanza en ellas algún papeLes Peña- 
flor, de donde salió completo para recoger su fácil lauro el ejér- 
cito de los gobernadores, y que en Diciembre anterior, al mar- 
char sobre Tordesillas los imperiales, había visto ya saqueadas 
sus casas y profanados sacrilegamente sus templos por una 
compañía de peones (i). No era la primera vez que experimen- 
taba la pobre villa los estragos de la guerra : quiso resistir de- 
nodadamente en 1465 á todo el poder de los grandes conjura- 
dos en Avila contra Enrique IV, y tomada al fin sufrió la pena 
de ver nivelados sus muros con el suelo. 

Pero en verdad que nos fatigan ya tantos sitios y saqueos, 
combates y matanzas, como entretejen, exclusivamente casi, los 
anales de aquellos pueblos y que hacen envidiable la suerte de 



(1) Acudió á castigarlos el general conde de Haro, pero viendo que se aperci- 
bían á la resistencia y temiendo las resultas en vísperas de una batalla, se con- 
tentó con lograr que se devolviesen á la iglesia sus alhajas. Sólo un cáliz de plata 
no pareció ; al día siguiente se encontró en la manga del sayo del capitán Bosme- 
diano, el primero á quien derribó sin vida un tiro lanzado desde el muro de Tor- 
desillas. 



VALLADOLrO 257 

los que carecen de historia. Sobre huellas de sangre hemos 
caminado sin interrupción apenas desde nuestra salida de Valla- 
dolid, y echamos menos aquellas paradas á la sombra de los 
claustros ó bajo los pórticos de alguna iglesia solitaria, que en 
las pasadas excursiones se nos ofrecían, y que en ésta nos ha 
impedido hasta ahora la corriente de los sucesos, dejándonos 
entrever no más entre el polvo de las batallas las torres de le- 
janos monasterios. Ruinas también nos esperan alU y estragos 
lamentables, no todos causados por el tiempo, sino bastantes 
por la mano del hombre ; pero hasta la melancolía se impregna 
de la tranquilidad de los sitios, y en el silencio y soledad la 
imaginación cobra vigor para rehacer lo destruido, y el corazón 
suavidad para perdonarlo. 



CAPITULO IX 



San Román de Hornija. — Vamba.— Monasterio de la Espina 



y f ' dos leguas cortas de Villalar vamos á trasladamos, pero 
j-^ á tiempos muy distantes del siglo xvi. A mediados del vii 
un rey godo ediñcaba en la tortuosa hoz del Hornija, junto á su 
confluencia con el Duero, un devoto monasterio para alivio de 
su alma y sepultura de sus despojos. Amargas debieron ser las 
memorias y sombrías las visiones que en medio de su real gran- 
deza perturbaban la conciencia del anciano Chindasvinto, sí no 
eran en él un engañoso alarde la religión y piedad de que le 
alaban sus contemporáneos y que en diversos actos manifestó: 
la imagen del joven y apacible Tulga violentamente desposeído 



200 VALLADOLID 

de la corona paterna, despojado de su cabellera y consumido en 
breve de pesar en el retiro, los ensangrentados espectros de 
doscientos nobles y quinientos de los medianos, culpables en 
épocas más ó menos remotas del mismo crimen de rebelión que 
le había á él entronizado, é inmolados no tanto por justicia como 
por su propia seguridad (i), mal podían dejarle en reposo, por 
más que el séptimo concilio de Toledo lanzara nuevos anatemas 
contra los sucesivos rebeldes y usurpadores, por más que á su 
lado se sentara ya con la diadema su hijo Recesvinto, y apare- 
ciera terminada para siempre en provecho suyo la era de las 
conjuraciones y destronamientos. Tal vez pertenecía á su crecido 
patrimonio aquella tierra, tal vez iba vinculado á ella algún dulce 
recuerdo de su vida privada, el de su hermosa Reciberga, que 
en su flor más temprana había fallecido, dejándole tres hijos por 
fruto de su breve consorcio (2). Cuando le llegó su postrer día 



(i) Quoscumque contra reges, qui á regno ex^ulsi fu erante dice el cronista 
Fredegario, cognoverat esse noxioSf tolos sigillatimjussit inierfici, eorumque uxores 
et filias fidelibus suis cum facullatibus tradt't. Añade luego de primatibus CCJuisse 
interfectos, de mediocribus CCCCC. Expresa sin embargo el arrepentimiento de 
Chindasvinto fXBnitentiam agens, eleemosynam multam de rebus.propriis Jaciens ; 
pero aún le es más favorable San Ildefonso en aquellas frases citadas por Sando- 
val : MitiSf gloriosus vel insignis, oriodoxus et verefius, hic á Deo habuit regnum.,. 
extra Toletum pace obiit, in monasterioque Sancti Romani de Hornisga quod ipse á 
/undamento edificavii.., sepuHus fuit. 

(2) Fueron éstos, recogiendo los dispersos hilos de aquel periodo confuso, 
Recesvinto, Teodofredo el padre del rey Rodrigo, y Favila el padre de Pelayo li- 
bertador de España, á los cuales añaden la madre de Egica los que suponen áéste 
sobrino de Recesvinto. Contando Reciberga veinte y dos años á su fallecimiento 
y siete de matrimonio según el epitafio, resulta que hubo de casarse á los quince, 
y es preciso reconocer que murió sin haber reinado, aunque aparezca su firma 
como reina al pié de la donación hecha por Chindasvinto en 646 al monasterio de 
Compludo en el Vierzo, documento de autenticidad más que dudosa. Chindasvin- 
to no entró á reinar antes del 643, y á principios del 649 se asoció en la autori- 
dad ó más bien la transfirió á su hijo Recesvinto que debía ser al menos de veinte 
años para empuñar el cetro: poniendo pues su nacimiento en 629 y la muerte de 
su madre en 63$, aún faltarían á ésta siete años para haber podido reinar. Pres- 
cindamos de la edad de noventa años que Fredegario atribuye á Chindasvinto, y 
que tan mal se aviene con la osadía de su rebelión y con el rigor y energía de su 
gobierno, pero aun dejándolo en setenta, pareciera harto grande la desproporción 
con la edad de su esposa para suponerlos juntos en el trono. Algunos dudan si el 
esposo de Reciberga fué Recesvinto y no Chindasvinto, fundados en que así se 
lee en el códice gótico de la biblioteca de Toledo que trae el epitafio de aquella, 



VALLADO LID 201 



al ambicioso monarca, en 30 de Setiembre de 653 pudo ser 
conducido ya al preparado sepulcro, el mismo quizá ó contiguo , 
por lo menos al que había dedicado á su malograda esposa, 
exhalando en los más sentidos versos su dolor y su cariño. 

f ¡ Ah! decía, si perlas y tesoros bastaran á desarmar el brazo 
de la muerte, inmortal hubieras sido, esposa mía... pero ya que 
el destino ha podido más que yo, á la custodia de los santos te 
encomiendo, para que al consumirse en llamas la tierra, entre 
ellos resucites justamente glorificada. ¡Y ahora, adiós ya, mi 
amada Reciberga ! grata te sea la postrer morada que te fabrica 
tu esposo Chindasvinto. » Un antiguo códice, y no la piedra, nos 
ha conservado este bello epitafio ; ignoramos si llegó á escul- 
pirse, como también el destinado al mismo rey, el cual ó bien 
es la sangrienta diatriba de algún enconado enemigo, ó la con- 
fesión humilde de sus propias culpas hasta un punto incompa- 
tible casi con el decoro de la majestad real (i). Lisa aparece la 
tumba de márnlol blanco con su cubierta de ataúd, que hoy se 
designa como del fundador en la primera capilla á la derecha 
del temjplo, y donde se descubren huesos reputados aún por de 
dichos consortes: en otro tiempo cerrábase el arco con reja, y 
por toda la comarca corría con crédito de santidad el nombre 



bien que en otros de no menor antigüedad se halle lo contrario. Saavedra dice 
que ChindaBvinto descendía de Recaredo, en cuyo caso no podía ser menos que 
nieto suyo. 

(1) En el tomo de Castilia la Nueva— Toledo, y en la reseña histórica de esta 
ciudad, insertamos el primer epitafio y fragmentos del segundo, atribuidos ambos 
á San Eugenio III, pues se encuentran entre sus obras. Encima del sepulcro de la 
iglesia de San Román está el de Reciberga escrito en un rasgado pergamino, al 
cual lo trasladaría de los libros algún curioso, en vez de haber pasado desde allí 
á los libros. En cuanto al de Chindasvinto no creemos que haya estado jamás, 
pues hasta los historiadores se excusan de transcribirlo callando la verdadera 
causa, y Morales disimula el escándalo con estas donosas palabras: «el del rey 
mas parece elegía por ser muy largo, y así lo dejaré por no tener cosa que á la 
historia pertenezca.» Pudieran ser efecto de humildad las terribles calificaciones 
puestas en boca de Chindasvinto, al tenor de las que en otros epitafios se prodiga 
á sí mismo San Eugenio, y las de indigno, pecador y miserable quQ solían entonces 
acompañar las firmas. 



202 VALLADOLID 



del que allí yacía, y hasta los monjes en pleno siglo xvi rezaban 
de él en el coro una fabulosa leyenda (i). 

£1 monasterio, dedicado á San Román abad de León en 
Francia, sobrevivió á la invasión sarracena ó renació muy pron- 
to de sus ruinas, pues en 891 fué agregado por Alfonso III al 
de Tuñón en Asturias con sus tierras y habitantes (2). Largo 
tiempo conservó la iglesia su primitiva forma de cruz griega 
con sus cuatro brazos iguales^ imitando la del mismo sepul- 
cro (3) ; con el ensanche de la capilla mayor alteróse después no 
poco, y por fin desapareció por completo á mediados del último 
siglo, para hacer lugar á la desnuda é insignificante fábrica que 
hoy se ve, y que justifica poco la celebridad de su arquitecto el 
monje lego fray Juan Ascondo. Por fortuna los fragmentos, es- 
parcidos ó incrustados en la nueva obra, permiten apreciar has- 
ta cierto punto el carácter y riqueza de la antigua: ruedan por 
el suelo gruesos fustes de columnas de mármol blanco, y otros 
á modo de pilares se hallan distribuidos ante el pórtico; sirven 
de escalón á la entrada dos labradas piedras semicirculares, 
subsiste la antigua pila bautismal, y la del agua bendita parece 



(i) «Tiénenle por sanio en aquella tierra, dice Morales en su Viaje^y encl 
monasterio tienen una historia repartida en nueve liciones como para leer en 
maitines, y es lástima ver cuan fingida y fabulosa es. Ya les he dicho á estos padres 
como es cosa indigna de su mucha religión y prudencia tener aquella historia y 
en aquella figura.» Hablábase en ella de la elección milagrosa del rey, y de una 
expedición suya al África en la cual tomó á Ceuta, y de dos compañeros suyos 
Romano y Otón, suponiendo á éste arzobispo de Toledo y al otro monje y gran 
santo. En el distrito se le conocía con el nombre de Chindo, el mismo que se le da 
en el Fuero Juzgo y que es el primero de los dos que tenía, al uso de los godos y 
demás pueblos septentrionales. 

(2) Monasterium quod vociiant Sancti Romani de Ornica cum villas el familias 
uxia flumine Dorio, 

(3) «Échase bien de ver, observa Sandoval, en la obra deste templo ser gótica 
y real: tiene un crucero de cuatro brazos, como la pinta S. Ildefonso hablando de 
su fundación.» Sin embargo, las palabras de éste parecen referirse al sepulcro 
más bien que á la iglesia, pues están así concebidas : intus ecclesiam ipsam in cor- 
nulo per qualuor parles monumenlo magno sepultas fuit. Morales se lamenta de 
que ¿n su tiempo estuviese ya la obra desfigurada y que sólo quedasen muchas 
de las ricas columnas de diversos géneros y colores de mármoles que había por 
todo el edificio. 



VALLADOLID 263 

excavada en la venerable lápida de la dedicación del templo (i). 
En el soportal de la contigua casa, en la sacristía, en la colum- 
nita que sostiene el pulpito, además de varias bases, obsérvanse 
magníficos y elegantes capiteles muy semejantes á los corintios, 
con diversas series de hojas y acanaladas fibras, en que todavía 
no se descubre muy degenerado el arte del Bajo Imperio, al 
paso que en algunos fustes campean las estrías en espiral tan 
aceptas á los constructores latino godos. Todo induce á creer 
que estos despojos inestimables proceden más bien de su fun- 
dación primera que de su restauración : no es tan fácil fijar la 
época de dos curiosas urnas de madera doradas y cubiertas de 
esmaltes que contiene el relicario, presentando la una, que es 
la de San Román, grifos y monstruos y hojarascas de relieve 
con la cifra de Jesús y otras repetidas en los ángulos, la otra 
diferentes historias al parecer caballerescas. En su segundo pe- 
ríodo fué la regia casa simple priorato, y de éste se conserva 
una lápida en la pared exterior (2): hoy es parroquia dé un 
vecindario de quinientas almas, al cual preside su torre fundada 
sobre arcos encima de la puerta principal. 

A pocas leguas del enterramiento de su padre poseía el rey 
Recesvinto una granja {villa) nombrada Gérticos y metida en 
el monte Cauro (3), donde en el verano de 672 pasó á restau- 
rar sus fuerzas quebrantadas no tanto por los años como por 
una larga enfermedad. La muerte puso término prematuro en 
I .° de Setiembre á un reinado pacífico y glorioso, de cuya bon- 



(i) Trae Morales la inscripción de ella que decía: Hic suni reliquie numero 
sanctorum, sancti Romani monacht, sancti Mariini episcopio sánete Marine virginis^ 
sancti Petri apostoli, sancti Johannis Bapttste, sancti Aciscli^ et aliorum numero 
sanctorum. Las únicas palabras que pueden hoy leerse son las postreras et alio- 
rum,,. sanctorum, 

(2) Esta lápida probablemente sepulcral es de la era MCCL... y las letras están 
partidas en renglones dobles y gastadas por extremo. 

{i) Asi debió llamarse el monte Torozos ó algún ramal del mismo. El arzobis- 
po San Julián dice que Gérticos estaba en territorio de Salamanca, equivocación 
que corrigieron los cronistas posteriores, poniéndolo en el de Falencia ; en la dis- 
tancia del lugar á Toledo acertó bastante, pues la supone de unas ciento y veinte 
millas. 



264 VALLADOLID 

dad inducen á sospechar algunas graves y misteriosas revela- 
ciones escapadas entre los elogios (i), y que Dios juzgó en su 
tribunal con menos incertidumbre que la historia. Celebrados 
los funerales con más pompa de lo que el agreste sitio prometía 
y bajado á la tumba su cadáver, trataron los proceres reunidos, 
desde luego y sin mudar de puesto según los concilios preve- 
nían, de dar al trono un sucesor; y las miradas todas, por un 
milagro de abnegación y de justicia, nuevo tal vez en aquellas 
tumultuosas asambleas, se ñjaron en el anciano Wamba. Mas 
por otro prodigio igualmente raro el elegido rehusó; á razones 
opuso razones, á instancias y ruegos firmeza, y como peñasco 
batido por las olas, mantúvose de pié en medio de los que cer- 
cándole de rodillas, no ya le ofrecían el reino, sino que le pe- 
dían la salvación de él. De pronto uno de los caudillos desnuda 
la espada, y poniendo la punta al pecho del tenaz magnate 
fó aceptar ó morir,» exclama con voz de trueno; «no menor 
pena merece el que antepone su particular reposo y albedrío al 
bien público y á la voluntad general. » Wamba cedió, y todos le 
acompañaron á Toledo para ser ungido rey en la metrópoli. 
Tan singulares escenas ocurrían en el pequeño lugar que hoy 
se apellida Vamba á dos leguas cortas de Torrelobatón, y que 
trocó su nombre de Gérticos, no con el del príncipe que acabó 
allí su carrera, sino con el del que la empezó por aclamación 
sin ejemplar. 

En el siglo x, retirada la avenida de la dominación musul- 
mana que no alcanzó á borrar el sitio 'ni sus recuerdos, florecía 
allí un monasterio bajo la advocación de Santa María de Vam- 
ba. Vivió en él desterrado, mientras reinó Froila II, el persegui- 
do obispo de León Frunimio (2), y gobernábalo en 945 el abad 
Ñuño confirmando con su signo los reales privilegios. Pasó des- 



• ( I ) Véase el pasaje citado del tomo de Castilla la Nueva^Toledo, 
(2 ; Cita Ycpes una escritura de Sahagún del año 928 en la cual se lee : Fruni- 
mius Bambensis sedis confirmaU palabras que sólo se explican con el retiro del 
obispo Frunimio en el monasterio de Vamba. 



VALLADOLID 265 

pues á la orden de San Juan, de la cual todavía es encomienda; y 
si no constara que la poseían ya en el xii los caballeros del Hos- 
pital, se la creyera sin duda procedente de las confiscaciones 
de los extinguidos Templarios. Porque algo encierra de extraño 
y misterioso la iglesia, actualmente destinada á parroquia del 
pueblo, por más que su construcción evidentemente se refiera, 
no al período latino-godo, como pensó Morales (i), sino á la 
transición del estilo bizantino al ojival. Tres arcos apuntados á 
un lado y otro abren comunicación entre la nave central y las 
laterales, cubiertas únicamente por un pobre techo de madera 
en declive ; los pilares se componen de grupos de columnas, las 
unas cilindricas, las otras con resaltados ñudos en sus fijstes, 
coronadas todas con bizantino capitel; y á la cabecera de las 
naves fórmanse tres altas bóvedas á manera de cúpulas, sos- 
tenidas por bajos y sombríos arcos de herradura, elevándose 
por ftiera sobre la del centro la torre de las campanas. No ha- 
bía en el templo más altar que el principal, donde se venera 
una bella y devota imagen de la Virgen : ahora los retablos han 
ido desalojando los sepulcros de sus hornacinas, en las cuales 
se reproduce bajo sus diversas fases la ojiva, ora desnuda y 
severa, ora florida y caprichosa como la que cobija el purista 
cuadro de la Epifanía. 

Pero la emoción se acrecienta al pasar de la iglesia al claus- 
tro ; y si á la oscuridad que el sol desaloja apenas de aquel re- 
cinto, se añaden las tinieblas y el silencio de la noche, y se le 
registra á la oscilante luz artificial que todo lo abulta y pone 
en movimiento, entonces pueden llegar á saborearse las subli- 
mes delicias del terror. Atraviésase una estancia de bajas y rui- 
nosas bóvedas, apuntaladas por un pilar en su centro ; informes 
y mohosas tumbas avanzan de las negruzcas paredes, guardan- 
do en su seno arcanos insondables. Sálese al claustro, y sus 



(i) «Bien parece haber sido monasterio, dice en sus Anales y y toda la fábrica 
representa antigüedad de este tiempo de godos.» 

34 



266 VALLADOLID 



gruesos muros y los escasos y pequeños arcos semicirculares 
abiertos hacia el patio obstruido de malezas, le dan un aspecto 
desolador de época indeterminada ; una tosca columna en las 
esquinas de sus ánditos es todo lo que de escultura se acierta á 
descubrir. A varios aposentos abovedados y hechos á modo de 
celdas, introducen portales apuntados; á la entrada del uno de- 
tiénense los pies y erízanse los cabellos ante un inmenso osario 
detenidamente formado con las calaveras de los que yacían en 
algún contiguo cementerio; el otro conserva la tradición de ha- 
ber servido de entierro en vida á cierta penitente infanta. En 
los labios del que la refiere varía sin cesar la historia, confün- 
dense los nombres y los tiempos al capricho de la ignorancia ó 
de la fantasía, y poseído de vértigo el oyente, se figura ver 
girar en torno suyo asidos de las manos, á personajes de inco- 
nexos dramas y apartados siglos. 

Un rayo de crítica, como suele la luz del día, viene á disi- 
par tan heterogéneas visiones : por fortuna la verdad esta vez 
no vale menos que la fábula. Aquella carcomida urna con escu- 
dos lisos ó gastados en su cubierta, que se nota junto á la 
puerta del claustro, guardó las cenizas del rey Recesvinto, 
inaccesibles no sabemos cómo á la codicia y profanación de los 
infieles ; y de allí no salieron hasta el siglo xiii, al mismo tiem- 
po que de Pampliega las de Wamba su sucesor, para juntarse 
en la capilla del alcázar de Toledo por orden de Alfonso el Sa- 
bio (i). En los inmediatos sepulcros, no menos toscos, os dirán 
que yacen los campeones de Zamora, los que en 1072 pelearon 
en singular combate por su ciudad y por su señora la infanta 
Urraca para vindicarlas de la imputación de regicidio; y os mos- 
trarán como prueba irrecusable unas quintillas puestas allí 
en 1567, que el lugar y el asunto os harán parecer menos pro- 
saicas de lo que realmente son, y que se recomiendan aún por 
cierto sabor romancesco de sencillez y melancolía : 



(i) Véase el tomo de Castilla la Nueva-^Toledo. 



VALLADOLID , 267 



Siendo Zamora cercada 
Con ejército muy ancho, 
Dícese que fué reptada 

Y por alevosa dada 

Por la muerte de D. Sancho. 

Salieron tres Zamoranos 
Defendiendo el caso malo; 
Todos tres eran hermanos, 
Animosos y galanos, 
Hijos de Arias Gonzalo. 

Con Ordoñez pelearon 
Todos tres, y al fin murieron 

Y sus vidas acabaron, 
Como los que se emplearon 
Por ganar lo que perdieron. 

Juntamente feneció 
Ordoñez con el tercero; 

Y assí el campo no quedó 
Por nadie, según juzgó 
El juez y su compañero. 

Estos cuerpos trajo aquí 
Doña Urraca hija del rey. 
Veslal yace á par de tí. 
Requiescant in pace, di, 
Cum sanctis in gloria Dei. 

Os referirán que junto á aquellos cuerpos, que por el honor 
de ella inmolaron sus vidas, lloró la infanta sus pasadas culpas 
y la parte que caberle pudo en la muerte de su hermano, y que 
en aquella lóbrega estancia, á la cual se da el merecido nombre 
de cueva, vivió prolijos años de oración y de penitencia, hasta 
salir su alma de este mundo ya completamente acrisolada (i). 
¡Pura leyenda todo ello! Urraca la de Zamora, la hermana de 
Alfonso VI, duerme en León bajo las regias bóvedas del pan- 
teón de San Isidoro ; la que en Vamba reposa es otra Urraca, 
posterior de cien años á la otra, primera esposa de Fernando II 



(i) Encima de la puerta hay un letrero castellano que recuerda la tradición, y 
otro dentro en latín que dice de la infanta cum Christo regnat in ceíernum. 



268 VALLADOLID 



de León é hija de Alfonso I de Portugal. Disuelto su enlace con 
el monarca por razón de parentesco en tercer grado, sin haber 
podido durante ocho años gozar en el trono una hora de ventu- 
ra por las continuas guerras del padre con el esposo, en 1175 
tomó la cruz de religiosa de San Juan (i) escogiendo aquel re- 
tiro ; si lo guardó tan austero y absoluto como la tradición indi- 
ca, es cosa que ignoramos. La pobre reina debía tener que llo- 
rar menos faltas que desdichas,, pero siquiera antes de morir 
vio coronado rey á su hijo Alfonso el IX, sin olvidar por eso su 
soledad (2). 

Aunque de origen más reciente, no hubo en toda la comar- 
ca monasterio más celebrado que el de la Espina : las personas 
que á su erección concurrieron, la preciosidad de sus reliquias y 
los prodigios que de ellas se contaban, lo rico de la hacienda y 
lo grandioso del edificio, todo contribuía á su mayor lustre é 
importancia. Admiradora entusiasta del santo abad de Claraval 
la virtuosa D.^ Sancha hermana de Alfonso VII, ora le conocie- 
ra de fama, ora de trato, si es cierto que peregrinase por Fran- 
cia, Alemania y Palestina, hízole donación en 20 de Enero 
de 1 147 de dos heredades suyas, San Pedro de Espina y Santa 
María de Aborridos, para establecer una casa de cistercienses ; 
y excitado con el nombre casual el deseo de la piadosa infanta 
y á fin de justificarlo en cierto modo, no descansó hasta lograr 
un dedo del príncipe de los apóstoles y una espina de la corona 
del Salvador, que obtuvo del monasterio de San Dionisio de 
París por mediación de Luís VII rey de Francia. Envió el gran 



( 1 ) Cita Flórez dos escrituras, una de las cuales dice refiriéndose al 1 1 7 5 anno 
quo regina sibi crucem imposutt, y la olra regina Urraca freirá HospUalis sancii 
Johannis confirmat. 

(2) Hay en el bularlo de Santiago, según Flórez, una escritura datada del 1 1 88, 
año del fallecimiento de Fernando II, que empieza así: Ego Al/onsus Dei graiia 
rex Legionis una cum genitrice mea Urraka regina fado chartam, etc. Estas pala- 
bras dan á entender que Urraca volvió á la corte al lado de su hijo; sospechamos 
sin embargo por la escasez de memorias que no sería continua ni larga allí su re- 
sidencia, y que su muerte, cuyo año se ignora, ocurriría en el mismo lugar donde 
fué sepultada. 



VALLADOLID 269 

Bernardo á Nivardo su hermano para realizar la fundación, que 
en 1 1 49 confirmó el emperador Alfonso cediendo los derechos 
que en aquellos despoblados pudieran compelerle (i). Las mira- 
das del santo fundador y de la insigne protectora no se aparta- 
ron jamás de su querido plantel (2), y gracias á los cuidados del 
uno y á la generosidad de la otra propagó en breve por Castilla 
sus retoños. 

Algo aún halló que* añadir á la grandeza del monasterio, 
corriendo el siglo xiv, la poderosa familia de Alburquerque, y 
su jefe D. Juan Alfonso, nieto. del rey Dionisio de Portugal (3), 
empleó en beneficio de aquel la absoluta privanza que obtenía 
en los primeros años del rey D. Pedro su pupilo. Las tres bó- 
vedas que faltaban á la nave principal del templo, las dos naves 
menores, los claustros bajos con sus oficinas, fueron obra del 
que juntaba al favor de valido la opulencia de magnate. Cuando 
vio al real mancebo arrastrado por los sanguinarios instintos 
que tal .vez en su germen no había cuidado bastante de sofocar, 
y por el ciego amor que él mismo culpablemente había fomen- 
tado, entonces el valido recordando su autoridad de ayo se con- 
virtió en censor, y de censor bien pronto en enemigo; y al 



(i) Del documento se desprende que Espina y Aborridos habían sido lugares 
en otro tiempo: et istce villcB deserice jacent inter sanctum Cyprianum de Macólo et 
Castromonte, Hay memorias de que el rey tenía allí un palacio de maciza construc- 
ción. 

(2) Así lo llama San Bernardo en la carta que escribe á dicha infanta : Obse- 
cramusvos eipro novella vestraplantatione, tilos loquor de Spina^ut eis viscera 
misericordias exhibeaíis. Su primer abad parece fué Balduino, aunque Alfonso y 
Toribio se llaman también primeros en el necrologio. La historia del monasterio 
se halla compendiada en esta singular inscripción quetrae Yepes, enlaque andan 
separados los verbos de los nombres correspondiéndose entre sí : 



Petit 


Sancia 


^dificat 


Bernardus per Nivardum 


Ditat 


Alfonsus 


Protegit 


Spinea corona 


Aperit 


Petrus. 



(3) Hijo natural de éste y su mayordomo mayor, según Méndez Silva, fué don 
Alonso Sánchez padre de D. Juan Alfonso, quien aunque de alcurnia portuguesa 
estaba muy heredado en Castilla. Su madre se llamó D.' Teresa de Meneses. 



270 VALLADOLID 

frente de la liga formada con los hijos de la Guzmán y los in- 
fantes de Aragón y muchos de los grandes de Castilla para ha- 
cer entrar en razón al temerario monarca, sorprendióle la 
muerte en Medina del Campo, tan funesta para su causa, que 
se dijo procurada con yerbas por su médico Paulo. El cadáveí* 
de Alburquerque siguió presidiendo á los confederados; en las 
marchas iba delante de la hueste, en los consejos llevaba por 
él la voz su mayordomo. Solamente cuando en Toro se creyó 
domeñado para siempre el león de Castilla con freno que muy 
pronto había de romper con mayor estrago, entró el féretro á 
reposar en la Espina, cumpliendo los últimos votos del difunto 
y dando ya por cumplida su misión reparadora. 

Con tales datos no hay que decir si se anda con afán el 
desigual camino desde Torrelobatón, y si se costea impaciente- 
mente la almenada cerca que una legua en derredor cierra el 
coto del monasterio. No corresponde el primer aspecto á la es- 
peranza : el portal de entrada no sube del siglo xvi, y la facha- 
da de la iglesia la vistió algún discípulo de D. Ventura Rodrí- 
guez á fínes del pasado con el conocido uniforme de orden 
jónico y corintio en sus respectivos cuerpos, de frontón triangu- 
lar, y de dos torres á los lados rematadas en templetes octógo- 
nos y elegantes linternas. Mas luego se presenta á recompensar 
las fatigas del viaje el interior, desplegando sus tres naves, su 
crucero y su cúpula, sus bóvedas peraltadas y gallardísimas, sus 
arcos ojivales de comunicación, sus pilares de columnas agru- 
padas y románicos capiteles, sus ventanas, semicirculares unas 
y apuntadas otras, decoradas con ricas molduras y columnitas, 
toda la magnificencia en fín del arte bizantino ya provecto dán- 
dose la mano con el gótico naciente (i). De las seis arcadas que 
se suceden desde la entrada hasta el crucero, ocupa las tres el 



(i) Es señalado el elogio que hace de este templo fray Manrique en sus Ana- 
les Cistercienses : Porro sacellum^ si materiam spectes^ sumptuosum ei grave; si 
opus artemquey adeo expolitum, adeo prceclarum, ut vix aliud cequale reperiatur in 
loto regnoy superius nullum. 



VALLADOLID 27I 

coro sostenido en alto por bóvedas de crucería. Difícil es, por 
no decir imposible, discernir la primitiva obra de D.* Sancha de 
la ampliación de Alburquerque, tan homogéneo es el estilo de 
la fábrica, en la cual parecen haber transigido las dos épocas 
que la historia le señala, semejando harto adelantada para el 
siglo XII, y para el xiv sobrado antigua y severa. 

Si algo discrepa del conjunto es la capilla mayor, reedifica- 
da en 1546 con su cupulilla especial contigua á la del crucero, 
y entonces las primitivas tumbas de los Alburquerques fueron 
reemplazadas con los nichos platerescos y efigies arrodilladas 
que ocupan los lados del presbiterio; á la parte del evangelio 
las del mismo D. Juan Alfonso y de su esposa D.* Isabel de 
Meneses, á la otra parte las de su hijo D. Martín Gil y de su 
tío D. Martín Alfonso. Inapreciables fueran estos bultos, si la- 
brados en tiempos más cercanos á los personajes que represen- 
tan, ofrecieran mayores prendas de semejanza. Más cerca del 
altar púsose estatua de alabastro á la ilustre fundadora á modo 
de cenotafio, y otra enfrente á la infanta D.* Leonor hija de 
Juan II y de su primera consorte, que muriendo de pocos años 
allí cerca, fué sepultada en aquel suelo venerado (i). En las ca- 
pillas se encuentran acá y allá urnas y nichos ojivales : en el 
brazo derecho del crucero extiéndese paralela á la mayor una 
capilla gótica dedicada á nuestra Señora de Gracia, y al extremo 
del mismo la muy suntuosa donde era adorada la santa espina, 
y donde se obraban las maravillas de que están llenos los ana- 
les del monasterio (2). 



(1) Fué dicha infanta jurada sucesora del reino en los cortos meses que me- 
diaron desde la muerte de su hermana primogénita D.* Catalina hasta el nacimien- 
to del príncipe D. Enrique, es decir de Setiembre de 1424 á Enero del siguiente 
año. 

(2) Describen minuciosamente la preciosa reliquia y la solemnidad con que 
se enseñaba Morales en su Vic^/e Sanio y Manrique en sus Anales del Cister^ refi- 
riendo los milagros obrados con el agua en que se la metía. En el segundo puede 
leerse la tradición de la acémila que se quedó inmóvil al querer llevarse la santa 
espina del monasterio, y la prodigiosa reaparición de la misma en su puesto esca- 
pándose de la capilla del condestable D. Juan Fernández de Velasco que la había 
hecho robar secretamente. 



272 VALLADOLID 



Iglesia provisional construida por Nivardo dícese que fué 
una muy pequeña, que se conserva á espaldas de la presente y 
que nada ofrece de antiguo ni de notable. Del primitivo claustro 
sólo subsiste una serie de ojivas sepulcrales arrimada al muro 
de la iglesia ; lo demás de él se deshizo hacia fínes del x vi ó 
principios del siguiente, no sin lástima de los que alcanzaron á 
verlo (i), por el prurito de reemplazarlo con las dos galerías, 
dórica la de abajo y jónica la de arriba, que dan vuelta á sus 
cuatro lienzos. Para mayor desgracia, á las presuntuosas inno- 
vaciones del arte han venido á juntarse últimamente los estra- 
gos del abandono: de la sala capitular, del panteón, no se des- 
cubren ya sino ruinas. Cuando visitamos el sagrado ediñcio, dos 
ó tres hijos fieles lo cuidaban con amor, prolongando como po- 
dían su desvalida existencia: hoy tal vez habrán sucumbido, é 
ignoramos qué suerte le cabrá en aquel hondo valle solitario, 
donde no le alcanza ni una mirada protectora. 

Harto fácil es de prever por los ejemplos que tiene tan 
cercanos. En San Cebrián de Mazóte ha perecido, á pesar de su 
situación dentro del pueblo, un convento de monjas dominicas 
fundado en 1 305 por D.^ Teresa Alfonso Téllez de Meneses, la 
madre acaso de Alburquerque el restaurador de la Espina. 
Junto á Uruefta acabó el monasterio benedictino del Bueso, 
aunque puesto bajo el poderoso patronato de los duques de 
Osuna; en el siglo xvi se había renovado su iglesia, pero mos- 
trábase un arco llano y un sepulcro liso donde la tradición su- 
ponía enterrado al célebre D. Bueso, coronando sus caballeres- 
cas aventuras cantadas en los romances con la fundación de 



( 1 ) Elocuentes son las palabras con que condena el vandalismo de los clásicos 
reformadores el fecundo Caramuel que se había educado en aquel monasterio. En 
su poco conocida obra Philif>pus prudens que publicó en 16^8, escribe : Antiquum 
illud claustrum Jam esí dirutum, et froedecessorum nostrorum reliquice vener ahiles 
quiescunt sub Jove, Lapides alio iransiulit avarilia; el incultce frondes, quas spon- 
te térra illa parturit, sepulchra ornarent, nisi armentis pecoribusque concederen- 
tur. Lugeo qui refero; corrigant qui /aciunt : sancia enim non debent traciari nisi 
sánete. 



VALLADOLID 273 

aquel retiro en sitio fresco y deleitoso para terminar allí sus días 
con otros guerreros penitentes (i). 

Los benedictinos de San Mancio, los cístercienses de Mata- 
llana, los Jerónimos de Valdebusto, todos habitaban algo más 
arriba en el espacio de pocas leguas. Debían su erección los dos 
primeros monasterios, como los de Palazuelos y Retuerta (2), 
á la noble familia de Meneses procedente de Portugal, que tan 
enlazada acabamos de ver con los Alburquerques y que domi- 
naba las dilatadas llanuras de Campos. Una visión se cuenta 
que descubrió el cuerpo de San Mancio discípulo del Salvador 
y apóstol de Ebora á Gutierre Téllez de Meneses, y un milagro 
lo detuvo en aquel sitio, dando origen al monasterio y poco 
después á la población contigua de Villanueva. Su iglesia con- 
sagrada en 1 195, á la cual ha sucedido otra grande y hermosa 
según la caliñca Morales, de estilo gótico moderno, que hoy 
sirve de parroquia al lugar, fabricáronla dos hermanos suceso- 
res de Gutierre, Alonso Téllez y Suero, y la sujetaron á la de 
Sahagún donde era venerada ya en especial capilla la cabeza 
del santo mártir (3). Padres de estos parece fueron Tello Pérez 
de Meneses y su mujer Gontrodo, á quienes en 1 173 había ce- 
dido Alfonso VIII el territorio de Matallana, santificado ya por 
anteriores monasterios (4), para que lo ocupasen los religiosos 



(i) Probablemente no tiene más fundamento la tradición que la identidad del 
nombre. Hállase la firma de D. Bueso como merino de Saldaúa en varias escritu- 
ras de Sancho III y Alfonso VIII. Sin embargo la Crónica General le supone un 
caudillo francés que penetró hasta Orcejo y fué muerto en singular combate por 
Bernardo del Carpió, de quien otros le hacen primo ; y á esta narración, reprodu- 
cida en el romance que empieza Estando en paz y sosiego, se refiere Morales sin 
duda al mencionarle como muy a/amado en nuestros cantares. Otro romance popu- 
lar se conoce en Asturias que comienza así : 

Camina D. Bueso 

Mañanica fría 

« 

A tierra de moros 
A buscar amiga. 

(2) Véanse las páginas igg y 20$ del presente tomo. 

(3; Recordamos lo dicho en el tomo de Asturias y León^ capítulo de Sahagún. 

(4) De un privilegio de Sahagún que cita Sandoval, y de una donación de 

35 



274 VALLADOLID 

■ 

del Císter: empezó su bello y. espacioso templo en 1228 la pri- 
mera esposa de Fernando el Santo Beatriz de Suavi^i, y por su 
fallecimiento en 1235 continuólo su suegra la inmortal Beren- 
guela. En casas de labor se encuentran hoy transformadas las 
que lo fueron de oración y de retiro, y grupos de arboledas 
plantadas por los monjes indican de lejos su situación en medio 
de aquellos páramos; pero no cobijan ya sino ruinas^ como ci- 
preses que vegetan al rededor de sepulcros. 



Froilán obispo de León que trae Lobera se desprende que en 950 existia en Mata- 
llana un monasterio bajo el título de Santa María, y que en looa lohabía'de mon- 
jas allí mismo. Antes de darlo el rey á los Meneses, lo adquirió por cambio de la 
orden de San Juan á la cual pertenecía. 




CAPITULO X 



Medina de Rioseco 



'"Y~ViviDE el distrito de Tordesillas del de Rioseco, corriendo 
'^-'de levante á poniente, una cordillera menos alta que es- 
cabrosa, repartida en ramales numerosos y surcada por hondos 
valles, cuyo núcleo forma el áspero monte de Tórozos tan te- 
mido antes por los viajeros de Asturias y Galicia. La densa 
oscuridad de sus robles y encinas, despejada ya en varias direc- 
ciones, cubría inextinguibles hordas de bandidos y feroces aten- 
tados; y aún se designa en lo más alto, encima de Almaraz, la 
venta que por sospechosa fué demolida á ñnes del último siglo. 
Sin embargo, no escasea de pueblos aquel quebrado territorio ; 
en angosta cañada se oculta San Cebrián de Mazóte, Almaraz 



276 VALLADOLID 



existente ya en 1097 desparrama por la pendiente sus treinta 
casas, Urueña se mantiene enriscada sobre una loma, Castro- 
monte asoma dominando un valle, circuida de antiguos muros 
con cuatro puertas y ennoblecida por una parroquia de tres 
naves y de construcción bizantino -gótica, que sentimos no poder 
contemplar más detenidamente. Al este aparece con restos de 
castillo la Mudarra, colonia de segadores gallegos establecida 
por la ciudad de Rioseco, de la cual se titula arrabal á pesar de 
su distancia de tres leguas; al norte sobre una colina Valde- 
nebro decaída de su esplendor y despojada de su fuerte arma- 
dura (i), y más adelante Val verde lugar del marqués de Monreal 
donde descansó en 1063 al ser trasladado de Sevilla á León el 
cuerpo de San Isidoro (2). 

De estas villas la más interesante es Uruefta no tanto por 
sus monumentos como por sus memorias. Más de cárcel que de 
belicosa defensa sirvió su célebre castillo y larga serie de pri- 
sioneros contó, desde aquel conde Pedro Vélez que pagó con 
lenta y bárbara muerte, según los romances, el haber holgado 
con una prima del rey Sancho III (3), hasta el conde de Urgel 



( 1 ) Atribuye Méndez Silva la fundación de Valdenebro nada menos que al rey 
Brigo, diez y nueve siglos antes de la venida de Cristo. Conservaba aún en el xvii 
sus muros y su castillo, del cual en 1422 hizo señor á Diego Gómez de Sandoval, 
conde de Castro, D.' Leonor reina viuda de Aragón. Además de su parroquia tiene 
otra casi derruida, titulada de Nuestra Sefirora de Troya. 

(2) En la donación hecha por Fernando I en 22 de Diciembre de 1063 á San 
Isidoro de León (España Sagrada, tomo XXXVI) hallamos la cláusula siguiente : 
Concedimus ibi ecclesiam cum tribus altar ibus in Campis Goihorum in Rioseco ad 
Villam Verde, quce dicitur ecclesia S. Salvatoris, in medio primo altari, ad meridianum 
partis dextrce altari S. ísidori archiepiscopi, ad levam vero S. Martini vocaiur; con- 
cedimus ibiipsum locellum conclusum, eo quodibiquievitsanctissimumcorpusbea- 
tissimi ísidori quando asportatum fuit de Hispali metropolitana. 

(3) Ignoramos qué fundamento histórico tenga el siguiente romance, único 
en referir el hecho, que tal como allí se cuenta no dudamos en calificar de fabu- 
loso. Por 8u lenguaje parece del siglo xvi, y adolece de bastante flojo á excepción 
del principio donde hay sobra de crudeza: 

Alterada está Castilla Con una prima carnal 

Por un caso desastrado. Del rey Sancho el deseado. 

Que el conde don Pero Vélez Las calzas á la rodilla 

En palacio fué hallado Y el jubón desabrochado.. 



VALLADOLID 277 

competidor de Fernando I al trono de Aragón y D. Fadrique de 
Luna, bastardo del rey de Sicilia, culpable de insensatos desma- 
nes y alborotos. No recibió su fortaleza, como han escrito algu- 
nos, el postrer suspiro de la infeliz Blanca de Borbón, pero sí á 
María de Padilla su afortunada rival, conducida por su real 
amante, para ponerla á cubierto durante algunos días de la in- 
dignación general del reino sublevado contra su privanza. Dio 
Enrique IV la villa al maestre de Calatrava D. Pedro Girón, á 
cuyo primogénito D. Alfonso Téllez se transmitió como cabeza 
de condado ; y éste fué el primer título de la casa de Osuna, en 
la cual ha continuado Urueña tomando sus blasones. Amurallada 
y sin más salida que la de dos puertas, la misma población pa- 
rece cautiva como los ilustres huéspedes que ha guardado. 

Paralelo casi con la dirección de los Alcores, que así se 
llama la cordillera, de nordeste á sudoeste baja el río Sequillo, 
y para conducir á la ciudad que toma su nombre, convida á re- 
montar sus márgenes por camino más poblado y apacible que 
el de la sierra. Castro Membibre y San Pedro del Ataree, pue- 
blos del conde de Miranda, conservan ruinas, aquél de castillo 
y éste de palacio; Villavellid en la pendiente de un cerro, el 
torreón de homenaje y varias almenas del suyo; Villar de Fra- 
des, adornada con un puente de tres arcos y con una moderna 
iglesia del lego Ascondo, el recuerdo etimológico de su monacal 
origen ó dependencia. Una tras otra se presentan en opuestas 
orillas Villanueva de los Caballeros y Villagarcía, que junto con 
Santa Eufemia y. Barcial de la Loma, reconocían por señor en 
el reinado de Juan II á Gutierre González Quijada, de cuya fa- 



La infanta estaba en camisa Casi medio destocada, 

Echada sobre un estrado, Con el rostro desmayado. 

La sentencia del rey al mandarle encerrar en el castillo de Ureña, es atroz en 
demasía: 

No le den cosa ninguna Le sea un miembro quitado, 

Donde pueda estar echado Hasta que con el dolor 

Y de cuatro en cuatro meses Su vivir fuese acabado. 



278 VALLADOLID 

milia pasaron á la del conde de Peñaflor. Villagarcía era seña- 
lada ya á fines del siglo xi por un monasterio de San Boal ó 
Baudilio, que dotó copiosamente Nepociano Bermúdez y agregó 
al de Sahagún en clase de priorato ; y en tiempos más recientes 
hiciéronla famosa la educación del vencedor de Lepan to, confia- 
da por el emperador secretamente á su mayordomo Luís Qui- 
jada, y la residencia del festivo padre Isla en el insigne novicia- 
do que tenían allí los jesuítas. Pero, si como han creído 
generalmente los anticuarios y persuaden la situación y las 
distancias, corresponde el lugar á la Intercacia de los Vacceos, 
entonces se echan menos con tristeza los vestigios de aquella 
población, contemporánea y precursora del heroísmo de Nu- 
mancia, que en el año 149 antes de Cristo cerró las puertas al 
cónsul Lúculo echándole en rostro su perfidia con los de Cauca, 
que mostró tanto valor en sostener el sitio como cordura en 
esquivar la campal batalla, que reparó una y otra vez las bre- 
chas abiertas en sus muros, y derrotó en sus salidas á los ro- 
manos, y obligada del hambre al fin se rindió por honroso 
concierto, burlando con su rústica pobreza la avaricia del ven- 
cedor (i). 

En lo alto de una meseta se dibujan sobre la ribera occi- 
dental los derruidos murallones del castillo de Tordehumos, y 
en la vertiente el caserío de la villa y las torres de sus tres pa- 
rroquias, brindando al viajero á atravesar el puente para con- 
templar la bellísima portada gótica del arruinado convento de 
Santa Clara, cuyas religiosas siglos hace se trasladaron á Rio- 
seco. Tordehumos, derivada como Tordesillas de otero y no de 



(i) Bellum his conditionibus dirempium, dice Apiano; ínter c atii Lucullo darent 
sex millia sagorum (mantos de lana burda), fecudum cerium quemdam numerum, 
obsides quinquaginta; aurt atque argenti, cvjiis siti bellum iniulerat Lucullus^ ni- 
hil daré foierani^ ñeque enirn habebaní, ñeque in pretio esse apud illius regionis 
Celtiberos metalla isia soleni. Distinguióse en el sitio de Intercacia el joven Esci- 
pión, diez y ocho años antes de tomar á Numancia, venciendo en singular comba- 
te á un corpulento español y subiendo el primero á la muralla; y solamente con 
él, por no fiar de Lúculo, quisieron pactar los sitiados. 



VALLADOLID 279 

torre y nombrada ya en el siglo x (i), puede presentar también 
á la historia sus anales : fué plaza fuerte en 1 308 donde el tur- 
bulento D. Juan Núñez deLara resistió al poder de Fernando IV, 
prolongando la defensa y las negociaciones hasta que cansados 
los sitiadores se desbandaron; condenó allí Alfonso XI en 1328 
la memoria de Alvar Núñez Osorio su pérfido valido; dióla 
luego á su favorita Leonor de Guzmán ; rompieron allí mismo 
en 1354 los infantes de Aragón D. Juan y D. Fernando y su 
madre la reina Leonor con el rey D. Pedro su primo, desertan- 
do á los de la liga; y después de pasar el pueblo por varios 
señoríos, incorporóse por fin al de los duques del Infantado. Al 
del almirante Enríquez pertenecía su vecina Villabrájima, y sin 
embargo, una y otra sirvieron de cuartel al ejército comunero 
de D. Pedro Girón al prepararse á cercar en Rioseco la peque- 
ña hueste de los grandes; pero aquella estancia no le resultó 
menos funesta de lo que más tarde había de serlo la de Torre- 
lobatón al malogrado Padilla. 

Imposible es atravesar á la vera del menguado río aquella 
vasta llanura circuida de montecillos, en cuyo fondo descuellan 
las torres de esta otra Medina, sin traer á la memoria los días 
de espectación que anunciaban en sus campos el inminente des- 
enlace de la tenaz querella entre la nobleza y las Comunidades. 
Detrás de aquellas tapias había buscado asilo, huyendo de Va- 
lladolid con un solo paje, el cardenal gobernador; y al llama- 
miento de sus dos nuevos colegas, el condestable y el almirante, 
iban acudiendo con sus milicias los condes de Benavente, Lemos 
y Valencia, el marqués de Astórga y los más ilustres proceres 
de Castilla. Era Rioseco, por decirlo así, la corte del almirante, 
que vino el último, agotados los medios de conciliación. Manda- 
das por un magnate ambicioso y despechado, avanzaron á la 
caída de Noviembre de 1 5 20, las huestes populares en número 



(i) Auiero de Futnus se la llama en una escritura de Astorga del año 974, pu- 
blicada en el tomo XVI de la España Sagrada. 



28o VALLADOLID 

casi triple de sus contrarios ; las alturas del contorno llenáronse 
de muchedumbre atraída como si fuera por el espectáculo de 
una justa, y aguardaban el éxito con el pié en el estribo nume- 
rosos correos para llevar á las ciudades más lejanas la nueva 
de la segura victoria. Mas los pendones aristocráticos no se 
cuidaban de abandonar los muros ni de contestar al reto de 
fuerzas superiores, que satisfechas con hacer en el palenque 
vano alarde de su pujanza, volvieron sin intentar el ataque á 
sus alojamientos. Crecía con la dilación, de un lado la impa- 
ciencia y del otro la esperanza : llegábanles refuerzos á los mag- 
nates, pedíanlos con ansia á sus poblaciones los caudillos co- 
muneros. De Rioseco á Villabrájima iban y venían mensajes de 
paz, ninguno más solícito que el distinguido franciscano fray 
Antonio de Guevara, cuya elocuente voz resonó con audaz ener- 
gía en la iglesia del lugar ante el consejo de los defensores de 
la santa junta. Sus palabras, que sólo consiguieron irritar al 
fogoso obispo Acuña y á sus decididos compañeros, se insinua- 
ron hondamente en el ánimo de D. Pedro Girón, vacilante entre 
los compromisos de su causa y los intereses de su clase (i): lo 
que pasó en sus ocultas conferencias se ignora, pero al cabo de 
quince días de estéril campaña, el ejército sitiador se retiró sin 
combate hacia Villalpando, y quedó despejado á sus enemigos, 
bien apurados poco antes, el camino hasta Tordesillas. 

Mantúvose Rioseco con escasa guarnición, guardada por el 
prestigio de su incruento triunfo, y á pesar del riesgo que la 
amenazaba por el lado de Torrelobatón, osó tomar la ofensiva 
en la próxima primavera, corriendo á rebato los vecinos pueblos 
declarados por los insurgentes. En Palacios de Meneses, situado 



(i) Entre las cartas de Guevara, y en la 48 de la primera parte, se halla com- 
pleto el razonamiento que hizo á los jefes de la Comunidad en Villabrájima y la 
respuesta asaz contundente que recibió del prelado de Zamora, indicando á lo 
último la secreta plática con que logró reducir al general de los insurrectos. San- 
doval refiere una misteriosa cena verificada allí mismo, en que la condesa de Mó- 
dica esposa del almirante, alcanzó reunir á su marido y al conde de Benavcntc con 
Acuña y con Girón, aparentando los dos magnates para adormecer al primero y 
ganar al segundo, conformarse eon los capítulos presentados por la Junta. 



VALLADOLID 281 

una legua más arriba hacia nordeste, hallaron los imperiales 
inesperada resistencia: de lo alto de los adarves, donde habían 
clavado ya sus banderas, los arrojaron sus reducidos defensores 
auxiliados por las valientes aldeanas ; y segunda vez, con el so- 
corro de cincuenta escopeteros que de Ampudia les vino, recha- 
zaron no sin notable escarmiento á los sitiadores. Todavía per- 
manecen ruinas de las humildes murallas donde tremoló con 
más firmeza que de costumbre el pendón comunero, y una ais- 
lada torre, resto tal vez de otra parroquia más antigua que la 
subsistente construida en los últimos tiempos del arte gótico. 
Otra legua más allá se eleva sobre un cerro el castillo de Mon- 
tealegre, alternando con los cuadrados torreones de sus ángulos 
los cilindricos y almenados del centro de sus cortinas, y domi- 
nando el pueblo del mismo nombre, cuyo señorío propio de los 
Manueles se refundió en el condado de Feria. Gente de Toledo 
lo ocupaba, cuando lo acometieron los soldados del almirante y 
convenidos con el alcaide ganáronlo por sorpresa, vengando con 
su comprada victoria el desastre de Palacios. 

Gran prez de leal adquirió Rioseco con la derrota de las 
Comunidades, aunque á costa de graves sustos y de no meno- 
res sacrificios (i). Valióle no poco para su engrandecimiento la 
gratitud del emperador, á cuyos prófugos consejeros había dado 
asilp y cuyo ejército dentro de sus muros se había organizado, 
juntamente con el patrocinio del noble D. Fadrique su señor, 
principal artífice de la pacificación de España. La feracidad del 
suelo, sus copiosas manufacturas de lana, sus concurridas ferias 
tan célebres casi como las de Medina del Campo, á expensas 
de la cual anduvo creciendo, la elevaron á tal grado de prospe- 
ridad, que á fines del siglo xvi pasaba por el lugar más opu- 
lento de señorío y se le atribuían más de mil vecinos millona- 



(i) De un minucioso cuaderno formado para la correspondiente indemniza- 
ción que existe en el archivo municipal, resulta que los gastos hechos por la villa 
en la época de las Comunidades, ascendieron á siete millones y medio de marave- 
dises. 

36 



282 VALLADOLlb 



ríos (i). Tenía en suma la importancia de ciudad, mucho antes 
que Felipe IV en 1632, le concediera el título de tal en recom- 
pensa de sus servicios. Sin sus brillantes monumentos parecieran 
exagerados Jos recuerdos de su pasada grandeza, que no ha 
perdido aún la esperanza de reconquistar. 

De su existencia bajo la dominación de los árabes no tiene 
más indicios que su nombre genérico de Medina, ni de su identi- 
dad con alguna de las poblaciones romanas más prueba que las 
ociosas conjeturas de ciertos anticuarios. Bien pronto descolló 
en los anchurosos Campos Góticos repoblados por Alfonso III, 
apropiándose por distintivo el nombre del río que los cruza; 
y entre los dones ofrecidos á Sahagún en el siglo x aparecen la 
iglesia de San Fructuoso de Rioseco cedida con sus diezmos 
en 921 por Frunimio obispo de León, y los monasterios de San 
Esteban y Santa Engracia incorporados en974y986á aquella 
venerable cabeza. Otro monasterio fundaron hacia 1 1 3 2 Romano 
y sus discípulos, anejándolo con permiso de la piadosa infanta 
Doña Sancha, á quien tal vez pertenecía entonces el pueblo, á 
la abadía de San Isidoro de Dueñas, que en 1424 lo transfirió 
mediante un censo á cierta cofradía establecida en honor de San 
Miguel. Intacto se conserva en medio de la población y junto 
á Santa María este interesante templo dedicado al santo arcán- 
gel, tipo del arte bizantino en su primitiva y severa desnudez. 
Los capiteles de donde arrancan los arcos decrecentes de sus 
dos portadas abiertas á los pies y á un lado del edificio, las ven- 
tanas de angostos vanos distribuidas en su único ábside, la cor- 
nisa ajedrezada, los multiformes canecillos, acusan lo simple y 
tosco de su labor; reina en todas sus partes el semicírculo, ex 
cepto en el arco apuntado de la capilla principal; y las columnas 
de su nave sostienen en vez de bóvedas enmaderado techo de 



(i) Así dice D. Luis de Zapata en sus misceláneas^ impresas últimamente en 
el Memorial Histórico, Según Ponz, la población ascendía un tiempo á siete mil 
vecinos que en su época se habían reducido ya á mil cuatrocientos. 



VALLADOLID 283 

dos vertientes. Ved ahí el decano de los monumentos de la 
ciudad. 

Por convenio celebrado en 1 143 entre los dos obispos pasó 
Medina, llamada Legionense en aquel documento, de la diócesis 
de León á la de Falencia. En 1242 dividió sus términos de los 
de Valdenebro el santo rey Fernando, y en 1258 Alfopso el 
Sabio los deslindó de la jurisdicción de Valladolid, que alegando 
privilegios de reyes anteriores y abusando de su prepotencia, aso- 
laba con robos, muertes y violencias el disputado territorio (i). 
Al fallecimiento de Sancho IV figuró Rioseco en la hermandad 
formada por los pueblos de Castilla para guardar sus derechos 
al rey menor y enmendar los desafueros padecidos en los últi- 
mos reinados: fué uno de los lugares dados en 1301 al infante 
don Juan para que renunciase al señorío de Vizcaya. Como 
prenda de amor la cedió Alfonso XI á su dama ; como regalo 
de bodas la otorgó Enrique II á su cufiado D. Felipe de Castro, 
rico-hombre de Aragón, casado con su hermana D.* Juana, al 
sacarle de la prisión que por él había sufrido en Burgos. No 
guardó rencor á la villa el hijo de la Guzmán por la resistencia 
que le opuso en su segunda entrada manteniéndose por el rey 
D. Pedro, pues en 1370 le confirmó el privilegio de su padre 
para que nadie cortara lefia en los montes del concejo; y Juan I 
recompensó la gloriosa defensa de la misma contra el duque de 
Lancáster, proclamándola muy noble y leal^ y confiriéndole por 
blasón dos castillos y dos cabezas de caballos asomados á unas 
almenas. 

De su tía D.* Juana fallecida sin sucesión heredó el sefiorío 
de Rioseco el almirante de Castilla D. Alfonso Enríquez, hijo 
del maestre D. Fadrique y nieto de Alfonso XI, eligiéndola por 
cabeza de sus estados. Pero el nuevo almirante D. Fadrique su 
hijo la hizo foco de conjuración contra D. Alvaro de Luna, cuya 



(i) El documento existente en el archivo municipal expresa «que los de Valla- 
dolid gelo entravan por fuerza, e que les matavan los omes e que los forzaban e 
los robaban e les fazien muchos daños e mucho mal sobre ello.n 



284 VALLADOLID 



caída exigió del rey en 1439 al frente de una poderosa liga de 
grandes y de un ejército numeroso: la derrota de Olmedo le 
humilló hasta obligarle á entregar al soberano el castillo de su 
capital y á su propia hija la reina de Navarra en rehenes de su 
obediencia; su fuga dio motivo á confiscarle la villa hasta ser 
nuevamente perdonado. Rioseco siguió la suerte y tomó el ca- 
rácter de sus señores ; bulliciosa y rebelde en tiempo del primer 
don Fadrique y de su hijo D. Alonso durante el reinado calami- 
toso de Enrique IV, pacífica y leal bajo D. Fadrique el segundo 
que la asoció á su gloria en la reducción de las Comunidades, 
magnífica y opulenta en poder de su hermano D. Fernando, á 
favor del cual la erigió en ducado el emperador premiando en 
uno los servicios de entrambos. Su rápido desarrollo lo debió 
principalmente á sus dos ferias por los meses de Abril y Agosto y 
al mercado franco de los jueves, que los Reyes Católicos en 1477 
le concedieron, y que dilataron por toda la tierra de Campos y 
más allá la soberanía de su caduceo. 

Más de mercantil que de guerrera tiene la actual fisonomía 
de Medina de Rioseco. En vano la ciñe por el lado del sur un río, 
en vano le hacen pedestal dos colinas; ni aquél alcanza á ser- 
virle de foso, ni éstas de muralla natural para contribuir á su 
defensa. A falta del Sequillo, cuyos puentes durante ciertas es- 
taciones sólo parecen objetos de ornato, tráele aguas y mercan- 
cías el famoso canal de Campos, antiguo en proyecto y reciente 
en ejecución, ofreciendo á los ojos un ameno cuadro y á su trá- 
fico é industria una brillante perspectiva. De sus históricas mu- 
rallas no conserva más que tres baluartes y algunas puertas, 
señalándose la ojival que da salida hacia Falencia, abierta en un 
torreón y defendida por matacanes: la principal situada al Me- 
diodía no es más que un arco moderno de anchura desmedida 
respecto de su elevación. Señoreaba la población por aquel lado 
fuerte castillo eminente, artillado de ocho piezas, como dice 
Méndez Silva ; y ni una almena le faltaba, cuando á mediados 
del último siglo se mandó demolerlo, á fin de que el inmediato 



VALLADOLID 285 

convento de San Francisco empleara sus materiales en la fábrica 
de una torre, y los restantes se destinaran á construir en el 
mismo solar un grandioso cuartel de caballería, que al cabo de 
cincuenta años acabó también por ser abandonado á la codicia 
de los vecinos. Frondosas alamedas disimulan la deformidad de 
estas ruinas, y rodean como inofensivos sitiadores la ciudad. 
Mas no le valió su actitud inerme para libertarla en el aciago 1 4 
de Julio de 1808 de la crueldad de los franceses, que ebrios de 
sangre y feroces con la victoria alcanzada en sus cercanías, lle- 
naron de matanza las calles y de violaciones sacrilegas los tem • 
píos, sin perdonar á las honras más que á las vidas. 

Dentro de su recinto se nota lo que desde Valladolid en 
toda la provincia no habíamos encontrado, la animación, el mo- 
vimiento, el aspecto distinguido de ciudad, aunque por otro lado 
no se aventaje en gran copia de vecindario, ni en el desahogo 
y regularidad de sus calles, ni en la magnificencia de sus casas, 
viejas muchas sin ser antiguas. Largas filas de columnas guar- 
necen de pórtico las vías principales de la Rúa y de Pañeros y 
rodean la vasta plaza mayor, si bien con desigualdades é inte- 
rrupciones que perjudican á su belleza. Poco la favorecen ade- 
más la casa de ayuntamiento y la cárcel, que exigen ambas ur- 
gentes reparos. Edificio civil no contenía otro notable al parecer 
sino el antiguo teatro que se asegura haber debido á los almi- 
rantes (i); pero en la esplendidez de los religiosos pocas capi- 
tales la exceden y muchas no la igualan. Tres parroquias 
cuenta, cada una tan grande y suntuosa como si fuese la única, 
erigidas ó por mejor decir reedificadas en el período de su ma- 
yor fortuna, en los siglos xvi y xvii, demostrando que la pie- 
dad de los feligreses corría parejas á la sazón con su opulencia. 

Desde el oratorio bizantino de la mitad primera del siglo xii, 
que llevamos descrito arriba, pasa el artista sin transición, pues 



(i) Según el Sr. Rada y Delgado, sirvió dicho teatro de fundamento al que 
hoy existe, y era de grande extensión, con la particularidad de tener el escenario 
en el centro y los asientos de los espectadores al rededor. 



286 VALLADOLID 



TÍO hay monumentos de épocas intermedias en Rioseco, á la so- 
berbia mole de Santa María, donde el arte gótico, en compe 
tencia ó en transacción más bien con el renacimiento, trazó con 
mano ya mal segura sus postreras concepciones. Si al aproxi- 
marse á la ciudad le ha llamado la atención desde lejos su torre 
piramidal, cimbreándose en el espacio á semejanza de un piná- 
culo de crestería, reconoce observando más dt cerca los detalles 
que aquel mágico efecto lo producen un templete octógono y 
una linterna, productos ambos del barroquismo, que en 1737 
se le pusieron por remate; y por su parte el cuerpo principal, 
en los bocelados arcos semicirculares de sus tres órdenes de 
ventanas, en las mal afiligranadas agujas de los entrepaños, y 
en las urnas y caprichos que lo coronan, indica que principió ya 
en edad harto avanzada para realizar un prodigio de ligereza. 
Ocupa la torre á los pies de la iglesia el sitio comunmente des- 
tinado á la fachada principal, que está colocada en el flanco 
derecho entre dos contrafuertes, desplegando las profusas galas 
de la decadencia; el arco conopial compuesto de varios concén- 
tricos, angrelado el inferior y el superior orlado de penachería, 
los botareles que lo flanquean prolijamente calados, el muro 
cubierto de arquería un poco bastarda, la cornisa ostentando 
entre labores casi platerescas el escudo del almirante. De fecha 
posterior, acaso de la misma en que se acabó la torre, parecen 
las colgaduras que por bajo de las gárgolas adornan los contra- 
fuertes ; mas á pesar de su carácter de imitación no siempre 
feliz, deleita en conjunto aquella suntuosa fábrica de sillería con 
sus gentiles ventanas y robustos machones. Al opuesto lado 
hay otra puerta, que lleva esculpidos en los casetones de sus 
hojas bustos de apóstoles y profetas. 

Convengamos en que el gótico moderno, nombre que hemos 
aceptado ya para designar las construcciones hechas en la pri- 
mera mitad del siglo xvi, y aun posteriormente, bajo la reniinis- 
cencia más bien que bajo la inspiración del género ojival, si 
adulteró por un lado los detalles^ introdujo por otro gratas 



VALLA DOLID 



RIOSECO,— Parroquia db Santa MarIa 



288 VALLADOLID 

innovaciones en la distribución de los templos. Las naves late- 
rales se levantan al nivel de la central, y los pilares irguiéndose 
aislados hasta la bóveda en haces de columnitas, cuyos boceles 
parecen prolongarse más allá del capitel para formar las aristas 
y crucería del techo, semejan troncos de palmera destinados á 
sostener un onduloso pabellón ; adquiérese el desahogo á costa 
del misterio, y no hay rincón donde guarecerse de la blanca luz 
de los rasgados ajimeces, que si bien guarnecidos de copiosas 
molduras en sus dovelas y de arabescos en su vértice, carecen 
de vivos matices y pinturas en sus cristales. De los más gallar- 
dos en su clase es el interior de Santa María, con la especialidad 
de no tener más capillas que las dos del testero de las naves 
menores, colaterales á la principal. Dotó á ésta de un excelente 
retablo el insigne escultor de la Magdalena de Valladolid, la- 
brando seis grandes relieves de la historia de la Virgen con su 
asunción en el centro y diversas imágenes de apóstoles y reyes, 
que distribuyó en varios cuerpos de elegante arquitectura deco- 
rados de columnas estriadas. Al lado del nombre de Esteban 
Jordán que en 1590 terminó su obra, aparece el de Pedro de 
Oña su yerno que más adelante la pintó y estofó (i). En la es- 
paciosa sacristía, rica en objetos artísticos, brilla la magníñca 
custodia de Antonio de Arfe, padre del célebre Juan, cuyos cua- 
tro cuerpos con su pirámide principal y las menores de sus án- 
gulos se ven cuajados de preciosos relieves y figuras de levitas, 
ángeles, evangelistas y doctores. 

Hay en Santa María á la parte del evangelio una notable 
capilla, donde en el reducido trecho de veintiocho pies en cua- 
dro se propuso el renacimiento, diríamos casi almacenar mejor 
que ostentar el caudal de sus riquezas y la fecundidad de sus 
caprichos. Reja, retablo, sepulcros, bóveda, paredes, todo lo 



(i) a un lado del retablo se lee: Stephanus Jordán Philippi regis catholici 
Sculptor egregius factebat anno Dom. i 590. Y al otro: Peirus de Oña ejus gener 
depingebai expensis ecclesice anno Dóm, 1603. De Esteban Jordán hablamos más 
arriba página 148. 



VALLADOLID 289 

cubrió de relieves, estatuas, pinturas, grecas, follajes y medallo- 
nes, en que compite el gusto y la perfección de los detalles con 
la fantástica y licenciosa disposición del conjunto. Contemplada 
en su realidad, y no en el cuadro semi-ideal que le ha dado 
nombradía (i), la capilla de los Benaventes produce fatiga y 
confusión en el espíritu y. deja no sé qué impresión penosa como 
todo lo que se aparta del orden y de la unidad; las doraduras 
y los estucos maltratados á trechos contribuyen á darle un as- 
pecto lóbrego y sombrío. Fundóla por los años de 1554 Alvaro 
Alfonso de Benavente, caballero de Rioseco, dedicándola á la 
Concepción de Nuestra Señora y dotando para su servicio tres 
capellanías; y con el objeto de embellecerla todo lo posible, 
llamó á los principales artistas de su época á fin de que cada 
cual en su línea apurasen en ella sus primores. 

El trazador y director de la obra, según contiene un tarje- 
ton sobre el arco de la portada, fué Jerónimo Corral (2) ; el ar- 
tífice de la reja que separa del templo la capilla, y que con sus 
bustos, trofeos, festones y demás minuciosidades platerescas 
cautiva la atención, llamábase Francisco Martínez (3). £1 reta- 
blo se encomendó al célebre Juan de Juní, que llenaba de mara- 
villas de este género las iglesias de Valladolid, y que en 1557, 
fallecido yz, el fundador, estipuló las miíiuciosas condiciones á 
que había de arreglarse su trabajo (4). En él dio á la vez seña- 
lada muestra de sus prendas y defectos, de su destreza en la 



(i) Aludimos al de Villamil que tan mágico efecto produjo en la exposición 
de pinturas de 1847. 

(2) Hyeronimus Corral hoc fecit opus. Con esto queda rebatida la opinión de 
Ponz que atribuye á Juní la construcción no menos que las pinturas y esculturas 
de la capilla, suponiéndole profesor en las tres nobles artes como Becerra y Be- 
rruguete. 

(3) Léese su nombre por la parte de afuera en un tarjetón que por dentro 
contiene*la fecha de i 5 54. 

(4) Copia la escritura íntegra Ceán Bermúdez en el tomó II de su obra, pági- 
na 22 1 , y de ella se desprende que se dio á Juní no 3óIo el asunto sino la idea de 
los relieves, dictándole casi su composición. En dicho documento no se habla sino 
del retablo, que se obliga el escultor á concluir dentro de dos años por precio 
de 4$ o ducados ó sean 168,750 maravedís. 

37 



290 VALLADOLID 

escultura y de sus extravíos arquitectónicos. Obsérvase en la 
efigie principal de la Virgen y en los cinco relieves que la cer- 
can, referentes á su nacimiento é infancia y á la historia de sus 
padres, el extraordinario movimiento y el ardiente estilo que en 
expresión de Ponz caracterizan las obras del autor, tanto que 
las actitudes de sus figuras pecan á veces de teatrales; pero en 
los cuerpos de arquitectura revueltos con un sin número de es- 
tatuas y distribuidos sin elegancia ni concierto, hay sobra de 
invención espiritosa y se anticipan casi siglo y medio las extra- 
vagancias del churriguerismo. Ignoramos si el mismo cincel re- 
presentó de relieve en el cascarón del ábside el juicio universal, 
los muertos abandonando los sepulcros, los coros de bienaven- 
turados y el Juez supremo en su trono de majestad sostenido 
por los cuatro animales del Apocalipsis. Rebosa de lujoso orna- 
to el recinto; las paredes vestidas de labores de estuco, el 
cimborio tachonado de claves y bordado por complicada lacería, 
entre cuyos huecos asoman ya los profetas de la antigua ley, 
ya los siete planetas, y en las pechinas los cuatro evangelistas. 
Enfrente del retablo sobre el arco de entrada aparece el Salva- 
dor con los doctores de la Iglesia, cuyos nichos aguantan 
indecentes sirenas ó monstruosas columnas; y llena el luneto 
una gran pintura que abarca la Creación, el pecado y la expul- 
sión de nuestros primeros padres, arrojados del Paraíso por un 
ángel y precedidos de la Muerte que celebra grotescamente su 
triunfo danzando y tañendo una guitarra. 

Pero lo más notable de la capilla son los tres sepulcros, co- 
locados á lo largo del muro frontero á la reja bajo grandes 
arcos semicirculares, sirviendo de zócalo las urnas pobladas de 
niños, guirnaldas y blasones, y de pilastras unas grandiosas 
cariátides que suben á recibir sobre un capitel á modo de canas- 
tillo el ancho cornisamento. Urnas, pilastras y estatuas yacentes 
son de mármol, resaltando sobre el estuco: no faltan, sin em- 
bargo, despropósitos que desluzcan esta magnificencia. Á las 
enjutas de los arcos andan pegadas figuritas á caballo, y desde 



VALLADOLID 29I 



el arquitrabe hasta la bóveda trepan extrañas armazones imi- 
tando cúpulas én perspectiva y otras quimeras. Tampoco lucen 
ya en el fondo de los nichos las descascaradas pinturas trazadas 
por mano de Blas Pardo (i); mas los bultos mortuorios distri- 
buidos por parejas conyugales, los varones con gorra y ropaje 
aforrado de martas y un rollo de papeles en la mano, las damas 
con el vistoso traje de su época, velados por un perro ó una 
figura sentada á sus pies, honran juntamente al artífice que los 
labró y á los personajes que representan. En la hornacina más 
próxima al retablo descansan los padres del fundador, Juan de 
Benavente y María González de Palacios ; en las siguientes Die- 
go de Palacios y Constanza de Espinosa, Juan González de Pa- 
lacios y Beatriz Arias, pertenecientes á la familia materna (2); 
para sí ninguna memoria reservó el noble Alvaro Alfonso, con- 
tentándose con ser enterrado junto á sus progenitores en la 
cripta que está debajo del pavimento de mosaico. Tiene esta 
capilla otra pieza interior con techo de crucería, y el exterior 
de su ábside se atavía con labores platerescas. 

Harto después de Santa María, hacia 1565, siguió todavía 
las huellas del arte gótico la parroquia de Santiago, y sin ceñir- 
se precisamente á sus detalles, supo imitar sus gallardas líneas 
é imprimir al interior del edificio toda su ligereza y majestad. 
Los pilares sutiles y fasciculados, ceñidos de un anillo ó doble 
capitel á dos tercios de su altura, los esbeltos arcos ojivales. 



(i) Débese esta noticia al Sr. García Escobar, literato del país, y tal vez puede 
atribuirse al mismo Pardo la pintura de Adán y Eva más arriba mencionada. Una 
de éstas de los nichos representa la resurrección de Lázaro. 

(2) Dicen así por su orden los epitafios : uAquí yace Juan de Benavente hijo 
del noble cavallero Alvaro Alfonso de Benavente, y María González de Palacios su 
mujer, padres del fundador de esta capilla; fallesció el D. Juan de Benavente año 
de I $30.»— «Aquí yace sepultado Diego de Palacios y Constanza de Espinosa su 
mujer, fallescieron...»— «Aquí yacen sepultados los católicos Juan González de 
Palacios, hijo del noble caballero Sancho Fernandez de Palacios sepultado en la 
iglesia de nuestra Señora del Olmo de la villa de Palacios, y Beatriz Arias mujer 
del dicho Juan González, fallescieron...» Falta en los dos últimos la fecha. Es me- 
nester no confundir, como hemos visto alguna vez, el título de los condes de Be- 
navente esclarecidos magnates de Castilla, con el apellido de dichos Benaventes, 
simples caballeros de Kioseco. 



los ajimeces de medio punto, y sobre todo el pardo color de los 
sillares desnudos de afeite, nos trasladan por un momento á las 
basílicas de la Edad media. Sólo después de más atento exa- 



RIOSECO.— PARKOquiA DE Santiago 

men, las dóricas bases de las columnas y los ornatos de las bó- 
vedas nos recuerdan que estamos en el templo del Renacimien- 
to : las de las naves menores entre sus arcos cruzados ostentan 
pintados florones y copiosas labores de yeso, las de la principal 
presentan una serie de medias naranjas, cubiertas en sus casca- 



VALLADOLID 293 

roñes y pechinas de variados casetones y ramajes, que labró 
en 1673 el maestro Berrojo (i); y esta innovación, si por un 
lado perjudica á la homogeneidad, no puede negarse que realza 
la gentileza. Cinco bóvedas forman la longitud del templo, y la 
inmediata á los pies la ocupa el coro sobre un arco notablemen- 
te rebajado. Nada interrumpe la maciza severidad de los muros 
laterales sino los pilares resaltados y el abalaustrado corredor 
que gira por bajo de las ventanas pareadas, cuya forma pare- 
cen reproducir las capillas, pequeñas también y distribuidas de 
dos en dos. La principal y las dos de los costados las invadió 
con sus retablos el barroquismo, trazando en diez comparti- 
mientos al rededor del semicírculo de la primera, la vida del 
apóstol de las Españas. Plateresca es la portada que introduce 
á la sacristía, y entrelazada de aristas la* alta bóveda de la es- 
tancia, cuyas paredes adornan estimables cuadros y esculturas. 
En el exterior de Santiago ensayó distintos y variados gé- 
neros la imitación. Á su espalda tres elevados cubos recuerdan 
el agrupamiento de los ábsides bizantinos, tiran á góticos los 
estribos que flanquean su nave, y cada una de sus tres puertas 
parece corresponder á tres diversos tipos, al ojival, al plateres- 
co y al greco romano. No remeda mal la del norte el estilo del 
siglo XV con la gracia de sus follajes y la crestería de sus agu- 
jas; ni desmerece del buen gusto del Renacimiento la otra late- 
ral del mediodía compuesta de tres cuerpos, conteniendo entre 
festonados pilares las imágenes de los evangelistas y en el fron- 
tispicio la del Padre Eterno; pero la fachada principal, que de- 
coran pareadas columnas, corintias en el primer cuerpo y com- 
puestas en el segundo, se aparta por la demasiada altura de 
éstas de las arregladas proporciones tan esenciales en la arqui- 



(i) Encima del coro están la fecha y el nombre del arquitecto de las bóvedas, 
y añade el Sr. Escobar que las hizo por 18,330 reales, y que los florones y tarje- 
tas que las adornan, los vació Lucas González por 16,800. El mismo Berrojo, 
según las noticias de aquél, empezó la torre existente erigida en lugar de otra an- 
terior, y la terminó en 1678 el maestro Obregón. El arco del coro data de 1638. 



294 VALLADOLID 

tectura de Vitrubío. La efigie del santo titular colocada en un 
nicho sobre la ventana del centro, rectangular como el portal, 
indica haber pertenecido á otra fachada más antigua, contem- 
poránea de otra torre anterior á la que se levanta hoy á su 
izquierda y que no aparece concluida pi acompañada por su co- 
lateral. 

Para alarde de su rígida grandeza el arte clásico se reservó 
toda completa la parroquia de Santa Cruz, respecto de la cual 
más que de ninguna otra se justifica el empeño de atribuir á 
Herrera cuantas obras en este género sobresalen (i). Campea 
en el fondo de un atrio espacioso cercado de verja de hierro, 
sobre cuyos pedestales asientan imponentes leones, la magnífica 
y elegante fachada, inspiración desarrollada felizmente dentro 
del angosto círculo <áe los preceptos : en el primer cuerpo re- 
saltan ocho pilastras corintias, y en el segundo seis colocadas 
sobre un zócalo corrido, que remata á los extremos en ante- 
pecho cerrado por un pedestal con su bola. En el entrepaño in- 
ferior del centro ábrese dentro de un arco la puerta principal y 
otras dos menores en los contiguos, todas de recto dintel ; á 
ellas corresponden arriba una gran ventana y dos nichos con 
frontones descritos por segmentos de círculo; nichos menores, 
fajas y recuadros adornan los entrepaños restantes. Las escul- 
turas, más recomendables por la idea que por la ejecución, se 
refieren todas al augusto signo á que está consagrado el templo: 
sobre las puertas laterales dos relieves figurando el hallazgo 
del santo leño y la milagrosa resurrección que dio á conocerlo 
entre los otros, en las hornacinas inmediatas las sibilas Cumea 
y Samia que predijeron sus grandezas, en las superiores Santa 
Elena y Constantino, Heraclio y Alfonso VIII, asociado aquél á 



(i) Dice el Sr. Rada y Delgado haber oído referir que ante aquella fachada 
exclamó Napoleón: «¡también anduvo por aquí el famoso Herrera!» No consta sin 
embargo, que éste fuera el arquitecto de una construcción que creemos algo pos- 
terior á su época, y cuya traza dudamos hubiese parecido aún bastante severa al 
autor del Escorial. 



VALLAD O L I D 295 

la exaltación de la cruz en la reconquista de Jerusalén, y éste al 
triunfo de la misma en las Navas de Tolosa, y por último sobre 
el cornisamento David é Isaías historiadores, por decirlo así, 
más bien que profetas del Crucificado. Encima del vértice del 
ático triangular descuella una gran cruz de piedra, haciendo 
juego con las acroterías de esféricos remates que en ambas ex- 
tremidades se levantan. 

Una despejada nave, cubierta de bóveda de cañón con mol- 
duras y labores de yeso, alumbrada por ventanas cuadrangula- 
res y guarnecida de pilastras corintias como el exterior, consti- 
tuye la iglesia de Santa Cruz: aunque cuenta cuatro capillas por 
lado, lo construido no es más que el tronco principal de la cruz 
latina que debía formar su planta, y cuyos brazos habían de 
cerrar dos torres, conforme á la que se ve principiada. Ocupan 
los retablos de las capillas el muro lateral de ellas más cercano 
á Ja cabecera del templo ; de suerte que desde el ingreso puede 
abarcarlos de una mirada el espectador, y solazarse en los de- 
lirios churriguerescos que tanto escandalizaban al viajero Ponz. 
La capilla de la Concepción la fabricó en 1677 fray Alfonso de 
Salizanes, obispo sucesivamente de Oviedo y de Córdoba, lle- 
nándola de efigies y trasladando á ella los huesos de sus ilus- 
tres progenitores. 

Entre los conventos de Rioseco, demolidos ó arruinados 
como el de San Pedro Mártir y el de San Juan de Dios, ó faltos 
de condiciones artísticas como los dos de religiosas, se distingue 
únicamente el de San Francisco, fundación de los poderosos 
Enríquez. El estilo gótico, bien que ya decadente, llegó todavía 
á tiempo de trazar su iglesia y de erigir en el centro su cúpula 
y de exornar sus bóvedas con dibujos de crucería y sus venta- 
nas con vidrios de colores. La dorada reja, que separa del cru- 
cero la nave, labróla en 1532 un tal Andino con muchos meda- 
llones y floreros en su remate (i). Sin tomar ejemplo de los dos 



(i) Léese en un tarjetón la fecha y el nombre del artífice, 



29b VALLADOLID 



platerescos retablos colaterales, admitió posteriormente un altar 
barroco en sumo grado la capilla mayor, en medio de la cual 
poseían derecho de sepultura los insignes fundadores. Á ella 
bajó en 1538 lleno de aftos y servicios, el benéfico y conciliador 
D. Fadrique, pero .6 nunca tuvo estatua, ó pereció al trasladar- 
se el entierro desde el centro á los costados de la capilla; y 
únicamente al pié del retablo aparecen arrodillados con su re- 
clinatorio las efigies de bronce de su esposa D.* Ana de Cabre- 
ra condesa de Módica, y de su cuñada D.^ Isabel, casada con 
su hermano D. Bernardino conde de Melgar y hermana también 
de la condesa. Yace en una de las capillas con bulto tendido 
sobre la losa, el sabio Fernando Mena distinguido médico de 
Felipe II (i), y á la entrada de aquella, fija la atención un pe- 
queño órgano de forma gótica, sutilmente trepado y sostenido 
por un aéreo pedestal de gusto plateresco, que es un singular 
compuesto de columnitas, nichos y figuras. La sillería y el &• 
cistol del coro, labrados á la entrada del siglo xviii, compiten 
con lo más rico y delicado del xvi, tanto como la diversidad del 
género consiente. 

Frente al panteón de los almirantes levantábase su palacio, 
y ha tenido menos suerte aún en su conservación. Magnífica y 
caprichosa, cual del tiempo de los Reyes Católicos, debió ser 
su arquitectura, según lo que demuestra la fachada: una guir- 
nalda guarnece y otra encuadra el arco de la puerta, tan plano 
que apenas puede calificarse de tal, avanzando en las enjutas 
dos leones con sus repisas. Figuraban arriba entre águilas ra- 
pantes ún escudo de armas colosal y dos bustos de relieve 
dentro de orlas de follaje, y veíase claveteado de pequeñas 



(i) Son célebres sus escritos : según Nicolás Antonio, unos le creyeron por- 
tugués, otros natural de Socuéllamos en la Mancha. Su epitafio dice asi : 

Reliquias Menae,celebrisdoctori8 in orbe, 
Sic locus exiguus, parva sepulcra tegunt. 

Ossa, bonse vires magnas prsebentia vitae, 
Albida praegelida, cerne, teguntur humo. 



puntas de diamante todo el muro, que hoy día no se eleva más 
allá de la portada. ^ Cómo ha venido al suelo la mansión opu- 
lenta de los sefiores de Rioseco, á cuya sombra creció tan rápi- 
damente la villa, y que en vez de recuerdos de opresión y ser- 
vidumbre no los despertaba más que de respeto y de gratitud? 
En otras naciones se explicara la caída de estos palacios por un 
ciego ímpetu popular ; en España por el abandono é incuria de 
sus mismos dueños, por una abdicación voluntaría de su honro- 
so patronato. 



con los ojos, deseáramos recorrer con la 
planta cuanto pueblo hemos visto citado (y cuál no se cita 
allá?) en antiguas crónicas y documentos, y que ni una al- 
mena de castillo, ni un ábside de monasterio, ni una torre de 
parroquia se escapara á nuestro examen : pero un viaje no es un 
catálogo, ni una descripción se hace á manera de inventario; y 
para evitar monótonas repeticiones y graduar la importancia de 



300 VALLADOLID 

los objetos, es menester que se pierdan algunos indecisos en 
lontananza, á fin de que resalten en primer término los más no- 
tables. Con semejantes reflexiones seguíamos en dirección á 
oeste el camino de Rioseco á Villalpando, consolándonos de que 
lo avanzado de la hora no nos permitiera visitar al paso ó con 
breve rodeo las tres parroquias de Villafrechos, ni las dos de 
Villamayor, ni el rollo que en medio de la plaza de Santa Eu- 
femia aún recuerda el antiguo señorío de los Quijadas, ni el 
retablo mayor y la custodia de la iglesia de Villar de Fallaves 
que Ponz creyó poder atribuirse sin injuria al insigne Berru- 
guete. 

A Villalpando con harto sentimiento no pudimos contem- 
plarla sino envuelta en las sombras de la noche, y á falta de luz 
para examinar sus monumentos, si algunos tiene, hubimos de 
contentarnos con recordar su historia. Pobló la villa Femando II 
por los años de 1170; tuviéronla en encomienda los Templa- 
rios, cuyo recuerdo perpetúa Nuestra Señora del Temple; el 
duque de Lancáster la ocupó en 1386 al invadir las tierras de 
Castilla. Por su enlace con María de Solier (i) la adquirió á 
fines del siglo xiv Juan de Velasco; y sus descendientes, en 
quienes anduvo vinculada la dignidad de condestable, poseyeron 
allí un suntuoso palacio y casa fuerte guarnecida de artillería. 
Gobernábala un corregidor cuya jurisdicción se extendía sobre 
ocho pueblos, y su población excedía de dos mil vecinos antes 
que á costa suya se engrandeciera Rioseco absorbiendo su trá- 
fico y riqueza ; pero le han quedado ocho parroquias de diez que 
contaba entonces (2), seis ermitas, un convento de monjas y dos 
que fueron de religiosos, una hermosa plaza cuadrada con otras 
cuatro menores, y bastantes restos de sus sólidas murallas. 



(1) Era hija de mosén Arnao de Solier, francés, uno de los compañeros de Du- 
guesclin, cuyos servicios recompensó Enrique 11 haciéndole merced de Villalpan- 
do en 12 de Noviembre de i 369. Tenían antes la villa los sucesores del infante 
D. Juan, á quienes levantó el rey D. Pedro la confiscación de sus estados. 

(2) Las actuales son Santa María la Antigua, nuestra Señora del Temple, San 
Miguel, San Andrés, San Lorenzo, San Nicolás, San Pedro y Santiago. 



VALL.ADOLID 3OI 

Consolónos la esperanza de volverla á ver algún día al recorrer 
la provincia zamorana á la cual pertenece y en cuya descripción 
le toca su puesto natural. 

Las márgenes del Valderaduey, cabe el cual se extiende 
Villalpando, presentan al que las sigue corriente arriba, cami- 
nando al nordeste, una serie de pueblos colocados á más ó me- 
nos distancia, que muestran casi todos la residencia señoril de 
sus antiguos poseedores. En Bolaños aparece un arruinado cas- 
tillo del marqués de Sotomayor, en Valdunquillo una legua más 
adentro el renovado palacio del duque de Alba con otras casas 
suntuosas de mayorazgo. A Villavicencio de los Caballeros dis- 
putósela al de Alba el almirante D. Fadrique hasta el punto de 
llegar á rompimiento en 1507: los monjes de Sahagún, que ob- 
tenían en ella un priorato, se habían repartido en 1 136 su juris- 
dicción con D.* María Gómez y sus hijos, y otorgaron á los 
pobladores el fuero de León. Castroponce dio título al condado 
concedido á los Lujanes señores de Trigueros; Villahamete 
perteneció al marqués de San Vicente, cuya morada ciñe una 
cerca con aspilleras. Dependencia del monasterio de Sahagún 
fué el lugar de Santervás dado por la infanta D.* Sancha y fa- 
vorecido con singulares fueros por el abad en 1334, y todavía 
humean las ruinas de su priorato incendiado en nuestros días. 
Dos y tres parroquias y restos á veces de alguna otra derruida 
realzan estas cortas poblaciones, arguyendo en sus pasados 
tiempos no sabemos si mayor piedad ó mayor vecindario; ¿qué 
mucho que más arriba contenga seis la famosa villa de Grajal, 
que situada en territorio de León marca sobre dicha ribera el 
límite de la provincia ? 

Por cañadas muy contiguas á la del Valderaduey bajan asi- 
mismo del norte á su izquierda el Sequillo y á su derecha el 
Cea, trazando aquél el confín de la provincia de Falencia y éste 
de la de León, hasta que desviados entre sí dejan en medio una 
vasta llanura, al extremo de la cual y más cercana al primero 
se asienta Villalón cabeza del distrito. Su población apenas re- 



^02 



- A D O L I n 



conoce ventaja á la de Rioseco, y como ésta divídese en tres 
parroquias, San Juan, San Pedro y San Miguel, que descuella 
por su torre bizantina aumentada con un moderno remate. In- 
signe fábrica debió spr la dp 
este último tem 
que lo desfigurai 
dos, adiciones y i 
tos de nueva di 
cuales asoman ai 
zantinos, arcos g< 
arábigas, restos 
de alfargfa de 
ingeniosos en- 
trelazos y viví- 
simos colores , 
pero todo ya 
sin relación en- 
tre sí como ob- . 
jetos recogidos ! 
en un museo. 
A la transición 
del estilo gótico 
al plateresco 
pertenecen un 
suntuoso hospi- 
tal y un magní- 
fico rollo ó pilar VILLALÓN-lcíL^s.A D. SA« Miauc^ 

jurisdiccional, 

cuya tosca escultura no corresponde á la preeminencia que una 
copla vulgar le atribuye en Castilla entre todos los de su clase. 
Ambos monumentos los debe Villalón á su ilustre seflor el conde 
de Benavente, á quien la vendió hacia 1434 D. Fadrique conde 
de Luna, disipando locamente los dones recibidos de Juan II. En 
perjuicio de las dos Medinas logró del rey Felipe I el nieto del 



VALLADOLID 3O3 

comprador la gracia de celebrar en Villalón una feria, y tras de 
prolongadas revueltas que alcanzaron á la villa, le otorgó el Rey 
Católico la confirmación de la merced á trueque de reducirle á 
su servicio; tal era el provecho que de ella resultaba así al 
magnate como á los vecinos. 

Al propio conde rendía vasallaje Mayorga, ahora inferior á 
aquella en gentes, pero superior en nombradía. Si alguna re- 
ducción hace fundada la semejanza del vocablo, es la de esta 
población á la antigua Meóriga mencionada por Tolomeo entre 
las Vacceas. Fernando II, según la opinión general, no hizo más 
que levantarla de sus ruinas; Alfonso el Sabio en 1257 la au- 
torizó para cerrar sus puertas á los merinos, atajando los abu- 
sos y extorsiones de la rapacidad disfrazada de justicia (i). No 
se avenían mejor los habitantes con la jurisdicción del abad de 
Sahagún, y amotinados en 1270 demolieron los palacios y casas 
que tenía allí el monasterio, sin más resultado que el de haber- 
las de reedificar, pagando mil sueldos de multa y pidiendo per- 
dón de rodillas al ofendido prelado. También los Templarios 
poseían en su recinto una pingüe bailía y una iglesia, de la cual 
aún aparecen vestigios á una extremidad del pueblo por el lado 
del puente. 

Mayorga era fuerte, y se inmortalizó salvando el reino con 
el largo sitio que sostuvo en 1 296, en el segundo año de la me- 
noría de Fernando IV. Cercábanla las huestes aragonesas alia- 
das con los partidarios del infante D. Juan y de D. Alfonso de 
la Cerda, que en Sahagún acababa de ser proclamado rey de 
Castilla, llegando al número de cincuenta mil peones y mil ca- 
balleros: pero la furia del invasor se quebrantó en aquellos 
muros que resistieron uno y otro mes á sus ataques, hasta que 
diezmado el ejército por las calenturas del estío, privado de sus 
jefes y del principal de todos el infante D. Pedro de Aragón, 



(i) Versaban las quejas contra el merino sobre los yantares que se tomaba y 
sobre las causas que promovía por sospechas y que le daban ocasión de exigir 
composiciones pecuniarias. Archivo municipal de Mayorga. 



304 VALLADOLID 



hubo de replegar sus tiendas á fines de Agosto, cubierto de 
luto y de ignominia. En Mayorga celebró la pascua de 1331 
Alfonso XI, cuando deslindó sus términos de los del lugar de 
San Martín del Orrio actualmente despoblado, y cuando hizo 
expiar en la horca á Juan Núñez Arquero los tumultos que en 
Übeda había suscitado echando de la ciudad á los caballeros y 
arrogándose la popular dictadura con título de aprov echador. 
Tres veces cedió la villa Juan I, lo cual no depone á favor de la 
estabilidad de sus mercedes, á Pedro Núñez de Lara, á Juan 
Alonso de Meneses, y por último á su hijo D. Fernando, á quien 
^" 1393 se la usurpó su tío D. Fadrique duque de Benavente 
por entrega del alcaide de la misma Juan Alonso de la Cerda. 
Recobróla el de Antequera y la transmitió á sus hijos los infan- 
tes de Aragón : confiscada á éstos por sus continuas rebeliones, 
fué dada en 1430 por Juan II al conde de Benavente D. Rodrigo 
Alonso Pimentel, cuyo hijo la perdió también más adelante por 
iguales culpas. Después de la victoria de Olmedo recibió el buen 
rey en Mayorga á los auxiliares portugueses que tomaron parte, 
ya que no en los riesgos de la campaña, en las alegrías del 
triunfo, naciendo en medio de ellas el proyecto del segundo en- 
lace del monarca con Isabel de Portugal ; pero más hostilmente 
la ocuparon en 1476, cuando para obtener la libertad hubo de 
entregársela el conde de Benavente combatiendo por los Reyes 
Católicos, de quienes la recobró el procer esta vez leal, expul- 
sados del reino los enemigos. 

Lienzos de sólida argamasa alrededor de la población re- 
cuerdan los violentos ataques que han sufrido, y abren más de 
una entrada á su recinto además de los arcos de sus antiguas 
puertas: frondosas alamedas y un magnífico puente de trece 
ojos sobre el Cea reciben por el lado del norte al que viene á 
visitarla. Aunque todavía descuellan sobre su caserío las torres 
de seis parroquias, apenas conserva ya la mitad de las que con- 
taba un tiempo, cuando, si no exageran curiosas relaciones, no 
incluía menos de diez mil vecinos. Obsérvanse fundidos en el 



V A I. L A D o i- I D 305 



tipo general de sus iglesias diversos caracteres arquitectónicos; 
pórtico en la fachada, arábigo y de herradura el arco de la 
puerta lateral, ojivos los que ponen en comunicación las tres 
naves sosteniendo la techumbre de madera, torneado el ábside 
á manera de los bizantinos, las torres de. la misma fuerte arga- 
masa que los muros, reforzadas por machones de ladrillo. Santa 
María de la Plaza ocupa el sitio inmediato á la plaza vieja; á un 
lado de la nueva levanta San Salvador su campanario cuadrado 
en el primer cuerpo y octógono en el segundo con dos órdenes 
de ventanas. San Juan y Santa María de Arvas ostentan en su 
capilla mayor, siguiendo el semicírculo del testero, retablos gó- 
ticos de numerosos compartimientos y calados doseletes; Santa 
Marina y Santiago no desdicen del estilo de sus compañeras. Ha 
desaparecido la capilla de la Magdalena que en edificio propio 
de la abadía de Sahagún construyó en 1363 Juan Alfonso vecino 
de la villa y contador mayor del rey D. Pedro, y apenas quedan 
rastros del convento de San Francisco fundado según tradición 
en 1 2 1 4 por el mismo patriarca : pero el moderno y espacioso 
santuario de Santo Toribio Mogrovejo recuerda á Mayorga el 
insigne honor de haber dado el ser en 1538 al ejemplar arzo- 
bispo de Lima. 

En el riñon de aquellas rasas y monótonas comarcas, donde 
ni murmura corriente, ni se mece apenas un árbol, ni sonríe con 
encanto alguno la naturaleza, donde las poblaciones toman el 
humilde apellido de Campos para distinguirse de otras más cé- 
lebres de su mismo nombre, y las viviendas y los trajes mismos 
desús habitantes el color de sus terrones, cada villa ostenta nu- 
merosos templos y cada templo alguna artística belleza. Cuenca 
de Campos, que ya en 1 1 1 5 recibió su fuero de la reina Urraca, 
que en 1334 mantuvo el pendón real contra las fuerzas de don 
Juan Manuel y de D. Juan Núñez de Lara, y que desde princi- 
pios del siglo XV perteneció á los ilustres Vélaseos más adelante 
condestables de Castilla, en sus tres parroquias de Santa María, 

San Mames y Santos Justo y Pastor encierra testimonios de su 

39 



306 VAL LADO LID 



antigüedad é importancia. Forma la primera un cuadrilongo 
dividido en tres naves por seis pilares octógonos, que suben 
adelgazándose y reciben las ojivas de la nave central, tendién- 
dose sobre ellas en vez de bóvedas enmaderados techos en ver- 
tiente, cuyos entrelazados dibujos con sus raras complicaciones 
proceden del estilo arábigo no menos que una de las dos puer- 
tas laterales: el ábside es de estructura gótica sencilla. En el 
retablo mayor de San Mames, de lindo gusto plateresco, llaman 
la atención unas bellas pinturas en tabla que representan de 
medio cuerpo al apostolado, casi destruidas no tanto por el 
tiempo como por algún inepto restaurador. Reproduce la iglesia 
de monjas Clarisas, aunque no erigida antes de 1554, la misma 
techumbre artesonada de Santa María sobre arcos de medio 
punto, no de madera blanca como aquella, sino cubierta de ma- 
tices y dorados que los años asaz han deslucido; y por su ámbi- 
to corre á cierta altura una serie de esbeltísimas ventanas ará- 
bigo ojivales metidas en recuadros. Los fundadores del convento, 
D.^ María Fernández de Velasco y el conde de Haro su sobrino, 
yacen á un lado de la capilla mayor, figurada ella en estatua 
tendida, y él de rodillas en ademán de orar vistiendo ropas ta- 
lares. 

Más notables construcciones presenta aún Aguilar de Cam- 
pos, que debió su antiguo nombre de Castromayor al castillo 
cuyos restos al oriente la dominan. Desmantelólo á fines del 
siglo XII Alfonso IX de León para que no sirviera de baluarte 
contra sus propios estados á los fronterizos de Castilla, sacando 
antes la villa, en cambio de otras, del poder de los monjes de 
San Zoil de Carrión, á quienes la había cedido el conde Gómez 
Díaz juntamente con el monasterio de San Juan allí fundado 
por él mismo. Sus más antiguas parroquias Santa María y San 
Pedro, omitiendo la de San Esteban tiempo hace derruida, á 
fuerza de reparos y añadiduras carecen de orden arquitectónico 
determinado, distinguiéndose sólo en la primera un primoroso 
retablo mayor, de la época del renacimiento, con numerosos 



\LLADOLID 



cuadros en relieve de la historia del Salvador y de la Virgen, y 
en la segunda entre varios retablos tan razonables cuanto es 
posible serlo en el género barroco, uno plateresco de la Mag- 
dalena con frontal de azulejos, erigido por la familia de Villagra 



AGUILAR DE CAMPOS.— Parroquia de San Andrés , 

á la entrada del siglo xvii (i). Puede empero aspirar al rango 
de monumento la parroquia de San Andrés, edificada en el xv 
por el almirante D. Fadrique señor de la villa, que dotó su fá- 
brica con mil maravedís al año (2), si bien su interior gótico 

O) A un lado su Ice repartida en dos lápidas ia inscripción siguiuntL-: » Esta 
capilla fundó y dotó ti dotor Francisco Alonso de Villagra collcgial que fue del 
coUegio de Santa ^, rector, catedrático y chanciller de la universidad de Valla- 
dolid, provisor de la misma ciudad, consultor de la inquisición y visitador de la 
audiencia de Sto. Domingo y oidor de la de Méjico, de donde vino al consejo real 
de las Indias. Murió año de 1 607 ; dejó por patrones á D.' Antonia de Villagra su 
hermana y á Chrístobal de Villagra su sobrino í{obernador y capitán general de 
la provincia de Nicaragua y ú sus hijos y sucesores. Acabóse esta obra año 
de ibia.» 

Í2l Así se desprende de un privilegio de Juan II, que se conserva con otros 



3oS VALLADO LID 



blanqueado no compite en interés con su ruinoso y pintoresco 
exterior. Ábrese en tres arcos de herradura concéntricos la por- 
tada principal encuadrada por un marco almohadillado, y la 
misma forma guardan las dos puertas laterales del templo. Á 
esta obra de ladrillo cobija un pórtico de sillería que cerca el 
edificio hasta tocar con los brazos del crucero: sus pilares octó- 
gonos, con las bases esculpidas al igual de los capiteles, llevan 
arriba varios blasones; su techo hundido en parte, sin conservar 
más que las vigas, ofrece vestigios de arábigas labores; y en 
derredor despliegan singulares y variados caprichos infinitas 
ménsulas, que siguen por fuera á lo largo de las naves menores 
y de la principal. Corona este poético conjunto, realzado por 
sus mismas quiebras, una graciosa espadaña en lugar de torre, 
agrupada con otra más moderna que sirve para el reloj. 

No menor riesgo que al pórtico sagrado amenaza al rollo 
que en la plaza contigua se levanta, no tanto por las piedras 
socavadas de su base, como por algunas de esas corrientes de 
vandalismo mal llamado liberal que soplando á menudo de las 
ilustradas capitales alcanza á penetrar en los rincones más apar- 
tados. Persuádanse los honrados vecinos de Aguilar que no ha 
de acreditar mucho su patriotismo ni su criterio el derribo de 
aquel padrón á^ feudalismo y vasallaje^ como tal vez en algún 
libro lo habrán visto calificado; guárdenlo como un testimonio 
de su categoría de villa y de la benéfica protección de los almi- 
rantes, y muéstrenlo con orgullo erguido sobre la gradería de 
su pedestal, gallardo en proporciones, rico en esculturas de la 
época de los Reyes Católicos, dejando atrás en majestad y ele- 
gancia al muy famoso de Villalón. 

De este vandalismo, nunca más detestado y nunca más fre- 



pergaminos en el archivo de la parroquia, y empieza de este modo: « Sepades que 
el mayordomo de la iglesia de S. Andrés me hizo relación que el almirante D. Fa- 
drique, seycndo suya la dicha villa, ovo dado y constituido para fábrica de la 
dicha iglesia mili maravedís en cada año y perpetuamente y para siempre ja- 
más, etc.» 



VALt. ADOLID 



CtlNOS DE CAMPOS. — Kes 



310 V A L L A D o L I D 



cuente que en nuestros días, pocos ejemplos hay tan deplorables 
como el que ofrece la inmediata villa de Ceínos. Pobre, oscura, 
reducida, poseía una joya capaz de envanecer á las más opulen- 
tas ciudades; y esta joya la ha destruido á sangre fría, por ca- 
pricho, á orillas de la carretera donde sorprendido el viajero se 
detenía á contemplarla. Era conocida con el nombre de Santa 
María del Temple ; nadie sabía su origen y su historia ; única- 
mente el título y la magnificencia declaraban haber pertenecido 
á los poderosos Templarios. Habíase olvidado ya que contaba 
por una de sus veinticuatro bailías en el territorio castellano, y 
que á su iglesia fué traído hacia 1222 desde Baeza el cadáver 
de D. Gonzalo Núfiez, el último de los turbulentos hermanos 
Laras, que falleció emigrado con poca honra entre los enemigos 
de su fe y de su patria, y tal vez al morir quiso á ejemplo de 
sus hermanos vestir el hábito de alguna sagrada milicia (i). No 
sabemos por qué fatalidad, aunque tan espléndida y hermosa y 
labrada á toda costa de sillería que tanto escasea en la comarca, 
siempre se la miró más bien como un vegestorio que como un 
monumento; y así en 1799 propuso derribarla un clásico arqui- 
tecto, Francisco Alvarez Benavides, para construir con su piedra 
una maravilla en regla en la parroquia principal ; así fué desti- 
nado su recinto á cementerio , acelerando quizá de esta suerte 
su ruina en vez de conjurarla. Los ancianos cuentan que el edi- 
ficio se prolongaba sobre el solar donde han brotado casas 
ahora, y donde alcanzamos aún á ver sillares con labores bizan- 
tinas procedentes acaso del claustro ó convento adjunto ; en 
cuanto al templo permanecía aún de pié pocos años hace, y 
pudimos contemplar todavía su nave única y sus gruesas colum- 
nas de grandiosos capiteles toscamente esculpidos de follaje 



(1) D. Alvaro en sus últimos momentos había vestido el de Santiago y D. Fer- 
nando el de San Juan. De D. Gonzalo dice el arzobispo D. Rodrigo : in villa quce 
Bealia dicilur infirmitate gravissima coniigii t'psum morí, el delaius á suis sepullus 
esl in Cephinis ubi habent oralorium frates Templi. Mariana con referencia á un 
documento del archivo de la catedral de Toledo nombra á Ceínos entre dichas 
veinticuatro bailías si bien corrompido el vocablo en el de Safines. 



valladolid 311 

que daban vuelta al ábside por dentro y por afuera. Sobrevivió- 
le muy poco la robusta torre, que con sus dos órdenes de ven- 
tanas orladas de doble moldura de estrellas cuadrangulares, con 
su airoso chapitel de pizarra, y sobre todo con las rojas y ama- 
rillentas y verdosas tintas de sus muros, refrigeraba dulcemente 
el ánimo aburrido por la fatiga de la jornada y la insipidez de 
aquellas vastas llanuras. 

Mas no todo ha perecido : del frondoso árbol ha quedado la 
más bella rama, un cuerpo separado del resto del edificio aun- 
que enlazado con él por un extremo. Sala ú oratorio, ignórase 
cuál fuese el destino de aquel cuadrado, que presenta por den- 
tro la más rica decoración. Una serie de arcos rodean las pare- 
des, sostenidos por pareadas columnas, claveteados de estrellas 
en sus arquivoltos, y en el fondo de cada uno se descubre una 
figura de santo, pintada según muestran los escasos vestigios 
por mano inteligente habida razón de los tiempos ; otro nicho 
de doble anchura y de mayor profundidad forma la que llaman 
capilla del Santo Cristo. A media altura transfórmase la pieza de 
cuadrada en octógona mediante cuatro pechinas, debajo de las 
cuales SQ observan los símbolos de los evangelistas, y por los 
ocho ángulos suben otras tantas columnitas á recibir la cornisa, 
arrancando de ella las aristas de la bóveda, anchas y bordadas 
en medio con la acostumbrada moldura de estrellas, hasta reunirse 
en la clave donde resalta el Agnus Det. En los ocho lados de 
lo que pudiéramos llamar cimborio figuran preciosas ventanas ; 
distribuidas de dos en dos pero cegadas las que caen encima de 
las pechinas, las otras campeando solas y estrechándose por 
fuera abren á la luz una angosta rendija. Nunca en tan reducido 
trecho desplegó más copiosas y gentiles galas el arte bizantino. 

Severa y sin ostentación es la entrada que desde afuera á 
dicha estancia conduce, abierta sobre una desmoronada grade- 
ría, á un lado del muro exterior, formando un arco djecrecente 
de medio punto, cuyo espesor flanquean cuatro columnas por 
lado, mientras que ocupa el centro de la cortina una claraboya 



312 VALLADOLID 

circular á modo de estrella cercada de característica moldura. 
Pero la salida de enfrente, que da al atrio del derruido templo, 
reserva al viajero la más agradable sorpresa. Compónenla cinco 
arcos laterales sostenidos por grupos de columnas pareadas que 
apoyan como en los claustros sobre un zócalo corrido, sirviendo 
de portal uno de ellos y los restantes de ventanas , según se 
acostumbra en ciertas aulas capitulares. Festonean su semicír- 
culo las estrellas ó cabezas de clavo, en cuya sencilla combina- 
ción conforme sea el punto de vista tan variados dibujos se 
encierran: follajes desplegados en airosas volutas, trenzados 
que entretejen canastillos, figuras de hombres y aves enlazadas 
y revueltas con gruesos tallos, rivalizan en adornar con fecun- 
didad prodigiosa los capiteles. En una de las ventanas, que se 
distingue de las otras por hallarse partida en dos á manera de 
ajimez, adviértense arrimadas á las columnas ó labradas en sus 
mismos fustes, de tamaño algo menor que el natural, tres efigies 
sin cabeza, una con alas de ángel, otra con palma de mártir, 
todas con las manos mutiladas, lo mismo que otra de mujer 
sentada al otro lado del portal. ¿Qué representan? ¿de dónde 
proceden estas figuras misteriosas, de severo aspecto y tosca 
ejecución? no parecen hechas para aquel sitio, y probablemente 
fueron recogidas de entre los escombros del contiguo templo, 
como víctimas de un naufragio. 

Cuando desaparecen de lo alto del muro los últimos reflejos 
del sol poniente, la oscuridad, el silencio, aquellos destrozados 
cadáveres de piedra, y los humanos despojos que arroja de vez 
en cuando el removido suelo evocan del fondo del alma graves 
y lúgubres pensamientos. Creeríase uno en la región de la 
muerte, lejos, muy lejos de la morada y sociedad de los vivos, 
si alguna vez no se interrumpieran las meditaciones en que se 
abisma el alma con el chasquido del látigo, con la gritería de 
los conductores y el rodar de las diligencias que por la inme- 
diata carretera de León pasan indiferentes y rápidas, como el 
movimiento del siglo por entre las ruinas de lo pasado. 



314 FALENCIA 



el Pisuerga y el Duero (i), que los sencillos y fuertes vacceos 
cultivaban antiguamente. Ignoramos por qué razón se parti- 
cularizó en esta comarca el epiteto de los dominadores de la 
península entera, á no ser por el recuerdo de la prolongada 
lucha que en ella sostuvieron con los suevos de Galicia corriendo 
el siglo v : ello es que no aparece así denominada hasta que 
Alfonso I la recorrió triunfalmente, helando de terror á los 
sarracenos, á mediados del viii. Más adelante se la llamó Tierra 
de Campos circunscribiendo sus anchos límites; y aunque retu- 
vieron el sobrenombre del distrito muchos pueblos de los cer- 
canos, redújose su término propiamente dicho al espacio que 
media entre las márgenes del Sequillo y las inmediaciones de 
la orilla derecha del Carrión, abarcando todo el sudoeste de la 
provincia de Falencia y una estrecha zona de la porción confi- 
nante de la de Valladolid (2). Dilatadísimos y rasos horizontes, 
inmensas sábanas de mieses que ondulan como un mar agitado, 
en medio de las cuales asoman como navios las torres parro- 
quiales de sus villas, tal es la imagen que despiertan en la 
fantasía y el aspecto que presentan en verdad aquellos vastos 
graneros de Castilla, cruzados por el canal que para dar salida 
á sus cereales abrió la mano benéfica de Fernando VI. 

Desde el campanario de la iglesia de Frechilla, población 
en otro tiempo más crecida y fuerte, pero que á su posición 
céntrica más bien que á su importancia debe el ser ahora cabe- 
za de distrito, descúbrese en extenso llano la mayor parte de 
las villas que lo componen, algunas harto más grandes y popu- 
losas que ella misma. A oriente y mediodía serpentea el brazo 
del canal que se denomina de Campos; al poniente corre escaso 



(1) Occupavü Campos Gothtcos^ dice el arzobispo D. Rodrigo hablando de Al- 
fonso I, qut ab Estola, CarrionCy Pisorica et Dorio includuniur. Nómbralos también 
el Albeldense: Campos Golhicos usqve ad /lumen Dorium eremavit, 

(2) De las treinta y cuatro villas que formaban últimamente el distrito de 
Campos, sólo cinco pertenecen á la provincia de Valladolid y las demás á la de 
Falencia, á saber: once al partido judicial de la ciudad, quince al de Frechilla y 
tres al de Carrión. 



FALENCIA 315 



de aguas el Sequillo; al norte, donde termina el nombre de la 
comarca, aunque continúa igual el aspecto del país, aparecen 
Mazuecos, Villalumbroso y Cisneros, ennoblecida con el glorio- 
so apellido del cardenal, y en una de cuyas ermitas los genea- 
logistas han querido ver un ascendiente del modesto Francisco 
Jiménez en aquel caballero de la Banda que yace sobre una 
hermosa tumba de alabastro sostenida por seis leones, como si 
necesitara de heredados timbres quien ha ilustrado con los 
suyos su religión y su patria. 

Tan desnudas y bajas como son las márgenes del Sequillo, 
todavía de norte á sur marcan su línea frecuentes pueblos, y 
en sus intermitentes caudales se reflejan numerosos puentes ya 
de madera ya de sillería. Villada es lugar de mercado y de más 
de dos mil almas, sobre cuyo señorío competían á principios 
del siglo XVI el duque de Alba y el almirante de Castilla; siguen 
asimismo sobre la derecha Villacidaler y Boadilla con sus 
alamedas y las insignificantes ruinas del monasterio cistersien- 
se de Santa María de Benavides (i); más abajo se agrupan 
unos en frente de otros Herrín, Villafrades y Gatón, pertene- 
cientes á la provincia de Valladolid, de los cuales el pri- 
mero se distingue por sus iglesias, antiquísima la de Santa 
María, grandiosa y elegante la del Salvador, y Villafrades por 



( I ) Existía desde 1 1 69 este monasterio, al cual Alfonso VIII diez años después 
cedió la heredad de Bcne-vivas, cuyo nombre ae corrompió en el de Benavides. 
En medio de su iglesia so hallaba un sepulcro con efigie yacente de caballero, y 
en él este singular epitafio que transcribimos á pesar de creerlo bastante posterior 
á la fecha del fallecimiento. «Sabuda cosa sea que don Rodrigo González fué uno 
de los mas nobles ornes de España, de mañas y de linaje, e fizo mucho bien á fijos- 
dalgo en casar e criar, e fizo por sus manos mil y ducientos y cincuenta y cinco 
caballeros, e á la sazón que él murió guardábanlo ocho ricos omes con sietecientos 
caballeros, que eran todos sus acostados e sus parientes, e á su finamiento eran 
con él ducientos y cincuenta y cinco caballeros de sus vasallos. En esta sazón era 
casado con doña Berenguela López hija de don Lope y de doña Urraca; ella por sí 
era una de las mejores dueñas que eran en España. En esta sazón reinaba el rey 
D. Alonso en Castilla e en León, e avia guerra con el rey don Jaime de Aragón, e 
finó don Rodrigo González en el mes de febrero, que fué en era de MCCXCl V (año 
de C. 1 256). n Éste pasa por el progenitor de los Girones y Pachecos, hijo de Gon- 
zalo Ruiz Girón, competidor de los Laras, de quien se habla más adelante. 



3l6 FALENCIA 



/ 



el severo castigo que le impuso el regente cardenal Cisneros 
arrasándola en su lucha con los magnates castellanos. Junto á 
la intersección del río con el canal está sentada Villarramiel, 
donde bulle el tráfico y abunda la gente más que en otra algu- 
na de dicha ribera, descollando sobre sus casas la torre de San 
Miguel, que hundiéndose luego de reedificada en 2 de Febrero 
de 1776 sepultó un centenar de víctimas bajo sus escombros. 
Toma el canal sus aguas del río Carrión y despréndese de 
los ramales del norte y del sur, junto á la vastísima laguna que 
se apellida la Nava, surtida por varios riachuelos y frecuentada 
en invierno por bandadas de aves acuáticas y en estación menos 
lluviosa por copiosos rebaños de toda clase que pacen su lozana 
yerba. En su circunferencia están situadas cinco villas que en 
común la poseen y explotan con provecho, Mazariegos, Villa- 
martín, Grijota, Villaumbrales y Becerril, las dos primeras en 
raso y pantanoso terreno, en amena y frondosa campiña las 
restantes. La más importante de todas es Becerril con su anti- 
guo caserío, sus seis parroquias, su magnífica casa de ayunta- 
miento y sus fábricas de estameñas; y más parece haberlo sido 
cuando en 1333 presenció la conferencia de Alfonso XI con el 
infante D. Juan Manuel y con D. Juan Núñez de Lara, quienes 
no fiándose del justiciero rey, desaparecieron al otro día del 
convite, y cuando en 1 5 2 1 venció allí á los comuneros el con- 
destable, haciendo prisionero á su caudillo D. Juan de Figueroa. 
Sin embargo, superóla siempre y la supera todavía Paredes de 
Nava, que dobla su vecindario y alcanza á seis mil almas re- 
partidas en cuatro parroquias : la de Santa Eulalia, en cuya pila 
fué bautizado Alonso Berruguete, conserva de su inmortal feli- 
grés un precioso retablo mayor, por desgracia mutilado, en el 
cual no ceden las pinturas á sus famosos relieves. Muchos 
señores se sucedieron en la posesión del castillo que dominaba 
á Paredes, desde que la pobló hacia 1 1 70 Fernando II : el re- 
volvedor infante D. Juan que la obtuvo en 1301, y á nombre 
del cual había resistido cinco años antes á las armas de la reina 



FALENCIA 317 

María; el aragonés D. Felipe de Castro casado con una herma- 
na de Enrique 11; el sobrino de este rey, D. Pedro conde de 
Trastamara, á quien la tuvo por algún tiempo usurpada su 
primo el conde de Gijón; D. Juan rey en Navarra é infante en 
Castilla; y por confiscación de su patrimonio en 1430,1a recibió 
del soberano el adelantado Pedro Manrique, en cuyo hijo Don 
Rodrigo, penúltimo maestre de Santiago y padre del dulce poe- 
ta Jorge Manrique, recayó la villa con título de condado. Más 
abajo de Paredes sobre el mismo canal, florece también en 
industria y comercio Fuentes de Nava ó de D. Bermudo, per- 
petuando en este nombre no sé qué vago recuerdo de remota 
fundación ó de ignorado señorío. 

cNo se llame señor, decía un adagio, quien en tierra de 
Campos no tenga un terrón:» mal podía pues el poder feudal 
en este país tan codiciado, no dejar huellas de numerosos cas- 
tillos. Hasta nuestros días casi, conservó Castromocho el suyo, 
fuerte y magnífico, propiedad del conde de Benavente; Autillo 
debe su nombradía al que sirvió de refugio en 1 2 1 6 á la insigne 
reina Berenguela contra las persecuciones de D. Alvaro de 
Lara, hasta que la desgraciada muerte de su joven hermano 
Enrique I obligó á levantar el cerco al ambicioso tutor y la 
llamó á reinar para ventura de Castilla. Allí reunida con su hijo 
la generosa madre, resonó al aire libre y junto á la ermita del 
castillo la primera voz que proclamó rey á Fernando el Santo, 
y la villa fué la recompensa dada á Gonzalo Ruiz Girón, uno 
de los más fieles y activos campeones de la causa de la reina 
durante su pasado ostracismo. No despierta recuerdos tan glo- 
riosos el castillo de Belmonte perteneciente al duque de Nájera; 
pero en la monótona llanura se elevan con tanta gracia sus cua- 
tro cubos sobre la plataforma ceñida de matacanes, que bien 
merece una mirada del artista aquel lindo y acabado dije, no 
menos que las delicadas esculturas platerescas de la capilla, 
principiada un tiempo á espaldas de la mayor en la parroquia 
del lugar. También Meneses para residencia de sus señores 



3l8 FALENCIA 

poseería su fortaleza, cuando desde el siglo xii dio apellido á la 
nobilísima alcurnia portuguesa, tan poderosa como leal á la ín- 
clita madre de San Fernando, y de cuya munificencia hallamos 
memorias en los monasterios todos de la comarca (i). 

Descuella empero allá en dicha línea de monumentos la fa- 
mosa Torre de Mor mojón, que el vulgo en su pintoresco len- 
guaje apellida estrella de Campos^ como si fija en la bóveda 
celeste, sirviera de norte al viajero perdido en espacios inter- 
minables. No sabemos si sería violento derivar su nombre de 
mojón de los moros^ remontando su origen á la época remota en 
que marcaba la frontera respecto de los infieles ; lo cierto es que 
en 1 1 24 estaba, confiada su tenencia al conde D. Pedro de 
Lara (2). Desmoronado por dentro, ostenta el castillo robustos 
en apariencia sus numerosos torreones, sobresaliendo entre 
ellos grandioso é imponente el del homenaje; y á la raíz del 
aislado cerro que le sirve de pedestal, yace el pequeño y antiguo 
pueblo. Sus vecinos en 1521, saliendo en procesión y con traje 
penitente, imploraron no sin fruto, la clemencia de Juan de Pa- 
dilla, cuando ávidas y sañudas acudían sus huestes á combatir 
la fortaleza que acababan de ocupar por sorpresa los imperia- 
les : rindióla al cabo de breve sitio el capitán navarro D. Francés 
de Beamonte, mientras que á la. belicosa voz del obispo de Za- 
mora, los comuneros asaltaban los muros de la vecina Ampudia 
y se les abrían las puertas de su castillo, para replantar en él 
el pendón de su señor el conde de Salvatierra, uno de los pocos 
magnates decididos por el alzamiento. 

Todavía encima de Ampudia conservan las cuadradas torres 
sus almenas; mas no son éstas las que principalmente fijan la 
atención del que se acerca á la muy nombrada villa, sino la de 
su iglesia colegial que de lejos aparece robusta á la vez que 



(1) Matallana, San Mancio, la Espina, San Cebrián de Mazóte, Palazuelos, Re- 
tuerta. Véase atrás página 27^. 

(2) En un documento de esta fecha que cita Salazar y Castro, firma como tes- 
tigo el conde dominante in Lara el in turre de Mormolion. 



FALENCIA 319 

ligera, con cierta semejanza á la de Toledo. Imítala en los dos 
estribos que avanzan de cada uno de sus ángulos, y con istria- 
dos pilares, balaustres y candelabros como que aspire á produ- 
cir el efecto de la gótica crestería, mayormente en el segundo 
cuerpo octógono y en la aguja del remate: de cerca se descubre 
que la obra, poco más feliz en su remedo que la fachada supe- 
rior de San Pablo de Valladolid, no data tal vez más allá de los 
tiempos del duque de Lerma, que en 1608 hizo trasladar á la 
parroquia la antigua colegiata de Husillos. El templo de tres 
naves, que se comunican por arcos de medio punto y cuyas ba ■ 
jas bóvedas se revistieron posteriormente de crucería, no perte- 
nece á una sola época ni á orden determinado ; agudas ojivas 
forman sus portadas laterales. En la capilla mayor yacen sobre 
túmulos las efigies de los nobles Herreras y Ayalas sus patro- 
nos (i); en la de San Ildefonso la de D. Alfonso de Fuentes 
canónigo y provisor de Burgos y la de su padre (2). Nótase en 
esta capilla un retablo plateresco con pasajes de relieve entero, 
y en la de la Concepción erigida por D. Alfonso Martín Castro 
y empezada en 15 14, un bello grupo de alabastro de la Virgen 
y Santa Ana con el niño Jesús y en el segundo cuerpo la cruci- 
fixión dentro de un marco del renacimiento. 

Fuera de ésta no tiene la villa otra parroquia, pero sí un 
convento de franciscanos, fundado también por el valido de 
Felipe III, y memorias de otros destruidos, entre ellos uno de 



(i) Probablemente estaban antes en medio, pero fueron arrimadas á los lados 
con tan poco esmero, que sobre el bulto del caballero de los pies á la cabeza, car- 
ga un tabique atravesado. Desbaratáronse las inscripciones, y solamente debajo 
de la estatua de la dama, vestida con toca y con un perro y un pajecillo á los pies, 
puede leerse el nombre de Maria de Ayala. 

(2) Los bultos son de piedra y de tosca escultura. El epitafio del primero dice 
así: «Aquí yace sepultado el reverendo D. Alfonso de Fuentes provisor y murió 
año de mil y DXXI años.» El letrero del friso de la capilla añade que mandó Jazer 
la capilla y que era «tesorero e canónigo y provisor de la santa iglesia de Burgos, 
el qual mandó decir una misa todos los viernes del año cantada e quatro memo- 
rias cada año, dejó al cabildo tres préstamos; murió primero de agosto.v Ponz 
menciona otro retablo, fundación de un obispo de Burgos, fray Pascual de Ampu- 
dia, que falleció en Roma en i%t2 y fué sepultado allí en la Minerva. 



320 FALENCIA 

Templarios. Ermitas contaba muchas en derredor, y aún retie- 
ne su gótica estructura la espaciosa de la Virgen de Arcona- 
da, imagen huida milagrosamente de aquel pueblo según la tra- 
dición, y objeto de veneración profunda en los contornos. Ceñían 
á Ampudia fuertes muros, en los cuales se encerró hacia 1298 
D. Juan Núftez de Lara contradiciendo la regencia de D.* María 
de Molina ; pero al acercarse la magnánima reina huyó á Torre- 
lobatón el rebelde, y la villa se rindió. Poseíala á la entrada del 
siglo XV D. Sancho de Rojas arzobispo de Toledo, y la dio al 
hijo de su hermana D.^ Inés, al mariscal Pedro García de He- 
rrera, cuya familia la transmitió por enlace á los condes de 
Salvatierra. Duro, violento, fogoso sostenedor de las Comuni- 
dades para satisfacer á merced de las revueltas sus venganzas 
y sus caprichos, perdióla con sus demás estados y con la vida 
el último conde D. Pedro de Ayala, desangrado en el castillo 
de Burgos ; más tarde la obtuvo el poderoso duque de Lerma, 
á cuya protección debió su aumento y sus más insignes prerro- 
gativas. 

Un extenso y enmarañado bosque, que atravesado sin segu- 
ro guía y en la oscuridad de la noche nos pareció aún más 
vasto y pavoroso, separa de Ampudia á Dueñas, cuyo nume- 
roso caserío, al trasponer los calcáreos cerros que al poniente 
la dominan, aparece rodeado de deliciosas alamedas. £1 Pisuerga 
y el Carrión juntándose en sus cercanías fecundan una amenísi- 
ma vega, que se extiende á su levante á modo de matizada 
alfombra. Tenía Dueñas en lo más alto un castillo que recor- 
daba los antiguos trances de guerra y los diversos señoríos 
por los cuales ha pasado ; tiene un palacio donde acontecie- 
ron los primeros sucesos del más glorioso de los reinados, 
una parroquia monumental digna de ser colegiata, un monaste- 
rio de los más célebres y opulentos de la orden benedictina. Su 
historia aventaja en esplendor á la de muchas ciudades, y como 
á éstas, se le ha buscado romano abolengo y tradiciones con 
que ennoblecer su restauración y explicar su etimología. 



FALENCIA 321 



Nada menos seguro sin embargo que la reducción á Dueñas 

• 

de la antigua EIdana nombrada entre las vacceas por Tolo- 
meo, y que la heroica defensa que en alguna de las campañas 
de la reconquista, no se expresa en cuál, opusieron sus mujeres' 
á los sarracenos. El origen de su nombre Domnas^ más bien 
que de esta desconocida hazaña, pudiera proceder de algún 
primitivo convento de religiosas cuya memoria se haya perdido. 
Poblóla á fines del siglo ix Alfonso el Magno, no fundándola 
de nuevo sino levantándola de sus ruinas, y en el reinado de 
su hijo García era ya un fuerte castillo, á cuya sombra erigió 
este rey el monasterio de San Isidoro; mas no le valió su forta- 
leza contra las devastaciones impetuosas de Almanzor. Fué 
dada en arras por Alfonso VIII á Leonor de Inglaterra su espo- 
sa; pero osó resistir á la reina Berenguela su hija y al glorioso 
príncipe que le presentaba, sometida á la orgullosa prepotencia 
de D. Alvaro de Lara que en breve logró quebrantar el nuevo 
soberano. Al salir de su menoría Fernando IV hacia 1300, fué 
Dueñas otra vez teatro de rebeldes ligas entre D. Juan Núñez 
de Lara y D. Alonso de la Cerda, que en calidad de preten- 
diente otorgó con larga mano todas sus peticiones á los envia- 
dos del rey de Francia. Allí en 1354 se retiró D.* Juana de 
Castro á los pocos días de sus bodas con el rey D. Pedro, sin 
quedarle de su soñada grandeza otra cosa que aquel lugar y el 
título de reina, con que á disgusto de su pérfido esposo conti- 
nuó disimulando la injuria hasta su muerte. Un mes de sitio 
costó á Enrique de Trastamara la toma de Dueñas á fines del 
año 1367, y al empuñar el cetro la dio en señorío á su dama 
Leonor Alvarez y á su hija del mismo nombre; poseyéronla 
después los Vázquez de Acuña, condes de Buendía, y hacién- 
dola cabeza de sus estados la elevaron á su mayor pujanza en 
el siglo XV. 

Al anochecer del 9 de Octubre de 1469 llegaba á Dueñas 
después de una fatigosa jornada desde Gumiel un gallardo 
mancebo con semblante más que traje de príncipe, escoltado 

4« 



322 FALENCIA 

por doscientos caballeros. Era éste el rey de Sicilia primogénito 
del de Aragón, que burlando la suspicacia del de Castilla y las 
intrigas de los valedores de la Beltraneja, venía secretamente á 
desposarse con la princesa Isabel, no presintiendo sino una mí- 
nima parte de las grandezas que habían de resultar de este 
matrimonio. Ningún asilo más propio por la comodidad y forta- 
leza del sitio, ni más seguro por la adhesión de sus señores : el 
conde D. Pedro de Acuña tenía por hermano al animoso arzo- 
bispo de Toledo D. Alonso Carrillo, principal autor de dicho 
enlace, y por nuera á D.^ Inés Enríquez, hermana de la reina 
de Aragón y tía del regio candidato. Entrada la noche del 14 
partió á Valladolid D. Fernando, acompañado de Gutierre de 
Cárdenas su ñel amigo, á tener con su futura la primera plática 
que duró dos horas; el 18 volvió allí para casarse, no sin ha- 
berlo comunicado antes al rey D. Enrique con las más sumisas 
protestas, y á los grandes y prelados y ciudades del reino con 
discreta cortesía. Poco tranquilos en Valladolid se establecieron 
los ilustres novios en Dueñas desde principios de Mayo de 1470; 
y allí la grande Isabel en 2 de Octubre dio á luz por primer 
fruto una hija que llevó su nombre y reinó en Portugal ; allí el 
ínclito Fernando adoleció de muy venenosas fiebres que en 7 de 
Noviembre pusieron en peligro tantas glorias y venturas como 
en su existencia encerraba el porvenir. 

Todavía subsiste dentro de la villa, poseído hoy por el 
duque de Medinaceli, el palacio que les ofreció tan larga resi- 
dencia, testigo de tantas alegrías y cuidados ; todavía conserva 
la gran sala pintado el techo de casetones, aunque sin el brillo 
y la riqueza que le hizo dar el epíteto de dorada; y añádese 
que se guardaban en el archivo y que fueron en ocasiones con- 
sultados los ceremoniales del solemne acontecimiento, que una 
errónea tradición supone allí realizado robando esta justa prez 
á Valladolid (i). Un casamiento se celebró en aquella estancia. 



(i) Véase atrás pág. 107. 



FALENCIA 323 



pero harto menos fausto y ventajoso que aquel, en 1 8 de Mar- 
zo de 1506, con más comitiva de extranjeros que aplauso de 
los naturales; y fué el del Rey Católico á sus 54 años con Ger- 
mana de Foix, nieta de su hermana la reina de Navarra. Este 
segundo enlace, que tendía á dividir lo que había unido el pri- 
mero, inspirado, más bien que por el deseo de terminar las 
guerras de Ñapóles con Francia, por los disgustos con su yerno 
el archiduque y por la ingratitud de los grandes de Castilla, 
tuvo el mejor de los resultados que cabía, el no tener nin- 
guno. 

Bajo los primeros condes de Buendía brillaron para Dueñas 
tiempos de esplendor y de sosiego. D. Pedro de Acuña, más 
leal y consecuente que el arzobispo su hermano, sirvió sumiso 
cuando reyes á los que de príncipes había favorecido, y terminó 
su carrera en 1482 lleno de años y de merecimientos. Su hijo 
D. Lope Vázquez, tío del Rey Católico por su esposa, marchan- 
do á la épica guerra de Granada al frente de sus caballeros y 
vasallos, derrotó junto á Quesada á los moros de Baza y Gua- 
dix y les ganó trece banderas, y con el peligroso cargo de ade- 
lantado de Cazorla combatióles sin tregua hasta echarles de 
sus montañas. Pero en tiempo del tercer conde D. Juan, sea 
que su imbecilidad engendrase desprecio ó diese ocasión á los 
de su casa para oprimir en su nombre al pueblo, sea más bien 
que cundiera allí el contagio de emancipación extendido sobre 
Castilla, levantóse Dueñas á la voz de comunidad con no pocos 
desmanes y desacatos contra sus señores; y como éstos revol- 
viesen contra la villa, reclamó con premura el auxilio de Valla- 
dolid. Pesóle del importuno alzamiento á la junta y de ver al 
magnate hasta entonces indiferente ó favorecedor secreto de su 
causa trocado en acérrimo enemigo; mas por no abandonar á 
sus vecinos y seguidores, aunque á la sazón amagaba á Valla- 
dolid el condestable, envióles al mando de D. Juan de Mendoza 
setecientos peones armados de picas, ballestas y escopetas, que 
mantuvieron en Dueñas el pendón comunero hasta su próxima 



324 FALENCIA 

caída en Villalar (i). No tuvo el conde D. Juan en su consorte 
Doña María de Padilla más que una hija por nombre Catalina, 
mentecata como él, y heredaron sucesivamente el condado sus 
hermanos D. Pedro y D. Fadrique virrey de Navarra, que lo 
transmitió á su hijo D. Juan, muerto sin sucesión, y á su hija 
Doña María, casada con el adelantado D. Juan de Padilla : de 
esta suerte los Padillas, enlazados por diversas ramas con los 
Acuñas, después de prolongado litigio entre sí, se repartieron 
la herencia de aquellos, imponiendo su blasón á la villa en vez 
del de sus antiguos señores. 

No sabemos en qué año precisamente, pero hacia la época 
en que dominaban el país los poderosos Laras, á principios del 
siglo XIII, se erigió sin duda la magnífica parroquia de Santa 
jL. María, según el estilo de transición románico-ojival que preside 
á su estructura. Vese por fuera el ábside principal flanqueado 
ya de machones, en vez de guardar las torneadas formas de 
los bizantinos, cual á su lado las presenta otro ábside menor; 
pero á la manera de aquellos ostenta ventanas de medio punto 
con columnitas en sus jambas, que por lo enteras parecen recién 
concluidas. Tiénenlas asimismo los muros laterales : solamente 
desdicen del carácter general la portada de últimos del siglo xv, 
cuya conopial ojiva adornan arabescos muy degenerados, y la 
moderna cúpula en que remata la cuadrada torre, edificada 
hasta el segundo cuerpo en la época primitiva. Mayores estra- 
gos ha causado en el interior del templo una imbécil renova- 
ción. Los arcos de comunicación los despojó de sus molduras; 
las bóvedas, de sus aristas; los pilares, de los haces de columnas 



f 1) Puede verse en Sandoval la carta que en acción de gracias escribieron los 
de Dueñas á Valladolid en 8 de Marzo de 1521. Son de notar en ella las siguien- 
tes frases: «Dios como señor universal, para manifestar á los tiranos su omnipo- 
tencia, permite que con los flacos sean destruidos los fuertes y poderosos. ^Quien 
pensara que siendo esta villa tan obligada e tan dominada e puesta en servidum- 
bre, fuera como es tanta parte porque los enemigos estén puestos en tanta aplica- 
ción y trabajo?... E por tanto esta noble villa no piensa tener ni alcanzar otro ma- 
yor título, después de ser de la corona imperial de Su Magestad, que estar debajo 
del querer y voluntad de V. S. todos los tiempos del mundo.» 



FALENCIA 325 

con ricos capiteles que los revestían según el que ha quedado 
por muestra á la entrada, y hasta adulteró los colgadizos de 
recortadas puntas que guarnecen los arquivoltos; asentó el 
nuevo cimborio sobre barrocas pechinas, y enlució de cal todo 
el ámbito de la iglesia. Quédale á ésta sin embargo la majes- 
tuosa disposición de sus tres naves cortadas por ancho crucero 
más allá de la cuarta bóveda, la gallardía de sus proporciones, 
la riqueza de su capilla mayor, y en ésta y á lo largo del flanco 
derecho una bien conservada serie de ventanas bizantinas. 

A dos épocas ó tal vez á dos manos bien distintas pertenece 
la sillería del coro colocado encima de la entrada sobre un arco 
rebajado; pues mientras en algunos respaldos asoman entre 
follajes grotescas y malísimas figuras, brilla en otros la mayor 
pureza y elegancia de góticos arabescos. Debajo del coro á la 
izquierda hay una capilla con portada, cuyas ojivas concéntricas 
y decrecentes se apoyan en cilindricas columnas; y al lado de 
ella yace arrumbada una urna sepulcral antiquísima, cuya 
cubierta salpican numerosos blasones (i). Ocupan el frente de 
ella rudas y misteriosas esculturas que no alcanzamos á inter- 
pretar ; pero si representan á lo que parece muchedumbre de 
sitiados defendiéndose detrás de unas almenas, y grupos de 
mujeres, cuales levantando el brazo en actitud de combatir, 
cuales arrodilladas en torno de la cruz que enarbola una en el 
centro, viénese á la memoria la leyenda de la cual se pretende 
derivar el nombre de la villa, y ante aquel remoto indicio se 
siente uno tentado casi á creerla menos apócrifa. 

Á los lados de la capilla mayor campean los sepulcros de 
los condes de Buendía, en el testero un precioso retablo gótico 
de estilo todavía puro hermanado con escultura ya bastante 
adelantada. Doseletes afiligranados cobijan los diez y nueve 
cuadros de relieve y las diez y ocho estatuas que comprende en 



(i) Son ocho los escudos de la cubierta, en unos de los cuales se notan un 
castillo y unas quinas, en otros al parecer dos lobos, en otro un león rapante y 
una ala con una espada que es el timbre de la familia de Manuel. 



320 FALENCIA 



SUS varios órdenes y compartimientos, todas doradas y estofadas 
y recomendables por su expresión y belleza, singularmente la 
del centro que representa la asunción de nuestra Señora. Aun- 
que de género distinto no deslucen el retablo la moldura que lo 
ciñe y el lindo tabernáculo de orden corintio guardado por 
cuatro ángeles y por dos grandes figuras de Moisés y de David. 
Los entierros de los patronos están en alto, y sus armas apare- 
cen en las antiguas colgaduras que tapizan los muros inferiores. 
Los dos nichos del lado de la epístola llevan colgadizos en su 
arco de medio punto y pilastras de crestería que suben á nota- 
ble altura, destacando entre ellas sobre un fondo de arábigas 
labores el escudo rodeado de las trece banderas que atestiguan 
él esfuerzo del segundo conde; y con efecto en doradas urnas 
yacen allí D. Lope Vázquez y su ¡lustre esposa D.* Inés Enrí- 
quez hija del almirante (i). En el túmulo de enfrente más próxi- 
mo al altar reposa el primer conde D. Pedro, figurado de rodi- 
llas en un reclinatorio, revestido de armadura, con dos pajes á 
sus espaldas que sostienen el yelmo, la espada y el escudo (2); 
la ornamentación del nicho es casi idéntica á la de los descritos, 
á excepción de dos figuritas puestas encima de las pilastras ; no 
así la del inmediato que es de marcado gusto plateresco y en- 
cierra la efigie también arrodillada de alguno de sus nietos, cuyo 
nombre no llegó á esculpirse en el tarjetón. 



(i) He aquí el epitafio de D. Lope: «Aquí yace el muy magnífico señor D. Lo- 
pe Vázquez de Acuña conde de Buendia y adelantado de Cazorl'a, el qual venció 
los moros de Vaza y Guadix en la batalla de Quesada con la gente de su casa y 
tierra, y ganó trece vanderas, y haciendo otras notables hazañas echó los moros 
hasta hoy de aquella tierra, por lo qual sus obras merecen perpetua memoria. 
Falleció á primero de Hebrero de mil CCCCLXXXIX años.»— El de la condesa dice: 
«Aquí yace la muy magnífica señora D." Inés Enriqucz mujer del señor D. Lope 
Vázquez de Acuña conde de Buendia y adelantado de Cazorla, cuya bondad y re- 
ligión fué digna de la nobleza de su linaje y del marido que tuvo y de la fama que 
dexó. Fálleselo á XXIII de deziembre de MCCCCLXXXV años.» 

(2) « Esta piedra, dice la inscripción, encierra el cuerpo digno de fama del muy 
católico y noble y virtuoso caballero el conde de Vuendia D. Pedro de Acuña, el 
primero conde de este título y señor de esta villa de Dueñas, el qual después de 
muy católica vida y sanctos dias pasó de esta vida á la eterna viernes XXX de oc- 
tubre de mil y CCCCLXXX y dos años.» 



FALENCIA 327 

Hijo del mismo conde D. Pedro y de D.^ Inés de Herrera 
su consorte fué D. Luís, sepultado en la capilla del hospital que 
sus padres fundaron, en hornacina recamada de góticas labores, 
pero sin más ornato en la tumba que los blasones del pedes- 
tal (i). La iglesia del piadoso asilo, como otras de aquel tiempo, 
se compone de dos nave^ con techo de crucería, que se comu- 
nican por medio de arcos ojivales. Junto al palacio subsiste un 
convento, que habitaron desde fecha asaz remota los religiosos 
agustinos ; pero ni en antigüedad ni en esplendor pudo compa- 
rarse al que bajo la advocación de San Isidoro poseyeron los 
benedictinos á la salida del pueblo, en sitio frondoso y abundan- 
tísimo de aguas que fertilizan sus huertas. 

Su fundación remonta á principios del siglo x, y aún ha pa- 
recido demasiado reciente á los que ñjando su primer asiento 
en el vecino lugar de Baños, donde vamos á hallar una iglesia 
erigida por Recesvinto, desde los últimos tiempos de la monar- 
quía goda lo suponen continuado bajo la dura servidumbre sa- 
rracena hasta que lo dotó de nuevo Alfonso el Magno su res- 
taurador (2). Por nuestra parte creemos que su primer título 
de existencia es la escritura otorgada por el rey García y su 
esposa Munia Dona, hallándose en la ciudad de León, á 1 5 de 
Febrero del año 911 primero de su reinado, para sustento de 
los monjes establecidos entre los ríos Pisuerga y Carrión junto 
al castillo de Donas (3) y de los huéspedes y peregrinos que 



(i) Léese en dicho sepulcro: «Aquí yace el muy magnífico señor D. Luis de 
Acuña, hijo de los ilustres señores D. Pedro de Acuña y D.* Inés de Herrera con- 
des de Buendia fundadores de este hospital, el que mandó hazer estas capillas y 
dexó dos capellanes perpetuamente le digan dos misas, y murió á dos dias de no- 
viembre año de MDXXII.» 

(2) De esta opinión es Sandoval, alegando á propósito que la iglesia y lugar 
de Baños eran de pertenencias del monasterio ; pero es menester recordar que no 
pasaron á serlo hasta el reinado de D.* Urraca. Otros afirman que .anteriormente 
estuvo dedicado á San Martín y que databa del tiempo de los godos una pequeña 
iglesia existente en la huerta de la casa, más inmediata al Pisuerga, la cual juzga- 
mos no sería otra que la que tuvieron los monjes por espacio de unos dos siglos 
desde su fundación primitiva en el x hasta la construcción de la actual. 

(3) Así dice el privilegio, y añade que está in suburbio Legionenst\ es decir 



328 FALENCIA 

allí se detuvieren, dando á su abad Oveco el término adjunto 
con sus tierras, huertos y molinos. Los inmediatos sucesores de 
García, Ordofio II en 19 de Febrero de 915, Froila II en 16 de 
Diciembre de 924, Ramiro II en 29 de Junio de 935 y i.^ de 
Noviembre de 936, cual con la cesión de la fértil ribera incluida 
entre la peña de Forcellos y Calabazanos, cual con la del pe- 
queño monasterio de Santa María de Remolino situado entre 
ambas corrientes, cual con la de otras heredades, aumentaron 
rápidamente la hacienda de San Isidoro. Confirmó Fernando I 
en 1042 las mercedes de sus antecesores, estableció desde 1073 
Alfonso VI en aquella casa la austera reforma de Cluní; y favo- 
reciéronla con nuevas donaciones, entre ellas con la de Baños, 
la reina Urraca y su hijo Alfonso en varias ocasiones, principal- 
mente al visitarla en 1 1 1 7. 

De este reinado ó del anterior data probablemente la fábrica 
del presente templo, en que el arte bizantino aparece en su 
primer período, desarrollado ya por completp, pero sencillo, 
austero todavía, sin las ricas galas que más adelante desplegó. 
En todas sus partes por dentro y fuera, en las tres naves y 
crucero, en los tres ábsides hemisféricos que se agrupan á su 
espalda, en la cuadrada torre que en vez de cúpula se levanta 
del centro asentada sobre los arcos torales, abriendo hacia cada 
lado en el segundo cuerpo tres ventanas con columnas encima 
de otras tapiadas en el primero, nótase la correcta severidad de 
las líneas y la parsimonia del ornato. Tan sólo los exquisitos 
capiteles, que sostienen el doble medio punto de la portada, 
pusieron á prueba la habilidad del escultor, tan grosera en las 
figuras como delicada en las labores de sus cintas y trenzados. 
Igual contraste se advierte en la pila del agua bendita, donde 
en medio de una revuelta confusión de follajes, ángeles y fieras 
destaca el escudo del monasterio con dos palmas, una flor de 



en los dominios, no en el arrabal de León, de cuya ciudad dista Dueñas unas vein- 
te leguas. 



FALENCIA 329 



lis y una estrella en sus cuarteles. Reina la desnudez en el in- 
terior desde que pasó como Santa María por una reforma igual- 
mente aciaga; y en medio de aquel desahogo y distribución 
perfecta del conjunto, duélese la vista de encontrar trocados en 
lisas pilastras los bocelados pilares, picados los capiteles, opri- 
midos por moderna cornisa los cilindricos arquivoltos, rehechas 
las bóvedas, y todo en fin tan blanqueado y frío que á algunos 
se les ha antojado obra de reciente construcción. 

Cerca de Dueñas está Falencia, dos leguas escasas; y en 
vez de surcar el canal ó seguir la carretera, nos llaman á dar 
un grato paseo por la orilla de Pisuerga, si es que no basta lo 
apacible del camino, insignes memorias y más insignes monu- 
mentos. Á la otra parte del río, al extremo de un puente de 
nueve arcos, asoma Tariego, desparramado por la falda de una 
colina, cuyo vértice ocupan las desfiguradas ruinas de su céle- 
bre castillo que se proyectó convertir en telégrafo no há muchos 
años. ¿Quién no recuerda que fué aquel uno de los baluartes 
con que mantuvo firme su poder, y segura la custodia de Enri- 
que I su pupilo, el ambicioso D. Alvaro de Lara? ¿quién no sabe 
que en 7 de Junio de 1 2 1 7 se introdujo allí sigilosamente un 
féretro con los despojos del rey mancebo fallecido el día ante- 
rior en Falencia por imprevisto azar, y que con el secreto de su 
muerte, mandando en su nombre como si viviera, prolongó el 
tutor por algún tiempo su tiranía, sin recelar que transpirado el 
misterio aprovechase esta tregua misma á Berenguela para pre- 
parar en Autillo la proclamación de Fernando? Deshecha la 
colosal pujanza de los Laras, pasó el castillo á otros dueños que 
se dividieron su posesión (i), hasta que vino á juntarse en un 
mismo señorío con el de Dueñas. 

Si cruzando el río nos decidiéramos á penetrar por los on- 



(i) De documentos que vimos en el archivo municipal de Falencia se des- 
prende que hacia 1300 estaba partido el señorío del castillo de Tariego, pues 
pretendían tener una cuarta parte de él Alfonso Martínez y Rodrigo Alfonso su 
hermano vecinos de la capital. 

42 



330 FALENCIA 



dulosos campos de la derecha, cuyos montes de enebros y ca- 
rrascas ha reducido á yermos páramos la imprudente segur, 
dejando expuestas al azote del alquilón sus mieses y viñedos, 
hallaríamos multitud de pueblos guarecidos generalmente en 
angostos valles, que formaban la antigua merindad de Cerrato 
incluida casi entre el Pisuerga, Esgueva y Arlanza, y que com- 
ponen ahora el distrito de Baltanas. Vio Baltanás en Abril 
de 1296 juntarse las huestes del infante D. Juan y del de Lara 
con los auxiliares aragoneses del pretendiente La Cerda y for- 
marse contra el solio de un rey niño el nublado que conjuró la 
varonil ñrmeza de una madre ; combatióla en 1 8 de Setiembre 
de 1475 el rey de Portugal en persona, ganándola para su so- 
brina la Beltraneja y cogiendo prisionero al conde de Benavente 
que la defendía; y aún conserva en lo alto de un cerro vestigios 
del castillo y en la plaza el palacio de su señor. Algunas leguas 
más al nordeste, sobre la margen del Arlanza, veríamos á Pa- 
lenzuela con sus restos de murallas, sus dos parroquias y los 
torreones del edificio donde en 1425 celebró cortes Juan II; á 
su izquierda á Quintana del Puente que tomó nombre del mag- 
nífico de diez y ocho arcos que atraviesa el mismo río, y allí 
cerca el venerable monasterio benedictino de San Salvador del 
Moral. Sin ir tan lejos, en Hontoria á una legua de Tariego 
encontraríamos el priorato de Santa Colamba dependiente de 
San Isidoro de Dueñas, en Villaviudas un palacio señorial, en 
Reinoso otro insigne puente sobre el Pisuerga, en Hornillos las 
ruinas de un castillo donde pasando de Torquemada á Peñafiel 
se detuvo en 1507 la reina D.* Jqana. Inclinando un poco el 
rumbo al mediodía, en feraz y ameno valle se nos ofreciera la 
populosa Cevico de la Torre, y más adentro junto al Esgueva 
Castrillo de D. Juan, villas un tiempo de poderosos magnates 
cuya mansión todavía subsiste, la segunda cercada de foso y 
construida al estilo gótico según indicios (1). Pero el goce y el 



(i) Pertenece este palacio ó más bien fortaleza al conde de Orgaz, el de Cevico 



FALENCIA 331 

provecho de semejante excursión no alcanzarían con mucho á 
compensar la fatiga de las tres jornadas al menos que en ella 
se emplearan: es tan deliciosa la calzada que seguimos orillando 
el Pisuerga, para dejarla apenas entrados! está tan cerca, á la 
vista casi, la curiosísima fundación del rey godo! y á la noche 
nos brinda Falencia con reposo tan justamente deseado! 

Corría ^el año décimo tercio desde que Recesvinto había 
sido llamado á compartir el trono con su anciano padre y el 
noveno desde que reinaba solo, año 66 1 de Cristo, cuando ha- 
bitaba aquella ribera el piadoso monarca, ocupado en levantar 
al Bautista un pequeño pero suntuoso templo. La tradición lo 
atribuye al cumplimiento de un voto ó á un acto de gratitud 
por haber sanado de sus dolores nefríticos en el saludable ma- 
nantial, que dio el nombre de Baños al lugar no poblado toda- 
vía ; y añade que fué en ocasión de haber vuelto victorioso de 
su campaña contra los vascones y derrotado á su jefe Froya en 
batalla campal no lejos de los Firineos (1). Tenía la familia de 
Chindasvinto su patrimonio y tal vez su solar en aquella tierra 
de Campos ; y ya encontramos en Gérticos, hoy Vamba, la pos- 
trera estancia y sepultura del hijo, como en San Román de 
Hornija la del padre. Fero la fabrica primitiva, que en ambos 
puntos se ve reedificada y que sólo puede" apreciarse allí por 
escasos fragmentos, permanece en Baños entera ó al menos 
bastante completa para estudiar en ella el tipo de las construc- 
ciones propiamente godas : y su situación fuera del lugar y su 
destino de cementerio realzan su bien conservada vejez con el 
encanto de la soledad y de la tristeza. 

Es el templo de reducidas dimensiones como lo eran los de 



de la Torre al de Oñate, el de Villaviudas al marqués de San Vicente, cuyo era 
también el señorío de Hornillos, y al duque de Abrantes el de Baltanas. 

(i) Expresa estas circunstancias una tabla de escritura moderna existente en 
dicha ermita, que trae copiada con bastantes errores la lápida de la dedicación. 
De este alzamiento de los vascones apenas indicado por el Pacense, del sitio de Za- 
ragoza por Froya su caudillo y de su vencimiento, hablamos brevemente en el 
tomo de Araj^óity parte 2.*, cap. 1 ,° 



332 FALENCIA 



SU época generalmente ; la obra de sillería, con varios dibujos 
ó signos esparcidos sin orden por los sillares, que no parecen 
haber tenido más objeto que el ajuste de ellos cuando se labra- 
ron. Al cuerpo de la iglesia precedía un atrio de ocho pies hoy 
casi derruido (i): el arco de entrada muestra en su clave una 
cruz parecida á las de Malta, cercada de una orla de poco relie- 
ve cuyo estilo preludia el bizantino, y más arriba se nota tapia- 
do un ajimecillo de dos arcos que se reproduce con idénticas 
molduras y labores en el muro de la fachada, y recuerda los de 
Lino, Naranco y Valdediós. Una singularidad ofrece este monu- 
mento, y es el arco túmido ó reentrante, vulgarmente dicho de 
herradura, que se ha creído siempre procedente y característico 
de la arquitectura arábiga y por ella transmitido al arte cristia- 
no; y he aquí que le sorprendemos desarrollado ya en pleno 
siglo VII, en el último confín de occidente. Por todas partes se 
marca bien visible, en la puerta principal, en las cuatro arcadas 
que dividen á lo largo las tres naves, en la embocadura y bó- 
veda de la capilla mayor y en la ventana abierta en el fondo de 
la misma. Ábside ó hemiciclo no lo forma la cabecera, sino un 
cuerpo rectangular reforzado por estribos en sus ángulos exte- 
riores ; y si las naves laterales terminan en capillas, harto deja 
conocerse que son adiciones mucho más recientes del género 
ojival. Las columnas monólitas, los capiteles groseramente cin- 
celados pero tan intactos como si acabaran de desenterrarse, 
reteniendo en sus dos órdenes de follaje cierto sabor de los 
corintios, no alcanzan á acreditar por sí solos la magnífica idea 
que del templo se concibe al imaginarlo revestido todo de már- 
moles y jaspes de diversos colores, cual lo describen no ya 
contemporáneas sino modernas historias (2). Ha desaparecido 



(i) Habla Ponz de un pórtico con columnas que en sus días se conservaba 
bastante arruinado, y de algunos letreros árabes que no supimos encontrar en lo 
exterior de la iglesia. 

(2) Así Morales, Mariana y otros. Sandoval trae una exacta y minuciosa des- 
cripción de la iglesia tal como estaba en su tiempo, que transcribimos á continua- 
ción en cuanto pueda completar la nuestra : « Tiene la iglesia dentro ocho pilares 



334 FALENCIA 

el techo que era indudablemente de madera, con varios escudos 
ó blasones de familia pintados en tiempo muy posterior debajo 
de sus tirantes ; las pequeñas ventanas ó claraboyas abiertas 
encima de los arcos carecen de labores ; en suma se recomienda 
más el conjunto por su gracia y buena distribución que por su 
riqueza (i). 

Tal es el desconocido santuario, admirablemente preservado 
no sabemos cómo, de la devastación universal de los sarrace- 
nos, y que sirve de precioso eslabón entre las raras antigüeda- 
des visigodas descubiertas en Toledo y las construcciones astu- 
rianas del siglo IX. Su ornamentación discrepa apenas de la 



de una pieza cada uno, de piedra mármol y pizarra, de tres varas de alto y de grue- 
so siete palmos, y en el remate unos chapiteles de piedra blanca llena de lazos y 
labores sobre que cargan los arcos del edificio. Tiene el cuerpo de la iglesia en 
largo treinta y ocho quartas de vara y de ancho cuarenta y siete. Tiene cinco ca- 
pillas por frente, y la de enmedio es la mayor y Us dos últimas colaterales son 
más bajas. Está edificada en cruz, y la nave que cruza entre el cuerpo de la iglesia 
y los altares tiene noventa quartas de largo y trece palmos de ancho. Tiene el 
cuerpo de la iglesia ocho claraboyas, cuatro en cada lado, y sobre ellas en lo alto 
de la pared en el remate della y de los tirantes del techo hay veinte y nueve escu- 
dos de armas con unas medias lunas blancas en campo roxo, las puntas de la luna 
abaxo, y á mano izquierda que es la parte del evangelio hay trece escudos con las 
mismas armas y otros diez y nueve que tienen el campo azul y orla colorada con 
cinco divisas que desde abajo parecen flordelises ó hojas de higuera; estas armas 
se devieron pintar muchos años después de la fundación de la iglesia. Sobre el 
arco del altar mayor está un crucifixo antiguo, y sobre la cabeza en la pared del 
arco está una piedra de cuatro esquinas, y de cada una de ellas sale una como ca- 
beza de perro, y en la frente tiene pintada una venera y por la parte de abaxo una 
como rosa conforme á otras que están en el edificio.» 

(i) De este monumento, casi único de su época, del cual tuve la fortuna de ser 
el primero entre los modernos en ocuparme antes de 1864, pues de los antiguos 
y especialmente de Sandoval, como acabamos de ver, fué bastante conocido, pu- 
blicó en 1872 una extensa monografía el Sr. Rada y Delgado en su Museo de anti- 
güedades, detallando escrupulosamente las medidas de cada parte del edificio. 
Entre su concienzudo trabajo y este sucinto, al cual dispensa honrosa mención, 
reconociendo que no me permitía ampliarlo más la índole de la obra, hay perfecta 
identidad de impresiones y juicios, y su prolijo examen viene á confirmar en todos 
sus extremos el que encierran estas pocas páginas. Verdaderamente no advertí 
en el arco de ingreso al atrio las letras arábigas, que copiadas por el Sr. Rada é 
interpretadas por el Sr. Saavedra dicen : Baxir ibn C... mi confianza es Dios; pero 
el Baxir ó Beshr-ibn-Katten, á quien las refiere aquél, figuró según Al-Makkarí, 
como cadí de Córdoba, no como guerrero, en el califado de Alhakem 1 (796-822) 
y no en el de Alhakem 11 (961-976), y por lo mismo mal pudo acompañar las vic- 
toriosas expediciones de Almanzor. 



FALENCIA 335 

empleada más tarde en las obras bizantinas y se reduce á floro- 
nes de seis hojas, que en guirnaldas de mayor ó menor tamaño 
corren á lo largo de la cornisa de la nave, al rededor del arco 
toral y por el friso de la capilla mayor. Retablos no los tiene, 
y la antigua estatua de San Juan, más oblonga que gruesa, 
labrada en mármol y como de media vara, que se veneraba en 
el altar, se ha trasladado á la parroquia del pueblo dedicada á 
San Martín (i). Sólo queda sobre el arco toral mencionado, 
sostenida por cuatro ménsulas y rodeada de veneras y estrellas 
espirales, la venerable lápida de la dedicación, curioso docu- 
mento histórico al par que literario, con que el rey ofrece en 
regulares exámetros al Precursor de Cristo aquel eterno obse- 
quio ^ aquel tabernáculo construido de su propia hacienda : 

Praecursor Domini mártir Baptista Joannes, . 
Posside constructam in aetemo muñere sedem, 
Quam devotus ego rex Rescisvintus, amator 
Nominis ipse tui, proprio de jure dicavi, 
Tertio post decimum regni comes inclitus anno, 
Sexcentum decies era nonagésima nona (2). 

Basta cruzar la carretera y andar media hora escasa para 
trasladarse de la orilla del Pisuerga á la del Carrión, donde 
aparece un convento de religiosas dominando el corto pueblo 
y el fresco valle cuyo señorío tuvo hasta nuestros días. Llámase 
el pueblo Calabazanos ; el convento, al cual había precedido un 
monasterio de benedictinos, lo fundó para monjas clarisas Doña 
Leonor, hija única del revoltoso duque de Benavente D. Fadri- 



(i) Observa el Sr. Rada en dicha efígie vestigios de vivos colores y doradura 
y tradiciones del estilo romano en los cabellos, barba y pliegues del manto y tú- 
nica, aunque en la rigidez de las piernas y desproporción de las manos se nota la 
decadencia del arte. 

(2) La inscripción se conserva muy legible, aunque ya no brillan sobre el már- 
mol sus caracteres de oro tal como la representan algunas relaciones. El último 
verso embarazó á Morales hallando ociosa para el sentido la palabra decies^ defec- 
to que Yepes enmendó leyendo sexagies decem. Las palabras de j>ropio jure indi- 
can según la más acertada interpretación que la obra la costeó Recesvinto de sus 
bienes patrimoniales y no de los del estado. 



336 FALENCIA 



que de Castilla, bastardo que fué de Enrique II y tan complica- 
do en los trastornos de la menor edad del III. Casó la noble 
dama con el adelantado mayor Pedro Manrique señor de Amus- 
co ; y al enviudar en 1 440, cumpliendo la voluntad de su mari- 
do, labró aquel retiro para consagrar allí al Señor el resto de 
sus años, que llegaron aún á treinta, y la juventud lozana de 
dos de sus hijas (i). No es que date también de entonces la 
existencia ni aun la tal cual nombradía de aquel villorrio, que ya 
en 1 43 1 lo habían ennoblecido con su presencia el rey D. Juan II 
y la reina D.^ María, asistiendo en calidad de padrinos sin corte 
ni aparato á la boda que celebraba su gran privado D. Alvaro 
de Luna con su segunda esposa D.^ Juana Pimentel, hija del 
conde de Benavente. Desengañadas del mundo ó predestinadas 
al claustro, vestían allí generalmente el sayal franciscano seño- 
ras de distinguida alcurnia, y en las del ilustre apellido de Man- 
rique anduvo casi vinculada por mucho tiempo la dignidad de 
abadesa. Sin embargo nada de aristocrático y mucho menos 
de feudal, nada del feliz período arquitectónico que coincidió 
con su origen, se descubre en el edificio ni en su humilde y 
renovada iglesia. Una ermita fabricada dentro de su huerta á 
San Miguel, y la solemnidad con que se le festeja, recuerdan 
el furor con que se disponía una banda de comuneros á asaltar 
el convento en odio tal vez del duque de Nájera su patrono, 
y el sobrenatural auxilio atribuido al santo arcángel, cuya ima- 
gen se creyó ver en los aires rechazando á los sacrilegos inva- 
sores : achaque propio de las pasiones de la época, en que cada 
bandería proclamaba tener de su parte el favor del cielo. 

Al revés de Calabazanos, carece de historia Villamuriel si- 



« (i) Llamábanse D.' María y D.' Aldonza, la primera de las cuales había sido 
desposada, y ambas yacen dentro de un arco del coro bajo á mano izquierda, jun- 
to á su madre que tiene bulto de alabastro y murió religiosa según el epitafio 
en 7 de Setiembre de 1470. La fundación de este convento de Calabazanos, no 
realizada hasta entonces, la había dispuesto ya por testamento en 1381 Diego 
Gómez Manrique, suegro de la fundadora, mandando que fuesen las monjas hasta 
cuarenta de velo negro y mujeres de buen lugar. 



P A L E N C I A 



tuada enfrente al otro lado del Carrión, pero en cambio puede 
figurar su parroquia entre los más insignes monumentos. Sólo 



VILLAMURIEL.— EiTERiOR d 



se sabe de su pasado que antes de pertenecer al obispo de Par 
lencia fué iglesia de los caballeros del Temple, y bien se le co- 
noce en la gentileza y extraña pompa de la arquitectura. Por 
cima de las bajas y dispersas casas del rústico pueblo descuella 



338 FALENCIA 

la robusta torre, cuyo último cuerpo, taladrado de arcos y co- 
ronado de balaustres^ pirámides y globos, parece una moderna 
cabeza implantada en el exhumado tronco de una antigua y co- 
losal estatua, si como tal imaginamos la construcción bizantina 
con sus dobles estribos angulares y sus dos órdenes de venta- 
nas de medio punto, flanqueadas de sutiles columnas y distri- 
buidas de dos en dos según la idea primitiva. Más allá asoma el 
octágono cimborio, que ha barnizado de rojizas tintas el tiempo, 
y en cuyas ventanas, machones y canecillos juega la luz con la 
sombra pintorescamente. Data la obra de la época en que lu- 
chaban entre sí el arte bizantino y el ojival, y cada uno parece 
haberse reservado el ornato de una de las dos portadas. En la 
lateral domina el arco semicircular, bajo, profundo, decrecente 
en sus concéntricas curvas, vestido de hojas de parra con sus 
racimos delicadamente trepadas, angrelado en su intradós con 
multiplicados lóbulos al estilo arábigo; y los toscos contrafuer- 
tes, los bélicos matacanes y un torreoncillo que defiende la en- 
trada, completan el carácter guerrero y sombrío de su estruc- 
tura. En la principal triunfa la ojiva, si bien la columna que di- 
vide sus dos arcos, tapiado uno de ellos, pertenece al género 
anterior por su grueso y por el follaje de su capitel, y no menos 
lo recuerda la claraboya superior lobulada, en sustitución de la 
cual no sabemos porqué se abrió otra moderna más abajo, mu- 
tilando la serie de arquitos figurados encima de la puerta. 

Penetremos en el templo : allí prevalece la gótica esbeltez 
sobre la románica gravedad. La nave central se lahza á sober- 
bia altura sobre las laterales, cruza en aristas planas los arcos 
de su bóveda, desenvuelve hasta el crucero tres rasgadas ojivas 
sobre haces formados de doce columnas. Alumbran el crucero 
grandes y ricos ajimeces, y en el centro sobre los apuntados arcos 
torales y sus cuatro pechinas correspondientes elévase el cim- 
borio, abriendo por sus ocho lados doble serie de ventanas de 
medio punto con columnitas en sus jambas, y cerrándose arriba 
en forma de elegante estrella. Todo es allí gentil, peraltado, 



VILLAMUBIKL. — Fack> 



340 P A L E N C I A 

piramidal; y los mismos muros, negando paso al espíritu para 
rastrear de un lado y otro, parece le obligan á remontarse al 
cielo. 

Una legua de Falencia lo mismo que Villamuriel, dista Ma* 
gaz situada más al oriente, villa de señorío también episcopal, 
registrando desde la falda de un alto cerro, que guarnecen res- 
tos de castillo, la vega fecundísima del Pisuerga. Dióla en 1122 
la reina Urraca al venerable obispo Pedro de Agen, en agrade- 
cimiento del ardor con que había abrazado su causa reprimien- 
do y aniquilando á sus enemigos (i), y en 1138 confirmó la 
donación Alfonso VIL Eran éstas como avanzadas del dominio 
temporal que sobre la ciudad ejercía en parte el prelado; y 
preparan al viajero, que vislumbra ya en el horizonte las torres 
de Palencia, á encontrar en su aspecto como en su historia algo 
de aquellas viejas ciudades alemanas y flamencas, en que re- 
unidos en uno ambos poderes, se enlazaba el báculo con la espa- 
da y el alcázar se agrupaba con la catedral. 



(i) Son muy expresivos los términos de esta donación que existe en el archi- 
vo de la catedral de Palencia : Quia erga me fidelitatem semper servavit^ diligentes 
me dilexiU odientes me odivit, quosdam eiiam adversarios honorem meum inguie- 
tafites viriliter expugnavH.,, conculcavit el ad nihilum redegii. 




de una vez habría desconocido su transformado semblante. Sabe 
Dios cuántos llevaba ya de estar allí sentada, antes que creciera 
hasta el punto de llegar á ser la metrópoli de los vacceos y el 
asilo de los comarcanos para defender su independencia contra 
los procónsules de Roma: no es menester por esto buscarle por 
fundadores una diosa ó un rey imaginario, como han intentado 
pseudos-eruditos en sus ficciones harto más absurdas y harto 



342 FALENCIA 

menos graciosas que las populares (x). Sin embargo, no puede 
menos de observarse que el nombre de Pallantia con que la 
designan los antiguos, tiene más de griego que de céltico ó in- 
dígena; y si estuviera más cercana al mar, se la tomaría por 
una de aquellas colonias helénicas que poblaron las costas del 
Mediterráneo. 

Pero aunque extranjera al parecer en el nombre, se acreditó 
bien de española en amar y mantener su libertad. Sin haber 
sonado en las querellas con que cartagineses y romanos ayuda- 
dos de los incautos naturales se disputaban el derecho de sub- 
yugarlos, aparece Falencia por primera vez, al frente de la lucha 
provocada por las iniquidades de la república vencedora. Ban- 
dadas de pueblos corrieron á guarecerse dentro de sus muros 
después del infortunio de Cauca y de la honrosa capitulación de 
Intercacia; y la multitud de sus defensores junto con el esclare- 
cido renombre que ya gozaban de valerosos, arredró tanto á los 
enemigos que se aconsejó á Lúculo que desistiese de cercarla. 
Obstinóse en la empresa el avaro cónsul, menos ávido de gloria 
que de las riquezas que suponía allí guardadas ; pero las salidas 
de los sitiados y las incesantes correrías de los de afuera, jine- 
tes tan osados como ligeros, privaron de víveres el campo sitia- 
dor, que hubo al fin de retirarse en escuadrón cerrado, acosán- 
dole por espacio de muchas leguas los palentinos hasta las már- 
genes del Duero (2). 

Sucedía esto el año 603 de la fundación de Roma; catorce 



(1) Tales son las etimologías traídas de Palas y de Palatuo, rey fabuloso, sin 
que tenga más fundamento la opinión que la supone fundada por Tubal ó Tarsis, 
á menos que no se comprendan bajo esta frase todas las poblaciones de origen 
inmemorial. 

(3) He aquí cómo refiere el hecho Apiano Alejandrino : Inde Pallaniiam iium 
est, urbem virtutis fama clariorem, in quam etiam plurimi con/ugerani, Qua de cau- 
sa fuere qui Lucullum admonerent ut inteniato oppido abscederei: sed homo avarus 
ab urbey quam locupletem esse inaudiverat^ non ante absirahi poiuit, quam crebris 
Pallantinorum equiium incursibusfrumentari prohibiius, commeaius inopia labora- 
re ccepa, Tum demum quadraio agmine exerciium reduxiiy urgentibus etiam a iergo 
Pallantinis^ doñee ad Durium /lumen perventum est. Hinc Pallantini noctu in sua 
regressi sunt, Lucullus vero in Turdetaniam hiematum concessit. 



FALENCIA 343 

más adelante se repitió la prueba, de la cual debía reportar Fa- 
lencia mayor victoria. Acusada de haber favorecido con vitua- 
llas á los heroicos numantinos, bien que inocente de la menor 
violación de los tratados, vióse circuida otra vez por las legiones 
romanas al mando del cónsul Emilio Lépido, quien contra razón 
y justicia y hasta contra las órdenes terminantes del Senado, se 
empeñó en destruir la floreciente capital de los vacceos. Pro- 
longóse el asedio, y á pesar de los ardides de los sitiadores y 
de los mentidos triunfos que propalaban para someter el sa- 
queado país (i), halláronse á su vez sitiados dentro de sus trin- 
cheras y apretados de los rigores del hambre: ya no eran sólo 
los caballos sino los soldados los que perecían á centenares sin 
combate y sin heridas. Una noche hacia la última vela dase de 
repente la orden de levantar el campo ; apresuran la partida 
antes de que amanezca los tribunos y centuriones; quedan aban- 
donados los enfermos y heridos, no sin abrazarlos antes sus 
compañeros, rogándoles que no se descubran con sus lamentos. 
Era tan confusa y sin orden la retirada, que nada le faltaba 
apenas para ser huida, y al salir en su persecución los palenti- 
nos degeneró en carnicería, pereciendo más de seis mil hombres 
al fílo de sus espadas. Sólo alguna deidad propicia á Roma pudo 
retraer á sus enemigos de completar el destrozo entrada ya la 
noche, cuando escuálidos y desfallecidos se tendían por el suelo 
los orgullosos legionarios, invocando la muerte á trueque de 
reposar (2). 



(i) Cuenta el mismo Apiano que hallándose Flaco cercado de enemigos en 
una de sus expediciones para traer bastimentos al campo, echó la voz de que Fa- 
lencia había sido ya tomada, prorrumpiendo los suyos en gritos de júbilo con los 
cuales los crédulos vacceos se dispersaron. 

(2) No describimos aquí con épicos rasgos un cuadro de fantasía, sino que 
traducimos casi á la letra la relación de Apiano, tan circunstanciada, tan bella, 
tan gloriosa á los palentinos y tan por cima extractada en nuestras historias, que 
no podemos menos de insertar entero este pasaje en su versión latina : Sed Pa- 
llantios obsidio diuiius protrahebaiur, et Jam deficieniibus cibis f ames Romanos affli- 
gebat, Jamque Jumenta omnia perierani^ atque ex ipsis etiam viris multi inopia mo- 
riebantur, Et imperatores quidem A£milius et Brutus diu nihil non constanter 
Pertulerunt, sed tándem malis cederé coactij repente nocíu circiter ultimam vigiliam 



344 P A L E N C I A 

Con tan alto ejemplo se reanimó el espíritu de la antigua 
España ; Numancia, no hallándose ya sola, se afirmó más en su 
gloriosa resistencia, y abriéronse á los belicosos arévacos las 
fértiles llanuras vacceas suministrándoles copiosas provisiones. 
Tres años después acercóse á Falencia el grande Escipión para 
castigarla de la noble complicidad que esta vez no rehusaba; 
pero no fué mucho más afortunado que sus antecesores. Sus 
hazañas se redujeron á salvar cuatro escuadrones de caballería 
del aprieto en que les había metido su tribuno Rutilio Rufo en 
el desigual territorio de Complanio, donde al amparo de los 
cerros los acribillaban los palentinos, y á esquivar con hábiles 
maniobras la batalla hasta sacarlos á la llanura. Con igual des- 
treza previno otra emboscada que se le tendía al paso de un río 
pantanoso y de difícil vado, tal vez el Pisuerga; y por camino 
más largo y menos expuesto, burlando con nocturnas marchas 
la fuerza del calor, y abriendo pozos cuyas aguas generalmente 
amargas no alcanzaban á apagar la sed, se juzgó feliz con haber 
salido de aquella ominosa tierra sin más pérdida que la de nu- 
merosos caballos. 

Ignoramos si á menor costa que la de su libertad logró evi- 
tar Falencia la trágica suerte de Numancia ; de todas maneras 
no pasó medio siglo sin que saludara su restauración bajo los 
auspicios de Quinto Sertorio, ó siquiera un simulacro de ella 
vestido con el traje romano. Adicta con entusiasmo al emanci- 
pador de España, sin arredrarse en sus últimos reveses por la 
rendición de otras ciudades, cerró las puertas á Fompeyo, y 
preparóse por tercera ó cuarta vez á sufrir las calamidades de 
un sitio. Tras de asaltos repetidos, hincáronse estacas en los 



díscessum denunciante tribunique militum ac primipili discurrentes singulos ad 
discedendum ante lucem urgebant. Cum igitur omnia iurbulenier gerebani, ium vero 
saucios ei cegrotos deserebant, ampiecientes et ne se proderent orantes. Eos iia con- 
fusis ordinibus abeuntes ac tantum non fugtentes, insecuii Pallaniini infestantesque 
á mane usque ad vesperam multis deirtmentis affecerunt. Tamdem ingruenie nocte 
Romani /ame laboreque confecii passim ui res /erebat in campis humum sepro/ece- 
runtj ei Pallaniini, numine aliquo eos averíente, ad sua regressi sunt. 



FALENCIA 345 

muros para minarlos, y ya veía inminente la hora de su caída, 
cuando á la noticia de la aproximación de Sertorio levantaron 
precipitadamente el campo los enemigos, prendiendo antes 
fuego á las estacas para destruir lo que no habían podido tomar. 
Las brechas abiertas por el incendio fácilmente las reparó á su 
vuelta Sertorio, acogido con gozosos vítores por los libertados; 
mas no así pudo llenarse el hueco que en breve dejó á los es- 
pañoles la violenta muerte del caudillo en quien cifraban su 
postrer esperanza. De los últimos en someterse fueron los 
vacceos con su metrópoli, después de haber vencido aún junto 
á Clunía á Cecilio Mételo en el afio 700 de Roma; y ni la misma 
servidumbre bastó de pronto á procurarles la paz, que turbaban 
á menudo con sus incursiones los belicosos cántabros hasta su 
completa reducción por Augusto. 

Aunque no mereció Falencia de sus dominadores ningún 
título ni distinción especial, conservó no obstante el rango debi- 
do á su importancia y á sus gloriosos recuerdos. Nómbrala To- 
lomeo entre las ciudades vacceas (i), señálala por mansión el 
itinerario de Antonino en el camino de Astorga á Tarragona y 
á las Galias, Plinio la cita por una de las cuatro principales de 
aquella región, y Mela la designa juntamente con Numancia 
como las dos más esclarecidas de la provincia Tarraconense de 
las metidas tierra adentro, si bien confiesa que ya en su tiempo 
la superaba en esplendor Zaragoza. Que era vasto su recinto lo 
indican las poblaciones en masa de los contornos, que en él se 
encerraron con sus riquezas burlando la rapacidad de Lúculo; 
que era fuerte lo demuestran los repetidos cercos que siempre 
con éxito sostuvo, á pesar de que su situación no favoreciese 
mucho la defensa. Extendíase por una y otra orilla del Carrión, 
y no como ahora sobre la izquierda, según comprueban los ras- 



(1) Yerran notoriamente Estrabón y San Isidoro al situar á Falencia, el pri- 
mero en el país de los arévacos y el segundo en el de los celtíberos. Pertenecía 
la ciudad al convento jurídico de Clunia, y no era cabeza de prefectura como su- 
pone Pulgar. 

44 



346 FALENCIA 



tros de ediñcios que á gran distancia se han descubierto; de 
monumentos romanos ni aun memoria le queda, á excepción de 
alguna lápida sepulcral incrustada en sus actuales muros (i). 

Después de cuatro siglos de silencio, que lo fueron de paz 
seguramente, vuelve á aparecer su nombre en los últimos tiem- 
pos del Imperio para mezclarse con los trastornos é infortunios 
que acompañaron á su caída. Palentinos eran en opinión de mu- 
chos aquellos dos nobles hermanos mancebos, Dídimo y Veri- 
niano, que sosteniendo en la península la vacilante autoridad 
del emperador Honorio, con quien alguno les atribuye paren- 
tesco, cerraron durante tres años el paso de los Pirineos al in 
truso Constantino, aclamado tumultuariamente en la gran Bre- 
taña y en las Galias, y confederado con hordas innumerables de 
vándalos y suevos codiciosas de botín y sedientas de matanza. 
No secundó la fortuna su lealtad, pues vencido ó abrumado por 
el número el corto ejército de sus servidores, fueron conducidos 
á presencia de Constante hijo del tirano, que había trocado el 
hábito de monje con la púrpura de cesar, y por supuestas cul- 
pas degollados en Aries con sus jóvenes esposas, mientras que 
otros dos hermanos suyos, Teodosíolo y Lagodio, salvaban sus 
vidas refugiándose cuál á Italia y cuál al Oriente. Roto una vez 
el dique, se precipitaron los bárbaros auxiliares del usurpador 
dentro de España que por recompensa de su victoria se les 
abandonó, y no detuvieron su marcha asoladora hasta los cam- 
pos de Palencia, donde sea por la fertilidad del país, sea en 
odio de la patria de aquellos héroes, cebaron su furia con mayor 
estrago (2). 



( 1 ) Tal es la que se ve á la derecha de la puerta del Mercado, bien conservada 
y partida perpcndicularmente en dos mitades, en una de las cuales se lee: D. A/. 
— Pomj>ejo Severo an. XXXXI po, (posuit) Cornelia,.. Lo demás es ilegible, como la 
otra inscripción que hay al opuesto lado de la puerta; ambas llevan en su parte 
superior é inferior adornos rudos y sencillos. Méndez Silva refiere que en 1522 
se halló en un edificio arruinado cierta pila de piedra de la época de Pompeyo el 
grande con doce mil monedas de metal. 

(2) Para ilustrar este punto tan importante como oscuro de nuestra historia, 
debe consultarse ante todo la relación de Paulo Ürosio, español y contemporáneo 



P A L E N C I A 347 



Vinieron entonces sobre la península aquellos días pavoro- 
sos, de 408 á 410, en que segaban víctimas á porfía el hambre, 
la peste y la espada; en que las madres devoraban á sus pro- 
pios hijos; en que, acostumbradas al pasto de los cadáveres, las 
ñeras penetraban en las devastadas poblaciones para lanzarse 
sobre los pálidos vivientes (i); mas en breve se espantaron de 
su obra los invasores, y antes por su provecho que por lástima 
de los vencidos les llamaron á reparar mediante tributo las talas 
de los campos y las ruinas de las ciudades. Repartidas entre sí 
por suerte las provincias, cupo á los alanos la Cartaginense 
dentro de cuyos límites caía Falencia : si la recobraron más ade- 
lante los imperiales que con el auxilio de Walia los destrocaron, 
ó sí pasó á los vándalos en quienes se refundieron los restos de 



del hecho, quien lo cuenta así : Mtssit vero (Constantinus tyrannus) m liispaniam 
judices, quos cum provincice obedienier accepissent^ dúo fratresj'uvenes vobiles ac 
iocupletes, Dydímus et Verinianus^ non assumpsere ne adversus iyrannum guidem 
lyrannidem, sed imperalori justo adversus iyrannum et barbaros iueri sese patriam- 
gue suam moliti sunt.,. Hi vero plurimo tempore servulos iantum suos ex propriis 
prcediis colligentes ac vernaculis alentes sumptibus , nec dissimulato proposito, 
absgue cvjusguam inquietudine^ ad Pyrenai claustra tendebant. Adversus hos Cuns- 
tantinus Constantem fílium suum ¡proh dolor ! ex monacho Ccesarem factum^ cum 
barbaris guibusdam gui guondam in /cedus recepti atgue in militiam allecti Hono- 
riaci vocabantur^ in Htspanias missii. Hinc apud Hispanias prima mali labes : nam 
interjectis illis fratribus gui tutari prívalo prxsidio Pyrenoei alpes moliebanlur^ his 
barbaris guasi in pretium victoria primum prcedandi tn Palatinis campis licentia 
data^ dehinc supradicli montis clauslrorumgue ejus cura permissa est, remota rus- 
ticanorum Jideli et uiiíi custodia. Todo el fundamento para referir á Palcncia este 
suceso estriba en la voz Palatinis^ que en antiguas ediciones afirman se leía Pa- 
lenlinis^ bien que en ninguna hemos visto tal cosa; mas aun así, causa extrañeza, 
como ya observó Morales, que una ciudad tan apartada de los Pirineos tuviese 
confiada la custodia de ellos, y es absurdo que el saqueo de sus campos precedie- 
ra á la ocupación de aquel paso por los bárbaros del norte. San Isidoro escribe 
que Veriniano y Dídimo eran romanos y que duró tres años la resistencia. Que 
eran parientes de Honorio, que fueron muertos con sus esposas y que sus herma- 
nos huyeron, lo refiere Nicéforo, añadiendo que la batalla en que fueron vencidos 
por Constante se dio dentro de Lusitania, lo cual conviene mejor con la situación 
de Falencia. Marco Antonio Sabéllico, escritor de la época del renacimiento á prin- 
cipios del XVI, que da por Palentinos á los dos caudillos llamándolos Dindimo y 
Severiano, dice que los bárbaros extendieron sus estragos desde el Pireneo hasta 
el Occéano y que después de asolar á Falencia, tomaron á Astorga, atacaron inútil- 
mente á Toledo, y mediante una fuerte suma de dinero perdonaron á Lisboa. La 
narración del arzobispo D. Rodrigo adolece de bastantes anacronismos. 
(i) Palabras casi textuales de San Isidoro en su Historia de los vándalos. 



348 FALENCIA 



aquella gente, no tenemos datos bastantes para decidirlo. De 
estos conflictos violentos y de la funesta vecindad de los suevos 
establecidos en Galicia reportó continuos daños la ciudad, no 
tantos empero como de las bandas aventureras del visogodo 
Teodorico, que só color de servir á los romanos y de perseguir 
á sus enemigos, desolaron en la primavera de 457 toda la re- 
gión occidental. Falencia, dice Idacio, pereció con catástrofe se- 
mejante á la de Astorga, y lo mismo que allá fueron saqueados 
los templos, y derribados los altares, é incendiadas las casas, y 
sometidos á esclavitud sin diferencia de sexo los que por más 
débiles perdonó la cuchilla. 

Florecía allí desde su origen el catolicismo, si bien no son 
conocidos los apóstoles que sembraron su germen en aquel 
suelo, ni los mártires que durante el rigor de las persecuciones 
lo regarían con su sangre. Sin lisonja puede remontarse á los 
primitivos tiempos la institución de su silla episcopal, que no 
debía carecer de pastor la dilatada y populosa región de los 
vacceos, ni en toda ella se levantaba otra población alguna 
adornada con semejante prerrogativa ó siquiera capaz de dis- 
putársela á Falencia. Fero desde fines del siglo iv cundía lozana 
por aquellos campos, procedente de Galicia, la cizaña de Pris- 
ciliano, persona en quien parecían haberse reunido toda clase 
de seducciones como los elementos de todas las herejías en su 
sistema, y cuyo suplicio ejecutado en Tréveris por sentencia 
imperial no había logrado sino trocar en culto la adhesión de 
sus sectarios. Supersticiones del paganismo mal extirpadas so- 
bre el hado de las estrellas y la lucha de los dos principios, 
libros apócrifos difundidos como apostólicos entre el vulgo, 
austeras apariencias de misticismo que encubrían á lo que se 
dice nefandos misterios de lubricidad, grande aparato de ciencia 
teológica y de letras humanas, atraían hacia la nueva doctrina 
á hombres y mujeres, á nobles y plebeyos, á legos y sacerdo- 
tes ; y muchos de los prelados, cuando no por secreta simpatía, 
por temor de mayores daños contemporizaban con el error. Sin 



FALENCIA 349 



la incansable solicitud del santo obispo de Astorga Toribio, 
extendida no sólo á las diócesis comarcanas sino á toda la pe- 
nínsula, y sin el concilio reunido en 447 por orden del pontífice 
San León, la España se hubiera admirado de hallarse de una 
vez priscilianista ; mas á pesar del remedio todavía en el siglo vi 
era amada y bendecida en Falencia la memoria del infeliz here- 
siarca. Incrépalo en 530 á los palentinos, felicitándoles al mismo 
tiempo de no imitar sus obras. Montano arzobispo de Toledo, 
á cuya metrópoli se habían agregado desde la nueva división 
de provincias desmembrándose de la de Tarragona; y con el 
mismo objeto escribe á otro Toribio de grande celo y no menor 
influencia, que antes de vestir el traje monástico parece haber 
desempeñado ilustres dargos en el país (i). Cuéntase que uno 
de los dos Toribios, se disputa si el obispo del siglo v ó el 
monje del siglo vi, hallando rebeldes á la voz de la verdad los 
corazones, subióse á una altura, y levantadas las manos al cielo 
para aterrarlos con el castigo, hizo salir de madre las aguas 
del río y dilatarse con general estrago sobre la ciudad prevari- 
cadora (2). Esta tradición, de escaso fundamento y no muy an- 



(i) Han pretendido algunos sin bastantes pruebas, que este segundo Toribio 
era también obispo : San Ildefonso le califíca de monje, y Montano en la carta que 
le escribe elogia altamente su cristiana solicitud, que había manifestado cuando 
en el siglo florecía ocupado en los negocios del mundo, extirpando en Falencia 
el error de la idolatría y la secta vergonzosa de los priscilianistas. En esta segun- 
da carta se refiere Montano no sin oscuridad á alguna elección ó consagración de 
obispo hecha contra los cánones, pues dice haber concedido al inválidamente 
electo los municipios de Segovia, Britablo y Cauca durante su vida, no por dere- 
cho sino por contemplación á su dignidad. En la primera dirigida al clero palen- 
tino reprende que simples presbíteros se atrevieran á consagrar el crisma y que 
fuesen llamados para la consagración de las basílicas obispos de fuera de la me- 
trópoli, indicando que la sede de Falencia estaba á la sazón vacante por aquellas 
palabras que arguyen la antigüedad de la misma : doñee consueius vobis d Domino 
prceparatur antisies. 

(2) Este castigo, poco conforme con el espíritu del evangelio y con los medios 
de que se valió la Providencia para su propagación, no consta según confiesa 
Pulgar en el antiguo breviario de Falencia, y hasta en las lecciones modernas del 
santo no se menciona sino en términos muy lacónicos, sin tantas circunstancias 
supuestas y disputadas sobre la época, extensión y resultados de la castástrofe, 
de la cual no temen derivar algunos la ruina de Falencia hasta los tiempos de 
Sancho el Mayor, olvidándose de que bajo los reyes godos siguió floreciendo su 



i 



350 FALENCIA 

tigua data, pudo nacer del confuso recuerdo de alguna avenida 
extraordinaria, que enlazándose con el de las turbaciones reli- 
giosas, se grabara hondamente en la imaginación del pueblo 
como un formidable ejemplo de la cólera divina. 

La oscuridad pesa sobre los prelados de aquella afligida 
iglesia (i), hasta que durante la monarquía goda aparecen dis- 
tintamente con sus nombres en los concilios de Toledo. En el 
tercero, afio 589, abjuró Maurila el arrianismo juntamente con 
el rey Recaredo y sus magnates y con otros obispos impuestos 
por Leovigildo; en los de 610, 633, 636 y 638 asistió el grave 
y elocuente Conancio, como le titula San Ildefonso, autor de 
muchas nuevas melodías musicales y de un libro de oraciones 
sobre los salmos, quien por más de treinta afios ocupó digna- 
mente su silla y mereció tener por discípulo en la doctrina espi- 
ritual á San Fructuoso, obispo de Braga. Al octavo concilio 
acudió Ascarico en 653; al undécimo, duodécimo, decimotercio 
y decimoquinto Concordio de 675 á 688; al decimosexto en 693 
Baroaldo, á quien acaso tocó ver la ruina de su diócesis asolada 
por los conquistadores sarracenos. 

Grande fué á la sazón el exterminio de la ciudad, ora la 
destruyeran en su primer ímpetu los infieles, ora acabase de 
arrasarla Alfonso I al reducir á yermo los Campos Góticos, 
viéndose incapaz de conservarla á tanta distancia de sus fron- 



silla episcopal. No es menester semejante historia para explicar la solemne pro- 
cesión y el antiguo voto con que la iglesia palentina aclama á Santo Toribio por 
patrón y restaurador de su fe. 

(i) Algunos como Pulgar y Flórez han tenido por obispo de Falencia á San 
Pastor, de quien dicen los martirologios fué esclarecido en Orleans, y Genadio 
añade que compuso un pequeño tratado á manera de símbolo contra los priscilia- 
nistas. El título que se le da de obispo palatino lo interpretan por palentino, auto- 
rizados con el ejemplo de algunos códices de los concilios toledanos, explicando 
su residencia en Francia por los trastornos y persecuciones de los tiempos, y 
hasta sospechando si sería uno de los dos prelados que en 45 7 Teodorico se llevó 
de Astorga prisioneros. En igual interpretación se fundan de acuerdo con los eru- 
ditos Marca y Baluze, para referir á la misma sede el episcopado de Pedro, que en 
el concilio de Agda de «joó, firma episcopus de Palaíio^ y que se hallaría tal vez 
en la Galia Narbonense siguiendo la corte del rey Alarico. 



P A L E N C I A 351 



teras. Sólo una vez figura en los anales arábigos el nombre de 
Balancia (i), citada en la división de provincias que precedió á 
la fundación del imperio de los Omíadas en Córdoba, é incluida, 
como Osma, Cauca y Clunia, en la segunda que era la de To- 
ledo ó antigua Cartaginense. Si algún obispo, según se afirma 
con dudosos datos, llevó el título de aquella sede durante su 
calamitosa servidumbre, debió ser meramente auxiliar, á fin de 
conservar en la pequeña corte de Asturias con otras dignida- 
des de la misma especie, un recuerdo á la vez que una esperan- 
za (2). ¿Por qué no la restauró Alfonso III, el que levantó de 
sus ruinas aun más allá del Duero tantas poblaciones desiertas, 
el colonizador de los Campos Góticos, el repoblador de Zamo- 
ra, Dueñas y Simancas? ¿Por qué permaneció aletargada y casi 
muerta todo el siglo x, sin reanimarse con las victorias de Or- 
doño II y de Ramiro II, y sin temblar de espanto ante la cimi- 
tarra de Almanzor? Expliqúese como se quiera, su largo aban- 
dono es cierto, y sin duda se daba ya por perpetuo, cuando en 
el reinado de Alfonso V los obispos confinantes, de Burgos y 
de León, dividieron entre sí por suertes el territorio palen- 
tino (3). 

Una leyenda muy semejante á la de San Juan de la Peña y 
á la de San Antolín de Bedón (4) acompaña á la restauración 
de Palencia, ó al menos á la del templo por el cual empezó; 
pero no son esta vez tradiciones locales ú oscuras crónicas de 



(i) Así la nombraban los árabes, cambiando como suelen la P en B. 

(2) En el concilio, de controvertida autenticidad, reunido en Oviedo año de 8 i i 
para someter á esta silla las nuevamente creadas y por crear, entre las cuales se 
menciona la de que tratamos, suscribe con otros nueve obispos Abundancio de 
Palencia. Sandoval y Argáiz citan varias escrituras del 937 al 950 firmadas por 
Juliano, obispo también palentino. Á esto se opone la aserción de Fernando I en 
su privilegio, de que Palencia careció por más de trescientos años de régimen 
episcopal. 

(3) Son palabras del referido privilegio : vicini episcopi diviserunt sibi Pallen- 
iinum episcopatum per soriem. Recuérdese lo que dijimos de San Isidoro de Due- 
ñas, situado según la escritura de fundación, in suburbio Legionensi^ en la juris- 
dicción de León. 

(4) Véase cl tomo de Aragón, i." parte, cap. Vil, y el de Asturias^ i .' parte, 
cap. XII. 



352 FALENCIA 



monasterios, sino la general de España y el arzobispo D. Ro- 
drigo, quienes ya en el siglo xiii la consignan. Cazaba por entre 
las malezas que habían crecido sobre los escombros de la ciu- 
dad, ya poco menos que ignorada, el poderoso rey de Navarra 
y conde de Castilla, Sancho el Mayor; y acosando á un jabalí, 
penetró tras él en una cueva, que tal parecía por lo desmoro- 
nada una subterránea capilla dedicada antiguamente al mártir 
San Antolín. Levantó el venablo para atravesar á la fiera que 
se había acurrucado junto al altar, pero su brazo quedó instan- 
táneamente yerto, como si quisiera volver el santo por el que- 
brantado derecho de asilo y vengar la profanación de su san- 
tuario. Postróse el monarca arrepentido, y obtenido otra vez el 
movimiento de aquel que lo había paralizado, hizo levantar 
sobre la cripta una iglesia y al rededor de ella reedificar la 
ciudad, dotando aquella de cuantiosos bienes y ésta de insignes 
privilegios. 

La verdad es que de semejante aventura, más poética que 
cierta, nada dice el mismo rey D. Sancho, al restablecer con 
solemne documento la catedral en 21 de Diciembre de 1035. 
En él expresa que una de las principales ansias que al darle el 
cetro le puso Dios en el corazón fué el remediar la desolación 
de las antiguas iglesias destruidas por los bárbaros, y que in- 
quiriendo en los sagrados cánones cuáles eran las que caían 
dentro de sus nuevos dominios, es decir en tierras de Castilla, 
halló que la segunda después de la metropolitana Toledo había 
sido Falencia. Añade que había confiado su restauración al 
obispo Ponce, que lo era de Oviedo, con cuya ciencia y solici- 
tud contaba para ilustrar los entendimientos y domar á la vez 
los fieros corazones, pues la invasión de los infieles, dice, no 
había abierto menor brecha en las costumbres que en las mura- 
llas, ni yermado menos las almas de virtudes que de fecundidad 
las campiñas. Designa á Bernardo por primer prelado de la 
nueva diócesis, á la cual señala por términos al poniente el 
curso del río Cea hasta su desagüe en el Duero, y al levante 



^ 



FALENCIA 353 



desde el nacimiento del Pisuerga hasta Pefiafiel, terminando al 
mediodía en Portillo y Siete Iglesias. Concédele el señorío de 
la ciudad con sus llanos, montes, ríos, campos y solares, y el 
de varios castillos, villas y abadías que en seguida nombra (i), 
los diezmos ó escusados reales, y la libre extracción de made- 
ras y de cualesquiera materiales para edificar en todos sus esta- 
dos. A los pobladores otorga franquicia de pechos y tributos, 
salvaguardia contra cualquier violencia, y exención de toda 
autoridad que no sea la episcopal (2). Tal es la augusta carta 
que con él firmaron la reina su esposa y sus cuatro hijos, tres 
obispos, tres condes y tres condesas, y que ateniéndonos á 
la citada fecha, debió ser uno de los postreros actos de su 
vida (3). 

Otro monarca al propio tiempo se ocupaba en restaurar á 
Palencia y su ilustre silla, á instancias del mismo obispo Ponce 
que fué el alma de esta empresa. Veremundo III de León, sea 
en hostil competencia, sea de común acuerdo con el de Navarra, 
en 1 7 de Febrero de aquel año somete á la nueva iglesia la ciu- 



(i) Santa María de Husillos con sus villas y sus decanías ó términos antiguos, 
Santiago, San Vicente, Santa Cruz, Santa María de Villa Abarca, Villa Jovenales, 
Padilla, Pozos, Villa Gudiel, Villamomina, Villalegre, Buardo, Camporcdondo y 
Alba, todas con sus términos. 

(2) De aquí la siguiente cláusula que manda se paguen al obispo las compo- 
siciones pecuniarias por delitos: Homictdium autem si pro peccaiis de hominibus 
illius contigerit^ Uli episcopo loiutn pectum persolvi prectpimus, siatuimus et firma- 
mus ; si autem aliquis monachus occisus esl aut mactatus in iota térra qui suus ex 
(oto non /ueritf medietas illius pecti episcopo el altera medielas solvatur principi 
terreno propter sacrilegium. 

(3) Trae el documento Pulgar en su Historia de Patencia^ enmendando la 
era 1075 en 1073 (año 1 o 3 s de C.) en el cual coincidieron la indicción tercera que 
señala el privilegio, y el fallecimiento del mismo rey D. Sancho según su epitafio 
en San Isidoro de León. Y aun en vista de que en aquella fecha sólo faltaban diez 
días para concluir el año, ó bien ha de corregirse como propone Moret el XIII kal. 
/anuarii por februarii aáe\antánáo\a once meses, opinión que seguimos en el capí- 
tulo Vn del tomo de Asturias^ ó ha de suponerse que el rey murió dentro de los 
tres meses primeros de 1036, siguiendo el cómputo de la Encarnación que pro- 
longaba el año hasta el 25 de Marzo, si bien Mariana escribe no sabemos, con qué 
datos, que falleció en 18 de Octubre. Entre los hijos del monarca suscribe en se- 
gundo lugar Ramiro, que reinó más tarde en Aragón, lo cual nos afirma en que no 
era bastardo como ya observamos en la introducción de aquel tomo, respetando 
la autoridad de D. Modesto Lafuente que en este punto nos combate. 

45 



354 FALENCIA 



dad y su comarca y las de Avia, Perrera, Castrojeriz, Villadie- 
go, Amaya, Astudillo y otras que cita, hasta los términos de 
Santillana (i). ¿Indica tal vez esta doble fundación el respectivo 
derecho que sobre aquel territorio pretendían los dos sobera- 
nos? ¿Fué por parte del leonés una protesta contra las violentas 
usurpaciones del navarro, que abusando de su prepotencia había 
conquistado el país que media entre el Pisuerga y el Cea, y aun 
ocupado temporalmente la capital de León? ¿Ó maniñesta por 
ventura su enérgica decisión de recobrar lo perdido, apenas 
cerró los ojos su fuerte competidor, suponiendo datada del 2 1 
de Enero la escritura de éste y ocurrida su muerte en el breve 
plazo que corrió entre ambas fechas (2)? ¿Es que todo lo expli- 
ca la prudente mediación del obispo de Oviedo, que bien que 
subdito natural de Veremundo, volaba como mensajero de paz 
de uno en otro campamento interesando á los dos reyes enemi- 
gos en su obra santamente neutral, para que, cualquiera fuese 
el éxito de la contienda, quedase su realización asegurada? Con- 
jeturas son éstas á que abre campo la reserva verdaderamente 
diplomática de entrambos documentos, y que sólo pudiera re- 
solver la averiguación de su genuina data. 

Doloroso es decirlo, pero tal vez esta resurrección de Pa 
lencia, precedida de prodigios y con tan nobles designios apa- 
rentemente motivada, inspirósela el rey D. Sancho más que la 
piedad, la ambición y la mira de afianzar por medio de una co 
Ionización inteligente sus injustas conquistas ; tal vez la animosa 
revindicación de Veremundo sobre las ruinas de la margen del 



(1) Muchos de estos lugares jamás han pertenecido á la diócesis de Falencia 
sino a la de Burgos, prueba de que no tuvo efecto la demarcación de Veremundo. 
Ofrece éste su donación á Jesucristo y á la Virgen y á San Antonino mártir, cuj'us 
basílica /undata est in suburbio Legionensi (palabras que ya llevamos explicadas) 
in villa vociiata Palentia in territorio Mon tesón f>rope alvo Carrion. 

(2) De este dictamen son Moret y Risco, y no deja de comprobarlo la circuns- 
tancia de mencionarse en la escritura de Sancho, el reinado de Veremundo en Ga- 
licia, al paso que en la de Veremundo no se habla ya del primero, y la de hallar 
suscritos al pié de ésta los mismos condes que firmaron aquella, conjeturando que 
fallecido el conquistador volverían al servicio de su legitimo rey. 



FALENCIA 355 



Carríón encendió aquella cruda guerra en que perdió el reino y 
la vida á manos de su cuñado. Extinguióse con su dinastía la 
memoria de sus desvelos en favor de la renaciente iglesia y 
ciudad, que bajo el cetro de Fernando I de Castilla no recono- 
cieron por restaurador y patrono más que á Sancho el Mayor 
su difunto padre. Apasionados encomios tributa á éste la histo- 
ria de dicho restablecimiento, escrita reinando su hijo, en 1045, 
comparando su actividad y celo con la desidiosa molicie de otros 
príncipes más vecinos, en lugar de los cuales, dice, le llamó 
Dios de las regiones de oriente; y no inferiores los prodiga á 
Ponce, que oriundo de Francia y sentado por Alfonso V en la 
silla episcopal de Oviedo, había pasado de la corte de León á 
la de Castilla, y cabalgaba asiduamente al lado del rey Sancho 
en sus expediciones. A él atribuye la gloriosa iniciativa del pro- 
yecto y la incansable perseverancia en llevarlo á cima, hasta 
que considerando como adulterio el desposarse á la vez con dos 
iglesias, á propuesta suya fué elegido por primer obispo de la 
palentina Bernardo, también venido del país oriental, de Fran- 
cia ó de Navarra, y no menos solícito que Ponce en promover 
el divino culto (i). 



(1) tsttí documento precioso, más bien crónica que privilegio, que copia Pul- 
gar con muchísimas erratas de un códice del marqués de Montealegre, diciendo 
que en su tiempo no aparecía en el archivo de la catedral, lo hemos visto original 
allí número i.*, legajo r.*», armario i.'. conservando las antiguas señas de coloca- 
ción que indica Moret. En la fecha, era MLXXXIll, no cabe dificultad alguna. Su 
prosa rimada, su estilo sumamente conceptuoso, añaden cierto interés literario á 
su importancia histórica. He aquí cómo describe la destrucción de la iglesia de 
Palencia, de la cual no se sabía entonces más que ahora : Post eruptionem Agare- 
uorum spaiio CCCXX annorun tn viduilaie subjacuit regimine episcoporunt. Non 
invenrebaiur uiius compatriota illius qui effici cupisset vir íp^ius. Jacebat sentuosa 
et inculta ei d fundamento destrucla quoe antejueral subarrata multis viris^ de qui- 
biis sunt hic nomina quinqué^ Murita^ Conantius, Concordius, Barballus ei Ascari- 
gus... Numerus et aliorum nomina non sunt nostris voluminibus imposita. Quidopus 
est verbis? erai dispersa et in captivitatem conversa: ideo non restaurabaiur á pro- 
pinquis, quia faiuitas et cupiditas eral in illis, el inmorabantur in volutabro flagi- 
tiorum, nec inquirebant reliquias sanctorum aui relictas sedes episcoporum^ sed erat 
gloria illis in equis et in sellts depictis; epicurizabanl in ómnibus mundanis deliciis. 
(^Aludirá esta terrible censura á Veremundo?) Ut vidil Dominus illos tía recusos ei 
ab ómnibus bonis seclusos^ missil nuntios ex aliis finibus ul reduceret illos in divi- 
nis virgiliis. Quare elegit omnipotens Deus regem Sanctium ab Eois pariibuSy qui 



35Í> FALENCIA 

Pequeño de estatura, perspicaz y diligente, rodeado siempre 
de canteros y envuelto en el polvo de la fábrica de su iglesia, 
representa á Bernardo la relación contemporánea ; y entre las 
obras del material edificio y los esplendores de la Jerusalén ce- 



rex ma^Hissimus el in ómnibus sagacissimus^ orlus ex regah'bus prosa^üs^ nuiri- 
tus in PampUonensis partibus^ quin alier nonfuit melior bello aut clementior tilo. 
El constans eral el Icnis el timoratus in divinis rebus^ ideo juste vocari poluit rex 
Hispanorum regum: sua ferocitale ac peritia adquisivit hanc tcrram usque ad Galli- 
ciam. Postquam fuit in suojure cepit peragrare eam et regere regali more^ namque 
fuit pulcher atque alacris^ hilaris et dapsilis^ largus in auleis dapibus; ideo prope- 
ra bant ad eum ex mu I lis partibus clerici atque laici. De quibus unus fuit presui 
Ponlius, strenuus atque prudens opere^ predicator cóntinuus more Pauli apostoli^ 
assiduus indesinenter dogmala Dei insinuabal ómnibus prudenter^ nec metuebat 
mortemt nec renuebat vivenlis sortem... Presui fuit Ovelensis eleclus nobili regi 
Adefonso Legionensi, quo nemo rex Justior Juity qui Lupum ad vindictam tulit ei 
tormentum jurcx subiiL (Rcfcrirásc sin duda, á alguno de los muchos actos de 
justicia que contra los nobles rebeldes ejerció Alfonso V, al suplicio de algún Lo- 
pe.) Rex in justicia eral reclus; presui clero et eo electus^ in vaticinio subierat per- 
feclus: ideo utroque regi videbatur Deo sanclisque suis suh/eclus. Ex patria Jelix 
presui fuit Francorumf ubi appulsa est sagacitas Romanorum el predicatio princi- 
pis apostolorum; ideo non defatigabalur in casligatione chrislianorum^ et eo nutu 
Dei perculsus, huc est appulsus^ et ad agnitionem Dei reduxit mullos. Postquam ce- 
pit conservaran aula nobilissimi regis Sane tii causa reslaurandi animas, et equi- 
tare sedule in eomitatu ejus agilis, ut aspexil eversionem Palentiof, teligit cor illius 
idus Dei providenlia*. (Después de referir las conferencias que acerca de su res- 
tauración mediaron entre el rey y el obispo, sin hacer mención tampoco del pro- 
digio del jabalí, continúa:) ¡n parvo tempore cepit labor crescere. Postquam est re- 
edificaia cripta^ arbilratus est episcopus sacrificare in ipsa: inquil^ faciamus ei bina 
aitaria ut offerantur in eis sacra libamina. Denique invitavit venustum regem atque 
reginam cum eorum possessione nimia el omnes optimates ac presules vicinales ut 
/ecissenl dedicationem secundum canonicalem Jussionem,.. Fatur ita peritissimus 
episcopus regi serenissimo: ecce quoe olim fuerat sponsa viduata ad nuptialem tha- 
lamum est reornata. Nunc eligamus sibivirum fidelem qui facial eimonilia ex aere... 
quoniam non licet mihi haber e diias uxores ne d eludan t me fornicationes; non po- 
tesl homo serviré duobus dominis^ Ha non potest duabus uxoribus... Tune elegerunt 
calidum Bernardum in amqre ecclesiastico^ qui si non operatur in ornamentis tali 
sponscBf dicit se manere in morle et non degere vitam in divina sorte; concambiat 
aurum et argentum pro lapidibus et cemento, non diligens nisi pelrarum incisores, 
quoniam jam contemplatur celestes Sculptores qui edijicant sibi pompalam mansio- 
nem. Hic isti desudanl in umbra^ illi sine molu componunl formam; isla est lapidea, 
illa est aslrifera; hcec caducalis^ illa perpetualis; in isla cantant homines, in illa 
resonant angelí. Quid dicam? cere studiose mercalur Bernardus presui et illi qui 
sibi auxilium prebuerit. Hic dant petras aspras^ illic accipiunt lapides calcedonicas 
et smaragdicas; hic pavimentum de argillis tribuunt; illic stratum de auro et gem- 
mis accipiunt; hic dant arenas^ illic capessunt margaritas veras. Ut mihi videtur 
presui Bernardus cum suis mercatoribus circumvenil Dominum in suis mcrcemo- 
niis... Quid possumus dicere de sua callidilale? quamvis sistel in statura parvitatiSy 
qui cum Domino mercator et centupiiciter lucralur nihil foret exposi; sed nemo nos- 



PALENCIA 357 



lestiál á cuya semejanza se erigía, entre los trabajos, dispendios 
y sudores prodigados en este suelo y la recompensa inmortal 
que prometían, establece un ingenioso paralelo en elogio del 
primer prelado. Aunque construida de piedra, y no de tapia y 
madera como otras de su tiempo (i), la catedral levantada tan 
de improviso sobre la cripta, no debió exceder en magnificencia 
á lo que la rudeza del siglo permitía, puesto que antes de tres 
centurias hubo de ser reedificada. Su principal tesoro fueron las 
reliquias del mártir Antonino, cuya advocación tomó después de 
las del Salvador y de la Virgen ; y si este santo entre los varios 
de su nombre es el venerado antiguamente en Aquitania, sin 
duda las trajo de allá el rey Sancho que dominaba parte de 
ella, ó Ponce ó Bernardo nacidos allende los Pirineos, de donde 
tal vez tomó origen la leyenda y se dilató por toda la comarca 
la devoción á San Antolín (2). 



irum sapientior et perspicatíor i7/o, guía quod dal Deo nihilo indigei ex co. Sigue 
luego un elogio del rey Fernando I, á la sazón reinante, qui paírissal in bonilate 
tanli patriSj etiam excellü illum in copia dignitatis. Ule honestissimus rexjuil^ iste 
lum imperio subii; Ule fuit pulchra facie^ isle egregia et agili\ Ule fuil dapsilis el 
largus^ iste prodigus amplius\ Ule adquisivil regnum usque ad Galliciam, hic jam 
imperando transivit illam. Si ipse bel lando fui I similis leoni, iste devastando similis 
tigridi fortiori. Quid opus est laudis^ cum ómnibus propinquis fortuna sil major? 
Tria sunt in toto mundo Christianorum imperia^ ex quibus unum est in patria Ibe- 
ria\ de quo adolescens Fredenandus sagacitate propria est semper coronandus, 
Y después de insertar una donación del mismo rey, concluye con dos incorrectos 
exámetros: 

Rex valeat noster providus per sécula secli 
Qui nomine et fama multa quoque sécula tangit. 

En letra muy menuda se lee abajo: Adhuc alia restante ideo sil membranea huc 
usque discoperia. 

í i) Lapidum honestissima domus, dice el citado privilegio de Fernando I. 

(2) Es singular que en la escritura del rey Sancho no se mencione la dedica- 
ción del templo á San Antolín, y sí en la de Veremundo y en la relación de i04«;. 
Según la opinión más común, el santo venerado en Falencia, y bajo cuya advoca- 
ción hemos visto erigidos monasterios en Asturias é iglesias en Tordesillas y Me- 
dina del Campo, es el mismo cuya cabeza se custodiaba en el pueblo de su nombre 
junto á Cahors, y que resplandeció con muchos milagros cuando Sancho el Mayor 
estuvo en Aquitania á visitar la cabeza del Bautista, como refiere el cronicón del 
monje Ademaro, citado por Pulgar. Las actas de este santo, que le hacen sobrino 
del rey de Tolosa Teodorico, cenobita en Salerno, predicador de idólatras y mar- 



3$8 FALENCIA 



Dueño pacífico de los reinos de León y de Castilla, é invo- 
cando los recuerdos de su padre y los de su suegro Alfonso V, 
ya que no los de su infeliz cuñado, Fernando I completó la obra 
que ambas coronas habían á la vez promovido. En 26 de Di- 
ciembre de 1059, al confirmar las primitivas concesiones al 
obispo Miro sucesor de Bernardo, somete de un modo más ex- 
plícito al dominio del prelado y de su cabildo la ciudad entera, 
cualquiera llegare á ser su acrecentamiento, y á todos sus po- 
bladores sin diferencia de ley, condición ú oficio, y sin que este 
señorío pueda ser jamás enagenado. Las quejas suscitadas por 
los obispos de León y de Burgos sobre la diminución de sus 
diócesis, se acallaron con una nueva y más determinada circuns- 
cripción de la de Falencia. A las reliquias de San Antolín añadió, 
para honrar la nueva basílica, los cuerpos de los santos Vicente, 
Sabina y Cristeta que yacían en Ávila olvidados ; y aunque lue- 
go mudó de propósito transfiriéndolos á Arlanza y á León, más 
adelante arrepentido de esta veleidad como de un pecado, ofre- 
ció en reparación á la iglesia palentina y á su obispo Bernardo, 
segundo de este nombre, en 19 de Mayo de 1065, el monaste- 
rio de San Cipriano de Pedraza, además del brazo de San Vi- 
cente que había retenido. Todo indica, en suma, que la ciudad 
se edificó para la catedral y no la catedral para la ciudad, que 
eclesiásticas fueron sus primeras glorias y prerrogativas, eclesiás- 
ticas sus leyes, eclesiástico su gobierno, hasta que adulta ya y 
vigorosa pensó en emanciparse, reputando servidumbre la tute- 
la bajo la cual había crecido. 



tir en Pamiers por orden de no sé que rey Galacio, sucesor de Teodorico, están 
llenas de incongruencias y anacronismos, que demuestran haberse formado de 
tradiciones de distintas épocas y lugares. Algunos, empero, se han esforzado en 
probar bajo la fe de los fingidos cronicones, que el patrono de Falencia era otro 
San Antonino, español martirizado allí mismo, con el cual forman competencia 
otro que padeció en Apamia ciudad de Siria y un soldado de la legión Tcbca, que 
llevaron el mismo nombre. 



CAPITULO III 



•"ÍOecunstruiase Falencia sobre las dos márgenes que en su 
-^P primer período había ya ocupado; y por la derecha, cu- 
bierta hoy solamente de verdes sotos y lozanas huertas, dilatá- 
banse crecidos barrios al rededor de sus nacientes parroquias. 
San Julián, San Martín, San Esteban, Santo Tomé, Santa Ana, 
Santa María, todas se erigieron en el siglo xi ó en el inmediato, 
y todas desaparecieron del xvi al xvn después de trocadas en 
ermitas fwr deserción de sus feligreses, sin dejar de su existen- 
cia otra señal que una cruz de piedra (i), á excepción de Santa 



^60 FALENCIA 



Ana, que subsistió hasta nuestros días en su antigua forma al 
extremo del puente, y de Santa María única parroquia conser- 
vada allende el río para los labradores y hortelanos del con- 
torno, cuya fábrica renovada humildemente asoma entre los 
árboles solitaria. Dos puentes, llamado el uno Mayor y el otro 
las Puentecillas, enlazaban esta parte occidental con la de orien- 
te, adonde más adelante debía transferirse la población entera, 
que entonces no pasaba de la calle de Barrio-nuevo, corriendo 
por la del Cuervo la cerca, y abriéndose la puerta de Burgos 
enfrente de lo que es ahora la Compañía. Viñas eran todavía 
los alrededores de San Lázaro, donde algunos suponen tuvo su 
casa el Cid convirtiéndola en hospital; Santa Marina no fué 
incluida dentro de los muros hasta el siglo xvi; y toda la vasta 
extensión de la Puebla al éste de la calle Mayor se cultivaba á 
la sazón bajo el señorío del cabildo, sin más edificio que una 
iglesia de San Pedro aislada en medio de los campos. Dentro 
de la ciudad sobre la orilla izquierda no existían entonces más 
parroquias que la catedral y San Miguel situada más abajo 
junto al río. Tal es lo que se desprende de la donación que á 
sus canónigos hizo en 30 de Mayo de 1084 el obispo Bernardo 
el segundo, y que confirmó Raimundo su sucesor en 5 de Diciem- 
bre de I ICO en presencia del legado pontificio Ricardo, de los 
arzobispos de Toledo y Arles, y de otros prelados y abades 
allí reunidos en concilio provincial (i). 

Las crónicas señalan á Falencia por teatro de la dramática 



que trae Pulgar, tomo U, p. i 18 de su historia, y de la que dejó manuscrita en los 
primeros años del siglo xvii el canónigo magistral D. Asensio García. 

(i) La primera donación hecha por el obispo Bernardo á la mesa capitular, 
consiste en dos partes del diezmo de Falencia, en las pesqueras de la mitad de la 
villa con sus molinos, en medio huerto del palacio con otro huerto de Sancho Az- 
nárez, en la mitad del portazgo del mercado, en la iglesia de San Pedro de la Pue- 
bla (de populalione) con su monasterio, en las viñas de San Lázaro, juntamente 
con otros derechos que poseía en Monzón, Grijota, Fromista, Carrión y otros pue- 
blos. A esto añade la segunda donación del obispo Raimundo la iglesia de San Mi- 
guel con todas sus pertenencias. No se expresa el objeto de la convocación de este 
concilio del año 11 00, ni se explica la asistencia del arzobispo de Arles á una 
asamblea tan distante de su iglesia. 



FALENCIA 361 



querella, en que Jimena, la hija del conde Gómez, empezando 
por pedir justicia al monarca contra el bizarro Ruy Díaz, ma- 
tador de su padre, acabó por entregar la mano al mismo á 
quien ya de antes había entregado el corazón. Querida hubo 
de hacer la ciudad al Cid campeador este dichoso enlace, que á 
tantos poetas y tan bellamente ha inspirado desde el anónimo 
cantor del romancero hasta el gran Corneille; pero de su resi- 
dencia en ella no aparecen más indicios en el curso de su épica 
historia. Tampoco el conquistador de Toledo Alfonso VI dejó 
en Falencia otras huellas de su reinado, que las mercedes que 
otorgó en 1090 y 1095 ^^ obispo Raimundo llamándole su 
maestro y confirmándole las de su abuelo y de su padre. En la 
escala de multas ó caloñas proporcional á la gravedad de los 
delitos y á la dignidad del injuriado, equipara los agravios que 
á aquel se hicieren á los irrogados á su real persona, y los 
inferidos al cabildo cual si lo fueran á infanzones, pues los 
miembros de él, á pesar de sus vastas posesiones ó tal vez por 
causa de las mismas, eran objeto de continuas molestias y vejá- 
menes en sus bienes ó vasallos por parte de los pueblos circun- 
véanos. Imitó el ejemplo del soberano su yerno el conde Rai- 
mundo de Borgofia, sometiendo las villas de Arévalo y Olmedo 
á la iglesia de San Antolín, cuya devoción de día en día se 
acrecentaba. Refiérese que hallándose de paso en la ciudad 
el primer obispo de Osma el venerable Pedro, hacia el año 1 1 1 o, 
mientras velaba en la capilla subterránea del santo, se extinguió 
la lámpara de repente, y habiendo pedido al Señor que volviera 
á encenderse por sí misma si eran auténticas las reliquias que 
alumbraba, fué atendido su ruego, y quedó sancionada con el 
portento la autoridad de la tradición. 

Recibió el postrer suspiro del virtuoso prelado otro Pedro 
que acababa de suceder á Raimundo en la silla de Palencia, 
natural de Agen en Francia y uno de los insignes varones que 
trajo de allá con el de Osma el arzobispo de Toledo D. Ber- 
nardo para semillero de obispos. Distinguióse entre todos el de 

46 



362 FALENCIA 



Falencia por su adhesión á la oprimida reina Urraca, y llamado 
con engaño á presencia dé Alfonso de Aragón, fué sumido por 
éste en dura cárcel para privarla de sus consejos. Después de la 
batalla de Viadangos, cayó la ciudad con las otras principales 
de Castilla en poder del aragonés, cuyas banderas siguieron 
muchos de sus habitantes; pero confederados en Sahagún con 
los de León, Burgos, Carrión y Nájera para entablar avenencia 
entre los dos consortes, y viendo al monarca faltar á sus empe- 
ños, declaráronse al cabo por su desvalida señora. Falencia fué 
el punto para donde citó á concilio el arzobispo de Toledo don 
Bernardo á los prelados, abades y ricos hombres del reino, á 
fín de remediar los males gravísimos que afligían á la vez á la 
Iglesia y al Estado; en 25 de Octubre de 1 1 13 abrióse la asam- 
blea poco concurrida por el trastorno de los tiempos, y su voz 
se perdió de pronto entre el estrépito de los combates y la con- 
fusión de la anarquía. Hasta más tarde, al declinar rápidamente 
la fortuna de Aragón, no recobró su libertad el animoso obispo 
Fedro, á quien amó siempre Urraca como á su más leal y cons 
tante servidor, que había tenido comunes con ella los amigos y 
los adversarios, logrando alguna vez pisotear á estos últimos (i); 
y su firmeza se vio abundantemente recompensada no sólo por 
la reina sino por Alfonso VII su hijo, de cuya pujanza logró ser 
testigo todavía. 

En circunstancias más propicias para extirpar los desórde- 
nes y borrar las huellas de los pasados disturbios, congregóse 
en Falencia otro concilio durante la cuaresma de 1 1 29, diez 
años antes de concluir aquel largo y glorioso episcopado. Acu- 
dieron á él numerosos obispos de Castilla y de Galicia con Rai- 
mundo arzobispo de Toledo y el famoso Diego Gelmírez de 
Santiago, á quien se tributaron casi regios honores y filiales 
obsequios por parte del joven monarca, que asistía á la solem- 



(i) Véanse atrás en la pág. 340 los términos en que se expresa la reina al ha- 
cer donación del lugar de Magaz al prelado. 



FALENCIA 363 



nidad con su esposa Berenguela de Barcelona. Condenando y 
previniendo las usurpaciones de los poderosos no sólo en los 
bienes sino aun en el régimen de las iglesias, mandóse que no 
se dieran éstas á seglares só cualquier color, ni las poseyeran 
por derecho hereditario, ni ejerciesen poder en ellas, ni perci- 
biesen sus tercias ú otras prestaciones, ni las recibiesen de su 
mano los clérigos, sino que todo ello quedara á disposición de 
los obispos y de sus vicarios. La obligación de sincera y fiel obe- 
diencia al soberano recordada con anatema, los deberes del 
soberano con sus pueblos á los cuales sin legal juicio no podía 
despojar, la separación de los adúlteros é incestuosos, el casti- 
go de los monederos falsos condenados á perder los ojos, la 
prohibición de dar asilo á los traidores, ladrones y perjuros, la 
restitución de lo robado á catedrales y monasterios, la censura 
contra los exactores de portazgos indebidos, contra los rapto- 
res de bueyes, contra los despojadores de sacerdotes, mujeres, 
mercaderes y peregrinos, á quienes amenazaba con pena de 
reclusión ó destierro, todos estos cánones indican hasta qué 
punto se había entronizado la violencia relajando los vínculos 
sociales. Y como la licencia de costumbres nada había respetado, 
á los clérigos se les ordenó despedir sus concubinas declaradas 
y abstenerse del ejercicio de las armas, á los monjes errantes 
volver á sus monasterios, á los obispos no retenerlos sin licen- 
cia de los abades y reducir á concordia los disidentes. La espa- 
da misma de la excomunión había enmohecido, y para restituirle 
su temple se vedó acoger á los excomulgados, y admitirlos de 
una diócesis en otra, y aceptar los diezmos y donativos que 
ofrecieran como por sacrilego soborno. 

Harto recientes llevaba Falencia las cicatrices de aquella 
época calamitosa para consentir que de nuevo las abriese la 
guerra intestina;. y así, cuando vuelto de su destierro el conde 
Pedro de Lara, pasó de favorito de la reina madre á defensor 
del ambicioso padrastro, llamando otra vez á Castilla las hues- 
tes aragonesas á trueque de satisfacer sus vengativos rencores. 



364 FALENCIA 



la ciudad en cuyos muros se había guarecido éste con su yerno 
el conde Beltrán y con otros poderosos descontentos, abrió las 
puertas al legítimo soberano y le entregó los rebeldes que aten 
taban al honor del trono como en otro tiempo al del tálamo 
real. Túvoles el rey presos en León hasta que restituyeron los 
pueblos y castillos usurpados, y los dejó ir vacíos y sin honra 
usando con sus personas de clemencia (i). Después del 11 30 
en que esto sucedía por el mes de Enero, hallamos á menudo 
en la capital de Campos á Alfonso el emperador, que la visitó 
con su esposa en 5 de Diciembre de 11 35 permaneciendo en 
ella todo el siguiente año, que en 1 138 y 1 140 residía otra vez 
allí otorgando gracias y privilegios á su iglesia, y que por la 
Navidad de 1 155, casado ya segunda vez con Rica de Polonia, 
armó caballero en la misma á su hijo Fernando designado para 
rey de León. La repetida confirmación de las mercedes de sus 
antepasados con facultad de vender y cambiar los bienes po- 
seídos, la donación de Villamuriel, la reiterada entrega del se- 
ñorío de la ciudad sin más reserva que la de poner sus usajes y 
fueros al abrigo de toda mudanza á no mediar el beneplácito 
real, la concesión de derecho de behetría al obispo y de fuero 
de infanzones á los canónigos, acreditaron una .y otra vez la 
heredada piedad de Alfonso VII hacia la catedral de San Anto- 
lín, á la cual tampoco olvidó en sus dádivas innumerables su 
hermana D.^ Sancha, otorgándole en 1142 la villa de Braolio 
junto á Paredes. Mayores vínculos de gratitud ó benevolencia 
ligaron sin duda con aquel templo á D.^ Urraca hija del empe- 
rador y viuda del rey García de Navarra, si es su cadáver el 
que realmente descansa en el sepulcro colocado á espaldas de 
la capilla mayor (2). 



( 1 ) Más duro se mostró con los vencidos el conde Rodrigo Martínez adalid del 
rey, pues unciéndolos con los bueyes los hizo arar y comer yerba en los pesebres 
y beber en las balsas, hartándolos de ignominias, según refiere la crónica latina 
de Alfonso Vil. 

(2) No hay más documento que el epitafio que acredite el entierro de esta 
princesa en la catedral de Falencia, en la cual no existe memoria de fundaciones 



FALENCIA 365 



Al obispo Pedro I había, sucedido el Segundo que murió no 
se sabe si en el sitio de Almería ó en el concilio de Reims ha- 
cia 1 148, y á éste reemplazó Raimundo II, á quien llamaron tío 
los reyes Sancho III y Alfonso VIII su hijo, como de la noble 
familia de Minerva enlazada probablemente con las de la madre 
ó de la esposa del primero. Acompañó el prelado en 1 1 70 al 
joven Alfonso á desposarse en Burdeos con Leonor de Inglate- 
rra, y experimentó en todas ocasiones su reverencia y su cariño 
á fuer de deudo. Había por este tiempo crecido prodigiosamente 
la ciudad ; y por indicación del discreto rey que comprendió lle- 
gada la hora de la mudanza, otorgó el eclesiástico procer á los 
vecinos más amplias y generosas leyes, sacrificando parte de 
sus derechos al alivio y prosperidad de sus sometidos. Firmó 
los nuevos fueros el obispo Raimundo á 23 de Agosto de 1 181 
en una aldea de Arévalo, y en 31 de Julio Alfonso VIII le había 
ya cedido, en liberal indemnización de lo que perdía, el monas- 
terio de San Salvador del Campo de Muga, Santa María de 
Labanza, Santa Cruz de Árenos, Bañes, Villavega y demás 
iglesias y lugares que forman hacia las montañas de Liévana el 
estado de Pemía poseído por sus sucesores con título de con- 
dado (i). Tres años atrás, en 11 78, habíale dado pleno dominio 
sobre los moros y los judíos avecindados en Palencia, aquellos 
junto á San Miguel, estos al rededor de San Julián allende el 
río, para que sólo á él pechasen, eximiéndolos de cualquier tri- 



algunas de la misma, al paso que el monasterio de Sandoval afirma poseer sus 
restos al tenor de una escritura de 1178. Nacida de Gontrode noble asturiana, 
desposada solemnemente en 1 1 44 con García rey de Navarra en la ciudad de León, 
viuda en 1 1 50, reina de Asturias por merced de su padre de 1 1 $3 á 1 164, nada 
ha dejado que ignorar más que la suerte de sus últimos años y el lugar y data de 
su fallecimiento. Véanse repetidas menciones de ella en el tomo de Asturias y 
Ledn, cap. VII y IX de la !.• parte, y I y HI de la 2.' El arcediano del Alcor dice 
que murió en Palencia año de r 141, en lo cual hay error manifiesto de veintitrés 
años por lo menos ó de doble número tal vez. El epitafio, cuya autenticidad no 
está bastante comprobada, señala por fecha de su muerte el i 2 de Octubre 
de 1 189. 

(i) Trae el documento Pulgar, pero sin duda equivocó de un año la fecha, 
poniendo era MCCXVII!, en vez de MCCXVIIII, pues habiéndose otorgado al año 
quinto de la toma de Cuenca que fué en 1 177, corresponde al 1 1 8 1 y no al 11 80. 



366 P A L E N C I A 



buto ó alcabala real, pero sujetándolos á contribuir con el con- 
cejo á las cargas comunes y á la fábrica de los muros (i). 

Levantábanse estos á la sazón en círculo más dilatado al 
rededor de la ciudad, porque el antiguo recinto venía ya tan 
estrecho á su desarrollo material, como á sus necesidades mo- 
rales los fueros primitivos; y en 1 190 se hallaba el rey activan- 
do con su presencia aquellas obras, á las cuales nadie se evadía 
de coadyuvar, ni aun los excusados del cabildo. Á este ensan- 
che, que duplicó por lo menos el caserío sobre la orilla izquier- 
da, abarcando la actual calle Mayor y gran parte sino la totali- 
dad de los extensos barrios de la Puebla,, debió sin duda 
Alfonso VIII el título de segundo fundador: por esto se lee en 
antiguos códices que Falencia fué por él poblada en 1 196 día de 
Nuestra Señora de Agosto, fecha sin duda en que se terminó la 
nueva cerca. Tal vez entonces el cabildo, cuya era como hemos 
dicho la propiedad de aquel terreno, dividió su jurisdicción de 
la del obispo, que antes ejercían de mancomún, é instituyó me- 
rino aparte para el barrio nuevamente poblado, el cual junta- 
mente con el merino mayor y con dos alcaldes ordinarios de 
nombramiento episcopal gobernó la ciudad por muchos siglos, 
prestando todos juramento de obediencia á la justicia real. Por 
su parte creó el rey en Falencia y en los pueblos comarcanos 
alcaldes de hermandad que guardasen sus derechos á los veci- 
nos, sin tener que recurrir al bárbaro medio de tomarse prendas 



(i) En el archivo municipal de Falencia, al cual debemos la mayor parte de 
los documentos y noticias que nos han servido para la formación de este capítu- 
lo, copiamos el siguiente privilegio dado en Valladolid á 12 de Abril de i 194: 
Presentibus ac fuluris notum sil ac mani/eslum quod ego AiUe/onsus Dei gratia rex 
Castelle ei Toleti una cum uxore mea Alienar regina et cumjilio meo Ferrando Ja- 
cio cariam instiiuíionis et slabiliiaiis vobis universo Palentine urbis concilio pre- 
sentí etjuturo et filiis et posteris vestris et omni successioni vestre perpetuo valitu- 
ram. Statuo itaque ut omnes judei et mauri^ qui nunc et in posterum usque in finem 
in Palentia habitaverint^ vobiscum injacenderiis vestris et pectis et opere muri el 
vallorum pedente et ab omni alio tributo regio et regalé exactione sive gravamine 
sint liheri prorsus et absoluti. Siquis vero hanc cartam iníringere seu diminuere 
presumpserit, iram Domini omnipotentis plenarie incurrat, et regie parti mille áu- 
reos in cauto persolvat et dampnum quod vobis inlulerit duplicatum restituaU 



FALENCIA 367 

en vindicación de sus agravios (i). De esta suerte vinoá formar 
un concejo poderoso y libre ; y vendiéndole en 1 1 9 1 por dos 
mil y cien áureos los montes de Dueñas, dióle ocasión de dilatar 
su territorio. No es mucho pues, que dócil al llamamiento del 
buen monarca á quien tanto debía, acudiera en tropel la juven- 
tud palentina á la gloriosa expedición' de las Navas en pos de 
su obispo Tello y á las órdenes de Juan Fernández Sanchón, 
peleando con tal denuedo, que al primitivo blasón de castillo 
dado á la ciudad por Fernando I, mereció añadir la cruz, cuyo 
triunfo aseguró aquella jornada. 

Más insigue aunque menos durable monumento de su pro- 
tección legó á Falencia Alfonso VIII ; hablamos de la universi- 
dad, la primera que se erigió en España, y á cuyo ejemplo 
movido de rivalidad fundó luego el rey de León la Salmantina. 
Desde mucho tiempo atrás poseía aquella un estudio general 
acreditado así por la frecuencia de discípulos como por la ins- 
trucción de los profesores (2) ; y en él bebió Santo Domingo la 
doctrina con que había de confundir á los Albigenses, al paso 
que vendiendo sus libros para socorrer á las víctimas del ham- 
bre, ensayaba precozmente las maravillas de su caridad. Co- 
menzaba el siglo xiii, cuando el rey Alfonso, aprovechando las 
breves treguas de sus campañas victoriosas, llamó de Francia 
y de Italia célebres maestros en todas las facultades, y con gran- 
des salarios logró fijarlos en Falencia para que fuese ésta den- 



(O Existe en el citado archivo una cédula expedida en Falencia á 6 de No- 
viembre de 119$ á fín de poner coto á semejante abuso: Ómnibus conciliis de vi- 
cinitaie Palentte et aiiis ad quos liitere iste pervenerini^ salutem. Mando etjirmiter 
defendo ne aliquis pignorei homines Palenlie de Campo nec in alio ioco, guia soltu- 
ram illam quamjeci de peindra non feci de hominibus Palenlie, sed in Paleniia 
constilui alcaldes de hermanitale qui emendabunt querelas- hominibus de vicinilaie 
Palenlie^ el in unoquo que concilio de vicinilaie Palenlie simililer mando alcaldes 
Poni bonos homines qui querelas hominum Palenlie sine peindra de Campo el de alio 
loco Joras villam de Paleniia emendenl. Qui vero pignoraveril in duplum resliluel. 
Quicumque aulem contra mandatum meum homines de Paleniia in Campo vel in alio 
loco/oras Palenliam pignoraveril, iram meam incurrel. 

(2) Abundans^ dice San Antonino de Florencia hablando de dicho estudio, 
tam multiludine numerosa scholarum quam sludiosa perfeclione doclorum. 



368 FALENCIA 



tro de su reino el emporio de la sabiduría. La pronta muerte 
del fundador, la agitada menoría de Enrique I, el rápido incre- 
mento de la universidad competidora, cualquiera de estas causas 
ú otras que ignoramos sofocaron casi en su germen tan magní- 
fica institución; y el arzobispo de Toledo D. Rodrigo, que asis- 
tió á su nacimiento en 1 208, alcanzó á ver antes de 1 243 su 
extinción casi completa. Probó á reanimarla en 1 262 el pontífice 
Urbano IV á instancia de los palentinos, extendiendo á sus ca- 
tedráticos y alumnos los privilegios é inmunidades de los de 
París (i) ; mas nada bastó á detener su ruina, y antes de acabar 
la misma centuria se hallaba definitivamente trasladada á Valla- 
dolid. Ni siquiera memoria ha quedado del local que ocupaba; 
tal vez contiguo á la catedral primitiva, fué incluido en la nueva 
construcción del siglo xiv. El prematuro fin de estas escuelas 
pretende explicarlo una tradición sangrienta no comprobada 
por documento ó noticia alguna contemporánea, contando que 
la venganza popular, provocada por el adulterio de uno, degolló 
simultáneamente á los estudiantes en una noche, cada cual en 
su posada. 

Al morir el vencedor de las Navas dejó por uno de sus 
cuatro albaceas al obispo Tello, que empleó su autoridad con 
el rey menor para hacerle reparar ciertos perjuicios irrogados 
por su padre á la iglesia palentina. Nombrado con el de Burgos 
por el pontífice para averiguar el parentesco de Enrique I con 
Mafalda princesa de Portugal, declaró la nulidad del consorcio 
que acababa de celebrarse en Palencia y en el cual cifraba don 
Alvaro de Lara la prolongación de su despótica tutoría. Había- 
la arrebatado éste á la hermana del joven soberano, la inmortal 
Berenguela, induciéndola por conducto de Garci Lorenzo, ciu- 
dadano de Palencia, á quien con dádivas y promesas había 



(i) Poética singularmente es la alegoría con que comienza esta bula, (^olebat 
hactenus^ dice, delitiarum hortum civitas Palentina, de suh cujusportis fons irriguus 
emanabai ; horlus tile profecto fructus uberes producebal^ quorum suavitatem et 
duicedinem ad diversas mundi partes foniis afluentia derivabat. 



FALENCIA 369 



ganado, á renunciar en él un cargo tan espinoso ; y el primer 
uso que hizo de su poder fué echar de la corte y luego sitiar 
en Autillo á la magnánima señora. Estaba en armas por uno ú 
otro bando toda la tierra, mientras el real mancebo cumplidos 
apenas los trece años, y disgustado del espectáculo de la gue- 
rra civil á que le había arrastrado más de una vez su ambicioso 
tutor, se divertía en Falencia cierto día de primavera en un 
patio del palacio episcopal con juegos y compañeros más pro- 
pios de su edad. Una teja desprendida á impulsos de una pie- 
dra que inadvertidamente se lanzó vino á herir aquella inocente 
cabeza, y con su muerte acaecida once días después, en 6 de 
Junio de 121 7, en vez de acrecentarse los males del reino, por 
una singular coincidencia se remediaron. Cuando á pesar del 
secreto cuidadosamente mantenido por los Laras á ñn de alar- 
gar con él su gobierno, se divulgó la triste nueva por la ciudad, 
y marchó el obispo á Tariego en busca del cadáver que* había 
sido ocultamente extraído, para acompañarle con la debida 
pompa á su sepulcro preparado en las Huelgas, el llanto vertido 
por el malogrado príncipe, cuyas esperanzas aguaba la impopu- 
laridad del regente se mezcló con las ovaciones tributadas á 
Berenguela y á su hijo Fernando, que entraron á asegurarse 
de la fidelidad de los palentinos antes de su solemne proclama- 
ción en Valladolid. 

De las glorias del nuevo reinado capoles asimismo una hon- 
rosa parte, especialmente en las campañas de Extremadura. El 
obispo Tello, que tanto contribuyó á afianzar la corona en las 
sienes de San Fernando, brilló de continuo entre sus consejeros 
más venerables en la corte y en el campamento, y para ayudar 
á la santa guerra le cedió liberalmente las tercias de Urueña y 
su comarca. Restablecido con severas leyes el orden, perdieron 
la vida y los bienes los que al amparo de sus castillos creían 
poder entregarse á todo exceso burlando la justicia real (i); 



(i) Otro ejemplo de las justicias de Fernando el Santo, semejante al que rc- 

47 



370 FALENCIA 



fueron marcados con hierro y admitidos á penitencia los que 
disolviendo la unidad religiosa pretendían inocular en la ciudad 
los errores albigenses importados de la otra parte de los Piri- 
neos. Señalóse aquel episcopado con la fundación de los con- 
ventos de dominicos y franciscanos de Falencia, primicias ambos 
de su orden respectiva, y con la ruidosa conversión de San 
Pedro González Telmo, sobrino del prelado y deán de la igle- 
sia, que hundido en el lodo y humillado en el momento de 
ostentar á caballo sus' profanas galas, trocó su prebenda por el 
retiro de un claustro y por las fatigas de la predicación. Murió 
don Tello en 1 246, y en vez de reposar con sus predecesores 
en la antigua claustra de la catedral, legó sus despojos al cole- 
gio de Trianos, junto á Sahagún, que para los dominicos había 
fundado. D. Rodrigo, su sucesor, siguió con no menor asiduidad 
las campañas del conquistador de Sevilla, en la cual obtuvo he- 
redamientos y en Campos la villa de Mazaríegos con sus perte- 
nencias y vasallos. 

Alfonso X acumuló cédulas y ordenanzas como su padre 
hazañas y conquistas; y desde el principio de su reinado, en 18 
de Julio de 1256, concedió á Falencia el fuero real que acababa 
de formar, sustituyéndolo al del obispo Raimundo, otorgó exen- 
ción de moneda forera al prelado, cabildo y clero, dispuso lá 
forma de guardar los bienes episcopales durante las vacantes y 
la del homenaje que á la entrada del nuevo obispo debía prestarle 
el concejo, aprobó en fin la avenencia acordada entre éste y los 
canónigos sobre los excusados ó francos de tributo. Obligado 
por sus dispendios y prodigalidades á mendigar así de los veci- 
nos como de la iglesia frecuentes donativos, hasta obtenerlos 



cordamos en la Puerta del Sol de Toledo (tomo de Castilla la Nueva — Toledo) nos 
suministra una cédula de venta que hizo al citado obispo por 1177 maravedises 
de oro de las tierras y vasallos que habían pertenecido á Gonzalo González en Mel- 
gar y en la puente de Fitero ; «e esta heredad, dice, tomé e vendí por el mió meri- 
no que mató, e por mujeres que íorzó, c por muchas maldades que me fizo en mi 
reino.» Pulgar trae equivocada la era de este documento, que en vezdeMCCXXXI 
debe ser acaso MCCLXXXl correspondiente al año 1 243. 



FALENCIA 371 

cada año, declaraba siempre recibirlos por mera voluntad de 
los donantes y no por derecho ó costumbre de que pudieran 
prevalecerse los reyes posteriores (i). Para reanimar el decaído 
espíritu guerrero, recordando los servicios prestados por los 
moradores á su glorioso padre y á él mismo antes que reinara, 
dio franquicia á los que tuvieran caballo y armas, y todos los 
años que salieran á hueste les dispensó del pago de Martinie- 
ga (2). No bastaron estas concesiones para que Falencia dejase 
de ser en 1 271 el primer foco de la conjuración de los grandes 
descontentos, que acaudillados por el infante D. Felipe, don 
Ñuño de Lara y D. Lope de Haro, recibieron altivamente un 
mensaje del rey despachado desde Murcia, desechando sus pro- 
puestas de paz, y llamando alevosamente contra su señor y su 
patria los aceros de Navarra y Fortugal y hasta las infieles 
cimitarras de Granada y de Marruecos. 

Mayores escándalos presenció y favoreció tal vez la ciudad, 
cuando rodeado de innumerables seguidores el príncipe don 
Sancho, exigía desde allí á su abandonado padre la abdicación 
de la corona. Vio también bajo el nuevo mando turbulencias y 
ligas de ricos-hombres, pero reprimidas con mano harto más 
fuerte, sin dejárseles apenas tiempo de organizarse. Tío mater- 
no de Sancho IV suponen algunos al obispo de Falencia D. Juan 
Alfonso, al cual otorgó entre otros privilegios el de poner los 
pesos públicos y percibir su renta; pero mirando por la libertad 
del concejo aliado natural del trono, manifestó en 1287 que ni 
de infante ni de rey había sido su intención dar al prelado el 
señorío ni las alzadas ni el poder de nombrar Silcaldes de la 
hermandad, ni privar á la ciudad de sus derechos sobre moros 
y judíos. Hallóse en ella el bravo rey en 1 291, e ovo gran pla- 
cer ^ dice la crónica, de tantos frailes ayuntados en el capítulo 
general que allí celebraba la orden de Santo Domingo; presi- 



(1) Cédulas de 4 de Noviembre de i 2 $5 al obispo y de 23 de Junio de 1277 
al concejo. 

(2) Privilegio de i de Mayo de i 270 expedido en Burgos. 



372 FALENCIA 



díalo fray Munio de Zamora, que depuesto luego del generalato 
por el pontífice y privado de la mitra palentina que en compen- 
sación le confiriera el soberano, falleció en Roma nueve años 
adelante, sobrellevando resignadamente sus inmerecidos contra- 
tiempos. Ignoramos qué desórdenes y atentados perturbaron 
después el sosiego de Falencia : lo cierto es que blandiendo la 
espada de la justicia volvió allá á fines de 1 293 el riguroso mo- 
narca, y no la envainó hasta satisfacer la vindicta cumplida- 
mente, no sin exceptuar aun del perdón á los presos y á los 
fugitivos (i). 

Con su muerte abrióse la época más agitada y más gloriosa 
para los palentinos, la menor edad de Femando IV bajo la 
regencia de María de Molina. Convocadas para aquel punto las 
cortes, concibió la prudente reina el medio de cerrar las puer- 
tas de la ciudad á su suegra, á su cuñado, á cuantos trataban 
en fin de arrebatar á su hijo el cetro, entendiéndose desde Va- 
Uadolid con Alonso Martínez, distinguido ciudadano, cuya dis- 
creción y energía logró neutralizar la mayor influencia de Juan 
Fernández, jefe del partido opuesto. «¡Qué! exclamó en el con- 
cejo al oir que el infante D. Juan pedía entrar, reclamando nada 
menos que mil maravedís de vianda para sí y su comitiva : ¿qué 



(1) No conocemos este suceso sino por la cédula que hallamos en el archivo, 
dada en Falencia por Sancho IV en 2a de Enero de 1 294. «Sobre querellas, dice, 
que nos ovieron fechas muy malas e muy desaguisadas por mengua de la justicia 
que se non cumplie en Falencia oviemos de venir y. Et mandamos facer sobre ello 
pesquisa general, e en aquellos que tanyó la pesquisa cumpliemos en ellos la jus- 
ticia con derecho. Et el concejo pidiónos merced que pues la pesquisa fuera fecha 
c la justicia aviemos complida en los que tanyien, diésemos al concejo por quitos 
de las otras demandas que contra ellos aviemos en razón desta pesquisa. Et nos 
por les facer bien e merced e por muchos servicios que nos fícieron á nos e aque- 
llos onde nos venimos é nos facen, toviemos lo por bien et dárnosles por libres e 
por quitos de todo quanto es pasado en razón de esta pesquisa fasta el dia de hoy 
en cualquier manera, 9alvo aquellos que nos tenemos en la nuestra prisión que 
tenemos por bien que estén y á la nuestra merced, et otrosí aquellos que dieron 
por fechores los nuestros alcaldes... et otrosí los que son foydos que fueron apla- 
zados e non vinieron á cumplir, que non tenemos por bien que entren en esta 
merced que nos facemos.» Manda en seguida que se rompan los procesos menos 
los de los exceptuados. Tal vez fueron estos los alborotos ocurridos en el obispa- 
do de fray Munio, de que más adelante se hablará. 



FALENCIA 373 

diríamos al rey, que ha ordenado en cortes non le diésemos á 
él para yantar sinon treinta maravedís, cuando nos demandase 
al tanto ó más? ¿qué diríamos á los otros infantes? Cierto que 
de ningún desafuero havemos por qué querellarnos en adelante, 
pues tal demanda consentimos de quien no es nuestro señor 
natural.» Acogió el pueblo con aclamaciones estas palabras, 
marchando en tropel al convento de San Pablo donde delibe- 
raban ya las cortes, para que confirmasen la negativa; y de ahí, 
á impulsos del temor infundido diestramente, se pasó á negar 
la entrada á infantes y ricos hombres que pudieran tomarse por 
violencia lo que por derecho se les rehusaba. Grande fué la 
sorpresa y el enojo de D. Juan al hallar levantado el rastrillo 
del portal de Santa María, y al verse excluido de influir en las 
resoluciones de la asamblea; pero mayor fué su despecho, cuan- 
do admitido en ella una vez antes de disolverse, se estrellaron 
en la reverente firmeza de los ornes buenos sus malignas insi- 
nuaciones contra la reina y sus afectadas inquietudes por la 
libertad de los pueblos. 

Apelóse de las conferencias á las armas, y Falencia se apre- 
suró á reparar sus muros para sostener los derechos del rey 
niño y de la magnánima tutora. Dueñas, Ampudia, Tariego, 
Magaz, Palenzuela, Monzón, Paredes, Becerril, todos los casti- 
llos de las cercanías ocupados por el infante D. Juan, por don 
Alfonso de la Cerda, por D. Juan Núñez de Lara, ceñían y 
ahogaban la capital con un círculo de hierro, derramando hasta 
sus puertas el estrago y la matanza ; campos talados, mieses 
incendiadas, viñas y huertas arrancadas de raíz, molinos y ace- 
ñas derruidas, robos de ganados, muertes de hombres, fueron 
el resultado de incesantes escaramuzas durante la primavera 
de 1 296. No arredró tan duro bloqueo á los ciudadanos, antes 
tomando la ofensiva, embistieron el castillo de Tariego, y lo 
ganaron ; y como el rey estimulando su valor les ofreciera por 
aldeas á Dueñas y Ampudia con sus términos para arrancarlas 
del poder de los enemigos, marcharon sobre la primera con 



374 FALENCIA 



auxilio de D. Diego de Haro y la rindieron. Desde Valladolid 
contemplaba con gratitud inefable la varonil regente el ardi- 
miento de sus fieles subditos ; y en un mismo día les concedió 
la villa de Tariego y su fortaleza á tanta costa adquirida, la 
franquicia de portazgo perpetua y general, y la celebración de 
otra feria que empezando el primer domingo de cuaresma dura- 
ra quince días, además de la ya establecida en la fiesta de San 
Antolín (i). La reconstrucción de la cerca se pagó de los bienes 
de los que militaban con los rebeldes, á quienes se otorgó un 
plazo para volver á la obediencia, pasado el cual fué su propie 
dad definitivamente adjudicada al concejo por merced del sobe- 
rano (2). Aparte de contadas excepciones, todos allí rivalizaron 
en lealtad, todos participaron del galardón, hidalgos y peche- 
ros, clérigos y seglares; pero en la recompensa como en los 
servicios sobresalió Alonso Martínez de Olivera, descendiente 
del Cid y comendador mayor de Santiago. Habíanle muerto 
sus gentes, había vertido su sangre por numerosas heridas, ha- 



(1) Estos tres privilegios llevan todos la fecha de 30 de Junio y un mismo 
preámbulo que es el siguiente : « Por muchos servicios é buenos que (izieron á los 
reyes onde vengo e fazen agora á mi en esta guerra que me fazen el infante 
D. Juan mi tio e D. Alfonso hijo del infante D. Fernando, e D. Juan Nuñez, e otros 
ricos omes e otras gentes que son con ellos; que les mataron e les fírieron los 
parientes en mió servicio, e los robaron e los astragaron e los quemaron pieza de 
lo que havian en viñas e huertas e en molinos e en aceñas e en otras cosas, e por- 
que ganaron el castillo de Tariego á su grande costa para mió servicio, etc.» Otro 
privilegio de 37 de Julio de 1 302 empieza en esta Forma: «Conosciendo nos en 
como serviestes bien e lealmente á los reyes onde nos venimos e señaladamente 
á nos vos el conceyo de la cibdad de Falencia, fincándonos niño e pequeño quan- 
do el rey D. Sancho nuestro padre finó ( Q. D. P. ), e aviendo guerra con nuestros 
enemigos así con cristianos como con moros, e nos criastes e nos levastcs el 
nuestro estado c la nuestra honra adelant con los otros de la nuestra tierra, etc.» 
Omitimos copiar la introducción del de i.** de Febrero de 1 300, en la que se enu- 
meran las varias salidas y expediciones de los palentinos, por no repetir la rela- 
ción del texto. 

(2) En esta concesión, otorgada á 6 de Setiembre de 1 296, exceptúa el rey lo 
que anteriormente había dado á Alfonso Martínez de los bienes de los sublevados. 
Ya por otra cédula había aplicado estos temporalmente á la fábrica de los muros : 
«et digo que lo ayan para se aprovechar de ello para la cerca de la villa por quan- 
to tiempo yo toviere por bien... pero si alguno de aquestos vinieren a nuestro 
servicio á aquel plazo que los yo he embiado llamar por mis cartas, tengo por 
bien que ayan todo lo suyo.» 



FALENCIA 375 



bíanle derribado las cercas de sus lugares de Baños, y Revilla y 
talado sus haciendas; y estos lugares y la casa fuerte ó castillo 
donde moraba junto á la puerta de Burgos se le permitió vin- 
cularlos en mayorazgo á su posteridad, y fué eximida de todo 
tributo la casa hospital de San Lázaro que en la ciudad acababa 
de erigir (i). 

Con recíprocos daños y común ruina continuó por algunos 
años la guerra, interrumpido el trato mercantil de que vivía la 
ciudad (2) : acudió la reina más de una vez á remediar cuánto 
pudo sus necesidades, á alentar su brío con el título de muy 
noble, á dirigir la campaña contra los enemigos en derredor 
apostados ; y armándose á su voz los moradores, mezclados con 
la escasa hueste real, arrebataron á D. Juan la villa de Paredes, 
ahuyentaron de Ampudia al de Lara, y tomáronle la torre de 
Calabazanos. Pero entretanto los infantes rebeldes habían lo- 
grado introducir su cizaña en el seno de la población, y mante- 
nían inteligencias con algunos ciudadanos, del linaje de Corral 
los principales, espiando la ocasión de ganar con un golpe de 
mano lo que á punta de lanza no habían podido. En la densa 
oscuridad de una noche de Noviembre de 1 298 asombraron al 
vigía de la torre de San Miguel misteriosas luces que á la otra 



(1) No sabemos si es éste el mismo Alonso Martínez arriba mencionado, jefe 
del partido de la reina ; en el nombre y en los servicios convienen, pero el uno al 
parecer no pasaba de simple ciudadano y vecino de Falencia, mientras el otro por 
lo que se desprende del privilegio que se le dio en 2 de Julio de 1 296 y más aun 
de su testamento otorgado en 25 de Mayo de 1 302, era ricohombre portugués, 
hijo y hermano de los condes de Barcelos, cuarto nieto del Cid por su abuela 
Sancha Rodríguez, deudo de la reina D." María, casado con Juana de Guzmán, y 
señor de lugares y vasallos, cuya riqueza y poder y numerosa é ¡lustre parentela 
indican sus cuantiosas mandas pías y legados. El privilegio expresa entre otras 
causales la siguiente : « porque defendisteis y habéis tenido y tenéis la ciudad de 
Falencia á nuestro servicio.» Diósele en 1 300 una cuarta parte del castillo de Ja- 
riego, y fueron hijos suyos probablemente Alfonso Martínez y Rodrigo Alfonso 
que en i 343 trataban de venderla, como dijimos en la nota de la pág. 329. 

(2) En 12 de Marzo de 1297 firman una cédula Gonzalo García escudero del 
abad de Santander y otros mercaderes del mismo lugar, confesando estar indem- 
nizados de la cantidad de siete mil maravedises en u dineros e doblas e torneses, 
e dos caballos e paños e otras cosas» que les tomaron los vecinos creyendo que 
iban en deservicio del rey Fernando. 



37^ FALENCIA 



parte del río á gran distancia se divisaban ; y súbito tocó á re- 
bato, despertando á los habitantes bien ágenos de la negra tra- 
ma en que iban á ser envueltos. Coronáronse de gente las mu- 
rallas, reforzáronse las guardias de las puertas, y el enemigo 
se retiró desconcertado. De los traidores unos huyeron, otros 
quedaron con la ciega confianza de que no había de descubrirse 
su delito; pero nada se escapó á lia perspicacia de los jueces 
que consigo trajeron el rey y su madre para hacer pesquisa del 
suceso. Fueron presos descuidados los delincuentes, y tal vez 
en esta ocasión se estrenó la cárcel construida por el concejo en 
la torre de maesire Andrés que para dicho objeto compró del 
obispo (i). Terminado el proceso, los reyes que durante su 
curso se habían ausentado, regresaron á autorizar la solemne 
justicia que sin piedad alguna se ejecutó en varias cabezas: á 
los prófugos se les proscribió, dando derecho á cualquiera de 
prenderlos ó matarlos caso de volver á la ciudad (2). Al mismo 
tiempo tremoló el pendón real en las sometidas fortalezas de 
Monzón, Rivas y Becerril, y fué desamparado el castillo de 
Magaz, último baluarte del pretendiente la Cerda, que recuperó 
sin combate el obispo D. Alvaro Carrillo. 

Debajo de esta denodada lucha política, que debía al pare- 
cer absorber los esfuerzos y aunar las voluntades de los palen- 
tinos, agitábase sin embargo con más ardor que nunca otra 
intestina y social entre el señorío eclesiástico y las franquicias 
municipales. No es que tomaran color dinástico tales querellas: 
el clero lo mismo que el pueblo había abrazado la causa del 
joven rey que empezó prometiéndole la enmienda de los vejá- 
menes de sus antecesores, y el cabildo todo, especialmente su 
arcediano D. Simón, mereció bien por sus servicios en aquella 



(i) Mandáronsela construir el rey y su madre, según aparece de la obligación 
que en f^o^ fírmó el concejo de pagar al obispo por la expresada torre y casa 
treinta mil maravedís de la moneda corriente. 

(3) Asi se declara en varios capítulos que otorgó el rey estando en Burgos 
en 10 de Mayo de 1301 á las ciudades de Castilla, entre los cuales hay algunos 
peculiares á Falencia. 



FALENCIA 377 



guerra. Así pues ambas partes deñríeron con igual conñanza á 
Fernando IV la decisión de sus contiendas sobre la tenencia de 
las llaves de la ciudad y sobre el pago de la martiniega, recla- 
mando el concejo contra las facultades que había usurpado el 
obispo D. Juan valido de su crédito cpn Sancho IV; pero 
también esta vez le resultó desfavorable el fallo, y lo achacó á 
prepotencia de su contrincante (i). Estalló en violentos desór- 
denes el disgusto, y así como en el obispado de fray Munio ha- 
bían pegado fuego á una torre y dado muerte á varios servido- 
res de Juan Yáftez su merino, asimismo contra D. Alvaro se 
propasaron á graves injurias, de las cuales obtuvo por sentencia 
del rey rigurosa satisfacción el altivo prelado. Descalzos de 
pies, sin bonetes y cintos, y con cirios en las manos, desñlaron 
en procesión desde la puerta del Mercado hasta el palacio epis- 
copal cincuenta parejas de ciudadanos en la víspera de Navidad 
de 1 300 ; y allí de rodillas pidieron gracia á su ofendido señor 
y le reiteraron el juramento de ñdelidad, sin creer ellos dema- 
siado en la sinceridad del perdón ni él en la del homenaje. 

No por esto el monarca, que juzgó peligrosas ó prematuras 
semejantes tentativas de independencia, retiró su protección á 
la ciudad á quien tanto debía ; antes fueron señalados por mer- 
cedes los años de su reinado. En 1 299 aseguró á sus vecinos 



(1) Hemos visto la petición que presentaron al rey los diputados de ta ciudad 
en Valladolid á 28 de Mayo de 1 298 y que le leyeron en sus casas que son á la 
Magdalena^ recordándole haber sido por él dispensados de la martiniega por ra- 
zón de amurallar la población y por haber ido con su hueste sobre Ampudia. «Nos 
cercamos la villa, dicen, e ficiemos las puertas e las llaves e las tenemos; e assí 
la guarda de la villa e las llaves siempre las ovo el concejo en su poder antes del 
obispo D. Juan ; e después que .bien vedes vos que si otro toviere las llaves, non 
vos podemos facer homenage nin guardar la villa para vos. E si en tiempo del 
obispo D. Juan tomó alguna cosa, tomónoslo por grand poder que avia contra de- 
recho c contra nuestra voluntad,... e veyendo el rey D. Sancho que pasaran algu- 
nas cosas contra los sus derechos e contra nos e el poder que el obispo tovo del 
de la chancillería, revocó todas las cartas e previlegios e las otras cosas que el 
obispo avia tomado,» cuyas palabras aluden á la declaración de 1 287 arriba refe- 
rida. De la sentencia protestaron por ser parcial á favor del obispo como dictada 
por el de Astorga, y por no habérseles querido dar plazo para probar sus dere- 
chos, estando la tierra en peligro como está. 

48 



378 FALENCIA 



así de las violencias de los soldados como de las arbitrariedades 
de la justicia (i); en 1300 les eximió de fonsado y fonsadera y 
de todo pecho que no fuese el de martiniega, el de yantar una 
vez al año y el de moneda forera de siete en siete; en 1302, 
apenas llegado á la mayor edad, les confírmó ampliamente sus 
libertades y franquezas, les permitió al tenor de ellas juntarse 
en hermandad, y mandó rendir cuenta de los servicios y sisas á 
los recaudadores. En beneficio del tráfico que formaba la ocu- 
pación principal de aquellos, atendida la estrechez de su terri- 
torio, les dio especial salvaguardia en 1304 para comerciar 
libremente y transitar por todo el reino con sus acémilas y ca- 
rretas, sin temor á las extorsiones de ricos hombres y caballe- 
ros (2). Dos infaustos sucesos vinieron últimamente á hacer 
menos grata á Fernando IV su morada en Falencia: una malig- 
na enfermedad de que adoleció, y el asesinato de su favorito 
Juan Alfonso de Benavides. Allí reconciliado apenas "con el in- 
fante D. Juan su tío, luchó muchos días en 1 3 1 1 entre la muerte 
y la vida, primero en el convento de San Francisco fuera de los 
muros, y luego en las casas de Rui Pérez de Sasamón, salván- 
dole su prudente madre no menos de los excesos de su intem- 
perancia que de las intrigas palaciegas que bullían en torno de 
su lecho (3). Benavides cayó una noche herido por mano des- 



(1) Tres puntos contiene dicho privilegio: «que ninguno sea muerto ni des- 
pechado sin ser oído e librado por fuero y por derecho, ni sus bienes les sean 
tomados e enagenados sino puestos en recabdo; segundo, que se non faga pes- 
quisa general cerrada, salvo si algún desaguisado se ficiere en yermo ó de noche; 
tercero, que los que tienen los castillos de la tierra no tomen ninguna cosa por 
fuerza.» 

(2) Es notable el preámbulo de esta cédula por indicar la condición social y , 
económica de Falencia: «porque los mas de los omes que moran en la dicha cib- 
dad viven por mercadurías e an de andar por la mi tierra de unos logares á otros, 

e demás que la mantenencia de esta cibdad es assi de paños c de mercaderías e 
de pan e de vino e de carnes, e de todas las otras viandas como do todas las otras 
cosas que an mester lo an de traer de otras villas y logares fuera de su término, 
porque el su término es pequeño c lo non an y tan complidamente como es mes- 
ter... e porque me embiaron mostrar que infantes e ricos omes e infanzones e ca- 
vaüeros e escuderos e otros omes les fazen perjudicios e tomas sin razón e sin 
derecho, etc.» 

{3) «E á cabo de tres dias, dice la crónica, recudióle grande postema con muy 



PALENCIA 379 



conocida al salir de la regia estancia, y con este azar principió 
el drama misterioso, que continuado en Martos con el suplicio 
de los Carvajales, terminó en Jaén con la súbita muerte del rey 
emplazado. 

Vio Falencia en la menoría de Alfonso XI renovarse las tu- 
multuosas escenas de las anteriores, y sofocadas por el estrépito 
de las armas, cuando no compradas por el soborno, las resolu- 
ciones de la asamblea^ que congregada en su recinto en la pri- 
mavera de 1 31 3, debía adjudicar la regencia por tantos preten- 
dientes codiciada. Hallóse forzada la reina María á franquear la 
ciudad á los infantes acuartelados por los lugares circunvecinos, 
quienes penetrando con ejércitos más bien que con escoltas, lo 
llenaron todo de confusión y espanto ; y los de D. Juan aposen- 
tados en la Morería, y los de su sobrino D. Pedro en el Arra- 
bal, estuvieron más de una vez á pique de ensangrentar las 
calles con atroz pelea. Constanza, la reina madre, desertó del 
lado de su suegra para reunirse con los enemigos de la misma: 
las cortes se fraccionaron en banderías, y mientras en San Pa- 
blo se proclamaba tutor á D. Juan, en San Francisco se confería 
el cargo á D. Pedro y á su madre. Disolviéronse sin poder ave- 
nirse las dos juntas ; pero apenas evacuada la ciudad, revolvió 
sobre ella D. Pedro desde Valladolid, y amaneciendo á las 
puertas del palacio, le introdujo allí con tres caballeros disfra- 
zados Diego del Corral su confidente. Palencia volvió á ser el 
más firme apoyo del partido de D.^ María y de su bizarro hijo, 
que contuvo todos los esfuerzos intentados desde Carrión por 



gran dolor de costado e ovieronlo de sangrar; e porque era muy mancebo e se 
guardava muy mal, demandava todavía que le diessen á comer carne, e algunos 
de los físicos querían gelo dar, e la reina defendió que non gelo diessen, e guar- 
dólo que no lo comiesse fasta los catorce dias, e á los catorce dias passados ovo 
mejoría e diéronle carne, como quier que nunca le dexó la fiebre... La reina 
D.* Constanza su mujer queríalo levar á Carrion, porque si oviessc de morir que- 
ría le tomasse la muerte en su poder de ella e de D. Juan Nuñez por se apoderar 
de los reynos ; e porque el rey entendió esso, tomó muy grande pesar e embió 
luego por la reina su madre, e pidióle por merced que le truxesse á Valladolid á 
sus casas.» 



380 FALENCIA 

D. Juan y D.* Constanza, para apoderarse del gobierno de Cas- 
tilla. En las hermandades formadas en defensa del trono y de 
la libertad de los pueblos, tomó una parte muy principal, fir- 
mando los capítulos de 13 17 (i); y en 13 19, después de la 
desastrada muerte de los tutores D. Juan y D. Pedro, organizó 
dentro de sus muros una nueva confederación á 20 de Agosto, 
previniéndose contra los nuevos bullicios que pudieran algunos 
intentar en perjuicio de sus fueros. 

Sin embargo, si en alguna ocasión pudo vestir luto y sentir 
quebrantado su aliento la ciudad, debió ser en aquellos días 
ciertamente. Acababa de llegar á la extremidad más deplorable 
su perpetua lucha con el poder episcopal: los mismos alcaldes, 
que á nombre y por elección de la mitra, daban audiencia á las 
puertas de San Antolín, habían trabado injuriosas pláticas con 
el obispo D. Gómez, y agregándoseles otros vecinos, habían 
cogido por las riendas la muía en que cabalgaba, habíanle he- 
rido en su persona y perseguícfole con una lluvia de piedras 
hasta su palacio. Instruyóse proceso, y como si los tutores de 
Alfonso anticiparan la futura severidad de su pupilo, fueron 
condenados á muerte por real sentencia de 1 2 de Enero de 1 3 1 9 
cuarenta ciudadanos principales y confiscadas sus haciendas /^tt 
haber puesto ¿as manos en su señor. Repugna el creer que se 
cumpliera en todos este suplicio ó más bien matanza, y que el 



(i) En el archivo municipal de Falencia hallamos una copia de los que en di- 
cho año presentó la hermandad creada en Cuéllar al consejo de regencia formado 
por la reina D.* María y por los infantes D.Juan y D. Pedro, hallándose en Carrión. 
Los capítulos más importantes son: «i.*" que el cavallero dado por ayo al rey ande 
con él de cada dia, y sino que se ponga otro cavallero bueno que lo guarde e lo 
castigue (lo eduque) e lo costumbre muy bien, c que anden con el rey cavalleros 
de los fijosdalgo, de omcs buenos, de los de las cibdades e de las villas aquellos 
que entendieren los tutores que cumplirán para ello; 2.° que se reformen los 
abusos de la chancillería y se prohiba á los clérigos ejercer tales oficios; 3.*" que 
se indemnice á los hermanados por los robos, fuerzas, tomas e males causados á 
ellos desde la muerte del rey Fernando; 4." que ni caballero ni clérigo ni judío 
sean arrendadores de los pechos; 5." que no estén obligados á dar cuentas aque- 
llos que por las discordias que habia entre los tutores, tomando parte por el uno 
ó por el otro, fueron echados de las villas e les fueron derribadas las casas e to- 
mado lo que havian e perdieron allí los padrones y escrituras.» 



FALENCIA 381 

prelado, ministro del Dios de clemencia, no detuviera con su 
brazo la segur, y volara ante la más piadosa de las reinas á ob- 
tener el perdón de sus ofensores: lo cierto es que á las rentas 
del obispado aparecen incorporadas varías ñncas de los que 
apellidan traidores las escrituras. 

En esta situación azarosa y violenta' fué cuando se acometió 
una empresa de las más grandiosas, propia al parecer de tiem- 
pos de unión y de sosiego, la construcción de una nueva cate- 
dral. Celebróse con solemnidad extraordinaria la inauguración 
de las obras en i .® de Junio de 1 3 2 1 ; puso la primera piedra 
Guillermo de Bayona, cardenal obispo de Sabina y legado pon- 
tificio, y asistieron siete obispos, entre ellos el de la diócesis 
llamado Juan que acababa de suceder á Gómez. Habíanse jun- 
tado tan ilustres huéspedes para las cortes que iban á tenerse 
en la ciudad ; pero frustró su convocatoría la nueva del falleci- 
miento de la reina María, y Falencia ya no pudo recibir y vito- 
rear una vez más á su insigne favorecedora. Bajo el gobierno 
altamente personal de Alfonso XI figuró menos que en las tur- 
bulencias de su menor edad: sólo nos dice la crónica que allí 
residía el rey enfermo de cuartanas en 1335, cuando mandó 
suspender las hostilidades contra Navarra; ni conocemos de él 
otras cédulas referentes á los palentinos, que la exención de 
pagar al obispo cierta parte de martiniega en 1322, y la orden 
dada en 1336 á los colectores de no coger tercias decimales en 
su territorio. 

Del rey D. Pedro obtuvo Falencia en 1351 la confirmación 
de sus fueros á instancias del obispo Vasco, que más adelante 
promovido á la metrópoli de Toledo feneció emigrado en Por- 
tugal, para evitar las suspicaces iras del monarca. Declaróse 
contra éste la ciudad en la encarnizada lucha que sostuvo con 
sus hermanos, tal vez por la influencia que allí ejercía uno de 
ellos, D. Tello señor de Vizcaya, cuyo cadáver desde Cuenca 
de Campos donde murió, fué llevado pomposamente en 1370 á 
sepultar en la iglesia de San Francisco. Enrique II, que ya en 



382 FALENCIA 

las cortes de Burgos de 1367, anteriores á la derrota de Náje- 
ra, había asegurado así al concejo como al cabildo la conserva- 
ción de sus respectivas franquicias, trató en 1377 de dirimirlas 
contiendas entre uno y otro acerca de los excusados, atenién- 
dose á la sentencia arbitral del obispo Gutierre. Seguían en Fa- 
lencia las banderías y atentados , cuya represión encomendó 
Juan I al prelado en 1382, y dos años después concedió á la es- 
colta de su merino el derecho de traer levantadas las picas aun 
en presencia del soberano. Más singular fué la gracia que otor- 
gó á las dueñas palentinas de usar bandas de oro encima de los 
tocados; dícese que para premiar el ardimiento con que en au- 
sencia de los hombres de armas, acudieron á guarnecer los mu- 
ros contra las huestes inglesas capitaneadas por el duque de 
Lancáster. Añádese que por esta hazaña mereció Falencia ser 
teatro de las célebres cortes de 1388, reunidas para poner tér- 
mino á la guerra, y de los solemnes desposorios de Enrique 
primer príncipe de Asturias, con Catalina de Lancáster, cele 
brando con alegres festejos la fausta unión de las dos ramas 
que hasta entonces no habían cabido juntas en el suelo de Cas- 
tilla. 

No fué tan fácil la extinción del cisma pontiñcio, de que en 
junta de prelados se trataba al mismo tiempo dentro del con* 
vento de franciscanos, declarándose todos por el papa de Avi- 
ñon, especialmente el obispo Gutierre que le debía su capelo. 
A éste sucedió en su silla, dejando la de Jaén, un antiguo criado 
del rey D. Pedro que había seguido á su hija en Inglaterra, el 
famoso Juan de Castro, autor de una historia cuya pérdida de- 
ploran los apologistas del Cruel^ como si en punto á imparcia- 
lidad pudiese llevar grandes ventajas la del servidor á la del 
enemigo. Fué Juan de Castro firme defensor de la inmunidad 
eclesiástica, y en unión con el insigne Tenorio arzobispo de To 
ledo, alcanzó de Enrique III en 1 396 exención de moneda fore- 
ra á favor del clero castellano, por lo cual á los dos prelados y 
al monarca en testimonio de gratitud, dedicaron durante siglos 



FALENCIA 383 



un aniversario las parroquias todas de la diócesis. Dos veces al 
principio de su reinado confirmó Enrique á la ciudad los privi 
legios y mercedes de sus antecesores, mantuvo la jurisdicción 
del alcalde mayor de la hermandad, que equilibraba la prepo- 
tencia episcopal (i), y mandó reparar y ampliar los muros, de- 
clarando comprendido al clero en la obligación de costearlos. 

A principios del siglo xv refluyeron en esplendor y grande- 
za de la sede palentina los merecimientos y servicios de don 
Sancho de Rojas, que ya combatiendo valerosamente á los 
moros en Antequera al frente de sus diocesanos, ya negociando 
en Aragón una corona para el infante D. Fernando, fué sin dis- 
puta el personaje más importante de la menor edad de Juan II. 
Los estados de Pernia, que á su antecesor Raimundo había 
conferido en las sierras del norte Alfonso VIII, se erigieron 
entonces en título condal inseparablemente unido á la mitra: y 
al recorrer los obispos de Falencia sus montuosos dominios 
acatados más como dueños temporales que como pastores, al 
descubrir nueve villas considerables con sus castillos sujetas á 
su poder al rededor de la capital (2), al hacer en ella su entra- 
da solemne con pompa más bien feudal que eclesiástica, mon- 
tando un blanco corcel, calzando doradas espuelas, vistiendo 
calzas y capa mitad negras y mitad coloradas, y recibiendo con 
las llaves de la ciudad los homenajes del concejo, al elegir 
anualmente cada primer domingo de Marzo los doce regidores 
y los dos alcaldes entresacados de una lista de sesenta nombres 
que los nominadores les presentaban (3), pudieron creerse prín 



(i) Existe en el archivo una cédula de i 392 en que se nombra para dicho ofi- 
cio á García Alvarez Osorio, hijo de Alvar Pérez, por sus muchos servicios, man- 
dando le recudan con todas las rentas e derechos del mismo. 

(2) Eran estas nueve villas Villamuriel, Magaz, Grijota, Santa Cecilia, Villalo- 
bón, Villajimcna, Villamartín, Mazariegos y Palacios del Alcor; todas casi dentro 
del radio de la capital. 

(3) Los nominadores eran veinte, designados por otros dos nominadores de 
primer grado, uno por parte de caballeros, y otro por parte de ciudadanos y pe- 
cheros, que señalaba en pública asamblea la persona principal de los concurren- 
tes y en caso de discordia el corregidor. Cada uno de dichos veinte nominadores 



384 FALENCIA 



cipes en su diócesis, conservando hasta en los tiempos de mayor 
unidad monárquica estas prerrogativas señoriles casi descono- 
cidas en España. Antes que D. Sancho de Rojas, en 1415, 
pasara á ocupar la silla primada de Toledo, vio convertidos en 
Falencia y en su territorio por la inspirada voz de San Vicente 
Ferrer á los millares de judíos allí avecindados y sometidos á 
su vasallaje ; y si esta feliz mudanza pudo consolar el corazón 
del prelado, lastimó los derechos del señor con la emancipación 
improvisada de los neóñtos y con la cesación de los pechos y 
tributos que de ellos percibía, cuya indemnización se le satisfizo 
sobre las rentas reales. La sinagoga la cedió el obispo para 
fundar el hospital de San Salvador, incorporado después al de 
San Antolín, y de la judería no quedó más que el nombre á la 
otra parte del río junto á la iglesia de San Julián (i). 

De este carácter de magnates ó ricoshombres vinculado en 
los obispos de Falencia, resultó que por mucho tiempo fuesen 
exclusivamente escogidos de la más noble alcurnia, y que resi- 
dieran casi siempre junto al trono, mezclados en las intrigas de 
la corte ó en los negocios del Estado. Asistió en Valladolid al 
bautizo de Enrique IV D. Rodrigo de Velasco, haciéndosele 
larga por sus muchos años la procesión (2), y poco después le 
vemos sucumbir del modo más inopinado á manos de su coci- 
nero, demente ó reputado tal, quien en su idioma extranjero 



elegía tres vecinos, que componían los sesenta de entre los cuales debía el obispo 
escoger los doce regidores. En la misma forma eran nombrados los dos alcaldes 
que administraban justicia hasta que los Reyes Católicos pusieron corregidor. Los 
regidores continuaron siendo de nombramiento episcopal hasta i 574. 

(i) Comprueba esta indicación una escritura de arriendo del siglo xv, hecho 
á la mora Aljovar, la vieja tejedora de velos, de cierta casa cercana á la iglesia de 
San Julián, que es á la judería vieja. Pulgar dice que la calle de la Judería se llamó 
de Santa Fe después de la expulsión definitiva de los judíos en 1492. Entre los 
tributos que pagaban al obispo, prestaban uno de treinta dineros por cabeza, en 
memoria de los treinta en que fué vendido el Salvador. 

(2) Escribe estos detalles el Bachiller de Cibdad Real, añadiendo que el obis- 
po se ovo de meter en una casa e decir que tenia cámaras por no decir que tiene 
sesenta e seis años. 



P A L E N C I A 385 

publicaba el intento de tiempo atrás sin ser comprendido (i). 
En la asamblea solemne reunida en Falencia á principios de 
Mayo de 1429 antes de emprender la guerra con Aragón, en 
que grandes y prelados juraron lealtad y sumisión omnímoda al 
soberano en cualquier trance, desempeñó un papel principal 
don Gutierre de Toledo, y valiente y belicoso en la batalla de 
la Vega de Granada, ahorrado de faldas y con sus corazas 
dobles^ en expresión del Bachiller de Cibdad Real, s'emejava un 
Josué armado; mas ni la dignidad ni el linaje le libraron de ser 
reducido á prisión, no tanto quizá por los tratos secretos que 
con Navarra y Aragón se le achacaban, como por ásperas y 
punzantes alusiones contra el Condestable á la sazón omnipo 
tente (2). La vacante que resultó de la promoción de D. Gutie- 
rre al arzobispado de Sevilla la ocupó D. Pedro de Castilla, 
nieto del famoso rey del mismo nombre: viéronle combatir en 
la hueste real los campos de Olmedo, pero su esfuerzo no pudo 
desplegarse más que en civiles discordias, por más que en Fa- 
lencia predicase contra los inñeles la cruzada con indulgencias 
inauditas para vivos y difuntos el celoso franciscano fray Alonso 
de Espina á presencia del nuevo rey Enrique IV (3). Causó á 
D. Fedro la muerte en Valladolid á 27 de Abril de 1461 la 
caída de un andamio en sus casas del Cordón, dejando muchos 
hijos de su incontinente mocedad, uno de los cuales, D. Sancho, 
fijó en Falencia su casa y adquirió en ella el más alto predo- 
minio. 



(1) Por matar le vispe, según decía, traía consigo una porra, lo que los caste- 
llanos entendían por las abispas y no por el obispo. 

(2) Tomólo tan á mal Juan II á pesar de su habitual flojedad, que á un prelado 
que amenazaba con excomuniones por la prisión referida contestó que «á obispo 
revolvedor de sus reinos y mal obispo le mandara prender y doblar y limpiar sus 
hábitos para mandarlos al Santo Padre.» Otra vez en ocasión de haber incendiado 
un rayo el palacio de Luna en Escalona, imputándose á D. Gutierre el haber dedu- 
cido de ahí agüeros sobre la caída de D. Alvaro y de haber citado un pronóstico 
análogo sucedido en la estatua de Julio César, hubo el obispo de jurar al rey con 
el pectoral en la mano que jamás leyera ni oyera tal historia. 

(3) «Juntáronse con la bula, dice Mariana, casi trecientos mil ducados; cuan 
poco de todo esto se gastó contra los moros !»> 

49 



38b FALENCIA 



Graves querellas se suscitaron entre éste y el nuevo obispo 
don Gutierre de la Cueva, hermano del real favorito D. Beltrán. 
Al bachiller Alonso de la Serna, que el rey había mandado por 
corregidor, embistieron los vecinos dentro de la catedral duran- 
te la misa con espadas y piedras para matarle, obligándole á 
guarecerse en el coro; y como el prelado castigara con entre- 
dicho el sacrilegio y procediera contra los culpables, declará- 
ronse por el infante D. Alfonso dirigidos por D. Sancho de 
Castilla, y le proclamaron rey en 26 de Junio de 1465. Tumul- 
tuariamente y tomando la voz del príncipe fué echado por tierra 
el fuerte alcázar que poseían los obispos sobre el muro en la 
plaza del Mercado Viejo, y que ya no volvió á levantarse de 
sus ruinas. En vindicación de estos agravios cayó sobre la ciu- 
dad el anatema de los delegados pontificios, confirmado por el 
cielo al parecer con el formidable azote de la peste que arreba- 
taba más de cien víctimas diarias, privadas de consuelos reli- 
giosos en su agonía y de oraciones y de pompa fúnebre en su 
sepultura. 

En tiempo del obispo D. Diego Hurtado de Mendoza se 
renovaron las calamidades, y al par se renovaron ó siguieron 
más bien sin interrupción las contiendas. En 1475, año en que 
la reina Isabel se instaló en Falencia durante el mayor peligro 
de la decisiva campaña, atenta por un lado á la invasión de los 
portugueses y por otra al castillo de Burgos, el hambre nacida 
de la sequedad hizo de tal suerte sentir sus rigores en la co- 
marca, que toda ella se despobló, emigrando sus habitantes á 
tierras de Toledo ó de Andalucía. Mas no cejó la interminable 
porfía de la ciudad con el prelado, cuyo poder empezó á decli 
nar con la creación de las nuevas hermandades para extinguir 
los malhechores, haciéndose Falencia cabeza de la de Campos; 
y estas disensiones las aprovecharon los Reyes Católicos para 
instituir definitivamente un corregidor, que ejerciese en su nom- 
bre la autoridad que antes ejercían en el del obispo los alcaldes 
ordinarios. El derecho de representar en cortes á la población, 



f» A L E N C I A 387 



que de tiempo atrás se habían arrogado sus señores (i), lo 
revindicó para aquella D. Sancho de Castilla, negociando con 
el delegado regio en 1 468 que sin mediar licencia ni aprobación 
episcopal pudiesen los vecinos nombrar sus procuradores; pre- 
rrogativa que por descuido del concejo ó por efecto de las mu- 
danzas políticas vino muy pronto á caer en desuso. 

No había sido tan general la conversión de los judíos, ó no 
se había negado tan rigurosamente á los de fuera el avecinda- 
miento en la ciudad, que en la entrada de fray Alonso de Bur- 
gos, cuyo pontificado se señaló con obras tan insignes en la 
diócesis y especialmente en Valladolid, no salieran algunos en- 
tre otras cuadrillas á festejarle, presentándole el venerando 
libro de la Ley por manos de su rabino (2). Seis años después 
la pragmática de 1492 cerró para siempre las puertas de la 
sinagoga, desterrando ó reduciendo al catolicismo los escasos 
restos del vecindario israelita; y poco tardó en desaparecer 
también la aljama bajo la influencia de no menos severos edic- 
tos. Día de San Marcos del año 1500 recibieron el bautismo 
los moros domiciliados en Falencia, tomando su calle por me- 
moria el nombre del santo evangelista, y quedando sin uso su 
mezquita, de la que subsisten aún vestigios notables en la casa 
llamada del Cordón. La sinceridad del cambio fué la que del 
temor podía esperarse: por esto al confesar en 1549 los moris- 
cos palentinos que sólo habían tratado de salvar las apariencias 



( 1 ) Una cédula real de Juan II en 1 4 1 2 manda al concejo de Falencia deje de 
enviar sus procuradores supuesto que el obispo D. Sancho de Rojas había hecho 
ya homenaje por la ciudad, refiriéndose á otra disposición de Enrique III para que 
ínterin pendiese el pleito, el obispo y no la ciudad mandase á cortes los procura- 
dores. 

(2) «Los judíos iban en procesión, dice en sus Memorias el canónigo Arce, can- 
tando cosas de su ley, y detrás venía un rabí que traia un rollo de pergamino en 
las manos cubierto con un paño de brocado, y esta decían que era la Torah, y lle- 
gado al obispo, este hizo acatamiento como á la ley de Dios porque diz que era la 
santa escritura del Testamento viejo, y con autoridad la tomó en las manos, y lue- 
go la echó atrás por encima de sus espaldas, á dar á entender que ya era pasada, 
y así por detrás la tornó á tomar aquel rabí.» 



388 P A I. E N C I A 



permaneciendo en el fondo mahometanos, la inquisición de Va- 
Uadolid no creyó justo castigarles. 

La epidemia que afligió á Falencia otra vez en 1 5 1 9, no fué 
más que el anuncio de los trastornos y desgracias en que la en 
volvió al año siguiente el alzamiento de las Comunidades de 
Castilk. El suplicio de un fraile agustino encargado de su pro- 
pagación y sentenciado á garrote por el consejo, obró más efi- 
caz y prontamente que no había podido hacer desde el pulpito 
su palabra: el pueblo se amotinó, y confundiendo en odio común 
á las autoridades todas, cualquiera fuese su procedencia, así 
ahuyentó al corregidor del rey como á los provisores del obispo. 
Regidores elegidos por la muchedumbre reemplazaron en Agos- 
to á los que en Marzo habían entrado por nombramiento epis- 
copal; los oficios se repartieron entre las personas de la Comu- 
nidad, apropiándose su alcalde la jurisdicción de todo el 
adelantamiento. Al antiguo y constante espíritu de insurrección 
contra el señorío eclesiástico, añadíase personal encono respecto 
de D. Pedro Ruiz de la Mota, que después de haberse mostrado 
en las cortes de Valladolid uno de los más celosos campeones 
del poder real, se hallaba en Fiandes al lado del emperador, 
recién promovido por éste de la silla de Badajoz á la de Falen- 
cia. No pudiendo desfogarse en el prelado la ira popular, estuvo 
en peligro de morir su hermano, y lo estuvieron aun los canó- 
nigos y clérigos de la catedral sólo por haber dado posesión de 
la mitra al aborrecido consejero. Un día, á 1 5 de Setiembre de 
1520, juntáronse á toque de rebato las turbas, y se dejaron 
caer en masa sobre Villamuriel, en cuyo alcázar se hacía fabri- 
car el obispo suntuosos aposentamientos. Prendióse fuego á las 
nuevas obras, vino al suelo la mayor parte de la torre, fué ta- 
lado el contiguo soto y más adelante el de Santillana, como si 
con los árboles y con las piedras se derribara también y se ex 
tirpara de raíz la prepotencia de su dueño (i). 



(i) Hemos visto una bula de Clemente VII expedida en i 527, por la cual se 



f» A L E N C I A 389 



A aumentar la conflagración de los ánimos vino de Vallado- 
lid á fines de Diciembre el bullicioso obispo Acuña; mudó si al- 
gunos quedaban de los legítimos oficiales, y trató de prender á 
D. Diego de Castilla hijo del D. Sancho y heredero de su in- 
fluencia, quien evitó con la ftiga el cautiverio. Sin dejar la mitra 
de Zamora, ciñóse por aclamación popular la de Falencia, como 
ensayó más tarde en sus sienes la de Toledo, bien que de su 
dignidad no ejerció allí más funciones que aceptar á buena cuen- 
ta diez y seis mil ducados que de las rentas de la iglesia se le 
ofrecieron. Los dos mil hombres de guarda que se le habían 
dado, los distribuyó entre la ciudad, Carrión y Torquemada, 
colocándolos en frontera contra Burgos y otros lugares de ca- 
balleros, pero recomendándoles al mismo tiempo la disciplina; 
y hecho un rey y un papa ^ como dice Sandoval, regresó á Va- 
Iladolid. La toma de los castillos de Fuentes de Valdepero, de 
Monzón y de Magaz, el saqueo de Mazariegos, y otras hazañas 
que le hicieron temible á par del fuego en toda la tierra de 
Campos, señalaron durante el invierno las frecuentes visitas del 
intruso prelado, siempre rápidas, siempre improvisas como una 
sorpresa. Afortunadamente todo se redujo á estragos, asola- 
mientos y escaramuzas que no llegaron á combates; y las calles 
de Falencia, llenas á todas horas de desorden y tumulto, no se 
ensangrentaron jamás, cual las de otras poblaciones, con muer- 
tes y violencias. 

De vuelta de Flandes entró en Falencia Carlos V á 7 de 
Agosto de 1522, y antes de pasar á Valladolid se detuvo en 
ella cerca de tres semanas con su consejo. Desde allí se despa- 
charon á varias ciudades del contorno rigurosas sentencias para 
derribar las cabezas del pasado movimiento, hasta que exclamó 



absuelve de censuras á los palentinos y se les condonan, mediante indemnización 
y la reedificación de lo demolido, los infinitos daños hechos en odio del obispo 
durante la guerra de las Comunidades, y los estragos causados en la fortaleza de 
Villamuriel, á la cual sorprendieron sin alcaide y sin artillería. La ciudad alegaba 
en descargo suyo que eran pobres y extranjeros, en su mayor parte, los perpetra- 
dores del atentado. 



390 F> A L E N C I A 



arrojando la pluma en un arranque de clemencia: c basta ya de 
derramamiento de sangre. > Venía con él el obispo la Mota, que 
tan violentas pasiones había concitado contra sí sin haber pisa- 
do todavía su diócesis; pero la muerte previno su llegada á la 
ciudad, saliéndole al paso en Herrera del Pisuerga, no sin sos- 
pechas de veneno. En Setiembre de 1527 volvió el emperador 
á Falencia para evitar las enfermedades reinantes en Valladolid, 
á la sazón que en su corte su cruzaban los embajadores del 
pontífice, de Francia y de Inglaterra, negociando acerca de los 
destinos de Europa y solicitando á porfía entablar paces ó con- 
tinuar alianzas. Un espectáculo singular vino por aquellos días 
á refrescar los recuerdos de los últimos bullicios; y fué la pú- 
blica penitencia que descalzos de pies y cubiertas de ceniza las 
frentes, hicieron en aquella catedral el alcalde Ronquillo y 
cuantos habían entendido en el suplicio de Acuña, para conse- 
guir absolución de las censuras en que incurrieran por haber 
puesto las manos en su consagrada persona. 

Después de la tercera visita que hizo Carlos V á la ciudad 
en 1534, por motivos iguales á los de la segunda, disfrutando 
de vistosos espectáculos de fuegos y cañas en la plaza nueva 
del Azafranal y entrando en torneo con trescientos de sus caba- 
lleros en el sitio de la Floresta entre los dos ríos, apenas en- 
contramos impresa en aquel suelo huella alguna de soberano. 
Y no es que aún hicieran sombra al poder real las mermadas 
facultades del señorío eclesiástico; porque á pesar de las recla- 
maciones de los obispos, á pesar de la energía del ilustrísimo la 
Gasea, pacificador del Perú, en defensa de sus derechos tempo- 
rales, el religioso Felipe II llevó á cabo la secularización del go- 
bierno de Falencia principiada por los Reyes Católicos, sin re- 
cordar los escrúpulos que acerca de ella había manifestado la 
grande Isabel en su codicilo (i). En 1574 vendió por ochocien- 



(i) Puso en el una cláusula que cita el canónigo Pulgar en estos términos: 
«Otrosí por quanto el obispo de Palencia ha pedido la dicha ciudad de Palcncia, 
diciendo que perteneciendo á su dignidad episcopal recibe agravio en el poner en 



r- 



FALENCIA 391 

tos ducados cada una, las doce plazas de regidores que hasta 
entonces habían sido de nombramiento episcopal, y que se per- 
petuaron vinculadas en las más opulentas familias: autorizado 
luego con bula del pontífice, enagenó ocho de los lugares de la 
mitra, olvidándose de la correspondiente indemnización. Falen- 
cia llegó á recobrar su voto en cortes, pero fué ya en 1 666, 
reinando Carlos II, cuando rodeaba á un fantasma de rey un 
simulacro de las antiguas asambleas; y sin embargo, consideró 
se todavía bastante precioso este derecho para comprarlo por 
ochenta mil ducados (i). Concesión tardía, que no alcanzó á 
devolver á la ciudad su existencia política ni su importancia de 
otros tiempos. 

Quedáronle á Falencia sus obispos, no ya señores sino padres; 
y á la conservación de su silla debe principalmente el no haber 
sido absorbida ó eclipsada, como las demás poblaciones del ra- 
dio, por la pujanza prpgresiva de Valladolid. Las virtudes, las 
liberalidades, las piadosas fundaciones han hecho en los siglos 
modernos más venerables á sus prelados, que en los antiguos 
el poder, los esclarecidos blasones, las altas dignidades corte- 
sanas (2) ; el humilde cayado ha hallado dóciles las cervices que 



ella corregidor c otras justicias nuestras, y en le aver quitado un derecho en la 
dicha ciudad que se dice el peso^ y otros derechos y preeminencias... suplico al 
rey mi señor y ruego y mando á los otros mis testamentarios que luego manden 
ver lo que el dicho obispo pide, y brevemente determinen lo que hallaren por 
justicia por personas de ciencia y conciencia, y todo lo otro que se deva ver 
sobre ello, y aquella ejecuten y cumplan por manera que mi ánima sea descar- 
gada.» 

(i) Copia Pulgar en el tomo 111 de su historia este largo privilegio datado de 
«5 de Marzo de dicho año, por el cual, después de enumerar no sin hartas inexac- 
titudes históricas, las antiguas preeminencias y servicios de la ciudad y las vici- 
situdes sufridas en el ejercicio de su derecho, se le concede uno de los dos votos 
que las cortes de 16=) o autorizaron al rey D. Felipe IV para venderá dos ciudades 
del reino. 

(2) Creemos que éste es el lugar oportuno para presentar completo el episco- 
pologio de Falencia, advirtiendo que la cronología seguida por Pulgar, especial- 
mente en los siglos xiii, xiv y parte del xv, está muy lejos de satisfacernos, aun- 
que sólo pudiera corregirse con un prolijo y completo estudio de los documentos 
del archivo de aquella iglesia. ^Bernardo primer obispo, nombrado en 1 03 «>, vivió 
hasta I 040.— Miro, hasta i 06-;.— Bernardo II, hasta 1 085.— Raimundo, hasta i i 08. 



-^92 FALENCIA 



antes se erguían contra la rigurosa vara; y nosotros recorda- 
mos, recuerdo unido en nuestro corazón al de los días más dul- 
ces y del afecto más profundo, haber visto años há formar 
calle la muchedumbre y prosternarse con ambas rodillas ante el 



Pedro de Agen, hasta 1 1 39.— Pedro II, hasta i 1 48.— Raimundo II, hasta 1 184. 
f En este tiempo intercala Pulgar á Mateo, á quien titula obispo de Palencia la sen- 
tencia arbitral pronunciada en i 177 por Enrique II de Inglaterra, acerca de las 
disensiones suscitadas entre el rey de Castilla y el de Navarra, y fué uno de los 
enviados de Castilla.)— Arderico ó Enrico, murió en opinión de santidad en i 208. 
--Tello,en 1246.— Rodrigo, en 1 254.— Pedro III, en 1 2 56.~Fernando,hacia i 265. 
—Alfonso García, hacia 1 276.— Tello II, se confunden sus actos con los de su an- 
tecesor por estar muy corrompidas las fechas.— Juan Alfonso, de 1278a i 293. — 
Fray Munio de Zamora, de 1 294 á i 296, murió en Roma en i 300.— D. Alvaro Ca- 
rrillo, en I 309.— Gerardo portugués, trasladado después de 1 3 1 i al obispado de 
Evora, donde en 1331 feneció asesinado. - Domingo, hacia 1 3 1 4.— Gómez, hacia 
1320.— Juan II, hacia 1 32«5.— Pedro de Orfila, electo y no confirmado. — Velasco 
P'ernández, pone su muerte el arcediano de Alcor hacia 132$, pero es de creer sea 
el mismo que sucedió más adelante.— Juan de Saavedra, en i 344. (introduce aquí 
dicho arcediano otro obispo Pedro, de quien cita unos estatutos hechos en 1 343.) 
—Vasco Fernández de Toledo, promovido á la silla toledana en i 352.— Reginaldo 
francés, tesorero de Inocencio VI, trasladadoála de Lisboa en i ^"jó.- D. Gutierre, 
chanciller mayor de la reina D.* Juana, se ignora en qué año murió, pero se le 
cree distinto del que sigue.— D. Gutierre Gómez de Luna, nombrado cardenal, 
primero por Urbano VI, y luego por Clemente VII á favor del cual se declaró, mu- 
rió en 1391.— D. Juan de Castro ó Castromocho, hacia 1396. (El maestro fray 
Tomás de Herrera pone en dicho año un obispo Pedro, de quien no hay más noti- 
cia que cu firma en un privilegio.)— D. Sancho de Rojas, de 1 40 3 hasta 1 4 1 5 , que 
pasó á la primada de Toledo.— Fray Alonso de Arguello, trasladado en 1416 a 
Sigüenza y más tarde á Zaragoza. — D. Rodrigo de Velasco, muerto en 1426, ó en 
143? según Mariana; es muy incierto el año de su fallecimiento.— D. Gutierre de 
Toledo, promovido en 1439 al arzobispado de Sevilla y luego al de Toledo.— Don 
Pedro de Castilla, muerto en i 46 1 .— D. Gutierre de la Cueva, en i 469.— D. Rodri- 
go Sánchez de Arévalo, autor de la historia de España apellidada La Palentina^ 
murió en Roma en 1471 sin venir á su arzobispado.— D. Diego Hurtado de Mendo- 
za, promovido á Sevilla en 1485.— Fray Alonso de Burgos, m. en 1499.— D. Diego 
Deza, promov. en 150$ á Sevilla.— D. Juan Rodríguez Fonseca, trasl. a Burgos en 
I 5 14.— 1-). Juan Fernández de Velasco, m. en i $20.-0. Pedro Ruiz de la Mota, 
muerto en ií;2 2.— D. Antonio de Rojas presidente de Castilla, antes obispo de 
Mallorca y arzobispo de Granada, de 1 524 al 2$, en que pasó á la iglesia de Bur- 
gos.— D. Pedro de Sarmiento, promov. en 1534 á Santiago.— D. Francisco de 
Mendoza, m. en 1^36. — D. Luís Cabeza de Vaca, m. en i$so.— D. Pedro de la 
Gasea, trasl. en i"; 61 á Sigüenza.— D. Cristóbal Fernández de Valtodano, promo- 
vido en I 569 á Santiago.— D. Juan Zapata de Cárdenas, m. en 1577.— D. Alvaro 
de Mendoza, m. hacia i 586.— D. Fernando Miguel de Prado, m. en 1594.- Don 
Martín de Aspe y Sierra, m. en 1607.- D. Felipe de Tarsis, promov. en 161 5 á 
Granada. -Fray José González dominico, trasl. en 1626 á Pamplona y después á 
Santiago y á Burgos.— D. Miguel de Ayala, trasl. en 1628 á Calahorra.— D. Fer- 
nando de Andrude y Sotomayor, promov. á Burgos en 1631 y después á Sigüenza 
y Santiago.— D. Cristóbal Guzmán y Santoyo, m. en 1656.— D. Antoniode Estrada 



FALENCIA 393 



modesto coche del cariñoso pastor que la bendecía en sus dia- 
rios paseos, recibiendo á cada hora homenajes más respetuosos 
que en las grandes ceremonias los barones feudales. 



Manrique, m. en 1658.— D. Enrique de Peralta, promov. á Burgos en 1663.— Don 
Gonzalo Bravo Grajera, trasl. á Coria hacia 1665.— Fray Juan del Molino Navarre^ 
te franciscano, m. hacia 1685.— Fray Alfonso Lorenzo de Pedraza mínimo, m. en 
1 7 1 1 .— D. Esteban Bellido de Guevara, m. en 171 7.— D. Francisco Ochoa de Men- 
darozqueta, m. en 1732.-0. Bartolomé de San Martín y Ur¡be,m. en 1740.— Don 
José Morales Blanco, m. en 174$.— D. José Rodríguez Cornejo, trasl. á Plasencia 
en 1749.— D. Andrés de Bustamante, m. en 1764.-0. José Loaces, m. en 1769.— 
D. Manuel Arguelles, m. en 1779.--D. José Luís de Mollinedo, m. en 1800.— Don 
Buenaventura Moyano, m. en 1802.— D. Francisco Javier Almonacid, m. en 1821. 
— D. Narciso Enrique Prat, no confirmado.— D. Juan Castillón, entró en 1824, 
trasladado á Málaga en 1828.— D. José Asensio Ocón, trasl. á Teruel en 1832. — 
D. Carlos Laborda, m. en 1853.— D. Jerónimo Fernández, m. en 1865.— D. Juan 
Lozano y Torreira, que hoy rige la diócesis. 




5^ 



■^ V . gosias caJiejueías uc la juaena, y pronto se oiviaará 
que agrupada con el puente Santa Ana haya reflejado 
en las aguas hasta nuestros tiempos su fábrica venerable. Si 
permanece Santa María, es más bien como una necesidad de lo 
presente que como un resto de lo pasado; y parece haber bro- 
tado ayer humilde y sencilla en medio de la vega, y no subsistir 
de pié por único testigo de una lenta y general destrucción. El 
río, antes encajonado en la ciudad, respira más libre ahora por 
un lado el ambiente de las praderas ; y en verdad que sus dos 
puentes estrechos é irregulares, las Puentecillas más arriba y el 



(i) Véase el principio del aaterior capítulo, p. 360. 



39^ FALENCIA 

■ ■■ ^^^^^^^^^^ ™~ ™ ^—^^^^ I II I I ^ -. I I ■ III ■ M ^— III I ■ . » ■■ . ■ J -^ ■ M ^ I ■ I —— I I ■ lili» 

Mayor más abajo, tenían harto de rústicos para servir de lazo 
entre las dos partes de la población. Toca el primero á la extre- 
midad de una isla, que circuyen tomando el nombre de Cuér- 
nagos los dos brazos del río, y que flota sobre la corriente como 
una preciosa maceta de verdor : llamábase Floresta de D. Diego 
Osorto y cudináo en 1534 la escogió el Emperador para palenque 
de su torneo. Lo que han perdido en movimiento, lo han ganado 
en amenidad y desahogo entrambas márgenes; y la izquierda, 
orlada de frondosas alamedas desde la huerta del palacio epis- 
copal hasta más allá de la majestuosa torre de San Miguel, pre- 
senta por su situación marcadas analogías con el paseo de las 
Moreras de Valladolid. 

Las quiebras de la población por el lado de poniente se 
compensaron con su crecimiento hacia levante, cual si compacta 
se hubiera trasladado toda á la otra parte del río, conservando 
su figura. Lo que más en Falencia asombra son los escasos 
vestigios que ha dejado tal mudanza: campos se han vuelto lo 
que fué ciudad, ciudad lo que fueron campos, sin que ni allá se 
tropiece con ruinas, ni aquí aparezcan indicios de reciente des- 
monte. Un muro, de construcción al parecer homogéneo, encie- 
rra el área toda, que se extiende de norte á mediodía, formando 
un cuadrilongo casi regular. No han sido allí los estragos del 
tiempo ó las máquinas de guerra las que más han combatido 
sus fuertes lienzos y causado sus numerosas renovaciones; la 
cerca ha seguido la suerte del caserío retrocediendo ó avanzan- 
do con él, y dista mucho la actual de ser, no ya la del siglo xi 
levantada al tiempo de la restauración primitiva, no la dirigida por 
Alfonso VIII al ampliar por la parte de tierra su recinto, pero ni 
aun la reedificada durante la menoría de Fernando IV y rehe- 
cha más tarde por orden de Enrique III. Viósela aún en el xvn 
sobrevivir á los barrios que circunvalaba allende el río, donde se 
abría la puerta de San Julián; y por mucho tiempo se conoció á 
lo largo de la calle Mayor la línea que al oriente presentaba y la 
situación de las antiguas puertas de Burgos y de Santa María. 



398 FALENCIA 

Las presentes mufallas se hicieron para el ámbito que tiene 
ahora la ciudad y que no ha rebosado fuera de ellas todavía. 
Altas de treinta y seis pies por nueve de espesor y fabricadas 
de sillares, no demuestran en su totalidad haber alcanzado á 
ver muchas centurias, á pesar de las almenas imitadas á trechos 
en su remate. Hacia el río sólo ofrecen desmantelados restos, 
aunque subsisten las puertas del Puente Mayor, Puentecillas y 
Portillo; á la parte de tierra, donde conserva el recinto toda su 
solidez, comunican las de San Lázaro y de San Juan, que fué 
abierta en 1581 (i). Las principales, colocadas á los dos extre- 
mos de la gran calle Mayor que divide la población vieja de la 
nueva, son la de Monzón al norte, la del Mercado al mediodía ; 
y el arco moderno que forma ésta, contrasta con las venerables 
lápidas que fijas á uno y otro lado recuerdan la dominación ro- 
mana (2). Las alamedas, que de un siglo acá prestan sombra á 
los muros ciñendo de un frondoso pórtico la ciudad, salen á re- 
cibir á gran distancia al viajero sobre la carretera de Valladolid, 
y se condensan como para festejarle á la derecha de aquella 
entrada, trazando seis avenidas á modo de estrella con una glo- 
rieta en el centro sobre el solar del demolido convento de car- 
melitas descalzos. 

En 1508, arreglada la nueva calle que después de haber 
descrito por largo tiempo el límite vino á trazar el diámetro de 
la población, sintióse la ventaja de abrir á su opuesta extremi- 
dad otra puerta, trasladando á ella la contigua de Monzón (3) : 
y de ahí el pintoresco é inusitado grupo que presentan en un 
ángulo las dos puertas, la nueva mirando al norte, la antigua á 
levante ; aquella adornada de almenas y flanqueada por colum- 



(i) En dicho año permitió el rey abrir al extremo de la calle entonces llamada 
de D. Pedro una puerta entre la de Monzón y la de San Lázaro, que no puede ser 
otra que la de San Juan. 

(2) Véase la nota primera de la pág. 346. 

(3) Las causales que se expresan en el acuerdo de dicha mudanza, son por 
haberse empedrado la calle de Pan y Agua desde la puerta del Mercado, y la de 
la Mejorada, y por estar al cabo de calle tan principal y la mejor de la ciudad. 



P A L E N C I A 



ñas que sirven de base á dos garitas, conforme al estilo de su 
época; ésta de arco bajo, sombrío y levemente apuntado, defen- 
dida por matacanes muy salidos entre dos redondos y gallardos 
torreones que la custodian. Allí se nos figura el siglo xiii frente 



al siglo XVI, la puerta, digámoslo así civil, de la paz y del co- 
mercio, junto á la puerta belicosa armada contra los sitios y los 
asaltos. 

£n dirección casi paralela al río, bien que algo divergente 
según tira al norte, atraviesa la ciudad aquella gran vía á que 
se dio modernamente el nombre de Mayor ^ ceñida de arriba 
abajo, en ambas aceras, de soportales sostenidos por columnas 
de todas épocas, géneros y dimensiones (i). Debajo de ellos 



(i) sCiertamente admira, dice Ponz en su K%'e, cuan grandes y cuan buenas 
on muchas de ellas, de diferentes órdenes de arquitectura; y por lo que costa- 

ían saco yo la opulencia de los pasados respecto de n 



400 FALENCIA 



aparecen dos portadas de 1500, con columnas truncadas y es- 
cudo imperial en el centro, cuyos rótulos indican el doble desti- 
no del edificio (i), el uno de Cárcel, el otro de Audiencia que 
daban allí los corregidores y adelantados de Campos. En la 
calle donde tenía su palacio D. Sancho, no el rey de Navarra 
restaurador de Falencia como cree el vulgo, sino el hijo del 
obispo D. Pedro de Castilla, ayo del príncipe D. Juan y gran 
privado de los Reyes Católicos, se halla la casa de Ayuntamien- 
to, obra nada recomendable por antigüedad, pues mientras ejer- 
cieron jurisdicción temporal los obispos, celebraba el concejo sus 
sesiones dentro de la catedral y juzgaban los alcaldes á las 
puertas de la misma. 

Toda la parte oriental, situada á la derecha del que cruza 
desde la puerta del Mercado á la de Monzón, lleva en su nom- 
bre de Puebla el indicio de su reciente origen respecto de la 
ciudad. Primero campo y luego arrabal antes de ser incluida en 
la cerca, estuvo siempre bajo la autoridad del cabiWo ejercida 
por un merino de nombramiento suyo, que con cárcel y cepo y 
cadena en aquel distrito subsistió largo tiempo después de la 
supresión de los alcaldes episcopales é institución de los corre- 
gidores. En el bajo caserío, en las calles despejadas y rectas 
que rodean la parroquia de San Lázaro y el convento de Santa 
Clara, se revela el carácter de un dilatado barrio fabril, desde 
donde derrama Palencia por toda la península sus acreditadas 
mantas y bayetas. Allí se extiende la cuadrilonga plaza Mayor, 
cercada de pórticos por dos lados y con la vetusta fachada de 
San Francisco en el fondo, recordando los festejos que ofreció 
á Carlos V mientras todavía se apellidaba campo del Azafranal 
y obstruía su solar un cementerio, que luego vendieron á la ciudad 
los religiosos para correr toros y ensanchar el mercado (2). 



(i) Sobre el portal de la llamada Audiencia se lee : Ponam in pondere juditium, 
etjustüiam in mensura Isaías; y sobre el de la Cárcel : Parcere subjectis etdebella- 
re superbos, 

(2) Hemos visto la bula expedida por Paulo III en 1545 aprobando dicha ce- 



402 FALENCIA 



Antes de formarse la presente calle Mayor, y aun mucho 
después hasta época muy cercana, tuvo el nombre de tal otra 
más inmediata al río, que estrecha y tortuosa enfila la ciudad 
en toda su longitud hasta más allá del palacio del obispo, y en 
ella residía antiguamente el principal comercio de Falencia. 
Aquel era el centro de la población cuando se extendía sobre 
la opuesta margen ; al paso que la calle de Barrio Nuevo, situa- 
da en medio ahora, demuestra con su denominación haber sido 
el primer paso de ensanche por el lado del este. A pesar de 
constituir esta zona el núcleo primitivo, escasea tanto como el 
resto de la ciudad en casas notables y solariegas; y solamente 
la del Cordón^ contigua de San Miguel y perteneciente^ la fa- 
milia de Sierra, presenta á su espalda un curioso monumento. 
Es una estancia octógona, partida ahora por medio, cuyos arcos 
semicirculares llevan colgadizos y labores góticas de yeso en 
las enjutas é inscripciones arábigas en el friso: servíale de in- 
greso otro arco exterior profusamente adornado con las galas 
gótico-arabescas de últimos del siglo xv. Afírmase que era 
aquella la mezquita de los moros domiciliados en la calle de 
San Marcos : pero si es cierto que aquellas letras no expresan 
más que oraciones cristianas en latín (i), y si advertimos los 
huecos reservados para escudos de armas, no veremos allí sino 
una obra de imitación de tantas como puso en boga la conquista 
de Granada. 

En medio de la mayor revuelta de calles é irregularidad de 
manzanas descuella la catedral, guardando en su asiento visible 
correspondencia con la disposición de la ciudad primitiva. Al 
entrar á buscarla por la izquierda desde la parte alta de la calle 
Mayor, se la encuentra vuelta de espaldas mirando al río, hoy 



sión con destino á la plaza pública, donde puedan vender los mercaderes y arte- 
sanos, ei iauri sagiltari el arundinibus seu ramis ludi, 

(i) En unas que forman círculo al rededor de una estrella, se nos aseguró ha- 
ber leído el Sr. Gayangos Deus omntpotens. De esta costumbre hemos visto nume- 
rosos ejemplos en Toledo y en otros puntos. 



P A L E M C I A 



CATEDKAL.— Plei 



404 FALENCIA 



tan solitario y en algún tiempo arteria principal de la población, 
encima de la cuesta que baja á las Puentecillas. Verdad es que 
carece de fachada, sea que faltasen fondos para construirla, sea 
que cambiadas las condiciones del local en el largo transcurso 
de la fabricación, se desistiese á lo último de adornar aquel 
exterior tan arrinconado. Algunos pilares de crestería que suben 
arrimados á la nave central y un triángulo con agujas en el 
remate, es cuanto presenta por aquel lado su pobre y trivial 
arquitectura. El más copioso y mejor ornato se despliega en 
las portadas del crucero, que se abren hacia dos plazas, una 
muy vasta al norte y otra más pequeña al n^ediodía; y como 
por una singularidad de su traza tiene la iglesia doble crucero 
formando una cruz patriarcal, resultan á cada lado dos puertas 
de diversa magnitud separadas por una corta distancia. 

La septentrional apellidada de los Reyes^ contigua á otra 
menor completamente lisa , ostenta orlada de follajes su grande 
ojiva, cubierto de figuras y doseletes el arquivolto, partido el 
tímpano en cuadros de relieve, y una estatua muy destrozada 
en el pilar que divide las dos hojas. Igual idea, bien que con 
mayor esplendidez, reproduce la puerta del' sur que se titula 
del Obispo ; y ya son tres y no una las series de imágenes con 
sus guardapolvos que describen las aristas de la bóveda, inter- 
poladas con guirnaldas de piedra ; los apóstoles debajo de sus 
tabernáculos guardan los costados del ingreso,. presididos en el 
centro por la Virgen ; el testero y á la vez el muro superior 
se ven cuajados de animales y caprichosas representaciones dis- 
puestas á modo de tablero; y en la cúspide del arco exterior 
resalta la efigie de San Antolín. Los blasones del obispo Men- 
doza arriba (1472— 85) y los del obispo Fonseca en el friso de 
la portada (1505—14) precisan la fecha de estas esculturas, 
más recomendables por la abundancia que por el esmero de- la 
ejecución, pero maltratadas por el tiempo con un rigor á la ver- 
dad excesivo. Á la misma edad pertenece la puerta menor de 
aquel lado, volviendo por la honra de su siglo con la genti- 



Falencia 



Catedral. ~Pu«rta de los Novios 



€ 



'- h 



P A L E N C I A 405 

leza de su arco conopial guarnecido de elegante penachería. 

No tan airosa la dejó la cuadrada torre que avanza al me- 
diodía entre las dos puertas; pues aunque por no haber pasado 
del primer cuerpo no pudo mostrar más que su robustez refor- 
zada por dobles estribos en los ángulos, el desairado medio 
punto de sus ventanas y la escasa crestería de sus agujas no 
son de naturaleza para inspirar deseos de que bajo el mismo 
plan se hubiesen continuado los cuerpos sucesivos. De todas 
maneras su terminación produciría mejor efecto, que no ahora 
su truncado remate y la diminuta espadaña anchamente asenta- 
da sobre la plataforma y también cubierta de pretenciosos cres- 
tones. A la izquierda aparecen los muros exteriores del claustro 
con afiligranados machones de trecho en trecho, enfrente asoma 
la capilla mayor labrada de escamas en su cubierta, y arrancan 
de las naves inferiores grandes arbotantes lanzándose á soste- 
ner la principal : pero en todas partes se denota muy marcada 
la decadencia del arte gótico, y apenas conservan resabios de 
su estilo las remedadas labores con que en 1598 fueron ador- 
nadas sus paredes. Lo más puro y más antiguo que por fuera 
se descubre es el vistoso grupo de las cinco capillas del tras- 
altar con sus rasgadas ventanas, castizas molduras y venerable 
colorido, por donde empezó la fábrica del edificio en la primera 
mitiad del siglo xiv. 

Sorpresa y disgusto siente el que enterado de la fecha de 
su inauguración, en vez de contemplar, cual se prometía, un 
monumento ojival en el apogeo de su severidad y gentileza, se 
encuentra con una de esas obras fastuosas y degeneradas del 
tercer período,' que tanto abundan en Castilla. Tal vez impre- 
sionado con el recuerdo de la leyenda, esperaba aún descubrir 
restos de la ruinosa cripta que determinó la restauración de 
Falencia, ó al menos de la construcción bizantina tan celosa- 
mente activada por el primer obispo Bernardo, de cuya magni- 
tud y disposición nada sabemos de fijo, ni de las causas que 
movieron á reedificarla en 1321, cuando apenas llevaba cien 



406 P A L E N C I A 



años desde su complemento y solemne dedicación (i). Lo cierto 
es que la nueva catedral, aunque principiada bajo augustos aus- 
picios por el cardenal legado á presencia del obispo de la dióce- 
sis y de los de León, Zamora, Segovia, Plasencia, Córdoba y 
Bayeux de Francia, creció tan lenta y perezosamente, que 
en 1486 se hallaba todavía á la mitad de su fábrica y descu- 
bierta casi toda (2), dando con esto motivo para conjeturar que 
la primitiva no desapareció de una vez, sino que era derribada 
á medida que avanzaban las recientes obras. Durante el largo 
espacio transcurrido entre la concepción y la ejecución del plan, 
introdujéronse grandes mudanzas no sólo en el estilo sino en la 
traza y dimensiones ; y de ahí la perspectiva anómala y un tanto 
confusa que ofrece el interior al que penetra por primera vez 
en su recinto. 

De cruz patriarcal hemos calificado su planta, y no cabe 
idea más apropiada á su figura. Diez bóvedas componen la lon- 
gitud de la nave central ; un crucero atraviesa la sexta y otro 
crucero la novena, ocupando las dos intermedias la capilla ma- 
yor, y la cuarta y quinta el vasto coro: la última ó sea el ábside 
está destinada á capilla parroquial, y á su espalda se reúnen en 



(i) Consta esta ignorada dedicación de la catedral primitiva de una bula exis- 
tente en el archivo del cabildo, armario i.°, legajo i.°, n. 3.'', que dice así; Hono- 
rius episcopus servus servorum Dei venerabili fratri episcopo Palentino saluíem el 
aposíob'cam benedictionem, Cum nobili structur a erecta esse dicaiur de novo ecclesia 
Palentina^ et ad eam solempniter dedicandam invitare disponas episcopos convici- 
nos, nos precibus tuis benignum impertientes assensum, ratam habemus remissio- 
nem quam iidem episcopi facient hiis qui ad solempnitatem ipsius dedicationis cum 
devotione convenient annuatim^ dummodo statutum concilii generalis indultaremis- 
sio non excedat, Dat. Lateran. XI kal, aprilis ponti/icatus nostri anno tertio. En el 
sello de plomo se lee : Honorius pp. III y en el dorso de la bula Ranerius que era 
el nombre del canciller. Dicha bula, no mencionada por ninguno de los escritores 
de las cosas de Falencia, corresponde al año 1219, tercero del pontifíca<^o de Ho- 
norio, aunque en el dorso haya escrito alguno modernamente 1220. Nótense las 
palabras nobili structura y erecta de novo, arguyendo estas últimas que el edificio 
principiado en i03<> tardó cerca de dos siglos en concluirse para no vivir más 
que uno. 

(2) Así lo expresa una bula de Inocencio VIII, núm. 6, permitiendo aplicar á la 
fábrica las medias annatas de los beneficios que vacaren por espacio de treinta y 
cinco años : quod ecclesia, dice, pro majori parte discooperta est, et/uxtamagnitu- 
dinem edificiorum inceptorum vix pro media parte constructa existit. 



1 



FALENCIA 



CATEDRAL. — NAvt 



408 FALENCIA 



semicírculo las dos naves laterales formando cinco capillas. De 
esta suerte el cuerpo de la iglesia que precede al crucero cons- 
tituye una mitad escasa de su extensión ; y detrás de la capilla 
mayor aparece de improviso otro templo que viene á continuar- 
lo con bastante homogeneidad. Si esta novedad sorprende por 
un lado gratamente al espectador, por otro le desconcierta y 
trastorna, destruyendo á sus ojos la unidad del edificio, y pri- 
vándole de puntos de vista bastante desahogados para abarcar 
su conjunto. 

Las naves laterales son bajas, y no muy alta la principal; 
pero las bóvedas, adornadas de crucería y tendiendo ya en su 
ancha ojiva al medio punto del renacimiento, resplandecen con 
gran copia de florones dorados y en sus claves con los escudos 
de los obispos que las erigieron. Ocho columnas interpoladas 
con boceles trepan arrimadas á cada pilar, ceñidas de tres ani- 
llos que figuran sartas de perlas; en las arcadas de comunica- 
ción campea la ojiva más aguda que en las bóvedas, orlada de 
molduras. Los arcos de la galería que por cima corre, distribuí- 
dos por parejas y subdivididos en otros dos de forma rebajada, 
se distinguen por la pureza de los calados arabescos que bordan 
su antepecho y su parte superior, análogos ente sí sin ser idén- 
ticos precisamente. No así las aplastadas ventanas abiertas más 
arriba en los lunetos, cuyos blancos vidrios y desnudos círculos 
en vez de rosetones indican la poca cuenta que se tuvo ya al 
construirlas con las tradiciones de la gótica magnificencia. 

Siguiendo arriba desde el crucero, que extiende sus dos 
brazos más allá de la anchura de las naves menores, se advierte 
mejor caracterizada y más conforme á su tipo ideal la arqui- 
tectura. En los arcos de la galería, contenidos dentro de otro 
rebajado, reina allí una admirable ligereza. Los pilares toman 
en su planta la forma romboidal, compuestos de haces de veinte 
columnas y adornados con capiteles de follaje; en las ventanas 
se diseña una ojiva más legítinia y gallarda. Por cima de la bó- 
veda que cierra la capilla parroquial á cierta altura, asoman muy 



FALENCIA 409 

rasgadas las siete del ábside principal, y en el hemiciclo de las 
naves laterales las que alumbran sus cinco capillas con recor- 
tadas estrellas y otros calados en el vértice de sus grandes 
aberturas. 

Todo indica que por aquel extremo se empezó la reedifica- 
ción en el reinado de Alfonso XI, y que hacia allí asentó la pri- 
mera piedra el cardenal obispo de Sabina. En la parte exterior 
del ábside, debajo de un arco donde se ve la imagen de nuestra 
Señora entre las de Santa Sabina y Santa Catalina, muéstrase 
la sepultura del canónigo Juan Pérez de Acebes prior de Husi- 
llos, de quien se dice fué el primer obrero de la nueva fábrica. 
Cortos sin embargo fueron los adelantos de ésta en el siglo xiv, 
pues la misma capilla de la parroquia, erigida de pronto para 
ser la mayor, debió su terminación entrado ya el xv al obispo 
D. Sancho de Rojas, según publican las cinco estrellas de su 
escudo (i). Más adelante, no sabemos cómo ni por quién preci- 
samente, se concibió dar al proyecto mayor grandeza; lo hecho 
se respetó para conservarlo, pero reputóse como no hecho para 
la continuación. Pensóse en una capilla mayor más vasta, en un 
crucero más espacioso ; y desde mediados del siglo xv se aco- 
metió, cual si fuera de nuevo, la colosal empresa. Con cuánta 
rapidez se desenvolvieron las bóvedas, lo declaran en sus claves 
los blasones de los prelados proclamando su munificencia ; en 
las dos de la capilla mayor los de D. Pedro de Castilla (1440 61), 
en las del crucero los de fray Alonso de Burgos (1485 99), en 
las dos que caen sobre el coro los de Fonseca (1505 14), en la 
siguiente los de Zapata (1569-77), en las dos últimas de los 
pies de la iglesia los de La Gasea (1550 61) (2). De esta suerte 



(i) Observa Pulgar que los blasones de Hojas son fáciles de confundir en la 
piedra con los de Fonseca de que está salpicado el templo, no diferenciándose las 
estrellas sino en el color, las de Fonseca coloradas y las de Hojas azules. 

(2) Opinamos que lo que se debió á estos obispos, al menos á los dos postre- 
ros, fué el adorno de las bóvedas, pues las naves ya hubieron de estar cerradas 
anteriormente, según demuestran las delicadas obras del trascoro; y sólo así se 
explica que las armas de Zapata ñguren en la tercera bóveda, y en las dos poste- 
se 



410 FALENCIA 



en poco más de una centuria fué levantada casi la totalidad de 
la basílica, en menos tiempo del que se había empleado para 
construir la cabecera. 

Atendiendo á lo avanzado de la época, más es de admirar y 
de agradecer lo que conserva de gótico el monumento, que de 
censurar lo que se desvía. No serían los últimos entre los ar- 
quitectos contemporáneos los nombres del autor y del amplia- 
dor de la traza, si la fortuna los hubiese preservado del común 
olvido. Por desgracia sólo hemos podido encontrar los de Ro- 
drigo de Astudillo, uno de los aparejadores recibidos para dar 
impulso á la obra en 1493; de García de Soto, cantero que su- 
ministró la piedra para rehacer el pilar de la Trinidad; del 
maestro Bartolomé de Solórzano, que en 1498 emprendió la 
construcción de los arcos correspondientes al coro, tomando por 
tipo los del magníñco crucero que en Marzo del año anterior 
había llegado á feliz remate (i). Martín de Solórzano llama 
Ceán Bermúdez al que en 1 504 tomó la empresa de terminar 
en seis años aquella catedral, y á quien por su fallecimiento 
reemplazó en 1 506 Juan de Ruesga ; pero la extensión y la 
fecha de las obras demuestra que éste tampoco cumplió 
su empeño casi imposible dado caso que lo contrajese, y 



riores las de La Gasea que le precedió en la silla episcopal. Ceán Bermúdez refie- 
re la conclusión de la catedral de Falencia al año i 506, época sobremanera anti- 
cipada. 

( I ) De los libros de fábrica que atentamente recorrimos aparece : « que en .1 7 
de octubre de 1493 fué recibido por maestro aparejador e asentador en la obra 
de cantería de la dicha iglesia Rodrigo de Astudillo cantero vecino de Falencia, el 
qual se obligó á servir á la obra de la dicha iglesia continuamente con un mozo, e 
mirar sobre los oficiales... dándosele por cada dia quarenta maravedís, y el mozo 
treinta con tal que supiese moldurar y hacer molduras.— Que García de Soto se 
obligó á sacar todo el canto que fuese menester para el pilar de la Trinidad que 
se ha de derrocar e tornarse á hacer.— Que en 20 de noviembre de 1498 Bartolo- 
mé de Solórzano cantero e maestro de la obra tomó á hacer los andenes e clara- 
boyas e mayuelos e todas las cosas pertenescientes en los dos arcos que están 
sobre el coro, los primeros desde el crucero, segund e como están hechos e asen- 
tados e labrados los otros arcos nuevos que están al derredor del dicho crucero e 
sobre las puertas principales y en la capilla nueva que está adelante del crucero, 
con la costa de piedra y cal, todo por veinte mil maravedís.» 



PALENClA 411 



que pudo tener todavía más de un sucesor en su tarea (i). 
Coincidió ciertamente la mayor actividad de la fábrica con 
el glorioso reinado de los Reyes Católicos ; y gracias á la apli- 
cación de las medias annatas de las prebendas vacantes durante 
un largo período, y á la predicación de las bulas é indulgencias 
concedidas á este objeto, lograron los obreros allegar grandes 
recursos. Rivalizaban en celo pobres y ricos, sacerdotes y se- 
glares ; y viendo como lucía la iglesia y se magnificavan sus 
obras y edificios, lególe un deán treinta mil maravedís, sin pe- 
dir otra cosa que ser enterrado en la grada más baja de la 
puerta del presbiterio. Puestos al frente de este generoso movi- 
miento los prelados, D. Diego de Mendoza instituía heredera á 
su primera sede en unión con su segunda de Sevilla, fray Alon- 
so de Burgos dejaba tres millones de maravedís para continuar 
el templo y dotarle de un bello claustro, D. Diego Deza desti- 
naba cuantiosas sumas á la erección del retablo principal, don 
Juan Fonseca imprimía en todas partes y especialmente en el 
trascoro las huellas de su diligencia y liberalidad. Para las ven- 
tanas del crucero, á expensas de la ilustre casa de los Castillas, 
concertáronse en 1503 con Juan de Valdivieso y Arnao de 
Flandes doce ricas vidrieras de colores, que ó no llegaron á 
ponerse nunca, ó desaparecieron por algún azar á ejemplo de 
las de varias capillas del ábside que se proponían por mode- 
lo (2). 



(i) Dice Ceán Bermúdez que el Martin Solórzano, hermano quizá ó pariente 
del Bartolomé citado si no es el mismo con error de nombre, era un arquitecto 
muy acreditado vecino de Santa María de Haces en la merindad de Trasmiera, y 
que estipuló hacer la obra con piedra de las canteras de Paredes del Monte y de 
Fuentes ^e Valdepero. En lo poco que añade acerca de dicha catedral el anotador 
de Liaguno, no hace más que copiar á Ponz, tanto en las dimensiones del edificio 
al cual da 40 s pies de longitud, 160 de latitud y ^5 de altura á la nave principal, 
como en los juicios artísticos que emite, diciendo que el carecer de los adornos y 
trepados que tienen las otras de su género le da más decoro y majestad. Ni en la 
exactitud del hecho ni en la del principio podemos convenir. 

(2) Son muy curiosas las siguientes cláusulas de dicho contrato continuado 
en el libro de fábrica correspondiente: « Que toda la obra sea de imagines e bien 
pintadas e de muy ñnas colores, como las que están en las capillas de S. Pedro y 



.| I 2 P A L K N ( I A 

La idea del obispo Deza la llevó á cabo su sucesor Sarmien- 
to (1525 34), levantando en la capilla mayor el retablo, que 
marca muy bien conforme al tiempo la transición entre la gótica 
crestería y la severidad greco-romana. Veintiséis pequeñas efi- 
gies de santos y doce cuadros de pincel purista representando 
misterios ocupan sus numerosas comparticiones divididas por 
pilastras platerescas, llamando la atención en el centro San An- 
tolín y más arriba la Virgen rodeada de espíritus angélicos. Las 
armas del prelado alternan con bustos de santas en el fi*iso, y 
forma el remate un gran Calvario con varios adornos del géne- 
ro mixto y caprichoso que dominaba á la sazón. Multitud de 
florones de oro tachonan no solamente las bóvedas sino la cor- 
nisa y arcos y aristas de la capilla, como si fuera un pabellón 
estrellado. 

Antes que el retablo estaban labrados ya los costados del 
presbiterio ; y la misma reja que lo cierra, bastante sencilla con 
pulpito á cada lado, había sido puesta por el inmediato antece- 
sor de Sarmiento, D. Antonio de Rojas, que dio para ella dos 
mil ducados. Preciosos sepulcros góticos presentan hacia las 
naves laterales dichos respaldos, y en el del lado del evangelio 
corre una galería coronada por un segundo cuerpo, cuyas dos 
ojivas centrales contienen retablitos, y las extremas sirven de 
nichos á dos enterramientos. En el uno yace sobre la urna, es- 
culpida de toscas imágenes en hilera, la efigie del deán D. Ro- 
drigo Enríquez hijo del almirante de Castilla, fallecido en 1465, 
con un jabalí y un monaguillo á sus pies; en el otro la del 
canónigo Francisco Núftez abad de Husillos, debajo de un arco 
cubierto de trepados follajes, y sobre cama más rica en cuya 
delantera resaltan con sus doseletes las figuras de la Virgen, 



S. Miguel y mejores si mejores podieren, e que en ella pinten las imagines y esto- 
rias que por dichos obreros les sean dadas, y en ellas haya las armas del obispo 
D. Pedro de Castilla y las de D. Sancho de Castilla y de D. Juan de Castilla obispo 
de Salamanca &u hijo, y que se tomen informes de Avila, Burgos ó León.» En otra 
parte dice se pongan como las de las otnis ventanas. Dichos maestros vidrieros 
eran vecinos de Burgos. 



PAL encía m3 



San Andrés y San Juan evangelista (i). A la parte de la epís- 
tola aparece un solo retablo y una hornacina trebolada guarne- 
cida de excelentes hojas, que encierra la adornada tumba y la 
estatua tendida de otro prebendado (2). Por un extraño capri- 
cho peculiar de la época, el arco que por aquel lado comunica 
con el presbiterio tiene en realidad el mismo escorzo que figura 
la perspectiva, ejemplo reproducido en otro que sale al claustro 
y en otro que da subida á la torre desde el crucero. 

Frente á la reja de la capilla mayor luce más complicado y 
gentil remate la del coro, que no se terminó hasta 1571, aun- 
que el plateresco pedestal recuerda en dos tarjetones la visita 
que en 1522 dentro del espacio de un año recibió la basílica 
del papa Adriano y del emperador Carlos V (3). Leemos que 
D. Sancho de Rojas dio dos mil florines para la sillería, pero 
no debió ser seguramente para la que hoy existe: porque ni el 
edificio estaba á la sazón tan adelantado que permitiese colo- 
carla en aquel puesto, ni sus labores aunque góticas saben al 
gusto tan depurado á la entrada del siglo xv. Las sillas de aba- 
jo llevan arabescos en su respaldar, las de arriba frontones pira- 
midales, distinguiéndose la episcopal por su elevado doselete. 
A mediados del xvii el obispo Peralta doró el arco de entrada, 



(i) La inscripción del deán está en el friso de la urna y dice así: Uic requies- 
cit dominus Rs. Enrici decanus islius eccleste^ Jiltus almirandi Castelle, obiit II die 
Febroartí anno Domini MCCCCLXV, La del abad de Husillos, puesta encima del 
arco, contiene los siguientes renglones que no nos atrevemos á llamar versos : 

Franciscus Nuñez doctor juris uiriusque^ 
Ábbas de Husillos^ hic unus canonicorum, 
Consiliarius aulem regum quam reverendus, 
Clauditur hoc iumulOy sed vita gaudet utraque. 
Obiü non, martii anno Domini MDI. 

(2) En el borde de dicho sepulcro se lee r « En esta sepultura está D. Diego de 
Guevara abad de Campos, que gloria aya, falleció día de Sant Antolin, año 
de MDIX.» 

(3) Se halla repartida en los dos tarjetones la leyenda siguiente : Adrianus VI 
'Pontifex maximus^ Carotus V Romanorum imperator^ Hispaniarum rex hujus nomi- 
nis primus—hanc sacram subeunt cedem intra unius anni cursum^ proesule Petro 
Ruiz de la Mota. 



414 FALENCIA 



sobre el cual colocó una imagen de la Concepción ; y del mismo 
siglo ó posterior es el grande órgano más armonioso en sus 
voces que en sus formas. 

Mucho hay que observar en la cerca exterior del coro, em- 
pezando por los muros laterales que contienen cada uno dos 
capillas. Las del costado del evangelio demuestran con sus bla- 
sones haber sido construidas en tiempo de Fonseca; pertenece 
la más próxima al crucero á la decadencia gótica con su minu- 
ciosidad de pilastras, doseletes y crestería, ocupando su centro 
con varias obras más recientes un gran crucifijo; la otra labrada 
al estilo plateresco, que compartía ya entonces la pujanza con 
el anterior, presenta sobre un fondo azul sembrado de estrellas 
á Jesucristo de relieve entero entre los cuatro evangelistas, y en 
los nichos laterales las estatuas de San Hermenegildo, San 
Luís, San Francisco y Santo Domingo. La misma alianza arqui- 
tectónica manifiestan las capillas del lado de la epístola; y al 
paso que la de más arriba, destinada á guardar una bella y 
antigua pintura de la Visitación en compañía de San Lorenzo 
y San Esteban, corresponde con su gótica filigrana á su mencio- 
nada colateral, la siguiente despliega, bien que de mala escul- 
tura, multitud de nichos platerescos é imágenes al rededor de 
un arco rebajado que cobija el retablito de San Pedro y San 
Pablo, revelando en ella alguna posterioridad el escudo episco- 
pal de Sarmiento y la fecha de 1534 consignada en un tar- 
jetón. 

En el trascoro empero brillan sin competencia y con todo 
su esplendor las cinco estrellas de Fonseca; allí se propuso el 
prelado emplear el arte más exquisito en obsequio de su devo- 
ción más acendrada. Hallándose en Flandes de embajador cerca 
de la reina D.^ Juana y de su esposo el archiduque en 1505, 
hizo pintar á uno de los mejores artistas de aquel ilustrado país 
un cuadro de nuestra Señora de la Compasión sostenida por el 
discípulo amado, y representar al rededor sus siete dolores, 
pintura interesante hasta lo sumo no sólo por la expresión de 



FALENCIA 



- El. Trascobo 



4l6 FALENCIA 



los rostros y por lo acabado de los detalles, sino por el retrato 
del obispo figurado de rodillas ante la Virgen. Aquel retablo 
forma el objeto preferente del trascoro: las puertas que lo cié 
rran llevan escritos piadosos dísticos y la relación en latín y 
castellano de las indulgencias concedidas á los devotos de la 
santa imagen (i); el medio punto contiene las armas del funda- 
dor, y un caprichoso arco lobulado ostenta más arriba las rea- 
les sostenidas por el águila con el yugo y las saetas. Todo el 
cuerpo arquitectónico del respaldo, asentado á manera de altar 
sobre majestuoso gradería, contribuye al mayor realce de la 
joya artística que engasta. Los relieves de San Ignacio mártir 
y de San Bernardo colocados sobre dos labradas puertas semi- 
circulares, las estatuas de dos santos obispos hacia los ángulos, 
seis bellas figuritas puestas más abajo en los intermedios unas 
y otras con ricos doseletes ó sutiles pináculos, el menudo friso 



(i) Copiamos á continuación los dísticos puestos en boca de la Virgen, aun- 
que notan señalados por su pureza y elegancia como pudiera esperarse de la bue- 
na época del renacimiento, y la citada relación en castellano, omitiendo en gracia 
de la brevedad la latina que le precede. Todo ello está escrito en letra germánica 
rasgueada de no muy fácil lectura y con muchas y notables erratas, que enmen- 
damos según el sentido y el metro y hasta suplimos en el tercer verso una pala- 
bra que falta. 

Disce, salutator, nostros meminissc dolores 

Septenos, prosint iit tibi quaque die. 
PríEdixit Simeón /)£;c/ws mucrone fcriri, 

Et matrem nati vulnera ferré sui. 
Hinc cum cesa fuit puerorum turba piorum, 

Pertuli in Egiptum non bene tuta meum. 
El dolui qua;rens puerum divina docentem 

In templo, hinc captum pondera ferré crucis. 
Cum vidi et ligno llxum, tum morte sopitum 

Deponi, inque petra linquere pulsa fui. 
Nos igitur nostros quisquis meditare dolores, 

Percipies Natum ferré salutis opem. 

«Anno de MüV el reverendo e magnífico señor D. Juan de Fonseca, por la gracia 
de Dios obispo de Palcncia, conde de Pernia, mandó hacer esta imagen de nostra 
Señora de la Compasión, estando en Flandcs por embajador con el señor rey don 
Felipe de Castilla e con la reina doña Juana nuestros señores. Todos los que reza 
rcn siete Ave Marías ct siete veces el Pater noster de rodillas delante de ella gana 
muchos perdones; ct los cofrades de esta cofradía rezándolos ganan los dichos 
perdones e otras indulgencias contenidas en la bula de esta cofradía.» 



FALENCIA 417 

de gusto plateresco, la airosa greca entrelazada que corona el 
muro, fueron obra sin duda de los más aventajados escultores 
y tallistas de aquel tiempo, tal es su prolijidad y gentileza (i). 
Algo después se labraría el pulpito de madera arrimado á un 
pilar contiguo para los concursos literarios, pues las copiosas 
labores de su antepecho y de su tornavoz rodeado de tres órde- 
nes de figuras proceden exclusivamente ya del renacimiento. 

No olvidó el magnífico Fonseca la escalera abierta al pié de 
su predilecto retablo para bajar á la capilla subterránea de San 
Antolín ; y sus blasones atestiguan que á su fecundo caudal se 
debieron también los relieves que cubren las paredes, alusivos 
á la historia del santo. Extiéndese debajo del coro la llamada 
cueva, desenvolviendo en la oscuridad sus rudas bóvedas y sus 
arcos de medio punto, sin encerrar más objetos que la efigie 
del venerado patrono y un pozo á cuyas aguas acuden los fieles 
con piadosa confianza. En aquel hondo recinto, reconstruido 
más de una vez desde que lo halló oculto entre rocas y silvestre 
espesura el rey D. Sancho, no parecen haber penetrado las 
vicisitudes artísticas que se suceden á la luz del sol, ni haberle 
impreso su sello especial ningún género de arquitectura. Allí, 
si algo se siente, es un reflejo del religioso temor que embargó 
el armado brazo del monarca, ó de la vigorosa fe de Pedro de 
Osma, cuando revivió para disipar sus dudas la extinguida lám- 
para encendida por un soplo celestial (2). 

Por su situación en la cabecera del templo y por su grande- 
za compite la capilla de la parroquia con la mayor, y debía serlo 
en verdad según el plan primitivo; pero al destinarla á su actual 
objeto, se rebajó su altura al nivel de las naves laterales por 
medio de una segunda bóveda, dejando ver arriba la del ábside 
con sus siete vidrieras. Forma su entrada un arco semicircular 
orlado de colgadizos y coronado por un grueso antepecho, con 



(i) Ponz caliñca su estilo de muy parecido al de Alfonso Berruguete, que fué 
muchos años posterior y siguió muy distinta escuela. 

(2) Véase atrás en la pág. 361 la tradición á que aludimos. 

53 



4l8 FALENCIA 



rosetones calados en las enjutas; la bóveda es muy adornada, 
tal vez en demasía, pues producen confusión en parte los ara- 
bescos que penden de sus aristas. De los siete lados que tiene 
la capilla, los dos primeros están bordados hasta arriba de pri- 
morosos calados góticos, y á la derecha del espectador aparece 
bajo un arco la estatua tendida de una ilustre bienhechora con 
un libro en las manos y una doncella reclinada á sus pies : fué 
ésta D.* Inés Osorio, dos veces casada sin prole y fenecida 
en 1 49 2 antes de ver terminado el crucero que costeó en su 
mayor parte (i). El retablo, cuajado de relieves platerescos 
aunque poco conforme al acreditado primor del estilo, se hizo 
más adelante hacia 1532 al renovarse la capilla ; y entonces 
dicen fué hallado entero el cuerpo de la princesa D.* Urraca la 
d e Asturias, y puesto en alto á la parte del evangelio en la 
misma arca tosca y lisa donde estuvo desde su entierro en el 
templo primitivo (2). Pobre tumba para la hija de Alfonso VII, 
y aun así no bastante exenta de dudas sobre su autenticidad. 

Hacia la curva nave del trasaltar presenta el respaldo de la 
capilla un cuerpo de arquería con friso de trepados follajes y 
alguna estatua y pintura, obras pertenecientes á los primeros 



(i) Á causa de unos bancos arrimados á la urna no pudimos leer del epitafio 
sino las siguientes palabras : «dexó todo lo »uyo á esta iglesia e fizo este retablo e 
las capas blancas. Portillo.» El retablo no debe ser el que existe ahora en la capi- 
lla, ó se hizo mucho después de su muerte. Dice el arcediano del Alcorque el pri- 
mer marido de esta señora filé García Alonso de Chaves y el segundo Alvaro de 
Brac amonte, señor de Peñaranda, que de ninguno tuvo hijos, y que del mueble y 
arras hizo heredera á la iglesia de Palencia, y de lo restante á su sobrino D. Diego 
Osorio, hermano del obispo Acuña el célebre comunero. En el brazo izquierdo 
del crucero se ven sus armas que unían los blasones maternos de Castro á los pa- 
ternos de Osorio. En las actas capitulares hallamos que entre otras cosas dejó á 
la iglesia una rica espada de arreo que parece se vendió para la fábrica. 

(2) La inscripción que hay debajo de la tumba es de letra y redacción del si- 
glo xvi; ignoramos si se escribió en vista de otra más antigua, en cuyo caso pudie- 
ra decidir con su autoridad á favor de la catedral de Palencia la controversia que 
tiene con el monasterio de Sandoval acerca de la posesión de aquel cadáver. Dice 
así : Hic requiescil domina Urraca regina Navarras^ uxor domini Garda? Ramiri re- 
gís Navarrce^ quoe Juit filia serenissimi domini A l/onsi imf>eraioris Hispanice qui 
Almeriam obtinuity quce obiit 12 octobris anno Domini ii8g. Véase la nota 2.* de la 
pág. 364. 



PA LENCI A 



CATEDRAL. — Capilla del sagrario, 
DB Doña Urr' 



420 FALENCIA 



tiempos de la reedificación ; pero las capillas de enfrente, dis- 
puestas en semicírculo, han sufrido alteraciones notables en su 
gallarda estructura del siglo xiv. Ya no brillan en su ventanaje 
los pintados vidrios que las alumbraban y que debían servir de 
tipo para el crucero (i); una moderna portada distingue mala- 
mente la del centro, donde está colocado perenne el monumento 
de semana santa que se acabó en 1590; y ásu izquierda se ven 
renovadas la de San José y la de San Pedro, estucada ésta con 
relieves blancos de mascarones y cariátides sobre fondo azul, 
con medallones de profetas en los lunetos y grandes esculturas 
de los Reyes Magos dentro de marcos platerescos, restauración 
que lleva escrito el nombre del patrono Gaspar de Fuentes y 
la fecha de 155 1. En las dos capillas de la derecha quedan al 
menos los antiguos sepulcros, y la de Santa María la Blanca 
encierra bajo agudas ojivas, urnas muy curiosas sostenidas por 
leones, sembradas de escudos ó circuidas de figuras en su delan- 
tera, ocupadas por varios arcedianos de Carrión con su bulto 



(i) En el contrato, 8e mencionan, como ya vimos, los de las capillas de San 
Pedro y San Miguel, que creemos era la titulada hoy de San Isidro, según el orden 
con que las enumera Pulgar. De este mismo orden aparece que en tiempo de aquel 
escritor, á fines del siglo xvii, la del actual bautisterio se llamaba de San Marcos, 
de San Nicolás la del monumento y en ella estaba entonces la pila, de las once mil 
Vírgenes la de San José, donde leían escritura y moral los prebendados de oficio, 
y tenía en medio un bulto de alabastro el obispo D. Juan de Castromocho. Hay un 
documento muy curioso del 1 346 en el que con motivo de asignar á cada capellán 
su altar respectivo, se citan los de Santa Lucía, San Gregorio super fulpitum, San 
Ildefonso, Santa Catalina, Santa Cruz, San Juan, la Trinidad, San Marcos, San Mi- 
guel, Santa María la Nueva, es decir, la Blanca, que expresa hallarse en construc- 
ción, San Nicolás, San Pedro retro chorum, San Eugenio en la capilla de San Jorge, 
Santa María Magdalena, San Agustín, San Clemente, Santa María, San Pablo y en 
la misma capilla San Mateo, San Ambrosio, Santo Tomás mártir, Santiago, Santo 
Toribio, San Matías, San Bartolomé, Espíritu Santo y Corpus Christi, y en el sub- 
terráneo los de San Antolín, San Martin y San Jerónimo antes de San Pedro. En 
una época en que se hallaba tan al principio la nueva catedral y subsistente según 
nuestra conjetura la mayor parte de la antigua, no son reducibles las nombradas 
capillas á las actuales aun cuando tengan la misma advocación. Muchas debieron 
existir en la primitiva claustra, y de sus santos titulares dice Pulgar había efigies 
en dos altares laterales de la capilla parroquial. Parece esta era la de Santa Mag- 
dalena donde estaba sepultada según dicho documento la reina D.* Urraca, y esta 
indicación que jamás hemos visto alegada confirma no poco la autenticidad de su 
sepultura. 



CATEDRAL. -Capí 



422 FALENCIA 

por cubierta ; el uno que erigió á sus expensas la capilla ha- 
cia 1340, otro que á fines del propio siglo se señaló en defensa 
de su jurisdicción contra el prelado, otro muy caritativo y libe- 
ral en la fábrica de puentes y redención de cautivos que falleció 
en 1429 (i). Un entierro muy semejante contiene la inmediata 
capilla de San Isidro, sino que la yacente efigie parece de mu- 
jer, y la cal impide discernir los blasones de sus escudos. Ade- 
más de estas cinco capillas hay en el hemiciclo otras dos peque- 
ñas, la de la pila bautismal exenta de innovación, y la de 
enfrente dedicada un tiempo á San Jorge que perteneció á Mar- 
tín Pradera, secretario de Felipe III. 

En el cuerpo de la iglesia sólo las tiene la nave lateral del 
evangelio; todas con el retablo á un costado en la misma direc- 
ción de la capilla mayor, dejando el muro del fondo despejado 
para una rasgada ventana de medio punto, todas con su orato- 
rio ó recapilla, alguna de las cuales encierra notables pintu- 
ras (2). Empezando por los pies del templo, preséntase la pri- 



(i) En la urna del lado de la epístola que lleva escudos jaquelados hay dos 
epitafios, si bien creemos que la estatua se refiere al primero que dice asi : « Aquí 
yace D. Alfonso Rodríguez Girón, arcediano que fué de Carrión, que fizo esta ca- 
piella de su propia espensa, que finó en el año de la era de mil e CCC e setenta e 
nueve años (i 341 de C.) que Jhu. Xpo. le perdone á él e a todos los finados que 
por allá fuéremos, amen. Pater noster por él e per los finados.» La otra lápida es 
del tenor siguiente: «Aquí yace D. PeroFerrs. (Fernández) de Pina délas IX villas 
canónigo de Palencia e de Orense e de Sigüenza, arcidiano que fué de Carrion en 
esta eglesia XI años, e movió pleito contra él D. Johan de Castromocho obispo que 
fué de Palencia sobre la jurisdicción de su arcidianado e duró IX años en corte e 
ovo tres sentencias definitivas contra el obispo el arcidiano e una executoria bu- 
llada del papa Benedicto e fué compenado en las costas ; otro sí fizo e reparó la 
mayor parte de la pesquera de las aceñas del mercado que están só la puente, e 
rreparó las dichas aceñas que estava todo perdido: otro sí docto dos capellanías 
perpetuas en esta capiella de Santa María de la O do está enterrado: e rogat á Dios 
por su alma. Anno Dni. millesimo quatorcentesimo III."* die vero mensis.T.» y que- 
da un blanco. Á la parte del evangelio hay un arco más elevado con tres imáge- 
nes en el vértice del frontón y de las pilastras, y muchas figuritas en la urna ; la 
letra romana de la inscripción indica haber sido renovada: «Aquí yace el reveren- 
do padre D. Alonso Diaz de Támara, arcediano de Carrion e protonotario del papa, 
que fiso la puente de D. Guarin e sacó treinta y cinco cautivos de Granada e dio 
todo lo suyo á pobres. Finó á XII de abril anno Dni. MCCCCXXIX.» 

(2) En la de San Gregorio cita Ponz algunos buenos cuadritos de estilo flamen- 
co, y en la de San Jerónimo elogia y describe largamente una pintura antigua y 



FALENCIA 423 

mera, octógona y pintada y cubierta de dorados, la capilla de 
Santa Lucía ó de las reliquias, que las contiene comparables en 
número é importancia á las de cualquiera catedral (i). Siguen 
las de San Gregorio y de San Ildefonso, que en vida adornaron 
con retablos plarerescos y en muerte autorizan con sus sepul- 
cros dos eruditos canónigos, los más laboriosos y diligentes en 
escribir las cosas de Falencia, D. Juan de Arce abad de San 
Salvador, y el arcediano del Alcor D. Alonso Fernández de 
Madrid, fallecido el primero en 1535, el segundo en 1559 des- 
pués de setenta años de residencia: éste yace dentro de un 
ataúd de piedra en medio de su capilla, aquél representado en 
tendida efigie, debajo de un arco flanqueado por abalaustradas 
columnas, con la imagen de la Virgen arriba y en el fondo del 
nicho la del Eccehomo (2). En la de San Fernando, que antes 
fué de Santa Catalina, otro arco del Renacimiento con pilastras 
y frontón cobija la yacente estatua del canónigo D. Alvaro de 
Salazar que murió en 15 16 (3). Restos empero mucho más 
ilustres, aunque privados de ostentoso mausoleo, custodia la in- 
mediata capilla de la Cruz, hoy titulada de la Concepción: res- 
tos de dos prelados del siglo xii, el esclarecido Raimundo II 
autor de los fueros y el virtuoso Arderico acatado por santo, 
que en 1503 fueron hallados al. deshacer un viejo paredón y 
colocados debajo del altar sin un letrero siquiera : restos tam- 
bién de otro obispo no menos señalado, aunque muy reciente. 



alegórica, que representa en su concepto la destrucción de la Sinagoga y el esta- 
blecimiento de la ley de gracia. 

(i) Véase el catálogo de ellas al principio del tomo II de Pulgar y la mención 
de algunas en el Viaje santo de Morales. 

(3; La inscripción dice así: Joanni de Arce abbati S. Salvaioris hujus sacra* 
oedis canónico, viro óptimo atque integerrimo et cristianes religionis cultori eximio^ 
basílica hcec Divo Gregorio sacra, guam vivens miro opere exornavit, ex testamento 
hoeres patrono benemérito posuit MDXXXV, Tanto el Consuetudinario de Arce como 
la Silva Palentina del arcediano del Alcor quedaron manuscritos, bien que á sus 
noticias se debe casi todo lo que contiene de interesante la historia de Pulgar. 

(3) Tiene este entierro la siguiente letra: Sepulchrum Dni, Alvari de Salazar 
canonici in hac sancta ecclesia^ vixit annos LXXIII, obiit die V de novemb, de 
MDXVI años. 



424 FALENCIA 



Heno aún de vida al visitar nosotros aquellos lugares en 1852. 
Una lápida sencilla como las costumbres del finado, unos versos 
humildes, pero verdaderos como nuestro cariño, que este solo 
tributo pudo rendirle de lejos, consignan allí en el pavimento, 
nos han dicho, el venerable recuerdo de D. Carlos Laborda (i). 
Séanos concedido, ya que no el hincar las rodillas ni verter una 
lágrima sobre la amada losa, hacer llegar al través del espacio, 
una mirada de dolor y de envidia á aquel rincón que guarda 
nuestro tesoro, el corazón que tanto nos quiso mientras latía. 

Entre los dos cruceros frente al costado derecho de la ca- 
pilla mayor, las de San Jerónimo y de San Sebastián ofrecen 
retablos muy conformes al tipo greco romano y sepulturas del 
mismo género ocupadas por sus patronos y bienhechores: en 
aquella figuran de rodillas dentro de un arco sostenido por co- 
lumnas corintias, las estatuas de Jerónimo de Reinoso y de otro 
de su linaje; ésta no tiene más que simples lápidas para Gómez 
Fernández y María Juárez de Torres su mujer, fallecidos res- 
pectivamente en 1549 y 1544, y para el tesorero D. Juan Gu- 



(i) Por.una delicada inspiración fueron enterrados con el cadáver dentro de 
una caja de plomo, el retrato del difunto y un certifícado ó más bien necrología, 
bastante completa que tenemos á la vista, y que sentimos no nos permitan extrac- 
tar los límites y naturaleza de esta obra. Algunas de las noticias que contiene an- 
ticipamos en el tomo de Aragón, parte i.% cap. IV, al saludar en Barbuñales su 
cuna, como ahora en Falencia su sepulcro. El epitafio que se nos dispensó la hon- 
ra de acoger, dice así : 

Carolus hic tcgitur mitissimus ille Laborda, 

Et gregis et patriae pastor amatus, amans. 
Ex forti dulcedo íluit, cui pectore ^obur, 

Flamma in corde vorax, mellis in ore favum. 
Natus Aragonise rapitur, Balearibus hospes. 

Lux, decus Hesperias, sed pater ipse tibi. 
Ah ! patre bis denos Pallentia fulta per annos, 

Exule quo moerens, quo redeunte nitens I 
Custodi ciñeres, animam custodiat ¿ether, 

Exemplura socii, dogmata semper oves. 
Vita functus VI id. februarii anno MDCCCLIII, oetatis suoc LXIX. R. I. P. 

Sentimos que por inadventencia del lapidario se esculpiera en el tercer verso fuü 
por /Zwi7, y en el último servent por semper destruyendo así la medida prosódica. 



FALENCIA 



CATEDRAL. — Reja 



426 FALENCIA 

tiérrez Calderón que alcanzó al 1629. Al opuesto lado se han 
convertido en sacristía las que fueron capillas, y aún subsisten 
en ella dos nichos mortuorios, festonado de colgadizos el medio 
punto, conteniendo las efigies acostadas de los canónigos Orí- 
huela y Tamayo, que florecieron á la caída del siglo xv (i). 

Riqueza en las sagradas joyas y vestiduras, más bien que 
esplendidez en su construcción, despliega la sacristía, y sor- 
prende el primor de sus preciosos ternos, venidos de Flandes y 
regalados á la iglesia por los obispos Cabeza de Vaca y Zapata 
á mediados del xvi, en cuyos medallones bordados de seda, ri- 
valiza la aguja con el más diestro pincel, dibujando los augustos 
misterios. Ya había traído de allá el obispo Fonseca, según di- 
cen sus memorias, un ornamento completo con capa de brocado 
y cuatro tapices muy buenos de historia eclesiástica y otros 
cuatro de la Salve regina; y en los libros de fábrica de 1501, 
vemos mencionadas las almáticas frontaleras que bordaba San- 
cho de Burgos; y hallamos especificaciones muy curiosas de 
alhajas, piedras y tejidos en la donación de un pontifical otor- 
gada en 1330 por el obispo D. Juan de Saavedra, preciosidades 
cuya conservación tendrían á gran fortuna los anticuarios. En 
todo tiempo lo será para los artistas la de la magnífica custo- 
dia, atribuida por algunos al famoso Arfe, sin embargo de llevar 
en varios puntos la firma de Juan de Benavente y el año 
de 1585 (2). Columnas de orden corintio y compuesto, estria- 
das y grutescas, sostienen sus dos cuerpos de plata, y dentro 
del primero centellea el viril de oro salpicado de pedrería, en 
forma de templete exágono, rodeado de bellas figuras de los 



(1; \L\ epitafio del primero, lleno de difíciles abreviaturas, contiene en sustan- 
cia lo siguiente: Hicjacet dom. Johannes Ai/onsi de Orihuela capelUnus dom.Johan- 
nts regís Casielle^ archidiac. del Alcor, obiit ann, Dom, MCCCCLXXVIlí^ XVIH 
mensis seplemb. El otro dice : «Aquí yace el honrado e discreto varón don Lope de 
Tamayo maestre escuela en esta santa iglesia, que Dios aya, fálleselo á XVIII de 
octubre año de mili e CCCC e XCVI años.» Ambos sepulcros tienen figuras arro- 
dilladas á los pies de la principal. 

(2) Acabóse la custodia en i 608, según datos existentes en el archivo. 



CATHDKAL, ~ Ccsi 



428 FALENCIA 

doce apóstoles ; dentro del segundo la efigie de San Antolín. 
Para cobijar esta obra exquisita, que cuenta por coetánea y 
compañera una rica cruz, labró el churriguerismo hacia la mitad 
del siglo XVIII en el pontificado del Sr. Bustamante, un gran ta- 
bernáculo de cuatro columnas y caprichosa cúpula colgada de 
campanillas, que juntamente con el zócalo, movido por un me- 
canismo interior y cubierto de frontales también de plata, forma 
el suntuoso carro con que se pasea triunfalmente la hostia santa 
en su augusta solemnidad. Ojalá se hubiese construido antes, á 
la vez con la custodia, este soberbio aparato, no menos que el 
costoso altar hecho para iguales ocasiones ; y entonces, mejor 
que una masa de precioso metal, poseería aquella iglesia una 
maravilla del arte. 

Á falta de capillas, presenta la nave del lado de la epístola, 
dos portadas que comunican al claustro ; la una de gallarda y 
esbelta ojiva sobriamente adornada de follajes, con una imagen 
de nuestra Señora en el testero; la otra plateresca, llena de 
figuras y caprichos, marcada con la fecha de 1535 en los tarje- 
tones. Dos millones de maravedís dio el obispo fray Alonso de 
Burgos para reedificar de muy buena e honrada cantería e muy 
linda fechura la claustra vieja, donde yacían los primitivos pas- 
tores, entre ellos Raimundo I y Pedro de Agen : y aunque tardó 
en llevarse á cabo la obra, quedó al fin erigido un espacioso 
claustro, de figura cuadrada, de cinco arcos en cada lienzo oji- 
vales y elevados, haciendo ver en los ángulos los blasones del 
fundador conforme á su deseo (i). Ignoramos qué razón, si es 
que pudo haberla jamás para semejante atentado, movió á tapiar 
aquellos arcos hacia fines de la pasada centuria, y aun á picar 



(i) En uaa escritura de 1499 fechada en Valladolid, expresa dicho prelado 
que da un cuento y medio de maravedís «para que se faga e acabe la claustra prin- 
cipal de la dicha su iglesia, la que quiso que se faga e labre de muy buena cante- 
ría y que sea fecha en toda perfección, y que sean puestas sus armas en las pie- 
dras de las claves de la dicha claustra, para que los que por ella pasaren se acuer- 
den e hayan memoria de rogar á Dios por su ánima. (Archivo de la catedral, 
arm. i.*", leg. i.<>, núm. 9.)» Más adelante añadió otro medio cuento, expresándose 
con las palabras que en el texto lineamos. 



430 P A L E N C I A 



con ensañamiento sus molduras y boceles como si se tratara de 
borrar su memoria, dejando solamente intactas las agujas de 
crestería de los contrafuertes exteriores, la crucería de los án- 
ditos y algunas portadas de la gótica decadencia. 

Contemporánea del claustro es la sala capitular ; y en 2 de 
Noviembre de 1 509, por haberse hundido los andamios, costó 
la vida á diez y ocho peones ó á los más de ellos el cerramiento 
de la alta bóveda, muy adornada en sus claves y aristas. De 
sus paredes cuelga un tapiz sarraceno de procedencia descono- 
cida, que se conjetura fué bandera, con letras arábigas en el 
centro y en unos tarjetones de la orla. La librería del cabildo 
consta próximamente de seis mil volúmenes; mas apenas con- 
serva ninguno de aquellos códices de escritura, cánones y teolo- 
gía, que en la Edad media se prestaban bajo fianza y se arren- 
daban anualmente por subasta dando dos ó más florines, prueba 
de la rareza de los libros al paso que de la avidez de los estu- 
diosos (i). Si la ciencia saliese ahora tan cara, harto tememos 
que fuese mucho más escaso que á la sazón el número de sus 
seguidores. 

Cinco son con la catedral las actuales parroquias de Falen- 
cia: San Miguel, Santa Marina, San Lázaro y la de allende el 
río que arriba mencionamos. Sólo San Miguel merece figurar 
como monumento, y más bien que á los puramente góticos pue- 
de agregarse á los del anterior período de transición por lo 
mucho que de románico contiene. Reminiscencias son de aquel 
estilo la notable altura de la nave principal respecto de las me- 
nores, la disposición de la capilla mayor y de las dos colatera- 
les en el fondo de aquellas, las columnas cilindricas de lisos 
capiteles en figura de conos inversos agrupadas al rededor de 
los pilares. En los arcos de comunicación, así como en los aji* 
meces que alumbran la nave del centro, prevalece ya la ojiva: 



( I ) A este propósito cita el arcediano del Alcor ciertos contratos del año 1 40 1 . 
En tiempo de Ambrosio de Morales habían desaparecido ya la mayor parte de es- 
tos manuscritos, pues sólo vio uno deshojado de vidas de santos. 



4^2 FALENCIA 



toda la fábrica del templo, muy espacioso para parroquia, ma- 
niñesta datar del siglo xiii, aunque muy de principios de la 
centuria. Á fines de ella dotó dos de sus capillas, de Santiago 
y de Santa Clara, el poderoso Alonso Martínez de Olivera, que 
en la primera tenía sepultadas á una hermana y una hija, y ha- 
bía erigido la segunda en agradecimiento del auxilio sobrenatu- 
ral obtenido en un combate con los moros (i). Hoy no existen 
memorias sepulcrales sino en una capilla de la izquierda, donde 
aparecen dentro de un lucillo del renacimiento las estatuas 
arrodilladas de sus patronos Andrés de la Rúa y Constanza de 
Rivadeneyra, fenecido aquél en 1562 y ésta en 1589, y la del 
sacerdote Diego de la Rúa tendida debajo de un arco á su de- 
recha. 

Pintoresco grupo forman á espaldas de la iglesia el ábside 
ceñido por fuera de canecillos y flanqueado de machones, el 
crucero, la nave mayor y la grandiosa torre que por encima 
descuella abriendo sus ojivas desmesuradas. Mas para contem- 
plar mejor su gallardía conviene trasladarse al frontis del edifi- 
cio. La portada principal, en vez de gótica como lo es la del 
costado, parece más bien bizantina por su gruesa y decrecente 
anchura: en sus flancos no presenta columnas ni señales de ha- 
berlas tenido ; pero guarnecen el arco levemente apuntado seis 



(i) Refí ere este suceso en los términos siguientes el notable testamento de 
este personaje que mencionamos en la pág. 374. «Acaeció, dice, que estando yo 
en Tarifa fueron á tierra de moros veinte y dos de á caballo y diez peones de mis 
criados á traer algún ganado; llevólos un adalid mal cristiano y metiólos en Al- 
gezira dó los tomaron presos; y como los moros tomaron sabiduría de ellos, otro 
dia viniéndome topé con Audalla y Marín caudillo de Granada con ochocientos de 
á caballo y quinientos peones, y con el ayuda de Dios peleé con él con docientos 
de á caballo y cien peones, y fueron los moros todos muertos y cautivos, salvo 
fasta cinquenta que con el caudillo se salvaron, y fué dia de Santa Clara, y vieron 
muchas veces los mios á Santa Clara delante de la pelea.— ítem mando que porque 
yo mandé quedar á Francisco Fernandez de Aguilar sobrino de D.' Juana de Guz- 
man mi mujer en Xercz á se curar de un ojo, (falta aqui algo para el sentido) que 
aquel dia se quebraron y á restar los cautivos que quedaron en Algezira, mando 
que pongan las camisas de ellos en la pared de Santa Clara y pinten en ella este 
milagro que acaesció.» Pulgar, que trae integro este documento, vindica su auten- 
ticidad contra algunos que la ponían en duda, -asegurando haberlo visto autoriza- 
do y reconocido en 1437. 



FALENCIA 435 



Órdenes de figuras, que vestidas con ropas talares ó dalmáticas 
representan ángeles en su mayoría, sumamente curiosos á pesar 
de la mutilación casi general de sus cabezas y de lo tosco ó 
gastado de sus doseletes. Campea más arriba entre dos estribos 
un ajimez ojival, y continuando el muro y toda la amplitud de 
la fachada asienta sobre ella con singular osadía la cuadrada 
torre, sin que sea fácil determinar dónde empieza ésta y dónde 
termina aquella. Danle el aspecto de un aéreo mirador las colo- 
sales ventanas que perforan cada uno de sus lados, partidas en 
dos ó tres arcos por esbeltas columnitas y bordadas en su ce- 
rramiento con calados rosetones; reina allí ya sin mezcla pero 
gprave todavía la gótica elegancia, y no la desfigura el cubo po- 
lígono de la escalera que se le arrima á guisa de ligero torreón. 
Sobre la cornisa que la rodea asoman los arranques de un cuer- 
po más reciente que se rebajó ó quedó en proyecto: mejor está 
así truncada remedando con la obra principiada un coronamien- 
to de almenas. 

Hasta el poderoso encanto de los recuerdos viene á realzar 
el interés de aquel gigante de piedra, evocando la trágica esce- 
na de 1533. Habíanlo tomado por asilo dos acusados, por sos- 
pechas no más según se dijo, defendiendo valientemente toda 
la noche el paso de la angosta escalera; y amaneció una maña- 
na de Octubre cercada de hombres armados la iglesia, y apiña- 
da en su plazuela y en sus casas circunvecinas la muchedumbre 
convocada por pregones. Todo se estrellaba al pié de aquella 
mole impasible animada por la tenacidad de sus dos ocultos de- 
fensores, cuando acudiendo el uno á la autorizada voz del corre- 
gidor asomóse sin recelo á la ventana, y tan pronto el virote de 
un ballestero le derribó cadáver á la plaza en medio de un grito 
general de indignación. El otro rendido á prisión fué al momen- 
to con harta furia ahorcado. Expiaron con penitencia pública su 
perfidia el autor y el instrumento de ella, corregidor y balles- 
tero, con quinientos hombres más, yendo en procesión con can- 
delas, en cuerpo ó en camisa, desde la catedral á San Miguel, 

55 



434 P A L E N C I A 



y no pasó más allá el castigo por el número y calidad de los 
culpables. 

Las otras dos parroquias nada ofrecen de notable en su 
gótica estructura. Santa Marina sustituyó á otra del mismo 
nombre situada fuera de los muros, en la cual á fines del si- 
glo XIII vivían unas emparedadas (i), y que fué demolida por 
último durante los trastornos de las Comunidades, un año des- 
pués de votada por la ciudad una procesión á San Roque, que 
tenía su altar en ella, por la cesación de la pestilencia de 1 5 1 9. 
La iglesia bien que distribuida en tres naves que se comunican 
por arcos bajos, participa de la pobreza de sus feligreses, jor- 
naleros en su mayor parte, reunidos al extremo septentrional 
de la población ; y las renovaciones han acabado de destruir el 
escaso interés que podía inspirar. Pobre asimismo debía ser la 
de San Lázaro en el barrio de la Puebla, antes que la ampliara 
en tiempo de los Reyes Católicos D. Sancho de Castilla, eri- 
giendo la capilla mayor adornada por fuera de agujas y botare- 
Íes. Su existencia como hospital, anterior á la de parroquia, hay 
quien pretende remontarla á la edad del Cid, y de él se preciaba 
de derivar su patronato no menos que su linaje el citado Alonso 
Martínez de Olivera, que edificó y dotó copiosamente dicha casa 
y orden vinculándola en su mayorazgo (2). 

Campo era todavía aquella parte de la ciudad, cuando en él 
se levantó á mediados del siglo xiii el convento de San Fran- 
cisco, albergue de monarcas y teatro de ruidosas juntas en el 
reinado de Fernando IV y de Alfonso XI. Nada sin embargo 
presenta de magnífico hacia la plaza Mayor su antigua é irregu- 
lar fachada precedida de un atrio, y compuesta de una grande 
ojiva tapiada, de una espadaña lateral y de un pórtico de tres 
arquitos apuntados. La nave conservándose baja, ha perdido su 
primitivo carácter, y ha desaparecido de su ámbito el sepulcro 



(1) Hay mención de ellas en el citado testamento. 

(2) Véanse sobre San Lázaro las pág. 360 y 374 de este tomo. 



FALENCIA 



43Í> P A L E N C I A 



del hijo de la Guzmán, D. Tello señor de Vizcaya, que sobre- 
vivió poco más de un año á la tragedia de Montíel y á la entro- 
nización de su hermano Enrique (i). Dícese que reservó para sí 
el lugar de su entierro D. Juan de Castilla, obispo de Salamanca 
y tercer nieto del rey D. Pedro, al reedificar en 1 5 1 1 la capilla 
mayor tal cual hoy se ve, con su ornato exterior de crestería. 
También en San Francisco poseía una capilla según su testa- 
mento el ínclito servidor de Fernando IV; y tal vez representa 
á alguno de sus descendientes, puesto que lleva en el rótulo el 
mismo nombre de Alonso Martínez la estatua arrodillada de un 
joven caballero con dos pajes á sus espaldas, que ocupa en la 
capilla de San Antonio un nicho recamado de colgadizos, cuaja- 
do de variados y elegantes arabescos, y cuyo escudo sostienen 
dos leones. 

En 1378 aún, al trasladarse allí cerca con la protección de 
Enrique II y de la reina Juana su consorte el convento de Santa 
Clara fundado poco antes en Reinoso, se concedieron al cabildo 
mil maravedís de juro por indemnización del terreno enclavado 
en medio de sus heredades. Promovieron liberalmente su fábrica 
el almirante D. Alfonso Enríquez y su mujer D.* Juana de Men- 
doza la rica hembra^ bajo cuyo patronato se hallaba ; y de ahí 
su suntuosidad, mayor que la ordinaria en una iglesia de reli- 
giosas. Revélase por fuera en las ventanas y contrafuertes del 
ábside, no menos que en la gótica portada guarnecida de mol- 
duras y follajes de buen gusto y acompañada de una claraboya 
de graciosos calados. Su interior figura una cruz griega de bra- 
zos iguales, y las naves de los costados rematan en dos capi- 
llas, dando lugar acaso con su extraña disposición á la errada 
creencia que la supone edificio de templarios. Los arcos ojivos, 



(i) Murió á 15 de Octubre de 1370 en Cuenca de Campos, y no en Galicia 
como dice Mariana. Califícale éste de hombre en todas sus cosas igual y de buenas 
costumbres, á pesar de lo cual tuvo cinco ó seis hijos fuera de matrimonio. Susu- 
rróse que le había dado yerbas maestre Romano, médico del rey Enrique, con 
quien andaba al cabo desavenido, y que por su muerte sin prole legítima incor- 
poró el señorío de Vizcaya á la corona. 



P A L E N r, 1 A 



SAN PABLO. — SEPULCRO de D. Juah de Rojas y 3u mujbi 



438 FALENCIA 

las bóvedas de sencilla crucería, los pilares de planta romboi- 
dal revestidos de cilindricas columnas, guardan pureza y seve- 
ridad de estilo; y aunque el barroco altar mayor desluce la 
cabecera, el coro bajo á los pies del templo conserva la antigua 
sillería y la tumba de la opulenta fundadora (i). En cuanto á 
la sepultura del almirante, que viejas memorias nos describen 
magnífica y diferenciada á muñera de nave con su mástil y 
popa, en balde la buscamos por todas partes, y de consiguiente 
es inútil discutir, como han hecho algunos, si pertenecía á don 
Alfonso Enríquez, ó si los bultos en ella colocados representa- 
ban á su hijo D. Fadrique y á las dos esposas del mismo doña 
María de Córdoba y Toledo y D.^ Teresa Quiñones que se 
cree fueron allí enterrados (2). Frente á la entrada abierta en 
el crucero un doble arco apuntado introduce á la capilla del 
Bautista. Es tradición que flotante sobre las aguas fué hallada 
por el noble bienhechor aquella portentosa imagen del Cristo, 
que constituye la más preciada joya del convento y ante la cual 
hincó la rodilla Felipe II. 

Bajo la misma advocación de San Pablo tuvieron en Falen- 
cia los dominicos una casa poco menos célebre y más antigua 
que la de Valladolid. Menciónala una bula del año 1231 expe- 
dida para protegerlos contra la rivalidad del cabildo, y hay quien 
añrma que en el de 1 2 1 9 la fundó el santo patriarca antes que 
otra alguna de la península, reconocido á la ciudad dpnde se 
había educado en la ciencia y en la virtud. Sancho IV la dotó 
copiosamente é hizo reconstruirla con grandeza tal, que después 
de su muerte su esposa é hijo la tuvieron muy á menudo por 



(i) Por su testamento otorgado en 143 i dispuso D.* Juana de Mendoza su 
entierro en la capilla mayor que habfa mandado hacer, y legó al monasterio los 
lugares de Reinoso, Barrio y Melgar con muchas joyas de plata, ornamentos y ta- 
picería, ordenando hubiese allí cuarenta monjas y ciertos frailes y capellanes. 

(2) En un pilar se lee que yace enterrado dentro de la iglesia con su mujer 
don Alfonso Enríquez, almirante de Castilla, hijo de D. Fadrique maestre de San- 
tiago, que murió año de 1429 y dotó y fundó magníficamente de sus bienes y ha- 
cienda dicha iglesia y convento, dejando por patronos perpetuos á los almirantes 
duques de Rioseco sus descendientes. 



P A I- fc: N C 1 A 



SAN PABLO. — Capilla c 



440 FALENCIA 



palacio y por sitio de reunión las cortes durante aquel período 
turbulento. Testimonios de estas obras eran las armas reales 
colocadas en el capítulo y sacristía vieja y en una sala con 
grande chimenea inmediata á la hospedería. La arquitectura 
ojival del templo, gallarda aunque sencilla, corresponde bien á 
su época, y recuerdan el tipo ordinario de la anterior los dos 
ábsides ó capillas trazadas en el fondo de las naves menores, 
notándose el arco de la del lado de la epístola sostenido aún 
por pareadas columnas bizantinas. En el presbiterio yacían per- 
sonajes ilustres retoños de estirpe regia: cerca del altar un nieto 
de Alfonso el Sabio é hijo segundo de su primogénito, D. Fer- 
nando de la Cerda sepultado allí en 1 305 con su esposa doña 
Blanca la Palomita; á su izquierda D.* Teresa Alfonso, hija 
natural ó nieta de Alfonso IX con su marido D. Ñuño González 
de Lara; á su derecha D. Pedro Manuel, señor de Montalegre, 
nieto de D. Juan de Villena y su consorte. 

Grandes y no desventajosas mudanzas trajo al edificio el 
siglo XVI, y hácelas visibles desde afuera el contraste del vetus- 
to aspecto de la nave con la hermosa sillería de la capilla ma- 
yor, que descuella majestuosa junto á la puerta de Monzón con 
sus estribos y blasones y su coronamiento de balaustres. Por 
dentro la alta bóveda de crucería, las rasgadas ventanas de tres 
arcos bordadas de arabescos, la elevada reja, el retablo de 
numerosos y pequeños nichos semejante al de la catedral, deja- 
das á un lado las adiciones que ha tenido, pregonan la magnifi- 
cencia del patrono que la reedificó, y cuyo escudo de cinco 
estrellas campea en el altar y encima* de la puerta imitada al 
estilo gótico que introduce á la sacristía. Fué D. Juan de Rojas 
marqués de Poza, quien hizo la renovación y logró verla consa- 
grada en 1534 por el obispo Sardinense, reemplazando los 
antiguos sepulcros con su ostentoso mausoleo. Llena éste con 
sus tres cuerpos toda la pared del costado del evangelio, com- 
parable en grandeza con los mejores de su edad, y enriquecido 
con los primores y caprichos del renacimiento. Sus estriadas 



FALENCIA .«41 



columnas jónicas llevan adornos grutescos en el tercio inferior; 
y todas sus figuras y relieves, desde los dos ángeles que sirven 
de ménsulas á la obra hasta el Padre Eterno del remate, los 
cuatro evangelistas que ocupan los nichos laterales del primer 
cuerpo, el Eccehomo, la Virgen y San Gabriel del segundo, San 
Juan y San Jerónimo, Santa Catalina y San Jacinto, esculpidos 
abajo y arriba en los costados, son dignos de los buenos cince- 
les que á la sazón abundaban. Sobresalen en el centro bajo un 
elegante medio punto artesonado las estatuas del fundador y 
de su esposa D.* Marina de Sarmiento, orando de rodillas en 
su reclinatorio, vestidas con el gallardo traje de la corte del 
Emperador en que brillaron aquellos personajes (i). 

Al contemplar las expresivas facciones y venerable testa 
del anciano marqués, primero de su título aunque de nobilísima 
prosapia y padre de trece hijos, viénense á la memoria profun- 
dos contrastes entre sus altos honores y la pompa de su sepul- 
cro y el oprobio y la desventura que vino á caer sobre su fami- 
lia. No la perdonó el contagio de la herejía luterana ni el rayo 
vengador del Santo Oficio; y en el primer auto de fe de Valla- 
dolid de 1559, á los seis años de fallecido el jefe de ella, pare- 
cieron con el sambenito sus. hijos D.^ María de Rojas, monja de 
Santa Catalina y D. Pedro Sarmiento, comendador de Alcánta- 
ra y su nieto D. Luís de Rojas, hijo del primogénito D. Sancho 
que había premuerto á su padre. El destierro ó la prisión per- 
petua ocultó su ignominia y su arrepentimiento : en el segundo 
auto espiró en el patíbulo y fué echado muerto á la hoguera 
otro hijo del marqués, fray Domingo de Rojas, que, tal vez en 
el convento de Falencia, había vestido el hábito de los predica- 



(i) En la cartela de abajo se lee: «Aquí yace el muy ilustre señor don Juan 
de Rojas, marqués de Poza y la muy ilustre señora D.* Marina de Sarmiento su 
mujer, el cual mandó hacer esta obra; murió primero de Agosto año 1553.» 
Más abajo se ve la fecha de 1557, que será la de la conclusión del sepulcro ó la 
del fallecimiento de la consorte, hermana del obispo y cardenal D. Pedro de Sar- 
miento. 

56 



dores (i). Sí la justicia inexorable no se detuvo ante los blaso- 
nes de los culpados, tampoco los empañó (y ojalá siempre así 



SAX PABLO .-Seí 



sucediera!) con mancha alguna hereditaria; y el ser hermano y 



(i) Véase la historia de dichos autos en las páginas 1 18 y 1 39 de este tomo. 
En su historia de la casa de Lara D. Luis de Salazar, que menciona j nombra uno 



FALENCIA 



SAN PABLO.— Retablo c 



444 FALENCIA 

sobrino de los reos no le estorbó á D. Francisco, tercer mar- 
qués de Poza, para ocupar los más honrosos puestos junto al 
trono de Felipe II y de Felipe III. Enfrente del de su abuelo se 
levanta su panteón, labrado de mármoles pardos, blancos y 
rojos, y compuesto de cuatro columnas dóricas sobre un alto 
pedestal, que sostienen el ático con las armas de Rojas; y for- 
ma simetría con el otro grupo su efigie arrodillada al lado de 
la de su consorte D.^ Francisca Enríquez de Cabrera (i). 

Antes que reconstruyeran la capilla mayor tan suntuosa- 
mente los señores de Poza y Monzón, había reformado la cola- 
teral de la epístola el deán D. Gonzalo Zapata, erigiendo 
en 1 5 1 6 á la Virgen de la Piedad un retablo de relieves con 
doselete de crestería, y mandando abrir y bordar de trepados 
follajes el bello arco ojival que comunica con el presbiterio (2). 
Más adelante se añadió otra bóveda á la longitud de la nave 
principal, y la fachada se modernizó quedando sin más adorno 
que el de las pilastras dóricas y portales cuadrados, envidiando 
á la portada lateral sus labores góticas aunque del período de 
la decadencia. Del claustro que últimamente se derribó hacen 
grandes elogios los que alcanzaron á verlo : costeólo en 1 5 1 2 



por uno á los hijos del marqués D. Juan, nada dice de estos sucesos ; y Zapata en 
su Miscelánea impresa poco há en el tomo IX del Memorial Histórico, al citar como 
¿ejemplo de herencias extraordinarias lo sucedido con la casa de Poza, sólo indica 
que vino á parar en el que en i <>q2 la poseía por haberse imposibilitado su her- 
mano mayor (D. Luís) y su tío D. Pedro, y haber sido muerto en una pendencia á 
cuchilladas el otro hermano O. Sancho que heredó el marquesado. EnelD. Carlos 
de Schiller figura en primera línea un marqués de Poza, y aunque en sus hechos, 
en sus ideas y hasta en su nombre de Rodrigo este personaje es enteramente 
ideal, tal vez sugirieron su creación al trágico alemán las acusaciones de protes- 
tantismo en que se halló complicada aquella poderosa familia. 

(i) El epitafio expresa que D. Francisco de Rojas fué del consejo de Estado y 
Guerra de Felipe II y del III y murió en 1604, Y ^^^ su esposa, de la familia de 
los almirantes, mandó hacer la obra del panteón y la reja, y dejó seiscientos du- 
cados de renta anual. 

(2) Por el letrero del retablo se sabe la fecha y el nombre del fundador, pues 
del epitafio que rodea la urna, encima de la cual se ve tendida su estatua, sólo 
puede leerse que murió á 30 de Enero por hallarse lo demás metido en la pared. 
En el hueco del nicho se declara largamente que compró, dotó y reedificó dicha 
capilla para sepultura suya y de sus sobrinos. 



P A L E N C I A 



juntamente con el dormitorio el virtuoso fray Pascual de Ampu- 
dia, obispo de Burgos, honra y prez de aquel convento. 



SAN PABLO. -Reja de la Capilla -Mayor 

Hasta el siglo xvi no florecieron en Falencia otras órdenes 
religiosas que las de dominicos y franciscanas. En 1559 se esta- 



4^6 FALENCIA 



blecieron en el centro de la población los jesuítas, y de 1584 
á 1599 ediñcaron con el auxilio de opulentos protectores una 
suntuosa iglesia y colegio que pasó á ser seminario desde su 
primera expulsión; en 1594 fué entregado á los hermanos de 
San Juan de Dios el hospital de San Blas hoy destinado á casa 
de beneficencia : en 1599 instaláronse fuera de las murallas los 
carmelitas descalzos fijándose, después de inútiles esfuerzos 
para introducirse en la ciudad, en el solar convertido ahora en 
paseo junto á la puerta del Mercado: y por último en 1603 
vinieron los franciscanos recoletos, y cerca de la catedral en la 
bajada á las Puentecillas fundaron el convento de San Buena- 
ventura donde existe actualmente el instituto literario. Ninguno 
de estos edificios merece la atención del viajero sino la Compa- 
ñía, cuya elegante fachada decoran dos órdenes de pilastras 
corintias, curvos frontispicios en la puerta y ventana, y el fron- 
tón triangular cortado por un ático, al paso que su nave, cru- 
cero y cúpula se distinguen interiormente por adornos del propio 
género y sobre todo por sus acertadas proporciones. 

Multiplicáronse hacia la misma época los conventos de mon- 
jas, pero no con la grandeza del de Santa Clara. Las dominicas 
de la Piedad trasladadas en 1540 desde Torre de Mormojón; 
las carmelitas descalzas que con prósperos auspicios trajo 
en 1580 á la ciudad Santa Teresa, principiando su fundación en 
el oratorio de nuestra Señora de la Calle (i); las bemardas ve- 
nidas en 1592 desde Torquemada al sitio que dejaron las ante- 
riores ; las agustinas canónigas ; las agustínas recoletas fundadas 
en 161 1 por D. Pedro de Reinoso, primero casado y después 
sacerdote, construyeron modestamente sus iglesias, sujetándose 
al tipo por el cual se cortaban todas á la sazón. 



(i) Desde allí pasaron al sitio que hoy ocupan. Es muy interesante la relación 
que en el libro de sus fundaciones hace de ésta la santa, y grandes los elogios que 
tributa á los palentinos. «Toda la gente, dice, es de la mejor masa y nobleza que 
yo he visto... es gente virtuosa la de aquel lugar si yo la he visto en mi vida.» 
Ayudóla principalmente en su empresa el canónigo Jerónimo de Reinoso que ya- 
ce en la capilla de San Jerónimo en la catedral. 



p AL encía 447 

Frente á la puerta de la catedral que mira al norte, forma 
ángulo dilatándose hacia la plaza una vasta fábrica de ladrillo y 
piedra; es el hospital de San Antolín y San Bernabé. Grandes 
y numerosas mudanzas ha tenido desde que á mediados del 
siglo XII lo erigió Pedro Pérez, capellán del obispo Pedro, que 
murió en el sitio de Almería, dotándolo éste y su sucesor Rai- 
mundo con varias propiedades y diezmos, y Alfonso VIII en 
1 162 con la donación de la villa de Pedraza. Prosperó el hospi- 
tal bajo el patronato del cabildo, y en el siglo xv el obispo don 
Pedro de Castilla contribuyó con larga mano á su reconstruc- 
ción, cuya muniñcencia heredaron por algunas generaciones sus 
descendientes, y completóla con sus dádivas la viuda del último 
D. Sancho, D.* Mariana de Mendoza (i). Toscos estribos flan- 
quean el exterior de la espaciosa capilla ; mas por dentro se 
halla reducida á una nave lateral de bóvedas de medio punto, 
habiéndose dividido en pisos y destinado á salas la principal, 
que conserva sus arcos ojivales. 

Resta ya sólo visitar en Palencia el palacio episcopal, situa- 
do más adelante en otra plaza á la derecha. De cuando era 
mansión señorial no existen ya vestigios: en 1567 empezó su 
reedificación el obispo Valtodano, pero suspendidas las obras 
se desmejoró hasta el punto de ser casi inhabitable á últimos 
del siglo XVII, y así llegó á fines del siguiente en que el ilustrí- 
simo Mollinedo le dio nuevo ser, haciéndolo sólido, desahogado, 
bien distribuido, con vistas deliciosas hacia su vasta huerta y 
las sinuosas márgenes del río. Perdónesenos si concedemos 
algo, una vez siquiera, á las emociones y afectos personales que 
constantemente hemos sofocado en el prolijo curso de la obra; 



(i) Recuerda sus benefícios una lápida que dice así: <cD.' Mariana de Mendoza 
hija de los marqueses de Cañete, mujer de D. Sancho de Castilla, mandó á este 
hospital mil ducados para curar en este cuarto de mal contagioso, y á la capilla de 
San Lázaro donde está enterrada mil y seiscientos, y á la cofradía de la caridad 
para los envergonzantes cuatrocientos ducados, todos de renta cada año, y otros 
muchos pios legatos.» Murió dicha señora hacia i 580. Sobre la entrada del hos- 
pital hay una fecha, no pudimos discernir si i 5 30 ó i $ 39. 




448 FALENCIA 



porque ¿cómo no recordar la cariñosa hospitalidad que allí reci- 
bimos ? ¿ cómo olvidar las sabrosas pláticas con el venerable an- 
ciano que entonces lo habitaba, y la acerba despedida presagio 
de perpetua separación y de próxima muerte? Muchas veces al 
coordinar en el silencio de la noche las impresiones del día, al 
trazar rápidamente los apuntes para nuestro libro, nos asaltó 
la triste idea de que sus ojos ya no habían de recorrer estas pá- 
ginas, que no había de gozar de la satisfacción de ver descrita 
por su querido amigo á su querida Falencia; y este presenti- 
miento se habría cumplido aun cuando en vez de años sólo hu- 
bieran mediado meses, porque á los cinco falleció. Vaya pues 
unido á las mismas páginas, si alguna duración han de alcanzar, 
el nombre de D. Carlos Laborda, que también sus virtudes son 
recuerdos, también sus acciones un monumento para la dióce- 
sis ; y despidámonos con él en los labios y el luto en el corazón, 
como años atrás, de la ciudad que su residencia nos hizo tan 
preciosa. 




el siglo XII ó XIII, en que, si hemos 
de atender á su esplendidez, gozaban aquellos pueblos de ma- 
yor importancia que ahora. Nunca en tan corto espacio experi- 



45o FALENCIA 



mentamos tal serie de goces artísticos como en una excursión 
de jornada y media que al norte de Falencia hicimos, doblándo- 
se lo íntimo de la fruición con la sorpresa del hallazgo. 

Salimos una tarde formando alegre cabalgata por la puerta 
de Monzón, y á poco más de media legua vimos asomar en la 
llanura el castillo de Fuentes de Valdepero con sus torreones 
ceñidos de matacanes y sus ventanas ojivas en la fachada meri- 
dional. Pareciónos su fábrica poco más antigua que la honrosa 
resistencia que opuso al obispo Acuña á principios del año 1 5 2 1 , 
guardado por Andrés de Ribera y defendido por las mismas 
mujeres con entusiasmo tan verdaderamente popular, que im- 
puso respeto al caudillo comunero y alcanzó á los sitiados ven- 
tajosas capitulaciones. Aunque en parte derruido, le promete 
una larga existencia su solidez, y á poca costa pudieran recobrar 
las salas su primitiva grandeza. Pertenece al duque de Alba, y 
en su escudo de piedra colocado al pié de una torre, notamos 
una espada de acero que referimos á la heroica defensa : díjose- 
nos era la del padre de Bernardo del Carpió, el ciego conde de 
Saldaña. De esta suerte el pueblo, y no es el pueblo solo, olvi- 
da las verdaderas y recientes glorias por las apócrifas y román 
cescas. 

Pasamos á Husillos al otro lado del Carrión : la iglesia que 
descuella sobre sus setenta casas se remonta al siglo xii, pero 
sus recuerdos van mucho más allá todavía. Cítanse donaciones 
que la suponen existente ya en la edad de Ramiro II (i), antes 
de que la erigiesen en abadía los condes de la inmediata villa 
de Monzón, Fernando Ansúrez y sus hermanos. Reinaba en 
León su hermana D.* Teresa esposa de Sancho el Gordo, y 
acudiendo á ella un anciano cardenal llamado Raimundo, para 
que le concediese en lugar desierto un santuario donde colocar 



(i) Una menciona Morales otorgada por Evoholmor y su mujer Especiosa y su 
hermano Zalama, presbítero, en la era de 933 reinando en León Ramiro, y para 
explicar la oposición entre estos dos datos, cree que la erase toma aquí por años 
de Cristo. Opinamos más bieii que hay error en la fecha ó que se habrá leído mal. 



P A L E N C I A 451 



las preciosas reliquias que le había dado el papa y acabar allí 
sus días, indicóle el de Husillos y medió con el conde á fin de 
obtenérselo (i). Instituyóse una colegiata, fué Raimundo el pri 
mer abad, y al compás de la devoción fué creciendo la hacienda 
de la casa, contándose entre sus bienhechores la infanta Urraca 
la de Zamora. Su hermano Alfonso VI para atajar discordias 
mandó partir los bienes entre el abad y los canónigos, señalan- 
do al Cid Campeador por uno de los comisarios; y en 1088, 
ante el concilio congregado allí por el legado cardenal Ricardo, 
presentóse con el obispo de Santiago Diego Peláez, á quien 
tenía preso quince años había por acusación de pérfidos tratos 
con el rey de Inglaterra, y después de arrancarle la confesión de 
su indignidad, le hizo deponer solemnemente y promover en lu- 
gar suyo á Pedro abad de Cárdena. Desaprobó Roma el violen- 
to proceder del rey y la servil complacencia del legado, y anuló 
el nombramiento del intruso. 

Estos sucesos no los alcanzó, como harto posterior á ellos, 
el actual edificio, cuya memoria más antigua es en todo caso la 
lápida que consigna la concesión de coto hecha á la abadía por 
Sancho III en 1 158 (2). Sin la ojiva que en la portada se deno- 
ta, harían retrasar su fecha las labores de sus arcos en diminu- 
ción y de su cornisa y la moldura de cabezas de clavo que 
guarnece el arquivolto exterior. Dos ventanas apuntadas á los 
lados de la claraboya, llevan también su orla de jaqueles, y en 



(i) La reina le respondió que ella no tenía cosa semejante que le satisfaciese: 
«mas miño hermano, dijo prosiguiendo adelante, vos dará si él quisiere la su 
iglesia de Santa María de Dcfesa brava, que así se llamaba entonces aquel sitio.» 
/tsí lo cuenta Morales sacándalo de la escritura de fundación que cita con referen- 
cia á los canónigos, pues dice no la vio en el archivo por haberse presentado en 
cierto pleito. En su Viaje sanio pone el hecho anterior al año 9$o y nombra á la 
reina Teresa mujer de Ramiro: en los Anales la reconoce por esposa de Sancho I 
y refiere el suceso al 985 ó poco antes. 

(2) Dicha inscripción está dentro á la derecha y la leímos en esta forma: 
vEra MCLXXXXVÍ rex Sancius dompni Aldejonsi imperatoris Hisj)aniarumfilius 
dedil caulos ecclesie Sánele Marte de Fusellis, Raymundo Gilaberli existenle ahbale 
ejusdem ecclesie^ el eadem era predictus rex domnus Sancius obiil ultimo die Augus- 
li.tt Morales la transcribe con varios errores y entre ellos uno sustancial en la fe- 
cha, poniendo era i 1 9 5 en lugar de i 1 96. 



452 FALENCIA 



la vieja torre se abren algunas de dos arcos puramente bizanti- 
nas. El ábside presenta en su convexidad un irregular conjunto 
de machones, canecillos, trozos de' cilindricas columnas ó de pi- 
lastras más recientes, que indican los reparos que ha sufrido. 
No corresponde á las prerrogativas del templo la pobreza del 
interior, que es de una nave sola sin columnas ni pilares, baja, 
de toscos arcos ojivales, y renovada en sus bóvedas por añadi- 
dura con recuadros de yeso. El antiguo relicario y el piadoso 
tesoro que contenía han desaparecido (i), tal vez desde que la 
colegiata se trasladó á Ampudia á principios del xvii ; mas en 
las puertas del basamento del retablo se lee todavía y se repre- 
senta de relieve la historia tradicional de aquellas reliquias (2). 
De género bien distinto es la joya con que hoy se envanece 
la iglesia de Husillos: un sepulcro pagano de procedencia des- 
conocida, de piedra compacta y pulida como el mármol, de pri- 
mor comparable al de las más exquisitas antigüedades romanas. 
El significado de la escena, esculpida de más de medio relieve 
en la delantera de la urna, no se atina fácilmente: dos cadáveres, 
uno de mujer y de atlético varón el otro, echados en el centro, 
y entre ellos de pié un robusto mancebo, á los extremos dos 
mujeres reclinadas, personas de ambos sexos con grandes velos 
tendidos como para cubrir el cadáver, revelan bien una ceremo- 
nia fúnebre, pero no es tan cierto que figuren el combate de los 
Horacios y la muerte de su hermana á manos del último, ni 
menos la paz entre sabinos y romanos por mediación de sus 



(i) Véase cómo lo describe el autor del Via/e santo: <«E1 relicario es una caja 
de piedra en la pared al lado de la epístola junto al altar mayor, con moldura al 
rededor tan antigua al parecer como toda la obra de la iglesia. Tiene dos puertas 
de reja de hierro tan antiguas como la obra, y dentro hay una arca dorada tumba- 
da, nueva, con algunos follajes de estofado, de hasta tres cuartas de largo y me- 
dia vara en alto.» Las reliquias principales entre un sin número de menudas, eran 
un trozo de Lígnum Cructs^ una espina de la corona del Redentor y un pié de San 
Lorenzo. 

(2) Kn una de dichas puertas se contiene : Car¿íf«a//s Ratmundus^ primus hu- 
yas sánete bastiicc ahhas, sánelas hie reliquias á domino A ^apUo papa I¡ donatas 
portavit ac reeondidil anno Dom. DCCCCL, En la otra se repite casi lo mismo. Los 
relieves parecen obra del siglo xvi. 



P A L E N C I A ^53 



hijas y esposas (i). Siglos hace que artistas y viajeros admiran 
aquella obra maestra, sin que se sepa dónde y cuándo fué halla- 
da, ni cómo vino á tan escondida soledad: sólo aparece que el 
sepulcro, lo mismo que el del Rey Monje en Huesca, el de 
Itacio en el panteón real de Oviedo, el atribuido al rey Alfonso 
en la catedral de Astorga, encierra restos de algún personaje 
muy distinto de aquel para quien se labró con mil años de an- 
terioridad. Con la perfección del arca contrasta lo tosco de la 
cubierta, añadida sin duda al destinarla á su actual empleo; mas 
carece de epitafio que permita asegurar si yace allí el conde 
fundador ó alguno de sus descendientes (2). 



(1) Trasladada en 1872 esta joya al museo arqueológico nacional, tuvo oca- 
sión de examinarla detenidamente el erudito Sr. Fernández Guerra, y recordando 
tres sarcófagos muy parecidos en el asunto de su escultura, custodiados en Roma 
en los palacios Giustiniani, Barberini y Borghese, que desde el siglo pasado fue- 
ron objeto de animada discusión entre Winckelman, Eckel, Viscontiy otros insig- 
nes anticuarios, cayó en la cuenta que el de Husillos representaba la misma esce- 
na de aquellos, es decir, la muerte de Agamenón y de Casandra. Con el ingenio 
que le distingue, explica nuestro sabio arqueólogo, en el tomo I del Museo de An- 
itffüedadeSf las trece figuras, una por una, que componen el relieve, mostrándonos 
además de las dos víctimas, del adúltero Egisto y de un cómplice que aplasta con 
un tajo de cortar carne la cabeza de la troyana, á la celosa Clitemnestra con una 
tea en la derecha y una serpiente en la izquierda, seguida de una furia; á Orestes 
y Electra dormidos á uno y otro extremo del cuadro como presagiando la futura 
venganza, y en igual actitud á Ingenia inclinada sobre la segur que la inmoló, re- 
cordando por decirlo así el prólogo de toda la 'tragedia; á una mujer, probable- 
mente la nodriza de Orestes, apartando con horror el rostro, y á otra que se lo 
cubre con las manos; á un servidor de Agamenón que acude ya tarde en su auxi- 
lio; y á otros en fin que tienden sobre la catástrofe grandes lienzos, cuya extremi- 
dad envuelve á la derecha un simulacro' de Apolo del cual era Casandra sacerdo- 
tisa. En los sarcófagos de Roma, de composición parecida, Eckel y otros creyeron 
ver más bien la venganza tomada sobre Clitemnestra y Egisto por Orestes y Pila- 
des alentados por Electra, opinión que combate con serias dificultades el Sr. Fer- 
nández Guerra. A su vez interpreta los dos relieves de los costados de la urna, 
haciendo notar que son de labor harto menos primorosa que la delantera, y en el 
grupo de la derecha compuesto de cuatro figuras discierne la prisión de Orestes 
y de su amigo en el Chersoneso Táurico y su reconocimiento con Ifigenia, y en las 
dos de la izquierda la absolución del matricida por la diosa Palas. No es fácil opo- 
ner á esta explanación otra más aceptable ni desenvolverla con mayor lucidez. 

(2) Por larga y minuciosa que sea la relación que de esta urna hace Morales, 
no sabemos abreviarla una línea, tan interesante es. «Y estando toda ella, dice en 
sus Anales, labrada como se dirá, tiene la cubierta tumbada de una piedra tosca y 
lisa y tan groseramente labrada, que parece se hizo de aquella manera para que 
la labor de la caja de abajo pareciese mejor, aunque sin este opósito le basta sola 
su escelencia para mucho resplandecer. En la haz desta caja está esculpido de mas 



454 P A L E N C I A 



Corto interés ofrecen ya los restantes entierros de Husillos. 
Hállanse toscos bultos de sacerdotes con un libro en las manos 
á la entrada de la iglesia y en un nicho de los que ocupan el 
fondo de las capillas ojivales de la izquierda al lado del de la 
célebre urna romana ; en la inmediata capilla, donde existe un 
antiquísimo retablo de San Ildefonso, hay otra tumba del si- 
glo XVI con estatua yacente de prebendado (i); en la bizantina 
de la derecha una lápida del xiii (2). Tal vez las contenía en 
mayor número el claustro, cuya entrada de arco semicircular 



que medio relieve el fin de la historia de los Horacios y Curiacios, pues está al 
principio la hermana muerta y allí su esposo y otra gente llorosa sobre la herma- 
na, y entre ellos uno que, no se le pareciendo mas que el colodrillo con la mano 
puesta en él, representa mas tristeza que ningún rostro de los muy tristes que se 
parecen; con esto se puede creer quiso el artífice fuese este el Agamenón de Ti- 
mantes, que cubriendo su pesar el buril lo muestra mayor el arle. Sigue luego 
una manera de sacrificio, y parece el pasarlo el padre al matador por debajo del 
//g^iVo sororio y todo aquello que Tito Livio prosigue; porque también en el un 
testero desta caja están dos que teniendo un asa en medio parece sacrifican, y en 
el otro testero asimismo están dos que encierran en un sepulcro la urna con las 
cenizas de la muerta. k!sta es á mi juicio la historia : la escelcncia de la escultura 
se puede sumar con lo que dijo el famoso Ücrruguete, después de haber estado 
gran rato como atónito mirándola : ninguna cosa mejor he visto en Italia. Lo que á 
mí me sucedió allí es que habiendo mas de veinte figuras, cuando estaba mirando 
la una y pensaba que allí se habia acabado la perfección del arte, en pasando á 
mirar la siguiente entendía como tuvo el artífice de nuevo mucho que añadir. Ca- 
da figura mirada toda junta tiene estraña lindeza, y en cada miembro por sí aun- 
que sea muy pequeño hay otra particular, que sin ayudar al todo, ella por sí sola 
se tiene su estremado artificio. Toda la escultura está muy conservada sino es una 
sola figura al un lado, que á lo que yo creo por estar muy relevada la quitó algún 
grande artífice para llevarse algo de aquella maravilla. Y no se espante nadie 
como me detengo tanto en celebrar una piedra, porque demás de mi afición natu- 
ral á la pintura y escultura, desta antigualla dijo el cardenal Poggio, á quien todos 
conocimos por hombre de lindo ingenio y alto juicio, que podía estar en koma 
entre las mas estimadas por su igual. Y á lo que yo creo debe ser sepultura de 
aquel conde Fernando Ansurez fundador, que aviendo ávido esta rica antigualla 
de romanos, quiso sirviese para su sepultura. De romanos digo que es, pues para 
sepultura de ningún cristiano cierto que no se hiciera con tan profana historia.» 
En el Viaje Santo, donde se expresa casi en iguales términos, añade que es de 
ocho pies en largo y tres y medio de alto y otro tanto en ancho, que dentro hay 
huesos, y que tal vez tenga algunas letras el lado do la urna arrimado á la pared, 
que está liso según se juzga por lo que se puede tocar. 

(i) Tiene á sus pies un perro y el siguiente epitafio: «Aquí yace el honrado y 
discreto varón D. Pero Kuiz de Villoldo abbad de Lavanza, prior desta yglcsia, 
que Dios aya, falleció á XI de junyo de MDIII años » 

(2) Dice asi: ¡dibus novembris obiii magister Ste/anus sacrista hujus ecclesie, 
ejus anima requiescat in pace^ amen^ era MCCXCIX (1261 de C.) 



P A L E N C I A 



455 



se ve á un lado de la del templo, antes que sufriera la renova- 
ción que hace en el día menos lamentable su completa é inmi- 
nente ruina. 

De los poderosos condes que dominaban aquella tierra, 
Husillos era el panteón y Monzón el castillo. Este nombre deri- 
vado del montecillo en que está, Monteson en latín bárbaro, y 
eventualmente idéntico al de la célebre villa de las cortes ara- 
gonesas, suena desde la primera repoblación de los Campos 
Góticos que siguió á las conquistas de Alfonso ÍII. La importan- 
cia de su fortaleza sobre la vega del Carrión puede medirse por 
la autoridad del que la guardaba en la primera mitad del si 
glo X, Ansur Fernández, padre de Fernando Ansúrez y de sus 
hermanos Gonzalo, Ñuño y Enrique, al par que suegro del rey 
Sancho I. No sabemos si era conde ó alcaide de la misma 
en 1029 el buen Fernán Gutiérrez, á quien crónicas y romances 
enlazan con el suceso de los aleves hijos de D. Vela matadores 
del joven conde de Castilla. Incapaz de resistirles á viva fuerza, 
dícese que los acogió dentro muy sumiso y los entretuvo con 
banquetes, mientras avisaba en secreto al rey de Navarra que 
vino arrebatadamente á vengar á su cuñado. Encendióse á la 
entrada del castillo una hoguera, y en ella pagaron su traición 
los tres hermanos Rodrigo, íftigo y Diego : su cómplice Fernán 
Flainez escapó disfrazado y metióse en los montes de las Somo- 
zas, pero acorralado y cogido cual fiera, recibió por fin el casti- 
go de manos de la esposa de su víctima (i). 



(i) Seguimos, sin darla por cierta ni mucho menos, la relación de la Crónica, 
general y del Romancero : éste llama alcaide, aquella conde de Monzón á Fernán 
Gutiérrez. La fuga de Flainez la describe el romance de este modo: 



Hernán Flayno esc traidor 
Se le habia escapado, 
Mudárase los vestidos, 
Cavalgó sobre un caballo 
Sin llevar silla ni freno, 
Un capote cobijado, 
La capilla en la cabeza, 
En piernas iba el malvado; 
Entróse dentro en los montes, 



No se halla aunque es buscado. 

El rey don Sancho mandó 
Que el monte sea cercado, 
Prendido lo habia en él 
AI alevoso malvado; 
Trajéronlo do es la infanta-, 
A ella lo han entregado, 
Y fízo en él tal justicia 
Que lo mató por su mano. 



456 FALENCIA 

Al renacer Falencia por aquellos años, daba nombre Mon- 
zón á toda la comarca ; no es mucho lo dé todavía á una de las 
puertas de la ciudad. Su título era el primero que llevaban con 
otros muchos el conde Ansur Díaz y su hijo el famoso Pedro 
Ansúrez, restaurador de Valladolid ; y tal vez como residencia 
de este último, fué teatro de los infaustos desposorios de su 
pupila la reina Urraca con Alfonso rey de Aragón, en cierta 
noche del mes de Octubre de 1 109, que se señaló con una fuer 
te helada como agüero de la desolación que había de caer sobre 
Castilla. En mi declarado ya el divorcio, sirvió de asilo Mon 
zón á D. Pedro de Lara, contra quien se habían coligado nume- 
rosos émulos del absoluto favor de que gozaba con la princesa 
á fuer de amante ó de marido: cejó tras de porfiado sitio su 
resistencia, y hubo de rendirse prisionero (i). Andando el 
tiempo vinieron á poseer á Monzón los señores y luego mar- 
queses de Poza, de cuya época parece datar el actual castillo 
coronado de almenas, que con el puente de trece ojos sobre 
el río forma una imponente perspectiva. 

Disipároíisenos más arriba los bélicos recuerdos y las som-. 
brías tradiciones al penetrar en los amenos sotos donde conflu- 
yen el Carrión y el Ucieza, y donde con lo exuberante de las 
aguas despliega desusada pompa la vegetación. Allí entre fron 
dosas alamedas, alumbrado por los últimos rayos del sol, se 
nos apareció de improviso un monumento, el priorato de Santa 
Cruz de la Zarza, habitado por los premonstratenses desde que 
en 1 1 76 los trajo Alfonso VIII del monasterio de Retuerta 
poniendo al abad Juan á su frente, hasta que en 1627 cansados 
de la soledad se mudaron á Valladolid. Márcanse por fuera 
gentiles y desembarazados todos los miembros de una iglesia 



Observamos ya en el tomo de Asturias y León que ese conde Flainez, que la tra- 
dición denigra, años después de su pretendido suplicio firma lleno de vida y de 
honores los privilegios y concesiones de Sancho el Mayor, y añadiremos ahora la 
dotación de la catedral de Falencia por Vercmundo III. 

(i) Fueron sus adversarios D. Pedro de Trava su propio suegro, D. Gutierre 
Fernández de Castro y D. Gómez de Manzancdo, quienes le enviaron preso al cas- 
tillo de Mansilla cerca de León, desde donde pudo escapar á Barcelona. 



FALENCIA 457 

bizantina, la nave, el crucero con rasgados ajimeces en cada 
brazo, los ábsides laterales, y el principal de forma pentágona 
reforzado por machones; pero en sus ventanas flanqueadas de 
esbeltas columnas cilindricas y en el bajo portal bocelado, la 
ojiva señala ya la proximidad de la transición. Reina asimismo 
por dentro en los arcos de las bóvedas, y aun posteriormente 
fueron adornadas con estrellas de crucería ; reina en las lóbregas 
galerías del desierto claustro, que sin embargo no participa de 
la elegancia ni de la perfecta conservación del templo. 

Había cerrado la noche cuando llegamos á Amusco, y á la 
primera luz del siguiente día vimos en la parroquia de San Pe- 
dro uno de los portales más grandiosos que ha dejado el arte 
bizantino. Siete arcos decrecentes, que por su rompimiento im- 
perceptible apenas merecen llamarse apuntados, disimulan el 
espesor del muro, guarnecido el uno de dientes de sierra, otro 
sembrado alternativamente de angelitos y cabezas, los restan- 
tes tachonados de florones ; las doce columnas llevan por basa 
un simple anillo, pero en sus capiteles ostentan con variedad 
prodigiosa así ramas de encina y otros follajes, como figuras de 
hombres y mujeres y fantásticos brutos. A los lados del arco 
exterior figuran bajo doseletes las efigies de San Pedro y San 
Pablo, y encierran la obra en una especie de atrio dos robustos 
arbotantes, que tal vez se construyeron al incrustar en la nueva 
iglesia la vieja fachada, de la cual subsiste á la altura del coro 
un ajimez, bizantino en todo menos en su ojiva. Desgraciada- 
mente el siglo XVI no acertó á fabricar en reemplazo de lo que 
destruyó sino una alta y espaciosísima nave enteramente desnu- 
da, con cúpula muy plana, y en el testero un retablo colosal : del 
presbiterio arrumbó los sepulcros de los Manriques de Lara, á 
excepción de alguna losa con relieves, y por el atrio rueda un 
trozo de atlética estatua de alguno de los adelantados mayores 
de Castilla (i). Respetóse la antigua puerta lateral, pero se em- 



( i) Del epitafio esculpido en letras góticas de relieve sólo pueden leerse por 

58 



458 FALENCIA 



plastaron de yeso sus numerosas molduras. La espadaña con 
sus tres órdenes de arcos tiene honores y elevación de torre. 

Cuan poblada fuese en lo pasado la villa de los Manriques, 
merced á sus fábricas de lana no menos que á la feracidad del 
suelo, lo demuestra otra parroquia que fuera del pueblo se levan- 
ta con el nombre de Santa María de las Fuentes, conservada 
hoy en clase de ermita por la devoción de los pastores del con- 
torno. Bizantina en la traza y disposición de sus tres naves, tres 
ábsides y crucero y en los grupos de columnas que forman sus 
pilares, gótica en los arcos muy marcadamente apuntados, es un 
acabado modelo del género de transición, y una prueba de lo 
mucho que duró en aquel país su predominio, pues hacia la mi- 
tad del siglo XIV la obra continuaba todavía (i). Gracias á no 
haberla alcanzado después la manía de las renovaciones, halla- 
mos en sus capillas retablos anteriores al estilo ya que no á la 
época del renacimiento (2) ; vemos reproducirse en sus dos por- 
tadas bien que ojivales la misma degradación de arcos y riqueza 
de capiteles que en la de San Pedro, á cuyo ejemplo tiene su 
atrio la del costado; contemplamos en la fachada las ménsulas 
de caprichosos mascarones, la prolongada claraboya, la sencilla 
espadaña, y en el torneado ábside los sutiles pilares, las fajas 
de tablero, las graciosas ventanas de dos ó tres columnas por 
lado, que caracterizan las construcciones puramente románicas, 
y que le dan apariencias de nmyor antigüedad. 

La historia de Amusco se refunde en la de una familia, pero 



la colocación de la piedra estas palabras : don Po, Manrique adel... doce días del mes 
de.,. Opinamos que el sepulcro debió ser de alguno de los adelantados de Castilla 
que hubo de la estirpe de los Manriques en el siglo xvr, pues los que lo fueron de 
León en el xv, D. Pedro Manrique y su hijo D. Diego, no yacen en Amusco sino en 
el monasterio de Valvanera. 

(i) Pruébalo la merced que en i 334 hizo al concejo de Amusco su quinto se- 
ñor Garci Fernández, de fabricar cinco ó más molinos sobre el Ucieza, con tal que 
se emplease la renta en la obra de Santa María y en reparar las fortificaciones. De 
estas hay vestigios todavía. 

(3) Tales son el de Antón García y su mujer hecho en i s 24 y el del licenciado 
de Amusco. 



FALENCIA 459 

esta familia se apellidaba Lara. Disputóla en el siglo xii á los 
Osorios, á cuyo progenitor Rodrigo Martínez había dado en 1 1 35 
Alfonso VII toda la heredad que allí tenía con el infantazgo de 
San Pelayo ; y poseíala por completo el esclarecido Pedro Man- 
rique, cuando al morir en 1202 dejó á su tercer hijo Rodrigo el 
señorío al cual ella dio nombre, como la principal de las nueve 
villas que constituían en Campos su dominio. Arraigóse tras- 
plantada en Amusco aquella rama, que olvidando el de Lara, 
convirtió en linaje el nombre hereditario de Manrique: Pedro, biz- 
nieto de Rodrigo en 1323; Garci Fernández, hijo de Pedro 
en 1362; Pedro, hijo de García, en 1381 preso en el alcázar de 
Palencia como favorecedor del conde de Gijón, los tres legaron 
sus mortales despojos á la iglesia de San Pedro. Sin embargo, 
la villa aunque solariega no iba incorporada al mayorazgo y se 
dividía á menudo entre los hijos del poseedor, hasta que D. Juan 
García Manrique, hermano del último y arzobispo de Santiago, 
que la escogió á veces por retiro en sus desgracias cortesanas, la 
vinculó en 1382 á favor de Diego Gómez, otro de sus hermanos, 
que feneció gloriosamente en el desastre de Aljubarrota. Creció 
portentosamente en el siglo xv por herencias y enlaces la pujan- 
za de los señores de Amusco, y no tuvieron los infantes de Ara- 
gón aliado más poderoso ni el de Luna enemigo más formidable 
que el adelantado Pedro Manrique y su hijo Diego, primer conde 
de Treviño. Al morir éste allí en 1458, armóse la villa sin pro- 
vecho en defensa de su viuda D.* María de Sandoval, á quien 
prendieron sus cuñados y despojaron de la tutela de los hijos, y 
que después de repetidos azares y vicisitudes, viuda segunda 
vez del conde de Miranda, acabó retirada en un convento. Fué 
su primogénito aquel animoso D. Pedro, cuyos eminentes servi- 
cios premiaron los Reyes Católicos en 1482 con el ducado de 
Nájera, y que contradijo después con inaudita tenacidad la re- 
gencia de Femando V. El título de señor de Amusco, eclipsado 
por otros más ilustres bien que más recientes, continuó en su 
descendencia masculina, y por extinción de ella en 1 600, saltó 



460 FALENCIA 

de varón en varón á otras ramas del tronco de los Manriques. 

Heredólo últimamente la de Garci Fernández, tío del primer 
duque, á favor del cual se había desmembrado en el siglo xv el 
señorío de las Amayuelas que en 1658 se erigió en condado. 
Ambas Amayuelas, la de arriba y la de abajo, dominan una pers- 
pectiva deliciosa al otro lado del canal á vista de Amusco, y sus 
parroquias de Santa Colomba y San Vicente pasan por cons- 
trucciones góticas en el país; pero nos impidió visitarlas la rapi- 
dez de la excursión, haciéndonos dejar también á un lado el 
pueblo de San Cebrián con el encomiado retablo de su igle- 
sia (i), y el gran convento franciscano de la Calahorra conver- 
tido en fábrica de harinas. Sólo un momento nos detuvimos á la 
entrada de Pina de Campos, sin penetrar en su recinto cercado 
en parte todavía, á contemplar su gallardo castillo, cuyos muros 
taladran saeteras en cruz, y cuyas torres angulares no menos 
que otras cuatro salientes en el centro de cada cortina coronan 
altas y piramidales almenas. Las famosas calderas de los Laras 
alternando con águilas en sus blasones, dicen que allí señoreaba 
otra línea de los Manriques, la de los marqueses de Aguilar. 

Ansiábamos llegar cuanto antes á los históricos campos de 
Támara y visitar el suelo donde se hundió en 1037 el trono 
de León y que empapó la sangre del último de sus monarcas. 
Sangre inocente y generosa, vertida por la más injusta ambición, 
y sin embargo fecunda, doloroso es decirlo, para la unidad y 
pujanza de la monarquía, puesto que con ella se amasaron los 
cimientos de la grande obra reservada á la dinastía de Feman- 
do I. Apareciéronse á nuestra fantasía el malogrado Veremundo, 
y su brioso caballo Pelayuelo, y los siete campeones que sobre 
él cayeron peleando, y los arrollados leones, y los victoriosos 
castillos ; pero en balde buscaron nuestros ojos por llanos y ce- 
rros algún objeto que recordara la terrible catástrofe, en balde 



(i) Consta de cuatro cuerpos con medios relieves, según dice Ponz, que elogia 
asimismo la sencilla arquitectura del coro y el pórtico que mira al mediodía. 



FALENCIA 461 



interrogamos al labrador si vivía la tradición del suceso en sus 
cantares ó si venía á asombrarle alguna vez, al remover la tierra, 
el hallazgo de armas ó despojos humanos. No obstante, la situa- 
ción del lugar en el país comprendido entre Pisuerga y Cea obje- 
to de la contienda de los dos cuñados, su proximidad al Carrión 
considerando como uno de sus brazos el Ucieza, y la analogía 
por no decir la identidad del nombre, persuaden ser aquel el 
valle de Tamarón teatro de la lucha fratricida (i). 

Á falta de memorias bastarían para ennoblecer á Támara 
sus monumentos. La iglesia llamada del castillo y único resto 
que de él subsiste, mostrando el rudo carácter de la primera 
época bizantina y careciendo de ábside semicircular como las 
primitivas de Asturias, perteneció según fama á los Templarios 
cual aneja á la encomienda de Villasirga, y de ellos pasó con el 
señorío del pueblo á la orden de San Juan. La parroquia de San 
Miguel fué priorato de San Pedro de Cárdena ; la principal, de- 
dicada á San Hipólito, ignoramos lo que sería antes que en el 
siglo XIV desplegara una magnificencia digna de brillar en la ca- 
pital más distinguida. Anda ligada la advocación del santo, en 
cuyo día nació Alfonso XI y de quien se manifestó siempre muy 
devoto, con la protección que á la fábrica del templo dispensó 
en 1334 mandando emplear en ella las tercias que del lugar per- 
cibía. .Á la puerta mayor^ colocada en el flanco del edificio, sirve 
de pedestal una escalinata y de pórtico una gran bóveda de sen- 
cillas ojivas tan alta como las interiores ó poco menos, debajo 
de la cual campea mejor el ingreso de seis arcos decrecentes. 



(i) En el tomo de Asturias y León describimos el suceso. Habiendo acontecido 
en miércoles según los anales Complutenses, y refiriendo el monje de Silos la co- 
ronación de Fernando I en León al 2 2 de junio, debió darse la batalla en 8 ó i 5 de 
aquel mes que fueron miércoles en el año de 1037. En el nombre y circunstancias 
del sitio convienen los antiguos cronistas, y el Silense expresa trans/ecto Canta- 
briensium limite: pero Mariana añade de su caudal que fué cerca de Lantada, con- 
fundiendo acaso esta acción con la que ganó en 1068 Sancho I! contra su hermano 
Alfonso. La crónica de Alfonso Vil dice que in valle Tamari estuvieron para venir 
á las manos en 1 127 aquel monarca y su padrastro Alfonso de Aragón, situando 
expresamente dicho valle entre Castrojeriz y Hornillos, donde todavía hay un pue- 
blo llamado Tamarón que no debe equivocarse con el que nos ocupa. 



^02 r^ A L E N C I A 



que recuerdan aunque apuntados la reciente tradición bizantina. 
El templo reúne la gravedad y gentileza de las obras góticas 
de aquella centuria, y la amplitud del crucero aumenta el des- 
ahogo de sus tres naves, sostenidas por pilares de ocho colum- 
nas, en cuyos capiteles se entrelazan con las hojas animales de 
capricho. 

Más avanzada y en su mayor eflorescencia se hallaba la ar- 
quitectura al levantar el bellísimo arco del coro, aislado á los 
pies de la nave principal. Dos líneas de colgadizos lo guarne- 
cen, aguántanlo columnas labradas de florones romboidales, 
cíñelo un antepecho calado con figuras bajo doseletes en medio 
de él y á los extremos, iguales á las del apostolado repartidas 
en los dos cuerpos de crestería que miran hacia las naves me- 
ñores. La sillería de dos órdenes se hizo más tarde en el si- 
glo XVI, al mismo tiempo que se reedificó de crucería su bóveda 
esculpiendo en la clave el escudo imperial. Su escalera gira es- 
piralmente al rededor de un pilar lo mismo que la de Villamu- 
riel, y el vacío del arco lo ocupa el órgano suspendido sobre un 
ligero puntal. En la pila bautismal cuajada de lindos relieves 
que representan los hechos de San Hipólito, en las del agua 
bendita abundantes en figuras, se advierte también la delicada 
mano de los escultores de la Edad media ; pero ni á estos acce- 
sorios ni á la elegancia de la reja corresponde el barroquismo 
de los altares. Los cajones de la sacristía, minuciosamente enta- 
llados con varias historias, encierran preciosos ternos y orna- 
mentos de más de trescientos años de fecha ; y entre las reli- 
quias figura la cabeza del santo titular traída de Roma en 1654 
por el carmelita firay Bernabé de Guardo, natural de la villa. 

Gran ruina vino sobre la iglesia el último día del año 1568 
con el hundimiento de la torre, que derribó seis capillas de la 
izquierda (i). Situada como la actual á los pies de aquella, en 
medio de dos portadas de la decadencia gótica que acompañan 



(1) Recuerda esta catástrofe la inscripción puesta debajo de una tribuna. 



FALENCIA 463 

dos claraboyas de trepados arabescos, parece que databa, lo 
mismo que éstas, del tiempo de los Reyes Católicos, cuyos escu- 
dos se notan á los lados del de la casa Austriaca en uno de los 
cuerpos de la construcción presente, trasladados acaso de la 
anterior. Erigióse la nueva sobre atrevidos arcos con la orna- 
mentación acostumbrada de pilastras y recuadros y ventanas de 
medio punto, añadiendo nichos con fíguras en los costados de 
las superiores, y diósele el remate de rigor, balaustrada de pie- 
dra, agujas en los ángulos, cupulilla y linterna, que bastan para 
merecerle el concepto de obra de Herrera y para ser citada 
entre las mejores torres de Castilla (i). Gruesos machones ro- 
bustecen por fuera el edificio, y entre los del ábside asoma do- 
ble serie de góticas ventanas. 

Apenas habíamos perdido de vista á Támara , saliónos al 
encuentro Santoyo, pueblo guarnecido, como de armadura com- 
pleta, de altos muros almenados con sus torres y garitas de 
trecho en trecho y tres arcos en lugar de puertas. Á vistas de 
estos indicios de importancia antigua tan poco acordes con su 
condición presente, cualquiera se inclina casi á acoger la pre- 
tensión inventada por los cronicones apócrifos del siglo xvii, de 
haber sido aquella una de las primitivas sedes episcopales con 
nombre de Tela, fundada por San Eutiquio discípulo del após- 
tol San Juan, de quien dicen le vino el llamarse Santoyo, y des- 
destruída por la invasión de los suevos. Y en efecto parece edi- 
ficada bajo la impresión de grandiosos recuerdos y venerandas 
tradiciones aquella parroquia, que aun después de visitada la 
de Támara sorprende al espectador. Algunos años de prioridad 
llevan á la otra sus tres naves , pues á pesar de cerrarse sus 
arcos en ojiva, los pilares presentan hacia la mayor, que es alta 
y angosta, dos órdenes de columnas sobrepuestos como en va- 
rías obras de transición (2), y en las ventanas de las laterales 



(i) De tal la califica Ponz, que yerra en suponer de la época de los Reyes Ca- 
tólicos la arquitectura general del templo, pues su estilo es harto anterior. 

(3) Como ejemplo de esta sobreposición de columnas recordamos los pilares 
de la catedral de Sigüenza. 






464 FALENCIA 



se observan los cortos fustes y los grandes capiteles del estilo 
románico. Como la otra iglesia , tiene esta á sus pies la torre y 
en un costado la entrada principal, la torre abriendo una sobre 
otra sus desnudas ojivas, la portada precedida de un atrio y 
decorada con un arco artesonado de piedra y con labores de 
gusto plateresco. 

En su mitad superior ofrece la parroquia de Santoyo bien 
diferente y aun más suntuoso carácter, prueba de que el si- 
glo XVI compitió con el xiii en honrarla y engrandecerla. Alto 
y espacioso crucero con claraboyas en sus brazos, esbeltos y 
bocelados pilares, espléndida capilla mayor que iguala en an- 
chura á las tres naves y á la cual introducen tres arcos peral- 
tados de aplanada curva, graciosa estrella descrita en el centro 
de la bóveda por la reunión de las arcadas que arrancan de los 
diez ángulos del vasto polígono, ventanas ojivales en número 
de ocho bordadas de arabescos y cubiertas de vidrios pintados 
con figuras, forman un admirable conjunto en que las postreras 
galas del arte gótico se combinan con las innovaciones del re- 
nacimiento. Entonces se adornaron con dibujos de crucería to- 
das las bóvedas del templo , labróse el facistol y la sillería del 
coro alto con efigies esculpidas en los respaldos, y se erigió á 
un lado del presbiterio honorífico sepulcro á un benemérito sa- 
cerdote (i). Por complemento de estas obras un secretario de 
Felipe II hacia 1570 encargó la traza y ejecución del gran reta- 
blo, con que quiso enriquecer su villa natal , al eminente Juan 
de Juní, quien, si el hecho es seguro, no desmintió en sus últi- 
mos años la reputación tan justamente adquirida (2). De exqui- 



(i) Está dentro de un nicho con efigie yacente y un ángel de relieve en la 
urna, leyéndose en ella el epitafio que sigue: «Aquí reposa el cuerpo de Andrés 
Pérez beneficiado que fué en esta iglesia, el que dejó aquí una memoria de tres 
misas cada semana la una cantada, y un hospital junto con su casa, dotólo todo 
de sus bienes; falleció á... año MDXl.» 

(2) Llamábase dicho secretario Sebastián Cordero de Navares, por sobrenom- 
bre Santoyo con motivo de ser hijo de aquel pueblo. Por los libros de fábrica 
consta según Ponz que la del retablo duró desde i 570 hasta i 583 y que en ella 
trabajaron los artífices Gabriel Vázquez de Barreda, Antonio Calvo, Miguel Barre- 
da, Juan Ortiz y Manuel Alvarez. De Juan de Juní no aparece en las citadas cuen- 



FALENCIA 465 

sito cincel proceden sin duda la estatua del Bautista colocada 
en el centro, los ocho relieves de su vida, las efigies de santos 
en los intercolumnios, la coronación de la Virgen puesta arriba 
debajo de un templete, y el Calvario y las figuras alegóricas 
del remate, aunque todo ello es trabajo excesivo para una sola 
mano: por de pronto las pinturas de los costados otro las hizo 
á nuestro entender. La arquitectura del retablo, compuesto de 
tres órdenes de columnas estriadas jónicas y corintias y de un 
tabernáculo que los reproduce en pequeño, no desdice de la 
extraña y licenciosa originalidad que caracteriza y aun deslustra 
las concepciones del célebre escultor. 

En el camino de Santoyo á Astudillo, tan corto como es, 
brindónos á descansar una ermita , resto único de un pueblo 
llamado Torre Marte que desapareció á mediados del siglo xvii. 
De estructura gótica por ñiera, de carácter bizantino en el inte- 
rior, presenta en los ricos capiteles de sus columnas singulares 
grupos de fieras y serpientes , y conserva un pulpito construido 
en 1490 con el antepecho bordado de relieves de yeso (i). Co- 
piosas ofi'endas rodean la antiquísima efigie del Cristo, más 
venerada en los contornos que recomendable por el mérito de 
la escultura (2). Otra ermita en las inmediaciones de Santoyo, 
la de Santa Lucía de Guadilla, remontaba su fundación al 
año 1097, si no miente la inscripción que hallamos después en 
un libro (3) y de la cual nada supimos entonces, tal vez por 
haber ya perecido el santuario. 



tas memoria alguna ; y así la opinión, que fundada en la analogía del estilo íe 
atribuye aquella obra, no pasa de ser una conjetura, tan equivocada acaso como 
la que supone hecha por Berruguete la figura principal de San Juan, olvidando 
que aquel artista había muerto ya nueve años antes, en 1561. En concepto de 
Ponz, hizo también Juní la estatua y el retablo de San Andrés colocado en un bra- 
zo del crucero. ^ 

(i) Por su parte baja corre la inscripción siguiente: «Esta obra se fizo año 
de XC en que se ganó Granada.» Sin embargo, Granada no se ganó hasta princi- 
pios del 1492. 

(2) «Escelente crucifijo que estiman por de Gregorio Hernández» dice el viaje- 
ro Ponz que no debió verlo seguramente, 

(3) El único que la trae y aun incompleta es Argáiz, autor de poco crédito, y 

59 



4t)6 FALENCIA 

-■_■- IIIIIBIIBB II II I ^ 

Llegamos por fin á Astudillo, donáe viven los recuerdos de 
aquella dama hermosa y discreta, digna de mejor amante que 
el rey D. Pedro, digna del cetro si no lo hubiera ambicionado. 
La curiosidad nos condujo desde luego al convento de Santa 
Clara que ella ñmdó y que escogió para su humilde sepultura 
al cerrar los ojos en Sevilla por Julio de 1361 : interesábanos 
ver la tumba donde reposó por un año apenas su cadáver, traído 
con pompa de las orillas del Guadalquivir y con mayor pompa 
devuelto á ellas, después que el monarca se propuso hacerla 
reinar postumamente declarándola ante las cortes por su legíti- 
ma esposa. Á vista de una gastada urna situada junto á la reja 
del coro, creímos de pronto cumplir nuestro deseo; mas al 
acercarnos reconocimos sobre la cubierta dos toscos bultos de 
consortes cuyo nombre se ignora (i), y se nos dijo á una voz, 
desmintiendo la historia y metiéndonos en confusión, que no 
habían sido en el convento depositados los restos de la Padilla, 
sino en la parroquia de Santa María en la capilla de la nave 
derecha (2). Quedóse muy atrás en grandeza la fundación de 
D.^ María á la de su hija Beatriz en Tordesillas : la iglesia es 
desnuda y pobre, y sin las dos góticas ventanas que alumbra 
su capilla mayor fabricada de cantería, y sin las armas de Cas- 
tilla pintadas en el enmaderamiento de la nave, nadie adivinara 
su antigüedad y su origen. Dícese, y no es improbable, que la 
vicaría del convento fué palacio que habitó á veces con su real 
amante la fundadora; y como de las huellas del rey justiciero 
brotan por do quiera las tradiciones populares, muéstrase una 
mano con lin cordón esculpida en el dintel de una casa contigua, 
en memoria de la que hizo cortar á cierto infiel secretario. 



supliendo sus erratas dice así: Era TCXXXV Ratmundus episcofus Palenline sedis 
gratia Dei pontifex hanc hje... 

(1) Esta urna estaba antes en el presbiterio y carece de epitafio. 

(2) Si padecen equivocación los vecinos, como puede suceder tratándose de 
hecho tan remoto, acaso nació de las palabras de Mariana que titula de Santa Ma- 
ría el monasterio en qne fué enterrada la Padilla. Pudo también ser colocada en 
dicha parroquia provisionalmente, ínterin se le construía en el convento un de- 
cente sepulcro, que luego se excusó por la traslación del cadáver á Sevilla. 



P A I- E N C I A 467 



Desde el siglo xi en que la menciona una escritura de Ve- 
remundo III, suena ,Astudillo en la historia lo bastante para 
acreditar su existencia, no para demostrar que tomara parte 
activa y ruidosa en los acontecimientos. Dióse en arras á reinas, 
en prenda de seguridad á infantes, y en señorío á Ruy Díaz de 
Mendoza, mayordomo de Juan II y de Enrique IV, que la trans- 
mitió á sus descendientes los condes de Castrojeriz. Era señor 
del pueblo á mediados del siglo xvi Jerónimo de Reinoso, padre 
de D. Francisco, obispo que fué de Córdoba á fines de la cen- 
turia, y de la infeliz D.*^ Catalina, monja de Belén en Vallado- 
lid, pervertida por los errores de Cazalla, que expió con la vida 
en el segundo auto de fe de 1559 (i). La Mota ó fortaleza que 
la dominaba apenas ha dejado vestigios, y á sus pies se excava 
el cerro para formar miserables viviendas; pero todavía defien- 
den el pueblo almenados torreones de piedra y lienzos de mu- 
ralla, marcándose las cinco puertas de su recinto. Por su impor- 
tancia y por su crecido vecindario ha merecido obtener el rango 
de cabeza de distrito. Sus tres parroquias se titulan Santa Ma- 
ría, San Pedro y Santa Eugenia; las dos primeras de dos naves 
de estilo ojival aunque bajas y no sin resabios bizantinos, de una 
sola la última renovada en el siglo xvi, todas con retablo mayor 
de apreciable escultura, gótico ó del renacimiento. Santa María 
se envanece de deber su fundación á la insigne reina Berengue- 
la, y en la capilla del testero de una de sus naves contiene una 
bella estatua tendida de un comendador de Montemolín: su 
torre, como la de Santa Eugenia, con sus multiplicadas series 
de arcos uniformes recuerda la extraña fisonomía de la de San 
Benito en Valladolid. 



(i) Su madre Juana de Baeza descendía de judíos, y debió ser hija, hermana ó 
prima del contador Baeza, padre de D.* Francisca de Zúñiga, penitenciada por lu- 
terana en el primer auto, y nieta acaso de Juan Rodríguez de Baeza, preso con su 
mujer por judaizante en 1488. De Astudillo era también natural Juan Sánchez, 
criado de Pedro de Cazalla, uno de los más activos emisarios de la nueva herejía, 
de carácter é instrucción muy superiores á su clase, según aparece del lib. IV, 
cap. vil, párrafo 3.** de los Heterodoxos españoles. 



468 FALENCIA 

Al oriente de Astudillo se desliza el Pisuerga por los once 
ojos de un antiguo y grandioso puente, en dirección á mediodía. 
Remontando sus márgenes hallaríamos á Melgar de Yuso vin- 
culado un tiempo en los primogénitos de la casa del almirante 
Enríquez con título de condado, y el famoso puente de Hitero 
de la Vega, adonde fué desde el África conducido hacia 1220 
el cadáver del bullicioso D. Gonzalo de Lara, vestido con el 
hábito de la orden de San Juan cuya era la encomienda del 
pueblo, y en donde el tiranuelo Gonzalo González soltaba el 
freno á los crímenes y violencias que castigó confiscando sus 
bienes Fernando el Santo (i). Al contrario siguiendo la corrien- 
te abajo hubiéramos visto junto á otro puente á Torquemada, 
la segunda villa del territorio después de Astudillo, marcada 
ya según conjeturas en los itinerarios romanos (2), esclarecida 
bajo el señorío de los Sandovales marqueses de Denia, duques 
de Lerma más adelante. Esta dependencia hizo escogerla tal 
vez para habitación de la reina D.^ Juana, de quien era mayor- 
domo el marqués y prima su consorte, durante el primer aflo 
de su viudez inconsolable. Tres días antes de la navidad de 1 506 
vino de Burgos, siguiendo constantemente con los ojos, por 
temor de que se lo robaran, el féretro del Archiduque : el viaje 
hecho de noche y á la luz de las antorchas parecía, más bien 
que el de una corte espléndida, el de fúnebre comitiva. A las 
tres semanas, en 14 de Enero de 1507, dio á luz no sin gran 
peligro el postumo fruto de su desgraciado amor, una hija por 
nombre Catalina, que fué reina de Portugal y esposa de Juan III. 
Desde el apogeo de su grandeza había recaído el trono en la 
miseria de sus aciagas menorías : disputábanse la regencia el 
Rey Católico desde Ñapóles, el emperador Maximiliano desde 
Alemania, y aun varios príncipes la mano de la pobre loca que 
empuñaba el más poderoso cetro del orbe ; y aquel humilde 



(i) Véase atrás la nota de la pág. 369. 

(2) Méndez Silva la reduce á Poria Augusta^ otros á Antraca y otros á Bar- 
^iaciSy nombradas por Tolomeo entre las vacceas. 



P A L E N C 1 A 4Ó9 

pueblo era el foco donde se cruzaban todas las intrigas y ambi- 
ciones de dentro y fuera. A cada momento se temía ver con- 
vertidas sus calles en sangrienta liza entre el duque de Nájera 
y el marqués de Villena, jefes del partido flamenco, y los soste- 
nedores del rey Fernando acaudillados por el duque de Alba 
y el condestable ; pero la impertérrita energía del gran Cisne- 
ros, apoderado de la iglesia, hizo salir de la villa las tropas de 
los grandes, no permitiendo desplegar allí otro pendón que el 
de la reina. La peste puso cima á estos trastornos, obligando á 
la corte á mudarse precipitadamente desde Torquemada á Hor- 
nillos. 

Pesábanos de no recordar en los lugares mismos estos acon- 
tecimientos, y de no ver sobre todo aquella parroquia de tres 
naves que pareció al viajero Ponz *de excelente construcción en 
el estilo gótico con los correspondientes ornatos en su línea. > 
Pero lo avanzado de la tarde nos obligó á regresar directamente 
á Falencia, atravesando un extenso páramo de dos leguas á la 
luz del crepúsculo y andando otras tres en la más densa oscu- 
ridad, absortos y casi abrumados por las impresiones de aquella 
fecunda jornada. 



CAPITULO VI 

Carrlón y su distrito 

^^lETE leguas más arriba de Falencia baña el Carríón la villa 
h^de su nombre, no siendo fácil averiguar sí se lo ha dado ó 
si de ella lo ha recibido. Uno y otra lo llevan de muy atrás, 
desde que en el siglo ix fueron arrojados más allá del Duero 
los musulmanes. Cuéntase que la población se lo debe á unos 
carros, que introdujeron por sus puertas disfrazados de carbone- 
ros á los soldados de Alfonso ei Casto, decididos á arrancarla 
del poder de los infieles; y de esta leyenda, fundada no más en 
una arbitraria etimología, han tomado origen sus blasones.. Del 
controvertido tributo de las cien doncellas ha nacido otra, que 
asegura fueron allí libertadas en el acto de la entrega por la 
braveza de unos toros, que acometieron y dispersaron á los 
bárbaros cautivadores. Lo más cierto es que Alfonso III con- 
quistó ó pobló á Carrión, y en ella se encontraba cuando atentó 
contra su vida su servidor Adanino, de quien y de sus hijos 



472 FALENCIA 



¡nocentes ó culpables mandó hacer pronta y severa justicia (i). 
Aunque tan cercana al teatro de la guerra durante el siglo x, 
no la hallamos mezclada en sus vicisitudes : sólo sabemos que 
la envolvió en sus estragos aquella llama misteriosa, que salien- 
do del mar en i.° de Junio de 939 devastó toda Castilla desde 
Pancorvo hasta Zamora (2). 

Hicieron famosa á Carrión los condes que por encomienda 
del rey ó por derecho hereditario gobernaban aquel país desde 
los montes de Liévana hasta Monzón, y con su residencia pros- 
peró sobre manera, tomando á veces de su iglesia principal el 
nombre de Santa María (3). El más ilustre de su linaje fué el 
conde Gómez Díaz que florecía á mediados del siglo xi, y más 
ilustre aún su esposa D.* Teresa por cuyas venas corría la san- 
gre de los reyes (4). Su opulencia y su piedad se desplegaron 
especialmente en la fundación del monasterio de San Zoilo, cuyo 
cuerpo trajo de Córdoba su primogénito Fernán Gómez, como 
la mayor recompensa de los servicios que había prestado al 
amir en las guerras con sus vecinos. Numerosa prole nació de 
este consorcio, cuatro varones y cuatro hembras por lo menos, 
y casi todos fenecieron, alguno peleando gloriosamente con los 



(i) Et Carrionem venit, dice Sampiro, et ibidem servum suum Adamninum cum 
filiis suis trucidari /ussit^ eo quod cogitaverai in necem regís. La misma cróni- 
ca, inserta en la del Silense, en vez de cum filiis suis dice á filiis suis ^ lo cual varia 
notablemente el sentido, y esta versión seguimos en el tomo de Asturias y León^ 
cap. VI, I/ parte. 

(3) He aquí cómo describe los efectos de este fenómeno el cronicón Burgense: 
Era DCCCCLXXVll kaLj'unii die sabbati hora nona^ flamma exivit é mari et incen- 
dit plurimas villas et urbes et homines et bestias ^ et in ipso mari j>innas incendit^ et 
in Zamora unum barrium et casas piurimas, et in Carrion et in Castroxeriz et in 
Burgis et in Berviesca et in Calzada et Ponticorvo et in Buradon et alias plurimas 
villas. En los mismos términos lo refieren los anales Compostelanos y el cronicón 
de Cárdena en prueba del pavoroso recuerdo que dejó. 

(3) El autor arábigo Ibn-Khaldoun, citado por Dozy, dice que reinaban los 
Beni-Gómez en el país que se dilata entre Zamora y Castilla y que se llamaba San- 
ta María su capital. 

(4) Biznieta de Veremundo II por su madre Aldonza y por su abuela Cristina 
la hace el obispo D. Pelayo : su padre Pelayo el Diácono, hijo de Froila y su abuelo 
materno el infante Ordoño el Ciego, hijo de Ramiro, se cree fueron nietos del rey 
Froila II, aunque no se halla expresado en dicha genealogía. Véase la nota del 
cap. XIII, I.* parte, del tomo de Asturias y León. 



P A L E N C I A 473 

moros, en vida de su generosa madre, que llena de días, de 
méritos y de penas, bajó á descansar con los suyos en el 
año 1093. En ella se extinguió la familia ó cesó de ser heredi- 
taria la dignidad, pues en los años adelante vemos al célebre 
Pedro Ansúrez añadir á sus títulos el de conde de Carrión, con 
indicios irrefragables del señorío que ejerció sobre la comar- 
ca (i). 

Ya hemos observado que las tradiciones valen menos á 
veces que la historia ; y entre los auténticos y venerables recuer- 
dos que acabamos de consignar, y las absurdas consejas que 
de los infantes de Carrión refiere la crónica hacia el mismo tiem- 
po, no es dudosa ciertamente la ventaja. Que los dos hermanos 
Diego y Fernando, hijos de un desconocido conde Gonzalo, 
casaran por codicia con las hijas del Cid D.^ Elvira y D.^ Sol, 
que en los reales de Valencia se desdoraran por sus cobardes 
hechos, que de vuelta á Castilla abandonaran desnudas á sus 
esposas en los bosques de Berlanga después de azotarlas cruel- 
mente, que osando presentarse en las cortes de Toledo rehuye- 
ran dar satisfacción de su indigno agravio, que al cabo, no 
pudiendo excusarla más, combatieran ellos y su tío D. Suero 
en su villa condal con tres guerreros del Campeador y salieran 
vencidos del palenque sin saberse si tuvieron otro castigo que 
el oprobio, esto más bien que romance caballeresco parece rela- 
ción de bandidos, en la cual la verosimilitud, el decoro y el sen- 
tido común resultan á la vez maltratados. Sin embargo la han 
acogido por genuina nuestros historiadores, sin averiguar si es 



(i) Pruébanlo las escrituras que cita Sandoval en sus Cinco Reyes ^ algunas 
anteriores al año 1093 en que falleció D.' Teresa, lo que no sabemos explicar de 
otro modo sino que por muerte de los dos hijos mayores de la condesa Fernando 
y García en 1083, habría de confiar el rey aquel importante gobierno á un varón 
poderoso y guerrero como Ansúrez, de quien no se sabe por otra parte que tuvie- 
ra parentesco alguno con los Gómez. Entre las iglesias de que hizo donación á la 
de Valladolid su insigne fundador en 1095, nombra el monasterio de San Esteban 
de Villoldo en el término de Carrión, y cuantas iglesias existieren allí, y la de San 
Pedro dentro de la ciudad de Santa María, que no es otra que la misma villa de 
Carrión. 

60 



474 FALENCIA 



compatible con los tiempos, con los lugares, con las personas á 
que se atribuye (i). 

Mayor interés y verdad encierra la retirada de Alfonso VI, 
que vencido segunda vez en Golpejares por el rey de Castilla 
su hermano y perdido su reino de León, buscó asilo dentro de 
Carrión en el templo de Santa María, y allí fué preso y aherro- 
jado por el vencedor, no redimiendo la vida sino con la promesa 
de meterse monje en Sahagún (2). Cuando volvió á reinar tran- 
quilamente, en 1086, otorgó fueros á la villa, que ya los había 
recibido de Alfonso V, su abuelo, iguales ó muy parecidos á los 
de León ; y estos primitivos confirmó y adicionó la reina Urraca 
en 29 de Setiembre de 1 109. Al año siguiente, estallada la gue- 
rra entre los regios consortes, apoderóse de Carrión Alfonso el 



(i) Basta observar que en la época de las supuestas bodas, hacia el 1094 en 
que fué tomada Valencia, había muerto ya el conde Fernando Gómez y sus herma- 
nos, y que nunca llevaron el patronímico de González que el poema del Cid les 
atribuye, si bien lo de infantes pudiera explicarse por la real alcurnia materna. La 
primera en referir tales sucesos, omitidos (no hay que decirlo) por el Silense, por 
el arzobispo D. Rodrigo y por Lucas de Tuy, pero vulgarizados por los cantares 
de gesta, fué la crónica general de Alfonso el Sabio, que los tomó sin duda del 
poema y de la crónica latina del Cid Gesta Roderici campidocti^ no siendo de ad- 
mirar el acuerdo que reina entre estas narraciones y las demás en prosa ó verso 
más ó menos antiguas referentes al célebre Campeador, como que todas proceden 
de una misma fuente. Vestidas con el encanto de su ingenua sencillez ó de su 
enérgica aunque ruda poesía, disimulan en parte la deformidad del cuento, que 
en una historia grave como la de Mariana se vuelve insoportable. Dozy conjetura 
plausiblemente que esta fábula injuriosa pudo nacer de rivalidad contra la familia 
leonesa de los Gómez, humillándola respecto del héroe de Castilla, pero se equi- 
voca en hacerlos distintos de los descendientes de la infanta Cristina y del infante 
Ordoño, pues se juntaron ambas familias mediante el enlace de Gómez Díaz y Te- 
resa, padres de los mal traídos infantes. 

(2) Los anales Complutenses fijan esta prisión en i 5 de Julio de 1 07 1 , el cro- 
nicón de Cárdena en 1073, y siendo así hubiera debido ser muy al principio del 
año. No se sabe qué pueblo sea Golpejares, cuya etimología se reconoce en el 
nombre latino de Vulpecularia que le da D. Rodrigo : debió estar junto á Carrión y 
á la orilla de su río como dice el citado arzobispo, y no en las del Pisuerga donde 
ponen los anales Toledanos el teatro de la batalla de 1071. Según D. Rodrigo y el 
Tudense, escapósele á Alfonso la victoria de las manos por haber prohibido seguir 
al alcance á los enemigos derrotados, lo cual dio lugar al rey Sancho por consejo 
del Cid á rehacer sus fuerzas y á caer de rebato sobre los descuidados leoneses. No 
es forzoso entender, aunque tampoco lo rechazamos, que fuera preso el vencido 
dentro del mismo templo, pues toda la villa como llevamos dicho se llamaba San- 
ta María. 



P A L E N C I A 475 



Batallador, y al abrigo de su fortaleza se sostuvo contra el país 
sublevado en torno, haciéndola su cuartel general, unas veces 
acorralado en sus muros, otras lanzándose desde ellos sobre 
Castilla cual torrente devastador (i). Para gobernarla nombró 
con título de conde á su primo Beltrán de Risnel (2), que pa- 
sando á ser yerno de D. Pedro de Lara, contribuyó acaso á traer 
al servicio del rey consorte al antiguo amante de la reina. Tan 
hondas raíces echaron allí los aragoneses, que en 1 1 26, fallecida 
ya D.^ Urraca, aún tremolaban en aquel baluarte sus banderas, 
hasta que los vecinos llamando á su señor natural Alfonso VII 
le rindieron obediencia sin que la guarnición osara resistir. 

Sea para honrarla, sea para extirpar en ella todo afecto á la 
dominación pasada, el hijo de Urraca visitó á menudo la reco- 
brada villa, en 1 1 29 acompañado del arzobispo de Santiago, 
en 1 1 30 para asistir al concilio reunido por el cardenal Umberto, 
legado apostólico. No era el primero que en Carrión se celebra- 
ba, recordando aún sus moradores el que habían visto en 1 102 
presidido por Bernardo, arzobispo de Toledo ; pero éste por el 
número de los prelados y por la presencia del rey y de sus mag- 
nates fué harto más solemne y ostentoso. Abrióse en el monas- 
terio de San Zoilo á 4 de Febrero, y en él fueron depuestos tres 
obispos, los de León, Oviedo y Salamanca, por justas causas que 
no se expresan, todo bajo la dirección é influencia del famoso 
Diego Gelmírez, alma y motor de aquella asamblea (3). En 1 1 33 



(i) De los capítulos 84, 8$ y 113 del libro I de la Historia Compostelana^ apa- 
rece que la reina Urraca por los años de 1 1 1 3 había recobrado á Carrión y perma- 
necía allí, leyéndose en el último pasaje lo siguiente : Peracio non modici temj>oris 
curriculo regina Urraca Carrione suscepta esi et rex Aragonensis ex^ulsus est, 
Pero en el cap. 6 del libro 11, dice que en 1 1 1 8 el monasterio de San Zoilo estaba 
otra vez en poder del rey de Aragón. De que los aragoneses poseyeron á Carrión 
hasta el 1 1 26 nos cerciora la crónica latina de Alfonso Vil, núm. 3.° 

(2) La madre del conde Beltrán, Eliarda de Risnel, era sobrina por línea ma- 
terna de la reina Felicia, madre de Alfonso y esposa de Sancho de Aragón. Casó el 
conde en segundas nupcias con Elvira, hija de D. Pedro de Lara, en compañía del 
cual fué preso en 1 1 30 dentro de Palencia. 

(3) Véanse los capítulos 14 y i $ del lib. III de la Historia Compostelana. Pro- 
bablemente fueron políticas las causas de la deposición, atendidas las prolongadas 



47^ ' P A L E N C I A 



se encontraba otra vez allí con su corte el soberano, y en 1 137 
recibió en aquellos muros á su cuñado Ramón Berenguer, conde 
de Barcelona, recién elevado por su esposa al trono de Aragón, 
terminando en amistosas conferencias las inveteradas discordias 
de ambos reinos, y haciendo reconocer feudataria de Castilla 
toda fci región situada sobre la derecha del Ebro. 

Importantes fueron las cortes que tuvo en Carrión Alfon- 
so VIII por el verano de 1188, pues á ellas vino llamado Al- 
fonso IX de León que acababa de suceder á su padre, y reconoció 
la superioridad de su primo besándole la mano y recibiendo de 
él la orden de caballería. Otras celebró allí el mismo rey á prin- 
cipios de 1 195 en que otorgó fuero á los pobladores de Nava- 
rrete: luego pasó más de un siglo sin presenciar la villa reunio- 
nes semejantes, hasta que en 13 13 el infante D.Juan como uno 
de los tutores de Alfonso ,XI juntó en ella á los procuradores de 
su bando. Intrigas para alzarse él solo con la regencia, apuros del 
erario, descontento de los ñjosdalgo y caballeros por la rebaja 
de los acostamientos que tiraban, trajeron perturbadas aquellas 
cortes, tanto que vinieron á.las manos los quejosos sobre la par- 
tición de los dineros y por poco ensangrentaron la real morada, 
perdiendo el respeto á la venerable reina D.^ María, que se re- 
tiró ofendida á Falencia. Sin embargo, en 1 3 1 7 residía otra vez 
en Carrión la ilustre gobernadora con su coronado nieto, conce- 
diendo franquezas á la villa y aprobando los capítulos de her- 
mandad formados por los ricoshombres, caballeros y procura- 
dores. 

Con el incendio del archivo municipal perecieron á la entrada 
del corriente siglo los numerosos privilegios que ennoblecieron 
á Carrión: consta empero que Alfonso el Sabio en 1255 le hizo 



divisiones del reino, en las cuales figuró tan decididamente el arzobigpo Gelmírcz. 
Los prelados depuestos fueron Diego de León y Juan de Salamanca : el de Oviedo 
no sabemos si fué el cronista D. Pelayo ó algún otro que por su renuncia le hubie- 
ra sucedido, pero Roma al parecer no aprobó el acto del concilio, pues consideró 
intruso al nuevo obispo Alfonso, como indicamos en el episcopologio de Oviedo, 
tomo de Asturias y León. 



FALENCIA 477 



gracia del portazgo y en 1277 la eximió de tributo, que el rey 
D. Pedro en 1360 le confirmó sus libertades, que en 1464 la 
declaró Enrique IV exenta de portazgos en todo el reino, y de 
alojamiento de tropas el Rey Católico en 1509. La prerrogativa 
que más arguye el aprecio de los reyes fijé la que en 1295 ^^ 
otorgó Fernando IV ó méis bien su madre, de no ser jamás ena- 
genada ni desprendida de la corona ; y aunque la olvidó Enrique 
de Trastamara dando en 1366 el señorío del pueblo á Hugo 
Carbolayo, uno de los compañeros del firancés Duguesclin, cadu- 
có con la derrota de Nájera esta merced, y robusteció Juan II 
en 141 5 la solemne promesa, permitiendo á la villa resistir con 
armas toda entrega á otro dueño sin que incurriese en la nota 
de rebeldía. Sin fiíerzas debió hallarse de seguro para rechazar 
al conde de Benavente, cuando se apoderó de ella en 1472 apro- 
vechándose de la flojedad de Enrique IV y convirtió en cindadela 
su parte superior á fin de dominarla á la vez que defenderla; 
pero libertáronla los celos del conde de Treviño y del marqués 
de Santillana que tenían allá dentro solares y tumbas de sus 
ascendientes. Sitió el primero la fortaleza en 1474, acudió el 
segundo para favorecerle y para vigilarle á un tiempo, pues temía 
de la ambición de su aliado no guardara para sí la presa, apoyá- 
banlos contra el de Benavente los príncipes D.^ Isabel y D. Fer- 
nando ; y he aquí que en lo más inminente del choque vino á 
pacificarlos el rey Enrique menos indolente que de costumbre, 
devolviendo á Carrión la independencia, y mandando reparar 
sus antiguos muros y demoler el nuevo fuerte levantado para 
oprimirla. 

De aquellos permanecen restos considerables por el lado de 
oriente, y junto á Santa María un arco apuntado con ruinas de 
torreón, además de algún otro situado muy adentro de la villa. 
Cuéntase que un tiempo se dividía en dos barrios cerrados, re- 
gido cada cual por su conde, suponiendo que había dos; y si no 
fuera exagerada la cifra de doce mil vecinos que se atribuye á 
su población antigua, mientras ahora no cuenta más de seiscien- 



^jS FALENCIA 



tos, tendría que haber menguado mucho su recinto en vez de 
dilatarse progresivamente. Su bajo caserío, fabricado de tierra 
en su mayor parte y con vastos corrales, se aviene mejor á su 
actual condición labríega que al brillo de su pasada historia ; é 
inútil es buscar las distinguidas mansiones que por su naturaleza 
ó por la cercanía de sus dominios en Campos poseían en ella 
muchos señores de Castilla. Las torres mismas de sus numero- 
sos templos apenas sobresalen ni realzan su perspectiva, ora se 
la contemple desde las áridas cuestas que limitan por tres lados 
su horizonte, ora elevada al occidente desde las márgenes del 
río, tan escasas de verdor como lo está de aguas por lo común 
el ancho cauce. 

El magnífico puente de nueve arcos, que lo atraviesa, la tra- 
dición lo remonta con harta facilidad á la época de la ilustre 
fundadora de San Zoilo, á quien Carrión, como Valladolid á Pe- 
dro Ansúrez, se complace en deber todo lo que conserva de 
antiguo y grandioso. Poco es ello en el orden civil, porque del 
palacio de los condes nada existe, sabiéndose por memorias más 
que por vestigios su situación al extremo del Pradillo sobre la 
pendiente del ribazo izquierdo. Yace arruinado el célebre hospi- 
tal de la Herrada, erigido para hospedar á los peregrinos de 
Compostela, no por la ínclita D.* Teresa, sino por Gonzalo Ruiz 
Girón, mayordomo del rey á la entrada del siglo xiii (i). De las 
suntuosas casas consistoriales queda solamente la fachada con 
varios arcos en el cuerpo bajo y sobre el del centro un grande 
escudo de armas imperial, formando su coronamiento una gale- 
ría de gótico carácter ; pero las llamas que en 1 8 1 1 abrasaron 
el edificio con otros principales no hay que imputarlas esta vez 
á los franceses; fueron imprudentes guerrilleros españoles al 



(i) Cita Pulgar con referencia al Dr. Gudiel cinco escrituras de los años 1 209, 
I 2 1 2, 1222, 1224 y 1 226, mediante las cuales el ascendiente de los Girones dotó 
con opulencia dicho hospital situado en el camino llamado francés^ por ser el de 
Santiago á Francia. Titulóse hospital de Gonzalo kuiz antes que el vulgo lo deno- 
minase de la Herrada, por la que había á la puerta para dar de beber á los ro- 
meros. 



FALENCIA 479 

mando de un Santos Padilla, los que á trueque de desalojar al 
enemigo de Carrión incendiaron sus mejores monumentos y poco 
faltó para que la redujeran toda á cenizas. 

Entre las parroquias de la villa, que formaban el cabildo 
llamado de los Veinte ^ obtiene cierta preeminencia la de Santa 
María del Camino^ iglesia venerable, puramente románica, que 
en el siglo xi daba su nombre á la población. Su portada prin- 
cipal no es la que á sus pies se encuentra tapiada sin más ador- 
no que dos columnas y una imagen antiquísima de la Virgen, 
sino la del costado metida entre dos arbotantes y cubierta en 
tiempo harto más reciente con un pórtico de techumbre arteso- 
nada. En los arcos concéntricos de medio punto que apoyan 
sobre capiteles labrados de figuras, alternan con las orlas aje- 
drezadas tosca guirnalda de pámpanos y racimos y una serie 
de personas en diversas actitudes y de incierto significado. Pero 
el ancho friso de escultura colocado más arriba, presenta aún 
más difícil problema; pues si bien el coronado personaje sentado 
en el centro sobre simbólicos animales y blandiendo la espada 
designa sin duda al Rey de los cielos, y en los tres jinetes que 
se dirigen hacia la Virgen y el Niño, vemos figurada la adora- 
ción de los Magos, confesamos no acertar con el sentido que 
encierran las maltratadas imágenes del otro extremo, entre las 
cuales se nota un obispo. Á los lados del friso resaltan dos ca- 
balleros, uno montado en un corcel , otro en una fiera muy 
brava; y en ellos y en las rudas cabezas de toro que sirven de 
impostas al arquivolto interior, y en las doncellas dudosamente 
esculpidas en un capitel, ha pretendido leerse auténtico y com- 
probado el hecho milagroso que se supone acontecido en aquel 
lugar antes de la erección del templo, y que siglos hace se ce- 
lebra con anuales funciones como anulación sobrenatural del 
infame convenio de Mauregato (i). 



(i) No hemos sabido ver en dichos relieves tan claramente co^io otros la re- 
presentación de los moros y doncellas ni menos las calaveras de toros que Ponz 



480 FALENCIA 



En el testero de la nave de la epístola hay una capilla de- 
dicada á Nuestra Señora de la Victoria, conservando por fuera 
toda la rudeza de su ábside, y recordando adentro el sonado 
prodigio por medio de un cuadro moderno de escasa fe y de 
mérito aún más escaso (i). Es la iglesia, aunque de tres naves, 
de reducidas dimensiones, desnuda de ornato y hasta sin colum- 
nas que revistan sus gruesos pilares, pero gentil y elevada en 
su nave central respecto de las menores, muy caracterizada por 
el semicírculo de sus arcos de comunicación y ventanas, noto- 
riamente clasifícable entre las construcciones bizantinas del pri- 
mer período. El crucero admitió posteriormente arcos y bóvedas 
ojivales, y después bajo la influencia del barroquismo sufrió la 
capilla mayor una renovación completa, de la cual no escapó 
más que el arco de entrada con sus columnas y gruesos capite- 
les; un pesado cimborio cobija el presbiterio, costeado en mal 
hora por el obispo de Falencia Molino Navarrete, cuya efigie 
de mármol arrodillada ocupa un nicho alto enfrente de las de 
sus padres. 

Juntas sucumbieron en la catástrofe de 1 8 1 1 la torre de 
piedra de Santa María y la parroquia de Santiago, sita en fren- 
te de la plaza Mayor cerca del derruido consistorio. Reedificada 
después en 1849, toda nueva y desmantelada por dentro, vive 
para el culto, pero ha muerto para el arte; y los ábsides latera- 
les y algunos capiteles que subsisten acrecientan el sentimiento 
de su pérdida. Por fortuna el fuego respetó su fachada, que 
aunque baja y modesta en sí y mal ' acompañada de una torre 
de ladrillo ni antigua ni elegante, ofrece ejemplos curiosos para 
el estudio de la escultura bizantina. Las dos columnas , de que 
consta únicamente el portal semicircular, llevan en sus fustes 



descubrió en el friso, siendo por otra parte muy fácil que la leyenda se forjara 
sobre la escultura. 

(i) En dicha capilla existe un sepulcro con estatua yacente de sacerdote y á 
sus pies la de un paje también tendida, leyéndose en caracteres góticos lo siguien- 
te: «Aquí está sepultado el discreto varón licenciado Juan de Paz, el qual acabó su 
vida dia de Santa Clara año de MDXIIII.» 



FALENCIA 481 

estrías oblicuas sembradas de 'florones en los intermedios, é 
imágenes en los capiteles : el arquivolto está cuajado de figuras 
sentadas en ademán de ejercer varios oficios, algunas de ellas 



CARRIÓN. — Iglesia de Santiago -"^^^^l^ 



difíciles de comprender por su rudeza y por su deterioro. En 
medio del friso, que corre por debajo del alero, aparece la im- 
ponente efigie del Salvador vestido con túnica y manto de ricas 
guarniciones y rodeado por los místicos emblemas de los cuatro 
evangelistas, y á los lados se extienden en dos alas los após- 
toles, figuras tiesas, amaneradas en los pliegues de sus ropas, 



deformes y hasta bárbaras, si se quiere, en sus proporciones y 
dibujo, y sin embargo inapreciables para la historia del arte en 
el siglo XI: lástima que descabezadas en su mayor parte por los 
vándalos modernos, les falte la expresión contemplativa del 
semblante que aumentaría lo rígido de su actitud. 



CARRIÓN.— Escultura central de la Iglesia de Santiago 

Al mirador que domina el río y la vega se asoman dos pa- 
rroquias; San Andrés, compuesta de tres naves de igual altura 
y sostenida por elevadas columnas cilindricas al estilo del rena- 
cimiento, y nuestra Señora de Belén fabricada también en el 
siglo XVI, pero reducida y de una sola nave, con su torre de 
piedra, junto al destruido palacio condal. En aquella, dentro de 
un nicho de orden jónico se ve reclinada la estatua del obispo 
de Guadix, Melchor Alvarez de Bozmedíano, enviado en calidad 
de teólogo al concilio de Trento; en esta el bulto yacente de 
Fernando D(ez, canónigo de Alcalá fallecido en 1556. La de 
San Julián está renovada por completo , lo mismo que la de 



FALENCIA 483 

San Juan del Mercado, cuya baja torre se señala por los arcos 
menores abiertos en sus cuatro muros á uno y otro lado del 
principal. Además de estas seis parroquias y de las dos ó tres 
de sus afueras, contenía la villa alguna otra en su recinto, una 
de ellas la de San Pedro y San Pablo cedida en 1 5 2 7 á los do- 
minicos por el obispo Sarmiento, la misma tal vez que ya 
en 1095 había sometido el conde Ansúrez á Santa María de 
Valladolid. La iglesia con el convento fué otra de las víctimas 
del incendio mencionado ; la de San Francisco se hunde en el 
abandono, si no se ha hundido ya, sin haber bastado á salvarla 
las sepulturas de los Vegas y Cisneros, á cuyos huesos ha ca- 
bido acaso suerte peor que la que les reservaba en 1474 el 
conde de Benavente provocando la cólera de su heredero el 
marqués de Santillana (i). 

Santa Clara , único convento de religiosas después de la 
supresión del de Santa Isabel, ofrece una linda portada de pi- 
lastras dóricas en el primer cuerpo, y corintias en el segundo, 
y en este tres nichos con estatuas correspondientes á los arcos 
inferiores. En el siglo xvii se renovó la iglesia puesta bajo el 
patronato de los condes de Osorno, á cuya familia pertenece la 
ilustre dama que yace en labrada urna, representada con her- 
moso semblante y honestas tocas (2). 

Resta sólo atravesar el puente y seguir una frondosa ala- 
meda sobre la margen derecha del río para hallamos enfrente 
del monasterio que constituye la mayor celebridad de Carrión 
y absorbe casi sus recuerdos y grandezas. De las dependencias 



(i) Como en razón de tener allí enterrados á sus ascendientes se interesara el 
marqués por la libertad de Carrión, mandó decir el conde á su adversario que 
recogería los huesos de aquellos y se los enviaría en una espuerta para que los 
reuniese con los de los otros en San Francisco de Guadalajara, insolente reto que 
produjo el rompimiento de hostilidades. 

(3) El epitaño está colocado de manera que sólo puede leerse «condesa de 
Osorno, mujer del Sr. Gómez Carrillo.» No habiendo habido otro enlace en lalínea 
de los condes de Osorno con los Carrillos que el de Aldonza Manrique, hija del 
primer conde Gabriel con Gómez Carrillo, señor de Pinto en la última mitad del 
siglo XV, sólo á ella puede referirse el sepulcro y la figura, constando por otra 
-parte que tuvo dicha Aldonza una hermana, Beatriz, abadesa de aquel convento. 



484 FALENCIA 



de San Zoilo formóse tiempo hace un barrio á su alrededor, al 
cual sirvió siempre de parroquia una capilla de su templo pues- 
ta bajo la advocación de la Magdalena. Pero no descuella el 
edificio sobre los subditos hogares con la majestad de las anti- 
guas abadías; vasto y regular como un cuartel, presenta en sus 
líneas la más insípida igualdad y la más completa desnudez en 
todo su exterior. Solamente para hacer alarde de sus locuras 
se reservó el churriguerismo la portada de la iglesia, donde 
vestido á lo Luís XIV aparece el joven mártir cordobés en me- 
dio de San Félix y San Juan Bautista, y en lo más alto, encima 
de un escudo real y de San Benito, el arcángel San Miguel entre 
ridiculas hojarascas y cogollos. La del convento algo más arre- 
glada consiste en pareadas columnas jónicas con un frontispicio 
triangular; de la primitiva fábrica de piedra no queda más que 
el basamento de la torre incrustada en la nueva obra de ladrillo 
con su ventana bizantina, y al otro lado una cornisa de tablero. 
Ignoramos qué incendio ó qué ruina hizo necesaria la reedi- 
ficación del augusto templo románico, ó qué capricho ó libera- 
lidad mal inspirada la acometieron voluntariamente ; ignoramos 
la época precisa en que se hizo, que hubo dé ser entre fines 
del siglo XVII y principios del inmediato; ignoramos sobre todo 
el nombre del que la dirigió, y tampoco hemos cuidado de sa- 
berlo para no tener que entregarlo á la execración ó al despre- 
cio de la posteridad. La iglesia de San Zoilo no es simplemente 
greco-romana, ni barroca, ni de un dórico mal entendido en 
expresión de Ponz ; ningún género de arquitectura deshonra, 
porque á ninguno pertenece; y á pesar de componerse de nave, 
crucero, cimborio y capilla mayor, que no forma ábside de nin- 
guna clase, más que iglesia parece sala, destinable á cualquier 
objeto menos al culto. Al retablo que poseía del siglo xvi re- 
emplaza un moderno é insignificante tabernáculo, y á las anti- 
guas urnas de los cuerpos santos otras sin mérito ni riqueza (i): 



(i) Las antiguas, según las describe Morales en su Vio^e Sanio ^ eran dos, de 



P A L E N C I A 485 

la sillería del coro bajo que rodea el altar carece de adorno, y 
la del coro alto situado á los pies de la iglesia, á pesar de su 
Hombradía, no la merece sino por la calidad de la madera, á 
menos que la haya alcanzado por las columnas salomónicas de 
su segundo cuerpo. 

En un campo de ruinas costara menor esfuerzo alimentar la 
fantasía con las memorias de aquella casa venerable y recons- 
truirla idealmente, que en medio de un conjunto de objetos tan 
blanqueados, tan nuevos, tan disonantes. Existía ya en 1047 
dedicada á San Zoilo y á San Félix igualmente que al Bautista, 
si no está errada la fecha de la donación que le otorgaron Gó- 
mez Díaz y Teresa ( i ) ; pero la traslación de las preciosas reli- 
quias desde Córdoba la atribuyen las crónicas de la orden á 
Femando, hijo de los condes, que por aquellos años no se ha- 
llaba todavía en edad de obtener con sus proezas la gracia del 
rey sarraceno y la concesión de aquel tesoro. Yacían en la ciu- 
dad de los califas los restos de Zoilo, noble mancebo degollado 
después de sufrir los tormentos más atroces en una de las per- 
secuciones del Imperio ; y una revelación divina los había des- 
cubierto, reinando Sisebuto, al obispo Agapio, quien sacándolos 
del viejo cementerio pagano, los sepultó honrosamente en una 
pequeña iglesia de San Félix. Este fué el botín que desprecian- 
do el oro y la plata pidió al asombrado amir el joven caballero 
cristiano; y á él se agregaron, según las tradiciones monásticas, 
el cuerpo de un San Félix, probablemente el titular del templo 



madera, cubiertas de planchas de plata de obra antiquísima, doradas en unas par- 
tes y por la frontera labradas con algunas imágenes de más que medio relieve; 
había en ellas muchos engastes con piedras, algunas muy grandes y todas falsas 
al parecer. Carecían de cerradura, y para abrirlas era necesario deshacer la cha- 
pería, lo cual, como aseguraban los monjes, jamás hasta aquella época se había 
practicado. 

(i) Tráela Yepes, pero sospecha Flórez que hay equivocación en la data, pues 
el día de la semana no conviene con la letra dominical de aquel año. Faltan datos 
para afirmar que el monasterio existiese antes de la llegada del cuerpo de San 
Zoilo, bajo la advocación de San Juan, pues no basta para probarlo el libro de con- 
cilios que poseía y que cita Morales, empezado en 948 y perteneciente al abad 
Teodomiro, toda vez que no consta el lugar de su procedencia. 



486 FALENCIA 



que había recibido el de San Zoilo, el de Agapio que lo había 
encontrado, y hasta los objetos que rodeaban su sepulcro (i). 
Atravesó incólume regiones infieles y desiertos países la piado- 
sa comitiva, abriéndose de mañana por sí mismas las puertas 
de los lugares cercados donde pernoctaba; y después de insta- 
lados en el monasterio los sagrados huesos, sea que lo hallaran 
ya fundado, sea que dieran motivo á su erección, continuaron 
más frecuentes los prodigios, como si se alegrasen de su nueva 
morada y agradeciesen el rescate y la hospitalidad. 

A excepción de Sahagún no tuvieron en Castilla los bene- 
dictinos fundación más grandiosa y rica que la de San Zoilo y 
de la cual dependieran mayor número de prioratos. Del primer 
edificio nada sabemos, pero debió corresponder á su lustre y 
opulencia, que no se formó gradualmente con adquisiciones su- 
cesivas, sino que se desplegó toda de una vez bajo la protección 
liberalísima de la condesa. Sin embargo es fama que á sus vir- 
tudes más que á sus dones y beneficios debió la noble Teresa 
el honor de ser trasladada, desde el atrio donde yacía con su 



(i) ai abrirse la urna en el año de 1 600 hallóse dentro de ella un pergamino 
con la siguiente letra, cuyo lenguaje parece del siglo xv. «Aquí yace el cuerpo de 
S. Zoil todo e la camisa e la saya en que fue martirizado e la su cinta e la tierra de 
la su fuesa e la tierra de huesos menudos en otro palio e las candelas que ardían 
sobre, la su fuesa por la gracia de Dios porque los cuendes hallaron el cuerpo de 
S. Zoel.» Mucho se ha debatido si el San Félix de que se trata es el llamado de 
Alcalá, monje degollado bajoja dominación de los sarracenos que quemaron y 
echaron al río su cadáver, ó el marido de Liliosa y amigo de Aurelio, martirizado 
también en Córdoba hacia el mismo tiempo: pero supuesto que el cronicón Cerra- 
tense nos habla de otro San Félix muy anterior á éstos, pues tenía ya templo eri- 
gido en la época de los godos, cPor qué no había de ser su cuerpo más bien que 
el de los otros el que acompañara en su traslación al de San Zoilo al cual había 
dado hospedaje, como le siguió el de Agapio y cuánto tenía relación con el santo, 
hasta las velas del sepulcro según hemos visto? Extrañamos que á Morales, á 
Yepes y sobre todo á Flórez no se ocurriera esta solución tan natural á los nume- 
rosos obstáculos con que tropiezan en sus encontradas opiniones. El año fijo de 
la traslación no puede averiguarse por la expedición de Fernando Gómez en favor 
del rey de Córdoba, pues eran frecuentes los. casos en que los amires se valían de 
auxiliares cristianos en sus guerras intestinas; conjeturamos empero que coinci- 
dió con el reinado de Muhamad-ben-Jehwar (de 1044 á 1061), combatido sin tre- 
gua por el de Toledo y despojado al fin por su pérfido aliado el de Sevilla, al cual 
ayudaban los cristianos de Aragón y Cataluña como al de Toledo los gallegos y 
castellanos. 



FALENCIA ^87 

marido, al sagrado recinto del templo, cuando en él se rehusaba 
todavía sepultura á los mismos patronos y sólo se concedía á 
los santos y escogidos de Dios. Y por santa se tuvo y hasta 
milagros se atribuyeron á aquella insigne mujer, querida del 
Señor y digna de ser llorada por los hombres ^ avara consigo y 
pródiga con los pobres^ como dice el epitafio que cuenta por 
obras suyas la iglesia, el puente y un cómodo albergue para los 
peregrinos (i). 

Los demás sepulcros de la familia quedaron en la galilea^ 
nombre dado á veces en la Edad media al pórtico de los monas- 
terios (2). Su lugar lo ocupa probablemente el moderno pan- 
teón, que hoy trocada la distribución del edificio comunica con 
la iglesia por debajo del coro; pues detrás de los importunos 
tabiques pudimos vislumbrar por una abertura ocho antiguos 
sarcófagos dispuestos uno encima de otro, cuatro á cada lado (3). 



(i) Los dísticos del epitafio, harto correctos en el metro y en el estilo para 
ser del siglo xi, se pusieron probablemente al trasladarse el entierro de la conde- 
sa desde el atrio al templo hacia el xiv ó xv. Morales dice que el sepulcro era sun- 
tuoso aunque llano ¡unto al altar mayor : ahora está en alto á un lado del mismo. 
En la fecha del óbito se equivocó transcribiendo era MXCV en lugar de MCXXXI, 
como enmendó bien Sandoval ; acerca del año concuerdan la inscripción y los 
anales Compostelanos, pero discrepan en el día y mes, pues aquella señala el 9 de 
Junio y éstos el 3 de Octubre. 

Faemina chara Deo jacet hoc tumulata sepulchro 

Quae cometissa fuit nomine Teresia. 
Hoec mensis junii sub quinto transiit idus: 

Omnis eam mérito plangere debet homo. 
Ecclcsiam, pontem, peregrinis óptima tecta, 

Parca sibi struxit largaque pauperibus. 
Donet ei regnum quod permanet omne per evum 

Qui manens trinus regnat ubique Deus. 
Obiit era TCXXXI (1093 de C.) 

(2) Véase el glosario de Ducange y la arquitectura monástica de Lenoir. Mora- 
les habla de esta pieza situada fuera de la iglesia «que ni es capilla ni tiene altar 
ni retablo, y la llaman Galilea.» 

(3) Uno de ellos por lo que se entrevé es muy parecido al del infante D. Felipe 
en Villasirga que describiremos más adelante. Nuestro diligente compañero el 
Sr. Parcerisa se propuso volver á Carrión para practicar ain reconocimiento que 
prometía resultados tan satisfactorios como los de Naranco y Villanueva en Astu- 
rias, pero le ha faltado hasta aquí ocasión de realizarlo. Quede entre tanto consig- 
nada esta indicación para los que emprendan restaurar aquellas antiguallas que 
se creían ya destruidas. 



488 FALENCIA 



Sin mudar de sitio mudaron de aspecto en 1786, gracias á una 
reforma tan gjratuita y detestable como la del templo; y por 
cierto que con sus arcos almohadillados y su insulsa anaquelería 
y sus revoques de yeso se lucieron tanto los ilustrados apósto- 
les del buen gusto como los depravadores de él con sus extrava- 
gancias. Por fortuna conservaron transcritas en los nuevos nichos 
las inscripciones de las urnas y de las lápidas esparcidas por el 
pavimento, olvidándose de verter al lenguaje culto su interesan- 
te rudeza. Con enfáticos elogios ponderan las virtudes del ínclito 
conde Gómez Díaz, fallecido en 1057, y con más sencillez las de 
sus ocho hijos que le siguieron al sepulcro; ^^n^^i^ favorecedora 
magnifica del monasterio en 1074; en 1083 Fernando el pri- 
mogénito, que trajo de Córdoba los cuerpos santos; en el mismo 
año García, muerto en batalla por los infieles; en 1084 Elvira, 
en 1093 Pelayo, en 1104 María, en 1107 Diego, y por último 
en 1 1 08 Mayor, que como sus hermanas lleva el título de con- 
desa, aunque nada consta de sus casamientos. Yacen allí ade- 
más, ligados sin duda con aquella gran familia por algún vínculo 
que ignoramos, María, ilustre dama fenecida en 1043; Gómez 
Martín, víctima también del alfanje sarraceno en 30 de Mayo 
de 1090; la condesa Aldonza, mujer escogida y yAtxAx'&^ox^ 
insigne de la casa, que acabó sus días en 1096; Fernando, cónsul 
Malgradiensey muerto en 1 1 26, y Alvar Fernández, potestad ó 
justicia cuyo nombre va asociado al del artífice ó pintor de su 
sepultura (i). Tal vez rasgando la blanca mortaja que lo sofo- 



co Cuenta Sandoval que un abad metió debajo de tierra muchas de las arcas 
de piedra para que se pudiese andar por la capilla, y que pisando las tapas se gas- 
taron las letras hasta el punto de hacerse casi ilegibles. Apelamos á las copias de 
este autor y á las de Yepes para llenar los huecos que, por dicha razón sin duda, 
se dejaron en las inscripciones al transcribirlas en los nuevos nichos; en cuanto á 
las variantes, que no son pocas sobre todo respecto de las fechas, no hay medio 
de decidir las dudas mientras no se restauren las lápidas originales si aún existen. 
De estos letreros algunos están en verso aunque tosco, otros en prosa rimada que 
se aproxima á la cadencia del exámetro, por la cual ó por el asonante nos guia- 
mos para cortar las líneas. 

I. Inclitus qui quondam fuii Didaci comes Gomecius 

religione aique militia splendidus lampade 



FALENCIA ^8g 

ca, podrá reaparecer algún día en su primitivo ser el panteón 
condal, único resto salvado de la piqueta demoledora á trueque 
de reclusión perpetua. 

La renovación del edificio empezó por el claustro en la pri- 



mor tefe uct in matrem piam recef>tus hicjacei 
corpore^ j>olorum transmiltens spiritum arce, 
fidei spei et charitaiis turma refertus, 
dapsilis, b^nignus^ nunc gaudet numine factus, 
occasum adiitjebroarii luce nona era MXC juncia V. 

Así lo trae Yepes, con cuyo auxilio suplimos lo que falta en el moderno letrero, 
donde en vez de la palabra morte de la tercera línea se puso morum refiriendo á 
lampade, 

II. Hoc túmulo requiescitjamulus Dei comes Ferdinandus Gomecii^ obiit die ter- 
tia feria pridie idus marcii era MCXXl: Christus perducat animam ejus in paradi- 
sum. La deprecación la trae Sandoval en otros términos : Christus in quo credidit 
succurrat ei. En cuanto al 14 de Marzo cayó en martes efectivamente en dicho 
año. 

III. Hoc in túmulo requiescitjamulus Dei Garsea Gómez qvi occisus est á sarra- 
cenis pridie idus decembris era MCXXL Sandoval en vez de idus escribe kalendas, 
y añade la plegaria pietas Christi succurrat illum, amen. 

IV. PelagiuSy tertius hujus ccenobii Jundatorum filius, 
hic honorificejacet humatus^ 

cum Dei sanctis computetur el ipse beatus, 
Obiit era MCXXXI, XV U I kal.Jebroarii. 

En Yepcs se lee era MCXXXVlll y décimo nono kalendas, 

V. Didacus Gomecii quartus hujus cenobii fundatorum /tlius Juit^qui ipse etiam 
hic habetur sepultus: obiit era MCXLV quarto kal.junii. Asi Yepes; en el letrero 
del panteón falta la fecha. 

VI. Domina Sancia Gómez comitissa^ hujus cenobii ad/utrix magnifica, hicjacet 
sepulta, célica ut credimus sede felici possessa : obiit era MCXII, décimo quarto kal. 
aprilis, Yepes pone quarto kalendas. 

Vil. Hicjacet in sarcófago isto cometissa Gelvira Gómez quce obiitXkaLjanua- 
rii die feria tertia era MCXXH, En esta fecha hay suma discordancia, pues Yepes 
copió era MCXXXIl, y Sandoval era MCXXV y XI kal, en vez de A'; y lo peor es 
que de tantas variantes ninguna conviene con el día de la semana, pues ni el 22 
ni el 23 de Diciembre de 1084, 1087 ó 1094 fueron martes. Sandoval continúa 
la deprecación Christus in quo credidit succurrat illam, 

VIII. Illustrissima Maria Índoles regum (debiera decir proles), filia Gómez et 
Tharasie: fides, spes, charitas, vir tutes cuñete in ea clarescunt : obiit era MCXXXXII, 
XII kal. aprilis. Esta inscripción la han omitido todos. 

IX. Hic dormit sepulta femina quce obtulit multa, 
comitissa Mayor Gómez, sacro huic monasterio, 
cuimerces doneiur in cáelo: obiit era MCXLVl nonas januarii. 

Yepes escribe hera en vez de femina, 

6a 



490 FALENCIA 



mera mitad del siglo xvi; y si se hubiera detenido allí, en ver- 
dad que apenas nos atreveríamos á censurarla por lo que des- 
truyó, siquiera fuese majestuoso y tal vez rico, en gracia de la 
profusión y delicadeza de esculturas que vertió á manos llenas 
por sus cuatro galerías. En los cinco arcos que forma cada una 
campea la ojiva, gallarda aún y elegante, pero no ya rodeada 
de abultados boceles sino de las molduras planas del renaci- 
miento: columnitas estriadas y pirámides con bolas, remedan la 



X. Domina Marta stirpe clara, hoc in locojacet húmala; 
de carne morlali /eliciler migravit exula, 

ea propier in celum ejus anima sil delata, 
Obiil era MLXXXI guinlo kaL oclobris. 

Lleva esta lápida, que tampoco hemos visto impresa, el título de cenotafío; y si 
en la fecha no hay error, es la más antigua de todas. 

XI. Gómez Marlinusjacel hac sub rupe sefultus 
qui fuil mucrone diro maurorum occisus 

III kaL funii era MCXXVIIL 

XII. Cometissa Aloma femina electa hicjacet quoque sepulta: 
locelur regina judicis ad dexteram Christi, 

ingentia quce dona Dei templo contulit isti, 
quce regia ex traduce so lar i de/un gitur luce. 
Era MCXXXIIII idibusjunii. 

Las palabras regina y ex traduce regia (vastago real) indican la alta nobleza de 
esta dama ; Sandoval la cuenta entre las hijas de los fundadores: Yepes observa 
que la fecha del óbito está errada, pues consta por un privilegio que dicha conde- 
sa vivía catorce años después. 

XIII. Pulvis in hacfossa pariter tumulantur et ossa 
consulis illustris Fernandi Malgradiensis^ 
qui celis posilus letetur in arce polorum 

qua gaudet Zoilus, Félix et turma bonorum. 
Centies undena sexta decima quater era. 

El cómputo de la era, que es la de 1 1 64, está mejor y más claro así que en Yepes 
y Sandoval. Éste dice que la tenencia por donde este caballero se llamó Malgra- 
diense era en tierra de Campos. El poema ó crónica versificada del sitio de Alme- 
ría por Alfonso VII usa repetidas veces de la palabra cónsul como sinónima de 
conde, caudillo militar con jurisdicción dada por el rey sobre determinado país ó 
territorio. 

XIV. D. Pedro el pintor me fizo este mió monumento, Alvar Fernandez podestat. 
La sepultura, donde estaba tan original y extraña leyenda, tenia según Sandoval 
muchísimos escudos de piedra pequeños con la banda del linaje de Sandoval y 
sin color. El don aplicado al artífice daría que sospechar si era moro ó judío á no 
ser el nombre tan cristiano. 



FALENCIA 491 



crestería de los contrafuertes exteriores. Las claves de las bó- 
vedas cuyos arcos se entrelazan en crucería, los copiosos floro- 
nes que las esmaltan, las ménsulas de donde part6n los arran- 
ques, contienen bustos y medallones y relieves innumerables, 
de singular perfección y prodigiosa variedad. Á vista de ellos 
se comprende que Juan de Badajoz, el famoso arquitecto de 
León que en 1537 dio la traza de la obra, sólo pudiera dirigir 
por sí mismo el lienzo que mira á oriente á pesar de haber vi- 
vido todavía muchos- años, y que se encargase de continuarla 
su discípulo Pedro de Castrillo, vecino de Carrión. Tampoco éste 
logró llevarla á cabo por falta de caudales, y en 1574 se hizo 
nuevo ajuste con Juan de Celaya, arquitecto de Falencia, que en 
tres aftos terminó el claustro inferior (i). En semejante empresa 
el principal honor correspondía á los escultores: el primero fué 
Miguel de 'Espinosa, á quien sucedió Antonio Morante, y á uno 
de los dos se atribuye la bella estatua del Cristo atado á la 
columna, que está en el panteón de los condes, presentada se 
dice por muestra de lo que sabía hacer antes de ser admitido 
para tan prolija tarea (2). El claustro alto, que se compone de 
arcos de medio punto, sostenidos por columnas corintias y abier- 
tos de dos en dos sobre las ojivas del bajo, con exquisitas cabe- 
zas de santos de la orden en las enjutas, lo emprendieron des- 
pués y acabaron definitivamente en 1 604, Pedro de Torres y 
Juan de Bobadilla también palentinos, arquitecto el uno y escul- 
tor el otro, á quien se agregó á lo último Pedro de Cicero. 

Levantada la cabeza en la actitud del que contempla los as- 
tros, fatígase el viajero de recorrer el gran libro escrito propia- 
mente en piedra en la estrellada techumbre, y de explicarse una 



(i) Á sus trabajos se refíere sin duda la fecha escrita con tinta bajo uno de 
los arcos del ándito de la entrada: Edro.° (es decir Febrero) 19,1 575. 

(2) Ceán Bermúdez, á quien se deben la mayor parte de estas noticias, refiere 
el hecho á Morante, y añade que no correspondiendo á las otras imágenes las de 
San Pablo y San Sebastián, por ser de tantas manos la escultura, las mejoró des- 
pués Bernardino Ortiz, otro escultor de Falencia. Él mismo nos da las medidas del 
claustro que son: 128 pies de largo cada lienzo, 16 de ancho, y 22 y medio de 
altura. 



492 FALENCIA 



por una las figuras sin cuento que constituyen sus páginas. En 
las ménsulas se suceden desde Adán y Eva todos los persona- 
jes de la historia sagrada, patriarcas, profetas, jueces, sacerdo- 
tes, matronas, apóstoles, evangelistas y uno que otro santo de 
la ley de gracia ; solamente las del ándito contiguo á la sacristía 
y panteón de los monjes arrimadas á los arcos, ofrecen precio- 
sos grupos de angelitos y fúnebres trofeos de calaveras. Cinco 
claves mayores sin los medallones intermedios, cuenta cada unat 
de las veinticuatro bóvedas, y á dos series principalmente se 
reducen los bustos en* ellas esculpidos : á la ascendencia tempo- 
ral del Redentor formada de patriarcas y de reyes, interpolada 
con textos de la Biblia referentes á las grandezas del Mesías y 
de la Virgen Madre, que se encierran en elegantes tarjetones, 
y á la descendencia espiritual de San Benito. Todas las glorias 
de la orden tienen allí su ciclo especial presidido por el inmor- 
tal patriarca, santos, sabios, pontífices, emperadores, monarcas, 
reinas y emperatrices, diversos en época y país, en fama y en 
carácter, así los que de voluntad trocaron la púrpura por el há- 
bito, como los que tuvieron el claustro por prisión destronados 
violentamente (i). Cierran esta brillante comitiva los fundadores 



(i) En unos tarjctones se Ice el resumen estadístico de las grandezas de la 
religión benedictina: Sancii canonizan i ^600— Doctores i 5700— /?e^es 39— Car- 
dinales 200— Imferatrices 10, regince 12—Tapce 46 —Imper atores 16. La galería 
por donde se entra es la que presenta más curiosa colección: en la primera bóve- 
da hay diez y seis papas, en la segunda otros tantos emperadores, casi todos de 
Oriente, vestidos con el traje que llevan en sus monedas, y son Constantino, Teo- 
dosio, Teófilo, Alexis, Isaac, Lotario, Hugo, Miguel IV, Miguel V, Juan, Manuel, 
Romano César, Ludovico Pío, Miguel, el emperador de los búlgaros y otro cuyo 
letrero está borrado. Figuran en la tercera Santa Cunegunda emperatriz, Santa 
Ricarda, Santa Alfreda reina de Nortumberlandia, Santa Eteldreda de Mercia, San- 
ta Batilde, Augusta, Constancia, María, Zoa, Eufrosina, Isabel, Inés, y Cunigunda 
emperatrices, íñiga reina de León, Elburga de Sajonia y Matilde de Inglaterra. En 
la siguiente bóveda están Salomón rey de Hungría, Carlomagno rey de Germania, 
Casimiro de Polonia, Sigisberto de Nortumberlandia, Pipino de Italia, Rachis de 
Italia, Sigismundo de Borgoña, Vamba, Veremundo probablemente el Diácono, 
Alfonso IV de León, Alfonso VI de Castilla y Ramiro II de Aragón. Brillan en otra 
San Leandro, San Ildefonso, San Isidoro, San Anselmo, San Bruno, San Pedro Da- 
miano, Alcuino, Beda y otros de no menor celebridad. En todas ellas la clave cen- 
tral reproduce la imagen de San Benito con este lema: gratia Benedictus et 
nomine. 



FALENCIA 493 



del monasterio y su familia, acompañando á los santos tutelares, 
y protegiendo la casa con el esplendor de sus blasones (i). 

Ya que de la fábrica del claustro primitivo nada respetó el 
siglo XVI, consignó al menos su recuerdo en las ventanas del 
lienzo que corresponde á la iglesia y en varias portadas semi- 
circulares de arcos decrecentes, remedando como supo ó quiso 
las formas bizantinas. De agradecer es tal homenaje tributado 
en época en que se despreciaba por bárbara aquella arquitectu- 
ra, y demuestra cuál debía impresionar la majestad de lo des- 
truido, cuando así se transmitió su carácter, sin sentirlo tal vez, 
á las nuevas obras. En la portada de arco rebajado que intro- 
duce al templo, á par de las columnas abalaustradas y del deli- 
cado friso y de los grutescos que guarnecen el frontón, no se 
desdeñaron los artistas del renacimiento de afectar el gusto 
gótico cruzando en figura de rombos las estrías, de lo cual si 
resultó más bien una parodia que una imitación, acredita de to- 
dos modos su buena voluntad. Unos conceptuosos dísticos en 
el nicho inmediato, refieren á los abades fray Alonso Barrantes 
y fray Juan Díaz, fallecido aquél en 1627 y éste en 1631, la 
gloria de haber terminado la suntuosa reconstrucción (2). 



(i) Están en la bóveda inmediata á la entrada de la iglesia, cuya clave central 
ocupan San Zoilo, llevando por singular anacronismo un traje del siglo xvi y un 
sombrero adornado con plumas, y las otras cuatro San Benito, Santa Escolástica, 
San Félix y Santa María Magdalena. Dos círculos inmediatos á la clave contienen 
los escudos del convento, que consisten en dos manos empuñando palmas con 
este rótulo: «de S. Zoil, de S. Felices, cuyos cuerpos están sepultados en este mo- 
nasterio,» y otros dos las armas de la familia acuarteladas de castillos y leones, ni 
más ni menos que las reales, con el siguiente letrero : «Estas armas son del conde 
D. Gómez Diaz y de la condesa D.* Teresa su mujer, que fué hija del infante D. Or- 
doño hijo del rey Ramiro de León, y de la infanta D.* Cristina hija del rey D. Ve- 
remundo de León, fundadores de este monasterio.» Sobre la exactitud de esta ge- 
nealogía nos referimos á la cita ya hecha del obispo D. Pelayo. No son más propios 
los trajes del conde y de la condesa, de sus tres hijos D. Fernando, D. García y 
Don Pelayo, y de sus tres hijas D.* Mayor, D.* Sancha y D.* Elvira, cuyas figuras 
de medio cuerpo llenan los demás compartimientos de la crucería, los varones 
con yelmo y espada ó lanza, las mujeres con un libro en las manos. 

(2) En 1633 fueron ambos trasladados á aquel nicho, en cuyo fondo se leen 
los citados versos: 



494 FALENCIA 



Sin los jesuítas, cuya modesta y sólida enseñanza vienen á 
buscar en aquel escondido rincón numerosos alumnos de todos 
los confínes de España, el monasterio de San Zoilo yaciera pro - 
bablemente confundido en un montón de ruinas. ¡Extraña ca- 
sualidad! dos monumentos platerescos, los más insignes acaso 
en su línea, obras de un mismo arquitecto, de Juan de Badajoz, 
deben ambos su salvación y su custodia al benemérito instituto 
para el cual no fueron edificados y cuyo primer servicio cede en 
favor de las artes y del techo que le hospeda; y allí, como en 
San Marcos de León, á la sombra de las magnificencias de lo 
pasado se cultivan las esperanzas del porvenir (i). 

Peor fortuna ha cabido á la abadía de Benevivere que flore- 
cía á media legua y al oeste de San Zoilo, poco inferior en 
antigüedad y opulencia. Lamentable es el espectáculo que ofíre- 
cen sus informes restos, á los cuales como de propósito se ha 
dejado la forma de almenas; y esta desolación contrasta dolo- 
rosamente con la frescura de los prados, con la amenidad de la 
huerta, con el murmullo de las aguas que constituían su pingüe 
propiedad. De pronto no despiertan el mayor interés la portada 
del renacimiento, ni las boceladas ventanas de la decadencia 
gótica, ni el desnudo exterior del ábside que permanece flan- 
queado de machones ; pero visto por dentro son de notar sus 
ojivas no muy pronunciadas, sus capiteles entre góticos y bizan- 
tinos, sus cinco angostas y prolongadas lumbreras semicircula- 
res, y los arcos que irradiando de la clave bajan á descansar 
sobre delgadas columnas. Á la derecha de la capilla mayor 
subsiste en pié otra capilla lateral y uno de los cuatro lien- 
zos de la cúpula, que perforan dos rasgadas ventanas de me- 



Barrantes que Díaz una conduntur in urna, 
Quos decus in mentís unaque fama canit. 

Suscitat ossa patrum virtus, ars marmora claustri, 
Saza loquuntur opes, ossa loquuntur opus. 

(i) Uno y otro edificio, arrancados de la benéfica sombra que los protegía, 
han cambiado de destino; ignoramos cuál sea hoy día el de San Zoilo. 



P A L E N C I A 



dio punto adornadas de mascarones. Todavía se demarca el 
recinto de la iglesia que era de tres naves, no tal como la fundó 
hacia 1 1 65 el conde Diego Martínez de VÜlamayor, que des- 
pués de haber servido en los más honrosos cargos á tres mo- 



narcas, se labró allí su retiro entre los canónicos reglares de 
San Agustín, sino con las mudanzas que se dice haber hecho 
en ella por el año de 1382 su descendiente Diego Gómez Sar- 
miento. 

Ha desaparecido empero sin dejar rastro toda la parte pri- 
mitiva del siglo XII ; el apostolado y el carro de Ezequiel ocu- 
pado por el Salvador del mundo y tirado de los anímales del 
Apocalipsis, que según testimonio de Ponz estaban esculpidos 
sóbrela puerta del templo; y la majestuosa entrada á la sala 
capitular consistente en un severo arco bizantino, á cada lado 
del cual había otros tres conteniendo estatuas, decorados con 
columnas del mismo género. Dentro de la sala veíase la urna 
del infortunado duque de Arjona don Fadrique de Castro, cuyo 
cadáver desde el encierro de Peñafiel, donde falleció en 1 430, 
trajo su primo Pedro Ruiz Sarmiento á aquella casa de la cual 



496 FALENCIA 



era patrono (i); y á ella vinieron también de Italia después 
de 1 541 los restos de D. Pedro Sarmiento, obispo de Falencia, 
representado en estatua de rodillas. El fundador Diego Martí- 
nez yacía en la capilla de San Miguel en tumba magníñca para 
aquella edad, aunque con sencillo y modesto epitafio (2). Estos 
sepulcros preciosísimos y otros de los condes de Salinas no 
existen ya sino en la cartera de algún arqueólogo, cuyo celo 
no alcanzó á librarlos de una gratuita destrucción en tiempos 
en que parecía hallarse al fín desahogada la furia del van- 
dalismo revolucionario (3). Á la abadía estaba casi unido el 
priorato de San Torcuato, destinado á parroquia de los labra- 
dores del contorno. 

No era esta la única estancia que en el corto trecho de seis 
leguas de Carrión á Sahagún salía al encuentro á los peregri- 
nos de Santiago: convidábales á medio camino el hospital de 
nuestra Señora de las Tiendas construido á propósito para ellos 
y perteneciente á la casa de San Marcos de León, cuyas tierras 



(i) Ambos tenían por abuelo común á D. Fadrique, maestre de Santiago, víc- 
tima del rey D. Pedro su hermano, y D. Pedro Enríquez, padre del duque de Ar- 
jona, era hermano de D.* Leonor, casada con Diego Gómez Sarmiento y madre de 
Pedro Ruiz. Mariana se equivocó en suponer á éste sobrino y no primo del duque; 
y el epitafio del sepulcro, bastante posterior al suceso según parece, incurría en 
dos errores, uno refiriendo al año 1432 el óbito que fué en 1430, y otro haciendo 
á Pedro Ruiz primer conde de Salinas, título no creado hasta 1470 á favor de otro 
D. Diego Sarmiento. Véase sobre la prisión y muerte de D. Fadrique, que de su 
madre D.* Isabel tomó el apellido de Castro, la pág. 204 del presente tomo. Núñez 
de Castro, historiador de Guadalajara, afirma que el cadáver fué trasladado desde 
Benevivere á la iglesia de Santa Clara de Toledo, como indicamos al hablar de 
ésta en el tomo de Castilla la Nueva— Toledo. 

(2) Siguiendo la copia de Ponz decía: Htc jacei venerabilis memorice Didacus 
Martínez, domus Beneviverensis oedificator^ patronus ej'usdem dotnus, cuj'us anima 
requiescat in pace : obiit era MCCXIÍII nonas novembris. Pulgar lo trac bastante 
variado, poniendo Didacus Ordonius por Martínez^ señalando la era correspon- 
diente al año 1 1 7 5 y no ti 76, y añadiendo existente domino Pascasio primo abba^ 
te. Morales le apellida Diego Fernández y dice fué mayordomo de Alfonso VIII que 
le dio la abadía después de haber comenzado á fundarla. 

(3) Fué vendido y derribado el edificio en 1 843 á pesar de los extraordinarios 
esfuerzos que hizo para salvarlo la Comisión central de Monumentos y en espe- 
cial su dignísimo secretario D. Valentín Carderera, quien cuando estaba aún in- 
tacto en 1836 copió los sepulcros y el pórtico del capítulo, conservando en su 
inestimable colección, ya que de otro modo no piido, el diseño de aquel y de tan- 
tos otros. 



en 1 182 declaró exentas de todo pecho Alfonso VIH. Menos 
distaba de Carrión por el lado del norte otro monasterio bene- 
dictino situado á una legua de la villa en Nogal de las Huertas, 
bajo el título de San Salvador, el cual viviendo á la vez en 



VILLALCÁZAK DE SIHGA.-Convento de Templarios 

abundancia de bienes y en austera disciplina, existió agregado 
al de Sahagún desde 1093 hasta 1 494 y acabó por ser reducido 
á priorato. A igual distancia tenía al este la población de los 
condes una encomienda de templarios en Villalcázar de Sirga, 
donde se eleva aún el monumento más notable de la comarca 
y acaso de la provincia entera, bastante por sí solo á consolar 
de las cuantiosas pérdidas que apuntamos. 



498 FALENCIA 



El alcázar, que dio nombre al pueblo y que ha desaparecido, 
debió estar arrimado á la iglesia parrroquial, en cuyo flanco 
derecho todavía avanza algún torreón, indicio de su fortificación 
primitiva. Dícese que á su espalda y sobre las bóvedas de su 
cabecera se levantaban las habitaciones de los misteriosos caba- 
lleros ; y parecen comprobarlo el truncado remate del muro y 
el cerramiento de las naves, que no terminan en ábside como 
de costumbre, sino en pared recta con tres ventanas que si bien 
ojivales pueden por su carácter calificarse de bizantinas. A los 
pies del templo cayó también, según oímos asegurar, la primera 
bóveda, y con ella la fachada si es que llegó á construirse, como 
lo hacen creer cinco ó seis estatuas colocadas en lo alto; el 
brazo derecho del crucero aparece cortado, y hundida la gran 
torre de piedra que al extremo de él se erguía y que se habilitó 
posteriormente de cualquier modo con obra de ladrillo. Sin 
estas quiebras y mutilaciones, que preferimos atribuir á desgra- 
ciada ruina más que á voluntario derribo, mereciera tal vez la 
oscura parroquia de Villasirga el primer lugar entre los edifi- 
cios más suntuosos de aquella orden espléndida, sobre todo si 
fuera exacta la tradición que corre allí acreditada entre los veci- 
nos, de que un tiempo la ceñía al rededor un pórtico incompa- 
ble igual á la bóveda que cubre su portada lateral. Su altura 
compite con la de la nave mayor, y la gallardía de sus arcos 
apuntados con la de los interiores: situada en el ángulo descrito 
por la nave izquierda y el brazo del crucero, que se adelanta 
ostentando en su frente una gentil claraboya, raya en lo ideal 
la pintoresca combinación de sus líneas y la belleza de sus deta- 
lles. Algo de semejante vimos en Támara, no tan imponente ni 
tan rico de escultura. Ábrense en el rincón dos portadas, una 
enfrente de otra, la mayor que corresponde á la nave, la menor 
tapiada hoy día al crucero que formaba capilla aparte: ambas 
con sus columnas bizantinas y arcos ojivales, que son cinco 
en una y tres en otra, declaran haber nacido en el período de 
transición hacia el siglo xiii, pero se aproximan al delicado 



P A L E N C I A 499 



gusto del XV las figuritas de ángeles y bienaventurados distri- 
buidas por los arquivoltos. Dos series de nichos trilobados des- 
cansando en pareadas columnitas cubren el muro encima de 
la puerta principal hasta el arranque de la bóveda, ocupados 
por estatuas de santos no menos estimables, que preside la 
Virgen en la línea de abajo, y en la de arriba el Salvador ro- 
deado de los símbolos de los evangelistas. Los machones indi- 
can que este atrio cubierto debía prolongarse, trazando al 
aire libre una vasta nave de extraordinaria majestad. 

Tal como existe el templo se acerca su planta á la forma de 
cruz griega, pues corta casi por medio la anchura de las tres 
naves el crucero, alargándose otro tanto en cada brazo, sólo 
que el derecho queda truncado según dijimos. Aunque en las 
bóvedas y en los arcos de comunicación triunfa la ojiva ligera y 
desenfadada, llevan el sello de la época anterior los capiteles 
de las columnas que se agrupan en número de doce al rededor 
de cada pilar, y las ventanas de medio punto de la nave central 
que se han escapado de ser convertidas en circulares tragaluces. 
A la intersección del crucero sigue otro segundo de menor am- 
plitud, con ventanas bizantinas en sus dos extremos, y en sus 
cuatro ángulos efigies de santos debajo de doseletes góticos del 
primer período y un pulpito guarnecido en el antepecho de 
esculturas de la misma clase. Capillas en el fondo de las naves 
ya observamos que no las hay, ni probablemente las ha habido 
nunca, acaso por la disposición del convento que caía á sus 
espaldas ; pero no falta en su sitio el retablo mayor, compuesto 
de bajos relieves en el pedestal y de pinturas en tabla represen- 
tando misterios al rededor de la figura de Nuestra Señora colo- 
cada en el centro con su guardapolvo de crestería. Otro retablo 
también purista le acompaña, al extremo de la nave izquierda. 

Por aquel lado describe el brazo del crucero una capilla 
espaciosa, que tenía, como hemos visto, comunicación directa 
con el pórtico y dependía de San Marcos de León, á cuyos 
caballeros pertenecen sin duda sus enterramientos. Corren á lo 



500 P A L E N C I A 



largo del muro tres hornacinas de ojiva rebajada, por fuera 
orladas de labores platerescas, y en medio se levanta sobre seis 
leones una tumba aislada con escudos de armas en su delantera 
y una estatua tendida, de mérito notable respecto de su antigüe- 
dad, que tiene un halcón en la mano y tres perros á sus plan- 
tas. Lleva en la cabeza un bonetillo, la cruz de Santiago al 
pecho, una larga túnica casi talar y espuelas en los pies ; el 
letrero se ha hecho ilegible (i); pero la semejanza del traje y 
del corte del cabello con el de otros bultos que yacen en el 
monasterio de Aguilar de Campóo, y sobre todo la igualdad de 
un relieve de la coronación de la Virgen esculpido en su cabe- 
cera con otro que allá se ve, nos permitirán más adelante averi- 
guar próximamente la época de esta sepultura y tal vez hasta 
el nombre del escultor. 

No es ésta sin embargo la que ha venido á buscar en Villa- 
sirga el viajero y que así por su magnificencia como por la cele- 
bridad del personaje que la ocupa constituye la más preciada 
joya del templo. Debajo de la postiza escalera que conduce al 
coro colocado sobre maderos en las dos bóvedas contiguas á la 
entrada, cierra á la derecha el segundo arco de comunicación 
la urna grandiosa del infante D. Felipe y el arco colateral la de 
su consorte. Allí descansa el quinto hijo de Fernando el Santo 
y de Beatriz de Suavia, el alumno del arzobispo D. Rodrigo 
educado á la sombra de la catedral de Toledo, el discípulo de 
Alberto Magno en las aulas de París, el abad de Valladolid y 
Covarrubias y arzobispo electo de Sevilla, que todas estas digni- 
dades abdicó en su mocedad por lograr la mano de la princesa 
Cristina de Noruega, para indemnizarla, según se dijo, de la del 
rey Alfonso X á quien venía destinada. Nada del amor al estu- 
dio y al retiro, nada de las pacíficas inclinaciones de su primer 
estado conservó el infante en su bulliciosa carrera, empleada 



(i) No pudimos dislin^'inr con certidumbre en la inscripción ni el nombre ni 
la era, y sólo sospechamos si se leería Juan Pérez. 



casi únicamente en suscitar disturbios en el reino y ligas entre los 
magnates, y en mendigar alianzas contra su hermano y rey á Na- 
varra, á Portugal y hasta al rey moro de Granada, en cuya corte 



VILI.ALCÁZAK nr. SIRCA. -Sf.i'I'lciío dkí- Infasíe Don I'V:l[|'f. 

residió largo tiempo y le acompañó á Sevilla para hacer las paces 
con Alfonso. Al año. siguiente de t 274, á 28 Noviembre, acabó 
sus días en Sevilla hacia los 44 años de su edad en paz y en gra- 
cia del soberano, antes que las desventuras y desunión de la real 
familia le complicaran en nuevas y más culpables rebeliones. 
La que enfrente yace no es aquel blanco lirio del norte agos- 



502 FALENCIA 



tado por el ardiente sol meridional, que murió de pena dicen 
por el desigual trueque de su consorcio, ¿ y quién sabe si, más 
bien que por ambiciosas aspiraciones, por un afecto más tierno 
y puro? Cristina probablemente reposa en Covarrubias, en Vi- 
llasirga la segunda mujer de D. Felipe, Leonor Ruiz de Castro, 
que con sus derechos al infantado de León dio pretexto á su 
marido de mover querellas al monarca y le trajo las alianzas de 
su hermano D. Fernando y de su tío D. Ñuño González de Lara. 
De este casamiento no se conoce más fruto que un hijo de igno- 
rado nombre que murió niño en vida de sus padres y duerme con 
ellos; tuvo además el infante una hija llamada Beatriz Fernán- 
dez que vivía en 1321 (i). Sobrevivió Leonor al esposo, y por 
su testamento se mandó enterrar en el convento de San Felices 
de Amaya de la orden de Calatrava, donde se les creyó largo 
tiempo sepultados á los dos, hasta que salieron del olvido las 
tumbas de Villasirga y fueron sacadas á la luz sus inscripcio- 
nes (2). Por qué y cómo se encuentran allí á pesar de la volun- 



(1) Así la nombra el testamento de D.' Blanca de Portugal, nieta por su madre 
de Alfonso el Sabio, llamándola expresamente hija del infante D. Felipe y legán- 
dole dos mil maravedises. Pellicer la equivoca con D.' Beatriz de Castro, mujer de 
Diego Pérez Sarmiento el Viejo y segunda dotadora del monasterio de Benevive- 
re, que murió en i 340. 

(2) Todos los autores anteriores al siglo pasado ignoraron, no sabemos cómo, 
la existencia de estos sepulcros, incluso Hades que describe los escudos que tenía 
el entierro de la infanta en San Felices de Amaya, uno con la banda de los Castros 
y otro con siete róeles, y añade que desde allí mandó Felipe 11 trasladar los cuer- 
pos á Burgos en i 568. Salazar y Castro cita el testamento otorgado por la misma 
á 37 de Abril de 1275 en Santa Olalla, lugar de su abuela D.' Elo que dejó á la or- 
den de Calatrava. A mediados del último siglo fué reconocido el cadáver de D. Fe- 
lipe por orden de D. Andrés Bustamante, obispo de Palencia, que hizo poner llave 
á la urna, y fué hallado perfectamente incorrupto y blando al tacto, revestido de 
un bordado manto real. La inscripción puesta detrás de la cabecera del sepulcro 
dice así : Era mülestma trecentesima duodécima quario kalendas mensis decembris 
vigilia beaii Saturnini obiil dominus Filippus injans, vir nobiiissimus^Jilius regís 
domini Fernandi^ pairis cuj'us sepultura est Hispali, cujus anima requiescat in pace 
amen, Filius vero jacet hic in ecclesia beaie Marte de Villasirga cujus anima omni- 
potenii Deo et sanclis ómnibus conmendelur — dicani pater noster et ave Marta. Por 
estar harto arrimada al poste la pesada urna de la infanta que sin mucha gente y 
trabajo no es dable mover, no puede leerse su epitafio que comprobaría la verdad 
de aquel entierro y fijaría el año de su muerte. Ponz, ño sabemos por dónde, la 
llama Inés. 



FALENCIA 503 



tad de la testadora, no hemos podido averiguarlo : tal vez Don 
Felipe en sus últimos momentos, como acostumbraban los per- 
sonajes de aquel siglo, vistió el hábito del Temple, y los caba- 
lleros se llevaron su cadáver á dicha casa, una de las más 
antiguas y suntuosas de la orden, adonde le siguió para no estar 
divididos el de su viuda. 

Rostro aplastado, ojos cerrados muy prominentes, bonete 
con orejeras, el halcón en una mano y la otra puesta en el puño 
de la espada, onduloso manto que le envuelve, y á los pies un 
perro y un conejo, caracterizan la efigie del infante, de tamaño 
mayor que el natural, acostada sobre la cubierta. Con la roja 
cruz del Temple alternan en los escudos los castillos paternos y 
las águilas de la casa de Suavia que también se distinguen en 
el cinto. Rodea los costados de la urna la fúnebre comitiva com- 
puesta de innumerables figuras de relieve, de las cuales varias 
sirven de columnas á los arcos de adorno, unas en procesión 
delante del ataúd, otras en confuso tropel mesándose los cabe- 
llos, gentes á pié y á caballo, monjas y plañideras, frailes y obis- 
pos, músicos con trompetas y caballeros con la cruz en el pecho, 
y por último la representación del sepulcro sostenido por leones 
como lo está el original. En la cabecera se ve al moribundo co- 
giendo de la mano á su esposa y á otra persona poniendo la 
suya sobre la cabeza del mismo (i). Análogas escenas figuran 



(i) a fin de completar la descripción de estos relieves, añadiremos la que de 
los mismos publicó el Sr. Amador de los Ríos en el Museo español de anti¡Jüeda- 
des, i.cr tomo, observando en la expresada urna detalles que no advertimos bas- 
tante, y omitiendo otros á su vez. «Allí se mira, dice, la infanta Leonor sobre un 
caballo enlutado, rodeada de sus damas, vestidas unas de corte, cubiertas otras 
de negros monjiles, y seguida de las endechadoras que parecen entonar lastime- 
ros cantares. Allí el féretro con el cadáver conducido en hombros de seis escude- 
ros y escoltado por una cabalgata de caballeros, acompañados á su vez de hombres 
de armas que llevan del revés los escudos nobiliarios del príncipe. Allí el caballo 
de batalla del D. Felipe, mostrando pendiente del arzón en igual forma su es- 
cudo de armas, y llevado de la rienda por un paje. Allí las órdenes religiosas, los 
abades y obispos, los clérigos y acólitos, elevando al cielo sus preces por el alma 
del magnate, y á su lado sostenida por sus damas, rasgándose las vestiduras y 
mesándose el cabello, reproducida la figura de la infanta, cuyo dolor procuran mi- 
tigar en vano algunas religiosas.») 



504 FALENCIA 

en la urna de Leonor, cuyos timbres jaquelados y de cinco cora- 
zones se combinan con los de su esposo así en los escudos como 
en la orla del manto y correas de él pendientes, y su delicada 
mano sostiene asimismo un corazón, dejándose ver en la otra 



FKOMISTA.-Pakiíoquía de San Martín 

dos sortijas. Es más singular que bello su altísimo tocado sujeto 
á un lado con botones y envuelto en guarniciones menudamen- 
te rizadas, que dan vuelta al rostro y cubren la boca al estilo 
oriental. 

Desde Villasirga continuaba al oriente la calzada de pere- 
grinos por Arconada, donde hacia 1047 ^^ conde Gómez Díaz 
fundó para asistencia de aquellos el monasterio de San Facun- 



FALENCIA 5 05 

do (i), cuya iglesia subsiste como parroquia y no la más antigua 
del pueblo, pues hay otra de la Asunción construida de tapia y 
sin bóveda que presume ser la decana de la diócesis. Más ade- 
lante conserva Fromista dos hospitales titulados de Santiago y 
de palmeros^ y tres parroquias dedicadas á Santa María, á San 
Pedro y á San Martín. Debe la última su erección á la viuda de 
Sancho el Mayor, rey de Navarra, y heredera de Castilla, D.* Ma- 
yor ó Nuña, quien llena de años en 1066, después de sobrevivir 
á sus tres hijos los reyes de Sobrarbe, Navarra y Castilla, dejó 
sus viñas y tierras y los cuantiosos ganados que en Asturias 
poseía á los monjes benedictinos que allí^ trajo, y sometióles el 
barrio contiguo poblado de vasallos suyos solariegos (2). En 1 1 18 
la reina Urraca anejó el monasterio al de San Zoilo, haciéndolo 
priorato : la vivienda de los religiosos fué renovada en su mayor 
parte por el arquitecto fray Juan Ascondo á mediados del últi- 
mo siglo ; pero la iglesia guarda intactos sus torneados ábsides 
bizantinos y levanta del centro del crucero su octógona torre 
cercada de varios órdenes de ventanas semicirculares, la cual 
por raro capricho comunica por un pasadizo á manera de puen- 
te con la escalera colocada en un cubo aislado. Más que la anti- 
güedad ennoblece á este templo el prodigio de la sagrada Hostia 
que se quedó pegada á la patena en el acto de administrar el 
Viático á un penitente ligado inadvertidamente con las censuras 
eclesiásticas, y hasta después de absuelto no pudo comulgar (3). 



(i) En la donación de este monasterio al de San Zoil, publicada por Yepes, 
dice el conde haber sido la iglesia consagrada por dos obispos Cipriano y Pedro, 
cuyas sedes no expresa ; sin embargo, el primero era de León. Lo mismo refiere 
una inscripción que hay en el pórtico y que trae el diccionario de Madoz, datada 
del reinado de Fernando, sin duda el I, y de la época del conde Gómez. No estuvi- 
mos allá, y así no podemos enmendar sus inexactitudes, pero sospechamos que la 
era MCCXXX tan notoriamente equivocada, debe ser MLXXXX correspondiente 
al año 10$ 2. 

(2) El testamento que cita Yepes data del i ^ dcf Junio, y en él manda hacer de 
sus rebaños tres partes, una para el lugar de su sepultura, otra para el culto de 
San Martín y otra para los monjes de la casa. No se sabe dónde está enterrada 
D.« Mayor, de la cual no hay memoria en el panteón real de León, ni de su existen- 
cia posterior á la viudez se tuviera noticia á no ser por dicho documento. 

(3) Sucedió este caso en 25 de Noviembre de 1453 : el enfermo se llamaba 

64 



506 FALENCIA 



Fromista, patria de San Pedro González Telmo en el siglo xiii, 
estaba bajo el señorío de los Gómez Benavides, mariscales de 
Castilla, que poseían su fuerte y se titularon marqueses de la 
misma por concesión de Felipe II. 

Al extremo oriental del distrito trazan tres paralelas de nor- 
te á mediodía el Pisuerga, el canal de Castilla y la carretera de 
Santander. Sobre la orilla derecha del río recuerda Lantadilla la 
primera derrota que sufrió en 19 de Julio de 1068 Alfonso VI 
reinante en León, combatiendo con su hermano Sancho II de 
Castilla (i). Junto al canal descuella en las Cabanas el castillo 
del marqués de Villatprre, y abren paso por dentro de su recin- 
to á la carretera Santillana y Osorno esclarecida por los condes 

* 

de su título, que desprendidos del robusto tronco de los Manri- 
ques hacia la mitad del siglo xv, siguieron en toda guerra y 
disensión la bandera de su linaje agrupándose con los demás 
parientes en torno del jefe de la familia (2). Extinguióse su línea, 
incorporáronse en los del duque de Alba sus estados, y hasta su 
palacio pereció abrasado en la guerra de la Independencia. Qué- 
dase al occidente del camino en Villadiezma la capilla que encie- 
rra las tumbas de dos prelados nacidos en la contigua casa sola- 
riega, D. Alonso González, obispo de León, fallecido en 161 5, y 
su sobrino fray José González que empezó su carrera episcopal 
en Falencia y la terminó en Burgos en 1631 : más adelante en 



Pedro Fernández Teresa, y había sido excomulgado por la deuda contraída con un 
judío, mediante cuyo pago se juzgaba ya libre de la censura. Frente de la puerta 
del mismo templo se muestra su sepulcro. Morales describe el aparato con que se 
enseñaba este misterio venerado constantemente por espacio de cuatro siglos, y 
la impresión que causaba el descubrirlo. «Los cabellos se erizan, dice, el cuerpo 
todo tiembla, y el alma aunque indigna concibe algo de temor y reverencia.» 

( 1 ) Plantada llaman el lugar de la batalla los anales Complutenses, expresando 
que estaba sobre la margen del Pisuerga, y Lantada el cronicón de Cárdena. 

(2) Erigióse el condado de Osorno en 1445 á favor de Gabriel Manrique, hijo 
segundo de Garci Fernández, señor de Aguilar y primer conde de Castañeda, pri- 
mo del adelantado Pedro Manrique; por su madre D.* Aldonza de Castilla, nieta 
del infonte D. Tello, tuvo el señorío de Villasirga. Continuó por siete generacio- 
nes su línea masculina, alternando ios nombres de Pedro y Garci Fernández hasta 
su extinción en el siglo xvii. 



Abia de las Torres, cabeza de arciprestazgo, vense escasos res- 
tos de un castillo del marqués de Montealegre. De esta suerte 
no perdiendo de vista un momento el arte ni la historia, se olvi- 
dan las molestias del viaje, y el más árido y monótono terreno 
se transforma en delicioso panorama. 



CAPITULO Vil 



Partidos de Saldaña y de Cervera del Pisuerga.— Agullar de Campóo 



GONFORME nos accrcamos á las montañas del norte, fuente 
de humor y de vida, cobra el suelo mayor variedad y se 
viste de vegetación más frecuente y más lozana. El partido de 
Saldana, como el de Carrión, comprende en su mayor parte 
rasas llanuras ; pero cruzan sus páramos más á menudo rfos 
benéñcos aunque de escaso caudal, formando valles y cañadas 
donde parecen haber brotado los pueblos con la escasa alame- 
da que les da sombra y con la reducida vega que cultivan. De 
más de ciento que cuenta el distrito, veinte no más tienen la 
categoría de villa, y de estas sólo tres además de la cabeza 
alcanzan al número de mil habitantes, Herrera del Písuerga, 
Guardo y Villasarracino. Sin recuerdos apenas y sin vestigios 
de lo pasado, sin otros monumentos que las bajas y cuadradas 



510 P V 1. E N C I A 



torres de sus parroquias , pocas detienen la atención del viajero 
al desfilar rápidamente por las márgenes de los riachuelos, que 
fertilizan y con frecuencia inundan sus campiñas. 

Diez y ocho pueblos componían el valle de Boedo, á cuyas 
aguas disputadas con reñidos pleitos dióse el nombre de río 
de la plata y y tenían sus juntas en Calahorra junto á la cual 
aparecen vestigios de fortaleza : Espinosa de Villagonzalo en 
otro tiempo amurallada, Villaprovedo de cuya parroquia elogia 
Ponz el retablo mayor y la portada, San Cristóbal inmediata á 
un antiguo priorato benedictino, pertenecían á esta jurisdicción. 
Sobre el Pisuerga en la confluencia del Burejo domina Herrera 
una amena perspectiva, y su vistosa plaza y sus concurridos 
mercados se combinan con los restos del magnífico palacio del 
condestable duque de Frías para acreditar su importancia de 
todos tiempos. En el siglo xii tuvo dos monasterios agregados 
al de Aguilar de Campóo, el de San Agustín por Alfonso Vil 
en 1 152 y el de San Román en 1 173 por Alfonso VIII; en el 
siguiente presenció la prisión de D. Alvaro de Lara por las 
gentes de- Fernando III, á quien había salido al camino para 
tenderle asechanzas ó desafiar su poder el orgulloso magnate. 

A orillas del Valdavia agua arriba se suceden Castríllo de 
Villavega que tomó su nombre acaso del cuadrado torreón ó 
atalaya que le señorea, Barcena de Campos con su espléndida 
parroquia y el convento que fué de basilios, Villanuño asentada 
en una ladera, Villasila con su aneja Villamelendro, Villaeles en 
angosta garganta. Arenillas de San Pelayo cuya gótica iglesia 
poseyeron los premonstratenses como dependencia del monaste- 
rio de Retuerta, Renedo cercada de olmos, Buenavista y su 
barrio al pié de derruido castillo, más allá la Puebla partida por 
el arroyo. El pequeño Vallarna nacido en Hitero Seco, donde 
retiene el nombre de mola el cerro en el cual se erguía una for- 
taleza de los Laras, pasa no lejos de Villasarracino, una de las 
principales de la comarca, y va á morir lejos de allí en el Pi- 
suerga. Comparado con estos puede presumir de caudaloso el 



FALENCIA 511 

Carrión, y atravesando en toda su longitud el partido, se reser- 
va la prerrogativa de regar la fértil vega de Saldaña y de visitar 
la histórica capital. 

Remonta esta su origen á la dominación romana si atende- 
mos al contexto de cierta lápida más que al silencio de los anti . 
guos geógrafos (i), y. participa con otras poblaciones de la 
gloria de haber sido precozmente conquistada por Alfonso I. 
Condes la gobernaron desde el principio como plaza fronteriza, 
y en las crónicas y romances es famoso aquel Sandias ó Sancho 
Díaz, amante de Jimena y padre de Bernardo del Carpió, que 
expió dicen la deshonra de la hermana de Alfonso el Casto con 
la pérdida de los ojos y de la libertad. Corriendo el siglo xi 
hallamos por dos veces reunidos los condados de Saldaña y 
Carrión, primero en Gómez Díaz, el fundador de San Zoilo, y 
luego en Pedro Ansúrez, el restaurador de Valladolid. En aquel 
castillo de su buen ayo, que había visitado quizás en su niñez, 
rerminó la reina Urraca su existencia más azarosa que larga 
á 8 de Marzo de 1 1 26, no encerrada por su hijo sino ejerciendo 
actos de soberana, pero sin que la severa majestad de la muer- 
te ahuyentara del mismo féretro la maledicencia que pregonó 
en vida y exageró probablemente sus extravíos (2). Dos años 
y medio después, en Noviembre de 1 1 28, atavióse con regia 
pompa el alcázar para recibir á la bella y joven Berenguela 
hija del conde de Barcelona, desde donde vino por mar rodean - 



(1) Dicha lápida, hallada en León junto á San Isidoro y publicada por Ponz y 
Risco, dice así: L. Lollio materni F. Lolliano Saldaniesi an. XVÍII Lollius malernus 
f>. S, T, r. L. Véase el tomo de Asturias y León^ cap. I, parte 2.* 

(2) La especie de haber fallecido de parto de un hijo ilegitimo procede de un 
cronicón puesto al frente de la historia Compostelana, escrita como es sabido con 
espíritu sumamente hostil á la reina. Regnavit iyrannice ei muliebriter^ dice, ei 
apud castrum Saldania in ftariu adulterini filii vitam in/elicem finivit. Es de adver- 
tir que á la sazón contaba 45 años. La Compostelana á pesar de su animadversión 
nada de esto dice, sino que Urraca recibió ya muy enferma á los enviados del ar> 
zobispo de Santiago y mandó restituirles el castillo de Cira. De otras versiones 
que infaman su muerte nos ocupamos en el tomo de Asturias y León. La cubierta 
de su sepulcro en el panteón de San Isidoro no siempre estuvo lisa como allí 
dijimos. Sandoval la vio en cita retratada de media talla con el traje antiguo y 
con un tocado alto de vizcaina, y aun Flórez la alcanzó á ver. 



<>I2 FALENCIA 

do toda la península á fin de evitar el tránsito poco seguro por 
los dominios de Aragón. Recibió á su desposada Alfonso VII en 
la costa de Cantabria, y en Saldaña, antes de llegar á su corte, 
celebró las bodas con los más venturosos auspicios. Aquí ter- 
minan los grandes recuerdos de la villa; más adelante ya no 
figura sino como título de condado, creado por Enrique IV á 
favor de D. íñigo López de Mendoza y hereditario en los pri- 
mogénitos de la casa de Infantado. 

Bajo su señorío siguió gozando de insignes preeminencias, 
puesta á la cabeza de cerca de cien lugares. Testigos son del 
esplendor antiguo sus parroquias de San Miguel , San Pedro y 
San Martín, espaciosas y de tres naves todas ellas, el esqueleto 
del castillo que la domina desde lo alto de la peña de San Ro- 
mán, el puente de veinte y tres arcos sobre el Carrión aunque 
asaz maltratado por el tiempo. Su hermosa vega se extiende 
río abajo más de dos leguas ; remontando la corriente se estre- 
cha por espacio de cinco ó seis hasta llegar á Guardo, villa 
enriscada con ruinosa fortaleza en su cumbre, á cuya espalda 
principia la sierra con su espesura de robles y abedules. 

Entramos ya en otro distrito quebrado y pobre pero fron- 
doso y pintoresco, que preside Cervera del Pisuerga y que ilus- 
tra Aguilar de Campóo. El suelo se encrespa, la vegetación se 
engrandece, conviértense las lomas en montañas, las montañas 
en cordilleras, los matorrales y plantíos en densas alamedas y 
bosques majestuosos, y al mismo tiempo los valles se ramifican, 
los ríos se dividen en cien arroyos subiendo á sus oscuras fuen- 
tes, los pueblos se fraccionan hasta degenerar en aldeas ó gru- 
pos de veinte, de diez, de cinco casas ó más bien chozas, cada 
uno con su parroquia, cada seis ú ocho con su ayuntamiento. 
Poco discrepa en suma el aspecto del país y la índole de su 
territorio y las inexplotadas minas y los trashumantes rebaños 
y las tareas y carácter de sus moradores, de lo que presentan 
las montañas de León y las de Burgos situadas á su poniente y á 
su levante, y la región de Liévana de la cual al norte le divi- 



PALENCIA 513 



den las Sierras Albas y de Brañosera. Paralelo á su límite oc- 
cidental baja el Carrión de las breñas de los Cárdanos, refle- 
jando los techos pajizos de las villas de Alba y Camporredondo; 
traza su confín oriental el Pisuerga, después de haber corrido 
con rumbo al este por bajo de la sierra donde tiene su cuna. 
Entre los dos se deslizan en línea diagonal el Valdavia por el 
valle de Respenda, el Burejo por el de Ojeda, nombres que 
recuerdan sus antiguas demarcaciones. 

Cómo otorgó Alfonso VIII al obispo Raimundo vastos do- 
minios en aquella tierra, comprando con ellos mayores franqui- 
cias para los palentinos, cómo en el siglo xv fueron erigidos en 
condado vinculado á la mitra hasta el presente, tomando el 
nombre del arroyo Pernia que los baña^ referido queda en la 
historia de la capital (i). Árenos, el Campo, Bañes, Villavega, 
Camasobres, Resoba, todos los lugarejos en la donación nom- 
brados, subsisten no muy cambiados desde entonces; y en el 
centro de sus ásperos riscos conservan el rango de colegiatas 
el monasterio de San Salvador de Campo de Muga y la abadía 
de Santa María de Labanza, aun después de incorporadas sus 
dignidades al cabildo catedral (2). Ni uno ni otra se desdeñan 



(i) Véase atrás págs. 365 y 38 3. 

{2^ Hoy corrompido el nombre se llama San Salvador de Cantamuda ó Canta- 
muga: Argáiz supone que primero fué monasterio benedictino, y deriva arbitra- 
riamente su etimología de Mugait, caudillo sarraceno vencido por el Rey Casto. 
En la escritura de Alfonso VIII son de notar las cláusulas siguientes : Videns Pa- 
lentinum ftopulum gravibus foris et consuetudinibus gravarte impetravi ab ecclesia 
Sancii Anionini et á domino Raymundo legitimo avúnculo nosiro.., ui pre/ata eccle- 
sia primevos removerei foros^ et bonos cum consenso meo insíitueret et redigeret in 
scriptis. Revera cum Palentina ecclesia^ evacuatis redditibus fororum Palentini con- 
cilii quos antiquitus percipere solebat, plurimum gravaretur^ concedo in concam- 
bium et recompensationem hoc monasterium Sancti Salvatoris de Campo de Muga, 
cum ómnibus directis et pertinentiis suis et possessionibus quas hodie habet et possi- 
det. et quas in diebus Adefonsi imperatoris avimei habuit et possedit et in diebus 
pairis mei regis Sancii^ preter populationes de Camasores et barrios de Risova... et 
cum aliis solaribus qui sunt et semper fuerunt Sánete Marie de Lavancia^ et cum 
ecclesia Sánete Crucis de Aremos et cum tredecim solaribus populatis et omni here- 
dilate sua, et cum ecclesia Sancti Petri in Campo et duobus solaribus et omni here- 
ditate suay et cum ecclesia Sancti Juliani de Cammos cum sua villa et ómnibus per- 
tinentiis suiSy et cum ómnibus solaribus populatis et heremis de villa de Banñes et 
omni hereditate sua, et cum domo de Villavegarum et ómnibus pertinentiis swis, et 

65 



514 FALENCIA 

de servir de parroquias á pueblecillos de cien almas, aquél á 
la entrada, ésta en el fondo de una hoz sinuosa y profunda. 
Por desgracia no penetramos hasta allí para poder afirmar si 
junto con el título permanece su fábrica primitiva, reconstruida 
en 1 185 la de Labanza por el conde Rodrigo Bustos, su bien- 
hechor (i). 

Cervera, la cabeza del partido, es una linda población serra- 
na de anchas y limpias calles y de amenos contornos, cuya 
plaza regular cierran cómodos soportales, y cuya iglesia de 
cantería se eleva á la falda de un cerro con la advocación de 
Santa María del Castillo. No busquemos allí otra antigualla 
que algún resto de fortaleza: los monumentos, la historia de 
la comarca están á cuatro leguas de distancia en Aguilar de 
Campóo, adonde nos conduce en dirección á oriente el bullicioso 
curso del naciente Pisuerga, regando al paso la deleitable vega 
de Salinas, cruzando por debajo de sólidos puentes y dando 
impulso á pintorescos molinos. 

Otro fué nuestro itinerario subiendo desde Herrera para 
llegar directamente á la célebre Aguilar. A la izquierda dejamos 
el valle de Ojeda, que empezando en Villabermudo abarca 



cum ecclesia Sánete Marte de Rianes cum sua villa el ómnibus periineniiis suis. 
A estas añade otras iglesias y villas del país de Licbana; la fecha del documento 
debe ser la de 1 1 8 1 , según notamos p. 3 6 s • 

(i) Refiérelo el epitafio que publicó Pulgar y que aunque moderno es intere- 
sante por las noticias que contiene: «Aquí yacen sepultados el conde D. Rodrigo 
Gustios y la condesa su mujer y uno de sus tres hijos que tuvieron, señores de 
grande estado de muchas villas y lugares, grandes bienhechores de esta abadía, 
cuya iglesia, casa y claustro reedificaron año de i 185 y la dotaron con muchos 
de sus bienes, y aviendo gastado el dicho conde la mayor parte de su vida en la 
guerra en defensa de la fe, falleció en su casa originaria que tuvo cerca de esta 
en el lugar de Polentinos en el solar de Colmenares, en 20 de Diciembre del año 
de 1 192; en cuya memoria se renovaron los escudos que están sobre estos se- 
pulcros, por aver faltado con el tiempo los antiguos de madera con otras insignias 
de guerra que estavan sobre ellos.» El mismo Pulgar trae el instrumento de par- 
tición de rentas hecho en 1 290 entre el abad y canónigos de Labanza, y menciona 
varios privilegios otorgados á la abadía, uno de Alfonso VII en 1 142 dándole los 
términos y puertos de que goza, otros de Sancho IV en i 289 concediéndole la 
villa de Polentinos y á sus canónigos las mismas exenciones y franquicias que á 
los de Palencia, y diversas confirmaciones de los reyes Alfonso XI, Pedro, Enri- 
que 11, Juan I y Juan II. 



FALENCIA 515 

veinte lugares sometidos casi todos por Alfonso IX de León al 
convento de monjas cistercienses de San Andrés de Arroyo, el 
cual florece todavía lo mismo que el de Santibáñez de Ecla en 
aquella cañada bajo la dependencia de las huelgas de Burgos. 
Desde Alar, campo que fué de su señorío, donde el remate del 
canal de Castilla ha improvisado un pueblo de almacenes, otro 
más ancho y frondoso valle á orillas del Pisuerga contiene á 
Nogales, á Prádanos, á Olmos de Santa Eufemia, cuyos nom- 
bres indican la vegetación que les circunda, mezclada con la de 
frescos chopos y saúcos. Becerril del Carpió, rico en frutales, 
deja asomar á la vera del camino una reducida iglesia bizanti- 
na, completa en sus líneas y detalles desde la portada hasta el 
ábside que encierra un gótico retablo ; y otra más rústica pre- 
senta Olleros debajo de un peñasco que le sirve de bóveda, 
cueva dicen en otro tiempo donde se retiraba á orar un devoto 
pastorcillo. A la derecha queda Mave y su priorato de Santa 
María, lugar nombrado por el cronista Sebastián entre las pri- 
meras conquistas de Alfonso I, que forma con otros el ayunta- 
miento de Gama ; más allá descuella coronada de nieves la roca 
de Bernorio, que ha dado lugar entre los naturales á grandio- 
sas tradiciones, de un castillo edificado en su cumbre por 
Augusto durante la guerra con los cántabros, y de una pobla- 
ción que á su pié existía y que incendiaron los godos para ren- 
dir la fortaleza, defendida no se sabe si por los suevos ó por 
los romanos (i). 

Con tales recuerdos no es extraño que sea reducida Agui- 
lar por algunos autores á la Véllica ó Belgia donde sufrieron 
los indomables cántabros su primera derrota, y que deriven 
otros su origen de yuliobriga 6 de Brigantium. Campo del 
álamo (campus populi) parece sonar el sobrenombre de Campóo 



(1) Ignoramos el fundamento histórico de tradiciones semejantes, y no lo hay 
mayor para decir que en el término de Olleros hubiese una ciudad denominada 
Oliva, y otra llamada Calabria junto á Aguilar, donde hoy está el lugar de Cabria 
con ruinas de castillo y de monasterio. 



516 



FALENCIA 



añadido al harto genérico de Aguilar, aunque en un documento 
del 1 03 1 , citado no recordamos dónde, se la llama Campo Pau . 
Tenía su gobierno con el de Asturias de Santillana en 1 1 2 7 
don Rodrigo de Lara, que tan larga resistencia opuso á Alfon- 
so VII; en la partición de los reinos de León y Castilla entre 
los hijos del Emperador, cupo la villa al primero, y fué dada 
en arras por Fernando II á su tercera esposa D.^ Urraca de 
Haro. Envidiósela á su madrastra Alfonso IX luego de fallecido 
su padre, y puso estrecho cerco al castillo, en cuya defensa se 
inmortalizó Marcos Gutiérrez que lo tenía por D. Diego López 
de Haro, hermano de la reina. Mientras hubo cueros y yerba y 
animales inmundos que comer se sostuvo la guarnición disminu- 
yendo de cada día; cuando todo se acabó, exánime y desfalle- 
cido tendióse el alcaide á la puerta con las llaves en la mano, 
y allí le encontraron los sitiadores que asaltaron el desierto 
muro, haciéndole volver á la vida con las más solícitas atencio- 
nes. Sabedor de que D. Diego no se daba aún por satisfecho 
de su resistencia, pidió al rey el pundonoroso Marcos le diese 
el castillo para podérselo devolver al que se lo había confiado, 
y así se hizo ; pero el de Haro no lo admitió convencido al fin 
de la bravura del alcaide, y le mandó entregarlo otra vez al 
caballeresco monarca (i). 

Vemos no obstante que en 1204 poseía á Aguilar Alfon- 
se VIII de Castilla, favoreciéndola tanto que algunos le han 
atribuido su repoblación. Desde el principio de su reinado tuvo 
Alfonso X la mira de hacerse suya la villa toda por compras, 
permutas y revindicaciones, y encontrándose en ella á 14 de 



(i) Sobre este hecho hay un romance de Sepúlveda más poético de loque sue- 
len serlo los de dicho autor, y rcfíérelo no á las disensiones de Alfonso con su 
madrastra, sino á las guerras entre León y Castilla, empezando así: 



Leoneses con castellanos 
grandes barajas hablan : 
los reinos eran partidos, 
dos Alfonsos los tenian. 



Aquese rey de León 
en Castilla entrado había, 
sobre Aguilar el castillo 
muy grande cerco ponía. 



FALENCIA • SI7 

Marzo de 1255, ^^ señaló términos y otorgóle su fuero real (i). 
Continuó unida á la corona, hasta que Alfonso XI la dio en 
patrimonio á sus hijos, frutos ilegítimos de la Guzmán, primero 
á Pedro que por esto se llamó de Aguilar y murió niño en 1338, 
y luego á Tello más adelante señor de Vizcaya, que alcanzó 
para ella en 1367 de su hermano Enrique II notables franqui- 
cias y mercedes (2). Su señorío, junto con el condado de Cas- 
tañeda en Asturias de Santillana, lo transmitió D. Tello á su 
hijo D. Juan, y éste á su hija Aldonza, casada con Garci Fer- 
nández Manrique, compañero del infante D. Fernando en su 
gloriosa campaña de Antequera, y mayordomo de su hijo don 
Enrique de Aragón. Excitó Garci Fernández el enojo de Juan II 
proclamándose conde y maltratando á los ministros reales, y 
vino el rey con mil lanzas sobre Aguilar en 1422; pero Aldon- 
za veintiún año después la vinculó en su hijo Juan, y éste en 
recompensa de sus servicios alcanzó de los Reyes Católicos que 



(i) Hállase publicado dicho privilegio en el tomo I del A/eworí¿i/ Hisiórico^ 
pág. 257. En su principio se lee: «La primera vez que vin á Aguilar de Campo 
depues que fuy rey, fallé que la villa de Aguilar era de muchos sennoríos de órde- 
nes et de fijosdalgo, et otrossi fallé de lo mió que me avien dello escondudo é fur- 
tado. Et porque la villa de Aguilar amó siempre el muy ondrado rey don Alfonso 
mió visavuelo et el mucho ondrado et muy noble rey don Fernando mió padre, et 
ovieron grand sabor de facerles bien et merced, et yo por encimar lo que ellos 
comenzaron et por facer el burgo de Aguilar que sea buena villa et ondrada et 
rica... Todo aquello que fallé que no era mió... á los unos lo compré, et á los otros 
di canvio por ello, et lo al que fallé de lo mió que me tenían escondudo et furtado 
tómelo, asi que toda la villa de Aguilar la sobredicha finca toda mia pora siempre 
jamás quita et libre con entradas et con sallidas et con todos sus términos et con 
todos sus derechos enteramienlre.» Y luego más adelante : « Et doles et otorgóles 
á todos comunialmentre que ayan el fuero del mió libro, aquel que estava en Cer- 
vatos pora siempre jamás porque bivan et que usen por él, et que ayan dos alcal- 
des et un merino de la villa de Aguilar quales yo pusiere... et que judguen los 
alcaldes la villa et todos los términos por este fuero que les yo do, et el merino 
que faga su oñcio.» 

(2) Concedióselas en Burgos á 8 de Febrero antes de su derrota en Kájera, 
ampliando la exención de portazgo que en i 285 había otorgado Sancho IV. «Por 
facer bien, dice, e merced al concejo de Aguilar de Campo e de sus aldeas, vasa- 
llos que son del conde D. Tello nuestro hermano, e porque nos lo pidió por mer- 
ced el dicho D. Tello, e otrossi por muchos e altos e muy leales e grandes servi- 
cios que el dicho D. Tello nos fizo e faze do cada dia, tenemos por bien de quitar 
e franquear de portazgo, montazgo, de cuentas, peage, pasage, ronda, castellería, 
de varcage, oturras, mededuras, asadura, borra y demás tributos.» 



5l8 FALENCIA 



fuese erigida en marquesado á favor de su hijo Garci Fernán- 
dez. Los marqueses de Aguilar en el siglo xvi comunicaron á 
la villa su esplendor: Luís hospedó en ella magníñcamente á 
Carlos V á su llegada de Flandes en 151 7; Juan, embajador 
en Roma, alcanzó en 1542 la fundación de la colegiata, otros 
la adornaron con suntuosos panteones; y al cabo fenecida en 
el XVII su descendencia varonil , heredáronla los condes de 
Oñate. 

Bien se le echa de ver en el aspecto la nobleza y antigüe- 
dad, que sonríe embellecida por su amena situación. El Pisuerga 
la baña al mediodía, ancho puente de seis arcos conduce á su 
entrada, cíñenla frondosas alamedas tocando casi los muros ó 
irradian á lo largo de los caminos. Aisladas y escabrosas peñas 
se elevan del suelo á escasa altura por cima de las densas copas 
de los árboles y junto á las corrientes cristalinas. Entre los ce- 
rros que la rodean y á cuya espalda asoma la imponente sierra 
inmediata, domínala al nordoeste uno más áspero, pedestal del 
célebre castillo que ha perdido ya su corona de almenas y mata- 
canes, pero conserva los gallardos cubos de sus ángulos y de 
su barbacana. Desde la población subía la cerca á enlazarla 
con su defensor, cerrando la falda de la colina que tal vez estu- 
vo habitada en otro tiempo, cuando contaba cuatrocientos veci- 
nos, doble número que en el día; y así lo persuade la parroquia 
de Santa Cecilia, solitaria ahora en la pendiente, cuya bizantina 
torre, guarnecida de columnas en sus esquinas y de ménsulas 
en el remate, abre á los cuatro vientos sus ventanas, una en el 
primer cuerpo y dos en el segundo. Debajo de cobertizo tiene 
en el costado la portada, profunda, decrecente, con cuatro 
columnas á cada lado, pero de traza ya ojival ; y ojivos son 
también los arcos que dividen sus tres naves, sosteniendo el 
techo de madera. Á la entrada de la capilla mayor, renovada 
por desgracia y privada de su hemisférica forma, se distinguen 
por su riqueza dos capiteles, uno de follaje y otro que parece 
representar la degollación de los Inocentes. 



FALENCIA 519 

De otra iglesia que cae fuera de la cerca en el declive 
opuesto y titulada San Andrés ó Santa Lucía, dícese también 
que fué parroquia, y se asemeja en todo á la de Santa Cecilia, 
sólo que conserva sus tres ábsides bizantinos con restos disper- 
sos del gótico retablo, y en su portal el medio punto recamado 
de dientes de sierra: suple por torre una espadaña de dos arcos 
apuntados. En lo más llano al otro lado del río hay un conven- 
to de monjas de Santa Clara, trasladado por los Sres. de Agui- 
lar desde el sitio que ocupaba á media legua de allí en Porquera 
de los Infantes junto al nacimiento del arroyo Camesa. 

Largas cortinas con sus torreones marcan el recinto de la 
villa sobre todo hacia poniente, y permanecen sus seis puertas, 
unas en su antigua forma ojival, la del río reemplazada por un 
arco moderno, casi todas ostentando el águila que constituye 
las armas municipales. La de Reinosa juntamente con varios 
escudos y íiguras ofrece sobre su clave una inscripción hebraica 
del siglo XIII al xiv, que recomendamos á los inteligentes y que 
sin duda se relaciona con los numerosos judíos que en la po- 
blación habitaban (i). Señálanse entre el viejo y deforme case- 
río algunas moradas por sus blasones y por su fábrica del si 
glo XVI, una principalmente á espaldas de la colegiata, que 
dejaron arruinar sin concluirla los marqueses de Villatorre, 
adornada con estriadas columnas en la puerta y medallones en 
las enjutas del arco, con escudos en las esquinas y con gárgo- 
las, almenas y garitas en su coronamiento. A un lado de la 
cuadrilonga plaza ceñida de pórticos campea trocado hoy en 
casa de ayuntamiento el palacio de los Manriques, muy cambia- 
do del que edificó en el siglo xv la condesa Aldonza para resi- 
dencia de sus descendientes. 

La inmediata parroquia de San Miguel debió al marqués 



(i) a dos líneas escritas en castellano, de las cuates sólo pudimos leer junio 
era MCCC.fiJo.,.^ siguen otras seis bien conservadas en caracteres hebraicos, 
partidas por dos arquitos dentellados con figuras destruidas, y á cada lado hay 
dos escudos acuartelados de águilas y castillos. 



$20 FALENCIA 

D. Juan en 1542 los honores de colegiata (i); pero tres siglos 
atrás, mucho antes del señorío de los Manriques, el templo 
tenía ya la magnificencia conveniente á su futuro rango. Cons- 
truido en el primer período ojival, cuya forma llevan así los 
arcos de las portadas como la doble serie de ventanas abiertas 
entre los machones del ábside, conserva todavía mucho de bi- 
zantino, tal como las columnas cilindricas colocadas ocho á cada 
lado de la puerta principal con capiteles uniformes de sencillo 
follaje, la grande y tosca estatua subsistente en un costado del 
arco exterior, y el medio punto en cuyo centro resalta la figura 
de Cristo. Nada de moderno desentona aquel conjunto sino la 
cuadrada torre asentada sobre el ingreso, que á pesar de sus 
arcos greco romanos, pilastras y cimborio recuerda por lo baja 
las proporciones de la antigua. 

A la iglesia introducen un atrio cubierto de apuntada bóve- 
da y un segundo portal bizantino-gótico de cuatro arcos en 
degradación. Rebajadas ojivas forman sus tres naves demasiado 
cortas respecto de su anchura, sin que les comunique mucha 
gallardía el crucero, ni menos las favorezca el revoque que han 
sufrido. Los pilares se componen de ocho delgadas columnas 
con capiteles lisos ó de follaje; prolongadas ventanas alumbran 
la nave de la epístola ; la del evangelio presenta una serie de 
hornacinas con grandes colgadizos y frontones triangulares, 
marcadas con escudos de armas, pero las estatuas y epitafios 
han desaparecido para hacer lugar á los retablos colocados en 
su hueco. Todas las capillas del templo, así las del testero de 
las naves, como las que corresponden á sus pies cogiendo la 
profundidad del atrio, están llenas de memorias sepulcrales: la 
del bautisterio á la izquierda del que entra contiene cuatro, 
donde se ven águilas y castillos esculpidos toscamente sobre 



(i) Aprovechó el marqués la ocasión de su embajada en Roma para obtenerla 
erección de la colegiata de Aguilar, siendo extinguidas en cambio las antiguas 
abadías de Castañeda, Escalada y San Martín de Helines, que poseía su casa en la 
diócesis de Burgos. 



FALENCIA 521 

las urnas, y yacentes estatuas de un arcipreste de Aguilar en el 
siglo XIII y de uno de los ganadores de Antequera en el siglo xv 
al lado de su esposa (i); la colateral encubre detrás de la mo- 
derna sillería de un convento cinco nichos ojivales recamados 
de arabescos como el arco de entrada, de sencillo y elegante 
estilo gótico, en uno de los cuales se distingue por sus labradas 
vestiduras la tendida efigie del arcipreste de Fresno, fundador 
del hospital. En el brazo izquierdo del crucero descansan sus 
parientes (2). 

De principios del siglo xiii por lo menos parece datar un 
tosco bulto de larga barba y cabello partido sobre la frente, 
vestido de túnica y manto, que está en la cabecera de la nave 
de la epístola ; mientras que no pasa del xvi otro de sacerdote 
que ocupa la del evangelio, acostado sobre un sepulcro plate- 
resco, detrás del cual aparece de relieve entero el entierro de 
Jesús. En medio de estas dos capillas ostenta la mayor su reta- 
blo de cuatro cuerpos representando misterios de la Virgen, y 
dos grandes mausoleos de mármol con su basamento, pilastras 
y frontón al estilo greco romano, donde brilla el blasón de los 
Manriques; á un lado figuran orando de rodillas las excelentes 
estatuas del marqués D. Juan, patrono y creador en cierto 
modo de la colegiata, y de su esposa D.^ Blanca Pimentel; al 



(i) En el pedestal del sepulcro del arcipreste se nota multitud de relieves 
medio enterrados en el pavimento; la inscripción dice así: «Aquí yace don Juan 
Mate arcipreste de Aguilar, Dios perdone su alma, era de MCCCXXXIII (129$ de 
C.).» En la tumba de los dos consortes se lee : «Estas sepulturas mandó hazer Fer- 
nán González de Valdelomar e Juana Gutiérrez su mujer en el año de mil e CCCC 
e X años, quando el infante don Ferrando venció á los infantes de Granada en el 
puerto de la Roca del Asna e se ganó Antequera por fuerza de armas: Dios los 
quiera perdonar.» El marido viste traje talar á manera de hábito religioso, pero 
lleva una águila colgada al cuello y larga tizona en las manos; el vestido de la 
mujer es muy modesto, con mangas anchas y toca en la frente. En dicha capilla 
se ve una tosca cruz que se descubrió juntamente con un Crucifijo muy prodi- 
gioso. 

(2) Un moderno epitafio nombra á su hermana Juana Fernández de Soto y al 

marido de ésta Fernán Gutiérrez Churrón bienhechores del convento de Santa 

María la Real, que vivían en i 399, y á varios descendientes suyos déla familia de 

Castillo. 

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is D. Luís 
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consorte 
Mendoza 
Nieto de 
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Aguilar 
deCam- 
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«----■ tremo 

de una larga y deliciosa alameda, al pié de unos riscos pin- 
torescos que se levantan al poniente. Santa María la Real, 



:a dé [nfantado, murió según el letrero en [ 
1 las cortes que se celebraban en Aragón. 



P A L E N C I A 523 



grandioso monasterio de premonstratenses, no siempre desde 
su origen perteneció á los hijos de San Norberto; fundóse 
para benedictinos ó para canónigos reglares de San Agustín 
ó quizá seculares, allá por el año de 822, si no yerra una 
antigua escritura de su archivo (i); y en su principio inter- 
vienen, como en el de San Juan de la Peña, San Antolín de 
Falencia y otros, jabalíes acosados por cazadores, ermitas arrui- 
nadas y ocultas entre matorrales. Contó su hallazgo Alpidio, 
que tal era el nombre del caballero, á su hermano el abad Opila, 
quien movido de la santidad y agreste belleza del sitio, edificó 
sobre aquellos escombros su residencia, trasladándose á ella 
con sus clérigos, alhajas y ganados. Treinta años adelante, 
viviendo todavía el mismo abad, visitó el conde Osorio el nuevo 
monasterio, al cual ofreció su persona y unas tierras en Peña 
Aranda, y no fué menos copiosa la donación otorgada en 1050 
por la condesa Ofresa, y las que otros magnates y hasta reyes 
firmaron á favor del mismo. Sometiéronsele varias iglesias de 
la comarca, entre ellas la de Santa Eugenia de Cordovilla con- 
sagrada por Pascual, obispo de Burgos, y cedida al abad Lece- 
nio, á quien se atribuye parentesco con el Cid (2). A mediados 



(i) Cítala Morales con referencia al oidor Arce de Otalora, y de ella sacó los 
copiosos detalles que da de esta fundación en el lib. xiii, cap. 36 de sus Anales y 
algunas cláusulas