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Full text of "La Novela teatral"

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NOVELA 
ATRAL 



MAVERA 
LN OTOÑO 

media en 5 actos 

OBiaiNAL DE 

SregQrío 
rtfnez Sierra 




Ano IJ Madr id 1 Qe julio oe rn/ inh iti. 2' 

m La Novela Teatral 

<^'^'^' Complemenio de LA NOVELA COWIA 

fÚ(o 

ho. 2^'Ó'S C0LA30RAD0RES 

DRAMÁTICOS 
QaL0Ó3. -BBMAVENTB.-EcHEOAHAy.-DiCENTA.- Linares Rivas.-Mahtínbz v^iKisa 

ALVJkBfiZ QnnrrBUO.-MAnOUINA.-VlLLAESPESA.-RuSIÑOL.-GuiMBIiÁ.-RBPABÁZ.-ÜUVBf 

EL saínete y la HUMORADA 
Arwcbbs.-Paso.-Gabcía Alvarez.- Abatí.- Ramos Cabhión. -Vital AzA.-Mofio 
Sboa.-Ricaddo db la Vboa.- López Silva.- Asensio Más. -Cadenas. -Caíbei: 

JÓVENES AUTORES 

ToHiiBSDBt Álamo Y Asenjo.- Ramos Madtín. -PÉREZ Pbbnánobz. 

Antonio Domínguez. -Paradas y Jiménez. 

CLÁSICOS 

OiLontóii.-LoPBDB Vboa.-Morbto.-Lopb de Rueda. -Tibso de Molina. -P. do RojAt 

iSlBJ^KBSPBABE . . RaCINB . - COBNBILLE . - MOLIERE . - SCHILLEB . - SOPOCLBS . - EOBÍPlOBt 

Squilo. -Aristófanes. 
EXTRANJEROS 
Í«>(^C€J»a^|?ovbtta,-Bracco.-Rostand.-Bbrstbin .-Donnany .-HrsvtHc 

BeBtlABÍ>.-Ii«iVBDAN.-A. HeBMANT.-PaUL VEBEB.-DESCABES.-BBIBÜX.-lfXü? 

'Capus.-Cubbl.-Mabivaux. -Pinero. -Sudebmann.-Haupmann.-Pobto ¿>icaH 

,. VlNKBLMAN.-RlVAHOL.-BojOEHSON.-MyETBHLINCK. 
>W|W^— 0»^l———— « « Bi ««■»■«■■»>■ B aBoao—oo««i»««io e oe B« «—» ■»» » « 



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^^ QBRAS ADQUIRIDAS 

^^^'i'S/rVí=nF T«>'¿3^ CÓMICAS 

Sa*<»-]tAM uA^ -^ IMlípa y carrón. -t^astor y Borrego. -Fúcar XXL -La freacia 
áe L4ilud1lS.-Ljy Uacatúas.-Los chicos de la calle.-La sobrina del cura.- La ge 
tüsa.-Lacasa de Qairó8:-El velón de Lucena.-El infiemo.-Los perros de presa.-l 
te"»! rápido. -El gran tacaflo.-El paraíso. -La divina providencia.-La mar salad 
Lépez de Coria. -Las cosas de la vida.- Mi Papá.-Gente menuda. - Alma de Dio 
El pobre Valbuena.-Las estrellas.-Noche de Reyes, etc. 
DRAMÁTICAS 

D'Mlstico.-EI Cardénal.'rlios Seniidio«e8.TPrini«ver«icnotoíío.-El señorFeudi 
A«rora.rDánlél.- El Lobo.-Sobrevivirse;. etc., .etc. 

EXCLUSIVAS 
Oentemos con las de los autores siguientes, para publicar sus m^ores «lir oo; 
Dl«Mita.-Aniiche8.-Vi]la^p««a.-PaHA.-Abati.-Grareía Alrarec- Mvm«x Sam 
TmMéH c«Mtano6 cm dbras de GaldM-Sabegaraj-Bmarente-CNiioMHk-QBimtM 



Precio de números atrasados: 
SmicMIo 20 céntimos. — Extraordinario 50 céBÜMoí 



AtfmlBlstractóB: Calvo Aseasio, 3. Aparta<U):498— Madrid 

N« Bc admiten soseripclones. 

MritaM 1« MvrMponáeaoia al Adaiinlatrador áe La N0TM«A 00B9A 



Primavera en Otoño 

COMEDIA EN TRES ACTOS, ORIGINAL DE 

Gregorio Martínez Sierra 

Peií«ilONAIES 

ELENA (37 anos.) 1 EL AMA JUSTA (65 aftos.) I mAIMO! O f9& iih«« \ " 

AGUSTINA (,S id.) DON ENRIQUE (44 fd.) i/, f^^!:? ^^^ ""°*-^ 

LA PURA (35 id.) i JUAN MANUEL (28 id.) ! EL MODISTO (35 fd.) 

La accióa del primer acto en Madrid.— La del segundo y tercero en un pueblo de la 
costa cantábrica.— Época actual. 

ACTO PRIMERO 

Un salón amueblado con bastante lujo y no demasiado mal gusto, pero un poco en desorden. 
■ i-usiina está sentada delante de un grandísimo espejo de tres ¡loías, Elena termina de peinar- 
la y la Pura está en admiración cerca de und mesita donde hay peines, cepillos, caja» de al- 
fileres, lazos, frascos de esencias... 

Ele.— Mírala, mírala. ¡ Ay, que pelo tiene esta hija mía de mi alma! Tú, dame 
-e lazo; no, ese otro, el tiegro. ¡Hija, parece que estás alelada! Así, ¿con qué 
iíi prendo? Justo: un aifiler para clavársele a mi nifia y que se me convierta en 
naioma. ¡Huy! (Besa a Agustina apasionadamente) ¿Quién te quiere a tí? (A 
Pura.) ¡Utia horquilla, mujer, una horquilla! invisible, para que no atraviese el 
terciopelo. ¡Gorda! ¡Ni que hubiera que sujetar un toro! Pequeña, mujer, pe- 
lueña y fuerte. ¡Hija, qué idiota eresl 

Pura.— Es que le vuelves a una loca con esos gritos. 

ELE.—Pues ya debías estar acostumbrada. 

Pura. — A lo malo no se acostumbra una nunca. 

Ele.— Dame el perfumador... ¡No, ese no, el de violeta; a ver si tiras cuatro 
o cinco frascos! Vuelve esa cabeza. ¡Cierra los ojos, que se te va a entrar el 
[)erfume dentro y escuece que rabia! ¡También tü eres un poco pava! Ya te irás 
despabilando a mi lado. ¡Levántate! (A la Para.) ¡Estírale esa falda! Bueno, 
ahora mírate al eSpejo a ver si te gustas. 

Aqus.— ¡Ja, ja, ja, ja! 

Ele.— ¿" )e qué te ríes? 

Aqus. -Je que parezco un perro dé aguas con estas greñas sueltas. 

Ele.— En cambio, cuando te peinas tú, pareces un coco con el pelo estirado 
y el moñito arriba. ¿Quién te manda que te peines así? Tu padre, como si lo 
viera. Siempre ha sido muy ridículo el pobre. 

Aqus.— Papá no se mete en esas cosas... es Manolo que dice que no le gus- 
tan estos rizos tan locos que íen^o, porque... porque parezco una postal... 

Ele.— Y él ¿qué parece? Un espantapájaros. 

Aqus.— No, mamá, que es muy guapo,. • y muy buen mozo. 

Ele.— Pero muy antipático. 

Aqus.— Si no le conoces. 

Ele.— Me lo figuro. ¡Cuando te le ha escogido para novio tu padre! 

Agus.— ¡Ay, mamá, si no ha sido mi padre! 

ELE.—Pues, ¿quién ha sido? 

Aqus.— Yo. 

Ele.— Pero él está rabiando por que te cases. 

Aqus.- No lo creas. 

Ele— ¡Ah! ¿No? Entonces, ¿a qué te manda aqiu con la comisioncita? 

Aqus.- Si no es comisioncita... ni me manda él ta.'iipoco. 

ELE.—Pues, hija, no te entiendo. 

PvttK, — Como no la deias hablar. 



Eíb.— No sé a ti quien te da vela en este entierro. 

Pura.— ¡Si no va una a poder decir lo que le parece! 

Ele.— Recoge todo eso y llévatelo, que lo que parece esto es el puerto de 

arrebata capas. ... , ^ j 11 

Pura.— Es que no siendo a tí, a nadie se le ocurre armar el tocador en la sala. 

Ele.— Hago lo que quiero, que para eso estoy en mi casa. 

Aqus.— Pero madre, Pura, ¿qué gusto sacáis en estar todo el día disputando? 

&£.— No es disputar; es haBlar fuerte. 

Pura.— Ejercicios de voz que hace tu madre, niña; gracias a que a mí por un 
oído me entra y por otro me sale. 

Ele.— Bueno; explícate tú, a ver si te entendemos. 

Aqus.— Si es muy sencillo... Que Manolo me quiere mucho, mucho. 

gLE^ Ya... 

Aqus.— Y yo le quiero a él. 

Ele.— ¿También mucho? 

Aqus.— También. 

Ele.— ¡Qué sabes tul 

Aqus.— iMadre! 

Pura.— jPues si ella no lo sabel 

Ele— No lo sabe, no; ¡qué va a saber con diez y siete años que nene 

Aqus.— Diez y ocho y medio, madre. 

Ele. -Hija, no te corre a ti poca prisa hacerme vieja. 

Aqus.- ¡No te enfades, mamá! 

Ele.— Esa es otra. jNo te enfades, mamá! Ni que yo fuera el ogro. No me 
enfado, y menos contigo; pero te digo la verdad de las cosas. Vamos a ver, 
¿cuánto tiempo hace que sois novios? 

Aqus.— Mucho... no sé... desde siempre... es decir, desde hace ya muchísi- 
mos años... 

Ele.— ¿Muchísimos? ¿Dónde le conocistes? ¿Dónde le has encontrado? 

Aqus.- No le he encontrado... porque siempre hemos estado juntos... ya 
ves... somos vecinos: la huerta suya, pared por medio con la de casa. 

Ele,— iMuy bonito! Así habrás aprendido de picardías tú con el tal Manolo. 

Aous.— No, mamá; he aprendido a quererle. 

Ele.— Algo es algo. . , , o- * xt 

Aous.— St vieras, es muy bueno... tan seno, tan formal, ¡bi no fuera por el, 
sería yo más loca! Pero él tiene una maña para mandarme... 

Ele.— ¿Sabes lo qué te digo? Que eso no es amor ni Cristo que 10 fundó... 

Aous.— ¡Mamá! ., , , r 1. 

Ele.— ¡Mamá! ¡Es costumbre, aburrimiento! ¡Muy formal, muy formal! y 
muy dominante... ¡Qué joya de niño! ¡Tu padre tiene la culpa de todo! ¡A quién 
se le ocurre tenerte encerrada en aquel pueblo! ¡Te has enamorado de él, por- 
que ai algo vas a pasar el tiempo... pero no le quieres! 

Aous.— ¡Sí, madre; sí! 

Ele.— ¡No, madre; no! El amor tiene que entrar de pronto. 
Pura.— ¡Como un patatús! 

Ele.— Como una luz del cielo. Así me entró a mí por tu padre. 

Pura.— Pues puedes aconsejarle el sistema; con lo bien que a ti te ha r» 

sultado. , . . , .« X j 

Ele.— ¡Ya metiste tú la patita! No sé qué falta hace que la niña se entere de 
dertas cosas. 

Pura.— Como si no las supiera de sobra; el secreto a voces. 

Ele.— No hay secreto ninguno; yo siempre le he querido a tu padre muchf- 
shno... y lo quiero (Con perfecta indiferencia); pero no hemos podido vivir jun- 
tos porque... porque la vida es la vida, y porque el pobre tenía ¡y lo tendrá! un 

nlo inaguantable. También él era muy formal, también. Verdad es que él te 

ytk d^o que yo soy muy loca. 

Aous.— No, mamá. 

Ele. — ¿Pues qué te ha dicho? , 

Affl iw.--ÑMa;^oT«i«»t^;T«i*^^'*'fa*«^*vM^TqM^"o^Mbfis podido vlvh limtea. 



Ele.— De lo cual él se alegra. 
Aqus.— No se alegra. 

zueb^""^*" ^^ '° ^"^ ^^^^^ encargo de decirme para hacerme tragar el an- 

Pura.— ¡Y tú serás tan prima que te lo tragues! 

Ele.— Haré lo que se me ponga en el mono. 
ma£eT^'~'^^ '° sabemos, porque otra más infeliz que tú no ha nacido de 

Ele.— Habla tú, que eres el rigor de las desdichas. 
^ /^i?A-— Porque no tengo otro remedio; porque soy fea, y pobre v no me ha 
dado Dms nmguna habilicfadde las que vu'elveS el iuiaoaíoshomb;e^s; peí^ ü 

rpl! o ^^'^^ ^^? ^"^'P^'i y.^f^ ^°^ íy ^' ^'"^'■o «l^e ganas! ¡Nina, hasta los 
reyes se vuelven locos oyéndola cantar! ¡Y puede que el muy cuco se haya f - 
gurado que te vas a ir asi de rosistas a enterrar al pueblo por su linda cara 
ahora que estará el alma mía para sacarlo con una espuerta al sol! ¡Y te manda 

ere^s" o'nT P^o fontaPS^^ "" ""^'" ^"^ "^ '' ^^^^ ^" ^' P-^«' > ^"« 

Ele.— ¿Te quieres callar, te quieres callar? 

Pura.— Si ya me callo, porque no tengo nada más que decir. 

Ele.— ¡Quítate de mi vista! 

PuRA.-iPorque te digo la verdad! Y no habrá sido él tan tonto como tú 
ItJ??ú ^' ^ ^^'■^ divertido con quien le parezca en diez y seis años de ausen- 

SpÍHn,"pc°' f " '°' ^°'"^'■5'• f ^'"^"^ *" "'«^'•^ ha sido tinta, niña, y lo sf¿e 
s endo! Eso ahora no lo entiendes tu; pero ya lo entenderás cuando te S 
SI te casas que San Antonio bendito se porte contigo mejor que con ella No 
ynZ.T^L'"''' Tk,°^^ de basilisco, que no he dilho nida, que de 8?b?a sé 
> o cómo hay que hab ar con una criatura inocente, y si te quieres marchar con 
e, te marchas, que siempre harás lo que te dé la gaíia, y yo contigo de ^beza 
S!'1"£^Í"°'kP^''°- '"^S° Í ° r "Sas con Pura por arriba y¥ura por abafoTqíl 
a este hombre ni su madre lo aguanta, porque ya lo sabíamos. ^ ^ 

tLE.— ¿Quieres un vaso de agua con azucarillo? 

Pi.-RA.— ¡Ya me voy, ya! (Sale Pura.) 

r.moíf ■ "S"^ preparen el coche que vamos a salir. No la hagas caso; está de 

f,nr.^- ^y^' y*"^ ""^^^ ^ *°'"^'' ^" ^"^"ta esas atrocidades que dice ¡^que 
una cosa es que tu padre y yo.. . (Muy apurada.) ' *^^ 

AQvs.~(pe/ándose caer en una silla.) ¡Ja, ja, ja. jal 
ELE.-¿De qué te ríes? ' ' ' * ' 

P.T^'lí*^ S"^-?'^ í^*^^'? ""^.gracia loca. ¡Ay, madre, madre! 
ELE.-Muy bonito. fCasi saltándosele las lágrimas.) ¡Ríete de mí! 

¿quéíi^n*;? ''' '^^"'^' •^^'"°'* (Corriendo a ella y abraBándola.) Nlamé, 

.o ?^^.C~<^9"® ^"^ tengo? Que hasta el respeto a mi hija me han cuitado 
¡Sabe Dios lo que te habrán contado de mí! quitaao. 

Aqus.— No me han contado nada; ni necesito yo para respetarte v oara aue- 
rerte que me cuenten ni me dejen de contar. Eres mi madre y K^ 

bLE. -Nadie te ha enseñado a quererme como hija. 

u?^'~ñ^ aprendido yo sola, por lo mucho que te necesitaba. 

C.LE.— ibí, que tu habrás pensado mucho en mí! 

Aqus.— Mucho, madre, mucho; de pequeña porque me parecías ¡aué sé vo! 
una rema, un hada; eras tan bonita, tan bonita en los retratos y eSs tan 
lejos y me enviabas tantas, tantas cosas bonitas como tú ' ^ 

fc.LE.— ¡Chiquilla mía! (La abrasa.) 

rf« An"!ó7J <*^P"^. de mayor no sé cómo explicarte; tantas horas de solé 

dp? vo S^' ^*^''^"' «^«^s'endo, leyendo o sin hacer nada, teniendoTue apren- 

MlníJ^f'^K-l^"'"'^'''^?"^''®'''» ""«•a»'' porque papá me quierp muXo y 

&í *^-pí't"' H?;^" ^«'"^'■^^' I '«« ^«'"b^es nbTntienden de loSS ^ 
Ele.- lEs verdad! (May conoencida.) '««.uit». 

^'^ILt ^"^*"° *^ acordarías de mí, por esos mundos, viendo tantas 
■a. con tanta gente que te quiera y te admire. ¡Cómo te aplaudían anoSe 



MUS. -Me do porque estov contenta. 
iSÍn -¿De estar en iMadrid? 
Ao^'.-De estar con uú madre apasionadamente. Agustina js 

luLi.-Aquíestoyyodemás. ^..^ «ov a ponérmelo; es para tnadame 

fS^-AI contrario; espérese usted, que voy a poi consejos. C/:/ se 

BuSrfly ySted.que ^a estado en el japón^^^^^^ ^^ ta entor- 

^Ü^StemíoJ Hablen ustedes alt9 que les oiga, m 

"'^taS:^Lp«^ rf. unapausaJQné buena es mi madre, ¿verdad? 
luAN.— iDemasiado! 

Xous.-¿Por qué demasiado? perdone. ^ 

ríi-?DeTe;^ Vet asCeftIdo ustod^n eljap6n. 

e^üiS sítf-. <" —' <"• "- -'"' " '=■ 

luAN.— Dos veces. , , . ., 

fc-ráíSoSlírr^en AustraUa... y e„ Rusia. 

Xq^.— ¡Qué friol - 

JuAH."¿U8ted lee novelas? 
Aous.— Muchísimas. 
Íja«.-¿Y le gustana usted? 

Aai» —Unas sí y otras no. 

JuAN.-¿Las de amor? ^^^ién... cuando están en cartas o fmge Que 

cuereiTr^e^aloToía- 
gusta. ¿A usted no? 

que se rie usted de veras. «« o^n«tHi 

tÍ^E,%:?'« «. gusto raro de *t»; i^-^t^ S?. '^^ ^^ 
,<. trSS laToue he leido en mi vida son as íe aven™ ¿^ ^ „s,ed j 

"^.íl^«fro.> íDe quí bablím astedes? 



Aaus — De los pieies rojas, mamá. 

Ele.— (Dentro.) ¡Jesús, Ave María! ¡Qué ridiculez! 

Aoiis— A mi me gustaría correr mundo, aunque «fuese en un carro. 

Juan.— Pues a viajar tocan. 

Aaus.-— Me parece que no... Mi padre es muy aficionado a estarse quieto; 
a sus años no va a cambiar de faustos. 

Juan, -^Cuando se cas usted... 

\Qm.—(Con oJefíria.) .{Le ha dicho a usted mi madre que me voy a casar? 

JUAN.— Por lo menos que está usted en camino. 

Aqus' — Pues aunque me case... Manolo... 

Juan.— No se ruborice usted al pronunciar el nombre; de algún modo tenía 
llamarse. 

Aqus.— SI no me ruborizo; el tener novio no es ningún pecado. 

Juan.— No; pero es casi una novela de esas que a usted le gustan. Según 
mis noticias, dignas de crédito, por venir de parte interesada, se na puesto hoy 
más difícil encontrar un marido en España que cazar a lazo un caballo salvaje 
en las vastas llanuras de Tejas. (Declamando.) 

Aqus,— ¡Ja, ja, ja! 

Ele.— (Dentro.) Niña, ¿deque te riés? 

Juan.— De lo difícil que es cazar un novio. 

Aqus. —¡No hagas caso, mamá! 

ELE.~(Dcntro.) Están ustedes de remate. 

Juan.— <Sale esa maravilla? 

ELE.—(Dcntro.) ¡Ya va, ya va! 

Juan,— ¿Y va usted a estarse aquí mucho tiempo? 

Aous. —No sé; todo depende de lo que mamá decida; porque no sé s! sabrá 
usted que yo he venido... 

Juan,— Con la sana intención de robárnosla; sí, sefiora, lo sé, y permítame 
usted que le diga que eso es un egoísmo refinado. 

Agus,— No es egoísmo; es que mi padre va a estar muy solo el pobre. 

Juan,— Quédese usted con él, 

Aqus. -Es que entonces va a estar solo mi novio. 

Juan.— Ya, ¿Usted le quiere mucho? 

Aüus,— ¿Y usted a su novia? 

Juan.— ¡Yo no tengo novia! 

Agus.— ¡Anda, que no! 

Juan.— Palabra. 

Aqus.— Pero la habrá tenido usted. 

Juan.— Novia... nunca. 

Aqus.— ¿A sus años no ha querido usted a nadie? 

Juan.— Sí, señora, he querido; pero no todos tenemos la suerte de tropezar 
de golpe y al empezar la vida con la media naranja; eso se queda para algunas 
ñiflas que nacen de pie, y el día en que rompen la primera muñeca para ver lo 
que tiene dentro, se encuentran, sencillamente, con la felicidad. 

Aqus.— No tan sencillamente como usted se figura. Todos tenemos nuestras 
penas. 

Juan.— No tenga usted miedo: todo se arreglará, la fortuna hace trampas, 
si es preciso, para favorecer a las niñas formales que no le piden más que un 
buen marido. Quiera usted mucho al suyo. 

Agus, — ¡Ah, ya lo creo? 

Juan.— Tenga usted cuatro o cinco bebés para perpetuar la lumbre de eso* 
lindos ojos; y si alguna noche, al sentir el viento en la ventana o el ruido del 
mar, suena usted con viajes a tierras lejanas, siempre le quedará a usted el 
recurso de neleer una novelita. 

Aavs.—(Con enfado.) Sí, o de mirar vistas en un e.stereóscopo. 

JuAN.~¿En su pueblo de usted, no hay siquiera cinematógrafo? 

AQVs.—(Leüaníándose.)No, señor: ni falta. 

Juan. —¡Ah! Pero, ¿se ha enfadado usted conmigo? 

Aojs.- Yo, ¿por qué? 



n.íí.^-i'f&mbre va a «^-^•'.'^^"^ita, que no soy «raho. Sobre qno 
M0D.S.-ÍY0? iJf.ÍHlI vestirla uno de balde. 

■■ISÍSkjsssas"' *'—""- 

,„e yo digo: un ves^üo. •.« f -a^c^_^ «mplaciea.e! ^^,,^„. 

^rMn Manuel) „„,has gracias, iAy, con «n tra.e asi, pare 

ULE. tj"i I**» I 

vas a poner! 

•rr-^iaavisin-o ha estad^^^^^^^^^^ ,,,.,«. rodo. *a< 



m 



Maüolq.— (Apareciendo en la puerta.) ¿Se puede? (Asombro genercd.) 

Ele,— ¿Eh, quién? 

PiQVS.— ((^arriendo hacia éi.) ¡Manolo! 

Jvxs.—(Con mal humor.) ¡El novio! (El Modisto te mira de arriba abajo, p 
hace una mueca, poco satisfecho de su elegancia provinciana,) 

Pura.— ¡Buen mozo sí es! 

kQus.—(Con gracioso rubor.) Madre. . . aquí está Manolo. 

Ele.— (Acercándose, con foronda amabilidad.) Muy señor «ifo... 

Manolo.— (^Q«e mira en derredor con cierto asombro, al per el Jateo de m- 
pas por el suelo, cartones, el tipo del modisto y a ellas vestidas de Japonesas.) 
¡Señora! 

Agus.— Pero, ¿como has entrado? 

Manolo.— La puerta estaba abierta; he llamado tres veces, no ha contesta- 
do nadie... 

Pura.— ¡Como si lo viera: ya estará esa tarasca en el portal, hablando con el 
novio! (Echa a correr y sale. Manolo la mira con más asombro todavía.) 

Manolo.— Y he venido hasta aquí guiado por el ruido: usted perdone si llego 
en mal momento. 

Ele.— En mi casa, todos los momentos son iguales. 

Agus.— ¡Mamá! 

Ele.— Quiero decir que todos son buenos. Siéntese usted. (Quitando tras- 
tos de una silla. Agustina se ha quitado el kimono con cierta confusión y se té 
da al modisto, que le dobla con reverencia.) 

Agus.— ¿A qué has venido? 

Manolo.— A verte. 

Ele.— Es el novio de mi hija. (Al modisto.) 

MoDis.— Por muchos años. 

Agus.— ¡Ja, ja, ja, ja! 

MoDis.— ¡Jesús! Quiero decir por muchos años dure el amor que ustedes «c 
tengan. 

Manolo.— Gracias. 

Ele.— Usted perdone que le deje un instante; voy a quitarme esto; estába- 
mos de prueba; vuelvo en seguida. Vamos, Ramírez. 

MoDis.-~Voy, Elenita, voy. Caballero, a sus órdenes, y enhorabuena de 
todo corazón. No sabe usted lo que se lleva, porque es como digo: ¡Una mujer 
con línea y que sabe vestirse! ¡Media felicidad asegurada! 

Ele.— ¡Vamos! 

MoDis.— Ya voy, ya voy. ¡Quién fuera ellas para llevar encima tanta cosa 
bonita! (Sale el Modisto.) 

Juan.— Yo también me marcho. Buenas tardes, Elena. 

Ele.— Adiós; hasta la noche. (Sale Elena.) 

.\aü8.—(Que estaba hablando confidencialmente con el molo.) Ud. perdone. 

Juan.— De nada; la felicidad es egoísta... 

Agus. -¡Bah! Voy a presentarles a ustedes: Manolo, Manuel de la Fresne- 
da. (Disimulando el rubor con un gesto de malicia.) Mi... novio. (Juan Manuel 
se inclina.) Juan Manuel... Juan Manuel... 

Juan.— Juan Manuel Lorenzana. 

Agus.— ¡Ay, Dios mío! 

Juan.— No se apure usted. ¿Qué importa un apellido en este siglo de anar- 
quía triunfante? A sus órdenes. 

MANOLO.—Tanto gusto... (Pausa.) 

Juan.— Buenas tardes. 

Mawolo.— Muy buenas. 
.c J^*N.— Adiós, mujer feliz... no se moleste usted, que conozco el camino. 
(Sale Juan Manuel.) 

Agus.— Adiós, Juan Manuel. (Tiene un momento ta cortina y luego se oael- 
oemuy contenta.) ¡Ay, qué alegría! ¿Cuándo has llegado? ¿Cómo se te ha ocu- 
rrido darme esta sorpresa? Pero, ¿qué te ocurre? ¿Qué cara pones? 

Makolo.— ¿Yo? 



ssjiíiíssso's'oríííssr 

*"AQt -fjtrS. ial it-rfelW lQoéi.»e por «tar solo conndgol 
íJíírYlrr,«'iSf ^dr. t. den.ue.tre que ü«.e conto» en «. 

Ma»<m.-V». y « «™^;SÍto el kimono por juego, por broma. 
SSíi^-Si. II^.íHSmí.% dfvertito con esos do. upo.. 

{!£:?o;:;'5"á¿^.a J«»« ««S? » «"51 muchacho mu, eleg«.te y m^ 

HHHSSW?^^?SSra«eve^econu»m.er. 
Aoüs.-ba lo mismo j Ja, ja. ja, ja! 



MM4(ÍLO.-¿Porqttéteríe8? 
Aaus.— Por no i¡2[«'. 



K-íTotfí^l». venido 
M^ouo-YateÍ!edicho:aYerte. 

fcl'-NÍr^S'Perd^name. .E. quen. «be, c6mo te qutero, 

este momento? id6ndee!rtará?i«nciménMWM ,^,, ^^j^ al tren. |Y 

X„?fV'e?^rí?e'.Vp':^2'erÚrrm2ss>n%erte,y te encuen^ como 

'^feror-'f^^^^tTeSÍS»^" t»" » P«2 «u„f„ ^„ a, y ^empre qu^ 
aÍ^ -íPor qué me dices ew? t" todas P^^ P^^^ g^to, si oyera que 
lo ms^bieídigo? iqué alegria si eatuviera '"' '»?e^,¿\^™e «té toío el dta 
me^dkanSootro! Asi te quiero y»;,í««5^f, .Seíeí'Srfo, no... una p». 
btr^líXT^--™^^^^^^ ,ydebe«rq«me«b»tu. 

«^Sl..-* no «««...-«»■ 

AovB.-Pue» iquí <»' . . 
. MMOuc-Que tengo miedu. 

ÍESfoüi'B'Drti! que te dejes llevar por todo .1 mundo. .Ere. ten crlatoral... 
teSííI^^motolnbién ,o? dQuién mis te lo ha dicho? 



Manolo.— jNo es veraad! 
MnZnZS'.'' " '^^'" f^ '*-^ M' '• "tal». <liei«.d.... ta„ « n««rt. 

ATííiManoU'""'*''"- '^^ '» «'«~" 

Aous. -¡Jesús! 

siempre; por eso soy odioso, anHDáikon«r™f.T '™ ^^"^ "lempre, pan 
.-,.., con ce.0,. i^é v.mr.tS;,''S?r«.'1.2S X^"!Í¿5 

Aaus.-Nunca los has tenido... 

Ma'í^í;";^ ,!K^?"". ^'^ *** quererme mucho ahoral 
An.« fT'^° trastornes las cosas, Agustíwü 
Aqus.-Es que no te entiendo. "S"»""« 

MANOLO.-Pürqiie no me quieres entender 

nesfSr'olf,^ í™d"r^'lor^re1,?reiat"heS"= -",•*.«—'.*■ 

nuell, muchl menS • ¡RiT'parst^S/mrTfií'?, "•"*"'«• >! '" J»» «¡^ 
-ndo^<,u.e,mío,ha4iado^rro!¿X]í,rí<S;.-T¿S\^^ 
Manolo.— lEso creerás tú! 

.quf r ■h¡Xó;';?i?SsSrfiío"Xro,teLt'""?.'* - "» ™«» 

2l mío; pero si quieres me márrho K^ía ^ ''^''^'* empeñado ta padre y tú, ▼ 

^J ¿Qué !Í ¿rdich^usteS '^'^'^^^ "^'^ ^^^' ^^^'"^ ^ íé^SSX^ 
Manolo. -Seftora, yo... 

otea'^ur'¡.^."''™^'«^"°««'««^ 

mÍnolo^^'no. Í f!^"°r !ff rr.f **^'" "•*«* »'°»>*'"« «horrado d viakL 
t>..M y ha tomado de rmoío^cüfltíroh!"" ^r^ impresionable..., £m& 



Aguatiwi tiene derecho a quejarse. 

AüU8,--Madre..., Manolo... raballerlto, con sus manos layadas. 

Eue.-Nu íaltariamá^s^no que aquí nn^^^^^ „, ,1^., 

se pcTUíJUese veiur a m <^«*^f „"^f,;;^ " : .» madre para defenderte, 
""k^o^^hr "¿ruVrAr-«nr.r h7Í.«L.ado ,.. «. madre venga a 

■"•eI"- Pu« ve. «ted; puede que ahora lo necesite. 

^rN^río,o,«es.-^onega...n^e^ 

rJ:;;'ríS.l':u"£o? í'íí^lfS^-áien.pre e„ .« conch. , ..empr. Un 

«aipáiíco? 

Manolo.— No, sefiora. 

ELt.-¿No? Vaya, pues lo «ente. mueblo..., que ha venido conniigc- 

MA>OLO.-Quiero decir que t^ %\^,*" 9 JJ me o h^» dicho antes? 
Aau8.-¿Que ha venido papó.' ¿Por qué no me '" "" hacerte esascua- 

ÉT-Mujer. porque tenía <í"t aprovechar eUe^^^^ ^.^^^^ 

^"l^t'nSatiS SS SÍ?Mc'lo"L^Eierce ato,.» - 

^"-Tví "íSk-ernancionado . la mdsicaí 

Mai;olo.-A la buena ""»»'"•»'• T°2;d le OTSta nractio también. Ya me 

que cante un dia de estos '"""">""\'*^**Mn broma» de mamá. 

Ele -Vaya, lo siento tanto. Ya sabe V^^^° ^^^ mlipra ^oraue aunque día 
„af Mí ¿té ««"i. P-^'^,'', -'^ r^rJÍsíaTe ¿Hadando 2l ionio 
^r'rStríL»d"r.T¿i "n^ tarfea. 

ÉT-HaTta IS'vir.''No tarde» tü mucho, queya «.be. q«. vamos a salir. 

"E"S&rhayls««SUadab.e. 

Manolo.— iYo! 

Aqus.— íTú! ¿No lo has notado? . . ^ 
MANOLO.-Ahora tienes tú ganas de D^oma. 
W-iQuieres armar cuestión otra vez. alma mía? 

5ír-¿We11:r que te llame mi adorado tormento? 

qué mala hierba debes haber P'^.^do esta mañana^ ^^^^^ ^^^^^ 

PimA.-í Den/ro.; Pase usted, pabe usted, q^^^ 

momento. (Uvanta la cortina y se fffjf^^^^^j^y^^ qué le 

rlque, u mirándole como si dijera: Ya esta aaut 6SU, ya «o ii^y 
oamosa Itacer; luego se ma^chaJ 



U. Kfm.—fCon aire entre ñmtdee y socarronería.) ¿Se puede? 

Aaus.— ¡Ay, papá! (Corre a él y le abraza; él, aunque muy contento de oer- 
la, la separa un poco y se arregla los desperfectos que en ía compostura det 
traje ha causado el abrazo.) 

D. Enri,— Buenos días, hijita. |Tú por aquí, Manolo! ¡Impaciente está el 
tiempo; es natural, es natural! 

Agus.— Pero, papá, ¡qué elegante te has puesto! 

D. Enri.— Hijita mía, Madrid es Madrid; en el pueblo todo está bien... ada» 
más viene uno de visita. 

Aqus.— ¡Ja, ja, ja! De visita... 

D. Enri.— Tú también estás muy contenta; déjame que te mire. ¡Si pareces 
otra! Elegante, elegante, ¿eh, Manolo? 

Manolo.—Sí, no se habrá arruinado en tela para enaguas. ¡Ceñidito ya estíU 

D. Enri.— ¿De eso te quejas? 

Manolo.— Ya no te falta más que ir descotada. , 

Aqus.— No me falta porque ya he ido... (Muy satisfecha.) 

Manolo.— ¿Cuándo? 

Agus.— Anoche, a una cena que dieron en honor de mi madre... despné* de 
la función, |y no se me comió nadie! 

Manolo.— ¡Ay, don Enrique, me parece que aquí estamos nosotros de máaf 

D. ENRi.-¿Cómo? 

Manolo.— Yo por lo menos; su... señora de usted, acaba de ponerme de p»* 
titas en la calle. Por lo cual me marcho. Hasta más ver. 

Agus.— Oye... no te marchas disgustado conmigo, ¿verdad? 

Manolo.— No, ni contigo ni con nadie. 

Aqus,— Oye... que vayas esta noche al teatro... 

Manolo.— Para hacer el cadete, ¿verdad?, contemplándote desde una butaca. 

Aqus.— No, hombre, no... al cuarto de mamá, con nosotras. 

Manolo.— ¿Para que me vuelva a mandar a paseo? 

Aqus,— ¡Haz lo que quieras! Vienes insufrible. (Sale Manolo. Elpadrepasea 
muy nervioso. No les ha hecho caso después de las primeras palabras, en que 
ha procurado fingir seienidad y bromo, porque está nerviosísimo y va de un 
lado a otro, mirándolo lodo sin ver nada, preocupado de su traje, de su corlKt- 
ta, de su postura, y extraordinariamente emocionado.) 

Aqus.- Pero, papá, ¿qué le pasa a Manolo? 

D. Enri.— Nada... no lo sé... no te apures... ¿dónde está tu madre? 

Agus.— Ahí dentro, ¿quieres que la avise? 

D. Enri.— Sí..., no...; es decir, sí... avísala. 

Aous.— Ya sabe que has venido; se lo lia dicho Manolo; voy a llamarla. 

D. Enri.— Espera. ¿Estoy bien? 

Aqus.— ¿De qué? 

D. Enri.— No... no hagas caso... iNo rae cuentas nada! 

Aqus.— ¡No me preguntas nadal 

D. Enri.— ¿Estás contenta? 

Aqus.— Sí... porque mamá es muy buena, muy buena conmigo; pero traéis 
todos una cara tan particular... 

D. Enri.— ¿Todos? ¿Quién? 

Aqus.— Tú y Manolo. Y te advierto que mamá también está muy nerviosa... 
Manolo ha tenido la culpa. ¡Yo no sé a qué ha venido, ni fen qué va a parar 
esto! 

D. Énri.— Oye, ¿tu madre te hablado de mi? 

Aaus. — Sí... algunas veces. 

D. Enri.— ¿Y qué dice? (Agustina oa a habtar.) No me cuentes nada. Avh 
sala y déjanos solos. * 

Aqus,— Ya lo creo... Ya te he dichoque está un poco... nerviosa... 

D. Enri.— Sí, sí... No importa, anda. 

Aous.— ¡Ay, Dios mío! Me parece que yo no me caso. (El se queda solo g 
Pf^sea preocupadísimo, empezando frases como si se preparara a un discurso, 
nkúmiose m todos los espejos, cogiendo muñetptítas tf nttnOos ck fmríma ^ 



mando ella entra, no la oe, y «j^^yf^^"*" cariñosa; pnr fin se decide a salu- 

hftrai'A'Jo'TJ^^^^^^^ ^ '^«^ ^^ "" '"^""^ 

Eti!-Buejia8 te^de•^J"/^5"^• ¿c de recoger el muñeqvlto que se le ha caí- 
* J^SnV4fírETer rP^^^^^^^ /^ -•- '^ '^- ^^" '^ '"'^^ ^^" 

^ri^STti acercase JH se ^^^^J^^ J^^^fJ^) Tk^^X^ 
imíos7(Elíedala rnono%spuésdequ^^^^^^^ apuro, y al cabo 

que no me como a nad.e! (^If'J'^J^J"!^^^^ quitado el otro guante^ 

%abrazaconclertaprecauciór¡. después aenaot y ^^ ^^^^ ^^ 

espantoso y pasa el gran apuro.) 

^d:^(SonHenio,ora^'a,ar la turiacíén.) L. falta de costumbre... 
Ele. — íDe abraxar? . , 

n Emi.— E«tá» muy cambiada. 

E¿E -Lo cual quiere decir muy victa. 

D ÉHRL-No, por cierto; «» « ^"¿^»Ke" ¿va, ale! - aíoa. ^ „ 

!^'&?-%c5S méTlíSfse'"l,rcu",5p.ido los cuarenta, cada uno 

'"¿Í^TÍduterihotrén los primero, que cumpla yo. 

DEmí -Ya lo »é, el 19 de septiembre. 

^É¡,j3^sirquír?í"w'a:í empre be tenido yo muy bue. . memorto. 

Ele.— ¿Habrás venido a ver a la ni"^[ , „anar un pleito, cuestión 

E"e4-No; he venido a^busc^Mnfluenca^^^^^^ P^„.„„ ,„, „, 

ELE.-ISI «c ca«a! ,., «p r«sal 

^^uíufe;r™"í-J^o*me""U 

D&«u?-Pues c« muy buen muchacho. 

Ele— Te lo parecerá a ti. 

gJ^Pu«%nt tX« ló «be, todo se lo entiende. iMi hija se mer. 

" rér^odos, ,por -cho ^e --ca^^^^^^^^ 

.ue^^nten^atjos - lo.ue -s^d^^^^^^^^^^^^ ^^, ^^,, ,e encontrarla. 

D. ÉNW.-Ella dice que la ha encontrado. 
Ele. -Porque le quiere, ¿verdadi» 
D. Enrk— Así parece. 
Ele.— i Valiente raz6nl 

L^-"SÍ5 8i"Stara quererse para ser feliz. 

D. ÉNRi.-iFilosóf jca estás! • hipocresías, porque tengo 

ELE.-Mira, amí no me vengas con guasa» "' l^^^^ vino. ¡A ver qué labe- 

yo muy malas pulgas; y además- al pan Pa\Y /'^I^J^^o de tu hija y el padrí 

íintos son éstos.y c^é ^^^'^'^ .^e "" tú^u^U^^^^ ^^^^ „o hay gat' 

del novio de tu hijal Porque a raí no me diga» que « 

«acurado. 



D. Enri.— ¿Qné gato va a ver? Los mnchachos se quieren; y aunque • ti t» 
parezca razón poco atendible, a mi, que quiero a m hija, sin sentJmenfalJ—KWi, 
más que añada en ei mundo... 

Ele.— A mi hija no la quiere nadie tanto como yo. 

D. Enri.— Lo sé; !o único que te digo es que la quiero. 

Ele.— Ya lo he oído: más que a nadie «a el mundo. 

D. Enri.— Justo. 

Ele.- Bueno, ¿y qué? 

D. Enrj.- Pues nada: que por verla feliz, sería yo capaz de cualquier sa- 
crificio. 

Elb.— En vista de lo cual has decidido que me sacrifique yo, y me vaya a 
«/ivir al pueblo en tu compañía. 

D. Enri.— Otra peor pudieras tener. 

Ele.— Y pregunta mi curiosidad: ¿Qué falta bago yo allí para que la niüt 
se case? 

D. Enri.— Falta material, precisamente, ninguna. 

Ele.— Entonces... 

D. Enri.— No sólo de pan vive el hombre, l;i;'a mía. 

Ele.— Y en castellano, ¿qué quiere decir eso? 

D. Enri.— Que precisamente, como la familia del novio, por condiciones es- 
peciales... 

Ele.— Esa es otra: no le faltaba más al angelito que ser hijo de cura. 

D. Enri,— Nadie elige padre; ptjede que valga más, porque las elecciones 
que hacemos en la vida suelen ser un poquito desacertadas. 

Ele.— ¿Eso va con segunda? 

D. Enri,— No, hija mía, no; quiero decirte que, como nuestra situación ca 
algo anormal, ellos, ya ves... 

Ele.— Ya veo: a ti te trae, por lo visto, completamente sin cuidado que yo 
vaya o no vaya a vivir contigo... ¡Responde! 

D. Enri.— ¿Qué quieres que te diga? 

Ele.— |La verdad! 

D. Enri.— ¡Hace tanto tiempo que no nos la hemos dicho! 

Ele.— Que también has perdido la costumbre, ¿eh? 

D. Enri.— Y como la primera vez que nos la dijimos nos dio tan mal resul- 
tado. 

Ele.— Para mí no ha sido tan malo. 

D. Enri.— Sí, parece que lo has pasado bien por esos mundos... 

Ele.— Perfectamente. 

D, Enri.— Lo celebro. 

Ele.— Gracias... Bueno, ¿y dónde estábamos? 

D. Enri.— En si a mi me importaba o dejaba de importarme el que tti con- 
sintieses o no en olvidar las pocas ofensas que de mí para ti pueda haber habi- 
do y venir a acabar la vida juntos. 

Ele.— Bueno, ¿y en qué quedamos? 

D. Enri.— Elena: hace diez y nueve aSos que nos conocimos; yo era un es- 
tudiante. 

Ele.— ¡Y yo una chalequera! 

D. Enrj.- Muy bonita, muy buena y muy alegre. 

Ele.— Menos mal. 

D. Enri. -La justicia es justicia. Te quise mucho. 

Ele.— Y yo a ti también. 

D. Enri.— Y nos casamos. 

Ele.— Contra viento y marea de toda tu empingorotadíshna gente. Mira, 
eso todavía te lo estoy agradeciendo. 

D. Enri.— No hay de qué: me diste tú a mí mucho más que yo a tí. Vivimo» 
un año casi en paz. 

Ele.— Es míe tú tenías an genio muy raro. 

D. ENra.— Tambiéjíi tú. 

El&.— Y unos cde» iaegitanlal^lsí^ 



D. Eíon — lEso afl 

Et£.— Sin motivo. ... 

DEnri -l-o sé. Nos nació esta hija... 

S"%';<,:el^r^oS'í?°deT:eSX^ <,„« canté 

jrx uurÍ Me acuerdo. . , 

EuT-ibios mío, qué «ejps está todo eso! ^ ^^^.^ El caso es 

interesaban mé|. Q-ej^.^,^ p„,,„e lo que te tiraba era tu pueblo y tu dinero y 
tu c«Si)didad, y porque eras un grandismo egoísta^ ^¡,0, hemos vi- 

^ a ENR1.-DÍ0S y yo sal«™°* P°' '"íema^fado mal; la música consuela de 

" '&l'?ÍNo ?e ™. a meter ahora con Puccini? 

E¿e —No "i tú siempre me ñas leniuu f"' •» 

tó=i7„''.1?acrdSzT-raft A acordaros del santo de mi nombre, 
f thora qufe me necesitáis... 

^^'^¿s-qte "atm^os'icién es una estupidez. 

L^l'peTo^S tX'S cómplice de ella viniéndome a pedir... 

DÉHRi.-A proponer, que no es lo mismo. 

E¿E.-lValiente negociol... P»*"^ *;*• djendoel uno como el otro. ^ 

D. EHR..-Y para ^^.¿f^^^Se^lonqvi^^^^^^ fuera a vivir contigo. 

Pií —No sé yo que iba» tu a peraer cun m" j 

DÉhm. -la tranquilidad, por lo menos. 

EV.Í'-Wos tfnrSJCgenialidades; pero, dqué no haré un pa- 

*"¿^'^Te Stierfo%'u?iríoy es par. deshacer esa boda ridicula. 

g^'^ín^orrHenesTque se casení 

D. Énri.-Yo, ninguno; ella. dpepSoerante que ha nacido de madre 

ELE.-lEna, ella! Eres el hombre ^^^ .ffJ^¡¡^^Yo te he liecho ver la 
DrENR..-No te acalores mujer no te acalores Yo^^ ^^^^^ ^^^ ^^ 
cosas, te he explicado el asunto, ^ejie «iicho ío que p ^. ^^ ^^^¿^ 

viPnP hacerlo? Llama a la nina y dlselo, para que sepa s f 
""^EtE-YXra querrás llevártela a.t^^^^^^ ^^ ^^^ 

D Enk1.-No, por cierto. ¿Con quién va f ^¿^^^^l^eguir aquí... 
^^^¿Í^^^VaS^fé^Sfe^aí r¿r r«^^rLVXVdeiá^ela? 



D. Enri.— ¿Quieres qwe me la lleve? 

Ele.— (Furiosa.) Quiero que te vayas... 

D, Enri. —No, digas dónde, porqué tengo el billete de vuelta tomado y no 
puedo cambiar de dirección... por muciio que desee darte gusto. 

EtE.—iAgustina, Agustina... Agustina...! 

AQVS.— (Entrancio.) Mamá... 

Ele.— Tu padre te llama. 

Aclis.— ¿Os habéis entendido ya? 

D. Enri.— Me parece que no, hija mía. 

Ele.— ¡Ahí ¿Te parece? 

Aqus.— Y ¿por qué? 

D. Enri.— Hija mía, porque tu madre te quiere mucho, mucho; pero, como 
ha corrido tanto mundo, tiene una \útí.t del amor maternal muy distinta de esta 
senciilota y a la pata la llana que tenemos los que no hemos salido de entre las 
cuatro paredes— material y moralmente hablando— que nos vieron nacer. Nos- 
otros, infelices, creemos que, puesto que los hijos no nos pidieron venir al mun- 
do, estamos obligados a pagarles todas las ilusiones con que los engendramos, 
sacrificándonos por ellos cuando sea preciso; pero te repito que esas son ideas 
de gente atrasada. ¡Qué le vamos a hacer! Puede que sea tu madre quien esté 
en lo cierto. Con eso irás también aprendiendo tú a sufrir contrariedades y a 
resignarte con ellas, cosa que yo no he tenido valor para enseñarte hasta aho- 
ra. No creas, la resignación es una virtud o una debilidad que, aunque ahora 
está muy desacreditada, tiene su lado bueno. No te aflijas. ¡Ea. no can.so más, 
y hasta la vista! Cuando quieras volver a casa, escribes. Yo que tú, aprovecha- 
ría la ocasión para divertirme en Madrid unas cuantas semanas; ya- sabes que 
en el pueblo hay pocas distracciones. Adiós, Elena; no te digo nada: mi casa es 
siempre tuya; y aunque no quieras venir a ella como dueña, como visita, si al- 
gún día quieres pasar allá un mesecito descansando... 

Ele.— ¡Gracias! 

D. Enri.— No hay de qué. Es un caserón destartalado, pero tiene sus como- 
didades; yo soy amigo de pasarlo bien, y el pueblo es bonitillo, con el mar y 
unos cuantos pinares. No está mal, no está mal, sobre todo ahora que viene el 
verano. Nada, hasta más ver. 

Ele.— ¿No quieres quedarte a comer con nosotras? 

D. Enri.— ¡Imposible! Y lo siento; pero figiirate cómo estará aquel pobre 
muchacho... impaciente... angustiado, es natural, porque él quiere a la niña... 
la quiere... 

Ele.— Si la quisiera tanto, no se le ocurriría imponer condiciones ridiculas. 

D. Enri,— ¡Pícara vida, picara vida! Vaya, buenas tardes... no te molestes. 

Ele.— Acompaña a tu padre, Agustina. 

D. Enki.— No es menester.., soy de confianza. 

Aqus.— Adiós, papá. ¡Hasta luego! 

D. Enri.— Hasta que tú quieras, hijita. Buenas tardes. (Sale don Enrique.) 

Ele.— ¿Qué estás pensando ahí? 

Aqus.— Que me marcho ahora mismo. 

Ele.— ¿Eh? 

Aqus.— No he querido decírtelo mientras estaba papá delante, por no oíros 
disputar otra vez, pero me marcho; ya ves, ¿a qué seguir aquí más tiempo, para 
tomarte cariño, y tú a mí, y que luego nos cueste más separarnos?... 

Ele.— ¿Es decir que ahora a ti no te cuesta nada? 

Aqus.— Sí me cuesta, pero ¿qué le vamos a hacer? Tú has sido un sueño 
mío, madre... y estos días que he pasado a tu lado, también; hay que despertar 
con un poco de dolor de cabeza... 

Ele.— ¿Tanto amor le tienes a ese mamarracho? 

Aqus.- No es por eáo... eso puede que se arregle: su padre no es ninguna 
fiera, y, como tú dices, si él me quiere tanto, aunque tú no vuelvas a casa, 
acabará por casarse conmiíj;o... claro que hubiera sido ran bueno para mí que 
la felicidad me hubiese vemdo por tu mano... y luego por papá; auiujue no me 
case i;si no me caso nUisI, quiero estar a su lado. 



.híbiSiTlnr'ayrVraí c\sas, s quererte... 

'•'^rííi^lyroii alesrla.) iMadre! ^ ¿ e me ha invitado a ir 

éSrf« lofue tü te f*-^'; Si^'í írñgí ?rá sinW. üreoios, 
SX'iíV'l-onvrc'e^rA^'wrp'íc;^^^^^^^ <ie W " i.pos,b.e, 



bre! ¡Como _. 
)Ño8 veremos) 



ACTO SEGUNDO ^^^^^ 

ta l«M d« Elen. y Aguatla.. y voces eo« «ofóftlS, ««OS 

«stá contenta. , ^„^ ^,.x teniendo aquí a su madre, y viéndou 

/usTA.-Sl que «. <??"«\'2"*-eTaré7CTnas <ie repetir el vi.)e. 

cua*r/«irc»vojgAcH^^^^^^^^^^^ 

beza. lEl mal \o traía consigo! Calenturaa ^ haber cogido eUal 

'^<«:gr-I^níÓií^r,íeffiS««'-«. «• ^««^'-'*" 

Ift teAora. 

JuBT^.— lYaloMibcmo», yat 

CiTBhrj. —Paro •« w» »nn»- 



Justa.— ¿Estamos de mal tetnp.'e? 

p. Enri.— Estoy como me da !a rea!ís{nia gana. 

Justa. —¿Cuántos afios tenemos? 

p. Enri.— No lo 3é, ni me importa. 

Justa.— i Ay, ay, ay! 

D. Enru— ¿Qué es lo que hay? 

Justa.— Que todavía eres muy joven para chochear. 

iJtVr'*'"'^ ^^ -^"^^r'. f x"^ ^""^''^ mirando que tú s; qtie chocheas... 
JUSTA.-4ES0 es, enfádate ahora con esta pobre que te crió a sus oechos» 
' r^"c ^'^"^ ^^ ^'^^'■^' siempre tiene razón! pechos! 

ñor?'pSf l'rTcI't^^^ *^'^*^° y** "''^ ^^^^^' ^?^ ^^"' n^^'e a venido de fuera: ik se- 
ñora esta en su casa, 10 mismo que yo! ¡Más! 

J^sta. -Tiempo hemos tardado en aprenderlo 
/^ ^•/í''^'*""'^^' tardaremos más en olvidarlo, (Entra la Pura, con una banda- 
ia de dulces y fiambres, y se dirige a la puerta detjardínj 

JUSTA.— j Yo que usted me dejaba la puerta abierta' 

u. liNRi.— No te sofoques, ama, que no es para tanto. 
jusTA.-Es que si luego te pasa a ti una corriente de aire... 

íusS'''''f;o H?fi^'^''^kP*''''í"'' ^^V^'^ *" *^^" "'"y ^"enos modos. 
ul^^ ?a1^d, '""y^ye"^^ "'"'^««. ¿ío decimos con retinü'n? 
Ko.I^'i ^ i~'4 ''^ ^'■^•^ ^'Sale usted a la señora que m no cree oue oupd^ 
pJ^^"se7Í'dirT riS'" '''"'"'^' " '"' """*" ¿mpi segui'Jo.'"" '*""^' 
Justa.— I Tarasca! 

volílV^"rkbrtr'"?AfÍ?o'¿l,^?"^/^^^^ ^^''^^ ^, ^ ^orfe^o.; Haz el favor de 
So ¿en DÍ£:e Y «?h^ ?.rm¿ñ?*'?' ^•*'"' ^" ^í^^Pacito. Eso ^s. U bien he- 
uio, uien parece, y si ñas terminado de recoírer co.sas oi'^ mn'-- »iíí»n nnH/an 

tío finir ^t ?'f ,?' ^r^ ^"« ^"^*t^ P«?>a cocü«,^que í&e. ¿e^no^ 
tando tu presente le falta a lo exquisito su ultimo punto. '« *« ^"^ no e» 

n., J¡?I^~ x^ ^ cocina! Nos pasamos el día c^unistrajeando; qoe si e! oonche 
que 81 el jamón crudo, que si el poi.o fiambre, y. naturalmente cuando S.lá 
fp^S t^'^Tl *^<>'"^Dios manda, a todo le hacemos ascos y e^ros Cc^ n? 
nni =f r '"^^''^ ^ *'"'^" ^^""^ '^ ^"ÍP«' y «" al'na de Dios ^S^^rfoí^ a ¿^ 
gue se figura que por esos mundos estábamos acostumbrada a^^osraái 

p. Enri.— ¿Ha venido el correo? 
iiaÍÍ^*C^*^ ^^ ® qué viene preguntarlo, cuando está sin ibrir todo e! (me ha 
'^Í&^tZ.t:^2^'.^-£^^^ - - todoloqueS^^^SSo^ 

í^i^l'T?^"^ '^"^"í^ *°« ^i«» ^' <^^«ío n» cruces lafmkí^^rá¿S^ddS^¿ 
jje^^de todas tus eJocoentea pantomima,, seguiré hacieSo aS slStíliSrVo. 

Justa.— Siempre la has hecho. 

de SrtenTaír^^^^" "^^ ™^' ^"^ ^'"^ ^^"*'"^^' -^ "''^ ««*»» "o voy a camblaf 

« ¿"ü"^*^"" j^^^x^l^ ^^^ ^''♦o no puede se.tiíuir asi: esto vida no es vida nam 

t, se entiende; todas tus costumbres las e¿hasíe a rX-yS ^i So^SafS 

gorro m siesta aespués de la comida, ni copiía de anfe detrás de íl?é ££i 

D F^? te has olvidado! ¡Bueno está ¿te piano de iSívol ^"^ 

ore ¿SíA^i^tíi^í* *^'*'^**"° *^'^5 1"« ®® levanta, ¡Ay, hombres, hombres slem- 
Sía mutrte^Sde'i^Tl*^^^ q«^ «Iguno ¿¿dK^Lj^SÍ 

dar coino m^Si ¿, S: 12..°^"°* ^.*''*' iP^ "« comprende! jPero «a- 
rSJ^JS?^^!^ ^ ^* P*^*" '* ""J^^ propia' Verdad ea que alm mi 

a vida. Y« •• iplajeato, ya, dk» y tseia aito^ p«^ «w ^5w S»^^ 



V „. ,.. habré»» rido todo, por e«.s mundo, lo tontos de ren»te ,ue he- 
"Vlr-Ama Justa, no. esté pareciendo ,ue a este Ubro.eva.fa>ü>rmuy 
poco para romperte la ^^^^^ ^j,^ «sa que oir. 

¿T»« -iQuitate de mi vista, quítate de m. v,sta> , ^„ 

U¿ -iAy, Seilort lEI demonio en f«"^„%SÓ Don fi/iní-K. «" «" 

homS¿n ¿I «erpo! (Sale, a '^"'¡"Jifl^tZaSónfha cogido u!l pañolito de 

S« ¿ ir» í/tenctoM * ■«««« P°r^,j!'^','^¡role huek. luego le estruja, 

'¿faje ,« Ua fZToedaeos No Teñí Ja Manolo, que se sienta en an *- 

ftr-iT.«?B"enord^r;" 

MANOLO.-Haciendo ejerciao, ¿eh? 
D ENRi.-Haciendo ejercicio. _ 
M .iTn. fk —Para calmar os nervios. . 

DEÍ>-¿^>e dónde sacas tú que estoy nervioso? 
MAN0L0.~De quejo estoy yo. 
D EfíRi.— Tus motivos tendrás. 
. MANOLO.--L0S mismos que usted. 

„„i¿^e estos dias sobre nuestra aldea? . 

L«^^ -rjo%l\"erdrenl'uT.edrporque como todos son visita de esta 

"rlt -¿vas tü a nevar por cuenta, como e. ama Justa, las gallinas que 
«=Xfriifc'q¿itr.e usted? 

SuNoTi -Más'vale que le sirva a usted de diverstón el caso. 

D^eX'-EI ¿'0 «V tienes celos, ino? 

VUNOLO.-Me parece que me sobra motivo. .. ^^ ¿iga que un 

dS? -Eso, alié tü sabrás; Pe™.,»"!» ""'"•jffies que lo estás, de una 
hom°Ve de veinticuatro »«»'• f"^,? l^„VSque ¿or Uojos, es un solem- 

^«a^íolfle^d^ífrír^SUpJ™^^ 

*'*"n7e*';r?abSl"°osls'q"renl fo haCniVochado nunca? 

D ENRi.—Deslúmbrala tu más. 

Seífeln-ocr ra^r^ila ^^t^oT'^i ^ei¿, y eso en un alma de mu- 
ier deja huella para toda la vida. jj , 

r¿:5.QcS^ X.riSnr,;Sitr'es 'Sre delTtombre que merece lie- 



várselal 



MANOLO.-Según eso, "sted... _ ^ a nadie para lo cual 

«nS¿"^r-„^'-''^"a»dircín iStaSÍ. ¡Canastos con la .aventad, que 



todo se lo quiere nevar de rositas! Hijo mío, en este mundo no hay más que dos 
caminos: o paciencia o acometividad, o sembrar el trigo y esperar a que grane, 
y segarlo y molerlo, y cocerlo y sudar y fastidiarse, o estar at pie del horno 
cuando sale el pan y llevárselo a puñetazo limpio. Tú verás cuál es la filosofía 
que más te conviene. (Pausa.) Entra, si quieres, que en el jardín están. 

Manolo.— ¿Con visita? 

D. EvRi.— Con visitas. 

Manolo.— Sí, ya he visto, al entrar, un automóvil. ¡Dichosos los tiempos de 
la silla de postas! '' 

D. Enrj.— Mucho antes hubo botas de siete leguas para quien quiso llegar 
deprisa. 

Manolo.— Y mucho antes caballo con alas, si vamos a cuentos. Pero la vida 
no es cuento. 

D. Enri.— Puede que no lo sea, pero se le parece mucho. 

k(ivs.~( Entrando por el oentanal, muy deprisa y muy contenta, y hablando 
con los que quedan en el jardín.) Si, sí, en seguida vuelvo. 

D, Enri.— Ahí la tienes. (Mirándola con errdyeleso) ¡Qué bonita es! 

Manolo.— ¿Dónde ,vas? 

Aqus.— ¡Ahí ¿Pero estás tü aquí? ¿Por qué no has entrado? ¿No te ha dicho 
papá que estábamos en el jardín? ¡Hoy tenemos gran recepción! Entra, que son 
cantantes, ¡y hay una italiana más guapa! Dice que no han tardado más que 
veinte minutos desde San Sebastián aquí. ¡Quién nos iba a decir ¡paletitos! que 
estábamos tan cerca del mundo! 

Elz.— (Dentro.) ¡Agustina! 

Aaus.— ¡Ya voy! ¡Estoy loca! Vengo por una cosa y se me olvida: dice mi 
madre que se ha dejado aquí un pañuelo. (Don Enrique le deja disimuladamente 
entre los papeles de la mesa.) No está... pediré otro. (Viéndole.) ¡Ah, sí!... 
Pero, ¿qué le ha pasado?... Hecho trizas. . le habrá cogido el perro... ¡Lástima 
de encaje, que es Bruselas legítimo! ¡Buena se va a poner la Pura cuando lo 
vea! (A su padre, que se dirige hacia la puerta.) ¿Te vas? 

D. EíiRi.— (Muy amablemente.) A dar mi paseíto de todas las tardes; ya sa- 
bes que sino, a la hora de comer, no abro la boca. (Con un poco de mal hu- 
mor.) Divertirse. (Sale.) 

PíQvs.— (Mirando, alternatíDamente, a la puerta por donde ha salido su pa- 
dre y a la puerta vidriera del jardín.) Yo le acompañaría; pero... 

íAMioio.~(Esforzándose oor estai amable.) ¡Si quieres que me vaya yo 
con él!... 

Aqus.— No; tampoco. 

Elb.— (Dentro.) ¡Agustina! 

voz DE HouvBRz.~( Dentro.) ¡Agustina! 

voz DE fWiVM.— (Dentro.) ¡Agustina! 

Aqus.— ¡Ya voy! Anda, ven al jardín. (Le coge la mano.) 

Manolo.— ¿Tanta prisa tienes? (Sin soltarle la mano.) 

Aqus.— Prisa, no; es que me están esperando. 

Manolo— Que esperen; estáte aquí conmigo. 

Aqus.— ¿Ya no te escandaliza que nos dejen solos? 

Manolo.— Aquí, no; ¡estas paredes te defienden! 

Aqus.— ¿De tí? 

Manolo.— De todo v contra todos. 

Aqus.— ¡Ja, ja, ja! Te ha salido muy bien la frasecita. 

Manolo.— No es frase. 

Aqus.— Sí lo es, pero me gusta; hoy me gusta todo, porque estoy contenta, 
contenta, contenta. Y eso que, ahora que me acuerdo, contigo debería estar 
enfadada.No te he visto al salir de la iglesia. 

Manolo.— ¡Ah! Pero, ¿has ido a misa esta mañana? 

Aqus.— ¡Vaya una novedad! Como todas. 

Manolo.— ¡Tantas llevabas ya sin ir, que creí que habías perdido la cos- 
tumbre! 

Aqus.— ¿Querías que saliese teniendo a mamá enferma? 



K-iífríolo! Ma'noio, ya me vas a decir cosas desagradables! Tan,- 

■^^8 -sí eropie™ por decirte que vengas conmigo. 
fcc-S^que te quisiera decir tantas cosas.. . 

M^foL^Í exf no tienes ninguna que dedrme f jn^ „^ ti,„ 

Aaus.-iDe quéV iAli, de mama!... w. J^t, ' » ví nerovo teneo mis esperan- 
wfS^úní. ella sigue «hiendo que se va f/^/^.P^'^/^So, tambiín. lo 
zas, porque lo que es la casa le P"^'¿?3e satoos en el coche y se quedó en- 
poco que ha podido verlo. A^f ^ P°f. '*,!f ^"nte %„ todo e! mundo habla y todo 
«ntali con los pmarea... y '' .fJ^'S' fj "iSmos echado huevos para sacar 
•X- -o r ríl MaWnriS i?£nu„ca en » ^hace taj- 

SktTo^s'qrrvS^i^rosTpí^^^^^^^^^ 

- '^''^(Z^l S;ña° te¡';1ue estos seflores se marchan. 
AS;s.--Se van. (Vendo hacia la puerta.) 
Manolo. — Espera... j- i « 

Aoü8.-fCon resignación.) Bueno. 
Voz DB HOttíSfit.-( Dentro.) iAdiós! 
EíJi.-(Dentro.) Pero Agustina... 

*^¿x D. ™>»KE.-rC<«.ía«ío &n*».; .Bon soir, madame ta lunel (Entra un 

"?SfS^^/AÍÍ6r¿dW<>>.f5<^-«-'^'-'''''-"^"' 
ventanal.) í'inMándola a casi abrazándola.) No mires; 

Agustina, dime que tú también me quiere»... 

fc'^^i:Mésquea¿idieen^m«ndo,queserés8Íempremi^^ nome 

olvidarás nunca por nadie... (}f «f ^;¿, wo? ¡Déjame! jMi madre! (Sesepa 
Aous.-Sí, sí, sí... Pero, ¿te lias suelto locorii^.i ^^^ ^q, 

raZéloiolekta}nente,DiendoentraraEiena,qaesul>eaeijaramy 

'""^^^uV^TiítLmo? (Como si olese a Manolo de pronto.) i Ah, va 

n;iu¿S:No.r¿' de1i?rSí^^^^ Aqui est^ 

Ele.— ¿Por qué no iias bajado? 



kaus.— (Acercándose a ella y echándole un chai.) A ver si te vea a quedar 
fría, después del sol que hace en el jardín. 

Ele.— No tengas miedo. 

Manolo.- ¿Ya está usted mejor? j , i. j 

Ele.— Perfectamente. Por esta vez, amigo, no le doy a usted el gusto de 
morirme. iPeciencia! . x i ^ 

Manolo. -(Con risa de conejo.) Señora... precisamente el gusto... 

Ele.— ¡Díiíamelo usted a mí! jMenuda solución! Le estoy oyendo a usted 
después del fausto acontecimiento: ¡Pobre señora; su genio tenía, pero era tan 
buena.,., y tan oportuna! 

Manolo.— ^Ka quemado.) ¡Cuando usted lo dicel 

Aous.— ¡Manolo! 

Ele.— ¡Tú ie callas! 

Manolo.— Quien tiene que callarse aquí soy yo. 

Ele.— ¡Ya! Me perdona usted la vida. 

Manolo.— Está usted en casa muy respetable para mí. Es usted una sefiora, 
y no quiero olvidarlo. A los pies de usted. 

Ele.— Beso a usted la mano. (A Agustina, que sale detrás de Manolo.) 
¿Dónde vas tú? 

Aaus.— En seguida vuelvo. 

Ele.— Es que... ¡cuidadito con los coches, que tienen ruedas! 

lAKmvo— (Furioso a Agustina.) ¡Quédate ahí! (Sale Manolo. > 

Aam.— (Tímidamente, JHasia luego. 

Ele.— ¡Ja, ja, ja! ¡Vaya una cara de vinagre que Ileval {Ja, ja, jal Si puede, 
me estrangula. Y tii, ¿qué estás pensando ahí tan seria? 

Aous.— ¿Qué quieres que piense? 

Ele.— ¿Que soy una fiera? Claro; aquí, en tocando al niño, se acabó todo. 

Aaus.— Pero ¿por qué te pones así siempre que viene? 

Ele.— Porque no le puedo ver ¡ni en pintura! 

Aai«.— Bueno; déjalo, madre, déjalo... hablemos de otra cosa. 

Ele.— ¿De qué? ^ ^ 

Aous.— De ti. Dime la verdad. ¿Estás aquí a gusto? ¿Te aburres con nos- 
otros? ¿Echas muchas cosas de menos? ¿Te gusta la casona? ¡Me da une. ra- 
bia que hayas estado enferma! ¡Dos semanas pérdidas! Nosotros que quería- 
mos mimarte tanto, tanto, para que lo pasases tan bien y no pudieras mar- 
charte ya nunca... Madre... ¿en que estás pensando? Dímelo. 

Ele.— Ayer he recibido carta de mi apoderado: ¡una contrata para Norte 
Américal 

Aous.- ¡Para Norte Américal 

Ele.— Treinta funciones en tres meses... y muy bien pagada». Me piden res- 
puesta por cable. 

Aqus.— ¿Y tú...? 

Ele.— No he contestado todavía. No sé por qué me da pereza pensar ahora 
en un viaje tan largo... Es la primera vez que me sucede. Será debilidad de la 
convalecencia. Pero de mañana no puede pasar la contestación. 

Aova.— (Triste.) ¿De eso es de lo que hablabas anoche con Juan Manuel? 

Ele.— ¿Cómo lo sabes? 

Aous.— Porque oí que decíais Nueva York... ¿Te quiere mucho, verdad? 
Ele— ¿Juan Manuel? Eso dice: pero ¡fíese usted de los hombres! Todos es- 
tán a la que salta, y a ver lo que se pesca. Si no les haces caso, eres una pan- 
tera; si les tienes lástima, una mala mujer, y si logran lo que se proponen,, 
¡échales un galgo, que, si te he visto, no me acuerdo! (Muy seria.) Esto te lo 
digo porque soy tu madre. 
Aous.— Pero Juan Manuel... 

Ele.— Juan Manuel es de los mejores; pero tampoco pondría yo pw él ta 
nano en el fuego, porque hijita, ya lo dice el refrán: «El mejor, para tapadera 
de un homo.» 

Aoüs.— ¡Ay, madre, que rada s« va a quedar !a casa d te marchas! 
EiJB,---iFara ti? Te (|u«da te Mai3olío de tú aktia. Te casarás coa áL 



^aü8.-rCon tristeza rabiosa.) ¿Q^^^^'^^^^f J¿on!Sr J iVaya unos arre- 

EÍT-dQué te pasa? (Ai^ftina f^ZJortar^íias^^^^^ al vmtanaL) iQué 

chuSos que te entran a ti! (Sm darle ^^«f «f^ff^f'^^'j^^a 'ué gusto da vivir des- 

soítan hernioso! (Estremeciéndose momo ^^^^^^^ ^^^^ ^„, ¡^ 

pues de haber estado P^f^'^^^'^^f Jf^^.^lo po^^^^^^ cuerpo) jQué boni- 
manos.) ¡Ríete! ¡Parece que tengo horiniunio p ^ ^i^ir! 

^■"S'-'r^i^a' «i- 'taiVmSrAgustina.) iQué te voy yo a decir, si 
.hora mismo no k a dónde tirar para acabarla! 

Aau8.-iAy, madre! _ , ^j, „u„ca pomada de este 

™«„^ío":B^spu1fd;^U^nt üSe-'u- >a -'ía ¿ -da de ,o «ue hace 

tS-7|i.'rretS;er! va V. yo casi "- S^;a"rpa^Vcr;^e g 
hecho, hasta que me lo v'ene« contar otro y , ^j^^^ pantomima ale- 

es cosa mia. Una vez, no sé «'^^n Londres o e pantomimista se iba... 

r„f iiac^'esrirr'pfntoS/quTÍstl in'a misma^ viendo pintada en un 
''™A™8.-Sí, pero tenemos la obligación de que en el espejo no se pinten mis 

üue cosas buenas. k.-^^oo-í 

^ p, o _jA nué llamas tú cosas buenasi» 

ISs.^PoTtie l^lo, a que -^^^^ p^erir^pa^ una mujer con un cora- 

ELE.-iAy, "iñ,^' ¿^f ^li" ffH^a nad e' N(^^ha^ remedio: lo que es la gloria 

•¿6n tan generoso? i No hacer «"^"^.f.^^oo^VodoL. es decir, casi nadie sufre 

de uno es la pena de otro. Todos ^"JT^" P°' j^g lá piel o al bolsillo. ¿No ves 

por nadie; porque ríete tu de Pe"J;»s"S¿°^^'^f acurre decir «Salud y amor», m 

f^Sd^Tglo^rni^sfq^-^^^^^ 

^"^Aaot-Pues yo quiero.ser pobre, vivir triste, sufrir yo todo lo que sea pre- 
ciso, y no hacer mal a nadie. y pienses cosas lamenta- 

Ele. -Si no le harás tu: e mal se hace soio-J^ " v ^^^^¿f ¿Porque 

bles, que tampoco sé a qué vienen ahora. ¿No estaoas 
me marcho yo? iQuién sabe! 

AGU8.-rCo« alegría.) l.Madrel p„_,taréalaPura, que bruta sí es, pero 

El E.-No digo que sí, ni que no. Consultare ^^^^L^"' ^^ustina.) ¡Sí que está 

.enuío común no le falta. (Pasea ^«gf /^fid^e^be lo q^^^ e's comodidad. 

bien todo esto! ^^^«^^«^«f^.f^.'Sf/f ^éstos ío le Selta. (Mirando al estante 

Cuando le coge a una un s»»o"C/*«,5froirOué sabios debéis ser todos en esta 

¿Tú entiendes todo esto? 

Aous.— Son libros de papa. , . ffioiea et libro. Se oye 

E°e.-Verdad, que hay «'f ' X^f,ií,°^Q:ié'„ vendráahora? 

'" 'X5?s"-rCo^rS'á'¿/Í"riSeré'jían Manuel? ,No! Es ese caballe 

ro que vino la otra tarde..., el tenor. 

k-i*C?<;nMoras,.yo.rostresc.J^^^^ 

¡Ay. madre! 



Ele.— (Sonriendo.) Pero, ¡qué poca lacha tiene ese PaolettJí ¿A quién se 
habrá traído? (Se oye la ooz de don Enrique, dentro, y se interrumpen ¿as risas 
y las canciones.) ¡Eh! ¿Qué es eso? 

D. Enru— (Dentro, violentamente.) ¡No, señores, no está! 

Voz DE HOfABRB.— (Dentro.) ¿Qué quiere usted decir? 

D. Emú— (Dentro.) Ya lo han oído ustedes: que Elena no está en casa, y 
como para ustedes no ha de estarlo nunca, pueden ustedes ahorrarse el traba- 
jo de volver por aquí. ¡Buenas tardes! 

Ele.— Pero ¿este hombre se ha vuelto loco o qué? (Se dirige hacia ia puerta 
del jardín.) 

Aqus.— (Deteniéndola.) ¡Mamá! 

Voz DE HosíBRE.— (Dentro.) Caballero, nosotros... 

Otra voz.— (Dentro.) No creemos que Elena vaya a consentir... 

Ele.— Naturalmente. ¡No faltaba más! 

Voz.— (Dentro.) Porque ella también está en su casa. 

D. Enri.— Está en su casa, porque esta casa es mía, y ella es mi mujer; pero 
ni la casa ni yo le debemos nada a nadie: de modo que hasta más ver, señores. 

Ele.— (Con rabia.) ¡Ah! 

Aaus.— No salgas, madre, espera. 

Voz DE mi}ER.— (Dentro.) No se apure usted, amigo, que ya nos vamos. 

D. EíiRi.— (Dentro.) ¡Feliz viaje! 

Ele.— Déjame... 

Aaus.— No, madre, no... (Se oye rumor de gente que sale. Don Enríoue apa- 
rece en la puerta, bastante alterado; pero al verlas, intenta serenarse.) 

D. Enri.— ¿Ah^ estabais aquí? Buenas tardes, Elena. 

Ele.— (Furiosa.) ¿Me querrás decir?... 

D. Enri.— (interrumpiéndola.) ¡Qué calor hace aquí! (Se hace aire con el 
sombrero.) Agustiha, hija, ¿por qué no sales a dar una vuelta? (Agustina le 
mira y sale dócilmente.) 

Ele.— ¿Me querrás decir qué significa esto? 

D. Enri.— Pues significa sencillamente que a tu compañero y amigo, el ilus- 
tre señor Paoletti, se le ha ocurrido venir a visitarte en la agradable compañía 
de dos..., digamos artistas, demasiado famosas, y que, tomándomelo yo, he 
querido evitarte el trabajo de ponerlos a ellas y a él de patitas en la calle. ¡Eso 
es todo! 

Ele.— ¡Ah! ¿Y te figuras que tienes derecho a ponerme en ridículo? ¿Qué 
habrán dicho de mí? 

D. Enri.— ¡Bah! Las damas que venían con tu amigo están acostumbradas a 
esos contratiempos, y no ha de sorprenderlas el que no hayas querido recibir- 
las. Y en cuanto a los caballeros que las acompañaban, tampoco me pesa que 
hayan comprendido que, a pesar de todos los pesares, tienes quien te haga res- 
petar cuando llega el caso. 

Ele.— Por mí no te acalores. Diez y seis años llevo andando por el mundo 
y me he sabido defender sólita. Ni por ti tampoco, que no volverás a tener 
ocasión para ello. Pero, ¿sabes lo que te digo? Que para hacerme desaires 
como éste, podías haberte ahorrado el trabajo de invitarme a venir a tu casa. 

D. Enri.— Yo te he invitado a ti, pero nunca entendí que invitaba contigo a 
toda la hez de los teatros y music-halls del mundo. 

Ele.— Pues, hijo, el que quiere la col, quiere las hojitas de alrededor. 

D. Enri.— No por cierto. 

Ele.— Ya sé que te estorba todo el que viene a verme. 

D. Enri.— No me estorban, y creo que harto te lo vengo probando, mientras 
sean personas decentes. Desde que estás aquí, no cesa el rodar de automóvi- 
les por esa carretera. 

Ele.— ¿Te molesta el olor a gasolina? 

D. Enri.— ¡No mé molesta nada! ¿Artistas? Bueno. ¿Extravagantes? Bien. 
¿Indiscretos? Paciencia. ¿Impertinentes? ¡Qué le vamos a hacer! Pero gente 
sinvergüenza, no, no y no. ¡Ya lo sabes! 

Ei£..—(Uorando de rabia.) ¿Es que tú te figuras que me paso la vidia entre 



A «,.n«, V míe 80V como ellos Si a mano Viene? iPues, hijo, 
eentes de poco más o menos, y qtie soy comu « 

^"*/.°S-¿C?e^%^e"?iSflo^ te hubiese hecho venir aquft ¿Crees 

quihubSdUoentticasaamihija? 

ELE.-Ya salió tu hija. . ^^ yo hablar un poco de ella. 

ll^ú^.t n-SSolluf ^etVJdí en .ni mis„,a cara, «ué 
«#» va a fisurar que es su madre? nrimiie sabe de sobra, tanto como 

"^''^"ir/^^í^"*- otra oe. rabiosa.) iAh, con ,ue soy honrada porque .o 

puedo menos de serlo? 

D. Enri— ¡Entiéndeme! mAons» ¡Pues hijo, tentaciones no me 

ELE.-De sobra. ¡Porque no P^/'^^^í'^^aíIce. . y ahirá mismo, si me diera 

han faltado, que no soy tan fea, digo, me parece.... y 

** ^ fe^.-lElena, no me saques de tino!... _ 
E¿eT-^És que puede pesarte lo que has dichol 

D. Énri.— ¿A mí? ^ , .^ ^ , , 

rÉ^.^'^ile^í 6yemet:„' ya ,ue acaso sea esta la ultima vez ,ue habla- 

mam. con relativa tranquilidad... . . ,„ 

Ele -Por mí. como si quieres ^^f'^f^H'^^^^^^ más que por ti, ¿lo en- 
D Énri -No me puede pesar nada de l^.^lM^^íf^as. «m h h ^ ^^ 

tien'des^ por t^De tSdas las locuras J^^^^^ ^Jfel m^^^^^^^ ^ '^^^t 

alcanzarme? ¡Ni siquiera el ^f P^^¿° ^'S miw por encima de las... ^^^^^'^'^^ 
f^^^^^t^^&'^o'':^ ""^'iXwdh he Vivido hasta ahora, por 
lo menos, en paz; un poco se ha turbado... 
Ele —¿Porque he venido yoí 

E¿í^^«-¡^CÍÍ'ont-se puede serena, el agua. 

D Énri — Cuento con ello. -^uoo 

E¿E.-E. decir, ¿que 'íf^'^^^^^^if^iaáo con mi modo de pensar.. 

L^¿¡íflSn''"¿'SÍ1e';?íSoT¿S¿'^^^-'o.; 

D. Énri.- Pero no te precipites... 

Ele.— Está bien... •„«„,/» «.nrantado de que estés con nosotros.. 

D. ENR..-Ya sabes quejo «^SSS ^Sf ^^^ palabra, se dirige c 
Ele.— iQuitate de mi vista! »Hipocniai [ím, ou 

te darán a ti... ¡Pura, Pural 

Pura.— Aquí estoy. *,i«:,ia:i 

Eir~¿Dónde estás metida... estúpida? 

PuRA.-Pero, niña... ¿q«é pasa^ . _-^, ^hora mismo... el baúl... las mal 
Ele —Pasa que nos marchamos de aquí, anum u 
tas; ¿qué haces ahí como una estatua? 

á"-iSrqüirei,i;í;iíí"5S»".brer^^ 

que los manden... ¡Vámonosl 
Pura —Pero, ¿dónde? 

ELE.-A1 infierno, que es, pais callente. ^ marchar? 

PuRj^-Pero si hasta mañana no hay ti^®"' **^°"" 'J^ . «a les daré yo p< 
ELÍ%¡En burro! Que «^Qf^o^^ítomóvS &S.; \'Yoán^\t 



JvM^.—fAparecíendo en la puerta.) ¿Se puede? 

Ele.— ¡Ah, Juan Manuel! Llega usted a tiempo. ¿Es de usted esc automó* 
vil que sonaba? 

Juan.— Sí, señora... 

Ei.E.— Pues ya tienes dónde cargar los trastos. ¡Volandito! 

Pura.— jAy, hija, pues note dan a ti las cosas poco súbitas! (SaleJ 

Juan. — ¿Qué le sucede a usted? 

Ele.— Lo mejor que podía sucederme: que me marcho de aquí... es decir, 
que me echan... ¡No se siente usted! ¡Sí, sefior! Ahora mismo... ¡Y se acabaron 
las contemplaciones! ¡Hay que vivir como vive la gente! En el primer vapor 
me embarco para América; conque si quiere usted hacer conmigo un viajecito 
de recreo, ya puede usted tomar el pasaje. 

Juan.— Es decir... 

Ele. — Es decir, que le cayó a usted el gordo. ¡Alégrese usted, amigo: más 
vale llegar a tiempo que rondar un año! 

Juan.— Siena (Siiaoemente), es usted una mujer adorable. 

Ele.— Ya me lo dirá usted por el camino. ¡Andandol 

Juan.— ¡Espere usted un momento! 

Ele.— ¿A qué voy a esperar? 

Juan.- A estar un poco más tranquila (Sonriendo.) Las grandes resolucio- 
nes hay que tomarlas con serenidad. 

Ele.— ¡Ah, con serenidad! 

Juan.— Elena... usted no sábelo que le agradezco... eso que acaba usted de 
decirme... Esas palabras, en boca de una mujer como usted, son de las que un 
hombre de honor recibe siempre de rodillas... pero, por lo mismo, es preciso 
que no las diga usted en un estado de ánimo que luego dé ocasión a que usted 
pueda arrepentirse de ellas. 

Ele.— ¿Arrepentipme? Pero, ¿usted se figura que ese... hombre merece que 
yo me arrepienta? 

Juan.— Ahora se trata tínicamente de lo que merece usted. 

Ele.— ¿Y qué merezco yo? 

Juan.— En primer lugar, ser feliz. 

Ele. — (Casi llorando.) A eso vamos. 

Juan.— Por un camino un poco... desigual. 

Ele.— ¿Ahora es usted quien le va a poner peros al camino? ^Co/z espanto.) 
¡Usted, usted! ¡Jesús! Si antes de fiarse de un hombre, se debía una echar una 
soga al cuello. 

Juan.— Elena... por favor... Elena... 

Ele.— ¡Usted! Después de tanto suplicarme... ¡Virgen, donde he venido yo 
a caer! (Se tapa la cara con las manos y solloza desesperadamente.) 

Juan.— ¡Si no es eso, no es eso!... Elena, yo la respeto a usted ahora más 
que nunca... Elena, óigame usted... usted sabe cómo la he querido yo siem- 
pre... ahora más, ¡pero de otra manera!, más, porque la conozco a usted más... 
¡Se lo juro a usted! Es usted para mí... le agradezco a usted tanto... pero no 
quiero que eche usted a rodar en un instante toda la felicidad que aún tiene 
para usted la vida... que usted merece como nadie, y que está para usted en 
esta casa, créamelo usted, sólo en esta casa. 

Ele.— ¡En esta casa! (Sin levantar la cabeza.) 

Juan.— Sí, en esta casa, buena y acogedora como usted, donde ha encontra- 
do usted tanta serenidad, tanto cariño... ¿Qué le va usted a pedir al mundo que 
ya no le haya dado en gloria, y no le haya cobrado con usura en soledad, en 
cansancio, en injusticia...? 

Ele.— (Serenándose y mirándole fijamente.) ¿Y de dónde le viene a usted, 
así de golpe, toda esa abnegación? Míreme usted bien. No acostumbran uste- 
des los hombres a ser tan generosos porque sí. ¿Me querrá usted decir que 
porque le parece a usted que en esta casa está el ' camino de mi felicidad, 
renuncia usted con gusto a lo que hace tan poco tenía usted por felici- 
dad suya?... ¿Por qué mira usted al suelo? Aquí hay gato encerrado. ¿Se va 
usted a casar? Pero entonces, ¿dónde vive la novia, o qué calma es la suya que 



,. consten.. . usted p.«r« 1. vida i^o.^U ^^^^-^^Zl^f^tíZ 

\vMt.~{Con muchísimo miedo.) Si. b ena, si, Agusuna. 

EtE.-¿Se ha enamorado "f ^^^^de mi hijaí ^ ^^ ^^ .^ 

JüAN.-Perdóneme usted p'f "^: P^A^IL^'^he 'S "^ 'a tonocfa! f odo 

en tan poco tiempo a S'je^«'-'^t^"^^;,i^"^"n° era como un presentimiento. 

el cariño que la he tenido a usted, que la tengo j^^^^ como p ^j 

Juan -¡Perdóneme usted. Elena, perdóneme usiedl 
Etz— (Sinceramente.) ¿Yo? ¿De qué? 

fc'':rp°?o';tS S'íZlrZ .a'rg;í. «ue n,e da usted? 
|[rúíS"e¿ir''3:ÍSrlMihiiarUs^^^^^ 

ted el único hombre en quien hubiera quer do creer para y^¿^ ^ ^^ ¿e 

todo, porque me parece usted an^¡g« «f "/*>' ^alverTe a usted meterse en má- 
tenlas cosas 1... Algunas veces he tenido pena, a ver^ a "s ^ ^^ ^^^^^^ ^^ 
los pasos, y en.onces icon q"é cariño no sé si de^e^^^^^^ 
hubiera aconsejado a us ed!... ^-^^^.^J^^Jig*"", censar que, por esa locura de 
mundos, ¡me daba una ^^^g"^;;; ^ "" ^nf^^nza estüpida! Ya ve usted si ahora 
usted, habla entre nosotros una °f .^^"S^os 5"^ buenos amigos, 
tenffoquealegrarme, viendo q^.e al fin. p^^^^^^ ^ - veneración 

5vJXN.-¿Amigos .. p¿"f ,,^« ^-é J1J|^^^";°¿^ otra mujer cualquiera nece- 
que siento por usted. ¿Sabe usted el "f «"o f 7" X^ ^- sincera y tan sencilla- 
Sitaria sólo para fingir esas P^j^,^^';^ ^"^ "''¿^ed '^^^ usted una santa! 

^ Tur- I6^íli&. /. mano cieaofc^ntej ^„ ^, „„„. 

°'TE:í"!^'(PreclpitáncIose en curebato de indignación.) lElena! 
^AX-(Con perfectisima naturalidad.) ¿\"'' ,. 

""^ jí!u..-|A »us órdenesl (Sonriendo resignadamente.) 

era lo que habla de pasarme? íNo pudiste ^¿[^fp"„'_¿e» ,ue te flg« 



hombres... |a, Ja, fa, ja! (Cae en an sttíón, con an oerdadero átame de risa. Don 
Enrique quiere hacerla hablar, se acerca a ella, se separa de ella, con rabia, 
con cariño después, desconcertado, por último.) 

D. Enri.— Elena... Elena... dime... jElena! ¿Pero es que todos nos hemos 
vuelto locos? (Ella sigue riéndose.) 

ACTO TERCERO 

La misma decoración qut en el segundo. Al levantarse el telón e<4tán en escena don Enrique y 
Agustina. Don Bnrique pasea por ia habitación y Agustina mira por el ventanal at lardin; no 
hablan, y loa doa tienen cara de mal humor. Pasado un momento, entra Pura. 

Pura.— ¿Llamaba usted? 

D. Enri.— Si. ¿Se ha levantado la señora? 

Pura.— Sí, señor; pero está con jaqueca y dice que no tiene gana de hablar 
con nadie. (Pausa.) ¿Mandaba usted algo más? 

D. Enri.— Nada. (Sale Pura.) 

hous.— (Sin Dolver la cabeza.) Papá, ¿qué tiene mi madre? 

D. Enri.— Ya lo has oido, jaqueca. 

Agus.— Qué enfermedad tan rara. 

D. Enri.— ¿La jaqueca? 

Aous.— La de mi madre. ¿Por qué se ha encerrado desde ayer por la tarde 
en su cuarto? ¿Por qué no bajó anoche a cenar, ni al desayuno esta mañana? 
¿Por qué? 

D. Enri.— ¿Por qué no vas a pregu .térselo? 

Agus.- He ido ya tres veces y no me ha dejado entrar la Pura. (Pausa.) lY 
sigue lloviendo! 

D. Enri.— Sí, hija; sigue lloviendo. 

Aous.— ¡Y qué viento! No ha quedado ana flor en el jardín ni ana fruta eo 
los árboles! ¡Vaya una nochecita que hemos tenido! 

D. Enri.— ¡De perlas! 

Aous.— ¡Y puede que sea temporal y qu¿.nos pasemos así una semana 

D. Enri.— Puede. 

Aoi».— |Ay, padrel 

D. Enri.- ¿Qué hay, hija? 

Aous.- Que estoy muy nerviosa. 

D. EiiRi.— ¿Muy nerviosa o de muy mat humor? 

Aous.— Es lo mismo. íQué cosa ton estúpida es la viáñl 

D. Enr!.— A días... un poco. 

Aous.— Siempre: nacen unos y viven y se muertn para que nazcan otros y 
vivan y se mueran... ¿y qué? 

D. Enri.— Eso precisamente, 

Aous.— ¿Morirse? 

D. Enri.— No; ir viviendo. 

A<HJS.— Pues es una broma... Ir viviendo... tantos dfas iguales; tantos aflos 
como tiene una que pasar hasta que llegue a vieja... Levantarse, vestirse, arre- 
glar la casa, hacerse trapos que a una no le importan, leer libros que mienten 
o que no dicen nada, hablar con gentes que sabe una que le van a decir siem- 
pre lo mismo. Pensar: ya llega octubre, ¡cómo acortan los días!; ya viene fe- 
brero, icómo van alargando! ¡Acostarse, dormirse, soñar o no soñar, desper- 
tarse, y vuelta a lo mismo! 

D. Enw.— ¡Hum! ¿Qué dice de todo éso el señor don Manuel de la Fresneda? 

Aous.— ¿Manolo? Dice que esa es la vida, y que así son felices los que son 
felices, y que qué más le vamos a pedir a la suerte... y que algún día me pesa- 
rá no haber sabido apreciar lo que tengo, y que este año va a haber una cose- 
cha de maíz que asusta, y que la remolaclia se pierde sin remedio, y que más 
rezar y menos discurrir, y que tú tienes la mitad de la culpa por haberme deja- 
do leer tantos libros y hacer en todo mi santísima voluntad, y que el diablo que 
me entienda, y que estoy loca de remate... y lo malo es que puede que tenga 
*^asáa. ¿Por «pié no tocas ua poco d piano? 



S„S:!^S'Lrvrei;rorS^en'2'erpor?lo todos .o, nervios ae 

no hubiese palabras empeñadas ni compromtsos.^m | ^^ 

donde ^^dosestiviesen alesres por la fehcidad de todos. 
D. Enri.— Pide, hija, pide... Ija, ja, ja'. 
Aaus.— ¿Te ríes de mí? ^ánriirta oue s\ en la tierra existiera un 

¿Qué te pasa? 

esperar locamente unas ^"antas semanas. De estas aven ^^^^^ ^^^ 

si¿npre se saca un leve '"«'^«¿^ .f ? ^¿^Jorque haW^^ 

arrebata... Perdóname, chiquilla. 

fe"£«íl 'porque ..he ""Ugiado «na nasúS" sta ^^^^^^^^ que J„ «o- 

estás triste, ¿verdad? . 

D. EMio.-lPch8! Tanto como tnste... ^¿^ ^¿ ^^^j^ 

Aoü8.-lAy. padre, padre Pf.^?^^"^*™."e 'después d? todo, ¿qué me 
veng» a aburrirte yo con simplezas '"'^«' P^^^"*'o^2Wa, ¡vaya ¿na desdi- 
pasí a mí? Eso es, a mi ¿qué •"eP^^^f.SnuAalL^^ce nadie si con lo que 
chai Tiene razón Manolo... y tu tamb én^ .qué ^^'^^ "^^^^^ Desde mañana, 

tengo he sido siempre tan ^^1'^; PUf >« «"'«^^ J^\^^^^^^^^^^ a, anochecer, ly a 
vuelta a nuestros paseos en lancha y*""^^'^°^„í°ee8te padre chocho y esta 
ver qué pena se atreve a entrar en f s*»^ casa, entre esiep ^^^^^ 

hija tan Siial educada! ¿En f^^^^'^^^^f^^^^^^^ la cabera 

cíSno cuando era muy Pequeiía.J^fX' ^^¿'^^.""stnadre ^n mío? 

con cartas y periódicos en la mano.) 
Ju»TA.-lAquí está el correo! 
D. EnRu—Bueno; déialo ahí. 
Justa.— ¿No lo lees? 

LS^¿'^^^^^ te traí|a una taza de caldo? 

b. Enri.-¿A mí? ¿Por qué? No Por cierto. ^n^a^emos muy aHmen- 

JusTA.-Pues con el desayuno ^^^ ''«"^°!J'f,í°'ca^^^^^^^ ««e'« 

tados... y como por fas o por nefas ahora en esta casa ei a.m 
retrasar hasU las mil y una. no estaría de más que tomases aigo. 

D.ENiu.-Muchas gracias; no necesito nada. «mpezaremoí 

J^eT¿^caSn».''SS6^»SÍ«rra¿;ilJ¿''Ííe'2e„^n,„,Leo.or. 



Aaus.— Será d reflejo verde de los árboles. ^ ,^ , 

JüSTx.— Será ei reflejo verde. ¿De modo que puedo quitar la mesa? 

D. Enri.— Vaya una pregunta; haz lo que se te antoie. 

Justa.— Es que, como todavía no ha desayunado la señora, y no sé si quiere 
bajar al comedor o que le sirvan el café en su cuarto... 

D. Enri.— Pues sube a preguntárselo y sales de dudas. 

Justa.— ¡Para que me mande a freír espárragos la frasca de su doncella! 

D. Enri.— iPues no subas! (Con mal humor.) 

Justa.- lAy, niño, no nos acaloremos, que no es para tanto! Aquí a todo d 
mundo se le consiente todo menos al ama Justa. Aquí todos son santos y no hay 
más que una pecadora. ¡Todo sea por Dios! iCría cuervos, cría cuervos y te 
sacarán los ojos! ¿Dónde vas? 

D. Enri.— i A paseo! (Sale.) 

Justa.— ¡Con la mañana que hace! Naturalmente, cuando en casa no pode- 
mos vivir, a la calle, aunque caigan chuzos de punta. ¡Ay, niflo! A disgustos te 
han de quitar la vida. ¡Ay, Señor! 

Aqus.— ¿Qué te pasa? 

Justa.— ¿Qué ha de pasarme? ¿No es un dolor ver que a tu padre, y a ti lo 
mismo, porque sois más buenos que el buen pan, os estén engañando como os 
engañan? ^ . ^ 

Aous.- A ti qué te Importa, si engañados vivimos a gusto. 

Justa.- A gusto, ¿eh?, por eso no comemos, ni dormimos, n! hacemtin cosa 
como Dios manda. En esta casa no hay orden, ni paz, ni concierto, ni grada 
de Dios... , ^ ^ ^ ^ ^ 

Aous.— Ama Justa: ¿tú dices que nos quieres tanto y cuánto? 

Justa.— ¡A morir! 

Aaus.— ¿Pues sabes cuál es la primera obligación del que quiere a otro? No 
darle disgustos. 

Justa.— Es que hay cosas que no pueden consentu-se. 

Aous.— Porque te molestan a ti. 

Justa.- Porque no, señor, jea! Y si a tu padre y a ti os duele oirías de puro 
tragadas que las traéis, yo sé mi obligación y las digo. ¡Quien bien te quiera, 
te hará llorar! 

Aous.- Es que a los que queremos no hay que quererlos bien; con querer- 
los, basta. . . x_ j , 

Justa.— Y que no soy yo la única que se lamenta de lo que aquí ocurre. 

Aous.— ¿Qué quieres decir con eso? 

Justa —Pregúntaselo al vecino de al lado. ¡Bien temprano estaba esta ma- 
ñana en la huerta mirando para tu ventana. 

Agus.- ¿Manolo? 

Justa.— Sí, Manolo. A ese tampoco se la dan con queso. 

Aous.— No sé a qué viene ahora hablarme de él. 

Justa.— Como venir, a nada. Pero cuando una quiere a las personas, siem- 
pre le da gusto hablar de ellas. 

AcA».— Ya, y tú le quieres mucho. 

JiKTA.- ¿Tú no? 

Aous.— ¿No lo sabes? 

Justa.— Me lo figuro. El es el que, a lo que parece, no anda muy ccmvencí- 
do de ello. 

Aqus.- ¿Te lo ha contado a ti? 

Justa.— No es menester que me lo cuente, que el amor y los celos a los ojos 
saltan, y mujer que ha tenido cerca a un hombre, se los sabe a todos de memoria. 

Aous.— Figuraciones tuyas. 

Justa.- Naturalmente... como que chocheamos ya. Figuraciones. ¿Pues sa- 
bes lo que te d^, hija mía? Que puede que cualquier señorito de los que vie- 
nen aquí a diario tenga que marcharse del pud)lo cualquier soche con la figura- 
ción de que !e han roto la cabeza. Y sino, al tiempo. 

Aou».— Bueno, déjame en paz. {A mí qtté me importa! 
lüSTA.— i Ave Maria porishna, uiila! 



Aoo. -Sin pecdo concebida ama... Ajélate 2»» K* Ya%''o.vt?é*d 1 1 
do.,SíquHo",tü7elsehorUoManoloylacasa^^^^^ , y ajora 

dM va lendremoa tiempo y sosiego Pf™ f ""V'!"" „„ de momia, de fim- 
^^L de delance que J^ '^Jg°//reáo"S*rote%?4 en paz y en graca d. 
SKl°ntroTL?a'baisaT?c|fe.-,Anda„J,^ 

rfonA el ama ha dejado d oorm'>'<'°i°,,„^^) Madrid París... Roma... Fila- 

'^r-ZtéT^'^^^^ff -i^r. r^ei'sfaos q«e Vivo en esta 
&-iNadal.,. Figúrese ust^ que ^^^'^¿l^^^^^ encantos y tantos 

^tSSVirferSffliS « H^ -ido üa^da para mi 
fc3Í&'^m¿°tr^istTs%t^ 9^P-r^^^^^^^^ 

SLr„íídre^!.^"aTr^orirn¿'Siroq'uV ^Nue 

"°S-4ust?d'SU»=^^^ 

Juan. -Por ahora, Pekín. _«-^»,ar? u t-. 

fcl^^etJrde^n^rf'LXgnco s^mana^^^^^^ 

'°*AaSf-|Ko«6«/o«*P«.«A>J íPor dénde ha entrado usted que no le he 

"£'S^K'S^^'a''^¥^rted 

SArX^le^^^^.t^^'^^'^ -ted que ie mande . 
""""¿■•-Prefiero que me haga «sted compafWa mientras viene, si es que r„ 
«'"¿.íítÍTTngo tSKdapor delante para no hacer nada. 

i— firq^ereS^S^íStj»,--- - -"• 

S:iíom^td!e\f S.?^^^^^^ , resignada c 

usíi-^S^^JonímSt^l^yS-^^^^^^^^ 

tienen por todo libro el de la cocina, por looa t^\»» 



compra, v por todo viaje la divertidísima excursión desde e! ropero a ia des- 
pensa? (Se ríe.) 

Agus. — ¡Qué remedio habrá! 

Juan.— ¡Y puede que se divierta usted muchísimo cosiendo calcetines! 

Agus. -Ni eso; cuestan va tan baratos, que no vale la pena de :u! cirios. 

Juan.— Y hasta que juegue usted al tresillo los domingos por la tarde con 
el teniente cura y el boticario. 

Agus.— Jugaré al ajedrez con mi marido. 

Juan. -Y le hará usted los pitillos a máquina. 

Agus.— No; porque fuma en pipa. 

Juan.— ¡Qué hombre tan distinguido! ¡Ja, ja, ja! 

Agus.— No me haga usted reír. 

Juan.— No me oblljíne usted a mí a hablar en serio. 

Agus.— ¿Qué me va usted a dicir en serio? 

Juan.— ¿Me promete usted no enfadarse si se lo digo? 

Agus.— ¿Es muy grave? 

Juan.— Agustina, es usted demasiado inteligente para resignarse a aceptar 
de nadie ¿lo entiende usted? ¡de nadie! la interpretación de la vida. Tiene us- 
ted en el entendimiento y en el corazón ideas, esperanzas, sueños que son de 
usted, sólo de usted, tan suyos como su misma sangre y su misma carne, y to- 
dos ellos son como otras tantas voces que no pueden, que no deben callarse a! 
imperio de ninguna otra voz. ¿Usted comprende lo que quiero decirle? 

Agus.- Que tengo la cabeza a pájaros. 

Juan.— Sí, señora, A una porción de pájaros que no han nacido para vivir 
en jaula. 

Aous.— Pues búsquese usted alguien que les abra la ptierta. 

Juan.— ¿Quiere usted venirse a Pekín en mi dulce, conyugal y diplomática 
compañía? 

Agus.— ¡Juan Manuel! 

Juan.— ¡Agustina! (Pausa.) 

Agus.— ¿A eso es a lo que usted le llama hablar en serio? 

Juan.— ¿Le parece a usted cosa de broma casarse conmigo? 

Agus.— Buena pareja haríamos usted y yo. 

Juan.— Inmejorable. Créame usted a mí, hemos nacido el uno para el otro, 
y los dos para correr el mundo hasta que nos muramos de viejos. Mire usted, 
yo no juego al ajedrez, y como siempre fumo cigarrillos turcos, podríamos 
fumarlos a un tiempo; ¡usted no sabe lo que es un vicio a dúo! Además, como 
siempre estaremos de viaje, no tendrá usted que despedirme cuando me vaya, 
ni que aburrirse hasta que vuelva; además, me guardaré muy bien de imponer 
mi opinión en nada de este mundo ni del otro: usted hará el menú en todas las 
comidas, elegirá usted e! cuarto en todos los hoteles, escogerá usted todas 
mis corbatas, tendrá usted en el bolsillo todo e! dinero de la comunidad y lle- 
vará usted todas las cuentas; en una palabra, será usted el más déspota de los 
tiranos y yo el más feliz de los siervos. 

Agus.— Eso dice usted ahora, porque sabe usted que es imposible... pert 
lu^o... todos los hombres son iguales. 

JUAN.— Eso se lo ha dicho a usted su novio. 

Agus.— No, señor; mi madre. 

Juan.— Pues están ustedes las dos muy equivocadas. Agustina, escúcheme 
usted, porque ahora sí que estoy hablando en serio, y lo que voy a decirle a 
usted sólo puede decírsele a una mujer cuando se la estima mora! e intelec- 
tualmente, tanto como yo la estimo a usted, ¡además de quererla con toda mi 
alma! 

Agus.— ¡Jesús! (Queriendo seguir en broma, pero sin conseguirlo.) 

Juan.— Será usted mi mujer, si se resigna usted a serlo, con todas las, san- 
ciones legales y divinas; pero le doy a usted mi palabra de honor de que no la 
he de tomar a usted en cuenta firmas ni juramentos. Siempre será usted libre, 
y vendrá usted a mi lado sólo mientras usted quiera venir. Y aunque llegase- 
nos a celebrar 1m bodas de diamante, todo lo que usted quiera darme de sf 



'>^^J.''°XJ confusa.) iNo... no! 

rr 'ftfsÓfyo-con-o esas mujerotas de novela ,ne tienen un .mor en 
Aaus.-No soy yo con. ^.^ ^^ ^^^^¿ 

"■^«S'-Esoqul usted ha tenido no era amor. 

'W-Fgí^rvaTrujnsL^n^o^; rsao e, cor^^^^^^ 

'"53£¿^^^^e, verdad. 

Aous-Está usted loco. 

liiAN —Por usted. . 

Xqus. -Si. hace tres semanas. .piensa Ud. que le hubiera gustad» 

tuAN -Hace una eternidad ^ ".^^•.P^^^'^'o fnd\do ^^ por esos niun4os? 

tfltito leer novelas de vmies s\ no hut^jese yo n 
*^ AaS^^^Buscá.,dome a mí. ¿ver<l-id 



ír-Por^-TeSrf "tan temprano. 
k-á^trra';°a"e:tí."v^i7--^^ 

besa.) ¡Gracias Agustina! 



Aous.— ¡Ayl 

& -'^ada... que vienen... seré Matiolol. 

&- Qué imparta!... lEstoy yo aquí! 



TuA« -iQué importa!... iEstoy yo aquii 

Aous -No, no... déjeme usted... , ^^a echa a corre 

UjT« -Como usted quiera. 8'?'^P;,^^,^rmSnlnío H^^^^^ ^^ ""^'''f/ "1 
« S al Jardín. Él se la queda '"'^«"f ;,"fXc^ e° VL/. P^ro «o es ^ía«o/ 
'qS^n^Uado. disponiéndose^^^^^^^^ desagrado, 

quien entra, sino el ama]w>ta, que le mu 

InsTA —Buenos días. 

&^r>lma*;teí-^J Muy bueno,. ^^^^^ 

jr-áabTustXi KetV Don Enri<,ue, 

C-dLe quería usted algo? 

fcrií°ufc"e«or: no ha vuelto ni volverí hasta la hora del aimu. 

^ISiB^TiriíSMH^-»^^^^ 

pidiendo ti novio? 



JÜ3TA.— iMo estoy aespiaiendo a nadie! 

Pura.— Como miraba usted a la puerta y suspiraba usted tan triste. 

Justa.— Suspiro por lo que tengo que suspirar, y yo me entiendo y usted 
ne entiende. 

Pura.— Yo, ni palabra. ¿Se ha muerto alguien de la familia? 

Justa.— Más valdría morirse que vivir como viven ciertas personas. 

Pura.— ¡Quiá: no lo crea usted! Viva la gallina y viva con su pepita. 

Justa.— ¡Así anda el mundo! 

Pura.— ¡Ya ve usted! ¡Dicen que siempre al mismo paso! 

Justa —Eso es verdad. Los hombres serán siempre tontos de la cabeza. 

Pura.— ¡Pobrecillos! ¿Quién les tiene la culpa? 

Justa.— La culpa ia tienen las mujeres que les vuelven el juicio. 

Pura.— ¿A cuántos se le ha vuelto usted? 

Justa.— A ninguno, porque soy muy decente. 

Pura.— Puede que no haya sido sólo por eso. 

Justa.- ¿Por qué lo dice usted? 

Pura.— Porque ellos son la mar de caprichosos, y suele suceder que, cuan- 
to menos les dan, más ganas les entran. De modo que no se haga usted ilusio- 
nes de santa bendita, porque si no ha habido quien le diga a usted por ahí te 
judras, habrá sido por lo mismo que a mí, ¡por fea! 

Justa.— Ha de saber usted que soy viuda. 

Pura.— Se moriría de susto el infeliz. 

Justa.— {Insolente! ^ ^ . 

Pmh— (Fingiendo risa.) ¡Ja, ja, ja! Me río yo de la virtud de algunas. 

Justa.— A usted la he de arrastrar yo del mofío. 

Pura.— Eso dicen, ¡Ja, ja, ja! 

Justa.— ¡Tarasca! (Entra Elena en traje de mañana.) 

Ele.— ¿Ya están ustedes disputando? Tempranito empiezan las buenas obras. 

Pura.— Es que... 

Justa.— ¿Manda algo la señora? 

Ele.— Que se quite usted de delante. 

Justa.— Está el día de oro. Desde que nos hemos levantado, no hacemos 
otra cosa que recibir bufidos. (Sale.) 

Ele.— ¿Y a ti, cuántas veces te voy a decir que estoy hasta el moho de 
cuestiones? ¡Aprende de mí! 

Pura.— ¿A qué? 

Ele.— A tener calma. 

Pura.— ¿Quieres tomar café? 

Ele.— ¡No quiero nada! 

Pura,— ¿Sabes que te levantas con buen humor? 

Ele.— Con el que se me antoja. (Viendo entrar otra t>ee al ama Justa.) 
¿Qué se le ocurre a usted? 

Justa.- Nada, señora. Que traen un telegrama para la señora. 

Ele.— Déme usted. ¿Qué está usted ahí esperando? 

Justa.— Que firme la señora el recibo. 

Ele.— Tome usted. (Sale Justa.) ¡Y tu no me preguntas siquiera de quién es! 

Pura.— Para que me contestes que ¡a mí qué me importa! 

Ele.— Es del apoderado ¿Que si nos vamos o no nos vamos? 

Pura.— Eso mismo te iba yo a preguntar. 

Ele.— A ti te correrá mucha prisa marcharte. 

Pura.— A mí ninguna. Pero como mandaste ayer de sopetón que hiciese los 
baúles, y luego te encerraste con la risa nerviosa, y luego te dormiste, y luego 
la jaqueca, y luego el baño, no te lo he podido preguntar hasta ahora, y luego 
si te da la ventolera de que nos marchamos, y están las cosas sin hacer, ¡a ver 
quién va a pagar los vidrios rotos! 

Ele.— El caso es que el contrato me conviene y que no están los tiempos 
para tirar dinero por la ventana. ¿A tí, qué te parece? 

Pura.— Pues que si te conviena, mal harás en no ir, porque lo que es aquí 
como ganar, no estás ganando nada. 



»,^._nn gastando tampoco. „« echarás coche. Sólo en trapos para i 

pÍJ;..~No. pues con lo ^^^^\^J[%^¿l^l]^^¡ que te pone el modisto. ^ 
,a nina mientras estuvo «J ca«a /a veras ^a cue q ^^ ^ . ^^ 

EtF..-iSi no voy a poder T^g^i ^„^tpVrarla en oro. No te pienso heredar. 
PuRA.-Por mí, como sx quieres enterrarla en oro. h ^j ^^j^^ q^^ 

eS -iCualquiera se embarca ahora y "eg^^/'^e lo pagan, pero que no 
esta^haciendo! ¡Y cantar P^ra aquel os salva,es.^^^^ y ,^^^, 

to entienden! Lo que me convema a m, era de^^^^^^ ^^ s 

^rt^^írd^p^'^K^^^^ mevoy amonr de hambre 

tampoco. . . ,^, primero; de modo que si estás cansada y 

^X» -pT¿ toelo ahora mis^o. y con eso cuando llegue la hora no le prtla 

" S-¿°-E«, ea... .'-ora.n.lsn.o. como puñalada -.Pl^r^^^^^ ^¡^1^^^^ 
de corresponder como Di»» "»"'"''' Sse ha wrtado, y luego la nWa. que 
'^Sóu lo%ue es portarse '''f """?«°ria a v«, porqui lo fue es tal corno 
t^l fa",'írs!'sl't.^Tde^ «ta"cVarneVe -'íe n,»y n».. manera. ,. la 
"=^'pí,l,-cCdoyote deda que no vinieras, porque ai venia.. l.d.ís m, 
""^S -,Adi6s n,i dinero, Ni que fuera alguna deshonra el que le «re a una lo 
"%Z-ZZ !krg1o los baüle, o no, 

Si -iDicbosos baúles y >>'«•;«'"' I „l.rti« v a las dos sale el tren! , 
P^.-YTe advierto que son las once y "«^ Y^'J^^^J^ i» u. déjame en^ 

.„^;;SÍ^'„'l^":l';o%aSerst&|'apW POr mi. 

■^iw-HasuWdoíres veces y estabas dorm^^^^ ^^ Vaya un 

K^lQué casualidad! No he pegado los o os en toda a^^^ ^^^ _.^^^ 

modo de sol^r el viento en esta cas^! J^"f ^¿f J ^¡ajel También es gracia 

tíempecito como éste! 'M^''^» ^«"'JS a aqueHos cirsis. ¿Qué me m.ras? 

nX-Tqueti íSall^qíe m^daime o^no, porque con éstas y las otras 

yo todavía no he desayunado! 
Ele.— Ni yo tampoco. 

Pura.— Porque no habrás querido. . ^-.ya, a desmayar, qu€ 

FL^-Anda, hija, anda a tomar un caldito, no « ¡jy°% „, (Con el tele 

"I5SSSSr-r/.°»S.ere.a.uch0.aberl0P 

guf^rse"roce, cuando desde ayer tarde no se te ha ocurrido subir 
•" Wt-C mrouTadruna person. se ende- con llave en a« habita 

n RNRi.-¿Prudente?... iCorreclo! 
EuT-Todos »on.o8 muy correctos en esta casa. 

?^^'™Es~Q^ufa'mi-:. m^^^^^^^^ la« hipocreafas. 
D é¡i?-^^^« • ^^ ^" franqueza. 



Ele.— ¿De qué? 

í'p^'' n~^? '° ^.'^"'■«- ¿'Te piden que te vayas no? 

i'n '^":;'^ . t" que has respondido? 
;iLE.— Todavía... nada. 

lera agradecido! Aunque de soh™ í^™„ V^"°! '»° ^""«s «^^mo te lo 

r<»"a.; Si, respuesta°!¡medta¿ ^° P"'"* ""« P'"*"- (Cogíé,Sio k 

"¿~¿No querías contestar tú? 

). EN»,.-¡üh. Era suponiendo que dudabas; pero, puesto que dices q«e „o 

«.^"¡fS&Tsen'LTlu'^^a'ír''''''-" ''^'" ""'^^'^rfa,,. p,ro sincera- 

S°~4T^"-°'<''-v»Ltva'x^^^ 

• c-NR' — 1 e lo aconsejo. 
LE.— ¿Con toda tu tranquilidad? 

f -¿YoT ""^ ''^^'■'^^^ «"^ '"^"'^t««. n^e atormentas. n,e perturbas la vida. 

•enfelo de'éíias.^!se'aíttn'irh.\TJ'3*'" '«^ hipocresías. Yo tam- 
enaSa han servido! Yo te llamé a mí^^^^^^^^ P°^^' habilidades míS 

Jcontrar iqué se yo! una ternuTa 1m .ffrf^ esperando que en ella pudie- 
hubieses echado de minos en tan^n^fi^'"' ^'^° ''ü^ *^ «^''^i^se, algo que 
por la voz de tu h?a porgúeme Ja^^^^^^^^^^^ ^' ^' muncTo.^l 

í que la mía... Viniste. .X h^bíaSír^níÍM- í^l?*" P?''« « '"^s elo- 
ada para ti. iNo npr^ tao^o-Jf ^ equivocado! Ni tu hi a n yo sicnífica- 

> te^starttí mVnfo!^ 'qVe te^^^^^^^^ ^,««^? « hac?r! Tu 

)8 tuvos, av, los tuy¿8' ^««^'"'ra, el que te aplaude, el que te explo- 

;.-|Lo8 míosl íEso es lo'que te duele! Te molesta que vengan a verme. 
?-PÚ^%.?'' '^^'^' *»«^"^ ^« tantos anos de olvidado el amor» 

Mueria'^ffirte' ÍNo^e^o c'ílof ^^ í^íf ' iPerdénameloI De eso 

tener.jEres Sfpridrgio dliísénsibHiSId 

1 un aria de RoMiní. '"aensiDilidad! Todo el fuego de tu corazón 

'^^"Ürf "*^"'^' ^^^ ^^ *« quejas? 

írJ»«:«^^esarogarqS¿mrmar^ 

"de oT^dlír bLnTuTo'd^^^^^^^ P"*^.?í« q«e te has de ir... , 

sabiendo que n¿ SSy radf^rr^^tíl ^ ^^ ^""''^^^ ^^'' teniéndote ti¿ 

íír**J!Í**x"!f ^^^Jaste marchar... 

'W».~íQué derecho tenía a detenerte* jSI ti OOnite MüaaM 



«.. -tPudiste haber venido conmigo; grotesca y lamentaÍI 

íS.issrr^:^'^- ■•■•» -- •-'"■ 

corazón^. j Ja. enfermedades, soledad, nad 

DÉNm-i-Trabajo triunfos Wsücias^^e^^^^ ^.^^ ^^^^^ ^, ^ ,6m. 

dejado en ti la menor huella. ¿Cómo na p 

P^lí^.íí&^'odo el nmndo^, ^^ ^„, desde este rince 

D. Enr..~No como.todo el mundo ^orqu y^, ^^.^^ ^^^^ p^, til- 
iba siguiendo tan de lejos, pero paso a pa 

Bfepor tí. »ens»do en todo, ¿f at"S,tme';;nW""^^^^ 
.ue siS^íiiaba que eran tu» ,^peranzas, .ndignándome ^^ 

Íera3pa?ati'el vértigo del mmrf^^ 

el amor ino por celos!, ino creas que f" ^ ¿^ ^^^ mujer boniia 

c ¿Xsi¿mpre que eras buena Per o f^^^^^ la 1 

^aV^fe^^^S^^^^^^ ^°^^- 

LT:rH%tSorVerreKo''ca„ta,... 

h;;;f-rQuI m^^ d». toda ^^^'ZátuíSta^^ e^a, 



>. Enri.— No ha habido día en que ae digún rincón no me haya venido tq 

:)re o tu retrato... Hoy mismo, de seguro. CRevolviendo el correo.) Si, aquí 

, (Rompiendo la faja de una revista de música.) Mira... (Con ironía.) jEn 

■af 

LE.— ¡Es posible!... Entonces... es verdad... que rae has querido tanto... 

:>. Enri.— ¡Ya lo ves! 

LE.— Yo no he sabido... nunca me lo dijiste... ¡cómo lo iba a saber!... No 

lí... yo también te he querido mucho... no como tú a mí, ¡pero mucho! Pue- 

nelnás de lo que yo me figuraba, ¡qué sabe una nunca lo que le pasa! No 

ero te debo haber querido de verdad, porque nunca he podido querer a otro, 

>. Enri.— Lloras... ¿Por qué? 

LE.— Sí, lloro ¡no sé por qué! Ni me importa ¡ea! Lloro porque tengo cora- 

ena de mí misma. ¡Y rabia, mucha rabia contra ti y contra mí! ¡Dices que 

oca, que soy como soy! ¿Por qué no me enseñaste a ser de otra manera, 

ue sabías tanto y que dices que tanto me quieres? ¿Sabes tú lo que has 

' Un orgulloso y un egoísta. 

J. Enri.— Tienes razón; pero perdóname, porque bien lo he pagado... 

LE.— Cómo perdonar, cuando después de todo, no le han hecho a una nada. 

/es tú qué trabajo cuesta! Perdóname tú a mí; pero de bastante nos sirve... 

». Enri.— ¡Por qué dices eso!... 

LE.— Porque hemos perdido lo mejor de la vida. 

í. Enri.— Siempre estamos a tiempo de salvar lo que queda... si tú quieres. 

J.E.— Sí, quiero... Tú eres... no sé... cuando entraste en mi casa mepare- 

[ue volvía a tener veinte años... como cuando te quise. Desde que estoy 

siento una cosa así en el corazón como si me hubiera sentado debajo de 

parra tan verde y tan fresca, después de estar andando horas y horas por 

amino con sol y polvoriento. 

>. Enri.— ¡Elena! , 

LE.— No me lo agradezcas. Desde que vine aquí... lo estoy queriendo; 

, hijo, cada uno tiene su alma en su almario, y donde no te llaman, qué te 

rán, y tú mismo has venido a decirme que me vaya. 

►. Enri.— ¡Pero crees que hubiera podido dejarte marchar!... Eres mejor 

yo, den mil veces mejor que yo. Tienes razón; no te supe guardar, no supe 

decer lo que tenía con tenerte; yo te debí enseñar la vida... fui un necio... 

i,E.— Bueno, ahora no te desconsueles, que no es para tanto. (Limpiando- 

s ojos con las manos.) ¡Jesús, los años que hace que yo no lloraba! 

>. Enri.— Otros tantos hace que no vivías. 

íle.— ¡Tiene gracia que no haya yo llorado en este mundo más que por 

a tuya!... ¡No me beses, que te vas a manchar la cara de lágrimas!... 

>. Eim.— (Abrazándola.) ¡Elena! 

A£.— (Separándose de él por pudor de mujer arisca.) ¡Mira que haber 

dado todo esto! (Reoolviendo los álbums.) A mí nunca se me ha ocurrido 

dar nada... ¡Jesús, de cuántos años! ¡Ja, ja, ja! ¡Pues no estaba yo poco 

i entonces! ¿Qué es esto? De Berlín. ¡Ah, sí! Una vez que se desbocó el 

lio y tuvieron que sacarme de debajo del coche. (Ingenuamente.) ¡Se me 

3 olvidado! 

>. EfiKi.— (Sonriendo.) Veintisiete de agosto de mil novecientos... 

íle.— ¡Anda, hijo, tienes tú más memoria que la Pura! (Entra Agustina; a! 

i su padre y a su madre juntos, quiere oolverse atrás.) 

). Enri.— Pasa, pasa. 

AE.— Que tenemos que darte una buena noticia. 

lqus.-— ¿Buena noticia? (Mirándolos alternativamente.) Es que... mamá. 

>. Enri.-¡Sí, hija! 

i(Süs.~(Abrazando a su madre.) ¡Qué alegría! 

íle.— Ya se lo puedes decir a tu novio. Mira, por él es por lo único qwe 

bo quedarme. 

iau8.— ¿Manolo? (Muy apurada) No... sí... ya... por... eso... 

). Enri.— ¿Qué te pasa? 

ITT» —f&itragidoJ El señorito luán Manuel oue auiere hablar contícro. 



L^:";ÁñS!ésKora. Pobre muchacho! (Entra Juan Man^. y don 

''■■•'iS^NÍ-dYa'ETenfy Agustma le han mcho^ 

^ENRi^rM/ramíoco;. ..«poco ote asom^^^^^ ^ p';,,¡„ dentro de 

¡^K^--(So''^'^°>^^^-^^S^m «ene inconveniente en h.cer e, ... 
rn!f¿nTng?a-4d'í?7u.^e^d , as bendiciones. 
D. Enri.— i Agustina! 
l^^i'^a a su padre; pero como le da mucha vergúer^a. termt 

'^^^riÍLl -IV" Sa '^^^ -- ^\ '^^'^ 'f ^"^''''' '' '' "''' '' "^ 

,0 que nos pone lo^ nervios de punta^ \l^¡^^^% parada.) Ysi tü no quieres 

Aaus -No te rías, papá, que yo no lo sama, [^^f ¿ ^ advierto que 

D Enr. -¿Por qué no he de q^f^^^./j^itebíero Y también menguan pa 

Pekín tombien crecen los díf^^ando llega Jebrero y ^.^^^ hemisferio. , 

octubre, porque da la '-^f'''^'^f.^^J^udTp^^^ se queda seria.) i A.; '^ 
'^AQUS.-No te burles demu^So^^^^'f J^''¿^,ido ^ ^. p^,... (Busca a 

D. ENRi.-iPicara vida! . , gg^^^á dé Dios que siempre h 

.^.^^^^^it^ZtmfS^'^''^-^^'^ « -- -^ *^"^' ''"^' ' 

■'" rS^--^Con.osiluü,tase consigo misnu,, pero en .o. alta.) iNo va . 
^T.r1pSáLoo/.ndW«JPor<."e saben quererla. ¡Hay hombresyl. 

ores, hijo de mi alma! , . .T.^_u:¿n hav mujeres y mujeres, hijade mi v 

D bNRi.-r^« tono de rina.) '[^^^^^^^^^ decir a mí!... 

Eií-(También en tono de ^^'-^ '^\^.Sra que estamos tan con en 
|-tÍ^rCef ra^^^^^^^^ fTéoVfM^ callar la boquita. siqu 

mientras ella esté en^casa. ¿gi^^te para discutir. 

^""d' ENRi.-rramW^n r/«.«^o.; Pues lo que es tú... 

Aous.— iMamá! 

í«jAN.— Señores... , ja« Mr» fnmen ustedes ejemplo de nosotn 

D ENRi.-Perdón, hi os, perdón. No tomen usté tigres! Después de i 
E¿E - Ave María! ¡Ni Que -fuésemos ^¿ Taso es querer y que la quiei 
.qué? Lo mismo da reñir que abrazarse El caso e q 
una como Dios manda. Ya lo dice la copla. 

Al querer lo he comparao 
con los días del invierno: 
ya se nubla, ya se aclara, 
ya graniza, ya hace buen(v 



FIN DH LA OfíRh 



ISU SALUD PEUQRAi 

i TERRIBLES MIGROBIOS LE AGEGHARt 

No espere Ud. a que las Autoridades le Indiquen que el agua está contai^ 

nada, pues hasfa entonces habrá bebido alguna cantidad; tenga por 

costumbre filtrar siempre el agua, aunque no venga completaments 

hirbla. Para ello nada mejor que el Depurador Higiénico y Rádlr 'o 

•• A R S O" que equivale a tener un manantial en casa. 

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> 2 
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» 4 
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• 7, 
» 8. 
» 9 

• 10, 
» 11. 
» 12. 
» 13. 
» 14. 
» 15.— 
» 16, 
» 17, 
» 18. 
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» 20. 
» 21.— 
» 22. 

» 23. 

' 24. 

» 25. 

» 26.- 

» 27. 

» 28.- 



TRATA DE BLANCAS.-Felipe Tingo. 
.-LA SOBRINA DEL CURA.-Carlos Arniches. 
.—EL MÍSTICO.— Santiago Rusiñol. 
.-LOS SEMIDIOSES.-Federico Oliver. 
—LAS CACATÚAS,— García Álvarez y Antonio Casero. 
—EL LOBO.— Joaquín Dicenta. 

-CHARITO, LA SAMARITANA.-Torrcs del Álamo y Asenjo. 
-EL VERDUGO DE SEVILLA. -García Alvarez y Muñoz Seca. 
-TODOS SOMOS UNOS.-Jacinto Benavente. 
—EL REY GALAOR.— Francisco Villaespesa. 
-LA CASA DE QUIRÓS.— Carlos Arniches. 
—FÚCAR XXI.— García Altarez, Muñoz Seca y Pérez Fernández. 
-EL RÍO DE ORO.-Paso y Abati. 
-SOBREVIVIRSE.-Joaquín Dicenta. 

ALMA DE DIOS.— Carlos Arniches y Enrique QarcíaJÁlvarez. 

■EL CARDENAL.— Linares Rivas y Reparaz. 

-EL POBRE VALBUEN A. -Arniches y García Alvarez. 

EL HOMBRE QUE ASESINÓ.-Tradución de Antonio Palomero. 

LAS ESTRELLAS.-Carlos Arniches. 

DOLORETES.-Carlos Arnirhes. 

LA SEÑORITA DE TREVELEZ.-Carlos Arniches. 
-SERAFINA LA RUBIALES O ¡UNA NOCHE EN EL JUZGAOl- 
Torres del Álamo y Asenjo. 

-ABEN HUMEYA.— Francisco Villaespesa. 

-EL SEÑOR FEUDAL.-Joaquín Dicenta. 

LA ETERNA VÍCTIMA.-Felipe Trigo. 

•JIMMY SAMSON.— Traducción de José Ignacio de Alberti. 

LÓPEZ DE CORIA.— Muñoz Seca y Pérez Fernández. 

■LA GIOCONDA.— Gabriel d'Annunzio. Traducción de F. Villaespesa. 

PAPEL BE LA PAPELERA E8PA1Í9LA 




LA VICTORIT^ 



Bn Im lucha de iámparas do filamento metálico 
HA SIDO, 

Y SERÁ SIEMPRE 
de la lám/tara 







La de mayor» solidex. 



La de lux máa bf ¡liante y dará. 



La que más duración tien 



CONCESIONARIO: 

I EÓN ORNSTEIN 



MARIANA PINEDA, 

MADRID 



} rall«r«fl ¿e tL» M»TMa Oorut», AotOBle Palomino. I. — lIsdrUl. 



MOVELA 

EATRAL 



imen 
de ayer 

en Ircs actos 

UitOINAL OB 

qnín 
Dicenta 




■igrr-fSfy" 



^^ H Madrid 8 deJuliodcj9lZ 



NúnL_3i 



La Novela 1 catral 

Co„,^íem«ito^ LA MOVllLA OOWTA 
COLABORADORES 

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CLASICOS ^ lulo, m^ -F ■• Bt* 

1 ■■•■• —.•Kíomm.-y^^ pb»..;^iu»toi'»i«». 

EXTttANienOe .Dowi»i<t.-Tmí 

U»B^-Ca»..-M*y ^g;;^°.BojoE»«>,.-liM«..-W^n» u»c« 

OBRAS ADQUIRIDAS 

CÓMICAS 



AlM4e[ 



trm rápído.-El gran t«caüo.-a paraíso La eurii^^^^ 

UMá<ae Coria. -La» cosaa de ta ^da- ,^^n5„ KWwTáií Re?M. etc. 
^^ FJ pobre Víübuena.-U» estrenas.-Nuche «e Kcyw. «»*. 

•^ DRAMÁTICAS ..i,« pj -••,?• 

n Mi.MrA .Fl Cardenal -Lo. Se.tiidioí««.-Pn-nav«-a en otoflo.-El •eñffm 
B Ml.tko.-E^Q»r^d«i«^txj._^ Lobo.-i>.brc^ñr*e. etc.. etc. 

EXCLUSIVAS 

a,irt«o. con laa de JO. aatore. .l-«ie«te.. pera »«^»^ •"T^^í^'r 
^^****"*^. , . VIH.—» .«L..PIÜÍ» -AlMitl.-G«r«a JLlrar««,- M«*« í 

VmnMln c— tawBioa c»o •era» 4e uaia— - p>* ■ «r s« r» j 

Precio dtt numero» atro»«do*i 




ÜUOBElEEaBBBCDBBaHrinnnnnnrTi 



El crimen de ayer 



r 

CARMEN 

MiRQARITA 
PEPA 
CELES TB 



DRAMA BN TES ACTOS Y EN PROSA 



OEIOiNAL va 



JOAQUÍN DICEMTñ 



lUANA 

JULIÁN 

MARIANO 

PEDRO 

KUUtíRICO 



PER90NAIB9 



ÁNGEL 

MANUEL 

IGNACrO 

MENENDB2 

SOTO 



Varios personajes secundarioa. 



BL CONDB 
EL MARQUBS 
CABALLERO 1.» 
ÍDEM SL* 



ACTO PRIMERO 

En el espacio de p"rcd que Lnarala, S ,, v^l- """"« aue dan sobre un tejado. 
«Ilerta un jorro f"rco:un''oL^o';e,Vde Xr^/e','.!^^^^^^^ "na|uifarra. un sable de cá- 
ete. A la derech* del fondo hobr/un manlauí i^n v«r1n- -f ^"'J'"^ r^" >' "" ^"«^1 de Alba- 
sanza de vcntimenfa árabe. «nan'quí «on vano, jingos de colores pue.toa sobre ¿I n 

™njá.'??|„,*„''^;-;- ,!:.K?:s'„J« iHi'j;".» * -*» jom™ .„.,. „,„*,; wo^ 

5» de calos Iwnzo» e.farán s.-ietos a t»hi»rrl« Ii2.ILk ', * f'^'l""», que c*>nii<nza doflclcr 
«f-ré un bust- de hombre a medio concluí "'^**=h^ V '«^«0». U„o de Ioíí iicnzoa r«¡^: 

rní^oTr^tléTuniM^Sr^^^^^ -o. A la Izquierda, en primer 

Una puertaa la clerecha%osTlaT¿Sd.^^¿ ^'^^" *' ••"'<* clcf mffi 

¡'^.'c^llíl'-di^a-'S;^' ^ ^^'-- «- ¿" ■-V"hatKn'ere^Srs^!?/d^^^ 

5.'j^t;,írs:"e?rc^t/p7;;«ee'^^^^ ros.,, claveles, penscn.en.o.., 

jada^a la ^ie«. y adornar. caUI?S.^rC?aLry 5^^^^^^^^^^^^ 
Apen« «iMdQ «1 ttíón «Hena el ttmbr» deriíro. 

ESCENA PRLMERA 

frene y Pepa. 

I„ ilp^^v^ '^ '""<'^'^>' ¿Estorbo? 



_ 4 



^-:^!^.-^^^^^^^^'^^^ -"'- ■««• "^ '"' 



nuestras. 

PwA.— ¿Eh? . 

Iré.— 5no gí, ¡guapísima! 



Pbpa.— También eres lu guapa rf-nresentar a Venus, algo 

íl~Cuando Mariano me ío.na ^e mof elo para r^P^esem^^^^ ,^. ^^^.^^ 

tendré suyo. En So que no igualo ^f"J^^""',,"^o",rJi^^ pinceles de Ma- 

está llenitodl^/urcidos y perlas. Las pc^^^^^^^^^^ gracias a la pintura!... 

^r'^íS^^^^^^ un%as.arote. .Y tu v.a 

*^pL.-Llegaen el primer tren. Aquí tengo el parte. (Enseña uno a Irene.) 

A eso vine. A decirte que Hega. acabando de vestir. Me alegro de 

lRE.-Sea enhorabuena. Mariano se está |c^^.^"?°g^i^^a„qu^ con que cele- 

cjue tu Pedro lle^e. Comerá con nosotros M^ ,^^^ falten platos. 

fctílir^eíra'íüh^^^^^^^^^^ quedamos en ello. Yo 

n^r.^Tn^é-a hacer el arroz y ^^^^^^^^ 

gusto. En punto a cocina, no ^/y Jí fusTuisos y por o bien que planchas las 

Isi por algo te quiero, noya, es por tus guibos y pui « 

'Tí-Fs mucho hombre tu Pedro; y tü mucha mujer. Como no descuides las 

{^^¿.T-¿Süsic;^fc que ponerse los trapitos de cristianar. Ella traeré 
los briiiantones; ¡gasta un lujol 

ferieífbfo? oX'o W canciones por noche en el Mea. SicallpHco. 

'* ¿f J&of»'Sndones. Meno» mal si los brillantes duran. 

Pupa —rviar^-arita es todavía joven. 

Ire'-Lo pro^r^o digo yo de mí. Todavía soy joven. 

Pepa.-Tú eres diferente. . . ^^„ ., ouerer me basta. ¡El querer!... 

IRE.-Y0 no preciso los brillantes; con el querer me u ^^.^^^ 

CuSo me hag^ieja, ¿en quien voy a en^^^^^^ 
años. A los treinta y cinco van qumce. Luego, uioj uira 

Pepa.— Mariano... vpletas v se pagan mucho de la 

*^TRE"-'nfne 'talento y tendrá nombre. El talento y el nombre son juventudes 

que nó acaban. Las mujeres siempre gustamos de ellas. 

PEPA.-Déjate de cavilaciones. ^ pj„tor. Esta- 

IRE.-Verdad. Mariano me quiere, y%ll5^'T¿esünésco%o haya de venir, 

ré con él niientras lo desee^ Después .ve^^g^e^^ ^^¿^ ^ j^jj^„. 

Y mientras viene, ¡viva el hoy!... 1 amoien cun.c j 

rar-5iSar?o?rCSs%'LS',%rsaeda<lde vieios, son.alaco- 



PeÍpa.— El chiquillo es un ángel. 



r 



Iré.— Un encanto. [Pobrete! 

Pepa.— ¿Pobrete?... ¿Y eso? 

Iré.— ¿Qué sé yo? Las que viven como nosotras, no deben de tener bflos. 

Pepa.— ¿Te gustaría uno de Mariano? 

Iré.— ¿Un rorro suyo? Loca iba a volverme. Sigo con la lista de los convi- 
lados: Ángel, Margarita,.. 

PEPA.—Va están. 

Iré.— Ruderico y Celeste... 

Pepa.— ¿Los haBéis convidado? 

Iré.— Se han convidado ellos. 

Pepa.— Valientes estantiguas. (Entra por ía primera puerta de ia izquierda 
Mariano, con traje de calle y un sombrero flexible en la mano o puesto.) 

ESCENA II 

ifcne, Pepa y Mariano. 

Mar.— Gran Pepa, muy felices. (A Irene.) ¿Le has tomado caríflo a U ropa 

lelénica, Irenilla? 

Iré.— ¿Tan mal te resulto? 

Mar.— Adorable. Ya sabes que lo estás. Porque lo sabes no te has quftado 
;1 túnico. Si tuvieras feos los brazos y las piernas, no los enseñarías. Como 
on de primer orden, al aire con ellos; ¡de primer orden!... iUna segunda me- 
lal la te lo jura! (Cogiendo un brazo de Irene y besándole. A Pepa.) Con per- 
rtiso. (A Irene.) Ahora, madre Venus*, conviértete en simple mortal y pásate 
lor la cocina a ver cómo siinie el almuerzo. 

Pepa.— ¿Sabe usted que Pedro llega hoy? 

Mar.— ¿Viene hoy el anticuario insigne? En palmas lo recibiremos. Comerá, 
omerán ustedes aquí. A propósilo, él, que es aprovechado, puede hacer un 
legocio mientras almorzamos, 

Iré.— ¿Un negocio? Diga usted pronto cuál. 

Mar.— Comprar a Ruderico y a Celeste en lo que valen — cuatro perras 
hicas— y revendérselos a un inglés, en clase de imágenes siclotreceñas. Ga- 
lancia segura para Pedro y para nosotros. Pedro sacaría los cuartos a! inglés; 
1 inglés se llevaría las imágenes a Inglaterra y no volveríamos a verlos más. 
Qué par de mamarrachos! A más envidiosos y sucios: con roña en la carne y 
in el espíritu. 

Iré.— ¿Por qué los recibes entonces? 

Mar.— Porque decoran el estudio. Anda esto mal de adornos. Celeste y , 
íuderico, a media luz y calladitos, parecen tallas góticas. 

ÍRE.— |No pides nada!... ¿Calladitos? Cuando no hablan dicen versos, versos 
«yos, de esos que ni suenan bien ni los entiende nadie. 

Mar.— Ahí está su mérito: en que no los entienda nadie. Versos para tres 
• cuatro iniciados, no para el vulgo indigno. Ruderico y Celeste son criaturas 
le elección, espíritus superhumanos... 

Pepa.— Que le piden un duro al lucero del alba. 

Iré. — Y que no se lo devuelven nunca. 

Mar.— Es en lo único que coinciden con casi todos los mortales. Ea, voy a 
'er si encuentro una langosta. 

Pepa. -¿Una langosta? 

Mar.— Sí, señora; una langosta enorme. Necesito que sea enorme. A ser 
losible ello, monsíruosu. La langosta es una de mis múltiples debilidades. (A 
rene.) Hoy la tendremos en nuestra mesa enterita; es decir, enteraza. Basta 
le gramos y raciones. (A Pepa.) Una ola de la Borrasca que vendí hace tres 
lias, trae a mis playas el crustáceo. (Sonando en el bolsillo un puñado de dw 



— e 



„„. A Irene.) Me harás e. "''Ht adurT ptrTte'ngo'qt pintar"fatí?a,?« 
iRE .-¡Qué simplezas hablas! . , ^av que vivir. Ya sabes mi di- 

íu-^ÍSardíStaCetn ét^dt rr^^ '",'J^'¿ «erCen. Prefiero gana, 
'""^L-AFotl^^Sl-ta^ra'lntrSudio, 

"IHS 0=r^™rdSÍ^u°„arÍn .0. co„ nada e„.e 
ios platos. 

rrr¿írpld1>TrC?rcS) And. por la langosta. El recuerdo de .qae- 
ñas hambres me ha abierto el apetito. j ¿ q„e juiijn regala 

,„sros-^BÍS;SX"íní'M^r¿iía'''j'2.>... .UnaVgial A los pos- 

fí'"*-~iF dL» Sflríntes con b larga. Curdas mitológicas. 
^BP» -Rehiro Con'?sts\™* lemprese esié en un ,ay! 

MAR.'-Tenemos quien nos sirva a la mesa. 

Sr-¿Piensas traerte a los camareros de Lhjdy^^^^^^ ^^^^ ^^ 

MAR.-Las olas de mi Borrasca no suben ^^^ ^^"^^^^JjXn para^u íami- 

ESCENA III 
Irene, Pepa, Mariano y Camen, dentro. 

,„. -Voy a cambiar de ropa. Aquí mismo, detrás del biombo. (Pasa dentn 
'"'t^'-^íDentro.) iHola. vecina- ¿Y esa gloria de chico?... Ahí dentro la. «. 
ne. Pase usted. 

&:lcLr¿! (m'a Carmen por la puerta derecka.) 

ESCENA IV 

Carmen, Pepa, Irene. 

{;.'.^7&r;% se va a poder!... La que no p.ede deshacer este nud 

^°^¿xk.-(Entrando.) Por mí no te des prisa. también. ¡Digo si chai 

IRE.-AI instante concluyo. Desde ^^^^Jl^^l^ S^hiqu Uín?^ 
lol Hasta la presente soy la única. (A Carmen.) ¿i raes ai ci 4 



^ 7 — 

Jar.— Durmiendo lo dejé. Al cuidado de la muchacha. SI hago falta efla me 
avisará. 

Iré.— Lo que vas a hacer es subirlo. Te necesito para improvisar el come- 
dor- y cuando estás lejos del chiquillo no das pie con bola. 

Pepa,— ¡Qué ojos tan picarrillos tiene! Y qué sonreír tan dulce el suyo. Por 
supuesto, es la cara del padre. Menos en la risa, se le parece en todo. Su pa- 
ire ríe poco. 

Car.— Cuestión de carácter. 

Pepa.— Cada cual tiene el que Dios le ha dado, y no por ello es mejor ni 
peor. Pedro y yo por cualquier cosa nos reímos. Siempre estamos alegre». 

Car.— ¡Es tan hermosa la alegríal 

\kt..— (Dentro) Dilo a voces. 

Car.— Yo de muchacha reía y cantaba a todas horas. Al presente, ya rae 
oís con el niño. El ríe mucho y yo río con él. (Irene sale de detrás delbiosnbo 
con un trajéenlo de casa, modesto, pero de sencilla elegancia.) 

ESCENA V 

Carmen, Irene y Pepa. 

Iré.— ¡Viva la risa!... Hay que reir todos los minutos del día. 

Car.— Si fuera posible. 

Iré.— Mientras se es joven hasta el llanto debe ser entre si lloro y si me río, 
con arco iris. ¿Quién me ayuda a acercar la mesa? (Carmen y Pepa se levan- 
tan.) ¿Las dos? Una basta. (A Carmen.) Ven. (A Pepa.) Tú, prepáranos el ta- 
blero. (Carmen e Irene acercan la mesa a primer término derecha.) 

Pepa.— ¿Dónde está? 

Iré.— (Dentro.) Junto a la ventana. Convertido en un caballete. ¿Sabes cuál 
digo? Ese. 

Pepa.- Sí, sí. (Cogiendo el tablero que indica Irene. La colocación de ía 
mesa se hará mientras el diálago continúa. Los manteles, platos, etc., sé sacan 
de detrás del biombo.) 

Iré. —Quítale el lienzo. 

VñPk.— (Entregando el tablero a Irene.) Va está. (Poniéndose a quitar e* 
lienzo del otro tablero.) ¿Quién es este tío tan feo? 

Iré.— Un Mecenas que nos salió de golpe. Ahí donde le ves con esa cara y 
con esas hechuras, quería por cincuenta duros llevarse el retrato suyo y mi 
persona. Estos Mecenas son atroces. 

Car.— ¿De veras? 

Iré.— Como te lo cuento. Mariano se enteró... 

Pepa.— ¿Y qué? 

Iré.— Que en vez de dar los Últimos toques en el lienzo, se los dio a ete tk) 
en los hocicos. Ya está el mantel. 

Pepa.— Los platos. (Dándole un rimero de platos.) 

Iré.— Déjalos y escapa por tu hombre. 

Car.— ¿Viene Pedro? 

Pepa.— Ya era tiempo. Tres meses hace que se fué. 

Iré.— ¿A que llegas tarde para el arroz? (Sale Pepa por la derecha,) 

ESCENA VI 

Carmen c Irene. 

Iré.— Las copas. Los cubiertos... A los cubiertos no hay que presentáradas. 
üc buen ahogo me sacas. 
Cae.— iVaya una cosa! 



Imu-No te feúíta a ta vajnia reqiddto. Julián es espl&idido. 

Car.— No me puedo quejar. 

lRii.-A queja suena tu decir. conmigo. Mi hijo me hace 

^^S^i/ru''SpTr.'d^brrá?e"¿r^n dcHHo .a, flore,. 
&~-Teneílá¿ delante de lo. ojos es tener compsíla. A vece, cuando es- 

rodo! Algunas maflanas ™ J^J-^^^l^íí/" 3e rodo se ¡untar y caen al 
ter U cara entre las noias ^^¡^'"^^^^^^ün y Uorkn con una. ly? 
S 1fi.'S,?o"n'ecSaS IfeTJcrjuir» iSnanne^ornanücon. y cnrs.. 

feliddkl'dX'eraiiirrdírJ foS>. con tonterías de esas. 

Sí^UsSs muertas hemos Ido Man»- y y?as''. Kra-líoTr^SS 
dos cinturas. El deshojando f'»^" ^ní^^uítéSls Me"uW^^^^^ No... 

^TL^ÍÍ-xtbllnTcllSyotargt^^^^^^^^^ Hace tiempo. A. prln- 

cipio. 

Sr-Í No^ ocupan cosas más serias. El niflo a mf . A él su carrera, sus obl|. 
^Ir-Vcómo hablasl... ¿Oye. Carmen, se te ha constipado este invierno el' 
'""CAR-Quiero a Julián con toda mi alma. iComo antes!... Antes, juzga s, le 
querría, que dejé a ""s Padr es por él corazón dice: lAllá voy! 

lRE.-De bastante sirven los padres !^^^^^.^^¿°¿ps míos!... No es que me 
CAR.-De nada me ?iry'Tr/ TJt« sSXli^ 
arrepienta. Viviría, he vivido fehz... ^^fíf^^'^^Í^^J";'^^^ sueños... iCuánto 
do como hace casa ajena la casa de su ln)o. Of ««¿^^^ ^iflo. Yo necesi- 
me costó acostumbrarme! Me acostumbré, junan me jurau 

*'''rE'-Y'e?¿XÍu%%°oseTs'Hoyn,4s que nunca. Porque tenéis un hijo. 

"^ t'' rHro'Sol^:" 0=' o sel- ¡t^íoZr^U pensé en nadie mis q« 
en él. Ñi siquiera en mis padrea. 

Iré.— ¡Bah! , , ,. ^ «prnifa viviendo con ellos; viendo- 

CAR.-MÍS Padrf inoraban mi falte^Y^^ marcharme con é^ 

me en secreto con Julián, bntonces »^^.^'J* """ _ uu^ ^q dudé un momento si 

Por el amor de él, dije no, Por el amor de g^^est^^^'^J^ ^¿e saH con él a U 

quiera. Cuando nació a mi pecho lo puse. El día pnnwro q 



calle, en alto lo sizñba para qae lo y^>ffM todo ei arando. (Con ^aé regpd}o tsa- 

seflé nuestra criatura a Juüán! Reía y gritaba lo mismo que una loca. El... pue- 
de que me equivoque... iOjaiá Dios me equivocara!... £1... ¿Sabes lo que edgn- 
na vez imagino? 

Iré.— ¿Qué? 

Car.— Que Julián no quiere a m hijo tanto como yo. No; no es eso; e«o «^ 
ría natural. Que Julián no quiere a su hijo como le debía querer. 

Iré.— ¿Qué estás hablando, chica?... ¿Es encanto de ia vecindad d mocoso, 
y no va a serlo de su padre? ¿No da Julián pruebas de quererle? 

Car.— Sí. 

Iré.— ¡Entonces!... 

Car.— Cuando se acerca a tí le acaricia, le besa. Pero le besa como distraí- 
do, como si el alma no estuviera en su boca. Sus besos son ignales siempre. Ni 
un arrebato, ni uno de aquellos estrujones frenéticos que hacen a las criaturas 
llorar... A la calle nunca salió con éi. 

Iré.— ¡No seas estúpida!... Julián adora al chico. ¿Qué culpa tiene sino ea 
expresivo su carácter? 

Car.— ¡Su carácter!... 

¡RE.— Además los hombres son unos imbéciles. Creen qne si gritan y cantan 
aun mamón, pierden su dignidad. ¡Habrá necios!... Si los hombres supieran que 
por feos y por antipáticos que sean, resultan guapos y simpáticos cuando aca- 
rician a un chiquillo, iban a pasarse la vida haciendo a los rorros carantoñas. 
(Viendo que Carmen se enjuga los ojos.) ¡Ea! ¿Quieres dejar los lloriqueos e 
ir por el muñeco? (Coge de sobre la mesa un puñado de rosas y se los ecfia en 
la falda á Carmen.) ¡Ahí te van esas rosas! ¿No dices que ellas te consuelan? 
(Coge las rosas y las acerca al rostro de Carmen.) Cuajaditas se hallan de ro- 
cío. Mete entre sus hojas la cara. El rocío cae al largo de los tallos... Te ad- 
vierto que no son ellas solas las que te acompañan a llorar. También lloro unas 
miajas yo. (Pasándose por los ojos el dorso de la mano.) 

C\R.~(Con gratitud.) ¡Irene! 

Marq.— (Dentro.) ¡Está abierto!... Colémonos sin que nos anuncien. (Entra 
Margarita seguida de Ángel, por la puerta de la derecha. Margarita será mujer 
de oeinte a oeinticinco añou e irá ricamente ataoiada, con lujo estrepitoso. i4.> 
gel contará de ücintlocko a treinta años y vestirá con descuido artístico.) 

Irb.— (Con alegría.) ¡Margarita! 

ESCENA Vn 

Conuen, Irtnc, Margarita f AasrcL 

Maro.— ¡De plomo tiene el sueño este hombre! 

Ire.— Se dormiría tarde. 

Ángel.— A las cuatro. Con ésta no hay quien duerma. 

lAk^Q.— (Recorriendo con los ojos el estudio.) ¡La mesa puesta!... lY allá 
dentro todos los guisotes en marcha!... ¡Si sabía que llegábamos tarde! iTanto 
como me entretiene preparar estas cuchipandas! (A Irene.) Sí, hija, me gustan 
la mar \as juergas pobres. Estoy hasta los pelos de Lardhy, del Ideal Room, de 
Pomos, del Inglés... ¡Uf, qué peste!... Criados que parecen señores, y señores 
que resultan criados. ¡Un fastidio, chica! 

Iré.— Conque hables así y te aburras entre nosotros hoy. 

Maro.— ¡Quiá!... ¡Artistas, gente alegre!.. Alegre con talento y con grada, 
no con patosería como mis habitúes. En toda la noche he podido pegar loa ojos 
pensando en revolver cacharros y husmear cacerolas y meter las manos en la 
carbonera. 

Iré.— De lo último aún tienes ocasión. Abierta de par en par está. 



^ 10 — 
^ v« — *»«n Vo oaena matar los pollos, picar la carne, mondar la» 

^ó:-?So.;"lDéfaltíf Mucho le importa al publico mió su, nota.. 
M«a.-?Lciendo cuatro batimanes y enseñando la» piernas afino yo más 

'"ÍÍ?Ír^Saríe^n"et '^.';¡^Tk mi „o me enseñaron otra. No to- 

das pueden ser honradas. 

■ Anqel.— Perdona. Broma fue. 

Ike.— Claro que fué broma. 

Anoel.— Margarita sabe cuánto la qülfero. 

Maro.- A tu modo, sí. Yo te quiero más de veraad. 

mí, voy a pasar muy malos ratos! 

no reza conmigo. ^^''^.^^A^^^'í^flt" fuFueva un estuche y de éste una 
Wo.n"é" s'^o -ta soíta (cJntne Irene se acercan a oer ia sortija.) 

fcoTÍ'i:aT.el gastar sin repu^o^Hape^^^^^^^^^^^ 
de San Fernando. El hombre no p nta f «^ Q^^ .^" "Sí l^^^eñiha quitarse 

Z-^^^aslu^ZiJJ^Í'^^Í^T^^^^^^^^^^^^ 

'•^t^rmSment'o nada. Después me ayudarás. (A Carmen.) Tü, largo por 

el rorro. , . , ... 

Voy^Sim^re^tv^dL'^e^tnSl^^^^^ 

ANQEL.-T¡enes un corazón que no te cabe en el corsé. 

SSrl' oTres^'°lrsfa T^^^^^^^^ >— ^» '" ""• 
"Tr.-Yo'foítSrJerte1,'M CaSTsdbame a escape ese pri- 
mor. Si liora, las tres lo acunaremos. 

Ca.-lL'!° .Iv^ínáVo^para dormir niflos! Iba a pensar que venia el 

coco. . ^ . u- X -5 

£í!l7^i«SjÍ?°NTv*r¡buL de la servidumbre. (Sale Cannen.) 




— II — 

ESCENA Vin 
Marcarita, Irene y AngeL Al flnai Celeste j Ruderlco. 

[KRQ.—(Por Carmen.) Es mejor que todas nosotras. 

lRE.~Ya se encargarán de que deje de serlo. 

Anoel.— ¿Quién? ¿Julián? ¿El grave y correcto Julián? 

Iré.— Si nosotras hubiésemos encontrado antes lo que hemos encontrado 
después, quizás no tendríamos después. 

Maro.— Puede. 

Iré.— No sé qué ocurre con el hombre nacido para hacemos buenas. Siem- 
pre llega tarde. (A Ángel.) ¿Qué tal esa obra, maestro? 

Anoel.— Va. 

Maro.— La que va a quedar sorda si sigue cantando mientras improvisas, 
soy yo... ¡Una voz horrible! , 

Iré. - -Exageras. 

Maro.— Una trompa de caza. Los perros de la vecindad ladran al oírle. 

Iré.— Sí, eres alguien abultando las cosas. Se ve que naciste en Sevilla. 

Maro.— Y ya se conoce que tü no lo padeces. Cuando apunta las notas al- 
tas, no apunta, dispara, y hace blanco. El que anda cerca cae redondo. Eso sí, 
la partitura es muy bonita. Tengo ansia de que la obra se estrene y el público 
se rompa las manos aplaudiendo. 

Anqel.— Veremos si son las botas las que se rompen pateando. En fin, ven- 
ga el estreno como sea. Rabio por oír mis notas en un teatro de verdad. Por- 
que el Sicalíptico no es teatro; es una tasca con bemoles. 

Iré.— Poco falta ya. Animo y a concluir la música, y mientras la concluye y 
vienen los otros, a tomar el aperitivo. (Cogiendo una botella de loa que habrá 
con carias copas encima de un mueble.) Es Cazalla ¿Sirve? 

t\KRQ. —(Cogiendo la botella.) ¡Digo si sirve! Con esto me han destetado a 
mí. (Llenando una copa y ofreciéndosela a Ángel.) ¡Arza, Beethovenl (Ángel 
bebe. Llenando otra copa. A Irene.) ¿Tú? 

Iré.— Vengra. (Bebe.) 

1\kk.~( Llenando otra copa que apura.) Hasta lo último. Las coupletistas 
no nos asustamos del alcohol. El alcohol no desforma. (Entran por la puerta 
d^ la derecha Ruderico y Celeste. El primero vestirá un chaquet en mal uso, 
de largo faldón: pantalones anchos doblados hacia arriba; napatos y calceti- 
nes de color. Llevará un chaleco cruzado de tonos claros; chalina con Uizo 
enorme y gran sombrerete flexible. CaUará guantes y llevará utia Por grande 
en el ojal. Celeste será una mujer delgada. Flaca a ser posible. Vestirá traje 
escurrido. Llevará a la cabeza un sombrero hombruno y estará peinada con 
<ibandeaux» que caerán sobre sus mejillas. Será desmayada en el andar. Ape- 
nas entran, se deja caer en el diván. Ruderico se desploma contra el tUlóaO 

ESCENA IX 
(rene, Margarita. Celeste, Ángel y Buderica 

Cei..— Estoy concluida. 

RuD.— Si la gloria carece de ascensor, la renuncio. 
^NQEL.— (Ofreciendo Cazalla a Ruderico.) ¿Quieres? 
h 'í'"^^' "°' ^' ^'cohol me desplace. Todo el mundo se embriaga coi 

Iré.— (A Celeste.) Tú tampoco querrás. 
fi? ^?^-T^^^Í«^^o ""^ petaquita de bolsillo.) Prefiero mis cigarrillos de opio. 
l a tcie n OAj El opio prscispone al ensueño. Eusofiar es gozar, vivir. 



— 12 — 

MXKO.-YO pesaba que P-a vi^r¿, para g^^^^^^^^^^ 

y con los ojos '^'^V «^'^^^^«n No rec^erd^^ ^"^ *"^^'°" 

Cel -iNo me llame» asíl iNo ff¿"^^°®® ^' V rT^Kr^ de guerra: Celeste. 
la m!a ocurrencia de ponerme! \^^^^¿^¿¿^ ¿No lo 8abS> A este nada de 

Rod&-;¡í'enÍ2:«- nlej^^^^ -^^^ ^^^^^^^ 

bástala cédula. K-K-r Pnralla es tu sibaritismo. El 

<fe cristal y de éste una cápsula.) 

RS.7-B''rete.do del opio fino paran.!. Fino t™Hé. el de I. morfina. El 
éter quien señorea mis sentidos. 

aes^r'^llí'hSeMrgg»^^^^^^^^ "- -^ 

preciará parejamente los elogios del imbécil publico. 

Iré.— fel está muy contento. 

Ruó.— Acaso envanecido. . . , 

líuRQ.--Como lo estaría usted si le premiaran. 

Cel.— ¿Conque salió Mariano? 

Iiuu--Sí. 

Co-— ¿A pascar el éxito? ,^«„^^ 

^--TünX^^^^^^^^^^^ - un crustáceo in. 

TUlga^ La íaStaré con gusto. Trae un cigairo. Ángel 

l^Q.-¿Se le han concluido? encendiéndolo.) No los 

•Rvc.-aomando un cigarro que le ofr^¿^ j^^^^f^ ¡(¿^ ^^^^ algún fuma- 
merco jamás. El tabaco no me f^^^%^^^^^lf^^^^^^ distrae, 
dor, solicito un cigarro. Echar humo es una larc» va^a, m 

Maro.-SÍ distrae, a co^^P/^J^^f^^ tentación de fumar a solas, durante 
RüD.-Si lo mercase expenmentana la tentacton oc im ^^^ 

mi trabajo; y el trabajo el "«ble trabajo del artista no se üeDe m ^^^ 

l^^ndro^^b^a^^^^^^ 

ESCENA X 

Marsartl^ Irene. Celeste, Ángel. Ruderico. Mari-no y Manuel. 

íA^.-(Enseñando ia langosta) }AQ"Í -J^^^^^^ 
al concurso. Es muy respetuosa, ^t^ ^e domes^^^^^^ El hombre de 

a Manuel.) También he domesticado a este hurón y os le u<x „ 
las selvas, almuerza con nosotros. 

homenaje. r/iac« una gran cortesía a L^leste^j 



r 



18 — 



Mar.— La langosta os ha rendido el suyo. (Entrega a Irene la langosta,) 
Échala a cocer. (Irene sale por la segunda puerta izcfnierda.) 

RuD.— ^i4 Manuel.) ¡Por la calle de Atocha! ¡Siempre golfeando! Con esa 
Vida entre rufianes y entre scortum no sé cómo escribes. 

Man.— Porque yo escribo en cualquier parte. Me bastan un lápiz, un cacho 
de papel y una idea. No preciso torres de marfil y yunques áureos para la for- 
ja del idioma. Trabajo, no oficio. Soy luchador. No presumo de sacerdote, 
(Irene oueloe a entrar en escena por la segunda puerta izquierda.) 

Iré.— Ya está el animal a cien grados. (Entra por la derecha Carmen üwan- 
do en los brazos un niño de pecho que figurará estar dormido.) 

Car.— Cúmplase tu gusto. 

ESCENA XI 

Marjraríía, Irene, Celeste, Carmen, Rnderico, An^el, Mariano y Mliroel. 
Margarita e Irene se acercarán a Carmen y contemplan al niño con demostraciones de afec- 
to. Celeste hace un desabrido motiín y sigue donde eatá. 

Maro.— ¡Dormidlto!... (A los hombres Que hablan.) Hablen ustedes bajo. 
¡Requetepreciosón! Si tuvieras los ojos abiertos, menudos achuchones ibas a 
recibir. 

RuD.-í'^l los hombres, entre los que está Celeste.) Ea bella de línea esa mujer. 

Cel.— Demasiadas curvas. 

Man.— No hay madre fea cuando sonríe a su hijo. 

RuD.— No vulguees. La fecundidad es repugnante, sencillamente repugnan- 
te. El amor, para no perder su belleza, debía ser asexual e infecundo. 

Man.— ¡Justo; y a la perpetuación humana que la parta an rayo! 

Iré.— 64 Carmen por el niño.) Lo echaremos en nuestra cania, ¡Y esa Pepa 
que no viene a poner el arrozl . .. (Salen por la segunda puerta izquierda^ Car- 
men, Margarita e Irene,) 

ESCENA XII 

Celeste, Mariano, Angrel y Ruderico. 

RuD.— ¡La perpetuación humana! ¡Brava cosa! 

Man.— ¿Te parece una pequenez? 

RuD.— ¡La humanidadl... Para lo ruin que es ella, podía extinguirse en nos- 
otros. 

Mar.— ¡Hombre, dejémosla vivir! 

RuD.— A veces hago votos por un cataclismo universal que sepulte a la es- 
pecie entera. 

Anqel.— ¿Te sientes anarquista? 

RuD.— ¡Ah, no! El anarquismo destruye para volver a edificar, para que los 
hambrientos coman. Doctrina de mendigos. Destruir por destruir es lo aristo- 
crático. Nihil. AlH tienes mi divisa. 

Mar.— ¡Soberbio, Ruderico! ¡Tu satanismo esportivo es maravilloso! (En- 
tran en escena por la segunda puerta izquierda, Irene, Margarita y Carmen.) 

ESCENA XIII 

Celeste. Carmen, Irene, Margarita, Mariano, Manuel, Ruderico y Ángel. A poco Pedro y Pepa 

Iré.— El niño en la cama y nosotras a dar la mano ultima ai almuerzo. (En' 
tran en escena por la derecha Pepa y Pedro. Este hablará con marcado acen- 
to catalán.) 

Ped.— ¡Salut!... 

Iré.— ¡Hola! Temí que Pepa llegase tarde por la culpa do tisíed. 



_ 14 — 
Pe„._No, «flora. Habie.do compromiso yo no ^tr'S:'^°i^Z^fÁ 

ÍSe jugar. Ya «abes. Veinte minutos de cosinnento y afuera con él. 
Pepa.— En marcha. 
Iré,— r^ Celeste.) ¿Viene»? 
CEL.-Pue8 que vais todas, os acompañaré. almorzar. 

Margarüa, Irene, Celaste y Carmen.) 

ESCENA XIV 

Mariano. Manael, Ruderico, Ángel y Pedro. 

MAR.~Sentarse donde os dé la f - • -ei;>í,,^^^^ HtXZ 

el oermouth, el ajenjo, la manzanilla, el aguardiente, (//i^íca^^^^ 
Hay de todo. Ruderico, humanízate por una vez. üuarda las capsuuia. 

aire, beberé. (Lo hace.) Hp^airp? ¡Pues hombre, si llega a 

PED.-¿Bebe así porque no jo «men a desaire? ,Puej nom . ^s^^ 

beber por gusto, me deja sin ajenjo! iCaray con el amigo, i la c 

"£^Í%S'ca"sS^^^^^ y -^10 pasa entre los tontos. 

•^""^r-tquéTa a ser. hombre, qué va a ^^rl^-ZTerT!^^^^^^ 
ha hecho con notas de sobresaliente para arr^^^^^ 

que sea tonto? Luego, aficionado a i^s antigüedades como un g ^^^.^^^ ^^ 
Éretaña. A mí me ha comprado una ristra. Y no^^ Castilla la 

entiende, ívoto va Deu s. lo ent'eri^e! En un viaje Q^e mcimo p ^^^^ 
Vieja, descubrió un tríptico que era canela tina, y me lo kuiiu y 
Mar.— Aficionado al arte lo es. 

Anqel.~Lo prueba su trato con nosotros -p^enece lulián, y no es 

RuD.-Nosotros no andamos por el mundo a Q^f pertenece juua^ y 
fácil que vayamos a él para descubrir sus calaveradas. Acaso no sea lo suyo 

'" MA";.-Acío!'Estos burgueses son muy precavidos; se ponen antifaz des- 

^""Zl -NotaV"ue'm:rmúrar. Gradas a él podemos ofrecer dignos sacrifi- 




— 15 — 

ESCENA XV 

Mariano, Manuel. Ángel, Ruderlco. Julián c Ijniaclo. 

JuL.— Perdonadme el retraso. ¡He tenido tantas ocupaciones! Entre ellas, 
revisar mi discurso del doctorado. Lo debo presentar mañana. 

Ped.— ¿Y qué? ¿Salió pulido? 

JuL.— Pclis... (A Mariano.) Con tu permiso pondré a éste a la disposición 
de Irene. (Por Ignacio.) ¿Ignacio? 

Ion.— ¿Señorito? 

JuL.— Vé dentro y ponte a las órdenes de la señora. (Ignacio sale.) 

ESCENA XVI 

Mariano, ManaeU Ángel, Duderico, Pedro y Julián. 

i\3L.—(A Mariano.) De ti no hay que hablar. Madrid entero se ocupa de tu 
cuadro. Sólo le ponen una tacha. 

RuD.— ¿Cuál? 

JuL.— Ser demasiado crudo. 

Man.— Que lo frían. 

JuL.— ¡Cuidado que no soy yo quien pone la tacha. Es la gente. 

Anqel.— (A Julián.) ¿Tomas una copa? 

JuL.— En seguida. Pónmela de oermouth. 

Mar.— Hace poco subió Carmen con tu hijo. 

JuL.— ¿Lo trajo? Pudo dejarlo en casa; los niños siempre estorban. 

RuD.— Ingratos suelen ser. 

Anqel.- ¡Qué van a estorbar! 

Mar.— El día que tenga un chico, lo llevaré en brazos hasta a las sesiones 
académicas, dado caso que me rematen de académico. Como un lirón duerme 
el tuyo en la alcoba nuestra. Carmen anda por allá, con las otras. 

juL.— (Saboreando una copa.) Respondo de los vinos. Fui en persona a es- 
cogerlos. 

Ped.— ¿Conque casi doctor? 

Anqel.— Hombre social encasillado. 

juL.— Poco falta. 

RuD.— El día que tome la borla, máximo banquete. 

JuL.— Figúrate. ^ 

RuD.— Procuraré asistir. 

Pex).—(Bgjo a Ángel.) Cuando se trata de llenar la andorga, este románti- 
co es un sinvergüenza. (A Julián, alto.) De manera que el año próximo a poner 
bufete, a dar conferencias por ahí... A hacerse personaje. 

JuL.— No tan depgsa. Primero ganar la borla de doctor. Después examen 
general de conciencia. Una vez el barco en franquía haré rumbo. 

Man.— Eso es ordenar una vida y amarrar bien el porvenir. Yo, para lo que 
dicen vivir práctico, nunca tuve mañana. 

Anqel.— Gracias que tenga uno hoy. 

JuL.— Ustedes, los artistas, son muy distintos a nosotros. Nosotros necesi- 
tamos ser formales. 

Anqel,— Os compadezco. En dos o tres ocasiones he tenido que ser formal 
y a poco si estallo. La formalidad me produce los efectos de una indigestión. 
Hat'lo de ¡a formalidad social. En la vida artística soy formal. El arte merece 
mi respeto. 

Man.— Más que respeto, veneración ha de producir. 

RuD.— Hay que ser sacerdote. 



&t í..".« ^.n^r V?a t¿i6„r íS"o de .U..1... .a esencia..- 
Mdón, la orfebremación de la formal... 

l^._¿De ideas nMota? importan las ideas? Mi sueño 

^ ¿:i'ATnítrrire?;'p2íSf i fr 2eeL^or<len,o.tra«do «ucho 
4oiAntn V va» a acabar en idiota. 

*^ RÍS'^iUllptal iComo estés por el arte n.do^ ,enBn.¡entos e ideas; P^ 
MAK.-Estoy por el arte fecuMo, por ei que p „„ ,a cnaturd 

SiS-'w' di^bK^to^arte^^^^^^^^^^^ «e, eVd6n de «"drégenos. 
^-ííJyapMl' -Coincidan ustedes en el menjo. | 

hju-dQué escribe» ahora, Rudenco? 

Roo, —Un drama. 

MAJi.—iUn drama? 

Ri»,— E« decir, nn poema escénica 

S^^a'S nnnc. vi«o ealos corree, de la dramaturgia vulgar. 
pED.— iCáscarasl... . . ,^ ._ ¿i va llevo burilados tres versos. 
^^rt:íT«rro:'^^varioV.''ti;re''„ acabarse el drama, no h.: 

'"'r» -X%'Í6'.To«'dSw'» <!« 1« «ateza del asun^^ 

MiUi.-V«ya por el mnr«<'0;,. . „ ,„, „»(iaciones de un crepúsculo res- 
RIK.-U escena se ^««arrollará en los^aaací™^^^ morado: morados esta- 

pertino. Resplandores '"""¡"'J^^l^^t^^t de lis personajes; morado... 

w'^*' ^M V *^» T.*rí«fP7q Invadirá a los espectadores por obra del' 
colí?"í;ffi?rS^1i.^^ -H'»™ «^"^ d.^.« propio color. C«ia 
oración debe ser un 1 Ino. ^ . ,^^, ., 
>jL,-lBravol ;bravo!... lAdmiramei 

^£SSS£r»SS'^ -., e. ..10 «1. 

'^|i"-feS'cL™V¿f^?má°e'l'Sap. en >as moraduras del crepúsculo. (R. 

"'^Sf|S%sreMS*^eW«,ueopHme. 
lirial tú, pálida hija de la tarde muriente... 

^ZlTrír» rabVu'íTd desa^w™ ^¿.n»*«- ^ .^^^ ..ese 
MAM.-Déjanos en pax con tas desartioilaciones. iw 4 
«a f!nfi^«fftra< 



w 



17 — 



Anqel.— Vaya por la pálida hija de la tarde muriente. (Aparando una copa. 
Ansel, Ruderico, Manuel y Pedro pasan a segundo término a beber una copa. 
MMiano y Julián quedan en el piimero. Sale Carmen por la orimera izquierda.) 

ESCENA XVII 
Inllán, Marlmo, Ptdra, Ange!, Federico y Carmen. 

Cut.— (Dlrí^éndose hacia Julián.) iEsíahas aquí? ^ . , 

JuL.— Hace poco llegué. (Mariano se dirige al grupo que forman Ángel, 
Ruderico, Manuel y Pedro.) 

Car.— Bien pudiste entrar a saludarme. 

JuL.— ¿Iba a meterme en la cocina como un cata salsas? 

Car.— Dices bien. El cariño acaba por entontecer a una. Perdona: ¿A ju- 
Hanito 8Í le habrás dado un beso? 

juL.— No, todavía no. Entretenido con estos me olvidé. 

Car.— ¿Te olvidaste? , ,. .,, _, . .. 

JuL.— No los iba a dejar por babosear al chiquillo. Flojos guasones son. Me 
llamarían papá chocho. 

Car.— Julián... . , r^ ^ , u . 

JuL.— Más tarde, cuando halle ocasión oportuna. Para darle un beso siern- 

pre hay tiempo. ... ,x tr i a- 

Car.— Siempre hay tiempo y todo el tiempo resulta escaso. Ven a verle. An- 
tes de dormirse te llamó. ,,..^ ^ . . ^ . x f\ - 
JuL.— ¿Pues si duerme, a qué despertarle? Cuando se despierte entraré. Que 

pesada te pones. ...,,, « • i j 

Car.— No es pesadez. Será capricho si üi quieres, Pero es un capricho de 
madre. (Salen por la primera puerta izquierda, Margarita y Celeste.) 

ESCENA XVIII 
Dlcbo», MnirarUa y Celects. 

Maro.— I A ta mesal El arroz está a punto. 

V^.— (Mirando al reloj.) Veinte minutos. Ni uno más. Pepa es la gran 

Mar.— Ea, a celebrar la segunda medalla. Cada uno se sienta donde le dé ta 
gana. En cuanto aparezca Irene con el cazuelón, a almorzar. (Todos menos 
Mariano q Julián que se encuentran en primer término, dirigense hacia la mesa 
y comienzan a tomar asiento, mientras el diálogo continua. Margarita y Car- 
men continúan juntas en pie. Carmen mirando con ansiedad a Julián, balen 
por la segunda izquierda, Irene, Pedro e Ignacio. Este último con ana gran 
cazuela que pone encima de la mesa.) 

Iré.— ¡El arroz! iA celebrar tu victoria, Mariano!... 

ÍAAR.~(Llena una copa de oino y se la presenta a Irene.) Para ti compañera 
mía de fatigas, la primera copa del banquete triunfal. (Ofreciéndosela, Irene al 

toma.) r ,, . r-» i i. j 

Maro.- ¡Ole!... (Carmen sigue mirando fijamente a Julián. Este hace ade- 
mán de dirigirse a la segunda puerta izquierda, luego se encoge de homt>rosy 
se reúne en la mesa con todos.) Vamos, Carmen, siéntate. ¿Qué esperas? 
Car. —Ya, nada. No va, (Se dqa caer er una silla ¡unto a Margarita. 

nauásn 



19 



ACTO SEGUNDO 

P.„ pH.. ténnlnc n. .-«6„ con dos grande, puerto. vtdHcr« y ot,. puerta peguen. e« pH- 

'^Tnto'a?a*r«crt« v-dHera de la ^-cha un a n,u- «dorn^^ 

«fte y una tablita ni óleo. lunto al «rmonlum """ ^"^l acC?un topiz cubriendo ""«?"«''»«; 
prrJnMun pnl.<««ic. Bn primer •érmmo. a '^,,'^""'1»^^ ¿^t^^rT de ^^^ al público, bl marco 

M Udo un caballete d« pintor con un gran ,^"a°'"<^f',%;r;";,to dci cuadro una silla volante Eo 
¿l^tc cuadro s« adornará con terciopelos ye cda. Enfrente d^^^ ^ ^„, i^ 

f^píe^es de la decoración tres cornu-%as^pc^a^ueryjs.¿^^^ ^^ ^„^, ^^,„ .^„.,6- 

r,^,'^uíaí;rtco;r/r.n"d7c'^o.;La e. la%ared ^^^ ,^, ^^,„,„^. Ped^o ter- 

3,s d"e-.^rv¿ ¡^¡^^-^.^^^^^^ ^-' "-^^^ "" "'°"""° ^°" 

ESCENA PRIMARA 
Pepa, P<Klro y Xngrt. 

PHo._rPor ./ 5a/dn.; í A ver si hay quien ¡ll^f^^f^^f/ai^'^^^^^^ 
came dos clavos. ^Pepa cos^e c/j/ cayon ^os f^^^^^^j^^ ¿^Jtiaeuda. rP^;^a r.- 
esosnol. Los otros aque los dorad^^^^^ ^j|^ XVI? (Co^e 

busca en el cajón.) ¿No ves que «' Jt^ar. (Martilleando.) 

P?„°""L¡'ífe^onmci6n es la salsa de estos legocios. Sube el precio. 

'^^^r.^TÍnto "omo^se paga! Asi te presentas, asi vale.. 

&iPetfcrdSrNo'¿r=sTp°rop6s¡tode ello, el paso<,ueh«bo entre 
un editor y un gran novelista francés? 

^r.-cí:e"n.a el paso. (A ^"^^^ «« -X""?™" qíe 1?!^^^^^^^^^ 

í°elVS,"á^l!las'SrSrrsrnS;^^^"n'«n y larrea, cochero, 

" w'-M Pepa, riendo.) iQué pintor^» - » ''"'■^''°"°' 

Pepa.— iPara sucedidos de reír el non piusí 

AKaHL— M Pedro.) Adelante. nensando: «¿Qué le ofre- 

Ped. -Mientras el cochero arreaba, el f^'}?'^¿¡^''^^^ francos.» 

S.f^r-'r.uría^^tiKa^e»^^^ 

■¿-'o^ís'iiCsir.rpoí^s^^^^^^^^^^ 



19 — 



w a Ofrecerle dos mil francos » Sigue e! coche y tuerce por uns callejuela. 

üómol» vuelve a exclamar el editor, mientras lee él rótulo de la calle. «¿Es 

1 este embudo donde trabaja el novelista? Con mil quinientos francos se creerá 

la gloria.» El coche para frente a un portal inmundo. «¡Ay, ayl...» recite el 

iior. «¡Vaya un porta lito! Con mil francos se conforma el poeta.» Cuan- 

) legó al piso quinto andaba el libro en los setecientos cincuenta francos- 

1 ios quinientos cuando el librero se detuvo en un corredor mal oliente. Llama 

.n los nudillos a una puerta rijosa y le abre un sujeto mal vestido y con cara 

rí^Sí^^ v^^' *^^°'' Sa'^^,'^?* Pregunta el librero. «¡Serxndori* contesta el 

™. ñ^^"^^n'^?'"P''?'''^""^ deesas novelitas que escribe.» . {Cuánta 

.mra!» «Doy por ella trescientos trancos.* «Trato hecho.» En medía hora de 

'2f„f ^í°''í^, i P'^° ^/ ^í"'^^ '"'■» '■e^'^'es el tratante. Todo, ¿por qué? Por la 

ás que ses"en?l duíos? " "^"^ ^''^'^' '' ''^^' ''''' ^ '" ^^^- ^'^^^' "^ ^*"« 
Anqbl.— Elocuente es la historia. 
Pepa.— Y con su moraleja. 

Ángel.— Fué gran idea la de alquilar estos salones. 

X^'.Ta ^^^^t' y,^ ^^'*^^- Mariano vale, pero no tiene mundología. ¿Vino 
nf i H ^P''«ve<^harla, ¡qué caray! ¿Te has puesto a la moda? Saca rfja, le dije 
no te duermas, que en arte las modas cambian todos los años 

ANQEL.-¡bi cambian! Aun para lo verdaderamente grande, peira lo que nunca 
i de morir, hay eclipses y deseclipses. f«'« 'uque nunca 

Ped.— Mire sino lo que está pasando con los Grecos. Antes andaban a trp^ 
rras; en camb o los Murillos por las nubes andaban. Hoy saUóTa S^ 
1..S f ° ^" '^^ ""^/^y a Murillo en las alcantarillas. ¡¡Grecos!!... ¡vengan 
f tni^""''"^ 'T ^^ '°' ^^ '^ '*^'^"''^' ^^ '«s amarillos y verdes con los?e- 
)8 torcidos como los sacacorchos, ¡vengan Grecos y vayan fajos de billetes! 
i moda próxima le tocará a otro gran pintor. ometesi 

Anqel.— Igual ocurre con los vivos. 
fnínA""?^^^ ^"^. '^^ "^"ertos pueden descuidarse y esperar a que les llecnie 

admite espera. '""''*°' "^ '°'"'"' '^' ^'^^^ *'' > ^^^ ^^^ ^thrri^Fdj 

Anqel.— Habla usted como un libro. 

lÜTo'^ft^' i''^'''*^ ^ Mariano. Mariano se hizo caso de mf; alquilamos estos 
Iones, dió e amigo mano última a los lienzos que tenía por conc uir emores- 

nf^5n"'' P""^.^P^ "'"^^'^^ y ^^^«« y terciopelos y tapices y S la exKS- 
in^ (Aparece Mariano en el antesalón J *- ' v 3 éíuiue la exposi 

PapA.— Van a rifarse las pinturas. 

ESCENA II 

P«|ia, Ansrel. Pedro y Mariano. 

^AR.-rEntrando en el salón.) Sean tus palabras oráculos. 

h'ED.-.Vaya si lo serán! Con lo de la medalla, con lo de los bombitos de la 

Mar.— ¡No sé como pagarte!.,. 
Pepa.— Entre amigos... 
Ped.— Alto, no todo es amistad 
Anqel.— ¡Hombre! 



^20 — 



P.n amistad hay, naturalmente. Pero hay también su punto de negocios 
(A £^/7.o J N^ lo dI¿o por el cuadro que regalaste. 

Mar.-Eso no vale nada. ^ quisiera vender. No lo vendo, 

PED.-Vale un montoncito de billetes si yo lo q j^^ ^gp^^es? o, 

¿eh? Lo guardaré en recuerdo t"f ; ^^ ves ' snSU^co de pavo? ¿No los veri ^ 
5y los muebles? ¿Y los momgotesantigu^^^^^^^^^^^ V^^ ^^^^y aqjj ,. 

'""^¿fiten^eTKÍetU del negocio V coqueteas siempre, hasta ahon j 
parre^pequeíecer un hermoso ra^go"^^ ,^ ,,„Í3ted no debe «fc 

„nLSD"es'2r%rS;Tr practico, hasta e, an,or. 

^~^be*ííín|ürmódo. ¿P- Qué estoy yo con ésta? (Por Pepa.) 
*"1^£-5fe^P^«e rJpunto. Es que e„a, .rene| 

&ro??™4l?el"c59t>í3.as^^^^^^ 



ESCENA 1!1 



„„._,Con tus tr, ines y «»J"« ^ "j^ Stí.W.W«TNo hables bar 
^S -(Metiéndose la amemamqM f '''"'JXyo anoche, 
bar (tades sin tarjetas de '"vitacién "« ''¿,''^",^^^^^^^ ^^tan bien. 

r."-í.^"ncí oTosTon- e'ir N<^f ' «Paros que lineas. 

aÍ"¿:-&¿1 caso Primíto de unan.mdad ^^^ 

PmÍNatural que algo pegan Sito pegasenno^^ 

'°^S^-'Xf.SreSoi^'.«beSt''-- Ruderico esté géneros. 
£ro¿''-Q»?eUHe1e Mariano es arte grosero y efectista, pero que de, 

íAjul-No lo hace a n» hacer- ífrfwS'^^ 



— 21-, 



ESCENA IV 
/ Marfono, Anyel, Pedro y Manuel 

Pvxi.— (Leyendo,) El demonio entiende a éste hoy. 

Man.— A Ruderico de puro vaciarlos en los nuevos moldes se le har fiprho 
3S sesos agua En literatura proscribe ias ideas, en piniurrliige que íos^a^^ 
a^ies tengan color de ensueño y que las imágenes sean planas pegadi al TL 
\^^!^? «^'>°««^" colección. En música ign'Lro por lo que le daVl^ 

Ppn HacIpH^'''^'"^"^^ P°'''^"^ '^ "'"^'^'"^^ "O se oiga. Es capaz de todo. 
Peo. -Hasta de comer por catorce. ¡Cómo engullía anoche en !a cena con 
ue nos obsequió Julián para celebrar su doctorado! El tal Rudeírí e? viva 

MAN.— ¿ts mañana cuando se va Julián? 
Mar.— A veranear con la familia. 
.ufet?!*~^ a""eglar sus asuntos para volver en condiciones de abrir el gran 
Anoel.-Yí4 Pedro.) Julián es como usted, todo práctico 

»ñ^^Z. *^"^ ",° "^"'^^ * '° 5"^" ^"''So- En esto de la Exposición se ha Dor- 
ado. Todas sus relaciones vendrán a la apertura. *^ 
Anobl.— Y él, ¿vendrá también? 

MAR.-Asf lo ofreció esta mañana cuando estuvo en casa a deiar a Car 
P¿.-Ya"tardarlí *'''" "°^°t''«»' ^''^ne y ella vendrán juntas. ^ 

^^Ü'T^,?,!^^^ ^f ^^^' "^ ^"*o te' como sentía. Tu arte me atrae oor su 
S?."1h'^' 5"^^" '^ '■•^"^" ^^ *"« ^^'■^<'^- Buena prueba de mT afiríacfón S 

pín^"* v.í°"^^ P"'"'*^ i ^''^^- ^^' ^7"^ ^^'^ de espaldas al pübücoT 
« ™r -A^*'^"^.^^ P^^''^ '""J®'' abandonada con el chiquillo en brazos es 
la compasión. Y a él. a ese tío que ia abandona, le estrangularía -Paíabraf 

ANOEU-Haces vivnr la escena (Momentos antes hm aparee do enTanÜ 
Sí/ííL^^lT^V^^'^^^^'^'-'"^'^- ^"^"^^ í^^'^<^rá ultraje sirador^^ 

CAR.-rQ«^ ha llegado cerc^ del caadro.) ¡La realidad'... 

ESCENA V 

Carmen, frene, Mariano, Pedro, AaifSl y Mana«L 

^^^íTa^^^^^^^ ^'■^"^ ^ propiamente un Goya. (A Carmen.) Usted con <» 

TbE ívy°".'"l'"°^^^" °í^''^«' ""« Doloroi del Greco. ' " 

^^•-¿Y Pepa? ik qué escuela la echamos? 

\S:~^^6rZ set íliefdo?''""^ ^ ^^^''^^ ^ '« ^^"^^« ««'"«^^«- 
PED.-En el tocador. Arreglándose los perifollos. 

UAR.— (Como leyendo eí rótulo del cuadro,) «¡Abandono'^ iPnhr*. «la^t 
^rme mientras el ^dre huye y la noche se ec¿cá Ai d cierta r^eíaué ha 



— 22 — 



ID:' 
8f 



"'S'Í;,t"X'l/rJ3/tFa!Ía uíSto de hora. Vamos hacia la entrada. 

lón, por donde salen.) _ 

^L7-^No':T|aT„iq'IéTe* Este cuadro me parece un espejo. Creo que no 
es ella, sino yo, la que está dentro de él. 

ESCENA VI 
Carmen e Irene. 
Iré— ¿Tú? Qué tontería. 1 

Car.— Julián se va mañana. 

&7-'?^™ "^"sHCb™ a°™.ver ,«s estudios. Ya no. Su. obligad» 

"""ir-i'gémo'han do concluirse! ¿No estés en Madrid tU? 

Car.-íYo!... íSé yo misma lo que soy ya para él? ¿De mi que puede espe- 
rar él? Cuanto podía esperar lo tuvo. 

'5ri^,EZi5Li%tdlit-íii^Lrs7dtric^^^^^^ 

crelrte. P¿ro os vl^ y veo a Julián tan carifloso contigo como siempre. í^or 
decij estoy más que nunca ^ ^ ^^^ ^ ^, |^. 



acaricia. 



criTTt.;^-¿¿n hace tien,po las palabra» y las «rielas de Juliénl . Pero 
mientras ló nieve cae!... 

no le quiera dar su nombre? ¿P<^;^^ '^ "°J^,¿^^^^ La de ayer, 

besos y lágr mas que lo ^'^^l'i'^-f^^^^^^^^ No corre 

!,^nta ' nT tr^^^XotL'f:t^m. adelante. Ya veremos mes 
adelante.» iMás adelante!... ¡Es decir, nuncal 

lian dice: «Más adelante.» 



— 23 — 

iiTdida. Así me entregué yo. A una perdida cuando llora se la desprecia; cuan- 
» exige se le vuelve !a espalda; cuando ensena a su hijo se le responde: 
;abe Dios quién será su padre!» 

Iré.— ¡Vaya, vaya!... No te inspira pocas negruras este picaro cuadro. Aho- 

mismo nos apartamos de él y vamos en busca de Pepa que esrá echando raí- 
« en el tocador. 

Car.— No voy. Quiero seguir aquí mirando a esta mujer. Ella también amó; 
mbién se entregó eila, olvidándolo todo... [Después!... Ahí está con el hijo 
: su amor en los brazos. ¡Ahi está mientras el padre huye en busca de nue- 
)s amores, de hijos nuevos!... Ella le ve huir. jY la nieve cae... cae blanca y 
ía como una mortaja de hielo. (Aparecen en el antesalón Julián, Pedro y Ma- 
mo.) 

Ped.— No falta requisito. (A Julián.) Pase, pase y verá canela. 

Iré.— (VI Carmen.) Julián. 

ESCENA Vil 
Carmen, Irene, Julián, Martaao y Pedro. 

i jvu— (Acercándose a Irene y Carmen.) Temprano se vino. (A Irene.) ¡Ele- 
jntísima! (A Carmen.) A ti, sino fuera porque elogiarte es elogiarme, te di- 
3 lo propio. (A Pedro.) ¿Y Pepa? 

Iré.— Aun no salió del tocador. 

Ped.— Vaj'an, vayan y denla prisa que son al golpe de las cuatro. Fíjense 
1 ella antes de que salga, y si fuera menester la componen. Pepa, de su natu- 
il, es muy farotona. 

Ire.— Vamos. 

}\3L.—(A Irene y Carmen.) Seguro que no estaré cuando volváis. 

Ire.— ¿Y eso? 

ÍUL.— Un sin fin de quehaceres. Como el viaje es mañana... 
'ed.— Siquiera hasta la entrada del público. Quédese un poquitln. 
JuL.— Lo siento mucho; no es posible. 4Íi 

Car.— M Irene con quien llega a lapuefta de la derecha.) Ni conveniente 
ue sus relaciones le vean junto a mí. 

Peo.— Entonces entro con ustedes. Tampoco me viene mal un lavatorio. 
Salen por la puerta de la derecha Carmen e Irene seguidas de Pedro.) 

ESCENA VIII 

JnCláD y Mariano. 

JuL.— Esto es ir viento en popa. Excuso manifestarte que me alegro since 
amenté. De toda la pandilla eres mi predilecto. De ahí que el triunfo tuyo me 
ntusiasme como si fuera propio. . . 

Mar.— Gracias, Julián. ¡Para éxito el de tu último examen! 

JuL.— jBah!... Una borla de doctor no es para echar orgullo. ¿Quién no 
eva en España borlas docíorües de esta o de la otra pinta? Como fin, la borla 
s una pequenez. En clase de medio algo puede valer. Depende del sujeto en 
iue caiga. 

Mar.— Tu np eres de los torpes. (Mientras hablan, examinan los cuadros.) 

JuL. — Este desnudo es maestro. jQué suaves los tonos de la piel! ¡Qué bien 
'abajada la carne! Entre los amigos a quienes repartí las invitaciones, hay ver- 
aderos inteligentes; y ricos que es lo principal. Más de un comprador has de 
ener en ellos. 

Mar.— Gracias otra vez. ¿Conque decididamente mañana...? 



— 24 — 



« 



\ 



mano. 

J^-TfuaX^egrese, lo haré en condiciones favorables al éxito. 

MAR.-¿De qué formahdad? ^ , ¿{piomas ofi- ^ 

bre serio. 

J^y l'Slo píoporcionL infinitas contrariedades. 
.avi^^dT/íe-erdi^r ií^u;;fr^"en íu-^l^rrí^o'^e^n cierta cosas . 

ESCENA XI 

M-riano. Julián. Iren.. Al fln-1 Carmen y P«p. cdn Pedro. 



— 25 — 

Mar.— Ese y yo vamos por distinto casnino. (Se dirige hacia c! fondo y sale 
'e él conjidián a tiempo que entran en escena por la derecha Carmen, Pepa y 
^dro. Pepa con el sombrero y los guantes puestos.) 

ESpENA X 
Irtne. Carme», Pepa y Pedro. 

Pepa.— No nací para señoríos. Ealoy mejor en casa, con mis cuatro trapitos 
revolviendo cacerolas. .Sobre todo «1 sombrero. Aunque ie ponga cuarenta 
Ifileres «e va. ¡Ni que este pá)aro (El del sombrero.) fuese de veras! 

Iré.— ¡Trae! (Arreglando el sombrero.) Lo sujetaré por un ala. 

Car.— Ya empiei» a entrar público. (Entran por el antesalón y comiéruiarh 
e a repartir por él formando grupos y parejas delante de los cuadros, caballe- 
os y señoras.) 

Peo.— ¡Es un golpecito de gente! jY la que ha de venir!... ¡Cuand» yo ase- 
uro una cosa!... (Entran en el antesalón y se detienen a contemplar los cua- 
'ros del fondo Ruderlco, Celeste y los Jóvenes 1." y i?.**, que irán trajeados 
oco más o menos como Ruderlco.) 

Pepa.— Ahí entran Ruderico y Celeste con otros de «u pinta. Ya examinan 
08 cuadros. 

Iré.— O lo que es lo mismo, ya empiezan a hablar mal. 

Ped.— Todo contribuye al cartel. Si nadie hablase mal, no habría controver- 
ia. Las controversias arman ruido, y mientras más ruido más negocios. (Se 
y en ooces y carcajadas a la puerta del antesalón.) 

Iré.— ¿Qué jdeo es ese? 

Car.— Margarita que llega. 

Pepa.— Trae con ella una procesión de hombres. 

Iré.— La nata y flor del Sicalíptico. (Entra Margarita en ei salón rodeada 
or un grupo de caballeros, entre los cuales estarán el Conde, el Marqués y los 
Caballeros 1.° y 2.° El Conde y el Marqués serán viejos. Margarita vestirá con 
yo estrepitoso, y accionará y reirá también estrepitosamente.) 

Maro.— ¡Por aquí!... ¡Por aquí!... que es donde está lo bueno. 

Ped.— Es un torbellino de mujer. (Margarita entra en el salón seguida de sa 
icompañamiento y provocando la curiosidad de los visitantes. Al ver a Carmen 
' a Irene se dirige hacia ellas corriendo con los brazos abiertos y la sombrilla en 
uto. ¿sOS acompañantes la siguen.) 

ESCENA XI 

formen, Irene, Pepa, Margarlf», Pedro, ei Conde, e¡ Marqués, Cobaüeroe 1.» y f.» Grupo» de 
visitantes. Ruderico, Celeste, loa Jóvenes I.» y 2,o y dos o tres grupos en el anteaoion. 

Maro.— ¡Hola, chicas! Aquí estoy yo. Buenas tarde», Pedro. (Señalando a 
os que le acompañan.) Los señores son amigos míos. Vienen con obligación 
le comprar. El que no compre puede declararme difunta y no volver ai Sica- 
íptico. 

Conde.— Compraremos lo que usted mande. 

Marq.- ¡Vaya si compraremos! ¡Aunque los cuadros sean| unos mamarra- 
hos compraremos! 

Iré.— (A PepaJ El sí que es mamarracho. 

CojiDE.~(Al Caballero 2.°) Me arrancaré con una tablita. 

Cab. 2.° (Al Caballero I.V Yo, ni eso. En el club me han dejado arruchi. 

N[kRQ.~-(Bajo, a Irene.) ¿Qué te parece mi parroquia? 

Utt.— Una recua. 



26 — 



Maro -Si no fuese recua, ¿vendría donde yo la levase? mppsible. Sól4 
Gue nXv otros. M Carmen.) \M> Carmen!, luego d.cen que las Joyas andaj 
T¿Zs7Asusacompañante¿hk caballeros, a ir pensando encima de qué 
STco ponen ustede7«u tarjeta. (Á Pedro.) No dirá que soy mala corredora. 

Ped (Bajo.) Haga usted que se fijen en el bargueño. ^ 

P^-ií d'bigueYo.^ mueble de la otra sala. Y e« las figuritas que i, 

hacia el Conde seguida de Pedro.) Ya lo creo que se fijarán. .Conde! 
Conde.— ¡Margarita! ^^ ^ ,, . ^ . 

MARQ.-Ha reparado usted en ese... (Deteniéndose.) 
?ED.—(A su oído.) Bargueño. 
MARQ.—Bargueño. _ iír 

PeT-S'deVHmef ífrd^^^^^^ Hay que verlo de cerca. De primer ^ 

«.Zn ^flh^lPro S CoS ''.íar^antó y Pedro van adonde está el bargueño.) ,i 
°'^teE -^fKpaicaZen^^^^^^^ como distraídas detrás de u«os grupos y 
de otros. Así oiremos lo que dicen. ¡Soy tan dichosa cuando oigo elogiar a Ma- a 
riano! ¿Queréis? *" 

Car.~iNo hemos de querer! 

^f''Pofam1a!ífef parte, menos por la que estén Celeste y Ruderico. Esot 
nabfe atrocMÍ^eryTes^ d^e desc'omponer la exposición arranamd^ 
a Celeste el moño (Salen. Ruderico, Celeste y los Jóvenes 1. y 2, entrcm ^i 
elfalónl se detienen frente a un cuadro. Carmen, ¡rene y Pepa se dirigen al 
antesalón, donde desapareen.) 

ESCENA XII 

RuD.-CPor e! cuadro gue examina, a sus ««'"^«f «^^f¿^^ fi^^'^'^* ^^ 
pintado, pero grosero. ¿Fui injusto diuéndolo en mi articulo? 

& i^Ltclíadór^^^^^^^^^ e. demasiado fuerte. 

&^¡;'~Klhtofrrafía de la Naturaleza. La Naturaleza es grosera también. 
ée^T¿^^rZitSmíí"^^^^ en sueño poético; en matena ideal más 

''IS^'y/? /^^^^^^^ ^i^n entra.) Ya colocamos el bargueño. A chalanea, 

"^ Xr4"cíííáo'L7¿Qué desea la encantadora artista? 

K^-(^?ltro cuadro.) Esto no son pinceladas, son brochazos, tonamiea 
tos dicolor el cX debe iidicarse. solamente indicarse; pa«u- de ahí. es de 
placi^ementesoez. ,q„¿ ^fán de redondeces! ^ , .. 

S^~m?;/3m i Es^ espectáculo deprime. Sin embargo, ya lo véis 

íran por ¡a ¡MQuierda también Menéruíe£ y boto.) 
la,-(A CanmaJ iOtaé eoateai» «rt»yt 



~ 27 - 
ESCENA XIII 

Carmen, Irene, Margarita. IKenéndez y Soto. 

Maro.— He dicho a esos polichinelas que se las piren y que no admitiré en 
i cuarto al que no lleve, por lo menos, la factura de un cuadro con recibí y 
)do. 

Soto.— fVl Menéndez.) Las aguas fuertes son notables: algunos lienzos de 
rimer orden: hay que agradecer la invitación. 

Men.— Diciendo de quién vienen no podía ocurrir otra cosa. 

Maro, - ¿Oyes? ¡Bstarás satisfecha! Fodos ensalzan a Mariano. 

Iré.— Soy feliz, ¡muy feliz! 

Maro.— ^Pü5 se ha Jijado en eí cuadro de espaldas al público.) ¡Qué maja- 
cría! ¿No miro a esta mujer y se me llenan los ojo? de lágrimas?... ¡También 
larianito!... ¡Podía pintar cosas más alegres y no afligir a una! ¿A qué buscar 
n la vida lo triste? 

Car.— No se busca, Margarita, riene ello. (Menéndee y Soto llegan delante 
'el cuadro y lo examinan dando la espalda a las mujeres, mientras sale de es- 
ena Margarita ) 

Men. - Hay que dar gracias a nuestro querido Julián. Merced a sus i»vita- 
iones, admiramos una hermosa iahor arl'stica. 

Soto.— Suárez es un pintor de fuerza, con mucha luz en el pincel. 

Iré.— (71 Carmen.) ¿Oyes? Y estos son inteligentes. No hay más que mirar- 
Ds; parecen amigos de Julián. 

Car. —Al menos acaban de nombrarle. 

Soto.— Vine seguro de pasar un buen rato. JuHán tiene gusto exquisito. 

Men.— Es un joven de mérito. 

Soto.— Y que irá lejos. El jefe de nuestro partido, está prendado de él. 

Men.— Como orador es extraordinario. Diputado de oposición hemos de 
'crle en las próximas elecciones. 

Soto- indudablemente. El jefe le ayuda. El tiene posición. Ya puede aco- 
leter la empresa. 

Men.— Y si sus fuerzas no bastan a lograrlo, ahí está el dinero que le lle- 
gará en dote su futura. 

Car.— ¡Oh! (Reconcentrado pero con angustia y desesperación terrible.) 

Iré. — (Bajo.) Vamonos de aquí, Carmen. 

Ckvt.—(Con fiereza) ¡Calla! Déjame oir. (Deteniendo un ademán de Irene,) 
No oyes que me dejes oir! 

Men.— ¡i-^uy rica! Este invierno será la boda. 

SoTQ.— (Alejándose con Menéndez.) ¡Hermosísimo es este cuadro! (Salen.) 



ESCENA XIV 

Cannen <L Irene, 

Car.— ¡Hijo de mi vida! ¡Qué horror! (Tambaíedndose en actitua estupefacta 
se deja caer en el dioán) 

Iré.— ¡Carmen! (Irene la contempla en silencio con angustia.) 
Ckr.— (Por la mujer del cuadro.) ¡Iguales somos ya, compañera de infor- 
hmio y de engaño! (Levantándose, con energía doloroso.) ¡No!... ¡No somos 
[guales!... Tú arrojada contra ese lienzo, por el capricho de un pintor, ere» 
cosa muerta. Yo vivo. (Hace ademán de dirigirse al fondo.) 



ai; 

ffli 



_ 28 - , 

E^TriñXT%^^f^'£'i>SrAoto.(Én el segundo fondo habrá figu- 
ras contemplándolos cuadros. [ 

TELÓ» 

I^CTO TERCIRO 

"* Bn' enoidü'^aa. alcoba a In ItaH.n.. ««pw.dB del «abi.ete por columna» y adornada con ^, 
""e" «If íc" t 'habíó'uía'S'U y delante de ella, perfectamente vlalble par. .1 público, un. 
cuna de mimbres. ^, , «_ i„„„i»~4- un*» máaulna de co»er. Sobre ella un rebul* 

Junto a la máquina un cesfo d« costura. 

ESCENA PRIMERA 

Carmen é Irene. 

C«.-lDuem,e! Quizás por no ver e^tos ojos mfos^tod«ne^^^^^ 
se cerraron lo» suyos todos alesrla y 'o^os luz M /re-w¿iV«^^^^ 
moso? ¿Verdad que en esta <^'y^f°'"'°!"„^^V^S¡?V^J^mmaión y al amor? 
cia, no hay un solo ft'->="«"''S'°^"ta sonrio en la bo^fy los temblores 
Nadie viéndote asi domudo, ^«^il, con a somM en la u í „á3 des- 

de un «ueno ¡"P'eWn en los párpados fuera rapa^^^^^ ,<„ 

rr'a%^tbJ.'c.oni"p\írsi^:n%«^^^ 

cL~'AlSo"J/StóSa"/tr,.to.am«íe y retirando la cabe^fU 

&o^H7a"rére¿:íde^r»iet!.^^^^^ 

dono corran por ti;^ mejillas «I" q^^V» "^ "' Ss do^Sbr" hablaron po. 

Habl^a^lTÍ-^^eírdtroruíf^^ií 1 -;S^^^ 

-»a¿%«?ulrSs!if^dTme^^^^^ 

ííodé en algo más grande? Peor .P=™ ""Js,,! ,toi S suLrtfdrsu madre. El s. 
'conveniencia? Peor para eh.,0 s, ™o-^Q",^««?,%S Su carrera y «ue» 

S.1m^foTLXS'^a"p\^^S^^uy6^^ 

,ue' Tullái-^^a-t/ntíel ¿[¿^^'¿¡0^^- cTa^pt^ u""!?» M,o no pued. 



r 



^ 29 



•andonarle. A ti, aunque de romper contigo tratara, no te Iba a dejar afn ana 

aplicación. ¿Cómo ha de hacer eso Julián? 

Car.— Es más cómodo. Asi evita lágrimas y reconvenciones. Tierra por 
sdio. Pasan los meses... Escasean las cartas. Un día el silencio por todares- 
lesta a la madre y a la mujer y todo concluyó. Así quiere él que sea. lAwl... 
o será. 

Iré.— ¿Qué piensas hacer? 

Car.— Algo... ¡Todo!... Pero ese todo, ¿qué es? Quiero pensarlo y mis pen- 
imientos se confunden. ¡Pensar!... Todavía no puedo. No hay sitio parapen- 
íT en mi alma. ¡Rebosante se halla de lágrimas y de. dolor!... Aun no puedo 
msar. Dejo a los suspiros salir por mi garganta; dejo a mis lágrimas que rue- 
m. Gracias a ellas no se me ha roto el corazón. ¡Que salgan! iQue salganl 
on mi dicha última. ¡Luego ni esa dicha tendré! 

Iré.— (Llorando.) Tendrás al menos quien te ayude a sufrir. Y si tttdesgra- 
a llegara; si este ángel y tú os encontrarais solos, no sería tan solos. Aún es- 
imos yo y Mariano en el mundos 

Car.— ¡Gracias, Irene! ¡Muchas gracias por él! 

hiE..— (Por el niño.) \Pohreci\\o\ . 

Car.— Más pobre que los que agi^ardan con su madre, en la calle, en el qui- 

de una puerta cualquiera, el regreso del padre. A veces viene éste sin pan, 
ero viene siempre con amor. 

Iré.— Cuanto más le miro menos creo que se atreva Julián... 

CAR.~Pronto lo sabré. Cuando él venga. 

¡RE.- ¿Vas a preguntarle? 

Car.— Ya te dije que no sé lo que haré. (Como si hablara condrdño.) No 
jtás bien en mis brazos. La desesperación los contrae a veces con tal fuerza, 
lie martirio son para ti en lugar de caricia. (Se leoanta con el niño y lo echU 

1 la cuna.) Aquí estarás mejor. Yo a tu lado velando el sueño que te hace 
anreir mientras lloro yo. 

Iré.— (Dirigiéndose hacia el balcón.) ¿Cierro? 

Car.— Deja entrar los últimos rayos del sol. Ya ves, soy romántica como 
ice Julián, y estos rayos pálidos que se extienden hacia la alcoba me parecen 
na caricia de la luz, una despedida que nos da la felicidad antes de dejarnos 
ara no volver nunca. (Señalando al balcón.) Mira. El sol va cayendo... cayen- 
0... Ya no se le ve... Como abanico de oro se abren sus destellos en el cielo 
reflejan aquí... Avanzan sobre las cortinas... Llegan hasta la cuna... Por ella 
uben... Se detienen en el rostro de mi hijo... Vienen y van sobre sus labios... 
A el último beso de este día que muere. Sólo queda una línea de oro... Ya 
ada... Todo concluyó... ¡Hay que aguardar la noche! iCierra! ¡Cierra! (Irene 
) hace.) lAy! ¡Si a la desventura pudieran cerrársele la» puertas como »e cié- 
ran a la luzl (Estas gradaciones de la luz hay que hacerlas con gran precisión 
ara que respondan a los momentos que marca ei diálologo. Carmen queda 
into a la cuna contemplando a su hijo. Después se dirige hacia Irene, que ha 
errado el balcón.) ¿Por qué note vas7... ¡Mariano debe estar aguardando! 
'endrá ansias de partir contigo, en la soledad del estudio, su hermoso triunfo 
e hoy. Ya que podéis serlo, sed felices. 

Iré.— ¡Dejarte! ¡No te dejo así!... ¡Que me aguarde Mariano! No sería dig- 
la de esa felicidad que nombras, si fuera tan egoísta que te iüx)ndonara en tu 
lena. Aquf quiero estar aquí estaré, como no me eches tú. 

Car.— ¡Echarte!... No, Irene. ¡Qué mejor compañera para nú stifrimiento! 
ío es echarte. Es necesidad de estar sola. Julián vendrá de «n instante a otro. 
Cuando venga, entre él y yo no ha de haber nadie. Nadie más que nuestro hijo. 

Iré.— Pero... (Como temerosa.) 

Car.— No receles que intente nada contra raí. (Señalando a la cuna^ Sof 
o único que le qued^ ea el oiuodo. ¿Cómo voy a deíarle? 



»r 



— 80 — 

IRB.-S1 es tu voluntad, adiós. (Se dirige a la cuna, da un beso al niño.) 
Ckr.-í Abrazándose a Irene y llorando.) ¡Adiós! (Haciendo un violento es- 
fuerzo para separarse de Irene y enjugándose el llanto.) iEa, basta de lágrima- , 
Iré.— ¿Hasta luego? .r, r ^ 

Car.— Hasta luego, sí. ¡Juana! (Entra Juana.) 
Juana.— ¡Señora! 

ESCENA n 
Carmen. Irene y Juaia 

Car.— Acompafla a la seflorita. (Pot Irene.) 

Iré —No hace falta. (Dirigiéndose a la puerta mientras Carmen va nacía u 
cuna. A Juana, bajo.) A ella es a quien has de acompañar. Quédate aquí coi|^ 
ella. (Sale Irene.) 

ESCENA 111 

Carmen y Jnana. ^ 

le 
Juana.— ¿Tiene usted algo que mandarme? ^ ^^ „. 

Car.— Recoge eso. (El sombrero y los guantes «pie estarán encima de m 
mueble.) Guárdalo ahí dentro (La alcoba), en ese armano. (Juana lo hace 
Carmen queda arrodillada Junto a la cuna.) ¡¡j 

Juana.— Ya está, , , « . ^ tí 

Car.— Echa esas cortinas. (Las del balcón. Juana lo hace.) 
Juana.— ¿Doy luz? . ^ ^ \, »,i * i 

Car. -No. No hace falta. Vete. (Vuelve a su actitud de antes. Al leoantarU 
cabeza ve a Juana que continúa en la habitación.) ¿Aún estás ahí? ¿No oyes qtt 
te vayas? (Sale Juana.) 

ESCENA IV 
Carmen. Luego lulfáa 

Car.-iHI)o mío! ¡Hijo mío!... ¡No! ¡Cerca de él, no!... Le despertarían mi 
sollozos. (Retrocede y se deja caer sollozando encima del dwán.) 

]{JL.— (Aparece en la puerta de la derecha.) ¿A obscuras? 

CsR.—UwWdnl (Secándose los ojos.) ,,.,,,., . » c; ^- ««. 

juL^_¿Te dio el capricho por no encender la luz? (Jovialmente.) í>i es as, 
continúa. Nos saludaremos en la obscuridad. ^,,„ ,í„i„i„,^ia 

Cak. —(Levantándose y dirigiéndose hacia donde está la llave de la luz el^ 
trica que hay sobre la máquina en un pequeño reflector con pantalla verde.) m 
Es mejor la luz. Ya la tenemos. (La habitación se alumbra en forma que algt 
noAfiuníos. los del foi^o, queden casi en la sombra.) 

ESCENA V 
Carmen y Inllds 

Jix.-BIcn vcnMa sea efla. (Se quita eí gabán y d sombrero,' los deja en a 
maeble y se dirige hacia la alcoba.) 

Ckr.— (Cortándole eí paso.) ¿Dónde xzs? 

JuL.— Donde siempre y como de costumbre. A dar un beso al mno. 

Car.— No. (Deteniéndole con el gesto.) 

]VL.— (Sorprendido.) ¿Qué? ^ , u * »««- 

CAR.-Que no le beses... (jue no le beses... todavía... Har cuenta que í 
an capricho como el de la luz. 



— 31 — 

JuL.— Raro capricho en ti. . . ^ ,, x . u„- 

Car.— ¿Verdad?... Siempre que te olvidabas de ello, icuántas veces han 
lo! te dije: ¡bésale! Ahora te acuerdas y me pongo enfrente de ti y te digo: 

quiero que le beses. 
JuL.— ¿No quieres? 

Car.— Antes de hacerlo has de responder a una sola pregunta. . 

JuL.— A cien, si lo pides. 

Car.— A una nada más. ¿Es cierto que te casas con otra? 

\\jL.—(En la forma de sorpresa que el actor considere mas conoeniente ala 
tuación.) ¡Cómo!... ¡Carmen!... ¿Quién se pudo atrever?... ¿Quién decirte?... 

Car.— La respuesta que necesito es otra. Sí o no. Con una sílaba me basta. 

JuL,— Carmen... . .... j i 

Car.— Di no, y franco se halla el paso. Ahí tienes a tu hijo esperando tus 
ssos, con una sonrisa en la boca. Si me dices «Sí», ¿cómo has de llegar á él? 
3ómo he de dejar que le beses?... ¿Aún no hablas?... Entonces es que sí. 

JVL— (Reponiéndose.) No supongas nada, mujer. No adelantes los aconte- 
imientos. En ocasiones las cosas no son como parecen. También quiero yo 
ue hablemos; pero en otra forma, sin la exaltación que denuncian tus ojos, sin 

1 ofuscamiento que la sorpresa pone en mí. 

Car.— Pero, ¿es cierto? . ^ j 

JuL.— No como tú lo piensas. Si existe el plan de mis padres es, no trazado 
or mi voluntad y mi gusto. Mis padres ven en los planes suyos, óyelo bien, 
uyos, míos no, seguridades, bienestares para mi porvenir. De eso a que yo 
reste mi conformidad, hay mucha distancia. Claro que mis padres, tercos y 
éreos en su idea, trabajan sobre mi voluntad, sobre mis intenciones... 

CaR.-¿Y tú? .^ jr ^ 

JuL.— Te aseguro que a hada estoy comprometido, que no respondí si, a 
as pretensiones de mis padres. 

Car.— (Con amor y desesperación.) jNo lo respondas, no lo respondas nun- 
a, Julián! ¡Te lo pido por todo e! amor que me juraste cuando caí en tus bra- 
os! Por el amor que te tengo, hoy más grande, más poderoso que antes; por- 
[ue antes, al principio, te debí la dicha de poder acariciar como enamorada, de 
lamarte mío; ahora te debo más; te debo la dicha de poder acariciar como ma- 
ire, el santo derecho de llamar hijo a esa criatura. ¡No, Julián, no! ¡No nos 
ibandones!... ¡El y yo te necesitamos! ¡Nuestra vida eres tú! (Dejándose eaeJ 
m el diocn.) 

JuL.— ¿Abandonarte? Nunca he pensado en ello. 

Car.— ¿Y en dejarme de querer? 

JuL.— Tampoco. (Sentáddose junto a Carmen y cogiendo sus manos.) iNo 
jeas niña!... (Atrayéndola hacia si.) ¿No estás viendo que no? 

Car.— Sí; lo veo... jme hace falta verlo! ¿Verdad que mintieron aquellos 
fiombres? 

JuL.— ¿Quiénes? 

Car.— Los que dijeron allá, en la sala maldita, que ibas a unirte a otra mu- 
ier. ¡Mintieron!... ¡Mintieron! (Con pasión y grandeza.) No hay más que una 
rerdad, la tuya, la de que tú me quieres. 

JuL.— Carmen... „ 

Car.— Si no dudo, te creo. ¡No oyes que te creo! Tus padres pensaran... lo 
que piensen: la gente hablará por lo que tus padres hablaron. Pero tú... ¡Tú 
eres nuestro! (Yendo hacia la cuna.) ¿Oyes, hijo de mi alma? ¡es nuestro! ¡Es 
tuyo! ¡Es mío! ¡Como siempre!... (Volviendo hacia Julián.) Repítelo, Julián, 
con los ojos puestos sobre mis ojos. (Acercando su cara a la de él.) ¡Repítelo 
muchas, muchas veces!. . Sólo una oí que me abandonabas; pero fué tan es- 
pantoso el golpe, tan siniestra la negrura que rodeó mi espíritu, que necesito 
una y otra afirmación de tu querer para que esas sombras y desesperaciones, 



82 — 



huvan V me deien volver a mi vivir... Porque yo estaba >n«ertei. Te oigo, te 
McSLr Ve - ^^uieres y n,e parece salgo eu„ s^;^ 

dert7oTq¿To va«^ SoíS en u„" minuto de^i coraz6n y de mi memon 
íML.J.sdec^rid.ydea^^^^ 

tu corazón va I«^™•^v4»TJ F,m mfc cSmo en nuestra primera hora á,- 

"T-TSy'St^í'S'áa'Sri, sabiendo ,ue so, tuyo, e. comodebe,|:, 
escucharme. .. .^^^ ,„ ,e8p„esta en los ojos tu 

Sean cusles ^n !as circunstancias, ni él ni yo os hemos de faltar. 

f^tMitblo T^'P^ de es. plan -yo que me contraria; de .u ojbst. 

íTan ™iñ'¿^lo que anda por tu pensamiento, que a ti propio te da vergüenza 
"'^fl iNo te exaltes' .. Te suplico que no te exaltes. Por miedo a tus eial- 

nes confianza en mí? , . , 

Car.— Hace un momento la tenía. 

luL -Por desgracia !a vida no es solamente amor. 

CAR.-Doior es también; y también puede ser toda odio. 

Tul -Ante todo es necesidad, urgencia de vivir, de ganar puesto en ella y 
de sostener el puesto una vez conseguido. ¿Me comprendes? 

írr''Mi'v'i'da'^end sentido de la lucha, empieza hoy; para emprender l3 

te. Demos a la realidad lo suyo y... .r„n„i pi.ri,a la infamia, va que 

CAn.-ÍLevantdndose y tapándole la »°f5 ^ ip„^ '^'ff.fl'STno tenias 

tu pensamiento fué capaz de parirla; pero ten í=l P"'*¿r f '^^f ""¿J"" %,^ 

""''a«'-lNo''m'í'tiques!... (Se aparta al ángtUo opufto a dondeestáJnUán^ 



— 33 — 

í Para ti acabó la mujer. Echemos la mujer a un lado... ¿Qué vas hacer de 
lijo? 

luL.— De nuestro hijo... ^ ^ . . , • ..* 

Car. -Del mío. Ahora no es más que mío. Cuando hables veremos si es que 

des llamarle tuyo. , j^ „« „„ 

luL.-De continuar tus arrebatos; de empeñarte en no comprender, en po- 
insultos donde tienen sitio las razones, será mejor que por el momento nos 
aremos y hablemos despités, cuando tu locura te permita reflexionar y tu 
lexión discurrir, r^e dirige ai mueble donde están el gaoan y el sombrero.) 
CKR.--(Deteniéndole.) ¿Irte? ¿No oyes que es la madre quien habla, que no 
a mujer^... A la mujer puedes abandonarla, despreciarla, sin darle siquiera 
aicación. Entre mujer y hombre, cuando por una parte o por otra el amor 
icluye, ha concluido todo. No volverás a oir recriminaciones y quejas de la 
¡er a quien abandonas. Me entregué a ti por mi voluntad. Por !a tuya me 
as iFual pude dejarte yo. El hombre y la mujer estamos en paz. Pero eso 
ñalando la cuna.) no llegó a nosotros por su voluntad; í'50 no nos escogió 
•emente- eso no puede abandonarse. ¿Qué vas a hacer de mi hijo»» 
JuL.— ¿Qué voy a hacer? Quererle, protegerle... 
Car.— ¡Palabras! Eso son palabras. Hacen falta hechos. \ 

jUL. — ¿Hechos? c- A 4, 

Car.— Comprenderás que habiéndote oído antes, no voy a fiarme de tus - 
abras de ahora. Ayuda, protección... ¿Eso ofreces? 
JuL.— Sí. 
Car.— Cúmplelo. 

JuL.— ¿Cumplirlo? . . . . x j ■ a a 

Car.— Si: maneras mil tienes de ello. Una hay que borraría todas mis dudas, 
[ue tal vez alcanzaría todos mis perdones. 
JuL.-¿Cuál? 

Car.— Dar al niño tu nombre. 
JuL.— ¿Mi nombre? 

Car.— ¿Te niegas?... , . , ^ . i ^ t. a a 

JuL.— No me niego. Cuando le haga falta el nombre de su padre lo tendrá. 
Car.— Más adelante, ¿eli? 

JuL.— ¿Por qué no? , x.- , • *. n ^ 

Car —Porque mientes en esto lo mismo que has mentido en lo otro. Porque 
, sólo atento a tu egoísmo y a la fortuna que ambicionas, no temes pisotear 
porvenir de tu hijo y dejarlo solo, perdido, sin más amparo que el de Dios, 
más nombre que el que deshonraste iaaciendo tuya a esta mujer. 
i\jL.— (Con ira-) ¡Carmen! . , , a 

Car.— Eso intentas. Porque tú, si como amante eres un desleal, como paüre 
esa criatura eres un m.iserable. 

JuL.— ¡Es ya demasiado sufrir! Ni el haber sido lo que fuiste, m d que haya 
a criatura entre los dos, te autoriza a tanto- Por mi hijo y por ti haré cuanto 
eda, cuanto en mi caso hacen otros hombres, cuanto él y tu podéis, no exigir, 
pilcar. Si llevas tu locura al extremo de suponer que mi vida va a girar escla- 
. en torno de la tuya, te engañas. Mujer eres; por serlo, puedes insultarme 
1 que te responda. Hasta ahí llego, no esperes que tenga la paciencia de 
gix\r oyendo los Insultos. (Cogiendo el gabán de encima del mueble.) 
Car.— ¡No, Julián! ¡No te vayas! No habrá más insultos en mí. ilnsultos! 
nposiciones! ¡Yo no puedo insultar! ¡No puedo imponerme! Sólo puedo su- 
icar... llorar... ¡por él!... Por él suplico, por él lloro y pisoteo ante mi amor 
i madre, mi orgullo de mujer... No abandones a nuestro hijo, Julián; con las 
anos en cruz y con el alma deshecha en sollozos te lo pido. 

Jui,.~¿Pero qué más pides? ¿No oyes que mi apoyo oo le fiitará nunca? 
epito qut • ti tampoco ha de faltarte. 



34 



Car — iQué pido!... Tu nombre para él. La protección, el apoyo moral . 
el oro no compra ni regala. ¡Es el hijo tuyo, Julián! No será horrible que ^^ 
hiio tuvo tenga que bajar los ojos mañana y no se atreva a responder cuanM 
le pre¿untenr ¿Quién eres tú? ¿Quién era tu padre? ¿No será espantoso que H 
digan- «¡Vete'» «No eres a nosotros igual. De los dos seres que digniticapi 
con sus nombres la existencia del hijo, uno te falta por desconocido o por negar 
do » Ve que son heridas incurables las que tales frases producen. ¿No pier 
sas que un día nuestro hijo puede amar y ser el nombre que le niegas, la nega 
tiva de ese nombre, muerte de su amor y perdición de su conciencia? ¡No 
hagas! ¿Qué daño te ha causado para que lo mates moralmente? , , , 

JuL —He de repetirte otra vez que cuando precise mi nombre lo tendrá 
(Impaciente y nervioso.) ...»».. t> ± -^.o. 

Car.— Si piensas dárselo, ¿por qué no de seguida? |Ah!... ¿Seré yo? ¿berí . 
temor en ti de que yo, escudada con mi hijo y con el nombre que le des^sej , 
obstáculo y escándalo de tu existencia? ¡Poco me conoces! ¡No importa! Ufen 
déme más. Cree eso de mí. ¡No me quejo!... Si es eso. pronta me hallo a qu( 
el temor tuyo se disipe. Renunciaré al niño. (Se dirige a la cana.) Ahí lo tienes 
Llévatelo. Te juro que no le veré más. ¿Que es horrible? Lo sé. ¡Figúrate si 1( _ 
sabré. Para mí peor que la muerte. No le hace, renuncio a él. A cambio de 
nombre tuyo, te lo doy. 

JuL. — ¿Separarte de él? , ^ i a 

CAR.-iSepararme! Que me separe de él, aue lo apartes para siempre a< , 
mí. ¡Eso te pido yo, y te lo pido de rodillas!... ¡Una madre pidiendo de rodillas 
arrastrándose como si implorara su felicidad, que le quiten a su hijo!... ¿Verda( 
que parece locura? Y locura es. Sólo que es locura de amor santo, locura d. 
madre que hasta las entrañas sabe arrancarse por el hijo. 

Juu— Ni lo puedo, ni I9 debo hacer. Siga al lado tuyo. Ni os abandono, ni o 
retiro mi apoyo. Piensa en ello y mañana más tranquilos podemos resolver. 

Car -¡Ah! ¿Sí? ¿Con que todo es inútil? ¿Conque una promesa hecha po | 
tu embustera boca ha de bastarnos a él y a mi?... ¿Conque mi hijo va a queda | 
perdido, sin nombre, mientras los hijos de la otra, ¡de la otra!, gozarán de tu 
riquezas y de tu nombre y de tu amor?... ¡Ah, no!... ¡No!... »Te jaro que nc 

^" ^juL— ¿Vuelta a los insultos? (Coge eí gabán y el sombrero.) Adiós. 

Juu^No lo ves? (Vuche la espalda a (firmen tj se dirige a la puerta.) 
CAR.-¡Todo!... ¡Todo acabó!... ¡Todo concluyó para mi hijo!... (Apoyad 
dose para no caer en la máquina. Al hacerlo empuja el rebujo de tela y dejat 
descubierto las tijeras.) ¡Ah!... (Por ms ojos y por su gesto ha de pa^^^^^ 
rapidcB de rayo la idea del crimen.) ¡Que acabe para ti! (Se dirige hacia Jultá 

'^'ilí^-'^íéifcirmen le hunde las ti/eras en el aecho.) ¡Carmen! (Ce 

""'cAú!~(ArroJa las tijeras al suelo con espanto.) ¿Qné ^^^^yo^.¡^,^^ff^ 
Con energía.) ¡Lo que debía hice! (Dirigiéndose a « j^"««/j(,«;;JO;¿ J^/^rS 
que no tengas padre que tengas ese. ¡Hijo! (Inclinándose sobre íocana.hD» 
píerte!... Sus ojos van a abrirse. (Corriendo las cortinas.) ¡No! ^^i*. "oljN 
quiero que lo vea! (Queda de espaldas a la ama su/eíando las cortinas 9 fíe 
loa ojos ea el caddmr deJuUán.) 



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I TRATA DE BLANCAS.-Fellpe Trigo. 



LA SOBRINA DEL CURA.-C. Arniches. 
EL MÍSTICO.-Santiago Rusiñol. 
LOS SEMIDIOSES.-Fcderico Oliver. 
LAS CACATÚAS.-Casero y O. Alvarez. 
El LOBO.— Joaquín Diccnta. 
CHARITO, LA SAMARITANA.— Torres 

del Álamo y Asenjo. 
EL VERDUGO D¡2 SEVILLA. - García 

Álvarez y Muñoz Seca. 
TODOS S0M05 UNOS.-J. Benavente. 

EL REY GALAOR.-F. Villaespesa. 

LA CASA DE QUlRÓS.-C. Arniciies. 

FIJCAR XXI.— Muñoz Seca, García Álva- 
rez y Pérez Fernández. 

EL RÍO Dd ORO.— Paso y Abati. 

SOBREVIVIRSE.— Joaquín Dicenta. 

ALMA DE DIOS.— Arniches y G. Álvarez. 

EL CARDENAL.— L. Rivas y Reparaz. 

EL POBRE VALBUENA. — Arniches y 
García Álvarez. 



EL HOMBRE QUE ASESINÓ.— Traduo- 

clón de Antonio Palomero. 

LAS ESTRELLAS.— Carlos Arniches. 

DOLORETES.— Carlos Arniches. 

LA SEÑORITA DE TREVELEZ. — Car- 
los Arniches. 

SER '^ FINA LA RUBIALES O ¡UNA NO- 
CHE EN EL JUZGAO!— Torres del Ála- 
mo y Asenjo. 

ABEN-H UMEYA.— Francisco Villaespesa^ 

EL SEÑOR FEUDAL.— Joaquín Diccnta. 

LA ETERNA VÍC riMA.— Felipe Trigo. 

JIMMY SAMSON— Traducción de José Ig- 
nacio ái Alberti. 

LÓPEZ DE CORIA.— Muñoz Seca y P*- 
rci! Fernández. 

LA GIOCONDA.— G.d'Annunzio. Traduc- 
ción de Francisco Villaespesa. 

PRIMAVERA EN OTOÑO.-Q. Martín*» 
Sierra. 



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ABTORO BANCB 

•AINCLAIB 

BL TÍO «ANTIAOO 

BBRMEB 

MAoguET, juez de instrucción. 

DAX, icfe de la policía. 

malbikb, efcribano. 

LAMARTINE, rcporter. 
»>o.i» .^...^ BATAPLUTis. ídem. 

Sífloras. caballero», magistrado», periodistas y público que asiste a la visia de una causa. 

ACTO PRIMERO 

Iran «solrée» de palo en el Elfseo. Rincón de una serré, con arbustos, plantas y macizo». Una 
ealeria al fondo, por la cual circulan los invitados durante todo el acto, y especialmente en 
fos momen°os?ndlcado8. Puerta grande, sin bali.n.es, que da a la galena. A un lado, en prl- 

U^Lttíííí PitrinT,X^flít'''lnvitad03 e Invitadas. Al levantarse el telón, Lamartine y Pm- 
mlnf sentíaos a iT meso escriben. Rataflutis, apoyado en la puerta, mira a la galería y toma 
ílotak en un carnet. Llegan a l« escena loa ecos débiles de un val». Los Invitados van y vlcen 

^°*Lm-}Dejando de escribir.) ¡Qué barabúnda!... Esto parece un baile del 
Ayuntamiento más que una recepción en el Elíseo... ¡Y esa musiquita! ¡bsa 

^^^p}r!—(Es un hombre alto y fuerte y extraordinariamente barbudo. Escri- 
biendo con ardor.) ¡Yo adoro la música! , 

Kkt— (Siempre mirando hacia la galería y tomando notas.) Oye, Pitiminí. .. 
Rouletabille baila con la seilora de Mortimar. 

PiT.— Ahora podrá preguntarla qué hay de cierto en el rumor que corre. 

Rat.- -¿El escándalo de los ferrocarriles del Sud-Este? 

PiT.— No; la ruptura del matrimonio de la señoriía Stangerson. 

Lam.— ¿De la hija del gran StangersonV Eso no es posible. La ceremonia... 

PiT.— La ceremonia ya no se verificará... Al menos eso es lo que se dice 
en todas partes. (Saliendo al lado de Rataflutis.) 

Dichos, Inocencio que llega muy de prisa 

Inoc— ¿Habéis visto a Rouletabille? 

Rat.— ¡Calle, Inocencio! ¿Qué le quieres a Rouletabille? 

Inüc— Me ha mandudo interoieuivar a la embajada marroquí. . . Pero yo no 
sé dónde diablos estará la embajada marroquí... ¿Lo sabéis vosotros? 

PiT.— Seguramente en el salón de embajadores. . ^ . ^ 

Inoc— Voy a ver... Pero, ¿qué voy a preguntarle yo a la embajada marroquii» 

PiT.— Pregúntales algo sobre la danza del vientre. 

Inoc— ¡Es una gracia!... Yo estoy encargado de los sucesos, y no sé una 
palabra de los asuntos extranjeros... ¡Este Rouletabille me va a hacer sudar el 
quilo. (Mutis.) . , . r j 1 • r 

Lam.- ¡Tiene mucha razón! Desde que le nombraron jefe de las informa- 
ciones, Rouletabille se empeña en que catemos todas las salsas. Yo he entrado 
en La Noche para seguir el movimiento literario y no el vals de tres tiempos, 

Rat.— (Flemático.) ¡No te irrites, hombre!... Mientras no sea más que eso... 
Todo .í:a no has descendido tú como Rouletabille al fondo de una alcantanlla. 

Lam.— ¡Ah, sí! Donde encontró el pie izquierdo de la calle Oberkampf . 

Rat.— Y en el asunto de los lingotes de oro ¿no os acordáis?... Rouletabi- 
lle engañó a toda la policía, incluso al inspector Larsán. 

PiT.— Y Larsán no es un imbécil. _ , . ,, . 

Dichos, Edlth del brazo de Arturo Ranee, seguidos de SalncIair, que pasa enn^e lo» Invitado» 

EoriH.— (Acento americano. Se vuelve hacia Sainclair, sin abandonar el bra- 
zo de su marido.) Señor Sainclair, tampoco está Matilde en la serré... ¿Dónde 
pueden estar los Stangerson? 

Saín.— No se impaciente usted, que va los encontraremos. 



-Jí 



Rat.— ¡Callei... ¡lil protector de Rouletabille! Es raro que no nos haya pre-''| 
guntado por él inmediatamente. ^ , ,. j r^ • ' 

PiT,— ¡Sainclair!... Ese debe estar enterado del lio de la boda. Es muy ami- ;- 
go de Roberto Dorzac, el novio de Matilde. 

S\m.— (Acercándose a ellos, mientras el matrimonio Ranee se aleja un 
ooco.) Señores reporters de La Noche. ¿Cómo va? ¿Dónde está Rouletabille? 

Rat.— ¿No lo decía yo? 

Saín.— ¿Qué es lo que decía? 

Rat.— Que nos preguntaría usted al momento por Rouletabille... Bueno; el 
también nos ha preguntado por usted. 

SAiN.--¿Dónde está? 

Rat.— Le encontrará usted en el buffet, con la señora de Mortimar. 

?n— (Sainclair hace ademán de salir.) Una palabrita, señor Sainclair, y 
usted perdone... Esa señora con quien hablaba usted hace un momento, es... 

Saín.— Mistress Ranee, la esposa del secretario general de la Academia de 
Ciencias de Filadelfia... El banquete de esta noche ha sido en honor délos 
delegados de esa Academia. .. x r» 

PiT.— Y del sabio profesor Stangerson, su ilustre correspondiente. Pero 
¿cómo es que no han asistido al banquete ni el señor Ranee ni su esposa? 

Saín.— Acaban de llegar... Ella estaba indispuesta, muy indispuesta, Y so'o 
ha venido porque quiere ver esta noche a su amiga Matilde Stangerson. ¿Usted 

no la ha visto? , . r^ , . rx ^^ 

PiT.— Yo no la conozco. Conozco en cambio a Roberto Dorzac, y puedo 
asegurarle, mi querido Sainclair, que no ha venido, ni tampoco vendrá. 

Saín.— ¿Por qué? 

PiT.— Porque... la boda se ha deshecho. 

Saín.— ¿Qué dice usted? 

PiT.— Lo que todo el mundo... Y usted debe saber. 

Saín.— r5e dispone a marchar.) ¡Está usted loco'... Los he visto ayer mismo. 

PiT.— ¿Entonces desmentimos? „ . ^. ^ ..^r 

Skw.— (Deteniéndose.) No, no... ¡No hablemos más de ello! (A Edith, que 
desciende sola, tomándole del brazo y alejándose de los reporters.) ¡Estos pe- 
riodistas son verdaderamente extraordinarios! 

^mvn.—tWat is it? . ox 

Saín.— ¡Tonterías! Aseguran que la boda de la señorita Stangerson con mi 
amigo Dorzac se ha deshecho. (Hace un movimiento.) ¿Qué le parece a usted? 

Edith.— Nada... nada.. . (Se detiene muy conmovida.) Señor Sainclair... Creo 
que usted es un gran amigo del señor Dorzac. 

Saín.— Cierto. 

Edith.— ¿Y desde cuándo? . ^ « *^ 

Saín.— Hace mucho tiempo. Empecé siendo su abogado. Pero es un asunto 
civil: no vaya usted a figurarse otra cosa. ... u 

Edith.— Yo también soy muy amiga de Matilde, aunque no he sido su abo- 
gado... Yes... Y después de una larga ausencia, las dos hemos tenido una gran 
alegría al volvernos a ver, hace ocho días, cuando yo he llegado de América. 

Saín.— Ya me ha dicho Dorzac que Matilde se ha alegrado muchísimo de 
que el viaje de usted coincidiera con su matrimonio. (Rataflutis y Pdimini, se 
han alejado ya, charlando, hacia donde Lamartine continúa escribiendo.) 

Edith.—/ Yes! Lo creo. Me quiere mucho. Cuando ella vivía en América con 
su célebre padre, éramos unas muchachas, y estábamos juntas todo el día. 
Saín.— ¿Y han pasado ustedes mucho tiempo sin verse? ^ 

Edith.— ¡No hable usted de eso! ¡Es terrible! Es como si me recordara usted 
que voy envejeciendo. 

Saín.— ¡Por Dios, señora! ,. , _ .J 

Edith.— ¡Si usted supiera cuántos pretendieron su mano!... Pero no quiso 
casarse. No. Ella quiso vivir con su ilustre padre y consagrar su vida a la 
ciencia. Y el Señor le ha recompensado, porque ella se conserva hermosa, es- 
plendente; mientras que yo estoy hecha una vieja... ¿Verdad, Arturo? 
PiRi.— (Acento americano.) ¡ Yes! . j » x -» 

Edith.— Mi marido lo dice como lo piensa: ¿verdad, Arturo? 



lrt.— / Yes. 

^xw.--( Protestando.) Yo le asepjuro a usted, señora.. 

Edith.— No mienta usted por gíilantería. En América decimos siempre la 
verdad. ;Ah, si usted hubiera conocido a Matilde en Filadelfia, mi querido se- 
for Sainclair!... Mi marido estuvo locamente enamorado de ella... ¿verdad, 
Arturo? 

.\vT.—¡Yes! '■ 

Edith.— Se quiso hasta suicidar... Y luego, desesperado, se casó conmigo... 
¿verdad, Arturo? 

h.KT.—¡Yes!... Yo me quise suicidar con ginebra. 

Edith.— (04 Sainclair que ríe.) ¿De qué se ríe usted? 

Saín.— De nada... De eso de la ginebra. 

Edith.— ¿Qué beben ustedes en Francia cuando están desesperados por eí 
amor?... ¿Champagne? Please... ¿Champagne? 

Saín.— Kes... Champagne. 

Edith.— En América, ginebra. Arturo quiso suicidarse con ginebra y enton- 
ces yo me casé con él. 

Saín.— Cualquiera creería al oiría, mistress Ranee, que fué usted delegada 
a su marido por una sociedad de templanza. 

Edith.— ¡No! Yo fui delegada por mis sentimientos. Yo soy muy sentimen- 
tal... Yes... La lucha fué terrible... ¿Verdad, my darlingP (Silencio de Arturo.) 
¡Arturo! ¡Arturo!... ¡Yo creía que ya estabas curado! 

Pisrí.—(Que se sentó un momento, se levanta.) ¿Dónde está el buffet? (Mu- 
tis, con las manos en los bolsillos, silbando ligeramente y con melancolía.) 

Eorm.— (Siguiéndole con la vista.) ¡Pobrecito mío!... Ha vuelto a ver a Ma- 
tilde, y creo que si le parecía bien su matrimonio con la ciencia, no se conso- 
lará de que se case con uno de sus profesores. (Suspira.) 

Saín.— ¡Vamos!... ¡Al cabo de los años!... Entre ustedes, como entre nos- 
otros, mistress Ranee, el tiempo sabe renovar el corazón de los hombres... y 
el de las mujeres. 

Edith.— f5e levanta ofuscada.) ¡Ah, entre ustedes los franceses! Ayer he 
visto vender unos libros en los bulevares, donde se dice que un francés puede 
amar treinta y dos veces. 

Skm.— (Riendo: la ofrece su brazo.) Son demasiadas, mistress Ranee, son 
demasiadas... (Mutis ambos.) 

Lamartine, Ratoflutis y Pitiminí. 

LtM.— (Interrumpiendo su trabajo.) O^e, Pitiminí; dame nombres... ¡Vivo! 
(Levantando los brazos al cielo.) ¡Señor! ¡Señor!... Vosotros no sabéis lo bien 
que sienta, después de escribir estas cosas, leer una página de nuestro admira- 
ble Lamartine. 

Dichos; Rouletabille, luego Larsán, un momento; después Inocencio, un instante; luego el 
Doctor Stangcrson y Matilde que pasan. 

RovL.— (Aparece por el foro, a las últimas palabras de Lamartine.) ¡En 
nuestro oficio, eso te será menos útil que el diccionario de Larousse! 

Rat.— ¡Rouletabille! 

PiT.— ¿Y la señora de Mortimar? 

RouL.— ¡Divinamente!... Muchachos ¡vaya un lío! 

Rat.— ¿El Sub-Este, eh? 

RouL.— El Sub-Este y el Noroeste... ¡Los cuatro puntos cardinales! ¡Un es- 
cándalo de primera! (Toma nota en su puño.) 

Rat.— ¡Gracias a Dios que hay algo de qué hablar! Hace tiempo que no ocu- 
rrre ni un mal asesinato... Ahí va, precisamente la policía. (Apaiece Larsán.) 

PiT.— ¡Es verdad! ¡El famoso Larsán! 

RouL.— (Lápiz en mano al verle.) ¡Ah, señor Larsán! (Larsán se detiene: se 
estrechan la mano.) ¡Ya no se oye hablar de usted para nada!... ¿En qué se 
ocupa ahora la policía? 

Larsán.— En aburrirse, mi querido amigo... No hay nada que hacer en Pa- 
rís. Mañana salgo para Londres. 

RoML.— (Puntuando la frase con su lapicero.) Robo del collar de perlas de 
!a« torres de Nuestra Señora. 



^ARSAN.-iSiempre tan bien informado!... ¿Quiere usted descubrimos otri 

vez el iueffo? •>• 

RouL.—Ya sabe usted que sé poner las cartas en su sitio. 
RAT.-¿Han robado las torres de Nuestra Señora? ,nA«^J 

RoüL-Sí. No tiene ninguna importancia... ¡Ah, señor Larsán!... ¿Dónde; 

está el crimen de la calle de Oberkampf? ^.^^ | 

Larsan —("Y el robo de la Casa de la Moneda? .s 

Roo, -Ese suceso le hizo a usted célebre en Francia... ¿No era usted an- 

tes de la policía? . . j j „i 

Larsan —¡La policía y yo, no nos hemos abandonado nunca! 
RouL —¡Es verdad! Usted había trabajado en America. 
URsÁN.-Sírpero por mi cuenta personal... También tuve allí buenos 

^^"roS^ -Me parece haber oído que fué V. quien detuvo al bandido Ballmayer. 

Lardan -Sí, Ballmayer. el famoso Ballmayer, que se hacía llamar también 

Salvídoí Russell. ¡Historias del tiempo viejo!... Ballmayer ha muerto en presi- 

'^"kouf ÍHTs?la^Ts£%'eño; Larsán... Alguna vez trabajaremos juntos, por 
la eloria'de nuestro país. (Larsán hace un gesto vago y desaparece,) 

%MA.--(Despreciatiüo.) Y por la del Comisario General. 

RouL.— ¿Qué dices tú, Lamartine? 

Lam —¡Nada!... ¡Tengo una sed espantosa! « t w • 

RgcI -¿Que tienes sid? (Salta sobre un criado que pasa con ía bandeja, 
se la mita Slas manos, la pone en la mesa y sirve champagne en las copas. 
fodoTd^ar^n momento de hablar.) Déjame que te reemplace "" nionierito 
en tus funciones. (Al criado.) Ahora verás para qué... Toma. Lamartme. 
r^/SoS copa!; No haría más un padre por un hijo... Eso te inspirará. 
¿Cómo va tu prosa? 

\T^Z-(Cota^"^ff'^^^ escribe tu artículo en ver»!... Ah. ,i yo 
fuera poeta, como tú, lo haría en seguida. (Declamando.) 
Del Elíseo al baile los muchos invitados 
desde las diez en pvinto llenaban el salón; 
el noble presidente, su esposa y sus criados 
los iban recibiendo con suma distinción. 
ÍTodos ríen ti beben.) ¡A tu salud, querido Lamartine' (Aparece Inocencio bus- 
^landlaRmletS^ íCalle, Inocencio! ¡Aquí, Inocencio! ¿Ha. 

hablado ya con ios moritos? 

Inoc— El intérorete no quiere saber nada. • *,.„^;^ „ ^^cná 

RouL.-¿Pero te has dirigido al incérprete?.... Inventa un infundio y despá 
chaíe a tu gusto escribiendo en francés una interview, que el uiterprete desmen 
tira niañai.a en árpbe, si le acomoda. 

iNoc.-Comprendido. Pero ¿qué les voy a hacer decir a esas gentes? 

RouL.— Lo que te dé la gana... ¿Tú qué vas a perder? ,«,«,^, , 

Inoc —Es que yo no estoy acostumbrado más que a los sucesos locales, . 
no sé nada de ios asuntos extranjeros. ¡Me empieza a hacer sudar el oticio! 

RouL.-¡Suda, suda!... ¡Y corre!... ¡Ah, míra! /^e quita mfsuradan^j^l 
los puños que están llenos de notas y se los da a Inocencio.) De)a esta par d 
puños en la imprenta... ¡No te asustes!... El confeccionador conoce perfecta 
mentí mis jeroglíficos... ¡Anda de prisa!... Ah... Entra ""."lonj^^to^" ^Uj 
Marigny, donde debe estar el repórter político, y dile de mi parte: «¡Macache! 

RouL.~Si... El ya sabe lo que significa... Y si está de humor con esa pí 
labra escribirá un par de columnas... ¿Pero aún estas aquí? 6W«//s ¡nocenaa 

UAT.-(Atüer salir a Inocencio.) ¡Me parece poco avispado para este ofiCK 

RouL.— 64 Pitiminí.) ¿Tú tienes algo nuevo? 

Pn.—(Se sienta y hojea sus cuartillas sobre ía mesa.) Poca cosa. 

RouL.— ¡Tanto peor! . r-^,^*» oi 

PiT —Espera... Esto puede ser interesante, si se confirma... Corre el 
.mor de haberse deshecho la boda de la señorita Stangerson. 



RouL.— ¿La hija del gran Stangersoni» ¡tsah!... ¡Ya lo sabría yoJ Me lo ha- 
Mese dicho Sainclair. 

RAT.—Precisamente Sainclair, lo ha desmentido. 

PiT.— ¿Tú conoces a la señorita Stangerson? 

RouL.—No la he visto jamás. Ni a su padre tampoco. 

PiT.— Ni yo... ¡Como nunca asoman por el mundo!... ¡En ia vida salen de*R 
aboraíorio! 

Rat. -¿Y sabéis dónde han metido su laboratorio? ¡En el quinto infierno!... 
Sn e! fondo de un bosque... Yo los conozco, porque una vez fui allá para cdc- 
)rar una entrevista con ellos. 

PiT.— Puesto que tu los conoces nos los enseñarás. Quiero decirles una 
jalabrita. 

Roi'L,- ¿A propósito del matrimonio?... ¡Eso es muy delicado! 

PiT.— ¡Todo lo que tú quieras! Pero algo debe haber ahí; y yo quiero ente- 
rarme por qué razón unos novios que se iban a acasar ayer, hoy ya no se ca- 
ían... Esto es natural. 

RouL.— Esos son asuntos de familia. 

PiT.— Naturalmente... tíQué van a ser?... Pero los asuntos de familia de Um 
Stangerson, no son los asuntos de familia de todo el mundo... ¡Esos interesan 
al universo entero! ¡Los Stangerson!... Yo quiero saber por qué esa virgen 
sabia, que ha esperado quince años para conceder su mano a Roberto üorzac, 
b1 discípulo predilecto de su padre, se la retira al cabo de quince días, 

RouL. -¡Eso no, Pitiminí! 

PiT.— ¿Qué? 

RouL.—He dicho que eso no. 

PiT.— ¿Cómo que eso no?... Entonces hay que saber por qué Roberto Dor- 
zac, al cabo de quince días, devuelve al señor Stangerson una hija que le ha 
estado pidiendo durante quince años. 

RouL.— ¡Eso no! ¡Eso no! ¡Eso no! 

PiT.— Pero ¿es que no te parece esa información interesante? 

RouL.— La encuentro poco limpia, ¿me has entendido? 

PiT.— ¿Y eres tú quien me dice eso, Rouletabille? ¡Poco limpia!... ¡Tú que 
has bajado a una alcantarilla! 

RouL.— ¡Y volveré a bajar si hay que buscar algo! Pero nunca, óyelo bien; 
nunca me verás penetrar en la alcoba de una mujer para enterarme de lo que 
casa, ni revolverle su armario para contar sus camisas de dormir... lEs'- iiie 
repugna! ¡Y a ti también, no te hagas ahora peor de lo que eres! 

PiT.— ¡Tienes razón, chico!... ¡No sé dónde tiene uno, a veces, la cabeza!... 
¡Vengan esos cinco! 

Rat.— ¡Vaya si tiene razón! 

Lam.— ¡Muy bien dicho!... ¡Bravo, Rouletabille! 

RouL.— ¡Gracias, Lamartine! 

Rat.— Además, aquí entre nosotros, con esagente lo mejor es abstenerse... 
No estiman a los periodistas. 

RovL.~(Con rudesa.J ¿Y por qué no estiman a los periodistas? ¿Cómo lo 
sabes? 

Rat.— Ya os he dicho que una vez fui a celebrar una entrevista con ellos... 
Allá en el quinto infierno: en el castillo de Glandier, perdido en el fondo de los 
bosques... 

RouL —¿Le dijiste de qué periódico eras? 

Rat.— ¡Ya lo creo!... ¡Pero allí no había nada que hacer! 

RouL.— ¡Siempre hay algo que hacer en todas partes! La cuestión es saber 
empezar... Y eso de la desmaterialización de la materia, a todo el mundo le 
interesa. 

Rat.— (Picado.) ¿Sí, eh?... Pues ahí los tienes. Prueba tú a ver. 

RouL.— ¡Ya lo creo! 

Rat.— ¡Sacarás lo que yo! 

RouL.— ¡Si creerás que me apurol 

Rat.— Bueno, bueno... Ahí están. 

RouL.~¿Quién? ¿Dónde? 



Rat— El doctor Staneerson y su li' .. í Matilde i/ su padre atraviesan la | 

gro. Rouleiabille en este momeí;. '^.f . i. , , ^c lo cpSorita 

RovL.- {Pasándose ¿a mano ... ., y ¿hsta dama... es... la señorita 

Stangerson? 

PiT.— Es muy f^uapa. 

Rat. — Un poco estatua. . ,, ,, ■,■,-,„ a 

PiT —¡No diffas esoi Tiene una hlmi^ra de Itneas, una flexibilidad... 

RoüL.-^fDeípués de avanzar un poco se detiane: muy emocionado; subco ^>- 
Dañeros no se ñian.) ¡Esta n:anera de andar!... ¡Dios mío! 
^ RkI (VohiSndo a RoukLabille.) Vamos... Este es el momento... ¿Pero que 

te pasa? 

RouL.— Nada, nada. 

Lam.— Le han intimidado. > .. e* ,o^„ ía Pntnfín. 

Roui -(A media voz, a sí mismo.) La señorita Stangerson... (A Ratafia- 

"^■^^^"í^^^^^^^i^.-^ Aquí viene Sainclair. pregúntaselo. 

Smü. -{Llegando.) ¿Qué ocurre? 

Rat.— Rouletabille, que... 

Saín.— ¿Qué le pasa? , 

Rat.— Quiere interviuwar a la señorita Stangerson. . 

SAiN.-Muy bien. Ahí está precisamente con su padre... ¿Quieres que t. 
presente? Pero date prisa, porque se marchan. (Mutis losbtangerson.j 

RouL.—(Neroíoso.J No... no puede ser... Esto es una tontería. 

Saín.— ¿Pero qué tienes? Nunca te vi tan excitado. 

Lam.-íEs natural!... Vacila antes de dirigirse a unas personas que no se 
dejan atacar por un periodista. * - í.„j„„« .¡vi 

RouL.-¿Ytú, cuándo atacarás tu revista?... ¡Largo ^e aquí todos!. .A 
periódiro! (Empujándolos.) ¡Ya deberían estar esas cuartillas en la imprenta. 

Lam.-íYo no puedo trabajar con música! , , ^, .^n^, ^i „„u ^p 

RovL.-(DeJándolos a todos en la galena.) ¿Le molesta a, señor el vals de 
las r\^^ ¡Sibarita!... ¡Y esto se llama repórter? (Irntado.) ¡Un repórter debe 
?Ib';a;en todas parte's: En el tren que descarrila en el vapor que naufraga 
en la casa que se incendia, en la cureña del cañón que dispara... (Mutis los 
reporters.) RouIetabille y Sainclair. 

fZ~:fNeZf:Téel^e?¡l um sOla.) Para noaotros, todo es pupitre. 

Saín.— ¿Quieres decirme lo que te pasa? 
Ro\}i..~(Muy neroioso.) No lo sé. 
Saín.— ¿Estás triste? 
RouL.— Sí. 

Rou/" Por Sa'. Perdón, Sainclair. Estoy un poco nervioso. 
Sx\s. '(Sonriendo, paternal:) ¿Como una señorita? 
RouL.— No. 
Smü.— (Serio.) ¿Como una criatura? 

W-rZ)¿ápües de una pausa breoe.) Ya sabes que soy tu camarada. 

RouL.— Mi bienhechor, Sainclair. 

Saín.— Tu camarada. . 

RouL.— Bueno. Mi bienhechor y mi camarada. 

Sain.-¿No puedes decirme lo que te pasa? *„ oc+í,r <:nlr, 

RouL.-¡Nada!... No quiero hablar con hadie... Necesito estar solo. ^ 

Saín.— ¡Hasta la vista! , n \ .c„:„,.iof,.! ' 

RüUL.-íHasta la vista! (Sainclair se oa. Le llama.). ,Samclaif I 

Saín,— ¿Qué? 

RouL. —Una pregunta. 

Saín.— Tú dirás. „ . x t-» ..„-r> 



Saw,— Sí; en un pleito & propósito de una herencia. 

'lotH,.— ¿Es usted amigo jjuyo? 

>AiN.— Sí. ¿Por qíivi? 

íouL.— Y a «tí prometida, ¿la conoce usted también? 
AtN — ¿A Matilde Stangerson? Ei mismo me ia presentó, y la he visto des- 
^ _; tres o cuatro veces. 

Rouí..— ¿Qué tal persona e»? 

Sain. -Encantadora por lo sencilla... ¿Qué voy a decirte?... Es la hija del 
gran Stangerson. 

Ro'oi. (Nermoso.) La hija de m padre... ¡Gracias!... lEs usted muy amable? 

S.MN. - ¡Tú si que eres extravagante!... No te reconozco... Mejor dicho, 
querido Rouletabüle, te conozco divinamente... No es ia primera vez que atra- 
ví .: d-^ ru alegría exuberante y caprichosa, he descubierto un carácter... 

RouL.— Un carácter esquinado, ¿verdad? 

Saí.n'.— No es eso k) que quiero decir. 

RouL.— Sí, sí; yo soy un poco esquinado. 

Smh. -(Sentándose cerca de él.) Tú eres un muchacho muy triste. 

RouL.- ¿Y hace mucho tiempo que ha descubierto usted eso? 

Saín.— Desde el mismo día que te conocí, en el puerto de Marsella... ¿Te 
acuerdas?... Tendrías unos nueve años y eras pescador de naranjas, 

RouL.—jEs un oficio como otro cualquiera! 
• Saín.— Parece que te estoy viendo, abrumado bajo el peso de un chaquet 
que te liegaba a los talones, destocado y descalzo, sosteniendo >:in ambas ma- 
nos un ¡tifguísimo bastón del que pendía una cestita de corcho... ¿Te acuer- 
das?... Estabas de pie sobre un bote, cerca de los barcos cargados de naranjas, 
esperando a que !a marejada te aproximase las que caían al agua... Pescaste 
uno, dos, tres, cuatro... y las fuiste guardando en un saco que llevabas en ban- 
dolera. Por fin saltaste al muelle con una en la mano, y más que comértela la 
devoraste. 

RouL.— ¡Tenía mucha hambrel 

Saín.— Yo to ofrecí cincuenta céntimos. 

RouL.— Y yo le pedí a usted cien francos. 

Saín. —Para comprar libros... ¡Con qué gracia me lo dijiste! ¿Quién eras tú? 
¿De dónde venías? ¿Qué hacías en xMarseiia?... A los cinco minutos de conver- 
sación, comprendí que aquel chiquillo vagabundo y harapiento había recibido 
una buena educación. Y al pr .^untarte por tus padres, por tu familia, «n silen- 
cio triste apago tu alegrí;'.. 

RouL. —No he olvidado nuestro encuentro, Sainclair; ni tampoco que a usted 
se lo debo todo. 

Saín.— ¡Eso nol... Yo no hice más que recomendarte al director de un pe- 
riódico que necesitaba un muchacho para ordenanza. Tú tenías grandes aptitu- 
des y mucha afición al periodismo, y en poco tiempo te has hecho jefe de infor- 
mación del primer periódico de París... ¡Tú solo, tú solol... Por eso te profeso 
un carino sincero. 

RouL.— ¡Al que yo correspondo, Sainclair! 

Saín.— Y puesto que somos amigos de verdad... ¿no podré yo saber lo que 
te sucede? 

RouL.— Si no es nada, ya se lo he dicho a usted. Tonterías sin importancia. 

Saín.— ¿Me has preguntado por la señorita Stangerson?... 

RouL.— Como podía haberle preguntado otra cosa. 

Saín. -¿Es que te iníeíesa? 

RouL.— No... Sólo que al verla... me ha parecido... he pensado... 

Saín.— ¿Qué es lo que has pensado? 

RouL.— He creído reconocerla... Esto me ocurrió muchas veces, Sainclair, 
pero nunca como esta noche... A usted puedo decírselo; cuando yo era peque- 
ño, mucho antes de ser pescador de naranjas, iba a verníc algunas veces uno 
señora enlutada, muy enlutada, con un velo tupido, muy tupido... Y desde en- 
tonces me figuro que la veo constantemente... Pasa a lo lejos Ana teñora ves- 
tida de negro, me parece reconocer su aire y su paso, me digo «¡es ella!» y me 
lanzo detrás... Pero en seguida me detengo... iNo es aquel su perfumel 



Saín. —¿Su perfume? ,, . x j i^« *« x« ■'^ 

RouL.— Ella exhalaba un perfume especial... Un perfume tan diUce, tan de- |j 
licio'^o .. ¡Si usted supiera lo que yu ^cntia cuando eüa me estrechaba entre sus ■, 
brazos! (Apreta los brazos, casi en éxtasis, como si abrazara la mujer eoocacia.J 
Saín.— ¡Pobre Rouletabille! , . . ,, ,. u • ♦ 

RouL.— Ahí tiene usted lo que me ocurre, bamclair. Esta noche he visto 
pasar una enlutada, pero jamás me ha latido el corazón con tanta violencia... 
Sentí deseos de arrojarme en sus brazos, de gritarla: <MSoy yol... iboy yo....) 
Y quedé inmóvil, cuando me dijeron que era la señorita Stangerson... jtstoy 
loco, Sainciair, estoy loco! u „i 

Saín —¿Pero qué era tuyo esa dama que te estrechaba en sus brazosi' 
RouL.— ¿Acaso lo sé yo?... Ya le he dicho a usted que yo era pequeñito. 
Saín.— ¿Y eso, dónde fué?... ¿En Marsella? 

RoüL.-No, no... Muy lejos de Marsella... ¿No le digo a usted que yo era 
muy pequeño?... Cuando uno es pequeño no sabe nada, todo se olvida. 
Saín.— ¿Pero la señora no volvió a presentarse? , 

RouL— ¿Que si no volvió? (Con energía súbita y sombría.) ¡Fui yo quien se 

marchó de allí! 

Saín. —¿Ves cómo te acuerdas? , . 

RouL.— ¡De nada!... ¡No me acuerdo de nada; (Leoantandose rápidamente.) 
¡Déjeme usted, Sainciair!... Voy a seguir mi oticio... Ahí pasa un general a 
quien tengo que preguntarle una cosa (Mutis.) 

Sainciair y tldith. 
Saín.— ¡Demonio de chiquillo! . . ^ -...^j 

Edith.— (Ojeando la «serré».) Señor Samclaír, ¿no sabe usted nada nuevor' 
Saín.— No; no sé nada. . . ^„ 

Edith.— Estoy inquieta, muy inquieta... Le acaban de decir a mi mariao en 
el buffet lo mismo que decían los periodistas. 
Saín.— ¿Y qué es ello? 

Edith.— Eso de que la boda se ha deshecho. o o 

Saín.— ¿Y qué ha resoondido su esposo de usted, mistress Kancei- 
Edith.-No ha respondido nada... Tenía la boca ocupada por la desespera- 
ción... (Ademán de beber) 

Saín.— Pero la noticia ha debido consolarle. 

EDnn.-(El mismo ademán.) ¡Ves! Ahora mismo se estaba consolando... 
¡Ah!... ¡Aquí viene Matilde! (Aparece ésta con su padre. Edith estrecha ambas 
manos al doctor Stangerson.) \Sü\nd, ilustre maestro! (A Matdde. precipita- 
damente.) ¡Temí que te hubieras marchado! ' . ,v t.. morí 
IAkT.-(Muu afectuosa.) Ya me han dicho que estabais aquí... ¿Y tu mari- 
do?... ¿Cómo no habéis venido al banquete? (Viendo a Sainciair.) ¡Felices, se- 
ñor Sainciair!... ¿No ha visto usted a nuestro amigo? w^,;,w* , .* 
Skw— (Estrechando la mano de Stangerson y después la de Matilde.) iJ\ 
Dorzac?... No, señorita... Tenía que venir aquí ¿verdad? 
Mat.— Sí. Y estoy inquieta por no verle. 
Doc— Sí que estás inquieta, hija mía; no te reconozco. 
Mat.— Tienes razón, papá; perdóname. t?^.fh ) 
Doc— ¿No has de verle mañana o pasado mañana en Glandier? (A caitn.j 
¡No olvide usted que contamos con ustedes! Y a propósito del castillo, amigo 
Sainciair; quiero hacerle a usted una consulta. Es una consulta de derecho; se 
trata de un contrato de caza... Me ha dicho el guarda... (Se aleja con Sainciair.) 
Níat.— (Edith da un papel a Matilde.) ¿Qué es esto? 
Edith.— Léelo. 
Mat.— Un anónimo. 

Edith.— Una indignidad. , . , . .^„^ ^ 

NiKX. -(Leyendo.) «El señor Stangerson tiene el honor de comunicar a 
ted que se ha desistido del anunciado matrimonio entre su hija y Roberto D 
zac...» ¿Qué infamia es esta? 
EbiTH.— Puede ser una broma. 
Mat.— Una broma terrible. 
Enn-H.— ¿Cómo es que aquí se habla de tu padre? 



M,\T.-.-(El no sabe nada!... jNo sospecha nada!... 

Edíth.— Entonces ¿qué quiere decir esto? 

Mat.— ¿Quién te lo ha dado? 

Eomi.— No puedo decírtelo... Itlsdreadful... Me lo encontré sobre mi toca- 
dor, y después de leerlo, extrañada, pregunté a mi doncella, al ayuda de cámara 
al muchacho, al portero, a su mujer... ¡Nadie tne supo dar razón! Y no ha podido 
venir por el correo, porque no tenía sello... Te confieso que entoncestuve un 
poco de miedo; y auncue estaba cansada y enferma, me vestí para venir a bus- 
carte... (Lacogelasmanos.) ¡My darlingl... Te he dado un disgusto, ¿verdad? 

Mat.— ¡Ese papel me asusta! 

EorTH.— ¿Por qué?... Es una broma de ma! género. 

M.AT.— (Súbitamente desolada, demostrando inquietud.) \Ese papel me aterra' 

Edith.— ¡No he debido enseñártelo! 

Mat.— Sí, sí... ¡Has hecho bien! (Pausa.) 
. Edith.— Matilde, es preciso que me digas la verdad. ¿Tú no has hablado 
nunca... a nariie... de... de este asunto? 

ÍAxr.— (Moviendo la cabeza.) A nadie más que a él, a Roberto, a quien hace 
tiempo se lo confesé todo... El me ha dicho que lo ha olvidado... ¡Es el más ge- 
neroso de los hombres! 

Edith.— ¿Cómo no ha venido esta noche? 
' Mat.— No lo sé... Si estuviese aquí, hablaríamos y esto me tranquilizaría. 

Edith. -(Mostrando el papel.) Esto es una cosa increíble. 

fAfiT.— (Vagamente.) ¡Una venganza! 

Eomi.— Verdaderamente, cualquiera lo diría. (Confidencial.) Yo quisiera 
preguntarte... Cuando tuviste... esa terrible aventura... en América... 

Mat.— ¿Qué? 

Edith.— Tú has debido, sin duda... para e! libro... 

Mat.— ¿Qué libro? 

Edith.— Sí... para el registro... ¿no se dice así? 

}\kT.— (Impaciente.) ¿Qué registro? 

Edith.— El registro... del pastor... en el presbiterio. 

Mat. — (Neroiosa.) Vamos ¿qué quieres decir? 

Edith.— Perdóname que te hable de esias cosas, pero no hay más reme- 
dio... Tú has debido dar, indudablemente, el nombre de tu padre y acaso al- 
guien sepa que se trata de la hija del famoso Stangerson. 

Mat.— Nadie, nadie... Estábamos allí, en un desierto, en el fin del mundo... 
El pastor ante el cual acudimos, no se ocupaba más que de sus rezos y de sus 
flores. 

Edith.— ¡Entonces, tranquilízate! Después de iodo, aunque alguien hubiese 
visto por casualidad el registro, el apellido Stangerson es muy común en América. 

Mat.— ¡Oh, en aquel rincón olvidado del mundo! No es eso lo que me in- 
quieta. 

Edith.— ¿Entonces, qué, my darling?... Vamos, no temas nada. Entre nos- 
otros, todos los días hay matrimonios secretos de los que nadie se entera... Ni 
la familia, ni los padres, ni los hermanos... ¡nadie!... Son matrimonios enterra- 
dos; y además, puesto que tu marido ha muerto... 

Mat.— ¡Edith! (Mirándola ansiosamentei) 

Edith.— ¡Cómo me miras!... ¡Qué ojos de loca!... Vamos, vamos Matilde.. = 
Hay que ser razonable... (Viendo a Dorzac y corriendo hacia él.) ¡Ah, señor 
Dorzac!... ¡Le buscábamos! ¡Cálmela usted, se lo suplico! (Mutis, mirando a 
todos lados con precaución.) 

Matilde, Dorzac; luego Larsán, que pasa. Después Rouletabille y Stang^erson 

RoB,~(Muy afectuoso.) ¿Qué tienes?... ¿Qué te pasa? 

Mat.— Creíamos que ya no vendrías. 

RoB.~(¿a coge el papel.) ¿Qué es esto? 

Mat,— ¡No lo sé! ^ 

RoB.— (Después de leerlo un extrañarse.) ¿Quién te lo ha dado? 

Mat.— Edith... Lo encontró sobre su tocador, y no ha podido saber cómo 
llegó a sus manos. <• ■■' 

RoB.— Y tú, Matilde... ¿no has encontrado nada en tu caéa? 



Mat. — No. ... . ^, j. -» 1 

RoB.~ ¿A qué hora habéis sahdo de Glandier? , i 

Mat. -Este mafiana temprano... Nos hemos vestido en París para venir al 

Flí""*o 

RoB.— Acaso al volver, encuentres allí alguna cosa. 

M°T.-¿Qué quieres d¿cirV... Lejos de tranquilizarme, tus palabras me in- 

'^"'RoB.'-rifl hace sentar.) iCalma, calma!... ¿No me ves a mí? Al entra'' ^«tf 
noche en mi casa, encontré sobre mi mesa un papel igual que ese, y no he po- 
Sfdo s^e^auién lo puso allí... Precisamente he venido un poco tarde por que- 
rifavSaíoshi resultado... Pero después de reflexionar, me parece que 
eseinddS n<; ttne lalenor importencia. Es natural que haya envidiosos de 
nuestra dicha; y entre ellos, uno más celoso que los demás 
Mat -(Impresionada por estas últimas palabras.) ¡Cállatel 
RÍB.'-dPofqué íuieres que me calle?... Matilde, hace días que te encuen- 

^'"^MAT^-T^mblo al ver que se aproxima nuestra dicha... No sé si sabré algo 

'" Ro^B ^-xTse^áTm^^ mujer, Matilde. Hay que olvidarse de todo, para no pen- 
sar más que en esto... ¿Qué temes todavía? 

MAT.~Aél. 

RoB.— Los muertos no resucitan. . . , ,• -a^a ««^o n,i 

Mat —(Sombría.) Su muerte era demasiada felicidad para mí. 

RoB.-rCog-íé/zí/o/a tos manos.; ¿Por qué dices eso? . ,„,5^„u,^„ ^n 

Mat.-Es que han ocurrido últimamente cosas extrañas, mexplicables, en 
Glandier. 

mTt-K« fomo si^fuien n,e persiguiera con aquella, flores... con 
aqueUa¿ florefque m^espantfn... Ya sate» qle ahora ocupo el cuarttto ama- 
rillo, que da al fondo del parque. 

Mat -En ia Centena del cuarto amarillo, han aparecido, «in saber corno, 
dalias de América, las flores que él me oírecía f « P.en^^^^^^^^ 
recido también sin saber cómo... (Pausa. Bruscamente.) ¿Y este papeii» 

fc.-Efsu'Stílo,'su manera... Con un hombre como él, todo revjste un 
aspecto misterioso... Se recibe una carte y no «e sabe por dóndejno.»e 
desliza una sombra, y puede ser ja suya ¡Ah, cuantos años he pasado ere 
vendo Que su sombra giraba a mi alrededor!... Por más que me repetía «na 
Eto ha muerto .* al abrirse mi puerta me levantaba yo de un salto como 
Ssem^fueTa a aparecer vivo... ¡Y este noche tengo atroces presentimien- 
t'ist Me pSece qTto^^^^^ los qu¿ se me acercan, «"e miran de una macera 
oarticular Toda esa gente que ha venido a interesarse por mi boda... Y yo 
?e oreeuíto ¿auiénhaliecho correr esa noticia de la ruptura?... ¿Quién ha es- 
criLelash'nel? ¿Quién ronda esta noche en torno ""e^tro? Hay mome^^^^^^ 
que necesito mirar hacia atrás, como si sus ojos me f'f 'eran . . J s^en^« ^gj 
me abrasa su mirada... Antiguamente oferto, en los salones de bU^^^^^ 
cuando él esteba detrás de mí, yo volvía la «cabeza segura de encontrármele... 
y nunca me equivocaba. (Se oueloe y da un grito de espanto.) ¡Ah! 

Mat -rS^2 de haber ido a mirar hasta el fondo de la galería. No hú 
visita La&"^g^ehÍ%%ado entre p^^^^^ 

decía «segura de encontrármelo*.) Sí... Estoy loca... Enloquezco al pensar en 
ese hombre. ! 

l7r7^&dnaosc.) ¿Y por qué esas ^ores en mi vent corno si q^ 
sieran recordarme que el presbiterio no ha perdido «"encanto ni su lozantej 
iardín? (Ruoletabille llega por el foro, a tiempo de oir esta frase pronunciam 
xonXefzrAÍverel aspecto de Matilde, se retira en éxtasis hacia el fondo, 
debe estar un solo momento en actitud de escuchar.) 



RoB.— (Asustado de la exaltación de Matilde.) ¡Matilde, vamonos! 

f\AT.— (Alucinada; con ooz firme.) ¡Yo te digo que vive! (Con voz sorda, 
ahogada, que RouletabiUe no puede oír.) ¡Y yo estoy casada con ese hombre, 
a quien prendieron al siguiente día ea mis brazos! 

RoB.— iCállaíe! 

M.xT.~(Como antes.) ¡En mis brazos!... ¡Las esposas! 

RoB.— ¡Matilde! 

Mat.— ¡El bandido Salvador Russel, en brazos de la hija del gran Stan- 
gerson! 

RoB.— ¡Calla, calía!... ¡Tu padre! (Al oer que aparece parla derecha, entre 
otro grupo de invitados.) 

NGlt.— (Dominándose .) ¡Ah! 

Doc— ¡Al fin, querido Dorzac! ¡Bien se ha hecho usted esperar! Matilde 
estaba ya muy intranquila... ¿Nos acompaña usted? (Ofrezce el brazo a su hija.) 

RoB.— ¡Con muciio gusto! Estaba diciéndolfi á Matilde... (Se van los tres 
por la derecha. Matilde, por un esfuerzo sobrehumano, parece haber recobra- 
do su sangre fría.) 

RovL.—(Se acerca, recoge un pañuelo que se le ha caído a Matilde, lo aspi- 
ra y lee la marca.) «M. S.» ¡Matilde Síangerson! (Mira hacia el sitio por donde 
se marchó.)— Telú/L 

ACTO SEQOIDO 

BI laboratorio del doctor Stangeraon. Pieza espaciosa con amiarlos de crlstalea crat eonttcneii 
colecciones mineralógicas, oparotos de física y química, botellas, lególos, ele, etc. Ocupa 
casi todo el lado izquierdo una eran chimcnKd con liornlllos, retortas y crisoles. A un lado 
d« ¡a chimenea, un lavabo. A la derecha, ventana con barrotes de hierro que da al campo, DOr 
donde entra la claridad de la luna. Dos puertas al foro, a derecha e Izqirlcríta; lo de la dere- 
cha es la del cuorto amarillo y la otro do ai vestíbulo. Bntre ambas puerto* una especie de 
«cofre tort», cerrado, con una llave, cinto amarilla puesta en lo cerradura. A la derecha, piti- 
mer término, un pupitre pequeño doade trabaja Matilde. La mesa de trabajo de Stangersoa» 
está hacia el foro no lejos ael cuarto amarillo. 
BI doctor Stongerson, Matilde y el tío Santiago. El doctor y sa tilja sentados cada nao ea 

su mesa; el doctor de espaldas y Matilde de perfil. Bsta tiene la cabeza entre los manos; no M 

sabe si trabaja o duerme. Una «echarpe» rodeo su cuello cuidadosamente. £1 tío Santiago, dc« 

tante de lo chimenea, limpia algunos aparatos. 

Sast.— (Levanta la cabeza y escucha. El espectador no percibe todavía nitf 
nún ruido.) ¿Qué ruido es ese? (Inclinándose hacia Matilde. A media ooe.) iSe- 
ñorita!... ¡Señorita! 

lAkT.— (Sorprendida.) ¿Qué, tío Santiago? 

Sant.— ¡Escuche usted! (Matilde le mira con angustia. El se levanta y se 
aproxima quedamente a la centana. De pronto queda como claoado en su sitio, 
cuando se oye claramente un grito siniestro y prolongado.) 

Mat.— Es ese pobre animalito... 

Sant.— Mejor que ese grito, prefiero el de un perro ladrando a la muerte. 

M.AT.— (Impaciente.) Tío Santiago, vayase a descansar, que hoy ha trabaja- 
do usted mucho. 

Sant.— Con su permiso, usted es quien se debe Ir a acostar. (Matilde leoanta 
los hombros y se inclina sobre su pupitre. Sigue él, aparte.) Da compasión ver 
a los dos matándose de ese modo, para las academias. (Contemplando a Matih 
de.) Se debe estar dumiendo... Sino es posible que pueda tenerse en pie. (Sé 
dirige hacia el cuarto amarillo.) 

lAki.— (Levanta bruscamente la cabeza. Con ooe sorda.) ¿Dónde va usted? 

Sant.— A prepararla su cuarto, que ya han dado las doce. 

M.KT.— (Poniéndose en pie y con la misma ooz.) ¡Tío Santiagol 

El tío Santiago no la oye y sigue su camino. Abre la puerta del cuarto amarillo y entra en &, 
Durante todo el tiempo que allí permanece, Matilde le miro con visible ansiedad. Stangerson, 
continúa trabajando. La puerta abierta del cuarto amarillo, permite ver perfectamente el Interior 
a loa royos de la luna; está tapizado de ese color y hay allí un sencillo mobiliario, ana cama, 
uno mesa de noche, etc. Se ve al tío Santiago inclinarse sobre los barrotes de la ventana, mirar, 
escuchar, cerrar las maderas y encender la lamparilla. Después, sale cerrando la puerta. Ba 
este momento se oye otra vez el mismo grito siniestro y prolongado. 

S\NJ.—(A simismo.) ¿Eh?... ¡Demonio!... ¡Esto es una seftal!... (Se dirige 
a la oentqna y mira con la frente pegada a los cristales.) 

Doc— (Levantando la cabeza.) ¿Qué pasa, tío Santiago? 

Sant.— ¡Nada, nostramo! (Ck)ge dé un rincón una pelliza y se tapone,) Con 



su permiso, voy a dar una vueltecita por ahí fuera... Cuestión de estirarme las 
piernas, nada más... Vuelvo en seguida. (Mutis por ía puerta del oestibulo, que 

vuelae a cerrar.) 

Matilde y el Doctor Síantrerson, 

Doc.—rVohnéndose hacia Matilde.) ¿Qué es lo que tiene? 

Mat.— ¡Tonterías!... Que ha oído maullar a la gata de la tía Genoveva... Yj 
como las gentes del país creen que eso es de mal agüero... 

Doc— (Como si la viera ahora por primera vez.) ¿Y tu qué haces aWi» 

xMat.— Ya lo ves, papá, trabajando... , , „ . w *../^. i 

Doc— ¿En qué? (Se levanta y se inclina sobre el pupitre de Matüde.) 

MAT.—Clasifico tus últimos documentos sobre la radiación ae la metería. 

Doc.~ (Paseándose de un lado para otro.) Clasificas... clasificas... ¡ 1 u no 
clasificas nada absolutamente! (Poniéndola una mano en la espalda.) ¡Míra- 
me!... ¿Qué cara es esa? 

Mat.— Estoy un poco fatiga. (Se levanta.) , r^ .. ^ o 

Doc— (Mirándola.) ¡Te digo que tú me ocultas algo! Ese disgusto con Ko- 
berto, no es natural... ¡Y yo que trabajaba, sin acordarme de que estabas aquí 
con tu tristeza, hija mía! ¡Tú has llorado! 

Mat.— No... Eso no. j- i 

Doc— ^^e sienta cerca de ella y le coge las manos.) Vamos, Qime la ver- 
dad... ¿Qué ha ocurrido entre Roberto y tú? Eso no puede ser más que alguna 
mala inteligencia, ¿no es cierto? 

Mat.— Te aseguro otra vez que no ha ocurrido nada, papá. Es que ne re- 
flexionado... Me parece que ya es tarde para cambiar nuestra vida... |No quie- 
ro abandonarte! Eso es todo. », . . ; -a 

Doc— Si no se trata de que me abandones... ¿No habíamos convenido en 
continuar con Roberto los trabajos que empezamos juntos nosotros dosi' Enton- 
ces, ¿qué significa esto?... Además, tú le quieres, y él a ti también... bi yo te 
dijera que le he visto esta mañana... 

Mat.— (Estupefacta.) ¿Le has visto esta mañana? 

Doc— Sí... Ha venido aquí con el pretexto de llevarse unos chismes... í)U 
fusil y su bicicleta... ¡Está como loco! Yo le dije que volviera mañana y que le 
prepararía una entrevista contigo... No pensaba decirte nada hasta entonces, 
pero no he podido callar. Porque veo que eres muy desgraciada... Y Kooerto 
es muy desgraciado... ¡Y yo también! 

Mat.— fCo/z ternura.) ¡Perdóname! 

Doc— ¿No comprendes que yo tengo que reprocharme e! haber sido dema- 
siado egoísta, guardándote para mí sólo? ¡Yo te he arrebatado, en nombre de la 
ciencia, los mejores años de tu hermosa juventud! ^ . ^c / 

Mat.— Yo te los di voluntariamente... No tienes de que acusarte, (.be /c- 
vanta conmovida.) ¡Oh, papal (Se rehace inmediatamente y se aleja.) Déjame 
que me retire... No puedo más... (Da unos pasos hacia el cuarto amarillo, que 
mira con terror.) 

Tioc— (Asombrado.) ¿No me das un beso? 

ÍAkr.— (Presenta la frente a su padre que la besa.) Buenas noches, papa. 

(Se aleja de nuevo.) r> i_ x Ar. 

Doc— Vamos, vamos... Esa nube tiene que pasar... Roberto es capaz de 

morirse. , ,. ,_ . , ^ .„ 

NÍAT.— (Apoyándose en los muebles.) ¡Adiós, papa! (Se encierra en el cuarto 

amarillo, oyéndose cerrar el cerrojo.) 
Doc— ¿Qué les habrá ocurrido? 
Doctor Stangerson, el tío Santiago, que llega espantado, cierra la puerta tras deaf y tratada 

ocultar su emoción. Hablan a media voz. 

Sant.— ¿Se ha acostado la señorita? 

Doc— Ya está en su cuarto. 

Sant.— ¿En el cuarto amarillo? 'í 

Doc— Sí; en el cuarto amarillo. 

Sant.— Está bien. Velaré aquí toda la noche. 

Doc -¿Por qué? ¿Temes algo? 

Sant. —¡Todo! (Alto.) Me han robado mi revólver. 



Doc— No hables tan alto, que la vas a sustar. (Señalando el cuarto.) ¿Dices 
que te han robado tu revólver? 

Sant.— Sí... (Señalando el techo.) He subido a mi granero, y mi revólver no 
está en su sitio. (Se oaelve a oir d grito siniestro g prolongado. Ambo<í quedan 
impresionados.) ¿Ka oído usted? No es posible que grite de esa manera un ani- 
mal de cuatro patas... (Va a la ventana.) Mire usted... Allá abajo... (Stanger- 
son le sigue a la ventana.) A lo largo del seto... Una sombra. 

Doc— Algún cazador furtivo... Tranquilízate. 

Sant.— Un cazador furtivo no se arriesgaría tan cerca del pabellón... 
f' Para qué? 

Doc— Es extraño, en efecto... Habrá que avisar al guarda... 

Sant.— Perdóneme usted que le diga, mi amo, que el guarda tiene que hacer 
algo mejor que vigilar el castillo y sus alrededores. 

Doc.— (Quitándose de la ventana.) ¿Qué quieres decir? 

Sant.— Quiero decir que como presume de guapo se dedica a pelar la pava.. . 

Doc— Se ve que no eres amigo suyo. 

Sant.— No me gusta la gente presumida... Tengo mis razones para decirle 
a usted lo que le digo... Anoche mismo, cuando cerré la ventana de la señorita, 
vi correr a uno como una liebre por el bosque... Y poco después oí el grito de 
ese dichoso animalito... como esta noche. 

Doc— ¿Nada más? 

Sant.— ¡Nada más! Y también hay una cosa inexplicable... ¿Dónde está mi 
revólver? 

Doc— ¿Tu revólver? Mañana lo encontraras. Vamos, vamos, vete a la cama. 

Sant.— No, no... Ño estoy tranquilo. 

Doc— Yo trabajaré aquí toda la noche, y mañana diré a mi hija que nos 
trasladamos al castillo. (Al ver que continúa de pie, inquieto, delante de él.) 
¿Qué? ¿Es que temes algo? ¿No está seguro el cuarto amarillo? 

Sant.— ¡No hay nada más seguro! Una sola ventana con barrotes de hierro 
al exterior y maderas por dentro; una sola puerta, que es esta... Ni siquiera 
tiene chimenea... Cuando se cierra ese cuarto, es casi casi una caja de caudales, 

Doc— Bueno, bueno... Déjame trabajar. 

Sant.— ¡Qué quiere usted que le diga! Yo no estaré tranquilo hasta que se 
vuelvan ustedes al castillo... Además, ya va haciendo mal tiempo y este pabe- 
llón resulta húmedo y malsano. 

Doc.— (Escachando.) ¡Calla! 

Sant. —¿Qué? 

Doc— Calla, te digo... Escucha. 

Sant.— Parece que alguien llora, por la parte de las cocheras. (Vuelven los 
dos a la ventana.) 

Sant.— ¿No lo decía yo? 

Doc— ¡Silencio! 

Skm.— (Escuchan los aos a ui ventana.) ¡Será todavía ese maldito animal 
salido de los propios infiernos! 

Doc— (Abandonando ¿a ventana.) Cierra la ventana, y te prohibo hablar 
de esto a la señorita... Acabarías por asustarla. (El río Santiago ha cerrado ¿a 
ventana.) ¡Chist!... ¡Escucha!... Parece que empiezan otra vez,,. Son sollozos 
ahogados... (Mirando hacia el cuarto amarillo.) ¡Dios mío! 

Sant.— Sí, sí... ¡Es en el cuarto! 

Doc— (Se dirige a pasos quedos al cuarto amarillo y llama con voz sorda 
como si temiera desertar a su hija.) ¡Matilde!... ¡Matilde!... No contesta.!. 
Está durmiendo. 

Sant.— La cosa es que no se oye nada. (En este momento se oye gritar an- 
gustiosamente a Matilde: «¡Socorro! ¡Al asesino/») 

Doc— (Af rojandose sobre la puerta, con el tío Santiago.) ¡Matilde!... ¡Ma- 
tilde! (Sacudiendo la puerta ) ¡La puerta! ¡La puerta! 
Sant.— ¡Pide socorro! 

Doc— ¡Que matan a mi hija!... ¡Matilde!... ¡Aqui estoy!... ¡Ah, cerrada, ce 
rrada! (Raido de muebles qu<2 se desploman, como si hubiera lucha. Un tiro de 
revólver y un grito horrible detrás de la puerta. El tío Santiago y el Doctor. 



como locos, empujan la puerta, intentan derribarla, llaman y suplican.) iHija 
mía' ¡Socorro! (Dan furiosos espaldarazos. Se oye como un estertor.) ¡Ah, esta 
puerta! (Arranca una barra de hierro de un instrumento de física y golpea la 
puerta.) Han debido entrar por la ventana... forzando los barrotes... 

Sant.— Voy a ver... Llamaré a los porteros, < ^, _ ^, , ,. 

Doc— Sí..., corre, corre. (Sigue golpeando. B tío Santiago se precipita 

juera.) Doct©r Stangrcrson. «olo »„..,.. o a. 

(Sigue sacudiendo la puerta, escucha y luego llama.) ¡Matilde!... .Respón- 
deme!... (Sollozando.) iHija mía!... ¡Hija mía!... ¡Matilde!... Estoy aquí! 

( o pea.) ^^^^^^ stangerson. tío Santiago, BemJer y su mufer; luego Matilde 
Sant.— Nadie ha tocado los barrotes de la ventana. ^ . ... 

Bernier.— El bandido estará ahí todavía. Déjeme usted, mi amo, déjeme us- 
ted. Con un buen espaldarazo. 

Sant. -Déjele usted a Bernier... Es fuerte. , ^, ^ , ^d : ^^ ..« 

Tía Ber.— (Juntando las manos.) ¡Dios mío! ¡Dios mío! (Bernier da un 

fuerte espaldarazo y la puerta cede. El doctor Stangerson se precipita gritando.) 

cJííd^idifselltrij^ al cua^rto amarillo, aparece en lo puerta, donde se ?»"• ""/"^^ 
blanco Es Matilde, cuya*". toilette, d. noche tiene horribles "'«"chas de sangre Al verla, tod^^^^ 
retroceden dando un grito de horror. Ella queda un momento de pie. con los brazos abierto», 
colocada de tal modo que Intercepta el paso. 

ÍAKi.—(Cauendo.) ¡No entréis aquí' .„,.„„-. 

Stanirerson con un grito de desesperación, se precipita sobre ei cuerpo de su nl)a. mientras 
BeSteí'y^HfoSBnnagrsaltanalInterlor del cuarto. Se le. oye ^-^'"°\<^' '°^o» •'í.1« ' 

coTexclaBiaciones. olspués el tío Santiago, reaparece, como loco, seguido de Bernier. 

Skst.— (Desde el umbral.) ¡Nadie! 

Berni£B.— iNadiel (Telón.) 

ACTO TERCERO 

U misma decoración «me ti anterior, dos días después del fama, a las dos de la tarde. Los 
ravo» de un bello sol de otofio entran por la ventana. Iluminando el laboratorio. La puerta 
"eT «arto Smlrtllo está cerrada. En la mesa de Stangerson e.t6 sentado el «"rib.no frente 
al público, en disposición de trabajar febrilmente cuand. se levant» e «clon El juez eat* ff": 
tado delante de e^mesa. balanceándose en la silla, de perfil a Publico Bernier y su mujer, 
de pie, a la Izquierda. El tío Santiago, delante del cuarto «marillo. '»'«»>'f",f « P'«-,^ ,. i» «- 
Marqíet, fuer de Instrucción, tipo de magistrado provinciano, déspota ai que "«die Me ré- 
stete en "u pcquef». feudo, y a quien le gusta hacer temblar a sus subordinados y domésticos, 
Malllííe»Uano.Eltioáantiago,BernlerysumuJeryuncabodegenda^^^^^^^^ 

Mar.— <i4/ Cabo, que tiene entreabierta la puerta del vestíbulo.) ¿gue es 

690, Cabo? , . • t V 

bABO.— Dispense nsted, sefior Juez; está aquí uno de mis hombres. 

Mar.— ¿Y qué quiere? 

CABO.-Noticias para los periodistas, señor juez. , 

ÍAAR.-(Dando unpuñetaño en la mesa.) ¡Todavía los periodistas! ¿Qué le 
he dicho a usted? No hay que dejar entrar ni a uno sólo. 

Cabo.— iHan sitiado la verja! , , , j- . -» .r» ..o 

IAar.— (Levantándose furioso.) ¿Y no está usté aquí para Impedirlo? ^O es 
que también voy a tener que hacer yo su servicio? ^:^„i /*#„#/<, ) 

Cabo.-YCo/i /ono amenazador para los periodistas.)\Comprená^áo\(Mutis.) 

MAR.-64/ Escribano.) ¿Qué le parece a usted, señor escribano? ¡No va 
uno a poder instruir sin tener cincuenta periodistas a caballo sobre las piernas! 
Y a usted también se lo advierto. ¡Mucho cuidadito con ellos! 

Mm..— (Continúa escribiendo.) ¡Lo que es yo!... 

MAR.-¿Qu¡én? ¿Usted? ¿No dejó usted que subiera a nuestro vagón aquel 
danzante? ., ^ . , 

Mal.— (ídem.) ¡Subió él solo! ¡No necesitaba ayuda! 

Mar.— ¿Cómo se llamaba? Roule... Roule... 

Mal.— ^/(rfem.; José Rouletabille. m^+^^oo «« 

Mar.-Eso. José Rouletabille. ¡Vaya un chiquillo con tupé!... Meterse en 
on departamento reservado, y creerse hasta con derecho a interrogarnos, 
como si fuéramos los acusados. No le he vuelto a ver, ni quisiera volver a 



Cabo.— r^/z/ro/zí/o.; Señor juez.. . 

Mar.— ¿Otra vez? ,. , . . 

Cabo.— Me pregunta el gendarme si nay que cumplir la consigna, caso de 
que los periodistas entraran a la fuerza en el parque. 

Mar.— ¿Cuál es la consigna? 

Cabo.— Disparar sobre ellos. . ,. x . 

Mar.— ¿Está usted loco, Cabo? ¡Disparar sobre los periodistas! 

Cabo.— ¡Bueno! No sé cómo me las voy a arreglar... ¡Están furiosos! 

jv\ar.— Asústelos usted... Haga usted lo que quiera. Pero nada de disparar. 

Cabo.— Comprendido. (Mutis.) „ ,. ^ . 

Mar.— ¡Así es como se arman los jaleos! En fm, dejemos esto y volvamos 
al último interrogatorio de la señorita Stangerson... ¿Está mejor la señorita 

^ííA Ber.— El señor doctor acaba de salir del castillo y ha dicho que no hay 

peligro por ahora. ., . , .^ ox 

Mar.— ¡Mucho mejor! Lea usted, señor escribano. La señorita Stangerson 
declara que cuando entro en su cuarto... , . j , 

Mal —(Leyendo.) «Cuando entré en mi cuarto, no advertí nada de anormal...» 
Mar'.— f^<4/ tío Santiago.) ¿Ni usted tampoco, tío Santiago? ¿Está usted segu- 
ro? ¿No notó usted nada? ^ , . ^ jí i i -i. 

Sant —A fe mía que no, señor juez. Cerré la ventana, encendí la lamparilla 
como todas las noches... Y estaba bien lejos de suponer que estuviera allí el 

Mar.— Pero aún no nos ha explicado usted lo que hacía su pañuelo sobre la 
cama entre las huellas que dejó el asesino. 

Sant.— ¿Es que va usted a sospechar?... 

Mar.— ¡Basta! Yo no le acuso a usted. Ya sé que estaba usted aquí con su 
amo... Continúe usted, señor escribano. . ^ , , 

Mal —(Leyendo.) «Pregunta: Señorita, cuando entró usted en su carto ya 
tenía usted el revólver del tío Santiago... ¿Es que temía usted alguna cosai'— 
Respuesta- No sé decirlo con precisión. Desde algunas noches atrás, me pare- 
cía sentir que crujían las ramas de los árboles de alrededor del pabellón... - 
Pregunta: ¿No recuerda usted de ningún enemigo?— Respuesta: De ninguno.— 
Pregunta: Entonces, señorita, diga usted lo que pasó.— Respuesta: Acababa 
de meterme en el lecho, cuando advertí de pronto una sombra formidable; en 
el mismo instante se apagó la lamparilla y yo di un grito...» 

Sant.— ¡Parece que aún le tengo en los oídos! 

Mar.-¡Tío Santiago! (71/ ZTscnóano.; Siga usted. , , ^ . . ^ 

íA\L.— (Leyendo.) «Inmediatamente se arrojaron sobre mí en la obscuridad, 
y sentí que me apretaban la garganta tratando de estrangularme. Ya casi aho- 
gada pude coger del cajón entreabierto de la mesilla de noche el revólver que 
allí había dejado, y disparé. El hombre lanzó un grito sordo al sentirse herido, 
pero en seguida yo recibí un golpe terrible en la cabeza. Todo esto pasó en 
menos que lo cuento. Y ya no sé más.- Pregunta: ¿No supone usted cómo 
pudo escaparse el asesino?— Respuesta: No.— Pregunta: ¿Era alto, bajo...?— 
Respuesta: Yo estaba como muerta y una muerta no puede saber nada.» (tn 
este momento entra el Cabo y cierra la puerta. El escribano se calla.) 

Mar.— ¿Eso es todo? 

}A\K.— (Paseándose de un laao para otro con gesto de magistrado seguro ae 
sus deducciones y escuchándose cuando habla.) ¡Ah, no!... ¡No se acabó!... Aho- 
ra es precisamente cuando empieza. ¡Cabo! Vaya usted al castillo y diga usted 
al señor Stangerson que deseo hablarle... ¡Ah! Y si ha llegado el señor Dorzac, 
dígale que deseo hablarle también. (Mutis el Cabo.) Y mientras, vosotros, oíd- 
me bien... Me vais a decir todo lo que pasó. (Mira al tío Santiago amenazador.) 

Sant,— Usted hará conmigo lo que quiera, señor juez, pero yo, aunque estu- 
viese en el cadalso, seguiría diciendo lo mismo: «Yo no he visto nada...» La 
puerta se forzó y se abrió delante de todos nosotros, y como el cuarto amari- 
llo no es muy grande, inmediatamente lo examinamos de arriba abajo. ¡No ha- 
bía nadie!... La ventana estaba cerrada y los barrotes en su sitio, y, sin enibar- 



go, el pájaro había volado. Y yo le furo al señor juez que si le llegamos a 
encontrar no lo hubiera pasado muy bien. 

Bernier.— ¡Dios sabe que esta es la verdad! 

Tía Ber.— iDioslo sabe! . , , , 

lAsK,— (Fastidiado.) Pero si no había ninguna trampa en el suelo, n! en el 
techo; si no había ningiín agujero en las paredes; si no había puertas secretas 
niñada... entonces... 

BERNiER.~¿Entonces, qué? 

Mar.— Entonces... ¡Yo np soy un imbécil! 

Sant.— ¡Yo no he dicho eso! 

MAR.-¿Eh? 

Mal.— ¿Me permite el señor juez una modesta observación? 

Mar.— Venga, Maleine. ^ ■ ^ 

Mal.— Llamo la atención del señor juez sobre las palabras pronunciadas 
por la señorita Stangerson al caer desvanecida: «¡No entréis aquí!» í 

Mar.— ¡Evidentemente!... No entréis aquí para qué no veáis nada. (Con 
fuerza, mirando al tío Santiago y a los Bernier.) Pero han entrado; ¡luego han 
visto! (Aparte al escribano.) Sólo que les han cerrado los ojos... Yo se los abri- 
ré a todos, a los altos y a los bajos. (Entra el Cabo.) ¿Qué le han respondido 
a usted en el castillo? 

Cabo.— El señor Dorzac acaba de llegar y entró con el señor Stangerson 
en el cuarto de la señorita Stangerson... Vendrán en seguida. 

Mar.— Muy bien... ¿Y de los periodistas? 

Cabo. —Se han marchado. 

Mar.— ¿Cómo que se han marchado? ¿Todos? 

Cabo.— Todos. 

íAAR.—(Desconseríado.) ¡Qué cosa más extraña! ¿Y por qué se han mar- 
chado? 

Cabo.— ¡Los eché yo! 

Mar.— ¡Qué ha echado usted a los periodistas! 

Cabo.— Usted me dijo que los asustara y he cumplido sus órdenes . 

Mar.— ¿Pero qué les ha dicho usted? .. .^ j ^ 

Cabo.— Queme habían mandado dispar sobre ellos si trataban de forzar la 
consigna... Eso bastó para que no aguardaran a más razones. 

M.kit..--(Sofocado.) ¿Les ha dicho usted eso? 

Cabo.— Y me respondieron que se volvían a París a presentar una protesta 
al ministro de Justicia. .. . , . x» ^. i. j ui 

NÍXR.— (Fuera de sí.) ¡Un hombre! |Un hombrel... ¿No tiene usted ahí un 
hombre?... ¿Con un buen caballo? 

Cabo.— Sí, señor juez. • u * 

Mar.— Que salga inmediatamente, que reviente el caballo si es preciso hasta 
encontrar a los periodistas... Y que les diga que yo les comunicaré todo lo que 
haya, si tienen la bondad de esperarme a la salida... Ahí creo que hay una po- 
sada... la posada del Miradero... Que me esperen en la posada del Miradero. 

Cabo.— Comprendido. (Mutis.) . ^ . ^. , ^ 

M/iR.— (Corriendo hacia el vestíbulo.) ¡Ahí Que le digan al posadero, que 
todo el gasto corre de mi cuenta... {Vuelve a la escena.) ¡Oh, la gendarmería, 
la gendarmería! (Se detiene delante del escribano cruzando los brazos.) ¿Qué 
ie parece a usted?... ¡En la que estamos metidos! (Se pasea y extiende los bra- 
zos.) ¡Y hay que pensar en todo... en todo! (Llega a la ventana, se para y 
mira.) ¿Quién es ese?... ¿Qué hace ahí?... Se tiende en el suelo... Se levanta... 
¿Es que está midiendo el terreno, Maleine? (Más aUo.) ¡Maleine! 

Mal.— ¿Qué, señor juez? , . x - • '^ 

Mar.— Venga usted aquí un momento.. . ¿Quién es ese hombre que esta jun-| 

ÍA\L.— (Mirando por la ventana.) Tal vez algún policía aficionado.,. Ahora 
le da a todo el mundo por sentirse detective. . , . , ^ . ^ .,^ » .c-<^J 

Mar.— Un aficionado... ¡Que espere un pocol (Al Cabo que entra.) iCabatj 
Cabo. —¡Señor juez! , . u - 

Mar.— ¡Venga usted aquí!... ¿Cómo ha dejado pasar a ese horabr'- ' 



Cabo.— Me ha enseñado su tarjeta... Es un agente de policía. 

Mar.— ¿Un agente de policía?... 

Cabo.— Y de los más célebres... Los periódicos han hablado mucho de é'¡ . 
Es L^flrsán 

Mar.— iFederico Larsán... Ahí tiene usted, Maleine... Nos envían las giu- 
rias de París... Ya no nos queda más que cruzarnos de brazos. ¡Esos caballeros 
lo arreglarán todo! 

Ckro.— (Sigue mirando por la ventana.) ¡Cómo corre!... Puede que quirri. 
encontrar a los asesinos antes de la llegada de su jefe. 

Mar.— ¿Qué jefe? 

Cabo.— El jefe de policía... Me ha dicho que le esperaba esta tarde. 

Mar.— ¿El señor Dax? 

Cabo.— Eso es. El señor Dax. 

Mar.— ¿Oye usted, Maleine? El jefe de la policía va a venir aquí inmeuin- 
tamente y nosotros no hemos detenido a nadie todavía. (Volviéndose hacia lo.- 
Bernler. Brutalmente.) Vamos a ver. ¿Seguís diciendo que no visteis salir a! 
asesino? 

Los Ber.— ¡No le vimos salir, señor juez! 

l\sR.— (Irritado.) ¡Está bien!... Escriba usted, señor escribano. (A los Ber- 
nler.) ¿Qué hacían ustedes en el parque la noche del crimen? 

Bernier.— No estábamos en el parque, estábamos en nuestra casa, en nues- 
tra portería. 

TÍA Ber.— iDurmiendo tranquilamente! 

Mar.— ¡Mentira! El tío Santiago les encontró cerca del pabellón. 

Tía Ber.— Vinimos por el disparo. 

Mar.— Estaban ustedes vestidos del todo. 

Brrnier.— No íbamos a salir desnudos. 

Tía Ber.— ¡y en este tiempo! 

M.\R.— (Siempre muy deprisa.) Usted, Bernier, llevaba atados los zapatas 

Bernier.— Para no caerme pisándome los cordones. 

Tía Ber.— ¡Todo el mundo no puede gastar botas de botones! 

Mar.— Y en cuanto al tiro de revólver, no es posible que se oyera desde ia 
portería. 

Bernier.- Los que sean tardos de oído. 

Tía Ber.— ¿Tenemos nosotros la culpa de no ser sordos? 

ÍAfiR.— (Siempre muy deprisa.) Repito mi pregunta: ¿pueden ustedes decir- 
me qué hacían en el parque, cerca del pabellón, ia noche del crimen? (Los Ber- 
nier se miran muy embarazados.) ¿No responden nada? ¿No?.... ¡A ver!... 
¡Prenderlos! Vivo, vivo, Cabo... las esposas... (Los Bernier protestan y sollo- 
zan.) ¡Nada de gritos, nada de llantos, nada de lamentos! (El Cabo les pone las 
esposas. Llaman a la puerta.) Han llamado. ¡Adelante! 

Dax.— (Desde el umbral.) Dispensen ustedes que les moleste, señores... 
Soy el jefe de la policía. 

M.XR.— (Aparte.) \S\ me descuido] (Alto, mientras va a la puerta,) ¡Esperar 
ahí! (Indica un rincón, a la izquierda, donde el Cabo hace sentar a los Bernia/ j 

ÍAkr.— (Delante de Dax.) Ha llegado usted a tiempo de verme prender h 
esos miserables. 

Dax.— Mejor que mejor... ¿Son los asesinos? 

Mar.— ¡De ninguna manera! 

Dax.— ¡Eso es peor! (Se sienta y mira lentamente alrededor.) ¿El lugar üeí 
crimen? 

Mar —Muy próximo. (Señalando al cuarto amarillo.) El cuarto amanüíi 
está ahí... Si le quiere usted ver... 

Dax.— En seguida. 

Mar.— No es nada interesante, ¿sabe usted?... Cuatro paredes y una pterta. 

Dax.— Ya veremos. (Tomando una llave inglesa que está sóbrela mesa.) 
¿Qué es esto? 

Mar.— Ya lo ve usted. Una llave inglesa. 

Dax.— C¿a mira y la vuelve a dejar donde estaba.) Yo creía que no se ha- 
cia encontrado el arma del crimen. 



Mar.— En efecto; pero como yo la necesitaba para tni demostración, he i 

comprado una. , ^ j i • i 

Dax— (Asombrado.) ¿Ha comprado usted un arma del crimen? 

^¡^.—(Precipitadamente.) ¡Oh, Se adapta a la herida perfectamente! 

Dax.— iLe felicito! A poco más la manda usted hacer a la medida. (Mira a 
los Bernier.) ¿Son cómplices, sin duda? 

Mar.— Sí; mientras no me prueben lo contrario. 

Dax —Tienen mala facha... Ha hecho usted muy bien en prenderlos; esta 
noche la opinión pública estará satisfecha. Porque no quiero ocurtarle a usted, 
señor juez, que este suceso va a meter mucho ruido en Francia y en el extran- 
jcro.Todos los periódicos se ocupan de él extensamente. ¡A ver si van a ser otre 
vez ios periodistas los que encuentren al asesino! . . 

Mar.— Le advierto a usted, señor Dax, que los penodistas no sacarán nada 

DÁx.— ¡Le felicito! Me los encontré en el camino; y parecían muy conten- 
tos. Me dijeron que los había citado el juez esta noche, para decirles todo lo 

^ Mar.— Les he citado, efectivamente; pero para darles una información 

f olao 

Dax.— Muy bien, pero a mí me es igual... Yo no temo a los periodistas que 
vienen a pedir noticias; temo a los que vienen a traerlas. Por cierto que no he 
visto entre esos reporters a un muchachillo, de quien seguramente habrá usted 
)ido hablar... José Rouletabille. 

Mal,— ¿Del diario La Noche? ^ ^ r- 

Dax —No hay más que un Rouletabille, señor escribano. A ese me refiero. 

lAA^.~r Mirando al escribano.) ¿El danzante aquél que viajó con nosotros 
esta mañana? 

Dax.— ¿Qué ha sido de él? 

Mar.— lEso a mí no me importa! ^ , ^ j, u o ., 

Dax —¿De veras? ¿Ha tenido usted la inesperada fortuna de saber que Rou- 
letabille se interesaba én este asunto, y no le ha cuidado usted? ¡Ni siquiera se 
ha vuelto usted a ocupar de él!... ¿De quién se ha ocupado usted entonces, 
señor juez de instrucción? 

Mar.— Del asesino, señor jefe de policía. k^IcHIo 

Dax.— ¡Del asesinol Rouletabille le meterá a usted el asesino en el bolsillo. 

Mar.— Tranquilícese usted, señor Dax... ¡Conmigo no hay peligro! Rouleta- 
bille quería esta mañana entrar aquí, y yo le hice expulsar de Glandier... ¡6en- 
cillamente! 

MAu—CCb)r^aaso.; Que estaría en el coarto amarillo antes que nosotros. 

Dax.— ¡Pues está! 

Mar. —¿Qué dice usted? 

Dax.— ¿Ha mirado usted bien? 

MAR.--tf)ónde? ^. ^ . „, .. 

Dax.— En el cuarto amarillo. Le digo a usted que allí está. 

í\Kfi.— (Corre a abrir la puerta del cuarto amarillo, lo recorre rápido, y se 
deja caer después en una siUa enjugándose la frente. El interior- del cuarto ama- 
rillo ha de estar igual que al final del acto anterior; la mesa de noche derriba- 
da ead sudo y los muebles en desorden.) ¡Ouf , qué susto me ha dado usted! 

Dichos y L«r«án. Bmpula la l»n*rta de» vestíbulo que deja abierta «*f P" «"/"; T'" "" ''■*' 
t6n en U mano derecha que no abandona jamás, y en la Izquierda un paz de zapato». 

Dax.— ¡Ah, Larsán!... ¿Ha encontrado usted ya al asesino? 

URSAN.-Por lo pronto he encontrado este par de zapatos. (Los deja sobre 
la mesa en las narices del escribano y se inclina ante el Juez.) 

SKKT.-(Que mientras no le interrogan limpia Junto a la ventana un apara- 
to de física, se levanta y se llega a la mesa.) ¡Son los míosl 

yixL.—(Con un gesto.) Bueno; que los quiten de aquí. 

Larsan.— Estos son los zapatos que llevaba el asesino. 

Sant.— ¡B<ínitos me los ha puesto el indecente! (Los va a coger.) 

Ma».— iNo lo» toque ttstedl (Los coge y los examina.) 



Larsan.— Los ne encontrado en el estanque. 

Dax.— jBravo, Larsán!... ¡Buen descubrimiento! Recibió usted nii telegrama 

en Calais, ¿verdad? ^ , , . . ^ » 

Larsan.— No, en Londres, aver. Tomé el tren en seguida, y esta mañana a 
las cinco empecé a trabajar. (Desde este momento los Bernier discuten entre 

Ákr.— (Mirando los zapatos por encima de sus lentes.) Estos zapatos deben 
adaptarse perfectamente a las huellas... 

Larsan.— Que van de la ventana del vestíbulo al estanque, sí, señor juez. 
Mar.— El asesino quiso sin duda disfrazarse. 

Larsan.— Para que recayeran las sospechas en una víctima escogida de an- 
temano. .... U A 
Mar.— Hay que convenir en que lo hizo de una manera muy burda. 
Larsan.— ¡No tan burda como parece!... Si el doctor Stangerson hubiera 
abandonado el laboratorio a su hora de costumbre, hubiésemos tenido que sos- 
pechar del tío Santiago. 
Sant.— ¿Qué dice usted? 

Dax.— (VI Larsán.) ¿Cree usted que hay cómplices? 
Larsan.— Es posible. 

Mar.— Acabo de prender a dos. -, . . 

Lkrsmí.— (Mirando a los Bernier.j Los porteros del parque... ¡Tal vez!.. 
(Con intención.) El asesino debe conocerlos. 

Tía hER.—(A Bernier, después de discutir un momento.) Bueno, si me cono- 
ce yo no le conozco; y no quiero tener más tiempo estos aparatos en las manos. 
BERNiER.-iCierra la boca!... ¿Eres tú el asesino?... ¡No! ¡Ni yo tampoco!... 
Déjales que hagan lo que quieran, que ya verán ellos lo que hacen. 

Dax.— Dígame, Larsán... ¿Ha encontrado el rastro del hombre, después 
que dejó en el estanque los zapatos del tío Santiago? 

Sant.— ¡Todavía mis zapatos! ¿Qué es lo que quieren con mis zapatitos? 
Larsan.— El hombre se volvió por la carretera en bicicleta. 
Mar.— Yo también me fijé en ese rastro, y, por si acaso, quise informarme 
de si había alguna bicicleta en el castillo. No había ninguna. 

LkRsm.— (Glacial.) No había ninguna desde el día antes del crimen, preci- 
samente. Ese dia estuvo aquí, por la mañana, el señor Dorzac, a recoger la 
suya. (Pausa. Los tres hombres se miran.) 

Dax.— ¡Ah! ¡Ah! (Pausa.) Dígame usted, señor Marquet... ¿A usted le pa- 
rece que este es un crimen pasional? 

Mar.— ¡Seguramente! Aquí no había nada que robar. 
Dax.— ¿A qué hora cree usted, Larsán, que entró el asesino en el cuarto? 
Larsan.— Entre cinco y seis de la tarde; y no acierto a explicarme la faci- 
lidad con que pudo salir, sino pensando en lo fácil que le fué la entrada. 
Dax.— Por lo visto usted se ha formado una ¡dea de cómo huyó el asesino 
del cuarto... . ^_^ _. 

Larsan.— Una idea muy sencilla. Salió por la puerta, (Stangerson y Dorzac 
aparecen en la puerta del vestíbulo. Larsán no los ve) y delante del señor 
Stangerson, que estaba solo. No hay otra manera de explicarse el misterio del 
cuarto amarillo. 

Dichos, stangerson. Roberto Dorzac. Apareciendo cuando se ha Indicado. Marquet, al ver- 
los, quiso dirigirse a ellos, pero Dax le hizo señas de reprimirse, e interroga inmediatamente a 
Larsán, el cual está vuelto de tal manera que no puede ver a los recién llegados. 

Dax.— ¿De modo que el señor Stangerson quedó un momento solo en el 

laboratorio? . .-n, . o 

Larsan.— ¡Sí! Mientras el tío Santiago fué a buscar socorro. ¡Oh! Segura- 
mente entre la señorita Stangerson, su padre y el asesina, debe haber un se- 
creto terrible. , . 

Doc— (Avanzando.) ¿Qué secreto? ¡Mi hija y yo no tenemos más secretos 
que los que procuramos arrancar a la naturaleza. (Pausa.) 

Dax.— ¿Me permite usted preguntarle, señor Stangerson, cómo se eipiíca 
usted esta fuga inexplicable? Soy el jefe de la policía, caballero. 

Doc— Yo no veo más que una cosa. El asesino, aprovechándose del horror 



^M nos produjo !a aparíción de mi hija, se deslizo en el laboratorio, de aquí al 

vestíbulo y desde allí saltó al parque sin que le viéramos. 

Mar.— De todos modos, es muy extraño que los criados tampoco vieran :| 

nada. 

Dax.— ¿La señorita Stangerson debía casarse en breve? ^ 

l)oc.--(Mo8trando a Dorzac.) Con Roberto Dorzac, nuestro compañero de 

trabajo. 

Mar.— Afortunadamente, la vida de la señorita Stangerson no corre peli- 
íjro. El matrimonio, pues, se ha retrasado solamente. 

Doc— Así lo espero. 

Mar. —¿No está usted seguro? (Silencio embarazoso de Stangerson.) 

RoB.— Dos días antes del crimen me pidió la señorita Stangerson que le de- 
volviera su palabra. 

Mar.— ¿No le dijo el por qué? 

Uoc— (Interrumpiendo.) Esta decisión, que yo no puedo considerar como 
definitiva, me apenó profundamente... Pero eso nada tiene que ver con el es- 
pantoso drama qiíe nos ocupa 

l\hSí.—(Con vacilación.) El dolor del señor Dorzac ha debido ser de los 
más vivos. 

RoB.— Eso no le interesa a nadie, caballero. 

Mar.— jEs evidente!... (A Stangerson.) ¿M.e quiere usted hacer el honor de 
acompañarme hasta esta puerta? (Señalando la del cuarto amarillo. Stanger- 
son le sigue y él la abre.) He aquí el cuarto del crimen tal como nos le ha en- 
tregado usted. Nada se ha cambiado... Señor Stangerson, ni no quiere usted 
decirnos el nombre del asesino, díganos usted al menos que le vio usted huir 
por esta puerta. 

Doc— Juro que no me he separado de esta puerta desde que oí los gritos 
desesperados de mi hija: que no se abrió esta puerta mientras yo estuve solo 
en el laboratorio, y que cuando mis criados y yo penetramos en el cuarto ama- 
rillo, no estaba allí el asesino. Y juro que no le conozco. 

Mar.— Señor Stangerson, a pesar del profundo respeto que se le debe, yo 
estoy obligado a ¿ecirle a usted que todo eso es increíble. (En este momento 
se oye un ruido como de hierro viejo en la chimenea. Por ella cae rodando 
Roiüetabille, todo ermegrecido entre una nube de hollín. Salta hacia Stanger- 
son, le pone una mano en la espalda y le dice:) 

RouL.— lYo si le creo a usted, caballero! 

Dichos. Houletí^.iite. ■' sn seguida «t Cabo. Al rufdo lodos 9« han vuelto estupefacto» ante 
ta apartcióo. 

Doc— ¿Qué es eso? 

LARSAN.~¡Un deshollinador! 

Dax.— (Tosiendo, ahogándose.) ¡Puach! 

Sant.— ¡Es el asesino! jQue lo prendan! 

Mal.— ¡Prenderlo! 

VÍKR.— (Avanzando hacia Rouletabille, que sonríe,) ¿Qué quiere usted?... 
¿De dónde viene usted? ¿Quién es usted? 

RouL.— (Presenta una caitulina ennegrecida y se sacude, esparciendo una 
nube de hollín.) Aquí está mi tarjeta. 

M.KR. —(Cogiendo la tarjeta con la punta de los dedos.) ¡Su tarjeta! 

Doc— ¿Quién es? 

RoB.— Un loco. 

Dax.— Yo conozco esa voz. (Mira la tarjeta.) 

NÍAR.— (Sacude ta tarjeta, la sopla por encima.) José... 

Dax.— José Rouletabille. 

ÍAKR.—(Sofocadm) ¡No! 

MM..~-(Leüantáñ!^bse.) ¡No es posible! 

RovL.— (Inclinándose.) Repórter de La Noche, para servir a usted. 

Larsan.— C5e sienta y le estrecha la mano,) Buenas tardes, Rouletabille. 

Roui-.— Buenas tardes, Larsán. 

Larsan.— ¡Caramba! Lleva usted unos guantes que se destiñen. 

Mjuí.— ¡Basta de cumplidos! 



Dax.— ¡Esto es demasiado!... ¡Por la chimenea! ^ , ^ 

RouL.— ¿Por qué se han encerrado ustedes? San Luis administraba justicia 
il aire libre, junto a una encina. . ^ . 

DKt.—(Muy serio.) ¡Rouletabillel... Es preciso que se marche usted, sino 
íuiere usted tener que sentir. Estas cosas no se pueden hacer. 

Doc.—(A Dorzac.) Pero ¿quién es al fin? 

RoB.— Creo que un periodista. 

Ooc— (Alejándose, seguido de Dorzac.) Con permiso de ustedes. Me re- 
tiro, señores. _ ^ , . ^. 

RouL.— Puede usted retirarse, señor Stangerson; puede usted retirarse. 

Stangerson sale.) 
UÍKR— (Furioso a Rouíetabille.) ¿Es que va usted a mandar aquí? 
RouL.— Tengo algo interesante que decirle, señor juez de instrucción. 
Mar.— No queremos saber nada por su conducto. (Mirándole de arriba 
abajo.) Debería usted estar avergonzado... ¡Por la chimenea! Yo he conocido 
algunos periodistas... He conocido a Brunetiere... ¡Jamás Brunetiere, para es- 
cribir un artículo, hubiese venido a buscar a las gentes por la chimenea! 
RoB.— ^i4 la puerta.) ¿Y yo puedo marcharme, señores? 
RouL.— (Siempre sacudiéndose.) Usted, no, señor Dorzac... Es preciso que 
)se quede. 

NihR.~( Digno.) Puede usted retirarse, señor Dorzac; yo le llamaré si hi- 
ciere falta. 

RoB.— Está bien. (Se dispone a salir.) 

Rouh.— (Sacudiendo su gorra en la rodilla.) «El presbiterio no ha perdido 
su encanto, ni su lozanía el jardín...» 

RoB.— (Cierra rápidamente la puerta al oir esta frase.) Me quedo. 
Mar.— ¿Qué broma es ésta? 

Dax.— Demasiado dura. Rouíetabille, hágame usted el favor de marcharse. 
RouL.-Déjeme usted siquiera que me arregle un poco. (Se quita la ameri- 
cana y se la queda en la mano.) 

Mar.— Cabo, deténgame a ese mocito. (En el momento en que el Cabo le oa 
\a echar la mano, Rouíetabille le sacude la americana en las narices, cubrién- 
\dole de hollín. El Cabo retrocede dando un grito y frotándose los ojos.) 
] Ro\}h.—(Se precipita sobre los papeles del Escribano.) Antes quiero impe- 
idir que el señor juez cometa una tontería. 
Mal.— Mis papeles... Mis papeles. 

hUR.— (Levantando los brazos al cielo.) ¿Pero a qué aguarda usted, Cabo? 

C\Bo.— (Frotándose los ojos.) Me ha metido en los ojos toda la chimenea. 

RovL.-( Apoderándose de los papeles que desgarra, mancha y tira por el 

süe/o.> El interrogatorio de los porteros, más alto, más alto... (El escribano 

se desespera.) 

'Qkx. -(Acabándosele la paciencia.) Rouíetabille, se acabó la broma... Sal- 
ga usted ahora mismo de aquí, o yo le juro que le detengo por mi propia mano. 
Ro\}L.— (Volviéndose bruscamente.) ¿También usted, señor Dax? Perfecta- 
mente. Comprendido. Me marcho. Y ahora mismo. (Se pone la americana fe- 
brilmente.) Voy a escribir mi información, que por cierto, resultará muy entre- 
tenida. Sobre todo, al contar cómo, después de cuarenta y ocho horas de ins- 
trucción, el juzgado competente con la ayuda de la policía, sólo ha podido de- 
ener a dos pobres porteros, cuyo crimen fué andar cazando furtivamente y 
4ue se lo callan para que el amono les plante en la calle. 
Bernier.— f5e levanta.) ¿Qué es lo que dice? 
Tía Ber.— ¿Quién se lo ha contado? 

RouL.— Sí, me voy. Y diré también en mi artículo, lo que no me han dejado 
ustedes tiempo de probarles. Que el móvil del crimen... 
Mar.— Conocemos perfectamente el móvil del crimen. 
RoviL.— Con la mano en la puerta dd vestíbulo.) Fué el robo... Adiós, se- 
ñores. (Sale ) 
Mar.— ¿El robo? 

Dax.— (^Co/re detrás de él.) ¡Rouíetabille! ¡Rouíetabille! 
RüB.— ¡El robo!... ¡Ese muchacho está locoi 



m 



i^ARSAN.— ¡Cuando él lo dice, es porque esta seguro! 

M.\R.— (Trastornado.) ¿Le parece a usted? (Corre al oesttbulo.) ¡Seft 
Rouletabille!... ¡Señor Rouletabille!... 

Dpcí.— (Trayendo a Rouletabille, al que empujan & y el juez dentro del 
boratorio.) ¡No hay que marcharse de ese modo, joven amigo! 

RouL.— ¿Y a esto llama usted detenerme por su propia mano? 

Dax.— ¿Qué historia es esa del robo? ¡Vamos a ver! 

RouL.— f5e quita la americana que deja sobre una silla, y se arremanga,,^ 
Ahora se la diré, en cuanto me lave. ¡No creo que sea un lujo excesivo!... 
¡Hay que ver cómo está esa dichosa chimenea! (Va al lavabo y abre la llave.) 
¡Ah; un pafío! (Va a un armario, le abre, saca un paño, vuelve al lavabo y cie- 
ira la llave.) Sefíor Larsán, hágame el favor del jabón y del cepillo de las 
uilas. Muchas gracias. Siempre he dicho que era usted un hombre muy servi- 
cial. (A Dorzac.) No se impaciente, señor Dorzac, que en seguida soy con 
usted. (Lavándose las manos. A Marquet.) ¿Quiere usted darme el paño, se- 
ñor juez?... Lo tiene usted delante de los ojos... Ahí... Cabo, acérqueme us 
ted mientras el agua de colonia. (Renueva el agua del lavabo.) 

C\BO.— (Espantado, girando sobre sus talones). ¿El agua de colonia? 

RouL.— ¡No hay que perder la cabeza! (Señalando un armario.) Ahí está... 
Venga... Gracias... (El Cabo le da la botella. Rouletabille la abre; aspira un 
poco y vierte unas gotas en el agua del lavabo; todo muy deprisa.) 

Mar.— ¡Está como si estuviera en su casa! 

Mal.— ¡Si no le encontramos en el cuarto amarillo, es porque ya se habi- 
marchadot 

RovL.— (Lavándose la cara.) ¡Tú lo has dicho, mal genio! 

Mar.— ¡Eso si que no! Yo me llevé la llave del pabellónl 

RovL.— (Sigue lavándose.) ¿Y la llave de la chimenea, se la llevó usted? En 
la chimenea me volví a esconder cuando sentí que venían ustedes. Pero mien- 
tras continuaban sus pesquisas alrededor del estanque, he visto todo esto 
tranquilamente. (Secándose. Señalando a los Bernier.) Saquen ustedes de aquí 
a estas gentes, que no hacen ninguna falta y nos molestan para hablar. 

Mar.— ¡Salgan fuera! (A los Bernier.) 

Bernier.— ^^4/ levantarse.) Perdón... Perdón... Nosotros... 

RouL.— ¡No dirán nada de particular! Vamos, fuera. 

Cabo.— ¿Les quito las esposas? 

Mar.— Sí; están libres, hasta nueva orden. 

RouL.— Y el tío Santiago que se vaya también... 

^Mii.— (Gruñendo al marcharse.) ¡Cuando está uno fuera, es preciso que 
esté dentro, v cuando está dentro le echan fuera! (Sale y también los Bernier 
y el Cabo. Marquet cierra la puerta.) 

Rouletabille. Marquet, Dax, Dorzac, Larsán, Escribano. 

Mar.— Vamos a ver. _ , 

RouL.— Sí. Ya se acabó la broma. Perdone usted, señor Dorzac, que M 
haya retenido, pero le necesitábamos para que nos diga lo que había en ese 
mueble. (Señalando al cofrefort.) 

Mar.— ¿En cuál? 

Roul.— En ese... ¿No le ve usted? r, . j • 

RoB.-iEstá puesta la llave! (Se dirige a él y lo abre.) ¡Nada!... ¡Robado! 

Dax.— ¡Robado! 

RoB.— (Registrando el mueble.) ¡Todo lo han saqueado! ¡Lo han cogioí 
todo! ¡Ah! ¡Que no lo sepa el desventurado maestro!... ¡Sería un golpe tem- 
blé para él! Aquí estaban encerrados quince años de su vida. Sus documentol 
más preciosos, las relaciones más secretas sobre sus experiencias y sus traba- 
jos... (Registra rabiosamente.) ¡Nada! ¡Nada! El hombre que ha herido allí 
(Señala el cuarto amarillo.) y que ha robado aquí, le ha arrebatado todo; Sí 
hija y su obra. (Silencio. Dorzac se deja caer en una silla.) |Ya sabía yo qul 
habían robado la lleve! 

Dax.— ¿Dice usted que habían robado la llave? 

Ros.— La señorita Stangerson creía haberla perdido... Ella y yo solamentt 
sabíamos su d^parición. 



ukRSAN.— El ladrón también lo sabfa. ^, . . . .. 

f^,„ ^(A Rouletabille.) ¿Pero cómo ha adivinado usted?... 

ku;^ -^o n^hradivinado nada! No he hecho más que fijarme en las se- 
les del r¿bo que están a la vista. Aquí puede seguirse paso a paso el rastro 
1 ase^no Y sobre todo, no había más que abrir el mueble y notar el des- 
den P¿ro ¿quiere used que se diga por qué no lo hizo usted, señor juez- 
. ins'tVucctón? Porque no podía usted imaginarse que hubiera nada interesan- 
¿ara^íbar erun KXri^ |Ah. si fe hubiese usted encontrado en una 

Mar —i»Pero qué significa este robo? a^ a^ 

Larsan -¡Eh eh! Pensemos en la influencia que un hombre enamorado de 

señoHte Stangerson, creyera tener sobre la hija robando los tesoros del pa- 

4 De todos modos, sería interesante conocer en qué circunstancias se 

'%T-D:rZ¡ntv^s.o por el parque, en unión de otros objejos sin im- 
ortancia. que la señorita Stangerson llevaba en su bolso. 

Larsan.-¿U señorita Stangerson paseaba sola? 

RoB.— No. 

Larsan.— ¿Quién la acompañaba? 

OoR —Yo (Silencio- Sensación.) . . . , ^ 

Ursan -El que robó la llave sabía el conterido de ese mueble; y esto nos 
crmite circunscribir las pesquisas a los familiares del laboratorio. 

RoB.-No hay más familiar del laboratorio que yo. u„,,_„ i „ 

1 Larsan ~ (Miiy seco.) Habrá otras personas que entren aquí, caballero. La 
iervídumbre del castillo, por lo menos... El ayuda de cámara, el guarda, iqué 
¡é vo! Ya lo averiguará el señor juez de instrucción. _x„ „.,^ 

i í)Ax:--Si no mi engaño, usted cree Ursán, que el robo no ha sido más que 
íl prólogo del crimen. 

Ro^-Half líaTruebá absoluta de que el robo se cometió antes del cri- 
nen y se l"?oyS presentar a usted, señor Larsan. (Abre la puerta del cuarto 

'^il^L.'^-Clí attrZ7MÍmet.) La huella de una mano derecha en- 

''Toüf-¿A%ie n^encuentra usted en el mueble ni una mancha de sangre? 

rse queda en eí cuarto mientras los otros se dirigen cü mueble. Busca por to- 

iHnjt nartes se asacha, se levanta, mira la pared, etc.) . ^ , a-jl \ 

S^t^ADorzac.) ¿Podría usted indicarnos el sitio donde se perdió el 

'^^^RoB -Desde aquí no se ve... Desde la ventana del vestíbulo me parece 

^^tsí^-atSficISrr^^^^ ¿Se puede saber su opinión sobre 
todo esto, Rouletabille? 

RouL.—rCon yí2g^uerfaí/.>) Ya hablaremos. . ,^. , 

LKnsKti.-fUeoándole aparte.) ¡Está usted muy enigmático! 

RouL.—r5e5t7ardrtc?ose.; ¡Eso es cuenta mía! 

Larsan.— Veo que aún sigue usted buscando las huellas... 

RouL.-lEso es secundario para mí!... No hay que fiarse por completo de 
las pruebas materiales, que les llevan a ustedes a cometer tantos errores judí- 
ciales... Lo primero es razonar; pero razonar con buen sentido. Yo trazo un 
círculo de verdad irrefutable, y sólo aprovecho las pruebas materiales que pue- 
den entrar en ese círculo... Este es mi sistema. * n^^ 

Larsan.-¿Y tiene usted ya un culpable? (Entra Dorzac con Marquety Dax, 
dirigiéndose hacia la oentana donde hablan un momento.) 

RouL.— ¿Y usted? 

Larsan.— lEh, eh, eh! , , .... r. a^,.m^. 

RouL.-Escuche usted bien, señor Larsan, y no olvide lo que voy a decirle, 
el señor Dorzac es un hombre honrado. 

Larsan.— ¿Está usted seguro? 

RouL.--Segurí8Ímo. 



Lar8an.~Pu8S yo estoy seguro de rodo lo contrario. Üsla es !a Datalla. 

RouL.— Sí; la batalla en que yo le venceré, 9«ñor Larsán. 

Larsan.— ¡La juventud es Kiiiy atrevidai 

RouL.— ¡Mucho! 

Larsan.— f04 Dax, señalando la mano derecha de Dorzac que continúa 
guantada.) ¿Podríamos saber por qué sigue el señor Dorzac con ese guai 
puesto?... ¿Acaso tendrá una herida en la mano? 

RouL.—(A media ooz, en tono de reproche.) ¡Tiene usted un pensamiento 
ruin, señor Larsán! 

hhRSks.— (Mirando las manos de Dorzac.) ¿Por qué dice usted eso? ¿Es 
que no se puede uno herir en un laboratorio lo mismo que en un accidente de 
caza? Sería curioso en efecto... 

Koü. —(Que hasta ahora no parecía darse cuenta de lo que pasaba, avamo 
con frialdad.) ¿Qué es lo que sería curioso, caballero? 

Larsan. — Pregúnteselo a este joven. 

RouL.— Cuando se está seguro de una cosa, no hay que acudir a los demás 
para que se expliquen, 

L\RSAti.— (Irónico.) Le encuentro a usted hoy muy vidrioso, señor Roule- 
tabille. 

RouL.— ¡Por su culpa! Cuando ustedes llegan a formarse una idea, buena 
o mala, por nada del mundo la abandonan; la hacen ustedes cuestión de amor 
propio, y serían capaces por ella, hasta de mandar a la guillotina a su padre... 
¡Digo! precisamente, a propósito de cómo pudo escaparse el asesino del cuarto 
amarillo. 

Larsah.— (Volviéndose con los otros.) Dígalo usted, si lo sabe. ¡Qué criatura! 

RouL.— No, yo no lo diré, porque aunque soy una criatura, no me precipito 
a lanzar mis sospechas sobre nadie... Yo no diré mi pensamiento hasta que k 
haga surgir de la sombra, donde está el de usted villanamente embrollado, se- 
ñor Larsán. 

Larsan. —(Guaseándose.) ¿Le parece a usted? 

RoB.— Si no lo está, caballero, yo le agradecería que me explicara lo que 
ha querido decir hace un momento, con eso... del curioso accidente de labora- 
torio. 

Larsan.— Hablábamos de la utilidad de los guantes, cuando se ha heridt 
una mano cazando; y decía yo, que también puede uno herirse en la mano er 
un laboratorio. 

RoB.— ¿Y qué es lo que sería curioso? 

Larsan.— Yo no he dicho más que eso. 

RoB. — ¿Y por qué le ha excitado tanto a este joven a quien no conozco? 

RouL.— Yo sí le conozco a usted, caballero. Mi amigo Sainclaii me ha ha- 
blado muchas veces de usted, y yo le admiro... Sería para mí un gran honor... 
(Vacila.) 

Roe.— ¡Diga usted! 

RouL. — Estrecharle la mano. (Dorzac se la tiende. Rouletabille le dice son 
riente.) Va usted a perdonarme, señor Dorzac, una superstición que conservo 
desde que estuve en Rusia. Allí no se estrecha jamás la mano de un enguan- 
tado... ¡Es mala sombra! 

RoB.—(Se quita el guante febrilmente y le da la mano.) Aquí la tiene usted. 

Ko\JL.—(Se la estrecha sin mirarla.) Gracias. Me siento honradísimo al es- 
trechar una mano como esta, limpia, franca y leal... y que no fué herida hace 
dos días ni en un accidente de caza, ni en un experimento de química. 

Lkrsan. —(Irónico y desagradable.) Este chiquillo es extraordinario. 

RouL.— Yo soy un chiquillo, Larsán; pero no me gusta que me lo digan... 
Hasta ahora hemos sido buenos amigos. .^i 

Larsan. ~¡Y lo seguiremos siendo, Rouletabille! Todo esto no es más que 
una equivocación... Después de todo, una señal ensangrentada no indica necev 
sariamente una herida... Solo prueba... sangre en la mano... ¡nada más! 

RouL. — (Muy nervioso.) ¿Verdad que sí?... También puede ser esa sanj 
de la nariz... Esta es una hipótesis que le regalo a usted por si le sirve. 

hAR^KHi—(.Muíj frío.) Lo pensaré. (Se dirige a la ventana y mira.) Dice 



d bien, que hay que andar con muchas precauciones antes de lanzarse a las 
pótesis... Pero va siendo tarde... Propongo a usted aprovechar la luz que 
!» queda para dar una vuelta junio al estanque. (Saluda a Dorsac) Caba- 
ero... (Dorsac no le contesta. Sale Larsán y le siguen Marquet y Dax, des- 
vies de saludar Dogamente a Dorzac. Tras de ellos sale el escribano, líeoán- 
ose los papeles que durante toda la escena se ocupó en arreglar, limpiar y 
jpiar de nueoo los inutilizados por Rouletabille.) 

Rouletabllle, Dorzac; luego Larsán. 
RoxjL.— (Fué a la puerta y la cerró después de salir todos. Vuelve junto a 
hrzac.) Señor Dorzac: ya ha visto en qué trampa le quieren coger... ¿Por 
ué fatalidad parece que todo le acusa? Esto es lo que ignoro y lo que quiero 
aber... Por eso le rogué que se quedara, pronunciando aquellas palabras... 

RoB.— (Gesto duro.) Por ellas precisamente me he quedado. ¿Dónde las ha 
ido? 
Rouu— «El presbiterio no ha perdido su encanto, ni su lozanía el jardín.» 
RoB.—jCállese usted! ¡No las repita más! ¿Dónde las ha oído usted? 
RouL.— En el Elíseo... Las dijo la señorita Stangerson, con tal acento de 
lesesperación, que me quedé como clavado, sorprendido. 
RoB.— ¿Y no oyó usted nada más? 

RouL.— Todavía oí decir a la señorita Stangerson: «¡Yo te digo que vive!» 
RoB. — (Sin poder reprimir un gesto netoioso.) ¿Nada más? 
RouL.— Nada más. 

RoB,— ¿Y eso qué le interesa a usted? Olvídelo todo y márchese. 
RouL.— ¡Marcharme!... ¿Quién le dice a usted que ese hombre que se ha 
íscapado misteriosamente del cuarto amarillo no ronda aún en torno de su víc- 
tima? Yo le puedo jurar a usted que no está lejos. 
RoB.— (Rápido.) ¿Cómo cree usted semejante cosa? 
RouL.— Porque le veo a usted muy angustiado. 
RoB.— ¡Cállese! 

RouL.— ¡Y todavía quiere usted que me vaya! 

Rou.— (Suplicante.) Sí, vayase, por el amor de Dios... Olvide usted todo lo 
5ue oyó aquella noche, todo lo que ha podido usted adivinar aquí. (Llaman al 
cristal de la ventana.) 

RouL.— ¡Llaman! ¡Le necesitanl Vaya usted deprisa. V no tema usted las 
jreguntas, o está usted perdido. 
RoB.— Me voy... Y adiós. 

RouL.— No, no... Yo me quedo... Pueden prenderle a usted. 
RoB.— ¡Que hagan de mí lo que quieran! 

RouL.— ¿Y ella?... ¿Quién velará por ella si le encierran a usted en una cel- 
ia por no revelar su secreto? (Llaman otra vez a la ventana.) 
RoB.— (04/ marcharse.) ¡Daré mi vtda por guardarle! 
Ro\SL.—(Solo.) ¡Y yo lamía por conocerle!... ¡Oh, ese secreto!... ¡Es preci- 
Jo que yo lo descubra, y lo descubriré!... ¡Ah, la prueba, la prueba! (Vuelve a 
mirar en el cuarto amarillo, mira y busca por todas partes y recoge sutilmente 
ligo del rincón de la mesa de noche, lanzando una exclamación.) 
Larsm.— (Entrando.) ¿Está usted aquí todavía? 
RouL.— ¿Y usted? 

Larsan.— ¿Ha encontrado usted alguna cosa? 
RouL.— Sí. 

Larsan.— ¿Alguna cosa de mucha importancia? 
RouL.— Muy poco importante. 
Larsan.— ¿Qué es? 
RouL.— ¡Un cabello! (Se lo enseña entre los dedos.— Telón.) 



ACTO CUARTO 1 

Salonclto particular de Matilde Stangerson, en sus habitaciones del castillo de Olandier. Puerta 
al foro, que da a una galería. Ventana a la derecha. A la izquierda de la puerta del foro, en ¡ 
un chaflán, puerta pequeña, o\Wü\, condenada. Segundo término izquierda, chimenea con jj 
fuego. En primer término izquierda una puerta Olra puerta a la derecha que da al cuarto de f 
Matilde. Una «chalsse-longue» en primer término derecha. Mobiliario moderno, en un castl- [K 
lio antiguo. 

Matilde, tendido en la «chalsse-longruc». Bdlth, en tral« de calle, desde un rincón d« la venta- 
na mira hacia fuera. 

}\kT.— (Bruscamente, incorporándose.) ¿Qué hay, Edith? I 

Edith.— Estoy observando al guarda... ¿Hace mucho tiempo que lo tenéis? 
(Viene Junto a Matilde.) Mi marido me ha dicho que no le gusta su facha. 

Mat.— Hay que desconfiar de todo... ¡Ah, partir, partir! 

Edith.— Espera por lo menos a recuperar tus fuerzas. 

Mat,— ¡Cada minuto que aquí paso!... 

Edith.— Ahora no tienes nada que temer... No se te deja un momento sola; 
vives encerrada, atrincherada. Hasta se ha condenado la puerta de la torre... 
Y, además, él ya no se atreverá a volver. 

Mat.— ¡Cállate! ¡Estoy segura deque ha vuelto otra vez... la otra noche. 

Edith.— ¡No! 

Mat.— Me desperté sobresaltada y sentí ruido de pasos precipitados, con; 
si corrieran muchos hombres en la galería y luego bajaran al parque... Y bus 
car bajo mis ventanas, toda la. noche... Por la mañana pregunté a papá, a loí 
criados... ¡No quisieron decirme nada! Pero yo le siento en torno mío y me pre- 
gunto de qué manera se me va a aparecer esta vez... No le temo sólo por mí: 
le temo también por los demás... ¿Comprendes? 

EDnH.—(Abra£ándoía.) ¡Lloras, m¿/ darling!... ¡Llora sobre mi corazón! 

M.kT.— (Desasiéndose de los brazos de Edith y escuchando. A media voz., 
¿No oyes pasos... en la galería... por este lado? (Va a escuchar a la puerta á 
la galería y vuelve junto a Edith.) Es ese muchacho periodista... ¡Está en vela 

Edith.— ¿Qué periodista? 

Mat.— Un amigo de Sainclair y de Roberto 

Edith.— Mi marido me ha dicho que la policía parece predispuesta contri 
Dorzac. 

Mat.— Es cierto; sobre todo un inspector que le es completamente hostil.. 
|Y hasta mi mismo padre! 

Edith.— ¿Qué dice el señor Stangerson? 

Mat.— Nada. Ayer me estrechó en sus brazos y rompió a llorar. Yo le diji 
para calmarle: isomos víctimas de un loco! No me creyó... ¡Ah, huir, huir al fií 
del mundol Aquí tengo miedo de todo; hasta de los criados más fieles... ¡Es ho 
rrible vivir así! 

Edith.— ¡Es absurdo! . r^ x t.-x 

Mat.— Te he hablado de ese inspector de policía, ¿verdad?... ¡Pues tambiéi 
me da miedo! Me parece que sus ojos no me son desconocidos. 

Eorr».— ¿Qué quieres decir? , , j j 

Mat.— ¡No lo sé!... ¡Me vuelvo loca! ¿Quieres dar luz?... Se va haciendo o 
noche y me aterra la obscuridad... (Edith da luz.) Mira, mira el periodista qu 
te dije... (A la ventana.) 

Eorm.— ¿Ese?... ¡Es casi un niño! . j. . _s 

Mat.— Sí... Mírale, Edith, mírale bien... Ahora se acerca y se le distinga 
mejor. (Conmovida.) ¿Qué edad le supones? 

Edith.— Unos diez y siete años. ^ , , , j j j *' 

Mat.— O diez y ocho... (Pequeña pausa. En voz muy baja.) La edad de i| 
h¡io, Edith. (Se retira de la ventana.) J 

Edith.— (Deteniéndola.) Me has prohibido hablarte de tu hijo... ¿Por qué ffl 
hablas tú ahora? 

Mat.— ¡Porque ese se le parece! 

Edith.— (Volviendo a la ventana.) ¡No! 

MkT.— (Dejándose caer en una silla.) \ktrozmer\te\ .^ , ,, 

Edith.— (Después de mirar.) ¿Es posible? (Vuelve junto a Matilde.) ¿Y ai 
quieres decir con eso? 



Mat -(Que parece de mármol.) Nada. Se le parece. Nada más. 
ETiiTH-rMirándola fijamente.) ¿No pensaras?... u^kioH.. h« ¿i 

Mat -Le vi por primera vez desde esta ventana... Me había hablado de él 
Lberto, en tales términos, que estaba deseando conocerle. Cuando le vi, lan- 
i un erito. no sé si de alegría o de dolor. 
EdSh -¿Cómo has podido creer?... Una casualidad semejante... 
MT-iUna casualidad!... ¡Puede que él me esté buscando hace tnuchos años! 
tombría ) ¡lifjo mío!... Pero he sido víctima de una vaga semejanza... Este 
un m2ch¿cho del Mediodía, que Sainclair recogió en el puerto de Marsella. 
Edith.— ¿Has hablado con él? . ., 

Mat -rinésica.) iNo! ¡No! (Pausa.) Estoy segura deque no es él. 
^m -(Grave.) Oy^, Matilde... Nunca me has dicho por qué se escapo 
loel niño del colegio de Eu, adonde le había llevado su tía. 
^ Mat -rComosT^cor^am un sueño.) ¡Qué horrible martirio! Yo iba a verle 
mando mil precauciones, y procuraba llegar a la caída de la tarde cuando aun 
, habían encendido las 1^^^^^^^^ Sentada en un rincón del locutorio al verle 
crecer iftendía silenciosamente los brazos, en los que él se arrojaba con an- 
Tcín hambre de cariño... Y después de llorar los dos un rato sin decirnos 
tx Sé yo le entregaba un paquetito de golosinas que le gustaban mucho, y 
1 escotíl^as me orls para dármelas... El pobrecito me preguntaba si yo era 
mamá y yoT?espondía que no, que su madre había muerto y yo era una 
TiS^uyL^ lOh, qué horrible martirio! No Doder decir a aadr - -nuiers 
él. ni casi a mí misma que era mi hijo. (Llora.) 
Edith.— ¿Pero por qué se escapó del colegio? 
Mat.— ¿Quieres saberlo? 
Edith.— Di. 

Mat.— ¡Porque había robado! 
Edith.— ¡Robado! (Llaman a la puerta del foro.) 
j^^r—(Sin moverse.) ¡Cállate!... ¡Llaman! ¿Quién es? 
ktn.— (Desde dentro.) Soy yo. 
Edíth.— La voz de mi mando. 
Mat.— Ábrele. _ , o • i • 

kKT.— (Desde dentro.) Con el señor Sainclair. o u -* /c^.va 

HiKi. -(Inquieta.) ¿Con Sainclair? Yo creí que estaba con Roberto... (Edith 
m abierto la puetta, que estaba cerrada con cerrojo.) 

Dichos, Arturo Ronce y Sainclair. 

Mat —¿No estaba Roberto con usted, señor Sainclair? 

Saín —No, señorita!.. He venido a buscarle precisamente. 

MAT.-iDebe estar en casa de usted! No me explico... Cierra la puerta, 

edith. 

Eorm.— Es que viene tu padre. 
¡ Mat.— M Sainclair.) ¿Pero usted no le ha visto? 

Saín. -No; y necesito hablar con él... Creí encontrarle aquí. 
Dichos, Stangcrson y Larsán. Este se queda en el umbral. 

Mat -Papá .. Aquí tienes al señor Sainclair que creía a Roberto en (jlan- 
dier. (Al ver a Larsán.) ¿El señor Larsán desea alguna cosa?. 

Doc— Sí; tenemos que hablarte. 

Mat.— (¡Oh. los ojos de ese hombre!...) 

Saín. -Yo me retiro. _ ^ ^ t x rr »^»— *^„ 

Doc.-Quédese usted, Sainclair... Pase usted, señor Larsán. (Larsán entra. 

Edith cierra la puerta.) , . , ^ , ^ a -« i,„ k^ 

l^K1.~(Muy fría a Larsán.) ¿Puede decirnos el señor Larsán qué se ha he- 
cho del señor DÓrzac? 

Larsan.— Lo siento mucho, señorita, pero no sé nada. 

Mat.— Sin embargo... Usted ha dispuesto que le sigan. 

Larsan.— ¡Por Dios!... Nosotros seguimos al señor Dorzac, como a toaos 
los que se aproximan a Qlandier, v^r orden del señor juez de mstrucción... 
Pero desde ayer tarde, hemos perdido su pista. 

Mat.— ¡Su ^ista!... ¡Como si se tratara de una cacerial 

Doc— ¡Matilde! 



a 



Larsan,— ¡Tiene razón! Yo soy quien debe excusarse. He usado inadveri 
damente un término del oficio. 

Skih.-— (Interviniendo.) La policía se conduce de una manera incalificable c 
el señor Dorzac... Molesta porque no íe pudo destruir una coartada, ha hecn 
los imposibles por arrancar a su criado una nueva declaración que pudiera corr 
prometerle, 

Larsan. -Nuestros agentes son muchas veces torpes. Pero también hay '; 
pensar que en este asunto, no se trata de un malhechor cualquiera. 

Mat.— ¡De un loco! 

Doc— ¡No! 

Larsan.— Yo creería más bien, en un enemigo personal. 

Mat.— (Muy turbada.) No conozco ninguno. 

Larsan.— La señorita Stanfrerson ha rechazado muchos partidos. 

Doc— De los más ventajosos... Pero no creo que se trate de eso. 

LkRSAff.— (Bruscamente.) ¿Y en América? 

Doc— ¿En América? 

Larsan.— Sí, en América. ¿No ha tenido allí ningún enemigo la señoril 
Stangerson? 

M.Ar.--(A media voz casi sin fuerza.) ¡Ediíh! 

Emm.— (Acude a Matilde mientras habla con Larsan.) Señor Inspector. 
Si quiere usted conocer a alguien que pidiera en América la mano de la señoril 
Stangerson, aquí se lo presento. (Señala a Ranee que desde su entrada esi 
sentado junto al fuego y lo remueve de vez en cuando.) 

Larsan.— (Mirándole.) ¿De verdad? 

ARr.—(Se levanta.) ¡ Ves/... Yo fui desahuciado. 

Larsan.— ¿Y se consoló usted en seguida casándose con la señora? (Pe 
Edith.) 

Art,— ¡No! 

Larsan.— (Mirándole atentamente.) ¿Cómo que no? 

Art.— ¡No! No me he consolado. Pero si continúa usted mirándome a la caí 
de esa manera, creeré que me toma usted por el asesino y le romperé la suyi 

Edith.— /v4¿/ rigth! ¡My dear! 

Larsan.— ¡Caramba, qué mal genio tiene usted! 

Art.— Pregúntele usted a la señorita Stangerson el genio que yo tengo. 
/ Yes! En Filadelfia, le quise romper la cara a Salvador Russel que había pedid 
su mano. 

Larsan.— (Co;7 asombro brutal.) ¡Salvador Russel! 

Doc.— (Asombrado a su vez del asombro de Larsan.) Sí... ¿Le ha conocid 
nsted? 

Larsan.- A Salvador Russel le conoce la policía del mundo entero, bajo i 
nombre de Baímayer. 

Doc— ¡Balmayer! 

Saín.— ¡El famoso Balmayer! 

Larsan.— Sí... Cuando se llamaba Balmayer, se presentaba en inglés; 
cuando se llamaba Salvador, en italiano... ¡Un genio de la transformación!. 
¡Hubiese usted tenido un yerno terrible, caballero! 

Doc. —¿No murió en presidio? 

Larsan.— Y más vale así. Porque si hubiera podido escaparse, yo les diría 
ustedes: no busquen por otro lado al miserable que les persigue... Es Salvadi 
Russel. Para él no hay puertas ni cerraduras. 

Edith.— ¡Cállese usted y no nos asuste! (Silencio. En seguida se oye elgri 
siniestro y prolongado del segundo acto.) 

Doc— ¡Oigan ustedes! (El grito se repite.) • 

Larsan.— Parece una señal. 

Doc— (Se va a la ventana.) Desde que oí ese grito aquella horrible noche. 

Saw.— (Mirando por la ventana.) Mire usted... mire usted como corren. 

Doc.— (Abre la ventana. Dirigiéndose fuera.) ¿Qué es ¡o que ocurre? (^ 
dos van a la ventana, menos Matilde y Edith que quedan en primer término «' 
trechándose las manos conmovidas. Se oye un tumulto, gritos, llamadas, etc 

Saw.— (Si es Rouletabille! 



I r ARqxM -(A la t>eniana.) ¡Si!... Y corre detrás de aquella sombra fugitiva.^ 

^Sain -(A la ventana.) ¡Va a ser inútil la persecución! 
Doc -^M'/n ) ¡Bernier!... ¡Tiradle! ¡Tiradle! (Detonación.) 
Sa^St.-C^'So Íí^ '*^^^^^^' iAi^'- ^-5^^ corriendo, con Arturo Ranee.) 
Doc ~(A la ventana.) ¡Qué desgracia! 
M.T"—Vv4tó/'ra£/aJíPero qué ha ocurrido? ¿Qué ha ocurridoi' 

Doc-NÍe pírece quVhan alcanzado a ese muchacho. (SalerapidamenteJ 
M .T --(ExZvSdl) ¡Dios mío!... r^ ^^^^í/» ^7"^ «^"^^^ '^^^^^^'« ^''^ ^^ ^^^ 

M.T —íFlmbunoiaeso.) ¡Han d sparado sobre el!... lUebe estar nenuo. 
s"i¡.-(Denf/^JTo%os^^^ No es nada... Unos perdigones 

^ el brazo. 

S^r fr¿lS'5¿^^^^^^^^ Nada... lYa ven ustedes qt.e no es nada! 

f;^'Z^Jo7e:Zem^^^^ la ventana mientras ^^iüdeqmpa- 

¿íZpoiíIelX, liega a la <^chmssefngue.ysedeja caer sollozando.) 
bro si no es nada... No llores así. ¡Matilde! jMy darling! 

Mat.— ¡Le han podido matar! (Solloza.) K.,e^o,.. 

EoiTH.-- ¿Quieres que le llame? ¿Quieres que le vaya a buscan* 

Él,ri¿l'Ír"qu¿\ioqu1^^^^^^^^^ y hablarle? Después de lo que me has di- 

ho, no lo comprendo... ¡Si fuera él! 

SíÍH"^?Po?qué?¿Po?que te dijeron que robó? ¿Y si no es verdad?. 
mTt -¿Y qíé quieres que !e diga? ¿Crees que podría permanecer impas - 
le e^ílu presencia? ¿Que él no me vería temblar de telicidad? ¿Que no lo adi- 
na a toSo'Tver coTrer mis lagrimas?..; Y si me Pre|untara por «u pad e 
\o iha a enviar a la ooiicía para que le contestase? Y si le mintiera ¿taraana 
'ucSo In Svedguar L verdíd?... 'e1 hijo de Balmayer debe ignorar^^^^^^^^^^ 
ombre de «u padre... Yo no qu ero destrozar su corazón; destruir el entusias 
fode su iu;eítud; amargaríe\sa vida dicho.a. que él se ha ido formando con 
u propio esfuerzo... ¡No quiero, no quiero! 

^r~;5tTq?iW^"tuTha\a^^^^^^ estrecharle entre mis brazos? 

! Dichos. Slangerson, Satnciatr, JJouletabiíie, muy pAHdo. con la manga arremangad, sobre 
i :V braío. ventíado con un pañuelo que sostiene bainclair. , Dr^nlotnhUlP <te detiene 

Doc.~( Empujando la puerta del foro.) ¡Pase üstedl (RouletaDUle se aeitene 

.»« el umbral, mirando a Matilde.) ^ ^ ;;„ ^i „.,„♦„ 

' Sain.-íNo es nada, señorita! Afortunadamente ha sido mas el susto. 

Eovm.~(Dirigiéndose a Rouietabille.) ¿Está herido en el brazo? 

Doc -(A Rouietabille, que no se decide a entrar.) ¡Perú pase usted! 

longue», se esfuerza en dominar su emoción.) ¡No, no! (Va a dingitse hacia 
Rouietabille, pero en seguida se detiene.) ¡Entre usted. 

Saín.— ¡Ha sido una torpeza de ese Bernier! „,, PHithi 

MAT.-rA'o mira más que a Rouietabille.) ¡Debe encontrarse mal lEdith!... 
Pronto .. En mUuarto... Sobre la cómoda... (Edith corre al cuarto.) Descanse 
usted aquí... (A Rouietabille, mostrándole la <ichaisse-longue» .J 

Ro2.-( Agotado por la emoción fija sus ojos abiertos de ansiedad y amor 
en Matilde y se deja caer en la <^chaisse-longue».) ¡Gracias! nr^mu- 

Doc.-(Se sienta al lado de Rouietabille, '^-og^^^'^ole ^l brazo con precau 
ción.) ¡Vamos a ver que es esto! (Vuelve Editfi, trayendo una bolsa de cura- 
ción, que coloca sobre un velador o donde convenga.) 

AlrAcoge una botelUta de manos de Edith y echa unas gotas en un vaso.) 
Dame, Edith. . 

Exi\iw.— (Mirando el brazo.) Sigue sangrando. 



Mat.— ¿Sufre usted mucho? (Rouletabille responde negativamente con^ 
cabeza, como si no pudiera ¡lablar.) . 1 

Saín.— ¡Pero responde, cobardón! " 

Doc— ¡Una desolladura!... ¡No tiene la menor importancia! (A Matilde.) Tii 
Matilde, deberías acostarte... iEstoy seguro de que ahora mismo tienes má: 
fiebre que este joven. 

Eonn.— (Acercando el oaso a RotdetabUle.) Beba usted, amiguito .. lEst< 
reconforta! 

RouL.— ¡Gracias, señora! (Bebe.) 

Saín.— ¿Parece que vamos mejor, eh? 

Roüh.— (Con los ojos fijos en Matilde, que se acerca con los útiles de cura 
ción.) lOh, sí! 

Dichos, el tío Santiago. 

Sant. — (Ha llamado a la puerta con fuerza, y la abre sin esperar a que I 
respondan. Trae una linterna encendida.) Mi amo... el señor Lar san, dice qu 
vaya usted con el señor Sainclair. 

Doc— ¿Dónde está él? 

Sant.— Por la torre... Parece que hay novedades. 

Doc— Vaya usted a ver lo que es, amigo Sainclair. 

Sant.— Quiere que vayan ustedes los dos... Y dice que le corre mucha prisa 

Doc— Vamos, pues, Sainclair, (A Edith, por el herido.) Un buen vendaje.. 
Y no moverse de aqiií... (A Rouletabille.) Volvemos en seguida... (Mutis co, 
Sainclair y el tío Santiago. Este cierra la puerta. Durante esta escena, Matü 
de no ha cesado de mirar a Rouletabille.) 

Matilde, Boith, Rouletabille. 

lAKr.— (Sentándose junto a Rouletabille y cogiéndole el brazo.) ¿Le hago 
usted daño así? 

RouL.— ¡Oh, no! 

Mat.— ¡Y pensar que Bernier ha podido matarle! 

RouL.— Yo lo hubiese sentido mucho. 

Edith,— ¡Es gracioso este chico! 

^KT. —(Lavándole la herida.) ¿Y por qué se ha expuesto a usted de e 
manera? 

i^uoi..— He prometido al señor Dorzac velar por usted. 

Mat.— ¿Cuándo le ha hecho usted esa promesa? 

RouL.— El primer día que le hablé. Al principio él no quería aceptarla, pe 
luego sí; tanto, que ayer mismo me dijo: «Mañana no voy yo a Cilandier... Cu 
de usted de Matilde.» 

Mat.— También Roberto me ha hablado de usted algunas veces... Me h 
dicho que se llamaba usted... 

RouL.— José Rouletabille... Un apellido muy gracioso, ¿verdad?... Cuand 
yo era pequeño me llamaba de otra manera, pero ya lo he olvidado. (Silencio. 

Edith.— (Acaba de ponerle el vendaje y le coloca un imperdible. La cur 
deben hacerla entre las dos, con la mayor naturalidad.) ¡Esto se acaból (L 
baja la manga dejándole arreglado dd todo.) 

RouL.— ¿Ya? 

Exxm.— (Arreglando la boisa de curación.) Ahora descanse V. un poquitc 

RavL.— (Muy turbado ) Yo... no sé si... 

Edith.— ¿El qué no sabe usted? Descanse usted un poco... ¿Está usted mí 
aquí? (Rouletabille mira a Matilde, que se ha levantado y oa a la chimene 
como si quisiera desviarse de él.) 

RouL.— ¡Oh, no! 

Edith.— ¡Pues quédese! (Mutis por el cuarto de Matilde, cuya puerta empí 
ja detrás de sí, sin cerrarla. Se lleva la bolsa de curación.) 

Matilde. Rouletabille. 

IAkt.— (Apoyada en la chimenea, mirándole.) ¡Es él! ¡Es él! 

RouL.— (Sigue sentado en la «chaisse-longue». Sin mirarla.) No se alarm 
usted por lo que ha pasado esta noche... El hombre a quien yo seguía no es ( 
que hay que temer. 

Uat.— ¿Qué quiere usted decir? 



RouL -Yo le he perseguido para saber qué hacía. Pero si yo hubiera su- 
¿rque e?a el otfo no^hubiese alcanzado de ningún modo. 
íAkt— (Ansiosa.) ¿Por qué? . 

RouL -Porque al otro hay que dejarlo escapar. 

RolC-^Se levanta y mira a Matilde.) C6mo se escapó del cuarto amarillo... 

^^r^i:^^:^f^r^;^^ que yo se lo digaP 

^o^r-«níSe^^t»^^ 
er acaso contra la voluntad de los que tienen el derecho ^%P''°^^^^^^^ 

)rrer a su lado. 

Roi -^í'orítifse parece usted tanto a la enlutada! 

RoJ¿ -Un1tñora%'^^^^^^^^ al colegio cuando yo erapequefjo. 

le^'paTaba'il^ilmpr^^^^^^^ «^^ ^^'^^^^ " 

er... ¿Le molesta a usted que se lo cuente, señoraí 

;?eí encontrar aquel perfume, hasta la "o^í^^^el Elíseo... A^^^^^^^ pasar 
lama vestida de negro, que exhalaba el ^ismo perfume ...t-l suyo 

lAKT.-(Que apenas puede hablar por sus lagrimas.) ¿Y... quena usieu mu 

'^''Rol^^^íAvaS'ani í^on fervor! ¿Por qué llora 

istS?¿Acaso^a conocido usted también a un muchachito como ese? 

Mat -riSí/ose un poco, moviendo la cabeza.) iNol ¡No! 

Rol-fsefeTene dolorosámente.) ¡Ah! /Azf «• L^ego con vo^ sorda sm 
mirarla.) ¡No importa! ¡Usted se la Pa^ece tanto! Mf^diodía 

MAT.-Usted dijo a Roberto qne se había educado en el Mediodía. 

RouL.— Le he mentido. 

Ro"¿7-Me'eTutué en el colegio de Eu, -io"*» »« «¿-j^™^ '« «•""»<""• 
Y nn d¡a que fué a verme no me encontró... iMe habla escapaao. 

^r-ífo SfÜ .o1LVelííí,S2S... Me .«.pé porque me acu«.on d. 
un robo. ¡Y yo no era un ladrón! 

RoJt-L^^quV^^^^^^^ *°^° *°r \?'f hS 

escSíd'an.. YWtimoTue me encontré jué dinero que uno 3e eUc« había 
quitado... Faltaban unas monedas cuando di con el resto, y me acusaron a 
mU ¡Por eso me escapé!... Pero luego ftíj^e pensando que aca^^^^^^^^ 
-«ícanarme- ooraue ella seguramente no lo hubiera creído... ¿Veraaa que no/ 
.scaoarme, porque euase^u creído... En cuanto le hubiese mirado a Ja cara, 
limptde t?da mancha, y a sus ojos francos V »eale«; sin Que usted^^^^^^^^^ 
sola oalabra Y le habría besado una vez más. No debió usted marcnarse. 

RouL -¿Verdad? ¡Estoy seguro! ¡Una madre sabe muy bien cuando su hijo 
la engaña! 

^r-^^?^'¿ f^rS'd^UPaasaJ El aflo pa^do. volví de ocultia 
al colegio de Eu... y vi otra vez el locutorio. 

Mat.— «iVió usted otra vez el locutorio? , ^^^^Ar. 

RoüL -Sí 8Í... Me latía el corazón como cuando era pequeño y había corn^ 
mucho para llegar allí enseguida... Me pareaó que día estaba en el nnco» 



cito de siempre, tendiéndome los brazos silenciosamente. (Rouíetabille no o< 
Matilde que esbo/yz el gesto de tenderle los brazos) ¡Sí, sí!... ¡Era mi madre!,; 
¡Era mi madre! No nte lo dijo nunca, pero yo lo sabía... porque me mandal 
llamarla «mamá> y lloraba mucho cuando yo la abrazaba con fuerza. 

Mat.— ¡Hijo mío! 

RouL.— ¡Ella también me llamaba hijo mío! Pero ¿por qué se aparta usted?.;^ 
¿Por qué se aleja usted si usted no es ella? ¡Se le parece a usted tanto, tanto!. 1 
Dígame usted que volveré a hablarla... ¡No se marche usted! (Matilde se dir^ 
ge a su cuarto, con paso vacilante. Rouíetabille le tiende los brazos, mientrdi 
Ja puerta se cierra dulcemente.) ¡No te vayas! ¡No te vayas!... ¡Mamá! jMamál 
(Cae sollozando en la «chaisse-longue»). ¿_ 

Rouíetabille, Stan^crson, Arturo Ranee, por el foro. A poco, Edith por la izquierda. •■? 

Doc— ¿No está usted mejor?... ¿Le curaron el brazo? 

RouL.— Sí, sí... Esto no ha sido nada... ¿Sabe usted quién era el hombre al 
que yo perseguía? El guarda. 

Doc — ¿Mi guarda? 

RouL.— Sin duda, le he debido desarreglar una cita amorosa. 

Doc— ¿De verdad? Dígaselo usted al señor Larsán, que trata de demostrar 
a nuestro amigo Sainclair que el hombre era Dorzac. ' 

RouL.— ¡Eso es una locura! Voy a impedirlo. 

Doc— ¡A ver si lo consigue usted! (Mutis Rouíetabille por el foro.) 

Doc— Estoy decidido a partir, amigos míos. Mañana por la mañana a pri- 
mera hora, me llevo a Matilde a un sitio que nadie conozca y donde esté guar 
dada por mí solo... Esta es la líltima noche que pasaré aquí. 

Edith.— Nosotros le haremos compañía... No queremos dejarle. 

Doc— Perdonen ustedes. Necesito estar solo con Matilde. (Deja un reoólver 
sobre la chimenea.) 

Edith.— ¡Y con su revólver! 

Doc— Sí... Parece que Larsán no está muy seguro. ¡Oh! Una noche se pa; 
en seguida, con unos libros... Con permiso de ustedes. (Se dirige a la izquie: 
da.) Hace ocho días que tengo aquí todos mis chismes de trabajo (Mutis.) 

Edith y Ranee. 

^üvm.— Atiza el fuego y se vuelve con las tenazas en ta mano.) ¡Arturo! 

kKi.—¿Whatisit? 

Edith.— ¿Y Dorzac? 

Art.— (Señala a la puerta.) Stangerson no quiere volverle a ver. 

Edith.— f^^e levanta y deja las tenazas.) ¡Pobre Matilde! (Va a la puerta de 
su cuarto la abre dulcemente^ mira al interior y se desliza dentro de puntillas. 
Al quedarse solo Ranee, mira rápidamente a su alrededor, se agacha, examina 
los muebles y los rincones. Edith le sorprende en esta actitud al volver del 
cuarto de Matilde con las mismas precauciones.) ¿Qué estás haciendo? 

Art. — Estoy mirando por todas partes. 

Edith.— Ya lo veo, que miras por todas partes. 

kKi.— (Mirando todavía en torno suyo.) Para asegurarme de que no hay 
aquí nadie escondido. 

Dichos y Larsán. Larsán entra en escena por la Izquierda tan bien disfrazado de Stangerson, 
que no sólo los Ronces, sino el público no debe darse cuenta todavía de la situación, el públi- 
co no tiene ocasión d« verle de frente. Percibe sólo de Stangerson el aspccío general, por los 
lados el collar de la barba y los lentes que tree en la mano izquierda, gesto familiar en Slanger- 
son. Bate gesto le permite disimular la fisonomía en el corto espacio que recorre desde la puer-* 
ta hasta la chimenea, casi de espaldas ai público. Lleva en la mano derecha los libros que fué W 
buscar Stangerson, y los deja negligentemente en la chimenea Junto al revólver que se mete en 
el bolsillo. ^ 

Eorm.— Entonces, buenas noches. Antes de la partida nos dirá usted adió9j| 

¿verdad? (Larsán hace iin gesto afirmativo.) 

Art. — (Estrechándole la mano,) ¡Goodby el ** 

Larsán.— /Goofif byel (Mutis los Ranee por el foro. Larsán abre un libro y 

se sienta en una butaca ante el fuego, casi de espaldas al público.) J 

Larsán y Matilde. % 

M\T.— (Saliendo del cuarto.) ¡Papá! (Larsán continúa leyendo. Ella aoanzé 

hasta la «.chaisse'longue» , mira un instante a su padre sin hablar y luego dice:} 

Papá... Es preciso marcharnos en seguida... en seguida... :>^ 



Labsa» -(Se laxmta t X mielee, apareciendo con la cara de Salvador y 
'aS^^^o italiano de Salvador.) ¡Como tú queras! 

;b!«nco* la niá^ar. d>. Salvador; hzi.uruabafbr. .; ^^^^^'¿^gS^^^^S a n,os,rar ,„ care de 
Sd^ rs?r^L"n^rt^:írj^rd.bV;K aueSé un. v.s.6n c.ne.aro- 

}Am. —(Retrocediendo: horrorisada.) ¡Salvador! Coi»aH,.ri 

LARSAN.-fvíoan^a/Trfo. fl/7?e/?aírao'or .y atrozmente burlón.) ,Si, Salvador!... 
ro va sabes que no í'.ay que gritarlo baío techado. 
Mat.-M Wíg voz. u medio muerta de ter-or.) jPapa! ¡Papá! 
LaÍs^n. -rSc'/]a/a/ií/o /u /.ae/-/a izquierda.) ¡Duerme muy a gusto!... ¿Qu,e- 

'MÍ?-íl>omi«a s« espcn/o ^ corre hacia la puerta izquierda.) '^?z^é.\ 
Lars\n -aa detiene, cogiéndola brutalmente por un puno.) J^h.,. bstu 
«cursando ¡No tern.; nada por su ilustre vida! (La suelta, ella retrocede 
TT^mda%nmed¡atamenle se diri^. a la puerta del foro, PefojMrsan^ 
■evenido lle^a antes one ella, la ataja el paso, corre el cerrojo y ¿ice.) ,Sxtn- 
Stü no saldrá- de aquí más que connii-o. (La hace descender bajo el insu- 
de su m^rar/¿ mañana por !a maftana cuando debia. huir con tu ilustre 
ipá? ¿Eh? ¿Y yo? ¿Te habías olvidado de nu? 

Mat -(Delirante.) ¡No! ¡No! jTe esperaba, te esperaba! ^ 

ii LK¡¡J-(Señalando la pue.ta izwUerda.) ¡Vas a turbar sus sueno! (Ge.to 
ImdrSío ; ¡El cloroformo los prop<,rciona muy hermosos (La ha hecho reJro- 
^XU&¿haisse-longu.s^,dLde ella se escurre, t^^¡}f^ ^%"^'^;;^ 
Trp<innh<n nara no caerse Hl, travqui amenté, coge una .sdla y se sienta ¡ren'L 
^^ly^^zon^^^ ¿'antes despacio.) ¿No me preguntas m ngu - 

a nStk a? rS¿ desvia insensioiemcUe su mirada, espantada JiQnemras 
3í?TSras a alguien? ^Quieres presentarme?... Tranquilízate. T,i papa a n- 
sde d^se/ha^dispuesto que riadie venga a "'"IffX^f ••^.|f;Xi oue 
cardados. Mira mi mano... ¡La infame que me qu so matar »..., Ya sabes que 
o SOY tu esclavo! r^e mc/ma hacia ella, insinuante y ella se eche (fása^e 
^tíS /¿Oué es lo que ternes.^ (Brutal.) ¡No tiene, más que hablarme de tu R. - 
Sfo:ytean5a?é^sunombre (Adelantando las manos cris- 

\adas.) 

\ L^^^T^-fr^^rib^^^^^^ demasiado para eso! ¿W^.r^v/. 

íiraTa^a laclümeneL) ¿Qué bus?a« aún? ¿El g^v6!ver? (^.^^^^^^^ bolsüio.) 
,0 tengo en mi bolsillo. No se mata a Salvador Russel asi como asi. 

íír;s.";!-?iSíco!»''He%Tro%ara hablarte de an,or. y rt no me habla, 
nás que de muerte... Cambiemos de conversación. 

!Am.-( Bajando la frente, feroz.) ¿Qué es lo que tu quieres? 
Larsan.— ¡A ti! 

LK¡¿:2-ltLs mi mujer... Mi mujer legítima... La mujer debe se^^^^ 
la marido... Yo te llevaré a donde nunca hayan oído hablar de Salvador Kus- 
sel, y todavía podremos ser dichosos... ¡amor mió! 

Mat.— ¡Asesino! , ^ , ,^^^ . „„ . , , 

hKK^K^.~(Hace un gesto terrible, y luego se contiene) jEso han u.üu!... 
¿Pero qué no se dice? Ya sé que tengo muy mala reputación; nías solo t.e ti 
depende que me convierta... ¿No te seduce, hacer de mi un hombre honr;idu:' 
Mat. -¡Un hombre honrado de Balmayer! ^ „^„„irá 

LARSAN.-rCa/;z6/a«í/o de tono, brutal.) ¡Balmayer ha muerto! Y seguirá 
muerto para todo e! mundo, con una condición... (Avanza, insinuante y galan- 
te.) ¡Que no lo esté para ti! (Quiere cogerla las manos.) .^^..^ei 
Ih^. -(Rechazándole con un gesto de horrible repugnancia.) ,No me toques! 
Lkksk^. -(Brutal, con las manos crispadas enfurecido por ese gesto.) ,Alii... 
iNo me rechaces de ese modo, o no sé lo que haré! 



Mat.— ¡Mátame ya!... |S! es lo que deseo!... ¡Casíígame por haberte coi 
cido! 

Larsan.— Por haberme amado. 

Mat.— ¡Todo me lo merezco por e«ot. .. ¡Pero bien sabes que no es a tij 
quien yo creía amar, sino a otro que jamás ha existido y en quien tú me hicís 
creer! ^ 

Larsan.-^íTü me querías! 

Mat,— ¡Abusaste de mi juventud, de mi credulidad! 

Larsan.— ¡Tu me querías! 

Mat.— Me condujiste a! a!r.ar con mentiras,.. 

Laksan.— ¡Cómo me ¿rnabas! 

Mat. —Has hecho de roí una miserable, que tiembla de horror al recordar el 
pasado, y que no desea mas que jna cosíi: ¡¡Jiorir! 

Larsan.— ¡Pero que iba a voiver a casar.se!,,. He llegn'^'n a tiemjjo, ¿eh't 
(Matilde se deja caer en ei d¡vón; él se desliío cerca de ella.) Si yo te dilt-r; 
que hace dos años que he venido, sia v;i:e supiera.^: nada... Te hu'vi.sío, en 
clonado, pasar del brazo de íu papá, fan honotiibie y tan se*<ura -Je ¡nwüuer^ , 
Aquella encantadora muchaciiiía, se había convertido en !a nu-is hermosa de íaj 
mujeres... ¡Mi mujer! (Se coloca en et áiván, más cerca de ella, que se aleja de& 
otando la cabeza.) jY han querido quitármela!... Ahora que estoy ioco de 
amor... ¡Te quiero! ¡Eres mía! (La coge una mano.) 

M.AT.— (Espantado ) ¡Déjaiue! 

Larsan. — ¡Quieta o llamo! (Acercándose otra oes.) Escúchame, Yo tengc 
un hijo; tú le ocultas y ya ves que nada lingo por buscarle... ¿Qué es lo que t< 
propongo? Te pido humildemente, yo, tti marido, que me dejes quererte en h 
sombra, como un amante discreto... Si accedes, no cambiará tu vida; tu vidü 
honesta y respetada.,. Acuérdate. 

Mat. —(Dando un grito, le arroja lejos de eíla, saloaje.) ¡No me beses! 

Larsan.— (T-V/oío.^ ¿Eh? 

ÍAkt. —(Extraviada.) ¿Y de la policía, no me he de acordar?... ¡De la poli 
cía que vino a prenderte y me trató como a una mujerzuela! 

Larsan. — (En ei coímo del furor.) ¡Ahora no ocurrirá \o mismo, no tengas 
cuidado! (Saca rápidamente un paqueíe del bolsillo y lo desenvuelve febril!) 

IAkt.— (Enloquecida.) ¿Qué vas a íiacer? ¿Qué vas a hacer? 

Larsan. — (Vierte rápidamente el contenido de una boteUlta en un trozo <k 
algodón en rama.) ¡Te preparo un ensueño muy dulce! 

Mat.— Si te he dicho que iré... Te lo juro. 

Larsan.— ¡Mientes, mientes! 

Mat.— Te digo que... 

Larsan.— (Xa coge brutalmente por la cabeza y la mete ei algodón en h 
boca.) Imbécil... ¿Crees que voy a dejarme prender? (Matilde se defiende & 
vano, al fin es vencida y se desvanece.) Vamos; duerme... Eres mía, (La tomt 
en brazos y se dirige rápido a la puerta ojival, donde se detiene registrancH 
sus bolsillos. Luego abre la puerta y retrocede dando un grito.) ¡Dorzac! 

D ichoa y Dorzoc. 
(Larsan ha retrocedido hasta la «chnisse-longuc». Los do» hombres se miden un momenf< 
to con la mirada. Dorzac está contenido P' r ei miedo de tirar sobre Matilde. De pr nto, Larsáil 
abandona a Matilde, que rueda junto a ua mueble, se l«nza, encorvado, como un rnyo sobr 
Dorzac, al que derriba al suelo sujetando e en alto la mano que tiene el revólver. S.>ie el tirfl 
Los dos hombres ruedan por el suelo, lanzando grit ¡s roncos, amenazándose Jadeantes. Si 
oye a! mismo tiempo, en la galería, gente que se prccj ita, que corre, que grita, que empuja 



pue te. Ti do ^ uy rápido. Á! fln la puerta cede, cayendo al Interior donde luchan rnivi os dO 
hombres. Larsan se levanta; pero durante la lucha, de espaldas al público, ha podid . quifar** 
los postizos de Salvador, y aparece aii ra con s i caca afeitada de Lardan. Esta tercera traiMi! 



formación de Larsan ha de hacerse con un arle perfecto.) 

RoB. — (Precipitándose en escena, revólver en mano.) Estaba seguro de qté 
pasaría por esta puerta. 

D ichos, Bdlth. Arturo Ranee, el tfo Santiago, Bernler Rataflutis, Inocencio, dos agrente* # 
pollcí a, Rouletabiüe que viene al frente de todos ellos. j 

LkRS\s.— (Levantándose el primero, con el revólver de Dorzoc en lamaupL 
Prendedmft a ese pájaro de cuenta! (lira el arma sobre un mueble.) % 

Todos. — ¡Dorzac! ¡Roberto Dorzac! 

Larsan,— Esta vez no se me escapará Aquí está su revólver. 



Pop -ÍÁDúvándose en la pared mira a Larsán con ojos de loco.) ¡Larsánl 

LARSAN^^isíímTamigo! ¿Te sorprende, eh? (Los dos agentes se apoderan 

Dorzoc.) 

?.^t¡:'-L"htt ™enS'™ando se llevaba a la seflorita Stangerson por 

Ja puerta. (Señala la ojival.) 
KoB.— iMiserable! 

Larsan.- iOí que no has venido por esa puerta! 
R.^,„ -Responda usted, señor Dorzac... ¡Si es imposible! 

LSs-m'andido la había doroformi^^ notan ustedes el olor 

l&ormo?f:SÍAV5?o«i^toW//^ descubren a Matilde desvanecida, cuyo 
erpo está oculto por ios muebles.) 

Ed'th -^-(Arrodillnndose junto a Matilde.) ¡Matilde! 

Rmr'~ (d7m ) Mam. . . (Se detiene y solloza. ¡Dios mío! jDios mío! 

uS.N - AbelavuertadelaizqJerda.) ¿Y aquí? ¡El señor Stangerson!., 

'aSn^l' (Ihdo^gritan. Larsán los calma.) ¡Cloroformizado!... ¡Nada de 

tímenes iriit í.í ¡E^^la máxima de estos bandidos!/^/ tío Santiago y Bermer 

i^aTen la hobitLción.) Ocúpese nsteá de los enfermos, señora. (A Edita.) 

: o me rcupaíé derpíilronero'' (A los agentes.) En ^^h^^ ;""^^, J-^S 

vista, Rouletabille. (Dorzac y los agentes salen por el foro, taitn y Kance 
üdan de Matilde.) 

RouL. -Hasta la vista, señor Larsan. ^ 

LARSAN.-He llegado a tiempo, iverá^á-^ (Vom marcharse.) 

RouL.-Perdón, señor Larsán. ¿Por dónde ha entrado usted? 

Larsan.— Por la ventana. 

&^í¡E?|ie me molesten las corrientes de aire, amigultol (Sal. por 
I foro. —Telón.) r^ r f\ n IM ^S T O 

ÉfÍJfil Jnocencio y otros periodistas, en una mesita donde toman nota». Los ujieres a les 
uertBS. Numeroso público que comenta los sucesos. ^„,„„K1o 

Uno del púbuco.-¡No hay duda! Dorzac es ei culpable. 

Una del ídem. -Esa no es una razón para ponerme los pies encima. 

Otro.— ¡Vaya un tupé! 

&7RS-NXbi?de usted, sino del asesino. ¿Cree usté que no hay 
nás tupé que el suyo en el mundo? 

'^S'^Qff^o^nitoT^ts^--^ Parece que siento ruido ahí fuera. ¿Será 

^°?Noa-Lo que es como no venga ahora, me parece que ha perdido el viaje 
rS.-(AIos otros periodistas":) ¡Eso es amot; al oficio! Hacer un viaje ito 

por Améri^ca a buscar las pruebas de que el asesmo es otro y Dorzac un ino- 

cente. 

Voces.— ¡Rouletabille! ¡Rouletabille! 

líoc.-'ívImos'^viiíIVSe levantan y se pan ajtavesando por el público.) 

Un VENDEDOR DE PERIÓDICOS. -¿Quién quiere La Noche con el retrato de Rou- 
letabille? (Algunos compran el periódico.) 

Ujier.— ¡Silencio, señores! ¡El Tribunal! 

Dichos, el presidente del Tribunal, los magistrados, el Fiscal, Salnclair (abogado defensor 
de Dorzac), los jurados, etc. Luego Dorzac y Stangcrson. , x j.- « „^í!^^ Q+a« 

PRES.-Sigue la vista. Traed al acusado. Que venga el testigo señor t^tan- 
gerson. Repito al público que no toleraré ninguna manifestación. (Man entraao 
Dorzac y Stangerson.) Continúe usted su declaración, señor Stangerson. 

Doc-Decía, señor Presidente, que después de los últimos acontecimien- 
tos que obligaroTí a la deteririóTi dol señor Dor/PC, ya no es posible ismorar el 



nombre del culpable. Y terminaré mi dolorosa declaración afirmando que si , 
estado de salud de mi desgraciada hija le hubiese permitido aportar su testimí 
nio a estos debates, la señorita Síangerson se hubiera unido a mí, seguranw 
te, para gritaros «¡he aquí el asesino!» (Rumores contradictorios. Voces: 
üerdadh «/ Tiene razón!» «¡Es inocente!» «¡Es culpable!» Protestas.) 

Pres. -¡Orden! ¡Orden! ¡Esta es mi última advertencia! (Silencio absolatc, 
Ai primer grito, al menor murmullo, haré despejar la sala. (Rumores fuera, 
¿Quién grita ahí fuera? 

Saín.— Señor Presidente... Me parece oir el nombre de Rouletabille. Lá 
declaración de este joven sería de la mayor importancia. 

Fiscal.— Haré observar a la defensa que el último paquebot de Nueva Yorfc 
lia llegado al Havre esta mafiana a las siete. Si el testigo de referencia hubierfl 
venido a bordo, podría estar aquí hace algunas horas. 

Fres.— Queda terminado este incidente. (A Stangerson.) Puede usted sen- 
tarse. (Volviéndose hacia Dorzac.) Acusado, ya ha oído usted la acusación del 
señor Stangerson, terrible para usted. ¿Qué tiene usted que responder? 

RoB.— Con profundo dolor le he visto contra mí, dejándose también co; 
vencer por las apariencias... 

Pres.— ¡Las apariencias! Iba usted a llevarse ya a la señorita Stangerso: 
y para eso se escondió usted en la torre. 

RoB.— ¡No, señor Presidente! Me escondí para sorprender a! asesino; 
porque yo logré descubrir que él había pasado ya muchas veces por aquella 
puerta, que creíamos condenada... 

Pres.— Tenía usted tomadas todas sus precauciones para el rapto. Un auto- 
móvil, alquilado en París, le esperaba a la salida del bosque. 

Ros.— jProtesto! ¡Ese auto esperaba al asesino! 

Pres. — Eso es precisamente lo que digo. 

Saín.— ¡Ya veo que el señor Presidente tiene su convicción! 

Pres.— ¿Y cómo no tenerla?... Que entre otro testigo. Haced entrar al ins- 
pector Larsán. 

Ujier.— El señor Larsán. 

Dichos y LarsAn. 

Pres.— Su nombre, apellido, profesión. 

Larsán.— Federico Larsán, inspector de policía." 

Pres.— ¿Jura usted decir verdad en cuanto sepa y fuere preguntado? 

Larsan. — (Levantando apenas la mano derecha.) Lo juro. 

Pres.— Respecto del último atentado ¿no se demostró convenientemente que 
sólo usted y el acusado habían podido penetrar en el cuarto de la señorita 
Síangerson? 

Larsan.— Se ha demostrado, señor Presidente. 

Pres.— Y es imposible que un tercer personaje... 

Larsan.— ¡Oh... imposible! (Larsán y Dorzac se miran fijamente, alta la 
cabeza.) 

Pvtss.—(A Dorzac.) ¿Ha oído usted? (Silencio.) ¿Sí o no? ¿Tiene usted algo 
que decir contra la declaración del señor Larsán? 

Roe. — (Después de un corto silencio.) ¡No! 

Pres.— (04 Larsán.) Puede usted sentarse. (A Dorzac.) Confiese usted su 
crimen. 

Saín.— f5e/eí)<2/i/a/rn7aí/o.^ Señor Presidente, un acusado no es necesa» 
ríamente un culpable. 

Pres.— Cuando se sabe todo lo ocurrido en un suceso... 

Saín.— ¡Es que aquí no se sabe nada! No se sabe siquiera cómo salió el asíé 
sino del cuarto amarillo... Esta defensa esperaba que la señorita Stangersoin 
hubiera podido venir... 

Doc— (Levantándose.) Los médicos han declarado que está en un estadfi 
imposible... ¡Está perturbada, señores! ^ 

Saín.— ¡No, no está loca! Pero está secuestrada, como si lo estuviera. Esto 
es lo que es preciso decir, porque es la verdad. 

Doc— Hemos aislado a mi hija, para que no oiga hablar de este asunto^ 
cuyo solo recuerdo le hace delirar y la mata. 



bAiN.-Han impedido hasta que la cuide la señora de Ranee, su íntima ami- 
i, que le hubiera sido tan beneficioso. 
Doc —¡Para que no hablaran de lo mismo! x j„ 

Saín - Precisamente! Y para que la señorita Stangerson "Of enterera de 
. aue ignora... {de que fué preso el señor Dorzac y de que está en el banqui- 
oTlf. acusados bajo la amenaza de una terrible sentencia. ¡Ah señores! 
o 08 uro que si ella supiera todo ésto vendría aquí inmediatamente aunque 
í estuviese muriendo, y evitaría que siguierais extraviados por el sublime si- 

"RoB.-Prohibo a usted que complique en el asunto a la señorita Stanger- 

^pí£-Lf pr^sfdtnda ha tolerado este diálogo para que no crea la defensa 
lie tiene ningún prejuicio contra el acusado. A juzgar por las palabras del 
bogado defenso?, sólo hay dos testigos capaces de desvanecer las pruebas de 
a cufpabilidad de su defendido; uno, el joven Rouletabille. viaja por America, 
^TK la señorita Stangerson, no puede presentarse a <^ausa del peligroso 
stado dé su salud. (Irónicamente.) Esta es una coincidencia que yo lamento 
OH toda sinceridad, por el digno abogado defensor. 

Sain.-M quien acaban di entregar una carta.) No tanto como yo, señor 
•residente. La prueba es que no escuchando más que mi deber de abogado, 
lue es el de salvar a un inocente, había resuelto acercarme a la señorita Stan- 
gerson... Esta mañana hice una última tentativa acerca de la señora de Ranee 
r ahora mismo acabo de recibir una carta suya donde me dice que ha logrado 
raer aauí a su amiga, y que la señorita Stangerson pide que se la escuche. 

Doc -¡Señor Presidente! ¡Esto es abominable! Mi hija está desfallecida... 
.a menor emoción puede matada... jDelira, señor Presidente! 

SAiN.-Las palabras que se le escapan durante el delirio, y que a usted le 
lacen creer en su locura, acaso sea la expresión de la verdad... Pido al señor 
Presidente aue use de su poder discrecional. 

F scAL -Mf^ uno a 1^ petición de la defensa. Si la señorita Stangerson tuvo 
íuerzas para venir hasta aquí, también las tendrá para declarar. Pido que se la 
scuche inmediatamente. ^ ,„ i 

PRbS.-Ujier, haga usted entrar a la señorita Stangerson. (Rumores.) 

Dichos, Malilde, EdJth, que la sostiene 

Pres.— íQuiere usted acercarse hasta la barra, señorita? (Rumores.) 
M.T ¡Papá!... ¡Roberto! ' .. , . , , 

EoiTH.-r^ Matilde.) Valor, my darling, (Matilde parece proxuna a desfa- 

llecer.) 

üoc — -tLe va a dar algo, señor Presidente! 

Pres -En atención a su estado de debilidad, señorita, no la someterenios a 
an largo y penoso interrogatorio. Si tiene usted algo que decir, aparte de lo 
que ha declarado ante el juez de instrucción, que yo he leído a los señores ju- 
rados, el tribunal la escucha. , „„-.^^ 
Mat -Señores... yo no tengo más que una cosa que decir: que el señor 
Dorzac es inocente... ¡El, haberme querido matar, cuando daña c^en veces su 
vida por la mía!... Ya sé que mi padre le acusa, pero yo juro a ustedes, yo te 
juro, papá, ¿me oyes?, te juro que no es él... ¡Oh, cuando yo he sabido que le 
trajeron aquí, entre los gendarmes, acusado ante el Tribunal... a el, que es el 
me or v el más noble de los hombres!... Le bastaría con decir una palabra, una 
sola palabra, para que todos le pidieran perdón por haber. creído en su crimen. 
RoB. -¡Matilde!... ¡Yo te prohibo!... ^ j- u ^„. v on 
MAT.-¡Ese hombre generoso que todo lo sabe, no ha dicho nada!... Y se 
dejaba condenar por mí, señores; por mí, que le pido perdón... fCce deroüiuas. 
Edith. los ujieres, Stangerson quieren levantarla.) ¡No, no, dejarme asi; ae ro- 
dillas! de rodillas!... ¡He venido para decirlo todo! (La levantan.) 

RoB.— Suplico al señor Presidente que haga retirar a la señorita btanger- 
ion, porqué-delira. , , j r j , 

Fiscal.— La señorita Stangerson, que toma con tanto calor la defensa del 
acusado, ¿no sabe que cuando el inspector Larsán entró en su cuarto la encon- 
tró en los brazos de Dorzac que acababa de cloroformizarla? 



MET.— cffancfO üngrtfó./ \Ko era DorzaCi 

Pres,— Larsán, acerqúese a la barra. 

LkRsxN. -—(Avanza y mirad fijamente en los oj'osde Matilde.) ¿Era él... o 

lAkT.—(Con espanto le reconoce esta vez.) ¡Él!... ¡El! (En voz baja.) 

LkRSMi.— (En voz baja) ¡Y ahora habla si te atreves! (Matilde parece 
Da a desvaneceré en brazos de Edith.) 

Mat.— ¡Sí!... ¡Me atrevo! ¡Me atrevo!... ¡Basta de misterio y de silenciol 

RoB.— ¡Matilde! 

Mat.— ¡Que digan de mí lo que quieran, pero yo hablaré!... Y pido perdí 
a mi padre por este silencio que me ha martirizado durante tantos años, y cu; 
causa he debido confesarle hace mucho tiempo. ¡Sí, papá! Por orgullo de t 
por respeto a tu nombre y tu gloria, tu hija ha sufrido un martirio que ni siqui 
ra has sospechado... Tú que tanto me quieres, ¿me querrás todavía cuando 
lo haya dicho todo, cuando descubra este secreto, que me ha obligado a mant 
ner el nombre de un asesino? (Mira a Larsán con ojos de loca.) 

RouL.— (Desde el fondo déla sala.) ¡El nombre del asesino lo diré yo! (Atrcí' 
viesa la sala como una bomba. Rataflutis e Inocencio vienen detrás con su ma 
leta.) ¡Buenas tardes, muchachos! (A los periodistas que le saludan con efusió! 
desde su mesita.) 

Dichos, Houlctabille, Rataflutis, Inocencio. Rouletabiilc en traje de viaje y gorra, que tiene í 
a mano naturalmente. 

El Público.— ¡Rouletabille! ¡Es Rouletabille! 

RouL.— Perdón por llegar un poco tarde, señor Presidente... Ya sabía qu( J: 
se me esperaba. (Bajo a Matilde.) ¡No tengas miedo, madre, que aquí estoy yo ' 

Saín.— 64/ Presidente.) ¡Es José Rouletabille, señor Presidente! 

Pres.— ¿Ah, sí? ¿José Rouletabille? ¡Ahora verá lo que le cuesta esta bro 
mita! (Se ha sentado. Todos se sientan.) 

RouL.— ¡He entrado aquí como he podido, señor Presidente! 

Pres.— (^ los gendarmes, que se han precipitado sobre Rouletabille y espe 
ran órdenes.) ¡No, no! ¡Déjenle ustedes! (Los gendarmes vuelven a su sitio.) 

RoML.— (Sin mirar al Presidente se ocupa de la maleta que traen Inocencü 
y Rataflutis.) Un segundo, señor Presidente. Es mi maleta. (Dejándola en I 
mesa de las piezas de convicción.) 

Pres.— ¿Con las piezas de convicción? 

RouL.— Está llena... Y ya comprenderá el señor Presidente que no es tí 
calcetines, camisas... 

Pres.— Bueno, bueno. Cállese usted. (Inocencio y Rataflutis retrocede 
hasta el público ) 

hioc— (Alto.) Ya sabes, Routelabille, que si necesitas un testigo, aquí esto 
yo. ¡Yo no he mentido nunca! 

Pres. — ¿Qué dice ese individuo? 

RouL.— ¡Que no ha mentido nunca! ¡Se llama Inocencio! (Risas generales 

Pres,— Adelántese, Rouletabille. Ha interrumpido usted la vista... 

RouL.— Muy poco, señor Presidente... Le pido perdón. 

Fiscal.— Antes de que el tribunal delibere sobre el caso del presente test 
go, deseo hacerle una pregunta a simple título informativo. 

RouL.— Puede usted hacerla, señor fiscal. 

Pres.— ^/l Rouletabille.) No hable usted hasta que se le pregunte. 

Fiscal.— Ha dicho que su maleta está llena de piezas de convicción... Esí 
piezas, ¿se refieren al acusado Dorzac? 

RouL.— No, señor fiscal. 

Fiscal.— ¿Entonces, para usted no es Dorzac el asesino? 

RouL.— No, señor fiscal. 

Fiscal.- ¿Y usted conoce al asesino? 

RouL.— Sí, señor fiscal. 

Fiscal. — ¿Y va usted a decirnos su nombre? 

RouL.— Voy a decirlo todo, incluso cómo salió el asesino del cuarto amarith 

Pres.— ¿Sí? ¿Jura usted decir verdad en cuanto sepa y fuere preguntadc 

RovL,.— (Levantando la mano.) ¡Lo juro! 

PRE8.~Díganos usted, pues, cómo salió el asesino del cuarto amarillo, u 



I 



Isabe que este cuarto estaca cerraao como una caja de caudales; de modo 
el asesino sólo pudo escaparse cuando abrieron la puerta... Forque lo in- 
íabe es que se escapó. 
^ouL.— No, señor Presidente. 

?RES.— ¿Cómo que no? . . ,u ^ *;m^ «..« 

RouL.-Es necesario razonar siempre apoyándonos en el buen sentido, que 
m bastón más sólido que el que usaba entonces el señor Larsan (Moüimien- 
le Larsán.) Se ha demostrado que en aquel cuarto, cerrado como una ca)a 
-ándales, no estaba el asesino cuando se abrió la puerta; luego si no estaba, 
36 podía escapar. (Movimiento de Larsán y Matilde.) 
pRES.-¿Que no estaba? ¿Pero y las huellas de su paso? 
RouL.-Eso es razonar, sin apoyarse en el buen sentido... ,E1 asesino no 
lía estar en el cuarto, y sin embargo, hay que creer que estaba! Esas hue- 
i ¿no pueden demostrar que pasara antes? 
Larsan.— ¡El asesino antes del asesinato! 

PRZs.—(ALarsán.)\k\dihQ.rta.\(Va.) ^^ a • +^i5«^«+<:.i 

RouL.~¡Ah, señor Larsán, otras veces le he visto a usted más inteligente!... 

mprenda usted que sino se encontró al asesino con la señorita btangerson, 

porque había querido estrangularla antes de que ella se encerrana en su 

irto. ¿Me ha comprendido usted?... ^ ^« i^ 

Larsan. -Sí, sí... Es cierto... Tiene usted razón... Ahora es cuando me lo 

iDlico... La señorita Stangerson, sin duda, para evitar un escándalo, ocultó a 

ilo el mundo que la habían querido estrangular unos momentos antes. Ahora 

veo con toda claridad. ^ . . , . ^ a t. a^^\\:\ 

RovL.-rVolviéndose a él bruscamente.) ¡Como si hubiera usted estado allí 

Larsan.— r^//o el cuerpo, mira a Rouletabille que le sostiene la mirada.) 

u lo has dicho, pequeño! . _^ , . . , , 

Pres —¿De modo que entonces fué cuando la señorita Stangerson hirió al 

esino en la mano, y este dejó, al huir, la huella ensangrentada en la pared? 

: RouL.— Eso es, señor Presidente. „,;ii„-i 

Fiscal.— ¿Pero y los gritos de la señorita Stangerson en el cuarto amarillo? 

I RouL.— ¡Pesadilla! Para ella continuaba el asesinato, y ya es sabido que una 

isadilla produce a quien la sufre la impresión de la misma realidad. 

i Pres.— ¿Y la herida de la sien? ^ , . , j j ^..« 

RouL.-¡ Accidente! (Muestra entre tos dedos algo que ha sacado de su car 

ra envuelto en un papel.) 

Pres r'Oué es eso? 

RouL.-iUn cabello! Había un cabello en este asunto, y yo lo encontré... Lo 
Icontré porque lo había buscado... En su pesadilla, la señorita Stangerson 
irribó la mesa de noche, y al caer al suelo se hirió con una esquina del mar 
ol. ¡Allí encontré adherido este cabello ensangrentado! El revólver que esta- 
i en el cajón se disparó con el golpe, y entonces la señorita Stangerson pidió 

* PRES.-Pero, en fin, cuando ella despertó de su terrible alucinación ¿poi 
ié no dijo la verdad? . , ~ -i. 

Larsan.— Eso no hay que preguntárnoslo a nosotros, sino a la señorita 
tangerson. Ella ha confesado que tiene un secreto que descubrirnos... 

RouL.-iNo lo descubrirá! Yo he venido precisamente para evitarla ese do- 
>r. ¡Seré yo quien lo descubra!... ¡Ah, señor Presidente!... Hay miserables que 
3n mentiras y amenazas encuentran manera de deshonrar a la virtud mas 
ura... Imaginemos que la señorita Stangerson ha podido ser víctima de uno de 
sos hombres, y que le teme todavía... El propio señor Larsán nos dirá que 
xisten. , , , 

Larsan.— ¡Es cierto! Y si en este asunto conoce usted alguno que no sea el 
cusado Dorzac, es preciso que nos lo diga. 

RouL.— Lo prometo, señor Larsán, para darle a usted ese gusto. 

Larsan.— Dígalo en seguida, en seguida. , . j . 

RouL.— No tan rápido..'. Y agradézcame usted que no lo nombre todavía. 

Edith.— Señor Presidente..." La señorita Stangerson se ha puesto peor... 

Saín.— Pido al señor Presidente una suspensión. 



Pr88.— Se Suspende la vista por unos minutos. (Se retiran el Tribunal, Im 

RouL.— M Stangerson que socorre a Matilde.) Llévese usted a su hija, sé 
ñor Stangerson, y que no vuelva a aparecer por aquí. ¡Dorzac está salvado. 
(A Larsún,) Hágame usted el favor un momento, Larsán. (Edith y Stangerson 
se llevan a Matilde.) 

Larsan.— ¿Qué tal ese viaje, Rouletabille? „ , ^ , . . .. , 

RovL.— (Mirando al reloj.) ¡Vamos, vamos!... iMárchese usted inmediata- 
mente! Le quedan a usted cinco minutos para montar en el auto que le he pre- 
parado y salir huyendo. Le espera en un rincón de la plaza. Todo lo he dis- 
puesto para su fuga... Márchese y no vuelva... En mi maleta traigo todos los 
documentos, todas las pruebas necesarias para desenmascararle. ¡Márchese, 
márchese! ¿Qué espera usted? . .^ ^ ^ 

Larsan.— Que usted me denuncie. Tengo curiosidad de verlo. 

RouL.— No lo verá, porque va usted a marcharse ahora mismo. 

Larsan.— ¡Ah, bah!... ¿Crees que me vas a asustar, criatura? ¡Me he visto 
frente a otros más poderosos que tú! , . j * j 

RouL.— Va usted a desaparecer, porque vengo dispuesto a todo, a toao, poi 
salvar a Matilde... ¡que es mi madre! ¿Ha comprendido usted? 

Larsan.— ¿Eh?... ¡Ahora me explico tu emoción, tus lágrimas! ¡Tu!... bn 

tonces, yo soy... .^ o . i- i 

RoüL.— ¡Cállese usted!... Y márchese en seguida... ¡Se lo suplico! 
Larsan.— Sí, me voy... No he de negarte lo único que acaso me pedirás i 

en esta vida... ¡Y aún dicen que no hay Providencia!... (Escribe unan palabra. 

en un papel que encierra en un sobre y se lo da.) ¡Toma! Tu amigo Dorzac esti 

salvado... ¡Y ahora perdóname!... Yo te pido perdón por todo el mal que te hi 

causado. 

Rouu— iLarsánl ^ ^ . , _ 

Larsan.— ¡Larsán!... ¡No te atreves a llamarme de otro modo!... iKS v< r 

dad!... Yo no tengo derecho a escuchar de tus labios ese nombre. Adiós. iN 

temáis ya nada de mí... Vela por ella... ¡Yo la amaba tanto!... ¡Adiós, Roule 

tabille! (te mira un momento. Pausa. Se va muy conmovido.) 

RouL.— ¡Adiós! ....*» 

Ujier.— ¡El tribunal, señores! (Vuelve el tribunal, los jurados, etc.) 
Pre8.— Continúa la vista... Que venga Rouletabille. | 

Vjim.— (Llamando.) ¡Rouletabille! (Este va a la barra.) 
Pres.— Nos ha prometido usted revelar el nombre del asesino. | 

RouL.— No sólo traigo su nombre, sino también su confesión, señor Pres ! 

dente. (Enseñando la carta.) 

Pres. — Lea usted. . 

RouL.— (Xa abre y lee.) «Mi querido Rouletabille: Tú me has proporcionad i 

los medios para huir; pero yo no quiero aprovecharlos... Di a todo el mund 

que Roberto Dorzac es inocente. El culpable soy yo.» 

Pres.— Pero ¿quién es el culpable? (Rouletabille va a decirlo, cuando se oi 

dentro un disparo. Matilde llega corriendo.) 

Max.— f Con espanto.) ¡Larsán acaba de suicidarse! 
RovL.— (Al Presidente.) Ahí tiene la contestación a su pregunta. 
• Pres.— ¡Larsán!... ¿Pero, cómo? 
Max.— ¡Delante de mí!... (Rumores y comentarios en el publico.) 
Pres.— En presencia de este suceso Inesperado, de la confesión de Larsan 
su castigo, se suspende esta vista. La causa volverá al estado de sumario, 
Roberto Dorzac será puesto en libertad provisional. (El tribunal se morena, 
el público va desalojando la sala. Pequeña pausa.) 

RouL.— Yo quise salvarle; pero él... .uu^ «,;«• 

MAT.-Se ha hecho justicia. Y tú has cumplido con tu deber. tHijo miol 
|Hi)o m\...(L£ abraza.'- Telón.) 

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18 ALMA DE DlOS.-Arnlchcs y G. Álvarez 
» EL CARDENAL.-L. Rivas y Reparaz 
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18 E. HOMBRE QUE ASESINÓ.-Traduc- 
ción de Antonio Palomero. 

LAS ESTRELLAS.— Carlos Arniches. 

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LA SeÑORITA DE TREVELEZ. — Car- 
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J3 ABEN-HUMEYA.— Fraicisco Villaespesa. 

24 EL SEÑOR FEUDAL.-Joaqufn Dicenta. 

25 LA ETERNA VÍC PIMA.-Felipe Trigo. 

26 JIMMY SAMSON.— Traducción de José Ig- 

nacio á-i Aiberti. 

LÓPiiZ DE CORIA.— Muñoz Seca y Pe- 
ro -; Fernández. 

LA GIOCONDA.— Q. d'Annunzio. Traduc- 
ción de Francisco Villacspeaa. 

PRIMAVERA EN OTOÑO.-O. Martínez 
bierra. 
30 EL CRIMEN DE AVER.-Joaquí» Dicenta 



27 



29 



PAPEL DE LA PAPELERA ESPAÑOLA 



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f 



LA NOVELA 




RANCFORT 

Juguete cómico 
t e t ra 1 i ng ü e 

ORIGINAL DE 

Vital Aza 



JOSÉ ONTIVEROS 



y'yX' 



« h m 



M\o II vvtjdnd 22 de Julio d e 19 17 Ni«. 

La Novela Teatral 

Complemento de LA NOVELA CORTA 



I 




COLABÜRAÜORES 
DRAMATtCÜÜ 

a*l-!»i9a. - 5KW4VSÜTB. - ECHBOABAY.-DlCBNTA. - LlNAffBS RiVAS. - MAKTmM SBMM». 

hLvhosz OuwTBko.- Madquina.-Villabspbsa.-Rusiñol.-GuimbbX.-Hbpabái.-Ohv» 

EL saínete y la HUMARADA 
AíNiCHES. - Paso. - García Alvarez. - Abatí. - Ramos Carbion. -Vital Azx -Hb« 

arSCiH.. - RlCABDO DB LA VbOA. - LOPEZ SiLVA, - ASBIÍSIO MÁS. - CaDBNAS.-CAí 

JÓVENES AUTORES 

TOBBBS DBL ÁLAMO Y AsEN|0,-RAMOS MAHTIN.-PBaEZ PbBNANDBZ. 

Antonk) Domínguez. - Pabauas y Iimbnbz. 
CLASICOS 
C*u>a30N.-L0K DB Vboa.-Mobbto.-Lope de Rubda.-Tibso db Moluía.-F. pe 

5aA»B5PBABB.-RAClNB.-C0BNBILLB.-M0LIEHE.-SCHILLB».-S0UIL0.-S0FOeLBa.- 

des.-Aristofanes. 
EXTRANJEROS 

D'AWWZIO.-OlACOSA.-RoVBTTA.-BllACCO.-ROTAND.-BERSTHEBÍ.-DONNAKy.-HB! 

Tmstan Bbbnabd.-Lavedan.-A. Hbrmant.-Paul Vbber.-Dbscabbs.-Bbibux.-Ibíkp-' 

ACOlBB.-CAPUS.-CUBIEL.-MABIVAUX.-PlNBRO.-SUDEBMANH.-HAUPMANN.-POHTOaSC* 
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OBRAS ADQUIRIIAS 

CÓMICAS 

Qenio y figttra.-Trampa y cartón. -Pastor y Borrego.-Fácar XXl.-La fre 
dg Lafuente.-Las Cacatúas. -Los chicos de la calle. -La sobrina del cura. -La 
teiza.-La casa de Quirós.-El relón de Lucena.-El infiemo.-Los perros de pre* 
tren rápido.-El gran tacafto.-El paraíso. - La divina providencia.-La mar »a¡i 
López de Coria.-Las cosas de la vida.-Mi Papá.-Gente menuda. -Alma de Di 
El pobre Valbuena. - Las estrellas. - Noche de Reyes, etc. 
DRAMÁTICAS 
m Ad<8tko.-El Cardenal. -Los Semidioses.- Primavera en otofio.-El sefior F 
AHfora. - Daniel.-El lobo.- Sobrevivirse, etc., etc. 
lEXCLUSIVAS 
Coatamos con las de los autores s^iente», para publicar sus melorcs obr as 5 

Olcenta. - ArtMches. -VUlaespesa. - Paso. Abati.earcia AKarez.- TTluftoz Sec*. 
TaoiNHén cnramíM ctw o^iras de QaJdós,-Echeqara^-Bena»«>te.-6ulf»*'í. -Qui»<«^ 

Preck) de números atrasados: 

SmieHto 30 eéníimos. — Exrraordinflno. 'M) cénUi 



No M admllai aascrlpctoaM. 
Olrilno fciioiioopoiiilmimo al athaioIrtraiiT tkmUk m€¥EUk C6OTA 



FRANCFORT 

'juguete cómico TETRALINGÜE en un acto y EN PROSA 

•naiiui. DB 



PüRSONAiea 

JÍÍA ROSA I MR, CLBRMONT ( CAMARERO 

DN^POUCARPO i PBWTO | CABALLERO GORDO 

La acción en Francfort s. M.— Época actual: Ea el rtes de Mayo. 



(Todo lo cfutt ac habla en alemán va escrito con la pronandaclón oproxtanada.) 



ACTO ÚNICO 

lia baio de un hotel de tercer onfen en P^ncfort Pnerte al foro con el atmcro 23. SU lo te- 

quierda, dos puertas con los números 21 y 22, En primer término derecho (del actorl entra- 
da a la sala. Bn sejfundo término derecha, un lavabo circular con palangana y cubo, sin jarro. 
Dos mesifas en los primeros términos derecha e izquierda. Dos sillas al lodo de cada mcsl- 
ta. Un sofá en el foro derecha y una mesa y dos sillas en el foro izquierdo. En las paredes 
carteles de ferrocarriles alemanes; aimncios de distintas marcas de cervezas y cuantos de- 
talles ec le ocurran al director de escena.— Es de noche— Del centro del lecho pende un apa- 
rato de luz eléctrica. 

ESCENA PRIMERA 

omarero, Caballero grordo. Lnego, Pepito. El Camarero puede vestir de frac y m^or eon una 
laquetllla corta con solapa de smoking y ligeramente entallada. Completamente afeitado y con 
íluca rubia. El Caballero gordo, de cuarenta a clncuenfa afios, muy coloradote y con gran 
jrba rubia que le cubre la ml'.ad del pecho, usa cubrepolvo largo y gorra alemana de plato con 
ísera de charol. Fumo en pipa. Al levantarse el telón, el Camarero estará en la puerta segun- 
\i izquierda, número 22, hablando con alguien que se supone dentro. El Caballero gordo scn- 
ído en la silla número 4, apura el duodécimo bock y sigue leyendo un periódico alemán, mes- 
ando la mayor indiferencia a todo cuanto pase en la escena. Sobre la mcsita habrá, formando 
ila, once platillos correspondientes a los bocks anteriores. El bock será grande, de barro y 
3n tapa. De este modo el artista podrá figurar que bebe grandes cantidades de cerveza stn lá- 
tigo para su estómago. 

Cam.— «Ya máin jer.— ¿Vi ságuen si?— Nain.— Lasen si niij nar majen.- 
^a! ¡Ya!— Shláfen si vol, máin jer». (1) (Medio mutis.) 
Cab.— «iQiiélner!» (2) 
Caía.— (Acercándose.) «¿Vas ferlanguen al?» (3) 

(1) SI, seflor.— ¿Qní dice nitíed?--No.— Yo me asearlo dn »u Maoío.—Sf, 8!.~'Qnt twf«d 
escanse, señor. 
Í2) jCamarerol 
69 iQnat dcaea usted? 



i, 

nozco a este Camarero f^en^^co^^ (Reconociéndole 

^»-_.Va.'íHaben si «" g™Y'|ifpite., (8) rfn '«/«if '^'""'■^ 
^-■-:?«»oSJaP«-S.; «Gut. iVifffl c6ste«. (9) 

SHSK)??U a .« ..«.. .--.; Pueae. ue..» pa,. 
que aquí hay habitación. 

ESCENA, n 

^roimn acento calnlín. Mondeía tamb 

^ r^nmtfú de la conüersacm 

MuN.-Pero, por D «s, mama. ( tje^de. . ^ 

catalán que ya sabes Q^^ Peínto^no '« ^¿„ y „,e aguanto. ^ 

otro boclc. 

Con n.ucho gusto, 8e««>y- 

Buenas noche». "!P«f !l^c6mo eaté ustedV 

Buenas noches, seRor.— ¿'-on»" •« 

Bien. ¿Cuánto cuesta? 



¿Por día? 

Sí. 

C5nco marco». 

Buenas "noches, scOerltaa. 
Vengo en aeguMo. 



Rosa.— Perdone, don Papita; pero créame que no lo puedo remediar. Hase 
: mes que estoy en Alemania y se me sale el catalán por todas partes. El 

orna de aquí no hay quien lo deprenda. 

Pep.— Pues Mundeta ya habla algo. 

Rosa.— Grasias a ese librito; pero yo en el mes no he aprendido mas que 
desir «tanque». 

MuN.— No sabe usted cómo se puso mamá el primer día que me oyó llamar 
roilain». 

Rosa.— Naturalmente. 

Pep. — «Froilain», es señorita. 

Rosa.— Es que yo creí que la llamaban Froilana, y dije en seguida que se 
¡maba Mundeta. (Entra el Camarero con el bock con un platillo que coloca al 
do del Caballero gordo.) 

Cab. — «Tanque». 

Cam.— «Guern guésen», {X)(Vase por la derecha.) 

Pep.— Es célebre su mamá de usted. 

Rosa.— ¿Tenemos o no tenemos habitasión? (Doña Rosa y Mundeta se te- 
mían.) 

Pep.— Sí, señora. Afortunadamente hay ésta. Ya les he dicho que este es 
!i hotel de tercer orden, pero la habitación es bastante buena. 
' Rosa.— (Mirando en el fondo desde la puerta.) Sí, no es mala. 

MuN,— Y aunque lo fuera. Una noche se pasa en cualquiera parte. 

Rosa.— Mire vosté que hemos recorrido fondas sin encontrar dónde me- 
mos. 

Pep.— No le choque a usted. (2) Francfort está estos días de bote en bote 
in motivo de las fiestas de los gremios. Es una población preciosa. Mafiaia 
s llevaré a ustedes a «Palmen Garten». 

Rosa.— A donde nos va a llevar mañana es a la estasión. (Sentándose en la 
üa número 2.) 

Pep.— Pero, señora, ¿tan pronto? Deben Oiíte'Ies quedarse aquí cuatro o 
neo días. 

MuN.— Pepito tiene rasón. 

RosK.— Papita tendrá rasón, pero nosotras no tenemos dinero. 

MuN.— Mamá, por Dios. 

Rosa.— Sí, hija, sí. Las cosas claras. Mh-e oosté, don Papitu. (Leoantándo- 
'.) A Dosté no le conosco más que desde hase unas horas; pero en cuanto le 
, dije: este muchacho es molt desent y me inspira molta confiansa. 

Pep.— Gracias. ¡Qué alegría sentí cuando al subir al tren me encontré con- 
le eran ustedes españolas! 

IVluN.— Yo también me alegré mucho de que fuese ustet un compatriota. 

Rosa.— Y yo. A mí los estrangers no me agradan. Son molt sosos. 

MuN.— No todos. 

Rosa.— Y no se les entiende. A ésta le disen muchas cosas; pero yo no sé 

son piropos o insolensias. 

MuN.— Piropos, piropos. 

Ro&h.— Vosté me es molt simpático sólo porque es español. 

Pep.— Lo celebro. 

Rosa.— E« llástíma que no sea oosté catcdá. 

Pep.— No he podido remediarlo. He nacido en Soria. (El eabdUero gordOt 
espués de apurar el bock, se retira a su habitación número 21.) 

Rosa.— Ya le habrá dicho Mundeta lo que nos ha pasat, porque ustedes han 



il! 



1) No hay de qué. 

Derecha del actor. D oña Rosa— Pepito— Miuuieia. 



1 

" |r€fya . ,.e .os.. u„ tnfeHs, .a^os, u„ ea.aUe.o; pe.o a. 
chiSTe'hlSo iostémo^liS'rSesie^a en la silla número 3.) 

F-|S«Í- .a..¿tsrasWo^-^r.e« 
Ros».-Esta es roa" „g se nesesita es corasen. ¡ ¿^ corasen. E: 

Para ser artista, le primero q ¡gg^ente: el *e"e! i?" corasón raottgor 

Í3ta, y a ™ "J,f ™ „ deSa sW?; «S'^Sépomue^f bailar me datar. 

^/efSreJ^Í^-íioTWese-^^^^^^^ 

Snks sof<Któones que nre m^^^^^^^^ en Granollers. 

l¿^-3Síi¿- Bs »a artista .epr>mera. .Vo..no,a. 

P^Tu"%el género chico. 

P--I?' Semés, baila flamenco como una andalusa. 
E^frtWSSfeLsoia. 

^'o^^n^faSés ™ esp^^Jp- -*?Jf.a a contratar. 
^e";-,&''sa?eUQué'ma. ouisiera y^ ,esirle. 

^'es;.-^omo bof a eTpt^^e2"íecS Uhas cosas. 
P«f r Ya me ha dicho %l' algunas. 

seirra^dSp°Sosempresar,os. 

^R^c^;;:±£oTenosha..^«.a,u.^^^^^ 
„,^^,^;;ÍSer'^¿ft¿o-^^^^^ puede ser n. 

Z c^besa. Una compama del gen ^^ 

^^c n Ins ocho ciías ae \m^<^} > - ^ 

PEP.-Era natura . . ^^ las mamas tuvieron que salir 



O) 



p^üO-J3flñ« RoM-íAuadcí*. 



fose.) ¡Pero ésta! ¡Esta era el delirio! Hasía un alboroto. Una noche en... en... 
Cómo se llama esa poblasión? 

MuN.— Heidelberg. 

Rosa.— ¡Eso! En... Ahí, la tiraron a ésta más de veinte canastas en flores, 
«n canastas y todo. Y la semana pasada en... en.. 

MuN.— En Dillenburg. 

Rosa.— No, puedo, vamos, no puedo con esos nombres. Pues... ahí le tira- 
oñ en su beneficio cajas de dulses, palomas y hasta una gallina de Guinea 
¡on sintitas, que nos h comimos en papitorta. 

Pep.— ¿Y a usted no le tiraron nada? 

Rosa.— A mí no; pero a la madre del tenor cómico le tiraron una botella de 
ervesa, que por poco la matan. 

Pep.— ¡Qué otrocidad! Protestaría el empresario. 

Rosa.— No me hablé vosté de ese pillo. Hase tres días desaparesió sin pa- 
itarnos tres desenas. Le digo a oosté que es un granuja, un sivergüensa, un... 
¡'Sentándose en ía silla número 2.) (1) 

\ MuN.— Varaos, mamá, no te disgustes, porque la cosa ya no tiene remedio, 
^cr fortuna teníamos para el viaje de vuelta. 

í^osA.— Sí; lo preciso nada más. Ya he echado mis cuentas, y no tenemos 
nás que para llegar a Port-Bou. Allí tengo yo un cuñado. Ya estoy deseando 
^erme en la frontera. 

i Pep.— Pero, ¿para qué esas prisas? Descansen ustedes unos días. Hay que 
i/er la población. Yo les acompañaré a ustedes a todas partes. 

MuN.— Sí, mamá, debemos quedamos. 

Rosa.— No, hija, no Yo conosco a don Papitu. Es molt delicado y no va a 
jermitir que paguemos nada. 

Pep.— (¡Qué larga es esta señora!) 

MuN .--¿Sería usted capaz de acompañarnos a Port-Bou? 

Pep.— No digo a Port-Bou. ¡A Port Arthur la acompaño yo a usted! No sa- 
jen ustedes todavía de lo que yo soy capaz. ¿Quieren ustedes tomar algo? 

Mun,— No, muchas grasias. ' 

Rosa.— Ahora no. Más tarde señaremos. Tengo el estómago estropeao con 
sstas comidas alemanas. Un mes comiendo compota de ciruela hasta en el des- 
ayuno, no hay quien lo aguante. Estoy ya encompotada. 

Pep.— Ya verá usted, Mundeta, lo bien que ¡o pasamos estos días. 

Mun.— Sí que lo pasaremos. 

Pep.— ¡Simpática! (Aparte.) 

Mun.— ¡Antipático! (Con zaíameria. Siguen hablando.) 

Rosa.— Y usted, don Papitu, ¿qué hase aquí? 

Pep.— Pues... ya lo ve usted. Darles un ratito de conversación. 

Rosa.— No es eso. Digo que ¿qué hase oosté aquí, en Alemania? 

Pep.— ¡Ah! Pues he venido hace un año a perfeccionarme en el idioma y a 
estudiar una industria. 

Rosa.- ¿Cuál? 

Pep.— No lo sé todavía. No me he decidido por ninguna. No tengo prisa. 

Mun.— Tiene un tío muy rico que le costea los estudios. 

Pep.— Mi tío Policarpo, uno de los hacendados más ricos de Soria. Me gira 
todos los meses el dinero que le pido. 

Rosa.— ¿Sí? (Leoantándose y yendo hacia ét.) Pues nos quedaremos, nos 
quedaremos unos días. 

Pep.— Así me gusta. Son las nueve y media. Ustedes necesitan descansar. 
Volveré mañana temprano. 



(1) Doña Roaa— Pepito— Móndete. 



I 



Rosa— </V^os/l^ se queda también en este hotel? ^a^„„ 

Pep.— No, señora. Yo siempre que vengo a Francfort duermo en casa de un 
íimiffo. Les llevaré estos líos a la habitación. (Coge la manta y la maleta.) 

MuN.— Sí, nos arreglaremos un poquito. ¡Qué barbaridad! La cervesa que 
ha bebido ese caballero. (Contando los platillos) ¡ Trese boks! 

Rosa.— Así está él, que párese una tinaja. (Recoge penosamente la maleta, 
la cesta, la caja, la manta y el saco.) , a- - \ ^..^i»n^ 

Pep.— ¡Ea! Pasen ustedes. Si necesitan algo, yo se lo dire al Quelner 

MuN.— ¡Quiá! Si tengo este librito que es una alhaja. Verá usted. ¿C^ue ne- 
cesito el desayuno? Pues... (Hojeándolo.) Aquí está: Desayuno. «Das trustuk». 

Pep.— Muy bien. 

MuN.— Pan tierno. «Frises brod». 

Pep.— Perfectamente. 

MuN.— Café con leche. «Cáffmit sane». 

pEP.~¡Admirable! 

MuN.— Si con este libro se las arregla una muy bien. ^i,»i^*oc a^ 

Rosa.— Sí, muy bien, pero el otro día en un restaurante pediste chuletas de 
ternera y nos trajeron atún escabechado. 

MuN.— Porque había saltado dos renglones. ... 

Pep.— No tiene nada de particular. Pasen ustedes adelante. . 

MUN.-64 PepUo, leyendo el libro.) ú) verde m ferguesen vas si fur mi) 

guetan jáben» (1). ,^^ „ . - » 

Pep — «Ij bin inen ser ferbunden» (2). (Los dos se ríen.) 

Rosa.— (¿Qué se habrán dicho estos dos?) (3) 

Pep.— Usted delante, señora. ¡Pitet 

Rosa.- ¿Que pite yo? (Asustada.) 

MuN.— Que hagas el favor (4). ^^3 v« u« ««i+oHa 

Rosa.-í Ah! (naciendo una reoerencia.) Tanque ¿Ve oosté? Ya he soltado 
todo el repartorío. (Riéndose se le cae al suelo el saquitode ^o.) 

PEP.-f/l Mándela.) ¡Lo que nos vamos a divertir en Francfort! (^ 

RosZ-(Recogiendo el saquito y dirigiéndose a Pepito, creyendo, que e& 
Mundeta.) (¡Nos paga el oiatje!) 

PEP.-¿Eh? 

MuN.— [Mamá! . , ., . 

Rosa.— f/1 Mundeta.) ¡Nos paga el oiatje! 

MuN.— ¡Vamos, vamos! 

PEP.-iPas'en ustedesl (Vanse los tres por el foro, cerrando ta puerta.) 

ESCENA m 
Mr. Clermont. Laego Pepito. 

Cler —(Dentro.) «iQarcón!» ¡«Garlón! (Entrando con una maleta ymant 
de Jtó/Í) «¿mSs St-cL^'íl n'y á personne ici? ¡C'est épatant ?a! (De,atos ítQ 
en el suelo.) «\Garcón\» , . , 

Pzp.- (Saliendo del foro.) ¡Buenas noches V^^cansar! 

CLEK.-(Vobiéndose.) («¡Tiens! jMais oui! ¡C'est don Pepito!») 

(1) No olvidaré nunca lo que usted ha hecho por mi. 

(2) Quedo I usted muy agradecido. 
(») Dofia Rosa— Mundeta— PepUo. 
(4) Mundeta— Dofla Roaa— Pepito. 
(f^ Pepito— Dofla Rosa— Muodeta. 



Pep.— Hasta mañana. (Cierra la puerta.) 

Cler.— ¡Don Pepito! 

Pep.— ¿Eh? jMr. Clermont! (Abrazándole.) ¿Usted por aquí? (1) 

Cler.— Vengo de llegar a Francfort hase un momento. Yo le creía a usted 
ti Wisbaden. 

Pep.— He salido anteayer. Ya sabe usted que yo ando siempre de acá para 
iitt» 

Cler.-— jAh! ¡Sí! ¡Ya sé! ¡Las «industrias!» ¡Buen tunante está usted! 

Pep. —Se hace lo que se puede. 

Cler.— ¿Qué tal aquella rubita tan «romántica»? 

Pep.— Ya hemos concluido. Después de esa he tenido otra novia. Una flo- 

» preciosa. 

Cler.— «¡Clago!» Ha venido usted a perfeccionarse en el idioma. Usted 
prende el alemán con institutrises. 
; Pep.— Ahora me dedico a una española, 
í Cler.— ¡Hombre! 
! Pep.— Una artista lírica, 
I Cler.— ¿Una «agtista?» 
I Pep.— ¡Una mujer encantadora! Ahí la tengo. 

Cler.— ¡Ah! «¡Pícago!» 

Pep.— La he conocido en el tren. Estará aquí cuatro o cinco días, v luego... 

CLER.—Luego ¡a otra! 

Pep.— ¡Quién sabe! Según caigan las pesas. Ya se la presentaré a usted. 

Cler.— Tendré un gran plaser. 

Pep.— ¿Estará usted aquí muchos días? 

Cler.— ¡Oh, no! Unas «hogas» nada más. Voy a Darmstadt. Y en cuanto 
abré terminado «mon affaire», mi «negosío», a París, y luego a España, a la 
^ndalusía. 

Pep.— ¿Sigue usted sin saber alemán? 

Cler,— «¡Jamáis!» (Con graoedad.) Aquí no hablo más que francés. Si me 
ntienden bien, y si no me entienden que lo aprendan. «Le fran;:ais c'est la 
ingue universelle». 

Pep.— Para los franceses. 

Cler.— «¡Et pour tout le mond! 

Pep.— ¡Vaya con el amigo Clermontl (Abrazándole.) 

Cler.— ¿Y su tío de usted? Porque usted me ha contado de un tío suyo... 

Pep.— Mi tío Policarpo, 

Cler.— «¡C'est pa! ¡Policarpo! ¡Policarpo Mansanos! 

Pep.— ¡No! ¡Perales! 

Cler.— ¡Ah! «C'est vrai». Como usted: Pepito Perales. Yo recordaba algo 
le fruta. ¿Y sigue el hombre mandando su dinero? 

Pep.— Todos los meses. Es muy bueno mi tío. Hace pocos días tuve un apu 
¡lio, y le puse un telegrama diciendo: «Estudio industria celuloide. Para análi- 
lis necesito seiscientos marcos. Remita fondos.» 

Cler.— ¿Y se los remitió de seguida? 

Pep.— No, señor, pero los remitirá. Cuando vuelva a Wisbaden tendré ya 
a carta-orden. 

Cler.— «¡Oh, le fripon!» Usted con esa «caguita» de infelís está un pillo muy 
;ordo. 

Pep.— Se hace lo que se puede. Conque adiós, Mr. Clermont 

Cler.— Yo me acostaré un pequeño momento. Estoy fatigado. Pero «¡ca- 
ramba!» ¿En este hotel no hay camareros? ¡«Garlón»! 



O) Pcpito-Ctcnnont 



Pep.— Yo le llamaré ahora al salir. 
Clf-íc.— Haga usted el favor. 

Pep.— Que usted descanse, amigo Clermont. .... ,,/„„^ nu 

Cler.— ♦lAdieu», don Pepito, «au revoir!» Que usted se divierta. (Vase tu- 
rnio primera derecha.) 

ESCENA IV 

Mr. Clermont. Luego dcfia Rosa. 

CLER.-«tOh, la jeunesse! iLa jeunesse et l'amour! iVpilá le complementi 
III m'a dit c'est une artiste! i Je vais voir!» (Se acerca a la puerta del foro.y 
«¡Elle doit étre charmante! » riV/ra/i</o por la cerradura.) «¡Je ne vois ríen, 
¡Rien du tout!» (Se abre de pronto la puerta y aparece dona Hosa.J 

Rosa.— ¿Eh? (Casi tropezando con Clermont.) . ^ ,. v* -a 

Cler —¡Ah' «¡Pardon!» («¡Oh, mon Dieu!») Me he equivocado de habitasión. 

RogA —¿Parla oosté castellaa Me alegro. ¿ Vosté no es alemán? 

CLER.-iOh; no! ¡Yo estoy francés! (Con orgullo.) ^ , . 

Rosa.— Ya se le nota en el asiento. No tiene oosté can de alemán. 

Cler.— Y usted tiene cara de artista. 

Rosa.— Qrasias. (¡Aún se me conose!) 

Cler.— Ya me ha contado don Pepito.., 

Rosa.— ¡Ah! ¿Es oosté amigo de don PapitaP -u, . a v„ «a 

Cler.— Viene de hablarme hase un momento («¡Oh, ees terrible!») Ya se 

que han venido ustedes juntitos. . ^ j ^ m^ t,oKío ^i 

RosA.-St, señor, hemos simpatisado mucho. Con su permiso. Me había ^ 

vidado la toquilla. (Recogiéndola de. la süla número 1.) Bona nit, digo, buen^ 

noches. 

Cler.— «¡Bon soir, madame!» , ^ » 

Rosa.— ¡Adiós, monsiú. (Vase doña Rosa por el foro.) ^ 

CLER.-«¡Mais ce n'est pas possible! ¡Oh, la )eunesse! ¡La jeunesse et la, 

vieillesse! ¡ Voilá le complement! (Aparece el camarero por la primera derecna.^ 

ESCENA V 
Mr. Clermont y Camarero. 

Cam.— «Gúten aben, máin jer». 

Cler.— «Bon soir, garcón». .; 

Cam.— ¡Ah! «Pardon. Bon soir, monsieur». _, ^ . . ., 

Cler.— «¡Dites done! ¿Est-ce qu'il n'y a pas de chambre ici?» 

Cam.— «Oh, non, monsieur. Nous sommes au grand complet». 

Ci^t-R.— «¡En fin, je couchet-ai lá!» (Sobre el sofá.) 

Cam.— «Comme vous voudrez». 

Cler.— «Je suistres fatigué». 

Cam.— «¿Vüulez vous quelque chose?» 

Cler.— «Mer9i. Rien du tout». 

Cam.— «Bon soir, monsieur». u„..^„, 

CLER.-«Eon soir, garlón». (Vase el camarero por la derecha Ufúní 
él bock del caballero gordo, desoués de dejar el platilio sobre la pila.) «bn 
voila mon lit». (Se acuesta en el sofá poniendo lo manta a modo de almona 
Tararea por lo bajo un couplet francés.) «Je dormirai malgre tout». (f05íe- 
do.) «¡Ah! ¡Que j'ai done sommeil!» (Se duerme tarareando el couplet. ¿íi 
pausa.) 



ESCENA VI 
M.r Clermoiit y doa Pollcarpo, con maleta, sombrerera y manta de víale. 

—(Dentro.) ¿Por aquí, eh? Gracias, muchas gradas. (Entrando.) hie 
:)arece que me ha dicho que por aquí. Pero, ¡qué suplicio pasa uno cuando no 
:;onoce los idiomas! ¡Qué barullo en aquella estación! Si no es por aquel hom- 
¡retón, que debía de ser agente de orden público, que me acompañó hasta este 
lotel, me parece que me quedo a dormir en el andén. (Coloca los bultos sobre 
'a mesa izquierda del foro.) ¡Cuidado que es difícil el alemán! (Ronca monsieut 
^krmont.) ¿Eh? Roncar, roncan en español. Bueno, ¿y qué hago yo ahora? (Se 
■sienta en la silla numero 3.) ¿Cómo pido habitación? ¿Y a quién? Si aquí no hay 
ladie. En París me las arreglé muy bien, gracias a aquel comisionista que ha- 
blaba francés. Pero ¿aquí? Bien se lo dije a Nicolasa: «Mira, mujer, que yo no 
le salido nunca de Soria; que en Alemania, hasta encontrar a mi sobrino, voy 
i pasar las de Caín.» ¡Y ya las estoy pasando! Hace tres horas que tengo una 
ied horrorosa. En la penúltima estación pedí agua y me dieron cerveza, que es 
ma porquería. Para mí la cerveza es como el agua de Loeches. Se puede tomar 
:;omo medicina, pero lo que es por gusto... (Otro ronquido de Clermont.) Anda, 

lijo, que bien "^^ -"--"^ '^ ~ 

camareros? 
ie uno. 



cma, pero lo que es por gusto... (Utro ronquido de Clermont.) Anda, 
¡en te desahogas. Pero señor, ¿en los hoteles de Alemania no habrá 
' (Leoántandose.) ¡Ah! ¡Vamos! (Mirando primera\derecha.) hh\ vie- 



ESCENA VII 
O ichos y Camarero. 

Cam.— «Gúten aben, máin jer». 

PoL.— ¿Eh? 

Cam.— «¿Vas ferlanguen sí?» (1) 
PoL.— ¿Cómo? 

Cam,— «Sprejen si doích?» (2) 
PoL.— Si no entiendo ni una palabra. 
Cam.— «Du yu spik inglis?* (3) 
PoL.— ¿Pero qué dice ese hombre? 
Cam. — «¿Vous parlez franpaise?» 
PoL.— ¿Francés? No, señor. 
Cam.— «¿Paríate italiano?» 
PoL.— Italiano tampoco, no señor. Soy español. 
Cam.— «Spanier». 

PoL.— Español. ¡De España! De Quintanilla, provincia de Soria. ¿Usted no 
la estado nunca en Soria? 
Cam.— «¡Ich vertheem nisch!» (4) {Medio mutis.) 
PoL.— ¡Y se va! ¡Oiga usted!... ¡Eh, joven! (Cogiéndole del brazo.) 
Cam.— «¿Vas ferlanguen sí?» (5) 
PoL.— ¡Y dale! ¡Si ya le he dicho que no lo entiendo! 
Cam.— «¡Náin! ¡Náinl» 



¿Qué desea usted? 
¿Habla usted alemán? 
¿Habla usted inglés? 
No comprendo. 
¿Qué deaea naud? 



PoL.— (¡Qué cara de estúpido pone este hombre!) Mire usted. Ante todo, 
lo que yo quiero es beber. ¿Me comprende usted? {Beber agua! (Indicando con j 
la mano ía acción de beber.) 

Cam. — «lYa!» 

PoL.— iGracias a Dios! (El Camarero saca del bolsillo una lista de bebidasl 
y se le da a don Policarpo. (Leyendo.) «Daz gertrant.— Bier— Braumbier— I 
Northanjerlitor.» Pero, ¿qué me da usted aquí? (üeooloiendo la lista.) ¡Si yo loj 
que quiero es agua! (En voe alta.) ¡A... gu... a!... ¡Me parece que lo digo muy [ 
claro! 

Caía.— *Ya, mam }er». (Vase primera derecha-) 

PoL.— Creo que me ha llamado mujer. Pero me ha comprendido. Se le co-Í 
nocía en la cara. Buen trabajo me ha costado. Decididamente, mañana tomouii|f 
intérprete cueste lo que cueste. 

Cam.— (Entrando con un bock grande de cristal lleno de ceroesa.) «Hir Haj 
das bráumbir>. 

PoL.— ¿Cerveza? ¡No, hombre, no! ¡Si no es eso! (¡Pero qué torpes son estoel 
extranjeros!) Lo que yo quiero es... (Buscando el modo de explicarlo.) Venga! 
usted acá... (Le Ueoa de la mano Junto al lavabo.) ¡Agua! ¡Lo que se echa aquit| 
(En la Jofaina.) 

Cam.— «¡Ah, ya! Vaáser». 

PoL.— ¡Sí, hombre, sí! ¡Un vaso! (Vase el Camarero con el bock.) ¡Por ffnl 
nvos hemos entendido! Compadezco a Pepito. ¡Lo que habrá sufrido la pobref 
criatura hasta comprender a esta gente! (Ronca Cíermoiit.) ¡Atiza! ¡Qué fell-l 
cidad! Hay personas que en todas partes se encuentran la cama hecha. (EntraX 
el Camarero con el Jarro del lavabo y vierte el agua en la Jofaina.) ¿Eh? ¿Perol 
qué hace ese animal? Ha creído que le pedía agua para lavarme. I 

Cam. — «¡Vaáser!» (Con gravedad y como diciendo ahí queda eso. VaseconX 
el Jarro O 

Pol.— «¡Vaáser! (Imitándole.) ¡Bueno! ¿Qué le vamos a hacer? ¡Beberé 
la jofaina! (Se dirige al lavabo.) ¡Qué vergüenza! ¡La postura no puede ser m&l 
humillante! (Bebe inclinándose sobre la Jofaina y haciendo mucho ruido con /¡el 
boca.) Y todo por no saber idioma. ¡Ea! ¡Otro traguito! (Al beber por segumkX 
ves da un fuerte ronquido Clermont y don Policarpo se asusta.) ¡Qué atrocH 
dad! ¡La sed que yo tenía! (Limpiándose con la toalla.) ¡Pero es claro! (Bo^ 
al primer término.) He venido desde París comiendo pastelillos de hojaldr^| 
Tuvo la culpa el comisionista. «Llévese unos cuantos pasteles para el viaje,;j 
así no necesita usted salir del coche.» Y, efectivamente, me he comido lo 
nos tres docenas, y todavía me quedan estos para cenar. (Abriendo la me 
que tendrá sobre ía mesa del foro.) Mañana indigestión segura. Si aquí no 
manera de pedir nada. Yo tomaría ahora una sopita de ajo, pero si las piáM 
¡Dios sabe lo que me darán! Son muy brutos estos camareros... Lo malo es licl 
tener dónde dormir..., porque yo no soy como ese. Yo necesito cama y bietl 
mullidita. Voy a preguntar... No van a entenderme tampoco, pero, ¡qué le vu 
mo8 a hacer! No veo timbre ni campanilla... Llamaré con las manos. ¡Mozi^j 
(Dando grandes palmadasj iMozoI (Ea la pueria de la derecha.) 



ESCENA VIII 

Mp. Clcrmont y don Pollcarpo. 



cSr «S i"^'^e8pertado a ese caballerol 
^T'li^^'^ ^ ^'^ '^^ 'l"^ vo"8 faites comrne ca?» 
rf.r^^^í'"^ 'í^ P^ga ese tío?) ^^'^ 

píf TS °"^ ^'■fPP^^ «^omme un claquer!» 
cÍEr^ft h??íí^'t^ '^"y ^"^"^« "oches ... 
pif :I^?'^^^ ^ ^^* "" espagnol.)» 
dfspenseT^^^ ""^ ''^ ^ entender.) Siento mucho haberle molestado... Usted 
Cler.~No ha^ de qué. 

^^0L.-r^6,^¿„¿o;^.^ ¡Ay, caballerol... ¡Cuento aie alegro de haberle des- 
£-'-™^Hombre, grasias. 

:n s/idio^'l'lSfe To •uKS''' ""° *^" '''■»' "* »" P»" ^ »ye hablar 
Cler.— Lo comprendo. '" 

PoL.— Siéntese usted. 

CLER.-ryTtampoco ^ "' ""^ P^^^^'^ ^^ ^'^"'á"- 

aFr'?¿^'''-t?Íf^*° "O 'o endiende nadie. 
v.LER.--¿Pero hablará usted francés? 

cL'R^-'iSTva irrreo"'"^ '''^^^"^^«^ ^« ^^' ^^^"<^és al alemán! 
.¿au^po^pTIÍ^^^^^^^^^^ ni una palabra, y sin em- 

P¿L -lpnS5°-''' ^i'''»"^ ^^ ^^^b'o en español. 
^rá fuertes Xa^a^^lf musl'',Tr¡:[?%T ?/^ "^^^^« '^^^'^ ^«^-«-/>« 
Sí^/za^o.; Usted no sabe ora¿Uros aul hí .í-of ^^^'^^ ^"^ ''^^ ^o^^'-«^«' 
leme dieran un vaso de agua ^ ^^ P^^° ^^" "" momento para 

píf 'TÁ^-^f lo dieron a usted? 

í.°'-~lTenla una sed horrible! 
«<. Es por eso que en suaflos he o(do un ruido especial como de borbo- 

C°¿.-'Qué%1r^o?íd^a"d^ TüH^ZeT "^ '"""' '" '^'""'^''-- 



:i) Don PolJcarp^Cknnonl. 



uec 
ié V 



PoL. -Es horrible esto de viajar fuera de sru país... Yo no he salido nunca 
de mi pueblo, de Quintanilla, provincia de Soria. 

Cler. -(^Eh?) 

PoL.— Vengo a Alemania a ver a un sobrino. 

Cler.— «¡C6st luí!» 

PoL.— Luis, no; se llama Pepito. ,^ . . 

Ci.z\i.—(LeDantándose.) ¡Oh, «caballegol» (Con solemnidad.) 

PoL.— ¿Qué? (Lcoantándose asustado^ 

CuiR.— ¡Usted está don «Policarpó!» 

PoL.— ¿Cómo? 

Cler.— «¿Policarpó» Perales? 

PoL.— ¡El mismo! 

Cler.— ¡Lo conosí de semiida! 

PoL.— ¡Cosa más rara! ¡No vuelvo de mi asombro! , ^ „ • 

CLER.-íCharles» Clermont, de la «Grand Societé Electrique de París. 
(Dándole una tarjeta.) . , i. j j« 

PoL.— Policarpó Perales, propietario. Aquí no puedo ofrecer a usted nada 
como no sea unos pastelillos... 

Cler.— Muchas grasias. ^. , . /r» .j . 

Pou— ¡Vaya con... (Mirando la tarjeta.) con don «Charies!» (Pero, ¿de qtt 
me conocerá este hombre?) (Vmb>e a sentarse y continúa eí juego de las pai 
maditas.) 

Clhr.— ¿Conque viene usted a ver a su sobrino? 

PoL.— Sí. señor. Un muchacho excelente. Hace un año que le tenemos aqt 
aprendiendo el idioma y estudiando química industrial, porque yo quiero 01"»' 
chico se haga industrial. Tiene su residencia en Wisbaden. Mañana iré. 5>i 
a sorprender cuando me vea. 

Cler.— Sí que se sorprenderá. ... . . 

PoL.— Yo no pensaba venir; pero ha sido empeño de mi mujer. Las raujerc 
son siempre mal pensadas, y como el muchacho nos gasta bastante dinero 
hace unos días me puso un telegrama pidiéndome seiscientos marcos para n£ 
cer un análisis... . • o w. 

Cler.— ¡Naturalmente! ¡Los «análisis» son siempre muy «cagos!» bobi 
todolo8de«8elulotde». , , , . u. n • ..:* 

PoL.— ¡Eso! Precisamente es de celuloide de lo que habla. Pues mi mu« 
me dijo: «Mira, Policarpó, mejor es que vayas a ver a Pepito y te enteras d 
lo que hace: no vaya a ser que eso del celuloide sea un pretexto.» 

Cler.— Su «señoga» de usted debe ser mujer de talento. 

PoL.— Muy lista, sí, señor. La pobre sentiría que el muchacho no aprov< 
chase el tiempo. 

Cler.— ¡Oh! lo aprovecha, lo aprovecha, seguramente. 

Pou— Tiene el temor de que, como es un chico tan inocente, le haya en^ 
tusado alguna muchacha. ^ _ . ,... . , . _ 

Cler.— ¿Alguna muchacha? No tenga usted cuidado. (Mirando al foro 

Muchacha, no. . , ^ ^ x. a \t^ A^t 

PoL.— No, si a mí tampoco me chocaría nada. Todo se hereda. Yo, ae J 

ven, he sido el demonio. Me han gustado muchísimo las mujeres. 

Cler.— Es natural. ' 

PoL.— Y todavía, todavía... ^ 

Cler.— ¿Sí, eh? _., „ , , 

PoL.— ¡Anda! ¡Lo que yo me divertí estos días en París! ... ^ 

Cler.— ¡Oh, París! ¡La mejor poblasión del mundo! (Con énfasis.) 
PoL.— ¡Sí, señor! ¡Mucho mejor que Soria! Yo no pensaba detenerme 

más que unas horas; pero en el viaje me hice amigo de un comisionista ara|j 

nés, muy simpático, y que conoce aquello mejor que Zaragoza. ¡Usted no s^ 



I 



«que hemos corrido^, y taque hemos corrido! ¡Vaya unas mujeres las de 

Parísl... 

Cler,— Dislocantes, como disen ustedes. 

PoL.— {Dislocan! ¡Sí, señor; dislocan! (LeoarUándose y recogiéndose los fal- 
nones del chaquet.) ¡Con qné salero se recogen la falda cuando llueve! 

Cler.— ¡Y cuando no llueve también! 

Pou— (Vuelve a sentarse.) Anteanoche estuvimos cenando, ¿dónde dirá us- 
ted? En el primer piso de la Torre Eiffel. 

Cler.— ¿Ustedes solos? 

PoL.— ¡Quiá! Con dos mujeres de primer orden. Una jovencita y otra ya 
aiadura y metidita en carnes. Yo me dediqué a ésta. Me gustan mucho las ja' 
monas. 

Cler.— Todo se hereda. (Mirando al foro.) 

POL.~¿Eh? 

Cler.— ¡Nada! Siga usted. 

PoL.— El comisionista me presentó a ellas diciéndoles que yo era un título: 
¡el marqués de Quintanüla! (Monsieur Clerniont, viendo venir la consabida 
palmadita, monta la pierna derecha sobre la izquierda, y don Policarpo al oe- 
gar en el vacio está a punto de caerse.) 

Cle^.— (Conteniéndole.) jPero, hombre!... 

Pou -No... no es nada... ¡Pues sí, señor! ¡El marqués de Quintanüla!.. 
¡Je, je! Y ellas me llamaban: «¡Monsiu le marquí! ¡Monsiú le marquí!» Y me de- 
cían una porción de cosas... Yo no les entendía una palabra; pero me explica- 
ba, ¡vaya si me explicaba! 

Cler.— ¿Por señas? 

PoL.— ¡Sí! ¡Con las manos! ije, je, je! jFué una cena opípara! Costó ciento 
veinte francos. 

Cler.— ¿A cada uno? 

Pol.— No, a mí sólo. Donde estaba un marqués no iba a pagar un comisio- 
nista. 

Cler.— Naturalmente. El ser título cuesta siempre dinero. 

Pol.— Pues, mire usted. No fué mala idea la del comisionista. Con las mu 
jeres viste mucho eso de llamarse marqués. (Levantándose.) 

Cler.— Y que usted lo párese. (Levantándose.) 

Pol.— ¿Verdad que sí? 

CuR,— Esa distinción... Ese «cachet..» 

Pol.— «Chaquet», querrá usté decir. 

Cler.— ¡No! «¡Cachet aristocratique!» 

Pol.— (¡Pues no sé lo que es!) 

CiER.— (Mirando al reloj.) ¡Oh, «mon Díeu!» 

Pol.— ¿Qué pasa? (1) 

Cler.— (Recogiendo la maleta y la manta.) Que me marcho «ahoga» mismo. 

Pol.— ¿Se marcha usted? 

Cler.— Sí, señor Es ya la «hoga...» Esta noche hay un tren especin! 
Darmstadt y voy a aprovecharlo. 

Pol. —¡Cuánto lo siento! 

Ci£s..~( Dándole la mano.) «¡Monsieur le marquí!» 

Pol.— No sea usted burlón. 

Cler.— He tenido un «vegdadego» plaser en reconoserle. 

PoL. — Y yo un v,erdadero sentimiento en que usted se marche. 

Cler.— «Les affaires sont les affeires et les amis son les amis^^ 

PoL.— Como si dijera usted truco. jAh! Un favor. 



(1) Ocnaost— OoB PoUcar^. 



Cler.—Lo que usted «qnfega». 

PoL.— Que diga usted al camarero que me traiga una tacita de té. 

Cler.— Con mucho gusto. 

PoL.— Yo no se la pido porque me va a traer cerveza otra vez. 

Cler. —Que no encuentre usted a su sobrino. 

PoL.— ¡Hombre! 

Cler.— Que no le encuentre como cree su señora de usted. 

PoL.-jAh! ¡Ya! 

Cler.— Buenas noches, don «Policarpó»... don «Tenorio»... 
_. PoL.— Vaya usted con Dios, don Charles. (Vase Clermont por la primera i 
derecha.) Que lleve usted feliz viaje. 



ESCENA IX 
Oon Policarpó, lue^ro «I Camarero. 

PoL.— Es muy simpático este franchute, y muy servicial y muy amable. Y 
ahora que me acuerdo. Se ha marchado sin decirme de qué me conocía. Indu- 
dablemente ha estado en Soria. Allí van muchos viajantes franceses. (ColocaX 
la silla número 2 al lado de la mesita de la derecha.) Pues, señor, bien. ¡Valiente 
nochecita me espera!... Y que los pastelillos se me han sentado en el estóma-l 
go... Veremos si con el té... Ahí viene esa calamidad de camarero. (Entra d\ 
Camarero con el servicio de té en una bandeja que coloca en la mesita de U\ 
derecha. Don Policarpó se ha sentado en la silla número 2.— El Camarero,] 
conoencido de que hablando no han de entenderse, le dice por señas, todo to\ 
más expresivas posible, lo que don Policarpó irá repitiendo de palabra) ¡Ahll 
¿Todavía no está?— Bien; esperaré.— ¡Sí! Eso es la tetera.— Y eso el aztícar.— I 
¡Claro! Lo blanco es la leche. (El Camarero le ha indicado el jarrito de la leX 
che señalando luego el puño de la camisa.) ¡Justo! ¡Las pastas! Para mojarl 
aquí y comérselao.— (¡Lo he comprendido todo admirablemente! Es el tínicc| 
idioma posible entre nosotros.) (El Camarero hace medio mutis, diciéndoUl 
adiós con la mano.) ¡Ah! ¡Pchts! (Llamándole.) (Le preguntaré si hay cama.l 
Algo difícil es de explicar, pero...) (Se levanta y le dice por señas que éí na 
puede dormir en el sofá; que le dolerían las espaldas; aue necesita desmtX 
darse, y que desea una cama mullidita para poder tenderse a la larga. Elación 
verá cómo ha de explicarle todo esto.) I 

Cam.— ¡Ah! (Comprendiendo lo que desea,— Le dice por señas que nohem 
que están todas las habitaciones de todos los pisos llenas de gehtes. Esto úíü\ 
mo lo expresará levantando los brazos y moviendo los dedos.) I 

PoL.— ¿Hay chinches? ¡No! ¡Entonces no! Vaya usted con. Dios. (DespldiéfA 
doie con la acción, Vase el Camarero por laprimera derecha j 



ESCENA X 

Don Policarpó. Bn seguida doña Rosa y Muadeta. 

Y* 01..— (Se sienta en la silla número 2 y se sirve el té.) ¡Sí! Ya está bastantil 
hecho. Esto me va a sentar muy bien. Desde el desayuno de esta mañana qud 
no tomo nada caliente... (Toma un sorbo.) 

Rosa.— (Salen las dos hablando y se dirigen a sentarse ai lado de la mesa wi 
iMgaierda. Doña Rosa en la silla número 2 y Mundeta en la número 3.) (1) ¿Qm 
nacalpati$iJotieloat¿ajiasíUP "' 



MuN. —¡Per aixó mateixí 

^s\.~(Viendo a don Policarpo.) Bona nU 

tendiendo el tomar ^//¿J^^^^*^^'^'»- Don Policarpo las oye atemamente sus- 
NVm.-¡Sempre la mateix cansó! 

co,fcilf^""^"''^->^'-'"*^1''« aquel seflor íe mira. r//a6to 

V^n'r '¡'«"•^jDebe ser u„ inglés.) 
oye„ K-Fc'hter ""' """^ ""'""^"'^- Lo haré por seflas.) ¡Pchtsl (No me 

Rosk.—(¿Bn qué u coneixes?) 
P^'''~M'""'^"'9"'^Mel) (Pausa corta.) 

Ooía /?oM fe S-S¿¿ tota iÍa™° cuatro ch¡coleo3./¡Pchts! ¡Pchsr 

M?m •~7?^^''^' '""^"^^' ¿P^'"^ cuándo es el líbrito?) 
Po^ r E'^"^' í^"^"- A'>«^a verás.) (Hojea el libro ) 
MuN~^&"e?)7zSr;'^ ¡Qué láithnllffSi. tomando té.) 
Ro8A.-^0D7selo! íoSt' ^^ ^"'^" *""S0 el honor de hablar? ^ 

7^ ¿/ cara de gran satisfacción ) ''^'^^^^'^^o^^ « ^^^« co/z /a gorra en la 

RosÁ.Í<pS-o' míié? 'c»nr •''^- 'E? "" tó riquísimo.) 
1) Don Pollcarpo-Mundeta-Doña Rosa. 



n«RG^ 



MüN.— (Pues allá va.) (Mirando graciosamente a don Policarpo.) 
PoL.~(¡Qué miraditas me echa! ¡Las conquistas que uno se pierde por no 
conocer ios idiomas!) (Sigue tomando té.) 
M.VN.— (Cantando .) 

«¡Mi serrano! 
¡Me disen que no me quieres; 
yo no te puedo olvidar!» (De « Venus Salór-;s,,) 

(La actriz puede elegir la canción apropiada que más le guste.) 
PoL.— (Al disponerse a beber la taza de té, oye la canción u se aueaa sin 
saber lo que pasa.) ¿E\a 
Ním. —(Cantando.) 

«Como ellos querer no saben... 

gosA.— ¡Viva mi nova, digo, mi niña! (Jaleándola.) 

Pou— (¡Qué oigo! ¡Si son españolas!) ("ZJe/a /o taza de té y se levanta de un 
salto.) 

Rosa.— (¡Ya se anima el ruso!) 
MuN. —(Cantando .) 

«No saben aconsejar.» 

PoL.— (Tirando ta gorra al suelo y poniéndose en jarras.) ¡Ole con ole v I 
viva mi tierra! "" 

Rosa.— ¿Eh? (Levantándose.) ¡Es español! 

f\\iii.— (Dejando de cantar y levantándose.) ¡Si es español! (Mucha alesríaX 
en los tres personajes.) ' 

PoL.— ¡Y ustedes también son españolas! (1). 

MiJN.— ¡Ya lo creo! 

PoL.—Si esta gracia... (^cto/ía /Posa.; digo, esta gracia (A Mundeta) no\ 
JO hay más que por allá. = » y i 

Rosa.— Tiene ustet rasón. 

PoL.— ¡Qué dicha! Encontrarme aquí con una española tan bonita, tan sim- 
pática y tan zaragatera. 

MuN.— (Ya rompió a hablar!) Es favor que ustet me hase. , 

Rosa.— Diga vosté que sí. Cantando lo flamenco es una notabüitad. Verá 
oosté qué estilo. Has nn jipío para que te oiga este senyor. 

MuN.— Pero... 

PoL.— Jipe usted, jipe usted. 

Mun.— (Cantando.) ¡Aaaaayl... 

PoL.— ¡Ole! ¡Viva tu madre! 

Rosa. — Grasias. 

MiiN.— Mi mamá. 

PoL.— Señora, (Dándole ta mano a doña Rosa.) tiene usted una hija quel 
canta como los ángeles. 

Rosa.— Como que es una artista molt aplaudida; 

PoL.— ¡Ahí ¿Es usted artista? 

Rosa.- La Mundeta Bofafull. La habrá ustet oído de nombrar mucho. 

Pou— ¡Ya lo creo! ¡La Mundeta! ¡Muchísimo! (No la he oído en mi vida.) 

MuN.— ¡Y le tomábamos a ustet por un ruso! (Riéndose.) 



(1) Mondcte-DOB PwUcaero— Dota Boeiu 



fete^^^^ con,a 

P^-Tw** "" ^ ""^ ^'"^'^ conoserle a vosté, 

Pof**"v^^^*^^?^/^^^<> en Barselona? 

RoslT-Ya de^íj?."" *°*^« P^'^^«- Viajo muchísimo. 

MS¡^Ac"a''so!"'^' ^'"' '"^ "'^"°'' '^ conocerán ustedes. 
RosA.-íCómo es su grasia? 
R^oT /.i'?^''^"^^ ^e Quintanilla. 

mm'~mír}^",°f'^' '^"'"' ""arques. 

K08A.— 6e^ü/; seguí... 
m^ú^^^sí^f''"- (^'^y^'^ '<« ^« ^ a«;./a ,a sata * to o,™, cada 

MuN.— jAy! 

Pou-T¿|.''^,Sota°S?aSf ^'^''" " '^-'--^ 

MuN.-(¡Pobre señor!) 

« ^í¿5/SoJ riío"' '''"°''' ^ "" «"^^^"^^ con esa fortuna! iPorque ya 
Rnt;~^'.9/"^ ^^^^^ ^^e es^a sefSora!) ¡Pché' 

Ro7;~^"^*''° '^ ^'"^o '^''as nada más. 
KosA.-A mi me revienta Alemania. 
Ly^' — I a mí. 

fT'l^^}'' ^^ 1°f "í^r^e»- e' idioma... 
M¿;::SaTe7rar^^ ^""^^'^ ^« '"'^^^'^ Estamos iguales. 
PoL.-¿El qué? 

K'::¡PuL%o noí^oV""'"" "^*".^?« ^^^'«'' do« o tres idiomas 

RosA.-ÍLÍf mS h^laVure'stSs'tuYv n^o gf ¿' ^ nada más^'ue español, 
isias en alemán. esiamos aquí y no he deprendido a desir más que 

PoL.— ¿Y cómo se dice? 

£ -"[.fe^^í '?"^ cosas más rara! 

K!!-¡fe yof "^ ^'^ ^"' "^'"^ ^^"' ^ '^« P^t^tas? 

MuN.-Cortó/e/5. ' 

gosA.-Oiga usted marqués.... 

gSriMÍquii?' ^^ '''""*'''-^ 
^OL.— jAhí ¡Decía ustedl 



Rosa.— No entendiendo a esta gente lo pasará vosté molt mal. 

PoL.— ¡Pero muy mal, sí, señora! 

MuN.— ¿Por qué no se compra usted un librito como éste? Es sumamente 
lítil. (Dándosele.) 

Rosa.— íY para qué lo ha de comprar? Teniéndolo tú, basta. Esta le sacará 
a vosté de cualquier apuro. 

PoL.— ¿De veras, eh? (A Mundeta.) 

MuN.— Con mil amores. 

PoL.— ¿Con mil? ¡Con uno, con uno me basta! (Muy apasionado.) 

MuN.— ¡Qué graciosísimo es el señor marqués! (Riéndose.) (1). 

PoL.— (¡Pero qué partido tengo yo en el extranjero!) 

Rosa.— Ya verá vosté qué bien lo pasamos estos días. 

PoL.— ¡Ya lo creo que lo pasaremos! Yo ya no me separo de ustedes, (no 
jeando el libro y leyendo.) «Conversaciones familiares.» 

MuN.— (Pero, mamá. ¿Y en Pepito?) 

Rosa.— (¡Déjate de Papitu! Entre un estudiantino y un marqués la elecciói 
no es dudosa...) 

PoL.— (Leyendo.) *iOye usted algo?» 

Rosa.— (Y este senyor, párese tonto de la cabesa.) 

PoL.— (Leyendo.) «Lo oigo todo.» 

Rosa.— ¿Eh? (Asustada.) 

MuN.— ¿Eh? (ídem.) 

PoL.— Estoy leyendo aquí. 

Rosa.— ¡Ah! 

MuN.— lAh! j . , ^ 

PoL.— Lo que está en español lo comprendo muy bien, pero esto de laletri 
gótica... . 

MuN.— Es sencillísimo. Verá ustet(2). (C^oge el libro.) Se lee tal como esfc 
escrito. (Lee.) <s.Un bastón.— i4//i e^artzistok.» 

PoL.— Hay un «facistol». 

MuN.— ¡No! Ain espartzitok. 

PoL.— (Con dificultad.) Ain espartzistok. 

t\mi.—¡Aixó mateix! 

PoL.— ¡Asómate! 

MuN.— ¡No! Esto es catalán. 

PoL.— No lo sabía. 

M.m.— (Leyendo.) «Un vaso de leche iría.— Ain glass kaltes milg,* 

PoL.— Hay glas caícetins. 

MuN.— No es eso. 

PoL.— ¿Cómo se pide agua para beber? 

ÍAvíi, —Trink aaser. 

PoL.— ¡Claro! Trinca un vaso. Ello mismo lo dice. 

MuN.— En este librito está todo lo que uno puede necesitar ¿Que qui«^ 
astet tomar un carruaje? Pues busca ustet los «coches de alquiler». ^ 

PoL.— Naturalmente. ^ 

MuN.— ¿Que le hase a ustet ía\ta cualquier cosa? Pues llama ustet al queín^ 
Aquí todos los camareros se llaman Quelner. 
PoL.— ¿Todos? ¡Qué casualidad! 
MuN.— ¿Qué quiere ustet? 

Rosa.— ¿Que quiere ustet convidamos a señar? Pues ahi tiene vaste la 
de todos los platos. x 



m 



Don PoHcarpo— Dona Rostí— Mundeta. 
OOD PoUcorpo— Mudeta— DoQa Rosa. 



.eti?í:~^^' ''*'°'^' ^"^ '"' ^*^"^'^« ^ "stedes (I). El té me ha abierto el 
Pou-l^Ehr*"^' ""^ ^'*^ ^05/^ porque no párese marqués. 

^^Ro8A.-Por lo campechanote y lo corriente. (Dándole unapalmadita en la 

JoL.-Yosoy délos más corrientes... Cenaremos juntííos, ¿eh? (A Man- 
MuN.— Como usted guste 

ncTrgr^"^''"'^'^^" "^^^'^ ^«" ^' ^^^^rero, porque yo ni con este librito me 

RosA.-Senaremos en nuestra habitasión. 
^OL.— Donde ustedes dispongan. 

Pot-At"ÍSr "'"'"'^- ^'^"'^^^"'«^ al camarero. 

Pof'''~TJ^^'^'í^'"u^"r^ botellita de Champán? 
Ro^r wf'^' '^^ botellitas que usted quiera. 
PoT-M^e^^e^^^^^^^^^ ¿No le párese a oosléP 

pT~iEhT ''"' "^ '"^ ^'" "'■^^^^' P^^« ¿Champán? jSoy insoslable! 
Pn?*~ A^ querido desir insasiable. 

-o"ii?Xj'""^'""'"'«We me obsequie un marqués tan distinguido. 

Ato -?ero n„TÍ^""'='' '^'- f^'f"^ ■"« descompongo. 
Rni. V ^"^ saladísimo es este liombre. (Riindose Í721 

^J^En seguida, en seguida voy. (Van^ doña Rosa y Munaeta a su ha- 

ESCENA XI 

•eenla maleta y la cSrmJ ^'"^'- ^^'""■''o «< «íííeyb * e. 



ESCENA Xn 
Don Polkarpo y Mr. Clermoat. 

CuBR.— (Entrando mal humorado.) ciSapristi! C'est embetan pa. (Tlrand 
ai suelo la maleta y la manta.) 

Pot.— ¡Don Charles! ¿Usted por aquí otra vez? 

Cler.— El tren se había partido... 

PoL.— ¡Se ha roto! 

Cler.— Se habí?» partido en la estasión. Naturalmente, yo tengo mi reló co 
París y las «hogas» de aquí son otras todo diferentes. 

PoL.— No se incomode usted. Vamos a pasar una gran noche. Le convid 
a usted a cenar con nosotros. (Sale el camarero y oase por la primen dk 
recha.) 

Cler.— ¿Con ustedes? 

PoL.— Acabo de hacer una conquista. 

Cler.— «¿Iqí?» ¿Aquí? 

PoL.— Sí, señor. Una mujer preciosa. ¡Está allí! (En el foro.) 

Cler.— ¡Eh! 

PoL.— Es una artista española. 

Cler.— ¿Usted también? 

PoL.— ¿Cómo también? 

Cler.— Sierto, que a usted le gustan las jamonas. 

PoL.— No, si la que a mí me gusta no es la jamona, es la otra. 

Cler.— «Pego», ¿hay otra? 

PoL.— ¡La joven! ¡La artista! ¡Es un encanto! 

Cler.— ¡Hombre, hombre! 

íAvH.— (Asomándose a la puerta del foro.) Marqués, que le estamos espi 
rando. 

Cler.— |0h, «mon Dieu!» (Admirado.) . ^ 

Pol.— ¡En seguida, monísima! (Se retira Mundeta.) ¿Eh? ¿Qué le parece 
usted? {Esta sí que es dislocante! 

Cler.— ¡Preciosa! Ya sabe Pepito lo que se hase. 

Pol.— ¿Cómo? 

Cler.— ¡No! Digo, que... si sabe Pepito lo que usted hase... 

PoL.— ¡Qué ha de saber el probrecito! (El camarero oueloe a salir por 
primera derecha y se dirige al foro con una botella de Champagne y una oq 
deja con tres copas.) 

Cler.— ¿Y por lo visto, sigue ustei pasando por marqués? 

PoL.— Naturalmente. Ya no apeo este título mientras esté en el extranfíer 
Ande usted. Beberemos una copita de Champagne. Le presentaré a usted COB 
conde o como duque; lo que usted quiera. 

Cler.— Qrasias. 

Pol.— Si la cosa es pasar la noche. jMaflana nos vamos cada uno 
lado, y ahí te quedas, mundo amargo! Ya verá usted qué cuarteto hacer 
ted se dedica a la madre y yo a la hija. 

Cler.— ¡Pero, hombre! 

PoL.— La madre está todavía muy fresca. 

Cler.— «¡Mer^i bien!» 

Ko9k.~( Asomándose a la puerta del foro.) Pero marqués... 

Pol.— ¡Voy, voy! (Se retira doña Rosa,) ¿No se anima usted? 

Cler.— No, señor. Vaya usted sólito. 



»L.— ¡Ea! Pues vamos allá. La torre Eiffel se va a quedar aquí tamañita, 
los mío, si Nicolasa lo supiera!) (Al entrar en el foro tropieza con el cama-' 
■ero, que sale.) ¡Ay! 

Cam.— «¡Entsul dignen si!» 

PoL.— / Tanque quelner! (Vase por el foro y cierra la puerta.) 



^E 



ESCENA Xin 
Mr. Clermont, Camarero, Caballero srordo. Laego Pepito. 



íer.— {«¡C'est un pauvre diable ce monsieur!») 

Cab.— «Gúten aben». (Entra y se sienta en la silla número 4 con el periódi- 
co, e indiferente siempre a todo lo que le rodea.) 

Cler.— «Bon soir». (Viendo al caballero Gordo.) 

Cab.— (Al camarero, que se dirige a la primera derecha.) ¡Quelner! 

Ckía.~( Volviendo.) «Main jer». 

Cab. — «Noj ain glas». (Abre el periódico y lee.) 

Cam.— «Guern. Ij comme gl'aij». (1). (Vase y oueive en seguida con el bock 
ie barro.) 

Cler.— «¡En fin! ¡Je couchaire de nouveau!» (Deslía la manta para acostar- 
se en el sofá.) 

Pep.— (Dentro.) «Gúten aben, quelner». 

Cler.— («¡Bon Dieu», Pepito!) 

Pep.— (Entrando.) ¡Hola, amigo Clermont! ¿Se ha dormido algo? 

Cler.— ¡Don Pepito! (Conteniéndole.) ¿A dónde va usted? 

Pep.— Supongo que no se habrán acostado todavía. Se han olvidado de dar- 
me el talón del equipaje. Voy a ver. 

Cler.— ¡No, don Pepito! 

Pep.— ¿Qué pasa? 

Cler.— Marche usted a Wisbaden. Créame usted a mí. 

Pep.— Pero, ¿por qué? 

Cler.— Porque... porque puede enterarse su tío. 

Pep.— ¡Calle usted, por Dios! ¿Quién le va a decir a él?... 

Cler.— ¡Nadie! No necesitará que nadie se lo diga. Márchese usted. 

Pep.— Vamos, hombre, no sea usted bromista. (Se oye dentro cantara 
Mundeta.) ¿Lo ve usted? ¡No se han acostado todavíal ¡Cómo canta esa criatura! 

PoL.— (Dentro.) ¡Ole con ole! 

Pep.— ¡Eh! Me parece que no están solas. 

Cler.— No, señor. Está un caballero. 

Pep.— ¿Quién es ese tío? 

ESCENA XIV 
Dichos y don PoUcarpo algo alegrillo y con ana copa de Champaste ea la mtnOk 

P(n..—fDon Charíesi 
PEP.-(¿Eh?) 
Cler.— «¡Voilá» el tío! 
Pep.— (lEl aqüfl) 




(1) COB macho gusto. Vof en 



c.;.aj'-(0.""° "P'*"- •• í^'""'"' Pepito.) im... ¡Pe... Pepito! De/a caer k, 

PfT'Tv L*l? "^^ "^^^'^.^^ ^^"'^0 a sorprenderle. i 

^EP.— jY le he sorprendido yo a él! I 

P0L.-¿A mi? Pero, ¿ustedes se conocen? 
no S-trarl^'' ''""''• ^^^^'^ ^ ^^'^ /'o/Zcar^^o J Por eso le decía a Pepito que 

r../|?i4K^^^ -paneras de viaie.. 

.eñor^¿i;fs1do yo '^'^ "^ """'^ ""^P"'^"' ^^ ^' compafiero de'viaje de esa.. 
Pou— ¡Tu! 

franíTcS co„"irtIt¡s iSf " '''"""'^ '""'"'""^ '"'^-■'^'«' ^« P«™i" 

bredteT'^'' ^"'"'' *^°^ ^'"^^'^ """^^^ ^ '°^ ^o«-' ¿Y cómo ha quedado la poj 

PEpC!t^?il!Í''*'í'^^|^"=^33• íEs muy buena tu tía! 
PEP.~,Y usted es también muy bueno! 

p2:'~??f P'j° ^^ *"' ^''"^' í"*^^ abrazan enternecidos.) 

rEP.—, Tío de mi corazón! "^ . 

par«cSf¿,í^^^ ^^^'■''' '^*^^''^' P"*' ^^°^' ^"^ ^° ^«e í» Pa««do np tiene nada á\ 
PoL.— ¿Verdad que no? 
pÍ:.^*'^H^*^¿ ^^*^ "" caballero muy galante. 
r?« c' ^^^u^i ^"! '*^ ^®y; "O 'o puedo remediar. 

P^-HToVotTredT'' ''""''■'" ''^' "^"^ ^^^^"*«- 

piT-lus^ed íambié?,?"''"'""' '''" ""''^^ '"'"^ ^"""^^^ 

Pep.— ¡Me alegro! , 

dedfcaréTÍ^Í? '^ '^«'^ ''°'^^^^«>' P^^ que no haya compromiso, yo »| 

POL.- (¿Eh?) 
ÍS p2lÍnZ?«?r '*o"f»'PO-CI«rmont-Cabancro Gordo. 



i 



CLER.--<U8te(l se encárgala de la madre.) 
PoL.— (¡Pero, hombre!) 
Cler.— (La madre está todavía muy fresca.) 
PoL.— (Yo 8í que estoy fresco.) 



i 



ESCENA XV 
Oicfaos. MoBdeta y dofia Rma. saliendo por M foro. 



Rosa.— ¿Pero qué hasé oosté que no viene? 

MuN.— (¡Ay, mamá, en Pepitol) 

Rosa.— ¡Hola! ¿También está oosté aquí, don Papiíu? (1). 

Pep.— Sí, señora, por aquí estamos todos. 

Rosa.— fCuánto lo selebrol 

Pep.— Presento a ut»iedes a raí tío. 

MuN.— ¡Cómo! ¿Es usted sobrino del marqués? 

Pep.— (A Policarpo.) ¿Qué marqués? 

PoL.-r>l Pepito.) (¡Cállate!) 

Pep.— (^4 Policarpo.) (¿Pero le han hecho a usted marqués?) 

PoL.— ^i4 Pepito.) (¡No, me lo hecho yo!J 

Pep. -(¡Ay, qué pillo!) (Mr. Cíermont ha pasado a la derecha de la escena.) 

PoL. —Tenemos dos convidados: mi sobrino y monsieu Charles. (Volméndo- 
?e a la izquierda.) ¿Dónde está ese hombre? ¡Ah» (Viéndole.) ¡Un francés muy 
simpático! (2). 

Cler.— Servidor. 

Rosa.— Creí que había oosté convidado a ese señor gordo. 

Pol.— No, señora, no quiero nada con los alemanes. 

MuN.— Ese ya tiene bastante con su cervesa. Ya va con catorce vasos. 

PoL. — ¡Qué bárbaro! ¡Lo que bebe ese tío! (Mirándole.) 

C\B.—(Leoantándose rápidamente y en correcto castellano.) ¡Este tío bebe 
o mje le da la gana! 

Todos.— (;Eh!) (Retrocediendo sorprendidos.) 

Cab.— ¡Y a usted no le importa nada! (Vase por la primera izquierda.) 

Pol.— No, señor; tiene usted razón. 

Toóos.— (Menos don Policarpo.) ¡Ja, ja, jal 

PoL.— ¡Me has fatidiado! 

Cler.— ¿Creía usted que no le entendía? 

Pol.— Si aquí me entiende todo el mundo menos el Camarero. 

Rosa.— íVl Cíermont.) ¿Conque va oosté a señar con nosotros? 

Cler.— Con mucho gusto. Así podré pagar... 

Pol.— Perdone usted. Aquí no paga nadie más que yo. 

Cler.— Digo, que así podré pagar las atensiones que les debo a ustedes. 

PoL.— ¡Ah, vamosl 

Rosa.— ^^ Mundeta.) (De éste mi sembla que no sacaremos res.) 

MuN.— (No, ni de les altres tampoco.) 



i 



18 



1) Dona Rosa-Mundeto— Pepito .Don Polfcarpo^Clemiont— Caballero Oordo. 
2} Qermont-Dofia Rosa— Mundet«.«Peplte~Don PoUcarp^-Cabaliao Qmvk^ 



ESCENA FINAL 
Plchosy el Camarero, con varios platos con viandas en nna bandeia. 

Cam.— «Van si vólen». (Vase por el foro.) 

Rosa.— ¡Ea! ¡A señar, a señar! ^. ' . ^ i 

PoL.— Señorita... (A Mundeta, ofreciéndola el brazo. Clermontse interpone.)\ 

Cler.— «¡Pardon!» ¡Esta es «paga» mí! .¡Usté a la madre! ¡A la madre! 

MuN.— Caballero, (Aceptándolo.) 

PoL.— ¡Bueno! (Resignándose.) 

MuN.— Pepito .. (Ofreciéndole el otro brazo.) 

Pep.— Con müclio gusto. 

RosK.—Senyor marqués... 

Pep.— {¡Huy, marqués!) (Riéndose,) 

Rosa.— ¡Venga ese braso! (Cogiéndole el brazo.) 

PoL.— «¡Tanque!» (¡Y para esto he venido a Francfort!) 

Cler.— (Desde el foro.) «¡AUons, monsieur le raarquíl» 

Rosa.— ¡A señar, a sanar! 

P<M-.--Un momento. (Al público.) 

Diréis ahora, con sobrada razón, 
que aquí no hay tesis ni se prueba nada. 
El autor en honduras no se mete, 
y ?o!amente aspira a una palmada 
si logró entreteneros el juguete., 



PIN DE LA OBRA 




iSU SALUD PEUGRAi 

íTERRIBLES MIOROBIOS le A9EOHAKt 

No '^pere Ud. ■ que las Autoridades le indiquen que el afua está ••lúmmá 

nada, pues hasta entonces habrá bebido alguna eantid«d; itnf» for 

costumbre tllirar siempre el ayua, aunque no venga eompletaHMttc 

farbU. t'arn ello «ada mejor que el Depurador Higiénico y Rápiéo 

" A R S O" que equivale a tener un manantial en casa. 

De ventas Fábrica "ARSO" 

CARDENAL CISNEROS, 28. - MADRID 

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UO M P A Ñ Y 'FO TÓGRAFO Fuencarral, 29 — MadHd. 
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Eneros publicados por LA NOVELA TEATRAL 



TRATA DP BLANCAS.-Fellpe Trigo. 
LA SOBRINA DRL CURA.— C Arniches. 
EL Mis neo.— Santiago Rusiflol 
LOS SEMIDIOSES -Federico Oliver 
LAS CACATÚAS.-Casero y O. Alvirez 
El LOBO.— Joaquín Dicenfa. 
CHARITO, LA SAMARITANA. -Torres 
del Álaiio y Aserjo. 
8 EL VERDUGO DE SEVILLA. - García 

Álvarcz y Muñoz Seca. 
K TODOS SOMOS UNOS.-J. Benavente. 
) EL REY GALAOR -F. Villaespesa. 
I LA CASA DE QUIRÓS.-C. Arniches 
i FÚCAR XXI.-Muñoz Seca. Garcí* Álva- 

rez y Pérez Fernández, 
í EL RÍO Dd ORO -Paso y Abatí. 
I SOBREVIVIRSE.-Joaquín Dicenta. 
) ALMA DE DIOS -Arniches y G Álvarcz 
> EL CARDENAL -L Rivas y Reparaz 
' EL POBRE VALBUENA - Arniches y 

Garda Álvarcz. 
í E . HOMBRE QUE ASESINÓ.-Traduc- 
cfón de Antonio Palomero. 



LAS ESTRELLAS.-Carlos Arnlche». 

DOLOIÍEFES.-Carlos Arniches. 

LA íjdÑORITA DE TREVELEZ.- Car- 
los Arniches. 

SEI? FINA LA RUBIAI ES O ¡UNA NO- 
CHE EN EL JUZGAO!-Torres del Ála- 
mo y Ásenlo. 

23 ABKN HUMEyA.-Francisco Villaespesa 

24 EL SEÑ'OR FEUDAL.-Joaquín Dicenta. 
23 LA ETERNA VICriMA.-Fclipe Trigo. 
26 JIMMY SAMSON.-Traducción de Jos'e Ig- 
nacio de Albertl. 

LÓPEZ DE CORIA.-Muftoz Seca y Pé- 
rez Fernández. 

LA GIOCONDA.— G d Annunzlo.Traduc- 
C'ón de Francisco Villaespesa 

PRIMAVERA EN OTOÑO.-G. Martínez 
S'erra 

EL CRIMEN DE AYER -Joaquín Dicenta 

EL MISTERIO DEL CUARTO AMAHJ-' 
LLO —Traducción de Oii Parrado. 



27 



28 



29 



PAPEL DE LA PAPELERA ESPAÑOLA 



U o F A L L 
j A I.J A S 

éL. , £í cfqzsinñs» una lámpí 

í^a de fíiisjjtQstto metal 

cp, ffiOf^I mismo gtfOGi 

(yy j uifta OSRAm, V iut 

tJájrs É? a i a s p o c?.-3.s /? : 

c!u C3í:2s* !z30sr¡üd»f 

címff*ca anónima^ c . 

íJíuys un ffaude. SJ 

manoa conocsdla, os _ 

üasGuÉdo úst su f^br 

caaión. 

Cn todo ca*-o el es^roe* , 

£ibonaüo pon oí cliení 




La [ampara 

OSRAM; 

NO FALLA JAMÁS 



NI en su duraclónw\ 

NI en su eoonomia ' 
de consumom 

B3I en su solldex a 
toda ppuebam 



Su propio nombre 

la garantiza 

00NCESI0NARH3: 

LEÓN ORNSTEIN 



VIARIANA F»<NEDA, 

MADRID I I 



teynat* j IMwm U LA V9TBLA •OWÍa^ 



^■•Wii» T%\mmÍM; 1.— Mkdrid 



Ano I] 



Madrid 29 de Julio d« 1017 



Nm» 35 



La Novela Teatral 

Complemento de LA N'OVELA CORTA 

COLABORADORES 

- . ■ DRAMÁTICOS 

U2M.D08. -OBBAVBIITB.-EciIBOABAY.-DlCBNTA.-LlNAnBS RlVAS -M^orí*»» S— > . 

A.v^Qn«™»o.-MxiK,mNA.-VrLLAESPBSA.-Ru»mo"%S;:B:k.^ 

A««r«c. D r. EL «AINETE Y LA HUMORADA 

i¡íf^; *'°-"°^'^,'^''^^''^-^*".-Ramos Cabdión.-Viiai. Aza -MdRím 
»«u.-R,CAaDo DB LA Vboa.-Lópbz S.lva. - Asbns.o MXs.-cIítKAa^CAsSí 

JÓVENES AUTORES 
I OCBB8 DBL Alamo Y Asbnjo.-Ramos Mabtín.-Pbbbz FbbnXndbz 
Amtonio Domingubz.-Pabadas y Jimbnbz. 
n ^ . . CLÁSICOS 

ü*VXiaO«.-Lo«l DB VbOA.-MobBTO.-LopE DB RUBDA.-TlBSO DB MoUNA -F DB RoiAA 

»«^«*5PBABB..RACn«..COBNBILLB.-M0UBBE.-SCH.LLBB.-SopSíS^. E¿^ 

OQUILO . -AbISTÓPANBO. 

r».. ^ EXTRANJEROS 

líi^ ríííí^"'^'''^?.*''"^- "eomant.-Paul Vbbbb..Dbscabbs..Bb,buxM^^. 

4«Oa«..CAIKI5..C^BBL..MAB.VAUX.-P,NBBO.^UDBBMANN.-HAUPMAím.-PoPTO&:cW. 
VWKBLMAN.-RlVABOL.-Bo{OBBSON.-MiBTBBLlNCK. 



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OBRAS AOOUiRIDAS 

El pobre Valbuena.-Us e«trella«.-Noche de Reyes efe ^ 

SUMIOS D,r. . DRAMÁTICAS ^ ' i 

, „,..»,„.^ ■ ^ . EXCLUSIVAS 

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I "»'«éac«ta»oae«,,4ra.de»aidé..Jfeikeffa«iy-tt«aT.nte^^ 



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» céntimo». — Exíraordinario . 



iO centti 




--•la 



al A ditM l at paér da La IiJOT^il^A CMBUAl 




LA REBOTICA 



I 



saínete en prosa 

ORIGINAL DB 



).* RRSTITUTA (Lo bofl- 
carid). 

>.• RAMOIS' A (Lr, eatanqucra) 
-UWkíTA (La jucza). 
lAPGAfíITA (Lo registdr.*) 
lEREóA 



PüRSONAieS 

MANUBLA 

D. BERNARDINO (Fdrmo 

céutico). 
ELSR CUriA 
MARTÍNEZ (Veterinario) 
NICOLÁS 

Una criada y ¡u^arefios L", f.« y 3.» 



D. PnUDENCfO (Rejrfsírdr.») 
D. lOAQUIN (Juez de prime- 
ra ln!>tanc!a). 
D. JULIO (Médico). 
MATÍAS (Guardia rr-iirilclpa!) 
PEPE (Mancebo déla boüca) 



La acción en un pueblo de la provincia de... 
ACTO ÚNiCO 

ín el centro del rompimiento de la rebotica, un estante corpóreo, a través del asffí s« ve la 
botica, y en cuyas tabla -* habr* frascos, tíirros v botellas cr>n líquidos de colores, auc se utt- 
Dzan a su tiempo. Segundo término dírecna (del actor), un cuaar ' antiguo o retrate}, y de- 
bajo d¿ este U" almanaque de pared con -na fecha da julio. En la izquierda, y íobre •■ sllht 
nam. 6, nna p. retía de tljerp para colgar los sombreros. En el -íparndor una bandcji'a con 
ocfio copes para vino, algunos plato», irn farolillo de mano, un pioto con qiieso, » uchi los da 
pojitre, trBí< ocrlódico» c n fojas, caía de fósforos y un paño blanco. Sobre la m^sa de te 
botica, una balanza, papel de ¡/lata imca cubrir los tapones de los frascos; etiquetan, papel 
blanco, corciios y un e npias'o de bjidés con pez de Bor>í ña, de forma circular y de unos 
veinte ccntímcíms de diámetro. Sobr : una meso de tresillo, dos barajas, dos candeleros con 
pa tallas, caja de fichas y cuja de 'ósforos. Sobr? la me a de 1^ rebo'lca, un mortero de 
má'-mol con mano de H>o.'-cí!ana: <¡oh tnorterfíis de cris al con sus corre^pondlenreí man-ía; 
una ba anra. tre» boteras b tincas, una de el. as llena de n líquido lechoso y colocada sobr« 
una receta; otra vacía, y otr i con embudo von papel de filtro. A los extremos di la mesa, 
vareas cuartil as de ^ape» .sujetas con pisapepeíts; infierno o lómpara de alcohol, y un cacillo 
o cacerola. H-bré, adema», una e&p¿itul.i, dos naipes sueltos, un patio y cuantos detalle» 
Juzgue necesarios el director de e«cena. junto a l<i puerta de la Izquierda, tin ga^ cho de metal 
con vanas rcccffls. Es de noche. La botxa apareceré más iluíninadn que !a rebotica. En una 
y otra, y colgadas del techo, habrá dos lámporai» de peiróleo. 

ESCENA PRIMERA 

'ofla Restituta, Teresa, don Bernardido. Manuela. Luego una criada y Poe. Más tarde Mdíí.;». 
\l evdntarí-e el tc>Ó!! ¡os bóticer os y la hija están cena.^do. Manuela b.-já !a escale a y coIom 
n la mesa una fuente de chuletas de carnero. Teresa está sentada en la sj:ia núiii. 1, doña Rea- 
tltuta en el sota y don Bernardino en la siüa núm. 2 

Bf-RN.— ¡Valientes chuletas! ¡No se pueden comer! 

RtST.~ Hombre, no seas impertinente. 

Ber.n.— No, si ya sé que ttí no has de darme la razón, 

Rest. —Porque no la íieíies. ^ 

Bern.— ;Lo que yo no tengo es dentadura para triturar baldosines. Ove 
nanuela. 

Man.— Mande usted, señor. 

Bern.— Haz el favor de decirle al carnicero que cuando las chuletas sean 
»í, que se las coma él, 

M.\K.~-Pas si '.ne Ins a dhc como mit g frena!'. 

Rest.— Lo que tienen es que son algo nerviosas. 



con^S rafó?"^"^' ^"^^ °*^* ^^^ '^"^ ^ '^* ^^ linfáticas. Para nervios me basta 

nocSSV.!'^ que hoy los tienes de punta! No sé para qué te sirve tanto anties- 
pasmodico como hay en casa. 

3ern - r^ 3/a7¿ize/ay Dame, dame el postre, que yo no puedo con esto. 

^RíAQA.~(i^n la botica y llamando con una moneda sobre la mesa de már- 
mol J ¡Deogracias! 

Bern.— ¡Allá van! 

Man. —Tome usted el queso. 

Bern.— Venj^a. 

CMMi\.~(Nueoa llamada.) ¡Deogracias! 

Bern.— ¡Que allá van! Pues no trae poca prisa. 

Mfcay^ifo^Xr^fÍLl'"''''' ""' "'" "" '^ "•^'"^ «"" """ " " 

Rest.- Pues que espere. 

Bern. -M Manuela,) ¿Pero qué hace ese mancebo que no baja? 

Man. -Ahora estaba acabando de cenar. Aquí baja ya. 
to boca ¡tena) '^ ^'^^^^^ comiendo un pedazo de pan.) Buen provecho. (Co. 

úqu^^da)^^ ^'^"**'"' ^'^ ^ ^^"^ ^"^ <\váere. (Va Pepe a la botica por la puen 

Rest. -Pero niña, ¿te vas a quedar sin cenar? 

rER.~No quiero chuletas. (Mámela vase por la escotera y ouehe luego. 
madr?^' *^^ "' "°™®'" ^^'^^ ^^^'^®^ ^^ necesita la dentadura de t 

Rest.— ¡Dios me la conserve! 

Bern.— ¡Amén! 

uj^''^'~^^^^ 'Í9'^^,'^^ '^ botica.) Pide raíz de escorzonera. rCo,7 /a 6oc 
llena y sm entendérsele una palabra.) 

BERN.-¿Eh? 

PEPE.-(rragando el bocado.) Que pide raíz de escorzonera. 
Bern.— Pues düsela. 

Pepe.— Es que en el cajón ya no la hav. (En dos baja.) 
Bern.— Pues si no la hay en el cajón la habrá en la cueva. 
Pepe.— No, señor; la última que había en la cueva la subí yo hace ocho dfa 
BERN.-Bueno, pues entonces dile que no hay. (Peoe hace medio mutis.) 
Kest.-No, señor, hso no se dice nunca. En una botica debe haber de tod 
tJERN.— ts verdad... Dale... otra raíz cualquiera. Así como así todas se p 
recen. f 

Pepe.— Le daré raíz de malvabisco. 
la CrT5~J^'' ^° "° '^ ^^^^ ^^^^ ^ "^'^'^* ^^^^ ^^ ° ^^ ^^^^" ^ ^^^' 

ir- í^^7'7^9"f/'^ entrado en la botica y se asoma a la puerta de la det 
Viste traje de Municipal.) Santas y buenas noches tengan ustés. 

bSn. ¡Felices. 

MAT.—Que les haga buen provecho. 
Rest. ¿Usted gusta? 
Mat. — Se estima. 

Bern.— ¿Quiere usted una chuleta de carnero? Están riquísimas. ¡ 

Mat.— No, señor. Agradezco la intención. Vengo a por ia receta que tn 

esta t^rde. *=■ '^ ^ ^*i 

Bern.— En seguida. ¡Pepe! ■i|| 

Pepe.— Mándeme usted. '•%\ 

Bern.— Despacha a Matías. (Pepe ca a la mesa y coge la botella que . 

sobre la receta. Le pone el corclio, la etiqueta y la envneioe.) 

M ^*~í ^^^^^^•) ¿Cómo sigue el señor secretario? . 

Mat.— Pues así por lo mediano. Anoche estuvo muy malismo. No éramol 

sujetarle entre el otro municipal y yo. ¡Como él es asíl 



Rest.— ¿Pues qué tiene? 
Mat.— Un genio muy desesperao. 
Bern.— Prcí^unto la enferniedad. 

^'^oL~^°2fco%7^^í. "" ""' *"' ^" ^' "s^"" -'^' "=^' ""y r^^- 

BERN.-¿Cuc:ntas complicadas? ¡Aíl, ya! Cálculos. 

me eíI;7nSf ; AT .^^ -'^'''^°; ^'^^'"^^^' ^"^ ^^"e*" cálculos en el hígado! Yo creí 
lue esas cosas no se teman más que en la cabeza «o crej 

Bern.— Pues ahí verá ust'^d 
inte^s^e dSeíí"^' '^ ^^''^''^ ''"' ^^ '""^'^"^ ^^*° ''' ^"évanlo ustedes mucho 

Mat. —No, por no moverlo no ha de auedar«?e 7V5n *>! /<ía ««» i,. u 
yasao cambiándolo de postura en la cama "^'^ ""^^ '^ ^^'"^^ 

M4T ""tAh' íoí"?''^' ^' í'' ''•"^ ^^r^ *í"^ '"over es el líquido, 
pméd'col'^^uel'''' '"''"''''' ^'"' ^"' ^"" ^^^^^ cucharadas se mejore 
pff *~lX^ lo creo! Ese medicamento es eficacísimo. 
Bzm.~(Aparte a Restltiita.) ¿Sabes lo que es? 

MAÍ-^ílTas^^nocí^s:^"''-^ ^"' '"'"^ "" ^"^ " ^^^''' ^"^ '^ ^ « ^"^^ mal. 
Rest.— Recuerdos y que se alivie. 
Mat.— Muchas gracias. 

^^^l^'^'-^^y^^^^^^ con Dios. (Vnse Matías. Entra el Lu^üreüo l'^Pnin hr, 
^ca con una receta y una taza. Habla con Pepe ) '^"^'^"^^'^^^^ ^- enlabo- 

Rest.- Niña, toma queso. ' 

Ter.— Tampoco quiero queso. 

m^r^y^"^ ''^'^"'- ^^" ""^ "*'"■ "" "''""'"'' ¡<'"'° o '" -""tana déla ,> 

Pepe. -Mende usted. ' 

I veteíin^aíio." ""^ *^ '''^'^^' ^' ^^'''' ^' ^'^P'^^*^ ^^^ P^^ ^-^ Borgoña que pide 
So« ~y|i,'°,^^.^°y haciendo, r/'e;^^ va a la botica.) 

Bern.— No digo eso. 
Rest.— ¿Pues qué? 

ffl Pn^rS,"^ ^*^° ^f "i^^ venganza de don Celedonio, el dueño de la casita 
S"a veTí.r to! ^""'^ *"^'T" ^3^^"^ ^"««t''^"' q"2 yo le gané, sobre mi dere^ 

no^c7Í?Kf/'^'"'^^^^-^ '?'• X g'-aciaá a Dios a que yo e conozco porque 

REST.—Ún infeliz, 
r rCo«;S^^"°:/'' '^y "" '"f^"^- P^^« "O ">« negarás que tengo mí carác- 
Jest.-Sí, un carácter insufrible. Ya ves cómo algunas veces te doy la 



litáím 



Bern.-Así me ínista. (Va a la mesa y prepara alguna fórmala. Teresa, qae. 
ha recogido todo lo de la mesa en unión de Manuela que habrá bajado un poco 
aníest se oa con ésta por la escalera.) 

ESCEÑA n 
Restituta y Bernardino. Pepe en la botica. 

Rest.— Escucha, Bernardino. Ahora que la niña no nos oye, y antes de que 
lleeuen los de la tertulia... . , 

Bern.— iLos de la tertulia! Esa es otra de las cosas que me revientan. 

Rest.— Pero, hombre, ¿también eso? , i, _ 

Bern —Sí señor. Eso de aguantar todas las noches aquí al Juez y a la Jue- 
za, y al Registrador y a su hermana, y al Cura y... ial demonio!, es cosa que 
in¿ aburre toberanamente. (Coge un tarro del estante, echa unos poloos en un 
mortero de cristal y los oa dlsoloiendo con un líquido cualquiera.) 

Rest.— Porque te empeñas en no jugar al tresillo. 

Bern.— No juego al tresillo porque tengo muy mal naipe. 

Rest.— Y porque lo haces muy mal. 

Bern.-Lo hago también como el primero; pero el mes pasado me ganaron 
treinta y siete duros, y, francamente, eso de regalarles mesa, luces y barajas, 
Y que encima le lleven a uno el dinero, no me hace maldita la gracia. 

Rest. -Corriente. No juegues. No es de eso de lo que yo quena hablarte, 
rú ya habrás notado que la niña se está desmejorando mucho. 

Bern.— Anemia. Yo le prepararé unas pildoras de fosfato de hierro. 

Rest.— Habrás visto que apenas come. . ^ . - n,^ 

Bern. -Inapetencia. Se le dará además el vino de quina con genciana. Pre 
cisamente el Jerez, regalo de tu hermano, que tenemos embotellado en la cue 
va, es excelente para esas preparaciones. . 

Rest.— Déjate de vinos de quina y de fosfatos de hierro. Lo que tiene le 
resita es que está enamorada 

Bern.— ('De quién? . , ^ \,, 

Rest. -Entérate de eso que le encontré hace un momento en la meáa a 
noche. (Dándole un papel.) . , ^ 

Bern.— fZ)e/a el mortero y coge el papel, que lee.) 
■^Teresa mía, mi dulce encanto, 
tú eres mi delicia; tú eres mi afán. 
Por eso mismo te quiero tanto, 
porque me atraes lo mismo que el imán.» 

;Y quién es este poeta imantado? - o o r.^ /^ /.,c.«/- 

' Rest.- Pues Nicolasito. (Entra en la botica el Lugateno 2." Pepe le despc 

cha lo que pide.) 

Bern.— ¿El hijo de la estanquera? «« «ii>. «M 

Rest.— El mismo. Hace dos meses que están en relaciones, aunque ella s 

empeña en negármelo. , ■ . - a ^ *\.^.,*« Pe 

Bern.— Por eso le veo todo el día sentado en la zapatería de éntrente. Ks 

muchacho me parece un infeliz. • „» it„ kíí 

Rest. -Un tontaina, sin oficio ni beneficio. ¡Vaya una proporcionl Un ni) 

de Ramona la estanquera. , . ^, .x_ . 

Bern.- No vayas tú a creer que la Ramona está en la calle. La casita e 

que vive es suya, y además tiene papel del Instado y cobra sus cuponcitos de. 

^Mirando una receta que le entrega Pepe.) cuarenta duros... ; 

Pepe.— ¡Cuarenta duros eso! ,.._,, * » u„Ki«t 

Bern.— Una setenta y cinco, majadero. (Deooíoiendole la receta.) HaDiat 

con la señora. ^ , 

^?v..—\k\\\CreL..(Vase Pepe a la botica.) 

Rest.— Pues aunque cobre miles de pesos. No es cosa de que nuestra ni 
vaya a casarse con ese mameluco. 

Bern.— Eso, conforme y según... 



¡Qu^é'h^slS'rlül '"^ "^ '" "' """^^ 1"' «^"« ^ «rícter enérgico? 

pf^'~¿*^"j-y?,"°''- <'5"^ yo "O tt^iRo carácter? 
R^'^D ''"■'' " Sf"'^' ^' ^« 1"« 'ol'^ras esas relaciones 
e. ^ «aS:'^''^ "" '° ^'^'>' ^° '^ '° "'^"o- Predsame„?e" has ido a tocrme 

BerN.-fQuS' '"" ""' '°^"™- E' "°™ f"» " ""Viene a la niita es otro. 

Rest.— Don Julio. 



Bern.— ¿El médico nuevo? 
Rest.— El mismo. 



REST.~Esa es una vulgaridad. 
parfctate1etTo^?ct°s!?fr'lfetri2s^ 
c^S^SLt;rc?b;ia^t:'d1,ii,S.eíScS^"f^ 

carpo^íul^esfl e^'S^ia ""^ "°''^' ""' ^'""' '^^ "•-^o-^q-e don Poli- 

Rest.— Menos a los que se morían, 
rablerno'^rn'i^^^^^^ <^-- 'os enfermos Incu- 

diez o doce7monadas pr¿5?es Las v^dl^se s^^ei?;; ?'' '^^°^ í^ ^'^« 

Bern.— No lo sé. 
hueleTc;7adra''que"apt,ta ™'™'- ^ "" '"'"""•' """^ "'•'«"«'•'o y que siempre 
que^vfsHaT"""™""^""- <* ""^ ■"""■" I"» ""«l^ el infeliz con los diente. 

.«Ipa&q^t'e íírrarl"s í^ ^^ ^e eTes"' "">• '*-'*'" ^a -a 



ESCENA m 
Dichos f Tfrc«a. 



Dichos y TTetL 

Ter.— Mande usted, papá. 



(1) 



Derecha d^. -cton Tere.— Don Bernurdlno-Dolte Re.tlíuíB. 



nad? de M tfe^c'SÍI ^la^S' ^'^ ""^ ^^ '^ ^^^^^ «"^«^^ ^" »"• ^««^ "<> ^¿ 
TER.-(jEh!) 
Bern.— ¡Pues lo sé todo! 
Ter.— (jAy, Dios mío!) 

unofamSe?"'^'^^^'"'"^^ todo. A mí no se me escapa nada. Sé que tienc^ 

TEk.— No es verdad, papá. 
^/.^TL'T?' ^^^^^-" hace ya... cuatro... (Mirando a doña Restttata aue le in- 

TER.—Pero si... 

Bern.— ¡No hay pero que valga! 
Rest.-OAsí! ¡Así!) (Acercándose, a Bemardlno.) 

HERN.-fcs preciso que eso se íermine para siempre. A él en cuanto le Prh^ 
k v.sta encima, le estampo en la cabeza ^se mort¿o de mómoU en cuan?^ 

TER.-(¡Ay, Dios mío de mi alma!) (Gimoteando.) 

BERN.— ¡bi, señor!... ¡Conmigo no se juera! 

Ter.-¡Av!.. íAyí... (Llorando amar gatéente,) 
ri^S^r '^'^^ ^'™' ""^ "'"■^' P^'"^"^ entonces... (En tono muy ca- 
• ^^'-(/l^"^rdino.)(:CifiieQ!o\€ináñs\) 

TlT'~Át^Í^^!^Í 'No llores, porque entonces!... (Enérgico.) 

TER.-r¿/orfl/ií/o.; ¡Ay! ¡Qué desgraciada soy! "^ 

i^u""~¡^''^e mentira que una niña tan fina como tú hava ido a fiiarsp pt. 
en el hijo de una estanquera. Tú n.ereces algo más!^ ^ ' 

KEST.-r^oa/ /te a 5er;?flrí/mo.; (Habíale del médico.) 
el /n^oX^i'Sí «t';^/j;f ^"'^ *"' ^" "° recomiendo esas cosas.) (U coge 

TEf'lvnrr Sí""^ ^•"' ''^" ^''■'^^ conmigo... Tu padre tiene razón. 

rS; p1?„ÍPA''iÍ"'^''' """••• "'"^^^ ^ "'' Ni... co... Nicolás. 
HERN.— Pues no debes querer a ese tipo. 

rS;~^Nnvlrhn"i?J«l-.-V^"'í^ra a ese... me... mo... me... mo... riría. 
fábaSen rll«r,S.lí 5^^^^' T^'''" ^^ ^"^''^ ""^'^^^ ^ tu padre cuando es- 

tS • A !^^„ !f U^""^?- X'^'V^^, f"^^ 'í"® puede venir gente. 
dosplr7a%SeZ) '^^^'^''^'' '''''' ^'''''' í^^5co/««e/o. l/a«s^/«5 

ESCENA IV 
Don Bemardino. Pepe, lue.ío «I señor Cura, de sot.n. y gorro de fcrclopeto negro con borl. : 

Berk — ¡Pobrecitaí Me da mucha lástima. Yo tengo un genio muv fuerte 
^ZannlT"" ^7 ^''•"'" ^ ""^ P^^^o"^' »"« desarml nS lo pTdo r^emediar! 
Ís?P...Íh''^^.^'a''^''^'''^^?'^ ¡Caracoles! ¡Otra vez! ¡Esto es desesperad 

estíd eníSíoí'^'^ "^ '^ ^''^ '''''' ^ '^^^'° di? p«r dfe A)/:^^^.; Aqii|f 
««/f ''r;,^!,?^^^^ f" J?^' P^'^ //-/-//aí/o. /¥pe rfeya el emplasto .^obre la sillál 
2^"arr^?^.S?^j^ ^^^-^ ^^^ - « -«"P- ^' --^- pero no in.;| 
wSX*; pÍS*" ^Í ^'■"^^'^^ co/á^üí/tf5 de las agallas. Ha entrado en la botica^ 



Bern.— ¿El qué? 

rSÍ*"^ "^"^ ^^^^ "^'*^^ machacando. 

CrRlC^Í¿/;K%"'1fe'^^^^^^^^^^^ «^«'"P^fia^ ai clarinete, 

muchacho toca muy bien ' ^ "^^^^'^ '""^ "'«' «' c^^npás, porque lo que es ese 
BERN.^jC^uite usted por Dios! (Cesa elclarin^t^ i 

r^J % ^^''P^ "ace un momento. 

S;~P?ro. '^ 'St'^SorTur: hubje.en ustedes comido estas truchas 
CuRA.-Fsto nb vaSa ¿ena Yn ni ""^^ "^"i?''^ *«" atento. 
BERN.-iluchas g^acils ^° ^^'^^ P"*"^ ^^«- ^a™ obsequiara los amigos. 

BS;:lfr?,^f ¿lóT^ '^^ ^-«^^« y '« nifla? 
Cura.— Pues voy a verlas. 
BERN.-Suba usted, suba usted. 

haberme costado muy cara ^''^ '"'«'■ «sta. la mayor, pudo 

C^ -N^™,; <f ™? ¿Compra usted las truchas? 
que a poio S ¿l*r"„mpe ia^catí y'^S'^il^t "' "í^-^'o <«« i" «rín ta« fuerte 

com'^uÍa";o?¿.''ue',Íér° "^ "^'""' «' "S"" ^^ a<,u¡. W,^.;,.,.; «e puse 
Be«n.— ¡Ya lo creo! 

p:=^t^:Z^^'^ '"-^^ -^- P-Pecias. 

PU^de~^d¡J:^!r^ ™'' ^"P"' ^^'^-^^Wo../are.o//ca ;,or/a 

ESCENA V 

Dichos y Martínez, 

BERN.-Que ha tomado un baño sin querer 
cí£::rSS?|rS """ '^^ ^^'^- ^"'^ fortalecen los remos. 

.SJ^' -á?"¿to; d'escoSto "séfo r 1f ' "^^-^ ^' '« co-Pra. 
^jK*^ d^un brazuelo ^"^''' ^^^° ''"^ '^^^^ '^«s días que parece que se 

^- e^ aguarrás 7\l A J^íníS^^r '?"• ^^i^ -ted un paHo em' 
Protúndoleelhomhrx,.) ""^ ^''^^ Seríes, así, en semejante sitíí 

CüRA.-Pero. Martínez... 



f^^ te~P.°". Bernardina 



MART.-iAyl Usted dispense, señor Cura. He querido decir... : 

Cura. -Sí, sí. Ya estoy. (Es muy bruto este veterinario.) Vaya, hasta lue- 
go. Voy arriba a ver a esas señoras. 

Mart.— Vaya usted con Dios. (1) 

Bern.— Hasta después. . , , , r» • i. -.4^- „ 

Cmk.-(Desde la escalera.) ¡Aii! Que si viene el Juez y el Registrador, y 
se forma la partida, que me reserven mi puesto. 

Mart.— Usted siempre tan aficionao. ^ 

Cura —Por la mañana que no cuenten conmigo más que para cosas ae la 
iglesia: pero mi ratito de pesca por ía tarde y mi tresillo por la noche, no Iwy 
qliien me los quite. ¡Je. je! (Se oa por la escalera. Mientras, habla el señor 
Cura, Pepe coge el farolillo, lo enciende, abre la trampa y ba^a a la cueoa.) 

ESCENA VI 
Don Bernardlno y Martínez. 

Mart. -Lo que no hay es quién le quite el dinero. (2) 
BuR.N.-Como que juega muy bien al tresillo 

Mart.-Y a todo. Es un esoada de primera. (Se sienta, silbando, en la silla 
núm. 4, sin oer el emplasto. Saca la petaca y enciende el cigarro.) ¿Usted gustan 
Bern.— Ya sabe usted que no lo gasto. 

Mart.-Es verdad. No me acordaba. r>,rnrH. 

Bern.- Con su permiso voy a preparar estos papeles. (Coge unas cuarü- 
lias de papel, las divide en varios papelitos y los coloca ordenadamente sobre 
la mesa, hacia la derecha. Pesa una cantidad de pobos cualesquiera, los tri- 
tura en el mortero de cristal y los reparte con un naipe en los papeles.) 
Mart. -Usted siempre al yunque. . 

Bern. -No hay más remedio. Usted tampoco descansa mucho. Por lo visto 
no faltan enfermos. 

Mart.— No, gracias a Dios. Ahora vengo de ver uno muy grave. 
BFRN.—c'Quién? Es decir ¿cuál? 
Mart.— Él caballo del cabo de la Guardia civil. 

Bern.— ¿Qué tiene? , , „„j„- 

Mart.- ¿Qué ha de tener, hombre? qfue hay personas que merecían andar 
a pie toda la vida. Que esta tarde, cuando venía trotando largo por laoirre- 
tera, de pronto un chiquillo disparó un cohete, y el caballo, es claro, dió una 
huida hacia la cuneta. ¿Qué había de hacer? Póngase usted en su caso. 
Bern.— ¿Quién, yo? Póngase usted. 
A'a'.ít.— Pues bien, el animal del cabo... 

Bern.— ¿El caballo? . , . , .^ ^:^ « +i^-ro 

Mart.-No, señor; el cabo, que es un verdadero animal, echó pie a üerra 
y le pegó una pata en la barriga. 

Bern.- íAl chiquillo? „ ^ t a^ ^^«.,.Ac. 

Mart.-Ño, señor; al caballo. Se le ha t^rmao nn iyxx^ox^sk p %rm^^. 
Para mí que le ha interesao alguna viscera abdominal del vientre, bi le úxgo a 
usted que hay gente muy bestia en el mundo. 

Mart. --"^Ahí Diga usted. Supongo que ya estará hecho el emplasto que pedí 

BEBN.-Creo que sf. (Buscando.) No sé dónde lo ha puesto el muchacho. 
Cuando suba de la cueva se lo preguntaré. 

Mart.— Yo mandaré a recogerlo. 

Bern.— ¿Volverá usted luego por aquf? 

Mart,— No sé si podré. ,. „ . „^^i,^ ^,,p 

Bern. Sí, hombre, venga usted a la tertulia. Hace ya cuatro noches aue 
falta usted. Mi mujer le echa a usted mucho de menos. 

<1) Cura— Don Bernardino— Ma tínez, 
(2} Don Bernardiuo— Mortíuez. 



jMart.— ¿Sí? Pues aunqtie no sea más que por complacer a dofla Restituta, 
vendré un rafito. 

Bf.sN.~Venga usted, venga usted. (Con intención.) 

Marx.— Pues hasta luego, don Bernardino. (Se levanta y llevanao pegado el 
emplasto en el trasero.) 
. Bern.— Vaya usted con Dios, amigo Martínez. (Sin mirarlo.) 

Mart.— ¡Ah! Que el emplasto sea circular. 

Bern. —¡Ya, ya! 

Mart.— Y que pegue bien. 
, Bern.— Pegará, pegará. 

Mart.— Hasta después. (Vase silbnnao por la puerta de la derecha.) 

Bern.— Abur... (Pepe sale de la cucoa con un gran pagúete.) ¿Qué subes 
ahí? 

Pepe.— Zaragatona, que ya no había. (Va al aparador y de/a el farol apa- 
gado.) 

Bern.— Oye, dónde has puesto el emplasto que pedía el veterinario? 

Pepe.— Pues lo dejé en esta silla, 

Berk.— ¿Estás seguro? 

Pepe.- Sí, señor. 

Bern.— Pues ya sé dónde está. 

Pepe.— ¿Dónde? 

Bern.— Vete a escape a buscar al señor Martínez. Ahora acaba de salir 
¡Se ha sentado sobre él I 

Pepe.— ¿Sí? (Riéndose.) 

Bern.— A ver si le despegas. 

Pepe.— Pues cualquiera se lo va a despegar. (En la rebotica.) Sí, señora; 
aquí está. 

Bern.— ¿Quién? 

Pepe.— Daña Ramona, la estanquera. (Vase a la calle. t 

Bern.— (¡Malo! ¿Qué traerá?) 

ESCENA VU 
Don Bernardino y Dofta Ramona, abanicándose, por la puerfa (hr^íchü. 

Ram.— ¿Se puede pasar? 

Bern.— Adelante, Ramona. 

Ram.— ¿Cómo está usted? (1) 

Bern.— Bien, y ¿usted? 

Ram.— ¡Buena, gracias! Es decir, estoy regular, nada más que regular. ¿Y 
ia familia? 

BpRN.-^Sin novedad. 

Ram.— Me alegro mucho. Porque no habiendo salud no hay felicidad. Aun- 
que verdaderamente, ustedes los boticarios, habiendo mucha salud no pueden 
hacer dinero. Como me pasaría a mí si no hubiera tumadores. ¿Usted no fuma, 
verdad, don Bernardino? 

Bern.— No, señora. 

Ram.— Casi hace usted bien, porque lo que es el tabaco que nos dan ahora. . . 
Yo no he visto porquería semejante. 

Bern.— Siéntese usted. (Le ofrece la silla núm. 3.) Yo, con su permiso, se- 
¡luiré con estos papeles. 

Ram.— Sí, señor, pues no faltaba más. Está usted en su casa. (Sentándose 
Prca de la mesa y abanicándose con fuerza y haciendo votar los papeles cok- 
adospordon Bernardino. Este los sujeto inútilmente con las manos.) Senti; 
venií a molestar, pero no tengo más remedio; una es madre, y cuando una < 
madre, ya se sabe, hay que dar ciertos pasos... 

Bern.— ¿Quiere usted hacer el favor de separarse un poquito? Porque c 
el aire del abanico me está usted descomponiendo los paipeles. 

(ti Doña Pamona— Don Bernardino. 



Ram.— ¡Ay! Sí, señor; usted dispense. No había reparado. (Se separa.) Y 
no es que me abanique porque tenga calor, porque no !o hace; pero yo, cuando 
saigo de casa, si no saco el abanico, no sé qué hacer de las manos. Cuestión de 
costumbre. ¿Verdad, don Bernardino? 

Bern.Eü natural. 

Ram.— Bueno, pues oiga usted. Yo venía a decirle a usted una cosa, y me 
alegro de encontrarle a usted solo, porque no es que yo no sirripatice con doña 
Restituta; pero ella tiene su genio, yo tengo el mío... y, en fin, que prefiero 
hablar con usted sólo. 

Bern.— (Esta rae va a pedir la mano de la chica.) (Sigue doblando los pa- 
veles.) '^ 

Ram.— Usted ya sabe que yo tengo un hijo. 

Bern.— Sí, señora. 

Ram.— Usted ya sabrá lo que pasa, porque en los pueblos se sabe todo en 
seguida; como somos pocos y todos nos conocemos y no hay nada de qué ha- 
blar, pues, naturalmente, se habla de todo. Quedamos en que usted lo sabe. 

Bern.— No habíamos quedado en nada, pero, en fin... sí, lo sé. 

Ram.— La chica de usted, no es porque esté usted delante, pero es muy 
Duena y muy decente, y hasta bonita si se quiere. Lo mismo que digo lo uno 
digo lo otro. 

Bern.— (¡Ay, qué pesada es esta mujer!) 

Ram.— Yo sentiré mucho que ustedes se ofendan; pero la verdad, yo quisie- 
ra que los chicos no siguieran con esos amores. 

Bern.— ¡Ah! ¿Pero es eso lo que usted desea? 

Ram.— Sí, señor. Porque mire usted, don Bernardino. (Vuelve a acercarse^ 
la mesa, don Bernardino recoge los papeles y los coloca al extremo opuesto 
de la mesa.) El chico, gracias a Dios, puede seguir una carrera, y yo quiero 
que la tenga y que estudie y que se haga hombre, y que no esté perdiendo 
el tiempo, porque ya sabe usted lo que sucede. Yo me puedo morir y usted se 
puede morir también, y luego, que yo me conozco, tengo un genio muy fuerte, 
y un día me coge el chico de malas (Coge el pisapapeles con la mano izquier- 
da y hace ademán de tirarlo.) y hago una barbaridad. (Deja el pisapapeles con\ 
tuerza sobre la mesa.) La vida que lleva no es vida. (3e abanica nerviosamen- 
te y hace volar las cuartillas que sujetaba el pisapapeles.) No piensa más que 
en escribir coplas, y yo sé que eso no puede ser bueno para !a salud, porque 
se les llena la cabeza de tonterías y a lo mejor dan- en locos. Créame usted, 
don Bernardino. 

Bern.— Sí, señora, sí. (¡Ay, qué calamidad de mujer!) (Después de tecoget 
las cuartillas de papel y de sujetarlas convenientemente.) 

Ram.— Me alegro mucho. Bueno, pues no hablemos más. (Se levanta y c& 
loca la silla donde estaba antes.) 

Bern.— (Gracias a Dios.) 

Ram.— Yo pondré de mi parte todo lo que pueda, pero ponga usted algo di 
la suya, porque es mejor. Yo soy muy buena y muy cariñosa. Figúrese ustei 
si yo querré al chico... ¡Más que a las niñas de mis ojos! Pero una no puedí 
dominarse a veces, porque los nervios son los nervios, y vamos, que yo tengl 
un carácter muy fuerte. 

Bern.— Pues júntese usted conmigo, 

Ram.— ¿Que yo me junte? ¡Por Dios, don Bernardino! No diga usted e 
Que puede oirlo doña Restituta. 

Bern.— Señora, si decía que yo también... 

Ram.— ¡Ah! Vítmos, sí. No había comprendido. ¡Ya sé que usted es incaii,,, 
de pensar esas cosas! Vaya, pues no le canso más. Ya sabe usted que yon 
dado este paso en bien de todos, y porque, naturalmente, ellos son chicos, 
como chicos no saben lo que se hacen. 

Bern.— Sí, señora, sí, descuide usted. (Medio mutis de Ramona.) 

Rxf\.— (Vuelve.) Si ve usted al chico por aquí, dígale usted lo oue viene í 
caso. Porque yo. la verdad, sentiría... 

BiíRN. — No, nn me ilir'a usted \:v'\s. 



RK»A.~-(Vuelpe.) ¡Por Dios, don Bernardino! Muclios besos a !a señora y a 

Teresita... 

Bern.— ¡A Teresita, sí! 

RAM.—fVaeíve.) No se habrá usted ofendido porque yo... No es despreciar 
i su hija, ¡Dios me libre! pero S! fin una es madre y viuaa, y ya sabe usted qtie 
laquees viuda... 

BtRN.— Es que se ha quedado sin marido, sí, señora. (Cobechándola.) 

Ram. —Adiós, don Bernardino. (Vase.) 

Bern.— ¡Vaya usted con Dios, señora; vaya usted con Dios!— ;Ay, qué 
mujer de mis pecados! 

PEPE.—C^rt la botica. Etüra al mismo tiempo que sale Ramona.) Vaya usted 
con Dios, doña Ramona. 

Bern.- ¿Le has visto? (Entra Pepe en la rebotica.) 

Pepe.~No, señor, no he podido encontrarle. 

Bern.— Bueno, pues déjalo. Yo voy a llevar estos papeles a don Telesfo- 
ro y a tomar el fresco, que bien lo necesito. (Deja el gorro "U la percha y se 
pone el sombrero.) ¡Cuidado! iNo vayas ha dejarme sola la botica! 

Pepe.— ¡Vaya usted tranquilo! (Vase don Bernardino.) 

ESCENA VIII 
Pepe, Teresa. Luego Nicolás. 

TEn.~(Ba/anao del piso principal.) ¡Pepe! ¡Pepe! 

Pepe.— (Mande usted, señoriíai (1) 

Ter.— Dice mama que subas al raoraento. 

Pepe.— Voy. 

Ter.— ¿Y papá? (2) 

Pepe.— Ha salido ahora mismo a llevar una medicina a casa de donTelesforo. 

Tur.— Pues sube. Si llama rjlgiii-n yo tr avisare. 

Pepe. -Está bien, señorita. (Vase por l<i escalera.) 

Ter.— ¡Qué feliz oportunidad! Psíe era el momeuío ile hablar con el pobre 
Nicolás. Puede que esté aun en la puerta de la zapataría. No, no viene nadie. 
(Mirando a la escalera al mismo tiempo que Nicolás viene do la botica.) 

Nk-..— Ahora que no está el padre era la ocasión... ¡Ay! ¡Ella! ¡Teresita! 
(Desde la puerta de la izquierda) 

Ter.— ¡Nicolás! Cuánto me alegro de poder hablarte. 

Njc— ¿No hay nadie por ahí? 

Ter.— No. ¡Soy muy desagraciada! 

Ntc— ¿Desgraciada queriéndote yo? (Se acerco a Teresa. 

Ter.— Por lo mismo. 

Nic- ¿Eh? 

Ter.— Mis papas se han enterado ya de n'iestros amores. 

Nic— Dirás tu papá, porque tu madre debe de saberlo hace algunos días. 
Ayer, cuando se asomó al balcón y me vio enfrente, me hizo así con la cara. 
fuña mueca burlona muy exagerada.) 

• Ter. -Fue-s sí; mi papá lo pabe también y dice que en cuanto te eche ¡a vis- 
ta encima te estampa en la cabeza el mortero de máfmol. 

Nic— ¡Qué barbaridad! 

Ter, -Se lia puesto furioso conmi.ñ;.>. 

Nic. —¡También nii madre me da cada di?gusto! Tú no sabes el genio que 
tiene. ¿Ves esto encarnado que tengo debajo de este ojo? Pues fué que ayer 
me tiró a la cara un paquete de picadura suave. 

Ter.— ¡Si lleí^a a ser fuerte!... 

Nic— Me deja tuerto. ¿Y todo por qué? Porque en vez de estarme «^ 
estanquillo me encierro acriba en el desván y me pongo a improvisar ' 
voy a volverme loco con tanto amor y con tantos versos. 



S 



1) Teresa— Pepe. . 

2) Pepe— Teresa. ' 



Tnt.— Pues la verdad es que los haces muy bonitos, aunque mi mamá diga 
lo contrario. 

Nic— ¿Qué sabe tu mamá de esas cosas? ¿Si querrá ella entender más que 
los periodistas» de Madrid? 

Ter.— ,'Qué? 

Nic— 1 Ljs de saber que el otro día mandé al Madrid Cómico una dolora muy 
bonita, y en el número de anteayer me contesta el director llenándome de 
elogios. 

Ter.— ¿De veras? 

Nic— Verás lo que me dice. 

Ter.— ¡Ay! Espera, no sea que vaya a venir papá y nos vea juntos. 

Ñic— Le encontré alií abajo. ¿A dónde iba? 

Ter.— A casa de don Telesforo. 

Nic— Entonces tardará, porque don Telesforo vive más allá del puente. 

Ter.— (Que fia ido a la puerta de ía calle.) i^o, no viene nadie. A ver U> 
que te dicen. 

Nic— Aquí está el periódico. (Saca del bolsillo un «Madrid Cómicos muy 
roto.) 

Ter.— lYa lo has roto! 

Nic— No; esto e? roído de los ratones. Si en aquel desván no se puede de- 
jar nada. Voy a pedir al mancebo que me dé unos polvos para ver si los des- 
casto. Oye lo que me contestan: (Lee.) «Correspondencia particular. A N. I.» 

Ter.-¿N. i.? 

Nic.-~Mis iniciales. 

TER.-¡Ah! 

Nic.~«Su dolora es un asombro. No la publicamos por no avergonzar a 
Campoamor. El era el César; pero usted le ha matado. Ya sabrá usted quién 
ha matado a César. Pues ese es usted.» 

Ter. -¿Y quién ha matado a César? 

Nic.--;Bruto! (Con énfasis.) 

Ter.— ¿Te llaman bruto? 

Nic.~¡Sí! (Con orgullo.) 

Ter. —¿Y derías que te elogiaban? 

Nic— Ya lo creo. Es que tú no conoces la Historia Sagrada. 

Ter.— Será eso. 

Nic— Como que este juicio me ha animado mucho. Hoy, después de comer, 
empecé una poesía que se llama Desesperación. Verás... No, pues no la traigo. 
Me la he dejado sobre la mesa del desván. Siempre se la habrán comido los 
ratone.-». 

Ter.— ¡Qué lástima! 

Nic— Ño está más que empezada. Dice así: 

Ter. —¿A ver, a ver? 

Nic— (Recitando.) «Desesperación. Siento venir...» 

Tr.8.— ¡Ah! ¡Pues márchate, que no nos vean! (Medio mutis.) 

Nic— No, si esto es de la poesía. 

Ter.— ¡Ah! (Tranquilizándose.) 

liic.~(Recita cómicamente.) 

«'Siento venir a mi corazón inerte 
oleadas de sangre en lo profundo. 
¿Para qué quiero la vida sin quererte? 
Voy a morir; que me perdone el mundo 
y que no se culpe a nadie de mi muerte. 

Ter.- ¡Preciosa! 

Y*ívv.. (Arriba.) Está bien, sí, s'eñora. 

Ter. —Ya baja el mancebo. No conviene que nos vea juntos. Vete. 

Rfst.— fi4rr/¿?üJ ¡Tere-- 

Ter. — ¡Voy, mamá!— Ai; . por bi.sl 

iiic.— ¿Me querrás siempre:' 



Ter.— Siempre. (Desde la escalera.) 
«pvISr' '^'*' ''n^ '"''*!. ^^""^^ Teresa por la escalera.) ¡Qué buena Mf «?f 

PEPE.~Mande usted. 
NiC— Venía q pedirte un favor. 
bÍ2cocho¡:^''°™ ««'<>>■ "•-y deprisa. Voy a la confitería por tres docenas de 

pSB-A'Stí,os dTd"lrr "''^ '"' ^^"^""^ ™ --'«' 
K^r^S ""' ^í "'."^'"''^ ""°5 P°l™s <ie arsénico. 

. „ ESCENA K 

alo^d^irSíuMaSS ía 'no'n'SÍ?^IH''K* "f ""' "'"¡'^ 9!?"^^ dar chocolate 

una^diverüJm ""^ '""'° ""^ "" ™ '" «e^'^ezcan ustedes. Para mi la pesca es 

'^l^énlñíTnl^'\%7¿7?nVsíS'TS f-'^"/^ s/en^an: ,oña fíes- 
Don Bemardino enln mesTdS'rZíLt.? "' ^""í "r"™ ^n ¡a silla ,mm, 2. 
Resmuia Hace cXS.^X^lr^Sí^^rcS^^^ medicamento. Doüo 

^iíido uItedlos''p'?r™Ssf ''''"^"'"-^ °'«^ •'''^•'' ^''° «'"«''«■"'. ¿"O "-a 

Rest /-^"¿S^f ^"",f • ^^""^ ^ '" I"* hay por Madrid, 
^laparldíí:^ ^'°'- *"*""-'" ^^ '" *'«<'«'« -feiicocAoí.; Pontos ahí, sobre 

Di.i„ ^ ESCENA X 

^u^'adeTeihl.f '"''''' "^ ^^ ''^^^«•^ A'''^^' ^«^"•b'"-' «"^a. ¿Se puede? r^/. ¿a 
^^r.~káe\a.nie. (Se levanta,) 

fc"~¿^í ^' í^'' ^""^^ Restituía? (Besándose.) 
KEST.-Perfectamente, ¿y usted? 
Marg.— Muy mal. 

KEST.— ¿Sí? 

¿^^•^ü. Felices, señor Cura. 
t^UBA.— ¡Hola, doña Mar.£ar¡tal 



Maro.— Don Bernardido... Teresita... ¡Vean ustedes a mi pobre hermane 
(Aparece don Prudencio en la puerta izquierda,) 

Ter. i 

Bern. i (Don Prudencio! 

Rest. i 

Cura.— ¡Qué es eso, hombre! (1). 

Prud.— Una neuralgia horrible. He pasado una noche de perros. Ahora y 
estoy mejor; pero me ha cogido inedia cara, y luego, como yo ya era sorel 
de este lado, (Del izguierdo.) resulta que ahora lo soy de los dos. Estoy coni 
una tapia. 

Bern.— ¡Vaya, hombre, vaya! 

Cura.— ¿Pero eso no le quitará a usted las ganas de jugar al tresillo? 

Prud.— ¿Eh? 

Cura.— Que jugaremos luego al tresillo. (En voz alta.) 

Prvd.— Bueno. (Margarita sf sienta en la silla número 1, doña Restitvfa ei 
la número 2 y Teresa en el sofá. Don B.rnardino vuelve a sus ocnpaciones. Dm 
Prudencio y el señor Cura se sientan en las sillas 5 y 6, respectivamente; en- 
cienden las bu/las y leen los periódicos.) 

y[KRQ.~(A doña Restítuta.) Pues sí, hija. Ha estado el pobre en \m ¡ay! cer- 
ca de cuatro horas. En fin, que a las tres de la mañana tuve que llamar a don 
Julio. Por cierto que yo no he visto nunca un médico más notabie. 

Rest.— Ya lo oyes, (A don Bernardino.) 

Beíjn.— Bueno.' 

Maro.— No hizo más que verle y, sin tomarle el pulso ni nada, sacó de ur 
estuche una lavaíivita así de pequeña; la cargó con yo no sé qué liquido que 
llevaba en un frasquito; le dio un pinchazo en ei hombro, y mano de santo, hija 
mía. Se le quitó el dolor por compleío. ¡Como que luego estuvo durmiendo 
hasta que le despertamos para comer! Yo he conocido algunos médicos, no 
muchos, porque, gracias a Dios, hemos tenido siempre buena salud; pero io 
que es como don Julio no creo que haya otro. (Saca del bolsiíío la labor de^ 
<.<crocliet».) ¡Y luego es tan simpático!... 

Rest.— Mucho. 

Maro.— ¡Y tan elegante! 

Rest.— Como que es de Valladolid. 

.Marq.— Anoche, a pesar de ir a medio vestir, tenía un aire tan distmguido... 

Rest. — Sí que !o tendría. 

Maro.— Llevaba al cuello un pañuelo de seda que le favorecía tanto... 

Rest.— iSí ío creo! A mí me gusta nnrcho. 

Marg.— Y a mí también. 

Rest.— r'Eh? 

Marg.— Y no sé si permitirme esta confianza, pero me parece que yo no le 
soy indiferente. 

Rf.st.—(^. Usted? (Contrariada.) 

Ter.— (Me alegro.) 

Maro —Des; 'ues de Uy} >., pi-Msa triuy bien. Un joven como él neoesita una 
mujer de mis condiciones. 

Rest.— Y de sus años. . . , , 

Marg.— No; la diferencia de edad no es misclui: pero un médico joven debe 
elegir una esposa de cierta formalidad y de . 

BiíRN.— (Cortando la conversación j í'rae us^ed !:;7;or nueva, ¿eh? 

Marg. Sí. No sé si la he dado a usted la puntilla... 

KEST.-CíEh!) 

Maro.- La que me mandó mi hermana la monja. 

r^fiST.— No me la ha dado usted. 

MAKG.—Pues mañana se la traeré. (Sigue trabujanüo.) , 

Cura. —¡Qué barbciridad! ¡Cómo está Madrid! 

Rest. -¿Qué pasa? 



(1) Teresa— Margarita— D o.ña Resütuta— Don Bernardino— Don Prudencio— Señor Cura. 



Maro.-— fíQué ocurre? 

CüRA.—Oigan ustedes. (Se levanta i¡ lee en et centro de la escena.) Un cri- 
nen horrible: (Lee.) «Ayer, en ia calle de Piamoníe, un caballero que padecía 
iccesos de enajenación mental, se degolló con una navaja de afeitar. La espo- 
lia desollada salió corriendo a dar parte al Juzgado.» 

Maro.— ¡Qué atrocidad! 

Rest.— Pero, ¿cómo pudo salir esa pobre señora? 

Cl'ra.— Pues así lo dice. (Mirando el periódico.) ¡Ay! Ustedes perdonen. 
(La esposa desolada.» 

ToDOS.—jAh! ^ , ^ , . 

Cura.— Yo había leído desollada. ¡Je, je! ( Vuelve asentarse donde estaba.) 

Rest.— Ya decía yo que estando así no podía ir al Juzgado. 

Prud.--(No he oído una palabra... ¡Cómo sufrirán los sordos!) 

Maro.— A propósito de Juzgado. ¿.No vendrá ia jueza esca noche? 

Rest.— Sí. No faltará. La he visto esta mañana en misa y se despidió hasta 
a noche. 

Maro.— Estaría muy elegantona. 

Rest.— No iba mal. 

Maro.-- ¡Esas señoras andaluzas se visten de una manera tan llamativa!... 
¿Iría luciendo la pechuga como siempre? 

Rest.— Es natural. Como que tiene una í^arganta muy bonita. 

Maro.- Pues, hija, otras la tienen tn¡nbién, y, sin embargo, no la enseñan 
con ese descaro. A fe que si usted y yo nos tísscotáramos... 

Rest.— ¡Sobre todo usted! (¡b:i demonio de !a fea!...) (Nicolás, que habrá ido 
levantando poco a poco la trampa de ia cmosi, la deja caer de pronto por temot 
de ser visto. Al golpe todos vuelven ía cabeza.) 

Nic— (íHuy!) ^ , , , ,. 

Rest.— ¡Eh! ¡Creí aue se había caído algo! (Se oiien en ia puerta de la boti- 
ca las carcajadas de Currita que viene con don Joaquín y don Julio.) Ya es- 
tán ahí. 
■ Bepn.— (¡Qué habían de faltarl) 

Clra.— ¡Me alegro! Ya tenemos partido. (Dbide las fichas en cuatro lotes 
y dispone la mesa para jugar.) 

ESCENA XI 

Dichos, Currita, don loacjuín y don julin. Entr-nn en la rebotica p-or ia putr'.a de la derecha. Cu- 
rrita viste con elegancia ivltííiva. Lucirá un escote no n:uv exogerüdo, pero lo bastante para que 
se vea que presume de pechuga bonita. 

C\jk.—(En la botica, riérjch^e.) ¡ Jesús, nué lanse tan chistoso! ¡Lo que sien- 
to no haberlo presensiadol (entrando enln rebotica.) Felisas. (Todos se lecan- 
tan. Currita habla con marcado acento anaa luz.) 

Bern.— BueuíKs noches. 

Rest.— Sean ustedes muy bien venidos. 

Cur.— ¿Qué tal desde esta ¡nañana? (Besando a doña Restituía..) 

Rest.— Bien. 

Cur.— ¿Y ítí. nena? (Besando a Teresa.) 

Ter.— Bien, sxracias. 

Cur.— Adiós. Marn-arita. <^a.'5/i«í/o5£?.> Ya sé que su hermano está mejor. 
Lo selcbro muchísimo'. Adiós, dórt' Bernardina. Buenas noches, señor Cura. 

Cura.— iO!é, por las seviiUínas! ; je, ie¡ 

Cuk.— ¡Pero qué simpático es este señor Cura! ( El juez y Julio van saluaan- 
do a todos. Este último reconoce detenidamente a don Prudencio. Las señoras 
vuelven a sentarse. Mars[o.nía ij Teresa donde estaban. Currita en la silla nú- 
mero 2 y doña Resfitutaen el sofá, primer término. El juez coge un periódico 
y lo lee a la luz de la lámpara.) 

Rest.— ¿De qué se reían ustedes? (A Currita.) 

Cur.— ¡Calle usted, por Dios, señora! Le venía contando a Julio lo que lo 
■^Cürrió ;-j! nohre .M;r.'t";'nez. 



Rest.— ¿Que le ocurrió? 

CuR.— ;Ah: ¿Pero no les ha dicho a ustedes nada don Bernardino? 

Rest.— ¿Ese? ¿Qué ha de decir ese? 

CuR.— ¡Qué soso es usted, hijo! (A don Bernardino.) Pues que el infeliz vt 
terinario se sentó aquí sobre un parche de pez de Borgoña qué había encarga 
do para uno de sus clientes y se lansó a la calle con aquella etiqueta en los pan- 
talones. (Margarita y Teresa se rien.) 61 mismo me lo acaba de contar, A mí 
es un hombre que me hase muchísima grasia. í'^/¿«£/o5e.^ 

R'est.— A mi ninguna. Celebro que haya deiado de venir. 

ífíMn.— (En la botica. )Wo\2í, Pepe. 

CuR.—Pues ahí le tiene usted. 

Rest.— Lo siento. 

Bern.— (Me alegro. ¡Toma tertulia!) (Entra Martínez en la rebotica oot (a 
puerta de la izqiiierda J 

ESCENA XU 
Dichos y Martínez. 

MART.—Buenas noches tengan ustedes, todos. (Deja el sombrero en la per 
cha, donde ya los habrán dejado antes don Prudencio, don Joaquín y Julio.) 

Todos.— ¡Hola, Martínez! 

CuR.— Venga usted, hombre, venga usted acá. (Martínez se acerca a la 
mesa de conuSor y se coloca entre Curríta y doña Restituía, de espaldas al 
público.) 

Mart.— Doña Restituía, perdone usted que no haya venido estas noches. 
Pero he estao muy ocupao. 

Rest,— ¿Sí, eh? ¡Qué lástimal 

CüR.— Ya les he contao a estas señoras... (En tono burlón y conteniendo la 
risa.) ,, 

Mart. —Calle usted, doña Currita, que me da muchísima vergüenza, ura- 
cias a que ha sido de noche. Si llega a ser de día me corren los chicos de la ca- 
lle. (Acercándose a don Bernardino.) ¡Buena pez de Borgoña me gasta usted, 
don Bernardino. 

Bern. —¡Pega! (Pega! 

Mart.— ¡Cualquiera la quita de los pantalones! (Llecándose la mano a la 
parte trasera del pantalón.) En cambio no tienen ustedes idea de lo bien que le 
sentó el emplasto al macho del vinatero. (Escuchan todos con atención.) Lo 
mismo fué ponérselo; sintió tal aliyio, que el pobrecito animal volvió así la ca- 
beza como para darme las gracias. (Haciendo girar la cabeza hacia el hombro 
derecho.) ¡Si les digo a ustedes que hay caballerías que parecen personas! 

Rest.— Sí: como hay personas que parecen caballerías. 

Mart.— ¡Verdad! , ^ 

Cura.— Ea, señores, que el tiempo es oro. Hoy vengo a dejarme el dinero. 

Mart.— (Sí, facilito es.) 

Cura.— Vamos, señor Juez, elija usted puesto. r. . , 

JoAQ.— No. (Habla con ligero acento valenciano.) usted antes. (Dejando e. 
periódico y acercándose a la mesa de tresillo.) 

(^URA.— De ninguna manera. 

JoAQ.— Bueno. (Levanta una carta.) Espadas. 

(}URA.— Señor Registrador. 

pRUD.— No sé si podré jugar. 

Juuo.— Sí, hombre, jue^e usted. 

Prud.— Es que siento unos mareos... 

Cura.— Eso es del estómago. Lo mismo rae pasa a mí cuando como mas de 
lo regular. (Prudencio levanta una carta de oros, coge la silla núm. 4 y laccr 
loca frente al núm. 6, de modo que las patas traseras estén sobre la trampa de 
la cueva. El señor Cura se sienta en la silla mim. 5 y don Joaquín en la núme- 
ro 6. Se dignen a Jugar.) 



Julio —Yo le pondré a usted una fornmlita. Oiga usted, don Bernardino. 
Tendrá usted Acetilfenihidracina? 

Bern.— ¿Qué? 

Julio . —A cetilfenihidracina. 

Bern.— ¿Yo? ¡Qué he de tener eso! 

Julio.— Pues hay que pedirlo a París. 

Bern.— ¡Sí, hijo, sí! Pida usted por esa boca. 

Cura.— Don Bernardino, ¿quiere usted hacer el cuarto? 

Bekn. No, señor, ni ei cuarto (ni el primo). 

Cura. Don juüo... 

CuR.— No sean ustedes egoístas. El médico lo nesesitamos nosotras. 

Maro.— Sí que lo necesitamos. 

Mart.- Si ustedes quieren que yo... 

Cura.— Si. hombre, venga usted. 

Mart.— ('i4 las señoras.) Siempre meteré la pata. 

Rest.- Las cuatro. 

Mart.— ¿Eh? 

Rest.— Que los cuatro pueden ustedes jugar. 

Mart.— Vamos allá. (¿2 acerca a la rmsa de tresiUo y ocupa la silla nú- 
neto 7, de espaldas al público.) 

Rest.— Don Julio, siéntese usted aquí con nosotras. 

}\}uo.—Setiorn... (Coge la silla nd;n. 3 y se sienta al lado de Margarita.) 

Rest.— ¡No! jAhí no! ¡Aquí! (Dejándole su puesto en el sofá.) Niña, déjale 
itio a tu lado. 

Julio.— No se moleste usted, Teresita, Usted siempre tan laboriosa. (Doña 
^estituta coge la silla número 3 y se sienta en el primer término, a la entrada 
te la escalera.) 

Rest,— No lo sabe usted bien. Esta chiquilla será la gran mujer de su casa, 
ío sabe estar holgando. 

Maro.— Lo mismo me pasa a mí. 

CuR.— Pues, hija mía, a mí me susede todo lo contrario. (Abanicándose.) 
rabajo porque no hay más remedio, pero me gustaría más que me diesen las 
osas hechas. 

Cura.— ¡Juego! ¡Y que va a ser solo! ¡Roben bastos! 

CuR.— Buen prinsipio señor Cura. ¿A ver, a ver? (Se leoanta y se acerca a. 
^ñorCura.) 

Cura.— Mire usted qué sólito. (Le enseña las cartas.) 

CuR. — Alegrillo es. (Viendo las cartas.) 

Cura.— (¡Pero qué desabrii^ada anda siempre esta señora!) 

CuR.— Me gusta usted porqíie tiene el juego como el carácter, siempre alegre 

Cura.— ¡Qíiiá! ¡Ya no soy lo que era! ¡Si me hubiera usted conocido de mu- 
hacho! En el Seminario era yo el demonio. ¡Dios me lo perdone! Como que 
íie llamabíin ei padre Aleluya. ¡Je, je! 

CuR.— ¡Ay, qué grasia! (Se dirige a la derecha.). 

Mart.— ¡Vamos, hombre (Al señor Cura.) 

Cura.— Rey de copas. (Jugando.) 

M.\RT.—\Lo íMol (Siguen jugando.). 

CvR.— (Voloiendo a sentarse.) ijesúsl Pero qué olor tan desagradable se 
iota hoy aquí 

ResT. — Será e! veterinario. 

CuR — No, me parece que es eso que está ahí a la lumbre, (Por un cacillo 
jue don Bernardino ha puesto a la lámpara del alcohol.) 

Rest.— De seguro. -Oye, Bernardino, ¿qué cocimiento es ese? 

Bern.— Asaféiida. 

CuR.— ¡Ya desía yo! 

Rest.— Pues, hombre, ya podías tener más consideración, 

Bern,— Pero, mujer, si es que. . 

Rest,— ¡Que lo hagan arriba en la cocina! (íWü:¿^ incomoaada.) ¡No nos vayas 
a infestar ahora! 



Bern.— OQué paciencial) iPepe! 

Pepe.— Señor. 

Bern.— Llévate esto a la cocina. (Vase Pepe con el cacillo pasando 
de las señoras que se tapan las narices.) 

CuR.— ¡Uf! ¡Que peste! A mí que me den olores finos y delicados. Sol 
todo flores. En bevilla, ¡ay, Sevilla de mi almal, tenía yo siempre mi habití^ 
sión que paresía un jardín. ' ■ 

. Cura.— ¡Juego! ;i 

JoAQ.— Juegue usted algo, señor Cura. *' 

Cura.— Copas. :/, 

Prüd.— ,JEh? ;' 

Cura.— Copas. 

Mart.— Este se lo ponen. (Nicolás levanta la trampa sobre la que estúsen'\ 
*ado don Prudencio, Éste se tambalea agarrándose a la mesa.) 

Prud.— ¡Ay! 

Todos.— ¿Eh? ¡i 

Cura.— ¿Qué eso? I 

Prud.— ¡Un mareo! Ya pasó. Me ha hecho el efecto de que se balanceaba 'a" 
silla. 

Cura.— No haga usted caso. Eso no vale nada. (Don Bernardino empiejiu u 
machacar en el mortero de mármol.) 

CuR.— ¡Jesús! (Molesta con el ruido.) 

Rest.— ¡Pero Bernardino! (Furiosa leoántandose.) 

Bern.— ¿Qué? ' 

Rest.— Que dejes el machacar para cuando estés tú solo. 

Bern,~(¡Tú sí que machacas!) 

REST.-^iAy, qué hombre! (Vuelve a sentarse.) 

Bern.— (¡Ay! ¡Qué mujer! (Deja el mortero.) 

CuR.— ¡Ay! ¡Que no me había fijado en Margarita! 

Maro.— ¿Qué? 

CuR.— ¡Hija mía, qué corbata tan elegante se ha puesto usted bQy? (Burlona.} 

Maro.— No vale nada. 

Cur.— ¡Fíjense ustedes! 

Rest.— ¡Preciosa! 

Julio.— De mucho gusto. 

Cuk.— Y que la favorece a usted muchísimo. (Entra en la botica el tugare 
fio 3.° con receta y frasco, don Bernardino le despacha.) 

Marg.— No sea usted burlona, jueza. 

Cur.— ¡Ay, hija, por Dios, no me llame usted juesa, porque mi carácter estí 
refíido con la seriedad del cargo! Llámeme Curra o Currita, ¿pero juesa? ¡Quitf 
usted allá! Yo no soy como esas señoras que porque son esposas del juez dí 
primera instancia, se dan el mismo tono que si estuviesen casadas con el pre» 
dente del Tribunal Supremo. 

Rest.— ¡Qué buen humor tiene esta señora! 

Cur.— Y que usted lo diga y Dios me lo aumente. Es la ley de las compen 
saciones. Si yo fuese tan seria" como mi marido paresería mi casa el Tribuna 
de la Rota. Pero así y todo. Allí le tienen ustedes. El valensiano más formal } 
más espetao que he visto en mi vida. Pues el hombre se ha vuelto loco con una 
vataitas. (Movimiento de baile.) 

Rest.— ¿Le han pegao? 

Cur. —¡Señora, por Dios! Oye, Joaquín. (Levantándose y acercándose a li 
mesa de tresillo ) 

¿OAQ.— ¿Qué? 
)uR.~Diles a estas señoras cómo me has conosido. 
JoAQ.— Déjame ahora, que esto está grave. 
Mart.— ¡Señora, por Dios! 

Cur.— ¡Qué finos son estos jugadores de tresillo! (Volviendo al lado de la. 
aehorasj Pues me conosió hase tres años en Marmolejo. Entró una noche «jj^j 
el casino, me vio büHar nnn=5 9Pvil'Rm~, v '¡7^^] ;ní)i rová un ñie?! 



i 



, Om-VnhSX '?"° ^' "'=' * castañuelas? 

KtsT. -¿Usted, Margarita? (Con sorna.) "=""">•■ 

&7ña1f Sbte„r ^''°^' ^"°"''° ^^^ -" "'Pá ^" Loeches, 

|2í¡|¿o¿^.^¿.;^£r"«i:iaVti» L°oSíf¿r-^o 'o» penad 

Cura.— Tengo. 

JoAQ — Ahf va. 

Mart.— ¡Arrastro! 

fc~^S..f ^ ^'^^f^ ese hombre (A Restíhita,) 

CuR.-,Ay! ¿Qué es eso? ¿Tienen ustedes músico en la vecindad? (Leoan- 
Rest.— Sí, desde ayer. 

BjiRN.-Pues baile usted, señora, baile usted. 
BernT5¿eW) '-''"'^'■^ "'^^^ '^"^ demos unas vueltas? 
JuLio.-Con mucho gusto. (Se. leoanta.) 
Rrp;~ .?/" ^f "fdino, haga usted e! favor de separarse 

ESCENA XIII 
Dichos menos don Bcrnardlno 

^Sirín^^:^"^""-^ °'''"" """" """"• *""•"«■' «""O"" no fuese más q„= 

Mart.— Señora. 

Rest.— Aquí tiene usted pareja. 

viARG.— ¡Pero doña Restitufa!. . 

<EST.-^4 .Martínez.) Ande usted, ande usted 

r^¿r¿T¿/.!lt ^'^'"''''"'"''^-'^''^^^^ 

jEST.-¡Pero Martínez! (Riéndose.) 

looos.-íja, ja, ja! 

^^^T:'-(Sin comprenderlo.) ¿Qué? 

^a^oTS"!/ "^.va usted colgaduras. 

rq^ToTn^ttd'o iXr^^^^^^^ '"^''''1 ^^^rochet.) ¡Nada! E^tá 

eusted,LfíorS,"a1deísferM!í^^^^^^ ^^^'^^'^^^ ^^ -^^^-'-^-^ 

^A,— Cuidado, hombre. 



RzsT.—CA Teresa.) ¡Qué sosa eres! Ni siquiera has dirigido la palabra 
don Julio. 

Ter.— Pero mamá .. (Cesa la música. Se suspende el baile.) 

CuR.— ¡Qué lástima! 

Mart.— Ahora que me iba yo animando. Pero ¡cómo se menea esta señora 
a pesar de sus años! 

Maro. —(¡Grosero!) (Martínez oudoe a la mesa de tresillo. Va a sentarse 
y de pronto se detiene. Ladea la silla y se sienta al escape, tomando una poS' 
tura ridicula.) 

Cura.— Doña Restituía, que no^ se olvide usted de lo que me ha prometido. 

Rrst.— En seguida, señor Cura. 

CuR.— ¿Qué es? 

Cura.— Que nos va a dar la prueba de un Jerez riquísimo. 

CuR —Hija mía, ¿tiene usted Jerez y no nos había dicho nada? Vengan unas 
copiías. A mí las cosas de mi tierra me entusiasman ' 

Rest.— Aliora, ahora lo probarán ustedes. Es un regalo de mi hermano, que j 
se ha metido a cosechero. ¡Pepe! ¡Pepe! ¡Ah, que está arriba! Mira, niña, haz 
el favor de bajar a la cueva y sube unas botellas. 

Mart.— Yo bajará, señora. 

Julio.— Oyó... 

Rest. -No faltaba más. Irá la nifía. A esta le gusta trabajar... (A Julio.) Es , 
una alhaja, don Julio, créame usted. (Teresa se dirige a recoger el farolillo que\^ 
está encima del aparador, y lo enciende.) 

CuR.— ¡Vaya! Basta de tresillo, que tenemos que probar el Jerez. (Rec 
giendo las barajas.) Sean ustedes más galantes con las damas. 

Cura.— Pero, señora. 

JoAQ.— Sí, si. Basta. Porque si no se nos lleva el señor Cura todo el dinero. 

Cura.— A pagar, a pagar. 

JoAQ.— Ahí van seis pesetas. 

Mart.— Treinta reales míos. (El señor Cura recoge el dinero. Se leoantan 
todos.) 

Cura.— ¡Pues si no gano más que tres duros. (Ha bajado al primer término 
izquierda con CurrritaJ 

CuR.— Una misa cantada. 

Mart.— Pues yo le he pagado el órgano. (Doña Restituía coloca los bizcO'l 
chos y las copas en la mesa del comedor.) 

Cur.— Señor Cura, usted perdone que me tome estas libertades. 

Cura.— No hay de qué, señora. 

Cur.— Yo sentiría que usted me juzgara mal, pero como tengo este ca- 
rácter... 

Cura.— ¡Quite usted, por Dios! 

Cur.— ¿Y cree usted que en el pueblo tampoco juzgarán mal de estas Iige> 
rezas mías? (Teresa, ayudada de Martínez, abre la trampa déla cueva.) 

Cura. — De ninguna manera. 

Cur. — Me alegro, porque yo abrigaba el temor... 

Cura.— ¿Abrigar temor? ¡Ninguno! (¡Lo que debía de abrigar es otracosaO 
(Al volverse está a punto de caer en la cueva.) 

Cur.— ¡Ay, señor Cura,j5or Dios!... (Sujetándole.) 

Cura.— No había visto. (Teresa baja a la cueva.) 

Cur.— Cuidado, niña, no vaya usted a dar un mal paso. 

Ter.— Descuide usted. (Baja.) 

Cur.— ¡Qué monísima es esta criatura! /i4 doña Restituía,) 

THR.—(En la cueva.) ¡Ay! (Grito agudo.) 

CuRA.-¡Eh! 

Cur.— ¿Qué? 

Rest.— ¿Qué es eso? (Todos se acercan a la trampa.) 

Ter.— (Asomándose.) No, no es nada. 
• Cur.— Algún ratón. . , 

Ter.— Sí un ratón muy grande; pero ya se ha escondido. (Vuewe a oajar j 



CüR.— Menos mal. Creí que era otra cosa. 

'REsr.—{ A Curriía.) Mire usted, mire usted a doña Margarita. iQné mira- 
ías lé echa al médico! Está enamorada de él. (Julio, sentado en el sofá, lee un 
eriódico ) 

CuR.— ¿Sí? Pues que no se componga. Julio a quien quiere es a otra. 

Rest.— ¿A Teresita? 

CüR.— No, señora. A una prima suya de Salamanca, con la que está para 
asarse. El mismo me lo ha confesado. 

Rest.— ¿Sí? (Me alegro... por la Rejíistradora.) 

Tek.— (Subiendo de la cueoa con una botella.) (; Ay, Dios míol) 

Mart.— ¿Una botella nada más? ¡Suba usted otra, criatura! (Teresa oueive 
r. bofar ala cueoa.) 

Rest. -Don Julio, que sea enhorabuena. 

JuLio.—dDe qué, señora? (1) 

Rest.— De que ya sé que usted está para casarse. 

}AmQ.—{\Sei\orsi,X*^vli\os^^ (A doña Restituía.) 

Rest.— <>1 Margarita.) (No, si no es con usted.) Si es con una prima suya 
te Salamanca. ¿No es verdad, don Julio? 

Julio.— Sí, señora; el mes que viene tendré el gusto de prsesentársela a us' 
edcs. 

MÁrq.— (¡Qué desencanto! »Y yo que había llegado a figurarme !;/i4 í/o/ía 
?estituta.) . 

Rest.— r'^ Margarita.) Las mujeres somos muy tontas, créame usted a mí. 
Sale Teresa de la cueva con dos botellas.) 

Mart.— Ya está aquí el vino. 

Cura.— ¡Vamos a ver! ¡Vamos a ver! 

Ter. -(iPobrecito! ¿Cuándo va a poder subxr'í) (Martínez cierra la trampa.) 

Mart.— Traiga usted. (A Restituía.) Aquí tenéo yo sacacorchos. 

Rest.— No, gracias; los hay aquí... (¡Dios sabe de qué estará ese sacácor- 
±os\) (Va ala mesa figura descorchar las botellas, y va llenando las copas, 
]uc Currita se encarga de repartir.) 

?m.Ta.—(Al señor Cura.) Puede que me siente bien para estos mareos. 

Cura.— Indudablemente. 

Rest.— Señor Cura, señor Juez; vamos, vengan ustedes. 

Qt?.— Tome usted, señor Cura... don Prudencio... señor Martínez... Toma, 
liío... (A don Joaquín.) Margarita... don Julio... Vamos, niña... (A Teresa.) 

Ter.— No, señora, yo no tengo gana de nada. (Don Prudencio, con una 
:ppau un par de bizcochos, va a sentarse en la silla núm. 3, en la mesa de 
tresillo, dando la espalda a los demás personajes. Beben todos, menos Teresa.) 

Cura.— ¡Riquísimo! (2) 

Juiío.— ¡Excelente! 

Cura.— ¡Qué bouquet tiene! 

Mari. — ¡Si lo pudiera uno beber a pasto! 

Rest.— No es malo, no. 

Maro.— Yo lo encuentro algo fuerte. 

JoAQ.— Superior, superior. 

ESCENA XIV 
Dichos y don Bernordlno, que baia por la escalera. 

Cura.— ¡Don Bernardino, esto es de primer orden! 
Bern.— ¿Qué es eso? (3) 
Rest.— El Jerez de mi hermano. 
Bern,— ¿Quién lo ha subido? 



'*ll 



fl) Don Julio— Dofiis Rcstituta— Margartla— Don Joaqufn— Cura— Cnrrlta—MaríinM— Don 
Pnsdcncio. 

(2) Teresa— Doila ¡íestltuta— Margarlta—Currifa— Don Julio— Martínez— ScOor Cure--Don 
loaauín— Don Prutícnc'o. ^ 

(8) Teresa— Don Bernardlno—Dofla ResÉituta— Margarita— Curriía~Don Julio— Martííw»-- 
Cura—Don loaquín— Don Prutícdclo. 



RHST.-Laniña. . . , • -» ^j -r .1 

Bern.— ¿Es de las botellas que hay a la derecha, según se baja? (A Teresa.j 

Ter,— Sí, señor. 

Bekn.— lAy, Dios mío! 

Todos.— iQué! íAIgo alarmados.) 

Bern.— |Ay, Virgen Santa! 

Rest.— Pero, ¿qué pasa? 

Bern.— Que eso no es vino. 

Todos.— ¿Eh? 

Bern.— ¡Que eso es alcoholaturo de cicuta! 

Todos.— ¡Puf! (Todos se aterran y gesticulan haciendo ascos, menos dor 
Prudencio, que no se ha enterado de nada y que sigue saboreando el pino, ür 
espaldas a los demás.) 

Prud.— (lE^un vino muy rico!) (Bebiendo.) 

CuR.- ¡Pero denos usted un contraveneno! 

Julio.— ¡Pronto! ¡Acido tánico! * 

Mart.— (Qué ácido tánico! jAceite, aceite! 

Marq.— M don Prudencio.) ¡No bebas, por Dios. 

Prud.— ¿Qué? 

Maro.— ¡Que no bebas! 

Prud.— ¿Por qué? 

Maro. -¡Porqne está envenenado! 

Prud.— ¡Caracoles! (Escupiendo.) . , , j j t. 

Bern.— i Ay! ¡Respiro! (Desde lo alto de la escalerilla de mano a donde na 
subido como a buscar el contraveneno.) 

Todos.— ¿Qué? ^o ■ ^ \ 

Bern.— Tranquilícense ustedes, tranquilícense ustedes. (íia/anao.j 

Todos.— ¿Pero...? . 

Bern.— Que me he confundido. " I 

Todos.— ¿Eh? ^ ^ . , • , ^» 

Bern.-Quc el alcoholaturo de cicuta no está a la derecha, smo a la izquierda. 
Cura.— ¿Pero está usted seguro? , , ^ . „ . ^ ^ ;f„ 

BiiRN —Se'^urísimo. !Eí=to es Jerez! (Cogiendo la botella que tenará doña 

Restituía.) Ya°lo creo que es Jerez. (Bebe. Todos se tranquUizan menos don 

Prudencio.) * j 

Todos.— lAh! 

Prud.— ¡Ay, ay! ¡Qué dolores tan horribles! (En eloientre.) 
Maro. —¡Tranquilízate! . t^ . . t, í^ 

Prud.— ¡Estoy muy malo! (Todos se oueloen hacia don Prudencio y se burlan 

de su error.) 

Maro.— ¡Si no hay tal veneno! 

Prud.— ¿Eh? 

Maro.— ¡Que lo del veneno es mentira! (Más alto.) 

Prud.- -¿Sí? Pues me parece una broma de muy mal gusto. (Leoantandoseae 

ía silla.) 

ESCENA XV 
Dichos, Ramona y Matías; luego Pepe. 

Rk}\.— (Entrando en la botica.) Déjeme usted, Matías, déjeme usted. 

ÍA\r.-(Entrando con ella.) Vamos, señora. Sosiégúese usted, (¿e qaedaeti 
segundo termino.) 

Rest.— ¿Quién? 

Bern.— La estanquera. , , » » j d..^.«4í 

Rp,^.— (Entrando en la rebotica por la puerta derecha.) ¡Ay, don Bernar» 
no de mi alma! ¡Ay, señor Cura de mi corazón! ¡Ay, señor Juez de... primen 
stancia! (U orando.) Buenas noches tengan ustedes. ((Jan naturalidad.) 

JoAQ,'^*^ué es eso? ¿Qué sucede? 






Ram.— ¡Una desgracia horrible! iQue mí pobre hijo no parece por ninguna 

T¿R. -(¡Claro!) 

Ram.— AI ver que no se presentaba a cenar a la hora de costumbre, llamé 
i iViatias, y él y yo le liemos estado buscando por todo el pueblo, y nada. 

Cura,— ¡Calma, Ramona, calma! 

Rasi.— (Llorando.) ¡Ay, señor Cura! (Transición.) ¡Ah! Antes de que se me 
)lvide: ya tiene usted separados los dos mazos de puros escogidos. (Vueíoe a 
¿orar.) ¡Ay, Dios mío! ¡Pero si esto ya me lo temía yo! 

JoAQ.— ¿Pero qué es lo que se teme usted? 

Ram.— Que se haya matado. 

Rest.— ¡Señora! 

CuR.— ¡Jesüs! 

Ram. -Creyendo que estaría en el desván, aubynos, y mire usted lo que en- 
lontramos alh. (óiacamio un papel.) 

JoAQ.— ¿A ver, a ver? 

Rfst.- (¿Qué será?) 

JoAq.~ (Leyendo). «Desesperación. (Le como si fuera prosa.) 

Siento venir a mi corazón inerte 
I oleadas de sangre en lo profundo. 

¿Para qué quiero la vida sin quererte? 
Voy a morir, que me perdone el mundo 
y que no se culpe a nadie de mi muerte. 

¡ Mart.— Y cae en verso. 

JoAQ.—A cualquier cosa llama usted versos. 
Cltsa. -¡Jesús, qué chicos! 
Ram.— ¡Ay, doña Currita! 

' CuR.— Tranquilícese usted, señora. Los poetas dísen esas cosas, pero no 
las hasen nunca. ^ 

JoAQ.-¿Qué han de hacer? Hay que buscar a ese muchacho. (A Mafias.) 
mat.— bi chico del zapatero, con perdón de usía, ha dicho que le vio entrar 
Qqui. 

BERN.-¿Aquf? ¡No es posible! (A Pepe, que baja la escalera.) ¿Has visto tu 
por aquí a Nicolás, el hijo de esta señora? 

Pepe. -Sí, señor. Aqui estuvo antes a ver si le despachaba un veneno 

1 ODos. — ¿Eh? 

Pepe.— Quería polvos de arsénico. 

Ram.— ¡Se mató! 

Todos.— ¡Jesús! 

RAM.--¡Ay . ay!... To me pongo mala! (Cae desmai/aaa en brazos de don 
..rnardmou del señor Cura. La .sientan en la silla núm. 2, que adelantan al 
no^cenio. Todos rodean a Ramona, dejando libre la izquierda de la escena.) 

CuR— ¡Qué lástima de muchacho! ^ 

'A dfm'Be^^ ^d^^^ í^ ^'^"^^ *" ^^"^ haberte f!(jK|«»ú« a pus amores con la niña. 
Bern. — ¡Pero mujer! 
Julio.— Pronto. El f. rasco del éter. 

?f f" ~7i'^^\°-^- ^^"F*^ "1 '''i'^^'' ^''^ ^^^^'^ ^^ ^^'^^^<^' Suena el clarinete.) 
ueio) ^^^^"^-^ '^ ^^''^ ''^^^ se calle ese músico! (Vase Matías y vuelve 

Bern.— Muchas gracias, señor juez. (Dándole la mano. ) 
Kest.— ¡Aspire usted, señora! 
Ram.— ¡Puf ? (Gesto de desagrado.) 

Rest.— Aspire usted fuerte. {Doña Ramona hace otro gesto.) Ya vuelve ÍA 
Mrrita que está a su derecha.) "^ ^ 

Cur. —Quite usted, por Dios, que eso huele muy mal, 
KüST.— Si es éter 



Bern.— ¡A ver! (Cogiendo el frasco.) ¡Si esto es el frasco de la bencina!^ 
(LiO oueloe al estante.) 

Rest.— Bueno. El caso es que ha vuelto en sí. 

Ram.— ¡Ay! ¡Hijo de mi alma! (Llorando. Cesa el clarinete.) 

Ter.— (¡Yo lo digo!) Doña Ramona... (Acercándose a ella.) 

Ram.— ¡Ay! ¡Hija de mi vida! (Abrazándola ) ¡Hemos perdido las dos lo <itte!| 
más queríamos en el mundol (Llorando amargamente.) ;' 

Ter.— ¡No, señora! 

Ram.— ¿Eh? (Se levanta oigo la trampa.) 

Ter.— Nicolás vive. 

Todos.— ¿Qué? I 



Ter.— ¡Y está aquí! 
RE8T.~¿Dónde? 



ESCENA ULTIMA 

Dichos y Nicolás. 



l^\c.~{Sallendo.) (Vo no aguanto más.) 

Ter.— Mírenle ustedes. 

Todos.— ¡En la cueva! (Sorpresa general. Maltas cierra la trampa.) 

Ram.— ¡Hijo de mi a!...! (May cariñosa. Transición.) ¡Lo mato! 

Nic— ¡Madre! (Ramona oa a pegarle. El Juez, Maitinezy el Cura se inte' 
ponen y los separan.) 

JoAQ.— ¿Qué hacía usted ahí abajo? (A Nicolás.) 

Nic— Aburrirme. 

Rest,— ¿Con que le tenías encerrado?^/! Teresa. Yendo a pegar a Tere!; 
Currita y Margarita se interponen. Don Bcrnardi.no, en el centro de la escen<. 
da muestras de estar muy cargado con lo que pasa.) 

Ter.— (Llorando.) No, señora. Si yo no sabía nada. 

Nic— No, señora, si ella no lo sabía. 

Ram.— ¡Insolente! (Se repite el movimiento anterior.) 

Rest. — ¡Desvergonzada! (ídem, ídem.) 

Bern.— ¡Ea, basta ya! (Con gran energía.) Aquí estamos en mi casa, y e 
mi casa no manda nadie más que yo. Los chicos seguirán en amoi'es porque 
quieren... ¡Y porque a mí me da la gana! (Cogiendo de la mano a Teresa y 
Nicolás y lleoán dolos al centro de la escena.) 

Nic— ¿Es de veras? 

BcRN.— Sí, señor, y os casaréis en cuanto éste tenga su carrera. 

Ram.— Siendo así, bueno. 

Bern.— Serás boticario. (Abrazando a los dos.) Yo estoy ya de la boti 
hasta aquí. (Las señoras forman un grupo a la derecha; los caballeros a le 
criierda. En el centro, y acercándose al proscenio, don Bcrnardino, Teresa 
Nicolás.) 

Riií.'N.— f>l Teresa y Meólas.) 

Me hablando vuestra desgracia 
y no os quiero ver llorar. 
Conque a Madrid y a estudiar, 
que te espera esta farmacia. 
(A Nicolás.) 

Tú honrado y buena mi chica, 
felices seréis los dos... 
Pero no tengas, por Dios, 
tertulia en la rebotica. 



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iSU SALUD PEUGRAf 

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nada, pues iiasta entonces habrá bebido alguna cantidad; tanga por 

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LA SOBRINA DEL CURA.-C. Arniclies. 

EL Mis neo.— Santiago Rusmol. 

LOS SEMIDIOSES.-Federico Olivcr. 

LAS CACATIJAS.-Caser.. y G. Alvarez. 

El LOBO.— Joaquín Diccnta. 

CHARITO. LA SAMARITANA.- Torrea 
del Álamo y Asenjo. 

EL VERDUGO DE SEVILLA. - García 
Álvarcz y Muñoz Seca. 

TODOS SOMOS UNOS.-J. Benavente. 

EL REY GALAOR.-P. Villaespcsa. 

LA CASA DE QUIRÓS.-C. Arniciics. 

PÚCAR XXI.— Muñoz Seca, García Alva- 
rez y Pérez Fernández. 

El RÍO DE ORO.-Paso y Abatí. 

SOBREVIVIRSE.-Joaquin Dicenta. 

ALMA DE DIOS.-ArnIches y G. Álvarez, 

EL CARDENAL.-L. Rivas y Rcparaz. 

EL POBRE VALBUENA.-Arnichcs y 
García Álvarez. 

E - HOMBRE QUE ASESINÓ.-Traduc- 
ción de Antonio Palomero. 



23 
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LAS ESTRELLAS.— Carlos Amlches. 

DOLORETES.— Carlos Arnlctics. 

LA S2ÑORITA DE TREVELEZ. — Car- 
los Amlches. 

SERAFINA LA RUBIALB» O {UNA NO- 
CHE EN EL JUZQAO!— Torres del Ála- 
mo y Asenjo. 

ABEN-HUMEYA.-FrancIscoVIllacspesa. 

EL SEÑOR FEUDAL.— Joaquín Dicenta. 
LA ETERNA VÍCTIMA.— Fellne Trigo. 

JIMMV SAMSON.— Traducción de José Ig- 
nacio de Alberti. 

LÓPEZ DE CORIA.— Muñoz Seca y Pé- 
rez Fernández. 

LA GIOCOND A .— G. d'AnnunzIo. Traduc- 
ción de Francisco Villaespesa. 

PRIMAVERA EN OTOÑO.— G. Martínei 
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EL CRIMEN DE AYER.— Joaquín Dicenta- 

EL MISTERIO DEL CUARTO AMARI- 
LLO.— Traducción de Gil Parrado. 

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La Novela Teatral 

Complemenio de LA Nt)VtlLA CORTA 



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r^auós. -Bbuavbktb. - EcHBOARAY.-DiCBNTA. -Linares í^ivas. - Mabtíkhbz 

hAV^MBI QDnfTBBO.-MABOUINA.-VlLLABSPBSA.-RuSIÑOL. GinMBRjl.-RBPADÁZ.-OLIV!9B. 

EL saínete y la HUMORADA 
,4m0HBs.-PA8O.-GABCÍA Alvabez.-Abati.- Ramos Cabbión.-Vitai AzA.-MidhM 
a ao^.-RiCABDO DB LA Vboa.-Lópbz Silva. - Asbnsio MÁS. -Cadbnas.-Caso^mí, 

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TOBBBSDBL AlAMO Y AsENJO.-RamOS MaBTÍN.- PÉREZ PbBNÁNDBI. 

Antonio Domínguez. -Pabadas y Iimbnbz. 

CLÁSICOS 

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Qonlo y figura. -Trampa y cartón. -Pastor y Borrego.-Fócpr XXI. -La trescare 
i« Lafvente.'Las Ocatúas.-Los chicos tie la calle. - La liobrína del cura.-La gw* 
Kxa.-La cr?a de Quirós.-El veión de Lucena,-El infierno.-Los perros de prcíia.E** 
T»'. rápido.-El gran tacarlo. -El paraíso. - La divina provid¿nc¡a.-La mar calada.» 
'^pex de Coria.-Las cosas de la vida.-Mi Papá.-Qente menuda. -Alma de Dios • 
El pobre Valbuena. - Las estrsllas -Noche de Reyes, etc. 

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3í .<«4fetico.-E] Cardenal. -Los Semidioses.-PrÍTiavera enotoño.-EI seflor Fead«í 

Aitrora. - Daniel.-El lobo.- Sobrevivirse, etc., etc. 

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CABEZÓN 


DONOSO 


LUCAS 


VICARIO 


frías 


VICTORIANO 


A\ATIAS 


SINPOROSC 


VENANCIO 


ATILANO 


PELAEZ 


rodríguez 


POLANCO 


MARCEIJNO 



ACTO PRIMERO 

I Especie fc plozolcti en el Jardín de un cementerio. En el fondo, espeso arbolado y atonna 
lue olra lujosa esfafua. En eliateral derecha j- ocupando el segundo término, un trozo de la 
eria que circunda un panteón que no se ve. En el lateral izquierda, un macizo o verla que sl- 
^uu dar acc«80 a otro niausaleo que tampoco se ve. En escena, dos bancos rúslico». Eade 
|aa. La acción en Madrid. Época actual y en el mes de mayo por más senas. 

I Al levantarse el telón, Venancio, oflclal de marmolista, en fra|e de faena, tumbado en el suelo. 
auerme ante el mausoleo de la derecha. Matías, de ¡yi:a! oficio que Venancio, entra en escena 
I desperezéadose y bostezando.) 

I M.AT.~(Danao con el pie a Venancio y despertándole.) iWenantiol.,. ¡Ve- 
fiancio!. 

Ven. 
I Mat 
! Ven. 

Mat 
I Ven. 

Mat 
(Piensa 
í Ven. 
! Mat 
t^ue me 



—(Incorporándose.) ¿Qué pasa? (Bosteza.) 

.—Pero hombre, ¿te has dormido, con lo que tenemos que trabajar? 

—(Desperezándose.) ¿Qué hora 63 Matías? 

.—(Sacando el reloj.) ¿Quieres hora exacta? 

—Natufal. 

.—Pues verás: yo tengo las once y cuarenta y dos; de modo que soHm* 

un instante.) Las cinco y catorce. 

—¿Oye, ese reloj es Longines, por un casual? 

.—No es Longines; pero por treinta céntimos que^e costó, no querrá» 

diesen el meridiano de París, 



Ven.— También es verdad. 

Mat.— Vamos anda, hombre, que todavía nos queda tarea. 

Ven.— i Voy, hombre, voy, que no dejáis a uno ni tomar una bocana d'oxí- 
geno! 

Mat.— ¡Cuidao que eres vago, Venancio! 

Ven. -Lo mismo me decía mi abuela y lo mismo me dirán mis nietos. Mira, 
yo leí en una hoja d'almanaque la siguiente tontería: «Cuanto menos trabajes, 
menos te cansarás.» Santa Bartola, virgen y madre Abadesa. 

Mat.— No, si a ti, chirigoteo y vagancia no te faltarán. 

Ven.— Y oye ahora que no hacemos na y muchos años dure. ¿Tú sabes por 
qué estamos haciendo cisco el ornamento de este mausoleo? 

Mat.— Es toda una historia. 

Ven. -Caray, cuenta, hombre: y si no te sirve de molestia, hazme un cigarro. 

Mat.— A ver si viene el maestro y nos coge mano sobre mano. 

Ven.— Déjate de fioñadas y relata. 

Mat.— (fíe ¡ciendo un cigarro a Venancio.) Pues verás. En este magnífico 
panteón yacían hace meses, los restos moríales de una señora, que, cómo sería 
de bonita, que había oztenido cinco premios de belleza en Copenhague, Buda- 
pest, Berlín, London y Alcázar de San Juan. (Dándole el cigarro sin oegar.) 
Engoma. 

Ven.— Se agradece. 

Mat.— Pues como te digo, la aludida, que era una seilora del vivir festivo y 
placentero, se alió con este don Pancho Zacateca, que ya conoces y que es 
un mejicano que empieza a tirarte billetes de banco y antes de que se le acaben 
tiene la muñeca dislocada. 

Ven.— ¡Qué bruto! 

]V\at.— Pues durante catorce años vivieron en una felicidad terrenal y ob- 
servó la socia una conducta, que don Pancho enajenao de placer ideó casarse; 
pero de pronto y hallándose entrambos en Madri^, ¡zas! sucumbe la futura es- 
posa y él, traspasao de pena, le erigió este monumento necrológico que le pasó 
de los veinte mi! duros. 

Ven.— ¡Qué dolor! 

Mat.— Fin de la primera parte. 

Ven,— Continúa que eso es más interesante que los cinco antifaces de los 
cuarenta asesinos misteriosos. ' 

Mat.— Pues ahora verás. El tal don Pancho Zacateca, pa mitigar su dolo. 
flota un yate, se hace a la mar, reco'-^C' el mundo, se detiene en San Francisco 
de California donde iiabía conocido a aquella miniatura y se inforrtia de que i 
Nina Petterson, como reza esa lápida y como la tal decía denominarse, ni se | 
llamaba Nina Petterson, ni había nacido en Escocia, como ella aseguraba, ni 
era hija de Petterson, el rey del bacalao, sino que se llamaba Paca Fe, y había 
nacido en Puerto Rico. 

Ven.— Me dejas como una estalactita. 

Mat.— Y ahora viene lo gordo. Sospechando que la portorriqueña le había 
tomado el cuero capilar, se traslada el señor Zacateca a su casa de Méjic', 
indaga, requisa, olfatea, rompe un secreter de ébano que tenía un secreto yse- 
encuentra con un manojo de cartas amorosas dirigidas a Nina por un tal Equis! 
y en las que ponía a don Pancho como para cogerlo con unos alicates. 

Ven.- ¡Chavó! 

Mat.— Bueno, pues don Pancho se vino a Madriz como pudo, porque él no 
sé qué cargo político ha tenido en Méjico. Trasladó a Puerto Rico los restos! 
de Nina, buscó al señor Frías, nuestro maestro, le contó la historia que yo aca- 
bo de referirte y le dijo: «En muy pocos días tiene que quedar ese mausoleo 
cambiao por completo y en condiciones de que guarde algún día las cenizas 
de este cuerpo simple. 



Vi:x.— ¡Pobre hombre! 

Mat,— Y por eso estamos nosotros trabajando en la destrurriíSn aU«.A«v„ 

Ven.— ¿Pero lo dices en serTo? 
PoL.— Fíjate en la cara. 

que^tir'arTelh ^°"'^''^' '' " ^'^' '"^^ ^^^° ^"^ "" ^^^í^^' «J^^ P^ ^ue ande tien 
■v,^;^^l ^" '''^^ '"^ '^ ^'""^^ P^^^"^ ^'^^^e diez días que vago por aquí y 
Ven.-Y vago ñor todas partes, nos ha fastidiao. 

lanco "" " ™ " "^"'^ ''" '='"" • P""- pensamientos. Td delira», Po- 

Mat.— Adiós, hombre. 
• Ven. -Supongo que no habrás creído lo del robo 

pohx's-^n^^oflci^ aeSn^sa^ ^"^^ ^^ ''' '''' ^'^"^ '^ ^^^ '^ -« "ecr6- 
canS'''"^'^"''^*^' ^"^*'*' P^'^*^' ^'^^*^^ y esperar la resurrección déla 

Mat.- -Bueno, tú, vamos a la obligación. 
Petterso7. .^^''*^' ^°"'^'''' ''"^ ^''"'P^ ^^^^ ^«^"^ha; ¿tú sabes si esta Nina 

V¿v-¿Cu*áI?"^''*' ^^^^ "^^ ^^'"^^^ "" '^'''''**'' *« ^«^í« yo "n íavor. 
Mat.— El de enseñártela. 
Vek.— ¿Qué dice»? 

£jse-?e"-?=^teríe%^^^^^ 
^^.-(Encandilado.) ¡Mi madre, qué gachí 1 

LüisA.-ríaManrfo también.) ¡Buenas y cadavéricas! 
^AT.— igué guasonas! 



Ben.— M Luisa.) Anda, tú, deja la cesta. (Colocando la cesia y los cres- 
oones en uno de los bancos.) 

Mat.— Oiga joven; una pregunta y usted dispense. ¿Los restos mortales qut 
esperaban para depositarlos en esta cripta funeraria, han Ilegao ya por un 

casual? j . . 

Ben.— No señor; lia tumba está vacía, los esperamos de mañana a pasado? 

Mat.— fA Venancio.) Ya te decía yo que ese panteón estaba vacío. (A Be- 
nita.) Oiga usted, ¿y traen desde muy lejos los despojos? 

Ben.— Desde Méjico. 

Mat.— ¡Arrea! ^ . " 

Ven.— Otra pregunta y vuelva usted a dispensar. ¿Eso de Cabezón que reza 
ahí en la lápida, es apellido, mote o chunga? 

Ben.— ¿Le interesa a usted mucho el saberlo? 

Ven.— Estoy con fiebre. 

Ben.— Pues es apellido y bastante vulgar. ¡Apenas si hay Cabezones en el 
mundo! 

Mat.— Aquí tiene usted uno. (Le quita la gorra a Venancio y hace que éste 
luzca una olla braquicéfala que mete miedo.) 

Ven. — Y a mucha honra. 

Luisa.— iCaray, qué sandía! (Ríe.) 

BEti.-^-(Ríendo también.) ¡Pobre almohada! 

Mat.— Pues él, satisfechísimo. 

Ven.— Ya lo creo. Y eso que ahora con el desarrollo corporal se m'ha con- 
tenido un poco; pero chico, ¡anda! Me hicieron una vez una gorra de marinero 
aprovechando la tela de un paraguas y me tuvieron que poner en la cinta. . 
«Viva el arrojo y I9 bravura de los intrépidos marinos españoles», y pa com 
pletar me bordaron a cada lao un submarino. Total, tres mil pesetas. 

Mat.— Como que en el padrón le ponen los guardias... «El cabezota de fa- 
milia.» (Ríen.) . ^r. t. s 

Vw.— (Recuperando su gorra.) Dame acá el toldo. (Se cubre.) 

Luisa.- íi4 Benita.) Bueno, chica, ¿qué hacemos? 

Ben.— Qué sé yo. La señora nos dijo que esperásemos. Tú verás. 

Mat.— Pues no tienen ustedes más que dos dilemas: u orar sobre las tum- 
bas u conversar con estos dos gentiles hombres. 

Ven.— Y la elección no es dudosa, porque aquí la joven que no conoce a 
ninguno de los difuntos ¿qué ora? 

Ben.— Tiene usted razón. 

Ven.— De modo que tenga usted la bondad, pa matar el rato, de satisfacer- 
me una curiosidaz que me tié que no duermo. 

Ben.— Usted dirá. ,, . 

Yes.— (Por la lápida.) ¿Ese Cabezón fué el cabecilla que mataron en Méji- 
co hace diez meses, cuando se levantó el general Puertas? 

Ben.— Sí, señor; el mismo. Murió como un héroe al pie del Castillo de Jala- 
pa, cerca del Estado de Aguas Calientes. 

Mat.— Oiga usted, ¿cómo fué la tragedia? 

Ben.— Pues verá usted; el señorito (jabino y el general Puertas eran cotnr 
hermanos y un buen día se levantó Puertas contra el presidente de la Repúl 
ca y nombró a su amigo Cabezón, cabecilla. Entonces el presidente pregoi.o 
la cabeza de Cabezón y mandó contra él seis mil hombres. Se libró una batalla 
y el pobre señorito quedó muerto y mutilado cerca del castillo de Jalapa. Los 
contrarios le reconocieron por unos documentos que llevaba consigo. Le 
llevaron a Méjico, le enterraron, y la señora que le quería con ceguedad mandó 
construir ese panteón, para depositar sus restos, mandó erigir un monumento 
alegórico en el lugar en que fué hallado su cadáver y le ha levantado una es- 
' atua en Valdemorillo, su pueblo natal. 



— 7 — 

Me^í.— (Mirando hacia el lateral derecha.) ¿Y ese busto es su retrato? 

Luisa.— Ese. Dicen que tenía una barba y una cabellera rizada que eran no 
prodigio. 

Mat.— Tú, que me paiece que viene ahí el seftor Frías, vamos a trabajar. 

Ven.— Bueno, hombre. Con permiso de ustedes. 

Ben.— ¡Ah! ¿Pero trabajan ustedes en ese mausoleo? 
. Ven.— Sí, señora. 

Luisa.— (04 Benita.) Estos nos pueden decir... 

Ben.— Entonces sabrán ustedes quién es el dueño. 

Mat.— Casi nadie; un tío que tiene cuarenta millones de pesetas y un yate. 

Ven.— Como si dijéramos un vagabundo. Pero ustedes son más ricas. 

Ben.— ¿De veras? 

Ven.— ¡Huy, qué ricas!... 

Mat.— (04 Venancio.) Anda. (Se vapor la izquieraa.) 

Vzn.— (Haciendo mutis tras Matías y desperezándose.) Vamos a echar un 
ratito. (Vase.) 

Luisa.— Escucha, Benita; cuarenta millones de pesetas, veintidós millones 
más que la señora. ¡Qué espanto! 

Ben.— Pues yo insisto en que esa levita que lleva, que parece que la ha he- 
redado de Salamanca, no es de un hombre tan riquísimo. 

Luisa.— Ni la chistera tampoco, pero es que los hay tan avaros, que lo úni- 
co que gastan son las prendas. 

Ben.— Jesús, qué roña, hija. 

Luisa.— Y tú sigues creyendo que la señora... 

Ben.— Mira, chica, para mí que desde que la señora se percató de que a ese 
mausoleo venía a llorar todas las tardes el de la levita, redobló sus visitas a] 
cementerio. 

Luisa.— Eso es verdad. 

Ven.— Yo, en medio de todo, lo encuentro natural, porque ese hombre se 
hace simpático. Eso sí. Hay que ver con qué arrebatos besa esos mármoles y 
con qué cariño arroja a la tumba los pensamientos que coge en los macizos de 
aquí alrededor. 

Luisa.— Ya los podría comprar en vez de cogerlos. 

Ben.— Sí, pero no serán esos sus pensamientos. 

Luisa.— ¿Sabes que tarda la señora? 

Ben.— ¿Te parece que nos asomemos a ver si se vislumbra el automóvil? 

Luisa.— Sí, hija, porque esto no es muy divertido que digamos. (Se van por 
la derecha. Queda un instante la escena vacia y con todo género de precaucio- 
nes entra por la izquierda, último término, Cabezón, hombre de mnos cincuen- 
ta años, completamente afeitado y pelado con el cero. Viste con elegancia y se 
toca con un sombrero flojo que le está grande. Ante el panteón de la derecha.) 

Cab.— ¡Por fin!... ¡Cabezón!... Sí, dice Cabezón... esa. es mi tumba... ¡Oh! 
Mi busto con la barba y la hermosa cabellera que me distinguían... ¡Pobre 
Ambrosia! Me ha esculpido aquí y en Jalapa y en Valdemorillo... ¡Ahora sí que 
veo claro tu amor!... Media vida daría por poderte decir: «Mírame: soy yo, 
^'"'o* rasurado, pero vivo; el que fué hallado en Jalapa mutilado horriblemente 
era Marchena, mi segundo, a quien yo había confiado mis documentos. Soy yo, 
Ambrosia mía, pero cállalo, ocúltalo.» Zacateca tiene espías en todas partes; 
por mi cabeza ofreció veinte mil pesos; si sabe que vivo, es segtira mi muerte 
3', ino! ¡no quiero morir! ¡Dios mío! ¿Cómo le diría yo a mi Ambrosia que vivo, 
sm que su alegría me descubra y sin que la impresión la mate? porque el susto 
que le he dado a Locas, el administrador, ha sido para una epilepsia. No, cal- 
ma, calma; quien vivió oculto diez meses, puede vivir oculto unos días más. Me 
intentaré con verla de lejos, desde aquellos mausoleos, sí. (Mirando hacia la 
wecMj íRecac», alguien viaoel (Vase precipiiadatatate por ei primer térmi- 



8 



no de la ieaiüerda. Por el último término de la derecha entran en escena Zoca- | 
tecTu Frías. Frías es un hombre de mediana edad y con cierto empaque dear- ;, 
tSta Zacateca es un gran señor como de cuarenta y cinco anos, muy degante^ 
elegantísimo, pero de facciones duras y cara de contadisimos amigos. No usa 

^^%^Ás -Puede usted tener la seguridad, señor Zacateca, de que el mauso- 
leo quedkrá variado por completo. Ahora verá usted la transformación que ha 

'"*zí? ^"Eli"ef?cto^ya sin los remates parece otra cosa. (Fijándose en la lápi- 
da y saltando con rabia.) Pero... üPonchoü ¿Qué veo? Ese nombre apócrifo 

^'^ FRir^.-Ya dSe^^ que arrancasen esas letras, pero se conoce que no han 

''""tc^TBxana^^^^^^^ Pettersonü ¡Ah, miserable! ¿Por qtié tan vilmente 
te burlaste de mí? Cierto que los doce años que pase a tu lado fueron doce 
años de venturas, pero después de fenecida la pringaste, porque el descubn- 
miento de tus falkcias fué un puñal florentino que taladró mi Pecho!... .Paca 
Fe!, has amargado el equinocio de mi vida; no puedo vengarme de ti, pero de 
Eqt is, sí; a esl Equis le encontraré, aunque tenga que derrochar toda mi for- 
tuna. Sí Paca Fe, toda mi fortuna, hasta los últimos dos reales. Paca í^e... 

Frías. -Vamos, don Pancho, que se va usted a excitar muchísimo. 

ZíiC.-Usted no me conoce, amigo Frías; para el odio soy un chacal, para 
la venganza una hiena. Dos grandes odios Uan conturbado mi existencia: mi 
odio a Equis y mi odio a ese. (Por el panteón de Cabezón.) 

ZAC.-~A^ese desgraciado Cabezón que duerme ya el sueño de los justos. 
[Ah! Pero aquel odio es ahora remordimiento, querido Frías. Cabezón era ino- 
cente; lo supe tarde, cuando ya le habían mutilado mis leades, cumpliendo mw 
edenes sTmuerte es mi constante pesadilla, (^f^'^f ^'^^^9%,^,"/!^ 
de CabcBÓn.) Perdona, Cabezón, mi arrepentimiento es sincero, me cegó la 
política, pregoné tu cabeza sin saber lo que pregonaba Perdóname Vemte mi. 
pesetas dedico a tu memoria, ya te lo dirán en misas. Descansa en paz. 

Frías.— Oiga usted una pregunta, don Pancho. 

FmAs7-¿Sa Nhia Petterson o Paca Fe, dejó familia o parientes? 

Zac-No, era sola en el mundo. Su oadre Alfeo Fe muñó en prisiones po' 
haber asesinado a su esposa Francisca Cao, la madre de Nina. Nina, al morir 
no tenía otro amparo que yo. 

Frías.— Pues es raro. 

Zac— ¿El qué? 

Frías.— No me lo explico. 

FÍus~-Verá usted; hace ya varios días que viene aquí, entre cinco y siete 
de la tarde, un señor todo de negro y algo ridiculo, que se arj-odilla ante ei 
mausoleo, arroja un puñado grande de pensamientos y be da una pechada ae 
llorar que, vamos, hace una laguna. 

Zac. -r7Vm¿;/oro50.; ¿Pero qué dice usted? ,^ i„ .^nc^oin p.; 

Frias.-Yo me supuse que era el padre de la difunta, porque la congoja es 
de las de padre y muy señor mío. „;„,i«o 

Zac. -¡Rayos y galernas!... Pero eso que dice usted, ¿es cierto? 
Frías.— Ciertísimo. s.,a„,.uu 

Zkc— (Como loco, echándose mano a un bolsiUo.) iJAaahü 
FRiks.~(Asustado.) ¡Caray! ^ w - „«-^ ..ioto Amif 

Zac.-¡Es él, sí, es él! (Saca un puñado de cartas.) La """^ero s ete. Aq^ 
está. (Desdobla una carta y lee.) nSí! Viva y con él, no pueden llegar mis 



— 9 — 

esos a ti, muerta iría diariamente a tu sepultura, y mis lágrimas se fíltrarfan 
or la tierra hasta posarse en tu divino rostro.» (Estrujando la carta.) ¡Qué 
irsi y qué canalla! ¡Ah! ¡Equis! ¡Por fin!... Gracias, Frías; podré vengarme; 
i! deberé a usted el más inmenso de los goces. 

Frías.— ¡Cómo! ¿Pero usted cree?... 

Zac— Sí; es Equis. ¿Quién si no? 

Frías.— Recontra, a ver si por mi culpa.., ¿pero va usted a matarle? 

Zac— ¿A ese Equis? ¡¡Cal! (Con reconcentradísima ira.) Un martirio lento, 
n sufrimiento espantoso, una agonía horrible. jAh, qué loco placer, qué in- 
lenso jubilo! 

Frías. —^Bueno, he metido la pata hasta la ingle.) 

Zac— ¡Aaaah!... 

Frías.— Si le parece a usted bajaremos a la cripta y le trazaré un pequeño 
oceto de cómo ha de quedar el mausoleo con los nuevos adornos. 

Zac— Sí, vamos, lo que usted quiera, amigo Frías. Mientras usted dibuja, 
o trazaré mi plan de venganza. (Haciendo mutis por la izquierda.) ¡¡Ah, Equis, 
Iquis, sonó tu hora!! (Mutis.) 

Frías.— ¡Pero que hasta la ingle! (Mutis tras Zacateca. Por la derecha, últi- 
ro término, entran en escena Amadeo Lafuentey Gundemaro Larrea. Amadeo 
afuente, da unos cuarenta años, más bien más que menos, viste de leoita y 
'listera, pero una leoita y una chistera pasadísimas de moda: la chistera es un 
anjílón, un tubo indecente, y la leoita, con mucho más brillo que la chistera, es 
na levita cortita y con una barbaridad de vuelo; una birria. El resto del traje, 
sí como la corbata y los guantes, son negros; luto riguroso. Gundemaro La- 
' ea viste un traje de americana deslucido, y es un muchacho como de veinte 
ños a todo tirar.) 

Laf.— Hemos llegado, querido Larrea. (Por el panteón de la derecha.) Esa 
s la tumba donde ella ora. 

GiND.— ¡Magnifico panteón! 

l.\?.—(Por el mausoleo de la izquierda.) Y esa memez sepulcral es la que 

riego con mis lágrimas. 
üuND.— ¡Estupendo mausoleo! 

Laf.— Ahora, Gundemaro, reconcéntrate en lo que voy a decirte. 

GuND.— Hable usted, amigo y maestro. 

Laf.— Si consigo embaucar a la viuda de Cabezón y logro pisar con elU; !a 
«caria, Amadeo Lafuente, tu compañero y catedrático, deberá a esta última 
lorada de la Petterson, la más completa de las venturas. 

GuND.— Bueno, pero ella... 

Laf.— Calma. Tú vienes aquí a coronar mi labor de ocho días. Ya sabes, 
lundemarito, que al enterarme yo de que esta viuda triste, algo neurasténica y 
jmántica, poseía un capital de diez y ocho millones de pesetas, suma que no 
-eí que existiera ni aun en la imaginación acalorada del fantástico autor de los 
lentos de Calleja, tracé mi plan de conquista y me dije: al dolor, con el dolor; 

1 dinero, con ei dinero; a la fastuosidad, con la bambolla, y dicho y ejecutado; 
águila, obsérvela, y esa tumba (Por la de Nina.) fué para mí la difícil solución 
el problema. La tumba era fastuosa; de quien la mandó construir no ha vuelto 
saberse. Nadie conoció a Nina Petterson. La cosa tenía la sencillez de la 
olea. El que erige ese mausoleo tiene que flotar en la opulencia. Si llora ante 
! y es consecuente, demuestra un corazón de diez y ocho quilates... ¿Lo ves 
láíano? 

GuND.— Es un charco cristalino, señor Lafuente. 

Laf.— Me enluté, vine al par que ella, lloré cuando ella... y lloré de un modo, 
arreita, que el llanto del cocodrilo es una juerga y puedo jurártelo, la tengo 

iLcrcSclClQ» 

Guvn.— ¿Es posible? 



10 



Laf -Conozco el corazón de las mujeres desde los quince años hasta los 
treinta y nueve, a cuya edad todas se plantan y leo más claro en esa viscera 
femenina que en los anuncios de las obras en construcción. Ambrosia Rosales, 
de Cabezón, me mira con simpatías, y si tú, esta tarde desempeñas fielmente 
el papel que te tengo confiado, si cumples al pie de la letra mis instrucciones, 
la Rosales de Cabezón me amará. • t i- \r ^ 

GuND.-Qué fantasía imaginativa tiene usted, don Amadeo; si Julio Verne 
no sucumbe, colaboran ustedes. ^„i ur.ic.;Ur^An, 

LAF.-Tengo fantasía imaginativa y tengo un talismán. (Saca del bolsillo dei 
pantalón media herradura mohosa.) Esta media herradura es de una pata... 

Laf.— Digo que es de una suerte que atonta. Desde que la poseo no hay 
nada para mí imposible. (La besa y la guarda.) 

GuND.— Pues si este negocio le sale a usted bien... . 

Laf.— Hoy depende de ti. Tú pones el punto final en el primer capitulo de 
esta novela. Los demás capítulos corren de mi cuenta. 

GuND.— Pondré un punto digno de usted. ^ , . , . . „ ^^*^.^a ♦.'. 

Laf —No tengo que repetirte, que salir yo de la iglesia casado y meterte tu 
entre la epidermis y la camiseta seis billetes de a mil, todo va a ser uno. 

Gund.— Habrá boda. . . ^.^^ ,_ 

Laf.— Ahora bien, Larreíta, te encargo mesura y memoria, si metes la 
pata, como me hiciste con la quincallera... suplica el simón. 

Gund.— Descuide usted. 

Laf.— Ronda por aquí, que yo me ausento. 

Gund.— Vaya usted tranquilo. 

Laf.— Mesura y memoria. 

Gund.— No se preocupe. ^ a j:a» /'Vnci, • 

Laf. -(Haciendo mutis por la izquierda.) Repasa las notas. Adiós. ( vase.j 

Gund.— Se casa porque voy a poner un punto a su primer capitulo, que mas 
redondo no se lo pone Iturzaeta. Tiene razón; repasaré las notas, r^oca unos 
papeles y lee.) Hablar de su corazón; de la vida que dio a la difunta. De como 
trata a las mujeres y de la fastuosidad, que es único en el globo. De lo rápida- 
mente que volvería a enamorarse... Sí, nada se me olvida. (Guárdalas notas.) 
¡Qué hombre! Está en todo. Bueno y ahora se casa Hace quince anos que vie- 
ne persiguiendo la idea de una buena boda y es hombre que consigue lo que se 
propone: Ya ha estado nueve veces para casarse; pero claro, en cuanto entra 
en la casa de la novia, se lleva los cubiertos de plata, o agarra un jarrón de 
Sevres y lo pignora, y como el medio de que se vale para engatusar a las (la- 
mas es hacerlfs creer que es un Vandervil, choc^ que un Vandervil sustraiga 
y pignore, y lo estropea todo. Yo, ya se lo he dicho: señor Lafuente, hasta que 
L^Tvea usted fuera'^de la Iglesia, respételos objetos de a^^. Veremos s, me 
hace caso. Bueno, aguardaré por estos andenes. (Hace mutis PorJ^derecha, 
primer término, diciendo.) Hablar de su corazón... de la vida que dió a la ai 

^^%ííkLm.-(Sigilosamente por la izquierda.) Las seis y no ha venido. ¿No 
vendrá hoy? ¿Después de esta visión macabra de mi tumba, Q"/ me eriza el ca- 
bello, no veré hoy a mi Ambrosia? Hay un grupo allá lejos... (Hace muta» cau 
telosamente por la derecha.) u„« « .-«rror nti 

PoL.~(El guarda, acechándole.) Como yo vea que te agachas a coger un 
pensamiento, te incrusto la estaca. (Obseroa escondiéndose.) „^„,;^„v/ 

CAB.-(Ct tizando la escena de derecha a izquierda, ^i^^^^f^^-^Z^Zm 
mo.) lElla!... ¡Ella! ¡La he visto! ¡Viene de luto y majestuosa! íEI corazón m 
salta!... ¡Valor, Dios mío!... rVase.^ . ^ . , j^ „:„*„ rvn<ie 

PoL.-(Haciendo mutis tras él.) Quiá; a ti no te pierdo yo de viste. J»^ 
Por la derecha, último término, entra Ambrosia RosaUs de CabeBón, segam 



— 11 — 



de Benita y Luisa. Ambrosia es una arrobante fÍPanr,H,¡i^» ,. ^ 

iamona. Viene de luto üguroso; un Zo^Zór^XfrT Ltf S"Sf^*í 
pausado, majestuoso; se detiene ante el panteón m^a el busto 7^ ^nn,^Í"^ 
se lleva una mano al corazón y lanza un susptroT ^''^''' 

BEN.-Señora hemos traído las florea y los crespones 
R^' v: '"'^^^^^ "'^ tóá'nma con un pañuelo negro.) Bien está bien 
BEN.-Vienen rosas, margaritas, claveles y azahar ^'''^"' "-^^ ^^^ 
Amb.— Bien, Benita, está bien, o^oiiof • 

Ben.— Si la señora desea alguna cosa 
p:^^^¿í¡SÁ^Sl^''^:¡°^<^''-''''>t-<^' ■'''<- rosas.) 

erair™¿";fédirectaf'""'' ''"^°'''^^' "^^ «^ahar. Flore, dea..har. qu. 

Ben.— Tome usted. (Se las da.) 

permíteme que floree tli busto a Ksto (TL^taTllS^^ T™ '°/ ^""^"'^i 

GuND.-(Esta es.) (Tose.) 

P!^^-~(Aloir la tos.) ¡Gabino!... ¡Gabino!... 

km.— (levantándose.) ¿Eh? ¿Quién? 

ted püSeloníesK' " '""'"^'' "" """""'o- ^^ ""« Pregunta que sí lo u* 

Amb.— Usted dirá. 

GuND.— A cincuenta. 
Amb.— No sé. 



le la más exíraorSiScoTpastóí " """""'^'"■a fortuna, ea un se^ 3ír„o 
A!"l"~''?iS''^ 3"* '' P=^ a ese pobrecito? 

A\tB.— Serán un paraíso. 



12 



G^YÍ^Ucí^* Pero, lah! seflora. pobrecito; tenéis razón, pobredto I 

par^^mríseSTta'uVmoSo cuarto de s& duros y no lo paga! íRiqulsi- 
¡no sí, y con una docena de coches a la gran Dumont, va a piel... 

XyiB,— (Asombrada.) ¿Pero está loco? 

CiuND— Está cuerdo como yo y como usted cuerda. 

^T-CSMJ^S^ltí'^arNH^.) Ahí «ene usted la explicac.on. ...la, 
ttna mujer, una pasión, un frenesí. 

' oS^DT^Mtírió ella y para él terminaron lujos Y esplendores. Cerró el^ sus 

Dármdos V cerró él a piedra y lodo sus palacios y fincas. Apagó la muerte la 

&onri^8¿ de aquellos labios, y para él solo hubo nubarrones en el cielo, 

rrp<ínonGa en la tierra v lágrimas en sus ojos. , , 

Xb -¡Qué corazón! Hombres como ese son mirlos blancos, que digo blan- 

""""'(¿"ND^-CTrato de las mujeres y fastuosidad.) El era feliz, señora; pero ella. 
¡ch! Vivía para ella y alentaba para ella. 

éí^ó7l?ct^l' amuffi^lu palacio de yenecia! iQu^ -tenta^^^^^^^^^^^^ 
fastuosidad Cada vitrina era un museo: abanicos de ^«^^^3 y "^a^^j'^^^íf "1 
nares, que parecían... un saldo; figulinas sevrescas, agujas con los remates de 
pedrerías, del siglo quince; agujas del catorce, dagas florentinas, iqué sé yo! 
Yo me aturdía, señora, me aturdía. , . . . 

Amr ;Oh' Parecería un divino cuento de naaas. 

G^D -Pues ¿y en cuadros? Aquella sala de los catorce frescos de Qoya, 
donde recibía l^us íntimos; la sala^de los frescos, como él la llamaba; va^ia 
ín potosí Y todo por ella y para ella, y ahora todo ^^;';^do, abandona^^^^^^^^^ 
te. ¡Oh! (Mirando al cielo.) iQué mano de mujer fj^^^^ ^fll^iX?''^'Jl un 
oro de si corazón! iQué voz de mujer volverá ^ decirle despiert^^^^^^ 
amor que murió aquí hay otro amor que vive!..,» 'Q"¿jjf .^^ 
Pero no soñemos. Mil perdones, señora, por im inoportuna charla. 

G^DTiv'ihS una súplica que me atrevo a implorar porque leo labon- 
dad en sus ojos. 

G^Í^'-Yl^efgoqSf^^^^^^^ si acaso viniese y le,díera el arrebato 

• pasSS^^" . miíig^e^su^dolor y vierta en sus oídos una sola palabra de consuelo. 
Hala usicd bief y tenga usted la amabilidad de no mirar a quien. Se trata de 
consolar a un triste. 

GmoT-(P^fándose la cintura.) Gracias gran señora; a sus ^^^Jg^^^^ 
do mutis por el primer término de la izquierda.) (Si Lafuente no se corre hasta 

^" ^L^!ll^^.SfS•Un''?or^¿ón -ble y una fortuna inmens^^^^^^^^^^^ 
el oro de sus arcas el que me ha perplejado sino ^^divino jo de su coraz^n^ 
Ya lo supuse: quien dedica tan regio mausoleo ^ema que ser u^ C „, qu^^^^^ 
llora como él llora tenía que ser un apóstol del cariño. ¿Vcnarar-... {^"^"/"" 

bíe ¡oven, inconscientemente, ha clavado un bien templado acero en mi cora 



13 -, 



¡^¡¿(^ienao a Lafuente.) lEl! Con los pensamientos de siempre. (Simula 

oco apoco las flores údicecoTvnThnoil^u'^ ^''''^' ^ descubre, atroja 
.dorada, como todaslas terdes para elevS atóf f '^'^'^ •^''^ ^^H^ «stoy, Nina 
iegaria mixta de oración y de mJdrfgS '°* "^'°' '"^ P''^^^'''^ *"8te, esta 

^^^'-(Qite se levanta santiguándose.) (E8\)eQMeññnn\ 

ilazanes. Para des.nayar mSpo 'S> h¡ comS^??' ■ndómitos y piafadoíes 
odictios están que se derrumban de i«mn„t.S^x' >^ ,'°' íespensas de lo» so- 
horizos de Pamplona pasXfdel'TrTf,'' Trevelez, faisanes de Asturias, 
fl y estoy contc''nto";Ñrntt.Vue est"o?SLL"vlMas° a i^"'"' P»^ 

|%t"-ií(iQTéVoK.') '^ "«'' ^'^ " '« ^^- """ ■"' ""^• 

tóTe^^'na^'i's'pu^lEraric^rrt'^sS'fÍTvrbe'^'^^^^ '°'',' N"™' * 

^r'~í{?^''-^''f° '"^ ^^'■«•>' Muy buenas. 
LAP.— (Ola rica!... 

Amb.— O^Qué dice este hombre?) 
Laf.— ¡Ola hermosaf... 

Amb.— ¿Eh? 

Am«~?nu'""'^"^^.^"^ sepultará para siempre mi cueroo 

Aaib.-(ivo es conmigo: es que fantasea.) ^' 

«'u^irJ?' paío^'&Ser^^^^ '^"-«. ^«e qui- 

íuién sabe!... Acaso auSás S^íro „íf% ^5''^' '^^' ^ma, no; como tü ... 
ca... para ella, nTpara mí Mi dicha estkpítt'V/^-''^ '"^"íá! Sería unasaei^ 
muerte! ¡Llévame, Nina contigo mSí^fJ?^ ^^"L^^' ^" 'os suspiros, en 
>ior! (Pe¿ándoS)S^{m^^^^^^ «"^ retíerzo de 

pie de tu sepiiltur¿ r^eS^X C^^ *'^''^'° mis carnes 

par /7ae //om.; ' '^^ ^ ''^^ nombras, en el pecho y ea los muslos, 

¿rCre&sltStf^¿ífa''én'!l',"„r/H'r^*"- "» "abfe repa- 
¡rimas. "■" y esia creencia en la soledad, dejó correr el grifo de mb 

mó entre sombras "«*"'^"gaaor rocío para las llores que la noche oscura 

^- -^oteSLr.f "»»■ O^" "° '" ^«*"^»-) ¡Ah, seno,.! (Parece 

I Í?'~T '°''^' P^''° "° ^^ golpee. 

U..-Qráfic^,"¿i,„„. porque su voz, que e. «n arrullo, mis ata, el dl,in« 



^ 14 



«irieo de un canarto flauta, fué para el cáustico de mi pecho un WenhechOT^ 
& pLT\^ens¿ tinieblas de mi alma, un potente faro, y para la debilidatf 

'' ±l?(SuíS^pd¿n¿f^^^^^^^ a las de Murillo! lOhl 

'^T!S!-Bravo Murillo. yo no. señora. Yo no soy más que un pasional, algo 

lM.~(Satisfecho.) (U estoy flechando. Vaciaré el carcaj.) Si, si... ¿su gra- 

cia, gran señora? 

Amb.— Ambrosia Rosales. 
Laf.— Ambrosía de flores. 

nl^-Po^IMoTli que vertió sobre su alma virtudes de santa, y sobre ese 
cue^^SbeneL? dIhurtS'M an gesto de ^f ^^«^2,-^ No me re^^^^^^^^ : 

en sus ojos, espléndidos escaparates de su alma, veo dos grandes tesoros, uno 
de bondad y otro de gracia. 

L¡^;r¿etmciruno y otro de bondad: no me retracto. Jamás la falsía man- : 
chó estos labils que pronto han de besar la taerra para siempre. j 

U?T/Í ^part qutfa^lMt'si la vida ya no me dice nada? Los amaneceres ^ 
abrileños, no me d^en nada. Traspone el rojo Febo la cinta lontenante de oc- 
ddente, lo veo hundirse como gigantesco pandero y^^^^J'^l^^^^-^^^^ 
pío el mar azul con sus costas roqueras donde las olas ^^^f y ^^'^^^Inlda 
nada la ballena, y nada el congrio, y nada la sardina, y nada.^ no me tl»ce naaa. 
(Viendo a Polánco que aparece por el último término de la derecha.) (tKecon 
crio, el guarda; este me va a decir algo!) 

AftiB.-Ya lo supuse, caballero. | 

Laf —^Pore/ £^«6/ ítoJ (Viene escamado.) _ i.«,.««o«. 

AÍrB'.-Cuíndo^fe vi llegar pausado, triste, refexivo y con esos hermosos 
pen^mientos... (El guardl al oírlo de los Pinsamentos'e f^^^^\^^^^^^^ 

^¿ÍSiiTn^ált^íí^íaqíí^ 

condena el dolor. (Polanco se oa por la izquierda.) 

^^-fii^ieTd^fp^^L^^ la vista.) Sí, pero ya P-6; Y -^^^^^^ 'f/í^ 
fieso? sefioral no sé qué imán potente y tónico poseen sus Pa'abras, no sé que 
Sanos refi'ejos despiden sGs pupilas, <l"e aprderan mis nemos de chac^^^ 

soia, con un corazón hambriento de amar? 
LAF.-lAh! 

Amb.— ¡Cuánto sufro!... 
Laf.— Como yo. Pero... 

UF^lIileflorafe; el más espantoso y árido de los desiertos, no^U^^^^^ 
oasi. En el más yermo de los campos y en e mas seco de los valles, no falta un. 
flor. En la más oscura de las noches, no falta un candil. 

Lr'.-¿^Se?emo°' nosotros de peor condición que el campo yermo, el de 
sierto árido y la noche oscura? ¡No, no!.. 
Amb.— íCaballerol.i^ 



— 16 ~ 

Laf.— Quiero vivir. lAh! (Como iluminado.) ¿Qué hálito de vida drcata por 
bis venas? ¡Ambrosial... 

Amb.— Qué. 

Lkv.— (Acercándose persuasioo.) ¿No siente usted que un efluvio de prima» 
era enciende su sangre? 

Amb.— No sé. 

Laf.— ¿No siente usted que una savia joven le presta nuevo vigor. 

Amb.— Acaso... 

Laf.— ¿No siente usted, Ambrosia?... (La coge una manoj 

Amb.— (Retirándola.) Caballero; es demasiado... pronto. Cabezón nos mira. 

Ckb.— (Asomándose.) ¡Recraneo, qué veo! (Se oculta.) 

Laf.— Señora, si nos mira Cabezón, que lo dudo, quizá aplauda este canto 
i la vida que sale a flor de nuestros labios. 

Amb.— Por Dios, señor de... 

Laf. —No os canséis; soy un misterio. 

Amb.— ¿Pero vuestro nombre?... 

Zkc— (Escuchando ávidamente.) (¡Voy a saber su nombre!) 

Laf.— Mi nombre, ¿qué importa? Soy... uno, nadie. Llamadme... Equis 

Zkc— (En un grito.) ¡¡Equisl! ' 

Laf.— (i Rebazar! ¿Habrá sido el eco?) 

Amb.— Me oculta usted su nombre, me dice usted, llamadme Equis, una le- 
ra signo de misterio. Protesto, señor Equis. 

Laf.— ¡Ambrosia, Ambrosia!... ¿Por qué me protestáis esa letra? (Cogién- 
¡ola la mano.) Ya os diré mi nombre, sí. Ahora si queréis saberle, míradallí. 

Amb.— ¡Ah! 

Laf.— Allí está escrito: Lealé, lealó, leeló, como yo leoleé... (Medio abrá' 
íándola.) 

kwn.— (Rendida.) ¡Equisl 

Laf.— Bien claro nos lo dice el destino; están entrelazados nuestros nom- 
3res como ya lo están nuestras almas, para no separarse nunca. iNuncal ]Maga 
nujer que me redimel... Luz divina de mis lobregueces... 

Amb.— ¡Equis! 

L\F.— (Cada vez más enamorado y petsuasioo.) iFaro de wá mar turbulea- 
:o!... Y yo quería morir. 

Amb.— ¡Equis! 

Laf.— ¡Ca! Vé... cómo te idolatro, Ambrosia mía. 

Amb.— ¡Por Dios! 

Laf.— ¡Un ósculo! 

Amb.— (Desfallecida.) ¡No, nunca; jamás! ¡Su turaba, su busto, su recuer- 
lo!... ¡Me muero!... • 

Cab.— (Desde el fondo.) (¡¡Ah. . . villanos!!) 

Laf.— Me enloqueces... ¡toma! (La besa en la frente.) 

Amb.— ¡Ah! (Cae desmayada en los brazos de Lafuente.) 

Q\B.— (Poniéndole una mano sobre el hombro.) ¡Miserable!... 

Lkf.— (Saltando.) ¡Caray! ¿Eh?... 

CAB.~Te he de arranca la vida hasta el ultimo hálito. 

Laf.— ¡Caballero!... (¿Pero de donde sale este loco?) 

Cab.— Morirás, fementino, porque al pie de esa sagrada tumba, has man- 
:hado con tus labios rufianescos el brillo inmaculado de mi honra. 

Laf.— Bueno, caballero, para que nos entendamos, porque esta dama pesa 
io suyo. ¿Quién es usted? 

Cab.— ¡Granuja, encomienda tu alma!... (SacaníU) un puñal y diciéndole en 
'joz baja.) Yo soy Cabezón. 

Laf.— ¡Ah!... (Cae desvanecido sobre Cabezón sin soltara Ambrosia.) 

QsB.—f Sujetando el peso que se le viene encima) ¡Cobarde, te has privado; 



— 16 



pero no Importa; eso hará que mi puñal sea mas certero!... (^^.^^^^fP^^, 
cara asreSlrle y Zacateca que ha salido por la tzqmeida, le sujeta la mano.} 

Zac— ¡Quieto! ¡La vida de ese miserable me pertenece... 

CKB.—(HorroríBado.) ¡Zacateca! (Cae privado sobre Zacateca sin soltar a 
Lafuentey sin que éste suelte a Ambrosia.) 

Zac— ¡Ah, Equis, Equis! ^ u t „^u^^^ ^- 

PoL.— (^Qae ha entrado por el fondo, levanta su garrote sobre la cabeza de 
Lafuente.) lEsíe es el ladrón: dejármelo! 

ZAC.-Detenga el fresno, guarda. Está privado, aguarde como yo a que 

Lap'.— (Como que voy yo a volver^ ;Yo no vuelvo ni atao!)— CTe/ó/z.; 



FIN DEL ACTO PRIMERO 



ACTO SEGUNDO 



«m.^n un harrfo de Modria. Puerta de entrada en el lateral Izquierda, último término. En el 
mfer^dllecha orlmer término, otra puerta, y sobre ella el siguiente rótulo: «Tertulia y billarea 
deíbar Caroiá;.^E,?e! ¿m^^^^ lateral derecha, mostrador, pequeña anaqueleray 

puerta que simula 3ue da acceso « la cocina. Hay en ei bar cuatro mesas dos en el fondo, una 
S la derecha, casi en el centro de la escena, y otra en primer término izquierda. 

(Al levantarse el telón están en escena Angelina, Gundemaro, Vicario, Vic- 
toriano u Sinforoso. Vicario es el encargado del bar, Angelma una camarera 
del mismo; Gundemaro, Victoriano y Sinforoso, que ocupan la mesa del cen- 

^'"^V?CT -¡sTflores.'^qué frescura! Bueno, yo los he conocido congelaos, pero 
este Lafuente es de los que te estrechan la mano, y como vayas a cuerpo, te 
has caído. 

SiNF.— Pero es muy salao. . , ^ . , i 

VicT.— M Gundemaro.) Bueno, continua, ¿y qué pasó luegor» ^ 

GuND.-Pues nada, que el tío loco que se había presentado de improviso en 
el cementerio diciendo que era Cabezón, y ante el cual fingió un desmayo don 
Amadeo, se desmayó de veras cuando surgió el tal Zacateca. 

cS^^Y^a to?o esto, el guarda de la necrópolis, con un garrote que el 
árbol de Guernica es un florete, queriéndole sacudir al señor Latuente. 

SwF.— Sí que era una situación. 

VicT.— Y tú seguías detrás del macizo, ¿no? . , u • ^« «« 

GuND.-Quiá; yo en cuanto vi las actitudes, me caloque al abrigo de un 
panteón que decía: «Señores de Laguardia», y pensé: aquí estoy más seguro, 
V desde allí presencié el epílogo de la tragedia que fue para tirarse de risa. 

VicT.— ¿A ver? 

GuN¿~^QÜe e"que"decía que era Cabezón, se animó de pronto y le atízó 
una bofetada a Zacateca que lo atontó y al, verlo en el suelo echo a correr que 
ríete de un águila, y se perdió por los jardines, y en cuanto «e f ercató el se 
ñor Lafuente de la huida del chiflado, dejó en el suelo a la viuda, comenzó a 
correr y a dar saltos, que yo creí que le habían puesto trampolines, y se desdi- 
bujó en el horizonte. 

VicT.— ¡Es tínico! , , j 

SiNF.-Se ha hecho acreedor a una estatua de nieve. . , . , ^^„^„ 

GuND.-Es que además tiene una suerte que atonta, porque si lo del cernen 
terio no le sale bien, a estas horas no podría tener a la viuda tan chifla como 
la tiene. 



— 17 — 

SiNF.— |Ah! ¿Pero la ha chiflao? 

GuND.— Como que se va a casar con él. (Ríen.) 

ViCT.— Hombre, ¿vendrá luego por aquí? 

QuND.— Le estoy esperando. 

VicT.— Pues le tenemos que hacer una ovación que deje memoria. 

SiNF.— ¡Qué ovación; un homenaje! 

VicT.— A ver si luego volvemos con esos y le paseamos en triunfo. 

GuND.— ¿Dónde vais ahora? 

VicT.— Al Peli-Palas, que dan una película cómica de nueve mil metros 

GuND.— Gachó, ¿y hasta cuando dura eso? 

ViCT.— Hasta pasao mañana; es sección continua. 

GuND.— Escucha, ¿y qué asunto tiene la película? 

VicT.— Uno que da la vuelta al mundo montao en un buey. Hasta luego. 

SiNF. -Luego caeremos por aquí con los amigos. 

GuND.— Andar con Dios. (Mutis de Victoriano y Slnforoso por la izquierda.) 
Bueno, admiráis a Lafuente, pero cada uno de vosotros es un carámbano. (Lla- 
ma.) Camarera. 

Ano.— Usted dirá. 

GuND.— Recado de escribir. 

Ano.— Sí, señor. ¡Ah! Me dijo uno de esos señores que usted pagaría lo de 
todos. 

GuND.— ¡Reconvite! ¿Yo? 

Ano.— Sí, señor. 

GuND.— Bueno; está bien, (Se retira Angelina, sirviéndole al poco tiempo lo 

?ue ha pedido.) Un carámbano es poco... Menos mal que luego pagará el seíior 
-afuente. 

LvcAs.— (Que entra por la puerta de los biliares acompañado de Rodrí- 
guez.) Nada, hombre, que eres un chambón. 

RoD.— Lo que me sucede es que hace un año que no cojo un taco. 

Lucas.— Anda, te invito, a una cerveza para que no digas. (Se sientan a una 
mesa.) Camarera, dos tercios. 

RoD.— Chico, lo que noto es que andas pletórico de cuartos. 

Lucas.— Claro, no ves que continúo de amo. 

Roo.- ¿Pero el señor Cabezón sigue en Burdeos? 

Lucas.— Sí, hombre, ¿no ves que Zacateca está en Madrid? Y como ha ve- 
nido con el exclusivo objeto de matarle... (Angelina le sirve lo pedido.) 

RoD.— Pues chico, es una situación la de tu amo... 

Lucas.— Figúrate, él en Burdeos, y su viuda, ignorante de todo, en vísperas 
de casarse con ese señor Lafuente. Claro, como él no quiere que sepa nadie 
que vive, ni aun su propia esposa... Bueno, yo estoy decidido; mañana mismo 
me voy a ver al señor Zacateca y le pido una tregua, porque si la viuda vuelve 
a casarse, menudo escándalo. 

RoD.— ¿Y quién es ese señor Lafuente, Lucas? 

Lucas.— Un tío riquísimo; casi un raja. Tira los billetes de Banco como si 
fueran del tranvía. Tiene unos palacios por ahí que son un asombro; dicen que 
tiene uno en Venecia que es una maravilla, y ahora más maravilla aun, porque 
desde hace unos meses está trasladando a él todos los cuadros y objetos de 
valor que tenía e! señor Cabezón en su casa. 

RoD.— ¡Rechifla! Cuando don Gabino se entere... 

Lucas,— No te digo nada. (Llama.) Bueno, vamonos, que tengo que ponerle 
un telefonema, diciéndole que Zacateca no deja dé rondar su casa. (Angelina 
se acerca y la paga.) Tome. 

Ano.— Muchas gracias, 

RoD.— Escucha, y el telefonema lo diriges a su nombre, ¿no? Musiú Ca- 
bezón. 



18 -* 



Lucas -Quita, eso sería comprometerle. L,e pongo el apeUido en francés, ^ 

musiú de la Tete grose. (Se oan por la puerta de la izquierda.) 

Laf. -(Dentro.) Sí; adiós, Lucas; adiós. 

GuNn.—rZ^üon/á/zí/ose.; El señor Lafuente. _ ^. z,^^ x, ««« 

llf -(Entrando por la izquierda. Viene que quita el sueno, de frac o ^o- 
MnYa güito ddtma, abrigo Ugero y flor en el ojal. Trae uncmdro mlAw 
V una palmatoria, todo envuelto en sus correspondientes papeles. Se sienta.) 
Dios te Qmrde,¿nerítoLarreita. (Deja sobre una süla los paq^^^ ■ 

GuND -Hola, don Amadeo. Aguardaba a usted con verdadera impaciencia. 

\^m^^A?o^^l^! paquetes.) Veo que esta noche ha cargado usted bien. 
lÍ^ -Nohe perdido mi tiempo, no. Ya verás. (Llamando.) Camarera. 

uí-D^s'típ'Sie ^a^de tres cepas. Terry o Domeque, y escancie una copa. 

ANQ.—Va en seguida. 

Lap —Aguarda. ¿Qué apeteces, Gundemarito? j„„„^*o 

GüND -Tráeme un bocadillo de jamón en dulce en un Viena; otro de morta- 
dela en otro y en otro, otro de foagrás; una ración de aceitunas con anchoas 
otra de anchoas sin aceitunas, un p^co de f^y^\^Í\%^^^^,^%l^^^^^^ 
una ración de manchester con guindas. (A lafuente.) Ci qué le parece a ustea 

que^bdja^^^ ^/z^eZ/nfl.; Tráele una botella de champagne Moet-Sandón. Tráela 

abierta, que soy impresionable. /_^„f,^wor ^tn \ 

Ano. - Sí, señor (Se separa de la mesa, se acerca al mostrador, etc.) 
GuND.— Expresivísimas gracias, señor Lafuente. 

G^DT-^ctmí qlfáteta loco esperándole. En cambio usted traerá el estfr 

"X? -X ahil^dT^-faméMco. porque,. iQué mesa la de Amb™^ 
siailCómo como! Tú habrás oído hablar de Lúculo: Hehogabalo. los Césares 
y demás comedores notables. 

S -PobrS; ayunaban. Aquellas comilonas eran tentes en pie. Si mis 
zo^^tnhS^^^r!^^ Alrededor del Mundo, diría la gente: una mentira 

fiíiNn —¡Reconcho! ««Pues que le dan a usted? j . „ 

S-Un dfa sí V otro no., cólicos. ¿No ves que yo tenía preparado el es- 
tonio* lo má pira unas "ud.'as estofadas o un ragout? Claro, comencé a atr^^ 
caíSf de exqdsiteces y abusé. Menos mal que me he aliado con el bicarbonato 

^ "^¿^.-Tenga usted cuidado con el bicarbonato, porque dicen que dilata el 

""^S^-Es precisamente lo que yo necesito, ^arreíta que me lo dilate 
hHQ.~(Sirviendo a Lafuente la copa de cognac y el champagne a Larrea.) 

Ahora traeré lo demás. 

GuND.-Dese prisa. (Vase AngeUna.) „,«o^«fo Iqo mmp^ v lo 

Laf. -Mira, tiene Ambrosia un cocinero chmo que presenta las carnes y lo 

pescados de ciento nueve maneras distintas. 

£r-í/*uSS¿ its piaU que ni aun déndote veinte duros aciertas 

qué es lo que vas a meterte en la boca. 

Lr-lmlme^itapefacte"'?» que desde niflo deliraba por la cabeza de 

iabTlf y que «Tahíbfa comido nun«, le indiqué que me confecponase ese pía- 

\í\ ¿y cómo dirás que me puso ayer la cabeza? 



— 19 — 

QuND.— ¿Qué sé yo? 

LAF.—Pues me puso la cabeza como un bombo y envuelta en gelatina. 

GuND.— ¡Qué original! 

Laf.— ¡Oh! Es estupendo. Esta noche nos ha presentado unas manos de 
urdo con champiñón que ha sido el caos. Nos ha puesto las manos de una for- 
la que no hemos tenido más remedio que chuparnos los dedos. 

AtiQ.— (Presentando en una bandeja lo que ha peaido Gundemaro.) Aquí 
ene usted. 

GuND.— Gracias; mil gracias. (Se retira Angelina. Gundemaro, metiendo 
mno a las aceitunas, pregunta.) ¿Y ella, señor Lafuente? 

Laf.— Ella, la tengo para un manicomio. 

GuND.— Es usted tínico. 

Laf.— Bueno, estoy abusando de su pasión de un modo que me da vergüenza. 

GuND.— Eso es verdad. Y apropósito, ¿vendió usted el ultimo Greco? 

Laf.— En catorce mil duros. 

GuND.— ¡Qué barbaridad! ¿Tendrá usted ya una fortuna. 
:! Laf.— Figúrate. Ese Cabezón tenía en pinturas un verdadero tesoro. Yo, 
lal vendiendo sus cuadros, he sacado ya más de cuatrocientas mil pesetas. 

GuND.— ¡Regoya! 

Laf.- -No; mi vejez está asegurada. (Descubriendo el cuadro que trae.) Fí- 
ate en esta tontería. 

GuND.— ¿Otro Greco? 

Laf.— No; este es de un autor desconocido, pero tiene cierto estilo Velaz- 
ueño. Es Simón Cirineo llevando la cruz. 

GuND.— Es verdad; Simón Cirineo. 

Laf.— Qué colorido, ¿eh? ¡Qué factura! Mañana se lo llevas a don Aniceto 
1 anticuario, le dices que es un Velázquez y que apoquine cinco mil pesetas. 

GuND.— Don Amadeo, que usted abusa; bueno que pida quinientas pesetas, 
orque como antiguo es antiguo, pero decir que es un Velázquez... 

Laf.— ¡Ah! ¿Pero tú crees que este Simón no puede pasar por Velázquez? 
si me apuras, por Goya. 

GuND.— Bueno; me figuro que ya no quedarán más cuadros en la casa. 

Laf.— Sí, todavía quedan dos cuadros modernos en el comedor, dos paste- 
as de Zuloaga; pero los he dejado porqué me ha parecido ya un colmo llevar- 
le hasta los pasteles del comedor. Pero en fin, ahora la he tomado con los ób- 
itos de arte y me estoy hinchando. (Sacando la palmatoria que es entrelar- 
ga.) Hombre, fíjate en esta palmatoria que tiene tres siglos. 

Gund.— ¡Qué rara! Parece un barquito. 

Laf.— Y es un barquito. Le pone la vela y ya está. 

GmD.~'(Por el libro.) ¿Y eso otro que trae usted enfundado? ¿Es una 
aja? 

LAF.—(Qultaruio al libro los papeles que lo enouelvefi.) Un libro; pero lím- 
late los ojos, Larreíta; repara, piel de cocodrilo, broches de oro y cantoneras 
uajadas de pedrería. Mira qué variedad de piedras. 

Gund.— Qué cosa más linda. 

Laf.— Una bicoca. 

QmTi.— (Abriendo el libro.) Cantos de Homero. (Hojeándole.) Canto cator- 
e... canto sesenta y dos... canto noventa y cinco... ¡Arrea! ¿Se ha fijado us- 
ed en los cantos que tiene? 

Laf.— Me he fiiado nada más que en las piedras, 

Gi}m.—(Enoolvlendo en papeles los bocadillos y guardándoselos.) ¿Y trae 
;sted algo más? 

Laf.— Varias monedas, que ignoro lo que valdrán, porque no entiendo 
orno tu de numismática. 
Gund.— ¿A ver? 



~- 20 — *: 

Laf -Mira. (Le enseña una moneda.) Parece ser cartaginesa; pero está.|^: 
tan borrosa... Aquí se ve una jota y no se ve más... ¡Qué se yo! Esto no tiene,!;, 
carácter de moneda. Parece un disco. Eso debe ser, un disco que tiene una. 

jota. 

GüND.— Puede. 

Sef.— A ver estas otras dos. j ^ * ^ o^ 

Gimn. -(Examinándolas.) ¡Bah! Estas no valen nada, don Amadeo, bon 
monedas judías. 

Laf.— Ah, ¿pero son judías? 

J!ljj*Aira que ño haberlas conocido yo!... Veo que he hecho el ridículo; 
ñero, ¿qué quieres? no siempre consigue uno lo que desea. Yo esta tarde le 
liabí¿ echado el ojo a una magnífica jarra de plata repujada que tiene en relie- 
ve la batalla de las Navas y que es donde sirven la leche ¡un P"mo[! Pero Am- 
brosia me dijo: no te lleves eso que es para el servicio, y me ha tastidiado. 

GuND.— Tiene gracia. (Envoliñendo un trozo de queso y guardándoselo.) 
¿Y usted qué le dice a doña Ambrosia? • , ,». 

Laf.— Pues le digo que todo ello lo envío en doble pequeña a mi palacio de 

QuND.— ¿Y no teme usted que algún día se descubra? 
LAF.—iPechs! Después de casados, figúrate. ■ 

GuND.-Hombre, ¿y a ese chiflado de Zacateca le ha vuelto usted a ver? 
Laf —No me hables; afortunadamente hace ocho días que no me lo encuen- 
tro; pero esta mañana he sabido por qué me persigue y tengo la carne, que la 
de gallina es peluche. 

QuND.— Caray, cuente usted. , . j i,„ u.,u;a 

LAF.-Figúrate que la Nina Petterson, de la tumba donde yo oraba, hab a 
sido la prometida de ese bestia. Ella, según Zacateca averiguó más tarde, le 
engañaba con un tal Equis, y es claro, Zacateca andaba como loco buscando a 
ese Equis y al verme a mí llorar de aquel modo ante la tumba de Nina, y oír- 
me decirle a Ambrosia, llamadme Equis, pensó, tate, aquí esta la incógnita. 

LAF.-7cómo^convenzo yo a ese hombre de que no soy Equis? Podría de- 
cirle la verdad; pero si se la digo, puede presentarse a la viuda, decirle que 
soy un sinvergüenza y adiós millones. 

GuND.— Tiene usted razón, , , . 

Lap -Tengo que pasar por Equis hasta que me case, porque después cá. 

Gui«).-¿Y por quién ha sabido usted toda esa historia? 

Lap -Por un marmolista que trabaja es casa de Galo Frías. Mira. (Ense- 

ñándoíe un retrato.) Esta es Nina Petterson. 

QuND.-lRechifla,quémujer!r^«/i^pv) «Para ti, Nina.» 

LAP.-Ya ves que ifo he hecho el ridículo llorando ante su tumba. Trae. 
r¿o jroórt/a.; Le guardaré por que puede servirme. ^ , , .^ 

(W-¿Y qué hace usted cuando ve a Zacateca, señor Lafuente? 

Laf -Huir como un corzo, Larreíta. Por eso estoy activando la boda. 

dS; -^Qui^apor la puerta de la izquierda. Viene enfundado en m lar- 
go abrí¿^d¿Balea, tfae un morrión de piel blanca y una barba postiza blanca 
también. Quitándose la barba.) ¡Hola, señoresl... ♦ 

QuND,— Caray, Donoso, ¿de dónde sales? 

dS;~ vSgo que hllfv^! No^S^d rae hará dafío sentarme aquí. Porq"e sen- 
tarme eñti-e uSedes e^s igual que sentarse en los picos de Europa, ^e s^^ 
Laf -á q¿ habla, Y en verano para helar el agua... mete un dedo, (mu) 
GuND. - Bebe, hombre. (U siroe tma copn de champagne.) 
Don.— Se «gradee*. (Bebé^ Sidra, ¿«h? 



- 211 — 

GuND.— ¡Pchs! De la familia. 

Laf.— ¿Y cómo vienes de esquimal? 

Don.— Porque ahora anuncio una gran peletería. Fijarse en el reverso. (Se 
pone de pie, se vuelve y enseña un gran cartel que pende de su espalda y que 
diee con grandes caracteres: «La Siberia. Conde de Romanones, 82, r>) 

Laf.— No puedes anunciar nada que te cuadre mejor. 

Do^.— (Sentándose de nuevo.) El anuncio me cuadra»^ pero el sueldo no me 
redondea. 

GuND.— ¿Qué te dan? 

Don.— Cinco reales y este abanico. (Saca un abanico y se echa fresco.) 

Laf.— Mal pagado estás; yo pediría tres pesetas y un ventilador portátil. 

Don.— Es que todo está muy malo, señor Lafuente. Hoy si quiere uno ga- 
narse una peseta, tiene que sudarla. 

Laf. — Pues tú la liquidas. 

Don.— Pero que liquidación verdad. (Se abanica.) 

GuND.— Pues a mí me dijeron que te habían llamado de la fábrica de galle- 
tas «La pasta chic», para que la anunciases. 

Don.— Sí, pero no me convino, porque el anuncio consistía en repartir unas 

falletitas petites beurres, como reclamo, y yo me dije, los chicos no me van a 
ejar vivir. 

Laf.— Los chicos y los grandes, porque tu no sabes lo expuesto que es salir 
¿a calle dando galletas. Ya propósito de galletas. Toma por si te conviene. 

da una tarjeta.) 
^~)oii.— (Leyendo.) «La Albúmina. Huevería.» ¿Y esto que es? 
'Laf.— Por si quieres anunciarla. 

Don.— ¿Hay que disfrazarse? 

Laf.— Tienes que salir de gallina. 

Don.— Hombre, salir de gallina... prefiero dar galletas. 

Laf.— Te advierto que pagan nueve reales diarios. 

DoN.~Si me dieran los nueve reales y un par de botas que es lo que más 
destrozo, salía de gallina. 

Laf.— Mediando yo, cuenta con las botas, pero oye, no lo cacarees. 

Don.— No señor. 

Laf.— Y si no te arreglas en «La Albúmina» íe vas de mi parte a ver al due- 
ño de esa bodega, «El Pámpano» y ese te da de fijo diez reales y un par de 
botas. 

Don.— ¿Y de qué salgo vestido? 

Laf.— De Baco, con dos botas al hombro. 

Don.— Bueno, ya lo pensaré, porque les advierto a ustedes que tengo a la 
vista un proyecto que como cuaje me hago de oro. 

GuND.— ¿Qué es, Donoso? 

Don.— Pues que como la gente es superticiosa y creen que las jorobas dan 
buena suerte, pues voy a ver si vendo décimos de la lotería en un camello. 

Laf. — Mira, es una idea. 

Don.— (Leoantá/idose.) Hay que discurrir, señor Lafuente. 

GuND.— ¿Pero dónde vas? 

Don.— A un desafío que tengo al billar con un amigo. 

GuND.— Pues anda con Dios, hombre. 

Don.— (A Vicario.) ¿Qué, señor Vicario, cómo terminó lo del punto de 
anoche? 

Vic- Que lo arrojé a la calle de dos patas. Aquí no hay quien arme bronca, 
Donoso. A mí se me acerca un parroquiano y me dice: aquel caballero viene a 
meter la pata, y antes de que termine está el caballero en la Casa de Socorro. 

Don.— Así debe ser. 

Vfc.— Anda, pues esta tarde también ha habido jaleo. 



23 - "'' 



t" 



Vic!— Uno que intentó marcharse sin abonar la consumación. ¡Mira que a 
mí! ¡A Vicario!, en una camilla se lo han llevao. . ^^ 

Güiro— iQué bruto! Traerá usted bastante dmero para pagar esto, ¿verdad? 

Laf.— Por Dios, Larreíta. . , .„ 

Don.— Bueno, hasta luego. (Entra en tos bulares.) 

GuND.— Caray, porque este tío... 

Laf.— ¡Música! Si supieras tú las vece^ que me he marchado yo de los cafés 
y restaurantes sin pagar... 

GuND.— Caray, ¿qué hacía usted? . 

Laf. -Pues comía cuanto me venía en gana, llevaba siempre una pesetilla 
dispuesta y al primer violinista o bandurriero que se paraba ante la puerta y 
nos obsequiaba con un ¡ladrón, ladrón!... llamaba al camarero y le decía con 
aire ducal: «Dele esta mezquidad a ese lírico pedigüeño», y es claro, el cama- 
rero miraba la peseta, decía para su smokin, una de limosna, tres de propina y 
,ne pasaba el paño por la mesa con una elegancia que parecía educado en Ber- 
lín... y era de Mondoñcdo. 

Gm©.— Bueno, ¿y luego qué ocurría? v u i 

Laf.— Nada; que el camarero confiado y tranquilo, se apoyaba sobre el ve- 
lador a leer el Ahtoa del fosforero y de pronto gritaba yo: ¡Pepe... Pepe... ba- 
rrido. Carrasco!... Me levantaba súbito, salía del café gritando: ¡Pepe... Ga- 
rrido... Carrasco!... y así llegaba hasta los Cuatro Caminos. 

GuND.— Tiene gracia. .... .^ * * ^ 

\ic.— (En la puerta, hablando con Benita.) No sé por quién pregunta usted, 

joven. 

hm.—(Por Lafuente.) Allí está. 
Laf.— ¡Recontra, Benita! 

LAF.-La primera doncella de mi futura, ¿qué me querrá? Perdona. (Se acer- 
ca a la puerta de la izquierda, habla dos palabras con Benita y hace mutis con 
ella lleoándose e* libro y la palmatoria.) , . o ~ i x * i c« 

GiS^D.-iCaray! (Llamando.) ¡Chist! ¡Señor Lafuente! ¡Señor Lafuente! Se 
ha marchado, ¡Bah! Volverá en seguida. No se ha despedido de m|. Y fiemas 
se ha dejado aquí el cuadro. Bueno, pero si a lo mejor... Menos mal que tengo 
una p^ta^m^una^lar^^ /a i^uierda. Se dirige al bular pero al ver a Gu^ 
demaro se detiene.) Caramba, Gundemaro, chico, ¿pero qué es de tu vida? (be 

^^%^-Ho\^f\íz. Pues nada, ya ves. Aquí estaba con un amigo que 
acaba de marcharse. Uno que se ha ido en automóvil ahora mismo. 

PEL.-Ah, sí, un señor muy bien portao, que iba con una muchacha muy 
fruaoa aue pareda así como una doncella. . 

^ K-Justamente. Se ha marchado de pronto, acaso vuelva en seguida 
• PEL.-Puede, pero yo oí que la doncella dijo al chofer: «A Bilbao.» 

So.-rPe^^o ünsaUo.) ¡Reporras! ¿Qué dices? ¿A Bilbao? ¿Pero tu 
oíste bien? 

^^^.--^S^e^^CÓmlenza a sacar aceitunas y a colocarlas en el plato.) (Me 
ía he buscado.) 

Pel.— ¿Y ahora, qué haces? . ^ , , u^^^, rn^ 

GimD.-Pue8 ahora... si te he de decir la verdad, no sé lo que hacer. (Co- 
mienza a poner bocadillos sobre la mesa.) •t.r.Ar., 

Y>n..-(Por los bocadillos.) Caray, tú; pareces un P^ef dif tado»\ 

GuND.-Déjate de chufleo y contéstame a una pregunta. ¿A ti te gustan los 
guadros antiguos? (Le ensena el cuadro.) 



— 23 — 

Pel.— Hombre, a mí no, pero tengo un tío qtie se pirra por ellos. iTicne ya 
m un museo. 

GüfíD.— (Viendo el cielo abierto.) Caramba, qué feliz casualidad. Podías ir 
verle y llevarle este Cirineo a ver si le gusta. 

Pel.— El caso es que si voy a verle, voy a tardar un rato. 

GuND.— No importa; yo te espero. 

Pel.— Es que está en Guatemala. 

QuND.— Bueno, no continúes por la senda de la chirigota porque estoy 
orno para darle dos bofetadas al que me guiñe un párpado. 

Pel.— ¿Pero qué te pasa, hombre? 

GüND.— Nada. (Ajustando la cuenta.) A Bilbao en un ochenta por hora... 
dben ser seis de ir y seis de volver, doce, y una para arreglar allí rápida- 
lente lo que sea, trece, y son las doce menos cuarto. Este bar lo cierran a las 
os, de manera que... eso es. A las tres estoy en la Comisaría. Aminoraré la 
lena. (Comienza a desliar bocadillos y a ponerlos cnidadosanieníe en los 
'latos.) 

Pel.— ¿Pero me quieres decir qué te pasa? 

GuND.— Mira, Peláez; tú eres algo casquivano y te habrás encontrado mu- 
has veces al borde de un desfiladero y con un miura detrás. 

Pel. — No en situaciones tan cómicas como esa que tú pintas; pero en otras 
asi tan graciosas, sí. Recuerdo que hace dos meses... 

GuND.— Mira, mañana iré a buscarte para que me lo cuentes; pero ahora es- 
ucha. 

Pel.— Qué. 

QuND.— ¿Tú ves estas viandas y estos residuos y esta botella que ella sola 
.upone unas veinte pesetas? Bueno, pues todo esto tenía que haberlo abonado 
íse caballero que acaba de irse a Bilbao. 

Pel,— Tiene gracia, 
i GuND.— Sí; esto en un escenario es para revolcarse; pero aquí, y siendo yo 
^1 protagonista, es para estar como yo estoy que no me llega la camisa al cutis. 
I Pel.— Te advierto que puedes disponer de cuarenta céntimos. 
I GuND.— No es dinero lo que yo necesito de ti. 

Pel.— Pues si no es dinero pide lo que quieras. 
1 GuND.— Tú ahora sales, te das un paseo de cinco minutos, vuelves, te aso- 
•nas, me llamas, vuelcas sobre mí el carro de los epítetos oÍFensivos: canalla, 
adrón, sinvergüenza... 

Pel.— Comprendido. 

GuND.— Te echas a correr; yo me levanto airado, salgo detrás de ti... y ya 
veremos dónde paro. 

Pel.— Al cabo de la calle. 

GuND.— Qué al cabo de la calle; en Toledo. 

Pel.— Digo que ni media palabra más. (Levantándose.) Pues empieza el 
acto. (Alzando mucho la voz.) ¡Eso se lo digo a usted en la calle lo mismo que 
aquí! 

Gund.— |En la calle me lo dice usted y le asesino! 

Pel.— ¡Había que verlo! 

Gund.— ¡Cuando usted guste! 

Pel.— Ahora no; pero si ahí enfrente me dicen lo que espero, vendré a bus- 
carle a usted. (Jura.) ¡Por éstas! 

Gund.— ¡Vaya usted al cuerno! 

Vn..— (Haciendo mutis por la izquierda.) ¡Pues, hombre! ¡No tuviera más 
que ver! ¡No ha fastidiao! (Vase.) 

Wic— (Que con Angelina se han acercaao a Gundemaro.) ¿Qué ha sido? 

Gund.— Ese sinvergüenza que me ha entregado quinientas pesetas en vez 
de setecientas que me tenía aue entregar. Y no son las doscientas pesetas las 



— 24 - 

que meÜuelen, que doscientas pesetas las quemo yo en una vela. Es la acción. 

Vic— Pues como vuelva se la ha buscao. 

GuND.— (¡Caray!) (Suena dentro un vioíin.) 

Ano —Así se ven algunos como" se ven. Ahí tiene usted a ese que está to- 
cando el violín, el señor Victoriano; veinte años de concertmo en el Real y por 
su mala cabeza tiene hoy que rascar una parrilla en la vía pública. 

GuND— ¡Pobre hombre! (Ha llegado el momento.) (Dándole una peseta a 
Anselina.) Haga usted el favor de darle estos cuatro reales a ese del Real. 

Ano —Con mucho gusto. (Una de limosna. De propina me suelta un dure 
como una pandereta.) (Hace mutis por la puerta de ía izquierda y ouelve et 

*^^3uND.-(La peseta ha hecho su efecto. Es un genio don Amadeo.) 

knQ.—(Muy cariñosa a Gundemaro.) ¿Le traje a usted palillosi» 

GuND.— Creo que sí. 

Ano.— Con su permiso voy a limpiar por aquí, que escurre. , 

GuND.— Muchas gracias. (Angelina limpia la mesa y sonríe. Larrea sonru] 
también.). (Ya verás luego qué risa. No va a haber palabras en el Diccionario. \ 

\oz.— (Que se supone es la del violinista, desde la puerta de la izquierda., \ 
Dios premie a los cprazones generosos. 

Wic.—(De muy mal talante.) ¡Retírese, retírese! 

GuND.— (¡Caray, qué fiera de hombre! Cómo le avisaría yo a Peláez, porqu. , 

como vuelva le hace cisco.) . , . , ,. • .. «i 

Pel.— (Desde la puerta de la izquierda.) ¡Ladrón, canalla, sinvergüenza! 

GuND.— ¿Eis a mí? 

Pel.— Sí, señor, salga usted a la calle, so granuja. 

GuND.— Ahora mismo. (Intenta escaparse.) 

\\c.— (Sujetándole.) ¡Quieto! 

Ano.— ¡Por Dios! 

Pel.— Dejadle; si no se atreve a salir. Si es un gallina. 

GuND.— ¡Soltadme! 

Vic— M Peláez.) ¿Le es a usted lo mismo que salga yo? 

Pel.— Con usted no tengo nada que ventilar; es con ese mal nacido. 

GuND,— Soltadme que me ha llamado mal nacido. 

Ano.— No se pierda usted, señorito. , „ . . 

GuND.— ¿Cómo que no? En cuanto salga a la calle me pierdo. 

Pel.— Bocón; salga usted, que está usted haciendo una pantomima. 

Guiró.— ¿Una pantomima? . « ... n / - / 

Vic.-Vaya, esto se acabó. (Coge una botella y se dirige a Peláez.) 

Pel.— ¡Mi madre! (Se oa corriendo. Vicario hace mutis cometido tras éi 

QmQ.— (Horrorizado.) (¡Atiza!) 

Anq.— Ya ese está aviao. 

Ihsx^.— (Dentro.) ¡Socorro!... , - •, 

GuND. -Suélteme usted que lo aniquila, digo, que lo aniquilo. 

L\p. -(Por la puerta de la izquierda conelUhro debajo del brazo.) ¿yi 

^^ "cíííf '-í(fRe?íro!) (A Angelina.) Puede usted soltarme, no salgo; palabr , 

darse los bocadillos y las aceitunas.) No he ido más qne ahí, a h plaza de B 
bao. Nada, la pobre Ambrosia que tenía un dolor de muelas de esos de rabia 
Al principio n£ asusté porque me dijo la doncella, la señora está rabiand 
figúrate; pero, nada, le han extraído dos muelas y ya está como unas cast 

*"^qSÍd.-Pocs no sabe twted d nrtito que he pasado, porque como no ter 
dinero para pagar^ 



— 25 — 

Lap.— ¡Bah! (Llamando.) A ver camarera. (Angelina se acerca.) Cobre. (Le 
da un billete.) 

Vic— (Por la izquierda.) ¡Como que se me iba a escaparl 

GuND.— ¿Le ha cogido usted? 

Vic— Antes de llegar a la Glorieta. 

GuND.~(iPobrecillo!) 

Vic— Y le he dado un botellazo en mitad del hongo que le he quitado la ca- 
beza. Aquí traigo el cuello.í'^aca el cuello de una botella.) 

GuND.— (¡Qué bruto!) 

Vic— Ya tiene lo suyo. Y lo que me ha hecho ^acia es que se ha levantao 
y ha apretao a correr gritando: «Haga usted acopio de tafetán inglés, porque 
luego irá mi primo a hacerle a usted una visita, so cafre.» ¡Qué risa! Lo menos 
se cree que me ha asustaol 

QuND.— fi4 Lafuente.) Pues como venga el primo veo a éste en una cama de 
operaciones. 

Laf.— ¿Tan bruto es ese primo? 

GuND.— Tiene una fuerza que donde pone un pie hace un bache. (Ríe Lafuen- 
te. En este momento entra Zacateca por la puerta de la izquierda y se sienta a 
la mesa situada en este lateral. Gundemaro dice apuradísimo a Lafuente:) No 
'se ría usted. 

Lap.— ¡Ja, ja, ja!... ¡Es' que me ha hecho gracia eso de que pone el pie!... 

QuND.— Que no se ría usted que ha entrado Zacateca. 

Lk?.— (Encogiéndose y sin atreverse a ooloer la cara.) ¡Repuñol 

QuND.— No vuelva usted la cara. 

Laf.— íQué he de volver! 

Ano.— M Zacateca.) ¿Qué desea usted tomar? 

ZKc.—(Con Doz de trueno.) Ron, 

Anq.— En seguida. 
I GuND.— ¡Vaya un geniecito! (Zacateca saca del bolsillo un cuaaerno y una 
diurna stilográflca) 
' Laf.— (Muerto de miedo.) ¿Qué hace? 

GuND.— No lo distingo. 

Laf.— Por tu madre, Larrea; no pierdas de vista sus movimientos. 

GuND.— Descuide usted. (Zacateca escribe.) 

Laf.— ¿Qué hace ahora? 

GuND.— Está apuntando. 

Lkv.— (Agazapándose.) ¡Caray! ¿Con qué? 

QuND.— Con una stilográflca. 

Laf.— Entonces son notas. 

QuND.— Eso debe ser. 

Laf.— Oye, ¿qué notas? 

GuND.— No las veo. 

Laf.— Digo, ¿qué notas etj su semblante? 

GuND.— Una ira reconcentrada que da espanto. ¡Rechina los dientes! 

Laf.— Estoy perdido. Larrea. Yo me pongo malo. Las manos de cerdo se 
me están poniendo de pie. 

QuND.— Aguarde usted. El del mostrador va a salvarle. 

Lap.— No rae dejes solo> que tira. 

GuND.— No hay más remedio. Prudencia. (Se dirige al mostrador y habla en 
•yoz baja con Vicario.) 

Laf. r-(Estoy como vulgarmente se dice, entre el acero y el tabique.) 

V\c.—(Por Zacateca.) ¿Aquél señor? 

GuND.— Sí, pero no señale usted. 

Vic— ¿Qoe viene a matar a uno? Vamos, hombre; ahora verá usted. (Se cñ- 
ige hada Zacaieca.) Cabañero, nsted perdone. Son ks doce» aquí cerramos a 



— 2G — 

esa hora y no es posible servirle lo que ha pedido. Le agradeceré que abando- 
ne el local y vuelva matfana a las nueve que es cuando se abre. 

Z\c.—(De mal talante y sin dejar de mirar a Lafuente.) Está muy bien. De 
modo que como va usted a cerrar saldrán todos los que están aquí dentro, ¿no? 

Vio. —Sí, señor. 

Zac— Está muy bien. (Se teoanta.) Me parece que podré pasear por delan- 
te de esa puerta, ¿no? 

Vic— En ia calle es usted muy dueño. 

Zac— Está muy bien. Buenas noches. (Se va.) 

Lap.— (Medio muerto.) Ha entrado aquí por mí. ¡Me ha visto!... ¡Ay Larrea, 
has perdido un amigo! (Intenta beber y se le cae el agua.) 

GuND.— Calma, señor Lafunte. Confie usted en su herradura. 

Lap.— Tienes razón. Mira que estuche le he mandado hacer, pero creo que 
esta vez no me sirve. Escucha, asómate a ver lo que hace. 

GuND.— Sí, señor. (Se asoma a la puerta.) 

Laf.— ¿Qué hace, Larreíta? 

GuND.— Está en la calle silbando La Tempestad. 

Lap.— ¡Caracoles! 

QuND.— Esa frase que dice... (Cantando.) 

«Morir puedo ya...» 

Laf.— Escucha, desafinas o es que yo no oigo bien. 

GuND.— No sé. 

ViCT.— (Desde la puerta de la izquierda.) ¡Ahí está! (Lafuente, que bebía, 
espurrea asustado.) Ahí tenéis al coloso de la congelación. (Entran con gran 
algazara Victoriano, Sinforoso, Marcelino u cuatro juerguistas más y cuantos 
actores haya disponibles.) 

SiNF.— ¡Viva el sorbete! 

Todos.- ¡Viva! 

ViCT.— ¡Viva el Polo Norte! 

Todos.— ¡Viva! 

Laf.— Bueno, ¿pero a qué vienen e§tos vivas frigoríficos? 

VicT.— Pues vienen a que le vamos a hacer a usted una ovación que se va a 
«quedar la gente helada. Andad, muchachos, subidle en alto. 

Todos.— Sí, eso. 

Mar.— ¡Arriba con él! (Le suben en hombros.) 

Laf.— ¡Pero señores!... 

ViCT. — ¡Viva el tío más fresco de Europa, Asia, África, América 
Oceanía!... 

Todos.— ¡Viva! 

Laf.— Bueno; apearme, que no estoy para bromas. 

SiNF.— A darle un paseo por la calle. 

Laf.— ¡No, a la calle, no! 

VicT.— Sí, a la calle. 

Todos.— A la calle. 

Laf.— ¡A la calle no, que me tiro! 

Doti.—(Por la puerta de los billares.) ¿Pero qu&-pasa? 

L.\F.— ¡Ah, Donoso! Bajarme un momento, que tengo que hablar con este 
amigo. Yo os juro que me sacáis a la calle. 

Gund.— Bajarlo, hombre; dejarle que aterrice. 

Laf.— (Aterrizando.) Escucha, Donoso... (Le coge dei brazo y hace mutis 
por la puerta de los billares.) 

Gund.— ¿Pero a dónde le pensáis llevar? 

VicT.— A darle una vuelta. Capricho de hacerle una ovación en el arroyo pa 
que luego nos convide. 



— 27 -^ 



¡UND.— Sí que tenéis humor. 
yycT.-fRiemlo.) iMiradle! (RimtldosT .Ovacionadores!... 

SiNF.— Arriba muchachos. 
Todos.— Vamos. (Le suben.) 
, Don.— No estropearme las zaleas. 
VicT.— ¡Viva el señor!... 
^^U...~(Tapéndolela boca.) Gritar viva la Siberia. que puede que os den 
VicT.— ¡Viva la Siberia! 
vÍr''\ll^^^V"''?^^r "^?? ileoándose en brazos a Lafuente ) 

Vic— (¡Caray, el criminal!) 

vía-No%eñof ""*^' ^^^^ ^^' ^^""^ ^'^"^ °^« ^^'^^^«? 
Zac— Y esos son billares, ¿no? 

Vio. -Binares, cuartos de tresillo y demás dependencias 
^.ecWel'^r """""^ '^ •■» esco„Lo!),C Jn.Stuiere'ua.ed por este es- 
Vic.-¿Eh? 

ZAC.-Soy muv rico; pida usted lo que quiera, 
vic— Pues... (¡Caray, yo me aprovecho!) 
¿.Ac- ¿Cuánto quiere usted? 
Vic— Quince mil pesetas. 

^PnTifsteél^^^^^^^ y ^^oribe.) Tome us- 

>\^t^-(Udaelche^fR¿U^^^^ ^"^ ""^"^"^ '"'""'^ ^" ^' Río de la 

Vic— Pero... 
Zac— Pueden ustedes retirarse. 

i ^fr,^Pt^^'&^XÍf¡lZí°'^ - -'"*-<'■> A^»- «ene „sted 

^Ac— Buenas noches. 
>2S:^(vZ"ef "^ ""' "'^'^■^ Está como para que lo aten con 

>es.no. (En este momento ouelven a enlmr¡rescena ^todoWn. ^"''° h^^ 
w e/ señor Lafuente en alto ) escena todos los juerguistas 

VicT.-¡Viva la Siberia! 
Todos.— ¡Viva!... 

5^^'~\??*°^ juerguistas los echo yo. 
QuND. -yPor Zacateca.) (¡Atiza!) 
i^.~(Idem.) ¡Repuñales! 
^a-SeSores. no quiero escíndalos en este estahlec-miento gue acabo de 



— 28 -, 

yicT.--Es que estamos ovacionanao a este monumento 
ñ^ní^íZ/^^^^ A ^^% monumento se lo llevan astedes al Hipódromo v allí mieii 

ZAc.-g^^fu,*' ""^-^ '-'^™'""* »' P"^"'« "^ 'O' Franceses. 

Lr;::rcro™%Tvímo3os."° *' '^'^ '' ™'~ ^"^ ""^ "«^ » «^d"" 

GuND.— Sí, vamonos. 
Vic— ¡Vivan los témpanos! 

7A?°^"¡"íiyj''''"-' ^'^^ '^''''- ^-«/""^^^^ <í¿<^^ adiós con la mano a Zacateca ) 
losmaVesT'^ paciencia y reposo. (Vueloe a sentarse frente a ll puerta d, 

.\^jt^'^^^'~S^°^ ^^ ^9^^rda. Es un tío que mete miedo.) (Aquí es Bueno o\ riiJ 

Zac— Muy buenas. 

Atil.— ¿El dueilo de este Bar? 

ZAc-Servidor de usted. (Atilano le atisa un puñetazo aue lo dprríhn » /«* 
go comienza a darle puñetazos, a tirarle banqueta zSccSeca se m^^^^ 
radamerite en el cuartee los billares y AtilLole sS^dándolfsol^^^ 
oyen ruidos dentro cotB si hubieran tirado un velador coTvario^er^^^^^^ 
salen corriendo ael cuarto dos jugadores con sus tacos u hmmm^ti^^^^ 
puerta a todo correr. Sale Atilano muy satisfecho y díeUUaZZilf^Zf» 
se oye un estertóreo vioa la Siberi^. felón rápido) »i-iQU'claosl (Dentn 



FIN DEL ACTO SEGUNDO 



ACTO TERCERO 

DoíjS'S efcldS"?e7a\'L'"e%t''™''^ '^'^^'^°'- ^^'-^'^^ ^^^ «=''»'»"«•" en el fondol 

(Al levantarse el telón, Ambrosia, que viste un elegante traje ^ris leeÚ 
bien encuadernado libro, en la más indolente de las posturas PorluseaLM 
'eS%TJmaT "''" " "'"'"" ^'"'" trayendo'en \ZZ''nd^aZt\ 

Ben.— Señorita; esta sefiora, desea ver a la seílora 

nn.Po ^•v'^^"'f' u ^T^"^^. ^a tarjeta y lee,) Concepción M. de Riza:,. No la co^ 
nozco. ¿No se habrá equivocado? í^í-^.»»... inu id co 

A Mn'~S''.'^''''°' ^^^o"?- 'a señora ha dicho el nombre de la señora. 
Amb.— Entonces no cabe duda. Que pase (Vase Eenitn nnr ín c^fr»,uJ 
puerta ée la derecha.) Concepciún a(. di^Rilai Nada íoZgoíi t?^ 

Concha.— ¿Se puede? 

Amb.— Adelante. 

Concha. -(Entrando.) ¡Ambrosia! 

AMB.-¡Concha! ¡Tu!... ¡Pero mujer!... r5ea6m^<2/2j 

CONCHA. — 1 e sorprende mi visita, ¿verdad? 

/^.w ^rí '^''^' y^ *? suponía en Badajoz. Además, que este nombre íPorh 
tarjeta.) chica, me dejó perpleja. (Se sientan.) nomore, [foru 

hr^^^^^''~u comprendo. Cuando le di la tarjeta a la doncella pensé Am 

me hlVuelIo a 5^'. "" ''"* P"^^"' ^"^^"'^ ^^ ''^' ^«« ^^ v¿lVi|nor'a qu< 



— 29 ^ 



CoNCHA.-Sí, hija; sí; de diez llevo cuatro. He «ido muy deseraciada - v p9o 
que este ultimo, Cándido de Riza, está loco por mí. aesgraciada, y eso 

el ÁZmo^leCoX^Mad' ' '""'""' ^"' '^^ Concepción M. de Riza era 
Concha —Verás, oculto mi apellido porque la primera vez aue lo n»QA hiV« 

* 'A¡^:VRSndrñvln' ^"^ I "-^'^ '^¿"^^ H"^ er'a un exc'ént feo'"'" ^''" 
AMB.-rA'/e^í/o.; Veo que no has cambiado. ¿Y cómo tü oor Madrid? 

Amb.— ¿No eran dos? 

ci|antía'"''~^'' ^^'"^ ^' ''''''' '"^ *"'''^^'' '"^"^^ ^"*^b^^ ^1 tercero; una mayor 

Amb.— ¿También era rico tu tercer marido? 
Concha,— Riquísimo. 

medrado, enteco, chiquitn... ¡Desgraciado Rohle^i Aw.rc -^^r^ > t', x 
AMB.-De modo que dices que el primero er« Robles 

porque me entretuvo un sinvergüenza que mira AmhlLi-f tT k^'^° ^"*^^ 

Amb.— ¡Pobre Concha! 
alel?bT"^-~""^'^''^ engañado a cualquiera, porque hija, abría ¡a boca y te 
Amb.— ¿También era rico? 

Amb.— Que barbaridad. 

Amb.— ¿Y cómo no te casaste con él? 
Concha.— Porque era un cleptómano. 
AMB.^¿Cómo has dicho? 

Amb.— ¡Jesús! ¿Y qué hiciste? 



^ 80 - 

AMB.—Tienes razón, pero tú has vuelto a casarte. 

Concha.— ¿Y estás tú seg^ura ae no reincidir? 

Amb.— (Suspirando.) ¡Ay, Concha! 

Concha.— ¡Malo! Te veo en la pendiente. 

Amb.— ¡Pero qué pendiente!... ¡Un tobogán! Le he dado muchas vueltas y 
he caído al fin. Si, Concha; me caso dentro de seis días. Hago una boda de 
amor y de interés. 

CoNDHA.— ¿Y quién es el feliz mortal? 

Amb.— Don Amadeo Lafuente, un hombre que en fortuna puede parango- 
narse con el Barón de quien me hablabas. 

Concha. — Mil enhorabuenas. 

Amb.— Las acepto, porque puedo asegurarte que si Cabezón me hizo feliz, 
este me llevará al apoteosis. ¡Qué apasionamiento el suyo, qué imágenes, qué 
tropos!... Me habla de amor y su verbo es un atropellante río de poesía. Me 
habla de arte y sus ojos centellean admirados en los cuadros y las figulinas. Y 
entendido, ¡oh! Lo tasa todo con una rapidez que deja atónita: esto vale tres 
mil, este cuatro mil, esto puedes tirarlo... ¡Oh! Es de una cultura que so- 
brecoge 

Concha.— ¿Y dónde pensáis pasar vuestra luna alcarreña? 

Amb,— Verás, al principio pensó Amadeo que nos trasladásemos a su pala- 
cio de Venecia; un palacio que fué de los Dux y ahora va a ser de los dos, y en 
el cual vamos a fijar nuestra residencia en lo futuro. 

Concha.— ¡Oh! 

Amb.— Pero luego pensó y fundadamente que sería mejor hacer un viaje de 
seis meses por Asia y América, remarando en Méjico para depositar una coro- 
na en el monumento que mandé erigir a Cabezón. 

Concha.— Lindísima turné. ¡Se disfruta tantísimo viajando con el ser amado! 
Nunca olvidaré el viaje de novios que hice con Robles, a los picos de Europa. 
¡Qué idealidad! Bien es verdad que fuimos por los aires. 

\mb.— ¿En biplano? 

Concha.— No, que él estaba enfermo del pecho y aquellos aires... 

Amb.— Ah, sí... prescripción facultativa. 

Concha.— Justo. Escucha, supongo que habrás recibido valiosos regalos. 

Amb,— No puedo quejarme: cosas preciosas y costosas. Casi todas están ytf 
en Venecia. ^ 

Concha.— Ni que decir tiene que el regalo de él habrá sido kaiseresco. Al- i 
gún aderezo... i 

Ame,— Eso para él hubiera sido una futesa. Soy dueña de un palacio junto 
al Bosforo. 

Concha.— ¡Chica! 

Amb,— Me lo regaló la tarde que le hablé de tú. 

Luisa,— (T^or ía primera puerta de la derecha.) Señora. 

Amb.— ¿Qué? i 

Luisa.— Han terminado de embalar los dos vargueños que se van a enviar a 
Venecia. ' 

Amb.— Voy en s^uida. Concha, con tu permiso. 

Concha.— No faltaba más. 

Amb.— Vuelvo en seguida. (Vase con Luisa por ía primera puerta de la de- 
recha.) 

Concha.— Esta criatura ha sido siempre una suertosa extraordinaria. Yo 
no puedo quejarme; cuatro maridos y todos ricos, pero ésta ha pescado dos dt 
folletín. (Se sienta, coge un álbum y le hojea. Por la segunda puerta de la de 
recia entran en escena Benita y Gundemaro.) 

QuND.— La tarjeta lo dice bien claro: ven a buscarme a las doce a casa de 
Ambrosia. Si bo «itof , «tpárune. 



— 31 — 

Ben.— Está muy bien, señorito. Lo comunicaré a la señora fVase por la 
Trímera puerta de la derecha.) 
"; GuND.— (Cuando me manda venir, algún peligro le amenaza.) (Se sienta u 

te. Conchale mira.) ¿Señora?.,. 

[Concha.— Beso a usted la mano. 

[GuND.— (¡Recristina; la badajonense! Este es el peligro.) (Disimula mirando 
mecho.) 

^^o^CHk.— (Calándose los impertinentes.) (Calle; yo quiero recordar a este 

Jen... Si, justo; este es Silva, el amigo de La Fontana... Luisito Silva)... 

[UUND.— (A esta señora hay que echarla de aquí, sea como sea.) (Mira al te- 

b nuevamente y silba.) 

[Concha.— Silva, amigo, Silva... 

ÍGuND.— ¿Cómo? 

¡Concha.— ¿Pero no se acuerda usted ya de Concha Mata? 

GuND.— ¡Concho... digo Concha! ¡Usted! 

Concha.— La misma. 

a'ND.-¡Qué sorpresa! ¡Quién me lo iba a decirl... (Alargándole la mano.) 

Jh6 talr 

|CoNCHA.— Ya usté lo ve. 

|GuND.— Lo veo; bellísima, hermosísima, jovencísima... 

^ONCHA.— Qué, ¿sigue usted frecuentando la amistad del barín? 

JUNO.— ¿De qué barón? 

Concha.— De La Fontana. 
P"ND— ¡Ay, ya, claro. Conozco a tantos barones, que... Pues sí, digo no... 

Roncha.— ¿Eh? 

_^ iuND.— Estaba dando vueltas y ahora acabo de caer. La Fontana... ¡pobre 
rugo mío! Falleció. 

Concha.— ¡Ha muerto! 

GuND.~Sí, señora, ¡qué espanto! Se llevó cuatro meses sufriendo. 

Concha.— ¡Se llevó cuatro meses! 

QuNcf— No pudo llevarse más. (¡Santa Rita, qne no venga!) 

Concha.— Dios lo haya perdonado. Era muy simpático y muy atrayente. 

UuND.— Y ahora que vuelvo a caer. ¿No le han avisado a usted de... Mahón? 

Concha.— No; a mí no. 

GuND.— Caramba, pues me extraña, porque el notario quedó en avisar a 
todos los herederos. 

Concha.-^¿A todos los qué? 

GuND.-Herederos. Y digo que me extrafia, porque usted en el testamento 
tema una participación de cien m» pesetas. 

Concha.— ¿Pero eso es cierto? 

GuND.— Ciertísimo. Y otra participación en el Banco. 

Concha.— ¿En cuál? 

QuND.— En el de ostras. 

Concha.— ¿Pero ese notario en qué piensa? 

QuND.— ¡Qué se yo! 

I o fri^'ÜÍ^'"'^' P!?5^ y*^ '® P°"S° °" P'e^*<^ C" seguida. ¡Pobre La Fontana! 
U verdad es que estuve muy severa con él. Lo que él me hizo fué algo sucio, 

nnl hí^H^'f '^^y° ^"^ ^ "^^5*^ '^ palangana, estuvo muy mal. ¿Y ele señor 
que ha dejado de avisarme, cómo se llama? 

Gund.— Don... don Justo López Molina, notario de Mahón. 

Uoncha.— ¡Pero qué sorpresa! 

«o 8abe'To"¡JermuSo^'^^" ^ "°*°'^'' "^^^^ ***^° * ""^^ ^ '^^^^'^'^ 
CoNCHA.-¡Quién iba a figurarseL.. ¿Y dict wáibXffmm Daaia Upes Molina? 



— 82 -, 

QuND.— Sí, señora. 

Concha.— Y que es notorio.. 

GuND.-- Notario. 

Concha.— Digo notorio lo de la herencia. 

QuND . —Notorísimo . 

Concha.— ¿A qué hora sale el rápido para Barcelona? 

GuND.— No sé; pero dése usted prisa, porque la Central la cierran dentro 
de diez minutos. 

Concha.— Sí, voy. ¿Amigo Silva?... 

GuKD.— ¿Señora Mata?... 

Concha.— Luego, si tengo tiempo, vendré a despedirme de Ambrosia. 
Adiós. 

QuND.— Adiós, señora. 

ConcHk.— (Haciendo mutis por la segunda puerta de la derecha.) López 
Molina, notario, Mahón. (Vase.) 

Q.\}vx>.— (Respirando a sus anchas.) Bueno, he pasado un ratito terrible. 
Claro, yo no estoy tan acostumbrado como Lafuente y me azaro. 

hMh.— (Dentro.) Sí, y que los facturen en el acto. 

GuND.— Ella. 

kím.~(Por la primera puerta de la derecha.) ¡Oh! Querido secretario. 

GuND.— ('Cas/ besando el suelo.) Señora, me troncho la columna vertebral 
ante usted. 

Amb.— Siempre tan exquisito. 

GuND.— Estoy aquí, con su permiso, aguardando a mi ilustre jefe y César. 

Amb.— Bien, pero ¿dónde se habrá metido Conchita? 

tiuND.— ¿Se refiere usted a una dama bien parecida, que encontré en esta 
habitación hojeando un álbum? 

Amb.— Sí, la misma. 

GuND.— No hace dos minutos que exclamó: las doce, me voy a casa del den- f 
tista, porque si liego tarde me coge la vez un tal Río, a quien creo que le van a i 
poner un puente y temo que me tengan dos horas esperando... Y partió ligera. 

AMB.--La pobre siempre anda con la boca perdida. Claro, es golíJsísima... 
Ya volverá. 

GuND.— El caso es que no sé qué dijo de ir a Mahón. 

Amb.— Diría a «LaMhonesa», que es su confitería predilecta. 

GuND.— Puede. 

Amb.— Y qué, señor Larrea, ¿ha visto usted hoy a don Amadeo? 

GuND.— Pues... no; hoy no. Me ha citado aquí con urgencia y aquí aguardo 
sus órdenes. ¡ , 

Amb.— Y vamos a ver, amigo Larrea... siéntese. j 

GuND. —Mil gracias, señora. (Se sientan.) ' I 

Amb.— ¿Encuent.^a usted satisfecho al señor Lafuente? 1 í 

GuND.— Cómo satisfecho; resplandeciente de júbilo. | 

Amb.— ¡Oh! ¡Cómo me ama!... | f 

QuND.— Amar es poco; es idolatría, que raya en la demencia. No lo dude 'ji 
usted. Días ha vertió en mi oído esta sentencia: Gundemaro; si tuviera que \\ 
separarme de esa mujer, óyelo bien: sublime, silencioso, sin ostentosas apa- I 
riendas ingeriría el polvillo de una planta india que poseo, que mata sin dolor j \ 
y deja dibujado en los labios, no el rictus del sufrimiento, sino la plácida son- * 
risa de la bienaventuranza. 

Amb.— Por Dios, me aterra usted. ¿Pero Amadeo sería capaz por mi 
causa?.. 

GuND.— Sí, doña Ambrosia; pero a qué pensar en eso. 

Amb.— Tiene usted razón. ¿A qué pensar en nubes de negrísimos cendales 
cuando el cielo es de un límpido azul y el capudiiao barométrico marca con su 



•— 83 — 

gracioso palitroque tiempo bonísimo? Nada puede oponerse a nuestra felicidad, 
i porque si él me idoiatra, yo, amigo Larrea, al calor de las poéticas frases de 
Amadeo, lie sabido ahora lo que es sentir el verdadero amor. 

GuND.—Pues, ¡ah!, doña Ambrosia, yo se lo profetizo; les espera a ustedes 
[una diclia terrenal sólo comparable a la de nuestros primeros padres... antes 
ü de la primada. 

Amb.— ¿Cree usted? 

GuND.— Como creo en el dulzor de la meloja. 
. Amb.— lAh! Mil gracias, Gundemaro. Soy feliz; muy feliz. Ahora, con su 
permiso, voy a separar la ropa que tengo que meter en los mundos. 
' GuND.— Es usted muy dueña, señora, 

Amb.— Adiós, Gundemarito, hasta luego. 

Grnxi.- (Volviendo a partirse el espinazo.) Sefiora... (Vase Ambrosia por 
m primera derecha de la izquierda.) Está más loca que una traca. Y digo yo: 
'este hombre, con cuarenta y nueve años y una cara que, de perfil puede pasar 
pero que de frente no pasa ni aunque le empujen; ¿qué resortes tocará para 
hipnotizar de esta manera? Porque esto es hipnotismo. Bueno, esta boda le re- 
dondea de un modo, que pueden jugar con él al billar. 

LxF.~(Por la segunda puerta de la derecha, con todo género deprecaucich 
oes y hablando en voz baja.) Gundemaro... 

GuNü.— ¿Eh? ¡Usted! 

Laf.— Baja la voz. Que no sepa Ambrosía que estoy aquí. He dicho a Beni- 
ta que no me anuncie. ^^ 

GuND. — Pero... 

Laf.— Tenemos que hablar. (Cierra las puertas.) 

GuND.— ¡Bueno! 

Laf.— Gundemaro, estoy perdido. 

GuND,— ¿Usted? No lo creo. 

Laf. -Cuando yo te digo que estoy perdido es que yo mismo no me encuen- 
tro, aunque me busque. Escucha y apoya tu brazo en mi hombro por sí acaso 
te desvaneces. El marido de Ambrosia vive. 

GuND.— ¡¡Cabezón!! 

Laf.— No chilles. 

GuND.— ¡Vive! Pero, ¿cómo se ha enterado usted? 
\' f AH-— Mira como estoy: yerto. Parece que me han puesto una inyección de 
imónhelado. 

GuND.— Bueno, pero... ¿A Cabezón no le mataron en Méjico? 

Laf.— Sí. 

GuND.— Caray, no lo comprendo. 

Laf.— Ni yo tampoco, pero Cabezón vive. Anoche vino a verme Matías el 
Tiarmolista y me dijo; señor Lafuente, tome usted un pasaje para el Perú- Ca- 
)ezón vive; se ocultaba por miedo a Zacateca, pero ya son amigos y sé han 
:ontabulado para matarle a usted del modo más original que se conoce. Yo me 
«erré, vine a esta casa como un rayo para recoger una diadema antigua que 
enia apartada, cené con Ambrosia, me despedí mentalmente de ella porque 
)ensaba tomar un mixto que sale a las seis de la mañana, bajé las escaleras y 
in el portal ¡zas! Cabezón y Zacateca en amistoso coloquio. Pesqué escaleras 
irrita y tomé posesión de un desván en espera de acontecimientos. Pasaron 
as horas, cerraron el portal, bajé cautelosamente, miré por el ojo de la cerra- 
lura y la pareja allí, como de escayola. Entonces acerqué el oído y oí en el 
ispantoso silencio de la noche, lo que voy a transcribirte: «Usted le introduce 
cuarenta veces el estilete en el muslo derecho...» 

GuND.— ¡Requeja! 

kro^^'''~/'^"u ^° y*^ ^^^^ ^° P^'^P'^ ®" ^^ compañero: después le amputamos los 
¡razos y le abofeteamos la cara con sus propias manos; le llevamos luego a la 



„ 34 -- . 

tumba de Nina y allí, que se desangre como un cerdo.» ¿Eh? ¿Qué te parecí 
¿Se las trae el programa? 

GuND.— Bueno, mire usted, yo he leído los tormentos de la Inquisición, 
aquéllos eran caricias al lado de esta energumenoidad que han discurrido esc 
bestias. 

Laf.— Excuso decirte la nochecita que he pasado yo en el desván sin podt 
mandar por bromuro. 

QuND.— Pero esta mañana... 

Laf.— Los dos en el umbral sin moverse; no he podido salir. Anda, si hubi 
ra podido, a estas horas estaba yo cuando menos en Sorja. 

GuND.— Pues me da usted uno de esos disgustos que cuestan una enfermí 
dad, porque perder un amigo y un maestro, así tan de repente y con una muei 
tetan trágica... 

Laf.— Larrea, no dibujes. Frases de consuelo y de esperanza son las que j 
necesito, y tú, que estás más fresco, eres el llamado a discurrir una estratagí 
raa que me salve, y cuenta con un diploma. 

Gund.— Ni una palabra más. (Pasean preocupadísimos en opuestas diret 
cienes. De pronto Gundemaro se para y se da un golpe en la frente.) 

Laf.— ¡Qué! 

GüNo.— (Mirándose la mano.) Un mosquito. R. 1. P. 

Lk?.— (Se para en seco, abre la boca, sonríe, saca un retrato del bolsilU 
corre ante la mesa, se sienta y escribe en el retrato.) 

Gund.— (¿Qué ^ace?) (Le obser^.) 

L\p.—(Se leuahta radiante y guarda el retrato.) No estarían más orgullosc 
Fernando el Católico y señora cuando la rendición de Granada, que lo estoy j 
en este momento. Larreíta: de dos enemigos sanguinarios que tenía, sólo m 
queda uno: Cabezón, y Cabezón no era para mí tan temible como Zacateca 

Gund,— ¿Pero puede saberse?... 

L,\F.-~( Viendo que se abre la segunda puerta de la derecha.) ¡Silencio! 

hzn.— (Entrando misteriosamente.) Señorito... 

Laf.— ¿Qué hay, Benita? 

Ben.— Este continental que acaban de traer para la señora. (Se lo da.) 

Laf. — Bien, muchacha; ni una palabra. (Dándole un billete de cinc 
duros.) 

Eeh.— (Agradecida.) ¡Señor!... 

Laf.— Cambia y quédate con seis reales. (Medio mutis de Benita.) ¡Ahí Trái 
me de paso un vaso de agua. 

Ben. —Sí, señor. (Vase por donde vino.) 

Lkv.— (Abriendo el sobre.) Este continental me escama, Gundemaro. (Leyei\ 
do la firma.) ¡Zacateca! 

Gund. — ¡Zapateta! Lea usted. 

La?.— (¡Veroioso.) Señora, dentro de breves instantes tendré el gusto de v 
sitarla para repetirle de palabra lo que ahora le comunico. Su próxima bod 
con ese fanfarrón adinerado no puede realizarse por dos razones: la primen 
porque esta tarde ese miserable morirá. 

Gund.— Huelga la segunda. 

Laf.— La segunda, porque sépalo usted, señora, no es usted viuda; Cab< 
zón vive, y la bigamia es un delito. Todas las misas que se digan mañana e 
los Jerónimos, de seis a una, serán aplicadas por el eterno descanso de su e 
futuro. Ya están abonados los estipendios. Serán rezadas las de seis a doce 
cantada la de una. P. Z. 

Gund. — Pues habrá que oir las voces. 

Laf.— Bueno, no siento más que el lío que se va a armar mañana por la tard 
en el Purgatorio, cuando se encuentren allí con catorce misas para el ánima d 
un tal Amadeo Lafuente, que no ha ido, porque yo mañana. Larreíta, habito aú 



en este planeta. (Viendo entrar a Benita por la segunda puerta de la derecha.j 
iCuidado! 

Ben.— /Qae trae una copa con agua.) El agua, señorito. (Deja el seroicio 
sobre la mesa.) Aquí tiene usted veintitrés pesetas y media. (A darle el dinero 
a Lafuente se le cae una moneda y la recoge.) 

Laf.— Se te había caído la media. 

Ben.— Sí, señor. 

Laf.— Pues tómala y tres más para unas ligas. 

¡Ben.— Mil gracias. 
AF.— Di a la señora que acabo de llegar y que la espero aquí, 
EN.— Está muy bien. (Hace mutis por la segunda puerta de la izquierda.) 

, íuND.— ¿Pero qué va usted a hacer? 

[Laf.— Ya lo sabrás: vete y aguárdame en la biblioteca. 

fGuND.— Estoy a sus órdenes. (Haciendo mutis por la primera puerta de la 

'echa.) Yo creo que no se pierden las misas. (Vase.) 

Laf.— Esto de tener que tomar bicarbonato cada cuarto de hora, es una lata, 
ja lata de bicarbonato cada dos días. (Abre una cajita de bicarbonato que lle- 
va en uno de los bolsillos, saca una moneda, la emplea a guisa de cuchara y se 
echa en la boca una buena cantidad de la sal de referencia. Guarda la caja, 
bebe un poco de agua, saca el pañuelo, vierte sobre él el agua que quedaba en 
la copa, lo exprime sobre la bandeja, y, al sentir que viene Ambrosia, se sienta 
rápidamente, se aplica el pañuelo a los ojos y llora a moco tendido.) 

Anib.— (Por la izquierda segunda puerta.) ¡Amadeo! (Viéndole llorar.) 
íjAmadeo, amor mío!!... ¡¡Tú llorando!! ¡üTúül (Se arrodilla ante él.) 

Laf.— ¡Ah! ¡Tú, Ambrosia de mi alma!... 

Amb.— ¡Amadeo! ¿Qué pasa? ¿Por qué lloras? ¡Confíame tu pena! 
_ L\F.— (Levantándola y levantándose.) 'iSü Debo dar ejemplo de entereza. 
¡Soy hombre! 

Amb.— ¡Oh.^ Me asustas, Amadeo. ¡Por pieíad, habla, te lo ruego! 

Laf.— Es preciso. Ya que has de enterarte forzosamente, quiero tener yo 
el sublime rasgo de darte la noticia. 

Amb.— ¡Habla, que me tienes loca! 

Laf.— (Sublimísimo.) ¡Ambrosia! Ayer me encontraba yo en un jardín, cuyo 
suelo matizado de flores exhalaba un perfume exótico que embriagaba mis sen- 
tidos. Era un eterno día con un cielo siempre azul y un sol radiante siempre en 
el zenit. Y hoy. Ambrosia, hoy... es páramo el jardín, cardos las flores, maz- 
morra el cielo a^ul, fango la fuente. 

Amb.— Por la Virgen Santa, Amadeo: no rimes y dime lo que sea. 

Laf.— ¡Ambrosia, valor! 

Amb.— ¡Lo tengo! 

Laf.— ¡Cabezón,., vive! 

hm.~(Espantada.) ¡Ah!... ¡¡No!!... ¡Mientes!... jTd me engailaat... 

Laf.— Ambrosia, Cabezón vive; te lo juro por este desenfrenado amor que 
te tengo y que lo agiganta el murallón que ya nos separa. 
, Amb.— ¡Vive!... ¡¡Vive!!... ¡Dios mío!... (Llora.) 

Laf.— ¡Llora, sí, llora!... (Le aplica su pañuelo a los ojos, y Ambrosia, at 
sentirlo mojado, hace un extraño.) Ese fresco que sientes, amor mío, es eJ 
agua que a raudales brotó de mis ojos. Sí, apuré la copa... de la amargura. 

/^MB-— Pero, Dios santo, ¿por qué hasta ahora me ocultó que vivía? 

Laf.— No lo sé; acaso quiso probar tu constancia y tu cariño. 

AtAB.— (Resuelta, resueltísima.) ¡Ah, pues no! Jugó con fuego y se abrasó 
las manos. ¡Amadeo! ¿Tu me quieres? 

Laf.— Con ceguedad, con alienismo. 

Amb.— Pues bien, huyamos. Ocultémonos en tu palacio de Tokio. 

LAP.—iAmbroaia, eao iamásl 



— bü — 

Amb.— lAmadeol 

Laf.— ¡Honrada te idolatro: adúltera te execraría. 

Amb.— ¡Oh, qué garande eres, Amadeo!... Ahora te quiero aún más. 

Laf.— (Me lo complica.) ¿Y quién duda de tu amor? ¿Quién puede dudar del 
mío? Pero, ¡ah! Sobre la pasión está el deber. Ante Dios y ante la ley eres de 
otro hombre... (Fingiendo sorda rabia.) ¡¡De otro hombre!!... ¡¡¡Aaaaahü! 

Amb.— ¡Virgen Santa, ilumíname! 

Laf.— (Caray, cómo tengo el estómago.) 

Amb. — ¡Dios santo, una solución! 

Laf.— No hay más que una, Ambrosia. ¡Una! (Saca ta caja del bicarbonato, 
toma una moneda y se echa en la boca una buena ración.) 

Amb.— (Que no le quita ojo.) (¡Ah! Los polvos de la planta india; el veneno;, 
la muerte insensible... ¡Sí! Yo también.) (Arrancando de manos deLafuente la 
caja del bicarbonato.) ¡Amadeo' Dame esa caja. Te he comprendido. 

Lk?.— (Extrañado.) ¿Eh? ^ 

Amb.— ¡Mira!... (Se vuelca la caja en la boca y traga los poloos con la ayu' 
da de un sorbo de agua.) 

Laf.— (¡Atiza!) 

Ame.— Tu heroico estoicismo me ha dado ejemplo. (Señalando a la altura.} 
Allí nos reuniremos. 

Laf.— ¿Dónde? 

Amb- —¡En el cielo! 

Laf.— (Loca.) 

Ame.- ¡Oh, qué sublime hallazgo! ¡Morir sin dolor! Porque, ¿verdad, Ama 
deo, que esto no produce dolor? (Aludiendo a la caja.) 

Laf.— Lo quita. 

Amb.— ¡Morir sin dolor! 

Laf.— (Loquita perdida.) , 

kím.— (Dejándose caer en una butaca.) |Ah, qué angustia; qué opresión! 

Laf.— Claro, hija, si me has dejado sin bicarbonato. 

Amb.— ¿Eh? ¿Pero eso era?... 

Laf.— Químicamente puro. 

Amb.— (¡Qué plancha!) Pues bien, no cejo en mi idea. Quiero morir. ¡Mu* 
ramos! 

Laf.— (Caray.) 

Amb.— (Sacando de un cajoncito una lindísima daga y dánc^osela a Lafueri' 
te.) ¡Toma! (Presentándole el pecho.) ¡Húndela! 

Luisa.— ("Por la segunda puerta de la derecha.) El señor Zacateca pide per- 
miso para pasar. 

Laf.— ¡Mi bisabuela! Vete, Ambrosia. 

Ame.- ¡No! 

Laf.— Vete. Ese hombre, es el emisario de tu marido. Deseo hablar con él. 
Vete al oratorio y júrame que de rodillas has de rezar por mí una centena de 
salves. 

Amb.— Sea: te lo juro. (Haciendo mutis por la segunda puerta de la isquiqr- 
da.) Ya sólo me queda ese recurso: rezar. (Vase hipando y diciendo:) (El bi- 
carbonato me ha sentado como un tiro.) 

Lkv.~( Examinando la daf^a.) F^ste chisme es un portento. Puño de oro ¡y 
hoja cincelada; pero aigo mohosa. Si saigo bien de esta entrevista, la pulo. 
(A Luisa.) Que pase ese caballero. (Vase la criada.) Ahora sí que necesilo del 
benéfico influjo de mi herradura. Serenidad, Lafuente; mucha serenidad. ¿A 
wer? (Se toma el p::!so.) Sí; estoy sereno. (Consultando el reloj.) Las doce y 
media. Perfectamente; las doce y media y... tranquilo. Pero no obstante; aun- 
que tranquilo, me pondré en guardia, (Se parapeta detrás, de un mueble.) Ya 
está aquí. (Por la segunda puerta de la derecha entra en escena Zacateca. Se 



— 37 — 

'etiene en el umbral, mira con ojos de ira, ve a Lafuente y sonríe ae una mane- 
a diabólica. Lafuente sonríe también más muerto que vivo. Zacateca cierra la 
^mrta, avanza y se cruza de brazos ante Lafuente ) 

Za€.— ¡Por fín! Creí ya un imposible esta dicha suprema que el cielo me 
oncede. 

LK?.—(Sin saber que decir.) ¡Eh! 

ZAc.~La dicha de verme frente a frente y a solas con usted, con el hom- 
re a quien más odio y execreco y abomino. El miserable que en la sombra 
linó los cimientos del edificio de mi felicidad; el que con vil cobardía me adje- 
ivaba llenándome de oprobio, escudado siempre en el anónimo ruin y repug- 
ante. Pero ¡ahi por cada une de aquellos insultos he de hundir dos veces en 
u cuerpo mi aíiiodo estilete. 

Laf.— (Miedosísimo.) (¡Valor!) No alcanzo a penetrar el sentido de sus pa- 
ibras. Le ruego, le exijo una inmediata explicación o voy a creer que es usted 
n pobre alienado sin la camisa obligatoria. 

Zac— ¡Sí! Sabrás quien soy antes de cribarte, antes de magullar tu cuerpo. 

Laf.— (Pues viene suave.) 

Zac— Soy Pancho Zacateca. (Lafuente se encoge de hombros.) ¿No te dice 
ada este nombre? ¿No te habla de tu traición abominable? 

Laf. — No, 

Zac— Fui el amante de Nina Petterson. 

LK?.—(Como enloquecido.) ¡Ah!... ¡Oh!... ¡Nina!... ¡Tú! ¡Tú, el que paseas- 
3 su deshonor por el mundo!... ¡¡Tú!! ¡Ah, qué profunda brechabas abierto de 
uevo en mi corazón! ¡Nina! ¡Nina; hija mía!... ¡Desgraciada como tu madre! 
Desgraciada como yo!... 

Zac— (¿Qué dice ese hombre?) 

Lk?.— (Acercándose a él.) Caballero: escuche usted la tristísima historia de 
n mártir. 

Zac— ¿Cómo? 

Laf.— Yo conocí en Puerto Rico a una puertorriquisima, guapísima, que se 
amaba Paca Cao... 

Zac— (¡La madre de Nina!) 

Laf.— Y sentí por ella la más violenta de las pasiones, pasión que acrecen- 
)se al saber que ella estaba casada con un chileno más bruto que un galápago, 
lia, correspondió a mi cariño, porque entre el de Chile y yo había un desfila- 
ero... ¡Pobre Pancha!... Omito detalles y nació Nina, es decir, Paca. Nina fué 
II nombre de gresca. 

Zac— (¡Dios santo!) 

Laf.— Pasaron los años, el chileno, enterado sin duda de aquella partida de 
esillo, encelóse y envenenóla... mientras yo veraneaoa en España, en mi her- 
oso palacio de Javalquinto. Al leer yo la trágica noticia en El Torrefacto, pe- 
odico decenal de Puerto Rico, creí desfallecer; volé a Cartagena, fleté mi 
ot, crucé el Aviánrico y llegué al rico puerto con el sólo propósito de recoger 
Haca, mi idolatrada Paca, ¡mi hija! Porque aquella criatura era hija mía; pero 
o la encontré. 

Zac— ¡Oh! 

Daf.— Y, ¡oh, Dios clemente! Hoy pones ante mi vista al hombre que me 
)Do mi tesoro, mi única alegría. 

II ^^'^•~?^o; yo ía conocí en California, bajo el nombre de Nina Petterson. 
lia me dijo que era escocesa e hija del rey del bacalao. 
„ ^^^'TT'Ef^ "i"y salada!... ¡Pobre hija mía! No tuve más noticias de ella que 

*^5 ]• ^"^ ^^ ^"^'^ ^ Montecarlo, cuando todos los periódicos del 
undo dieron la noticia de que yo había hecho saltar la banca... ¡Oh' Me en- 
io un retrato, una carta y un paquete... La carta me la sé de memoria. (Se 
■ca los ojos.) Uno de sus párrafos, decía así: «Ese paquete que te envío con- 



— 38 — 

tiene unas cartas que desde hace tiempo me dirige un miserable Equis, a quie 
desconozco, con el solo objeto de que alguna de ellas caiga en manos del hon 
bre a quien adoro con toda mi alma.» 

Zac— ¡Cielos, qué oigo! 

Laf.— «Padre mío, líbrame de ese mal nacido.» 

Zac— ¡Oh! (Enjuga una lágrima.) 

Laf.— Cumplí el encargo de mi hija, pero todo en vano. Supe luego a 
muerte, y al tener noticias de que en Madrid, no sé quién, la había erigido u 
mausoleo, ¡¡bendito sea!!, aquí vine, para poder a mis anchas regar su tumb 
con mi llanto, y allí conocí a la santa dueña de esta casa a cuya existencia pet 
saba unir la mía, fatigada y triste. (Llora) 

Zac,— ¡Oh! ¡Si eso fuera cierto!... 

Laf.— ¿Lo dudáis? 

Zac— Una prueba, por Dios, y caería de hinojos a vuestras plantas. 

Laf.— Hela aquí. (Saca el retrato de Nina, lo besa y se lo da.) 

Zac— ¡Ah! ¡Sí! ¡¡Ella!! (Lo oueloe y lee entre sollozos.) «Para ti, paps 
Nina». ¡Ohl Permitid que os llame padre, porque lo fuisteis de ella y ella fu 
el único amor de mi vida. (Cayendo de rodillas a sus pies.) ¡Perdón!... |Pe: 
don, padre mío! (Llora.) 

Lkv.— (Triunfante. Levantando a Zacateca.) Llora en mis brazos, Panch( 
hijo mío. (Se abrazan y lloran los dos a moco tendido.) 

kuR,— (Por la segunda puerta de la izquierda.) El dolor acabará con s 
vida. (Queda sin moverse, con la cabeza baja. Lafuente al verla se separa í 
Zacateca.) 

Laf,— (¡Canastos, Ambrosia!) (A Zacateca que se inclina saludándola.) N 
hable ante esa mujer de nuestra pobre Nina. Ignora mi secreto. 

Zkc.—(A Ambrosia, muy respetuoso.) Señora... 

Laf.— (^ Ambrosia.) Ambrosia; este es el mensajero de tu esposo. 

Zac— Es cierto, señora; vuestro esposo, que está en el jardín, solo espeí 
una indicación mía para venir a arrojarse en vuestros brazos. 

Amb. — (Arrojándose en los brazos de Lafuente.) ¡Amadeo! 

La?.— (Sublime.) ¡Ambrosia! Es tu deber, es tu marido... Yo no soy ni 
para ti, ¡olvídame! (Enjuga una lágrima.) 

Zac — (Conmovido ) ¡Qué tragedia! 

Amb.— (04 Zacateca.) Caballero. Amé a este hombre cuando me creía libj"< 
el resurgimiento de Cabezón trunca mis ideales, pero soy honrada y cumplii 
con mis deberes de esposa. , 

Zac— ¡Qué corazón! 

Pmb.— (Sacando de un mueble una hermosa herradura de gordos brillantes 
Amadeo, vamos a separarnos acaso para siempre; te ruego por el amor dei 
graciado que me profesas, que aceptes esta herradura de brillantes, en cuj 
centro estoy esmaltada en miniatura. Mi efigie te acompañará en tus soledade 

Laf.— No, Ambrosia, no; eso no. Ya me conoces y sabes que no soy capí 
de aceptar de una dama, no digo una herradura, ni siquiera una baratísima hü 
quilla invisible. \ 

Amb.— Amadeo, este caso es excepcional; acéptala como un recuerdo di 
amistad. V 

Zac— Caballero, es usted demasiado digno. Para quien posee como ustef 
una fortuna incalculable, esa joya no representa valor metálico alguno, es sol 
una prueba de afecto y sería un desaire no aceptarla. 

Amb.— Ya lo oyes. 

Lkf.— (Tomando el estuche.) Sea; tenéis razón. No aceptarla sería dolon 
sísimo para ella. Gracias, Ambrosia. (Contemplando la joya.) Ahora, valoi 
Valor por tasación... digo, valor por tu parte y por la mía. Separémonos pai 
siempre. 



— 39 — 

Amb.— iDios mío! 

.„}^''^'~'^^ ^^P°*° ^'*^ *'" ^' í^^'^f"- Yo tne iré por la puerta de atrás nara 
que no me vea porque sé que ha jurado darme muerte ^^'^ 

i¿Ac.— Cierto. 

,>« Pnf'ZÍ '^f"'"' ¿Matarte a ti?.. ¿Después de tu sublime sacrificio'^ No- nun- 
i-a. Por esa ofensa que te ha inferido te pedirá perdón ' 

LAF.-Mira Ambrosia, que está ciego y tiene un estilete. 

í íí* ^¿® *'*"' ÍÑ^»"/ ^^ ^" imaginación no se separa la idea de torturarle 
LAF.-(iRecuerno!) Me voy por la puerta de atrás. torturarle. 

AMB.— Aruadeo: eso sería una huida vergonzosa- ^t^rís* mntamm,- ..., a^ij. 
me no se ha perpetrado. Yo estoy aquí p¡rfddenderte '"' "" ^'''*^ 

. •" rY y^' ^^'^°'' L-afuente. Pierda usted cuidado. 
Lap.— Pero.,. 

Salón^Tm^ÍHo^'"'^'''''-^ ^'^"'^ "'*'^ 'J"" «"^^' "'^ entrevistaré con él en el 
^sperarl^!"' ^^"' "°' ^^'*^" ^°' cuadros y los objetos de arte y eso podría 
Amb.— Entonces en el despacho. 

Amb.— Entonces en la cocina. 

on éU¡"S%ídTn.^' "^"^ '" '^ '°''"^ ^'^ '"'^"^°'- ^° '"^í^'- «^^á que hables 

' Amb.— Ahora mismo. 

arle^M^a/rSco^^^^^^^^ '^"°^" ^^^^ ^«« P^^^^ «P'- 

r^ri^A^'T.Yv'^^^- ^'^'^^f '"'^''^ '"^'"^^'^ ^°^ Zacateca por la segunda puerta de Li 
ferecha.) ^^los mío, qué amargos acíbares encierra la vida^Matís) 

/ó~^"^"°' Larreiía tiene razón; si Julio Verne n^ . sucumbí» r/>iaK«^- 
IOS. (Se acerca ai mirador dei fondo a mira ) AlH está CaSí^n V SÍ^^^'^»' 

üuND.-rZT/z/m de punidlas en escena por la primera vuerta de la Haro^u^ 
c acerca aLafuente y le pone una mano en el hombro.) %S ''^ '^^'^''^^ 
\^K?.-( Pegando un salto.) ¡Ay! Larreíta, /a qué vienes? ' 

..?rP¡;^'u1"arus?e'd?'"' ^^ "^" ^^'"''^ ^"^ ^f^'^' - ^ ^c. 

raz^^r^^^setaraí:"^''^ '^^- '^"^•- Ya cae ella en su, 

p^^'D--¿Pero quiere usted explicarme? 

jp vn'cT, f ' """^ Ambrosia y Zacateca están convenciendo a Cabezón á^ 
46 yo soy una especie de Suero de Quiñones del siglo veinte °°^^*^" ^^ 

(jUND.-¿Pero ha convencido usted a Zacateca? 

Laf. -Hasta el tuétano 

Quito.— Es usted más inverosímil que una ostra bailando 

>se^'í:I;SzXf ere.Te"la b°afba '"^ ^ '"" "^ ^^^^""^ » '» -^"'«" ^ 
GuND.— Sí, señor. {Obseroa.) 
Lk?.-~(A Larrea.) ¿Qué hacen? 

üuND.-El de la barba besa a doña Ambrosia en cl cogote. 
i^AP.— ,Le han convencidol ^ 

GuMD.— ¡Retorta! 
Up.-¿Qué pasa? 
í "^'7¿^^ '^^ Badajoz ha entrado en el jardín! 



— 40 — 

Laf. —Pero esta mujer, ¿a qué viene aquí? 

GuND.— Es amiga de doña Ambrosia. 

Laf, —Si me ve me delata como cleptóniano y me pierde. Ahueco. Larreíta 
telegrafiaré desde Cádiz. (Vase corriendo por la segunda puerta de la íz 
quierda.) 

GuND.— ¡Atiza, la badajonense hablando con doña Ambrosia! Esto se le coir 
plica a don Amadeo... Menos mal, se separa del grupo y entra en la casa. (St 
parándose de la cristalera.) Esta señora no ha encontrado ni un mercancías; y 
la convenzo para que se vaya a Mahón en una motocicleta. 

Concha. (Por la segunda puerta de la derecha. Viene neroiosisima.) ¡Qu 
espanto!... ¡Oh! Me ha faltado el canto de un papel de música para caerme re 
donda. ¡Cabezón resucitado! ¿Se ha enterado usted, amigo Silva? 

GuND.— Calle usted, señora; me he quedado más frío que un esquimal. 

Concha.— ¡Después de un año de enterrado! ¡Qué horror! Si a mí me resi 
cita alguno de mis difuntos, ¡qué conflicto! 

GuND. — Y qué, ¿no había rápido? 

Concha.— No; me voy en el exprés de esta noche. He venido a despedirm 
de Ambrosia. 

GvtíD.— (Mirando su reloj.) ¿No se le hará a usted tarde? 

Concha.— Por Dios, hasta las ocho que sale el tren... Voy a esperar a An 
brosia porque la curiosidad por saber cómo ha resucitado ese hombre me tieti 
ávida, 

GuND.— Yo se lo contaré a usted. (Bueno, yo la asusto.) Pues una cosa n» 
cabra, que pone los pelos como alambres, 

Concha.— ¡Dios mío! 

GuND.-Nada, que llegaron de Méjico, como usted leería en la prensa, le 
restos del señor Cabezón, y al introducirlos en el panteón familiar, oyeron k 
que conducían el sarcófago unos lamentos que parecían salir del centro de 
tierra. 

Concha.— ¡Ay, qué miedo! 

"GuND.— Luego unos golpes secos. (Concha se leoanta asustada.) Y lucg 
una voz casi sepulcral que gritaba como un aullido... (A media ooz y lúgabr 
mente.) ¡Quiero salir de aquí! 

CotiCHh.— (Nerviosísima.) lAy, qué miedo! ¡Cállese usted, que me pong 
mala! 

Lw.— (Desde la segunda puerta de la iequierda, asomando an instante i 
ieta y con voz más lúgubre aún que la de Gundemaro.) ¡Quiero salir de aqti 

GuuD.— (Asustado.) ¡Caray! 

Concha. —rComo loca.) ¡Ay! ¡Qué voz es esa!... ¡Qué voz es esa!... 

LkF.—(Como antp^.) ¡Que está cerrada la puerta de atrás!... ¡Que no puet 
salir de aquí!... 

Concha.— ¡Virgen Santísima! ¡Ay! ¿De dónde viene ese eco? 

GuND.— De de... allí. (Indica la segunda puerta de la derecha.) Esta caí 
está embrujada, señora. Márchese usted. 

Concha.— ¡Ay! Sí... ¡Ay, yo me voy! (Se dirige hacia la segunda puertái 
la izquierda.) 

GuND. — Por ahí no, señora. ^, 

Concha.— Sí, por la puerta del servicio. (Desaparece por la puerta indtet 
da y lanza un grito desgarrador.) 

GuND.— Ya lo ha visto. 

CoiiCHK.— (Despavorida, loca, por donde se fué.) ¡La Fontanal ¡La f^ont 
na!... ¡Resucitado!... ¡Socorro!... ¡La Fontana!... (Se oa corriendo por la^&\ 
gunda puerta de la derecha.) 

Lkp.— (Por la izquierda segunda puerta.) Larreíta, ¿qué has dicho a » 
mujer oue me ha visto como si viera a Mef istófeles? ■ 



— 41 — 

u,^?^^^'~^^ ^f '^ <^0"*aré despacio. Por lo pronto chóquela usted, señor La- 
mente. Le he solucionado un conflicto que no lo paga usted con dos mil pesetas 

L\?-(tjtn'cnanáoíc la mano.) Tutéame, ya eres maestro. Espera. (Se aso 
na al mirador.) ¡No hay nadie! Buena señal. Estoy salvado. ( «^ «»w 

<^wnD.~(Asomándose también.) ¡Qué carrera lleva la badajonense» Carav 

Laf. -La herradura me ha salvado una vez más. (Dentro pelean a voces 
'.Mbezon, Ambrosia y Zacateca.) ¡Mi madreí 

Glnd.— ¡Zambomba! 

Laf.--¡No le han convencido! 

QvHD.— (Temeroso.) ¡Señor Lafuente! 

Laf.— Larreíta, si mi vida peligra, estáte al quite. 

üuND. — ¡Que vienen! (Las voces se acercan.) 

^Laf ¡Un último esfuerzo, Santa Rita! (Porta segunda puerta déla dere- 
.ha, entran forcejeando Zacateca, Ambrosia y Cabezón J 

A.\iB. ■ ¡Gabino, ten calma, yo te explicaré!... 

Zac. ¡Por Uios, amigo Cabezón! 

CAB,~¡Dejadme!.., ¡dejadme! 
, Laf.— (¡Refuria!) 

C\B.-(Deshaciéndose de un empujón ae Zacateca y Ambrosia.) iBastal 

ZKC.-(Colocandose ante Lafuente.) ¡No! Para llegara este hombre hav 
ue pasar Dor encima de mi cadáver. (Pausa.) "omore, nay 

Cab. -(¡Refrenando su cólera.) No se tratn de su vida, amigo Zacateca. Ten- 
fe en ustea y en Ambrosia, he creído a los dos y la vida íe ese hombre ho- 
orabie, es para mí sagrada. Se trata de otra cosa, sí... ¡ira del cielo' (A La- 
wme^^omo loco.) ¡Pronto, mis cuadros, mis objetos de arte, mis" irma?, 

Gf ND.— (Esto es lo peor.) 

\..^'í''' ^^{^"^^i"^^-^ "^^"^-"' Cabezón; su cólera mal reprimida y ese gesto 
ere bien a las claras me prueban que ha cruzado por su cerebro la idea He un 

i a'QuiilSmVTeil. '^"" ^^^'"''' "° '^ "^ ^'^'^'''^ ^ "^^^^' "' ^ T^árl 

Cab. — Caballero... 

Lkv. -(Comiéndoselo.) ¡Ni a Guillermo Tell! Tengo fortuna para respon- 
er, no digo de esas cuati o nimiedades, para responder de los tesoros que'^n. 
fncia" ''^'^°' ^' ^^'^"'"^ ^^ Sí^rk^Ms y la galería Pití de f!o 

Amb.-- (¡Lo que me he perdido!) 

Cab.— Señor Lafuente; no he puesto en duda su rioueza ni su honradp? 
íó'íeeTt^"''"'''"''^^'''"'^^'^^*^^ '^^ ^^^«' mis'mueVesy^^ra™'^^^ 

i mÍch"¡^esSado.f ^''^"' "^"^ ^" ^^"^^'^ '^ ^'^^ "" P^'^*^'^ *^°" ^'^" ««'«"^« 

Cab. —Señor Lafuente, menos música. 
t.Í^*~^ ^í """ '^^ ^.'^.'^s salones están depositados todos los obietos de su 

Cab.— Muy bien. De modo que todas esas cosas que me faltan 
Laf. -Están empeñadas mi nobleza y mi hidalguía. 

f ser^ni^stro nidS!"' *^ "^''^''''" ""'''' ^^'^ ^"•"«ntar las riquezas del que había 

Zac -¡Claro! (A Cabezón.) Él qué interés... ¿Sabe usted amieo Cabezón 

rlft su'^e^posl?'" '°''''" ^"^ ^'''"^'' ""^ herradura de' Sntesqu e'l^ 

a^o'ífóTn w¿y."S^^''''^'^"'^ de brillantes? (Lafuente se hace el distraído.) 

^a que >o te regalé, que me costó veinte mil pesetas? 



— 42 - 

Laf. — (Dan doce mil.) 

Amb.— Sí, Gabino. 

Cab.— ^i4 Lafuente.) ¿Y pensaba usted llevársela? ¡Ah! Estaba usted errado, 
Deje usted ahí esa herradura. 

Amb.— ¡Gabino! 

Laf.— (Yo dejo la de la buena suerte.) (Coloca sobre la mesa un estuche,. 
Ahí está. 

A.\iB.— (lEs un caballero!) 

Zac— (Es digno como un Ro»er de Flor.) 

CÍAB,— Ahora le stiplico no demore tii cinco minutos sus gestiones para \i 
devolución rápida de esas cuatro tonterías. 

'LKV.—(Consult(!rh o su reloj.) Mañana sale de Barcelona un paquebot pan 
Venecia. Larrea, tienes veinte minutos para tomar el tren. 

GuND.— Está muy bien, déme usted dinero para los viajes, hospedajes, 0» 
balajes, facturajes y demás zarandajes. 

Laf.— Perfectamente. (Saca la cartera y le da un billete de cincuenta pese 
tas.) Toma y vuela. 

GuHu.— (Mirando el billete.) Cincuenta pesetas, ¿no será poco? Reflexioni 
usted que son embalajes, facturajes... 

LAP.~(¡Qué ladrón!) Toma; ahí va uno de mil. (Le da un billete.) 

QuND.— Acaso no baste. 

Laf.— (Azufrado.) Sí, ¿eh? Pues toma. (Le aa una tarjeta.) Si no tienes 
bastante, preséntate a mi banquero, calle del Arenal, diez y siete. ¿Sabes qu« 
piso? (Le pisa un pie y aprieta con todas sus fuerzas.) El de la izquierda. 

GuKD.— (Con gesto de dolor.) No, señor, que es el de la derecha. iAy!.. 
Hay ascensor. 

Laf.— Que te dé cuatro mil pesetas. ¡Vuela! 

GüND.— Seré un pájaro. ¡Señores, basta la vuelta! (fíacienao mutis.. 
(¡Como no sueñes conmigo, no vuelves a verme.) 

Laf.— (Este pájaro se va con un pico.) Yo también me voy: nada me restí 
ya que hacer aquí ¡Ambrosia!... Sé feliz. (Ambrosia se lleva el pañuelo a loi 
ojos.) Señor Cabezón, le envidio, me ha robado usted una alhaja. Ambrosia ei 
una santa y tan buena como aquella otra santa que ya mora en el cielo. (Zaca 
teca asiente y se limpia una lágrima.) Eran iguales santas y buenas. 

Todos.— Adiós. 

Laf.— Para m-í, han muerto las dos. Ya sólo viviré para orar ante el retrate 
de aquélla, y ante el recuerdo cerebral de ésta, ya que no poseo objeto mate 
rial alguno queme la recuerde. Esto no obsta, señor Cíabezón, para que en m 
testamento, deje a ustedes, sime lo permiten, alguno de mis palacios. 

Zac— (¡No conozco nada como este hombre!) 

Abm.— (¡Alma de héroe, gemela a la de Escipión!) 

Cab. -Caballero, perdone si obcecado, herí antes su dignidad. No es posi 
ble tener celos de quien, como usted, es un santo. (Tomando de sobre la mese 
el estuche que en ella puso Ixifuente.) Acepte usted esto, como recuerdo di 
ambos. 

Laf.— ¡Gracias! (Besa el estuche.) ¿Señores?... (Haciendo mutis por la dere 
cha segunda puerta.) Me voy con las dos herraduras: cuando me encuentre a 
la calle, que a gusto voy a correr. ¡¡Sed felices!! ÍMutis.) 

Pm&.— (Cayendo desmayada.) |Ay de mí! (Telón.) 



FIN DE LA OBRA 




¡su SALUD PCUQfgAA 

¡TERRIBLES MiOROBiOS LE AOEOHABi 

N« «apere Ud. a que laa Antorídadea le indiquen que el a^ua cata conti 

nada, pues hasfa entoneea habrá bebido alguna cantidad; tcnf a par 

costumbre flitrar siempre el agua, aunque ne venga compIctamMiia 

tunbia. Para ello nada mejor que el Depurador Higiénico y tjápht» 

" A R S O" (pie eaujvale a tener un manantial mi caaa 

Oe «antas Fábrica "JIRSO" 

CARDENAL CISNEáliS, 28. - MADRID 

BUJÍAS FILTRANTES PARA TODA CLASE DE FILTROS 



l!!lLlLlí!JiUliM.(¡IIJi 



PLAZA DE ISABEL 11, I 
MADRID M 



»»•••»«»»«»«••— o— o««»c<«»« ■««»»—««»»»»—«««»—»— » 



o M P A Ñ Y !S:I2^!!ñf2. Fuencarral, 29.— Madrid. 



taMTM publicados por Uk HOVELA TEATSUML 



TRATA ÜH BLAN( A^.— Pelipe Trlpo. 

LA SOBI?INA 1X-:L CUIÍA.— C. Arniches. 

EL MlSIlCO.-Scinriago Rus-ñol. 

LOS SEMIDiOSES — Pedcrico Oliver. 

LAS CACATÚAS.— Casero y O. Alvarez. 

El LOBO.— Joaquín Dicenta. 

CHARITO, LA SAMARITANA. — Torres 
del Ála'no y Asei'lo. 

EL VERDUGO Dtí SEVILLA. -• García 
Alvarez y Muñoz Seca. 

TODOS SOMOS UNOS.— |. Beiiavente. 

EL REY GALAOR.— F. Villaespcsa. 

LA CASA DE QUIROS.— C. Arniches. 

PÚCAR XXI.— Muñoz Seca, García Alva- 
rez y Pérez Fernández. 

EL RÍO Dd ORO.— Paso y AbatV 

SOBREVIVIRSE.-Joaquín Dicente. 

ALMA DE DIOS.— Arniches y G. Alvarez. 

EL CARDENAL.-L. Rivas y Reparaz. 

EL POBRE VALBUENA.- Arniches y 
García Alvarez. 

Bl hombre que ASESINÓ.-TrBdoe- 
•I6r. de Antonio Palomero. 



23 
24 
25 
26 

27 

28 

29 

M 



LAS ESTRELLAS.— Carlos Arniches 

DOLORETES.— Carlos Arniches. 

LA SdÑORITA DE TREVELEZ. — Car- 
los Arniches. 

SER FINA LA RUBIALES O ¡UNA NO- 
' CHE EN RL lUZüAO!— Torres del Ála- 
mo y Asenio. 

ABEN-HUMEYA.— Francisco Villaespcsa. 

EL SEÑOR FEUDAL.— Joaquín Dlcenta. 
LA ETERNA VÍCTIMA.— Felipe Trigo. 

JIMMY SAMSON.— TraduccIÓTi de José Ig- 
nacio de Alberti. 

LÓPEZ DE CORIA.— Mufioz Seca v Pé- 
rez Fernández. 

LA GIOCONDA.— G.d'Annunzio. Traduc- 
ción de Francisco Villaespcsa. 

PRIMAVERA EN OTOÑO.— G. Martín»» 
Sierra. 

EL CRIMEN DE AYER.- Joaquín Dicent». 

EL MISTERIO DEL CUARTO AMAHI- 
LLO.— Traducción de Gil Parrado. 

PKAííCFORT.-Vital Ara. 



OE LA PAPELKKA ESPAÑOLA 



.? ■•' J 



LA RESISTENCIA 
Y SOLIDEZ 




del hilo metálico ESTi 

RADO £ ^ROMPIBLE á 

la lámpara 

OSRAN 

excede a toda ponderaclót 

ESTA CUALIDAD es la que ha hí 

che su universal renombre test 

monlado por todos los Centros tét 

nioos en que ha sido estudiada y s* 

metida a las mayores pruebas. 



MMCESIONÁRiO) 

LEÓN ORNSTEJN 



MARIANA F'INEDa, t 

MADRID 



>^jM>«»<i« 1 «aaarM* 4* UA IWTBIkA 



llintl PaltHBÉO*, k— «*k«H4 



LA NOVELA 
EATRAL 



flWEROSE 

iíomedia en írcs actos 

original de 
ERS y Caillavet 

Traducción de 
lé Ignacio de Alberti 




tOdj. 



SIMÓ RASO 



^^'4» II Madrid 12 de Agosto ck nn? h^áw. ¿ 5 

La Novela Teatral 

Cumr4«m«n(« áe LA NOVCLA CettFA 




COLABORADORES 
DRAMÁTICOS 

t'>i,D©8. - BlHAVUHTB. - EcaBOARAY.-DiCENTA. - LINACS8 RiVAS. - MAnmXHI Ss 
»^« VABBZ QDmTZBO.-MA<QUI1IA.-VlLLAB6PB8A.-RuaiÑ«L.-GuiMBBX.-R8PAMU. 

EL SAIMETE Y LA HUMtftABA 
i KWfCBeo. - Paso. - Gabcia Alvabez. - Abatí. - Ramos Cab««i.-Vital Aza.- 
' &CA. - R1CABD0 OB LA Vboa. - Lonv Smlva. - Aamsio Más. - Cabvmas.-Cj 

JOVENCe AUTORES 

ToBBBs on. Álamo y Asbm|0.-Ramos Mastw.-Pbbbz Pbbnai 

Antonio Domínguez. - Pab*»A8 y Jimbnbz, 

CLASICOS 

C«i.BCBOM.-Lon3 DB Vboa.-Mobbto.-Lopb db Rimba.-Tmso db Molwa.-F. bb Raí»»» 

ai¡ABB8inBA«B.-RACmB.-COBNBILLB.-M0U«M!.-SaULUW.-SQ«lLO.-S0Pe€Ll«.-EBB»l» 

0B8.-AbIBT*PAMW. 

EXTRANJEROS 

D'AmnmO.-GlACOSA.-RoVBTTA.-BBACCO.-ROTAND.-BEBBTMBm.-DOÍlNAinr.-rtBI 

TnSTAN BbBNABD.-LavBDAN.-A. HeDMANT.-PaUL VBBBB.-DBSCABBS.-BBtSUX.-lMm^ 

A(BOW«.-CAPlIS.-CuBIBL.-MABIVAUX.-PlNEBO.-SuDBRMAiní.-HAUPMAKN.-POBTOa«a».^ 

VwKBLMAN.-RlVABOL.-BO)OBM»ON.'M P— l. 1 CK« 

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OBRAS ADQUIRIBAS 

CÓMICAS 
(íeiilo y figwa.- Trampa v cartón.- Pastor y Borrego. -Pácar XXl.-La hmemm 
fe Lafuentc-Las Catatúas.-Lo» chico» de la caile.-La sobrina del cura. -La ge«- 
Hsa.-La casa de Quirós.-EI velón de Lucena.-EI infierno. -Los perros de presa.-EI 
ren rápido.-bl gran tacaño.-El paraiso.-La divina providencia.-La mar salada* 
' ópeí de Coria. -Las cosas de la vida.-Mi Papá.- Gente menudfi.-Alma de Dios • 
El pobre Vaibuena.-Las estrellas. -Noche de Reyes, etc. 
DRAMÁTICAS ./ 
U Místico.-El Cardenal.- Los SentMioses.-Primavéra en otoflo.-El señor Fe«iilai 
Aúrora.-Daniel.-EI Lobo.-Sobrevivirse. etc., etc. 
EXCLUSIVAS 
ontamos con las de los autores siguientes, para publicar sus melorss obra« 
Ote8nt«.-ArnieltM.-VN1aaftpe8a.-Pa»o.-Abati.-Garc(a Alvaraz.-MuAoz Sapa- 
Rwbién contamos con obra» de GnMo^-Eehmgarmy.- Bm m wm m i B.- Q tá mm r é .'Cki*^*»^ 



Precio de números atrasados: 

'^ineillo 20 céntimos. — Et»riiordi«»rtc M o*o««n< 




li Hi> iiiiiiila al ariMMalHirfar ^LA NSVCLA OMITA 



i^a^iiiüiüiiiiü 




«w 



PRIMEROSE 

COMEDIA EN TRES ACTOS 

Origrlnal de PLf:R3 y CAILLAVET 

TBADHCCIÓN DB 

José Ignacio do Albortl 



PRfMEROSE 

'rEUx''^^ DB MONTU- 
MAi)AME DE CHAMP- 



PBRSONAjeS 

MADAME STARÍN! 
^'¡ZCONDESA ÜE PLELAU 

raÍnce ^^ ^' 

PEDRO DE LANCRBY 
DOCTOR FARDIN 
DIONISIO 
LAyfiAC 



DAVID 

RpBHRTO DE PLELAD 

MONTUREUX 

EL CONDE DE PLRLAU 

UN REPORTE» '-"•-^" 

UN CRIADO 

UüSA (criada) 



ACTO PRIMERO 

_, ESCENA PRIMERA 

primer lermino. Dionisio aborda al Repórter. * bengala. Én «J 

DiON.-pi/ ew«<?/?^ro del Repórter.) ¿Qué desea usted? 

D.ON.-¡Perfectamente! ^'^"^^'^"^ «« celebra esta noche en el castillo. 
Dm^'í."^'' que telegrafiar a mi diario antes de las diez 

Y'r^^op4¡::^^!,^^:^¿ill^^^l San Humberto, o„ memoria de 



itqmerda.) 

ESCENA n „teuao VBio.1»* 

^,m. líaiivrv. <!"« "I""» ""' 



ífo que se¿ capaz dcrenum.»,-."-^ ^¡^^ diariamente, co».>- »- 

iones incultas de America, jugan 

i™- M „,m^lauesegín dicen a logrado hacer fortuna. 

gr¿::-"Qrara«r¿^».ar en estos d.as. ^ 

fer-^SlSÍsado todos sus negocio, para establecerse 

Sl-No...Sniegara e, caso usted serla e. P"- ^ ^^^ 

>crok.-Gracias. r^«-X^^S^^-^^^^^ 



tierra. 
Ch 

CONUC 

rabuena? 

Cham. 

prometo. 



STAR.-Porqae no me ha obligado a cantaf: 
CGNDE.-iAh! (Sonrisa de satisfacción general.) 
repfrrfar".ffi'r^^^^^^ recon^pensa; he mandado pedir todo mi 

C0NDE.-N0 se como agradecérselo... (Aparte.) iNos va a dar la nocheí 

ESCENA III 

Dlchoa. Monsfcur y madmne de Monf ureaux. Robcrfo v la vi»n««rf— .^ , 

vüados. aue se dlrfgen a. aaI6n de .a izc,ureV?a°Xo VS^nT S^'Td^STlI^'^c 

^CoNDE.-|LosMontureaux!... Queridos vecinos... Baronesa. (La bésala 
BAR.-Conde. '^'^^'' 

Bar.— Sí. ^ 

Conde.- Y ¿qué tal? 

Bar.— El Barón, encantado. 

Barón.— iEncantado, encantaaoi 

^l^'~íyÍ,^'''^'?^''^P^''ecer por el fondo.) ¡El Cardenal! 

^KK.— (Levantándose conmovida.) ¡El Cardenal' íAt Cnn^^ \ .-r a jl 

asted la amabilidad de presentarnos a su ¥m\nÍrlcL^'V¿í, --J^^^'K^I^^^^^ 

iVamos a ser presentados al Cárdena' d" Meíauíe^ ^^aT'^^'^^ "ífg'^''-) 

no cabe e.; sí de alegría! (El Cardenal otene/wc^éy'J^^^^ '^ ^f ^" 

casSrdrA^lc ttqVe 'd^e stSd'a^ aT^SíncL" PT^^^^ 
Cfdenal esquiva con sen!mef:p7m la Baronñ^^^ "^"^ '^ 

tar?¡Ta iS^'nlfa ríffoZTdfes^aTdll^^^^^ '' ^^^^ ^^--^^ ^-« -- 
sarl5l7sfr:r"e%^:?¿ y^'„?|s?r"a X-r"a?i6^n"°"^^^"'°^ ^^'^^^ ^ ^- -P- 

dsco'e^f "s.^™"'"''^ '' ^' ^"^°^ ^^ •"' "^^« favoritoTLr^ de San Fran- 

£*» °'Td ® '° ?^.?° señora; no hablemos de mí. 
^^^'Z^^t^'^S.^^t^^l^:;^^^^^^^^^ .a Le„- 

Bab -7no?'° "" ^°" *""'"■= """ "° P"'"" "«Pterio 

Bar.^Lo sé. 

.«e^taTproaaTñié S„!'r?,''ptcrel7a '^S^l^ ^^ rK^'^"' 
conozcan la pobreza- oem nn Lv a;^„ castidad, es posible también, que 

quesonalegfes .rl/St^Vtófo"^^^^^^^^ ^"'^ que podamos suponer 
deados de varios invitado^ nL i Jí' .'^'^'^^.'^ nuevamente hacia el centro ro- 

V?zcl:^it ^''^°''^'^*^-> ¿No ha vuelto Primerose?''^'^ 
CoNDE.-¿N¡ sabe dónde está? 



Vizc.~Segaramente... Voy a ñamarle. (Satepor d fondo.) 
Comz— (Acercándose al grupo donde esta Samuel Daoid.) ¿No quería us- 
ted que le presentara a mi hermano? 

David.— Tengo un vivo deseo, señor Conde. . , , „ . , _ , 

CoHoz.-(Conduciendo a Daola ante el Carífe/zfl/.;Emmencia. Tengo el 
eusto de presentarte al riquísimo banquero de Angers, Samuel David. 
Q,KKo.-(DándQle la mano.) He oído hablar mucho de usted. 
David.— Eminencia; la diócesis me honra haciéndome el dopositario de sus 

°" Conde.— No tengo que decirte que Samuel David se convirtió hace muchos 

años. 

David.— En 1896. 

Card.— ¡Como la deuda!. ^ . , ^ j , •*- -,« 

David.- ¡Simple coincidencia!... Sefior Conde, si usted me lo permite, me 

retiro. 

Conde.— ¿Tan pronto? , ^ . 

David.— Aguardan mi vuelta en el despacho. . 

CoNDE.-Entonces, no le detengo. {Le acompaña hacia el fondo por donOe 

Uegan Roberto y Lay rae.) r » r%.,«.^M« ««. in 

RoB.-(Conduciendo a Layrac a presencia del Cardenal.) Querido tío: le 

presento al marqués de Layrac. «„.*ij«» 

BAR.-iNueslro héroe!... ¡Uno de los jóvenes que honran nuestro partido! 
RoB.— Al fin, hemos podido rescatarle del cautiverio. ^ ^ ^^ _ 

Chm.-~( Extrañado.) ¿Ha estado usted cautivo? ¿Dónde? ¿En Marruecos? 
Layr.— No, Eminencia; en la cárcel. 
Card.— ¿En la cárcel? 

Barón.— ¡Entonces este señor es... I ^ ^. ^ , x x. j r» ..+^« 
RoB —¡El mismo! El que embadurno de tinta la estatua de Dauten. 
CARD.-rCfl¿/a vez más asombrado.) ¿Para qué?... ¿Y cuánto tiempo ha 68^ 

tado usted en la cárcel? 

Lavu. — Tres meses. . . i ji i-» .m 

CARD.-¿De veras?... ¿Le han tenido a usted tres meses en la cárcel?... lEl 

partido debe estar orgulloso!... (Se levanta, va hacia el fondo rodeado de oor 

rU)S invitados, y sale por la izquierda.) . ,j, i. u^-, 

L;^YR.-M Roberto.) ¿Crees que le hecho buena impresión a tu tío? 
RoB.— ¡Excelente! 

I AYR ■"^i'Dc vcríis? 1 

RoB.- ¡Seguro!... Y te aconsejo que cultives mucho su trato si haces la 

^%yr"-Íno 8é!^.*. Tengo la impresión de que a ella le soy profundamente | 

""*'¿oS -No hagas caso... Primerose es una niña... Además, esta tarde he visto • » 
a la Marquesa., a Petra, la madrina de Primerose. que tiene una gran míluen- 
cia sobre ella. Peira me ha prometido hablarle en favor tuyo. 

Ror.*^Coñ"almry vida!... No hay nada que le guste como mediar en amo- 
ríos. ¡Ha practicado tanto por cuenta propia! 

•pvMA.— (Dentro, llamando.) ¡Edmundo!... ¡Edmunaol 

Roe»— ¡Aquí está! 

Lavr.— ¿Quién? 

RoB.-Pnmerose. ^^^^^ ^ 

Dichos, y Prlincroae y un Criado. 

Vttc— ¿En que estabas pensando, Primerose?... ¡Tener al niflo fuera de 
casa hasta estas lloras!... . . i. , j i „ « i/va 

PRiM.-Ha estado muy contento. Me ha ayudado a repartir los dulces a los 
niños. Los úUlmus le ha costado algún trabajo darlos, porque quena guardar 
seios; pero no se lo he consentido. 

LiYR.— ¿Querría usted concederme una gracia? 



■H 



Prim.— ¿Cuál es? 
Layr.— El primer vals. 

bB\ír'''ñ^nvcF^nt'r^'' '^ ^■^^^'- '^'S""^« ^'^^'^^ siet.to un deseo loco de 
Daiíar, pero yo sola. Con pareja creo que no sabría. ^ 

LAYR.— fcs una excusa... Permítame usted insistir. 
J-RiM.-Bueno, bueno; concedido para después de las doce 
LAVR.-Gracias. Esperaré hasta la hora que usted me indique. 
la MmérZlTha)''''^' ' ^'"""^^- ^'^ ^^^^^^ ^ ^r£ose salen por 

ESCENA V 

Dichos, Petra, el Cardenal y el Conde. 

Petra.— Buenas noches. (Al Conde.) Hola Humberto rA /?oA^^« i ,ta 
tamb>én aquí? (Viendo al Cardenal y yendoTaa^ly^^^^^^^^ 
anillo. Luego, ooloiéndose, e inten oreando a tndncí /i^>^í c.."^ ' "^" *^ 
habrá comfnzado a bailar sin mí : " ' ^^'-^ Supongo que no se 

Card. -Esté usted tranquila. Marquesa. Aquí estaba yo para no consenfírirt 
,. ^^J'n^~^^^'"^^t^■!J''^''^^ «" Eminencia mi afición a! baiL" A ouln ¿ 
le diga que hemos bailado juntos aquí mismo... Su Eminencia vestido VZ^ 
ñero, y yo con las pantorrillas al aire... ^.'"inencia. vestido de mari- 

Card.— Es verdad. 
cordtTde ge^nk).""^ '"*^"''' desp^^damente coqueta... y su Eminencia muy 

Card.— ¿Y hemos variado? 

hasfaTu^&ríadre'de^l^^^^^^^^^^^^^ ''^"' "°^ "'^''^^^"^- ^^^ d-^on«ar 
pÍTTA~^§r?v.?.f *'*^^" ^" ^' secreto... Más tarde bailamos otra vez. 

FontaíiebSu. ° ''' ^' ""' "'"^''* ^' ^" ^"^'"^"^'^ '^"ie"^^ de artillS ea 
Bar.— Sois viejos amigos. 

rETRA.— i^ensaba que me acompañara ale-uno de nuf^íf^ tfvr(„i{í. ~^^ i 

S' aÍ?AT"'^ ^^ "^^'' ^^"'' encendida como una rosa Y o e^ov ¡^ 
<lad?... A mis años hay que emplear todos los recursos. * ' '"" '^''^^^* ¿^'^ 

ESCENA VI 

Dichos y el doctor Fardln. Luego Prímcro«c 

laco^bhío'í'Sí! '''^^' "' ''""'°"-^' ^^"^ ^^*^ ^' terrible rovoíndonaHo. el 
rn^r^^i^° ^"??í^°' saludando.) Conde... 
r?pf "TÍÍ^"^ ''^''*'^ estrechándole la mano.) Bien venido Doctor 

DocT. -^/1cercdní/o5¿'/e.^ Perdona . ^ 

^^^asi,-(Alarsáadole la mano.) ¿Cómo te va? 



DocT.— Ya me ves. ¿Y a ti? 

Bar —(EscandaUzGda.) ¡Y le tutea! ü j- 

CARD.-rQ«e ha oiüo la exclamación.) Naturalmente, Baronesa. Fardm y 

yo somos condisdpuio.s. Kos conocimos en la escuela, fuimos buenos amigos 

durante toda la infancia e ingresamos en el mismo ano: yo en la Politécnica y 

él en el Seminario. 

Bar.— ¡El Doctor en el Seminario! 

Docr.— (7kÍí/¿/ turbado.) Sí, sí... sí... „ , , .• i<.» t,¿Kif,.e 

Card.-Yo iüa a visitarle algunas veces... Y le caían muy bien los hábitos. 

¿Te acuerdas? 

CARD.-iQué discusiones entablábamos sobre política!... Yo era muy liberaJ 
V admiraba a Gambeta... . „ . . ^ 

BARON.-r/^ la Baronesa, aparte.) ¿Hablará en seno su Eminencia? 

Bkñ— (Aparte al Barón, anonadada.) ¡Qué sé yo\ . 

CoNDE.-r^/ Docior.) Ah, Doctor, ie felicito. . Según parece, ff^.^;^^ 
habéis celebrado con gran pompa ei entierro civil del compañero Uauthier, un 
clerófobo insaciable, un desalmado, un bandido... . ^ „. , , v,..K'í<»..a «h 

DocT.-Señor Conde, juzga usted con apasionamiento. Si usied hubiera oo- 
servado a cuantos desfilaron hoy por la casa mortuoria, no hablaría asi. Mama 
personas dignas de todo respeto. 

CoNUE.— No lo creo. 

DocT.— Créalo usted... particularmente, ¡¡na 

Conde.— ¡Le prohibo que ia nombre! 

DocT.— Me alegro, porque no pensaba decírselo 

Conde. — fiDe veras? -, », r. . ^\T\r.f 

Prim -(Que ha entrado un momento antes.) Si. No porfíes mas con el Doc- 
tor porque tiene razón. Esta mañana estuvo en casa de Gauthier una persona 
que tú quieres muchísimo. 

plmXí^Álzándose sobre la parda de los pies, abriendo los brazos y deján- 
dose caer para abrazar a su padre.) Yo, papá. 

Conde.— ¡Tú! ^ t \ 

Petra.— ¡No es posible! (E.xtrañeza general.) 

Prim.— Yo .. yo misma. 

Conde.— ¡Esto es intolerable! . j • , 

Oocr— (Desolado a Primerose.) ¡Siento con toda mi alma;... 

pRiv\.-¿Qué?... Yo no oculto jamás lo que hago, porque lo pienso an^ 
No hice nunca nada que me remuerda ia conciencia, m cometí acción üe la qi 
tenga que arrepentirme. , . , , 

CoNDE.-¡Mi hija!... ¡Mi hija en casa de un anarquista! 

PRm.-Precisamente. En aquella casa a ninguno se le habría de ocuirir 
¿ar un Padrenuestro por el difunto, y yo fui a rezárselo. 

Conde.— ¡Me has dado un disgusto! . o ,roK ^«1^. f*» 

Prim.-No, papá. Escúchame y me darás la razón. Vamos a ver, ¿bate 
rriría darle una limosna a un millonai !■>.'' 

Conde.— ¿Qué tiene que ver eso?... . J 

V^m,-(IrUerrumpiéndole.) Tiene que ver, porque hay mi-^TÍos tan ncbs, 
sufragios, que no los necesitan. En cambio, hay muchos Pob .^^^^f^^ JJJ;^J!| 
hasta^de ¿n amén. A éstos es a los que dfen-.os socorre > por los que d^ 
mos pedir a Dios. ¡Nadie se acuerda de ellos!... ¿Ves cómo tema razón.'' Cbj 
segura de que te alegras, 

gr-rrdices"5t bS chica; en tu interior sé que t« alegras. (Ab, 

a su padre y sale.) 

Petra.— ¡Qué criatura! 

CoNDE.-¡Es incorregible! Hace lo que le da la gana... 

Bar.— ¿Qué opina de esto su Eminencia? . o„i:r<»í 

CARD.-Opino, señora Baronesa, (Con verdadera unaon) que aphcar 
misa de mañana por el eterno descanso del compañero Gauthier. 



mera 



Petra.— ¡Bravo! 

CARD.-fA la Baronesa.) ¿Me hará usted el favor de oírla? 

Bar.— (Turbada.) Eminencia... 

Card.— Yo dÍG:o la misa a las seis en punto. 

B\R.-CCada ue¿con mayor turbación,) E! Barón irá, Emint-ncía. 

L.ARD.— ^.Le asomDra a usted mi tolerancia?... £l Señor no'í lo c-dena v hnv 
que cumphr la voluntad dei Señor. (Dentro, hacia lailqlV^'s^lllVs 
acordes de la orquesta preludiando un vals.) hu^^'uu, ^t oi^en ios 

braBo7B^mJ¡!T'^'^^'''''' '^"^ ^"^P^nde esta discusión! (Ofreciéndole el 
DocT.— ¡Yo! 

n. u.T^T^^^ ^''''^''''•} ¿^o»" fl"é no?... Sabido es que Carlos Marez. fué uno 
de los meiores danzantes de su tiempo... Vamos, yo te acompaño. Quiero ver 
como bailan los jóvenes de ahora. (A PrinieroseJiH^y alguno en re eUos au¡ 
aspire a ser mi sobrino? >' c ajr aiguuu ciure tjtios que 

'^RIM.— No. 

nJ]T^-~P3^^l^^'^- ^''^^ Doctor.) ¿Vamos, Robespierre?... (Juntos salea 
por la izquierda. Primerose los va a seguir, pero Petra la detiene j^^ 

ESCENA VII 

Perra y Primcrose 

Petra. — r-Por qué has dicho que no? 
Prim.— Porque estoy segura- 

«.«r^L^-^*7*^^^'^'^^^^P^''^'^' ^'^^' "^^ desesperas!... Bueno que rechaces un 
pretendiente; pero que renuncies a una noche de buile recnaces on 

^^m.-(Sonriendo burlonamente.) Te veo venir, madrina. 

Fetra.— r/^/cat/í/.; No se que es lo que ves venir . 

Hrim.— Sí, madrina; me figuro lo que vas a decir-ne. 
f^^^MTÍi^^'' '^^^.^''"■c^nada por el tono burlón de Primerose.) ¿De ve- 
ras?.. Me alegro. Me evitas el andar con rodeos. Has acertado Oueria nrT 
ponerte un gran partido Un muchacho que te quiere de veraí 

t'Rm.—íóonriente.) Ya tienes otra cara, madrina... Una cara de satisfarí/in 
como si fuera a ti a quien proponían el noviazgo. satisíación 

1 ETRA.— ¡Qué impertinente eres! 

Prim.— Si te picas, no te digo nada... Vamos, habla. 

nactón^mSteSad"™ *™" '"' ' "'■■■'■^ ^'°' '' ^""'^ "'« ^esto de resig. 
Prim.— Es mi gesto natural, madriiu . 

pRm.—(Con una ligera sonrisa.) Si... 

Vairíw;7nlríi'ír"í ^'''^^- ^r "'f "do también... al menos así lo creo yo.. 

vamos, responderos francamente: ¿Qué te p#ice lorge Layrac? 
PRiM.~¡Layrac!... ¡Por Dios, madrina!..: ^ ^^yracr 

1 ETRA.— ¡Es un partido soberbio!... Tu ri-dre lo disti-^o-ue tipno fnrhtna 

saüf de r;r"'[ P§"'^'^°- "^ P-^^'^^ despreck-;;¿ a uthoSé tue'a(SSd¿ 
>uur de la cárcel. ¡Se lo van a rifar todas las muchachas!.. 

i^RiM.— Seguramente... Pero, no... no. 

, ETRA.— ¿No le quieres?... ¿Decididamentei 

i^r;m. —Decididamente, no. 

rhmA.—(Con satisfacción.) ¡Abrázame' 

^'^^y^ —(Sorprendida.) ¿Por qué? 

Ppuf ■"^'^'''''"^.*^'^"^^ muchísima r^^zón en no aceptarlo. 

PET^r 1 wV^." H"'^^'J"^'^.""a, ¿para queme has habiado de él? 
raronío:r ^°"^^^^f''^^"<^'^- Conocen mi flaco y me suplicaron me ro- 
,aron ha.sta arrancarme la promesa de que !o haría. Pero créemelo si 'aclpía^ 



„e a.e, ^n .« ,nu„ce te HuMe. pe..o„a.o -— JJ- 
«P°¿„,„ ^nUnéoya,ra.,n<io,a.) ¡Qué graciosa eres madnnoK.. Ta„ franca. 

T»ntnle te he recomendado a una amiga. 
^'^V.?^t^(¿^t,añada.)i^nmjm^^ A Julia B«rdane. La en- 

con?¿"ayl[^ -"S"'"'^'"-°-^ -'"^ '" ^^""^""^ """ " 

E^£ffli^Í-X";r& s.- ,ue nC... Todas .as confianza, 

^^%r:^Meresa,a.) íUno, amo.sUCo.o acc..-Wo.; Si es cuest, n d. 

'"'"p^A -(Impaciente.) (Vamos, liabla ya! 
EÍÍLS.nrerr4%ondida, 

"-b'-l5^^<^SLTEsefs »m\THas.a ahora no han pod,do en 

''^'^^^¿^^^^^^^^SS^ hay cierto, obstáculos e. 
eÍirm^.l it«es"-ra"ol^^^^^^^^ é,.?. Qui..s tengan m.edo e, 

"" SSteos dos. estoy segura, prensan <,«e ,a feiicidad es una co, 
"%fr-lPobreci,,osi,. ESO no puede co^^u^^a^^^^^^^^^ 
«^Xí3ba¿;S.^r^S^^ ^ tan forma,, tan cabaiier. t<^, 

f-^S.^./mpr^.-le! No se atrever.. 

S-l'^ül-seTeSa ocurro otro medio. 

F-ÍSaVií^Sío^X'^en"^^^^^^ 
culS"oScofm?éXnab>e« no enamorarse. 

'jR.M.-Entonces, ¿no la renuás' ^^^^„ lo mismo., 

PETi!A.-¿Por qué? J.'í'^í^aue pienses de ese modo. 
PRiM.-Me alegro. Me alegro que Pre 
PETRA.-iJulia, se ha decidido y le na e 
pSaT-íA quién?... .Creo que ya puedes decirme quién es éU 
?'»--^-¿o?SabÍ'íre te' tenido buen gjsto tu amiga. Pedro e.H 
„, Se-y' u^^b^íro..^ V iqué .e ha respondido? 



PRiM.~Nada, adn. 
Petra. -¿Por qué? 



a carta que ocultaba en I^asuyrrobl&nl'''"^' ^"" "^^i^ ^" la deLancíev 
tiempo a una reflexión: «Me vo^ ^le di ? ví^ ^^f''^' '"^ ^^'^'«^. ««'n dé arle 
teme usted no leer eso hasta íuemi canción L''^''^Í^-'*Í' ^^^^ cantando Pro%¿ 

PRiM7¿£^T''".^^"^°'^'^íe cantando? 
1 ga;5^í;¡¡^^^- '^-^--^ iSn... Pu/yo... La historia no es de n,i an,i. 

nerIasoplnifnS?or?oT"nía'nrá^,ro^^^^^ hay q„e manto. 

'^ pTm''" pP'^'^'^^ ?ecidirte a e^ criatura? ^ """ 'ndiscrec¡6n iicreíbleU 
rR/M.— Por que le quiero. 

chaste7ía„tÍ?r!^r,^¡í¿í;=/---¿V d^^^^^^^^ de deiar.e la bo„,ba... temar, 
pues de todo, sino l5b,VmroÍo SuTi;.T'°--:.'°S" ''^"= ^ 

Prim.— No. 
Petra. -¿Por qué? 

S'""Tv''"'<' ""^''-ieS "^^'r»' P«™ «una mcha 

alencio había una satisfacción v uí oí™nA' b ° «"^"Itedo a todos, y en nU 

Ppíír'!í,y '"^ y» «-^o^W'-b'^ sin cSa °es?r?lS'„f r"°- ^1 3e¿r2to q* 
Que'lSM^ "-»= -""-'••• f^» Son'¿„^;Srte'd°e"'So"lrtf 
drar¿„m^\rSi'ife'-;- ^^ ^" «- '^ -ombras. Pero, n.1 amor, no p<. 

S.-mÍ^, Sfía^^n^í^T J"Y''""«''' ^' amor? 

a nadiomásq„e•a'"étcomo's°Sv^e™1^srna^ií.^™ *'!"'"'' «" «' •"«-«'o 
LO amo como una bobre Y p« v^r/ioH • ' '" parientes, sin amigos sin mda 

miseria, muy pobre"; mLy ^b?e!'"""'' "'" ^' «"«•' ">« ^^ntiría^en Ky»; 
«stés e^nUSiT"""'-^ 'S/ te comprendo. Primerose- .. Y. .desde cuand. 

««y jSgos.?. Vetp„S:f.%"ra"po^^^^^^^^ y'?r? y "^"^ ^'"0 *mpr, 
transformarse en amor. "^ '""°' «*"" """s'ad fué cambiándose S3 

, P»«.-"il! te'dirP^'.!?"™ r *» correspondo? 

'"^■^.nz"o"?l'';á„''a°do.''te Sul^Slíl.Jf,""' f"^^"'' ""=• ""•» en te cabera 
^-Pero. . pe«.r de t^o. .ai me equivocara.... Tengo. «Uedo. ^ 



PETRA.—Haces mal. Ten confianza. La confianza no debe perderse nunca... 
Esby segura de que te arna... Me lo lian dicho... 
P«íM.— iDe veras! 
PeTRA.— Y quienes me lo han dicho no pueden engañarse. No han mentido !fe 



pRW.— ¿Quién? 
Petra.— (Abrae¿índo!a.) jTus ofosl.. 

Pum.—([/n instante de pausa.) Le espero de un momento a otro. 
PsTR.\.— Pero, aquí, no podréis hablar. ¿Cómo va a responder delante de 
todo el mundo? 

Pbu».— A la primera palabra que me diga, por el tono de voz lo adivinaré... 

ESCENA VIII 

Olchas. Montureux, maúame Jcauvry, modame de Moníurcux, madame Champvernier, el Con- 
de, después el doctor Pardin y luego Roberto. La puerta de la Izquierda se abre y entran a esce- 
EW con cierta precipitación madame Jeauvry, varias Invitadas y mecíame de Montureux. Cada 
vez que esta puerta se abre se oye la voz destemplada de madame Storinl, que canto. 

JZMTV,— (Entrando.) Sálvese el que pueda... 

PETRA.—cQué sucede? * 

jRAuv.—La señora Starini ha comenzado su repertorio 

Barón. — No hay derecho. 

Pe !T?A.— Cerrad la puerta. (Una incitada oa a cerrar la puerta, pero se de- 
tíeno, dejando pasar a la Baronesa.) 

Vjh\i.—(Al ¡Barón, con seoeridad.) ¿Qué haces aquí, Alberico? 

Barón. —(Confuso.) Nada... 

Bar.— ¡Escapas del salón en el momento que esa amable señora empieza a 
cantar! No me parece nada correcto... Ve a sentarte al lado del piano. (El Ba- 
rón, cabizbajo, sale por la izquierda; la Baronesa viene a sentarse en primer 
término.) 

Chksí.— (Entrando.) jSe ha desencadenado!... jYa no hay quien la detenga! 

\^v.Tvt.K.— (Se sienta.) ¡Debe ser horrible! 

Docr.— (Entrando.) No tiene usted idea. 

Conde.— (Rápidamente, dirlf^iéndose a todos.) ¡Por Dios! ¡Eso no esta 
bien!... ¡Todos huyen a la desbatidada!... Debemos volver a entrar. (Se sienta.) 

Docr.— (Sentándose.) Verdaderamente. . . 

RoB.— (Saliendo.) ¡Papá!... ¡Es una descortesía imperdonable! (En este mo- 
mento se oyen algunos agudos desgarrados de la cantante.) 

Petra. — ¡Cerrad ahí¡ 

Varias.— ¡La puerta!... ¡Esa puerta!... 

RoB.— (Precipitándose a cenar la puerta.) Es una crueldad la que secóme B 
te con esa señora... Tiene por todo auditorio el Barón y a su Eminencia, al qoe ji| 
ha sentado delante del piano en una butaca, y se dirige a él, clamando deses' 
peradamente: ¡Hernani, Hernani!... ¡Es una grosería, papá! (Se sienta.) 

Jeauv. —¿No es usted aficionado a la miisica? 

Ron.— Mucho... ya lo ve usted. 

Cham.— ¿Habrá terminado? (Va a la puerta, la entreabre y se oye ¡a ooé gae 
clama implacable: i Hernanil ¡ Hernanll Clamoreo general.) 

Invitado 1.°— ¡Qué ha de acabar! 

Invitado 2.°— ¡Tiene cuerda! ¡No se harta nunca! ¿Por qué no emprende tina 
tournée? 

Invitado 1."— ¡Es una plaga del país! (Todos hablan y exclaman al mismo 
tiempo.) 

Rovi.— (Viendo a Pedro Lancrey, que aparece en aquel momento por el fon- 
do.) ¡Adelante, Pedro! (Los personajes han formado tres grupos: uno, Rober- 
to, madame Jeauvry y madame Champvernier; otro, el Conde, la Baronesa 9 
el Doctor; el tercero, lo forman Petra y varios Invitados. Primerose, que dunat' 
te el diálogo ha permanecido en un ángulo de la galería asomada a la temttx. 
oiene al centro de la escena, detrás de Pedro, y se dirige a mi madrina^ 

Pbim.— ¡Al fin llegó! 



Ik ESCENA IX 

I DIehos, Pedro de Lancrey; después Samuel David! Después la Vtecondea». 
CoNDE.~rCo/z ^ra/z afabiliaaa.j Buenas noches. Pedro 
Pedro.— ¿Como va, querido Conde? 
Conde.— Muy bien; gracias. 
PzDRO.— (Saludando en general.) Señoras. 

Ch\^.~ (Mirándole atentamente. ) No sé que le encuentro esta norti« Tu. 
fie usted un aire de satisfacción... una cara de hombre felS ' ^^ 

CHr-¿?fe!icito/--' ^'^ '' '''*'''"^' """^ ^" ^'^^ *^" '^^^ ^^'"o hoy. 
h^i^v.-( A Roberto.) Observe usted a Luisa, cómo no pierde el tiemoo 
RoB.-¿Qué quiere usted que haga una viuda joven? rSro ó/rS.. /., 
Z'ThLf P ''''''', ^t'""- ,^^^ ^'^P^' continúarcZe;Ándoa^^^^ 
%tJ ^rZ f ^^ ^^'""^ ^"^ f n^' '"^^^ ^-^ ^'■'-^^ « Primeros^) ^'"^ 

Pedro.— ¿Cómo sigue usted? 
Prim.— Bien. 

Prim.-TnS'' ^^*^ "^^^"^ ''^"^'''^^ ^^^ P^^"^" "^^ ^^ mañana? 
yzz^Ko.~(Untamente.)\qyx^ tiempo tan hermoso hacíal "" 

rRm.~( Lentamente.) Sí... 
I Pedro.— Un tiempo delicioso... 

Sfef P^™™e„c¡a^e„ las selvas a,„eiiSíS hfv^'SSí^u^Sf Str/K" 

Cham.— Es una broma, 
'on^s'in n;7r¿.^n^"''°.'^ -^ "°'- ^^^í"^' í"^^"' comiéndose a su familia cumolía 
5S SSS/nlfnTeí' ^"^ " "'^"^" ^^"^^^-^ ^^"^^^ de «' miS'S 

R?r'~ííí^^ canílDaies son tradicionalistas como nosotros. 

CAR.— , Es monstruoso! 

L/ONDE.— ¿Usted otra vez? 
es?aTo-™e\ttreS',r2rtíera1na''rrr^^^^^^^^ 

Kn'~íá ^'"''í-'í^ S^^i s" permiso. (A Samuel David.) .Qué '^iv? 

I PBJM.-jNaturalmcnte!... 
^Docr.-¿Está usted segura?... ¿Entonces^ quién irá mañana a las siete al 

Prim.— Usted... y yo; yo antes que usted. 
CoNDE.-¿E8íás loca? Mañana no vas. 
PalM.-rCo/z/z>■/wfi^a.;Sí,papá. 



^"^Rm.-'caMa, papá, te lo raego. Ya sabes lo que me disgusta que hables 
■"^ cÍnds -¿Por qué?... ¿Te da vergUenia de que sepan que te vistes de en- 

&*-gfe es SefZ ^Q^én te lo íía hecho? (Samuel David se ha sepa- 
rndo de Pedro ti sale. Pedro se acerca al grupo.) 

ComE^CCon interés.) ¿Qué hay, Pedro? ¿Nada desagradable, ehr 

VaíXíEntrando.) ¿A qué hora comenzará el cotillón, papá? 
Conde.— Cuando queráis. 

&TÍren?sTofherr¿^'.2^^ Roberto Ha atiertota puerta ^ 

ta ^¿^"/-l- f-K^^^^^^ TJTÍÍlZZf^ir. (Va Hacia la i^erdc. 
La mísf¿a conttm'a7entro. Durante ei diálogo que sigue, ^«^^V^'L^m^^^SS 
iicTf poco hablando, salen por la izquierda. Primerose queda hasta fl)ind 
K escen¿ Pedro se ha acercado al Doctor y le conduce al prmer termino J 

Pumo -(DiriSéndose a él muq cortesmente y como para hablar cosas irt- 
diferentes ) OueTdo Doctor... no le había visto. (Le da la mano.) Hoy ha esta, 
df^vem^ un acomendado... (Traiiéñdole más al primer término y cambian- 
% dítono, TmSSToz.) Escúcheme, Doctor... ¿Puedo contar con suamistad?... 

DocT.— ¡Seguramente! ¿Qué le sucede? 

Pedro.— Una cosa grave... ¿Nos obsv ¡ vaní' 

Rr¿::ÍE&tateí' Todo mi capital, produc, de la re.ta de mi » 
brica, estaba depositado en la casa Klering, de Nueva York-.. 
DocT.~-(Con gran interés,) ¡Siga! 
Pedro.— Hoy ha quebrado la casa. 

DocT.— ¿Qué dice usted, Pedro? , , , , .. ,„ 

Pedro.— La verdad. Samuel David acaba de traerme la noticia. 
Wizc.— (Acercándose.) ¿No baila usted esta noche, Pedro? 
Pedro.— Sí, Vizcondesa. (La Vizcondesa sale por la izquierda.) 
DocT.— ¿Y esa quiebra?... | 

Pedro.— Esa quiebra es mi completa ruma. ^ ^ . I 

Docr.-¡Qué barbaridad!... Y ¿qué va usted a hacer? W 

Pedro.-Sí puedo, marchar mañana mismo. Pero tengo necesidad de usté . 

para algunos asuntos... ¿Quiere aguardarme en la terraza?... Saldremos juntoi 
DoCT.-Lo que usted quiera... Ahora mismo... lEstoy anonadado! 
Pedro.-¡Ní una palabra!... iQue nadie sepa!... (hádame Jeauory se ha a^^ 

cado a ellos. Pedro dirigiéndose a ella con una gran serenidad y galantería 

Perdone usted, señora, que no haya contestado a su amable mvitación para 

martes. 

Jeauv.— ¿Irá usted? ^i.,,^^ 

Pedro.-No se lo prometo. Probablemente tendré que a«se"tarme. 
Jeauv.-Lo siento... pero ya volverá usted. (Pedro se inclina, madan 

Jeaucry va hacia Primerose.) Es muy tarde; me despido a la inglesa. 

PRiM.-La acompaño para buscar su abrigo. (Salen ambas por la segum 

derecha» esGoleroJ, 

ESCENA X 
Pedro y el Doctor. Al final Primerose. 

DoCT.— ¡Querido Pedro, que catástrofe!... ¡Toda su fortuntl 
Pedro.— Si no fuera más que la fortuna! 
Docr.— ¿Qué quiere usted decir? 



Pedro.— ...Usted es un verdaaero amigo, al que puedo contesar ntf dtiah 
aón... ¡Es mi vida entera la que se destruyel ^^ 

DocT.— ¿Por qué? 

Pedro.— Estoy locamente enamorado de Primerose. 

DocT.— ¿Ella le corresponde? 

Pedro.— Creo que sí. 
conoce?'""*^^ cree usted que esta desgracia la haga va.uif?... ¿tanlftBia 

_^ Pedro.— No, Doctor... Ella tiene cien mil francos de renta y yo nada.. 
^ Pero ni una palabra Doctor, se lo ruego. 

Doct.— ¡Ni una palabra!.. Ahora estoy más tranquilo.. . La conozco bien 
°s un corazón lleno de generosidad... No podrá usted renunciar a ella. 
Pedro. — Es necesario. 
^ Doct.— ¡No, Pedro!... ¿Y de qué modo? 

I Pedro.-No hay más que uno... y no se si tendré valor..., pero no hay más 
S^'untos "^ "^ Primerose,) Aguárdeme en la terraza, marchare- 

IDocT.-Estoy a sus órdenes. (Primerose oa a pasar de largo hacia dao' 
de la izquierda.) " *'^^mr 

Pftm,— (Al pasar.) Dos caballeros que no tienen gana de divertirse. 
Doct.— Hasta ahora. (Va hacia el fondo.) 
Pedro.— (Llamando.) ¡Primerose! 
Prim.— Pedro... 
Pedro.— ¿Quiere usted que charlemos un rato? 
., Prim.— Sí. 

Pedro.— ¿Que hablemos como buenos amigos? 

Prim.— CCort inguieíud.) Sí. (Aoanzan hasta elprtmer término, Prlmenn 
se sienta en el sofá, Pedro en una silla a su lado.) 

ESCENA XI 

Pedro y Primeros^ 
jjg^Pp'*^— Usted me perdonará si no acierto a explicarme. ¡Estoy tan emocTo- 

Prim.— ¡Yo también! 
Pedro.— Mari Rosa... 

Prim.— ..^Por qué no me llama usted Primerose como siempre? 
'i «or^T®*" ^í'^"^ '^!Í"^ÍÍ" ^^ ^°y ^s distinta a la de siempre. Y porgue sü 
'^ i ÍSíf M ^T^^^ ^^ ,^^n ^°^^' ^""^"e nunca la llamen a usted así. Yo no 
, quiero llamarla como los demás... Mari Rosa... Esta mañana, después de se- 
pararnos, cuando dejé de oir su voz, abrí la mano como me dijo y leí su car- 
S';í« i/.á h^h"^*^*! ^'?"''f ''se mi asombro... Usted me amaba y cometía la au- 
dacia, la Cándida audacia de confesármelo... 
rmfA,— (Avergonzada.) ¡Pedro! 

«.iH<rf^^°v:~C^°" ^^°^^^^-J ¡Ma" Rosa., la dulce emoción de ese instante ha 
^do tan honda que no se borrará jamás de mi alma!... ¡jamás! Y cuando la 

''^ Sífdo wfrffír'"^' '°""','^^' ^"^ ^^*^y ^^g^'-o de que lo será porque he 
.i !^,^5° obstante para conocerla, me consolaré pensando que le debo ese re- 
-< í cuerdo y le perdonaré todos sus rigores. 

Prim.— Pedro, ¿por qué me da una respuesta tan larga? 

ustr^Vn^n hoK?P''"''.*?/°'"° '^?^°- ^^ *^" S''a"de e' cariño que la tengo a 
TOiea Yo no había sentido emociones tan gratas antes de conoceria. Y, preci- 

S!L 2f;,v1Í.^M^^ -^D '^^ ^"^^^^ ^^""'^ '^^ *"^'"^^8 que necesito, que son muchas, 
para decirie Man Rosa, yo no puedo casarme con usted. 
Prim.— ¿Porqué, no? 

merpyrn'?";^;?^''''"^-"'^/^^ '^'^"'^ '^^ ""^ felicidad tan grande... Porque no la 
SvtS P°*^^."^"i' v'da aventurera no ha terminado aún. De improviso pudie- 
ra verme precisado a marchar. A emprender viajes muy largos a países muy le- 



Janos,.. En fin, ¿para qué ocurtarlo rnás tiempo? La noticia que acaban de dar 
me me obliga a partir inmediatamente. 

pRiM.— ¿Cuándo? 

Pedro.— Mañana. 

Prim.— ¿Para dónde? 

Pedro. -Para América. « . „ , a 

Prim.— Está bien... Márfhese tisted, Pedro. Yole aguardo. 

Pedro.— Quizás tuviera usted que aguardar mucho tiempo. i; 

Prim. -Uispongo de toda mi vida para esperarle. ^ 

PEDRO.—Pero yo no puedo consentir que usted sacníique por mi causa una ; 
vida tan risueña, tan agradable, tan feliz... . . j x ^ -AXAr. ' 

Prim.— Sí... Si pudiéramos cambiarlas... Además, sm usted, estoy decidida i 

* "^ p'ppRo,_Mari Rosa, por Dios, no me hable usted de ese modo... Esos son i 
arrebatos del momento. 

Prim.— No. Ya le he dicho a usted que estoy decidida. 

Pedro.— Llegará usted a olvidarme. 

Prim.— Yo no sé olvidar. , , , .*.._»- ^ 

Pedro.— Se aprende fácilmente... A su edad, todavía se olvida. A ifií eüa 
es demasiado tarde para que nos dejemos despojar de un recuerdo querido 

Prim.— Me cree usted muy mala... Pero, no. Yo no soy de las que cambu 
de amor... Cuando le oigo decir a una mujer o a un hombre: '<Yo amé», no cor 
prendo qué es lo que quieren decir. ¿Cómo se puede haber amado y nq amar? 
(Con pasión y arrastrada por el amor.) ¡Yo te amo, Pedro! (Conteniéndose < 
instante como sorprendida de ella misma. Luego, cambiando ^^}P^° espora. 
neo déla pasión, por el de una afirmación decidida.) ¡Lo he dicho, y^nací 
absolutamente nadie, volverá a oirme esas palabras!.. fComo en suplico 
¿Comprende usted la gravedad de mi situación?... Pedro... Aunque me sea m 
triste y muy doloroso el oirlo de sus labios, si usted no me ama, debe decirn 
lo claramente... Es necesario que me lo diga. ^ 

Pedro.— Puesto que es necesario... puesto que es preciso llegar a ese exir 
mo... (Con una ternura que no puede disimular y que le traiciona.) no la amo 
ijcfpH ?V\firÍ Rn*ífi 

Prim.— fCo« la exclamación de un profundo dolor.) ¡Pedro!... ¡Pedro!... 

Pedro.— No puedo amarla. (Después de un instante de vacilación como pan 
buscarla disculpa.) Yo he vivido siempre solo..., trabajando..., luctiando. Ub 
ted no me conoce. 1A\ carácter es áspero, egoísta, brutal... A mi lado no pueüí 
hallarse la felicidad. 

Prim.— ¡Pedro! , • + ^o, 

PEDRO.—Pero hay una cosa... La última que he de decirle y que me intere.. 
mucho que usted sepa. Si yo hubiera podido amar a una mujer, esa mujer ha 
bría sido usted. ¡Y cuánto la hubiera amado!... Cómo me hubiera dejado arre 
batar por su juventud, por su frescura, por su alegría... ¡Hubiera sido mu; 
feliz... muy feliz!... Pero todo esto es imposible... porque no la anio a ustea 

Prim.— Le agradezco esa franqueza, Pedro... Es digna de usted... Y des 
pues de esto, no nos queda nada que decirnos. 

Pedro.— No. 

Prim.— Y no nos volveremos a ver. 

pEDRo.-f Co/z voz apagada por el dolor.) No nos volveremos a ver. 
Prim.— Adiós. (Pedro va lentamente hacia el fondo y desaparece, sin qu 
ella se haya vuelto a mirarle. Cuando él ha desaparecido, Piimerose cae en t 
sofá soUojeando .) 

ESCENA XII 

Prlmerose y El Cardenal. 

Ckm.— (Entrando por la izquierda sin reparar en Primerose. lluego, alac& 
carse al sofá, lave, la reconoce y le pregunta con naturalidad.) ¡Cómo! ¿1 i 
aquí, Primerose?... (¡Descansando?... Yo también estoy cansado. Ahí dentriL 



P^-íSiierlendo ocal/arla cara.) Nada. 
Cato— Si; algo te sucede... ' ™" 

«iM.— No... no es nada. 

cZ -vím„?^ ato^arfa.; No puedo... 

Pr-L^„°ío".: níSrr'^ ''^ """-^ ^ ■■elad.... tato... 

Rrríg«'"¿í„^ «»'-*•; SUranquWzate... 

dr; de esas qu¿ s^o hSb'era Doído ^oÍr,"'"- "¡""y «^«™- "«y IKfal dede- 
como no la tengol... ™ '""'"''' ""''" « «>■ madre, ai la tuviera ..|^ 

P^'«.^Í¡;ZfZstZZÍ Df''^» «""ármelo a mi. 
con carino... /s^dudaf de m ° po?¿üe\TÍ,'' ^i" ''' "■« P™"-'»*^ escucharme 
Sllri'a'v"'?""'""'- •-» "« med"'tk?oZch"o ISIl^Ur,'' ."".«^'P"'"" "i ™a 

hórmípVn'iy^u^-?tnrv%t«r °^5 "^^^^^^^^ 

Prim— Quiero ser religiosa. 

PRr:I¡^N^"tof^^ Air^JÍí:; chica?.. , Eso es una locura! CMasíca ) 

para siempre y tan decididSl ^^'*" "^'^ '^" '«^Jo^ «¡e aqu(...'tan solo? 

&qg:Ta1í^f i¿^«X" "^ "'"- '^ "-« hablar de este modo. 

que n^e re?po"„l°c¿rorhí;bie?a''hech1'íf "''"'^■.•- ?f«'™samente. Ya ve, 
una chiquillada irrespetuosa v Itov ™^ °*!;° <:"a'iutera. Te creo incapaz S 
bras, lo has hecho con una sínceriirfS"'?,''^ """g «' Pronunciar esas Tala- 
nesperado de tu decisión me sornre„dPvl""'i°- ^"°' 'e" <»> cuenta que lo 

tecian; no meeígáfló1obre^„^f„v ¿^, '°ni'sot?^l='''°"'= ■'^'^''- ^í» « -na exal- 

Iluminarte... Una vo°actóVefun?^™ñ i".'^"'?^- * ^""eros^-J Mi dober es 

S.fy'a-srsln?.^'"""''--^^^^^^^^^^^^^ 

_^^p«.-Tamb¡én puede ser que Dios se apiada de nosotroa y nos 

CARD.-¿Qu¡é„ tf to h2 rlUT/' encontrará consuelo. 

ese modo a la desesperación. No^tíSÁu^ ^V^S"^„ L^üí»"'»:""» 



tos a una existencia como la tuya y a un tnundo en el que has vivido feliz has- 

^ Pmíf-lífsíed cree que yo he sido feliz!... Es natural que lo crea. Pero si 
supiera 'qué grande es mi desengaño y cuánto he sufrido en este mundo. 

Card —/Cuáles han sido tus sufrimientos? . 

Prim -Jamás los he dicho porque no he tenido a nadie a quien confiarlos. 
He estado siempre sola... Nunca hubo a mi lado una afección solicita, íntima, 
?onSa. He si lo educada por institutrices, elegidas al azar de una recomen- 
dadón" . De otra parte, aquí, cuando la casa ha estado llena de amigos, de pa- 
rientes... me han defendido tan mal... se han ocultado tan poco de mi... En fin, 
tío- siendo una niña había llegado a un conocimiento muy triste... muy doloro- 
80 hS visto el mal antes de saber que existía. Nadie ponía atención en mí... 
iSi usted supiera cuantas cosas que me avergüenzan he sorprendido 8«n que- 
ier" gestos, palabras, cuchicheos... escapadas durante la noche... mfidehda- 
des.' . Era necesario ser muy torpe para no adivinar, y yo no lo soy... 

Card— ¡Calla, calla!... ¡Cuánta pena me das! 

Prim -Si yo hubiera tenido a mi madre ella me hubiera protegido ocultán- 
dome ía maldad de la vida... ¡pero no la tenía!... No "^e quedaba ^^^^^ '^^^^? 
Que sufrir y he sufrido hasta un día, en que creí encontrar un refugio... un es 
Díritu noble, fuerte y generoso, a quien yo amaba como a mi salvación... fero 
fa saWación... huyemele mí; se me eácapa y volveré a caer entre esta gente a la 
que es preciso imitar o despreciarles... lYo no quiero, tio... no puedo... no 

''"cARol-lCálmate. cálmate!... iDices bien!... jCómo hubiera podido imagi- 
nar que tan cerca de mí habia un alma destrozada y herida!... iPobre niflal.^ 
jQué diferencia entre la criatura que yo únaginaba y la que acabo de des- 

*^" Prim. -Ayúdeme usted, tío. No queda más que un refugio para mí. 

CARD.—Quizás tengas razón. ,, , , i.^„„..^ 

pRiM.~Lo conozco; lo tengo ya definido. Hace años que lo frecuento y que 
ensayo su prácticas en el cuidado de los niños. Todos me quieren en aquella 
casa de paz... ¿No lo conoce usted? El convento de Santa C ara... con su capí- 
lia blanca y el jardín lleno de laurel y de mirtos... Y aquellos claustros por 
donde cruzan las hermanas y donde algunas veces se las oye hablar y reír, sin 
que se perciban nunca sus pasos... Todas viven contentas... Yo Q^jero vivr 
contenta como ellas, tio... Lo merezco, crea usted que lo merezco^. (Cae a sas 

^ Caro.— Hija mía, has puesto ante mi vista una realidad tan cruel, te has ex- 
presado con tales acentos de sinceridad y de resolución, que no puedo impeoír 
que te alejes de esta amargura para buscar tu tranquilidad y tu consuelo. 

i^Diu —Gracias. 

Card.— Te ayudaré si persistes en tu resolución... Te ayudaré... 

Prim.— Gracias, tío. He sido siempre razonable y ahora sena incapaz ae co- 
meter una locura. , ^ r\.^ _„_ 

Card.— ¿Quién sabe?... Pero, si la cometes, vale más que sea con Dios, que 
éemvre perdona. (El Car denaí, que ha permanecido sentado, se inclina para 
besar a Primerose, que permanece arrodillada ante él. En este momento, la 
puerta de la Izquierda se abre y aparece Layrac. Primerose se leoanta. oe oye 
múslcaj 

ESCENA XIII 

Dicho» y Layrac. 

LKYn.—(A Primerose.) Señorita... (Avanza yoecl Camenal,) Perdóiu^ 
Prim.— ¿Qué? 

Layr.— Venía a recordarle su promesa... 

Prim.— ¿Mi promesa? , . 

Layr.— Sí; la de bailar conmigo después de los doce...; ya han dado. 
pRm.-(Desconcerlada.J Sí, si... (Muy ilena de confusión mira al cor» 
ésnal^ 



CMiD.~(üon 'dulzura.) Si lo has prometido en preciso cumplir...: anda, 
ve... ' r ^ "* 

Layr.— Doy a usted un millón de gradas por liaberrae concedido el primer 
vals. 

Pfm.—(A¿ Cardenal en vog baja.) jEl últimol (Va hacia la isqukrda. Telón.} 



J ] 



ACTO SEGUNDO 



♦fimnl h^Kif '^ A '"• ^." 8?'<5n «boudoir. muy claro y elegante, per» ifenemo, rpje era en ofro 
tiempo habitación particular de Pnmcrose. Al fondo, una ?ran puerta de ci isíales que da al 
Jardín, y a derecha c izquierda, en chaflanes, ventanas balas, por las que se ve el jardín v 
parque en paisaje de otoño. La forma de la decoración debe de dar la idea de que este salón 
esta en una de las torres o cuerpo del edificio; las paredes decoradas con crabados anliffuos. 
A la izquierda, en el centro, un reclinatorio y un Crucifijo. 

ESCENA PRIMERA 

SI Conde y el Cardenal. Dionisio, que acaba de servIfeTcal^ sale. 

Conde.— Has lieclio mal en volver de Roma. 
Caro.— ¿Por qué? 

Conde.— Apenas llegado, comenzaron las molestias. Ayer te dimos una mala 
che. 

Card.— No. 

Conde.— Sí. Es muy desagradable asistir a un banquete casi oficial. Pero, 
aé quieres? Desde la entrada de mi hija en el convento, no lie recibido a na- 
i..., no tenía humor para nada... 

Card.— Lo comprendo... 

Conde.— El banquete de anoche era inevitable No tenía más remedio que 
nvidar a comer al Comité de la Exposición Canina de Angers, que yo presi- 
30. Es un obsequio que les hago todos los ai~ios... Para ti no tenía ningiín in» 
teres. ^ 

Card.— Te equivocas. Me encontré colocado entre el conde de Anlíioys y 
el marqués de Saint-Cricq, y uno por la derecha y otro por la izquierda, me 
han obsequiado toda la noche relatándome la serie de cuidados, merced a los 
cuales, han conseguido conservar en toda su pureza, la raza podenca de Poitu 
y los grifones de La Vendée... Es una gente muy feliz la del Comité Canino de 
Angers. Viven en un perfecto reposó intelectual que tiene sus encantos. 

ESCENA n 
Dichos y la Vizcondesa, 

Vi^.—(En «.toilette» de visita.) Ya estoy lista. 

Conde.— Oye una cosa... 

Vizc— ¿Qué, papá? 

Conde.— ¿Quieres encargarte de que ningún día falten flores en este saion? 

Vizc— Con mucho gusto. 

Conde.— Hazlo, que te lo agradeceré... Ahora nos las hay nunca y antes las 
nabia siempre... 

Vizc— No volverán a faltar... ¿Roberto no ha venido? 

Conde.— Salió esta madrugada. Dios sabe cuando volverá. 

Vizc— Entonces... ¿quieres tu acompañarme a la Qarden-paríy de los Mon- 
ttireaux? 

Conde.— No puedo. Me aguardan en Anger-, 

yizc.—Pues yo sola no voy... -:S¡ Magdalena de Champvernier quisiera 
tnir a reco^nne?... Voy a telefoi¡earle. 

Conde.— Eso es lo mejor. (La Vizcondesa sale.) Yo. hoy que hace buen 
*o. voy a ver si me niolestan un rato en la Prefectura. 



cÍNDricSnTíllfrecSficar la dirección de la carretera de Vallieres Ten- 
eolíSa de todos los interesados, menos la de Pedro de Lancrey. Desde 
hace un mes Que volvió de América, no hay quien lo vea. 

CrRD -Yo no he sabido hasta hace poco los quebrantos de su fortuna. En- 
tonces me he podido explicar algunas cosas. 

CARD^-^íbrulca desaparición que tanto nos sorprendió a todos y sus via- 

íes... ("Ha oodido rescatar algo de su fortuna? .. c . • n a ur,^. 

CoNDE.-Sí. La quiebra Klering tuvo un arreglo satisfactorio. Pedro ha e*- 

^^^h\m^-( Entrando.) El automóvil del señor Conde está a la puerta. 
QoNDE.— Tráeme mis papeles. 

nioN. — Bien, señor Conde. (Sale.) j »»- 

CoNDE.-Voy a llegar tarde como siempre... El prefecto me aguarda a las 

tres y media... (Coge el sombrero, el abrigo, d bastón y se dispone a salir 

cuando aparece Pedro pot el fonao. Dionisio vuelve por la izquierda entregan^ 

do un papel al Conde J 



ESCENA iíl 

Dichos y Pedro Lancrey, 



Coiro8.--f /í^rtdO ¿T /%¿/A0.; ¡Al fin le vemos a^isted! 
Pedro.— Buenas tarde Conde... ^eminencia... (Va a saluaariey 
CkRD.~(Extrechándole la mano.) Buenas tardes^ querido anugo , _ 

CoNDE.-Llega usted en el momento preciso... (Desdoblando al popel metí 

ñatraído Dionisio.) Aquí tiene. (Le entrega el pliego.) ^5™^, que me voy- ^ 
PEDRO.-rFa al secreter para firmar J Perdóneme usted. No sabía que U 

eosa era tan urgente. 

Conde.— Quiero despacharlo lo antes posible. ,o.f;fi,.«mn 

Pedro.— En ese caso yo tengo un proyecto de trazado que rectifitamo.^ 

Oflo pasado. . , , j- + 

Conde.— Envíemelo con toda urgencia para unirlo al expediente. 

Pedro.— Hoy mismo lo tendrá usted. 

CoNDE.-Gracias y hasta la vista. (En tono de reconvención.) Supongo • 

nos volveremos a ver... (En el momento de salir aparece en la puerta mad,.i. 

Champvernier.) Señora... Usted me perdonará. No tengo tiempo ni para saiu 

darla. Adiós. (Sale rápidamente.) 



fSCENA IV 
Midan» Ctiapvernler, Pedro y«l CanS^Haf. 

ChAM.— Eminencia. . . 

Caro.- Señora... , . . *, , i. u ,«,«ur. 

Cham.— iCómo!... ¡Pedro!... iQué acontecimiento!... No le había vuelto 
^rer desde que regresó de América... No va a reimiones, ni a comidas, ni visi 
anadie... ¡ni a mi siquiera!... ¿qué pasa?... ¿Es que no le gustan a usted U 
modas de este otoño? 

Card.— Haría mal. La que usted lleva es deliciosa, 

Cham.— lEminencia! (A Pedro.) ¿No le da a usted vergüenza? 

Pedro.— Perdóneme usted; no sé hacer cumplidos. 

Cham.— ¿Quiere usted que le enseñe? 

Ph)ro.— Sería un mal discípulo. ., 

CiiAM.— Siquiera venga usted a verme uno de estos días... Me dará usti 
tma gran alegría. Tengo muchísimas cosas que contarle. 

Pedro.— Es usted muy amable... D-a«J 

Cham.— Voy a buscar a la Vizcondesa. No quiero hacerla esperar... tumnej 



ESCENA V 

E! Cardenal y P^clra. 

Pedro.— Vo también me retiro. Eminenci i, 

Card.— Aguarde un instante. Me agrada tanto voiver a verle- 

Pedro -Su Eminencia me hace un gran honor. 

Card. — Dejemos los honores donde están; aigunas veces en lugares bastante 
extraños. Nosotros somos dos amigos, y nada más. 

Pedro. — Estoy confundido, Eminencia. 

Card.— Amigo Pedro: los amistosos reproches que le dirigían hace un mo- 
[mento, los merece sobradamente. 

Pedro.— No trato de defenderme. 

Card.— Las contrariedades que le acarrean sus asuntos de América, han ter- 
fminado, según he oído decir. 

Pedro.— Sí, Eminencia. El Ministro de Estado, que es un antiguo amigo, 
me ayudó con tanta eficacia, que pude rescatar casi totalmente lo que parecía 
perdido. 

Card. —Me alegro. Y, siendo así, no hay razón para que nos prive usted 
|de su presencia. Es necesario volver por esta casa como antes. Por más que 
ía variado tanto, desde que Primerose salió de 'illa... ¿No la ha vuelto usted 
[ a ver? 

Pedro. — No. 

Card.— ¡Ah!... 

Pedro. — No es extraño; no veo a nadie. 

Card.— ¿Por qué? 

Pedro. — Porque soy un salvaje. 

Card.— No tanto. Además, está usted en la edad critica para dedicarse con 
verdadera conciencia a edificar su casa. 

Pedro.— ¿Para qué? Ke adquirido el hábito de la Soledad... 

C.\rd.— ¡Hum!... Amenos de ser un santo, y no lo somos, es un hábito que no 
se adquiere sino por una obstinación. 

Pedro.— (Eludiendo.) No. 

Card.— Yo le aseguro que a su edad, si se desea estar solo, es porque no 
se puede formar pareja. 

Pedro.— No es ese mi caso. 

Card.— ¿De veras? 

Pedro.— De veras. 

Card.— Pedro, yo le quiero a usted mucho, y no es por curiosidad por lo 
que le hago esta pregunta. Es por gran afecto, que le ha seguido a usted de 
cerca, y que más se aproximará a medida que le vea sufrir más. 

Pedro. — Gracias, Eminencia. Le repito que no tengo ningún sufrimiento. 

Caro.— Entonces, puesto que posee ese don precioso: el de la paz del alma, 
prométame usted que... 

Pedro.— ¿Qué? 

Card.— Respetarle siempre en los demás. Hay quien lo ha conseguido, des- 
pués de una lucha muy ruda; y una de ias acciones más villanas que pueden 
cometerse es ¡a de perturbar, la de despertar un corazón que reposa. 

Pedro.— Se lo prometo. 

Card.— Gracias.— ^Z,e estrecha la mano.) 

Pedro. —Hasta la vista, Eminencia. 

Card.— Hasta la victa, querido amigo. (Pedro sale. Dionisio entra.) Dioni- 
sio... ¿has visto mi breviario? 

DioN.— Creo que su Eminencia lo ha dejado en la mesa del hall. 

CARD.—Gracias. Lo recogeré al pasar. (Mira el reloj.) Tengo tiempo de dai 
un paseo. (Sale. Dionisio dobla los periódicos, coloca en su sitio las sillas; 
pone las tazas de café en la bandeja, la coge y sale. Pausa; a lo lejos se oye 
un tenue cascabeleo, que se acerca. Sa ve pasar ante la ventana de la derecha 
y detenerse luego en la puerta del centro, un pequeño carricoche: una especie de 
galera o tartana, tirada por un burro. Úe ella descienden dos hermanas de 
Santa Clara. Una es Primerose.) 



ESCENA VI 

Primerosc. Después, Dionisio. Cuando las dos hermana* han descendido. Prlmerose dice ala 
otra, que ha cugido el burro por el ronzni: 

pKiM.—Ahí... a la izquierda, hermana. (El carricoche, guiado por la herma- 
na, desaparece. Primerose queda fuera, en el centro, y mirando hacia la izquier- 
da dice:) Sí, por alií... la cuadra está al final. (Primerose entra en la sala y 
avanza al centro de la escena, mirando a derecha e izquierda, obaeroándalo 
todo sonriente, iluminada por sana alegría. Dionisio vueloe a la escena y se 
detiene estupefacto.) 

DiON.— ¡Ah! 

pRiM.— Buenas lardes, Dionisio... Soy yo... ¿Pero qué le pasa a usted? 

DioN.~¡La señorita!... ¡La señorita aquí!... ¡Es la señorita! No la había vis- 
to aún en ese traje... 

Prim.— Y, ¿qué tal, Dionisio?... ¿Qué tal?... 

DiON.— ¡Quién había de esperarlo!... ¡La señorita!... ¡Después de tanto 
tiempo!... 

PRiM.—Durante los primeros meses de noviciado no podía salir e iban a 
verme al convento. Ahora que ya puedo salir hago los encargos... 

Dio)i.— (Escandalizado.) ¡La señorita hace los encargos! 

Prim.— Todos los días, aprovechando el tiempo que me deja libre el cuida- 
do de los chicos... 

D)Oíf.— (Reflexionando muy contrariado.) ¡Y el señor Conde que está en 
Angers!... Todo el mundo fuera; ¡no hay nadie en la casa! 

Prim.— Yo no he venido a verlos... He venido porque le han dicho a la ma- 
dre superiora que anoche hubo aquí un gran banquete. 

DiON.— Treinta cubiertos. 

Prim.— Entonces es verdad. P. so venía yo. 

DiON.— No comprendo... ^ 

PkiM.— ¡Por las sobras!... A recoger las sobras. 

DiON.— ¡La señorita por las sobras! 

Prim. — ¡Naturalmente! 

DioN.— ¡Por Dios, señorita! 

PRiM.~¿Qué?... Además, Dionisio; es necesario que no me vuelva usted a 
llamar señorita. 

DioN." Pues, ¿cómo he de llamarla? 

Prw.— Llámeme usted hermana. 

DiON.— ¡Yo!... ¡Jamás!... ¡Jamás!... 

Prim.— No hay más remedio. 

Di0N.-~¿La señorita me lo ordena? 

Prim.~No... se lo suplico. 

DiON.— No me será posible. 

Prim.— Yo le ayudaré. Dígame: Está usted precio-<í con ese traje, herma- 
na... ¡Vamos!... ¡Dígamelo! 

DiON.- Está usted preciosa con ese traje, hermana. (Inclinándose.) Perdó- 
neme la señorita. (Al inclinarse repara en los Zapatos de Primerose y queda 
fijo mirándolos.) ¡Oh! 

Prim.— ¿Qué me mira usted?... ¿Los zapatos?... 

DiON.— Sí. 

Pkiau— Me están un poco grandes... y pesadotes... Al principio no podía 
acostumbrarme a ellos porque me lastimaban, pero ya ando perfectamente... A 
limpiarlos es a lo que no he aprendido aún. 

D\OH.~( Anonadado.) ¡Qué desgracia! 

Prim.— ¿Por qué, Dionisio?... Ande, vamos a la cocina... (Confidencial.) 
¿Se atracaron mucho los invitados? 

DiON.— No; pero si llego a saberlo no paso los platos segunda vez. 

Prim.— ¡Claro! Téngalo en cuenta para lo sucesivo. (Cuando va a salir liega 
fíloberto. Dionisio le deja oaso y sale después J 



ESCENA Vü 
Prlmerosc y Roberto. 

RoB.— ¡Tú aquí!... ¡Abrázame, hermana! 

pRiM.— ¡Al fin, uno que me llama como se debel 

RoB.— ¿Cómo te he de llamar si eres mi hermanad 

pRiM.— Es verdad; tú eres la única persona para la que no he cambiado de 
nombre. 

RoB.— De condición, quizás sí. La primera vez que fui a verte al conven- 
to... no sé, sentí una emoción rara... respeto... 

Prim.— ¡Respeto tú! Te conozco... 

RoB.— ¡Créemelo! La prueba está en que hace unas noches, en París, conté 
ni visita al convento y... tú ya sabes que yo no he sido nunca orador, pues, sin 
jmbargo, hice una descripción tan sentida, que ía persona que cenaba conmi- 
ro, escuchándome, se le caían unos lagrimones como cerezas. 

PRiM.—Muy bien... Y, ¿quién era esa persona? 

RoB.— ¡Ah, eso no te lo puedo decir! 

Prim.— ¡Roberto!... 

RoB.— No; no seas mal pensada... Es una buena mucha, tiene un gran espí- 
Jtu... ¿Sabes lo que me respondió al terminar la relación? Me dijo: «Si yo no 
Hego a entrar en el teatro, me meto en un convento.» 

Prim.— ¡Eternamente has de hacer las mismas necedades! 

RoB.~¿Qué quieres? Si no hago eso ¿qué he de hacer?... Y un hombre que 
no hace nada está mal visto. 

Prim.— ¡Eres un locol 

ESCENA VIII 
Dichos, el Cardenal y Petra, El Cardenal y Petra entran por la Izquierda, 

Petra.— (Llena de alegría al reconocería.) ¿Quién es?... {Primerosel 

Prim.— ¡Madrina! 

Card.— ¿Cómo tú aquí, chiquilla? 

Prim.- -Ya ve usted, tío. 

Petra.— -¡Qué sorpresa! (Abrazándola.) 

RoB.— Yo les dejo. Tengo que ir a la fiesta de ios Montureux... nasta lue- 
?;o. (Sale.) 

Prim.— ¡Y pensar que a estas horas yo estaría también vistiéndome para ir 
a casa de los Montureux! ¡Cuánto tengo que agradecerle a Dios! 

Card.— Es verdad. 

Petra.— Pero, ¿es la primera vez que vuelves a tu casa? 

Prim.— La primera vez. 

Petra.— ¿Por qué no habernos prevenido el martes cuando fuimos a verte 
con su Eminencia? 

Prim.— Porque no lo sabía. Nuestra madre me dijo esta mañana que yo reem- 
plazaría a la hermana Tenazas, que está enferma. 

Card.— ¿La hermana Tenazas? 

Prim.— Es la hermana García, que la llamamos así porque en el momento en 
que ve una golosina, al menor descuido alarga los dedos, escamotea un pedazo 
y se lo traga... Por eso está siempre enferma del estómago. 

Petra.— Bueno... Ven acá. Dime, ¿no sientes nada al volver a ver tu jardín 
y tu casa?... 

Prim. -Nada... Además, estoy tan contenta, que no me fijo. ¿Te acuerdas 
ae aquella pequeñita, la hija del albañil, aquella que estaba tan mala con pul- 
monía doble y que yo la he velado cinco noches?... 

Petra.— ¡Cinco noches! ¡Debes estar muerta! ¡Eso es un disparate! 

Prim.— ¿Por qué? Más noches pasábamos en vela para ir de baile. 

Petra.— No es lo mismo. 

Prim.— ¡Claro que no!... Pero déjame que te cuente. Ayer tarde empe/.o a 
ceder la opresión y esta madrugada, cuando la puse el termómetro, no tenía 
mas que 37,5. (Loca de alegría.) ¡La pulmonía ha hecho crisis! Ahora le queda 
la convalecencia, aue será larga... Tendré para un par de semanas todavía... 



Petra.— Al fin te dejarán descansar. 

PmM -No me hace falta... Cuando una llega a convencerse de que sus cui- 
dados pueden influir en la salud del enfermo, adquiere una resistencia y un ani- 
mo...; las piernas, lejos de f laquear, se fortalecen. 

Card.— ¡Adquieren alas! 

Petra.— lEstarán muy contentas contigo! • , „; 

Prim -Creo que sí..: Ayer hablaban el médico y la madre supenora y es oi 
pronunciar mi nombre. Muy suavemente me acerqué, como para abrirles a 
puerta, y me puse a escuchar... ¡pero por más que alargue la oreja, no les pud.e 
entender una palabra!... ¡Me quedé más cortada! 

Petra.— M/ Carc/e/zc/.; Se ha vuelto curiosa. 

CARD.-éDe manera que hoy sales por primera vez? 

Prim.— Sí. Esta mañana hemos pedido en cuatro casas... La ultima la de la 
señora Starini... ¿Ya sabe usted a quién me refiero?... 

Card.— Sí, a la cantante. , . , , u a^a^ ^o. 

PRiM.-La misma. Es riquísima. Pues, ¿sabe usted lo que nos ha dado pa. 
socorrer al Asilo? ¡Dos francos, tío, dos francos!... ¡Ya podía ser mas gener- 
sa y economizar en las pelucas! 

'CiiKD.—ÍRiendo.) ¿Usa peluca? . . . . • • 

PRiM.-iQué remedio; no tiene un pelo! Yo lo sé por la hermana boticaria. 
íMe dio una alegría cuando me lo dijo! 

Pbtrx.-íAI Cardenal.) ¡Pero esta chica se ha vuelto perversa! 

Card.-Yo la perdono con tal de que conserve su alegría y su buen color. 
La otra tarde en el convento la encontré muy pálida. j i ^^ „ 

Prim —¡No!... Eso es de las cortinas verdes del locutorio. Cuando le da ^ 
ana el sol a través de ellas, la cara toma un tinte de manzana que hace muy 

bien... „ j ,. j , 

Petra.— ¡Además, coqueta!... ¡Estoy^^escandalizada! 

Card.— Y yo encantado. »,. » . 4.^1 i,^,^..„a nr. 

?Rm.-(Viéndola aparecer por el fondo.) ¡Ah!... Aquí está la herm-^na Uo- 

minica. Entre, hermana, entre. 

ESCENA IX 
Los mismos y la hermana Dominica. 

PRm.— (Presentando.) Hermana... Mi madrina. 

DoM.— Señora... 

Prim.— Mi tío, su Eminencia el Cardenal Merance. 

DoiA.— (Saludando con una inclinación.) ¡Eminencia, ^ ' _ , _ ^^^ 

Priia.— (Aparte a Dominica ante la frialdad del saludo.) ¡Qué es un uar- 
denal! , 

CARD.-f/l Dominica.) Mucho gusto en conocerla. 

Do!A.-(Aturdida se acerca al Cardenal y se arrodilla para besarle el am 
ílo.) ¡Yo no había visto nunca un Cardenal! 

Petra.— Y ¿qué efecto le ha hecho a usted, hermana? . 

DoM.-...¿Qué quiere que le diga, señora?... Yo creí que su Eminencia an 
darla siempre vestido de colorado. (Señalando al Cardenal.) Asi paree- ui 
cura. 

Card.— (7?/e/2tío.; Tiene gracia. ^ ,, ^ i,,,^<,„a 

l>oiA.-( Mirando a todos lados, encantada.) ¿Y esta casa es suya, hermana 

Prim.— De mi padre. „„„ 

DoM.-¡V?.ya una casa!... El mío también tierie una casa; pero "o com 
esta. Una casucha, allá en medio del campo, cerca de Cahors... (Acercanaos 
a ver una fotografía que hay sobre la mesa.) ¡Si es su retrato, hermanai. 
¡Con sombrero de hombre! 

Prim.— Sí; soy yo, en traje de montar a caballo. 

DoM.-rMra/2í/o el retrato.) ¡Qué rara está usícü. hermana!... Yo tai.iDie 
he montado a caballo. 

Petra.— ¿Sí? , , o « «,««♦. 

DoM.-Sí, señora. Cuando sacaba el gnnrsdo a beber... Pero yo me inonti| 



I 



Prim.— No. 

DoM.— Claro,.. Yo como no era rica... 

Prim. — Ahora somos las dos iguales y L's.aüi'js mejor. 

DoM. — Yo sí; pero usted no, hermana. 

Prim.— Yo, mejor aún. 

Petra.— Lo que veo es que os entendéis perfectamefite. 

DoM.— ¡La hermana y yo nos queremos mucho! ¿No es verdad? 

Prim.— Sí... a pesar de que tiene un defecto... un det>cto grave. 

Petra.— ¿Cuál? ¿cuál? 

Pri.m.— Que ronca. (El Cardenal y Petra ríen.) 

Doyi.— (Muy ofendida.) ¡Esas cosas no se cuentan, hermana'.... íNo está 
bien contar eso! 

Prim.— Pero ¿es verdad o no? 

DoM.— Sí que es verdad, y por lo mismo no se debe decir 

Prim.— ¿Por qué? 

Dom.— ¡Porque... porque!... ¡Vamos, hermana! (El Cardenal r fe.) 

Petra.— (04/ Cardenal.) ¡Ahora se van a pelear! 

Dom.— 64 Petra.) ¿Sabe usted lo que ella hace para que no ronque?... ¡Sil- 
Dar!... ¡Silbar unos couplets!... Eso es mucho peor. (Dionisio entra trayendo 
una caja grande, que pone sobre una silla.) 

DiON.— El señorito Roberto me ha dicho que traiga aquí esta caja. Son ju- 
guetes para los niños del asilo. 

Prim.— ¡Mira el pobre Roberto qué bueno es! 

DioN.— M Primerose.) En la cocina han preparado las provisiones. ¿Las 
nevo a la tartana? 

Prim.— No; ahora vamos nosotras. 

Dom.— Ande, hermana, no se nos haga tarde. 

Prim.— Luego volveremos a despedirno.^. (Va a salir y vueloej Un abrazo, 
madrina. 

Petra.— De todo corazón. (Se abrazan.) 

Prim. —Y perdóname. 

Petra.— ¿Por qué? 

Prim.— Porque ya no pueJo hablarte de amoríos. Vamos, nermana. (Sale 
ríendo. Dominica la sigue) 

ESCENA X 

El Cardenal y Petra. 

Petra.— ¿La oye usted? 

Caro.— Sí. La oigo. 

Petra.— Y ¿usted entiende eso? 

Card.— Muy bien. 

Petra.— ¡Pues yo no salgo de mi asombro! ¡Es increible!... Esas risas, esas 
travesuras, ese aire de fiesta... ¡Está en sus glorias! Yo no había perdido la 
esperanza de que un día u otro se aburriera y dejara el convento; pero va a 
ser difícil. Ha bastado con que la vistan de paño burcjo y la hagan levantarse 
de madrugada, para que la veamos rebosando felicidad. 

Card.— No comprende usted estos caracteres. Usted, como tantas damas 
que frecuentan conventos y que los protegen con sus dádivas, no conocen a 
las religiosas más que por la severidad de sus reglas y por los actos de sacri- 
ficio y de heroísmo. Todo esto es muy hermoso. 

PEmK.— (Interrumpiéndole.) Pero muy triste. 

Card.— Precisamente. De ahí que se las admire más que se las ama... Yo, 
que las conozco muy de cerca, las amo tanto como las admiro. Son almas de 
niños llenas de frescura y de diafanidad, en las que el pasado, con todas sus 
dolorosas pruebas, se ha desvanecido. Son, si podemos decirlo así, alma? 
nuevas. 

Pktra.— ¿Entonces es un milagro? 

Card.— El milagro del hábito. Apenas le han vestido y la toca rodea sus sic 
nes, el mal huye. 

Dioii. —(Eátrando.) El automóvil de la señora Marquesa acaba de llegar. 



Petra.— ¿Qué hora es? 

DiON.—Las cuatro, señora Marquesa. 

PETRA.~¡La duquesa de Lussí nos estará aguardando, Eminenciat 

Caro.— Vamos. 

PEfRA.— ¿Y Primerose? 

Casd.— Le diremos, adiós al pasar. (Dionisio, que ha salido un momento 
antes, oueloe trayendo la capa y el sombrero del Cardenal.) 

Petra.— 64 Dionisio.) ¿Dónde están las hermanitas? 

DioN.— En el patio, señora Marquesa. El burro había perdido una herraduaa 
y le han llevado al herrador. 

Card.— iQué contrariedad! 

DiON.— No, Eminencia; a las hermanas les ha hecho reir. 

Petra. —¡También eso las ha hecho reir!... iEs demasiada risa! ¡Demasiada 
alegría!... Resulta ya cargante. 

Card.— ¿Vamos, Marquesa? (Salen el Cardenal y Petra. Dionisio, solo, pone 
en orden la mesa y las sillas. Hacia la izquierda se oye la bocina de un auto 
que se aleja. Una pausa breoe. Dionisio va a salir; por la ventana de la derecha 
se ve llegara Pedro, que luego aparece en el fondo.) 

ESCENA XI 
Pedro y Dionisio. 

Pedro.— M Dionisio, que sale.) Hola, Dionisio. Haga el favor ae darle estos 
planos al sefior Conde que los aguarda. 

DiON.— Bien, señor. 

Pedro.— (Vacilando.) Sería mejor dejarle una nota. ¿Puedo escribir aquí? 

DiON.— ¿Por qué no, señor?... Aquí tiene recado, papel ... 

Pedro.— Gracias. (Pedro se instala en la mesa de la derecha, dando la es- 
palda a la puerta del fondo. Dionisio sale. Apoco, Primerose entra por el fon- 
do y üiene a recoger la caja de los juguetes que Dionisio quitó de la silla y ha 
puesto en un rincón. Primerose, al no encontrarla donde la dejó, se detiene un 
momento sorprendida. Al mismo tiempo, Pedro, que ha terminado de escribir, 
se levanta, se vuelve, y al ver a Primerose, reconociéndola, queda inmóvil, 
mudo; retrocede unos pasos y se apoya en la mesa.) 

ESCENA XII 

Pedro y Primerose. 

Píim.— (Viéndole.) ¡Pedro!... ¿Es usted? 

Pedro.- Sí... 

Prim.— Es usted... (Después de un instante de stlencto, reponiéndose de la 
impresión.) ¿Cómo está usted, Pedro? (Le tiende la mano.) 

l^EDRO.— Perdone... Debe conocérseme la sorpresa... Es muy natural... has- 
ta este momento no la había visto a usted así... 

Prim.— Pero lo sabia. 

Pedro.— Sí... lo sabía... Y ahora la veo; la veo a usted. 

Prim.— Muy cambiada... 

Pedro.— ¡No!... ¿Viene usted aquí con frecuencia? 

Prim.— Es la primera vez que he vuelto. Y no pensaba encontrarle a usted. 

Pedro.— Y lo siente. 

Prim.— ¿Por qué? 

Pzx>KO.—GrBiZ\aLS. (Un momento ae pausa.) 

Prim.— ¿Hace mucho tiempo que regresó usted de América? 

Pedro.— Apenas un mes. 

Primw— ¡Un mes! 

Pedro.— Sí. He hecho un viaje muy largo... por países extraviados..., sm 
airijios, sin noticias... 

Prim.— ¿No le ha escrito a usted nadie? 

Pedro.— Nadie... Ninguno se ha acordado de mí... 

Prim.— Yo lo hubiera hecho muy gustosa; pe-o la Orden nos prohibe escri- 
bir r. toda persona que no sea de la familia. 



i 



i 



Pedro.— Es muy natural. , ^ ^ . . _ 

Prim.— ¿Y está usted satisfecho de su viaje? 
Pedro.— He trabajado mucho.. 
Prjm.— Yo también. 

PwM -sf .Vo era una criatura inútil. Fué necesario que aprendiera infin. 
dadde cí)sa8 para trabajar como las demás. Notenemü^un momento de descanso. 

Pedro.— Sí... las oraciones, los oficios divinos. i. •» 

Prim — íNo' ¡Nada de eso!... Precisamente me dedicaron a cantar en la 
caoHla pero sin querer le daba un aire de opereta a los cánticos sagrados, que 
S?ier¿n que relevarme y me mandaron a la botica. Despqés me encomenda- 
tin irvigilancia de la sala de San Antonio... Una sala con ocho camas, a las 
aue teneo que atender... ¡Yo sola! Toda la responsabilidad es rnta... 

Pedro -Pero la dejarán algunos momenos de descanso, de distracción... 

PRiM.-lClaro!... Hay horas de recreo y cada cual se entretiene en lo que 
más le agrada. Una arregla el jardín, otra zurce la ropa blanca, otra barre los 
SíredorS . Ño crea usted«que es tan fácil barrer. Parece una cosa muy sen- 
cüía y ?ie^ su ciencia... En ?¡n. siempre hay algo en qué entretenerse, no nos 

* "pEDRO.-Con qué alegría habla usted de esas pequeneces. 

Prim.— No son pequeneces y si lo son constituyen toda mi vida. 

Pedro.— Y esa vida le es a usted suficiente. 

Prim.-Lo que me pesa es no poder atender a todas las cosas fe Quisie- 
ra... ¡Si le digo que hace dos domingos que no oigo misa por falta de tiem- 
po!... Antes de ser religiosa jamás me había ocurrido. 

Prim — ^o... hav días que no podemos separamos de la cabecera de un en- 
fermo'..'. ¡Si viera usted que pena!... Siempre es doloroso ver sufrir, ¡pero a 
un niño!... No parece que se asiste a una enfermedad, sino a una mjustiaa... 

Pedro.— ¿Y no ha sentido usted nunca cansancio, desahentoj» 

Prim.— Ahora, no. 

Pedro.— ¿Pero lo ha sentido usted? 

Prim.— Apenas... 

S.-Me!!o'S°"'uí!?nstante. Fué al prTndptó y tuve miedo creyendo que 
me faltarían ánimos. 

Pedro.— Y, ¿en aquel instante? ., x j u ^..« —«. 

PRiM.-iLe pedí fuerzas al Señor!... Después acepté todo aquello queme 
parecía más penoso; el quejido de los enfermos, las privaciones, los trabajos. 

la vida en comunidad... . ^ , , i. • *^i .t4o nnori 

Pedro.-¡Y todo eso ha ido usted a buscarlo voluntariamente!... ¡Ha quen- 

do coronarse de espinas. u^.-^^^» 

Prim.— Una corona de espinas es una corona de rosas desnojaaas. 
Pfdro.— ¿Y no le cansa la monotonía de esa vida? ^ a ^ u..., 

Prim -No se siente. Se vive en una atmósfera de dulzura, donde no hay 
inquietudes, porque nuestra misión es obedecer; ni cuidados, porque somos 
pobres. La pobreza y la obediencia son dos matronas de incomparable hermo- 
sura, decía San Francisco, y al decirlo, los pájaros venían a cantar en tomo 
suyo... Yo no he llegado a tanto, pero con la ayuda de Dios... 
Pedro.— Entonces, ¿no le falta a usted nada? 
Prim "Nndn 

Pedro.— ¿Es usted completamente feliz? . j. a -..» 

PRiM.-¡Felicísima! ¡Una felicidad que no podrá mudarse ni termmará nun- 
ca! Dentro de dos meses haré mis votos. En ese día, durante una hora, según 
la regla, cambiaré mis hábitos por el traje de novia... Después volveré a vestar 
éste para siempre... (Prímerose ha dicho el parlamento con una franca since- 
ridad, sin que se perciba ni dolor ni tristeza por el abandono de la vida; más 
bien, con un aliento de deseos, con el regocijo de la esperanza. Pedro la escu- 
cha lleno de emoción que no puede reprimir y que le desconcierta visiblemente. 
Prímerose lo nota y pregunta con extrañeza:) Pedro... ¿qué tiene ustca.-' 



Pedro.— iNo puedo más!... No hay razón para que calle por mas tiempo. Si 
misma tranquilidad me da ánimos... óigame usted... La noche en que nos vi' 
mos por última vez... ¿la recuerda?... En aquella última explicación, de la qu« 
dependía nuestra felicidad y nuestra vida, no le dije a usted la verdad. . 

Prim.— ¡Pedro! 

Pedro.— |No dije la verdad, porque la amaba a usted! La amaba locamen 
te... con toda mi alma, pero no tenía derecho a decírselo. Acababan de comu 
nicarme la pérdida de mi fortuna. Estaba arruinado... ¡completamente arruina [ 
do!... no podía, no tenía derecho a decir a usted la verdad y a ofrecerle raí 
mano. 

Prim.— ¡Pedro! (Una pausa torga.) 

Pedro.— ¡Primerose!... ¡Mari Rosa! i 

Príía.— (Repuesta de la impresión que le hicieron las palabras de Pedro% 
Sonriendo y con un tono dulce y afable.) Primerose o Mari Rosa, como ustec ' 
solía llamarla, ya no existe... Murió en un baile. Lo que usted acaba de contar 
le sucedió a ella, no a mí. Conozco esos recuerdos por confidencias que mi 
hizo... Pero, puede usted continuar hablando de ella, no creo que hayamos di 
ofender su memoria nosotros que fuimos sus mejores amigos. 

Pedro.— ¡Si usted supiera como viven en mí aquellos instantes y como !o: 
recuerdo!... Llegué temblando de alegría. 

Prim.— Ella le aguardaba a usted lo mismo. 

Pedro. Me parecía que toda la felicidad estaba en mi mano. 

Prim.— Ella le tendió a usted la suya. 

Pedro.— Y nos hubiéramos casado unas semanas después... En un día her 
moso como el de hoy. 

Prim.— Y desde el castillo hasta la iglesia, hubieran trazado un camino coi 
todas las flores del jardín..., con esas flores. (Señalando las que se ven por h 
puerta del fondo.) 

Pedro.— ¡Y puede usted recordar todo esto sin estremecerse! 

Pnm.— (Tranquila.) Sí. 

Pedro.— ¡Yo, no! 

PRm.— (Suplicando.) ¡Pedro! 

Pedro.— ¿Tiene usted miedo? 

PRm.-'(AleJándose.) Perdone usted. Se lo suplico. 

Pedro.— ¿No quiere usted oirme?... ¡Usted que escucha con resignación; 
ios desgraciados que sufren, huye usted de mí!... Por piedad debiera escuchar 
me, porque yo sufro más que todos ellos; yo sufro horriblemente... ¡Si usté 
supiera cuánto sufro! 

PRm.— (Torturada.) Sí, sí. 

Pedro.— La he amado a usted siempre, desde niña. Pero en mj amor ha 
siempre una inquietud y una duda. «¿Será posible que ella me ame?», me pr« 
guntaba continuamente... Y usted vino a decírmelo. Usted me amaba... M 
amaba, Mari Rosa. Y no nos separaba de la felicidad más que una palabra. '' 
una palabra que fué imposible pronunciar. 

Prim.— ¡Pedro... de todo corazón se lo pido! 

PEDRo.~(Que continúa cada oez más excitado.) Tuve que emigrar. Per 
en mi desesperación había una esperanza, iba a luchar, pero a luchar por t; 
por nuestra felicidad. Mi pensamiento vivía tan unido a tu recuerdo, que algí 
ñas veces me parecía que no nos habíamos separado... Al fin pude volver. 
iMás valiera no haberlo hecho!... «Es monja»; fué !a primera noticia que tuve 
mi llegada... Juré que no volvería a verla nunca y hubiera cumplido mi juramei 
to; pero el azar nos ha reunido, ha vuelto a ponernos frente a frente y no put 
do resignarme. Eres aún novicia, Mari Rosa; tu voluntad, tu vida, te pertem 
oen..., me pertenecen a mí también y la quiero... ¡la quiero! 

Prim.— (Huyendo bruscamente.) ¡Pedro!... ¡Pedro! (Deteniéndose, y co/i aü 
gesto de gravedad y de pudor, mostrándole los hábitos) ¡Repare usted! 

PwiRO. —(Retrocediendo,) ¡Perdóneme! (Se deja caer en una silla y oculta i 
cara entre sus manos. Primerose mira hacia el Crucifijo. Su cara se ilumina j 
dulcemente, llena de reposo, va hacia Pedro.) 

Pw» —^Tocándole en la espalda.) ¡Le perdono. Pedro! 




Pforo.— Me avergüenzo de haber procedido de este modo..., bárbaramen* 
:e... Con una violencia inútil, puesto que nada podía esperar. 

Prim. — No se avergüence usted. 

Pedro.— (Con gran amargura.) ¡Qué será de mí? 

Pmyi.— (Sonriendo bondadosamente.) Yo se lo diré... No crea que me iba a 
marchar sin decírselo... Usted es uno de mis enfermos. Está usted bajo mi cus- 
todia. Nuestra Orden sólo se cuida de los niños, pero cuando se sufre, todos 
tenemos algo de infantil. 

Pedro.— ¿Sonríe usted? 

Prim —Porque estoy segura de curarle. Oiga usted mis instrucciones.,. Pen- 
sar continuamente en mí... (Respondiendo al gesto de Pedro.) Sí, sí... Y, re- 
coraándome, exclamar en voz alta: «Es feliz»... «Ha logrado todo lo que podía 
ambicionar»... «Vive cerca de Dios, rodeada de calma y de paz»... <Es muy fe- 
liz y me resigno a su felicidad»... ¿Lo dirá usted? 

Pedro.— Sí. 

Prim.— ¿Lo repetirá? 

Pedro.— Quizás. 

Prim.— Si lo hace, recibirá la recompensa. Su pesadumbre será cada vez 
menor, terminando por volver a gozar de la vida. Y un día, al despertar, le an- 
gustiará el silencio que le rodea..., encontrará la casa triste y desordenada, los 
papeles y libros llenos de polvo...; notará usted una falta..., un vacío, Se vol- 
verá usted triste, sentimental... y acabará usted por casarse. 

Peduo.— (Negando con el gesto.) ¡No! 

Prim. — Ya veremos. (Da algunos pasos.) Hasta la vista, Pedro. 

Pedro. -Escúcheme usted, antes de separarnos quisiera hacerleunapregunta. 

Prim.— ¿Cuál? 

Pedro.— Acaso la encuentre usted infantil... Sus cabellos... sus trenzas 
hermosas... 

Prim.— ¿Qué? 

Pedro.— ¿Las tiene usted aún? 

Prim.— ¿Por qué me !o pregunta? 

Pedro.— Por nada... Pero, no; no es verdad. Se lo pregunto a usted por- 
que un día las tuve en mis manos, y aquel día sentí por primera vez... (Déte' 
niéndose ante el gesto de Primerose.) Ño, no tema; no he de decírselo... 

Prim.— fCo/7 fingida alegría y para rehuir la cuestión.) Ya comienza usted 
a hacer progresos. 

Pedro.— Respóndame. 

Prim.— Pero... 

Pedro.— Es necesario que me responda. 

Prim.— En ese caso... (Con gran esfuerzo.) No, Pedro; ya nos las tengo, 

Pedro.— ¿De veras? 

Prim.— De veras. (Con una sonrisa forzada.) 

Pedro. -Gracias. Ha hecho bien en decirmelo... Hasta ahora no había podi- 
do comprender que era usted otra... 

Pum. —(Con emoción.) ¡Sí! 

Pedro.— Creo que llegaré a olvidar. 

Prim.— Yo se lo pediré a Dios. 

ESCENA XIII 
Dichos y el Cardenal. El Cardenal entrd por la izquierda, los vé y queda un Instante inmóvil 

P^m.— (Viendo al Cardenal.) Salía y encontré a Pedro... Me he retardado 
mucho y la hermana Dominica debe estar aguardándome... Hasta la vista tío... 

C>.Vi.D.-~(Se acerca a Primerose y cogiéndola la cabeza entre las manos la 
observa atentamente en los ojos, luego la besa en la frente.) Adiós. Iré a verte 
pronto. 

Prim.— Adiós, tío... Adiós, Pedro... (Pedro se inclina y ella sale. El Carde- 
nal observa a Pedro que visiblemente pierde su serenidad. Su cara se contrae 
V no puede contener su emoción. El Cardenal va hacia él con los brazos abier- 
tos en los aue cae Pedro snlloífnndnA 



Card.— ¡Esperaba que acabaría usted por confesarme la verdad!... (Va- 
mos!... ¡Animo! 

Petra.— (Entrando.) ¿Qué sucede? 

Pumo.— (Reponiéndose.) Nada... perdóneme. (En este momento las dos 
hermanas, cargadas con alforjas, cruzan por el fondo.) 

Petra.— ¡Ah! ya comprendo... ¡Pobre Pedro!... 

CxRD. —(Despidiendo a Pedro.) ¡Adiós! (Pedro solé.) 

ESCENA XIV 

El Cardenal y Pelra. 

Pf.toa.-— ¡Pobre muchacho! 

Card.— -¡Sufre mucho! 

Petra. - ¡Podían ser tan felices! 

Card.— No puede usted negar que ella lo es.- 

Petra.— Sí; generalmente es uno el que sufre. 

ESCENA XV 

Dichos y et Conde seguido de Layrac. Toda esta escena y la aiguienfe llevada con groi 

rapidez. 

Card.— ¿Qué hay? 

Co^x>E.—(Muy agitado.) Hola. 

Petra. — Viene usted demudado. 

Conde.— Hay razón para ello. ¿Sabéis de dónde vengo? 

Card.— De Ángers. 

Petra.— ¿Qué pasa? 

Conde.— ¡Qué pasa! He visto al Prefecto y me ha dado una noticia que 
acaban de confirmarme. ¡Es horrible! 

Card.— Pero en fin. ¿De qué se trata? 

Conde.— De la secularización de varios conventos, entre ellos el de Santa 
Clara. 

Petra.— ¡Dios mío! 

Card.— ¡Es muy grave y muy triste la noticiat 

Petra.— Pero ¿estáis bien seguros? 

Layr.— ¡Seguros! Mis amigos políticos así me lo dicen y me envían instruc- 
ciones para que sublevemos el país. En Nantes, en Tours, Lamur tenemos 
gente decidida al levantamiento. ¡Derribaremos todo antes de consentir un 
atropello semejante! 

Co^oE.— (Anonadado.) Es una infamia, una verdadera infamia, que no de- 
bemos tolerar... 

Petra.— ¿Y Primerose? 

Conde.— La arrojarán en medio de la calle. 

Petra.— ¡Ah, no; es imposible!... ¡Eso no puede serl... (Al cardenal.) &io\ 
es verdad que no puede ser? 

Card.— Sí. 

Petra.— ¿Qué hemos de hacer entonces? 

Card.— Encomendarnos a la Providencia. 

Conde.— ¿Qué quieres decir? 

Card.— Que nada sucederá sin su voluntad; y que nosotros ignoramos 8us| 
designios. Nuestro deber es seguirla sin preguntar a dónde. 

Layr.— Entonces, Eminencia, no podréis levantaros con nosotros, ni parti-| 
dpar de nuestra cólera... 

Card.— No participo de la cólera de nadie. Ninguno deplorará tanto como yol 
los desgraciados acontecimientos que nos amenazan y que espero no han de rea-J 
tizarse. Pero, si llegaran a suceder, ¿quién podía dudar de que el cielo los habíaj 
permitido? (Por el fondo llega Pedro raídamente.) 

ESCENA XVI 

Dichos y Pedro. 

CosTOB.— iPedrol 

Pomo.— (Saludando a todos.) Dispénsenme. Acaban de informanne 
CfertaB medidas que amenazan el asilo donde se halla su hija. 



Conde.-— Son ciertas. 

Pedro.— En vista de ello, he decidido marchar inmediatamente a París. Ten- 
go un amigo en el Gabinete actual y recabaré toda su influencia en favor de la? 
hermanas de Santa Clara. 

Conde.— ¿Lo hará usted? 

Pedro.— iLo haré! 

Petra.— ¿Y cree usted que lo conseguirá? 

Pedro.— Si es posible, sí, 

Petra.— ¡Qué alegría! 

Pedro.— El objeto de mi visita era preguntar a su Eminencia y a usted, Con- 
de, si tenían algunas instrucciones especiales que darme. 

Conde.— No. Expresarle nuestro agradecimiento. Y si logra conservarle su 
convento a mi hija, nuestra profunda gratitud. 

Pedro.— Haremos cuanto sea posible... Me queda el tiempo justo para tomar 
c! tren. Adiós, amigos. 

Conde.— Le acompafío. (Pedro saluda a Petra y luego ai Cardenal, que le 
despide con olstble emoción. El Conde, Pedro y Layrac salen por el fondo 
acompañados del Cardenal y Petra, que los despiden. Telón.) 

ACTO TERCERO 

Un saloncito en el castillo de Sermalz», de estilo Luis XVI. El fondo está formado por un «pan- 
neau> central y dos laterales oblicuas que unen al cuerpo central del salón. En el «panneau» 
de la derecha, puerta de cristales, que da al jardín; en el de la izquierda, puerta que comuni* 
ca con la antecámara. En ei primer término, b la Izquierda, una puerta con cortinaje, que da 
al cuarto de Primerose. Cuadros antiguos. En una mesa, a la derecha, un aparato tele' 
fónico. 

ESCENA PRIMERA 
Petra y Luisa; después Primerose y Dionisio. Suena el timbre del teléfono. 

Petra.— Mira a vez quien llama. 

Luisa.— (Al teléfono.) ¿Quién? (A fetra.) La señora baronesa de Montureux, 
que ruega a la señora que se ponga al aparato. 

Petra.— ¡Ya!... ¡Vamos, es insoportable!... Yo que creía que estaba enfer- 
ma... (Al teléfono.) ¿Cómo está usted, querida?... Muchas gracias por haberse 
acordado de mí y haberme llamado... Sí... sí... Lloaraos ayer tarde las tres... 
Sí: Primerose, yo y la hermanita Dominica, que nos ha acompañado... Prime- 
rose, la quiere tanto, que no ha querido que se separe de ella... Mes y medio 
aue se ha pasado volando... ¿Qué habíamos de hacer, después de la dispersión 
e las hermanitas? Sí..., sí... 

^ta}^.— (Aparece, tímidamente, por la izquierda. Viste traje de paseo de ex- 
trema sencillez. Al oer a Petra al teléfono, oa a retirarse.) ¡Oh! 

Petra.— Entra... entra... 

pRiM.— No, no; perdona... (Muy discretamente oueloe a salir.) 

VzrKK.-~(Voloiendo al teléfono.) ...¿Qué?... Venga usted cuando quiera... 
No... De los proyectos de Primerose no sé nada. Está tan retraída. No hay 
medio de sacarle una palabra... Pasará una temporada conmigo... ¿Su padre?... 
En París... Pq^ asuntos suyos... Adiós... (Dejando el teléfono.) Al teléfono, 
es más inaguantable que en su casa. Dan ganas de dejar el abono... ¿Quién 
es?... ¡Ah, Dionisio! 

DiON.— ^A)r la derecha, trayendo un baulillo.) Señora... He venido a traer 
el cestito, que la señora Marquesa mandó pedir para... (Indeciso en completar 
la frase, y poniendo el baulillo en un rincón.) 

Petra.— Para la señorita. 

D\oti.— (Lleno de júbilo.) |AhI ¿Podemos volverla a llamar señorita? 

Petra.— Claro que sí. 

DiON.— ¡Gradas a Dios! 

; Petra.— Ella se alegrará mucho de verle a usted... Está ahí... (Señalando a 
ia izquierda. Se levanta, oa ala puerta y Uatna.) ¡Primerose!... Vamos, no sea? 
chiquilla. ¡Ven acá! 

riiH.->Aquí me tienes. 



Petra.— Dionisio, que quiere verte. 

DioN. — Buenas tardes, señorita. 

Prim.— Buenas tardes, Dionisio. 

DiON.— La señorita, ¿está bien? 

Prim.— Sí, Dionisio. 

DiON.— Tiene muy buena cara la señorita... ¡Si supiera la señorita la alegría 
que me da al volverla a ver vestida así, de señorita!... (Mirándola a los pies.) 
yi calzada como Dios manda!... ¡Ya era hora! 

Petra.— Diga usted, Dionisio: ¿vendrá su Eminencia? (Primerose entra fur- 
tioamente en su alcoba.) 

DiON.— Sí, señora Marquesa; ha pedido el coche para las dos. ' 

Petra.— ¿Está bien su Eminencia? 

DiON.— Muy bien... Pasa casi todo el día trabajando en la biblioteca del cas- 
tillo. Debe de estar haciendo un libro, 

Petra.— Hasta luego, Dionisio. 

DiON.— Señora Marquesa... (Sale.) 

ESCENA II 

Petra y Primerose. 

FzTtík.—(Volüténdose, bascando a Primerose.) ¿Dónde te has metido? (No 
oiéndola.) ¡Otra vez! (Va a la puerta de la izquierda.) ¡Primerosel..,, ¡Ven 
acá!... ¿Por qué huyes de ese modo? 

?RiM.— No huyo, madrina. 

Petra.— Pues, entonces, sal aquí... 

P^m.— (Saliendo.) Aquí me tienes. 

Petra.— ¡Me estás dando qué hacer más de lo que te tigurasí.. 

Prim.— Gracias, madrina. 

Petra.— Este será tu gabinete, aquí, al lado de tu alcoba, y completamente 
independiente, para que puedas estar como en tu casa... Añora, ven acá..., 
acércate... ¿Por qué no te sientas? 

Prim.— Porque no estoy cansada. 

Petra.— Lo que parece es que estás aguardando una orden o alguna ins- 
trucción... , 

Prim.— Estaba tan acostumbrada a obedecer... y es una cosa tan ag;radable. 

Petra.— ¡Mucho!... Sabes lo que te digo, que me pareces más monjita fuera 
del convento que cuando estabas en él. Has perdido aquella alegría, aquella 
premeditada satisfacción que tenía cierto encanto. 

Prim.— ^Co/z sonrisa de reproche.) ¡Madrina! 

Petra.— Ya me conoces y sabes que no puedo ocultar lo que siento. He su- 
frido una decepción... Al salir del convento te tomé bajo mi cuidado, con la 
sana intención de distraerte, de alejar tu tristeza y de reanimar un poco tu es- 
píritu. Durante los dos meses que hemos vivido juntas, un día tras otro he 
aguardado que me dijeras algo..., que te confiaras a mí; pero no has querido 
desplegar los labios... Al fin hemos vuelto, y en esta casa, que te es tan fami- 
liar como la tuya, te he rodeado de todo lo que pudiera serte agradable... Es- 
pero que te dignarás hablar... Que no habrás olvidado para siempre la intimi- 
dad que tan tiernamente nos unía... 

Prim.— No, madrina, no... Te quiero con todo mi corazón, como te quise 
siempre. Si no acierto a expresarlo, perdóname... No sé lo que me paso... Me 
contraría que te intereses tanto por mí. 

Petra.— Entonces te dejaré... Pero has de hacerme un favor. 

Prim.— Lo que tú quieras. 

Petra.— Prométeme no ser demasiado arisca... No huyas, fio desaparezca» 
a la menor cosa, como el capuchina de un barómetro. Prométeme ser más ama- 
ble con los amigos que encuentres en casa. 

Prim.— Te lo prometo. 

Petra.— Además... es mejor que lo sepas. Pedro viene por aqnf mny a mo- 
ñudo, porque dirige los trabajos de la finca.,. Esta tarde vendrá. 

PwM.— í'Co/i caima.) ¿Y qué? 



Petra.— ¿No te contraría esto? 
Prim.— De ningún modo. 
Prtra.— ¿De veras? 

Prim.— Al contrario; tendré mucho gusto en volver a vene. Siento una gran 
amistad hacia él. 

Petra— (Aparte,.) No contaba con esto. 

ESCENA III 

Dichas y Dominico. D ominfca entra comiendo uno manzana. Viste simplemente, pero con menoo 
severidad que Primerose y algo de mal gusto. 

Petra. —Aquí tienes a tu amiga. 
DoM.— (Viendo a Petra.) Perdone usted, señora. 
Petra.— Entre usted, Dominica,.. ¿Qué está usted comiendo? 
DoM.— Una manzana... He tenido que trepar por el árbol para cogerla... 
Creí que se me había olvidado; pero, no. 
Prim.— ¡Dominica! 

Petra.— ¡Ha hecho muy bien! ¿Coger las manzanas y comérselas?... Para 
eso son... desde hace mucho tiempo... (Enseñando a Primerose la caja que ka 
i traído Dionisio al comienzo del acto.) ¿No te has fijado en esto? Son cosas tu- 
, \ yas, que he mandado traer de tu casa. Que Dominica te ayude y las vas colo- 
cando en tu cuarto. 
. DoM.— f'Co/i alegría, acercándose a la caja.) Sí, sí. 
■B PR'M.— No, no merece la pena. 

IB Petra.— Como quieras. Mi deseo es que te instales a tu g^sto... (A Domi- 
I^Bfl.j Y usted lo mismo, como si estuviera en su casa. 
I^p DoM.— Eso no, señora. 
■^ Petra. -¿Por qué? 

DoM.— Porque en mi casa se está muy mal. 
Petrk.— (Riendo.) ¿Ha dormido usteíf bien esta noche? 
Doyi.— (Con alegría.) No, no he dormido. Estaba tan blandita la cama^ que 
he pasado la noche diciendo: «¡Qué bien se duerme aquíl...» y no he podido 
pe^r los ojos. 

Petra.— f7?í'e.j ¿Y tú, Primerose? 
Prim.— Yo he dormido muy bien. 

Petrk.— (Levantándose para marcharse.) Voy a despachar mi correo. Si 
necesitas algo, llama. 

Prim.— Gracias. Ya te he dicho que no tengo necesidad de nada. 
Petra,— {Saliendo.) ¡Son irritantes estas criaturas que no tienen necesidad 
de nada. » 

ESCENA rV 

Primerose y Domlntca. 

DoM.— ¿Por qué ha dicho usted que ha dormido bien? Yo la he sentido abrir 
la ventana a media noche y pasearse por la terraza. 

Prim.— Un instante... 

DoM.— Sí; más de una hora. 

Prim.— ¿De veras?... No me di cuenta. La noche estaba tan hermosa... las 
avenidas del jardín, el bosque, el estanque... 

DoM.— ¡Bah! ¿Y qué hay de particular en todo esto? Es usted muy rara, 
señorita. 

Prim.— ¡Dominical ¿Por qué me llama usted setlorita? Somos dos compañe- 
ras, dos amigas. 

DoM.— Sí; pero yo he vuelto a ser la hija de un labriego y usted una seño- 
rita rica a la que nada le falta. 

Prim.— No me lo diga usted que me da muchísima pena. ¡Desde que no pue- 
io ser pobre me faltan tantas cosas!... 

DoM.— Y a mí al coiurai ¡o; yo que fui siempre pobre, ahora no me falta 
nada. 

PwM.— ¡Qué felicidad! 

DoM.— Por un lado, 8(; por otro, no.» yo no ii» puedo « cp etunihi if • 



.estar como estamos; ni religiosas, ni no religiosas. Ni carne ni pescado... Su 
pendidas entre el cielo y la tierra, sin saber qué será de nosotras. 

Prjm.— Es una prueba que debemos sobrellevar, Dominica. 

DoM.— Sí... pero es que hay otra cosa que rae preocupa más todavía. 

Prim.— ¿Cuál? 

DoM.— La de siempre... ¡el cartero! 

pRm.— (Riendo.) ¡Sebastián! 

D»M.— Esta mañana he tenido carta. Está muy quejoso porque no le esct 
bo... Además, me dice que debemos casarnos.. ¡Pobrecillo, me quiere de v 
ras! Por mí sería capaz de todo... ¡hasta de darme un saco de cartas! * 

Pum.— (Riendo.) ¿De veras? 

DoM. — ¡Digo!... Además... su compañero me ha traído una cosa. * 

Prim.— ¿Qué? ; 

DoM.— Un retrato que se ha hecho para mí. Mire usted que bien está, } 
Ahora les han puesto gorra blanca con galones. Y, no crea; el nombramien i 
suyo es del Gobierno, señal de que no es tonto... ¡No sé qué hacer, herman ] 
jno sé qué hacer y me desespero, porque no sé qué hacer! , 

Prim.— La primera vez que me habló usted de esas relaciones, ya le dije | 
que me parecía y lo que yo hubiera hecho en su lugar; ahora no me atrevo 
aconsejarle nada... Siga usted los impulsos de su corazón. Por mi parte, só 
puedo decirle, que en cualquier estado, continuaré amándola como la amo 
que será siempre mi compañera, mi amiga. 

DoM. — (Abrazándola conmovida.) ¡Hermana! 

Prim. — ¡Eso! Usted ha dicho la palabra: su hermana. (Quedan abrazado^ 

DoM.— (Sollozando.) ¡Qué buena es usted!... ¡Qué buena! (Dominica, 
randOy besa las manos de Primerose. Entra una criada, Dominica corre /¿ .. 
el iardín.) 

Criada.— La señora Marquesa rae envía a decirle que está ahí el stn 
Lancrey. 

Prim.— Bien, ahora voy. (La triada sale. Primerose oa a ir tras ella, p 
se detiene.) ¡Ah! (Se lleoa las manos a los cabellos y reflexiona un instaní 
Después, rápidamente, oa a la caja que ha traído Dionisio, la abre y reouei 
en ella hasta sacar un '^echarpe» , con el cual, ante el espejo, se enouehe la c 
beza, de modo que queden ocultos los cabellos. En el momento en que oa 
salir entra Petra seguida de Pedro Lancrey.) 

ESCENA V 

, Primerose, Petra y Pedro 

Petra.— Como no ibas, venimos a buscarte. (Reparando en ei €flchú* < 
Primerose.) ¿Qué tienes? 

Prim.— Nada; un poco de neuralgia. 

Petra.— Pase usted, Pedro. 

Proa.— (Tendiéndole la mano.) ¿Cómo está usted, Pedro? 

Pedro.— Bien, gracias... ¿Qué tal el viaje? 

Prim.— Muy bueno... Tenía ganas de que volviéramos a vernos. 

Pedro.— ¿De veras? 

Prim.— Sí; para darle las gracias. Se lo habrán dicho a usted; pero quer 
repetirle yo misma, todo lo que le agradezco, sus gestiones por conserva 
nos nuestro Asilo. 

Pepro.— Mi buen deseo fué inútil. 

Prim.— Ya lo sé. 

Petra.— Menos mal, que gracias a usted nos libramos de las manifestad 
nes organizadas por Layrac. Ya lo han encarcelado de nuevo. Ese muchaci 
tiene un gran porvenir. 

Pedro.— (VI Primerose.) Yo hubiera querido volver a tiempo, el día de 
clausura para saludarla y manifestarle mis respetos. 

Prim.— ¡Fué un momento muy triste! Era ya de noche. El patio estaba Ileí 
de gente y se temía que hubiera gritos y desorden; pero nadie chistó. Salim» 
ea medio de un gran silencio y hasta los mismos enemigos se descubrteroil f- 



naestro paso. Va en la calle nos despedimos llorando... ¡Fué una noche nray 
triste! 

Criado.— El coche de la señora Marquesa está en la puerta. 
Petra.— M Pedro.) Vuelvo al momento e iremos a visitar los trabajos. 
(Sale.) 

ESCENA VI 
Prímorose y Pedro, después Pomínlco.^^ 

Pedro.— ¿Piensa usted pasar aquí mucho tiempo? 

Prim.— Sí. Mientras que mi padre está en París. 

Pedro.— ¿No irá usted a buscarle? 

Prim.— ¡No! 

Pedro.— ¿Tiene usted otros proyectos? 

Prim.— Quizás. 

Don.— (Entrando.) ¡Ah!... perdone. 

Prim.— ¿Qué hay, Dominica? 

DoM.— Nada. Venía a decirle que ya he terminado de llorar... Ustedes per- 
aonen. (Sale.) 

Prim. —Es mi compañera de convento. 

Pedro.— Ya lo sé. ¿Qué le pasa? 

Prim.— Está inquieta. Es una muchacha simple y de un gran corazón. Pero 
esta mañana ha recibido una carta de su antiguo novio aue insiste en casarse 
con ella. 

Pedro.— ¡Ahí 

Prim.— La pobre no sabe qué decisión tomar. 

Pedro.— Y la ha pedido a usted consejo. 

Prim.— Sí. 

Pedro.— Y usted ¿qué le ha respondido? ¿Puedo saberlo? 

Prim.— ¿Por qué no?... yo le he dichoque sería vergonzoso que aprovecná- 
ramos una libertad tan dolorosamente adquirida. No habiendo profesado, sólo 
un vínculo de conciencia nos liga a nuestra orden; pero este lazo debe ser su- 
ficiente para que sigamos considerándonos como religiosas. Y si el día de ma- 
ñana, como lo espero, nuestra comunidad se reorganiza, volveremos a ella. Si 
no logramos esta gracia y tenemos que vivir en el mundo, nuestro deber es 
apartarnos de la vida y observar una existencia humilde, austera, aislada, pero 
útil a nuestros semejantes. Esto es lo que le he dicho... lo que le dije algún 
tiempo. 

Pedro.— Cada vez la admiro a usted más. 

Prim.— Deje su admiración y hablemos de usted. ¿Cómo le va? No es por !a 
salud por lo que le pregunto. 

Pedro.— Un poco mejor. 

Prim.— Me alegro. ¡He pedido tanto por usted! 

Pedro.— Gracias. Pero créame que si el cielo la ha escuchado es porque us- 
ted le había abierto el camino. 

Prim.— ¿Qué quiere usted decir, Pedro? 

Pedro.— Que el día que nos encontramos en su casa, la mujer que me habló 
«ra muy diferente de aquella cuyo recuerdo había vivido conmigo, acompañán- 
dome en mi desgracia. Sus palabras tan sinceras, tan definitivas, me hicieron 
ver... me hicieron sentir toda la distancia que nos separaba; lo lejos que estaba 
usted de mí... muy alta... tan alta, que h£u>ía que renunciar a todo propósito. 

Prim.— Hizo usted bien. 

Pedro.— Entonces me decidí a seguir sus consejos. En un principio me pare- 
cieron una insensatez y me rebelé contra ellos. Luego... 

Prim.— Vino la reacción y con ella el amor a la vida. 

Pedro.— Quizás... Poco a poco, refrenando mi salvajismo y haciendo con- 
cesiones, he vuelto a reanudar mis amistades. He ido a París. He pasado unos 
días con Magdalena Champvernier, con los Jeauvry, con la señora de Lussi. 

Prim.— Qué mujer más simpática. 

Pedro.— La hija es muy agradable. ^ 

Pum.— fCoA reserva.) Sí... ¿y hace mucho que volvió de París? 



Pedro.— Vinimos todos para la apertura déla caza. 

PrIm. -¿Dónde ha ido usted este afio? 

Pbdro.— A su finca, a Plelau, con su hermano Roberto. 

Frim.— ¿Hay muchas perdices? 

Pedro,— Muchas; sobre todo en el ('haparral. 

Prím.— Si el viento es favorable, es el mejor sitio. j 

Pedro.— Anteayar han hecho otro ojeo sooerbi >. Yo no fui, pero me lo dije- ■ 
ron anoche comiendo. 

Prim.— ¿Dónde coni!<') usted? 

Pedro.— En Rocheblave. Una reunión agradabflíaima y unas toilettes admi-| 
rabies. 

Prim.— Es la saison. íf 

Pedro.— Las señoras han organizado un rahye para el lunes. Casi todas soii| 
grandes amazonas; sobre todo Magdalena Champvernier. f 

Prim.— Sí... ya me figuraba que el tiempo le consolaría a usted. 

Pedro.— Siempre se dice que el tiempo es el que le consuela a uno; yo creo 
más bien que es uno mismo el que acaba por amoldarse. ¡Valemos tan poco' 

Prim.— ¿Vuelve usted a las ideas sombrías? 

Pedro.— Es que consolarse es muy desaí^radable. Lo he creído así siempre; 
y, ahora que vuelvo a verla, me afirmo más en mi idea. 

Prim.— ¡No, no!... Déjeme usted gozar de la satisfacción que experimenín 
al encontrarle a usted feliz, alegre, animado... No esperaba yo tanto. Y, si = 
de decirle la verdad, siento un poquitín de inquietud. Ya sabe, qué sincera 
qué profunda es mi amistad hacia usted, Pedro. 

Pedro.— Se lo agradezco de todo corazón. 

Criado.— M Pedro.) La señora Marquesa agi;arda al señor en el coche 

Pedro. — Voy al momento. 

Pu'M.— (Tendiendo la mano.) Hasta la vista, Pedro. 

Pedro.— Hasta luego oorque hemos de volver 

ESCENA VII 

Primerose y Dominica 

DoM.— (Entra trayendo un cesto de rosas, que pone sobre una mesa.) ¿Qv 
es ese caballero? 

Pri.m.— Un antiguo amigo. 

Dom.— Tiene un aire muy simpático. 

Prim.— Y lo es. (Se quita el «^ftchib^ y lo echa sobre una butaca.) « 

T)o}\.— (Reparando en la caja que Primeíose ha dejado abierta.) Al fin l£| 
dbrió usted... ¿No decía que no la iba a abrir? •' 

Prim. — He necesitado una cosa. 

Dom.— ¿Me permite usted que revuelva un poco? 

Prim.— Si eso le distrae... 

Dom.— ¿A usted no? 

Prim.— No. 

Do><\.— (Sacando un extremo dei traje que Ptimerose llevaba en el prim 
icto.) ¡Oh, qué bonito!... Mire, mire. ¡Es fino como el paño de un altar!... ¿Qu' 
;,s esto, hermana? 

Prim.— Un traje de baile... El último que me puse. ¡Ya no me volveré a v 
íir así! 

Dom.— ¡Qué lástima! (Sigue revolviendo.) ¿Y este encaje? iQué cosa n 
(inda! 

Prim.— Sí. Le compré en Florencia, yendo con mi tío... Me acuerdo perí 
tamente. Fué en una tiendecilla, a la entrada del F^uente Viejo... (Después ■- 
examinarlo lo deja sobre la mesa.) 

Dom.— ¡Un abanico! (Se abanica desgarbadamente.) ¿Y esto negro? 

Prim. — Es mi amazona. 

DoM. — No me gusta. 

Prim.— Para mí es el traje más simpático, al que le tengo más cariño... Nad 
tan agradable como montar a caballo y sentir en la mano la impaciencia y € 



,0 de uü animal de pura sangre... Cuá.atas mañanas me lanzaba a galope por 

Ijedio de los campos cubiertos de escarcha, y del bosque sintiendo el azote 
¡as ramas en la cara... ¡Algunas veces me despeinaron! (Respondiendo a un 
vmiento de vanidad, al recuerdo de la escena anterior, en la que Pedro ha 
oiado la intrepidez de madama Champvernier.) ¡Yo también sé montar a 

Doyl—f Sorprendida del fono empleado por Primerose.) ¡Quién lo duda, her- 
ma! (Signe sacando objeíos.) ¡Qué de cosas bonitas!... Un espejo... ¿Es de 
!ta? 

Prim.— Sí, es un recuerdo de mi padre. 
DoM.— Una caja de pinturas. 

Prim.- lisa quiero guardarla aparte. (Se levanta, coge la caja y va a poner- 
en la mesa donde Dominica ha dejado las ¡lores.) ¡Qué flores t^n hermosasJ 
DoM.— Las he cortado para usted. 

Prim.— Gracias, Dominica... ¡Qué frescas!... ¡Qué hermosas! 
DoM.— ¿Saco también los libros? 

Prim.— Sí... Déme usted aquel florero. (Dominica le da un florero que hay 
sobre la mesa, en el cual Primerose comienza a colocar las flores.) ¡Qué olor 

tan delicioso! - , r- • j x 

DoM— ^S'ízcfl unos libros de ía caja y examina.) Este tiene dentro un cu- 

chillito... 

?Rm.—(Que no cesa de aspirar las flores, sintiéndose poco a poco desva- 
necer.) Es el último que leí. Debí cmedar en esa página. 

Doyí.— (Leyendo.) «Romeo y Julieta». Yo ne oído hablar de ellos. ¿Qué es 
lo que hicieron para tener tanto nombre como los santos? 

Prim.— fCo/z esfuerzo.) Amarse. 

DoM.— ¡Aaah!... ¿Quiere usteü que me lleve el cesto? 

Prim.— Sí... llévelo a mi cuarto. (Dominica arrastra la caja hasta la aleo- 
Da de Primerose. Esta esconde la cara entre las flores aspirando el aroma. 
Desvanecida va a caer y se agarra a la mesa.) ¡Ah! 

DcM.— ("Qwe vuelve.) ¿Qué tiene usted?... ¿Qué le pasa? 

FauA,— (Volviendo en si.) Nada, nada. 

ESCENA VIII 
Dichas, el Cardenal y Petra. 

Petra.— Aquí la tiene usted. 

Card.— (^Vtí hacia ella para abrazarla pero ai reparar en su estado le pre 
guata con exírañeza:) ¡Cómo!... ¿Qué tienes, Primerose? 

Prim.— Nada... 

DoM.— Que se ha mareado con las flores. 

Prim.— Sí... tienen un olor tan fuerte que me han desvanecido. 

DoM.— Las flores del Convento no olían a nada. 

Card.— ¡Evidentemente!... ¿Pasó ya? 

Prim.— Sí, sí; gracias. 

Ck^a.— (Abrazándola.) Tenía mucho deseo de volver a verte... Déjame que 
te mire. (La observa atentamente.) ¿Qué tal, Primerose? 

Prim.— Bien, tío. (Saludándole.) Eminencia. 

Card.— ¡Hola! (Volviéndose nuevamente a Primerose.) ¿Estás contenta? (A 
Petra) ¿Le ha gustado Suiza? 

Prim.— Sí, tío. 

CAm.—(A Dominica.) ¿Y a usted?... Le habrá maravillado, ¿verdad? 

DoM.— ¡Claro!... ¡Cuánto habrán trabajado para hacer esas poblaciones cor 
sus montañas, sus lagos, sus hoteles... ¡Y qué vacas tan hermosas, Eminencia' 

Card.— Estas son las verdaderas impresiones de viaje... (A Primerose, acá- 
■iciándola y con intimidad.) ¿No tienes nada que decirme? 

Petra.— ¡No!... No la engatuse que no la dejo salir de aquí. 

D-:\\.~(En voz alta, saludando.) Creo que lo más discreto es marcharm* 
sin decir nada. Eminencia... Señora... 

Qk9.v>. —(Riendo.) Había luego, Dominica 



1 



I 



ESCENA K 
BI Cardenal, Prfmerose y Petra. 

1hsntA,—(At Cardenal.) ¿Se queda usted a comer con nosotros? 

Prim.— Sí, sí, tío. 

Card.— A condición de marcharme inmediatamente después. 

Petra.— ¿Por qué? 

Card.— Porque no quiero interrumpir mi vida de benedictino. Hace uno? 
meses que me levanto a las cinco de la mañana y trabajo en la redacción de ur 
libro que quiero terminar antes de mi regreso a Roma... ¡Vamos! ¿Qué dices 
Primerose. 

Prim.— ¿Yo? 

Card,— Sí. Me has escrito unas cartas muy afectuosas, y que te agradezcc 
muchísimo, pero que no dejaban traslucir el fondo de tus pensamientos. 

Prim.— ¿Qué quiere usted saber? 

Card.— (Tomándole las manos afectuosamente.) Nada. No quiero atormen 
tarte ahora... Ya hallaremos ocasión de hablar. 

Petra.— (04/ Cardenal por Primerose.) Me ha prometido no aburrirse a m 
lado y poner buena cara a los amigos que nos visiten. 

Card.— No hay más remedio. 

Petra.— Hasta ahora ha mantenido su palabra. Pedro me ha dicho que has 
estado muy afectuosa con él. 

Prim.— He tenido una verdadera alegría al verlo. 

Petra.— ¿Por qué no le has invitado a comer? 

Prim.— No se me ocurrió. 

Petra.— Estoy segura de que hubiera aceptado, porque ahora va a todas 
partes. 

Prim.— Sí, me lo ha dicho. Me ha contado su cambio de vida. 

Petra.— ¡Ah!... 

Criado.— Señorita. La mujer de Qravín está ahí con la niña y quería salu 
dar a la señorita. 

Prim.— ¡Ah, sí! Es una chiquilla que curamos en Santa Clara. ¿Dónde estáí 

Criado.— En la antecámara, señorita. 

Prim,— Voy a verla... ¿Me lo permiten? 

Card, — Ya lo creo. 

Prjm.— Hasta ahora. (Sale.) 

ESCENA X 
El Cardenal y Petra. 

Pjm\.— (Nerviosa.) ¿Ha visto usted, qué calma, qué indiferencia? No puedí 
usted figurarse mi ansiedad; con qué ilusión aguardaba el momento en que sí 
volvieran a ver. ¡Pero está helada, hay que perder las esperanzas, 

Card.— ¿Por qué? Tenga usted paciencia. Si la felicidad de Primerose está 
en la vida religiosa, dejémosla continuar por la senda que su vocación le ha tra* 
? u?" j ' P®'' ^' contrario, ha de hallarla en el mundo y en el matrimonio, no' 
habiendo pronunciado sus votos, la Iglesia la deja en libertad. En todos los e^ 
tados puede servirse a Dios, y lo único que debemos procurar, ya que nos prt 
ocupamos de su porvenir, es ver claro. 

Petra.— ¿Más claro? ¿No acaba usted de oir el recibimiento que ha hecho a 
Pedro?... Yo, en su lugar, o me hubiera echado en sus brazos o le hubiera ara- 
ñado...; hubiera hecho algo, pero algo interesante. 

Ch'RD.~(Mientras habla Petra observa la escena.) ¿Qné son todas estas cosa? ' 

Petra.— Las que tenía en su cuarto, que las he hecho traer, 

Card.— ¡Ah! (Cogiendo un libro.) «Romeo y Julieta». 

Petra.~No puedo soportar estos caracteres; ni una pregunta, ni una ctirí' 
sidad, ni una emoción. Verdad que, después de todo, la pobre criatura no tier 
la culpa. La mujer que sale de un convento, ya no es mujer. 

CMíVi.—(Que continúa en investigación, recogiendo algunas cosas que ha 
en el suelo.) Se ha desvanecido aspirando el aroma de las flores... (Reparando 
en su abanico.) Su abanico... 



VTSTRK.—fherviosa.) Usted perdone, Eminencia; pero le suplico que no cu 
!»see más ni dé más vueltas, que me está usted poniendo más nerviosa de lo 
le estaba. 

Card.— No curioseo como usted dice. Reflexiono... Hace un momento que 
toy observando estos objetos, testigos de ¡a vida pasada de Primerose, y de 
i5 que ella había huido, no queriendo volver a su casa. Es extraño. Parece 
mo si, a pesar suyo, el pasado quisiera resurgir a su alrededor... Tal vez sus 
ntimientos de aquel tiempo tampoco estén muy distantes. 

Petra.— Acaso tenga usted razón y haya logrado descifrar el estado de ání- 
) de su sobrina... Pero, ¿y Pedro? 

Card.— Pedro... nos hemos visto muchas veces desde aqu[ella época. 

Petra.— ¿Y qué le ha dicho a usted? 

Card.— Si nos conformáramos con saber nada más que lo que nos dicen... 

Petra.— Entonces, ¿es que está usted seguro? No hay que hacer más averi- 
jaciones; se aman; no han dejado de amarse un instante...; nuestro deber et 
isarlos inmediatamente. (Va hacia el fondo.) 

ChRD.— (Deteniéndola, extrañado.) ¡Pero dónde va ustedl 

PfTRA.— ¡No debemos perder tiempo! 

Card.— Todo esto son suposiciones; pero no estamos seguros de nada. Es 
ícesario obtener una prueba de convicción. 

Petra.— ¿De nuestra convicción? 

Card.— Naturalmente. 

Petra.— No tenga usted cuidado; es muy fácil. 

Card.— Se engaña usted... Creo, por el contrario, que nos será muy difi- 
1... Es una cosa extraña, pero que se repite continuamente. La mujer que ha 
vido la vida religiosa, pasa sin transición de la humildad al orgullo... Prime- 
«e se defenderá cuanto pueda de nosotros y de ella misma y no hablará si no 
5 ve en la necesidad forzada de hacerlo. 

Petra.— La obligaremos. 

Card.— ¿Por qué medio? 

Petra.— Haciéndole ver que Pedro no ha dejado de amarla... Mejor aún; 
le está enamorado de otra. Con lo cual, no se miente. ¡Si ella supieral 

CARD.-¿Qué? 

Petra.— Ciertas intimidades con la viudita de Champvernier... Comidas, bai- 

, paseos a caballo; siempre los dos juntos. (Confidencial.) Además, me ha 
iqio que Pedro ha pasado ocho dias con ella en ei campo. 

Card.— ¿Pero cuándo le han contado a usted todo esto? 

Petra.— Esta mañana en misa. 

CkRD.— (Dando un bote en su asiento.) ¡Es escandaloso! ¡tener esas conver- 
iciones en la iglesia y en misa!... ¿Y quién se lo ha dicho a usted? 

Petra.— Todas nuestras amigas, que están locas de contentas. No se habla 
1^ que de eso en todas partes. 

Card.— ¿Y esas habladurías tienen algún fundamento? 

Petra.— Cuando el río suena... De todos modos, podemos aprovecharlos. 

Card.— No. Sería una ligereza. 

Petra.— ¿Por qué?... Fíjese usted bien. Hace menos daño contar una men- 
a que una verdad... Es necesario que Primerose sepa lo que se dice..., ador- 
Sndolo con algunos detalles..., con algún episodio picaresco... En flii, yo me 
iltrego en sus manos. Usted verá que es lo que ha de decirle. 

CKHQ.—(LeDantándose de un salto.) ¡Yo! jDe ninguna maneral 

Petra.— ¿No? 

Card.— ¡Jamás! 

Petra.— Pero, ¿por qué? 

Card.— ¿Por qué?... ¡Porque todo eso es mentira! 

Petra.— ¡Precisamente! 

Card.— ¡Pues hágalo usted que está acostumbrada! Conmigo no cuente as- 
id para eso. 

Petra.— Ni conmigo. 

Card.— Entonces, renunciemos. 

Peiba.— iRenunciemosI 



ESCENA XI 

tfletot y MflMrMt. Prlnerose entra por la Izquierda. Viene acrvtost y pálida. Ha Toclto 
ocultarse los cabellos coa el «echarpe». 

PwM.— La Baronesa está en el salón hace ya un rato y ha prMjuntado por i 

Petra.— Ahora voy... ¿Vienes tú? 

pRiM.— No. Ya la he visto... y tengo bastante. 

Card. —fCort tono indeciso ) Estás nerviosa. 

Prim.— ¡Se eauivoca usted! ¿Por qué había de estar nerviosa? No sé qt 
motivo puede haber para que esté nerviosa. 

Caro.— ¿Has hablado con esa señora? 

Prim.— Sí. 

Petra.— ¿De qué? 

Prim.— De cosas indiferentes. 

CfMD.— (Mirándola con atención J ¡Ah! CA Petra con resolación.) Vamosi 
ver a la Baronesa. (Salen Petra y el Cardenal, Primorose, febril, oa y viei\ 
por la alcoba. A poco entra Pedro.) 

ESCENA Xn 
Primorose y Pedro. 

Pedro.--¿No está la Marquesa? 

Prim.— (VW//¿/ secamente.) No. 

Pedro.— Venía a despedirme de ella. Hasta la vista Primorose, 

Y*^m.— (Volviéndole la espalda.) Hasta la vista. 

PmRO.— (Deteniéndose extrañado.) ¿Qué tiene usted? 

Prim.— iNada! 

Pedro.— ¿Nada? 

Prim.— ^^Má5 seca y afirmattoamente.) ¡Nadal 

pEDRo.-¿Por qué me contesta usted en ese tono?... ¿Quiere usted decírmelt 

Prim.— ¿Para qué? 

Pkdro.— Para saberlo... Le suplico que me lo diga. Estoy acostumbrado 
su franqueza, a su terrible franqueza. ¿Qué cambio ha habido entre nosotro: 
Hace un momento me prometía usted su amistad. 

Prim.— Yo no puedo continuar siendo su amiga. 

Pedro.— ¿Por qué?... Respóndame usted; ¿Por qué? 

Prim.— Porque usted, a quien yo colocaba tan alto, es un hombre como I( 
demás; semejante a los que tanto he despreciado, que viven en la farsa y en 
engaño, envilecidos por los placeres y los amores fáciles. Un hombre de esta e 
pecie no puede ser mi amigo. No acepto su estimación... guárdela para su amia 

Pedro.— ¿Qué dice usted? o r í, 

Prim.— Que no he de disputársela a la señora Champvernier 

Pedro.— iPero quién ha podido decirla a usted...! 

Pkim.— ¡El quién, poco importal 

Pedro.— ¡Es que es fa'so! 

Prim.— No lo creo. Le conozco a usted ya. 

Pedro.— ¿Usted me conoce?... Yo temo haber comenzado a comprcnderlí 

Prim.— ¿A mí? 

Pedro.— A usted. Escuchándola llego a sospechar sí no estará usted írrit; 
da porque siguiendo sus consejos he pretendido despojarme de la tristeza y ¿ 
los sufrimientos que amargaban mi vida. Y me pregunto si el claustro no habr 
secado su corazón; sustituyendo su bondad y su espontánea generosidad c 
otros tiempos por una piedad profesional ejercitada a toque de campana. 

Prim.— jEs abominable lo que está usted diciendo! ¡No tiene usted derech 
a hablar así! 

Pedro.— ¡Ni usted para dar crédito a la maledicencia! 
Prim.— Yo no creo más que en una cosa. 
Pedro.— ¿En cuál? 

Pkim,— ¡En mi tristezal (Pompe a llorar amargamente apartándose de Pedro 

PEíJHO.-Pnmerose... Primerose, se lo ruego... No llore... no llore. Viéi 

«Ola llorar acabaré por creer que he sido culptóle... (Acercándose a ella.)qü 



a he ofendido y que hace usted bien en retirarme su amistad... jSa aníbtlll 
ofi ;;iue es mi único afecto; porque es lo único que me queda de su amor! 
Prim.— Yo también liubiera querido conservarla. 

Pedro.— ¿Y por qué no lo hemos de hacer?... Usted me prometió ser mi con» 
lidente, ¿no es verdad? 

PRIM.-Sí. 

Pedro.— Pues voy a confiarme a usted. Voy a decirle lo que hasta ahora no 
Había revelado a ninguno y que le explicará el motivo de lo que se murmura, 
lifectivamente, desde hace algún tiempo mis relaciones con Magdalena de 
Champvernier se han estrechado hasta llegar a la intimidad... a una intimidad 
natural y lógica entre la mujer y el hombre que proyectan un matrimonio. 
Prim.— ¡Ah! 

Pedro.— En apariencia Magdalena es una mu|er frivola; pero es buena, ca« 
dñosa, y aunque a usted la sorprenda, desgraciada. Este es probablemente d 
origen de nuestras simpatías y de donde ha nacido el propósito de reunir dos 
existencias bastante desengañadas de la vida. ¿Vé usted que falsas eran sus 
noticias?... Recuerde usted con qué insistencia me recomendó que huyera da 
mi aislamiento; que volviera a la vida y que me casara... había que comenzar 
por encontrar una mujer. 

F^M.— Sí; pero no la que usted ha elegido. 
"Pedro.— ¿Por qué? 

Prim.— No es q[ue piense mal de ella; basta con que usted la ame. Pero jo 
le conozco a usted y dudo que sea feliz a su lado. 

It'EDRo.— (Exasperándose.) ¿Y qué quiere usted que haga?... Ya verem<», 
V si soy desgraciado, bastante costumbre tengo de serlo... Además, no será 
mía la culpa, ni de ella; será de usted. 

Prim.— ¡Pedrol , * „ ,j ^ 

Pedro.— De nadie más que de usted, que no quiso concederme la fellclaad. 
El día que nos volvimos a encontrar en su casa y que la vi por primera vez con 
el hábito de religiosa, aqijel día acabé de convencerme de que la felicidad no 
volvía a existir para mí. Su corazón no guardaba ni un rastro del pasado, ni 
una sombra de melancolía... ¡Nada! ¡Nada! La encontré a usted alegre, sonrien- 
te, feliz... lejos de mí... sin mí... separada para siempre de mí... Su alegría y 
ral dolor se miraron como dos extraños. 

Prim.— ¿Qué podía hacer yo?... ¿Qué esperaba usted de mí? ^ . , - 
Pedro.— ¿Qué esperaba de usted'... Un sentimiento de compasión y de pie- 
dad... de esa piedad que usted prodigaba al último recién llegado, y que a mí 
me negó... No solamente se esforzó usted en arrancarme toda esperanza para 
el porvenir, sino que quiso desvanecer el pasado, borrando los deliciosos re- 
cuerdos que guardaba de usted y destruyendo hasta su propia imagen. 
Prim.— CCbn;7ro/í?s/a.,^ ¡No es verdad! 

Pedro.— Hay detalles que pudo usted ahorrarse... que no debió decirme o 
ai menos por caridad engañarme. ¿Recuerda usted que le pregunté por sus ca- 
bellos?... ¿No pudo usted mentirme?... ¿No pudo usted hacer esa limosna?... 
No: para cometer un pasado de esa naturaleza era necesario un fondo de bon- 
dad y de ternura; y eso era pedir demasiado. 

Pam.— (Arrancándose el «echarpe».) ¡Vea usted si mentí o no! 
Peoro.— (Estupefacto.) ¡Mari Rosa!... ¿Por qué hicistes esto? 
Prm.— (Febril.) ¡No lo sé!... ¡Quería arrojarte de mi!... Alejar tu recuerdo, 
ue vivía continuamente en mi memoria!... 
Pedro.— ¿Tenías miedo? 

Prim.— ¡Sí!... No lo sé... es posible... Pero, déjeme usted, Pedro. ^ 
Pedro.— fComo en éxtasis.) Ahora sí que eres tú, Mari Rosa; ¡eres tú! He 
vuelto a hallarte tal como tú eras cuando yo te amaba. 

pRm.— (Mirando a un lado y a otro buscando un reclinatorio y un cruafijo.t 
:>Ho le escucho! ¡No puedo escucharle! 

Pedro.— Perdón, Mari Rosa. He sido injusto; pero si aún conservas un 
resto de ternura hacia mí, dámelo. Aún podemos recobrar nuestra dicha... 

Prim.— Pedro, se lo suplico, se lo ruego. Ahora soy yo la que sufre; iten 
piedad de mí y no me atormentes más! 



Pedro.— No puedo obedecerte. No puedo renunciar a mi felicidad en e» 
momentos en que tu corazón se revuelve y lucha contra ti misma, y siento 
tus tuerzas se agotan porque ya no tienes el poder que te defendía. 

PHm.~(Cru¿ando sus brazos sobre el pecho, con un gesto de angustia. 
<í/7ccíü«.; ¡El santo hábito! s »** 

PEDRo.-Ahora tu pecho está prendido de flores. (Ella se las arrancí 
ara al suelo.) ¡Mari Rosa!... ¡Mi Mari Rosa!... (Da algunos pasos hacia ei¿ 

r}im.— (Retrocediendo con miedo.) ¡Pedrol 

,M '^^n^^T'í,^ amas!... ¡Estoy seguro de que me amas! (Quiere abrazar^ 
iMan Rosal ¡Man Rosa! 

9miA.— (Desfalleciendo.) ¡Pedro! ¡Pedro!... ¡Déjame!... ¡Vete! ¡Vetel 
Cardenal entra por la derecha. Primerose corre hacia él y se echa en sus b 
en" exclamando:) ¡Defiéndeme! 

ESCENA XIII 
Dichos y el Cardenal: después, Petra. 

Card.— ¿De quién? 

pR¡M.— ¡De mí misma! 

CARD.-¿De tí?. . ¿Por qué? ¿Porque no puedes ocultar tu amor? Tienei 
bertad para amarle; la misma Iglesia te lo concede. 

Pr!m.— Pero no mi conciencia. 

CARD.-Has prometido obedecer a Dios. Vé y agradécele que de una mal 
ra tan clara, se haya dignado manifestarte su voluntad. ^^ 

PiííM.— ¿Su voluntad? 

Card.— ti ha hecho brotar en vuestro corazón un amor recíproco, que 
ennoblecido sometiéndole a una doble prueba. Os ha conservado el uno pare 
otro; y para que estuvieras más protegida ha querido guardarte en su proa 
casa. El mismo ha preparado vuestra dicha. ' 

Pnm.— (Obstinada.) ¡Es una cobardía! ¿Qué pensarán de mí? 
J..\Ro.— (Con severidad.) ¡No es tu fe la que habla: es tu orgullo! Tu co^ 
pañera Dominica acaba de confiarse a mí; su corazón ingenuo y sincero eííi 
más cerca de! Señor que e! tuyo. (Una pausa; Primerose permanece en silenii 
con la ceocza baja.) Te ne dicho cuanto te tenía que decir. Si no he lo»ra> 
convencerte... no volveremos a hablar más. Adiós, Pedro. 

FF,DRo.--rCo/?í/o/o/-.; ¡Adiós, Primerose (Va rápidamente hacia el fond) 

Ppw.~(yhiendose y llamándale.) ¡Pedro! (Pedro va a lanzarse hacia el. 
cii.ardenai ¡c dettene con un gesto. Primerose cae en sus brazos y oculta i 
cabera sobre el hombro del Cardenal.) 

««.í^l"'?'^^^^^^.^^"^'^^' ^° ^^ avergüences. Es el amor que triunfa en ti r 
por lo tanto, aquel que te lo concede... Para tranquilizar tu conciencia, te lieb- 
re a Koma Pedro nos acompañará. (Con gesto paternal coge el brazo de }■ 
dro, encontrándose entre éste y Primerose.) En un jardín del Monte Arentir. 
Daio una hermosa higuera, veréis un bajo relieve del primer siglo, en el que i 
vieio patriarca bendice a dos jóvenes cristianos. No sé por qué, pero des : 
¡nífan.ü"'' momentos me parece que he adquirido una gran semejanza con aqu 
anciano patriarca. ¿No te parece? 

Pmm.~( Bajando los ojos.) Sí. 

P^rM\.— (Entrando y apercibiendo el grupo.) ¿Qué es esto? 

Fkim.— Míidrma... = r- .^ v,-i, 

Pktra.— ¡Al fin! 

O^nzi.— (Interrumpiéndola.) ¿Dónde está un capellán? 

Fhtra.— Aquí al lado. 

Card.— ¿Es muy severo? 

PtíTRA.— Es la bondad misma. 

Card.— Voy o buscarle. 

PliDRA.— ¿Por qué? 

rom^firn^T^"'''^".? después de estas intrigas mundanas, en las que usted njel 
ffi.; "*^ hay más remedio: ¡Voy a confesarme! (Va hacia el fondi 

FIN M LA OBRA 




iSU SALUD PELIORAf 

ítekriblem mt mRmmims le AmEmmAmt 

No saptrc U<L a qiM Im Avtorklcdes le indiqum fM «I m^^m mM Mirtaa^ 

uds, pues hasta catMC«s habrá bebid* alfuna raartáad; Mlfa mt 

costumbre filtrar aiemirrc el airua, aun^Mc n* vcMf a TTirlrtmiiiiita 

>«rbi«. Para cli* aada nej«r i|uc el Deyuradar HM>i<MÍaa y Bá^ÉI» 

" A R 3 O" «iM aquivale a tañer un nanantM aa aM«. 

De wenta: Fábrica «^ARSO'* 

CARDENAL CISNEROS, 28. - MADBIB 

BUjIaS FILTHAMTES PARA TODA CLA3E DE FILTRO» 



lllini de la ViDdi di G. líiei 

Arredit««a capaeiaimaa** *m «I il««p«eh« d« raeetaa 



PLAZA DE ISABEL II, I 



MADBI» 



»»«»»«>»»»»«»»»»«««»««»»«»«»»« M »»,a,« „ >,,,, „ „,^„^, 



lio M P A Ñ Y FO TÓGRAFO Fuentarral, 29.— Madrid. 

AA^A^^.t-f-M--h-M--t-f'»-f»Ttt»tttt §<>> »» »♦♦♦♦»»♦»»»»»»»»» 

Jtatros publicados por LA NOVELA TEATiSAL 



TRATA DE BLANCAS.— Felipe Trigo. 20 

A SOBRINA DEL CURA.-C. Arniches 21 

bL MÍSTICO.— Santiago Rusinol. 
LOS SEMIDIOSES.— Federico Oliver. 22 

I. AS CACATÚAS.— Casero y G. Aivarez. 
i LOBO.— Joaquín Diccnta. 
HARITO, LA SAMARITANA. — Torres 23 

del Álamo y Asenjo. 24 

I. VERDUGO Dtí SEVILLA. - García 25 

Álvarez y Muñoz Seca. 26 

ODOS SOMOS UNOS.-I. Benavenfe, 
Í3L REV GALAOR.-F. Villaespesa. 27 

LA CASA DE QUIRÓS -C. Arniches. 
ÚCAR XXI.— Muñoz Seca, García Alva- 28 
rez y Pérez Fernández. 

L RÍO Dd ORO.— Paso y Abati. 29 

OBREVIVIRSE.-loaquín Dicenla. 
ALMA DE DIOS.-Arniches y O. Álvarez 30 

EL CARDENAL.-L. Rivas y Rcparaz. 31 

EL POBRE VALBUENA.- Arniches y 

García Álvarez. 32 

EL HOMBRE QUE ASESINÓ.-Traüuc- 33 

ción de Antonio Palomero. ^ 34 

-AS ESTRELLAS.-Carlos Arniches. 



DOLORETES.-Carlos Arniches. 

LA SEÑORITA DE TREVELEZ. — Cal- 
los Arniches. 

SERAFINA LA RUBIALES O ¡UNA NO- 
CHE EN EL JUZGAOI-Torres del Ála- 
mo V Asenjo. V 

ABEN-HUMEY A. -Francisco Villaespesa 

EL SEÑOR FEUDAL.-Joaquín Dicenta. 

LA ETERNA ViCTIMA.-Felipe Trigo. 

JIMMY 5 AM50N.— Traducción de José Ig- 
nacio de Alberli. 

LÓPEZ DE CORIA -Muñoz Seca y Pé- 
rez Fernández. 

LA GIOCONDA. -G. d'Annunzío. Traduc- 
ción de Francisco Villaespesa, 

PRIMAVERA EN OTOÑO.-G. Martínez 
Sierra. 

EL CRIMEN DE AYER.-Joaquín Dicenta. 

EL MISTERIO i>EL CUARTO AMARI- 
LLO —Traducción de Gil Parrado. 

FRANCFORr.-Viial Aza. 

LA REBOTICA.-Vitai Aza. 

LA FRESCURA DE LAFUENTE.-Gar- 
cía Aivarez y Muñoz Seca. 



PAPEL DE LA PAPELERA ESPAÑOLA 




en que desposita usted sus ahorros sin darse de 
eiio cuenta, de una manera continua, matemátíea, 
gradual y cómoda, es cada una de las lámparas 



o S R A 



que tenga usted alumbrando en su casa. Ade 
más de producirle un ahorro efectivo, poseerá 

UNA HUCHA irrompible. 

UNA HUCHA inviolable. 

:UNA HUCHA que ahorra su dinera 

Íluce permanentemente con luz 
lanca y brillante. 




CONCESIONARIO: 

LEÓN ORNSTEIN 



UARiANA PINEOiW^ 

MADRID 



t«a»rMta y TklMTM 4* LA NOTSia OeXTA. ammm PklMMtM. 1.— ICaitaML. 



LA NOVELA 

TEATRAL 




AíSo 11 Madrid 19 de Agosto de 1917 Núm. 



La Novela Teatral 

Cmm^Htmmsto de LA «lOVWLA OOWfA 

COLABORADORES 

DBAMAnCOS 

I.- Bmavoti*. - £JowoA«Ay. - Dicbüta. - Liiia«b Bnr*© - HLamtm ftK^ 
Q — iM O.-MAapoiKA.-VmABttWMU.-RnaillOL.- Cinn— < .-tti»^a**.-<fc^ 

EL saínete y la HUMOBJ^A 

wm, - PmO. - OiLBOA AlVABBZ. - AUATl. - RaMOS CAMWB.-VmkL Att^Mí^ 

• Bmaopo h la Vboa. - LoPBE SavA. - Aaraisio Mi». - Cadobaa. - C«r¿ 

lOVENES AUTORES 

f^i^aa MH. Álamo ? Asbnk>.-I^mo« Mabtiii.-Pbsib PaHUüBMik 

AaT«nO DoiQ]iaBBZ.-PAJBADA»TÍMraMU 

CLASICOS 

m^í^nm.-4jw M V»OA.-Mo«BTo.4.o« db RnaDA.-meo vb Mou»a.-P. Mf^^ 
4¿^jfflmM«.4UCH«.<:omBEXB.-MouBBB.-ScmLLBB.-5QmLO. -Sopoom.-í&sas i- 

BBB.-AuSTOrAM». 

eXTKANJEBOS 

.>^¡BaB»*. - Q»0«A. - R<nr«TTA . - B«ACOU . - R0«TiülD . - Bb«»tbw . - D«MmA«T . - w 

^^mm».^Hbtbu.-Latk>ai(.~A. H«MAjrr.-PAUL Vibm.-Dbscabb8.-Bwwi¿A»&- 

ia^iCBHlU-lllUBTAUI.-PlIWO. -SüD«MAini. -HAUrTMAJIU. - VlNML«A« . -RWAttaj» 
POKTV RlCI«.-B0J0B»<»--Il«l».-MiBT«LWaí 




D!» 



AVISO 

Por causas ajenas a nuestra voluntad, nos 
vemos obligados a publicar en un solo color 
la portada del presente número. 

La benevolencia del lector perdonará esta 
falta a la que no somos responsables. 



I 



Precio de números atrasados: 

Sencillo. 20 céntimos — Extraordinario 30 cénti 




El»! 
I a D D 




m 



Ciencias exactas 

saínete en un acto y en prosa 



OBIOIRAL DB 






DoAa BDDVtois. 

Rosa. 

Doña Basilisa. 

Patuo. 

Paca. 

PaPA. 



PERSONAJES 

Inés. 

ISABBL. 

Manuei A. 
Don SiLVBRio. 
Don Ceferiho. 
Manolito. 



RooRfauBz. 

RiPOLL. 

Palomino. 

Solases. 

GakcIa. 



La acción en Madrid.— Época actual.— Mes de Abril. 



ACTO ÚNICO 



rfor^iií^Tf^^'^-/ u"*"? " '°''° y "^P segundo término Izquierda (del ador). En pnmer Wrmino 
nn^!.*,V4 J*^?"' ^f^^^u' ^^^^ l^\\°^ ''^'■°5' ""*» '■^'"' "nfero, plumas y papel. Kl encerado, 
Seinfí>í.»ntí^i?^l'^í?^''^T"""''°"^**' ^5 '"'■'"" "« írípode. lendrá próxlmamenfc un metro 
vein.'c centímetros de ancho por u»i metro de alto. En la parte inferior tendrá una tablilla o pea- 
™,f«c "a°^ ^^^I centímeh-os de ángulo recto con el plano del encerado y sobre la que habrá 
S«^flilf■H^ ''^ ''?" y "" parió blanco para borrar. En las paredes alyún mapa y cuadros de 
pesas y medidas u ctros apropiados. «. r / 

.Ai leva litarse el telón aparece escrito en el encerado lo sigruleníe: 



2/z 2/7_ 2// 

y-A = FA X r^ 



2n r, 

)■: = V- A „ X'"":^ ~A„a^\ A~/" = A 

A--r/^,,X =a y ,,X =~A„A = a y 



<2 -^A„Ay =^-Ay = -l„y ^jz-l 



ESCENA PRIMERA 

Don Sllverio en el sillón. Hodrígncz, Palomino, Solares y García, en las sillas. Cada cuol tie 
su libro y cuaderno para apuntes. RIpoll, en el encerado. Rodríguez ocupará la primera silla 
lado del balcón. La segunda silla estará vacia. Los demás ocuparán los puestos en el orden q 
se Indica. Los sombreros estarán colgados en la percha del foro. 

SiLv.— Perfectamente. (Todas los alumnos, menos Rodríguez, toman apu 
tes con lápiz en los cuadernos.) 

RiPOLL.— (Siguiendo el cálculo, y con marcadísimo acento catalán.) Lúe 
ios valores de x están representados por x igual a a pequeña, raís de dos 
menos uno, igual a raís dos ene de A grande multiplicado por rais dos ene 
menos uno. (Se escribe en el encerado en esta forma:) 

2"- 2" 2« 



x^a]l-\ =^\l A X ]/-l 



SiLV.— íEso es! 

RipoLL.— Pero como x es igual a rais dos ene de menos A grande (Indica 
do el término ya escrito en el encerado.) tendremos que: rais dos ene de men 
A grande es igual a raís dos ene de A grande multiplicado por rais dos ene > 
menos uno, que es ¡o que nos proponíamos demostrar. (Se escribe de la ■ 
guíente manera:) 

2" 2"' 2«_ 

-1 



|/-. = |/'.xf 



(Muestras de aprobación en los alumnos. Rodríguez vuelve constantemei 
la cabeza para mirar por el balcón.) 

SiLV,— Muy bien, muy bien, señor Ripoll. Borre usted eso, y puede sentí 
se. Pero señor de Rodríguez... (Ripoll borra lo escrito y va a sentarse en 
última silla al lado de la puerta.) 

RoD.— Mándeme usted. (Se levanta.) 

SiLv.— Que va usted a pillar una tortícolis con tanto volver la cabeza. 

Roo.— No, señor; si es que me gusta el fresco de la calle. (Vuelve a Si- 
tarse.) 

SiLV.— Usted sí que es fresco. Lo que le gusta a usted es la vecina del pr • 
cipal de enfrente. 

Pal.— No, señor; las que le llaman a éste la atención son las modistillas 
entresuelo. 

SiLV.— Es verdad, que he visto que han abierto ahí enfrente un taller 
modistas. (Se leoanta del sillón y se acerca a los estudiantes.) 

RoD.— Sí, señor; hace ocho días. 

SiLv.— Esta mañana cuando me asomé, estaba ai balcón una chiquilla p • 
ciosa. 

RoD.— ("Morena? La Paca. 

SiLV.— Ño, era rubita. 

RoD.— La Patro. Es monísima. 

SiLv.— Tenía unos ricitos sobre la frente y unos ojillos ton zarat^at 
y tan... 

UNOS.— ¡Ole! 

Otkos.— ¡Miren don Silverio! 
* S::.v.-Y7'm/2s/ctó/i.^ Formalidad, formalidad, señores. Volvamos al álj^ 



bra, que es lo que nos iateresa. (Se dirige a la mesa.) (En cuanto me hablan 
(le mujeres me rejuvenezco... no lo puedo remediar.) (Se sienta.) Bueno. Sabe- 
!nos que el módulo de un cociente es igual al cociente de los módulos, ¿no 
tjs eso? 

RoD.— Sí, señor, eso debe ser. 

SiLv.— Y lo es. 

RoD.— (¡Por mí que lo sea!) 

SiLV.— Perfectamente.— Señor Palomino. 

Pal.— Servidor. (Levantándose.) 

SiLv.— Para que una expresión imaginaria sea cero, ¿qué es menester? 

Pal.— Pues... para que una expresión imaginaria sea cero... es menester... 
es menester... que la expresión imaginaria sea cero. (Todos se ríen.) 

RoD.— (¡Qué barbaridad!) 

SiLv.— ¡Muy bien! 

Pal.— ¿Lo ves? (A Rodríguez.) 

SiLV.— No hubiera contestado mejor Pero Grullo, si estudiara matemáticas. 

Kox>.—(A Palomino.) ¿Lo ves? 

SiLV.— Siéntese usted, señor Palomino.- Señor Solares. ^ 

SoL.— Presente. (Levantándose.) 

SiLv.— ¿Qué necesita la expresión imaginaría para ser cero? 

Sol.— Pues necesita... 

SiLv.— ¿Lo sabe usted? 

Sol.— Sí, señor. ¡Ya lo creo! ¿No lo he de saber?... Necesita... necesita 

SiLv.-¿Qué? 

Sol.— Lo tengo en la punta de la lengua. 

SiLv.— Pues escúpalo usted. 

Sol.— En este momento no me acuerdo; pero crea usted que lo tengo... 

SiLv.— En la punta de la lengua... Conozco la muletilla. Puede usted señ- 
arse.— Señor Ripoll... 

RiPOLL.— ¿Qué votsP (Levantándose.) 

SiLv.— Dfealo usted. 

Ripoll.— Pues para que una expresión imaqiiinaría sea scro, se nesesita que 
o sea su modulo. (Los estudiantes se ríen por lo bajo.) 
■Mi ,SiLv.— ¡Eso es! Es decir, no es eso. No se dice modulo, sino módulo, mó- 
^luio. Tenga usted cuidado con el acento. 

RiPOLL.— Perdone ustet, pero el asiento no lo puedo remediar... Como soy 

, SiLv.— No, si no hablo del acento catalán, que ese apenas si se le conoce a 
isted; me refiero al otro, al de la o. una cosa es modulo y oira cosa es módu- 
o; como no es lo mismo decir yo tengo un monomio, que yo tengo un mono 
mo (Todos ríen.) Formalidad, formalidad, señores. (Se oye un cornetín de 

* *íStoñ que toca un vals cualquiera.) (\Anda, ya tenemos al vecino soplando!) 
loy nos vamos a ocupar de las transformaciones generales que se les puede 

P"iar a las ecuaciones. (Durante estas palabras los alumnos tararean como si 
aeran un orfeón el vals que toca el cornetín. Don Silverio, distraído, acaba por 
ararear también, llevando el compás con la regla, a modo de batuta. Depron- 
o nota su distracción y se levanta incomodado.) (¡Con este ruido es imposl- 
.■'' ' K^ °-}J^^°') jBasilisa! jNunca se le ocurre tocar más que cuando moles- 
ai... ¡Basilisa! 



ESCENA n 
Dichos y Basillsa por el foro. 

BA8.--¿Qué se te ofrece? ¡Buenos días! 

Iodos.— Buenos días, señora. (Todos se levantan.) 

^>^^.~ Asiéntense ustedes. 

SiLv. -Sí, siéntense ustedes. Mi mujer es de confiania. (Se stenUm tOitO$^ 



Ba8.— ¿Qué quieres? (1). 

SiLV.— Pues que hagas el favor de ir al cuarto de al lado y suplicarle a ( 
Ramoncito que no nos maree con e! cornetín. 

Bas. -Ya sabes lo que me dijo ayer su madre; que dentro de dos meses i 
los exámenes del Conservatorio y el chico necesita estudiar. (Se calla el c 

neíin.) . ^ , . . 

S:lv. -Es que estos chicos también se exammaran dentro de dos mese 
con este ruido, no hay álgebra posible. (Incomodado.) 

j; AS. —Bueno, hombre, bueno. No te pongas así, que yo no tengo la qu! . 
Cada uno en su casa puede hacer lo que se le antoje. (Destemplada.) 

SiLV.— ¡No, señor! Nadie tiene derecho a molestar a los demás. (Xose i- 
diantes, al notar la riña, se ríen y los jalean y azuzan por lo bajo.) 

tíks.— (Aparte a Süverio.) Si buscaras un destino y te dejaras de ense r 
matemáticas, no tendríamos estos disgustos con la vecindad. ( Volviendo Si%e 
; hacia los estudiantes.) (¿Eh?) (Los estudiantes se quedan serios e ir^- 
/(¡Ah!) 

\\.\\— (Aparte a Basilisa.) Si enseño matemáticas es porque no tengo .,,a 
cosa. Y gracias a esto vamos viviendo. || 

Mhs.— (Aparte a Silverio.) Viviendo de mala manera. Pero, es claro, C'i»'> 
tú eres un bragazas que necesitas que te traigan la credencial a casa... 

SiLV.— ¡Basilisa! 

Ron.— (A los compañeros.) (¡Bronca en el nueve!) (Vuelve a tocar c 
netin.) 

SiLV.— ¿Lo ves? ¡Esto esto es imposible! 

Bas.— Voy, voy. (¡Ay, qué paciencia!) Adiós, jóvenes. (Vase foro dere. 



ESCENA 111 
Dichos, menos doña Basilisa. 

Unos.— Usted lo pase bien. (Don Siloerio se queda en pie en meaio aclúis 
cena.) 

Otros.— Vaya usted con Dios, señora. 

RiPOLL.— Es muy simpática doña Basilisa. 

SiLv.— ¡Mucho! No lo saben ustedes bien. 

RoD.~¿Y habrá sido una real moza? 

SiLV.— Regular. No ha sido maleja. (Se calla el cornetín.) 

Pal.— Tiene una fisonomía muy agradable. 

SiLv. — Agradabilísima. 

Sol.— Y muy expresiva. . j,. ¿ 

SiLv,— Sobre todo la expresión. Eso sí que es una expresión... im^ginfa 
(Ha sacado un pitillo // busca fósforos, que no tiene.) ¿A ver? ¿Quién me "-'.nr 
fosforito? (Todos, cada uno con un fósforo encendido, rodean a don Silv 

RoD.— Tome usted. 

Sol.— Ahí va. 

RipOLL.— Ensienda usfet. 

Silv.— Gracias, gracias, jóvenes. (Enciende el pitillo. Palomino saca L 
faca con cinco pitillos. Los compañeros cogen uno cada uno. El que le q fa 
se lo ofrece a don Siluerio.) ¿Ven ustedes? Esto es lo que a mí me gusta. Me 
hava iu'imidad entre discípulos y profesor. Gracias, (Guardando el pitillo .) sra 
lue^o. Esta no es una de tantas academias preparatorias como hay en Maj id, 
donle aburren a los chicos con su excesiva severidad y rigidez. ¡No, st|K' 
Aquí no hay más que cariño para todos ustedes. 

Todos,— Muchas gracias. (Don Siloerio ofrece lumbre a Palomino, quemo, 
quedado sin pitillo.) 

Pal.— No fumo. 



W- 



(1) Derecha del actor— Los estudiantes— BosiiSsa— Don Silvtrlo. 



SiLV.— Naaa de anuncios pomposos ni de promesas exageradas. Yo me he 
contentado con el modesto carteüto que está en la puerta de la calle: «Repaso 
de Algebra por don Silverio Martínez, antiguo auxiliar de Obras públicas. For- 
malidad. Cariño. Economía.» 

Roo.— ¡Y aseo! 

SiLV.-¿Eh? 

RoD.— No, nada. 

SiLv,— Yo no soy un maestro. Soy un amigo... Un amigo... que por tres du- 
ros mensuales, les pone a ustedes en condiciones de presentarse a exámenes. 
¿Que vienen ustedes con puntualidad? Lo celebro mucho. ¿Que alguno hace 
novillos? Lo lamento por él. ¿Que no basta una hora de clase? Pues tenemos 
dos. ¿Que se fatigan ustedes? Pues un ratito de conversación. Ese es mi siste- 
ma. Yo sigo siempre la máxima de enseñar deleitando. (Viendo a Rodrimwz 
que se ha ido un momento antes al balcón.) Señor Rodríguez, hijo mío, no abu- 
se usted del deleite. 

RoD.— No, señor; si ahora no miraba. 
A S'^í^-^iEa! Vamos a continuar la lección. (Mirando el reloj.) ¡Caramba! ¡Y 
don Manolito sin venir!. Ese niño me va a dar un disgusto* ¿No le han visto us- 
tedes esta mañana? {Los estudiantes han vuelto a sus puestos. Don Silverio se 
sienta en el sillón.) 

RiPOLL.— No, señor. 

Roo.— Yo no. 

Sol. i kt- 

Gar. ¡N'yo. 

Pal.— Se levanta muy tarde. Como no falta nunca a la última de Apolo o de 

SiLv.— ¡Sí! Pues dejen ustedes que lleguen los exámenes. A ver si se salva 
cantando el Morrongo o el Tango de los lunares. 

M.AN.—(Se oye dentro a Monolito tarareando el tango del «Morrongo».) 
SiLv.— Ahí le tenemos. 



ESCENA IV 
Dichos y Manolifo por el foro. Deja el sombrero en la percha. 

Man.— Buenos días, don Silverio. Hola, señores. (Yendo a su puesto, entre 
Rodríguez y Palomino.) 

Todos. — Felices. 

Pal.— ¡Se te han pegado las sábanas! 

SiLv.— ¡Bien, don Manolito! ¡Muy bien! ¡Vaya unas horitas de venir a clase! 

¡SVm.--( Yenda hacia la mesa.) Perdone usted, don Silverio, anoche estuve 
estudiando hasta muy tarde. 

SiLv.~¿Sí, eh? ¿Después de salir del teatro? 

Man.— ¿Cómo? 

SiLV.— Ya le he visto a usted. 

Man.— ¿Dónde? 

SiLv.— En la última de Eslava, 
meife *) ~^"^^ ^^ equivoca usted; porque anoche estuve en Apolo. (Maliciosa- 

§,'^^-~¡ya! ¿Pero se pondría usted a estudiar después de la función? 
^J(^~^^' señor; me encontré allí con unos amigos y después de la función 
nos fuimos a cenar en Fornos. s j h 

SiLv.— ¡Don Manolito! (Con severidad.) 

Man.— Le he guardado a usted este cigarro, (Dándote un puro.) 

SiLv.— ¡Don Manolito! (Con dulzura.) 

Man.— Para que vea usted que me acuerdo de los maestros. 

csiLV.— Ciracias. 

Man . —Es un Bismark. 



SiLV.— ¡Ya veo, ya! ¡De primer orden! (Guarda el agarro.) ¿Y qué hacíai 
qué hacían anoche en Apolo? (Levantándose y yendo al lado de Manolíto,) 

Man.— Esa revista que ha gustado tanto. ¡Y cómo está la Pino, caballero 

SiLV.— ¿Guapa, eh? . .. j ^« 

]V\an.— ¡Guapísima! Saca un traje de fantasía, que es una preciosidad. (Ari 
tnación en los estudiantes.) 

SiLV.— Lo creo. 

Man.— Corpino verde esmeralda, escotado, muy escotado; hasta por aqt: 
Los brazos completamente desnudos. Y la falda, adornada de guirnaldas c 
flores naturales, abierta así, por un lado, dejando ver... 

SiLV.— ¡Bueno, bueno! Basta, don Monolito. Vamos al Algebra, que es 
que nos importa. Siéntese usted. (Ya lo creo que estará guapísima con la fah 
abierta así...) (Se sienta.) Bueno. Estábamos en... ¿En dónde estábamos? 

Pal.— En la última de Apolo. 

SiLV.— ¡No es eso! Me refiero a la lección. ¡Ah! Sí; en las ecuaciones. 

Man.— ¡Ah! Don Silverio: (Levantándose.) antes deque se me olvide. 

SiLV.— ¿Qué pasa? 

Man.— Que anoche llegó a Madrid mi tío Ceferino, el diputado. 

SiLV.— Pero, ¿tiene usted un tío diputado? 

Man.— Sí, señor; un primo de mi padre. 

SiLV.— No lo sabía. 

RoD.— ¡Que sea enhorabuena! 

RiPOLL.— Recibe mi felicitación. 

Pal.— Permíteme que te abrace. (Los estudiantes se levantan y felicitan 
Monolito.) 

Man.— ¡Vamos! ¡No seáis tontos! 

SiLV.— ¡Formalidad, formalidad, señores! (Se sientan todos menos Mar, 
Uto.) Y ¿qué ocurre? 

Man.— Que esta mañana he estado a verle en la fonda y me largó un a 
cu. so ae media hora— porque le advierto a usted que mi tío, hasta para peí 
chocolate, le suelta un discurso al camarero— y acabó por decirme que tie i 
encargo de mi padre de venir a saludarle a usted y a preguntarle cómo voy 
mis estudios. 

SiLV.— Pues va usted muv medianamente. 

Man.— Ya lo sé; pero noVaya usted a decirle la verdad, porque me eos • 
ría un disgusto con mi padre. Yo creo que apretando estos dos meses v con ■ 
guna cartita de recomendación... (Doña Basilisa pasa por el toro de derechi i 
izquierda.) 

SiLV.— Se dan casos. Descuide usted, que por mí no ha de saberse nada. 

MAN.—Muchas gracias. (Se sienta.) (¡Este don Silverio es un bendito!) 
Rodríguez.) * 

RiPOLL.— (¡Lo que puede un Bismarkl) 

SiLV.— Señor Ripoll. (Ripoll se levanta.) ¿A qué se llama ecuación?,', 

RiPOLL.—St Mama ecuasión A la igualdat de dos cantidades en qué ^ntil i 
una o más incógnitas, las cuales se han de determinar con \&condi$ión... j 

SiLV.— ¡Basta! ^c' ■ li 

, Ripoll.— Me párese que ahora no me he comido ningún asiento. (Sestenty 
SiLv.— No, señor. Ha estado usted muy bien.— Don Manolito... j 

Man.— Venga de ahí. (Levantándose.) i 

SiLv.— ¿En qué se dividen las ecuaciones? 
Man.— Pues las ecuaciones se dividen en... en... 
SiLV.— (Ayudándole cariñosamente.) En determinadas... 
Man.— Eso es. En determinadas... 
SiLv.— ¿Y en qué más? 

Man. -En... en... (Don Silverio mímicamente le indica la contestación. j 
SiLV.— En todo lo contrario. 
Man.— En todo lo contrario. 
SiLV.— ¡No, hombre! 
Man.—íAIi! ¡Sí! En determinadas e indeterminadas. 



Sil.— ;Muy bien! Admirablemente. óVe usted? Si la verdad es que tiene us- 
ted grandes disposiciones para las matemáticas. 

Man.— Gracias. (Se sienta.) 

SiLv.— Señor Palomino. ¿Cuándo se dice que una ecuación es determinada? 

PkL,— (Se levanta.) Pues... se dice... se dice que una ecuación es determi- 
nada, cuando... cuando no es indeterminada. 

SíLv.—Eso sí que no tiene vuelta de hoja... Siéntese usted, señor Palomi- 
no. (La verdad es que hay apellidos que no engañan. ¡Palomino! Este debe ser 
Atontado por parte de madre.) Señor Solares. 

Solí.— Servidor. (Levantándose.) 

SiLv.— Dígalo usted. 

Sol.— (Muy decidido.) Con mucho gusto, sí, señor. Se dice que una ecua- 
ción e« determinada... (Parándose de pronto.) Cuando... Cuando... 

SiLV.— ¿Cuando qué? 

Sol.— ¡Si lo sé! Lo tengo en la punta de la lengua. 

SiLV.— Hijo mío; (Incomodado.) haga usted el íavor de colocar las respues- 
tas en otra parte, porque si sigue usted así, el día del examen va usted a te- 
ner que enseñar la lengua al tribunal. (Se oye dentro una disputa entre doña 
Basilisay Manuela.) (¡Anda! ¡A esas sí que se les ha ido la lengua!) (Algazara 
en los estudiantes.) 

Bas. -(Dentro.) ¡Animal! 

}AhHiSELK.—(Idem.) No, señora. Eso no es verdad. 

Bks.— (ídem.) A mino me desmiente usted, porque le quito la cara. 

Manuela.— (7í/*m.^ ¿A mí? ¡Quisiera verlo! 

BA».~(Idem.) ¡Desvergonzada! 

M.KmELK.—(Idem,) ¡Señora! 

SiLV.— (Pues esto es peor que el cornetín.) (Levantándose y yendo ai foro.) 
iBasilisa! (¡Ay, qué mujer!) ¡Basilisa! 

ESCENA V 
D ichos y dofia Basilisa per el foro. 

Bas.— ¿Qué hay? ¿Qué hay? (Entrado incomodadísima.) 

Sa.v.— Mujer, que tengas un poquito de prudencia. 

Bas.— ¿Prudencia, eh? (Quisiera yo verte a ti en la cocina. ¡Con esa criada 
no se puede! ¿Qué dirás tú que ha hecho con la carne que teníamos para el 
almuerzo? 

SiLV.— Habrá hecho albondiguillas. 

Bas.— ¡Que en vez de guisarla con aceite, la ha guisado con petróleo! (Ri- 
sas en tos estudiantes.) 
._ Si|.y.— ¡Pues tírala! 

BÁ8.— ¡A eila es a la que voy a tirar por la ventana!... 

Silv.— ¡Pero, mujer!... 

Bas.- ¡Déjame en paz! ¡Estoy harta de ti, de la criada, de los estudiantes, 
de las matemáticas, de todo! ¡Ay, qué casa ésta! (Vase furiosa por el foro iz- 
quierda.) 

Silv.— ¡Vete con Dios! (Bajando del foro.) No se casen ustedes. Créanme 
'stedes a mí. 

ESCENA VI 
Dichos, menos doña Basilisa 

Man.— Parece que está nerviosilla, ¿eh? Debe de ser el cambio de tiempo. 

Silv.— Sí; cuando amenaza lluvia no se la puede aguantar; pero, en cam- 
bio, cuando hace buen tiempo... ¡tampoco! Bueno, vamos a nuestra obligación. 
( Va al sillón.) Plantearemos un problema. 

Man.— El del divorcio. 



SiLV.— ¡Niño! No sea usted satírico. Hablo de un problema algebraico. Sa 
^a usted al encerado. 

Man.— Con mucho gusto. ÍVa al encerado.) 

SiLV.— Los. términos son los siguientes: Fíjense ustedes bien. Don Mane 
lito, el señor Rodríguez, el señor Palomino y yo, nos vamos esta tarde a ce 
rner en los Viveros. 

RoD.—Muy bien pensado. 

Man.— ¡Es una gran idea! 

SiLv.— El problema consiste en determinar... 

RoD.— (¡Ali, vamos!) 

SiLV.— Él valor de las incógnitas. 

Pal.— Don Siiverio... (Levantándose.) 

SiLv.— ¿Qué hay? 

Pal.— No cuente usted conmigo. 

SiLV.— ¿Cómo? 

Pal.— Que esta tarde estoy convidado en casa de mi tía y no podré acón 
pañarles. (Risas en los cstuaiantes.) 

SiLV.— No sea usted tonto, criatura. Si hablo en hipótesis. 

Pal.— Usted perdone... No habia oído la hipótesis. (Sentándose sobre eli 
bro que Rodríguez le habrá puesto de canto en la silla.) ¡Ay! 

SiLv.— ¡Formalidad, señores!—. Al sentarnos a la mesa, acordamos gastí 
en la comida todo el dinero que llevamos en los bolsillos. 

RoD.— Pues vamos a comer muy mal. 

SiLV.— -No, señor; comemos admirablemente. (Doña Basilisa pasa por 
foro de izquierda a derecha.) Don Manolito paga la tercera parte de la comid 

Man.— Bueno, con mucho gusto. 

SiLV.— El señor Rodríguez, la cuarta parte. 

RoD.— ¡Corriente! 

SiLv.— El señor Palomino la sexta. 

Pal.— Menos mal. 

SiLv.— Y yo le entrego al mozo sesenta reales que llevo en el bolsillo. 

RoD.— ;No, señor! 

Pal. — ¡No, señor! 

Man.— ¡De ninguna manera! 

SiLV.— ¿Cómo? 

Man.— Yendo con nosotros, no podemos permitir que pague usted nada. 

SiLv.— ¡Pero si ya he dicho que hablo en hipótesis, caramba! 

RoD.— ¡Eso es otra cosa! 

SiLv.— (¡Cualquiera me saca a mí sesenta reales del bolsillo!) El problen 
consiste en saber cuánto importa la comida. , ? 

Man.— Pues es muy sencillo. 

SiLV.— Vamos a ver. (Indicando ei encerado.) 

Man.— Con pedirle al mozo la cuenta y ver lo que suma, está resuelto 
problema. 

SiLv.— Naturalmente; pero, para eso, maldita la falta que hacen las mat 
máiicas. 

Man.— Eso me parece a mí. 

SiLv. —Pues le parece a usted muy mal, y va usted a ver cómo se resuel 
lá ecuación. Llamemos x el valor de la comida. Escriba usted; x igual... 

Man.— Ya está. (Después de escribir ^=.) 

SiLV.— ¿Cómo se transforma esa ecuación? 

Man. —Pues... Pues no lo sé 

SiLv.— ¡Pero, don Manolito!... 

Man.— ¿Qué es lo que tratamos de averiguar? ¿Lo que ha dd pagar ca 
ano? 

SiLv.— Naturalmente. 
Man. -Bueno. Pues yo les convido a ustedes, y así, no necesitamos ave 
guar más 



m 



ál 



SiLv.— Hijo mío, no sabe usted una palabra. 

Man.— Ya lo sé; pero pienso apretar estos dos meses. 

SiLv.— ¿Apretar, eh? Pues ya puede ir haciendo gimnasia, 

ESCENA \il 
Dichos y doñd Ba ilisa por ci foro derecha. 

Bas.— Con permiso. 

SiLV.— ¿Qué hay? 

Bas.— Un caballero que desea hablar coníiiio- 

SiLV.— ¿Quién es? 

Bas.— Ahí tienes su tarjeta. 

SiLv.— «Ceferino Miranda.» 

Man.— ¡Mi tío! 

SíLv.— ¡El diputado! 

Bas.— ¿Qué le digo? 

SiLV.— Que pase. (Vase doña Basilisa foro derecha.) 

Man.— ¡Por Dios, don Silverio! 

SiLv.— No tenga usted cuidado. ¿Su tío de usted es de oposición o minis- 
terial? 

Man.— Ministeriai. Siempre es de los que mandan. 

SiLv.— ¿Sí? (Como pueda le pido un destino.) (Manolito vuelve a su puesto, 
don Silverio limpia el encerado y se queda con el paño en la mano ) 

ESCENA VIH 

Dichos y don Ceferino por el for^ 

Cef.— ¿Se puede? 

SiLv.— Pase usted adelante. 

Cef.— Señores.... (Todos se levantan.) 

Todos.— Muy buenos días. 

Man.— Hola, tío. 

Cef.— Hola, niño. Pero siéntense ustedes. Mándeles usted que se sienten. 

SiLV.— Obedezcan ustedes al ilustre representante del país. (Se sientan.) 

Cef.— Gracias. 

SiLV.— Ya su sobrino me había anunciado esta visita, que tanto me honra. 

Cef.— El honor es mío. 

SiLV. — Tome usted asiento. (Don Ceferino se dirige a la silla que hay en- 
^frente del sillón.) No. Aquí, en el sillón; estará usted más cómodo. 

Cef.— Siento haber venido a una hora quizá intempestiva. (Sin sentarse.) 

SiLVj— No, señor. (Don Silverio coge la silla y la coloca a la derecha de la 
mesa, frente al público.) Este es precisamente un momento de descanso en 
nuestras lecciones. Yo no fatigo a los alumnos. Mi lema es enseñar deleitando. 
(Deja el paño sobre la mesa.) 

Cef.— Entiendo yo, que ese es el único modo de que los estudios científicos, 
de suyo arduos y espinosos, hallen en el fatigado organismo... . 

SiLv.— Pero, siéntese usted. 

Cef.— Usted perdone. Es la costumbre del Parlamento. No puedo hablar 
sentado. 

SiLv.— Como usted guste. (Se sienta.) 

CzF.~(Saca el pañuelo con el que repetidas veces se limpia los labios, de- 
fándolo sóbrela mesa.) Decía, señores, que el cerebro, sobre todo en la juven- 
tud, que es la época del desenvolvimiento fisiológico, necesita compartir por 
Igual los momentps de actividad y los de reposo. Porque, entiendo yo, que sin 
ese indispensable equilibrio, el organismo se debilita, el sistema nervioáo se 
enerva y la inteligencia se embota. (Se sienta.) 

Su-v.— ¡Muy bien! 



$ 



y 



Unos.— ¡Admirablemente! 

Otros.— ¡Bravo! 

Cef. — Gracias. 

SiLV. — Ya se ve que maneja usted la oratoria. 

Cef.— ¡Pchs! La costumbre. He sostenido tantas campañas en el Parlam 
to... ¿No me ha oído usted ningún discurso? 

SiLV.— No he tenido ese honor. 

Cef.— Mañana terciaré en el debate. Ya le mandaré a usted una tarjeta p 
la tribuna reservada. 

SiLv,— Muchísimas gracias... 

Cef.— No merece la pena... ¿Y qué tal? ¿Qué tal mi sobrino? 

SiLV.— ¡Muy bien! Es de lo mejorcito de esta clase. 

Cef.— Me alegro. 

SiLv.— No tiene usted idea de lo que sabe esa criatura. Y lues:o, tan for 
lito y tan puntual. ¿Verdad, jóvenes, que don Manolito es un excelente ei 
diante? 

RoD.— ¡Ya lo creo! 

Pal.— ¡De primera! 

Sol.— ¡Notable! 

RiPOLL.— Sabe más matemáticas que el de Ninfori. 

Cef.— ¿Que quién? 

SiLV.— Que Newton, el célebre sabio. 

Cef.— ¡Ya, ya! (No sé quién es.) Señores... (Leoaníándose. Don Siber. 
los estudiantes se levantan también.) 

SiLV.— ¿Se va usted tan pronto? 

Cef.— No; es que voy a decir unas palabras. 

SiLV.— ¡Ah! ¡Ya! (Todos se sientan.) 

Cef.— Me complazco, señores, en saludar en ustedes a la juventud estulv- 
sa, orgullo de la época presente y base firme y segura en lo porvenir, par a 
prosperidad y desarrollo de los intereses morales y materiales de este desjp- 
ciado país. 

SiLV.— ¡Bien! 

Cef.— ¿He dicho desgraciado? 

SiLV.— Sí, señor. 

Cef.— ¡No! 

SiLV.— Sí 

Cef.— No es desgraciado un país... 

SiLV.-OAh!) 

Cef.— Que cuenta, por fortuna, con la poderosa palanca de una juver d 
íhteligente y amamantada... en el noble estudio de las ciencias. Porque, ent 
do yo, señores, que cuando vosotros recibís las fructíferas lecciones d^v 
tro ilustre pedagogo... ' ' 

SiLV.— ¿Eh? 

Cef.— ¡Pedagogo! ¡Esa esa la palabra! 

SiLV.— ¡Bueno! (Como resignándose.) 

Cef.— No hacéis más que sembrar en vuestro cerebro— y valga la met 
ra— la vivificadora semilla que ha de germinar más tarde convertida en el 
mo fruto de la actividad intelectual. 

SiLV. — ¡Muy bonita metáfora! 

RoD.— ¡Superior! 

Pal.— ¡Vaya un tío! 

Cef.— Entiendo yo, repito... 

SiLV.— (Sí que repite.) 

Crf.— Que la riqueza de este país, esas fuerzas vivas de que tanto se he a 
no podrán ller:;ar nunca a su completo desarrollo sin el impulso de esas c n 
cias que hoy cultiváis y que por algo han sido calificadas con el justo epír 
de ciencias exactas. (Se sienta, y en vez de limpiarse con el pañuelo cogeé 
vocadamente el paño y se limpia con él.) ¡Puf! (Don Slverio coge el paño 
del a en el encerado. ) 



I 



1- 



SiLV.— ¡Sublime! (Sentándose.) 

Todos.— ¡Muy bien! 

SiLv.— yeo que conoce usted las matemáticas 

Cef.— No, señor, no las he estudiado nunca. (Movimiento en los aíumnos.) 
Mis aficiones me han llevado por otro camino. Yo me dedico a las cuestiones 
de Hacienda. 

SiLv.— ¿Eh? (ManoHto habla por lo bajo con los amigos.) 

Cef.— La Hacienda, considerada desde el punto de vista político-sociy!. 

SiLv.~¡Ah! ¡Ya! 

Man.— (Ahora veréis.) (Levantándose decidido.) Oiga usted, don Süverio; 
si usted quiere saldré al encerado y resolveré una ecuación. 

SiLv.— ¡No! (Levantándose alarmado.) 

Cef.— ¡Sí, déjele usted! 

SiLV.— (¡Pero, don Manolito!...) 

Man.— (Si no entiende una palabra. No tema usted.) 

Todos.— ¡Que salga, que salga! 

Cef.— ¡Sí, que salga! 

SiLV.— Bueno, salga usted. (¿Por dónde saldrá? Por Dios, jóvenes, no me 
comprometan ustedes.) 

Cef.— Veamos, veamos. 

M.\'s.—(En el encerado.) Vamos a demostrar la ecuación siguiente: a más b 
elevado al cuadrado, es igual a raíz cuadrada de c multiplicado por b, más .t 
partido por ciento veinte. (Se escribe en el encerado de la siguiente manera:) 

(a + bf ^}lcXb + -^ 
I' 120 

(Tira una raya por debajo. Todo esto debe escribirse con soltura, lo cual 
sólo se consigue con muchos ensayos.) 

Cef.— ¡Muy bien! 

SiLv.— (¡Ave María Purísima!) (Don Siloerio se oculta aterrado detrás dei 
encerado. Los alumnos se ríen tapándose la cara con los libros.) 

Man.— Tenemos que a más b más c multiplicado por x, es igual a raíz cil- 
bica de c partido por A más .x partido por catorce. (Se escribe asi:) 



«-|-M-cXx==]/.-^- + -^ 



C.'tf.— ¡Por catorce! ¡Perfectamente! 

SiLv,— ¡Jesús! (Asomándose por un lodo del encerado.) 

Man.— De donde raíz cúbica de a más b, más c, i.iab d... 



■) 



SiLv.— (¡Todo el alfabeto!) 

Man.— Es igual a raíz cuadrada de menos H multiplicado por x 



Y como la raíz cuadrada de menos H es una cantidad negativa... 
SiLv.--(¡Anda, salero!) 
Man.— Tendremos que a más b elevado al cuadrado es igual a raíz cuadra- 



da de c multiplicado por b más apartido por ciento veinte, que es lo que nc I 
nroDoníamos demostrar. 



( 



(a-l-^^ ' '-^ -'- T20 



Cef.— lAdmirable! / 

SiLv.— (¡Qué barbaridad!) (ManoUto oueloe a su puesto. Los compañeros 
felicitan. Don Siloerio coge el paño y borra apresuradamente todo lo escrito 

Cef.— Vale, vale el chiquillo. 

SiLV.— ¡Ya lo creo que vale! ¿Ve usted cómo ha sabido esa lección? Puí 
así se sabe toda la asignatura. (Se sienta.) 

Cef.— Veo con gusto que cuando lleguen los exámenes no habrá necesidí 
de acudir al abusivo sistema de las recomendaciones. 

Man.-<¿E1i?) 

SiLV.— Sin embargo... 

Cef.— El tribunal le dará lo que merece. 

Man. —(Pues estoy aviado.) 

Cef.— Felicito a usted de todo corazón por su sistema de enseñanza. 

SiLv.— Gracias, 

Cef. —¿Pertenece usted a la carrera dei profesorado? 

SiLV.~No, sefior. Sov profesor paríicnlar. Yo era empleado en Foment' 
¿sabe usted? En la Dirección de Obras públicas. Negociado de Carretera 
pero cuando la reforma... 

Cef.— ¡Ya! Cuando dividimos el Ministerio. 

SiLv.— Sí, señor: ustedes dividieron el Ministerio y a mí me dividieron i^ 
el eje. Desde entonces estoy cesante. La necesidad me ha obligado a buscarr 
esta manera de vivir. Si usted pudiera reponerme... 

Cef.— Se verá, se verá. Precisamente el ministro de Obras públicas r 
debe algunos favores. 

SiLV.— Pues que se los pague. Yo también se los pagaré a usted con mi et( 
na gratitud. 

Cef. —Descuide usted, que me ocuparé del asunto. 

SiLv.— Muchísimas gracias. 

Cef.— Señores... (Leoantándose.) 

SiLV.— ¡Silencio! ¡Silencio, que va a hablar el señor! 

Cef.— No; es que me retiro. 

SiLV.— ¡Ah! ¡VamosI (Todos se levantan.) 

Cef.— He tenido tanto gusto.. 

SiLv.— Servidor de usted. Silverio Martínez, Dirección de Obras públia 
Negociado de Carreteras... 

'Cef.— ¡Ya, ya! No lo olvidaré. Caballeros... 

Unos. — Usted lo pase bien. 

Otros.— Vaya usted cop Dios. 

Man.— Adiós, tío. 

Cef.— Sigan ustedes, sigan ustedes consagrando toda su actividad, todo 
rstuerzo, toda su inteligencia... 

Silv.— '^Discurso tenemos.) 

Cef.— Al estudio y penetración de los intrincados problemas que ofrec 
las ciencias exactas para la prosperidad y ventura de este decaído país. ¿ : 
dicho decaído? 

SiLV. -Me parece que no. 

Cef.— ¡Sí! ¡Decaído! Pero, los cadáveres se galvanizan: lo estéril se feci ' 
da... Y entiendo yo, que ustedes y sólo ustedes son los llamados a vivifica i 
este pueblo luchando noblemente por el esplendor y engrandecimiento de] i 
patria. He diciio. 



SiLv.— ¡Viva ei señor diputado! 

Todos.— ¡Viva! 

Cef.— Gracias, gradas... Adiós, señores... 

Todos.— Usted ío pase bien. 

SiLv.— Vaya usted enhorabuena. 

Cep,— No, quieto. 

SiLv.— ¡No faltaba más! (Acompañándole.) No se olvide usted. Dirección de 
Obras públicas, Negociado de Can-eteras. (Vase don Ceíerino. ¿cginJo de don 
Silven'o, por el foro ) 

ESCENA IX 

Dichos menos don Ccferino y don Sllverio, que vuelve en s : fn;o, 

RoD. — ¡Cabalierosi (Viniendo todos al centro de la i 
de discursear! 

Pal.— ¡Vaya un tío latero! 

Man. — No lo sabéis bien. Si en el pueblo, en cuanto hay ei . m 

mundo le vota para que se venga a Madrid, porque allí no'le p 

R1P01.L. — Lo creo. 

Roxi.— (Que ha ido al balcón.) ¡Señores, lo que se ve desde aquí i 

Todos.- ¿Qué? 

RoD.— Una señora muy guapa que se está probando el cuerpo de un vestido. 

Todos.— A ver, a ver. 

RoD.— ¡Cuidado! No me espantáis la caza... (Todos se agrupan en el balcón.) # 

Man. — ¡De primer orden! 

Pal.— ¡Y está de buen año la señora! (Dando sal titos para verlo mejor. Ri- 
poli le coge en bracos.) 

SiLv.— (Entrando.) (Por poco me suelta otro discurso en el descansillo. Pero 
es muy simpático. Yo creo que me coloca.) Pero, ¿qué es'eso? ¡Señores! 

Man.— Cállese usted, don Silverio. 

SiLV.— ¿Qué pasa? 

Rod.— ¡Ahora se ha quedado en corsé! 

SiLv.— ¿En corsé? ¿Quién se ha quedado en corsé? (Coge una silla y se 
pone de pie en ella por detrás de todos los estudiantes.) No veo nada. 

ESCENA X 
Dichos y doña Basliisa por el foro. 

'Bas. — ¡Silverio! ¡Silverio! 

SiLv.-(¿Eh?) (Se baja de la silla.) 

Ripoll.— (¡Doña BasUisal) (A los compañeros. Todos se retiran del o, ¡Icón, 
menos Rodrigues que sigue mirando.) 

Bas.- ¿Qué pasa en la calle? 

SiLv.— Nada... Un simón que ha atropellado a una rob - " w. 

Bas.— Son muy bárbaros esos tíos. 

Ripoll.— ¡A poco si la mata! 

Pal.— ¡Con lo gorda que está!... 

Rov>.~( Retirándose del balcón.) Ya se lia vestido. 

Bas.— ¿Eh? 

SiLv.— La dejó casi desnuda. 

Pal,— En corsé. 

Bas.— ¡Qué barbaridaíü Bueno, pues ahí tienes una vi ■!,;. 

SiLv. -¿Otra? 

Bas. -Son dos señoras que desean enterarse de no sé aui' • - :;s d> ; r - 
so. ¡Dichoso repaso! 

Man.— ¿Dos señoras? ¡Que entren! 

SiLV.7-;No! Pasen ustedes un momento ahí a ese gabineri 



nstíd que es el más formal, naga c¡ i.v i de iries repasando la lección. En se- 
guida despacho. 

RiPOLL.— Bueno. ¡Aneml/Anem! 

SiLV.— Diies que pasen. (A Basilisa que se oa por eí foro./Al momento soy 
con ustedes. (Vanse puerta segunda izquierda.) Oiga usted, don Manoíito. En- 
tiendo yo... ¡Anda! Ya se me 'ha pegado la muletilla. Digo, que creo que su 
tío de lísted me colocará. 

Man.— jDe seguro! En cuanto le suelte dos discursos al ministro. (Vasecon 
los otros.) 

SiLV.— ¡Claro! El tercero no hay quien le aguante. ¿Dos señoras? No sé qué 
querrán. 



ESCENA XI 
Don Süverio, doña Eduvi^is, Rosita y doña Bas'Vsa nue se ve er seguida, 

Bas. —Pasen ustedes. El señor es mi marido. (Vase [oro izquierda.) 

Ros,— Muchísimas gracias, señora, 

Eduv.— Buenos días. 

SiLV.— Pasen ustedes adelante. 

Eduv.— ¿Cómo está usted? 

SiLv.— Bien, gracias. 

Eduv.— ¿Y la familia? 

SiLv.— Buena, Es decir, yo no tengo más famiüa que mi mujer, desgracia 
damente, 

Eduv.— Yo tengo cuatro hijas. Esta es la menor. 

Ros.— Servidora de usted. 

SiLv, --Tengo muchísimo gusto. Tomen ustedes asiento. (Coge dos sillai 
de las de la primera fila y las coloca en el centro de la escena.) Son las sillas 
de clase. Las de tapicería están.. . (en casa del tapicero). 

Eduv.— Muchas gracias. (Se sientan los tres. Don Siloerio coge la silla qm 
hay al lado de la mesa.) (1) 

SiLV.— Ustedes dirán lo que desean, 

Eduv.— Pues, queremos... Mira, niña, explícaselo tú, porque yo no entien 
do de estas cosas. 

SiLv,— ¿Vienen ustedes a pedir informes de algún alumno? 

Eduv.— No, señor; venirtios, porque la niña desea estudiar eso que ustec 
enseña aquí. 

Ros.— Algebra elemental. 

SiLV.— ¿Usted? 

Ros.— Sí, señor. Tengo ya algunas nociones. Conozco la adición y la su 
tracción de las expresiones algebraicas y la multiplicación y división de mono 
mios y polinomios. 

SiLv,— Me deja usted asombrado. 

Eduv.— ¡Anda! No sabe usted lo que es esta chica! ¡Es un pozo de ciencia 

Ros.— No tanto, mamá. Me instruyo lo que puedo. 

SiLV, — ¿Será usted maestra? •■ 

Ros,— No tengo el título, pero he estudiado libremente todas las asignatu 
ras que constituyen el programa: Lengua castellana, lectura expresiva y cali 
grafía. Religión y moral, historia universal, física, química, geografía, fisiolo 
gía, pedagogía,.. 

SiLV.— (¡Ave María!) 

Ros.— Historia natural... La historia natural, sobre todo. Tengo verdader 
predilección por la botánica y más principalmente por la entomología. Esto, 
formando una colección de coleópteros. 

SiLV.— ¿De qué? 



(1) Rosa.— Dona Eduvlgls.— Don Silvcrio. 



■ !F 



Eduv.— Ella los linma así, poro son müs'jtiiios, ¿sabe usted? Tiene una caja 
llena c!e bichos pinchados con aifileres. 

Ros.— Poseo alíennos ejemplares muy curiosos. Ya sabe usted que los co- 
leópteros se dividen en Pentámeros, heterómeros, tetrámeros y tímeros. 
SiLV.— (¡Ay, qué niña estraí) 

Ros.— Y que los Pentámeros a su vez se subdividen en cicindélidos, cara' 
hidos, lampíridos y escarabddos. 

SiLv.— ¡Escarabajos! Eso lo he entendido perfectamente. 
Eduv.— ¡Eh! ¿Qué le parece a usted? 
SiLv.— Que es una barbaridad lo que sabe esta criatura. 
Eduv.— En el pueblo tiene asombrado a todo el mundo. 
SiLV.— ¡Ah! Pero, ¿no son ustedes de aquí? 

Eduv.— No, señor; llegamos ayer. Pero yo conozco mucho a Madrid, y sé 
que aquí hay que andar con mucho ojo, pero el que a mí me la dé... 

Ros.— Somos de Tomiilares de Abajo, villa del Ayuntamiento de Toreno, 
partido judicial de Ponferrada, provincia de León. 

Eduv.— Es un pueblo muy bonito y muy alegre, pero bastante frío, aunque 
ésta dice que el frío no existe. 

Ros.— ¡Físicamente no! 

SiLv.— ¡Me deja usted frío! 

Ros.— La temperatura de los climas depende de la mayor o menor oblicui- 
dad de los rayos solares. El frío no es más que la ausencia del calórico. 

SiLV.— Pues es verdad. (Imitando el tono pedantesco de Rosita.) 

Eduv.— No discuta usted con ella, porque deja parado a cualquiera. A mí 
me marea. 

SiLV.— Lo creo. 

Eduv.— Yo soy a la pata la llana y llamo a las cosas por su nombre; pero 
esta niña me sale con unos términos, que yo no sé de dónde los saca. ¿Cómo " 
dirá usted que llama a la cascara de las frutas? 

SiLV.— Qué sé yo. 

Eduv.— Yo tampoco. 

Ros. — La calícala epidérmica. 

Eduv.— ¿Ve usted? Cualquiera lo entiende. Y luego como sabe tanto me 
tiene sacrificada. A mí me gusta mucho la salsa de tomate. 

Silv.— Yamí, 

Eduv.— Bueno, pues esta criatura no me deja tomarla, porque dice que el 
tomate tiene yo no sé qué cosas. 

Ros.— Mucho ácido oxálico, 

Silv.— ¡Caramba! 

Ros.— Sí, señor. El tomate es un fruto que pertenece al grupo de ios carno- 
sos, indehiscentes y polispermos; es, por lo tanto, una verdadera baya. 

Silv.— ¡Vaya, vaya, vaya! 

Ros.— Pertenece a la familia de las solanáceas, tribu de las soláneas, y es, 
dicho en latín, el Lycopérsicum esculentiim de los botánicos. 

Silv.— (¡Qué atrocidad!) Pues ésta es peor que el diputado. 

Eduv.— Todo eso será verdad; pero, a mí, lo que no me cabe en la cabeza 
es eso de que los tomates tengan familia. 

Ros.-¿-iMamá! 

Eduv.— Sí, hija, sí. Lo dirán los libros, pero a mí me parece una barbaridad. 

Silv.— Bueno: volviendo a la cuestión, esta señorita desea... 

Eduv.— Verá usted lo que pasa. En Tomiilares, y para las fiestas de julio, 
orgamizará el Ayuntamiento unas conferencias para las niñas de las escuelas 
municipales. 

Ros.— Una especie de extensión universitaria. 

SiLv.-iYa! 

Eduv.— La encargada de los discursos es la maestra Normal; una señorita 
rpuy tea y muy antipática, y con unos humos que no se la puede aguantar A 
esta no la puede ver. Le tiene inquinia. 

Ros.- Inquina, mamá. 



Eduv.— Yo siempre digo inquinia y !.odo el mundo me entiende. El secreta- 
rio de la Junta de festejos es un muchacho que está allí ahora, un ayudante de 
ingenieros. 

Ros.— Un joven muy instruido y muy guapo. 
- Eduv.— Y él es el que se empeña en que Rosita— se llama Rosita— hable de 
estas cosas. 

Ros.— De ciencias exactas que es lo único que no sabe la Normal. 

Eduv.— ¿Qué ha de saber esa? Por eso hemos venido a Madrid, porque le 
advierto a usted que a mí no me duele el dinero. 

SiLv.— Verdaderamente el álgebra les gustará mucho a las niñas de las es- 
cuelas municipales. 

Eduv.— Y auque no les guste. La cuestión es que ésta hable de lo que la otra 
no entienda. Y hablará, ¡vaya si hablará!, por encima de todos. Ya me conocen 
a mí. Yo soy muy pacífica, pero como me pinche la Normal, ya sabe ell^ que yo 
tengo muy malas pulgas. 

Ros.— ¡Mamá, por Dios! 

Eduv.— ¡Sí! Ya sé que tú a las pulgas las hubieras llamado de otro modo. 

Ros.— Yo hubiera dicho pulcidos. Suena mejor. 

SiLv,— Y pican menos. 

Ros.— Creo que con las nociones que tengo, podré en muy poco tiempo... 

SiLV. —Indudablemente. 

Ros.— ¿Usted tendrá muchos alumnos? 

SiLv.— Algunos que se preparan para carreras especiales: telégrafos, auxi- 
liares de minas, peritos agrónomos... 

Eduv.— ¿Y alumnas, tiene usted? 

SiLv.— Sí, señora. (¡Dios me lo perdone!) 

Ros.— ¿Maestras acaso? 

SiLv.— be todo. ¿Maestras... y discípulas. 

Eduv.— Pues, mire usted. Nosotras le daremos a usted veinte duros men 
suales. 

SiLv.— ¡Veinte duros! 

Eduv.— ¿Le parece a usted poco? 

SiLv.— No, señora. Es lo corriente. ¡Además, que para mí es un honor el te- 
ner como discípula a una señorita tan simpática, tan instruida... (¡cien pesetas!) 
¡y tan guapa!... ¡porque cuidado que es guapísima su hija de usted! 

Ros.— Gracias. 

Eduv.— Ahora está muy buena. La he tenido muy delicaducha, pero se ha 
puesto muy fuerte. Puede que lo haya usted leído. Hace un año publicaron su 
retrato casi todos los periódicos. 

SiLv.— ¿Con motivo de alguna conferencia? 

Eduv.— No, señor. Como anuncio de la Emulsión Scott. 

SiLv.— ¡Ahí 

Eduv.— Le ha sentado admirable. 

SiLv.— Pues, nada, señorita; desde esta tarde empezaremos las cien pesetas, 
digo... nuestras lecciones. Usted es muy lista y.. . 

Eduv.— ¿Que si es lista? Si es un manojo de nervios. Hay que verla al piano 
para saber lo que es. 

SiLV.— ¿También música? 

Ros.— Me gusta mucho. 

Eduv.— Ella y su hermana mayor, tocan el piano; pero esta es mucho más 
Tista. Cuando tocan alguna pieza a cuatro manos, siempre acaba ésta cinco mi- 
nutos antes que la otra. 

SiLv.— (Pues dará gusto oirías.) 

Eduv.— Conque quedamos (Levantándose.) en que esta misma tarde empie- 
za usted con la chica. 

Sii.v.— Sí, señora. (Voloiendo a colocar las sillas en su sitio.) Precisamente 
l»oy es día primero. 

Ros.— ¿Y qué autor de texto prefiere usted? 

SiLV.— Cualquiera. El que usted guste. 



ESCENA XII 

Dichos y Manolito, por la segunda izquierda. 

Man.— Don Silverio... ¡Ay, usted dispense! A los pies de ustedes (1). 

Ros.— Beso a usted la mano. 

Euvv.—(A don Silverio.) ¿Es de la familia? 

SiLV.— Es un alumno. ¡Lo mejorcito de su clase! (Y no miento.) Sobrino t • ; 
uno de los diputados más elocuentes del Parlamento. 

Man.— Servidor. 

SiLV— Una de las señoritas más instruidas del partido judicial de Pon- 
f errada. • 

Man.— Tengo mucho gusto. 

Ros.— (Es muy guapo este joven.) 

Man.— (La niña es cursilita, pero no es fea.) (Aparte a Rosita.) Vava unos 
ojos que me gastan ustedes en Ponferrada. 

Ros.— Como en todas parten. 

Man.— ¡Y que no me gustan a mí los ojillos de ese color! 

Ros.— El color de los ojos sólo depende de la mayor o menor pigmentación 
de la córnea. 

Man.— (¡Caracoles!) 

Ros.— Los matemáticos no deben ustedes fijarse en esos detalles... y usted 
será de seguro un gran matemático. 

Man.— ¡Pchs!. ¡Regular! 

Ros.— El álgebra es una ciencia que me encanta. 

Man.— Y a mí. 

Ros.— ¿Han llegado ustedes ya a las ecuaciones exponenciales? 

Man.— (¿Eh?) Sí... es decir, me parece que sí. 

Ros.— ¿Conocerá usted ya la regla de Kramer, referente a las incógnitas? 

Man.— No, a eso no hemos llegado todavía. 

Ros.- Pues se estudia antes que las ecuaciones exponenciales. 

Man.— Eso es en provincias. Aquí lo estudiamos después. (Esta niña me va 
a poner en un compromiso.) (Se separa de Rosa y va al balcón.) 

Eduv.— ^^ don Silverio, con quien ha estado hablando aparte.) Pues, si, 
señor. En la tienda de la esquina me han dado muy buenos informes de usted. 
Me han dicho que esta es una casa de mucho orden. 

SiLv.— De mucho. 

Eduv.— Y muy tranquila. 

SiLv.— ¡Muchísimo! (Se oye dentro a doña Basilisa riñendo con Manuela.) 
(¡María Santísima!) 

Bks.— (Dentro.) ¡Animal! ¡Más que animal! 

Manuela.— (^/í/em.j ¡Oiga usted, señora! 

BAS.~(/dem.) ¡Márchese usted inmediatamente! 

Manuela.— (7úfe/n.^ ¡Sí señora que me marcharé! 

Bks.— (ídem.) ¡El demonio de la bestia! 

Manuela.— (Yflfem.^ ¡Qué barbaridad! 

Eduv.— ¿Es en la casa? (A don Silverio./^ 

SiLV.— En la de al lado. Es una señora que tiene muy mal carácter. 

Eduv.— Pues vivir al lado de una mujer así, debe ser una desgracia. 

SiLv.— Lo es, sí, señora. 

Eduv.— Vamonos, niña. 

SiLv.— Pero, ¿volverán ustedes? 

Eduv.— Esta misma tarde. 

SiLv.— (Creí que me quedaba sin los veinte duros.) 



(n Rosa— Manolito— Dpjn.Silvcrio— Doña Eduvlgis, 



Enuv.—Usted lo pase bien, joven. 

Man.— A los pies de ustedes. 

Ros.— Beso a usted la mano. 

SiLV.— He tenido tanto gusto. (Acompañándotas.) 

Edcv.— No se moleste usted. 

SiLY.~No es molestia. 

Ros.— f£W el foro.) ¿Prefiere usted el Cortázar, el Sánchez Vidal o el Pi 
catoste? 

Man.— (¡Huy, el Picatoste!) 

SiLv.— ¡El Picatoste! A mí me gustan mucho los Picatostes. 

Eduv. — Usted lo pase bien. 

SiLV.— Vayan ustedes con Dros. 

Eduv.— Servidoras de usted. (Vanse doña Eduvigis y Rosa. Don SUverío la; 
J espide desde la puerta.) 



ESCENA XIII 
Manolito. Bn se8:uida don Sllverio y luego doña Basilisa por el foro izquitrda. 

Man.— No lo puedo remediar. Me revientan las niñas sabias. 

SiiLw.— (Entrando J Ya podía usted tomar ejemplo de esa señorita. Sabe d< 
tjdo. 

Man.— Pues que le aproveche. (Se sienta a la mesa en el sillón.) 

Bas. —(Entrando con la mantilla puesta.) ¿Ya se ha marchado la visita? (IJ 

SiLV.— Ahora mismo. Esa señorita será alumna mía. 

Bas.— ¿Eh? 

SiLv,— Desde esta tarde. 

Bas.— No me faltaba más que esto. Que admitieras alumnas... Con el ca 
i;'icter que tú tienes menudo escándalo se iba a armar en esta casa. (Manuel, 
con pañuelo a la cabeza, mantón y un lío de ropa, pasa por el foro de izquiei 
Ja a derecha,) 

SiLV.— Me pagarán veinte duros mensuales. 

Bas.— ¡Sí, limpíate! 

SiLv.— Será la liza. (Limpiándose.) Hoy estoy de buenas. El tío del señ() 
me ha ofrecido un destino. 

Bas.— Eso es otra cosa. Eso es más positivo. Porque lo que es el repaso.. 
Siempre estamos a la cuarta pregunta. ¡Me revientan las matemáticas! Uste- 
perdone, don Manolito. 

Man.— ¡No hay de qué! Estoy completamente conforme. 

Bas.— Acabo de despedir a la criada. 

Sii.v. — Me alegro. 

Bas.— Sólo espera la cuenta. Se le deben veintitrés días a cincuenta rea 
les... ¿Cuánto tengo que darle? 

SiLv.— Pues es muy sencillo. Don Manolito escriba usted ahí. (En la nu 
sa.) (2) Es una proporción. Treinta, que son los días del mes, es a cincuenta 
como veintitrés es a x. De donde x será igual al producto de los medios, part 
do por el extremo conocido. 

Man.— Sí, sefior, sí. (Escribiendo.) 

Bks.—(Que ha echado la cuenta por los dedos.) No se molesten ustedes 
Ya la he sacado yo. Son nueve pesetas y cincuenta y cinco céntimos. Dame de 
pesetas, que no tengo bastante. 

Man.— Pues son tres mil ochocientos cuarenta y siete reales. 

SiLV.— ¡Qué barbaridad! 

Bas.- ¿Lo ves? ¡Si las matemáticas no sirven para nada! Yo me voy a cas 

'1) Sllverio— Basilisa— Manolita. 
C?) Baallisi—SIlvcrio— Manollíft. 



k 



de mi hermana. Almorzaré con ella. Tú, si quieres, almuerza algo en el café, 
o no almuerces. Haz lo que gustes. (Medio mutis.) 

SiLV.— Gracias. 

Bks. '-(Volviendo.) ¡Ah! Ya sabes que mi cuñado se ha metido en eso del 
entarugado. Como pueda te meto a ti también. 

SiLv.— (En clase de tarugo.) 

BAS.—Adiós, don ManoÜto. 

Man.— Usted lo pase bien. 

Bas.— Hasta la tarde. (Vase foro derecha.) 

SiLV.— Vete con Dios... (y no vuelvas en una temporadita.) 

.Ma.n.— Don Silverio, ¿pueden salir ya los compañeros? 

SiLv.- Sí, hijo, que salgan. (Pues yo no me quedo sin almorzar. Tengo un 
apetito feroz. ^ 

h\xN.— -(Desde la puerta segunda ¡.tquierda.) Caballeros, pueden ustedes 
venir. 



ESCENA XIV 
Dichos y ios estudiantes Salen con gran algazara, 

RoD.— iQué gracia tiene este RipoU! 

Pal.— ¡Las cosas que sabe! 

SiLV.-— ¿Les ha enseñado a ustedes algo? 

Pal.— |Ya lo creo! Nos ha enseñado una porción de chascarrillos en catalán. 

SiLv.— ¿Sí, eh? 

Sol.— ¡Los hay graciosísimos. 

Pal.— Sobre todo, aquel de la payesa. Ya me lo sé de memoria. 

Sol.— Y yo. 
f Silv.— Usted lo tendrá en la punta de la lengua. ¡Ea! las doce, ustedes no 
tendrán prisa, ¿verdad? 

Man.— No, señor. 

Rod.— Lo que es por mí... 

Pal.— Y por mí... 

Silv.— Pues entonces voy un momento abajo al cate, y tomaré viguna coli- 
lla. Estoy desde la siete con el chocolate. 

Todos.— Vaya usted, vaya usted. 

Silv.— Don Manolito; ya sabe usted que la casa está sola. 

Man.— Descuide ustecl, que no nos llevamos nada. 

Silv.— Como no me lleven ustedes a mí... Hasta luego. (Vasa por el foro.) 

Man.— Que aproveche. 

RoD.— Hasta luego, don Süverio. 



ESCENA X\^ 

ijJ ' D ichos, menos don Silverio. 

Man.— Doña Basilisa ha salido y le ha dejado sin el almuerzo. 

RoD.— Es un infeliz. 

Man.— Tenemos una alumna nueva, caballeros. 
.^\ RiPOLL.— ¿Una alumna? 

Pal.— ¿Quién? 

Man.— La señorita que vino antes a visitarle. Es de Ponferrada. Una de 
esas niñas sabias inaguantables. No le hablé más que un momento y me salió 
preguntándome por las ecuaciones exponenciales. 

RoD.— ¡Vaya una cursi! 

RiPOLL.— ¡Mire ustet que una señorita hablando de ecuaciones!... 

RoD.— Prefiero a mis modistillas. (Va al balcón.) 



ioi 



Man.— Y yo. (ídem.) 

Sol.— Esas no se meten en honduras. 

Pal. — ¡Qué se han de meter! 

RoD. — Ahora salen del obrador. (Todos se acercan al balcón menos Ripoll. 
¡Vayan ustedes con Dios, monísimas! 

Man. — ¡Antipáticas! 

Pal.— ¡Feas! Mira, mira a la Patro. 

RoD.— ¿Eh? ¿Que bajemos? Subid vosotras... Estamos solos, j Andad! ¡N 
seáis tontas! 

Ripoll.— ¡Pero, hombre! 

Man.— Sí, que suban. 

p°¡;- ¡ ¡Que suban! 

RoD.— ¡Anda! Pues ahí vienen. No conocéis a la Patro. (Se dttige al foro. 
Ripoll. — Pero, suben de veras! 
Pal.— ¡Ya lo creo! 

Man.— ¡Qué importa! Si estamos solos. (Va al foro.) 
Ripoll. — ¡Por mí!... 

vSoL.— Cuéntales algún chascarrillo de esos. 
Pal.— El de la payesa. 
Ripoll.— No seas bárbaro. 

Rov>.— (En el foro.) Pasen ustedes, pasen ustedes adelante. (Se oye tabla 
a las modistas.) 



ESCENA XVI 
Dichos, Patro, Paca, Pepa, Inés c Isabel 

Patro.— Andar, chicas, que no nos van a comer. (Bajan todas con gra 
animación al proscenio.) 

Pal. — Que más quisiéramos v 

Man. — ¡Ole las modistillas con salero! 

Patro.— Se había figurado éste (Por Rodríguez.) que no nos atrevíamos 
subir. 

Paca.— Mira que no atrevernos nosotras... 

Pal.— ¡Feísimas! /Z)a/zí/o un pellizco a Patro.) 

Patro.— Quieto, niño. Aquí se mira y no se toca. 

Ripoll.— Me gusta ustet. (A Patro.) por lo saragatera. 

Patro.— Déjeme usted, que no quiero nada con los sevillanos. 

RoD.— Cállate, Ripoll, que ya te han conocido, 

Patro. — Pero, vamos a ver. Hagan ustedes los honores de la casa. 

Paca.— ¿Qué es lo que nos van ustedes a dar? 

Pepa.— Los estudiantes no dan más que disgustos. 

Man.— ¿Qué les damos a estas chicas? 

Pal.— Como no les demos un abrazo... (Abrazando a Patro y a Paca.) 

Patro.— Se guardará usted muy bien. ¡Y parece un pájaro frito! (Las me 
distillas se ríen.) 

RoD.— Señores. Yo les convido a ustedes a comer en la Bombilla 

Unos.— ¡Bravo! 

Otros.— ¡Magnifico! 

Paca.— ¿Cuándo? 

RoD.— No lo sé... Cualquier día... En cuanto tenga dinero... 

Todos. -¡Ah! 

Patro.— Pues ya habrá llovido para entonces. (Suena el cornetín tocand 
ana polka.) 

Roo.- ¡Hombre, qué oportunidad de cornetín! 

Pal.— ¡Bendito sea don Ramonciío! 

Man.— ¿Les parece a ustedes que aprovechemos la música? 



Todos.— A bailar. 

Pal.— A bailar, a bailar, que eso no cuesta dinero. 

Pepa. / 

Inés. /Bueno, vamos. 

ISAB. j 

Paca.— Vamos allá. (Bailan Patro con Rodríguez, Paca con Manolito, y las 
otras con los otros, excepto Rlpoll que se queda sin pareja.) 

RwoLL.— (Que se ha Ido a la puerta del foro.) ¡Señor es... señores! ¡Que 
vienejdon Silverio! (Siguen bailando.) ¡Que ya está ahí! 



ESCENA XVII 

Dichos y don Silverio, fumando «I Bismark. Se queda en el foro asonibrado. 

SiLv.— ¡Señores! ¡Pero qué escándalo es este! (Bajando.) 

RoD.— ¡Uuuy! ¡Don Silverio! 

Patro.— ¿Quién? 

RoD.— El profesor, (Cesa el baile y a poco se calla el cornetín.) 

SiLV.— Pero, ¿esto es academia de baile o de matemáticas? 

Man. — Usted perdone; pero es que... 

Patro.— Oye, chica. Este señor es el que me ha estado haciendo truiñüs 
esta mañana. 

Todos.— ¡Don Silverio! 

SiLv.— ¿Yo? 

Patro.— ¡Sí, señor! ¡Y que me ha hecho usted mucha gracia! 

SiLV.— ¿De veras? (¡Monísima!) (Aparte a Patro.) 

Patro. — Como que es usted muy simpático. 

SiLV,— No me diga usted eso, porque soy capaz de hacer una barbaridad. 
(Marcando unos pasitos de polka.) 

Todos.— ¡Ole por don Silverio! 

Eduv.— (Dentro.) ¿Se puede? 

M.Ka.—(Que ha Ido al foro.) ¡Las de Ponferrada! 

SiLV.— ¡Dios mío de mi alma! ¡Siéntense ustedes, por Dios: Que no sospe- 
chen nada. 

Patro.— Pero... 

ToD.— Calla, mujer. 

SiLV.— Niñas, no me comprometan ustedes. 

Man.— Sentarse, sentarse. (Se sientan todos precipitadamente. Ln el pri- 
mer término, Rodríguez, Patro, Manolito, Paca. Pepe y Solares. Palomino 
anda como atontado por la escena.) Siéntese Usted, Palomino. (Dándole un 
empujón. Palomino se sienta en segunda fila con los otros.) 



ESCENA XVIII 

Dichos, dona Eduvigls y Rosa, con dos libros en riisfica. 

Eduv.— ¿Venimos inoportunamente? (Desde la puerta del foro.) 
SiLv.— Sí, señora; digo, no, señora. 
Rosa.— ¿Están ustedes en clase? 
Silv.— En ciase mixta. A usted se le dará aparte. (1) 
Patro.— (¡Ay qué niña! ¡La han vestido sus enemiíros!) 
Paca.— (¡Cállate, mujer!) 
. Rosa.— ^^ don Silverio.) En la librería me han rt:comendado esta obra. No 
10 ndbia más que en rústica. 



(1)) Ealusiiantc» y Modistas— Silverio— Rosa— Eduvigls. 



Paca. —(El sombrerete sí que está en rústica.) (Se ríen por lo bajo.' 
SiLV. — Sirve, sirve esta obra. í 

Eduv. — ¿Estás señoritas son maestras? 
Patro.— No, señora; oficialas. 

ISI: I íE'-' 

SíLV.— ¡Quiero decir que!... 

Patro.— Perdone usted. He metido la pata. 

SiLV.— (La metió.) 

Rosa,— (íAy, mamá! ¡Pero qué ordinarias son estas alumnas!) (Se oye den- 
tro la voz de doña Basilisa.) 

'Qhs,.— (Dentro.) ¡Eso es! ¡La puerta de par en par, para que entre todo el 
mundo! 

SiLv.— (¡María Santísima!) 

Man.— (¡Doña Basilisa!) 

Patro.— (¿Quién?) (Todos se levantan sin saber qué hacer.) 

RoD,— (¡La de vamonos!) 

Pal. — (¡La que se va a armar!) 

Eduv.— ¿Qué pasa? (A don Sílverio, que anda azorado por la escena.) 

SiLV.— No sé lo que va a pasar, señora. 



ESCENA XIX 

Dichos y dofla Basi isa por el foro. 

Bas.— ¡Eh! Pero, ¿qué es esto? ¿Qué hacen aquí estas modistilla? 

Eduv. | .g, , 

Rosa. | •^"• 

Patro.— ¡Oiga usted, señora! 

RoD.— ¡Cállate! 

Patro.— ¡No me da la gana! 

SiLv.— Yo te explicaré... 

Bas.— A mí no tienes nada que explicarme, (Dándole un fuerte empellón.) 

Eduv.— ¿Ha dicho usted modistillas? (A Basilisa.) 

Bas.— Sí, señora. ¿Pues qué creía usted que eran? 

Rosa.— (¡Ay, mamá!) 

Bas.— Ya se están ustedes largando inmediatamente. 

Patro.— No se apure usted, que ya nos vamos. Andar, chicas. 

Paca.— ¡Vaya una educación que tiene esta señora! 

Pal.— Oiga usted, doña Basilisa... (Queriendo dar explicaciones.) 

Bas.— ¡Y ustedes también! ¡Se ha acabado el repaso! El que quiera estu- 
diar que estudie en su casa. 

SiLv.— Pero mujer... 

Bas.- ¡Ya lo han oído ustedesl 

Rod.— ¡Caballeros! ¡A la calleí 

Todos.— ¡Vamonos! ¡Vamonos! 

SiLV.— Usted no, don Manolito. (Deteniéndole.) 

Bas.— ¡Vayan ustedes mucho con Dios! 

Patro.— ¡Vaya con la señora! (Vanse las Modistas y los Estudiantes.) 

Rod.— Adiós, don Silverio. (Desde la puerta del foro.) 

SiLv,— Adiós, hijos míos. (Casi llorando.) 

Eduv.- CA Rosa, que procura contenerla.) (¡Déjamel) ¿De modo que esta 
academia es un timo? (1) 

SiLV.— No, señora. 



(1) Manolito— Basilisa— SIlverlo—BduvIgJs— Rosa. 



Eduv.— ¡Sí, señor! ¡Y de mí no se burla nadie! Ya le he dicho a usted que 
yo tengo muy malas pulgas. (Movimiento de Rosa.) ¡Pulgas, s:'! ¡No me vengas 
con historias! ¡Usted me ha engañado üiiseiablemente! Es usted un... 

SiLV.— ¡Señora! » 

Bas.— Oiga usted. (1) Al señor no le falta usted ni nadie. 

Man.— (¡Anda, morena!) 

Eduv.— Vamonos, hija mía. Lo que sobran en Madrid son profesores de 
mateuiáticas. 

Rosa.— Vamonos. ¡Tengo todo el sistema nervioso de la vida de relación 
como una pila eléctrica! 

Bas. — ¡Pues tome usted tila! 

Eduv. — Queden ustedes con Dios. 

.f'.^s.— ¡Vayan ustedes enhoramala! 

SuA'.— ¡Adiós! (¡Adiós... mis cien pesetas!) (Vansc luriosas iloña Eduvi^is 
y Roi,a.) 



ESCENA XX 
Don 5ilver!o, aon¿> basiliaa y Manoilto (2j 

SiLV. — ¡Ya estarás satisfecha! ¡Ya le has salido con la tuya! 

Bas.— ¿Sabes lo que me ha dicho mi cuñado? Que connii^zo no se puede 
tratar. 

SiLV.— (Y dice bien.) 

Bas. — Que si queremos vivir, que busquemos un destino, qi.L '! no quiere 
mantener zánganos. 

SiLV.— ("Ha dicho eso? ¡Le mato! ¡A ese sí que la mato: 

Man.— Calma, don Silverio. 



ESCENA ÚLTI.N\A 

Dichos y don Cctcnno \)ot j 'crD. 

Cef.— ¿Se puede? 

Man.— ¡Mi tío! 

SiLV.— ¡Adelante! (¡Por Dios, Basilisa!) 

Cef.— Ya está usted servido. (3) 

SiLV.— ¿Es de veras? 

Cef.— Sí, señor. Ahora mismo me la acaban de dar y se la traigo a usted. 
(Desabrochándose la levita para buscar el pliego en el bolsillo interior.) 

SiLv.—(A Basilisa.) (¡La credencial!) Dios se lo pague a usted. Abrázale, 
Basilisa. 

Cef.— ¡No!... 

Bas.— Muchísimas gracias, caballero. 

Cef.— No las merece. (Saca del bolsillo un sobre blanco y acciona con él. 
Don Silverio desea cogerlo.) Entiendo yo, que los representantes del país tene- 
mos el deber ineludible de usar en beneficio de nuestros amigos, de nuestra 
íoinímoda influencia. 

SiLv.— ¡Cómo habla este hombrel 

Cef.— ¡Ahí la tiene usted! (Dándole el sobre.) 

S!LV.— No sabe usted lo oportunamente que llega esta credencial. (Sin abrir 
el sobre.) 

Bas.— ¡Muy oportunamente! 



(1) Monolito— snvcrlo— Basilisa— Eduvlgrls— Rosa. 

(2) Manclito— Silverio— Basilisa. 

(3) Manojilo—Ccígrino— Silverio— Baaillsa. 



Cef.— Advierto a usted que eso no es la credencial. 
SiLV.-éEh? 
Bas.— ¿Que no? 

Cef.— No, señorj esa es la t:irjeta para la tribuna del Congreso. 
SiLV.— ¡Dios mío de mi almai 
Bas.— ¡Ya me parecía a mí! 
Cef.— Entiendo yo que... 
SiLV.— Usted lo entenderá, pero yo había entendido otra cosa. (Incomo- 
dado.) 

Cef.— La credencial vendrá más tarde. 

SiLv.— ¿Cuándo? 

Cef. - En cuanto apruebe mi sobrino. 

Su-v.— ¿Sí? (¡Pues ya tenemos cesantía para rato!) (Al público.) 

Si la obra no ha sido de tu agrado 
proLará que el autor se ha equivocadoj 
y es que en este terreno, 
no ha^ más uemcias cs^ctas ^e el estreno. 



FIN DE LA OBRA 




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TRATA DE BLANCAS.— Felipe Trtgro. 

LA SOBRINA DEL CURA.— C. Arniches 

EL MIS neo.— Santiago Ruslñol. 

LOS SEMIDIOSES.— Federico Oliver. 

LAS CACATÚAS.— Casero y G. Alvarez. 

El LOBO.— Joaquín Dicenta. 

CHARITO, LA SAMARITANA. — Torres 
del Álamo y Asenjo. 

EL VERDUGO DE SEVILLA .- García 
^ alvarez y Muñoz Seca. 

TODOS SOMOS UNOS.-I. Benavenre. 

EL REY OÁlAOR.-F. Viilacspcsa 

LA CASA DE QU!RÓS -C. Arniches 

FÚCAR XXI.— Muñoz Seca, García Alva- 
rez y Pérez Fernández. 

EL RÍO DE ORO.-Paso y Abatí. 

SOBREVIVIRSE -Joaquín Dicenta. 

ALMA DE DIOS.-Arniches y G Álvarez 

EL CARDENAL.-L. RIvas y Reparnz. 

EL POBRE VALBUENA. - Arniches y 
García Álvarez. 
IS EL HOMBRE QUE ASESINÓ -Trauuc- 

clón de Antonio Palomero. 
W LAS ESTRELLAS.-Carlos Arniches. 



20 
21 



22 



2<5 
2<) 
26 
ib 

V 

23 

29 

50 
51 

33 
53 
34 



DOLORETES.— Carlos Arniches. 

LA SEÑORITA DE TREVELEZ.- Cor- 
Ios Arniches. e. 

SERAFINA LA RUBIAI-ES O ¡UNA NO- 
CHE EN EL JUZGAO!-Torrcs del Ála- 
mo V Asenio. 

ABEN -HUME y A. —Francisco Villaespesa 

EL SEÑQIJ FEUDAL. -Joaquín Diccnia. 

LA ETIil^NA VieriMA -Felipe Trigo. 

JIMMV b-X^lSON -Traducción dejóse ¡ü- 
nac^o de Aibertí 

LÓPEZ DE COIÍIA -Muñoz Seta y Pé- 
rez Fernandez. 

LA GIOCONDA -G d" ^nnunzio. Traduc- 
ción de Francisco Villaespesa. 

PRIMAVERA EN OTOÑO. -G. Martínez 
Sierra 

EL CRIMEN DE AVER.- Joaquín Dicenta. 

EL MISTERIO DEL CUARTO AMARI- 
LLO —Traducción de Gil Parrado. 

FRANCFOR r.-Viial Aza. 

LA REBOTICA.-Vital Aza. 

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LA NOVELA 
TEATRAL 





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Drama histórico en irca actoa 
original de 
uiclsco «-ZUUkESPESAr 



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30NAFÉ 



Año II 



Madrid 26 de Airos-o de 1917 



N4í|n 



Novela Teatral 



Compíe-nento d« Lm NOVELA OBRTA 
Dkecton Joió é9 Urq«(a. 



COLABORADORES 

DRAMÁTICOS 
GaixkSs. - Benavente. - ¿vjheqaray. - EMcENTA. - Linares Rtvas. - Martínez S 
Alvarez Quintero. -Marquina.-Villaespesa.-Rusiñol.-GuimerA.-ReparAz.- o 

EL saínete Y LA HUMOR* DA 
Arniches.-Paso.-Qarcía Alvarez. -Abati.-Ramos Carrión. -Vital Aza.-MuSoz 
Ricardo de la Veqa.-Lopez Silva.-Asensio MAs.-Cadenas.-Casero.-Torrb 
Álamo y Asenjo.-Ramos Martín.-Perez FernAndez.-Antonio Dominqo.-Pa 

V Jiménez. 

CLASICOS 
Calderón.-Lope de Veqa.-Moreto.-Lope de Rueda.-Tirsg de Molina.-F. de - 
Shakespeare.-Racine.-Corneille.-Moliere.-Schiller.-Squilo.-Sófocle8.-Eu« 

Aristófanes. 

EXTRANJEROS 

D'Annunzio.-Giacosa.-Rovetta.-Bracco.-Rotand.-Bersthein.-Donnany.-Her 

Tristah Bernaro.-Lavedan.-A. Hermant.-Paul Verber.-Descabes.-Brieux.-I 

Auqier.-Capus.-Curiel.-Marival'x. -Pinero. - Sudermann. - Haupmann. - Porto 5 

Vinkelman.-Rivarol.-Bojoerson.-M>eteruñck. 



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CARICATURAS PUBLICADAS 

AUTORES ACTORES 



CHAPl 

VIVES 

CHUECA 

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DÍAZ DEMENl 
THUILLEft 
CHICOTE ^ 
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Precio de Húmeros at asados: 

. . . 20 cénfimo». — Exíraordinario. . 



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N« se admitsB suscripciones. 

OIrQMc la eorrcspondancla al Adminiatradar de LA NOVELA CORfA 



Dona María de Padilla 



MA HISTÓRICO EN THES ACTO» 



OBIOiNAL OB 



DoSa Mabía d« Padilla. 
La Reina madrb Doña Ma- 
ría DB Portugal. 
Doña Blanca du Bobbón. 
Mkncía. 
Bbltrán. 
Doña Sol. 



PBRSONAiea 

Doña Juana García on So- 

TOMAYOB. 

Doña Isabel. 

El Rey Don Peduo, 

Don Juan Alfonso db Al- 

BUUQLiBRQUB. 

Don Paddioub. 

Pbio Lópiz db Avala. 



PbsmXm Roiz db CastbOí 
Don Juam db la Cbbpa. 
Sancuo PbbmAkdbz bs 

Toro. 
Alvabo db ZúfiíaA 
Diego de Padilla. 
Un pa)b. 
La voz db un jnoLAB, 



Damas, pales, fljosdalgros, balleatcros y soldados. 

ACTO PRIMERO 

Un pofio del nuevo alcázar renl de Sevilla. AI fondo, una gralerfa de columnas que da a un fr-r» 
flín, separada de csie por una verla de hierro. A la izquicrcfí!, en primer (¿rmino, una puerta firahí»:, 
cubierta por ua rico tapiz oriental, y un ajimez. A la d.ítíchd, dos puertos, cubiertas tair.bieiJ por 
ricos tapices. ^ 



ESCENA PRIMERA 

PERNAN RUIZ DE CA.MlíO. Df)N |UAN DB 
LA CERDA y SANCHO t^ERNANDKZ DB 
TORO. 

RANCHO— ¡Más nos valiera vivir 
como esclavos prisioneros 
en la corte de un emir, 
que ser aquí caballeros! 
Pues, ¡oh, suerte desdichada!, 
menos a un noble le humilla 
vivir cautivo en Granada 
que andar libre por Castilla! 

CERDA— El moro blande el lanzón 
y nos tala la frontera; 
Portugal su presa espera 
y nos acecha Aragón. 
Navarra pasa la raya, 
y las galeras inglesas, 
en Galicia y en Vizcaya 
queman naves y hacen presas. 

CASTRO— Las contiendas interiores 
causan más hondos quebrantos, 
porque hay en Castilla tantos 
monarcas como señores... 

SANCHO— ¡Si don Alfonso pudiera 
dejar la turaba...! 



cASiKo No poca 

culpa a don Alfonso toca 
— y acaso la tenga entera- 
de los males actuales, 
pues dejó, como sabéis, 
un hijo: don Pedro, y seis 
nobles bastardos reales. 
Su reino entre ellos partió, 
i'vive Dios, con poca ley!, 
que a los bastardos dejo 
casi tanto como al rey. 

Y más tierra castellana 
tienen en feudos, hoy día, 
los hijos de la Guzmana 
que el de la reina María. 

SANCHO— Además, por otra parte, 
propagan la rebelión 
levantando su estandarte 
ios infantes de Aragón, 
primos, del rey, y ef vaiído 
Alburquerque, el portugués... 
En fin... Tres bandos... Los tre» 
el reino se han repartido. 

Y ver Castilla consterna, 
ique es el cetro casíellaüo 
nmy duro para la mano 
juvenil que nos gobierna.. J 



CA8TR0— (Mas no se rinde, en verdad, 
de don Pedro la altivez: 
lo que le falta de edad 
le sobra de intrepidez! 
Callad, callad, castellanos... 
¿Qué pedís y qué queréis? 
¿De qué os quejáis, si tenéis 
el remedio en vuestras manos? 
¡Rebelaos contra e} medro 
de bastardas ambiciones; 
congregad vuestros pendones 
en torno del rey don Pedro! 
¡Prestad fuerza a eu mesnada, 
y haced del guión real 
el estandarte ideal 
de alguna nueva cruzada! 
Y entonces, si ruge airado 
el cachorro del león, 
el inglés huirá asustado; 
y Navarra y Aragón, 
y Granada y Portugal, 
y otras tierras más lejanas, 
caerán al golpe mortal 
de las lanzas castellanas. 

ESCENA II 

Dichos y ALVARO DE ZUNiGA, que entra por 
la verja del foro. 

(Aproximándose al grupo y en voz baia.) 
ALVARO— ¡Grandes noticias he oído 

y os las vengo a relaxar! 

De acuerdo con el vaiido, 

la reina quiere casar 

a! rey con una princesa 

que es ornamento y florón 

de la corona francesa: 

doña Blanca de Borbón. 

Esto se dice en Sevilla... 

Pero el rey no lo consiente, 

Porque cada día siente 

más amor por la Padilla. 
CASTRO— Ese amor la cansa es 

por la cual el casamiento 

aconseja el portugués. 

Ve morir su vaümento , 

y de todos desconfía... 
CFRDA— Mas él ¿no fué quien unió 

al rey con doña María? 
CASTRO— El de tercero sirvió. 

Mas la que pensó que fuere 

su mejor apoyo, ha sido 

su ruina, y por eso quiere 

vengarse de ella el valido. 
ALVARO— A la Guzmana ha apresado 

la reina, y en Talavera 

vengar con su sangre espera 

las ofensas del pasado. 

Y por tan justo motivo, 

dicen que inquietos están 

los hijos de la Quzmán. 

Don Enrique muestra altivo 



8U9 recelos, preparando 

por sus manos la justicia, 

a sus parciales armando 

en sus tierras de Galicia. 

Y su maestrazgo dejó 

don Fabrique. Aquí ha venido, 

y al rey de todo enteró 

para que esté prevenido. 
SANCHO -¡Don Pedro le quiere bien, 

y evitará, como pueda, 

que a su madre le suceda 

el mal que todos prevén!... 
CASTRO— ¡Y además, doña María 

de Padilla no dejara 

que la reina consumara 

venganza que es felonía!... 
(Aparecen por la galería del fondo don Fadrl- 
que y Pero López de Ayala, conversando en 
voz baja.) 

ESCENA III 

Dichos, DON PADRIQUE y PERO LÓPEZ DE 

AYALA. 

SANCHO— Mas ¡silencio! Don Fadrique 
aquí dirige sus pasos 
con Pero López de Ayala, 
el poeta, conversando. 

( rodos se vuelven.) 

CASTRO— Con razón reza el proverbio: 
tras de la cruz, el diablo. 
¡Lo que tiene de poeta 
le falta a Ayala de honrado, 
que si mide bien los versos, 
mide, en cambio, mal sus actos! 

(Todos se Inclinan ante don FadriQue.) 
¡El Señor guarde los días 
del maestre de Santiago, 
para orgullo de su casa 

v gloria de estos estados! 

'' ** (Saludando,) 

FADRIQUE— ¡El cielo OS guarde, señores! 

SANCHO— Dejad, dejad que este anciano, 
que al lado de vuestro padre 
cayó herido en el Salado, 
os bese con toda el alma, 
señor maestre, la mano, 
ya que de ella, por mortales, 
indignos son estos labios!... 

(Le besa la mano.) 

ALVARO— Mas, señor, ¿cómo en Sevilla? 

FADRiQüE— De Extremadura he llegado 
ha dos horas, para ver 
al rey don Pedro, mi hermano. 

ESCENA IV 

Dichos y BELTRAN, que entra por la pucr 

izquierda. 

BiíLTRAN— El rey, señores, os llama, 
que quiere a todos mostraros 
los gerifaltes, las joyas, 
las armas y los caballos 
que el rey moro de Granada 
le envió como regalo. 
(Loa nobles saludan a don PaMlrlqae T •«* 



|>or la poerta d* u iztraitraa, cuyo tapiz sostl*- 
ne beiíran.) 

^ (A ñeltrán.) 

FADRiQUE— Beítrán, día doña María 
de Padüla que aquí aguardo 
su venia para ofrecerle 
mis respetos, 
(Saliendo por la pi-jmzra puerta de la derecha.) 
BELTRAN (¡Así a! paso 

podré decir a Mencía 
el fervor con que la amo!) 

FSCKNA V 

DON PADRIQUE y PESO LÓPEZ DS 
AVALA. 

(Aproximándose, después de haberse con- 
vencido de que están solos.) 

LOPEZ—Decidnie, pues, don Fadrique, 

decidme ya, ¡vive Dios! 

¿qué contesto a don Enrique? 

¿Se puede contar con vos? 

Si en su bando os asegura, 

a daros se compromete 

medio reino... 
I FADRiQUE ¡Calla o vete! 

I (¡nslnunníe.) 

* I OPEZ— Nuestra victoria es segura, 

y aún haceros saber quiero 

que para esta rebelión 

Francia nos ^ará dinero, 

y armas nos presta Araí^-ón, 

(6on misterio.) 

Y hasta en la misma Sevilla 

hay alguien que, sin ceüar, 

va afilando su cuchilla 

para con ella vengar 

de don Pedro los^rigores... 

J (Ind'gnado.) 

ijFAiMyQUE— ¡Coro a la traición hacer, 
1 eso es, Pero López, ser 

más traidor que los traidores! 

(Sir, hacer caso.) 
:^Ez— ¡Aceptad! ¡No andéis remiso! 

¡Medio reino...! ¡Es buen presente! 
¡FADKiQUE— ¡Calla, no vengas, ocrpienie, 
•j a echarme del paraíso! 

¡Lo que tu labio ofreció 

es rico, rico manjar, 

capaz, capaz de tentar... 

a olro que no fuera yo! 

¡Mas pierdes el tiempo en vano! 

No iré con vosotros, pues 

si don Enrique es mi hes mano 

también don Pedro lo es...! 

¡Y puestos en igualdad 

de afectos, mi corazón 

se queda con la lealtad 

y rechaza la traición! 

Con voz baja y dsjondo caer con lentitud las 
j palabras.) 

I LÓPEZ— Vuestra madre; en Talavera, 
donde encerrarla le plugo 



8 la retna, acaso espera 

la visita del verdugo. 
(Poniéndole la mano en la boca, violento» 
nivn.'e.) 

FADRIQUE— ¡Sella tus labios crueles! 

¡Por librarla aquí llegué 

tan raudo, que reventé 

mis tres mejores corceles! 

(Lleno de esperanza.) 

Mas ¡nunca! El rey no podrá 

consentir tal felonía... 

Yo hablaré a doria María 

de Padilla, y ella hará, 

pues es buena y es clemente 

— mi corazón no se engaña,— 

que se borre de mi frente 

la nube que ahora la empaña. 

¡Parte y dile a don Enrique 

que confie en mi valor...! 

¡íMiientras viva don Fadrique 

vivirá dona Leonor! 
LÓPEZ— Me iré, señor, de Sevilla 

sin vos, más os pesará... 
FADRIQUE— ¡Vete, que se acerca ya 

doña María Padilla! 
(Pero López se va por la ^'alerta del foro. Por 
la primera puerta de la derecha entra dona Ma- 
ría ce P.'diiid, seguida de damas y paica. íiel- 
frán süsíiene el tapiz para que pasen.) 

ESCENA VI 

DOÑA MARÍA DB PADILLA. DON PADRI- 
QUE, BE.TPAN, MENCÍA, damas y ;.'aies. 
T dos esios últimos s-s retiran a la grileria 
del fondo. Don Fadrique se inclina cortes- 
mente. 

MARÍA— ¡Perdonad, señor maestre, 

que os hiciera aguardar tanto! 

Estaba viendo una veste 

de brocatel amaranto, 

de oro y perlas recamada, 

con un broche de rubí, 

que ha enviado para mí 

el rey moro de Granada. 

Mas, ¿cómo en Andalucía, 

don Fadrique? 
FADRIQUE— Sabe Dios 

que sólo vine por vos, 

¡Mas antes, doña María, 

de que os diga la razón 

de mi viaje, dejad 

que os bese manos que son 

¡as manos de la piedad! 
(Se inclind y le besa las manos gentllmcnte.| 
MARÍA — ¡Bizarro sois y cortés! 

Que no en vano los juglares 

celebran con sus cantares 

vuestra cortesía, y es 

ya proverbial en Sevilla 

la finura y el halago 

del maestre de Santiago, 

don Fadrique de Castilla... 



(Arrodillándose.) 

FAORKKT. ;Mns arrodillado ahora, 

vut-íro aíecto en mí no vea 

ai doncel que galantea, 

sino a un hijo que os ¡mplofíi! 

(Tendiéndole las manos y IcvaníR ■ 
MAiJiA— ¡Coiitadine vuestro pesar..,: 

Decidme, señor, en qué 

mi ayuda os puedo prestar, 

y mi ayuda os prestaré! 
FADRíQUE— ¡Supe que a do.ña Leonor, 

mi madre, amenaza hoy 

pena injusta, y aquí estoy 

a implorar vuestro favor! 

Que a! rey le habléis para que 

su piedad logre impedir 
. lo que mi temor prevé... 

[Es cuanto vengo a pedir! 
MAKíA— ¿Se atreverán a intentar? 

(El' vo.- !-.n!3.) 

FAORiQUE— Algo ha llegado a mi oído... 
i iodo se puede esperar 
de la reina y del valida! 

MARíA—Haré cuanto deseáis. 

FADRiQUE— Todo lo espero de vos, 
porque lo que vos no hagáis 
sólo puede hacerlo Dios... 

MARÍA— En mi, señor, confiad. 
Con el rey he de insistir 
tanto, que he de conseguir 
ai cabo su libertad. 

PADRiQüE — En vos confío su vida; 
y en verdad no fío en vano, 
pues estando en vuestra mano 
sé que está bien defendida. 

marIa— Y ahora, a mi estancia, señor, 
venid; venid a alegrar 
un poco vuestro dolor 
con las trovas de un juglar 
que ayer de Provenza vino. 

FADRiQr£— Rogar por vos no me hasjo. 

(A loj piJÍes.) 

M.\RfA— ¡Id señalando el camino 
al maestre de Santiago! 
(Salen por la puerta dei primer término de la 
derecha doña María y con Fadrique, precedidos 
tí\; pajes y seguidos le las dañas. Don Bíifrán 
contiene el tapiz, y ai ir a salir Mencíd lo deiti 
caer, inlcrponicndose.) 

ESCENA Vil 
MENCl/t y BÉíLTRAN 
beltrAn— ¡Teneos, doña Mencía! 
ME.NCÍA— ¿Que me queréis, don Beltrán? 

Mis compañeras se van, 

y no es buena compañía 

para una dama un galán 

de vuestro porte y valía, 

poique con razón dirán 

que Beltrán ama a Mencía, 

o Mencía ama a Beltrán. 
BHLTRÁN— ¡También pudieran decir 

que nos amamos los dosl 



(Intcrrnmpléndoi' 

MENCÍA— Y si eso dijeran, vos 
lo tendréis que desmentir, 
pues no es cierto. 

BELTRÁN ¡Vive DÍ0S! 

Eso me faltaba oír... 
¿Conque mienten al decir 
que nos amamos ios dos? 

.MENCÍA— Mas ¿qué os habéis figurad : 

BELTR.\N— Yo no me figuro nada. 

ME.vcíA— ¿Alguna prueba os he dado? 
¡No os amo! I 

BELTRÁN ¡Buena celada! í 

¡Lo que el labio me ha negado 1 
lo afirma vuestra mirada!... 1 

¡Como os habéis figurado, ' 

yo... no me figuro nada! 

(Indignada 

MENCÍA —¡Habráse visto atrevido! I 
¿Pues no dice que mis ojos?... ¡I 

BELTRÁN-Calmad, pues, vuestros enoi< , 
que sólo, señora, os" pido 
que me digáis: ¿Han mentido 
vuestros -labios o los ojos? 

(Rubor: i 

MENCÍA— Ambos a un tiempo... Los 
mintieron... ¡Voy a escuchar 
ios cantares del juglar! 
La reina se acerca... ¡Adiós! ¡j 
(Se libra de Beltrán y se escapa por detiÉ 
del íapiz.) '^ ' 

(Tras c ' 

BELTRAN-jCon VOS mc voy! Junto a 
¡qué dulces deben sonar i 

los cantares del juglar!... 
(Aparecen por la galería la reina y don Ji 
Alfonso de Alburquerquc.) 

ESCENA VIII 

LA REINA V DON JUAN ALFONSO DI 
ÁLBURQUERQUB 

ALBURQUERQUE 

¡Reportaos, señora! 

REINA 

No es posible, 
pues para el odio inexorable y ciego, 
para el furor foraz e inextinguible 
que abrasa mis entrañas con su fue^ij, 
que emponzoña mis venas y me muei|6 
el corazón y el alma me devora, 
¡son siglos cada instante que se pies d 
y son eternidades cada hora!... 
¡Tengo sed de su sangre! 

ALBURQUERQUE 

En Talavera 
doña Leonor sus crímenes espía... 
¿Qué más podéis hacer? 

REINA 

¡Quiero que mi: 
¡Vos conocéis, don Juan, esta agonía 
¡De noche me desvela su recuerdo, 
me hace saltar del lecho dando auliid e« 



oasta hacerlos 3an<?rar, los puños muer- 

[do, 
y desgarran las uñas mis vestidos! 
¡Lanzan mis ojos trágicos destellos 
y rechinan de cólera'mis dientes, 
y silban y se agitan mis cabellos 
como hambrienios manojos de serpien- 

[tes!... 
iTengo sed de su sangre! 

ALBL'RQUERQUE 

Mas señora... 

REÍNA 

¡Toda su sangre entera no bastara 
—ni !a de todos los bastardos— para 
saciar la inmensa sed que me devora. 
Mi venganza será terrible y dura, 
como ella í'tíé... ¿Mi labio no ha apu- 

[rado, 
gota a gota, la copa de amargura 
que ella con su veneno ha emponzo- 

[liado? 
¡Copa por copa! Es justo que procure 
que ella goce también sus embriague- 

[ees... 
¡Ahora me toca a mí! ¡Que e!la la apure, 
como yo, toda entera!... ¡Hasta las he- 

[ces!... 

ALBUKQUKRQUE 

Tened calma, por Dios... Yo veré modo 
de que satisfagáis vuestros enojos 
sin que nadie sospeche... El reino todo 
tiene en doña Leonor puestos los ojos. 
Presiente vuestro crimen y os espía... 
Hay que buscar las sombras, como os 

[digo... 

REINA 

¡No quiero sombras! ¡A la luz del día, 
igual que el crimen fué, será el castigo! 
¿No vio Castilla entera rní esperanza 
morir entre sus manos prisionera? 
¡Pues ahora que también Castilla entera 
contemple su expiación y mi venganza. 

ALBL'RQUERQUE 

Mas no podemos, sin don Pedro, nada 
intentar. Esperemos... Por ahora 
nos es contraria la ocasión, señora. 
La orden de muerte debe ser firmada 
por el rey... 

REINA 
(Sacando del seno un pergamino.) 
¡Basta el sello! ¡Aquí está el pliego! 
Vos el sello tenéis... ¡Sellad! 

ALBIJRQUERQUE 

_. lOidme! 

tsperemos aun... Más tarde... Luego... 
Yo hablaré al rey. 

REINA 

Pero, don Juan, der-iliiie: 
¿ten segura tenéis vuestra privanzar' 
iEste pliego, don Juan, ahora selláis, 



porque mañana acaso no.podáis 
vuestra ayuda prestrar a mi venganza: 

ALHIjRQUERQUE 

Es verdad... Mi privanza se ha eclipsado. 

(Anonadado.) 
lan sólo falta que me digan: ¡vete!, 
que en las manos de un reyes un privado 
lo que en manos de un ñiño es un ju- 

[ugeie. 
¡y mañana pudiese la Padilla, 
no solamente arrebatarme el sello 
real, sino también segar mi cuello 
bajo el golpe mortal de su cuchilla! 

(Se queda sombríamente pensativo.) 

REINA 

¡Sellad, sellad, don Juan! 

ALBURQUERQLT. 

¡Aparta! ¡Huye! 
(Como huyendo de un fantasma.) 
Tu sombra idolatrada y maldecida 
pasa por las tiniebfas de mi vida 
como un ciclón que todo lo destruye... 

(Violcníamcnte, acercándose a larcin«.) 

?Y tú me hablas de jcelos? ¿Tú de ceios 
a mí, que por tu culpa atormentado, 
mil veces de furor me he revolcado 
escupiendo mi cólera a los cielos? 
¡Tú de celos a mí, cuando he querido, 
para saciar la sed que me enajena, 
desenterrar tu sombra en el olvido, 
aullando de rencor como una hienai... 
¡Huye, aparta de mí! Fantasmas ginjen 
en el aire... Me evoca tu figura 
nuestro crimen. 

REINA 

¡Pues bien, por ese crimen 
— si fué un crimen amarse con locura — , 
por ese fiero amor voraz y eterno, 
por este anhelo inextinguible y fuerte 
que nos ligó en la vida, y en la muerte 
nos ligará también en el infierno! 
Por tu sangre culpable, por la mía, 
que es más culpable aún, don Juan, te 

[ruego... 

ALBURQUERQLIE 

¡Cállate, por piedad, dona María!... 

(Fascinado.) 

Tnunfe otra vez el mal... ¡Sellaré el 

[pliego!... 
(Saca de la escarcela el se'lo v sella el plwgo, 
entregándoselo a doña María.) ' 

REINA 

¡Gracias, gracias, don Juan! ¡Mi vida 

^ [entera 

(Tomando cf píiego.) 
es tuya! Está en tus manos.. Quien o,sara 
alzanse contra ti, mis furias viera..., 
¡y fi mi propio hijo se atreviera 
mi hijo por ti, don Juan, saciificaral 
Sobre veloz corcel un escudero 
a Talaverá voiará. Le guía 



de nú venganza el adcate fiero... 
iPor fin, por fin doña Leonor es mía! 

(Se ve rápidamente por la segunda puerta de 
la derecha, agitando el plies^o. Alburquerque la 
contempla Inmóvil.) 

ESCENA IX 

ALBURQUERQUE 

E\ crimen hechoestá. ¡Calla, conciencia! 

(Énsimls.Tiado.) 
Si no tuviste, no, valor bastante 
para oponerte al mal, ¿por qué^hora 

[vienes 
con tus tordas palabras a hostigarme? 
La suerte echada está... Pues bien... Lu- 

[chemos, 
y si caigo vencido en el combate, 
como un emperador moriré envuelto 
en un manto de púrpura y de sangre. 
¡Ay de don Pedro, y ay ae la Padilla 
si a mi destino opónense!... ¡Ya es tarde 
para retroceder!' ¡Valor, conciencia! 
¡Cállate de una vez! ¡Cállate, cállate!... 

ESCENA X 

Dicho. DON JUAN DE LA CERDA, FERNÁN 
RUIZ DE CASTRO y RICOS HOMBRES, 
que salen por la puerta de la izquierda. 

CERDA 
(Dando muestras de indignación y dirlgiéndo- 
Be a Alburquerque.) 

No se puede tolerar... 
Esto a los nobles humilla... 
iPues no acaban de nombrar 
a don Diego de Padilla 
montero mayor, y a don 
Juan García Villajera, 
su otro hermano, campeón 
de Navarra en la frontera! 

ALBURQUERQUE 
(Encarándose con los que entran.) 
Ricos homes de Castilla. 
cíQué orgullo podéis tener 
cuando os resignáis a ser 
esclavos de la Padilla? 
¿Para qué esas enjoyada? 
plumas y esos tahalíes, 
tantas divisas bordadas 
en las bandas carmesíes, 
v tantos áureos aceros, 
cuando os imponen sus lcy;;s. 
como a míseros pecheros, 
las mancebas de los reyes? 
Ayer era la Quzmana, 
hoy tenéis a la Padilla... 
¿A quién serviréis mañana, 
ricos homes de Castilla? 
Aquellos nobles varones, 
orgullo y prez de esta tierra, 
que fueron como leones 
invencibles en la guerra; 
los que se hicieron temer 
de los monarcas más fieros. 



hoy lamen, como corderos, 

las plantas de una mujer. 
Degeneró la semilla... 
¡No parece sino que 
el honor por siempre fué 
desterrado de Castilla! 

ESCENA XI 

Dichos, DON PEDRO, DIEGO DE PADILLA, 
BELTRAN y ballesteros. 

PEDRO 
(Descorriendo violentamente el tapiz de la iz- 
quierda.) 

Don Juan Alfonso, más tiento 
poned en el platicar, 
porque pudiera faltar 
a vuestros labios aliento. 
¡Si seguís hablando en mengua 
del orgullo castellano... 
no ha de faltar una mano 
que os sepa arrancar la lengua! 

(Los nobles retrocedan sorprendidos. 

ALBURQUERQUE 

¡Don Pedro! 

PEDRO 

No OS disculpéis, 
que vuestras disculpas son 
máscaras de la traición... 
¡Traidores! Porque tenéis 
feudos, armas y caballos 
¿pensáis imponerme leyes?... 
¡Las leyes las dan los reyes, 
y las cumplen los vasallos! 

(A Alburquerque.) 
¡Vos, portugués, que vinisteis 
a estos reinos desterrado, 
si bien ayer me servísteis, 
yo m.ejor os he pagado! 
Os nombré mi consejero, 
y fuisteis, pese a la ley, 
después del rey, el primero, 
y a veces, antes que el rey. 
Dadme aquel sello que os di; 
y dad gracias a la suerte, 
que tras de oir lo que oí 
no selle con él aquí 
vuestra sentencia de muerte. 

ALBURQUERQUE 

(Entregándole el scüo.) 
Algo OS dijera en mi abono. 
¡Mas recordad solamente 
que ha encanecido mi frente 
defendiendo vuestro trono! 

PEDRO 

¡Que esto os valga a Dios le plugo, 
porque si eso no os valiera, 
rodar vuestra testa hiciera 
la justicia del verdugo! 

(A don Juan d« la Cerda.) 
¡Maestre de Calatrava, 
entregad vuestra cuchilla 



vuestra venera y la clava 
a don Diego de Padilla! 

CERDA 



(Enfrcgándolo.) 



jSeñor, mi clava aquí está; 
y mi honor no se querella 
de verse privado de ella... 
sino de ver dónde va! 

PEDRO 

Y porque no vuelva a oir 
críticas en mis esííidos, 
vais, sin armas a saiir 
de Castilla desterrados. 

DIEGO 
(Acercándose a don Juan Aífor.so de Albiir- 
querque.) 

Dadme la espada, os lo ruego... 

ALBURQUERQUE 

Diego de Padilla... ¡atrás! 
Sólo a mi rey se la entrego; 
mas a tus manos... ¡jamás! 
Tocándola la desdoras... 
Está su acero mellado 
de segar gargantas nior:;s 
a la orilla del Salado... 
¡Y en Algeciras, mi mano 
desnudóla, la primera, 
al frente de la bandera 
de mi joven soberano! 

(Lri desenvaina y se la presenta o don Pedro.) 
Tomadla, don Pedro, pues 
espada como la mia 
jamás, señor, rendiría 
si no fuese a vuestros pies. 

(Viendo que «I rey no la toma, Iníenfa rom- 
perla.) 

Por más que romperla quiero, 
no se rompe... ¡Contemplad!... 
¡Pues lo mismo que su acero 
es, don Pedro, mi lealtad! 

PEDRO 

Mi justicia no os perdona, 
porque con vuestras razones 
mentís de vuestras acciones... 
La lealtad que se pregona 
más que lealtad es agravio, 
y más que agravio es traición.,. 
¡Lealtad que vive en el labio 
ha muerto en el corazón! 

CASTRO 

Don Pedro, pagar así 

no es justo tan noble celo... 

PEDRO 

Quién sois, Fernán, vive el cielo, 
para interrumpirme a mí? 

CASTRO 

Señor, vuestras iras templo... 

PEDRO 

iPues he de hacer, vive Dios, 
un escarmiento con vos 
para que sirva de ejemplo! 



Prended, don Diego, a ios tre», 

y en cadena, cual trabilla, 

a Triana llevadlos, pues 

quiero que mire Sevilla 

y sepa Castilla entera 

con este caso ejemplar, 

la cólera justiciera 

de un rey que muere reinar! 

(Don Diego de Padilla y alguno» ballestcrotí 
prenden a ios fres en el momento que «perece 
doña Marfa de Padilla, seguida de Meacía, d«- 
ma& y pajes.) 

ESCENA XII 

Dicho», DOÑA MARÍA DE PADILLA. MEN- 
CIA, camas y pajea. 

MAinA 

¿Preso don Alfonso y preso 
don Juan? 

(Al rey.) 

Decidme, señor, 
os lo suplico: ¿qué es eso^ 
¿Qué causa vuestro rigor.-- 
Mas no, no quiero saber, 
señor, ¡as justas razones 
que os obligan a prender 
a tan nobles infanzones. 
Sólo os pido su perdón, 
que si es noble castigar, 
para un regio corazón 
es más noble perdonar, 

(Se arrodilla ante el rey. Momcintos de *xxfví> 
íacion.) 

¡Su perdón mi labio implora, 
y postrada me veréis, 
hasta que no les dejéis 

libres!... 

PEDÍK» 
(Duda un inora«nlo; luego le tiende la mané 
y la levanta.) 

¡Levantad, señora, 
que nada os puedo negar! 
iLibres sois, para poder 

(A tos presoa.) 
enseñaros a admirar 
la virtud de esta mujerl 

(A giinos pojes y don Dle{»o de Padflta des- 
encadeniín i^ don Juan Alfonso de Aíburqueraue 
y a don Juan de la Cerda, olvidando a Fernán 
I2uiz de Castro ) 

MARÍA 

(Reparando el olvido y acercándose a Fef> 
nán.) 

¡Dejad que os quite mi mano 
cadena que os oprimió, 
pues si os la puso mi hermano 
justo es que ós la quite yo! 

CASTRO 

¡La vida preso pasara 
porque una mano tan buena 
{Dor mí no se molestara 
ai quitarme la cadena! 

PEDRO 
(Acercándose y quitándo!e la cadena.) 
¡Sois galán; mi propia mano 



te Anexa m n pagar; 

qtte 8i os !a puso su hermano 

d rey os la va a quitar! 

CASTRO 

AU labio se toma mudo 
porque el goce me enajena... 
(Desde ahora, esta cadena 
será el florón de mi escudo! 

CERDA 

¡Mu gracias, doña María! 

PEDRO 

Preparad todoS;, señores: 

(A km nobles.) 
corceles, armas y azores, 
pues vamos de cetrería. 

(Todos s« inclinan y van saiieado por el 
foro.) 

CA8TK0 

(A dofia María, a! salir.) 

|Mi vida está a vuestros pies!... 
Y ahora que sepa Sevilla 
todo lo noble que es 
dofia María Padilla. 

ESCENA XIII 

DON PEDRO y DOÑA MAGIA 
MARÍA 

íGrndas, señor! 

(Tendiéndole los brazos.) 

J'EDSO 

\Lioi\a. Man'al 
Por fin que puedo reposar 
entre tus brazos como un nfño 
en el regazo maternal. 

(Se sientan en un dívíc morisco cercn de la 
ventana.) 

Como el que torna de un combate, 

ensangrentado, y en su hogar 

se arranca e! férreo coselete, 

el casco, el peto, el espaldar, 

a tu presencia me despojo 

de todo anhelo terrena!, 

para poder, libre de trabas. 

el aire puro respirar. 

¿Que la traición, como una sombra, 

sigue mis pasos sin cesar? 

¿C^ue el odio azuza sus mastines 

mientras afila su puñal? 

¿Que el crimen puede nuestra copa 

ton su veneno empozoñar? 

¿Que la venganza nos acecha 

en la noctuna obscuridad, 

acurrucada en los tapices 

de nuestra cámara real? 

¡Nada me importa, niieni;ras pued^ 

en tus pupilas contemplar 

todos los sueños de la vida, 

como un desfile triunfal, 

de áureas galeras victoriosas 

sobre la gloria azul del mar! 

lAinor! ¡Amor! Toca mis venas... 



IQuieren romperse y estallar 
para envolverte con su sangre 
en una clámide imperial! 

MARÍA 

¡Bebo mi amor en tus palabras 

una embriaguez de eternidad! 

¡Mis pies no todan en la tierra; 

mi alma y mi cuerpo se me van, 

cual si en sus ráfagas bravias 

me arrebatase el huracán! 

¿Cómo pagar tanta ternura? 

¿Cómo, mi amor, tu amor pagar? 

Quisiera ser entre tus labios 

como las mieles de un panal; 

sobre la copa de tus manos, 

agua mas clara que el cristal; 

bajo tus pies, yerba olorosa, 

para poderte perfumar... 

¡Sea tuya, tuya, siempre tuya! 

Vivir tan juntos, como están, 

los labios de una misma boca, 

las perlas de un mismo collar... 

Y ser tu sombra... Por la vida 

tras de su cuerpo caminar; 

y cuando duermas bajo tierra 

en el sepulcro, vigilar 

tu sueño último, de hinojos 

sobre tu piedra tumular, 

el índice puesto en el labio, I 

bañada en lágrimas la faz, i 

¡Como si fuese la callada [ 

imagen de la Eternidad! 

(La voz dei juglar cantando en el jardín 
JUGLAR 

Rosal que otoño deshoja 
vuelve en mayo a florecer... 
¡Rosal de la juventud 
sólo florece una vez! 
Al deshojarse las rosas 
los ruiseñores se van; 
mas vuelven con los rosales 
en primavera a cantar... 
¡Goza el amor, que el amor, 
si se va, no vuelve más! 

PEDRO 

"^ (Levanfándoss 

¿Qué VOZ, señora, está cantando 
en el jardín? 

MARÍA 

Es el juglar 
que llegó ayer de la Provenza. 

(Como recordando de pronk 
(¡Ah, don Fadrique!) 

PEDRO 

(Atrayendo!! 
¡Qué cantar 
más dulce!... Sigue, sigue hablando;" 
porque tu voz me agrada más. 

MARÍA 
(Acercándosele de nuevo y tomándole la moi; 

Señor, señor, como recuerdo 



de este momento, ¿me darás 
lo que te pida? 

PEDRO 

¡Todo es tuyol 
¿Qué cosa tuya no será? 
¿Quieres acaso los tesoros 
que guardo en mi arcón real? 
¿Aquel anillo de esmeraldas 
con el que puedes encantar 
a las serpientes?... En corderos 
a los leones trocarás. 
¿Quieres el broche de topacios 
que me trajeron de Bagdad, 
que le da al pecho en que fulgura 
la paz y la felicidad? 
¿Quieres las perlas orientales 
de aquel riquísimo collar, 
que al desposarse dio a mi madre 
mi abuelo, el rey de Portugal, 
perlas que son, doña María, 
ejemplos de fidelidad, 
porque si enferma quien las lleva 
ellas enferman a la par? 

MARÍA 

Seffor, no quiero los tesoros 
q^ue guardas en tu arcón real... 
Sólo te pido que libertes 
de su prisión a la Guzmán. 

PEDRO 

(Con Indiferencia.) 
Es un regalo que a mi madre 
hice, lo mismo que se da 
a un niño un pájaro, un juguete, 
para que pueda malgastar 
con él las horas y no venga 
nuestra atención a importunar. 

MARÍA 

(Con Intención.) 

Mas ved que el niño puede ai pájaro 
entre su mano estrangular... 
En la prisión se muere pronto... 
El hacha puede hacer saltar 
sangre, que vaya el regio armiño 
de vuestra túnica a manchar... 

PEDRO 

¿Mas es posible que se atrevan 
en contra de mi voluntad? 
Mi madre... ¿acaso? 

(La Padilla hace un gesto afirmativo.) 
¡Nadie, nadie, 
Ja Guzmán a de tocar! 
¡Tengo el furor de los leones, 
más no el instinto de! chacal! 

MARÍA 

(Postrándose.) 

Pues bien, señor, firma al instante 
la orden de su libertad... 
Délos perdones es la hora... 
Da tu perdón a la Guzmán... 
■JEs ei regalo que te pidol 



PEDRO 

lOh, mi ángel bueno! ¡Alza!... ¡Beltránl 

(Llamando.) 

El traerá el pliecro... 

(Levanta a doAa María. Bellrán •parece por te 
izquierda.) 

MARÍA 

(Abrnzétiáolt.) 
¡Gracias, gracias! 

PKDRO 

¿Qué fuera yo sin tu bondad? 
(Se va, fcctfuido de Belírá», por la izquierda.) 

ESCENA XIV 

DONA MARÍA y MENOA 

MARÍA 
(Llamando r ta primera puerta d* U dareelM.) 
¡Mencía! 

Mí-NCIA 

¡Señora! 

MARÍA 

¿Dónde 
está don Fadriquer" 

MlNCIA 

Allá. 

en el jardín, escuchando 
con las damas al juglar... 
¡Y un alma en pena parece 
según lo triste que estál 

MARÍA 

Yo misma voy a llevarle 
noticia que ha de alegrar 
su corazón dolorido... 

(La reina, que va a «alir por el segundo rérml ' 
no de is derectia, se detiene al ver a doña Marft 
V escucha.) 

MEN'CIA 

¿Qué es ello? 

MARÍA 

Firmando está 
el rey, de doña Leonor, 
su madre, la libertad... 

(Se van por e! foro.) 

ESCENA XV 

LA íiEINA 

REINA 

(Con gozo, viéndolas salir.) 
¡Inútil será ya!... ¡Doña María, 
tarde acudiste para libertarla! 
La vida tiene pies: camina torpe; 
pero la muerte vuela: ¡tiene aiaB! 
Partió ya mi escudero a Talavera... 
Rodará su cabeza... ¡Y cuando vayan 
a darie libertad, será un cadáver 
io único libre que a la tumba salga! 

ESCENA XVI 

LA REINA y BELTRAX. qiic aparece en el pri- 
mer término de la Izquierda con an pliego en 
la mano. 

BELTRAN 

Doña María... Este plie^ 
el rey para vos rae manda. 



REINA 

Dámelo... 

BELIRAN 

(Sorprendido.) 
No sé, señora, 
si es para vos... Yo pensaba... 

REINA 

(Interrumpiéndole.) 

¿Que era para la Padilla? 
Pues es para mí... Te engañas. 

B2LTRAN 

(Inclinándose.) 

Vnestra alteza me perdone; 
mas como las dos se ¡laman 
lo mismo, y el rey tan sólo 
me dijo que lo entregara 
a dona María... 

REINA 

(Imperativa.) 
iVenga! 

BELTRAN 

(Dándoselo.) 
Perdonad esta ignorancia... 
Y ai vos me dais ucencia, 
me voy con el rey de caza. 

(Sale por la dcrecíia.) 

ESCENA XVII 

LA REINA y DOÑA MARÍA 

CNíicntras la reina iee ávidímente el pliego, 
Eparecc por el foro la Padilla. Sorprendida, la 
reina, oculta e! pliego.) 

MARÍA 

Su alteza me perdone... Mas venía... 

REINA 

(TrJunfalmentc.) 

Tarde llegaste... Lo que aquí buscabas 
está ya en mi poder. ¡Mira estepiiegol... 

(¡Se lo muestra.) 
MARÍA 

¡Señora, por piedad! 

REINA 

¡Ah!... ¿Tú pensabas 
—¡miserable de ti i— poner un treno 
con tu imbécil piedad a mi venganza? 

MARÍA 

(■Suplicante.) 

Señora, dadme el pliego... ¡Pronto!... 

[¡Es mío! 

REINA 

¿Cuando hace poco con el rey hablabas, 
a galope un coree! pasar no oíste 
al pie de esa ventana? 
Un pliego a Talavera conducía... 

MARÍA 
(Como si le «gritase de pronto una Idea terrlbie.) 
¡No lo quiero pensar! ¡Señora, basta!... 

REINA 

¡Pero en vez de !a vida, en ese pliego, 

galopando veloz, ia muorte marcha!... 

(í>e oven Irompas lejanas de ca/.a.) 



María 

¡No puede ser! ¡No puede ser! ¡No cab< 
en corazón humano tanta infamia!. 
¡Dadme ese pliego! ¡Pronto, os lo suplí 

[co 
a vuestros pies, señora, arrodillada!.. 

REINA 

¡No será! ¡No será! 

MARÍA 

¡Pediré amparol 

REINA 

¡Cállate! ¡Cállate! ¿Para qué llamas 
si nadie ha de acudir? ¿No oyes las íroüi 

[pas 
¡Nuestro rey y señor se va de caza! 
¡No la podrás salvar!... 

MARÍA 

¡Dadme ese pliego 
¡Dadme ese pliego! 

REINA 

¡No! 

MARÍA 

¡Socorro! 

REINA 
(Sujetándola por el cuello, 

¡Calla 
La Guzmán morirá... 

MARÍA 

¡Mas esa sangrij 
la noble frente de don Pedro mancha!.. 
¡Mas no, no puede ser... dadme esil 

[pliegpl 
(Se desprende violentamente de la reina y tf 
alza amcaazaníe.) 

REINA 

¡Con qué fiera altivez me lo reclama$| 

MARÍA 

¡Señora, por piedad! 

REINA 

(Con sercasm^l 
¡Cómo defiendenti 
la presa de su amor las cortesanas! 
¿Temes que lo que hoy hago yo con 
mañana haga contigo doña Blanca? 

MARÍA 

¡Señora, por piedad!... ¡Mirad mi Ilat 

REINA 

La Guzmán morirá... 

MARÍA 

(Loca tíc do^ 

Mi pecho estalli 

Y ya no puedo más... ¡Dadme ese pl 

o yo misma os lo arranco! 

(Avanza hacía la i 

REINA 
(Retrocediendo hacia la vent4 
¡Caüa! ¡r 
¿Te atreverás? ¿Te atreverás? 



MARÍA 

(Avanzando con energfa.) 
¡A todo, 
antes de consentir tan torpe hazaña! 

(La reina rasga el pliego y lo arroja por la ven- 
tana. Después se vuelve, altiva, hacia doña 
María.) 

REINA 

Ahoradíseloal rey... ¡Cuando él lo sepa 
ya se habrá consumado mi venganza! 



MARÍA 

(Retrocediendo espantada.) 
¡Maldición sobre ti, reina maldita! 
iMaldicion sobre ti! ¡Sobre ti caiga, 
como lluvia de fuego inextinguible, 
esa sangre inocente que derramas! 

FIN DEL PRIMER ACTO 



ACTO SEGUNDO 

La misma decoración que en el acto anterior. Anocliece. 



ESCENA PRIMERA 

DON JUAN ALFONSO DE ALBURQUER- 
QUE, DON JUAN DE LA CERDA, PERO 
LÓPEZ DE AVALA, ALVARO DE ZUÑIOA, 
SANCHO FERNANDEZ DE TORO y con- 
jurados. 

ALBURQUERQUE 

Señores, los grandes males 
exigen grandes remedios, 
y hay que cortar por lo sano 
si hemos de salvar al reino, 
que no hay médicos que dejen, 
por librar un solo miembro 
gangrenado, que por él 
se gangrene todo el cuerpo. 

CERDA 

Nadie aquí tiene segura 
la cabeza sobre el cuello, 
porque no respetan nada 
las furias del rey don Pedro. 
Cayó Gaivilaso en Burgos, 
cayó en Aguilar mi suegro: 
Coronel; Núñez de Prado 
también a traición ha muertí ... 

ALBUR ÍUER QUE 

lY lo que es él para todos 
en mí tenéis el ejemplo! 
Me quitó el sello real; 
desatendió mis consejos, 
y me temo que mañana, 
vengativo, sin respeto 
a mis servicios, me mande 
al cadalso o al destierro. 
En vano, en vano he querido 
poner a sus furias freno, 
uniéndole a la princesa 
de Borbón. Tal casamiento 
en vez de evitar los males 
ha creado males nuevos 
porque ha sido cuai si uniesen 
a un lobo con un cordero. 
La misma noche de bodas, 
desatendiendo los ruegos 
de su madre, a doña Blanca 
la deió sola en el lecho, 



para en Montalván reunirse 
con la Padilla de nuevo. 

LÓPEZ 

¡La Padilla!... ¡Esa es la causa 
de los males de estos reinos! 
Ella nos rige, y Castilla 
es de su familia un feudo. 

CERDA 

Todos que vengar en ella 

algún agravio tenemos. 

Yo, por mi parte, el maestrazgo 

de Calatrava, que siendo 

de don Juan Núñez, mi tío, 

el rey se lo dio a don Diego 

Padilla... 

8AMCH0 

También a mf, 
para dárselo a otro deudo 
de doña María, el cargo 
me quitaron de frontero 
de Portugal... 

ALVARO 

¡Por su culpa 
mi padre murió en destierro, 
sin que la tierra sagrada 
que reconquistó su acero 
para la enseña de Cristo, 
pudiese cubrir sus huesos!... 

LÓPEZ 

Por causa de la Padilla 
el i^ey corre loco y ciego 
al abismo... 

ALBURQUERQUE 

Hasta su madre 
a nuestro lado se ha puesto. 
Los infantes de Aragón 
también son del bando nuestro, 
y todos los ricos homes... 

LÓPEZ 

Y hasta los bastardos, menos 
don Fadrique, que aun vacila, 
calientes los nobles restos 
de doña Leonor, su madre, 
—que, como todos sabemos, 
en Talavera fué muerta,— 



sus rencores han depuesto, 
y en torno a la reina madre 
también se agrupan, tendiendo 
su mano a la ensangrentada 
mano que les dejó huérfanos. 

ALVARO 

¡Vive Dios, que yo en su caso 
otra cosa hubiera hecho! 
A quien matase a mi madre 
no tocara, ¡vive el cielo!, 
mi mano, si antes que ella 
no le tocase mi acero! 

ALBURQUERQUE 

Francia nos dará su apoyo, 
Aragón nos presta aliento, 
v Portugal y Navarra... 

Y hasta el pontífice ha puesto, 
señores, en entredicho 

la corona de don Pedro, 
si no deja a la Padilla 
y pacifica estos reinos, 
uniéndose a doña Blanca, 
su regia esposa, de nuevo. 

ALVARO 

Poco el pontífice fuera, 
y Francia y el mundo entero 
si a su lado el rey tuviese 
la nobleza de estos reinos, 
que la tierra castellana 
sienta mal al extranjero 
porque en sus senos encierra 
mucho ardor y mucho hierro, 

ALBURQUERQUE 

iHay que separarlos pronto! 
Esta noche... Aprovechemos 
la ocasión, porque mañana 
será inútil nuestro empeño. 
El rey, con todos los suyos, 
se fué a cazar. Pues a tiempo 
que él caza garzas, nosotros 
su paloma cazaremos, 
y teniendo la paloma 
el palomo será nuestro... 
A Medina, donde esperan 
las reinas, la llevaremos, 
y allí prisionera muere 
o profesa en un convento... 

LÓPEZ 

Desde Sevilla a Medina 
asegurados tenemos 
los caminos por las gentes 
de Trastamara... 

ALBURQUERQUE 

Aquí, dentro 
de palacio, ausente ol rey, 
somos los tínicos dueños... 

CERDA 

Y el oro todas las puertas 
de la ciudad nos ha abierto. 



RANCHO 

¿Mas si don Fadrique llega 
a sospechar?... 

LÓPEZ «í 

No haya miedo 
del maestre. Esta mañana 
despidióse de don Pedro. 
Para tornar a Llerena 
todo lo tiene dispuesto... 
¡Antes que salga la luna 
ha de emprender el regreso! 

ALBURQUERQUE 

Al sonar las oraciones 
en el próximo convento, 
a robar a la Padilla 
enmascarados vendremos 
todos aquí, que este patio 
conduce a sus aposentos. 
Yo respondo de la guardia 
del alcázar... Hasta luego. 

SANCHO 

El cielo OS guarde, Alburquerque. 

ALBURQUERQUE 

¡Señores, guárdeos el cielo! 

(Salen los caballeros por el primer íénnino c» 
la izquierda.) 

ESCENA lí 

DONJUÁN ALFONSO DE ALBURQUER- 
QUE y PERO LÓPEZ DE AVALA. 

LÓPEZ 

Pero señor, ¿qué os dijo 
la reina doña María? 

ALBURQUERQUE 

Que aun en contra de su hijo 
nuestro plan apoyaría, 
porque a sufrir se subleva 
su alma generosa y brava 
el yu^o de esa manceba 
que hizo a Castilla su esclava. 

LÓPEZ 

Mas, ¿su hijo? 

ALBURQUERQUE 

Desprendido 
del yugo de esa mujer, 
volverá don Pedro a ser 
esclavo de su valido. 
Y si en su fiera arrogancia 
se opone a cuanto ambiciono, 
no le arriendo la ganancia 
ni a don Pedro ni a su trono. 
Un niño don Pedro era 
cuando su padre murió. 
En bandos Castilla entera 
contra él se levantó. 
Noble con exceso fui, 
que el cetro que se caía 
de su mano, ¡pese a mí!, 
le sostuve con la mía. 
Mas probarle quiero yo, 
por su ingratitud cruel, 



que el que al trono le subió 
68 capaz de echarle de él. 

LÓPEZ 

Mas, ¿quién en esta nación 
ha de reinar? 

AI.BÜRQUERQÜE 

¡Voto a tal! 
Don Pedro de Portugal, 
don Fernando de Aragón, 
Enrique de Trastamara... 
Cualesqtiiera de ellos, pues 
cualesquiera de los tres 
tiene firme el brazo para 
regir el reino... 

LÓPEZ 

¿Mas vos? 

ALBURQUERQUE 

Nunca de ello presumí, 
que es un reino, ¡vive Dios!, 
poca cosa para mí. 
Pues no anhela mi esperanza 
más premio ni galardón 
que un cetro: mi férrea lanza, 
y un trono: mi duro arzón. 
V mientras pueda blandir 
la lanza, Ayala, mis leyes 
baré a lanzazos cumplir 
a los más altivos reyes. 

LÓPEZ 

Mas yo quiero que ttíe explique 
vuestro ingenio cómo es 
posible que don Enrique 
esté con nosotros, ¡pues 
la reina madre dio muerte 
a la suya!... 

ALBURQUERQUE 

¡No hay razón, 
que acalla al odio más fuerte 
i el grito de la ambición! 
Mas nunca vuestra imprudencia 
de ese crimen vuelva a hablar, 
porque tornan a sangrar 
heridas en mi conciencia... 
Mas basta de reflexiones; 
vuestros planes ultimemos, 
y aquí por ella vendremos 
al sonar las oraciones. 

(Salen por la Izquieraa.) 

ESCENA III 

DON FADRIQUE y FERNÁN DE CASTRO, 
que aparecen por el fondo. 

CASTRO 

¿Qué pena os ha encadenado? 
¿Qué cólera os esírehioce 
ue vuestro rostro parece 
rostro de un condenado? 

FADRIQUE 

¿Cómo no he de estarlo, di, 
ti llevo— ¡oh. suplicio eternol— 



todo el'fuego del infierno 
ardiendo dentro de mí? 
¡Antes cegara que ver 
aquellos ojos que son 
causa de mi perdición 
y mi eterno padecer! 
Ojos claros, ojos ch^os, 
azules como el zafiro, 
¿cómo poder olvidaros, 
si me matáis al miraros 
y muero cuando no os miro? 
De vosotros me alejé 
creyendo el mal evitar; 
pero todo inútil fué, 
pues vivo pensando en que 
pronto 08 volveré a mirar, 
¡Mas no, que aun antes que vea 
mi cerviz doblada al yuso, 
he de hacer que mi asvior sea 
de mi propio amor verdugo!... 
Como la muy casta dama, 
la de las manos crueles, 
gloria de los Coroneles 
y admiración de la fsma, 
la que con su propio íutí^o 
quiso vencer sus [sogueras 
yo he de hacer, amor, qub luego 
en tu propio fuego muer.iíi. 
Si mis ojos han de ser 
llamas que te han de avivar, 
yo haré mis ojos quemar 
para no volverte a ver. 

CASTRO 

¿Vos que habéis siempre, señor, 
al amor esclavizado, 
cómo os habéis transformado 
en esclavo del amor? 

FADRIQUE 

De sus flechas me reí; 
me burlé de sus celadas; 
mas de las burlas pasadas 
¡qué bien se venga hoy de mí! 

CASTRO 

Mas no temed a su estrago, 
que !a dama más altiva 
strá íct'úz si es cautiva 
del maestre de Sanlipgo. 

FADRfQUE 

;No! Que en ímpetus fatales 
i ni amor se fué a remontar 
donde no pueden llegar 
ni las aguilias caudales. 
Y si algún día pudiera 
abrigar una esperanza, 
es tai mi desventuranza 
que amor, de miedo, muriera. 
Desde que mi ahna la vio 
¡ay, P'ernán Castro, no sé 
si ella en mi alma se entró, 
O a ella mi alma se fuél 



. Pero ya no puedo más... 
Oye mis secretos, pues 
mi desgracia llorarás 
cuando conozca quién es 
la causa de esta pasión 
que apagar intento en vano... 
la esposa del rey mi hermano... 
¡Doña Blanca de Borbón! 

CASTRO 
(Cubriéndose el r< sfro con las manos,) 

iDoña Blanca!... ¡Qué locura! 

FADRIQUE 

¡Ve si mi suerte es horrible, 
pues he puesto mi ventura 
más allá de lo imposible! 
Ya sabes que fui a Narbona 
para traerla a Castilla, 
a compartir la corona 
con don Pedro... De Sevilla 
salí— ¡nunca tal hiciera!— 
anhelando en mi furor 
vengar a doña Leonor, 
recién muerta en Talavern. 
En Narbona la encontré... 
Mas, ¡ay!, que apenas la vi 
yo no sé lo que sentí 
que sin habla me quedé; 
huyó el color de mi cara, 
y se doblaron m.is dos 
rodillas, cual si me hallara 
a la presencia de Dios... 
¡Y desde entonces, fatal, 
este amor desesperado 
llevo en el pecho clavado 
como si fuera un puñal! 
Como curarme no espero, 
de arrancármelo no trato, 
pues si lo arranco me mato, 
y si lo dejo me muero. 
¡Y puesto que he de morir, 
en mi desesperación, 
prefiero a! fin sucumbir 
con él en el corazón! 

CASTRO 

Huid de ella, porque bien 
dice el sentir de la gente: 
«Cuando ios ojos no ven 
el pecho, señor, no siente.» 

FADRIQL'E 

Su amor conmigo concluye. 
Como mi sombra me sigue; 
y si la persigo, huye, 
y si huyo, me persigue. 
Para mis cuitas finar, 
al rey le vine a pedir 
su licencia para ir 
a la frontera, a lidiar 
con las huestes agarenas... 
¡Bendito el dardo, el lanzón 
que al pasií»rme el corazón 



me liberte de estas pmm] 
¡Para ver si de esta suerte, 
luchando logro olvidar 
amor que me ha de matar, 
si ya no me dio la muerte! 

CASTRO 

Mas la reina ¿os ha alentado? 

FArRIQUE 

No sé... ni saberlo quiero... 

Solo sé que enamorado 

de ella estoy, y amando muero... 

ESCEN\ IV 

Dichos y UN PAJE, que peneira por la izqu.: 

PAJE 
Para la marcha, señor, 
todos están preparados; 
y a la puerta, de impaciencia, 
relincha vuestro caballo. 



FADRIQUE 



(AJp 



Vamos pronto. 

A la Padilla 
ve y dile en mi nombre, Carlos, 
que para partir, tan sólo 
despedirme de ella aguardo 

(El paje entra por la primera puerta de la d 
rccha.) 

Le debo a doña Mearía 

gratitud. Prestóle amparo 

a mi madre, y generosa * 

su vida hubiera salvado 

sin la traición de la reina, 

y si se presenta el caso 

ya verá doña María 

como con creces la pago, 

que olvidar deudas de honor 

no es propio de hombres honrados. 

ESCENA V 

DOÑA MARÍA y DOÍÍA JUANA GARCÍA 
DE SOTOMAyOR, que aparecen por la derecl 

PAJE 

Aquí está dofia María. 
(Don Padrique y Fernán de Castro ac Inclinar 
MARÍA 

¿El maestre de Santiago 
se va a Llerena de nuevo? 

FAD.«?1QUE 

Tan sólo estoy esperando, 
para partir, que a besar 
me deis, señora, ¡as manos, 
pues la gratitud que os debo 
ya que no puedo pagaros 
con mi vida, dejad que 
03 ¡a pague con ¡os labios. 

(Se inclina y le besa las manot 
MARÍA 

No rae recordéis memorias 



que olvidar de?)emos ambos; 
hice por vos cuanto pude... 

Y sabed que, en todo caso, 
puede conmigo contar 

el maestre de Santiago. 

FADRIQUE 

Y yo la existencia entera 

os diese, señora, en cambio, 
y aun la vida es poco para 
lo que os estoy obligado. 
lAdiós, señora! ¡Sabed 
que en mí tenéis un esclavo! 

Y si alguna vez— en estos 
tiempos porque atravesamos 
todo en lo posible cabe- 
necesitáis el amparo 

de un brazo y un corazón, 
si os pueden servir en algo, 
aquí, señora, tenéis 
mi corazón y mi brazo! 

(Don Fadrlque y Fernán de Castro ae fnclinan 
y salen por la izquierda seguidos del paje.) 

ESCENA VI 

DOÑA MARÍA y DOÑA JUANA GARCÍA 
UE SOTOMAYOP. 

JUANA 

¡Pálida estáis, dueña mía! 
No parece sino que 
con la claridad del día 
vuestra claridad se fué. 

MARÍA 

Don Pedro cazando está 
y sin él vivir no puedo. 
Es sol que vida me da, 
y cuando mi sol se va 
yo no sé cómo me quedo. 
Corro de acá para allí, 
con mi soledad batallo, 
y en mi ciego frenesí 
busco algo que no hallo 
ni en mí ni fuera de mí, 
pues tras su recuerdo fiel 
vaga aturdido mi amor, 
dando aullidos de dolor, 
igual que un ciego lebrel 
en busca de su señor. 
Mi corazón se subleva 
cuando pienso en su partida... 
¿Cómo no quedar dolida, 
cuando en sus manos se lleva 
como un anillo mi vida? 
¡Vida que tan suya es, 
que si de ella se cansara 
yo mismo la deshojara 
como una flor a sus pies! 



ESCENA Vn 

Dichos y MENCIA, con un iaúd en la mano; 

URRACA, ALFONSO CARRELLO, IS4BBL 

y damas, que entran por la verja dei Jardín. 

MENCIA 
(Acercándose a doña María.) 
Aquí el laúd. El laúd 
de aquel joven trovador 
que, prendado de ia reina 
doña Juana de Aragón, 
le hallaron una mañana 
muerto al pie de un torreón, 
con un venablo clavado 
en mitad del .corazón. 
Tiene las cuerdas de plata... 
¡Señora, pulsadlo vos, 
que sólo pulsarlo deben 
manos que sepan de amor! 

JUANA 

Cantadnos, doña María, 
alguna nueva canción, 
que los cantares y el vino 
hermanos gemelos son, 
pues ambos dicen que espantan 
las penas del corazón. 

MENCIA 

¿Os acordáais de la trova 
a Sevilla, que, al fulgor 
de la luna sobre el río, 
en vuestra barca cantó 
aquel remero de Gelves 
con lágrimas en la voz? 
Era una noche de mayo... 
Don Pedro estaba con vos, 
apenas convaleciente 
de su mal. Bajo el blancor 
del plenilunio, la barca 
se deslizaba veloz, 
como perdida en un sueño 
de blancos lirios en flor. 
¿Os acordáis? En el aire 
se respiraba el olor 
de las riberas floridas 
de azahares... Se extinguió 
como un perfume en el viento 
el eco de la canción... 
¡Recitad aquella trova, 
que quiero aprenderla yo! 

ISABEL 

¡Recitadla! 

URRACA 

¡Recitadla! 

JUANA 

¡Siquiera por el amor 

de esa ciudad que os adora 

igual que se adora a Dios! 

MARÍA 
(Acompañándose del laúó.) 
Eres, Sevilla, igual que una 
sultana pálida de amor, 



que encanta un raj'o de la Juna 

«obre un morisco mirador. 

Tu regia pompa se retrata 

bajo tus cielos de zafir, 

como en espejos de oro y plata 

en el azul Guadalquivir. 

Tu nombre, dulce de cantar, 

glorioso como el del^aurel, 

huele a jazmines y a azahar, 

suena a laúd y sabe a miel. 

Mansión de encantos hecha p^ra, 

sin voluntad, morir de amor 

como flor que deshojara 

el salpicar de un surtidor. 

Los ojos que una vez te ven 

siempre contigo han de soñar, 

y ni en la gloria del Edén 

podrán tus glorias olvidar. 

Áureo joyel de Andalucía, 

otra ciudad cual tú no existe, 

pues es, Sevilla, la alegría 

la regia pompa que te viste. 

íCórdoba tiene su mezquita, 

Jaén su altiva catedral... 

Sevilla nada necesita,' 

porque Sevilla tiene más! 

Cielos más claros que ninguna, 

noches más límpidas y bellas... 

Aquí es más fúlgida la luna 

y más brillantes las estrellas. 

Tu juventud, ebria de amores 

y so!, no sabe lo que es frío... 

En ti no nievan sino flores 

y llueven perlas de rocío. 

Ciudad formada para el 

sueño más bello del amor, 

tienes la sangre del clavel 

y el corazón del ruiseñor... 

¡Ciudad formada para e! 

sueño más bello del amor! 

(Pequeña pausa. En cl jardín «parece la (une.) 

JUANA 

Todo el alma de Sevilla, 

igual que un ramo de azahar 

Kobre el seno de una novia 

perfuma en ese cantar. 

(Resuena un esíruendo de tropas «le cucrfa en 
el foro.) 

MAKIA 

(Alarmada ) 
bsas trompetas, ¿qué son? 

JUANA 

(Corrlcntio al aiimez d# la izquierda.) 

Don Fadrique que se va 
a Llerena con los suyos. 

URRACA 
,. .^ {Desde el foado.) 

iVenid, señora, y mirad 
cómo atraviesan sus huestes 
tes calles de ia ciudad! 



ISAREL 

(Desde e! Jardín.) 
iQué gallardo va el maestre 
cabalgando en su alazán! 

JIJAN A 

Desde el jardín los veremos. 

URRACA 

iVenid. señora, y mirad! 

(Dona María y las dainns se dirigen al ¡ardfn 
entre clr clamor de les trompetas Altr a íaür 
Mencía la deíicne Beltrán, que cnlr* rápidamen- 
te por lo Izquierda.) 

ESCENA VIII 

BBLTRAN v MKNCIA 
I MEXCIA 

' ¡Siempre os encuentro a mi lado! 

¿E! rey, acaso, Beltrán, 

para honrarme, os ha nombrado 

mi guardián? 
j ¡Vuestra terquedad me asombra! 

¿Cuándo libre me veré? 

I BELTRÁN 

! Cuando os deje vuestra sombra, 
yo, señora, os dejaré. 

MENCIA 

Siempre que hablo me contesta, 
como un eco dolorido, 
vuestra voz torpe y molesta... 
¿Cuándo dejará mi oído 
de escuchar las tristes quejas 
de vuestros locos amores? 

! BELTRÁN 

i Cuando dejen las abejas 
de buscar miel en las flores. 

MENCIA 

En vano vuestra porfía... 
¡Dejadme ya, señor pajel 

BELTRÁN 

No puedo, doña Mencía, 
que traigo un doble mensaje. 

(MencTa intenta escapar. Beltrán la detiene.) 
Escuchad... El rey lo ordena. 

MENCIA 

i Si me niego a obedecer, 

I decid, Beltrán, ¿qué condena 

I el rey me puecíe imponer? 

BELTRÁN 

j Su justicia es vengadora 
i cotí \H traición... ¿Ya sabéis?... 
I Que os den mil besos, señora, 
I donde vos mejor gustéis: 

pues generoso en su peclio, 

y a los reos de traición 
i suele dejar un derecíio: 
; el dereclio de elección... 

i MENCIA 

í Mil besos... ¡Ay, qué insolencia! 

I BELTRÁN 

1 Y estos mis labios serás 



3S dos verdugos que harán 
n vos firme la sentencia. 

V.lñNCiA 

7 si a cumpliria me nie«{o? 

BELTRAN 

',is brazos serán prisión... 
¡' os quemaréis en el fuego 
(jntFo de mi corazón! 

.MENCIA 

Drno sufrir tai ultraje 
:! oigo. Como es de ley 
ecid el doble mensaje... 
ero primero el del rey... 

BELTRAN 

a sabéis, doña Mencía, 
ue, como mozo galán, 
usta de la cetrería... 
obre un soberbio alazán, 
>do enjaezado de oro 
perlas, que le envió 
lisde Granada el rey moro, 
ita mañana salió 

^tros nobles señores, 
-^evilla, la leal, 
j probar unos azores 
"i?gados de Portugal . 

orno soy su halconero 
ito, también iba 

gando en un overo 

. regia comitiva. 

esos montes cazando 

mos entero el día: 
>, ¿n su dueña pensando, 
i yo en vos, doña Mencía. 
. su lado me llamó, 
jen voz baja me ordenó 
jue regresase a Sevilla, 
^lepando a rienda suelta, 
jara dar a la Padilla 
íi noticia de su vuelta. 
I encontrar no pudo él 
|n mensajero mejor, 
pe al más cansado corcel 
|ias le presta el amor' 
' ya que os di su mensaje, 
' í, señora, escuchad 

lue para vos traje... 

tristes ojos mirad, 

'3 os dirán, Menea. 
'uo lo que el alma sieme 
|ial decirlo no podría 
I labio más elocuente! 
Airadlos por vos llorar, 
"^'í el llanto es el mejor 

■aje para expresar 
stezas del amor! 

MENCIA 

. ji , _ . (Co.^movlda.) 

peiírán, Beltrán, yo no quiero 
lie sufras así. que llores...! 



risas de ¡as clamas.) 
Mas mira: aquel limonero 
ettá dejando sin flores 
mi señora... Trae un ramo 
tan grande, que se dijera 
que es ella la primera... 

BELTRAN 

¡Mencía...! ¡Cuánto te amo! 

.VÍE.VCIA 

¡Calla, calla, señor paje!... 
¿Cuándo al fin te callarás? 
Se acerca ella, y podrás 
ahora decirle el mensaje. 

(Sediri^ren al jardín, dor.de «c ven cruzar» 
doiiB Marifl y digunas damas. Por la pucrra de 
la izfjuicr-i(a aparecen Alburquerque y Pero Ló- 
pez de Ayaid.) 

ESCENA IX 

ALBUttQUBtíQUK y PERO LÓPEZ DB 
A y AL A 

ALBURQUERQUE 

Alguna noticia urgente 
Beltrán ha traído. Acabo 
de verle entrar a galope 
desempedrando ese patio. 
Tiró las bridas a! cuello 
y descabalgó de un salto, 
y aquí se entró tan de prisa 
que alcanzarle no he logrado. 

LÓPEZ 

jSi algtin traidor a don Pedro 
le dio ¡a noticia estamos 
perdidos! 

ALDURQUERQUR 

¿Por qué temores 
sL armas tenemos y brazos? 

Y puesto que en esta empresa 
la cabeza nos jugamos, 

si a traición nos han vendi<io, 
en vez de esperar, temblando 
como viles mujerzuelas, 
las cóleras del tirano, 
esperemos como hombres 
con las armas en la mano. 
Retroceder no es po.sible; 
todo está ya preparado; 
prontas las gentes de arma?; 
los corceles enjaezados. 
Al sonar las oraciones 
aquí estaremos. En tanto, 
para que seguir nopued;-!: j 
las huellas de nuestros ¡atas, 
desjarretaremos todos 
los corceles que han queU.ido 
en esas caballerizas... 

Y encerraremos al paso 
en las cuevas del alcázar 
palafreneros y esclavos.^ 



LÓPEZ 

Aquí viene la Padilla 
con Beltrán... 

ALBURQUERQUE 

Ayala, vamonos; 
no sospeche de nosotros 
fil mirar que la espiamos. 

(Se van por l<i Izquierda.) 

ESCENA X 

DOÑA MARÍA, DOÑA JUANA. MENCIA. 
URRACA, ISABEL, BELLRAN y damas, que 
eniran pnr la verja del foro, con grandes ra- 
mos de flores. 

MARÍA 

Frescas guirnaldas de rosas 
en los arcos colocad; 
cubrid de lirios el suelo 
y mi cámara adornad 
con manojos de claveles 
y con ramos de azahar, 
que mi amor regresa y gusta 
entre flores reposar. 

(Algunas damas suspenden guirnaldas de lo» 
éreos. Otras penetran con las flores en el apo- 
st nfo dcd fia Maiía.) 

Encended todas las lámparas, 
y de las arcas sacad 
la veste mejor labrada, 
el más soberbio collar, 
las joyas más ricas, todo 
cuanto me pueda ataviar, 
porque le gusta mirarme 
ataviada a mi galán. 
Cumplid mis órdenes presto.., 
¿Llegará pronto, Beltrán? 

BELTRAN 

Tal ansia tiene de veros, 
que para presto llegar 
alas su misma impaciencia 
a su corcel prestará. 

MENCIA 
(Saliendo de la estancia de dofia Marfa.) 
Señora, el rey ha llegado... 

BELTRAN 

Aquí le tenemos ya. 

(Aparece don Pedro por la estancia de doña 
María, vestido de caza y can un gerifalte a 
puño. Doña Marfa corre hacia ¿1.) 

ESCENA XI 

Dichos y DON PBD so 
MARÍA 

iDon Pedrol 

PEDRO 

¡Doña María, 
felices ojos que van 
a verte después de tantas 
horas que ciegos estánl 



Toma el gerifalte, toma 



(A BeltrAn.) 



mis armas y ve, Beltrán, 
a la entrada del jardín 
a recoger mi alazán, 
que fatigado, de tanto 
como ha corrido, estará. 

MARÍA 

¡Mi corazón va a romperse 

de tanta felicidad! 

¿Cómo llegasteis tan pronto? 

PEDRO 

Un deseo de mirar 
tus pupilas, de sentirte 
^ntre mis brazos temblar 
me acometió de repente... 
Volví rienda a mi alazán... 
Nadie sabe mi partida 
ni nadie me ha visto entrar... 

MARÍA 

¡Dueñas mías, duefía mías, 

marchaos a descansar! 

(Salen las damas por la puerta de la dered 

ESCENA Xn 

DON PEO RO y D OÑA MARÍA 

.MARÍA 

¿Vendrás fatigado de la cetrería? 

PEDRO 

Tres leguas por verte corrí en una hoA 
¿Mas qué son tres leguas, si el arir 

[nos gu!'? 
Amor tiene alas, distancias devora.. 
Con las bridas sueltas, flotantes s 

[cri'- 
sintiendo la espuela sangrar los hijí 
mi corcel volaba por esos jardines 
que nievan el suelo con sus azahare 
Un rastro de flores dejó su carrera. 
¡Amorosamente temblaban sus anca 
igual que si en ellas resbalar sintien 
las tibias caricias de tus manos blancs! 

MARÍA 

¡Oh dulces verdades y tiernas mentiii! 
¡Qué alegres mis manos en tus mats 

[preísl 
Se apagan mis ojos si tú no los mira 
se secan mis labiss si tú no los besa.. 
A tu lado todo de gozo florece... 
¡Viéndome en tus ojos recobro la cal I. 
porque al verme en ellos, señor, me t- 

que miro mi alma dentro de tu almt 

PEDRO 

¿Te acuerdas, María? ¿Te acuer 

[Ma . 
Te vi en una tarde clara como ésta. 
También, como ahora, de caza volv, 
galopando solo por esa floresta, 
gerifalte al puño y al cinto la espad; 
ebrio con la gloría de mis auioce abrís» 



sueltos a la fresca brisa perfumada 
mis rubiios y undosos rizos juveniles... 
Entre locos sueños, en la maravilla 
de la tarde, el alma respiraba entera 
el perfume múltiple que exhala Sevilla 
que es todo el aroma de la primavera. 
Bajo el argentino claro campaneo 
que la floreciente tarde armonizaba, 
sediento de presas, era mi deseo 
como elgerifalte que al puño llevaba. 
Refrené mi potro... Revoloteaban 
las palomas sobre un alféizar, María. 
Unas en tus manos el trigo picaban 

Íotra, más traviesa, su pico extendía 
uscando tus labios, con su tembloroso 
plumaje peinando tu negro cabello... 
¡Mi halcón sobre ella lanzóse celoso, 
y sus corvas garras las hundió en su 

[cuello!... 
jY lanzando un grito de horror, dolo- 

[rida, 
a tus propios senos llevaste la mano, 
igual que si en ellos sistieses la herida 
del amor, que tiene garras de milano! 

MARÍA 

¿Y cómo mi labio reprimir podría 
ungritodeangustia,sitambién tu halcón, 
al j3ar que apresaba la paloma, hundía 
113 garras sangrientas en mi corazón? 
Un presentimiento suspiró a mi oído, 
con la voz que oímos temblar en un 

[sueño: 

—¡Tu alma ya no es tuya!... ¡Su dueño 

[ha venido!... 

Y alma y vida, juntas, se las di a mi 

[dueño! 
Te amo porque eres generoso y fuerte; 
norque me subyuga tu altivo mirar; 
.erque ha encadenado tu orgullo a la 

[muerte 
altivo la miras sin pestañear! 

V cuando mis manos tus rizos separan, 
e orgullo y de miedo salta el corazón, 

y mis dedos tiemblan, cual si acariciaran 
¡as enmarañadas crines de un león. 
¡Reposa en mis brazos! Da todo al ol- 

[vido... 
Qué te importan reinos, cetro ni co- 

[rona?... 
^on las zarpas prestas y atento el oído, 
i león, tus sueños vela tu leonal 



María 



Alburquerque 



ESCENA XIII 
Dichos y BELTRAN.queeníran por la derecha 

BELTRAN 

Su Alteza me perdone... mas venía... 

PEDRO 

(íQué pasa?Dí, Beltrán, ¿cómo te atreves 
a penetrar aquí? 

BELTRAN 

(Tembloroso.) 
Están, don Pedro, 
desjarretados todos los corceles 
en las caballerizas... 

PEDRO 

¿Es posible? 
Mas, ¿Cómo? Di, Beltrán... 

BELTRAN 

¡Venid y vedles! 
Hasta vuestro alazán, en este patio, 
bañado en sangre y en sudor se muere... 

PEDRO 

¡Dame un hierro, Beltrán! Vuelvo, Ma- 

[ría. 
¡Sepamas presto qué misterio es éste! 

(Beltrán toma una antorcha y sale con don 
P«dro por a primera puerta de la dcrechí. Sue- 
nan l^ss o.-acione- en el convento próximo. Doña 
María se erro dilla. Algunas sombras aparecen 
en el fondo del jardín.) 

ESCENA XIV 

DOÑA iMAR!A y con)urados. 

MARÍA 

(Rezando.) 
¡Señor, por las afrentas que sufriste, 
haz que repose el corazón del triste, 
y que sus llagas doiorosas 
se conviertan en rosas!.... 
Señor, por las afrentas que sufriste! 
Señor, por el dolor de tu pasión, 
unge con la piedad de tu perdón 
a los que en brazos del mal gimen, 
a la traición y al crimen!... 
¡Señor, por el dolor de tu pasión! 
¡Señor, por las espinas de tu sien, 
por la sangre que corre por tu faz, 
da a los ojos el sueño, y dá también 
al corazón la paz!... 
¡Que nadie turbe vuestra gloria!... 

[¡Amén! 
(Los conjurados se han ido acercando cau- 
felosamenfe a doña Mcría. Esta, a! levantar»*, 
lo» contempla y retrocede asustada.) 



VLBURQUERQUE Vigilad 6838 puertas... 



¡Traición, traición! 



(En voz ba!a a los conlurados.) 
Mas, ¿qué es esto? 



y sois muerta! 



OM . . ,, (Qriíando.) 

¡Silencio! ¡Una palabra 

(Amenazándola con an pofiaL) 



María " iSocorroi 

Alburqureque |No gritéis, 

o mi puñal os hundo en la garganta! 
María ¡Don Pedro, a mi, don Pedro...! 

(Los coniurados orrcbatan a dona María.) 

ESCENA XV 

Oichos y DON PEDRO; BIíLTRAN y damas. Las damas salen precipitadamente por ia segundi 
puerta de la derecha, y después don Pedro y Beltrán. Todo rapidísimo. 



Da.vias 
María 

Alburqüekque 

ÜAMAS 

María 
Damas 
Pedro 

DAitíAS 



López 

PtüKO 

López 
Pedro 
López 
Pedro 
López 

Pedro 



¿Qué sucede? 
¡Amparadme! 

(Gritando por el foro.) 
¡Ponadle una mordaza! 
¡Se la llevan...! ¡Socorro! 
(Gritando, mientras los conjurados se llevan a doña María hacia el jardín.) 

¡A mí, don Pedro! 
¡Socorro...! ¡Auxilio...! ¡Compasión...! (Como locas, gritando.) 

(íQué pasa? 
(Apareciendo en la primera puerta de ia derecha.) 
Se la llevan. 

(El rey corre hacia los conjurados, y al ir a escapar por la verja, sujeta ds 
tabardo a López de Ayala. Don Pedro levanta ia espada. Pero López d« AyaU 
cae de rodilla^.) 

¡Piedad!... 

¡Presto! ¿Quién eres? 
¡Tened piedad, señor! 

(Arrancándole el antifaz.) ¡López de Ayala! 
Me arrastró la lealtad... Pensé serviros... 
¡Disculpas no me des!... ¡La verdad!... ¡Habla! 
Alburquerque y La Cerda se la llevaron 
a Medina del Campo... 

¡Traidor, basta! 

(Sacudiéndole violentamente por el brozo.) 

¡Puesto que al hombre transformáis en fiera, 
la fiera va a rugir... desde este instante, 
para saciar mi sed no habrá bastante 
sangre, traidores, en Castilla entera!... 



FIN DEL ACTO SEGUNDO 



ACTO TERCERO 

Onlcrío en el castillo de Medina del Campo. Al fondo, una gran puerta gótica que da a la iglesia. 
la izquierda, dos amplios arcos que conducen a las almenas. A la derecha, la puerta de la cámai 
de dofia María de Padilla y un postigo que se supone da a un subterráneo. En el centro de la escí 
na, un alto cruciñjo de talla, iluminado por una lámpara de aceite. 



I 



ESCENA PRIMERA 

DONJUÁN ALFONSO DE ALBURQUERQUE, 
DON JUAN DE LA CERDA, DON FERNÁN 
RUIZ DL CASTRO y fljosdalgo», conversan- 
do en torno de la cruz. 

ALBURQUERQUE 

Fijosdalgos de Castilla, 
fijosdalgos, que jurasteis 
por la cruz de vuestro acero 
y el honor de vuestra sangre 
prestar amparo a las reinas 
contra el rey, llegó el instante 
en Que, matando o muriendo. 



vuestra palabra cumpláis, 
que abandonar tales damas 
en tan peligrosos trances 
no es propio de caballeros 
que se precien de galanes. 
Frente a Medina, don Pedro 
piensa sentar sus reales. 
y en su furor ha jurado 
no alzarlos, mientras no sacie 
su venganza— no en nosotros, 
que hombres somos y no en balde 
ceñimos cotas y espadas 
para morir como tale». 



ino en la sangre ¡nocente — -- 

f su esposa y de su madre! 
vosotros, fijosdalgos, 
a vuestro honor sois leales, 
tanto que por las venas 
rra una gota de sangre 
ermitiréis que se cumplan 
■4 ramentos semejantes? 

FIJOSDALGOS 
íArrodillándose y extendiendo los brazos 
ra jurar.) 

esotros también jurprnos! 

ALBURQUERQt'E 
;Levaníándo8e y señalando ias almenas.) 
'esplegad los estandartes; 

jaezad vuestros corceles, 
¡e antes que la aurora bañe 
!} torres de este castillo 
nsus vivas claridades, 
f roncas trompas de guerra 
roñarán esos valles 
ra salir al encuentro 

las mesnadas reales! 
Los fijosdalgos se inclinan y salen por la ar- 
aría de la izquierda.) 

ESCENA II 

BUROUERQUE. LA CRRDA. FERNÁN 
miz DE CASTRO y SANCHO FERNAN- 
>EZ DE TORO conversando en el prjmer 
ermino de la izquierda. 

ALBIJRQUERQUE 

lüé noticias, campeones, 
íjeron de nuestro campo? 

.SANCHO 

i gente de don Enrique 
! Toro se ha apoderado; 
ios infantes esperan 
mar Burgos por asalto. 

CERDA 

el rey, a nuestro mensaje, 
ué respondió?... 

ALBURQUERQUE 

irtL .j ^o" Fernando, 

j(^ petid a estos señores 
Imo cumplisteis mi encargo. 

CASTRO 
(Un poco desconcertado.) 
I servicio de las reinas 
»"é ayer tarde a su campo 
punta de mi lanza 
^^nca toca agitando. 
i la tienda del rey, 
, rodillas doblando 
pe entregarle los pliegos... 
as los rechazó su mano! 
me dijo, lentamente, 
In los dientes rechinando, 

fl 81 sus propias palabras 
desgarrase en los labios: 
lo quiero ver esos pliegos, 



ni me habléis de ellos, FernandOi 
que pliegos de esta ralea 
manchan mis reales manos. 
Para que de ellos no queden 
ni los más ligeros rastros, 
a vuestra vista, el verdugo 
ahora mismo va a quemarlos, 
y aventará para siempre 
su ceniza en el espacio. 
¡Vos, volved con los rebeldes, 
si ahora merced os hago 
de la vida, es porque espero 
mañana mismo colgaros 
de los muros de Medina 
sobre el almenar más alto! 
Y volviéndome la espalda, 
salió furioso, exclamando: 
—¡Pronto, mis gentes de armas, 
pi'ended fuego a todo cuanto 
en este lugar se encierra, 
para que el fuego sagrado 
devore lo que el aliento 
de un traidor ha profanado! 

(Pequeña pausa. Mes desconcertado,) 
Ya no hay que pensar en paces.., 
¡Don Pedro no admite pactos 
ni dará a nadie cuartel!... 

ALBL'RQUERQUE 
.- (Violentamente.) 

Mas ¿quién en ello ha pensado? 

no hay más razón que las armas... 

¡Y a las armas apelamos! 

¿Medina suya? ¡Medina 

será de don Pedro cuando 

mi cinto no lleve espada 

n¡ mis hombres tengan brazos! 

CERDA 

»« . . ... í^°" recelo.) 

Mas ¿si hay traidores? 

ALBL'RQUERQUE 

Se cuelgan 
de una almena para pasto 
de las aves de rapiña... 

CERDA 
-, . (Insistente.) 

Mas SI entre ellos acaso 
hubiese alguno... 

ALBURQUERQUH 

Don Juan 
de La Cerda, ¡hablemos claro! 
¿Sospecháis?... 

CERDA 

De don Fadrique. 

CASTRO 

... _-. (Con violencia.) 

¡Vive Dios que es de villanos 
ofender al que no puede, 
por no estar presente al caso, 
a la lengua que le ultraja 
arrancarla con su mano! 
Mentís si tal sospecháis^. 



(Indignado, empuñando la espada.) 
Esas frases, don Fernando... 

CASTRO 
(Echando mano a la espada.) 

iSiempre sostuvo mi espada 
lo que dijeron mis labios! 

AI.BURQUERQUE 

(Interponiéndose con enérgica severidad. 1 
iCallad.. o haré un escarmiento! 
El maestre de Santiago 

(A La Cerda.) 
no puede infamar la Cruz 
que sangra sobre su manto. 
Además, no es de los nuestros; 
nada ofreció ni ha jurado, 
a servir vino a las reinas 
con el rey, de intermediario. 
Marchad, don Juan, a dar órdenes 
a la gente. Don Fernando, 
vos, anunciad a las reinas 
que al bañar el sol los campos 
profesará a la Padilla... 
Mas antes, daros las manos... 

(Don Fernán Ruiz de Castro y La Cerda va- 
cilan un instante. Oeapués se estrechan flers- 
mente las manos,) 

CERDA 

(Bn voz baja.) 

Las palabras que dijisteis... 

CASTRO 

(ídem a La Cerda.) 
Os las sostendré en el campo. 

(Sale La Cerda por el primer término, segui- 
do de don Sancho.) 

ESCENA III 

ALBURQUERQUE, FERNÁN CASTRO v 
DON ALVARO Dti ZUÑÍQA, que entra por 
el aagundo término de la derecha Al verlo 
se detiene don Fernando. 

ALVARO 

;Señor! 

ALBURQUERQUE 

¿Mi encargo cumplisteis? 
¿Y las reinas? 

ALVARO 

Con sus damas 

en el salón de esa torre 
ataviándose se hallan. 

ALBURQUERQUE 

¿Y la Padilla? 

ALVARO 

Platica 
con don Fadrique en su estancia... 
Y a la profesión se muestra, 
al parecer, resignada, 

ALBURQUERQUE 

Acompañad al de Castro 
donde las reinas aguardan, 
y ejerced sobre el castillo 
la más dura vigilancia. 

(Salt ve 9" «««rundo térmlao ú» l« liaiücrda.) 



ESCENA IV 

DON ALVARO y FERNÁN RUiZ DE CAí| 

CASTRO 

(V iendo desaparecer a Alburquerque :|j 
giéndose a don Alvaro.) 

Tengo que hablaros, don Alvaro. 

ALVARO 

(Sorpren ¡I 
¿Qué queréis? 

CASTRO 

(Mirándole fijamjj 
Oid con calma, 
mancebo. ¿De este castillo 
sois el alcaide, y la guardia 
de la de Padilla os tienen 
también en él confiada? 



ALVARO 



Es cierto. 



(Alarn 



CASTRO 

(Con lenijid.] 
¿Por que creísteis 
que la Padilla fué causa 
de que vuestro padre fuera i 

desterrado de su patria, ' 

vos habéis sido, don Alvaro, 
traidor a vuestro monarca? 

ALVARO i 

(Sin poder conteniMi.; 
iVive Dios que 3i seguís 
hablando!... 

CASTRO 

(Con st^r 

¡Mancebo, calma, 
que os conviene más que a mí 
el escuchar mis palabras! 
;Don Alvaro, respondedme 
con sinceridad, que os habla 
un hombre para quien vos 
oculto no tiene nada! 

(Acercándose a don ' 

¿Es cierto que al conocer 
la verdad de la desgracia 
de vuestro padre, y que a ella 
era la Padilla extraña, 
pues obra fué de los mismos 
que hoy defiende vuestra espada, 
habéis jurado, don Alvaro, 
de todos tomar venganza, • 
y arrepentido, del rey 
queréis volver a la gracia, 
para lo cual a su campo 
llegasteis ayer mañana?... 

ALVARO 

(R.<!pai||iO' 

¿Quién dijo?... 

CASTRO 

Vuestra conciencíi 

que por vuestros ojos habla. 

(Con leifid. 

¿No habéis ofrecido al rey 
íí«-le! en cí ca>»^*il* '-^*f«»<í* 



"-■sta noche, por algtma 
.aiería subterránea 
de vos sólo conocida? 
Pues vamos... ¡Don Pedro aguarda 
que ahora, devoto, cumpla 
don Alvaro su palabra! 
Aquí he venido a avisaros... 
^ ¿Vuestra gente, preparada 
se encuentra, a prestar su apoyo 
a las huestes de! monarca? 



ALVARO 



(Convencido.) 



Sólo a su señor esperan 
para morir por su causa. 

CASTRO 

A la entrada de la cueva 
nuestro señor nos aguarda. 

ALVARO 

(Sefialardo el posfijo.) 

Pues vamos... (¡Si me traicionas, 
no quedaré sin venganza!) 

Desnudando el puñal, y saliendo recatada- 
mente detrás de Castro ^or el posüsjo.) 

ESCEI%\. V 

DOÑA MARÍA DE PADILLA y DON FADRI- 
QUE, que salen por la primera puerta de la 
derecha. 

FADRIQUE 

Señora, a salvaros vine, 

V no hay tiempo que perder. . 
No dejad que tarde os pague 
deudas que aún no os pagué, 
que ser deudor de favores 
aun noble no sienta bien. 

Me enteré de vuestro rapto 
cuando a Llerena llegué, 
por un pliego de tni hermano 
y de las reinas, en que 
se me instaba a que tomase 
Darte en la traición también. 

Y pensando en que salvaros 
pudiera, el plan acepté. 
Conmigo podréis partir 

con el alba... Yo estaré 
con mis huestes, esperándoüí» 
de esas murallas al pie. 
Conozco un camino oculto 
y por él huir podréis. 

MARÍA 

Perdonad, señor maestre, 

que rechace auxilios que, 
.,^j aunque agradecida os quede, 

aceptar nunca podré, 

porque el aceptarlos fuera 
■i\ cobardía, y no altivez, 
^ y%ntre cobarde y altiva, 
M altiva prefiero ser. 

¡A traición me arrebataron 

de los brazos de mi bien!,.. 



El sabrá vengar la ofensa... 
¡De aquí, señor, íto saldré 
— y perdonad mi osadía — 
sino del brazo del rey! 

FADRIQUE 

¡M.TS yo vine aquí a salvaros» 
y os juro que os salvaré, 
aunque tenga que arrasar 
esta fortaleza, pues 
dejaros aquí ahora, fuera 
acción indigna de quien 
ciñe acero y viste mallas 
y lleva esta cruz también! 
¡I^ío abrigad una esperanza, 
porque todoiniítil es!... 
ICuando despunte la aurora, 
señora, íjrofesaréis! 
Para salvaros, en vano 
sus huestes congrega el rey, 
porque al llegar a estos muro* 
no habrá ya esperanza, pues 
será la esposa de Cristo 
imposible para él." 

MARÍA 

Mi alma entera os agradece 
vuestra ayuda. Mas"^no huiré, 
porque la gente no diga 
qué cobarde— al fin mujer— 
por temor a su venganza 
de sus manos me escapé, 
que quien nunca ha delinquido 
nada tiene que temer. 
Aquí espero mi destino... 
¡Y si mi destino es 
ahogar mi vida en un claustro, 
tranquila al claustro me iré 
a buscar a mis dolores 
el consuelo de la fe! 
¡Y si la muerte me brindan 
entonces, ya verán, pues, 
cómo mueren en Castilla 
las mujeres de mi prez, 
y será honrada en la muerte 
quien honrada en vida fuél 

FADRIQUE 

Pues bien, seflora. me marcho, 

no vayan a sorprender 

nuestra entrevista, y sospechen..^ 

A solas, pensadlo bien... 

Yo, ai pie de esos torreones 

aguardo al amanecer... 

¡Y si partir no quisierais... 

yo solo me partiré, 

porque presenciar no quiero 

infamias de este jaez,.., 

que el presenciarlas indigno 

de nn noble, como yo, es!... 

(Se inclina y «altí por «1 p. imer término de l« 
izquierda.) 



ESCENA VI 

DOÑA MARÍA DB PADILLA 

MARÍA 
(Sola V «baíida al pie d« la imagen.) 
{Piedad, piedad, Señor! ¿No le ha bas- 

[tado 
e tu rigor las penas que he sufrido? 
¡Tantos insultos como he devorado! 
¡Tantas saetas como me han herido! 
Ei vulgo vil escarneció mi nombre- 
mi fama manchan la traición y el dolo... 
¿Que vos sufristeis más? Vos erais hom- 

[bre. 
y además erais Dios... ¡Y yo soy sólo 
una débil mujer desamparada, 
que, en su doliente y lacrimoso anhelo, 
a vuestros santos pies arrodillada, 
lo que no halla en la tierra pide al cielo! 
¡Ayúdame, Señor, porque me falta 
la fuerza, y el cansancio me domina... 
Mi altiva frente, que brilló tan alta, 
hoy entre el polvo de' dolor se inclina! 
¡Pequé, Señor, pequé... Sueños livia- 

[nos 
me apartaron de ti!... ¡Tú eres testigo 
que viniendo el castigo de tus manos 
aceptaré gustosa tu castigo! 
Revoleándome en lecho de serpientes, 
retorciéndome en medio de las llamas, 
aun cuando crujan de terror mis dientes 
y ardan mis huesos como secas ramas, 
yo alabaré tu gloria justiciera, 
porque hambrienta de goces me he en- 

[tregado 
— con todo el cuerpo y con el alma en- 

ftera— 
a los falsos deleites del pecado! 
Con la justicia tu poder coronas... 
Pero piensa, Señor, si tú, que eres 
todo misericordia, no perdonas 
8 los pobres mortales, ¿cómo quieres 
que ellos, que son salvajes como po- 

[íros 
y vengativos como salteadores, 
djudo al olvido agravios y rencores 
se perdonen los unos a los otros? 
¡Dale lepra a mi carne, al alma fuego; 
condéname al más bárbaro castigo, 
que tranquila a tus cóleras me entrego 
y en mi suplicio tu rigor bendigo! 
Pero salva este amor que tú encendiste 
(dentro del corazón, para que fuera, 
en las tinieblas de mi vida triste, 
la única estrella que su luz me dieral..- 

( t> arman ece un momento sollozando, abra- 
tada a la cruz.) 



•ESCENA VII 

Dicha, DOÑA BLANCA y DOÑA SOL 
(Estas úitimas aparecen por c¡ segundo f< 
mino de la izauíerda y se detienen ai ver a la P 
dilia.) 

BLANCA 

(Señalando a la Padlüi 



¡Aquí está ya! 



su alteza? 



SOL 

(Deten iéndoli 

¿Qué va a hacer 



BLANCA 



(Imponiéndole silencio con un geste 
¡Callad, callad! 
Voy a hablar a esa mujer... 
¡Vos, el patio vigilad! 

(Avanza resueltamente iiacia la Padilla, 
cual, sarp, enüida, se alza y retrocede.) 

MARJA 

(Alzándosf 

¡Esto más! 

BLANCA 

(Con feroz alegríí 
¡Al fin os vi!... 
¿Os extraña mi presencia, 
o es que os grita (^ conciencia 
al miraros frente a mí? 

(Doña Alaría inclina la frente y baja los oto 
¡Palidece vuestra tez 
y bajáis los ojos: tal 
se presenta el criminal 
ante la vista del juez' 

MARÍA 

(Cayendo de rodillai 
¡Piedad, señora! 

BLANCA 

(Aproximindoae a ell 
De mí, 
tú, manceba, ¿la has tenido?... 
¡A vengar aquí he venido 
los ultrajes que sufrí! 
Sin pena dejé mis lares, 
olvidando, en mi alegría, 
mis recuerdos familiares, 
pensando que aquí hallaría 
cuanto anhelante soñé: 
la dicha, el amor y un trono... 
¡Y en el más negro abandono, 
ai despertar, me encontré! 
Herida de sus desdenes 
por las burlas asesinas... 
¡con la corona de espinas 
sangrando sobre mis sienes! 
Cuanto soñaba era tuyo... 
Tú mataste mi esperanza... 
i Ya que no mi amor, mi orgullo 
está, pidiendo venganza! 



MARÍA 



No pudisteis ofrecerme 
venganza más ejemplar >,« 



(Supllcant| 



¡Qué más venganza que verme 

a vuestras plantas temblar, 

sin vida y color la tez, 

igual que ante vos me veo! 

Tiznéis razón... ¡Soy un rv^o 

a la presencia del juez! 

Oidme como juez ahora, 

que a vuestro arbitrio me ofrezco... 

Mas perdonadme, señora, 

si vuestro perdón merezco. 

(Pequeña pausa. Doña María la confempia 
sumisa.) 

¡No me miréis tan severa!... 
¿Pues qué culpa tengo yo 
de que en mi pecho creciera 
lo que el cariño sembró? 

(Con profunda emoción.) 
¡Amor brota porque si; 
y sin ley y sin razón, 
florece eñ el corazón... 
como ha florecido en mí! 

BLA.N'CA 

La pasión que sin piedad 
del alma se enseñorea, 
¿estáis segura que sea 
amor, y no vanidad? 
Deslumhra el regio fulgir 
de! trono... A su resplandor 
¿quién acierta a distinguir 
ia vanidad del amor? 



la í^angre !e lamería 

de suü liagas, como un penuf 

(Exaltándose hacia et írtntxL 

¿Que me ciega su corona? 
Callad, señora, esa ofensa, 
porque mi amor no ambiciona 
ni sueña más recompensa 
que sus miradas amantes, 
pues ellas son para mí 
de más precio que el rubí, 
las perlas y los diamantes, 
los berilos y las gemas 
que, cual mágico tesoro, 
re.splandecen en el oro 
de sus fúlgidas diademas. 
¡Y es mi afecto ían profundo, 
que para amarle quisiera 
que en mi corazón latiera *" 
todo el corazón del mundol 
¿Poder, riquezas y honor? 
Sin grandezas me acomodo... 
Arrebatádmelo todo... 
iPero dejadme su amor! 

(En un arranque snprerno.] 
Y si tan inmenso bien 
os hiere, a vos lo confío... 
¡Quitadme su amor también... 
pero no tocad al mío! 
¡Mi amor!... Eso no os lo cede 
mi orgullo, señora, a vos... 
¡que arrancármelo no puede 
ni Dios mismo... con ser Dios! 

BLANCA 

(Conmovtdau} 
Pues bien; si tanto le amáis, 
—en vuestras palabras creo— 
¿por qué no sacrificáis 
a su paz vuestro deseo? * 

¡Amor no es sólo gozar, 
amor es también sufrir; 
sentir su fuego y morir 
quemándose sin gritar! 

MARÍA 

¡Si mi amor sin mí viviera 

feliz, sacrificaría, 

no esta pobre vida mía, 

¡sino mil, si las tuviera! 

(Cae de rodillas con iaa manos lunfas*) 

Sois joven hermosa y pura... 

A vuestras plantas de hinojos, 

por el llanto de mis ojos, 

por mi perdida ventura, 
I por todo cuanto sufrí, 
I mi amor os suplica ahora 
I que le hagáis feliz, señora... 
, ¡Mas que se olvide de mí! 

j (Llorando.) 

' Y yo, en el claustro encerrada, 
» de esa santa cruz al pie, 

al cieio le rocharé, 

de mi alma destrozada 



arrancando las raíces 
de esa amorosa ansiedad: 
—¡Que seáis felices, felices 
por toda la eternidad! 

(Con loca desesperación.) 
Mas si él no olvida mi amor... 
si me busca... a él tornaré, 
iy por su amor dejaré 
hasta el trono del Señor! 

BLANCA 
(Profand=?rnenfe conmovida, con loa ojos 
arrasados en lágrimas, alzando a doRa Msvict.) 
Señora, del suelo alzad; 
recobrad vuestro sosiego, 
y si es posible, os lo ruego, 
mi imprudencia perdonad... 
Y que mi palabra abone 
el llanto que mi alma llora 

MARÍA 
(Volviendo a su cámara, con voz solemne al 
h-aspasar los umbrales.) 

Perdonémonos, señora... 
¡para que Dios nos perdone! 



ESCENA VIII 

DOÑA SOL y DOÑA BLANCA 

SOL 
(Acercándose a su señora.) 

Os lo dije mi señora... 
Fué imprudencia... 

BLANCA 

(Conmovida.) 

No lo ha sido... 
iMaldita la tiranía 
que así esclaviza al cariño!... 
¡Si ella tiene herido el pecho, 
mi pecho está más herido! 
Las dos un mal padecemos... 
¡y cómo odiarnos; Dios mío, 
si nuestra pena es la misma 
y nuestro crimen el mismo! 

SOL 
(Con misterio y temor.) 
Señora, si alguien oyese... 

BLANCA 

¡Qué me importa, si ya he oído 
gritar mi alma en su alma 
maldiciendo del destino! 
¿Por qué el Señor, si es un crimen, 
me lo puso en mi camino? 

(D irigicndo los brazos al cielo.) 
¿Qué culpa, decid, qué culpa 
tengo yo de haberle visto, 
y que quedase en sus ojos 
este corazón cautivo? 

(Queda un momento abolida.) 

SOL 
(Viendo a don Fadrique, que aparece por el 

segundo término de la izquierda,) 

Señora, el maestre llega. 



BLANCA 



¡Cállate, corazón mío! 



(Recobrándose 



ESCENA IX 

Dichas y DON FADRIQUE (que aparece por 
arcada del segundo término de ia izquierda! 

BLANCA 

¿Conque os marcháis, don Fadrique? 

FADRIQUE 

Si vuestra venia me dais 
marcharé con la alborada. 

BLANCA 

¿Y dónde el maestre va? 

FADRIQUE 

Puesto que armado me veis, 
señora, no preguntad. 
Allí donde pueda el temple 
de estas mis armas probar, 
que en la rterra castellana 
es descanso el pelear... 
¡Y más para aquel que a solas 
con sus recuerdos está!... 
¡Porque hay recuerdos que sólo 
la muerte puede borrar! 

BLANCA 

(Sin poder contenerse 
Mas ¿si una herida?... 

FADRIQUE 

¡Qué importa 
herida que haga sangrar 
el cuerpo, si tengo el alma 
herida de muerte ya! 

BLANCA 

(Con intenclór 
¿Tan certera fué la espada, 
o estaba, señor, tan mal 
defendida que no pudo i 

el duro golpe evitar? I 

FADRIQUE j 

Al hierro que nos ataca 

el hierro puede parar. 

¡Mas no hay coraza que embote 

una mirada mortal, 

porque, sin verla, derecha 

al corazón se nos va! 

¡Y al acordar lo tenemos 

herido de muerte ya! 



BLANCA 



(Con Intenc 



Herida que abren los ojos 
los labios pueden cerrar. 

FADRIQUE 

(Vívame 
Mas, ¡también pueden matarnos 
de tanta felicidad! 
(Acercándose a ella con nn impulso veheme 
¡Doña Blanca, doña Blanca! 
¿Por qué da vuestra piedad 



peranzas al que tiene 
"jierta la esperanza ya? 

BLANCA 

;i.8, ¿qué fuera de la vida 
I esperanza?... ¡Esperad, 
ti todo lo vence el tiempo, 
Jempo de todo habrá! 

FADRIQUE 

ifida abierta en el alma, 
tiempo la encona más! 

(En un arranque de pasión.) 

iíñora! ¡Señora! 

BLANCA 
Haciendo un esfuerzo terrible para ocultar su 
oción.) 

¡Idos! 

;ro antes de marchar, 

iestre de Santiago, oidme 

ca balada que allá 

mis jardines de Francia 

?:o el air.or popular: 

'ristiano que vas al moro 

ría cruz a guerrear... 

orna este anillo de oro 

mételo en tu anularl 

si dentro de dos años 

mí no vuelve a lucir, 

bierta de negros paños 
'é a un convento a pudrir! 
o, prenda de amor, 

leen su lecho de agonía 
' s entregó la madre mía, 

I puedes serme traidor. 

1 prenda de amor te di; 

mi amante séle fiel. 

lüe él no regrese sin ti!... 
* as tú... ino regreses sin él!» 

FADRIQUE 
(Como hablando ccnslgo mismo.) 
lidioso el guerrero que 
abalada inspiró! 

[S« queda un momento Inmóvil contemplando 
razmente la sortila de dofia Blanca.) 
i BLAKCA 

jas, ¿qué miráis, don Fadrique?. 

FADRIQUE 

(Ansiosamente.) 
íflora, mirando estoy 
a sortija de oro 

le en vez— ¡oh dulce ilusiónl— 
;jí engalanar vuestra mano, 
■•n ella se engalanó. 

BLANCA 
(Temblanda de emoción.) 
je regalo de mi madre... 
!08 place... ¡tomadla vos! 
*;},8« lo da trémula. Don PadrtqQcal tomarla. 
^■lidece.) 

FADRIQUE 
1 (Como ebria) 

"|.'rac)as. gjacim, doña Blanca! 
(Bn un on-ftnguc d« paMi<va, «prciAndola las 
Jinoa y oUrAndott basta «1 fondo de lo* «foaO 



BLANCA 

(Abandonándose.) 
¡Don Fadrique! 

FADRIQUE 

(Soltándola súbitamente.) 
¡Adiós! 
(Se va por el segundo término de la izquierda.) 

BLANCA 

¡Adiós! 
(Despidiéndole con los ojos y saliendo por el 
primer termino. Se va seguida de dofla Sol, que 
durante la escena ha permanecido detrás del 
arco del primer término.) 

ESCENA X 

DON PSDRO y DON ALVARO, que penetran 

recatadamente por el postigo. 

ALVARO 

(Deteniend« al rey.> 
Cubrid el rostro, señor, 
que os pueden reconocer. 

PEDRO 

(Con arrogancia.) 
Ante sus vasallos nunca 
oculta su rostro el rey. 

ALVARO 

(Deteniéndole de noevo.) 
Mas ved, señor, que aún no es tiempo... 

PEDRO 

Siempre es tiempo para quien 
lleva en el cinto una espada 
y manco, además, no es. 
¿Dónde está doña María? 

(Con Impaciencia.) 

ALVARO 

Esperad, señor 

PEDRO 

¿Porqué? 
{Bien se conoce que aún no 
sentiste palidecer 
tu semblante ante el misterio 
de unos ojos de mujer, 
cuando aun amante aconsejas 
que tarde en mirar su bien!..» 
iPronto! ¿Dónde está? 

ALVARO 

Su alteza 
perdone... Mas mi deber... 

PEDRO 

Tu tínico deber, don Alvaro, 
es callar y obedecer. 

ALVARO 

Mas nuestra vida, señor, 
corre riesgo si a saber... 

PEDRO 

¡Llévame a mi amor primero, 
mi vida guarda después, 
que entre el amor y la vid* 
el amor primero esl 

ALVAltO 

Mas. «efior. «eSor, nilmim.m 



Esperad, señor, que estén 
prevenidos todos cuantos 
a fuerza de oro compré. 

PEDRO 

(Severamenfe.) 

Si llegar aquí a escondidas 
yo, don Alvaro, acepté, 
sin mi guión y mis gentes, 
como un ladrón, es porque 
así llegaba más pronto 
a los brazos de mi bien, 
porque sino, espada en mano 
y embrazado mi broquel, 
tomado hubiese el castillo 
hasta convertirlo en 
cenizas que raudo el viento 
trocase en polvo después!... 
¡Cada minuto que pasa 
sin mirarla un siglo es! 

ALVARO 

Pues por su amor os conjuro 
a que escondido esperéis 
la llegada de los nuestros, 
a quien yo entrada daré 
por el portillo que linda 
con el río Zarpad ¡el. 
Su preseíicia al son de esa 
campana os anunciaré. 
Entretanto, yo os respondo 
de doña María... ¡Mas ved! 

(Mirando a !a arquería áe\ patio. Dea pues se- 
ñala a don Pcdr« el postigo.) 

Allí viene vuestra madre 
con Alburquerque.'. 

PEDRO 

(Al sn!lr.) 

¡Pardiezl 
¡Los muros dé este castillo 
van a desplomarse al ver 
cómo a vengar sus agravios 
va la justicia del rey! 

(Don Alvaro cierro ci posfigo y se acerca ■ 
los que licgan por el segundo arco.) 

ESCENA XI 

DON ALVARO, DON JUAN ALFONSO DE 
ALBUROtlKIHJUE y la RhlNA MADRK DOÑA 
MARÍA, que i^níran por el segundo término de 
la Izquierda. Don Alvciro se incüua profunda- 
mente. 

ALRURQUERQUE 

A la nobleza, don Alvaro, 
en el patio congregad, 
pues va, al despuntar el día, 
la Padilla a profesar. 
E! portillo que da al río 
con vuesí! os hombres guardad 
porque, según aseguran 
los aúaüdes, están 



ya las huestes de don Pedro 
dando vista a la ciudad. 

ALVARO 

¿Nada más, señor, mandáis? 

ALBURQUERQUE 

Al de la Cerda avisad 
para que vaya a la reina 
doña Eianca a acompañar. 

(Don Alvaro se inclina y sale por el r le 
término de la izquierda,) 



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ESCENA XÍI 

LA REINA DOÑA MARÍA y ALBURQUEI- 
ALBURQUERQUE 

Arriesgamos la vida en la jugada, 
pero entretanto la Padilla aliente, 
de vuestro hijo la implacable espa» 
sobre nosotros estará pendiente. 

REINA 

Mas ¿no bastan los muros de un 

para apartarla de él? ¿Se atreverís 
a robársela a Dios? 

ALBURQUERQUE 

Su atrevimient 
¿a qué crimen, por ella, no osaríi,;: 
Don Pedro es impaciente, duro, ot 
Su corazón piedades no atesora... 
¿Con sangre de qué fiera habéis, se 
al cachorro real amamantado? 

REINA 

jEs mi hijo! 

ALBURQUERQire 

Callad, que vuestras qi| 
a\nvan mi rencor... ¡Sus hieles beb 
¡Tocáis mi pecho, y las heridas viti|s 
vuelven a abrirse... y a sangrar delíi'' 

REINA 

¡Mas tened compasión de la Padi 

ALBURQUERQUE 

¿Qué importa un crimen si borró .'- 

¿Qué importa que ella muera si c 
se salva la Corona de Castilla? 

REINA 

¡Yo no quiero que muera!... ¡V 
Es inocente... y se dirá mañana... 

ALBURQUERQUE 

¡También era inocente la Guzmar 

(Sorda? 

y cayó sin piedad bajo el acero! 
En vano; en vano vuestros labios i 
suplicando perdón. ¡Nos liga un tir- 
lazo ir rompible!... ¡Sí, crimen poi ri- 

[ !"! 
¡Primero el claustro, mas despu 'la 

'mi tel 



REíNA 

Ante el crimen los nobles se alzarán 
todos contra nosotros... 

ALBURQUERQUE 

¡Qué fortuna! 
jEntonces a mis pies, una por una, 
sus altivas cabezas rodarán! 

(Repica el esquilón de la iglesia.) 
REINA 

(Atenta.) 

¡Mas... escuchad!.. .Repicalacampana... 

ALBURQUERQUE 

:Por la Padilla doblará mañana! 

(Sombrío.) 

REINA 

¡Piedad, don Juan! 

(Deteniendo a Alburquerque.) 
ALBURQUERQUE 

(Adelantándose.) 

¡Por nuestro amor, señora! 



¡Por este amor que surge más ardiente 
que el rosal luminoso de la aurora 
en las lejanas cimas del oriente! 

(Mirando e las almenas.) 

Ya el sol del nuevo día centellea... 

REINA 

¡Triunfe otra vez el mal!... ¡Oh, don 

[Juanl ¡Sea! 

(Decidiéndcic.) 

Sucumba a nuestro amor doña í-fs*^"^-. 
Vuelva el crimen a unirnos con Sw, . ^ 

[zos. 
¡Qué me importa, don Juan, si en vues- 
[tros bra/os 
a los mismos infiernos bajaría! 

(Alburquerque entra en la habitación de la Pa- 
dilla. La campana continúa repicando.) 



ESCENA XIII 

Dichos V DOÑA MARÍA DE PADILLA, que sale con ALBURQUERQUE. 



Aleltíquerque 
''1 María 

I^Hurquerque 

^Iwaria 



¡Venid, seilora! 



¡Compasión, Dios mío! 



(A Alburquerqie.) 



^lburqurque 
i Níaria 

\LBURQUERqUE 



Tened piedad de mí... No consintáis 
que se consuma el sacrilegio. 

¿Osáis 
oponeros a Dios? 

En él confío. 
De su eterna bondad, que nunca yerra, 
aguarda el alma su postrer consuelo... 
¡Puesto que no hay piedad sobre la tierra, 
mi esperanza, Sefior, dirijo al cielo! 

(Viendo la impasibilidad de Alburquerque, se dirige a la reina.) 
¡Señora, tu infinita piedad muestra! 
¿Por qué consuelo a mi dolor no dais?... 
¡Por vuestro amor, si amasteis, y por vuestra 
salvación, si creéis, no consintáis 
que profane este templo con mi planta!... 
lOs lo pido postrada de rodillas!... 
¡Ved como baña el llanto mis mejillas, 
ahogando los sollozos mi garganta! 

(A Alburquerque.;, 
I Compadeceos de mi triste suerte!.,. 
¡Dad a mi pecho atribulado calma!... 
¡Antes que a esta pasión, matad mi alma, 
y antes que profesar, dadme la muerte!... 
¿Qué mal os hice para atormentarme? 
No hay tiempo que perder. ¡Vamos, señora! 

(Cogiéndola de un brazo.) 
¡Señor, Señor, piedad!... ¡Venid ahora 

(Abrazándose a la cruz.) 
a ver si os atrevéis a arrebatarme 
de ios brazos de Dios!... 

¡Doña María, 

(Arrancándolo.) 

tan decidido estoy, que aun cuando fuera 
preciso, basta el altar os llevaría 



María 
Alburquerque 

Pedro 
María 



Pedro 



Alburqufrque 

PfcDRO 



Alburquerque 

PnnRo 
Alburquerque 



Pedro 



María 
Reina 



Proro 



arrastrando de vuestra cabellera! 
Ni aun ante e! crimen ¡vive Dios! me arredro..* 
Nin,^ún consuelo en tu dolor esperes... 
¡Gritaré, gritaré! 



¡Grita si quieres! 
Mas ¿quién ha de ampararte? 



(Luchando.) 

(Arrastrándola a la iglesia.) 

(La conduce al templo.) 



Alburquerque 



¡Yo! 

(Abriendo violentamente las puertas y cruzándose de brazo».) 

¡Don Pedro' 

(Corriendo hacia éi.t 

ESCENA XIV 

Dicho» y DON PEDRO. 

iSacrílegos, atrás! Si estos lugares 

(Interponiéndose. Los otro» retroceacn.) 
intentáis profanar, roto el sudario, 
de su sepulcro se alzará, terrible, 
la sombra de Jesús crucificado, 
|oh viles mercaderes de conciencias! 
para echaros del templo... ¡a latigazos! 

(Alburquerque Intenta avanzar. La Rema !c contiene. Dofía M^.ría se abraza 
don PeJrü.) 

¡Ya en mi brazos estás!... ¡Venid ahora!... 
¡venid a arrebataría de mis brazos! 
¿Cómo entrasteis aquí? 

Como vosotros 

(Con voz de trueno.) 
me la robasteis: a traición he entrado. 
Mas ¿quién sois vos para exigir respuestas 
a vuestro rey? ¡Ante mis pies, vasallo, 
hasta que el polvo que mis plantas huellan, 
cobardes besen tus inmundos labios! 
Sólo así me veréis cuando mi tronco 

(Con desdeftoaa altive?.) 

esté de mi cabeza separado. 
Entrégame tu espada. 

¿A vos, mi espada? 

(Con sarcasmo.) 
¡Es tan dura, señor y pesa tanto, 
que temo que, agobiada por su peso, 
se desplome, al cogerla, vuestra mano! 
¡Miserable! Verás cómo con ella 

(Amenazante.) 

tf^ arranco el corazón hecho pedazos! 

(Tira de la espada. La Padilla lo detiene.) 

¡Don Pedro, por piedad! 

Hijo, ¿qué es esto? 

(Interponiéndose.) 

¿Te atreves a mi vista? 

¡Atrás, villano!. 

(Atacando.) 
¡Defiéndete, Alburquerque, cara a cara, 
o sin defensa, como a un vil, te mato! 

(La reina se interpone.^ 

¡Estás en mi poder, mancebo loco!... 
¡En el cubil del lobo te has entrado. 



mo 

NA 



:iNA 

■'iRIA 
,BU8GUK 



¡ORO 



RQUE 



JER'^UE 



y de él no has de salir sin que conozcas 
el tremendo poder de sus raspazos!... 
¡Cobarde! 

(Arrimcticndo. Alburquerque permanece Impasible ) 

¡Por piedad! 

(Deteniéndole por un brozo.) 
¡Detente, hijo!... 

, (ídem por el otro.) 
¡No pasarás, don Pedro!... 

¡Paso, paso! 
(Desprendiéndose violentamente.) 
[Ya que no luchas como un caballero, 
tu rostro cruzaré como a un villano! 

(Le cruza el rostro con el acero.) 
¡Cielos! 

¡Dios santo! 

¡Con tu propia vida 

(Tirando de la espada.) 
castigaré la audacia de tu mano! 
¡Muere, muere, traidor! 

(Lo desarma. Las dos mujeres, como locas, se Interponen.) 
¡Favor! 

¡Auxilio! 
¡Aún me queda el puñal! 

¡Socorro! 

(Sujetando a Alburquerque.) 

¡Amparo! 
(Sujetando n don Pedro.) 

(Las puertas de la Igriesla se abren y aparecen dona Blanca y caballeros. S« 
0)en las primeras armonías del órgano ) 



ESCENA ÚLTIMA 

is. DOÑA BLANCA, damas y ricos hombres, cfue salen del templo. Se oyen gritos y cruzar 
de espudas. Por el patio penetran soldados batiéndose. Todo rapidísimo. 



iJCES 
')CES 



3?DA 
3CES 



;Ah! ¡Don Pedrol 

¡Medina por don Pedro! 
¡Traición! ¡Traición! ¡Traición! 



(Viendo al rey.) 
(Dentro.) 



(Dentro.) 

¡Señor, huyamos! ^ 

¡Viva el rey! 

(Dentro. Los soldados de don Pedro, capitaneados por Dlesro Padilla. Invaden 
la escena, acorralando a ¡os rebeldes.) 

Entregaos. ¡Los aceros '{ 

(Serenamente, a los rebeldes.) 

espadas son en las altivas manos 

de los nobles y honrados caballeros 

y puñales en las de los villanos! \ 

¡Ricos homes de pro, nobles varones, \ 

hábiles en la fuga y en la intriga: 

ya veréis cómo impávida castiga. ' 

la justicia del rey vuestras traicionesl í 

¡Os engañasteis, almas de ramera, 

8i en vuestro ciego y temerario encono 

habéis soñado que mi espada fuera 

vuestro escabel para asaltar el tronol 

De vuestros locos sueños, ¿qué se ha hecho? 

{De qué sirven, decid, vuestros taroreti 



Reina 



Alburqurrql'e 
Pedro 

Reina 

Pedro 

Aldurquerque 

Pedro 



¡Aquí tenéis de vuestro rey e' pecno' 
¡Clavad en é! vuestro puñal, traidores! 
Mi amor les arrastró. ¡Tu madre implora 

(Postrándose anfe don Pedro.) 

por todos ellos!... 

¡Levantad, señora! 



IndipiTia acción de mi ¡usticia fuera. 
Saldréis de mis dominios, desterrada 
a Portuo^al, para que nunca alzada 
contemple contra mí vuestra bandera. 



(Aizár'.dola.) 



(A dofta Bianca.) 



Y VOS, que de mi lecho repudiada 
estabais, como reina y como esposa, 
a Toledo partid... Será Hinestrosa 
vuestra guardia de honor... 

Excomulgado 
por el papa seréis... 

¡Mi amor no inmolo!... 
¡Que si manda el pontífice en mi Estado, 
en este corazón mando yo solo! 
¡Entregadle al verdugo! 

¡Sólo un falso 
anhelo le arrastró! 

¡No le perdonol 
lYo ascenderé las gradas del cadalso 

(Al salir entre los soldados.) 
con el urgullo del que sube a un trono! 
El órgano re.suéna. 

(Cogiendo de la mano a doña María. Resuena el órgano. Bl dfa comí' 

(Señalando a la iglesia.) 

Y VOS, mi tínico amor, vos, que habéis sido 
la sola VOZ que, generosa y buena, 

en mi perpetua soledad he oído... 

La única sombra tierna y cariñosa 

que endulzó con sus mieles mis pesares, 

de mi mano venid a ser mi esposa, 

de rodillas al pie de los altares. 

¡La luz del nol alumbra refulgente 

para que todos miren como brilla 

la gloriosa corona de Castilla 

en la gloria inmortal de vuestra frente! 



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Números publicados por La Novela TEATRAL 



1 trata de BLANCAS.-Felipe Trigo. 
1 LA SOBRINA DEL CURA.-C. Arniches. 
% EX. KtSTIOO.-BABtlftffO XnaiHol. 
4 LOS SEMlülOSES.-Pedírico Olivcr. 
» LAS CACATÚAS.— Casero y G.Alvarez. 

6 El LOBO.— Joaquín Diccnta. 

7 CHARITO. LA SAMARITANA. — Torres 

del Álamo y Asenjo. 
El. VERDUGO DE SETXI.I.A.- 

Qarcia ÁlT»r*z j XaHoz Ssmi. 
TODOS SOMOS UNOS.-J- Benavenie. 
EL REY GALAOR.-F. Villaespesa. 
LA CASA DE QUiRÓS.— C. Arniches. 
FÚCAR XXI.— Muñoz Seca, Garcí- Álva- 
r«z y Pérez FerMáidez. 
M EX. Rio DE OBO.— Pmo r Abatí. 
M SOBIÍCVIVIRSE.-Joaquín Dic«ntrt. 
» ALMA DE DIOS.— Arniches y García 
Álvarez. 

16 EX. OARDEVAI..— L. Xlraa j Bsparaa. 

17 EL POBRE VaLBUENA. — Arniches y 

García Álvarez. 
EL HOMBRE QUE ASESINÓ.— Traduc- 
ción de Antonio Palomero. 
LAS ESTRELLAS.-Carlos- Amicha». ^ 
DOLORETES.-Carloa Arnlche». 



8 

9 
1% 
11 
IS 



IS 



n. JmA beítokita de txxveubz.-- 

Oarlaa Aimlabaa. 
tZ SERAFINA LA RUBIALES. — Torres del 

Álamo y Asenio. 

ABEN-HUMEY A.— Francisco Villatspesa. 

EL SEÑOR FEUDAL.— Joaquín Diccnta. 

X.A ETXXVA -riOTXXA.-FeUpa 
Trigo. 

JIMMY SAMSON.— Traducción de José Ig- 
nncio d' Albcrti. 

LÓPuZ DE CORIA.— Mufíoz Seca y Pé- 
rejí Per léndcz. 
S LA GIOCOND * .— G. d' • nnunzio. Traduc- 
ción de Frnncisco Vülacspe^a. 
ae PRI'-JL^TVKA Wr OTOJ^O-O. Mar- 
tinas üáerra. 

EL CRIMEN üE AYER.— J aquí > Dicenta. 

EL MiSTER'O oEL CUARTO AMAFCl- 
LLO.— Trid cc]'Sü de di Parrado. 

PRANCFOR ■. -Vi.l Aza. 

LA KEBOTICA.-V ¡lal Aza. 

I.A YW^J^VSÍA »S I.AFUEirrE.— 
García Álvaraa jr SXuñoz Seca. 

PRIMER USE. — Traducción de José 
Ignacio de Alberti. 

CIENCIAS EX ACTAS— Vffal Aza. 



30 
51 

52 
55 
34 

26 



V A ? t%. OE LA rAfSLeaA f % ? A ^ a 1. A 




LA LAMPARA "OSRAM" HA LLEGADO A LA 
CIMA DE LA GLORIA Y DE LA POPULARIDAD 

8a» «ftBlvable* «wadiMloBea de ««om*ad*, aouaes jr taXAxfón, 
T «M propios MiBpetKercMi, 1« kui «r««a4« « MMaevmlrU. 



CONCESIONARIO: 

LEÓN ORNSTEIN 



MARIANA PfMEDA, 

MADRID 



Imprenta y Tineres da LA .NO<ELA CORTA. Antonio Palomino, 1. -Madrid. 



|\FFLES 

= lada al Cfistellnno 
3 — por — 

Parrado 



^ :^. 



-^^. 





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l-^^/lí 



MAR'a GUERRERO 



rS 



20 cts. 



Año II 



Madrid 2 de Septiembre de 1917 



Níim 



\. 



La Novela TeatraP 



CompItniMto d« La NOVELA CORTA 
Direcler: José ile Urq«ía. 



COLABORADORES 

DPA^' ÁTICOS 
GaLDÓS. - BeNAVENTE. - pA'niFOARAY. - DlCENTA. - LlNARES RiVAS. - MaRTINEZ Si M 

Alvakez Quín tero. -Marí^uina,- Viluaespesa. - KusiÑüL. • Quimera. - Repakáz. - üi i 

EL SAlNeTEY LA HUMOR DA 
Arniches.-Paso. -García Alvarez. -Abatí. -Ramos Carrión. -Vital Aza. -Muñoz 
Rií.ARDo DE LA Veüa.-Lopez Silva.-Asensio Más.-Cadenas.-Casero.-Tiirkeí 
Álamo y Asenjo. -Ramos Martín. -Pérez Fernández. -Antonio Domingo. -Pai| 

Y Jiménez. 

Ci-A&IGOS 

Calderón. -Lope de Veoa.-Moreto.-Lope de Rueda. -Tirso de Molina. -F. de 1I 
Shakespeare.- Racine.-Corneille.- Moliere. -Schiller.-Squílo.-Sói-ocles.-Eur| 

Aristófanes. 

EXT^^ANJFROS 

D'Annunzio.-Giacosa -Rovetta.-Bracco.-Rotand.-Bersthein.-Donnany.-Her 
Tristan Bernard.-Lavedan.-A. Hermant.-Paul Verber. -Descabes. -Brieux.-Ii 
Auqier.-Capus.-Curiel. -Mari vaux.-Pin'ero.-Sudermann.-Haupmann.- Porto S 

ViNKELMAN.-RiVAROL.-BojOERSON.-MytiTERLINCK. 



D000000000000eC»O0'»0<rf 



> oooooooooottoeoo*o*ooa«o»ooo«*4 ^ 



CARICATURAS PU3UCADAS 

AUTORES ACTORES 



CHAPl 

VIVES 

CHUECA 

MARTÍNEZ SIERRA 

FEDERICO OLIVER 

benavente 
arniches 
garcía alvarez 



PASO 

abatí 

RUSIÑOL 
MUÑOZ SECA 
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TRIGO 

VILLAESPESA 
LlNARES RIVAS 



SIMO RASO 

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PASTORA IMPERIO 

ONTIVEROS 

LA FORNARINA 

CARMEN COBEÑA 

BONAFÉ 



E. MARIO 
CARRERAS 
RAMÓN PEÑA 
DÍAZ DEMENI 
THUILLER 
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LEOCADIA ALl 



Sencillo 



Precio de números at asados: 

. . . 20 céntimos. — Extríiordinano. . , 



30 cénwa 



Aimlnistr^cfón: Ca'vo A^enslo. 5. Apartado 498.-Madrld. 

Na sz a imiten suser pelonas. 

OIrílase la correspondencia al />dminl.strador de LA NOVELA CORTi 



:^.,.„.j 




..,...«......■■... i i i iiimjj 



.,1 



RAFFLES 



Comedia en cuatro actos y en prosa, basada en una novela in- 
grlesa, arreglada al castellano por GIL PARBADO. 



PCRSONAIEa 



3WEND0LINE, prima de Ethel. 
LADY MELRosE, hermana del conde. 
ETHEL, hija del conde. 

MADAME VIDAL 

MARÍA, doncella. 

RAFFLES. 
BEDFORD. 
ENRIQUE MANDBIS. 



EL CONDE DE AMERSTETH. 
EL VIZCONDE JORQE, 8U hÍJ0. 
CRAW8HAY. 

MERTON, ayudante de Bedford. 
QOLDBV, ayuda de cámara. 

UN PORTERO. 
UN CRIADO. 



La acción del primero y segundo acto, en una casa de campo del Conde 
de Amersteth, en las cercanías de Londres; del tercero y cuarto, en 
casa de Raffles, en Londres, al día siguiente.— A principios de otoño. 

Derecha é Izquierda, las del actor. 



ACTO PRIMERO 

""de famma^A^n.^KÜl^'^tl^r''^ m^ Amersfcíh. Muebles de roble antiguo tapizados. Beíratos 
nír.t^i ?• u w^''"i^° eléctrico. Una ancha escalera que conduce a una galería que ocupa 
ffi» 'f habitación, donde están los cuartos del piso superior. Puerta en lo alto de la es- 
uwHf.í^''"'"^'■'^f•'^'.^°'■°.'^^'■®'^''^'3"«P"«'■ta vidriera que da al jardín por donde entra 
i, li íiK^ ? '""^- V'^n^' 'z?"'erda, puerta que da al comedor. Lateral derecha, puerta que da 
hrli^wJ.f^^' *".x^ ^"^ y ia del jardfn. un secreter que oculta una caia de caudales. Lateral 
mfni ÍÍ5' *^^^" término, baio la galería, puerta de servicio. Lateral izquierda, primer tér- 
^hm^'„Í "íf "^? grande encendida. Una mesita y un sillón de alto respaluo, ociante de la 
SbutliMS y 8«ííS'un laño*""' "**■ '^°° '""^'^ *^" periódicos y revistas inglesa», 

ESCENA PRIMERA 

do*ídeh«^/í;í?,fTA"^'"''''',H- Después Crawshay. Goldby está a la puerta del comedor, por 
la «leriS V í^ rfofitn-ft*""^"- ?'*"\'' ^P."'"*" 5*^''"' «" '« «»° «í^ '3 escalera, recorre un lado^e 
ola I ifJ-f^.f'^ '*".* " "«^"char; baja luego dos o tres escalones, observa si la siguen, baja 
SeS "nSnto/n'?¿'".,^Í°^''.LP°H'^. <:°" Precaución. Se oye un silbido en el jardín. ^larí'a c^" 
"*■! mierruptor, que está al lado de la chimenea y apaga las luces; escucha, va luego a la puer- 
ta del comedor, donde se sigue oyendo hablar y reír. 

tn i?/*?'~;i?'^^" comiendo; están entretenidos. (Cierra la puerta u se dirige u 
w del jardín y agita su pañuelo. A poco, entra Crawshay.) 
tjRAW.— ¿No están los pájaros en la jaula? 

ii/wa1^'*'~~'^^'3*-' i^^ ^^^^ ^^"^^ ^^ ^^^ ^^ ^^^^''■^' ff Crawshay se va. María 
«KM» a encender las luces, y se pone a arreglar los bibelots de la chimenea. 



Entra el Criado trayendo seis tazas en ana bandeja de plata, que pone sobn 
la mesa; en seguida Goídby con unos oasos; luego se van los dos. En cuantx 
queda sola, María oueloe a apagar las luces y va ala puerta del Jardín dond 
hace unas señas. Reaparece Crawshay. Durante toda la escena, María vigiL 
la puerta del comedor, y habla a Crawshay sin mirarle.) 

Craw.— ¿Pasó el peligro? 

Mar.— iChist!... ¡Precaución! 

Craw.— ¿Cuándo damos el golpe? 

Mar. — Esta misma noche. 

Craw.— Muy bien... ¿Y la caja? 

JAkr.— (Señalando al sitio.) ¡Allí! 

Craw.— C¿a coge la mano y la atrae hacia si.) Déjame que la eche u 
vistazo. 

Mar.— /"vSe suelta.) ¿Para qué?... La señora no guarda en ella sus brillantef 
Los tiene siempre escondidos en/ su alcoba. 

Craw.— ¡Mejor que mejor!. ..'Entonces... ¡coser y cantar! 

Mar. —¡Calla! (Alarmada. Ctawshay desaparece como la primera vez. Pai 
sa. Viendo que nadie viene, María tuelve a hacerle una seña y Crawshay ¿ 
presenta de nuevo.) 

Craw.— Entonces... ¿tú me narás una seña? 

Mar.— En cuanto la señora se quede dormida, levantaré la cortina de s 
ventana. 

Craw.-— ¿A qué hora, sobre poco más o menos? 

Mar.— A media noche. 

Ckaw.— Bueno. Yo silbaré en seguida, para que sepas que te he entendidc 

Mar.— Y luego vienes a esta puerta y te daré el collar. 

Craw.— Perfectamente... Ya sabes donde hemos de encontrarnos. 

Mar.— Sí. Y ahora, escapa... 

Craw.— Pero... 

Mar.— ¡Escapa, que vienen! (Mutis Crawshay. María vueíoe a encender k 
luces y sigue arreglando. Entra el Criado con una bandeja, donde trae un vas 
de agua, hielo y un bol, que coloca sobre la chimenea y se va. Entra Goldby 
se dirige a la mesa del centro para ver si está todo en orden.) 

QiOL.—(Con un estremecimiento.) ¿Quién habrá abierto? 

Mar.— ¿Tiene usted frío?... Voy a cerrar... (Se dispone a hacerlo.) Per 
¿aún no ha terminado la comida? 

Gol.— (Vuelve hacia el comedor, y habla con alguien desde la puerta.) S 
pero no hace mucho... Y la sobremesa se prolonga. Se les pasan las hors 
muertas, oyendo hablar al señor Raffles... Es un hombre verdaderamente e 
traordinario. (Risas en el comedor.) 

ESCENA n 

María, Madamc V ídal, Lady Mclrose, Gweadollne y Ethcl, que salen del comedor. 

Vid.— ¡Qué hermosa noche! 

Ethel.— Es verdad... María, deje usted abiertas las vidrieras. 
Mar.— Bien, señorita... (Mutis por la escalera.) 
Ethel.— ¿No toma usted café? 

Vid.— No... Voy a respirar un poco de óire puro. (Mutis al ¡ardín.) ii 

Ethel.— ¿Y tú, tía, quieres café? i 

Mel.— Gracias, hijita... Esta noche no lo tomo. (Vase por la derecha. Gwe^ 
doline pone su taza sobre el piano y se dispone a tocar.) 
Ethel.— ¡Gwendoline! 

GwYj^i.— (Toca el vals del acto segundo de «Bohemia».) ¿Qué? 
Ethel.— ¿Verdad que Raffles, es un hombre encantador? 
GwEN.— Es muy simpático. 






Jl 



Ethel.— ¿Simpático nada más?... No dices todo lo que piensas. 

GWEN.— Sí. 

Ethel.— (Se levanta y se acerca.) No. Estoy segura de que te parece encan- 
tador. 

GwEN. — Vamos... 

Ethel.— Me lo han dicho los que nunca me engañan. 

GwEN.— ¿Quién te lo ha dicho? 

Ethel.— Mis ojos. 

GwEN.— Te aseguro que... 

Ethel. — Que Raffles ha derrotado sin ningún esfuerzo a ese pobre Enrique 
Manders que te hace la corte tan rendido y discreto. 

GwEN.— ¿Quieres callarte? 

Ethel.— No podré, aunque quiera; déjame charlar a mi antojo... Y no creas 
que voy a censurarte; al contrario... Raffles... 

GwEN. — Te suplico que dejes esa conversación... 

Ethel.— Bueno, pero prométeme confesármelo todo. 

GwEN.— No seas niña. 

Ethel.— Vamos... 

GwEN.— ¡Déjame! 

Ethel.— Vamos. 

GwEN.— ¡Estás completamente loca!... Tu cabecita se entretiene en fabricar 
fantasías... ¿Qué quieres que te diga? 

Ethel.— ¡Todo! 

GwEN.— ¿Todo?... Pero, si no hay nada, nada... ¡menos que nada! 

Ethel. — Bueno; pero como yo estoy segura de que ese nada, quiere decir 
mucho, y como quiero saberlo todo porqué soy más curiosa que diez mujeres 
juntas, voy a preguntárselo a Madame Vidal. 

Gwm.— (Deja de tocar, toma su 'taza y se levanta.) ¿A Madame Vidal? 

Ethel.— ¿Ves cómo no me engañaba? 

GwEN.— ¡Pero a tí no se te escapa nada! 

Ethel.— ¡Casi nada! Madame Vidal mira a Raffles como cosa propia. 

Gv!EN.— (Pensativa.) Es verdad. 

Ethel.— ¿Tú también lo has notado? 

Gwen.— Sí..; Por supuesto, ¿que eso de preguntarla, será una broma tuya? 

Ethel.— ¡Naturalmente!... ¡Qué mujer tan rara y tan presuntuosa!... ¡No 
puedo tragar a esa fantástica francesa! Por nada del numdo quisiera tenerla 
por enemiga. 

Gwen.— Ni yo por amiga. (Entra lady Melrose dirigiéndose a buscar en la 
mesa un periódico.) 

Ethel.— Yo no sé por qué han de invitarla a venir a nuestra casa.*^ 

Gwen.— La tía podrá decírtelo. 

Ethel.— Tía, ¿quieres explicarme por qué ha venido Madame Vidal? 

Mel.— ¿Por qué me lo preguntas? 

Ethel.— La verdad, porque me es muy antipática. 

Mel.— Niña, niña... Nadie debe hablar mal de sus huéspedes. El Mayor Vi- 
dal es pariente nuestro, aunque lejano, y por lo tanto tenemos que guardar a 
8U mujer ciertas consideraciones. 

Ethel.— Podríamos guardárselas tan lejanas como el parentesco.. Escribién- 
aola cartitas muy amables... 

Mel.— ¡Niña! 

Gwen.— Cállate, que vuelve. 

^^Ti.— (Entrando.) La noche está verdaderamsnte espléndida... Sin embar- 
co, la luna tiene un halo sospechoso... No sería extraño que lloviese mañana y 
Hubiera que suspender la partida de cricket. 

Ethel.— (^5e levanta y va ala puerta del jardín.) ¡No, ^o no! 

Gv/EH. —(Ideni.) ¡Sería una lástima! 



Vid.— Mire usiéd, mire usted la luna... Parece que se está burlando de nos 
otras. 

Ethel.— ¿Vienesr 

GwEN.— Sería una lástima.., (Mutis ambas por el iardín.) 

ESCENA III 

Madame Vidal, Lady Meirose. Luego Efhel y Qwendollnt. 

¡I 

Vid.— (Después de asegurarse que ^e han ido las dos muchachas, con ciertúí 
misterio.) No sabe usted, amiga mía. cuánto celebro que nos hayamos queda|! 
do solas... Voy a hablarla a usted con franqueza. í 

Mel.— ¿De qué se trata? 

Vid.— ¿No ha notado usted que Raffles mira con mucha atención y con deí 
masiada insistencia a Gwendoline? ! 

Mel.— ¡Bah!... | 

Vid.— Dispénseme usted que me tome atribuciones que no tengo... Peromj' 
parece un deber advertir a usted... I 

Mel.— Muchas gracias... Creo que da usted excesiva importancia a lo qu 
bien puede ser una casualidad. Y aunque fueran ciertas sus suposiciones, ¿qu | 
mal habría en ello?... Raffles es un antiguo amigo nuestro. 

Vid.— ¡Nadie sabe quién es!... 

Mel.— Pero todo el mundo puede saberlo. (Las muchachas atraviesan po 
eljardi'n.) 

Vid.— Y puede equivocarse todo el mundo. 

xMel.— Mi querida amiga, conocemos a Raffles perfectamente... Pertenec 
a una familia distinguidísima, se le recibe y se le agasaja en todas partes, fre 
cuenta los mejores círculos, es el campeón del cricket... 

Vid.— Si la he hablado a usted de cierta manera, es porque tal vez alguie 
haya conocido a Raffles en circunstancias menos favorables. 

Mel. — En ese caso, yo que usted guardaría la noticia para mí sola. 

Vid.— Conste que lo dicho es solo en interés de... 

Mel.— La niña podría encontrar otro partido peor. (Aparecen las dos mi 
chachas en la puerta del jardín.) 

EmzL.— (Desciende hasta donde están las señoras.) Tía, es un verdader 
crimen permanecer bajo techado en una noche tan admirable como esta. 

GviEíi.-r-( Desde la puerta.) ¡Es deliciosa! (Desaparece.) 

Mel.— Respiremos un poco. (Hace una seña a madame Vidal y salen u 
dos al jardín.) 

ESCENA IV 
Ethel, Enrlqae, que sale del concdor. Después QwendoUnti 

Ethel.— ¿Abandona usted su puesto? 

Enr.~Sí; quisiera ver a... 
> Ethel. —En el jardín la tiene usted. Y a la luz de la luna parece mi 
hermosa. 

Enr.— Señorita, quiero pedirla un favor... ¡Ayúdeme usted! 

Ethel.— ¡Pobre amigo mío!... ¿Cree usted que va a conseguir algo C( 
hablarla? 

Enr.— Entonces no me he equivocado... Ya he visto que sólo para Raffl< 
eran sus miradas y sus atenciones. 

Ethel.— Discúlpela usted..., porque ese Raffles... A todas nos gusta, I 
crea usted que es solo a Gwendoline. 

QsN^n.— (Aparece en la puerta del iardín.) ¿Quién habla de mí? 



^1 



Enr.— Yo. 

Ethel.— Y yo; puedes entrar si quieres. 

GwEN.— ¡Ah, Enrique!... 

Enr.— ¡Es la primera mirada que me ha dirigido usted en todo e! día! ^ 

Ethel.— ¿Sería una indiscreción marcharme? (Se marcha silbando.) 

GwEN.— ¡Qué loquilla! 

Em.— (Después de una pausa.) Gwendoline... ¿Es verdad que no puedo 
tener ni una esperanza? 

GwEN.— ¿Qué le ha dicho a usted?... 

Enr.— Nada y todo... (Pausa.) Acaso le parezca a usted que no soy dig!50 
de su cariño, porque, ¿quién puede aspirar a tanta feiicidad?... Sin embargo, 
usted sabe cuánto la amo y cómo sé esperar... He venido aquí con el tínico 
objeto de saber su decisión; el cricket no ha sido más que un pretexto. (Pausa,) 
¿No me da usted una sola palabra de aliento?... (Pausa.) ¿Entonces..,, otro? 

GwEN.— ¡Nadie! (Ruido de voces y de risas en el comedor. Se oye decir a 
Amersteth:) iEstQ Raffles! ¡Este Raffles! (Enrique mira hacia el comedor y 
■^lego a Gwendoline. Esta se esfuerza por sostener la mirada y luego baja los 
'OS, diciendo por segunda ves.) iNo; nadiel 

Enr,--¡Sí fuera Raffles!... ♦ 

GwEN. —¿Por qiié dice usted eso? 

Enr.— Porque si fuera él lo comprendería. Reconozco sus encantos irresis- 
tibles, su simpatía atrayente y avasalladora, su corrección y su rectitud... 
Cuando estudiábamos en el colegio, nos vencía y nos dominaba a todos. Era 
el primero de los juegos, y en todas partes... Y siempre tan amable, tan per- 
suasivo... Yo le quería y le quiero como a un hermano, y le cedería volunta- 
riamente cuanto poseo..., exceptuándola a usted... 

GwEN.— Para cederme a mí tendría usted que esperar a que yo le pertene- 
ciera. (Se dirige a la puerta del jardín. Enrique la contempla, vacilando en se- 
guida, y por fin se sienta desalentado en el sofá.) 

ESCENA V 
Dichos; iorgc que sale del comedor. 

Jorge.— ¡Ah, Enrique!... ¿Estaba usted aquí?... Oiga usted. 
Em.— (Malhumorado.) ¿Qué? 
Jorge.— ¿Quiere usted que juguemos un rato? 
Enr.— No, Jorge; gracias. 
Jorge.- Una partidita de piquet... 
Enr.— Repito que gracias. 
Jorge.— Pero, ¿por qué no quiere? 
Enr.— No tengo ganas, y además... 

Jorge.— Y además, ¿qué?... ¿No anda usted bien de fonaos? 
Enr.— Eso.no debía usted decírmelo por lo mismo que está usted en m 
casa. 

Jorge.— No se incomode usted... No vale la pena. 

Enr.— ¡Vamos a jugar! 

Jorge. —Puesto que se decide, vamos... ¿Al piquet? 

Enr.— Sea. Y a libra el punto.. 

Jorge.— ¡Caracoles! 

Enr.— ¿No anda usted bien de fondos? 

JoRGE.-jBien devuelta la frase!... Vamos a vedo. (Aíutls íatetol derecha,) 

nnnZ'rPW^'"'^''^^-^ '^^ ""f" ^) ^^''^^ «"^rte en algo! (Gwendoline le diríge 
fina mirada de pesar y escucha desde su sitio las voces del comedor.) 



ESCENA VI 

Qwvsiúoihíti, el cüíide de Ameraícth. Luego Ethel y «adame VWaI, Después Raflle» y lady 

Mclrosc 



Conde.— r^afe deí comedor fumando un puro.) ¡Qué barbaridad! 

RxF.—CDesde dentro.) Se lo aseguro a usted formalmente. (Gwendoline 
sale a la balaustrada de la escalera. Bntraun criado, recoge las tazas de café 
que había sobre la mesa y se las lleoa.) 

Conde.— Entonces, querido Ráffles, debe usted presentar su candidatura 
cuanto antes. Tiene usted un don del sofisma y maneja usted la paradoja de 
tai modo, que sus colegas de la Cámara quedarían encantados. "^ 

(Raffles sale riendo del comedor y va a colocarse junto a la chimenea. Han 
salido por la puerta del jardín Ethel y madame Vidal.) Pero no le aconsejo que 
emplee la paradoja ni el sofisma con sus electores. ¡Son armas peligrosas! 

Ethel.— Cuantos hayan visto a Raffles en el cricket, admirándole sobre el 
terreno, no vacilarían en vofarle con entusiasmo, sin preguntarle a que partido 

pertenece. .^,^ . r>, \- 

Raf.— En el fondo, la política y el cricket son juegos idénticos... El gobier- 
no en las barras, y las oposiciones en el campo... Todo es cuestión de habilidad 
y destreza. Las convicciones individuales no tienen la menor importancia. (Ladjj 
Melrose, que ha aparecido por la puerta del jardín, atraviesa la escena, yendo 
a colocarse cerca de la chimenea.) ¿Pero qué...? ¡Si no la tienen nunca!... No 
somos lo que somos, precisamente, si no lo que aparentamos... (A Gwendoline). 
Crea usted, señorita, que el mundo nos juzga como juzga a un billete del Ban- 
co: por el valor que se le atribuye. 

Vid.— Si; pero el Banco de Inglaterra garantiza los billetes. 

Conde.— La cuestión es saber si nosotros podemos garantizar al Banco de 
Inglaterra contra nuestro amigo el Anónimo. , . . , ^ 

ÍAel.— (Sentándose en el sillón después de coger la labor de la mesa pro- 
xima a la chimenea.) ¿El amigo de quién? . 

Conde.— Raffles nos ha divertido mucho hace un instante, sosteniendo que 
ese ladrón terrible e impalpable es casi casi un bienhechor de la humanidad... 

Raf.— No tanto, señor Conde... Lo que yo he dicho es, que en un mundo 
como el nuestro, donde todos los ciudadanos procuran robarse los unos a los 
otros con la más perfecta legalidad, el que roba sin el amparo de las leyes, 
burlándose de ellas y atropeliándolas y sin dejarse coger ni darse a conocer, es 
un ser verdaderamente superior... 

Conde.— ¡La paradoja, la paradoja! 

Raf.— Y decía también que lo que hace falta es una sociedad de ladrones le- 
galmente constituida, bajo la dirección de un hombre experto y conocedor de 
sus auxiliares, que llevará el negocio ateniéndose a principios estrictamente co- 
merciales... 

Mel.— ¡Este Raffles!... Pero, ¿cómo puede usted sostener...? 

Conde.— Veis?... ¡Lo que yo os decía! 

Raf.— Y ¿con un Banco de Depósitos, para el cambio del botín, donde los 
propietarios desposeídos pudieran recuperar sus bienes, sujetándose al pago 
de una tarifa de preferencia. • i* ' 

Mel.— Basta, basta, amigo Raffles... No hablemos más del Anónimo... \tM 
ataca los nervios! 

Rw.— (Riendo.) ¡Por Dios, señora! 

Conde.— Desgraciadamente, hermana mía, el Anónimo quiere que se nablí 
de él. No contento con sus fechorías en la ciudad, se ha dedicado a recorreí 
estos contornos... Tal vez una de estas noches le toque el turno a_ nuestra 
casa... (Madame Vidal se ha levantado y se sienta cerca de la mesa. Raffles Uñ 



adoierte y se pone a su laao, oaraja las cartas, se tas entrega y la mira hacer 
un solitario.) 

NÍEi.— (Palpando su collar.) ¡No digas eso!... ¡No digas que le esperas aquí! 

Conde.— ¡Que venga cuando quiera! Estoy preparado para recibirle. 

Ethel.— ¡Cuanto daría por saber quién es! 

Conde.— ¡Y la policía también, hija mía! 

Raf.— Yo creo que el Anónimo es un mito, inventado por la policía precisa- 
mente. Siempre que se le escapa el autor de un robo, ya se sabe quien fué: el 
Anónimo. 

Vid.— (Naciendo su solitario.) Muy ingenioso. (Raf fies sonríe.) Pero no muy 
convincente. (Se acentúa la sonrisa de Raffles.) 

GwEN.— ('A Raffles.) ¿De modo que usted cree que no existe semejante 
sujeto? 

Raf.— Creo que no es más que una sombra. 

Conde.— Si.si... Una sombra bastante consistente... Hace poco robaron a mi 
amigo y vecino Zenibley todas sus alhajas de familia. El pobre cayó gravemente 
enfermo del disgusto, y en seguida recibió las joyas con una carta en que se le 
pedía perdón y se le deseaba un tompleto restablecimiento. Firmaba el: Anó- 
nimo. (Ethel se ríe.) 

ViD.— ¿Hubiera usted hecho lo mismo. Raffles? 

Raf.— Es posible. Si existe el Anónimo, es un ser humano, y como todos 
los seres humanos tendrá sus momentos de debilidad. 

Conde.— Sea una sombra o un hombre, lo cierto es que la región está alar- 
inadísima con sus hazañas. 

Raf.— ¡Es deplorable! 

Conde.— ¿Recuerdan ustedes algo más audaz que el robo de Grey Towers? 

Raf.— ¿El que se cometió la misma noche de mi llegada aquí? 

Conde.— El mismo... El comisario asegura que fué el Anónimo. 

Vid.— Entonces no le tenemos muy lejos. 

Ethel.— (04 Lady Melrose). No quisiera encontrarme dentro de tu collar, 
tííta... ¡Todo esto es muy divertido! 

Conde.— ¡Ethel! 

Ethel.— Propongo que todas estas noches nos quedemos de guardia para 
esperar a ese terrible caballero: los hombres con armas, las mujeres para 
ayudarles y Raffles protegiendo el flanco. 

Conde.— No es preciso. Basta con las precauciones que he tomado. 

Vid.— Pero, ¿será suficiente ese sistema de defensa? 

Conde.— ¡Ya lo creo! Y además, hay algo que acabará de completarlo. 
(Raffles se acerca a Gwendoline, con guien conoersa animadamente.) 

Todos.— ¿Qué es ello? 

Mel.— ¿Qué otra cosa has discurrido? 

Conde.— He invitado a pasar estos días con nosotros a Curtís Bedford, 
nuestro vecino y mi amigo. Le espero de un momento a otro: tal vez venga ma- 
ñana, quizás esta noche. 

Raf.— ¡Ah, Bedford! 

Vjd.— ¿El famoso policía? 

Conde.— El mismo. 

Raf.— Es algo mejor que un policía: es un apasionado del oficio, un entu- 
siasta de la profesión, un verdadero artista en su género. 

Conde.— Dice usted bien: un artista. Se ha hecho célebre por sus increíbles 
detenciones, y por sus honorarios, no menos increíbles. 

Raf.— ¡Ah!... ¡El arte es caro! 

Conde.— Pero desde que regresó de América con una r^ular fortuna, no 
trabaja... Vive en una casita que tiene en estos alrededores, consagrado tínica- 
mente a su jardín y a su huerto. 

Raf.— Como el famoso Cincinato: desengañado de los negocios públicas, 
•e dedica a cultivar sus tierras. 



Conde. —i Y si viera usted qué legumores tan finas, y qué melocotones tan 
exquisitos cultiva! 

Raf.— Lo creo: sabrá coger ios melocotones como supo apoderarse de los 
criminales: en su punto. 

Ethel.— ¿Y crees que vendrá? 

Conde.— Me lo ha prometido, y es un hombre serio. Vendrá, y con su ayu- 
dante, según me ha contestado, para entrar desde luego en funciones. 

Mel.— Esto me tranquiliza. 

Conde.— Había jurado dejar en paz a todos los ladrones de la tierra... Pero 
ei Anónimo es una tentación para él. 

Raf.— Lo comprendo perfectamente. 

Conde.— Ya le viene siguiendo los pasos. Ha estado en Grey Towers, y| 
dice que cree tener una pista. ' ! 

GwEN.— ^Una pista del Anónimo? 

ExHEL.—Tantas pistas se han encontrado ya de ese famoso personaje, que, 
naturalmente, no tenemos ninguna. 

Conde.— Sin embargo, yo tengo mucha confianza en su experiencia, 

Raf.— Me gustaría encontrarme con él. 

Vid.— Procuraremos ayudarle. 

Conde.— Es nuestro deber. 

Gol.— (A la puerta de servicio.) El sefior Bedford. 

Co}iTX..— (Levantándose para ir a la puerta.) ¿Nb se lo dije a ustedes? Va 
está aquí. 

ESCENA Vil 

iTlCTios Curtís Bedforíl; uae cu iú i;iano un cesttto 

Conde.— iBlen venido, mi querido Bedford! [. 

Bed.— ¿Cómo va, señor Conde? 

Conde.— No sabe usted cuánto le agradezco... (Presentando.) Mi hermana; 
mi hija Etheí: mi sobrina Gwendoline. 

Bed.— Señoras, tengo mucho gusto... A título de vecino, me penniro ofre- 
cerles estos melocotones de mi jardín... ¿Me hacen ustedes el favor de acep- 
tarlos? ' ^ , 

lAzL.-~(Coge el cesto, los huele, y se lo da a Ethel que lo pone sobre lo 
mesa ) ¡Qué aroma tienen! 

Ethel.— Muchísimas gracias, señor. 

Conde.— (Continuando las presentaciones.) Madame Vidal . . . 

Bed.— Señora... 

Conde.— Mi amigo Raffles, famoso campeón... 

Bed.— Campeón, ¿de qué? 

Conde.— De cricket. 

Bed.— ¡Ah!... Tanto gusto, señor. 

Rk?.— (Estrechándole la mano.) Esta es una satisfacción que me prometí£ 
yo hace mucho tiempo... Conozco su fama de policía. 

Bed,— Mejor quisiera ser famoso como hortelano o como jardinero... Siem 
pre he detestado el nombre de policía, y nunca trabajé sino para mi propia sa 
tisfacción. Una o dos veces tuve la suerte de descifrar un jeroglífico que iníri 
gaba a los profesionales. Pero siempre por sport, lo repito... Soy muy aficioj 
nado a los placeres de la caza. 

Raf.— ¡Es una noble pasión! 

Ethel.— ¿Y usted puede decirnos quién es el Anónimo? 

Bed.— ¡Oh, el Anónimo!... Ese ladrón ideal, es la espuma del crimen, lomaí 
admirable que se ha visto en su género, o que no se ha visto, mejor dicho, por 
que nadie le conoce. Yo espero a pesar de todo, echarle el guante un día t 
otro. 



i 



Raf. ¡Será un buen día! 

Vid.— El señor Raffles quiere convencernos de que el Anónimo no es más 
que un mito. 

Bed.— Pero usted no lo cree así, ¿verdad, señora? Ni el señor Raffles tara* 
ooco. 

Raf.— No insisto, no insisto. 

Bed.— Lo que sí puede asegurarse, es que se trata de un hombre muy inte- 
ligente, de cultura, bien educado y hasta de buena posición. ¿No les parece a 
ustedes? 

Raf. -T No he tenido el honor de serle presentado. 

Bed.— ¡Quién sabe! Apostaría cualquier cosa a que deja usted tarjeta en 
muchas casas donde él ha trabajado. 

Raf.— ¿Piensa usted? 

Bed.— Acaso forme parte del círculo de sus relaciones de usted; tal vez 
nosotros mismos le estrechemos la mano... Ese hombre encuentra su seguri- 
dad, precisamente, viviendo entre nosotros. 

Conde.— ¿Qué dice usted, Bedford? 

Bed.— Estoy convencidísimo,.. Cuando se le atrape, ya verán ustedes cómo 
tenemos que decir con verdadero asombro: ¡Toma!... ¡Era él!... 

Raf.— Entonces no hace falta más que descubrirle. 

Bed.— ¡Se le descubrirá, se le descubrirá! 

Ethel.— ¡Qué interesante resulta el personaje!... ¡Qué curioso! 

Bed.— Lo más curioso, señorita, es que apenas se aprovecha de lo que 
roba; generalmente, devuelve la mayor parte de su botín... Por ejemplo; se 
llevó el famoso «Corazón de oro» del museo Británico, y lo envió al palacio de 
Windsor, durante las fiestas, con una tarjeta que decía: «Recuerdo de las cla- 
ses criminales.» (Risa general. Se coloca Junto a lady Melrose, y contempla su 
collar.) 

Raf.- ¿Es posible?... ¡Tiene verdadera gracia! 

Ethel.— ¡Es fantástico! 

CoKUE.— (Señalando el collar de su hermana.) Con tu collar acaso fundaría 
el Anónioio un hospital. 

Bed.— ¡Procuraremos que no realice esa fundación! ¡Lleva usted, señora, 
unas piedras maravillosas! 

Raf.— Maravillosas en efecto. 

Conde.— Pues, para apreciarlas mejor, tendría usted que tomarlas a peso. 

Raf.— No, no hace falta. 

Conde.— Sí, verá usted. 

Mel.— Ethel, ¿quieres soltarme el broche? 

(Ethel desabrocha el collar se lo da a lady Melrose, ésta al Conae y este a 
Raffles que lo examina a la luz. Bedford se coloca a su izquierda.) 

Bed.— También yo quiero examinarlo, por si algún día tengo que reco- 
nocerlo. 

Conde.— Espero que no llegue ese caso. 

Ra?. —(Sopesando el collar.) ¡Qué peso! (Se lo da a Bedford.) 

Bed.— Y cada una de estas piedras se podría vender separadamente sin 
que nadie sospechara su procedencia. 

Raf.— ¿De veras? 

Bed.— Sí, señor. 

Raf.— Pero sería un verdadero crimen destrozar esta alhaja Por lo que 

usted dice, el Anónimo debe ser respetuoso con las obras de arte. (Entrega el 
collar a Ethel para que se lo ponga a su tía.) 

■ Conde.— Hablando con formalidad, amigo Bedford, ¿tiene usted alguna 
pista seria? 

Bed,— ¡Nada! Ese mozo es demasiado listo para dejar rastro. 

Raf.— Entonces, no le descubrirán nunca. 



Bed.— Ta, ta tanto va el cántaro a la fuente..... El Anónimo se dejan 

coger. 

(Madame Vldaí mira a Bedfordy luego a Raffles.) 

Raf.— Pues yo apostaría a que no, fundándome en los informes que ustei 

mismo nos ha dado ¿Quién podrá reconocer al Anónimo o descubrirle 

¿Quién le ha visto alguna vez de carne y hueso? 

Vio.— (Siempre con el solitario.) ¡Yo! 

Bed.— ¿Qué dice usted? \ 

^^S:=tEXS.y (Aunt^mpo.) 

Ethel.— ¿Cómo? I 

(Todos la rodean escuchándola con interés.) 

Rkp.— (Tranquilamente.) ¿Y por qué no se lo ha dicho usted ya a la policía 

V\D.—(Sigue con su solitario.) Lo he pensado, pero 

Raf.— ¿Por qué no nos cuenta usted, para satisfacer nuestra curiosidad? 

Vid.— (Le mira fijamente.) Sí (Baraja lascarlas.) Fué a bordo de u 

vapor alemán, entre Genova y Ñapóles, cuando el famoso asunto de la perl 

negra Usted debe recordar, señor Bedford..... 

^ED.— Perfectamente Hace ya algunos años... Había una mujer me? 

ciada en el negocio. 

Ethel.— ¡Qué novelesco! 

Mel.— lEthel! 

Conde.— No seas loca, hija mía. 

Vid.— Sí, había una mujer, pero inocente de toda complicidad. Se enamtj, 
raron de ella dos hombres: uno era el oficial, que por orden de su soberandl 

llevaba la perla como regalo a no sé que rey de una isla salvaje La perl 

desapareció una noche, y se acusó al otro del robo Iba también a bordo u 

policía inglés. (Ha estado barajando las cartas. Raffles la mira de tal mod( 
que ella acaba por turbarse.) 

Bed.— Mac-Kensié, que murió poco después, ¿no es eso? 

Vid.— Sí: creo que se llamaba así. 

Bed.— Y en el mismo instante en que iban a detenerlo, el hombre se arro] 
al agua, ¿verdad? 

QwEN.— ¿Se ahogó? 

Vid.— No; se escapó a nado. 

GwEN.— ¡Ah! 

Ether.— ¡Bravo, bravo! (Patmoteando.) 

Mel.— ¡Ethel! 

Raf.— ¿Y cómo se llamaba? 

Vid.— Decía que era francés, conde Lan^on de Bonderay Pero era tí 

inglés como usted. 

Beo.— (Sentándose a su lado.) ¿Podría usted describirnos su tipo? 

Vid.— (Mirando a Raffles.) Sí. 

Raf.— Veamos. (La mira fijamente, haciéndola perder su tranqutUdaa 
poniéndola nerviosa. Bedford los vigila a los dos.) ... 

Vid.— Como hace ya tanto tiempo, es fácil que haya cambiado mucho. 

Raf.— ¡Qué lástima! 

Bed.— ¿Podría usted reconocerle, si le volviese a ver? 

Vid.— (Bajando los o]os.) Sí. 

Bed,— Yo la proporcionaré a usted la ocasión. Mi único deseo es tropezarr 
con ese caballero, y lo he de realizar. . 1 

Raf.— ¡Ojalá esté yo presente cuando tenga usted esa satisfacción! I 

Mel.— ¡Me alegraré que no sea en esta casa! (Se sienta cerca de la a"' 
menea.) 

Vid.- -Lo mismo puede ser aquí que en otra parte. (Gwendoline se levante 
va a la puerta del jardín, seguida de Raffles. Ethel se sienta a la mesa yjuef 
coa las cartas,) 



Conde.— No tengas miedo por tu collar. En mi caja está bien seguro. 

Bed. — ¿De veras? 

Conde.— Voy a enseñarle a usted mi caja de caudales. (Se levanta, va al 
mueble de la derecha y descubre la caja.) Mírela usted... Y tengo otra allá den- 
tro para la plata. 
1: Bed.— jNo está mal! 

Conde.— Vea usted el secreto... En cuanto se descubre... (Da una oueltahí 
botón e inmediatamente suenan timbres por loda la casa, y se encienden tres lu- 
ces eléctricas encarnadas por encima ae la caja. Todo ello dura hasta que hace 
girar el botón en sentido contrario. Al sonar los timbres, entian apresurada' 
mente Goldby por la puerta de servicio. María por la puerta de la escalera, ba- 
jando algunos escalones y un criado por otra puerta cualquiera. Todos se ríen.) 
Creo que no funciona mal. (Despide a los criados con un gesto, y desaparecen 
j^pr donde vinieron.) 

Raf.— No ha sido más que una falsa alarma, Goldby. 

Conde.— Llévate los melocotones, y así no habrás perdido el viaje. (Goldby 
.$elos lleva, desoués de poner la mesa en ei centio, Raf fies y Gwendoline se di- 
rigen a la puerta del jardín; madame Vidal se acerca a la escalera y los ob- 
serva. Ethel está Junto a su tía. El Conde se sienta donde estuvo madame Vidal.) 
Estamos protegidos (A Bedford.) desde la bodega hasta el granero, en ctlanto 
se cierra la casa. Y al pretender forzarse una puerta o una ventana, suena el 
timbre de alarma que ya se deja preparado... ¿Qué le parece a usted mi insta- 
lación?... A mí me enorgullece. 

Bed.— Sólo se me ocurre una ligera observacif^.n. (Gwendoline se sienta al 
piano y toca una melodía muy dulce. Raffles, a su lado, continúa hablando con 
ella.) 

Cunde.— ¿Cual? 

Bed.— Que nadie más que usted debería estar en el secreto. 

Conde.— ¡Hombre, por Dios!... ¿Voy a desconfiar de los que me rodean? 

Bed.— Sepa usted que, si no en todos, en la mayoría de los casos, los robos 
se cometen con la complicidad de alguien de la casa robada; criado o no cria- 
do... Y le advierto a'usted que, puesto que ya estoy en funciones, para mi todo 
•el mundo es sospechoso. 

Ethel.— (Riendo.) ¡Todo fel mundo! 

Bed.— Ni más ni menos. 

Vid.— Espero que esas sospechas generales no me quiten el sueño. (Riendo. 
Da la mano al Conde y a lady Melrose y se despide de Ethel.) 

Bed.— (Riendo.) Lo mismo creo. 

Conde.— ¿No quiere usted guardar nada en mi caja de caudales, madarae 
Vidal? 

Vid.— No tengo nada qiie valga la pena de ser robado. 

Gol.— (Sale del comedor.) ¿Señor, la plata? 

Conde.— Venga usted conmigo, Bedford: le enseñaré lo que hacemos con la 
vajilla. (Entra con Goldby en el comedor.) 

Vid.— Buenas noches, señor Bedford, y gracias, porque su presencia a todos 
nos tranquiliza. 

Bed.— Que usted descanse, señora. (Leda la mano y va al comedor.) 

Vid.— ('^/yrj/e efe /a esco/era.^ Buenas noches, Raffles... 

Raf.— (^^e separa de Gwendoline y va a darle la mano.) Buenas noches, 
señora. 

ViD.~(En voz baja.) Tengo que hablar con usted. 

Kk?.—(Idem.) Mañana. 

Vid.— (ídem.) No: esta noche. (Sube la escalera.) 

mRL.—(DeJa su labor en una mesa.) Me parece que voy a seguir su ejemplo. 

tTHEL. — Y yo también, aunque estoy segura de que no voy a poder pegar 
«06 OJOS en toda la noche. Más me gustaría quedarme en vela^ oyendo historias 



de bandidos. Buenas noches, tííta; buenas noches, Raffles. (Besa a su tía, sa- 
luda al pasar a Raffles y va a la escalera.) 

Raf.— Buenas noches, señorita. ^ , . i 

Ethel.— ("vSe quita su collar de coral y se lo da por encima de la balaustra- 
da.) ¿Quiere usted hacerme el favor de dar a papá esto para que lo guarde? 
(Raffles lo toma riendo.) Gracias. Buenas noches... ¿Vienes, Gwendoline? 

GwEü.— (Deja de tocar y besa a su tía.) Ahora mismo. Buenas noches, tía. 

Mel.— Adiós, hijita. . ,. ., 

Raf.— ¿No tiene usted ningún encargo que darme, Ciwendohne? 

GwES.— (Al pie de la escalera.) No; a mí me sucede como a madame yidal. 
(Lady Melrose se ha levantado yoaala chimenea a beber el vaso que allí dejó 
el criado en la primera escena.) 

Rhv.— (Vivamente.) ¿Qué? 

QwEN.— No tengo nada que valga la pena de ser robado. 

Raf.— Es decir, nada que pueda usted confiarme. ^ , 

GwEN.~Ya sabe usted, Raffles, que yo se lo confiaría a usted todo, abso- 
lutamente todo... y que con su defensa no tengo miedo a nadie, ni siquiera 9 
ese Anónimo, que lo mismo que a usted, no me parece tan espantoso. 

Raf.— ¿Siente usted simpatía por ese hombre? 

GwEN.— Lo que sé es que no me inspira todo el horror que debía inspirarme. 

Raf.— ¡Es curioso! Yo también experimento por él como una simpatía ver- 
gonzosa... ¡Es más de lo que merece! 

GvvEN.— Tal vez es un ángel caído, y yo me siento con fuerzas para rezar 
por él. 

F<AF.— ¿De veras? 

GwEN. — Sí. 

Raf.— Hágalo usted. 

GwEN.— Lo haré. Buenas noches, Raffles... 

RAF.—Buenas noches, Gwendoline... y... (Lady Melrose hace ruido con su 
cucharilla. Raffles se vuelve un momento.) 

GWEN.— ¿Y...? 

Raf.— Rece usted por él... . 

GwEN.— Rezaré... (Desaparece en lo alto de la escalera, Raffles la sigue 
con la mirada.) 

ESCENA VIII 
Raffles, lady Melrose y Bcdford. Luego el Conde. Después Ma*í«. Lneso Jorg». 

Eed.~(A Raffles.) El dueño de la casa quiere enseñarle a usted toda su 
vajilla y dónde la guarda... ¡Es una manía como otra cualquiera! .» / 

Raf.— Todos las tenemos... Yo también voy a darle este encarga. T«>r ei 
collar. Mutis al comedor ) 

Mel.— Señor Bedford; yo no estoy tranquila. 

Bed.— ¿Cómo, señora? ... . , »,. u 

Mel.— No, no estoy tranquila con esa dichosa caja de caudales. Mi herma- 
no tiene fe en ella, yo nó. Voy a confesarle a usted una cosa: nunca dejo ahí 
mi collar. Sólo dejo el estuche. 

Bed.— (Riendo.) ¡ Ah! 

Mel.— ¿Cree usted que hago mal? 

Bed.— No, señora... ¿Pero lo sabe alguien? 

Mel.— Nadie más que mi doncella. 

Bed.— ¡Ya son muchos! 

Mel.— Es de toda mi confianza. .,1,1 

Bed.— Menos mal... De todos modos, ya tenemos de quién sospechar si 
ocurriera algo. 



Mel.— ¡Dios quiera qne no! Hasta mañana, señor Bedford. (Sabe ta es- 
calera.) 

Bed.— Que usted descanse, señora, y no se preocupe. No hay motivo para 
ello. 

Mel.— Así sea. (Mutis por la escalera. Bedford oueloe hasta la mesa, pen- 
satioo, y dice:) 

Bed,— ¡Y madame Vidal cree que le conoce!... ¡Es curioso, es curioso!... 

Co^iu^,— (Viene del comedor con el collar de Ethel en la mano.) Ya vamos 
acabando por hoy, amigo Bedford. (Abre el mueble y luego la caja de cauda- 
les.) ¿Vendrá usted mañana a nuestra partidita? La de hoy fué admirable: dimos 
al equipo contrario una paliza de primera, y Raffles estuvo sencillamente ma- 
ravilloso... (Baja María por la escalera trayendo un estuche.) ¡Ah, el collar! Ya 
iba a avisarle... Póngalo usted dentro de la caja. 

Mar.— Sí, señor. (Lo hace, y se va por donde vino. Bedford la sigue con la 
vista, hasta que desaparece.) 

Conde.— Mañana será un cricket de familia, como si dijéramos. Juega Gold- 
by, juego yo, los once del pueblo... ¡El equipo de casa! ¿No quiere usted guar- 
dar nada? {A Bedford, que se ríe y mueve la cabeza negativamente. Después 
cierra el mueble.) Bueno, pues con su permiso me voy a mi cuarto. Ahora leo 
un ratito y luego a dormir con los ojos entreabiertos, como las liebres. 

Bed. — No me ha dicho usted como se maneja la luz. 

Conde.— ¡Es verdad! Mire usted: aquí están los interruptores. (Junto a la 
chimenea; con uno de ellos apaga la electricidad, y la escena queda sólo alum- 
brada por la luz de la luna y la lumbre de la chimenea.) 

Bed.— ¡Precioso efecto! 

Jorge.— (7*or la derecha, muy apresurado.) ¿Qué sucede con la luz? 

Conde.— (Riéndose.) Nada... Estaba enseñándole los interruptores al amigo 
Bedford. (Vuelve a encender.) 

Jorge.— ¡Ah! Creí que era otra cosa. (Mutis,) 

Conde.— También se pueden apagar las luces de esta habitación. (Lo hace. 
La escena queda a obscuras, pero se ve la luz de las habitaciones laterales y de 
la galería.) 

Bed.— Bien. 

Co}iDñ.~( Encendiendo de nuevo.) Ya lo sabe usted todo. Con que hasta 
mañana. (Sube la escalera.) 

Bed.— Buenas noches... ¡Ah! ¿Y el timbre de alarma, cómo se prepara? 

(^ONDE.— (Inclinándose por encima de la barandilla, se lo enseña: esta disi- 
mulado en el borde de la caja de la puerta del jardín. Bedford lo examina.) Asi . 
Lo prepara Jorge antes de acostarse; como generalmente es el ultimo que 
llega... 

Bed.— ¡Ah! 

Conde.— Con que... lo dicho. 

Bed.— Que usted descanse, señor Conde. (Desaparece el Conde por la es- 
calera. Bedford vuelve cerca de la chimenea. Entra Raffles, que niene del co- 
medor. Pausa larga.) 

ESCENA IX 

Bedford y Raffles, * 

Raf.— ¿Le han dejado a usted solo? 

Bed. — Así parece. 

Raf.— ¿Un cigarrillo? 

Bed.— (Aceptándolo.) Gracias. 

Raf.— (7b/na una cerilla de la mesa junto a la chimenea y enciende su ciga- 
rro.) ¿De modo que va usted a cazar al Anónimo? (Le da su cerilla. Bedford 
fie la acerca a la cara y le mira fijamente J 



Bed. — Es posible. 

Raf.— ¿Por dinero? 

Bed.— Por gusto, 

Raf.— ¡Ah, vamos!... ¡El arte por el arte! 

Bed.— iEl sport... por el sport! 

Raf.— Me explico su entusiasmo... Encontrar la verdadera pista, seguirla 
con ardor y coger al hombre que supo escapar siempre de la policía, debe ser, 
efectivanseníe, un sport tan admirable como delicioso.;. Solo encuentro uno 
que lo sea más. ^ ' 

Bed.— ¿Cuál? (Raffles vuéloe a encender su cigarro.) 

Raf.— Burlarse de usted. (Sopla la cerilla y la tira a la chimenea.) 

Bed.— Eso no lo dice usted en serio. 

Raf.— Claro que no. Pero lo pienso. 

Bed.— ¿Le gustaría a usted más ser conejo que perro? 

Raf.— ¡Mil veces más!... El conejo es el más simpático, porque es el perse- 
guido. 

Bed.— Bueno, el conejo, sí; pero ahora hablamos metafóricamente. (Arre- 
gla los almohadones del sillón de la chimenea y se sienta.) 

Raf.— El que huye, el que se escapa, es siempre más inteligente en ese caso 
que el que le busca y le persigue... ¡Como que obra en defensa propia! 

Bed.— Es.posible. Pero el miedo paraliza al criminal perseguido, en el mo- 
mento preciso en que necesita todo su arrojo y toda su sangre fría... Cualquier 
cosa le asusta y le detiene: la sombra más pequeña, el ruido más impercepíi- ' 
ble... Tarde o temprano acaba por entregarse. 

Raf.— Eso puede ser cierto en los criminales vulgares, pero aquí no se trata 
de ellos. El criminal vulgar es un clown indolente, que solo trabaja a la fuerza 
y de mala gana, y con tanta torpeza, que basta para detenerle un agente cual- 
quiera: el primero que llegue. Pero comparar al criminal vulgar con el Anóni- 
mo a quien nos referimos... 

Bed.— Usted es el que los ha comparado, yo no... Para mí, el Anónimo eá 
un artista... Y si no lo fuera, no me tendría a mí por adversario. (Raffles se 
llega a un sillón, lo acerca a Bedford, y se sienta.) . . 

"Raf.— Entonces, puesto que se trata de un hombre superior al mecanismo;; 
de las leyes y de la policía, ¿cómo puede usted esperar que llegará a encon- 
trarle?... Suprima usted el miedo, y, a inteligencias iguales, el triunfo debe ser 
del criminal. 

Bed.— Voy a contestarle a usted en pocas palabras. ¿Por qué no he querido ' 
trabajar en la policía? Fíjese usted en lo que esto significa y dispénseme usted- 
si ie parezco un fatuo: para luchar con un artista, es preciso otro artista. (Ri^n^ 
ambos. Pequeña pausa.) » 

Raf.— ¿Y usted cree que esta casa está segura? 

Bed.— Razonablemente pensando (Raffles mueve la cabeza en señal cfe"'^ 
duda.) solo hay un hombre capaz de robar aquí: el Anónimo. Pero acechado, 
corno lo está por todas partes, ni el mismo Anónimo se podría escapar. 

Raf.— Me gustaría que se le presentara a usted ocasión para poder apn 
ciar el valor de su método. 

Bed,— ¡Ah! 

Raf.— A ver si tenemos esa suerte. (Riéndose se levanta y hojea unperiódU 
co ilustrado de encima de la mesa.) Voy a ver cómo va esa partidida de juego. 
Jorge y mi amigo están muy distraídos... (Madame Vidal aparece en lo alto 
la escalera, esperando a que se vaya Bedfordr.) 

Bed.— ^5e levanta.) Pues yo voy a respirar un poco de aire puro, antea de.., 
DO acostarme. Buenas noches. í'^ü/e a/ yartíw.J 

Raf.— Buenas noches. 



ESCENA X 

Raffies y Madame Vidal. 

Vm.—(Ba/a ía escalera.) ¡Andrés! 

Raf.— ¡Ah!... ¿Usted aquí? 

WiD.— (Ai pie de la escalera.) Ya le dije a usted que era preciso que hablá- 
ramos esta noche. 

Rk?.— (Acercándose.) ¿Por qué era preciso? 

Vid.— (ídem.) Para su seguridad personal. 

Rap.— (Mira al Jardín y vuelve.) ¡Bah!... De eso yo me encargo. 

Vid, — Eso no es suficiente. 

Raf.— Sí... ¿O es que va usted a denunciame? 

Vid.— No, no... Nada de eso... No puedo... No podría. 

Raf.— ¿Entonces?... 

Vid.— ¿Ha olvidado usted?... 

Raf.— ¡Todo!... ¿Hay algo que yó no pueda olvidar? 

Vid.— Sí... A mí no puedes olvidarme nunca. (Echándole los brazos al 
cuello.) 

Raf.— (Desasiéndose y mirando al jardín.) ¿Está usted loca? ¿Le importa a 
usted tan poco su reputación como mi seguridad?... ¿No sabe usted lo que sig- 
nificaría para el mundo una sola palabra suya, una sola mirada?... Piense usted 
en su marido y no en mí. 

Vid.— ¡Usted se ha mezclado en mi vida antes que éll 

Raf.— jBah!... Eso es historia antigua. 

Vid.— ¡Pero yo no he olvidado! (Enérgica.) 

Raf.— ¿Es una amenaza? 

Vid.— Usted es quien me obliga... No... no es una amenaza. (Alejándose 
un poco.) 

Raf.— Sí, lo es... Toda la noche estuvo usted amenazándome y yo la he 
desafiado a que me haga traición... Pero no me venderá usted. Hay para ello 
razones poderosass. 

Vid.— ¿Razones poderosas?... Dígame usted una. 

Raf.— Mi voluntad. 

Vid.— Hay otra para que usted me tema. Se llama Gwendoline. (Mira fija- 
mente a Raffies, hasta que se ve obligada a bajar la vista.) Y si yo dijera que 
en el asunto de la perla negra la mujer era yo, y usted el... (Vacila.) 

Raf.— Dígalo usted, dígalo usted... ¿Quién la creerá?... Un diplomático 
francés, joven, de bigote retorcido y de carácter alegre, es difícil de identificar 
con un inglés afeitado, de aspecto tranquilo, campeón de cricket. Solo un hom- 
bre podría confirmar la acusación; Mackensie... ¡Y ha muerto! 

Vid.— Pero Bedford vive. 

Raf,- ¡Bedford!... Bedford y yo somos dos hermanos que por fin se encuen- 
tran... ¡No le temo! No tengo miedo a ningún hombre, ni a ninguna mujer. 

Vid.— ¡No tiene usted corazón! 

Raf.— ¡Ya sabe usted que mis medios no me lo permiten! (Pequeña pausa.) 
¡Y sin embargo, ahora quisiera tenerlo! (Barajando las cartas que están sobre 
la mesa.) 

Vid.— ¿Para ofrecérselo a esa chiquilla? 

Ra?.— (Echando las cartas sobre la mesa.) ¡Sí! 

Vid.— Lo confiesa usted... Está bien. (Subiendo la escalera: se detiene.) 
Pero óigame usted, Andrés... Ella le conocerá a usted tal cual es. (Desapü' 
rece.) 

lÍAP.— jTal como soy! (Silbando.) 



ESCENA XI 

Baffies y Enrique que llega |»or la derecha muy apurado. 

Enr.— Raffies, ¿tienes un minuto disponible? 

Raf.— Todos los que quieras... ¿qué te ocurre? 

Enr.— Estoy desesperado... Acabo de jugar con Jorge y he perdido... 

Raf.— Sí ya vi que no estabas de buenas. 

Enr.— Y no tengo para pagarle. i| 

Raf.— Dile que espere... iji 

Enr.— No, no quiero... Me molesta ese hombre que parece presumir a todas ||>{ 
horas de su fortuna... Su impertinencia me ha excitado, precisamente: me hizo'fi 
jugar, apuntar fuerte, perder la cabeza... Pero no quise decirle que me espe* i|| 
rara y le firmé un cheque. \:' 

Raf.— Entonces, ya lo has pagado... ¿Por qué te apuras? 

Enr.— Es que... No sé lo que vas a pensar de mí... Ese cheque no se hará 
efectivo, porque mi cuenta corriente está liquidada y no he podido reponerla... 
¿Comprendes? 

Raf.— ¿Y tu padre? 

Enr.— Ha jurado no pagarme más deudas, y es hombre que cumple su pa- 
labra, 

Raf.— ¿De cuánto es el cheque? 

Enr.— De más de cien libras. 

Rap.— (Con una ligera sonrisa.) ¿De ciento cincuenta? 

Enr.— Más. 

Raf. —¿Doscientas? 

Enr.— Te acercas. 

Raf.— ¿Más? 

Enr.— Sí. 

Raf.— ¿Cuantas? 

Enr.— Quinientas libras. 

Raf.— Tienes razón; son más de cien libras, efectivamente... Pero no es^t; 
una cantidad imposible. j: 

Enr.— ¡Cuando no hay manera de poseerla! ¡ 

Raf.— Tú sabes que si la tuviera, te la daría ahora mismo... Pero no te pi*e-!t,í 
ocupes: piarás tu deuda. | 

Enr.— Gracias, gracias. ¡Te reconozco! Eres el de siempre... Y sin embar-jj* 
go, no te hubiera molestado, si no fuera por lo que me desespera ese Jorge... !,í 
He comprendido que, para pagarle, sería capaz hasta de robarle ese dinero. > 

Rav.— (Con las manos sobre los hombros de Enrique.) Deja eso de mi cuen-[:i 
ta... Pagarás tu cheque. i ; 

Enr.— Gracias otra vez, gracias mil veces... Soy desgraciado en amores.};; 
soy desgraciado en el juego... Pero tengo la fortuna de la amistad que me corn-hr 
pensa de esas desgracias. j i 

Raf.— ¿Por qué dices que eres desgraciado en amores? ; 

Enr'.— Porque también he perdido a ese juego... contra tí. i 

Raf.— ¿Contra mí? [ 

Enr.— Sí... ¡Era natural!... ¡Tú me has ganado! 

Raf.— ¿Yo?... ¿Que te he ganado yo? ; , 

Enr.— A Gwendoline... No; no te guardo rencor ni a ella tampoco... jTúj 
eres el mejor! , | 

Raf.— ¡El mejor! ' 

Enr.— El que ella prefiere. 

Raf.— No lo soy: no quiero serlo. 

Enr.— A mí no me hace ningún caso. 



Raf.— Aún puedes conquistarla. 

Enr.— No; es tarde. He jugado, y he perdido. 

Raf.— Pero yo no he jugado todavía; y la ganare para tí. 

Enr.— ¿De veras?... ¿Serías capaz?... ¿No la amas? 

Rk?.— (Mintiendo.) No. 

Enr,— Raffles, Raffles... ¿Qué quieres de mí?... Manda... dispon... mi 
"vida... ¡Lo que quieras! 

Raf.— Ya lo sé... ¡Quién sabe si algdn día!... Entre tanto, recuerda nuestro 
lema del colegio; «Dinero perdido, nada perdido». «Honor perdido, mucho 
perdido». «Corazón perdido, todo perdido».' i Animo, mucliacho! 

ESCENA XII 
Dichos, Bedford por el fardfn. Luego Meríon. 

Bed.— Señores... No sé cómo en vez de hablar aquí no disfrutan ustedes de 
la hermosura de la noche. 

Raf.— Voy a mi cuarto. 

Bed.— ¿A dormir ya? 

Raf.— No, antes tengo que escribir dos o tres cartas. 

Enr.— Buenas noches, Raffles... ¡Y gracias! 

Rk?.— (Dándole un golpecito en la espalda.) ¡Vamos, hombre; ánimo! (iMa- 
tis derecha.) 

Enr.— Ya le tengo. Buenas noches, señor Bedford. (Mutis ídem.) 

Bed.— Buenas noches, señor Manders. (Pequeña pausa. Arregla el sillón, 
colocándole de fíente, junto á la chimenea.) 

ÍAer.— (Por la puerta de servicio.) ¿Manda usted algo? 

Bed.— No; puedes acostarte. 

Mer.— Preferiría quedarme, para que usted descansara. 

Bed.— No te preocupes de eso. 

Mer.— ¿No quiere usted esto? (Mostrándole unas esposas.) 

Bed.— ¿Las esposas? (Las toma y se las guarda.) Sí; tráelas, por si acaso. 

Mer.— Buenas noches. (Mutis, fían ido apagándose paulatinamente las la- 
ces de las habitaciones laterales y de la galería.) 

ESCENA XIII 
Bedford. Luego Raffles. Después María y Crawshay, jorge y el Conde. 

Bedford empieza a sübar un aire inglés. Luecro se acerca a lo puerta del jardín para mirar al 
ciclo. Después examina el timbre de alarma, se detiene ante la caja de caudales, que rcconoLt- 
y da unos golpecitos con los dedos marcando el final de la música que silba. Mira por la biblio- 
teca, da otros golpes en el piano como antes; atraviesa la escena, mira ia chimenea, se acere 
examina los interruptores, apaga la luz y se sienta en el sillón, colocado frente a la lumbre, fa- 
pándose la cara con un pañuelo. La escena queda sólo iluminada por la luna y lo iumbrí» de Id 
chimenea. Pausa, Raffles entra, con precaución por la puerta de la derecha, observa ia habi- 
tación vacía, y escucha. Todo está en silencio. Examina con una linterna eléctrica de bolsillo la 
u^,A '^^udales. En este momento se oye un silbido en el jardín. Raffles apaga la luz. Nuevo 
silbido. Bedford se quita el pañuelo que le tapaba la cara: se sienta bien en un sillón, con los 
ojos muy abiertos y escucha atentamente. Raffles se esconde en silencio en un rincón obscuro, 
oetrás de la caja de caudales. Se dibuja en el jardín una forma negra, que va precisándose y se 
aesliza lentamente hasta el pie de la escalera. Es Crawshay. En este instante «parece en lo alto 
ae la esca era la doncella trayendo en la mano el collar, que brilla a la luz de la luna. María 
baja. Crawshay se adelanta un poco. Ella le da el collar por encima de la balaustrada y des- 
aparece; entre tanto, Raffles, agach.ido, se ha deslizada hasta llegar detrás de Crawshay, v en 
el momento en que este va a guardarse el collar en el bolsillo se lo arrebata y ¡c da un pune <^^o 
que le hace rodar por el suelo. Crawshay se levanta y se abalanza sobre Raffles. Los do^ lu- 
chan furiosamente y Raffles consigue vencer, tumbar, y sujetar a Crawshay, luego grita: 

§AF.— ¡Luz, luz! (Bedford da un salto, enciende la luz acudiendo en auxilio 
de Raffles, y le pone las esposas a Crawshay. Entra Jorge por eljardíny Gold' 
oy, que ayudan a sujetar a Crawshay.) 



JouoE.— ¿Qué ocurre? ¡ 

Raf.— ;Ya le cogí!... Bedford... Aguí tiene usted a su hombre. f 

Bed.— ¡Y bien sujeto! (Aparecen el Conde y Enrique.) 

RAF.~¡Hay que convenir en que no es el tipo que imaginábamos! 

Bed.— iPero si este no es mi hombre! 

Craw.— iClaro que no!... Si yo no he hecho nada... Vi la puerta abierta y 
entré para calentarme nn poco. 

Bed.— Yo soy buen fisonomista... Tu te llamas Crawshay. 

Conde.— ¡Registradle, registradle! (Bedford, Jorge ¡/Enrique le registran. 
Raf fies baja junto a la chimenea, saca de su bolsillo el collar y lo examina de 
modo que lo vea el público, volviendo a guardárselo en seguida.) 

Gol.— ¿Voy a avisar a la policía? 

Conde.— Inmediatamente. 

Bed.— No ha tenido tiempo para nada, gracias al señor Raffles. 

Craw.— ¡Se llama Raffles!... ¡Bueno es saberlo!... (Hace un gesto de ame- 
naza a Raffles.) 

Ttíóa, 



nX DEL ACTO PRIMERO 



ACTO SEQUNDO 

La misma decoracióa del acto anterior. Bs al día siguiente a las nueva de la mafíona. 

ESCENA PRIMERA 

JORGE, que bafa de la escalera, en tra|e de ericl<et, Al mismo tiempo entra GOLDBY por la 
puerta de servicio, trayendo los periódicos que deja aObre la mesa, Después BBOPORD 

Jorge.- ¿Qué tal, Goldby, tienes fuertes las piernas? 

Gol.— Estoy muy nervioso... mal papel voy a hacer hoy en la partida. 

Jorge.- ¡Bah! ¡No tengas miedo!.... ¡Zurraremos a los contrarios!... ¿No? 
desayunamos? 

Gol.— En seguida, señor. 

Jorge.— ¿Se ha levantado ya la gente? (Mirando ala puerta del jardín.) 

Gol.— El señor Bedford está abajo antes que yo... El señor Raffles y. el se- 
ñor Manders están en la terraza con el Conde. 

Jorge.— i Ah!... ¿Se ha levantado ya el señor Manders? Voy a ver si quiere 
que juguemos otra partidita. (Toma un cigarrillo. Goldby le da fuego y hace 
mutis por el comedor . Bedford entra del jardín.) Buenos días, señor Bedford' 

Bed.— Muy buenos días. (Se quita el sombrero y los guantes, que deja sobn 
el piano.) 

Jorge.— Parece que se ha madrugado. ¿Y ese tunante?... ¿CJué ha sido de él 

Bed.— Si habla usted del tunante a quien yo persigo, le diré que aún no 1 
be echado la vista encima. 

Jorge.— Pero, ¿de veras cree usted que el ladrón de anoche no tiene nadi 
que ver con el Anónimo? 

Bed.— ¡Ni por pienso!... Conozco perfectamente a Crawshay, y sé que es un 



ni 



¿rhninal muy peligroso; pero del antiguo r^men... Tan distinto del que yo 
ousco, como una escopeta vieja de un fiisil maüser. 

JoRQB.— De todos modos hay una coincidencia extraordiuüi ia. 

Bed.— ¡Psch!... 

ESCENA II 

DICHOS, el CONDE, GWENDOLINE, ETHEL. Lnego MAD AME V ID AL 

Conde.— (Entrando del jardín.) Buenos días, Bedford. 

Bed.— Señor Conde... 

Conde.— Mira, Jorge, tienes que ayudarme a convencer a Raffles de que no 
86 marche hoy. 

JoRQE.— ¡Ah!... ¿Pero quiere marcharse hoy? ¡Vaya una ocurrencia!... ¡Se 
aguó la partida! 

Conde.— Si se marcha, tú tendrás que ocupar su puesto... 

Jorge. — ¿Yo?... ¡Bonita idea!... ¿Qué tren quiere tomar? (Repasando una 
guia que estará sobre la mesa.) 

Ethel.— (Baja la escalera con Gwendoline y besa al Conde, que salía a su 
encuentro.) ¿Quién va a tomar el tren? 

Conde.— Por lo menos yo. 

Ethel.— Pero usted, no, ¿verdad, señor Bedford? (Le da la mano.) 

Bed.— No: estoy ocupadísirao con mis trabajos. No me queda tiempo para 
nada. 

Ethel.— Entonces va usted a perder la partida de cricket... ¡Tan reñida 
como será! 

Bed.— Lo siento, pero no la veré, probablemente. 

Gwen.— Debe usted sentirlo, juega Raffles. 

Conde.— Me parece que ninguno le verá jugar hoy. (Madame Vidal baja de 
la escalera despacio.) 

Jorge.- Pero, en cambio rae verán jugar a mí. 

Gwen.— ¿A ti? 

Ethel.— ¡Vas a estar precioso! 

QwER.— ¿Y por qué no juega hoy, Raffles? 

Jorge.- Creo que tiene precisión de ir a la capital. (Fingiendo que lanza 
bolas de cricket, llega al pie de la escalera al mismo tiempo que madame Vidal 
a quien saluda.) 

ESCENA III 
Pichos, Rafies, por ef jardín. Después Enrique. 

Raf.— Señores... (Saluda primero a Gwendoline, luega a Ethel, etc. £1 
Conde saluda a Madame Vidal al pie de la escalera). 

Gwen.— Buenos días, Raffles. 

Ethel.— Pero, ¿qué es eso de marcharse hoy? 

Raf.— No sabe usted lo que lo siento, pero es indispensable. 

Jorge.— Podría usted tomar el tren de las doce y media. 

Raf.— Me vendría el tiempo demasiado justo. 

Ethel.— Papá, ¿quieres darme mi collar? (A Raffles.) ¡Qué hermosa partida 
va usted a desbaratamos! 

Johqe.— ¡Y qué triunfo nos hace usted perder! (El Conde busca un llaoero 
en su bolsillo, ¡^ eñélla líaoe de la caja, que abre. Saca el collar de Ethel, se 
lo da y ésta se lo pone. Vuelve luego a la caja, saca el estuche de laay Melrose 
y lo abre. Todo con la pausa suficiente para llegar a tiempo de decir lo que 
marca el diálogo.) 



Vidal.— (Da la mano a Raffles, luego a Givendoüne, Ethel y Bedford, 
Gvmidoline sale a la puerta del jardín.) Me explico su decisión, amigo Raffles: 
después de la noche pasada, una inocente partida de cricket le aburriría 
mucho. 

Raf.— Al contrario. El contrásteme convendría. Y si era reñida, mejor que 
mejor. '' 

Bed.— ¿No ha dormido usted esta noche? 

RAF.~¡Como un lirón! Para quitarme el sueño hace falta más que una estú- 
pida intentona como la de ese bruto de Crawshay. 

Bed.— Es verdad, muy estúpida. 

Com?,.— (Ante la caja.) Lo que siento es qué rio haya habido ocasión de 
probar el mecanismo de mi caja. 

Eí^R.— (Entrando por el jardín.) Buenos días. 

Tonos. — (Saludando respectivamente.) Muy buenos... 

Raf.— De todos modos; aunque suspendiera" mi viaje me parece que rio 
aabría partida. El tiempo no está muy despejado... (Enrique liahlg con Ethet) 

Vid. —Ya lo predije yo. 

Jorge.— Sí, sí... ¡Habrá partida, y yo me luciré! 

Conde. — (Abriendo el estuche.) ¡Bedford! 

Bao.— (Separándose de Madame Vidal con quien hablaba.) ¿Qué ocurre? 

Conde.— ¡El collar! 

Todos.— ¿Qué pasa? 

Conde.-- ¡Robado! (Con el estuche abierto.) 

Todos. —¿Robado? 

Conde.— ¡Sí... robado! ¡El estuche está vacío! (Madame Vidal mira a 
Raffles. que se ha puesto el último de pie.) 

Jorge.— C/1 Bedford.) Entonces... ¿Crawshay? 

Rkv. —(Tranquilamente.) No, no... 

Jorge. — Pues, ¿quién? 

Beo.— (Divertido con el chasco.) El collar no estaba esta noche en la caja. 

Conde.— ¿Cómo que no?... Si yo mismo... 

Bed. — Usted ha guardado el estuche vacío. 

Conde. — No lo entiendo. 

Bed.— Es muy sencillo. Su señora hermana ha conservado el collar en su 
cuarto. (Todos se ríen.) Dispénsenme ustedes... Pero me lo consultó y yo 
aprobé su resolución. 

Jorge.— f>l ¿"/M.^ ¡Qué plancha la de papá! 

Ethel.— Y qué desencanto... El, que creyó que ya le habían robado. 

GwEN. — (A Enrique.) Por fortuna no es así. 

Ra?.— (Señalando a Bedford con un movimiento de cabeza.) ¡Estando él 
aquí, no hay peligro! 

Bed.— ¡Era completamente imposible! 

Conde.— Y además, con mi caja, no hay cuidado. (La cierra.) 

JoRQE.—Sin embargo... ¡vaya un susto!... Bueno, vamos a desayunarnos. 
(Se dirige al comedor.) 

Ethel.— Sí, sí. (Se oye un grito en el cuarto de lady Melrose.) 

Todos. — ¿Qué pasa? 

ESCENA IV 
Dichos, María en lo alto de la escalera. Después lady Melrose, Luego Qoldby. 

Mar.— Es la señora. (Aparece lady Melrose sin acabar de vestir y baja 16 
escalera, donde la esperan Gwendoline y Madame Vidal. Apenas puede haL>lar'^ 
La llevan al sillón que ha preparado Jorge.) 

Va>.— ¿Qué es eso, señora? 



Ethel.— ¡Tía! 

GwEN.— ¡Tía! 

Mel.— ¡El collar!... hDesaparecido! 

Todos. — ¡Desaparecido! 

Bed.— ¡Desaparecido!... ¡Imposible! 

Mel.— ¡Yo misma lo guardé anoche en mi cajita de las alhajas... v no está 
allí. ' ^ 

Ethel.— ¡María! 

GwEN.— Registraremos por todas partes... Tiene que parecer... (Las dos 
muchachas se disponen a subir la escalera. María sube delante y desaparece 
por el pasillo. Ethel también.) 

Enr.— Sí, sí... Lo encontraremos. Crawshay no le tenía cuando le registra- 
mos, y aquí no ha entrado nadie más que él, 

GwEN.— ¿Usted qué sabe? 

Enr.— Yo... yo... No he cerrado los ojos en toda la noche. (Gwendoline le 
mira fijamente. Las señoras se disponen a subirla escalera. Entra Goldby con 
un telegrama. Ethel baja.) 

GoLD.— Este telegrama para el señor Bedford. 

B^.— (Después de leerle, con alegría a lady Melrose.) Un momento, seño- 
ra... ¡Hay esperanza! (Las señoras se detienen.) 

JoRQE.— ¿Qué ocurre? 

Ethel. — ¿Hay esperanzas? 

Mel.— ¿Mi collar? 

Bed.— Sí, señora. 

Mel.— ¡Explíqueme usted, se lo suplico! (Madame Vidal observa a Raffles,^ 

Bed. — Crawshay se ha escapado. 

Todos.— ¿Que se ha escapado? 

Bed.— Sí: ya me lo suponía yo, en cuanto se lo entregué a ese policía a la 
antigua que acudió a nuestro llamamiento. 

Conde. — Entonces... 

Bed.— Y por eso encargué a mi ayudante que vigilara al policía que vigilaba 
a ese pájaro. Y esto es lo que me telegrafía. «Crawshay se ha escapado. Sigo 
su pista.» 

Conde.— Bueno, pero yo no veo en esto una esperanza. 

Bed.— Usted no la verá; yo sí. (La señora Melrose vuelve á su habitación.) 

Conde.— De todos modos, creo que debemos empezar por registrarlo todo. 
(Movimiento general hacia la escalera.) 

Bed.— No, no... (Todos se detienen.) Mi querido amigo: si desea usted que 
parezca el collar es preciso que me deje usted por dueño absoluto de la casa 
durante los breves instantes que he de permanecer en ella. 

Raf.— Nada más justo. 

Bed.— ¿Podría utilizar su automóvil? 

Conde.— Si. (A Goldby.) Avisa al chauffer. 

Gol. —Bien, señor. (Mutis.) 

Bed.— ^A Manders, que está cerca ae la puerta del jardín.) ¿Tiene usted la 
bondad de cerrar esa puerta, señor Manders? No, no la cierre usted... ¿Anoche 
estaba abierta? 

Enr.— Creo que sí. 

Conde.— ¿Y nosotros, qué hacemos? 

Bed.— Ustedes vayan á desayunarse. (Todos se dirigen ai comedor J Raf- 
iies, ¿quiere usted ser tan amable que me preste su concurso? 

Raf.— Con mucho gusto. 

Bed.— Hágame el favor de armar el timbre de alarma. 

Raf.— Sí, señor. (Lo hace.) Pero... 

Bed.— Pero ¿qué? 

Raf.— Me parece que cierra usted la puerta de la iaula, cuando ha volado 
el pájaro. 



Bed.— ¡Quién sabe si el pájaro está en la jaula todavía!... Y si se escapiV 
tal vez haya dejado un cómplice. / 

Raf.— Es posible. Y yo propongo que se nos detenga y se nos registre a 
todos los que estamos aquí. 

Ethel.— (Muy entusiasmada.) ¡Eso, eso! 

GwEN.— ¡Etlíel! 

Ethel.— Convirtamos el sótano en calabozo. 

JoRjE— Mejor será la bodega... Pero vamos á ver si por fin nos desayuna- 
mos. 

Y\D.—(A Raffles.) ¿Necesita usted de mi auxilio? 

Raf.— Ofrézcaselo usted á Bedford. 

IAel.— (Bájala escalera ya oestiaa del todo.) ¡Imposible encontrarlo!... Ma- 
ría lo ha revuelto todo... ¡y nada! (Al conde.) ¿Qué vas á hacer? 

Conde.— El amigo Bedford tiene la solución del problema según dice. (Jor- 
jCy Ethel, y Gwendoline hacen mutis por el comedor.) 

Bed.— En el término de veinticuatro horas tendrá su collar. Yo se lo pro- 
meto, y nunca he faltado á mi palabra. 

Mfl.— Si realiza usted ese milagro, mi reconocimiento será eterno. (Se va 
al comedor con Enrique y Madame Vidal.) 

Raf.— ¿Y cómo piensa usted cumpir su palabra? 

Bed.— Encontrando el collar. 

Raf.— ¿En veinticuatro horas? 

Bed.— Antes de media noche. 

Raf.— Amigo Bedford; para una obra caritativa que me inspira verdadero^ 
Interés, yo apostaría cualquier cosa á que no logra usted su propósito. 

^mi.— (Sonriendo.) ¿Formalmente? 

Raf.— Formalmente. 

Bed.— ¿Qué quiere usted aportar? 

Raf.— Lo que usted guste. 

Bed.— Dígalo usted. 

Raf.— Mil libras. 

Bed.— ¡Es demasiado! 

Raf.— ¿Tiene usted miedo? 

Bed.— No, pero es demasiado. 

Raf.— Quinientas libras. 

Bed.— Sea: quinientas libras. 

Raf.— ¿Está dicho? 

Bed.— Está dicho. (Cambian an apretón de manos.) 

Raf.— ¿Tiene usted algiín indicio? (Tomando un dgarrülo de la mesa.) 

Bed.— Tal vez. 

Comiv..— (Sentándose en la silla que hay a la derecha de la mesa.) Dígamelo 
usted. (Rñffles se ríe.) 

Bed.— (Sentándose en el sillón de delante de la chimenea) Prefiero no de» 
drselo, la verdad. Aun puede ser un poco aventurado; por el momento no hajr 
nadie en esta casa de quien yo no sospeche. 

Conde.— ¡Que absurdo! 

Bed.— Amigo mío, en asuntos de investigación criminal, no hay nada sufl^ 
cientemente absurdo para no tomarlo en consideración. 

Conde.— Pero, en fin, usted se habrá formado alguna idea. 

Bed.— Naturalmente. Es indudable que Grawshay tenía algún cómplice df 
tro de la casa, y tal vez otro fuera. • 

Conde.— Pero ¿y el timbre de alarma?... ¿Por qué no sonó? 

Bed.— No estaba preparado todavía. 

Conde.— Ese Jorje &, muy descuidado... 

Raf.— Pudo olvidarse... 

"ÜEXi.-^Pensatioo.) Su hijo de usted estaba fuera y dejó la puerta abi€ 



Conde.— ¡Por Dios, amigo Bedford! No vaya usíed á sospechar de mi hijo 
ni de nadie de casa. 

R\?.— (Riéndose.) ¡No, no! 

Bed.— Ya no sospecho de nadie. . . O para hablar con franqueza, sospecho 
de todo el mundo. 

Conde.— ¿Hasta de mí? 

Bed.— (Levantándose.) Señor conde... ¿Quiere usted ir á desayunarse y me 
hará un gran favor? 

Conde.— Confío en que antes de tomar cualquier determinación me consul- 
tará usted... 

Bed.— Esté usted tranquilo. 

CoNDE.—Creo inútil manifestarle que preferiría que se perdiera esa alhaja 
antes que saber la verdad, si, lo que no espero, alguien de mi casa ó de mis 
amigos resultara culpable, aunque solo fuese de complicidad. (Vase al cerne- 
dor.) 



ESCENA V 

Rafíles. Bedford^ luego Goldby 

Bed— (Detrás de la mesa, saca del bolsillo papel y pluma.) ¡Bueno! ¡Y aho- 
ra á trabajar! 

Raf.— Casi me alegro de este contratiempo, pues gracias á él voy á cono- 
cer el método de usted. 

Bed.— Este asunto promete ser el más entretenido de cuantos tuve en mi ya 
larga carrera. Es demasiado artístico, demasiado bonito, este golpe, para un 
profesional como Crawshay... ¡Ahí ve usted! Si yo no hubiera estado aquí hu- 
biese creído que el ladrón era el Anónimo. 

Raf.— ¿Un cigarrillo? 

Bed.— Gracias: cuando trabajo no fumo. (Reflexionando baja hasta coló- 
car se entre la mesa y el sofá delante del piano.) 

Raf.— /I propósito. ¿Dónde estaba usted anoche, cuando entró Crawshay? 

Bed.— Medio dormido en ese sillón. 
. Raf.— ¡Ah! 

Bed.— ¿Por qué? 

Raf.— No le vi á usted. 

Bzxi.—(VolDiéndose.) ¿Quiere usted hacerme un favor? 

Raf.— ¿Cuál? 

Bed. — (Colocando el sillón en ei mismo sitio en que estaba la víspera.) 
Siéntese usted aquí, de cara a la chimenea. Por un momento usted es Bedford 
y yo soy Raffles. 

Raf,— El papel es difícil para usted. 

Bed.— Vamos á ver sí lo represento bien. ¿Usted venía de la biblioteca? 
(Mientras Bedford oa a la biblioteca, Raffles sentado en el sillón, se convence 
de que aqnél no ha podido verle la noche antes y deja escapar un suspiro de 
satisfacción. Bedford abre la puerta y la vuelve a cerrar: rechina.) ¡Es raro 
que yo no le oyera a usted. 

Raf.— Es que yo llevaba un calzado de suela muy fina. 

Bed.— Eso debe de ser. (Se acerca a la caja de caudales, como Raffles la 
noche anterior.) 

Raf.— ¿Qué hace usted ahora? 

Bed.— Estoy ante la magnífica caja del señor Bedford. 

RfiF.— (Riéndose.) Tengo una igual: no sirven para nada. 

Bed.— ¿Estaoa usted aquí cuando el silbido? 

Rap.— ¿Cual? Hubo dos. 



Bed.— Exacto. Al oírse eí segunao. 

Raf.— Deslícese usted rápidamente en ese rincón obscuro detrás de! arca, 
y espere. Bedjord lo hace, se detiene en el rincón y mira la puerta, la pared y 
¿a escalera.) 

Bed.— Su cuerpo de usted debería hacer sombra en la pared, 
Rk?.— (Siempre fumando y en el sillón, se divierte con la escena,) No: yo 
iba agachado, y mi sombra daba en el suelo, 

Bed.— (Ante la puerta deljardin.) ¡Ah! 

Raf.— Y desde este momento, señor Bedford, usted es el ladrón. 

Bed.— Es un decit, ¿eh? 

Raf.— Se presenta por fuera de la puerta... (Bedford ejecuta los moüimien- 
tos que Raffies le indica.) 

Bed.— Que está abierta. 

Raf.—Lo bastante para que se pueda entrar sin tropezar en ella. 

Bed.— Y siempre sin hacer el menor ruido... 

Raf.— Entra en la habilación... (Raf fies se levanta.) ¡Eso es! Da dos o tres 
pasos... poco mas o menos hasta el pié de la escaleta, y entonces... 

Bed.— Un momento. (Sale por la puerta deljardin, viiebe, avanza como lo 
hizo Crawshay hasta el pié de la escalera. Raffies, de cara a la chimenea, es- 
tá divertidísimo. En este momento, por primera vez, sospecha Bedford de Ra- 
ffies, su rostro lo expresa, le dirige dos miradas rápidas y luego disimula su 
impresión.) ¿Y entonces?... 

Raf.— Espere usted. ¿En qué estábamos? jAh, sí! Nuestro hombre llega al 
pié de la escalera y va a volverse para marcharse como ha venido. (Se coloca 
a la derecha de Bedford que sigue al pié de la escalera.) Lo demás es muy sen- 
cillo, dada la fuerza muscular necesaria para dominar a un bruto como Cra- 
wshay. Permita usted. Le inca usted la rodilla en el hueco de la espalda; (Ha- 
celo que indica.) le sujeta por los hombros, y luego grita: ¡Luz, luz! Ni mas 
ni menos. (Saluda, echando besos como un titiritero.) 

Beú.— (Echando besos también.) ¡Es admirable! 

Raf.— ¿Tiene usted la clave del misterio? 

Bed.— Si, señor. 

Raf.— ¿Y qué? (Bedford le coge del brazo y pasean.) 

Bed.— (Dando una explicación falsa.) Crawshay tuvo tiempo de arrojar el 
collar al jardín. 

R\?.— (Cogiendo d brazo de Bedford.) Para eso era necesario que lo hu- 
biera cogido antes. 

Bed.— Se lo dio un cómplice que tenía dentro de la casa. 

Raf.— ¿Y quién podía dar el collar sin que yo lo viera? Está usted comple- 
tamente equivocado. 

BuD.~(Vase a la izquierda.) Puede ser. 

Raf.— Además, no tuvo tiempo para tirar nada al jardín, porque yo anduve 
muy listo... Y como Jorge estaba fuera le habría tenido que ver seguramente. 

BED.—cEstá usted seguro de que Jorge estaba fuera? 

Raf.— Hombre, amigo, Bedford, a poco más va usted a sospechar de mí. 

Bed.— (Junto a Raffies.) Pues alguien tiene el collar... (Raffies se ríe.) 

Gol.— (Por la puerta de servicio.) El automóvil está a la puerta, señor. 

Bed.— Gracias. Que espere un momento. 

RAP.-Goldby. 

Gol.— Señor. 

Kaf.— ¿Han enviado mi equipaje a la estación? 

Gol.— Sí, señor. 

Raf.— Gradas. (Sube hacia la puerta del comedor. Goldbu sale por la 
servicio.) 

Bed.— ¿Se va usted en bicicleta? 

Rap,— Sí; es posible; es un chisme desdeñado, pero verdaderamente ütil. 



Bed.— (Sale entre et canapé y ta mesa, por detrás de ésta, y estrecha Ux 
Taño de Raffles.) ¡Ah! 

Raf. — A propósito, amigo Bedford, aquí tiene usted mis señas de Londres. 
(!^ da una tarjeta.) Mucho le agradeceré me haga usted una visita para con- 
¡irme el éxito de sus gestiones. 

Bed.— Es usted muy amable y acepto su invitación. 

Raf.— Agradecido, y buena suerte. (Sale por el comedor. Bedford va a con' 
zncerse apresuradamente de que Raffles ha salido: vuelve junto a la mesa.) 

Bed.— ¿Será posible que?... (Va al jardín, se agacha ante la puerta para 
xaniinar si hay huellas de pasos. Entre tanto, María baja la escalera, y ere- 
endo que no hay nadie en la habitación va á salir por la puerta- ventana, cuan- 
10 se encuentra de mano á boca con Bedford en el momento que éste se vuelve.) 



ESCENA VI 
Redford y María. 

Bed.— Usted es la doncella de la señora, ¿verdad? 

Mar.— Sí, señor. (Va a salir.) 

Bed.— (Pausa.) ¿Dónde va usted? (Acercándose.) 

Mar.— A ninguna parte... Al jardín. 

Bed.— (Deteniéndola cuando se dispone a salir^) Espere usted. Acerqúese. 
Dónde ha escondido usted el collar? 

Mar.— ¿Yo, señor? 

Bed.— Sí, usted. (La coge el bolsón de mano.) 

Mar. — No comprendo: no sé lo que quiere usted decir. 

Bed. — (Colocado en el ángulo izquierdo de la mesa abre un bolsón y saca 
ie él un portamonedas y un billete de ferrocarril.) ¿Un billete para Londres? 

Mar.— Es viejo, señor. 

Bed.— Se lo han enviado para impedir que hable usted en la estación má? 
ie lo debido. (Saca un velo de luto.) ¿Es usted viuda? 

Mar.— ¡Ay! ¡Sí, señor! 

Bed.— (Aproximándose a María y háblándola muy cerca.) Usted cogió 
moche el collar de su señora. Luego bajó usted la escalera y se lo entregó a 
3rawshay. 

Mar.— Crawshay miente. 

Bed.— Crawshay no ha dicho ni una sola palabra. 

Mar.— Nadie me... 

Bed.— ¡Chist!... ya se explicará usted ante quien corresponda. 

Mar,— ¿Pero no me van á...? 

Bed.— Sí, sí, y ahora mismo se va usted a venir conmigo. (Cierra él 
bolsón.) 

ÍAmí.— (Resignada, sentándose en el sofá.) Está bien... Ya pueden buscar, 
r^istrar todo lo que quieran. No encontrarán nada, nada, ¿lo oye usted? 
Nada. 

Bed.— (Pausa prolongada. Se acerca á ella.) Oiga usted. 

Mar.— ¿Qué? 

Bed.— Si contesta usted á mis preguntas la dejo escapar. 

Mar.— ¿Me dejará usted que me vaya? 

Bed.— Sí. 

Mar.— ¿De veras? 

Bed.— Yo no miento nunca. 

Mar.— Pregunte usted. 

Bed.— ¿Usted entregó el collar a Crawshay? 

PUR.— (Pausa.) SI, señor. 

Bbo.— ¿Tenía usted algún otro cómplice foení 



I 

MMi.~(Pausa.) Sí, señor, 

Ebd.— (Volviendo detrás de la mesa.) Puede usted marcharse / 

Mar.— (Levantándose.) ¿A Londres? ' / 

Bed.— Donde usted quiera: al infierno si se le antoja. í 

MAn.-(Coge el bolsón.) Es usted muy bueno. (Sale apresuradamente) p 
lapueita del jardín. Bedford, sentado a la mesa, se frota las manos u lúe' 
escribe.) ¡t "> t 

Bed —Miente. No tenían cómplice alpjuno. (Va a ver si se ha Ido Marü 
1 engo tiempo de telegrafiar a las dos direcciones para que la vio-¡len Este 
el asunto más bonito que te me ha presentado en mi vida... (Escribe un te 
grama.) 



ESCENA VII 

Bedford y el Conde. 

Comn.— (Entrando del comedor.) Me ha dicho Raffies que aún no ha 1¡ 
gado a ninguna conclusión. 

Bed.— (Satisfecho ) ¿Raffies lo dice? 

Conde.— Sí. ¿Va usted a Grey Towers? 

Bed.— Ya es inútil. 

Conde.— Tal vez encontrará usted allí alguna pista. 

Bed.— Me basta con la que tengo. 

CotiDE.— (Sentado a la derecha de la mesa.) ¿Pero ha descubierto usted? 

Bed.— Una pista, sí, o algo parecido. 

Conde.— ¿Dónde? 

Bed.— Aquí. 

Conde.— ¿Aquí? ¡Pero Bedford!... 

Bed.— Y esa pista me llevará directamente al Anónimo. 

Conde.— ¿El Anónimo aquí? 

Bed,— Aquí. 

Conde.— ¿Crawshay? 

Bed,— No, Crawshay no. 

Conde,— ¿Crawshay, no? Entonces, ¿quién?,.. ¡Hable ustedl 

Bed.— Alguien de quien jamás hubiera usted sospechado. (Movimiento > 
expectación en el Conde.) ¡Eso es! Y ya no digo una palabra más. 

Conde.— ¡Por Dios, amigo mío! ¿No sospechará usted de ninguno de ceSn 

Bed.— Señor Conde, he prometido devolver la alhaja en el término de vel 
ticuatro horas, y cumpliré mi promesa. 

Conde.— Pero, ¿de quién se atreve usted a creer?... 

Bed.— Para el buen éxito de mis pesquisas es preciso dejarme sospechar i 
quien yo quiera. 

Conde.— Amigo Bedford, no pretendo decirle a usted nada desagradábjí 
pero si en vez de utilizar mi automóvil para seguir esa pista que le parece "^ 
gura, quiere usted servirse de él para marcharse al otro extremo de Inglí 
rra, se lo agradeceré profundamente. Nosotros arreglaremos solos 
asunto. 

Bed.— Diga usted lo que quiera; pero yo he dado con una pista y tengo ■ 
seguirla hasta el fin, por lamentable que a usted le parezca. (Vase rápidc 
Tor el iardín, después de coger el sombrero y los guantes.) 



ú 



ESCENA VIH 
\ El Conde, Owendollne. Luego Goldby. Después madame VidaU 

GvfEíi.— (Que viene dei comedor y encuentra al Conde anonadado en la 
silla déla derecha de la mesa.) Creía que estaba contigo el señor Bedford. 

Conde.— Acaba de salir, gracias a Dios. 

Gvjzíi.— (Detrás de la mesa.) ¿Por qué, gracias a Dios? 

Conde.— Porque la sospecha es un huésped muy desagradable. 

GwEN.— Yo creo que dará con el collar, porque parece dispuesto a reco- 
rrer todo el mundo hasta que lo encuentre. 

Conde.— Es posible; pero yo no volveré a invitar a un extraño a que se 
mezcle en nuestros asuntos. Debí confiarme a Raffles, que al menos es de los 
nuestros. 

GwEN.— ¿Tienes tan buena opinión de Raffles? 

Conde.— Ya lo creo. ¿Tú no? 

Gv^'EN.— (Sentándose en el sofá.) ¡Oh, sí! 

Conde.— jCon qué expresión lo has dicho! Casi gritando. 

GwEN.— ¿Yo? 

Co^nE.— (Levantándose y acercándose a Gwendoline por detrás de la mesa.) 
Sí, tú; pero no me extraña. ¡Ya sé, ya sé, picarilla! . 

GwEN.— ¡Tío! 

Conde.— Tu tío te quiere mucho y nunca se opondrá a que seas feliz. 

GviEN.— (Levantándose.) ¡Qué bueno eres! (Entra Goldby.) 

Gol.— El coche está dispuesto, señor. (Entra del comedor Madame Vidal.) 

Conde.— ('i4 Gwendoline.) Todo se arreglará; te !o prometo; todo se arre- 
glará. (La besa y coge el abrigo y el sombrero que le da el criado.) 

Vid.— ¿También usted se marcha? / 

Conde.— Me voy á Londres todo el día. (A Gwendoline.) Hasta la vuelta. 
(A Madame Yidal.j Señora... (Sale rápidamente por el jardín seguido del cria- 
do. Madame Vidal se sienta a la derecha de la mesa y mira los periódicos.) 



ESCENA IX 
Owendollne y Madame Vidal. Lue^^o Rafflet 

Vid.— ¿Sabe usted lo que acaban de decirme? 

Qwen.— ^i4 la izquierda de la mesa.) ¿Qué? 

Vid.— Ese imbécil de Bedford supone que Jorge puede ser cómplice en d 
robo del collar. 

Qweh.— ¡Suponer que Jorgel ¡Qué atrocidad! 

Vid.— Sí, un absurdo; porque seguramente no es él. 

Gwen.— Tal creo. Pero lo ha dicho usted de un modo... 

Vid.— Ya sabe usted lo que quiero decir, ¿verdad? 

QwEN.— ¿Yo?... Yo no. 

Vid.— ¿La impresiona á usted el caso? 

Gwen.— Habla usted de una manera, con un tono... 

Vid.— Ya sabe usted de quien se trata, ó lo supone al menos. 

Gwen.— Pero no puedo creerlo. 

Vid.— Eso es muy humano. Y aunque usted lo creyera no le denunciaría. 

Gwen.— ¡No, de seguro! Ni usted tampoco aunque apenas le conoce, ¿ver- 
dad, señora? 

Vid.— íQue apenas conozco á Raffles? (Se ríe.) 



GwEN.— Pero, ¿se refería á Raffles? ¿A Raffles? ¿Se atreverá usted a so 
pechar de él? 

Vid.— ¡Que no le conozcot... {Hace mucho tiempo! ¡Somos antiguos amigo 

GwEN.— ¿Le odia usted? 

Vid.— ¡Con toda mi alma! 

GwEN.— Eso prueba que antes fué todo lo contrario. 

Vid.— He sido algo suyo y quiero volver á serlo. 

GwEN.— ¿Y quién lo impide señora? 

Vid.— Usted, en primer término. 

GwEN.— ¿Yo? 

V\D.— (Levantándose.) Sí; usted en quien él piensa demasiado. 

GwEN.~¡Señora! 

V'D-— Y le aconsejo á usted que no se atraviese en mi camino. 

GwEN.— Si él piensa en mí, ¿cómo podrá usted impedírselo? 

Vid.— ¿Se atreve usted?... 

GwEN.— Sí. (Raffles entra del comedor.) 

Vid.— (Pasando detrás de la mesa.) Hasta la vista, Raffles. 

Raf.— ¿Se va usted también? 

Vid.— Si, me despedía de nuesdra querida Gwendoline; pero á usted le di£ 
chasta la vista». 

Raf.— Hasta la vista. (Mutis madame Vidal por el jardín.) ¿Qué tiene u 
ted, señorita? 



ESCENA X 

Gwendoline y Raffles. 

GwEN.— ^Aemosa.^ Nada... nada. No tengo nada. 

Raf.— Parece que está usted intranquila... 

QwEN.— Es que estoy contenta, muy contenta. 

Raf.— Si no temiera parecer indiscreto, me atrevería a preguntarle el mí 
tivo de esa alegría, ¡que ojalá sea eterna! 

GwEN,— Es que me parece que acabo de tomar posesión de la vida... Meh 
convencido de que no soy tan insignificante como me suponía. ¡Una mujer 
ha dicho que está celosa de mí, y esto me enorgullece! 

Raf.— ¿Cómo?... ¿Ella le ha dicho á usted?..'. 

GwEN.— Sí... Ella, como usted dice, acaba de hacerme una escena de celos." 
Muy pequeña, es verdad, pero como es la primera de mi vida me ha parecid 
tan grande... ¿Qué?... ¿No se ríe usted?... Yo esperaba una de sus frasea irt 
nicas, y usted se caya... Se ha quedado usted pensativo... 

Raf.— No, no^ señorita. 

GwEN.— ¡Ah, ya sé, ya sé! Ethel me lo decía anoche. 

Raf.— ¿Qué la decía? 

GwEN.— Que madame Vidal le miraba á usted como cosa propia. 

Raf.— ¿Y usted que contestó á esa broma? 

GwEN.— Yo contesté que era verdad. ' 

Raf.— ¡Que era verdad!... Permítame usted que le diga, señorita, que y 
soy bien poca cosa para ser de alguien y que me pertenezco por completo, e 
cuanto uno puede pertenecerse... Y la diré también, que á pesar de la cordi; 
acogida que aquí he tenido, de las horas felices que aquí he pasado, me veo e 
la precisión de marcharme. 

GwEN.— ¿Pero es verdad?... ¿Marcharse?... ¿Y la partida? 

Raf.— ¡Psch, la partida!... Ya habrá quién me sustituya. 

GwEN.— ¡Qué lástima! (Pequeña pausa.) Le echaremos á usted muy de mi 
nos, con y sin cricket... 

Kap.— ¿De veras? 



4 

GwEN.— De veras. 
^^ Raf. —Muchas gracias señorita. 

.GwEN.— Gracias, ¿porqué? 

Raf.— Por lo que acaba usted de decirme. Prometer que se me echará de 
enos, es casi asegurarme que no se me olvidará... ¡Y esto es tan hermoso!... 
también la agradezco á usted otra cosa que ha hecho por mí, quizás sin dar- 
; cuenta de ello. 

GwEN.— ¿Yo?... ¿Yo por usted? 

Raf.— Sí; me ha hecho usted desear una existencia nueva... Es decir, un im- 
osible, porque nosotros no podemos cambiar la vida; es la vida siempre quién 
08 cambia... Por eso siento hacia usted una profunda gratitud, Qwendoline; y 
iíta gratitud se manifiesta en un sincero deseo de ser útil á alguien . . . ¿Quie- 
i usted ayudarme á conseguirlo? 

GWEN. — Sí. 

Raf.— ¿Va usted á contestarme con franqueza'!' 

GwEN.— Sí. 

Raf.— Pues bien, Qwendoline, si hubiera en el mundo i;n hombre profun- 
íimente enamorado de usted, (Movimiento de GwendoUne ) y ese hombre se 
reyera indigno de su cariño, y lo fuese... ¿Querría usted perdonarle en gracia 
la lealtad de su amor? 

GwEN.— Si yo le amara, sí. 

R;vF.— Si ese hombre, por inexperiencia ó por debilidad, se hubiera apartado 
el buen camino, y para volver á él solicitara el amparo de su ternura, ¿se lo 
egaría usted? 

GwEN.— ¡Queriéndole, no!... ¿No dicen que el amor todo lo purifica?... Pues 
uede servir para borrar un pasado. 

Raf.— Usted conoce á ese hombre, aunque no haya tenido tiempo de apre- 
tarlo. 

GwEN.— ¡Quién sabe! 

Raf.— ¡La ema á usted tan sinceramente! 

GwEN.— ¡Ah! 

Raf.— ¡La ama á usted hace tanto tiempo, tímido, vacilante, resignado! Qui- 
zás no se atreva nunca á declararla su pasión, y por eso yo se la declaro en su 
ombre... ¿Quiere usted hacerme para él una promesa? 

GwEN.— Diga usted... 

Raf.— Prométame usted que cuando él se atreva por fin á decirla cuanto la 
¡s iíuiere, á acercarse á ese corazón que ha ambicionado, con sus temores, sus 
ife^ispéranzasy sus remordimientos, usted le acogerá bondadosamente. 

GwEN.— Lo prometo. 

Raf.— Ese día, Gwendoline, salvará usted a un hombre, y habrá realizado 
|a acción más hermosa que puede realizar una mujer. 

GwEN.— Lo haré, Raffles... Se lo prometo de todo corazón. 

Raf.— Gracias, gracias... (Le besa la mano y se dirige al comedor,) 

GwEN.— ¿Guando volverá usted? 

Raf.— ¡Nunca! 

GwEN.— ¿Nunca?... ¡No volverá usted nunca! 

Raf.— ¡Pero jamas olvidaré cuanto le debo! ¡Su sola presencia ha hecho de 
nírotro hombre! Y eterna sera también mi gratitud por la promesa que me ha 
iiecho usted para... Enrique Manders. 

Gwen.— ¿Para Enrique Manders?... ¿Hablaba usted en favor de Enrique? 

Raf.— Sí, Gwendoline. 

Gwen.— ¡Hablaba usted en favor de Enrique!... 

Raf.— ¿Creyó usted que me atrevía a hablar en mi nombre?... No, no ha 
creído usted., 

Gwen.— (^Con voz casi imperceptible.) Sí. 



ESCENA XI 

Dicho» y Enrique. 

Enr.— Dime, Raffles... (Al ver a GwendoUne.) ¡Ah, perdónl (Pequeñapc 
5« acerca.) Pero, ¿qué tiene iisted, Gwendoline? 

GwEN.— Pregúnteselo usted a su omigo. (Se va lentamente por el jare 

Enr.— ¿Qué sucede? 

Raf.— Sucede, querido Enrique, que acabo de jugar por tí, y he perdíA 

Enr.— Ya te lo dije... No me sorprende, pero renueva mi amargura... G\| 
doline no me quiso nunca, no me querrá jamás... Su desvío se ha convertidy 
desprecio, y oye una cosa horrible... la ha llevado hasta a dudar, hasta a h 
pechar de mí... i: 

Raf.— ¿Sospechar de ti?... ¿Qué sospecha? 

Enr.— ¡Que he robado el collar! \- 

Raf.— ¡Tú, tú! I 

Enr.— ¿Verdad que es horrible?... Y te aseguro que no lo merezco... ¡M 
merezco! I 

Raf.— (Abracándole) ¡Tú, tú!... No sospechará mucho tiempo... ¡Telojjrj 

FIN DEL ACTO SEGUNDO 



ACTO TERCERO 



La casa de Raffles en Londres. Una habitación cuadrada, artísticamente adornada y ainueb4i 
que denota buena posición y buen g'usto. Al foro, centro, gran puerta de dos oatienteilfi 
da a un comedor en el que se ve una ventana con vidrieras de colores, practicable. A Mi 
recha de esta puerta, adosado a la pared, gran reloj de caja, señalando una hora visible :r 
te falsa. Lateral derecha, primer término, una ventana. A la izquierda, primer término, p rl 
que da al recibimiento. Foro derecha, una librería. Foro Izquierda, un armario 4e cris 
una vitrina. Cerca de la ventana, una chaise-longue. Bn las paredes, reproducciones de il 
cros: grupo de jugadores de cricket: un grabado representando a Raffles en traje de cri e 
A la derecha, mesa escritorio con lámpara de pantalla, A la izquierda, un sofá, dos buua 
y una mesita. En el centro de la escena, un velador con periódicos. Son las seis de la 'd 
del mismo día. Hay niebla qne hace necesaria la luz artitlcial. Al levantarse el telón, la ei 
ta del foro está cerrada y la escena a obscuras. Se oye vocear en la cállelos periódx 
«_.Que acabo de salir ahora... Con todos los detalles del robo de los brillantes.» Sí y 
abrir la puerta de la escalera a la izquierda. Aparece el Portero con unos sacos de viaje 1 1 
mano, que deja sobre el sofá. Da vuelta a la llave de la luz que hay junto a la puerta y Um 
ciende. En seguida entra Raffles, que ha vuelto a cerrar la puerta déla escalera. Esta pi ti 
iovisible paro el público, debe oirse al entrar ó salir los personajes. 

ESCENA PRIMERA m 

El Portaro y Raffles. ' |j 

PoRT.— Espere usted que encienda. 

Rkf.—(De/a su sombrero.) ¿Ha ocurrido algo durante mi ausencia? 

PoRT.— (Ayudando a Raffles a quitarse el gabán, que luego cuelga a Ic^tt 
trada, y oolüiendo a coger los sacos de viaje.) Nada de particular... Han trijl* 
esas cartas. (Se las enseña sobre la mesa.) 

Raf.— Pueden esperar. (El Portero abre la puerta del foro, enciende ia?'* 
1/ deja dentro los sacos de viaje.) ¡Cuánto polvo! 

PoRT.— Como el señor me ordenó que no tocase nada... 

Raf.— Perfectamente. Veo que me has obedecido. (Dándole una moHe%i 



ii 



PoRT.— Gracias, señor. (Vase por la izquierda, dejando ta puerta abierta^ 
a oye el ruido de la puerta de la escalera al cerrarse.) 

Kkp.— (Cierta la puerta y se dirige al reloj, cuya llave toma de encima de ta 
íbloteca, le da cuerda y lo pone en hora consultando su reloj de bolsillo. Lo 
one en las siete, después de hacer que dé los tres cuartos y luego la hora: 
ido ello canturreando. Luego se acerca al armar ito y saca una botella de 
hisky, un sifón y dos oasos, que coloca sobre la mesa que hay delante del sofá; 
? acerca al celador del centro y saca el revólver del bolsillo, lo descarga, co- 
tea los cartuchos en el cenicero y lo deja sobre los periódicos. Saca el collar 
'é bolsillo, lo echa sobre el escritorio; enciende la lámpara y se sienta para 
xaminarlo.) ¡Tiene razón Bedford! Despedazándolo, podrían venderse los 
rillantes sueltos sin despertar la menor sospecha... (Contempla las piedras y 
meve la cabeza.) ¡Sería una lástima! {Vuelve á mirar la joya. Llaman. Se 
marda el collar en el bolsillo; mira la hora y va a abrir. Se oye hablar en el 
ecibimiento.) ¡Ah!... ¿Eres tú?... ¡Entra, entra! {Entra Enrique y luego Raffles.) 

ESCENA U 

Enrique y Raffles. 



«{ 



fiNR. — ¡Qué niebla más sucia y más espesa! 

Raíf.— Si no se ve ni gota. ¿Has encargado la comida en el Club? 

Enr.— Sí, y he recogido tus cartas. {Echa un paquete de ellas sobre la mesa.) 
mií las tienes. Y como de costumbre, hay muchas de letra femenina. {Se 
lídta el gabán y el sombrero, que deja sobre el sofá.) 

RAP.—(Quese ha acercado a la mesa de la derecha.) Serán invitaciones. 
Mirando las cartas.) ¿Madame Vidal, ya? (Tira la carta sin abrirla y abre 
itras dos o tres.) 

Enr.— ¡Eres el hombre de la suerte! Te buscan en todas partes, te tratas 
:on todo el mundo... Te escriben cartas de esas... Tienes cuanto puede desear 
in hombre. 

Raf.— No lo creas, querido Enrique... Todo lo contrario. Estoy cansado del 
ms^, y pienso dejarlo. 

Enr.— ¿El cricket? 

Raf.— Sí, y todo lo demás. 

Enr.— ¿Cómo? 

Raf.— Sí. (Enrique se ríe.) Si tú supieras qué necesitado estoy de reposo y 
r de olvido, cómo deseo perderme en un país de sol y de silencio. 

Enr.— ¿Ves cómo no me engañaba Raffles? Estás enamorado. . . Y ella te quiere. 

Raf.— ¡No digas semejante cosa! 

Enr.— Sí, sí... 

RAP.—(Se levanta y se acerca a Enrique por detrás.) Ni lo pienses siquiera. 
[Crees tú que yo permitiría enamorarme de una criatura tan adorable como ella? 

Enr.— ¿Y por qué no?... Eso no puede remediarse. 

Raf.— Se puede lo que se quiere. Yo no soy el hombre que la conviene. 

Enr.— De nosotros dos, tú eres el mejor. 

R\p.—(Le da golpecitos en un hombro.) ¿Yo soy el...? No hablemos más de 
80. (Se sienta en el sillón del escritorio.) 

Enr.— ¡Vamos! Ahora parece que eres tú el que está desanimado. 

Raf.— No: es la reacción natural después de una noche como la pasada. 
¿Qué hay de nuevo por el Club? 

Enr.— Puedes figurártelo. El robo del collar. Los periódicos de la tarde no 
nablan de otra cosa. 

Raf.— Es natural: ya les ha caído una información interesante. 
^ Enr.— Todos han publicado su correspondiente extraordinario. (Imitando a 
os vendedores de periódicos.) «¡Otra hazaña del Anónimo! ¡El increíble robo 
le un collar!» Y a propósito... ¿Crees tú que Jorge... 



I 



RAF.—fSe leoanta y va ai velador.) ¡No. no! 

Enr.— Yo tampoco, la verdad. Pero Bedford sí qae lo cree: como saoe qi 
es un jugador empedernido, acaso piense que por el juego... 

Raf.— No, no. ¡No hay un motivo serio!... ¡Qué disparate!... ¡Pobre much 
cho! 

Enr.'— Me atrevo a recordarte tu promesa... Estoy preocupado con ese ( 
choso cheque, y por nada del mundo quisiera quedar con Jorge al descubierto 
Yo te aseguro que te devolveré el dinero... lo más pronto posible. 

Raf.— No te ocupes de eso y hablemos de otra cosa. 

Enr.— Gracias, otra vez. (Pausa.) Ya sabrás que Bedford tiene la prete 
sión de devolver el collar antes de media noche. No sé cómo se las va a arr 
glar. 

Raf.~Yo tampoco lo sé. (Timbre. Va a abrir.) Ya empiezan a aporrean; 
la puerta. No puede uno estar tranquilo en su casa un minuto. 

ESCENA ÍII 

Dichos y Jorge. 

Jorge.- fi5>z el recibimiento.) ¿Está usted aquí? Ya le podía yo buscar. 

Enr.— ¡Jorge¡ (Finge que está leyendo un periódico.) 

Raf.— Pase usted. {Cierra la puerta y luego saca del armario otto vasoq 
pone sobre la mesita.) 

JoRQE.~{Entra y avanza hasta el centro.) ¿Usted también aquí, amigo Ma 
ders? ¡Qué casualidad! Cuando usted quiera le ofrezco el desquite. 

Enr.— No, gracias. He jurado no volver a jugar. 

Jorge. — Yo también lo he jurado muchas veces. 

Raf.— ¿Quiere usted un cigarrillo? 

Jorge.- De los míos, si usted me permite. (Saca la petaca y al abrirla djí 
caer un cheque que recoge. A Enrique.) jAh! El cheque de usted. Aún no lo 
cobrado! Llegué al Banco en el momento en que cerraban. 

Rhp. —(Sonriendo.) ¡Sí que tiene usted prisa! ¡Yo que usted iría el lunes 
primera hora para esperar que abriesen! ¿Y qué le trae a usted a Londres; 
no es indiscreto preguntarlo? 

JoRQE.—(Se sienta a la izquierda de la mesa de la derecha y deja su so\ 
brero.) Una lluvia torrencial, que nos hizo suspender la partida. Las mujerej 
nerviosas y asustadas, negándose a pasar una noche más allí, sin otra protel 
ción que la mía. Total, que nos resolvimos de pronto y hemos venido en el trf 
de las dos y diez. 

Raf.— ¡Todos! ¿Y no se ha descubierto nada? 

Jorge.— Nada. ¡Ah, sí! La doncella se ha escapado. 

RAF.-¡Ah! 

Jorge.— Pero ese detalle no debe ser de importancia. 

Raf.— ¿No?... ¿Por qué? 

Jorge.— Creo que el mismo Bedford la dejó marchar. ¿No le han > 
ustedes? 

Raf.— No: ¿y usted? 

Jorge.— Ahora mismo. En el portal de esta casa. 

Raf.— Le dije que viniera a hacerme una visita. No se descuida, por lo 
{Se levanta y va a mirar por la ventana.) 

Jorge.— Y a propósito de visitas. Como nuestra casa de Londres 
inhabitable, nos hemos ido todos, por el momento, al Hotel Cari ton. (/I Re: 
en V03 baja.) Se lo advierto a usted porque Gwendoline quiere hablarle > 
ha rogado que se lo dijera. 

.Raf.— El caso es que... me voy de Londres esta misma noche. 

Enk.— {Junto a la ventana.) ¿Te vas de Londres? 



Rap.— Sí, precisamente iba a decírtelo cuando entró Jorge. 

Jorge.— ¡Pero esto es inaudito! Ladrones por ia noche: lluvia por la mañana: 
\> Raffles huyendo de nosotros como de la peste. (Timbre.) 

Rap.— (Tendiéndose en el sofá.) Enrique, ¿quieres abrir? (Enrique va a 
ibrir.) 

ESCENA IV 
Dichos y Bedford. 

^zn.—(En el recibimiento.) ¡Hola! ¿Cómo está usted, señor Manders? 

]oRGE.—(En voz baja.) Ya está aquí el aguafiestas. Me marcho. (Deja el 
)igarrillo en el cenicero, toma su sombrero y se va.) 

Raf.— (71 Bedford que entra.) ¡Cuánto celebro ver á usted! (Le recibe cor- 
dlalmente, y le estrecha la mano con efusión, sin dejar de vigilarle atentamente. 
4 Jorge.) ¿Se va usted? 

Jorge.— Sí; no puedo detenerme más. Luego nos veremos. Adiós, señores. 
(Vase.) 

Bed.— Adiós. (Se acerca a la ventana. Raffles le sigue.) 

Rkp.—(A Bedford.) Siéntese usted. ¿A qué debo el placer de su visita?... 
¿Qué le trae a usted por aquí? 

Bed.— El deber. 

Raf,— Supongo que no se refiere usted a su deber profesional. 

Bed.— Precisamente. Vengo a cumplirlo cerca de usted. (Se acerca al sofá, 
se guita el gabán y lo deja en el respaldo, sentándose en un extremo, Raffles 
en el otro y Enrique en una silla.) 

Raf.— Es usted la amabilidad en persona. 

Bed.— ¡Por Dios! , 

Raf.— Y el caso es que temeroso de un desencanto, ni Enrique ni yo nos 
atrevemos a preguntarle a usted qué hay de sus investigaciones. 

Bed.— Pero yo vengo a decírselo a usted. 

Raf.— Gracias. 

Bed.— Para que esté usted prevenido. 

Raf.— ¿Prevenido? 

Enr.— Esto se pone interesante. 

Bed.— Sí lo es y mucho; se lo aseguro. Ya oyeron ustedes que nuestro ami- 
go el Conde me ofreció esta mañana su automóvil, para que me llevara a donde 
yo quisiera. ¡Creo que el diablo en persona se ha disfrazado de chauffer y me 
ha traído directamente a Londres! (Enrique se sienta al lado de la mesita). 
He llegado a tiempo para ver en un cruce de la vía férrea, a la doncella de lady 
.Meirose, con su traje de luto. 

Enr.— ¡Calla, pues es verdad! ¡Ahora recuerdo que en el tren venía una viu- 
dita, cuya cara no me pareció desconocida! 

Bed.— Era ella. Como una paloma mensajera, ella me condujo al punto de 
reunión de toda la banda, cerca del camino de Fulham. Pocas horas después 
seguía yo al propio Crawshay. 

Raf.— ¿Le seguía usted? 

Enr.— Yo le hubiera mandado detener inmediatamente. 

Raf.— ¿Y a dónde le llevaba Crawshay a usted? 

Bed.— Hacia los brillantes. 

Raf.— ¿Hacia los brillantes? ¿Y ha llegado usted? 

Bed.— No puedo decirlo... todavía. 

Í^KP. —(Levantándose.) ¡Qué lástima! ¿Un poco de whisky? 

Bed.— Gracias, no. Hay demasiada niebla en la calle y no quiero tenerla 
también en mi cabeza. 

R\p.—(Va a la ventana pasando por detrás ae la mesa.) ¿Y acaso por la 
niebla, ha perdido- usted la pista de Crawshay? 



Bed.— No la he perdido, no. A él si que le ha perdido sa criminal instin 
Es más poderoso en él el deseo de venganza que su afición a los brillantes, 
he dicho a usted que venía para prevenirle. (Va a la ventana.) Crawshay e 
aquí. (Rafles silba.) 

Enr.— ¿En Londres?... ¿En este barrio? 

Bed.— Si: en este barrio, en esta calle, y quizás en esta casa. (Se acera 
la ventana, la abre, mira y vuelve a cenara Pero mi gente le espía. 

Enr.— ¿Y él busca a Raffles para vengarse? 

Bed.— ¡Usted le maltrató anoche! Ya oyó usted su amenaza... ¡Estos crii 
nales!... Hay que andar con ojo... 

Raf.— ¡Bravo! ¡Admiro a ese hombre, qué quiere usted que le diga! 
todo un carácter, aunque criminal. Y a usted, amigo Bedford, le quedo m 
reconocido. Ha sido usted muy amable. 

Bed.— Repito que he cumplido mi deber. 

Raf.— ¡Laudable sentimiento del deber que le obliga a usted a perder 
tiempo en mi favor! Porque esto puede costarle a usted la pérdida de núes 
apuesta. 

Y^Eo.— (Riéndose.) No lo crea usted. Nada me impedirá ganarla, amii) 
Raffles. ¡Tendré el collar en la mano mucho más pronto de lo que usted supoi! 

Raf.— Es posible; pero no antes de media noche. 

Bed.— Tal vez antes de que usted y yo hayamos envejecido una hora. 

E^^.— (Aparte.) ¿Qué quiere decir este hombre? 

Raf.— Ya comprendo. Usted piensa que Crawshay ha querido asegurar 
botín antes de vengarse. 

Bed.— Y problamente lo traerá consigo. 

Enk.— (i4s«stoí/o.) ¿Y dice usted que quizás se oculta en esta casa? 

Bed.— Me permite usted que lo vea? 

Rk?.—(Se sienta en el sillón del escritorio.) Con mucho gusto. (Bedfc 
mira a su alrededor, mira al reloj de pared y luego la puerta de dos batienb 
en tanto que Rafles coge algunas cartas y hace que las lee.) 

Bed.— (Indicanao la puerta de dos batientes.) ¿Puedo abrir? 

Raf.— Todo lo que usted quiera, amigo mío. (Bedford abre la puerta^ em 
".n la habitación, se acerca a la ventana, la abre y mira hacia afuera.) 

Enr.— (^.4 Raffles con impaciencia y mirando a Bedford.) ¡Pero! 

RAF.-jDéjale! 

Enr.— ¡Vaya un tupé que tiene el amigo! 

Bed. — (Desde la otra habitación.) Diga usted, ¿qué es este armario? 

Raf.— ^i4 la defensiva.) ¿Qué armario? 

BzD.— (Apareciendo en la puerta.) Ese de allí. 

Raf.— Tenga usted la llave. (Entra en la habitación del foro.) 

Bed.— ¡Ah, sí! Es un ropero. (Ruido de cerrar el ropero.) 

Raf.— Sí, para mis trajes. ¡Qué quiere usted! Es necesario tener rope 
para guardar la ropa. (Bedford vuelve, mirando a su alrededor, mientras Ri 
tles cierra el armario y luego la puerta.) 

Bed.— M Enrique J Es muy bonito el cuarto. 

Enr.— Sí; y muy alegre. 

Bed.— (Acercándose a la biblioteca.) ¡Qué admirable colección de libre 
(Coge uno.) ¡Poesías! Me gustan poco. 

R\?.—(Que ha vuelto y está de pie delante de la puerta grande.) ¡Pare 
mentira!... A mí me entusiasman, (Da el reloj las siete y cuarto.) 

Bed.— ¡Hermoso reloj antiguo! 

Raf.— ^/?/e/zdb.> ¿Quiere usted mirarlo por dentro? (Ambos ie tocan C(n 
uno a un lado.)— Tiene usted el difícil arte de encontrar las cosas buenas. / 
especialidad, en cambio, es descubrir las malas. 

Raf.— Ese es también un arte bien difícil. 

Bed.— (Se coloca delante de la mesa escritorio y se sienta de espaldas.)^ 
creía que esa habitación era la alcoba. 



ar, 



:tilll- , ■■ . ' 

'^•} Raf.— No, yo duermo en el dormitorio de mi ayuda de cámara. • 

Bed.— ¿Qué ayuda de cámara? 

Raf.— Él mío. el que yo debería tener. 

Bed. — ¿Y no vive aquí con usted el señor Manders? 

Raf.— No, y lo siento, porque somos antiguos amigos. ¿Verdad? (Da gol- 
:itos en el hombro á Enrique.) 

Em.— (Aparte.) ¡Me parece que abusa!... Esto parece un interrogatorio en 
;la regla. 

Eed.— (Mirando un retrato colgado de la pared, ala derecha del reloj.) ¿Qué 
[rato es este? 

Enr.— El retrato de Raffles, que publicó una revista. Por cierto que tuvo 
e hacer cuatro ediciones. (Timbre. Raffles va a abrir.) 

IAEH.—(En el recibimiento.) ¿El señor Bedford?(^i7s/e se levanta y va al cen- 
) de la escena al oir .5m doz.) 

Rap.— (En el recibimiento.) Bedford, aquí tiene usted a su ayudante. 

Bed.— Entra, Merton. (A Raffles.) Con permiso de usted. 

Raf.— Es usted muy dueño. (Entra Merton, seguido de Raffles.) 



ESCENA V 
Dichos y Merton. 

BiiD.—(A Merton.) ¿Qué hay? 

Mer.— Que ya sabemos donde está. Está en el tejado. 
Bed.— Bueno: no perderle de vista... ¡Prudencia, mucha prudencia! ¿Sabe 
se le vigila? 

'iHR.— No: seguramente ni se lo sospecha siquiera, 

Bed.— Bien. Nada tengo que recomendaros. Allá voy en seguida. (Vase 
eríon.) Ya ve vsted, amigo Raffles, que Crawshay no le perdona la visita. 

Raf.— Lo que siento es no estar aquí para recibirle, pero confío en que me 
íjará su tarjeta. Porque esta noche Enrique y yo comemos en el club. ¿Quie- 
-íed acompañarnos? 

■ O.— (Acercándose al sofá.) Lo siento mucho. No puedo. 
; AF.— Pues si quiere usted volverme a ver esta noche en esta su casa, yo 
: é mucho gusto en ello. El portero tiene la llave y se la dará a usted si 
uiidü usted llegue no he venido yo todavía. Yo se lo ordenaré. (Beiford se 
'ite el gabán ayudado por ellos.) 
í^iíD.— Gracias, muchas gracias. Es usted amabilísimo. 
AF.— Confío en que encontrará usted lo que busca. (Riéndose.) 
:d.— Hoy, antes de media noche, habré recuperado el collar y le ganaré a 
' las quinientas libras. 
\p. —(Riendo.) Eso sí que no lo creo. 
Bed.- Pues yo si lo creo. (Estrecha la mano a Enriqne sin mirarle i/ sin qui- 
r la Dista de Raffles, quien sonríe irónicamente.) Buenas noches, seíior Man- 
;rs. Buenas noches, Raffles. (Mutis.) 

ESCENA VI 

Raffles y Enrique 

Enr.— fCerca de ta mesita arregla los vasos.) Voy creyendo en que tiene 
izón Jorge... Este Bedford es un aguafiestas. 

•^AF,— (7/a estado escuchando hasta convencerse de que Bedford se iba de 
;r<^' Cambia completamente de expresión y se acerca a la ventana para mi- 
^rde lado, de modo que no puedan verle a él. Después de mirar hace un ees- 
* de rabia.) Sí. * 

Enr.— Pero sepamos... ¿A quién busca? 



gAp— AI Anónimo. 

D '"¿X P°^ ^"^ '^ ''asea aquí, 
^^^-^f^prque... porque está aquí? 
ENR.-¿Aquí?... ¿Dónde? ^ 
KAF.--(7>a«5aj ¡Enriquel 
bNR.— ¿Qué tienes? 
g^-— ¿No lo comprendes? 
fc-NR.— ¿Qué quieres decir? 

. ENt=ffiZf ,"4'L\r^7EÍ«s™de "bt "V» "^1 '«-= -«peón? , 
tek!... (JtieJ ""US.... itstas de buen humor!... ¡Quieres hace) 

gAP— ¿Comprendes ahora? j 

cam|?aVíí;tfcírrheT^^^^^ ^^^^-^ ^ -'^--^-^ ¿Tü?... m.A 
^^ KAP.-Lo que yo hacía, no me ha impedido jamás quererte como á un 

r5¡f.-Ív k '5' ^SJ^'^ "^^f ^'Sno que he conocido! 

^AF.--rPobre amigo mío! ] 

íDímfque no esTrdTd.^'^""'' ^"' •"" ^^^P'"^''*^^ <1« ^«ta horrible pesatffij 

nión^Se J.^DÍ m¡K í"^'"''" ^^?''í^^ ^"« *^"''^« tan buen* 

mundo! r/^W^^L^rs^)"^^^^^^^^^^ 

¡cómo me gustaba afrontar iS nelicrrn» «I ^^ nuestros tiempos de coh^ 
sabe si así se educaron SiSf.fV^.S^P^^^^^ tapias!... ¡Q 

darme á dar el salto! '"«t'"t«>8! ,Y tu, tu eras quien se ofrecía par^ 

Rap"~'p ' ^T^^ me hubiera arrojado por tí! 
Em~sríuS^L%'''\^ *f E*"^^^"*^ «rasión de hacerlo» 

el mundo?... 7Kf¿'rSJr'»t-™X'?í^'.^?¿''P^ '^"5"^ <"■« •«'I 

R '?K ^^yas Sido tu!... ¡Tú!... ¡Un ladrón» ■ 

f;'n haí p7¿^u'ndai'¿",itatbVa! &7^Pe'r?s?Sf f^ '^^^^ ^ ^^^'^ Í 
bes ser generoso, r^e le acerca uUHíri ^J JÍ ^V^íí^^^ '"^"^s- y^ Q"e nc 
buena recompensa. Yo en tu lugar ^ ' '"''^''■^ ^'^> P"^^^« '«S^r I 
gNR.--r£>zco/m>aí/o.; ¡Raffles.'"" 

tar l^rííS^^"" ^ '^ ^""^'^ '^^ '« '^^«^^^''•) Llámalos... No deben 



Bnr.— ¡Calla, calla! ¡Eso nunca! ¡Denunciarte yo, que sería capaz de todo 

salvarte! 

Raf.— ¿Qué?... (Voloiéndose desde la puerta.) 

Enr.— Sí. Ya estoy perdido. Haz de mí lo que quieras. Juntos empezamos 

'ida, la acabaremos juntos. 

Raf.— ¡Te reconozco! (Acercándose á él.) Eres el amigo de siempre. Mira, 

lio tengo miedo. Vamos á luchar y á vencer a esa jauría. 

Enr.— Sí, si; pero pronto, pronto. ¿Qué tengo yo que hacer? 

Raf.— Nada, esperar; que es io más dificil en este oficio. 

^¿m..— (Mirándole.) ¡Y no haberlo sospechado nunca! 

Raf.— No hay nadie en el mundo que sospeche de mí... Excepto Madame 

lal. (Bebe.) Y me gustaría saber si se atreve... 

Zm.— (Sentándose junto al escritorio.) Pero, ¿cómo puedes hacer eso? 

mo puedes hacer eso, desgraciado? 

Raf.— ¿Crees que no me lo pregunté a mí mismo muchas veces? ¡Qué sé 

¡Lo llevo en la sangre!... Cuando escalaba las tapias del colegio, era nor- 
me atraía lo prohibido; era un placer criminal que germinaba en mí... Amo 

>el¡gro, la emoción, y me regocija y me entusiasma mi obra, cuando veo que 

os y que todo han sido impotentes para destruirla. Entonces me creo un ser 

lerior... Y lo soy... Sí; soy un artista. El arte tiene muchas formas de ex- 

sarse para admirar a las gentes. Y al Anónimo le admiran hasta los que le 

¡len y los que le persiguen. 

Enr. -¡Raffles! 

Raf.— Precisamente si me he dedicado al cricket y he llegado a ser un 

íipeón famoso, ha sido, no sólo porque me servía para alejar toda sospecha 

mí, sino porque tiene cierta afinidad con mi otra profesión. 

Enr.— ¿Qué dices? 

Raf.— Sí, sí... Hay que buscar un punto débil y hay que triunfar de quien 
1 defiende... Viene a ser lo mismo. Pero las emociones de toda una vida de 
t rket, no son comparables a las de un solo minuto pasado en la noche obs- 
t a, en espera del momento propicio... 

Enr.— ¡Raffles!... 

Raf.— ¡Hay que experimentarlo para saberlo! (Pequeña pausa). Estás en 
t escondite envuelto en la más completa obscuridad, rodeado del misterio, en 
t:nayor silencio, que ni tu propia respiración se atreve á interrumpir... De 
I onto, el ruido tenue, insignificante, apenas perceptible de una puerta que se 
£e, estalla en tu cerebro como un estampido formidable... Cesa de latirte el 
c -azón y parece como si se te subiera a la garganta, como si quisiera ahogar- 
t .. La palpitación de las sienes se hace dolorosa y tus ojos se abren, se abren 
( ia vez más, desmesuradamente, fijos en el vacío, para interrogarle, para 
t vinarle... Es alguien, quizás, que creyó oir un ruido, que se ha levantado y 
siacerca... Te quedas suspendido en tu misma ansiedad, viviendo siglos ente- 
la en un segundo; y en el fondo de aquel espanto encuentras un inmenso va- 
1 , el que te hace falta para vencer. Y cuando te convences de que no se abrió 
I guna puerta, de que nadie se acuerda de ti, de que estás allí solo, una olea- 
( de aire puro se te entra por los pulmones y por todo tu ser se difunde un 
t rente tumultuoso de vida que recorre tus venas, que te inunda el corazón... 
i 2sucitas! Créeme, bajo mi palabra de malhechor: esa espantosa partida apa- 
; na más que ninguna del mundo... (Pequeña pausa.) Pero la de esta vez es 
1 última, la definitiva... (Se levanta.) 

^^R.— (Levantándose también y tendiéndole las manos.) ¡Pues bien, te ayu- 
I ré y la ganaremos! 

RxF.— (Estrechándole la mano.) Sé que eres capaz de hacerlo, pero no te 
ijconsentiré. 
j Enr.— ¡Ya es tarde!... ¡Ya es demasiado tarde! 

I Raf.— No, no... Déjame... Ya me las arreglaré yo solo. 

En8.— ¿Dejarte?... ¡Nunca! 



I 



Raf.— No, no quiero... Sal de aquí... Bedford va a volver... Puede regi' 
trar otra vez... (Cogiendo el collar.) Lo que es preciso es poner esto fuer^ < 
su alcance. Toma. Guárdalo hasta que yo te lo pida. 

Enr.— ¿Yo? 

Raf.— Sí; pero para que no lo tengas en el bolsillo te voy a improvisar i 
estuche... /fíasca en los cajones del escritorio y luego en el armarito de dom\ 
sacó el whisky: saca una bolsa de tabaco. Enrique bebe, mientras.) ¡Mira! L 
bolsa del tabaco... No habrá nada mejor.,. (Saca el tabaco y empaqueta ele 
llar en la bolsa.) 

EtiK.—(Vaa beber y dice de pronto.) iOye&?.., (Le indica con la cabeza 
puerta del foro. Raf fies escucha y hace una seña de asentimiento, después de 
la bolsa sobre la mesa, y ambos, de puntillas, se acercan a la puerta, abrié, 
dola bruscamente, tirando cada uno de un tirador. Aparece Crawshay pálido 
resuelto. La ventada está abierta, y por ella se oe colgar una cuerda por fuen 
(Pausa.) 

ESCENA VII 
Dichos y Crawshay. 

CRk-w.—(Se acerca a la puerta.) No me esperaban ustedes, ¿verdad sen 
res? ¡Pues aquí estoy!... 

Raf.— (Que ha vuelto tranquilamente á la mesa y sigue empaquetando el o 
llar en la bolsa de tabaco, frente a Crawshay, á quien no vuelve la espalda 
un momento.) ¿Que tal le va á usted desde la última vez que nos vimos? ¡Pas 
pase sin miedo! ¿Qué desea usted? (Enrique Junto al sofá, a la izquierda í 
Raffles.) 

Craw.— (Avanza hasta el centro de la escena.) ¿Que qué quiero? (Con n 
bia admirativa.) [Quiero \o míol 

Raf. —Expliqúese usted más claramente, porque no le entiendo, amigo míi 
(Sigue empaquetando la bolsa.) 

Craw.— No se burle usted, no quiera usted engañarme como á todo el muí 
do. (Separa la silla que está á la derecha del velador y la pone en el centro c 
la escena, con el respaldo oculto hacia el público.) ¡Me asombra su desfachí 
tez! ¡El señor pavoneándose dentro de la casa, y yo de plantón en el jardín!. 
¡Tu tienes los brillantes! ¡Dámelos!.... (Le tiende la mano.) 

Raf.— (Ofreciéndole la bolsa del tabaco.) ¿Un poco de tabaco? 

Cravj.— (Apartándola con el gesto.) ¡No se trata ahora del tabaco! /7?a/5^É 
se encoge de hombros, se ríe y echa la bolsa ^obre el velador, con espanto c 
£>2n(7«e.^ ¡Quiero mi parte en los brillantes! 

Raf.— Me están dando intenciones de acercarme á esa puerta y llamar á 1 
policía, 

Craw.— ¿La policía? 

Raf.— Sí, la policía, que le sigue á usted los pasos y le busca á usted ahoi 
mismo en esta casa. 

Craw.— Bueno, nos cogerán juntos. 

Raf.— ¡Perfectamente! (Se acerca á la puerta izquierda.) 

Crk^.— (Interponiéndose.) ¡No, no lo hará usted! Aunque pudiera hacerle 
no lo haría usted. 

Raf.— (Junto ai sofá.) ¿Por qué? 

Craw.— Porque somos compañeros; porque somos lo mismo; porque tien 
usted tan poca gana como yo de que le pesquen. Le buscan á usted más que 
mí... Al Anónimo es á quién quieren coger... Yo ya sé quién es el AnóniraOi 

Raf.— ¿Quiere usted un poco de whisky con soda? 

Cra^w.— (Amenazador.) No; lo bebo puro. Pero lo primero son los negocia^ 
No crea usted que va a disfrutar tranquilamente de esa alhaja que me ha eos 
tado mi trabajo... ¡No lo crea usted! 

Raf.— ¿Comprendes la situación, Enrique? (Pone una rodilla en la silla qu 
movió Crawshay). Nuestro amigo, aquí presente, tiene empeño en caer en < 



ismo sin fondo, de la servidumbre penal,., y está noblemente dispuesto ■ 
rastrarnos con él. 

Craw.— Ni más ni menos. 

Raf.— Convéncete por la sinceridad de sus palabras, aunque su gesto y su 
:presión te parezcan obscuros... Mira, mira ahora los ojos de la bestia: esos 
os dulces y magníficos. 

Craw. -¡Ya se está usted burlando otra vez! (Amenazándole.) ¡Hablemos 

íis claro! , , ^ , ,. ut 

Rk?.— (Separándose de la silla en que estaba apoyado.) Conformes: nable- 
t)S con la claridad que usted quiera: Yo me encargo de todo y le salvaré a 
ted a pesar de su idiotez. 

Craw.— ¡Pero!... 

Rap.— (Enérgico.) ¡Y basta! Está usted hablando con un hombre superior a 
ited. ¡Con su amo! 

Craw.— ¿Qué dice usted? (Pausa). 

Raf.— Y tiene usted que obedecerme. Yo le salvaré con arreglo a mi plan, 
i no le conviene, esa es la puerta. ¡Salga usted, diga lo que quiera y que el 
ablo nos lleve a todos! 

Craw.— ¡Ajajá! ¡Así se habla! Gracias a Dios que le oigo a usted hablar en 
í lenguaje... 

Raf.— Entonces, sepárese usted de esa puerta. (Crawshay obedece.) Tu, 
iirique, vete a vestir y no me esperes. Nos encontraremos en el Club. 

Enr.— Prefiero esperarte. 

Raf.— No me esperes... porque comprometerías el éxito... 

Enr.— No, no, te lo suplico. 

Raf.— Déjanos solos al señor Crawshay y a mí, para que arreglemos núes- 
08 asuntos como lobos de la misma camada. 

Enr.— ¡Sin embargo!... 

Raf. — No es cosa de juego. Vamos, vamos, vete. (Enrique se decide a irse, 
su pesar, mirando á Crawshay que no aparta la vista de él. Coge el sombre- 
3 y el gabán y se los pone andando). ¡Toma! ¡Que te olvidas de tu bolsa de 
ibaco! (La coge a Crawshay). ¿Una pipa? 

Cí^KW.— (Gruñendo.) ¡He dicho que no! 

Raf.— M Enrique.) ¿Le oyes? (Toma un cigarrillo de la mesa. Le echa la 
olsa a Enrique.) Cuida de no perderla, porque de ese tabaco se fuma muy po- 
as veces. (Enrique coge la bolsa alónelo y se marcha. Raf fies cierra la puerta 
penas ha salido Enrique, da vuelta a la llave y se la guarda en el bosillo.) 

ESCENA VIII 
Raffles y Crawahay. 

Raf.— Y ahora, amigo Crawshay, ya estamos solos y cara a cara. Usted no 
e puede marchar por el mismo camino que le trajo, porque le acechan desde 
1 tejado. ¿Qué puedo hacer en su favor? 

Craw.— Ya lo he dicho: los brillantes. Quiero los brillantes ó tu pellejo. 
Amenazándole con el puño.) ¡Y ahora hablo yo!... 

Rk?.— (Encendiendo el cigarrillo.) Bueno, pero que no sea para decir tonte- 
ías. (Apaga la cerilla de un soplo.) 

Craw.— Si vuelve usted á burlarse, le rompo la cabeza. (Raffles deja la ce- 
illa sobre la mesa y se dirige á la derecha. Crawshay, creyendo que no le ve, 
e arroja sobre él. Raffles le espiaba y para el golpe con la silla que ha queda' 
'o en el centro de la escena.) 

Raf.— ¡Pobre Crawshay! ¡Qué mal genio tiene usted! 

Craw.— ¡Vamos! ¡Venga el collar! 

Raf.— ¡Brillantes a Crawshay! ¡No los volverá usted á ver, ni yo tampoco. 
Raffles, riéndose, coloca de nuevo la silla en su sitio, cuidadosamente.) Esté 
novimiento es muy importante, pues es preciso que la silla quede muy bien co 
ocada para cuando más adelante caiga Crawshay en ella.) 



Craw.— Entonces venga mi parte si los ha vendido usted. 
Raf.— Yo no he vendido nada. Usted no los quiso cuando se los ofrecí y haiíF' 
vuelto á tomar el camino que los lleva á su verdadera propietaria. " 

Craw.— ¿Que yo no los he querido? (Rafflespasa delante del velador.) 
Raf.— Estaban hace un momento en la bolsa de tabaco que le ofrecí a usted. 
Craw.— ¡La bolsa de tabaco! (De pronto comprende y da un grito.) ¡Ah, de'? 
esta no te escapas! (Apoya las manos en el velador sobre el periódico que ta-¿ 
Daba el revólver, descubre el arma, la coge y apunta á Raf fies.) i Ahora eres mío! I? 
Rf^p.— (Riéndose se acerca á Crawshay para dejar el cigarrillo.) ¡Aprieta el| 
gatillo! ¡Vamos!... ¡Tira!... ¡Tan vacío está el revólver como tu cabeza! 

C^\vi.—(Mira el arma, ve que está cargada y dice triunfalmente.) No, no... 
lEres mío! (Le apunta.) 

RAP.~(Convencido de su error, retrocede hasta el respaldo del sillón de la 
mesa escritorio). Pues bien, te ahorcarán... Tira... ¿No sabes que el revólver 
hace un ruido atroz?... Te oirán. (Se oye ruido de voces lejanas.) ¿Ves? No an-, 
dan muy lejos... Caerás en sus manos. I 

Craw.— ¡Ah! \ 

Raf.— ¿No has visto condenar á muerte á ningún hombre? * 

Craw.— No. i" 

Raf.— Yo sí. Es un espectáculo espantoso. Los magistrados rígidos, impa-^ 
sibles, severos, puestos en pie... El fiscal con el gesto inflexible de la ley... i 
Los birretes negros, las togas negras... Todo negro... Ya..., ya lo verás cuan- 
do te llegue el momento... El asesino á quien yo vi condenar se agarraba á la' 
barra, sudoroso, cadavérico... (Se oyen voces que llaman.) ¿Oyes? ia 

Craw.— ¿No será la policía? | 

Raf.— Sí, sí... Cuando se lee la sentencia, hay un sordo murmullo por toda 
la sala. Es la primera oración por el muerto. Después te llevan al calabozo, „ 
luego te ponen en capilla y al romper el día, al lugar del suplicio para ahor- 
carte... {Crawshay se ha acercado poco a poco, muy emocionado. A las Ulti' 
mas palabras cae en la silla.) Siéntese usted, siéntate. También puedes sai' 
Jarte delante del tribunal... Y te sostendrán para ir a la horca, si te tiemblan, 
las piernas como ahora. (Crawshay deja caer el revólver y se enjuga la frente, 
anonadado en la silla. Raf fies se guarda el revólver, atraviesa la escena haS' 
ta donde está el whisky, bebe, un poco repuesto mira a Crawshay sonriéndose 
y silba suaaernente: sirve whisky en un vaso y se lo ofrece a Crawshay) ¿Un 
poco de whisky?... Está puro, ¿eh? puro... (Con voz sorda.) Ha hecho usted 
bien. Valgo yo muy poco para que hubiera usted sufrido harto. (Voces en los 
tejados: «Por aquí lia pasado... Aquí hay una cuerda... ¡Pronto, pronto! ¡Se 
nos va a escapar!» Escuchando.) ¿Oye usted?... Le siguen de cerca. Estarán 
aquí antes de dos minutos... (Crawshay, enloquecido, intenta huir por la puer- 
ta izquierda. Raffles cierra la del foro.) 

Craw.— ¡Dios de Dios! Me van a coger como en una ratonera. 
R^P '—(Junto a la puerta grande.) No me ha visto usted cerrar con llave. 
¿Me cree usted capaz de dejarle caer en los brazos maternales de la ley? Ya 
ve usted qué tontería ha hecho entrando aquí. 

Craw.— ¡ Ah! la ventana. (Raffles le coge y le impide acercarse. Voces en el 
fondo: «¡Pronto, pronto! ¡No hay que perder un segundo! ¡Vamos pronto!» Si- 
guen las voces.) 

Raf.— ¡No haga usted eso! ¡La ventana está vigilada! 
Craw.— ¡Por Dios! ¡Sáqueme usted de aquí! ¡Ayude usted, ayúdeme usted! 
Raf.— ¡Vamos, bruto, aunque no lo mereces, voy a enseñarte tu oficio, ya 
ponerte a salvo! (Rápidamente entra en la habitación del foro, saca una cuer- 
da, va a la ventana izquierda, la abre, echa porfuerc\un extremo déla cuerda 
y da el otro a Crawshay para que lo ate a la pata de la chaise-longue.) Ese es 
t" camino. (Voces detrás de la puerta izquierda.) «¡Abra usted, señor Raffles! 
1 Abra usted pronto!» (Golpean furiosamente la puerta y llaman al timbre. Raf- 
fles tírala silla de la izquierda, con el respaldo por delante del velador, g lo 



'ftno la silla de la derecha. Luego camoía de*sitío ei sofá de la derecha. Tira 
•íbién el velador ) Es una ventaja esta niebla tan densa, sobre todo si no hay 
3 que un hombre abajo. A ti te toca desembarazarte de él. (Derriba una si- 
la lámpara, etc.) ¡Vamos. Crawshay! 
Csih-w.— (Disponiéndose a huir por la ventana.) ¡Oh, Raffles! ¡Mi amo! ¡Qué 
hubiera usted hecho! 
Raf.— ¡Huye! (Timbre y voces en la puerta izquierda.) ¿Tienes algún pañue- 
(Crawshay le da el que lleva liado al cuello.) Sí; este me servirá. Me lo 
íirdo como recuerdo tuyo. (Crawshay desaparece. Raffles humedece el pa- 
4o con un frasco de cloroformo que saca del armar ito y luego tira el frasco 
la ventana. Voces fuera: «¡Derribad la puerta!») ¡Imbéciles! Se han olvi- 
io de la llave. 

Bed.— (Fuera.) ¡Esperad: el portero tiene la llave! Merton, corre a bus- 
la. 

Raf.— ¡Ah, Bedford! Gracias a ti voy a tener tiempo de cenar con Enrique. 
2sa rápidamente a la habitación del foro y cierra detrás de sí las dos ba- 
ttes de la puerta. Mientras está sola la escena se ve que la cuerda atada a 
pata de la chaise-longue arrastra este mueble hasta pegarlo a la ventana, 
ca del escritorio, Oyense voces, porrazos, etc. Luego ruido de derribar una 
yta.) 

ESCENA IX 

ran Merton, el portero, Bedford y Enrique. Liie^o Raffles. Merton y el portero corren al 
foro, abren la puerto granue y descubren a Raffles, tendido en tierra, con una ligera herida 
en la frente y con el pañuelo de Crawshay iiddo al rostro. 

PoRT.— ¡Está muerto! 

Bed.— ¡Un asesinato por venganza! (Ayudado por Enrique^ saca a Raffles, 
^pie, al proscenio. Bedford a la izquierda, Enrique a la derecha y le quita el 
t'ñuelo.) ¡Y con cloroformo! 

Enr.— ¡Vive! ¡Vive!... ¡Vuelve en sí! 

Bed.— Es una herida insignificante... Se conoce que no le ha dado tiempo. 

Raf.— ¡Ah!... ¿Eres tti, Enrique?... ¡Aire!... ¿Es usted, Bedford?... ¡Ah! Te- 
1 1 usted razón. Ha venido ese bárbaro. Déjenme ustedes respirar un poco. 
( e han cogido? 

Mer.— (vl la ventana.) Ha escapado por la ventana. Ya debe de estar lejos. 

Rap.— (Mientras Bedford examina el pañuelo, en el proscenio, a la izquier- 
' .) ¡Qué desgracia! (A Bedford.) ¡Cuánto lo siento por usted! (Guiña un ojo a 
> fique que le sostiene entre sus brazos y le dice, aparte.) ¡Qué difícil es hacer- 
! una pequeña herida! ¡Es más fácil suicidarse de veras! (Telón.) 

PIN DEL ACrO TERCERO 

ACTO CUARTO 



■' ''H»» decoración. Son las once y medía de la noche del mismo día. La habitación esté per- 
Kcfameníe arreglada. Sobre la mcsifa cercana al sofá un vaso de whieky. Se siente abrl- 
í oi! llave la puerta de la izquierda y entra el portero seguido de Bedford y Merton. El por- 
iero enciende la luz eléctrica y queda junto al sofá; los otros al medio de la escena. 

ESCENA PRIMERA 
El portero, Bedford y Merton. 

Red.— ('/í/ Portero). Muchas gracias, (El Portero les mira sin moverse.) Y 
; usted retirarse. 

1 ORT.—Bien... El señor Raffles no ha vuelto todavía. 
, Bed.— Ya lo veo. 

I PoRT. —(Deja un paquete de cartas sobre ei escritorio, cuya lámpara enclen^ 
i)_ ¡Da buena ha escapado el señor Raffle». 
I Bed.— j Ya lo puede usted decir! 



PoRT.— ¿Y el ladrón, caballero? 

Bed.— jEse no ha tenido tanta suerte! « 

PoRT.— ¿Piensa usted esperar al señor? 

Bed.— Sí; voy á esperarle. 

PoRT.— Perfectamente. Me ha ordenado que si usted venía le dijera 
puede estar como en su propia casa. 

Bed.— Le agradezco mucho esa prueba de confianza. (Acompaña al Porh 
hasta la puerta. Mutis el Portero. Merton examina atentamente la caja a 
reloj.) Este es el reloj de que te he hablado. Está cerrado con llave y perfec 
mente sujeto á la pared. Yo creo que dentro debe tener una caja de caudal<ti 
(Merton Menta abtirle, luego saca del bolsillo un manojo de llaves y una il 
lanqueta que deja sobre la chaisse-longue.) ¿Cuánto tiempo necesitarás? 

Mer. — ¿Para esto? Tres segundos. 

Bed.— Pero sin estropearlo, 

Mer.— Entonces medio minuto. (Se pone á trabajar y cambia de Hen 
mienta. Llaman á la puerta dé la izquierda.) 

Bed.— Espera... Alguien viene... No pueden ser Raffles ni su amigo En 
que, porque no llamarían. Guarda todo eso inmediatamente. (Merton se guarí 
las herramientas. Bedford oa a abrir y se queda detrás déla puerta por don': 
entra madame Vidal en traje de soiréée. Bedford la saluda cuando dÚa está \ 
mecífo t/e/flesce/w.> Señora... ¡Cuanto celebro verla! 

ESCENA II 
Dichos y madame Vidal. 

Vid.— ¡Señor Bedford!... ¡Aquí!... Es una verdadera sorpresa. ¿Y...? (Sen' 
lando á Merton. Bedford la ayuda a quitarse el abrigo que coloca sobre el n 
paldo del sofá.) 

Bed.— Mi ayudante... Puedes dejarnos, yíerion. (Mutis Merton por la 
quierda.) 

Vid.— ¿Su ayudante?... Entonces, ¿ha venido usted á hacer una visita pi 
fesional? 

Bed.— Justo. La de usted, en cambio, es puramente amistosa, ¿verdad? 

Vid.- Precisamente. 

Bed.— ¡Lástima que él no esté aquí! (Pama.) 

Vid.— ¿Se marcha usted, señor Bedford? 

Bed.— ¿Y usted, señora? 

Vid.— Yo no. 

Bed.— Ni yo tampoco. (Sentándose junto al velador,) 

Vid.— ¿Entonces le esperaremos juntos? (Sentándose ídem.) 

Bed.— Esto le gustará mucho. (Pausa larga.) Qué niebla tan tremend 
¿verdad? 

Vid.— Sí. Insoportable... Hace un tiempo a propósito para los que tengí 
que escaparse de algo. 

Bed.— ¿Por qué? 

Vid.- ¡Cualquiera los encuentra en una atmósfera tan impenetrablel 

Bed.— ¿Es que piensa usted en el amigo Raffles al decir eso? 

Vid.— ¡Que disparate, señor Bedford! 

Bed.— ¿Disparate?... sabe usted lo mismo que yo, que el hombre a quii 
los dos aguardamos puede que no venga. 

Vid.— ¿Por qué no ha de venir? 

Bed.— ^S//i hacer caso de la interrupción.) Y hará perfectamente; porq; 
estoy seguro, Madame Vidal, que esta noche no la trae a usted aquí m. 
objeto que proponerle una reconciliación. 

Vid.— ¿Una reconciliación? 

Bed.— ('Como antes.) Sí, señora, sí; sólo ha venido usted a presentarle í 
ultimátum: o firma el tratado de paz que piensa usted ofrecerle con la in; 
dulce de sus sorinsa, o le denuncia usted inmediatamente. 



'ro.—iQué dice usted? 

f'fr).— (Sentándose cerca de ella.) Vamos vamn<i «^finro m»ki 



ÜED.— No se reconciliará con usted ooraup +?Pnp ah of oi.v,„ i • 

rB¡ar°'^°*^-^ ^^ <""- '^ "a contado a usledíeSite historia. 

Jde nuestro a.igo e, seflor é^nTÜlfalLfuTi IZl^^l^^lT^^^dZ 
r^-Zr.^^ *o^os esos trabajos, le han dado a usted e! rp«»iiifaH« «..« »« 

T^.— ¡Es una lástima! 

Sed.— Es usted, señora. 
J^.— ¿Yo?... ¿Yo?... 

fcr^ffe%^l^rerd^te.Se' " '^ '"'=''"^^* ^« "° "- - 

RÍn~ A I •• «i^sc^cha usted detrás de las puertas? 
BED.-Algunas veces, algunas veces, y bien a oSar mín 
Vm -¡Acabemos! ¿QÍé exige uste/de m"? ^ ^ ^^''^'■ 

ifon de Boudray, Andrés RafflP^ v pI a^a • "^''^ '^^'í"^^' Conde 

B^i^^^cSái? *^*^^^°' ^^""^ *^°" ""^ condición. 
ViD.-jOuiero verle antes! 
OEO.— Para prevenirle. 

V.D.-¿Qué adelantaría tratándose de un hombre tan poderoso como u». 

Vm "iSf^M^^- ^^í'^""^ "s*^d escribir? 

V.D.-NO. No escnbiré una sola letra, no diré una sola palabra antes de 

Sed.— Comprendido. 

ImJp^XM^'^ 1^ T^ ^^^*^ ^"^ íe haya visto. 
¿SgS^~Í,^^^^ esperaré a ,a salida par, 

ir ID.— lis usted muy galante. 



Bed.— Esta galantería es el más rudimentario de mis deberes con una it 
jer comousted. A los pies de usted, señora. (Mutis izquierda, sin cerrar- 1 
todo.) 

ESCENA III 
Madame Vidal. Luego Raífles. 

Vm.— (Después de una pausa, mira las cartas que hay sobre la mesa y tk 
tt/7<3.j Una carta del Hotel Garitón... íAh!... Seguramente es de Gwendoli 
(Vacila y, por fin, la abre y la lee.) «Le estuvimos aguardando para decirle a 
muy. importante. Mi tío está indignadísimo con lo que sucede. Si no viene us 
antes de las siete, iremos esta misma noche a su casa para prevenirle contra 
maquinaciones de una infame mujer...» (La rompe con rabia y toma otra:)\\ 
misiún ahur... (La rompe también y mira otras.) 

R\F.— (Que ha entrado tranquilamente y la liq visto maniobrar.) ¿Quiere 
ted que la ayude? 

Vid.— ¡Ahí... ¡Me ha asustado usted!... Ha entrado usted como... 

Raf. — Como un ladrón, ¿verdad?... ¿Vusted? 

Vid.— ¿Se marcha usted de Londres? ' 

Raf.— ¿Quién se lo ha dicho? 

Vid.— Para preguntárselo escribí a usted esa carta, que ni siquiera se hád 
nado usted abrir. Y he venido a saber la respuesta. (Viéndole arreglar la me 
ta.) ¿Se marcha usted de Londres? - 

FÍAF. — Sí, me marcho. ^■' 

Vid.— ¿Soio? '^ 

Raf.— Solo. 

Vid.— ¡No! ' . 

Raf.— ¿Qué dice usted? 

Vid.— Que no podrá usted salir de aquí sino detenido... Ya se jugó usted 
ultima carta. 

Raf.— E! cazador vigila y usted quiere ver cómo cazan a la fiera... ¡Ay 
Siento muchísimo privarla a usted de esa satisfacción... Yo abandonaré iib 
mente la libre Inglateri-a cuando me plazca, para marcharme adonde me par 
ca... (Mete algunos libros en la maleta.) 

Vid.— No se irá usted. No olvide que Bedford acaba de salir.., 

Raf.— No soy tan ingrato. Olvidar a Bedford, a quien debo una de ías- li 
divertidasaventurasdemi vida... Tengo, además, que cobrarle las quinien 
libras de la apuesta, que ha perdido. 

V¡d.— Raffles... Andrés... No olvides que j'o soy la única persona que te ^1 
de amar o aborrecer... la única persona que puede salvarte o perderte, la únl 
persona que podría contar tu historia, toda tu historia... I 

Raf.— Y ha prometido usted ya a Bedford mi biografía- 
Vio.— Pero puedo faltar a mi promesa. 

Raf.— ¿Con qué condición? 

Vid.— ¡Con la de que no te vayas solo!... 

R\?.— (Después de una pausa oa a la puerta izquierda y la aere.) ¿No i 
traído usted su coche? 

Vid.— ¿Es esa su respuesta? {Toma el abrigo y se lo pone. Raffles la ayua i 

Raf.— ¿Quiere usted que avise uno? 

yiD.—uRafílesV. (El reloj da las once y tres cuartos.) 

Raf.- ¡Ah, este reloj!... ¡Cómo me recuerda que se atrepellan los cuarr 
hora!... 

Vid.— Sí: acaba usted de pasar un cuarto de hora cruel, pero peores ser 
que le esperan. Daría usted hasta la última gota de su sangre por que no hi 
llegado este momento terrible; y yo también quisiera revivir las horas que , 
ron Pero usted lo ha querido... Tanto peor para usted... (Pausa. Mutis nic^. 
Vidal. Raffles ta acompaña hasta la puerta y cierra. Después reflexiona dcla ' 
del sofá. Con un movimiento de cor age coge la maleta y la tira oiolentamerút^ 



con de ía derecha. Sosa un reoóloerdel bolsillo y busca en el sofá tata buena 
atura para leoantarse la tapa de los sesos. Repentinamente cambia de idea y 
:e un signo negativo; sonríe, se levanta, se guarda el reoóloeren el bolsillo y 
a beberse el oaso de whisky que está sobe la mesita. Va á la puerta del foro y 
mbia la Hace de dentro afuera . Llaman a la puerta de la izguierda, oueloen á 
mar, se oye siloar, fíaffles oa a abrir y wueloe con Enrrique.) 

ESCENA IV 

Enrique y Raffle» 

Enr.— Madame Vidal ha salido de esta casa. (Deja el sombrero y el gabán 
bre el sofá de la izquierda.) 

Raf.— ¡A quién se lo dices!... 

Enr.— ¿Qué quería? 

Raf.— Todo... Ha vjsto á Bedford. 

Enr.— ¡Mal demonio se los lleve!... Traigo los billetes. El vapor saldrá de 
idrugada, pero podemos embarcar esta noche. 

Raf.— ¿Los billetes? 

Enr.— Si; dijiste que uno, pero yo traigo dos. 

Raf.— ¿Dos? 

Énr.— Me voy contigo, Raf fies... Yo también estoy necesitado de reposo y 

olvido, enunpais desoí y de silencio... Yo también quiero reconstruir mi 
da. 

Raf.— Es demasiado tarde; para mí por lo menos. 

Enr.— ¿Para tí?... Nunca es tarde para hacer lo que tantas veces me has 
onsejado... Recuerda tú ahora nuestro lema del colegio; «Dinero perdido, po- 

perdido; honor perdido, mucho perdido.» 

Kaf.— Mucho... Mucho más de lo que yo me imaginaba. 

Enr.— Sí, pero no tanto... «Corazón perdido, todo perdido...» Y tú no per- 
tras nunca el corazón. 

Raf.— Dices bien, Enrique... Tus palabras me animan. 

Enr.— ¿No crees que habrá todavía un medio?... 

Raf.— Lo que aseguro es que no'me cogerán vivo... (Enciende un cigarrillo^ 
&tíe ruido por la puerta izquierda y escucha. Hace señas á Enrique de que oor 
i a enterarse. Enrique oa de puntillas y abre la puerta. Entra Bedford.) 

ESCENA V 
Dichos y Bedford. 

Bed.— Gracias, señor Manders. Ya iba yo precisamente a llamar. 

Rk?.— (Mirando la hora.) No sabe usted cuanto he sentido no estar aqal 
lando vino usted. 
i Bed.— ¿Ha visto usted a madame Vidal? 

Raf.— Sí... ¿Y usted también? 

Bed. -Sí. 

Raf.— ¿Ahora? 

Bed.— Ahora mismo. 

Raf.— Así, pues, asunto terminado, ¿no es eso? 

Bed.— Sí. 

Raf.— ¿De modo que?... 

Bed.— De modo que, señor Raffles, solo me queda que tomar una medida 
uy desagradable. 

Raf.— Prenderme. 

Bed . —Precisamente. 

Raf.— ¿Donde está el mandamiento? 

Bed.— Ya comprenderá usted que no me iba a olvidar de ese detalle. Le 
ae el comisario, que espera abajo con un agente hasta que yo le llame. (Va 
acia la ventana.) 

Enr.— ¡Y este es el hombre que se rebaja colaborando con Ja policial iBed* 
ird se detiene un momento y continúa hacia la ventana.) 



Raf.— Ahora sólo me falta saber quién de los dos ganará la apuesta. (Sen 
tando el reloj.) No faltan más que diez minutos y todavía no ha encontrado ust 
el collar. 

Bed.— Es verdad: no he encontrado más que al ladrón. 

Raf.— Por lo que le felicito. 

Bed.— Gracias. (Llaman a la puerta, entra el portero y la sostiene.) 

ESCENA VI 
Dichos, el Portero, el Conde, Gwendollne. Después Mcrton. 

PoRT.— Por aquí, señor. (Mutis después que han entrado.) 

Raf.— ¡Qwendoline! 

Conde.— Señor Bedford. (Aparte.) ¡Todavía este hombre! 

Bed.— ¿Ustedes por aquí?... Sabrán sin duda que el señor Raf fies queis: 
marcharse de Londres y han venido á despedirle. 

Conde.— No, no, señor Bedford... Hemos sabido sus absurdas sospechas lí 
venimos á decirle al amigo Raffles lo que nos parecen. [í 

Raf.— (04 Gwendoline.) Usted no ha debido venir, señorita. ' 

GwEN.— ¿Por qué? I 

Conde.— Ha sido ella precisamente quien tuvo más empeño en venir. Y ;| 
también vengo con mucho gusto, en mi nombre y en el de todos ios míos. 

Raf.— jNunca sabré cómo agradecérselo! 

Bed.— (yl/ Conde.) ¿De modo que les parecen a ustedes completamente a 
surdas mis sospechas? 

Conde.— Completamente, señor Bedford... Y considero la manera como 
llevado usted este asunto, como una mancha en su carrera. Aquí tiene usted 
que yo pienso. 

Qwen.— Calma, tío, calma. 

Bed.— No quiero replicarle á usted, señor Conde; pero, desgraciadamenl 
ya es demasiado tarde para variar de plan. 

GwEN.— ¿Demasiado tarde? 

Conde.— Hasta ahora ha perseguido usted al Anónimo, pero yo le aconse^ 
á usted que se dedique á buscar otra cosa bastante más difícil de encontrar. 

Bed.— ¿Y qué es ello, mi querido amigo? 

Conde.— El olfato, señor Bedford, el olfato, del que no le queda á xxsi^ 
más que la fama. 

Bed.— ¿Está usted seguro?... Pregúnteselo usted al señor Raffles... 

Qwen.— ¿Qué es lo que quiere decir? 

Bed.— Esto, señorita... Que el señor Raffles... 

Yikv.— {Interrumpiéndole.) Señor Bedford, este es probablemente el tiltirj 
favor que voy á pedirle... Mientras usted convence á nuestro amigo el Com 
de que no carece de ese precioso don cuya falta sospecha, permítame usted d 
cir á Gwendoline... 

Bed.— No es á mí á quien debe usted pedir ese permiso, sino al señor Condj i 

Raf.— (i4/ Conde.) ¿Quiere usted permitirme?... 

Gwen. — ¡Tío!... 

Conde.— No tengo ningún inconveniente. 

Bed.— (/4 la puerta izquierda, d media voz.) Merton. {Este aparece.) ¿Siguí 
abajo esos hombres? 

Mer,— Como me dijo usted que ya estaba cogido, los he mandado marchs 
pero tengo dos agentes en esta puerta. 

Bed.— Bien: continúe usted en su puesto y que nadie salga por aquí. {Mui 
Merton.) 

Raf.— (/I Enrique.) Acompáñalos á esa habitación. {Enrique abre la puer 
del foro.) 

Bed.— {Al pasar, a Raffles.) ¿Palabra? 

Raf.— Palabra. {Bromeando.) Supongo que no se marchará usted de es 
casa sin haber arreglado lo de la apuesta... 



Bed.— Descuide usted. 

Raf.— ¿Palabra? 

Bed,— Palabra. Cuando usted quiera, señor Conde. (Mutis con el Condeg 

ñquepor el foro, cuya puerta cierra^ 

ESCENA Vil 

Raffles y Qwendoilne. 

GwEN.— ¿Ha recibido usted mi carta? 

Raf.— ¿Me ha escrito usted?... ¿Esta tarde? 

GwEN. — Sí. 

Raf.— ¡Ah!... La sorprendí revolviéndome los papeles. 

GwEN.— ¿A madame Vidal? 

Raf.— Sí, á ella. 

GwEN.— Pero, ¿qué es de usted esa mujer?... ¡Ah!, dispénseme usted... Pero 

he venido precisamente para advertirle, para prevenirle contra sus maquina- 
mes, contra sus insinuaciones. 

Raf.— ¿Y si fueran ciertas? 

GwEN.— ¡Cállese usted!... 

Raf.— Gwendoline; no dispongo más que de un instante; pero la juro que 
te será el más dulce y al mismo tiempo el más penoso de mi existencia..» 
rque es preciso que la diga..\ Sí; es preciso que la diga... 

GwEN.— ¿Qué? 

Raf.— Sí; es preciso, es preciso... 

GwEN.— Hable, hable... 

Raf.— Escuche usted, señorita... Cuando supuso usted á Enrique capaz de 
a acción infame... 

GwEN.— Sí, ¿qué? 

Raf.— Cometía usted una gran injusticia. 

GwEN.— ¡Es usted un amigo inquebrantable! 

Raf. — Enrique es el más digno y el más bueno de los hombres; y yo le su- 
¡co a usted que revoque la sentencia pronunciada contra él. 

GwEN.— Pero... 

Raf.— La juro a usted que quisiera no escuchar yo mismo las palabras que 
y a pronunciar. 

GwEN.— ¡Me da usted miedo, Raffles! 

Raf.— El loco, el criminal, el desgraciado causante de este drama, no es 
irique Manders... Ese invisible y misterioso ser que se vanagloriaba por ene- 
¡go de todos y de todo, que no ha pensado más que en el mal, en el mal 
ímpre, en el mal toda su vida; ese hombre... 

GviEíi.—(Daungríto.) ¡Raffles!... 

Raf.— Sí, Gwendoline. 

GwEN.— ¡Ah!... (Llorando.) 

Raf.— ¡Ah, señorita!... Yo no esperaba tanto... Merezco todos los castl- 
»; pero ese no... ¡Oh, no llore usted!... Cálmese usted... Y emplee la piedad. 
! su alma en perdonarme,.. ¡Perdóneme usted!... 

GwEN.— ¡Yo no le juzgo, le compadezco! 

Raf.— Si yo hubiese podido evitarla este momento... 

Qwen.— No, no me pesa. Aunque hubiese sabido esta terrible verdad, no 
¡bría dejado de venir para prevenirle, para salvarle... ¡Me doy horror!... 
ifo^ ¿que quiere usted?... Cuando el corazón nos guía, no podemos ver el 
lismo. (Llora.) 

Raf.— ¡Ah, Gwendoline!... ¡Ahora ya puedo, sin dolor, abandonar la vidal.., 

GwEN.— ¿Qué dice usted? 

Raf.— ¡No me queda otra cosa que hacer! 

Gw^n.— ¡No hará usted eso!... ¡No hará usted eso!... jEs preciso que se 
ffvel - 

Raf.— ¡He dado mi palabra! 



QwEN.— ¡No!... iPor mí!... jSálvese usted... pronto!... Aún tiene ug 
tíempo. {Señalándole la ventana.) ¡Por aquí! 

Rp'F,— {Señalando la puerta del foro,) 'Ho: por allá. 

GwEN,— ¡Raffles! 

Raf.— Vuelven... no hay que perder tiempo. 

ESCENA VIII 
Dichos, cl Conde, Enrique, Bedford. Luego Merton y dos ogcnfea. 

Conde.— (romc/zí/o a Gwendoline en sus brazos.) Ven, ven, hija mía; vo 
mes a nuestra casa. 

GwEN.— ¡No! 

Bed.— Es preferible, señorita. 

GwEN.— ¡No! {Mira a Enrique y se dan la mano los dos. Ei reloj da 
doce.) 

Raf.— ¡Ah!... Estas campanadas han sonado para nuestra apuesta, Bedfcl 

Bed.— Dice usted muy bien. 

Raf.— Señor Conde; sepa usted que he tenido el gusto de ganar quinien í 
libras a mi amigo Bedford, puesto que no ha encontrado los brillantes antes £ 
los doce de la noche, como nos había prometido. No los ha encontrado... Ai: 
están. {Los saca de su petaca y se los da al Conde.) 

Conde.— ¡El collar! 

Bed.— Permítame usted... {Saca un cheque de la carteíay se to entrega.) \ 
cheque... Lo traía preparado por si acaso... 

Raf.— Gracias, mil g.acias... Está en toda regla. {Se sienta al escritor, 
endosa el cheque, lo mete en un sobre y se lo da a Enrique.) ¿Quieres hacerme ;! 
favor de mandarlo a su destino? 

Enr.— Pero... ¡es á mi banquero! 

Raf.— ¿Creíais que no me iba a acordar de ti? {Durante este tíempo, Beát 
na hecho entrar á Merton.) 

Bed.— Usted ha ganado la apuesta, pero yo ya tengo al Anónimo. 

Raf.— ¿Está usted seguro? {Salta bruscamente al cuarto del foro y cierres 
puerta con llave.) 

Bed.— ¡Detenedle! {Corre hacia la puerta, pero Enrique la defiende liahar!\3 
luego con Merton y con los dos Agentes, que salen por la izquierda. 

GwEN.— (Co/z las manos crispadas, llorando.) ¡Dios mío!... ¡Dios mío! 

Bed.— (^ Enrique que sigue luchando.) ¡Esto le costará a usted muy caro . 
¿Sabe usted?... 

Enr.— ¿Y a mí qué me importa?... Ha dicho que no le cogerá usted, y ncs 
cogerá usted, si Dios quiere*. {Por fin le vencen llevándole al sofá de la izqulen 
donde los Agentes le sujetan. Bedford y Merton vuelven a la puerta.) 

Ben.— ¡Está cerrada!... ¡Derribad la puerta! ("5^ oye un tiro. Gwendoíimí 
Enrique dan un grito. Pausa.) 

Enr.— ¡Todo ha terminado! 

Bed.— (Fünoso.) ¡Derribad la pvLñria.\(Merton consigue abrirla con su her,' 
mienta. Entran Bedfort, Merton y los Agentes y luego él Conde. Cuando hi 
desaparecido todos, sale Raffles por la caja del reloj con él revólver en una mfl » 
y un dedo sobre la boca. Toma su sombrero y su gabán del sofá de la izqulen ■ 
Gwendoline al verle, sofoca un grito de alegría. Raffles hace una seña á Enrií^i 
de que cierre y defienda la puerta del foro, como lo hace: y atraviesa la esce \ 
rápidamente.) 

Gwen.— ¿Se apartará usted de ese camino? 

Raf.— Sí... Lo juro... 

Enr.— ¡Pronto!... ¡Pronto! (Gwendoline le da a Raffles una rosaguettaia\ 
m corpino y él sale escapado por la puerta izquierda que cierra con llave.) 

Bed . —{Que ha podido por fin abrir la puerta.) ¿Dónde está? . . . ¿Dónde? ( > 
a Merton que sale por el reloj y corre á la puerta de la izquierda que se enctu • 
tracerrada.) ¡Me entusiasma!... ¡Qué diantre!... ¡Es maravilloso! 
FIN DE LA COMEDIA 




iSU SALUD PEUORAÍ 

íTEKRíBLES MIOROBiOS LE AOEOHAMI 

No espere U<L a que las Autoridades te indiquen que el agua esM contante 

nada, pues hzwta entonces habrá bebido alguna cantidad; tenga por 

costumbre flltrar siempre el agua, MMcpie no venga comHelameat* 

turbia. Para ello nada mek>r que el Depurador Higiénico y Rápido 

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(úmcros publicados por La Novela TEATRAL 



1 RAÍ A DE BLANCAS.— Felipe Trigo. 
LA SOBRINA DKL CURA.— C. *rniches. 
EL MÍSTICO.— Santiago Rusiñol. 
LOS SEMIDIOSES.— Federico Oliven 
LAS CACATÚAS.— Ca-scro y G. Aivarez. 
El LOBO.— loaquín Dlcenta. 
CHARITO. LA SAMARIT ANA. — Torre» 

del Ála "O y Ásenlo. 
EL VERDUGO DE SEVILLA.— 

C arela Álvarez y MuBoz Seca. 
TODOS SOMOS UNOS.— |. Benavente. 
EL REY GALAOR.— F. Villaespesa. 
LA CASA Drí QUIRÓS.- C. Arniciies. 
FÚCAR XXL— Muñoz Seca, García Álva- 

Pkíz y Pérez Fer <& idcz. 

13 EL RÍO DE ORO.— Paso y Abatí. 

14 SOBRiiVlVIRSE.- loaquín Dicentíi. 
16 ALMA DE DI OS.- Arniciies y García 

Álvarez. 

16 EL C AtlDElVAL.— L. Rivas y Reparaz. 

17 EL POBRli VaLBUEN A. — Arniciies y 
García Álvarez. 

E HO.MBRE QUE ASESINÓ.— Traduc- 
ción de Antonio Palomero. 

LAS ESTRELLAS.- Carlos Arniclics. 

DOLORETES.— Carlos Arniche>i. 

LA SEÑORITA DE TBEVELEZ. — 
Carlos Arnlohea. 



SERAFINA LA RUBIALES. — Torres del 
Álamo y Asenio. 

ABEN-HUMEY A— Francisco Vlllarspesa. 

EL SEÑOR FEUDAI,.— loaquín Dlcenta. 

LA ETERNA V t C T I M A.— Felipe 
Trigo. 

IIMMY SAMSON.— Traducción de losé Ig- 
nacio d." Alberti. 

LÓPEZ DE CORIA.— Mufloz Seca y Pé- 
rc/ Fer ández. 

LA GIOCONDA _G. d' « nnunzio. Traduc- 
ción de Francisco Villaespe-'a. 
29 FRimAVERA EN OTOÑO-O. Uar- 
tinez Sierra. 

EL CRIMEN E AYER.— l'^aquf" Dicenia^ 

EL MISTERIO DEL CUARTO AMARl-' 
LLO.— Trad cción de Gil Parrado. 

FRANCFORT. -Viial Aza. 

LA REBOTICA. -Vital Aza. 

LA FRESCURA DE LAFUEAITE.— 
García Álvarez y Muñoz Seca. 

PRIM ERÓSE. — Traducción dz José 
Ignacio de Alberti. 
iS6 CIENCIAS EXACTAS.- Vif«l Aza. 

37 D" ña María d« Pa ' I'a. —F. V illacspe^a, 

38 RAFFLES.—Traducoióii^. Palomero 



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Diiocton José da Urquía. 



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GaLDÓS. - BeNA /ente. - ECHBOARAY. - DlCENTA. - LlNARES RiVAS. - MfllTWEZ SreíOM 

Alvarez Quintero. - Marquina.-Villaespesa. - RusiSol. - Quimera. - Reparáz. - Ouveb 

EL saínete y la HUM0F?ADA 
Arniches. -Paso. -García Alvarez.-Abati. -Ramos Carrión.-Vital Áza.-Muííoz SeciI 
Ricardo de la Veqa.-Lopez Silva. -Asensio Más.-Cadenas.-Casero.-Torres dg{ 
Álamo y Asenjo.-Ramos Martin.-Perez Fernández.-Antonio Oominqo.-Paraoí 

Y Jiménez. 

CLASICOS 

Calderón. -Lope de Veqa.-Moreto.-Lope de Rueda.-Tirso de Molína.-F. de RojASfi 
Shakespeare.- Racine.-Corneille.- Moliere. -Schiller.-Squilo.-Sófocles.-Eurípides, 

Aristófanes. 

EXTRANJEROS 

D'Annunzio.-Giacosa.-Rovetta.-Bracco.-Rotand.-Bersthein^-Donnany.-Hervieü. 

Tristan Bernard.-Lavedan.-A. Hermant.-Paul Verber. -Descabes. -Brieux.-Ibsem. 

Auqier.-Capus.-Curiel.-Marivaux. -Pinero. -Sudermann.-Haüpmann. -Porto Siche. 

Vinkelman.-Rivarol.-Bojoerson.-M^terlinck. 

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AUTORES ' ACTORES 



CHAPÍ PASO 

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CHUFXA RUSIÑOL 

MARTÍNEZ SIERRA MUÑOZ SECA 

FEDERICO OLIVER DlCENTA 

BENAVENTE TRIGO 



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Precio de números at asados: 

Sencillo 20 céntimos. — Extraordinario 30 céníimc^ 



Almlnistracién: CaWo Asensio, 3. Apartado 498. -Madrid. 

Nd s¿ aJm¡f«n suscr pctonea. 

Diríjase la correspondencia al Administrador da LA NOVELA CORTA 




LA PRAVIANA 



COMEDIA EN UN ACTO Y EN PROSA 



OUQINAI. DB 



pcRSONAjea 



•JLIA 

>0 A PURIFICACIÓN 

AMONA 

ON LUCIANO 

UAN, peón caminero 



ANTÓN 
RICARDO 
EL AYUDANTE 
MOZO 1.° 
ídem 2° 



La acción en Asturias. Concejo de Pravia. Época actual. 
ACTO ÚNICO 



ESCENA PRIMERA 

^JM.— (Cantando.) 

Menéate, buena moza, 
menéate, resalada, 
que tienes la sal del mundo 
y no te meneas nada. 
Que la sal del mundo tienes 
y menearte no puedes. 

Menéate, buena moza, etc. 

fcí'^iS'^-^^i?^-' (^^'"ona sigue cantando.) ¡Ramona. 

t^i^-lüeja de cantar y se asoma a la ventana.) ¿Qué manda usté, padre? 



Juan.— Que te calles, mujer. Ya te lo dije muchas veces. Chantas muy mal y 
se va a desc ¡iiponer el tiempo. 

Ram.—í'] orna! Cada uno canta como sabe. 

Juan.-- lil que no sabe no debe cantar. 

Ram.— ¡Bueno, bueno! Usted siempre con la misma canción. 

Juan.— ¡Mentira! Yo no canto nunca, por eso, porque no sé. 

RAM.—Digo que usté siempre está con lo mismo. Que canto mal... que can- 
to mal.,. Otros cantan peor. 

Juan.— No, peor que tú .es difícil. 

Ram.— Vaya, vaya, déjeme usté en paz, que tengo mucho que coser. (Vuel- 
ve a sentarse.) 

Juan.— Trabajadora, sí lo es. (Ramona oueloe a cantar la misma canción.) 
y obediente también. (Después de una ligera pausa.) ¡Ramona! ¡Muchacha! 

RhM.— (Asomándose a la ventana.) ¿Otra vez? ¿Qué quiere usté? 

Juan.— Tírame el destornillador que está en la mesa de la cocina. 

Ram.— Voy por él, (Desaparece.) 

Juan.— ¡Demonio de carretillo! Media hora que estoy dale que le das y no 
acabo de arreglarlo. 

Rkí\.— (Asomándose a la ventana.) Allá va eso. 

Ju.AN .—Venga. (Recoge el destornillador que tira Ramona) 

Ram.— ¿Quiere usté alguna otra cosa? 

Juan.— Que no cantes. No te pido más favor que ese. (Ramona vueíoe a 
sentarse.) 

kmóN.— (Cantando aentro, derecha del actor y algo lejos.) 

¡Santa María! 
Hay en el cielo una estrella 

que a los asturianos guía.., 

Ram.— (¡Ay! ¡Antón!) (Asomándose a la ventana.) 

Juan.— Oye. Ahí viene ese. 

Ram.— ¿Quién? 

Juan.— ¿Quién ha de ser? Antón. Cuando digo ese, ya sabes tú por qué io 
digo. 

Ram.— ¿Yo? 

Juan.— ¡Claro! ¿Si creerás que no sé que te corteja? 

Ram.— ¿A mí? 

Juan.— Sí, señor, a ti. A mí no ha de ser. 

Ram.— ¡Qué cosas tiene usté! 

JvkN.— (Remedándola.) ¡Qué cosas tiene usté! ¡Qué cosas tiene usté! Pac- 
Céis tontos los enamoraos. 

km6^.— (Cantando dentro, más cerca qne la ücb anterior.) 

¡Santa María! 
Hay en el cielo una estrella 
que a los asturianos guía... 

Ram.— También dirá usté que Antón canta mal. 
Juan.— No, a ese se le puede oir. 



ESCENA II 

Dichos y Antón en la carretera. Viste panialón remontado, chaleco suelto, faja, en mangas dt 
camisa y boina pequeña de color obscuro. Trac una aguijada. 



Kmtí^.— (Desde la carretera sin ver a Ramona.) Santas y buenas tardes 
señor Juan. 

Juan.— Felices, Antón. (Sigue trabajando. Pausa corta.) 
Antón.— ¿Cómo vamos de salud? 



JuÁis.— No vamos mal, gracias a Dios. 

Antón,— Me alegro. (Pausa) 

Juan.— Pasa, hombre, pasa. 

kmó}i.—(Abre la puerta rústica y se acerca ajiiao.) Con permiso (1). Pues 
! traje aquí cerca las vacas, al prado de mi tío Pachín, y dije, voy a ver cómo si- 
■gue el señor Juan, 

Juan.— Sí, ¿eh? 

Antón.— Sí, señor. 
I Juan.— ¿Conque no vienes más que a ver cómo sigo yo? 
( Antón.— A'a más. 

f Juan.— ¡Embustero! Merecías que te diera con el martillo en la cabeza. A 
I quien tu vienes a ver aquí es a la rapaza. 
r Antón.— Bueno. A usté y a la rapaza. 
\ Juan.— ¡No! A la rapaza y a mí. 
i Antón.— Es igual. 

I Juan.— ¿Qué ha de ser igual, hombre, qué ha de ser igual? ¿Sí pensarás td 
;• que yo no sé lo que son estas cosas? Tu estás enamorao. Se te conoce en la 
í cara. Y además, ayer me lo dijo el señor cura. 

\ Antón.— ¿Y qué le dijo a usté, qué le dijo a usté el señor cura. (Con ale- 
i'.gría.) 

I Juan.— Pues eso, que estás enamorao de Ramona. 

^ Antón.— Y lo estoy, señor Juan. Créame usté. Yo so soy muy formal y 
vtnuy hombre de bien. 

Juan.— Ya sé que lo eres. 

Antón.— La quiero como'un animal. 
j Juan.— Repito que ya sé que lo eres... digo, que ya sé que la quieres. 
í Antón.— Sí, señor. Más que a las vacas. ¡Y miaste que yo tengo cariño al 
íj^-a/zao.' Pero en cuanto veo a Ramona... Vamos, que yo no sé lo queme pasa. 
Asi se lo dije al señor Cura. Cada uno nace pa lo que nace, y yo he nació pa 
^casarme con Ramona. 



Juan.— Naturalmente. Oye, chica (2). 

Ram.— Mande usté. (Asomándose.) 

Antón.— (¿Estaba ahí? ¡Reconíra! ¡Qué vergüenza!). 

Juan.— Ya oíste lo que acaba de decirme éste. 

Ram.— No oí más que lo ultimo. 

I J^^Í'^tJ?^^*^- O's*^ lo principal. Vamos, hombre. Ahí la tienes. Dile 
algo. (3) (Dándole cariñosamente un cogotazo.) 

Antón.— Hola, Ramona. (Con marcado rubor.) 

Ram.— Hola, Antón. (ídem. Pausa.) 

Antón.— ¿Qué tal? 

Ram.— Bien. (Pausa.) 

Antón.— Me alegro. 
■ Ram.— Yo también. (Pausa. Se miran un momento riéndose estúpidamente.) 

Juan.— ¡Ja, ja, ja! (Imitando la risa de los dos.) ¿Y eso es tó lo que se os 
ocurre? 

Antón.— Delante de usté no me atrevo, pero cuando estamos solos ya sabe 
ella que yo sé decirle cosas muy guapas. 

Juan.— ¡Claro! Por eso la esperas toas las mañanas en la fuente. Porque allí 
Qadieosoye. 

Antón.—Eso es. 

Juan.— Pero hay alguien que os ve. 

Antón.— ¿Quién? 

Juan.— Yo. 

91 ^''\^J^^^ ^'^'' 3<-"'°''' luan-Antón-Ramona. 
ja) Antón-Juan— Ramona, 
lo) Juan— Antón— Ramona. 



RAM.-¿Usté? .. . ^ , , . -u A w 

Juan.— Sí, señor. Esta mañana estaoa yo limpiando la alcantarilla de ahí 
abajo, cuando por entre los avellanos vi que estabais los dos muy juntitos. 

Antón.— Ferfitó. 

Juan.— Y que tú mondabas una manzana. 

Antón.— Cierto. 

Juan.— Y que le diste a ella la mitad. 

Antón.— Justo. 

Juan.— Y que os la comisteis tranquilamente. 

Antón.— ¿Y qué más vio usté? 

Juan.— No vi más. 

Antón.— ¡Anda! Pues no vio cuando tú me pegaste aquel moquete. 

Juan.— No, eso no lo vi y me alegro, porque por algo te lo habrá pegado. 

Antón.— Si fué jugando. Pero miaste que tiene fuerza la Ramona! 

Juan.— ¡Ya lo creo! 

Antón.— Es muy sanota y muy robusta. A mí me gustan mucho las mujeres 
robustas. Mi padre, que esté en gloria, quería que yo me hubiese casao con 
Rosa la del Pinín, la que marchó a servir a Oviedo, que paecia una espadaña, 
con una caruca así (Como un puño.) que no tenía media hofetá. Pero una cara 
como esa da gusto. (Señalando la de Ramona-) No se cansa uno de darle cS' 
chetes. 

Juan.— ¡Hombre! 

Antón.— Jugando, señor Juan, na más que jugando. 

Ram.— ¡Que borrico eres! {Con zalamería.) 

Antón.— (Con zalamería.) ¡Más borrica eres tú! 

Juan.— (1) Bueno; pues ya que congeniáis tan bien, yo no me opongo a que 
os queráis como Dios manda. Echa un cigarro. (Antón saca de la faja la petaca 
y se la da al señor Juan.) Me gustas pa yerno. Tienes tu casiquina y tu puma 
rada, y tus tierras de maíz, y tus dos vacas de leche. 

Antón.— Cuatro, señor Juan. 

Juan.— Mejor. Creí que no eran más que dos. Yo a la chica no puedo darl€ 
nada, porque el sueldo de un peón caminero apenas si da pa comer, pero err¡ 
cuanto que os caséis, viviremos tóos juntos y lo pasaremos tan ricamente 

Antón.— Ya 'o creo que lo pasaremos. 

Juan.— Pa entonces ya habrán acaboo la casilla. Es una vergüenza que ur 
peón caminero viva aquí como un labrador cualquiera. ¡Buena moza te vas i 
llevar! 

Ram.— ¡Padre! 

Juan.— Sí, señor. Y no es porque yo lo diga. Ahí la tienes; cosiendo too e 
santo día. ¡Como que es la mejor costurera que hay en too el Concejo! Estí 
acabando un vestido de aldeana pa doña Julia, esa señorita viuda que vive co: 
su tía en la quinta del Castañar... 

Antón.— Ya... ,ya... 

Juan.— ¡Vaya un refajo, y un dengue y un justillo de tapizan! ¡Cosa buena 
iComo que la señorita Julia piensa lucirlo en la romería de la Virgen! Date pn 
sa, ¿eh? Ya sabes que ha quedao en venir hoy mismo a probárselo. 

Ram.- Ya no falta casi ná. (Se oyen dentro, en la derecha, las bocinas d 
dos bicicletas.) 

Antón.— ¿Qué suena? ^ ^ 

Juan.— Son ellas, de seguro. La señorita Julia y su tía. (Sube al foro.) Toa 
las tardes se dan un paseo en bicicleta. ¡Sí! ¡Ellas son!... {Ramona ha bajada 
a la escena, dejando cerrada la ventana.) 

}uu\.~-(Que pasa por la carretera de derecha a izquierda montada en bici 
aleta.) Adiós, Juan, hasta luego. (Vase.J 



Juan.— Vaya usté con Dios. 

Ram.— Usté lo pase bien, señorita. 

Juan.— ¡Mira! ¡Mira! ¡/vhí viene la tía! 

PvR^CEn bicicleta siguiendo a Julia.) No corras tanto, mujer, no corras 
tanto. Buenas tardes. (Vase.) 

Juan.— Adiós, dona Purificación. 

Ram.— ¡Adiós, sefiora! 

Antón.— ¡Ja, ja, ja! ¡Y cómo se menea la vieja! (1) 

Juan.— Estas señoras de Madrid son el demonio. Por supuesto, que la tía 
88 va a estrellar el mejor día. 

Antón.— ¡Claro! Como que es muy difícil el andar en esas maquinarias. (2) 
El otro día, en el campo de la iglesia, monté yo en una que tenía el hijo del in- 
diano y si no es por mi cuñao que me agarró a tiempo, me meto de cabeza por 
la ventana de la sacristía... ¡Ea! Voy a ver como está aquel ganao. ¡Qué alegría 
va a tener el señor cura cuando sepa que yo y ésta nos casamos! ¡Y ya verás 
tú! ¡Ya verás tú qué boda! Tendremos gaita y tambor, y voy a encargar a Ovie- 
do cuatro docenas de voladores de a palenque, de esos de dinamita, que cuando 
restallan... ¡Pum! ¡Pum!, ^^awe que se hunde el pueblo. ¡Así! Pa que too e] 
mundo se entere! Conque... Adiós, señor Juan. 

Juan.— Adiós, Antón. 

Antón.— Hasta luego, cara de torta. (A Ramona, dánddote unapalmada en 
la mejilla.) 

Ram.— ¡Quita, borrico! 

Antón.— No son bofetás las que yo te •. ov a dar en esos mofletes. Hasta 
más tarde. {Abre la puerta rústica y sale a la 'carretera.) 

Juan.— Vete con Dios. 

Antón.— (i4 Ramona, que le ha acompañado retozando hasta la ouerta.) 
Adiós, guapina. 

Ram.— Adiós... feo. (Antón vase por la derecha.) 

hmdü.— (Cantando.) 

¡Sania María! 
No hay de Covadonga a Luarca 
mo;ía mejor que la mía. (Va alejándose.) 

EvSCENA III 

iuan y Remona. 

Juan.— La verdá es qi¡o AntCn es un buen muchacho. 

Ram.— Sí, señor, que lo es. 

Juan.— Me paece que no tendréis queja de mí. 

Ram.— No, señor. Si es usté más bueno que el pan. 

Juan.— ¡Anda, anda, zalamera! Lleva esas herramienias a su sitio. (Ramona 
las recoge.) Gracias a Dios que ya está corriente el ch; ¡etillo. (Lleva el carre- 
nuoalforo derecha y coloca en él la azada, el rastrillo y la pala.) 

Ram.— Voy. Se oyen cerca, por la izquierda, las !>' reinas de dos bicicletas.) 

Juan.— Ya vuelven y de fijo que se detienen aquí. 
re ™'~Me alegro. Ya puede la señorita Julia pro' xsetóo el traje si quiere. 
[ouoe a la casa y baja enseguida.) 

¿Pim.— (Dentro.) ¡Ay! (Grito agudo de doña Puri/icación.) 
UAN.— ¡Se mató! (Va corriendo al foro.) 
im.--(Sale de la casa.) ¿Qué ha pasaoP 
Juan.— No sé... 



!^ 



1) Aiiión-Juan-Ramona. 
Juan-Antón-Ramona. 



Ram.— Corra usté, padre, corra usté. 
Juan.— Voy... Voy... (Vase por la izquierda.) 
]vu\.— (Dentro.) No ha sido nada. No ha sido nada. 
Ram.— ¡Pobre señora! (Vase detrás de Juan. Se oyen dentro los oyes de 
doña ¡Purificación y las carcajadas de Julia.) 

ESCENA IV 

Dofla Purificación, Julia, Juan y Ramona. Doña Puriricacíón viene apoyada en Juan y Ramona, 
cojeando un poco y con el traje ewpolvado y suelto el velo del sombrero. Julia riéndose con 
toda su alma, trae la bicicleta que apoya en la tapia de la derecha Las dos visten traje de ci- 
clistas. 

Juan.— Tranquilícese usted, señora. 

PuR.— ¡Ay! 

Ram.— No ha sido más que el susto. 

Julia, -ija, ja, ja! 

PuR.— Pero mujer, no te rías de esc modo. 

Julia.— ¡Calla por Dios, tía! ¡Si tú no sabes la figura que hacías en el suelo! 
(Deja la bicicleta.) 

Juan.— (A Ramona.) Saca unas sillas. (Ramona sube a la casa y baja en 
seguida dos sillas toscas.) 

PuR.— Aquí, el golpe ha sido aquí. (En la cadera.) 

Juan.— Un porrazo. Eso no vale nada. (Ofreciéndole una silla de las quefm 
sacado Ramona.) Siéntese usté. 

PuR.— Ha debido destrozárseme la máquina. 

Juan.— -¿Qué máquina, señora? (Asustado.) 

PuR.— La bicicleta. 

Juan.— ¡Ah! Vete por ella. (Vase Ramona por la izquierda.) 

PuR. — Pensé que me mataba. 

Juan.— Créame usté, señora. Ya no está usté pa bicicletas. 

PuR.— ¿Por qué? 

Juan.— Por... por la edad. 

PuR.— Pues ha de saber usted que la manejo tan bien como mi sobrma. 

Julia.— Ya lo creo. (Riéndose.) (1) 

PuK.— Sí, señor. Lo que es que yo soy muy nerviosa y tii no.^ Y, es claro 
cuando una persona es nerviosa se pierde la serenidad, y ¡cataplum! 

Julia.— Nuturalmente. (Riéndose.) 

PuR.— No te rías así, porque me pones más nerviosa de lo que estoy. 

Ram.— (Entra con la bicicleta.) Aquí está esto. 

Julia.— ¿A ver? (Reconociéndola.) Nada, que se le ha torcido un poco ui 
pedal. (Apoya la bicicleta en el foro contra el pretil de la carretera.) 

Pur.— ¡Claro! Como que todo el golpe lo recibí yo en la cadera. 

Ram.— ¿Está usted mejor? Voy a hacerle una taza de tila. 

Pur.— Gracias: tengo aquí mi frasco de sales. (Saca un frasqtiito del bolsulc 
y lo aspira. Ramona, que ha notado lo manchado del traje, oa a casa y saleei 
seguida con un cepillo.) 

Ram.— Eso, eso, sal y vinagre. 

PuR.— Con aspirarlo un poco se me pasa todo. 

Juan.— (¡Cosa más rara! Se cura los porrazos oliendo.) 

PvR. —(Levantándose y dán