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UNIVERSITY OF NORTH CAROLINA 

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1 BOOK CARD 

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2 book pocket ^ S 

_ oa í: 




THE LIBRARY OF THE 
UNIVERSITY OF 
NORTH CAROLINA 




ENDOWED BY THE 
DIALECTIC AND PHILANTHROPIC 
SOCIETIES 



PQ664I 
.1 625 
V5 



UNIVERSITY OF N.C. AT CHAPEL HILL 



00045697762 



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i 


in 2013 









http://archive.org/details/villasanaOOvill 



/ 



Villa Sana 

• . " - 

Carlos E. Yilknueva. 

V VALENCIA 

•o Píiblico ) 

1014- 




I 



VILLA SANA 



I 



Obras del mismo autor 
Publicadas: 

Los Oprimidos 
Cumbre y Cieno 
Lejos de los hombres 
Villa Sana. 

Por publicarse: 

Cuentos provincianos 
El Caudillo 
Sobre el picacho. 



Villa Sana 



POR 



Caxlos E. Villanueva. "¡S. ^^¿^ 



VALENCIA 

Talleres de "El Ece Publico" 
1914 



A LOS QÜE ME VAN A LEER 



Los personajes de este libro viven en 
el seno délas sociedades mediocres donde 
impera el fanatismo religioso, tienen auge 
**las mentiras convencionales", consagra- 
ción **las reputaciones usurpadas" y cam- 
po abierto para su acción **las nulidades 
engreídas." 

En todo pueblo embrutecido y fácil a 
la dominación está en ejercicio la funesta 
influencia del padre Salvador Galilea. 



8^ \^ 48 



VI 



Donde quiera que falta la sanción 
social para estimulo del bien y castigo 
del mal, ríe sus éxitos Don Críspulo 
Ochoa. 

En los medios donde el brillo del oro 
deslumbra las conciencias y borra el inri 
del oprobio, descuella la respetabilidad 
de Don Lucas Romea y Eduardo Ponce, 

Donde quiera que la caridad no tiene 
verdaderos apóstoles, se ejerce la miseri- 
cordia de Don Patricio Monques, 

En los centros donde la Justicia sufre 
agravios y los Jueces tiemblan, se impone 
la personalidad del abogado Izturis. 

Donde quiera que hay inconsciencia 
existe Casto Reina. 



VII 



En los pueblos donde la virtud vive 
sin premio y se hace imposible el encum- 
bramiento de los méritos, se agiganta 
Cándido Suárez y triunfa con su farsa 
admirable. 

Este libro es amargo; pero no es libro 
de odios. Las almas en sombra que 
desfilan por él, han sido estudiadas en el 
gran mundo que forman todos los pue- 
blos ignorantes y fanáticos, cuyas fata- 
les características hicieron en mi imagina- 
ción el bosquejo de Villa Sana, medio 
^propicio para enmarcar las grotescas figu- 
ras de mis personajes en juego. 

Ojalá que la censura de estas páginas, 
donde np hallará el más contrario de mis 



VIII 



lectores una afirmación calumniosa, sirva 
de estímulo y señale nuevas orientacio- 
nes y rumbos de efectivo provecho a todos 
los pueblos de la tierra qye tienen la 
desgracia de parecerse a Villa Sana. 



Qarlos E. l/íllapueua. 



I 



Cándido Suárez, el más sano y austero 
hombre de Villa Sana, que había sufrido las 
vicisitudes de la existencia, mansamente, y 
sonriéndoles como a buenas amigas, con la 
dulzura de su ingénita jovialidad, un día, des- 
pués de muchos días pasivos, se resolvió a 
conjurarlas, y con firme análisis de gran 
psicólogo se dió al estudio de su rara persona- 
lidad inadvertida. 



2 



CARLOS E. VILLANUEVA 



Comenzó por añorar su vida desde el día 
en que su buena madre cerró sus ojos a las 
pequeñeces del mundo, y las imperiosas 
necesidades del vivir le gritaron con tono 
despótico: «luclia o perecerás!» 

En plena juventud, a los dieciséis años, co- 
menzó sus hazañas de hombre. Puso valla al 
hambre con la enérgica, fuerza de su brazo 
que adiestró en el trabajo. Humilló con la 
firmeza de su carácter los obstáculos que la 
vida opuso .a sus propósitos. Sometió sus as- 
piraciones a su pobreza y nunca soñó nada 
que le pudiera turbar la amable paz de su 
conciencia. Las naturales indiscreciones de 
sus cortos años las puso bajo el dominio de 
su gran juicio y se levantó aislado, solo, pero 
seguro de sí mismo y dispuesto a salir airoso 
en las rudas contiendas humanas. La juven- 
tud pasó por él como una casta brisa prima- 
veral. Entregado por entero a ganarse el pan- 
qué comía, no supo de las calaveradas que 



VILLA SANA 



3 



inspira esa bulliciosa época de la vida, la única 
en que el hombre ríe de veras para después 
aprenderá verter lágrimas. Sus pasiones d^ 
joven fueron mansas pasiones de colegial po- 
blano. No tuvo amigos con quienes travesear, 
ni enemigos a quienes odiar ni con quienes 
reñir. No fué nunca a una casa de juego ni 
a un burdel. Comió la fruta del árbol prohi- 
bido, pero no con la desfachatez del libertino, 
sino con el azoro del niño que teme ser sor- 
prendido. Ocupada su imaginación con la 
idea fija de lograrse la vida, no pudo desorien- 
tarse por yias fatales y de perdición, sino que 
siguió con paso firme el sendero de la más 
absoluta austeridad. 

Aprendiz de farmacia, la semana entera se 
le iba en lavar botellas, leer sus lecciones de 
latín y aprender a preparar menjurjes comu- 
nes; y la licencia de horas, del domingo, la 
empleaba en ver salir de la iglesia a las mu- 
chachas de su parroquia, después de la misa, 

■ \: 



4 



GARLOS E. VILLANÜEVA 



yenpasearufanoporlasavenidas .de la ciu- 
dad, luciendo su traje de lienzo bien aplancha- 
do, sus lustrosos borceguíes que él mismo em- 
betunaba con cariño de pobre, y gastando con 
ínfulas de acomodado derrochador, diez centa- 
vos en dulce, de los veinte conque le remune- 
raba el dueño de la farmacia su aplicación de 
toda la semana. Los ratos desocupados que 
le dejaban sus diarias ocupaciones los entre- 
tenía repasando los libros que estudiara 
en la escuela en vida de su madre. Su or- 
fandad le entristecía el corazón porque echa- 
ba de menos las caricias de su buena madre, 
que tan dulcemente sabía besarlo; pero no 
mermaba sus energías, que por el contrario, 
se vigorizaban ante la adversidad de su des- 
tino, como si una secreta voz las estimulara. 

A la par que progresó en conocimiento, pro- 
gresó en sueldo. Primero, y por mucho tiem- 
po, ganó la comida, la ropa, el albergue de 
la casa y un bolívar todos los domingos. Des- 



VILLA SANA 



5 



pués aprendió a hacer jarabes, ungüentos cu- 
rativos, pildoras digestivas; y Don Bruno Es- 
pinoza, el dueño de la farmacia, que era un 
viejo avaro y cegato para mayor expiación 
de su abominable pecado, lo halagó con un 
sueldo de cuatro bolívares semanales. Así^ 
palmo a palmo, a fuerza de contracción, estu- 
dios y excelente conducta, logró a los nueve 
años de vegetar en medio de las cuatro pare- 
des del local de la farmacia, la riqueza de 
cien bolívares mensuales. 

Entonces, a los veinticinco años, - se creyó 
que con aquel sueldo podía aventurarse en 
cualquier empresa difícil, y puso sus ojos, lle- 
nos de una amorosa melancolía, en Margot 
Lnceño, una chica hacendosa, bien educada y 
de dignos antecedentes. De Margot hizo el 
más bello ideal de su vida. Esbelta; de cuer- 
po fino y airoso; trigueña pálida; con unos 
ojazos negros y embrujadores; de labios carno- 
sos y sensuales; mansa y jovial; noble y sin- 



6 



CARLOS E. VILLANUEVA 



cera; triunfalínente hermosa y bellamente can- 
dida era ella, y con grandes anhelos y nobles 
fines se entregó a amarla, odorando el erial de 
su existencia con el perfume de las más ricas 
rosas de la ilusión. Ella encontró en el alma 
de su galante amador un escondido tesoro de 
bellezas: generosidad amplia, fuertes y arraiga- 
das virtudes, robusto acopio de energías, sen- 
timientos inmaculados; en una palabra: perfec- 
ción absoluta, y se dió a amarlo con toda la 
entereza de su noble corazón no* tocado hasta 
entonces, por las alas del travieso Diablillo. 
Fue un amor casto, sin malicias. Amor de 
niños Cándidos; amor que como una clara au- 
rora llenó de luz diáfana el ensoñar de sus 
almas. . 

El día que los labios de Margot, ardidos 
por la misma sed que él sufría, se abrieron 
como una flor de esperanza y le dijeron el «sí)) 
apetecido, su vida tuvo un fin plácido, su tris- 
teza se enjoyó de rosas de alegría como un 



VILLA SANA 



7- 



jardín en primavera, su corazón se embriagó 
con dulces mieles ideales, su mente se pobló 
de sueños amables, su optimismo sembró 
dé buenos augurios la ruta de su vivir, sus 
afanes se multiplicaron y su ser sintió el 
estímulo de una recóndita y milagrosa reno- 
vación. Margot, por áu parte, se entregó 
íiitegra al culto de su amado. Aprendió a 
adornarse los cabellos con el lozano triunfo 
de una flor para presumirle. Guardó para 
él toda la embriagante dulcedumbre de sus 
castas sonrisas. Le dió a gustar el beso de 
sus labios y el incentivo emocionante de su 
inocente coquetería. Y aquel amor, dulce pri- 
mer amor de sus almas, se hizo al fin más in- 
tenso y fuerte en la Vicaría. Se casaron en 
un amable día primaveral, en un día de la 
dulce y poética estación en que llegaban bas- 
ta el cielo, como besos fragantes de los valles 
floridos, puros aromas silvestres. Un grato 
verdor de brotes nuevos enjoyaba el panora- 
ma de las sierras distantes, bajo la paz de un 



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CARLOS E. VILLANUEVA 



cielo serenamente romántico. Ni una rama 
desnuda ni una hoja marchita pincelaban con 
tristes tintas de otoño el espléndido paisaje 
primaveral que ponía sobre el seno fecundo 
de la tierra el milagro de su lozanía portento, 
sa. Lucían las rosas y rompían los trinos, y 
álas y aromas se confundían en un solo ánhelo 
de vida. El sol de la tarde, un sol pasivo y 
diáfano, volcaba sobre el valle, al descender, 
el oro de sus postreras fulguraciones. La na- 
turaleza pareció tomar parte en el regocijo de 
sus bodas. Cuando bajaron las gradas del 
templo parroquial donde se dijeron ante Dios 
el máximo juramento de amor, se creyeron 
los séres más dichosos de la tierra y vieron la 
vida como una larga ruta florida sin zarzales 
ni espinas. El sintió en su alma el estímulo 
de un gran orgullo y se entregó a laborar 
por la felicidad de su Electa con todo el entu- 
siasmo de sus jóvenes energías. Margot com- 
prendió su misión de esposa noble y buena y 
se propuso hacer deliciosa la vida de su Ele- 



VILLA SANA 



9 



gido. Su luna de miel fué larga y alegre. 
Por mucho tiempo estuvieron esperando la 
llegada del primo'génito; pero al fin, después 
de cuatro años, sonrió en la cuna el primer 
niño, al que llamaron Jacinto. El bienvenido 
acabó de atar con sus impecables y sonrosa- 
das manecitas el lazo amoroso que había uni- 
do sus almas. Para Jacinto fueron todos los 
cuidados, todos los desvelos; llegaron a olvi- 
darse de ellos mismos, en el afán de que aquel 
pedazo de sus almas se criara robusto y feliz. 
Después de Jacinto, a los dos años justos, na- 
ció Carlota, que heredó las gracias de su madre 
y vino a completar la familia que no aumentó 
no se sabe por qué extraña determinación de 
la naturaleza. A la crianza de aquellos dos 
hijos dedicaron por entero su vida. Margot, 
haciendo buen provecho de su juventud, se de- 
dicó a trabajar para ayudar la pobreza de su 
marido. El, haciendo milagrosas economías, 
se logró un capital miserable y se estableció 
por su cuenta, separándose de la dependencia 



10 



CARLOS E. YILLANUEVA 



de Don Bruno. De aquella Farmacia, ayudada 
por su crédito,^ sacaba lo preciso para el alimen- 
to de sus hijos y la vida medianamente decente 
que llevaba. Ya había cumplido los cuarenti- 
cinco años, empezaba a hacerce viejo y le en- 
tristecía su situación. Jacinto, que era ya un 
joven de dieciséis años, necesitaba completar 
su educación, hacerse hábil para las luchas 
de la existencia, y él apenas si había podido en- 
señarle a leer y escribir. El quería que Jacinto 
se hiciera una figura en las Ciencias, en las 
Artes, en el Foro, en cualquier carrera bri- 
llante; que sacara de la anonimia el apellido 
Suárez, sin otras ejecutorias hasta entonces que 
las de su absoluta pasividad. Los Suárez ha- 
bían sido artesanos, hombres humildes, in- 
advertidos, y el quería que Jacinto elevara el 
apellido a una altura envidiable. Gozaba so- 
ñando a Jacinto, Senador, Abogado de nota^ 
Médico acreditado, Ministro, Candidato popu- 
lar, algo honroso para su hasta entonces desco- 
nocida descendencia. Su hija Carlota, cuyos ca- 



VILLA SANA 



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torce años eran catorce encantos triunfales, 
reclamaba también una exquisita educación 
que la llevara a ocupar un puesto distingui- 
do. Su hermosura, para brillar en todo su es- 
plendor, necesitaba buenos trajes, cuido esme- 
rado, cosas que no era posible sacar de aque- 
lla farmacia miserable que le proporcionaba 
lo estrictamente necesario para comer. 

El amor a . la familia hizo que Cándido 
Suárez ambicionara tener mucho y dejara de 
conformarse con su pobreza. Parado en la 
puerta de su farmacia, reflexionaba sobre las 
responsabilidades que tenía de asegurar un 
porvenir a sus hijos. Comprendía que a los 
cuarenticinco años las energías van en descen- 
so y buscaba un medio fácil de realizar sus 
propósitos. El estaba plenamente convencido, 
por una dolorosa práctica, de que la honradez 
es un cheque inservible en los mercados de 
la sociedad. ¿Quién más honrado que él en 
Villa Sana? ¿Qué vida más meritoria que su 



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CARLOS E. VILLANUBVA 



vida? ¿ Qué cuarenticinco años más aus- 
teramente llevados que los suyos? Y sinem- 
bargo, ¿quién lo tomaba en cuenta? ¿En 
qué estadística honrosa estaba escrito su nom- 
bre sin mácula? ¿Dónde estaba ese tribunal 
que un día u otro iba a hacer justicia a sus 
virtudes? La sociedad sabía enaltecer a los 
buenos y señalar con inri de desprecio a los 
malos? El sabía que no! Delante de sus 
ojos tenía la prueba convincente. En aquella 
cuadra de la Calle del Comercio, en que su 
farmacia abría la miseria de su única pruerta 
entre amplios y abastecidos establecimientos 
mercantiles, él era el único hombre realmente 
honorable. Todos aquellos ricos señores a 
quienes tenía que halagar con sus diarias 
cortesías eran unos tránsfugas de buen aspecto, 
cu3^as ruindades conocía. Don Críspulo Ochoa, 
su vecino de enfrente, respetable personali- 
dad cuya fama de virtud no cabía en los 
límites de la Provincia, de aquella cándida y 
crédula Provincia, era un corrompido con ca- 



VILLA SANA 13 



ra de santurrón. Comerciaba en el campo de 
la prostitución y de noche abría su puerta a 
chiquillas hambrientas negociadas a mujeres 
vendedoras de carne virgen e inocente. Don 
Eduardo Ponce, su vecino de la izquierda, re- 
conocido en el lugar como la más acabada re- 
presentación de la honradez, debía su fortuna 
a las más viles especulaciones. Don Lucas 
Romea, el más rico de la cuadra, había expro- 
piado a unos menores, asegurando con aque- 
lla infamia la significación social de su perso- 
na y la respetabilidad de su nombre. Y así, 
todos y cada uno de sus honorables vecinos 
tenían una negra historia de ignominias. Sin- 
embargo, eran los dirigentes de la sociedad, 
el orgullo de Villa Sana y los consagrados 
con el voto favorable de la opinión pública* 
mientras él, el hombre honrado, el hombre 
austero, pasaba inadvertido con el acopio de 
sus grandes virtudes. No se explicaba cómo 
hombres tan imperfectos como sus respetados 
vecinos gozaban de todas' las consideraciones, 



14 



CARLOS E. VILLANUEVA 



ni de qué medio sabían valerse para lograrse 
el buen concepto. 

Después de un minucioso estudio del medio 
en que vivía, encontró la clave de aquel mis- 
terio. La culpa de su tirana situación la te- 
nía él mismo. El no había nacido para la 
absoluta conquista de Villa Sana y sus veci- 
nos sí. El nació franco, sin dobleces, y en su 
pueblo las mentiras convencionales tenían alza- 
do un trono. El no buyo a tiempo de aquel 
pueblo fanático y abyecto donde con un golpe 
de pecho el más ruin de los farsantes despistaba 
a la Justicia. El no formaba en las filas de 
los hipócritas de cara angélica y alma diabó- 
lica, ni en la agrupación de los Ochoa, los 
Ponce y los Romea, y justo era su apartamien- 
to,. Vivía en paz con su conciencia,, y la 
conciencia de los hombres de bien no jugaba 
ningún papel importante en aquella farsa, so- 
cial en que los picaros usaban modales de ca- 
balleros y los tránsfugas austeridades de após- 
toles. 



VILLA SANA 



15 



Reconoció su pecado. Recordó que había 
vivido siempre rindiendo culto ,a la verdad; 
^ castigando con sus ironías a las engreídas nu- 
lidades de su pueblo; mirando con orgulloso 
desprecio a los que se encumbraban de mala 
manera; negándole la rendición de su valer a 
los que no poseían ninguna condición merito- 
ria; haciéndole guerra a todos los que especu- 
laban con la agena candidez; desoyendo la 
voz de las mentiras propaladas para interés 
de. unos cuantos, y diciéndole a todo el mundo, 
sin rodeos convencionales, la perfección de 
su sér moral. Habiendo vivido cuarenti- 
cinco años en aquel medio atrofiado por el fa- 
natismo y la hipocresía, siendo noble y aus- 
tero, era natural que se encontrara aislado y 
sin orientación. El iba a todas partes con la 
frente en alto, hablando el idioma de todas 
las sinceridades y no encontró quien lo aso- 
ciara a ninguna empresa provechosa. El no 
cometió ninguna infamia, ennegreciendo con 
ella su conciencia, y los que la llevaban en 



16 CARLOS E. VILLANUEVA 



sombra no pudieron hermanarse con un sér 
lleno de claridades. 

Por otra, parte, cometió más de una impru- 
dencia, cerrándose las puertas de la prosperi- 
dad. Un día, el padre Salvador Galilea, Pá- 
rroco de la Catedral, llegó a su establecimien- 
to y solicitó su concurso monetario para una 
fiesta en honor de la Patrona de Villa Sana, 
fiesta en que, según los proyectos de los fieles, 
se iban a gastar veinte mil bolívares. El oyó 
al sacerdote 3^ se escandalizó. ¡Veinte mil 
bolívares en una fiesta y en un pueblo donde 
había millares de séres necesitados, viudas en 
el desamparo, ancianos muriendo , de hambre, 
mujeres expuestas a prostituirse por necesi- 
dad y padres de familia próximos a suicidar- 
- se! Una fiesta de veinte mil bolívares en un 
pueblo lleno de mendigos sin Hospital donde 
guarecerse, de locos sin un Asilo, de elenfa- 
ciacos sin un hospicio piadoso! El cre3^ó que 
el padre Galilea había perdido la razón y le 



VILLA SANA 



17 



combatió su descabellado propósito. Le in- 
dicó que aquellos veinte mil bolívares, em- 
plados en incienso, velas, orquesta, voces, fue- 
gos de artificio, flores y ceremonias, iban a 
gastarse en la tierra sin llegar a contentar el 
cielo. Le hizo ver que aquellos veinte mil 
bolívares repartidos en la plaza pública a to- 
dos los miserables de Villa Sana, o destinados 
a la construcción de un Asilo u otra obra de 
misericordia colectiva, serían una escala de 
merecimientos tendida de Villa Sana al cie- 
lo, y del corazón de sus habitantes al com- 
placido corazón del Altísimo. El padre Gali- 
lea se indignó; le habló de las necesidades 
del culto cristiano para su prestigio en la tie- 
rra; le dijo que la Iglesia era absoluta en sus 
determinaciones y no estaba a la merced de 
improvisados consejeros; le llamó denigra- 
dor de las cosas santas, enemigo solapado de 
la Iglesia de Cristo, y salió de * la Farmacia, 
haciendo votos por la santificación de su es- 
píritu, víctima del más empedernido atéis- 



18 



CARLOS E. VILLANUEVA 



mo. Y desde aquel día no lo saludó más 3^ 
dejó de contarlo entre las ovejas de su pa- 
sivo rebaño espiritual. 

A Don Críspulo Ochoa, su vecino enfermo 
de lujuria, habíale predicado la honestidad 
y el deber en que está todo hombre consciente 
de poner valla a la corrupción y dar ejemplos 
de moralidad. Denigró en su presencia de 
los que en lugar de socorrer la pobreza, la 
compraban para entretenimiento de sus vi- 
cios. Don Críspulo lo escuchó con su ama- 
ble sonrisa de siempre; pero desde entonces lo 
miró con disimulada ojeriza. 

Como a aquellos dos, mortificó a más de un 
pecador con sus consejos y advertencias; a 
más de un picaro le predicó la honradez 
y a más de un tránsfuga habló de cosas loables 
y dignas. Su criterio lo había perdido, ha- 
ciéndolo víctima en aquel medio hostil a la 
sinceridad; pero resuelto ya a congraciarse 
con todos y a halagarles sus vicios, iba en lo 



VILLA SANA 



19 



adelante a pensar con ellos y a obrar como 
ellos. Siendo bueno, noble y generoso, nada 
había conseguido. Era llegada la hora de 
ser falso, perverso, egoísta, sin conciencia. 

Era la hora de aventajar a todos los hipó- 
critas de Villa Sana y hacerse el ídolo de 
aquel pueblo ignorante y fanático que 
vivía de rodillas ante tantas reputaciones 
consagradas! 



Conocedor de los hombres y de la forma de 
puro convencionalismo que se le da a la 
palabra amistad, poniéndola como una pieza 
iiips en el tablero del gran juego humano en 
que los sinceros y los tontos siempre están 
en jaque, Suárez fué egoísta, distinguiendo 
a aquéllos con quienes tenía que rozarse por 
necesidad, como conocidos o simplemente pro- 
gimos; y sólo a uno conceptuó como su ami- 



22 



CARLOS E. VILLANUEVA 



go íntimo y verdadero, concediéndole el dere- 
cho a su sinceridad y a su estimación. Este 
amigo, probado en muchas ocasiones, se lla- 
maba Basilio Luque, hombre de mediana 
ilustración, que por los años en que Venezue- 
la era campo propicio para el triunfo de la 
inteligencia, se ¡dedicó a los estudios y alcanzó 
el grado de Bachiller en Filosofía, grado que 
después de tantas luchas para conseguirlo, 
le resultaba un insulto que sólo le perdonaba 
a Suárez. Luque, como tantos hombres con 
sueños de sabiduría que ha reducido a la 
inercia el renacimiento de la barbarie, con- 
vencido de que en la bella patria venezola- 
na vale cien veces más un cacique cualquiera 
que el más excelso de los sabios, cerró los li- 
bros con desaliento, se disciplinó al funesto me- 
dio ambiente en que el capricho de la suerte lo 
había hecho nacer, no concediéndole otra dicha 
ni otro orgullo que los de ser compatriota de 
Don Simón Bolívar, y con pequeños bienes de 
fortuna que al morir su padre (su único deudo) 



VILLA SANA 



23 



heredara, volvió la vista hacia las abiertas 
pampas llaneras donde vislumbraba un eter- 
no panorama de libertad, y con categórica de- 
cisión, cambió su bombín de estudiante por el 
airoso pelo de guarna^ el correcto saco-paltó 
por la cómoda blusa llanera, las botas de cha- 
rol por el fuerte calzado del que viaja por 
terrenos fangosos, y un día, sin que nadie 
se diera cuenta de ello, se despidió de Suárez, 
su único amigo de Villa Sana, y salió por una 
de las carreteras de la ciudad, sintiendo su 
alma tan libre como la brisa de las sierras 
que en frescas bocanadas llegaba hasta él, y 
tan indómita como el joven y gallardo potro 
que montaba. 

A Basilio lo llevó a Los Llanos la idea 
de enriquecerse, poniendo en actividad sus 
energías morales y su fortaleza física, que 
durante cinco años apoltronara inútilmente, 
indigestándose con una larga ración de filo- 
sofías que no le sirvieron sino para ser 
Bachiller. 



24 



CARLOS E. VILLANUEVA 



Suárez lo despidió con un abrazo de herma- 
no y los mejores augurios, negándose a se- 
guir el consejo que le diera: 

— Si quieres prosperar, huye de Villa Sana. 
Aquí morirás haciendo pildoras. 

— ¡Algún día, Basilio! 

—Te engañas, Cándido. Los hombres no- 
bles y sinceros como tú no levantan cabeza 
en estos medios. 

Y se echaron los brazos, y se prometieron 
escribirse siempre y conservar a través de la 
larga distancia que los iba a separar, aquella 
amistad sin dobleces que los uniera desde 
niños. 

Durante doce años sistemáticamente y una 
vez por mes, habíanse escrito comunicándose 
los más mínimos detalles de su vida. Basi- 
lio, reñido con Villa Sana para siempre, pros- 
peró en sus negocios, poseyó hatos, casóse, tuvo 
hijos, y se connaturalizó de tal modo con 
el vivir sencillo de las pámpas, que mira- 



é 



VILLA SANA 



25 



ba hacia su ciudad nativa con la más absolu- 
ta indiferencia. Para saber de ella le basta- 
ban las cartas de dos pliegos de su amigo 
Cándido en que le bacía crónica de las defun- 
ciones y todos los demás sucesos de la vieja pa- 
rroquia olvidada. La correspondencia de su ami- 
go era para Basilio, cuando le daba cuenta de 
la muerte de algún viejo conocido de Villa 
Sana, como la justificación de su olvido abso- 
luto para la tierra lejana, donde muy pocos 
sabían de su existencia. 

La monotonía de aquella correspondencia 
puramente noticiosa, la rompió Suárez con 
verdadero entusiasmo al tomar la pluma para 
escribir a su viejo amigo de Los Llanos, su 
resolución de conquistar a Villa Sana y le- 
vantar el monumento de su gloria bajo la 
comba de su cielo sin nubes. Una franca 
emoción lo poseyó, al pensar que aquella su 
primera misiva sensacional, después de doce 
años de correspondencia, iba a hacer que Ba- 



26 



silio abriera tamaña boca de asombro. Ha- 
bía llegado el momento de contestarle su 
pregunta de todas sus cartas: «¿Cuándo cam- 
bia tu vida?» Era la hora de comprobarle su 
estimulante aseveración de siempre: «tú sir- 
ves para mucho.» Y le escribió en Villa Sa- 
na, el 2 de enero del año. 93 de la Indepen- 
dencia y 44 de la Federación: 

Mi qitendo y buen Basilio : 

Llano Largo. 

Aunque ha sido algo tarde, a los cuarenti- 
cinco años de boticario, ya el destino, mi 
querido Basilio, me ha enseñado el sendero 
por donde debo marchar a la prosperidad. 
Adivino tu asombro al leer este primer párra- 
fo de mi carta número 145, que ciento cua- 
renta y cuatro cartas te he he escrito en 
doce años, sin haberte dicho ningún cambio 
de mi desgraciada y monótona vida. Pero 
ahora llenaré de satisfacción tu noble alma 



VILLA SANA 



21 



de amigo, exponiéndote detalladamente los 
propósitos que abrigo y las circunstancias 
que me garantizan su éxito. De una simple 
reflexión de un momento, nació la idea bri- 
llante y grandiosa que ha venido a salvarme. 
No creas que la encontré en ninguna obra 
inmortalizada, ni en el consejo de ningún 
filósofo antiguo. La pesqué, que así puedo 
decir escribiendo en confianza, en el grotesco 
torbellino de nuestra vida provinciana. En 
esta Villa Sana sin fisonomía moral caracterís- 
tica, en que todo está por hacer, porque no hay 
idea de nada, y en la cual se puede, como en 
un puerto sin resguardo, echar un contraban- 
do de mentiras provechosas, de esas que de- 
clara de buena ley el arancel de la falsa ho- 
norabilidad de nuestro mundo social. ¿Sabes 
lo que me prometo, Basilio? ¡Ser un auténti- 
co ídolo en mi pueblo! Encauzar por sendas 
de provecho particular todo lo que en Villa 
Sana germina en campo de ignorancia, de 
fanatismo y de atraso, y hacer de esos ele- 



28 



CARLOS E. VILLANUEVA 



mentos sin nociones ni ideales, los vasallos 
de mi corte y los fuertes sostenes de mi domi- 
nación. Pretendo, y, ¡asómbrate, Basilio! es- 
pecular con la candidez estúpida de esta Villa 
Sana fanática y abyecta en exceso, que por 
conveniencia o miedo se despoja de su altivez 
y rinde tributo de surdisión a cualquiera ba- 
rriguda y consagrada honorabilidad de parro- 
quia y lame las manos del cura, que cree 
pulcras y capaces para abrir las puertas del 
cielo, si es para la gloria eterna, y las puertas 
del infierno, si es para la eterna condenación. 
Pretendo, buen Basilio, ser el Cándido Empe- 
rador de los Cándidos villasanos. ¿Que cuál 
camino lie elegido para lograr ese* triun- 
fo tan ruidoso? El más práctico, el que 
eligió Judas para allegar sus labios perver- 
sos a la divina mejilla del Maestro. ¡El 
de la hipocresía! ¡Camino amplio y sin expo- 
siciones donde no hay luz que delate el puñal 
que va a herir, ni la calumnia que va a 
manchar, ni la villanía que va a sorprender! 



VILLA SANA 



29 



En holocausto al triunfo de mi idea, me lie 
despojado, como de un manto que no abriga, 
de todas mis sinceridades, de todas mis per- 
fecciones, de todas mis noblezas, y es que hi- 
pócritas, imperfectos e innobles son todos los 
que conozco ejerciendo de Amos y Señores en 
esta Villa Sana sin pupila para distinguir, 
apreciar y colocar en puesto de valimiento, a 
los que son buenos por excelencia, como lo 
he sido yo. ¿Crees que cometo un gran delito 
al proceder así? No, mi querido Basilio, no; 
me ajusto al criterio general de mi pueblo, 
que ahora, sabiéndolo engañar, se fijará en mí. 
Si en Villa Sana hubiera una noción perfecta 
del valer, no serían nuestra más respetable re- 
presentación social Lucas Romea, Críspulo 
Ochoa y Eduardo Ponce, el primero estafador, 
el segundo corruptor y el tercero agiotista y 
avaro; ni serían cumbres dignificadas tantos 
hombres inútiles que no tienen más que abdo- 
men y dinero; ni sería el más sabio y san- 
to de la villa, el respetado, amado y glorifica- 



30 



CARLOS E.' VILLANUEVA 



do Padre Galilea, enano de inteligencia y de 
sabiduría y de virtudes, que no puede ser 
mentor espiritual de un pueblp que para en- 
grandecerse necesita palabra ilustrada que 
lleve a su inteligencia en sombra luz de ideas 
salvadoras y a su estímulo vigor de ejemplos 
civilizadores. Y ya tú lo sabes, nuestro ama- 
do padre Galilea lleva diez y ocbo años ha- 
blándonos del Infierno y poniéndose colora- 
dote para describírnoslo con todas sus cosas 
feas; y es así como lia logrado que Villa 
Sana entera, como una sola persona, le haya 
concedido autoridad plena para salirse de la 
Iglesia! y llevar sus influencias al seno de la 
sociedad, de la familia y de las más íntimas 
deliberaciones del bogar. Y estos encumbra- 
mientos que nos sorprenden tienen por causa 
la ignorancia de estos medios becbos a la ru- 
tina, donde no hay innovación ni en las ideas, 
ni en las costumbres, donde se hace invaria- 
blemente lo que se hacía ahora cien años, y 
se sigue educando a los niños lo mismo que 



VILLA SANA 



31 



antes, sin quitarle siquiera el sonsonete con 
que gangueaban y deletreaban las lecciones 
del Mandevil nuestros tatarabuelos. Como 
tú sabes, en Villa Sana, como en todos los 
pueblos venezolanos, «la ley del grito» engríe 
nulidades y consagra reputaciones. Si tienes 
la suerte de que un guapo, un General o 
un Caudillo, grite en una cantina: ((Basilio 
es un valiente y un héroe,» ya no necesitas 
más para que se te respete, se te tema y se 
te elija factor importante en cualquier jorna- 
da bárbara. Si en una reunión, uii consagrado 
cualquiera te hace el bien de someter su genio 
a hacer juicio intelectual de tí, y grita: ((Ba- 
silio es un talento,)) ya no necesitas de escri- 
bir obras, porque te sobrarán admiradores. 
Si un cura o un seglar ejercita sus labios 
semi'divinos y grita: ((Basilio es un santo,)) 
ya no necesitas dar ejemplos de tu santidad. 
Todo el mundo creerá que eres un elegido de 
pantalones y americana. Y así en lo social, 
como en lo político, en lo comercial y en 



32 CARLOS E. VILLANUEVA 

todas las manifestaciones de nnestra vida. 
Estos pueblos no son pueblos, sino compar- 
sas de un sainete, que repiten al unísono los 
estribillos de la farsa. ¡Y cómo te imaginas, 
Basilio, que yo, con perfecto conocimiento 
de mi pueblo por orientación repentina de 
mis ideas, me vaya a quedar rezagado en la 
comparsa del saineie, cuando otros, menos 
aptos que yo, hacen de figurones en él! Ya 
era tiempo de que te comprobara que sirvo para 
mucho y que puede un boticario con talento 
y viveza llegar a alturas verdaderamente en- 
vidiables. El camino que yo he elegido mu- 
chos lo han transitado; pero lo han transitado 
a medias. Yo me prometo recorrerlo en toda su 
extensión y coronar a su fin mis aspiraciones. 

Si la nueva faz conque de hoy en adelante, 
me presentaré a los de mi pueblo, te fuera 
enojosa, no te preocupes, que para Basilio, 
mi único amigo y confidente, seré en todo 
momento el Cándido que él conoció y que 



VILLA SANA 



33 



hace doce años estrechó entre sus brazos, 
cuando dejó, creo que para siempre, su tierra 
natal, partiendo al galope de su caballo indó- 
mito y gallardo. 

Los míos, todos bien; pero dentro de poco 
mejor, si no fracasan mis planes. 

Te abraza tu amigo de corazón, 

Cándido Suárez. 



1 



X ■ 



*». 



Estudiadas las raras y anómalas costumbres 
de su pueblo, el éxito de sus propósitos pare- 
ció a Suárez una fácil jornada. Con provecho- 
sa calma observó los distintos caminos por 
donde podía aventurarse. El camino de la 
política le pareció escabroso y llevadero a un 
lastimoso triunfo de ocasión. El Había visto 
a altos empleados vendiendo después de caí- 
dos, el traje de las ceremonias oficiales. El 
soñaba algo más : quería el poder absoluto, 



36 



CARLOS E. VILLANUEVA 



que una vez logrado lo llevara triunfante a 
todas partes ; y con talento práctico, tomó el 
camino del misticismo, en la seguridad de que 
sin grandes esfuerzos. Villa Sana sería el dó- 
cil y voluntario basamento de su máxima 
gloria. 

Como el buen cómico, que en su camarino 
quebranta su fisonomía para vivir el personaje 
que va a interpretar, así él desfiguró su alma, 
sometió su carácter al éxito de su obra ; ajus- 
tó su razón a un nuevo y convencional discer- 
nir, y de la noclie a la mañana se presentó 
ante el público inconsciente de sus conterráneos, 
dispuesto a conmoverlos con su admirabll far- 
sa. Modificó su franca charlatanería ; se hizo 
discreto y reposado como un monje en medita- 
ción. Se aprendió al dedillo el catálogo de 
las mentiras convencionales. Estudió las va- 
nidades de los hombres a quienes iba a aso- 
ciarse para salir airoso, y ensayó el mejor mo- 
do de halagárselas. Morigeró su paso en co- 

\ 



/ 



VILLA SANA 



37 



nocimiento de que entre nosotros se le dice 
pensador al hombre que camina despacio. Su 
sonrisa irónica de antes para todas las defor- 
midades morales y materiales, la cambió por 
una sonrisita amable, tolerante, casi casta, 
como la que llevan en los labios todos los que 
viven del engaño. Optó por el sistema de los 
monosílabos que es el prudente y útil lenguaje 
de los imbéciles. Se acostumbró al argumen- 
to de la sinrazón y de lo absurdo, y aprendió 
a no contrariar a nadie sino en su provecho. 
Se acostumbró a llevar siempre los ojos fijos 
en el suelo, de modo que su curiosidad no fue- 
ra a ver cosas repugnantes cuya existencia 
estaba resuelto a negar solemnemente. ¡Quitó a 
rn voz el ruido de catarata que la imponía en 
las discusiones con sus vecinos, y la hizo apa- 
cible, suave, acariciadora, evangélica como el 
rezo de ciertos curas que creen que llorando 
el Padre Nuestro engañan mejor a Dios y a los 
hombres. 



38 



CARLOS E. VILLANUEVA 



La primera escena de su comedia tuvo lugar 
en el pórtico de la Catedral y en una fresca y 
jovial mañanita de Mayo. Recordaba con 
cierto interior desaliento, que tiempos atrás 
había hecho encender de cólera las pálidas y 
mofletudas mejillas del Padre Galilea al ne- 
garle su concurso monetario para una fiesta 
del culto ; fotografiaba en su imaginación la 
encolerizada figura del Párroco, llamándolo 
enemigo de las cosas santas, y desconfiaba de 
que la Providencia le proporcionaría ocasión 
de aplacar la divina calentura del Pastor de la 
grey villasana, de cuya amistad necesitaba co- 
mo de un báculo para emprender sin tropie- 
zos el camino elegido. Aquella mañana, el 
padre Galilea había amanecido bien de la di- 
gestión, y su abdomen, sin torsijones dispép- 
ticos, se ampliaba cómodamente bajo la hol- 
gura de su sotana. Parado en la puerta de la 
Catedral, gozaba del saludable airecillo de la 
mañana, recibiendo los cariñosos buenos días 
de las devotas, que no entraban al Templo sin 



VILLA SANA 



39 



el confortativo espiritual de su bendición, y 
sin informarse del estado de su salud. Las 
del rebaño celestial, como él las llamaba para 
estimularles la fe, entraban en gran número ; 
porque en Villa Sana son muchas * las casas 
que no se barren, muchos los hombres que 
cosen sus pantalones antes de salir a sus que- 
haceres y muchos los niños que van a la es- 
cuela sucios y con las uñas largas, pero en las 
iglesias no faltan mujeres desde las cinco de 
la mañana ; mujeres que desposadas con el 
Señor, olvidan sus obligaciones de madres, de 
esposas, de hermanas, y que pasan el mejor 
tiempo del día soliloquiando con los curas y 
monaguillos en la penumbra indecisa de las 
capillas, confesándose sin ganas y observando 
qué santo tiene el manto roído para echarse a 
la calle a molestar al prógimo, recogiendo con 
autorización eclesiástica para tan piadoso fin. 
Las hay que indagan cómo anda el Cura Pá- 
rroco de ropa interior y cómo la tiene, para 
entonces darse a remediar tan urgente necesi- 



40 



CARLOS E. VILLANUEVA 



dad del culto. Su perenne ir y venir por las 
amplias naves las hermosea y las desarrolla, 
como si el incienso, el olor de cera derretida, 
el detestado uso del corset, la diaria medita- 
ción, las penitencias y la dirección espiritual 
de los confesores, fueran ingredientes de un 
elíxir maravilloso, mucho más eñcaz que la 
Emulsión de Scott. 

■í 

El padre Galilea aquella mañana, se recrea- 
ba en la robustez de sus mansas ovejas, y go- 
zaba observando cómo el cielo correspondía 
con el supremo bien de la salud, a la fe in- 
quebrantable de sus humildes servidoras. El 
las esperaba como aquel día, todos los días, 
porque eran portadoras de muchas cosas 
gratas a los intereses de la Iglesia. Los diá- 
logos entre él y ellas eran lacónicos, como la 
solución de asuntos largamente tratados : 

— Buenos días, padre! 

— Muy buenos, amada hija. 

—Raquel acabó las pantuflas. 



VILLA SANA 



41 



— Qué caritativa ! 
— Mañana se las trae. 
— Está bien, hija. 

Y la mirada del padre Galilea se alzaba a] 
cielo, como invocando sus bienes para aquellas 
almas tan puras. 

— La bendición, padre. 

— El S¿ñor sea contigo. 

— Ayer recogimos veintisiete reales. 

— Llévalos a la Sacristía. 

Y el padre Galilea enaltecía la infinita mi- 
sericordia del Señor. 

— Padre, su santa mano ! 
— Bésala, hija ! 

— Las Londoño le mandan un regalito. 
— Entrégaselo al Sacristán. 

Y el padre Galilea pedía la gracia del cielo 
para las Londoño. 

Todas aquellas mujeres, él las disponía a 

su antojo, y ellas eran las que llevaban de un 

extremo a otro de la población, la hermosura de 

sus santas palabras, la fama de sus piadosas 



42 



CARLOS E. VILLANUEVA 



acciones, el encanto místico de su vida priva- 
da, sus proyectos en bien del culto cristiano, 
y el estado diario de su estómago, de cuyo 
funcionamiento se enteraban privadamente 
con el monaguillo que dormía esa noche en la 
Sacristía. 

— Cómo pasó el padre la noche ? — pregun- 
taba una. 

—No muy bien. 

— Se levantó mucho ? 

— Cuatro veces. 

Las palabras del monaguillo caían sobre la 
interesada curiosidad de las adoradoras del 
Párroco como el anuncio de una gran fatali- 
dad ; y entonces todas convenían en que la 
intención de sus oraciones sería por- el funcio- 
namiento normal del estómago del santo pa- 
dre. Cuando el informe era contrario y hala- 
gador, cómo festejaban entre sí la influencia 
palpable de sus rezos! Había sido San José; 
se debía el milagro a la bondad de la Virgen 
del Consuelo ; San Rafael, abogado de los en- 



VILLA SANA 



43 



fermos, había comprobado sus aptitudes de fa- 
cultativo ; San Bartolomé, sometedor de todas 
las inundaciones, había proporcionado diges- 
tión fácil al amado Párroco y sueño tranquilo 
al monaguillo. Sostenido por el amor entra- 
ñable de sus siervas, el padre Galilea se man- 
tenía joven a pesar de sus cuarenta y pico de 
años ; su autoridad sin trabas lo llevaba a in- 
fluir directamente en todos los asuntos de la 
comunidad, y desde la altura envidiable de su 
poder sacerdotal, dirigía la voluntad y el cri- 
terio de su larga y pasiva grey. 

Repartiendo bendiciones y sonrisas, que de- 
notaban su buen humor, se lo encontró Cán- 
dido Suárez, y pensó que ninguna hora mejor 
para desagraviarlo que aquella en que gozaba 
del encantable espectáculo de un bello ama- 
necer. 

— Buenos días para nuestro santo Párro- 
co — murmuró con humilde acento. 

— Buenos días, señor Suárez. 



44 



CARLOS E. VILLANUEVA 



— Hace ya tiempo que no gozo la dicha de 
verlo por mi casa, padre Galilea. 

— No me iría muy bien la última vez que 
fui. 

— Me guarda usted rencor? 

" — Mi Maestro me enseñó a perdonar. 

- Bendecido sea el Maestro que tiene en la 
tierra discípulos como usted — le contestó Suá- 
rez, tendiéndole la mano. 

El Párroco no se la rehusó. Hablaron. El 
padre Galilea de muchas cosas sin sentido. 
Suárez de muchas cosas en su provecho. 

— Me hace falta, santo padre, someter mi 
vida a la dirección de un sér superior como 
usted, que aliente mis energías y las ponga al 
servicio de una obra inmortal, grandiosa, 
verdaderamente- .meritoria. 

. — Pues hay una obra, amigo Suárez, que 
necesita factores y brazos robustos que la sos- 
tengan. Es la santa y divina obra de la Igle- 
. sia cristiana. Enemigos encubiertos tratan 
de desprestigiarla y herirla en sus más sagra- 



VILLA SANA 



45 



dos intereses. Un aire malsano quiere invsL- 
dir el sereno ambiente de nuestras conciencias, 
profanando el tesoro de su culto, que es el cul- 
to de Dios. 

— El perverso intento será inútil, padre Ga- 
lilea, mientras la Iglesia cuente con aliados 
de sus méritos, que bastan por sí solos, a dar 
testimonio de que la humana virtud reside en 
los que sirven a Jesucristo. 

El Párroco, con verdadera complacencia, es- 
cuchó la enaltecedora expresión de su interlo- 
cutor, encontrándolo admirable por sus rotun- 
dos conceptos, para la propaganda de sus má- 
ximas ejecutorias sacerdotales. Suárez, adies- 
trado ya en el fingimiento, comprendió que su 
nueva faz había simpatizado al Cura y apro- 
vechó la ocasión : 

—Usted expediciona al bien supremo, por 
entre la maldad de la época, y yo quiero for- 
mar en sus huestes. Deseo que desde hoy 
me cuente entre sus hijos predilectos, que le 



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CARLOS E. VILLANUEVA 



acompañan con buena fe a lograr la salvación 
de esta sociedad en peligro. 

— Pues le reservaré su puesto, amigo Suá- 
rez. Engrosará usted las filas de mis adictos. 
Ayúdanme en mi perseverante labor, hombres 
verdaderamente meritorios, que lucen como 
mástiles fuertes en medio de esta gran borras- 
ca social. 

— Es verdad, padre ; es verdad. 

— Villa Sana se salvará de este viento Hu- 
racanado que intenta destruir a la sociedad 
cristiana. Reputaciones dignísimas siembran 
en ella la simiente de sus virtuosos ejemplos. 

Y de la boca del Párroco salieron, como la 
más alta expresión de la humana bondad, los 
nombres de Don Críspulo Ochoa, Don Eduar- 
do Ponce y Don Lucas Romea. Y Suárez 
pensó, sin dejar de hacer un gesto de respeto 
y admiración ante los nombres pronunciados, 
que el bien de la sociedad villasana descansa- 
ba sobre cuatro brazos funestos : el de un Cu- 
ra estúpido, el de un apóstol de la corrupción 



VILLA SANA 



47 



y el de dos avaros empedernidos ; cuatro bra- 
zos que como los tentáculos de un pulpo, sa- 
lían del cuerpo obeso de las falsas honorabili- 
dades en auge. 

Encubiertos con un mismo antifaz, habla- 
ron largamente, echando sobre el veneno de 
sus verdaderas intenciones, la miel de una 
convencional palabrería. Dios, la humildad, 
el amor al prójimo, la castidad, como en un 
juego mental de ajedrez, dieron jaque a la he- 
regía, a la soberbia, a la avaricia, al odio y al 
vicio. Al padre Galilea agradó la charlatane- 
ría de su nuevo aliado que no perdió oportuni- 
dad de congraciarlo enalteciendo a cada mi- 
nuto el acopio de sus méritos, que según él, 
lucían como soles de gloria sobre la noche mo- 
ral de las conciencias pecadoras. El recuerdo 
de sus hijas espirituales que lo esperaban en 
el confesonario para decirle sus pecados y re- 
cibir el bien de su absolución, llamó al deber 
al padre Galilea. Un largo campanillazo so- 



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CARLOS E. VILLANUEVA 



no en la iglesia. Un cura subalterno consa- 
graba en aquel momento, y entonces los tran- 
seúntes mañaneros vieron el cuadro más emo- 
cionante y hermoso de aquel día : al padre 
Galilea y a Cándido Suárez de rodillas en ple- 
na calle, prosternados hasta tocar el suelo con 
la frente y acompañando con fuertes y devo- 
tos golpes de pecho el argentino sonar de la 
campana del monaguillo. 

Cuando terminó el simpático acto de devo- 
ción, el padre Galilea, satisfecho- de haber ca- 
tequizado un alma rebelde para el servicio del 
Señor, entró a la iglesia, no sin antes estre- 
char con cariño la mano de su nuevo aliado, y 
Cándido Suárez, limpiándose las rodilleras de 
sus pantalones, volvió a su actitud de manso 
siervo de Jesús, y dijo a su conciencia : 

— El triunfo es mío ! Ya te he vencido por 
la vez primera. 



Mi querido y buen Basilio: 

Llano Largo. 

Como eres la única persona a qnien he he- 
cho cómplice de mis nuevos propósitos, que ya 
debes conocer si mi anterior llegó a tus ma- 
nos después de cabalgar incómodamente y 
por muchos días sobre los lomos de un mulo 
trotón que pasó ríos caudalosos y atravesó 
muchas tierras para llevar a Los Llanos noti- 



• 

50 



CARLOS E. VILLANUEVA 



cias del centro, me apresuro a comunicarte 
con cuánto éxito he dado comienzo a mis la- 
bores en esta tu olvidada tierra de Villa Sana. 
Y apropósito : en mi correspondencia de tan- 
tos años no debes conservar ninguna carta en 
que te baya bablado largamente de la fisono- 
mía moral de tu pueblo, y ahora voy a hacer- 
lo para que comprendas el por qué lo juzgo 
propicio en demasía para mi futura consa- 
gración. 

Esta Villa Sana, población amplia y con dos 
torres, (detalle único que los de aquí aprove- 
chamos para decir que es mejor que Caracas) 
no ha dejado de ser monótona y rutinaria co- 
mo en aquellos días en que paseaste por sus 
calles rectas y desoladas la arrogancia de tu 
juventud y la aureola de tu sonante grado de 
Bachiller. ¡ Si vieras cómo abundan aquí 
los Bachilleres y el triste oficio que desempe- 
ñan ! Ser aquí Bachiller es declararse un po- 
bre diablo, y esto es muy natural y razonable, 



VILLA SANA 



51 



pues en un país donde todo el mundo es Doc- 
tor, no debe quedarse un prógimo a la mitad 
del camino. Le sucede a estos rezagados y 
timoratos lo mismo que a los militares que no 
son Generales : que nadie los toma en cuenta. 
No sabes cómo me pongo cuando alguno de 
los muy pocos que te recuerdan, me pregunta: 
«No ha sabido del Bachiller Luque?)) Yo^ 
negando tus conocimientos filosóficos y tus ru- 
dimentos de latín y física, y olvidándome cruel- 
mente de los cinco añitos que pasaste «que- 
mándote las pestañas», contesto indignadísi- 
mo : Basilio no es Bachiller ! Y es que no 
me gusta que te recuerden para echarte en ca- 
ra tu debilidad (la única), de haber querido ser 

hombre ilustrado en un país donde la inteli- 
gencia, la sabiduría, la genialidad y el arte, 
se mantienen paupérrimamente con lo que so- 
bra del festín de los bárbaros. ¡ Qué distinta 
tu suerte, mi querido Basilio, si en lugar de 
gustarte los libros y el trabajo, te hubiera 
gustado la guerra ! ¡ Cómo me agradaría en- 



52 



CARLOS E. VILLANUEVA 



tonces que me preguntaran : ((No ha sabido 
del General ?» ¡ Y qué orondo no les contes- 
taría : «El General está bueno !» 

Y es oportuna la o.casión para que dejando 
para más adelante la fisonomía moral de Villa 
Sana, haga de Satanás y te pregunte : ¿ Te 
sería enojoso improvisarte General de la no- 
che a la mañana ? ¡Qué magnífico negocio, 
Basilio ! ¡ Y qué sitio más apropósito para 
esa aventura que Los Llanos ! Recuerda que 
de Los Llanos vino Joaquín Crespo ! El no 
era dueño de hatos como tú, y a pesar de esto 
hizo del país lo que mejor le vino en cuenta. 
¡Ojalá te resolvieras y aprovecharas lo barato 
que se ha puesto el título de General en estos 
días ! Estoy seguro de que todo Venezuela, 
al saberte dueño de grandes propiedades y 
lanzado a la guerra en busca de reivindicácio- 
nes y reformas, te llamaría ((el Héroe de los 
Llanos.» Es seguro ; pero desde aquí estoy 
mirándote y sé que no serás capaz de hacer 



VILLA SANA 



53 



acción tan ((patriótica,» porque tienes limpia 
la conciencia y rico el corazón de afectos para 
todos los que contigo nacieron bajo el cielo 
azul de esta pobre patria atormentada. 

De modo que, concretándome de nuevo a 
Villa Sana, olvido al Basilio que fué por un 
momento el «héroe de Los Llanos» en mi ima- 
ginación, y que me reí:lama le hable larga- 
mente como le ofrecí de su pueblo nativo. 
Como tú sabes. Villa Sana es una ciudad 
sometida al caciquismo imbécil de una docena 
de hombres, en lo que se refiere a cultura y 
sociabilidad. Ellos y sus familiares son los 
que forman la decantada aristocracia villasana 
que yo observo capciosa, sin fisonomía distin- 
r 'ida y muy aficionada al cosmético. Y es 
natural; tú sabes que la bienaventuranza de 
los de sangre azul acabó logrado el gentilicio 
después de bravas luchas épicas, y que con la 
libertad de los esclavos, alto y generoso pen- 
samiento de Bolívar que realizó uno de los 



54 



CARLOS E. VILLANUEVA 



Monagas, y con la práctica de la palabra ((de- 
mocracia», inventada en hora feliz para con- 
formidad de los nobles en descenso, se realizó 
una mezcla impuesta por conveniencias y cir- 
cunstancias, mezcla que ha dado sus raros 
frutos fisiológicos. Damas de alto rango 
tienen los ojos azules y la nariz ñata o los 
labios bastos y pronunciados y la nariz agui- 
leña. Hay nobles de color blanco y pelo en- 
marañado, como si la naturaleza se hubiera ne- 
gado a obedecer al capricho de los que quisie- 
ron mezclar sus caracteres. Como es natural, 
cada cual ha enaltecido a sus antepasados, ha 
envuelto en aureolas de grandeza su apellido, 
ha inventado la historia de un abuelo o. bisa- 
buelo español, con títulos, que llegó de aven- 
turas o de conquista; se ha hecho descendien- 
te de la misma familia celestial ; pero a pesar 
de tantos años y aspiraciones y tendencias, 
la raza manumisa ha seguido asomando su 
bastedad, como una ironía, por entre la aristo- 
cracia de hoy. 



VILLA SANA 



55 



La nobleza aventurera también tiene su im- 
perio en las cosas respetables de la provincia. 
Se exhiben en los grandes centros eminen- 
tísimas personalidades de descendencia extran- 
gera, cuyos antepasados arrojó la aventura a 
nuestras playas armados con sendas cajas de 
baratijas, y que con el capital de un flux de 
terciopelo, calvo en las asentaderas y en los 
codos, se internaron por nuestras Sierras y 
por nuestros Llanos, cambiando en aquellos ' 
tiempos de crasa ignorancia, un collar de 
cuentas de vidrio por una novilla en cinta, 
un espejo mal azogado por un potro de prime- 
ra montura y una sortija de cobre y piedras 
falsas por una onza española, con moho de es- 
tar guardada. La fertilidad de nuestra zona 
les ofreció para su pronta prosperidad alimen- 
to fácil en los plantíos. En sus largos años 
de comercio ambulante, nunca compraron una 
dorada mano de cambur, ni una torta de caza- 
be fresco, ni una camaza de leche pura. El 
agua malsana de nuestros llanos no los enfer- 



56 



CARLOS E. VILLANUEVA 



mó ; el zancudo del paludismo no les fué noci- 
vo, y sanos, gordos y prósperos regresaron a 
Villa Sana a escojer esposa noble en el seno de 
una familia hambreada, y a lograrse al fin lo 
que no soñó su fantasía : el título de Don pro- 
nunciado con respeto, el lauro de una honora- 
bilidad sin discusión y una valiosa influencia 
en todos los accidentes de nuestro triste vivir 
provinciano. 

Todas estas augustas eminencias sociales 
son sagradas. No les envenenan los perros, 
ni les arrestan los hijos, ni los demandan, ni 
los insultan, ni les atacan sus intereses. Ellos 
hacen fortuna, se casan y se aristocratizan en 
Venezuela; pero no dejan nunca de serextran- 
geros. En cualquiera eventualidad nacional 
ponen en las ventanas de sus casas y en los 
frentes de sus establecimientos la bandera de 
su país como para imponer respeto a nuestro 
revoltoso salvajismo; y sus descendientes, que 
se creen unos efectivos súbditos de cualquier 



VILLA SANA 



57 



Monarca europeo, hablan de la nacionalidad 
venezolana como de una tribu ignorante. 

Además de estos Grandes del Capital, ha}^ 
en Villa Sana otra importante asociación de 
Grandes que imponen sus leyes y hacen su 
voluntad : es la no menos significativa y meri- 
tísima asociación de los místicos. Tras las 
cosas santas han levantado sus barricadas. 
En nombre de la Religión se han orientado 
por todas las clases sociales, infundiéndoles 
un temor superlativo y llamándose pomposa- 
mente defensores del culto cristiano. Las 
actividades de esta mística congregación hace 
milagros financistas en favor de la Iglesia de 
Cristo, -y a sus gestiones debe Villa Sana 
nuevos Templos que se fabrican con rapidez 
norteamericana y la robustez y buena salud 
de los Curas Párrocos. Esta invencible falanje 
de seglares la forman comerciantes y agiotis- 
tas, médicos sin clientela, nobles arruinados, 
pecadores arrepentidos ; gente toda que sabe 
que en la unión está la fuerza y que vive a 



58 



CARLOS E. VILLANUEVA 



expensas de su mansa y angélica devoción. 
Y esta asociación es po 'erosa y sagrada. 

En el medio ambiente puramente convencio- 
nal de esta renombrada Entidad de la Repú- 
blica, nadie vive autónomo y libre de humilla- 
ciones. La cortesía del miedo y la frase de 
rendición empiezan arriba : el honrado halaga 
al picaro, el austero halaga al libertino, el sa- 
cerdote halaga al pecador ; la autoridad hala- 
ga al poderoso castigando al pobre ; los jueces 
condenan la razón del humilde y enaltecen la 
culpabilidad del soberbio ; el buen concepto es 
un cheque que carga en el bolsillo todo el que 
viste bien ; la audacia acalla la voz de la vir- 
tud ; la imbecilidad adinerada vale más que la 
inteligencia paupérrima ; y de ese convencio- 
nalismo fatal resulta la babilónica confusión 
en que se advierte: en una reunión de picaros, 
a un hombre honrado haciendo ceremonias ; 
cojidos del brazo a un hombre libertino y a 
un austero ; a un sacerdote y a un corrompi- 



VILLA SANA 



59 



do planteando problemas de moralidad ; a un 
patán entre caballeros, hablando de fueros so- 
ciales ; a un enjuiciado por robo aconsejando 
a un juez la severidad de la Justicia, y a un 
homicida condenando el episodio de Caín. Y 
es que nuestra sociedad sin selección, es una 
especie de perpetuo concurso carnavalesco 
donde sólo llaman la atención los disfrazados 
de Sota de Oro. Sociedad sin efectiva orien- 
tación, es una especie de tribu gitana donde 
levantan tienda todos los aventureros. 

En Villa Sana reina absoluta la imbecilidad. 
La media docena de hombres inteligentes que 
hay, viven alejados de todo centro, como seis 
leprosos entre gente sana. La alta clase so- 
cial no los acepta en sus salones porque los 
cree perniciosos. Y es que la cruz del talento 
pesa mucho en un pueblo donde las damas de 
más tono se enamoran con cartuchos de cara- 
melos y chismes de vecindario. No se les 
puede hablar de poesía, ni de música, ni de 



60 



CARLOS E. VILLANUEVA 



arte en general, porque no tienen nociones de 
tal cosa. Creen que Bethoven es una mala 
palabra y que Rubén Darío es un pirata que 
anda por el mundo degollando niños como 
Herodes. Las instruyen monjas sin nociones de 
cultura ni dotes de educacionistas. Les ense- 
ñan a medio hablar el francés y les abando- 
nan el castellano. Al salir del Colegio no 
vuelven a pronunciar una palabra en francés 
por miedo de que las llamen presuntuosas, y 
al fin y al cabo no conocen ningún idioma en 
perfección. Padres miserables hacen esfuer- 
zos extraordinarios' para sostener a sus hijas 
en el Colegio de las Monjas, donde pasan años 
y años dando clases de pintura sin genialidad 
para ello, y recibiendo una educación sin fir- 
meza que desaparece en cuanto la alumna 
deja de frecuentar por dos meses el acredi- 
tado Instituto. De esa educación resulta la 
cursilería de nuestras veladas en que los caba- 
lleros hablan del calor y las damas del próji- 
mo ; en que una niña va al piano a cantar 



VILLA SANA 



61 



unos versos de Julio Flórez y dice amol por 
amor y arma por alma ; en que un respetable 
señor con toda la prosopopeya en el abdomen, 
al tratar de moralizar en público dice que la 
juventú está peldida^ y una madre amorosa se 
ofende porque un caballero le dice a su hija 
Carlota, Luisa o Pilar que es una belleza plás- 
tica ; y es que la pobre señora cree de buena 
fé que le han querido decir una cosa fea en * 
«lenguaje crema» a sus adoradas hijas. 

Los jóvenes de tono adolecen también de 
una educación triste y mediana. Maestros 
imbéciles, incapaces de hacer hombres de 
provecho, se encargan de su instrucción y 
salen de los Colegios desorientados y sin hom- 
bría para las bravas luchas de la vida. Más 
tarde, como la alta clase que se llama dirigen- 
te no ha dictado leyes que formen bajo la más 
estricta rigurosidad a sus futuros representan- 
tes, nuestros jóvenes no tienen que hacer nin- 
gún sacrificio para lograr alto prestigio de so- 



62 



CARLOS E. VILLANUEVA 



ciabilidad. Si son hijos de Don Fulano o Don 
Sutano, tienen su poltrona reservada en el 
«Club» y su puesto de preferencia en todos los 
salones de la aristocracia. Algunos se embo- 
rrachan, juegan, burlan mujeres, escandali- 
zan sin cuidarse de nadie y son caballeros y 
libertinos a un mismo tiempo. Los sábados 
por la noche, corren truenos en coche con mu- 
jeres de mala vida sentadas sobre las piernas, 
se vomitan en las cantinas, perjudican ágenos 
intereses gastando lo que no tienen; y el do- 
mingo por la mañana se perfuman, se disimu- 
lan con afeites y polvos las huellas de la beo- 
dez y pasan la irritación mirando despectiva- 
mente desde una poltrona del Club a la plebe 
que pasa. Esa florida y gallarda juventud no 
ha puesto jamás sus manos pulquérrimas 
en el trabajo de ninguna obra de mérito. 
Al recorrer los anales de nuestra provinciana 
actividad, es fácil observar que .de la alta cla- 
se no ha salido en los últimos tiempos un solo 
hombre que haya dado brillo a Villa Sana- 



VILLA SANA 



63 



El joven aristócrata, por lo regular es tendero, 
y es que tiene la plena seguridad de que sien- 
do esclavo de un comerciante árabe o alemán, 
vale más que siendo artista. Los padres ricos 
creen salvados a sus hijos cuando los oyen 
precisar las yardas que tiene una pieza de gé- 
nero blanco. Los poetas, los pintores, los 
músicqs, los escritores, los pocos hombres de 
inteligencia en cualquier actividad ideal, sur- 
gen de la clase media, de esa sufrida clase 
que aleccionada en el dolor y la pobreza Ha 
soñado muy hermosas conquistas. Nuestros' 
aristócratas no son sino regulares agricultores 
y regulares comerciantes. Por eso son ellos y 
los turcos los más poderosos de la Provincia. 
Sin embargo, el poder de esa alta clase es ficti- 
cio cuando la conveniencia encauza sus delibe- 
raciones. El día de hacer manifestación de 
partidarismo a un hombre investido de autori- 
dad o de salvar los intereses de probables ata- 
ques, no se consultan ni se reclaman grande- 
zas. Uno cualquiera escribe en nombre de la 



64 



CAELOS E. VILLANUEVA 



I 



sociedad ; llena de epítetos enaltecedores al 
sujeto que se va a halagar; lo llama eminente 
ciudadano siendo un tránsfuga, talentoso sien- 
do un bestia, distinguido siendo un cualquie- 
ra ; llega a todas partes con voz autoritaria ; 
habla de las responsabilidades que traería la 
negativa a aquel acto de justicia ; y firman la 
manifestación, con mansedumbre de cerdos 
acorralados, los Hombres de más valía social, 
los comerciantes de más crédito, los sacerdotes 
más respetables y hasta enemigos del hombre 

a quien se exhibe envuelto en resplandores 

y la sociedad, la imperativa sociedad, es lle- 
vada y traída como un asno dócil por el derro- 
tero de las más dolorosas ridiculeces. Ella se 
contenta con los títulos de distinguida, exqui- 
sita, granada, y vive como una matrona arrui- 
nada que gozara poniéndose los trajes anticua- 
dos que causaron admiración en los tiempos 
de María Castaña. 

Como debes comprender por el lijero bos- 
quejo que te hago de nuestra clase principal^ 



VILLA SANA 



65 



Villa Sana es un pueblo donde los apellidos, 
las descendencias, las ínfulas y demás cosas 
que cada uno inventa para sobrepujar al veci- 
no, son unas solemnes mentiras. De modo - 
que no debe extrañarte, que aquí un ño cual- 
quiera sea Don, porque es sabido que nuestra 
bendita democracia es un festín popular en qüe 
el más avispado recoje la presa más gorda. 
De esta rebatiña de honorabilidades y vali- 
mientos se han aprovechado unos cuantos, que 
sin consultar con nadie ni tomar en cuenta a 
nadie, han formado la asociación que el vulgo 
llama la averna. Por supuesto, no te creas 
que la crema es agrupación que se aisla en la 
torre de su orgullo para que no ensombrescan 
sus áureolas las negruras de la plebe. No ; la 
crema se maneja según las circunstancias. El 
plebeyo que después de haber estado mucho 
tiempo alejado y despreciado, logra dinero y 
se propone ser factor principal de esa valio- 
sa agrupación, no te imagines que tiene que 
hacer grandes esfuerzos y sufrir nuevas humi- 



66 



Ilaciones para lograrlo. No, mi querido Ba- 
silio ; con alumbrar bien su casa y tener mú- 
chos muebles y dar un gran baile, tiene. Es 
lo mismo que lanzar un puñado de huesos a 
una jauría hambrienta. A la voz de un sarao, 
con buena música, mucho que beber y un 
buen buffet^ todos los grandes olvidan sus 
grandezas y desfilan hacia la casa del plebe- ^ 
yo, rumiando por la calle el nuevo concepto 
enaltecedor que la noticia de la fiesta les ha 
hecho formar de aquel sujeto que por saber 
gastar su dinero^ merece formar parte de la 
granada y distinguida sociedad villasana que 
necesita para brillar en todo su esplendor, de 
esas costosas iniciativas. ¡Y si tú vieras, 
Basilio, todas las cosas ridiculas que se ven 
en las solemnidades de la crema! Parece que 
esta gente olvidara, bajo la sugestión del sa- 
rao, todo cuanto ha presumido y ha dicho 
de sus valores personales. A la hora de ir al 
buffet^ las niñas se atragantan; los señores de 
alto rango, por iniciativa de sus consortes. 



VILLA SANA 



67 



se llenan los bolsillos de manzanas y bombo- 
nes ; y los jóvenes aprovechan la aglomera- 
ción para robarse el vino o la champagne por 
botellas, a fin de tener como emborracharse a su 
antojo y no verse precisados a beber con la cul- 
tura que su clase les impone. 

La hartura los democratiza demasiado, los 
empequeñece, les quita la mentida pompa, y 
entonces dan lástima y causan repulsión has- 
ta al mismo plebeyo, que creyéndolos impres- 
cindibles para su exaltación social, les abrió 
sus salones que dejaron apestados con vaho de 
chocantes vulgaridades. Y esa es la vida de 
la crema ^ de esa crema que se apropia supre- 
macías y se pavonea con ridículo orgullo que 
no hace firme su criterio ni es sostén de sus 
convicciones, sino que desaparece ante el pri- 
mero que le pide halagos y le ofrece hartazgos. 
\ h. cuántos hombres señalados con inri de 
deshonor, no ha rendido homenaje de respeto 
la sociedad villasana, al verlos favorecidos por 



68 



CARLOS E. VILLANUEVA 



una Magistratura o por 50,000 pesos ! A mu- 
. chos, Basilio, a muchos! 

i Así es la grandeza de nuestros grandes ! 
Y, ¡ así son todas nuestras cosas consagradas y 
respetables ! De ahí el que yo me aventure a 
usurparme la aureola de grande hombre y de 
honorabilísimo señor que ostentan tantos pró- 
gimos que yo conozco en esta tu tierra y la 
mía, prógimos que ni en el hogar, ni en nin- 
guna parte edifican ni con ejemplos ni con 
conducta; pero que se presentan en sociedad 
como auténticos representativos de todas las 
humanas perfecciones. Y no han de resultar 
estos coterráneos míos con más talento que tu 



mis habilidades de comediante. He resultado 
un farsante admirable, y ya siento en mi re- 
dor el estímulo de voces misteriosas que me 
gritan : ¡ adelante ! ¡ La farsa comenzó y co- 
menzó con éxito ! ¿Sabes a quién ha sido el 
primero que he envuelto en la red de mi falsa 
santidad ? Pues al temido Padre Galilea, do- 




asombrado de 



VILLA SANA 



69 



minador de Villa Sana, que vive según afir- 
man sus devotos admiradores, hablando por te- 
léfono sin hilos con la mismísima persona de 
nuestro Señor Jesucristo. ¡ Asómbrate, Basi- 
lio ! La elocuencia de mi palabra mística ha 
conmovido la crédula e inconsciente sensibili- 
dad del reverendísimo y amadísimo Pastor de 
la grey villasana. Galilea, el orgulloso Ga- 
lilea que un día me llamara con toda la seve- 
ridad de su divino poder ateo y renegado, ha 
sido vencido y halagado por mí, ha estrecha- 
do mi mano pecadora entre sus manos, herma- 
nas, por santas, de la hostia y me ha sonreí- 
do amigablemente, abriéndome así las puertas 
de la prosperidad en Villa Sana y la de la 
bienaventuranza en el cielo, de donde no se, 
2 rechazará sabiendo que fui amigo de tan 
virtuoso párroco. 

Este mismo don de observación y de com- 
prensión que tiene el padre Galilea para adi- 
vinar la sinceridad, la buena fe y la santidad 



» 



70 CARLÓS E. VILLANUEVA 



de los que lo rodean, ese mismo don tenemos 
todos los de este dichoso pueblo, resultando 
que no hemos llegado ni llegaremos a cono- 
cernos ni a distinguirnos; y desprendiéndose 
de esa incapacidad el fenómeno social de que 
los hipócritas, los egoístas y los corrompidos, 
sean los buenos, los altruistas y los virtuosos 
encargados de nuestra representación. Y así 
es cómo el padre Galilea es el más santo va- 
rón de la Villa; y la familia más sin creden- 
ciales, la más honorable; y el hombre más pi- 
llo, el más honrado; y la señorita más desnu- 
da, la más elegante; y el joven más libertino, 
el más agasajado; y la mujer más superficial, 
la más respetable; y el hombre más necio, el 
más atendido; y el hombre más rico, el más 
digno y valioso. Y así es, mi querido Basi- 
lio, como yo, el hombre más dispuesto a es- 
pecular con su hipocresía, logrará que se le 
tenga como el más santo hombre de estos últi- 
mos tiempos. 



VILLA SANA 71 



Ya lo creyó el super-hombre del pueblo : el 
Padre Galilea, que apesar de ser un comedian- 
te como yo, no ha sabido distinguir en mí a 
un nuevo personaje de la farsa que él, vestido 
de cura, representa de modo tan admirable. 
¡ Imagínate si mi éxito es seguro ! Dentro de 
poco tiempo llegarán a tus oídos, aumentadas 
por la admiración, mis virtudes que he poseí- 
do siempre, pero que nadie advirtió, y que 
después cuando las oculte por conveniencia, 
para el éxito de mis planes futuros, se me con, 
cederán como se le han concedido a tantos 
hombres que yo sé infames, pequeños de al- 
ma, ruines, imperfectos, y que todos tienen 
consagrados como poseedores de ellas en gra- 
do máximo. 

Prepárate a reir, que la tela se ha descorrido 
y ya estoy ante la espectación de mis conterrá- 
neos con la careta de los tránsfugas, y acom- 
pañado de un hábil comediante, el Padre Ga- 
lilea, que según afirman sus devotos admira- 



72 



CARLOS E. VILLANÜEVA 



dores, habla todos los días por el teléfono sin 
liilos con el mismísimo Jesucristo, nuestro 
Señor. 

Te abraza tu amigo. 



Cándido Suárez, 



II 



Pocos días tardó el padre Galilea en dar auge 
entre sus numerosos feligreses al nombre de 
Cándido Suárez. De sus labios, consagrados por 
la divinidad, salió más de una frase honrosa 
para su nuevo aliado, y la mística credulidad 
de su grey fué porta voz incesante en la pro- 
mulgación de aquellos méritos hasta entonces 
no advertidos. 



74 



CARLOS E. VILLANUEVA 



— Suárez es un santo hombre - dijo por pri- 
mera vez el santo Párroco; y los demás curas, 
los seglares, las beatas y hasta los barrende- 
ros de la Iglesia, llevaron de un extremo 
a otro de Villa Sana la indestructible afir- 
mación. 

Y en todos los hogares, en todos los círcu- 
los y en todas las congregaciones, se oyó 
un rumor que decía: «Suárez es un santo 
hombre.» 

En las reuniones con sus íntimos, el Padre 
Galilea habló de él como de un sorprendente 
milagro de conversión que debía estimular la 
fe de las aguerridas huestes de Jesucristo. 

— Nuestra Causa es invencible - argumentó 
con regocijo infantil Don Casto Reina, hábil 
fabricante de velas, de cuya industria vivía 
holgadamente, pues tenía en los campos 
agentes que pedían de limosna la cera y se la 
enviaban para que él, sin más gastos que los 



VILLA SANA 



75 



de la elaboración, la vendiera a cuatro bolívares 
la libra. 

— Suárez encontró el camino de la verdad — 
aseguró Don Críspulo Ochoa, consolado de 
que su vecino no lo torturaría en lo adelante 
con sus prédicas moralistas. 

—Suárez será nuestro buen hermano — afir- 
mó don Patricio Monques, que vivía de hacer 
empeños inniisericordes, asegurando a los que 
victimaba, que hacía tales negocios para com- 
placer al cielo que ordenaba socorrer al nece- 
sitado. 

^ Don Eduardo Ponce y Don Lucas Romea 
también concedieron a su vecino muy dignas 
ejecutorias, juzgándolo acreedor a la conside- 
^ ración de la celeste cofradía. 

La consecuencia de aquella mutua exalta- 
ción la palpó Cándido Suárez demasiado pron- 
to. A la vez que se extendió su fama de bue- 
no y fervoroso cristiano, imitador de Cristo, 



76 



sintió el acercamiento de una efectiva prospe- 
ridad. A su establecimiento llegaron buenos 
clientes de todas las parroquias; a sus medi- 
cinas se le atribuyeron cualidades curativas 
excepcionales y casi divinas, y el local de la 
farmacia se hizo estrecho para los surtidos y 
la clientela, y fué ampliado y dotado de dos 
puertas más. El Cándido Suárez de antaño, 
con todas sus perfecciones morales, desapare- 
ció tras la engañosa silueta de su nueva per- 
sonalidad. Aprendió a oir tres misas diarias, 
a confesarse todos los sábados, a recibir todos 
los domingos; se habituó a visitar todas las 
mañanas al padre Galilea que al fin no se 
halló sin su compañía^ y halagó en cuanto 
pudo la vanidad de todos aquellos seres pe- 
queños y torpes con quienes se codeaba a dia- 
rio y que lo ayudaban a sacar partido de su 
misticismo. En toda sociedad incapaz triun- 
fa lo extravagante, lo ridículo, lo absurdo, y 
de ahí que fuera en las ceremonias religiosas, 
punto llamativo de todas las miradas, su acti- 



/ 



VILLA SANA 77 



tud beatífica, que trataba de imitar toda aque- 
lla multitud susurrante que lo creía, de buena 
fe, un elegido del cielo para ejemplo en la 
tierra, de la devoción cristiana. 

— Es un santo — se decían las beatas entre 
sí y le buscaban parecimiento físico con San 
Juan Evangelista y Santo Tomás. 

En las procesiones, él siempre iba adelante, 
armado de un pendón y rezando en alta voz 
como para exasperar a los descreídos. Decía 
el Padre Nuestro mejor que el padre Galilea- 
con su voz atiplada. Lo decía en tono de ba- 
jo profundo y al rezar ((perdónanos nuestras 
deudas así como nosotros perdonamos a nues- 
tros deudores,)) tomaba una actitud tan hu- 
milde, que la gente creía ver sobre su cabeza 
la aureola divina del perdón celestial. 

El padre Galilea dió por llamarlo (cmi 
amado discípulo)) y lo llenó de atribuciones 
provechosas. Poco tiempo después, nada se 



78 



CARLOS E. VILLANUEVA 



hizo sin su colaboración. Fué nombrado ad- 
ministrador de las casas de la Virgen dél 
Consuelo, Presidente de la «Sociedad de los 
Siervos de Jesús,» recolectador de los Cepillos, 
encargado de la decoración de la iglesia en los 
días solemnes, depositario de las limosnas y 
arbitro de todas las cosas del culto. 

X^on grandes fondos a su cargo, estudió la 
caridad del modo más provechoso para él, y 
se lanzó en acciones que acrecentaron su fa- 
ma de benefactor. 

A la casa de las Blanco, llegó, como a todas 
partes, el prestigio de su caridad ilimitada, en 
días en que el pan escaseaba y el dolor de 
la muerte llenaba de angustia los espíritus. 
La familia la formaban Gertrudis Blanco y 
sus dos hijas Antonia y Margarita. Era aquel 
hogar, sin blasones de legitimidad ni aristo- 
cracia, un templo consagrado a la virtiid por 
el alma de tres mujeres fortalecidas por el 
bien. Centro y sostén había sido siempre la 



VILLA SANA 



79 



resignada y heroica figura de la madre, levan- 
tando sobre sus propias miserias la alteza de 
su dignidad y robusteciendo el alma de sus 
hijas con loables ejemplos y hermosas prácti- 
cas. Apesár de haber luchado mucho, la 
malaventura se les acercó, hiriendo con gol- 
pe certero a la más fuerte. Un derrame cere- 
bral inutilizó a la madre, que desde su lecho 
de paralítica, vislumbró días muy terribles. 
Antonia y Margarita se empeñaron brava- 
mente en consolar el angustiado espíritu de su 
madre: tejieron capelladas desde el amanecer 
hasta la noche, multiplicaron sus energías, se 
empeñaron en espantar de la casa el fantas- 
ma del hambre; pero el hambre les mordió las 
entrañas. El trabajo escaseó en la fábrica de 
tejidos; las medicinas de la enferma dispusie- 
ron del dinero conque se pagaba la casa; el pan 
se hizo difícil y fué necesario buscar el age- . 
no socorro^ para no perecer. Todo lo que 
en la casa se podía vender desapareció. 
El alma piadosa del vecindario compró sillas 



80 



CARLOS E. VILLANUEVA 



en buen estado a cuatro íeales, maquinarias 
de coser a diez reales, y muchos enseres más 
por la cuarta parte de su valor. Al fin se 
agotó todo y Antonia salió a vender su única 
riqueza: un relicario de oro que le había re- 
galado Juan Manuet, su ifnico novio, desapa- 
recido de la vida cuando más enamorado esta- 
ba de ella. Aquella amorosa reliquia había 
vivido siempre sobre su corazón, como una 
flor fragante sobre un mausoleo. En el fon- 
do de aquel diminuto sagrario estaba escondi- 
do con avaricia casta, el retrato de Juan Ma- 
nuel, que sobre el pecho de la niña perseve- 
rante, era un mudo centinela guardador de su 
viejo tesoro. Ella, estoicamente, sacó de su 
escondite el retrato del muerto adorado, le 
buscó digna colocación, y con el relicario 
oculto en el seno, salió para casa de una veci- 
na rica que solía hacer empeños ventajosos 
y comprar prendas por la mitad de su valor. 

La señora sintió mucho no favorecerla, pero 



VILLA SANA 



81 



le indicó a Don Cándido Snárez, el socorro 
de todos los pobres de Villa Sana. 

— No lo conoce usted? 

— No lo conozco, señora. 

— Pues es un santo hombre. La fama de 
sus buenas acciones la proclaman muchos 
desventurados a quienes presta oportuno auxi- 
lio. Un periódico de la localidad lo ha lla- 
mado muy merecidamente por cierto, «el pa- 
dre de la humanidad.» 

Antonia, esperanzada, salió de la casa de 
su vecina, agradeciéndole con el alma la in- 
dicación que le había hecho. 

Regresó a su casa y habló a su madre y a 
su hermana de Don Cándido Suárez. 

— Dicen que es muy bueno, madre. 

— iQuién sabe, hija mía! 

— No pueden decirse tantas cosas de un 
hombre que no sea en efecto caritativo. 

-—iQuién sabe, hija mía! 



82 CARLOS E. VILLANUEVA 




Antonia no dudó y a la mañana siguiente 
salió en busca de aquel hombre extraordina- 
rio, del cual se decían cosas tan gratas. Era 
la primera vez que salía «ola fuera de los 
límites de su vecindario; pero no convidó a 
su hermana menor, porque ésta había tosi- 
do aquella noche pasada como nunca y ade- 
más estaba muy delicada. La maldita má- 
quina de tejer capelladas acababa lentamente 
con aquella ejystencia débil, como una flor. 

Antonia no era como su hermana: enfermi- 
za y enteca. Era robusta, hecha para el tra- 
> bajo y las miserias. Cuando pisó el umbral 
de la Farmacia de Suárez, lucía rozagante. El 
sol mañanero había encendido un carmín de 
salud en su cara fresca. 

— Don Cándido Suárez? 

— Servidor — le contestó un señor de aspec- 
to venerable, con cara de santo retocado, dul- 
ce mirada de nazareno y empacadura de mon- 
je holgazán. 



VILLA SANA 



83 



La tranquila y beatífica actitud de Suárez, 
le inspiró confianza. 

— En qué puedo servirla? 

— Señor, soy una hija amorosa que busca 
un socorro para su madre paralítica. 

— Qué desventura, hija! 

— A nuestra casa ha llegado su fama de 
misericordioso, y yo vengo a rogarle me dé 
algo por la única riqueza que poseo: este 
relicario que fué de persona muy estimada. 

Suárez apreció la prenda y dijo a la Joven: 

— Ha llegado usted en una hora en que 
no tengo dinero que ofrecerle. Pero no de- 
sespere. Yo puedo hacerle la diligencia con 
un vecino. 

— Usted,, señor? 

— Sí, hija. ¿Por qué no? Para hacer el 
bien nunca he tenido orgullo. 

Y salió de la Farmacia. La actitud gene- 
rosa de aquel hombre le fué simpática a An- 
tonia. ¡Razón tenían sus vecinos para elo- 
giarlo como lo elogiaban! 



84 



CARLOS E. VILLANUEVA 



Los manejos de Suárez en la práctica de su 
caridad eran extraños y misteriosos. El se 
había empeñado en sacarle a cada una de sus 
generosas acciones un buen tanto por ciento 
de utilidad y había encontrado el modo de 
hacer el bien sin menoscabar sus intereses. 
Al salir de la farmacia se dirigió a una ¡oye- 
ría que quedaba en su vecindario e hizo exa- 
minar la prenda. El joyero la examinó dete- 
nidamente y la declaró de oro macizo de i8 
quilates. 

— Cuánto representa en oro? 

— loo bolívares. 

Suárez calculó una bonita utilidad y regre- 
só a su establecimiento. 

Antonia, al verlo entrar con la prenda en la 
mano, se desconsoló pensando que iba a re- 
gresar a su casa sin un remedio que calmara 
la tos de Margarita, y sin un pan para su 
buena madre. 

— No se hizo nada, hija mía. Es una pren- 
da sin ningún valor. 



/ 



VILLA SANA 



85 



—Es de oro; señor! 

—Eso creí yo también. El joyero a quien 
se la fui a negociar la examinó y dice que 
es un metal cualquiera con un baño de oro. 

Antonia sintió : que el mundo se le hundía 
bajo los pies. Recordó que su Juan Manuel 
Había trabajado muchos meses para reunir 
una onza y hacerle aquel regalo. Sus pro- 
yectos de pagar con aquella joya los tres 
meses de casa que debían, se hicieron impo- 
sibles, y vió más largas las noches sin lum- 
bre y oyó más honda la tos de Margarita, y 
advirtió más desencajado el semblante de 
la pobre vieja paralítica. 

El vencimiento de su esperanza, abrió cauce ' 
a su llanto y entonces dijo a Suárez: 

— Señor, déme algo por eso. Lo que sea. 
Así no me alcance sino para la comida de hoy 
y los remedios de mi hermana y de mi madre. 
Se me mueren las pobrecitas y ése relicario 
es lo único que nos queda por vender. 



86 



— No desesperes, hija mía, que estás en la 
casa de un cristiano, y de aquí no se ha ido 
nadie sin ser socorrido. 

Suárez volvió a salir y se dirigió entonces 
a la casa de enfrente, en cuya puerta encontró 
a Don Críspulo Ochoa. 

— Contra usted vengo, Don Críspulo. 

— En buena hora, Don Cándido. 

— Lo vengo a asociar en una obra de cari- 
dad. Hay que socorrer a una desgraciada. 
¡Esa es nuestra misión, Don Críspulo! 

— Para algo somos buenos cristianos. 

Suárez le explicó a su socio en la miseri- 
cordia, el asunto. Una muchacha honrada que 
tenía la madre paralítica y una hermana en- 
fermé. Una limosna insignificante de diez 
bolívares que unida a la de él iba a llenar 
grandes necesidades. Don Críspulo sacó su 
portamonedas y dió la suma a su vecino. Suá- 
rez se despidió de él y Don Críspulo dijo en 
alta voz a los dependientes de su casa: 



VILLA SANA 



87 



- — ¡Este Suárez es un hombre de muchos 
quilates! No vive sino pendiente de hacer el 
bien! 

Cuando Suárez regresó a su farmacia ya 
habíase guardado en el bolsillo el relicario. 
La operación le resultó brillante. 

Antes de entregar a Antonia los diez bolíva- 
res de Ochoa con que iba a socorrerla, la obser- 
vó detenidamente y comprendió que siendo 
hábil, aquella niña podía ofrecerle a cambio 
de su generosidad, prendas de más valor que 
aquel relicario, 

— Y quién te ayuda en tus angustias? 

— Nadie, señor. 

— No tienes hermanos? 

— -No, señor. 

— Y novio? ^ 
— Tampoco. 

— Y tu hermana qué tiene? 
— Mucha tos, señor, mucha tos. 
— Dónde vives? 



88 



CARLOS E. VILLANUEVA 



— Frente a la Iglesia de San Miguel. 
— Y te llamas? 
— Antonia Blanco. 

— Yo iré a ver tus enfermos. Por lo pron- 
to llévate esos diez bolívares que le logré 
arrancar a ese hombre de enfrente, por tu re- 
licario. Por medicinas no te preocupes, que 
aquí se te darán las que necesites. 

— Es usted muy bueno. 

— No, hija; soy un buen cristiano y todo lo 
que hago por mis hermanos afligidos, es en 
obediencia a los mandatos de Dios. 

Autorizada por la generosa oferta, Antonia 
le presentó una receta que había formulado 
el médico para Margarita; ausente el depen- 
diente, Suárez le indicó que se sentara y se 
dió a la preparación de la fórmula. Mientras 
combinaba y medía las sustancias indicadas, 
miraba con detenimiento a Antonia, y al 
orientar sus pupilas de sátiro por aquellas 
formas vírgenes y pomposas que la miseria no 



VILLA SANA 



89 



había logrado desprestigiar, sintió el estímu- 
lo de un loco sensualismo y ft^io con la ima- 
ginación crudas escenas de lujuria. La mi- 
seria extrema de aquella mucliacha lo espe- 
ranzó, y se propuso, ya que podía hacerlo todo, 
aprovecharla antes que fuera a caer en manos 
de cualquier otro protector. Al darle la me- 
dicina, Antonia le tendió la mano en señal de 
gratitud, y él se la retuvo diciéndole: 

— Yo iré pronto por tu casa. Ya verás, ya 
verás como tu situación va a cambiar de un 
momento a otro. 

Aquella noche, en la diaria tertulia del 
padre Galilea con sus íntimos, Don Críspulo 
Ochoa habló de la buena acción de Suárez 
para con una pobre muchacha desventurada. 

— Es un hombre incansable en hacer el 
bien — expresó Ochoa. — Cuando sus recursos 
no bastan, deja su establecimiento y sale a 
pedir para la persona necesitada. jY qué re- 



90 



CARLOS E. VILLANUEVA 



gocijo se ve en su semblante cuando logra sus 
misericordiosos propósitos! 

— Es que Dios le sonríe en la conciencia — 
aseguró el padre Galilea, complacido. 

— Suárez se ha hecho un verdadero Após- 
tol de la Caridad — añadió Don Patricio 
Monques. 

— Todos los pobres bendicen su nombre — ^ 
afirmó Romea. 

En aquel momento entró Suárez, reposado, 
tranquilo, y el padre Galilea lo recibió di- 
ciéndole: 

— Adelante, amado discípulo. Ya sé por 
Don Críspulo su noble acción de hoy. 

— Todas mis buenas acciones son, santo 
padre, consecuencia de sus ejemplos — repuso 
Suárez estrechando con veneración la pul- 
cra matio del regocijado Párroco. 

Suárez se 'sentó. 

Como de costumbre, la conversación recayó 
sobre las heregías de la época. Este es el 



VILLA SANA 



91 



tema obligado de todos los curas sin talento, 
y el padre Galilea era fuerte en eso de hablar 
mucho de los enemigos del fanatismo. Sus 
peroraciones sagradas, que escuchaban sin 
pestañear los villasanos, siempre eran un 
sagrado insulto para las sectas contrarias al 
catolicismo. Casi siempre empezaba con es- 
tas palabras: «La Iglesia de Jesucristo está 
amenazada» y ya el concurso de sus oyentes 
sabía que iba a decir por una vez más sus 
acostumbrados desahogos de clérigo sin ins- 
trucción, incapaz de abordar ningún otro asun- 
to que se saliera del fácil tema de insultar al 
prógimo. Lo mismo que en la cátedra sagra- 
da, en sus reuniones íntimas, el padre Galilea 

era un terrible difamador de toda notación 

/ 

que no saliera de la Casa Parroquial y se 
encaminara a favorecer los intereses que él re- 
presentaba. Cuanto fuera nota de estímulo 
para el empobrecido criterio de Villa Sana, 
presa en redes de clericales manejos y 
desorientada por el fanatismo, le chocaba en 



92 CARLOS E. VILLANUEVA 



extremo y merecía el castigo de su enérgica 
reprobación. Las modas y otras manifesta- 
ciones de la cultura, que por ratos distraían 
a las mujeres de su mansa grey de la Iglesia 
y sus disciplinas, le ponían fuera de juicio, 
le interrumpían la digestión, sublevaban su 
divinidad, y en la misa del domingo, que era 
la más concurrida, les decía inmorales, ami- 
gas de la concupiscencia, hechas demonios pa- 
ra la tentación, indignas, por su libertinaje, del 
amor del Señor, y anotadas por el Supremo 
Juez en el libro de las almas señaladas con 
inri de condenación. Insultadas, tratadas co- 
mo livianas y réprobas, las pobres mucha- 
chas salían del templo llenas de un indecible 
pavor y sintiendo en sus frescas y olientes 
carnes las torturas de las llamaradas inferna- 
les, tan admirablemente descritas por el so- 
berbio Párroco. Y si el motivo de enfurecer- 
se el intransable Galilea había sido un baile, 
en Villa Sana pasaba un semestre sin bailarse, 
y si alguno iniciaba un sarao, los padres de 



VILLA SANA 



93 



las chicas se escusaban diciendo: ^El padre 
Galilea todavía está muy bravo.» Y al fin 
se incurría en el pecado, pero con el temor de 
remover la apaciguada cólera del recto Pastor. 

A los hombres los insultaba de corrompidos, 
de herejes, de indelicados y derrochadores. 
Les exigía en todas sus prédicas, para sos- 
tenimiento de la Iglesia, un algo de lo que 
malgastaban en truenos^ en aventuras desho- 
nestas en que se podrían el cuerpo y se man 
chaban el espíritu; les reclamaba más sumi- 
sión a los preceptos de la doctrina de Cristo, 
menos afición al pecado de fornicar, pecado 
que el catecismo nos enseña desde que esta 
mos en la escuela y del que nunca nos habla 
el Maestro sino para decirnos que es el sexto de 
los mandamientos. Y durante estas peroracio- 
nes más propias para un cuartel que para un 
templo, hombres y mujeres sentían un secre- 
to rubor que se manifestaba en toses nervio- 
sas, abanicazos y quedos rumores de sorpresa. 



94 



CARLOS E. VILLANUEVA 



Guando el padre Galilea descendía del pulpi- 
to, después de haberse bebido un vaso de 
agua azucarada y haber vomitado ofensas y 
conjuraciones sobre el sumiso silencio de su 
grey, lo esperaban en la Sacristía sus adic- 
tos, que con entusiasmo, saludaban su entra- 
da con estas exclamaciones : 

— ¡Qué felpa tan bien dada, santo padre! 

— ¡Y con qué respeto se la chuparon! 

—i Así se trabaja por el bien de una socie- 
dad! 

— ¡Tuvo una frase admirable! Una frase que 
no recuerdo, pero que lo dijo todo! 

— Eso es para que sepan que tenemos a 
quien respetar! 
— Yo lo creo. 
— Muy bien hecho. 
— ¿A dónde vamos a parar? 

i 

—Así es como se moraliza! 

— Nada de literatura: la verdad desnuda. 



VILLA SANA 



95 



Y el orondo padre Galilea, recordando en 
su interior a Castelar, para mirarlo tan pe- 
queño como el monaguillo que le recibía el 
bonete, decía a sus exaltados admiradores, 
riendo satisfechísimo: 

— ¡Cada uno tiene lo suyo, amigos míos! 



Al hogar de Suárez, conservado a través de 
tantos años en medio de un grato ambiente de 
austeridad que regía costumbres y séres, lle- 
garon, junto con la bonanza, alientos malsa- 
nos que eran motivos de inquietud para 
Margot, mujer sana de corazón y de concien- 
cia, que comenzaba a echar de menos, con ínti- 
ma tristeza, los viejos días de pobreza en que 
el empeño del pan, casi siempre escaso, pare- 
cía estimular el bien en el seno de los sttyos. 



98 



CARLOS E. VILLANUEVA 



Desde el día en que lo que ella llamaba (da 
buena suerte de su marido», la libertó de las 
penas del trabajo diario, para atender a las 
necesidades de Jacinto y Carlota, observó en 
los sentimientos de Suárez y de sus hijos un 
cambio radical que la entristecía. A su ma- 
rido, aquel hombre conocido por ella ^tan ínti- 
mamente y de un modo tan halagador, lo ad- 
vertía, sin explicárselo, muy lejos de aquel 
estado de alma casi heroico, con que lo viera 
luchar ^bravamente contra las vicisitudes de su 
existencia, mostrándose en todo momento más 
fuerte que sus propias desventuras y como 
aislado a un mundo de efectiva perfección. 
Suárez se había hecho ambicioso, y sus ac- 
ciones de ahora revelaban un fondo de mal- 
dad disimulada. Vivía inquieto, desconfiado 
de la estabilidad de su situación y como abs- 
traído en la meditación de planes peligrosos 
en que anduviera comprometida su propia vi- 
da. Dado a sus nuevos empeños, que él en 
sus conversaciones llamaba «su encumbra- 



VILLA SANA 



99 



miento)), lo descuidó todo : celos de padre, ad- 
vertencias oportunas y extremos cuidados, 
consagrándose por entero, con exagerados en- 
tusiasmos, al aspecto decorativo de su hogar 
que cambió de barrio, de casa y de muebles, 
negando con su fausto, su origen de humil- 
dad y de pobreza. La sana intención de las 
prédicas de antaño, en que sus dos hijos abre- 
vaban como en una pura fuente de bienes, 
grandes estímulos para su perfección, se aca- 
bó y un empeño de exhibición, de presu- 
mir grandezas, de sobrepujar en boato y bue- 
na vida la sustituyó. Y mientras de la calle, 
en alas de la general admiración, llegaban 
hasta Margot las santas excelencias de su ma- 
rido, consagrado por todos los villasanos como 
el hombre más virtuoso de la provincia, ella 
lo observaba distinto, contrario a su fama, 
cooperando a la desmoralización de su hogar 
con aquel exceso de tolerancias para sus hijos, 
ábstraído por completo en el logro de bienes 
materiales, armado de una mala fe que le era 



100 



CARLOS E. VILLANUEVA 



difícil disimular, dispuesto a todo por conservar 
su situación y descuidado de sus responsabi- 
lidades de padre de familia. Una honda pena 
llevaba clavada como un puñal en su alma de 
esposa amante y fiel. La fe en el amor-de su 
marido babía sido para ella como el más valio- 
so premio a sus afanes. Muchos años vivéS 
sintiéndose la única dueña del corazóa de 
Suárez, crej^éndo que el alma de aquel ho«i- 
bre era la mitad de su alma, y que ni ausen- 
cias, ni miseria, ni prosperidad, ni ninguna 
circunstancia de la vida, llegarían a profanar 
la santidad de aquel cariño. Pero para su 
desgracia, le llegó la horrible hora del deseife- 
gaño. Fué en una noche de insomnio, en q«e 
cerca de Suáre» abría sus ojos fatigados sobre 
la sombra de la habitación como para refres- 
car su pensamiento, ocupado en disculpar la 
peligrosa transformación que se había obraáo 
en el seno de su familia, cuando oyó en ios 
labios de su marido frases de vulgar sensuaái- 
dad que reproducían^ una escena de inááelidafd 



VILLA SANA 



101 



para ella, y el nombre de una mujer pronun- 
ciado con deseo vehemente, con deseo salvaje. 
tfSerás mía, Antonia!» Estas palabras dichas 
por su marido con lengua angustiosa y tarta- 
muda por la pesadilla, las escuchó entre las 
sombras como una terrible sentencia de muer- 
te para la fe de su corazón. En el silencio de 
la noche, la respiración trabajosa de Suárez y 
sus bruscos movimientos, lo hacían suponer 
como entregado a una lucha sin tregua. En- 
cendió la luz y lo miró. Su marido, revol- 
viéndose en el lecho, parecía condenado a un 
suplicio indecible. Su rostro tenía un raro 
gesto de locura. Con los ojos clavados con fije- 
za de muerte en un algo extraño, con la boca 
abierta en un dilatamiento de asfixia, tendía 
sus brazos, cuyas manos parecían garras, lia- 
tía la Sí.nibra, como queriendo estrechar un 
objeto que se le escapaba, y murmiiraba a in- 
tervs.los nn nombre: i Antonia! 'Antonia! 
Mfi :' " ante aquel cuadre de lny..\^ 



102 



CARLOS E. VILLANUEVA 



de nuevo la luz, se metió en su cama y dio 
curso a las lágrimas que de su corazón subie- 
ron a sus ojos para ser el bautismo de su pri- 
mer desengaño de mujer honrada y amante. 
Y en la sombra, que se hizo más negra por 
el dolor, formaron dúo trágico los sollozos de 
la esposa ultrajada y la voz de la infidelidad 
de Suárez que seguía repitiendo aquel nom- 
bre: ((¡Antonia!» ((¡Antonia!» ... 

Desde aquel día, la buena esposa se dio 
cuenta de cómo hal^ía engendrado en el cora-- 
zón de su marido gérmenes de pecado, el 
^ cambio repentino de su situación, que hizo 
abundante la despensa pero mermó su tran- 
quilidad; y se entregó a callar, a sufrir y á 
sonreir tristemente cuando sus relaciones le 
hablaban 'de la máxima virtud de su marido. 
Jacinto y Carlota, aquellos^ dos hijos de su 
corazón levantados por su afán para que fue- 
ran, si no perfectos, al menos dignos hijos de 
ella, también se le ofrecían contagiados por el 



VILLA SANA^ 



103 



mal que llevara a su hogar la prosperidad de 
Suárez, prosperidad que ella odiaba de mane- 
ra sincera. 

Jacinto abandonó los libros, se despojó de 
su obediencia, de sus temores de niño, se for- 
mó una nueva idea fatal de la vida, olvidó todos 
sus buenos propósitos, se rodeó de malos ami- 
gos, se hizo sordo a toda advertencia y comen- 
zó vida de prematuro libertino, satisfaciendo 
así la significación social que le lograran el 
buen prestigio de su padre y su cómoda situa- 
ción. Y aquellos sueños de Suárez, que am- 
bicionaba que Jacintp ascendiera a altas cum- 
bres, por el camino de la sabiduría, de la inte- 
ligencia y de los nobles esfuerzos, se esfuma- 
ron como todas las buenas prácticas de su vi- 
da anterior. La autoridad del padre se hizo 
débil, acomodaticia, sin carácter definitivo y 
nula, resultando que desaparecieran mira- 
mientos de los hijos, que sólo lo tomaban en 
cuenta a la hora de las exigencias. 



im CARLOS E. VILLANUEVA 



Carlota, aquella niña sencilla y pudorosa 
que conservara hasta los quince años la ino- 
cencia de su corazón, se hizo frivola, superfi- 
cial, impúdica, y se entregó a las modas con 
despreocupación de cortesana. De sus prinie- 
ros amores con Gil Ruiz, muchacho bueno y 
lleno de santa fe, despreciado de ella por hu- 
milde, pasó a tener amores con Jesús Mora- 
zo, un joven de la época, que sin miramien- 
tos de ninguna especie la desacreditó, después 
de nn año de amoríos sin fundamento. Co- 
queta, tenía una sonrisa de presunción para 
cada hombre, y los que la cortejaban la lla- 
maban para ridiculizarla ((Carlotita la Cán- 
dida^). 

Viento huracanado que desa^Taigó las viejas 
simientes de austeridad y de juicio que hicie- 
ran germinar en el seno de aquel hogar la 
rectitud y el ahinco de antaño, fué. la boyante 
situación de Suárez. qr.e torció criterios y 
cambió aspiraciones ^ . . [6 fatales tenden- 



VlUJt SANA 



105 



cias, no salvándose de aquel naufragio moral 
sino la santa y noble figura de la esposa y de 
la madre que desde el silencio de su dolor 
presentía el advenimiento de días muy angus- 
tiosos. 

Suárez, amparado por su fama de santidad 
y plenamente convencido de que sus más cri- 
minales acciones serían para los villasanos, 
por virtud de su farsa, innegables ejemplos de 
su bondad cristiana no expuesta a dudas ni a 
suposiciones desdorosas, pensó que la conquis- 
ta de Antonia, angustiada por el dolor y atri- 
bulada por el hambre, podía alcanzarla sin 
grandes esfuerzos y sin el peligro de que la 
gente adivinara sus verdaderas intenciones^ 
que él sabía guardar y disimular bajo su en- 
gañosa faz de liombre misericordioso, respeta- 
ble y santo, según la autorizada expresión 
del padre Galilea. 

Desconocidas pasiones de lacar::^:= 
tiaroii desde e^. día eri ^¡i-e r-'-' ^ 



106 



CARLOS E. VILLANUEVA 



de pecado en las voluptuosas formas de Anto- 
nia, que la miseria v ei ^^esamparo le ofrecían 
indefensa y sumisa. Pensó que un pedazo de 
pan tirado a tiempo a aquella familia, aban- 
donada de toda misericordia humana y divina, 
podía ser el comienzo de un negociado hala- 
gador para su lujuria, que con anticipación 
forjaba escenas y saboreaba deleites. Las dis- 
cretas caricias de Margot, le parecieron llenas 
de una infinita frialdad, al compararlas con 
las que, andando el tiempo, podía dispensarle 
Antonia, que como su querida, él prostituiría 
a su antojo. Palpó los resultados de aquella 
aventura, y no los encontró comprometedores. 
Con su fama de hombre misericordioso y de 
santo varón de Villa Sana, su presencia o sus 
visitas en la casa de Antonia serían juzgadas 
como una bondad más de su alta persona al 
descender hasta el barrio de «San Miguel» a 
llevar el consuelo de su caridad al seno de una 
pobre familia torturada por la escasés. Muchos 
de sus admiradores, desorientados por él, se ha- 



VILLA SANA 



107 



rían eco de ellas, para enaltecerlo aun más y dar 
una nueva comprobación de los afanes de su 
caridad hacia el prógimo, caridad que le había 
merecido el título de «buen padre de la huma- 
nidad.» Para ocultar su delito le sobrarían 
medioS; y Antonia al fin y al cabo se haría su 
cómplice, acallada y dominada por su miseri- 
cordia larga y oportuna. Y se dio a su in- 
famia. 



La desesperante tos de Margarita y los hou- 
dos quejidos de la paralítica eran en la noche 
un fúnebre concierto de muerte. Aquel día 
hubo sobras de angustias y máxima escasez 
de alimento- Los dolores físicos se hiciero© 
más agudos y las penas del alma más atroces. 
La piedad de los vecinos, único sostén de aque- 
llas tres vidas agotadas, no llamó a la puerta 
con ^us sobras de pan y de lumbre. Bl día, 



110 CARLOS E. VILLANUEVA 



de lluvia, neblinoso y largo como una deses- 
peranza, puso tinte de melancolía en los seres 
y en las cosas, agarrotó más el cuerpo torcido 
y convulso de Gertrudis, que sintió como agu- 
dos puñales que le desgarraban los músculos 
y oprimió más el pecho de Margarita, adonde 
el aire apenas llegaba, en un doble esfuerzo 
de angustia. 

Y llegó la noche, y entonces el hambre mor- 
dió más duro las entrañas, y la esperanza fué 
otro crepúsculo desvanecido en sus tinieblas. 
Por el hueco del patio, por donde se veía un 
pedazo de cielo con estrellas tristes, entraba 
como único hálito de vida, una ráfaga oliente 
a tierra removida y húmeda, a campiñas, a 
brotes nuevosf ráfaga indiscreta que soplaba 
con furia sobre la mecha de kérosenne que 
alumbraba en un ángulo del corredor, la páli- 
da y doliente figura de Antonia, que entre el 
parpadeo de la luz apuraba la terminación de 
un tejido que representaba algo de comida pa- 



VILLA SANA 



111 



ra el día siguiente. Cuando la tos de Marga- 
rita o los quejidos de Gertrudis cesaban, An- 
tonia se sentía más sola, creía que la muerte 
había llegado al fin y con voz llena de angus- 
tia preguntaba : 

— Madre, te dormiste ? 

— Marga, estás mejor? 

Y de la pieza contigua salían voces afónicas 
y lastimeras, que respondían : 
, — No te angusties, bija ! 
— Nana, ven, descansa. 

En los dos extremos de la pieza y resguar- 
dándose del aire que se colaba por la angos- 
ta y carcomida puerta, estaban los dos catres 
de las enfermas, sucios, descuidados, deno- 
tando la lastimosa miseria que una lamparita 
de aceite alumbraba apenas. Aquella luz dé- 
bil pestañeaba frente a un cuadro de la «Vir- 
gen del Consuelo)), que colgada en la pared, 
insultaba con el divino regocijo de su santa 



112 



CARLOS E. VILLANUEVA 



fisonomía^ aquella horrible escena de los hu- 
manos dolores. Los ojos angustiados de aque- 
llos^ dos séres en padecimiento, a cada dolor, 
a cada acceso de tos, a cada contracción lasti- 
mosa volvíanse a la imagen, que impasible, 
cruel en su mudez, era la propia negación de 
toda su misericordia extra-humana, el 
hondo silencio de la pequeña habitación era 
más angustiosa la respiración difícil de Mar- 
garita, y más desgarrador el ¡ ay ! sin protestas 
de la paralítica, cuyas caras desencajadas ha- 
cía trágicas la luz, en su temblor de agonía. 

Gertrudis, añorando su pasado, recordaba 
a Juan Francisco, el padre de sus hijos, cuyo 
borroso retrato, hecho por un aficionado del 
barrio, distinguía suspendido en una de las 
sucias paredes, como último resto de su pasa- 
do bienestar, que acabó para su familia eí 
mismo día en que la fatalidad hizo que la herra- 
mienta se cayera de la robusta mano de aquel 
obrero incansable y dignísimo. Para sufrir 



VILLA SANA 



113 



de nuevo sus angustias, recordó el día en que, 
llevado, en los brazos de cuatro de sus oficia- 
les, entró a su hogar mortalmente herido y 
agonizante. Se había desprendido de un an- 
damio y su cuerpo habíase estrellado contra 
las piedras de la calle. Ni cuidados, ni me- 
dicinas, ni promesas, lograron salvarlo' y a 
las pocas horas murió diciéndole : «Gertrudis, 
cuida mucho a mis hijas.» Oyendo toser a 
Margarita y sabiendo a Antonia afanada a 
aquella hora, en terminar la labor que iba a 
ser escaso alimento del día siguiente, se des- 
esperaba y medía la inconmensurable des- 
gracia a que la había sometido el destino sin 
merecerlo, porque era buena y honrada. De 
tan triste meditación que empezaba a revelar 
su corazón sufrido contra tantas injusticias, la 
sustrajo la voz de Antonia, que alarmada se 
oyó en el corredor. 

— Madre, han llamado a la puerta. 
—A esta hora, hija ? 



114 CARLOS E. VILLANUEVA 

— Hermana, no abras, - dijo la pobre tísica 
con terror. 

— Otra vez, madre! 

— No abras sin saber primero quién es. 

Antonia abandonó la labor ; con cautela 
atravesó el penumbroso zaguán, hasta donde 
no llegaba la luz, y deteniéndose cerca de la 
• puerta preguntó : 

— Quién es ? 

— Cándido Suárez — contestó una apacible 
voz. 

Antonia se extrañó de aquel nombre y de 
aquella visita a tales horas, y suplicando es- 
pera llegó donde su madre y le dijo : 

— Es el señor Suárez. 

— ¿ Y a qué puede venir ? 

— Dicen que es muy caritativo, y visita mu- 
cho a los pobres. 

— ^Eso dicen, madre, — agregó la tísica. 

— Abrele entonces. 



VILLA SANA 



115 



Antonia corrió a la pnerta y abrió. 

— La paz de Dios sea en esta casa — excla- 
mó Snárez, mientras cerraba el paraguas y se 
limpiaba en el umbral sus zapatos pesados por 
el lodo de la calle. Antonia lo miraba conmo- 
vida por la altísima honra que representaba 
su presencia en aquel casucbo triste y oliente 
a ruinas. 

— Aquí me tienes, bija. No me olvidé 
de tus desventuras y vengo a ver qué puedo 
hacer por tu familia. 

— Muchas gracias, señor. ¿ Cómo pagarle ? 

Con una ojeada llena de maldad, Suárez co- 
' noció que en el seno de aquella gente infeliz, 
su triunfo era seguro. Aquel ambiente de 
máxima miseria acrecentó su optimismo de 
sátiro en acecho. Antonia, en medio de la 
penumbra del corredor, propicia a su delito 
le pareció más fresca, más tentadora con sug 
formas que libres bajo el sencillo traje casero^ 
se adivinaban triunfales. Sus pupilas llenas 



116 



CARLOS E. VILLANUEVA 



de un fuego diabólico miraron con ansias los 
senos de la joven, erectos, intocados, rebosan- 
tes de juventud, que al vaivén del cuerpo te- 
nían turgencias rítmicas. 
— Pase, señor Suárez. 

Suárez entró al infecto cuartucbo de las en- 
ferm,as. En medio de aquel triste cuadro, se 
sintió poseso de un alto poder, que iba a dar 
pronta solución a sus propósitos. Gertrudis, 
la dolorosa paralítica, después de un Esfuerzo 
inaudito para sentarse en la cama, exclamó: 

— Señor Suárez, su visita nos honra y nos 
sorprende, i Somos tan desgraciadas ! 

— Para toda desgracia tiene Dios un con- 
suelo, señora. El me Ha impuesto el deber 
de socorrer sus miserias y yo satisfago mi co- 
razón obedeciéndole. 

— ^Ya sabemos que es usted muy bueno — 
murmuró Margarita, con su voz afónica y 
cavernosa. 

Suárez la advirtió y fingió compasión. 



VILLA SANA 



117 



— Esta es la niña enferma ? 

— Sí, señor Snárez, esa es mi pobre hija 
Margarita. La pobrecita tose mucho, mucho, 
desde el invierno pasado y no ha podido cu- 
rarse. 

— Es un catarro pas ruado — agregó Antonia. 

— La vida de esa infeliz criatura es lo que 
yo deseo, señor Suárez. A mí, que me lleve 
Dios cuando quiera. Pero ella, tan virtuosa^ 
tan buena hija, no merece ese padecimiento.. 

— Hay que ser conformes con lo que nos 
manda el Señor. 

— Lo comprendo, señor Suárez; pero el co- 
razón de las madres quiere tánto, que ni al 
Señor le da derecho para que le atormente a 
sus hijos. 

Suárez se fijó en la Virgen del Consuelo, 
que medio alumbraba la lamparita de aceite, 
con parpadeos agónicos, y exclamó : 

— No están ustedes tan solas en sus an- 
gustias. 



118 



CARLOS E. VILLANUEVA 



— Ah ! sí, — repuso Gertrudis, con mohín 
de incredulidad. — La Virgen del Consuelo ha- 
ce mucho tiempo que oye toser a mi hija y me 
oye quejar a mí ; pero no ha querido hacer na- 
da por nuestros sufrimientos. 

— No desespere, señora. Yo soy enviado de 
élla, con encargo de socorrerlas. 

— Dios le recompense tanto bien. 

— Dios premie su bondad. 

— Muy agradecidas, señor Suárez — agregó 
Antonia, que sentada en la puerta del cuarto, 
se preparaba a continuar tejiendo, 

— Usted, Antonia, descansará también. Esa 
labor es amenazante y al fin acabará con su 
salud. 

— ¿Y de qué vamos a vivir, señor Suárez? — 
interrogó la paralítica. 

— De un diario que yo le pasaré a Antonia, 
suficiente para atender a todas las necesidades 
de esta casa. 



VILLA SANA 119 



— Un diario, señor Suárez, es humillante 
cuando no se tienen deberes. 

— El pan más sabroso es el que se trabaja — 
manifestó Margarita. 

— Nosotros no queremos tanto, señor Suá- 
rez. Las medicinas, que son las más caras; 
el hambre se aguanta y se engaña — agregó 
Antonia. 

— Pues yo no socorro a medias. El orgullo 
de ustedes me ofende. 

— No es orgullo, señor Suárez. 

— Es que no merecemos tanto. 

— Es que cuando se ha vivido del trabajo 
toda la vida, cuesta mucho extender la mano 
para recibir la limosna — -^^firmó Gertrudis. 

A Suárez le chocó la altivez de aquella fa- 
milia rehacia a caer en las redes de su des- 
lumbramiento, pero no desmayó. En un 
momento comprendió que aquellas miserias 
urgentes en que faltaba el pan del día siguien- 
te, eran inaplazables, y vaciando sus bolsillos, 



1S6 CARLOS E. VILLANUEVA 



repletos de monedas de plata y oro con brillos 
de tentación, se acercó a Antonia y le dijo, 
con voz resuelta y de disgusto : 

— Me acepta usted este dinero o no ? 

Antonia tembló. Gertrudis se incorporó 
más en el lecho. La tísica abrió más sus gran- 
des OJOS. 

— Si rechaza usted mi protección, que le 
ofrezco honradamente, sefá muy triste el fin 
de su madre y de su hermana. 

La paralítica iba a mover sus labios para 
decir que no, cuando sintió más desesperante 
la tos de Marga. Antonia tembló ante los 
días futuros, sin luz, sin pan y sin medici- 
nas, y alargó su mano a Suárez. 

Las monedas no le cupieron en una mano y 
tuvo que extender las dos. El frío del vil me- 
tal le llegó al corazón, y una lágrima, que fué 
un presagio triste, brotó de sus ojos acostum- 
brados al llanto/ 



121 



Cuando Snárez salió de nuevo a la calle, 
sonrió satisfecho y pensó con hambres de • lo- 
bo en los juveniles encantos de Antonia, que 
ya tenía al alcance de sus garras. 



* * 



Motivo de regocijo para el Padre Galilea y 
para todos sus aliados, meritís irnos miembros 
de la "Sociedad de los Siervos de Jesús," fue 
la idea lanzada, en momentos^ de feliz y divina 
inspiración, por el Doctor Izturis, honorable 
abogado de Villa Sana, que había puesto cese 
a un necesario proceso, salvando con su deco- 
ro profesional, el decoro de la Iglesia y el de- 
coro de sus divinas instituciones. 



124 



CARLOS E. VILLANUEVA 



Iztiiris, acreditado en los Tribunales como 
el más admirable manejador de la intriga y el 
más poderoso en testigos falsos, acababa, com- 
placiendo así la suprema autoridad del padre 
Galilea, de evitar que en los Juzgados de Villa 
Sana se sancionara la demanda de divorcio 
que intentara Luis Pereira contra su legítima 
esposa sorprendida en chocante delito de infi- 
delidad. 

Al imperativo mandato del temido Galilea, 
que enrojeció de cólera al saber que por pri- 
mera vez en Villa Sana se pensaba hacer efec- 
tiva la ley de divorcio,|que según él, "era ema- 
nación de muerte escapada de las sucias char- 
cas de Europa," Izturis multiplicó sus habili- 
dades de pillo, cdmpró testigos falsos, llenó de 
ridículos temores la asustadiza conciencia de 
los jueces, inculpó dejcalumnia al esposo ul- 
trajado, enalteció como víctima a la mujer li- 
viana y logró aljfin que aquel lazo de unión 
que habían atado dos años antes las pulcras 



✓ 



VILLA SANA 



126 



manos del santo Pastor de Villa Sana, fuera 
indisoluble como lo exigía la arbitrariedad de 
las leyes divinas. 

El infeliz Pereiraj enlodada su dignidad y 
lierido su corazón, no encontrando vindicación 
en las leyes Humanas, la vislumbró en la 
muerte y se pegó un tiro. 

Y cuentan que nunca se mostró más elo- 
cuente el respetado Galilea que en el momen- 
to de saber la trágica muerte de Pereira. 

— ¡Tuvo la merecida muerte del impío! In- 
tentó burlar la suprema autoridad de la Igle- 
sia y no recibió sus auxilios. ¡Así castiga el 
cielo! El divorcio, amigos míos, es ley inspira- 
da por Satanás y no debe tener aceptación en 
ninguna sociedad cristiana. 

— Se ha salvado el decoro de Villa Sana, -ex- 
clamó con entusiasmo,- Don Críspulo Ochoa. 

— Y la dignidad de la Iglesia - afirmó con 
su voz atiplada Don Casto Reina. 



126 



CARLOS E. VILLANUEVA 



— Y a ello lia cooperado el talento del Doc- 
tor Iztnris. 

— Me abruma usted, santo padre. 

— El Doctor es el hombre de las grandes 
ideas - agregó don Eduardo Ponce. 

Iztnris se irguió, como se erguía en los Tri- 
bunales para asentar sus mentiras y dijo: 

— "Lsi que voy a someter abora a la sensata 
consideración de ustedes es mny simpática. 

— ¡A ver! ¡A ver! 

— iDebe ser brillante! 

— Y basada en la justicia. 

— Nuestra agrupación, que es la más digna 
de Villa Sana, y a la cual me bonro en perte- 
necer, no por méritos míos, sino por bondad 
- de ustedes, necesita estimular el afán de los 
que se empeñan en hacerla más valiosa y útil. 

— Es cierto. Doctor. 
— Ciertísimo. 
— Es justo. 



VILLA SANA 



127 



— Pues bien; yo propongo que esta agrupa- 
ción, realizando el más simpático acto de jus- 
ticia, acuerde un homenaje a Don Cándido 
Suárez, ese incansable benefactor de la hu- 
manidad. 

— Admirablemente pensado, 

— ¡Cómo no! ¡Cómo no! 

— Se hará, Doctor! Se hará, Doctor! 

— Qué gran idea! 

— Porque sfería censurable que Villa Sana 
no correspondiera como debe, al afán caritati- 
vo de ese ilustre hombre, que abnegado y mo- 
desto, anda a caza de todos los humanos dolo- 
res, para socorrerlos oportunamente. 

— Tiene usted razón, querido Doctor. Suá- 
rez, a quien yo llamo "mi amado discípulo," es 
merecedor a esa distinción. Sus buenas accio- 
nes son incontables. De un extremo a otro de 
Villa Sana, su nombre es bendecido. 

— Lo que don Cándido ha hecho con una 
pobre familia que vive en el barrio de ''San 



128 



Miguel," no lo hace sino un hombre de gran 
corazón - agregó Romea, 

— El Párroco de "San Migue?' me ha con- 
tado esa buena acción ~ contestó el satisfecho 
Galilea. 

— ¡Merece el homenaje! - exclamó Ochoa. 

— Ya lo creo que lo merece - afirmó Reina. 

~Y qué homenaje que sea digno de tan va- 
lioso aliado piensa usted, mi querido Doctor? 

— El más simpático, mi respetado padre. 
Una medalla de oro con esta inscripción: Villa 
Sana al más ilustre de sus hijos. 

— No me parece - exclamó Ochoa. El más 
ilustre hijo de Villa Sana es nuestro amado 
padre. 

— No soy egoísta, amigo Ochoa. 

— Pues entonces dirá : la gratitud de los po¿ 
bres de Villa Sana, a Cándido Suárez, su be- 
nefactor. 

—Así, síí 

— Admirable, Doctor. 



129 



— Bellamente concebido. 

— Y ía parte decorativa de esa medalla? 

— Muy sencilla, santo padre: una mano con 
un corazón suavemente agarrado; esto es para 
significar que Suárez le da a los pobres su co- 
razón. 

. — iBellísimo símbolo! 

— Nueva prueba de su talento, Doctor. 

— Pues a preparar esa ofrenda. 

— Para que tenga verdadero mérito, el pre- 
cio de esa medalla debe lograrse por suscrición 
pública> No lo cree usted así, santo padre? 

— Sí, Doctor, así debe ser, y yo le ofrezco 
que lo lograremos. 

Lanzada a la publicidad la feliz idea del 
Doctor Izturis, tuvo grata acojida en todas las 
clases sociales. Por milagros de la oportuni- 
dad, las mentidas hazañas caritativas dé Suá- 
rez se multiplicaron, ofreciéndolo cada vez 
más digno ál homenaje que se le preparaba. 



130 



CARLOS E. VILLANÜEVA 



En corrillos y tertulias se dijeron de él cosas 
hermosas, afianzándose definitivamente en las 
extravagantes leyendas de humanitarismo de 
que se le hacía actor imaginado, su fama in- 
contrastable de hombre santo y misericordioso. 

Cuando hasta él llegó el rumor de aquella 
apoteosis, sintió compasión, honda compasión 
por sus conterráneos y se convenció de que Vi- 
lla Sana era el pueblo más estúpido de la tierra. 
En su urgente necesidad de sincerarse con 
alguien, y como hastiado ya de la farsa que 
representaba, escribió a Basilio, su amigo de 
Los Llanos, su última misiva: 

Mi querido y recordado Basilio, 

Llano Largo. 

Te supongo enterado de cuánto ha dicho la 
ilustre prensa de Villa Sana en estos días, de 
este tu ilustre amigo, que prepara el pecho pa- 
ra recibir el peso abrumador de una medalla, 



VILLA SANA 



131 



del mejor oro del mundo y con inscripciones 
honrosas, con que será premiada su bendecida 
obra de benefactor. 

El símbolo que ha parecido más bello a mis 
admiradores para decorar tan valiosa ofrenda 
ha sido el de una mano con un corazón suave- 
mente agarrado, lo que significa, según ellos, 
mi querido Basilio, que yo con mi caridad , le 
doy el corazón ^ a todos los que sufren. ¡Qué 
máxima estupidez la de este pueblo de Villa 
Sana! ¡Con cuánta inconsciencia se consagran 
aquí reputaciones! 

¡En estos días, en tu pueblo no se habla de 
otra cosa sino de mi persona! Se me inventan 
leyendas heróicas, acciones dignas de un Je- 
sús, bondades insuperables; se me otorga la 
propiedad de frases hermosas que yo nunca he 
pensado siquiera, y no existe un solo villasa- 
no que no me haya visto haciendo una buena 
acción. ¡Se cuentan de mí cosas que me asom- 



132 CARLOS E. VILLANUEVA 

bran! Uno ine ha visto quitarme el saco en la 
calle para dárselo a un mendigo desnudo; y 
todo esto en una noclie en que llovía a cánta- 
ros. Otro me ha visto en las angustiosas horas 
de un incendio, en yo no sé qué pueblo o lu- 
gar, saliendo de las llamas con una criatuja 
en los brazos, salvada por mí. ^ Aquel dice que 
ha estado a mi lado en momentos en que yo, 
en mi afán de aliviar los humanos dolores, me 
he puesto a lavar a un leproso. Efste afirma, ex- 
clamando: ^'estos ojos que se ha de tragar la 
tierra lo vieron," que he llegado a una casa 
en que había muerto un infeliz, con una urna 
sobre los hombros para que lo enterraran. Más 
allá alguien dice que me ha visto llegar a un 
mortuorio donde se velaba la madre de seis chi- 
quillos pálidos, flacuchos, condenados a la más 
triste miseria y al más cruel a]jandono, y me 
ha oído décixies, abriéndoles los brazos: - "No 
lloréis, pobres niños, que aquí está vuestro 
padire!" En una cantina, no sé quién dice que 
soy tan caritativo, que a veces, agotados mis 



VILLA SANA 



133 



recursos, doy en limosn^ el diario de mi fa- 
milia. En una sala, una señora que se honra 
haciendo saber que tiene conmigo buena amis- 
tad, dice al grupo de sus oyentes, que ella me ha 
visto llorando amargamente, y que al acercár- 
seme y preguntarme el por qué de mis lágri- 
mas, le he respondido: "lloro, señora, por- 
que sé que en el mundo tengo muchos herma- 
nos que padecen 3/ sufren." Una beata, y esto 
es el colmo de la exageración, dice por ahí de 
casa en casa, que una tarde me encontró ha- 
blando en uua cabilla de la Iglesia Ma3^or, con 
la Virgen del Consuelo, y que ella, vió que la 
imagen me sonreía y oyó que me llamaba ''su 
querido Cándido." Y así, Basilio, cuántas cosas 
extravagantes ha ideado la imbecilidad e ig- 
norancia de tu pueblo para justificar mi con- 
decoración! Cuatro años de mi farsa han bas- 
tado para el engaño absoluto de todo Villa Sana. 
Hasta el padre Galilea exagera en sus elogios 
para mi persona, yjcuandole cuentan esas asom- 
brosas bondades mías, exclama, porriéndose 



134 



CARLOS E. VILLANUEVA 



más colorado: ''¡Ese ,es mi amado discípulo!" 
|Y es que el pobre Párroco cree en mi santidad 
y en mi bondad, con el mismo razonamiento 
conque creé en las de él! 

Logrado este auge tan halagador en cuatro 
años, imagínate, Basilio, qué será de tu amigo 
dentro de veinte años que pienso vivir cómo- 
damente a costa de la candidez de tu pueblo! 
Entonces me alistarán en el largo índice de 
los Santos milagrosos, y San Cándido eclipsa- 
rá a más desuna poderosa iijfluencia celestial. 

Estoy asombrado, créelo, Basilio, de todas 
las acciones loables y hermosas que se me 
atribuyen con motivo del homenaje que se me 
prepara. 

No hay refrán más cierto que el que dice': 
"cría fama y acuéstate a dormir." 

Así como este mío se conceden muchos ho- 
nores ^n nuestro país. Cuando se quiere con- 



VILLA SANA 



185 



decorar a un General por puro favoritismo, se 
le inventan proezas brillantes, y los que no 
han ido nunca a la guerra, se hacen eco de 
ell^s y dicen que las presenciaron /y que nun- 
ca vieron sus ojos General más reposado ante 
el peligro. Cuando se quiere imponer a un 
Magistrado en la voluntad de un pueblo, se 
dicen de él mentiras muy hermosas y los que 
aspiran a conseguir un puesto exclaman : 
"¡cuanto dicen es poco!" ^^¡es el hombre que 
nosotros necesitamos pára engrandecernos!" 

Igual cosa han hecho conmigo. Me han 
enaltecido táñto con la imaginación, que temo 
enfermar de la mía y llegar a creer que soy 
en efecto un- santo varón. Y te lo repito, ¡me 
van a canonizar! Si después de mi muerte lo 
hicieraó no lo toleres tú. Disipa la gran som- 
bra de esa mentira, publicando mi correspon- 
dencia de cuatro años a) esta parte, que ella 
será mi mejor venganza de Villa Sana, y 
agrégale al final este corto párrafo, qae será 
mi mejor nota biográfica: 



136 



CARLOS E. VILLANUEVA 



Suárez fué una lógica consecuencia de su 
pueblo^ que embrutecido por el fanatismo^ no 
fué propicio al éxito de su sinceridad y de sus 
méritos^ sino propicio al ruidoso éxito c^e su 
farsa ridicula. 

Haciendo esto, honrarás como nadie, la me- 
moria de tu amigo 

Cándido. 



Como Suárez lo había previsto, sus visitas 
a la casa de las Blanco fueron motivo para 
que en el barrio de "San Miguel" se comenta- 
ra con admiración verdadera su infinita cari- 
dad, llevada al s^no de aquella infeliz familia 
en momentos de muy terribles angustias. Se- 
guro de que el vecindario, engañado por su 
aparente santidad, no pecaría de maliciosas 
suposiciones, abordó a Antonia de man<era re- 



138 * CARLOS E. VILLANUEVA 



suelta, acallando sus escrúpulos con sus opor- 
tunas larguezas. La miseria, ''mala compañe- 
ra de la honra,'' lo ayudó en sus propósitos, 
silenciando el grito de rebeldía que a veces 
pugnaba por escaparse de la garganta de sus 
víctimas. ^ 

— Si es para eso, no me proteja más - le di- 
jo Antonia con soberbia, el día que le mani- 
festó su deseo de poseerla. 

El se sonrió y con asesina crueldad le dijo: 

— Y el alimento de tus enfermos? Y las me- 
dicinas oportunas? Volverán las noches terri- 
bles, las noches de hambre, las noches oscuras. 

Antonia sintió miedo, un miedo horrible. El 
adivinó su estado, la atrajo con delicadeza de 
padre amoroso y volvió a objetarle: 

— Hacer eso conmigo por salvar a tu madre 
y a tu hermana es tu deber. Te protejo para 
que seas mía. 

— Suélteme! - le respondió ella con ira. 



VILLA SANA ^ 



189 



— ^Sin que te resuelvas a una cosa u otra no 
te suelto. O tu lionra o la miseria de los tu- 
yos, escoje I ^ 

En aquel momento, Antonia oyó un ¡ay! de 
su "madre, tan desgarrador, que tuvo miedo de 
condenarla de nuevo a la miseria, y vaciló. 

— Serás mía? 

— Sí, señor; me lé venderé, porque no su- 
fran ellas. 

Antonia, llorosa, entró a atender a su ma- 
dre; y la pobre paralítica, al observarla, dijo a 
Sfiárez que* se había quedado de pie en la 
puerta, gozando su triunfo: 

-^Señor Suárez, la caridad de usted me 
asusta más que la miseria. 

— Cuida a Nana, madre, dijo la tísica desde 
su rincón. 

Suárez volvió a sonreír y poniéndose su 
sombrero salió de la casa. 



140 



E. VILLANUEVA 



Ya reveladas sus intenciones a Antonia, no 

volvió al barrio de "San Miguel," sino que la 

esperó en su farmacia, reposado y tranquilo. 

• 

Antonia, alertada por su madre, luchó mu- 
c|ios días con encantable decorq. yolvió á mo- 
lestar a sus amistades, trabajó más, se ingenió 
por cuantos medios pudo, a fin de prescindir 
de la peligrosa prote'cción de Suárez; pero, in- 
feliz náufrago en un mar más potente que sus 
pobres fuerzas, se sintió agotada y cobarde. 

El pan volvió a' hacerse difícil, el fantasma 
del hambre volvió a erguir su figura trágica, 
la luz se escaseó haciendo más angustiosas las 
tinieblas y el desfallecimiento arraigó eb el 
alma buena d© la hija en desesperación. La 
extrema miseria agotó las últimas fuerzas de 
Margarita, cuya tos se hizo incesante, y la 
muei;te tocó al fin con su mano descarnada a 
la puerta de aquel hogar en desgracia. Anto- 
nia comprendió los últimos instantes de Mar- 



\ 



VILLA SANA 141 

r 

ga, se dio cuenta de la urgente i^ecesidad 
de buscarle alivio a costa de lo que fuera, y 
cuando oyó que su madre, inconsolable }• de- 
sesperada "le dijo: "Nana, no me la dejes mo- 
rir," se echó el roído nianto sobre los hombros, * 
besó a la tísica muy fuertemente, como si qui- 
siera infundirle vida con el ardimiento de sus 
labios y salió a la calle, sin saber a dónde di- 
rigía sus pasos. Echó calle arriba, fueA de la 
desolación de su barrio, en busca de un con- 
suelo. Andando sin fijeza, llegó hasta frente a 
los altos muros de la Catedral, y llena de fé 
traspasó el umbral de la Casa de Dios, creyen- 
do como buena cristiana, que había ocurrido a 
la fuente dé todas las infinitas misericordias. An- 
te la primera imagen que encontró se arrodi- 
i lió con fervor y le dijo su pena inconmensu- 
rable. Era buena, humilde y virtuosa; purifi- 
cada por el sufrimiento, su vida era un poema 
de santidad; tenía derecho al prernio prometi- 
do por el cielo a los aliados del bien. Oró, llo- 
ró mucho y sintió un desfallecimiento en el 
vigor de su fé. 



142 



CARLOS E. VILLANUEVA , 



f 

Temerosa y abrumada por la vergüenza, se 
acercó a nna señora ricamente vestida, que 
oraba de rodillas sobre un reclinatorio de da- 
masco. ■ 

— Soy, señora, una joven honrada. Mi madre 
está paralítica y mi hermana m'enor se me 
muere sin remedio, y sin alimentos. Socórraiae 
usted en algo. 

— A la casa de Dios no se viene a pedir li- 
mosnas. Vayase usted al Hospital y no in- 
terrumpa el recogimiento del que está en ora- 
ción - le contestó, con soberbia, la aristocrática 
devota. 

Antonia bajó la cabeza, avergonzada, y se 
alejó llorando. Antes de dirigirse a la puerta, 
vió entrar a un sacerdote. Un reflejo de espe- 
ranza iluminó la sombra de su espíritu. En 
aquel Ministro del Señor reconoció al padre 
Galilea y se le acercó humildemente: 

— Padre, déme una limosna para una her- 



VILLA SANA 



143 



mana que se me está muriendo, sin ningún 
recurso. 

— Aquí se piden limosnas, criatura, cómo 
se van a dar! - le contestó Galilea, sin dete- 
nerse siquiera. 

Antonia, desesperanzada, oyó en su concien- 
cia un hondo grito de rebeldía; sintió despre- 
cio por sus virtudes para las que no había en- 
contrado premio, ni en la casa del Señor, y 
resuelta a no volver a la suya sin todo lo que 
en ella hacía falta, pensó en Cándido Suárez 
y corrió hacia él dispuesta al sacrificio. 

Cuando entró en la Farmacia, Suárez le sa- 
lió al encuentro solícito y emocionado. No la 
esperaba en oportunidad tan propicia. En la 
casa no había ninguno de los empleados. 

— Vengo casa de usted a decirle que Marga 
se muere, más de miseria quede enfermedad, y 
que necesito que usted me socorra otra vez. 



144 



CARLOS E.^VILLANUEVA 



— Cómo no, liijita. Yo todo lo que tengo es 
para tí. 

— ¡Que vaya el médico, señor; se muere 
Marga! 

— Tén calma; estás nerviosa, demasiado afli- 
jida. Yo tengo mucho que darte; pero tengo 
también algo que exigirte. 

— Sí; y Si lo sé. Tengo que pagarle su cari- 
dad, no es cierto? 

— Estás nerviosa, hija. 

— Estoy resuelta a todo, señor. Ahí si yo 
fuera sola, le escupiría a usted la cara! 

— Estás nerviosa, hija. Ven, entra; aquí es- 
tás en tu casa; dispon de cuanto quieras - le 
respondió Suárez, haciéndola pasar al interior 
de la Farmacia. 

Antonia, fuera de sí, siguió la insinuación 
cariñosa del malvado y cayó entre sus brazos. 
Con repulsión inaudita consumó el sacrificio 
de su virtud, ya sin fuerzas para imponerse a 
sus grandes dolores 



VILLA SANA 145 



Cuando ya entrada la noche, Antonia re- 
gresó a su casa con el alma más triste que 
nunca, la encontró invadida por los vecinos, 
que a los gritos de la angustiada madre para- 
lítica, habían ocurrido solícitos. Cargada de 
medicinas y alimentos, ruin valor de su honra, 
entró al cuarto y dió un grito al advertir a 
Margarita en una horrible agonía. Loca, de- 
sesperada, llenando con sus quejas toda la 
desolación la noche, se echó sobre el frío 
cuerpo de Marga, y besándola mucho, y mi- 
rándola mucho los negros ojos, ya próximos a 
cerrarse para siempre, le gritó : 

— Marga, no te mueras! Ya yo lo he hecho 
todo por tí; tendrás alimentos, medicinas... Vi- 
ve, Marga, vivel 

La tísica la miró fijamente, como querién- 
dola expresar que la había comprendido, y ex- 
piró haciendo grandes esfuerzos por decirle 
algo que no murmuraron sus labios. 



Impulsada por sus necesidades, que la ge- 
nerosidad de su protector no satisfacía del to- 
do, Antonia volvió muclias veces donde Suá- 
rez a exigirle medicinas y recursos para su 
madre paralítica, teniendo siempre que mos- 
trársele sumisa para ablandar su empedernido 
corazón. Sin ningún estímulo y sin ninguna 
fe, se abandonó a la fatal imposición de su 
destino, conformándose con tener que satisfa- 



148 



CARLOS E. VILLANÜEVA 



cer la lujuria de aquel hombre para librar a su 
madre de las horribles torturas del hambre, 
Suárez, harto de aquellos placeres, comenzó a 
desecharla y a regatearle las miserias con que 
la socorría. Cansado de aquella obligación, 
que al fin se le había hecho enojosa, pensaba 
en negarse rotundamente a las exigencias de 
Antonia, cuando ésta se presentó en la Far- 
macia, angustiada, lívida, y le comunicó su 
estado. Se sentía madre ; todo el barrio cono- 
cería su deshonra ; su madre moriría de pesar. 

Suárez vió amenazado por un momento el 
prestigio de su santidad y sintió miedo. Des- 
pués reflexionó, vió' fácil el modo de conju- 
rar el peligro y se resolvió a ocultar su de- 
lito en las sombras de un nuevo crimen. 
Mientras Antonia, consolada en su ignoran- 
cia por la firme promesa de que tal cosa no 
sucedería, esperaba la solución de aquel con- 
flicto, él se entregó a la preparación de una 
fórmula que era una amenaza para dos vidsis 



VILLA SANA 



149 



inocentes. Combinó sustancias abortivas, de 
trágica eficacia, y se las entregó a Antonia 
diciéndole : 

- -Tómate esa poción que es eficaz. 

— Eficaz para qué? — le replicó Antonia, em- 
pezando a comprender. 

— Para abortar la criatura. 

— Nó ; eso nó ; eso es un crimen — le con~ 
testó aterrorizada. 

— Que lo sea! — le replicó él, rojo de ira. — Si 
no la tomas todo el mundo conocerá tu falta 

— Ño importa! 

— Todo el mundo te despreciará. 

—No importa, señor, pero yo no hago eso. 

— Te morirás de hambre, porque yo no te 
protejo más. 

— Dios, que no se ha acordado de mí hasta 
ahora, puede que me compadezca al verme con 
un hijo en los brazos. 

— De modo que no lo harás ? 



150 



CARLOS E. VILLANUEVA 



— No, señor — le contestó Antonia, mirándolo 
con odio terrible. 

— ¿ No le temes al hambre ? 

— A nada ; cuando se trata de salvar la vi- 
da de un hijo no se le teme a nada. 

— Tu madre morirá de pesar, por tu culpa. 

— Puede ser ; pero no morirá mi hijo. 

— Eres una mala hija. 

—■No señor ; soy una buena madre. 

— i No dirás que ese hijo es mío ! 

— ¡ No tema usted ! Diciéndolo, la vergüen- 
za sería para mí. No le faltará padre ; un 
hombre cualquiera que me encontré en la ca- 
lle y me cambió, en terribles horas de ham- 
bre, caricias, por pan. Viva usted tranquilo, 
que yo no pondré sobre la frente de mi hijo 
la asquerosa sombra de su paternidad. 

— Y quién dirás que es el padre ? — le pre- 
guntó Suárez satisfecho de aquella categórica 
resolución que venía a salvar su consagrada 
honorabilidad en peligro. 



• 



VILLA SANA 161 



—¿No le he dicho que cualquiera? El más 
sucio y despreciable de los hombres, es más 
digno de ser el padre de mi hijo, que usted, 
que ha querido matarlo. 

Suárez respiró tranquilo, y sacando de su 
cartera varios billetes de banco, se los ofreció 
a Antonia y le dijo : 

— Toma, y ten presente que muchos más te 
daré si cumples lo ofrecido. 

En el colmo de la ira, Antonia, que en 
aquel momento se sintió tan digna como an- 
tes jie su pecado, tomó los insultantes billetes, 
se los arrojó a la cara con todo su desprecio, y 
^alió para no volver jamás, de aquella casa 
donde cambió la virginidad de su cuerpo por 
un miserable mendrugo, sacando ilesa la vir- 
ginidad de su alma que no se manchó con el 
lodo de tantas miserias. 

La justicia divina, ese engañoso e imagina- 
do gi rón de cielo, que buscan en el postrer 



152 CARLOS E. VILLANUEVA 



optimismo de su fe los supliciados por la 
humana crueldad, no brilló para Antonia, y 
sus penas se hicieron más negras y más hon- 
das. A su alrededor se abrió un inconmensu- 
rable abismo amenazador. La máxima mise- 
ria le puso cerco de angustias. Víctima de la 
mentida caridad de los hombres, que nunca 
llegarán a amarse y a compadecerse como her- 
manos, sintió miedo, un miedo horrible de 
extender de nuevo la mano para la súplica y 
alimentó sus hambres con su orgullo. Su co- 
razón le dijo que todas las humanas tíiiseri- 
cordias llevaban el mismo antifaz de Suárez 
y eran tan mentira como, las decantadas vir- 
tudes de aquel mónstruo de la vileza y del 
engaño.'^Ahogó todas las esperanzas en el 
amargo raudal de su llanto y no volvió sus 
ojos, ni a los hombres, por miedo a sus malda- 
des, ni a Dios, por falta de fe en su miseri- 
cordia. Los días de escasez se hicieron más 
largos. Con las sobras .que la piedad de algu- 
nos vecinos llevaba a sus manos, engañaba el 



VILLA SANA 



153 



hambre de la paralíticá y sus propias hambres. 
Al fin su juventud agotó sus fuerzas, minada 
por la anemia. La terrible enfermedad borró 
el sonrosado tinte de sus mejillas, devoró sus 
carnes jóvenes, engendró noches de insomnio, 
angustiosas depresiones, graves padecimien- 
tos físicos, liizo imposible en su vientre sin 
fuerzas la gestación del sér que le pedía vida, 
aferrado a sus entrañas, y cayó en cama para 
abortar, por un grave exceso de debilidad, 
al hijo cuya existencia había defendido de la 
maldad de Suárez, con todo el coraje de las 
buenas madres. 

En tan triste estado, dijo a la pobre y an- 
gustiada paralítica la terrible verdad, cayendo 
de rodillaS a los pies de su^cama. 

— ¿ Fué ese miserable ? 

— Sí, madre. 

— i Ah ! j Si Juan Fraiicisco viviera ! 
— Perdón, madre. Me ofreció pan y salud 
para tí y para Marga y caí entre sus brazos. 



154 



CARLOS E. VILLANUEVA 



—¿Y él lo sabe? ^ 

— Sí lo sabe, madre. Cuando se lo dije, me 
amenazó con abandonarme si no tomaba un 
remedio para matar la criatura. 

—i Miserable ! Y tú ? 

' — Me negué, madre, porque era un crimen. 

— No llores más, pobre hija — le dijo la para- 
lítica besándola más tiernamente que nunca. — 
Porque eres buena madre, te perdono! 

Compartiendo como el pan, aquel inmenso 
dolor, madre e hija lloraron mucho, mucho. 
Antonia, con peligro de su vida, dejó de ser 
madre; su falta quedó ignorada, y la fatalidad, 
como cansada de supliciarla, señaló a su exis- 
tencia un fin misericordioso. Todavía perma- 
necía en la cama, engañando la curiosidad de 
los vecinos con imaginadas dolencias, cuando 
advirtió que su buena madre se moría. Con 
gritos desesperados pidió el socorro de los ve- 
cinos. La casita se llenó de gente. Gertrudis 
murió bendiciéndola; élla le dió muchos besos, 



VILLA SANA 



155 



con amor desesperado; sintió en su cerebro el 
golpe de una oleada de sangre; perdió la no- 
ción de cuanto la rodeaba y al querer dar cur- 
so a sus lágrimas, sintió invencibles ganas de 
reir, de reír mucho, y dejó escapar de sus la- 
bios la primera carcajada de su locura in- 
curable. 



Enaltecidas sus ejecutorias por el comen- 
tario de Villa Sana, conmovida de un extremo 
a otro por el rumor de la apoteosis, Suárez se 
agigantó sobre la mediocridad de su pueMo, 
con aires de coloso. La prensa, las asocia- 
ciones benéficas, las congregaciones religiosas, 
los colegios, los clubs, todo lo que en el pu,e- 
blo representaba el criterio de colectividades, 
celebraron tenidas especiales para organizar 



158 



/ 

CARLOS E. VILLANUEVA 



manifestaciones que secundaran brillantemen- 
te los propósitos justicieros de la dignísima 
agrupación de fcLos Siervos de Jesús.» El 
padre Galilea dejó de hablar por muchos 
días en la cátedra sagrada de su tema obliga- 
do: las heregías de la época, para hablar de 
las máximas virtudes de su amado discípulo, 
alma toda bondades y misericordias que él 
había descubierto en el torbellino de la vida 
y había acogido en su cariño, para que fuera ¡ 
un alto prestigio en el fervor .cristiano de 
aquella sociedad. El Doctor Isturiz, padre de 
la sublime idea que iba a acreditar a los villa- 
sanos, era incansable en su promulgación y 
en todas partes levantaba cátedra de auge. 
^ Las beatas, en romerías jadeantes por las aso- 
leadas calles de la ciudad, invadían los esta- 
blecimientos y los hogares, en solicitud del 
óbolo necesario para pagar el crecido predo 
de la medalla que Suárez no llegó a ostentar 
sobre su pecho. 



VILLA SANA 



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Ya estaba próximo el día de la solemne 
ofrenda, cuando voló por la ciudaá, entre la- 
mentaciones y lágrimas, una noticia fatal: el 
seguro fin de Suárez. Entre convulsiones ho- 
rribles y lanzando roncos quejidos que advir- 
tieron su estado, lo encontraron sus vecinos 
en una pieza interior de la Farmacia, a las 
doce horas de aquel día funesto, que iba a ser 
imperecedero en el recuerdo de sus afligidos 
conterráneos. Examinado por los médicos, se 
supo que un fulminante ataque cerebral, con- 
secuencia de graves trastornos en la diges- 
tión, acababa con aquella vida ilustre; y un 
dependiente de la cuadra, que había visto salir 
momentos antes á una mujer de la Farmacia, 
confirmó entre un grupo de amigos el informe 
de los facultativos. Ante desgracia tan in- 
conmensurable Villa Sana se ofreció en toda 
su aflicción. Por la casa de Suárez, adonde 
fué trasladado su cuerpo agónico, desfi- 
ló, con demostraciones de verdadera pesa- 
dumbre, todo lo más vaUoso de la pro- 



m 



vincia. Frente a la puerta, el pueblo se amo- 
tinó con curiosidad. En los templos se co- 
menzaron con fervor, largas rogativas por su 
salud. Las mansas ovejas del rebaño de 
Cristo, llenaron los altares de ofrendas, hicie- 
ron promesas, se impusieron sacrificios y ayu- 
nos, oraron con los brazos en cruz ante la 
prestigiosa imagen de la Virgen del Consuelo; 
pero todo fué en vano. 

Desesperada la ciencia, se declaró en de- 
rrota, y ratificó la terrible sentencia. En co- 
nocimiento el padre Galilea de la inevitable 
desgracia, aprovechó un momento de lucidez 
de su amado discípulo y le insinuó la con> 
fesión. 

Süárez, en aquel postrer intervalo de vida, 
miró a su alrededor, y comprendió el mal que 
habían hecho a sus hijos sus afanes de pros- 
peridad. Agarrado de un copete de la cama 
y luchando por sostenerse en pie y disimular 



VILLA SANA 



161 



penas, vio a Jacinto, a quien la noticia de su 
gravedad sorprendió ya de noche, en un las- 
timoso estado de beodez, que no lo dejaba 
darse cuenta de nada. Observó a su hija 
Carlota y se dió cuenta de que sus ojos, esca- 
sos de lágrimas, se fijaban con más insisten- 
cia en los jóvenes que estaban en el corre- 
dor que en él, ya moribundo. Entonces mi- 
ró a Margot, que sí estaba muy cerca de él y 
estrechándole las manos muy fuertemente, le 
preguntó con voz dulce: 

— Me perdonas, Margot? 

— Sí, Cándido-le contestó, rompiendo a llo- 
rar amargamente. 

— Ahora los dos, padre Galilea. 

— Sí, amado discípulo. 

— Que nos dejen solos. 

—Sí, sí. 

— Muy solos, padre, muy solos! 

La habitación fué abandonada, según la vo- 
luntad del moribundo. En el corredor los va- 



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CARLOS E. VILLANUEVA 



rios grupos que conversaban en voz baja, 
murmuraron: 

— Los buenos no tienen pecados. 

— ¡Qué inocente confesión no será! 

—¡Qué creyente! 

— Qué buen cristiano! 

Suárez, al verse solo con el padre Galilea, 
hizo un postrer esfuerzo y le dijo: 

— Padre, a la hora de abandonar todas estas 
miserias terrenales, necesito ser sincero. Vo}^ 
a verme con Dios, y es necesario despojarme 
de la careta con que lo he engañado a usted 
y a este estúpido pueblo de Villa Sana. 

— A mí, Suárez!-le replicó sin compren- 
derlo. 

— A usted y a todos. Yo no he sido santo, 
ni misericordioso. Fui un buen hombre antes 
de que la ignorancia de usted y el fanatismo 
de mi pueblo me consagraran. Su exalta- 
ción me hizo malvado, proporcionándome la 
opQrtunidad de especular con mi hipocresía y 



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sacar buen partido de la inconsciencia de este 
medio, donde los méritos no se advierten y 
donde alcanzan cumbre de poderío los qne 
son como Ocboa, Reina, Iztúriz, Romea; co- 
mo todos sus buenos aliados y como usted. 

— Suárez, usted delira! 

— No, padre, no deliro! He sido un hipó- 
crita admirable y estoy arrepentido de esta 
farsa, qué debe conocer todo el mundo. Salga 
ahora mismo a ese corredor, y gríteles a todos 
esos imbéciles que me lloran, que mi santidad 
es una leyenda, que mi caridad es una menti- 
ra, que mi consagración es una burla san- 
grienta a la justicia. 

—Eso no lo perdona Dios, Suárez! 

— ¡Que no! No lo perdonará la soberbia de 
usted; pero la misericordia de El sí. Salga 
usted, padre, y dígales a todos: ((Suárez fué 
un admirable actor en mi comedia.» ¡Pronto, 
padre, pronto!!! . . . 



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CARLOS E. VILLANUEVA 



La muerte acalló de súbito la condena- 
toria voz del arrepentido; y Galilea, abrumado 
por divinas cóleras, abrió la puerta y dió la 
voz de alarma a los deudos, que llorosos en- 
traron en la habitación.' Suárez, ayudado 
por el sacerdote, murió mirándolo y como 
esperando que cumpliera su última voluntad. 

Cuando Galilea salió al corredor, achacando 
su contrariedad a la muerte de su amado dis- 
cípulo, todos sus aliados y admiradores lo 
cercaron: 

— Cómo murió, santo padre?-le preguntó 
uno. 

Y Galilea, salvando el prestigio de su divi- 
na autoridad, respondió a todos: 

— -jComo un santol 



Sobre el entristecido ambiente de Villa Sa- 
na las campanas de todos los templos decían 
la monótona oración de sus fúnebres dobles, 
cuando el cuerpo de Suárez, cubierto de ricas 
flores y abrumando con su ilustre peso el 
hombro de sus amigos y admiradores, salió 
de la casa mortuoria con dirección a la Cate- 
dral. Todo Villa Sana, congregado en la 
angosta calle de ((El Angel,» formaba en el 



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CARLOS E. VILLANUEVA 



solemne desfile donde eran contados los ojos 
no enrojecidos por el llanto. Presidía el fú- 
nebre cortejo el ilustre Galilea, que a los 
ojos déla muchedumbre se ofrecía más impo- 
nente con su estola y su capa pluvial lujosa- 
mente recamada y sostenida en sus extremos 
por las manos respetuosas de dos sacerdotes- 
contritos. Detrás del féretro, reponiendo sus 
pañuelos que no bastaban a recoger sus lá- 
grimas, iban los, meritísimos miembros de la 
sociedad de «Los Siervos de Jesús,» y después ^ 
formando línea compacta, todo aquel puebla 
herido en hora fatal por la más irreparable 
de las desgracias. 

Mirando con sus extraviados ojos de idiota 
aquel espectáculo incomprensible para élla^ 
formaba entre un grupo de curiosos la infor- 
tunada ((Nana, la loca», inofensiva demente 
del barrio de ((San Miguel,» que hacía tiempo 
cruzaba las calles de Villa Sana, llenándolas 
con la alegría extravagante de sus francas 
risotadas. 




VILLA"^ SANA 



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Al ver pasar el féretro, en medio del más 
augusto silencio, y al observar tántas caras 
ridiculizadas por las muecas de la aflicción, 
y al padre Galilea tan esponjado y coloradote. 
Nana no pudo contenerse y escandalizó con 
su carcajada la solemnidad de aquel acto. Un 
sordo rumor de protesta que llenó toda la ca- 
lle, contestó a la insolente risa de la loca, que 
fué echada a empellones, c^le abajo, por dos 
gendarmes brutales, dignos representantes 
de la Justicia en Villa Sana, pueblo que más 
tarde levantó a Suárez, sobre la tierra aún 
removida de su fosa, un soberbio monumento 
con honrosas inscripciones que iban a seguir 
pregonando en el porvenir las falsas virtudes 
de aquella consagraba honorabilidad de parro- 
quia. 




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