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VOCABULARIO 




D. DANIEL GRANADA, 

PRECEDIDO DE UN JUICIO CRÍTICO 
POR 

D. A. MAGA R I ÑOS CERVANTES, 

MIEMBRO CORRESPONDIENTE DE LA ACADEMIA ESPAÑOLA. 



SECilXDA EDICIÓN 

CORREGIDA, 

CONSIDERABLEMENTE AUMENTADA, 

Y Á LA QUE SE AÑADE UN NUEVO JUICIO CRÍTICO 

PUBLICADO 

POR 

D. JUAN VALERA, 

INDIVIDUO DE NÚMERO DE LA ACADEMIA ESPAÑOLA. 



IMPRENTA RURAL: 

Calle de la Florida, números 84 y 92. 

Montevideo: 1890. 




JUICIO CRITICO 

DE LA PRIMERA EDICIÓN 



Vocabulario rioplatenso razonado. 

El autor de este libro, antes de lanzarlo á la publicidad* 
con la modestia propia ele su carácter y de los hombres de 
su valer, creyendo acaso no estar exento de la debilidad de 
los padres, quienes á menudo convierten en bellezas los de- 
fectos de sus hijos, ha querido saber si realmente merecía 
aquel honor, y nos ha pedido le demos nuestra opinión con 
franqueza, sin ocultarle lo que juzguemos digno de censura. 

Apesar de las contrariedades que nos rodean, ¿cómo no 
hacer un esfuerzo, y dejar de complacer á persona que tie- 
ne títulos especiales á nuestra consideración, aprecio y ca- 
riño... ? 

El Dr. D. Daniel Granada, socio corresponsal de la Socie- 
dad Geográfica Argentina (de Buenos Aires) y honorario de la 
Asociación de Escritores v Artistas (de Madrid), ha sido inteli- 
gente secretario de Ja Universidad de Montevideo, ilustrado 
y gratuito catedrático de literatura en el Ateneo del Uruguay, 
íntegro magistrado y fiel ejecutor de la ley como juez de 
primera instancia en lo comercial. 

Empecemos, pues, por enterarnos de lo que ha querido 
hacer, y luego veremos cómo ha cumplido su programa. 

Si la crítica tiene el derecho di indicar á un autor lo que á 
su juicio debía haber hecho, no lo tiene para hacer caso 
omiso de lo que el lia querido hacer, del plan á que obedece 
su obra, de la manera como ha llenado su propósito dentro 
de los límites que él mismo se ha trazado. 

El Dr. Granada empieza por declarar que el Vocabulario 



JUICIO CRITICO 



rioplatcnse que ofrece al público, aunque razonado, según reza 
la portada, es cosa liarlo modesta; que sólo trata de ¡aventarla? 
las voces y fiases usuales en esta región de América princi- 
palmente, de que no hace mención el Dicionario de la lengua cas- 
tellana compuesto por la Real Academia Española, ó de las 
cuales da una idea imperfecta, por la vaguedad, deficiencia ó inexac- 
titud de las noticias que le han sido suministradas; y que en su 
esfera responde el libro á los propósitos que han impulsado 
á aquel docto cuerpo de la. madre patria á promover en la 
América del habla castellana la fundación de centros corres- 
pondientes; idea aceptada por la mayoría de las repúblicas de 
origen hispano. No es rigorosamente exacto que las del Plata, 
fértil suelo de preclaros ingenios, no se hallen ya represen- 
ta;!;:.'; en tan magnífico concierto.» En la República Argenti- 
na fueron nombrados miembros correspondientes v acepta- 
ron el cargo los Dres. D. Vicente F. López y D. Juan B. Al- 
berdi, fallecido no ha mucho, y en la nuestra el Dr. D.Juan 
Zorrilla de San Martín, D. Aurelio Berro y el que traza es- 
tas líneas. 

Consigna que los artículos referentes á naciones, provincias, 
departamentos, ciudades, regiones y ríos, no tienen otro objeto 
que suministrar, á quien lo ignore, una idea general de los países 
cu vas voces y frases usuales se definen en el Vocabulario, v sólo 
ha dado cabida á lo que lo que le ha parecido oportuno. 

Vamos, con la brevedad posible, á señalar algunos de los 
principales rasgos filológicos, etnográficos, geográficos é histó- 
ricos condensado.s en el Vocabulario. 

Trabajos de esta naturaleza son los que preparan y allegan 
materiales para el importante estudio de los orígenes y forma- 
ción délas lenguas. Los sabios misioneros, únicos que lograron, 
sin otras armas que el Evangelio, reducir á los indios á la vida 
civilizada, ya decían que la historia de las tribus de nuestro con- 
tinente meridional se halla en sus idiomas. 

Figura el guaraní en primera línea entre las lenguas que se 
han hablado entre las tribus que ocuparon la cuenca del Plata 
y sus afluentes, y son exactas las aseveraciones del autor en el 
Prólogo y en la palabra Guaraní. 



DE LA PRIMERA EDICIÓN. 



Contra la opinión de Klaproth y otros, que consideraban de 
origen divino el lenguaje, autorizados filólogos, conformes con 
las teorías modernas, < tpinan y sostienen que las lenguas pro- 
ceden de fuentes enteramente distintas, y tienden á simplificarse, 
fundiéndose unca en otras. 

En el guaraní, como en la mayor parte de los idiomas pri- 
mitivos ó prehistóricos, y especialmente en los americanos, la 
onomatbpeyá, directa ó indirecta, resalta en muchas palabras 
simples y compuestas, vale decir, la imitación del sonido co- 
rrespondiente al objeto que se quiere expresar, ó la aplicación 
por metáfora de la expresión de un orden de sensaciones áotro 
orden. 

Resulta igualmente de las estadísticas que con ímprobo tra- 
bajo han llegado á formarse, que la América es la parte del pla- 
neta donde se hablan mayor número de lenguas y dialectos, 
y que ofrecen apuéllas y estos la peculiaridad, única, excep- 
to en el vascongado en menor escala, de abundar en pala- 
bras que expresan por sí solas una frase entera. 

«En la obra tan original, dice Ángelis, como poco cono* 
cida, de J. B. Vico, se apunta la idea de que las primeras 
impresiones que produjo en el hombre salvaje la vista de 
los objetos exteriores, debieron arrancarle gritos de admira* 
ción, de placer ó de espanto, y que por consiguiente em- 
pezaron los lenguajes con interjecciones y monosílabos. Pan; 
corroborar esta hipótesis cita unas cuantas voces del latino, 
como sol, lu.x, nix, mons, arx, lac, pex, os, etc. Pero ¿cuánto 
más peso hubiera adquirido esta conjetura,, si en vez de 
alegar ejemplos sacados de idiomas derivativos, los hubiese 
buscado en el lenguaje de pueblos autóctonos, aislados, v 
por consiguiente originales! El guaraní le hubiera ofrecido 
el espectáculo único de una lengua toda de monosílabos, de 
cuya aglomeración resultan otras voces para expresar nue- 
vas ideas. Estas combinaciones no son arbitrarias, sino el 
producto de un espíritu de análisis y observación, que es 
extraño hallar tan maduro en unjmeblo inculto. — El número 
y la disconformidad de las lenguas americanas es otro ob- 
jeto de sorpresa. En un radio de unas cuantas leguas; á las 



8 JUICIO CRÍTICO 



faldas del mismo cerro; en las orillas del mismo río, vivían 
tribus que hablaban distintos idiomas, y tan distintos, como 
puede serlo el ruso del castellano ! Los Incas se esforzaron 
en uniformar los dialectos de sus subditos, obligándolos á 
aprender la lengua del Cuzco: con este motivo mantenían 
escuelas y maestros en los varios puntos de su imperio; por 
cuyos albitrios lograron generalizar el uso del quechua. Pero 
en la región magallánica, en el Chaco, en los pueblos fron- 
terizos del Perú, eran tantos los dialectos cuantas las tribus, 
ó más bien sus parcialidades, que á veces se componían de 
unas pocas familias. ¿Cuál es el origen de tantos idiomas? 
¿ Cómo se han establecido ? ¿ Cuáles han sido los obstáculos 

que les han impedido propagarse ó confundirse ? Son 

cuestiones arduas, pero interesantes y dignas de la medita- 
ción de los sabios. » 

Analizando el significado de la palabra Ibitinicú, agrega el 
mismo autor: « Si hubiesen tenido conocimiento del odioma 
guaraní los que en el siglo anterior se ocuparon tanto de la 
formación de un lenguaje filosófico, se hubieran ahorrado 
muchas tareas, y tal vez lo hubieran adoptado por base de 
sus trabajos. Cuando se descompone uno de sus polisílabos, 
se halla casi siempre una definición exacta del objeto que 
indica. Sirva de ejemplo la palabra ibitinicú, sierra ó cordi- 
llera, que se compone de ibití, viento, ni, estar, y cu, dete- 
ner: ibitinicú, «lo que está deteniendo el viento.» 

Angelis escribió en 1835 estos párrafos en sus anotaciones al 
índice histórico y geográfico de la Argentina de Rui Díaz de 
Guzmán. ¿Qué diría hoy á propósito del Volapuk? 

¡ Qué levantada idea de la divinidad se desprende de la pa- 
labra Tupa, que el doctor Granada analiza filosóficamente, como 
da claro indicio de las supersticiones de los indios ayacuá, 
el duendecillo liliputiense, presunto autor de sus dolencias y 
desventuras ! 

También es curioso lo que nos cuenta del agorero urutaú, 
el pájaro melancólico, que parece llorar y reir simultáneamente, 
protagonista de la preciosa balada del ático inspirado poeta 



DK LA PRIMERA EDIClÓís. 9 

Carlos Guido Spano, que pinta la destrucción del heroico pue- 
blo paraguayo por el hierro, el fuego, el hambre: 

«Llora, llora, urutaú», 

como lloraron las tiernas vírgenes, madres}' espi 

«Rasgado el blanco tipoy»; 

del higuerón, visto por el autor en las ruinas de Misiones; 

del disco afilado y el mortero chato de su colección; del tacua- 
ruzú, que, forrado en cuero, se asegura sirvió de cañón á los 
indios en el famoso alzamiento contra españoles y portugueses, 
narrado en el Diario de la relación v guerra de los pueblos gua- 
raníes por elP. Tadeo Xavier Henis, de la Compañía de Jesús. 

En la parte geográfica descuellan los artículos . Salto, 

Cachimba, Cuchilla, Estero, Chaco, Pampa, Uruguay, Paraguay, 
Revcutazon.es y otros. 

En estos artículos, como en todos los que no se limitan á 
breves palabras, los juicios, asertos, noticias ó induciones del 
autor (no podemos tributarle mayor y más merecido elogio) 
están apoyados en citas de los historiadores, cronistas, viaje- 
ros, misioneros ó seglares, y escritores antiguos y modernos. 
«Establecemos, dice, como cierto aquello de que tenemos en- 
tera certidumbre ó que según las reglas de la sana crítica me- 
rece asentimiento; lo dudoso como dudoso: nada aventura.» 

Sujetos á esta regla y más ó menos comprensivos, de bas- 
tante mérito en su linea, se encuentran en el Vocabulario artí- 
culos de historia natural, que, como es sabido, tiene por objeto 
el estudio de los seres orgánicos 6 inorgánicos de nuestro plane- 
ta, y comprende la zoología, la botánica y la mineralogía. 
Desde luego llaman la atención, por su singularidad, la pie- 
dra de agua y la delicada contextura que la envuelve, el coco 
pétreo, que guarda en su bóveda, como la granada las semi- 
llas de su rojo fruto, abrillantadas cristalizaciones de diversos 
colores, que revientan con estrépito cuando está llena la ca- 
vidad que las contiene. 

En la palabra Catan/arca hubiéramos deseado encontrar al- 
go de lo que refiere Latzina sobre el curiosísimo fenómeno 



10 JUICIO CRÍTICO 



frecuente en Anillaco y Tinogasta. En estos parajes dice que 
ha observado una tensión eléctrica tan extraordinaria en la 
atmósfera, que hombres y animales estaban en ciertos días 
convertidos en verdaderas botellas de Leiden. El fleco de su 
chai de vicuña, en lugar de colgar perpendicularmente hacia 
abajo, tomó la dirección horizontal, convirtiéndose en elec- 
troscopio, y al pasar la mano por la crin de su caballo, oía el 
chisporroteo de las descargas eléctricas, y aun veía las chis- 
pas, si era de noche... Allí se arruga la piel pronto, el pelo 
se convierte en cerda, y cada año que transcurre deja al me- 
nos cinco señalados en el rostro. Creo, añade, que un matri- 
monio de ingleses que fuera allí á propagarse, sólo y exclusivamen- 
te dentro de sus propios descendientes, exhibiría ya en la cuarta ge- 
neración el tipo calchaqui neto. 

Para no hacer una enunciación descarnada de los vocablos, 
ha de permitírsenos que los liguemos entre sí, en períodos ó 
párrafos, poniendo en bastardilla las palabras que se encuen- 
tran en el Vocabulario. 

El cantor de la conquista, el arcediano D. Martin del Bar- 
ro Centenera, enumera las armas y la manera de pelear de 
los indios: 

«Con bolas, flechas, dardos y macanas 
La guerra aquí se hizo» 

Pasan como en un kaleidoscopio, el charrúa, blandiendi > su 
pesada macana, el tape su larga lanzado tacuara, el querandl su 
terrible laque, el chiriguano, sus flechas envenenadas, eVJi/nbú su 
certejo dardo, que clavaba en el blanco á la distancia con 
abmirable destreza, como se vio en el fuerte de Santi Spíritus, 
tomado á traición, donde acuchillados por el valoroso jefe D. 
Ñuño de Lara, á quien ninguno osaba acercársele, «comenza- 
ron, dice Rui Díaz de Guzmán, á tirarle con dardos y lanzas 
con que le maltrataron de manera, que todo su cuerpo estaba 
arpado y bañado en sangre.» 

¿Van á. los toldos ó á la maloca}. . . Anuncia su aproximación, 
como la de cualquier bulto que se mueve, el avizor ben terco, 
vigilante lo mismo de los campos desiertos y de las estancias 
solitarias, que de los jardines, de las quintas y casas de la ciudad. 



DE LA PRIMERA EDICIÓX. 11 

¡Cuántos argumentos poéticos é imágenes nuevas en la ruinosa 
tapera abandonada en medio del campo, como la 

«Cruz que yace solitaria 
Sobre la verde cuchilla, 
ronde lámpara no brilla, 
Ni rezos se oyen sonar» 

{Melchor Pacheco y Obes); 

los relinchos y escarceos de la tropilla de caballos que siguen á 
la yegua madrina con su cencerro, doquiera que se dirija; la hue- 
lla gigantesca de los patagones en la agreste playa; el centelleo de 
la luciérnaga tuco, á cuyo resplandor se puede leer en la oscuridad; 
los purpúreos ramilletes de los ceibos, que en las márgenes del 
Uruguay y el Paraná 

se echan 

Sobre la espalda el manto de escarlata 

{Zorrilla ele San Martin); 

la flor azul del cama/ote; los signos de la pasión, artísticamente 
tallados en el mburucuyá; la etérea vida del clavel del ai/e; el 
rumor del inmenso ¿o/oral; la uña de gato del ñapindá; el follaje, 
tronco }• habas del coronda; la gentileza del p/umerillo; la exquisita 
fragancia de la diamela y del jazmín del Paraguay; 

Del quebracho el temple herrado 
Y el flexor del saruntlí 

(M. Pacheco y Obes); 

la rósea eflorescencia del incorruptible lapacho; la deliciosa 
frescura del ombú hasta en las horas de mayor calor; la sombra 
densísima, negra, á veces redonda, del frondoso árbol llamado 
sombra de toro; las espirales matadoras del parásito sipo; el talare. 
que se consume, como el dolor en los grandes corazones, sin 
hacer llama ni brasa; el monstruoso tipa, 

Con su forma estrambótica de pipa 

(E. Echeverría); 

el puma, que, aunque le llaman león, es sólo un espantajo, 
un miserable gato que huye de los perros (Sarmiento); el caburé 






12 juicio crítico 



que atrae á las avecillas con su canto y escoge entre ellas 
su víctima; el colibrí, picaflor, ó pájaro-mosca, 

Viva esmeralda tornasolada. 
Áureo diamante que centellea; 

el pérfido temblada al, que engaña con su apariencia tranquila; 
el no menos peligroso cangrejal, eme pone intransitable el 
minado suelo, como aquel donde se oye el incensante 
clamareo del tucutuco; y el chirrido de las lechuzas, que 
hacen centinela en las cuevas de las vizcachas. 

Sin hacer cargo al autor, hubiéramos deseado, puesto 
que es razonado su Vocabulario, que diese mayor amplitud 
á algunos artículos. Así por ejemplo, entre los vegetales, al 
guayaedn, árbol resinoso y aromático, de madera fortisima, 
que en algunas especies alcanza enormes proporciones, sobre 
todo cu las regiones cálidas. El color de sus flores en unos 
es blanco, como las del almendro, y en otros anaranjado 
que declina en amarillo, ó de matices más vivos. Entre 
otras circunstancias que rodean de una auréola poética á 
este coloso de las selvas americanas, abren ancho campo á 
la imaginación sus cualidades medicinales, la nitidez y abun- 
dancia de sus flores en forma de racimos, el perfume que 
se desprende de su ramaje, sus brazos crispados y vastagos 
tortuosos, que parecen atestiguar su lucha con los elementos 
y con la podeíosa savia que fermenta en su seno. 

Hay uno que crece en el Chaco, cuyas llores, según el 
relato de los indios, sirven de cuna á una especie de 
mariposas. Cuando éstas sienten su fin próximo, se hunden 
en el suelo, y de sus despojos nace el guayacán, impercep- 
tible espiga en su origen y luego árbol gigante. Leyenda ó 
verdad esta creencia de los indígenas, ella es un expresivo 
símil, que bien pudiera aplicarse al poder de las ideas, á 
las que llamó Andrade: 

«Mariposas de luz del pensamiento,» 

que á menudo surgen á la vida y triunfan con la muerte del 
que las arrojó en el surco profundo del porvenir. 



DE LA PRIMERA EDICIÓN. 13 

Lo mismo decimos de muchos nombres de provincias, villas 
y localidades. Artigas, Rivera, Larra naga, Rivadavia , San Mat- 
lín, Belgrano, Mitre, Avellaneda, La Plata, ciudad monumental, 
improvisada en dos años en una costa desierta y que puede 
rivalizar con cualquiera de las obras más audaces y prodigio- 
sas de los yankees, ofrecían temas abundantes para anotar, 
aunque de carrera, al menos algunos rasgos característicos, 
como lo ha hecho el autor en Mendoza. No hay más que 
ver la deficiencia de las geografías á este respecto. 

Entre los sucesos históricos que podrían citarse, ¡cuántos 
tan interesantes, por diversos conceptos, como el de la fun- 
dación de Corrientes! ¡Qué temple de alma el de aquel 
adelantado D. Juan Torres de Vera y Aragón, que con un 
puñado de valientes (no pasaban de sesenta, y algunos dicen 
que eran apenas veinte y ocho) salta en tierra y clava en la 
cuchilla más alta la cruz, frente á las numerosas hordas de 
salvajes que avanzan en todas direcciones! Rodeados los espa- 
ñoles por un cerco de fuego que encienden los indios no 
pudiendo vencerlos por las armas, sin víveres y á veces sin 
agua, resisten durante algunos días y noches sus repetidos 
asaltos. La espantosa carnicería y el hedor de los cadáveres 
difunde al fin el terror entre los infieles, que huyen espan- 
tados; y allí donde plantaron la cruz los castellanos, con el 
formidable grito ¡viva España! abren los cimientos de la nueva 
ciudad! 

Por eso la Cruz milagrosa resplandece en la bandera y en 
el escudo de Corrientes, la indomable, y sus heroicos hijos, 
en sus horas de infortunio, recuerdan peleando como buenos 
el ejemplo de sus antepasados D. Juan Torres de Vera y 
Aragón y sus valerosos compañeros. 

Nos dicen que debido á los esfuerzos de la piadosa com- 
pañera del actual gobernador, se ha construido recientemente 
en el mismo paraje una iglesia con el nombre y consagrada 
á la Cruz del Milagro. 

Nos llena, pues, de satisfacción, y obedece el Dr. Granada 
á los nobles instintos de su raza, cuando en el humorístico 
artículo Expresiones proverbiales (uno de los mejores), con 



14 JUICIO CRÍTICO 



motivo de la frase se quiebra, pero no se ducbla, recuerda el 
antiguo mote de los Pulgares: antes quebrar que doblar. Oigá- 
mosle, que vale la pena. 

«La persistencia de esta frase proverbial en las regiones 
que baña el Plata, modificada en sus términos conforme á 
los usos y manera de expresarse de la gente campesina, des- 
cubre á las claras que en la castiza levadura de los habi- 
tantes de América fermenta aún aquel espíritu de indomable 
altanería que caracterizaba los tiempos caballerescos de la 
España europea. La Academia Española no registra en el 
Diccionario de la lengua castellana la antigua frase: antes que- 
brar que doblar, que es hoy tan española como lo fué en tiem- 
po de los Pulgares. Digalo Zaragoza, dígalo toda España, 
dígalo su estirpe del Nuevo Mundo.» 

Abren también vasto campo á la imaginación del lector la 
misteriosa laguna Ibera; la enorme serpiente acuática curiyú, 
que parece ser la misma llamada sucurhiba, descrita por Ayres 
de Casal en su Corographía brasílica; el singular y torpe maca, que 
ni vuela, ni nada, ni anda sino con suma dificultad; el macagua, 
ave exterminadora de víboras, cuyo veneno contrarresta con 
una yerba que come al sentirse herida; el espantoso pez 
manguruyú; el encorazado tatú; el feroz cimarrÓ7i; el cebado 
yaguareté, acorralado por el tigrero con su jauría de adiestra- 
dos perros.... 

En el capítulo relativo á usos, costumbres, industrias, mo- 
dismos, alimentos, caza, juegos nacionales, señalo por las cua- 
lidades de que he hecho mención, los que llevan por epígrafe 
Vaqticiía, cacerías en la palabra Chaco, Juego de cañas, fue- 
go del pato, Cabildante, Curaca, Changado); Gaucho, Baqueano, 
Bichadcro, Rodeo, Ladino, Mate, Humita, Azúcar y vino de la 
Asunción, Asado del campo, Pidpcria, Manea, llamada por Fi- 
gueroa 

«Grillos de trenzada piel.» 

Creemos que hay inexactitud en la- definición de la palabra 
chapetón, que sólo se aplicaba al español, y no al extranjero 
de otras naciones. El camoatí no es obra de las avispas. Che', 
más que como interjección, se usa como pronombre. Pajuate es 



DE LA. PRIMERA, EDICIÓN. 15 

corrupción de la muy castellana voz pazguato. La operación de 
pialar no nos parece que está bien descrita. Pardo se llama 
al mulato, y jamás al negro. Como lo define el texto, no da 
ni la más remota idea de lo que es el pacará, gigante émulo 
de los pinos que se ven en el distrito de Calaveras: el Pa- 
cará, de cuya especie han existido y existen todavía algunos 
en la provincia de Tucumán, bajo cuya [sombra pueden 
guarecerse hasta doscientos jinetes, según nos han referido 
allí en nuestro último viaje por el interior de la República 
Argentina. 

Suele anotar cuidadosamente el autor los errores en que incu- 
rre el Diccionario de la Academia Española: véanse las palabras 
Cachimba, Carbonada, Estero, Hacendado, Ilumita, Locro, Ma- 
zamorra, Morocho, Pampa, Poncho, Rancho, Rodeo, Salto, Tacho, 
Tapioca, Totora, Temblada al, etc. 

Aunque no tuviera otro mérito el trabajo del doctor Granada 
que las justas observaciones que con este motivo hace, estaría 
justificada la publicación de su libro. 

Debemos advertir, no obstante, que es aplicable á la Aca- 
demia lo que él muy atinadamente dice defendiendo á Azara 
á propósito del salto de Guaira ( pág. 2ÓÓ ). La Academia, 
indica igualmente en el Prólogo, puede haber sido inducida 
en error por los inexactos ó deficientes datos que se le hayan 
suministrado, ó porque en efecto sea distinto en otras regio- 
nes de América el significado de las palabras y de las cosas 
que expresan. 

El vocabulario americano completo sólo podrá existir des- 
pués que hagan los parciales cada una de las secciones ó 
Estados de origen español, como lentamente se va realizando, 
y en eso consiste el mérito y la importancia de ensayos como 
el que nos ocupa, sean cuales fueren sus inevitables defi- 
ciencias. 

Tal como es, bien á las claras demuestra que tiene el 
autor capacidad y luces bastantes para subsanar en otra 
edición las omisiones que en él se notan. Le repetimos lo 
que en caso análogo dijimos al Sr. De-María sobre su libro 



16 JUICIO CRITICO 



«Tradiciones y recuerdos, Montevideo antiguo,» cuya segunda 
edición, revisada y aumentada, acaba de salir á luz. 

Reasumiendo lo que al empezar expusimos, agregamos 
que hoy los primeros lexicólogos creen que no es innato en 
el hombre el uso de la palabra, sino la facultad de formarla 
ó aprenderla de otros. 

Los modos de expresarse se enriquecen diariamente: en 
las ciencias, en las industrias, en el mismo trato social el 
hombre inventa palabras y frases nuevas, se asimila las 
extrañas, ó las adapta al idioma que habla. Tales son, por 
ejemplo, en el libro del doctor Granada, los vocablos toropí 
y vacaray, formados de las palabras españolas toro y vaca y 
de las guaraníes pi cuero y raí hijo. — «La lengua guaraní, 
dice el autor, es abundante en voces, exprexiva, eufónica, y 
muchos de sus vocablos se han incorporado á la castellana, 
sin hacerla desmerecer, antes al contrario dándole lucimiento». 

Se comprenderá todo el alcance de esta observación, si re- 
cordamos que las palabras son signos representativos de ideas: 
sirven para expresar todo lo que cae bajo el dominio de los 
sentidos ó del pensamiento, y su valor es más grande cuanto 
mayor es la exactitud entre el objeto á que se refieren y la 
noción que de él nos formamos. 

En este sentido puede decirse con Shopenhauer que el mundo 
es para cada tino sil rcpresentacióii: verdadera, si las ideas son 
exactas y corresponden á los objetos; falsa, si por la ima- 
gen ó por el concepto que nos sugieren, son erróneas, enga- 
ñosas, puramente sujetivas ó hijas de la fantasía, que no con- 
dice con la realidad. 

Lockc consideraba como uno de los más graves inconve- 
nientes, el tomar en los idiomas, en la filosotía, en la política, 
en la vida social, las palabras por cosas ó existencias posi- 
tivas, cuando las que carecen de tal condición sólo sirven 
de fuente al error, y trasmiten como verdades inconcusas 
meras abstracciones, que son como moneda falsa en manos 
de los hombres. 

Y conviene, por último, no olvidar que el pensamiento 
va más allá de la palabra; que á veces no alcanzamos á 



DE LA PRIMERA EDICIÓN. 17 

expresar todo lo que concebimos, ó lo expresamos mal por 
medio de circunloquios, porque nos falta el signo represen- 
tativo" de la idea. 

Felicitamos cordialmente al Dr. Granada, y confiamos que 
el Vocabulario rioplatensc será recibido en América y España 
con la favorable acogida que merece, y le desea su afectí- 
simo amigo 

A. Magariños Cervantes. 
Montevideo, Enero 22 de 1S89. 



w 



NUEVO JUICIO CRÍTICO. 

CARTAS AMERICANAS. 
"Vocabulario rioplatense razonado. 



Al Sr. D. Daniel Granada. 

Muy señor mío: 

Con mucho placer he recibido y leído la interesante obra 
de usted, cuyo título va por epígrafe, y que acaba de publi- 
carse en Montevideo. 

Me parece que á usted le sucede lo mismo que á mí en lo 
tocante á pronosticar sobre el porvenir de la lengua castella- 
na en esas regiones. No vemos sino allá, dentro de muchos 
siglos, la posibilidad de que se olvide ó se pierda por ahí di- 
cha lengua, y salgan ustedes (i) hablando italiano, francés ó 
algún idioma nuevo, mezcla de todos. 

Es verdad que el territorio rioplatense es inmenso y poco 
poblado aún. Sólo la República Argentina comprende cerca 
de tres millones de kilómetros cuadrados, mayor extensión 
que Francia, Alemania, Inglaterra y España juntas.Y si aña- 
dimos las tierras de las repúblicas del Uruguay y del Para- 
guay, la grandeza territorial de lo que llamamos país riopla- 
tense se presta á contener y á alimentar en lo futuro cente- 
nares de millones de seres humanos. A fin de que tanta tierra 
sea poblada y cultivada, la inmigración entra ya y seguirá en- 
trando por mucho. Cada año va la inmigración en aumento. 



(1) El Sr. Valera supone natural del [Río de la Plata al autor, que 
lo es de España. 



DE D. JUAN VALERA. 19 



Según los datos que me da Ernesto van Bruyssel (La Re- 
publique Argcnliiic), en 1886 sólo á Buenos Aires llegaron cerca 
de 70,000 inmigrantes, y en 1887 más de 120,000. Si así 
continúa creciendo la inmigración, donde predomina el ele- 
mento italiano, tal vez dentro de diez ó doce años haya más 
gentes venidas de Italia que de origen español, desde las 
fronteras de Bolivia hasta el extremo austral de la Patagonia, 
y desde Buenos Aires y Montevideo hasta más allá de Men- 
doza. 

En los quince años que van desde 1855 á 1870 ha en- 
trado en la República Argentina un millón de emigrados. 
Bien podemos, pues, calcular, no haciendo sino duplicar el 
número en los años que quedan de [siglo, que al empezar 
el siglo XX habrá en la República Argentina cinco millones 
más de población no criolla, ó venida de fuera, y princi- 
palmente de Italia. Yo entiendo, 'con todo, que en el pue- 
blo argentino hay fuerza informante para poner el ^sello de 
su propia nacionalidad á esta invasión pacífica y provechosa, 
y que en 1900, lo mismo que en 1889, habrá allí una na- 
ción de carácter español y de lengua castellana; sólo que 
ahora consta esta nación de cuatro ó cinco millones de in- 
dividuos, y en 1900 acaso conste de 18 ó de 20 millones. 

El aumento de la población se infiere del aumento de la 
riqueza que la inmigración trae consigo. En veinte años, de 
1866 á 1886, la renta del Estado argentino se ha quintupli- 
cado. De nueve millones de duros ha subido á más de cua- 
renta y cinco. Durando la paz, con suponer igual aumento 
proporcional en otros veinte años, no es aventurado prede- 
cir que el presupuesto de ingresos de la República Argen- 
tina podrá ser, á principios del siglo XX, sin recargar las 
contribuciones y sin aumentarlas, de más de doscientos mi- 
llones de duros. 

Todo induce á presumir que, si no sobrevienen imprevis- 
tas perturbaciones, la principal confederación del Río de la 
Plata será en el siglo XX una potencia tan fuerte y rica 
como lo es ahora la república norte-americana de origen 
británico. Las huellas de este origen no se han borrado en- 



20 JUICIO CRÍTICO 



tre los yankees. Natural es que no se borren tampoco en- 
tre los argentinos y uruguayos las huellas de su origen 
español. 

La lengua es el signo característico que tardará más en 
perderse. La lengua además no es lazo solo que une entre 
sí á los argentinos, sino vínculo superior que no puede me- 
nos de estrechar y ligar en fraternal concierto á dicha re- 
pública con muchas otras, todas, digámoslo así, oriundas de 
España, y que se extienden por las tres Américas, desde 
más allá de la Sierra Verde y del Río Bravo del Norte 
hasta la Tierra del Fuego. 

Las cuestiones de gramática y de diccionario, de unión de 
academias de la lengua, de literatura española é hispano-ame- 
ricana, de versos y de novelas, escritos y publicados en español 
en ese Nuevo Mundo, no son meramente literarias, críticas ó 
filológicas; tienen mucho más alcance, aunque uno no se lo quie- 
ra dar. 

No me parece que divago al decir lo que va dicho, con ocasión 
del excelente, aunque modesto, trabajo de usted, que, si bien es 
meramente filológico, tiene mayor trascendencia. 

Nuestro diccionario de la lengua castellana no es sólo el in- 
ventario de los vocablos que se emplean en Castilla, sino de los 
vocablos que se emplean en todo país culto donde se sigue ha- 
blando en castellano, donde el idioma oficial es nuestro idioma. 

Será provincialismo ó americanismo el vocablo que se emplee 
sólo en una provincia y que tenga á menudo su equivalente en 
otras; pero el vocablo que no tiene equivalente y que se emplea 
en más de una provincia ó en más de una república ó en regiones 
muy dilatadas, y más aún cuando designa un objeto natural, 
que acaso tiene su nombre científico, pero que no tiene otro 
nombre común ó vulgar, este vocablo, digo, siendo muy 
usual y corriente, es tan legítimo como el más antiguo y 
castizo, y debe ser incluido y definido en el diccionario de 
la lengua castellana. La Academia Española no puede menos 
de incluirle en su Diccionario. 

Así como nosotros, los peninsulares europeos, hemos im- 
puesto á los hispano-americanos un caudal de voces que 



DE D. JUAN VALERA. 21 

provienen del latín, del teutón, del griego, del árabe y del 
vascuence, los emericanos nos imponen otras voces que 
provienen de idiomas del Nuevo Mundo y que designan, 
casi siempre, cosas de por ahí. 

Es curi< >sísimo el catálogo razonado que ha hecho Vd. de 
estas voces (de las usadas en la región rioplatense) y las 
definiciones y explicaciones que da sobre cada una de ellas. 
Sin duda su libro de Vd. será documento justificativo de 
que los individuos de la Academia Española tengan que 
valerse y se valgan para aumentar su obra léxica en la 
edición decimotercera. 

Casi todos los vocablos eme Vd. pone y explica en su 
libro, ó no están incluidos en nuestro diccionario, ó están 
mal ó insuficientemente definidos en él. Y sin embargo, no 
pocos de estos vocablos, á más de estar en poesías, en no- 
velas, en relaciones de viajes y en otras obras en idioma 
castellano posteriores á la independencia, es casi seguro que 
se hallan en libros ó documentos españoles de antes de la 
independencia., escritos por los viajeros, misioneros, sabios y 
demás exploradores de esos países, que dieron á conocer 
en Europa su llora y su fauna. 

En los tiempos novísimos han estudiado y descrito la 
naturaleza de la América del Sur Humboldt, Burmeister, 
Orbigny, Darv.in, Martius y otros extranjeros; pero nuestros 
compatriotas se les adelantaron en todo, como lo demues- 
tran los trabajos y publicaciones de Montenegro, Acosta, los 
padres Lozano, Cobo, Gumilla y Molina, Mutis, Oviedo, 
Azara, Pavón, Ruiz y otros cien, de que trae catálogo el Sr. 
Menéndez Pelayo en su Ciencia española. 

Los nombres, pues, que se dan ahí vulgarmente á plantas 
y árboles, aves, cuadrúpedos, peces, insectos y reptiles, no 
están fuera de nuestra lengua común española, por más que 
aparezcan y suenen, á nuestros y en nuestros oídos, como 
peregrinos é inusitados. 

Tal vez deban incluirse en nuestro diccionario, si no lo 
están ya, y creo eme no lo están, las más de las voces que 
V. define, como las siguientes: 



22 JUICIO CRÍTICO 



Nombres de árboles, plantas y yerbas. — Aguaraibá, alpa- 
mato, arazá, biraró, burucuyá, caá, camalote, caraguatá, curí, 
chalcha!, chañar, chilca, gegén, guayabira, guayacán, gucm- 
bé, ibaró, isipó, lapacho, molle, ñandubay, ñapindá, ombú, 
pitanga, sarandí, sebil, tacuara, taruma, tataré, timbó, tipa, 
totora, urunday, yatay y yuyo. 

Peces. — Bagre, manduvi, manguruyú, pacú, patí y zumbí. 

Aves. — Biguá, caburé, chingólo, maca, macagua, ñacurutú, 
ñandú, urú, urutao y yacú. 

Cuadrúpedos. — Aguará, bagual, cuatí, guazubirá, puma, 
tamanduá, tucutuco, y tatú en vez de tato. 

Insectos, reptiles, etc. — Alúa, camoatí, mangangá, tambe- 
yuá, tuco, yaguarú y yarará. 

Me dice usted en la amable dedicatoria con que me 
envía su libro, que, «caso de que me digne pasar la vista 
por él, me agradecerá mis advertencias.» 

Yo me prevalgo de este ruego para hacer algunas. 

Aunque usted describe bien los objetos naturales que sus 
vocablos designan, echo yo de menos, para mayor claridad 
y universal inteligencia del objeto, el nombre científico con 
que los naturalistas le marcan y señalan, y la familia en 
que le clasifican. 

Válganme algunos ejemplos. Empecemos por la voz caá. Us- 
ted, hablando con franqueza, no nos declara lo que significa en 
guaraní, y es menester inferirlo por conjeturas, y comparando lo 
que usted dice con lo que dice D. Miguel Colmeiro en su 
Diccionario de los diversos nombres vulgares de muchas plantas 
usuales ó notables del antiguo y nuevo mundo, caá, con eviden- 
cia, ha de significar en guaraní planta, yerba, árbol, lo vegetal 
de modo genérico, y no sólo mate, como usted afirma. 
Supongamos, no obstante, que caá significa mate. Sin haber 
oído hablar jamás á los guaraníes y sin saber una palabra 
de su idioma, cualquiera adivina el valor de ciertos adjetivos 
que entran á cada instante en composición de nombres; v. 
gr., mirí, pequeño, y guazú, grande. Así vemos claro que 
caaguazú, y caaquí y caaminí, todo es mate, según sean 



DE D. JUAN VALER A. 23 



las hojas de que se compone grandes ó pequeñas, tiernas ó 
más ricas y jugosas. 

Hasta aquí todo va bien, y caá y mate pueden ser lo mis- 
mo; pero cuando nos define Vd. caapaií, bosquecillo, conjunto 
de árboles aislado, vemos claro que paú ha de significar 
conjunto ó montón, y caá árbol, arbusto, planta, yerba, 
mata, y no mate, á no ser por excelencia, como también 
llaman al mate yerba por excelencia. 

El señor Colmeiro trae en su Diccionario todos estos 
compuestos de caá: caa-ataya, caamirín, caaopiá, caapeba, caa- 
pím, caatiguá y caavurana; y como con tales nombres se 
designan plantas gramíneas, meliáceas, ciperáceas, hipericineas, 
y de otras cuantas y diversas familias, queda más demos- 
trada la vaga generalidad del significado de la palabra caá. 

Guayacán. El Diccionario de la Academia Española trae 
también esta palabra; pero ¿el guayacán que describe es el 
mismo que describe Vd? Yo creo que no. Vd. nos describe 
el guayacán del Chaco y del Paraguay, la Academia el de 
las Antillas, y como Colmeiro me da diez especies de gua- 
yacanes ó guayacos, no sé con cuál quedarme. El guayacán 
ya es diospyros lotus, ya gitajacuin sanctum, ya guajacum offi- 
cinalc, ya porlicra hygrometrica, y ora pertenece á la familia 
de las leguminosas, ora á la de las ebenáceas, ora á otra 
familia. 

Arazá. No está en el Diccionario de la Academia. Colmeiro 
la trae, y pone, como Vd., dos clases: el arazá arbóreo y 
el rastrero. Convendría, con todo, que dijese Vd., como 
dice Colmeiro, que ambas clases pertenecen á la familia de 
las mirtáceas. 

Bastan los ejemplos aducidos, que, para no cansar, no au- 
mento, á fin de comprender la conveniencia de determinar 
mejor los objetos que se describen. 

Diré ahora otro requisito que echo de menos en su libro 
de usted. Echo de menos las autoridades. Me explicaré. 

Xada hay más borroso é inseguro que los límites entre lo 
vulgar y lo técnico ó científico de las palabras. Cada día, á 
compás que se difunde la cultura, entran en el uso familiar, 



24 JUICIO CRÍTICO 



general y diario, centenares de vocablos que antes emplea- 
ban sólo los sabios, los peritos ó los maestros en los oficios, 
ciencias y artes á que los vocablos pertenecen. De aquí que 
todo diccionario de la lengua de, cualquier pueblo civilizado, 
sin ser y sin pretender ser enciclopédico, vaya incluyendo 
en su caudal mayor número de palabras técnicas, sabias ó 
como quieran llamarse. Pero, aun así, importa poner un lí- 
mite á esto, aunque el límite sea vago y no muy deter- 
minado. 

Los indicios nos pueden servir de guía. Por muy patrió- 
ticos que seamos, no es dable que nos figuremos que somos 
un pueblo más docto, en este siglo, que el pueblo inglés ó 
el francés. Nuestro diccionario de la lengua vulgar no debe, 
pues, sin presumida soberbia, incluir más palabras técnicas 
que los diccionarios ele Webster y ele Littré, pongo por caso. 

El otro indicio es más seguro. Consiste en citar uno ó 
más textos en que esté empleado el vocablo que se quiere 
incluir en el diccionario, por autores discretos y juiciosos 
que no escriban obra didáctica. En virtud de estos textos, 
es lícito inferir que es de uso corriente el nuevo vocablo, 
y debe añadirse al inventario de la riqueza léxica del idioma. 

Convengo en que á veces es de tal evidencia el uso fre- 
cuente de un vocablo, que la autoridad ó el texto puede 
suprimirse. Así por ejemplo, ombií. El Diccionario de la Academia 
no trae ombú, y, sin embargo, apenas hay cuento, ni poesía, 
ni escrito argentino de otra clase, donde no se mienten los 
ombúes. 

Es voz tan común por ahí como en esta península álamo 
ó encina. 

En ocasiones cita Vd. los textos, y así demuestra la ne- 
cesidad de la introducción de la palabra en nuestro vulgar 
diccionario. Sirva de ejemplo la voz chaco, montería de cierto 
género que dio nombre propio á la gran llanura que se ex- 
tiende desde la cordillera de Tucumán hasta las márgenes 
del río de la Plata. La voz chaco está empleada por el 
padre Lozano, Historia de la conquista del Paraguay etc., y 



DE D. JUAN VALERA. 25 



por Argote de Molina en su Discurso sobre el libro de mon- 
tería del rey D. Alonso. 

Con frecuencia falta texto autorizado que pruebe el em- 
pleo vulgar de la palabra, y, cuando haga usted nueva edi- 
ción de su libro, conviene que lo añada. El Vocabulario ga- 
naría mucho con esto; y esto ha de ser muy fácil para usted. 

Su Vocabulario de Vd. es además poco copioso, é importa 
aumentarle. El número de palabras que faltan no debe de ser 
corto, cuando yo, que conozco tan poco de la literatura de ese 
país, puedo citar palabras que en su Vocabulario de Vd. no 
están incluidas. Así, por ejemplo, seibo. Rafael Obligado, en 
una de sus más lindas composiciones, En la ribera, del Pa- 
raná se entiende, dice: 

El año que tú faltas, 
. La flor de sus seibos, 

Como cansada de esperar tus sienes, 
Cuelga sus ramos de carmín marchitos. 

¿Será el seibo el árbol que llaman del Paraíso, de Anda- 
lucía? ¿Quién sabe? Colmeiro no trae seibo, á no ser seibo 
lo mismo que ceibo ó ceiba, que está en Colmeiro y en el 
diccionario vulgar. 

Otras veces, si bien Vd. define y aun cita textos, encuen- 
tro yo deficiente la definición. 

No basta decir que camalote es «cierta planta acuática». 
Convendría saber algo más del camalote en esta primera acep- 
ción. ¿De qué color, de qué tamaño, de qué forma son sus 
flores? Sobre la otra acepción de camalote trae Vd. textos 
curiosísimos, que la explican bien. Es un conjunto de plan- 
tas del mismo nombre y de otras plantas, que forman como 
isla ó matorral que flota y navega, y que suele ser tan grande, 
que asegura el padre José de Parras que en su centro se 
ocultan con facilidad los indios con sus canoas, « y como 
pueden muy bien dar el rumbo á toda aquella armazón ha- 
cia los barcos, con poca diligencia suelen llegar á ellos, y 
estando inmediatos, se enderezan, arman gritería, y como 
logren alguna turbación en los españoles, ya los vencieron^ 

En Colmeiro no hay camalote, pero hay camelote, dando á 



\ 



26 JUICIO CRÍTICO 



la planta el nombre que se da á la tela. ¿Será este camelan 
de Colmeiro el cumulóte de Vd? 

Su libro de Vd. rae sugiere no pocas observaciones más, 
algunas de las cuales no quiero dejar de hacer; pero, por 
ser ya muy extensa esta carta, las dejo para otra. 

De Vd. seguro servidor 

Juan Valera. 



II 

Al Sr. D. Daniel Granada. 

Muy señor mío: Es en verdad muy curioso que entre las 
palabras que Vd. incluye y define en su Vocabulario haya 
bastantes que nos parezcan peregrinas, no porque no sean 
castellanas, sino porque han caído en desuso ó se derivan 
de otras que han caído en desuso en España. Así, por ejemplo, 
bosta, estiércol del ganado vacuno y caballar. En el Diccio- 
nario de la Academia no hay bosta, pero sí boslar, masculino 
anticuado, que significa establo de bueyes. Es término de la 
baja latinidad, bostarium, y viene de bos y de stare. 

Lo general, con todo, es que cada uno de los vocablos 
rioplatenses que Vd. pone en su libro provenga de alguna 
de las dos principales lenguas que se hablaban en esa vasta 
región cuando el descubrimiento y la conquista: la guaraní 
y la quichua. Las lenguas americanas son aglutinantes y se 
prestan á crear vocablos compuestos, que son como abre- 
viada descripción del objeto que significan. De la lengua 
guaraní provienen la mayor parte de las voces que usted 
define; pero no son de aquellas voces que se usan en el 
Paraguay, donde se habla puro guaraní, ni de las emplea- 
das en Corrientes y Misiones, donde se habla el guaraní 
mezclado con el castellano, sino de las que, según dice Vd. 
en su Prólogo, «el uso antiguo y constante ha incorporado á 
la lengua castellana en las Repúblicas Argentina y Oriental 
del Uruguay.» Las voces son, pues, castellanas, aunque en 
la lengua guaraní haya de buscarse su origen etimológico. 



DE D. JUAN VALERA. 



Gloria grandísima ha sido de los misioneros españoles, no 
sólo el llevar á América plantas y animales útiles, industria 
y cultura de Europa, sino el mirar con evangélica solicitud 
por el bien de las tribus indígenas, cristianizándolas, difun- 
diendo entre cuas la civilización del mundo antiguo y tras- 
mitiendo á éste el conocimiento de aquellas rudimentarias 
ó decaídas civilizaciones, sus ideas religiosas, sus tradiciones 
y sus idiomas. 

Es lástima que este trabajo de los misioneros, sobre todo 
en lo tocante á gramáticas y diccionarios de idiomas de 
América, no sea tan generalmente apreciado como debiera, 
por la escasez de ediciones de sus libros, que van siendo 
muy raros. El Tesoro, no obstante, de la lengua guaraní, Arte 
y Vocabulario del padre Antonio Ruiz de Montoya, de la 
Compañía de Jesús, impreso en 1640, debe de haberse reim- 
preso últimamente en Leipzig. 

Usted, sin duda, se vale para su trabajo de esta obra del 
mencionado jesuíta, cuyo mérito pondera como merece Emi- 
lio Daireaux en su excelente libro, aunque á veces injusta- 
mente contrario á España, sobre Buenos Aires, la Pampa y 
la Paíagonia. 

El guaraní, cuando llegaron á la América del Sur los es- 
pañoles, era lengua tan difundida que la llamaban general : 
la hablaban más de 400 tribus en el Paraguay, en el Brasil, 
en el Uruguay y en el norte de la República Argentina. 
Las conquistas de los Incas, que procuraban imponer la 
lengua quichua á los vencidos, no lograron introducir muchos 
de sus vocablos ni en la lengua guaraní, ni en la lengua de 
los araucanos. 

La lengua guaraní es aún la que más se habla en el terri- 
torio rioplatense, y sobre todo en el Paraguay y en Co- 
rrientes, y, aunque destinada á morir, la que dejará más 
elementos léxicos al castellano. De la lengua guaraní, añade 
usted, procede la mayor parte de las voces que el Vocabu- 
la/io contiene. 

En cada página, no obstante, hallo en el Vocabulario de 
Vd. voces que proceden de otros idiomas, ó cuya etimología 



28 JUICIO CRITICO 



no determina Vd. con fijeza. Así machí, curandero mágico, y 
gualicho, diablo del araueano: catinga, mal olor de la trans- 
piración de los negros, y mandinga, hechicería, palabras casi 
de seguro de procedencia africana; y otras palabras muy 
empleadas por autores antiguos y modernos, cuya etimología 
se nos queda por averiguar. Sean ejemplo baquía y baquiano 
ó baqueano, que emplean el padre Parras, Azara y Vargas 
Machuca; chacra, granja ó cortijo, que está en Azara y en el 
Diccionario de la Academia; champán, barca grande para 
navegar por los ríos ; chiripá, pedazo de tela que se enreda 
á los muslos en vez de pantalones; chwnbc, especie de faja; 
galpón, especie de cobertizo, y hasta la misma comunísima 
palabra gaucho, de la que nos deja usted sin etimología. 

En suma, si bien la obra de usted deja mucho que de- 
sear, es altamente meritoria como primer ensayo, y muy 
digna de las discretas y autorizadas alabanzas que le tributa 
en la introducción crítica el señor don Alejandro Magariños 
Cervantes, literato y poeta tan conocido y estimado en 
España, donde residió largo tiempo. 

Algunos artículos de su Vocabulario de usted, á más de 
enseñar siempre, son amenos y divertidos. 

Al leer, v. gr., lo que nos dice usted de los ayacuaes, no 
puede uno menos de pensar en los microbios, ahora en mo- 
da. Esos indios habían adivinado los microbios, antes de que 
el señor Pasteur los descubriera y estudiara tanto. Cada 
ayacuá es un microbio, pero antropomórfico, y armado de 
arco y de flechas, con las cuales, ó, si no, con los dientes y 
con las uñas, produce las enfermedades y dolores humanos. 

En ocasiones, por amor á lo americano indígena, me pa- 
rece que se encumbra usted demasiado y tal vez exagera. 
Noto esto en lo que dice usted sobre la palabra Tupa, 
nombre de Dios entre los guaraníes. Es evidente que, á ser 
la etimología según usted asegura, ese nombre de Dios está 
lleno de cierta instintiva sabiduría. Tu es el signo de ad- 
miración, y pa el signo de interrogación: son dos interjec- 
ciones. Dios es, por consiguiente, para el guaraní, un ser á 
quien admira y no conoce: alguien, cuya existencia, in- 



DE D. JUAN VALER A. 29 



menso poder y admirables obras declara sin saber quién 
sea. Pero esta vaga y confusa noción de Dios, ¿puede y 
debe equipararse, como usted la equipara, ú la noción que 
da la frase bíblica yo soy el que soy? En mi sentir, no. El 
padre jesuíta Díaz Taño, citado por usted, se excedió algo 
de lo justo, si sostuvo que los guaraníes designaban por 
Tupa al «criador, señor, principio, origen y causa de todas 
las cosas». 

La razón, el natural discurso y hasta los restos ó vesti- 
gios de una revelación primitiva no bastan á explicar la 
persistencia del concepto de un Dios único, con sus más 
esenciales atributos, entre gentes bárbaras ó salvajes. Este 
concepto no puede menos, aunque existiese con pureza en 
edad remota, de haberse viciado, desfigurado y corrompido 
con el andar del tiempo y en un estado social de gran 
atraso ó decadencia. Por eso no creo yo, ó pongo muy en 
cuarentena, todas las teologías sublimes que tratan de sa- 
carse, por análisis, de los nombres que dan á Dios muchos 
pueblos bárbaros ó completamente selváticos. 

Los jesuítas, no sólo por ahí, sino en otros varios países, 
han sido acusados de aceptar el nombre dado por los pa- 
ganos é idólatras á su principal divinidad y de convertirle 
en el nombre del Dios verdadero: Yo, hasta donde me sea 
lícito intervenir retrospectivamente en esta disputa, lego y 
profano como soy, hallo que los jesuítas hacían bien; mas 
no porque el concepto que la palabra Tupa despertaba en un 
guaraní fuese adecuado al concepto de un verdadero Dios, 
sino porque la palabra Tupa y el concepto que designaba 
eran lo que menos distaba entre ellos del nombre y con- 
cepto de Dios entre cristianos. La idea representada por la 
voz Tupa era como bosquejo informe de la idea que tiene 
ó debe tener el cristiano del Ser Divino. 

Me parece, como á usted, que el obispo fray Bernardino 
de Cárdenas anduvo harto apasionado é injusto al promover 
acusaciones y persecusiones contra los jesuitas, porque lla- 
maban á Dios Tupa. Es indudable que este era el mejor 
modo que había en guaraní de llamarle. Más difícil sería de 



30 JUICIO CRÍTICO 



justificar á los padres que en China, pongo por caso, toma- 
ron los nombres ele Li, Tai, Kie y Xang Ti, para designar 
á nuestro Dios; porque estos nombres no eran de significa- 
ción candorosa, vaga y confusa, para nombrar cierto ser 
poderoso é incógnito, sino términos de reflexiva y bien estu- 
diada filosofía, la cual los define y les da el sentido deter- 
minado y claro de un panteísmo casi ateo. El Li es la 
materia prima, la sustancia única, y el Tai Kie la fuerza 
inherente en la materia, que la transforma de mil modos y 
produce vida y muerte, y da origen á todo el proceso de 
los seres con su variedad infinita. Bien dilucida esto el 
padre fray Domingo Fernández Navarrete en el Tratado V 
de los que compuso sobre China, donde expone con pro- 
funda claridad las doctrinas de la secta literaria del Celeste 
Imperio. 

Los citados nombres chinos no podían emplearse, ó al 
menos era inconveniente y ocasionado á grandes errores 
el emplearlos para nombrar á Dios, por lo mismo que los 
sabios chinos, ateos ó monistas, como se dice ahora, habían 
explicado bien su sentido. Mas por idéntica razón, á mi 
ver, no hay irreverencia, ni ocasión de error, en llamar á 
Dios Tupa, cuando se habla en guaraní y á los guaraníes. 
Lo indeterminado, vacío y confuso del concepto que encie- 
rra el vocablo Tupa, permite que el catequista ó misionero 
le determine, le llene y le aclare con arreglo á la sana 
doctrina. ' 

Lo que yo censuro, pues, aunque blandamente, es que 
usted se deje llevar del afecto al idioma que hablan ahí los 
indígenas, hasta el extremo de querer desentrañar del seno 
de los vocablos filosofías y sutilezas que, antes de la lle- 
gada de los europeos, no podían estar en la mente de los 
salvajes. 

Confieso, no obstante, que este arte, empleado por mu- 
chos para sacar metafísicas y otros prodigios y refinamien- 
tos intelectuales de palabras y frases de idiomas primitivos, 
me divierte, aunque no me convence. Los pueblos arios, 
¿ quién ha de negar, pues dominan aún el mundo y extien- 



DE D. JUAN VALER A. 31 



den por él su superior civilización , que desde el principio, 
allá en su estado primitivo, eran muy inteligentes ? Y sin 
embargo, ¿ qué metafísica ocultaba ninguno de los nombres 
con que significaban la divinidad ? Deva, Asura, Boga, Nara, 
Maniu, no esconden ninguna metafísica en sus letras. La me- 
tafísica vino después, por la reflexión, y ya entonces el vo- 
cablo evocó ó pudo evocar todos los conceptos con que la 
matafísica había enriquecido su significado. 

Como yo entiendo así las cosas, no creo en las resultas; 
pero me hacen muchísima gracia los esfuerzos de imagina- 
ción con que, triturando, exprimiendo y poniendo en prensa 
palabras, sacan algunos lingüistas chorros, ríos de ciencia, 
de cada sílaba, de cada letra y aun de cada tilde. Nadie 
vence en esta habilidad á los vascófilos, entre quienes des- 
cuella Herró, y aun debiera descollar y ser más famoso mi 
discreto, inaudito é ingeniosímo amigo don Joaquín de Iri- 
zar y Moya, cuyos libros hicieron siempre mi delicia. 

Últimamente he visto algunas de las obras de un príncipe 
ó maginoo tagalo llamado Paterno, el cual, con no inferior, 
saber y con igual riqueza de fantasía que mi amigo Irizar, 
halla y revela portentos en la civilización antigua de la gente 
de su casta, y saca de las letras del nombre de Dios en 
tagalo, Bathala, una teodicea exquisita como la de Leibnitz, 
Usted no va, ni con mucho, tan lejos con su Tupa; pero, 
en fin, usted se entusiasma un poco, dando motivo á esta 
digresión mía, que no considero del todo impertinente. 

Aplaudo, y, si pudiera, fomentaría, la propensión que hay 
en esas repúblicas y en el imperio del Brasil á estudiar con 
esmero los usos, costumbres, historia, lenguaje y poesía de 
loa indios; pero ni en verso, ni en prosa, está bien exagerar 
lo que valían por la cultura cuando llegaron los europeos. 
Fuera de los mexicanos, peruanos y chibehas, no había en 
América, á fines del siglo XV, sino tribus salvajes. 

El gran poeta brasileño Gonzalves Díaz pinta á estas tri- 
bus del modo más novelesco é interesante; pero les deja su 
salvajismo, y hace bien. 

Dentro de este salvajismo caben perfectamente el denue- 



■4 



32 JUICIO CRÍTICO DE D. JUAN VALERA. 

do en las lides, la fidelidad, la constancia y hasta la ternura 
amorosa y otras virtudes y excelencias. Lo que no cabe es 
cierto refinamiento en las ideas morales y religiosas, que 
harto generosamente se atribuye á los indios. Sería menes- 
ter más pruebas, y no las hay ó no han llegado á mi noti- 
cia, para reconocer esas prendas en los guaraníes. Sus can- 
tares, pues se dice que los tienen, y aun que son muy poe- 
tas, debieran recogerse y coleccionarse antes que desaparez- 
can del todo. 

En los araucanos, en cambio, lo que más se celebra es 
la oratoria. Como la lengua que hablan (de la que compuso 
excelente gramática el padre jesuíta Andrés Febrés), es, según 
afirman, bellísima lengua, y como ellos son muy parlamen- 
tarios, y se reúnen ó se reunían en juntas ó asambleas para 
deliberar sobre la política, tenían ocasión de pronunciar mag- 
níficos discursos, llamados coyuptncán, donde dicen que hay 
gran riqueza de imágenes, apólogos y otros primores, todo 
sujeto á las más severas leyes de la buena retórica. Aun se 
conservan los nombres de algunos antiguos tribunos ó famo- 
sos oradores, como Lautaro y Machimalongo, y fragmentos 
de discursos ó discursos enteros de los que pronunciaron. 

Como quiera que sea, no ha de faltarme día en que ven- 
ga más á propósito hablar de todo esto, entrando de lleno 
en el asunto, y no por incidencia y de refilón, al encomiar, 
como se merece, el Vocabulario de usted, por cuyo envío 
le doy encarecidas gracias. 

Soy de usted atento y s. s. 

Juan Valera. 



PROLOGO. 



Auge de la lengua castellana. — Contribución que le prestan las nati- 
vas de América. — La quichua, araucana y guaraní en el Río de la 
Plata. — Elementos lexicográficos que de ellas se lian derivado. — 
Voces emanadas de otras fuentes. — Mejoramiento de la lengua. — 
Concurso de las repúblicas hispano-amerieanas. — Lexicografía 
hispano-americana. — Vocabulario rioplatense razonado. — Litera- 
tura hispano-americana al tiempo de la emancipación de las 
colonias: oda de Labardén al Paraná. — Conclusión. 

i. — Diversas naciones extrañas, instigadas por sed de ri- 
quezas, placeres y mando, invadieron sucesivamente el com- 
batido suelo ibérico, asentando en él sus lares. Los moradores 
indígenas, defendiendo su autonomía nativa sin darse jamás 
á partido, supieron, cuando no echar de sí el irresistible 
torrente advenedizo, todavía estancarlo y absorberlo en su 
mismo seno, convertirlo en substancia propia, en savia de: 
su vida. Así en resolución latinos, godos y árabes acabaron, 
por constituir una [nueva nacionalidad en los campos de 
batalla, fundiendo en molde acerado sus opuestas costumbres, 
índole y lenguaje. Tal era la España de la decimoquinta 
centuria: esos los hombres que poco después se adueñaron 
de la parte de globo que hasta entonces había permanecido 
oculta al occidente del proceloso atlántico, pero va vislum- 
brada por intuición profética del filósofo Séneca justamente 
cuando se iban á forjar y á templar los férreos elementos 
informantes de la generación á quien estaba destinada. Tan 
luego como ésta hubo deshecho el último atrincheramiento 
de los moros, á su vez se hizo avasalladora, y, exhuberante 
de energía, derramó con profusión su vida y fuerzas por el 
mundo. La superioridad de las armas trajo consigo la celsi- 
tud del ingenio. En homérica frase, digna del asunto, recuerda 



34 PRÓLOGO 

este periodo histórico el sabir) é ilustre académico D. An- 
tonio Cánovas del Castillo. «Viose á los españoles, dice, 
durante el siglo XVI, aprender y enseñar en las sabias 
universidades de Francia ó Flandes; rimar y construir estro- 
fas en la ribera de Ñapóles ó las orillas del Po, al tiempo 
mismo que el Ariosto y el Tasso, estudiando á la par con 
ellos al Petrarca y al Boceado; predicar en Inglaterra la 
verdad católica á los mal convertidos subditos de la reina 
Mana; disputar doctamente en Alemania, secundando con 
sus silogismos los golpes de la temida espada de Carlos V; 
plantear, profundizar, ilustrar en Trento las más complicadas 
cuestiones teológicas, produciendo con arreglo á su método 
y principios, abundantes y preciados libros, n<> ya sólo de 
teología, sino de derecho natural y público, de jurispruden- 
cia canónica y civil. Ni los estudios lingüísticos, ni los es- 
criturarios, ni las matemáticas, ni la astronomía, ni la topografía, 
ni la numismática, ni la historia en general, materias tan 
descuidadas más tarde, dejaron de florecer tampoco durante 
el período referido, con ser aquel mismo el que vio nacer, 
por causa de la oculta y amenazadora invasión del protes- 
tantismo, los mayores rigores de la censura real y eclesiástica 
en España.-; De seguro es umversalmente escuchado con 
admiración v respeto quien, al paso que por el filo de la 
espada va sujetando poderosos reinos y vastas provincias 
lejanas, se hace lugar en las lides del pensamiento con la 
claridad y lustre de sus letras. ¿Qué mucho, por consecuencia, 
que el filólogo fray Miguel Salinas manifestase á la sazón 
con llaneza, que, si escribía en romance el Libro apologético 
de la buena y docta pronunciación que guardaron los antiguos, 
era, entre otras razones, por ser nuestro lenguaje casi enten- 
dido por toda Europa? Pero fue mayor aún el dominio que 
llegó á ejercer por entonces en el mundo la lengua caste- 
llana; pues, al propio tiempo que vigorizaba su contextura 
en manos de escritores insignes, cuyas obras, tanto como en 
España, se imprimían en Italia, Francia, Inglaterra, Flandes 
y Alemania, con acento heroico resonaba en el grandioso 
escenario abierto por el genio de Colón á los ojos del orbe 



DEL AUTOR. 35 



asombrado. España, cuyos guerreros, avezados á matar y 
morir sin lástima ni dolor, escuchaban atónitos los impreca- 
torios apostrofes de fray Bartolomé de las Casas, enseñó- 
se prestamente del indiano hemisferio, haciéndolo segunda 

patria de sus hijos, quienes no escrupulizaron en mezclar su 
sangre generosa, con la sangre de las razas conquistadas. La 
regia lengua de Castilla, vinculada, de ese modo á nuevo, 
amplio y variado teatro, asimilóse multitud de eufónicas 
voces nativas, que le dan subido realce, á la vez que la en- 
noblecen como rastros de antiguo poderío. «Grandioso espec- 
táculo, observa el egregio literato D. Rufino José Cuervo, 
el de ver extenderse la lengua de los Incas en toda la América 
meridional, por medio de los mismos que derrocaban su 
imperio; no de otra suerte el huracán que descuaja un árbol 
corpulento lleva en sus alas la semilla que ha de propagarle 
en lejanas comarcas. Calculaba, á mediados del siglo pasado, 
rudito benedictino Fr. Martín Sarmiento que las voces 
procedentes de las Indias Orientales y Occidentales compo- 
nían una décima parte de la lengua castellana. I). Antonio de 
Alcedo puso un breve vocabulario de las de América al final 
de su preciado Diccionario geo gráfico-histórico de las Lidias 
Occidentales; pero en realidad de verdad nadie se ha ocupado 
formalmente en hacer un inventario completo de ellas, ni antes 
ni después de la. emancipación de las antiguas colonias. De ahí 
que se hayan ido olvidando y desestimando como vulgares 
muchas voces americanas que en otro tiempo corrieron vali- 
das, y que sea tan corto á proporción el número de las que 
registra la Real Academia Española en su obra, clásica, pala- 
dión de la lengua á que rindieron tributo las perfumadas 
Antillas, los brillantes imperios de Motezuma v del Inca, el 
indomable Arauco y las innúmeras tribus guaraníes que arma- 
ban sus toldos entre el Plata v el Orinoco. 

2. — Nuestro intento en el particular se contrae á. la parte dv- 
continente que abrió Solís á la colonización española: las 
regiones que caen al Plata. Tres idiomas aborígenes actua- 
ron principalmente en los países (¡ue abarca: el quichua, el 

araucano y el guaraní. El quichua y el araucano extendiéronse 



"6 PRÓLOGO 



en las provincias argentinas de arriba, que son las que 
están próximas á la cordillera de los Andes; aquél en las 
que miran al Perú, y el segundo en las que á Chile. En 
las comarcas regadas por el Uruguay, Paraná y Paraguay 
prevaleció el guaraní, lengua tan copiosa y elegante, decía el 
ínclito misionero Antonio Ruiz de Montoya, que ron razéfi 
¡niedc competir con las de fama. Las naciones hispanoameri- 
canas comprendidas en el vasto territorio de que hablamos, 
parte del antiguo virreinato del Río de la Plata, son la 
República Argentina, la República Oriental del Uruguay y 
la República del Paraguay. 

Las célebres leyes de Indias mandaron establecer en las 
uni\ i de América cátedras donde se enseñase el 

idioma particular de los naturales comarcanos, imponiendo 
á los doctrineros la obligación de aprenderlo cuidadosamente 
y de dar pruebas notorias de suficiencia y pericia á su 
respecto, so pena de ser reputados inhábiles para desempe- 
ñar su ministerio. Pero, tanto como la obediencia á los 
mandatos soberanos, el ardiente celo de los misioneros, y 
señaladamente de los jesuítas, trajo consigo el imponderable 
beneficio de constituir gramaticalmente, á par de las euro- 
peas, las lenguas americanas, haciéndolas entrar por cauce 
lexicológico en perpetuos monumentos escritos, (i) A su luz 
puede hoy descubrir el movimiento generador que las 
informara, quien se proponga penetrarlo en una época en 
que, ya muy transfiguradas, necesaria y precipitadamente se 
van extinguiendo en torpes labios. Leves restos estropeados 
del quichua quedan aún en las provincias argentinas arribe- 
ñas del norte, del araucano en la Pampa, y del guaran!, 
más cercanos á su pureza originaria, en el Paraguay, muy 
corruptos v entreverados con el castellano, en Corrientes y 
Misiones. Hállanse estos residuos de las lenguas aborígenes 
en la precaria condición de dialectos destinados á desapa- 
recer por completo en no larga serie de años. Así lo tiene 



(l) D. Marcelino Menéndez Pelayo pone una lista de ellos en el t.° 3. 
de su erudita obra La ciencia española, últ. ed. 



DEL AUTOR. 37 



decretado la fatalidad de los hechos históricos, cuya eficacia 
es incontrastable. «En América, advertía el grave pensador 
D. Andrés Bello, está pronunciado el fallo de destrucción 
sobre el tipo nativo. Las razas indígenas desaparecen, y se 
perderán á la larga en las colonias de los pueblos trasatlán- 
ticos, sin dejar más vestigios que unas pocas palabras 
naturalizadas en los idiomas advenedizos, y monumentos 
esparcidos á que los viajeros curiosos preguntarán en vano 
el nombre y las señas de la civilización que les dio el ser.» 
Excusado es detenerse á comprobar la verdad que entraña 
pronóstico de tan radical exterminio; pues lo hemos visto ya 
realizado en conjunto, y aun hoy todavía estamos presen- 
ciando su acerbidad ejecutiva en lo poco que de él resta 
por cumplirse. 

El idioma castellano, no obstante, en cuanto al Río de 
la Plata atañe, guardará memoria del quichua y el araucano, 
y mucho más visiblemente del guaraní, en mediano caudal 
de elementos lexicográficos, unos recibidos por solo el uso, 
y otros adoptados en atención á las ventajas • ó convenien- 
cias que ofrecían. ¿Cuántas voces nativas, originarias de los 
susodichos idiomas; voces que dan á conocer de un modo 
preciso objetos para cuya expresión sería necesario, si ca- 
reciésemos de su auxilio, echar mano de circunloquios ó 
atenerse á palabras de vago sentido; cuántas voces de esa 
condición, repetimos, no forman ya de hecho parte inte- 
grante de la lengua castellana en el Río ele la Plata? y 
cuántas, que determinan la diferencia específica de anima- 
les, árboles y plantas conocidas por otros nombres en Es- 
paña, no se hallan en el mismo caso? Prescindiendo de las 
tic esta última clase, por ser indubitable, notoria, la necesi- 
dad de su incorporación á la lengua, haremos mención de 
algunas de las que expresan objetos de uso común ó ideas 
abstractas. Chuño, fécula de la patata; cancha, en sentido 
genérico, recinto, sitio ó paraje llano y desembarazado; 
tapera, habitación ruinosa y abandonada, particularmente si 
está en medio del campo; chambón, no emplumecido del 
todo; bincha, cinta ceñida á la cabeza, para sujetar el pelo; 



38 PRÓLOGO 



bagual, caballo salvaje; calinga, olor pesado y vehemente 
que despiden algunos ani, nales, etc.; tambo, cuadra ó co- 
rral de vacas donde se expende leche; vacaray, ternero 
nonato; guasca, tira corta de cuero; quincha, trama de junco 
ó de cualquiera otra hierba semejante; [ñauduií, tejido que 
imita el de cierta telaraña; zapallo, calabaza comestible; 
porongo, calabaza silvestre amarga; chala, hoja que envuelve 
la mazorca del maíz; choclo, maíz tierno ó todavía en leche; 
mátete, mezcla inconsistente é inservible de sustancias des- 
hechas en un líquido. 

Crecido es el número de vocablos procedentes de las 
lenguas aborígenes de que venimos hablando, parte caste- 
llanizados, y el resto en su primitiva forma admitidos sin 
dificultad por el vulgo, como que para ser buenamente 
adaptados á la nuestra no han necesitado más que una li- 
gera alteración en el modo de emitir y articular las vocales 
v consonantes de que constan. Mas el concurso lexicográ- 
fico que ofrecen los países que ocupan la cuenca del Plata 
v sus afluentes, ó sea argentinos, orientales y paraguay* »s, 
no está circunscrito á las voces originarias del guaraní, 
quichua y araucano, sino eme también comprende otras que 
traen su origen de fuentes más lejanas del continente, co- 
mo el antiguo Anáhuac y las Antillas, ó que en barcos 
negreros han pasado á América de las costas occidentales 
del África, ó bien de solar y casta española, que allende 
los mares han muerto ya por olvido, ó que han sido aco- 
modadas á necesidades, objetos ó usos particulares de la 
tierra en que se aplican, ó que deben su formación por 
entero, salva la raíz, al ingenio ó industria de las gentes 
donde corren. Méjico abrió la primera pulpería: de las islas 
de Barlovento salió del baqueano navegando en su canoa; y 
la mucama bebió en las cachimbas de los arenales del .Sene- 
gal. El estero, en las planicies de Corrientes, del Paraguay, 
del Chaco, ¿qué tiene de semejante con el brazo á reces 
navegable de un río? El albardón enriquece la nomeclatura 
geográfica: loma entre aguas. ¡Cuan bellamente significativa 
no es la palabra salto aplicada á un río gigantesco, que, 



LEL AUTOR. 39 



embarazado por formidable cadena de negros peñascos, apre- 
sura su carrera, se enfurece y salta con espantosos clamores á 
la parte inferior del lecho! El indio ladino nos hace recordar 
al árabe hablando perspicuamente el romance. Acaso algún 
morisco, que logró burlar la prohibición que tenían de pasar á 
América los de su raza, observó primero que el cristiano de 
su misma patria los terrenos guadalosos ele las provincias arri- 
beñas. 

La mayor parte de las voces de que se trata, carecen de 
valimiento literario, no obstante los antecedentes y circuns- 
tancias que tan notoriamente las abonan y legitiman, ora en 
dase de provinciales ó particulares del Río de la Plata, ora 
en su condición de comunes á otros ó á todos los demás 
países de la América española; antes andan sin tutela, pe- 
regrinando dispersas, de tapera en galpón, tal vez maltratadas 
en boca, del vulgo, con detrimento de su genuina significa- 
ción, valor etimológico y estructura silábica. Sin embargo, la 
contribución que la América española ha prestado y ofrece 
al caudal de la lengua, es tan justificada y digna de favo- 
rable acogida, como lo fueron en su tiempo el latín, gótico 
y árabe, y como hoy en día lo son el gallego, catalán y 
vascuence, y mucho más, sin la menor sombra de duda, que 
el francés, el italiano, el inglés, el alemán ó cualquiera otro 
de los idiomas extraños que se mascullan en Europa. Es 
verdad que casi todas las voces á que aludimos, se hallan 
en la modesta condición de provinciales, y que seria desca- 
bellada pretensión la pretensión de quien se empeñase en 
incorporarlas indistintamente al inventario general de la len- 
gua; pero si Góngora trasladó llanamente á tierra española 
el fragoso arcabuco dvj América, y Mateo Alemán puso en 
él un baquiano, ¿quién censuraría que un ingenio español de 
la era presente tuviese por cosa oportuna ó útil valerse de 
los términos chuño, zapallo, choclo, uauduíi, bincha, catinga, 
cancha, albardón ú otros semejantes, para expresar los obje- 
tos que respectivamente significan? De todos modos, ya se 
considere la dilatación que estos elementos lexicográficos 
pueden adquirir con el tiempo, ya se tenga sólo en cuenta 



40 PRÓLOGO 

su importancia relativa, por lo que hace á la vida íntima, 
literatura, geografía é historia del Río de la Plata y en ge- 
neral de la América española, no se puede negar que es 
lamentable permanezcan arrinconados. Y más lamentable se- 
ria aún que llegasen á desaparecer sepultados bajo el impuro 
aluvión de voces exóticas, malsonantes y superfluas que la 
moda irreflexiva populariza un día y otro así en América 
como en España, desluciendo é injuriando el habla en que 
Ercilla cantó la pujanza de los araucanos. Tal la huérfana 
de claro abolengo, favorecida de la naturaleza con abundan- 
tes dotes personales, á beneficio de las cuales hubiera podi- 
do brillar en el mundo, desamparada, acaba por descono- 
cerse, ludibrio de las gentes. 

3. — La ilustre Academia Española, con generoso anhelo, 
ha promovido el establecimiento de cuerpos correspondien- 
tes de ella en las repúblicas hispano-americanas, la mayor 
parte de las cuales, Méjico, San Salvador, Venezuela, Co- 
lombia, Ecuador, Perú y no estamos seguros si Chile, han 
respondido noblemente á tan honrosa iniciativa, cuya reali- 
zación señala el comienzo de una esplendente era literaria, 
presidida por el genio de dos mundos. Atinadamente hace 
notar en sus Cartas americanas (1) el insigne crítico clon 
Juan Valera que «las literaturas de Méjico, Colombia, Chile, 
Perú y demás repúblicas, si bien se conciben separadas, no 
cobran unidad superior y no son literatura general hispano- 
americana, sino en virtud de un lazo, para cuya formación 
es menester contar con la metrópoli.» ¡Qué magnífica pers- 
pectiva! Americanos y españoles ocupados de consuno en 
regularizar y pulir el varonil y perspicuo lenguaje en que 
la sublime fantasía del navegante genovés anunció, con bí- 
blico entusiasmo, el lujo paradisíaco de las Indias! Los Er- 



(1) Las Cartas americanas por don Juan Valera, cuya primera serie 
se lia dado recientemente á la estampa, echan los fundamentos de la 
lústoria crítica de la literatura hispano-americana, á la par que ofre- 
cen un brillante y amenísimo cuadro de la todavía caótica vida lite- 
raria de la América española, reflejando más y más embellecida la luz 
mental del Nuevo Mundo. 



DEL AUTOR. 41 



cilla y Pedro de Oña inmortalizando las acciones heroicas; 
los Ruiz de Alarcón midiendo sus armas en un mismo 
campo con los Lope de Vega; los Feijoo y Peralta 
Barnuevo esparciendo la luz de la sabiduría; los Quintana y 
Olmedo cantando á la libertad! ¡Lástima que las repúblicas 
del Plata, fértil suelo de preclaros ingenios, no se hallen 
ya representadas en esta altísima confederación literaria, 
contribuyendo á perfeccionar la primorosa labor á que solícita- 
mente se están dedicando sus doctas hermanas! ¿Cómo formar 
el inventario completo de la lengua castellana, sin el concurso 
simultáneo de todos los pueblos de habla española, represen- 
tados en corporaciones donde se concentren los más brillantes 
rayos de su vida literaria? D. Andrés Bello juzgaba tan impor- 
tante la conservación de la lengua castellana en su posible pu- 
reza, que veía en ello un medio providencial de comunicación y 
un vínculo de fraternidad entre las varias naciones de origen espa- 
ñol derramadas sobiv los dos continentes, induciéndole á compo- 
ner su magistral Gramática el peligro de que las alteraciones 
con eme en América se suele enturbiar el idioma llegasen á 
«convertirlo en una multitud de dialectos irregulares, licencio- 
si >s, bárbaros, embriones de idiomas futuros, que durante una 
larga elaboración, reproducirían en América lo que fue la 
Europa en el tenebroso período de la corrupción del latín.» 
«¿Cuál será la norma á que todos hayamos de sujetarnos?» 
pregunta D. Rufino José Cuervo. «Ya que la razón no lo pi- 
diera, prosigue, la necesidad nos forzaría á tomar por dechado 
de nuestro hablar á la lengua que nos vino de Castilla, donde 
nació, y, llevando su nombre, creció y se ilustró con el cultivo 
de eminentísimos escritores, envidia de las naciones extrañas 
y encanto de todo el mundo: tipo único reconocido entre los 
pueblos civilizados, á que debe atenerse quien desee ser en- 
tendido y estimado entre ellos. Desechado éste, pero recono- 
cida la ventaja de un solo medio de comunicación, ¿cuál entre 
1< >s países de Hispano-América descuella tanto por su cultura 
que dé la ley á los demás hermanos, les imponga sus idio- 
tismos y alcance á arrancar de ellos para sí el pleito ho- 
menaje que de grado rinden hoy á la autoridad de la madre, 



42 PRÓLOGO 

sancionado por loa siglos y el consentimiento universal? 

Excusado parecería tocar este punto si personas des- 
orientadas que miran con ridículo encono cuanto lleva el 
nombre de España y cierran los ojos para no ver que en 
todo lo relativo á lenguaje hemos de acudir á ella, como 
que gramáticas y diccionarios son españoles ó fundados so- 
bre lo español, no graduasen de indigno vasallaje el acata- 
miento razonable que todos — y ellas mismas sin quererlo 
confesar — rendimos á la preeminencia de su literatura, y 
pretendiesen preconizar por arbitros de nuestra lengua á 
solos los escritores americanos . La sabiduría de los esclare- 
cidos literatos que de forma tan discreta como elocuente 
pregonan la necesidad de un vínculo que unifique el mo- 
vimiento progresivo y vario de la lengua castellana en los 
diversos países que la disfrutan á título de patrimonio 
común, nos excusa de empeñarnos en justificar con mayo- 
res razonamientos designio tan levantado y plausible. A él 
responde el inmediato, primordial encargo de las Acade- 
mias Americanas Correspondientes de la Española : velar sobre 
la lengua castellana; y velar sobre una lengua, es velar 
por la conservación de su peculiar estructura y por su pu- 
reza relativa. Decimos por su pureza relativa, porque el 
caudal lexicográfico de una lengua determinada es incapaz 
de tributar suficientemente por sí solo á los nuevos usos y 
costumbres y crecientes necesidades de una nación, que es 
quien inventa y forma los vocablos, imprimiéndoles el sello 
propio, de su carácter. Del lenguaje hablado pasan luego éstos 
al lenguaje escrito, cobrando crédito y autoridad con el 
prestigio literario que les comunican escritores y poetas 
entendidos y discretos. Entonces el lexicólogo los analiza 
gramaticalmente, y el lexicógrafo los registra en el inventa- 
rio de la lengua á que pertenecen, determinando su sentido 
y aplicaciones. Tales son el origen y trámites correspon- 
dientes á la pureza de los vocablos. Las voces exóticas in- 
troducidas por la ignorancia, el capricho ó la moda, particu- 
larmente en las ciudades populosas, que son las más hete- 
rogéneas y por consecuencia las menos nacionales, deben 



DEL AUTOR. 43 



reputarse y ser desechadas como moneda falsa. Así enten- 
demos que Jo practica la Real Academia Española: nunca. 
ha cerrado la puerta á voces nuevas legitimadas por uso 
competentemente autorizado por escritores de nota. Era natu- 
ral asimismo que esta docta corporación reconociese que 
las voces nativas de América se hallan en el mismo caso 
que las nativas de España, y que las clasificase según la 
extensión de su uso, pues unas han entrado ya en el cauce 
general de la lengua, otras solamente son de América y 
no comunes á España, y otras permanecen en la reducida 
esfera de provinciales ú particulares de alguna ó algunas 
repúblicas hispano-americanas. Tal las reconoce v clasifica, 
con efecto, la Real Academia Española en su Diccionario 
tic la lengua castellana. La duodécima edición (última), que 
dio á la estampa en el año 1884, es regular que ado- 
lezca de imperfecciones semejantes á las que la crítica 
razonada advierte, sin excepción, en todas las obras de su 
género antiguas y modernas. Los que, acaso con menor crédito 
y suficiencia que sus autores, ignoble y toscamente los 
zahieren, descubriendo ó pareciéndoles descubrir sus fáciles 
yerros, de seguro quedan señores del campo, pues nadie 
ha de irles á la mano en tan desairado y poco envidiable 
lance. Pero de eso á que, por reverencial temor, callen, 
hay una distancia inmensa: ni el hombre que realmente sabe, 
mira semejante rendimiento con buenos ojos; antes le causa 
pesadumbre. Aun los trabajos que se contraen con especia- 
lidad al estudio del lenguaje de ciertos países, son defec- 
tuosos; algunos en extremo, con ser sus autores hombres ilus- 
trados: ¡cuánto mayor no ha descrío un léxico que abraza 
el habla de la totalidad de las naciones á que pertenece! 
Kn lo tocante á América la dificultad sube de punto, por 
la escasez de estudios lexicológicos de su peculiar lenguaje. 
Prometerse, por tanto, que el Diccionario de la Academia en- 
cierre la verdad inconcusa, es imaginación inocente. Así regis- 
tra este léxico crecido número de voces americanas, seña- 
ladamente de Méjico y el Perú; pero ninguna hemos halla- 
do en él que sea particular del Río de la Plata. Algunas de 



44 PRÓLOGO 



las que define, comunes al Río de la Plata y á otros paí- 
ses de América que menciona, no dan idea cabal del ob- 
jeto que expresan. El indio del antiguo Perú figura descal- 
zado de la precisa ojota. La pulpería deja de ser lo que ha 
sido siempre en América: un compuesto de abacería y ta- 
berna; tomándose por condiciones características de ella, 
circunstancias meramente accidentales que con frecuencia la 
acompañan. Quien entra en una pulpería, no pregunta si 
hay caña, yerba, azúcar, grasa, etc., porque, siendo pulpería, 
supone que hay todo eso; pero pregunta si hay ponchos, 
sombreros, botas, zaraza, lulo, rebenques, espuelas, cuchillos, etc.; 
porque estas cosas no son precisamente artículos de pulpe- 
ría, aunque es probable que los tenga, caso de estar situada 
en medio del campo ó en pueblos de poca importancia: La 
hierba (acaso, en realidad, la espadaña) que, desde Chile y 
Río de la Plata, hasta el Ecuador cuando menos, lleva el 
nombre de totora, aparece localizada en la laguna de Chucuito, 
habiéndola en toda la América meridional, y probablemente 
también en la del norte. Voces generales de toda ó casi toda la 
América española, se indican como particulares de una ú otra 
de las repúblicas que la constituyen. Ello es lo cierto, en reso- 
lución, que la Real Academia Española necesita recurrir al 
testimonio de . los extraños para determinar el uso y fijar el 
sentido de las voces americanas que no han llegado á ser co- 
munes á España: que es raro encontrar testigos fehacientes, 
mayores de toda excepción, sobre cosas para cuya explicación in- 
teligible y cabal no basta tener memoria, entendimiento y vo- 
luntad; y que, en cuanto á las voces anticuadas, que para el 
prolijo estudio y recto conocimiento de la geografía é historia 
conviene se hallen registradas en el inventario general de la 
lengua á que pertenecen, le será harto dificultoso desempeñar 
con entera propiedad y exactitud su delicada tarea, sino me- 
diante las noticias y datos que asimismo le sean suministrados 
por sujetos residentes en América, donde quedan aún vestigios 
y tradicionales reminiscencias de lo que significaron cuando vi- 
gentes, á favor de los cuales y de las cuales será asequible po- 



DEL AUTOR. 



ner en claro las indicaciones oscuras ó contradictorias que á su 

respecto aparecen frecuentemente en los escritos antigu is. 

La valiosa contribución que la América está en aptitud 
de prestar ventajosamente con los vastos recursos que le 
proporciona su riqueza intelectual é histórica, siempre ha 
sido tenida en mucho por los sabios españoles que dedica- 
ron sus desvelos al mayor lustre y gloria de las letras. ¡Con 
qué generosa ambición solicitaban los PP. Mohecíanos el 
concurso de los literatos del Nuevo Mundo, al emprender 
la II ¡sí ovia literaria de España! «Por lo que toca á América 
(decían), desde luego la incluimos en el plan de nuestra 
J lis! o na li ¡eraría, en atención á que, no obstante su distan- 
cia, no podemos mirar como extraños, ni dejar de apreciar 
como graneles los progresos de una literatura con que nos 
ha enriquecido una región no menos fecunda en ingenios 
que en minas. Así no omitiremos trabajo ni diligencia para 
hacer más recomendable nuestra Historia con un adorno tan 
precioso y un ramo tan considerable de literatura, que echó 
las primeras raíces en nuestro terreno y fructificó abundan- 
temente trasplantado allá y cultivado por manos españolas. 
Esta rica ilota de literatura no debe ser para nosotros luc- 
iros aprcciable que los tesoros de oro y plata que continua- 
mente nos vienen de las Indias Occidentales. Para desem- 
peñar este asunto con la exactitud posible y con la gloria 
que corresponde á los méritos de una -nación tan literata, 
imploramos eficazmente el socorro de nuestros sabios ame- 
ricanos ó de otros españoles que tengan especial instrucción 
é interés en la historia literaria de Indias.... Si algunos (lo 
que no creemos de unas gentes que tanto se precian del 
honor y la gloria) fuesen insensibles á nuestras representa- 
ciones, ó escasos en prestarnos un auxilio que les interesa 
más que á nosotros, desde luego los hacemos responsables 
en el tribunal de los sabios de la falta de noticias é infor- 
mes diminutos que diéremos de su literatura y de la fama 
y esplendor que avaramente usurpan á su patria» El diser- 
to y galano razonamiento de los PP. Monédanos podrá ser- 
virnos de modelo para reforzar nuestras razones en la ma- 



46 PRÓLOGO 



teria que nos ocupa. Con efecto, las voces usadas por los 
hispano-americanos, asi corrientes como anticuadas, ora 
expiasen objetos de la naturaleza, ora cosas de la vida civil, 
constituyen un preciado caudal lexicográfico para la lengua 
castellana, caudal tanto más preciado, cuanto procede de 
una región no menos /'anuda ni ingenios que en minas, y hoy 
pudiéramos decir con verdad, más rica de ingenio que oro 
tuvo en los tiempos pasados. El establecimiento de Acade- 
mias Correspondientes de la Española en América facilita de' 
modo más eficaz el envió de esta -rica flota de literatuia, no 
ya trabajada por vientos contrarios, sino movida del bonan- 
cible impulso que comunica la natural simpatía y el presen- 
timiento de los altos destinos que el cielo tiene reservados 
á una raza esforzada y generosa. Pero aun serán más legí- 
timos y provechosos, sin duda alguna, los estimables frutos 
de este comercio mental, si los hombres eruditos de la 
América española, dedicando su atención al estudio de las 
voces usadas particularmente en el país donde viven, dan á 
la. estampa el resultado de sus investigaciones: nobilísima 
tarea, que á toda, ley cumple á unas gentes que tanto se pre- 
cian del honor v ¡a gloria. ¡A cuántos pudiera hacérseles car- 
go, en este punto, de la fama y esplendor que avaramente 
usurpan á su patiia! 

4.— El año de 1748 los sabios geógrafos 1). jorge Juan y 
D. Antonio de Ulloa publicaron la Relación histórica del 
viaje á la América meridional hecho de orden de S. M. para 
medir algunos grados de meridiano terrestre, etc. La parte histó- 
rica, que tuvo á cargo el segundo, trae oportunas noticias de 
los usos, costumbres y objetos naturales que habían observado 
en las diversas provincias de América que recorrieron en cum- 
plimiento del superior mandato, dándolos á conocer por sus 
nombres particulares, que proporcionan al lexicógrafo apreciable 
recurso para la declaración y estudio de los americanismos que 
actualmente sanciona el uso. Si bien la generalidad de los his- 
toriadores españoles que escribieron de América con conoci- 
miento personal de los hechos, procedieron con igual escru- 
pulosidad en sus relatos, todavía Ulloa merece especial 



DEL AUTOR. 47 



recordación en la materia de que tratamos, por referirse preci- 
samente á una época en que ya se habían castellanizado las 
voces aborígenes que menta. Así es que Salva se valió de la 
citada obra, no menos que de las Noticias americanas que más- 
tarde (1792) dio á la estampa el mismo Ulloa, para intercalar 
en su Nuevo diccionario de la lengua cas/diana, de que más ade- 
lante hablaremos, un regular número de voces hispano- ameri- 
canas. 

D. Antonio de Alcedo, contemporáneo de Juan y Ulloa. 
ilustró su autorizado Diccionario geográfico-histórico cíe las Indias 
Occidentales con un Vocabulario de las voces provinciales de Ame- 
rica, que puso al fin del tomo 5. y último de la obra. Pero, 
conforme á su intento, se contrajo á definir las voces usadas en 
el cuerpo del Diccionario, y aunque se propuso incluir los nom- 
bres propios de animales y plantas de las regiones americanas» 
la lista que de ellos y ellas formó es harto escasa. Este enten- 
dido historiador y geógrafo dio á luz su importante obra entre 
los años de 1786 y 178c). Refiriéndose, en el Vocabulario, á las 
voces usada? en los países de América, observa que unas, 
aunque originarias de España v especialmente de Andalucía, ¡san 
degenerado por la corrupción que lia introducido la mezcla de los 
idiomas de los indios, v otras han sido tomadas de estos y mal pro- 
nunciadas por los españole.-;. Es el primer vocabulario hispano- 
americano que se ha publicado: sumamente diminuto; pero 
documento histórico respetable. 

Lo propio que de D. Jorge Juan y D. Antonio de Ulloa deci- 
mos del no menos sabio geógrafo, naturalista é historiador D- 
Félix de Azara, á quien deben una estatua y una biografía los 
pueblos del Río de la Plata, cuyas regiones ilustró, consagrándo- 
les desinteresadamente veinte años de estudios, meditaciones, 
afanes v sacr'ificios sin cuento, en medio de contrariedades de 
todo género, que soportó con abnegación en bien de una poste- 
ridad lejana, que merced á el se encuentra en posesión de un tesoro 
que constituye la parte más sólida de sus conocimientos históricos 
considerados bajo su doble aspecto físico y moral, según con noble 
y gejierosa elocuencia se expresa el erudito é ilustre historia- 
do]-, general D. Bartolomé Mitre. Fruto de esa severa, y conti- 



48 PRÓLOGO 

nuada labor son los Apuntamientos para la historia natía al de los 
¡x'ijaros y de los cuadrúpedos del Paraguay, la Descripción c historia 
del Paraguay y del Río de la Plata, las Memorias é informes publi- 
cados por el marqués de Nibbiano, así como los trabajos que 
.se hallan insertos en la Colección de obras y documentos relativos 
á la hist. auf. y mod. de las pro?), del Río de la Plata porD. Pedro 
de Angelis, y los Viajes inéditos dados á luz por el Gral. D. Bar- 
tolomé Mitre y el Dr. D. Juan María Gutiérrez, sin contar los 
famosos Viajes por la America del Sur, que en idioma francés 
presentó Walckenaer al mundo sabio en París, y otros muchos 
papeles de importancia geográfica é histórica que sin duda se 
conservan en los archivos y en manos de particulares. Los 
escritos de Azara, además de la doctrina que encierran, ofrecen 
la ventaja de estar escritos con esmero, señaladamente los 
Apuntamientos y la Dcscrip. c hist., el último de los cuales ha 
sido incluido por la Real Academia Española en el Catálogo de 
los escritores que pueden servir de autoridad en el uso de los vocablos 
v de las frases de la lengua castellana. Conviene advertir que la 
citada Dcscrip. c hist. del Para g. y Río de la Plata, obra póst. de 
ra, que publ. año de 1847 en Madrid su sobrino D. Agus- 
tín, bajo la direc. de D. B. S. Castellanos, contiene muchas 
erratas en los nombres aborígenes de personas, animales, plan- 
tas, lugares, etc. 

El Diario de la segunda subdivisión de limites española entre los 
dominios de España y Portugal en la America meridional por el 
2. comisario y geógrafo de ella D. José M." Cabrer, ayudante 
■del Real Cuerpo de Ingenierros (1783 á 1801), publicado por 
D. M. González (El lím. or. del territ. de Misiones), además de 
su gran importancia geográfica, figura, no obstanteda incorrec- 
ción del lenguaje, entre las más útiles á nuestro intento. Nom- 
brado Cabrer para integrar la comisión española demarcadora de 
límites entre las posesiones de España y Portugal, llegó al Río 
de la Plata el año de 1781. Diez y ocho continuos de estudios 
y exploración, junto con sus compañeros españoles y portu- 
gueses, en la Banda Oriental del Uruguay y en el territorio de 
Misiones, proporcionaron á su afanosa solicitud un conoci- 
miento exacto de la naturaleza de los países que recorría y de 



DEL AUTOR. 49 



las costumbres de sus habitantes. Este noble y honrado hom- 
bro " falleció en Buenos Aires, agobiado de necesidades, el 
año de 1836. 

El erudito americanista D. Marcos Jiménez de la Espada 
dispuso é ilustró doctamente las Relaciones geográficas de In- 
dias, publicadas por el Ministerio de Fomento en Madrid, 
las cuales enriquecen la historia del Nuevo Mundo con los 
más preciados documentos, y á la vez comunican á la lexi- 
cografía americana noticias auténticas de numerosos nombres 
aborígenes que hoy son castellanos. 

El año ele 1836 publicó en Cuba D. Esteban Pichardo la 
primera edición del Diccionario de provincialismos de la isla 
de Cuba, según D. Pedro Paz-Soldán y Unanue, á quien 
nos referimos, pues nosotros no conocemos el libro. Es, 
evidentemente, el Diccionario provincial de voces cubanas que 
cita Salva como impreso en Matanzas el dicho año de 1836. 

Intentó D. Vicente Salva enriquecer su Nuevo diccionario 
de la lengua castellana con las dicciones peculiares de Améri- 
ca. Por lo que mira á la América meridional, dice en la In- 
troducción, me cupo la fortuna de que D. Antonio Escuelero 
me facilitase un diccionario que por curiosidad había extendi- 
do durante su residencia en ella; y aunque sólo comprende 
unas 240 palabras y modismos, y muchas de las primeras me han 
servido de comprobante de la exactitud de Jorge Juan, Ulloa y 
Alcedo, han sido sobremanera útiles sus observaciones sobre 
los segundos, como hechas por persona inteligente y que por 
haber nacido y residido constantemente en España, se hallaba 
con la mejor disposición para notar las voces y locuciones que 
le chocaban en los países que recorría.» Para formarse una 
idea de las dificultades con que ck;bió de haber tropezado Sal- 
va, n< i hay más que oírle: «En medio de esta reunión de datos, 
mi embarazo ha sido extremo durante el curso de la impresión, 
la cual casi nunca daba lugar para inquirir si la voz era pecu- 
liar de una de las dos Américas, común á ambas, ó privativa 
quizá de alguna república. Generalmente hablando, cuando he 
encontrado una palabra ó frase usada en dos puntos tan prin- 
cipales de ambas Américas como lo son Méjico y el Perú, he 



50 PRÓLOGO 

puesto la abreviatura dep.Amer. (provincial á\ la América cu 
general); y prueba este hecho que la palabra no ha nacido a!l;'i, 

sino que seria corriente á fines del siglo XV y principios del 
XVI en Andalucía, de donde pasaron la mayor parte de los 
primeros pobladores á aquellas regiones. Pm caso de duda. 
acerca del país á que debía prohijarse la voz, he preferido 
decir lo que me constaba, pasando en silencio lo (pie para mí 
era incierto: vale más que el habitante de Chile halle que es 
también suya la voz que señalo como provincial de Cuba, que 
suponer general de América la (pie sólo se usa en la Nueva 
Granada. Guardar en esto la debida exactitud es negocio más 
delicado de lo que ;'i primera vista aparece. Al llegar, por ej., 
al nombre Frijol, hallé en mis apuntes que un sujeto me lo 
había dado como provincial de Méjico en la acepción de judia; 
otro, que ha residido muchos años en Venezuela, me había 
asegurado que allí significaba el guisante, y el diccionario 
impreso de las voces cubanas lo supone nombre genérico de 
toda legumbre ó grano de vaina, equivalente á veces á haba. Estas 
diversas explicaciones no se contradecían, porque cada uno de 
los tres países podía hacer distinto uso de la misma voz; pero 
i-ecelando que hubiese alguna equivocación, consulté á un me- 
jicano, un chileno, un venezolano y un habanero, y después 
de hallarlos conformes en que frijol significaba para todos judia, 
siendo muy incierto que se comprenda también bajo esta deno- 
minación ú. guisante, me decid á escribir:/). . imér. Judía; de mod< » 
que este brevísimo artículo fue el resultado de tres apuntes en 
mi libro v de cuatro cartas en el acto de enviar el original á la 
imprenta. Tan ímprobos afanes no fueron parte á evitar que 
errase Salva, atribuyendo á toda la América el uso de la v< >z frijol 
como equivalente á judia; pues en el Río de la Plata jamás se 
oye pronunciar semejante palabra. Acaso la usen en las provin- 
cias arribeñas ó vecinas á la cordillera de los Andes; pero en las 
que están junto á las márgenes del Plata, á lo menos, llaman 
chancha á la judía ó vainilla tierna de la habichuela. Dio á la 
estampa Salva su Nuevo diccionario el año de 1845. Pero lo que 
se proponía en primer lugar era hacer su negocio; y asi 
antes que un léxico digno de su docta y acreditada pluma. 



DEL AUTOR. 51 



debe reputarse su libro una mera colección ordenada de 
apuntes para formar un diccionario de la lengua castellana y 
de las voces particulares de América. 

año 1883 D. Pedro Paz-Soldán y Unanue dio á luz 
cu Lima, bajo el seudónimo de Juan de Anona, un Dic- 
cionario de peruanismos. Pero advierte que ya el año de 1861, 
en Londres, había comenzado á bosquejar su obra, con el título 
de Galería de novedades filológicas. Vocabulario de perua- 
nismos- etc., y que en 1871-72 publicó sus primeros ensayos 
en periódicos de Lima. Ello es que este fecundo escritor ha 
rendido importante A' eficaz tributo á la lexicografía america- 
na, ofreciendo la particularidad, que él mismo apunta, de ser 
relativamente más limitado en Lima que en Buenos Aires el 
número de voces usuales derivadas de la lengua quichua, no 
obstante hallarse la nación peruana en el centro mismo del 
imperio de los Incas. 

Cuatro ediciones llevaban el año de 1883 (fecha de la. últi- 
ma que conocemos) las Apuntaciones- críticas solnc el lenguaje 
bogotano por D. Rufino José Cuervo. Según resulta de la carta 
de Hartzenbusch, que inserta, una de las ediciones correspon- 
de al año 1872. Penetrados, dice el autor, déla importancia 
de conformar en cuanto sea posible nuestro lenguaje con. el de 
Castilla, nos hemos consagrado á observar las diferencias que 
entre ellos median, y como base hemos tomado el habla co- 
mún de los bogotanos, por ser la que mejor hemos podido 
estudiar, y por que en ella, sobre todo en lo impreso, se; 
encuentran reunidas muchas de las corruptelas generalizadas 
en la República.; En tan sencillos términos enuncia Cuervo la 
clase de tarea que emprende, cuyo desempeño corresponde á 
la alta nombradla de que goza su autor en el orbe literario. 
Su profundo saber lingüístico y extraordinario conocimiento de 
los autores españoles antiguos y modernos le han llevado 
como de la mamo á formar de las Apuntaciones un tratado 
magistral de la lengua castellana, una obra clásica en su línea. 
Dedica parte de un capítulo á. tratar someramente de algunas 
voces indígenas, ó sea voces de uso común, que proceden de 
lenguas aborígenes de América. Y aunque sólo por incidencia 



52 PRÓLOGO 



se ocupa en el examen de las voces provinciales de Bogotá, 
contiene su libro numerosas noticias y advertencias aprove- 
chables en materia de americanismos. 

El Diccionario de chilenismos por don Zorobabel Rodríguez, 
impreso en el año 1875 en Santiago de Chile, contráese 
más de propósito que la obra de Cuervo al estudio de las 
voces nativas, útiles ó siquiera tolerables, que usan común- 
mente los americanos. «El lector encontrará (advierte el 
autor en el Prólogo) en nuestro Diccionario una lista, sino 
completa, bastante numerosa de los provincialismos que se 
usan en Chile, con su etimología cierta ó probable, con 
ejemplos de escritores nacionales que muestren su verda- 
dera significación, y con los equivalentes castizos, apoyados 
también en pasajes de los clásicos españoles.» Mucho debe 
la lexicografía de la América española al erudito autor del 
Diccionario de chilenismos; acaso de ninguna otra obra seme- 
jante contiene mayor número de oportunas citas el Vocabu- 
lario rioplatcnse. 

D. Fidelis P. del Solar publicó al año siguiente (1876), 
asimismo en Santiago, sus Reparos al Diccionario de chilenis- 
mos del se ñoi don Zorobabel Rodríguez. En materia de america- 
nismos castellanos, estudio que puede decirse está todavía en 
mantillas, es inseguro con frecuencia y vario el criterio délos 
autores, y así la disconformidad que se nota hay entre ellos no 
debe causar extrañeza. Prescindiendo, pues, de la parte crí- 
tica, el distinguido autor de que hablamos ofrece noticias úti- 
les, que contribuyen á acabalar el conocimiento de algunos de 
los vocablos que analiza. 

Paz-Soldán hace mención^de r un cuaderno en cuya por- 
tada se lee : « Cien vocablos indígenas de sitios, ríos, alturas, 
etc. Extracto de la obra inédita : Diccionario de vocablos 
indígenas de uso frecuente en Venezuela por Arístides Rojas. 
Caracas 1882.» Según Paz-Soldán, esta obra vendrá á ser, 
más que de voces usuales y geográficas, un tratado sobre 
la etnografía y mitología de los aborígenes de América. 

« Voces nuevas de la lengua castellana. Glosario de voces, 
frases y acepciones usuales y que no constan en el Diccio- 



DEL AUTOR. 53" 



nario de la Academia, edición duodécima. Admisión de 
extranjeras. Rehabilitación de anticuadas. Rectificaciones. 
Acentuación prosódica. Venezolanismos. Por D. Baldomero 
Rivodó. — Paris 1889.» El objeto principal de la obra es abo- 
nar la admisión de muchas voces usadas generalmente así 
en América como en España. Pero sólo interesan al asunto > 
en que nos ocupamos las particulares de Venezuela, á las 
cuales, aunque en muy corto número, el ilustrado filólogo 
dedica especialmente la Parte se.vfa de su trabajo. 

Por último, ha llegado recientemente á nuestras manos el 
Diccionario de vocábnlos brazileiros por el teniente general, viz- 
conde de Beaurepaire-Rohán, publicado en Río de Janeiro año 
de 1889. El estudio de las voces nativas del Brasil importa 
sobremanera al de la lexicografía hispano-americana. El Brasil 
abarca casi la mitad de la América meridional, lindando con 
las Repúblicas Oriental del Uruguay, Argentina, del Paraguay, 
de Bolivia, el Perú, Ecuador y Venezuela. Todas éstas parti- 
cipan, en mayor ó menor extensión, de los productos del suelo 
brasileño, muchos de los cuales son conocidos respectivamente; 
por los mismos ó casi idénticos nombres, en razón de su pro- 
cedencia. El contacto y comunicación constante en que se 
halla el Brasil con algunos de aquellos países por medio de 
sus fronteras, trae consigo un cambio y transmisión recipron >s 
de palabras usuales de las lenguas portuguesa y española, que 
el uno y los otros hablan. Pero, en particular, donde con más 
eficacia se efectúa y más claramente se manifiesta esta mutua 
asimilación de lenguajes, es en el Río de la Plata y en el Para- 
guay, tanto por su mayor comercio y trato con el Brasil, como 
por causas históricas de origen muy antiguo. El ilustrado autor 
del Diccionario de que tratamos, escribiendo para su patria, 
presta ala vez, por consiguiente, un concurso importante á los 
estados limítrofes. 

Ni las Acentuaciones viciosas de que hizo prolijo estudio 
en Chile D. Miguel Luis Amunátegui, ni la Recopilación de 
7'oces alteradas por el nso vulgar publicada en 'Arequipa por 
D. Hipólito Sánchez, ni las Correcciones de defectos de lenguaje 
para el uso de las escuelas primarias del Perú por D. Miguel 






54 PRÓLOGO 

Riofrío, dicen relación directamente á la lexicografía de ame- 
ricanismos. Sólo conocemos la primera de las tres obras 
citadas. Las de Sánchez y Riofrío las menciona Paz-Soldán; 
pero su título descubre á las claras la materia de que tratan, 
que es, como la tic Amunátegui, y en gran parte la de 
Cuervo, purgar el lenguaje de vicios de elocución generales 
y frecuentes en los países en que escriben. 

El Dicrionatio de los diversos nombres vidgares de muchas 
plantas usuales ó notables del antiguo r nuevo mundo etc. por c:l 
Dr. 1). Miguel Cohneiro, difiere en su índole de las demás 
obras que hemos mencionado en esta breve reseña bibliográ- 
fica de americanismos. Contiene copioso número de nombres 
de plantas americanas, con la correspondencia científica de 
ellas é indicación de la familia á que pertenecen, así como de 
sus usos. Es obra de autoridad científica, en razón del alto cré- 
dito de su autor como sabio botánico. Trac asimismo algunos 
nombres vulgares la obra Enumeratio plantarum sponte nascen- 
lium agro moutcvidcnsi cuín synonimis selectis por Ernestus Gibert. 

Figura honrosamente en los congresos científicos de Eu- 
ropa, y servirá de sólida basa al monumento tecnológico que 
éstos se proponen levantar, el Ensayo de Diccionario geográfico- 
geológico compuesto por el eminente geólogo y paleontólogo 
D. Juan Vilanova y Picra, en el cual se hallan algunas vo- 
ces de la América española. 

5. — Registrar, definir é historiar las voces incorporadas al 
lenguaje castellano en el Río de la Plata, es tarea superior á 
nuestras débiles fuerzas, pero que hemos emprendido en la 
confianza de que haría disimular sus imperfecciones la bondad 
del intento. Así fué que, habiendo en el mes de enero del año 
actual dado á luz el Vocabulario riopla tense razonado, que no era, 
ni es ahora, más que un ensayo, la ilustrada prensa de Monte- 
video y Buenos Aires y distinguidos y célebres literatos de Amé- 
rica y España le dispensaron la más favorable acogida y nos 
honraron con señaladas muestras de indulgente aprobación y 
fina benevolencia. Alentados con estímulo tan lisonjero, y ago- 
tada poco tiempo después la edición, que no era numerosa, del 
bienhadado libro, nos propusimos sujetarlo á ludimiento de li- 



DEL AUTOR. 



ma, que le hemos aplicado en efecto con mediana diligencia, 
mejorándolo además con aumentos considerables: queríamos 
que la modesta ofrenda, fuese cosa menos indigna del favor que 
se le había otorgado. Muy lejos está ciertamente de merecerlo 
esta segunda edición, que reconocemos aún harto defectuosa, 
que no pasa aún de un ensayo; pero servirá para, demostrar 
que hemos hecho algún esfuerzo por llevar adelante la em- 
presa. 

La mayor parte de las citas que contiene el Vocabulario, cor- 
responden á historiadores, geógrafos y escritores que han mo- 
rado ó nacido en el Rio de la Plata, y que hablan, por lo regu- 
lar, de cosas que han visto y experimentado, sirviéndose para 
expresarlas de las voces usuales en los países de que tratan. 
Asi comprobamos con testimonios fehacientes el uso antiguo y 
generalizado de los términos definidos, dando en algunos casos, 
con los pasajes que transcribimos, mayor amplitud al concepto 
que encierra la definición, para su más cabal inteligencia. El 
desaliño de la frase, en los más, n< > les quita un ápice de su 
autoridad relativa, considerado el asunto de que trata esta 
obrilla, como hombres entendidos y prácticos, que saben lo que 
dicen. Se observará que hay muchos textos extraídos de dia- 
rios de expediciones científicas y exploradoras y de informes y 
documentos oficiales, cuyos autores ni tenían tiempo, ni esta- 
ban generalmente de humor para entretenerse en limar sus 
escritos. 

Los artículos referentes á naciones, provincias, depar- 
tamentos, ciudades, regiones v ríos, no tienen otro objeto que 
suministrar á quien lo necesite un conocimiento general de los 
países á cuyos habitantes concierne el uso de las voces y frases 
que se registran. Solamente hemos dado cabida, por tanto, en 
el Vocabulario, sobre este particular, á lo que hemos conceptua- 
do oportuno al intento. 

Las vertientes del Uruguay, Paraná y Paraguay, el Chaco, 
la Pampa, la Patagonia, estaban pobladas de innumerables 
parcialidades de indios, la mayor parte de las cuales ha desa- 
parecido. Algunas han figurado en la historia de la conquista 
y colonización de las regiones del Plata: otras dejaron poca ó 



56 PRÓLOGO 

ninguna memoria de su existencia: sólo de las primeras hace 
mención el Vocabulario. 

Hay voces en el Vocabulario que no son de uso vulgar ó 
corriente, como abatí, caá, chepí, toropí, caapaú, piri, i upa; pero 
que tienen alguna importancia histórica ó bien se hallan 
empleadas en los escritos antiguos de las regiones del Plata 
sin mención de la idea que envuelven. Por eso no nos ha 
parecido excusado el registrarlas. 

Fuera de los casos antedichos, las voces guaraníes, puras ó 
alteradas, que incluimos en el Vocabulario, son meramente las 
que el uso antiguo y constante ha venido incorporando al 
lenguaje castellano en las repúblicas del Plata y Paraguay. 

Aparte de la importancia que, en orden al mejoramiento de 
la lengua, tiene en sí esta clase de estudios, ejecutados por 
plumas competentes, no tan humildes como la nuestra, ¿será 
necesario encarecer la utilidad que ofrecen para la debida 
inteligencia de los escritos históricos, geográficos y literarios de 
toda especie, donde se hallan empleadas las voces y frases 
cuyo sentido se declara? Las siguientes palabras del Dr. D. Ale- 
jandro Magariños Cervantes, ilustre decano de las letras uru- 
guayas, contestarán por nosotros satisfactoriamente á esta 
pregunta. «En la nota 62 del Cellar he consignado porqué á 
veces pongo entre notas que me parecen oportunas por cual- 
quier concepto, otras innecesarias para los lectores america- 
nos, pero indispensables mientras no exista un diccionario de 
palabras y locuciones c/iollas, para otros lectores del opuesto 
hemisferio, donde circulan ó pueden circular los libros escri- 
tos en el Nuevo Mundo.» (Palmas y Ombúcs.) 

El docto escritor argentino D. Enrique Lynch Arribál- 
zaga, especialmente versado en la historia civil y natural 
del Río de la Plata, se expresa del modo que se verá en 
seguida, en el discreto juicio crítico de nuestra obra, que 
publicó en Buenos Aires afines de febrero de 1889. «Apre- 
miada (el habla castellana) por la urgencia de dar nombre á 
tanto objeto nuevo como le ofrecía este mundo maravi- 
lloso (la América), no pudo rehusarse á absorber el alimento 
que, con prodigalidad de opulentos generosos, le bridaban 



DEL AUTOR. 57 



los lenguajes aztecas, muiscas, guaraníes, aimaraes, arau- 
canos y cien otros más. . . . No es tan grande, con todo, la 
alteración del castellano en nuestro hemisferio, que dejemos* 
de entendernos cómodamente con los habitantes del opuesto; 
pueril sería semejante temor. Conviene empero inventariar los 
nuevos elementos con que en estos países se ha enriquecido 
nuestro idioma, señalar los arcaísmos que han persistido entre 
nosotros, las voces que se usan en España y que aquí son 
desconocidas, los errores prosódicos y ortográficos, la influen- 
cia francesa sobre nuestra sintaxis y tantos otros puntos inte- 
resantísimos para el filólogo y el literato .... De Colombia ha 
partido la iniciativa: D. Rufino José Cuervo ha tratado esta 
cuestión, en la parte que se refiere á su patria, con tanto talen- 
to como erudición.... Diez años han trascurrido, con una 
velocidad que nos sorprende, desde que en la casa de un 
poeta galano y verdadero se reunían con frecuencia varios 
jóvenes ilustrados y entusiastas, cuyo nombre ha dejado ya do 
ser un miraje halagador. Veíase allí discutiendo con orden y 
frase bien medida, como de quien se ensaya para más altos 
escenarios, á Rafael Obligado, á Holmberg, á Eduardo Agui- 
rre, á Carballido, á Diana, á Frejeiro, á Atanasio Quiroga, á 
Coronado y á muchos otros. Se presentaban memorias cien- 
tíficas y trabajos literarios, se criticaba por escrito y se discutía 
con artística dialéctica. Tuvieron un sueño y emprendieron su 
realización. Querían formar un Diccionario de argentinismos: 
reunieron fragmentos; pero la obra murió á manos de las co- 
misiones especiales.:- Para hacerse cargo del interés que 
despierta esta clase de estudios y del generoso aprecio que so 
hace de ellos en el Río de la Plata, léanse los siguientes pá- 
rrafos del mismo escrito del Sr. Arribálzaga, que, á riesgo de 
pasar plaza de inmodestos, nos aventuramos á transcribir: 
«Ocupado á mi vez, en calidad de simple aficionado, en co- 
leccionar los modismos argentinos, sorprendióme agrabable- 
mente el anuncio de la obra que acaba de publicar en Montevi- 
deo el Dr. D. Daniel Granada. La pedí en seguida; los 
ejemplares recibidos en esta capital se habían agotado: era 
grande el interés que el asunto despertaba entre las personas 



58 PRÓLOGO 

estudiosas. Por fortuna llegó otra remesa, y pude conocer el 
Vocabulario rioplaünsc razonado .... El doctor Granada ha dado 
el primer impulso, ha creado una célula; la diferenciación la 

hará él mismo ú otros, pero aquel honor es todo suyo . . .» En 
términos igualmente benévolos v generosos están concebidos 
los artículos que la prensa rioplatense ha tenido á bien dedi- 
car al favorecido ensayo de americanismos (le! Plata. 

El prólogo de la primera edición del Vocabulario comenzaba 
con las siguientes palabras : El conjunto de voces y frases reu- 
nidas en este librito , no merecería el nombre de Vocabulario 
rioplatense, que suena demasiado, si trabajos anteriores á su 
composición hubiesen proporcionado los medios de presen- 
tarlo más copioso. Que se echarán de menos muchos térmi- 
nos peculiares de las regiones del Data, cuyo registro ha sido 
nuestro intento, no cabe la menor duda. Su hallazgo más 
depende de una perseverante atención, favorecida por la casua- 
lidad, cuyo factor es el tiempo, que tic un esfuerzo del enten- 
dimiento. Quien lo considere fácil tarea, antes de criticar, tome 
pluma }• papel y dé mía prueba de su inventiva. Para ello 
advierta primeramente, que sólo se trata de inventariar las 
voces v frases de que no hace mención el Diccionario de la len- 
gua castellana por lá Real Academia Española, ó de las cuales da. 
una idea imperfecta, por la vaguedad, deficiencia ó inexactitud 
de las noticias que le han sido suministradas. En st^gundo lugar 
tenga presente que debe hacer caso omiso de, la muchedumbre 
de voces y frases exóticas que, así en América como en Espa- 
ña, desfiguran y estropean el habla en que Ercilla cantó la 
pujanza de los araucanos. Finalmente recuerde que, una vez 
hallado el vocablo, hay que buscar su etimología, que no siem- 
pre se encuentra á mano. Sea como fuere, el Vocabulario rio- 
platense que ofrecemos al público, aunque razonado, según reza 
la portada, es cosa harto modesta ; circunstancia (sea dicho de 
paso) que redunda en beneficio del libro : su. misma pequenez 
lo preserva de cierto conocido veneno. ¿Lo preserva? Nunca 
falta una pandilla de tertulios que serpentean y se desviven 
por morder aun al que no invoca más título que una sana inten- 
ción para merecer la indulgencia de sus lectores. » Esto dio 



DEL AUTOR. 59 



margen á que el escritor arriba citado, D. Enrique Lynch 
Arribálzaga, dijese: «Severas en extremo son las frases con que 
de antemano se defiende el autor de los comentarios de la 
crítica. Quien entrega su obra al público debe esperarla, no 
empapada en veneno, ni armada con las flechas de la sátira, 
que eso no es crítica, sino agresión de malvado; antes bien, 
vestida con la capa sedosa de la cortesía y ofreciendo argu- 
mentos é indicaciones más ó menos útiles. > Esa es la crítica á 
quien entregamos gustosos el Vocabulario rioplatense razonado, 
v cuyas advertencias utilizaremos siempre agradecidos, como 
hemos utilizado con sincero reconocimiento las oportunas que 
en la suya se ha servido dirigirnos el apreciable literato argen- 
tino que motiva estas líneas. Si en todo no hemos seguido las 
indicaciones contenidas en los diversos juicios críticos que se 
han hecho de nuestro ensayo, dos de los cuales figuran al 
frente de esta segunda edición, es porque, en el año transcu- 
rrido de entonces acá, entre las penosas atenciones de la abo- 
gacía, y á causa también de la escasez de nuestros conocimien- 
tos, particularmente en lo relativo á la clasificación de objetos 
de la naturaleza, no ha estado en nuestra mano llevar á cum- 
plido término la empresa. 

Quien hojee las páginas de este libro esté advertido que tal 
cual vez se nos resbala la pluma, ora atraídos con la belleza ú 
originalidad del objeto que describimos, ora llevados como de 
la mano á poner en su punto algunas especies históricas, sofis- 
ticadas por la malicia á intento de mancillar timbres gloriosos y 
buenamente acogidas por la ignorancia. Por lo demás, aunque 
poco se nos alcanza, alcanzamos que no debe de estar exento 
de yerros el resultado de nuestras pobrísimas tarcas, yerros 
que unas veces procederán de descuido, y otras, las más, de 
nuestra escasa comprensión y cortas luces. 

6 — Hubo reinos y provincias americanas, donde, en los si- 
glos decimosexto }• decimoséptimo, alcanzaron alto vuelo las 
letras: Méjico, el Perú. Contagiólas luego la peste del gongb- 
risnio, bien que no haya sido tan profunda como en sufoco 
matriz la perversión de! gusto literario. Los corruptores del 
buen gusto ejercían inmediata y poderosa influencia en el tea- 



60 PRÓLOGO 

tro de sus torneos, con la rapidez y persistencia que las ema- 
nanaciones deletéreas de un pantano inficionan la atmósfera. 
Los engendros más informes de este vago fermento morían, 
tarde ó temprano,. en España; al paso que sólo atravesaban los 
mares, en manos de historiadores, cronistas, jurisconsultos, 
teólogos y profesores eminentes, los que, respetando los 
fueros del sentido común, merecían algún aprecio de los es- 
píritus regularmente cultivados. Mediado el siglo decimoc- 
tavo, empezó á sentirse, y claramente á ganar privanza ha- 
cia sus fines, en las colonias españolas de América, el eco y 
fi >rma de las ideas á cuyo favor estaba preparando Europa un 
cambio radical en la condición de sus pueblos. Feijoo y Cam- 
pomanes, que seguían con denuedo el movimiento intelectual 
de su época; Feijoo, disipando las nieblas de la superstición é 
ignorancia, Campomanes, señalando la senda por donde pros- 
peran las naciones, eran harto conocidos en el Nuevo Mundo, 
y sus doctrinas, tan valientemente declaradas, hallaron fervo- 
rosa acogida en el claro y perspicaz entendimiento de los 
americanos. Lo mismo Luzán, como preceptista literario. Re- 
formábanse á la par los planes y sistemas de enseñanza. 
Movidas por tales resortes la industria, el comercio, las cien- 
cias, las bellas artes, la literatura, florecían vigorosamente en 
los últimos tiempos déla dominación española aquende el 
Océano: dejaron atónito á Humboldt, maestro de los sabios. 
Coincidía este súbito despertamiento de la América ilustre o >n 
la aparición, en España, de Meléndez, Jovellanos, Forner, 
Cadalso, Cienftiegos, Iriarte, los Moratines y tantos otros 
poetas y escritores de primera nota, quienes, levantado el 
pensamiento, acrisolaban la lengua. Pero así como en la época 
precedente no pudo quedar América exenta del general con- 
tagio del gongorismo, tampoco en ésta le era dable sustraerse 
al influjo del seudo clasicismo que entonces estaba de moda en 
el mediodía de Europa. Así vemos que poetas á quienes el 
cielo había revelado el secreto de la belleza en la vida, creían 
descubrir sin embargo en los ríos y entre las selvas de América 
las divinidades del Olimpo, que el Chimborazo y el Amazonas 
miraban con desprecio. Ejemplo el porteño Labardén, cisne 



DEL AUTOR. 61 



del Plata, cuya bellísima oda al Paraná engalana las primeras 
páginas del Vocabulario rtoplatense,e7cpuxga.da de los defectos 
de puntuación, ortografía y sentido con que fue primitivamente 
publicada á i.° de abril de 1801 en el Telégrafo mercantil, pe- 
riódico erudito, á la sazón fundado en Buenos Aires. 

El Dr. D. Manuel José de Labardén escribió el poema 
de que se trata á principios del año 1801. El río Paraná había 
presentado en los años precedentes el raro fenómeno de man- 
tenerse bajo, echándose de menos las crecientes que experi- 
menta regularmente por el verano. Coincidía con este retiro de 
sus aguas la presencia en el río de la Plata de buques ingleses 
<[uc amenazaban los puertos de Montevideo y Buenos Aires. 
De ahí que el augusto Paraná, personificado magníficamente 
por el bardo argentino, retrocediese á la gruta (listante, asombrado 
su candido carácter ante los insultos temerarios de los piratas de 
Albión. Allí, do están las minas del Brasil, tiene volcada la 
urna de oro, rebosando siempre en ondas de plata, apellido con 
que se exorna, por haberse supuesto ricas de este metal las 
regiones que baña. Llámalo el poeta, anunciándole que, pro- 
vocado el ardimiento de los españoles, se han apercibido ya 
para dar la batalla, y lo esperan. El Paraguay y el Uruguay 
saldrán á recibirlo, previniendo á distancia conveniente, para 
remudar el tiro del carro de nácar en que desciende, los caba- 
llos que trajeron del mar patagónico, alusión á la particular figura 
de cierto marisco. Aconséjale que baje majestuoso, fecundando 
con sus vertientes los campos sedientos; pues él es quien ha 
de poner en movimiento los gérmenes de la vida. 

iVb el ronco caracol; la cornucopia, 
Sirviendo de clarín, renga anunciando 
Su llegada feliz. 

Sus hijos, presididos por genios tutelares, que han tomado la 
bondad por divisa: «Buenos Aires», le preparan entretanto 
perfumados altares y arcos triunfales, donde brillan á compe- 
tencia la industria y las artes. 



Ven, sacro río, para dar impiclso 
Al inspirado ardor: bajo tu amparo 
Corran, como tus aguas, nuestros versos. 



62 PRÓLOGO 

Termina la oda con los siguientes, que suprimimos por consi- 
derarlos un aditamento relativo únicamente á las circunstan- 
cias en que se compuso: 

No quedarás sin premio ¡premio santo! 
Llevarás guarnecidos diamantes, 

Y de rojos rubíes dos retratos, 

Dos rostros divinales que conmueven: 
Uno de Luisa es, otro de Carlos. 
Ves ahí que tan magnífico ornamento 
Transformará en un templo tu palacio. 
Ves alú para las ninfas argentinas 

Y su dulce cantar acentos gratos. 

Lo mismo decimos de los versos: 

Y para el arduo intrépido combate 
Carlos presta el valor, Jovc los raijos, 

con los cuales plugo al poeta recargar el pensamiento conteni- 
do en el párrafo cuarto, cuyo sentido queda perfecto cuando 
dice: 

Por el bronce marcial, ocupa el llano. 

Si, al contrario de lo que nosotros pensamos, entendiere 
alguno que los versos suprimidos no son una alusión pura- 
mente accidental y transitoria, sino parte integrante del poema. 
fácil le será restituirlos mentalmente al lugar en que estaban. 

El móvil que nos ha impulsado á juntar con el Vocabulario 
la espléndida oda de Labardén, no ha sido otro que aprove- 
char la coyuntura que nos ofrecía la publicación de un libro 
cuyo asunto se refiere á las regiones que baña el río á quien 
invoca el poeta, para darla á la estampa purificada de los hie- 
rros con que salió de entre las manos de los cajistas. Así 
también, el que compre este libro, caso de que no valiese natía 
lo que en él hay de nuestra cosecha, no podrá nunca decir 
que ha malgastado su dinero. 

7. — Tal presentamos de nuevo, confirmado en su infancia, 
el locaba/ario rioplalcnsc razonado. Ataviado á usanza de la 
tierra y del propio modo hablando; de entre esteros y tac lán- 
zales, pero no enlodado, antes envuelto en hojas de in/pc. sahu- 
mado con la rústica esencia del torocaa, v ungido, en fin. con 



BEL AUTOR. 63 



el óleo del selvático ayuiñandí; cuando la aterciopelada flor 
del ceibo engalana los montes donde se esconde el arisco gua- 
zubirá y clamorea lúgubremente el ura/aú,y el atrevido guembé, 
encimado enlamas alta rama de! eminente urunday, descerraja 
la cárcel que lo aprisiona,ansioso de contemplar, siquiera solo 
un día, el jubiloso y espléndido movimiento primaveral de la 
naturaleza indiana en las regiones que se avecinan ala hoguera 
de los trópicos; tal cual vez jovial, sin que lo sea por condición, 
y sin que jamás pueda decirse que imita con su risa el descom- 
pasado estrépito del estallante capororoca, ni que atrepella los 
fueros de la decencia y las claras leyes de la hidalguía, des- 
eiende en brazos del inquieto Uruguay, para arrojarse confiado 
en los soberbios del Plata, á cuyas márgenes deja, ya marchi- 
tos, los desnudos camahtes que cortejaron su canoa. 

Daniel Granada. 

Salto (Rep. Or. del Urug.) : 1889. 



AL PARANÁ 

POR 

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CISNE DEL PLATA. 



Augusto Paraná, sagrado río, 
Primogénito ilustre del Océano, 
Que en el carro de nácar refulgente, 
Tirado de caimanes recamados 
De verde y oro, vas de clima en clima, 
De región en región vertiendo franco 
Suave frescor y pródiga abundancia, 
Tan grato al portugués como al hispano: 

Si el aspecto sañudo de Mavorte, 
Si de Albión los insultos temerarii >s, 
Asombrando tu candido carácter, 
Retroceder te hicieron asustado 
A la gruta distante, que decoran 
Perlas nevadas, ígneos topacios, 

Y en que tienes volcada la urna de oro, 
De ondas de plata siempre resobando: 

Si las sencillas ninfas argentinas 
Contigo temerosas profligaron, 

Y el peine de carey allí escondieron 
Con que pulsan y sacan sones blandos 
En liras de cristal de cuerdas de oro, 
Que os envidian las deas del Parnaso: 



LABARDÉN. 65 



Desciende ya, dejando la corona 
De juncos retorcidos, y dejando 
La banda del silvestre camalote; 
Pues que ya, el ardimiento provocado 
Del heroico español, cambiando el oro 
Por el bronce marcial, ocupa el llano. 

Cerquen tu augusta frente alegres lirios 

Y coronen la popa de tu carro. 

Las ninfas le acompañen, adornadas 
De guirnaldas de aromas y amaranto, 

Y altos himnos entonen con que aviven 
Tu tránsito á los dioses tributarios. 

El Paraguay y el Uruguay lo sepan, 

Y se apresuren próvidos y urbanos 
A salirte al camino, y á porfía 

Te paren en distancia los caballos 
Que del mar patagónico trajeron, 
Los que, ya zabullendo, ya nadando, 
Ostenten su vigor, que, mientras llegas, 
Lindos céfiros tengan enfrenado. 

Baja con magestad, reconociendo 
De tus playas los bosques y los antros; 
Extiéndete anchuroso, y tus vertientes, 
Dando socorros á sedientos campos, 
Den idea cabal de tu grandeza: 
No quede seno que á tu excelsa mano 
Deudor no se confiese. Tú las sales 
Derrites, y tú elevas los extractos 
De fecundos aceites; tú introduces 
El humor nutritivo, y suavizando 
El árido terrón, haces que admita 
De calor y humedad fermentos caros: 
Ceres de confesar no se desdeña . 
Que á tu grandeza debe sus ornatos. 
No el ronco caracol; la cornucopia, 
Sirviendo de clarín, venga anunciando 

3 



/ 



66 



ODA DE LABARDEN. 



Tu llegada feliz. 

Acá tus hijos, 
Hijos en que te gozas (y que á cargo 
Pusiste de unos genios tutelares 
Que por divisa la bondad tomaron: 
Zéfiros halagüeños), por honrarte, 
Bullen y te preparan sin descanso 
Perfumados altares, en que brilla 
La industria popular, triunfales arcos, 
En que las artes liberales lucen; 

Y enjambre vistosísimo de naos 

De incorruptible leño, que es don tuyo, 
Con banderolas de colores varios 
Aguardándote está. Tú, con la pala 
De plata las arenas dispersando, 
Su curso facilita. 

La gran corte 
En grande gala espera. Ya los sabios 
De tu dichoso arribo se prometen 
Muchos conocimientos más exactos 
De la admirable historia de tus reinos; 

Y los laureados jóvenes, con cantos 
Dulcísimos de pura poesía. 

Que tus melifluas ninfas enseñaron, 
Aspiran á grabar tu excelso nombre 
Para siempre del Pindó en los peñascos, 
Donde de hoy más se canten tus virtudes, 

Y no las iras del furioso Janto. 
Ven, sacro río, para dar impulso 

Al inspirado ardor: bajo tu amparo 
Corran, como tus aguas, nuestros versos. 



VOCABULARIO. 



ADVERTENCIA. 

Las citas pertenecientes á las obras de que se hace mención 
en la reseña de la lexicografía hispano-americana que forma 
parte del Prólogo, se indican, por lo regular, con el solo 
nombre de su autor respectivo. Cuando citamos á D. Ricardo» 
Palma, nos referimos á una carta con que este insigne y 
celebrado literato se dignó favorecernos, la cual centiene 
una lista de las voces usadas en el Perú en el propio sen- 
tido que en el Río de la Plata, conforme á la I." ed. del 
Vocabulario. En la 1. a ed. se habrá echado de menos el 
concurso que nos hubieran proporcionado los escritos lexi- 
cográficos de su índole publicados ya en Chile, Perú y 
Colombia cuando la dimos á luz; pero entonces no los 
conocíamos, ni siquiera teníamos noticia de ellos, así como 
tampoco de que Salva hubiese registrado en su Diccionario 
voces provinciales de América. 



SIGNOS PROSÓDICOS 



VOCES GUARANÍES 



Á falta de los signos comúnmente usados por los filólo- 
gos para indicar los diversos sonidos con que se pronun- 
cian las voces guaraníes, empléanse en este Vocahdmio los 
siguientes: 



gutural, 
gutural-nasal. 
nasal 



A 



ABATÍ, m. ant— Maíz. 

Del guar. abatí. 

En las cartas y relaciones antiguas del Río de la Plata hállase 
esta voz, sin expresión de su significado. «Siembran é cogen 
abatí é calabazas; » «comen abatí é carne 6 pescado.» (El capi- 
tán Diego García, Mem, de la naveg. que hizo al río de la 
Plata el año de 1526.) «Siembran abatí y calabazas y habas;» el 
buen recado de abatí que traíamos. :> (Carta de Luis Ramírez, 
1528, fiev. de laBibl. P. de Buenos Aires publ. por D. M. R. Tre- 
lles.) 

ABIPON, na, adj. — Dícese del indio cuya generación, divi- 
dida en varías parcialidades, habitaba al norte de la provincia 
de Santa Fe, junto al Paraná, corriendo el sur del Chaco. 
Ü. t. c. s. — Perteneciente á dicha generación. 

Los abipones, bravos y belicosos, después de haber batallado 
largo tiempo, va contra los españoles, ya contra otras parciali- 
dades del Chaco, se redujeron á la vida civil á mediados del 
siglo decimoctavo, formando varios pueblos en Santa Fe y 
Corrientes, bajo la dirección de los jesuítas. 

ABOMBADO, da, adj. —Entre aturdido é imbécil. Ú. t. c. s. 
Es un abombado. ¡Qué abombada! 

ABOMBAR, a. — Aturdir, marear, incomodar sobremanera, 
ya sea que este efecto lo cause un ruido fuerte y continuado, una 
atmósfera pesada, un aire viciado, una conversación enfa- 
dosa, etc. U. t. c. n. y c. refi. — Echar á perder el agua, de 
manera que despida mal olor. Ú. t. c. refi. — se. Tratándose 
de una caballería, quedar imposibilitada de caminar, por efecto 
del sol y del cansancio, lo que regularmente sucede en días de 
mucho calor. 

• 



70 DANIEL GRANADA. 



\ ( 



Rcfl.: como aturdirse (Rodríguez): ponerse fétido un líquido 
(Paz-Soldán): principiar á corromperse el agua, formando 
burbujas, que en Venezuela llaman bombasí) bombitas (Rivodó). 

Intrans. en la provincia brasileña de Río Grande del Sur, 
tratándose de un caballo, con la misma significación que en el 
Río de la Plata (Beaurpaire-Rohán). Tomaron los riogranden- 
ses el vocablo de sus vecinos los orientales del Uruguay. 

«Bombo, ba. (De bomba) adj. fam. Aturdido, atolondrado 
con alguna novedad extraordinaria ó con algún dolor agudo.» 
(La Acad.) 

ACABIRAY, m.— V. IRIBÚ ACABIRAY. 

Es, sin duda, preferible el uso de la voz acabiray. 

ACIONERA, f. — Pieza de suela, que, asegurada al lomillo 
del recado de montar, sirve para sostener las estriberas. 

ACRIOLLARSE. — Acomodarse el extranjero á los usos, 
costumbres y carácter especial de los hijos del país, de manera 
que las cualidades correspondientes que por hábito haya ad- 
quirido parezcan en él nativas. 

ACUTÍ, m. — Cuadrúpedo montes, de unas dos cuartas de 
longitud, de color pardo verdoso el lomo y bayo blanquizco el 
pecho, pelo largo y en algunas de sus condiciones parecido al 
conejo. 

Del guar. ücutí. 

«No dudo que sería fácil domesticarlos desde jóvenes, para 
comerlos como el conejo, y costaría poco alimentarlos, porque 
comen de todo; pero tendrían el inconveniente de que todo lo 
roen.» (Azara.) 

ACHIRA, f. — Planta que se cría en los terrenos húmedos, de 
una vara y media á dos de alto, de tallo nudoso, hojas puntia- 
gudas, aovadas y largas, y flor colorada. En Gibert Sagitharia 
L. (alismaccoc). Colmeiro menciona tres especies de achira dei 
Perú. 

ACHUCHARSE. — Contraer la dolencia llamada chucho. 

ACHURA, f. — Cualquier intestino ó menudo del animal 
vacuno. 

ACHURADOR, m.— El que achura. 

ACHURAR, a. — Quitar las achuras á un animal. 



VOCABULARIO RIOBLATENSE. 71 

ADULÓN, na, adj. — Dícese de la persona que tiene el virio 
de adular. Ú. t. c. s. 

Voz usada, sin duda, en el sentido indicado, en toda la 
América, pues la traen Paz-Soldán (Perú), Rodríguez (Chile) y 
Rivodó (Venezuela). 

AGACE ó agás, adj. — Dícese del indio que al tiempo del 
descubrimiento navegaba el río Paraguay hacia su desembo- 
cadura, de la misma parcialidad que el payaguá. Ü. t. c. s. — 
Perteneciente á dicha parcialidad. 

AGALLUDO, da, adj. fam. — Dícese de la persona que es 
de ánimo esforzado. Suele tomarse en mala parte, por picaro 
audaz y de marca, capaz de cometer las más grandes fechorías. 

Derívase, como es notorio, de agallas, fig. y fam., que trae y 
define la Acad. ánimo esforzado, usado particularmente con el 
verbo tener. 

En Chile valiente y esforzado, y también taimado, astuto 
(Rodríguez). En Venezuela codicioso, cicatero (Rivodó). 

AGARRAR, a. — Asir ó tomar, aunque sea con las yemas de 
los dedos un finísimo pañuelo de ñanduti ó la flor más deli- 
cada. 

Lo mismo en toda América, según tenemos entendido. De- 
más es decir que no abogamos por esta impropiedad. 

AGUA DE LA VANDA.— Esencia de alhucema. 

No porque sea particular (que no lo es ciertamente) del Río 
de la Plata, sino por peregrino, hacemos mención de este nom- 
bre. Cuervo, refiriendo, entre otras cosas, que el espliego ó 
alhucema se llamó antiguamente Lavándula, agrega: «los perfu- 
mistas, las mujeres y los amujerados debieron figurarse que de 
eso no había ni noticia en castellano, y he aquí una voz fla- 
mante que nadie entiende y que aun con mayúscula escriben.» 
Seguramente estuvieron de moda en el siglo pasado, junto con 
el remedio, el nombre, que D. Ramón de la Cruz pone en 
boca de un almibarado petimetre en el Chasco de los aderezos. 
Es de advertir que la ed. de Duran trae la randa por lavanda. 

1 enancia. 
¿Desmayóse doña Juana? 






72 DANIEL GRANADA. 



Alberto. 
¿Qué es esto? 

Diego (el petimetre). 

¡Señora! 
Todas. 



¡Amiga! 



Diego 
¿Tenéis agua de la vanda? 

Venancia. 
Yo la traigo aquí conmigo. 
Echarla bien. 

Gregaria. 

¡Qué desgracia! 

¿Ño vais vos? 

Felipe. 

¿Y para qué? 
No entiendo de desmayadas; 
ella volverá, si vuelve. 
Justo. 

¿Y si no? 

Felipe. 

Caiga el que caiga. 

Juana. 

¡Jesús! 

Alberto. 

Ya ha vuelto. 
Juana (volviendo en sí). 

• ¡Ay de mí! 
Felipe. 

¡Lagotería 

Diego. 

Ea, vaya: 

Respiremos, corazón. 
AGUACHARSE.— Hablando de un caballo, echar barriga y 
carnes, á causa de haber estado pastando ocioso una larga 

temporada. 

En Chile el verbo aguacharse equivale á encariñarse, domes//- 



VOCABULARIO RIOPLATENSE. 73 

corsé; y así es obvio que se derive de guacho, como lo indica 
D. Zorobabel Rodríguez; porque el animal que se cría en las 
casas, naturalmente se domestica y encariña con las personas 
que lo cuidan. Pero no sucede lo mismo en el Río de la Plata 
y en la provincia brasileña de Río Grande del Sur del Brasil, 
donde aguacharse significa, literalmente hablando, llenarse de 
agua un caballo. Hacemos esta observación á vista del siguien. 
te artículo de Beaurepaire-Rohán: 

«Aguachado, adj. m. (R. Gr. del S.) Dícese del caballo que, 
después de muchos meses de reposo, se halla muy gordo y 
descansado, y de resultas inhabilitado (y como tal impropio) 
para una larga marcha. — Etiiu. Derívase de guacho, al que se 
asemeja el caballo bien tratado. (Zorob. Rodr.);> 

AGUACHENTO, ta, adj. — Dícese del fruto aguachado. 

Cuervo dice que en Bogotá equivale á aguanoso, advirtien- 
do que se usa en Cuba y que en gallego hay el adjetivo agoaceuto. 
En el Perú, á semejanza del Río de la Plata, aplícase á la 
fruta (Paz-Soldán). En Chile lo mismo que aguanoso (Rodrí- 
guez). La trae también Rivodó. 

AGUADA, f. — Aguas potables que hay en un campo, paraje 
ó región determinada. 

«No puede darse mejor lugar para criar animales, pues todos 
los terrenos son sumamente pastosos, y, como he dicho, abun- 
dantes de aguadas.» ( D.Luis de la Cruz, Exp. de la Concep. de 
Chile á Buenos Aires.) 

«.Mar. Provisión de agua dulce que lleva un buque para su 
consumo. — Mar. Sitio en tierra, adecuado para tomar agua 
potable y conducirla á bordo.» ( La Acad. ) 

«Beben de aguadas hechas á mano. » (Reí. geográf. de Lid., 
Santa Cruz de la Sierra, publ. por D. M. Jim. de la Esp. ) 

«Los campos de la jurisdicción de la ciudad de Corrientes 
son fértiles, amenos y deliciosos, así por las muchas lagunas 
que en sí contienen y le bañan, como por los muchos montes y 
frondosos bosques que hay en ellos, con aguadas permanentes 
de buen sabor y saludables.» (Dcscrip. de Corr. por el maestre 
de campo D. Bernardino López Lujan, tcnt. degob. etc., 1760; 
Rev. de la B. de B. A. por Trelles.) 



\ 



-V- 



74 DANIEL GRANADA. 



<:Lü más ventajoso de Ja provincia (del Paraguay) es que en 
ios referidos campos, y en toda ella, jamás faltan aguadas. 
(D. M. A. Molas, Descrip. del Parag.) 

AGUAPE, m. — Planta acuática, de tallo fofo, de hoja aco- 
razonada, v flor pequeña compuesta de tres pétalos conglo- 
merados blancos, menos en la parte interior hacia el pie, donde 
cambia el color blanco en amarillo primero y después en 
morado; de tres estípulas morado-verdoso-amarillentas, y de 
estambres amarillos. Sus hojas, deshechas con la mano en el 
agua y aplicadas á la cabeza, curan la insolación, quedando 
ellas achicharradas. Aplicadas con unto á cualquier otra parte 
del cuerpo, producen efecto análogo: extraen el calor; y dice 
la gente del campo que se han curado de este modo enfer- 
medades pulmonares. Dan también á tomar el cocimiento de 
las mismas hojas. 

Del guar. aguape. 

«Malezales cubiertos de camalote y agtlapéü.-» (D. Ignacio tic 
Pasos, Recon. del Parag., en Ángelis.) 

AGUARA, m. — Especie de zorro grande; de pelo ondulado 
y largo, amarillo rojizo, y crin negra. 

Del guar. aguará. 

Es fama que su piel cura las hemorroides, sentándose sobre 
ella por la parte del pelo. 

AGUARAIBx4, m. — Árbol terebentináceo, de palo negro, 
hojas estrechas, agudas, dentadas, parecidas á las del sauce 
llorón, florecitas blancas en racimo y semilla negra á manera 
de granos de pimienta; del cual los jesuítas de las Misiones 
del Paraná y Uruguay hacían un jarabe y pasta llamados balsa- 
mo de Misiones, al que se atribuían varias virtudes curativas, 
considerándosele eficaz particularmente en los reumatismos, 
heridas, úlceras, males de orina, debilidad do estómago y 
(•(''lieos. 

Del guar. aguaraibá. 

Este sanalotodo es género de molle, del quieh. y arauc. mollc 
ó /nnlli, al que en las comarcas fronterizas al Brasil llaman co- 
múnmente arnera, del port. éróeira, lentisco, ó sea el anacahuite, 
árbol de la pimienta, ó, según se expresa Cohneíro, árbol de la 



VOCABULARIO RIOPLATENSE. 75 

falsa pimienta (scliiiius molle L: terebintáceas). Cita asimismo 
Colmeiro la aroeira del Brasil (schiuus antarlliritica Jlart.J, el 
molle del Perú (schiuus molle L.) y el molle de Chile (lithnea molle 
C. Gay). Danle también en las regiones del Paraná y Uruguay, 
cuyo es el árbol ele que hablamos, el nombre de aguaribay y 
de guaribay, corrupción posible de aguaraibá, que es la forma 
primitiva del vocablo, pues así lo escribe Riyz de Montoya, 
que dice ser el molle yerba conocida (palabras suyas). Sin em- 
bargo, el nombre de guaribay es muy apropiado al árbol de 
que se trata, suponiéndolo compuesto de las voces guaraníes 
guarí, cosa torcida, é 'iba , fruto de árbol y también árbol, con lo 
que se haría alusión á lo tortuoso de su tronco y ramas, Cir- 
cunstancias que lo distinguen tan señaladamente. La y final 
tanto la lleva guaribay como aguaraibá: Azara aguaraibay. Ad- 
viértase, con respecto á esta palabra, que la forman las voces 
aguará (de agua, plumaje) é 'iba. ó }'bai (árbol que da fruto), y 
que el erudito lingüista brasileño Dr. D. Bautista Cayetano de 
Almeida Nogueira dice que aguará es nombre de zorros mon- 
teses y de frutos vellosos (pcunugci/tos). Aguaraibá ó aguaraibay 
significaría, por consiguiente, árbol de fruto velloso, circunstancia 
que no lo caracteriza; al contrario guaribay, que lo distingue 
por su condición más sobresaliente: la notable tortuosidad de 
sus ramas. 

Antes que amera, lentisco; pero, no siendo exactamente el 
lentisco ó aroeira, lo propio y legítimo, para individualizarlo 
cual conviene, es darle el nombre particular eme ha llevado de 
muy antiguo y lleva aún hoy en la tierra que lo produce: 
aguaraibá, guaribay. Pertenece al mismo género que el turbiuto 
del Perú, al cual es muy probable que le den allí también el 
nombre de molle, como en las provincias argentinas arribeñas. 
En éstas hay una especie de molle, cuyas semillas, que son 
coloradas, sirven para dar f< irtaleza á la chicha, en donde suelta 
de su envoltura una sustancia melosa, y para hacer aloja, 
considerada como una bebida refrigerante sin igual en el 
mundo, como un néctar divino, especialmente cuando el 
viajero fatigado necesita reponer las descaecidas fuerzas á fin 
de continuar su camino en una larga travesía. Hay el molle que 



76 DANIEL GRANADA. 



llaman de curtir, rico en tanino. Hailo que da un fruto esféri- 
co, lechoso, del tamaño y color de una avellana, del que sale uña 
especie de tábano, quedando un agujero hacia el centro. Hay 
el aguaraihá de espina enconosa, cuya cascara, haciendo bu- 
ches con su cocimiento, sirve para entonar las encías. Famoso 
es el árbol que en las regiones bañadas por el Uruguay 
llaman arnera mala ó simplemente arnera; á distinción de la 
medicinal, que dicen mansa: tortuosos, como los de ésta, el 
tronco y ramas, pero muy diferentes las hojas, que son más 
anchas, más cortas y más dobles, no caídas, y sin jugo resi- 
noso. 

La arnera mala, que mas bien debiera llamarse guari- 
hay bravo, es famosa en las regiones que baña el Uruguay, por 
la propiedad que tiene de excitar de tal manera la sangre en 
algunas personas, con sólo pasar por debajo de ella ó acercár- 
sele, que les deja el cuerpo lleno de turgencias, como si fue- 
ran lazarinos: hínchanse, les da una especie de fiebre ó mareo 
y núblaseles la vista. Así los hombres del campo la miran con 
supersticioso recelo. Sus cenizas sirven para hacer lejía, y tam- 
bién le atribuyen propiedades medicinales. Suele morir aho- 
gada entre las profusas ramas sarmentosas de cierta planta 
parásita trepadora llamada yerba del pajarito, que parece prefe- 
rirla por víctima, como si se propusiera librar á la humanidad 
de tan peligroso viviente. Contrahecho, tuberoso, moribundo, 
hemos visto al temido aguaraibá maléfico en los montes del 
Ñaquirá, luchando en vano con su aleve y tosco huésped, fiera 
imagen de la ingratitud. Dicen que la mencionada parásita 
nace de la semilla que entre el excremento deja cierto pájaro 
pequeño en las ramas de los árboles, de cuyo jugo se va ali- 
mentando mientras las raíces que suelta no llegan al suelo, 
donde al cabo prende fuertemente, y se ensoberbece, y multi- 
plica y engruesa sus brazos, y estruja y mata á quien debe su 
existencia. 

AGUARAIBAY, m.—- Aguaraibá. (V.) 

AGUARIBAY, m.—Aguafaibá. (V.) 

AGUATERO, m.— Aguador. 

Observa don Rufino José Cuervo que es usual en Chile, y 



VOCABULARIO RIOPI.ATEKSE. 77 

califica de vulgar el vocablo. En el Río de la Plata rara \>v 
dieen aguad" >r. 

AGUA Y, m. — Árbol recto y alto; de hoja, estrecha; que da 
un fruto muy oloroso, de olor algo parecido al del melón, pen 
delicado: tan dulce que empalaga, no comible, antes causa 
náuseas é irritación de estómago, ovalado, del tamaño de coa 
higo, colorado cuando pintón, negruzco de maduro, con can 
— Árbol parecido al antedicho; de hoja más estrecha: 
aspecto semejante al del olivo; y de fruto también semejante 
á una aceituna, amarillo, comible, con carozo. — Fruto <k 
estos árboles. 

Del guar. aguaí. 

Al primero llámanle también agiiay bravo y maiaojo colorad^ 
por ser muy semejante al árbol ele este nombre y tener de 
su color la cascara. 

En Colmeiro aguay del Brasil (apocináeeas) . 

¡AIJUNA! interj. vulgar con que se denota ira, sorpresa, 
admiración ó pena. 

Elip. y contr. de ¡Ah! hijo de una ! apocopadas. 

Es expresión enteramente vulgar, agreste; y pertenece á la 
familia de las puteadas (V). Pero hacemos mención de ella, por- 
que Bcaurepaire-Rohán la registra como provincial de Río 
Grande del Sur del Brasil, sin dar razón de su etimología ú 
origen, bajo el título de ¡aicuna! definiéndola: 'expresión de ad- 
miración. ¡Aicuna! qué valiente militar!» Los riogrande. 
tomaron esta expresión desús vecinos los orientales del Uru- 
guay, y, á lo menos hacia el sur de la provincia, esto es, del 
lado de la frontera, pronuncian claramente ai/una. ¡Aijuneü 
qué valiente militar! equivale á decir: ¡Oh! qué militar valien- 
te! pero literalmente significa: ¡Ah! militar valiente, hijo de una..... 

Otras veces parece como que sueltan la reserva, dando á 
conocer velado su pensamiento: ¡aijunamante! á saber: ¡ah! hij» 
de una amante! 

AILLO, m. — Boleadoras de bolas de cobre, usadas por kx 
indios del antiguo Perú. 

«Peleaban (los oollaguas) con unas mazas de palo recio y 
fuerte, y, para que lo fuera más, aforrábanlas con plata ó o i 



78 DANIEL GRANADA. 



tirado, y al cabo una porra de plata ó de hierro con unas pun- 
tas, é con hondas é hachas de cobre; é con unas cuerdas de 
niervos recias, y al cabo puestas unas bolas de cobre pesadas, tirá- 
banlas; llaman á éstas ayllos, y hoy lo usan en sus cazas y mon- 
terías.» (Reí. geogr. de Ind. publ. por D. M. Jim. de la Esp.; 
Col taguas.) 

«Huyendo los animales, de una parte á otra, de la multitud 
de los indios, los cuales les van tirando á todas partes con fle- 
chas y hondas, y con una arma arrojadiza que llaman avilo, 
que tiene dos bolas del tamaño de un durazno, colgadas de 
una cuerda emparejo, y asidas de otra; y arrojados estos ayllos, 
hieren y enlazan á lo que tiran.» (Gonzalo Argote de Molina, 
Disc. sobre el Lib. de niont. del rey D. Alonso.) 

AINDIADO, da, adj. — Que tira á indio, ó que tiene el color 
y facciones propias de los indios. 

También en Cuba, según Salva, no obstante que define: \)v 
color de indio, es decir, entre rojo y cobrizo.» 

AJÍ, m — Pimiento, sea ó no picante; y así, ¡para distinguir 
el uno del otro, les dan respectivamente la denominación de 
ají picante, ají dulce. — En especial, pimiento picante. De ahí 
que en sentido figurado digan del que tiene muy mal genio, 
que es más bravo que un ají. — -Planta que da el ají. 

Hay en Corrientes, Misiones, el Paraguay, etc., un ají peque- 
ñito, de color encarnado muy subido, picante con extremo: que- 
ma que es una temeridad, según se expresa la gente campesina. 
Llámanle cambar ¡, voz tomada del guaraní (cumbarí); y, en sent. 
íílí,., más vivo que ají cumbarí, significa más vivo que una cendra. 

»Ají, ques pimienta de las Indias, de muchos géneros. ;> — 
(Reí. gcog. de Ind., Ntra. Si a. de la Paz.) 

«Algún género hay de axi que se puede comer crudo, e no 
quema.» (Oviedo.) 

Mi tronga y mi ñata 
Riñeron por mí: 
¡Zambomba! ¡Qué genios 

¡Caramba! 
De ají cumbarí! 

(D. F. Acuña de Figueroa.) 



VOCABULARIO RIOPLATENSE. 79 

También en España se ha formado una metáfora idéntica. 
empleando, en vez del nombre de ají, el de pimiento: 
¡Vaya, que la muchacha 
Es viva como un pimiento! 

(D. Ramón de la Cruz, Pagar la 
burla, á buen precio.) 
Los españoles llaman al pimiento chile ó ajL La primera 
palabra se deriva de quauli-cliUi, la segunda es una palabra 
haitiana que no se debe confundir con axe 3 que, como ya lo 
hemos observado, designa el dioscorca a/a/a. (Humboldt, tr. 
de Gonz. Arnao, Ens. pol. sobre Nncv. Esp.) 

«Esta voz (ají), tenida por americana, parece original del 
persa, si no lo fuere de un idioma prehistórico, del cual pue- 
den haberla tomado también los dialectos americanos. — Tiénela 
asimismo el árabe, y aun es posible que de esta lengua la hayamos 
tomado, no sólo por el sonido de la voz y por las relaciones que 
apuntaremos, sino porque en los idiomas indígenas de América 
se encuentran diversas palabras de origen africano; y varios es- 
tudios lingüísticos y las afirmaciones de escritores árabes hacen 
creer que en época remota pasaron tribus africanas á la Amé- 
rica meridional.» (D. Julio Calcaño, Actas de la Acad. Venezolana 
Gorresp. de la Esp.) 

En Colmeiro ají amaucho del Perú, de las Antillas, de Nueva 
Granada, de Quito, guaguao de Cuba. 

Especie de pimiento americano, encarnado, pequeño y 
picante.— Salsa usada en América, cuyo principal ingrediente 
es el pimiento.» (La Acad.) 

ALAMBRADO, m. — Cerco ó construcción de alambre afian- 
zado en postes, generalmente de ñandubay, que es madera 
incorruptible, antes se petrifica debajo de tierra. 

ALAMBRAR, a. — Cercar de alambre, afianzado en postes, 
un campo ó terreno. 

ALBARDÓN, m. — Loma ó trozo de tierra que sobresale en 
las costas muy explayadas ó entre lagunas, esteros y charcos. 

v.Albarda, dice Covarrubias, notoriamente es arábigo y en su 
genuina terminación. Berdcalum, del verbo berdea, que vale 
cubrir las espaldas ó el lomo, con el artículo al-berdeatum, y en 



¿( : DANIEL GRANADA. 



corrupción al-barda.» En la ccl. del Tesoro que poseemos, año 
1611, hay, entre otras, una nota marginal manuscrita ele pluma 
muy erudita, como versada en las lenguas vivas y muertas, 
incluso las orientales, que declara el texto de este modo: «Da 
la verdadera etimología Covarrubias; y aun indica la familia á 
que pertenece, que es la de bardas. Bard viene de partir, sepa- 
rar una cosa de otra. Bardas son lo que separa un jardín, huerta 
ó corral, de las tierras inmediatas. Albarda es la que parte, la 
que media entre el lomo del animal y la carga. Pertenece pues 
á la familia partir. Es el francés barde. Es el árabe». . . etc. El 
propio origen que á albarda atribuye Covarrubias á a/barrada. 
De una ú otra voz puede derivarse el aumentativo albardón: ó 
llanamente de albarda, ó corrompido de alba; rada. En cualquie- 
ra de los dos casos, y particularmente en el segundo, significa- 
ría, con arreglo á la explicación del docto acotador anónimo 
del Tesor«, trozo de tierra que parte, que separa las aguas, que 
media entre charcos. Esta inferencia tiene en su abono un 
pasaje del Reglamento general de las medidas de las aguas publi- 
tk> en Méjico el año de 1761 por D. Domingo Lasso de la 
Vega (V. apénd. á Escriche), que dice asi: «Álveo del río se 
interpreta en una ley por lo mismo que camino del río, por 
donde corre; y las paredes en que insiste, si son artificiales, de 
terraplén ó céspedes, se llaman con grande propiedad albarra- 
doíies». Corrompido el vocablo en albardón, á la par que modi- 
ficada algún tanto su significación primitiva, pudo haber 
acabado por expresar lo que expresa en el Río de la Plata. 

Voz de uso antiguo y constante. En el acta de señalamiento 
de término y jurisdicción de la ciudad de Montevideo por el 
capitán don Pedro Millán, se lee: «hasta las cabezadas de los 
ríos San José y Santa Lucía, que van á rematar en un albardón 
que sirve de camino álos faeneros de corambres.» El ing. D. Jo- 
sé M. Cabrer, comis. de lím. de los dom. de Esp. y Port, dice en 
el Diario de la exped. de que formaba parte: «permite (la costa) 
paso franco por medio de varios albardones que tiene á trechos, 
entre los cuales se encuentran algunas lagunillas.» «Yace la lagu- 
na Merín al occidente de la del Pastoreo ó Teyxeira, á muy 
corta distancia; y entendemos por albardón de Silvcira aquel 



VOCABULARIO RIOPLATENSE. 81 

istmo ó faja ele tierra que las separa.» (El mismo). «Esta cañada 
de lagunas (algunas de las cuales tienen peces) se llena en 
tiempo de muchas aguas de tal modo que corta el paso de 
la pampa con su parte meridional, ó á lo menos las aguas co- 
municadas no lo dejan sino vadeándolas por lo más alto de los 
albardones, (jne son orillas de las lagunas en las secas. (Carta sobre 
B. A. en el Viaj univ. por D. P. E.) «La laguna de San Lucas 
que tenemos á la vista, está separada de esta de los Paragua- 
yos por un albardón.-» etc. (D. Pablo Zizur, pil. de la R. Arm., 
Exp. á Salinas.) «Esta porción está separada del resto de la 
laguna por un albardoncilo, que á lo sumo tendrá sesenta varas 
de ancho.» (El mismo.) «Los albardones y las ciénagas de las 
costas occidentales (del Uruguay).» (El Gen. de Ing. Don José 
M. a Reyes, Dése. geog. de la R. O. del U.) « Dicen que dentro 
de él (de un estero) hay una gran laguna limpia, y es creíble, 
como que no faltarán tampoco isletas ó albardones que no se 
anegarán.» (Azara, Viaj. inc'd. publ. por Mit. y Gut.) «Llevando 
la línea por el referido albardón ó cresta, que divide aguas, por 
una parte al Uruguay, y por otra al Yacuí y río Grande.» (Don 
Vic. Aguilar y D. Francisco Requena, Don. de Uní cu la Aincr.) 
1 Un departamento de la provincia argentina de San Juan 
lleva el nombre de albardón. 

ALBARDÓN — Departamento de la provincia argentina de 
San Juan — V. San Martín. 

ALECRÍN, m. — Árbol de Misiones, Paraguay, Chaco, ect, 
cuya madera es semejante á la caoba, pero más fuerte y 
pesada y de color aun más hermoso. 

Según Colmeiro, es voz portuguesa procedente del árabe 
(alccrím en portj. Menciona el alecrín bi-avo del Biasil (htperi- 
cincas) y el do campo (verbenáceas). 

ALFAJOR, m. — Golosina que consiste en dos piezas de 
masa circulares, adheridas la una á la otra por medio de un 
dulce cualquiera. 

Antiguamente, hasta hace pocos años, hacían las negras 
los alfajores, que consistían en dos piezas circulares de 
masa hojaldrada, de tres á cuatro pulgadas de diáme- 
tro, juntas la una á la otra con dulce de leche. Hoy lleva 



82 DANIEL GRANADA. 



el nombre de alfajor cualquier golosina de igual forma, sea 
cual fuere la calidad de la masa y del dulce que se empleen en 
ella. 

En Venezuela llaman alfajor á una «Pasta hecha de harina 
de yuca, papelón, pina {bromelia ananás) y gengibre. Se le da 
forma de paralelógramo.» (D. Julio Calcarlo, Acad. Vencz) 

En España se llama indistintamente alfajor ó alajú á 
la «Pasta de almendras, nueces, y, á veces, de piñones, pan 
tostado y rallado y especia fina, con miel muy subida de 
punto.» (La Acad.) Es de advertir que en el Río de la Plata 
ni siquiera se conoce la palabra alajú. 

ALGARROBILLO, m. — En las provincias argentinas arri- 
beñas, fruto del algarrobo.— En general todo fruto semejante 
á la semilla en vaina del algarrobo, y el árbol que lo produce. 

ALMACÉN, m. — Casa donde se venden por menor comes- 
tibles y bebidas. V. PULPERÍA. 

ALOJA, f— V. CHICHA. 

ALPAMATO, m.— Arbusto de la familia de las mirtáceas, 
de hoja aromática y medicinal, la cual se toma en lugar 
de te por la gente del campo. 

AL PASO, mod. adv. — Tratándose de caballerías, paso á 
paso. 

«Los trabajos vienen al trote, y se vuelven al paso». (Anti- 
guo proverbio citado por Julián de Medrano, Silv. cur., en 
Sbarbi, Réfr.) 

ALTO — Departamento de la provincia argentina de Ca- 
tamarca. — Capital del mismo departamento. 

ALTOGRACIA — Capital del departamento cordobés de 
Anejos. 

AL TRANCO, mod. adv. — Hablando de caballerías, á 
paso un poco extendido, que parece ser lo que denomina 
la Acad. paso castellano, «paso largo y sentado». 

ALÚA, f. — Luciérnaga grande, especie de escarabajo con 
dos discos luminosos permanentes cerca de la cabeza. V. 
TUCO. 

También la llaman linterna, y á la verdad suple por ella en 
caso necesario. Nada dijo demás el P. Alonso de Sandoval 



VOCABULARIO RIOPLATENSE. 83 



cuando dijo, refiriéndose á los cucuyos, como las nombran en 
otras partes de América: A mí me f alió (la luz) cu una noche os- 
cura, y acabe de rezar con la que ellos me comunicaron. 

ALZADO, da, adj. — Se dice del animal ó ganado que, vivien- 
do ordinariamente bajo la dependencia del hombre, se ha sus- 
traído á su dominio y anda libre como el cimarrón ó salvaje. 
Por lo regular se oculta entre el monte, de donde sale sola- 
mente á comer y beber. 

Los Códigos Rurales del Río de la Plata dicen: ganado, ha- 
cienda alzada: la que no obedece á rodeo, definición tan breve 
como inequívoca. 

AMADRINAR, a. y refl.— Acostumbrar á un caballo á an- 
dar en tropilla, siguiendo la yegua madrina. 

«Se amadrinan mejor á la yegua, si ésta tiene potrillo.» (Azara.) 

Lo mismo en el Perú. (Palma.) 

AMANZANAMIENTO, m.— Acción y efecto de amanzanar. 

AMANZANAR, a. — Dividir un terreno en manzanas, deli- 
neándolas conforme á las leyes y reglamentos que rigen en la 
materia. V. CUADRA. 

AMARILLO, m.— Árbol. V. TATARE. 

' ANANÁ, m— Planta, y su fruto. En el Río de la Plata, y lo 
mismo en el Brasil, ananá es una dicción aguda del género 
masculino. Según la Acad., es voz llana del género femenino, 
y procede de la peruana nanas. 

Del guar. ananá: uaná, la planta, ananá, su fruto. 

En Colmeiro ananás (bromeliáceas) . 

ANCASTE. — Departamento de la provincia argentina de 
Catamarca. — Capital del mismo departamento. 

ANCHETA, f. — Acción ó dicho simple, desairado, de nin- 
guna oportunidad ó importancia. Ú. en expresiones como las 
siguientes: ¡Qué 'ancheta! vaya una ancheta! gran ancheta! ridi- 
culizando á quien se ufana de haber ejecutado ó propuesto una 
cosa á que atribuye mérito ó importancia y que en realidad de 
verdad no vale la pena. 

«Para nosotros (los peruanos) ancheta es simplemente ganga,» 
dice Paz-Soldán, esto es, todo lo contrario de lo que en el 
Río de la Plata. 



84 DANIEL GRANADA. 



El sentido que más conmúmente dan á esta voz en Vene- 
zuela es broma, mal negocio, según D. Baldomero Rivodú. 

ANDALGALA. — Departamento de la provincia argentina 
de Catamarca. — Capital del mismo departamento. 

ANDINO, na, adj. — Perteneciente á los Andes. 

ANEJOS — Departamento de la provincia argentina de Cór- 
doba. Su capital Altogracia. 

ANGADO. — Departamento de la provincia argentina de 
San Juan. Su capital Salvador. 

ANGUAY, m.— Árbol grande, frondoso, aromático, de hojas 
alternas, cuya cara va mirando siempre al sol, ya de madera 
negra, ya de madera blanca incorruptible. Empicaban ésta los 
jesuitas, por la magnitud de las vigas que de ellas pueden 
formarse, en la fábrica de las grandes iglesias. Así el fruto como 
la corteza y tronco dan un bálsamo aromático eficaz en la 
cura de heridas, fístulas, caries, etc. 

Del guar. angnaí. 

ANTA. — Departamento de la provincia argentina de Salta. 
— Capital del mismo departamento. 

APADRINAR, a. — Acompañar un jinete, en caballo manso, 
á otro que monta un potro ó redomón, educando á éste con el 
buen gobierno y oportunos movimientos del suyo. 

APARTE, m. — Operación que consiste en separar de entre 
el ganado que pasta en un campo los animales que resulten 
pertenecer al que pide rodeo. 

Voz de uso común, autorizada por los Códigos Rurales del 
Río de la Plata. 

APEALAR, a. — Enlazar de las manos un animal para derri- 
barlo. 

Formóse este verbo de apea: «soga como de una vara de 
largo, con un palo de figura de muletilla á una punta y un ojal 
en la otra, que sirve para trabar y maniatar las caballerías.» 
[La Acad.) Pero el instrumento de trabajo con que se apeala, 
que es un lazo, así como el objeto y modo de la operación á 
que se aplica, ninguna semejanza tienen con la apea. 

«Cuando se quiere matar para comer, enlaza un hombre á 
caballo la res por las astas ó cuello, y otro la apeala, que es 



VOCABULARIO RIOPLATENSE. 



85 



enlazarla por el pie, y tirando opuestamente, la sujetan y 
degüellan.» (Azara.) Se apeala para matar una res, ensillar un 
potro ó cualquiera otra operación que lo requiera. 

De apealar es corrupción pialar, usado comúnmente. 

APEREÁ, m— Cuadrúpedo del orden de los roedores, de 
un pie próximamente de longitud, sin cola, de condiciones alg< > 
semejantes á las del conejo, pero con boca de rata y de su 
mismo color el cuerpo. 

Del guar. dpereá. 

«Y á la boca del río (de la Plata) están los jacroas, que es- 
una gente que se sostiene de montería de venados é de aves- 
truces é de otros animales llamados apareaos, los quales en la 
Nueva España y en las otras partes de España llaman corles. 
(Gonz. Fernz. de Oviedo, Hist. gen. y nal. de las Ind. publ. por 
la Acad. de la Hist.) Los coríes á que alude Oviedo son induda- 
blemente los conejillos llamados cides que difieren notable- 
mente de los apereaes del Río de la Plata. 

APERO, m. — Recado de montar propio de un hombre de 
campo, más lujoso que el común, particularmente si está cha- 
peado. 

APIO CIMARRÓN.— Apio silvestre, de propiedades medi- 
cinales. 

En Gibert helosciadium ranuncidifolium D C. {umbellinea 

ARAGUIRÁ, m. — Pajarillo de lomo rojizo y pecho y copete 
de hermosísimo rojo subido. 

Del guar. ara, el día, la luz, y guírá, pájaro, en razón del 
brillante color rojo que lo singulariza. 

«Estos colores son del araguirá.» (Azara.) 

ARATICÚ, m. — Árbol, especie de chirimoyo, de fruta 
amarilla (fam. de las anonáceas). 

Del guar. araticú. 

En Colmeiro araticu do malo y amilana do alagadisso ó do 
río en el Brasil [anona ceas). 

ARAUCO. — Departamento de la provincia argentina de la 
Rioja. — Capital del mismo departamento. 

ARAZÁ, m. — Árbol de la familia de las mirtáceas. — Su 



86 DANIEL GRANADA. 



fruto. — Planta leñosa rastrera de la familia de las mirtáceas. — 
Su fruto. 

Del guar. arará, que es el fruto; arara/', el árbol; arara inirí, 
la planta. 

El fruto es comible. 

En Colmeiro arará del Brasil v de prava en el Brasil (mirtáceas). 

«ARCABUCO, m. Ame'r. Lugar fragoso y lleno de maleza.» 
(La Acad.) Entendemos que debe registrarse esta voz como 
anticuada. Usóse, no sólo en América, sino también por los 
literatos españoles. 

Esparcidos imagina 
Por el fragoso arrabitro... 
¿Ebúrneos, diré, ó divinos...? 
Divinos, digo, y ebúrneos 

Los bellos miembros de Tisbe. 

(Góngora.) 

ARCAÍSMOS DE PRONOMBRE Y VERBO— Indica- 
remos algunos. Cuando se descubrió y conquistó la América 
til era el tratamiento familiar ó doméstico, y el de vos se apli- 
caba á los inferiores (vasallos, criados, etc). Hoy el trata- 
miento de vos en el Río de la Plata es tan usado familiarmente 
como el de tú, y el vulgo jamás dice tú, eme le choca, sino vos, 
cuando habla con sus iguales. Por el mismo tiempo acostum- 
braban omitir la d final de la segunda persona del número 
plural del modo imperativo y la i penúltima de la termina- 
ción del pretérito perfecto de indicativo, y es presumible que, 
si no escribiendo, en la conversación al menos, omitiesen 
también la i penúltima de la terminación de igual persona y 
número del presente de indicativo y subjuntivo. Fácilmente 
podríamos llenar algunas páginas con ejemplos de escritores 
antiguos que al presente sirven de modelo de buena dicción 
castellana, para demostrar la frecuente supresión que hacían 
de las letras d é i en el imperativo y pretérito perfecto de indi- 
cativo que hemos dicho; pero carecería de objeto útil, porque 
esto lo saben perfectamente todos aquellos que no menos- 
precian la literatura castellana, y los que la menosprecian no 
merecen que lo sepan. Lo único que haremos es recordar, por 



VOCABULARIO RICPL ÁTENSE. 87 

no ser á los más notorio, que el primer adelantado del Rio de 
la Plata D. Pedro de Mendoza, al regresar doliente de cuerpo 
y de alma á España (1537), dejó un papel escrito para su 
lugarteniente Juan de Ajólas en el cual, entre otras cosas, le 
hacía las siguientes recomendaciones: «Por eso mira; pues os 
dejo por hijo y con cargo tan honrado. — Al capitán Francisco 
Ruiz trata bien. — Si os sirvieren bien, hacedles honra, y si no, 
no cures dellos. — Y en todas las cosas le pone delante (refirién- 
dose á Dios). (Doc inc'd. etc. de Ind., t.° 10.) Tal manera de 
expresarse es la que en el Río de la Plata usa invariablemente 
hoy día el vulgo y, si no invariablemente, con harta frecuencia, 
la gente educada: nadie escrupuliza en semejante irregula- 
ridad, que al cabo hablan como hablaron y escribieron Fray 
Luis de León y Santa Teresa de Jesús, sublimes a.rtistas, sobe- 
ranos de la lengua y del ingenio. 

Pero es el caso que la gente culta (no la vulgar, y mucho 
menos la campesina, que no deja nunca el 7'os) suele hacer un 
maridaje ilegítimo, que jamás consintieron los antiguos, del 
pronombre ///' con el número plural de la segunda persona de 
Los modos y tiempos susodichos. A ndá tú primero; ¡celo tú; 
decíselo tú; tú le Itablastcs, y no se lo dijistes; ¿no te acordás? 
cómo lo sabes? Este término medio entre el uso antiguo y el 
moderno, entre la rustiquez y la cultura del lenguaje actual, 
bien se comprende que es un solecismo de tomo y lomo, pero 
solecismo en el cual incurre la generalidad de las personas que 
han nacido ó vivido largo tiempo en los países de que se trata; 
sólo que unos lo hacen voluntariamente, por gusto ó en consi- 
deración á las circunstancias ú ocasión en que hablan, y otros 
sin darse cuenta de ello ó por causa de su ignorancia. 

Un estudio erudito del lenguaje vulgar y familiar del Río de 
la Plata y de la America española en general proporcionaría 
no cortos y no poco eficaces recursos al de la lengua castellana. 

ARGENTINO, na, adj. — Natural de alguna de las provincias 
ó territorios que integran la Confederación Argentina. Ú. t. o. s. 
Perteneciente á unas ú otros. 

V. Confederación Argentina. 

ARMADA, f. — Forma en que se dispone el lazo por la parte 



DANIEL GRASADA. 



de la ¡lapa, al tiempo de lanzarlo. El rollo, que se forma con el 
resto del lazo, sostiénese con la mano izquierda. 

ARMADILLO, m.—Tatú. 

ARO, m. — Arete, pendiente. 

ARREADA, f. — Extracción furtiva ó violenta de ganad») 
ajeno. V. ARREAR. 

ARREADOR, m. — Especie de látigo, que usan los troperos, 
carretilleros, etc. Su cabo es un palo consistente, de media vara 
á tres cuartas de largo, en cuya punta tiene un agujero que 
corresponde con dos laterales, por los cuales pasa una guasca 
que queda en forma de ojal. A éste va asida una argolla, y á 
la argolla una trenza de tiritas de cuero (tientos), de una vara y 
media de largo. La trenza termina en una tira de una cuarta ó 
anas de largo, ala cual dan el nombre de sotera (V. AZOTERA). 

ARREAR, a. — Alzar violenta ó furtivamente ganado ajeno. 

Hubo un tiempo en que las campañas de las regiones del 
Plata estaban pobladas de ganado cimarrón, siendo tanta su 
abundancia que, no ya el gobierno superior y cabildos, sino los 
simples particulares, arreaban el que habían menester para sa- 
car recursos de su corambre ó para cualquier otro aprovecha- 
miento. Refiere Fray Pedro José de Parras [Diar. v derrot. de 
s?is viaj. publ. por don Manuel R. Trelles en la Rcv. de la Bibl. 
P. de Buenos Aires) que el número de vacas, caballos y yeguas 
que había allí por todas partes llegó á ser tan considerable, que 
era necesario espantar las manadas de los caminos para poder 
transitar por ellos: que cada uno mataba lo que quería; y que, 
cuando á principios del siglo en que escribía ( 1 700) empezaron 
á cargar cueros para España aprovechando el regreso de los 
navios que se permitió navegasen al puerto de Buenos Aires, 
valía un toro dos reales, el caballo un real y la yegua medio. 
Pero á mediados del mismo siglo ya valía un buey de trabajo 
cuatro pesos, un toro ó novillo tres, una vaca veinte reales, una 
ternera doce, una yegua tres, y cada caballo dos pesos. En- 
tonces arrear toros y vacas con ese objeto hacia los pueblos, cha- 
cras y estancias de los vecinos, era mirado como una cosa lícita: 
recaía la saca sobre bienes mostrencos ó de propios, ó, hablando 
aun con mayor exactitud, sobre bienes de ninguno. Verdad es 



VOCABULARIO EIOPL ÁTENSE. 89 

que, á vista del desorden que hubo en ello y de los abusos que 
trajo consigo el desorden, se estancó la granjeria, fijándose re- 
glas para el uso que de ella podían hacer los vecinos en época 
determinada del año; pero aun así, cuando alguno, quebrantando 
las disposiciones gubernativas, sacaba una punta de los campos 
desiertos, se hallaba en caso muy distinto que el cuatrero, cuyo 
delito castigan severamente las leyes. De ahí que el gobernador 
de las provincias del Río de la Plata D. Pedro Esteban Dávila, 
<;por el gran daño y consumo que había en el arrear del ganado 
vacuno,» prohibiese matar vacas ni terneras, «pena que la per- 
sona que lo hiciere pierda la carne que se le hallare y el 
cuero de las tales reses,» «y más diez pesos corrientes.» (Auto 
en la Rev. del Arch. Gen. de Buenos Aires por D. M. R. Trelles.) 
A este tenor se dictaron por los gobernadores y cabildos diver- 
sas disposiciones y órdenes, mientras el ganado cimarrón 
anduvo en manadas por las pampas y cuchillas. Una vez extin- 
guido, no pudo ya, propia y legítimamente, arrear ganado 
"sino su dueño particular; pero la costumbre prevaleció sobre 
la gramática y las leyes: quien hurtaba animales, no hacía, 
en su concepto, más que arrearlos, para que se trasladasen al 
punto que le convenía, con el sano propósito de sacarles el 
cuero ó de venderlos en el Brasil. Los guaraníes de las Misio- 
nes, después de la expulsión de los jesuítas, empezaron á des- 
parramarse por Corrientes, Entre Ríos y Banda Oriental. «No- 
omiten, decía Azara (Dcscrip. c hist. del Parag. etc.), el robo 
ratero, porque casi lo creen habilidad, ni á esto llaman hurtar, 
sino tomar, y, si son ganados, arrear.-» Hoy es, y todavía con- 
serva esta expresión el indicado sentido histórico. 

Fué necesario, de resultas, inventar una palabra que su- 
pliese por hurto ó robo, y se vino á los labios la palabra arrea- 
da, que á la vez evitaba la molestia de tener que usar un cir- 
cunloquio: extracción furtiva ó violenta de ganado ajeno. No tiene, 
pues, motivo fundado de queja la severa lengua castella- 
na: que si se ha desfigurado el sentido de uno de sus verbos 
también por vía de compensación ha acrecido su caudal con 
un nuevo nombre sustantivo graciosamente histórico. 

ARRIBA (provincias de). — Provincias argentinas que están 



90 DANIEL GRANADA. 



¡unto ó próximas á los Andes, ó sea entre las de la costa del 
Plata y Paraná y la Cordillera. — Dceíasc en especial provincias 
de arriba á las que están situadas al norte de Buenos Aires 
junto ó próximas á los Andes y en dirección al Perú, esto es, 
con exclusión de las antiguas de Cuyo, en razón de haberse 
hallado éstas sujetas á la gobernación de Chile hasta que se creó 
el virreinato del Río de la Plata. 

Se dice provincias de arriba, porque lo están, en efecto, 
relación á las ribereñas. 

«Hay en todo este distrito, fuera de esta ciudad de Arequipa, 
cuatro pueblos de españoles, uno con nombre de ciudad, que 
es la de San Marcos de Arica, puerto de mar y escala de todas 
las provincias que en común estilo se llaman de arriba, porque 
señalan lo más alto deste Perú.-' {Reí, del obispo de Arequipa, 
íOqq; &el. geogr. de Ind. publ, por D. M.Jim, de la Esp., Ap. 
2. del t. 2. ). 

ARRIBEÑO, /m, adj. — Natural de las provincias de arriba. 
U. t. c. s. — Perteneciente á ellas ó á la región que abrazan. 

Aun sin residir en las costas del Plata y Paraná puede 
usarse sin impropiedad del adjetivo arribeño, como lo hacemos 
frecuentemente en este Vocabulario, para indicar las provincias 
que están junto ó próximas á la cordillera délos Andes; pues 
se sobrentiende la referencia que aquella palabra envuelve y el 
conocimiento geográfico de las regiones deque se trata. 

«Arribeño, na. — (De aniba.) adj. Méj. Aplícase por los 
habitantes de las costas al que procede de las tierras altas. Ú. t. 
c. s.» (La Acad.) Vagamente Salva: «El que procede de las 
provincias interiores del Río de la Plata.» 

ARROCINAR, a. — Amansar enteramente un caballo. Se 
doma un potro; se arrocina un redomón. U. t. c. refl. 

ARROPE, m. — En las provincias argentinas arribeñas, cierto 
dulce que hacen de la tuna, algarrobillo y otras frutas y semi- 
llas. 

Lo propio en el Perú, según D. Ricardo Palma. 
ARROYO, m. — Caudal de agua que, naciendo en una emi- 
nencia y formando cauce, corre á desaguar en un río, laguna ú 
otro receptáculo, y sólo puede ser navegable, ordinariamente, 



VOCABULARIO RIOPLATENSE. 91 

por embarcaciones menores, como lanchas, botes, canoas, etc. — 
Río poco caudaloso, de corta extensión, aunque ordinariamente 
navegable por buques de regular calado. 

Decimos naciendo en tina eminencia, porque lo regular es que 
así suceda; si bien hay caudales de agua que nacen de lagunas, 
como de la famosa Ibera y sus inmediaciones los ríos Santa 
Lucía, Corrientes, Bateles y Miriñay. Pero aun en este caso, 
las cabeceras de ellos se hallan en lugar eminente con relación 
al curso que siguen sus aguas. 

La nomenclatura geográfica de las regiones del Plata y sus 
afluentes no concuerda, en algunos casos, por circunstancias 
especiales, con la general de Europa; y uno de ellos se verifica 
en la palabra airo yo, que define la Acad: canda/ corto de agua, 
que corre casi siempre: paraje por donde corre. La razón es obvia. 
En América, como dice Azara, las sierras, los valles, llanuras, 
ríos, cataratas y todo, son tan grandes, que en su parangón las 
mismas cosas en Europa deben reputarse miniaturas y muñe- 
cos. De ahí resultó que, según el concepto en que era tenido 
en América el caudal de agua del Piratiní, se le designase en 
en el tratado de 1777 como el arroyo que debía servir de límite 
á la pertenencia portuguesa. Corrientes de agua mayores aún 
que el Piratiní, que en Europa serían consideradas como ríos 
caudalosos, suelen ser miradas en América como arroyos. Sin 
embargo, aunque el arroyo que entra en el desaguadero déla laguna 
Merín, á que se refería el tratado, no podía ser otro que el 
Piratiní, el comisario portugués tomó ocasión de ser, en Europa, 
un verdadero rio, para negarse á reconocerlo como el límite 
indicado por las partes o mtratantes. Caso es éste notable, que 
traemos á la memoria para corroborarlo que dejamos insinuado 
con respecto á la variedad de significado que algunos térmi- 
nos geográficos tienen en Europa y América. 

En la definición propuesta, hemos tratado de encerrar las 
circunstancias que, en general, caracterizan á un arroyo; no 
las excepcionales. ¿Quién no ha visto arroyos Secos? 

«Son bienes nacionales de uso público 3. Los ríos ó 

arroyos navegables ó flotables en todo ó parte de su curso. Se enten- 
derán por ríos ó arroyos navegables ó flotables, aquellos cuya nave- 



92 DANIEL GRANADA. 



¿ación ó fio fe sea posible natural 6 artificialmente.» (Art. 430 del 
Cód. Civ. de la Rcp. Or. del Urug.) 

«Las palabras rio y arroyo no tienen significación diferente 
muchas veces, y menos en aquellas partes (en la América 
meridional), donde se dan indiferentemente á los que en Europa 
llamaríamos ríos caudalosos:^ (Azara, Man. sobre el trat. de lint, 
de 1777.) 

«El considerable caudal de aguas de este arroyo (de San Luis) 
ha hecho que muchos le llamen río, y por tal pasaría en Europa, 
donde no los hay de tanta consideración como en América.^ 
(D. José' M? Cabrcr, Diar. de la 2. a sub. de líiu. csp. cntic los do 111. 
de Esp. v Poit. en la Amé. mer.J 

ARTIGAS. — Departamento de la República Oriental del 
Uruguay, fronterizo al Brasil. 

ARUERA, f. — Aguaraibá, mollc. (V.) 

Del port. arocira; tomada del Brasil. 

ASADO DEL CAMPO.— Famoso asado del Río de la Plata, 
que los hombres del campo hacen al aire libre. Ensartan en 
un asador de hierro, del largo de una espada, ó, no teniéndoli >, 
en un palo cualquiera descortezado y con punta, un costillar 
de vaca ó de vaquillona. Con ramas del monte hacen una fo- 
gata al aire libre, buscando la sombra de un árbol. Cuando está 
bien prendida la hoguera, pero sin esperar á que se convierta 
en brasas, clavan en tierra el asado un poco inclinado hacia el 
fuego, cuidando de darlo vuelta una y otra vez según se va 
asando la carne de cada uno de sus lados, y de tenerlo siem- 
.pre á barlovento (digámoslo así), á fin de que las llamas no lo 
quemen. Hacen una salmuera, y con un manojito de ramas la 
van hechando sobre la carne de tiempo en tiempo. ¿Qué cosa 
más sencilla ? Pero también ¿qué cosa más inútil, si [llega á fal- 
tar el ojo y pulso experimentados, la baquía que sólo los hom- 
bres del campo poseen? Brillat Savarín dice que para hacer 
bien un asado es preciso haber nacido con un don especial, 
que no puede suplir el arte. Si hubiese conocido el asado de 
^^ los criollos del Plata, sin duda hubiera discernido á éstos la 
palma de superioridad en la materia, y hubiera puesto aquél 
en la primera página de su libro famoso, proclamando que, 



VOCABULARIO RIOPLATENSE. 93 

como sano y apetecible, no hay plato en ciarte culinario que 
pueda disputarle la preferencia. 

ASADO CON CUERO.— Un buen trozo de pecho ó de 
anca adobado, con su correspondiente cuero, el cual ha de 
sobresalir tres ó cuatro dedos, á fin de que, cuando se encoja 
al quemarse, no deje descubierta por un lado la carne. Hecha 
la fogata de que se habla en el art. Asado del campo, exponen á las 
llamas la parte donde está el cuero, hasta que éste quede bien 
chamuscado. Entretanto se van formando las brasas, sobre las 
cuales, á corta distancia, se coloca después el trozo del lado de 
la carne, bien estirado de antemano con unos palitos atravesados 
por dentro y acomodados los extremos de los mismos en 
unoá cascotes ó troncos. Cómenlo caliente y fiambre, siendo 
de una y otra manera tanto ó más estimado que el anterior- 
mente descrito. 

ASIDERA, f. — Corrcón corto, de una cuarta á lo sumo, 
afianzado en la argolla de la cincha del caballo, y en cuy< > 
extremo lleva también una argolla, en la que se asegura el lazo 
para sujetar al animal sobre quien se arroja, ó el mamador con 
qne se cuartea un vehículo ó se tira de un carretón ó rastra, etc. 

De asir. 

ASUNCIÓN. — Capital de la República del Paraguay, en los 
2 5° Iu 3ó" de lat. aust, fuña! año de 1536 por Juan de Ayolas, 
quien estableció allí un fuerte, subiendo el río de aquel nombre 
en busca de una comunicación con el Perú. Domingo de Irala, 
años adelante, diole forma y gobierno de ciudad, viniendo á 
ser desde entonces definitivamente el centro de las operaciones 
de la conquista. 

ATUSiVR, a. — Cortar la crin de cualquier animal. 

AUCA, adj.— Dícese del indio de una parcialidad, rama de 
los araucanos, que corría la Pampa en las cercanías de Men- 
doza. U. t. c. s. — Perteneciente á dicha parcialidad. 

Los aucas fraternizaron con los pampas, siguiendo su misma 
suerte. 

AUCANO, na, adj. — Auca. 

A VOLAPIÉ, mod. adverb. con que se denota la circunstan- 
cia de perder pie el caballo al pasar un vado, teniendo, por tan- 



94 DANIEL GRANADA, 



to, que atravesarlo ora andando, ora nadando. Denótase asimis- 
mo la circunstancia de hallarse en tal estado un río ó arroyo, que 
obliga al caballo á pasarlo á volapié; y así se dice: el río ó arro- 
yo está á volapié. 

En la provincia brasileña de Río Grande del Sur bolapé 
(Beaurepaire-Rohán), con el propio significado que en el Río 
de la Plata, de donde, sin duda, tomaron el vocablo los riogran- 
denses. 

«Prosiguió su camino la partida, y llegando al arroyo Yagua- 
cá, que estaba á volapié, se cuarteó con mucho trabajo.» (Ca- 
brer.) 

«Medio andando y medio volando.» (La Acad.) Este es el 
sentido propio ó primitivo de la expresión, del cual ofrece una 
representación bien clara el siguiente pasaje del capitán Pedro 
Sarmiento de Gamboa: «Viéronsc una manera de patos, pardos 
y bermejos, sin pluma, que no vuelan, sino á vuela pie corren, y 
por el agua no se pueden levantar sino á inicia pie, dando con los 
alones á manera de remo.» (Viaj. al estr. de Mag.) 

AYACUA, m. — Diablillo diminuto é imperceptible, que algu- 
nas generaciones de indios se imaginaban armado de arco y 
flechas y otros elementos de destrucción, y á cuyas heridas 
atribuían la causa de sus dolencias. Creían que los curanderos 
mágicos tenían comunicación oculta con estos malignos lilipu- 
tienses, y que, merced á esa circunstancia, se daban maña 
para extraer, sajando y chupando la parte afectada, las flechi- 
llas, uñitas, dientecillos y astillitas que el doliente tenía en el 
cuerpo. 

Del guar. aña ana, diablo pequeño. 

AYUIÑANDÍ, m. — Especie de laurel, que da el incienso. 
Extráese éste, ora del fruto, que es á manera de bellota, ora de 
la corteza, que, haciendo en ella una incisión, lo destila. Un 
emplasto de sus hojas, flor, fruto ó aceite, sirve de contravene- 
no. El cocimiento de la cascara de las extremidades de las 
raíces, deshace las piedras de la vejiga. 

Del guar. ayniíñandi, aceite de laurel. 

AYUINE, m. — Especie de laurel, cuya corteza, haciendo en 
ella una incisión, hiede á excremento humano. 



VOCABULARIO Ii:Ol J LATEXSE. 95 

Del guar. ayutne, laurel hediondo. 

AZOTERA, f., — de un látigo: parte con que se castiga ó 
estimula á la caballería ó al animal que se arrea. O bien trenza 
de filamentos de cuero, ó cordel Ó guasquea que, añadida al 
látigo, chicote ó arreador, forma su punta, ó tira de éuero soba- 
do que forma la del rebenque. — de las riendas: extremo de 
ellas, con que se castiga ó guasquea á la caballería. 

Sofera dicen comúmmentc, pero es una evidente corrupción de 
azotera, un vicio de pronunciación propio de la gente del campo, 
de quien procede; pues el vocablo se deriva de azófar, parte 
con que se azota. 

Voz útil; por lo cual, restituyéndola á su primitiva pureza, Ift 
registramos en este lugar. 

AZUA, i.— Chicha. 

«No hacen caudal de la azi/a, como los indios del Perú.- 
(Reí. gcogr. de Lid.; Tiiciiniáii.) 

«Bebida espirituosa que los indios hacen de la harina del 
maíz.» (La Acad.) 

AZÚCAR Y VINO DE LA ASUNCIÓN.— La Asunción 
del Paraguay, Mendoza, San Juan, Misiones, etc., beneficiaron 
de muy antiguo la vid. Despertando actualmente tan fervo- 
roso entusiasmo la viticultura, no desagradará cualquiera remi- 
niscencia histórica crue tenga relación con este punto, mayor- 
mente si concurre á poner de relieve los solícitos afanes de los 
primitivos pobladores de la cuenca del Plata. Leemos en el 
acta del antiguo cabildo de Buenos Aires, inserta en el Rcg. 
estad, publicado por D. M. R. Trelles, que á pedimento de la 
ciudad de la Asunción, el gobernador y capitán general de las 
provincias del Río de la Plata proveyó auto prohibiendo se 
introdujese por el puerto de Buenos Aires azúcar ni vino, á fin 
de que tuviesen salida los que procedían de las cosechas del 
Paraguay y se aprovechasen sus industriosos vecinos. Juntas á 
cabildo la justicia y regimiento de la ciudad bonaerense á 24 
de enero del año ion, el procurador general de ella represen- 
tó la conveniencia de que se pidiese reposición de dicho auto, 
como así se hizo inmediatamente, por ser en daño de la repú- 
blica, porque la Asunción no podía ordinaria ni suficientemen- 



96 DANIEL GRANADA 

te abastecer de aquellos géneros á los consumidores, porque lo 
que en retorno de sus permisiones les venía por la mar era con 
más comodidad en el precio, y por otras justas causas. ¿Qué más 
pudiera pedirse en nuestros días, contra el sistema proteccio- 
nista, á un tribuno de la escuela liberal en materias econó- 
micas? 

AZUCENA DEL BOSQUE.— V. JAZMÍN DEL PARA- 
GUAY, por cuyo nombre es comúnmente conocido este arbusto 
en el Río de la Plata. 

AZUCARERA, f. — Azucarero, voz que nunca emplean. Lo 
mismo en el Perú, según Paz-Soldán. 

AZULEJO, ja, adj. — Aplícase al caballo ó yegua de color 
blanco azulado. Ú. t. c. s. 










B 



BACARÁ Y, m.— V. VACARAY. 

BAGRE, m. — Pez de los ríos, sin escama, de color pardo 
atigrado, cabeza grande á proporción de su cuerpo, pocas espi- 
nas y gustosa carne amarillenta; armadas las aletas y el lomo 
de sendas espinas muy agudas, recias y aserradas, con los dien- 
tes inclinados hacia su raíz, cuya herida se reputa encon* >sa; 
voraz; amigo de vivir donde hay fango, en la costa y junto á 
las barrancas; y del cual hay varias especies, algunas de colosal 
tamaño, distinguidas por nombres particulares. 

< Común y abundante en casi todos los ríos de América?, 
dice D. Antonio de Alcedo. {Dice, geogr. hist. de las Ind. Occ.) 

En Buenos Aires y particularmente en Montevideo se le 
desestima por completo, tanto por la abundancia que hay de 
otros pescados, como porque su voracidad le induce á tragar 
sin reparo cualquier cosa que halla en los parajes inmundos 
que frecuenta. 

El poeta oriental D. Francisco Acuña de Figueroa hizo el 
retrato y celebró los méritos y servicios del bagre en la forma 
que se verá en seguida. (Vaya en gracia el galicismo que aco- 
modó el poeta en el último de los versos, y el manto de escamas 
con que, por una distracción lastimosa, lo viste.) 
¡Bagre! nombre infeliz que, desdeñado, 
Ni aun en el Diccionario lugar tienes, 
Cuando de tí y por tí siempre ha gozado 
La aflicta humanidad auxilio y bienes. 

¿Qué cetáceo del mar, ni qué pescado 
Logra el lauro y ventajas que tú obtienes? 
Pues, desde la ballena á la sardina, 
Ningún pez más laudable se cocina. 

4 



í)8 DANIEL GRANADA. 



Guarnecida de barbas glutinosas 
Tu cabeza es enorme, dura y chata; 
Anchas son tus agallas y esponjosas, 

Y tus aletas de zafiro y plata. 
Oscilante tu vientre, con grandiosas 

Dimensiones se encoge ó se dilata, 

Y en tu lomo cerúleo y escamoso 
Brillan vislumbres de color dudoso. 

Tu grande boca de taurón ó harpía 
A una enorme cazuela se asemeja; 
Y, si orejas tuvieses, se diría 
Que es tu boca también de oreja á oreja. 

Peces, piedras, metal, cuanto Dios cría, 
Nada, insaciable tu apetito, deja; 

Y en tu panza, que engulle cuanto alcanzas, 
Pareces un ministro defiyianzas. 

El bagre remedió las penurias de los habitantes de Monte- 
video durante los asedios de los años 181 2- 14 y 1843-51. A 
eso alude el primer cuarteto. 

Tales son las hazañas del bagre. Pero hay más todavía: el 
bagre ha contribuido á enriquecer la lengua castellana; pues de 
una mujer muy fea se dice que parece ó que es 2111 bagre. Bien 
merece, por tanto, el despreciado bagre que siquiera se p< inga 
su nombre en el Diccionario. 

BAGUAL, la, adj. — Dícese del caballo ó yegua salvajes, — 
del caballo ó yegua muy bravos, — del caballo ó yegua muy 
matreros, — del caballo entero — y del potro, cuando lo están 
domando. Ú. t. c. s. — Dícese asimismo de toda clase de ganado 
salvaje, particularmente del vacuno. 

Del arauc. — pampa cahual. 

El caballo, como es sabido, fue importado por los españoles; 
pero, alzado, se hizo salvaje, propagándose considerablemente 
por las pampas del sur de Buenos Aires. Los indios que las 
habitaban acomodaron á su lengua el nombre que de boca de 
los conquistadores entendieron se daba á un cuadrúpedo que 
no conocían, llamándole cahuallu, cahuellu y cahual. Los espa- 
ñoles, tomando á ' su vez de los pampas este último vocablo 



VOCABULARIO RIOPLATENSE. 99 

ligeramente modificado, dieron en llamar bagual al caballo que 
allí hallaron salvaje, con lo que le distinguían del manso ó suje- 
to al dominio del hombre: adjetivóse la voz castellana al volver 
transformada á sus labios de labios de los indios. 

«Habían recogido este ganado de todas las tierras de la 
estancia, que son siete leguas, á fin de matar algunos caballos 
enteros (que acá llaman baguales).-» (Fray Pedro José de Parras, 
Diario de su viaje publ. por D. Manuel Ricardo Trelles.) 

«Los caballos cimarrones viven en todas partes en tropas tan 
numerosas, que no es exageración decir que se componen 
algunas de 12,000 individuos. Incomodan y perjudican; porque. 
sí ibre comer el pasto inútilmente, embisten al galope á las caba- 
lladas mansas siempre que las ven, y, pasando entre ellas ó junto, 
las llaman y acarician con bajos relinchos de afecto, las alboro- 
tan, y ellas se incorporan sin dificultad, yéndose todas juntas 
para siempre. Así sucede á los viajeros que les embisten los 
tales y los dejan sin poder continuar, llevándoseles los caba- 
llos mansos de respeto ó de remuda, que siempre llevan sueltos 
por delante. Para evitar esto, al divisar la bagualada, que em- 
biste infaliblemente, es preciso que hagan alto para rodear á 
sus caballos sueltos y salir á encontrar á los baguales, espan- 
tándolos para que se desvíen. El modo de embestir no es en 
línea de batalla, sino que algunos van delante y siguen todos 
en columna, que jamás se corta ó interrumpe, y á lo más tuerce 
la dirección si la espantan. A veces dan muchas vueltas, antes 
de ausentarse, al rededor de los que los desvían: otras, pasan 
•una sola vez, y no vuelven; y otras, llegan los baguales tan cie- 
gos, que se estrellan contra las carretas, si las hay.» (Azara.) 

«Llaman baguales á los caballos salvajes, de que abundan 
estas campañas, los cuales, cuando extrañan algún ruido, se 
dejan venir en tropel en grandes porciones, arrebatando como 
un torrente impetuoso cuanto encuentran.» (Cabrer.) 

Salva dice ser provincial de América, por bravo, feroz, indómito. 
Creemos que es peculiar del Río de la Plata y, sí no estamos 
mal informados, también de Chile. 

BAGUALADA, f.— Conjunto de baguales.— Caballada.— En 
sent. fig., barbaridad, torpeza grande. 



ICO DANIEL GRANADA. 



Rifiriéndose á la caballada alzada y cimarrona, dice Azara: 
«habiéndole impuesto los indios bárbaros querandís, llamados 
ahora pampas, el nombre de bagualada, lo han adoptado tam- 
bién estos españoles.» 

BAGUALÓN, na, adj. — Dícese del caballo ó yegua recién 
domados ó que conservan aún cierto grado de fiereza. Ú. t. c. s. 

BAGUARÍ, m. — Especie de cigüeña, de unos tres pies y 
medio de longitud, cuerpo blanco, alas y cola negras. 

Del guar. mb aguar i. 

«Estos españoles le llaman por excelencia cigüeñas, y aun le 
creen de la especie de Europa; pero no lo es.» (Azara.) 

BAICURÚ, m.— GUAICURÚ (la planta). 

Del guar. 

BAJERA, f. — Pieza del recado de montar, que consiste en 
una manta pequeña de lana ó de algodón, la cual se aplica 
sobre el lomo de la cabalgadura y sirve de sudadero. Llámase 
también jerga. 

BALSA, f. — Construcción plana de tablones ó troncos, que 
sirve para transportar en los ríos y arroyos, aguas abajo, ó de 
una orilla á la otra, cualquiera clase de carga: aguas abajo, 
llevada de la corriente; de una orilla á la otra, por medio de 
una maroma, y, si es mucha la anchura, á remolque. V. JAN- 
GADA. 

«Porción de maderos que, unidos unos con otros, forman una 
especie de embarcación plana y rasa. Empléase para navegar 
en ríos y lagunas, y en caso extremo de naufragio, para salvar 
la vida en los mares.» (La Acad.) 

Alcedo dice que la embarcación de que se trata toma el 
nombre de una madera fofa, porosa, tan ligera como el corcho, 
de que construyen las que navegan el río de Guayaquil. 
BÁLSAMO DE MISIONES.— V. AGUARAYBÁ. 
BANANA, f. — Fruto del banano. 
BANANO, m. — Planta que da la banana. 
BANDA. — Departamento de la provincia argentina de San- 
tiago. 

BANDA ORIENTAL.— Decíase Banda Oriental, en razón 
de quedar al oriente de Buenos Aires, al territorio que se ex- 



VOCABULARIO RIOPLATENSE. 101 

tendía desde la margen izquierda de los ríos de la Plata y 
Uruguay hasta las posesiones portuguesas. Comprendía primi- 
tivamente la hoy República Oriental del Uruguay y las provin- 
cias brasileñas de San Pedro de Río Grande del Sur y Santa 
Catalina. A principios del siglo que corre, solamente llegaba 
hasta las Misiones. Posteriormente no pasaba más allá del río 
Ibicúy. Constituida la Banda Oriental en estado independiente 
bajo el nombre de República Oriental del Uruguay \ hizo un 
arreglo de límites con el antiguo imperio del Brasil, fijándolos 
en el río Cuaréin. 

BAÑADO, m. — Terreno húmedo, á trechos cenagoso, con 
pajonales, y frecuentemente inundado por las aguas pluviales 
ó por las que se desbordan de algún río, arroyo ó laguna, en 
cuyas inmediaciones es donde, por lo regular, se forma. 

BAPOROITÍ, m.—Ibaporoití. 

BAQUEANO, adj. — Dícese del que conoce práctica- 
mente la campaña ó una región cualquiera: pasos de ríos y 
arroyos, picadas de montes, atajos, pastos, aguadas y demás 
circunstancias mediante las cuales pueda hacerse con la breve- 
dad posible y sin peligro ni penurias excusables una larga tra- 
vesía. Ú. t. c. s. — Dícese del que por práctica es hábil y diestro 
en las cosas peculiares á los usos y costumbres del país y en 
las operaciones propias de las industrias nativas. Ú. t. c. s. — 
Dícese del que es práctico en la navegación de los ríos. U. t. 
c. s. 

Lo propio en el Perú, según D. Ricardo Palma. 

Esta palabra baqueano es voz, no sólo de uso antiguo y cons- 
tante en el Río de la Plata, sino única precisa en su línea como 
significativa de las ideas que expresa la definición que precede. 
V. BAQUÍA y BAQUIANO. 

Baqueano: «práctico de los caminos, trochas y atajos de algún 
paraje: es general en toda la América.» (Alcedo.) 

«Podrá alguno ignorar el significado de la palabra baqueano; 
y así es de advertir que cualquiera que en estas partes (en el 
Río de la Plata) sirve de guía ó práctico de la tierra, llaman con 
ese nombre, y en el río lo es el que da el rumbo y manda las 
maniobras de velas en la embarcación, y finalmente el que hace 



102 DANIEL GRANADA. 



el oficio de piloto, y no se llama así, porque en realidad igno- 
ran todo lo que conduce á la ley de pilotaje y su profesión, 
respecto de que ni se observa el sol, ni se gobierna por la brú- 
jula, sino por el conocimiento de la costa del río, que siempre 
está á la vista.» (Fray Pedro José de Parras, Diario de su viaj. 
publ. por Trelles.) 

«Aunque queríamos marchar esta tarde, no quiso el práctico 
ó baqueano, porque el estero que debíamos cortar no permitía 
andar de noche.» (Azara, Viaj.) 

«No es menos admirable el tino con que los prácticos vaquea- 
nos conducen al paraje que se les pide por terrenos horizonta- 
les, sin caminos, sin árboles, sin señales ni aguja marítima, 
aunque disten cincuenta y más leguas.» (Azara, Apu?it.) 

' «Nosotros proseguimos caminando; pero los vaquéanos erra- 
ron el rumbo.» fin/, del P. Policarpo Dnfo sobre lo sucedido en 
la entrada que se hizo el año de 1J15 al castigo de los infieles, 
publ. por D. M. R. Trelles, Rev. del Arch. de B. A.) 

«Y atento que los indios de los pueblos intermedios eran 
poco diestros en nadar, no muy prevenidos de cueros, los que 
nos servían de vaquéanos, sin decirme nada y sin saber yo por 
donde iba, determinaron coger y cogieron un rumbo muy alto 
y muy distante del Uruguay, para tomar, ó aun evitar total- 
mente, las cabeceras de los ríos y arroyos.» (El jesuíta misione- 
ro que condujo la exp. de Ibirapitá-guazú hasta S. Dom. de 
Sor., Rev. de la Bibl. P. de B. A., Trelles.) 

«-Baqueano de los mejores de la sierra y campaña oriental.» 
(Cabrer.) «Y no acertando con el rastro antiguo de la picada, 
por falta de baqueano* etc. (El mismo.) 

BAQUETEO, m. — Efecto de baquetear. 

BAQUÍA, f. — Conocimiento práctico de la campaña ó ch- 
una región cualquiera, señaladamente de sus atajos, picadas 
de montes, pasos de ríos y arroyos, pastos, aguadas y demás 
condiciones de territorio de que es necesario estar bien en- 
terado para hacer con la brevedad posible y sin peligro ni 
penurias excusables una larga travesía. — Habilidad y destre- 
za, adquiridas con la práctica, para ejecutar bien una opera- 



VOCABULARIO RIOPLATEKSE. 103 

ción perteneciente á las industrias propias del país ó pecu- 
liar á sus usos y costumbres. 

Baqjúa, como baqueano, son voces usadas de antiguo en 
Santo Domingo, Méjico, Guatemala, Nueva Granada, etc. 
Pues se usan y han usado siempre en el Río de la Plata, 
es probable que no haya región de la América española 
donde no suceda lo mismo. Por lo tanto, las voces baquía y 
baqueano deben ser registradas en el diccionario de la len- 
gua castellana. 

BAQUIANO, adj. — Baqueano. 

Sólo la gente del campo dice hoy baquiano. Baquiano es, 
.sin embargo, la derivación legítima del radical de que pro- 
cede, que es baquía, voz significativa de antigüedad y expe- 
riencia, y baquiano dijeron los escritores antiguos. Baquiano^ 
muy diestro de la tierra, dice con redundancia Vargas Ma- 
chuca en las Apol. y disc. de ¡as Lid. Occ. publ. por D. A. M. 
Fabié. Multitud de vocablos hay en la lengua castellana (co- 
mo sucede en todas las lenguas) que, usados con arreglo á 
su legítima derivación etimológica, constituirían el día de hoy 
un defecto en que no le sería lícito > incurrir á una persona 
medianamente educada : mesmo por mismo, jfittgir por huir, 
invidia por envidia, etc., etc., que es el modo que tiene de 
expresarse la gente campesina, depositaría constante de la 
lengua y costumbres tradicionales. 

Por lo dicho se verá que no podría aplicarse totalmente 
á los habitantes de los países del Plata el siguiente razona- 
miento de D. Rufino José Cuervo: «Se engañó indudable- 
mente Alcedo, y Salva siguió sus huellas, al estampar en sus 
diccionarios baq?tcano por baquiano. Prescindiendo de que nadie, 
que no sea empalagosamente remilgado, dice así, no queda ni un 
ápice de duda si se considera que esta voz viene de baquía 
(no baquea), que vale hoy entre el vulgo de nuestro país 
habilidad, destreza; significación que fue probablemente la 
antigua de este vocablo,» etc.. 

D. Zorobabel Rodríguez tiene por arcaico baquiano, si bien 
lo considera preferible á baqueano, y cita el siguiente pasaje 
de Mateo Alemán: «que como tan baquia?io en la'tierra, todo 



104 DANIEL GRANADA. 



lo conocía» (Gazmán de Alfarache); lo que demuestra que, 
habiendo en España arcabucos (Góngora), era razón que no 
faltasen allí baquianos. 

Baqueano también, ó vaqueano, en el Brasil (Beaurepaire- 
Rohán). 

BARBIJO, m. — Cinta pendiente del sombrero, la cual se 
aplica á la barba para afirmarlo en la cabeza, evitando que 
se caiga ó que el viento se lo lleve. Úsalo la gente del 
campo, que anda siempre á caballo. 

BARBOTE, m. — Insignia usada por algunas parcialidades 
de indios, la cual consiste en un palito embutido en el labio 
inferior. 

Y que los descubrió un indio que salió á ellos, que 11o- 

f,ba un gran barbote de plata en el labio bajo.» (Herrera, 
ce.) 

BARRACA, f. — Edificio grande, especie de corralón techa- 
do en parte, donde se depositan cueros, lanas, maderas, 
carbón ú otros objetos comerciables de semejante naturaleza. 

Lo mismo en Chile: depósito de maderas, hierro, etc. (Rodrí- 
guez, Solar.) 

BARRACÓN, m., aum. de barraca 

BARRANQUERO, ra, adj. — Perteneciente á la barranca. 

BARRERO, m. — Terreno salitroso que en ciertos parajes, 
donde las aguas son muy dulces y los pastos participan de 
esta condición, escarba y lame con ansia el ganado. 

Del barrizal que se forma con la escarbadura y pisoteo de 
los animales que frecuentan esta clase de terrenos, les viene 
el nombre de que se trata, que es castellano. Úsasejle 
antiguo en tal sentido, y continuadamente hasta el día de hoy. 
Ruiz de Montoya, hablando del anta, refiere que^de día co- 
me yerbas, y de noche barro salobre, y «hay en algunos parajes 
tanto rastro como en un corral muy grande de vacas. Los 
cazadores acuden de noche á estos bañeros, y en sintiendo 
que viene cerca, sacan de repente un hachón encendido, con 
que, deslumbrada, da lugar á que la manten.» ( Conqu. cspii:) 
Siendo los terrenos salitrosos los únicos de cuya substancia 
se aprovechaban los animales, removiéndolos constantemente 



VOCABULARIO RIOPL ÁTENSE. 105 

y convirtiéndolos de resultas en barrizales ó barreros, de ahí 
que la palabra barrero haya venido á significar exclusivamente 
el terreno salitroso de que se aprovecha el ganado. Así, en el 
Río de la Plata no todo barrizal es barrero. 

Tratando del ganado vacuno, dice Azara: «nadie le da 
cubierto, ni más comida que el pasto del campo, ni tampoco 
sal, ni la necesita desde los 2J grados hasta Malvinas; pero 
desde dicho paralelo hacia el ecuador no subsiste sin comer lo 
que llaman barrero. Éste es una tierra salada que come con 
ansia toda clase de ganados y aun otros animales, sin lo cual 
se van aniquilando y perecen antes de seis meses.» (Apimt. etc.) 

«Se contienen en ellas varios potreros de pasto para inverna- 
das de ganado; pero carecen de barrero.» (D. Mariano Antonio 
Molas, Dcscrip. hist. de la ant. prov. del Parag. publ. por D. 
Ángel Justiniano Carranza.) 

BATATILLA, f. — Planta pequeña, de hoja parecida á la 
del bibí, flor colorada, y en cuya raíz echa un bulbo gomoso, 
que, crudo, causa efectos de purga extremadamente fuerte, 
á la vez que de vomitivo. 

Este feroz purgante cura (dicen, por experiencia) la ele- 
fancía. 

BATUQUE, m. — Baile y mezcla desordenada de hombres 
y mujeres. — Baraúnda. — Confusión, desconcierto en acciones 
y cosas en que intervienen muchas personas. 

Es alusión á los bulliciosos bailes de los negros. La voz 
probablemente de origen africano. 

BAYA (mbayá), adj. — Dícese del indio cuya parcialidad 
habitaba al occidente del río Paraguay, cerca de Bahía Ne- 
gra. Ú. t. c. s. — Perteneciente á dicha parcialidad. 

Los bayaes, confederados con los payaguaes, mataron á 
Juan de Ayolas, el primero que atravesó el Chaco hasta el 
Perú, cuando de él regresaba inmune entre tanta penuria y 
riesgos, hallándose ya cerca de la Asunción. Eran los bayaes 
gente brava, esforzada, indomable y presumida de altas dotes. 

BECASINA, f. — Ave semejante á la becada europea. 

«Así las llaman (becasinas) los españoles: los guaranís yacabe- 
rá, y algunos en Montevideo aguateros, figurándose que 



106 DANIEL GRANABA. 



anuncian lluvia, cuando al anochecer y romper el día y á veces 
con la obscuridad suben casi verticalmente á mucha altura, de 
donde se dejan caer abandonadas, plegadas las alas cabeza 
abajo, sonando bcre bcre muchas veces continuas, y antes de 
llegar al suelo vuelven á subir, repitiendo lo mismo algún rato.» 
(Azara.) 

BELÉN. — Departamento de la provincia argentina de Cata- 
marca. — Capital del mismo departamento. 

BELGRANO. — Departamento de la provincia argentina de la 
Rioja. — V. Canina del Sur. 

BELLACO, ca, adj. — Dícese de la cabalgadura que es difí- 
cil de gobernar y que se encabrita con frecuencia. 

BELLAQUEAR, n.— Encabritarse, hablando de cabalgadu- 
ras. — En sent. fig., resistirse con maña, ó por todos los medios 
posibles, á ejecutar alguna cosa. 

«Antes de llegar á la corriente fuerte, bellaqueó el caballo. • 
(Azara.) 

BELLxWISTA. — Departamento de la provincia argentina 
de Corrientes. — Capital del mismo departamento. 

BENTEVEO, m. — Pájaro de una cuarta de longitud, lomo 
pardo, pecho y cola amarillos y una mancha blanca en la 
cabeza. Su canto parece querer pronunciar las palabras bien le 
veo. 

«Los españoles del Río de la Plata le dan el primer 
nombre (bienteveo), y los guaranís del Paraguay el segundo 
(puitaguá.) » (Azara.) 

BIBÍ, m. — Planta, semejante en todo y por todo, menos 
en su tamaño, porque es pequeñita, al lirio. La hay de flor 
morada, amarilla, blanca, etc., y variamente matizada; todas 
de suave fragancia. Su raíz es un bulbo menor que el de 
la cebolla : crudo, tiene un gusto que recuerda al coco ; 
asado ó cocido, se acerca al de la castaña. Era muy ape- 
tecido de los charrúas. 

Abunda en la banda oriental del Uruguay. Sin duda á 
él se refería Oviedo en el siguiente pasaje : « Hay en aquella 
tierra (costa norte del río de la Plata) unas cebolletas 
debaxo de tierra, que es buen manjar para los naturales 



VOCABULARIO RIOPLATENSE. 107 

y aun para los españoles ». [Hist. gen. y nat. de las Ind. publ. 
por la Real Acad. de la Hist.) 

BICHARÁ, adj. — Dícese del poncho basto de lana. 
U. t. c. s. — Dícese del poncho descolorido de tanto usarlo. 
Ú. t. c. s. 

En la provincia brasileña de Río Grande del Sur s. m., 
poncho de lana gruesa con listas blancas y negras á lo largo 
( Beaurepaire — Rohán ) . 

BICHEADERO, m.— Atalaya. 

En los cerritos y otros puntos eminentes de la banda oriental 
del Uruguay hállanse unos montones de piedras en forma de 
pirámide cónica, de dos á tres metros de altura. Algunos, á un 
par de pasos de distancia, están cercados por una pared de 
piedra suelta, de una vara de alto poco más ó menos. A esto es 
á lo que la gente del campo llama bicheaderos ó bichadcros, 
donde (dice), cuando los charrúas temían ser sorprendidos en 
sus aduares, apostaban un centinela para atalayar á sus enemi- 
migos. Es posible que los charrúas se sirviesen de aquellas 
pirámides y cercos para bichear, pues les proporcionaban la 
ventaja de poder estar escondidos, observando, sin ser vistos. 
Pero no es verosímil que tal hubiese sido su primitivo objeto. 
Lo probable es que con las pirámides señalasen el enterra- 
miento de sus caciques, y que les pusiesen el cerco para signi- 
ficar el respeto con. que debían ser miradas. Suele hallarse 
más de una pirámide en un mismo punto, como en el cerro 
Veide de Valentín de la República Oriental del Uruguay, donde 
hay dos, á diez ó doce pasos el uno del otro. Es propensión 
de los indios hacer sus cementerios en alto. Los charrúas, por 
otra parte, como hordas errantes que eran, improvisaban sus 
tolderías, y no es creíble que para bichear, acaso solo un día, 
cuando eran perseguidos, levantasen los monumentos de que se 
trata. Los hemos puesto, sin embargo, bajo el título de bichea- 
deros , porque ese es el nombre que les dan vulgarmente y con 
que son conocidos. En el departamento de Paysandú de la repú- 
blica antes citada hay un cerro llamado del Bichadcro, por tener 
en su cumbre una de dichas pirámides. 
BICHAR.— Bichear. 



108 DANIEL GRANADA. 



BICHEAR, a. — Espiar, observar á escondidas lo que pasa 
en un sitio cualquiera. — Seguir los pasos y observar los movi- 
mientos de una expedición ó persona, agachándose, serpen- 
teando por entre el pasto y ocultándose detrás de las matas, 
como acostumbraban- hacerlo los indios. 

Dícese generalmente bichar, forma, al parecer, impropia. 

El teniente gobernador de Yapeyú (antiguas Misiones) en 
informe (M S.) al virrey marqués de Aviles, año 1800, dice: 
«Fueron (los españoles) vicheados, día por día, de los infieles 
minuanes.» 

Sin duda puede usarse también como neutro. 

BIGUÁ, m. — Ave acuática de unos dos pies y medio de 
longitud, de color negro, con alguna mezcla de blanco en la 
cabeza y cuello. 

Del guar. mbigtíá. 

Llamante también zaramagullón, como si fuera propiedad 
suya exclusiva el zabullirse. 

«Don Antonio Cruz Fernández, teniente de protomédico en 
el Paraguay, me dijo que habiendo visitado á Dña. Petrona Roa, 
postrada de asma, la encontró de repente sana, y que, admirado» 
la preguntó el motivo, y le contestó que había abierto vivo á 
este pájaro (el biguá), y lo había aplicado al pecho, quedando 
repentinamente sana.» (Azara.) 

BINCHA, f. — Cinta que se ciñe en torno de la cabeza á 
las niñas , para sujetar el pelo , á la vez que por vía de 
adorno. — Pañuelo que los hombres de campo, cuando tra- 
bajan en las estancias, cortan leña en los montes, corren 
carreras, etc, llevan ceñido en torno de la cabeza, por ra- 
zón de comodidad ó por costumbre, ó para sujetar el pelo, 
que generalmente lo usan largo. — Cinta usada del mismo 
modo y con el propio objeto que en los casos precedentes, 
por los indios é indias pampas, charrúas y de otras par- 
cialidades. 

En Chile huincha, cinta gruesa de lana con que se ri- 
betean los ponchos, alfombras, etc.; del araucano y quichua 
huincha, cinta que se ponen los indios en la cabeza para 



VOCABULARIO RIOPLATENSE. 109 

sujetar el pelo, llamada vulgarmente vincha ó jaque. (D. Zo- 

robabel Rodríguez.) 

Arauc. huincha, «fajita angosta de lana que (á los indios 
de Chile) les sirve de trenzadera para amarrar los cabellos. 
(El P. Andrés Febrés, Calep. chil.-Msft.) 

«En general tienen (las indias, en el Perú) una cinta he- 
cha de lana de colores, tan ancha como dos dedos, que les 
ciñe la cabeza, y la llaman bincha (huincha), y traen el cabello 
suelto.» (Reís, geográf. de Lid., Rúcanos antamarcas; publ. por 
D. M. Giménez de la Espada.) «Y luego les mandó que 
las hijas y mozas de diez y seis años se peinasen los ca- 
bellos, echando sus binchas.» (Joan de Santa Cruz Pachacu- 
ti Yamqui, publ. por D. M. Jim. de la Esp.) 

BIRARÓ, m. — Árbol de la familia de las bignoniáccas, pa- 
recido al lapacho. 

BLANDENGUE, de blandir, m. — Antiguo lancero del Río 
de la Plata, conocedor muy práctico del país, destinado pri- 
mitivamente á guerrear contra los indios de las pampas de 
Buenos Aires. 

A mediados del siglo pasado, los indios pampas, que hasta 
entonces se habían contentado con disfrutar del ganado 
cimarrón prodigiosamente multiplicado á raíz de la conquista, 
el cual vendían en Chile, empezaron, ya casi extinguido, á 
molestar á los vecinos de la provincia de Buenos Aires. 
invadiendo sus estancias. El gobernador que era á la sazón 
del Río de la Plata D. José Andonaegui organizó, para 
repelerlos, un cuerpo expedicionario. Pronto éste para salir 
á campaña en la plaza principal de Buenos Aires, desfiló ante: 
el representante de la autoridad soberana, blandiendo sus 
lanzas en señal de homenaje y rendimiento. La gallardía de 
los lanceros al ejecutar el reverente saludo, arrancó de la boca 
del concurso entusiasmado la palabra blandengue, cuyo eco 
pasó en seguida á la nomenclatura militar de las provincias 
del Plata. 

Posteriormente, en la época del virreinato, se organizaron 
también cuerpos de blandengues en Montevideo y otros pun- 
tos. Batallar con los indios salvajes, perseguir á los contraban* 



110 



DANIEL GRANADA. 



distas y cuatreros, á los reos, vagos, desertores y facinerosos, 
llevar, como chasques, comunicaciones oficiales; dar cuenta 
de cualquiera novedad que interesase al orden público, escol- 
tar expediciones: tales eran los encargos propios del minis- 
terio en que los blandengues ejercitaban su pericia y esfuerzo. 

Formábanse los cuerpos de blandengues, eligiéndolos entre 
los hombres más prácticos del país, entre los más baqueanos: 
vestían lujosamente; distinguíanse por su gallarda apQStura; su 
valor y esfuerzo eran proverbiales. 

«Arbitré formar una compañía de 50 blandengues volunta- 
rios, gente muy propia, como V. E. sabe, para las marchas 
forzadas, pasaje de ríos y todas clase de fatigas.» (El virrey 
Arredondo.) 

«Soldado armado con lanza, que defendía los límites de la 
provincia de Buenos Aires.» (La Acad.) 

BOBETA, adj.— Bobalicón. Ú. t. c. s. 

BOBI — Departamento de la República del Paraguay. 

BOCA DEL GUAZÜ— V. DELTA PARANAENSE. 

BOCADO, m. — Guasca que, aplicada á la quijada inferior 
de un potro, hace veces de freno para domarlo. Lo propio en 
el Perú, según D. Ricardo Palma. Usábanlo también los indios, 
en lugar de freno. 

BOCHINCHE, m. — Desorden, escándalo, barullo: confusión 
v alteración del concierto propio de mía cosa, por efecto de la inep- 
titud, abandono, travesura ó malicia de la persona ó personas 
que dirigen su ejecución. Así se dice, refiriéndose á una oficina 
mal administrada, es un bochinche: á una tertulia en que poco ó 
nada se ha respetado, era un bochinche: á un debate que dege- 
neró en pendencia,//^ un bochinche: á una empresa en que los 
que la dirigen están en desacuerdo y no hacen nada á derechas, 
¡qué bochinche! 

La Acad. establece que bochinche significa en América albo- 
¡ oto, ■ asonada, cosas que en algunas ocasiones pueden no pasar, 
en efecto, de un boehinche,pevo á las cuales no les hubiera dado 
este nombre el Duque de Rivas, aunque hubiese nacido en 
América, al relatar con pluma de oro los hechos de Masaniello. 

Rodríguez lo asemeja á batahola, alboroto. Paz-Soldán admite 



VOCABULARIO RIOPLATENSE. 111 

la definición de Salva: motín, asonada. En la prov. de Río Grande 
del Sur del Brasil especie de batuque, según el vizconde de 
Beaurepaire-Rohán. Formaron los riograndenses este vocablo 
de sus vecinos los orientales. 

BOCHINCHERO, ra, adj. — Que promueve ó se mete en 
bochinches. Ú. t. c. s. 

En «Amc'r. Alborotador, alterador de la tranquilidad pública.» 
(La Acad.) 

BOHAN, na, adj. — Dícese del indio que discurría por la 
costa oriental del río Uruguay, al norte del río Negro. Ú. t. c. s. 
— Perteneciente á dicha generación. 

Los bohanes fueron exterminados por los charrúas. 

BOLA CHARRÚA.— V. BOLA PAMPA. 

BOLA ERIZADA. — Instrumento ofensivo, usado por los 
indios del Río de la Plata. Consiste en una piedra dura y 
pesada, redondeada y erizada de púas desiguales, por entre 
las que, formando circunferencia, pasa un surco, en donde es 
exúdente que iba afianzada la cuerda ó guasca con que se 
manejaba el instrumento. Si la bola lisa era terrible, ¿qué no 
lo sería este erizo? Tiene treinta y seis prominencias cónicas, 
ó sea púas, la mayor de dos centímetros y algunos milíme- 
tros. La circunferencia que, trazada por el vértice de los 
tonos, ofrece en su totalidad la bola erizada, es de veinti- 
siete centímetros ó sea del tamaño de una naranja algo grande. 
El surco deja justamente diez y ocho púas á un lado y diez 
y ( >cho al otro, quedando, por lo mismo, equilibrado el peso 
de la bola, si, aplicándole allí un cordel, se la suspende. 
Adquirimos esta rareza al norte del Cuaréin, cerca del Uru- 
guay. El aspecto del arma arguye una antigüedad remotísima, 

D. Florentino Ameghino (La Ant. del homb. cu el Pl.) no 
hace mención de ejemplar alguno que se parezca al descrito. 
Habla solamente de la bola lisa. Es de presumir, por tanto, 
que la erizada que poseemos es sumamente raii? ó desco- 
nocida. 

Tal decíamos en la i." ed. de este libro. Posteriormente 
obtuvimos otra bola de forma semejante á la descrita; sólo 



Í12 DANIEL GRANADA. 



que, en lugar ele esférica, es achatada y oblonga, mayor, y 
las púas, que son diez y nueve, más gruesas y largas. 

BOLA PAMPA Ó CHARRÚA.— Instrumento ofensivo, 
usado de muy antiguo por los indios de ambas márgenes 
del rio de la Plata y actualmente por los de la Patagonia. 
Consiste en una bola de piedra muy consistente y pesada, 
que lleva abierto en redondo un surco, en el que se afian- 
za un cordel, trenza ó guasca retorcida de tientos (tiritas de 
cuero) para manejarla. Arrójase á la distancia, volteándola á 
modo de honda. Peleando cuerpo acuerpo, retiénese asegu- 
rada de la mano, al dar el golpe, la extremidad de la cuer- 
da, guasca ó trenza. Dos bolas de piedra sujetas á los ex- 
tremos de un cordel, trenza ó guasca, sirven, ora como ins- 
trumento de caza, arrojadas á las patas ó al pescuezo del 
animal que se quiere aprisionar, ó ya accesoriamente de ar- 
ma ofensiva. Parece como que la misma naturaleza, inspira- 
dora y maestra de los pueblos infantes, hubiese puesto en 
manos de los indios que erraban por la Pampa el modelo del 
arma de que se trata. En efecto, desde los ramales de los An- 
des tenían delante de los ojos la muestra. El alcalde provin- 
cial de la Concepción de Chile D. Luis de la Cruz, que, al 
decir de Ángelis, con un pequeño séquito, cortos auxilios y 
muy escasos conocimientos del país que se propuso atrave- 
sar, se arrojó como un cóndor desde las cumbres de la Cordi- 
llera hacia las pampas de Buenos Aires, cuenta que cerca del 
estero de Guitalcchecura hay un cerrillo que remata en peñas 
grandes, que forman como tres ganchos. «Me ponderó Mo- 
lina, prosigue, abundaba de piedras en forma de balas de to- 
dos calibres: fui á verlas, y aunque las hay parecidas, no con 
perfección. Es cosa común en muchos lugares de estas cor- 
dilleras, y en especial me han asegurado que al lado del orien- 
te de las salinas Grandes, por cuyo camino vaaios an- 
dando, hay un valle nombrado Muluchemelico, que sólo se com- 
pone de piedras redondas y de todos tamaños, que apenas 
podrán encontrarse algunas que no sean idénticas á los cali- 
bres usados.» Al tiempo del descubrimiento y conquista del 
Río de la Plata sólo consta que usasen la bola de piedra, 



VOCABULARIO RIOPLATEXSE. 113 

como instrumento de guerra y de caza, los pampas y los 
charrúas, salva alguna que otra parcialidad vecina de ellos 
que imitó sus costumbres. Los españoles que componían la 
expedición del primer adelantado del Rio de la Plata D. Pe- 
dro de Mendoza vieron la bola de piedra en manos de los 
indios que ocupaban la costa austral de dicho río, á quienes 
llamaron quemadles. Por efecto de esa arma terrible perecie- 
ron algunos caballeros en la batalla con que se dio principio 
á la conquista, cerca de Buenos Aires, hecho que relata 
Schmídel del modo siguiente, según la versión conocida de 
su Viaje: «Queriendo atrepellarlos, nos resistieron, peleando 
tan furiosamente que dieron muerte á D. Diego de Mendo- 
za, á seis hidalgos y á cerca de veinte soldados de á pie y 
de á caballo. De los indios murieron cerca de mil. Pelearon 
fuerte y animosamente con sus arcos y dardos, género de 
lancilla á modo de media lanza con punta de pedernal agu- 
zada y tres puntas en forma de trisulco. Tienen unas bolas de 
piedra atadas á un cordel largo, como las nuestras de artillería : 
échanlas á los pies de los caballos (ó de los ciervos, cuando 
cazan), hasta hacerlos caer; y con estas bolas mataron á nues- 
tro capitán y á los hidalgos referidos, y á los de á pie con 
sus dardos, lo cual vi yo. Pero, no obstante su resistencia, 
los vencimos y entramos ásu pueblo. ;> 

El instrumento ofensivo y de caza que nos ocupa, era peculiar 
de las parcialidades de indios que en la época del descubri- 
miento y conquista de América acampaban en las márgenes 
austral y setentrional del río de la Plata. De ahí la admiración 
del primer cronista de Indias Gonzalo Fernández de Oviedo, 
cuando de él tuvo noticia. Transmítela de este modo. «Los 
otros que en él (en el grand río de la Plata) entraron, no vieron 
lo que estos de don Pedro (de Mendoza) probaron con su daño 
la tierra adentro, y en especial en la manera de cierta arma ofcnssi- 
va que en aquella tierra usa?z los indios, que á mi parescer es cosa de 
notar mucho, é á mis orejas cosa muy nueva e' nunca ovda ni lerda, 
la qual arma no la usan todos los indios, ni son hábiles para ella 
sino los que ellos llaman guaranias; y este nombre no supieron 
-decirme si es de esta gente é género apartado que usan esta 



114 DANIEL GRANADA. 



nueva arma y la exercitan en la caza para matar los venados, ó 
si al mismo exercicio ó á tal arma la llaman guarania, con la 
cual assimesmo mataban á los españoles como á los ciervos, y 
es desta manera. Toman una pelota redonda de un guijarro 
pelado, tamaña ó mayor que un puño de la mano cerrado, y 
aquella piedra átanla á una cuerda de cabuya, gruessa como 
medio dedo, y tan luenga como cient passos, poco más ó menos, 
y el otro cabo de la cuerda átanla á la muñeca del brazo dere- 
cho, y en él revuelto lo restante de la cuerda, excepto quatro ó 
cinco palmos della, que con la piedra rodean ó traen al rededor, 
como lo suelen hacer los que tiran con hondas; pero como el 
de la honda rodea el brazo una ó dos veces ante ques se suelte 
la piedra, estos otros la mueven al rededor en el aire con aquel 
cabo de la cuerda diez ó doce ó más vueltas, para que con 
más fuerza salga la pelota é más furiosa vaya. E quando la 
sueltan, va adonde la guían ó enderescan, y en el instante 
soltándola, extiende el brazo el indio que la tira, porque la 
cuerda salga y proceda libremente, descogiéndose sin dete- 
nencia ni estorbo para la piedra. É tiran tan cierto como 
un muy buen ballestero, é dan á donde quieren á quarenta 
é cincuenta passos é más; é aun algunos de los que son 
más diestros tiran á cient passos; y en dando la pelota, va 
de tal arte é industria arrojada, que ella misma, después que 
ha llegado y herido, da muchas vueltas con la cuerda al 
hombre ó caballo que hiere, é lígalo, é se traba con él de 
manera en torno, que con poco que tira el que tiene la 
cuerda atada al brazo, como he dicho, da en el suelo con 
el hombre ó caballo á quien ha herido, é assí acaban 
matar al que derriban. Decían estos españoles que aquí ap< >r- 
taron, que en tanto número de chripstianos como fueron á 
aquella tierra, habiendo muchos dellos sueltos y mañosos, 
ninguno supo tirar aquellas piedras segund los indios, aun- 
que infinitas veces muchos españoles lo probaron. A mi parescci 
cosa es extremada tal auna en el mundo para los hombres.-» (Hisf. 
gal. y nat. de las Ind. etc.) 

El juego compuesto de tres bolas retobadas es posterior á los 
tiempos de la conquista. Son las boleadoras, denominación 



VOCABULARIO RIOPL ÁTENSE. 115 

comprensiva asimismo del juego compuesto de solas dos bolas. 
Cuando se dice boleadoras, se entiende siempre las que usan 
los hombres del campo en los trabajos propios de la industria 
pecuaria ó los indios en la caza. 

Poseemos cierto número de bolas charrúas halladas en la 
banda oriental del Uruguay. Todas son de piedra pardusca, 
muy dura y pesada, con su correspondiente surco, de diferen- 
te tamaño y forma: unas esféricas, otras ovaladas; las más 
comunes algo menores que una naranja mediana, y algunas 
trabajadas con tanta perfección que no saldrían mejor hechas á 
torno. Hacíanlas á mano, raspando una piedra con otra, ya en 
sus aduares, ya (después de la conquista) al tranco del caballo. 

BOLA PERDIDA. — Bola pampa 6 charrúa. 

BOLEADORAS, pl. f. — Instrumento para aprehender 
animales, usado por los hombres del campo y por los indios 
de la Patagonia. Consiste en dos ó tres bolas de piedra ú otra 
materia pesada, retobadas y sujetas á otros tantos ramales 
de guascas torcidas ó bien de trenzas formadas de tientos 
(tiritas de cuero). En el juego compuesto de tres bolas, dos de 
éstas son iguales, y de tamaño menor la tercera, que sirve de 
manija en el acto de voltear aquéllas el jinete para darles 
vuelo y dirección. Arrojadas á las patas del animal (toro, 
caballo, etc.) que se trata de aprisionar, enrédanse en ellas, 
por cuyo efecto cae en tierra. En el juego de dos bolas, la 
una, que sirve de manija, es menor que la otra, y ambas, por 
lo regular, menos grandes y más livianas que las del juego de 
tres, así como más delgada y corta la trenza ó guasca que 
las sujeta. Usanse en especial estas boleadoras para bolear 
avestruces, venados y otros animales semejantes, arrojándoselas 
á las patas ó al pescuezo. El retobo, en Jo que se emplea 
regularmente el garrón por su forma y consistencia, á la vez 
que sirve para afianzar la bola en la guasca ó trenza, evita 
que la piedra, hierro, etc., de que está formada, dañe al 
animal, cuando se le quiere solamente aprehender, como su- 
cede en los trabajos de las estancias. 

Usaron asimismo las boleadoras retobadas los pampas y 
los charrúas. Los soldados de caballería paraguayos, en la 



116 DANIEL GRANADA. 



guerra contra la Triple Alianza, que comenzó el año de 1865, 
llevaban cada uno dos juegos de boleadoras de tres bolas, 
y asida á la muñeca con una trenza de cuero ó guasca una 
bola igualmente retobada, como parte de sus armas. 

BOLEAR, a. — Arrojar las boleadoras á las patas ó pes- 
cuezo de un animal para aprehenderlo. — En sent. fig., envolver, 
enredar, trampear á alguno, hacerle una mala partida. 

Prov. de la Amér. merid., según Salva. Creemos lo sea 
sólo del Río de la Plata y Chile. 

BOLICHE, m. — Casa de negocio por menor muy pobre, 
de ninguna importancia. — En especial, tienda de baratijas. 

En las [provincias del norte de Chile y en la costa de 
Bolivia y Perú boliche equivale á bodegón de mala muerte, 
según D. Zorobabel Rodríguez, quien presume que aquel 
vocablo procede de la germanía. En efecto Juan Hidalgo 
(Vocab.) y la Acad. lo traen por casa de juego. En la provincia 
brasileña de Río Grande del Sur taberna pequeña de poco 
surtido ó de poca importancia, según el vizconde de Beaurepai- 
re-Rohán. 

BOLICHEAR, n. — Ocuparse en negocios de muy poca 
importancia. 

BOLICHERO, ra., m. y f. — Persona que tiene un boliche. 
— Por ext., persona que se ocupa en negocios de poca impor- 
tancia, insignificantes, que no valen la pena. 

BOMBACHA, f. — Pantalón muy ancho, ceñido por la 
parte inferior. Úsalo actualmente la gente del campo que 
se ocupa en trabajos propios de la industria pecuaria, pre- 
firiéndolo, por más cómodo, al chiripá, que va desapare- 
ciendo. 

En el Perú bombacho (Palma). 

BOMBEAR, a. — Explorar el campo enemigo. — Seguir los 
pasos de una expedición, observando sus movimientos. — 
Observar cautelosamente á alguno, á fin de descubrir su 
intento, ó con cualquier otro objeto. 

<Antes de amanecer fue sorprendida (la escolta) y cruel- 
mente insultada por los indios tupíes, que parece la hubieran 
venido observando de lejos por las orillas de los bosques, ó,. 



VOCABULARIO RIOPLATENSE. 117 

como dicen comúnmente, bombeando, que es la costumbre 
de estas naciones hasta lograr su depravado intento.» (Cabrer.) 

«Por cuyo motivo había mandado el chasque al coman- 
dante, diciéndole había bombeado los indios, que estaban á 
distancia de 8 ó 10 leguas.» (D. Juan Antonio Hernández, 
Exp. contra los indios íegüclches, 17 7°-) 

También en la provincia brasileña de Río Grande del Sur, 
con la propia significación que en el Río de la Plata (Beau- 
repaire-Robán). 

Prov. de la Amér. mer. (Salva.) Es probable no se 
extienda tanto; quizás no pase del Río de la Plata y Para- 
guay. 

Respecto á su etim. v. BOMBERO. 

BOMBERO, m. — Explorador del campo enemigo. — Espía 
que va siguiendo los pasos y observando los movimientos. 
de una expedición cualquiera. 

Derívase del port. pombeiro, palomero, nombre que se dio 
antiguamente á los que en el Brasil se ocupaban en la 
compra y venta de indios para reducirlos á cautiverio. De 
pombeiro hicieron los españoles primeramente pombero, y por 
último bombero. 

« Tuvo noticia (el padre Romero) de unos tupís que son 
banqueros ó cajeros de los vecinos de San Pablo, á quien 
en lengua portuguesa llaman pomberos y en nuestro caste- 
llano palomeros, á la similitud de los palomos diestros en 
recoger y hurtar palomas de otros palomares. . . . Estos pom- 
beros, si bien profesan ser cristianos, son los mismos demonios 
del infierno. . . . Tienen las casas llenas de mujeres gentiles, 
compradas para sus torpezas: incitan á los gentiles á que 
se hagan guerra y se cautiven y prendan, y los traigan al 
contraste y venta.» (Ruiz de Montoya, Conq-u. espir.J 

En la provincia brasileña de Río Grande del Sur bom- 
beiro de pombeiro, [con la propia significación que en el 
Río de la Plata, en donde es muy probable, dice Beaure- 
paire-Rohán, que se introdujese el vocablo cuando las tro- 
pas brasileñas guarnecían el territorio que constituye hoy la 
República Oriental del Uruguay. Juzgamos más probable que 



118 DANIEL GRANADA. 



"T 



pombeiro se haya corrompido en bombero en boca de los espa- 
ñoles, y que de éstos hayan tomado la voz así transformada 
los portugueses de Río Grande del Sur (en cuyo lenguaje 
influyeron de una manera tan eficaz y notoria), convirtién- 
dola á su vez en bombeiro. Los portugueses, cuando hubiesen 
dado á la voz pombeiro el sentido traslaticio que hoy tiene en el 
Río de la Plata y provincia de Río Grande del Sur del Bra- 
sil, hubieran conservado su estructura primaria, por serles 
enteramente familiar como de su lengua. Que se usó en el 
Río de la Plata mucho antes, y no sólo desde la época en 
que, como lo presume el ilustrado filólogo brasileño, las tro- 
pas portuguesas ocuparon la Banda Oriental del Uruguay, lo 
demuestran los siguientes pasajes: 

«Habiendo descansado un rato, llamó el cura al bombero 
del pueblo. Por bombero debe entenderse un explorador á cuyo 
cargo está salir á correr el campo y traer las noticias de si 
hay indios enemigos por las cercanías.» (Fray Pedro José de 
Parras, Diar. de su viaj. al Río de la Plata, \Ret>. de la B. de 
Bs. As. por Trelles.) 

« Cuando han resuelto (los charrúas) una invasión, ocultan 
las familias en algún bosque, y anticipan seis leguas á lo menos 
algunos bomberos ó exploradores bien montados y separados. 
Estos adelantan con suma precaución. Se detienen á observar y 
van echados á la larga sobre los caballos, dejándolos comer 
para que, si los ven, se crea que los caballos están sin jinete.» 
(Azara, Dcscrip. c hist. del Par. etc.) 

«Estos indios se iban llegando; pero luego que los llamé con 
la voz de amigos, pararon, y reconociendo cuanto la distancia 
les permitía el barco, sorprendidos de una cosa para ellos no 
vista, se entregaron á una presurosa fuga. Quedamos esta no- 
che con cuidado de si serían bomberos (llaman así á los espías) 
que venían observando nuestros movimientos, y dudando al 
mismo tiempo si fuesen chiriguanos ú otros indios de naciones 
enemigas.» (D.J. A. Fernández Cornejo, Exp. al Chaco, 1780.) 

Antiguamente llamaban bombero al indio espía ó explorador; 
hoy se usa el vocablo en sentido lato. 

Prov. de la Amér. merid., según* Salva. 



VOCABULARIO RIOPLATENSE. 119 

BONAERENSE, adj. — Perteneciente á la ciudad ó á la 
provincia de Buenos Aires. V. PORTEÑO. 

BOSTA, f. — Excremento del ganado vacuno y caballar, y 
en general de todo cuadrúpedo. 

También en Chile estiércol de vaca ó caballo (Rodríguez) 
y en el Perú (Palma). 

Voz legitimada, no sólo por uso antiguo y constante, sino 
por su derivación del lat. bos, buey, vaca; de donde su sen- 
tido recto: excremento del ganado vacuno. 

«La muía tiene de asno el sufrimiento, el comer cualquiera 
cosa, sin excluir la bosta de las tripas de las vacas que se ma- 
tan,» etc. (Azara, Apunt. etc.) 

«Bosta equivale á boñiga.» (D. Baldomero Rivodó.) 

BOSTEAR, n. — Tratándose de animales vacunos, caballa- 
res y otros cuadrúpedos, excrementar. V. BOSTA. 

BOYERO, m. — Pájaro pequeño, negro, que^acompaña siem- 
pre al animal vacuno y caballar, cuando está pastando, y con 
el cual se familiariza de tal manera que á su sombra se pre- 
serva de los rayos del sol, paséase por su lomo y casi le quita 
de la boca el alimento. Hace el nido en el fondo de una bolsa 
de una vara ó más de largo, pero angosta, que él teje con 
cerda y filamentos de plantas y cuelga de una rama en las 
lagunas y otros parajes semejantes. 

Vio colgado á un laurel, sobre las aguas, 

Un nido de boyeros. 

(D. Rafael Obligado.) 

BOZAL, adj. — En sent. fig. y fam., que se expresa con 
dificultad y aturulladamente en castellano. 

ROZALÓN, na, adj.— Dim. de bozal. 

BRACEAR, n. — Echar el caballo las manos hacia uno y 
otro lado, cuando anda, circunstancia que lo hace más airoso 
y aumenta su estimación. — Nadar, sacando los brazos fuera 
del agua y volteándolos hacia delante. 

BRASIL. — Esta parte del continente americano era muy 
abundante de la madera que, por ser de un color encarnado 
tan encendido que parece una brasa, recibió el nombre de 
brasil, de donde tomó el suyo la tierra que lo producía. 



120 DANIEL GRANADA. 



Fue descubierta por los españoles Vicente Yáñez Pinzón 
y Diego de Lepe en el año de 1500. Algunos erradamente 
atribuyen el descubrimiento al capitán portugués Pedro Al- 
varez Cabral, quien, en el mismo año, navegando para la 
India, alejóse tanto de las costas de África, por evitar las cal- 
mas allí reinantes y á fin de doblar desembarazadamente el 
cabo de Buena Esperanza, que dio con tierras al occidente, á 
las que puso el nombre de Santa Cruz ó sea el Brasil. 

Capmany (Mcm. hist. etc. de Barc.) observa que los euro- 
peos, comparando, sin duda, el color encendido del palo á una 
brasa de fuego, le dieron el nombre de brasil cuando comer- 
ciaban en levante, mucho antes del descubrimiento del Nuevo 
Mundo, pues desde fines del siglo XII lo halló nombrado 
brassillum y braxillum en documentos de Italia y de Cata- 
luña. 

BRASILERO, ra, adj. — Brasileño ó natural del Brasil. — 
Perteneciente á esta nación. 

Voz formada del port. brasileiro, á consecuencia de la cons- 
tante é inmediata comunicación con el Brasil y de la domina- 
ción portuguesa en la Banda Oriental del Uruguay. 

BRETE, m. — En las estancias y mataderos, sitio cercado 
con fuertes maderos, para marcar animales, matarlos, etc. 

BUENOS AIRES.— Capital de la Confederación Argentina. 
— 34° 35' 3 o " de lat. aust. 

El año de 1535 arribó á la costa austral del ño de la Plata la 
expedición del adelantado D. Pedro de Mendoza. El primero 
que saltó en tierra fué Sancho del Campo, exclamando: ¡que' 
buenos aires son estos! La imposibilidad de mantener un puesto 
tan distante de la Asunción del Paraguay, donde algunos años 
después determinaron fijar el centro de las operaciones de la 
conquista los pocos españoles que la guerra y el hambre habían 
dejado con vida, les indujo á abandonarlo. Pero el año 1580 
fundó definitivamente la ciudad de Buenos Aires D. Juan de 
Garay, teniente general del adelantado Juan de Torres de 
Vera y Aragón. 

V. Confederación Argentina. 

BURUCUYÁ, m. — Planta trepadora, abundante en los 



VOCABULARIO RIOPLATENSE. 121 

montes, cuyos árboles entreteje y hermosea en la estación de 
las flores. Da una fruta encarnada, de cascara pulposa. Su flor, 
de colores varios, señaladamente azulados, encierra particu- 
laridades que se asemejan á los instrumentos de la pasión 
de Jesucristo; por lo que lleva el nombre de pasionaria ó floi 
de la pasión. Passiflora cocridca L. (Gib.). En Colmeiro muru- 
cuyá dci Biasily de las Antillas. 

Del guar. mburnemá. 

«Llamárnosle los españoles granadilla } y con nombre más 
piadoso flor de la pasión.^ (Lozano.) 

Lo más apropiado es llamar bumcuyá á la planta y á su 
fruto, y á la flor pasionaria ó flor de la pasión. 

Mburucuyá simbólico, que guardas 

De la pasión cristiana el gran misterio. 

(D. A. Magariños Cervantes.) 

BURRUYACÚ. — Departamento de la provincia argentina 
de Tucumán. — Capital del mismo departamento. 



jÉj'iüwTi'Ltó 



SffWBRl 



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CAÁ, m. — Nombre guaraní de la yerba del mate y del árbol 
que la produce. V. MATE. 

Los guaraníes denominaban caá al árbol conocido en botá- 
nica por ilcx-matc ó ilcx paraguay ensis. Pero como caá, á la par 
con capii, significaba también genéricamente diversas yerbas 
del campo, los españoles, traduciendo á la letra el vocablo, 
llamaron yerba al árbol de que se trata. Puede ser que los gua- 
raníes le nombrasen caá por antonomasia, atendidas las seña- 
ladas virtudes que reconocían tener sus hojas, como si se dijera 
en castellano yerba por excelencia; pero es dudoso, porque el 
misionero jesuíta Antonio Ruiz de Montoya, á cuyo Vocabulario 
y Tesoro de la lengua guaraní dio fin, según él mismo se expresa, 
el tiempo de treinta años que había gastado entre gentiles y con 
eficaz estudio rastreado lengua tan copiosa y elegante, observa que 
en lo de ahuyentar el sueño parece á algunos que se semeja ó es 
la misma yerba de la China llamada CHA, que lo quita, y que 
aun el nombre que le dan los naturales (caá) no desdice mucho 
(Conquista espiritual etc.). Esto no lo diría Montoya si la voz caá 
correspondiese en este caso con el nombre genérico yerba par- 
ticularizado en el árbol á que se alude y en sus hojas. 

CAACATÍ. — -Departamento de la provincia argentina de 
Corrientes.— Capital del mismo departamento. 

CAACURUZÚ, m. — Planta aromática, resinosa, con rami- 
tas en forma de cruz, llamada también hierba santa, por su 
acreditada virtud de preservar de las pestilencias, purificando 
el aire inficionado. 

De la voz guar. caá, hierba, y de la española cruz corrompida 
por los guaraníes, ó sea curucú; las cuales, aglutinadas, forman 
un vocablo que significa hierva de la cruz, aludiendo á la dispo- 
sición de las ramas de esta planta. 



VOCABULARIO RIOPLATENSE. 123 

CAAPAÚ, m. — Conjunto de árboles ó monte de corta 
extensión, aislado, que no está junto á río ó arroyo. Lo mismo 
que isla, por trasl. 

Del guar. caapaü, monte aislado. 

Díjose antiguamente caapaú ó caapáu, que son formas apro- 
piadas á la etimología del vocablo. 

El jesuíta misionero que condujo la expedición de guaraníes 
desde Ibirapitá-guazú hasta Santo Domingo de Soriano, cuyo 
Diar. ha publ D. M. R. Trelles (Bat. de la Bibl. P. de B. A.) 
escribe: «Caminamos unas cinco leguas hasta el Yeyucá, en 
donde encontramos al cabo de un triste caapaú.» 

En algunas partes, como en la República Oriental del Uru- 
guay hacia el norte y en Misiones, dicen capón, que no es otra 
cosa que la voz portuguesa capáo castellanizada á favor del 
contacto inmediato en que están con los brasileños los habitan- 
tes de aquellas regiones. 

Leemos en el Diar. de D. José M. a Cabrer: «Bosques corta- 
dos en forma de islas, á que los portugueses llaman común- 
mente capoens. > 

CAAZAPÁ— Departamento de la República del Paraguay. 

CABALLADA, m. — Conjunto de caballos, sea cual fuere su 
número, con especialidad cuando están destinados á un deter- 
minado objeto, como los que se echan por delante de un 
vehículo para remudar los de tiro, los que pertenecen á un 
cuerpo de ejército ó los de una mensagería. 

CABILDANTE, m.— Individuo de cabildo secular. 

Nunca se dio en América el nombre de concejos ó ayunta- 
mientos á los cuerpos representantes del municipio, sino el 
de cabildos. De ahí el llamarse cabildantes á los individuos 
que los componían. De manera que, diciendo cabildo, se 
entendía el cuerpo municipal de que se trata, á distinción del 
cual denominaban cabildo eclesiástico al de las iglesias cate- 
drales. Llamóse también cabildo el edificio en que se juntaba la 
corporación, donde regularmente estaba la cárcel. 

«Cabildante, parecido en su formación á comediante, creemos 
que se usa también en España en lugar de regidor; sin embar- 
co no se encuentra en el Diccionario de la Academia. Halla- 



124 DANIEL GRANADA. 



mos además aquella voz en el Resumen de la historia antigua de 
Venezuela por D. Rafael María Baralt.» (Cuervo.) 

«El que maneja los acuerdos y votadas del cuerpo á que 
pertenece, y á veces las de otros. — fam. Capitular.» (Salva.) 

Desaparecieron los cabildos con la nueva forma política que 
se dieron las antiguas colonias hispano-americanas después de 
la independencia. Era la institución más benéfica de su me- 
canismo gubernativo. Los individuos que los componían, elegi- 
dos de entre los vecinos más capaces y honrados, supieron 
conformar dignamente, en todas ocasiones, la mayor energía 
y firmeza en la defensa de los intereses de los pueblos que 
tenían bajo su guarda, con el respeto que infundían los virre- 
yes y monarcas. La historia y en particular las actas de los 
cabildos de Buenos Aires, Montevideo, Córdoba y Santiago 
del Estero que se han publicado, ofrecen tan singulares y 
constantes ejemplos de patriótico celo, que parecía como ingé- 
nito en aquellos cuerpos concejiles. El renombrado escritor 
argentino D. José Rivera Indarte, abogando por la restaura- 
ción de los cabildos con arreglo á los principios constituciona- 
les que se habían dado las repúblicas del Plata, prohijaba los 
siguientes conceptos de D. Pedro de Angelis: «Estos cuerpos 
integrados por los vecinos de más nota, se habían hecho reco- 
mendables por su amor al país, por la pureza con que admi- 
nistraban sus rentas y sobre todo por la energía que desple- 
gaban cuando se trataba de defender sus inmunidades y sus 
derechos. En su organización y sus debates, los cabildos 
ofrecían, aun en el sistema colonial de la España, el primer 
simulacro de las asambleas deliberantes en las formas más 
perfectas de los gobiernos representativos, y llenaban desde 
entonces las funciones benéficas de defensores del pueblo, no 
con la petulancia de un tribuno, sino con la circunspección y 
prudencia de un sabio administrador. A falta de otros funcio- 
narios públicos, estos honrados vecinos los reemplazaban en 
los varios ramos de la administración: los asuntos contencio- 
sos, la protección de los pobres y los menores, el cuidado de 
las cárceles, de los hospitales, de los hospicios, de la higiene , 



VOCABULARIO RIOPL ÁTENSE. 125 

del abasto, etc., todo entraba en sus atribuciones y era verda- 
deramente admirable el celo con que las llenaban.» 

CABURÉ, m. — Ave de rapiña, menor que el puño, parda, 
redondita y fornida. Da un chillido: mira á su alrededor; y los 
pájaros que se hallan al alcance de su voz, se terrifican, que- 
dando enteramente entregados á su voracidad. Entonces elige 
el que más le place y lo devora. Cuentan que su victima predi- 
lecta es el chingólo, que parece el mas tímido y cauteloso, y de 
ahí la frase proverbial en el campo: por desconfiado, mata al 
chingólo el caburé'. La gente campesina atribuye multitud de 
excelencias á las plumas del caburé. Pero no las quieren las 
chinas, porque, dicen ellas, cuando tienen un hijo, se les llena la 
rasa de gauchos. Atesoran, no siempre para mal, las plumas 
del caburé fuerza atractiva; y sino, díganlo las pulperías, 
donde las guardan escondidas como oro en paño, á fin de 
que acudan marchantes que dejen mucha plata. Dígalo el 
que tiene la fortuna de llevar sobre sí las venturosas plumas, 
infundiendo y conciliándose el amor de la persona á quien 
solicita y quiere. El caburé busca las selvas, huyendo lejos de 
las ciudades : anda por Corrientes, Misiones, el Paraguay, el 
Chaco. ¡Lástima grande! Si lo tuviéramos más á mano, no habría 
bicho viviente que, quieras no quieras, rehusase entregar 
bonitamente el cuello al yugo del matrimonio. 

Del guar. caburé'. 

«Me parece que no hay pájaro más vigoroso (que el ca- 
buré) á proporción del volumen, ni más feroz é indomestica- 
ble.» (Azara.) 

CACUNDA, f. — Parte superior del espinazo, cuando es algo 
abultada. Úsase esta voz especialmente con referencia á la es- 
palda de los negros, de cuya lengua originaria parece pro- 
venir el vocablo. 

CACHAFAZ, adj. — Dícese de la persona desbaratada, pi- 
cara y sin vergüenza. Ú. t. c. s. 

CACHARPAS, pl. f. — Conjunto de objetos ó prendas de 

uso, en especial cuando'son viejas. Así, las piezas que componen 

un recado de montar y los trastos de una familia pobre, 

• cuando tienen ya algún uso, se llaman cacharpas, y también 



126 DANIEL GRANAD. V 



se da este nombre á las insignias y condecoraciones de un 
general. Recoja, amigo, sus cacharpas (las piezas de su recado). 
Llevé en un carro mis cacharpas (mis muebles). Iba el general 
con todas sus cacharpas (sus insignias y condecoraciones). 

«Tal vez del quichua llachapa, andrajo, trapo desechado, ó 
bien de rachapa, andrajos.» (D. Zorobabel Rodríguez). 

«Voz indígena; algo como petates, en la frase metafórica de 
liarlos petates.-?, (D. Pedro Paz-Soldán y Unanue.) 

Moratín dijo: porque es fama que el tal dios (Mercurio) no 
puede dormir en verano, si no depone todos los trastos, que- 
dándose á la ligera como su madre lo parió. » Aquí hubiera 
encajado bien cacharpas en lugar de trastos. 

CACHE, adj. — Dícese de la persona ó cosa mal arreglada y 
sin gracia ni gusto en los adornos que lleva ó se le han puesto. 
No es lo mismo que charro, charra, que se aplica á las perso- 
nas ó cosas adornadas con exceso, sin gusto y que ostentan 
colores chillones. 

Cachí. — Departamento de la provincia argentina de Salta. 
— Capital del mismo departamento. 

Cachila, f. — Pájaro pequeño, pardo, que hace el nido en el 
suelo, de hiervecillas y cerda, y anda siempre rastreando por el 
campo, de donde el llamársele también correcamino. 

C ACHIRLA, f.— Cachua. 

CACHIMBA, f. — Pozo de corta profundidad. — Ojo de agua 
manantial. 

Es voz importada del África, en donde significa la densa 
neblina que al caer de la tarde se forma en algunos puntos ck. 
sus costas y también pozo artificial para sacar agua. 

En el Brasil dicen cacimba. En el Río de la Plata decían 
antes también cacimba, según escribe Cabrer: «En el fondo del 
puerto ( de Montevideo ) hacen las embarcaciones su aguada, 
para lo que hay cubiertas (abiertas, sin duda) varias casimbas 
sobre la misma arena, á corta distancia de la playa, y en ellas 
se filtra un agua clara, de buen gusto» etc. 

Casimba, en el Perú, es, según Paz-Soldán, «una especie de 
cisterna á que apelan los industriosos piuranos para aprovechar 
del agua de su río, que muy pronto deja de correr». Agrega 



VOCABULARIO RIOPLATENSE. 127 

que «son unas excavaciones abiertas en el cauce mismo, lecho, 
madre ó álveo del río»: que es voz corriente en Cuba en ese 
sentido; y que Pichardo la cree de origen africano. 

CACHIMBO, m. — Pipa de fumar ordinaria y tosca, en espe- 
cial la que usan los negros viejos. 

En Chile le llaman cachimba (Rodríguez), así como en el 
Perú '(Palma, Paz-Soldán) y en Cuba (Salva). Palma dice: «la 
voz cachimbo la hemos inventado los politiqueros peruanos 
para bautizar con ese nombre á los soldados de la guardia 
nacional ó cívica». Rivodó trae cachimbo como equivalente á 
cachimba, y entendemos que les atribuye el significado de pipa 
de fumar. La Acad. establece que en América se llama cachim- 
ba á la pipa, tomada esta voz en la 2. a acep. que le da el Dice, 
esto es, como pipa de fumar. 

Acaso sea el Río de la Plata donde con más propiedad se 
aplique la voz cachimba, que es la antigua casimba, como ac- 
tualmente en Cuba y en el Perú, donde la palabra conserva 
su forma portuguesa, lengua de la cual parece haber pasado 
á la española en América. Como quiera que sea, es necesa- 
rio determinar la diversidad de sentidos que se da en América 
al cachimbo y á la cachimba. En port. cachimbo pipa de fumar. 

CACHO, m. — Racimo, tratándose de bananas. 

Del port. cacho. 

CADAANERO, adj. — Decíase de los cargos concejiles que 
sólo duraban un año, á distinción de los perpetuos. 

Los individuos del cabildo eran renovados por elección año 
á año; pero como había oficios vendibles, de ahí que algunos 
dejasen de ser cadaaneros. 

Díjose también, indudablemente, cadañero (anual. — La Acad.), 
que es más propio. 

Y veo estar muy á raya 
á los jueces cadañeros. 

(La Silv. de Medrano, en Sbarbi, Refr.) 

CAFAYATE. — Departamento de la provincia argentina de 
Salta.— Capital del mismo departamento. 

CAFETERA, f.— V. CALDERA. 

CAÍ, adj. — Dícese de un mono que habita en los montes del 



128 DANIEL GRANADA. 



Paraná y Uruguay arriba, así como en los del Paraguay, y de 
las vertientes que respectivamente les tributan, de tres cuartas 
á una vara de longitud, color pardo amarillento, y el cual se 
distingue por sus graciosas gesticulaciones y actitudes Ú. t. c. s. 

Del guar. caí, vergonzoso, modesto, aludiendo á la acción 
habitual en este mono de taparse la cara con las manos, lo que 
ejecuta de un modo tan expresivo, que semeja cabalmente 
á una persona modesta que se avergüenza. Es voz general, y 
hemos oído referir á personas que lo han presenciado, que 
cuando la hembra tiene cría, y un cazador le apunta con la 
escopeta, llama clamorosamente á sus hijuelos, que en el 
acto acuden, y, tomándolos en hombros y en los brazos, se los 
presenta angustiada, para que, á vista de ellos y por ellos, le 
perdone la vida. Entretanto el macho, confiando en los rue- 
gos de su compañera la salvación de ella y de su prole, huye 
despavorido. 

CAIGUÁ, adj. — Dícese del indio guaraní que habitaba en 
los montes del Uruguay, Paraná y Paraguay. Ú. t. c. s. 

Del guar. caai'gnara, montaraz, que habita en los montes. 

«En este tiempo tuvieron los indios (de Santa María del 
Iguazú) una guerrilla con unos que llaman caaiguás, que quiere 
decir indios que viven dentro de los montes, sin habitación ó 
casas.» (Carta anua del P. Nicolás Duran, prov. del Parag., de 
la Comp. de Jes., publ. por Trelles, Rcv. del Arch. de Bs. As.) 

<De modo que no hay más guaraníes libres que conserven 
sus costumbres antiguas, sino los chiriguanás y algunos llama- 
dos caaiguás (montesinos) en el Paraguay.» (Azara, Descrip. é 
hist. del Parag. etc.) 

CALCHAQUÍ, adj. — Dícese del indio que habitaba en un va- 
lle del Tucumán llamado de Calchaquí. Ú. t. c. s.— Dícese igual- 
mente de un indio del sur del Chaco, junto á la provincia de 
Santa Fe, sin duda originario del valle de Calchaquí. Ú. t. c. s. 
— Perteneciente á dichas generaciones. 

Los calchaquíes eran gente esforzada y belicosa. Causaron 
estragos considerables en los pueblos y ciudades fundadas pol- 
los españoles, batallando sin cesar. 

CALDERA, f. — Vasija, regularmente de hierro, donde se 



VOCABULARIO RIOFLATENSE. 129 

pone á calentar el agua para hacer te, café, etc., ó cebar mate. 
Por sobre la boca tiene un asa, y, en la misma dirección de 
ésta, saliendo de junto al fondo, un largo pico, por donde se 
sirve el agua. 

Llámase también cafetera y, familiarmente, pava, con alusión 
al pico. En Chile tetera, según Solar. 

CALDERA. — Capital del departamento del mismo nombre 
de la provincia argentina de Salta. 

CALAMUCHITA. — Departamento de la provincia argenti- 
na de Córdoba. Su capital La Cruz. Es fronterizo á la provin- 
cia de San Luis. 

CALANDRIA, f. — Ave de seis á siete pulgadas de largo, cié 
color ceniciento y de variado y melodioso canto. Anida con 
preferencia en los árboles que circundan las casas de las estan- 
cias y los ranchos. Son muy mansas: entran en las habit;. 
nes á comer y beber, y, posadas en una rama, entretienen largas 
horas de la mañana y de la tarde con los encantos de su voz. 
Pero no se les prive de su libertad; porque, al poco tiempo de 
enjauladas, se entristecen y mueren. 

CALICANTO, m. — Muro de 'cal y canto, muy sólido y 
fuerte. 

En el acta del cabildo de Córdoba del Tucumán, fecha á 14 
de enero [de 1760, se lee: «expuesta (la ciudad) continua- 
mente á las inundaciones de las lluvias, especialmente por la 
parte del sur y poniente con las avenidas de la cañada, de que 
la defiende un calicanto » etc. Diciendo hoy día en Córdoba 
el calicanto, todos saben que se trata del sólido muro que de- 
fiende la ciudad de las avenidas de la cañada que la atraviesa. 
CALINGASTA. — Departamento de la provincia argentina 
de San Juan. — Capital del mismo departamento. 
CAMALOTAL, m. — Paraje cubierto de camalote. 
<-La isla que forma este riacho es, en parte, rasa, anegadiza y 
de bañado: en tal cual parte se ven algunos manchoncitos de 
árboles pequeños y maleza, y en otras camalotal.» (D. Igna- 
cio de Pasos.) 

CAMALOTE, m. — Planta acuática, que se cría en las lagu- 



130 DANIEL GRANADA. 



ñas y festonea las costas de los ríos, introducido en el agua y 
afianzado en el fondo por medio de raicillas como hebras 
su largo y foio tallo, que termina, como el aguape, en una hoja 
nerviosa, pero mayor y casi redonda, en lugar de puntiaguda, 
del tamaño de un plato, y adornada por la primavera con una 
sencilla flor azul. — En general, toda planta del mismo género 
que la antedicha, que se le asemeje, aunque la flor sea diferen- 
te. — Conjunto flotante de esta clase de plantas que, enredadas 
por sus raíces y unidas con otras de especie diferente, así como 
con ramas y troncos que las crecientes de los ríos arrancan de 
sus costas, suelen formar á manera de islotes capaces de soste- 
ner el peso de aninales corpulentos como el tigre, al que más de 
una vez se le ha visto bajar navegando por el Paraná y Uruguay, 
cual náufrago que huye de una inundación, sorprendido por 
las aguas en su vivienda. 

Según Gibert pontederia nymphocifolia Kuu/h (bromeliodeoe) y 
cichhornia aznrea (id., id.). El camalotc de Guayaquil y Nueva 
Granada que menciona Colmeiro, es planta diferente (gramí- 
ncas). 

«Cuando el rio (Paraná) crece, suele traer con sus crecientes 
muchos leños, árboles enteros y muchas hierbas enlazadas; 
particularmente bajan algunas que llaman camalotes. Es cada 
una mata al modo de los vastagos de las calabazas; pero tan 
grande y con tantas ramas, que suelen esas hierbas, bajando 
por medio del rí< >, < >cupar más de veinte varas en cuadro sobre 
la superficie del agua; y como' sus canoas (las de los indios 
payaguás) son de tan poco bordo que no pasa de dos dedos 
fuera del agua, pueden con facilidad ocultarse bajo de aquellos 
camalotes y dejarse venir con la corriente del agua. Muchas 
veces ha sucedido; y como pueden muy bien dar el rumbo á 
toda aquella armazón, con poca diligencia, hacia los barcos, 
suelen llegar á ellos sin ser sentidos, y, estando inmediatos, se 
enderezan, arman su gritería y confusión, y como logren alguna 
turbación en los españoles, ya los vencieron.» (Fray Pedro José 
de Parras, Diario publ. por Trelles.) 

«Les di camalole, que es una planta acuática, y no la quisie- 
ron comer.» (Azara.) 



VOCABULARIO RIOPLATENSE. 131 

Los verdes camalotes florecidos. 

(D. Rafael Obligado.) 
CAMBADO, da, adj. — Que tiene las piernas torcidas. 

Vocablo port. procedente del Brasil. 
Del lat. gamba, como en castellano antiguo. 
CAMBARA, m. — Árbol frondoso de hoja discolora (verde 
la cara y blanco el envés) y flor blanca diminuta. 

Es medicinal. Ligeramente cocidas las hojas, mezcladas con 
azúcar quemada y unas gotas de sebo y de limón, sirven para 
curar la tos, etc., aplicado un parche á la boca del estómago. 

CAMBUJ, m. — Árbol de tronco liso semejante al guayabo, 
que da unas semillas en racimo parecidas kX&pitanga, pero co- 
loradas. — Fruto de este árbol. 
Del guar. camba'/'. 

CAMINÍ, m.— V. MATE.— Era la yerba más estimada. 
Del guar. caá rríínl. 

CAMOATÍ, m. — Especie de la familia de las avispas. — Pa- 
nal del camoatí. 

CAMPAÑA, f. — -Campo en general. — Territorio de un es- 
tado ó provincia, con excepción de la capital. Así se dice 
habitantes de campaña, departamentos de campaña, á distinción de 
los habitantes y departamentos de la capital. 

«Son caminos generales ó principales los que, partiendo de 
la ciudad ó de otros puntos, cruzan el todo ó una parle de la 
campaña,*» etc. (Cód. Rur. de la Prov. de Buenos Aiies.J Ya sea 
simple vecino de la campaña, ya pulpero.» (Cód. Rur. de la 
R. O. del V.) Frutos que se conduzcan de un distrito á otro 
de la campaña. » (Cód. Rur. de la, Prov. de Entre Rios.) 

Es antiguo el uso del término campaña como significativo 
del campo en general ó del territorio de un estado ó provin- 
cia, con excepción de su capital. 

«Campo llano sin montes ni aspereza. (La Acad.) 
CAMPEAR, n. — Recorrer un campo, buscando uno ó más 
animales que se hayan extraviado/) dispersado. 

Es término, no sólo usado comúnmente en el sentido ante- 
dicho, sino también empleado por los Códigos Rurales del Río 
de la Plata. Tiene semejanza con la acepción que antigua- 



]'!2 DANIEL GRANADA. 



mente se le daba en la milicia, según la Acad.: «correr ó reco- 
nocer con tropas el campo para ver si hay en él enemigos. 

Prov. de la Amér. merid., según Salva. 

CAMPERO, ra, adj. — Dícese de la persona que es muy 
baqueana ó práctica en el campo, así como en las operaciones 
y usos peculiares de las estancias. — Dícese del animal muy 
adiestrado en el paso de ríos, esteros, cañadas y zanjas, y en la 
travesía de montes por picadas, que conoce los peligros y que 
obedece fácilmente á la rienda, siendo, por lo tanto, útil, en 
especial, para ejecutar las operaciones peculiares de las estáñ- 
elas, como parar rodeo, hacer apartes, enlazar, etc. 

Se aplica (el adj. campero, ra) al ganado y á otros animales, 
cuando duermen en el campo y no se recogen á cubierto. — 
Méj. Dícese de cierto andar del caballo á manera de trote muy 
suave.> (La Acad.) 

CAMPO DE PUNA. — En las provincias argentinas arribe- 
ñas, campo arenisco arcilloso, de pastos fuertes ó inservibles 
para la cría de ganados. V. PUNA. 

CAMPO SANTO. — Departamento de la provincia argentina 
de Salta. — Capital del mismo departamento. 

CANARIO, Ha, adj. — Dícese del natural de la ciudad ó del 
departamento oriental de Canelones. Ú. t. c. s. — Perteneciente 
á una ú otro. 

CANCELA, f. — En los cercos de las estancias, puerta ó 
entrada, variamente dispuesta, por donde sólo puede pasar sin 
holgura un hombre á caballo. 

CANCHA, f. — En general, recinto, lugar, sitio ó paraje 
espacioso, llano y desembarazado. — Tratándose de ríos, espa- 
cio que media entre un recodo ó vuelta y el recodo ó vuelta 
subsiguiente, sin islas que lo embaracen ó impidan navegarlo 
derechamente y distinguir desde uno el otro extremo, ó, lo 
que es lo mismo, punto donde ofrecen á la navegación un 
trayecto desembarazado, más ó menos largo y directo, sin islas 
interpuestas, desde un recodo ó vuelta hasta donde aparece 
cerrarse el río por efecto del recodo ó vuelta que forma más 
adelante. — En los mataderos, saladeros, etc., lugar espacioso y 
llano donde se descuartizan las reses, y aquel en que se depo- 



VOCABULARIO RIOPLATENSE. 133 

sita el guano ó residuos de la fabricación de la grasa. — En los 
hornos de ladrillo, sitio llano y desembarazado donde se 
amasa y pone á secar el adobe. — En los montes, espacio talado 
y desbrozado donde la industria del leñador hace la parva de 
leña y la extiende después de carbonizada. — Con respecto á 
ciertos juegos ó diversiones de agilidad, fuerza ó destreza, 
como pelota, bochas, carreras, espacio llano y desembarazado 
donde se ejecutan, y, extensivamente, edificio ó lugar destina- 
do á tales diversiones ó juegos.— Expresión imperativa con 
que se anuncia la necesidad de dejar libre el paso ó un lugar 
cualquiera, cuando hay aglomeración de gente ó alguna per- 
sona que estorbe. ¡Cancha! como en lo antiguo ¡plaza! ó 
¡aparta! aparta! Abran cancha; dejen cancha; hagan cancha; den 
cancha; ¡cancha! es como decir: despejen; abran paso; den ó 
hagan lugar. — ¡A la cancha! Expresión imperativa con que se 
anuncia que ha llegado el momento de poner por obra el 
designio de dos personas que en sitio aparente (llano y des- 
pejado) se disponen á luchar; lo propio que ¡á la palestra! — 
Estar uno en su cancha. Expr. fig. y fam. con que se da á 
entender que se halla uno en el lugar donde tiene la plenitud 
de sus recursos é influencia ó puede disponer desembarazada- 
mente de ellos, contrarrestando en consecuencia á su adversario 
de una manera eficaz, no temiendo á nadie, campando por su 
respeto. 

Del quich. caticha. 

Las diversas acepciones, varias, pero concordantes entre sí, 
según se habrá observado, en que los rioplatenses toman la voz 
cancha, concurren á poner en claro el sentido recto que tenía 
originariamente en la lengua quichua. Es racionalmente impo- 
sible que una adaptación tan uniforme de sentido á multipli- 
cidad de objetos diferentes en naturaleza y destino, no des- 
canse en una razón etimológica cierta. Que en otras partes de 
América sufra excepción la regla, poco hace al caso. El número 
de voces castellanizadas de las lenguas aborígenes es, al 
parecer, mucho mayor en el Río de la Plata que en otras 
partes de América, y D. Pedro F. Paz-Soldán y Unanue tuvo 
ocasión de observar que relativamente abundan más en 



134 DANIEL GRANADA. 



Buenos Aires que en Lima misma las que proceden del qui- 
chua, con estar en el riñon del imperio de los Incas la ciudad 
de los Reyes. Esta singularidad se explica considerando que 
la comunicación del Río de la Plata con España, por lo que 
respecta al comercio y por consiguiente al trato civil, con 
tener tan á la mano la vía del mar, fue, sin embargo, la 
más tardía y remota de América hasta el último tercio del 
siglo pasado: su vida puede decirse con propiedad que ha 
sido exclusivamente americana, indígena, nativa, durante dos 
largas centurias. Cuan arrastrado anduvo y anda aún por 
por otras regiones el vocablo de que se trata, lo dice el 
siguiente pasaje de D. Rufino José Cuervo: « Cancha, sarna 
y, en los perros, usagre; quichua cancha, empeine. Otra acep- 
ción de cancha en Bogotá es la cantidad que, como emolu- 
mento, el dueño del garito saca del dinero que. se juega, ó 
sea el tablaje, como dice el Ordenamiento de las tafurerías 
(ley XL). Difícilmente habrá ejemplo de un envilecimiento 
semejante: según el Vocabulario que acompaña la magnífica. 
edición del Ollantai hecha en París, 1878, por nuestro excelente 
amigo el ilustrado americanista D. Gabino Pacheco Zegarra, 
el término quichua vale: lugar cercado de muros; — recinto; — 
por extensión, palacio, corte; y aun se daba este nombre á 
los templos. Pues bien: en la América austral pasó á deno- 
tar un patio ó corral destinado á algún entretenimiento ó 
diversión, como cancha de bolos, de gallos, de pelota, de 
carreras; entre nosotros se dice pagar la candía, como pagar 
el garito, y de ahí la cancha produjo tanto. Si fuera de este 
lugar, bien podría hacerse sobre este tema un sermoncito 
edificante. > Adviértase que en el Río de la Plata no llaman 
nunca cancha- al reñidero de gallos. 

La idea que ofrece Pacheco Zegarra es, sin duda, la más le- 
gítima, según lo da á entender el mismo Cuervo: recinto. De 
ahí la cancha de pelota, la cancha de carreras, la candía del le- 
ñador en el monte, la cancha del saladero, la candía del horno 
de ladrillo, la cancha minera. «Los que se ocupan de limpiar el 
metal que sacan de las minas á las canchas, que son las casas 
del cerro donde se recoje el metaL, etc. (Reí. gcogr. de Iad 



VOCABULARIO RIOPLA.TENSE. 135 

publ. por D. M. Jim. ele la Esp.; Villa v Minas de Potosí.) Tra- 
tando de las propias minas el virrey del Perú marqués de 
Montesclaros en informe á su suces< >r en el mando (Colecc. de 
donan, cnc'd. etc. de Indias), dice también que el lugar donde se 
amontonan las piedras metalíferas lleva el nombre de cancha, 
cuyo sentido ilustra en estos términos: «que es lo que en es- 
pañol plazas Idea semejante nos da este pasaje: «El pueblo 
de San Andrés de Chnquicancha se llama así, porque está cer- 
cado un llano, que quiere decir chniqui candía, corral barrido, 
que es donde ellos se sientan á sus juntas.» (Reí. gcogi. de Ind.; 
Repart. de Atunrucana.) Así, es condición de la cancha, que sea 
llano y desembarazado el recinto, sitio ó paraje que la forma. 
Así invariablemente en el Río de la Plata. Así en Chile: lugar 
parejo, según D. Zorobabel Rodríguez, que puede tener dife- 
rentes usos (cancha de carreras, de bolas, de pelota); y abrir 
ca?icha (camino), abrirse cancha (medrar á fuerza de trabajo é 
ingenio), estar uno en sus canchas (donde puede prevalecer en- 
tre los demás), etc. Así en la provincia brasileña de Río Gran- 
de del Sur: lugar donde, en los saladeros, se mata el ganado 
vacuno, sitio en que un parejero está acostumbrado á correr, y 
estar uno cu su cancha, por hallarse donde es más poderoso, 
etc., según se expresa el vizconde de Beaurepaire-Rohán, acep- 
ciones que los riograndenses tomaron, sin duda alguna, de los 
argentinos y orientales. Salva trae la voz como prov. de la 
Amér. merid. en el sentido de casa cu que los vivanderos venden 
los víveres, y de palio ó corral destinado á algún entretenimiento 
ó diversión (cancha de bolas, de gallos, de pelota, etc.) La primera 
de estas acepciones no corre en el Río de la Plata, ni llaman 
cancha, según ya se ha indicado, al reñidero de gallos. Tampoco 
dan ese nombre á unaplaza de tozos, para lo cual no puede haber 
otra razón que la muy sencilla de no necesitarlo, por tener el su- 
yo propio el lugar donde se ejecuta, la riña y lidia: circo, redon- 
del. Cancha llaman en el Perú al maíz tostado y á los lugares 
destinados a reñir gallos y correr caballos, según D. P. F. Paz-Sol- 
dán, quien advierte, sin embargo, que, como enseña Garcilaso, 
debe pronunciarse en el primer caso con eme, porque con ene 
significa barrio de la vecindad 'ó un gran cercado. Camelia; cancha. 



136 DANIEL GRANADA. 



Leemos en una obra enciclopédica que actualmente se está 
publicando en España: 

«CANCHA. Gcogr. — En el Chaco y lugares inmediatos de la 
América meridional se llama así á los recodos y vueltas de un 
rio, especialmente del Bermejo. Las principales canchas del 
Bermejo son las de Esteban, Maipú, Calafate y Larga.- Quien 
tal dijo, no < >yó á baqueano. El Chaco es un desierto aún habi- 
tado por indios bravos, que no sabemos si en su lengua dirán 
rancha. En él se están fundando con harta dificultad algunas 
colonias de extranjeros, á cuyos oídos es probable no haya 
llegado todavía el sonido de la palabra. Mal pueden, en conse- 
cuencia, usarla por allí. Los lugares inmediatos al Chaco son nada 
menos que las fronteras de la República Argentina, del Para- 
guay, del Brasil y de Bolivia: ¡qué lugares] y qué inmediación! 
Llamar candía á los recodos y -vueltas de un río, siendo cabal- 
mente lo contrario ó sea el pinito donde el río no forma recodo ni 
vuelta, es lo mismo que si llamáramos calle á las esquinas y bocaca- 
lles de una ciudad. ¡Rara prerogativa del Bermejo la de ser en 
él especialmente aplicable la voz canchal Sin duda tendrá mas can- 
chas y será, por ende, más fácilmente navegable que el Para- 
guay, á quien tributa, y que el Paraná y el Uruguay, que las 
tienen muy buenas y á centenares. Y si cancha fuese recodo y 
7'uclla, ¡qué importancia se daría al Bermejo, señalando con sus 
nombres particulares las principales/ Las principales cauchas del 
Bermejo equivale á decir, en tal sentido, los recodos y vueltas 
más importantes, más favorables á la navegación que tiene el 
Bermejo, cuando en realidad semejantes desigualdades son una 
de las peores condiciones que puede tener un río, salva la 
belleza. La misma cancha Larga del Bermejo está indicand» i 
que se trata de una cosa que se extiende en línea recta. 

De varias trazas eran, genios, modos; 
Y aunque de armas tomar ninguno fuera 
(Porque de los cincuenta pasan todos), 
Son por una mismísima tijera 
Cortados en tratándose de godos; 



VOCABULARIO MOrLATENSE. 137 

Y si de Elvira el nombre no sirviera 
De protección, tuvieran hoy la cancha 
En parte no tan fresca ni tan ancha. 

(D. Andrés Bello, El Proscrito) 

CANCHERO, m. — El que tiene á cargo una cancha (de 
pelota, etc.). 

CANDELARIA. — Departamento de la provincia argentina 
de Salta. — Capital del mismo departamento. — Departamento 
de la provincia argentina de Corrientes. — Capital del mismo 
departamento. 

CANDOMBE, m. — Danza de negros. — En sent. fig., inmoral 
desgobierno político. 

Hacían estas danzas los negros africanos en Montevideo, 
hasta hace poco tiempo, todos los años, desde el día de Navi- 
dad (25 de diciembre) hasta el de Reyes (ó de enero), con 
el aparato de instrumentos, trajes- y clamoroso canto que 
Íes era peculiar. Hoy en el día, habiendo muerto la mayor 
parte de los negros africanos y de los que conservaban sus 
costumbres,- los candombes, aun cuando se repiten todos los 
años en la época indicada, están despojados de sus formas 
características, de manera que sólo tienen de ellos el nombre. 

CANELÓN, m. — Capororoca. 

CANGREJAL, m. — Terreno bajo, húmedo, que, por la 
acción de ciertos cangrejillos negruzcos que se crían con abun- 
dancia, se hallan enteramente llenos de hoyuelos y surcos en 
que se hunde mucho la pisada, y que son, por lo mismo, no 
sólo pantanosos, sino intransitables ó de difícil acceso. El ani- 
mal campero atraviesa estos terrenos pisando en los caballetes 
que por lo regular se forman entre surco y surco á manera de 
tierra arada. 

«Todo este cantón es de una tierra ligera, arenisca, no de 
mucha sustancia, y cubierta de dilatados pantanos y cangre- 
jales.» (Cabrer.) 

No es lo mismo cangrejal que tucutuzal, como muchos creen, 
ni que tacuruzal, con el que suelen también confundirlo. 

CANOA, f. — Embarcación formada de un tronco ahuecado, 
con un asomo de popa y proa en sus extremos. Usase en los 



138 DANIEL GRANADA. 



ríos, por la facilidad de su gobierno y acceso en cualquier 
paraje obstruido por piedras ó sin hondura. Pero es preciso ser 
muy baqueano para manejarla, porque, al menor descuido, se 
vuelca. Impúlsase con remos en forma de pala, cortos, mane- 
jándolos sin apoyarlos en la embarcación. — Cualquiera embar- 
cación semejante á la canoa, aunque no esté formada precisa- 
mente del tronco de un árbol. 

La canoa que se ha usado siempre y se usa el día de hoy 
en todos los afluentes del Plata por indios, criollos y europeos 
avecindados en sus regiones, así como el modo de construirla» 
esto es, ahuecando el tronco á fuerza de hacha y fuego, s< m 
exactamente los mismos que describe Gonzalo Fernández de 
Oviedo en el siguiente pasaje. «En esta Isla Española y en las 
otras partes todas destas Indias que hasta el presente se saben, 
en todas las costas del mar, y en los ríos que los chripstiam >s 
han visto hasta agora, hay una manera de barcas que los 
indios llaman canoa, con que ellos navegan por los ríos grandes 
y assi mismo por estas mares de acá; de las cuales usan para 
sus guerras y saltos y para sus contrataciones de una isla á 
otra, ó para sus pesquerías y lo que les conviene. E assi mis- 
mo los chripstianos que por acá vivimos, no podemos servirnos 
de las heredades que están en las costas de la mar y de los 
ríos grandes, sin estas canoas. Cada conoa es de una sola 
pieza (') solo un árbol, el qual los indios vacian con golpes de 
hachas. . . , y con éstas cortan ó muelen á golpes el palo, aho- 
cándolo, y van quemando lo que está golpeado y cortado, 
tornando á cortar y golpear como primero; y continuándolo 
assi, hacen una barca quasi de talle de artesa ó dornajo; pero 
honda é luenga y estrecha, tan grande y gruesa como lo sufre 
la longitud y latitud de el árbol de que la hacen; y por debax< > 
es llana y no le dexan quilla, como á nuestras barcas y na- 
vios.» 

«Sus canoas (de los timbúes) son de árboles de 8o pies de 
largo y tres de ancho, y las navegan con remos (sin hierro), al 
modo de los pescadores de Alemania». (Schmídel, tr. corr.) 

«Canoa es barco hecho ordinariamente de una pieza como 
artesa, de que usan los indios, y ellos llaman á estas barquillas 



VOCABULARIO RIOPLATENSE. 139 

en su lengua atlcales. . . . Esto es lengua mejicana. Mas porque 
las tales barquillas las llaman en Santo Domingo, donde primero 
estuvieron los españoles, canoa, las llamaron á todas de este 
nombre.» (Covarrubias.) 

«Canoa. (Voz caribe.) Embarcación de remo de que usan los 
indios, hecha ordinariamente de una pieza, en figura de artesa, 
sin quilla, proa ni popa.» (La Acad.) 

CANOERO, m.— «El que gobierna la canoa.» (La Acad.) 

También es adj. 

CANOERO, ra, adj. — Que anda en eanoa. 

«Río poblado de muchos indios canoeros.» (Ruidíaz de 
Guzmán.) 

CANTIMPLA, adj. — Díccse de la persona que es callada y 
medio zonza. Ú. t. c. s. 

Por ej., el que, aunque taciturno de su condición ó por hábito, 
suele romper su silencio é impasibilidad soltando de repente la 
risa, sin motivo plausible, es un cantimpla. 

CAÑADA, f. — Terreno bajo comprendido entre dos lomas, 
cuchillas ó sierras, bañado á trechos, ó bien, que es lo más 
común, en toda su extensión, á manera de arroyo, por efecto 
de las aguas que descienden de aquellas eminencias, y abun- 
dante en hierbas, plantas y árboles propios de los parajes 
húmedos. Las hay muy anchas, como en las provincias argen- 
tinas del sur, la cañada Grande, comprendida entre las sierras 
del Pencoso y de la Punta de San Luis, que, donde menos, 
tiene una legua, y en parte alcanza hasta nueve. 

Espacio de tierra que hay entre dos montañas ó alturas 
poco distantes entre sí.» (La Acad.) La cañada se forma natu- 
ralmente á raíz de las faldas 6 remate inferior de las eminen- 
cias. 

CAÑAS (juego de). — Era costumbre en toda la América 
española celebrar la exaltación de los reyes al trono, la llegada 
de los virreyes y demás personajes revestidos de autoridad 
superior, y otros acontecimientos señalados, con espléndidas 
solemnidades y fiestas públicas, entre las cuales ¿cómo habían de 
faltar las corridas de toros y cañas? Las de esta clase que se 
ejecutaban en los países del Plata, costumbre que duró hasta los 



140 DANIEL GRANADA. 



últimos tiempos de la dominación española, ofrecen una fiso- 
nomía peculiar á los usos y condición social de sus habitantes. 
Curioso es observar el modo con que, á favor de las circuns- 
tancias especiales á que se alude, iban transformándose aquellas 
antiguas fiestas de los caballeros árabes y españoles. Entraban 
en el juego de cañas de que se trata, cuatro cuadrillas: una de 
galanes, y las restantes representando naciones de indios, turcos 
y africanos. Las cuadrillas de galanes, turcos é indios, para- 
mentadas con magnificiencia á estilo y uso de sus respectivas 
nacionalidades: la de africanos, en traje y aspecto á más no 
poder risible, formando gracioso contraste con la gallardía y 
lucimiento de sus contrarias. Apostadas en los cuatro ángu- 
los de la plaza, enviaban sucesivamente un faraute, seguido de 
dos caballeros, á rendir pleito homenaje al primer gobernante 
de la provincia, ante cuyo palco se detenían, pronunciando 
una arenga á nombre de sus gentes, en castellano el galán y el 
turco, con su habitual chapurreo el africano, y el indio en la 
lengua de su nación. Las cabalgaduras, en el trayecto, levan- 
taban y asentaban acompasadamente las manos al son de la 
música. Vuelto cada cual á su campo, desprendía una de las 
cuadrillas por el costado de la plaza á todo galope un jinete, 
que, al pasar por delante de la más inmediata de sus contrarias, 
era perseguido por otro de ésta armado de boleadoras de 
naranjas, con las que se proponía aprisionarlo, arrojándoselas 
al cuerpo con maestría. El caballero perseguido, al llegar al 
puesto que ocupaba la cuadrilla subsiguiente, deteníase, 
saliendo de ella un tercero, que á su vez perseguía de igual 
manera al perseguidor, y así sucesivamente hasta quedar situa- 
das las cuadrillas en campos diametralmente opuestos á los 
que tenían al principio. Salían después á la arena las cuatro 
cuadrillas, y se entremezclaban simulando una batalla y sor- 
prendiendo á los espectadores embelesados, entre vítores y 
aplausos, con graciosas, diñeiles y variadas evoluciones, ejecu- 
tadas ora al trote, ora á escape, ora al tranco del caballo. 
D. Damián Hudson (Rev. de B. A.) da noticia de las que se 
celebraron en Mendoza, San Luis y San Juan el año de 1803. 
En las antiguas y célebres misiones jesuíticas del Paraná y 



VOCABULARIO RIOrLATENSE. 1 11 

Uruguay presentaban otra forma, no menos original, los juegos 
de cañas. Los charrúas y minuanes, cuando estaban en paz con 
los guaraníes cristianos, gustaban de asistir á las fiestas que en 
celebración de algún aniversario ó acontecimiento notable se 
verificaban en los pueblos de las Misiones. Y no solamente 
eran espectadores de ellas, sino que también concurrían á ciar- 
les lucimiento, simulando batallas entre indios y españoles. 
Desnudos, pintado el cuerpo y adornados con plumas, ejecuta- 
ban sorprendentes evoluciones, ahora saltando, apoyados en 
su lanza, del caballo al suelo y del suelo al caballo en lo más 
precipitado de la carrera, ahora sustrayéndose el jinete á la 
vista del enemigo con increíble destreza. Nada hay eme pueda 
dar idea perceptible de las maravillas que ejecutaban sobre el 
caballo estos indios, verdaderos hipógrifos que sólo había 
podido sonar la fábula. 

CAPIBARA, m.— Capincho. 

Del guar. capi'ibá. 

CAPIGUARA, m— Capibara. 

Del guar. capiígüá. 

«Vimos diferentes capivaras ó capiguaras, como quieren 
otros.» (D. José María Cabrer.) 

CAPINCHO, m. — Cuadrúpedo, de una vara próximamente 
de longitud, sin cola, de color pardo oscuro el lomo y pardi i 
blanquizco el pecho, boca y dientes de conejo, y el cuerpo un 
tanto parecido al del cerdo. Habita á orillas de los ríos, arroy »s 
y lagunas y en las islas, viviendo como un anfibio, pues nada 
y se zabulle con frecuencia. Aprovéchase el cuero, curtiéndolo, 
y comen algunos charqueada la carne. 

Del guar. capi'ibá. 

Descríbelo Oviedo. «Hay (dice, refiriéndose á las regiones 
del Plata) una cierta manera de puercos de agua, que son 
buena carne, y de cuatro pies, y tienen cinco uñas en cada, 
pie y cada mano, y el pelo es áspero, de color como rubi< \ 
unos más oscuros eme otros, y salen á pacer en tierra y se 
tornan al agua, y quando los siguen se cabullen y salen tic 
rato en rato; pero crían en tierra, y llámanlos de agua por- 
que les es muy ordinario, y las más veces los matan en e! 



142 DANIEL GUANABA. 



agua: llaman los indios á estos puercos capivatas. (Hisf. gen, 
v nat. de las Ind. pubL" por la Acad. de la Hist.) 

CAPITA, m. — Pajariilo de cuerpo negro y la cabeza de 
un color rojo encendido. 

Del guar. acáng, cabeza, y pitá, roja. 

«No escasea (el capitá) en el Paraguay, ni en el Río de 
la Plata.» (Azara.) 

CAPITANEJO, m. — Capitán de una partida de indios, 
dependiente de un cacique. — El que manda una partida de 
gente indisciplinada. 

CAPOROROCA, m. — Árbol ciñas hojas, arrojadas al fuego, 
estallan fuertemente. Es árbol vistoso: empinado el tronco; 
altas las ramas; las hojas de color verde oscuro. Myrsiné L. 
(primtdacece) en Gibert: canción. 

Del guar. caá apocopada, y pororog, hierba que estalla. 

Llámanle también canción. 

CARACARA, adj. — Dícese, del indio cuya parcialidad ha- 
bitaba en la banda occidental del Paraná, junto al Carcarañal; 
Ú. t. c. s. — Dícese igualmente del indio cuya parcialidad 
habitaba en las islas 6 inmediaciones de la laguna Ibera. La 
una y la otra de la generación guaraní. Ú. t. c. s.- — Perte- 
neciente á dichas parcialidades. 

CARACARA, m. — Ave de rapiña, de un< >s dos pies esca- 
sos de longitud, de color pardo oscuro, en parte blancas las 
plumas de las alas y cola, el pico y uñas corvas, la vista 
perspicaz. Aliméntase de cadáveres, insectos, reptiles, pájaros, 
etc. 

Del guar. carneará, expresión imitativa de su grito: carearen rrr. 
< En el Río de la Plata le llaman carancho.» (Azara.) 

CARACÚ, m. — Tuétano. — Hueso del tuétano. 

Nunca 'dicen tuétano, y la gente del campo ignora lo que esta 
palabra significa. 

Del guar. caracú. 

«Dos jóvenes estaban ocupados en asar sobre las brasas unos 
trozos de carne, con algunos caracúes ó tuétanos de vaca.» 
(Estala.) 

CARACÚ, adj. — Dícese de cierta casta de ganado vacuno 



VOCABULARIO RIOPLA.TENSE. 1 13 

de pelo corto y muy fino y cola muy delgada. Engorda más 
que el común; pero no resiste los rigores del fr'n >. 

Delguar., probable corrup. de carac'i, corto. 

Lo propio en las prov. brasil, de San Pablo y Minas Gene- 
rales, según Beaurepaire-Rohán, y sabemos que también en la 
de Río Grande del Sur. 

CARAGUATÁ, m. — Planta de la familia de las bromeliáceas, 
de hojas estrechas, recias y espinosas. Hay de ella varias espe- 
cies: la una de hojas largas de seis á ocho cuartas, cuyas hebras 
sirven para hacer tejidos y cuerdas muy fuertes y resistentes, y 
que da un fruto semejante al ananá, pero despreciable por lo 
que al gusto respecta: otra de hojas menos largas, que echa 
un tallo de unas tres cuartas y en él unas florecitas de cuatro 
pétalos blanco-rosados, y unos frutos comibles de torma seme- 
jante al dátil, también textil: la otra parecida á la segunda; y 
la parásita, que se cría en los árboles más elevados. — Hile de 
estas plantas. — Su fruto. 

Del guar. caraguatá. 

En las provincias argentinas arribeñas la llaman también 
chaguar, y en algunas otras partes del Plata cardo. 

En Colm. caraguatá del Paraguay: agave americana L. (ama- 
ri/iileas). En Gibert cryngium Turn. (umbellincce) . 

Se refiere evidentemente al caraguatá Gonz. Fern. de Ovie- 
do (Hist. gen. v na/, de las Ind. publ. por la R. Acad. de la 
Hist.) cuando, describiendo las regiones del Río de la Plata, 
dice: hay pinas de cardos que llaman garabata, pero son 
agras.» Fray Juan de Rivadeneira (Relación de las provin- 
cias del Río de la Plata publ. por D. M. R. Trelles en la Rcr. 
de la Bibl. P. de Buenos Aires) le llama garabato, y da noticia de 
él en los siguientes términos. «Tienen mucho garabata, que 
es como lino ó cáñamo de España, digo, eme se sirven del 
como acá del cáñamo, para telas, camisas, sábanas, jubones, 
costales, sogas, alpargates y calcetas y jarcias y amarras de 
navios, y para calafetear los navios; y desto hay mucha suma, 
y es bravo y silvestre y sin beneficio alguno.» 

«Tengo entendido que una cuerda de cáñamo de doce 
lineas de circunferencia, de buena calidad y trabajada en núes- 



144 DANIEL GRANADA. 



tros arsenales, rompe con 633 libras; y como las resistencias 
sean como los cuadrados de las circunferencias, hecha la pro- 
porción se deduce que un cable de doce pulgadas de caraguatá 
tendrá el aguante que otro de doce pulgadas y diez v media li- 
ncas de cáñamo.» (Azara, Dcscrip. é hist. del Par. etc.) 

CARANCHO, m.— V. CARACARÁ. 

Voz imitativa. 

Paz-Soldán dice que en el Perú llaman corancho, carancho 
y calancho á una especie de buho, y agrega: «En castellano 
rapacho es nombre de un ave nocturna semejante á la 
lechuza: ¿nos atreveremos á ver en calancho una corrupción 
de capacho, ó le buscaremos el origen en alguna de las infi- 
nitas lenguas americanas? » La etimología en CARACARÁ. 

CARANDA, m. — Caranday. 

CARANDAY, m. — Árbol de la familia de las palmeras, no 
muy alto; las hojas en forma de abanico. Busca los terrenos 
húmedos y aun la sombra de los árboles grandes. Su tronco 
sirve de cumbrera en los ranchos y para hacer canales. 

Del guar. carandaí. 

CARAYÁ, adj. — Dícese de un mono que habite en los 
montes del Paraná y Uruguay arriba, así como en los del Para- 
guay, y de las vertientes que respectivamente les tributan: de 
unas cinco cuartas de longitud; negro, menos el pecho, que 
es pardo rojizo; feísimo y torpe; de voz agria, lúgubre y fuerte. 
Anda en cuadrilla, capitaneada por un jefe; las madres llevan 
el hijo cabalgando á sus espaldas. Contrasta, por su fiereza, 
con el caí, no menos que por su condición y hábitos. Aseguran 
que, perseguido, echa excremento en la mano, para lo que 
siempre está dispuesto (sin duda efecto del miedo), y se 
lo arroja al agresor: que, herido, masca unas hojas y las 
aplica á la lesión: que la cabeza de la comunidad anuncia 
á gritos el peligro para que lo evite, quedando expuesto sólo 
el jefe, que arrostra la muerte con estoicismo: moribundo, se 
acomoda en el árbol de manera que su cadáver no vaya á 
dar á manos del matador cayendo al suelo. Ú t. c. s. 

Del guar. carayá. 

Azara entiende que catará se deriva de caayá,jefe del vos- 



VOCABULARIO RIO-rLATENSE. 145 

■juc, siéndolo de los diestros ó astutos: cara, destreza, astucia, 
etc. 

CARBONADA, f. — Guisado compuesto de carne partida en 
pedazos menudos, rebanadas de choclos, zapallo, papas, etc. (todo 
•en pedazos), y arroz. 

Lo propio en el Perú, según D. Ricardo Palma. 

cCarne cocida hecha pedazos, y después asada en las ascuas 
•ó parrillas.» (La Acad.) 

CARC ARANÁ, m. — Carcaraual. 

C ARCAR AÑAL, m. — Toma este nombre el río Tercero 

íde que se le junta el Saladillo hasta su desembocadura en 
el Paraná. Corre por la provincia de Santa Fe de la Confede- 
ración Argentina. 

En la boca del Carcarañal fue en donde estableció Sebastián 
Gaboto, primer navegante del Paraná, el fuerte de Santi Spíri- 
tus, de que quedan aún vestigios, teatro de la sangrienta trajedia 
en que perecieron el denodado Ñuño de Lara y sus compa- 
ñeros á manos de los timbúes, por la alevosía del cacique 
Mangoré, ejecutada con el propósito único de poseer á Lucía 
■ de Miranda, mujer hermosísima de quien se había enamorado. 

CARDAL, m. — Espacio de tierra poblado de cardos. 

CARDENAL, m — Pájaro de unas cinco pulgadas de largo, 
el más común de color ceniciento, blanquecino el pecho, y un 
alto penacho rojo que lo hermosea sobremanera. Es muy er- 
guido y airoso y por todo extremo arisco: no está quieto un 
i instante. Su canto muy sonoro y vigoroso. Es todo lo con- 
trarío de la melodiosa cuanto desairada calandria rioplatense. 
Esta, tan mansa y casera, enmudece y muere, si la aprisionan. 
Aquél, tan fiero y salvaje, vive años en una jaula, cantando 
sin cesar desde por la mañana hasta la noche. Los hay entera- 
mente blancos, salvo el penacho, que es colorado como el de 
Jos otros; pero son rarísimos, y el que consigue uno, lo guarda 
como oro en paño. 

CARDUME, m. — Cardumen. Úsase. 

■<CARDUMEN, m. ant.— Multitud de peces que caminan 
juntos como en tropa.» (La Acad.) En el Río de la Plata es voz 
- de uso corriente. 



146 



DANIEL GRANADA. 



D. Baldomero Rivodó observa que cardume ó cardumen s< >n 
palabras de uso corriente. 

CARGAR, a. — Llevar uno consigo habitualmente una ci >sa 
de uso. Es acepción algo cerril: nació, sin duda, en el campo, 
como lo publica su rústica catadura y los objetos á que regular- 
mente se aplica, que son aquellos de que por lo general va 
cargado un hombre campesino ó paisano, y sólo cuando quie- 
re uno emplear el lenguaje propio de esta gente, puede tolerar- 
se; si no, choca. Carga (usa) facón, mamador, boleadoras. 
Carga plata, suele llevar dinero consigo. 

Lo mismo, poco más ó menos, en toda la América española 
(Salva, Cuervo, Rodríguez, Solar). 

»Como de revuelo apuntaremos ser una vulgaridad el empleo 
de cargar por traer, usar, romo «para qué carga Vd. anteojos? 
«siempre carga espuelas.» (Cuervo.) 

CARGUERO, m.— Bestia de carga. 

Dase indistintamente el nombre' de carguero á la bestia que 
lleva la carga, á la bestia y carga, ó á la carga sola. 

< A cosa de media legua se nos sumergieron todos los caba- 
llos, particularmente los cargueros, mojándose las cargas y 
ropas.» (Azara.) 

Los Cúd. Rur. del Rio de la Plata hablan de buhoneros que 
conducen sus mercancías en cargue) o etc. 

«Carguero ra, adj. ant. Decíase del que llevaba alguna car- 
ga.» (La Acad.) 

CARIO, ria, adj. — Decíase del indio de ciertas parcialida- 
des guaraníes que habitaban la margen izquierda del río 
Paraguay. Ú. t. c. s. — Perteneciente á él. 

«Es tan dilatada la tierra habitada por los caños, que tiene 
300 leguas de ancho, y largo.» (Schmídel, tr. corr.) 

cDelante de éstos (de los agaces) viven otros que hall*') el 
dicho Johán de Ayolas, llamados guaraníes, y por otro nombre 
se dicen carios.» (Oviedo.) 

«El propio nombre de esta generación (los chiriguanaes) es 
cario, de donde se deriva el nombre que tienen, caí ibes, que 
quiere decir comedores de carne humana. Llámanse también 
guaranís y guaiavús, que quiere decir gente de guerra. También 



VOCABULARIO RIOPLATENSE. 147 

los llaman chin ¿uanaes, corrompido el vocablo, el cual se 
deriva de chiriones, que quiere decir mestizos, hijos Jcllos c de 
indias de otras naciones.» (Reí. geogr. de luds., Sta. Cruz de la 
Sii rra.) 

CARNEADA, f. — Acción y efecto de carnear. 

CARNEAR, a. — Matar y desollar el ganado para benefi- 
ciarlo. 

V para la más segura provisión de las gentes y excusar ¡a 
dura pensión de salir diariamente á carnear, en que se 
atrasaba mucho la caballada, se dispuso hacer una salida en 
que se recogiesen doscientas reses.» (Cabrer.) 

Lo propio en Chile (Rodríguez) y en la provincia brasile- 
ña de Río Grande del Sur (Beurepaire-Rohán). 

CARNERO DE LA TIERRA.— En especial, llama, y en 
general, llama, alpaca, vicuña, guanaco y venado. 

Denominación antigua y vulgar usada en el Perú, Botivia y 
provincias argentinas arribeñas. 

Hay vicuñas y guanacos. . . .Hay también cameros de la tie- 
rra, que en su lengua se llaman llamas.-» (Reí. geogr. de Lid. por 
D. M. Jim. de la Esp.; Ciudad de la Paz). «Hay carneros de la 
tierra, menores que camellos, y se dicen guanacos, y otros más 
pequeños, que llaman vicuñas:. (Ib.; Guamangai) «Lo mismo que 
hemos referido (de la alpaca) se debe entender, [aunque con 
cortísima variedad, del guanaco y déla llama. En el Perú se lla- 
man carneros de la tierra.» (Alcedo.) 

Pero allí mismo (punas de la Rinconada) tenemos, á más 
de los lavaderos de oro en polvo y grano, los criaderos de 
las estimables razas de cameros de la tierra, ó bien la alpaca, la 
vicuña (camelas peruanas), la llama (camelas lacma), el guanaco 
(camelas huanacus) y el venado (cervus, sen dama). (D. José Are- 
nales, Not.hist.y descrip. del Chaco y rio Bermejo.) 

CARONA, f.— Pieza grande de suela, perteneciente al reca- 
do, la cual se acomoda entre la bajera y el lomillo. Una montura 
completa lleva dos caronas, una lisa, que se pone inmediata- 
mente sobre la bajera ó jerga interior, y tiene por objeto impe- 
dir que el sudor del animal pase á la que va sobrepuesta, la 
otra, que es la principal, mayor que la primera, labrada ó 



148 DANIEL GRANADA. 



guarnecida de charol, de piel de tigre, etc., y entre ambas una 
jerga, que llaman jerga entre caronas. 

Lo propio en el Perú (Palma). 

CAROZO, m. — Hueso de la fruta. 

*Pr. Gal. Parte leñosa donde están como engastados los 
granos del maíz. Pr. Gal. Corazón ó parte central de las manza- 
nas, las peras y otros frutos.» (La Acad.) A lo primero llaman 
en el Río de la Plata marlo, y á lo segundo corazón, semilla <'» 
pepita de la fruta. 

«Frutas de color negro de poca carne, por el carozo que 
tiene.» (D. M. A. Molas, Descrip. del PargJ 

CARPINTERO, m. — Pájaro de .un pie próximamente de- 
longitud, de fuerte y agudo pico, armado de tres filos, con el 
cual taladra los troncos de los árboles para extraer gusanos 
y construir su vivienda, lo que ejecuta á rapidísimos golpes que 
se sienten de lejos. Tiene uñas corvas y recias, á favor cic- 
las cuales se trepa perpendicularmente por los árboles. 

«Aunque los guaraníes los llaman ipecas, estos españoles les 
dan el nombre de carpinteros, aludiendo á que trabajan en los 
troncos y viven de su producto.» (Azara.) Ipeca en guar. el 
que agujerea árboles. 

CARRETILLA, f.— Carro de carga, tirado por tres muías 
emparejadas, en una de las cuales (la de la izquierda) va 
montado el conductor, llamado catretillero. Es de dos ruedas,, 
y la armazón de maderos y tablas. En algunas partes van 
tiradas por cuatro caballos y el conductor en el pescante. 

CARRETILLA DE MANOS.— Es justamente lo mismo que 
carretilla en el Dice, de la Acad., ó sea: 

«Carro pequeño de mano, que consiste en un cajón donde 
se coloca la carga; una sola rueda en la parte anterior; dos- 
varas en la parte de atrás, entre las que se coloca el con- 
ductor para darle dirección, y dos pies bastante largos para 
descansar en combinación con la rueda. En las obras sirve 
para transportar tierra, arena y materiales.» En las obras y 
en las faenas de labranza es en lo que comúnmente se usa 
en el Río de la Plata. 

CARRETILLERO, m. — Conductor de una carie/illa. 



VOCABULARIO RIOPL ÁTENSE. 149 

CARURÚ, m. — Planta de una media vara á tres cuartas de 
alto, que sirve para hacer lejía, y cuyas hojas aovadas suplen 
por otra clase de verdura. 

Del guar. caarurú. 

Llámanle también yuyo colorado, por serlo algo su tallo y 
raíz. 

En Colm. carurú común del Brasil: cu.xolus virtáis Moq> 
(amarantáceas) , y carurú vermelho (id.): amaranthus mclancho- 
licus L. (id.). En Gibert yuyo colorado: amaranthus chlorostachys 
Willd. (amaranthacece) . 

CASCÁRREA, f. — Excremento del ganado ovejuno. 

CATAMARCA. — Capital de la provincia del mismo nombre 
de la Confederación Argentina. 28 o 28'delat. aust. Fund. año 
1683 por el gobernador deTucumánD. Fernando de Mendoza, 
trasladando al efecto á ella la ciudad de Londres de su gober- 
nación. 

CATAMARQUEÑO, na, adj.— Natural de la ciudad ó de 
la provincia de Catamarca. Ú. t. c. s. — Perteneciente á una ú 
otra. 

CATINGA, f. — Olor sofocante y desagradable que despiden 
naturalmente algunos animales. — Intenso olor de la transpiración 
délos negros. — Aplícase también acosas, como al olor desagra- 
dable que tienen ciertas plantas. 

Del guar. cati, catinga. 

Se distrajo Azara expresándose del modo siguiente. «Tienen 
(los puercos monteses) en el lomo, entre las caderas, lo que aquí 
llaman catinga, y es una fistola poi donde fluye un licor como suero 
espeso, que no huele bien» etc. Da un sentido impropio á la voz 
catinga, tomando la causa que produce el mar olor, por su 
efecto (que es lo que realmente significa), y restringe la exten- 
sión del nombre (que comprende indistintamente á todos los 
animales), aplicándolo á una especie determinada. La voz catinga 
significa al presente la misma cosa que su correspondiente gua- 
raní al tiempo y después de castellanizarse. «Cati. olor pesado, 
malo, vehemente. Añécañngá, recoger en sí mal olor.» (Ruiz de 
Montoya.) 



150 DANIEL GRANADA. 



En el Brasil olor fuerte y desagradable del cuerpo humano 
(particularmente de los africanos), de ciertos vegetales y ani- 
males, y de comidas mal preparadas ó deterioradas (Beau- 
r epaire — Roban) . 

CATINGOSO, sa, adj. — Que tiene catinga. 

CATINGUDO, da, adj. — Catingoso, especialmente en sent. 
fam. ó despectivo. 

CATRE (de balsa), m.— V. JANGADA. 

C ATÚN A DEL NORTE.— Capital del departamento rio- 
jano de Independencia. 

CATUNA DEL SUR.— Capital del departamento riojano 
de Belgrano. 

CAUCETE. — Departamento de la provincia argentina de 
San Juan. — Capital del mismo departamento. 

CAUDILLAJE, m.- — Caudillos en general, tomado en mala 
parte su concepto. 

CAUDILLO, m. — Tomado en mala parte, hombre de guerra, 
influyente entre la gente campesina ó gandíos, que acuden 
inmediatamente á su llamado, siguiéndoles en sus contiendas. 
V. GAUCHO. 

CAZABE, m.— No usan de esta voz. V. CHIPÁ. 

CEBAR (mate).— Sí. MATE. 

CECINA, f. — Tira delgada de carne, seca, sin sal. Con estas 
tiras los correntinos y entrerrianos hacen una trenza y la fríen 
O id la misma pringue que suelta la carne, á lo que llaman 
chicharrones. — Salcochada ó simplemente cocida la cecina, 
sirve para hacer la vianda llamada chaíasca. — V. CHICHARRO- 
NES Y CH ATASCA. 

«Carne salada, enjuta y seca al aire, al sol ó al humo.» (La 
Acad.) V. CHARQUE en este particular. 

CEDRO DE MISIONES, m.— Cedro de que hay inmensos 
bosques en las vertientes de los ríos Paraná y Uruguay, próxi- 
mas al Yguazú. 

CEIBO, m. — Árbol de flor amariposada; que se cría for- 
mando monte en las vertientes é islas del Uruguay y Paraná; 
de tronco escabroso, y lindas hojas aovadas y venosas en 
cruz, á saber, dos opuestas y una en el ápice de cada ramito, 



VOCABULARIO RIOPLATENSE. 151 

algunas, no todas, con una espinita encorvada hacia abajo en 
el nervio por el lado del envés, espinas que asimismo se 
hallan diseminadas con irregularidad por los ramos. Al 
acercarse la primavera, cúbrese, á la par con las hojas, de 
largos racimos de aterciopeladas flores de hermoso color de 
lacre ó granate claro sombreado, henchido de miel el cáliz. 
Forma en sus ramas una sustancia blanca espumosa, seme- 
jante á la clara de huevo batida, donde cría tábanos. Mas esto 
no es condición peculiar del ceibo; pues hemos visto idén- 
tica espuma y tábanos en las ramas del curupí. De la espuma 
que, liquidada, cae á gotas constantemente al suelo, engendra 
asimismo cierta especie de mosquito bobo, que, cuando 
quiere picar, se pega al cuerpo, sin acertar á huir, molestan- 
do más que irritando la piel. A manera del árbol que 
después de un aguacero continúa goteando durante un rato, 
así el ceibo envía á la tierra, día y noche, el susodicho 
licor de sus ramas, como si quisiese repartir su jugo nutricio 
con las plantas que deja crecer á sus pies. El cocimiento de 
la cascara del tronco tiénese por eficaz remedio de las heridas 
y llagas gangrenosas, lavadas con él y luego espolvoreadas 
con los residuos secos y pulverizados de la misma cascara: 
sécase la carne mala. La parte interior de la cascara, cocida 
y molida, limpia los dientes y cura (dicen) el escorbuto. De 
su madera háccnse bateas y ruedas de carretones. 

Es cosa muy diferente el ceibo que nos ocupa (crithrina 
crista galli L., anaca rdiacca), de la ceiba colosal que produ- 
cen las regiones intertropicales, que es un género de las 
malváceas {bombax ceiba), árbol el mayor de cuantos se halla?/ 
en la Amc'ríca, según Alcedo. 

Ceiba es voz haitiana, según Cuervo, y, por consiguiente, 
ceibo, que seguramente se deriva de ella: géneros diferentes 
de un mismo vocablo. V. á este respecto el artículo SEÍBO. 

Colmeiro trae la ceiba blanca de Guayaquil (rubiáceas) , la 
común de América {bombáceas), de Cuba (id.), la espinosa ó ceibo 
de América (id.) y el ceibón (id.). 

CEIBAL. — Terreno poblado de ceibos. 

CEPO COLOMBIANO.— Género de suplicio, que consiste 



152 DANIEL GRANADA. 



en oprimir y sofocar á un hombre mediante dos fusiles y el 
correaje del soldado. Sentado, juntas y bien amarradas las 
muñecas, pasados así los brazos por sobre las rodillas, métese 
un fusil por entre ellos y las corvas y otro se acomoda en la 
nuca, de modo que la culata del uno venga á coincidir con el 
cañón del opuesto, y en esta disposición los van aproximando 
mediante dos correas, hasta que desmayado el paciente se las 
aflojan; si no, muere á los pocos minutos. 

De más está decir que sólo abusivamente por subalternos se 
aplicará, si es que alguna vez se aplica el día de hoy, seme- 
jante suplicio, que se ha usado en el ejército y en las comisa- 
rias de policía. Lo propio decimos del cepo de campaña y del 
estaqueo. 

Acaso cruzó su mente 

La horrible imagen del cepo 

Colombiano. 

(D. A. Magariños Cervantes.) 

CEPO DE CAMPAÑA.— Género de suplicio, que consiste 
en oprimir á un hombre mediante un fusil y el correaje del 
soldado. Sentado, juntas y amarradas las muñecas, pasados así 
los brazos por sobre las rodillas, métese un fusil por entre 
ellos y las corvas, dejando en ese estado al paciente, que si lo 
han atado reciamente, acaba por desmayarse. 

CERCO, m. — Cercado, cerca, vallado. 

CERRERO, ta, adj. — Dícese del ganado bravo, pero que 
obedece al rodeo, en contraposición al tambero ó manso. 

«■Ame'r. Dícese del ganado mular, caballar ó vacuno no 
domado.» (La Acad.) 

Esta voz, en la acepción de bravo ó no domado, tratándose- 
de animales que viven ordinariamente sujetos á pastoreo, no es 
particular de América, sino usada de muy antiguo en España, 
donde puede ser que se haya echado en olvido al presente. 

¿Cómo ha de parar un potro 
Cerrero y desenfrenado. 

(Baltasar de Alcázar, Dial.) 



VOCABULARIO RIOrLATENSE. 153 

Y herrar casi en tres horas cuatro pares 
De novillos briosos y cerreros. 

(Cervantes, La elecc. de los ale.) 

CERRILLOS. — Cabeza del departamento del mismo nom- 
bre de la provincia argentina de Salta. 

CIMARRÓN, na, adj. — Animal montaraz ó planta silvestre, 
en contraposición al doméstico ó manso y á la que se cultiva 
en las huertas. Así se dice perro cimarrón, vaca cima i roña, apio 
cimarrón, á distinción del perro doméstico, de la vaca mansa ó 
sujeta á rodeo, y del apio debido á los afanes del cultivador. Al 
mate amargo, para distinguirlo del dulce, se le llama cimarrón, 
como si dijéramos bravo, que lo es en efecto para los paladares 
no acostumbrados á gustar la infusión de la yerba en el estado 
de rusticidad en que la naturaleza la ofrece. 

Las pampas de Buenos Aires y las cuchillas de la Banda 
Oriental del Uruguay, en el siglo decimoséptimo y parte del 
decimoctavo, apenas tenían ya pastos bastantes á nutrir las 
innumerables manadas de ganado cimarrón vacuno y yeguar 
que se había ido multiplicando desde los primeros tiempos de 
la conquista del Río de la Plata, donde fue introducido por los 
españoles. Los cabildos repartían licencias á los vecinos para 
matar en su provecho determinado número de animales, que 
de antemano se fijaba al intento todos los años. Pero hubo en 
ello tanto desorden y estragos, que, habiendo disminuido nota- 
blemente el ganado cimarrón, se puso estanco en su matanza. 
Sin embargo, no pudo nunca atajarse del todo el abuso, y los 
indios por un lado y los españoles por otro diezmaron las 
manadas. Pero el ganado, así y todo, fue siempre tan abun- 
dante en el Río de la Plata como la yerba del campo. 

Los perros cimarrones andaban en jaurías, y eran terribles, 
no ya por los daños que causaban en los ganados y semen- 
teras, sino también por los asaltos que daban en despoblad* i 
á los transeúntes, particularmente si sorprendían á un hombre 
á pie ó alcanzaban á un jinete con el caballo cansado: la 
muerte en estos casos era inevitable. 

Lo mismo que en el Río de la Plata sucedió en otras partes 
de América, como puede verse por el siguiente pasaje: «Con- 



154 DANIEL GRANADA. 



sidérese la riqueza que han tenido y tienen (la Indias) de oro 
y plata y mucha suma de ganados, especialmente en la Isla 
Española y Santo Domingo, Cuba y su distrito, y Nueva Es- 
paña, quel ganado vacuno y ierbas son tantas, que se crían 
en los campos y montes, bravos, que llama cimarrones, ques 
sin dueño, ni se puede conocer cuyo es, que no se aprovechan 
del si no es del cuero y sebo, que la carne se queda perdida 
en los campos donde la comen los perros bravos, que son 
cimarrones que se crían en los montes, los cuales son tantos 
ya que hacen mucho daño en las gentes.» (Trat. del dése, de 
las Ind. comp. por Joan Suarcz de Peralta, vezino y natural de 
México, publ. por D. Justo Zaragoza.) 

«La peor calidad de vainilla de Misantla se llama cimarrona 
(silvestre).» (Humboldt, trad. de Arnao, Ens. pol. sobre Nuev. 
Esp.) 

«Es sabido que se llama así (cimarrón) á los negros esclavos 
que huyen á los montes y á las plantas silvestres; pero en 
el Plata aplícase el adjetivo con característico significado al 
perro salvaje, oriundo de los que trajeron los españoles, y que 
se propagaron de un modo asombroso, especialmente en la 
ribera oriental, ahuyentando y destruyéndolos ganados, ate- 
rrorizando á las poblaciones diseminadas en nuestras vastas 
soledades, y hasta haciendo imposible el tránsito por las serra- 
nías donde tenían sus madrigueras: tal era su número y fero- 
cidad! (D. Alejandro Magariños Cervantes, Palmas y Ombúes.) 

«Amc'r. Silvestre, inculto. Aplícase al esclavo ó al animal 
que se huye al campo y se hace montaraz, y á la planta no 
cultivada, cuando de su nombre ó especie hay otras que se 
cultivan.» (La Acad.) 

CIMBRA, f. — Trampa de caza, que consiste en un lazo corre- 
dizo diversamente dispuesto. 

CINACINA, f. — Árbol espinoso, de hoja estrecha y menuda 
y flor amarilla. Parquinsonia aculcata L. 

CINCHÓN, m. — Guasca muy angosta que hace veces de 
sobrecincha. 

CIPO, m.—Fsipó. 

Del guar. cipo. 



VOCABULARIO RIOPLATENSE. 155 

CLAVEL DEL AIRE. — Planta parásita de las selvas, de hoja 
pencosa, en las más de sus variedades pequeña, en algunas 
hasta de un par de cuartas, pero siempre muy estrecha, y de flor 
morada, amarilla, blanca, de diversos matices, por lo regular de 
humildísimo perfume, pero hay una especie muy fragante. 
Críase con profusión adherida á los árboles, algunos de los 
cuales parece buscar con predilección, como el quebracho co- 
lorado, cuyas fuertes ramas, oprimidas por el peso de sus 
apiñados huéspedes, se arquean y caen: tal es su fecundidad. 
Sacada del árbol, vive y se reproduce del mismo modo, aunque 
sea suspendida simplemente en el aire: aviénese á cualquiera 
situación en que la suerte la coloque. Algunos, por. gusto ó 
por adorno, la tienen en los patios de las casas, y aunque, can- 
sados de ella, la vayan arrinconando como cosa de estorbo, no 
por esa muere, á no ser que la deshagan y machuquen ó que le 
falte aire libre. (Bromeliacece.) 

COBIJAS, pl. f.— Ropa de la cama, ó sea colcha, frezada y 
sábanas en general. 

En Méjico tiene la propia acepción la voz cobijas, según la 
Acad., asi como en el Perú, según D. Ricardo Palma. Es pro- 
bable que suceda lo mismo en toda la América española, si se 
considera que Méjico y el Río de la Plata están justamente en 
los extremos septentrional y meridional de ella. En igual eaSQ 
se hallarán, sin duda, muchos otros vocablos americanos que 
aparecen en los diccionarios de la lengua castellana como par- 
ticulares de alguna de las repúblicas hispano-americanas. Este 
mismo Vocabulario contiene diversos términos pi-ocedentes de 
las Antillas, de Méjico, de Centro-América, del Perú, Boliviay 
Chile, donde es de presumir que tenga la misma ó parecida sig- 
nificación que en el Río de la Plata. 

COCO, m. — Pedruscón hueco, cuya forma exterior se in- 
clina muy grotescamente á un óvalo ó á una esfera y cuya 
pared interior está cubierta de cristales. El color de éstos 
difiere según la naturaleza ó composición de la piedra á que 
están adheridos, habiéndolos blancos, morados, rojizos, ama- 
rillentos, etc. Hay cristales diminutos como la punta de un 
alfiler, que son los más bellos y estimados, y otros de una 



156 DANIEL GRANADA. 



ó más pulgadas. El tamaño de los pedruscones varía de 
modo que algunos pesan arrobas, y otros, semejantes á una 
semilla ó fruta, son menores que una avellana. Pero el 
nombre de cocos procede de aquellos cuya forma y color 
son semejantes al fruto de la palmera. Entre los de crista- 
les diminutos, hay algunos de incomparable belleza y que 
ofuscan por la profusión de luces que emiten expuestos á 
los rayos del sol. Mirados de noche á la luz artificial, es 
todavía mayor su rara esplendidez y hermosura. Los que no 
pasan del grandor de una naranja, tiene dentro, por lo regu- 
lar, como un carozo cristalizado. Encuéntrase especialmente 
en los departamentos del Salto y Artigas de la República 
Oriental del Uruguay; pero Azara dice que los más bellos 
están en la serrezuela de Maldonado. Hállanse asimismo 
en otras regiones de los afluentes del Plata. Causaron no poca 
admiración á los españoles que por vez primera los vieron 
en la antigua provincia de Guaira. «Descubriéronse en aquel 
territorio, refiere el historiador Ruidíaz de Guzmán (Argentina), 
unas piedras muy cristalinas, que se crían dentro de unos 
cocos de pedernal, tan apretadas y juntas, haciendo unas 
puntas piramidales, que alumbran toda aquella periferia. Son 
de diversos y lucidos colores, blancas, amarillas, moradas, 
coloradas y verdes, con tanta diafanidad y lustre, que fueron 
reputadas por piedras finísimas y de gran valor, diciendo 
eran rubíes, esmeraldas, amatistas, topacios y aun diamantes. 
Estos cocos por lo común se crían debajo de tierra en 
los montes, hasta que, sazonados los granos, revientan, dan- 
do un grande estruendo, y con tanta fuerza, que se han halla- 
do algunos pedazos de pedernal más de diez pasos de 
distancia de adonde reventó el coco, que con el incremento 
que toma dentro de aquellas piedrecillas, hace tal estrago al 
reventar debajo de tierra, que parece que con la fuerza del 
estruendo estremece los montes.» Cuenta igualmente que 
estalla el coco D. Juan de Solórzano {Pol. ind.) y agrega que 
los indios del Perú, cuando sentían el estruendo, acudían 
presurosos á buscar los fragmentos de la piedra, persuadidos 
á ello por creer que la suerte de encontrarlos era indicio de 



VOCABULARIO RI0PLATENS2. 157 

buenaventura. Azara se expresa así: «En bastantes parajes se 
encuentra lo que se llama cocos, que son unos pedruscones 
sueltos, que encierran dentro cristales con sus facetas, apiña- 
dos como los granos de una granada. Los hay de varios 
colores, y los mayores y más bellos están en la serrezeula 
de Maldonado. Aseguran allí que por la costra exterior va pe- 
netrando el jugo que forma dentro los cristales, y que, cre- 
ciendo éstos y faltándoles cavidad, revienta el coco con un 
estruendo igual al de una bomba ó cañonazo.» D. Antonio 
de Alcedo (Dice, geogr. hist. de las Lid. Occ), refiriéndose á las 
piedras de Guaira en la antigua gobernación del Paraguay, 
dice que son lo mismo que las piedras de Francia. «Los espa- 
ñoles, añade, creyeron al principio que eran esmeraldas, 
amatistas y carbunclos; pero luego se desengañaron.» 

Finalmente el general de ingenieros D. José María Reyes 
(Descrip. geogK delterrit. de la Rep. Or. del Uruguay) recuerda 
que el sabio naturalista Dr. D. Dámaso Larrañaga observó en 
Jos alrededores del pueblo de Minas el quartzum amethytus de 
color violáceo y forma piramidad exaedra, que por lo regular 
se presenta reducido á «gcodes de calcedonia, que revientan de- 
bajo de tierra con estrépito.» 

Los cocos rara vez se hallan enteros; sino partidos en pe- 
dazos dispersos á largo trecho unos de otros, ora debajo de 
Ja tierra, ora en la superficie, circunstancia que, si la rotura 
procede de cataclismos terráqueos, pudo dar origen á la creen- 
cia tan popular y arraigada de que dan noticia aquellos auto- 
res y que se ha continuado hasta el día de hoy. 

COCHINOCA. — Capital del departamentx/del mismo nom- 
bre de la provincia argentina de Jujúy. 

COJINILLO, m. — Manta pequeña de lana, hilo, etc., que 
•se coloca sobre el lomillo del recado. 

COLOBRÍ, m.— V. PICAFLOR. 

COLON. — Departamento de la provincia argentina de Entre 
Ríos, junto al río Uruguay.— Capital del mismo departamento. 

COLONIA. — Ciudad cabecera del departamento del mismo 
nombre de la Rep. Or. del Urug. Su origen año de 1680. 

COLONIENSE, adj.— Natural de la ciudad ó del departa- 



^58 DANIEL GRANADA. 



mentó oriental de la Colonia Ú. t. c. s. — Perteneciente á una 
ú otro. 

COLLA, adj. — Dícese del indio ó mestizo de las provincias 
argentinas de Jujúy y Salta. Ú. t. c. s. 

Voz procedente de Bolivia, por los antiguos coilas. 

COLLERA, f. — Collar de cuero para acollarar un animal con 
( >tr< ). 

La Acad. define la collera de tiro, etc. 

COLLERO, ra, adj.— Dícese de los naturales del Rosario 
oriental en razón del arroyo Colla que pasa junto al pueblo, <1 
un indio colla que vivía en sus inmediacii «es. 

COMECHIGÓN, na.— Gmeehingán. 

COMECHINGÓN, na, adj.— Dícese del indio que moraba 
junto á la sierra de Córdoba, donde tenía sus viviendas en cue- 
vas, según tradición. Ú. t. c. s. — Perteneciente á dicha genera- 
ción. 

CÓMODO, m. — «Utilidad, provecho, conveniencia.^ (La 
Acad.) Se usa también en el sentido de comodidad, buen 
andar ó movimiento, y asi se dice: este cohollo ó carruaje tiene 
buen cómodo. 

COMPONER, a. — Preparar un caballo para correr vna ca- 
rrera. 

Llaman /jonjeros á los caballos corredores, que preparan 
quince días antes (de las carreras), dándoles de comer con 
medida, asustándolos muchas veces de noche, palpando sus 
cascajones, y haciendo Otras cosas, á que llaman componer el 
cohollo.** (Azara.) 

COMPOSITOR, m. — El que compone un caballo de carrera. 

CONCEPCIÓN.— Departamento de la República del 
Paraguay.— V. SAN JUSTO y URUGUAY (2. art.). 

CONCORDIA. — Departamento de la provincia argentina 
de Entre Ríos, junto al río Uruguay y fronterizo á Corrien- 
tes. — Capital del mismo departamento. 

CONCHABAR, a. y refl. — Tomar un sirviente ó peón 
mediante un salario periódico, ó bien á destajo. — Darle. 
proporcionarte ó ajustarle un acomodo. 

Lo propio en Chile (Rodríguez) y en el Perú (Palma). 



VOCABULARIO RIOPLATENSE. 159 



Como término «familiar. Unirse dos ó más personas entre 
sí para algún fin. Tómase por lo común en mala parte.» 
(La Acad). Esta es la acepción que más analogía tiene con 
la definición dada, y, como se ve, es bien notable la diferencia 
entre una y otra. 

Escríbese generalmente este vocablo con v, acaso por ha- 
berse tomado del portugués conchavar; pero nosotros hemos 
preferido seguir la ortografía de la Acad., pues una y otra 
voz son sin duda etimológicamente idénticas. 

Salva también conchabar, y da como prov. de la Amér. 
merid. la acep. registrada. 

«Adde la pesadumbre que con su extraña conducta, sin ha- 
berles dado algún motivo, me causaban los crúcenos, pues no 
me trataban ni me trataron después con más respeto del que 
tuvieron ó debían tener á un correntino ú otro español que 
los superiores hubiesen conchabado para bajar á los indios.» 
(Exp. de guaraníes de las Misiones desde Ibirapitá-guazú 
hasta S. Dom. de Sor. por un padre de la Comp. de Jes.; 
Rev. de ¡a Bibl. de Bs. As., Trelles.) 

«Habiendo conchabado dos indios ladinos, acompañaron por 
tierra al dicho práctico.» (Fray Francisco Morillo, Viaje al río 
Bermejo, 1780, en Ángelis.) 

CONCHABO, m. — Acción y efect< > de conchabar ó con- 
chabarse. 

«Las contratas se extenderán por el respectivo juez de 
paz en un Libro de concharos , etc. (Cod. Rur. de la Prov. 
de Buenos Aires.) 

CONFEDERACIÓN ARGENTINA.— Unión federativa re- 
publicana de las provincias que á continuación se expresan, y 
cuya capital es la ciudad de Buenos Aires, que lo fue asimis- 
mo del antiguo virreinato del Río de la Plata. 

Buenos Aires, junto al río de la Plata. 

Mendoza, San Juan y San Luis, antiguamente provincias de 
Cuyo, las más australes, hacía la cordillera de los Andes. 

Catamarca, Córdoba, Jujúy, la Rioja, Salta, Santiago, Santa 
Fe y Tucumán, entre el río Paraná y la cordillera de los Andes. 

Corrientes y Entre Ríos, á la margen izquierda del Paraná. 



100 DANIEL GRANADA. 



q 



Integran el territorio de la nación argentina la gobernación 
de Misiones, al norte de Corrientes, el Chaco, la Pampa (pampas 
que están al sur de Buenos Aires) y la Patagonia, separada de 
Chile por los Andes. Las islas Malvinas, ocupadas violenta- 
mente por los ingleses desde el año 1833, pertenecen también 
de derecho á la nación argentina, quien lo ha conservado 
hasta el día de hoy protestando la fuerza. Por su situación 
ge< ^gráfica, son las Malvinas una accesión de la Patagonia, y la 
nación argentina, al tiempo de la emancipación y hasta la ép< >ca 
del despojo, continuó manteniendo la antigua soberanía ejer- 
cida en ellas por España á justo título y reconocida inequívo- 
camente por la misma Inglaterra. 

CONTRAMARCA, f.— En la ganadería, marca duplicada. 
Indica que queda anulada la marca. Sino se "pone otra dife- 
rente al animal contramarcado, se le considera sin marca, y en- 
tonces se dice que es orejano de marca. 

COPO. — Departamento de la provincia argentina de San- 
tiago. — Capital del mismo Departamento. 

CÓRDOBA.— Capital de la provincia del mismo nombre de 
la Confederación Argentina. 31 o 24' lat. aust. Fund. año 1573 
por el gobernador D. Jerónimo Luis de Cabrera. 

Córdoba del Tucumán era nombrada antiguamente, para dis- 
tinguirla de Córdoba de Andalucía. El que no haya tenido el 
placer de visitar la bella ciudad que, asentada á orillas del río 
Primero, deja á sus espaldas la sierra donde en otros tiempos 
buscaban abrigo les indios comechingones, tome en sus manos 
el tomo XVII del Viaje de España escrito por D. Antonio Ponz, 
y allí encontrará una vista del Puente de Córdoba sobre el Gua- 
dalquivir que le ofrecerá un panorama del todo semejante, en 
su conjunto, á aquel antiguo foco intelectual de las provincias 
del Río de la Plata. 

CORDOBÉS, sa, adj. — Natural de la ciudad ó de la provin- 
cia argentina de Córdoba. Ú. t. c. s. — Perteneciente á una ú 
otra. 

CORDILLERA.— Departamento de la República del Para- 
guay. 



VOCABULARIO RIOPLATENSE. 161 

CORNETA, adj. — Dícese del animal vacuno á quien le 
falta uno de los cuernos. U. t. c. s. 

Son muy incómodos en la manada, porque tropiezan con los 
otros y los lastiman. 

En la prov. bras. de Río Grande del Sur significa la misma 
cosa. Beaurepaire-Rohán presume que es voz peculiar del 
Brasil. Nosotros la consideramos española, y que los riogran- 
denses la tomaron de sus vecinos los orientales del Uruguay. 
Es verdad que cometa es también término portugués; pero 
la ganadería en el Plata es más antigua que en el Brasil, y 
debe inferirse la precedencia en el uso de dicha palabra. 

CORONDA, adj. — Dícese del indio de cierta parcialidad 
que moraba en la costa é islas del Paraná, algunas leguas más 
arriba que los timbúes. Ú. t. c. s. — Perteneciente á dicha par- 
cialidad. 

CORONDA, m. — Árbol, de hoja menuda, cuyo tronco y 
ramas se cubre, cuando grande, de manojos de recias espinas, 
y que da unas semillas parecidas en su forma y tamaño al ha- 
ba, pero muy chatas. Raspada la cascara de la vaina que las 
contiene, hace estornudar con mayor fuerza que el rapé, amén 
de otros efectos análogos, que no son para dichos. Esto con 
sólo aspirar los polvos por la nariz: tal es su eficacia mecáni- 
co-fisiológica. 

CORONDA.— V. SAN JERÓNIMO, primer art. 

CORONILLO, m. — Árbol que da una tintura rojo-oscura 
que benefician en la Confed. Argent. 

CORRALÓN, m. — Corral grande, cercado de material, en los 
pueblos. 

CORRECAMINO, m.— V. CACHILA. 

CORRENTADA, f. — Corriente fuerte de un río ó arroyo. 

«Levanta su correntada comúnmente unos penachos de agua en 
las alturas de las peñas.» (D. Luis de la Cruz, Viaje de la Concep. de 
Chile áBs. As., 1806, Ang.) 

Lo mismo en el Ecuador: «... torrentes que, con las nevadas 
de la Cordillera, forman ríos peligrosos por su correntada.-» (D. 
Manuel Villavicencio, Gcogr. de la Rep. delEatad.) 
G 



102 DANIEL GRANADA. 



CORRENTOSO, sa, adj. — Díccse de cualquier cauda! de 
agua que corre con fuerza. 

Lo mismo en el Ecuador: «Este río (Pindó) nace en los mon- 
tes de la cordillera de Llanganate: en su origen es torrentoso; per< i 
cerca de su desagüe es manso» etc. (D. Manuel Villaviccncio, 
Geograf. de laRep. del Ecuador.) 

Preferible sería correntuoso. 

CORRENTINO, na, adj.— Natural de la ciudad ó de la 
provincia argentina de Corrientes. Ü. t. c. s. — Perteneciente 
á una ú otra. 

CORRIDA DEL PATO.— Fiesta del pato. 

CORRIENTES. — Capital de la provincia del mismo nombre 
de la Confederación Argentina. 27 o 37' 31" de lat. aust. 
Fund. en 1588 por el adelantado D. Juan de Tonos de 
Vera y Aragón. 

CORRER EL PATO.— Ejecutar el juego dei pato.— To- 
mar parte activa ó principal en él. V. PATO. 

CORTADERA, f. — Hierba que se cría en los bañados, 
de hoja larga y aplanada, cuyos aserrados filos cortan como 
una navaja, con un como penacho blanquizco amarillento. 

Es cosa diferente de la paja brava ó de Santa Fe. 

COSCOJERO, ra, adj. — Dícesc de la cabalgadura que hace 
sonar constantemente las coscojas del freno. 

COSTA ALTA. — Departamento de la provincia argentina 
déla Rioja.— V. TAMA. 

COSTEADO, da, adj. — Dícese del ganado convenientemen- 
te trabajado de las estancias, manso, que obedece, hallándo- 
se por consecuencia en disposición favorable á su engorde. 

COSTEAR, a. — Pastorear el ganado de las estancias, traba- 
jándolo de manera que se amanse, obedezca al rodeo, se 
reparta y aquerencie en los lugares donde ha de pastar, 
beber, dormir y reunirse, etc., á fin de que, sujeto á un régi- 
men conveniente, adquiera el mayor engorde posible. 

CRIOLLO, lia, adj. — Dícese del descendiente de extranje- 
ros, no siendo americanos, nacido en las regiones del Plata. 
Ú. t. c. s. — Aplícase á los animales ó productos que, proce- 
diendo originariamente de regiones no americanas, han venido 



VOCABULARIO RIOPLA.TENSE. 163 

á ser como especiales de las del Plata, por cualquiera circuns- 
tancia que los distinga de los extraños. Así se dice: caballo 
criollo, para designar el común en las regiones del Plata, por 
oposición al que es de una raza especial importada, y pan 
criollo á cierto pan de masa compacta muy común y gustado 
en el país, á distinción del que llaman francés, italiano, etc. 

La primera acep. es general en toda América. 

En Salva también con aplicación á cosas. 

CRUZ DEL EJE. — Departamento de la provincia argentina 
de Córdoba, fronterizo en parte á la Rioja y en parte á 
Catamarca. — Capital del mismo departamento. 

CUADRA, f. — Costado de una manzana, que regularmente 
tiene ciento cincuenta varas en la República Argentina y 
cien en la Oriental del Uruguay. — Distancia que ha}' de una 
bocacalle á la otra inmediata. — Medida iteneraria compuesta 
de ciento cincuenta varas en la República Argentina y de 
cien en la Oriental del Uruguay. — Mídese asimismo por cua- 
dras el alcance ó aguante de un caballo corredor. Así un caba- 
llo de ocho, diez ó quince cuadras es el que buenamente puede 
.andarlas á carrera abierta. 

Los españoles, dando la vuelta al globo y plantando en una 
y otra región su estandarte, al propio tiempo que conquista- 
ban la América, abarcaron con la mirada la naturaleza ente- 
ra. La naturaleza fue su maestra, su guía: dioles á cono- 
cer las leyes ciertas y las variables condiciones á que ella 
misma está sujeta , é indújoles á modelar por estas leyes y con- 
diciones las ordenanzas que dictaran para la fundación de las 
colonias que en las recién descubiertas tierras hubiesen de ir 
á desenvolver y dilatar su existencia. Para hacer poblaciones, 
prescribían las leyes de Indias, elíjanse lugares medianamente 
levantados, ni muy altos, ni muy bajos: claro el cielo, puro el 
aire, suave el temple; abundantes de pastos, leña, madera, 
aguas dulces y gente natural; lejos de pantano ó de laguna 
que exhale efluvios deletéreos ó críe animales venenosos; las 
sierras ó cuestas, por la parte de levante y poniente. Estén 
las poblaciones dispuestas de modo que gocen desembaraza- 
damente de los vientos que soplan del mediodía y del respec- 



1G4 DANIEL GRANADA. 



tivo polo; junto, si posible fuere, á río navegable, y, en tal caso, 
asentadas de manera que, saliendo el sol, dé primero en el pite*, 
blq que en el agua. Las plazas, calles y solares repártanse á cordel 
y regla', la plaza mayor fórmese en cuadro prolongada, como 
más á propósito para las fiestas de á caballo: salgan de ella 
las calles en línea recta, Ubres, contrapuestas sus esquinas á 
los vientos mayores, cual nave que, acometida por el huracán, 
se pene mar al través; háganse uniformes las manzanas y 
los edificios, sólidos, desahogados y limpios, atendiendo, no 
sólo á la salud y bienestar de los habitantes, sino también al 
ornato del COnjuto; en lugares fríos sean las calles anchas, y en 
los cállenles angostas. El designio (pie entraña este último 
precepto de la legislación indiana contémplase semejante- 
mente realizado en las regiones septentrionales de Europa, 
A medida que se camina hacia el norte, escribe elocuen- 
temente un observador filósofo (D. Agustín Pascual, Recuerdos 
de Rusia), se observa que el hombre busca los beneficios del 
padre de la luz y del calor; calles anchas, plazas ilimitadas, 
parques inmensos, salas magníficas, y por consiguiente edificios 
colosales; parece que la naturaleza, se achica y el arte se agranda. » 
En cuadro ó en cuadra dijeron los antiguos, y llamaron cua- 
dra á la isla de casas en cuadro ó á la figura cuadrada de las 
manzanas. La ley 9, tít. 7, libro 4. déla Rec de Ind. reza: cu 
cuadro; pero en la ordenanza 113 sobre descubrimiento nuevo y 
¡¡oblación, que es su concordante, se lee: en cuadra, según la 
Colccc. de doc. inc'd. etc. del archivo de Ind. (t. 8.°). Fuera de esto, 
no hay duda en que antiguamente dijeron cuadra á un terreno 
cuadrado ó isla cuadrada de casas, ó> sea á lo que hoy llaman 
manzana ó cuadra cuadrada de casas en el Río de la Plata. El 
padre Bernabé Cobo, en su escrito sobre la Fundación de Lima 
inserto en el t. i.° de h\s Reís, gcográfs. de Indias, por D. Mar- 
cos Jiménez de la Espada, se explica así: < y teniendo atención 
(el gobernador D. Francisco Pizarro), no al pequeño número 
de vecinos con que la fundaba (refiérese á la ciudad de Lima), 
que no llegaban á ciento, sino á la grandeza que se prometía 
había de llegar á tener con el tiempo, tomó un espacioso si- 
tio, y lo repartió, á manera de casas de ajedrez, en ciento diez 



VOCABULARIO RIOPLATENSE. 165 

y siete islas, que, por ser aladradas, las llamamos comúnmente 
cuadras.» Pero no sólo hay este dato. Juan y Ulloa, o, si se 
quiere, Ulloa, que fue quien redactó el Viaje, nos dice que las 
calles de Lima son anchas, tiradas á cordel en su largo y pa- 
ralelas entre si, de modo que las unas corren del norte al 
sur y las otras de oriente á occidente, formando cuadras ó cua- 
drados de casas, cada uno de los cuales tiene ciento cincuenta va- 
ras. Quiere decir Ulloa que cada uno de los lados del cuadra- 
do tiene ciento cincuenta varas, á los cuales, andando el tiempo, 
se dio también, aunque impropiamente, el nombre de cuadras. 
Se diría seguramente al principio, por ej., «para llegar á tal pun- 
to, hay que pasar (ó andar) tantas cuadras (manzanas) en esta 
calle»; y á fuerza de asociar á la idea de longitud ó distancia la 
voz cuadra, se fue olvidando su sentido primitivo, y el uso, que 
no es gramático ni lexicólogo, acabó por hacer de ella una me- 
dida itineraria. En Lima vino á equivaler á 150 varas, «por 
cuyo número (dice Ulloa) entienden las cuadras en toda aquella 
comarca, no obstante que en la de Quito son de ciento sola- 
mente.» Así el mismo Ulloa, hablando de Quito, se expresa 
en estos términos: «Las cuatro principales calles que atraviesan 
los ángulos déla plaza son derechas, anchas y hermosas; pero, 
apartadas de ella tres ó cuatro cuadras (que es la distancia 
entre cada dos esquinas, y se regula allí por cien varas, aunque 
unas tengan más y otras menos), empieza en ellas la imperfección 
de subidas y bajadas.» Así también, por lo que respecta al Río 
de la Plata, como regularmente la manzana es cuadrada y tie- 
ne de frente 150 varas en la República Argentina y 100 en la 
Oriental del Uruguay, de ahí que, aplicando el nombre en abs- 
tracto á la medida de las distancias y de las tierras, aun cuan- 
do no contengan casas amanzanadas ni estén comprendidas 
dentro del recinto de una ciudad ó pueblo, se haya dado á cua- 
dra la significación que actualmente y de muy antiguo lleva 
en el lenguaje vulgar y geográfico. 

Paz-Soldán, refiriéndose á la idea que dan de la cuadra Terre- 
ros (Perú: cualquiera longitud de una calle), Salva (Cuba: frente 
que ocupa una manzana de casas) y Pichardo (ídem: extensión 
de una calle de esquina á esquina, comprendiendo una y otra 



166 DANIEL GRANADA. 



acera), dice: «todas estas definiciones son buenas, y muy pru- 
dente la de Terreros.» Fúndase para pensar así en que, si bien 
las cuadras de Lima tienen (dice), por lo general, cien metros, á 
veces se unen dos manzanas, y no por eso deja de llamarse cua- 
dra al frente que ocupan, y en que, por el contrario, cuando una 
manzana queda reducida á la mitad, se le da asimismo á su frente 
el nombre de cuadra. A nuestro juicio la definición verdadera- 
mente exacta es la de Salva. La de Terreros es descuidada; pues 
una calle puede tener una legua de largo, y al largo de una calle 
no se le ha llamado nunca cuadra en América. Y precisando los 
términos en que Pichardo define la cuadra, resultaría serlo el 
espacio de calle comprendido entre el frente de dos manzanas, lo que 
ignoramos si habrá sido en realidad su mente. Dos manzanas 
unidas tendrán siempre dos cuadras de largo; y por el contra- 
rio, si á una manzana se le abre una calle por medio, no por eso 
dejará de ocupar una cuadra. 

En Chile tiene \& cuadra ciento cincuenta varas (Rodríguez). 
Rivodó la difine: «parte de una calle que media de una esquina 
á la otra inmediata,» esto es, entre esquina y esquina 
de manzana, no de bocacalle. En la provincia brasileña de Río 
Grande del Sur cuadra (guadra) es «extensión de 132 metros,» 
y «la distancia de las corridas se mide por cuadras. Dícese: 
caballo de dos cuadras, de cuatro, etc., conforme al número de 
ellas en que puede ganar, ó que está acostumbrado á correr con 
ventaja» (Beaurepaire-Rohán). Los riograndenses tomaron, sin 
duda, el vocablo y su significado délos habitantes del Río de 
la Plata. 

La Acad. da á la voz cuadra una significación general: cuarta 
parte de una milla (3. a acep.); y otra particular de Méjico: man- 
zana de casas. V. MANZANA Y VARA. 

Cuadra cuadrada. — Medida agraria que consta del cuadrado 
de la itineraria llamada cuadra. 

Cuadra argentina. — Medida itineraria que consta de cient* 1 
cincuenta varas, equivalentes á ciento veintinueve metros y nue- 
ve decímetros. 

Cuadra oriental. — Medida itineraria que consta de cien varas, 
equivalentes á ochenta y cinco metros y nueve decímetros. 



VOCABULARIO RIOl'L.VTENSE. 107 

CUAJO, m. — Parte del animal vacuno que contiene el jugo 
gástrico. 

CUARAY.— V. CüARÉIN. 

CUAREIN, m.- -Río que desemboca en la margen izquier- 
da del Uruguay. Marca el límite divisorio, por el norte, de 
la República Oriental del Uruguay y el Brasil, según el arre- 
glo efectuado el año 1851. 

Dicen Citarán ó Cnareín. Unos escriben Cuaréim ó Cua- 
rcím, y algunos, como el general D. José M. a Reyes en su 
Carta Geog. déla R. O. del U., Citarán. La gente del campo 
se expresa, á nuestro parecer, con la debida propiedad cuando 
dice Cuaray ó Citarex, ó, á lo menos, si se equivoca, se equi- 
voca con los antiguos jesuítas que en 1732 hicieron el plano 
Paraquarüc provincia, en el cual está designado el río deque 
se trata con el nombre de Quaray. 

Los brasileños dicen Quarahím, y de ahí puede nacer que 
sus vecinos, imitándolos, digan Cuaréim, Citarán, Citarán ó 
( 'uar din. 

CUARTA, f. — Cabalgadura que, conducida por un jinete, 
ayuda los vehículos á subir las cuestas ó á pasar un mal 
camino, mediante un mancador ó cuerda afianzada por un 
extremo á la cincha y por el otro en el carruaje. — La misma 
ayuda ejecutada con bueyes. 

«Si no pueden arrastrar la carreta (al pasar un río ó arroyo), 
la mantienen parada á pecho firme, hasta que añaden otros 
bueyes que llaman cuartas.* (Estala.) 

CUARTEAR, a. — Tirar de un carruaje, mediante una 
cuarta. 

CUx\TI, m. — Cuadrúpedo de unos tres pies y medio de 
longitud, de color pardusco y acanelado, muy semejante al 
macaco en la forma del cuerpo y en el grito, pero no en la 
cabeza, que es larga y delgada, ni en las manos, armadas de 
uñas largas, fuertes y encorvadas, á favor de las cuales trepa 
con suma facilidad por los árboles. Es sobremanera inquieto, 
andariego y revoltoso; por lo cual poco tiempo dura en una 
casa, pues ni ha)- quien lo pueda soportar por sus continuas 



168 DANIEL GRANADA. 



travesuras, ni él tampoco se aquerencia en ninguna parte, 
escapándose al menor descuide». 

Del guar. 

CUCHARA, f.— Llana del albañil. 

Lo mismo en Venezuela, según Rivodó. 

CUCHILLA, f. — Loma, cumbre, meseta, cuando se pro- 
longan considerablemente. — Continuidad de eminencias, ex- 
cepto las serranías. Pueden hallarse, sin embargo, montañas ó 
sierras en una larga cuchilla, como sucede en la General ó 
Grande que atraviesa la República Oriental del Uruguay y 
parte del Brasil. En este caso, sin perjuicio de conservar, 
consideradas aisladamente, las montañas, sierras, etc., su 
nombre particular, quedan comprendidas en la denominación 
común de cuchilla que lleva la serie. 

Es acepción de uso antiguo, corriente, geográfico y oficial, 
y expresión única con que en el Río de ia Plata se nombra toda 
eminencia considerablemente prolongada y cuyas pendientes 
se extienden suavemente hacia la tierra llana, alimentando ó 
dando origen, con las aguas que vierten, á ríos, arroyos, la- 
gos, lagunas y cañadas. Los geógrafos españoles que concu- 
rrieron á la demarcación de límites entre las posesiones de 
España y Portugal en la América meridional, la emplearon 
igualmente en sus descripciones, mapas, etc. 

«Su origen (el de varios arroyos) viene de las sierras ó lomas 
que forman la cuchilla (así llaman al camino, cuando sigue las 
cimas de los cerros), la cual va dividiendo aguas al oriente y al 
occidente en la misma dirección de la costa.» (D. José María 
Cabrer.) 

«En la cuchilla y el llano, 
De fresca sombra cubierto 
El ombú se eleva ufano, 
Siempre á los ranchos cercano, 
Como el genio del desierto.» 

(De Alej. Magariilos Cervs.) 

«Nombre que se da á las montañas, cuando tienen la forma 
muy aguda.» (D. Juan Vilanova y Piera.) 

« Cuchilla no significa ceja, sierra, cordillera; si bien la meta- 



VOCABULARIO RIOPLATENSE. 



169 



fora no es impropia, y aparece varias veces en el Bcrnaido de 
Valbuena. Pichardo trae también esta acepción como cuba- 
nismo.» (D. Rufino José Cuervo.) 

Ni la idea que da Vilano va, ni la que tolera Cuervo, convie- 
nen con la que en el Río de la Plata ha expresado antiguamente 
y expresa hoy en el día la voz cuchilla. Pero resulta que, así en 
España, como en toda ó la mayor parte de América, da á cono- 
cer objetos, si no semejantes, análogos. Lo que cumple es deter- 
minar inequívocamente la aplicación que tiene al respecto en 
las diversas provincias de España y América, á fin de unifor- 
mar, si es posible, y fijar, su significado. 

CUCHILLA GRANDE. — Larga cadena de eminencias, for- 
mada, ora de sierras, ora de simples lomas, que, desde el Brasil, 
donde tiene origen, atraviesa de norte á sur el territorio de la 
República Oriental del Uruguay. 

CUEREAR, a. — Desollar un animal al solo intento de apro- 
vechar el cuero. 

Cuando las campañas del Plata estaban pobladas de ganado 
cimarrón, cuereábanse por millares los animales vacunos, dejan- 
do abandonada en el campo la carne, para alimento de las fie- 
ras y aves de rapiña. Hoy se cuerea un animal vacuno muerto 
por enfermedad, de hambre ó por cualquier accidente que 
induzca á tirar la carne, por no poderse aprovechar, salvo el 
cuatrero, que no guarda miramientos. 
CUERVO, m.— V. IRIBÚ. 
CUERVO BLANCO, m.— V. IRIBUTÍ. 
CUERVO REAL, m.— V. IRIBURUBICHÁ. 
CUI, m. — Especie de conejo muy pequeño, que suelen criar 
en las casas. 

Es voz del Perú. Del quich. ccoue, conejo (Rodríguez). 
«Cutes, que son como conejos pequeños.» (Reís, geogr. de 
Ind., Atunrucana.) 

CULERO, m. — Pieza de cuero que los hombres de campo 
se aplican exteriormente por la parte de los muslos, para evi- 
tar el roce de los instrumentos de trabajo con la ropa. 

En Chile pieza que á modo de faja ancha usan los mine- 
ros, cubriéndoles los ríñones y la barriga, y también la que 



170 DANIEL GRANADA, 



se aplican á las asentaderas para cuando se sientan sobre las 
piedras y el cascajo (Rodríguez). 

CUMBARÍ, adj. — Dícese de cierto ají muy picante, rojo y pe- 
queñito, que se cría en Misiones y el Paraguay. Ú. t. c. s. V. AJÍ. 

Del guar. c/imbari. 

CUPIAL, m.— Techo pendiente, que da al fondo del 
rancho. 

CURACA, ni. — En las provincias argentinas arribeñas equi- 
vale á cacique, gobernador de una comunidad ó pueblo de 
indií >.->. 

<;Demás de los supremos reyes, en cuyo derecho damos 
por asentado que subcedió la corona de Castilla, halláronlos 
españoles otros señores inferiores á ellos, pero superiores á 
otros particulares, de quien eran obedecidos. Llamábanlos 
entonces curaras, y ahora también caciques, nombre que traje- 
ron los primeros conquistadores déla isla de Santo Domingo. 
(El virey del Perú marqués de Montcsclaros.) 

< Curaca usan para decir gnm cacique, y eran criados entre 
españoles, y les daban las encomiendas. » (El P. Andrés Febrés, 
de la Comp. de Jes., Ca/ep. chil.-hisp.) 

En las inmediaciones de la ciudad de Córdoba, del lado 
que mira á la Sierra, había, hasta hace pocos años, una 
comunidad de indios, cuyos intereses administraba un cura- 
ca. Llamábase, y se llama, aún el paraje donde estaba la 
comunidad, e\pueb¿¿/o. La comunidad poseía una extensión 
de dos ó tres leguas de campo, donadas á sus antece- 
sores (dicen) por el Rey. Un decreto del gobierno de la 
Provincia, dictado el año 1882 ú 83, desposeyó de dicho 
terreno á la comunidad, dejando á cada una de las f ami lia s 
que lo ocupaban un sitio donde pudiesen vivir. Visitando el 
pucblito á principios del año 1888, entramos casualmente en 
un rancho donde vivían dos chinas viejas, la una viuda y 
la otra hija de un antiguo curaca. Miserable era el tugurio; 
pero no faltó (donde apenas había en qué sentarse) un os- 
tentoso mate de plata maciza, en el que nos sirvieron solí- 
citamente un amargo aquellas pobres mujeres, á quienes les 
causó novedad que hubiéramos ido á dar allí de ian lejas 



VOCABULARIO RIOPLATENSE. 171 

tiaras ( del Salió ). «Aquí no había dones ni doñas, nos decían, 
ni pleitos, ni enemistades. El curaca administraba las rentas 
de la comunidad, con las cuales se pagaban las contribucio- 
nes y se asistía á los enfermos. El que de nosotros quería 
cultivar una chacra, elegía el terreno que le parecía más 
apropiado á su intento. Otros se ocupaban en hacer mate- 
riales ( ladrillos ). Arrendábamos á los extraños nuestras tierras. 
Cobrábamos el pastoreo de las tropas ( de muías ). Todos, en 
suma, vivían pacífica y honradamente. Ahora tenemos dones, 
doñas, miseria y pendencias.» 

CURETUÍ, m. — Agraciado pajarillo, de color blanco y 
negro. 

Del guar. curcliü. 

CURÍ, m. — Árbol de la familia de las coniferas, resinoso, 
de tronco recto muy elevado, coronado á trechos de ramas 
que nacen horizontalmente arqueándose hacia arriba en sus 
extremos, de forma piramidal, de hojas cortas, recias y pun- 
zantes. Da una pina grande, con piñones del grueso del dedo 
pulgar, que, asados, son tan buenos ó mejores que castañas, según 
Azara. Críase en las vertientes de los ríos Uruguay y Paraná 
arriba. Botánicamente araucaria brasilcnsis. 

Del guar. curtí. 

«Hay en aquella tierra (Misiones) muy grandes pinares, y 
son tan grandes los pinos que cuatro hombres juntos, tendidos 
los brazos, no pueden abrazar uno, y muy altos y derechos y 
muy buenos para mástiles de naos y para carracas, según su 
grandeza; las pinas son grandes, los piñones del tamaño de 
bellotas, la cascara grande de ellos es como de castañas, difie- 
ren en el sabor á los de España; los indios los cogen, y de 
ellos hacen gran cantidad de harina para su mantenimiento.» 
(Alvar Núñez Cabeza de Vaca.) Es el curi. 

CURIBAY, m. — Cierta especie de pino, que da unos piñones 
que, comidos, producen el efecto de un purgante fuerte; efecto, 
empero, que cesa instantáneamente, tomando un trago de vino 
ó de agua caliente. Tiénense estos piñones como buenos para 
curar la enfermedad de la gota. 

Del guar. curíibaí. 



172 DANIEL GRANADA. 



CURIYU, m.— Boa. 

Del guar. curiyú. 

Es la misma que vio Schmídel orilléis del Paraná, cerca de la 
laguna Ibera. «Grandísima y monstruosa serpiente (dice) de 45 
pies de largo, del grueso de un hombre: negra, con pintas leo- 
nadas y rojas, de que los indios se admiraron [por [no haberla 
visto mayor; matárnosla de un balazo. Decían los indios que les 
había hecho grandes daños; porque cuando se bañaban, esta y 
otras de su especie les rodeaban el cuerpo con la cola, y hun- 
diéndolos en el agua, sin saber los indios lo que les sucedía, se 
los comían. Medí esta serpiente con mucho cuidado, y dividida 
después por los indios en pedazos, se la llevaron á sus casas, y 
se la comieron cocida y asada.» V. IBERA. 

CURUGUÁ, m. — Enredadera que da un hermoso fruto co- 
lorado, amarillo y negro, semejante á una calabaza, de una 
tercia de largo, y de olor muy agradable. Su cascara, que, aun- 
que fina, es dura y resistente, sirve de vasija, de la cual salen 
aromatizados los objetos que en ella se guardan. Críase en el 
Paraguay, etc. — Su fruto. 

Del guar. Curuguá. 

CURUGUATÍ.— Departamento de la República del Para- 
guay. 

CURUPAY, m. — Árbol del género de las mimosas, de cor- 
teza á propósito para curtir y de buena madera; semejante al 
algarrobo. 

Del guar. curupa'i. 

CURUPÍ, m. — Árbol de hoja estrecha, ligeramente escotada, 
que despide, hiriéndole, una sustancia lechosa muy blanca; 
llamado también, por esta razón, palo de leche. 

Del guar. curupí. 

En sus ramas se forma una espuma pegajosa semejante á la 
clara de huevo batida, que cría tábanos, como en el ceibo. De su 
madera, que es muy flexible, hácense queseras y otros utensi- 
lios que han la forma arqueada. 

CURUPICAY, m. — Árbol fofo, que da un jugo pegajoso, 
considerado eficaz contra las picaduras de víboras. 

Del guar. curupicai. 



VOCABULARIO RIOPLATENSE. 173 

CURUZÚ CUATIÁ.— Departamento de la provincia argen- 
tina de Corrientes. — Capital del mismo departamento. 

CURUZUYÁ, m. — En las antiguas misiones jesuíticas del 
Paraná y Uruguay, enfermero. Cuidaba del doliente bajo la 
dirección de uno de los padres que tenían á cargo la reduc- 
ción ó pueblo. 

CUYANO, na, adj. — Natural de la antigua provincia de 
Cuyo. Ú. t. c. s. — Perteneciente á ella. 

CUYO. — Antigua denominación de las actuales provincias 
argentinas situadas al oeste de Buenos Aires, hacia la cordi- 
llera de los Andes, á saber, Mendoza, San Luis y San Juan. 

CUZCO, m. — Perro pequeño ladrador. 

De la interj. ¡cía! ciiz! 

Porque no llegue á rabiar, 
Matan á un cuzco inocente; 
Mas, pagando la patente, 
Ya puede un mastín campar: 
Que, impune con su collar, 
Rabie y muerda con confianza. 
¡Buena va la danza! 

(D. F. A. de Figueroa.) 




CH 



CHÁCARA, f.— Chacra. 

«Chácaras de coca y ají y otras legumbres.» (Fernando de 
Santillán, Reí. etc. publ. por D. Marcos Jiménez de la Espada.) 

CHACARERO, m. — El que tiene chacra, trabajando en 
ella ó dirigiendo sus operaciones. 

Lo propio en Chile, según D. Zorobabel Rodríguez. 

CHACARITA, f. — Chácara de corta extensión. — En sent. 
fig. y fam., lugar donde uno acostumbra asistir. Así el tertu- 
liano dice: voy á la chacarita, para significar que se enca- 
mina al punto en que habitualmcntc pasa un rato con 
algunos amigos. 

«La ocupación ó ejercicio de éstos (los indios y mestizos) 
es trabajar en algunas chacaritas ó sembrados.» (Juan y Uiloa.) 

CHACO, m. — Antiguo género de montería, originario de los 
indios y á su imitación usado por los españoles, el cual se eje- 
cutaba cercando el campo considerable número de batidores 
colocados á trechos y cerrándose en seguida para estrechar la 
caza, que regularmente era la vicuña, hasta que, acorralada, 
trataba de evadirse, ocasión en que era perseguida con flechas, 
hondas, boleadoras, lazos y otras armas é instrumentos, y luego 
desollada. 

Descríbelo Gonzalo Argote de Molina en el Discurso sobre el 
Libro de montería del rey I), .lio uso publicado por D. José 
Gutiérrez de la Vega en la Bibl. Venat. He aquí el texto: 

«El uso que los indios tenían y tienen en sus cazas y mon- 
terías en las Indias Occidentales, es tan vario cuanto lo son 
las naciones y parcialidades de ellos y los animales de cada 
región; y ansí en el Perú, en la provincia del Collao, tierra 
muy llana, fría y sin ninguna arboleda, y muy poblada de 
gente, y en otras partes de las Indias, hacen una montería lia- 



VOCABULARIO RIOPLATENSE. 175 

macla chaco, para lo cual se juntan grandísimo número de 
indios, y, puestos á trechos no muy distantes, cercan la mayor 
parte del campo, que queden casi en forma de círculo, de 
la manera que mejor se acomodan, y de allí van cerrándose 
y recogiendo todos los animales que se les ponen delante, en 
los cuales hay unos llamados guanacos, que son de la misma 
ralea que los carneros (i) que los indios nombran llamas, los 
cuales sirven de recuas de carga en que se trajinan las mer- 
caderías: tienen muy buena lana; s< >n del tamaño de un jumento; 
las cañas, enjutas como el cierv< >; la pata, hendida; el pescuez< >, 
largo y no grueso. Los guanacos no difieren de éstos en otra 
cesa que en ser bravos y monteses, y los otros mansos 
y domésticos, y en la color de ellos que tira á pardo, y la de 
los carneros, blanco, negro y pardo. Asimismo hay en la 
misma provincia otros animales llamados vicanas (2), que son 
más pequeños, y mayores que corzos; casi de la misma forma 
del camello, ccepto la corcova, y tienen la lana muy blanda; 
los unos y los otros se hallan en los desiertos y tierras frías, 
donde nieva y hiela mucho, y estos lugares se llaman punas; 
tienen estos animales la piedra bezaar, y también se halla en 
otros que se llaman tarugas, muy semejantes á los corzos. 
Hay también muchos leones, tigres (3), venados, zorras y 
otros animales que los indios van cercando y recogiendo en 
el Chaco, en la forma y manera dicha, huyendo los ani- 
males de una parte á otra de la multitud de los indios, los 
cuales les van tirando á todas partes con flechas y hondas, 
v con una arma arrojadiza, (pie llaman avilo, eme tiene dos 



(1) «Los guanacos ó llamas, que por ambos nombres son conocidos, no 
son de la ralea de los carneros, como dice el autor de este Discurso, 
sino de la de los camellos, que tienen por representantes de su familia 
en el nuevo continente, a las llamas y las vicuñas. Tal vez el hecho de 
ser rumiantes hizo creer al observador que comunicó a Argote de 
Molina sus impresiones, que los citados animales debían pertenecer al 
género ae los carneros.»— (N. de G. de la V.) V. el art. CARNERO DE 
LA TIERRA. 

(2) «Vicuñas, cuyo nombre conservan en Europa». (G. de la V.) 

(3) «Los leones y tigres de que habla el autor, son los del nuevo 
continente, llamados pumas los primeros, y jaguares los segundos.» 
(G. de la V.) 



173 DANIEL GRANADA. 



bolas del tamaño de un durazno colgadas de una cuerda 
emparejo y asidas de otra, y arrojados estos ayllos hieren 
y enlazan á lo que tiran, y llevan perros para seguir la 
caza. Van desta manera monteando hasta que encierran la caza; 
y aunque son muchos los animales que toman, son más los 
que huyendo escapan. Y ansí tuve por relación de D. Juan de 
Quiñones, hijo del presidente de las Charcas, que desta forma 
de montería afirman los indios antiguos de aquella provincia 
que usaba Guainacaba, gran príncipe del Perú, y que la acos- 
tumbraron sus antecesores, cercando los montes con número 
de más de doscient< >s mil indios, llevando sus caciques y seño- 
res principales sobre los hombros en anclas rasas, y sobre éstas 
sentado el príncipe, que en su lengua llaman Inga, con borla 
de lana pendiente en la cabeza, insignia real entre ellos. 
Estando en el Perú, en el año de cincuenta y uno, en la pro- 
vincia de Chucuytú, en el Collao, D. Francisco de Mendoza, 
visorrey del Perú, he oído contar á caballeros que allí se 
hallaron en aquella sazón, de una fiesta de montería que se 
hizo por los indios del Collao, cercando diez leguas de tierra 
con gran número dellos, en la cual mataron veinticinco mil 
guanacos y vicuñas, tres mil zorras, mil y quinientos leones, 
sin otro grandísimo número de otros animales.» 

Alguna variedad en la forma de esta montería ofrece el 
siguiente pasaje de D. Antonio de Ulloa (Noticas americanas): 
«No siendo fácil cazarlas con la escopeta ni con perros, hay 
otro medio, que es causa de su destrucción: este es el de ha- 
cer chacos, voz que en el idioma indio significa unión ó com- 
pañía de muchos para alguna cosa. Es la vicuña animal muy 
tímido; cualquier ruido lo azora, y con facilidad se espanta: 
con este conocimiento disponen cerrar una cañada con alguna 
cuerda que la circunde, dejando un corral bastante espacioso 
y con una sola entrada: ponen la cuerda en altura proporcio- 
nada, de modo que corresponda á la medianía del pescuezo 
de las vicuñas, y en pequeñas distancias cuelgan unos peda- 
zos de lana colorada ó de otros colores, para que se muevan 
con el aire. Antes de disponer este cerco tienen examinado- 
el sitio donde pacen algunas manadas, y lo forman lo más 



VOCABULARIO RIOPLATENSE. 177 

cercano á ellas. Estando preparado, hacen una especie de 
batida, ayudándose la gente de algunos perrillos que tienen 
rindustriados para el intento, y llevan acosadas las vicuñas, 
hasta que logran meterlas en el cerco: ellas, viéndose encer- 
radas, procuran escapar, pero ad virtiendo los colgajos, se es- 
pantan, sin determinarse á saltar por encima de la cuerda, ni 
ú humillar el cuello para pasarla por debajo. En esta forma 
entran los hombres que las enlazan y matan, desollándolas 
para conservar la lana en los pellejos. Por lo común son indios 
los que se ocupan en este ejercicio, ó algunos mestizos: es 
duro y penoso, por hacerse en las punas rígidas,» etc. 

El P. Lozano (Hist. de la conqu. del Parag., Río de la Plata 
y Tucum.), hablando de la vicuña, dice: «Es de ver el modo de 
cazarlas. Júntanse muchos indios (que antiguamente solían ser 
tres ó cuatro mil), rodean á lo lejos por todas partes el lugar 
donde saben hay mayor copia de vicuñas, y poco á poco van 
estrechando el cerco, hasta sitiarlas en parte donde puedan 
matarlas. Reservan las hembras para el multiplico, y matan los 
machos para quitarles la lana, que es tenacísima de su color 
nativo, y se dice ser fresca y mitigar las inflamaciones de los 
ríñones y también el dolor penosísimo de la gota, por lo cual 
los lisiados de estos achaques la suelen usar en los colchones. 
Este modo de cazarlas llaman comúnmente hacer chaco, y 
porque entraban muy de ordinario á semejantes cazas por las 
faldas de la cordillera que caen al Tucumán, llamaron Chaco á los 
llanos que allí empiezan y se extienden hasta las márgenes del 
río de la Plata.» 

CHACRA, f. — Finca rural destinada á la labranza. Es lo 
que en España cortijo ó granja. — Sementera. 

Lo mismo en el Perú (Palma). 

La ed. que la Acad. de la Hist. hizo de la Hist. gen. y nat. 
de las Ind. por Gonz. Fern. de Oviedo, trae un glosario en 
-el que se halla la voz charca como de procedencia aimará y 
con el significado de cercado, coto ó seto formado de piedras ó 
árboles para señalar la extensión de cada hacienda ó heredad. 
Saca de aquí D. Zorobabel Rodríguez como probable el 
erigen de la voz chacra, supuesta la exactitud de la definición 



178 DANIEL GRANADA. 



) 



y etimología de charca: charca, transformada en chacra, vino á 
significar, por traslación, lo que ahora en Chile, en el Río de 
la Plata y acaso en toda América. Parece, sin embargo, que los 
indios mismos decían chácaras, y que les daban el significado que 
conservan hasta el día de hoy, según del siguiente pasaje: «En 
sus pueblos viejos tienen sus sementeras, que ellos (los indios 
mamas antamarcas de que viene hablando el informante) 
dicen chácaras.-). {Reí. geográf. de Ind., Perú.) 

< Las llaman chacras y equivalen á tierras de labor.-» (Azara.) 

«Es chacra ó quinta del establecimiento cuyo único ó princi- 
pal objeto es ¡a siembra v recolección ó el cultivo de toda especie 
de granos, legumbres, plantas y arboledas.» (Código Rmal de la 
Pror. de Buenos Aires y otros del Río de la Plata.) 

En cAmc'r. Vivienda rústica y aislada.» (La Acad.) 

CHACURU, m. — Pájaro de color pardo acanelado, que canta 
como suena su nombre. 

Del guar. eJiaeurú. 

«Le llamaría (iú chácara) cabezón, por su abultada cabeza.;; 
(Azara.) 

CHAGUAR, m. — Planta, variedad del caraguatá, del cual se 
diferencia por su tamaño, que es mucho mayor, por la hermo- 
sura de sus hojas y flores y por su fruto agadable. Bromclia 

CHÁGUARA, f.— Piola con que se hace bailar el trompo. — 
Dar cháguara, expr. proverb.: alimentar en otro, por burla ó 
pasatiempo, un propósito vano. 

CHAJÁ, m. — Ave de unos dos pies y medio de longitud, 
de color blanco aplomado y mezcla de oscuro, largo el cuello, 
con un mechón de plumas en la cabeza y dos púas en la 
parte anterior de cada una de sus espaciosas alas. Su ándal- 
es majestuoso y su resonante graznido como lo da á enten- 
der el nombre. 

Del guar. chajá. 

«Canta muy alta, agria y claramente con bastante frecuencia, 
no sólo de día, sino también de noche, si oye ruido, diciendo 
el un sexo chajá y el otro chajalí, por lo común alternando. 
(Azara.) 

CHALA, f.~ Hoja que envuelve la mazorca del maíz, ya 



VOCABULARIO RIOPL ÁTENSE. 179 

esté verde, ya seca. Así se dice: jergón de chala, cigarrillos de 
chala. 

Lo mismo en Méjico, según Salva. Trae éste también challa 
como prov. del Perú y con el significado de hoja seca del maíz. 

Chala significa en Lima, según D. Pedro Paz-Soldán, forraje 
de la planta que da el maíz, y en la Sierra, como en quichua, 
dice el mismo, «hojas de maíz secas.» Pero D. Ricardo Palma 
le da acepción idéntica á la que tiene en el Río de la Plata. 

«Del quichua, challa, hoja seca del maíz» (D. Zorobabel Ro- 
dríguez.) 

(Voz quichua.) «Per. Hoja que envuelve el maíz cuando está 
verde.» (La Acad.) 

Del choclo dice D. F. Acuña de Figueroa: 
En su chala, por más gratos, 
Los cigarrillos se envuelven. 

CHALANA, f. — Embarcación menor, de f< >ndo plano, sin 
quilla. V. CHATA. 

«Embarcación menor, plana, á manera de cajón rectangular, 
que sirve para transportar gente y efectos por parajes de poco 
fondo en los puertos y ríos.» (La Acad.) 

CHALCHAL. — Árbol de frwta menuda. Schmidelia edulis 
(sapindacece cesculinece). 

CHAMAL, m. — Guava/oca. 

CHAMPAN, m. — Embarcación grande, de fondo plano, 
dispuesta para la fácil navegación de los ríos. 

Dice D. Antonio de Alcedo (Dic. gcogr.-hisl. de las I. O.) 
que es «nombre provincial que dan en el Nuevo Reino de 
Granada á las embarcaciones con que navegan el río grande 
de la Magdalena desde Mompox á Honda : los hav muy gran- 
des para conducir mucha carga, y otros para alojar con como- 
didad á los pasajeros.» 

«Se escogió el charque seco, y se embarcó y aprensó en el 
champán.» (Villarino, Rec. del r. Negro de Pa/.J 

Caray había descendido en uno de esos buques planos des- 
provistos de quilla, que han llegado hasta nosotros con el nom- 
bre de champanes.» (D. Domingo Ordoñana, Conf. soc. y ce. de 
la Rcp. O. del Ur.) 



130 



DANIEL GRANABA. 



CHAMUCHINA, f.— Populacho, gente menuda. 

Lo propio en el Perú (la Acad. y D. Pedro Paz-Soldán) y 
en Chile (D. Zorobabel Rodríguez). 

CHANA, adj. — Díccse del indio que habitaba las islas del 
Uruguay, en la desembocadura del río Negro. Ú. t. c. s. — 
Perteneciente á dicha parcialidad. 

Redujéronse los chanaes á la vida civil en 1624 baje la 
protección del gobernador de Buenos Aires y el celo religi 
de Fr. Bernardo de Guzmán, dando origen al pueblo más. 
antiguo de la República Oriental del Uruguay, la actual mise- 
rable villa de Santo Domingo de Soriano. 

CHANCHADA, f. — Acción sucia ó indecente. 

CHANCHERÍA, f. — Punto donde se vende carne de chan- 
cho y embuchados. 

«Las facturas de cerdo no se expenden en la plaza, sino en 
las chancherías.» (D. Isidoro De-María.) 

CHANCHERO, va, adj. — Que vende carne de chancho y 
embuchados. Ú. t. c. s. 

CHANCHO, cha, m. y f.— Cerdo. 

Prov. de Amér., según Salva. 
Así de patentes 
Serán eximidos 
Mastines y muías 
Chanchos y merinos. 

(D, Francisco Acuña de Figueroa.) 

CHANCHO, cha, adj. — Sucio ó desaseado. — Miserable, ruin. 
/ Chancho! Es un chancho, j Que chancho! 

Lo propio en el Perú, según don Ricardo Palma. 

CHANGA, f. — Servicio que presta el changador. — Retribu- 
ción que se le da. — En sent. fig., negocio de poca entidad. 

CHANGADA, f. ant. — Conjunto de changadores. 

CHANGADOR, m. — El que se ocupa en llevar cargas á 
pie de una parte á otra en las ciudades ó pueblos. Para 
en las esquinas de las calles, con cuerda y bolsa al hombro,, 
y usa palanca y angarilla, cuando es necesario. Podría con- 
venir con su oficio é instrumentos de trabajo el nombre (que 
nunca se le da) de palanquín ó mozo de cordel, como lo llaman 



VOCABULARIO RIOPL ÁTENSE. 181 

en España; pero de ningún modo el de ganapán, pues por 
cualquier carga mediana cobra más, en cinco minutos de 
trabajo, que gana un labrador sudando un día entero desde 
la salida hasta la puesta del sol. 

Antiguamente se daba el nombre de changadores á los que 
se ocupaban en matar animales alzados, ó no alzados, para sa- 
car algún provecho de sus cueros. Con el tiempo fueron 
pasando de changas sus incursiones, y por sus continuos desa- 
fueros eran naturalmente perseguidos por la justicia. Pero en 
la banda oriental del Uruguay tenían la facilidad de guarecerse 
en el Brasil, ayudados por los portugueses que se ocupaban en 
lo mismo, y, creciendo su número, hubo que organizar partidas 
militares para reprimir sus insultos. Así el capitán Luis de Sosa 
Mascareñas, alcalde de la Santa Hermandad, representó el año 
de 1 730 ante el cabildo de Montevideo la urgencia que había 
en que se le auxiliase con treinta hombres armados para regis- 
trar la campaña, no pudiendo hacerlo con cuatro solos indivi- 
duos, como sucedía en tiempos anteriores, á causa de haberse 
unido con los portugueses los changadores, cada uno de los cua- 
les tenía ya tanto delito como Judas. Así se explicaba el Alcalde. 

« El changador argentino, dice D. Domingo Ordoñana, 
nació partiendo de las ranchadas de leñadores y carboneros, 
iniciándose clara y simplemente con los permisos que el cabildo 
de Buenos Aires dispensaba para tanto número de cueros,» 
etc. (Conf. soc. y econ. de la Rep. Or. del Urng.) 

Prov. de la Amér merid., según Salva. Creemos que lo es 
sólo del Río de la Plata. 

CHANGAR, a. — Hacer changas ó negocios de poca enti- 
dad. Ú. en sent. fig. 

CHANGÜÍ, n. — Antepuesto el verbo dar (que es el único 
modo con que se usa esta voz), entretener á uno como facili- 
tándole su intento, aparentar que se condesciende con lo 
que desea ó ejecuta, por vía de pasatiempo ó para sacar ven- 
taja de su inocencia, particularmente en el juego. 

Cosa semejante en el Brasil (Beaurepaire-Rohán). 

CHAÑAR, m. — Árbol mediano, del género de las mimosas, 



182 DANIEL GRANADA. 



y del que hay variedades cuya madera es á proposito para 
obras de carpintería, y que dan un fruto agradable, del que 
se hace dulce y aloja. 

CHAÑARAL, m. — Terreno poblado de chañares. 

«Tienen muchos algarrobales de importancia, y entre ellos 
chañaraks.* [Reí. gcogr. de Ind.; Tncnmán.) 

CHAPEADO, m. (de chapa). — Arreos del caballo guarneci- 
dos de chapas de metal, ordinariamente de plata. 

«Chapeado decimos (en Chile), castizamente, aunque á la 
antigua, de la enjalma, freno ó cualquier otro mueble ador- 
nado con chapas.» (Rodríguez.) No dice este antor si el adj. 
chapeado lo usan en Chile como sustantivo. Es participio pasivo 
del verbo chapear, que registra la Acad. 

En la prov. brasil, de Río Grande del Sur cabezada guarne- 
cida de plata (Beaurepaire-Rohán). 

CHAPETÓN, na, adj. — Inexperto, bisoño. Ú. t. c. s. — Dícese 
del que no se da maña para ejecutar bien una cosa. Ú. t. c. s. 
—Decíase en especial de la persona poco experimentada en 
las cosas del país. Usáb. t. c. s. 

«Y parésceme que aunque no padeza menos tormento ei 
acostumbrado á trabaxos, aquellos tienen ya hecho tal hábito en 
él, exercitado en ellos, que muere como más prudente sin 
mostrar la poquedad y flaqueza de ánimo que los otros bozales 
en las fatigas, ó los que nuevamente vienen á ellos, á los quales 
en estas Indias llamamos chapetones, y en italiano les dicen 
visorios.-» (Oviedo, Hist. gen. y na/, de la Ind.) 

«El oydor, aunque chapetón en la tierra, este caso le hizo abrir 
los ojos de la consideración á todos los que se le ofrecieron de 
castigo.» (Vargas Machuca, Apol. y disc. de las Ind. O ce. publ. 
por D. Antonio M. Fabié.) Quiere decir: el oidor, aunque nuevo 
en la tierra y por consiguiente poco conocedor de sus cosas, etc. 

«Antes de llegar á la primera angostura, no se halló agua en 
dos días, y entristeció mucho la gente, por ser nuevos, que en 
Indias llaman chapetones, y luego se afligen, hasta que se hacen 
á los trabajos.» (Pedro Sarmiento de Gamboa, Viaj. al estr. de 
Mag.) 



VOCABULARIO RIOPLATENSE. 183 

cEn el uso ahora corriente chapetón es sinónimo de torpe, y 
chapetonada de torpeza, bisoñada.» (D. Zorobabel Rodríguez.) 

Véase como se explica Terralla á este respecto (Lima por 
dentro y fuera): 

»Vcrás, pues, como reputan 
Por simples los forasteros, 
Porque no guardan sus usos 

Y sus modos indiscretos. 

Pues así como en España 
Tienen á los extranjeros 
Por simples, porque no entienden 
Varias lenguas que hablan ellos; 

De esta manera también 
Discurren los peruleros 

Que lo son los gachupines, 
Chapetones de aquel reino.» 

Tiene bastante enjundia el siguiente pasaje del mismo Te- 
rralla, en que describe la manera de socaliña que solían usar con 
los chapetones ciertas gentes comprendidas en uno de los gru- 
pos típicos en que personifica las costumbres del antiguo Perú. 

Ponen varias ensaladas, 
Pichones, pollos rellenos, 
Leche, crema, huevos fritos, 
Pescado, vaca, carnero, 
Camarones, ropa vieja, 
Estofados, pasas, queso, 
Vino, dulce, almendras, nueces 

Y otros manjares diversos ; 

De los que, todos unidos, 
Van á cuál más engullendo, 
De manera que parece 
Que del hospital salieron. 



184 



DANIEL GRANADA. 



Una negra se trastorna 
Un platón en un puchero, 
Otra afianza una pieza 

Y se la mete en el seno. 

Y mientras estás comiendo 
Eres un gran caballero, 
Muy franco, muy comedido, 
Muy bizarro y muy atento, 

Muy prudente y primoroso, 
Muy astuto y muy discreto ; 

Y en acabando la gorra 
Dicen entre sí : ¡ qué puerco ! 

¡ Qué corto ! ¡ qué desdichado ! 
¡ Qué mentecato ! ¡ qué necio ! 
Qué salvaje ! ¡ qué borrico ! 
¡ Qué chapetón tan grosero ! 

El calificativo de chapetón, en el sentido á que alude Ternilla, ■ 
nadie se acuerda hoy de emplearlo en el Río de la Plata, y 
es probable que suceda lo mismo en otras partes de América. 
Aplícase indistintamente por inexperto, bisoño ó torpe, y eso 
mismo rara vez, á nacionales y extranjeros. Esto es natural, 
y fácilmente se comprenderá, si se considera que las repúblicas 
hispano-americanas caminan hoy á la par con las sociedades 
europeas, recibiendo á millaradas en sus inmensas campiñas 
sin cultivo la emigración trabajadora del viejo mundo, á la 
manera que la tierra labrantía absorbe, cuando seca, copioso 
raudal fecundante, y modificando, por lo tanto, notablemente 
sus usos, costumbres y procedimientos industriales; de suerte 
te que, percibiéndose poco la diferencia de unas á otras for- 
mas, casi puede decirse que ya no hay chapetones ni chape- 
tonadas. 

«Chapetón, na, adj. — En algunos países de América, se dice 
del europeo recién llegado.» (La Acad.) 



VOCABULARIO RIOPL ÁTENSE. 185 

CHAPETONADA, f. — Acción ú obra mal ejecutada, por 
falta de conocimiento de los usos del país, ó de la suficiente 
práctica, habilidad y desenvoltura, en contraposición á la 
baquía de los habitantes nativos. 

Pagar la chapetonada. Resultarle á uno algún daño ó pérdida 
de lo que ha ejecutado sin el suficiente conocimiento de las 
espinas que traía consigo el negocio que emprendiera ó por 
haberse metido en honduras. 

«Primera enfermedad que padecen los europeos después de 
haber llegado al Perú, ocasionada de la mudanza del clima.» 
(La Acad.) 

CHARABÓN, na, adj. — Dícese del ave y, en especial, 
del avestruz que aun no ha emplumecido del todo. Ú. t. c. s. 
— Dícese cariñosamente del niño ó niña que tiene cortado el 
pelo. Ú. t. c. s. 

Del guar. yarabí, sin, ó con poco, pelo ó pluma. 

Úsase particularmente en la República Oriental del Uruguay, 
Entre Ríos, Corrientes, Misiones y el Paraguay. 

CHARQUE, m. — Tasajo. — Carne seca, sin sal, cortada en 
lonjas delgadas. 

Charque dulce dicen al que tiene poca sal, para distinguirlo 
del muy salado. 

Prov. de la Amér. merid., según Salva. Quizás no se extienda 
tanto su uso. 

«Esta noche en conversación me han dicho mis compañeros 
los caciques que mañana fuese á carnear la gente para hacer 
charque, pero que la parada no podía ser más que del día.» 
(D. Esteban Hernández, Viaje del Diamante al río Quinto.) 

CHARQUEADA, f. — Operación general del charqueo. 

CHARQUEADOR, m.— El que charquea. 

CHARQUEAR, a. — Hacer charque. — Cortar lonjas delgadas 
de carne para hacer el charque. 

«En el Paraguay, donde hay más economía, aprovechan la 
carne charqueándola, que es cortarla á tiras delgadas como el 
dedo para secarla al sol y al aire; así las conservan y comen 
cuando les acomoda.» (Azara.) 

Charquear también en Chile, según Rodríguez, si bien allí 



186 . DANIEL GRANADA. 



parece no usarse charque, sino charqui, pues sólo esta palabra 
registra. Prov. déla Amér. merid., según Salva: igual observar 
don que en charque respecto á uso tan generalizad! >. 

CHARQUEO, m. — Acción de charquear. 

Lo propio en Chile (Rodríguez). 

CHARQUI, m. — En las provincias argentinas arribeñas 
llaman, como en el Perú, charqui, que es la primitiva forma 
del vocablo, al tasajo, y también á la carne simplemente 
seca, sin sal, en lonjas muy delgadas, es decir, á lo que en 
las demás provincias argentinas y en la República O. del 
Uruguay dicen charque. 

Del arauc. charqui, charqui ó cecina, según se expresa 
el P. Andrés Febrés, y <más originariamente del quichua 
rhharqui, tasajo, y también seco y flaco,» según D. Zorobabel 
Rodríguez, quien advierte que en Chile no se llama charqui 
propiamente al tasajo, sino á la carne apenas sazonada y seca 
al sol. Convendría, con efecto, en provecho déla lengua, esta- 
blecer esta diferencia, á cuyo propósito observamos que en 
el Río de la Plata se llama indistintamente al tasajo, ora 
charque, ora tasajo, pero nunca tasajo á la carne seca al sol 
con ninguna ó poca sal, sino precisamente charque; lo que quiere 
decir que el verdadero charque, á lo menos con arreglo a! 
uso actual, es el que apunta Rodríguez, á saber: la carne seca, 
con poca sal ó sin ninguna. 

Convierten en charqui ó tasajo la carne. :> (Juan y Ulloa.) 

CHARRÚA, adj. — Dícese del indio que en la época del 
descubrimiento corría la costa septentrional del río de la Plata. 
Ú. t. c. s. — Perteneciente á dicha parcialidad. 

Intrépidos y fuertes guerreros, los charrúas exterminaron 
á los yaroes y bohanes, enseñoreáronse de la banda oriental 
del Uruguay, y, habiéndoseles incorporado lo minuanes, resis- 
tieron constantemente á los españoles, como lo hacían los pam- 
pas en la costa austral del río de la Plata. «Quizás han derra- 
mado los charrúas, dice Azara, más sangre española, que los 
ejércitos del Inca y de Motezuma.» Esta aserción, aunque du- 
dosa, da una idea del carácter y esfuerzo de aquellos bravos. 
Como vivían sin trabajar, molestaban naturalmente á los veci- 



VOCABULARIO RIOPL ÁTENSE. 187 

nos de las estancias y pueblos indefensos, exigiéndoles vitua- 
llas, ó tomándolas por su mano, si eran desoídos. Una junta 
de hacendados solicitó, por ende, su exterminio, el cual fue 
duramente ejecutado el año de 1832. El país quedó, en con- 
secuencia, libre para en adelante de las correrías de los cha- 
rrúas. No faltó quien especulase con estos desgraciados. En 
efecto, tres de sus caciques fueron llevados á Europa como 
objetos curiosos, y, obligados á andar de una parte á otra 
haciendo visajes y mogigangas, murieron míseramente en el 
más lucido centro de la cultura social. El autor y espectadores 
de este impío espectáculo no eran ciertamente españoles ni 
hispano-americanos, sino ciudadanos de aquellas compasivas 
naciones cuyos escritores tanto se desvelan por ajustar á Es- 
paña el sambenito de avara y cruel que sólo ellas merecen. 
Dígalo la conducta que, así las naciones aludidas, como sus tan 
decantados descendientes, han observado siempre con las ra- 
zas americanas, y compárense sus leyes atroces con las que 
España dictó para las Indias. 

Trae noticias del suceso referido la Hist. pol. y mil. de las 
rep. del Plata por D. Antonio Díaz. 

CHARRUSCO, m.— Churrasco. 

CHASQUE, m. — Jinete portador de una comunicación, 
enviado por una autoridad militar ó civil. — Por ext., jinete por- 
tador de una carta en casos urgentes. 

Del quich. chasqui. 

El consejero D. Juan de Solórzano dice, hablando de los 
correos: «En el Perú los llaman chasquis, ahora corran á pie ó á 
caballo, vocablo propio de la lengua materna, que quiere decir 
toma; porque el que llegaba corriendo á la parada ó puesto 
donde le esperaba el otro, al entregarle los pliegos le decía sólo 
esta palabra, y, dicha, el que les recibía partía volando y decía 
lo mismo al siguiente, y así de uno á otro hasta llegar á la parte 
adonde iban encaminados. »(Polit. i?id.) 

Chasque igualmente en Chile (Rodríguez); pero también chas- 
qui (Solar). No dicen claramente estos autores si allí significa 
correo de á pie ó de á caballo. 

< Llamábase este correo chasqui, que quiere decir en la lengua 



188 DANIEL GRANADA. 



el que recibe, porque tomaba y recibía el mensaje de otro.» (El 
Licdo. D. Fernando Montesinos.) 

«Para chasques, que es lo mismo que correos de á pie, hay 
indios diputados en sitios de veredas principales.» (El virrey 
marqués de Montesclaros.) 

El Dr. D. Lorenzo Galíndez de Carvajal se titulaba del Con- 
sejo v Cámara de Carlos V y, por merced suya (1525), Correo 
Mayor del Perú, ó, como allí dicen, Maestro Mayor de Chasquis 
Estos chasquis, de quienes era maestro mayor el Dr. Galíndez 
de Carvajal, eran correos indios de á pie, qae se despachaban con 
cartas ó pliegos de negocios piíblicos y particulai es, según el texto 
de la lev 21, tít. 16, libro i.° de Indias. 

»Hasta ponerse el sol se estuvieron recibiendo chasques con 
funestos partes de los daños que hacían los enemigos.» (Ca- 
brer.) 

«El comandante determinó mandar un chasque, ó correo, al 
día siguiente.» (D. Luis de la Cruz, Exp. de Chile á B. A.) 

Voz prov. y anticuada del Perú y Bolivia, según Salva; la co- 
rriente chasqui. Si esto fuere exacto, sucedería que el Río de 
la Plata ofrece á tal respecto una curiosa antítesis; pues en 
él chasqui es anticuado, y lo corriente diasque. 

«Chasqui. (Voz quichua.) m. Per. Indio que sirve de co- 
rreo.» (La Acad.) 

CHASQUERO, ra, adj. — Que es propio del chasque. Úsase 
en sentido recto y traslaticio. Así se dice canoa chasquera, por 
canoa que lleva una comunicación, y trote chasquero, por trote 
largo. 

CHATA, f. — Embarcación de carga, usada en los ríos, con 
fondo plano, sea cual fuere su arboladura. 

Lo propio en el Perú, según D. Ricardo Palma. 

«Embarcación propia del reino de Tierrafirme, con que se 
hace la navegación del río de Chagre desde su entrada á la 
aduana y desembarcadero de Cruces: son unas barcas grandes 
y capaces de mucha carga, navegan á vela y á remo, y toman 
su denominación de que el fondo es plano y sin quilla, para 
que calen menos agua.» (Alcedo.) 

CHATASCA, f.— Vianda de cecina, hecha del modo si- 



VOCABULARIO RIOPLATEXSE. 189 

guíente. Salcóchase, ó cuécese simplemente, la cecina; machá- 
case en un mortero hasta que quede enteramente deshecha, 
y luego, ó en cualquier tiempo (pues se conserva sin echarse á 
perder), se hace (con ella, papas, porotos, zapallo, etc.) un 
guisado cualquiera. V. CECINA. 

CHAUCHA, f. — Vainilla tierna de la habichuela, que en 
España llaman judía. — Úsase también adjetivada en sent. 
fig. y fam. para indicar la pobreza y falta de gracia y luci- 
miento de una cosa. Así, llevaba un vestido muy chancha ( po- 
bre y deslucido ) y ¡ qué chancha estuvo la tertulia ! es decir, ¡qué 
•poco concurrida y desanimada etc. 

Del arauc. chaucha, cierta clase de papa, y del quichua. 

Dice D. Zorobabel Rodríguez que en quichua y araucano 
chaucha es una papa chica y tempranera : que eso mismo sig- 
nifica hoy en el Perú : que en Chile dan ese nombre á la 
papa menuda que se deja para semilla, escogida y separada 
la grande ; y que allí también el vulgo dio en llamar chauchas 
á las monedas de dos reales con que fueron suplidas las anti- 
guas pesetas. 

Presume D. Fidelis P. del Solar que en la lengua quichua 
-debe de haber algún vocablo semejante al de que sé trata, que, 
cuino adjetivo, equivalga á tempranero, micro, precoz. Se funda 
■( sobrentendiendo que chaucha es quichua ) en que este voca- 
blo expresa, además de una papa tempranera, una pepita de 
sandía igualmente tempranera : en que el vulgo llamó chauchas 
á las piezas de veinte centavos, por la razón de ser moneda 
nueva; y en que los guasos califican de chaucha á una mujer 
que ha tenido un parto precoz. ¡ Vaya con la chaucha, que 
había sido alborotadora y andariega ! 

Adviértase que el sentido, así recto como traslaticio, que tiene 
'■n el Río de la Plata la voz chaucha, conviene perfectamente 
con las acepciones en que se ha tomado y se toma en Chile, 
según los señores Rodríguez y del Solar. Aun lo pobre, ruin, 
desmedrado, falto de gracia y de lucimiento, que es la aplica- 
ción figurada que suele dársele vulgarmente en el Río de la 
Plata, entra en la clase de lo que no ha adquirido el conve- 
liente ú oportuno desarrollo y vigorosidad. Esta parece ser la 



190 DANIEL GRANABA. 



idea genérica de todas las acepciones en que se ha usado y so 
usa el vocablo chaucha en el Perú, Chile y Río de la Plata. 

¡CHE! — Interj. fam. con que se llama la atención de una 
persona á quien se tutea. 

CHEPÍ, m. — Cuero sobado con que los charrúas y minua- 
nes envolvían los muslos, ó sea taparrabo. 

Voz guaraní; significa literalmente ?n¿ cuero, de che pro- 
nombre personal (mi), y pi (cuero). 

CHICOANA. — Capital del departamento del mismo nom- 
bre de la provincia argentina de Salta. 

CHICOTAZO, m.— Golpe dado con el chicote. En Méjico 
lo mismo, según la Acad. 

CHICOTE, m. — Latiguillo del jinete. — Cualquier látigo 
corto. — Varilla que hace veces de látigo. 

Véase REBENQUE y ARREADOR, que son cosas dife- 
rentes. 

<En Me)'. Látigo.» (La Acad.) 
Lo propio en el Perú (Palma). 

«Suele usarse por nuestros paisanos chicote (que Q&\m pedazo 
<tc cuerda) por látigo, y chicotazo en lugar de latigazo (Rodríguez). 
«Chicote es, en Chile, un azote de cuero, de cordel, de cer- 
da,» etc. (Solar.) 

CHICHA, f. — Bebida que prepara la gente campesina de 
las provincias argentinas arribeñas, haciendo fermentar el 
maíz, á imitación de los indios del antiguo Perú, que fueron 
sus inventores. Tomada con exceso embriaga. 

He aquí el modo de hacer la chicha más gustosa y esti- 
mada, la chicha por excelencia. Mascan el maíz, escúpenlo 
en una marmita de agua hirviente, que se tiene al fuego 
durante algunas horas, cuidando de espumar oportunamente 
el compuesto: decántanlo y déjanlo que fermente un par de 
días. Queda turbio; pero se va clarificando por sí mismo 
poco á poco, hasta que se pone en aptitud de ser bebido y 
saboreado. Preparan también la chicha machacando el grano, 
en vez de masticarlo; pero entonces, privado el néctar del 
aseado condimento de la saliva, resulta soso. Esta manera 
de chicha, más propiamente que chicha es aloja, nombre con 



VOCABULARIO RIOPLATENSE. 191 



que en efecto la distinguen: hácenla asimismo de la semilla 
del molle, del algarrobo, del chañar, del piquillín, de la quinua 
y de otros árboles y plantas, poniendo simplemente á fer- 
mentar uno ó más días en agua, ora fría, ora caliente, el 
fruto. 

La Acad. define la chicha «Bebida alcohólica muy usada en 
América, que se prepara poniendo á fermentar en agua cebada , 
maíz tostado, pina y panocha, y añadiendo especias y azúcar. 
Su sabor es el de una sidra de inferior calidad.» Esta bebida 
es, no precisamente la chicha, sino un género particular de 
chicha; acerca del eual nos ocurre preguntar: ¿qué clase de 
panocha es ésa y cómo entra en el brebaje? 

La chicha, según queda indicado en la definición, trae su 
origen de los indios peruanos. Explícalo el autor anónimo de 
las Costumbres antiguas de los naturales del Piru, una de las Tres 
i al. dcant.per. publ. por D. Marcos Jiménez de la Espada. Di- 
ce que, al principio, cuando los antiguos peruanos poblaron la 
tierra, por mucho tiempo no tuvieron género de bebida, sino 
sola agua fresca, harto dañosa donde, cuál más. cuál menos, 
es salobre, entre otras .malas condiciones que la hacen malsana. 
como lo experimentaron después los mismos españoles: que, 
para obviar este inconveniente, inventaron el vino hecho de gra- 
no de maíz; pero que, no produciendo por sí solo los efectos 
que se pretendía de lavar la vejiga v deshacer la piedra, manda- 
ron los médicos que se ¡Mídase (¿ligase?) el maíz ron la saliva 
del hombre, que es muy medicinal: que de aquí nació 'el mascar 
los niños y las doncellas el grano de maíz, y lo mascado ponerlo en 
rasos, para que después se cociese y pasase por diversos coladores de 
lienzo de algodón y agua limpia, y el agua quede lodo esto se ex- 
primiese, fuese elvino: que estaba ordenado que usasen de él mo- 
deradamente por vía de medicina, y llegó á gustarles tanto que 
por sólo beber s¿7i pena públicamente, instituyeron las fiestas cu que 
se había de beber á rienda suelta. «Fuera de que la chicha es po- 
ción verdadera, continúa el difuso historiador, da también nu- 
trimiento como si fuese comida. 

Aunque es gente que no se emborracha, ni acostumbran á 
beber Ja chicha, por no serla tierra dispuesta ni aparejada para 



192 DANIEL GRANADA. 



dar maíz.-» (Juan Lozano Machuca al virrey del Perú; Rcl. geogr. 
de lucí., ap. III, t°. 2 o .) 

«Hay también árboles de molle, que dan una fruta pequeña 
colorada de que los indios hacen su bebienda, como del maíz, 
que hacen chicha, ques un brebaje que beben como vino.» (Rcl. 
geegr.de Jad.; Condesitvos y chunbibilcas.) 

«Beben el brebaje, que es chicha, de maíz, y lo muelen en 
batanes de piedra, y en otro de palo, á manera de camillón.» 
(Herrera, Dcc 8. a , lib. 5. , cap. 12 o .) 

Según el anotador de la Hist. gen. y nat. de las Lid. por Gonz. 
Fern. de Oviedo (ed. de la Acad. de la Hist.) chicha es voz de 
la lengua aborigen de Cuba. 

CHICHARRÓN, m. — Pedacito ó residuo de gordura, frito 
con su misma pringue y muy tostado. — En sent. fig. dicese que 
es ó parece un chichanón, de cualquier cosa requemada. 

CHICHARRONES, m. pl.— Vianda hecha de pedaeitos ó 
residuos de gordura, fritos con su misma pringue y muy tosta- 
dos. Lleva regularmente también pedaeitos sueltos de carne. 

CHICHE, m.— Hablando á un niño, juguete, ó cualquier 
cosilla que supla por un juguete. — Familiarmente, primoroso 
objeto de adorno y, en general, cosa linda y bien dispuesta. — 
En sent. fig. y fam., persona muy habilidosa. 

En Chile equivale á joyel, bujería, y metafóricamente á fililí, 
á alhaja, joya, tratándose de personas (Rodríguez). También 
á los dijes de las liendas llaman chiches (Solar). 

CHIFLE, m. — Asta de animal vacuno, regularmente de 
buey, donde se lleva agua para beber en los viajes ó largas tra- 
vesías. 

«De las astas hacen vasos, cucharas y peines, y poniendo un 
tapón en lo más grueso, abriendo un agujero en la punta, les 
sirven de jarros y cántaros, llamándolos chifles.» (Azara.) ' 

«Los habitantes de esta ciudad (Santiago del Estero) tien en 
fama en todo el Tucumán de ser los mejores soldados de toda 
la provincia y el terror de los indios del Chaco. En tiempo de 
guerra tenían siempre colgado del arzón de la silla un costalillo 
de maíz tostado, con sus chifles de agua, que son unas grandes 
astas de bueyes, mueble muy usado en esta provincia para ese 



'> 



VOCABULARIO RIOPLATENSE. 193 

efecto: sin más prevención que esta, eran los primeros que se 
presentaban en campaña á la menor asonada de guerra.» 
(Estala, carta sobre el Tucumán, Viaj. univ.) 

«Media entre las ciudades de San Luis y San Juan un dilatado 
desierto, que, por su falta completa de agua, recibe el nombre 
de travesía. El aspecto de aquellas soledades es por lo general 
triste y desamparado, y el viajero que viene del oriente, no 
pasa la última represa ó aljibe de campo, sin proveer sus chifles 
de suficiente cantidad de agua.» (Sarmiento, Facundo, ó Civ. i 
Barb. etc.) 

CHICLIGASTA. — Departamento de la provincia argentina 
de Tucumán. — Capital del mismo departamento. 

CHILCA, f. — Arbusto de hoja estrecha, cuyo olor tiene algo 
del pino y romero; forma monte en los campos de pastoreo. 
á quienes daña, porque cercena las hierbas útiles, es albergue 
de mosquitos, tábanos y otras sabandijas, oculta los animales 
muertos, frustrando el aprovechamiento de sus cueros, y, des- 
pués de una lluvia ó fuerte rocío, empapa de pies á cabeza al 
jinete. Sus hojas, mezcladas con sebo, constituyen un caustico 
tan eficaz que se aplica á los tumores del animal caballar ó 
vacuno para abrirlos y resolverlos. En Gib. cupatorium polys- 
tachyttm. Var. D. C. (asteroides: comp.J. En Colm. chilca del 
Perú: eup. etc. (comp.). 

Del arauc. y quich. chillca ó chilca. 

La chilca indicada es la que «.bunda en los campos regados 
por el Uruguay, Paraná y Paraguay; pero no es más que una 
variedad de la especie ó género de árboles y arbustos seme- 
jantes que se crían en otras regiones de América, á que parece 
pertenecer también el miomío, así por su forma como por el 
olor de sus hojas. «La chillca, dice el Dr. D. Vasco de Con- 
treras y Valverde (Reí. geogr. de Lid.), es muy hermana del 
mollc; raras veces se aplica el uno sin el otro, así para los 
remedios interiores, como para los exteriores; también es 
arbusto y tiene cinco especies que se diferencian poco en 
las formas. La mayor tiene las hojas algo grandes, muy pareci- 
das á las de los durazm >s. Las flores salen en unos ramilletes 

7 



194 DANIEL GRANADA. 



abotonados; cuando se abren son blancas y de ellos se fi nina 
una semilla mucho más menuda que la mostaza, y que se des- 
vanece y derrama con cualquier viento; y en lo que se dife- 
rencian las otras cinco especies, es de sólo ser más menudas 
unas que otras, pero de todas se aprovechan igualmente los 
indios en sus enfermedades. El cocimiento de todas tiene 
facultad resolutiva, como la tiene el molle, con que de la junta 
de uno y otro se hace un bellísimo y apacible baño. Tiene 
otros efectos, que, proporcionando los médicos la aplicación con 
la causa, los consiguen. La hoja es pegajosa, apretada entre las 
palmas de las manos, y, sacada por alquitara la agua, es prove- 
vechosa para muchos achaques.» 

CHILCAL, m. — Terreno poblado chuca. 

CHILENO, na, adj. — Dícese del animal vacuno que tiene 
los cuernos rectos y levantados. 

CHIMACHIMA, m. — Ave de rapiña, de un pie largo de 
longitud, el color pardo oscuro, algo blanquizco y acanelado el 
de las alas y cola, pico y uñas corvos. Gusta especialmente de 
los animales muertos. 

El nombre es algo imitativo de su grito. 

«Busca (e\ chimachima) estudiosamente las cabalgaduras 
matadas, y posándose sobre las úlceras, las come, sin hacer 
caso de corcovos y coces.» (Azara.) 

CHIMANGO, m. — Ave de rapiña, muy semejante al chima- 
chima, pero abunda más que éste en el color acanelado y 
blanquizco. También se le asemeja en el grito, de donde le 
viene el nombre. 

«El chimango escasea en el Paraguay; pero abunda tanto en 
el Río de la Plata, que las casas campestres están rodeadas de 
ellos.» (Azara.) 

CHIMBÉ, adj.— Dícese del animal que tiene el hocico 
romo y arremangado. Ú. t. c. s. 

Del guar. /} mbe, nariz chata. 

Lo propio en la provincia brasileña del Río Grande del 
Sur (Beaurpaire-Rohán). 

CHINA, adj. — Aplícase á la india ó mestiza que vive entre 
las familias del país, ocupándose regularmente en servicios 



VOCABULARIO RIOPLATENSE. 195 

domésticos. Ú. t. c. s. — También suele decirse de la india sil- 
vestre. Ú. t. c. s. 

Lo propio en el Perú (Palma). 

Las chinas (mestizas) son naturalmente morenas, y, por lo 
general, cloróticas, pero agraciadas, dispuestas, y, cuando 
quieren, incansables en el trabajo, respetuosas y fieles con sus 
amos, y muy agradecidas al menor beneficio ó favor que se les 
dispensa. No se sujetan por nada de este mundo, prefiriendo 
ocuparse con libertad en lavar y planchar, y, si entran de coci- 
neras, es á condición de retirarse después del almuerzo y de 
la comida y de ir á dormir á su rancho, lo que ejecutan cuoti- 
dianamente, aunque vivan á larga distancia, llueva á cántaros 
(') caigan los pájaros de calor; ni se casan, sino que se amigan 
con el primero que se les allega, y, si es constante, le llaman su 
compañero. 

China es vocablo de la lengua quichua, en la que signifi- 
caba originariamente sierra ó criada, nombre sustantivo. Caste- 
llanizada la voz, pasó á significar, adjetivándose, la india 
doméstica ó la mestiza; pero se sustantiva, como es consi- 
guiente, cuando se quiere determinar con ella sola la persona 
á quien se aplica. 

«La segunda manera de ministros (del templo del Cuzco) 
quiso (Pachacuti Inga) que fuesen vírgenes escogidas, her- 
mosas y de sangre noble, llamadas aellas, esto es, electas y 
consagradas al sol; y así se llamaban ellas intip chinan ó pun- 
chas chinan, esto es, criadas del sol, siervas de la luz del día.» 
[De las cosí. ant. de los nat. del Pirú, Reí. anón. publ. por D. Mar- 
cos Jiménez de la Espada.) «Les señalaba el rey ó el presi- 
dente á cada una (de las doncellas) cierta ración y renta, y 
una criada, que llamaban china, para que las sirviese.» (Ibíd.) 

«Las chinas (que así llaman á las indias mozas solteras 
criadas de las casas y conventos de monjas) se visten con 
una especie de enaguas muy cortas y un rebozo, todo de 
bayeta de la tierra.» Viene hablando Ulloa, á quien pertenece 
este pasaje, de los usos y costumbres de los españoles de 
Quito en la época de su viaje (siglo XVIII). 

< En el paso de este arroyo dimos de manos á boca con 



lt)G DANIEL GRANADA. 



cuatro indios y dos chinas (asi llaman por lo común á las 
mujeres), de la nación de los caaiguás ó monteses, que en lo 
oculto de su retiro guisaban descuidadamente unos monos ó 
/ararás que habían cazado, el más delicado de sus manja- 
res. » ( Cabrer. ) 

« Casta ó mezcla que se produce de indio y europea en la 
América meridional : son por lo común muy blancas y bien 
parecidas. ■> ( Alcedo.) 

Según Salva, en la Amér. merid. moza india hasta <jhc se 
casa, y en Méj. criada mes/iza. 

CHINERÍO, m. — Conjunto ó muchedumbre de chinas. — 
(■limas en general. 

Formóse por el estilo de mujerío, oportunamente empleado 
ni el siguiente pasaje de D. Ramón de la Cruz (El trueque de las 
criadas). Sustituimos aladas, en Madrid, mujerío, del original, con 
chinas, en el Plata, chinerío, de nuestra invención, por venir muy 

al caso. 

Lucía. 

¡Que no la despidas, hijo! 

Juan. 
Si me ha dicho un hospiciano 
que de un millón y seiscientos 
de chinas que andan rodando 
en el Plata, es de las buenas; 
con que así sufro y aguanto. 

Lucía. 
¡Vaya, si está el chinerío 
que es compasión el mirarlo! 

CHINCHULINES, m. pl.— Yeyuno ó parte del intestino 
delgado del animal vacuno, donde se forma el quilo. 

Cómense, por lo común, asados. 

«En Bogotá llaman chunchullos á las tripas, especialmente de 
cordero, que al abrir el animal se encuentran vacías, y se 
t ornen fritas; quichua chunchulli, tripas menudas.» (Cuervo.) 

CHINGARSE, r. vulg. — Chasquearse, quedar burlado. 

Lo mismo en Bogotá (Cuervo), como también en Chile 



VOCABULARIO RIOPLATENSE. 197 

(Rodríguez), donde se usa á menudo, bien que en estilo familiar 
y jocoso, y tal sucede en el Río de la Plata. 

Xinga), en el Brasil, significa insultar de palabra, y viene 
del verbo cu-ril'xinga, de la lengua bunda (Beaurepaire- 
Rohán). Tal puede ser el origen del chingarse de la América 
española. 

CHINGÓLO, m. — Pagarillo muy común, de canto sencillo, 
de lomo pardo y pecho blanquizco, agraciado con un alto 
copete. 

CHIPA, m. — En el Paraguay y Corrientes, torta de harina 
de mandioca ó maíz. 

Del guar. chipá. 

«Supliendo otros estas faltas con el chipá de almidón (de man- 
dioca) y con el de maíz, que los hacen muy exquisitos» (D. M. A. 
Molas, Descrip. etc. del Parag.) 

«Chipá equivale en Buenos Aires á hígado.» (D. Enrique 
Lynch Arribálzaga.) 

CHIPIU, m. — Pajarillo que canta como su nombre; el lomo 
pardo amarillo, y de este último color el pecho. Anda en 
bandadas. 

Del guar. chipia. 

«Su voz apelativa dice chipíu.» (Azara.) 

CHIQUERO, m. — Corral de cerdos, de ovejas, de terneros. 

CHIQUILIN, na, adj. dim. de chico. — Chiquillo. 

CHIQUILINADA, f. — Acción propia de chiquitines. — Mul- 
titud ó concurrencia de chiquilines. 

CHIQUITO, la, adj. — Dícese del indio que habitaba al 
norte del Chaco y este de Santa Cruz de la Sierra y cuyas 
chozas tenían las puertas ó entradas tan pequeñas que dieron 
ocasión á que los españoles le destinguiesen con el nombre 
expresado. Ú. t. c. s. 

CHIRIGUANÁ, adj.— Chhiguano. 

CHIRIGUANO, na, adj. — Dícese del indio de una parcia- 
lidad que vagaba por el sur de Santa Cruz de la Sierra en el 
Chaco, hacia el occidente. U. t. c. s — Perteneciente á dicha 
parcialidad. 

CHIRIPA, m. — Pieza de género, cuadrilonga, la cual, 



198 DANIEL GRANADA. 



pasada por entre los muslos y asegurada á la cintura con una 
faja, hace las veces de pantalón entre la gente del campo. 
Antiguamente, hasta hace pocos años, era el chiripá prenda 
inseparable del campesino; hoy lo va dejando por la bomba- 
cha, ya muy generalizada. 

«Dos ó tres varas de bayeta, seda ó cualquier otra tela for- 
man el chiripá, que se envuelve alrededor de la cintura, unas 
veces á guisa de saya, otras recogido entre los muslos para 
montar mejor á caballo. El chiripá está sujeto por una banda 
ó tirador, especie de canana donde el gaucho guarda los avíos 
para fumar, el dinero, etc., y que sirve además para colocar 
atravesado el enorme cuchillo, comúnmente de vaina y cabo 
de plata, su compañero inseparable, que no abandona en nin- 
guna ocasión ni circunstancia, y tan afilado que, según se 
expresa Azara, puede un hombre afeitarse con el.» (D. Alejandro 
Magariños Cervantes.) 

Lo propio en la prov. bras. de Rio Grande del Sur (Beau- 
repaire-Rohán) y en Chile (Rodríguez). 

CHOCLO, m. — Mazorca de maíz tierno ó todavía en leche. 

Lo propio en Chile y en el Perú (Rodríguez, Paz-Soldán). 

Prov. de Amér. (Salva). 

Es transformación de chogllo, voz de antiguo usada en Quito, 
de donde seguramente pasó, modificándose, al Perú, Bolivia, 
Chile y Río de la Plata. 

«Cuando está tierno el maíz, ó en leche, que llaman chog- 
llos (en Quito), se vende en mazorcas, y se disponen con él 
variedad de comidas diferentes, muy gustosas, de las cuales 
usan generalmente todos aquellos habitantes por especie de 
regalo.» (Ulloa, Viaj. etc.) 

«Hacen también (los guachaguís) sementeras de maíz; no 
obstante, son cortas sus cosechas, porque gustan de comerle 
tierno, antes de sazonar, que por acá llaman choclo.» (El P. Lo- 
zano, Tlisr. d. I. con. del Par., R. d. 1. P. y Tuc.) 

<;Dile (á una india) un poco de bizcocho y unas cintas, y, 
generosa, echando mano á sus mochilas, me regaló todos los 
choclos y zapallos que traía.» (Fr. Francisco Morillo, Viaj. al río 
Bermejo, en Ang.) 



VOCABULARIO RIOPLATENSE. 199 

Allí en su tierno capullo 
Está envuelto el choclo endeble, 
Que luego en maíz valioso 
El sol y el aire convierten. 

(D. F. Acuña de Figueroa.) 

CHOCHI, m. — Pájaro de un pie próximamente de longitud, 
de color pardo acanelado, solitario y muy ariso >. 

Del guar. chochí. 

«Todos le conocen en el Paraguay por este nombre, que él 
se ha impuesto, porque lo canta silvando clara y tristemente.» 
(Azara.) 

CHOLO, adj. — En las provincias arribeñas de la Confede- 
ración Argentina, dícese del indio domestico y del mestizo, en 
especial si es muchacho ó joven. U. t. c. s. 

«Indio pequeño que tiene cultura, se ha criado entre los 
europeos y habla el castellano (Alcedo.) 

Prov. de la Amcr. merid. (Salva), del Perú (Palma). 

«Cholos (nombre que dan á los indios muchachos). > (Ulloa 
y Juan, hablando de Quito.) 

CPIOPÍ, m. — Especie de tordo muy esbelto. Distingüese 
por su intrepidez., cuando lo acomete un ave de rapiña, á quien 
burla con estratagemas, sin huir de su presencia. 

Del guar. chop/'. 

«El valiente cliopí no huye ni teme, y se prepara al com- 
bate para cantar luego la victoria, empezando por pronunciar 
su nombre.» (Azara.) 

CHOYA. — Departamento de la provincia argentina de San- 
tiago.— Capital del mismo departamento. 

CHUCARO, va, adj. — Dícese del animal arisco, que á la 
presencia del hombre se asusta y embravece, y acomete, ó 
bien se dispara. — En sent. fig., huraño. 

Lo propio en el Perú (Salva). 

CHUCHO, m. — Fiebre intermitente. — Calofrío. 

En el sentido de calofrío es tan común el decir tener chuchos, 
darle á uno un chucho, que, si para expresar esta sensación se 
usase de la voz castellana, causaría extrañeza. 



200 DANIEL GRANADA. 



El médico Antón del Prado 
Murió ayer con asma y chucho. 
De treinta años ha expirado: 
Fue autor del libro afamado 
El arte de vivir mucho. 

(D. F. Acuña de Figueroa.) 

CHUECO, ca, adj. — Estevado, patituerto. — Dícese asimismo, 
por trasl., del calzado que tiene los tacones torcidos de tanto i 
usarlo. — También por trasl. dícese de la persona que está 
estenuada ó decaída y anda como irastav Mando. Está chuceo, 
anda chueco. 

En Bogotá patituerto, según D. Rufino José Cuervo. 

Lo propio, y también torcido, en Chile, según don Zorobabel 
Rodríguez, quien presume que el vocablo de que se trata 
alude al palo con que se juega á la chueca, el cual termina á 
manera de garfio. 

CHUICHUÍ, m. — Pájaro pequeño, de lomo pardo verdoso, 
pecho amarillo y copete dorado. Anda en bandadas. 

Del guar. chuichuí, expresión imitativa del canto de dicho 
pájaro. 

También chut. 

CHUMBE, m.— Faja con que se ciñe á la cintura el tipoy. 

Del quich. y del arauc. cluunbi ó chumpi. 

«Y encima desta se refajan con otra faja de cinco ó seis 
brazas de largo, tejida de muchos colores, que le llaman 
chumbh Rcl. gcográfi. de Inds. [Atunrucana). 

CHUÑA, f.— Ave rastrera, parda, de pico largo, con el que 
registra los agujeros de las víboras y otras sabandijas de que 
se alimenta. 

CHUÑO, m. — Fécula de la papa. 

Americana es [a. papa ó patata: americano el uso primitivo 
déla que pudiéramos llamar sufecu/a ó sustancia, bien que al 
solo favor del hielo y el sol toscamente manipulada; y ameri- 
cana la voz chuño, y muy de antiguo castellanizada, como que 
ha más de trescientos años que, por América, anda en boca de 
españoles y de hispano-americanos. ¿Quién, que haya vivido 
en la América meridional española, alo menos hacia las partes 



VOCABULARIO RIOPLATENSE. 201 

del Plata, no ha oído repetir una y mil veces la palabra chuño? 
¿Qué niño no la balbucea? Debe ser registrada, por tanto, la voz 
indiano-española chuño en el inventario de nuestra lengua, á 
quien por tan justos y antiguos títulos pertenece. 

Dice Paz-Soldán que chuño significa la papa curada al hielo 
y al sol, y que impropiamente dan el nombre de chuno, co- 
rrupción de chuño, á la fécula de la papa, llamada en otras 
partes mandioca. En el Río de la Plata dan inequívoca- 
mente el nombre de chuño (jamás chuno) á la féada de la 
papa y el de mandioca á la fécula de la mandioca. Esto no 
quiere decir que la mayor parte de las gentes sepan que el 
chuño y la mandioca sean la fécula de tal ó cual raíz. Pero casi 
no hay persona que, por rústica que sea, no distinga el uno 
de la otra, por su aspecto, olor y gusto. En Chile también 
llaman chuño, según Rodríguez, á la fécula de la papa y de 
otras raíces. Por esta razón consideramos que al registrarse 
en el diccionario general de la lengua la voz chuño, debe dár- 
sele el sentido de fécula de la papa, y añadírsele la acepción 
de fécula extraída de oirás varias raices, determinando los países 
donde respectivamente se halla en uso con estas diversas 
aplicaciones (el Río de la Plata, Chile, el Perú, etc.). 

«Siembran papas en el mes de octubre, porqués necesario 
questén maduras en todo el mes de marzo, porque los hielos 
le hacen daño, y se vienen á coger por el mes de mayo; las 
cuales se echan en unas parvas ó almijares de paja en el 
suelo, y allí tendidas las secan y pasan al sol y al hielo, y 
desta manera hacen un género de mantenimiento que se llama 
chuño, que quiere decir cosa seca y pasada, y esto, cocido en 
agua, se come y les sirve de pan, y también hacen con él 
otros potajes.» (Reí. geogr. de Lid., Pacasas, Ntra. Sra. de la Paz.) 

«Y asimismo se gastan 20 mili fanegas de chuño, que es 
(para los que no lo saben) una comida de mucho sustento, 
hecha de unas que llaman papas, que son á manera de tur- 
mas de tierra, y que se crían debajo de la tierra, y de allí 
las sacan y secan, y tiene este nombre de chuño.-» flbid., Potosí.) 

CHURRASCO, m. — Carne pura, asada sobre las mismas 



202 DANIEL GRANADA. 






brasas, operación que produce el efecto de concentrar entera- 
mente el jugo ó sustancia. Hecho el churrasco, lo sacuden ó ras- 
pan ligeramente paia quitarle el rescoldo. En cuanto á bondad 
y gusto, está en la misma línea que el asado por excelencia 6 
criollo. 

Lo propio en el Perú (Palma) y en la prov. brasil, de Río 
Grande del Sur (Beaurepaire-Rohán). 

CHURRASQUEAR, n. — Hacer; comer un churrasco. Todo 
es uno; porque es costumbre comerlo al lado del fuego. Pero 
dividiendo estas dos operaciones, se llamaría á la primera 
hacer un churrasco, y á la segunda churrasquear. 

Lo propio en la prov. bras. de Río Grande del Sur (Beaure- 
paire-Rohán). 

«Allí hacían sus fogones con buena leña los carreros, rhu- 
rrasqueaban y tomaban su amargo.- (D. Isidoro De-María 
Mont. Ant.) 

CHURRINCHE, m. — Pájaro pequeño, de color pardo oscu- 
ro y exornadas de fina escarlata la cabeza, cuello y cola. 

«Los guaranís le llaman guarapeta (pájaro rojo), y en Bue- 
nos Aires ctiurriiichc.A (Azara.) 

CHUSMA, f.— Muchedumbre de familias de indios, excepto 
los hombres de guerra, ó sea conjunto de mujeres, niños y 
viejos que componen una toldería ó campamento de indios. 

«Comenzaron á venir de todos aquellos montes de Capiyí 
y de los ríos del Tibicuarí y Cariroy muchos indios, trayendo 
toda su chusma.» (El P. Diego de Boroa, Not. de alg. redar. 
déla Comp. de Jes., Rev. del Arch. gen. de B. A. por D. M. R. 
Trelles.) 

«Y nos condujo al palmar, de donde, como ocho días 
antes, se habían partido los infieles con toda su chusma.» (El 
P. Policarpo Dufo, Entrada que se hizo el ano de iyi? al castigo 
délos infieles, publ. por D. M. R. Trelles, Rev. del Arch. deB.A.) 

Hablando de los indios guayanaes ó gualachos, dice el P. 
Lozano {Hist. de la conq. del, Paraguay etc.) : <:en cada división 
(de sus chozas) cabe una familia con toda su chusma.* 

CHUSMAJE, m.— Gente soez. 



VOCABULARIO RIOPLA.TENSE. 203 

CHUZA, f. — Palo á manera de lanza, con una púa de hierro 
ó una hoja de cuchillo en la punta. — Gente de chuza, expr. 
proverb. equivalente á gauchaje, tomada en mala parte esta voz. 

«Esta mañana hice recoger todos los remos rompidos, y 
mandé al carpintero y algunos marineros hiciesen de ellos astas 
para chuzas» (Villarino, Rec. del tío Negro de Patag.) 



D 



DELTA PARANAENSE, m. — Vasto conjunto de islas 
bajas en la desembocadura del río Paraná, entre cuyos diver- 
sos canales el Paraná Guazú ó Boca del Gaazií es suficiente- 
mente caudaloso para dar fácil acceso á la navegación de alto 
calado y el cual se junta con el Uruguay, siguiéndole en des- 
ahogo el Paraná de las Palmas, aunque de menos fondo, por 
donde entró Gaboto, su primer explorador, y que vierte sus 
aguas en las del Plata. 

DESAMPARADOS. — Departamento de la provincia argen- 
tina de San Juan. 

DESCUAJARINGADO, da, adj.— Dicese de la persona que 
lleva el vestido desarreglado y mal ceñido. Ú. t. c. s. 

Lo mismo en Chile (Solar) y en el Perú (Paz-Soldán). 

También descuajeringado, y así en Chile. 

DESCUAJARINGARSE, r. fam.— ^Relajarse las partes del 
cuerpo por efecto de cansancio. Ú. sólo hiperbólicamente.» 
(La Acad.) — Hablando de objetos que están armados en vago, 
desvencijarse, deshacerse. Llévalo con cuidado; no vaya á descua- 
jaringarse. 

También descuajeringarse. 

DESGARRETAR, a.— Cortar el garrón, para que el animal 
no pueda huir ni dar patadas, á fin de carnearlo. 

DESIERTO. — Decíase el Desieito á la pampa que enseño- 
reaban los indios salvajes, hoy ya definitivamente conquistada 
y reducida á la vida industrial. Comprendía quince mil leguas, 
por las que vagaban quince mil indios salvajes, siendo el 
teatro de sus habituales saqueos las provincias circunvecinas 
Buenos Aires, Córdoba y San Luis, á cuyos hacendados 
tenían en sobresalto continuo. El año de 1879 cortáronse por 
la raíz tamaños males. 



VOCABULARIO RIOPLATENSE. 205 



DESMOCHADOS.— Departamento de la República del Pa- 
raguay. 

DESPUNTAR, a. — Pasar por las puntas de un río ó arroyo. 

DESTERNERAR, n. — Separar de la vaca 'el ternero, deste- 
tándolo. 

DIAGUITA, adj. — Dícese del indio cuya parcialidad ocu- 
paba á tiempos el valle de Calchaquí y territorio de la Rioja. 
U. t. c. s. — Perteneciente á dicha parcialidad. 

DIAMANTE. — Departamento de la provincia argentina de 
Entre Ríos, junto al rio Paraná. — Capital del mismo departa- 
mento. 

DISCO AFILADO. — Instrumento ofensivo, usado por los 
indios del Río de la Plata. Consiste en una piedra trabajada á 
manera de dos casquetes esféricDS yuxtapuestos por su base: 
verdadero disco de canto afilado, cuyo uso ha sido evidente- 
mente el de arma ofensiva, que pudo haberse arrojado á 
mano, como quien tira una pedrada, ó por medio de la honda, 
propia de la infancia de las sociedades. 

Tratando D. Florentino Ameghino de objetos prehistóricos 
de la provincia de Buenos Aires, menciona unos discos \ 
ser amen te circuíales, planos en una cara, convexos y toscamente 
¿aliados en la olía (Antig. del honib. cu el Pl.), que parecen 
ser de índole extraña al de que se trata en este artículo. 

Los dos ejemplares que poseemos, uno de los cuales está 
pulido con esmero, pertenecieron á la industria y hábitos de 
las hordas que ocupaban la banda oriental del Uruguay, donde 
fueron hallados. 

DISPARADA, f. — Fuga, corrida. — Dispersión repenti- 
na y violenta. — Tomar la disparada: echar á correr, huyen- 
do. — A la disparada, modo adv.: á todo correr; y en sent 
fig.: más ligero de lo que conviene para hacer bien una 
cosa. Hace las cosas á la disparada es como decir: es un ato- 
londrado. . 

Prov. de la Amér. merid., según Salva, quien restringe la 
comprensión del vocablo, dándole por sentido: la dispersión 
de un ganado que celia á correr de repente en varias dirección 
acción que pueden ejecutar todos los seres vivientes. 



206 DANIEL GRANADA. 



«El otro le tira el lazo (al tigre) y echa á correr á la dis- 
parada.» (Azara.) 

«De noche toman graneles providencias para prevenir las 
improvisas disparadas á que el ganado está expuesto, parti- 
cularmente en tiempos tempestuosos.» (Cabrer.) 

Lo propio (2. a acep.) en las provincias meridionales del 
Brasil (Beaurepaire-Rohán). 

DISPARAR. — En el sentido de partir ó correr sin direc- 
ción y precipitadamente, se usa más como neutro que en 
forma de reflexivo. Dispararon los caballos. Disparó (el malhe- 
chor) por esta calle. Un paisano nos decía: «el gato montes 
dispara del cristiano (del hombre).» 

También en Chile usan la forma neutra, según Rodríguez, 
quería censura, advirtiendo que los guasos (gente campesina) 
emplean comúnmente la forma refleja, que es lo correcto. En el 
Río de la Plata usan todos corrientemente la primera forma, 
que es prov. de la Amér. merid., según Salva. 

También en el Brasil úsase como intransitivo (Beaurepaire- 
Rohán). 

DOLORES.— V. SAN JAVIER. 

DURAZNO {San Pedro del).— Villa cabecera del departa- 
mento del Durazno de la Rep. O. del Uruguay. Fund. año 
1821. 




E 



EMBOSTAR, a. — Rellenar las paredes de [un' rancho con 
una mezcla de bosta y tierra bien batida. — Preparar la misma 
mezcla, haciéndola pisar largo rato por una caballada ó ye- 
guada. 

«Las paredes las embostan, como llaman en el. país, que se 
reduce á hacer una mezcla bastante suelta de estiércol 
del caballo y tierra, bien batidos, y después dar un par de ma- 
nos por dentro y fuera de toda la casa.» (Cabrer.) 

De bosta se forma el verbo embostar, dice D. Baldomero 
Rivodó, y también embostadero; pero no da á conocer el 
significado de embostar y de embostadero. 

EMBRETAR, a.— Meter en el brete los animales. 

EMPACARSE, refi. — Hablando de animales, pararse, por 
efecto del cansancio ó por maña, resistiéndose á seguir adelante. 
— En sent. fig., amostazarse, retrayéndose de hacer ó decir lo 
que se está ejecutando ó tratando. 

Lo propio en Chile (Rodríguez) y en el Perú (Palma). Prov. 
de la Amér. merid. (Salva). 

EMPEDRADO. — Departamento de la provincia argentina 
de Corrientes.— Capital del mismo departamento. 

ENCALILLA. — Departamento de la provincia argentina 
de Tucumán. 

ENCARNACIÓN.— Departamento de la República del 
Paraguay. 

ENCIMERA, f. — Pieza angosta de suela, perteneciente al 
recado, la cual lleva una argolla en cada uno de sus extremos, 
y afianzados á ella sendos correones, el uno asegurado á la 
cincha y el otro suelto para cinchar. 

ENLAZAR, a. — Aprisionar un animal mediante el lazo. 

Lo propio en Chile (Rodríguez). 



208 DANIEL GRANADA. 



ENSENADAS. — Departamento de la provincia argentina 
de Corrientes.— V. SAN COSME. 

ENTABLAR, a. y refl. — Acostumbrar á un caballo á que 
ande en tropilla. 

ENTRERRIANO, na,- adj. — Natural de la provincia argen- 
tina de Entre Ríos. Ú. t. c. s. 

ENTREVERO, m. — Mezcla desordenada de personas ó 
cosas. 

Que en tan brusco entrevero y tremolina 
Se ve lo que es la furia femenina. 

(I). F. Acuña de Figueroa.) 

ENTROPILLAR, a. — Acostumbrar á los caballos á vivir y 
andar en una tropilla. 

ESCONDIDAS (jugar á las). — Jugar al escondite. 

Lo propio en Chile (Rodríguez). 

ESPERANZA. — ¡ Qué esperanza! Expresión muy usada en el 
Rio de la Plata para significar intensivamente que no ha de 
verificarse, ó que no pudo ocurrir, el suceso de que se trata. 

ESQUINA. — Departamento de la provincia argentina de 
Corrientes. — Capital del mismo departamento. 

ESPINILLO, m. — Árbol del género de las mimosas, de 
ramas cubiertas de espinas y hojas diminutas, con las que en la 
primavera se entremezclan multitud de florecillas esféricas de 
color amarillo y de olor muy agradable, que embalsaman la 
atmósfera. El tronco y ramas son muy fuertes, pero tan tortuo- 
sos que sólo sirven para leña, que es excelente. Mimosa farnc- 
siana L., según Gibert. 

ESTANCIA, f. — Establecimiento de ganadería. — Conjunto 
de edificios y construcciones á él pertenecientes, por lo re- 
gular en el punto más eminente del campo. 

Cuando se dice en general establecimiento de campo, se entien- 
de que lo es de ganadería, ó sea estancia, por ser los de esta 
clase los que predominan en la campaña. La ganadería ha 
sido en tiempos pasados la única y es hoy día la más abun- 
dante y beneficiada fuente de las riquezas que encierran las 
vastas regiones que baña el río de la Plata. 

«Es estancia el establecimiento cuyo único ó principal objeto 



VOCABULARIO RIOPLATENSE. 209 

es la cría de ganados, sea el vacuno* etc. (Cód. Rut: de la Prov. 
de Buenos Aires.) Lo mismo en otros del Río de la Plata. 

En Cuba casa de campo próxima á las poblaciones, con alguna 
huerta, según Salva. 

(En) «América, hacienda de campo.» (La Acad.) Hacienda 
significa por el Dice, de la Acad. finca rural 'y cúmulo de bienes y 
■ riquezas guc uno tiene. 

i. a acep. prov. bras. de Río Grande del Sur (Beaurepaire- 
Rohán). 

ESTANCIERO, m. — El que tiene estancia. El que la cuida 
ó tiene á cargo capataz. 

«estanciero, m. ant. — El que cuidaba de una estancia.^ (La 
Acad.) 

1. a acep. prov. br. de R. G. del S. (B.-Rohán). 

ESTANDARTE, m. — Insignia real de los antiguos cabildos. 
Llamábase también pendón, que es la denominación que le da 
la ley 56, tít. 15, lib. 3. de Indias. 

El estandarte de la ciudad de Buenos Aires, según el acta de 
su cabildo á 10 de noviembre del año 1605, era de damasco 
encarnado, con flocadura ele seda amarilla y colorada y boto- 
nes de cordón de lo mismo, de un lado la imagen de la Madre 
de Di< >s y del otro las armas reales con pasamanería de oro á 
la redonda. Encarnado, carmesí ó más ó menos rojo, parece 
haber sido constantemente el color de los estandartes ó pendo- 
nes de los cabildos, y el amarillo y el oro constituían por lo 
regular las flocaduras, cordones, borlas y pasamanería de que 
iban guarnecidos. Del un lado llevaban las armas reales ó las 
de la respectiva ciudad ó villa, y del otro la imajen de su santo 
tutelar ó patrono. Era custodiado por el alférez real, quien, 
hincadas ambas rodillas, y puestas sus manos entre las del regi- 
dor diputado para la formal entrega de la venerada insignia, 
rindiendo pleito homenaje según fuero y costumbre de España, 
juraba como caballero hidalgo acudir con ella en casos de 
guerra contra los enemigos de la corona hasta derramar la 
última gota de sangre. Sacábase el real estandarte en determi- 
nadas ocasiones y días clásicos con la mayor solemnidad y 



210 DANIEL GRANADA. 



rendimiento, como que representaba la propia persona del 
monarca reinante. 

ESTAQUEAR, a. — Estirar un cuero entre estacas. — Estirar 
á un hombre entre cuatro estacas por medio de mamadores 
amarrados á las muñecas de las manos y garganta de los pies. 
V. ESTAQUEO. 

Lo propio en la provincia brasileña de Río Grande del Sur 
(Beaurepaire-Rohán). 

ESTAQUEO, m. — Acción y efecto de estaquear (ambas acep). 
V. CEPO COLOMBIANO. ' 

ESTERAL, m.— Estero. 

«Nace este río Pepiri Guazú de un estira! que se halla hacia 
el grado jo y 43 minutos de latitud, c\\ campos abiertos y 
dilatados, fin/, del virrey Arredondo ;'i su sucesor en el 
mando.) 

«Estas campañas (las de Buenos Aires) son continuadas 
llanuras, como la Mancha de España; el suelo gredoso: muchos 
bañados, estera/es y lagunas.-- (Cabrer.) 

ESTERO, m.— Terreno bajo, pantanoso, inundado, larga- 
mente extendido, del todo ó á trechos cubierto de yerbas y 
plantas acuáticas, como la cor el junco, la totora, el 

safandíylas algas»') cama/otes, enredadas y entretejidas. 

Tal es la fisonomía característica de los terrenos á que 
llaman estero ó estera/ en las repúblicas Argentina, Orien- 
tal del Uruguay y del Paraguay. En la provincia brasileña 
de Río Grande del Sur tiene la misma significación la voz 
portuguesa csteiro. Entre el manantial y el río hay una inde- 
finida gradación de cursos de agua; pero se distinguen con 
denominaciones precisas sus formas principales. Lo mismo 
pasa con los terrenos bajos, á cuya clase pertenece el estero: 
tal vez varía ele aspecto y condiciones según la naturaleza y 
situación del suelo que lo origina; pero nunca podrá confun- 
dirse con el bañado, cañada ó laguna. 

La cuenca del Plata, á causa de su abajamiento, ofrece 
multitud de esteros: pero señaladamente abundan en el Chaco, 
Paraguay y Corrientes. Es raro hallar alguno en la banda 
oriental del Uruguay, cuyo suelo quebrado impide que se 



VOCABULARIO RIOPLATENSE. 211 



formen. El estero Bellaco, en el Paraguay, es como el prototi- 
po de los esteros. Nace hacia el pueblo de Pedro González, 
junto á una serrezuela que está á corta distancia del Paraná, 
y va á morir á la laguna de Piris (que desagua en el río Para- 
guay), recorriendo un trayecto de 25 leguas, poco más ó 
menos, en todo el cual apenas ofrece uno que otro difícil 
. paso la espesura enmarañada de su vegetación exuberante y 
salvaje. 

El estero es intransitable; la cañada y el bañado, salvo el 
caso de una avenida ó fuertes lluvias, dan paso al tránsito. La 
laguna y el brazo de un río pueden ser navegables; no el es- 
tero, porque aun cuando suba el agua algunos palmos, por 
efecto de las lluvias ó de una avenida (como que regularmente 
se halla junto á los ríos, arroyos y lagos, ó en sus inmedia- 
ciones), corre luego á desaguar por el cauce inmediato ó se 
desparrama por la llanura. Finalmente en el Río de la Plata, 
Paraguay y Río Grande del Sur del Brasil, á lo que menos se 
asemeja lo que en ellos se llama estero es á un brazo de mar 
i') de río. Todos los brazos de un rio están naturalmente suje- 
tos á las alternaciones de las crecientes y bajantes que experi- 
menta en diversas épocas del año, y los hay que por esta causa 
s< >n navegables durante algunos meses consecutivos, como su- 
cede en muchos del Paraná, Paraguay y Uruguay. Pues cabal- 
mente por esa circunstancia y porque tienen cauce, en nada 
se asemejan á un estero, conforme á la inteligencia que en el 
Río de la Plata dan á esta palabra. La naturaleza especial de 
los que presenta la cuenca del Plata ha podido ser la causa de 
que, con el andar del tiempo, se fuese modificando el signi- 
ficado, más ó menos preciso, eme el vocablo de que se trata 
tenía en lo antiguo. El Paraná y Uruguay (y por consiguiente 
sus brazos) suelen crecer abajo, empujados por las aguas del 
rio de la Plata, impelidas éstas por las del Océano; pero no 
en virtud de la pleamar, sino por efecto de los vientos del 
este y sudeste, cuando soplan con fuerza. Ni significa, ni cabe, 
por consecuencia, que la voz estero signifique en ningún caso, 
en el Río de la Plata, la idea que da de él la Acad., á saber: 
rano ó brazo que sale de un río y que participa de las crecientes y 



212 DANIEL GRANADA. 



menguantes del mar, con lo cual es á 7'cccs navegable. Diccionarios 
autorizados de otras lenguas dan del estero el mismo concep- 
to que la Acad., más ó menos vario en su forma. D. J. Prá- 
xedes P. Pacheco (Breves Nococs — Geogr. do Brazil), no obs- 
tante la inteligencia que tiene en la provincia de Río Grande 
del Sur la voz es tetro, lo define de este modo: Si el mar pene- 
tra por un brazo que forma canal, y no ensenada, se llama estera 
(esteiro). Laguna ó brazo de mar, dice una nota en el t.° 4. de !;• 
colecc. de Doc. inc'd. del Arc/i. de Ind. 

Lo distingue inequívocamente de un brazo de mar el capitán 
Pedro Sarmiento de Gamboa (Viaj. al cstr. de Mag.J. «Hallóse, 
dice, cantidad de garbanzos en las matas, dulces como miel, 
menores que los de España, y mucho marisco de mixollones. 
en un brazo de mar y estero que se descubrió cerca del pue- 
blo.» Y Alcedo (Dice, geogr.-liist. de las Ind. Occ.J, después de 
mencionar varios ríos pequeños que llevan el nombre de es- 
teros, advierte que en América llaman también así á los canales 
de agua del mar que entran algunas leguas tierra adentro; acep- 
ción que, por el modo con que se expresa el autor, parece ser 
tan peculiar del Nuevo Mundo como la que le precede, y am- 
bas divergentes del sentido primitivo en que el Dice, de la 
Acad. registra el vocablo de que se trata. 

«Canal ó estrecho adonde alcanzan las mareas que penetran 
en los ríos ó en las ensenadas de la costa. En Nicaragua 
aplícase esta voz para designar las ramificaciones de los lagos. 
También puede llamarse estero el brazo ó boca de los ríos 
gi'andes por donde penetran las mareas.» (D. Juan Vilanova y 
Piera.) La acepción que tiene en Nicaragua la voz estero, es la 
que más se asemeja á la que le dan en el Río de la Plata, y 
aun puede inferirse que en una y otra región significa una 
misma cosa; pues los terrenos bajos que están junto á las lagu- 
nas contienen muy poca agua, son por lo regular pantanos' 
se hallan casi siempre poblados de plantas acuáticas. En e\ 
Ecuador llaman esteros á las ramas ó canales de los ríos, según D. 
Manuel Villavicencio (Geogr. etc.). En Chile estero y arroyo o 
riachuelo vienen á ser una misma cosa, según D. Zorobabel Ro- 
dríguez. 



VOCABULARIO RIOPLATENSE. 213 

«Estaos o lugares llenos de agua y de plantas acuáticas y 
barriales.» (Azara.) 

«Inmediatamente entramos en otro estero llamado Ybiabebó, 
que comunica con el anterior, y lo seguimos tres leguas hasta 
dar con una isla de bosque poco apartada de la costa del río 
Paraguay, en la que paramos. Dichos estaos son malos sobre- 
manera: no hay en ellos camino ni valiza que guíe: es [preciso 
enderezar á poco más ó menos, caminando muy despacio, 
mojándose de pies á cabeza y enlodándose en términos que nadie 
le conozca. En muchas ocasiones, en que los juncales eran más 
altos que nosotros, fué forzoso guiarnos por la voz y chapaleo de 
los caballos, sin poderse llevar los pies en los estribos, por no 
permitirlo la maleza, que además es cortadora, como que todos los 
caballos sacaron las muñecas peladas y chorreando sangre.» 
(Azara, Viaj. iue'd. publ. por el Gen. D. B. Mitre y D. J. M. 
Gutiérrez.) Cuadro perfecto de un estero, dibujado de mano 
maestra. 

«Los pantanos, que dijimos formaban las cabeceras septen- 
trionales de la laguna, se extienden por aquella parte consi- 
derablemente, y prolongándose después á manera de esteros po- 
blados de espeso bosque.-» etc. (El ingeniero D. José M. Cabrer, 
Diario de la demarc. de lím. entre Esp. y Port.) 

«Y la (laguna) de Ipoá, circundada de pantanosos esteros in- 
transitables, que la hacen inaccesible.» (D. M. A. Molas, 
Descrip. etc. del Parag.) 

«Largas cadenas de esteros y pantanos, producidos por la 
horizontalidad del suelo.» (El general Mitre, Hist. de Bclgr.) 

« Esteros poblados de altos pastizales y pajales y algunas isletos 
de sarandíes y chircas, mezclados con molles y ceibales,» etc. 
(El general D. José M. Reyes, Dcsc. Gcogr. de la Rcp. O. del 
Urug.) 

«Un canal ó riacho que queda á la parte del este, que se 
forma á poco en laguna y sigue en estero.» (D. Ignacio de Pasos, 
Diar. de una naveg. y recon. del río Parag. en Áng.) 

« El 19 salimos de la reducción, acompañados de tres indios 
que conceptuamos más prácticos, y tomamos la costa de 
dicho río de Centa al nordeste, hasta las juntas de éste 



214 



DANIEL GRANADA. 



con el Bermejo, y continuando siempre la costa de dicho 
no Bermejo, se nos interpusieron una multitud de caña- 
verales, cortaderas, sauces y otras yerbas que como tejidas embara- 
zaban el tránsito de aquel pantanoso camino que habíamos to- 
mado, huyendo de lo fragoso del bosque, por donde sigue 
otro, ahorrando muchas leguas; y andando discurriendo la 
mejor salida, se sumergió repentinamente mi caballo [en un gran 
estero de aquellos, y con la gravedad de su propia mole, el 
peso de la silla, armas y jinete, se fue hundiendo insensi- 
blemente, de modo que para salvar aquel riesgo, no tuve 
otro arbitrio que ponerme de pie trabajosamente sobre el 
caballo y dar un salto á la mayor distancia que pude. Pero 
como todo aquel terreno se componía de fango, en uno y 
otro aprieto fue inevitable mojarme casi enteramente. » 
( D. A. Fernández Cornejo, Dcscubr. de un cam. á Tari/a, en 
Áng.) Este pasaje da una idea bien circunstanciada y per- 
ceptible de lo que es un estero. El texto mismo, por lo 
trabajoso y enredado, es en sí un estero. 

«Atravesando unos esteros casi impenetrables con agua á los 
pechos de los caballos, hasta salir á unas hermosas pampas con 
mucho pasto.» (El P. Policarpo Dufo., Reí. de la cntr. á los 
inf., 1 7 15.) 

ESTRIBERA, f. — Correa con pasadores de cuero ó de 
metal, de la que pende el estribo. Va asegurada á la acionera. 

ESTRIBERÍA, f. — Sitio donde se guardan los arreos de las 
cabalgaduras, que regularmente es el pesebre. Al pesebre, por 
lo mismo, se le llama indistintamente pesebre ó estriberia. 

«Taller donde se hacen estribos. — Lugar ó paraje donde se 
guardan.» (La Acad.) 

EXPIADO, da, adj. — Dícese del animal que no puede 
caminar bien, por tener los vasos gastados. 

EXPRESIONES PROVERBIALES.— Las frases que el 
vulgo inventa, el vulgo campesino, salen de sus labios con la 
misma rusticidad y vigor que la vegetación de las selvas. Por 
que expresan al vivo una idea, á veces embellecida con alguna 
flor del campo, corren de boca en boca como llevadas por el 
viento. De ahí el proverbio. Los usos, costumbres y modo de 



VOCABULARIO RIOPL ÁTENSE. 215 

pensar y sentir de las gentes entre quienes nacen y se arraigan, 
son los elementos que componen su estructura. Por eso vive 
el proverbio mientras la generación que lo produce no pierde 
su carácter, cosa poco hacedera. Los objetos y fenómenos que 
más impresionan los sentidos, son el estambre y la tinta con 
que el vulgo fabrica esas telas firmísimas que pasan de un siglo 
á otro sin deshacerse ni perder su colorido. Daremos algunas 
muestras. 

Jlbora (juc sale al camino, es para que la maten. La envidia y 
sus aliadas la mentira, la maledicencia, la calumnia, ¡ qué ve- 
nenos! ¡Cuan escondidamente, cuan calladamente se buscan, 
ligan y fermentan! La víbora serpentea oculta entre la hierba: 
quiere morder ; pero si sale al camino, ¿ cómo ha de quedar 
inmune? Todos acucien á matarla. La luz confunde al mal- 
vado. ; Cuántas veces, sin embargo, logra la envidia roer las 
entrañas de su víctima hasta en el mismo sepulcro ! 
La envidia, á cavo aspecto 
Pálida y fría la virtud desmaya ! 

( D. José Joaquín de Mora. ) 

Parece me indios, aludiendo, en sentido jocoso, á 

cualquier hacinamiento de cosas informes y de color pardo 
ó negruzco. Así la filloada (del port. feijoada), guisote que 
se hace de porotos negios, con abundante salsa espesa de su 
mismo color negro, chorizos, morcilla, charque, lengua, to- 
cino, etc., en trozos, parece matanza de indios. 

Camino rain, compañero adelante. Cuando dos ó más personas, 
que van caminando juntas, dan con un terreno cuyo tránsito 
ofrece dificultades ó peligros, como un bañado, un estero, un 
pantano, aconseja la prudencia que tome una de ellas la delan- 
tera. El hombre baqueano es, en las ocasiones, prudente: efectos 
de la experiencia. No así, por lo regular, el chapetón, y, si 
no quiere pagar la chapetonada, cuando atraviese la campaña, 
lleve en la memoria el proverbio: camino ruin, compañero ade- 
lante. 

Se rascan ¡ñutos, indicando la bellaquería de las personas 
que se aunan para un fin reprobado ó que acostumbran andar 
en conciertos disimulados: alusión á la costumbre que tienen 



21o DANIEL GRANADA. 




los animales vacunos y yeguares de rascarse los unos contra los 
< )tros. Es hermana de aquella: cutre bueyes no hay cornada. Y, á 
propósito de cornadas, ¿quién diña que hay cornada de borrico? 
No sabemos si en la referencia que D. Antonio Ponz, en el 
Viaje de España, hace á dicha frase, está comprendida esta otra: 
no morir de cornada de burro. Explícase de este modo: «Debían 
de beber menos vino que ahora nuestros antepasados, cuando 
tanto cuidado ponían en hacer acueductos, por medio de los 
cuales llevaban el agua á lo más alto de las ciudades, para que, 
repartida, todos participasen del beneficio, y aún nos queda en 
uso el de Segovia. Los de Toledo se acabaron, sirviéndose al 
presente de cisternas, que, los que pueden, llenan del agua del 
río para beber, y, para otros usos, de la llovediza, que á los 
pobres de todo sirve. Hay recuas de borricos que continua- 
mente acarrean esta agua con cántaros en unas angarillas de 
madera, en las cuales sobresalen hacia delante ciertos palos, 
que suplen muy bien por una cornada con el que va descuidado, 
por la estrechez de las calles, y de ahí viene lo de cornada de 
borrico.» Cuesta creer que tal sea el origen de la expresión: 7/6» 
morir de cornada de burro, atendida la intención con que se pro- 
nuncia, que es reprender la actitud de una persona por extremo 
cavilosa y nimiamente precavida. El agudo ingenio que dijo 
primero: tú no has de morir de cornada de burro, no tuvo más 
molde que su feliz inventiva para forjar esta graciosa expresión, 
que nada tiene que ver con la cornada de borrico de las calles 
de Toledo. 

Pagar el pato. Salir perdiendo, experimentar un daño ó 
cargar con las malas ó gravosas consecuencias de un hecho 
en cuya realización se halla uno casual ó voluntariamente 
envuelto. Quevedo dice: pues vea aquí vucsamerced que, si no es 
por la viuda, el licenciado paga el palo, con todo su apatusco. D. 
Francisco de Paula Seijas, en el Com. de Cuento de cuentos 
publicado por D. Aureliano Fernández-Guerra, indica que 
esta frase pagat el pato, de origen vulgar, ha de haber sido 
tomada de algún juego ó diversión. No piensa del mismo 
modo D. José M. a Sbarbi (Refr. gen. esp.), apoyado en la 
autoridad de Casiodoro de Reina, que dice: «Como los voca- 



VOCABULARIO RIOPLATENSE. 217 

blos Tora y Pacto, usados de los judíos españoles, el pri- 
mero por la Ley y el segundo por el Concierto de Dios, por 
los cuales nuestros españoles les levantaban que tenían una 
tora ó becerra pintada en su sinagoga, que adoraban, y del 
pacto sacaron por refrán: aquí pagaréis el pato.» Conforme, sin 
duda, á este presunto origen, la Acad. explica la fr. fig. y 
fam. pagar uno el pato, en los siguientes términos: padecer ó 
llevar pena ó castigo no merecido, ó que lia merecido otro. Avié- 
nese, no obstante, muy bien la expresión de que se tra- 
ta, con el juego del pato, sospechado por Seijas y descrito 
en la voz correspondiente de este Vocabulario. Con efecto, el 
pato y la bolsa donde se colocaba, iban adornados con cin- 
tas de seda y otros arrequives. 

Facón nuevo se quiebra, pero no se duebla. Un hombre joven y 
esforzado podrá ser vencido, pero no se rendirá jamás. Trans- 
formación del antiguo mote de los Pulgares: «el Pulgar quebrar, 
y no doblar,» y de la frase proverbial, de él nacida y de 
antiguo usada en España: antes quebrar, que doblar. D. Fran- 
cisco Martínez de la Rosa, refiriéndose á los antepasados de 
Hernán Pérez del Pulgar, dice: «Ya desde muy antiguo, como 
nacidos en la cuna de la libertad castellana, habían mereci- 
do por ello mucha estimación y renombre; siendo tal el alien- 
to y constancia que distinguían á los de aquella estirpe 
(cual si se trasmitiesen de padres á hijos con la propia sangre), 
que tenían por escudo y blasón un guerrero armado de punta 
en blanco, empujando con su espada el muro de una torre, y 
en derredor este orgulloso tema, cíe quien seguro de su fuerza 
desafía á la fortuna: el pulgar quebrar y no doblar.» La persis- 
tencia de esta frase proverbial en las regiones que baña el 
Plata, modificada en sus términos conforme á los usos y ma- 
nera de expresarse de la gente campesina, descubre á las claras 
que en la castiza levadura de los habitantes de América fer- 
menta aún aquel espíritu de indomable altanería que caracte- 
rizaba los tiempos caballerescos de la España europea. La 
Academia no registra en el Diccionario de la lengua castellana la 
antigua frase: antes quebrar que doblar, que es hoy tan española 



218 



DANIEL GRANADA. 



como lo era en tiempo de los Pulgares. Dígalo Zaragoza, digalo 
toda España, dígalo su estirpe del Nuevo Mundo. 

Más contenió que un veinticuatro, para significar la alegría de 
que rebosa una persona. Ó esta frase es procedente de Córdoba, 
Sevilla ú otro punto de Andalucía, donde los cabildos se in- 
tegraban con aquel número de regidores, ó bien el vulgo llamó 
al principio veinticuatros á los cabildantes, en el Río de la Plata, 
por costumbre traída del mediodía de España, dando origen, 
después, á la expresión proverbial indicada. 

Parece un mangangá. V. MANGANGÁ. 

Más vivo que a/i cumbarí. Más vivo que una cendra. V. AJÍ. 

Es un pororó. V. PORORÓ. 

Por desconfiado, mata al chingólo el cabure. Reprende la nimia 
cautela. V. CABURÉ. 

Parece ana vizcachera. V. VIZCACHA. 

Gato viejo, lancha tierna. V. LAUCHA. 

Muy conocido en la cancha, aludiendo á la mala reputación y 
fama de un sujeto. Equivale á decir: en la cancha, donde se 
reimc mucha gente, tanta gente, todo el mundo, y donde pue- 
den ser bien observados los defectos de una persona, se le co- 
noce por un bribón, por un tramposo, por un embustero, etc. 

Como bosta de cojudo, cuando se aglomera más gente de la 
necesaria para ejecutar alguna cosa. «¿Qué están ahí amontona- 
dos como bosta de cojudo! á ver! apártense; esto se hace así.» 
Alúdese á los montones de bosta que forman los cojudos, por 
la propensión que tienen á irla deponiendo donde ven la de 
otro ú otros que lo han hecho primero. La frase no puede ser 
más culta. 

Cerno avestruz contra el cerco. ¡Con qué desaire huye, qué 
gambetas no hace el avestruz medio acorralado! Libre es otro 
cantar: el avestruz corre, contólos baguales, confia el viento. 

<-• Que' le ha de aconsejar el avestruz al venado? La respuesta no 
puede ser más clara. 

De tapera en galpón. De una parte á otra, de Ceca en Meca, 
vagando. 

Como la chaucha cu el barro, para ponderar lo mal é ignomi- 
niosamente que uno ha salido de un trance, empresa ó negocio. 



VOCABULARIO RIOPLATENSE. 219 

Arrastrar el 'poncho. Desafiar. El gancho que tiene gana de 
pelear, arrastra el poncho, provocando á que se lo pisen. El 
circunstante que se le atreva, se adelanta rápidamente y le 
da una ligera pisada, poniéndose inmediatamente en guardia; 
con lo que empieza la pelea á cuchillo ó daga. Lo mismo 
arras// ar el manea flor. 

Pisar el poncho. Aceptar el desafío. 

Alzar el poncho. Tomar las de Villadiego. 

Arrastrado como guasca lechera. Asendereado. La vaca lechera 
lleva siempre pendiente de las guampas una guasca, con laque 
la atan á un poste, cuando la ordeñan. 

Las expresiones proverbiales y figuradas referentes á los 
fenómenos de la naturaleza que en ciertos meses del año 
se verifican en el hemisferio septentrional (expresiones que 
vienen registradas en los diccionarios de la lengua como 
propias del habla española, sin determinación de los países 
donde las usan), son de todo punto absurdas en la América 
meridional, especialmente en determinadas regiones. Esta es 
una verdad de sentido común, que ciertamente no echarán 
nunca en olvido los habitantes del campo, por el claro instinto 
que siempre los acompaña; pero que no en toda ocasión tienen 
fija en la memoria los que, encerrados en una ciudad, viven 
como divorciados de la luz y del aire. Ahí van algunos ejem- 
plos. 

Abril como significativo de juventud. El abril de la vida, la 
primavera de la vida. Una niña de qiiincc abriles en el Río de la 
Plata no es ni más ni menos que una niña de quince octubres en 
España, con los cuales se hace alusión al otoño de la vida, época 
en que la naturaleza, un tanto descaecida, empieza á despojarse 
en sus galas. ¡Bonita representación de la belleza y encantos da 
una tierna mujer! 

La canícula, por el rigor del verano. Canícula?; por extrema- 
damente caluroso. Ya escampa. . . (y llovía á cántaros). Dijo 
muy bien el poeta: 

Busco reparos al extremo frío, 
Cuando el chileno á su mayor estío. 

(D. Juan María Maury.) 



220 DANIEL GRANADA. 



Hacer uno su agosto. No le arrendaríamos nosotros la ga- 
nancia al que en el Río de la Plata hiciese su agosto en agosto. 
En marzo, á más tardar, maduran las uvas. 

Agosto, frío en rostro. Esto sí que viene como anillo al dedo; 
sólo que, cuando en España apenas empieza el frío, en el Río 
de la Plata ya va de capa caída. (Désenos personificar la 
sensación del frío, ya que de despropósitos se trata.) 



F 



FACÓN, m. — Daga ó cuchillo grande de punta aguda, muy 
afilado, el cual sirve para pelea, á la vez que para usos del 
campo. 

Esta voz, tomada del port. faca, procedente del Brasil, equi- 
vale á dagón, aumentativo de «daga, arma blanca, corta, de dos 
•filos, á lo menos hacia la punta, que es aguda», definición de la 
Acad. 

«En ningún caso puede usarse facón ó daga.» (Cád. Rur. de la 
Prov. de Buenos Aves.) 

Con elfacon una raya 
Hace en la tierra, 

(D. A. Magariííos Cervantes.; 

FAMATINA. — Departamento de la provincia argentina de 
la Rioja.— V. VILLA ARGENTINA. 

FARIÑA, f. — Harina gruesa de mandioca. 

Junto con este alimento, de mucho consumo, pasó del 
.Brasil, donde se fabrica, al Río de la Plata el nombre que 
lleva, sin más alteración que la puramente ortográfica : de 
■farinha se hizo fariña. En diciendo fariña, todo el mundo sabe 
que se trata de aquel comestible; así como, al pronunciar la 
palabra harina, nadie duda que se quiere significar la de trigo. 
Pero quien ofreciese haiina de mandioca, dejaría en ayunas á 
la mayor parte de las gentes, qué, aunque la comen con fre- 
cuencia, ni siquiera se figuran de donde se extrae ; sólo 
saben que viene del Brasil y que es muy sana, agradable y 
barata. 

El término casabe es comúnmente desconocido en el Río 
de la Plata, y nadie lo usa. 

Y no más fariña 
Sin jugo nutricio. 

(D. F. Acuña de Figueroa. ) 



222 DANIEL GRANADA. 



FERNANDINO, na, adj.— Natural de la ciudad ó del 
departamento oriental de Maldonado. Ú. t. c. s. — Pertenecien- 
te á una ú otro. 

De su patrono San Fernando. 

FLETE, m. — Caballo bueno, ligero. 

FLOR DE LA PASIÓN, f.— V. BURUCUYÁ. 

FLORENTINO, na, adj.— Tal creemos debe llamarse el 
natural del nuevo departamento de Flores de la Rep. Or. 
del Urug. — Lo propio decimos de lo perteciente á él. 

FLORIDA. — Villa cabecera del departamento del mismo 
nombre de la Rep. Or. del Urug. Fund. año 1809. 

FLORIDENSE, adj.— Natural de la villa ó del departa- 
mento oriental de la Florida. Ú. t. c. s. — Perteneciente á una 
(') á otro. 

FRANGOLLÓN, na, adj. — Dícese del que hace de prisa 
y mal una cosa. Ú. t. c. s. 

FRASCO, m. — Medida de capacidad para líquidos. Con- 
tiene cuatro cuartas, equivalentes á dos litros y trescientos 
setenta y dos mililitros. 

FRAY BENTOS— V. INDEPENDENCIA. 

FRENO MULERO. — Freno muy pesado y fuerte para 
domar muías. 

FUEGUINO, na, adj.— Natural de la Tierra del Fuego. 
Ú. t. c. s. — Perteneciente á esta región. 

FUMITORIO, m. — Arbusto que contiene mucha potasa. 
Empléase en la purificación del azufre y fabricación de 
jabón. 




G 



GALPÓN, m. — Construcción generalmente aislada, con ó 
sin paredes, y el techo de una ó dos pendientes. Su principal 
destino es tener preservados de la intemperie cualesquiera clase 
de frutos ú objetos. — Edificio, sea cual fuere su destino, cuya 
disposición ó aspecto se asemeje á dicha construcción. 

Lo propio en el Perú (Palma). 

Creemos que es vocablo originario de Méjico; pero algo 
modificada su significación primitiva. De la lengua azteca, 
según Rodríguez. 

«Hoy hace de iglesia una cuadra, ó galpón, bien inferior.» 
(Azara.) 

«La figura de los edificios ó casas de los indios (en las 
Misiones) es la de un galpón de cincuenta ó sesenta varas de 
largo y diez de ancho, inclusos los corredores que tienen en 
contorno: son muy bajas, y cada galpón se elivide en ocho ó 
más elivisiones.;> (D. Gonzalo de Doblas, Mein. hisf. de la 
prov. de Mis. de ind. guar.J 

«Un galpón que corre al oeste como 40 varas, y es el cuartel 
de los pedestres: tiene varias habitaciones; todo es de paja y 
embarrado.) (D. Ignacio de Pasos, Diar-Parag.i 

GANADO AL CORTE.— V. HACIENDA AL CORTE. 

GANADO DE CORTE.— V. HACIENDA DE CORTE. 

GANADO DE CRÍA. — Ganado compuesto de vacas, toros, 
terneros, vaquillonas y toritos, en proporción conveniente para 
su aumento natural ó cría. Hay alguna semejanza entre un con- 
junto de animales de cría y un c< mjunto de animales al corte; 
pero son cosas diferentes. El ganado de cría debe tener un nú- 
mero de terneros y de toros prop< >rcionando al de vacas. En la 
hacienda al corte puede haber desproporción á este respecto, 
pues se saca del rodeo cortando una punta, en la cual entran 



224 DANIEL GRANADA. 



los animales de todas clases que ■ accidentalmente se hallan 
juntos. 

GANADO DE INVERNADA.— Ganado ya grande ó de 
cuenta, á propósito para entrar en invernada. — Ganado gordo, 
en estado de aprovechamiento, que procede de invernada. 

GARANDUMBA, f. — Embarcación grande, chata, con proa, 
de carga, para navegar los ríos aguas abajo como las balsas. 

GARRA, f. — Extremidad del cuero por donde, mediante un 
ojal, se le afianza en las estacas al estirarlo; la cual, cortada 
y almacenada en las barracas, se exporta para hacer cola. 

«Entre nosotros (garra) se usa en el sentido de pedazo de 
cuero endurecido y arrugado.» (Cuervo.) 
GARÚA, f.— Llovizna. 

Lo propio en Chile (Rodríguez) y en el Perú (Palma). 
En Lima, de donde quizás venga el vocablo, llaman de 
muy antiguo garúa á la finísima llovizna en que se condensan 
las nieblas que durante el invierno oscurecen su cielo. 

<. Lloviznas menudas, que es á lo que llaman (en el Perú)' 
garúas.» (Ulloa.) 

«Nombre que dan en el Perú á la lluvia menuda y cuasi im- 
perceptible, que no incomoda, como la niebla cuando cae.» 
(Alcedo.) 

«Es por extremo enemiga de la lluvia, principalmente de la 
más menuda que llamamos garúa.» (El P. Lozano, Hist. de la 
con. del Par., R. de la Pl. y Tuc.) 
GARUAR, n. — Lloviznar. 
Lo propio en Chile y el Perú (Rodríguez). 
GARUPA, m. — Árbol de hoja aromática, de olor algo 
parecido al de la albahaca; así como el de su flor, que es 
blanca, se asemeja al de la aroma del espinillo. 
Del guar. 

GAUCHADA, f. — Acción propia de un gancho. — Acción 
ejecutada con sutil habilidad para conseguir alguna cosa que 
ofrecía dificultades ó para librarse de algún riesgo ó peli- 
gro. — Treta. 

GAUCHAJE, m. — Gauchos en general. Tómase regular- 
mente en mala parte. 



VOCABULARIO RIOPLATENSE. 



225 



GAUCHO, m.— Hombre del campo, baqueano, diestro en 
el manejo del caballo, del lazo, ele las boleadoras, de la daga y 
de la lanza, esforzado, altanero y amigo de aventuras. 

D. Emilio Daireaux [El abog. etc. Trat. de del/o. cir. para 
la Rep. Arg., 2. a ed.) deriva la voz del árabe chaouch, propia- 
mente tropero, en España chancho, corrompido en América en 
gaucho, al pasar de boca de los chilenos por la de los indios de 
la Pampa. 

La cesación de las guerras civiles, junto con el robus- 
tecimiento del poder ejecutivo ó central, y la consiguiente 
desaparición de los caudillos, que recibían su fuerza é influen- 
cia de la gente campesina, ciegamente sujeta á su voluntad 
y pronta siempre á empuñar una lanza para seguirlos en 
sus contiendas contra la autoridad constituida, ya fuese usur- 
padora del mando, ya legítima, así como el hoy rápido 
movimiento de la vida industrial antes paralizada, han con- 
vertido al gaucho en ciudadano útil, sosegado, amigo de la 
justicia y agasajador del viandante que llama á las puertas de 
su vivienda. Ya cambiando el suelto chiripá por la desai- 
rada bombacha ajustada al pie, preferida particularmente en 
invierno: conserva el irreemplazable poncho; rara vez hace 
uso de las pesadas boleadoras, que estropean á los anima- 
les; no se desprende del caballo y el lazo, ni deja de la mano 
el mate, restaurador de las fuerzas. 

La palabra gaucho es hoy en el día, ora expresión de alabanzas 
ora nota denigrativa; pues con ella se significa al muy jinete, 
diestro y avisado, como también el vago pendenciero y ladino, 
capaz de una fechoría. 

Llamaron antiguamente gauderios á los gauchos, que es el 
sentido que tiene la palabra en el siguiente pasaje de Doblas: 
<Del mismo modo (los guaraníes) permiten españoles gauderios 
changadores, que andan por aquellos campos, matando toros 
para aprovecharse los cueros.» (Mein. hisl. de la prov, de Mis., ed. 
de la Acad. de la Hist.) 

D. Pedro Estala que á fines del siglo pasado escribía sus 
cartas de viajero con no corto caudal de noticias sobre Amé- 



226 DANIEL GRANADA. 



rica, y en especial sobre el Río de la Plata, da una idea circuns- 
tanciada del género de vida y costumbres de la gente de que 
tratamos, como se verá por el siguiente pasaje. cNo puedo 
pasar en silencio una especie de vagos, que en este país se 
llaman gauderios, cuyo modo de vivir es muy semejante al de 
los gitanos de la Península, exceptuando el robar, pues aquí 
no tienen motivo para hacerlo. Son estos gauderios naturales 
de Montevideo y de los pagos comarcanos: su vestido se 
reduce á una mala camisa y peor ropa, cubriéndolo todo con 
sus ponchos, que con los aparejos de sus caballos les sirven de 
cama, y la silla de almohada. Procuran adquirir sus guitarrillas, 
y cantan varias coplas, ya estropeando lasque oyen, ya com- 
poniendo otras con tosco y grosero numen, regularmente sobre 
amores. Con este ajuar vaguean libremente por los campos, 
sirviendo de diversión y recreo á aquellos rústicos colonos, 
quienes en recompensa de la diversión que les proporcionan, 
los mantienen y regalan con mucha complacencia todo el 
tiempo que allí se detienen. Si pierden el cabalk», les dan otro, 
ó ellos le cogen de los muchos silvestres que se crían en aque- 
llos espaciosos campos. El modo de cogerlos es enlazándolos 
con un cabestro muy largo, que llaman rosario, ó con un cordel 
con bolas en los dos extremos, del tamaño de las de trucos, y 
tirándolo á los pies del caballo, se enreda y cae, lastimándose 
las más veces. — Suelen juntarse cuatro ó seis mozos, y á veces 
más, y salen á divertirse por los campos sin más prevención 
que el lazo, bolas y el cuchillo. Cuando quieren comer, enlazan 
una vaca ó novillo, derriban la res, y atándola bien de pies y 
manos, y antes que acabe de morir, la cortan toda la rabadilla 
con el cuero: hacen algunas picaduras en la carne, la ponen al 
fuego, y á medio asar, se la comen sin más condimento que un 
poco de sal, si es que por casualidad la llevan. Otras veces 
matan una res sólo por comer el matambre, que es la carne que 
tiene entre el pellejo y las costillas; otras sólo aprovechan la 
lengua, que asan en el rescoldo, dejando todo lo demás para 
pasto de aves y fieras; otras no quieren más que los caracúes, 
que son los huesos con tuétano: los descarnan bien, y ponién- 
dolos punta arriba en el fuego, les hacen dar un hervor hasta 



VOCABULARIO RIOPLATENSE. 22? 

que se liquide la médula, revolviéndola con un palito, y se 
regalan con aquella sustancia. Lo más singular es que, cuando 
matan una res vacuna, la sacan las tripas, y, recogiendo todo el 
sebo, lo meten en el hueco del vientre: cogen después un pedazo 
de estiércol seco de vacas, y encendiéndolo pegan fuego con él 
al sebo hasta que arde y se comunica á la carne gorda y hue- 
sos: vuelven á unir el vientre de la res, dejando que respire el 
fuego p' >r la boca y por el conducto que abren en la parte 
inferior. De esta suerte sigue asándose por toda la noche ó 
parte considerable del día, y, cuando está bien asada, la rodean 
los gnaderios, y cada cual, armado de su cuchillo, va cortan di > 
lo que más le agrada, comiéndolo sin pan ni salsa alguna. 
Luego que están satisfechos, abandonan lo restante en los cam- 
pos, á excepción de uno ú otro que suele guardar un pedazo 
para alguna persona que estime. Esta facilidad de mantenerse 
con tanto regalo proporciona á estos hombres vagos y ocfc «< a 
una vida que sería de envidiar, si sus costumbres no fuesen 
tan relajadas, y si de aquí no se siguiese un abandono y olvidí > 
total de las obligaciones de cristianos. (Et ¡ '/'<//. iniir. por 
D. P. Ej 

cGattdios (este nombre dan á los jornaleros campestres) . 
(Azara.) 

GAUCHO, adj. — Ducho en tretas y bellaquerías, taimado á 
más no poder. — -Que es muy jinete, diestro y avisado. — Aplí- 
case al perro vagabundo. 

«Hay por acá muchos perros de un carácter singular. No 
son de raza ó casta determinada, sino de todas las medianas v 
grandes. Estos, aunque hijos de los domésticos en las estancias 
(') chozas campestres, siguen y hacen fiestas á cualquiera pasa- 
jero á caballo, y, cuando se les antoja, le dejan sin el menor 
motivo después de algunos días, y aveces al primero, quedán- 
dose en otra estancia, y también en el campo para incorporarte 
con el primero que pasa. En suma, tales perros, que no son 
pocos, no toman afición anadie, ni á las (-asas, y suelen lla- 
marles gauchos.-» (Azara. Apttrtt.) 

GAUDERIO, m. ant.— V. GAUCHO. 

GEGÉN, m.— V. JEJÉN. 



228 DANIEL GRANADA. 



GOYA. — Departamento de la provincia argentina de Co- 
rrientes. — Capital del mismo departamento. 

GRAMILLA, f. — Hierba gramínea, corta, tierna y sus- 
tanciosa, de que gusta mucho el ganado. 

GRAN CHACO.— V. CHACO, primer art. 

GRANEAR, a. — Sobar medianamente un cuero. 

GRANEROS. — Departamento de la provincia argentina de 
Tucumán. — Capital del mismo departamento. 

GRINGO, ga, adj. — Término vulgar con que se moteja al 
extranjero cuya habla difiere totalmente de la castellana, como 
el inglés, el alemán, el francés, el italiano. Así no dicen nun- 
ca gringo al español, al hispano-americano, al brasileño, ni al 
portugués. Ú. t. o s. 

Salva dice que en la Amc'r. merid. llama así la plebe á todos 
!vs c.xtianjcros, señaladamente á los italianos. Estaba mal infor- 
mado. Jamás se motejó de gringos sino á los que hablan una 
lengua ininteligible á los naturales, á los franceses, ingleses, 
alemanes, polacos, rusos, etc., etc., etc. Ni había por qué 
hacerlo señaladamente con los italianos. Lo que hay es que 
allí donde predomine, como en el Río de la Plata, la 
inmigración italiana, casi no se oirá llamar gringos sino 
á los italianos, por la sencilla razón de que, topándolos 
á cada paso, ofrécese por instantes la ocasión de há- 
delas con ellos y de usar consiguientemente el calificativo 
de que se trata, ora por vía de gracia en sentido familiar, ora 
con enojo entre el común de las gentes. Igual cosa sucederá en 
otras partes de América, si no estamos muy equivocados, con 
los individuos de cualquiera otra nación extranjera allí 
predominante y que hablen una lengua enrevesada para los na- 
turales. 

En el Perú tiene la palabra gringo el mismo sentido que en 
el Río de la Plata, según Palma. Paz-Soldán quiere que signi- 
fique ingles solamente, y lo propio Rodríguez en Chile, así como 
Solar, á lo que parece, pues nada observa al respecto. 
Llega en cerdtido lenguaje 
Un gringo diciendo giii, 
Y mil monos luego aquí 



VOCABULARIO RIOPLATENSE. 229 

Le imitan el aire y traje, 
O le encargan que trabaje 
En la pública enseñanza. 

¡Buena va la danza! 

(D. Francisco A. de Figueroa.) 

Cierto escritor inglés, después de hablar descomedidamente 
de los campesinos de Buenos Aires, que abatieron el orgullo 
británico, dice de ellos con sorna: «desgraciadamente prefirie- 
ron su independencia nacional á nuestros algodones y muse- 
linas.» Sarmiento, justamente ofendido como argentino, trans- 
cribe asi la frase: «Desgraciadamente, añade el buen gringo, 
prefirieron su independencia» etc. (Facundo, ó Civiliz. y Barb. 
etc.) 

«GRIXGO, m. Griego, en la fr. fig. y fam. hablar en gringo, 
hacerlo en lenguaje ininteligible.» (La Acad.) 

GRULLO, m. — Potro ó caballo entero, grande, gordo,' 
lozano. 

GUABIRA, m. — Árbol grande, de tronco liso y blanco, 
más blanco que el del guayabo que tira á verde, de hojas 
aovadas con una espina en el ápice y de fruta amarilla del ta- 
maño de una guinda. — Fruto de este árbol. — Arbusto del mis- 
mo género que el árbol antedicho. 

Del guar. guabirá. 

GUABIYÚ, m. — Árbol mirtáceo, de propiedades medici- 
nales; da una fruta negra comestible del tamaño de una guin- 
da. — Su fruto. 

Del guar. guabiyú. 

GUACHIPAS. — Departamento de la provincia argentina 
de Salta. — Capital del mismo departamento. 

GUACHO, cha, adj. — Dícese del animal que está sin 
madre, antes de separarse naturalmente de ella, en especial 
si es manso, por haber sido criado en las casas ó bajo la 
inmediata dependencia del hombre. — Dícese igualmente, en 
sent. fam., del huérfano. — Aplícase también á cosas. ITue7jo 
guacho, abandonado. 

«Tenemos duda sobre si guacho, hombre del pueblo, haya 
de considerarse como quichua y sacado de huacha, pobre, 



230 ■ DANIEL GRANADA. 



huérfano, de donde en Buenos Aires la voz despectiva guacho, 
usada también en el Cauca, por ei que no tiene padre conocido, 
ó si sea chibcha, guacha guasga, mancebo; en que guacha es lo 
específico, pues muchacha se dice guasguafuchcu» (D. Rufino 
José Cuervo.) 

Iguales ó mejores títulos que el quichua y el chibcha puede 
alegar en su favor el araucano con el vocablo huachu, que 
significa guacho ó ilegitimo, según Febrés (Calep.), quien 
añade: témase por cosa vía usa cu los animales. Como, por lo 
regular, los animales que están sin madre los crían en las 
casas ó bajo el inmediato dominio del hombre, críanse 
naturalmente mansos. Así, cuando uno pregunta: este animal 
;cs manso? raro será que no le contesten: sí, es guacho, dado 
que lo sea, como diciendo: es guacho, y, por consecuencia, man- 
so.» En general, tratándose de un animal sin madre y manso, 
cuando quieren decir que es manso, no dicen que es manso, 
sino que es guacho. 

Pero como los indios incorporaban á sus respectivos idio- 
mas las voces españolas de cuyo uso tenían necesidad por 
carecer de sus equivalentes, puede suceder que en el caso 
actual, como en muchos otros casos, los quichuas, araucanos y 
algunos más pueblos aborígenes de América hayan tomado 
deboca délos conquistadores, diversificándola según su pro- 
pio especial modo de articular, la palabra castellana guacho. 

En Chile tiene guacho las propias acepciones que en el Río 
de la Plata. D. Zorobabel Rodríguez se expresa así: «En 
aimará hua/cha, huérfano. En quichua huaecha, pobre, huér- 
fano. En araucano huachu, el hijo ilegítimo, los animales man- 
sos, domesticados. Las acepciones que damos á guacho guar- 
dan perfecta consonancia con las acepciones que acabamos de 
apuntar.: 

Úsase también en el Perú (Palma). 

Prov. de la Amér. merid. (Salva): «Expósito. — Se dice del 
animal que no ha sido criado por su madre.» Añade que en 
la República Argentina llaman así al indio que sirre de C9t 
cosa que ignoram* >s. 

GUADAL, m. — Duna, montecfllo de arena que remueven 



VOCABULARIO RIOPLATENSE. 231 

los vientos, en que abundan algunos terrenos de las provin- 
cias argentinas arribeñas. — Terreno en que está desparramado 

un guadal. 

D. Esteban Hernández ( Exp. en Áng.) dice: «Sus terrenos 
(entre el Tunuyán y el Diamante) son en su mayor parte 
pisos firmes, y los que se encuentran algo blandos, por ser 
areniscos, á los qtie llaman guadal, son de tal naturaleza que 
con los primeros que veníamos delante y la caballada, transi- 
taban los que venían detrás en huella ó camino firme.» Aquí 
viene bien aquello de camino ruin, compañero adelante. 

GUADALOSO, sa, adj. — Que tiene muchos guadales. — 
Que es arenoso. — En especial se dice guadaloso del terren< i 
arenisco-arcilloso é impregnado de agua, en el que se hunden 
los animales. 

«Caminamos de madrugada por la costa de dicho arroyo 
cosa de cinco leguas, y, habiéndolo pasado, caminamos por 
unos cerrillos muy guadalosos, y llegamos al rio de los Sauces. 
(D. Juan Ant°. Hernández, Exp. contra los ind. teguelckes, 1770, 
Áng. ) 

GUADxVLUPE. — Villa cabecera del departamento del mism< i 
nombre de la Rep. O. del Urug. Fund. año 1783. 

GUAICURÚ, adj. — Díccse del indio cuya parcialidad vivía 
en el Chaco, al norte del Pilcomayo, junto á la margen del 
Paraguay. U. t. c. s. — Perteneciente á dicha parcialidad. 

Eran los guaycurúes guerreros terribles, avasalladores y 
llenos de soberbia y presunción. Fueron vencidos por Alvar 
Núñez Cabeza de Vaca, el primero, según ellos, que ejecutaba 
semejante hazaña, de lo que no creían capaz á ningún hom- 
bre en la tierra, por lo cual, al poco tiempo de este suceso, 
se le presentaron rindiéndole vasallaje. 

GUAICURÚ, m. — Planta de unas dos cuartas de altura, de- 
tallo cuadrado y estriado, áspero á manera de lima, con nani- 
tas alternas y vellosas, donde echa las hojas, igualmente vello- 
sas y alternas, estrechas, largas, agudas y nerviosas, de menu- 
da tlor morada en racimos, y de raíz fusiforme, leñosa, pero que 
con facilidad puede cortarse en rebanadas cuando fresca. 
teniendo entonces un color idéntico al de la lengua salada de- 



232 DANIEL GRANADA. 



vaca, y, si se mastica un pedacito, un gusto áspero, asrrigente 
y picante, como si se revolviese en la boca una mezcla de 
alumbre y pimienta. Tiene propiedades medicinales. Empléase 
como emenagogo, febrífugo, etc. 

Del guar. guaicurú. 

Además déla planta descrita, que es la generalmente conoci- 
da por la gente del campo y la que aplican las chinas, á quienes les 
da autoridad en esta materia la principal de las virtudes que 
se hallan en la raíz, hay otra de la misma forma, pero de ta- 
llo liso entre redondo y cuadrado, hojas igualmente lisas y flor 
blanca. También la hay rastrera. Las tres llevan el nombre de 
guaicurú. Algunos dicen baicurú. Galianthe olidemoides G. R. 
(rubiáccw). — Staticc L., si. brasiliensis Boiss. (phimbaginacea) en 
Gibert. 

GUAIMALLEN. — Departamento de la provincia argentina 
de Mendoza. 

GUAIMBÉ, m.— Guanbc. 

GUALACHO, cha, adj. — Guaraná. 

GUALEGUAY. — Departamento de la provincia argentina 
de Entre Ríos, junto al río Paraná. — Capital del mismo depar- 
tamento. 

GUALEGUAYCHÚ. — Departamento de la provincia ar- 
gentina de Entre Ríos, junto á los ríos Uruguay y Paraná. — 
Capital del mismo Departamento. 

GUALICHO, m.— Diablo ó genio del mal, al que los pam- 
pas atribuyen la causa de todos los males y desgracias que les 
sobrevienen. Para ahuyentarlo, cuando experimentan, los sín- 
tomas de una enfermedad ó les amenaza algún peligro, se ar- 
man de todas sus anuas, hierros, lanzas, bolas, macanas y 
cuanto encuentran, montan á caballo, y, prorrumpiendo en 
gritos desaforados, arremeten contra el invisible enemigo, dan- 
do con furia al aire tajos, botes, estocadas, golpes y puñeta- 
zos, por si acierta á tocarle uno y otro entre tantos como 
menudean, hasta que creen que lo han hecho salir de los tol- 
dos donde se había entrometido. V. MACHI. 

Del araucano huecuvn. Los pampas huecú/}/, gualic 



VOCABULARIO RIOrLATENSE. 233 

GUALILÁN. — Departamento ele la provincia argentina de 

San Juan. — -Capital del mismo departamento. 

GUAMPA, f. — Asta, cuerno. — Vaso rústico formado de un 
trozo de asta. 

Acaso quichua. 

En las provincias brasileñas de Río Grande del Sur, Para- 
ná y San Pablo también guampa, cuerno de buey y particular- 
mente vaso que de él hacen para beber agua en los viajes. 
Tomaron el vocablo del Río de la Plata (Beaurepaire-Rohán). 

En Chile guámparo, vaso de cuerno de animal vacuno. 
(Rodríguez). 

GUANA, adj. — Dícese del indio cuya generación, dividida 
en varias parcialidades, ocupaba el Chaco entre los 20 y 22 o 
lat. aust. Ü. t. c. s. — Perteneciente á dicha generación. 

GUANANA, adj.— Guayaná. 

GUANDACOL. —Departamento de la provincia argentina 
de la Rioja. — Capital del mismo departamento. 

GUANTÓN, m.— Guantada. 

Reprueba Cuervo el uso de este vocablo en Bogotá. Es, en 
efecto, harto plebeyo. 

En Chile «golpe dado con la mano cerrada. » (Rodríguez.) 

GUAPOROITÍ, m.—Ibaporoilí. 

Del guar. guaporoití. 

GUAPORÚ, m. — Arbusto mirtáceo, que da un fruto negro, 
comestible, del tamaño de una guinda, con carozo. 

Del guar. 'ibaporú. 

Con el fruto de este arbusto prepárase la bebida llamada 
chacolí. (D. Ángel Justiniano Carranza, nota á la Dcscrip. hist. 
etc. del Pa/ag. por Molas.) 

GUARANGADA, f. — Acción ó dicho propio de guarangos. 

GUARANGO, ga, adj. — Dícese de la persona que en sus 
dichos ó acciones es torpe é incivil, ó que no sabe guardar los 
miramientos que pide la buena educación. U. t. c. s. 

GUARANÍ, adj. — Dícese en general del indio cuya genera- 
ción, diversificada en innumerables parcialidades, se extendía 
desde cirio déla Plata hasta el Orinoco próximamente. Ú. t. 



234 DANIEL GRANADA. 



c. s. — Perteneciente á dichas generaciones. — Guaran/', m. Su 
idioma. 

La generación guaraní era la más numerosa de las regiones 
del Plata.} - , excepto alguna que otra parcialidad belicosa, la 
que menos resistencia opuso á los españoles. Los guaraníes del 
Uruguay, Paraná y Paraguay hiriéronse simpáticos y merecen 
en la historia de la humanidad especial consideración, por la 
edificante sociabilidad que constituyeron bajo el cristiano celo 
de los regulares de la Compañía de Jesús, no menos que por 
sus crueles desventuras. Su lengua es abundante en voces, ex- 
presiva, eufónica, y muchos de sus vocablos se han incorpo- 
rado á la castellana, sin hacerla desmerecer, antes al contrario 
dándole lucimiento. 

GUARIBAY, m.— Árbol. V. AGUARAIBÁ. 

Del guar. giar'íbaí, ó corrup. de aguará 'fbaí. 

GUASA YAN. — Departamento de la provincia argentina de 
Santiago. — Capital del mismo departamento. 

GUASCA, f. — Tira corta de cuero. Es como si dijéramos 
pedazo de euerda; sólo que para que lleve el nombre de guasea, 
tiene que ser precisamente de cuero. — Dar guasea, fustigar. 
Así para excitar al conductor de los caballos que tiran de 
un coche, á que los castigue de recio, le dicen familiarmente: 
¡dele guasca! dele guasca! Dar guasca, fr. mct. y fam. equivalente 
á dar cuerda, alimentar maliciosamente la intención de una 
persona, por mero entretenimiento ó para dejarla burlada. 

Díjose, y aun algunos suelen decir huasca, forma más ajus- 
tada á la etimología del vocablo, que es quichua. «Guasca (poco 
usual en Bogotá), cuerda; quichua huasca, soga ó cordel.;: 
(Cuervo.) «Del quichua huasca, soga, cordel grueso.» (Rodrí- 
guez.) Voz usada en el propio sentido de tira corta de cuero 
en el Perú (Palma). Pero Paz-Soldán dice que entre los perua- 
nos huasca equivale á soga, y que en Lima cree sólo se usa en 
la fr. dar huasca, azotar. En Chile guasca es látigo, azote, fusta. 
etc., y dar guasca, incitar á uno á seguir adelante en una pen- 
dencia etc. (Rodríguez, Solar). Salva dice ser cuerda ele hilo de pita 
en unas partes de América; en otras de tiras de cuero; en algu- 
nas de lana ó cerda, y en la meridional cordel ó cordón corto. 



VOCABULARIO RIOPLATEKSE . 235 

Trae también dar guasca, por azota?. En la provincia brasileña 
de Río Grande del Sur tira ó cotrea de cuero crudo (Beaurepaire- 
Rohán), tomada, sin duda, de sus vecinos los orientales. 

«Todos (los indios minuanes) son grandes jinetes, muy dies- 
tros en el ejercicio de bolas y lazo, y montan, por lo común, en 
pelo, sin más freno que una guasca ó tira de cuero.:'' (Cabrer.) 

GUASCAZO, m. — Percusión dada con una guasca. 

Lo propio en Chile (Rodríguez). 

GUASO, sa, adj. — Dícese de la persona muy vulgar en 
sus modales y acciones. 

Es voz eme de Chile pasó al Río de la Plata. Allí viene á 
significar lo que en estas regiones gaucho. Del quichua huasa, 
según Rodríguez, lomo y aucas de las bestias. Pero nos parece 
dudosa esta etimología. 

La Acad. trae el sust. guasa y el adj. guasón, á cuya fami- 
lia puede pertenecer, por su forma y significado, el guaso 
chileno y rioplatense; pero D. Andrés Bello escribe guazo; 

Pláceme ver en la llanura al gua:o. 
Oue, al hombro el poncho, rápido galopa; 
O con certero pulso arroja el laz< i 
Sóbrela res que elige de la tropa. 

(El Proscrito.) 
Dicen al ver su cara y cuerpo y traza 
Los hombres, ¡ángel! las mujeres, ;guaza! 

(Ibídem.) 
«Aquella gente pobre ó de la campaña, á quienes llaman 
(en Chile) guasos.> (Juan y Ulloa.) Dos guasos son suma- 
mente diestros en el manejo del laso y de la lanza.> (Los 
mismos.) 

GUASQUEAR, a. — Pegar ton una guasca. — Usado como 
refl. y en sent. fig., significa incomodarse sin motivo fundado, 
y así dicen, por ej., se guasquea él mismo. 

Hice justicia en un tuerto de la Cruz, que había (dizque 
por mandado de su capitán, no lo sé) guasqueado á dos mozos 
apostólicos sin causa. > (Diario de una exped. de guaraníes de 
las Mis. de Ibirápitá-Guazú hasta Sto. Dom. de Sor. por un 



236 



DANIEL GRANADA. 



padre de la Comp. de Jes., publ. por D. M. R. Trelles, Rcv. 
de la Bibl. de B. A.) 

En la provincia brasileña de Río Grande del Sur también 
guasquear, azotar con la guasca (Beaurcpaire-Rohán). 

GUAV ALOCA, f. — Vestimenta usada por los indios pam- 
pas, para preservarse del frío y de la lluvia. Consiste en una 
manta de pieles afianzada con una guasca á la cintura y do- 
blada por mitad, á fin de levantarla por la espalda cuando 
convenga, quedando cubierto el cuerpo desde el pescuezo 
hasta los tobillos. 

GUAYABIRA, m. — Árbol que se cría de Misiones, Para- 
guay, Chaco, etc., cuya madera es á propósito para muebles, 
muy semejante á la del nogal. 

Del guar. guaya ib I. 

GUAYACÁN, m. — Árbol grande y resinoso de propieda- 
des medicinales, y cuya madera es a propósito para obras de 
ebanistería. Es el guajacum ojjicinak. Especie también de gua- 
yaco, de madera igualmente fina, es el palo santo (guajacum 
sanctum), que da un olor semejante al incienso, y el llamado 
cucharera, porque de él se hacen cucharas, entre otras diver- 
sas cosas (ccesaipinia mclanocarpa) . También el porliera hy- 
givmetrica (zxgophilleas). Eso en las provincias argentinas arri- 
beñas del norte, Chaco, Paraguay y Misiones. En Colm. varias 
especies de otras partes. 

GUAYANÁ, adj. — Dícese del indio cuya parcialidad habi- 
taba junto al río Yguazú, entre el Paraná y Uruguay. U. t. c. s. 
— Perteneciente á dicha parcialidad. 

GUAZUBIRÁ, m. — Venado del monte, de color canela 
oscuro, mucho más lúcido y agraciado que el que anda por el 
campo. Este es de un color bayo por la parte del lomo y 
blanco por la del pecho, y le llaman cenado ó gama : guazuti 
( guacuti) en gauraní ; pero este término no lo usan en el Río 
de la Plata las gentes de habla española, como el de guazubirá, 
que es corriente. 

Del guar. guacu birá. 

Afirman que viendo una víbora, el guazuti circunda con 
una baba que suelta al intento, por cuyo efecto no tarda 



VOCABULARIO RIOPLATENSE- 237 

aquella en morir como asfixiada. Con este motivo consideran 
eficaz para preservar y curar de la mordedura de víbora, la 
piel de su matador. « Yo nada de eso creo, » dice Azara. Hoy 
en día. del mismo modo que en los tiempos de Azara, la gente 
campesina asegura ser exacto el hecho. Atribuyen á la cir- 
cunferencia que en tal ocasión describe el guazuti con la baba, 
unas manchas circulares que se hallan frecuentemente en el 
campo, de un verde más subido que el general del pasto. 

GUAZUCUÁ — Departamento de la República del Para- 
guay. 

GUAZUTÍ, m.— V. GUAZUBIRÁ. 

GUEMBÉ, m. — Planta parásita, de Corrientes, Misiones, Pa- 
raguay, etc., que nace en las ramas altas deterioradas de los árbo- 
les más eminentes, de tronco grueso como el brazo, hojas nota- 
blemente grandes (hasta de seis cuartas de largo y tres de an- 
cho), acorazonadas, nerviosas, con profundas escotaduras que 
llegan cerca del nervio central, y cabos del mismo ó mayor 
largo que las hojas, al pie de los cuales sale el fruto, del tamaño 
y forma de una mazorca de maíz, con muchísimos granos de 
bello color blanco de tilo, firmemente encerrado en una hoja 
muy doble y dura que, al acercarse la época de la madurez, 
se abre solo un día, operación que empieza á ejecutar lenta- 
mente por la parte superior á la salida del sol, al propio tiemp» i 
que se va doblando hacia fuera la espiga, hasta que queda en 
la posición de una persona que estuviese asomada de bruces 
por una ventana semejante al nicho de una estatua, volviendo 
el día siguiente á enderezarse la espiga (que se cubre en esta 
ocasión de unos tenues filamentos rizados, que echa por los 
intersticios de los granos) y á cerrarse la hoja, estado en qua 
permanece durante un mes escaso, en que madura. Sus raíces 
(que ora bajan al suelo enroscadas al tronco del árbol, ora 
sueltas) sirven para amarrar. Con la cascara de ellas, que es por 
dentro de color acanelado, se tejen cestos, esteras y otros 
objetos análogos. — Fruto de esta planta, cuyo grano es dulce 
y c< imestible; la semilla, picante. 

Del guar. güembé, fruto del güembéi. Dase á la planta y á 
su fruto el nombre particular del fruto. También dicen giiem- 



238 DANIEL GRANADA 



bé y guaimhé. Azara guembé (Descrip, e hisi. del Parag. etc.). 

Técnieamen t ( i /di i loe/en d ron. 

Un vaso de agua fría sobre el fruto del guembé, en águ- 
ilas, purga de flemas el estómago. Machacado y aplicado á 
los tumores, los resuelve. Sahumando con la espiga seca, 
neutralízansc los paroxismos y mitíganse los efectos de las 
opilaciones. La cascara de la raíz, incinerada, extermina las 
lombrices. 

GÜEMBÉ, m.— dumihe. 

GUENOA, adj. — Dícese del indio de una generación que 
habitaba las costas del río Uruguay, al norte de los bohanes 
y minuanes. U. t. c. s. — Perteneciente á dicha generación. 

Algunos historiadores quieren, sin embargo, que los giirnoas 
sean le>s mismos minnanes. corrompido el vocablo. 

GUIÑADA, f. — Repentino cambio de dirección que expe- 
rimenta el buque, ya sea obedeciendo al timón, ó bien por 
efecto de una ráfaga de viento ó de fuertes corrientes. 

Frecuentes son y peligrosas, v no poco temidas por los 6a- 
y/u unos, las guiñadas en la navegación de los ríos, por los 
bancos y arrecifes de que suelen estar obstruidos. 

«Deseábamos levamos, y no podíamos, por la finia de la 
tórnente y viento, fue /rala el navio dando ¿niñadas de una parte 
á otra. > (£1 capitán Pedro Sarmiento de Gamboa.) 

-Golpe ó movimiento del buque hacia un lado ú otro, oéede- 
eiendo al limón:> (La Acad.) 

GUIÑAR, n. — Cambiar de pronto la dirección que llevaba 
•el buque, ya sea obedeciendo al timón, ó bien por efecto de 
una ráfaga de viento ó de fuertes corrientes. 

Mover la proa del navio apartándola hacia una y otra 
parte del rumbo que lleva cuando navega, lo mal se hace molien- 
do el timón. » (La Acad.) 

GURÍ, m. — Indiecito. — Muchacho mestizo. 

Del guar. ngi'rí, niño, chiquito, los padres dirigié'ndose á sus 
hijos. 

En la provincia brasileña de Río Grande del Sur asimismo 
gurí, criatura (Beaurepaire-Rohán). 



H 



<:HABILIDOSO, sa. adj. por. And. — ( v )ue tiene habilidades.» 
(La Acad.) Lo mismo en el Rio de la Plata y acaso en toda 
América: en el Perú (Paz-Soldán), en Bogotá (Cuervo). 

HACENDADO, m.— Estanciero. 

Como hacienda, en el Río de la Plata, aparte de la signifi- 
ciónde i cutas públicas, no tiene usualmente otra eme la de ga- 
nado, de ahí que se llame hacendado el que tiene una ó más 
estancias. Es indiferente que tenga, ó no, bienes raices, ni que 
el campo ó campos en que estén las haciendas sea, ó no, suyo; 
basta que las haciendas le pertenezcan. Hacendado, ó estan- 
ciero, es, en una palabra, el que tiene establecimiento de ga- 
nadería. Así dice el Cdd. liar, de la l'rov. de Buenos Aires (y 
otros): «el hace ¡/dado tiene obligación de dar rodeo» . . . «cuan- 
do [un hacendado haya de tener un pastoreo de hacienda al 
corte, ya sea comprada, sacada de sus rodeos» .... «á requisi- 
ción de un hacendado se hará practicar reconocimiento de cual- 
quier pastoreo» .... Pero cuando se refiere al dueño del cam- 
po, dice, por ejemplo, «todo propietario de campo de estancia 
está obligad») á tenerlo deslindado y amojonado» .... 

'¿Hacendado, da, adj. — Que tiene hacienda en bienes raíces. 
y comúnmente se dice sólo del que tiene muchos de estos bie- 
nes.» (La Acad.) 

HACIENDA, f.— Ganado. 

Sin duda por antonomasia ha venido á llamarse hacienda 
el ganado, como que éste ha sido en tiempos pasados la 
única y es al presente la principal fuente beneficiada de las 
riquezas que encierran las regiones del río de la Plata. 

Hacienda Tacana, hacienda aliada, dicen 1< >s Cod. Rnr. del 
Río de la Plata. Y. ESTANCIA. 

HACIENDA AL CORTE.— Hacienda heterogénea y no 



240 DANIEL GRANADA. 



elegida, ó en que entran toros, novillos, vacas y terneros saca- 
dos al corte del rodeo. V. GANADO DE CRÍA. 

HACIENDA DE CORTE.— Hacienda elegida, gorda, saca- 
da del rodeo á satisfacción del interesado, para los matade- 
ros de abasto, saladeros, etc. 

HACIENDA DE CRÍA.— V. GANADO DE CRÍA. 

HAMACAR, a. — Mecer la hamaca, la cuna de los niños, 
etc. Ú. t. c. refl. Hamácense en un sillón. 

HANGADA, l— Jangada. 

«Se perdieron muchas angadas (hangadas) y piraguas gran- 
des cargadas de madera.» (D. M. A. Molas, Deserip. del 
Parag.J 

HECHOR, m. — Garañón, asno incorporado á una manada 
de retajo. 

Y lo hacen los asnos, á quienes llaman hechores.» (Azarad 

Lo propio en la provincia brasileña de Rio Grande del Sur 
(Beaurepaire-Rohán); de sus vecinos los orientales del Uru- 
guay. 

HEDIONDILLA, f.— Arbusto medicinal. 

HERVIDO, m. — Cocido, olla, puchero. 

Lo propio en Chile (Rodríguez) y en Venezuela (Rivodó). 

HIERBA SANTA, f.— V. CAACURUZÚ. 

HIERRA, f.— Marcación del ganado, mediante un hierro 
caldeado. 

De herrar (la acción). 

Lo propio en Chile (Rodríguez). 

Voz autorizada por los Códigos Rurales del Río de la Plata- 

Voz de uso antiguo. >^En este cabildo se leyó una petición 
presentada por el capitán Mateo de Grado, procurador gene- 
ral de esta dicha ciudad, sobre la hieira de los ganados.» (Acta 
del cab. de Buenos Aires á 29 de dic. de 1621, Rcv. de la 
Bibl. de Bs. As. por D. M. R. Trelles.) 

HIGUERON, m. — Árbol. Arraiga y crece frondosamente 
en el suelo; pero también en la horqueta de un árbol corpulento, 
en un peñasco ó en un muro ruinoso. En la Cruz, antiguo pue- 
blo de las misiones occidentales del Uruguay, provincia de 
Corrientes de la Confederación argentina, lo hemos visto abra- 



VOCABULARIO RIOPLATENSE. 241 

do con sus raíces las gruesas paredes de las ruinas, como si 
cien robustos brazos quisiese defender contra la barbarie 
Los hombres los venerandos restos de aquel glorioso y lúgu- 
bre teatro de grandezas y desventuras. 
HINCARSE, refl.— Arrodillarse. 

Lo propio en Bogotá y en Cuba (Cuervo), y en Chile (Ro- 
dríguez). 

HOJALDRA, f.— Hojaldre. 
La r tiene más simpatía con la a que con la c; por eso se 
r-vc decir... hojaldra en vez de... hojaldre.» (Cuervo.) 

HORNERO, m. — Pájaro de color pardo acanelado, menos 

<el pecho, que es blanco, y la cola, que tira á rojiza. Hace un 

•durísimo nido de barro, esférico, semejante á un horno, con 

rada lateral y dividido en dos departamentos por medio 

<!c un tabique con su correspondiente comunicación. 

Al presente llaman hornero en el Río de la Plata, y casero 
en Tucumán, aludiendo á su nido de barro, que tiene la figu- 
ra exterior de un horno. En el Paraguay le llaman Alonso 
García, no sé porqué.» (Azara.) 

HORQUETA, f. — Parte donde se juntan, formando ángulo 
agudo, el tronco y una rama de un árbol, ó bien dos ramas 
medianamente gruesas. — Parte donde un río ó arroyo forma 
ángulo agudo, y terreno que comprende. 

HUANx\CACHE. — Departamento de la provincia argenti- 
na, de San Juan. — Capital del mismo departamento. 
HUASCA, l— Guasca. 
HUASCAZO, m.— Guascazo. 

HUERTA. — Departamento de la provincia argentina de 
San Juan. — -Capital del mismo departamento. 

HUIBÁ, f. — Cierta caña recia de que los indios hacían, y 
hacen el día de hoy los del Chaco, sus flechas. 
Del guar huibá. 

HUMAHUACA. — Capital del departamento del mismo 
mbre de la provincia argentina de Jujúy. 
HUMITA, f. — Manjar compuesto de choclo rallado y algunas 
'•cias, y envuelto en chala. 
Rallan el maíz tierno. Hacen una fritura de tomate, cebolla y 



242 



DANIEL GRANADA. 



ají verde picados, pimentón, sal y canela. Forman con todo una 
pasta, y la envuelven en las hojas de la mazorca, ó sea en chala, 
de modo que quede cerrada herméticamente para que no se 
deshaga. Las porciones que así resulten, cuyo tamaíu > es regu- 
larmente el de una banana, las cuecen en baño de María. Tal 
es el delicado manjar americano que en el Río de la Plata lleva 
el nombre de humita. 

Arauc. uminta, guisado de maíz (Febrés). 

Del quich. hiiminta (Paz-Soldán). Quich. Iiiimmita, escribe- 
Rodríguez, y la voz eastellanizada umita. Solar entiende que 
debe ser ron hache, humita. Así la Acad., que la define: «pasta de 
harina, que se hace en el Perú, muy agradable al paladar . v 
Palma, que expresa que en el Perú significa la misma cosa que 
en el Rio de la Plata. De harina demude, dicen Paz-Soldán y 
Rodríguez. Nosotros registramos en esta ed., además de Inf- 
inita, umita, en atención á que en araucano es umita, según 
Febrés, que es autoridad. 

HUNCO (suavemente aspirada la hache), na. — Jui 




I 



IBAPOROITÍ, m. — Árbol de tronco liso blanquizco, hoja 
aovada con una espina en el ápice y fruta parecida á la del 
guabiyú, pero más temprana, colorada cuando verde, negra 
cuando madura. — Fruto de este árbol. 

Del guar. ibaporoiH. 

Dicen también bapomili y guaporoiti. 

IBARÓ, m. — Árbol que da un fruto en racimos de pulpa 
glutinosa, que, macerada, se convierte en espuma, y sirve 
para lavar la ropa, supliendo por el jabón. Sapindáccas. 

Del guar. ibáró. 

IBERA. — Gran lago que hay en la provincia argentina de 
Corrientes, llamado vulgarmente laguna Ibera. Tiene próxi- 
mente ciento cincuenta leguas de circunferencia, y de ella 
y sus inmediaciones salen los ríos Santa Lucía, Corrien- 
tes y Bateles, que vierten en el Paraná, y el caudaloso Miriñay, 
que desemboca en el Uruguay. El Ibera es invadeable, por 
causa de los fangales, esteros, bañados, albardones é isletas en 
que abunda. Esta circunstancia ha dado lugar á diversas fábulas 
entre la gente campesina: quién dice que en el interior de la 
laguna hay islas habitadas por indios; quién que las habitan 
gentes establecidas allí con algunos jesuítas que lograron sus- 
traerse á la expulsión; quién que se sienten relinchos de caba- 
llos y toques de campanas. Lo que hay de cierto es que allí se 
cria á sus anchas la gigantesca culebra llamada atr/'vú. Asegu- 
ran que se traga un animal vacuin >, dejando fuera la parte de 
las guampas; y que, después de triturarle los huesos enroscada 
á un árbol, se mete en el agua, en donde anda un par de días 
con la cabeza al aire, hasta que cae la de su víctima. Críanse 
asimismo en esta laguna, por millares, los vacares, algunos (los 
de pecho amarillo) sumamente bravos y peligrosos. Dice tam- 



244 



DANIEL GRANADA. 



bien la gente que las islas se mueven, y que, dando un grito en 
ciertos parajes, repercute con extraño ruido por entre los árbo- 
les y plantas, que se arquean y agitan, como si una ráfaga de 
viento las sacudiese. La imaginación del vulgo reviste de formas 
peregrinas á la naturaleza, de suyo maravillosa. 

IBIRAPITÁ, m. — Árbol de la familia de las leguminosas, de 
madera colorada á propósito para muebles y en especial pan» 
carretas y barcos. 

Del guar. ib'irá pila, madera colorada. 

IBÍRARÓ, m.—Biraró. 

IBIYAÚ, m. — Ave nocturna, de un pie próximamente de 
longitud y de color pardo acanelado con mezcla de negro y 
oscuro, y de cuyo modo de gritar es imitativo su nombre. 

Del guar. Xbtyaú. 

<^Dicen, y creo, que (el ibiyaú) cría en el suelo, y que siei 
pre se posa en tierra.» (Azara.) 

IGATIMÍ. — Departamento de la República del Paraguay. 

IGLESIA. — Depártamete de la provincia argentina de San 
Juan. — Capital del mismo departamento. 

IGUANA, f. — Especie de lagarto, negruzco, de ojos redoli- 
dos y del largo de una vara próximamente. Su carne es blanca 
y tierna. Pondera su buen gusto la gente del campo, que dice: 
ser superior á la del ave. 

Del guar. 'iguana. 

IGUAZÚ ó río Grande de Citritibá. — Desemboca en el Pa- 
raná. Divide á la Confederación Argentina, por el norte,, del 
Brasil. 

IMBIRA, m. — Árbol delgado, ó más propiamente arbusto,., 
de cuya corteza, muy consistente y flexible, sacan tiras para. 
hacer ligamentos. 

Del tupí í'mbir. 

En Colm. imbira del Brasil. 

INDAYE, m. — Especie de gavilán, de un pie próximamente 
de longitud, pardo, inofensivo, bobo. 

Del guar. indayé. 

«Así le llaman algunos; otros, gavilancito bobo.» (Azara.) 

INDEPENDENCIA. — Departamento de la provincia argén— 



VOCABULARIO RIOPLATENSE. 245 

tina de la Rioja. V. CATUNA DEL NORTE.— Villa cabe- 
cera del departamento de Río Negro de la R. O. del U. 
Fund. año. 1859. Se la conoce más generalmente por Fray 
B en tos. 

INDIADA, f. — Muchedumbre de indios. — Indios en ge- 
neral. 

«Estas campañas no podían mantener la numerosa indiada 
que se supone tenía cuando la conquista.» (Azara.) 

«Nuestra gente, necesitada de auxilios en un grado que pudo 
incomodar la indiada.» (El virrey marqués de Loreto, Mein. 
á su suc. en el mando.) 

«Estrechando (el cacique), en consecuencia de este hecho, á 
todos los demás indios, á que se apresurasen á hacer paces 
con los españoles, porque seguramente acabarían con toda la 
indiada, si en contra de ella tomaban las armas.» (D. Pedro- 
Andrés García, Espcd. á Salinas Grandes.) 

«A la parte del naciente salióme una indiada de más de 
300 de toda chusma de nación mataguaya.» (Fr. Francisco 
Morillo, Viaj. al Bermejo, 1789, en Ang.) 

INDÍGENA, adj. — «Originario de un país, en oposición á 
exótico ó advenedizo. Api. á pers., Ú. t. c. s.» (La Acad.) 

D. Pedro Felipe Moláu enseña: «indígena: como quien dice 
indé genitus, ingenuas, engendrado, nacido en el lugar que habi- 
ta ó del cual se trata. — Opuesto á indigena es advena, advene- 
dizo, venido de afuera.» Mas no por eso deja de aplicar también 
á cosas el adjetivo indígena de que habla, y así leemos en uno 
de sus discursos académicos: «Peor que ese neologismo en los 
términos es el que invade las construcciones, olvidando las 
clásicas indígenas, ■> etc. Abonan este uso otros sabios filólogos 
é ilustres literatos. Ejemplos: 

«Lope presentó á su país aquella (literatura) que siendo 
propia y exclusivamente del pueblo, como planta indígena y 
vigorosa estaba llena de vida,» etc. (D. Agustín Duran.) 

«Copiaban (los franceses), más que á los griegos, á los 
romanos, cuya li/cra/i/ra no fué indígena.» (D. Antonio Alcalá 
Galiano.) 



246 



DANIEL GRANADA. 



-Bien lejos de dudarse que el asonante es /ritió indígena, de 
la Península,, ete. (D. Andrés Bello.) 

«En ocasiones, por amor á lo amerícano indígena, me parece 
que se encumbra V. demasiado,» etc. (D. Juan Valera.) 

«El uso de voces indígenas ó peculiares de ciertas comarcas,:; 
etc. (D. Rufino José Cuervo.) 

INGA, m. — Árbol del género de las mimosas, parecido al 
timbó, pero menor que él; de madera algo más pesada que 
la de éste, semejante á la del nogal. Chúpase, y es agradable, 
el interior de la vaina del fruto. Inga uruguayensis Hook et Arn. 
en Gibert. 

INVERNADA, f. — Época del engorde del ganado, la cual 
empieza en invierno. — Campo de buenos pastos, destinado 
especialmente al engorde de novillos y vacas, llamado también 
potrero ilr invernada. 

También en Chile (Rodríguez) y en las provincias meri- 
dionales del Brasil (Beaupaire-Rohán). 

«Su objeto es representar el abuso de las invernadas que se 
toman de cantidad considerable de muías, sin tener suficiente 
terreno para ello; de lo que resulta que labrador y criador 
buscan el fruto de su trabajo, y el invernador se lo quita.» 
(Antiguo cabildo de Salta, Conf. Arg.) 

INVERNADOR, m. — El que tiene ganado de invernada. 
INVERNAR, n. y a. — Pastar el ganado en campo de inver- 
nada. — Tener ganado que pasta en campo de invernada. 

INTERVALO, m. — La gente campesina pronuncia como se 
debe pronunciar esta palabra,, esto es, con acento grave, en 
tanto que la gente ciudadana, que estudia prosodia, la hace 
comúnmente esdrújula. 

IRIBÚ, m. — Especie de buitre, de unos dos pies largos de 
longitud, el cuerpo negro y horizontal, la cabeza y cuello pe- 
lados y rugosos, el pico y uñas corvos, arisco, catingudo, de 
vista perspicaz y fino olfato. Aliméntase particularmente de 
cadáveres y porquerías, siendo su plato predilecto el excre- 
mento humano. «Pasa la mayor parte del día, dice Azara, en 
los árboles y estacas, atisbando si alguno se baja los calzones, 
ó se tiran piltrafas, ó se mata alguna res.^> 



VOCABULARIO RIOPLATENSE. 247 

Llámanlc comúnmente cuerva. 

Del guar. 'iribú. 

«Cita (Bouffón) á Nieremberg, que trata del iribú. Humándo- 
le aura, gallinaza y gallinazo, y diciendo que le denominan 
zamuro en las costas de la América meridional, y savuntá en 
el Perú.» (Azara.) 

IRIBUACABIRAY, m.— Variedad del iribú, de color pardo 
oscuro, menos el de la cola y alas, que es en su mayor parte 
blanquizco, y cárdeno el de la cabeza. 

Del guar. iribú arabirai. Acabirai, por el color de la cabeza. 

Conócesele por acabirar, usando de una sinécdoque. 

«Le llaman (los guaranís) iribú-acabirav, y suprimiendo lo 
primero, que es general, equivale á cabeza raspada ó lisa. 
(Azara.) 

IRIBURUBICHÁ, m.— Variedad del iribú, de color blanco 
de crema, menos el de la cola y parte de las alas que es negro, 
con una prominencia en la cabeza á modo de corona, muy 
arisco. Es muy glotón. Cuando halla un animal muerto, se ahita 
hasta el punto de no poderse mover; pero aun en este estad< i es 
inútil querer aprisionarlo, porque se defiende hasta morir hecho 
pedazos. 

Del guar. iribú rubirhá. rey de los iribúes. 

Comúnmente cuervo real, por su corona, hermosura y supe- 
rioridud entre los demás de su especie, que le temen por su 
fiereza. 

«Nieremberg y Fernández llaman regina aura nt ni. (Azara.) 

IRIBUTI, m. — Iriburubieliá. 

Del guar. iribú ñ, buitre blanco. 

Comúnmente cuen'o blanco. 

IRUPE, m. — Especie de ninfea que se cría en las lagunas, 
bañados y esteros de Corrientes, Misiones, el Paraguay, etc., 
de hoja acorazonada del largo de una vara más ó menos, con 
borde, y flor blanco-rosada. Da una baya feculenta, que comen 
asada. 

Del guar. i'rupé. 

IRUYA. — Departamento de la provincia argentina de Salta. 
— Capital del mismo departamento. 



248 DANIEL GRANADA. 



ISCHILÍN. — Departamento de la provincia argentina de 
Córdoba, fronterizo á Catamarca. — Capital del mismo depar- 
tamento. 

ISIPÓ, m. — Planta sarmentosa y trepadora, ó bejuco, de que 
hay mucha variedad en los montes. 

La rama de cierto isipó, partida en pedacitos y puesta en 
aguardiente ó caña durante algún tiempo, constituye, según 
general creencia, un eficaz contraveneno de la picadura de 
víbora. Propiedad de otro isipó es que, machacada la rama, forma 
una espuma blanca que embriaga, como si se tomase cou exceso 
una bebida espirituosa. Colm. cita varias especies de sipa del 
Brasil. 

Del guar. ícipó. 

ISISTINÉ, adj. — Dícese del indio de una parcialidad ori- 
ginaria de la familia de los lulés, al sur del Chaco. Ú. t. c. s. — 
Perteneciente á dicha parcialidad. 

ISLA, f. — Por traslación, conjunto de árboles, ó monte de 
corta extensión, aislado, que no está junto á río ó arroyo. 
V. CAAPAÚ. 

ITAPA, f. — Balsa formada de canoas, y también jangada. 

Del guar. Uapá. 

ITATÍ. — Departamento de la provincia argentina de Co- 
rrientes. — Capital del mismo departamento. 

ITUZAINGÓ. — Departamento de la provincia argentina 
de Corrientes. — Capital del mismo departamento. 

IZAPÍ, m. — Árbol de Misiones, que en la estación de los 
calores despide de sus hojas un abundante y suavísimo rocío, 
que humedece y refresca el suelo en que arraiga. 

Del guar. ira///. 




J 



JACHAL. — Departamento de la provincia argentina de 
San Juan. — Capital del mismo departamento. 

JAGÜEL, m. — Balsa, pozo ó zanja provistos de agua, ya 
artificialmente, ya por filtraciones naturales del terreno don- 
de se hallan construidos para que sirvan de abrevaderos 9 
para cualquier otro aprovechamiento. 

Voz originaria del Perú probablemente. Jagüey se decía. 
Así aun hoy en el Perú, según D. Ricardo Palma, y creemos 
que en las provincias arribeñas del norte (argentinas). 

<:En los caminos traverseros á cinco leguas hay xagüeyes 
hechos á mano. > (Reís, geogr. de Inds., Tucumán.) 

: L is hiles están riberas destc río, y algunos tonocotees, y 
los otros la tierra adentro en xagüeyes y aguadas que ellos 
hacen.: (Rcls. geogr. de Inds., Tucumán.) 

«Todos beben de pozos, ó de aguas rebalsadas, que llaman 
¡agüéis.» (Agustín de Zarate.) 

«Poza hecha artificialmente en el campo para coger el agua 
llovediza.» (Alcedo: xaguéi.) 

<:La mayor (de las cañadas) tenía algunos jagüéis ó pozos, 
hechos con motivo de la extraordinaria seca del año próximo 
pasado. (Azara, Rcc. de la f ron!, de Buenos Aires.) 

<:En las tierras de Santiago es generalmete buena (el agua): 
v en los parajes interiores donde el ganado no puede llegar á 
las riberas, se le proporciona este recurso por medio de jagne/s, 
que son depósitos de agua tirada á balde de los pozos.» (D. 
José Arenales, El Chaco y río Bermejo.) 

Según se habrá advertido, no sólo se ha modificado la 
estructura del vocablo, ganando en sonoridad, sino que tiene 



250 



DANIEL GRANADA. 



el día de hoy una significación más lata que en los tiempos de 
Azara y en los más próximos de Arenales, ampliación de 
significado lógica y oportuna. 

Paz-Soldán trae jaguay b jagüey: aguada en el desierto, esto 
es, en la arenosa y despoblada costa del Perú.» <.C&wv¡Xxo jaguay 
no parece tener origen tan puro como un río, y entendemos 
que es simple rezumadero del agua del mar cercano.» (El mismo.) 

«jagüey, m. — Per. Balsa grande en que se recoge el agua.» 
(La Acad.) 

JAGÜEY, m— Jagüel. 

JAGUAR, m.— Tigre. 

JAJÁ, m. — Chajá. 

JANGADA, f. — Armazón de troncos para transportar made- 
ras río abajo. Llámanla también catre, en especial cuando viene 
trabada con otras, á cuyo conjunto dan el nombre de balsa; y 
así se dice: catre de balsa. V. BALSA. 

Fórmase la armazón con maderos flotables (ordinariamente 
de laurel), y soporta cada catre, término medio, un peso su- 
mergible de chico mil arrobas. 

jangada. Lo mismo que balsa.* (Ufloa y Juan.) 

«Por él (el Jejúy) bajan de esta villa (Curuguatí ) ¡angadas de 
madera» etc. (Molas, Dcscrip. etc. del Parag.) 

JARILLA, f.— Árbol de la familia de las terebentináccas, 
que se cría en las provincias argentinas arribeñas, muy resinoso. 
Echa desde el suelo un conjunto de troncos delgados que 
arribase diversifican en muchedumbre de ramas frondosas. 

Larrea divaricata y zuccagnia pune/ata. En Colm. otras espe- 
cies. 

JARILLAL, m. — Terreno poblado de jai illa. 

JAZMÍN DEL PARAGUAY — Arbusto frondoso, que da 
una flor morada muy fragante. Empieza á engalanarse de flores 
en invierno, y la primavera lo sorprende cubierto de ellas, cuyo 
primitivo color va sucesivamente cambiando por el de la lila 
y la azucena, el último de los cuales indica ya su próximo 
desfallecimiento. Dase la planta en todo el Río de la Plata ; 
pero á medida que se acerca á las zonas menos suaves, ofrece 
más y más desmerecidas su hermosura y lozanía. 



VOCABULARIO RIOPLA.TENSE. 251 

Lleva también el nombre de azucena del bosque. <Lo que 
en el Paraguay llaman azucena del bosque es árbol común, de 
talla mediana, muy verde y copudo. Se cubre totalmente de 
flores, que aunque de cuatro solos pétalos hacen bella vista 
largo tiempo por su muchedumbre y hermoso color morado, 
el cual degenera en blanco con el sol y los dias.» (Azara.) 

JEFATURA, f. — Dignidad, condición ó empleo de jefe: 
dirección superior. 

«Es cosa notable que el Diccionario de la Academia en 
ninguna de sus ediciones haya traído esta voz, que es un deri- 
vado natural y muy usado de jefe, así como prefectura lo es de 
prefecto,» dice D. Baldomcro Rivodó. 

JEJÉN, m. — Insecto pequeño, menor que el mosquito, pardo, 
rechoncho, que chupa la sangre, y cuya picadura es irritante 
por extremo. 

«Mosquitos hay muchos, é tantos en algunas temporadas que 
dan fatiga, en especial en unos tiempos más que en otros, é no 
con todos vientos; mas en el campo en algunas partes hay tantos 
que no se pueden comportar, y los peores de todos son unos me- 
nudísimos que llaman xixenes, que es cierto que passan la calca 
algunos dellos, e pican mucho.» (Oviedo.) 

«Yo y toda la gente parecemos lazarinos: todos estamos 
hinchados de la plaga de gegenes que cayó sobre nosotros.» (Vi- 
Uarino, Rec. del r. Negr. de Pafag.) 

El gegén, según D. Antonio de Alcedo (Dic. geog.-Just. de las 
Ind. Occ.J, es comunísimo en toda la América y con especialidad 
en los países cálidos y en los ríos. 

JERGA, f. — Pieza de lana ó de algodón, perteneciente á 
la montura llamada iccado. Véase BiVJERA y CARONA. La 
fefga entre caronas es mayor que la bajera. 

Lo mismo en el Perú, según D. Ricardo Palma. 

JIMÉNEZ. — Departamento de la provincia argentina de 
Santiago.— Capital del mismo departamento. 

JOSEFINO, na, adj. — Natural de la ciudad ó del departa- 
mento de San José (R. O. del U.). Ú. t. c. s. — Perteneciente 
á una ú otro. 



252 DANIEL GRANADA. 



JUJEÑO, ña, adj. — Natural de la ciudad ó de la provincia 
de Jujúy. Ú. t. c. s. — Perteneciente á una ú otra. 

JUJUY. — Capital de la provincia argentina del mismo nom- 
bre. 24 o 10' 59" de lat. aust. Fund. año 1592 por el gober- 
nador Juan Ramírez de Velazco. 

JUJUYENO, na, adj.—fujeño. 



L 



LA CRUZ. — Departamento de la provincia argentina tic 
'Corrientes. — Capital del mismo departamento. V. CALAMU- 
CHITA. 

LADINO, na, adj. — Dícese del indio que habla corriente- 
Diente la lengua castellana. — Decíase del indio hecho á los 
ritos y costumbres de los españoles.— Úsase por astuto, sagaz, 
taimado, picaro. 

Lo propio en el Perú (Palma). 

Ladino, en rigor, vale lo mismo que latino, dice Covarrubias, 
mudada la t tenue en d media. El acento de los naturales del 
Plata y países regados por el Uruguay, Paraná y Paraguay, es 
dulce y melodioso, y extremadamente suave su modo de arti- 
cular. A quien más se asemejan, entre todas las provincias de 
España, es á los andaluces; pero es inexplicable, y nada hay á 
que se iguale, la música especial de su palabra, mezcla de gra- 
cia y melancolía. Esto hay que verlo y apreciarlo allí donde se 
•conserva aún con total ó mayor pureza el elemento realmente 
criollo ó indígena; no en poblaciones que, como Buenos Aires 
y Montevideo, han modificado no poco su condición y lenguaje 
nativos. A formar el acento han contribuido los aborígenes con 
el suyo, en general grave y sombrío, tal vez blando y melo- 
dioso: ¿qué hay comparable en este punto al hechizo que causa 
el guaraní? En cuanto al modo de articular, hase conservado 
notoriamente la tradición ibérica, manifestando á las claras el 
mecanismo peculiar del elemento godo-hispano modificado 
principalmente por el árabe y la consiguiente propensión á 
hermanar unos con otros los diversos sonidos. Allí, lejos de los 
centros de cultura social, quedan todavía vestigios de las causas 
generadoras del lenguaje castellano actual. Así la d, algunas 
veces, tira manifiestamente á /, y vice-versa; de manera que 



251 



DANIEL GRANADA. 



en cierta ocasión nos tostaba entender si la persona con quien 
hablábamos nos quería decir ladino ó latino, y aún ella misma 
acaso no se daba cuenta dé esta diferencia. Suelen aspirar la 
//, á veces con bastante intensidad, otras asemejándola á Izgój, 
y frecuentemente aspiran también las simples vocales. La arti- 
culación de la /es suave, como buscando lar consonante, ola 
h aspirada, ó bien la antigua x equivalente á cli, y á la inver- 
sa: por lo que no ha de extrañar que, en España y América. 
de ca.xa, Xabón, Qilixotc se haya formado caja, jabón, Quijo- 
te. La v se confunde con la í>, ó más bien no se percibe. Lo 
mismo sucede con la z, que quiere ser siempre s; mas no la 
actual s española, sino con un cierto dejo de z, que tal ve/ 
sea la antigua cedilla. La rr muy Hoja. 

La gente inculta de España, prosigue Covarrubias. apren- 
dió imperfectamente la lengua romana, y á los que la cul- 
tivaban y poseían con perfección, los llamaban ladinos. Estos 
eran tenidos por discretos y hombres de mucha razón v 
cuenta; de donde resultó dar igualmente el nombre de ladi- 
nos á los que son diestros y perspicaces. Al morisco v al ex- 
tra n ¡ero (dice textualmente) que aprendió nuestra lengua con 
tanto cuidado que apenas le diferenciamos de nosotros, también 
le llamamos ladino. Infiérese de aquí que, pasado el período 
incipiente del romanee, calificóse de ladinos á los árabes que 
llegaron á expresarse con facilidad en castellano, así como 
á los moriscos qu<\ aunque españoles' continuaron hablando 
la lengua de sus progenitores. Lo mismo se verificó respec- 
to de los extranjeros. De quien se decia ladino, queríase 
significar, por tanto, que estaba muy versado en la lengua 
romance de Esf>aua. Asi como en España de los árabes y 
moriscos, se dijo, y se dice, en América ladinos de los in- 
dios, silvestres ó reducidos, que hablaron, ó que hablan, 
fácilmente el castellano. 

Indio 7ii uv ladino, ouc hablaba el castellano tan bien como nosotros. 
dice el P. Policarpo Dufo en la refació* de la entrada qu 
hizo el año de ij¡- oi ca s t igo de los infieles. 

«Para remediar en parte este inconveniente, hicieron los 



VOCABULARIO RIOPLATENSE. 255 

jesuítas que los indios ladinos aprendiesen algunas pláticas.» 
(Azara.) 

«Diles á entender por dos ladinos que tenían, la ce- 
guedad en que vivían.» (Fr. Francisco Murillo, Viaj. al Ber- 
mejo}! 

«Hablaban con enojo en su lengua; y al cabo de un buen 
rato, dijo el ladino: saca, padre, mucho tabaco, bizcochos y cu- 
chillos.» (El mismo.) 

Habiéndose presentado en la ciudad de Montevideo algu- 
nos caciques de la generación minuana á tratar de la paz con 
que se les convidaba, les hizo saber el Cabildo, por media- de 
una india ladina, que se publicaría bando para que nadie los 
molestase. Ladina en nuestro idioma, reza pleonásticamente el 
acta capitular de 10 de marzo de 1763. 

«Paramos, dice D. Antonio de Pasos [Diar. de la nav.y rec del 
Parag. 1 790), y les habló el indio lenguaraz Toribio, del pueblo de 
Belén, en lengua mbayá-.*. Luego que hubieron llegado, se les re- 
galó y conocimos ser uno muy ladino, guana de nación y criado 
desde chico por una señora de la Asunción. 

En el sentido, no sólo de versado en la lengua castellana, sino 
también en los ritos y costumbres de los españoles, traen lo 
siguiente las Ordenanzas para el mejor gobierno del cabildo 
de Buenos Aires, aprobadas por Carlos II á 31 de diciembre 
de 1695: «para que los naturales de esta ciudad, como los 
demás indios forasteros, tengan la reverencia que deben (en 
la fiesta del Santísimo Sacramento,). . . . ordenamos. . . . que 
se encargue á uno de los alcaldes ordinarios que haga lista de 
todos los indios que sean ladinos, ... y conforme las naciones 
que hubiere los reparta, y haga danzas y representaciones» etc. 

«Todos aquellos indios que se han criado en las ciudades 
y poblaciones grandes, ejercitados en los oficios mecánicos, 
y hablan la lengua castellana, son mucho más advertidos 
que los que habitan en pueblos cortos, y sus costumbres 
menos parecidas á las de la gentilidad: son expertos, capa- 
ces y no tan poseídos de errores; razón porque se les da el 
nombre de ladinos.» (Ulloa y Juan.) 

-ladjxo, na. adj. ant. Aplicábase al romance ó castellano 



250 



DANIEL GRANADA. 



antiguo. — Que habla con facilidad alguna ó algunas lenguas, 
además de la propia. — Fig. Astuto, sagaz, taimado.- (La 
Acad.) 

LAPACHO, m. — Árbol colosal de fuerte é incorruptible ma- 
dera. Da una tintura amarilla. Por primavera se engalana con 
una flor morada pálida, cuya delicadeza contrasta con la áspera 
robustez de su tronco y ramaje y con la tosquedad de su nom- 
bre. Su madera es á propósito para obras de construcción j 
de ebanistería. Bignoniáceas. 

LA PAZ. — Departamento de la provincia argentina de- 
Entre Ríos, junto al río Paraná y fronteriza de Corrientes. — 
Capital del mismo departamento. — Departamento de la pro- 
vincia argentina de Mendoza. — Capital del mismo departa- 
mento. 

LAPICERA, f. — Instrumento en que se pone el lápiz ó la- 
pluma para servirse de ellos. 

La Acad. sólo trae lapicero como instrumento en que se pon* 
el lápiz para servirse de el. — También en Chile para la pluma 
(Rodríguez). 

LA PLATA. — Capital de la provincia de Buenos Aires. — 
34° 54' lat. aust. 

LAQUE, m. — Entre los pampas, boleadoras compuestas de- 
dos ó de tres bolas. 

Laque es voz araucana, y probablemente de origen pata- 
gónico» (Rodríguez). 

<Tas armas que tienen los peguenches son lanzas, laques y 
un machetón, ó catana, que así llaman; pero de ningún modo 
espadas ni sables, que no las apetecen ni saben usar. También 
gastan honda, y quinchunlaque, que es una piedra sola afor- 
rada en piel y .pendiente de una cuerda, á distinción de los. 
laques, que son tres piedras ó dos unidas. (D. Luis de la. 
Cruz.) 

LA RIOJA. — Capital de la provincia argentina del mismo» 
nombre. 29 o 18' 15" lat. aust. — Fund. en 1 59 1. 

LAS HERAS. — Departamento de la provincia argentina. 
de Mendoza. 

LAUCHA, ti— Ratón pequeño muy común, campestre j 



VOCABULARIO RIOPLATEKSE. 257 

casero. Azara dice que es diferente del ratoncito común de 
España, aunque ¡e representa, y lo tiene por más bobo y me- 
nos ligero. — Gato viejo, laucha tierna, expr. proverb. fig., cuyo 
sentido penetrará fácilmente un sátiro. 

Del arauc. laiicha, llaucha. 

Lo propio en Chile (Rodríguez). 

LA VALLE. — Departamento de la provincia argentina de 
Corrientes.— V. SANTA LUCÍA. 

LAVATORIO, m. — Mueble que contiene los útiles, y del 
cual uno se sirve, para lavarse y peinarse. — Pieza de la casa, 
destinada al aseo y compostura de la persona y en la cual se 
halla el mueble del mismo nombre. 

LAZO, m. — Trenza formada de tientos de cuero vacuno, 
regularmente de tres ramales, de diez á quince brazas de largo, 
con una argolla de hierro ó de bronce en uno de sus extremos 
para formar lazo corredizo y enlazar animales. El otro extremo 
lo aseguran en el recado del caballo que monta el enlazado!", 
particularmente si se trata de aprehender un toro ó novillo, á 
fin de que, una vez enlazado, lo sujete la caballería, perfecta- 
mente adiestrada al intento. 

Lo propio en Chile (Rodríguez). 

<Hácense estos lazos de cuero de vaca» etc. (Juan y Ulloa.) 
Arroja el lazo 
Sobre la res. 

(D. Andrés Bello.) 

LEALES. — Departamento de la provincia argentina de Ti> 
cumán. — Capital del mismo departamento. 

LECHIGUANA, f. — Especie de la familia de las avispas. — 
Panal de la lechiguana. 

LECHUZÓN, m. — Lechuza grande . 

LEDESMA. — Capital del departamento del mismo nombre 
de la provincia argentina dejujúy. 

LEGUA ARGENTINA.— Tiene cuarenta cuadras (argenti- 
nas), equivalentes á cinco mil ciento noventa y seis metros. 

LEGUA BRASILEÑA. — Tiene seis mil ciento setenta f 
dos metros, ochenta y tres centímetros. 



? 



258 DANIEL GRANADA. 

LEGUA ORIENTAL. — Tiene sesenta cuadras (orientales), 
equivalentes á cinco mil ciento cincuenta y cuatro metros. 

LENGUA, m. — Dícese del indio cuya parcialidad, de las 
más feroces, vivía en el Chaco, próxima á los guaycurúes, con 
los cuales han solido confundirla. Ú. t. c. s. — Perteneciente á 
dicha parcialidad. 

LEÑATERO, m.— Leñador. 

Observa D. R. J. Cuervo que Juan de Timoneda usa promis- 
cuamente leñador y leñatero; pero agrega que es voz vulgar etc. 
En el Río de la Plata rara vez, si alguna, se oye decir leñador. 

LICORERA, f. — Utensilio de mesa donde se acomodan las 
botellitas de licor. 

Lo mismo en Bogotá: frasquera (Cuervo), y en Chile (Ro- 
dríguez). 

LINTERNA, {.—Alúa ó tuco. 

LOCRO, m.— Vianda de maíz cocido, aderezada con 
varios condimentos. 

Del quich. locro. 

Locro significaba en Quito antiguamente una vianda par- 
ticular hecha de papas. 

«Además de ponerlas en todos lss guisados, hacen uno 
particular que llaman locro.-» (D. Antonio de Ulloa, Viaj. á la 
Amér. merid.) Es probable que hoy signifique la misma cosa 
allí, que es la tierra de la patata, y en otras partes de América, 
y que, á favor de esa circunstancia, lo haya definido la Aca- 
demia: «vianda americana compuesta de patatas partidas y 
cocidas, carne, queso y chicharrones ú otro comestible.» Pero no 
es así en el Río de la Plata, como queda establecido, ni tampoco 
en Chile, donde llaman locro á un guisado de trigo triturado y 
carne cocida, y locro falso á otro en que entran el zapa- 
llo, los porotos tiernos, la papa, el maíz y el huevo, según 
D. Zorobabel Rodríguez. Esto no quiere decir que en 
el Ecuador, en Chile ó en el Río de la Plata se aplique 
erradamente un mismo nombre á cosas diferentes; porque 
loa o ha sido siempre un guisado en que entra un manjar 
cocido y varios condimentos. «Y á medio día traen tres- 
cientos conejos, los cuales secan los indios al sol y los 



VOCABULARIO RI0PLATENS2. 259 

echan en sus guisados cocidos, que llaman logro, con mucho 
ají.» (El licenciado Salazar de Villasante, Perú, Reí. geogr. de 
Ind. publ. por D. M. Jim. de la Esp.) En otro pasaje el mismo 
autor, en vez de logro, locro. Se expresa así: «No hay liebre ni 
conejo, si no es en la tierra unos animalejos que en todo 
parecen liebres y tan grandes como ellas, que se llaman 
biscachas, salvo que tiene cola como raposa, y éstas comen 
los indios y hacen un potaje dellas secas, que llaman en su 
lengua locro, con ají, que es la pimienta, que llamamos, de las 
Indias.» (Ib., Perú en gen.) Como el locro (guisote pertene- 
ciente al género olla podrida del arte culinario) es comida del 
pueblo, ha debido suceder que, siendo uno de los mante- 
nimientos aborígenes más abundantes del Ecuador la papa, de 
Chile el zapallo, y del Río de la Piala el maíz, diesen sus 
naturales aquel nombre específico respectivamente al guisote 
de papas, de zapallo y de maíz. Sería, por consiguiente, á nues- 
tro entender, legítima definición del locro la que se conci- 
biese en estos términos: vianda americana, que consiste en un 
manjar cocido v aderezado con <>arios condimentos. 

Lo propio que de la papa, el zapallo, el maíz, decimos del 
trigo, aunque importado en América por los españoles. 
Cultívase de muy antiguo en Chile, que lo produce en abun- 
dancia. Debió, pues, llamarse allí, en especial locro al de trigo, 
si bien más castizo el de zapallo, papas, porotos, maíz, á quien 
desfiguran los chilenos calificándolo de falso. 

«El maíz para mazamorra y locro.-» (D. Isidoro De-María, 
Mont. ant.) 

LOMAS— Departamento de la provincia argentina de Co- 
rrientes.— V. SANTA ANA. 

LOMILLERÍA, f. — Taller de arreos para caballos y de 
aperos ó enseres para el jinete trabajor del campo. Hacen en 
él lomillos ( de donde le viene el nombre), caronas, riendas, 
lazos, rebenques, etc. — Tienda donde se venden esos objetos, 
que regularmente es en el mismo taller. 

LOMILLERO, m. — El que se ocupa en obras de lomillería, 
— El que está encargado de un taller ó tienda de lomillería. 
LOMILLO, m. — Pieza del recado, que consiste en dos es- 



260 DANIEL GRANADA. 



pedes de almohadas rellenas de junco ó de totora, llamadas 
has los, y sujetas por una lonja de suela. Colócase sobre la ca- 
rona. Llevando armazón de madera y los bastos rellenos de 
aserrín ó de lana, llámase sirigote. 

LONJA, f. — Cuero descarnado y sin pelo. 

LONJEAR, a. — Hacer lonjas, descarnando un cuero y ras- 
pándole el pelo, sin levantar la piel, como quien afeita. 

LORETO. — Departamento de la provincia argentina de 
Santiago. — Capital del mismo departamento. 

LORO BARRANQUERO.— Loro que habita y tiene su nido 
en las barrancas á pique de los ríos más caudalosos. 

LUJAN. — Departamento de la provincia argentina de Men- 
doza. — Capital del mismo departamento. 

LULÉ, adj. — Di cese del indio de una generación establecida 
al sur del Chaco, en las inmediaciones del río Bermejo, divi- 
dida en varias parcialidades. Ú. t. c. s. — Perteneciente á dicha 
generación. — Lulc ó iuk, m. Su idioma. 

LUNAREJO, /«, adj. — Aplícase al animal que se distingue 
por uno ó más lunares en el pelo. Ú. t. c. s. 

Lo propio en la provincia brasileña de Río Grande del Sur; 
tomado del Río de la Plata (Beaurepaire-Rohán). 



""A 



LL 



LLAPA, f. — Donativo de corta entidad que el mercader 
hace al marchante en el acto de despachar la compra. — Par- 
te reforzada del lazo, hacia la punta, que es la que más 
trabaja y se desgasta con el roce de la argolla, y por don- 
de se arma aquél al tiempo de lanzarlo. Es una añadidura del 
lazo, que se renueva cuando conviene. 

Con respecto á la primera acepción de la voz registrada» 
dijimos en la 1. a ed. de este libro: debe de ser una aplica- 
ción vulgar del término minero llapa, y es probable que haya 
nacido, y corra, en Méjico, Perú y Chile, países del oro y de 
la plata. Confirmamos ahora esta inferencia, á vista de las indi- 
caciones que hallamos sobre el particular en las obras de Cuer- 
y Solar, anteriores á la nuestra. La 2. a acep. es claro que tiene 
idéntico origen. 

Del quich. y apaña, según Cuervo. 

Dicen indistintamente llapa, yapa y (vulgarísimamente) ñapa. 

Quizás suceda lo mismo en toda la América, bien que en 
algunas partes predomina, ó es exclusivo (como en Bogotá 
ñapa, según Cuervo), el uso de una de dichas formas. 

Una chinita en una pulpería: «Media libra de yerba y una 
cuarta de azúcar .... Ahora déme la llapa.-.-> El pulpero, dán- 
dole tres ó cuatro maníes: «Toma la ñapa.-» Una compañera de 
la compradora: «¿qué yapa te dio, che?» 

A quién más corre apostó 
Tres besos Juan con Sofía. 
Aquél la apuesta ganó; 
Mas los besos que perdió 
Ella, pagar no quería. 



262 DANIEL GRANADA. 



Él, por fuerza, finalmente 
El primer beso le atrapa; 
Mas el segundo y siguiente 
Los pagó ella muy corriente, 
Y encima .... le dio la llapa. 

(D. F. Acuña de Figueroa.) 

Llapa y, la más común, yapa, son formas igualmente admi- 
sibles; pero ñapa (con perdón de los cultos bogotanos) es into- 
lerable. 

Yapa (Rodríguez). Llapa (Palma, Solar). 



M 



MACA, m. — Ave acuática, en general parda, incapaz ele volar 
sino á flor de agua, ayudándose con las patas envueltas en el 
abdomen. Así como es rastrero su vuelo en el agua, de la 
propia manera es tardo su andar, cuando sale á la orilla del 
río, de que nunca se aleja y por donde anida. Apoyada en la 
cola, si cola puede llamarse un hacecillo de plumas, da uno 
y otro paso, como un inválido con su bastón, trabajosa y 
lentamente; por lo que, si se la sorprende en la costa, es fácil 
agarrarla. Hállase en los ríos Uruguay, Paraná y Paraguay. 

«Sólo he tenido dos (macas) idénticos vivos; y habiéndolos 
soltado en mi cuarto, manifestaron mucha actividad en la 
cabeza y cuello, porque lo demás estaba como tullido en tierra. 
Siempre estuvieron echados como ranas, con los tarsos vueltos 
afuera.» (Azara.) 

Del guar. macano; especie de pato que frac sus pollitos, cuando son 
tiernos, en sus espaldas, dice Ruiz de Montoya. 

MACAGUA, m.— Ave de rapiña, de un pie y medio de 
longitud, aficionada á las víboras, á quienes embiste para 
devorarlas, y, en sintiéndose herida durante la lucha, come 
de una hierba, que, según Ruiz de Montoya, le sirve de con- 
traveneno. «Así le llaman, porque canta con claridad su nom- 
bre.» (Azara.) — Hierba de propiedades medicinales, en especial 
contra el veneno de la víbora. 

Del guar. macagua, ave y hierba antedichas. 

MACANA, f. — Arma ofensiva de los indios, á manera de 
garrote variamente dispuesto para hacer más destructores los 
efectos de su golpe. — Garrote corto, con manija. — Cabo del 
arreador, cuando es muy grueso. — Palo grueso y corto, de que 
usan los carreros para hacer cejar los bueyes, dándoles en las 
guampas. 



264 DANIEL GRANADA. 



«(Del mej. macuahuitl, espada de madera; de maytl, mano, y 
quauitl, madero.) Arma ofensiva de que usaban los indios.» 
(La Acad.) 

D. Justo Zaragoza (nota en el Trat. del descubr. de las Lid. 
por Joan Suarez de Peralta) define la macana: «garrote grueso 
de madera, usado en las Antillas y en ambas Américas,» 
agregando: «en realidad no era espada, como algunos han 
creído, pues á ésta la nombraban en mejicano Tepuzmacquauitl.* 
Esta distinción resulta, con efecto, del relato de Peralta, que 
es así: « Las armas (de los indios) eran flechas y porras, y 
macanas v espadas de palo metidos pedernales por filo para 
que cortasen. » Pero, ya en tiempos del historiador mejicano, 
la porra y espada de palo, asi como otros instrumentos 
análogos de percusión que usaban los indios de América y 
del archipiélago asiático, eran, en boca de los españoles, 
macana. Los historiadores, cuando querían (no siempre) pre- 
cisar la clase de macana á que hacían referencia, le daban un 
nombre particular correspondiente á las armas de igual ó 
parecida forma que se conocían en España: clava, porra, 
garrote, espada de palo, etc. No hay sino ver las Decadas de 
Herrera, en donde se notará que es macana el asta, la 
cachiporra, el hacha, la espada de palo, la clava y otras armas 
semejantes. Así, Alvar Núñez Cabeza de Vaca, que había 
peregrinado largamente entre los indios del norte de Méjico, 
dio el nombre de macana á las espadas de palo que usaba 
cierta parcialidad de guaraníes del Paraguay. « Y un indio, 
dice (Com. del Río de la Plata), el que es tenido por más 
valiente entre ellos, toma una espada de palo en las manos, 
que la llaman los indios macana.-» Otras parcialidades guara- 
níes, además de la espada de palo, íb'irá quice, tenían el garro- 
te, ibi'rá, la cachiporra, i'bi'rá racángaguá, y la clava adornada 
de plumas, Ybirá agua. La macana de los araucanos, lonco 
qitillqitill, era proporcionada á su proverbial fortaleza. Por 
último, unas tenían aguzada y tostada la punta, otras peder- 
nales embutidos en la parte afilada. Todas estas armas, repe- 
timos, quedaban comprendidas, por punto general, en el 
concepto de macana, cuyo término pasó desde Méjico, en 



VOCABULARIO RIOPLATENSE. 265 

boca de los españoles, hasta el estrecho de Magallanes é 
islas Filipinas. 

MACANAZO, m. — Golpe dado con la macana. — Golpe 
dado con el cabo del arreador. — Garrotazo. — En sent. fig., 
acción ó resolución brusca y desarreglada. 

MACETA, adj. — Dícese del caballo ó yegua que tiene 
nudos en las rodillas y pies. 

Lo propio en la prov. bras. de R. G. del S. (Beaurepaire- 
Rohán). 

MACIEGA, f. — Hierba compuesta de hojas semejantes á la 
de la espadaña ó totora, pero mucho menos alta y más recia. 
MACIEGAL, m. — Terreno lleno de maciega. 
MACHI, m. — Curandero mágico de los pampas. 
Del arauc. machí. 

MADRINA, f. — Yegua de la tropilla; maneada, es el seguro 
y descanso del dueño ó conductor de los caballos que la for- 
man.— V. TROPILLA. 

Lo propio en Chile (Rodríguez) y en el Perú (Palma). 
«Cuando quieren que no se disperse una tropilla como de 
cincuenta caballos, ponen entre ellos una yegua, llamándola 
madrina.» (Azara.) 

«Tienen manadas de á trece y catorce caballos, con una ye- 
gua que llaman madrina, de que jamás se apartan.» (Estala, 
Carta sobre el Tacumán, Viaj. univ.) 

MAGALLANICO, ca, adj. — Perteneciente al estrecho de 
de Magallanes. — Perteneciente á las tierras que están al norte 
del Estrecho, ó sea la Patagonia. 

«Por el sur tiene (Tucumán) las pampas de la tierra maga- 
llánica.» (Ulloa.) 

«Por él sur, desde el cabo Blanco, prolongaba (la provincia 
del Paraguay) sus términos hasta el Estrecho, dominando con 
los títulos de derecho, y no con efectiva conquista, la provin- 
cia magallánica ó de los patagones, hasta los contornos de Chi- 
le.» (El P. Guevara.) 

«Concerniente al estrecho de Magallanes.» (La Acad.) 
MAJADA, f. — Manada ó hato de ganado janar. 



266 



DANIEL GRANADA. 



<:Estos perros (los ovejeros) echan la majada del corral por 
la mañana,» etc. (Azara.) 

MALACARA, adj. — Dícese del caballo ó yegua que tiene 
una lista blanca en la cabeza desde la frente al hocico. Ú. t. c. s. 

Lo propio en la prov. brasil, de Río Grande del Sur (Beau- 
repaire-Rohán), tomado de sus vecinos los rioplatenses. 

MALDONADO.— Ciudad cabecera del departamento del 
mismo nombre de la Rep. O. del Urug. Fund. en 1763. 

MALEZAL, m. — Espacio de tierra poblado de maleza, ó 
hierbas inútiles, perjudiciales ó bravas, como el abrojo y el 
caraguatá. 

MALOCA, f. — Invasión ejecutada con pillaje y exterminio. — 
Antiguamente (siglos decimosexto y decimoséptimo), incursión 
en tierras de indios, arrebatando á éstos y reduciéndolos á 
cautiverio, como lo ejecutaban los crueles mamelucos, ó mora- 
dores de San Pablo del Brasil, quienes extendieron sus devasta- 
doras correrías á las reducciones guaraníes que los jesuítas 
tenían á cargo en la provincia de Guaira, asoladas totalmente 
á sangre y fuego, y cuyos restos, capitaneados por el padre 
Antonio Ruiz de Montoya, bajaron á establecerse entre el Pa- 
raná y Uruguay, al sur del Iguazú, donde se hallaban al tiempo 
de la terrible expulsión decretada por Carlos III. 

Del arauc. maloca//. 

<;E1 gobierno portugués siguió las máximas contrarias á las de 
Alfaro, pues sobre incitar por todos los medios álos particulares, 
les daba auxilios, armas y municiones, y les permitía vender 
por esclavos perpetuos á los indios que pillaban en sus meelocas 
ó incursiones.» (Azara.) 

MALÓN, m. — Acometida ejecutada por indios salvajes. — 
Acometimiento aleve, sorpresa. 

Del arauc. y pampa malón. 

Lo propio en Chile (Rodríguez). 

«Este paso tiene el nombre de Aneases, porque fue hecho 
por los infieles, por el que pasaban á sus malocas, malones, 
como ellos llaman.» (D. Esteban Hernández, Exp. del Diamante 
al río Qtiinto.) 

MALOQUEAR, a. — Ejecutar depredaciones, invadiendo 



VOCABULARIO RIOPLATENSE. 267 

tierras extrañas. — Antiguamente, cautivar indios, haciendo al 
efecto incursiones en sus tierras, como lo ejecutaban los 
paulistas. 

«Hasta este lugar han llegado los guiliches á maloquear á 
los pegüenches.» (D. Luis de la Cruz, Exped. etc.) 
En Chile también maloquear (Rodríguez). 

MALOQUERO, m. — El que salía á maloquear. 
MALVINAS ^f/íw.^— Archipiélago en 51 o á 52 o 45' de lat. 
aust, ocupado por los ingleses. Corresponde geográficamente 
al territorio de la Patagonia y pertenece de derecho á la 
Confederación Argentina. 

MAMA, f. — Tratamiento que los hijos dan familiarmente á 
sus padres. Es expresión cariñosa. Entre la gente culta alter- 
na con mamá; el vulgo no dice nunca mamá, sino mama. 

Dicen también mamita. 

Lo propio en el Perú (Palma). Ú. t. en Chile (Rodríguez) y 
en Bogotá (Cuervo). 

Véase TATA. 

MAMBORETÁ, m. — Insecto de color ceniciento, cuerpo 
delgado y largo, del mismo modo que las patas, de ojos y boca 
grandes, y de suma vivacidad. Mira fijamente, moviendo 
hacia una y otra parte la cabeza con expresivo ademán. No 
huye de la gente, y los niños se entretienen preguntándole: 
¿dónde está Dios? porque suele levantar una de las patas de- 
lanteras, apuntando al cielo, y ellos suponen que lo hace res- 
pondiendo á la pregunta. Por eso le llaman también profeta. 

MAMELUCO, ca, adj. — Decíase antiguamente de los mora- 
dores de San Pablo del Brasil, famosos por sus crueles 
depredaciones ó malocas. Usáb. t. c. s. 

Alusión á los insubordinados y temibles mamelucos de 
Egipto. 

Mameluco dícese al presente, en el Brasil, del que procede 
de mestizo (curiboca) y blanco, y cuya piel es de un color 
pardo acanelado. 

MAMELUCO, m. — Vestido que consiste en una blusa ó 
camiseta y calzón largo, formados de una sola pieza. Pónese 



268 DANIEL GRANADA. 



especialmente á los niños para dormir, á fin de que, aun 
cuando se destapen, queden siempre cubiertos y abrigados. 

Alúdese, sin duda, con este nombre á vestimenta semejante 
usada por los antiguos mamelucos [de San Pablo del Brasil. 

MANADA BURRERA.— Manada de retajo. 

MAMÓN, m. — Árbol que da en el tronco un fruto seme- 
jante á un melón pequeño. — Fruto de este árbol. 

El fruto sirve para hacer dulce; crudo, en ayunas, es vermí- 
fugo. 

MANADA DE RETAJO.— Tropilla de yeguas y burros, 
para la cría de muías. V. RETAJAR. 

MANCARRÓN, adj. — Aplícase al caballo viejo ó ya muy 
estropeado, casi inservible por efecto de su vetustez. Ú. t. c. s. 

Derivado de manco, adj. que se aplica, según la Acad., al 
animal que tiene perdido el uso de las manos, y que, en sentido 
figurado, equivale á defectuoso. 

Los araucanos dijeron manen, mane un, del caballejo manco, 
mallraiado (Febrés, Calcp.J. Pero es indudable que tomaron el 
vocablo de los españoles; puesto que éstos importaron el caballo 
en América. Hacemos esta observación, porque un erudito 
lexicólogo, que tiene por provincialismo de su país la palabra 
manco aplicada al caballo inservible, la considera procedente 
del araucano manen, mancun. 

Salva dice ser prov. de la Amér merid. 

«Los muchachos lecheros cabalgando en sus mancarrones.» 
(D. Isidoro De-María, Mont. an/.J 

MANCHA, f. — Enfermedad terrible y contagiosa que aco- 
mete especialmente al ganado vacuno. Hínchase el animal y 
muere; quitado el cuero, hállase una mancha del lado de la 
hinchazón. 

«En estos últimos tiempos (fines del siglo decimoctavo) se 
ha declarado otra cruel enfermedad, llamada la mancha, que 
empezó por los animales y pasó á los hombres, costando la 
vida á muchos. Es una especie de carbunco contagioso, acom- 
pañado de una gran disolución, que en pocos instantes pone 
monstruosa la parte afecta, y á las veinticuatro horas acaba 



VOCABULARIO RIOPLATENSE. 269 



con el paciente, si no es socorrido en tiempo.» (El brigr. Don 
Diego de Alvear, Reí. geogr. c hist. de la prov. de Mis.) 

MANDÍ, m— Especie de bagre, de unas tres cuartas de 
largo y de carne muy delicada. 

Del guar. mandü. 

Es sin duda el impropiamente llamado mandubí. 

«Dorados hay enormes y crecidos. 
Manáis, rayas, pacúes amarillos.» 

(Barco Centenera.) 

MANDINGA, amb. — Encantamiento, brujería, y también 
diablo. He aquí algunos ejemplos de la manera de usar esta 
VOZ. Parece mandinga, que no puedo dar con las llaves. Tienes 
mandinga en el cuerpo, muchacho: todo lo rompes y desarreglas. 
X¡ que tuvieses mandinga. Es mandinga, ó parece cosa de man- 
dinga: todo me ha de salir al revés. Me lleva mandinga, cuando 
tal veo, ú oigo. Es un mandinga. 

Mandinga es voz de procedencia probablemente africana, 

En el Perú (Palma) y en Chile (Solar), por diablo. 

Trae también este vocablo D. Baldomero Rivodó, con la 
significación de persona inquieta y revoltosa, que conviene 
perfectamente con la establecida por nosotros. Se habrá 
advertido que se usa siempre en sentido figurado. 

MANDIOCA, f. — Planta de raíz feculenta en figura de huso 
muy prolongado, y de tallo formado de médula blanca, el 
cual, según la clase, terreno y cultivo, alcanza á tener de uno 
á cuatro metros de altura. Abunda en el Paraguay, Misiones, 
Corrientes y Entre Ríos (al norte), y al oeste del Paraná en 
algunas provincias. No se da fuera de los 31 o y medio de lat, 
Cómese el tubérculo cocido, asado ó de cualquier otro modo, 
como la papa ó la batata. De él hacen almidón y pan en el 
Brasil (donde se cultiva extensamente), tapioca y fariña. 
También hacen almidón, fariña, etc. en el Paraguay y Corrientes. 

Del guar. mandióg. 

<Arbusto que crece en las regiones cálidas de América, de 
dos á tres metros de altura, con una raíz muy grande y car- 
nes;., hojas profundamente divididas y flores dispuestas en 



270 



DANIEL GRANADA. 



racimo. — Harina que se saca de la raíz de este arbusto.» (La 
Acad.) 

V. FARIÑA, TAPIOCA, POPÍ y CHIPÁ. 

MANDIOCA BRAVA.— La muy alta y silvestre, que no 
sirve para comer. La más baja, ó de tallo corto, es la que 
tiene mejor y más cantidad de fécula. 

MANDIYÜ, m. — Planta pequeña, de ñor blanca, que da 
en la raíz un bulbo semejante á una bola de algodón ama- 
rillo. 

Del guar. mandiyu ó amñndiyú, algodón. 

MANDUBÍ, m.— Planta que da el maní.— Su fruto. 

Del guar. mandubí. 

Lo corriente es decir maní. 

Hállase empleada en los escritos históricos del Río de la 
Plata, y úsala el vulgo de Corrientes, Misiones y el Paraguay. 

«Los cuales (guaraníes) les dan en trueque de lo que traen, 
mucho maíz y mandioca y mandubís, que es una fruta como 
avellanas ó chufas, que se cría debajo de tierra.» (Cabeza de 
Vaca.) «Hay (en el Papaguay) una fructa que se dice mandubí, 
que se siembra y nasce debaxo de tierra; y tirándola la 
rama, se seca ó arranca, y en la rayz está aquel fructo metido 
en capullos como los garbanzos y tamaño como avellanas, y 
asados y crudos son de muy buen gusto.» (Oviedo.) 

En Colm. mandoví del Brasil. 

MANDUBÍ, m.— Pez. V. MANDÍ. 

MANEA, f. — Pieza de cuero sobado ó de tientos trenzados, 
dispuesta convenientemente para abrazar y mantener juntas 
las manos de las bestias, á fin de que no se escapen. 

Su sinónimo maniota no es usado. 

Lo propio en el Perú, según D. Ricardo Palma. 

MANEADOR, m. — Tira larga de cuero sobado, la cual sirve, 
para atar el caballo, hacerlo pastar á soga, apealar animales, etc. 

MANGA, f. — Senda corta, formada por dos palanqueras ó 
estacadas que van estrechándose hasta la entrada de un corral 
ó brete en las estancias, ó hasta un embarcadero en las costas: 
en el primer caso, para encerrar ó embretar animales; en el 
segundo para transportarlos de una á otra parte. 



VOCABULARIO RIOPLATENSE. 271 

Del término minero manga. 

«Para facilitar dicho paso de ganados, hay lo que llaman 
manga, y se reduce á dos hileras de estacas fuertes clavadas, 
que van estrechando su distancia hasta en el. agua: no dan 
paso sino á una carga ó animal. Metido el ganado en la manga, 
lo aprietan y hacen salir por la trompa ya nanando, y lo diri- 
gen por los costados por canoas hasta la banda opuesta. En 
otras ocasiones guían la tropa con caballos prácticos, y otros 
amarran cuatro ó seis reses separadamente en cada costado, 
balsa ó botecillo.:> (iVzara.) 

MANGA de langostas. — Nube de langostas. 

MANGANGxí, m.— Abejón. Cría una miel pastosa con- 
sistente. Hace el nido con preferencia en las cumbreras, cañas 
tacuaras y palos de los ranchos y ramadas. 

Del guar. mangangá. 

Pairee un mangangá. Expr. proverb. con que se moteja ó 
reprende al que marea ó incomoda con su charla, particular- 
mente si lo hace refunfuñando, con alusión al monótono zum- 
bido de aquel abejón, cuandi» vuela, que lo hace dando vueltas 
durante un largo rato en torno del objeto donde quiere posarse. 

MANGRULLO, m. — Atalaya armada en las ramas de un 
árbol. — Por trasl., el que está de atalaya en la armazón ante- 
dicha ó simplemente en un árbol. — Especie de bagre muy 
grande, que alcanza á tener hasta un quintal de peso. 

«A las 4 nos avisó el que estaba puesto de mangrullo, se di- 
visaba por las orillas del río Bermejo mucha polvareda.» (El 
gobernador del Tucumán D. Gerónimo Matorras, Exped. al 
Chaco, 1774, en Ángelis.) 

MANGUEAR, a. — Dirigir, guiar ó atraer con cautela y 
maña el ganado ó un animal cualquiera que se dispara, en 
lugar de perseguirlo con violencia; á fin de evitar su completa 
dispersión ó fuga, ó de agarrarlo. — En sent. fig. y fam., atraer, 
conducir artificiosamente una persona al término que se desea. 

El seatido recto de la palabra es, en Chile, según D. Zoro- 
babel Rodríguez, espantar los animales ó aves de caza, á fin de 
que se pongan á tiro del cazador; pero el sentido figurado, por 
los ejemplos que pone, viene á ser exactamente el mismo que 



272 DANIEL GRANADA. 



tiene en el Río de la Plata, conforme á la respectiva definición 
que antecede. Aun el sentido recto concuerda en ambos países, 
considerado el fin con que se ejecuta la referida operación de 
caza, que es poner los animales en situación conveniente al 
intento del cazador. Por lo demás, el verbo manguear, tanto en 
uno como en otro sentido, es legítima derivación del término 
de montería manga, que significa gente que en las batidas forma 
linea para dirigir la caza á un paraje determinado, según se 
expresa la Acad. 

Para formarse una idea más perceptible aún del significado 
de manguear, basta saber que cuando algún animal se dispara 
y sale á perseguirlo una persona en cuya baquía no se tiene la 
necesaria confianza, se le hace la siguienie prevención, que es 
como proverbial: no lo corra; manguéelo. 

Beaurepaire-Rohán dice que en la provincia de Río Grande 
del Sur del Brasil manguear significa repuntar los animales á 
intento de dirigirlos ó hacer entrar en esa especie de corral á 
que llaman mangucira. Tanto manguear como mangucira (man- 
guera) es indudable que los tomaron del Río de la Plata los 
riograndenses. Muy bien nos parece que define dicho autor la 
manguera: corral grande adonde se pueden manguear (dirigir) 
animales, tanto mansos como bravos. Hácenla á continuación 
de una cerca por la cual los animales siguen como iludidos. 
La cerca á que alude Beaurepaire-Rohán es la manga (V.), 
que regularmente tienen las mangueras. 

MANGUERA, f. — En las estancias, mataderos, etc., corral 
grande, cercado de postes ó de piedra, para encerrar ganado. 

V. MANGUEAR y MANGA. 

MANGURUYÚ, m. — Pez de los ríos, sin escama, pardo 
barroso, rechoncho, de cabeza descomunal, ojos diminutos y 
huevas verdes. Vive en el fango, entre las piedras ó donde hay 
tosca, cuyas cuevas y grietas le permitan ocultarse, como si, aver- 
gonzado de su fealdad, quisiera que nadie lo viese. Lo hay tam- 
bién en los arroyos, de peor catadura aún que el de los ríos, y 
cuyas tripas y huevas son de un color verde subido, que trae 
á la mente la idea del veneno. Así, la primera vez que lo vimos, 
nos pareció cosa del infierno, y, temiendo que nos matase, no 



VOCABULARIO RIOPLATENbfí. 273 

nos atrevimos á comerlo. Sin embargo, el manguruyú es uno 
<ie los mejores pescados que hay en los ríos y arroyos. 

Nos olvidábamos de decir que, á pesar de que, en la ocasión 
á que nos referimos, hacía ya algunas horas qne los mangu- 
ruyúes (qne eran dos, muy pequeños) habían salido del agua, 
vivían aún. Traíanlos ensartados; y juntos así, peleaban encar- 
nizadamente, dándose el uno al otro de puñaladas con sus 
recias espinas, como dos furias moribundas. 

MANIJA, f. — Trenza ó cordón que, sujeto en el cabo del 
rebenque ó arreador, y aplicado á la muñeca, sirve para 
llevarlos más seguros. 

«En algunos instrumentos, parte donde se fija la mano para 
usar de ellos. — Especie de sortija ó abrazadera de hierro ú otro 
metal con que se asegura una cosa.» (La Acad.) 

MANIMBE, m. — Pajarillo de color aplomado con manchas 
pardo-oscuras. 

Del guar manimbe. 

• Extiende (el manimbe) su domicilio hasta el Río de la Pla- 
ta.» (Azara.) 

MANZANA, f. — «En las poblaciones grandes, conjunto 
¿lisiado de varias casas contiguas.» (La Acad.) 

En todas las ciudades, villas y pueblos del Río de la Plata, 
ocupa la manzana, salvas raras exepciones, una cuadra cua- 
drada. Esto da lugar á que por manzana se entienda regular- 
mente una cuadra cuadrada de casas, y también una cuadra 
cuadrada de terreno (aunque no tenga casas), siempre que 
esté comprendida en el recinto de una población y compe- 
tentemente delineada. Por la misma razón, cuando un con- 
junto de casas circunscrito por calles no ocupa una cuadra 
cuadrada, se dice que es irregular la manzana que forma. 

MARACA, m. — Instrumento músico de los guaraníes, que 
consiste en una calabaza seca, con maíz ó chinas dentro, para 
acompañar el canto. 

Del guar. mbaracá. 

«El maiacá, bocina y atainbores 
Resuena por el bosque.» 

(Barco Contenerá.) 



274 DANIEL GRANADA. 



MARACANÁ, m. — Loro de color, ora verde oscuro, con 
manchas azules y rojas, ora verde más claro, con manchas 
amarillentas y rojizas, muy bullicioso. Hace el nido en los hue- 
cos de los árboles. 

Del guar. maracaná, con alusión á la algazara que á cada 
paso levanta, cuando anda en bandadas. 

«Estaba (el maracaná) suelto en mi cuarto, donde una viu- 
dita le provocaba, según su costumbre, con besos y todo gé- 
nero de coqueterías, hasta que la enamoró en términos que mi 
maracaná perdió el juicio, sin que la viuda permitiese otra 
cosa que las que consienten las coquetas, ao obstante de que 
el maracaná instaba. Al fin murió este infeliz de amores no 
satisfechos.» (Azara.) 

MARAGATO, ta, adj. — Dícese del nacido en la ciudad ó 
departamento de San José (R. O. del U.). Ú. t. c. s. — V. 
JOSEFINO. 

MARCELA, f.— Planta aromática muy abundante, leñosa, 
cuyas hojas, así como sus flores, que son de un color pálido 
amarillento, sirven de remedio, tomadas á modo de te, en los 
cólicos, descompostura de estómago, etc. ¿Qué familia, en la 
ciudad (') en el campo, no tendr de prevención un poco de 
márcela? 

Marcela hembra. Achirocline mathiohcfolia D C. (asteroides: 
comp.), según Gibert. 

Marcela macho. Gnaphalinni cheiranthifolium Lam. (id.), según 
Gibert. 

MARCHANTA (á la).—Expv. adv. que, con los verbos 
echar y tirar, significa arrojar cualesquiera objetos entre muche- 
dumbre de gente para que los haga suyos el primero que los 
agarre, como cuando se desparraman monedas en medio de 
una turba de muchachos. 

MARCHANTE, ta, m. y f. — Persona que compra habitual- 
mente á un mismo mercader, con preferencia á otros. 

Lo propio en Chile y en Cuba (Rodríguez). 

«marchante, adj. — Pr. And. Parroquiano.» (La Acad.) 

MARLO, m. — Espiga, y en particular tronco que queda 



VOCABULARIO RIOPLATENSE. 275 

de la mazorca, después de desgranado el maíz. — Por trasl., 
cualquier tronco que más ó menos se le asemeje. 

«El ruarlo de la cola (del ñurumí: tamanduá) es aplanchado 
lateralmente.» (Azara.) 

MARQUESADO. — Departamento de la provincia argentina 
de San Juan. 

MASCADA, f. — Porción de tabaco negro que de una vez 
se toma en la boca, para mascarlo. Úsanlo los hombres de 
campo, especialmente cuando emprenden un trabajo muy 
pesado ó se arrojan al agua en invierno, y en otras ocasiones 
semejantes, porque les comunica esfuerzo y calor. 

MATACO, ca, adj. — Dícese del indio cuya parcialidad 
vagaba por las inmediaciones del rio Bermejo, en el Chaco. 
Ú. t. c. s. — Perteneciente á dicha parcialidad. — Especie 
de tatú, menor que la mulita, que se arrolla enteramente para 
defenderse, quedando como una bola. 

MAT AGUAYO, ya, adj. — Dícese del indio cuyas parcia- 
lidades moraban en el Chaco, cerca del Pilcomayo, tierra 
adentro. Ú. t. c. s.— Perteneciente á dichas parcialidades. 

MATAMBRE, m., sínc. de mata hambre. — Lonja de carne 
que está entre el cuero y las costillas del animal vacuno. 

Lo propio en la provincia brasileña de Río Grande del Sur 

(Beaurepaire-Rohán), tomado de sus vecinos los rioplatenses. 

«Otras veces matan (los gauderios) una res sólo por comer 

el matambrc, que es la carne que tiene entre el pellejo y las 

costillas.» (Estala.) 

MAT AOJO, m. — Árbol cuyo humo irrita extraordinariamente 
la vista, de hoja estrecha. Da una semilla aovada durísima, 
del tamaño de un huevo de paloma próximamente, envuelta 
en cascara leñosa. Labatia salicifolia Mari, (sapotaccce: diospy- 
roidecc), según Gibert. 

MATARA, adj. — Dícese del indio cuya parcialidad, deri- 
vada de los lulés, corría el sur del Chaco. Ú. t. c. s. — Perte- 
neciente á dicha parcialidad. 

Amistados los mataraes con los españoles, se redujeron á la 
vida civil, formando un pueblo numeroso que llevaba su 
nombre, fundado por el gobernador Alonso de Vera y Aragón, 



276 DANIEL GRANADA. 



á fines del siglo decimosexto. Acosados por los mocobíes r 
tobas, etc., trasladóse el pueblo á Santiago del Estero, junta 
al río Salado. 

MATARÁ. — Departamento de la provincia argentina de 
Santiago. — Capital del mismo departamento. 

MATE, m. — Infusión de la yerba que se extrae del árbol 
denominado botánicamente ile.x paraguay ensis. — Calabacita en 
que se toma dicha infusión. — Pieza de madera, loza, plata, ete. r 
en forma de mate. — Calabacino, ó cascara seca de la calaba- 
za, con una abertura y tapa de lo mismo, para tener líquidos 
ó cualquiera otra cosa. 

La voz mate es originaria del Perú. Su primitivo sentido fue 
el de calabaza, así como el de su cascara usada como recep- 
táculo, ya de líquidos, ya de otros objetos. «Danse en los in- 
dios paiconos, veinte leguas de la ciudad (de Santa Cruz de la 
Sierra), unos calabazos ó mates muy hermosos á la vista, y ha- 
cen algunos dellos á botija y media y á dos botijas de agua; 
sirven de tener ropa en ellos.» (Reí. geogr. de Ind., Santa 
Cruz de la Sierra.) Conservó, en boca de los españoles, el pro- 
pio nombre de mate, cuando sirvió de vasija para tomar me- 
diante una bombilla la infusión de la yerba á que nos referi- 
mos en la primera acepción del vocablo. Pero, tomándose des- 
pués el continente por el contenido, llamóse también mate á 
esta misma infusión. De ahí las dos principales acepciones 
que actualmente tiene en el Río de la Plata y otros países de 
América la voz mate: la infusión de la yerba y el receptáculo 
en que se toma. Si el mate es de forma ovalada, recibe ade- 
más el nombre especial áepoiongo. 

La yerba del mate se saca del árbol botánicamente deno- 
minado ilex paraguay ensis, el cual se cría, formando extensos 
bosques, en las vertientes de los ríos Uruguay y Paraná y en 
las del este del Paraguay. Tiene el tamaño de un naranjo; 
sus hojas son permanentes. Llámase árbol de la yerba, árbol 
del mate, ó simplemente yerba. Un terreno poblado de esta 
clase de árboles, ya silvestres, ya cultivados, recibe el nombre 
de yerbal. Famosos son los yerbales del Paraguay, de Misio- 
nes, de San Pablo del Brasil. 



VOCABULARIO RIOPLATENSE. 277 

Hay varias clases de yerba. La del Paraguay es la más 
rica y estimada; pero la argentina y brasileña tienen mayor 
consumo, tanto por su baratura, como por estar más habi- 
tuadas á su uso la generalidad de las personas. La misionera, 
que es la más suave, es casi tan menuda corno el polvo, y 
trae muchos palos, ó sea pedacitos del tronco de las ramas, 
defectos de preparación que la hacen desmerecer y aminoran 
su despacho. 

Los jesuítas cultivaban por mayor el árbol del mate, y 
para la preparación de la yerba clasificaban las hojas en tiernas 
(caá qit'i), chicas (caá mtrf) y grandes (caá guaní). Casi todas 
las reducciones tenían sus yerbales, que beneficiaban cuida- 
dosamente en tiempo oportuno. En el Paraguay, hasta el año 
de 1865, en que empezó la desoladora guerra con sus hermanos 
del Plata y el Brasil, se siguió cultivando con igual esmero y 
perfección de procedimientos la yerba del mate, entonces tan 
exquisita que nadie escrupulizaba el pagar uno ó dos pesos fuer- 
tes por la libra, á trueque de saborear su delicada sustancia. 
Pero eso, á la verdad, era tomarse mucho trabajo y entretenerse 
demasiado. ¿Para qué cuidar yerbales, si son árboles del 
monte? Esperar á que estén en sazón para beneficiarlos, 
impacienta. Eso de ir eligiendo y entresacando las ramitas dé- 
la planta, sin dañarla, es cosa que sólo á los jesuítas se les 
podía ocurrir. Hoy el procedimiento es más simple y ejecu- 
tivo. Trepado el yerbal ero en el árbol, y facón en mano, 
menudea tajos á diestro y siniestro, derribando ramas, chicas y 
grandes, hasta dejarlo limpio. El modo de preparar la yerba 
está naturalmente en armonía con la gallarda soltura del yer- 
batero, al extraerla de los árboles que fueron. Así son las 
yerbas que nos propinan, que por lo regular caen como breba- 
jes en el estómago. El bálsamo de Fierabrás, que Don Quijote 
recomendó á Sancho, no era, sin duda, más bravo. 

A la operación de servir la bebida de que se trata, dicen 
con entera propiedad cebar mate; pues se le va echando 
yerba nueva, á medida que se extrae la que ya ha perdida > 
la sustancia. Si no se renueva la yerba cuando conviene,, 
quedando chirle el mate, se dice que está lavado. La calaba- 



278 DANIEL GRANADA. 



cita es el mate más usado, y el mejor, después de curado; los de 
metal queman la hierva y pronto la dejan lavada. Por consi- 
guiente, quien quiera tomar mate bueno, tiene que ser modes- 
to á la fuerza. Prepárase poniendo en la calabacita una 
bombilla, regularmente de plata, por la cual se sorbe el líquido. 
En seguida se echa la yerba, y luego, con cierto arte, agua 
caliente; con lo que queda cebado un mate amargo ó cimarrón, 
que es el más tónico. El dulce se ceba poniéndole cada 
vez, antes que el agua, una cuchara dita de azúcar. Tómase 
también el mate con leche, azúcar quemada, cascara seca de 
naranja y canela. 

Los indios guaraníes precedieron á los españoles en el uso 
del caá; pero aun no hacía un siglo, cuando la conquista espi- 
ritual de la provincia de Guayrá, que lo venían empeando 
como bebida, la cual, primitivamente, sólo era conocida de 
los hechiceros, que la tomaban para infundirse el espíritu 
mágico de que se decían poseídos. Cuenta Ruiz de Montoya 
que los guaraníes ponderaban la excelencia de la yerba, ase- 
gurando que alienta al trabajo, sirve de sustento, purga de 
flemas el estómago y despierta los sentidos, y que los espa- 
ñoles la tenían por experimentado remedio del mal de orina. 
Nota asimismo Montoya la semejanza que tienen el vocablo caá 
(yerba del mate) de los guaraníes y el cha (te) de los chinos, 
no menos que la de algunas de sus propiedades. Las antedi- 
chas de la yerba tiénelas acreditado, y acredita, la experiencia 
cuotidiana, con más ó menos eficacia. D. Pedro Felipe Mon- 
láu dice del ilc.v paraguavensis que es planta de virtudes análogas, 
v superiores, al te de la China. Pero sólo el mate amargo las 
posee enteramente beneficiosas. Eso no obstante, cuando se 
toma mate, se toma, amargo ó dulce, por el solo gusto de 
tomarlo, no porque sea estomacal ó nutritivo; de donde fácil- 
mente se hace uno vicioso. Algunos lo son tanto, que, desde 
que se levantan hasta que se acuestan, no dejan de la mano 
el mate. Tómase á cualquier hora del día ó de la noche, sin 
que haga daño, salvo que puede desvelar, cuando se ha 
menester de descanso. En cambio, esta propiedad excitativa 
pone al mate en línea de bebida intelectual ó hipocrene de los 



VOCABULARIO RIOPLATENSE. 279 

sabios, como se dijo del café, por el movimiento cerebral que 
ocasiona. 

Un ej. práctico. Los hombres de campo, cuando tienen que 
ejecutar ciertos trabajos que, como el aparte de ganados, 
requieren una aplicación continuada de sus esfuerzos, se des- 
ayunan con un churrasco y unos mates al amanecer, y no 
vuelven á probar alimento hasta la noche. Lo mismo hacen las 
chinas lavanderas: levántanse con el alba; toman unos mates 
(con un churrasqnito, si lo tienen), y echándose á la cabeza el 
enorme atado, van á la orilla del río ó arroyo, etc., en que lavan, 
y allí permanecen todo el día ocupadas en su faena, aprove- 
chando sólo la ocasión de tender la ropa para volver á tomar 
unos mates, lo que repiten á la caída de la tarde, que es cuando 
se retiran. 

«Mate, m.— Arbolito parecido al acebo, con hojas lampi- 
ñas, oblongas y algo aserradas, pedúnculos axilares muy 
ramosos, estigma de cuatro gajos, y huesecillos venosos. Se 
cría en la América Meridional.- — Hoja de este arbolito que, 
tostada, y macerada después, es uno de los principales ra- 
mos del comercio del Paraguay. — Infusión de estas hojas, la 
cual se usa como bebida estomacal. Para tomarla se echa 
la hoja en una cascara de calabaza, con agua caliente y azúcar, 
y se introduce una especie de bombillo por el cual se aspira 
el líquido. En el Brasil le toman en taza, como si fuera te. — 
Taza en que se toma en América el mate, la cual se hace 
comúnmente de cascara de coco ó de otro fruto. — Perú. Ji- 
cara, vasija de madera.» (La Acad.) 

MATERO, ra, adj. — Tomador de mate. 

También en Chile (Rodríguez). 

MÁTETE, m. — Mezcla de sustancias deshechas en un lí- 
quido, formando una masa inconsistente. Ús. en expr. como 
las siguientes: Esto parece un mátete, hablando de una vianda 
recocida y deshecha. Las calles son un mátete, aludiendo al 
mucho lodo que hay en ellas. Salió hecho un mátete, indicando 
que no se ligó bien un compuesto y que no sirve. 

Del guar. mátete', conjunto de cosas reciamente unidas. 



280 DANIEL GRANADA. 



MATREREAR, n.— Andar de matrero.— Andar como un 
matrero: de vago y haciendo bellaquerías. 

MATRERO, m. — Individuo que anda huyendo de la justi- 
cia por los montes. 

Lo mismo en el Perú (Palma). 

MATRERO, ra, adj. — Se dice del animal de servicio que, 
cuando lo dejan suelto, no se deja agarrar, y huye. — Tratán- 
dose de personas, bellaco. 

«Astuto, diestro y experimentado.» (La Acad.) 

MATUNGO, adj. — Dícese del caballo inservible por lo tra- 
bajado y viejo. Ú. t. c. s. 

En Salva prov. de Cuba: «desmedrado, flaco, débil. Se aplica 
particularmente á los animales.» En el Río de la Plata, sólo á 
los caballos. 

También en la provincia brasileña de Río Grande del Sur 
<lel Brasil (Beaurepaire-Rohán), tomado de sus vecinos los rio- 
platenses. 

«Cabalgando al tranco con la apostura de los criollos, que se 
reían de los maturrangos.» (D. Isidoro De-María.) 

MAZACOTE, m. — Pasta formada de los residuos del azúcar 
que, después de refinada, quedan adheridos al fondo y paredes 
de la caldera. Llévanla del Brasil al Río de la Plata en pane- 
cillos cuadrilongos, envueltos en la hoja del banano ó en chala, 
como el ticholo. 

Es la raspadura ó rapadura de que habla Alcedo: azúcar ne- 
gra de la costra que queda en la paila de los trapiches: dulce 
común del pueblo en casi todas las provincias de América, 
que se vende en las pulperías, variando de nombre. 

MAZAMORRA, f. — Maíz partido y cocido, regularmente 
blanco, el cual, dejándolo enfriar, se come con, ó sin, leche y 
azúcar. 

«Rica es la mazamorra, y, si es con leche, 
Suple al plato mejor y el dulce ahorra.» 

(D. Francisco A. de Figueroa, Mos. Poét.) 

«Comida compuesta de harina de maíz con azúcar y miel, 
semejante á las poleadas, de que se usa mucho en el Perú, 
•especialmente éntrela gente pobre.» (La Acad.) 



VOCABULARIO RIOPLATENSE. 281 

MBURUCUYÁ, m.— V. BURUCÜYÁ. 

MBURUCUYÁ.- — Departamento de la provincia argentina 
de Corrientes. V. SAN ANTONIO. 

MECHOACAN, m. — Planta de raíz purgante, que se cría 
en los terrenos arenosos de las provincias argentinas arribeñas. 
Ipomcea megapotamica. 

MELÓ. — Villa cabecera del departamento de Cerro Larg< > 
de la Rep. Or. del Urug.Fund. año 1792. 

MENDOZA. — Capital de la provincia del mismo nombre de 
la Confederación Argentina. 32 o 53' 5" lat. aust. Fund. año de 
1 56 1 por los conquistadores de Chile, enviados por su gober- 
nador D. García Hurtado de Mendoza. El año de 1861, y en 
el propio mes de su fundación (marzo), fue totalmente destrui- 
da, en un solo instante, por repentino terremoto acaecido á 
las primeras horas de una noche clara, serena, suavizada por el 
más apacible ambiente, ¡pereciendo diez mil almas bajo sus 
escombros! Junto á ellos está reedificada la nueva ciudad, más 
populosa hoy que antes de la catástrofe: tales son las fuerzas 
vitales de la honrada provincia de que es cabeza. 

MENDOCINO, na, adj.— Natural de la ciudad ó de la pro- 
vincia argentina de Mendoza. Ú. t. c. s. — Perteneciente á 
una ó á otra. 

MENGUA, m. — Farsa ó entremés que ejecutaban los gua- 
raníes de las Misiones. 

Del guar. meguá, gracia, chocarrería. También mengua. 

«A la noche celebraron los anistas su arctc'-guazú, con bai- 
les y menguas y con algunos porongos de agua de una lagu- 
na vecina, bien íresca, pero turbia.» (Exped. de Ibirapitá-Guazú 
hasta Sto. Domingo de Soriano por un jesuíta misionero; Rev. 
de la Bibl. P. de Bs. As., Trelles.) Areté-guazú (fiesta grande) es 
la Pascua. 

MERCEDES. — Departamento de la provincia argentina de 
Corrientes. — Capital del mismo departamento. — Ciudad cabe- 
cera del departamento de Soriano de la Rep. Or. del Urug. 
Fund. año 1788. 

MERCEDARIO, ría, adj. — Hemos oído llamar así á los 
naturales de Mercedes (R. O. del U.), que nosotros entendemos 



282 DANIEL GRANADA. 



deberán ser mercedinos. Ú. t. c. s. — Lo mismo decimos de lo 
perteneciente á dicha ciudad. 

MERCEDINO, na, ixáy—Mcrccdaiio. 

MESOPOTAMIA ARGENTINA.— Territorio comprendido 
entre los ríos Paraná y Uruguay, y que abraza las provin- 
cias de Entre Ríos y Corrientes y las Misiones; denomina- 
ción dada por Mr. Martín de Moussy, y seguida por geólogos 
y naturalistas. 

METAN. — Departamento de la provincia argentina de 
Salta. — Capital del mismo departamento. 

MILICO, m. fam.— Soldada 

MILONGA, f. — Tonada popular muy sencilla y monótona. 

En la provincia brasileña de Pernambuco significa enredos 
y ambages; de origen hunda, milonga mulonga, palabras 
(Beaurepaire-Rohán). 

MINAS. — Departamento de la provincia argentina de Cór- 
doba, fronterizo á la Rioja. — Villa cabecera del departamen- 
to del mismo nombre en la Rep. Or. del Urug. Fund. año 

I783- 

MÍNENSE, adj. — Natural de la villa ó del departamento 
de Minas. Ú. t. c. s. — Perteneciente á uno ó á otro. 

Llaman vulgarmente en la República O. del Urug. rainua- 
nos á los minenses. Ni ¡ninuanos puede derivarse etimológi- 
camente de mina, ni históricamente de los indios minuanes, 
puesto que no residían en Minas, ni en ninguna otra parte, 
sino que eran errantes. 

MINDONIENSE, adj.— Natural de Minas. U. t. c. s.— Per- 
teneciente á dicha ciudad y departamento. 

MINERO, m. — Ratón pequeño. 

MINUÁN, na, adj. — Dícese del indio cuya parcialidad, al 
tiempo del descubrimiento, habitaba la costa norte del río 
Paraná, desde el Uruguay hasta la actual capital de la pro- 
vincia de Entre Ríos, ó sea frente á la desembocadura del 
río Salado de Santa Fe. Ú. t. c. s. — Perteneciente á dicha 
parcialidad. 

Los minuanes pasaron el Uruguay é hicieron alianza con 



VOCABULARIO RIOPLATENSE. 283 

los charrúas, con quienes se mezclaron, corriendo su pro- 
pia suerte. 

MINUANO, na, adj.—Minnáu. 

MIOMIO, m. — Hierba venenosa, que mata al ganado que 
la come. V. CHILCA. Bachaiis coridifolia (asteroidece: comp.), 
según Gibert. En Colm. miu del Perú (solanáceas) . 

«Hay una yerba ponzoñosa que llaman miu, que en algunas 
partes y pastos está entremetida y disimulada, que comiéndola 
los ganados, mueren della.» (Reí. gcogr. de Ind., Guamanga). 

«Proseguimos la marcha hasta la otra banda del río Miriñay, 
donde empezamos á experimentar la falta de pasto para las 
cabalgaduras, cargado todo aquel campo de esta yerba mala 
que llaman mío, de que las muías y caballos comieron hasta 
llenar bien la barriga, y por la mañana del día siguiente ama- 
necieron muchos muertos por los alojamientos de los indios, y 
los que, ó por no haber comido tanto como los otros, ó por 
hallarse con más disposición para resistir el veneno de dicha 
yerba, quedaron totalmente sin fuerzas, aunque á la vista esta- 
ban gordos, fueron muriendo algunos.» (El padre misionero 
Policarpo Dufo, Entrada que se hizo el año de 1J15 al castigo de 
los infieles; Rev. del Arch. de B. A., Trelles.) 

«Vimos bastante ganado vivo, y no poco muerto por el frío 
y mal pasto, porque en estos parajes hay mucho cardo silves- 
tre y mío-mío, que comerían de hambre.» (Exped. de Ibirapitá- 
Guazú hasta S. D. de Sor. por un padre de la Comp. de Jes; Rer\ 
de la Bibl. de B. A., Trelles.) 

MISIA, f. — Distintivo que se antepone obsequiosamente al 
nombre propio de una señora cuya amistad se cultiva. 

Apunta D. Rufino José Cuervo que mi sia, usado en Bogotá, 
primeramente hubo de ser mi sea, y siempre, añade, por más 
orondo que corra, tiene su rcmusguillo de vulgaridad. Sia, ó sea, 
si efectivamente se dijo así primero, es síncopa de señora. 

En Chile mi sea ó miseá, y parece que también misiá 
(Rodríguez). 

En el Río de la Plata no hay mi sia, ni mi sea, ni miseá, ni 
misiá; sino lisa y llanamente mista. Úsalo la gente culta; y si 
hay en ello remusgo de vulgaridad, debe de ser muy tenue, 



284 DANIEL GRANADA. 



porque no se nota por acá. Por acá, al contrarío, parece sonar 
toscamente en los oídos la socorrida. doña, con todo su señorío. 

Hemos dicho en la definición que mista es un distintivo que 
se antepone obsequiosamente al nombre propio de una señora 
€?tya amistad se cultiva; porque no siendo persona á quien tra- 
tamos, le corresponde necesariamente doña. Y aun siendo de 
nuestra amistad, sólo puede usarse del mista dirigiéndole la 
palabra ó nombrándola entre personas que también se traten 
con ella. En suma, señora doña es el tratamiento verdadera- 
mente respetuoso y distinguido, si bien el distintivo doña está 
bastante vulgarizado, y mista es distintivo familiar usado por 
la gente culta cuando se dirige á personas de su misma con- 
dición. Dicho se está que mista, aunque equivale á mi señora, 
no va nunca acompañada de doña, que, al cabo, equivale á 
la misma cosa. 

MISIONERO, ra, adj .— Natural de Misiones. Ú. t. c. s.— 
Perteneciente á ellas. — Dícese también del natural de las 
comarcas del Paraná y Uruguay donde los jesuítas, y desqués 
de su expulsión otras órdenes religiosas, tenían sus misiones, 
cuyos pueblos fueron destruidos en el año de 1817 y subsi- 
guientes. 

MISIONES (tenitorio de). — Fracción del que primitivamente 
ocupaban las misiones jesuíticas bajo el dominio de España, 
de donde le viene el nombre particular de Misiones. Hállase 
al norte de la provincia de Corrientes, entre los ríos Uruguay, 
Pequirí Guazú, San Antonio Guazú, Yguazú ó Grande de 
Curitibá, y Paraná. Á los ríos Pequirí Guazú y San Antonio 
Guazú llaman los brasileños Chapecó y Chopín. 

MISIONES. — Departamento de la República del Paraguay. 

MISTOL, m— Árbol de fruto comestible y cuya cascara 
sirve para hacer jabón. Zizyphus mistol. 

MITRE— V. TOTORAL. 

MITÚ, m. — Ave de unos dos pies y medio de longitud y 
de color pardo acanelado y amarillento, con copete. 

Del guar. mí/u. 

«Mucho más en el mitú, que es tan fácil de domesticar, como 
que ya es esclavo en algunas partes.» (Azara.) 



VOCABULARIO RIOPLATENSE. 285 

MOCOBI, adj. — Dicese del indio de una parcialidad, terri- 
ble por su fiereza, que erraba por el sur del Chaco, de idioma 
parecido al de los abipones. U. t. c. s. — Perteneciente á dicha 
parcialidad. 

MOJINETE, m. — Frontón ó remate triangular de la pared 
principal ó fachada de un rancho, galpón ó cualquiera otra 
construcción semejante. 

Lo propio en el Perú (Palma). 

Confórmase con nuestra definición la de Rivodó: «parte su- 
perior triangular dé las paredes, sobre la cual se apoya el 
caballete.» 

En Chile, según Rodríguez, tiene dos acepciones: el caballete 
de los tejados y la cubierta voladiza triangular que antigua- 
mente ponían sobre la puerta de las casas. 

En Cuba, «cadera muy abultada de las personas gruesas» 
(Salva). Pero le darán este sentido burlescamente, sin duda. 
Los ladinos arquitectos cubanos construyen en las caderas de 
las personas los guardapolvos que regularmente llevan sobre 
las puertas, balcones y ventanas los edificios antiguos. 

En suma, tenemos por sentido recto de la palabra el susodi- 
cho de frontón; por sentido traslaticio, el de guardapolvo de las 
puertas, ventanas, etc., de las casas; por sentido figurado burles- 
co, el de cadera abultada, y por impropiedad el de caballete. 

MOJO, m.— Moje. 

Lo mismo en Venezuela, según Rivodó. 

MOLINOS. — Departamento de la provincia argentina de 
Salta. — Capital del mismo departamento. 

MOLLE, m.— V. AGUARAIBÁ 

Del quich. y aruc. molle, muüi. 

La voz molle úsase con especialidad en las provincias 
argentinas arribeñas, para designar con ellas dos géneros de 
terebentináceas que allí se producen, el uno nedicinal, y el 
otro de fruto comible, del cual hacen aloja, considerada como 
un néctar refrigerante, que calma la fatiga y repara las fuerzas 
del cansado viajero. En las comarcas regadas por el Uruguay, 
Paraná y Paraguay llaman aguaraibá, guaribay, aguaribay, 
molle y muera á especies de terebentináceas, ora semejan- 



286 DANIEL GRANADA. 



tes, si bien no del todo, ora diversas del molle arribeño. V. 
AGUARAIBÁ. 

MONJITA, f. — Avecilla agraciada, de color gris blanque- 
cino el lomo, alas, y cola, que es larga, blanco el pecho y 
negra la cabeza, de forma que parece llevar en ella una toca. 

También viuda ó viudita. 

MONTE CASEROS. — Departamento de la provincia argen- 
tina de Corrientes. — Capital del mismo departamento. 

MONTEROS. — Departamento de la provincia argentina de 
Tucumán. — Capital del mismo departamento. 

MONTEVIDEANO, na, adj.— Natural de la ciudad ó del 
departamento de Montevideo. Ú. t. c. s. — Perteneciente á 
una ú otro. 

MONTEVIDEO.— Capital de la República Or. del Uru- 
guay. 34° 54' 20" lat. aust. 

Un tripulante de la expedición de Hernando de Magalla- 
nes, quien el año de 1520 visitó el río de la Plata en viaje 
hacia el sur, buscando un paso para la India, descubrió, á 
la distancia, el cerro de Montevideo, y anunció lo que veía 
con estas palabras: monte vide cu; de donde le vino el nom- 
bre á aquella ciudad. Fue fundada año de 1726 por D. Bruno 
Mauricio de Zavala, gobernador y capitán general de las 
prov. del Río de la Plata. 

MONTIEL, ó monte de Moniiel. — Bosque inmenso de la 
provincia argentina de Entre Ríos, compuesto de ñanduba- 
yes, algarrobos, espinillos, chañares, biraroes, talas, ubajayes, 
coronillos y otros árboles, ya de maderas fuertes como el 
hierro, ya de propiedades tintóreas ó medicinales, así como 
la palmera, de que hay varias especies: el yatay, el dátil, el 
caranda. Sobre 25.000 kilómetros cuadrados calcúlase tener 
este coloso de los bosques. 

MONTONERA, f. — Grupo ó conjunto irregular de gente 
de caballería que guerrea contra las tropas del gobierno de 
un estado. 

El historiador argentino D. Luis L. Domínguez explica 
del modo siguiente el origen del vocablo: «Artigas, entre- 
tanto, permanecía á la cabeza de su montonera en los campos, 



VOCABULARIO RIOPLATENSE. 287 

haciendo la misma vida de los gauchos que lo seguían. Su 
habitación era una carreta, su comida un pedazo de carne 

cortado del asador Los grupos de merodeadores entre 

quienes vivía, se llamaban montones, y de ahí viene el nom- 
bre de montonera con que se designaban las masas dé caba- 
llería que lo seguían.» {Hist. Argenl.) 

«En la América del Sur, pelotón de tropa irregular de 
caballería, compuesta exclusivamente de los semisalvajes que 
habitan las pampas de Montevideo, Buenos Aires y Chile.» 
(La Acad.) Montevideo está tomado por el Estado Oriental 
del Uruguay, donde no hay pampas, pues todo su suelo es 
quebrado. 

MORO, va, adj. — Dícese del caballo ó yegua de color negro 
entremezclado con blanco. Ú. t. c. s. 
MOROCHO, cha, adj.— Moreno. 

Derivado de moro, con alusión al color natural de los habi- 
tantes de la antigua Mauritania. 

Dícese en especial de las jóvenes morenitas. Morocha: mo- 
renita, trigueñita. 

Lo propio en el Perú (Palma). 

En Venezuela morocho es, generalmente, sinónimo de mellizo 
ó gemelo (Rivodó). No puede darse mayor impropiedad. 
Del maíz, dice D. F. Acuña de Figueroa: 

Y hasta pan nutritivo y buen bizcocho 
Se elaboran del blanco y del morocho. 
«Fig. y fam. Amc'r. Tratándose de personas, robusto, fresco, 
bien conservado.» (La Acad.) 

MORRO. — Departamento de la provincia argentina de San 
Luis. — Capital del mismo departamento. 

MORTERO CHATO.— Utensilio prehistórico usado por 
los indios de ambas márgenes del Plata. Llamárnosle mortero, 
porque como tal lo clasifican los arqueólogos; supuesto que lo 
sea, el calificativo de chato conviene perfectamente con su 
forma. 

Poseemos dos ejemplares hallados en las inmediaciones de 
la ciudad del Salto de la República Oriental del Uruguay, 
tuntas del arroyo Ceibal, chacra del teniente coronel D. 



288 DANIEL GRANADA. 



Bartolomé Caballero, á cuya fineza debemos el favor de 
disfrutar este raro instrumento de la nebulosa vida del hom- 
bre prehistórico en las regiones del Plata. El uno es de la 
forma y condiciones siguientes: piedra muy dura, pesada y 
consistente; color pardo oscuro; forma circular; canto redon- 
deado; espesor seis centímetros; circunferencia cincuenta y 
cuatro, correspondiente á un diámetro aproximativo de diez 
y siete; dos concavidades contrapuestas, ó sea una de cada 
lado, cuya profundidad central ó máxima es de un centíme- 
tro, y de nueve próximamente su anchura. Hallóse enterrado- 
cerca de la superficie del terreno, que es arenoso, y en ella 
el segundo, que se indica en seguida. Su tamaño un poco 
menor que el del primero, más tosco y de forma oblonga; 
en todo lo demás semejante, á proporción de sus respecti- 
vas dimensiones. En ambos son un tanto desiguales las con- 
cavidades de cada una de sus caras: un poco menos honda 
y de menor diámetro superficial la de un lado que la que 
aparece en el lado opuesto. 

D. Florentino Ameghino (La antigüedad del hombre en el 
Plata) presenta un ejemplar casi idéntico al primero de los 
descritos, hallado, entre otros más imperfectos, en paraderos 
charrúas, cerca de Montevideo. Dice así el arqueólogo argen- 
tino: «Este (ejemplar) es de forma circular, aunque no per- 
fecta. Su mayor diámetro tiene algo más de 18 centímetros y 
su alto es de ó. Una de sus caras está ocupada por una depre- 
sión circular poco profunda, cuya superficie está muy gastada, 
al parecer, por el agua. El borde de la piedra forma una curba 
también bastante gastada. La otra cavidad es más pequeña, 
pero más honda y también de forma circular. Tiene 10 centí- 
metros y 22 milímetros de profundidad.» 

Los charrúas, al tiempo del descubrimiento del río de la 
Plata, discurrían por su costa septentrional, subiendo por la 
oriental del Uruguay hasta el San Salvador, y no más arri- 
ba, donde acampaban los yaroes y bohanes, quienes es pre- 
sumible ocupasen antes las vertientes occidentales, así como* 
también los chanaes, que á la sazón se albergaban de ordi- 
nario en las islas inmediatas. De donde puede inferirse qae 



VOCABULARIO RIOPLATENSE. 289 

la generación charrúa enseñoreaba antiguamente la costa 
oriental del Uruguay, cuando menos hasta el Arapey ó el 
Cuaréin, como lo verificó después que, empujadas por los 
españoles sus hordas indomables, se corrieron hacia el norte, 
exterminando las, que moraban á sus espaldas. Los estudios 
etnológicos sobre el Río de la Plata no permiten hasta el pre- 
sente afirmar que los charrúas perteneciesen á la misma 
generación que los pampas, suposición contradicha por el 
citado escritor, que los considera guaraníes. Sin embargo, -el 
uso de utensilios que, como el mortero de que se trata, no 
han aparecido hasta el día de hoy en las regi< mes habitadas 
por indios conocidamente guaraníes, y sí en las que ocupa* 
han los pampas, así como el de las bolas de piedra como 
instrumento ofensivo y de caza, que en la ¿poca del descubrí- 
miento v conquista (cuando menos) no las manejaban sino las 
parcialidades de una y otra banda del Plata, concurren a 
hacer algún tanto probable la inferencia de que la genera- 
ción charrúa, del mismo modo que su industria primitiva, 
tengan origen del lado de los Andes. El parentesco á que 
se alude, supuesta la conjetura, debe sobrentenderse inme- 
diato con los indios que tenían sus aduares en la costa 
austral del río de la Plata, cuando arribaron los españoles, y 
á quienes éstos dieron el nombre de querandics, que son in- 
dudablemente los legítimos pampas; pues años adelante baja- 
ron de la Cordillera diversas parcialidades de estirpe arauca- 
na, de quienes acaso sean afines. 

MOTE, m. — Maíz bien cocido, con un poco de sal. 

Lo propio en el Perú (Palma). 

Del quich. mu/i. 

En Chile, trigo hervido con lejía hasta que suelta la casca- 
ra, y después convenientemente lavado (Rodríguez). 

Hacemos respecto del mole las propias observaciones que 
hemos hecho respecto del locro, á cuyo artículo nos remitimos. 

Los araucanos también llamaron muti ó mulhi, como los 
quichuas, al maíz cocido, y dieron el mismo nombre al de tri» 
ffO (Pebres). 
10 



290 DANIEL GRANADA. 



•<E1 mismo maíz cocido en agua hasta reventarse los granos, 

en cuya forma le dan (en Quito) el nombre de mote, sirve en 
lugar de camcha, no solamente de alimento á los indios, pero 
también ala gente pobre.» (Ulloa, Via/, á la Amar, mm'<f.\ 
Entonces de maíz los orientales 
Hacen el blando mofa, 

(D. F. A. de Figueroa.) 

MUAY, m. — Insecto, especie de mosquita colorada, más 
irritante que la cantárida, que en Corrientes, Misiones. Para- 
guay, etc., nace á favor de una sustancia que despide el guem- 
bc en los hoyos que dejan en el tronco los cabos de las hojas 
que caen. 

Del guar. m'uai. 

MUCAMO, ma. m. y f. — Persona que sirve á otra, ó á una 
familia, en los quehaceres domésticos, como barrer, acomodar, 
cebar mate, hacer mandados, etc. Mucamas se dijo primitiva- 
mente á las jóvenes de raza africana que servían á la señora y 
señoritas de una casa. Después se llamó en general mticamas á 
las sirvientas de una casa, con excepción de la cocinera. Y en el 
día de hoy se da también á los criados el nombre de mucamos. 

En la provincia de Río Grande del Sur del Brasil 
dicen mucamos y mucamas á los sirvientes de una casa en 
general, como en el Río de la Plata. Lo mismo sucede en Río 
Janeiro y en otros puntos del mismo país; pero en ellos está asi- 
mismo en uso decir mucamba \ miicuma á la negrilla que acom- 
paña á la señora, y en Bahía y Pernambuco mumbamba. 

El origen del vocablo mucama es, sin duda, africano. Si la 
oportunidad y el uso son prendas que favorecen la admisión, 
en una lengua, de voces nuevas, ninguna en caso más aparen- 
te que la de mucama; pues ninguna de uso más general y 
constante, ni más oportuna, ni que mejor se acomode al 
mecanismo fónico del castellano. 

MULERO, ra, adj. — Perteneciente á la muía. 

MULEQUE, m. — Antiguamente, negrito esclavo. 

En el Brasil molequc, con la propia significación; voz africa- 
na, según Fr. Francisco de S. Luis, trae Beaurepaire-Rohán. 

«Y así me ha parecido escribir al señor tesorero licenciado 



VOCABULARIO RIOPLATENSE. 291 

Luis Alemán de Aviles, que cuando pasó por aquí y desde 
que está allá me ha ofrecido hacerme merced, para que me la 
haga en comprarme cuatro muleques de catorce años, bien 
agestados, y dos negritas de la misma edad para mi servicio.» 
(Carta del gobernador de Tucumán D. Felipe de Albornoz 
al Sr. Pablo Núñez de Vitoria, 1631; Rev. del Ardí, de B. A. 
por D. M. R. Trelles.) 

MULITA, f. — Tatú de una media vara de longitud, cuya 
Forma y postura de ovejas se parecen á las de la muía. 






N 



NACIÓN ARGENTINA.— Comprende las provincias y 
territorios federales que se expresan en el artículo Confedera- 
aón Argentina. 

La Constitución de la Nación Argentina establece: 

«Las denominaciones adoptadas sucesivamente desde 1810 
hasta el pressnte, á saber: Provincias Unidas del [Río de la 
Plata, República Argentina, Confederación Argentina, serán 
en adelante nombres oficiales indistintamente para la designa- 
ción del gobierno y territorio de las provincias, empicándose 
las palabras Nación Argentina en la formación y sanción de 
las leyes.- (Art. 35.) 

NAMBÍ, adj. — Dícese del caballo 6 yegua que tiene una de 
las orejas caída. Ú. t. c. s. 

Que tiene una oreja caída, marchita, dicen los paisanos, al 
explicar el sentido de la voz. 

Del guar. nambiyeroá apocopado, que tiene las orejas caídas. 

En la provincia brasileña de Río Grande del Sur, también 
nambí, con la propia significación que en el Río de la Plata 
(Beaurcpaire-Rohán). 

NANA, f. — Herida, enfermedad, dolor, dirigiendo la pala- 
bra á un niño que todavía no sabe hablar, á quien se le enseña 
á pronunciarla para que en todo caso pueda dar á conocer 
sus dolencias. 

Lo propio en Chile; del quich. nanai, dolor, enfermedad 
^Rodríguez). 

NEGRO {rio). — Río que divide la Patagonia de la Pampa, 
entre los 38 y4i° de lat. aust. Trae su origen de la cordi- 
llera de los Andes y desemboca en el océano Atlántico en 
los 41 o 2' de lat. V. RÍO NEGRO (Rep. O. del Ur.). 



VOCABULARIO RIOPLATENSE. 293 

NEVADO, da, adj. — Dícese del animal vacuno colorado y 
salpicado de blanco. 

ÑOCO, m. — Pedacito de tabaco. 

NOQUE, m. — Tipa grande para guardar grasa, sebo, chi- 
charrones, etc. 

NOGOLI. — Departamento de la provincia argentina de 
San Luis. — Capital del mismo departamento. 

NOGOYA. — Departamento de la provincia argentina de 
Entre Ríos. — Capital del mismo departamento. 

NOVILLO, m.— Toro castrado. 

La castración tiene por objeto el engorde del animal para 
venderlo en los saladeros, y se practica á los dos años y medio 
ó tres de edad. 

Al toro muy nuevo le llaman torito ó torete. 

Lo mismo en Bogotá. «Entre nosotros no se aplica el nombre 
de novillo sino cuando el animal está castrado.» (Cuervo.) 

«La carne de vaca es la más tierna y de mejor gusto: le sigue 
la del buey y novillo (asi llaman al capón no nomado, aunque 
tenga seis ó más años), y la más inferior es la del toro.» (Azara.) 

«Toro ó buey nuevo, y más particularmente el que no está 
domado ó sujeto al yugo.» (La Acad.) 

NUTRIA, f. — Cuadrúpedo de los bañados, que se asemeja 
mucho al conejo, de color pardo, con mucho pelo liso, cola 
larga y la parte extrema de los dientes revestida de un esmalte 
encarnado. Su piel es un ramo de comercio, y su carne una 
comida estimada. 



Ñ 



ÑACANINÁ, f.— Víbora grande y brava, del Chaco, Para- 
guay, etc. 

Del guar. ñacaniná. 

ÑACUNDÁ, m. — Ave nocturna, de una cuarta)- pies de 
longitud y de color pardo acanelado con mezcla de negro y 
1 ilanco. 

Del guar. ñacundá. 

¿Habita (el ñacundá) los campos, y aun me parece que pre- 
fiere los húmedos. > (Azara.) 

ÑACURUTÚ, m. — Lechuzón, de un pie y cuarto de longi- 
tud próximamente; las plumas de color acanelado, que es el 
que predomina, y negruzco, así como el de unas que á manera 
de cuernos tiene junto á sus escondidas orejas, que son asque- 
r< >sas, de donde baja una lista negra que le circunda la cara 
como el barbijo de un sombrero, y hacia el centro de ella una 
mancha blanca en forma de cruz; las uñas y pico corvos, éste 
muy fuerte y agudo; los ojos castaños, grandes y redondos. 
Criándolo guacho, se hace familiar. Es muy torpe y perezoso; 
permanece inmóvil todo el día donde lo pongan; pero de noche, 
apenas oscurece, sube á las barandas y azoteas y anda calla- 
damente de aquí para allí como un duende. Expresa su alegría 
ladrando como un gozquejo, particularmente cuando se le 
acerca ó ve pasar una persona á quien conoce ó que le ta- 
bla. Asustado, á la presencia, por ej., de un perro, se es- 
ponja y contonea, erizando el plumaje y abriendo en forma de 
abanico las alas, y en esta actitud bufa como un gato y cas- 
tañetea fuertemente con el pico. Tiene también un gimoteo 
semejante al de la paloma, con el que parece manifestar su pol- 
tronería. Creían los guaraníes que el contacto con este avechu- 
cho les contagiaba el vicio de la pereza. 



VOCABULARIO RIOFLATENSE. 296 

Hay un par de lechuzones más, eme llevan el mismo nom- 
bre de ñacurutú, con alguna diferencia en el color de su plu- 
maje. 

Del guar. ñacurutú. 

«Dice su nombre (el ñacurutú) fuerte y narigalmente, con 
que asusta á los que transitan de noche por los bosques ele- 
vados, que son sus palacios.» (Azara.) 

NANDÚ, m. — Avestruz de unos cuatro v medio pies de 
longitud y de color Illanco ceniciento con mezcla de oscuro, 
muy veloz en su carrera, y nadador. Mace el nido en medio 
del campo, encobando el macho, que tiene la precaución de 
dejar podrir uno ó dos huevos, para romperlos cuando salgan 
los polluellos, y que se alimenten éstos con las moscas que 
naturalmente atrae la podredumbre. 

Del guar. nandú. 

«Son (los ftandúi) curiosos, y se advierte que se paran á 
mirar por las ventanas y puertas lo que pasa adentro.» (Azara.) 

ÑANDUBAY, m. — Árbol del género de las mimosas (aca- 
cias), de madera muy dura y pesada, que se emplea general- 
mente en cercos de estancias, corrales, etc. Lo hay negro y co- 
lorado. Clavado un poste de ella en tierra., no se pudre ja- 
más, antes se petrifica. Ptmopis 

Del guar. ñandubai. 

Dovela el sueño de gloriosos muertos 
La solitaria cruz del ñandubay. 

(D. Rafael Obligado.) 

NANDURIK, f.- — Víbora la más pequeña y de más activo 
veneno de las regiones del Plata (hacia el norte). 

Del guar. 

XAXDUTÍ, m. — Tejido que imita el de cierta telaraña, 
primitivamente trabajado con sumo primor y delicadeza por las 
mujeres del Paraguay y hoy generalizado cu todo el Río de la 
Plata. Hácensc con él pañuelos, toallas, almohadones, colchas 
y otras piezas semejantes. 

Del guar. ñánduñ, araña blanca. 

ÑANGAPTRÉ, «.—Especie de pitonga, de fruto amarillen- 



296 DANIEL GRANADA 



to, mayor y menos dulce que el de aquélla. — Fruto de este 
árbol. 

Del guar. añangapin. 

ÑAPA, f.— V.LLAPA. 

ÑANGO, ga, adj. — Desairado. 

Es voz vulg. y fam. 

ÑAPINDÁ, m. — Planta del género de las mimosas, especie 
de zarza armada de millares de espinas arqueadas como las 
uñas del gato, por lo cual se le llama también uña de gato. Da 
una flor parecida á la del cspinillo, pero larga en vez de esféri- 
ca, amarillenta y de suave fragancia. 

Del guar. ñapindá. 

ÑATO, ta, adj. — Que tiene la nariz respingada. Ú. t. c. s. — 
Úsase asimismo en sentido afectuoso, hablando de un niño. 

Lo propio en Chile (Rodríguez) y en el Perú (Palma), así 
como, por lo menos en cuanto al sentido recto, en Bogotá 
(Cuervo), en Venezuela (Rivodó) y en Cuba (Cuervo, remi- 
tiéndose á Pichardo). 

Un juez ñato como un dogo 
De gran sabio blasonaba, 
Y el amor propio chocaba 
De un antiguo pedagogo. 

Mas éste exclamo: ¿qué dices? 
¡Pobre chato! No te alabes: 
¿Qué has de saber, si no sabes 
Dónde tienes laz narices? 

(D. F. Acuña de Figueroa. ) 

ÑENDAY, m. — Loro de color verde amarillento, con man- 
chas oscuras tirando á rojo y azul, más chillón y bullicioso 
aún que el maracaná, y que anda en bandadas. 

Del guar. ñendaí, parlón. 

«Vive (el ñenday) en bandadas numerosísimas, que ponen 
una centinela para que avise las novedades, mientras los de- 
más bajan al suelo á comer ó beber.» (Azara.) 



o 



OBEDECIMIENTO, m. — Acto solemne de recibir las 
cédulas, provisiones y ordenanzas reales. La autoridad, fuese 
cual fuese su condición, militar, civil ó eclesiástica, á quien 
iba dirigido el real mandato, poníase en pie, destocábase, y, 
á usanza oriental, introducida seguramente por los árabes en 
España, tomábalo en sus manos, besábalo y poníalo sobre su 
cabeza, proclamando obediencia y atacamiento, como á carta 
de su rey y señor natural, y ordenando inmediatamente que 
se guardase, cumpliese y ejecutase en todas sus partes, que 
se custodiase en el archivo y que se sacasen, autorizados en 
forma, los testimonios correspondientes. Esta sumisión, al 
parecer, obsoluta no obstó á que, en ocasiones, considerado 
perjudicial el mandato, se dejase de ejecutar, protestando: 
obedezco; pero no cumplo. D. Antonio Ferrer del Río (Hist. 
del reinado de Carlos III en Esp.), hablando de los virreyes 
de América, se explica en estos términos: «Si un decreto del 
Consejo de Indias llegaba á recordarles que no podían bla- 
sonar de independientes, con poner al margen la fórmula 
muy en uso y provechosa á veces de se obedece, peto no se 
ejecuta, seguían ejerciendo triunfalmente el mando absoluto.» 

OJOTA, f. — Calzado á manera de sandalia, hecho de cuero 
ó de filamento vegetal, usado por los indios del antiguo Perú 
y de otras partes de América, y actualmente por la gente 
campesina de las provincias arribeñas. 

Del quich. uxuta. 

Úsanla en Chile los peones de chacras y de las minas (Ro- 
dríguez); en el Perú los indios serranos (Paz-Soldán). 

La Acad. define así la ojota: «Especie de calzado que usaban 
las indias, el cual era á modo de las alpargatas de España. Dá- 



•ií)S DANIEL GRANADA. 



II 



balas el novio á la novia al tiempo de casarse; si era doncella, 
se las daba de lana, y si no, de esparto.» Formó, al parecer, la 
Acad. esta definición en vista de un pasaje de Herrera (Dec. 
5. a , lib. 4. , cap. i.°), en que describe las particulares ceremo- 
nias del matrimonio en el imperio de los Incas. Pero, al ha- 
cerlo, si efectivamente lo hizo, se ha padecido una distracción; 
porque Herrera no dice que el zapato como alpargate, que lla- 
man ojota, fuese un calzado especial de las novias ni de las 
indias. Usábanlo hombres y mujeres, y tanto el de los unos 
como el délas otras era llamado ojota ó usuta. Usuía ú ojota, 
indistintivamentc, dicen aun hoy día en las provincias argenti- 
nas arribeñas. 

«Traen (los indios) en los pies unas suelas de cuero con 
unas ataduras de lana con que las atan en el empeine y talón 
del pie, que llaman ojotas; y también las hacen de cabuya, 
que es la hoja del maguey-,» etc. (Md.geogr.de //ni. publ. por 
D. M. Jim. de la Esp; Kcpart. de Alunnicana.) 

»Y estas (matas de magua), beneficiadas, se hace de ellas 
cabuya, ques mejor y más larga que estopa, de, la cual se hacen 
sogas de todo género, y alpargates, y los indios su calzado, 
ques á manera de sandalias, que llaman ojotas (uxutas).-» (Reí. 
citadas: (i na manga.) 

«Asimismo mandó (el inga) hacer depósitos en cada pro- 
vincia que á él le páresela, y los mandaba bastecer de toda 
comida y de ropa y de /¿ojotas y de todas las demás cosas 
que son necesarias para da gente de guerra,» etc. (Fernando 
de Santillán, Re!, publ. por D. M. Jim. de la Esp.; Tres. id. 
per.) 

Como los árboles en que trabaja el serrano de los Andes 
son, por lo general, espinosos, tiene necesidad de usar la ojota 
para no lastimarse los pies. Es, pues, este calzado más propio 
del hombre que de la mujer, que regularmente anda descalza. 

OLIVA. — Departamento de la República del Paraguay. 

OMBÚ, m. — Á rbol frondoso. Prende de rama y en cual- 
quier terreno. Su madera no arde, ni sirve para nada; pero sus 
hojas tienen propiedades medicinales: son purgantes. Es el 



VOCABULARIO RIOPLATENSE. 299 

pircunia diocia Moq. (jitolacáccas) que menciona Colm. con el 
nombre de Iwtnbú de Buenos Aires. 

ORAN. — Departamento de la provincia argentina de Salta. 
— Capital del mismo departamento. 

OREJANO, na, adj.— Dícese del animal que no tiene mar- 
ra ó que está contramarcado. 

Dicese del becerro que está sin madre y sin hierro ó mana. 
(La Acad.) 

OREJANO, na de marca, adj. — Dícese del animal contra- 
marcado. 

OREJÓN, i/a, adj. — -Dícese del indio de una parcialidad 
que vivía cerca de la sierra de San Fernando, al norte, del 
Chaco, en los 19 o de lat. aust. Ú. t. c. s. — Perteneciente á 
dicha parcialidad. 

Los orejones, de cuerpo mediano, ensanchábanse las orejas, 
probablemente á fuer de adorno, hasta el punto de juntarlas 
casi con los hombros. Al intento horadábanlas é introducían 
en ellas, á medida que iban dando de sí, unas calabacitas ó 
rodajas más y más grandes. Así igualmente ciertas personas de 
nobleza y mando en el imperio de las Incas. 

ORIENTAL, adj.— Natural de la República Oriental del 
Uruguay. Ú. t. c. s. — Perteneciente á esta nación. 

Siempre se ha llamado oriental, y no uruguayo (véase esta 
palabra), el nacido en el país que antes era Banda Oriental y 
hoy es República Oriental del Uruguay. Si, preguntando á alguno, 
¿de dónde es usted? respondiese: soy uruguayo, daría á conocer 
que ha vivido muy poco tiempo en su patria. Pero se emplea 
más comúnmente la voz uruguayo que la de oriental, cuando se 
quiere dar al pensamiento una forma literaria, usándola á ma- 
nera de epíteto, como letras uruguayas; sobre todo en poesía, 
donde el gusto del poeta entra por tanto como las reglas gra- 
maticales: ibero por español, lusitano por portugués, uruguayo 
por oriental. 

El famoso caudillo D.José Gervasio Artigas se titulaba El 
jefe de los ORIENTALES. 

Los Treinta y tres orientales son como un símbolo de 
libertad y heroísmo en la patria de Lavalleja, quien el año 1825, 



300 DANIEL GRANADA. 



acompañado de treinta y dos campeones, emprendió vigorosa 
campaña contra las huestes del Brasil, que ocupaban la banda 
oriental del Uruguay. 

El himno nacional, compuesto por D. Francisco Acuña de 
Figueroa, empieza: orientales, la patria ó la tumba. 

Por último, el Código Civil de laRep. O. del ' Unig. se expresa 
así: «la ley oriental no reconoce diferencia entre orientales y 
extranjeros» etc. 

ORISTINÉ, adj. — Dícese del indio de una parcialidad ori- 
ginaria de la familia lulé en el sur del Chaco. Ú. t. c. s. — Perte- 
neciente á dicha parcialidad. 

ORTIGA VIZCACHERA.— Ortiga de hoja diminuta y 
mucho más brava que la común. Hállase solamente en las 
inmediaciones de la cueva deX^x vizcacha. 

OVEJERO, adj. — Aplícase al perro que cuida del ganado 
lanar. 

En el Dice, de la Acad. el sustantivo ove/ero, ra: persona que 
cuida de las ovejas. 

«Éntrelos (perros) demésticos merecen particular mención 
los que apellidan ovejeros, porque cuidan del ganado lanar 
aquí, donde no hay los pastores que en Europa. Estos perros 
echan la majada del corral por la mañana, la conducen al 
campo, la acompañan todo el día, conservándola unida; y si son 
muchos, se reparten al rededor, defendiéndola de los pájaros 
de rapiña, de perros cimarrones, del hombre y de cualquier 
insulto. Al ponerse el sol, la vuelven al corral, donde se echan 
á dormir, y pasan la noche juntos. Si se quedan atrás algunos 
corderitos recién nacidos, los toman cuidadosamente en la boca 
y los conducen un trecho, ^volviendo por otro, hasta que no 
queda ninguno». (Azara). 



p 



PAGARA, m. — Especie de timbó, al que excede en corpu- 
lencia. Enterolobiutn timbauha. 

PACAY, m.—Ligá. 

En Colín, pacae ó pacay del Peni (inga Feuillei DC: legumi- 
nosas). 

PACÚ, m. — Pez grande de los ríos, escamoso, achatado 
pardo y de carne exquisita. 

Del guar. pacú. 

PAISANAJE, m. — Paisanos en general. 

PAISANO, na, m. y f. — Persona que es del campo. Su pro- 
totipo, el gaucho. 

La Acad. registra esta voz como provincial de Asturias en la 
acepción de persona que anda siempre en el campo. En el Río 
de la Plata es voz corriente en este sentido, es decir, en el de 
persona que nace, o ha sido criada, y vive y trabaja, en el 
campo. «En Galicia, dice Don Fernando Fulgosio en la no- 
vela Alfonso, premiada por la Academia Española, no existe 
la aldea, tal como se entiende generalmente; por lo tanto, es 
harto natural que al aldeano llamen allí paisano, lo cual, en 
semejantes circunstancias, está muy lejos de ser galicismo.» 
En el Río de la Plata no se conoce la aldea, ni ha habido ja- 
más sombra de ella. No puede haber, por consecuencia, en 
sus campañas más que campesinos, ó paisanos, entre cuyas vo- 
ces parece hallarse alguna diferencia de sentido. Campesino 
es un término general que significa visiblemente todo hombre 
trabajador del campo, en tanto que paisano se llama en espe- 
cial al que es nacido ó criado en él y que ha seguido y prac- 
tica los usos y costumbres de la vida rústica. Así al extranjero 
del campo, ó que vive y trabaja en él, no se le llama paisana, 



302 



DANIEL GRANADA. 



sino cuando se ha connaturalizado de tal manera con los usos 
y costumbres del país, que no se distingue en nada de los na- 
turales. Elimo es paisano en el sentido recto de la palabra; 
el otro, ó sea el extranjero, lo es sólo en sentido traslaticio. 
Galopando sobre el llano 
Solitario, algún paisano. 

(D. Rafael Obligado.) 

PAJA BRAVA.— Hierba que se cría en los bañados, de 
hoja larga, aserrada, muy cortante, medio cerrada, y que da 
como un plumaCho blanco que sirve de adorno en las salas. 
Gynerium argenteum Xas. (plumacea). 

Llámanla también paja de Sania Fe, y es la que comúnmente 
se emplea en los techos de los ranchos, quinchada con junco. 

PAJA DE SANTA FE.— V. PAJA BRAVA. 

Paja brava ó de Santa Fe es lo mismo, pero no cor/adera. 

PAJAL, m.— Pajonal. 

PAJONAL, m. — Espacio de tierra poblado de pajas, junco, 
totora y otras hierbas propias de los terrenos húmedos. 

Lo propio en el Perú (Palma). 

«En las cañadas y parajes que se suelen inundar con las 
lluvias ó con crecientes de arroyos, dominan plantas diferentes 
y más elevadas, como espadañas, pajas, cortaderas, alciras, 
pitas ó cardales de varias especies, y otras que no se nom- 
bran. Llaman pajonales á estas cañadas y bajíos.» (Azara.) 

PAJUATE, adj.— Bobalicón. 

En Venezuela pajuato por pazguato, según D. Baldomero 
Rivodó. 

Corrupción de pazguato (D. A. Magariños Cervantes, 
Juicio crít. del Vocab.) 

PALANGANA, adj. — Aplícase al que es descarado, bota- 
rate y algo sin vergüenza. — Ú. t. c. s. 

Paz-Soldán dice que en el Perú se aplica al que habla 
mucho, á aquel á quien todo se le na en palabras, y aun al charla- 
tán, ^.fanfarrón, etc., y respecto al origen de la voz infiere como 
probable que se haya tomado por término de comparación la 
ancha boca de una palangana, para designar con el nombre de 
este utensilio á una persona que todo es boca, aludiendo, no 



VOCABULARIO RIOPLATENSE. 3Q3 

ciertamente al que tiene la boca grande, sino al que habla por 
los codos. Para nosotros es más verosímil que tenga afinidad 
con la cara redonda, grande y lar mía de la palangana; porque 
realmente es preciso tener cara para ser un palangana. 
Charlatán, hablantín, tronera.: (Rodríguez.) 

PALENQUE, m. — Estacada para ordeñar vacas. Coasiste 
cu dos (') tres palos afianzados horizontalmente en cuatro ó 
cinco postes. — Poste destinad) > á palenquear animales braví >s 
(toros, caballos, etc.). 

PALENQUEAR, a. — Quebrantar la bravura de un animal no 
domado, amarrándolo al palenque y sobándolo. 

PALOS, pl. m. — Pedacitos de tronco de las ramas pequeñas 
que vienen entre la verba. V. MATE. 

PALO SANTO, ín.— V. GUAYACÁN. 

PAMPA, f. — Llanura muy extendida, sin vegetación arbó- 
rea. Concurre á caracterizarla la constitución de su superficie, 
que es una capa arcillosa, y tal cual vez arcilloso-calcárea, 
amarillenta ó rojiza. Esta clase de terrenos abarca una consi- 
derable extensión del territorio comprendido entre el océano 
Atlántico y ríos de la Plata y Paraná por el lado del oriente, 
la cordillera de los Andes al occidente, los 31 á 32 o de lat. 
austr. mirando al Chaco, y hacia el sur de la Patagonia. 
Presúmese antiguo mar, de lo que ofrece señalad) >s vestigios. 
Desde el Océano hasta la Cordillera se va elevando suavemen- 
te. En las partes más bajas de la llanura aparecen, acá y 
acullá, salinas. Las lluvias las convierten en charcos salados; 
cuando secas, parecen campos de nieve. — Dase en especial 
el nombre de Pampa al territorio comprendido entre las 
provincias australes de la Confederación Argentina y el río 
Negro, donde empieza la Patagonia; territorio en el cual, has- 
ta el año de 1870, tenían su campamento loa indios bravos 
conocidí >s por pampas. 

Del quich. pampa. 

:;Este dilatado distrito es todo llanura interminable, que 
corriendo desde cabo Blanco, en el mar del norte, llega has- 
ta las cordilleras de Chile, formando un célebre desierto, que 
acá llamamos pampas, castellanizando ya el vocablo, que es 



301 



DANIEL GRANADA. 



propio de la lengua quichoa, general en el inperio peruano, en 
que significa campo taso. (El P. Lozano, Hisl. de 'Ja conq. del 
Parag. etc.) 

«Llanura grande: es voz de la lengua quechua, y se apro- 
pia á las espaciosas llanuras de Buenos Aires, que tienen más 
de trescientas leguas de extensión.» (Alcedo.) 

«Vasta llanura de la América meridional, junto á Buenos 
Aires, que se extiende hasta la Patagonia.» (D. Juan Vilanova 
y Piera.) 

«Llanura de mucha extención, cubierta de hierba, de que 
hay varias en la América Meridional.» (La Acad.) 

Conforme á nuestro intento, hemos tratado de caracterizar 
solamente las pampas argentinas. 

PAMPA, adj. — Dícese del indio cuyas diversas parcialida- 
des, algunas de origen araucano, vagaban por la pampa 
austral, confinante con la Patagonia, entre el río de la Plata y 
la cordillera de los Andes. Ú. t. c. s. — Perteneciente á dichas 
parcialidades. — Aplicase el animal caballar ó vacuno que tiene 
"a cabeza blanca, siendo el cuerpo de otro color. El caballo 
pampa es, de su condición, lagañoso, dormilón y renació, y por 
su similitud con estos y otros resabios y malas cualidades pe- 
culiares de los indios de la Pampa, se le ha dado, sin duda. 
el mismo nombre que éstos llevan, que después vinoá aplicarse 
también al animal vacuno. Ú. t. c. s. Muy mal informado 
estuvo Salva cuando dijo que caballo pampa es el caballo de las 
llanuras de Buenos Aires. 

Los españoles que arribaron con el adelantado D. Pedro de 
Mendoza á la costa austral del río de la Plata, dieron el nom- 
bre de querandíes á los indios que la ocupaban, los cuales, una 
vez fundada Buenos Aires á costa de mucha sangre, se fueron 
retirando hacia al sur, al paso que bajaban de la Cordillera par- 
cialidades de raza araucana. Todos ellos fueron después com- 
prendidos en la dominación general de pampas, en razón de la 
vasta llanura que les servía de campamento. Eran hombres in- 
dómitos, esforzados, de indecible fiereza. Algún ganado alzado 
del que habían conducido á Buenos Aires los españoles, fue 
ocasión de que se propagase prodigiosamente por la Pampa, 



VOCABULARIO IUOPLATENSE. 305 

ofreciendo á los indios, que lo vendían en Chile, abundantes 
recursos. Pero ya casi extinguido á mediados del siglo decimoc- 
tavo, comenzaron aquéllos á hacer correrías devastadoras, 
asaltando las estancias de la provincia de Buenos Aires. La 
guerra, con tal motivo, duró hasta fines del mismo siglo, en 
que hicieron la paz. Cuando á principios del siguiente sobrevino 
la invasión británica, se presentaron en Buenos Aires ofrecien- 
do su concurso á los españoles para repelerá los colorados. Des- 
pués de la independencia, emprendieron contra los argentinos 
ana incesante guerra de pillaje á muerte, que ha causado á las 
provincias inmediatas al teatro de sus malones perjuicios sin 
•cuento. Púsose al cabo remedio con mano fuerte á tan lastimosa 
situación el año 1879, en que el gobierno argentino se ense- 
«ñoreó del Desierto. 

PAMPASIA, f. — Región de las pampas entre los 22 o y 42 o de 
lat. aust., que comprende el Chaco, las provincias de Santiago 
del Estero, Santa Fe, Córdoba, San Luis y Buenos Aires, y el 
-territorio ocupado hasta hace poco por los indios al sur, que 
•termina en el rio Negro; denominación dada por Mr. Martín 
de Moussy y seguida por geólogos y naturalistas. 

PAMPA YASTA.— V. RÍO TERCERO, segundo artículo. 

PAMPEANO, na, adj. — Concerniente á las pampas. 

PAMPERADA, f. — Viento pampero fuerte y continuado. 

PAMPERO, ra, adj. — Que pertenece, en general, á las pam- 
pas, y, en especial, á la Pampa, ó pampas del sur de Buenos 
Aires. 

«pampero, ra, m. y f. — Habitante de la pampa.» (La Acad.) 
Como nombres sustantivos, que es como registra la Acad. las 
voces pampero, ra, no tienen en el Río de la Plata uso alguno; 
á no ser el adjetivo pampero sustantivado, para significar el 
viento que sopla de las pampas. A los indios salvajes que 
ocupaban hasta hace poco la Pampa, se les llama indios pam- 
pas ó simplemente pampas. Los habitantes de las pampas com- 
prendidas en varias provincias argentinas, derivan su nombre 
del de la provincia á que respectivamente pertenecen (de 
Córdoba cordobés, de Santiago santiagueño, etc.), y nunca de 
pampa. 



.'K)6 JJAMEL OKANADA. 



PAMPERO, adj.- Diccsc del viento que, en el rio de la 
Plata, sopla de entre el oeste y sud-sudoestc. Ú. t. c. s. 

Dicese pampero, porque en el río de la Plata sopla del lado 
de las pampas. Ks, por lo regular, frío, como que lo envía más 
y más refrescado la cordillera de los Andes. A veces, raras, 
sopla furiosamente : dnrante dos Ó tres días, acompañado de 
copiosa lluvia ó de fuertes aguaceros. Éste ejerce una influencia 
notablemente saludable y tónica én el hombre. Es el pampero 
por excelencia: entra de improviso: no cesa un solo instante; 
y deja, cuando se desvanece, seca la atmósfera, despejada, 
puro y hernioso el cielo. Hay asimismo el pampero que llaman 
sucio: levanta, al aparecer, nubes de polvo que asfixian, canga 
de electricidad la atmósfera, y despide, á trechos, una escasa 
lluvia ó ligeros chubascos, incapaces de reanimar un punto la 
naturaleza aridecida. Pampero sucio es como si dijéramos 
pampero espurio. 

Kn este paraje experimentamos algunos vientos contrarios, 
que se reconocía ser ya de los de la tierra, que regularmente 
llaman pamperos, que en lengua general del Perú quiere decir 
campos grandes. (Fray Pedro fosé de Parras.) 

Viento impetuoso en las costas di' la América meridional, 

que viene de las pampas, ó del S. y SO. (1). |uan Vilanova y 

Piera.) 
PANGARÍA adj. — Dícese del caballo ó yegua de color de 

venadi ». U. t. c. s. 

Lo propio en lapr.br. de K. <¡. del S.: más claro que el 

domdillo (Pieaurepaire-Rohán >. 

PANGO, m. — Hierba que á fuer de tabaco fuman loa 
negros en el pito ó cachimbo, causándoles una tos muy fuerte. 

Lo propio en el Brasil, según l!eaurepaire- Rohán. que diee 
ser el cáñamo y la voz africana. 

PAPA, f.— Patata. 

En Quito, donde fue descubierta la patata, no se le dio 
desde el principio otro nombre que el de papa, generalizado 

después en toda América. 
PAPÁ, m.— V. TATA. 
Entre los guaraníes, a;i en tiempo de la conquista, decían 



VOCABULARIO RIOPLATENSE. 307 



los niños al padre papá, como actualmente la gente culta dé- 
las ciudades, donde se estila ora tata, ora papá. También papi, 
entre los mismos guaraníes. 
PAPILLA, f.—Ba/a/i/la. 

l'APORRETA, f. — Razón ó dicho que carece enteramente 
de sustancia, digno de menosprecio. 

Hablar de papo significa figurada y familiarmente, hablar ron 
presunción y vanidad, según la Acad., v es aplicación oportuna 
de papo. En Venezuela, por razones de eufemismo, no dicen 
sino hablar de paporreta , según D. Baldomcro Rivodó, agregan- 
do que es cosa bien sabida la significación que da el pueblo 
á esta palabra. Por acá se ignora. 

l'ARACHÍ, m. — Pájaro pequeño, de cabeza negra, lomo 
pardo verdoso y cola amarilla. Anda en bandadas. 
Del guar paracht. 

PARAGUAY. — Rio que nace en el llano de las Siete La- 
gunas, planicie de la sierra del monte Grande, en los 13 o 30' 
de lat. aust., desembocando en el Paraná. Sus grandes cre- 
cientes tienen lugar entre los meses de diciembre y julio? por 
efecto de las lluvias torrenciales de la zona tórrida, que en 
aquel paraje sobrevienen por octubre á marzo. Perteneció 
antiguamente, desde sus cabeceras, á la gobernación del Para- 
guay establecida en la Asunción, por cuyas gentes fue descu- 
bierto y conquistado el vasto territorio que vierte en él sus 
aguas. Rio de enronas. paragttaS, le decían, asienta Ruiz de 
Montoya. Río de los papagayos indica Almeida Nogueira que 
puede también significar el nombre que lleva. Azara dice que, 
cuando arribaron los primeros españoles, habitaban sólo los 
indios carios ó guaraníes toda la costa oriental del rio Para- 
guay, y le llamaban Paiaguay, aludiendo á que los indios 
paiaguás lo navegaban primitivamente en todo su curso; 
pero que los españoles le han alterado algo el nombre Uamán- 
dole Paraguay. Paraguay denominóse igualmente el territorio 
bañado por sus vertientes de la margen izquierda y tierras 
adyacentes, así como el estado político que allí se constituyó 
después de la independencia. Las invasiones portuguesas tenían 
estrechado considerablemente el dominio español por el norte, 



308 



DANIEL GRANADA. 



y hoy la República del Paraguay solamente lo ejerce desde el 
río Apa hasta el Paraná, y, del lado del Chaco, desde Bahía 
Negra hasta el Pilcomayo; de aquí para abajo la Confede- ■ 
ración Argentina. El resto del Paraguay, ó sea desde el 
Apa á la izquierda y Bahía Negra por la parte opuesta hasta 
sus cabeceras, pertenece el día de hoy al Brasil, y aun la i 
ta del Chaco se la disputa Bol i vía á la nación paraguaya. 

Aunque el mencionado río y el país de los paraguayos llevan 
el mismo nombre, y el de aquél es primitivo; sin embargo,, 
cuando decimos ó leemos el Paraguay, lo entendemos como si 
la segunda acepción de esta voz fuese su sentido recto. Así 
suele decirse río del Paraguay. De manera que el rio de coronas . 
recibe hoy como de prestado su propio nombre. El actual Para- 
guay, ó estado político así llamado, no es más que una fracción , 
del amplio teatro de la conquista, cuyo lustre irradiaba la 
Asunción: casi puede decirse que sólo le ha quedado el nom- 
bre y la honra. 

I 'ARAGUAYO, ya, adj.— Natural del Paraguay. U. t. c. s. 
— Perteneciente á esta nación. 

La Acad. trac paraguayo y paraguayano. 

PARANÁ, m. — Río gigantesco. Calcúlase su largo en ocho- 
cientas leguas marítimas; la anchura, en casi la mitad de su 
curso, varía, estando bajo, de tres á una legua, término medio. 
Innumerables islas; aquí altas barrancas, allá espesos bosques; 
más arriba saltos ó cataratas no menos poderosas y sublimes 
que la del Niágara. Crece majestuosamente entre diciembre y 
julio, por efecto de las lluvias torrenciales que entre octubre y 
abril caen en la parte de la zona tórrida donde tiene sus 
nacientes. 

Del guaraní paraná, denominación que, según Ruiz de Mon- - 
toya, daban á algunos ríos, parientes del mar. Mas los guara- 
níes comprendían bajo este nombre, así el caudal del Paraná, 
como el del Plata. 

Los españoles, á vista de la confluencia del Paraná con eP 
Uruguay, quitáronle á aquél el Plata, ese verdadero mar dulce 
que dijo Solís; pero quedóle su majestad, cantada por el poeta 
Labardén, cisne de Buenos Aires. 



VOCABULARIO RIOPLATENSE. 



309 



Desde el Iguazú á las bocas del Paraguay, á su izquierda, 
y de allí al Plata, por el oriente y el occidente, baña las cos- 
tas de la Confederación Argentina, quien, por lo mismo, en- 
señorea la navegación del soberbio coloso. 

PARANÁ.— Capital de la provincia de Entre Ríos de la 
Conferación Argentina. — Departamento de la provincia argen- 
tina de Entre Ríos, junto al rio Paraná. — Capital del mismo 
departamento. 

PARANÁ de las Palmas. — V. DELTA PARAN AENSE. 

PARANÁ GUAZÚ.— V. DELTA PARANAENSE. 

PARANAENSE, adj. — Que concierne al río Paraná. 

PARARSE, r. — Ponerse en pie. 

«Párese, amigo, no se esté haí acostado! — ¿Qué jerigonza es 
ésa? ¿si estamos en tierra donde se hable castellano? ¿Cómo 
ha de detenerse y cesar el movimiento quien está tirado y quieto 
como un leño? Lo más que puede exigirse á quien yace en el 
suelo, es que se levante y se ponga en pie.» (Cuervo.) Lo de 
menos sería suponer que va caminando aun el que está echado 
en el suelo ó repantigado en un sillón, si solamente el sentido 
común y la lengua soportasen las consecuencias de semejante 
rareza; pero es que puede uno pagarla con el pellejo. No qui- 
siéramos estar con el de aquel á quien, hallándose recostado 
sobre el césped junto á un monte, le dijesen, para que se apa- 
rejase á conjurar el peligro de ser despedazado por una fiera, 
párese, á secas, sin que la ocasión permitiese otra cosa; que 
seguramente la fiera lo despedaza: tan lejos estará de su ánimo 
el pensar que tan breve palabra encierre en cifra tantas cosas. 

PARDEJÓN, na, adj. — Que tira á pardo. Ú. t. c. s. 

PARDO, da, adj. — En general, dícese de toda la gente de 
color, incluso el negro del país. Ú. t. c. s. — En especial, dícese 
del zambo. Ú. t. c. s. 

«Los hijos de negros y negras libres se llaman morenos ó par- 
dos.» (El liedo. Valenzuela, en Solórz.) 

«Está poblado aquel país de tres castas de hombres muy di- 
ferentes, que son indios, europeos ó blancos y africanos ó 
negros. Las tres se mezclan francamente, resultando los indi- 



310 DANIEL GRANADA. 



viduos de que voy á hablar con el nombre general ele pardos, 
aunque bajo el mismo nombre incluyen á los negros». (Azara.) 

PAREJERO, adj.— Dicese del caballo corredor. Ú. t. c. s. 

«Llaman parejeros á los caballos corredores.» (Azara.) 
El mejor patejero no le alcanza. 

(D. A. Magariños Cervantes.) 

Según Salva, prov. de la Amér. merid.: caballo muy ligero 
de cierta raza particular. Se dice, en general, de los cabadlos 
criollos corredores. 

PASIONARIA, f.— V. BURUCUYÁ. 

PASO DE LOS LIBRES.— Departamento de la provincia 
argentina de Corrientes.— V. RESTAURACIÓN. 

1 'ASPARSE, r. — Escoriarse el cutis, abriéndose, formando 
menudísimas escamas y secándose, por efecto del aire frío, de 
asoleamiento ó de cualquiera otra causa, ya sea externa, ya 
interna. Tenga las manos, la cara, los labios paspados, es cosa 
que se oye á cada paso en el Río de la Plata y el modo úni- 
co que sus bal litantes tienen de expresar el referido estado 
de la piel. 

Paz-Soldán consigna que en Arequipa llaman paspa al cu- 
tis sudo y rajado por el frío,» y que es voz que se usa tam- 
bién como adverbio de modo y como adjetivo del género común. 
Debe de haber confusión en este modo de clasificar la dicción 
de que se trata. En el Río de la Plata no se conoce sino el 
verbo reflexivo pasparse, con sus inflexiones, incluso su parti- 
cipio paspado. 

Paspa es voz quichua, según Paz-Soldán. De; ella se deriva 
el verbo pasparse. 

PASTIZAL, m. — Espacio de tierra cubierto de pasto muy 
crecido, en el que, entre diversas gramíneas, figuran regular- 
mente la cebadilla, la flechilla y la cola de zorro. 

PASTO BLANDO. — Hierba tierna de calidad y á proposito 
para la alimentación y engorde de toda clase de ganados. 
Llámase también dulce. Comprende varias clases de gramilla 
y de cardo, el trébol, la cebadilla y otros. 

PASTO FUERTE, llamado también duro. — Hierba recia y 
poco jugosa, que repugna el ganado. 



VOCABULARIO RIOPLATENSE. 311 

v.El terreno sigue de arena fina y colorada, y sus pastos, 
espartillo ó fuertes, como dice la gente del campo. (D. Pablo 
Zizur, Exped. á Salinas, Ang.) 

«Los únicos pastos que se ven en todos los contornos, en 
cuanto he andado durante el tiempo que hemos estado en esta 
laguna, son los que llama la gente del campo pastos fuertes: 
mas en los bajos de las cañadas se halla también el trébol 
de olor, y la cebadilla, entreverado todo con el pasto fuerte.» 
(El mismo.) 

PASTO DE PUNA. — En las provincias argentinas arribe- 
ñas, cierta hierba peculiar de les terrenos arenosos, sin sustan- 
cia nutritiva y que no come el ganado. Y. PUNA. 

PATACA, f. — Antigua moneda de plata, equivalente á diez \ 
diez vintenies. 

PATACÓN, m. — Antigua moneda de plata, equivalente á 
noventa y seis centesimos de peso fuerte. 

PATAGÓN, na, adj. — Dícese del indio cuya generación 
ocupa el territorio denominado en su razón la Patagonia. 
U. t. c. s.— Perteneciente á dicha generación. 

Propiamente patagones son los indios que están próximos ai 
Estrecho. Más al norte, junto á la cordillera de ios Andes, hay 
tribus de raza araucana, y hacia la margen derecha del río 
Negro, parcialidades eme parecen provenir de los pampas. 

Los patagones son muy altos y corpulentos. Tienen el pie 
(como es natural, atendido al tamaño del cuerpo) grande. Pero 
calzan botas de cuero, y sobre ellas suelen llevar unos chan- 
clos. Con tales apéndices dejan marcada en el suelo una 
huella descomunal; de manera que no es extraño que los prime- 
ros exploradores, al descubrirla, hubiesen creído que aquello 
era un país de gigantes. 

■■Xatuial de Patagonia. Ü. t. es. — -Perteneciente á es/a región 
de la América Meridional.» (La Acad.) 

PATAGÓNICO, ca, adj. — Perteneciente á la Patagonia. 

También llevan alguna sal á la misma ciudad (Buenos 
Aires) yá Montevideo de la boca del rio Negro de \-&eosta 
patagónica.-» ( Azara.) 

<;No cabe duda que la mayor parte de estos patagones 



312 DANIEL GRANADA. 



tienen trato con nuestros establecimientos de Buenos Aires y 
■Chile, y más particularmente con los últimamente formados en 
la costa patagónica.-» (D. José de Vargas y Ponce.) 

«Establecimientos de la costa patagónica.-» (El virey Marqués 
•de Loreto.'i 

Los caballos 
Que del mar patagónico trajeron. 

(Labardén.) 

«Perteneciente á los patagones.» (La Acad.) 

PATAGONIA, f. — El río Negro al norte, el estrecho de 
Magallanes al sur, el océano Atlántico al este y la cordillera 
de los Andes al oeste, circundan el territorio patagónico per- 
teneciente á la Confederación Argentina. 

PATAY, m. — Pasta seca, hecha de la semilla del algarrobo. 
La que expenden en los mercados y pulperías, tiene la forma, 
tamaño y color de un ladrillo claro. Hácenla en las provincias 
argentinas arribeñas, donde gustan de esta golosina. Es famoso 
el patay de la Rioja. 

PATEADOR, ra, adj. — Dícese del animal [que acostumbra 
tirar patadas ó coces, coceador. 

Lo propio en el Perú (Palma). 

PATEAR, n. — Tratándose de animales, tirar patadas, cocear. 

PATI, m. — Pez grande de los ríos, sin escamas, de piel 
atigrada y carne amarilla. 

PATO, m. — 'Antiguo juego de fuerza y destreza, entre los 
hombres del campo ó gauchos. 

Un pato metido hasta el pescuezo en una bolsa vistosa- 
mente adornada, era la prenda del más esforzado jinete. For* 
mábanse dos ó cuatro cuadrillas, cada una de las cuales tenía 
señalado su apostadero á una media legua del punto de 
partida, que venía á quedar en el centro. Amarraban en el 
cuello del saco, según el número de cuadrillas que entraban 
en competencia, dos ó cuatro fuertes cuerdas, de cuyos cabos 
asían sendos jinetes, que se daban la espalda, si eran dos, y 
colocados en cruz, si cuatro, casi juntas las ancas délos caba- 
llos. Sostenidas en alto las riendas, á fin de que todos pudiesen 
ver que los comprometidos jinetes no contaban con otro 



VOCABULARIO RIOPLATENSE. 313 

apoyo que su asiento y los estribos, á una señal tiraban, 
metiendo espuelas. El que lograba arrancar el saco, todavía, 
perseguido por la cuadrilla ó cuadrillas opuestas que, dispu- 
tándole la presa, trataban de cazar uno de los cabos para 
arrebatársela, estaba obligado á llevarla inmune hasta su res- 
pectivo apostadero, donde era recibido entre entusiastas 
aclamaciones de hombres y mujeres, si daba cumplido término 
á la peligrosa hazaña. Por supuesto que nunca pasaban estas 
diversiones bárbaro-caballerescas sin que hubiese que lamentar 
fracturas de brazos y piernas y porrazos tremendos, acabando 
ordinariamente á tiros y cuchilladas. Fueron, por tanto, una 
y otra vez prohibidas por la autoridad pública, no quedan- 
do de ellas el día de hoy más que el recuerdo. 

PAYADOR, m.— Trovador popular y errante, que canta, 
echando versos improvisados, por lo regular, á competencia 
con otro que le sigue ó á quien busca al intento, y acompa- 
ñándose con la guitarra. 

Exactamente lo mismo que en Chile, según la acabada idea 
que de él ofrece D. Zorobabel Rodríguez, quien se inclina á 
creer que proceda el nombre del quichua ppaclla, campesino 
pobre. 

El ya casi extinto payador rioplatensc y chileno es personaje 
• común á toda la América española. Llámanlc propiamente 
cantador en Venezuela, según el erudito venezolano D. Julio 
Calcaño {Reseña hist. de la lit. venez.). Es allí este repentista 
cantor el llanero (Baralt, Res. hist. de Venz.J. Trátase, pues, del 
llanero de Venezuela, del guaso de Chile, del gancho del Río 
de la Plata, que, de tapera en galpón, por ranchos y pulperías. 
va cantando de amor con tosco ritmo al gusto, sin permiso de 
la prosodia y del arte métrico, que todavía le perdona sus 
transgresiones, en gracia de la inocencia de su pecado y déla 
sencilla condición del auditorio que tan placenteramente le 
escucha. 

Según D. Fidelis P. del Solar, debe ser pallador; pero el uso 
general es decir y escribir payador. 

«El alma del payador.-* (D. R. ( obligado.) 
V aquel extraño payador, abortado por la sombra, canta 



314 DANIEL GRANADA. 



tos tristes y los cides de la pampa con encanto sobrehumano.» 

(D. Joaquín V. González, La tradición nacional.) 

PAYAGUA, adj.— Dícese del indio cuya parcialidad nave- 
gaba la parte superior del río Paraguay al tiempo del descubri- 
miento. Ú. t. c. s. — Perteneciente á esta parcialidad. 

Los payaguaes eran crueles y perseverantes en sus acometi- 
das, así contra los españoles, como contra las demás parcialida- 
des de indios. Sometiéronse á mediados del siglo decimoctavo. 

PAYüGASTA. — Departamento de la provincia argentina de 
Salta.— Capital del mismo departamento. 

PAYSANDÚ.— Departamento de la República ( triental del 
Uruguay. — Ciudad cabecera del mismo departamento. 

El padre misionero Fray Policarpo Sandú formó una reduc- 
ción donde está la ciudad (pie lleva su nombre, por haber sido 
él quien echó l<>s cimientos de la misma, según I). Domingo 
Ordoñana (Con/, soc. y ce de la R. O. del U.). 

De pai guaraní, padre, y Sandú, apellido del misionero. 

PEDERNAL. — Departamento de la provincia argentina de 
San Juan. 

PELOTA, f. — Cuero de animal vacuno, entero, corlados 
solos los garrones, estaqueado, del cual, mediante unas guascas, 
se forma como una batea, que, llevada ]>or un nadador de los 
dientes ó asida á la cola del caballo, sirve para transportar de 
una orilla á. la otra de un río óarroyo invadeable la montura v 
equipaje ó cualesquiera otros objetos ó una persona. La 
misma, carona del recado sé suele emplear en esta, operación. 

Lo propio tm la provincia brasileña de Río Grande del Sur 
(Beaurepaire-R< >hán). 

«Al otro día pasamos el río con pelotas, por no poderse va- 
dear.» (El P. Policarpo Dufo, En l rada anexe hizo el aña de 
i 7 1 5 al castigo de los infieles.) 

No había embarcación alguna: con que lúe preciso va- 
lemos de una pelóla, que es lo que para pasar un rio han 
discurrido los naturales. Rácenla de un cuero de vaca ó de 
toro, cogiendo las puntas por las cuatro esquinas, hasta dejarlo 
en esta forma ) 1 , y en aquel poco de plano que queda 
en medio, se pone todo el retado de montar, y luego sobre él 



VOCABULARIO ILIOPLATENSE. 315 

se sienta el pobre navegante sobre sus mismos pies, casi arro- 
dillado. De una de las esquinas de la pelota prenden una 
cuerda: échase un mozo á nadar con toda suavidad, y sin 
mover oleaje alguno con el movimiento de pies y manos va 
nadando y tirando aquella débilísima embarcación de aquella 
cuerda que prendió con los dientes. Quien se embarcó en ella, 
hade pasar sin hacer el más mínimo movimiento, porque, 
á cualquier vaivén, se va á pique... He referido esto para 
que en adelante, cuando se diga haber pasado algún río en 
pelota, se entienda por lo mismo que haber pasado en dicha 
embarcación \. (Frac Pedro ÍOS¿ de Parras, Diar. en la Rev. 
de la Bibl. P. de lis. As. por Trelles). 

«Porque algunas vires he dicho que los pelotee' (viene ha- 
blando de los ríos), ha de saberse que para este fin usan un 
cuero de toro ó vaca seco: le dan figura cuadrada ó rectangu- 
lar, cortando lo sobrante con un cuchillo; luego con cuatro 
ligadurillas forman de él una candileja; lo tiran al agua los 
cuatro picos para arriba, y dentro meten lo que quieren pa- 
sar, y un hombre á caballo nadando tira de una guasquita la 
¡>clola y pasa grandemente. En cada pelota ó candileja se 
pasan cómodamente ió á 25 arrobas peso, y siempre es pre- 
ferible auna mediana canoa. (Azara. Viaj. publ. por el geni- 
D. B. Mitre y D. j. AI. Gutiérrez.) 

«La pelóla. . . es una especie de balsa formada con el cuero 
seco de un novillo, recogido hacia arriba en forma de tinaja y 
enjaretado al rededor de la abertura por donde se mete el via- 
jero. A veces le ponen dentro ó fuera palos á los costados para 
que arme mejor. Se maneja con una pala ó gruesa rama, se 
arrastra por otro á nado ó á caballo, ó se tira desde la orrilla 
opuesta con un lazo: (Alagariños Cervantes, Palmas y Om- 
/aírs.) 

PELOTEAR, a y n. — Pasar un rí< > ú otro caudal de agua, 
sirviéndose de un cuero convenientemente aparejado al 
intento, al cual se le da el nombre de pelo/a. 

^Peloteamos esta segunda cañada, que era muy ancha y vol- 
vimos á cargar.:> (Azara.) 

1'; asamos un bracito, y después (en peloteando) un brazo del 



316 DANIEL GRANADA. 



Queguay, que estaba bien creeido.» (El padre misionero ci- 
tado en el art. GUASQUEAR. 

PELUDO, m. — Tatú de media vara larga de longitud, cu- 
bierto de pelos largos entre y sobre las escamas. Otros 
tatúes lo tienen también, pero más escaso; de ahí que sólo éste 
lleve dicho nombre. 

PELLA, f. — Manta de gordura que cubre la carne del ani- 
mal. Así animal de pella se dice del que es muy gordo, tra- 
tándose del ganado vacuno. 

PENDÓN, m.— V. ESTANDARTE. 

PEÓN, m. — El que trabaja ó sirve bajo la dirección y 
mando del dueño de un establecimiento ó de un capataz. 
Aunque el significado recto de la palabra es el que camina ó 
anda á pie, se usa corrientemente tratándose de los que 
trabajan á caballo. Así los trabajadores de una estancia, que 
no dan un paso si no es á caballo, son peones, excepto el 
capataz. Los conductores subalternos de tropas de ganado, se 
llaman asimismo peones. 

Lo propio en el Perú (Palma). 

PEONADA, f. — Peones que trabajan en un establecimiento. 

Lo propio en el Perú (Palma). 

«Obra que un peón ó jornalero hace en un día.» (La Acad.) 

PEPOAZÁ, m. — Pájaro de una cuarta de longitud próxima- 
mente, de lomo ceniciento, pecho blanco, y alas negras, atra- 
vesadas por listas blancas. 

Del guar. pepo acá, ala atravesada. 

«Los pepoazás carecen del humor melancólico y pendencie- 
ro de los otros (los sutrt'ris).» (Azara.) 

PEREBA, f.— Cicatriz. 

Del guar perc',pereb, con significación semejante. 

En el Brasil erupción cutánea pustulosa (Bearepaire Rohán). 

Usa esta voz sólo la gente del campo (Urug., Paran., Parag.). 

PERICO. — Capital del departamento del mismo nombre de 
la provincia de Jujúy. 

PERICOTE, m. — Ratón grande del campo. 

Lo propio en el Perú (Palma). 

«Sea lo que fuere, no se puede dudar que hay muchísimos 



VOCABULARIO RIOI'LATEKSE. 317 

•(ratones) y muy perjudiciales, especialmente los que por acá 
llaman pericotes, que llegan á tal tamaño que se hacen temer 
<le los gatos.» (El P. Lozano, Hist. de la conq. delParag. etc.) 

CHARATA, f. —Especie de faisán. 

PESADA, f. — Unidad ponderal usada en los saladeros para 
pesar cueros salados, y en las barracas para pesar cueros 
secos. "La. pesada de saladero tiene setenta y cinco libras en las 
repúblicas Argentina y Oriental del Uruguay. La pesada de 
barraca es, en la República Argentina, de treinta y cinco 
libras, y de cuarenta en la Oriental del Uruguay. 

PETISO, m. — Caballo de muy corta alzada. 

Lo propio en la provincia brasileña de Río Grande del Sur: 
-caballo de piernas cortas (Beaurepaire-Rohán). Los riogrande- 
■ses tomaron del Río de la Plata el vocablo. 

PIALAR, a.— Apealar. (V.) 

Corrupción tan generalizada, que es la voz corriente. 

También en la provincia brasileña de Río Grande del Sur 
-dicen pialar (Beaurepaire-Rohán), con la propia significación 
que en el Río de la Pía, de donde los riograndeses tomaron 
al vocablo así corrompido. Trae asimismo piala, por acción de 
pialar; «de piale, vocablo déla Amér. merid. española.» Igno- 
ramos si lo es; si bien en el Río de la Plata dicen piala, deri- 
vado de pialar y correspondiente al vocablo primitivo apea. 

PICADA, f. — Senda estrecha, abierta por entre un monte. — 
Paso de un río ó arroyo, por el cual sólo puede andar un 
hombre á caballo. 

La 2. a acep. es traslaticia; pues la picada, propiamente, sólo 
puede ser la senda, para hacer la cual se corta, o pica, el mon- 
te. Pero como casi no hay río ó arroyo que no tenga monte 
en sus orillas, y la picada coresponde regularmente con un 
- paso, de ahí que á éste, por traslación, se le llame también 
picada. 

«Un destacamento de treinta hombres, provistos de todo 

lo necesario para su alimento y defensa, como asimismo de 

hachas, machetes y demás instrumentos precisos para romper 

■ <;1 monte, abrieron efectivamente lapicada.» (D.José M. a Cabrer.) 

Pica llaman en Venezuela, según Rivodó, á la vereda ó sen- 



318 



UAN1EL GRANADA. 



da, especialmente 1;; que abren los ingenieros para hacer una 
carretera ó camine Picada, en el Brasil, significa substancial- 
menté la misma cosa que en el Río de la Plata. 

PICAFLOR, m. — Pajarillo diminuto, notablemente bello 
por los cambiantes que ofrecen los linos colores de su pluma- 
je. Permanece largo zato suspendido fijamente en el aire, por 
efecto del rápido movimiento de sus alas; de donde íe viene 
el Mamarse asimismo lente en el aire. No falta en cualquier jar- 
din; porque apetece sobremanera el néctar de las flores, el 
cual chupa con tal delicadeza, que no les causa el menor da- 
ño. Aparece repentinamente: para de pronto su vuelo vertigi- 
noso ante una y otra y otra Hor, sin huir de la gente; v con 
la misma precipitación se hurta á los ojos de quien lo admi- 
ra. Enjaulado, desfallece y mucre. Por otro nombre colibrí; 
pero el más corriente es picaflor. Predomina en su plumaje 
el color verde esmeralda. 

-Así {picaflor) y lente en el aire les llaman los españoles. 
I Azara.! 



Los picaflores 

Liban el dulce burucuyá. 

(D. Rafael Obligado.) 

PICANA, f. — Vara larga con aguijón en uno de sus extre- 
mos, para picar ios bueyes que tiran de una carreta. — Carne 
del anca del animal tacana. 

Lo propio ( i. a acep.) en Chile (Rodríguez) y en el Perú (Palma). 

También en Chile la 2. a acep., según Solar: <;una presa de la 

vaca,» que es, sin duda, el anca. V probablemente en el Perú; 

sólo que la noticia de Palma se contrae á la i* edición del 

i'neab., que no trac la 2. :l acep. 

La voz aguijada no se usa nunca, ni es conocida vulgarmente 
en el Río de la Plata. 

Picana, en la provincia brasileña de Río Grande del Sur, 
significa asimismo el anca, que es la parte del animal vacuno 
más á propósito para el ufado eon cuero, como indica Beaupaire- 
Rohán, quien parece andar algo desorientado en punto á la 
etimología del vocablo. Viene de picar, porque el anca es la 



VOCABULARIO BIOPL ÁTENSE. 31!) 

parte donde más frecuentemente pican con la aijada á los 
bueyes que tiran de una carreta. 

PICANEAR, a. — Picar con la picana, aguijar. 

Lo propio en Chile (Rodríguez). 

PICAZO, za, adj. — Aplícase ai caballo ó yegua que tiene 
el cuerpo oscuro y la frente y pies blancos. U. t. c. s. 

Lo propio en laprov.bras. de Río (¡rancie del Sur: picaro 
(Beaurepaire-Ri >hán). 

PICOTÓN, m.— Picota/..... 

Lo mismo en Chile (Solar). 

PICHINCHA, f. — Negocio ó adquisición ventajosa por 
todo extremo. Es una pichincha. ¡ Qué pichincha! Jíc hecho una 
pichincha. 

PICHINCHERO, va, adj. — Que en sus negocios quiere 
que todo sea pichinchas, que es amigo de pichinchas, que 
trata siempre de hacer pichinchas. U. t. c. s. 

PIE DE LA CORDILLERA.— Últimas mesetas ó descansos 
de donde arranca la cima ó lomo de la cordillera de los 
Andes. 

PIEDRA BLANCA. — Departamento de la provincia argen- 
tina de Catamarca. — Capital del mismo departamento. — - 
Departamento de la provincia argentina de San Luis. 

PIEDRA DE AGUA.— Calcedonia enhidra 

Hállase esta clase de piedras en la banda oriental del Uru- 
guay, dentro de unas rocas negruzcas. La calcedenia aparece 
envuelta en una blanda masa blanquecina, como sise hubiese 
querido evitar el roce del ágata, que es delicada, con la. piedra 
que la contiene, que es escabrosa. 

PILCHA, f.— Prenda de uso. 

PINGO, m. — Caballo vivo, ligero, de buenas cualidades. 

Lo propio en la provincia brasileña de Rio Grande del Sur 
(Beurepaire-Rohán). Prov. de- la Amér. merid.. según Salva: 
«caballo de regalo.» En Chile, caballo ruin, según Rodríguez. 
A su pinga palnv >tea. 

(D. A. Magariííos Cervantes.) 

PINTÓN, na, adj. — Díeese de la fruta que empieza á tomar 
el color que anuncia su próxima madurez. 



320 DANIEL GRANADA. 



Lo mismo en Cuba y en Bogotá, países en donde pintón- 
significa, según Cuervo, medio maduro. 

De pintar, n., que es «empezar á tomar color y madurar cier- 
tos frutos , dice la Acad. Pero define así el adjetivo de que se 
trata: «Dícese del racimo de uvas ó de la vid cuyos granos van 
tomando color*.» 

«Este adjetivo puede aplicarse también á otros frutos y frutas* 
además de la uva.- (D. Baldomcro Rivodó.) 

PIOLA, f. — Pedazo de hilo más retorcido y fuerte que el de. 
acarreto. 

Lo mismo en el Perú (Palma). 

(En la) «marina. Cabito formado de dos ó tres filásticas. 
Acad.) 

PIQUE, m. — Insecto que hay en Misiones, Paraguay, Chaco, 

etc., el cual, introduciéndose por los poros del cuerpo, si no se- 

• trac á tiempo, se multiplica prodigiosamente', corroyendo 

la carne. Por otro nombre en América nigua, no usado en- el 

Río de la Plata. 

También en el Perú pique (Paz-Soldán, Palma). 

Del quich. pigut (Paz-Soldán). 
El insecto, tan general en las Indias, llamado nigua ó pique, 
cuya incomodidad es frecuente, como el peligro que se corre- 
de la extracción, si por casualidad se moja el pie, en la 
isla de Cuba, no le hay en la Luisiana.» (D. Antonio de Ulloa, 
Nol. aincr.) 

PIQUETE, m. — Corral pequeño, cerca de las casas, para 
encerrar un animal, en lugar de tenerlo á soga. 

PIQUILLIN, m. — Arbusto que da un fruto comestible seme- 
jante á la grosella, ora colorado, ora amarillo, ora negro. Críase 
en las provincias argentinas arribeñas. Rhaninea. 

PIRÍ, m.— Toldo. 

Apócope de piriog, ó bien útpití pé'mH, términos guaraníes 
equivalentes á toldo de junco, quincha de. junco. V. QUINCPIA 
y TOLDO. 

«Constaba dicha toldería de ciento y un pir/s.» (El P. 
Policarpo Dufo, Inf. de ¡a entrada que se hizo el año 171$ al cas- 
tigo de los infieles publ. por Trelles.) Trelles dice: «Piri es 



VOCABULARIO RIOPLATEKSE. 321 

palabra de la lengua guaraní, que significa junco y también 
estera de junto. Por este documento se ve que era empleada 
figuradamente, como una especie de sinécdoque, para sig- 
nificar las chozas de aquellos indígenas (los bohanes y 
yaroes), por el nombre de la planta que les servía de mateial 
para cubrirlas, ó para formar tejidos con el mismo objeto: 
pues en sentido recto, un toldo de estera ó junco sería piri 
og, según los diccionarios de la lengua.» 

PIRIRIQUITÍ, m.— Pagarillo de color azul. 

Del guar, fnririaiíit'i. 

PIRÓN, m. — Pasta hecha con fariña y caldo ó agua 
caliente. Se come, supliendo por el pan, con el puchero I 
con cualquier guisado. Es voz procedente del Brasil. 

PISINGALLO, m. — Maíz pequeño, puntiagudo, colorado, 
el más á propósito para hacer rosetas ó pororó. 

PITADA, f. — Fumada.- — Corta porción de tabaco, para fu- 
mar una sola vez en el pito, cachimbo ó pipa. 

Lo propio en el Perú (Palma). 

PITANGA. f. — Árbol de la familia de las mirtáceas, de hoja 
aovada y olorosa, de fruto comestible, semejante á una guinda 
negra ó morado-oscura en su forma y tamaru >, con carozo re- 
dondo, cuya cascarita envuelve una almendra. — Fruto de este 
árbol. — Arbusto de la misma especie que el árbol antedicho, 
parecido al arrayán. 

Del guar. ibap'ita. 

La gente del campo aplica el cocimiento de la cascara del 
árbol para curar la disentería. 

En Colm. pitangueira del Brasil. 

PITAR, n. y a. — Fumar, ya sea en pito, cachimbo ó pipa, ya 
sea un cigarro. Es voz vulg. y fam. 

Lo propio en Chile (Rodríguez) y en el Perú (Paz-Soldán, 
Palma). Prov. de Amér., fumar (Salva). 

Pitar tabaco trae el P. Andrés Febrés. Esto un filólogo, y á 
mediados del siglo XVIII, lo que parece quitar algún tanto 
el sabor vulgarísimo y ordinarísimo del vocablo de que se 
trata. 

11 



* 



322 Daniel gra:sada. 



Es un bendito, 
Que come, bebe, pita. 

(D. Andrés Bello, El Proscrito.) 

Discurre y pita, 
Pita y discurre; y Luego pide un mate. 

(El mismo, ibídem.) 
«Páseme, compañero, la tabaquera; pitemos un cigarro. (Sar- 
miento, Facundo, ó Civil, v Batb. etc.) 

Beaurepaire-Rohán entiende que tanto pitada, como pilar 
y pito, vienen del guaraní pite ó del tupí piter, chupar, sorber. 
Nosotros nos inclinamos á creer que pitar y pitada se derivan 
de pito, y que éste no es otra cosa que el sentido traslaticio 
de la flautilla nombrada pito, por la semejan/a que con ella 
tiene la pipa de fumar que lleva ese nombre. 

PITO, m. — Pipa de fumar, muy ordinaria, semejante al cm* 
chimbo, como éste usada comúnmente por los negros - anti- 
gU< >s. 

PLANCHADA, f. — Tablazón que, apoyada en la costa de 
un río y sostenida por un caballete introducido <n el anua. 
sirve para el embarco y desembaí r< 

PLANCHEARSE, refl.— Caer de lado la cabalgadura. 

Lo propio en la prov. brasil, de Rio Grande del Sur (Beau- 
repaire-Rohán). 

PLATA, f.— Dinero. 

La voz plata, en el sentido de dinero, asi en el Río de la 
Plata, como en toda la América, donde es de antiguo uso y 
generalizado, no envuelve un galicismo, como pudiera pre- 
sumirse, atendiendo á que el argent francés significa, no sólo 
plata, sino también dinero. Xo es tan espurio el vocablo; 
antes al contrario, tiene legítimo y noble abolengo. Con efecto, 
el tan limpio como reverenciado metal de plata corría en los 
siglos pasados con tal abundancia en las Indias, que llegó á 
ser considerado como el único representante del dinero. De 
ahí la sinonimia de plata y dinero. Publicóse con verdad, decía el 
virrey del Perú marqués de Montesclaros, que sobraban tanto 
las riquezas en ■ e'l (en e\ Ferú), que se tenía por más fácil y barato 
armar los hombres y herrar los caballos de plata que de hierro. 



VOCABULARIO RIOPLATENSE. 323 

Y Antonio León Pinelo asevera que, poniendo por caso que 
de América á España haya dos mil leguas, hubiera podido 
hacerse un rain i no de plata (con sólo la que han dado las 
Indias) de catorce veras de anchura y cuatro dedos de espesor. 
La plata se fue; pero quedó su gusto tan pegado á los 
labios, que, á fin de evitar que de la memoria llegase por 
ventura á borrarse su placentero y glorioso recuerdo, se ha 
ronvenido en suplir la falta de ella con la suave fruición 
que su sonido causa en los oídos; de forma que aun al 
mismo cobre se le llama plata á boca llena. 

Xo queremos decir con todo esto que sea convenien- 
te conservar la sinonimia, de todo punto innecesaria, de 
las voces plata y dinero. Tero tiene una excelencia; y es 
que, á fuerza de tanto oir plata, plata, plata y plata, se forma 
uno la ilusión de que vive nadando en ella, (pie no es poco, 
á falta de dinero. 

Y ¿qué mucho que el bajo cobre ande 
Con máscara de plata, si sabemos 
Que nos engaña así naturaleza? 
Pues ese cielo azul, que todos vemos. 
No es cielo, ni es azul. ¡Lástima grande 
Que no sea verdad tanta belleza! 
l'erdónemos Argensola. 
En estilo jocoso escribe D. Andrés Bello: 

Pero al fin D. Agapito 
Es hombre servicial y tiene píala. 

(El Proscrito.) 
Y no faltó en España quien dijese, si bien por boca de un 
personaje cómico: 

Moreno. 
Que todavía me acuerdo 
de que soy hombre. . . 
Petra. 

¿Qué.^ 
Moreno. 

Hombre: 
aunque no tengo dinero. 



324 DANIEL GRANADA. 



Petra. 
r ; Sin plata, y hombre? Tú s< >1< i 
tendrás ese privilegio 

(D. Ramón de la Cruz, El buen casero.) 

PLATA frío tic la). — Río que tiene por cabecera la confluen- 
cia del Paraná y Uruguay, y al cual se le da conmúnmente p< >r 
término, en el océano Atlántico, los cabos de Santa María y 
San Antonio. Fue descubierto, á fines del año 1515 y prin- 
cipios del ió, por Juan Díaz de Solís, el más excelente hombre 
de su tiempo en su arte, según el cronista Antonio de Herrera, y 
de quien dice Oviedo que, parce ién dolé que en la villa de Lcbrija, 
de donde era na t mal, no cabían sus pensamientos, volviólos al 
otro hemisferio. Mar dulce llamó Solís, por su inmensidad, al 
rio de la Plata. Río de Solís fue denominado en seguida, á raíz 
del descubrimiento; pero, habiendo después (1527) Sebastián 
Gaboto enviado á España para ante el monarca unos indios á 
quienes adornó con algunos objetos de plata que juzgó ser de 
las regiones que estaba reconociendo, de ahí que el río de Solís 
olvidase el nombre de su descubridor y lo sustituyese por el 
más halagüeño de río de la Plata. Murió Solís á manos de los 
charrúas, en la costa septentrional del recién descubierto río, 
cerca de la desembocadura del Uruguay. Como viese los indios 
á corta distancia de la orilla, determinó comunicar con ellos, 
bajando á tierra en un bote con algunos españoles; pero, apenas 
lo hubieron hecho, pagaron con la vida tan temeraria impru- 
dencia. 

PLATA (ciudad de laJ.—V. LA PLATA. 

PLATUDO, da, adj. fam. — Que tiene mucha plata. 

Lo mismo en Bogotá: «rico, adinerado, dineroso» (Cuervo). 
Y en Chile (Rodríguez). 

PLUMERILLO, m. — Arbusto del género de las mimosas, 
muy frondoso, de hoja menuda y ramas largas y enredadas 
entre sí. Llénase de flores coloradas en haces semejantes á 
un plumerillo. Calliandra bicolor Benth. (acacioc) en Gibert. 

POCITO. — Departamento de la provincia argentina de 
San Juan. — Capital del mismo departamento. 

POCHO. — Departamento de la provincia argentina de 



VOCABULARIO RIOPLATENSE. 325 

Córdoba, fronterizo á la Rioja. — Capital del mismo depar- 
tamento. 

POLEO, m. — Arbusto de hoja aromática y medicinal. 
POLLERA, f.— Falda ó saya. 

«Las mujeres españolas usan una ropa que llaman pollera, 
y pende de la cintura: ésta es hecha de tafetán sencillo y 
sin aforro, porque los calores no les permiten otra cosa (habla 
de Cartagena de Indias); y de medio cuerpo arriba un jubón 
ó almilla blanca muy ligera.» (Juan y Ulloa.) 

«Brial ó guardapiés que las mujeres se ponían sobre el 
guardainfantc, encima del cual asentaba la basquina ó saya.» 
(La Acad.) 

PONCHADA, f. — Cantidad de objetos que podrían llenar 
un poncho. 

Lo propio en la prov. brasileña de Río Grande del Sur 
(Beaurepaire-Rohán ). 

PONCHO, m. — Manta cuadrilonga, con una abertura 
en el medio, á propósito para introducir por ella la cabeza, 
á fin de que aquélla quede pendiente de los hombros, cubrien- 
do pecho y espalda. Úsalo habitualmente la gente del campo; 
la de las ciudades solamente en partidas de campo y en 
viajes por la campaña, prefiriendo naturalmente los de vi- 
cuña, tela riquísima y cada vez más rara y estimada. Los 
de vicuña, llamados también víanlas, suelen usarse como bu- 
fandas. 

En arauc. pontho, poncho. V. la observación que hicimos 
en los art. GUACHO y MANCARRÓN sobre supuestos 
vocablos aborígenes. 

«Especie de sayo ó capote sin mangas y ron abertura 
por donde se saca la cabeza.» (La Acad.) 

POPÍ, m. — Mandioca, raspada la cascara, cortada longi- 
tudinalmente en pedazos y seca al sol, á cuyo efecto se cuel- 
gan éstos en unos cordeles horizontales; operación que se eje- 
cuta con el fin de no carecer de este alimento cuando ya ha 
pasado la época de la cosecha, porque en su estado natural 
no se conserva mucho tiempo. 

Del guar. tnandio popi, mandioca raspada ó limpia. Espe- 



32G DANIEL GRANADA. 



cié de elipsis en que se ha tomado el modo por el sujeto 
modificado. 

PORONGO, m.— Calabaza silvestre, amarga, de forma 
oblonga. — Calabacino, ó sea vasija formada de una cascara 
seca de calabaza silvestre, para tener líquidos ó cualesquiera 
otros objetos. — Mate de forma ovalada. 

«Prov. de la Amor, merid. Especie de calabaza de cascara 
muy dura, que se emplea como vasija para varios neos do- 
mésticos.» (Salva.) 

Paz-Soldán dice que cuando los mates son ovalados ó largos 
y angostos, reciben el nombre de porongos y sirven de botellas 
(esto en el Perú), y que tanto mate como porongo son voces 
quichuas. Rodríguez lo define «cantarillo cuellilargo de barre . 

Parece que antiguamente significó cantarito; pues el P. Fe- 
brés [CaJep. cliil. kisp.) dice: «purunco, el porongo, cantante» 
Puede provenir del quien, purunecu, ó ser afér. del guar. 'iba 
poro, calabaza amarga. Comunicóse el vocablo en estas tres 
lenguas, quizá, por boca de los españoles, siendo lo probable 
que primeramente fuese quichua. 

En la prov. brasileña de Río Grande del Sur cierta cucur- 
bitácea pequeña, de que se hacen vasijillas para tomar el mate, 
según Beaurepaire-Rohán, que considera venir el vocablo del 
quichua puruneca. 

l'(>ROR(), m. Maíz tostado del modo siguiente. Ponen 
en una sartén, al fuego, un poco de grasa, y, cuando está 
bien caliente, le echan el maíz, el cual en el acto revienta 
)■ salta, abriéndose en forma de rosetas, cuyo nombre suele 
también dársele. El maíz más á propósito para esta opera- 
ción es uno muy pequeño y puntiagudo, que dicen pisin- 
gallo. — Por analogía con el múltiple y sucesivo estallido del 
maíz que revienta en una sartén caldeada del modo dicho, 
se emplea la voz pororó para indicar cualquier sucesión 
desordenada de sonidos estrepitosos. — Del que habla con 
precipitación y demasiado, particularmente si tiene la voz 
aguda, de manera que aturda ó fastidie, se dice asimismo 
que es ó parece un pororó. 

La voz pororó procede del guaraní pororog, que significa, bien 



VOCABULARIO RIOPLATENSE. 327 

expresivamente, estruendo, ruido de cosa que revienta. Abaíi 
pororóg, maíz que revertió tostándolo, diee Ruiz de Montoy.;. 
Abatí es maíz. 

A D. Francisco A. de Figueroa, que cántalas excelencias 
del diodo, pertenecen los versos siguientes: 

Entonces de maíz los orientales 
Hacen el blando mote, é igualmente 
El pororó ó rosetas, en que hallo 
La excelencia especia! del pisingallo. 

POROTO, m.— Habichuela. V. CHAUCHA. 

Mas yo siento 
Que, sin un buen aliño, los porotos 
Causan sus compromisos y alborotos. 

(D. F. A. de Figueroa.) 

PORTEÑO, ña, adj. — Natural de la ciudad (y puedo) üe 
Buenos Aires. Ú. t. c. s. — Perteneciente á dicha ciudad. 

POSTE, m. — Palo fuerte, grueso y tosco que, clavado en 
tierra, sirve para sostener el alambrado de los campos, atar 
■animales, etc. 

POTREADOR. m.— Palenque (2.» acep.). 

POTRERí ), m. — Terreno cercado, para tener animales á 
mano, aquerenciar caballos, entropillar, desterncrar, etc., etc. — 
Campo aparente para un pastoreo especial, por tener los mejo- 
res pastos, aguadas, etc. — Rinconada de buenos pastos. 

Lo propio en el Perú (Palma); así como en Chile y Solivia: 
• recintos más ó menos grandes que se destinan en las hacien- 
das á la crianza de los ganados- (Rodríguez). <;Prov. de Amér. 
La hacienda destinada á yeguadas y vacadas. > (Salva.) 

Formamos el campamento en la esquina que hace el río 
Bermejo, que sigue después al oriente, habiendo distintas 
ensenadas abundantísimas de pasto, por lo que se les dio el 
nombre de potreros de San Bernardo.» (K\p. al Chaco por 
D. Jerón Matorras.) 

POTRERí ) DE INVERNADA.— Campo de buenos pas- 



328 DANIEL GRANADA. 



tos, cercado, para pastoreo de novillos ó vacas en la época 
de la invernada. V. INVERNADA. 

PROVINCIA CISPLATINA.— Denominación que se dio 
á la Banda Oiicntal, con determinados límites, cuando estuvo 
incorporada al Brasil. 

Cis-platina, del lado de acá del Plata respecto al Brasil v á 
su corte en Río Janeiro. 

PROVINCIAS UNIDAS DEL RÍO DE LA PLATA.— 
V. NACIÓN ARGENTINA. 

PUCHA, f. — Úsala regularmente el vulgo comointerj. equi- 
valente á ¡caramba! á veces precedida de artículo. 

Rodríguez cita el siguiente pasaje de Tirso de Molina en la 
Villana de Vallccas: 

¡Oh hi de pucha! 
¿Y qué queréis ver con ella? 

PUCHO, m. — Sobra ó resto, y también lo que vale muy 
poco ó casi nada y se desprecia. 

No hay más que un pucho (una sobra) de tal ó cual 
Sólo me queda un pucho (resto) de ella. Tengo un pucho (poca 
cantidad). Un puchito (una nada). No vale un /«í/w (es cosa 
despreciable). Un pucho (desperdicio) de cigarro. 

Del quich. y del arauc. puchu. 

Prov. de la Amér. merid. en Salva: lapunta del cigarro cite se 
ha fumado. 

Úsase también en Chile, Boliviay el Perú, según Rodríguez, 
ya para expresar el resto del cigarro, ya para ponderar lo poco 
en que se estima una persona ó cosa. 

PUEBLADA, f. — Movimiento popular momentáneo ó pasa- 
jero y de poca ó ninguna importancia ó sin trascendencia 
política. 

«Cuando el pueblo tumultúa contra alguien, ora sea autori- 
dad ó no, decimos que ha habido una pueblada: hay voces que 
denotan casi lo mismo, como motín, asonada, alboroto, tumulto, 
bullanga ó bullaje etc.; no obstante, por la analogía de su forma 
con la de alcaldada, es expresivo. Si se dijera poblada, como 
hemos visto en un escrito de Buenos Aires, no sería objetable. 
(D. Rufino José Cuervo.) D. P. Paz-Soldán prefiere pueblada. 



VOCABULARIO RIOPLA.TENbfí. 329 

La verdad es que siempre dicen pueblada; pero poblada ten- 
dría menos sabor de vulgaridad sin duda alguna. 

PUELCHE, adj.  Dícese del indio de cierta generación que 
habitaba en la Pampa. Ú. t. c. s. — Perteneciente á dicha gene- 
ración. 

PUESTERO, m. — El que tiene un puesto en una estancia, ó 
que con una majada de ovejas ó unos pocos animales vacunos, 
que beneficia por su cuenta, cuida al mismo tiempo del campo 
y presta algunos servicios á su dueño. Establécese regular- 
mente del lado del cerco, junto á las tranqueras ó en un rincón 
del campo. 

PUESTO, m. — Lugar donde en una estancia se halla esta- 
blecido el puestero. V. esta palabra. 

PULPERÍA, f. — Casa ó rancho donde se vende por menor 
vino, aceite, grasa, yerba, azúcar, velas de sebo, cafía, ciga- 
rros ordinarios y otras cosas semejantes. La casa en que se 
despachan objetos análogos de calidad superior, se llama al- 
macén de comestibles y bebidas ó simplemente almacén, aunque 
también suele dársele el nombre de pulpería, particularmente 
en los pueblos de la campaña, así como cuando se halla esta- 
blecida fuera de las poblaciones ó en medio del campo. 

Es la pulpería un compuesto de abacería y taberna. Viene 
la voz de pulque, según Solórzano (Polít. indi), que es una be- 
bida espirituosa que extraen en Méjico de las hojas del ma- 
guey, de donde también el llamarse allí pulquería á la tienda 
en que lo despachan. 

Pero esta etimología es dudosa; pues Garcilaso de la Vega 
(Comciü. real.) nos cuenta que por el tiempo en que ocurrió 
la muerte del virrey don Antonio de Mendoza andaban todos 
tan belicosos en el Perú, que diariamente había pendencias y 
desafíos, no ya entre la gente principal y soldados famosos, 
sino también entre mercaderes y toda clase de tratantes y 
hasta entre pulperos (dice el inca escandalizado), nombre im- 
puesto á los más pobres vendedores, porque en la tienda de uno de 
ellos hallaron vendiéndose un pulpo. Además, cuando las leyes 
de Indias tratan del pulque, llaman pulque i ía á la tienda donde 
lo expenden, y si del abasto ó mantenimiento de las poblaciones, 



330 DANIEL GRANADA. 



no omiten decir fulperia. La Acad. distingue, con efecto, 
una de otra, bien que definiendo la segunda: -.tienda, en Amé- 
rica, donde se venden diferentes géneros para el abasto; como 
son vino, aguardiente ó licores, y géneros pertenecientes á dro- 
guería, buhonería, mercería y otros; pero no paños, lienzos, 
ni otros tejidos:; definición que hace largos años priva sin 
reparo. 

Y nunca ha sido entendido sino del modo que lo explica- 
mos, el término pulpería. Enuncíalo el texto de la ley 12, tít. 
8, lib. 4. de Indias, y decláranlo ampliamente los siguientes 
pasajes. 

«También se prohiben por ordenanza las tabernas ó bodego- 
nes en la ranchería de indios. Llámanlas acá pulperías.?. ( El vi- 
rrey del Perú marqués de Montesclaros, Rcl.{\ su sucesor en 
el mando.) 

«Se ordenó é introdujo que en cada ciudad ó villa se apun- 
tasen y señalasen tiendas que en Castilla llaman de abacería y 
en las Indias de pulpería ó pulquería.-» (Solórz., PoUt. i mi.) 

«Los frutos que se llevan de España, como aguardiente, vino. 
aceite, almendra, pasa y otros, pagan sus derechos correspon- 
dientes á la entrada, y después se venden con la misma liber- 
tad (libres de contribuciones jreales); pero los que los menudean, 
tienen que pagar alcabala, por las /¡///penas ó tiendas donde tos 
expenden..- (D. Antonio de Ulloa, Reí. hist. del viaj <í la An/e'i: 
mer. etc.) 

^Pulperías son en el Perú tiendas, mesones ó tabernas 
donde se venden algunos mantenimientos, como son vino, 
pan, miel, queso, manteca, aceite, piálanos, velas y otras menu- 
dencias.» (D. Gaspar de Escalona, Gazoph. reg. pei/ib.) 

<En casi toda la América llaman así (pulpería) á las tiendas de 
aceite y vinagre y demás comestibles usuales. (Alcedo, Dice. 
geegr.-Aisi.» etc.) 

Las pulperías que hay en los caminos públicos, postas y pue- 
blos de las campañas del Plata, suelen tener ponchos, bomba- 
chas, chiripaes, botas, géneros, drogas, recados, arreos y otras 
mercaderías. Pero se les llama pulperías precisa y determinada- 
mente por lo que tienen de abacería y taberna, y no por ninguna 



VOCABULARIO RIOPLATENSE. 331 

otra causa ó circunstancia. Así. si en una de esas casas no se 
despachasen mantenimientos y bebidas, nadie le daría el 
nombre de pulpería. Por la misma razón, cuando se quiere 
determinar con precisión una (asa en que se despachan comes- 
tibles y géneros, se dice que es pulpería r tienda. 

PULPERO, m. — El que tiene pulpería. — El que despacha en 
una pulpería. 

PUMA, m. — Cuadrúpedo algo parecido al león, por lo que 
se le conoce también por este nombre. No es grande ni temible. 
«Cuadrúpedo del Perú, parecido en la cabeza al tigre, pero 
flojo y tímido.- (La Acad.) 

PUNA, f. — Tierra alta, próxima á la cordillera de los An- 
des. — Paraje ó terreno que ofrécelas condiciones ó caracteres 
propios délas tierras altas ó sea de la puna, como su temple, 
que es frío, su suelo, que es arcilloso, sus pastos, que son fuer- 
tes ó (pie repugna el ganado. — -Extraña y penosa ansiedad que 
en la travesía de la cordillera de los Andes experimenta el 
viajero, por efecto de la rarefacción del aire en las alturas. 
Llámase también soniche. 
Del quich. puna. 

«Toda la más tierra de este repartimento es llana, alta, rasa 
y fría, que en la lengua de los indios se dice puna ó ¿xalca, que 
quiere decir tierra fría. ;> {Reí. geográf. de Ind.\ Atunrucana.) 

«Lo que llaman puna en el Perú, es lo mismo que páramo 
en el reino de Quito.: (1). Antonio de Ulloa, Noticias ame- 
u canas.) 

Nombre que dan en el Perú á los parajes altos y fríos de 
una provincia ó jurisdicción. » (Alcedo.) 

«Todo lo que se lia dicho vade los valles, campañas, bos- 
ques, pastos y aguas, es más ó menos aplicable á todo el 
territorio de la provincia (de Salta), con la sola excepción de 
los distritos de Casabindo y Rinconada, situados al O. en la 
puna más brava y más inmediata á la cordillera.:) (D. José 
Arenales, JVo/s. Insi. y descrip. sobre el gran país del Chaco y río 
Bermejo.) 

En la acep. de tierra fría, páramo, y con especialidad para 
expresar la incomodidad que se experimenta en los lugares 



332 DANIEL GRANADA. 



muy altos de la Cordillera, usan también en Chile y en el 
Perú la voz de que se trata (Rodríguez). Paz-Soldán se 
contrae á la i. a acep. según la define Salva («región inhabi- 
table por excesivo frió»). Pero ha padecido omisión respecto 
á la antedicha molestia, que se expresa también con el nom- 
bre de puna, como lo dice Rodríguez y nos lo confirma 
Palma. 

PUNILLA. — Departamento de la provincia argentina de 
Córdoba. 

PUNTANO, na, adj. — Natural de la provincia argentina de 
San Luis. Ú. t. c. s. — Perteneciente á ella. 

De San Luis de la Punía. 

PUNTAS, f. pl. — Primeros gajos de un río ó arroyo. Por 
ext., primeras vertientes ó parajes donde nace. 

«Manifestando el río, en su gran torrente, tener aún muy 
distantes sus primeras vertientes ó puntas.-» (Cabrer.) 

PUNZÓ, adj. — Encarnado muy encendido, rojo. 

D. Baldomcro Rivodó trae también la voz punzó, color rojo 
muy vivo. 

«Es todo rojo de punzo, el más bello, encendido y puro 
que pueda verse.» (Azara.) 

Refiriéndose á la bandera italiana, dice D. F. Acuña de 
Figueroa: 

Verde, blanca y punzóla, enseña hermosa. 

Las pasionarias, las achiras de oro 
Y el seibo punzó. 

(D. Rafael Obligado.) 

PUQUIO, m. — En las provincias argentinas arribeñas, fuente, 
manantial y, en especial, aguada que se procura por sí mismo 
el ganado, escarbando los terrenos húmedos, particularmente 
el lecho de ciertos ríos que en ocasiones quedan secos. 

Del quich. puquiu ó puc/'u. 

En el Perú también puquio, manantial (Paz-Soldán). En 
Chile seguramente se le da el mismo sentido, que no expresa 
Rodríguez, limitándose á trascribir el siguiente pasaje del 



VOCABULARIO RIOPLATEKSE. 33B 

obispo D. Justo Donoso (Manual del párroco americano): «La 
materia remota de este sacramento (el bautismo) es el agua 
natural, bien sea del mar, ríos, pozos, fuentes, puquios ó de 
lluvia, etc. 

Y estos lugares naturales se llamaron en su lengua cuellos 
diferentemente, como las cumbreras apachüas, las cuevas 
////acá, los montes orco, las fuentes pueyu, los cielos huahua pa- 
cha.» (1 res ¡r!. per. publ. por D. M. Jim. de la Esp., Reí. anón) 

Quiere decir puquio fuente. > [Reí. geogr. de Ind. publ. por 
1). M. Jim. de la Esp.; Correg. de Abancav.) 

Las aguadas se encuentran generalmente sobre las rocas, 
en las quebradas, al pie de las alturas, en las cañadas y ciéna- 
gas. Cuando en ciertos ríos secos se cava en las arenas del 
lecho, al parecer estéril, se encuentra una excelente agua que 
hombres}- animales beben con placer, no necesitando muchas 
veces los últimos del auxilio del hombre para abrirlos: en este 
caso se distinguen con el nombre de puquios.» (D. Juan Llerena, 
Cuad. descrip. v estad, de lastres prov. de Caro). 

PUTEADA, f. — Interjección ó frase tejida ó bordada con el 
estambre que el mismo vocablo indica suficientemente, sin 
necesidad de hacer anatomía de él para que se entienda con 
claridad. Decir lindezas del género á que se alude es á lo 
que llaman echar puteadas: socorridas formas retóricas con que 
suelen engalanarse los más vivos arranques de la apasionada 
el< «cuencia. Los campesinos del Plata de legítimo abolengo, ó 
gauchos, representantes incontaminados de la lengua y cos- 
tumbres tradicionales, no ceden á nadie la primacía en este 
punto. Ellos, no sólo han conservado puntualmente en la 
memoria las expresiones que, como naturalistas que eran, su- 
pieron usar los héroes retratados por Fernando de Rojas, 
Quevedo, Cervantes y otros sabios maestros del buen decir 
castellano, sino que también las han corregido y mejorado 
en tercio y quinto, como pudiera hacerlo el más atildado aca- 
démico en una larga serie de ediciones de una obra clásica. 
Si al famoso hidalgo de la Mancha, con ser un caballero tan 
cumplido, nunca le pareció mal que á su honrado escudero se 
le escapase de vez en cuando una expresión semejante, ¿sería. 



331 



DANIEL GRANADA. 



licito que nosotros privásemos al paisano del Plata que, como 
toda alma viviente, metiese él también á su modo la cu- 
charada en este Vocabulario? 

Si orne o mugier coidare que non es guisada cosa et dere- 
cha ayuntar palabras sobejanas en un escripto que depre- 
liender han desembargadamente también los graneles cuerno 
los pequennos, c otro si las donciellas, catar y a que judga 
ende a tuerto, ca los maestres del gay saber e perlados que 
(i/.ieron el onrrado libro de la Tabla de Castiella, tollido e fecho 
de nuevo doce vegadas, mientan nomes et dichos semeiabltes 
o quier de maior abiltanza. Allende desto y a compKdos 
enxiemplos que castigan cuerno la mesma virtud se torna en 
escándalo, quando las mugieres se querellan por naderías, en 
de se recatar, qual conviene a la su onestidat, qucls 
deviedá ele se mostrar a paladinas, et desto ofresce un i 
asaz curioso Ricardo Palma indiano, sotil faecdor ele corónicaá 
e consejas del Pirú. el qual niiembra lo que contesció a una 
sennora principal de Lima con el esforzado cavallero Rafael 
Mí i roto, que íizo grandes fazañas en las Indias cuando se 
rebiellaron contra su rey e sennor los naturales daquellos 
reynos, e qud dio a Espartero el abrazo que dizen de Ver- 
sara. Este caso portemos ayuso en la mesma fabla que fablaban 
tos antigOS que non eran ladinos. 

Cuenta, pues, el ingenioso es< ritor perulero que un soldado 
del regimiento de Talayera, cuyo jefe era Maroto, viendo 
pasar una gentil dama de singular belleza, esposa de un 
general de los ejércitos de S. M. el Rey, se cuadró delante de 
ella v le dirigió el siguiente requiebro: ¡Ahur, brigadiera! que no 
te comiera un lobo v le vomitara en mi tarima! Ofendida de la osa- 
día del talaverino la aristocrática limeña, presentó en el acto sus 
quejas al jefe del regimiente >. No sea gazmoña, señora, le contestó 
Maroto, que el requebró es délo lindo, y prueba que mis muehachos 
son deeiilores á su inancia, v no bañan con almizcle las palabras: 
agradezca la intención v perdone la rudeza. 

PUTEx\R, .n — Echar puteadas. — a. Injuriar con ellas. 

PUYO, m. — En las provincias argentinas arribeñas, ponch o 
basto de lana. Pavos de Tulumha, de la sierra ele Córdoba, etc. 



Q 



QUEBRACHO, m. — Árbol cuya madera es de tal dureza, 
que quiebra el hacha con que en vano se intente cortarla; de 
donde procede el nombre. Lo hay blanco y colorado. Del que- 
bracho colorado se saca una tintura conocida por sangre de drago, 
con que tiñen la lana en algunas provincias argentinas. Según 
los mordientes que se le añadan, así es su color, que varía 
entre pardo, gris, rujo oscuro y negro. (Cclastroidcrj 

Desde aquí se empieza va á encontrar el árbol quebracho, 
llamado así por su mucha dureza, que rompe las hachas al 
labrarle. Por la superficie es blanco, y suave para cortarlo; 
por el centro es encarnado, y sirve para columnas y otros usos. 
Dicen que es incorruptible; pero yo he visto algunas columnas 
carcomidas. Después de labrado y quitado todo lo blanco, se 
echa en el agua, en donde se pone tan duro y pesado como la 
piedra más sólida. (El 17a/. univ. por D. P. E., sobre e! 
Tucumán). 

En Colm. qucbíacho de Cuba y de Chile. 

QUEDETO, m.— Quillango. 

QUERANDÍ, adj. — Dicese del indio cuya generación ocu- 
paba la banda austral del río de la Plata al tiempo del descu- 
brimiento, y al que se le llamó después pampa. — U t. c. s. — 
Perteneciente á dicha generación. 

«Hallamos en esta tierra (Buenos Aires) otro pueblo de casi 
0,000 indios llamados queraudics, con sus mujeres é hijos, que 
andan como los charrúas. (Sehmídel, trad. corriente.) 

QUIAPÍ, m. — -Vestimenta semejante á la guavaloca, usada 
por los pampas y otras generaciones de indios. 

Del guar. quiapí. 
Quevapí. Nombre aae dan los indios. abipones en el Perú 



336 DANIEL GRANADA. 



;il ropaje con que se cubren las indias, hecho de pieles de 
animales bien aderezadas, á manera de ante.» (Alcedo.) 

QUILME, adj. — Dicese del indio de una parcialidad, muy 
belicosa, que habitaba en un valle de la provincia de Santiago 
del Estero. Ú. t. c. s.— Perteneciente á dicha parcialidad. 

Sometiéronse los quilines á principios del siglo decimosép- 
timo. Con ellos se formó, á cuatro leguas de Buenos Aires, el 
pueblo que lleva su nombre: Quilmes. 

QUILOMBO, m.— Lupanar. 

En el Brasil llaman quilombo, á la habitación clandestina, 
en un monte ó desierto, que servía de refugio á los esclavos 
fugitivos. Le llaman también mocambo, y es voz de la lengua 
bunda, en la que significa campamento (Beaurepaire-Rohán). 

En Venezuela equivale á andurrial (Rivodó). 

QUILLANGO, m. — Vestimenta usada por las mujeres 
pampas. Consiste en una manta de pieles, regularmente de 
guanaco, echada á la espalda y prendida al pescuezo con un 
punzón de hierro. 

Del arauc. iculla; del pampa iquilla, 

«Y encima desto traen otra manta de lana menor, que la 
llaman lliquitta (Mella), que les sirve de manto y les llega á la 
rodilla» (Rcl. geogr. de Ind., Alunnicana.) 

QUILLAY, m. — Árbol mediano, algo semejante al roble y 
raya corteza suple por el jabón. 

Del arauc. quillay. 

QUINA DEL CAMPO.— Arbusto espinoso, de cuya raíz 
hacen un cocimiento que, bebido á pasto, quita (dicen) la 
fiebre y purifica la sangre. 

QUINAQUINA, m.— Árbol grande, frondoso, aromático, 
de madera muy dura de construcción, semejante á la caoba; 
de la familia de las leguminosas. De su corteza y cascara hacen 
unos polvos que, tomados en vino, son eficaces contra las 
fiebres intermitentes. Es igualmente medicinal la semilla, que 
es pequeña, colorada. 

QUINCHA, f. — Tejido ó trama de junco (que es la hierba 
más á propósito) con que se afianza cualquiera construcción 
de paja, varas, totora, cañas, etc. Empléase en los techos de 



VOCABULARIO RIOPLATENSE. 337 

loj ranchos, que sonde paja ó de totora, en la armazón de 
sus paredes de barro, que se compone de varas, en la de las 
cubiertas de los carros formando arcos, y demás obras seme- 
jantes. — La misma paja, varas, etc., quinchadas. 

Del quieb. khinclia. 
Este (Lloqqe Yupanqui, inca) lo abía mandado que no 
pviesen guerras injustas, y á todos los mandó que heziesen 
poblados, y más lo había mandado que todos se ocupasen 
en ydificios de chácaras y quinchas.» (Joan de Santa Cruz 
I%chacuti Yamqui, Antig.per. publ. por D. M.Jim, de la Esp.) 

En Chile, pared delgada de ramas, etc., ya rellenas con barro, 
ya simplemente clavadas en el suelo, y armazón de varillas 
en las carretas (Rodríguez). En el Perú, pared campestre de 
caña y barro (Paz-Soldán). En la provincia brasileña de Río 
Grande del Sur, también quincha, cubierta de casa ó carreta, 
hecha de paja, ó más bien, porciones cortas de la cubier- 
ta de paja, que se unen entre sí sobre el techo de la casa ó 
toldo de la carreta; vocablo que los riograneses recibieron de 
las regiones del Plata (Beaurepaire-Rohán). 

«quincha. (Voz quechua) f. Per. Pared formada de cañas y 
barro.» (La Acad.) 

QUINCHAR, a. — Afianzar (particularmente con junco, 
que es lo más adecuado) la paja, totora, varas ó cañas que 
entran en una construcción cualquiera. 

En Chile, hacer quinchas, cercar con quinchas (Rodríguez). 

En la prov. bras. de R. Gr. del S., también quinchar, cubrir 
con quinchas, esto es, con las diversas partes de la cubierta 
(Beaurepaire-Rohán). 

Muros de tapia, techo quinchado 
Con todo el lujo del totoral. 

(D. Rafael Obligado.) 

QUINCHUNLAQUE, m.— Entre los pampas, bola afo- 
rrada en piel y pendiente de una cuerda, para ofender al 
enemigo y matar animales. 

Del arauc. 

QUÍNOA, f.— Planta de la familia de las salsoláceas, de 
tres á cuatro pies de altura, hojas grandes, Jlor roja, y eme 



S38 UANIEL GRANADA. 



echa un cogoHo ú manera de espiga que contiene una simiente 
menuda, feculenta y comestible, á lapar que medicinal. 

Prodúcese espontáneamente, y la cultivan, en algunas pro- 
vincias argentinas arribeñas, junto á los Andes. Figura entre 
los productos americanos alimenticios por excelencia. Así 
leemos en las Reís, geogr. de Inds., relativamente al Perú: 
«Hay en esta provincia (Huamanga), de las semillas de la 
tierra: maíz, papas, ocas, eolíticos, quinua, porotos, altramuces, 
camotes, yucas. «El grano de que se sustentan es maíz é 
<lii¡iioa, ques muy principal mantenimiento para ellos.» (Ibíd.. 
< 'allag/tas.J 

Es esta semilla á la que allí (en Quito) dan nombre de 
qttinoa: su grano, aúneme imita en la figura á la lenteja, es sin 
comparación menor y de color blanco, etc. (Ulloa y Juan.» 

En Colm. qidnoa de Chile, del Perú, de Quito. 

QUINUA, f. Quima. 

QUIRIRIO, f. — Víbora grande de fes regiones del norte 
de la cuenca del Plata. 

Del guar. qúíññag. 

QUIRQUINCHO,». Tatú grande, en general semejante 
á los demás de su especie. 

También en Chile, armadillo; del quieh. quirqnimdtu (Rodrí- 
guez). 

QUIVEVE/m. — Guisado de zapallo deshecho por medio 
de la cocción. 

QUIYÁ, m. Cuadrúpedo de unas tres cuartas de longi- 
tud, parecido al capincho en SUS condiciones, aspecto y modo 
de vivir. Arrancado el pelo largo, queda poblada la piel de 
otro corto aplomado v suavísimo, siendo por esta razón muy 
estimada. 

Del guar. quiiá. 

«Los españoles te llaman nutria; pero no loes, ni de su 
familia.- (Azara/) 



R 



RANCHERÍA, f. — Conjunto de ranchos. 

RANCHO, ra. — Habitación tosca, regularmente íuera de 
poblado, con paredes de bai'ro mezclado con bosta, techo de 
paja ó de totora sostenida por horcones, y piso natural. El 
mojinete ó frontón mira á los vientos más fuertes predominan- 
tes en el punto en que se construye la vivienda, á fin de que 
no trabajen tanto las peredes costaneras. 

Covarrubias establece ser rancho término militar equivalen- 
te á compañía, por la que entre sí hacen cierto número de 
soldados comiendo y durmiendo reunidos en un sitio se- 
ñalado del campamento; del verbo italiano retinare, que vale 
allegar ó juntar en nno. D. Antonio Ponz, describiendo las 
operaciones de esquila observadas entre San Ildefonso y 
Segovia, dice que allí llaman rancho al paraje donde esqui- 
lan; y la Acad. define el rancho, un lugar fuera de poblado 
donde se albergan diversas familias ó personas, como rancho 
de gitanos, rancho de pastores. En América se dio al principio 
<1 nombre de ranchos á las viviendas, ordinariamente de 
caña, que servían de habitación á los indios de las Antillas, 
Méjico, América- central y el Perú. 

Amcr. Choza ó casa pobre con techumbre de ramas ó pa- 
ja, fuera de poblado. — Granja donde se crían caballos y otros 
cuadrúpedos». (La Acad.) En el Río de la Plata la voz rancho 
no tiene esta última acepción.- 

RAXQUEL, adj. — Dícese del indio de una parcialidad, ori- 
ginaria probablemente de los aucas, que corría la Pampa. Ú. 
t. c. s. — Perteneciente á dicha parcialidad. 

También ranouc/che, su forma primitiva. 
RANQUELINO, na, zdy—Ranqnel. 



340 DANIEL GRANADA. 



jlfifó* 



RASQUETA, f.— Almohaza. 

D. Baldomcro Rívodó observa que la palabra ras que I a tiene 
la ventaja de ser más comprensible para la generalidad de las 
gentes, que la almohaza. Por lo que hace al Rio de la Plata, 
la palabra almohaza es enteramente desconocida, y quien 
tuviese la ocurrencia de usarla, además de no ser entendido, 
sería graduado de pedante. Sin embargo, lo de rasqueta es 
harto vulgar: la lengua sale perdiendo ciertamente en el 
cambio. 

RASQUETEAR, a. — Limpiar con rasqueta á una caballería. 
(X^ RATONERA, f. — Pajarillo de color pardo acanelado, que 
acostumbra andar por los cercados, corriendo por los de ma- 
terial como un ratoncito. 

REAL HEMBRA. — Entre la gente vulgar, real cortado (V. 
VINTÉN), prometido á una santa, á intento de que favorezca 
á la persona que se lo ofrece. 

REAL MACHO. — El que está prometido á un santo. 

REAL MAÑERO. — Término genérico con que la jente 
vulgar designa al real macho y al real hembra, objetos de su 
preocupación. 

REBENCAZO, m. — Percusión dada con rebenque. 

Lo mismo en el Perú (Palma). 

REBENQUE, m. — Látigo fuerte de jinete. La azotera, como 
de una cuarta, es de cuero vacuno, y el cabo forrado de piel, 
como de una tercia. En su extremo inferior va afianzada una 
argolla de cobre, de la cual pende una manija,, que se aplica á 
la muñeca para llevarlo y usar de él con seguridad. 

Lo propio en el Perú (Palma). 

En la pr. br. de R. G. del S., también rebenque, rebencazo 
(rebencaco) y rebenquear (Beaurepaire-Rohán). Tomaron los rio- 
grandenses estas voces de los países del Plata. 

«Látigo hecho de cuero ó cáñamo embreado, con el cual se 
castigaba á los galeotes cuando estaban en la faena. — Mar 
Cuerda corta ó cabo que sirve para atar y colgar diversas cosas. 
(La Acad.) 

REBENQUEAR, a. — Pegar con el rebenque. Voz vulgar. 

RECADO, m. — Conjunto de piezas que componen la mon- 



vocabulario rioplatens::. 341 

tura tic un hombre de campo, y son las siguientes: bajera, ca- 
rona lisa, jerga cutre caronas, carona superior, lomillo, cincha, 
con su correspondiente enumera y correones, acionera, de que 
penden las estriberas, uno, dos ó más c:)ji¡:¡ , i>s, sobrepuesto y 
sobrecincha. — Montura y arreos. 

>Pr. de la'Amér. merid. La silla y jaeces con que los indíge- 
nas de la América del Sur adornan sus caballos.:- (Salva.) 

RECLUTA, f. — Acción de reunir el ganado disperso. 

RECLUTAR, a. — Reunir el ganado disperso por los 
campos vecin< >s. 

RECOGIDA, f. — Acción y efecto de sacar de campo aje- 
no cierto número de animales en conjunto, por no haberse 
mezclado con otros de marca diferente, y sin necesidad, por 
lo tanto, de pedir rodeo para hacer el aparte, como cuando 
se trata de un rebaño, tropa, piara ó tropilla. 

Voz autorizada por los Códigos Rurales del Río de la Plata. 

RECOPILACIÓN CASTELLANA.— Nuera Recopilación de 
las leyes de España. La Novísima no ha estado nunca en vi- 
gencia en el Río de la Plata. 

RECOPILADAS DE CASTILLA (leyes).— Lo mismo que 
Recopilación Castellana ó Nueva Recopilación. 

REDOMÓN, adj. — Dícesc del potro que se está domando., 
y en el cual, por consiguiente, todavía no puede andar sino 
un hombre muy. jinete. U. t. es. 

Lo propio en Chile (Rodríguez). 

«Monta el domador con sus grandísimas espuelas y sale 
por el campo, sufriendo los corcovos y coces que se dejan 
considerar, hasta que se cansa el potro y le ata á un poste, 
siendo raro que el potro tire al domador. Vuelve éste á mon- 
tar de rato en rato todo el día y algunos después, dejándole 
descansar otros, hasta que no corcovea, y se sirven de él 
para lo que se oírece, sin ponerle freno á lo menos en un 
año, que es cuando deja el nombre de redomón y toma el de 
caballo.» (Azara.) 

<;Prov. de la Amér. merid. El caballo, yegua ó muía recién 
domados.» (Salva.) 

También en las provincias brasileñas de Río Grande del 



342 DANIEL GRANADA. 



Sur, San Pablo y Paraná, redomáo (Beaurepaire-Rohán), coa 
la propia significación que en el Río de la Plata, de donde 
tomaron el vocablo. 

RELANCINA (de), vulg.- De relance. 

Lo propio en la pr. br. de R. G. del S. (Beaurepaire-Rohán). 

RENCA. — Departamento de la provincia argentina de San 
Luis. — -Capital del mismo departamento. 

RENGUEAR, n.— Renquear. 

Rengo, renco. 

Lo propio en la provincia brasileña tic Río Grande del 
Sur (Beaurepaire-Rohán). Tomaron el vocablo los riogran- 
denses de los países del Plata. 

RE\< )\'AL. m. — Terreno poblado de renuevos producidos 
por efecto de la corta. — Terreno poblado do arbolillos recien- 
tes, nacidos espontáneamente. 

Voz usada también en Chile en la primera acepción, 
que es su sentido recto. Con razón abona D. Zorobabel 
Rodríguez el uso de este vocablo, por no conocer en cas- 
tellano otro equivalente y atendida su legítima derivación 
de tenue, 

REPÚBLICA ARGENTINA. — V. NACIÓN ARGEN- 
TINA. 

REPÚBLICA ORIENTAL DEL URUGUAY.— El territo- 
nio de esta nación (yP-$$° lat.) se halla á la margen izquierda 
de los ríos de la Plata y Uruguay, quedando á la derecha las 
provincias argentinas de Buenos Aires, Entre Ríos y Corrien- 
tes. Por el oeste lo baña el < >céan< >. y por el norte y este confina 

con el Brasil. Está dividida la república en departamentos, 
que son: 

Rocha y Maldonado hacia el Océano. 

Canelones, Montevideo, San José y Colonia hacia el río de 
la Plata. 

Soriano, Río Negro, Paysandú y Salto hacia el Uruguay. 

Artigas, Rivera, Cerro Largo y Treinta y Tres, así como 
Rocha, lindando con el Brasil. 

Florida, Flores, Durazno y Tacuarembó en el interior. 

REPUNTAR, a. — Reunir los animales que están dispersos 



VOCABULARIO RIOPLATENSE. 343 

en un campo. — n. Volver á subir un río ó un arroyo que es- 
taba bajando. 

«Los que poseen dehesas ó estancias, tienen una porción 
de yeguas que nadie doma, monta ni domestica, dejándolos 
toda la vida libres, sin más sujeción que la de repuntarlas ó 
darles vuelta alguna vez á la semana ó menos, á fin de que no 
se salgan de las tierras. » (Azara.) 

Repuntar haciendas, dicen los Cód. Rui: del Río de la Plata. 

«Por la tarde los de la casa fueron á repuntar el ganado.» 
i Azara). 

¡Empezar ¿2 mará moverse para creciente.» (La Arad.) 

REPUNTE, m. — Acción y efecto de repuntar. -Crecimiento 
de un río ó arroyo que estaba bajando. 

También, tratándose de ríos, en el Perú (Palma). 

RESTAURACIÓN.— Capital del departamento correntino 
del Paso de los Libres. 

RETACÓN, na, adj. — Dícese de una persona rechoncha. 

Del sust. retaco se ba formado el adj. retacón. Retaco, m. — 
fig. Hombre rechoncho». (La Acad.) 

RETAJADO, adj. — Dícese del caballo que está retajad». 

Ú. t. c s. 

«De este modo los tales enteros, á quienes llamar, retaja- 
dos.r> etc. (Azara.) 

RETAJAR, a. — Tratándose de caballos, practicar en el 
aparato generativo una incisión y desvío que, sin dejarlos 
castrados, les impide su ejercicio, á fin de que, incapaces de ' 
procrear, pero enteros, mantengan entablada la tropilla de 
yeguas en las manadas de retajo. Cuando una yegua se aparta 
de la comunidad, el retajado la hace volver á patadas, si 
no bastan otros requerimientos para inducirla á desistir de su 
intento. 

Lo propio significa rctalliar, del es}), retajar, en la prov. 
bras. de Rio Grande del Sur (Beaurepaire-Rohán), donde 
tomaron el vocablo de los países del Plata. 

RETOBAR, a. — Aforrar de cuero lonjeado una cosa, como 
las boleadoras, el cabo del rebenque. — Cubrir un potrillo, terne- 
ro, etc., con el cuero del hijo de una yegua ó vaca, á fin de 



311 



DAN ¡EL (.RANADA. 



que éstas, tomándolos por suyos, los amamanten; operación 
muy frecuente en las estancias. 

Lo propio en el Perú (Palma). En la prov. brasileña de Rio 
Grande del Sur, relovar ó retobar, tomada indudablemente del 
Río de la Plata (Beaurepaire-Rohán). 

«Acababa de nacer un pollino, y en la misma noche había 
parido una yegua; quitaron el cuero al potrillo, y dentro de 
el envolvieron, ó, como por acá dicen, retobaron al jumentillo. 
Hecha esta diligencia, lo aplicaron á la yegua, quien con solo 
el olor del cuero de su cría admitió al borrico, le dio leche y le 
cuidaba como á su propio hijo. Criado en esta forma ya el 
borrico, no se junta con los de su especie, sino que siempre 
anda con las yeguas, de las que usa para la generación y 
procreo de muías.» (Fr. Pedro José de Parras, Diar.y (ferro/.: 
Rev. de la Bilil. P. de Bs. As. por Trelles.) 

RETOBO, m. — Acción y efecto de retobar. 

REVENTAZÓN, f. — Cadena ó gajo de montañas no muy 
elevadas. Así, dicen en las provincias argentinas arribeñas 
reventazones de ¡a sierra á las serrezuelas que hay entre las cor- 
dilleras que atraviesan aquellas regiones. 

Mr. Martín de Moussy, refiriéndose á la denominación de 
reventazones de/a sierra usada en las provincias argentinas de 
arriba, observa que el instinto popular ha adivinado el origen 
de esas intumescencias del suelo. [Des. géog. et si. déla Con/. 
Arg) 

A la misma familia, aunque de condición diversa y más ó 
menos legítimamente aplicado el nombre, pertenece el reven- 
tón, que llaman, según Rodríguez, los chilenos, ó sea la veta 
de una mina, cuando aparece en la superficie de la tierra. 

REVERBERO, m. — Aparato de hojalata ó de cualquier 
otro metal, que sirve especialmente para calentar agua por 
medio del aguardiente. Consta de un- como plato ó bandeja, 
en cuyo centro lleva el receptáculo donde se pone y prende 
el aguardiente, y cuyo borde sustenta la cafetera. 

Trae también esta voz-D. Baldomero Rivodó, que cita á 
Pichardo, de donde puede inferirse con fundamento que es de 
uso general en toda América. 



VOCABULARIO RIOPLATENSE. 341 



REYUNAR, a. — Hacer en un animal la marca que indica 
pertenecer al estado, lo que se ejecuta cortándole la punta de 
una de las orejas, regularmente la izquierda. 

Lo propio en la provincia brasileña de Río Grande del Sur 
(Beaurepaire-Rohán). 

«Se corta la punta de la oreja izquierda, que es la marca 
general de pertenecer al Rey.;> (D. José M. a Cabrer.) 

«Queda absolutamente prohibido reyunar caballos ó yeguas,» 
dice el Cód. Ki/r. de ¡a Rep. O. del Urug. 

REYUNO, na, adj. — Decíase, y aun suele decirse, del ani- 
mal que tiene cortada la punta de una de las orejas, en razón 
de pertenecer al estado. 

Derívase este vocablo de rey; porque en la épw >ca c< «lonial 
se decía, por ej., estancia del Rey, ganado del Rey, para signifi- 
car que estas cosas pertenecían al estado. 

«Entre ellos (los baguales) andan muchos revimos.- (D. José 
M. a Cabrer.) 

Sustituyóse después de la emancipación el adjetivo reyuno 
por el de patrio; pero cuando se quiere dar á entender preci- 
samente que un caballo tiene la oreja cortada, se dice que es 
reyuno. 

Reyuno {re i uno), en las provincias brasileñas de Río Grande 
del Sur y Para, aplícase á todo aquello que pertenece al es- 
tado, antiguamente al rey; equivale á teálengo: campo reyuno 
(Beaurepaire-Rohán). 

RINCONADA. — Capital del departamente del mismo 
nombre de la provincia de Jujúv. 

RIO CUARTO. — Departamento de la provincia argentina 
de Córdoba. Su capital, también Río ('/tarto. Toma el nombre 
del río que lo atraviesa, el cual nace en la sierra de Come- 
chingones y va á engrosar el Tercero, cambiando antes él nom- 
bre de Cuarto por el de Saladillo. 

RIO CHICO. — Departamento de la provincia argentina 
de Tucumán. — Capital del mismo departamento. 

RÍO DE LA PLATA.— Por trasl, países que abarca la 
cuenca del río de la Plata y sus afluentes. 



34G 



DANIEL GRANADA. 



RIO HONDO. — Departamento de la provincia argentina de 
Santiago.—- Capital del mismo departamento. 

RIOJA. — Capital de la provincia del mismo nombre de la 
Confederación Argentina. 20 o 18' 15" lat. aust Fund. año 1591 
por el gobernador D. Juan Ramírez de Velazco. 

Dícese generalmente la Rioja. 

RIOJANO, na, adj. — Natura] de la dudad ó de la provin- 
cia de la Rioja. Ú. t. e. s. — Perteneciente á una ú otra. 

RÍO NEGRO.— Departamento de la República Oriental 
del Uruguay. Toma el nombre del río que lo liana al de- 
sembocar en el Uruguay. Nace O río Negro en la cuchilla 
Grande, y tiene unas cien leguas de largo. Sus aguas han 
fama de medicinales. 

RIOPLATENSE, adj.— Natural del Río de la Plata.— Que 
pertenece ó concierne al río de la Plata v á los países que 
abarca su cuenca. 

RIO I' RIMERO. — Departamento de la provincia argentina 
de Córdoba. Su Capital San/a Rosa. Toma el nombre del 
río que corre por él, el cual nace en la sierra de Ischilín y va 
á extinguirse en la Mar ( lüaitila. 

RIO SECO.— Departamento de la provincia argentina de 
Córdoba, fronterizo á las de Santa Fe y Santiago. Su capital 
Villamaria. Toma el nombre del río que lo atraviesa, el cual va 
á extinguirse junto á la laguna de los Porongos. 

RIO SEGUNDí '. — Departamento do la provincia argentina 
de Córdoba. Su capital Rosario. Toma el nombre del rio que lo 
atraviesa, el cual nace entre las sierras de Córdoba y va á 
extingirse á la Mar Chiquita. 

RIO TERCERO. — Llevan este nombre dos depatamentos 
de la provincia argentina de Córdoba, cuyas capitales son JPam- 
payasta (Terrero Arriba) y Viüanueva (Tercero). Toman su nom- 
bre del río que los atraviesa, el cual, que nace entre las sierras 
de Comechigbnes y Cóndores, al acercarse al Paraná, donde 
desemboca, ¡jasando por la provincia deSanta Fe, recibe el de 
Carcaraia'i. 

R1VADAVIA. — Departamento de la provincia argentina de 
Salta. — Capital del mismo departamento. 



VOCABULARIO RIOPLATENSE. 347 

RIVERA. — Departamento de la Rep. ( >. del Urug., fronte- 
rizo al Brasil. — Pueblo cabecera del mism< > departamento. 

ROBLES. — Departamento de la provincia argentina de San- 
tiago. — Capital del mismo departamento. 

ROCILLO, lia, adj. — Dícesc del caballo ó yegua de color 
negro entremezclado con blanco. U. t. c. s. 

ROCILLO PLATEADO, lia da, adj.— Dícese del caballo ó 
yegua rodllos, en que sobreabunda el pelo blanco. 

ROCHA. — Villa cabecera del departamento del mismo 
nombre en la Rep. O. del Urug. Finid, año 1702. 

RODADA, f. — AinY.n y efecto de rodar el caballo. — Dar 
71 na rodada, rodar. 

RODAR, n. — Caer el caballo hacia delante cuando va 
caminando. Dícese que rueda, porque da en efecto una ó 
más vueltas por el suelo, según la velocidad que llevaba al 
caer, lo que no obsta para que el paisano quede en pie, co- 
mo suele, con la rienda en la mano, (irme é ileso. 

«No conocen aquí para montar las reglas del picadero; pero 
se sostienen perfectamente á caballo, y muchos saben quedar 
en pie con la rienda en la mano, cuando el caballo cae yendo 
á la disparada. A estc> llaman rodar; v si sólo cae el jinete, ao 
el caballo, dicen que esto es llevar un golpe. (Azara.) 

Lo propio en la pr. br. de R. G. del S. (Beaurepaire-Rohán). 

RODADOS, pl. m. — Carruajes en general, sean de carga ó 
de pasajeros, á saber, carretas, carros, corre/illas, coches ú otros 
vehículos semejantes. 

Es término oficial, usado en casos como estos: paléate de 
inflarlos, reglamento de rodados. El vulgo no lo usa, por innece- 
sario. 

RODEO, m. — Reunión del ganado que pasta en un campo. 
la cual se ejecuta con el fin derecoiiocer los animales, vender- 
los, contarlos, ú otro semejante. — Sitio donde, se para regular- 
mente el rodeo, el cual se fija en terreno llano y despejado de 
un punto céntrico de la estancia. 

Salen en diversas direcciones del campo los peones que han 
de reunir el ganado: á gritos, agitando el arreador, con los 
movimientos rápidos del caballo y ayudados por los perros, 



348 DANIEL GRANADA. 



lo van echando hacia el punto en que debe parar, donde lo 
juntan rodeándolo ó dando vueltas en contorno. 

«Esta gente . . . se ejercita en juntar el ganado cada sema- 
na en determinado sitio, elevado y abierto, que llaman el 
rodeo.» (Azara.) 

A la animada trilla, y al rodeo, 

De fuerza y de valor muestra bizarra. 

(D. Andrés Bello, El Proscrito.) 

Los ( 'ódigos Rurales del Río de la Plata emplean las ex- 
presiones pedir, dar y /tarar rodeo, de uso antiguo, según- 
consta por las actas de los cabildos de ciudades y villas- 
El estanciero que presume haber animales de su marca en el 
campo de su vecino, tiene derecho kpedhle rodeo. El dueño ó 
encargado del establecimiento en que se pide rodeo, no puede 
rehusarlo, á no ser en la época de la mayor parición, después 
de abundantes lluvias que hayan dejado cenagoso el suelo, en 
tiempo de seca ó de epidemia ó por causas de fuerza mayor. 
Los antiguos regidores no descuidaron este punto. Cada ve- 
cino, decían, desta ciudad haga demostración del signo de su 
hierro de marcar sus animales mayores, como asimismo de la 
marca de oreja en los ganados menores, para que en todo tiem- 
po conste á esta ciudad, y por dichas marcas estén los vecinos 
obligados á hacer y dar rodeo parado, y para que, cuando á cada 
uno le convenga, alegue, ante la justicia, de su derecho; y asimis- 
mo se haga saber á los vecinos que cada y cuando cualquiera 
de los vecinos desta ciudad pidiere rodeo á cualquier criador 
para día señalado, se lo haya de hacer y franquear, para que 
reconozca si hay ó no alguno de su señal .... Y toda persona 
que no hiciere demostración dentro del término señalado, aho- 
ra ni en lo adelante pueda alegar ni pedir en justicia animal 
alguno, aunque tenga la marca que usare. » (Cabildo de Mon- 
tevideo.) 

La Acad. trae estas acepciones de la voz rodeo: «Reconoci- 
miento que se hace de los ganados para contar las cabezas que 
hay en ellos. — Sitio de las dehesas, donde se reúne el ganado 
vacuno para pasar la noche.» 



VOCABULARIO RIOl'I.ATENSE. 349 



ROMERILLO, m. — Especie de miomío. Eterothalamus bru- 
nioides. Less. (asteroides). 

ROMPER, a. — Ant, trantándose de un bando, publicarlo. 
Así, el gobernador y capitán general de las provincias del 
Río de la Plata D. Bruno Mauricio de Zabala, año de 1730: 
ordeno y mando al alcalde de primer voto, á quien doy 
comisión para que haga romper v rompa este bando á son 
de cajas de guerra.: El Cabildo de Montevideo (1735) acordó 
que se haga romper v rompa por el aguacil mayor, el bando 
acostumbrado: etc. 

ROSARINO, na, adj.— Natural del Rosario. Ú. t. c s.— 
Perteneciente á esta ciudad ó departamento. 

ROSARIO. — Departamento de la provincia argentina de 
Santa Fe, junto al río Paraná. — Capital del mismo departa- 
mento. — Departamento de la provincia argentina de Mendo- 
za. — Capital del mismo departamento.— Departamento de la 
República del Paraguay. V. RÍO SEGUNDO. 

ROSARIO DE LA FRONTERA.— Departamento de la 
provincia argentina de Salta. — Capital del mismo departa- 
mento. 

ROSARIO DE LERMA.— Departamento de la provincia 
argentina de Salta. — Capital del mismo departamento.. 

ROSETAS, pl. f.— Pororó. 



SALADAS. — Departamento de la provincia argentina de 
Corrientes. — Capital del mismo departamento. 

SALADILLO. — Departamento de la provincia argentina 
de San Luis.— Capital del mismo departamento. 

SALAVINA. — Departamento de la provincia argentina de 
Santiago. — Capital del mismo departamento. 

SALCOCHADO, m. — Comida hecha con agua y sal, sin 
ningún condimento. 

SALCOCHAR, a. — Cocer en agua y sal solamente cualquier 
alimento: carne, pescado, papas ú otra cosa por el estilo. 

Las mismas palabras de que se compone este vocablo. 
están indicando claramente su preciso significado: sal cocha r. 
cocer con sal. 

SALCOCHO, m. — Preparación de un alimento cociéndolo 
en agua y sal, para después condimentarlo y hacer un plato 
cualquiera. 

SALTA. — Capital de la provincia del mismo nombre de 
la Confederación Argentina. 24 o 47' 20" de lat. aust. Fund. 
año 1582 por Gonzalo de Abreu y Figueroa en el valle de 
Siancas, y trasladada á si: actual situación por Hernando 
de Lerma. 

SALTEÑO, ña, adj. — Natural de la ciudad ó de la pro- 
vincia de Salta de la Confederación Argentina. U. t. c. s. — 
Perteneciente á una ú otra. — Natural de la ciudad ó del 
departamento del Salto de la República Oriental del Uru- 
guay. U. t. c. s. — Perteneciente á una ú otro. 



VOCABULARIO RIOl'LATENSE. 351 

SALTO. — Ciudad cabecera del departamento del mismo 
nombre déla Repúb. Or. del Urug. Fund. año 1817. 

SALTO, m. — Despapo de un río. 

Así en el Río de la Plata, como en toda la América española, 
cuando menos en la meridional, llamóse siempre sallo al des- 
peño de un río, fuese cual fuese la altura del despeñadero. De 
ahí el salto de Guaira ó Conenatyú, que hace el río Paraná, no 
menos poderoso y sublime que la catarata del Niágara: con su 
enorme y furioso torrente parece, dice Azara, que quisiese dis- 
locar el centro de la tierra, produciendo un ruido más atro- 
nador que el estruendo de cien cañones disparados á un 
tiempo, según d'Orbigny. De ahí el salto del Iguazú, llamado 
también de la Victoria y de Santa Mar ¡a, de 1531 varas de lon- 
gitud y 63 y 1 2 de altura vertical, igualmente maravilloso. De 
ahí el salto del Aguar ay, que vierte en el Jcjúy, y ambos juntos 
en el Paraguay, de 140 varas de elevación á pique. De ahí 
asimismo el salto de Icqaendama, que hace el río Bogotá en 
Nueva Granada, de 175 varas de altura total. La Acad. de- 
fine el salto, bajo el título de salto de agua, de este; modo: 
caída ó desnivel del agua en los ríos, canales, etc., que, sin 
llegará ser catarata ni rascan':/, es sin embargo bastante considerable 
para />oder aptoveckarlo como fuerza motriz en molinos, batanes, 
etc. .Muy diversamente lo define D. Juan VHanova y Piera, 
en quien leemos: «caudal de agua que se precipita de golpe, 
salvando bruscamente un espacio considerable. Así ü. Juan 
Valera (Carlas ama /canas, primera serie) no escrupuliza en 
llamar saltos cabalmente á los mayores del mundo: al de 
Tequendama y al del Niágara. 

El uso que se ha. hecho, v se hace, en América, de la voz 
salto, tratándose de ríos, es muy adecuado á la naturaleza y 
circunstancias del objeto que con ella se ha querido represen- 
tar. Es, además, la palabra. salto, bellamente significativa; por- 
que, en electo, el río, embarazado cuando se acerca al 
despeñadero, apresura su carrera y salta á la parte inferior del 
lecho. ¡Cuan perspicuamente lo representa Cabeza de Vaca en 
el siguiente pasaje! K yendo (el Gobernador) por el dicho río 
de Eguazú abajo, era la corriente de él tan grande, que cor- 



332 



DANIEL GRANADA. 



rían las canoas por él con mucha furia; y esto causólo que 
muy cerca de donde se embarcó, da el rio un salto por unas 
peñas ahajo muy altas-. Azara, de tan <»laro estilo y exacto y 
preciso lenguaje, describiendo el Paraná, enseña: «lo que hace 
saltar este río es lo que llaman impropiamente cordillera de 
Maracayá» (Maracain en el texto, por error de impr.), y agrega: 
«á propósito de saltos de ríos haré mención de otros dos en 
aquellas partes.:: Por modo análogo en otros lugares. Alcedo, 
siguiendo el uso común, pone: «Salto (valle del), en la pro- 
vincia y corregimiento de Santiago del reino de Chile, llamado 
asi por el salto queda el rfo Mapocho,» etc. «Otro río del reino 
del Brasil, llamado así (Salto) por un salto que da por espacio 
de tres leguas,» etc. «Otra isla grande del río Paraná en la pro- 
vincia y gobierno del Paraguay, llamada así (Sallo), por un 
gran salto que da el rio enfrente de ella» Y lo mismo cumple 
decir de la ciudad del Salto, cabecera del departamento del 
mismo nombre en la República Oriental del Uruguay: que se 
llama así, por el salto <]iic da cerca ele ella el rio Uruguay. 
El difuso padre Lozano se explica así respecto al salto d< 
Guaira: «Ha dado su estrañeza ocasión á muchas fábulas, \ 
una de ellas es que salta todo el Paraná ¡unto por una sola 
canal desde más de doscientos estados de alto, y no falta 
autor que imprimió daba un salto de una altura de mil pica>. 
etc. D. Isidoro Antillón, con su acostumbrada propiedad, s< 
expresa en estos términos: «En casi todos los ríos la pendiente 
de su álveo va siempre disminuyendo hasta la embocadura; 
pero hay algunos cuyo declive es muy precipitado en ciertos 
parajes, lo cual forma las cascadas ó cataratas; entendiéndose 
por este nombre un salto perpendicular del agua, ó á lo menos 
una eaída mucho más inclinada que la corriente ordinaria del rio. 
El salto de Tequendama, que hace el río Bogotá, afluente del 
Magdalena, en las inmediaciones de Santa Fe (América me- 
ridional), no sólo es la cascada de más elevación que se conoce cu 
el globo, pues no baja su altura perpendicular de 264 varas, 
sino que además tiene la primacía sobre los más famosos por 
su disposición singular y mil encantos que ofrece.» 

El río, al precipitarse ó saltar, se modifica diversamente, se- 



VOCABULARIO RIOPLATENSE. 353 



gún el caudal y fuerza de sus aguas y la anchura, elcvacóin y 
forma del despeñadero, ya lanzándose desesperadamente como 
furiosa avenida por agrio declive, ya resolviéndose en casca- 
das y cataratas. De manera que el salto comprende la catarata, 
la cascada, el torrente y demás formas con que se despeñan 
las aguas ele un río, cuando se halla obstruido su lecho por 
una cadena de peñascos y considerablemente desnivelado el 
terreno que atraviesa. 

Como se sobrentiende que salla el río, dícese con pro- 
piedad salto del (río) Igttazú, sallo DP2L (río) Niágara, etc., 
anteponiendo al nombre del salto el artículo que determina 
el río que lo produce. Pero cuando el salto tiene un nombre 
diferente del que lleva el río que lo produce, no siempre ad- 
mite artículo determinado la oración que lo expresa, como 
salto DE Guaira, salto DE Tequendama. 

Periódicos de la Asunción del Paraguay anuncian que 
dos exploradores han hecho poco ha una excursión al 
salto de Guaira, y que comunican ser exageradas las noticias 
á que nos referimos en el texto, acerca de la magnificencia 
é. inmenso poder del celebrado despeñadero. Azara era un 
hombre por demás austero, parco, seco y poco amigo d< 
dar pábulo á la imaginación creadora. La prolija, matemática, 
descripción que hace del salto de Guaira, arguye un previo 
estudio circunstanciad») de su aspecto y condiciones. El as- 
pecto y condiciones de un salto varía según el estado del 
rio, si crecido, si bajo, la fuerza accidental de su corriente, 
la dirección del viento y otras circunstancias análogas. Por 
consiguiente, las noticias de los recientes exploradores no 
autorizan, por sí solas, para desestimar como inexactas las 
transmitidas por Azara. 

SALTO CHICO. — Restinga que atraviesa el río Uruguay 
unos tres cuartos de legua más arriba que la ciudad del Salto 
de la República Oriental. Cuando baja medianamente el río. 
queda descubierta la restinga, produciendo diversos saltos ó 
caídas de poca elevación. 

SALTO GRANDE.— Restinga á unas cuatro leguas más 

12 



354 DANIEL GRANADA. 



arriba que el salto Chico, en 31° 12' de lat. aust. Para que se 
halle enteramente cubierta, tiene que estar bastante crecido el 
río, lo que sucede raras veces; razón por la cual queda allí 
interrumpida la navegación las mayor parte del año, como en 
termino menor sucede en el salto Chico. 

La referencia que hace del salto Grande el general 1). 
José M. a Reyes en la Dcscrip. geagr. de la Rep. Or. del Urug. 
y que reproduce D. Ramón Lista en su opúsculo sobre el 
Territorio de Misiones, nos movió á visitarlo v reconocerlo 
ron detención, lo que verificamos en tres ocasiones. En la 
primera, estando medianamente crecido el río. Se forman 
entonces, hacia el medio de la restinga y junto á la costa 
oriental, varias masas de agua que, más propiamente que. 
cascadas, podríamos llamar torrentes. En la segunda ocasión, 
estando el río un poco bajo; en que desaparecen los torren- 
tes de la costa oriental, se ensanchan los interiores y for- 
man cascadas de muy corta elevación. La tercera vez que 
lo visitamos fue en una bajante extraordinaria, ocurrida en 
los últimos meses del año 1887 y primeros del subsiguiente, 
como no se había visto otra semejante en mucho tiempo; 
estado el más á propósito para observar las caídas en toda 
su plenitud. Las cascadas que entonces se forman del lado de la 
costa entrerriana. son tres, de uno á dos metros de alto, 
por doce ó quince, la mayor, de anchura, término medio; 
pero ninguna impone tanto como un torrente que, estando 
medianamente crecido el río. se precipita en la costa orien- 
tal. Lo que tiene de magnífio > el salto Grande para el que, 
en canoa (acompañado de baqueano, so pena ele morir en 
sus aguas), y trepando por sus negros peñascos á riesgo de 
romperse la crisma, lo recorre de un extremo al otro del río, 
que serán unas diez cuadras orientales, es la variedad de eaidas } 
torrentes, pozos, remolinos, barrancos, islas y montes enmaraña- 
dos que, desde la restinga superior hasta cierta distancia aguas 
abajo, van impresionando el ánimo del espectador de tal ma- 
nera que, si al llegar á su término le preguntasen á uno 
•qué es lo que está presenciando, contestaría sin vacilar: 



VOCABULARIO RIOPLATENSE. 355- 

el Boquerón del Infierno, denominación que lleva el más disfor- 
me y peligroso de sus canales. 

El río Uruguay contiene un salto formidable, llamado tam- 
bién Grande, que acaso confundirán algún i >s con el descrito: 
pero es en las Misiones, cerca del Pepirí, en los 27 o 10' de la' . 

SALVADOR. — Capital del departamento sanjuanino de 
Angado. 

SAN ALBERTO. — Departamento de la provincia argentina 
de Córdoba, fronterizo á las- de San Luis y la Rioja. Su 
capital San Pedro. 

SAN CARLOS. — Departamento déla pro . mcia argentina 
de Salta. — Capital del mismo departamento. — Departamento 
de la provincia argentina de Mendoza. — Capital del misan > 
departamento. 

SANCOCHAR, &— Sakackar. 

<:Cocer la vianda, dejándola medio erada y sin sazonar. - 
(La Acad.) 

SANCOCHO, m.—Sa/eoc/nr 

«Plato americano, compuesto de yucas, carne, plátano y 
otros ingredientes, que se toma en el almuerzo, y es eí 
principal alimento de la generalidad de la gente en el lít< »- 
ral del Ecuador.» (La Acad.) 

SAN COSME. — Capital del departamento correntín» de En- 
senadas. 

SAN ANTONIO.— Capital del departamento correntín» » 
de Mburucuyá. 

.^ANDUCERO, ra, adj. — Natural de la ciudad ó del depar- 
tamento de Paysandú (Rcp. Or. del Ur.). Ú. t. c. s. — Pertene- 
ciente á una ú otro. 

SAN ESTANISLAO.— Departamento de la República de! 
Paraguay. 

SAN EUGENIO. — Pueblo cabecera del departamento de 
Artigas de la República Oriental del Uruguay. Fund. año 1-852. 

SAN FRANCISCO. — Departamento de- la provincia ar- 
gentina de San Luis. — Capital del mismo departamento-. — V. 
REMONTE. 



356 DANIEL GRANADA. 



SAN FRUCTUOSO.— Villa cabecera del departamento de 
Tacuarembó de la Rep. Or. del Uruguay. Fund. año 1831. 

SAN ISIDRO. — Departamento de la provincia argentina 
■de San Juan. 

SAN JAVIER. — Departamento de la provincia argentina 
-de Córdoba, fronterizo á la de San Luis. Su capital Dolores. 

SAN JERÓNIMO. — Departamento de la provincia argen- 
tina de Santa Fe, junto al río Paraná. Su capital Cornuda. — V. 
UNIÓN. 

SAN JOAQUÍN.— Departamento de la República del Pa- 
raguay. 

SAN JOSÉ. — Departamento de la provincia argentina de 
Santa Fe, junto al rio Paraná. — Capital del mismo departa- 
mento. — Ciudad cabecera del departamento del mismo nom- 
bre de la Rep. Or. del Urug. Fund. año 1783. 

SAN JUAN. — Capital de la provincia del mismo nombre 
de la Confederación Argentina. 31 o 31' 31" lat. aust. Fund. 
año 1566 por los conquistadores de Chile enviados por su go- 
bernador D. Francisco de Villagra. 

SANJUANINO, na, adj. — Natural de la ciudad ó de la pro- 
vincia argentina de San Juan. U. t. c. s. — Perteneciente auna 
ú otra. 

SAN JUSTO. — Departamento de la provincia argentina de 
Córdoba, fronterizo á la de Santa Fe. Su capital Concepción. 

SAN LUIS. — Capital de la provincia del mismo nombre de 
la Confederación Argentina. $2° 25' 45" lat. aust. Fund. año 
de 1597 por los conquistadores de Chile bajo el mando de D. 
Martín García de Loyola. — Departamento de la provincia ar- 
gentina de Corrientes. — Capital del mismo departamento. 

SAN MARTÍN. — Departamento de la provincia argentina 
de Mendoza. — Capital del mismo departamento. — Departamen- 
to de la provincia argentina de la Rioja. — Capital del de- 
partamento sanjuanino de Albardón. 

SAN MIGUEL. — Departamento de la provincia argentina 
de Corrientes. — Capital del mismo departamento. 

SAN PEDRO. — Capital del departamento del mismo 



VOCABULARIO RIOPLATENSE. 357 

nombre de la provincia argentina de Jujúy. V. SAN AL- 
BERTO. — Departamento de la República del Paraguay. 

SAN RAFAEL. — Departamento de la provincia argentina 
de Mendoza. — Capital del mismo departamento. 

SAN ROQUE. — Departamento de la provincia argentina 
de Corrientes. — Capital del mismo departamento. 

SAN SALVADOR.— Departamento de la República del 
Paraguay. 

SANTA ANA. — Capital del departamento correntino de 
Lomas. 

SANTA BÁRBARA.— Departamento de la provincia ar- 
gentina de San Luis. — Capital del mismo departamento. 

SANTA CATALINA. — Capital del departamento del 
mismo nombre de la provincia de Jujúy. 

SANTA FE. — Capital de la provincia del mismo nombre 
de la Confederación Argentina. 31 o 39' lat. aust. Fund. año 
de 1573 por Juan de Garay á nombre del gobernador y ca- 
pitán general D. Juan Ortiz de Zarate. 

SANTAFECINO, na, adj.— Natural de la ciudad ó de la 
provincia de Santa Fe. U. t. c. s. — Perteneciente á una ú 
otra. 

SANTA LUCIA. — Capital del departamento correntino de 
Lavalle. 

SANTA MARÍA. — Departamento de la provincia argenti- 
na de Catamarca. — Capital del mismo departamento. 

SANTA ROSA.— V. RÍO PRIMERO. 

SANTA VICTORIA. — Departamento de la provincia ar- 
gentina de Salta. — Capital del mismo departamento. 

SANTIAGO DEL ESTERO.— Capital de la provincia del 
mismo nombre de la Confederación Argentina. 27 o 46' 20" 
lat. aust. Fund. año 1550 por Juan Núñez de Prado en las 
márgenes del Escava, y trasladada á las del Dulce en 1563 
por Francisco Aguirre. También se le llama simplemente 
Santiago. 

SANTIAGUEÑO, ña adj.— Natural de la ciudad ó de la 
provincia argentina de Santiago del Estero. Ú. t. c. s. — Perte- 
neciente á una ú otra. 



358 DANIEL GRANADA. 




SANTO TOMÉ. — Departamento de la provincia argentina 
de Corrienres. — Capital del mismo departamento. 

SAN VICENTE. — Departamento de la provincia argentina 
de Mendoza. — Capital del mismo departamento. 

SARANDÍ, m. — Arbusto de ramas largas y flexibles, propio 
de las costas de los ríos, arroyos, islas y demás parajes bañados 
por las aguas. 

Sarandí blanco. — Phi/lanfh/is sellovianus f. Mueller (eupktr- 
biaceae: crotonincce) en Gibert. 

SARANDÍ COLORADO. — Ccphalanthus Sarandi Ch. et Schl.. (cin- 
clwnacc<c: roffcinc(v) en Gibert. 

SARIA, m. — Ave de unos dos pies y medio de longitud, 
color pardo, patas y cuello largos, pico parecido al de la 
gallina, y de carne muy estimada. 

Del guar. rariá. 

Su canto es agrio, algo parecido al de un pavo no adulto, y 
tan fuerte, que se oye de una milla.» (Azara.) 

SEBIL, m. — Es, en las provincias argentinas arribeñas, el 
nintpay de las del Paraguay, Misiones, etc. 

Los indios comechingones «toman por las narices el sebil, 
ques una fruta como mica». (Reí. geogr. de Ind. publ. por 
D. M. Jim. de la Esp., Tucnmán.) 

SEIBO, m.— Ceibo. 

Cribo han escrito siempre los mejores autores; pero como 
entre los habitantes del Plata hay la propensión á pronunciar 
la ce como si fuera ese, generalmente dicen seibo. 

SEIBO, m. — Seibo ó ceibo. 

juzgo que estará V. en lo cierto, nos dice el eximio poeta 
argentino D. Rafael Obligado, escribiendo seibo y seibo en la 
próxima edición de su Vocabulario, aunque pueden citarse 
muchos autores de í-eputación que equivocadamente han 
estampado ceibo.» Apoya este aserto en las siguientes razo- 
nes. i. a El seibo ó seibo de las regiones del Plata es cosa muy 
distinta de la ceiba 6 ceibo de las regiones cálidas de América. 
2. a La voz seibo tanto puede provenir de sebil, como de ceiba: 
pero es lo cierto que los isleños del Paraná y Uruguay jamás pro- 
nuncian la silaba CE, sino la SE, y de ellos liemos recogido la- 



VOCABULARIO RIOPLATENSE. 359 

palabra. 3. a En Buenos Aires la gente ralla pronuncia seibo. 
Corrobora su opinión con una carta (que inserta) del sabio 
naturalista D. Carlos Berg, quien le dice: que el seibo, que 
abunda principalmente en las costas del río Paran ti y sus afluentes, 
es una papilionácea (leguminosa) , la erythrina crista gaüi de Lineo: 
que además del nombre vulgar, muy conocido, seibo, se le da 
también el de chopo (que no debe confundirse con el álamo de Es- 
paña), zuinandi y zuinana; y que la ceiba es una bombácca (sub- 
familia de las malváceas), el bomba.v ceibo de Lineo, que se 
encuentra sólo en las regiones tropicales y subtropicales de America, 
nombre (el de ceiba) que ha sido empleado varias veces como 
genérico, figurando hoy romo sinónimo de los géneros bomba.v Z. y 
eriodendron D. 

Es, con efecto, el ceibo amariposado de que se trata, cosa 
distinta de la ceiba ó seibo perteneciente á la familia de las 
malváceas ó bomba.v ceibo de Lineo, y cuando el vulgo quiere 
nombrarlo, articula siempre seibo; pero es probable que suceda 
esto mismo con el nombre de la ceiba ó ceibo malvare > en los 
países tropicales, donde, como en toda la América española, 
acostumbra el pueblo á pronunciar la o? ¡como si fuera ese. 
Creemos no estar equivocados en esta aseveración. El mismo 
Sr. Obligado nos dice que eminentes poetas cubanos escriben 
seibo en ediciones muy cuidadas de sus versos. Hablistas escru- 
pulosos (D. José de Vargas y Ponce, por ej.) han escrito con 
ese voces que llevan ce; pero eso es resabio de la gente anda- 
luza, que pronuncia de tal modo las palabras. Con todo, será 
ceibo ó seibo; nosotros entendemos que lo primero. Lo que 
.sí tenemos por dudoso, contra el parecer de personas tan 
ilustradas y competentes como los Sres. Obligado y Berg, es 
que deba escribirse seibo. Azara (que entre todos los autores 
antiguos que se han ocupado en describir la naturaleza del 
Río de la Plata, es el más sabio y correcto) escribe ceibo. Así 
también los demás autores, y alguno que otro, seibo; ninguno, 
seibo. Sin embargo, aun suponiendo que la razón estuviese de 
nuestra parte, ¿quién, que lea las preciosas poesías del señor 
Obligado, dejará de recordar con amor á ese seibo que deja 
•caer melancólicamente los vistosos ramos de sus flores de car- 



360 DANIEL GRANADA. 



rain, desfallecidas con la prolongada ausencia de la más bella 
de las mujeres que hayan podido envidiar las dríadas del 
Paraná? 

El año que tú faltas. 

La flor de sus seibos, 

Como cansada de esperar tus sienes. 

Cuelga sus ramos de carmín marchitos. 

SILIPICA. — Departamento de la provincia argentina <1< 
Santiago. — Capital del mismo departamento. 

SILLÓN DE HAMACA, m. — Sillón cuyas patas descansan 
en dos arcos dirigidos hacia el respaldo, por donde sobresalen 
algún tanto, á fin de que pueda hamacarse la persona que en él 
se siente. 

SIPO, m.—Isipó. 

SIRIGOTE, m.— V. LOMILLO. 

En la pr. br. de R. G. del S-serigole, lomillo más corto que 
el ordinario (Beaurepaire-Rohán). 

SIY, m. — Especie de papagayo, que canta como suena su 
nombre. 

Del guar. ai. 

«Es (el siy) tan triste y silencioso, que no canta en libertad, 
sino al tomar vuelo y alguna vez volando.» (Azara.) 

SOBEO, m.— Torzal. 

SOBRECINCHA, f. — Pieza de ciervo, capincho, vaqueta, 
badana, algodón ó seda, con que se aseguran los cojinillos)? 
el sobrepuesto. 

También en el Perú (Palma). 

SOBRECOSTILLA, f.— Hablando de un animal vacuno, 
carne que está entre las costillas y el matambre. 

SOBREMONTE. — Departamento de la provincia argentina 
de Córdoba, fronterizo á las de Catamarca y Santiago. Su 
capital San Francisco. 

SOBREPUESTO, m.— Pieza del recado que va sobre el 
cojinillo. Hácenla de piel de ciervo ó capincho, y de badana 
ó vaqueta. 



VOCABULARIO RIOPLATENSE. 361 

SOCONCHO. — Departamento de la provincia argentina de 
Santiago. — Capital del mismo departamento. 

SOCUCHO, m.— Sucucho. 

SOGA, f. — Tira larga de cuero sin sobar, tosca, para tener 
atado un animal. 

SOMBRA DE TORO, m.— Árbol frondoso, especie de 
acebo. De su madera hácense yugos. Da una fruta amarilla 
muy dulce, empalagosa. Llámanle también quebrachillo. Jodina 
rhombifolia Hock el Arn. (aquifoliáceas: diospiroidecc) en Gibert. 

SORIANO (Santo Domiiigo de). — Pueblo, el más antiguo 
de la República Or. del Uruguay en el departamento del 
mismo nombre. Fue á sus principios (1624) una reducción 
de indios chanaes, debida á Fray Bernardo de Guzmán. 

SOROCHE, m.— Puna (3. a acep.). 

Lo propio en Chile (Rodríguez) y en el Perú (Palma). 

SOTERA, f.— V. AZOTERA. 

SOTRETA, adj.— Dícese del caballo enteramente inservir 
ble por su vetustez, achaques y lacras. Ú. t. c. s. — Dícese de 
una persona inútil para todo. 

SUCUCHO, m.— Escondrijo. — Habitación ruin. 

Es voz de uso general, y á la que se le da igual sen- 
tido en toda la América, con la diferencia de que en Méjico 
y Cuba dicen socucho. D. Rufino José Cuervo la considera 
procedente de Galicia, por venir registrada eñ el Dicciona- 
rio gallego de Cuveiro Pinol. 

En Chile socucho y sucucho, como en el Río de la Plata 
( Rodríguez). 

D. Baldomcro Rivodó considera preferible socucho, como 
trae Salva, por cuanto esta voz proviene ( dice ) del latín 
soeculus. 

SUERTE DE ESTANCIA— Extensión de campo de tres 
cuartos de legua. 

SUESTADA, f.— Viento fuerte y prolongado del sueste. 

SUMAMPA. — Departamento de la provincia argentina de 
Santiago. — Capital del mismo departamento. 

SURUCUÁ, m. — Zurucuá. 

SUSOAYÁ, m. — Planta de raíz fusiforme, tallo recto de una 



362 DANIEL GRANADA. 



vara y media de alto, hojas alternas, largas, agudas, veno- 
sas y escotadas, que lo cubren hasta poco más de la mitad, 
llenándose de ahí para arriba, hasta el vértice, de florecitas 
de cinco pétalos amarillos, menos hacia el pie, donde, for- 
mado un solo cuerpo, cambian el color amarillo en un morado 
sanguíneo. Ha fama, entre la gente del campo, de ser muy 
eficaz el cocimiento de su hoja para curar empachos de niños, 
tos v fiebres. 




T 



TÁBANO, m. — Especie de mosca grande, ora parda, ora 
verdosa, armada de un fuerte aguijón, con el que inquieta, 
mortifica y ensangrienta á los animales vacunos, yeguares, 
etc., haciéndolos huir de las costas de los ríos, arroyos, etc., 
en cuyos montes se alberga. 

TABEAR, n. — Jujar á la taba. — Ú. más comúnmente en 
.sent. fam. y fig, por departir, charlar, «conversar sin objeto 
determinado y sólo por mero pasatiempo.» 

TABLADA, f. — Oficina pública establecida fuera de pobla- 
do para la fiscalización de las tropas de ganado que pasan á 
los corrales de abasto, saladeros, graserias, etc. 

La tablada comprende el espacio de tierra llano donde 
paran las tropas y la oficina establecida en el mismo punto. 

TACUARA, f. — Caña muy recia y consistente, que se cría 
formando monte. 

Del guar. tagua. 

TACUARA BRAVA. — Tacuara muy áspera, con recias 
espinas en los nudos. Cría en la médula un gusano blanco, 
del grueso de un dedo, el cual sirvió de alimento al adelantado 
Alvar Núñez Cabeza de Vaca en su gigantesca travesía de 
Santa Catalina á la Asunción del Paraguay. 

TACUARAL, m. — Terreno poblado de tacuaras. 

<Viene como del N E. de entre bosques y tacuara/es.^ 
(Azara.) 

TACUARUZÚ, f. — Tacuara grande, que alcanza á doce ó 
quince metros de alto y un espesor como el muslo. 

Del guar. taquar uní. 

Estas cañas, forradas con cuero, sirvieron de cañones á 
los guaraníes, cuando, capitaneados por los jesuítas, resistie- 



364 DANIEL GRANADA. 



ron contra las tropas de España y Portugal el cumplimiento 
del tratado de límites ajustado en 1750, por el cual se cedían 
inconsideradamente á la segunda de dichas potencias las 
misiones orientales del Uruguay. 

TACUAREMBÓ, amb— Caña maciza, delgada, uniforme, 
muy larga, recia y flexible. 

Del guar. taquarembó. 

«Como es fuerte, larguísima, del grueso del dedo meñique 
y sin vacío dentro, la abren y descortezan, y tejen con ella 
esteras y cestillos preciosos, y adornan con figuras, flores y 
dibujos hechos con la corteza del guembé.» (Azara.) 

TACUAREMBOCERO, ra, adj.— Natural del departamento 
de Tacuarembó de la Rep. Or. del Urug. Ú. t. c. s. — Perte- 
neciente á él. 

Tacuaremboceto. Hay que decir: ¡basta! 

TACURÚ, m. — Montículo de tierra arcillosa, ya semies- 
férico, ya cónico, de una vara de altura término medio, de 
que se hallan poblados ciertos parajes, particularmentente las 
cañadas y proximidades de ríos y arroyos ó terrenos anega- 
dizos. 

Es voz procedente del guaraní. Azara dice que se llaman 
tacurús las madrigueras de la hormiga cupiy (en guar. cupií); de 
donde resulta que, abandonadas por sus habitadores, les ha que- 
dado el nombre á los montículos que el tiempo ha solidificado y 
cubierto de hierba. <Si se fija (e\ cupiy) en cañadas arcillosas, 
hace el tacurú durísimo de la misma arcilla en media naranja, 
como de tres palmos de diámetro, y taa cerca unos de otros, 
que á veces sólo distan tres ó cuatro varas en dilatadísimas 
extensiones de campo. Pero si le edifica en lomada de tierra 
rojiza, el tacurú es cónico, como de cinco palmos de diáme- 
tro y hasta seis ú ocho de altura, con sus caminos por dentro 
barnizados de negro.» (Azara.) «En los terrenos bajos que á 
veces se anegan, se encuentran montones de tierra cónicos, 
poco duros, y como de una vara de altura, muy cerca unos de 
otros. Son obra de una hormiguita negruzca.» (El mismo.) Am- 
bas clases de montículos llevan actualmente el nombre de ta- 



VOCABULARIO RIOPLATEKSE. 305 

curúes; siendo de advertir que, si están habitados por las .hor- 
migas, se les da la denominación corriente de hormigueros. 

También en la provincia brasileña de Río Grande del Sur. 
tacurú, «montículo de tierra en medio délos bañados»(Beaure- 
páire-Rohán). 

Es, á la verdad, un paso fatal; porque á más de la mucha 
agua, pajonales altos y tacurús, hay unos hoyos de vara y me- 
dia ó más de profundidad» etc. (Cabrer.) 

TACURUZAL, m. — Espacio de tierra poblado de tacurúes. 
Los hay que se extienden leguas. 

TACURUZÚ, m. — Tacurú grande. 

TACHERO, m. — Hojalatero, ya se ocupe en hacer tachos,. 
ya piezas de lata de cualquier forma que sean, ya en venderlas 
por las calles, gritando, como suelen, ¡tachero! 

TACHO, m. — Vasija de cobre ó azófar, más ancha que- 
honda, de fondo redondeado, para hacer dulce de almíbar. — 
Cualquier pieza de cobre, lata, hierro, etc., que tenga una 
forma semejante á la indicada, en especial si es grande come/ 
las que se emplean en ciertos establecimientos industriales 
(jabonerías, graserias, etc.). — Especie de cacerola de hojalata. 

En «Ama: Paila grande en que se acaba de cocer el melado 
y se le da el punto de azúcar. > (La Acad.) 

TACHURI, m. — Pajarillo de varios colores (rojo, azul, ama- 
rillo, negro, blanco). Aliméntase de insectos y gusanillos. 

Del guar. tachuri, comedor de gusanos, nombre genérico, 
que comprende especies adornadas de colores diferentes, ade- 
más de los mencionados, particulares de una de ellas, que es 
la indicada arriba. 

[ncluye esta familia muchos pajarillos, que los guaranís 
llaman en general tachurís y tarichús, sin que yo sepa porqué. »- 
(Azara.) 

TAJIVA, m— Lapacho. 

TAJIVO, m.—Lapacho. 

Kn guar. tayt. 

TALA, m. — Árbol frondoso, de hojas chicas, aovadas y 
escotadas, y de ramas muy torcidas, fuertes y espinosas. Su- 
madera es blanca, y se utiliza en muebles y obras de carrete- 



366 



DANIEL GRANADA. 



na. Una vara recta de tala, de que pueda formarse un bastón, 
.se aprecia en mucho, por lo fuerte. Mci ¡casia tala GUI. (celti- 
dacea: urtícinea.) 

TALA. — Departamento de la provincia argentina de Entre 
Ríos. — Capital del mismo departamento. 

TALABARTERÍA, f.— Taller de toda clase de arreos de ca- 
ballerías de montar <') de tiro, y de aperos ó enseres pertene- 
cientes al jinete. — Tienda donde se venden esos objetos, que 
suele ser el misino taller. 

TAMA. — Capital de la provincia riojana de Costa Alta. 

TAMAYLLA. — Departamento de la provincia argentina de 
Tucumán. — Capital del mismo departamento. 

TAMAL, m. — Torta cuya masa es formada con harina de 
maíz y de trigo (de la primera doble cantidad), azúcar y 
canela. Cuécenla en el horno. 

Lo propio en el Perú (Palma). 

Especie de empanada de harina de maíz, muy usada en 
América.» (La Acacl.) 

Tamal procede de Méjico, según Cuervo. 

TAMANDUÁ, m. — Cuadrúpedo que se alimenta de hor- 
migas; de color pardo; cubierto de pelo lacio y recio, cuya 
longitud va creciendo de la cabeza á la cola, donde es 
larguísimo; la cabeza y el cuello formando una sola pieza 
cónica, desmedidamente prolongada hasta el extremo del 
hocico, por el cual, á mayor abundamiento, saca con fre- 
cuencia y rapidez un apéndice semejante á una lombriz, 
que es su lengua, con la que recoge aquellos insectos. 
Tiene cuatro dedos en la mano y cinco en el pie, arma- 
dos de fuertes y agudas uñas, algo corvas. No embiste ni 
huye; pero se defiende con las uñas, sentándose como el 
oso, actitud en la cual es terrible por su fuerza extraordi- 
naria. 

Del guar. tamanduá. 

Le llaman también oso hormiguero. 

En Salva tamandoa y tamanduá: animal que se cría en ei 
Perú. 

TAMBERO, m. — El que tiene un lambo ó despacha en él, 



VOCABULARIO IVUl'L ÁTENSE. 



3t;r 



TAMBER< >. ra, adj. — Que pertenece al lambo.— Dícese 
del ganado manso, en contraposición al cerrero ó bravo, que 
no obedece al rodeo. 

TAMBEYUÁ, m. — Especie de chinche silvestre, verde. 
eme se ería (Mitre las hojas del zapallo. 

Del guar. tambeiuá. 

TAMBO, m. — Cuadra ó corral de vacas, donde se expendo 
leche. 

Sabido es- que tambo significa en el Perú posada & mesón,, 
y que procede de la voz quichua lampii. 

Cuando canta el lechero: ¡mazamorra! 
Que trae á sus marchantes á horas fijas 
Desde el torneo lejano en seis botijas. 

(D. F. Acuña de Figueroa.) 

TAPE, adj. — Méese del indio guaraní originario de las 
misiones establecidas por los jesuítas en las vertientes de to- 
rios Paraná y Uruguay. Ú. t. c. s. — Perteneciente á él. 

Destruidas por completo las Misiones (año de 1817 y sub- 
siguientes), mezclóse la mayor partéele sus últimos moradores 
con la gente campesina del Estado Oriental del Uruguay y de 
las provincias argentinas de Corrientes y Entre Ríos, donde 
naturalmente continuó dándoseles su antiguo nombre de tapes. 
Á los que. en el día conservan muy marcado el tipo originario 
di- otos indios, seles suele llamar asimismo tapes. 

Los guaraníes de la misiones del Paraná y Uruguay, en los 
primeros tiempos de su establecimiento, denominaron Tape, 
que quiere decir la ciudad, á la reducción de Santo Tomé 
por su grandeza, como -si dijéramos la ciudad' per evcelei/cia; 
denominación que después se extendió á toda la comarca que 
ocupaban, y de ahila provincia del Tape y tapes sus naturales. 
(En Ruiz de Mont, Conqu. Ssptr. etc. ) 

«Hablan estos indios (los minuanes) su idioma particular 
Huchea de ellos hablan también el de los tapes ele Misiones, 
y pocos se explican en castellano ó portugués.» (Cabrer.) 

El jornal del lape. ir. fig. y lám. con que se ponelera 1< > 
exiguo de la retribución que se da á uno por su trabajo. 

Empezóse entonces (1730) á activar (la fortificación de la 



36S DANIEL GRANADA. 



plaza de Montevideo), ocupando en los trabajos 350 indios 
guaraníes, señalándoseles real y medio de jornal. De ahí vie- 
ne el antiguo refrán del jornal del tape.-» (D. Isidoro De- María, 
Motil, ant.) 

TAPERA, f. — Habitación ruinosa y abandonada, particu- 
larmente si está en medio del campo ('1 aislada. — Conjunto de 
ruinas, donde hubo un pueblo. 

Del guar. tapera que significa despoblado, ¡nublo que fue. 

-Los (indios) de esta reducción (Santa María del Iguazú), 
les mataron algunos (indios caaiguás), y cogieron á diez vivos y 
tres mujeres. Al uno de los que cogieron vivos, pasándole de 
esta banda del río, en una /apera que está dos leguas de aquí, 
río abajo, le mataron encima de la sepultura de un cacique 
que ellos habían muerto dos años antes, para hacer honras 
al dicho cacique, como ellos solían. > (Carta anua del P. Ni- 
colás Duran, provincial del Paraguay, de la Comp. de Jesús, 
1627, publ. por D. M. R. Trelles, Rev. del Arch. de Bs. As.) 
«Esta última plaga de los ratores no estuvo en sus taperas ó 
pueblos antiguos. > (El mismo.) 

«Encontramos sobre unas lomas suaves la tapera ó ruinas 
del pueblo viejo de San Cosme, donde el célebre jesuita Bue- 
naventura Suárez hizo sus observaciones astronómicas.» (Ca- 
brer.) 

Multitud de parajes en las repúblicas Argentina, Oriental y 
del Paraguay, así como en el Brasil, son conocidos vulgar y 
geográficamente por el nombre de Tapera subseguido, de el 
de la persona ó pueblo á que perteneció el edificio cuando 
estuvo habitado, ó de cualquier otro atributo distintivo. 

Tapera, en el Brasil, establecimiento rural completamente 
abandonado ó en ruinas, y en sent. tig. población en decaden- 
cia, según Beaurepaire-Rohán, que hace venir la voz del tupí 
Jaba-puera, aldea abandonada. 

«Si algo quedó de sus ruinas (refiérese al antiguo ejido de 
Montevideo) desapareció en la guerra de la independencia, del 
año 11 al 14. Ni aun las (casas) del Cordón escaparon de ser 
taperas. (D. Isidoro De-María, Moni, ant.) 



VOCABULARIO RIOPLATENSE. 369 

Y el alto ombú balancearse 
Sobre una antigua ¡apera. 

(D. Rafael Obligado.) 

TAPICHÍ, m.— Vacaray. 

TAPIOCA, f. — Fécula muy fina, en grano, extraída de la 
mandioca. Es producto del Brasil. 

Del guar típíóg. La Acad. trac tipioka, que entendemos es 
corrupción de t/piog. La lengua guaraní carece de la letra /•. 

TAPIR, m. — «Animal cuadrúpedo, de la magnitud de un 
muleto, que se cría en la parte occidental de la América meri- 
dional» etc. (La Acad.) 

Del guar. tapií. 

Criándose también el tapir en las regiones bañadas por los 
afluentes del Plata, habría mayor propiedad en localizarle lisa 
y llanamente en la América meridional, y no al occidente de 
ella. El mismo origen guaraní del vocablo así lo pide; pues las 
generaciones guaraníes ocupaban la parte oriental de la 
América del sur. 

TARARIRA, f. — -Pez de los ríos, grande, redondeado, 
negruzco, escamoso y de carne estimada. 

TARJETERA, f.— Tarjetero. 

Trae también este vocablo D. Baldomcro Rivodó. 

TARUMA, m. — -Árbol parecido al olivo y cuyo fruto se 
asemeja á una aceituna. — Su fruto. 

Del guar. taruma. 

Hablando tic las regiones del Plata, dice Gonz. Fern. de 
Oviedo (Hist. gen. y nal. de las Ind.J: «Hay otra fructa que 
se dice atoroma, que quiere parescer aceituna negra.» Refiérese 
seguramente al taruma. 

En Colm. taruma del Brasil. 

TARUMÁ, m.— Taruma. 

TASE btasi, m. — Planta trepadora que hay en los montes. 
Su tallo es lechoso; su fruto, ovalado, de cascara pulposa 
parecida á la del butucuyá, y de una carne tan fibrosa como la 
de la cidracayote, con la cual se hace un dulce exquisito, 
empleándose también en guisados. Phisianthus albens Grah. 
(aselepiada 



370 DANIEL GRANADA. 



TATA, m. — Tratamiento que los hijos dan familiarmente á 
sus padres. Es expresión cariñosa. Entre la gente culta alterna 
con papá; el vulgo no dice nunca papá, sino tata. También 
tatita. 

Transformación, sin duda, de taita, que, así como manía, era 
lo primero que antiguamente aprendían á decir á sus padres 
los niños, según Pineda, Agrie, cris/. 

También en quichua al padre dicen tata, cuya raíz tat indica 
expresión de cari» >. 

«Taita, m. Nombre con que el niño hace cariños á sus 
padres, á su nodriza, ó á otra persona que atiende á su cui- 
dado }' crianza.:; (La Acad.) 

TATA IBA, m. -—Moral silvestre, de tronco verde y fruto 
amanillo y extremadamente áspero, por lo cual, para comerlo, 
lo lavan y ponen al sol. Críase al norte (Paraguay, Misiones, 
Corrientes, etc.)- — Fruto de este árbol. 

Del guar. tataii, el árbol, latay'íbá, el fruto. 

TATARE, m. — Árbol grande, del género de las mimosas, 
de excelente madera amarilla, que se utiliza en obras de eba- 
nistería v en la construcción de barcos, y de cuya corteza se 
extrae una materia tintórea. Quemada la madera, se consume 
sin hacer llama ni brasa. 

Del guar. la tan'. 

Llámanle también amarillo. 

TATÚ, m. — Cuadrúpedo encubertado con una costra 
ósea, en general negruzca, formada de tejuelos ó escamas, 
de cabeza cónica, patas gruesas y muy cortas, y uñas lar- 
gas, fuertes y encorvadas. Vive en agujeros subterráneos, 
y hay varias especies, casi todas nocturnas, variando su 
tamaño entre dos y seis cuartas de longitud; pero las mayo- 
res sólo se hallan al norte de la cuenca del Plata. Convenien- 
temente adobado, y asado al horno, constituye, excepto el de 
mano amarilla y cuerpo bayo, un rico manjar, de mejor gusto 
que el lechón para algunos. 

Del guar. tatú. 

<;Hav encubertados, los quales llaman t&attts.» (Oviedo, refi- 
riéndose á las reo-iones del Plata, Hist. gen. y na!. <ti ¡as Inri.) 



VOCABULARIO RIOPLATENSE. 371 

Los naturalistas conocen á los taíús desde el descubrimiento 
de América, sin que hasta ahora se lia va sabido caracterizar 
á sus diversas especies. »(Azara.) 

TAYÜYÁ, in.— Planta rastrera parecida á la sandia. Su raíz 
(que es un tubérculo semejante al moniato), pelada, tajada, 
tostada y machacada, da un cocimiento muy amargo, que la 
gente del campo emplea como purgante y tiene por eficaz re- 
medio de la sífilis. Cortada en pedacitos y puesta en caña, 
cura, dicen, el mal de San Lázaro. Críase en los sitios barran- 
Ci >sos. 

Del guar. iavu'ia. 

En Colm. tayuyo de Qmabe en el Brasil. 

TEGÜELCHE, adj.— Tehuelche. 

TEHUELCHE, adj. — Dícese del indio cuya generación es 
propiamente originaria de la Patagonia, al sur de la cual habita. 
Ú. t. c. s. — Perteneciente á la generación dicha. 

TEMBETA,na. — Piedrecilla ó palillo que los guaraníes em- 
butían (y hoy todavía lo hacen algunas parcialidades) en el 
labio inferior. 

Del guar. ¡anhela; tembé, labio interior, ta, espiga, itá piedra. 

Traen (los earios) un agujerillo en los labios, y en él un 
cristal leonado, que llaman en su idioma tembetá, de dos pal- 
mos de largo y del grueso de un cañón de ganso.- ( Smídel, tr. 
corriente.) 

TEMBLADERA, i — Efecto convulsivo que experimentan 
los animales en ciertos parajes de la cordillera de los 
Andes, si permanecen quietos durante algunas horas. Cuan- 
do les acomete este accidente, hay que trasladarlos inme- 
diatamente á un alfalfar: si no, mueren. 

TEMBLADERAL, m. — Paraje cenagoso cuva superficie 
presenta á la vista del transeúnte el apacible aspecto de una 
pradera, convidándole á pasar sin cuidado como por sobre una 
alfombra bien extendida, bajo la cual, sin embargo, puede 
'•ncontrar su sepulcro. Kl caballo campero avisa al jinete; pero 
si éste, fustigándolo, le obliga á seguir adelante, á los primeros 
pasos lo verá sumergido hasta los encuentros. 

Tremedal, tremadal ó tembladal. Sitio ó paraje cenagoso 



372 DANIEL GRANADA. 



que, con poco movimiento que se haga, retiembla. - (La Acad.) 

En el Perú le llaman tembladera (Palma), así romo en Chile 
(Rodríguez). 

TEMBLEQUE, adj. fam.— Trcmul. >. Ú. i. c. s.. tratáhdpse 
de personas. 

«No usaríamos nosotros temquebU por trémulo, si bien existe 
el verbo temblequear.. (Cuervo.) Ni nosotros tampoco; bien que. 
eomo término burlesco, puede arder en un candil. 

Trae también esta voz D. Baldomcro Rivodó. 

TENTE-EN-EL-AIRE, m.— V. PICAFLOR. 

TERNERAJE, m. — Conjunto ó generalidad de terneros. 

■Vimos bastante ganado y terneraje.-» (Exp. de Ibirapita- 
Guazú hasta Sto. Dgo. de Sor. por un padredelaComp.de 
Jes.; Rev. déla B.P.de B. A., TrelL) 

TERUTERO, m. — Ave de un pie y pico de longitud, de 
color blanco, con mezcla de negro y pardo tornasolado, arma- 
do de una púa en cada uno de sus mástiles, y cuyo grito sue- 
na como el nombre. 

Domestícase fácilmente, y, suelto en los patios de las ca- 
sas, hace el oficio de centinela, siempre alerta; pues no ocu- 
rre novedad que no anuncie inmediatamente ron sus repe- 
tidos clamores. 

«Le dan el primer nombre (terutero) en Buenos Aires y 
Montevideo, y el segundo (teteu) en el Paraguay. Ambos le 
convienen, porque los canta con frecuencia agria y fuerte- 
mente, incomodando bastante. También tanta de noche, si 
oye rumor, y por eso dicen que es enemigo de los contra- 
bandistas. Igualmente lo es de los viajeros y cazadores, por- 
que suele ir á encontrarlos y los acompaña, incomodándolos 
con sus voces continuas y alborotando la caza.» (Azara.) 

TICHOLO, m. — Panecillo cuadrilongo de pasta de guayaba 
muy compacta, envuelto en la hoja del plátano ó en chala. Es 
producto del Brasil. 

Del port. lijólo, sin duda por tener la forma y color de un 
ladrillo pequeño. 

TIENDA, f. — Casa donde se venden géneros por menor. 

Lo propio en Venezuela (Rivodó). 



VOCABULARIO RIOPLATENSE . 373 

TIENTO, m. — Tira delgada de cuero, pulida y bien pareja, 
que sirve para hacer ligamentos, trenzas, etc. 

TIERRA DEL FUEGO.— Tierras australes cortadas por el 
estrecho de Magallanes. 

TIGRERO, m. — Gazador de tigres. 

TIGRERO, ra, adj. — -Dícese en especial de loa perros 
adiestrados en la caza del tigre. 

TIJERETA, f. — Pájaro de un pie próximamente de lonjitud, 
cuerpo aplomado, cabeza y cola negra, ésta muy larga, y de 
la que deriva su nombre, porque, al volar, la abre y cierra se- 
mejando á una tijera. 

«Así le llaman en Buenos Aires y Montevideo y los guara- 
xíx&s, guita ve tapó, ave de tijera.» (Azara.) 

TILBE, m. — Trampa para pescar, usada por los indios. 

«Aquí topamos algunos tilbes armados para pescar. Su 
construcción es de palos parados, tejidos con juncos, y les 
dejan una puerta, y entra por ella el pescado; y cerrada la 
puerta, le toman con abundancia. » (Fray Francisco Morillo, 
Viaj. al Bermejo.) 

TILCARA. — Capital del departamento del mismo nombre 
de la provincia de Jujúy. 

TILINGADA, f. — Acción propia de un tilingo. 

TILINGO, ga, adj.— Dícese de la persona algo simple y 
ligera, y de la que suele hablar mucho para decir tonterías. 
Ú. t. c. s. 

TIMBÓ, m.— Árbol corpulento de la familia de las legumi- 
nosas, de flor amariposada. De su madera hácense canoas, 
bateas, etc. 

Del guar. timbó. 

TIMBÚ, adj. — Dícese del indio cuya parcialidad habitaba 
la margen derecha del río Paraná, provincia de Santa Fe. 
Ú. t. c. s. — Perteneciente á dicha parcialidad. 

TINOGASTA. — Departamento de la provincia argentina 
de Catamarca. — Capital del mismo departamento. 

TÍO, tía, m. )- f. — Aplícase á los negros viejos africanos. 

Las cuentas de tío Bartolo. Fr. proverb. con que se ridicu- 
liza al que ha hecho un cálculo enteramente erróneo, sin 



374 DANIEL GRANADA. 



pies ni cabeza; con alusión á las disparatadas cuentas que 
acostumbraba sacar cierto negro bozal, vendedor de escobas 
y plumeros. 

«En el trono aparecían sentados con mucha gravedad el rey 
tío Francisco... A su lado la reina tía Felipa.» (D. Isidoro 
De-María, Moni. A ni.) 

TIPA, m.— Árbol altísimo y corpulento, de las provincias 
argentinas arribeñas y el Chaco. Su resina empléase en la 
tintorería y medicina, y su madera en la tablazón de los barcos. 
Marha riuin fer/iie. 

Es, sin duda, el mismo que indica la Acad.: «Tipa, f. Árbol 
grande del Perú., de madera recia y muy estimada. Ú para las 
cámaras de los buques.» 

TIPA, f. — Bolsa ó cesto de cuero. 

-Del cuero (del animal vacuno) fabrican todas las cuerdas y 
sogas, y la mayor parte de los utensilios, como canastas y arcas, 
llamándolas lipas y petacas.» (Azara.) 

TIPA, m.— Lo mismo que chipá. 

Del guar. tipa. 

TIPOY, m. — Saco de lienzo ó de algodón, sin cuello ni 
mangas, que usaban las mujeres en las Misiones del Paraná y 
Uruguay y c]ue usan actualmente las campesinas del Paraguay. 

Del aguar, lupoí, tipoí. 

«Muchas (mujeres) cubiertas con ropas largas de algodón que 
usan entre ellos (los jarayes), que llaman íipoes.» (Cabeza de 
Vaca, Contení.) 

TOBA, adj. — Dicese del indio de cierta parcialidad del 
Chaco, errante y temible. U. t. c. s. — Perteneciente á dicha 
parcialidad. 

TOLDERÍA, t". — Campamento de indios, donde tienen sus 
toldos. 

TOLDO, m. — Cabana del indio silvestre. Fórmanla con 
pieles sostenidas por estacas, ó por unas varas verdes, clava- 
dos sus extremos en tierra formando arco, ó bien con una 
guincha de junco ó totora dispuesta del mismo modo. 

«Por allá llaman toldo á la casa ó habitación del indio sil- 



VOCABULARIO RIOPLATENSE. 375 

vestre, y toldería al pueblo ó conjunto de muchos toldos. 
(Azara.) 

TOMINEJO, m.— Picaflor. 

TONOCOTÉ, adj. — Dícesc del indio de una parcialidad 
originaria de los lides, que inoraba al sur del Chacho. Ú. t. c. s. 
— Perteneciente á dicha parcialidad. 

TOQUISTINÉ, adj. — Dícese del indio de una parcialidad 
originaria de los hiles, que moraba al sur del Chaco. U. t. c. s. 
— Perteneciente á dicha parcialidad. 

TORDILLO, lia, adj. — Dícese del caballo ó yegua dfi 
color negro entremezclado con blanco. U. t. c. s. Por otro 
nombre tordillo blanco. 

TORDILLO NEGRO, tía gra, adj.— Dícese del caballo ,'. 
yegua de color blanco entremezclado con negro. U. t. c. s. 

TOROCAA, m. — Planta aromática, de la familia de las 
labiadas, muy semejante al tabaco, excepto la flor, que es 
morada. — Trébol muy olorose >. 

De la voz española loro, y la guaraní caá, cuya aglutinación 
equivale en castellano á hierba del loro. 

Sírveme de la primera de estas plantas, en el campo, para 
curar heridas, lavándolas con un cocimiento de sus hojas y 
aplicando luego éstas á la parte dañada. 

TOROPI, m. — Cuero sobado, de animal vacuno, que, á 
manera de capote ó manta, se echaban sobre los hombros los 
indios minuanes y charrúas. 

De la voz española ¿oro, y de la guaraní pi, que significa 
cuero. Toropí, cuero de toro, sin duda por ser el que preferían paca 
hacer el abrigo de que se trata. 

TORREJA, f. — Rebanada de pan, remojada en leche ó en 
vino generoso, con huevo, azúcar y canela; y frita. 

Lo mismo en Venezuela, según Rivodó. La Acad. torrija. 

TORZAL, m. — Lazo ó maneador formado de una ó tres tiras 
de cuero retorcidas. 

El lazo compuesto de dos ó más tiras, no tan largo como el 
trenzado, es el más fuerte y resistente. Llámase también sobeo. 

Lo mismo en la pr. br. de R. G. del S. torca! (Beaurepaire- 
Rohán). 



876 DANIEL GRANADA. 



TOTORA, f. — Hierba alta, semejante á la espadaña, esto- 
posa y consistente, propia de los terrenos húmedos, á propó- 
sito para y quinchar de la cual, en el campo, hacen esteras, 
asientos, cubiertas de carros, techos de ranchos, etc. En todo 
esto alterna con el junco, la paja brava y alguna otra hierba 
de igual consistencia. Casi no hay bañado, esteral, laguna, 
cañada ó arroyo, en el Río de la Plata, donde no aparezca 
la totora. Es la misma que so halla á las orillas de la famosa 
laguna de Titicaca ó Chucuito (Bolivia). Con ella y con 
juncia hizo el inca Capac Iupanqui un puente sobre un bra/.i i 
de la laguna para pasar el ejército que llevaba á la con- 
quista de las provincias de Collasuyo. Es muy probable que 
esta hierba esté esparcida por toda la América meridional, 
cuando menos, y que en toda ella se le dé el mismo nom- 
bre de totora por las gentes de [habla española. Así, los 
terrenos cenagosos de las inmediaciones de Quito (Ecuador) 
están poblado de /o/ora, y los llaman totorales; y abunda tam- 
bién en Chile. Tiplia angustifolia L. (aroidea) en Gibert. 

Del quich. futura, y equivale, según Rodríguez, á juncia y 
espadaña. Nos inclinamos á creer que es la misma espadaña. 
En el Río de la Plata, á lo menos, no se llama nunca á la 
juncia totora, sino junco ó hunco, aspirando suavemente la 
hache. 

«Totora, f. Especie de enea que se halla en la laguna de 
Chucuito.» (La Acad.) 

TOTORAL, m. — Teñen.» poblado de totora. Un departa- 
mento de la provincia argentina de Córdoba lleva el nombre 
de Totoral. 

«Al pueblo de Totora se le puso así, por estar cercado de 
totorales.-» (Reís, geógrafo, de Inds., Condcsuyos y Chumbibilcas.) 

«Al fin del rumbo trece llegué á las cañadas de cortaderas 
y totorales.» (D. Pablo Zizur, E.\p. a Salinas, Ang.) 

TOTORAL. — Departamento de la provincia argentina de 
Córdoba, lindando con la Mar Chiquita. Su capital Mitre. 

TRACALADA, f. — Considerable número de objetos. 

Usase también en Chile: «cáfila, multitud:> (Solar); en el 
Perú: «sarta, cantidad, cáfila, etc.» (Paz-Soldán); en el Ecua- 



VOCABULARIO RIOPLATENSK. 377 

dor: «.tracalada de fieras» (Cuervo); y en Bogotá: «muche- 
dumbre, cáfila» (el mismo). Cuervo sospecha que el tracalada 
americano es, cercenada la primera sílaba, el matracalada que 
emplea Quevedo en unos versos que cita, vocablo registra- 
do después en la 12 a edición del Dice, de la Acad. 

TRANCAS. — Departamento de la provincia argentina de 
Tucumán. — Capital del mismo departamento. 

TRANQUERA, f. — Armazón de trancas puesta en un 
cerco, á manera de puerta, para el tránsito de personas, 
vehículos y tropas de ganado. 

TRASTAVILLAR, n. fam.— Tartalear.— Titubear.— Estar 
expuesta á deshacerse ó á caer una cosa que se halla en falso 
ó desvencijada. 

«Dijose metafóricamente (trastavillar: titubear), corrompien. 
do á lo rústico la palabra iartavillar, convertida hoy en tartalear. 
(D. Manuel Cañete, Declar. de los vocablos oscuros ó de uso poco 
frecuente que se hallan en las Farsas v églogas de Lucas Fer- 
nández.) 

Úsase también, por vacilar, titubear, tartalear, hacer eses, en 
Bogotá (Cuervo), en el Perú (Paz-Soldán) y en Chile (Rodrí- 
guez). 

TREINTA Y TRES.— Departamento de la República Orien- 
tal del Uruguay, fronterizo al Brasil. — Villa cabecera del mis- 
mo departamento. Fund. año 1853. 

TRINIDAD.— Villa cabecera del departamento de Flores 
de la Rep. Or. del Uruguay. Fund. año 1803. 

TROMPETA, adj. — Atrevido y sin vergüenza. U. t. c. s. 
Sóplase orondo un trompeta 
En el Parnaso, porqué 
Aprendió el /> o po, é, 
Poe', t a la, poeta; 
Y en su mísera cuarteta 
Enreda una mezcolanza. 

¡Buena va la danza! 

(D. F. A. de Figueroa.,) 
TROPA, f. — Conjunto de animales que se transportan de 
una parte á otra, ó que van con carga. En la Rep. Orien- 



378 DANIEL GRANADA. 



tal del Uruguay, Entre Ríos y Corrientes, por tropa se 
entiende casi exclusivamente la del ganado vacuno que se 
transporta á las invernadas, mataderos, graserias, corrales 
de abasto, etc. P2n las provincias argentinas próximas á los 
Andes, aplícase esta voz con especialidad á las cáfilas de 
muías que, cargadas de mercancías, hacen la travesía de la 
Cordillera. — Cáfila de carretas. 

Prov. de la Amér. merid. en Salva. 

En Chile equivale á recua (Rodríguez). En esta acep- 
ción, dice Solar, es de uso general en toda la América. 

Lo propio que en el Río de la Plata en el Brasil ( Beau- 
paire-Rohán). 

«Para evitar el riesgo de los indios salvajes, caminan 
muchas carretas juntas, á lo que llaman /ropa..- (Estala, 
carta sobre Buenos Aires, Viaj. nniv.) 

«La jornada regular de las tropas de Tucumán ( que así lla- 
man á una caravana de carretas ) es de siete leguas, aun- 
que yo juzgo que no pasan de cinco un día con otro, por 
causa de los muchos ríos que es preciso atravesar. » (El 
mismo.) 

Arroja el lazo 
Sobre la res que elige de la tropa. 

(Bello.) 
TROPERO, m. — Conductor tic trapas, con especialidad tra- 
tándose del ganado vacuno. El de muías arriero, capataz, peón. 
V. esta última palabra. 

TROPILLA, f. — Cierto número de caballos, regularmente 
de un mismo pelo, acostumbrados á andar siempre juntos, ó 
amadrinados. Una yegua con cencerro, llamada madrina, es el 
principio federativo de esta república, y á buen seguro que la 
abandonen de motu propio sus allegados, ni que el dueño 
de ella tenga que lamentar defecciones. 

TROPILLA AMADRINADA.— Aquella cuyos caballos es- 
tán ya enteramente acostumbrados á seguir á la yegua madrina. 
TROPILLA ENTABLADA.— Lo mismo que amadrinada. 
TOBIANO, na, adj. — Tubiano. 
TUBIANO, na, adj. — Dícese del caballo ó yegua de cierta 



VOCABULARIO RIOPLATEXSE. 37'.) 

casta, que tiene manchas muy extendidas y notables en 
el cuerpo. U. t. c. s. 

De un jefe revolucionario (cuentan) de la provincia de San 
Pablo en el Brasil, conocido vulgarmente por Tablas, quién, 
derrotado en 1842, pasó á incorporarse con los riograndenses, 
montados él y los pocos soldados que le acompañaban en ca- 
ballos de la casta y pelo indicado en la definición; á los cuales 
caballos, por esa circunstancia, llamaron tubianos, denomina- 
ción que se generalizó después en el Río de la Plata. 

Beaurepaire-Rohán trae tobiano como sust. masculino y adj. 
peculiares de la provincia de San Pablo, y le define: caballo 
de cierta raza. No da la etimología. 

TUCANO, m. — Ave de rapiña, de un pie y medio de 
longitud término medio; el color de su plumaje negro azulado, 
con listas y manchas amarillentas, rojizas y blancas en la 
cabeza, cuello, pecho y parte de las alas; oscura la pieza 
superior y anaranjada la inferior de su corvo y aserrado pin 1 
desmedidamente largo. Prefiere para morada los yerbales 
(árboles del mate), de cuya semilla gusta. 

Del guar. tücá. 

«tucán, m.— Ave del Brasil, que tiene el pico muy largo. * 
(La Acad.) 

Tucano también en Azara. Lo hay en Misiones, Corrien- 
tes y el Paraguay. 

«Los tucanos, á pesar de todo, destruyen á muchos pájaros; 
porque con su voluminoso y extravagante pico imponen res- 
peto y miedo á todas las aves, y las embisten y ahuyentan 
de sus nidos, y á su misma vasta tragan enteros los huevos y 
los pollos.» (Azara.) 

TUCO, m. — En algunas provincias argentinas arribeñas 
llaman tuco á la luciérnaga, en especial la grande, con dos 
discos luminosos permanentes en la parte superior de la costra 
justo á la cabeza, los cuales emiten claridad suficiente para 
leer un papel cualquiera en la obscuridad. Al este del Paraná 
llámanla alúa. También Unta na. 

TUCUMAN. — Capital de la provincia argentina del mismo 
nombre. 26 o 50' 2'' de lat. aust. Fund. año 1564 por Diego 



380 DANIEL GRANADA. 



Villarroel, cerca del cerro de Aconqueja, y trasladada á donde 
está hoy por Fernando de Mendoza en 1585. 

TUCUMANO, na, adj. — Natural de ciudad ó de la provin- 
cia argentina de Tucumán. II. t. c. s.- — Perteneciente á una ú 
otra. 

TUCUTUCO, m. — Cuadrúpedo en su aspecto y costumbres 
muy semejante al topo, algo mayor que éste. Construye su 
cueva con múltiples galerías en los terrenos arenosos, donde 
suele multiplicarse considerablemente, haciéndose notar, por 
lo mismo, durante la noche, con el incesante ruido sordo de 
tucu-tucu-tucu-tucu, que es su voz, causa de su nombre. 

«Algunos le llaman topo, figurándose que lo es de la especie 
europea; pero se engañan mucho. •> (Azara.) 

TUCUTUZAL, m. — Terreno lleno de cuevas de tucutucos, 
y, por lo mismo, de difícil ó peligroso tránsito. 

Las cuevas del tucutuco están á flor de tierra, en cuya razón 
fácilmente se hunde el terreno en que se hallan. 

TUI, m. — Loro pequeño, de color verde claro, con una 
mancha anaranjada y azul en la cabeza y que anda en ban- 
dadas. 

Del guar. luí. 

«Tiene (el tuí) las costumbres del ñenday.» (Azara.) 

TULUMBA. — Departamento de la provincia argentina de 
Córdoba, lindando con el de Totoral y la Mar Chiquita. — Ca- 
pital del mismo departamento. 

TUMBAYA. — Capital del departamento del mismo nombre 
de la provincia de Jujúy. 

TUPA (tupa), m. — Expresión con que los guaraníes desig- 
naban á Dios. Compónese de la partícula admirativa tu, y 
del vocablo /a-, que denota interrogación, como si se dijera: 
¡ esto, qué es ? ó bien: ¿quién eres tú, Señor, que no te alcanzo, 
y me anonadas! Expresión tan sublime como su correspon- 
diente bíblica: ego sum qué su?n. Por esta razón no tuvieron 
reparo alguno los misioneros del Paraguay en servirse del 
nombre Tupa, como significativo de Dios según lo concibe 
la Iglesia Católica, en las oraciones, catecismo y doctrina 
cristiana que compusieron en lengua guaraní para el uso de 



VOCABULARIO RIOPLATENSE. 381 

sus neófitos. N< i se libraron, sin embargo, los jesuítas de 
ser acusados públicamente de herejía, á instigación, ó por 
obra, del arriscado obispo Don Fray Bernardino de Cárde- 
nas, so pretexto de haber dado cabida en sus misiones, con 
menoscabo de la religión, al Tupa cristianizado. Este acci- 
dente dio ocasión al padre Díaz Taño para sostener que 
las voces Dios y Tupa tienen una filiación etimológica idén- 
tica, concluyendo que con la última significaban los guara- 
níes y tupíes al que entendían que era señor, creador, princi- 
pio, fuente, origen v causa de todas las cosas. 

Los guaraníes, con ser salvajes, filosofaban mejor que los 
filósofos positivistas de nuestros tiempos. El positivista dice, 
por ejemplo, tratando de la soberana esencia: «¿Es cosa con 
te. cual no puedo hacer experimentos? ¿No hace impresión 
en mi retina, tímpano, paladar, epidermis y membrana pitui- 
taria? Pues no le hagamos caso: es incognoscibles El guaraní 
pensaba de este modo: «Yo no la veo, ni la percibo por 
ninguno de mis sentidos; pero me subyuga; y por eso mismo, 
porque no la veo ni experimento corporalmente, es para mí 
más grande: ¿quién eres tú ! qué es esto!» 

Hemos conservado íntegro el presente artículo, con el fin 
de que pueda apreciarse debidamente la discreta, cuanto 
docta, crítica que de él hace el Sr. Valera. 

El P. Lozano en su Ilist. de la cono, del Parag. etc. dice: 

«Tuvieron (los guaraníes) conocimiento de Dios, y aun 
llegaron á alcanzar, con alguna confusión, lo que se colige 
del nombre que le dieron de Tupa, que quiere decir excelen- 
cia superior, compuesto del nombre de tu, que es admiración, 
y depa, que es la nota de interrogación, correspondiendo al 
hebreo Manhu, quid esl Iwc en singular.» 

La referencia que hacemos al P. Francisco ' Díaz Taño la 
sacamos de un extenso escrito suyo, harto curioso [Demos- 
tración clara y evidente respuesta etc.), inserto en la Rev. de la 
Bibl. P. de Buenos Aires por D. Manuel R. Trelles. 

TUPI, adj. — Dícese del indio cuya parcialidad corría la 
costa oriental del río Uruguay, hacia los 28 o de lat. Ú. t. c. s. — 
Perteneciente á dicha parcialidad. 



382 DANIEL GRANADA. 



Los tupíes, temibles por su ferocidad, tuvieron en perpetua 
alarma á las misiones jesuíticas del Paraná y Uruguay, donde 
ejecutaron desoladoras invasiones. 

TUPUNGATO.— Departamento de la provincia argentina 
de Mendoza. 

TURBONADA, f. — Viento repentino y violento, acompa- 
ñado de nubarrones difusos, con poca ó ninguna agua y de tto 
larga duración. 

TURUBI, m. — Planta aromática, de una cuarta de alto 
próximamente, de tallo y hoja vellosos, ésta aserrada, blan- 
quizco el envés, y de raíz tuberculosa, redonda. Críase en los 
cerros y terrenos pedregosos. El cocimiento de su raíz tic! 
por emenagogo eficaz. 

Del guar. 

TUTU, m. — Ave de rapiña, de un pie largo de longi- 
tud; verde el lomo, azul el pecho; la cabeza, alas y cola con 
manchas negras rojizas y moradas; su corvo pico muy fuerte. 

Del guar. //////, expi\ imitativa de su canto. 

TUTUMA, f. — Árbol, cuyo tronco v ramas dan un fruto 
semejante á la calabaza. — Su fruto. 

TUTUMA, m.— Tul urna. 

TUYUYÚ, m. — Especie de cigüeña. 

Del guar. tuyuyú. 



u 



UBAJAY, ni. — Árbol de la familia de las mirtáceas, recio, 
de mucho ramaje; de hojas enteras, aovadas, estrechas, pun- 
tiagudas, venosas y opuestas; de fruto agradable, un poco 
ácido, del tamaño del níspero, formado de una envoltura 
pulposa (que es lo que se come) amarilla, de piel velluda 
como el membrillo, al que se asemeja en la forma, y con ca^ 
rozo redondo de cascara delgada y dura, leñosa, que encier- 
ra una almendra. — Fruto de este árbol. — Arbusto de la mis- 
ma especie que el árbol antedicho. 

Del guar. íbaháí. 

El ubajay es fruta indigesta. 

UMITA, Íl—Humüa. 

Del arauc. uminta, guisado de maíz. 

UNION. — Departamento de la provincia argentina de 
Córdoba, fronterizo á Santa Fe. — Su capital San Jerónimo. 

UÑA DE GATO.— V. ÑAPINDÁ. 

URU, ni. — Ave de una cuarta y pico de longitud y de co- 
lor pardo con mezcla de acanelado, negro y blanco. 

Del guar. uní. 
Camina (el urú) y corre como las perdices, i Azara.) 

URUBÚ, m.— Iribú. 

La misma modificación llevan sus compuestos. 

URUBUTÍ, m. — Especie de cuervo blanco. 

Del guar. urubutí. 

URUCÚ, m— Achiote (árbol). 

Del guar. urucú. 

En Colm. urucú del Brasil. 

URUCUREA, m. — Especie de lechuza, de un pie escaso 



384 DANIEL GRANADA. 



de longitud, color pardo ceniciento, que habita y cría en la 

cueva de la vizcacha. 

Del guar. tuncuna. 

No es (el urucureá) arisco, y cuando uno se le acerca canta 
inerte cliíii-clii-clii—c/ii-c/ii, dando un vuelito breve v posán- 
dose sobre algún terrón, desde donde mira con insolencia al 
(juc se le aproxima.» (Azara.) 

URUGUAY (río), del guar. uruguai'. Azara entiende que el 
río Uruguay toma su nombre de un pájaro común en sus 
bosques, llamado uní; porque tiruguay significa, dice, río (no 
en el texto; pero es. sin duda, error de impr.) del país del uní 
(Bese, é hist del Parag.y del R. de la Pía). I 'ni. con efecto, es 
un ave pequeña, que se halla en el Uruguay arriba; pero no es 
fácil hacerse cargo de la significación que Azara supone tener 
la palabra utuguay, descomponiéndola en los vocablos urú, gua 
é /. sea cual sea la acentuación prosódica que se quiera dar á la 
voz gua. El ingeniero D. José M* Cabrer, coexpedicionario del 
sabio geógrafo, afirma que Uruguay significa rio de los caracoles, 
sin duda porque uruguá es caracol, é /río; lo que, siendo real- 
mente aceptable, nos induce á consignar como la mas cierta 
etimología las voces uraguá í aglutinadas. El lingüista brasileño 
Dr. Bautista C. de Almeida Nogueira, en el t. 7.°de los Annaes 
da fíibl..Nae. do Río dejan., asienta que iruguai significa río del 
canal {Sruguá, canal), ó río principal, con lo que, dice, se 
designaba al Uruguay, que ni aun en tiempo de seca deja 
de tener agua, al contrario de lo que sucede en los arroyos. 
En este caso Uruguay seria una corrupción de Yruguat; pero 
el mismo señor Almeida admite que puede venir de uruguá i. 

Nace el Uruguay en la sena do Mar, en la provincia 
de Santa Catalina del Brasil, y desemboca en el río de 
la Plata, serpenteando en su trayecto unas trescientas le- 
guas. Perteneció desde sus cabeceras á España; pero ya á 
principios del siglo que corre habían invadido los portugueses 
hasta los pueblos de Misiones situados en su margen izquierda, y 
el año de 1852 quedó definitivamente establecido que su tribu- 
tario el Cuaréin fuese el límite divisorio entre el Brasil y la Re- 
pública Oriental del Uruguay, quien, por consecuencia, disfruta 



VOCABULARIO RIOPLATENSE. 385 

de sus aguas en un espacio de ciento treinta leguas, que próxi- 
mamente hay desde allí hasta su desembocadura en el Plata. 

El pintoresco Uruguay, navegable desahogadamente hasta 
la ciudad del Salto, donde una formidable restinga embaraza 
su cauce, no tiene crecientes periódicas anuales, como las del 
Paraná y Paraguay; pero las mayores que de tarde en tarde lo 
ensoberbecen, sobrevienen, por lo regular, á mediados de la 
primavera. Su anchura es, en partes, de leguas. 
Díjose también Ugiiay y Uruay. 

URUGUAY. — Departamento de la provincia argentina de 
Entre Ríos, junto al río Uruguay. Su capital Concepción del 
Uruguay. 

URUGUAYO, ya, adj.— Natural de la República Oriental 
del Uruguay. Ú. t. c. s. — Perteneciente á esta nación. 

V. ORIENTAL, y adviértase que un departamento de la 
provincia argentina de Entre Ríos se denomina Uruguay, 
y que á la margen izquierda de este río hay una ciudad brasi- 
leña que lleva el nombre de Uruguayana. Además, cuando se 
dice el Uruguay, lo que regularmente se entiende es que se 
quiere hacer referencia al río que lleva ese nombre, y no al 
Estado Oriental del Uruguay, que se denomina así cabalmente 
en razón de hallarse situadas al occidente, aguas por medio, 
las provincias de Entre Ríos y Corrientes, y más arriba las 
Misiones. 

La Acad. dice: «Natural del Uruguay. — Perteneciente á esta 
nación de la América del Sur.» 

URUNDAY, m. — Árbol de excelente madera de construc- 
ción, colorado-oscura. En especial sirve para tirantes. 
URUTAO, m.— Urutaú. 
URUTÁU, m.— Urutaú. 

URUTAÚ, m. — Ave nocturna, de un pie y pico de lonjitud 
y de color pardo acanelado con mezcla de negro y oscuro. 
Particularízalo su modo de gritar entre mofador y melancólico: 
prolongado y lúgubre clamor, que termina semejando una 
carcajada. 
Permanece, mientras el astro del día alumbra, oculto. Sale de 

13 



386 DANIEL GRANADA. 



noche, sin apartarse de la orilla del río ó arroyo en cuyos 
montes ó barrancas tiene su vivienda. Busca un árbol seco, y, 
á la falta de árbol muerto, una palmera ú otra planta de escaso 
ramaje y hojas. Posado en uno de sus gajos y arrimado al 
tronco, permanece largas horas, quieto, inmóvil, mirando fija- 
mente á la luna, ó levantada la cabeza al cielo, si la luna ha 
desaparecido, y exhalando, de tiempo en tiempo, sarcásticos 
alaridos que hacen estremecer. Parece la representación del 
infortunio, que, en las tinieblas de la noche, solitario, eleva el 
alma contemplativa, entreviendo el secreto de los callados resor- 
tes que mueven al universo. Distraído en su contemplación 
extática, no advierte lo que pasa á su alrededor, pues, juzgán- 
dose solo, se desentiende de los hombres; de manera que puede 
acercársele el viandante hasta tocarlo con la mano. La gente 
campesina le atribuye excelencias y virtudes extraordinarias, 
no menos halagüeñas que las que sueña hallar en el caburé: 
entre otras, la de afianzar contra las seducciones la pureza de 
las doncellas. 

Del guar. itrntaú, pájaro fantasma. 

«Es (el arutmt) de los pájaros más famosos por las patrañas 
sin número que de él refieren. Su voz es un alarido alto, espa- 
cioso y muy melancólico, y lo repite con pausa toda la noche.» 
(Azara.) 

URUTÍ, m. — Pajarillo de varios colores. 

Del guar. urnii, que literalmete significa, empero, pájaro 
blanco. 

USUTA,f.— Ojota. 

Del quich. vsvia ó u.xuta. 



V 



VACAJE, m. — Vacas en general, en conjunto. 

VACARA Y, m. — Ternero nonato, que ha sido extraído del 
vientre de la madre al tiempo de matarla. 

Del guar. mbacarai. 

Debe escribirse con v, porque el vocablo mbacarai está 
compuesto de raí, hijo, y mbaca tomado del español vaca, con 
la sola diferencia del cambio de la letra inicial de esta palabra 
en b, á causa de carecer de la primera la lengua guaraní. Es, 
pues, en rigor etimológico, vacarai, ó, como se pronuncia 
comúnmente, vacaray. 

VACIAR, a. — La gente del campo, sin saber si habla bien 
ó mal, ni importársele nada de ello, conjuga prosódicamente 
el presente de indicativo y subjuntivo de aquel verbo: yo vacio, 
tú vacias, él vacia, vacia tú, vacie el; mientras que muchas per- 
sonas educadas, creyendo expresarse con propiedad, cargan el 
acento en la i: yo vacío, vacía tú, etc. 

VALLE FÉRTIL. — Departamento de la provincia argentina 
de San Juan. — Capital del mismo departamento. 

VALLE GRANDE. — Capital del departamento del mismo 
nombre de la provincia de Jujúy. 

VAQUEAR, a. — Hacer batidas ó repuntas de ganado cima- 
rrón, lo que ordinariamente se ejecutaba para aprovechar la 
corambre. 

VAQUERÍA, f.— Lugar donde hay vacas.- -Muchedumbre 
de ganado vacuno. — Batida de ganado vacuno. — Repunta de 
ganado vacuno. 

Las vaquerías (3. a y 4. a acep.) se efectuaron, ya desor- 
denadamente, ya con ciertas formalidades. Anunciábanse por 
edictos las de esta clase (cuando se puso coto al abuso), 



388 DANIEL GRANADA. 



señalando el lugar y día en que iban á verificarse, á fin de 
que concurriesen á ellas los vecinos que quisiesen prestar ayuda, 
participando por ende de sus beneficios. El ministro de la 
real hacienda, ó el cabildo respectivo, diputaban un hombre 
práctico en las cosas del campo para dirigir las operaciones. 
Remunerábase á cada peón con dos reses por día de tra- 
bajo, si había andado en caballo propio, y con una, si faci- 
litado por el capataz de la vaquería. Tratábase siempre de 
no causar daño en las crías, ni más ni menos que como 
hoy se ejecuta por los interesados en conservar sus hacien- 
das. Junto el ganado orejano, lo conducían ordenadamente 
á su destino. Véase ahora, en contraposición, cómo hacían 
las batidas en toda América, antes de ser reguladas. 

«Otros entraban á vaquear (así llaman el recoger este ganado), 
para hacer copiosas cargazones de corambre, que se condu- 
cían, no sólo á España, sino á Francia y otros países extraños; 
y asi en unas como en otras entradas era imponderable el 
estrago que causaban en las vaquerías, porque para tener 
sujetas de noche millares de vacas cerriles, ó, como acá lla- 
mamos, cimarronas, que cada tropa de gente iba recogiendo, no 
había otro cerco ó corral sino el que formaban de las reses 
más pingües que cada noche mataban, y en circuito muy 
grande les pegaban fuego para que sus llamas contuviesen 
en su lugar las recogidas, lo cual duraba meses enteros. La 
carne de las que mataban, ó para corambre, ó para sólo 
sacar sebo y grasa, se dejaba perdida por los campos. Fuera 
de eso, cada uno de los peones que vaqueaban, y eran mu- 
chísimos, ó de los viandantes, mataban por su antojo la vaca 
que mejor les parecía, por sólo sacarles, ya la lengua, ya otro 
bocado de su gusto, abandonando todo lo restante para sus- 
tento de las fieras y de las aves de rapiña.» (El P. Pedro 
Lozano, Hist. etc.) 

«En las Indias Occidentales, en las islas de Santo Domingo, 
Cuba, Puerto Rico, Tierra Firme y Nueva España, es nota- 
ble la multitud de toros y vacas silvestres que la tierra pro- 
duce, y la forma que se tiene de montearlas; llámanse por 
común nombre estos toros y vacas, cimarrones, y aun es 



VOCABULARIO RIOPLATENSE. 389 

nombre común en las Indias de todos los animales silvestres, 
los cuales al tiempo que bajan de las montañas y sierras que 
llaman arcabucos, donde están de día embreñados y escondi- 
dos, al pasto de la hierba de los valles, bebida de las fuen- 
tes, ríos y arroyos, salen contra ellos gentes á caballo, con 
garrochas largas de veinte palmos, que en la punta tienen una 
arma de fierro, de hechura media luna, de agudísimos filos, 
que llaman dejarretadera, con la cual acometen á las reses 
al tiempo que van huyendo, y hiriéndolas en las corvas de 
los pies, á los primeros botes las dejarretan, y apeándose 
de los caballos las acaban acuchillándolas por las rodillas, y 
quitándoles la piel, de que solamente se aprovechan, dejan 
la carne al monte, la cual gastan y consumen en un momento 
en Tierra Firme los perros silvestres, de que hay grandísimo 
número en los montes de aquellos reinos, y en la Nueva Es- 
paña sirve de pasto á unas aves negras llamadas auras, poco 
mayores que cuervos, que no es despojado el animal cuando 
están sobre él. Es tan grande el número de los toros y vacas 
que en esta montería se matan, que vienen á Sevilla cada 
año, en las flotas de las Indias, de doscientos mil cueros, sin 
los que en las mismas Indias se gastan, que debe ser ma- 
yor número.» (Gonzalo Argote de Molina Dis. sobre el Libro 
de mont. del rey D. Alonso publ. por D. J. Gut. de la Vega.) 

VAQUILLA, f. — Ternera de año y medio á dos años, que 
aun no es vaquillona. 

VAQUILLONA, f. — Ternera ó vaca nueva de dos á tres 
años. 

A la vaquilla y á la vaquillona no les llaman vaca, aunque 
hayan parido, sino cuando ha n completado enteramente su 
crecimiento y desarrollo. Vaca, hembra del toro, dice la Acad. 

«Lo demás que refiere Buffón, co piando á otros, es exage- 
rar su magnitud (la del tapir ó anta), igualándola á la de una 
vaquillona.» (Azara.) 

VARA. — Esta medida de longitud no conviene en el Río de 
la Plata, como podría erradamente creerse, con la vara caste- 
llana ó de Burgos. Parece natural que, habiéndose mandado, 
por reiteradas órdenes y pragmáticas de los monarcas españoles, 



390 DANIEL GRANADA. 



que se tuviese como vara única de sus reinos la vara de Burgos, 
hubiese servido ésta de patrón invariable para la de sus pue- 
blos de América. Chile es posible que la haya adoptado, pues 
la suya equivale al presente á ocho decímetros y treinta y seis 
milímetros, y á ocho decímetros y trescientos cincuenta y 
nueve diez milímetros la burgalesa, corta diferencia que puede 
proceder de causas accidentales. Pero no es de suponer 
que haya sucedido lo mismo con la vara argentina, que 
equivale á ocho decímetros y sesenta y seis milímetros, la 
cual acaso se acerque más á la de Toledo; á no ser que haya 
servido de patrón la de Lugo, que tiene ocho decímetros y 
cincuenta y cinco milímetros, aunque parece mucha la dife- 
rencia. Y lo más singular es que la haya entre la vara argentina 
y la oriental, introducida esta cuando Montevideo, á cuarenta 
leguas de Buenos Aires, formaba parte de las provincias espa- 
ñolas del Río de la Plata. V. VARA ORIENTAL. 

VARA aigentina. — V. Vara. 

VARA oriental. — Tiene ocho decímetros y cincuenta y 
nueve milímetros. 

VARAL, m. — En los saladeros, construcción formada de 
palos afianzados horizontalmente en fuertes estacas, donde 
se tienden al sol y al aire las mantas de carne de que se hace 
el charqitc ó tasajo. 

VAREAR, a. — Componer el caballo para una carrera, 
montándolo á tiempos y haciéndolo andar un corto trecho. 

VILLAFRANCA— Departamento de la República del 
Paraguay. 

VILLARICA. — Departamento de la República del Para- 
guay. 

VELORIO, m.— Velación de un difunto que está de cuerpo 
presente. Es término vulgar. 

Velorio asimismo en Cuba, en Méjico (Salva), en el Perú 
(Palma), en Chile y seguramente en toda la América española. 

En sent. fig. llaman velorio á lo que es de imposible ó dudo- 
sa realización y que sin embargo se ofrece como muy lison- 
jero. También en sent. fig. y burlesco llaman velorio á una 
tertulia desanimada ó á la que ha asistido poca gente. 



VOCABULARIO RIOPLATENSE. 391 

La segunda acepción burlesca de que se acaba de hacer men- 
ción, no alude, por cierto, á toda clase de velorios; pues los 
hay muy animados y estrepitosos, que el vulgo suele dedicar á 
la muerte de los párvulos. Reunidos en la casa mortuoria hom- 
bres y mujeres, donde nunca han de faltar soldados, chinas y 
demás gente alegre y resulta del bario, se entretienen durante 
la noche en jugar á diversos juegos de prendas, como las ar>es 
nocturnas, el pulpero, la cortina de amor y otros igualmente signi- 
ficativos, sin dejar entretanto de la mano el cigarro, el mate y 
la copa de aguardiente. Movidos de tales estímulos, no es de 
extrañar que termine la fiesta, como sucede casi siempre, á 
palos, trompadas, tajos, arañazos, gritos y lamentos. 

La verdad es que el término -'dorio tiene un olor á pulpería 
que trasciende hasta la médula de los huesos, y que rara vez 
se aplica, entre la gente culta, á la velación de un difunto de 
su clase. Decir velorio es casi decir bochinche, jarana. 

VÍBORA DE LA CRUZ, f. — Víbora común en las regiones 
del Plata. Llámanla de la cruz, por parecerse á una cruz una 
mancha que tiene en la cabeza. 

VICTORIA. — Departamento de la provincia argentina de 
Entre Ríos, junto al río Paraná. — Capital del mismo depar- 
tamento. 

VICHEAR, n.— Bichear. 

VILLA ARGENTINA.— Capital del departamento riojano 
de Famatina. 

VILLAGUAY. — Departamento déla provincia argentina de 
Entre Ríos. — Capital del mismo departamento. 

VILLAMARÍA.— V. RÍO SECO. 

VILLA NUEVA.— V. RÍO TERCERO. 

VINCHINA. — Departamento de la provincia argentina de 
la Rioja. — Capital del mismo departament< >. 

VINCHUCA, f. — Insecto nocturno, sutil, de unos dos 
centímetros escasos de largo y las alas de color negro y aca- 
nelado, que chupa la sangre, sajando é irritando extrema- 
damente la piel. Hiede como la chinche, de quien es afine, 
mancha indeleblemente la ropa y anda y revolotea con suma 
rapidez. 



392 DANIEL GRANADA. 



VINTÉN, m. — Moneda de cobre equivalente á dos cen- 
tesimos de peso. 

Del port. vintem, procedente del Brasil, en tiempo de la 
dominación portuguesa. 

D. Isidoro De-María, Trad. y rec. — Montevideo antiguo, 
dice lo siguiente: «El año 9 se hizo un cálculo aproximado 
del dinero que corría diariamente en la plaza de abasto ( de 
Montevideo ), estimándose en 405 mil pesos diarios, cuando 
la población se computaba en 8 ó 9 mil habitantes, según 
el último padrón. Los medios reales y pesos de plata que 
llamaban cortados, corrían que daba gusto, conjuntamente 
con la plata columnaria, de que dieron cuenta al andar del 
del tiempo, los plateros, fundiéndola como chafalonía en sus 
obrajes. Las compras y ventas se efectuaban, como se ha 
dicho antes, por cuartillos, medios, reales y pesos. Nada de 
vintenes, ni reis, que eran desconocidos. Los vintenes y reis 
vinieron con la dominación portuguesa, con las patacas, 
medias patacas y patacones, y los cobres de 10, 20 y 40 reis, 
vulgo vintenes, que cambiaron la costumbre del cuartillo y 
peso fuerte de nuestros antepasados. » De toda esta nomen- 
clatura no ha quedado en el día de hoy más que el vintén, 
para expresar vulgarmente una moneda de cobre de dos 
centesimos de peso, como se ha dicho al principio. 

VIÑA. — Capital del departamento del mismo nombre de la 
provincia argentina de Salta. 

VIUDITA, f. — Ave de la familia de los loros; el lomo, alas 
y cola verde, con algo de amarillento, azulado y morado en 
éstas y en el pecho, y en la cabeza una como toca, motivo de 
su nombre. V. MONJITA. 

«No he visto ave más coqueta (que la viudita), porque des- 
de el momento que entra en alguna casa, si no encuentra 
compañía de su especie, se aparea con cualquier otra, toman- 
do por su cuenta el enamorarla. Para esto le hace todo gé- 
nero de caricias, la besa, rasca y depulga, provocándola ince- 
santemente con voces, suspiros y movimientos provocativos, 
etc. Pero jamás condesciende á las instancias del enamorador 
(Azara.) 



VOCABULARIO RIOPLATENSE. 393 

VIZCACHA, f. — Cuadrúpedo de unos dos pies y medio 
de longitud, de boca, dientes, cola, modo de andar y de sen- 
tarse semejantes al conejo, orejas cortas, cara mofletuda atra- 
vesada por unas listas negras y á sus lados una barba erizada del 
mismo color, larguísima, gruesa y dura, agudas y fuertes uñas y 
un grito á manera de tos enronquecida. Es arisca, y se de- 
fiende hasta morir. Instinto de este este bicho, terror de las 
mujeres, es cargar con cuanta bosta, huesos, palos y otros obje- 
tos halla en el campo, y rodear con ella y ellos la entrada de 
su habitación, adonde, por lo mismo, el viajero que ha perdido 
alguna cosa acude en su busca con la probabilidad de encon- 
trarla. Propónese la vizcacha con esto, según entiende la 
gente campesina, tan observadora de la naturaleza, desviar de 
allí á los animales que pasan, para que no le desmoronen la 
cueva con las pisadas. En el mismo sitio permanen casi todo el 
día, como de centinela, un par de lechuzas (V. URUCUREÁ) 
del mismo color ceniciento que la vizcacha, en cuya cueva 
anidan en perfecta y nunca interrumpida armonía con sus 
hospitalarias vecinas. Las vizcachas hacen de noche sus corre- 
rías, siendo su primer diligencia, al caer de la tarde, el ir de 
unas madrigueras á otras; por lo cual dice la gente del campo 
que se visitan. Estas madrigueras (que hacen en medio del 
campo) suelen comunicarse por galerías. Abundan en la pro- 
vincia de Entre Ríos, donde hemos visto centenares en corto 
trayecto. En sus inmediaciones nace una ortiga diminuta y 
bravísima, llamada ortiga vizcachera. 

La vizcacha del Perú defiere de la del Río de la Plata, entre 
otras particularidades, en que aquélla tiene rabo largo , poblado de 
pelo esponjoso, y en que no hace en la tierra sus madrigueras, sino 
que se esconde en los agujeros de las peñas, segunda noticia que da 
de ella D. Antonio de Ulloa (Not. a/ner.J. 

«Hay vizcachas, que son como conejos pardos; salvo que 
tienen las colas largas; críanse entre las [peñas.» (Relac. geogr. 
de Lid., Atnnsora.) Es la vizcacha del Perú. 

VIZCACHERA, f. — Cueva de la vizcacha. 

Parece una vizcachera. Expr. proverb. y fam. con la que se 
quiere significar una habitación ó lugar cualquiera lleno de 



394 DANIEL GRANADA. 



trastos y cosas inservibles; lo que es una alusión á la cueva 
de la vizcacha, cuya entrada adorna este bicho con bosta, 
palos y cuanto encuentra. 

«Llaman allí vizcacheras á las cuevas que escarba este animal 
(la vizcacha) en comunidad.» (Azara.) 

VIZCACHERO, ra, adj. — Perteneciente á la vizcacha. 

«En las inmediaciones de la madriguera de la vizcacha, 
nace la ortiga vizcachera, que no se ve en otra parte.» ( Azara. ) 

VOLAPIÉ.— V. Á VOLAPIÉ. 

VOLEAR, ref. — Tratándose de animales, tirarse hacia atrás, 
movimiento propio del potro, del caballo bravo y del mañero. 

VOLTEADA, f. — Operación que consiste en alzar una 
porción de ganado, arrollándolo al correr del caballo, á dis- 
tinción del aparte que se ejecuta mediante rodeo. 

Los Códigos Rurales del Río de la Plata eximen del pago de 
la suma de dinero á que los apartadores están obligados para 
con el dueño del establecimiento cuando apartan mediante 
rodeo el ganado disperso, si se ejecuta la operación sacando 
los animales en volteadas ó á lazo (ya en volteadas, ya á lazo). 

Lo propio, volteada, en la provincia brasileña de Río Grande 
del Sur, .según Beaurepaire-Rohán; si bien no define con 
precisión la palabra: «operación pecuaria que tiene por objeto 
reunir (apa?ihar) el ganado alzado.» Es indudable que los 
riograndenses tomaron de los países del Plata este vocablo, que 
se deriva de voltear, dar vueltas. Remitiéndose á Coruja, lexi- 
cógrafo brasileño, dice Beaurepaire-Rohán que volteada expresa 
lo mismo que -vuelta (volta), y que así cuando se presume que 
un animal ha de pasar por cierto punto, en que se le espera, 
usan en Río Grande la frase: «esperar en la volteada,-» que se 
aplica asimismo á otros casos semejantes. «Esperar en la voltea- 
da,» á nuestro juicio, expresa literalmente: «esperar en el 
punto ó paraje en que ha de dar vuelta» una persona ó cosa. 

VUELTO, m. — Vuelta, cantidad de dinero que debe vol- 
ver, ó que ha vuelto, el vendedor al comprador que le ha 
pagado con una ó más monedas cuyo valor excede al precio 
de la cosa vendida. 



Y 



YACARÉ, m. — Especie de cocodrillo. 

Del guar. yacaré. 

«Toman el nombre estos indios (los acares) de un gran pez 
llamado yacaic, de tan duro y áspero pellejo, que no le hieren 
las flechas de los indios ni otras armas. Vive en el agua y 
hace mucho daño á los demás peces; pone en tierra los hue- 
vos, á dos ó tres pasos de la orilla del río; huele á almizcle 
y sabe bien; su carne no es dañosa, y su cola es delicadísimo 
manjar.» (Smídel, trad. corriente.) 

YACÚ, m. — Ave de unos dos pies de longitud y de color 
oscuro tornasolado con pintas blancas. 

Del guar. yacú. 

También le llaman pava del monte, donde vive y se esconde. 

«Su voz repite alta y agriamente la sílaba yac.» (Azara.) 

YAGUANÉ, adj. — Dícese del animal, sea vacuno ó caballar, 
que tiene el pescuezo y costillares de color diferente al del 
lomo, barriga y parte de las ancas. U. t. c. s. 

«Una de las variedades más bellas de color (viene hablan- 
do del ganado vacuno) es la que llaman yaguané'. Tiene una 
faja ó tira blanca, que empezando en la unión de la espalda 
y cuello, sigue lo largo del espinazo, y ensanchando en las 
ancas, continúa por la barriga hasta acabar en la papada; 
pero ocupa con zunchos ó anillos lo alto de las cuatro 
piernas, y todo el resto sin excepción es negro en unos y ro- 
jizo en otros.» (Azara.) 

En la provincia brasileña de Río Grande del Sur, jaguané 
se dice del animal vacuno que tiene blanco el filo del lomo, 



396 DANIEL GRANADA. 



negra ó colorada la parte de las costillas y de ordinario blanca 
la barriga (Beaurepairc-Rohán). 

YAGUARETÉ, m,— Tigre del país. 

Del guar. yaguareté. 

No obstante esta denominación particular, dásele general- 
mente el nombre común de tigre. 

«No hay (en las regiones del Plata) animal tan feroz, terrible 
y formidable como el yaguareté» (Azara.) 

También jaguar. 

YAGUARETÉ CORA.— Departamento de la provincia 
argentina de Corrientes. — Capital del mismo departamento. 

YAGUARÚ, m. — Anfibio de los ríos, de figura de un lobo 
marino y del tamaño casi de un asno, velludo, con garras. 

Del guar. yaguarú, perro ó tigre del agua. 

YAPA, f.— V. LLAPA. 

YAPÚ, m. — Pájaro de cuyas condiciones deduce Azara que. 
participa de tordo y de urraca. 

Del guar. yapú. 

YARARÁ, f. — Víbora muy venenosa y brava, de color 
pardo,, con manchas blanquecinas, redondeadas y algunas for- 
mando como una cruz. Es grande; alcanza á metro y medio ó 
más de longitud. 

Del guar. yarará. 

YARARACA, f.— Yarará. 

Del guar. yáráiág. 

En el Brasil es donde dicen generalmente yararaca; pero 
también, alguna que otra vez, en el Río de la Plata. 

YARARÁ CRUCERA. — Víbora yarará con manchas en 
forma de cruz; pues no en todas las de su clase aparecen. 

Y ARÓ, adj. — Dícese del indio cuya parcialidad moraba en 
la costa oriental del Uruguay, al sur del río Negro Ú. t. c. s. — 
Perteneciente á dicha parcialidad. 

Los yaroes mataron al capitán Juan Álvarez Ramón, ex- 
plorador del río Uruguay. Fueron exterminados por los 
charrúas. 

Chavos los llama Rui Díaz de Guzmán. 



VOCABULARIO RIOPLATENSE. 397 

YATAY, m. — Especie de la familia ele las palmeras, muy 
alta. Da un fruto dulce. 

YAYÍ. — Capital del departamento del mismo nombre de la 
provincia de Jujúy. 

YERBA, f.— Y. MATE. 

YERBA DEL PARAGUAY. — Antiguamente dábase este 
nombre á la yerba del mate en general, por ser su primitivo y 
más fecundo mercado la extensa gobernación del Paraguay. 
V. MATE. 

YERBAL, m. — Terreno poblado de árboles que dan la 
yerba del mate. 

YERBATERO, m. — El que se ocupa en extraer la yerba 
del árbol que la produce, y en prepararla para el consumo. 
V. MATE. 

YERUÁ, m. — Porongo pequeño. 

Del guar. yeriui. 

YUQUERI, m. — Planta del género de las mimosas, es- 
pecie de zarza menos espinosa que el ñapindá. — Su fruto, 
que es especie de zarzamora. 

Del guar. yuqueri, el árbol, vaquería, el fruto. 

YUQUI, m. — Ceñidor, entre los pampas. 

YUTI. — Departamento de la República del Paraguay. 

YUYAL, m. — Terreno cubierto de vuyos. 

Es voz, no sólo común, sino usada en las leyes. «Todo pro- 
pietario ó poseedor de campo puede hacer en él quemazo- 
nes para limpiarlo de varales,- etc. (Cód. Rui: de la Pror. de 
Buenos Aires, y otros.) 

YUYO, m. — Hierba inútil, ó que no come el ganado; antes 
perjudica. 

También en el Perú, si bien nunca lo 7isamos en singular, dice 
D. Ricardo Palma. En el Río de la Plata es corriente este 
uso. ¿Qué planta es esa? — Un yuyo, que equivale á decir, es 
una hierba cualquiera, no sirve. 

<: Yuyos, yuyas ó l/ullus es toda clase de yerbas tiernas y co- 
mestibles, como, por ejemplo, entre nosotros, los cardillos 
lecheros, las achicorias, borrajas, collejas, etc.» (D. M. Jiménez 
de la Espada, Reís, gcográfs. de Luis.) 



398 DANIEL GRANADA. 



« Y tienen unas verduras que llaman yuyos, de diferentes 
géneros, que todas sirven de sustento á los naturales, y las 
comen cocidas y crudas.» {Reís, geográf. de Inds., Alunsora.) 

«Comen muchos géneros de yerbas, que ellos llaman yuyos.-» 
(Reí. geogr. de Ind., Rúcanos Antamarcas.) 

YUYO COLORADO.— V. CARURÚ. 




z 



ZAFACOCA, f — Reyerta estrepitosa. 

Trae también esta voz con significado semejante D. Bal- 
domcro Rivodó. 

ZAFADO, da, adj. — Dícese de la persona que con dichos 
ó acciones ofende el pudor ó la 4 ecenc i a - — Dícese fami- 
liarmente de una criatura muy despierta y que hace reir con 
sus gracias. 

ZAFADURÍA, f. — Dicho ó acción ofensiva al pudor ó de- 
cencia de las personas. 

ZAFRA, f. — Aprovechamiento y venta del ganado ó de 
sus productos en la época oportuna del año. — Época del 
año en que se aprovecha y vende el ganado ó sus productos. 

« Cosecha de la caña dulce y fabricación del azúcar. » 
( La Acad. ) 

ZAGÜÍ, adj.- — Dícese de un mono diminuto, que no al- 
canza á un jeme, muy tímido: un gesto lo hace desfallecer. 
Habita en los montes del Paraná y Uruguay arriba, así 
como en los del Paraguay, y de las vertientes que respecti- 
vamente les tributan. Ú. t. c. s. 

Del guar. caí. 

ZAIHOBÍ, m. — Pájaro de hermosos colores verde y azul 
combinados, muy inquieto y vivaz. 

Del guar. cai, vivaz, y hob'i, azul y verde. 

«El {saihobí) es estacionario, y su voz se reduce á repetir 
tres, cuatro ó seis veces chili chili, sin agrado, con fuerza y 
prisa.» (Azara.) 

ZANJA, f. — Cauce formado por las agua pluviales, ya entre 
dos eminencias, ya en una llanura. 

También en el Perú (Palma). 



400 DANIEL GRANADA. 



La Acad. define la zanja artificial, que acaso sea el sentido 
primitivo del vocablo. 

«Cuando ya nos acercábamos á la ciudad, el camino era 
estrecho, y seguía por una zanja, á veces muy profunda, cuyos 
lados perpendiculares eran de arena mineral rojiza.» (Azara, 
Viaj. publ. por Mitre y Gut.) 

«El riachuelo más bien se puede llamar zanja que recoge las 

aguas de las lluvias.» (Estala, carta sobre Buenos Aires, Viaj.) 

«Todas las cañadas y zanjas que entonces estaban secas, 

traen porción de agua.» (D. Basilio Villarino, Recon. del río 

Negro de Patag.) 

«Nace (el arroyo) de unas lomas dobles y quebradas con 
muchas cañadas y zanjas.» (Cabrer.) 
ZANJÓN, m. — Zanja abrupta. 
También en el Perú (Palma). 

«Aunque no se considere más que la parte señalada por 
pampa, no es pequeña la admiración que excita la observa- 
ción de ser unos terrenos en que casi no se percibe desnive- 
lación, de modo que la vista es terminada por un horizonte 
como el del mar: sólo le interrumpen cañadas y zanjones en 
que se recoge?i las aguas de lluvia,-» etc. (Estala, Viaj. univ.) 
ZAPALLAR, m. — Sementera de zapallos. 
ZAPALLO, m. -"-Calabaza comestible. 

«Calabazas de la tierra, que se llaman acá zapallos.» [Reí. 
geogr. de Ind. publ. por D. M. Jim. de la Exp.; Rúcanos anta- 
marcas}! 

«Cortaron muchos zapallos (son éstos los que en España 
llaman calabazas de las Indias).» (Carta anua del P. Pablo Jo- 
sef de Arriaga, 1596, Reís, geogr. de Inds. 

«Tiene también (Chile) calabazas de flores blancas que llevan 
el mismo nombre que las de Europa, de las que no se dife- 
rencian, y hacen de ellas los mismos usos. En ellas hay una 
misma especie, que llaman mates, que sirven para cestas, ar- 
quillas y para depositar líquidos, y algunas son tan grandes que 
cogen más de 20 cuartillos de agua, y sirven para fementar la 
sidra que llaman chicha. Los de flor amarilla, que llaman za- 
pallo, tienen la pulpa amarilla, sólida y dulce, como la batata 



VOCABULARIO RIOPLATENSE. *01 

de Málaga; las comunes son desde 4 a 10 libras, y también 
hay algunas que llegan á 20, y ya se deja entender que 
son buenas de comer.» (D. Vicente Carballo Goyeneche, 
Descrip. hist. geogr. del reino de Chile.) 

En Colm. zapallo de Chile. 

ZARCO, ca, adj. — Aplícase al animal que tiene un ojo 
blanco. 

ZONCERA, f.— Zoncería. 

La Acad. ha admitido tontera, aunque como término fami- 
liar, por tontería. Usólo D. José Joaquín de Mora en la nove- 
lita El gallo y la peila, en traje de calle, y aun puede decirse 
que de etiqueta ó académico; léase el siguiente pasaje: «Desig- 
nadas á ciegas cien doncellas en cualquiera nación civilizada 
de las que cubren el suelo de Europa, bien puede asegurarse 
que treinta de ellas, á lo menos, pasan una buena parte de 
su juventud en ese idealismo caballeresco y amatorio á que 
no queremos dar el dictado de romántico, por común que sea 
á una y otra excentricidad la base de la tontera; pero hay que 
hacer una distinción, porque la tontera romántica (al menos 
como la hemos visto predominar en nuestro suelo) tiene por 
principal ingrediente la afectación, y esa otra tontera mujeril 
de que vamos hablando, es un brote espontáneo de la natura- 
leza, torcido y apartado de su curso legítimo por la combina- 
ción de instituciones, usos, preocupaciones y prácticas de 
nuestro estado social presente.» Esta humorada de Mora no 
es digna de imitación. Tampoco lo sería quien usase del 
propio modo la voz zoncera; pero siendo tanto ó más usada 
vulgarmente que tontera, á lo menos en el Río de la Plata, 
debe registrarse como familiar provincial, si no es común á 
los demás países de habla española. 

ZORRINO, m. — Zorro pequeño, negro, con listas blancas 
dispuestas en la misma forma que las del caballo yaguané', 
aseado, á no ser cuando se enoja, que entonces echa contra 
su agresor un orín muy pestilente. 

«A otras (zorras) de esta especie han dado el nombre de 
zorrino los españoles.» (El P. Lozano.) 

ZUINANA, m.— Ceibo. 



402 DANIEL GRANADA. 



Del guar. 

ZUINANDI, m.— Ceibo. 

Del guar. 

ZUINDÁ, m. — Especie de lechuza, de poco más de un pie 
de longitud, color pardo acanelado, que habita y cría en las 
cuevas' de los tatúes. 

Del guar. guinda. 

«Es (el suinda) menos nocturno que la lechuza, pues le he 
visto cazar con una hora de sol.» (Azara.) 

ZURUBÍ, m. — Especie de bagre, grande, sin escama, de 
piel cenicienta ron manchas, algo atigrada, y carne amarilla 
gustosa. 

Del guar. curitbí. 

ZURUCUÁ, m. — Pájaro de una cuarta próximamente de 
longitud, esmaltado con los cambiantes de los varios y her- 
mosos colores de su plumaje: verde, azul, escarlata, morado, 
negro, blanco. 

Del guar. furucud. 

«Es (el surucna) tan mansejón, que se deja acercar cuanto 
se quiere, y en una ocasión le vi matar con un palo.» (Azara.) 



ARTIGÓLOS BEL VOCABULARIO 

GLA.SIFICjA.IDOS por lo qtje expresan, 



GENERACIONES ABORIGÉNES. 

Abipón, agucé, auca, aucano, baya, bohán, caiguá, cal- 
chaqui, caracará, cario, comechigón, coronda, chana, charrúa, 
chiquito, chiriguaná, chiriguano, diaguita, guaicurú, gualacho, 
guana, guanana, guaraní, guayaná, guenoa, isistiné, lengua, 
lulé, mataco, mataguayo, matará, minuán, minuano, mocobí, 
oristiné, pampa, patagón, payaguá, puelche, querandí» 
quilme, ranquel, ranquelino, tape, teguelche, tehuelche, timbú, 
toba, tonocoté, toquistiné, tupí, yaró. 

ANTIGÜEDADES ETC. 

Aillo, ayacuá, azua, azúcar y vino de la Asunción, barbote, 
bicheadero, bincha, blandengue, bola charrúa, bola erizada, 
bola pampa, bola perdida, bombero, cabildante, cadaanero, 
candombe, cañas, cuadra, curaca, curuzuyá, chaco, chamal, 
changador, chepí, chasqui, chicha, chumbé, chuño, disco afi- 
lado, estandarte, gaucho, gualicho, guavaloca, laque, locro, 
macana, machí, maloca, malón, maloquear, maloquero, mame- 
luco, maracá, mengua, mortero chato, muleque, obedeci- 
miento, ojota, pato (juego del), pendón, pirí, quedeto, quia- 
pí, quillango, quinchunlaque, tembetá, tilbe, tipoy, toropí, tu- 
pa, usuta, vaquear, vaquería, vara, yuqui. 

TÉRMINOS GEOGRÁFICOS ETC. 

Aguada, albardón, arcabuco, arriba, arroyo, bañado, barrero, 
caapaú, cachimba, campo de puna, cancha, cangrejal, cañada, 



404 DANIEL GRANADA. 



cuchilla, esteral, estero, guadal, guadaloso, jagüel, jagüey, 
pampa, pampeano, pamperada, pampero, picada, pie de la 
Cordillera, puna, puquio, reventazón, suestada, tacurú, tacu- 
ruzal, tacuruzú, tembladeral, tucutuzal, zanja, zanjón. 

ANIMALES. 

Acabiray, acutí, aguará, alúa, aperéa, araguirá, armadillo, 
bacaray, bagre, bagual, baguarí, becasina, benteveo, biguá, 
boyero, caburé, cachua, caí, camoatí, capibara, capiguara, 
capincho, capitá, caracará, caracú, carancho, carayá, carde- 
nal, ¡carnero de la tierra, carpintero, colibrí, correcamino, 
cuatí, cuervo, cuervo blanco, cuervo real, cui, curetuí, curi- 
yú, chacurú, chajá, charata, chingólo, chipíu, chochí, chopí, 
chuichuí, chuña, churrinche, gegén, guazubirá, guazutí, hor- 
nero, ibiyaú, iguana, indayé, iribú, iribuacabiray, iriburubichá, 
iributí, jaguar, jajá, jején, laucha, lechiguana, loro barranquero, 
maca, macagua, mamboretá, mandí, mandubí, mangangá, 
mangrullo, manguruyú, manimbé, maracaná, mataco, mitú, 
monjita, muay, mulita, nutria, ñacaniná, ñacundá, ñacurutú, 
ñandú, ñandurié, ñenday, pacú, parachi, patí, peludo, peri- 
cote, picaflor, pique, piririquití, puma, quiririó, quirquincho, 
quiyá, ratonera, sariá, surucuá, tábano, tachurí, tamanduá, 
tambeyuá, tapir, tararira, tatú, tente en el aire, terutero,, 
tijereta, tominejo, tucano, tuco, tucutuco, tui, tutu, tuyuyú, 
urú, urubú, urubutí, urucureá, urutao, urutaú, urutí, víbora 
de la cruz, vinchuca, viudita, vizcacha, yacaré, yaguareté, 
yaguarú, yapú, yarará, yararaca, yarará crucera, zagüí, zaiho- 
bí, zorrino, zuindá, zurubí, zurucuá. 

ÁRBOLES Y PLANTAS. 

Abatí, achira, aguapé, aguaraibá, aguay, ají, alecrín, alpa- 
mato, amarillo, ananá, anguay, apio cimarrón, araticú, arazá, 
aruera, ayuiñandí, ayuiné, azucena del bosque, baicurú, ba- 
nano, baporoití, batatilla, bibí, biraró, burucuyá, caá, caacuru- 
zú, camalote, cambará, canelón, capororoca, caraguatá, ca- 
randa, caranday, carurú, cedro de Misiones, ceibo, cinacina, 
cipo, clavel del aire, coronda, coronillo, cortadera, cumba- 



VOCABULARIO RIOPLATENSE. 405 

rí, curí, curibay, curagua, curupay, curupí, curupicay, cha- 
guar, chalchal, chañar, chilca, espinillo, fumitorio, garupá, 
gramilla, guabirá, guabiyú, guaicurú, guaimbé, guaporoití, 
guaporú, guaribay, guayabira, guayacán, guembé, hediondi- 
11a, hierba santa, higuerón, huibá, ibaporoití, ibaró, ibirapi- 
tá, ibiraró, inga, isipó, izapí, jarilla, jazmín del Paraguay, 
lapacho, maciega, mamón, mandioca, mandiyú, mandubí, 
márcela, mataojo, mburucuyá, mechoacán, miomío, mistol, 
molle, ñandubay, ñangapiré, ñapindá, ombú, ortiga vizca- 
chera, pacará, pacay, paja brava, paja de Santa Fe, palo- 
santo, papilla, pasionaria, pepoazá, piquillín, pitanga, plu- 
merillo, poleo, porongo, quebracho, quillay, quina del cam- 
po, quinaquina, quínoa, romerillo, sarandí, sebil, seibo, sipo, 
sombra de toro, tacuara, tacuaruzú, tacuarembó, tajiva, taji- 
vo, tala, taruma, tarumá, tase ó tasi, tataibá, tataré, tayu- 
yá, timbó, tipa, torocaa, totora, turubí, tutuma, tutuma, uba- 
jay, uña de gato, urucú, urunday, yatay, yerba, yeruá, yu- 
querí, yuyo colorado, zuinana, zuinandi. 

OBJETOS COMUNES ETC. 

Abombado, abombar, acionera, acriollarse, achucharse, 
achura, achurador, achurar, adulón, agalludo, agarrar, agua 
de lavanda, aguacharse, aguachento, aguatero, aijuna, ain- 
diado, alambrado, alambrar, alfajor, algarrobillo, almacén, 
aloja, al paso, al tranco, alzado, amadrinar, amanzanamiento, 
amanzanar, ancheta, andino, apadrinar, aparte, apealar, apero, 
argentino, armada, aro, arreada, arreador, arrear, arribeño, 
arrocinar, arrope, asado del campo, asado con cuero, asi- 
dera, atusar, á volapié, azotera, azua, azucarera, azulejo, 
bagualada, bagualón, bajera, balsa, bálsamo de Misiones, 
banana, baqueano, baqueteo, baquía, baquiano, barbijo, ba- 
rraca, barracón, barranquero, batuque, bellaco, bellaquear, 
bichará, bichear, bincha, bobeta, bocado, bochinche, bochin- 
chero, boleadoras, bolear, boliche, bolichear, bolichero, bom- 
bacha, bombear, bombero, bonaerense, bosta, bostear, bo- 
zal, bozalón, bracear, brasilero, brete, caballada, cacunda, 
cachafaz, cacharpas, cache, cachimbo, cacho, cafetera, 



4Q6 DANIEL GRANADA. 



caldera , calicanto , camalotal , cambado , caminí , campaña , 
campear , campero , canario , cancela , cancha , canchero , 
canoa, canoero, cantimpla, capitanejo, caracú, carbonada, 
cardal, cardume, cardumen, cargar, carguero, carneada, 
carnear, carona, carozo, carretilla, carretillero, cascárrea, 
catamarqueño , catinga , catingos» > , catingudo , catre , 
caudillaje, caudillo, cazabe, cebar, cecina, ceibal, cepo 
colombiano, cepo de campaña, cerco, cerrero, cimarrón, 
cimbra, cinchón, cobijas, coco, cojinillo, coloniense, colla, 
collera , collero , cómodo , componer , compositor, conchabar , 
conchabo , contramarca , cordobés , corneta , corralón , 
correntada , correntoso , correntino , coscojero , costeado , 
costear, criollo, cuadra, cuajo, cuarta, cuartear, cuchara, 
cuerear , culero , cupial , cuyano, cuzco , chácara, cha- 
carero , chacarita , chacra , cháguara , chala , chalana , 
champán , chamuchina , chanchada , chancería , chanchero , 
chancho, changada, changador, changar, changüí, chañaral, 
chapeado, chapetón, chapetonada, charabón, charque, char- 
queada, charqueador, charquear, charqueo, charqui, charrusco, 
chasque, chasquero, chata, chatasca, chaucha, che, chicotazo, 
chicote, chicha, chicharrón, chicharrones, chiche, chifle, chi- 
nerío, chinchulines, chingarse, chipá, chiquero, chiquilln. 
chiquilinada, chiripá, choclo, cholo, chucaro, chucho, chue- 
co, chumbé, chuño, churrasco, churrasquear, chusma, chus- 
maje, chuza, descuajaringado, descuajaringarse, desgarretar 
despuntar, desternerar, disparada, disparar, embostar, embre- 
tar, empacarse, encimera, enlazar, entablar, entrerriano, entre- 
vero, entropillar, escondidas (á las), esperanza, estancia, estan- 
ciero, estaqueo, estaquear, estribera, estribería, expiado, expre- 
siones proverbiales, facón, fariña, fernandino, flete, flor de 
la Pasión, florentino, floridense, frangollón, frasco, freno 
mulero, fueguino, galpón, ganado al corte, ganado de corte, 
ganado de cría, ganado de invernada, garandumba, garra, 
garúa, garuar, gauchada, gauchaje, gaucho, gauderio, gra- 
near, gringo, grullo, guacho, guampa, guantón, guarangada, 
guarango, guasca, guascazo, guaso, guasquear, guiñada, 
guiñar, gurí, habilidoso, hacendado, hacienda, hacienda 



VOCABULARIO RIOPLATENSE. 407 

al corte, hacienda de corte, hacienda de cría, hamacar, 
hangada, hechor, hervido, hierra, hincarse, hojaldra, hor- 
queta, huasca, huascazo, humita, hunco, indiada, indígena, 
invernada, invernador, invernar, intervalo, isla, itapá, jagüel, 
jagüey, jangada, jarillar, jefatura, jerga, josefino, jujeño, ju- 
juyeno, ladino, lapicera, laucha, lavatorio, lazo, lechuzón, 
legua argentina, legua brasileña, legua oriental, leñatero, li- 
corera, linterna, locro, lomillería, lomillero, lomillo, lonja, 
lonjear, lunarejo, llapa, macana, macanazo, maceta, maciegal, 
madrina, magallánico, majada, maíacara, malezal, malón, 
mama, mameluco, manada burrera, manada de retajo, man- 
carrón, mancha, mandinga, manea, maneador, manga, man- 
grullo, manguear, manguera, manija, manzana, maragato, mar- 
chanta (á la), marchante, marlo, mascada, matambre, mate, ma- 
tero, mátete, matrerear, matrero, matungo, mazacote, mazamor- 
ra, mendocino, mercedario, mercedino, milico, milonga, minen- 
se, mindoniense, minero, misionero, mojinete, mojo, montevi- 
deano, montonera, moro, morocho, mote, mucamo, mulero, 
nambí, nana, nevado, ñoco, noque, novillo, ñandutí, ñapa, ñan- 
go, ñato, ojota, orejano, oriental, ovejero, paisanaje, paisano, pa- 
jal, pajonal, pajuate, palangana, palenque, palenquear, palos, 
pamperada, pampero, pangaré, pango, papa, papá, paporreta, 
paraguayo, paranaense, pararse, pardejón, pardo, parejero, pas- 
parse, pastizal, pasto blando, pasto fuerte, pasto de puna, 
pataca, patacón, patagónico, pata}', pateador, patear, payador, 
pelota, pelotear, pella, peón, peonada, pereba, pesada, 
petiso, pialar, picana, picanear, picazo, picotón, pichincha, 
pichinchero, piedra de agua, pilcha, pingo, pintón, piola, 
piquete, pirón, pisingallo, pitada, pitar, pito, planchada, 
planchearse, pkita, platudo, pollera, ponchada, poncho, popí, 
porongo, pororó, poroto, porteño, poste, potreador, potrero, 
pucha, pucho, pueblada, puestero, puesto, pulpería, pulpero, 
puna, puntano, puntas, punzó, puquio,'puteada, '"putear, puyo, 
quilombo, quincha, quínoa, quiveve, ranchería, rancho, ras- 
queta, rasquetear, real hembra, real macho, real mañero, 
rebencazo, rebenque, rebenquear, recado, recluta, reclutar, 
recogida, Recopilación Castellana, Recopiladas (leyes) de 



•408 DANIEL GRANADA. 



Castilla, redomón, relancina (de), renguear, renoval, repuntar, 
repunte, retacón, retajado, retajar, retobar, retobo, reberbero> 
reyunar, reyuno, riojano, rioplatense, rocillo, rocillo platea- 
do, rodada, rodar, rodados, rodeo, romper, rosarino, rosetas, 
salcochado, salcochar, salcocho, salteño, salto, sancochar, 
sancocho, sanducero, sanjuanino, santafecino, santiagueño, 
sillón de hamaca, sirigote, sobeo, sobrecincha, sobrecostilla, 
sobrepuesto, socucho, soga, soroche, sotera, sotreta, sucu- 
cho, suerte de estancia, suestada, tabear, tablada, tacuaral, 
tacuarembocero, tachero, tacho, talabartería, tamal, tambero, 
tambo, tape, tapera, tapichí, tapioca, tarjetera, tata, tem- 
bladera, tembleque, terneraje, ticholo, tienda, tiento, tigrero, 
tilbe, tilingada, tilingo, tío, tipa, tipa, tipoy, toldería, toldo, 
tordillo, tordillo negro, torreja, torzal, totoral, tracalada, 
tranquera, trastavillar, tompeta, tropa, tropero, tropilla, 
tubiano, tucumano, turbonada, umita, uruguayo, vacaje, va- 
caray, vaciar, vaquería, vaquilla, vaquillona, vara, varal, 
varear, velorio, vichear, vintén, vizcachera, vizcachero, volear, 
volteada, vuelto, yaguané, yapa, hierba, yerbal, yerbatero, 
yuyal, yuyo, zafacoca, zafado, zafaduría, zafra, zapallar, zar- 
co, zonzera. 

REGIONES, CIUDADES, ETC. 

Albardón, Alto, Altogracia, Aneaste, Andalgala, Anejos, 
Angado, Anta, Arauco, Artigas, Asunción, Banda, Banda 
Oriental, Belén, Belgrano, Bellavista, Bobí, Boca del Guazú, 
Brasil, Buenos Aires, Burru Yacú, Caacatí, Caazapá, Cachi, 
Cafayate, Caldera, Calamuchita, Calingasta, Campo Santo, 
Candelaria, Carcarañal, Catamarca, Catuna del Norte, Catu- 
na del Sur, Caucete, Cerrillos, Cochinoca, Colón, Colonia, 
Concepción, Concordia, Confederación Argentina, Copo, 
Córdoba, Cordillera, Coronda, Corrientes, Costa Alta, Cruz 
del Eje, Cuaray, Cuaréin, Cuchilla Grande, Curuguatí, Cu- 
ruzú Cuatiá, Cuyo, Chaco, Chicoana, Chicligasta, Choya, 
Delta Paranaense, Desamparados, Desierto, Desmochados, 
Diamante, Dolores, Durazno, Empedrado, Encalilla, Encar- 
nación, Ensenadas, Esquina, Famatina, Florida, Fray Bentos, 



VOCABULARIO RIOPLA.TENSE. 409 

Goya, Gran Chaco, Graneros, Guachipas, Guadalupe, Guaima- 
llén, Gualeguay, Gualeguaychú, Gualilán, Guandacol, Guasayán, 
Guazucuá, Huanacache, Huerta, Humahuaca, Ibera, Igatimí, 
Iglesia, Iguazú, Independencia, Iruya, Ischilín, Itatí, Ituzaingó, 
Jachal, Jiménez, Jujúy, La Cruz, La Paz, La Plata, La Rioja, 
Las Heras, Lavalle, Leales, Ledesma, Lomas, Loreto, Lujan, 
Maldonado, Malvinas, Marquesado, Matará, Mburucuyá, Meló, 
Mendoza, Mercedes, Mesopotamia Argentina, Metan, Minas, 
Misiones, Mitre, Molinos, Monte Caseros, Monteros, Montevi- 
deo, Montiel, Morro, Nación Argentina, Río Negro, Nogoli, 
Nogoyá, Oliva, Oran, Pampa, Pampasia, Pampayasta, Paraguay, 
Paraná, Paraná de las Palmas, Paraná Guazú, Paso de los Li- 
bres, Patagonia, Payogasta, Paysandú, Pedernal, Perico, Piedra 
Blanca, Plata ( río de la ), Plata ( ciudad de la ), Pocito, Pocho, 
Provincia Cisplatina, Provincias Unidas del Río de la Plata, 
Punilla, Renca, República Argentina, República Oriental del 
Uruguay, Restauración, Rinconada, Rio Cuarto, Río Chico, 
Río^de la Plata, Río Hondo, Río Negro, Río Primero, Río Seco, 
Río Segundo, Río Tercero, Rivadavia, Rivera, Robles, Rocha, 
Rosario, Rosario de la Frontera, Rosario de Lerma, Saladas, 
Saladillo, Salavina, Salta, Salto, Salto Chico, Salto Grande, Sal- 
vador, San Alberto, San Carlos, San Cosme, San Antonio, San 
Estanislao, San Eugenio, San Francisco, San Fructuoso, San 
Isidro, San Javier, San Jerónimo, San Joaquín, San José, San 
Juan, San Justo, San Luis, San Martín, San Miguel, San Pe- 
dro, San Rafael, San Roque, San Salvador, Santa Ana, Santa 
Bárbara, Santa Catalina, Santa Fe, Santa Lucía, Santa María, 
Santa Rosa, Santa Victoria, Santiago, Santo Tomé, San Vi- 
cente, Silipica, Sobremonte, Soconcho, Soriano,- Sumampa, 
Tacuarembó, Tala, Tama, Tamailla, Tierra del Fuego, Tilcara, 
Tinogosta, Totoral, Trancas, Treinta y Tres, Trinidad, Tucu- 
mán, Tulumba, Tumbaya, Tupungato, Unión, Uruguay (río), 
Uruguay (depart.), Valle Fértil, Valle Grande, Villa Franca, 
Villa Rica, Victoria, Villa Argentina, Villaguay, Villamaría, 
Villanueva, Vinchina, Viña, Yaguareté Cora, Yaví, Yutí. 



ABREVIATURAS 

LMI'J.I-ADAS EN LA CLASIFICACIÓN LEXICOLÓGICA DE LAS VOCES 

CONTENIDAS EN ESTE VOCABULARIO. 

a verbo activo. 

acep acepción. 

adj adjetivo. 

adv adverbio. 

amb ambiguo. 

ant. , . . . . anticuado. 

Ant Antiguamente. 

arauc araucano. 

dan diminutivo. 

expr expresión. 

f. sustantivo femenino. 

(asa familiar. 

fig g. figurada 

fr frase. 

proverb proverbial. 

guar guaraní. 

interj interjección. 

m sustantivo masculino. 

n verbo neutro. 

pl plural. 

Por ext Por extensión. 

port portugués. 

quich quichua. 

r verbo reflexivo. 

sent sentido. 

Ú Úsase. 

Ú. t. c. s. . . . Úsase también como sustantivo. 

V. . . . . . . Véase 



ERRATAS. 



^ágina 


Línea 


Dice 


Léase 


31 


15 


ingeniosímo 


ingeniosísimo 


157 


32 


COLOBRÍ 


COLIBRÍ 


246 


30 


IRIBÚ 


IRIBÚ 


335 


18 


Quillango 


Quillango 



En la página 177, antes del art. CHACRA, léase: 

Chaco. — Territorio comprendido entre las provincias boli- 
vianas de Chiquitos, Mojos y Tanja al norte y oeste, las 
argentinas de Salta y Santa Fe al sur, y los ríos Paraná y 
Paraguay al este. De la desembocadura del Pilcomayo, casi 
enfrente de la Asunción del Paraguay, parte la línea que 
divide el Chaco paraguayo del argentino. 

En la pág. 185, antes del art. CHARQUE, léase: 

CHARATA, f.— Especie de faisán. 

Por una distracción, se intercaló este art. en la pág. 317. 




ÍNDICE. 



Pág. 



Juicio crítico de D. A. Magariños Cervantes ... 5 
Juicio crítico de D. Juan Valera: 

Cartas americanas, I 18 

Id. id, II 26 

Prólogo: auge de la lengua castellana; contribución que 
le prestan las nativas de América; la quichua, arau- 
cana y guaraní en el Río de la Plata; elementos 
lexicográficos que de ellas se han derivado; voces 
emanadas de otras fuentes; mejoramiento de la len- 
gua; concurso de las repúblicas hispano-americanas; 
lexicografía hispano-americana; Vocabulario rioplatensc 
razonado; literatura hispano-americana al tiempo de 
la emancipación de las* colonias: oda de Labardén 

al Paraná; conclusión 34 

Al Paraná por D. Manuel José de Labardén ... 64 

Advertencia 67 

Signos prosódicos de las voces guaraníes .... 68 

Vocabulario 69 

Artículos del {Vocabulario clasificados por lo que ex- 
presan o 403 

Abreviaturas 410 

Erratas 411 



Acabóse 

de imprimir este libro, 

corregidas por su autor las pruebas tipográficas, 

en Montevideo, en casa de Mendía y Ramos, 

á 28 de enero de 1890. 




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Granada, Daniel 

Vocabulario rioplatense 
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