Skip to main content

Full text of "Los indios: Su historia y su civilizacion"

Google 



This is a digital copy of a book that was prcscrvod for gcncrations on library shclvcs bcforc it was carcfully scannod by Google as pan of a projcct 

to make the world's books discoverablc onlinc. 

It has survived long enough for the copyright to expire and the book to enter the public domain. A public domain book is one that was never subject 

to copyright or whose legal copyright term has expired. Whether a book is in the public domain may vary country to country. Public domain books 

are our gateways to the past, representing a wealth of history, culture and knowledge that's often difficult to discover. 

Marks, notations and other maiginalia present in the original volume will appear in this file - a reminder of this book's long journcy from the 

publisher to a library and finally to you. 

Usage guidelines 

Google is proud to partner with libraries to digitize public domain materials and make them widely accessible. Public domain books belong to the 
public and we are merely their custodians. Nevertheless, this work is expensive, so in order to keep providing this resource, we have taken steps to 
prcvcnt abuse by commcrcial parties, including placing technical restrictions on automatcd qucrying. 
We also ask that you: 

+ Make non-commercial use of the files We designed Google Book Search for use by individuáis, and we request that you use these files for 
personal, non-commercial purposes. 

+ Refrainfivm automated querying Do nol send aulomated queries of any sort to Google's system: If you are conducting research on machine 
translation, optical character recognition or other áreas where access to a laige amount of text is helpful, picase contact us. We encouragc the 
use of public domain materials for these purposes and may be able to help. 

+ A/íJí/iííJí/i íJíírí&Hííon The Google "watermark" you see on each file is essential for informingpcoplcabout this projcct andhclping them find 
additional materials through Google Book Search. Please do not remove it. 

+ Keep it legal Whatever your use, remember that you are lesponsible for ensuring that what you are doing is legal. Do not assume that just 
because we believe a book is in the public domain for users in the United States, that the work is also in the public domain for users in other 
countries. Whether a book is still in copyright varies from country to country, and we can'l offer guidance on whether any speciflc use of 
any speciflc book is allowed. Please do not assume that a book's appearance in Google Book Search means it can be used in any manner 
anywhere in the world. Copyright infringement liabili^ can be quite seveie. 

About Google Book Search 

Google's mission is to organizc the world's information and to make it univcrsally accessible and uscful. Google Book Search hclps rcadcrs 
discover the world's books while helping authors and publishers reach new audiences. You can search through the full icxi of this book on the web 

at jhttp : //books . google . com/| 



Google 



Acerca de este libro 

Esta es una copia digital de un libro que, durante generaciones, se ha conservado en las estanterías de una biblioteca, hasta que Google ha decidido 

cscancarlo como parte de un proyecto que pretende que sea posible descubrir en línea libros de todo el mundo. 

Ha sobrevivido tantos años como para que los derechos de autor hayan expirado y el libro pase a ser de dominio público. El que un libro sea de 

dominio público significa que nunca ha estado protegido por derechos de autor, o bien que el período legal de estos derechos ya ha expirado. Es 

posible que una misma obra sea de dominio público en unos países y, sin embaigo, no lo sea en otros. Los libros de dominio público son nuestras 

puertas hacia el pasado, suponen un patrimonio histórico, cultural y de conocimientos que, a menudo, resulta difícil de descubrir 

Todas las anotaciones, marcas y otras señales en los márgenes que estén presentes en el volumen original aparecerán también en este archivo como 

tesdmonio del laigo viaje que el libro ha recorrido desde el editor hasta la biblioteca y, finalmente, hasta usted. 

Normas de uso 

Google se enorgullece de poder colaborar con distintas bibliotecas para digitalizar los materiales de dominio público a fin de hacerlos accesibles 
a todo el mundo. Los libros de dominio público son patrimonio de todos, nosotros somos sus humildes guardianes. No obstante, se trata de un 
trabajo caro. Por este motivo, y para poder ofrecer este recurso, hemos tomado medidas para evitar que se produzca un abuso por parte de terceros 
con fines comerciales, y hemos incluido restricciones técnicas sobre las solicitudes automatizadas. 
Asimismo, le pedimos que: 

+ Haga un uso exclusivamente no comercial de estos archivos Hemos diseñado la Búsqueda de libros de Google para el uso de particulares; 
como tal, le pedimos que utilice estos archivos con fines personales, y no comerciales. 

+ No envíe solicitudes automatizadas Por favor, no envíe solicitudes automatizadas de ningún tipo al sistema de Google. Si está llevando a 
cabo una investigación sobre traducción automática, reconocimiento óptico de caracteres u otros campos para los que resulte útil disfrutar 
de acceso a una gran cantidad de texto, por favor, envíenos un mensaje. Fomentamos el uso de materiales de dominio público con estos 
propósitos y seguro que podremos ayudarle. 

+ Conserve la atribución La filigrana de Google que verá en todos los archivos es fundamental para informar a los usuarios sobre este proyecto 
y ayudarles a encontrar materiales adicionales en la Búsqueda de libros de Google. Por favor, no la elimine. 

+ Manténgase siempre dentro de la legalidad Sea cual sea el uso que haga de estos materiales, recuerde que es responsable de asegurarse de 
que todo lo que hace es legal. No dé por sentado que, por el hecho de que una obra se considere de dominio público para los usuarios de 
los Estados Unidos, lo será también para los usuarios de otros países. La l^islación sobre derechos de autor varía de un país a otro, y no 
podemos facilitar información sobre si está permitido un uso específico de algún libro. Por favor, no suponga que la aparición de un libro en 
nuestro programa significa que se puede utilizar de igual manera en todo el mundo. La responsabilidad ante la infracción de los derechos de 
autor puede ser muy grave. 

Acerca de la Búsqueda de libros de Google 



El objetivo de Google consiste en organizar información procedente de todo el mundo y hacerla accesible y útil de forma universal. El programa de 
Búsqueda de libros de Google ayuda a los lectores a descubrir los libros de todo el mundo a la vez que ayuda a autores y editores a llegar a nuevas 
audiencias. Podrá realizar búsquedas en el texto completo de este libro en la web, en la página |http://books .google .comí 



S/\ fJS'íT.IO 



HARVARD COLLEGE LIBRARY 

SOUTH AMERrCAN COLLECTTON 



P 




THE CIFT OF ARCHIBALD CAHY COOLIDCE, ' 

AND CLARENCE LEONARD HAY, 'o8 




, » 




IIVI3XOS 



iminsüciTiLUí 




1S93 



^a^iiiá 



Bípi^>Mh¿^^¿Mw W >a a aaiü<«t tf gÑ * aft¿fiitfi«kii¿*ü> 




o 




INDIOS 



SU HISTORIK 



Y SU 



CIVILIZüCIOjN 



I=OR 



^i)toi)io B^tres Jálireglii 



Individuo de la Facultad de Dereclio de Guatemala, de la Real Academia Española, de la 

Matritense de Jurisprudencia y Legislación, de la Sociedad de Historia Diplómate 

ca de París, de la Sociedad de Legislación comparada de Francia, de la So* 

ciedad Literaria Hfspanoamericanade Nueva York, del Instituto Smi* 

tliOnlano de ios Estados Unidos de América, de las Academias 

de Ciencias de Guatemala y El Salvador 





^ 



GUATEMALA 

Establecimiento Tipográlíco La Uxión', Octava Calle Poniente, No. 6. 



1594 



SA ^^^-S".'" 



1 



HAnHHDeOLLESEUSMir 

61FT0F 

ARGHIBALD CARY CeeLIDGt 

AND 

CLARENCE LEONARD HAY 



Esta obra, presentada al Ministerio de Instrucción Pública en 

3DS X' 



es propiedad del autor 



» * 



I 



ADVERTENCIA 



■*- *-•-♦ 



El carácter severo de la historia me ha obligado, al escribir 
este libro, á procurar que las noticias que contiene, vayan apo- 
yadas por la autoridad de escritores notables, que he leído con 
detenimiento, y que cito á cada paso, no por hacer alarde vano 
de erudición, sino para justificar las aseveraciones que modesta- 
mente presento al publico, aunque con la plena confianza de ha- 
ber tenido a la vista, al formularlas, una gran parte de las obras 
que arrojan luz sobre los tiempos pasados de la raza indígena 
de América. 

Sin dar suelta á los arranques de la imaginación, y recha- 
zando los matices de la fantasía, que no cuadran en una obra 
del linaje de la presente, no he desdeñado revestir de vivo co- 
lor algunos pasajes, que resaltan asi del fondo de la arqueolo- 
gía del Nuevo Mundo; ni he dejado de quilatar la verdad en el 
crisol de la crítica, y de respetar los fueros de la moral histórica, 
que requiere la más inflexible imparcialidad, al propio tiempo 
xige que no se oculten las fuentes de donde se toman las 
^nzas que se presentan, al través del propio criterio. He 
'^rque muchas veces he preferido, en el curso de mi labor, 
,ribir de todo en todo lo que algunos maestros enseñan en 
materia, para depurar, con sus propias palabras, lo que la 
ídad histórica demanda. 



t 

f 



Lejos de mi ánimo ha estado el constituirme en iracundo 
censor de España, llamando á juicio, ante los tiempos modernos 
y al través del actual progreso, á los hechos que pasaron -hace 
siglos, como si no fuera preciso tener en cuenta las ideas y las 
preocupaciones de las diversas edades, á fin de que prevalezca 
en todo caso el criterio sereno y la razón desapasionada; pero 
tampoco soy vocero de hi época colonial, ni de aquellos qiie pre- 
tenden exhibirla inmaculada y pura. Fué necesaria evolución,' 
para que un mundo entero entrase en comunidad de miras é. in- 
tereses con el resto del planeta. Cíipole á la nación ibera el glo- 
rioso destino de hacer renacer á la vida de la civilización este 
hemisferio. Es ley de la naturaleza que, así como el hombre vie- 
ne al mundo entre lágrimas y dolores, no pasen los pueblos de 
una á otra edad, sino entre aves de amargura y torrentes de 
sangre. 

Ni se extrañe que á las veces no limite mis estudios solamen- 
te á los aborígenes de Guatemala, ya que, aunque á ellos les con- 
sagro la mayor parte de mis lucubraciones — como que el primor- 
dial objeto es historiarlos é inquirir el modo de acrecentar su ci- 
vilización y desarrollo — no he querido dejar por eso de decir al- 
go, siquiera ligeramente, de lo que concierne á los célebres im- ? 
perios de Atahualpa y Guautimoc; porque de otro modo no es 
dable que, del obscuro fondo del pasado, se destaque bien el 
panorama de las naciones civilizadas y tribus salvajes de la Amé- 
rica Central, en los tiempos precolombinos. 

Por lo demás, ya que en esta última mitad del presente si- 
glo ha despertado en Europa el espíritu de inquirir, con interés 
y hasta con entusiasmo, cuanto se relaciona con la historia de las 
primitivas razas del Nuevo Mundo, natural parece que se diera 
alguna extensión á la presente obra, puesto que el istmo de Cen- 
tro-América fué emporio de soberbias ciudades y núcleo de po- 
derosos imperios, antes de la conquista española. Al propio | 
tiempo, pues, que he hecho un estudio detenido del origen, len- 
guas, costumbres, gobiernos, religión, ciencias y demás fases de 
la cultura indiana, he procurado diseñar especialmente la mane- 



ra como han venido pasando, al través de los tiempos, los abo- 
rígenes pobladores de Guatemala: los procedimientos que, du- 
rante el gobierno colonial, se emplearon para con ellos, y los es- j 

fuerzos que se han hecho para mejorar su estado; concluyendo 
por apuntar los escollos con que tropieza el avance de su civili- 
zación, é indicando los medios que más pronta y eficazmente i; 
pueden contribuir á darle vigor y desarrollo. ('^) 



/-'— 



\ 



/ 
• 



j 



*') Tales son los puntos que abraza el Decreto Gubernativo del 11 
octubre de 1892, que convocó un concurso para premiar las obras que, 
^ués de contener la historia de los aborígenes y los procedimientos llevados á 
^ para mejorar su condición^ expusiesen los medios más adecuados y eco- 
icos para civilizarlos. 



/ 



s, 



INTRODUCCIÓN 



"Si mi pluma tuviese dóu de lágrimas 
yo escribiría un libro titulado El Indio. 
V haría llorar al mundo. 

Juan Moxtalvo. 



-*♦»- » # < 4«i 



La arqueología prehistórica exhibe como continente muy 
viejo al que hoy llaman todos Nuevo Mundo, y que apenas hace 
cuatrocientos anos volvió á estar en comunicación con el resto 
del planeta. Animales antidiluvianos han desaparecido para 
siempre de la tierra, y diez selvas sucesivas se han visto sobre- 
puestas unas á otras en terrenos de este suelo, llamado poética- 
mente virgen; mientras que el hombre americano, cu3^os huesos 
han permanecido por miles de años junto con los restos de gene- 
ros de mamíferos tiempo ha extinguidos, vive y se multiplica, co- 
mo es ley de la naturaleza. En 1844 se encontraron en el Bra- 
sil esqueletos humanos, confundidos con los del mastodonte y el 
megcdonix; en un corte del Mississipí, entre fragmentos de árbo- 
les de terrenos cuya formación tiene más de mil siglos, segur 
Dowel y Lyell, se vieron huesos de hombres, y había un cráner 
cubierto por las raíces de añoso ciprés, que habría vivido much 
más, para sucumbir al fin. En Boston se muestra al viajero, e 
el Museo de Historia Natural, una calavera encontrada en Ca 
fornia, á setenta varas de profundidad, en unión de muchos fó 



II 

les de animales gigantescos; cerca de Buenos Aires se han recogi- 
do, revueltos con piedras talladas groseramente, algunos frag- 
mentos de esqueletos de aquellos antiquísimos pobladores de la 
argentina pampa, que se guarecían bajo las conchas enormes de 
colosales tortugas, á guisa de rústicas viviendas (glyptodon ele- 
gans) Los estudios geológicos recientes han hecho penetrar 
la investigacicju á remotísimas fechas, evocando perdidos recuer- 
dos y añadiendo, según las expresiones de Mr. de Quatrefages, 
gran número de siglos á la historia. (1) 

En efecto, el rey de la creación, representante, al decir de 
Egard Quinet, de la luz del mundo en su medio día, apareció 
•cuando pudo ese ser privilegiado, alzándose recto sobre sus pies, 
avanzar sin esfuerzo, sin encorvarse, ni arrodillarse, ni rastrear, 
•donde el espacio sa desarrollaba delante de el, y le convidaba á 
tomar posesión del hoi'izonte; donde toda la tierra le decía, co- 
mo dijo Cristo al paralítico de la Piscina ¡Levántate y anda! (2) 
El hombre es el único de los animales que anda en el tiempo; es 
decir, que progresa en la historia, que sale del estado primitivo, 
salvaje, al estado semiculto y al civilizado. El tiempo, ese eter- 
no generador y destructor á la vez, ha venido atestiguando en la 
tierra, la marcha de la humanidad hacia adelante, dejando las ge- 
neraciones que mueren, el legado de sus adelantos á las genera- 
ciones que nacen. 

Cuando las velas desplegadas de tres pequeños barcos espa- 
ñoles traían á la América el espíritu europeo, que alboreaba en 
renacimiento histórico, al expirar el siglo XV, la transición iba á 
ser brusca y súbita; la temperatura moral, el medio ambiente so- 
cial, el torrente de las ideas, el huracán de las creencias, el esta- 
llido de las pasiones, la dinamita del interés, inflamada por el ce- 
lo religioso, que, á usanza musulmana se imponía entonces á san- 
gre y fuego; todo hubo de poner en choque la civilización latina 
con la indígena civilización de América. ¿Podrían los poblado- 
res de aquende el océano, salvar de una vez el tiempo que sepa- 
ra la edad de piedra de la edad de plata? El extermi- 

)V la conquista, al filo de la espada, fué la suerte de casi to- 

03 inmuuerables pueblos que por tantos siglos habían veni- 



Rapport sur les progrés de V antropologie, pág. 76.-^Nardaillac, 
•emiers liommes." — T. II, pág. 13. 

"La Creación," T. I, pág. 30íi. -Madrid, 1871. 



r 



III 

do creciendo y desarrollándose en este continente. En la parte 
que los ingleses ocuparon desaparecieron los indios, que apenas 
se dejan ver hoy en uua que otra tribu, que errante vaga, lejos 
del bullicio de las villas y ciudades. (1) En donde los.espa- 
floles clavaron el estandarte de los reyes católicos, no se destruyó 
por completo la raza aborigen; pero en cambio, la fuerza del ven- 
cedor la subyugó de tal manera, la explotó de tal modo, que 
apagó en ella la vida moral, las expansiones'^ del espíritu. Sin 
que sea mi ánimo culpar ít la heroica España de los efectos y 
consecuencias que debía producir la conquista en el siglo XVI, 
ya que ni lógica, ni históricamente podía esperarse otra cosa di- 
versa, es lo cierto que á los férreos soldados iberos tocóles produ- 
cir ese choque ciclópeo de una civilización avanzada con otra ci- 
vilización remota; y que en la lucha social, había de acontecer 
lo que sucede diariamente en la renovación de los elementos de 
la naturaleza. Las mismas manos que pusieron al emperador de 
Méjico en una paiTÍlla, Á una Anacaona en la horca, á un nobilí- 
simo inca en afrentoso suplicio y á un Caupolicán en la punta de 
una lanza, esparcieron la semilla del progreso europeo, de la ci- 
vilización del viejo continente, en las tierras que anegaban de 
sangre y fertilizaban con lágrimas. Así como el descubrimiento 
de América estaba preparado por los designios de la Providencia, 
la conquista del Nuevo Mundo se hallaba históricamente prepara- 
da también, á causa de los sucesos varios que en luchas sangrien- 
tas dividían á los pobladores de estas comarcas americanas, cuya 
civilización harto había decaído. 

Los imperios máa ricos y populosos que existían aquí, al 
tiempo de la conquista, que eran el de los aztecas, el de los incas 
y el de los quichés, se hallaban menos civilizados que los antiguos 
indios, que levantaron monumentos grandiosos en Mitla, Copan, 
Palenque, el Cuzco, Titicaca, Huanuco y Tiahuanaco. La escritura 
fonética de los mayas era más perfecta que la de pinturas y nu- 
dos usados por los demás pueblos. Hubo en América, á no du- 
darlo, invasiones de tribus salvajes del continente mismo, que 
destruyeron mucho de la cultura de los antiquísimos imperios, 
más viejos acaso que los de Siria y Babilonia, La civilización de 
Méjico, Centro América y el Períi, creen algunos que se elaboró 



(1) Ramona, novela americana, por Helen Hant Jaekson, traducida 
del inglés por José Martí. — Nueva York. — 1888. 



^i 



IV 

en el suelo americano, sin tomar nada á los chinos, á los japone- 
ses, á los israelitas, á los fenicios, á los celtas, á los germanos, ni 
á los escandinavos. (1) Dicen que era una civilización 
original y mucho más adelantada, en época remota á \íx venida 
de los españoles, bien que es preciso confesar que, no obstante 
los prodigiosos adelantos que los geólogos y cosmógonos han 
alcanzado en los últimos tiempos, aún permanecen esos puntos en 
tela de juicio. Lo que sí está demostrado, en la antigua historia 
de los naturales del Nuevo Mundo, es que se verificaron invasio- 
nes de tribus bárbaras; de tal suerte que la tragedia que en el 
viejo continente tuvo por desenlace la caída del imperio romano, 
wSe repitió en America; y los hunos, alanos, vándalos y godos de 
aquende el mar, consiguieron destruir una civilización que podía 
relativamente competir con las de Rgma, Nínive, Egipto y la In- 
dia. (2) Lo mismo que en el antiguo mundo, nótase en Ame- 
rica que, en ciertas épocas dadas, la civilización, semejante al sol, 
sigue su curso de Oriente á Occidente, y las invasiones bárbaras 
llegan á los imperios cuando ha sonado la hora precisa de su 
caída. Se las ve siempre salir del Norte, para arrojarse sobre las 
regiones del Mediodía, y siguiendo una marcha análoga á la de 
la civilización, que desciende del nordeste al sudoeste. (3) 

Divididas unas tribus de las otras, ni siquiera se entendían, 
ya que siendo América el hemisferio menos poblado, era el que 
contaba con mayor número de idiomas. (4) Lejos de haber es- 
píritu continental entre los indios, había odios profundos y ten- 
dencias á la destrucción y al exterminio. Poco antes de llegar 
los conquistadores españoles, sacrificaron los mexicanos, á sus 
dioses, después de una guerra, setenta y cinco mil prisioneros (5); 
de tal suerte que el elemento europeo, en escaso número, sólo 
fué un medio de que usó la Providencia para efectuar, valién- 
dose de los mismos indios, la conquista sucesiva de la tierra 
americana. 



(1) J. D Valdwin. Añcient America, chap. V, p. 184. 
', teoría de la origi-nalidad de la civilización de América data de pocos 
s á esta parte. 

(2) Mr. Frangís A. Allen. "La tres ancienne Amérique." 

(8) Brasseur de Bourbourg, p. 178. T. II. — Ilistoire des nations 
lisées du Mexique et de T Amérique Céntrale. 

(4) MuLLER, — Allgemeine ethnographie (Viena, 1873), p. 650. 

[6) El señor Zumárraga, primer obispo de México, dice que sólo en 
.pital se sacrificaban anualmente veinte mil víctimas humanas. Clavigero, 



Sin pretender, pues, ni remotamente vituperar á aquellos 
héroes, que como Pizarro y Cortés, sojuzgaron los vastos rei- 
nos de estas comarcas del Nuevo Mundo, no puede revocarse á 

duda que la raza vencida, que se hallaba en un atraso relativo 
de miles de años, respecto á la vencedora, debía quedar después 

de la hecatombe de sus progenitores, abatida, triste, casi muerta. 
Mientras que los reyes de España dictaban leyes protectoras de 
los aborígenes, los conquistadores hallaban medio de burlarlas, 
y explotar más y más á los miserables indios; fenómeno natural, 
si se considera que los monarcas los contaban en el número de 
sus subditos, y los encomenderos y los alcaldes y los corregido- 
res y los capitanes generales y los virreyes, consideráronlos co- 
mo sus siervos. .Venían con una espada y una pobre capa los 
atrevidos soldados, no á ejercer la caridad, ni á predicar la filan- 
tropía, sino á buscar oro, y á saciar aquel espíritu de altivo im- 
perio y de aventuras audaces, que se revelaba en crueldades sin 
cuento y hazañas heroicas. 

Cuando la imaginación contempla, antes del siglo XYl, á 
los pobladores de este suelo tan rico, como variado, vagando por 
los bosques, á las orillas de esos ríos, que semejan mares, en los 
valles amenos y en las florestas umbrosas, véseles como sobera- 
nos de todo cuanto su mirada abarca y su planta huella. Son 
señores de la naturaleza que conocen; la intrincada selva es suya; 
el ave que atraviesa por los aires puede caer al golpe de su fle- 
cha; el cuadrúpedo que vive en el monte, está al alcance de sus 
armas ó de su astucia. Escúchanse los acordes de sus areitos^ al 
son de las agrestes músicas; divísase en las márgenes del fresco 
lago, la turba gárrula de las hijas de Kicab y de Tccum que, cual 
alegres y pintadas guacamayas, dejan sus tibios nidos para ir á 
refrescarse á las tranquilas ondas; contémplase al rey, en andas 
de oro, vestido de plumas de quetzal, y cargado por nobles ser- 
vidores, que se dirige al pajizo palacio, tapizado de orquídeas, 
de palmeras y enredaderas; desprécianse el oro, el ópalo y las es- 
meraldas, que se hallan en los lechos de garzas y caimanes; las 
hojas del nopal se cubren de vivida grana, que bulle entre las 
silvestres tuna?; osténtanse llanuras cubiertas de milpas^ que movi- 
das por el viento, semejan escuadrones de penachos rubios y ver- 
des alfanjes. Innumerables años han venido corriendo desde que, 
en edad ignota, en esta tierra nació, aquí se multiplicó y aquí 
creció, esa raza cobriza, que es la raza americana. Si tuvo dolo- 




VI 

riís, ha tenido goces; si la peste y la guerra han diezmado sus 
ciudades, vive siempre, como vive la humanidad, como vive la 
naturaleza toda, por medio de la renovación. Había espíritu in- 
dómito y pujante en Arauco, vigor y riqueza en los hijos de 
Manco-Cápac, cultura en los quichés, orgullo en los cackchíque- 
les y tradiciones gloriosas en los aztecas. Si la civilización de 
sus progenitores perdió mucho de su brillo, quedaban los génne- 
nes en campo fecundo y exuberante; quedaban la vida, la fe y la 
esperanza. Pero hubo de sonar en la historia, la hora nefasta de 
la desolación y de la ruina, como suena en el corazón del mori- 
bundo el postrer estertor de la existencia. La raza indígena su- 
cumbió al rudo empuje de otra raza venida de allende el mar. 
Apareció el hombre pálido en el grandioso templo de Tohil, y 
cual sacriücador de todo un continente, extinguió con sn aHento 
de muerte las sagradas luminarias, é hizo callar las fi.'rvidas ora- 
ciones; los ídolos cayeron de sus altares, y para siempre hoyó el 
sumo sacerdote, revestido de amarillo luto, llevándose la biblia 
de sus tradiciones, el pópol-viúi de sus recuerdos. 

Brillan las lanzas, chocan las rodelas y después de la alga- 
rada del combate, cuando pasa la nube de humo de los arcabu- 
ces, viene el sol indiferente á alumbrar el cadáver galvanizado 
de una raza entera; óyese el chasquido del látigo del encomende- 
ro; la enseñanza del fraile, que el indiznelo reverencia sin enten- 
der; los votos del criollo contra el peninsular; las querellas de 
ambas Potestades; los alzamientos de cbapetoncs de barcada; las 
ruidosas discordias de la Real Audiencia con el Presidente y el 
Obispo; la fausta nueva de que en Valladolid nació un pi'íncipe 
ibero, ó la noticia dolorosa do que en el Kscorial hay mi regio di- 
funto más; arman escándalo las guedejas de los eclesiásticos; 
t se promulgan bandos á son de tambor y con bélico apara- 
to sobre asuntos baladís (1); se produce un conílicto, porque 
va sin golilla un Capitán General á la catedral metropolitana; 
los coucejales riñen con los canónigos, porque no tuvieron al- 
""■''"'las para hincar las rodillas en la festividad del Corpus; y se 
. competencias entre seglares y eclesiásticos, sobre asuntos 
'xto foro; y pelea San Francisco con Santo Domingo, y se 
atención á menudencias y á nimiedades. Empero, no es 



) Real orden expeJiDa cu San Lorenzo, á 20 do Nov. de 17S6, pro- 
udo una receta para curar las niguas. 



VII 

esto sólo; las poblaciones coloniales estaban inmóviles, rígidas, 
inertes. * Las sabias leyes que en pro de los vencidos, de los mi- 
serables indios, se daban en España, no se cumplían á derechas en 
estas regiones. Fué una lucha secular entre los reyes, que expe- 
dían cédula tras cédula, favoreciendo á los aborígenes, y los en- 
comenderos que siempre hallaban como eludir aquellas órdenes; 
entre los reyes, que enviaban visitadores, y éstos que cometían 
los mismos abusos que declaraban punibles en los residenciados. 
Los españoles americanos no podían avenirse con los peninsula- 
res; y era la América durante la dominación de la metrópoli, al 
decir de un escritor moderno, una soberbia cuna de imperio, en 
la cual dormía, no un niño que anunciara la virilidad de Hércu- 
les, sino un aborto deforme y raquítico que inspiraba lástima. El 
siglo brillante de León X fué señalado en el Nuevo Mundo por 
actos de crueldad, que más . parecen pertenecer á los tiempos de 
mayor barbarie. (1) 

La raza indígena, entretanto, no sólo se minoraba por modo 
desolador, sino que abatida, languidecía sin dar el más leve tes- 
timonio de virilidad. Después que el Romano Pontífice decidió 
que los indios eran hombres, todavía se les trataba como á bes- 
tias de *carga,'y no quedó comarca, ni choza en donde no hubie- 
ra espanto y dolor. No era dable que los europeos, superiores 
en civilización, considerasen, en aquellos tiempos, humanamente 
á los vencidos. Ni hay porqne pedir á los conquistadores espa- 
ñoles lo que ningún conquistador ha hecho en la historia; ni era 
hacedero por extremo alguno, que se amalgamase un estado so- 
cial con otro diverso, ni que los intereses encontrados dejasen de 
estar en lucha. No pudiendo los aborígenes vengarse de los es- 
pañoles, hasta se complacían en unírseles después de la conquis- 
ta, para oprimir y vejar á los de su misma raza americana. For- 
zados á una obediencia ciega, deseaban á su vez tiranizar á otros: 
la opresión produce siempre el defecto de corromper la moral. 

Creían los dominadores que era bastante hacer catequizar á 
los indios, como si fuera dable que una raza con sus creencias, 
tradiciones y costumbres, pudiese pasar repentinamente á la cul- 



(1) Hamboldt. — Viaje á las regiones equinocciales del Nuevo Con- 
tinente. T. II. p. 3. El mismo obispo Zumárraga, llamado el Omar de 
Occidente, enrostró á Carlos V las terribles crueldades de que los indios 
eran víctimas. Documentos inéditos de Indias, t? XIII, página 172. 



V 



<>\ 



1 



VIII 

tura que las máximas cristianas presuponen; y como si no fuese 
imposible arrancar por modo súbito, del corazón de un pueblo, 
su orgullo nacional, su aliento patriótico, su arrogancia de colec- 
tividad (1). La agonía moral, la muerted el espíritu de una 
raza, la sofocación, por falta de ambiente, es lo que sigue á una 
conquista. Eran los indios reyes de la inmensidad, y se les con- 
virtió en acémilas ó en parásitos del hombre blanco; eran, como 
el corcel de la llanura, dueños de todo lo que su vista abarcaba, y 
vino un día en que sus plegarias fueron reputadas crímenes, sus 
dioses motivos de expiación, sus recuerdos terribles pesadillas, 
sus tradiciones vergüenzas, y sus hijos esclavos. Bajo el régi- 
men colonial, los caribes desaparecieron casi de las Antillas. En 
las márgenes del Amazonas destruj'éronse cerca de mil pueblos. 
Los muiscas, que formaban poderosísima nación, se redujeron á 
tribu. Cincuenta años después de la conquista del imperio de 
los incas, habían perecido más de dos millones de indios, según el 
canon de 1580, levantado por orden de Felipe II. Cuando el 
Perú se hizo independiente, dice un historiador fidedigno, que 
había perdido las nueve décimas partes de sus habitantes. El 
imperio de los incas tenía seis millones, al llegar los españoles, y 
por el censo de 1795, quedaban seiscientos mil indígenas. El 
valle Santa, al sur de Trujillo, que hoy tiene mil almas, contaba 
á la venida de los conquistadores, setecientas mil. En el flore- 
ciente reino Quiche, en el populoso cackchiquel y en el rico tzuto- 
jil se diezmaron las grandes ciudades, mientras que en México 
era asombrosa la destrucción de los aborígenes, como se verá en 
el curso déla presente obra. (2) 

''Sin embargo, esta muerte lenta de toda una raza de hombres 
se ejecutaba en silencio, y las tribus se extinguían unas tras otras, 
sin turbar el orden general. Los sacerdotes mantenían la paz en 
la inmensa turba de esclavos incesantemente, diezmados, y echa- 
ban algunas gotas de agua bendita sobre estas poblaciones, que 
apenas muertas, eran enterradas en el olvido. Cada pueblo lo 
'^'^^ernaba un cura. Toda desobediencia era castigada con una 



(1) El célebre Motolinia, o sea el P. Toribio de Benavente, preten- 
que el bien que se hiciese á los indios se redujera á bautizarlos y con- 

•rlos. "Eiva Palacio-México al través de los siglos. Tomo II. p. 80. 

(2) El Perú tenía como seis millones de indios, al tiempo de la con- 
.^^a, y por el censo de 1796, hecho por orden de del Virrey Gil y Lenios, 
^^-ban 608.899. 



IX 

doble pena civil y religiosa, todo rebelde era un hereje, á quien 
Á la vez se penaba con la muerte y la excomunión." La época 
más .triste para una raza, no es aquella, exclama un sabio francés; 
en que el hombre ha vivido en la mayor miseria, sino más bien 
los tiempos en que los pueblos han pasado bruscamente de una 
edad á otra: aun cuando hayan sobrevivido á esas épocas de ere- 
miento, han hecho oír lamentos singulares, siempre que han pa- 
sado por modo repentino, de una temperatura civil á otra. Hoy 
nos cuesta trabajo explicarnos tales acentos de dolor, porque ya 
no sabemos reconocer en ellos la desaparición de un mundo. Des- 
de este punto de vista, el tremendo grito de Job, que ha atrave- 
sado los siglos, responde á un mal de ese género, y este sería sin 
la menor duda, el mejor de los indicios para marcar la época á que 
pertenece. Cada uno de los profetas hebreos corresponde á uno 
de esos violentos cambios de estado. 

¿De dónde proviene la serenidad de los griegos? De que se 
quedaron siempre niños; de que sufrieron menos que otro pueblo 
alguno las crisis de la transición de una temperatura, de una edad 
del mundo á otra edad. 

¿No sentís, por el contrario, en la melancolía de Virgilio el 
lamento de una especie que se extingue? Todo el antiguo mun- 
do itálico, latino, sabino, se ve perecer y gime en el alma del 
poeta; abismo escondido debajo de la púrpura. 

Nosotros también hemos visto á la edad moderna acabar de 
extinguirse, y nuestros oídos están todavía llenos de las lamenta- 
ciones que aquel naufragio inspiró á los poetas, á principios de es- 
te siglo. Algo se muere, parecían decir todos ellos, y el lamento 
crece y redobla de Chateaubriand á Byron, hasta que se endure- 
cen los corazones y se forja un mundo nuevo. Entonces deja de 
comprenderse ya esa poesía de desolación y llanto. 

Edad de piedra, edad de bronce, de hierro ó de plata; la tran- 
sición de una á otra no puede efectuarse sin dolor. Hay para cada 
pueblo, como en la vida de cada hombre, una crisis, una mudanza 
en el tránsito de la infancia á la adolescencia, á la juventud, á 1^^ 
edad madura." (1) 

Las tribus indias de América, aún están hoy, como estab 
antes de la conquista, mejor dicho, han retrogradado y han pe 
dido el espíritu de ir adelante. Contemplan por doquiera enem 

(1) La Creación, por Edgar Quinet T. I. p. 390. Madrid.- 1871 






X 

gos ó domiüadores, y luchan por conservar sus]costumbres, por- 
que saben, por experiencia triste, que cada vez que ha sobreveni- 
do para ellos un cambio, ha sido para caer en un abismo más pro- 
fundo y doloroso. Siguiendo la ley de la naturaleza, que por do- 
quiera pugna por la vida, la raza indígena se apega á sus hábitos, 
como la crisálida al capullo que la sepulta; podrá el gusano llegar á 
ser mariposa de colores, pero la transformación siempre se teme y 
se rechaza, aunque se espere un cielo tras la puerta del sepulcro. 
Esos pobres parias, que pasan su vida miserablemente, ig- 
norando lo que fueron ayer y sin preocuparse de lo que serán 
mañana, sólo pueden encontrar en la embriaguez lenitivo á lo 
monótono y cansado de su existencia. ''Sienten una necesidad 
suprema: la de llorar sus desventuras. Y, ¡cosa rara! en esos can- 
tos y lamentos, no suenan para nada los nombres de los antiguos 
soberanos, de los antiguos héroes, como en la poesía popular de 
las razas oprimidas, que tienen anales heroicos y que se acuerdan 
de ellos. 

Este olvido es tanto más incomprensible, cuanto más abun- 
dantes y grandiosos son Ips restos del pasado de Amórica. Las 
ciudades conservan aún en pie los palacios de los antiguos seño- 
res: los caminos que cruzan el interior han sido delineados y 
abiertos por los principales dueños del territorio; las aguas co- 
rren todavía por los cauces que ellos les designaron, y en muchos 
parajes las colinas y los cerros forman inmensas escaleras á las 
cuales cubría de vegetación la industria de los adoradores del 
Sol. 

Pues bien, si os fuera dado interpretar los tristes sonidos que 
el indio arranca á su querida quena al pié de las colosales mura- 
llas, antes cubiertas de oro; si, al caer el sol y á la media luz de 
esa hora "del silencio y del pesar profundo, " siguieseis de cerca 
las huellas de sus toscas sandalias, á lo largo de esos caminos 
abiertos en la roca por sus antepasados; si, entrada ya la noche, os 
acercaseis hasta el solitario sitio en que el infeliz viajero, rodeado 
^^ ^us hijuelos, distrae la fatiga y los pesares tocando su instru- 
^co favorito, podríais sorprender ayes dolorosos salidos del fon- 
iel alma, lánguidos suspiros de amor, tiernas quejas y orien- 
^ manifestaciones de una alma enamorada. Pero en medio de 
TJas contra el rigor déla mujer querida, ni una sola contra 
,^ de los dominadores; en medio de esas endechas fúnebres, 
20I0 canto varonil y enérgico en honor de la grandeza pasa- 



/^nflki 



1 



XI 

■ —■■■■ ■ II. ^. — ■■ ■■ ■ ■ I I ■■.■■■■■ «I M I» ■^ » .1 I. I ■■ I. ■■-■■■ 11 ■ ■ I I ■» » ■ I — I. ■ ■■ I ■ »■ M.i ■■■ — ■- ■ , II ■ » 

da, ni en prueba de que tienen conciencia de la abyección pre- 
sente. 

Aquello es un pueblo huérfano, que ha perdido hasta el re- 
cuerdo de sus glorias. 

Una raza sin alientos, porque ha perdido hasta la esperan- 
za, hasta los deseos de la libertad. 

El llama, que hace marchas inmensas, sin comer ni beber, 
suele en ocasiones sublevarse contra su fatal sino y echarse al 
suelo, decidido á morir en el sitio, antes que dar un solo paso más. 
El indio, perdida la esperanza ó la paciencia, ha tomado una reso- 
lución idéntica. Se ha dicho como el sectario de Mahoma ¡Más 
*vale estar tendido que de pié, y muerto que vivo! Ha llamado 
en su socorro al genio del suicidio, y el infeliz no puede morir, y 
lleva ya tres siglos de agonía. 

Cuando el viajero árabe nota que llega la última hora para 

el camello que cruza el desierto, echa pié á tierra, y sacando del 

cinto el enorme puñal, se lo clava en el corazón, en premio de 

k sus leales y preciosos servicios. En América hay otra costum- 

J bre. Cuando un caballo fatigado no puede dar un paso más, 

por las pampas de arena de la costa, se le deja atrás, abandonado 
en medio de la horrible soledad, para que muera de hambre y de 
sed, viendo á los buitres revolotear sobre su cabeza. 

Con la raza indígena se ha hecho una cosa parecida. No se la 
ha muerto, dándole una puñalada en el corazón; se la ha abando- 
nado, para que perezca de hambre y sed, para que los buitres la 
devoren." (1) 

Por eso es que todo corazón levantado, ha de acoger con en- 
tusiasmo, la idea de amparar, de ayudar, y si posible fuere, de ci- 
vilizar á los indios, que todavía se ven en tribus aisladas del res- 
to de nuestras poblaciones, y que conservan aún los idiomas primi- 
tivos y las costumbres, y hasta los vicios de sus antepasados. Más 
de las dos terceras partes de la población de Guatemala está for- 
mada por los aborígenes, estancados muchos de ellos en sus colec- 
tividades, y sin tener ni patria, ni aspiraciones, ni superiores 
anhelos, ni tendencias á mezclarse con la parte culta del pueblo. 
Si en vez de haberse perdido á las veces las fuerzas vitales y crea- 
doras del país en fratricidas luchas, odios de bandería que nc 
tienen razón de ser, escepticismos que desalientan, y negaciones 

(1) ZoROBABSL EoDBiG'JEZ. — Miscelánea, t? 19 pag. 54, 



XII 



que arguyen ignorancia, se hubiera trabajado filantrópicamente, 
con asiduidad, por la civilización de los indios, algo se hubiera ob- 
tenido y mucho se habría hecho, ya que no sólo por espíritu de 
justicia y alardes de caridad, sino hasta por interés patriótico, 
debemos empeñarnos en no tener, á fines del siglo XIX, esas 
tribus estacionadas, que son remora para el desarrollo material, in- 
' telectual y político de la nación. La historia nos demuestra que 
es harto peligroso dejar á los indios formar un stahis in statu^ per- 
petuando su separación, la rusticidad de las costumbres, su mise- 
ria y todos los motivos de odio contra las otras castas. (15) So- 
bre todo, ¿cómo ha de progresar un país cuanto debiera, si la ma- 
yoría se compone de hombres que se hallan hoy en más atraso 
que el que tuvieron en los primeros siglos, que se visten y se man- 
tienen como lo hacían allá en la época de Quicab ó de Balam 
Acam? 



Ensayo sobre Nueva España. Ilumboldt, p. 214 t9 I. 



PRIMERA parte; 



Tiempos precolombinos, 6 los indios antes del 
descubrimiento de América 



I*» > # < M* 



GAPITÜIíO PRIMERO 



Origen del hombre americano. Sus razas é idiomas 



Diversas opiniones acerca del origen de los indios. — Inmigraciones — Ma- 
nera como han podido verificarse. -Teoría del abate Brasseur de Bourbourg.- 
Eemotísim a antigüedad del hombre americano. — Razas indígenas diversas. 
Existen algunas tribus blancas. — Opinión de Mr. Bennct Dowler acerca 
del tiempo que lleva el Nuevo Mundo de estar habitado por hombres. — 
Lenguas que encontraron los españoles al llegar á América. — No hay ana- 
logía entre los idiomas de éste y del Antiguo Continente. — Caracteres de 
las lenguas americanas. — Opinión de Bancroft sobre dichas lenguas. — Gru- 
pos de civilización que fija el Dr. Berendt en Centro- América con relación 
alas lenguas. — Idiomas que se hablaban en Méjico al tiemj)o de la conquis- 
ta — El quichua y el aimará en la América del Sur. — Se rebate la opinión 
del abate Brasseur de Bourbourg de que el maya viene del latín. — Gramá- 
ticas de las lenguas de los indios de Centro- América. — Doctrina cristiana, 
en cakchiquel, por el primer obispo de Guatemala señor Marroquín. 



En los tiempos modernos se ha puesto empeño en profundi- 
zar, al través de los siglos, la historia americana, rastreando has- 
ta los orígenes de las primeras tribus que habitaron esta parte del 
mundo. Háse creído, por algunos, que la dirección de los vien- 
tos y la de las corrientes marinas, pudieron traer pobladores in- 



■ijj^w^FT^Sg TT^t^B&í K íSt » 



voluntarios del Asia á la América meridional, por el Pacífico, y 
del África á las costas del Brasil, por el Atlántico. Si alguna 
vez se heló el estrecho de Bering ó si era antes un itsmo^ no sería 
fácil probarlo (1); pero los grupos de islas entre el Asia y' la 
América del Norte, pudieron, en todo caso, servir de escala para 
transmigraciones de un continente al otro; así como las que se 
hallan en el Atlántico y en el Pacífico facilitarían la comunica- 
ción entre la América Meridional, la Oceanía y el África. 

"Las inmigraciones, dice el erudito autor de la historia ecua- 
toriana (2), pudieron ser voluntarias, poniéndose algunas tribus 
en camino, y haciéndose á la vela en busca de tierras donde esta- 
blecerse, pues las prolongadas sequías, el hambre, la guerra, la 
exuberancia de población, obliga con frecuencia aún á los pue- 
blos agricultores á abandonar sus hogares y á emprender largas 
y penosas ma,rchas; pero más á menudo, las inmigraciones serían 
involuntarias y forzadas, viéndose arrastrados los viajeros á pun- 
tos que ni siquiera habían imaginado. El río negro (Konro Si- 
wo), de los Japoneses y la corriente marítima de Tessiín han 
arrojado más de una vez, e'n los tiempos históricos, juncos chinos 
de casi trescientas toneladas á las costas de California; y así mis- 
mo embarcaciones americanas han ido á dar en las Canarias, ó 
desde esas islas han venido á las costas de Venezuela, traídas por 
la gran corriente del Atlántico, que corre de un hemisferio á otro, 
rodeado por el golfo de Méjico. (3) 

No es muy improbable que los chinos hayan conocido la 
existencia de América, pues el país de Fou-Sang, de que se ha- 
bla en alguna de sus tradiciones, parece que no puede ser otro 
sino la costa occidental de Méjico en la América del Norte. (4) 

Algunas creencias religiosas; varias prácticas del culto, tanto 
en Méjico como en el Perú, y sobre todo, ciertas estatuas y bajos 
relieves de las célebres ruinas de Palenque en la América Cen- 



(1) La anchura del estrecho es tan pequeña, que hoy la atraviesan los 
tehuktchies y esquimales en pequeñas embarcaciones. Las costas de los 
dos continentes se divisan la una desde la otra. Bien pudo, pues, poblar- 
se uno de ellos, pasando del otro sus habitantes, sin necesidad del descubri- 
miento de América, ó de estar unidos los dos hemisferios. 

(2) Federico GonEalez Suárez; t? I. pag. 289. 

(3) HuMBOLDT. — Historia de la Geografía del Nuevo Continente. — 
"^ión 1?) En francés. 

tAFFAREL. — Estudio sobre las relaciones de la América y del Anti- 
)ontinente, antes de Cristóbal Colón. Primerra y segunda parte. — 
^ranees. 
Dastaing.— De los orígenes americanos. (Actas de la Sociedad Et- 
fica americana y oriental. Tomo 49,1864). En francés. 
i) Paravey.— La America, bajo el nombre de país de Toug-Sang, ha 
. conocida en Asia, desde el siglo quinto de nuestra era (Publicación 
^^'^ en los Anales de filosofía cristiana. Año de 1884.) 



J( 



tral, parecen rastros ó indicios seguros de la predicación del Bu- 
dismo en estas regiones; la cual manifiesta que, en tiempos muy 
remotos, el antiguo continente, estaba en comunicación con el nue- 
vo. (1) 

Si se observa con cuidado la fauna del extremo setentrional 
de la América y también la flora, se encontrará que una gran 
parte del continente antiguo tiene, bajo ese respecto, no sólo se- 
mejanza sino hasta casi identidad con las regiones americanas 
próximas, y esta identidad es mayor en la fauna y en la flora 
paleontológicas. De donde, acaso podría deducirse que en épo- 
cas geológicas anteriores á la actual, la América estuvo unida 
por el Norte al Asia y á la Europa, formando un sol^o con- 
tinente. (1) 

La posibilidad de inmigraciones del continente antiguo al 
continente americano, ya no puede ser puesta en duda. Las 
tradiciones de los pueblos americanos conservan además el re- 



LüCiAXO Adam. — El país de Toug-Sang (Congreso de los america- 
nistas. Acta de la primera sesión celebrada en Nancy. Año de 1875. 

ScHEREE. — Investigaciones liistóricas y geográficas sobre el Nuevo 
Mundo. (Capítulo cuarto). En fi-ancés. 

Carrey. — El Perú. Cuadro descriptivo, histórico y analítico de los 
seres y de las cosas de ese país (capítulo octavo). En francés. 

Cuanto más se estudia el Oriente, cuanto mejor se conoce la Chi- 
na, su historia y su literatura, tanto más se confirma el hecho de las comu- 
nicaciones del Asia, con el Nuevo Continente. Carrey cita, en una nota 
de su capítulo octavo, documentos recientemente descubiertos en China; 
por los cuales constan el viaje de sacerdotes budistas á la América, mil 
años antes de que ésta fuera descubierta por Colón, y otras inmigraciones, 
de las cuales se encuentran no sólo recuerdos sino hasta itinerarios. 

(1) Charnay. — Las ciudades antiguas del Nuevo Mundo. (Capítu- 
lo catorce. Palenque y sus templos.) Edición de 1885. 

D' EiCHTHAL. — Memoria sobre el carácter asiático búdico de algunos 
bajo-relieves de Palenque. (Academia de Inscripciones y Bellas Letras. 
Año de 1864.) 

(2) Reclus. — La tierra ó descripción de los fenómenos de la vida en 
el Globo. (Primera parte, capítulo 2?. Capítulo primero de la se- 
gunda.) 

ScHiMPER. — Paleontología vegetal ó la Flora del mundo primitivo en 
sus relaciones con las formaciones geológicas. Principalmente los capítu- 
los sexto y séptimo; pero es de advertir que este naturalista sigue la teoría 
darwiniana en punto á la producción ó generación de las especies. 

Snider. —La creación y sus misterios descubiertos. No es posible 
aceptar sin reserva las teorías de este escritor, el cual dice que los paredo- 
nes del Azuay y el Inga-Pircca de Cañar no son monumentos de los Incas, 
sino obra de otras gentes en muchos siglos anteriores á los Incas. Sobre 
tan débiles cimientos funda su teoría de que la América estuvo ya poblada 
antes del Diluvio de Noé: según ésto ¿el Inga Pircca de Cañar será edificio 
antidiluviano? (Día sexto ó sexta época. Eeinado del hombre. Números 
XXVII-XXX.) En francés. 



\ 



i 



cuerdo de inmigraciones antiquísimas, íÍ. las que estaba unido el 
origen de ellos, y su establecimiento en los países en que los en- 
contraron los conquistadores europeos. Y ¡cosa notablel todas 
esas tradiciones hacen venir del Norte las tribus á que se refieren: 
el Norte lia sido, pues, en la historia de América, como'en la de 
Europa, el punto de partida de las grandes in mi giraciones. La 
Historia antigua del Ecuador ha conservado vivo el recuerdo de 
la famosa iumigracicjn délos Caras- á las costas de Esmeraldas 
sobre el Pacíñco: los Caras llegaron navegando en grajides balsas 
y, á lo que parece, venían de algún punto situado al Noreste. 
Pero esta inmigracii'm podemos decir que es muy moderna; y, co- 
mo todas las demás inmigradiones de que se conserva memoria en 
América, los recién llegados encontraron ya pobladas las regio- 
nes, adonde aportaron. ¿Se podrá fijar una época en que haya 
principiado a ser poblada la América? 

Los constructores de los grandes atrincheramientos, los que 
levantaban altozanos y túmulos, los edificadores de habitaciones 
fortificadas en las rocas, ¿llegarian también á la América meri- 
dional ? (1) 

El continente americano, acaso, no ha tenido en todos tiem- 
pos la misma extensión ni la misma configuración física que tie- 
ne ahora. El período glacial debió haber producido hondas mo- 
dificaciones en la corteza terrestre, y, hasta ahora, no conocemos 
bien ni su duración ni las causas que lo produjeron. No obstan- 
te, la existencia de enormes mamíferos, cuyos huesos fósiles se en- 
cuentran en abundancia, hace -presunlir que nuestro continente, 
en las' épocas terciaria y cuaternaria, ha sufrido modificaciones 
trascendentales en su superficie. Cuando esos gigantescos pa- 
quidermos, cuando esos colosales desdentados y prosbocídeos va- 
gaban por nuestro suelo, acaso la gran cordillera de los Andes to- 
davía no se había elevado. Las condiciones que para la vida ani- 
mal se encontraban entonces en América, debieron ser muy di 
versas de Jas que ofrece actualmente: aquellos colosos del reino 
animal necesitaban en verdad un clima, una temperatura y 
unos alimentos que no hallarían ahora, si vivieran en los mis- 
mos lugares donde han existido antes, como lo mauifiesta la 
abundancia de sus restos fósiles. Durante la época glacial, la 
dirección de los vientos, la abundancia de las lluvias y los demás 
fon/.riienos meteorológicos debieron ser muy variados, 

^ ""^nas del mar no se aumentan, pero la corteza sólida de la 



¡jos Mound BuiMers son io3 más antiguos habitantes de Ia.América 
"•ie en ]oa valles del Mississipí, del Oliio y del Missouri. 
DAILLAC.^^La Améi'ica pj-eaistórlcü, (Capítulo 1?, 29, 3?, 49 y 59) 
cés. 
'■iiTlN.— La América antigua; Secciones 1", 2? y 3? En inglés. 



5 

tierra se levanta 6 se deprime gradualmente, por causas que toda- 
vía nos son desconocidas: observamos el fenómeno, apreciamos 
los hundimientos j los levantamientos del terreno, en puntos de- 
terminados de mayor ó menor extensión, pero la ciencia no pue- 
de darnos todavía de estos hechos una explicación satisfactoria. 
¿Cuál sería el aspecto de la América antes de la formación de la 
cordillera de los Andes? ¿Qué ríos la regaban entonces? ¿Cuál 
era el clima que reinaba en ella? 

Lo ordinario es que las transformaciones que se observan en 
el globo terrestre se produzcan lenta y paulatinamente: un fenó- 
meno tan trascendental como el levantamiento de la cordillera 
de los Andes, debió ocasionar cambios y mudanzas muy grandes 
en toda la superficie de nuestro planeta. Acaso lo que era tie- 
rra continental pasó á ser fondo de los mares en algunas partes, 
y se rompió el antiguo equilibrio entre los océanos, producien- 
do variaciones asombrosas en la distribución primitiva de las 
aguas y de los continentes en todo el globo terrestre. Acaso, 
también, entonces fué cuando desapareció aquel gran continente, 
denominado la Atlántida, en las tradiciones egipcias y helénicas 
no destituidas dé todo fundamento. (IJ. — " 

El abate Brasseur de Bourbourg ha supuesto que el conti- 
nente americano ocupaba, en un principio, el golfo de México y 
el mar Caribe, y se extendía en forma de península al través del 
Atlántico, de tal suerte que las islas Canarias pudieron haber for- 
mado parte de él. Toda esta porción extendida del continente 
fué, hace muchas edades, sumergida por una tremenda con- 
vulsión de la naturaleza, acerca de la cual han quedado tradicio- 
nes y documentos escritos en varios pueblos americanos (2). Yu- 
catán, Honduras y Guatemala también fueron sumergidas; pero el 
continente después se elevó lo bastante para rescatarlos del océa- 
no. Muchos hombres de ciencia opinan que hubo en un tiempo 
vasta extensión de tierra firme entre Europa y América. Con 



(1) BuRMEiSTER. — Historia de la Creación, (capítulo décimo quinto 
Edad de los levantamientos de las montanas). En francés. 

BuRMEiSTER. — Fauna argentina. (Anales del Museo de Buenos Ai- 
res. Año de 1867.) Contiene un estudio muy notable sobre los fósiles de 
la región oriental de la América Meiidional, en la Eepública Agentina. 

Stoppa]S'í. — Curso de Geología. (Volumen segundo. Geología es- 
tratigráfica. Capítulo trigésimo.) Este sabio geólogo italiano opina qu 
los levantamientos del suelo en la América Meridional se verificaron des- 
pués del periodo glacial. 

(2) En el codex chimalpopoca se encuentra: "que á consecuencia de 1í 
erupción de volcanes, abiertos en toda la extensión del continente america- 
no, doble entonces de lo que es hoy, la erupción repentina de im inmensc 
foco submarino, hizo temblar el mundo y sepultó, en el espacio de tiempc 
que tarda en dejarse ver la estrella de la mañana, las regiones más rica 
del globo." "Quatre lettres. " 



6 

todo, esa teoría del erudito anticuario francés ha sido combatida 
por historiadores eminentes como Bancroft, quien encuentra más 
aceptable el admitir que la raza americana es autóctona, confe- 
sando en todo caso, que hasta hoy no está resuelta esa cuestión de 
orígenes. 

La verdad es que todos los escritores están de acuerdo en atri- 
buir remotísima antigüedad al hombre americano, bien que algu- 
noSjComo se acaba de decir, no convienen en la unidad de la espe- 
cie humana, ni siquiera en que sea una la raza indígena de Améri- 
ca. (1) Alcides de Orbigny, en su obra clásica sobre las razas 
'indígenas de la América Meridional, señala tres grandes grupos 
y hasta- siete variedades. La brasilio-guaraní, la pampeana y la 
ando-peruana, que son realmente diversas. La maya-quiché, 
la cakchiquel y la atami son distintas. (2) Los dorasques, guai- 
míes, talamancas, cuchiras, güetares y chorotegas, que se encuen- 
tran por Costa Rica, difieren en mucho de los zendales, zotziles y 
zoques, que se hallaban al otro extremo del itsmode Centro- Amé- 
rica. El abate Brasseur de Bourbourg, acepta el sistema mosaico, 
de la unidad de las razas; pero conviene en que, aun entre los indios 
de esta parte del mundo, hay gran variedad de tipos., Existen, 
dice, tribus blancas, que en lo limpio del color sobrepasan á la 
mayor parte de las naciones asiáticas. En Michoacán, en algunas 
porciones del Quiche y de Yucatán, parecen descendientes de Pa- 
lestina ó de Egipto. Allí se encuentra el perfil judío, árabe ó 
algeriano, muy semejante á los tipos que se ven grabados en los 
monumentos de Nínive ó de Tebas. 

Aunque no es dable fijar los millares de anos que lleva de 
estar poblado nuestro continente, puede decirse que por fragmen- 
tos de alfarería, adornos y utensilios hallados en Méjico, en Cen- 
tro América y el Perú, por las diversas razas que existen en todo 



(1) Sabido es que acerea del origen del hombre hay tres teorías. 1^ 
La de los monogenistas, que dicen que el género humano viene tie un solo 
tronco, Adán y Eva; hipótesis que cuenta en su apoyo la Biblia y muy 
respetables opiniones de etnólos como Latliam y Pricliard. 2? La de los 
poligenistas, que sostienen liaber habido varias creaciones de hombres, se- 
gún las respectivas razas. Morton, Agassiz, Gliddon y otros muchos de- 
fienden dicha tesis, 3^ La de Laniarck, Darwin y Huxley se funda en el 
principio de la evolución. Todas las especies actuales son desenvolvi- 
3nto dé otra forma preexistente de inferior condición. Es lo cierto que 
sencia y origen de las cosas es impenetrable para la inteligencia huma- 
"nada sabemos" decía Mr. De Quatrefages, '"''La especie Jiumana!'' 
^^ n. Capitulo XL 

I En cuanto á las raza humanas, se tomó por base la coloración de 

.jl; pero hoy se reconoce lo defectuoso de la antigua clasificación, y la et- 

jgía de nuestros días se fija en las dimensiones y figura del cráneo, de 

DÓlvis, de los miembros y las proporciones entre sus diferentes partes, 

peso y volumen del cerebro, la forma del cabello y los diferentes idiomas. 



este hemisferio; por los muchos y variados idiomas que se cono- 
cen; y por la flora y fauna extinguidas, se comprueba haber exis- 
tido el hombre americano desde tan remota fecha, que se pierde 
en la noche de los tiempos. (1) Mr. Bennet Dowler calcula el 
crecimiento y duración de las diversas capas de selvas america- 
nas, habitadas por hombres, en cincuenta y siete mil años. 

Más de cuatrocientas lenguas creyeron contar los españoles 
cuando llegaron á este continente, y tantos dialectos que era difí- 
cil enumerarlos. En un principio, pensaron que la filología compa- 
rada podía demostrar el origen asiático de los indios; pero lá lin- 
güística moderna, que no se fija en arbitrarias etimologías, sino en 
la gramática ó esencia de los idiomas, ha llegado á poner fuei'a 
de duda que ni eran tantas las lenguas madres americanas, como 
se pensara entonces, ni hay nada que denote analogía entre las de 
éste y el otro continente (2), bien es verdad que si algo arguye 
gran cultura antigua entre los aborígenes, es ese número siempre 
crecido de idiomas y dialectos, tan apropiados para significar no 
sólo los seres materiales, sino los afectos del ánimo y las aspira- 
ciones filosóficas y espiritualistas de creaciones religiosas ó fantás- 
ticas (3). Hasta palabras onomatopéyicas, sonoras y poéticas tie- 
nen esos idiomas, que hoy se estudian con interés en Europa. Es 
frecuente encontrar en ellos palabras muy largas y compuestas, 
que significan toda una sentencia, v. g.: ''amatlacüilolitquitca- 
TLAXTLAHüiLLi" quc quicrc decir literalmente "el pago recibido^ 
por llevar un papel, en el cual se escribió alguna cosa," (estam- 
pilla de correo). 

En la obra monumental del historiador norteamericano Mr. 
Hubert Howe Bancroft, sobre las razas originarias de América, se 
hace un estudio profundo y filosófico de la lingüística de esta par- 
te del globo, y se clasifican los idiomas y dialectos de los prime- 
ros pobladores de las costas del Pacífico. (4) "Las lenguas de 
las naciones civilizadas de Centro- América, dice aquel autor, sien- 
do todas rilas ó menos análogas, pueden muy bien clasificarse en- 
tre la familia Maya-Quiché, constituyendo el maya la lengua ma- 
dre. Comenzando por las comarcas cercanas al río Goazacoalco, 
después pasando por Tabasco, Chiapas, Yucatán, Guatemala y par- 



(1) M. N. Joly. L' homme avant les metaux. (París 1879) parte 
primera, cap. 79 

(2) The litterature of american aboriginal languages, by Hermán. 
E. Ludewig. London 1858. 

(3) Dr. Berendt. Discurso sobre la antigua civilización de Centr< 
América. New York. 1876. 

(4) Pág. 551, t9 III. The native riaces of the Pacific States. 
Véase también la interesante obra "Estudios sobre la Historia de A 

mérica, por M. Larrainzar. México, imprenta de Villanueva 1875. T( 
mo 11. pág. 466. 



8 



te del Salvador, Honduras y Nicaragua, ocupa el maya la misma 
importante posición, de un modo relativo, en el Sur, que el azteca 
hacia el Norte. Además, esparcidas sobre esta inmensa área, hay 
dos ramas, todavía más hacia el Norte, aisladas de la lengua ma- 
dre, el huasteca y el totonaca de Tamaulipas y Veracruz. Sin 
incluir el idtimo referido, probablemente la más completa enume- 
ración de todas esas lenguas la dio el Licenciado Diego García del 
Palacio, en una carta dirigida al rey de España, en el año 1576. 
Omitiendo el azteca, que el incluye en su catálogo, el sumario, que 
hace es sustancialmente como sigue: en Chiapas, el chapaneco, 
tloque, zotzil y zeldal-quelén; en Soconusco, un idioma que él 
designa: como la lengua madre, y otro llamado vebetlateca; en Su- 
chitepéquez y Guatemala, el mame, achí, guatemalteco, chinante- 
co, hutateco y chirichota; en la Verapaz, el pokonchi y el caschi- 
colchi; en los valles de Acacebastla y Chiquimula, el tlacace- 
basta y el apay; y en la comarca de San Miguel, el potón, taule- 
pa y uláa. Otros autores mencionftn en Guatemala, el quiche, el 
cackchiquel, el zutujil, el chorte, elalaguilac, el caichi, el ixil, el 
zoque, el coxoh,el chañabal, el chol, el uzpanteca, el aguacateca 
y el quecchi; y en Yucatán, la lengua originaria, el maya. En- 
tre estoá idiomas, así enumerados por diferentes autores, no es del 
todo inverosímil que algunos hayan sido mencionados dos veces, 
bajo diferentes nombres (1). La mayor parte, si no todos ellos, 
se refieren al maya, cuyo mejor dialecto llamado tzendal, se dice 
que es la lengua más antigua que se habló en estos países. En su- 
ma, aparecen ser variaciones de algunas pocas lenguas, de remo- 
ta antigüedad, que á su vez brotaron del maya, que es la más an- 
tigua. Esta última, debo decir que forma el centro lingüístico, 
del cual irradian todas las otras, disminuyendo en consanguinidad, 
según la distancia de dicho centro, perdiendo, por intercalación y 
adopción de palabras extranjeras,sus formas aborígenes, hasta que, 
al tocar la parte más lejana del círculo, se hace difícil reconocer 
la conexión con la fuente de donde emanan. (2) 



(1) Palacio. Carta, p. 20; Juárros. Historia de Guatemala p. 198. 
Registro Yucateco, t? L p. 166; Galindo, en London Geog. Soc. Jour, Yol, 
IIL p. 95.; Gallatín, in Amer. Ethno. Soc. vol. I. p. 4-7. Herrera, His- 
toria General. Lib. X. cap. IL Laet, Novus Orvis. p. 277-325 Hum- 
'^ Essai Pol. tom. I. p. 267; Heller, Reisen, p. 380; Galindo in Ant. 
p. 67; Normans Eambles p. 238; Haefkens, Cent. Amer. p. 412; 
-^T^orví' c^ Nat.Hist. Man, vol. II p. 513; Berent's Report, in smithsonian 
87 p. 425; Squier's Monograph, p. IX; Villagutierre, Hist. 
iza, p. 84; Wappaus, Geog, u. Stat. p. 425. 

Las lenguas de la familia Maya se hablan en las antiguas pro- 
de Soconusco, Chiapas, Suchitepéquez, Verapaz, Honduras, Izal- 
'ador^ San Miguel, Nicaragua, Cboluteca, Tegucigalpa y Costa- 
^ "1 Abate Brasseur de Bourbourg, M, & Troano^ t? II. p. VL 



9^ 

El maya, con sus múltiples dependencias, puede bien com- 
pararse, en su construcción y capacidad, al azteca. A este res- 
pecto, se le ha alabado mucho por fihílogos y anticuarios. Aun- 
que monosilábico en muchas palabras, no tiene, coip.o acontece 
con las lenguas de ese género, gran cantidad de sonidos duros y 
guturales, sino que, por el contrario, es suave y sonoro. *Los 
dialectos que se hablan en Yucatán y cerca de Belice, son los 
más puros y elegantes de la familia maya, y mientras más lejana 
es la distancia de esa región, más grandes son las variaciones de 
la lengua madre (1)." 

El doctor D. C. Hermán Berendt, (con ((uien, el que escri- 
be las presentes líneas tuvo la honra de cultivar relaciones per- 
sonales, era un sapientísimo americanista) y en el magnífico dis- 
curso que, sobre la antigua civilización de Centro América pro- 
nunció ante la Sociedad Geográfica Americana de los Estados 
Unidos, el 10 de julio de 1876, después de una introducción, en 
la cual manifiesta cuan difícil es penetrar en la antigua historia y 
civilización de los indios de la América Central, estudia los idio- 
mas primitivos, para concluir fijando tres grupos, bien demarca- 
dos, de antigua civilización. El primero es el dé los mayas, com- 
puesto de diezisiete tribus; el idioma original ofrece el primer 
lugar, por' su perfección y pureza. Los más aproximados á él son 
el chontal en Tabasco, que no debe confundirse con el popoluca 
de Honduras, enteramente distinto; el tzendal y el zotzil de Chia- 



La mayor parte de las lenguas de esas comarcas, tan múltiples, á prime- 
ra vista, se reducen en realidad á un pequeño número. Son dialectos que 
no difieren más que por la mezcla de unas cuantas ])al abras extranjeras, 
cierta variedad en las finales ó en la pronunciación" Brasseur de Bour- 
bourg, en los Novdles Ármales des Voy, 1855, tom. CXLVII p. 155. "Me 
parece indudable que la lengua universal de los reinos guatemalte- 
cos, antes de la invasión de las tribus que los españoles encontraron en 
posesión de esos paises, el Maya de Yucatán, ó el tzendal que tanto se le 
parece." "7& Lacandones los mames^ pocomames^ que todavía ha- 
blan una lengua en casi todo parecida á la de los yucatecos. Id p. 156. 
"La lengua primitiva forma el centro; mientras más se e>: tiende hacia la 
circunferencia, pierde más la tangente de su originalidad, es decir, que el 
punto en donde encuentra otro idioma, es el lugar en que se altera, para 
formar una lengua mixta. WaldeJc, Voy. Pítt p. p. 2-1-42. Los taizaes, 
los cethathes, los campins, los chinamitas, los locenas, los itzaes, y los la- 
candones. Todos estos pueblos hablan la lengua maya, excepto los loce- 
nas que hablan la lengua chol." Ternaux-Compans^ in Nouvelles Anná 
des Voy. 1843 tom. XCVII. p. 50. La de Yucatán y Tabasco, que es 
de una." Bemol Díaz. Historia de la Conquisla^ fol, 25; Solis^ Historia. 
México^ t? Lp. 89. Remésala Historia de CJda'pa. p. p. 264-299. Squü 
in Nouvelles Aúnales des Voy. 1885 Tom. CXL VHI^ p, 275; Lauda., í 
laclan, p. 12-Orozco y Berra, Geografía, páginas 18, 25, 55-56. 

(1) Bancroft s works. Native races. Vol. III, pages 759, 760, 7' 
Myths and Languages. 



10 

pas. Hablando de los chontales, el doctor refiere el descubri- 
iñiento, en 1869, de las minas de Ceutla, aquella importante ciu- 
dad cuyos habitantes fueron bautizados por Cortés, y cuyas anti- 
güedades son de mucho mérito científico. 

Parecido, pero más estimado que los últimos, es el chol 6 
echolchi, lengua de los sembradores de maíz, actualmente habla- 
do en Tenozique, Santo Domingo, cerca de Palenque, y por una 
, parte de los indios lacandones; • el chorti, del vecindario de Co- 
pan, es según Jiménez y Brasseur, idéntico con el chol y el kekchi 
de la Alta Verapaz y con su subdialecto cakchi; el pocomchi, tam- 
bién de Id Verapaz, y el pocomán del Sur de Guatemala, se pare- 
cen mucho. 

El quiche de Verapaz, el cakchiquel de Guatemala y el tzu- 
tuhil de las orillas de la laguna de Atitlán, forman, con el taxil, 
otra división del grupo maya. 

Los que más varían del original constituyen una división entre 
los tzendales y quichés, geográficamente hablando, y son los idio- 
mas chancabal en Comitán, man en Soconusco y pocomán. Hay 
otros pocomanes, llamados chújes en Chiapas. 

El segundo grupo está en el otro extremo de Centro Améri- 
ca, y abraza tribus cuya civilización estaba ya declinando cuando 
alegaron los españoles á posesionarse de Castilla del Oro. De los 
Ooíbas ó Cuevas, todavía han quedado, en las antigüedades, mues- 
tras desuna civilización bastante avanzada. Sus trabajos en pie- 
dra son notables, y en la elaboración del oro habían adquirido 
,una perfección que asombra á los más hábiles 'plateros del día. 
Muy conocidos son los idolitos de oro que, en otro tiempo, vinie- 
ron en bastante número de Chiriquí, y algunos otros lugares. 
Los coibas hablaban, aunque muy divididos, un solo idioma; y la 
comparación de los que hoy usan las numerosas tribus residentes 
en las costas y en las orillas de los ríos del Istmo, con los frag- 
mentos del original, conservados por los primeros exploradores 
de aquel país, comprueba satisfactoriamente la descendencia de 
los actuales semísalvajes de aquellos indios tan civilizados. Que- 
dan sin aclararse las relaciones entre los cotfeas y sus vecinos; al 
Norte los indios de Nicaragua, al Sur los chibchas. 

Entre los dos grupos ya mencionados, se halla el tercero, el ' 
de los chorotegas, que al tiempo de la conquista ocupaban tres 
secciones en las orillas del Pacífico. Aquí el doctor Berendt tu- 
jue luchar con los mayores obstáculos, para obtener el mate- 
necesario; porque ya los últimos descendientes de esa nación, 
3 ocupan las márgenes de las lagunas de Masaya, no hablan 
^ que el español. Afortunadamente pudo encontrar unos vie- 
que recordaban palabras y frases aprendidas en su juventud, 
?stas bastaron para convencerlo de que el idioma mangue ó 
)rotega, es igual al chapaneco. Según Oviedo, Torquemada y 
--^Tf\^ los chorotegas habitaron primero la ciudad de Cholula, 



11 

■ I " ^^^— ■■ ^ - i-i.-^— ■■.-■ --■■■^ — .■■—-1^ .■■■■ii—».«.i_. ■ 

en Anahuac, en Méjico, y de allí tomaron él nombre de cholute- 
cas, que se corrompió en chorotegas. Después emigraron á los 
desiertos entre Tehuantepec y Soconusco, y en seguida, se divi- 
dieron en las tres secciones mencionadas, que existían en tiempo 
de la conquista. El doctor espera que con el idioma de Chiapas 
. y los fragmentos obtenidos en Nicaragua, se podrá trazar su histo- 
ria, sobre todo, porque para ésto ayudan las importantes coleccio- 
nes de antigüedades formadas por él mismo, y por otros, que hoy 
existen en los museos de Washington, París y I3erlín, y las que 
se ven todavía en el. departamento de Escuintla, que tanto llama- 
ron la atención del profesor Bastian. 

¡ Es curioso observar que el idioma quiche, procedente del 
maya, que era el que se hablaba por los indios más civilizados de 
Yucatán, centro de donde acaso irradió la cultura de los pueblos 
posteriores, se fué extendiendo poco á poco hasta llegar á remo- 
tas comarcas. En la lengua materna de los cañaris del Ecuador, 
no hay palabra alguna que no pueda interpretarse por medio del 
idioma quiche (1), lo cual demuestra que las emigraciones de 
las razas que poblaron las Antillas, Méjico y Centro América 
atravesaron el istmo de Panamá, y el primer punto en donde de- 
ben de haberse establecido fuié el que ocupan las hospitalarias 
costas ecuatorianas de occidente. 

De la lengua quiche hace entusiastas elogios la magnífica 
obra de Pi y Margall, sobre la América precolombina, hasta el 
punto de juzgar que esa lengua indígena ofrece más riqueza de 
expresión y más energía de conceptos que el idioma castellano. 
Sea de ello lo que fuere, creo yo que sí puede establecerse que, 
de las lenguas mayas, es la que merece más el estudio de lois fi- 
lólogos. 

Según Humboldt, pasaban de veinte las principales lenguas 
que en Méjico se hablaban á la llegada de los españoles, y se 
habían escrito gramáticas de catorce de ellas. Sus nombres son: 
azteca ó mejicano, otomita, tarasca, zapoteca, misteca, maya ó yu- 
cateca, totonaca, popoluca, matlazinga, huasteca, mija, caquique- 
Ua, taranmara, tepehuana y cora. Esta lengua azteca ó mejicana 
es menos sonora que la de los incas, de la cual hablaré luego, 
pero no por eso es menos rica y abundosa que ella, al decir de 
filólogos que las han estudiado. Es aglutinante por todo extre- 
mo, como puede verse por la palabra NotlazomahuizteopixcatatzirL 



(1) Autoridades relativas á la lengua de los quiches, pág. 84, At' 
arqueológico Ecuatoriano de González Suárez. 



12 

que los indios dirigían a los curas, y significa: ''Sacerdote venera- 
ble á quien amo como á mi padre." (1) 

El quichua y el aimará dominaron en una vasta región de la 
América del Sur, y aún se distinguen por su armonía imitativa, 
y por la riqueza de conceptos que en largas frases pueden conte- 
ner tan sonoros idiomas. La lengua chilena era pobre y distinta 
de la peruana, aunque pertenecía, como todas las americanas, á 
la familia de, las aglutinantes ó polisintéticas, que por una simple 
agregación, al principio, medio ó fin de la palabra, modifican 
su valor gramatical, sentido ó significado (2). 

Enbalde el abate Brasseur de Bourbourg, que tan valiosos 
documentos extrajo de nuestras bibliotecas y archivos, ha queri- 
do probar, eií varias páginas de sus obras (3), (que i'evelan mu- 
cho de imaginación) que las lenguas mayas se derivan del , latín, 
griego, inglés, alemán, escandinavo etc. Hoy es teoría admitida 
la de que no tienen ninguna relación, por más que casualmente 
haya una que otra palabra análoga en las lenguas del antiguo y en 
las del nuevo continente. La torre de Babel es un mito; los idio- 
mas no tienen un origen único. Müller, Renán, Toly, Schleicher 
y otros sabios lingüistavS, demuestran ampliamente que de nume- 
rosos centros de lenguaje, han brotado los idiomas y dialectos 
que actualmente se conocen (4). 

Por lo demás, tuvieron los religiosos españoles empeño en 
escribir gramáticas en las lenguas indígenas; pero vaciánjdolas en 
los moldes latinos, á usanza de Lebrija, como si los idiomas todos 
tuvieran la misma estructura, y pudieran acomodarse á sintaxis, 
conjugaciones, declinaciones y accidentes propios del modo de 
expresarse de los hijos del Lacio. Tengo, por ejemplo, á la vista 
la del Padre Fr. Ildefonso Flores, y sé que el dominico Marcos 
Martínez escribió la gramática quiche, el mercedario Gastelú la 
de los lacandones, el franciscano Rodríguez un ''Arte y vocabu- 



(1) Pág. 163, tomo I. Ensayo Político sobre Nueva España. Es 
importantísima la obra de don Francisco Pimentel, intitulada "Cuadro de 
las lenguas mexicanas." Véase el "Arte en Sengoa Mixteca," por Fr. An- 
tonio de los Reyes. México, 1583. 

(2) Arte de la lengua de Chile, por el jesuíta Andrés Febres. Li- 
ma 1705. Arte y vocabulario de la lengua chiquita, por Adam y Ilenry. 
— - "''^'igua la hablaban los indios que habitaban la parte S. E. de Bol i vía. 

Los europeos estiman hoy en mucho los idiomas de los indios. 

■^ Brasseur escribió en francés un vocabulario y una gramática qui- 

i\ W. M. Gabb leyó un estudio ante la American PJiilosophcal So- 

./ KKs:^ Filadelfia, sobre tribus v leniruas indio-enas de Costa Rica. Cas- 

^ y Orozco escribió el Vocabulario Paez Castellano, relativo á los indios 

- '^e Nueva Granada. 

Nuevas lecciones sobre la ciencia del lenguaje. 186-i. Max. 




13 

^^**"" *' ' I I ■ ■ ■ I» I » I ■ ■ ^» ■ ■ T ■■ ■ I I I ■ ■ ■ ■ ■■ ■ — ^. m^ ■■ ■^^ ■■■■■■ i ■■■■■■■■ — ■■■■ ■ — ^ 

lario cackchiquel," Francisco Parra el diccionario quiche, cack- 
chiquel j zutujil, el P. Cadenas los vocabularios cackcliiqnel, 
quiche y poconchí. También daban á luz frecuentemente doc- 
trinas y confesionarios en esas lenguas, como ef libro preciosísi- 
mo y raro, del cual conservo un ejemplar impreso, intitulado: 
'*Christianoil tzilz pa cakchiquel, qhábal, relefan ahan Obispo 
Don Francisco Marroquín: nabei Obispo cakchiquel., ru proponel 
Emperador. Qui hunam vach cralz cakchiquel chí Santo Domin- 
go, San Francisco: Padre Fray Juan de Torres, Fray Pedro de 
Betan9os." 

^'Doctrina cristiana, en lengua guatemalteca: ordenada por el 
Reverendísimo Sefíor Don Francisco Marroquín, primer Obispo de 
Guatemala, y del Consejo de Su Majestad etc. Con parecer de 
las Religiones del Señor Santo Domingo y San Francisco: Fr. 
Juan de Torres y Fr. Pedro de Betan^os. Impreso en Guatema- 
la, con la licencia de los superiores, por el Br. Antonio Velasco, 
1724" 



«•» > # < 4«» 




GAPITÜLO SEGUNDO 



-♦- »^^ ^ 



Tribus bárbaras y naciones civilizadas del Nuevo 
Mundo, particularmente las del istmo 

Centro Americano. 



Tribus que poblaban las orillas del Mississipi. — Diferencias que las 
distinguían de las otras de la América del Norte. — Lo que dice de ellas 
Mr. Tocque villa — Indios del Norte de Nueva España, — Descripción que 
de ellos nace el Barón de Humboldt. — Tribus bárbaras !de Méjico. — Abo- 
rígenes semisalvajes de Centro América. — Naciones civilizadas del Nuevo 
Mundo. — Estado de progreso de los aztecas. — Diferente cultura de las na- 
ciones de Centro América, el Perú y Méjico. — Primitivos pobladores de 
Guatemala. — Balan Votan. — Los nahuas ó nalioas. — Origen de los qui- 
ches, cackchiqueles, zutujiles y mames. — Fastos de la monarquía quicbé. 
El Memorial de Tecpán Atitlán. Diversos pueblos que existían en Gua- 
temala. — La opulenta Utatlán, corte de los reyes quichés. — Su palacio, 
fortaleza, colegios, suntuosidad y explendor. — El reino cackchiquel. — Có- 
mo estaban esos reinos cuando vinieron á conquistarlos los españoles. — Sus 
ruinas demuestran la civilización que tuvieron en tiempos antiguos. — Los 
incas, su cultura y desarrollo. 



En la exuberante tierra regada por el Padre de las Aguas^ 

ó sea el Mississipi, como se llamaba, desde la época de los indios, 

— - gigantesco río, se hallan tan fértiles valles y tan risueñas Ua- 

.as, que era imposible que el hombre, siempre amante de la 

la naturaleza, no hubiera buscado su morada en aquellas es- 

'^'^idas comarcas. Entre el nogal y el álamo, en los ribazos 

^..tes y en las verdes praderas, vagaban, desde tiempo inme- 

jial, tribus aborígenes. Asomando^ por la desembocadura del 

San Lorenzo hasta el delta del Mississipi, desde el Atlántico 

'^'^ -^l Pacífico, esos salvajes tenían caracteres de semejanza que 



15 

atestiguaban su origen. Eu lo demás, dice Mr. de Tocqueville 
(1), se diferenciaban de todas las castas conocidas: ni eran blan- 
cos como los europeos, m* amarillos como la mayor parte de los 
asiáticos, ni negros como los negros. Su piel era rojiza, sus ca- 
bellos largos y relucientes, sus labios delgados, y los juanetes de 
sus mejillas muy sobresalidos. Las lenguas que hablaban los. 
pueblos salvajes de América se diferenciaban por los nombres; 
mas todas ellas estaban sujetas á las mismas reglas gramaticales, 
las cuales se apartaban en muchos puntos de las que hasta enton- 
ces Jiabían regido al parecer la formación del lenguaje entre los 
hombres. El idioma de los americanos parecía efecto de nuevas 
combinaciones, y anunciaba por parte de sus inventores, un arran- 
que de inteligencia de que son poco capaces los indios de hoy 
día (2). 

El estado social de estos pueblos se diferenciaba también, 
bajo de varios aspectos, de lo que se veía en el antiguo mundo, cual 
si se hubieran multiplicado libremente en el seno de sus desier- 
tos, sin contacto con estirpes más civilizadas que la suya; y así, 
no se encontraban entre ellos esas nociones dudosas é incoheren- 
tes del bien y del mal, esa corrupción profunda que de ordinario se 
mezcla con la ignorancia y la rusticidad de costumbres, en las 
naciones cultas que han vuelto á ser bárbaras. El indio todo se 
lo debía á si mismo: sus virtudes, sus vicios y sus preocupaciones 
eran sil propia obra; y había crecido en la independencia bozal de 
la naturaleza. 

La tosquedad del populacho en los países cultos, no consiste 
salamente en que son ignorantes y pobres, sino en que siendo 
tales, se rozan diariamente con hombres ilustrados y ricos. La 
vista de su infortunio y debilidad, que cada día forma contraste 
con la fortuna y poderío de algunos de sus semejantes, produce 
al mismo tiempo en su corazón rencor y temor, y la idea que tie- 
nen de su inferioridad y dependencia, los irrita y humilla, y ese 
estado interior del alma se reproduce así en sus costumbres como 
en su lenguaje, siendo insolentes al par que bajos. La verdad 
de este aserto se prueba fácilmente, por medio de la observación: 
la gente del pueblo es más tosca en los países aristocráticos que 
en otra cualquiera parte; en las ciudades opulentas más que en 
los campos. En esos lugares en que se encuentran sujetos tan 
poderosos y ricos, los débiles y pobres se miran como agobiados 
con su inferioridad, y no descubriendo ningún punto por donde 
puedan llegará la igualdad, desconfían enteramente de ellos mis 
mos y se dejan caer en un grado ínfimo á la dignidad humana. 



(1) De la Democracia en la América del Norte, pág. 43, tomo I. 

(2) En el territorio de los E. U. las lenguas más conocidas ei-an k 
hurona y algonquina. 



\ 



16 

Este terrible efecto del contraste de clases no se halla en la 
vida salvaje: los indios, al mismo tiempo que son tan ignorantes 
y pobres, todos también son iguales. A la llegada de los euro- 
peos, el indígena de la América del Norte ignoraba todavía el 
precio de las riquezas, y se mostraba indiferente al bienestar que 
con ellas adquiere el hombre civilizado, y con todo eso, nada se 
veía en él de grosero; por el contrario, reinaba en el modo de 
portarse una reserva habitual y una especie de política aristocrá- 
tica. El indio, dulce y hospitalario en la paz, implacable en la 
guerra, aún más allá de los límites conocidos de la ferocidad hu- 
mana, se exponía á morir de hambre por socorrer al estranjero, 
que llamaba por la noche á la puerta de su cabana, y despedaza- 
ba con sus propias manos los miembros de su prisionero, que to- 
davía estaban palpitando. Las más famosas repúblicas antiguas 
nunca habían admirado ánimo más varonil é intrépido, almas tan 
orgullosas, y más agreste amor de independencia, que los que 
entonces ocultaban los bosques, salvajes del Nuevo Mundo. Los 
europeos causaron impresión al arribar á la América del Norte, 
y su presencia no originó envidia ni espanto, pues ¿qué ascen- 
diente podían tener en semejantes hombres? El indib sabía vi- 
vir sin necesidades, sufrir sin quejarse, y morir cantando. Por lo 
demás, estos salvajes creían como todos los otros miembros de la 
familia, en la existencia de un mundo mejor, y adoraban con dife- 
rentes nombres á sus múltiples dioses. Sus nociones acerca 
de las grandes verdades intelectuales eran por lo general sen- 
cillas. 

Por más inculto que parezca el pueblo cuyo carácter descri- 
bo aquí, no se podía dudar, no obstante, que le hubiera precedido, 
en las mismas regiones, otro más civilizado y más adelantado en 
todas materias. Una tradición obscura, pero esparcida en la 
mayor parte de las tribus indianas de las villas del Atlántico, en- 
seña que en tiempos pasados, estas mismas poblaciones habían 
existido en el Oeste del Mississipí. A lo largo de las márgenes 
del Ohío y en todo el valle central, se encuentran aún hoy día 
montecillos que han sido hechos por las manos del hombre. 
Cuando se cava hasta el centro de estos monumentos, no se dejan 
de hallar, según dicen, huesos humanos, instrumentos raros, ar- 
mas, utensilios de toda especie, hechos de metal, ó que recuerdan 
usos ignorados por las razas actuales. 

Los indios de nuestros tiempos no pueden dar ningunas no- 
as acerca de la historia de ese pueblo desconocido; los que 
mn hace trecientos años, al tiempo del descubrimiento de 
erica, tampoco han dicho nada de que se pueda siquiera infe- 
-•na hipótesis; las tradiciones, que son monumentos perecederos 
i cesar renacientes del mundo primitivo, no dan luz ninguna; 
'n embargo, no se puede poner en duda que allí vivieron mi- 
miles de nuestros semejantes. ¿Cuándo llegaron pues? ?cuál 

3 



17 

fué su origen, su destino y su historia? ¿cuándo y cómo perecie- 
ron? Nadie lo podrá decir.' ¡Cosa extraordinaria! hay pueblos 
que han desaparecido tan completamente de la tierra, que hasta se 
ha borrado la memoria de su nombre; se han perdido sus lenguas; 
su gloria se desvaneció, como un sonido sin eco; pero ignoro si 
existe uno sólo que no haya dejado, por lo menos, un sepulcro en 
recuerdo de su paso por este mundo. ¡Ay! y que de todas las 
obras del hombre, la más durable sea la que pinta mejor su exis- 
tencia perecedera y fugaz. 

Aunque el vasto país, que se acaba de describir, lo hayan 
habitado numerosas tribus de indígenas, se puede decir con jus- 
ticia que en la época del descubrimiento, no formaba todavía más 
que un desierto. Los indios lo ocupaban, pero no lo poseían, 
supuesto que el hombre se apropia el terreno por medio de la 
agricultura, y los primeros habitadores de la Amórica del Norte 
vivían del producto de la caza. Sus implacables preocupaciones, 
sus pasiones indómitas, sus vicios y lo que tal vez. es más, sus 
virtudes agrestes, los entregaban á una destrucción inevitable. 
La ruina de esos pueblos se ha entablado desde el día en que arri- 
baron allí los europeos; desde entonces, siempre ha sido continua- 
da; y acaba de verificarse en nuestros tiempos. La Providencia, 
colocándolos en medio de las riquezas del Nuevo Mundo, no les 
había dado al parecer sino un corto usufructo; y como que sólo 
estaban allí interinamente. Esas costas, tan bien preparadas para 
el comercio y la industria, esos ríos tan hondos, ese inagotable va- 
lle del Mississipí, ese continente todo entero, se ostentaba entonces 
como la cuna aún vacía de una nación grandiosa. 

En este punto era donde los hombres civilizados debían en- 
sayar el construir la sociedad sobre cimientos nuevos, y donde, 
aplicando por primera vez teorías hasta entonces desconocidas ó 
reputadas irrealizables, iban á dar al mundo un espectáculo á que 
no lo había conducido la historia délo pasado." 

Un antiguo y desconocido pueblo dejó restos de su existen- 
cia y de cierto grado de civilización en los valles del río Mississi- 
pí y sus tributarios. No tenemos un conocimiento auténtico de 
su nombre, ni como nación ni como raza; por eso se les designa con 
el nombre de fabricantes de cerritos ó terraplenes, que se les 
ha dado por las ruinas más importantes de sus obras que hasta 
hoy se contemplan. 

Éntrelos restos que aún existen, por los cuales sabemos qi 
un pueblo habitó antiguamente esa regiones, sobresalen los ten 
plenes artificiales, construidos con habilidad y mucho traba¿ 
Muchos de ellos son grandes terrado^ y otros pirámides trun^ 
das. Regularmente son de forma cuadrada ó rectangular, 
biendo algunos exágonos ú octágonos, y los más elevados tien< 
escaleras ó graderías en alguno de sus lados, que conducen á 



18 

cima. Muchas de estas obras guardan rara y notable semejanza 
con los teocalis de México. Son de diferentes tamaños. El gran 
terraplén que existe en Grave-Creek, Virginia, tiene 70 pies de 
alto y 1,000 de circunferencia en súbase. Otro que está cerca de 
Mianisburgo, en Ohío, cuenta 68 pies de alto y 852 de circunfe- 
rencia. La gran pirámide truncada de Cahokía en Ylinois es de 
700 pies de largo, 500 de ancho y 90 de alto. La generalidad, 
sin embargo, de estos terraplenes tiene de 6 á 20 pies de alto. 
Los que se encuentran en la parte inferior del valle del Mississi- 
pí, son generalmente más grandes en extensión horizontal, y me- 
nos elevados. 

Si hemos de dar crédito al sabio Barón de Humboldt, los 
indios y los hombres de color bronceado son muy raros en el 
Norte de Nueva España (Méjico) y apenas los hay en las provin- 
cias llamadas internas. La historia nos descubre varias causas de 
este fenómeno. Cuando los españoles hicieron la conquista de 
México, encontraron muy pocos habitantes en los países situados 
más allá del paralelo de 20". Eran esas provincias la mansión de 
los chichimecas y de los otomíes, dos pueblos errantes, cuyas tri- 
bus poco numerosas, ocupaban terrenos extensos. La agricultu- 
^ ra y la civilización estaban encerradas en los llanos que se extien- 
den al Sur del río de Santiago, especialmente entre el valle de 
Méjico y la provincia de Oajaca. 

Por punto general, puede decirse que desde el siglo VIP hasta 
el XIIP la población parece haber refluido continuamente ha- 
cia el territorio de Guatemala. De las regiones situadas al Norte 
del rio Gila, salieron aquellas nacionas guerreras que inundaron^ 
unas después de otras, el país de Anahuac. Ignórase si era aque- 
lla su patria primitiva, ó si siendo originarios del Asia ó de la 
costa N. O. de la América, habían atravesado las sabanas ó pra- 
deras de Navajoa y del Moqui, para venir á parar en el río Gila. 
Las pinturas geroglíficas de los aztecas nos han trasmitido la me- 
moria de las épocas principales de la grande avenida de los pue- 
blos americanos .Esta irrupción tiene alguna analogía con la que 
en el siglo V sepultó á la Europa en el estado de barbarie, de 
cuyas funestas consecuencias aún se resienten muchas de sus ins- 
tituciones sociales. Pero dos pueblos que atravesaron el reino 
de Méjico, esparcieron en él algunos restos de cultura y civiliza- 
ción; Los toltecas se dejaron ver por la primera vez en el año de 
348; los chichimecas en 1,170; los nahualtecas en 1,178; los 
íolhuas y los aztecas en 1,196. Los toltecas introdujeron el 
^tivo del maíz y del algodón; construyeron ciudades, caminos, 
.obre todo, aquellas grandes pirámides que todavía admíranse 
y, y cuyas fachadas están construidas con mucha exactitud. Co- 
cían el uso de las pinturas geroglíficas; sabían fundir los meta- 
, y cortar las piedras más duras; tenían un año solar más per- 
^f^ que el de los griegos y romanos. La forma de su gobierna 



19 

indicaba que descendían de un pueblo que había experimentado 
ya grandes vicisitudes en su estado social. (1) 

Hoy, fuera de los indios civilizados de Méjico, no faltan 
algunas tribus bárbaras, entre las que se pueden mencionar los 
coras de Jalisco, los otomíes y mazaguas, adyacentes al valle de 
Méjico, los pames, los tarascos y matlaltzincas de Michoacán, los 
huaz tecas y totonacos de Veracruz y Tamaulipas, los chontales,- 
chichinantecos, mazatecos, cuicatecos, chatinos, miztecos, zapaté- 
eos, miges, huave^, chispanecos, zoques, lacandones, choles, ma- 
mes, tzotziles, tzendales, y otros del sur de Méjico. 

En el istmo centro americano había, y aún quedan algunas 
tribus semibárbaras, como los lacandones, los mosquitos de Hon- 
duras, los popolucas, pipiles y chontales, ramas, lencas, xicaques, 
huatusos, caimanes, bayamos, dorachos, guajiros, mandingas etc. 
En la América del Sur había también muchas tribus bárbaras ó 
semibárbaras como los puruhaes, loscañaris, los pallas,^ los zarzas, 
los huacas, los tuzas, los tulcanes, los guillasingas, los quinches, los 
chillos, los ambatos, los tiquizambis, los chimbos y los seyris, qui- 
tos y fueguinos, que tienen historia propiamente tal. 

En cuanto á las naciones civilizadas del Nuevo Mundo, de- 
be advertirse que, la cultura material, moial é intelectual que ha- 
llaron aquí los españoles, no podía ponerse en parangón con la de 
los habitantes de Europa. Sea que por civilización se entienda, 
al decir de Guizot, el estado de adelantamiento del hombre, resul- 
tante del orden social, en lugar de la independencia absoluta del 
individuo y falta de ley del salvaje de vida bárbara; sea que la 
civilización la constituya, según opina Buckle, el triunfo de la in- 
teligencia sóbrelos agentes externos; sea que, como enseña Virey, 
la civilización consista en el desenvolvimiento más ó menos abso- 
luto, de las facultades morales é intelectuales de los hombres uni- 
dos en sociedad; sea de ello lo que fuere, puede asegurarse que 
los indios civilizados de Méjico, el Perú y Centro América, se en- 
contraban en un atraso de miles de años con respecto á los con- 
quistadores. Al hallarse frente á frente los imperios de Carlos 
V"^ y Moctezuma 2 9 chocaban dos edades diferentes, dos civiliza- 
ciones distintas, dos historias que se pierden, por rumbos diver- 
sos, en la obscuridad del tiempo. 

Siquiera sea á grandes rasgos, diseñaré el estado de progre- 
so en que se hallaban, antes de la conquista por los españoles, es- 
tos pueblos americanos, y en particular los indios de Guatemala. 

En sus primitivos tiempos la historia mejicana, se concreta 
á obscuras tradiciones, vagos y misteriosos recuerdo^. Su símbo- 
lo animado se encuentra en Huitzilopoztli, hombre superior que 



(1) Ensayo Político sobre Nueva España, por el Barón A. de Hum- 
boldt, Tomo I. pág. 157. 




20 

dominó las tribus, las condujo á su antojo y íué deificado por la 
ignorancia y regados sus altares por ríos de sangre (1); pero el 
espíritu de desarrollo, que es condición de la vida de los pueblos, 
cuando llevan en su seno gérmenes de existencia dilatada, fue a- 
nimando más y más á los mayas, nahuaes, y aztecas, hasta exhi- 
birlos en la historia con una civilización propia, original y agres- 
te, muy digna de llamar la atencitindel filósofo y del historiador. 

Tenían gobierno regido por leyes sabias; había magnificencia 
suma en los monarcas; construyeron palacioí; como el de Nezahual- 
coyotl rey de Tezenco, cuya grandeza y esplendor admiran; con- 
servaban colecciones zoológicas que hoy podrían apreciarse en los 
mejores museos; sus jardines flotantes en los lagos; sus andas de 
oro; sus trajes y armas; sus colegios y escuelas; sus matrimonios y 
concubinatos reglamentados; sus fiestas y bailes; todo denota gran- 
de adelanto relativo (2). 

Los conocimientos que tenían en astronomía; la manera de 
contar el tiempo; el calendario azteca y el de Michoacán y Yuca- 
tán; sus libros y archivos, destruidos por la mano impía de Zumá- 
rraga;. los jardines botánicos; los m-idicos aborígenes; la manera 
de curar ciertas enfermedades; lo3 ritos funerarios; las ceremonias 
religiosas; en una palabra, la vida de aquellos pueblos ostentase 
como se ostentan las flores silvestres, llenas de lozanía y colores, 
comedio de seculares bosques y praderas risueñas y exuberantes. 

Si con mirada atenta contemplamos los utensilios de barro 
que usaban los indios, y que hoy figuran, como reliquias del 
tiempo, en museos de América y Europa, comprenderemos que en 
las artes habían progresado notablemente. Los mexicanos tenían 
unos libritos de papel, hechos de corteza de amatl, y en ellos con- 
signaban los hechos históricos. En mantas y lienzos pintaban sus 
mapas. Clavígero, hablando de pinturas, dice: (3) servíanse de 
las simples imágenes de los objetos, y también de geroglífieos y 
de caractereres. ^Representaban las cosas ¡nateriales con sus pro- 
pias figuras, aunque para ahorrar tiempo, trabajo, colores y papel, 
se contentaban con una parte del objeto, que bastaba para darle 
á conocer á los inteligentes; pues así como nosotros no podemos 
entenderlo escrito, sin aprender antes á leer, así aquellos ameri- 
canos debían instruirse previamente en el modo de figurar los ob- 
jetos, para comprender el sentido de las pintura.?, con que suplían 
cUenguage escrito. Es por lo que Ordóñez, enlaspa'ginas 265y 
'O, arguye de equivocación á Boturini, que careció de la mitolo- 
i del país, para descifrar los anales americanos. Para los obje- 
s que no tienen forma material, prosigue Clavígero, se valían de 



(1) Marcos Arrónix Historia y cronología de México, pag. 19. 

(2) México al través de los siglos— Introdncciún. 
'3) Libro VIL art. 47. 



21 

ciertos caracteres, no ya verbales, sino reales; y pone por ejemplo, 
las imágenes c jn que indicaban el tiempo, el cielo, la tierra, el a- 
gua y el aire. Sus pinturas, dice últimamente, no deben consi- 
derarse como una historia ordenada, sino como apoyos de la tra- 
dición; las cuales trasmitían y hacían aprender ásus hijos y discí- 
pulos en arengas y discursos. 

Navegaban los indios en canoas, que podían contener hasta 
cincuenta personas, como la que vio el Almirante Colón, desde u- 
na de las Guanajas, que era tan grande como una galera, de ocho 
pies de ancho, y cargada de mercaderías, con un toldo de esteras 
de palma (petates) (1). 

Por lo que respecta á los primitivos pobladores del istmo cen- 
tro-americano, piérdese su historia en la obscuridad de los tiempos 
y mézclase con mitos y sagradas tradiciones. No faltan sabios 
que creen haber sido esta región el punto de partida de los demás 
pueblos del continente, y el lugar mis civilizado, en época remo- 
ta, del que irradió la cultura embrionaria á las otras naciones que 
en América dejaron de ser salvajes. Dícese que Votan, niisterio- 
so fundador del Palenque^ sabio legislador, introdujo los principios 
de la ilustración incipiente entre las tribus bárbaras de estas co- 
marcas, de las cuales fué como el Zama^ ó divinidad redentora (2). 
Con posterioridad vinieron los Nahuas ó Nahoas, conocidos con 
el nombre de Tultecas, que fundaron la ciudad de Tula (en Chia- 
pas), bajo el caudillaje del famoso Quetzalcohuatl (serpiente con 
plumas de Quetzal), dios de los mexicanos. Procedentes del Nor- 
te, hubo otras inmigraciones que sojuzgaron álos tultecas, y eran 
compuestas de hombres á quienes éstos llamaban mam (tartamu- 
dos) por la dificultad con que hablaban otras lenguas. Restos de 
los tultecas fueron los cakchiqueles, mientras que los quichés eran 
tribu que pobló el Quix-Ché (muchos árboles) y después se exten- 
dió desde el país de los Lacandones hasta el océano Pacífico, con 
excepción de parte de Izabal y de las costas de Escuintla. El zu- 
tujil abrazaba el antiguo partido de Atitlán y el pueblo de San 
Antonio Suchitepéquez, y los mames estaban por Huehuetenango, 
parte de Quezaltenango y todo Soconusco. 

No cabe duda de que los quichés, cakchiqueles, zutujiles y 
mames, fueron descendientes directos de los subditos de Votan; 
pero la linea de historia tradicional que une los imperios, se halla 
truncada en varios puntos, sin que sea dable seguirla paso á paso. 
Los fastos de la poderosa nación Quiche, por cuatro ó cinco cen- 
turias antes de la conquista española, quedan en manuscritos, que 



(1) Herrera. Dec. I, libro 5°, cap. 5°„ 

(2) Brasseur de Bourboürg, en su erudita obra "Diotionnarie, 
grammaire et Chrestomathíe de la langue maya, precedes d'une etude sur 
le systéme graphique des indígenes de Yucatán. 




ma9«iaMAf#tMkrtMí«^ba 



swTisr 



22 

se escribieron en lenguas aborígenes, con el alfabeto romano. (1). 
El Memorial de Tecpam Atitíáii^ redactado por el cacique Xahilá, 
es un precioso documento que contiene datos acerca de los cak- 
chiqueles, y que existió muchos años en el Museo Nacional de la 
Sociedad Económica, en donde tuvo ocasión de leer el original el 
autor de estas lineas. Existe una tradución del Abate Brasseur 
de Bourbourg, hecha en el año 1855. Además, obraban en nues- 
tros archivos públicos, títulos territoriales de pueblos que ese a- 
mericanista se llevó, sin dejar siquiera copias. 

Dice el P. Juarros (2) que poseían esta región centro-ame- 
ricana un sin número de gentes, que continuamente se hacían gue- 
rras unas á otras, y cada pueblo era gobernado por su regulo, de 
donde proviene que sus habitantes hablen tantas lenguas diferen- 
tes; pues unos usan la mexicana, otros la quiche, cakchiquel, tzutu- 
jil, man, pocamán, pocanchí, chortí, sinca y otras muchas". Sa- 
bido es, sin embargo, que los reinos quiches, cackchiqueles y 
tzutujiles eran los principales y más poderosos. Más de veintiún 
reyes de la primera de esas naciones, gobernaron antes de la con- 
quista á un pueblo adelantado, aguerrido y numeroso, que se ex- 
tendía por Quezaltenango, Totonicapa, Atitlán, Tecpán Atitlán, 
Suchitepéquez, los señoríos de los mames y pocomanes, los Cuchu- 
matanes, parte de Chiapas y Soconusco y los poderosos dominios 
de los reyes de Copan, al decir del desconocido autor del Isajo- 
ge, (3) Por las 'tierras del norte de Guatemala, Verapaz, Nica- 
ragua y Comayagua, había caciques independientes de los quichés. 
Los cackchiqueles se extendían por la parte central de Guatema- 
la, los rabinales en la Verapaz, los tzutujiles por el lago de Atitlán^ 
los pipiles en las faldas de los volcanes de Agua y de Fuego, y 
por el lugar de Escuintla, Sonsonate, Apaneca, Aguachapán y 
Cuscatlán. (4) 

Durante el primer período del siglo XIII. todavía se hallaba 
la nación quiche, obscura y concentrada en las montañas en don- 
de nació. Después fue creciendo poco á poco, hasta llegar á ser 
muy poblada y muy rica. La ciudad de Santa Cruz, en otro 
tiempo la opulenta Utatlán, érala corte de los famosos reyes qui- 
ches. Er cronista Fuentes hizo un viaje á aquella ciudad para 
estudiar sus ruinas, que revelan la magnificencia que tuvo, aunque 



) Bancroft's works-Native. races. Vol. II. civilized nations, page 

Historia de Guatemala Tomo I, pág. 13. 

Isagoje Histórico Apologético General de todas, las Indias y espe- 
jo la provincia de S. Vicente Ferrer de Chiapa y Goathemala — 1892 
"^^ Tipografía de Minuesa de los Rios. 

I Cuscatlán era el nombre antiguo de "Sn. Salvador". Monarq. Ind. 
333. Brasseur de Bourbourg, Hist. T. 11. p. 76. — Oviedo, Hist. Ge- 
Natural de las Indias, Tom. lY. p. 35. 



23 

lo que hoy se encuentra no es miís que un pequeño barrio de la 
grao capital. Hallábase circundada de una barranca, que le ser- 
vía de foso, con dos entradas muy estrechas, defendidas por el 
castillo de El Resguardo, que las hacía inespugnables. En el cen- 
tro de la capital estaba el rea] palacio, rodeado de casas de la no- 
bleza, y el pueblo vivía en las extremidades de la ciudad. Las 
calles erau estrechas y la población tan grande que el rey pudo 
encontrar 72,000 combatientes para luchar con los españoles. Es- 
ta opulenta capital contenía numerosos y bellos edificios, entre 
los cuales era notable el colegio nacional, en donde se educaban 
é instruían de 5 á 6 mil niños, alimentados por cuenta del Tesoro 
nacional. Había sesenta maestros y toda clase de comodidades. 
Como cosa grandiosa, os preciso citar el castillo del Atalaya, con 
cuatro pisos y un gran número de soldados. El gran Alcázar, ó 
sea palacio de los reyes del Quiche, según varios cronistas, no ce- 
día en suntuosidad ni al de Moctezuma, en México, ni al de los in- 
cas en Cuzco. La fachada, de Este á Oeste, tenía 376 metros de 
largo y 728 de ancho. Estaba construido de finísimas piedras de 
diversos colores. Se dividía en muchos departamentos: el pri- 
mero servía de cuartel á un numeroso batallón de lanceros, de ar- 
queros, y de otros veteranos que escoltaban al monarca: el segun- 
do era la habitación de los principales y parientes del rey, que vi- 
vían allí con grande opulencia, mientras no se casaban; el tercero 
era la casa real, donde estaba el trono, el tesoro, el tribunal de 
los jueces del pueblo, el depósito de armas, los jardines, &; en el 
cuarto y quinto, estaba la mansión de la reina y de las concubinas 
del rey; era inmenso, y contenía baños, fuentes, jaulas con fieras, 
y grandes parques. 

Y nosólo en el Quiche (Santa Cruz), se encuentran vestigios 
de una civilización remota, sino que, como dice Bancroft, enea- 
si todo el territorio de Guatemala, hay restos de la cultura indí- 
gena. Las ruinas de Quiriguá, con sus altares, estatuas y pirámi- 
des, que tanto han llamado la atención del viajero que visita nues- 
tro suelo; los despojos ciclópeos del Carrizal; lasfortificacionesde 
Mixco; los acueductos del Rosario; las ruinas de Patinamit ó sea 
Tecpán Guatemala; los escombros de edificios y los ídolos de Ea- 
binal; las antigüedades de Cotzu mal guapa, Palenque, Copan y Ti- 
cal; en suma, todos esos monumentos que el tiempo respetó, dan 
idea de las gentes que poblaron nuestro suelo, antes de la con- 
quista española, y acerca de las cuales, escribió el abate Brasseur 
de Bourbourg, una obra interesante, que se intitula "Historia de 
las naciones civilizadas de Méjico y de la América Central. (1) 



(1) Brasseur de Bourbourg. Histoire des nations civilisées du Mexique 
et del Amerique Céntrale. Esta obra, en cuatro volúraeiies, está en la Bi- 
bliotecaNacionaljConunaexpresiva dedicatoria del autor al Sr. Dr. Dn. Ma- 
riano Padilla. 



24 

Entre esos pueblos se contaba el reino cackchiquel, que ha- 
bía alcanzado notable desarrollo y que tuvo áPatinamit por corte. 
Los bravos cackchiqueles no sólo vencieron á los quiches, sino que, 
en combate memorable, ganaron la primacía entre las monarquías 
centro-americanas, no por cierto para consolidar la paz, sino pa- 
ra estar en continuas guerras con las tribus vecinas. Nación po- 
derosa la de los cackchiqueles, pudo alcanzar desarrollo y adelan- 
to, no obstante los disturbios y las asoladoras pestes que diezmaron 
a' los indios de esa raza. Al tiempo de la conquista por los es- 
pañoles, Guatemala comprendía varios reinos poderosos de los 
antiguos indios, siendo los principales, como se ha dicho, el del 
Quiche y el de los Cackchiqueles. Estos lucharon fuerte y lar- 
gamente en defensa de su patria y libertad, y cuando fueron for- 
zados á rendirse á los españoles, los pocos que sobrevivían de la 
lucha, se retiraron á vivir en partes casi inaccesibles en las eleva- 
das montañas del norte, 6 quedaron sumisos á los conquistadores 
en los lugares que fueron ocupados, conservando por mucho tiem- 
po sus creencias antiguas en materia de religión, que hasta el día 
no han perdido. En una parte de esa región, especialmente en 
el estado de Chiapas y en algunos pueblos de los Altos y la Ve- 
rapaz, los naturales conservan todavía muchas de sus antiguas cre- 
encias, y carácter muy reservado. 

Las ruinas de Méjico y Centro- América demuestran., de 
una manera cierta, que en tiempo antiguo existía en estos países 
una importante civilización, que debe haber provenido de época 
muy remota. Sabido es que la mayor parte de esas ruinas esta- 
ban olvidadas ó habían llegado á ser vistas como misteriosas por 
los habitantes que los españoles encontraron en esos países al 
tiempo de su descubrimiento. 

En mil quinientos veinte, los bosques que cubren la mayor 
parte de Yucatán, de Guatemala y de Chiapas estaban tan espe- 
sos y frondosos como lo están hoy; y como probablemente estaban 
un siglo antes de la conquista, porque, según la tradición que se 
conserva de Yucatán, cuando fué destruido el reino de Maya, uno 
de sus príncipes huyó á esconderse en la floresta con una parte de 
su pueblo, los Itzas, y se estableció con ellos en las playas del la- 
go del Peten. Si en la época á que me refiero ya existían olvida- 
das y sepultadas en los bosques esas importantes ruinas, y si se ob- 
serva esa clase de vegetación que las cubre, no puede uno menos 
suponer, con bastante fundamento, que la época de civilización 
■* representan trascurrió hace muchos siglos. 

En la edad anterior al desarrollo de estas inmensas y espesas 
estas, los lugares que ocupan estaban habitados pc^run pueblo 
j había obtenido un grado bastante alto de ( ivilización. Los 
ipos cultivados, y las ciudades en condición floreciente. La 
dad misma de las florestas y el estado tan decaído en que se 
^^^an las ruinas, son pruebas inequívocas de la antigüedad muy 



1 



25 

remota del período de civilización. Puede asegurarse, sin temor 
de incurrii- en un yerro, que ese período fué muy anterior á la do- 
minación de los aztecas; pero no se puede fijar con precisi¿n el 
número de siglos ó años trascurridos entre esas diferentes épocas. 
Copan, que por primera vez fué descubierto hace trecijiitosaños, v;i 
era entonces misterioso y tan poco conocido de los naturales, que 
vivían en sus inmediaciones, como lo son las antiguas ruiuaa de 
Caldea para los árabes, que vagan en los solitarios llanos de la 
baja Mesopotamia. No existía entre ellos ningún recuerdo ótra- 
diccién relativa á esas ruinas, que ni nombre tenían, lo cual hace 
suponer que cuando los aztecas se elevaron al poder ya esa ciudad 
estaba abandonada y oculta en el bosque que la rodea. (1) 

Si se dejan aparte las ruinas antiguas de Guatemala, y se de- 
sea saber cual era la baso de la alimentación délos indios, bastará 
consultar á Bernal Díaz del Castillo y á Ximénez, para saber que 
el maíz, el chile (pimiento), el plátano, los frijoles, los tubércu- 
los y el cacao, formaban los principales alimentos de nuestros a- 
borígenes. Humboldt asegura que por estas regiones se conocían 
las cebollas, las calabazas y garbanzos. Tenían varias especies de 
gallináceas, como cliumpipes (pavos), faisanes y chachas. Había 
nnos perros mudos, que no ladraban y servían pava comer. Eran 
muy dados los indios á la caza y á la pesca. 

Sabían mezclar el cobre con el estaño para darle más durezii. 
y tuvieron curiosos instrumentos de esos metales, que casi iguala- 
ban al acero. Tejían sus vestidos, y los adornaban de colores 
abigarados, siendo de diversos matices en cada pueblo. Mucho 
más se podría decir de los usos y costumbres de las antiguas na- 
ciones civilizadas del istmo centro-americano; pero ya se ha alar- 
gado bastante el presente capítulo. 

Para concluir, y sin entrar á examinar aqui si los mejicanos 
y quichés fueron más civilizados que los incas, cumple echar una 
ojeada rápida sobre el afamado país que con el nombre de Perú, 
fué conocido por los castellanos, que así lo denominaron á causa 
de que al llegar los primeros á sus costas, preguntaron á un indio 
por el nombre de aquella tierra, y les contestó que era Berú- 
"luego mirando al río, dijo Petó, y señalando despuéd á los ex- 
tranjeros, el interior del país, Piru. Entonces los recién llega- 
dos exclamaron: "¡Acabemos, que aquí todo es Perúr En 
ninguna parte de la América llegó la agricultura á un estado más 
floreciente. En el arte de labrar piedras, hallábanse los incas á 
la vanguardia de los demás pueblos americanos. El espléndido 
templo del sol en Pachacanac, el palacio real del Cuzco, la forta- 
leza de ésta ciudad, y los célebres caminos que de allí partían 

(1) "La Antigua América," obra escrita en inglés, por Juan D.Bald- 
win, paga. 81 y 82. 



26 

para Quito y Chile, son obras colosales, que llenan el espíritu de 
asombro y admiración. Mucho habría que escribir acerca del rá- 
pido progreso que los incas alcazaron bajo el imperio de Manco- 
Cápac y de sus sucesores; pero ya no lo permite la índole de esta 
obra, consagrada de preferencia á los indígenas del istmo centro- 
americano. 



1 



GAPITUIrO TERCERO 



■ •»>#« «•! 



Teogonia de los indios de Guatemala, sus ritos 

y ceremonias religiosas, sacrificios, altares, 

templos, sacerdotes y fiestas. 



Interés que se ha tomado en los últimos tiempos en penetrar los mis- 
terios de la religión de nuestros indios. — El sabio Max Müller consagra á 
Guatemala nn erudito estudio sobre su teogonia antigua. — El libro de los 
salvajes. — El Popol-vuh. — Autenticidad que tiene ese ''Libro del Pueblo," 
ó sea Biblia de los Quichés.— Cuando fué descubirto el manuscrito del Po- 
pol-vuh. — La traducción de Jiménez. — Las opiniones de Brasseur de Bour- 
bourg. — Es muy posible que los autores del manuscrito hayan sufrido in- 
fluencia de las ideas europeas y cristianas. — Extractos del Popol-vuh. — El 
Génesis qiiiclié. — Animales dotados de palabra y razón. — Resurrección de 
héroes. — -La confusión de las lenguas. — Emigraciones de Oriente. — Como 
termina el Popol-vuh. — Los indios de Guatemala eran muy fanáticos y su- 
persticiosos.— Los brujos. — El indio jamás se creía solo,sino rodeado de ob- 
jetos que contenían espíritus ocultos. — La vida futura. — El miedo era la 
base de la religión de los aborígenes. — Particularidadades religiosas de los 
indios choles y mames de la Verapaz. — Los indios de Guatemala dividían 
sus dioses en tres clases. — Cuales eran éstas. — De los sacerdotes, vírgenes 
y sacerdotisas. — Lo que escribe Bancroft acerca de ellos. — Altares, tem- 
plos, sacrificios y fiestas religiosas de los indios de Guatemala. — Los cal pu- 
les. — Solemnidades religiosas. — Como dejaban las cabezas de los sacrifica- 
dos clavadas en astas. — De los mitotes. — Sacrificios especiales en favor dp 
las sementeras. — El sacrificio de la caza 



En la última mitad del presente siglo se han acumulado, j 
modo extraordinario, nuevos y auténticos materiales para el es 
dio de las teogonias del mundo, de tal suerte que los sabios 



28 

ropeos han tomado mucho interés en penetrar los misterios de la 
religiones de nuestros indios, que no eran simplemente, como se 
creyó por los conquistadores, una salvaje idolatría y meros sacri- 
ficios bárbaros de infelices vírgenes y prisioneros. En los últi- 
mos tiempos, el impulso dado á las investigaciones etnológicas ha 
inducido á los viajeros y á los misioneros á consignar en sus es- 
critos todos los vestigios teogónicos que han podido descubrir 
en los antiguos pueblos americanos. 

El sabio Max Müller, que ha escritx) la historia de las religio- 
nes, consagra á la América Central tan eruditos párrafos que bien 
merecen, por su novedad, formar parte del material de que me he 
servido para la presente obra, en que me he propuesto historiar 
á los primitivos pobladores de América, y sobre todo, á los del 
istmo del centro, que tienen sus peculiares tradiciones y su teogo- 
nia singular. ''Muchas gentes, dice aquel sabio orientalista, aco- 
gerán .con una sonrisa escéptica un libro intitulado Popol-vith^ y 
que se asegura ser el texto original de las escrituras sagradas de 
los indiosd e la América Central. Aún no se ha olvidado á aquellos 
pobres Aztecas, que hace algunos años se les presentó en toda 
Europa como los decendientes de una raza á la que los indígenas 
de Méjico tributaban honores casi divinos, antes de la conquista 
de los españoles, y que más tarde se supo que no eran sino 
víctimas desgraciadas de especuladores bárbaros, y el Libro de los 
8alvajes(^7) publicado recientemente por pl abad Domenech, ba- 
jo los auspicios del conde Walewski, ha menoscabado en cierto 
modo la dignidad de los estudios americanos en general. Sin em- 
bargo los que se ríen del manuscrito americano, descubierto por 
el abad Domenech en la Biblioteca del Arsenal, en París, y pu- 
blicado por él con tanto cuidado, como una reliquia preciosa de 
los antiguos Pielesrojas de la América Septentrional, deben te- 
ner presente que es muy posible exista un manuscrito auténtico 
que nos ofrezca un modelo de la escritura figurativa de este pue- 
blo salvaje. 

El Popol-vuh 6 libro sagrado de la población de Guatemala, 
cuyo texto original, acompañado de una traducción francesa ha 
publicado el Abad Brasseur de Bourbourg, ocupa un lugar impor- 
tante entre las obras compuestas por los indígenas en sus propios 
dialectos, y escritas por ellos con los caracteres del alfabeto lati- 
no. Sólo hay otras dos obras cuya importancia puede comparar- 
' la del Popol-vnh^ para el estudio de las antigüedades y de 
.^nguas americanas, y son el Codex Chimalpopoca, escrito en 
^ua náhuatl, y el Codex Cackchiqíif^l, redactado en el dialecto 
Guatemala. Estas tres obras deben ser el punto de partida de 
as las investigaciones críticas sobre las antigüedades de los in- 
""uas de América. 

Cl primer punto que debe establecerse cuando se examinan 
^« de esta naturaleza, es su autenticidad. Debemos, pues. 



29 

examinar ante todo si estas tres obras son realmente,como se pre- 
tende, composiciones que datan de hace tres siglos, fundadas en 
las tradiciones orales y en los documentos ideogramáticos de 
los antiguos habitantes de América, y escritos en los dialectos 
hablados en tiempo de Colón, de Cortés y de Pizarro. He aquí, 
en resumen, la parte histórica del Popol-vuh^ según Brasseur de 
Bourbour. El manuscrito fué descubierto por primera vez á fines 
del siglo XVII, por el padre Francisco Jiménez, cura de Santo 
Tomás Chichicastenango, situado á unas tres leguas al Sur de 
Santa Cruz del Quiche y á veinte leguas próximamente al N. E. 
de Guatemala. Era este sacerdote muy versado en los idiomas- 
de los indígenas de Guatemala, tanto que ha dejado un Dicciona- 
rio de sus tres dialectos principales, su Tesoro de las lenguas^ 
Quichés^ Cackchiquel y Tzutujil; esta obra, inédita todavía, llena 
dos volúmenes, el segundo de los cuales contiene una copia del 
manuscrito descubierto por Jiménez. Este, que era dominicano,, 
escribió también una historia general de la provincia de San Vi- 
cente de Chiapas, que comprendía cuatro tomos en folio. Había 
dejado de ella dos copias, pero ambas estaban incompletas cuando 
Brasseur de Bourbourg las vio en Guatemala. Los tres tomos que 
se habían conservado contenían muchas reseñas curiosas sobre la 
historia y las tradiciones del país. El primero de dichos tomos 
comprendía la traducción española del manuscrito quiche que nos 
ocupa en este momento. Brasseur de Bourbourg copió dicha 
traducción en 1.855. Un viajero alemán, Mr. Schrzer, que se 
hallaba á la sazón en Guatemala, hizo copiar la traducción de Ji- 
ménez, que publicó en Viena en 1856. (1) 

No se contentó el Abad francés con mandar impriniir el tex- 
to original del Fopol-vuh y la traducción española de Jiménez^ 
que declara ser inexacta, incompleta y á veces ininteligible. Du- 
rante sus viajes por América, había aprendido muchos idiomas del 
país y particularmente la lengua quiche, cuyos diversos dialectos 
son hablados todavía por una población de más de seiscientas mil 
almas. Como sacerdote, tenía relaciones diarias con los habitan- 
tes de lan parroquia, cijya administración le estaba confiada; y 
mientras vivía entre ellos, pudiendo consultarles á cada paso, co- 
mo diccionarios vivos, fué cuando comprendió, con el auxilio dé- 
los manuscritos de Jiménez, su propia traducción de las antiguas 
crónicas de los quichés. Desde el tiempo del descubrimiento de 
Jiménez hasta el de la publicación de Brasseur de Bourbou — 
podemos referir la historia del Popol-vuh de una manera ciar 
satisfactoria. Pero aún falta un siglo, del que hay necesidac' 
dar cuenta; desde fines del XVI, época en que se sup 



(1) Manuscrito Pitográfico Americano, con una noticia sobr 
ideografía de los Pielesrojas, por el abad DomenecL París, 1860. 



I 



30 

que fué escrita la obra hasta fines del XVIT, fecha del descubri- 
mieiito del manuscrito de Chichieastenango, por el dominicano 
Jiménez. En lo que á este período se refiere, carecemos completa- 
mente de datos; pero podemos sin embargo apelar A !a autoridad 
del mismo manuscrito, que dá la lista de las dinastías reales hasta 
la conquista emanóla; lista cerrada con los nombres de los dos 
[iríncipes, don Juan de Rojas y don Juan Cortés, hijos de Tecum 
y Tepepul. Por más que estos príncipes se hallasen enteramente 
bajo la dominación española, se les permitió conservar las insig- 
nias reales hasta el año 1.558, y el manuscrito debió de ser redac- 
tado poco tiempo después de esta fecha. El autor mismo termina 
e! último páiTafo del preámbulo del Popol-vuh, con la declara- 
ción siguiente: (1) "he aquí lo que escribiremos después (que se 
haya promulgado,) la palabra de Dios (Chabal Dios,) y dentro del 
cristianismo; la reproduciremos, porque no se considera como 
libro nacional, en que se ve claramente que se ha venido del otro 
lado del mar, (es decir) el relato de nuestra existencia en el país 
de la sombra, y cómo vimos la luz y la viraos." No intenta en 
manera alguna el autor atribuir á esta obra una gran antigüedad, 
ni una autoridad misteriosa. Reconoce expresamente que en la 
época en que escribe, ha sido ya conquistado el país por los cas- 
tellanos: que los obispos predican allí la palabra de Dios; y que 
las antiguas tradiciones del pueblo iban desapareciendo poco á 
poco. 

Ni siquiera da á su obra el nombre de Popol-vuh, como ha 
hecho Brasseur de Bourbourg. Dice que en su tiempo no se lla- 
maba aún Popol-vuli, cuya expresión significa el '■'Libro Nacio- 
nal,''' para designar la literatura de tradición, que trasmitiera de 
edad en edad, todo lo que se sabía sobre la historia primitiva del 
país y acerca de sus doctrinas y de sus ceremonias religiosas. 

Es sensible que Brasseur de Bourbourg haya sancionado el 
empleo de estas palabras, como título del manuscrito quiche, des- 
cubierto por el padre Jiméuez, y las haya traducido, al parecer, 
por las de '"''Libro Sagrado", en lugar de traducirlas por las de 
-'Libro Nacional" como Jiménez las había traducido por el ^'Li- 
bro del Común." 

Estas ligeras inexactitudes producen infaliblemente una gran 
confusión. 

Sólo el deseo de dar lí su libro un título pomposo es lo que 

'— "^dido hacer que nuestro autor cometa esta falta, puesto que 

lismo confiesa que el título dePopol-vuh no pertenece en raa- 

i alguna al libro que él publica, y además, que Popol- 

no significa '^ Libro sagrado." Nada autoriza á suponer, 

í^l sabio francés, que las dos primeras partes del manus- 



Popol-vvh, traducción del abad Brasseur de Bourbourg, p. 5. 



31 

crito contengan una trascripción casi literal del verdadero Po- 
pol-vuh^ ni á creer que este libro &ea el original del Teo Amox- 
Ali 6 Libro sagrado de los Toltecas, Todo lo que sabemos es, en 
primer lugar, que el autor de esta obra anónima la redactó por- 
que el Popolvuh^ es decir, la tradición nacional, se iba perdien- 
do poco á poco, y además, que ha reunido, en las dos primeras 
partes de su trabajo, las antiguas tradiciones comunes á toda la 
raza, reservando las otras dos para los anales de la nación qui- 
che, que poseía, en tiempo de la conquista, la mayor parte de la 
actual república de Guatemala. Si nos colocamos en este punto 
de vista, no hallaremos en el contenido ni en el carácter de este 
libro, cosa alguna que nos inspire dudas sobre su autenticidad. 
El autor se ha propuesto preservar del olvido en que iban cayen- 
do las historias de sus dioses y de sus antepasados, que había oí- 
do y aprendido en su infancia. Los rasgos principales de estas 
historias habían sido quizá conservados, ya por la enseñanza oral 
en las escuelas, ya por las pinturas figurativas; sin embargo, la 
conquista española había trastornado de tal modo el pais, que el 
autor se vio en el caso sin duda de contar principalmente con la- 
fidelidad de sus propios recuerdos. Si se quisiera sacar de estas 
leyendas una historia seguida, la tarea sería materialmente im- 
posible. Todo es en ella vago, contradictorio, milagroso, absur- 
do. La historia tal como nosotros la comprendemos, esto es, pre- 
sentando la serie y el encadenamiento de los hechos, es una con- 
cepción moderna, desconocida de casi todos las naciones anti- 
guas. Aunque poseyéramos el verdadero Popol-vuh^ es probable 
que no encontrásemos en el más datos históricos que en el ma- 
nuscrito quiche. Es verdad que, de tiempo en tiempo, parece que 
se perciben algunos puntos luminosos en estos confusos relatos; 
pero, en la página siguiente, se vuelve á caer en el caos. Es pro- 
bable que se encuentre alguna dificultad en reconocer que, á pe- 
sar de todas las tradiciones sobre las inmigraciones primitivas de 
Cécrope y de Dando, á pesar de los poemas homéricos de la gue- 
rra de Troya y de las genealogías de las antiguas dinastías de 
Grecia, no sabemos nada de la historia griega antes de las olim- 
piadas, y que, aún respecto de los acontecimientos de las prime- 
ras olimpiadas, se reducen á muy poca cosa nuestros conocimien- 
tos. Pero el verdadero historiador no se deja seducir en esto 
por ningún género de ilusiones, y no quiere oír hhblar ni aun de 
las más ingeniosas reconstrucciones históricas. 

Lo que decimos de la hi-toria griega puede aplicarse, co 
mayor fuerza y razón, á la historia antigua de los aborígenes d( 
América; y las personas que estudien las antigüedades americana 
obrarán con tanto más acierto cuanto menos tiempo inviertan e 
reconocer esta verdad. Hasta las tradiciones sobre las emign 
ciones de los chichimecas, de los colhuas y de los nahuas, que foi 
man el principal tema de todas las historias antiguas, de Améric 



32 

— - I _ I III - ' i - f 11 _ _ 

no tienen fundaniento más sólido que las tradiciones griegas con- 
cernientes á los Pelasgos, á los Eolios y á los Jonios. Querer cons- 
truir con tales elementos una historia seguida que, tarde 6 tem- 
prano, no destruyera cualquier émulo de Niebuhr, de Grote 6 de 
Lewis, sería perder tiempo. 

Pero si no hallamos materiales para la historia en las leyen- 
das de los antiguos habitantes de Guatemala, nos permiten, al me- 
nos, estudiar el carácter de estos hombres, analizar su religión y 
su mitología, comparar sus principios de moral, sus ideas sobre la 
virtud, sobre la belleza, sobre el heroísmo, con los principios y 
las ideas de otras razas humanas. He aquí el atractivo real y dura- 
ble de una obra como la que el abad Brasseur de Bourbourg hu- 
bo de darnos á conocer, mediante una fiel traducción de la mis- 
ma. Desgraciadamente no está este atractivo libre de todo peli- 
gro. Es, en rigor, posible que los autores de tal manuscrito y 
de los demás textos americanos hayan sufrido, de un modo más ó 
menos consciente, la influencia de las ideas europeas y cristianas. 
En ese caso, no tendremos la certeza de que las historias referidas 
por ellos nos presenten una imagen fiel del genio primitivo de las ra- 
zas americanas. El manuscrito quiche ofrece con el Antiguo Testa- 
mento ciertas conformidades que no dejan de ser extraordinarias. 
Sin embargo, aún admitiendo una influencia cristiana, quedan to- 
davía en estas tradiciones muchas cosas que difieren de tal modo 
de todo lo que vemos en las demás literaturas nacionales, que no 
corremos riesgo de engañarnos considerándolas como verdadero 
producto intelectual peculiar de América, Para terminar, cita- 
remos en apoyo de nuestras observaciones, algunos extractos del 
libro que las ha sugerido; pero no debemos despedirnos de Bras- 
seur de Bourbourg sin manifestarle nuestro reconocimiento por 
su excelente obra. Esperamos que podrá realizar además su 
proyecto de publicar una ^^ Colección de documentos enlas lenguas 
indígenas^ para que puedan servir para el estudio de la historia y 
de la filolofta de h América antigua.''^ La obra que hace poco 
ha publicado, forma el primer tomo de esta colección. 

Comienza el manuscrito del Popol-vuh con un relato del ori- 
gen de las cosas. Cuando se lee por vez primera la traducción 
literal de Brasseur de Bourbourg, plagada de nombres extraños 
de los dioses y demás seres que en ella desempeñan algún papel, 
no deja en el espíritu una impresión bien determinada. Mas 
— .ndo se vuelve á leer muchas veces, aparecen ciertas ideas sa- 
ltes que atestiguan en esta historia un fondo primitivo de no- 
3 concepciones cubiertas y ocultas más tarde por mil fantas- 
i extravagantes y absurdos. Dejemos á un lado los nombres 
>pios, que no hacen más que perturbar la memoria y que en 
^ se intentará explicarlos de una manera racional, pues se ne- 
"n largas investigaciones antes de poder decidir si estos 
,res, aplicados con tanta profusión á la divinidad, designaban 

4 



33 

otras tantas personalidades distintas ó únicamente las manifesta- 
ciones diversas de un solo y mismo poder. En todo caso, na 
pueden tener para nosotros ninguna importancia, hasta que nue- 
vos estudios nos permitan enlazar ideas más claras á nombres tan 
poco armónicos como Tzakal, Bitol, Alom, Kaholom, Itum-Ahpu 
Vuch, Gucumatz, Óuaz-Cho, etc. Algunos nombres de estos es- 
tán seguramente bien elegidos, sino se ha engañado Brasseur de 
Bourbourg al traducirlos por ''Creador, Formador, El que en- 
gendra, El que da ser, el Dominador, el Señor del Planisferio que 
verdea, el Señor de la superficie azulada, el alma del cielo." 
¿Pero qué decir de nombres tan absurdos como "La serpiente 
cubierta de plumas," "el tirador de cerbatana á la Vulpeja," y 
otros del mismo género? 

Cualquiera que sea el sentido de estos nombres ininteligibles^ 
el hecho es que los quichés creían que hubo un tiempo en que 
fué creado cuanto existe en el cielo y en la tierra. "Todo estaba 
en suspenso, dice el Popol-vuh; todo estaba tranquilo y silencioso, 
y vacía la inmensidad de los cielos. No existía un solo honibre,^ 
un animal, un ave, ni un pez; sólo existía el cielo. Aún no ha- 
bía aparecido la superficie de la tierra; sólo existía la mar tran- 
quila, y todo el espacio de los cielos. Sólo estaban sobre el agua 
los seres divinos como una luz grandiosa. Hablaron éstos, se 
consultaron y meditaron; y en el momento de aparecer la aurora, 
apareció también el hombre. Entonces mandaron aquéllos que 
se retirasen las aguas y que se enjugase y afirmase la tierra, á fin 
de que pudiera sembrarse, y lucir el día en el cielo y en el mundo. 

"Porque, decían ellos {Popol-vuh, p. II.) nosotros no recibi- 
remos honor ni gloria de todo lo que hemos creado y formado, 
hasta que exista la criatura humana, la criatura dotada de razón. 
"TYerra," dijeron; y al instante se formó ésta. Su formación, en 
su estado material, se verificó como una especie de niebla, cuan- 
do aparecieron sobre el agua las montañas, dándose en un ins- 
tante extraordinariamente. Así se verificó la creación de latie- 
rra,cuando fué formada por aquellos que son el alma del cielo y del 
mundo; porque así se llaman los primeros que lo fecundaron, es- 
tando suspendidos tod?ivía el cielo y la tierra en medio de las a- 
guas." 

Vemos después la creación de las bestias bravias, y el disgus- 
to de los dioses, cuando ordenan á los animales decir sus nombres 
y honrar á aquellos que los han creado. Entonces dijeron los 
dioses á los animales: 

"He aquí que vosotros seréis cambiados, porque os ha sido 
imposible hablar. Volvemos, pues, á recoger nuestra palabra. 
Tendréis alimento y guaridas; pero será en las quebradas y en los 
bosques, porque nuestra gloria no es perfecta y vosotros no nos 
invocáis. Aun hay seres que podrán saludamos; nosotros los ha- 



34 

remos capaces de obedecer. Ahora, cumplid con vuestro deber. 
En cuanto á vuestra carne, será triturada por los dientes." 

Sigue después la creación del hombre. Su carne fué hecha 
. de arcilla. Pero "el hombre no tenía cohesión, consistencia, mo- 
vimiento, fuei'za; era inerte y acuoso. No movía la cabeza; su vis- 
ta se hallaba velada; había recibido el don de la palabra, pero no 
tenía inteligencia, y en un principio permaneció en el agua, sin 
poder tenerse de pió." (Popolvu\ p. 19.) 

Conferenciaron por segunda vez los dioses, áfin de crear se- 
res que pudiesen adorarlos; y despueís de ciertas ceremonias má- 
gicas, formaron hombres de madera, los cuales í^e multiplicaron. 
Pero no tenían sentimiento, inteligencia, ni idea de su Creador. 
Arrastraban una vida degradada e inútil, y eran como irracionales. 
No pensaban en elevar sus cabezas hacia su Fórmador, y fueron 
sumergidos en las aguas. 

''Viene después una tercera creación, siendo entonces forma- 
do el hombre, de un árbol llamado Tcité^ y la mujer de la medu- 
la de un pequeño junco llamado Zihac, Tampoco estos pensaron, 
ni hallaron á aquellos que los habían formado, y perecieron arre- 
batados por las aguas. Toda la naturaleza, los animales, los árbo- 
les y las piedras se sublevaron contra los hombres, para vengarse 
del mal que les habían causado; y todo lo que resta de esta antigua 
raza primitiva, se ve hoy en los monos que habitan en los bosques. 
Llegamos después á una historia de un carácter muy diverso, 
y que interrumpe completamente el relato. No se refiere en ma- 
nera alguna á la creación, por más que termina por la metamorfo- 
sis de dos de sus héroes, en Sol y en Luna. Es esta una historia 
que se parece mucho á las fábula de los brahmanes ó á los cuen- 
tos alemanes. Algunos de los principales actores de este peque- 
ño drama son evidentemente sores divinos, que han descendido al 
nivel de la naturaleza hamana; y las hazañas que llevan á cabo, y 
los papeles que desempeñan son tan extraños e increíbles, que pa- 
rece se está leyendo uno de los cuentos de Las mil y una noches. 
En las luchas de dos héroes favorecidos contra los crueles prínci- 
pes de Xibalba. es posible que haya reminiscencias de acontecimien- 
tos históricos; pero sería inútil pretender separar la parte históri- 
ca de las fábulas que la envuelven. El principal interés del cuen- 
to americano, consiste en los puntos de semejanza que en el seno 
3on los cuentos del antiguo mundo. Nos contentaremos con 
.: aquí dos de ellos: la introducción de animales dotados de pa- 
^% y de razón y la frecuente resurrección de los príncipes he- 
^, que, después de haberlos quemado y arrojado sus cenizas á 
nar, renacen bajo la forma de peces; metamorfoseándose in- 
-^'^tamente en hombres. 

ibemos que, en los cuentos alemanes, se explican ciertas 
ilaridades de la conformación y de las costumbres de los a- 
"»- como resultado de acontecimiento de tiempos pasados; 



35 

cuéntase, por ejemplo, que el oso tiene la cola tan corta desde el 
día en que le ocurrió aquella mala aventura, cuando fué á pescar 
sobre el hielo. Así mismo leemos en los cuentos americanos que 
^^Hun Alipu y Xbalanqué, habiendo cogido al ratón, le apretaron 
mucho la cabeza, queriendo ahogarle, y le quemaron la cola; épo- 
ca desde la cual comenzó á tenerla pelada (1). En otro lugar, 
un sapo, portador de un mensaje, fué engullido por el Zakuicaz. 
^'Desde entonces se alimentan de sapos las serpientes (2). Esta 
historia, muy digna de llamar la atención de aquellos que estudian 
la manera cómo se forman y vulgarizan los cuentos populares, 
prosigue hasta el fin del libro segundo. Hasta en el tercero sur- 
ge de nuevo la cuestión de cómo fué creado el hombre. 

Ya hemos visto que se habían hecho tres ensayos y todos ha- 
bían fracasado. Leemos después que, antes de la aurora y de ha- 
ber salido el sol y la luna, había sido creado el hombre; el alimen- 
to que debía formar su sangre era el maíz blanco y el amarillo. 
Cítanse los nombres de cuatro individuos que fueron los verda- 
deros antepasados de la raza humana, ó mejor dicho de la raza qui- 
che. No nacieron de mujer, ni fueron tampoco engendrados por 
los dioses. Su creación fué un prodigio. Estaban dotados de la 
razón y de la palabra; su mirada abrazaba todas las cosas; conocie- 
ron todo el mundo y daban gracias á su creador. Los dioses tu- 
vieron entonces miedo, y pusieron una especie de nube en los o- 
jos de los hombres, á fin de que no pudiesen ver nada más que á 
cierta distancia, y que el hombre no fuese semejante á los dioses 
mismos. Mientras que dormían los cuatro hombres antes citados, 
les dieron los dioses mujeres hermosas, que fueron después las ma- 
dres de todas las tribus, grandes y pequeñas. Pero aún no ado- 
raban á los dioses; y elevaban sus ojos al cielo, no sabiendo á lo 
que habían venido á este mundo. Su figura era dulce, dulce tam- 
bién su lenguaje y grande su inteligencia. 

Llegamos ahora á un pasaje muy intere-^ante, en el que se in- 
tenta explicar la causa de la confusión de las lenguas. Ninguna 
nación, excepto el pueblo judío, se ha preocupado mucho por sa- 
ber la razón de que haya muchas lenguas en vez de una sola. En 
su Ensayo sobre el origen del lenguaje^ hace Grimm las siguientes 
observaciones: 

" Parece sorprendente que ni los antiguos griegos, ni los an- 
tiguos indios, hayan pensado en proponer ni menos intentado re- 
solver, la cuestión sobre el origen y la multiplicidad de las ler 
guas humanad. La Sagrada Escritura ha querido expUcar uno d 
estos dos enigmas, el de la multiplicidad de las lenguas, por h 
tradición de la Torre de Babel. No conozco más que una pobre 



(1) Popol-vuch, p. 125. 

(2) id. id. p. 135. 



36 

leyenda de Sthonia, que se puede colocar al lado de esta explica- 
ción bíblica. El viejo dios, dicen los sthonios, resolvió, luego 
que los hombres hallaron muy estrecha su morada, dispersarlos 
y)or toda la tierra y dar á cada nación su propia lengua. En con- 
secuencia, colocó sobre el fuego un caldero de agua, ordenando á 
las diversas razas que se fuesen aproximando á él, una por una, y 
eligiesen los sonidos que les agradaran entre los que producía el 
agua encerrada y comprimida. 

Hubiera podido Grimm agregar á la referida, otra leyenda 
muy popular entre los thlinkithianos, y que tiene evidentemente 
por objeto explicar porque existen lenguas diferentes. Los 
thlinkithianos son una de las cuatro razas principales de la Amé- 
rica rusa. Los rusos los llaman kaljush, koljulh ó kolosh. Ocu- 
pan la costa desde el 60° hasta el 45° de latitud N. Se extien- 
den por consiguiente, hasta el otro lado de la frontera rusa, casi 
hasta la desembocadura del Oregón, y se han establecido igualmen- 
te en muchas islas vecina?. Cree Wniaminow que su número en 
las posesiones rusas é inglesas, es de 20 á 25.000 almas. Esta es 
una raza que tiende evidentemente á desaparecer, y sus leyen- 
das, que parece son numerosas y llenas de ideas originales, mere- 
cían ser estudiadas muy atentamente por los etnógrafos america- 
nos. Creía Wragel que existe cierto parentesco entre ellos y los 
aztecas de México. Los thlinkithianos profesan la creencia deque 
ha habido una inundación ó diluvio universal, y que los hombres 
se salvaron en una inmensa nave que flotó sobre las aguas. Cuan- 
do éstas se retiraron, chocó la nave contra una roca, y por su pro- 
pio peso se dividió en dos pai-tes. En la una se hallaban thlin- 
kihtianos con su lenguaje, en la otra el resto de las razas huma- 
nas Tal fué el principio de la diversidad de las lenguas (1). 

Ni la leyenda sthonia, ni la de los thlinkithianos ofrecen, sin 
embargo, una conformidad notable con el relato mosaico. Debe, 
pues, observarse con particular atención las analogías y las dife- 
rencias que existen entre el capítulo noveno del Génesis y el ca- 
pítulo siguiente ^el manuscrito quiche, traducido por Brasseur 
de Bourbourg (2). 

Todos tenían una sola lengua: no invocaban todavía la made- 
ra ni la piedra; y sólo se acordaban de la palabra del Creador y 
del Formador, del alma, del cielo y de la tierra. 

Hablaban, meditando sobre lo que ocultaba la salida del sol: 
"enos de la palabra sagrada, de amor, de obediencia y de te- 
r, hacían su súplica; después, levantando sus ojos al cielo, pe- 
n hijos é hijas. 



(1) Holmberg, Ethnogoaphisehe Shizzen über dio Volker des Ru- 
jen Amrika. Helsingfon. 1885. 
^*^) Popol-vuh, p. 211.- 



37 

''¡Salve, oh creador, ó fprmador! ¡Tú que nos ves y nos 
oyes, no nos abandones ni nos desampares ! ¡Oh Dios, que estás 
en el cielo y en la tierra, oh alma del cielo, oh alma de la tierra, 
dadnos descendencia y posteridad mientras caminan el sol y la 
aurora; y que se extienda nuestra semilla lo mismo que la luz. 
Dadnos siempre para marchar, caminos abiertos y senderos sin 
emboscadas; que estemos siempre tranquilos y en paz con los 
nuestros; que pasemos una vida feliz; dadnos una existencia que 
se halle al abrigo de todo pecado, oh huracán, oh relámpago, oh 

rayo que hiere haz que fructifique la sementera y que se 

haga la luz! 

... .Y llegaron todos á Tulán; y no se podía contar el nú- 
mero de gentes que llegaban, y que entraban caminando en 
buen orden. 

Ahora bien, allí fué donde se alteró la lengua de 

las tribus; allí tuvo lugar la diversidad de sus lenguas; no se en- 
tendieron claramente entre sí, cuando llegaron á Tulán. Allí fué 
donde se dividieron; algunos se dirigieron hacia el Oriente y mu- 
chos hacia aquí. 

El lenguaje de Balam-Quitzé, de Balam-Agab; de 

Mahücutah y de Ikí-Balam (los cuatro antepasados del género hu- 
mano), era ya diferente: nosotros hemos abandonado, pues, nues- 
tra lengua^ ¿cómo lo hemos hecho? ¡estamos arruinados! ¿De 
dónde procede que hayamos sido inducidos á error? Nosotros 
no teníamos más que una sola lengua, cuando vinimos de Tulán; 
uno solo era nuestro modo de sostener (el altar), una nuestra edu- 
cación. 

No hemos hecho evidentemente bien, repitieron todas las tri- 
bus, en los bosques y bajo los bejucos.'' 

El resto de esta obra, que consta de cuatro libros, está consa- 
grado á las emigraciones de las tribus que partieron de Oriente y 
á sus diversos establecimientos. Los cuatro antepasados de la 
raza quiche parece que tuvieron una vida muy larga; y cuando al 
fin llegaron á morir, desaparecieron de una manera misteriosa, 
dejando ásus hijos lo que llaman la Majestad envuelta^ que no de- 
bía desplegarse jamás por mano de hombre. ¿Qué era esta Ma- 
jestad? no lo sabemos. 

Los capítulos siguientes contienen muchas cosas interesantes; 
pero no pueden buscarse en él los materiales para la historia, por 
más que el autor considere todo lo que cuenta sobre esta suce- 
sión de reyes como tradiciones perfectamente auténticas. M 
cuando después del relato de las emigraciones, de las guerras 
de las insurrecciones diversas, llega al fin á referir la llegada ( 
los españoles, hallamos que sólo hay catorce generaciones enti 
los cuatro primeros antepasados de la raza humana ó de la tí 
quiche y la última de las dinastías reales; y el autor, quienquiei 
que sea, termina su obra con esta confesión: 



I 



38 

"He aquí lo que resta de la existencia del Quiche; porque uo 
hay medio de ver este libro, en donde otras veces lo leían los re- 
yes todo, porque ha desaparecido. E^to mismo se ha hecho con 
todos los del Quiche, que se llama iSíinía Cruz.'''' 

Aunque los indios de Centro América se habían formado 
una idea elevada é incorpórea de la divinidad, no por eso deja- 
ban de ser fanáticos y supereticiosos. Tenían como los antiguos 
romanos, sus dioses lares y penates; cada familia adoraba, además 
de las divinidades comunes ó generales, á ciertos seres que los li- 
braban del mal y de las acechanzas de genios maléficos. Los co- 
jos, tuertos, mancos y gibosos, los del rostro quemado 6 defor- 
me, eran adivinos ó brujos (y aún hoy los hay en algunos pue- 
blos). Esos tales empleaban arañas, que hacían correr en man- 
tas, después de quitarles una pata, ó bien un sapo vivo ó una cu- 
lebra en una olla gi-aude, á la cual habían antes amansado para 
que les lamiese el cuerpo. Otros usaban pelo de muerto, dientes 
de difunto, figurillas especiales de piedra y yerbas á las que atri- 
buían virtudes singulares. Los brujos hacían maleficios, por me- 
dio de venenos, atribuyéndolos á oraciones ó encantamientos. 
En todo encontraban la intervención de un ser sobrenatural, de 
un genio casi siempre maléfico ó dañino. Los graznidos de 
la lechuza (1), el revolotear de la mariposa negra, el aullido 
lúgubce del coyote, y otras muchas cosas inocentes, dábanles es- 
panto como augurios de grandes calamidades. En las tribus de 
indios guatemaltecos, todavía duran esas preocupaciones y creen- 
cias, á las cuales son tan aferrados los aborígenes. 

El indio jamás se creía solo, sino acompañado por los objetos 
que le rodeaban. En toda la naturaleza había seres ocultos, mu- 
dos, severos y terribles, dispuestos á castigar aun al que involun- 
tariamente cometiera el menor desacato contra ellos. Imagina- 
ban que en la otra vida futura, era la existencia análoga á la 
que aqui se lleva; y por eso tenían cuidado de que el muerto tu- 
viese bastimento de maíz, totopoxte, chile y otros comestibles, jun- 
to con piedras de moler y demás utensilios que ponían en las se- 
pulturas. Levantaban sobre éstas, eerritos de tierra, cuando eran 
de magnates, y á los régulos les erigían monumentos de piedra ó 
los inhumaban en las hendeduras de las rocas. 

Cuando el huracán se desataba, formando remolinos de pol- 
vo, arrancando los troncos viejos de los árboles, despojando á la 

■ba de su follaje y al rancho de su techo pajizo, iban medrosos 

(1) Híiy iiQ canto i)f)pulítr que dic-e: 

"La lechuza canta, 
El indio muere, 
Sei-á mentira, 
Pero suL-ede ! 



\ 



39 

el quiche y el cakchiquel á las cuevas de sus mayores á implorar 
perdón. Si la tempestad se desencadenaba, luciendo el relámpa- 
go y tronando el rayo, corría el indio á aplacar á Gucumatz con 
ofrendas y conjuros. Si la peste asolaba la comarca, ó la sequía 
esterilizaba el campo, ó temblaba la tierra, los crédulos aboríge- 
nes sacrificaban doncellas, niños, venados ó conejos, á los dioses 
ofendidos, que al fin se apaciguaban con la sangre fresca de las 
víctimas, al pensar de aquellos idólatras pobladores de este suelo 

americano. 

Es el miedo la base de su religión: oiga un indiq ruido in- 
sólito por entre la selva, derribe un terremoto su mísera choza, 
rómpase su estrecho cayuco en un raudal, y deduce que su mala 
suerte es efecto del espíritu maligno, á quien sólo con ofrendas es 
dable tener tranquilo. Cuando el aborigen se encontraba sorpren- 
dido por un tigre, hacía inmediatamente confesión de sus pecados 
en alta voz, creyendo que así lo perdonaría. Acostumbraban 
también sacrificios al salir y al volver las aguas, y en la época de 
las siembras, quemaban copal y hule ante los ídolos, á los cuales 
ofrecían algunos granos de los que iban á sembrar y además la 
sangre que los sacerdotes se extraían de varias partes del cuerpo. 
Entre los templos de los célebres quichés, se encuentran el de 
Tohil, en Gumarcaah, el de Cabah y el de Mictlán, á los cuales no 
entral3an las mujeres. 

Los indios choles y manches de la Vera Paz, impresionados 
por los contornos grandiosos y salvajes de la espléndida natura- 
leza que los rodeaba, veneraban los montes y los cerros, y en uno 
llamado Escurruchán, que se halla en donde varios ríos se juntan, 
conservaban un fuego sagrado, que con leña alimentaba todo pa- 
sajero, y al cual ofrecían sacrificios. En otro sitio hallaron los 
misioneros un altar de piedra, rodeado de una cerca, ante el cual 
quemaban resinas olorosas, y ofrecían aves y sangre de sus pro- 
pios cuerpos. Aquellos que más sangre se sacaban de las partes 
pudendas eran los más piadosos. 

En resolución, se puede decir que los antiguos indios de 
Guatemala dividían sus dioses en tres clases: unos eran comunes, 
invocados por todos y en todas las necesidades. Tales eran los 
que presidían á los campos, á las siembras, á la guerra, al matri- 
monio etc. Otros (que corresponden á los semidioses de los pue- 
blos antiguos) eran les hombres célebres, elevados por esta ó 
aquella nación al rango y categoría de divinos. Tal era éntrelos 
mejicanos Quetzalcoatl. Otros finalmente, eran los dioses de pri- 
mer orden, jefes supremos de las deidades inferiores, como en la 
generalidad de los pueblos americanos el Sol y la Luna. Entre 
los dioses de la segunda clase se conserva, por famosa y extraor 
diñaría, la tradición de Ixhalaquén^ venerado por los habitantes 
de Utatlán y Guatemala. De este dios cuenta la fábula que bajá 
á combatir al infierno, peleó con sus príncipes, los demonios,. 



j 



40 

prendiólos con su rey, y así cargado de trofeos dio la vuelta al 
mundo victorioso. Pero llegando cerca de la tierra, el rey del 
infierno le pidió que no le sacase de aquel sitio. Ixbalaquén, ac- 
cediendo á la suplica, dióle un empellón, le volvió á su propio 
reino y le dijo: sea tuyo todo lo malo, inmundo y feo. En segui- 
da llegó el vencedor al país de Verapaz ó Guatemala; pero como 
sus habitantes no quisiesen tributarle los honores merecidos, el 
dios se marchó á otra provincia, donde fué recibido con la vene- 
ración correspondiente. De este vencedor del infierno dicen que 
tuvo origen el sacrificio de víctimas humanas. 

-Cada una de las tribus de Guatemala tenía una casta distinta 
y separada de sacerdotes, quienes, por medio de sus oráculos, 
ejercían gran influencia en las cosas públicas, y algunos, como los 
quiches, eran espiritualmente gobernados por pontífices indepen- 
dientes. Los altos sacerdotes de Tohil y Gucumatz, Ahan Ah 
Tohil y Ahan Ah Guenmatz, pertenecieron á la real casa de 
Cawek, y tenían el cuarto y quinto rango respectivamente entre 
los grandes del imperio; Ahan-Avilix el supremo sacerdote de 
Avilix, era miembro de la familia Nihaib; Ahan Gagavitz vino de 
la casa de Ahan Quiche'; y los dos sumos pontífices del templo de 
Kahba, en Utatlán, eran de la casa de Zakik, y cada uno tenía 
asignada una provincia para su sostenimiento (1). Los sacer- 
dotes de Tohil debían ser muy castos y continentes, sin que ja- 
más pudiesen comer carne. Cuando moría el alto sacerdote, se 
embalsamaba su cuerpo y se sepultaba en una cripta bajo el pala- 
cio. Tanto respeto y veneración se guardaba á los sacerdotes, 
que si alguien era osado de tocarlos, se juzgaba que caería muerto 
en el acto. (2). 

Para poner fin al presente capítulo, es conveniente decir al- 
go acerca de las relaciones que hacen los cronistas de los altares, 
templos, sacrificios y fiestas religiosas de los primitivos indios de 
Guatemala. ''En las provincias menos importantes no había cier- 
tamente nada de notable en materia de edificios religiosos. Estos 
se reducían á pequeñas ermitas fabricadas eu el campo, tan mise- 
rables poco más ó menos como el resto de las casas. . Talvez eri 
la habitación de cualquier magnate se destinaba algún aparta- 
mento más decente para servir de adoratorio^ y aún allí se limita- 
ba el culto á incensar y perfumar, en braseritos de barro, algunos 
los de poco momento. Pero en las naciones organizadas con 
ular cultura, cual eran no sólo el gran imperio mejicano, sino 
ibien algunos de nuestros reinos guatemaltecos, es increíble el 
'íro y opulencia, al menos relativo, de los templos. lie aquí 



r\ oí 



(1) Bancroft, vol. III. pág. 489. Nativo races of tLe Pacific States. 
I Schezer. Indianer ven Istia vacan, pág. 10. 



41 

la forma general de estos edificios, llamados en unos pueblos Cües^ 
y en otros Teiitcallis^ es á saber, Casas de Dios. 

Escogíase primero el sitio más ameno y delicioso de toda la 
comarca; allí se hacía una gran plaza comunmente cuadrada, cer- 
cada toda de altísimas paredes con anchas puertas, que daban a 
tres ó cuatro caminos principales. Para mayor belleza de la fá- 
brica se ponía grande esmero en la construcción de estos cami- 
nos, prolongándolos por una ó dos leguas tan nivelados y tan rec- 
tos, que era un placer contemplarlos desde los altos del templo. 
Dentro de aquel vasto cuadro se edificaba una torre, que en al- 
gunas ciudades, como Méjico y Texcuco, sabemos se elevaba á 
una altura prodigiosa. Solía construirse en figura de pirámide 
truncada, y tenía por la parte occidental una escalera perfecta- 
mente dispuesta para subir á la plazuela que coronaba el edificio, 
y era propiamente el templo sacrificatorio. Mídese la altura de 
aquellos edificios por el número de 'gradas; el de Méjico tenía 
113 y el de Texcuco 119. En la plazuela ya citada, y que era 
tan espaciosa, cuando menos, como una buena sala, colocábanse á 
derecha é izquierda, á la parte de Oriente, dos altares ó uno solo 
si el templo no tenía tan vastas dimensiones. Según parece, los 
altares quedaban cubiertos por un terrado que hacía una especie 
de capilla. Sobre ellos colocaban sus ídolos y sacrificaban las 
víctimas. 

Tenían estas gentes dos géneros de sacrificios, públicos y 
particulares. Aquéllos los celebraba el pueblo entero, eran 
grandes solemnidades político-religiosas; éstos eran costeados por 
cualquier particular, según su necesidad y devoción. Hablaré 
principalmente de los públicos, únicos que podrán interesar al 
curioso lector. Ofrecíanse ordinariamente en las fiestas periódi- 
cas de cada año, ó en casos extraordinarios, cuando alguna gran 
necesidad ó acontecimiento nacional lo requería. En todo caso, 
el sacrificio no se celebraba sin hacer previa consulta al Sacerdo- 
cio y al Estado, juntándose el reyezuelo y grandes de la provin- 
cia con los principales Teiipas para decidir, en sesión plena, lo 
concerniente al día y hora, materia y forma del proyectado sa- 
crificio. Hecho esto, ó por acuerdo de los notables, ó por em- 
bustes de los adivinos, supremos oráculos de la nación, empezaba 
desde luego la Vigilia. Parecerá increíble lo que paso á contar, 
pero nada hay en ello que no pueda explicarse por el supre 
fanatismo que ejercía la ignorancia sobre los desventurados i, 
latras. Precedía á la solemne fiesta un ayuno rigurosísimo, 
mejor diremos, un ejercicio de bárbara penitencia, continua 
por espacio de cuarenta, sesenta y aun más días, según la maj 
ó menor importancia de la solemnidad. Durante esta larga 
horrible cuarentena, no bastaba ofrecer diariamente sacrific 
de animales, fruta, flores, incienso etc.; era preciso sacrificarse 



mr\ 



42 

sí mismos derramando copiosa sangre de todo su cuerpo, arran- 
cándosela con afilados pedernales, de brazos, piernas, ojos y nari- 
ces, y obligando á hacer lo mismo á sus hijuelos. Estos ejerci- 
cios se practicaban públicamente en el templo, donde era menes- 
ter pasar orando los días y las noches. Los sacerdotes y los hom- 
bres casados se tiznaban todo el cuerpo, los que no lo eran, se 
ungían con una especie de almagre ó tierra colorada. Ningún 
hombre dormía en su casa por esta temporada, sino en unos por- 
tales ó ramadas llamadas Calpules^ hechas para el caso en las in- 
mediaciones del templo. Las mujeres solas con los niños debían 
permanecer encerradas en sus chozas, de donde á ratos salían 
para practicar sus ritos y andar sus estaciones. Quienes gozaban 
de más libertad estos días, eran los esclavos condenados al cu- 
chillo. La costumbre exigía dar suelta á aquellos infelices al 
comenzar el tiempo de la penitencia, á efecto de lo que, sin qui- 
tarles una argolla que llevaban al cuello, les permitían vagar por 
el pueblo libi'emente, introducirse y aun comer en cualquiera ca- 
sa, en cuenta la del príncipe, sólo con el apremio de no salir fue- 
ra de la población, ni perder de vista á cuatro guardias que los 
custodiaban. Por lo demás, un resto de humanidad hacía que fue- 
sen bien tratados por entonces aquellos pobres hombres, cuy os des- 
cuartizados miembros no arrancarían después un ay de compa- 
sión á la supersticiosa muchedumbre. Pero llegaban por fin los 
siete últimos días de la preparación, y los infelices cautivos se- 
pultados de nuevo en una cárcel veóina al templo mismo, veían 
extinguírseles eternamente la luz de libertad y de vida. Sin du- 
da para suavizarles el horror de aquellos días de capilla, si acaso 
no era por efecto de instintos repugnantes, de los que hallamos 
sobrados indicios en estas mismas ceremonias, les daban, de comer 
y de beber en abundancia hasta el exceso y la embriaguez. 
Cuando ya no faltaban sino tres días de abstinencia, el pueblo en- 
tero se esparcía por plazas y caminos; todo se barría y se regaba 
de flores, se cubría con menudas hojas de pino, se adornaba en 
fin con cuanto podía contribuir al lucimiento de la fiesta. Lle- 
gado el postrer día, y aseados ya los aposentos del Teucalli^ y 
bien aderezados los braseros, lavábanse todos de sus unturas y 
tiznes, y se vestían las mantas nuevas, limpias y galanas. Ador- 
naban á su modo los altares, figurando entre los adornos la ma- 
zorca ó espiga del maíz; juntaban sus instrumentos músicos, pitos 
Liábales, y en fin lo tenían todo á punto para la entrada de la 
;he. Entonces propiamente empezaba la solemnidad. Los 
)s del rey y otros magnates salían del pueblo, en busca de sus 
mientras que los ministros sagrados y el rey mismo se dis- 

.n al gran recibimiento. Es de saber, que en muchas de 
partes acostumbraban tener guardados los principales ido- 
lugares muy recónditos, como en la espesura de los mon- 



CCkCr 



43 

tes 6 la profundidad de las cuevas; ya porque les pareciese gana- 
ban en respeto sus divinidades con aquel misterioso apartamien- 
to de la vista de los hombres, en lo que ciertamente no carecían 
de sentido común, 6 ya porque los comprovinciales no se los hur- 
tasen, envidiosos como eran de los pueblos que poseían ídolos 
mejores. Iban, pues, los jóvenes más notables á sacar á los dio- 
ses de aquellas honduras y cavernas, y traíanlos sobre sus hom- 
bros con gran procesión y ceremonia, haciendo posas de trecho 
en trecho, para ofrecerles incienso y pequeños sacrificios. En 
acercándose la comitiva, salía el Teuii á recibirlos con gran acom- 
pañamiento de Teupixqiiis y Tenpas^ y en el punto del encuentro 
se hacía por supuesto alguna ofrenda y se degollaba alguna víc- 
tima. Entonces continuaba la marcha silenciosamente hasta que- 
dar los ídolos colocados en el templo. Una señal convenida anun- 
ciaba á todo el pueblo estar ya los dioses en posesión de sus alta- 
res. Al anuncio sucedían los clamores de júbilo, los gritos de 
alegría, el tañido atronante de tambores, los bailes, danzas, can- 
tos, regocijos, en fin cuanto podía hacer sensible el tránsito de la 
penitencia á la disolución. Ec estas devotas ocupaciones les ha- 
llaba el alba del gran día de las expiaciones. En amaneciendo 
volvían á sus casas, no para suplir el sueño desperdiciado aquella 
noche, sino para aderezarse, lavarse y llevar las ofrendas y vícti- 
mas particulares, que recibían y ofrecían los ministros, mientras 
que los fieles hacían presentes al numen sus necesidades. Pasada 
así gran parte de la mañana, llegaba la hora del grande y so- 
lemne sacrificio. El pontífice supremo se revestía de sus orna- 
mentos, que según nuestros cronistas, consistían en una capa cu- 
ya hechura no saben ellos mismos describir, una corona ó diade- 
ma de preciosa labor, conforme á la riqueza de los pueblos, con 
su gran penacho de plumas de quetzal, una especie de báculo, y 
en fin otros arreos que le hacían muy autorizado y vistoso. Tan 
ricas como el pontifical debían ser las andas sobre que colocaban 
al grande ídolo para llevarlo en procesión al rededor del templo, 
por aquel espacioso patio que describimos arriba. Terminada la 
procesión, durante la cual subía de punto el regocijo del público, 
con las multiplicadas danzas y músicas, paraban al ídolo en su 
altar, junto á la piedra fatal donde iban á ser inmoladas á los dio- 
ses las víctimas humanas. Antes de llegar el cruel momento, 
cantaban al son de sus tambores las hazañas de antepasados gue- 
rreros. Mientras duraba el canto, iba el i^ey en persona con 1 
otros señores al lugar donde estaban los esclavos, y sacaban! 
uno á uno, llevándolos de los cabellos hasta ponerlos en man- 
del sacerdote carnicero, que armado de navaja y furor los re 
bía. Mientras aquellos bárbaros arrancaban el corazón á las vi 
timas y lo ofrecían á sus ídolos de oro, los que rociaban y u 
taban con aquella sangre,haciendo ridículos visajes, propios de i 
culto de idólatras, el pueblo, en el colmo de su fanatismo, decía 



u 



grandes voces: "Sefior! oye nuestras peticiones, recibe nuestras 
plegarías, ayúdanos contra nuestros enemigos, danos holganza y 
descanso." Y para que los dioses no olvidasen tan fácilmente 
aquellas siíplicas, y se moviesen con más eficacia íÍ despacharlas, 
dejaban las cabezas de los sacrificados clavadas en astas, sobre un 
altar erigido al efecto. Lo restante de los cuerpos era cocido y 
se comía en la mesa del rey y de los grandes, como vianda santifi- 
cada y exquisita, teniéndose por mil veces dichoso el que podía 
conseguir un bocado. Entre tanto,el pueblo se entregaba profu- 
samente á sus bailes, disolución y borrachera. Así quedaban bas- 
tante indemnizados del áspero rigor de la abstinencia, tanto más 
cuanto que aquellas pascuas se prolongaban por lo menos duran- 
te siete ú ocho días." 



CAPITULO GUARfO 



Sistema de gobierno é instituciiines políticas que 

tenían los indios y particularmente los de 

Guat-ímala. Ceremonias de la coronacitín 

y orden de suceder en la monarquía 



Gobiernos de Méjico y el Perú. — El gobierno de !os piieblos del istmo. 
Centro-americano era monárquico absoluto. — Consejeros u Oidores que ha- 
bía en lo político y en lo judicial. — En Honduras no había reyes heredita- 
rios, sino Jueces elegidos por el puebla— Gomo se procedía á la elección 
de los reyes. — Pi-esentes que se ofrecían al nuevo soberano. — Ceremonias- 
de la elección. — La Coronación. — La fiesta Temoliuá, — Arenga del gran 
Sacerdote. —La jura del monarca, — Cuatro días de ayuno que observaba el 
rey.- -Toma de posesión del gobierno. — Los palaciegos. — Ceremonial de 
audiencias reales.- Cómo iba el rey en las calles. — Etiqueta de la mesa, — 
Despensas y botillerías. — Orden de sucesión de los señoríos de Guatemala, 
— Consejo Supremo del monarca del Quicbá — Tenientes del rey. — Leyes 
penales contra el soberano. — Opinión de Bancroft sobre el orden de suce- 
sión en las monarquías de Guatemala, 




Notables por muchos conceptos, y muy en especial por sus 
gobiernos, fueron las monarquías indianas de Méjico y del Perú. 
Las heroicas figuras de Atahualpa y Guautimoc, representan el 
selvático brillo de aquellos pueblos, que guardaban en sus tradi- 
ciones las reliquias de valerosas tribus, cuyas proezas homéricas 
tocan los lindes de la fábula y del mito. En las praderas del 
Cuzco y en las faldas del Popocatepetl han presenciado las eda- 
des hazañas dignas de los semidioses griegos. Los pueblos azte- 
cas é incas tuvieron instituciones de monárquica forma, con sus 
nobles de sangre real, sus reyes absolutos y plebeyos pecheros. 

"Después de los ritos y ceremonias religiosas dje los anti- 



46 

gaos pobladores de Ceatro- América, nada hay más interesante 
que lo relativo á su modo de administración y gobierno. En es- 
ta parte se poseen quizás noticias más circunstanciadas y seguras, 
en la advertencia de que las costumbres de nuestros pueblos gua- 
temaltecos no se apartaban mucho de los usos de los pueblos me- 
jicanos. 

Su sistema de gobierno era sin duda el monárquico abso- 
luto. "La monarquía, dice, un ingenuo cronista, es la más prin- 
cipal república y la que se conserva más seguramente y con 
menos revueltas del pueblo; y asi estos indios tuvieron la monar- 
quía, etc." Mas, por absoluto que fuera el señorío del rey de 
Guatemala, se sabe que compaitía liberalmente su autoridad con 
ciertos varones de opinión, especie de consejeros ú oidores, en- 
cargados así de lo judicial como de lo político. Ellos eran tam- 
bién los que recogían y guardaban las rentas del estado, siendo 
de su cargo el distribuirlas entre los gastos de la cosa pública y 
los de la casa real. Además de estos supremos consejeros, iabía 
en cada pueblo oidores y chancillerías, con atribuciones por 
supuesto limitadas, no pudiendo resolver nada en negocios ar- 
duos aquellos administradores locales. La conducta de estos 
magistrados no se escapaba á la inspección y vigilancia del go- 
bierno, antes bien eran castigados cruelmente cuando se halla- 
ban en falta respecto al desempeño de su oficio, á la vez que su 
buena diligencia les merecía los ascensos á la perpetuidad en el 
empleo. De esta suerte el magistrado supremo solía haber reco- 
rrido todos los grados de la jerarquía civil. 

Aunque la forma general del gobierno entre las tribus 
americanas fuese, como se ha dicho, la monárquica, hallamos una 
singular anomalía en la provincia de Honduras, cual era el no 
tener reyes hereditarios, sino Jueces elegidos por el pueblo. Di- 
cen que su administración se renovaba cada diez y seis meses. 

Veráse ahora cómo se procedía á la elección de los reyes. 
Sobre el sepulcro mismo del monarca difunto se despachaba la 
convocatoria á los señores principales del reino, que se hallaban 
en el caso de asistir á la elección del nuevo rey. La obligación 
de concurrir á aquellas cámaras era severa y urgentísima. Los 
electores acudían con la prisa posible, y bien provistos de dones 
que ofrecer al futuro soberano. El primer trabajo de aquella 
grande Asamblea Nacional era fijar los derechos de los candida- 
trono. La ley de sucesión designaba ordinariamente á los 

"nos, y á falta de éstos al hijo mayor:, en otros pueblos la 
jución era diversa. En general la elección recaía en el 
guerrero (1), no habiendo dificultad legal para desechar 



Valía el que más podía, y el que era más hombre de guen-a — He- 



47 

al heredero inmediato, siempre que su ineptitud lo alejaba del 
Gobierno. Discutida y resuelta (con más prontitud de la que se 
usa en el día) la cuestión de candidatos, procedíase luego á la 
ceremonia de la coronación, cuyo ritual paso a describir breve- 
mente. 

Desnudaban al electo, y así desnudo lo llevaban desde el 
lugar de la ^lección hasta el templo principal, el Teucalli] que 
liase descrito en otra parte, todo en gravísimo silencio, sin música 
ni mayor aparato. Llegado al patio, y puesto delante de las 
gradas del templo, era subido de los brazos por dos caballeros 
principales, especie de regidores del pueblo, presidiendo lo me- 
jor y más granado de toda la níici(jn. En lo alto del templo, ó 
sacrificatorio, le aguardaba el sumo sacerdote, con los demás 
Teupixquis, revestidos de sus mejores ornamentos: allí estaban 
también preparadas las ricas vestiduras que había de ostentar la 
real persona en el acto de la coronación. Cada uno de los seño- 
res principales ó caciques tributarios, llevaba delante de sí las 
insignias y armas de sus títulos, en ciertas tablas que semejaban 
escudos; y una vez llegadas al adora torio, todos desde el rey hasta 
el último caballero, hacían al ídolo cierta reverencia, que con- 
sistía en inclinarse hasta el suelo y besar la mano con que habían 
tocado la tierra. Entonces empezaba propiamente la coronación. 
La primera ceremonia que ejecutaba el pontífice era la unción del 
nuevo rey, que según la costumbre universal de los indígenas 
de América, no se limitaba á sólo las manos ó cabeza, sino que 
se extendía á todo el cuerpo, que embadurnaban con un negrísi- 
mo betún. Después de esto, el sacerdote con un hisopo hecho de 
ramas de cedro, sauce y caña, rociaba al monarca, bañándolo cua- 
tro veces en cierta agua que tenían por bendita y pronunciando 
palabras misteriosas. Luego le vestían la púrpura^ que. era una 
manta pintada de calaveras y huesos de muerto, poniéndole ade- 
más otras dos mantas en la cabeza, con las mismas pinturas y de 
distintos colores, la una negra y la otra azul. En seguida le col- 
gaban al cuello unas largas cintas coloradas, de cuyos cabos pen- 
dían misteriosas insignias; y á las espaldas le colgaban también u- 
na calabacita ó tecomate lleno de ciertos polvos de virtud antien- 
fermiza y antidiabólica. Con aquel rito pretendían libertar al nue- 
vo príncipe, así de las enfermedades, como de los engaños del de- 
monio y de las hechicerías de encantadores y brujas. Tenían por 
cierto aquellas gentes supersticiosas, que si el rey emfermaba en 
cierta fiesta llamada Temohuá^ no sanaría jamás. En fin, le pe 
nía el sumo sacerdote una redecilla ó bolsita en el brazo, á mane 
ra de manípulo, llena de incienso, para que fuera en el acto á in 
censar á los dioses. Hechas estas ceremonias, sentábase el gra 
sacerdote, y vuelto al rey le decía, entre otras cosas: ''Ya vesc( 
mo todos los altos hombres están aquí presentes con todos sus cí 
balleros para honrarte. . . .Tú, como padre y madre de ellos, loj 



48 

has de defender y amparar y mantener en justicia, pues ellos tie- 
nen puestos los ojos en tí solo: tú los has de regir y gobernar, has 
de tener cuidado en las cosas de la guerra, y has de tener gran 
cuenta en que el Sol ande y la Tierra dé sus frutos." — Se ve cla- 
ro que no carecían nuestros indios de habilidad para hacer líIi ra- 
zonamiento digno de las circunstancias. El rey no podía contes- 
tar á la arenga sino con gestos de aprobación y de humildad. En- 
tonces bajaba la corte al patio del Teucalli^ donde se procedía á 
la jura del monarca, y en el acto de prestarle homenaje, los seño- 
res le ofrecían sus joyas y demás presentes. Pero no era aquel 
día el destinado á los regocijos de la coronación. El rey debía 
permanecer en el templo cuatro días más, entretenido en dar gra- 
cias á los dioses por la adquisición del reino, á efecto de lo que tenía 
que sujetarse á ridiculas y penosas ceremonias. Encerrado en un 
aposento construido en el mismo atrio, debía guardar una inviola- 
ble clausura: á la oración debía juntar la penitencia y el ayuno, 
aunque se le permitía comer buenos manjares, pero no más de una 
vez al día. Bañábase á la mañana y á la noche, en una alberca 
construida allí con este único, objeto, y el resto del día, lo pasaba 
en ofrecer á los ídolos incienso, sangre de las orejas, víctimas y o- 
frendas de real munificencia. Pasados aquellos cuatro días, ve- 
nían al templo los magnates y el pueblo para conducir al monarca 
á su palacio con toda la pompa y alborozo digno de tan gran so- 
lemnidad. Instalado en su real sitio el nuevo soberano, tomaba 
desde ese mismo día las riendas del gobierno. 

A tanta grandeza en el ceremonial de la coronación corres- 
pondía sin duda la majestad del tratamiento que se daban estos 
reyes. Lo más, de lo que hallamos descrito en las historias, per- 
tenece ciertamente al gran dueño del imperio mejicano, cuyo 
poder excedía con mucho al de todos los demás señores de la 
América setentrional, y quizás también al de los mismos incas 
del Perú; pero no por eso deja de convenir, al menos en gran par- 
te, á los otros señores indianOvS, puesto que hablando de los. reyes 
de Tezcuaco y Tlacupán, tributarios de Moctezuma, nos asegura 
un cronista que se trataban con casi la magnificencia y majestad 
que el de Méjico] y sabemos por otra parte, que el rey de Guate- 
mala no era tributario, antes bien tenía otros reyezuelos sujetos á 
sí, quienes recibían de él la confirmación de sus estados. 

Hecha esta advertencia, volveré al asunto. En amaneciendo 
entraban en palacio multitud de señores principales é innumera- 
s criados y lacayos, con el solo objeto de hacer la corte al so- 
rano desde la mañana hasta la noche, aun sin poder disfrutar de 
presencia en todo el día. La ocupación de estos tristes pala- 
gos era formar corrillos en los corredores de la casa real. De 
os esclavos principales, Moctezuma tenía hasta seiscientos. Por 
que hace á los que hanse llamado palacios de los reyes indíge- 
' digan lo que quieran los historiadores, no es verosímil que 

5 



49 

pasasen de ser lo que. eran las demás fábricas de estos pueblos, de 
vastas dimensiones, si se quiere, pero siempre algo desaliñadas. 
Sabido es que las famosas ruinas de que aún quedan vestigios por 
todo el territorio americano, datan de una fecha muy anterior ala 
época de la conquista. Sin embargo, no es difícil que aún en me- 
dio de aquella rudeza arquitectónica se hallasen en las grandes po- 
blaciones algunos edificios de singular curiosidad y admirable tra- 
bajo, lo mismo que jardines, fuentes, casas de fieras &. cuales pu- 
dieron ser los que tanto llamaron la atención de los conquistado- 
res. Era curiosísimo el ceremonial observado en las audiencias 
del rey. Ninguno entraba en la real cámara sino rigurosamente 
descalzo: la gala de uniforme eran las mantas más viles y groseras^ 
porque en el concepto de estas gentes, la decencia consistía en el 
abatimiento, y así la mayor honra del rey era el presentarse más 
miserable en su presencia, sobre todo si era elevada la condición 
del caballero; práctica ridicula por cierto, como fundada en una 
mala aplicación de principios, y en el fondo altamente humillan- 
te. Por supuesto los ojos bajos, la cabeza inclinada y todo el 
cuerpo profundamente encorbado, completaban el cuadro de la más 
abyecta reverencia. Sólo seis personas tenían facultad para fijar 
la vista en el rostro del monarca. Cuando éste hablaba era tan 
bajo, que apenas parecía mover los labios, y aún tal favor no se 
dispensaba sino rarísimas veces, porque las más se valía de intér- 
prete para sus respuestas, según dicen lo usaron también los Asi- 
rios. 

El rey salía poco de palacio, y entonces se observaban los si- 
guientes ritos. Precedía un oficial ó macero con tres varas en la 
mano, á manera de los antiguos lictores, anunciando de aquel mo- 
do la aproximación del monarca. Este era llevado de ordinario 
en unas andas magníficas, y el suelo que pisaba debía estar limpio 
hasta de piedras y pajas. Todos los que formaban el augusto sé- 
quito, así fuesen cerca ó lejos, debían llevar los ojos en el suelo, 
reverencia que con mayor razón debían prestar los asistentes que 
se encontrasen al paso, quienes además tenían que aguardar pro- 
fundamente inclinados á que pasase la real procesión. 

No era menos notable la etiqueta de la mesa. El comedor 
del rey era una sala alfombrada toda con esteras muy finas y de 
curiosas labores: la mesa era el propio pavimento, pero cubierto 
de blancos manteles de algodón, y el asiento real era un cojín ó 
almohadón de cuero de venado ú otra piel bien curtida, de ex- 
traordinario precio. Sentado á la comida el monarca, sentaban 
con él, pero á una distancia conveniente, seis ancianos venerabh 
aquellos solos que tenían el privilegio de mirarle á la cara. E 
traban entonces centenares de pajes, cada uno con su plato ó v» 
sija de barro de primorosas hechuras, y en todas ellas venía un man 
jar. El maestresala tomaba en seguida aquella vianda, la preser 
taba al rey, luego á los seis viejos y después á cien magnates qu 



n 



50 






comían en una pieza inniediata. Del mismo modo se servía la be- 
bida. Los vasos eran aquellas calabazas que hasta hoy llamamos 
X'icaras j Cocos, que bien pulidas y montadas, podrían presentar- 
se, sin recibir desaire, en la mesa de algún príncipe europeo. 

Omitiendo por ahora muchos otros pormenores, que no care- 
cerían de cunosidad,solamente notaré una singular magnificencia, 
que celebran los historiadores en las casas de estos reyes, y era que 
en las despensas y botillerías destinadas al servicio del monarca, 
siempre había puerta franca para cuantos quisiesen disfrutar de 
sus vinos y manjares. No hay duda que esto.era exceder los lími- 
tes de una grandeza ordinaria. 

Por lo demás, si se desea saber el orden de sucesión de los 
señoríos de Guatemala, puede consultarse á Torquemada y Jua- 
rros. Este 6Himo historiador asevera haberse acostumbrado que 
el primogénito del rey fuese el inmediato sucesor á la corona; y 
al hijo segundo le daban el título de electo, porque debía suceder 
al hermano mayor: los hijos de éstos tenían el título de capitán 
mayor el hijo del primogénito, y de capitán menor el hijo del se- 
gundo: muerto el rey, empuñaba el cetro el inmediato sucesor, y 
el electo pasaba á inmediato; el capitán mayor ascendía al puesto 
de electo, el capitán menor á capitán mayor, y el pariente más cer- 
cano á capitán menor. De esta suerte, subiendo por grados al 
trono, se conseguía que los reyes siempre fuesen provectos en e- 
dad, y cargados de méritos y muy experimentados, así en lo polí- 
tico como en lo militar. Pero si alguno de estos cuatro señores 
se advertía ser inútil, quedaba en aquel primer puesto hasta su 
muerte, y entraba al grado superior el pariente más cercano. 

El Consejo Supremo del Monarca del Quiche se componía de 
veinticuatro grandes, con quienes consultaba el rey para el acier- 
to de los negocios políticos y militares. Estos consejeros goza- 
ban de grandes honras y privilegios, y eran los que llevaban en 
hombros las andas del Emperador, cuando salía de su palacio; 
pero también se les castigaba severamente cuando cometían algún 
delito. Estaba á cargo de estos magnates la administración de 
justicia y la recaudación de la Real Hacienda. 

Tenía este monarca, en los pueblos principales de su imperio. 
Tenientes que gozaban de grande honor, rentas y suprema auto- 
ridad; excepto los casos y negocios que eran contra los Ahaus, (1) 
que éstos se remitían al Supremo Consejo- Pero si tales Tenien- 
■■-: deslizaban y cometían algún exceso, eran brevemente depues- 

severamente castigados; y por el contrario, si gobernaban 
1 rectitud y prudencia, no dando motivo de queja á los sóbdi- 

=e les perpetuaba en los puestos y engrandecía con mayores 



Así llaman los indios á sus grandes, nobles y ancianos. 



51 

honores, y sus hijos eran atendidos y muchas veces sucedían álos 
padres en los puestos. 

Estos Tenientes del rey ó Corregidores de los partidos, tenían 
sus Consejos en las cabeceras. I ámás de ello, cuando se ofrecían 
negocios de mucha gravedad, si el asunto era perteneciente al bien 
público, se llamaba á los Cabezas de Capul, para tomar sus pare- 
ceres: si se trataba de materias de guerra, se oía á los Capita- 
nes más experimentados. 

I es de advertir, que á estos oficios de Tenientes y Conseje- 
ros y aun al de porteros de los Consejos, no entraban sino los in- 
dios nobles, no dándose caso de que en oficio público alto ó bajo 
se pusiese persona que no fuese de la primera nobleza; y así se ce- 
laba con gran cuidado la conservación de los linajes, para que per- 
maneciesen en su limpieza. Para lo cual estaba ordenado por la 
ley, que si algún caciqueo noble recibiera mujer que no fuese de 
la nobleza, quedara el tal cacique reducido á la categoría de ma- 
zegual ó plebeyo y tomase el apellido de la mujer, sujeto á los te- 
quios y gravámenes de los plebeyos; y que sus bienes se secues- 
trasen para el rey, dejándole solamente los que necesitara para 
mantenerse en la esfera de raazegual. 

También tenían sus leyes penales. El rey á quien se justifi- 
caba y probaba el delito de extremada crueldad y tiranía, era de- 
puesto por los Ahaguaes, que celebraban con gran cautela junta, 
para este efecto, y colocaban en el trono al que le correspondía, 
según derecho; y el depuesto era castigado, confiscándole todos 
sus bienes, y algunos sientan que era decapitado. (Torquemada. 2. 
p. cap. S*"). La reina que, faltando á la fidelidad á su esposo, a- 
dulteraba, si el cómplice era persona principal, se les daba garro- 
te á los dos; pero si era plebeyo, eran despeñados de partes muy 
altas. 

Los Ahaguaes que embarazaban la recaudación de los tribu- 
tos, ó que eran causa de alguna conspiración, eran condenados á 
muerte y todos los de su familia vendidos por esclavos." 

Brasseur de Bourbourg está de acuerdo con los autores cita- 
dos y da al rey, al electo, y á los dos capitanes los títulos de Ahan 
Ahpop, Ahan Ahpop Camba, Nim Chocoh Cahuck y Ahan Ah To- 
jil, respectivamente; pero cuando el último cargo quedaba vacan- 
te por muerte del rey, nos dice el Abate que "se le confería al ma- 
yor de los hijos del nuevo monarca," — estoes, al mismo individuo 
que antes lo tuviera! El Padre Jiménez deja entender que la c 
roña bajaba del hermano al hermano, y del hermano menor al s 
brino que fuese hijo del hermano mayor. No encuentro, di 
Bancroft (1), autoridades que arrojen luz sobre un asunto tan co 



(1) Vol. II, pág. 639, Nati ve Races. Ximénez, Hist Ind. Guatem 
la Escolios, pp. 195-6- Torquemada, Monarq. Ind. t9 II, p. 838. 



52 

fuso; es evidente, no obstante, que si el último sistema menciona- 
do, idéntico al que se usaba entre algunas de las naciones na- 
huaes, no es el cierto, nada más se conoce en tal materia. Pare- 
ce que lo que se proponían era que no recayera la autoridad en 
manos inexpertas y jóvenes, para poder contar, como prendas de 
acierto, con la experiencia y madurez del juicio, que la práctica 
de los negocios y los años dan á los gobernantes. 



»•» > # « Mt 



L 



CAPITULO QUINTO 



» >#< ^ 



Leyes civiles y penales de los indios, antes de 
la Conquista, y en especial las de los po- 
bladores del istmo Centro-Americnno 



La propiedad entre los indios. — La familia indígena de América. — La 
poligamia. — El matrimonio. — Solemnidades y ceremonias con que se cele- 
braba. — Manera de vivir de los macehuales. — Jueces y Tribunales. — Casti- 
gos que comunmente empleaban los indios. — Penas contra los tiranos. — 
Manera de castigar los delitos de lesa-majestad, el robo, el hurto, el estu- 
pro, el adulterio, el incendio, la impiedad, y otros delitos. — Penas contra el 
cimarrón. — ^Las leyes penales en los reinos quiche, cakchiquel, y sutojil. — 
Manera de computar los grados de parentesco. — Varias penas que aplicaban 
á diversos delitos. Informe que el Oidor de Guatemala, Licdx). Dn. Diego 
García, dirigió al rey de España sobre esos puntos. 



Las naciones indígenas centro-americanas no eran pueblos 
nómades, conocían el derecho de propiedad,y cada familia se ha- 
llaba establecida en una porción de terreno que usufructuaba, 
porque el monarca era el señor de las tierras. Las tribus ó pa 
cialidades respetaban los límites dentro de los cuales estaban le 
terrenos y aguas de que era dado disfrutar al vecino. Pueble 
sedentarios, no podían dejar de ser esencialmente agricultores. 

Reconocida la propiedad, ese derecho real del que los otro 
dimanan,claro está que debía haber,como en realidad existían, L 
yes que reglamentaran la adquisición del dominio, sus desmen 
braciones, transmisiones y demás accidentes que lo constituyen. 



54 



La familia indígena no estaba ligada por vínculos de afectos 
tan suaves y tiernos como los que forman los lazos de la familia 
moderna (1). La mujer americana, á estilo asiático, era más 
bien un instrumento de placer, un medio de procrear hijos, una 
esclava del aborigen, á quien se acercaba medrosa, después de 
las borracheras, ó cuando aquél estaba poseído de cólera. El in- 
dio tenía tantas mujeres cuantas podía comprar j mantener. 

Creíase que la poligamia ensanchaba el número de los parien- 
tes; pero castigaban al que yacía con mujer ajena ó con esclava 
de otro. También el estupro era reconocido y penado como de- 
lito. 

A pesar de que la mujer no había alcanzado, en este suelo, 
ni con mucho, el estado á que la elevó el cristianismo en Europa, 
había alghnas que, por el rango á que pertenecían, sólo se casa- 
ban con los nobles, quienes las tenían en particular estimación y 
las rodeaban de consideraciones, dándole aparato religioso á sus 
bodas: Entre los indios de Guatemala acostumbrábase también, 
cuando h. novia era doncella de calidad, que fuesen á pedirla los 
amigos de la familia del pretendiente, llevando regalos á la de la 
mujer, que si eran aceptados significaban el consentimiento de 
todos. Después de tres instancias, en días diversos y con dá- 
vidas repetidas, se consideraban ya los unos y los otros como pa- 
rientes afines. 

El Padre Las Casas describe con colorido y detalles curiosos, 
como llevaban en andas á la'joven que iba á desposarse, después 
de los obsequios con que se la consideraba comprada. En ale- 
gre comitiva se dirigían todos los parientes, amigos y vasallos de 
la familia de la novia á buscar á los del pretendiente, que á su vez 
salía al encuentro de su futura esposa, con flores, músicas y acom- 
pañamiento de personas, quemando incienso y otras resinas, y 
cantando mitotes alusivos al acto. Este se autorizaba por el je- 
fe de la tribu, atando los vestidos de los contrayentes, en señal 
de quedar unidos. Comían tepexcuintes^ que llamaban también 
xulos^ chumpipes^ chachas y otros animales. Después de la fiesta, 



(1) Sin embargo, dice Las Casas que se enseñaba á los niños á que 
honrasen á los padres y les fuesen obedientes; que no tuviesen codicia de 
»^"cho3 bienes: que no adulterasen con mujer ajena; que no fornicasen, ni 
^asen á mujer,sino á la que fuese suya; que no mirasen á las mujeres pa- 
íodiciarlas, diciendo que no traspasasen umbral ajeno; que si anduvie- 
i de noche por el pueblo, que llevasen lumbre en la mano; que siguiesen 
camino derecho, que no bajasen de camino, ni subiesen tampoco de él; 
á los ciegos no les pusiesen ofendículo para que cayesen; á los lisiados 
escarnesiesen y de los locos no se riesen,porque todo aquello era malo; 
trabajasen y no estuvieran ociosos; y para esto desde niños les enseña- 
como habían de hacerlas sementeras y como beneficiarlas y cogerlas", 
nersboroughis — Mex. Antiq, volu, YIII pag. V62, 









55 

y ya solos los novios, prendían una astilla de ocote (madera resi- 
nosa del pino) y la veían atenta y religiosamente hasta que se 
extinguía. Entonces consumaban el matrimonio. Las llamas 
simbolizaban el fuego de la concupiscencia, que si no se modera a- 
caba por consumir la vida. 

En el reino quiche se toleraba la poligamia; pero una sola 
mujer se tenía por legítima, cuyos hijos eran también los únicos 
que heredaban al padre. Al que moría sin herederos se le se- 
pultaba con sus riquezas, para que fuese él á disfrutarlas en la vi- 
da futura. Tal era la idea que tenían de la existencia después 
del sepulcro, que creían que en ella se gozaba, con la propiedad 
de las cosas, como acaece en este mundo. Los hijos del mismo 
hombre con diversas concubinas, no se reputaban hermanos. 

liosmacechuales ó plebeyos, vi vían con sus mujeres en pobres 
ranchos de cañas y paja, al lado del fogón, junto á la piedra de 
moler el maíz y el comal para cocer la tortillas. Allí dormían, 
sin más cobija que el mismo vestido que llevaban puesto, ó al- 
gún njiserable abrigo para el frío. Las camas eran tapexcos^ ó 
entarimados de canas ó troncos de árboles. Aún viven nuestros 
indios en esas chozas miserables hechas con cañas y techadas con 
paja. Lo que ya no hacen es procurarse el fuego como antes de 
la conquista se lo procuraban. Ponía el indio entre sus pies, é 
inmóvil en el suelo, un pedazo de madera seca. Luego daba con 
sus manos un rápido movimiento giratorio á una vara de palo, cu- 
ya punta frotándose fuertemente sobre aquella madera, hacía bro- 
tar el fuego en pocos minutos. Algunas yerbas secas servían en- 
tonces para propagarle. (1) 

Volviendo al punto de las leyes con que se regían los indios 
de los señoríos de Guatemala, será oportuno decir que á los jue- 
ces, encargados de aplicarlas, se les escogía entre los nobles ó 
principales, quienes también se encargaban de recaudar los tri- 
butos, con mucha fidelidad y diligencia, temerosos sin duda de 
incumr en las graves penas que á los infidentes aplicaban. 

Los grandes crímenes ú otros asuntos importantes que afec- 
taran los intereses del rey, del Estado ó délas alias clases nobilia- 
rias se sometían al conocimiento del consejo real, presidido por 
el monarca. Los subtenientes del rey 6 señores de sangre real 
que gobernaban las provincias, juzgaban los casos más importan- 
tes relativos á su territorio, mientras que las cuestiones locales 
de menor cuantía se decidían por jueces inferiores de aldeas ó cor- 
tijos. Pero aun en el caso de estos negocios de pequeña impor- 
tancia, se oía el parecer de un consejo de personas designadas al 
efecto, que eran una especie de abogados. Según enseña Cogo- 



(1) Este sistema se usa en China, Sumatra, Australia y algunas re- 
giones de África 



r 



0' 



56 



lliiflo, tanto éstos como los jueces podían recibii- presentes, con 
moúvo del pleito. Eii Guatemala, al decir de Las Casas, el juez 
recibía la mitad del valor de la propiedad de la parte coiidcDada; 
esto se entendería probablemente srilo en los crímenes muy gra- 
ves, á cuyos autores se impusiera confiscación de bienes. (1) 

Los castigos más comunes eran los azotes, la muerte, la es- 
clavitud y las penas pecuniarias. Dice Villagutierre que la pe- 
na del último suplicio se aplicaba por medio de la horca, del ga- 
rrote, del fuego ó del despeñadero. En las crónicas y documen- 
tos antiguos han quedado restos de la legislación de los indios, 
con anterioridad á la conquista, por los cuales se pueden notar 
que, si bien imponían esas severas y atroces penas, cuidaban con 
aíiín de no dejar impunes los delitos. 

Cuando el rey se mostraba cruely tirano con sus 8Úbditos,dice 
el cronista Fuentes, que se reunían con gran cautela los ahguaes 
del reino, que eran los grandes de la monarquía, y le deponían, 
eligiendo al inmediato en la sucesiiín hereditaria y confiscábanle 
todos sus bienes; pero si el que levantaba la conspiración contra 
el príncipe no justificaba sus tiranías, se le condenaba á muerte 
con tormento, se le secuestraba cnanto tuviera y se tomaban por 
esclavos su mujer, sus hijos y parientes inmediatos, que se ven- 
dían á trueque de plumas, cacao y mantas, en caí/bal, que era 
una especie de almoneda. 

Los ahaguaes que impedían la recaudación de los tributos 
del rey, eran condenados á muerte, y quedaban esclavos todos 
los de SH familia. 

Si la esposa del rey ó alguna de sus mujeres era infiel, se 
les condenaba á ellas y lí los cómplices á la pena de horca, si 
eran de \os principales^ pero siendo plebeyos, los despeñaban de 
alguna roca. 

El que cometía delito de lesa majestad,ó descubría los secre- 
tos de la guerra,ó se pasaba á la parte de los enemigos, sufría la pe- 
na del último suplicio, confiscación de bienes y esclavitud para la 
familia; pero podían lo? parientes ser rescatados á precio de gra- 
no y mantas. 

El.ladrtjn era condenado á restituir la cosa robada y pagar 

otro tanto de su valor, en plumas ó cacao á la cámara del rey, 

en lo cual algo se asemeja esta pena á la establecida por la legis- 

lacii'm romana. En caso de reincidencia, se duplicaba la pena, 

lor la tercera vez, incurría en la muerte por despeñamiento, á 

ííer que fuera de rico calpul (linaje), que entonces se le per- 

ía redimirse, pagando todos los hurtos y otro tanto al rey. 

En el delito de estupro se imponía al culpable la pena de 



1) Bancroft. Vol. II. pag. 05.5. 



57 

muerte; pero si sólo había habido conatos, se entregaba al cul- 
pable por esclavo de la ofendida. 

Cuando un hombre iba á casarse, era ley que sirviese á los 
padres de la novia durante algún tiempo y que les hiciese alguna 
donación, que devolvían ellos si no se efectuaba el enlace, y en- 
tonces los mismos padres debían servir al novio por igual número 
de días que él les había servido. 

El delito de infidelidad conyugal era de prueba muy privi- 
ligiada; de tal suerte que bastaba, para condenar al acusado, en- 
contrarle alguna prenda de la mujer. 

El incendiario se equiparaba al reo de lesa majestad, porque 
decía que podían destruir todo un pueblo;así es que le condena- 
ban á muerte y confiscación de bienes, con los cuales se pagaban 
los daños y perjuicios que hubiera causado. 

Eran los indios tan fanáticos adoradores de sus dioses que im- 
ponían atroces penas á los que osaban profanar sus ídolos ó adó- 
ratenos; los despeñaban á ellos y á sus familias. 

El cimarrón^ que era el que se huía del dominio ó señorío de 
su dueño, caía en la pena de que su calpul pagara por él cierta 
cantidad de mantas,y si reincidía debía sufrir la muerte de horca. 

La mujer que enviudaba, según dice Torquemada, si era jo- 
ven debía casrse con el hermano ó pariente cercano de su marido, 
y los hijos se enlazaban con los parientes de la madre, porque e- 
11a ya no pertenecía á su calpul. 

Cuando un reo no confesaba le aplicaban el tormento, que 
consistía en suspenderle de un árbol, y atándole solamente los 
dedos pulgares y sahumándole con gran cantidad de chile quema- 
do, azotarle con crueldad. 

En los tres reinos del Quiche, Cakchiquel y Sutojil, se ob- 
servaban todas esas penas, que seguramente eran bárbaras; pe- 
ro no lo eran menos las que establecían los antiguos códigos de 
España y otras naciones europeas, cuya civilización estaba in- 
dudablemente mucho más avanzada. 

En lo que tocaba al parentesco, dice el interesante informe que 
el oidor de la Real Audiencia de Guatemala, Licenciado Don Die- 
go García dirigió al rey de España tenían un árbol pintado, 

y en él siete ramas, que significaban siete grados de parentes- 
co (1). "En estos grados no se podía casar nadie, y esto se en- 
tendía por línea recta, sino fuese que alguno hubiese fecho algún 
gran fecho en armas, y había de ser del tercer grado afuera, Po^ 



(1) Bien conocido es lo que varía el cómputo de los grados de par< 
tesco en varias naciones: así p. e., los primos hermanos por la ley canónj 
están en segundo grado, y por la romana en cuarto grado; porque por 
ley canónica es regla quot genexationes tot gradus, (Véase Compendio ' 
los derechos de la Iglesia por Richter, é Historia de las costumbres de E 
ma por Friedlander. 



68 



línea trasversa, tenía otro árbol con cuatro ramas, que significaban 
el cuarto grado; en estos no se podía casar nadie. 

Fuera de otras leyes que los indios tenían en toda esta pro- 
vincia, reputaban los de esta nación por inviolables las siguien- 
tes (1): 

Cualquiera que menospreciaba los sacrificios de sus ídolos, ó 
sus ritos, moría por ello. 

Cualquiera que se echaba con mujer ajena, moría por ello. 

Cualquiera que tenía cuenta carnal con pariente en los gra- 
dos susodichos, morían por ello ambos. 

Cualquiera que hablaba con alguna mujer, 6 le hacía señas, 
si era casada, le desterraban de su pueblo y quitaban sus bienes. 

Cualquiera que se echaba con esclava ajena, le hacían escla- 
vo, si no fuese que á la tal persona le perdonase el Papa, por 
servicios que hubiese fecho en la guerra. 

Cualquiera que hurtaba, como fuese grave, moría por ello. 

Cualquiera que forzaba doncella, le sacrificaban por ello. 

Cualquiera que mentía, le azotaban bravamente, y si era en 
cosa de guerra, le hacían esclavo por ello" (2). 



i) Los castigos tan severos mencionados aquí, se encuentran también 

. «ros pueblos, donde comienza la transición de cierto grado de civiliza- 

. á otro superior. Nos sorprende ver que el castigo que se imponía por 

/O ilícito con una esclava agena se castigara también por los antiguos 

^ — os con idéntica pena. 

) Documentos inéditos del archivo de Indías,publicados por el Lie. 

^n. Fernández, tomo I, pág. 44. 



L 



CAPITULO SEXTO 



l>» > # < <•! 



La instrucción pública entre los indios de Guatema' 

la. Nociones de orden científico que tenían. 

La poesía^el teatroy la música en América, 

antes de la conquista española. Fiestas 

y diversiones de los indios 



Cómo educaban los mayas á sus hijos.— Escuelas y colegios en el 
Quiche. — Eamos que estudiaban. — El historiador Bancroft contiene datos 
curiosos sobre las letras, entre los indios de Guatemala — Cómo contaban el 
tiempo. — Cuándo comenzaba el año. — Libros que escribían los aborígenes. 
— Papel que hacían en Amatitlán. — Los pobladores de Nicaragua tenían 
efemérides escritas. — El Manuscrito Mejicano. — El Código de Dresden. — 
El Manuscrito Troano. — Conocimiento que tenían los indios en ciencias na- 
turales. — Nociones Astronómicas. — La poesía indiana — Jjos avaricos 6 poe- 
tas peruanos. — Las odas de Nezahualcoyotl. — La poesía quichua. — Poesía 
popular de nuestros indios. — Las representaciones teatrales. — La fiesta de la 
Balsa — El baile del Tun y otras diversiones délos indios. — La danza del 
Toncontín. — El baile de San Pedro y San Juan Bautista — Descripción que 
hace de esa danza el Padre Tomás Gage. — Confesión de sus pecados que 
los indios hacían después de decapitar á San Juan Baustista — Cómo esa 
curiosa fiesta revela bien el carácter de los primitivos pobladores de Amé- 
rica 



Los mayas fueron en extremo cuidadosos de la educación áe 
la juventud, lo mismo que los nahuas. Los padres tomaban muchc 
empeño en instruir á sus hijos, sobre todo en infundirles máximas 
de respeto á la ancianidad, de reverencia á los dioses y de honra 
á sus padres. Los ejercitaban en el manejo del arco y de la fie- 



60 

cha, desde niños, y cuando iban creciendo los enseñaban á labrar 
la tierra. Los muchachos eran educados por el padre, mientras 
que las niñas permanecían al lado de la madre. Los jóvenes en 
Gaatemala dormían bajo el pórtico de la casa, porque se creía 
impropio qne observasen la conducta y oyesen las conversacio- 
nes de la gente casada (1). En Yucatán, también los mucha- 
chos permanecían separados de sus mayores, El primer arte- 
facto que salía de las manos de un niño se dedicaba ¿ los dio- 
ses (2). 

En las principales ciudades había escuelas,, y los historiado- 
res refieren que en el Quiche hubo un seminario con setenta 
maestros y unos cinco mil alumnos, sostenido á expensas del teso- 
ro real. (3) Los hijos de los nobles recibían una educación más 
esmerada, de tal suerte, qne según los cronistas, se les iniciaba en 
los misterios y ritos de su religión; estudiaban el derecho, la mo- 
ral, la música, el arte de la guerra, la astronomía, la astrología, la 
adivinación, la medicina, la poesía, la historia, la escritura pictó- 
rica y los demás ramos del saber que les eran conocidos. Las 
hijas de los nobles eran tenidas en estricta reclusión, y se las 
instruía cuidadosamente en todas las materias que debía saber 
una señora maya (4). 

El erudito historiador norteamericano Mr. Bancroft (5), 
del cual he tomado los precedentes datos, contiene interesantes 
noticias acerca déla educación de la juventud y de las escuelas 
de los indios en Guatemala, que harto demuestran el alto grado 
de importancia relativa que la instrucción pública alcanzó en las 
antiguas naciones civilizadas de este continente. 

No obstante todo eso, siempre eran supersticiosos nuestros 
indios, y así los quiches, á estilo de los romano.?, clasificaban los 
días en fastos, nefastos é indiferentes (6), y aceptaban la divi- 
sión del tiempo que idearon los tultecas, Ei'an en un principio 



(1) "Dormían en los jiortíileü, no sólo cuíirulo hacían su ayuno, maa 
aún casi todo el año, porque no les era permitido tratar ni saber cíe los 
negocios de los casados, ni aón sabían cuándo liabían de casarse, hasta el 
tiempo que les presentaban las mujeres, porque eran muy sujetos y obe- 
dientes á sus padres. Cuando aquestos mancebos iban á sus casas á ver á 

sus padres .tenían su cuenta de que no hablasen los padres cosa 

que fuese menos honesta. "Xiraénez. Hist, Ind. Guat? p. 181.- 

(2) Las Casas, Hist Apologética. M. S.caxt. 179.- 

(S) Juarros, Hist, Guat?, p. 87; Brasseur de Bourboui^, Hist. Nat 
V. T. n, p. 569, 

(4) Lauda, relación pp. 42— i; Carrillo in Soc. Mex. Geog. Boletín, 
* c[K)ca t? in p. 269; Norelet, Voyagc, t? I, p. 191; Brasseur de Bonr- 

irg. Hist. MaL Civ., tS II, pp. 61-2. 

(5) Volume II, page 661. Native races of tbe Pacific states. 

(6) Calendario de Vicente Hernández Spina. Yóase colección de 
'umento históneos, del Dr D, Mariano Padilla, cu la Biblioteca Nacional. 



\ 



61 

los meses 6 lunaciones de veintiséis días, subdivididos en perío- 
dos de trece, y más tarde, acomodándose al curso del sol, pusieron 
su calendario con los mismos dos períodos de trece días, no como 
divisiones astronómicas, sino como semanas. Los cakchiqueles 
tenían también su cómputo de meses, dividiendo el año en 
dieziocho, de veinte días cada uno, resultándoles trescientos se- 
sesenta días, á los cuales tenían qne agregar cinco más, sin dar- 
les nombre. Las seis horas que sobran, y que obligan á aumen- 
tar un día en los años bisiestos, fueron conocidas por los indios. 
No están de acuerdo los autores en la fecha on que comenzaba á 
contarse el tiempo; pero parece que sería el 19 de noviembre, se- 
gún el curioso calendario de Hernández Spina, ó el 24 de di- 
ciembre, según Basseta. 

Los sacerdotes escribían libros, y on Guatemala, según en- 
seña Benzoni, de lo que más se sorprendieron los indios, fué de 
la manera de leer y escribir de los españoles. Pedro Martyr 
hace una descripción detallada de los libros de los aborígenes,, 
describiendo los caracteres (1) de que se valían y las materias 
que empleaban para fabricar una especie de papel, que según 
se sabe, lo hacían los amatitanecos de la corteza del amate ó 
amatt Los pobladores de Nicaragua, al tiempo de la conquis- 
ta, tenían efemérides escritas, por medio de pinturas en colores 
sobre pieles y papeles, muy semejantes al de los Nahuas, pueblo 
del que los nicaragüences eran descendientes. 

Del maya aborigen sólo tres manuscritos se conservan, á saber: 
el manuscrito mejicano^ que se halla en la Librería Imperial de 
París; el Código de Dresden^ que forma una de las joyas históri- 
cas de la Biblioteca Real de esa ciudad; y el Manuscrito Troano^ 
que se encuentra en una tira de papel de maguey, de catorce pies 
de largo y nueve pulgadas de ancho, y que fué descubierto por 
Brasseur de Bourbourg. 

En ciencias naturales tenían algunos conocimientos prácticos 
los aborígenes, que se niegan siempre á revelar. Ellos han conoci- 
do, y conocen, plantas medicinales admirables. Curaban la sífi- 
lis con una decocción de guayacán (2); para catarros, rehumas, 
toses y otras dolencias, usaban el tabaco (8); para enfermedades 



(1) Piter Martyr , dec IV, lib, VIII, ó edición latina de Cologne, 
1574, pag. 354. — Brasseur de Bourbourg. M. S. Troano, t? I, pp. 2-3 
Gomara, Conq. de Méjico, t? L p. 424. 

(2) Oviedo Hist. jSral., t.° I p. 365 

(3) ''Hay en esta tierra mucha diversidad de yerbas medicinales c 
que se curan los naturales: y matan los gusanos, y con que restriñen la t^^ 
gre como es el Piciete, por otro nombre tabaco, que quita dolores causadoí 
de frío, y tomado en humo es provechoso para las rehumas, asma y tos; y 1< 
traen en polvo en la boca los indios y los negros, para adormecer y no sen 
tir el trabajo." — Herrera, Hist. Gen. dec. III, libro VII, cap. IIL 



62 

cutáneas recetaban una masa de gusanos ponzoñosos (1); para 
llagas y escoriaciones, aplicaban lociones de una yerba llamada 
fOí/garaca, junto con hojas molidas de moxot (2); á los heridos 
tn las batallas, los sanaban por medio de medicinas externas (3); 
el cacao, después de extraída la manteca,sc consideraba como pre- 
ventivo contra los venenos (4) Erau muy entendidos en la mane- 
ra de curar otras enfermedades, como se verá en el capítulo si- 
guiente, en el cual me propongo tratar este punto por extenso. 

En astronomía tuvieron los indios muchos conocimientos; en 
cerámica y joyería dejaron riquísimos trabajos; en el arte de tejer 
eranmuy curiosos, y fabricaban telas preciosas de plumas, según 
podrá notarse al tratar, en la presente obra, del estado en que se 
hallaban las naciones de Centro- América á la venida de Cristóbal 
Colón. 

Como los pueblos orientales, eran los originarios del Nuevo 
Mundo muy dados á las obras de imaginación y esparcimiento. 
"La poesía, esta flor que brota siempre en el corazón de los pue- 
blos jóvenes, que crece al calor de las rosadas ilusiones de la ado- 
lescencia, que toma los colores de la naturaleza en que nace, sus a- 
pentos de los ruidos que forman las aves, las cascadas y los bos- 
ques movidos por el viento; ¡cuáu bella y majestuosa no se osten- 
taría entre los primitivos pobladores de América, de este gran 
mundo, que conservaba aíiQ intacto el sello de la mano de Dios! 

Nosotros, hombres nacidos en medio de una civilización que 
se empeña en reformarla naturaleza, en contrariarla y en vencer- 
la, apenas si podemos imaginar siquiera las impresiones que expe- 
rimentaría el alma virgen y robusta de los aborígenes, á la vista 
de cataratas como la del Niágara ó del Tequendama, de volcanes 
como el Popocatepetl ó el Masaya, de lagos como el Titicaca ó el 
Ontario, ó de montes como el CUmboraJio ó el Tupuugato, de sel- 
vas como las que cubrían casi todos los países americanos. 

Suponer que hombres colocados en teatros an espléndida- 
mente decorados hubieran vivido mudos y fríos, ajenos á ese en- 
tusiasmo del alma y á esa plenitud del corazón, que son dondequie- 
ra que existan seres racionales, la inagotable fuente de la más en- 
cantadora poesía, es un absurdo igual ií suponer, que el sol de los 
trópicos no produzca vegetación exhuberaute y frutas exquisitas, 
que los mares, los lagos y los ríos de América, no hubieran con- 
tenido variedad infinita de peces, y las inmensas selvas no hubie- 



Haceu en el (Atiquizaya) una masa de ga^anoa hediondos y 
__3go3, que es maravülosa me licina para todo género do frialdades, y 
" indisposiciones." Id. dea IV, libroVlII, cap. X. — 
^ Oviedo. Hist. Gral.; 19 I, pp. 385.3 

"Curaban ios heridos con polvos de yervaa 6 carbón que llev.i- 
•nra ¿ato" Herrera. His. Gen., dec, III, lib. IV, cap VIL 
Oviedo. His. Gen. t? I, p. 321.— 



63 

ran servido de morada á multitud de aves de herniosas plumajes 
y cantos suavísimos. 

La poesía es tan natural al hombre como el nadar á los peces 
y el volar á las aves. Dondequiera que descubre en torno suyo 
algo que amar ó que admirar, la poesía nace fatalmente del fondo 
del alma, formándose en cantos más ó menos simétricos y delica- 
dos, pero siempre hermosos y robustos. 

Desde el groelandés que canta las delicias de su hogar de 
nieve y sus luchas con los osos blancos en las latitudes polares, has- 
ta el árabe que refiere en los oasis de sus desiertos abrasados, los 
estragos de su espada, las glorias de su tribu, la rabia de sus celos 
ó las delicias de su amor; desde las montanas cubiertas de bruma 
ea que resuenan las melodías del ciego de Morvín, hasta los países 
donde florece el loto, en todas partes la poesía aparece, como el 
sol, dando calor y vida, ó, como la luna, sirviendo de confidente 
suave y melancólica á los sentimientos del alma. 

Siendo esto así, si es cierto que la poesía en los pueblos 
nacientes es como la sonrisa en los niños, la primera manifesta- 
ción del alma humana ¿cómo poner en duda que sociedades tan 
adelantadas y cultas como las que formaban los imperios de 
Moctezuma y Attihualpa, donde las artes útiles para la vida, 
donde las ciencias mismas y la organización política y civil habián 
alcanzado un notable desarrollo, cómo dudar, repetimos, que en 
tales sociedades no existiese la poesía, esta compañera insepara- 
ble aun de las tribus más bárbaras é incultas? 

Si la magnificencia de las cortes de Méjico y del Cuzco, si 
las conquistas dilatadísimas de los ejércitos peruanos y aztecas, si 
la fe viva y la religiosidad de aquellos pueblos, debieron servir 
de tema á las composiciones de los poetas indígenas y ofrecer un 
vasto material á su genio, no debieron ser menos favorecidos por 
la perfección y adelanto del idioma en que componían. Sabido 
es el grado de armonía y riqueza á que había llegado la lengua 
de los antiguos mejicanos, y hoy mismo puede el viajero admi- 
rar la suave cadencia de la lengua quichua en las sierras del 
Pera y del Ecuador. 

Nada tiene, pues, de extraño que los historiadores españoles 
den testimonio de la existencia de poetas y de poemas en casi 
todas las comarcas que descubrieron y conquistaron. Lo que sí 
sorprende es su incomparable desidia para consignar esas poesías; 
lo que admira y contrista es contemplar los escasísimos fragmen- 
tos que de ellas han llegado hasta nosotros. 

Los historiadores que hablan de los avaricos ó poetas perú 
nos, no nos han transmitido ni una pequeña muestra de sus insf 
raciones, y el inca Garcilaso, bastante digno de fe en lo que ataí 
á las costumbres de los indios, asegura que en la corte del Cuz( 
la representación dramática era una de las principales diversi 
nes de la más alta sociedad. 



-^s;^ 



64 

En cuanto á Méjico, las odas atribuidas á Nezahualcoyotl, 
que se han salvado de la univei-sal ruina, demuestran evidente- 
mente que aquella poesía, no sólo había alcanzado un alto grado 
de perfección, sino que talvez no sería difícil descubrir en ella 
algunos síntomas de decadencia. 

Fuera de Méjico y del Perú, uo podrían citarse de otros 
países americanos m£Í|S que algunas imperfectas y brevísimas 
muestras, sólo dignas de atención en cuanto revelan, por una 
parte, cuan abundante sería la poesía indígena cuando encontra- 
mos muestras de ella hasta entre los feroces prehuenches; y, por 
otra, atestiguan ¡ndirectameiito el inmenso valor de lo que se 
perdió para siempre con la rninade los imperios de Méjico y del 
Perú. 

Aunque es muy común la opinión que asigna como un ea 
rácter distintivo á la poesía quichua, un sentimentalismo constante 
y exajerado, no es difícil descubrir que tal juicio toma errada- 
mente por base la literatura del Perú indígena tal como ella se 
ha manifestado después déla conquista, y no tal cual debió ser 
bajo el cetro feliz y glorioso de los antiguos incas. No hay, á lo 
menos, razón de algún valor para suponer que los poetas perua- 
nos de aquella época solo se ejercitasen en la poesía erótica, que 
es la única cultivada al presente. Por el contrario, tenemos para 
creer lo contrario, el testimonio ya citado del historiador Garei- 
laso, y la única muestra de poesía lírica que se ha conservado de 
una época indisputablemente anterior á la conquista, no pertenece 
al género de loa tristes ó yarav'ies modernos. 

Lo natural, pues, es suponer que la antigua poesía quichua 
abundaba en composiciones de los géneros más variados, y que, 
si el amor tuvo, como en todos tiempos y países, inspirados can- 
tores bajo el reinado de los hijos de Manco no faltaron tampoco 
himnos sagrados que ensalzasen la grandeza del Padre Sol, ni 
cantos bélicos para empujar á los soldados hacia el enemigo ó 
encaminar sus heroicos hechos cuando volvían desde Quito ó 
desde Chile cubiertos de gloria y de despojos. 

Empero, cuando hubo sonado la última hora de vida para 
aquel poderoso imperio; cuando los descendientes de los godos 
destruyeron en pocos años aquella civilización original y adelan- 
tada; cuando, junto con su poder, perdieron los peruanos su in- 
dependencia, su religión y hasta su dignidad de hombres hechos 

'\iagen de Dios, toda la actividad que aún yacía en el fondo 
■ella raza infortunada, se concentró en el corazón para Uo- 
toda hora y desde la cuna hasta el sepulcro, las pasadas 
'-~ comparadas con las presentes y futuras miserias. 

íspués de la conquista, ni era fácil que los indios tuviesen 

nciones que no fuesen inspiraciones de dolor, ni los españo- 

"brían tolerado jamás la osadía del que hubiese intentado 
' las hazañas, las glorias, las grandezas, algo, en fin, que no 






65 

fuese el abatimiento y la ruina de los enemigos de Cristo, de los 
idólatras adoradores del Sol. Testigo de ello Jacinto Collahuazo, 
ilustre indio, Jiijo de Imbabura, en el Ecuador, que, por haber 
escrito una interesante historia, fué maltratado y reducido á pri- 
sión después de haber visto quemar su libro en la plaza pública, 
para escarmiento desús hermanos y como justo castigo ''^or ha- 
berse metido en cosas que no convenían á tm indios 

Así se explica no sólo la muerte de la poesía quichua, sino 
también la pérdida de las antiguas composiciones; Es probable 
que los que castigaban tan severamente á los autores, no se mos- 
trasen más indulgentes con los recitadores; y que así, aun los 
cantos más populares, fueran poco á poco cayendo en el olvido." 

(1) . . 

La conquista de América por razas europeas, hundió para 
siempre en los antros del tiempo la civilización aborigen de este 
Continente, á fin de ceder el campo, en el transcurso de las edades 
á otra civilización y á otras costumbres; á otras generaciones de 
diversas gentes, que traían al Nuevo Mundo el germen de nueva 
vida y la simiente de la libertad y del progreso. 

En medio de la naturaleza exuberante de estas comarcas in- 
dianas, iluminadas por los resplandores de ardientes penachos 
que coronan las cúspides de montes altísimos; en las márgenes de 
arenas de oro de los caudalosos é imponentes ríos, que se desplo- 
man en espumantes cascadas, en los deliciosos valles esmaltados 
de perennal verdura; ala sombra del agreste pino, del olmo y de 
la ceiba; en esta tierra, que se llamó después americana, y que 
conserva el sello del perdido paraíso, vivía feliz el indio, congre- 
gado bajo el cetro de reales estirpes. Aquellos pueblos jóvenes, 
inspirados por cuanto se extendía ante sus ojos, cultivaban á pe- 
sar de su rudeza, la flor divina de la poesía, que brota siempre al 
calor del sentimiento, doquiera que haya corazones que laten, 
ilusiones que halagan, penas que hieren. 

Teñíanse sus cautos del variado color del lugar donde nacie- 
ron, y tomaban los matices del cielo sereno y transparente que 
cubre estas regiones: eran el eco dol gorjeo de las aves; del 
susurro del viento, al sacudir los pinos, cual si fuesen las arpas 
del desierto; del murmullo de los arroyos, al mezclarse con los 
blandos suspiros de las flores; del rugido de las tempestades, evo- 
cando los primeros días del mundo. Aquella poesía popular, ex- 
pontánea, inspirada en la naturaleza, debió de ser la manifesta- 
ción de las vitales energías de primitivas razas; el tesoro de sus 
tradiciones; el arca santa de sus recuerdos; el arco iris de sus 
esperanzas. ¡Qué bella luciría aquí todas sus galas esa diosa tu 



(1) Apuntes sobre la poesía indígena de América, por Zorobabe] 
Kodríguez. 



CG 

telar de las naciones, que llora sus glorias, canta sus tristezas y 
augura sus infortunios! 

Entre esos vagos presentimientos, aterraba á la raza indígena 
la idea siniestra de que alguna vez sería sierra de valerosos con- 
quistadores, y el fantasma sombrío que mostraba con aterida 
mano las oprobiosas cadenas, vino á turbar el sueño puro délas 
vírgenes cakchiqueles. Sonó al fin en la historia la hora nefasta 
de la desolación y de la ruina, como suena en el corazón del mo- 
ribundo el postrer eco de los entrecortados estertores de la vida. 
La raza indígena sucumbió al rudo empuje de otras razas, veni- 
das de allende el mar; y entre el humo de los combates homéricos; 
y los torrentes de sangre que tiñieron el Xequijel; y los ayes de 
Tecum; y los suspiros de Ashuraanché; y los vítores de las huestes 
castellanas al audaz conquistador; y la hecatombe producida por 
una de las más grandes epopeyas que presenciaron los siglos; — 
perdiéronse ¡ay! aquellas rosas silvestres que esmaltaban esta tie- 
rra, aquellos cantos primitivos, aquellas poéticas reminiscencias, 
que forman la historia en sus obscuros cr>m¡enzos. Es que los 
pueblos que no cantan, son como los corazones que no palpitan. 
La poesía, alborada de la vida, es el postrer suspiro de la exis- 
tencia. Una raza sin autonomía y sin libertad, es una raza muer- 
ta para el espíritu, muerta para el sentimiento. Cuando enmu- 
decen las arpas, reina el silencio de las tumbas y se apagan los 
rayos del lucero de la esperanza. 

El exterminio fué casi completo en las regiones que los in- 
gleses subyugaron, y no quedan rastros siquiera de la primitiva 
raza allí, donde al borde de un abismo, desplómanse en hórrido 
estallido las cataratas del Niágara. Perdiéronse, con las brumas 
del Ontario y los vapores de tenue gasa del pintoresco río San 
Lorenzo, hasta los ecos do aquellos cantares que, ante la natura- 
leza expléndida, exhalarían los primeros dueños de las selvas y 
llanuras del Norte del Continente. Los peregrinos que vinieron 
en la "Elor de Mayo" á la roca de Plymouth, si no obligaron á 
los indios de primas á primeras á creer en Jesucristo, como el 
fraile Valverde pretendió hacerlo con el inca del Perú, los ahu- 
yentaban á balazos y los cazaban como á bestias feroces. 

Con la muerte de losúltiraos reyes de la raza indígena de 

América, se ocultaba también en la noche del olvido, su poesía 

popular, como medrosa del estrépito de los conquistadores, y de 

'- 'nclemente saña con que, al derribar sus ídolos, no se saciaban 

biendo la ofrenda de montañas de oro, arroyos de sangre y 

~idas de siervos. 

En las faldas del Popocatepetl divísase afín la humilde choza 
cañas y paja del azteca descendiente de reales estirpes; boga 
lancólieo por el bellísimo lago de Atitlán, en estrecho cayuco, 
lijo délos príncipes cakchiqueles; y ei soberbio inca recorre, 

la cabeza oprimida por el mecapaJ^ los bosques sombríos de 



67 

, _ ■ - - ^ ■ ■ — — — ■■■! ■ ■ 11 ■■ ■■■■! I ■■■ ^■■« „ I ■ M»| 

SUS padres, los opulentos quichuas; pero ni el adorador del sol 
canta, ni guarda los poemas de Manco Capac; ni el creyente en 
los misterios del Popol-buj conserva el tesoro de la poesía de sus 
mayores; ni la enervada prole de Moctezuma guarda completa la 
tradición de las vírgenes que salvaron á Nezahualcóyotl. Es que 
muere el quetzal al ver rotas las plumas de su cauda, y desfallece 
el águila, cuando sujeta, no puede sacudir sus alas por el espacio 
del éter. El indio vive, es verdad, en esas orientales tribus, pero 
vive cual la planta silvestre que arrima sus renuevos á exótico ar- 
busto y esconde sus amarillentas hojas en el artístico arriate del 
vergel. El indio guarda algunas de sus tradiciones; pero las 
oculta, como si fueran ocasión de anatema y evocaran una irre- 
parable catástrofe para aquella raza desgraciada. 

Aún tributa culto á sus dioses; pero lo hace á hurtadillas, 
bien así cual si sus preces hubieran motivado la hecatombe de sus 
progenitores. Imita idolátricamente las formas del culto de quie- 
nes lo conquistaron, sólo como para no ofrecer nuevo pretexto á 
la crueldad inaudita con que sus creencias fueron castigadas. 
Conserva sus primitivos idiomas; porque lo último que se extingue 
en las colectividades humanas, es la lengua, reflejo de la fisonomía 
moral de los puebles. 

En todas las poblaciones principales tenían los indios edifi- 
cios destinados á representaciones dramáticas, compuestos de un 
terraplén descubierto y situado en la plaza del mercado ó en el 
atrio inferior de algún templo, pero bastante alto para poder ser 
visto por los espectadores. Uno délos más espaciosos era, según 
dice Cortés, el que había en la plaza de Tlatclolco construido de 
piedra y cal. 

No faltan algunos anticuarios, tan amantes de todo lo que se 
refiere á la primitiva grandeza americana que, como Boturini, ha- 
cen pomposos elogios de las composiciones que los indios repre- 
sentaban. Este escritor asegura que, entre las cosas más curio- 
sas de su museo, tenía dos dramas sobre las apariciones de la ma- 
dre de Dios al neófito mejicano Juan Diego, en los que se notaba 
singular dulzura en el lenguaje y delicadeza en los pensamientos. 

Sin embargo, no es verosímil que observasen las reglas del 
drama, ni que propiamente mereciesen ese nombre aquellas com- 
posiciones tan rudas como primitivas. Antes bien, pienso que la 
descripción que hace el P. Acoí^tade los teatros de losindiosyde 
sus representaciones, es más'conforme con el carácter de aquello 
pueblos. Hablando de las que se daban en Cholula, con motiv< 
de la fiesta del dios Quezaltcoatl, dice: ''Había en el atrio de 
templo de aquel dios, un pequeño teatro de treinta pies en cua- 
dro, curiosamente blanqueado, que adornaban con ramos y asea 
ban con el mayor esmero, guarneciéndolo con arcos de plumas 
flores, y suspendiendo en ellos pájaros, conejos y otros objete 
curiosos. 



68 

Allí se reunía el pueblo después de comer. Presentábanse 
los actores, y hacían sus representaciones burlescas, fingiéndose 
sordos, resfriados, cojos, ciegos j tullidos, los cuales figuraban ir 
á pedir la salud al ídolo. 

Los sordos respondían' despropósitos; los resfriados tosiendo, 
los cojos, cojeaDdo; y todos referían sus males y miserias, con lo 
c^ue excitaban la risa del auditorio. Seguían otros actores que 
hacían el papel de diferentes anímales, unos representando esca- 
rabajos, otros sapos, otros lagartijas, etc. Venían después unos 
muchachos del templo, con alas de mariposas y de pájaros de 
diferentes colores, y subiendo á los árboles, dispuestos al efecto, 
les tiraban los sacerdotes con pequeñas bolas de tierra, por medio 
de las cerbatanas, añadiendo espresiones ridiculas en contra de 
los unos y en favor de los otros. Por fin, se hacía un baile com- , 
puesto de todos los actores y así terminábala ftinción." 

Esta descripciíjn de Acosta recuerda las primeras escenas 
que la historia ha trasmitido de los griegos; y no dudo que, si el 
imperio mejicano hubiera durado un siglo más, su teatro se ha- 
bría reformado como el de- los antiguos. 

Del amor de los primitivos habitantes de estas tierras á la 
poesía y á la danza, es buena prueba la real disposición de 1,514, 
que cita Herrera, por la que se prevenía á todos los que tuvieran 
indios por pajes, que los ensecasen á leer y escribir, y que no se 
les impidiese hacer sus areítos y juegos, así en los días de fiestas 
como en los otros, si no fuese de impedimento para sus trabajos. 
Entre nuestros indios todavía se conoce el baile que llaman del 
Tun (Xahoh-Tun), y que es más bien un drama histórico, cuyo 
argumento se remonta al siglo XII, al decir del abate Brasseur 
de Bourbourg, quien sieudo cura párroco de Rabinal, lo vio re- 
presentar, y llamóle la atención, tanto por el asunto á que se 
refiere, como por lo apropiado de la música y animado de la 
danza (1). 

Diversas especies de fiestas hay entre los indios moscos y de 
Chiriquí, pero no mencionaré sino una de las principales. La 
más importante es la de la Balsa; fiesta que se efectúa general- 
mente al comienzo de la estación seca, y á la cual se dirigen en 
multitud los convidados. Cuando una familia ó un pueblo han 
determinado dar una balsería y se ha señalado la época de ella, 
van Á avisarlo á las casas distantes los mensajeros que á ese efec- 
se despachan, los cuales llevan bejucos que tienen hechos 
tos nudos cuantos días deban transcurrir antes de comenzar la 
ta. Convídase á todos, hombres y mujeres, jóvenes y viejos. 
rún las distancias que hayan de recorrerse, se ponen en cami- 



) Histoire des nations civilisées du Mexique et de 1' Amerique 
.e, t L p. XXVIIL 



.JH 



1 



69 i 

no de modo de llegar al lugar de la cita dos días antes de los. fes- 
tejos; lleva cada cual las provisiones necesarias, porque los orga- 
nizadores apenas proveen de chicha. Por el camino, van soplan- 
do los convidados en unas grandes conchas, cuyo tañido da á 
conocer su paso. El lugar elegido para el caso es por lo regular 
una sabana cerca de un río. Amanece al fin el anhelado día: 
todos se ponen en pié desde los primeros albores, y se encami- 
nan al río á bañarse. Acabado el baño, se pintan todo el cuerpo 
de igual color, azul ó colorado, pero en la cara se dibujan figuras 
muy complicadas de hombres, animales y arabescos como se sue- 
len encontrar en los vasos sacados de las guacas. Las mujeres 
hacen de artistas. Este trabajo ocupa un buen espacio de tiem- 
po, y cuando el convidado se halla listo, ya el sol está casi en mi- 
tad del cielo. Por la cintura se cruza un pedazo de tela fabri- 
cada de la corteza de un árbol (nuni), y luego se cubren la 
cabeza con una piel de animal, de modo que cuelgue sobre las 
espaldas la parte que corresponde á la cola y á las piernas. Los 
animales cuya piel se emplea más á menudo para este objeto son 
el tigre, el oso hormiguero y el oso melero. Si es demasiado 
grande la piel, no hacen uso sino de la cabeza, y de ella cuelgan 
la cola y las patas. Cada cual se dirige entonces al lugar desig- 
nado; y los grupos se van formando en silencio. Poco á poco el 
tambor y los cantos se dejan oír y se comienza á bebería chicha; 
en esto las mujeres, que también se han pintado para la diversión, 
vienen á juntarse á los grupos, y beben con sobriedad, sostienen 
el canto ó platican unas con otras en corros animados. Al cabo 
de dos ó tres horas, la chicha hace su efecto: uno tras otro se le- 
vanta, después de desafiar á una de las personas del mismo gru- 
po. A una señal de las personas más ancianas principia el jaleo. 
A esta sazón, sigue el grupo á los bailarines, y en breve se cubre 
de gente todo el llano. Las mujeres se juntan al grupo en que ven 
á sus maridos. Ya los dos bailarines están frente á frente á cosa 
de veinticinco pasos uno de otro. El que ha lanzado el reto lleva 
en la mano un bastón liviano y esponjoso de palo balso (especie 
de caña); bastón que tiene cerca de dos metros de largo con una 
bola en un extremo, y que va disminuyendo en grosor hacia el 
puño. (1) 

El célebre Padre Tomás Gage, que estuvo en Guatemala, 
por el año 1.625, y que sirvió varios curatos de indios, decía (2^^ 
que aunque estos infelices vivían bajo el yugo y la servidumbre 
no dejaban por eso de ser de muy buen humor y de divertirse ; 



,(1.) Chiriquí, por A. L. Pmart. Traducido para *'EI Repertoi 
Colombiano", página 116, numero 8?, año 79 vol. 13. 

(2.) Viajes de Tomás Gage, capítulo XYII, tomo 11. 



70 

su modo en festines, juegos y danzas; y principalmente el día de 
la fiesta del santo patrón de su pueblo. 

No hay en las Indias un pueblo, grande 6 chico, aunque no 
sea más que de veinte casas, que no esté dedicado á la Virgen ó 
algún santo. 

Dos 6 tres meses antes de la fiesta se reúnen los indios todas 
las noches para prepararse á las danzas acostumbradas en aquellos 
días, y en estas asambleas beben gran cantidad de chocolate y 
chicha. 

Hay una casa ordenada expresamente para cada manera de 
danza, donde está un maestro que va á enseñar á los |[otros, á fin 
de que la sepan perfectamente, antes que llegue el día de la 
fiesta del santo. 

En todo aquel tiempo no se oye otra cosa, todas las noches, 
más que gentes que cantan, que ahullan, que dan golpes sobre 
conchas y que tocan fagotes y flautas. Mas cuando llega la fies- 
ta, por espacio de ocho días, se les ve bailar en público y poner 
en práctica todo lo que han aprendido, en los tres meses, en 
aquellas casas. 

Aquel día se visten muy bien de seda y tela fina con una gran 

cantidad de listones y plumas, según la naturaleza de la danza, 

que ellos comienzan en la iglesia, delante de la imagen del santo 

• patrón de su pueblo, ó bien en el cementerio; y durante la octava, 

van á bailar de casa en casa donde les dan de beber chocolate, 

\ chicha ó cualquier otro brevaje, de suerte que por ocho días no 

i ^ se ve otra cosa que borrachos en el pueblo, y si se les reprenden 

: sus excesos, responden que ellos se regocijan con su santo que 

'' está en el cielo, y que quieren beber á su salud, para que se 

acuerde de sus devotos. 

La danza principal que se practica entre ellos se llama 
i Tonconún^ que algunos españoles, que han vivido entre los indios, 

' han bailado delante del rey de lispaña, en Madrid, para hacerle 

I ver algunas de las costumbres de aquellos pueblos, y se dice que 

su Majestad católica quedó muy satisfecha. 

Ved aquí como lo bailan ordinariamente; los indios que de- 
l^en bailarla son lo menos treinta ó cuarenta, según el tamaño del 
pueblo: todos están vestidos de blanco, tanto los jubones como 
'' ^T calzones y ayates, que de un lado llegan á tocar la tierra: los 
zones y los ayates están bordados de seda ó de pluma ó ador- 
ios con algún buen galón. Algunos también alquilan jubones, 
zones y ayates de tafetán, hechos para el caso; llevan sobre la 
3alda grandes ramilletes de plumas de todos colores, pegadas 
m cierto aparejo dorado que hacen expresamente para ésto, y 
do á sus espaldas con cintas, á fin de que no caiga al tiempo 
1 baile. Además llevan sobre la cabeza otro ramillete de plu- 
i^ero más pequeño que el otro, atándolo á sus sombreros, ó 



1 

1 
4 

t 



71 

bien una especie de casco pintado ó dorado, que se acomodan en 
la cabeza. 

Tienen además en la mano un abanico de plumas y la mayor 
parte lo llevan también en los pies, en forma de una pequeñas 
alas; algunos usan zapatos, otros no; pero están casi todos cubiertos 
de hermosas plumas desde los talones hasta la cabeza. 

El instrumento de que se valen para marcar la cadeccia 
está hecho de un tronco de árbol hueco, que es bien redondo y 
' alisado por dentro, y por fuera muy suave y reluciente, el cual 
es cuatro veces más grueso que nuestras violas, con dos ó tres 
grandes hendiduras del lado de arriba y algunos agujeros en la 
extremidad. A este instrumento lo llaman Tepanabad, 

Lo colocan sobre dos sillas 6 sobre un banco, en medio de 
los indios, y el maestro del baile pega en él con dos palos guar- 
necidos de lana en la estremidad, y cubiertos de un cuero, dado 
con pez para contener la lana. 

Aunque tal instrumento produzca un sonido sordo y pesado, 
sin embargo el que lo toca no deja de sacar diversos tonos según 
el modo de dar los golpes, y por el cambio de este tono, hace 
oír á los que bailan los movimientos que deben hacer, bien sea 
alargándose, bien encorvándose, ó bien cuando es necesario que 
canten ó eleven la voz. 

Además de estas danzas, bailan también nuestras zarabandas 
y las de los negros, con castañuelas; pero el baile que atrae más 
al pueblo y lo atolondra, es una tragedia que representan bailando, 
que consiste muchas veces en la muerte de San Pedro ó en la de 
San Juan Bautista. 

Allí se representa al emperador Nerón, al rey Herodes con "^ 

sus mujeres, vestidas magníficamente; y otro personaje con un 
vestido talar, que hace papel de San Pedro ó San Juan Bautista, 
el cual, mientras que los otros bailan se pasea en medio de ellos, 
con un libro en las manos como si leyese oraciones: todos los que 
danzan están vestidos de capitanes y soldados con espadas, puña- 
les y alabardas en las manos. 

Bailan al son de un tamborcillo y varias flautas; algunas 
veces al rededor y otras adelante, hablando muchas ocasiones al 
emperador ó al rey, y después entre ellos, con el objeto de coger 
y hacer morir al santo. 

El rey y la reina se sientan frecuentemente, para oírlos hablar 
contra el santo, y para oir también sus defensas; después baih 
con los otros. 

El fin del baile es crucificar á San Pedro, con la cabeza abajv 
y cortar la de San Juan Bautista, teniendo dispuesta al intent 
una cabeza pintada en una fuente, que presentan al rey y á ' 
reina, quienes de júbilo bailan después todos juntos, concluyenc 
por quitar de la cruz al que representaba la persona de Sa 
Pedro. 






\ 



r 
' 



'^ 



72 

La mayor parte de los indios tienen una especie de supers- 
tición y de apego á lo que hacen en este baile, como si hubiese 
allí alguna realidad ó algo más que la representación de la 
historia. 

Cuando yo me hallaba entre ellos, el que había representado 
á San Pedro ó San. Juan Bautista, tenía siempre costumbre de 
venir á confesarse el primero, diciendo que debían estar puros y 
santos como el santo que acababan de representar, y que áe de- 
bían preparar para morir. 

De la misma manera, el qae había hecho el papel de Hero- 
des ó de Herodías y los soldados que durante er baile habían 
acusado ó hablado contra los santos, venían también á confesar 
su crimen y á pedir la absolución." 

Es de presumirse que los indios excitados por el licor, y 
apegados siempre á sus antiguas creencias y tradiciones, repre- 
sentarían con mucha fruición esa farsa que refiere el P. Gage, 
imaginándose ellos, en su loca danza, que estaban vengándose 
de San Pedro ó San Juan, a quien le cortaban la cabeza; pero 
después, para no hacerse sospechosos ante los conquistadores, 
á quienes tanto temían, iban á confesar sus pecados hipócrita- 
mente arrepentidos de la irreligiosa bulla que acababan de armar. 
El curioso baile que queda descrito revela bien el carácter de la 
subyugada raza americana. 



■•»>♦< 4<i 



1.^ 






V 



CAPITULO SÉPTIMO 



!-<—♦■ 



Estudio histdrico-crítico acerca de la civilización y 

estado de cultura en que se hallaban los indios de 

Centro-América, al ser descubierto el Nuevo 

Mundo por Cistóbal Colón 



Numerosas y grandes ciudades que hallaron los conquistadores en 
América. — Ocupaciones á que se entregaban los indios. — Cómo se encon- 
traba la propiedad rural en los pueblos aborígenes. — Tierras realengas, 
comunes y del culto. — El Calpullec, que velaba por los interés generales. — 
Los rebaños eran del rey. En que consistía el tributo real. — Los indios 
estaban regidos militarmente. Debían dar uno de sus hijos, por cada tres 
que tuvieran, para sacrificios ó como esclavos. — Población de Centro- Amé- 
rica, antes de la venida de los españoles. — Opulencia del reino del Quiche. 
— Peste asoladora en el año 1520. — La sífilis en América y en Europa. — 
Industrias de los indios de Guatemala. — Las joyas, obras de oro y plata, 
tisúes finísimos y mosaicos de plumas. — La medicina entre los indios. — 
Eemedios para curar diversas enfermedades. — Como curaban la enfermedad 
venérea. — Aplicación de la carne de lagartijas. — Memoria del Protomédico 
de Guatemala Dr. don José Flores, sobre ese remedio. — Empleo del achiote. 
— Eeducción de lujaciones. — Sangrías. — Embalsamamiento de cadáveres. — 
Vestidos que usaban los indios de Guatemala. — Utensilios y costumbres 
domésticas. — Sacrificios y usos bárbaros. — Baile libidinoso llamado Oxtún. 
— Castigo impuesto á los indios de Alotenango, por haber pretendido bai- 
larlo. — Los pipiles del Salvador. — Los chon tales de Honduras. — Los ta- 
lamancas, guaimíes y chorotegas de Costa-Rica, — Informe del Oidor de la 
Real Audiencia de Guatemala don Diego García del Palacio, al rey de Es- 
pana. — Eran independientes de Moctezuma los reinos del Quiche, Gur^'^ 
mala y Atitlán.— Célebres ciudades de esos reinos. — Cómo fueron sub 
gadas por los españoles. — Violación de la célebre princesa Xuchil. 



Después de haber estudiado, con algún detenimiento, en 1 
precedentes capítulos, el origen, manera de ser, desarrollo in^ 
lectual, creencias religiosas, instituciones políticas, leyes civilcL 
penales, usos y costumbres, diversiones, poesía, teatro, música 



74 

baile de los autigiios íudios, y en particular de loa de Guatemala; es 
oportuno exponer cómo se hallaban al tiempo de la conquista del 
Istmo Gen tro- Americano. 

Sin el estudio que queda hecho anteriormente, no era posible 
resumir la condición social, política y económica de los podero- 
sos reinos y numerosas tribus que habital)an nuestro suelo, á la 
sazón que el desdichado hechicero < akchiquel anunció al orgulloso 
rey quiche Vahxaki-Caam que pronto vendrían los hombres 
blancos, vestidos y armados de pies á cabeza á convertir los 
palacios y los templos en habitaciones de lechuzas y gatos de 
monte. (1) 

Refiere el soldado historiador Bernal Díaz del Castillo (2) 
(.^ue los conquistadores encontraron en nuestro suelo "iiumerosf- 
simas y grandes ciudades, al punto que hablando con don Pedro 
de Alvarado, decíanle alegres y satisfechos que do era el caso de 
echar de menos Á México, cou lo que acababan de descubrir." 

Casi todos los indios eran agricultores, aunque no pocos se 
dedicaban al comercio y otros trabajaban muchas minas en varios 
puntos; pero la extracción de los metales no tenía por objeto ni 
la utilidad privada, ni la utilidad comíin, sino el lujo de los sobe- 
ranos y el esplendor del culto religioso. Los terrenos eran de los 
reyes, quienes no soto tenían en su territorio el sumo imperio, sino 
que, en nombre y por autoridad de ellos, se señalaba á cada padre 
de familia una extensión de tierra, para sus sementeras. También 
la nobleza tenía sus tierras; la comunidad de las tribus las suyas, y, 
por áltirao los templos ó sacerdotes eran dueños de otras. En la dis- 
tribución que los régulos y los del calpul hacían á los particulares, 
tocaba mayor extensión al que tenía más hijos, y ellos distribuían 
las semillas y vijilabau los cultivos. Desde que comenzaba á tener el 
niño algunas fuerzas, ya no estaba ocioso; hasta el anciano traba- 
jaba, salvo que se hallase inválido ó enfermo. La moralizadora 
ley del trabajo se imponía por la fuerza á los indios inclinados de 
suyo á la inacción y á la holganza; pero los pobres no eran due- 
ños de las tierras, dado que ejerciendo los nobles y reguíos un 
poder tiránico, disponían como querían de ellas. No eran pro- 
piamente los indios, más que colonos, trabajadores ó siervos de 
la gleba ó de sus amos. (3) 

La propiedad particular del suelo, tan civilizadoni, tan esti- 
mulante, tan necesaria para el desarrollo de los pueblos, cuando 
ijusta ¿las prescripciones económico-políticas en cuanto á su 
■■ribución, uo la conocieron los aborígenes, ni en Guatemala, ni 



i.) Xiniénez refiere detalladamente la tradiciún de eáa profesía de 
aquista de América. 

2.) Folio 164 del borrador original de la historia de Beraal Díaz 
"stillo, que existe en la Municipalidad de esta capital do Guatemala. 
'■ ) Simancas. Zurita. Carbajal, Espinosa. 



75 

en Méjico, ni el Perú, ni en ninguna parte del Continente. El 
sistema de la propiedad territorial de los indios se asemejaba 
mucho al de los señores y pecheros de la edad media en Europa 
(76). Los feudos, las cartas pueblas, el derecho de pernada y 
otros bárbaros que tenían aquellos magnates de horca y cuchillo, 
los tuvieron también análogos, los indios del Anáhuac y del 
territorio de la América Central. Los mayores de una tribu 
formaban el calpul^ que elegía un principal, llamado calpnllec^ 
para que velase por los intereses de la comunidad. Cada ciudad 
tenía tierras separadas, en los suburbios para llenar las necesi- 
dades del ejército en tiempo de guerra. Las aguas pertenecían 
también al monarca, el cual mandaba amojonar los límites de las 
tierras de las comunidades y pueblos por los güegües (ancianos). 

Los rebaños de ganado lanar, como llamas, alpacas y vicu- 
ñas, eran también del rey, quien hacía distribuir las lanas, sin el 
menor desperdicio, ya que sabían cuanto necesitaban cada uno 
para los vestidos que no cambiaban ni de color, ni de clase, ni 
de tela, ni de forma. 

El indio estaba obligado á trabajar una parte del tiempo 
para el soberano, dándole una porción de su coFecha, en forma 
de tributo, una vez que aquél, como padre de todo el pueblo, 
tenía trojes con granos reservados para el pobre, el desvalido, 6 
el de mala fortuna. Rara vez, el hambre era una plaga; porque 
la nación poseía sus dep(5sitos de comunidad, reservados al 
tiempo de escasez. El oficio de hilar era de las mujeres, y el de 
tejer los lienzos y urdir las mantas, estaba reservado á los varo- 
nes. La construcción de las casas, la hechura de las armas, la 
pesca, la labranza de la tierra y los demás oficios fuertes, eran de 
los hombres, mientras que las mujeres preparaban el alimento y 
cuidaban de la prole menuda. La alfarería, la hechura de los 
ídolos, el adorno de los palacios, la construcción de acequias y 
caminos, el laboreo de metales, estaban á cargo de compañías 
masó menos numerosas de indios de todas las provincias, quienes 
se renovaban, según el tiempo que debía durar el trabajo de cada 
parcialidad. 

Al indio no era dado viajar por su propia voluntad, ni salir 
fuera del pueblo, sin permiso del cacique, el cual podía hacerlo 
que mudase de domicilio y aún trasladarlo perpetuamente á otra 
provincia remota. 

Fué tan severa é íntima la dependencia en que estaban Ins 
descendientes de Quicab y Tecum, de sus respectivos régu. 
que divididos los indios en porciones de á diez individuos, 
mandaba un decurión, y así sucesivamente tenían jefes de 
cincuenta, ciento, mil y diez mil pobladores. El jefe infc' 



(1) Torquemada. — Monarquía Indiana, tomo II, pág. 545. 



76 

informaba al superior, hasta llegar á noticia del cacique ó mo- 
narca, la más insignificante circunstancia de su estado, regido se 
puede decir militarmente. Entre los indios, el individuo era 
inmolado á las exijencias ó necesidades del imperio. El salus 
populi suprema lex esto^ de los romanos, constituía la más sabia 
máxima de política de los cakchiqueles, quichés y demás impe- 
rios del suelo americano. Era el principio reconocido en el 
mundo entero, antes de la revolución francesa, que rescató la 
personalidad humana de la absorción social en que había vivido. 

Si se da crédito á Oviedo y Torquemada, debe estimarse el 
tributo que pagaban los indios en la tercera parte de sus produc- 
tos, debiendo entregar además uno de sus hijos, por cada tres 
que tuviesen, para sacrificios ó como esclavos, pena de la vida, 
para el que no obedeciera ley tan bárbara comq tiránica (1). 

Si al régulo ó al monarca veníales en mientes apoderarse de 
la hija ó de la mujer de cualquiera de sus subditos, se las entre- 
gaban, para que satisficiesen sus torpes apetitos. 

Acerca del número de pobladores que tendrían los reinos 
que ocupaban estas comarcas centro-americanas, no es fácil en- 
contrar un dato cierto (2). Sábese, sin embargo, que sólo el 
del Quiche podía poner sobre las armas doscientos mil combatien- 
tes; de donde puede deducirse que acaso tendría más de dos millo- 
nes de hombres, sin contar los cakchiqueles y tzutojiles,que eran 
también muy numerosos. Además había varias tribus y pueblos 
que aumentarían probablemente aquella cifra hasta euatro millo- 
nes de almas. 

Torquemada afirma que la opulencia de los tultecas en el 
Quiché,podía competir con la de los incas del Cuzco y de los Moc- 
tezumas en México. El cronista Fuentes, que pasó en persona por 
el mismo reino del Quiche, confirma esas relaciones, que aunque se 
estimaran algún tanto hiperbólicas, ofrecerían .siempre una base 
para formarse idea, siquiera aproximada, de aquella rica y popu- 
losa monarquía (3). No obstante es preciso apuntar que tan 
opulentas y pobladas regiones, sufrieron en el año 1520, una pes 
te asoladora de cólera morbus, acompañado de una terrible afec- 
ción á la sangre, al extremo de que en pocas semanas desapare- 



(1) Oviedo. Historia General, tomo III, pág. 502. Herrera. His- 
n. Déc. III, lib. 3.** cap. X. 

Calculan generalmente que antes del descubrimiento de América, 

. cii ella una población de cien millones de habitantes indígenas. Hoy 

da la América existen ciento veitiséis millones, de los cuales ocho, 

rígenes puros. Véase "Population of América, before and after 

^ery by Cliristopher Columbus*'. 

Memorial de , Tecpán Altitlán. Isagoge Histórico Aqologético. 
-^andada imprimir por el Gob**. de Guatemala. Año 1892, pág. 



77 

ció buena parte de la población. Atacó más rudamente á los 
nobles que eran los que padecían, por lo común, del mal venéreo. 

Ximénez asegura ''que era una señal de grandeza el sufrir de 
esa dolencia, en razón de ser un signo inequívoco de más poder 
para la unión sexsuál con muchas mujeres, de donde se suele con- 
traer, cosa que la gente vulgar y ordinaria no podia conseguir, ya 
por falta de medios, ya por prohibirlo la legislación de estos paí- 
ses, que sólo permitía poseer lícitamente á las mujeres que cómo- 
damente se podiera mantener." Ello sucedió que más de veinte 
reyezuelos murieron de aquella plaga, que comenzó primero en . 

Ixinché (hoy Tecpán Guatemala) y después se propagó por otras ^ 

partes. 

Sabido es que en el siglo XV hizo la sífilis tales estragos en 
Europa, que desbastó á Roma y á muchas otras ciudades importan- 
tes, creyéndose después, por unos, que de allá había venido á A- 
mérica, y sosteniendo otros que de aquí se había llevado al Viejo 
Mundo. La verdad está hoy demostrada, en el sentido de que 
tan fatal azote es común al género humano, desde tiempos remotísi- ! 

mos (1). La peste del año 1520 y las viruelas en 1521, acaba- 
ron con una parte de los indios de este suelo centro-americano, 
que sufrieron terriblemente en aquella época, cuatro años antes 
déla conquista española. Así y todo, estaban tales países cuando 
vino á ellos Alvarado, atravesando el Soconusco, muy ricos y bas- 
nante civilizados. 

Es por extremo curioso contemplar el adelanto de los indios 
en algunos ramos. Esmaltaban admirablemente los metales y 
tallaban, con arte sin igual, las piedras preciosas. Eran magnífi- 
cas las joyas que Hernán Cortés llevó de estas regiones á su se- 
gunda esposa, consistentes en esmeraldas, amatistes, Carolinas^ 
turquesas y ópalos. No conocían los aborígenes el hierro, y se 
servían de utensilios de piedra dura ó de una mezcla de cobre y 
estaño, que templaban tan bien, como hoy se templa el acero. Lu- 
cían en los palacios, sacrificatorios y edificios públicos, el jaspe, el 
mármol, el pórfido, el alabastro y la obisidiana. De esta última^ 
hacían espejos pulidos, con marcos de oro, y fabricaban también 
cuchillos, semejantes en el filo á una navaja de barba (2). Las 
obras de oro y plata que CarlosV recibió de Cortés llenaron de 
admiración á los artistas de España, Francia é Italia, que las de- 
clararon inimitables (3). Fabricaban los indios quichés y cak- 
chiqueles unos tisúes finísimos. No conocían ni la lana, ni la se- 



(1) "Ensayo histórico sobre el origen de la enfermedad venérea," por 
el Dr. D. Mariano Padilla. Véase también el Compendio de la Historia 
de Yucatán, por D. Crescencio Carrillo, pág. 94. 

(2) Betancourt, Teatro Mexicano, t 9, 1, trat. 11, cap. 4 9, 

(3) Gomara, Crónica de Nueva España, ap. Barcia cap. 79. 




di ordinaria. Tejían conalgodón y hacían preciosísimas telas de 
plumas y de pelo de liebre ó de conejo. Para los géneros fuertes 
usaban plantas textiles diversas (I). Entre los trabajos en que 
sobresalían los indios, no deben olvidarse los mosaicos de plumas 
bellas y lucientes, que tanto ruido hicieron entre los monarcas de 
Europa, que se los disputaron. Pintaban grotescas figuras, con 
colores que extraían de las plantas, árboles, conchas, flores y mi- 
nerales. Sa arquitectura era sdlida, pesada y baja casi siempre, 
como para contrarrestar los temblores de tierra. 

Tenían los indios de Guatemala importantes remedios para 
ranchas enfermedadades que conocíao-y curaban. ''El bálsamo 
(^Mi/roxilon Sonnatense) impropiamente llamado del Perú, que se 
recoje entre Acajutla y río Conialapa (costa del Bálsamo) se usa- 
ba macho por los aborígenes, quienes lo vendían á los españoleíi 
al precio de doscientos cuarenta reales una botija perulera. La 
raíz del mechoaaín, que los farmacéuticos denominan con el nom- 
bre de /aía^ía, la empleaban los indios, y hoy se usa generalmen- 
te como purgante. El ruibarbo, específico contra la bilis, se co- 
noció también desde remotos tiempos. "Ea 1535 se introdujo en 
la materia medica europea el uso de la zarzaparría (mecacpactU) 
de la que dice el inca Garcilaso de la Vega (2) "no tiene necesi- 
dad de que nadie la loe, pues basta para sn loor las azañas que en 
el muado viejo y nuevo ha hecho y hace contra las Bubas y otras 
graves enfermedades". Lo mismo asegura este autor de la coca, 
ó cura que empleaban en lociones par las úlceras venéreas. 

Sahagun nos transmite (3) el modo que los antiguos meji- 
canos tenían para curar las Bubas, é indica los medios para com- 
batirlas. Recomienda el uso interno de la yerba llamada por a- 
qnellos Tletlemoüt, de la Tletlequelzal^y las limaduras de cobre so- 
bre las úlceras y pústulas venéreas. 

En Guatemala usaban también remedios tan sencillos como 
eficaces para la curación de las Bubas, á las que, como se ha dicho, 
daban nombres particulares, según su estado y tamaño. 

Desgraciadamente aquí, como en toda la América española, 
(4) y aún en Europa, por motivos particulares y altamente inte- 
resados, se propagó por los primitivos conquistadores y sus inme- 



(1) Torquemaria, Moaarq. Ind Lib. XIII, cap. 3i, et üb, 14, cap 14. 

'2) Comentarios reales, t ^ 1, pág. 284. 

j Historia Gen. de las cosas de Nueva EspaSa, t ^. III, pág. 100 
— Edición de Bustamante 1830. 

4) "Muchas yerbas hay en el Perú, de tanta virtud para las cosas 
....'inales, que si las conocieran todas, no hubiera necesidad de llevarlas 
España, ni de otras partes; mas los médicos españoles se dan tan poco 
ellas, que aún de lasque antes conocían los indios, se ha perdido la no- 
i déla mayor parte de ellas". Comentarios reales del inca Garcilaso de 
''"Epi. Tomo I, pág, 284, 



79 

diatos descendientes, la absurda idea de que los indígenas eran 
poco más ó menos que unas bestias. En consecuencia se holló su 
raza, se despreció y aniquiló su primitiva civilización, .... .Se 
pisotearon, quemaron y echaron al viento las pabezas de sus secre- 
tos preciosos antes de darles una sola mirada. Los quichés y los 
cakchiqueles,los inmediatos descendientes de la ilustre raza tolteca 
(1) fundadora de la primitiva civilización mejicana, fueron vis- 
tos en Guatemala, en esta parte de la América, con el mayor des- 
precio, con la más alta altanería. Hasta estos últimos tiempos, 
por una inconsecuencia de que apenas el entendimiento puede dar- 
se razón, laclase que llamamos ilustrada, usa aún con misterio de 
aquellos medicamentos nof/ucdísticos de los indios, que á los prin- 
cipios había desechado, dándoles después un valor supersticioso. 
También es cierto que en todo el mundo pasa esto mismo, y el 
vulgo siempre gusta de medicinas raras y caprichosas para las en- 
fermedades que menos conoce, y en ésto está fundado el imperio 
del charlatanismo. 

La América, después de su descubrimiento, suministró á la 
materia médica europea medicamentos preciosos, y con especiali- 
dad una multitud de drogas de que tauto necesitaban los con- 
quistadores para la curación de la sífilis; que según se ha visto, 
era la enfermedad en su época. 

Los indios de Méjico y de Guatemala (2) además del gua- * 

yacan, de la zarzaparrilla, etc., tenían y aún tienen recursos se- j 

cretos para la curación de aquella y otras muchas enfermedades. J 

Es cierto que ellos son en general los que menos molestan á los 



(1) Las famosas monarquías de los quichés y cakchiqueles fueron 
fundadas por los toltecas. Esta palabra significa arquitecto, ó bien oficial 
curioso y primero. A toda obra curiosa y acabada, se le llamaba obra tol- 
teca. Los toltecas eran los sabios, los mágicos, los sacerdotes, los astróno- 
mos (ellos arreglaban el tiempo é hicieron el caledario mejicano), los ge-, 
nerales, los legisladores, los médicos, los botánicos, (oxomoco cipactonatl), 
los poetas, los estatuarios, los pintores, los plateros, lapidarios, tejedores, 
fabricantes de tejidos de plumería y algodón, comerciantes agricultores, etc. 
Eran, en fin, el mucleo de la civilizacióu primitiva, de todo lo que en la so-, 
ciedad civil representa al gobierno, la inteligencia y las fuerzas morales y 
materiales de que tiene necesidad para su sostén y engrandecimiento. — 
Véase á Fuentes y Guzmán, M. S. Historia de Guatemala, Tomo II, págs. 
222, 225 y 273.— Juarros, Tomo II, cap. I pág. 5.— Sahagun, Tomo III 
pág. 109. — Fernaux Compans, Voyages, Eelations et Mmoires. Tome 
VIII. Apéndice, pág. 297, etce. 

(2) El Padre Sahagun dice: "Que los toltecas tenían mucha experien 
cia y conocimiento de las plantas y yerbas, y sabían perfectamente las qu 
eran útiles ó nocivas, y ellos fueron los que dejaron señaladas y conocidas 
las que ahora se usan para curar, porque también eran médicos. Fuero 
tan hábiles en el conocimiento de las plantas, que ellos fueron los primero. 
inventores de la medicina y los primeros médicos herbolarios." Historia de 
las cosas de Nueva España, Tomo III, pág. 109. 



\ 



80 

médicos españoles por aquellas razones, y porque son geneval- 
mente más sanos, infinitamente más sufridos, de una sensibilidad 
más obtusa, de un carácter más concentrado, de un modo de vi- 
vir más simple y natural, j por consiguiente mucho menos pro- 
pensos á las enfermedades. Si no se les Imbiese perjudicado por 
tantos años consecutivos, si no se les hubiese tratado tan mal 
"como se ha dicho, poseeríamos hoy sus secretos preciosos, los de 
su primitiva civilización, casi aniquilada, y las razas no hubieran 
menguado, tanto por el mal tratamiento, que es lo que más des- 
moraliza, y los vicios á que dá lugar, como por la incuria guber- 
nativa. La embriaguez en que el despecho los sumergió (1) y 
después los vicio8,hijos suyos, han puesto esta raza al borde de su 
ruina, ruina común para las otras castas europeas, que se lamen- 
tan extemporáneamente de la falta de población, que con nada 
puede aquí suplirse, para todas las empresas agrícolas é indus- 
triales. 

Tomaban en otro tiempo los indios, según refieren sus anti- 
guas tradiciones y manuscritos, pildoras hechas con la carne pal- 
pitante de las lagartijas, que ellos llaman Cuetzpalin (Lacerta te- 
rrestris), á las que reputaban como un específico para la curación 
del cáncer, la lepra y el mal venéreo, (lí) así como en otras 
épocas lo hacían los europeos con las víboras, á las qiie reputa- 
ban también como un antivenér^o. (3) 

El remedio de las lagartijas de los indios de Amatitláu, en- 
sayado y acogido por el Doctor Flores, tuvo mucho crédito en 
Guatemala y en Méjico. (4) En Italia hizo tanto eco, que Uegó 

(1) Leyes represivas y muy rigurosas dicen loa historiadores regní- 
colas (jue había contra la ebriedad, y en algunas pailea se castigaba hasta 
con la pena de muerte. Fuentes y Guzmán. M. S. Tomo IL Ximénez, 
M. S. — En Zorita se lee: " Ckhd qui s' enivre jusqu a perdrela raison, ne 
méntepas d' avoir une maison dans une viüe et d' étie compté au nombre des 
ciCoj/eTis." 

(2) "Instrucción sohi-e el remedio de las lagartijas" por don Antonio 
de León y Gama, dedicada al Ayuntamiento de Méjico, aüo de 1782. 
Discurso crítico sobre el uaO'de las lagartijas, por don Vicente García de 
laVepa. 

(3) D' autres marques au visage et contraint user et man- 

ger toutes les paliatives, demeurant le fond ct racines empoisounéa et in- 
feutes qui eat langnir et inourir á petit feu ..." — Contes et discours d' 
Eatrape!. — Estos fueron impresos ^jor la primera vez en Kenues, Casa de 

•\ Gilamet, en 1586, y después en Paria, en 1842; cap. 28, pag. 52(1. 
■■& desde cuando ya se curaba la sífilis en Europa 
t) Memoria del Protomédico de Guatemala. Dr. Dn. Jostí Flores. 

.e eí uso de las lagartijas, Méjico, 1782. — En la obra de Dictericli, 
evo tratado sobre las enfermedades venéreas,^' traducido por el Dr. Pala- 
y Villalba, pág. 80, se dice; "Un clérigo español llamado José Flores, 
ía varias curas hechas en América con lagartos" — El Dr. Flores no fué 
go, ni español europeo, sino americano, tam];)oco empleó lagartos {A.- 

■'^r,v'\ sino lagartijas (Lacerta agilis) que usaban los indio.' de Amatitlán. 



>n. 



81 

á llamar la ateuciór; de la Europa (1) á fines del siglo pasado, 
en términos de consignarse en obras clásicas. (2) 

Con el maíz, cuyos granos son de diferente consistencia, co- 
lor y tamaño, preparaban distintas bebidas, y aun el día de hoy, 
usan nuestras gentes muchas de ellas y las tienen en gran estima. 
Tuestan los granos de maíz colorado, lo pulverizan después, y en 
seguida le mezclan agua y azúcar, y forman una bebida agradable 
á la que llaman Chilate^ (Ghüatl) muy recomendada para la go- 
norrea. La harina de maíz negro echada á fermentar en un co- 
cimiento de zarzaparriUa, guacayán, etc., y después cocido para 
detener la fermentación, forma una especie de atole (3) que por 
ser una mezcla de otras cosas, ha recibido de los indios el nom- 
bre de Xoco-atulli, (4) 

Con el mismo cocimiento de zarzapaiTilla, guacayán, cebada 
y azúcar sin purificar (^rapadura\ hacen una cerveza agradable 
{chicha)^ que reputan como antisifilítico y tiene un uso común en 
el país. Así mismo confeccionan con aquellas sustancias distin- 
tos jarabes. 

El agua de achiote (Bixa Orellana) tiene mucha reputación 
para la cura de la gonorrea. Es de creer que los antiguos 
indígenas considerando esta sustancia como un remedio apropia- 
do para la sífilis, lo aplicarían á título de cosmético, para preca- 
verse de ella con la mira de simularla, según el Doctor Esparra- 
gosa, ó con los dos fines á la vez. En Haití, los médicos á quie- 
nes llamaban Bokuüihú ó Bohuüís^ antes de salir de áu casa para 
ir á ver al enfermo, se ponen negra toda la cara con hollín y carbón. 
Las grasas unidas á otros cuerpos inertes como el achiote, algu- 
nas tierras, el polvo de carbón, etc., ponen una barrera entre la 
piel y lo que toca con ella; por este motivo ¿no reputarían aque- 



(1) En efecto, se publicaron varios opúsculos y tratados de los cua- 
les haremos conocer algunos: "Dello specifico delle lucertoUe ó ramarro 
per la radical cura del cancro, della lebbra, é lúe venérea, por Toscanelli, - 

Turín, 1784.— Meo Saggio in torno al nuovo specifico delle lucertolle, Pa- • 

lermo, 1784 — Eacolta di vari oposculi pnblicati sin ora in torno al uso | 

delle lucertolle per la curaggioni de cancri et altri mali. Ñapóles, 1785. ¡ 

Es largo el catálogo de las memorias y otros escritos que se publicaron so- 
bre el particular. 

(2) Dicctionnaire des sciences medicales, en 60 vio. — Dictionnaire 
universel de matiére medícale et de Therapeutique genérale, por F. V. Mc: 
rat, et A. J. Delsus, etc., etc. 

(3) Atole. Así se encuentra esta palabra en los diccionarios de la 

lengua española. Es una corrupción de la palabra mexicana atulli. S( '■ 

compone de at que significa agua, y de ulli^ goma, ó sea goma disuelta en \ 

el agua, ¿qué razón tendrían para corromperla? i 

(4) Xoco-atullL — Hoy se dice, siguiendo la alteración de sus pala- ' 
bras radicales, Xuco-atole. Quiere decir atulli mezclado con algún otro 

fruto. — Xoco^ la x debe pronunciarse como la ch inglesa, y entonces da un 
sonido perfectamente imitativo al de los indios. 



82 

líos arbitrios, además de los otros usos que les daban, como me- 
dios profiliícticos contra la lepra, por cuya causa siempre se pre- 
sentaban los indios untados de diferentes colores? (1) 

Sabían bien nuestros indios reducir una lujaciíjn, sangrar con 
chayen (obsidiana), soldar un hueso roto, curar sus heridas con 
aguas y yerbas medicinales, extirpar tumores, (2) embalsamar los 
cadáveres etc. Los baños fríos, templados y calientes, eran muy 
usados para ciertas dolencias. El baño de íemaxcrti'quc es á 
manera de baño turco muy rudimentario, dentro de una especie 
de horno, Heno de vapor de agua, lo han usado los indígenas des- 
de los tiempos primitivos. ' 

Los vestidos, entre los indios, no obedecían, ni obedecen, al 
capricho inconstante de la moda. Siempre han sido los mismos, 
como entre los orientales, y sólo se diferennian de un pueblo á 
otro. Los nobles llevaban un vestuario de camisa y calzones 
blancos con flecos, y sobre ellos otros calzones labrados que les 
daban á la rodilla: traían las piernas desnudas y su calzado era 
una sandalia de cabulla, asegurada con unas correas sobre el to- 
billo y por el talón: las mangas de la camisa las arregazaban has- 
ta el codo, con una cinta azul ó encarnada: traían el pelo largo y 
cogido hacia atrás, trenzado con un cordón de los referidos colo- 
res, que remataba en borla, insignia concedida á grandes capi- 
tanes: ceñíanse la cintura con' una toalla de colores, que termina- 
ba en «na lazada por delante: sobre los hombros llevaban una 
tilma de hilo blanco, labrada con figuras de pájaros y leones, del 
mismo color, perfilada de torzales y flecos: traían taladradas las 
orejas y el labio inferior, y pendientes en una y otra parte unas 
estrellas de oro ó plata, y en la mano la insignia de su oficio 6 
dignidad. Los indios del día sólo se diferencian de los antiguos 
en que traen el pelo cortado, las mangas de la camisa sueltas y 
DO usan pendientes ni en las orejas, ni en el labio. 

Las indias visten con grande honesítidad: cubren el me- 
dio cuerpo con unas enaguas, que les llegan hasta el tobillo y 
un güipil, que puesto sobre los hombros las cnbre hasta las rodi- 
llas: óste era todo labrado de hilo de colores, y en el día lo bor- 
dan con seda. El cabello lo usan trenzado con cintas de hilo de va- 
rios colores; y también traían zarcillos en las orejas y en el labio 
inferior. 

El traje de los indios mazeguales ó plebeyos era muy simple 
,obre; no se les permitía el uso de mantas de algodón, sino de 
is telas de pita; y éste se reducía á una camisa larga, cuya fal- 
delantera la entraban por entre las piernas hacia atrás, y la de 



1) Ensayo Histórico sobre la enfermedad venérea, [ or el Sr. Dr. Ton 
"DO Padilla. 
i) Olivares — Historia Civil, Lib. I, Cap. 14. 



83 

las espaldas la traían hacia adelante, ciñéndose con una tohallita 
y abrigando con otra la cabeza. Este traje lo usan todavía algunos 
indios de las costas; aunque lo más común es que los indios de 
tierras cálidas anden casi desnudos, sin más que el maztlate^ que 
es un paño con que en parte se cubren. 

Los indios bárbaros del reino de Guatemala, á distinción de los 
de Sinaloa,que andan enteramente desnudos, traían una toballa lar- 
ga en la cintura, que entrando por la horcajadura, les cubría si- 
quiera algún tanto. Los nobles usaban esta toballa de algodón 
muy blanco; mas los plebeyos la bacían de cierta corteza que 
puesta á la corriente del río por algunos días y después bien 
batanada, parecía una finísima gamuza de color anteado. Anda- 
ban siempre pintados de negro, lo cual no era sólo por gala, sino 
por preservarse de los mosquitos: ceñíanse las cabezas con una 
cinta de algodón blanca ó de otros colores, y en ella prendían al- 
gunas plumas rojas, que los capitanes ó señores las usaban ver- 
des. Traían el peló suelto bacia la espalda, y pinjantes en los 
labios y narices. Llevaban el arco y la flecha en la mano y el 
carcax colgado al hombro. (1) 

Si el famoso Torquemada (2'' parte, cap. 28) no exagera,ha- 
se de creer que los indios del reino de Guatemala ponían muy 
particular cuidado en la educación de sus hijos, pues había semi- 
narios para niños y niñas nobles. Los mazeguales vivieron en 
ruda dependencia, y las infelices mujeres llevaron siempre á sus 
niños colgados á las espaldas y sostenidos por un paño, que toda- 
vía se atan sobre el pecho. Así trabajan y andan grandes jorna- 
das. No los abrigan ni los mecen en cunas, sino que los echan 
al suelo ó los duermen en rústicas hamacas. Comen sin mantel 
ninguno, y duermen en toscos tapexcos^ formados de cañas ó de 
troncos de árboles. Tuvieron en otro tiempo, los magnates y 
grandes muchas más comodidades y una cultura que hoy ya no 
se revela en ninguno de esos pueblos. 

En medio de esa civilización relativa en que se encontraban 
los indios de Guatemala, al tiempo de la conquista, había sacrifi- 
cios humanos y otras bárbaras costumbres, que reseñadas quedan 
en los capítulos anteriores. Nada extraño es que, así como 
en la culta Roma, iban las vestales mismas y las nobles doncellas 
á deleitarse al anfiteatro con escenas horribles, de sangre y de 
dolor, fuesen las indias americanas y los niños á presenciar, con 
unción, las impías farsas y cruentos holocaustos de sus idolátri 
eos ritos. (2) 

Eran muy dados nuestros indios, según se ha visto en el ca 



(1) Jaarros, Historia de Guatemala, Tít. II, pág. 32. 

(2) Brasseur d3 Boarbourg, p. 678, tít. IV: Histoire da Mexiq 
et de r Amérique Céntrale. 



84 



pítulo anterior, á los mitotes 6 bailes de diversos géneros, giendo dig 
no de mencionarse el que llamaban oxtum^ y que lo hacían al son 
de los más ruidosos instrumentos de música, preparánaose antes 
por algunos días, sin tocar mujeres, y tomando afrodisiacos. Du-. 
rante el baile, érales lícito apoderarse de las hembras que les plu- 
guiese escoger, parausos torpes y deshonestos. (1) 

Los pipiles, en el Salvador, se contaban entre las naciones 
semicivilizadas, en el siglo ^VI, cuando los españoles llegaron á 
estas tierras; pero nunca tuvieron rey, sino dos capitanes, electos 
por los sacerdotes, á quienes todos obedecían (2). En realidad, 
esos pequeños jefes, dice Squier, más bien eran aliados, para 
fomentar y proteger los intereses generales (3). 

Cuando los españoles llegaron á Nicaragua, se hallaba aquel 
territorio dividido en provincias, habitadas por tribus de distintas 
lenguas, acerca de las cuales habla Oviedo, refiriendo que eran go- 
bernadas por ancianos electos por el pueblo. 

Los chontales de Nicaragua eran muy incultos, y no les 
iban en zaga los talamancas, guaimies, chorotegas, y otros de la 
parte de Costa Rica, que casi han desaparecido. 

Aunque ya se ha hablado detenidamente, en el capítulo III, 
de los sacerdotes, de los altares, y de los sacrificios que hacían á 
sus dioses, creo muy oportuno transcribir aquí lo que acerca de e- 
sos puntos, pudo observar el oidor de la Real Audiencia de Gua- 
temala, D. Diego García del Palacio, á raíz de la conquista espa- 
ñola, quien en su informe al rey, le dijo: ^'Allende del cacique y 
señor natural, tenían un Papa que llamaban Tectt\e\ cual se vestía 
de una ropa larga azul, y traía en la cabeza una diadema y á veces 
mitra, labrada de diferentes colores, y en los cabos de ella, un ma- 
nojo de plumas muy buenas, de unos pájaros que hay en esta tie- 
rra, que llaman quetzales (4); traía de ordinario un báculo en la 
mano, á manera de obispo, y á este obedecían todos en lo que to- 



(1) Recordación Florida de Fuentes y Guzmán, t9 I, p. 41 Madrid- 
1882. Los indios de Alatenango, mandaron á ofrecer mil pesos al Capitán 
General Dn. Martín Carlos de Meneos, á fin de que les diera licencia para 
bailar un Oxtúm.. No se les concedió tal permiso, ni se les recibió el dinero, 
sino que se les impuso un castigo. 

(2) García. Origen de los indios, pág. 329. 
(^^ Squier, Central América, pág. 331. --4.- 

(^4) Aun hoy lleva el mismo nombre este pájaro en todo Centro-A- 
.-ca; y es sin dada alguna el de más hermoso plumaje de toda la Amé- 
\ Es el quetzal {Trogon resplendens Gould, Pharomacrus Mocinno^ de La 
ve) del tamaño de una paloma,su plumaje de un color tornasol verde-do- 
0, el pecho es de un color cinabrio brillante, y el macho, al tiempo de em 
lar, luce generalmente dos hermosísimas plumas de tornasol, verde do- 
que á menudo tienen la dimensión de un metro. El adorno de la ca 
a del sacerdote mayor, mencionado arriba, debe de haber consistido en 
^'^'lacho de estas plumas de quetzal. 



85 

/Caba á las cosas espirituales. Después de éste, tenía el segundo 
lugar en el sacerdocio otro que llamaban el Telina- MatUni^ que 
era el mayor hechicero y letrado en sus libros y artes, y el que de- 
claraba los agüeros y hacía sus pronósticos. Había, allende de es- 
tos, cuatro sacerdotes que llamaban Teupixíiui^ vestidos de diferen- 
tes colores y de ropas hasta los pies, y eran negros, colorados, ver- 
des y amarillos, y éstos eran los del consejo de las cosas de sus 
ceremonias, y los que asistían á todas las supersticiones y boberías 
de su gentilidad. Había también un mayordomo, que tenía cui- 
dado de guardar las joyas y preseas de sus sacrificios, y el que a- 
bría y sacaba los corazones á los sacrificados, y hacíalas demás co- 
sas personales que eran necesarias. Sin los dichos había otros, 
que tenían trompetas é instrumentos de su gentilidad, para cono- 
cer y llamar la gente á los sacrificios que habían de hacer.'' 

No hubo, según afirma Bernal Diez del Castillo (cap. 172)- 
al tiempo de la conquista,ningiin camino de Méjico para estos pue- 
blos de Centro América, sino estrechísimas veredas, que en muchos 
lugares se cerraban. Eran independientes de Moctezuma los po- 
derosos monarcas del Quiche, Guatemala y Atitlán. La corte de 
los mames, 6 sea Huehuetenango, hallóse desierta y asolada, á la 
sazón que Gonzalo de Alvarado llqgó á conquistarlos y á batir la 
espléndida fortaleza de Socaleo, en la cual murieron mil ochocien- 
tos indios. Era aquella ciudad muy rica y populosa; pero la más 
grande, opulenta y digna de atención fué la histórica ütatlán, que 
ha sido ya descrita en el capítulo II. Xelaliú^ que hoy esjQuezal- 
tenango, estaba gobernada por diez capitanes, y tenía más de tres- 
cientos mil habitantes. Además, era famosa la ciudad de Cheme- 
qneuá^ que quiere decir sobre el agua caliente^ y hoy es el pueblo 
de Totonicapam, perteneciente al señorío quiche, que pudo poner 
á disposición de Tecum-Umán noventa mil combatientes. La ciu- 
dad de Quiriguá es monumental, y de ella hizo una descripción muy 
notable Mr. Maudslay, viajero inglés, que visitó nuestro suelo 
(1). Estando en Guatemala aquel anticuario, supo por mi ami- 
go Don Eduardo Rockstroh, haber otra ciudad inexplorada, que 
muy á la ligera había visto en sus excursiones. Situada en un re- 
codo del río Usumacinta, en un paraje en que los violentos rau- 
dales impiden la navegación y donde vienen á coincidir los límites 
de Tabasco, Chiapas Peten, y Huehuetenango, pasada la Sierra 
Madre, se encuentra apartada de todo tránsito, aunque próxima al 
pueblo de Tenosique y á las ruinas de Palenque. Llamaban al re 
ferido lugar Manche^ 6 ciudad del Usumacinta, contándose mará 
villas de los monumentos. 

Entre los cakchiqueles fueron célebres las ciudades de Pati- 



1 



(1) Explorations in Guatemala, and examinations of the neWiy dis- 
coverel Iniíarirains of QiirigLi.í, and tlie Usumacinta. 1883. 



nannt ó Tecpán Guatemala, y J/iIrco.con fortificaciones excelentes 
y gran cultura y'adelanto. En el sefiorío Zutujil se admira la fa- 
mosa corte de Atitlán, entre riscos escaq:)ados á la orilla del lago 
más pintoresco del mundo. Cuando los españoles lograron sojuz- 
gar aquel belicoso pueblo, era muy crecido el níimero de habitan- 
tes, de espíritu altivo y genio indomable. Hernán Cortés en una 
de sus cartas al emperador Carlos V, refiere haber visto en Guate- 
mala templos como los de Méjico. Kl sacrificatorio de Tohil, en 
Utatlán, era un grandioso editício cdnico, con una gradería al fren- 
te. En la cúspide tenía una planicie colosal, con una alta capilla 
de piedra tallada y techo de preciosas maderas. Las paredes e- 
ran de fino estuco, y sobre un trono de oro y piedras preciosas 
estaba colocada la imagen del dios (1). De las ruinas de las 
grandes construcciones del Quiche se han sacado cimientos para 
casi todas las casas de la poblacirfn actual y materiales para cons- 
truir la iglesia que es grande y parte de los edificios públicos que 
hoy existen. 

La poderosa monarquía de UtaÜán se hallaba,,á la venida de 
los españoles, en el colmo de su prosperidad y grandeza. Exten- 
sa de suyo, rica en tierras y cultura, señora ya de muchos pueblos 
circunvecinos, que habían sucumbido Á la ambician de Kicab Ta- 
nub, quería subyugar, en guerra sangrienta, á los zutujiles y á los 
mames, para ser la dueña del más bello territorio que se extiende 
entre ambos mares y en el centro del mundo. Estaba la nación 
Quiche, en su mayor auge, como la Roma de los Césares en víspe- 
ra de la caída del imperio, cuando vino á realizarse de súbito aquel 
vago presentimiento que aterraba á la raza indígena; aquella si- 
niestra idea de que alguna vez sería sierva de valerosos conquis- 
tadores; y el fantasma sombrío, que mostró con aterida mano las 
oprobiosas cadenas, vino á turbar el sueño puro de las vírgenes 
cakchiqueles. En vano Kicab Tanub imploró auxilio del valero- 
so Sinacam, rey de Guatemala,quiense declaró amigo de los teules 
{españoles). El presuntuoso monarca zutujil contestó al reque- 
rimiento del quiche, que él solo y sin ayuda, se daría traza de de- 
fender sus dominios de menos hambrientos y más numerosos ejérci- 
tos que aquel de los extranjeros que marchaba contra ÜtaÜán. 

No bastaron á los valientes quichés ni sus numerosísimos ejér- 
citos, que llegaron á doscientos treinta y dos mil infantes;ni sus ar- 
dides y celadas; ni su bélico ardor, al ver muerto á su rey en el cam- 
de batalla; ni el recuerdo glorioso délas hazañas de sus proge- 
)res; ni el haber dejado, con su sangre, teñido el rio Xequi- 
. . . .Tuvieron que sucumbir, como buenos, al rudo golpe del 
'tino, y el sagrado quetzal dejó de serles propicio. 
Entre las princesas reales del Quiche, era Xuchilla más bella 



fl) Vilhijiutierre-Historia de la Conquii-ta Itza, ¡j. -±02. 



87 



y graciosa/ A la llegada de los españoles, acababa de casarse con 
uno de los primeros dignatarios de la corona. La vio el jefe con- 
quistador, y so pretexto de saber por ella algunos detalles del mo- 
do de ser de las cosas, la hizo llevar ante sí violentamente. Corrió- 
sobresaltado y casi loco el marido de la princesa, se arrodilló ante 
el español, ofrecióle mucho oro y joyas por el rescate de aquella 
joven, con quien el amor y lazos sagrados lo unían; pero el bárba- 
ro jefe, sin piedad y sin escrúpulos, arrojó de allí á las esclavas 
que llevaban los presentes; se quedó con ellos; aprisionó al impor- 
tuno marido; y después de desfogar su torpe liviandad, conservó 
á la desdichada Xuchil entre sus concubinas (1). 

En andas de oro y con valiosos presentes salió despue's el sen- 
cillo Sinacam, esmaltada su gloria con veintiocho coronas de sus 
nobles ascendientes, á ponerse ájas órdenes del conquistador ün. 
Pedro deAlvarado. El antiguo reino de Jiutemal ipñso así rendi- 
do á los monarcas de España. El águila cakchiquel plegó sus a- 
las, y abandonó para siempre á los primitivos señores de nuestro 
suelo. 

Ni pudo el Zutujil cumplir su palabra empeñada, de defen- 
der é\ solo sus dominios; ni fué dado á las otras tribus contener el 
ímpetu invasor de los valientes iberos, que merced á la división 
de los indios, á sus implacables rivalidades, á la inferioridad de sus 
armas y ala enorme diferencia de cultura en que se hallaban, hi- 
cieron posible la conquista americana, en todo caso heroica; por 
más que históricamente fuera natural,y de antemano se hallase de- 
cretada por los designios inescrutables de la Providencia. 



(1) M. S. Cackchicjuel, ó Memorial de Tecpán Atitlán. 
Proceso de residencia de D. Pedro de Alvarado, pág. 77 Brasseur d 
Bourbourg-Histoire du Mexique et de V Amérique Céntrale, t°. 4°. p. 6" 




SEGUNDA PARTE 



Los indios durante la doniinacidn española en América 



GAPITULtO PRIMERO 

Poderlo español, régimen colonial, y suerte 
reservada á Ion indio» por la Conquista 

Poderío de España eiiel siglo XV L — No lia habido conquista sin atro- 
ces crímenes. — Despotismo, centralismo y errores económicos de la Penín- 
pulíi. — La ley cohibía la libertad, y el anatema religioso dominaba la razón. 
A los indios se les trata-ba con dureza y crueldad. — Se popularizó la idea 
de que no eran hombres. — Los reyes de Espafla, sin embai-go, pusieron em- 
peño en prot^er á los indios. — La reinaDña. Isabel la Católica tuvo ámal 
á Colón que los hiciese esclavos. — Carlos V y Felipe n expidieron leyes 
favorables á loa indios. — La Becopilación de las Leyes de Indias. — Obstá- 
culos que á su cumplimiento se oponían. — Antes de los comienzos del si- 
glo X vil ya había disminuido en más de la mitad la población indígena 



- descubrimiento y conquista del Nuevo Hundo, y las famo- 

ctorias que en el antiguo Continente llevó acabo Carlos V, 

' "^ron de España la más poderosa de las naciones, en cuyos vaa- 

'iminios jamás se ponía el so!. Más de veinte veces mayor 

'mperio romano, y con riquezas superioi'es á los delirantes 



89 

sueños de la ambición, sé extendía en el siglo XVI, por las prin- 
cipales partes del planeta, la monarquía española. 

Los populosos y antiquísimos imperios de esía mitad del glo- 
bo fueron á ley de conquista sometidos por los audaces aventure- 
ros,que hicieron flamearen el Continente nuevo el pendónde cas- 
tillos, símbolo de la real majestad del trono de San Fernando. 
Desde Chiguagua hasta la Tierra del Fuego, se obedecieron los 
mandatos y se acataron las leyes de Felipe II y sus demás suceso- 
res. Bajo el imperio del monarca ibero quedaron los valientes az- 
tecas, los indómitos quichés, los orgullosos cakchiqueles, los sufri- 
dos zutujiles, los altivos incas, y las tribus todas que poblaban la 
parte más culta y rica de la América. ^ 

¿Cuál fué la suerte que cupo álos indios durante aquella con- 
quista, y cómo se Ves trató y gobernó mientras fueron subditos de 
España? Tal es la materia de esta segunda parte, que procuraré 
tratar sin prevenciones y odios, que hoy no tienen razón de ser, 
contra la Madre Patria, que nos dejó su lengua, su religión, sus 
costumbres y su cultura social; pero no por eso me será dable 
bosquejar el cuadro del gobierno de la colonia, sin sombras ni man- 
chas; dado que no hubo en la historia conquista alguna sin vio- 
lencias atroces, crímenes inauditos, dolores indecibles y torrentes * 
de lágrimas y sangre. Procuraré, en todo caso, al dejar correr 
mi pluma, que sea como quería el orador romano que se escribie- 
se la historia, sin odio y sin amor. 

En cambio de la flexibilidad que los reyes españoles mostra- 
ron para aprovechar los elementos indígenas del Nuevo Mundo, 
rechazada por la raza anglosajona como colonizadadora, tenía el 
gobierno de los virreyes y capitanes generales, muchas desventa- 
jas. ''En efecto, España, que en política soportaba y profesaba el 
despotismo, que en administración practicaba el centralismo más 
completo, y que en economía política no dejó de aceptar un solo 
error, ni logró poner en práctica una sola verdad, no podía dar á 
sus colonias americanas más que lo que poseía: despotismo, cen- 
tralismo, y en consecuencia miseria. 

Según el sistema español, el rey era, legalmente al menos, y 
acaso de intención, el padre ó más bien dicho el tutor de sus fie- 
les subditos. Estos estaban, por lo tanto, bajo la real potestad y 
bajo la gualda de sus gobernantes. Punto de partida funestísimo 
que había de ser manantial de todo género de torpezas é iniquida- 
des. Una vez admitido, en efecto, era preciso admitir que elrej 
era más competente que sus fieles subditos, tomados uno á uno 
en conjunto, para saber lo que les podía aprovechar ó perjudicaí 
y que por lo tanto tenía facultad, y era el único que la tenía para 'i 

arreglar según su leal saber y entender, la religión, la familia, la ^ 

industria, el comercio, las costumbres y hasta los peinados y los tra 
jes. Consecuencia funesta de un principio falso, pero consecuer 
cia rigurosa. 



i 



I 



/ 90 

~~ ■■ ■ — M — I* «iiM ■ ■■■ ■■■ I ■■■■■■ i^p»! m !■■ ■■■■ — -■■ m- w ■■■■ 111 ■■ I , , m m i^i^»^— ■!■! ■,■ ■ iw , , n »— 

En efecto, en materia de gobierno, ó se cree que los gober- 
nantes, llámense como se llamen, tienen poderes delegados y limi- 
tados^ó se cree que pueden y deben tomar cuantas medidas estimen 
conducentes al progreso y bienestar de la comunidad. El prime- 
ro es el re'gimen de los Estados Unidos; el segundo era el régi- 
men de España." (1) 

No había, ni nunca pudo haber expansión social, ni iniciativa 
particular, á influjo de aquel prurito de reglamentarlo todo. 
Cuando se estudia la antigua legislación de España, pásmase uno 
al ver que la voluntad del monarca intervenía hasta en las cosas 
más baladíes, en los asuntos más ridículos. Ni sólo en Madrid an- 
duvieron á picos pardos muchas encopetadas señoras, cuando se 
publicó la pragmática para poner á raya á las concubinas de los 
clérigos, ni sólo allá se daban reglas, por el legislador, acerca del 
tamaño que por abajo y por arriba debían tener los vestidos de 
las mujeres, sobre las joyas que podían usar las nobles y las ple- 
beyas. Fué asunto serio la forma del peinado y altura del cope- 
te de los oidores, el traje del presidente, las etiquetas del cabildo, 
el monopolio del pescado por los frailes, las fiestas en que hubie- 
se asistencia á la iglesia maypr. La autoridad, á título de solici- 
tud paternal, metía la mano en los más recónditos secretos de la 
vida doméstica. La ley en lo civil cohibía en aquella época la li- 
bertad, y el anatema religioso dominaba la razón. 

En cnanto á los indios, tratóseles con dureza y hasta con 
crueldad; crueldad y dureza que inspiraron al filántropo P. Las 
Casas su obra famosa, que á la vez que revela su elevado y noble 
corazón, ostenta la aspereza é inhumanidad de los procedimientos 
de que ifueron víctimas los dueños de este suelo. 'Tara tranqui- 
lizar sus conciencias, para acallar los remordimientos, que quizá 
experimentaban de cuando en cuando,los conquistadores inventaron 
la teoría de que los indios no eran hombres como los otros hom- 
bres; eran simplemente animales superiores al mono; eran siervos á 
natura^ según la expresión técnica, escolástica, que se creó para 
formular la idea. 

Estos indios, decían los conquistadores, son tan bárbaros, que 
no merecen el nombre de racionales. 

"A título del barbíirismo, silvestre y fiero natural, de las más 
''naciones de estos indios, expone el jurisconsulto Solórzano, fue- 
u^^^ muchos de parecer que se les podía hacer guerra justa, y 

Q cazarlos, cautivarlos y domarlos coma á salvajes, movidos 

' ^a doctrina de Aristóteles y otros" (2). 

3 ve, por esta cita, que aquella llegó á ser una opinión no 



I Zorobabel Rodríguez, Miscelánea literaria, t°. 11, p. 213. 

t Solórzano Pereira, Política Indiana, libro, II, cap. I, número I. 



91 

vulgar, sino científica, por decirlo así,apoyada en las más excelsas 
y acatadas autoridades. 

Y efectivamente, fué defendida con el mayor calor de palabra 
y por escrito; y en ciertas ocasiones solemnes delante del empe- 
rador Carlos V, que asistió desde su trono, y rodeado de sus altos 
dignatarios, á controversias sobre esta materia (1). 

La doctrina de la condición inferior y servil de los indígenas 
americanos llegó á generalizarse tanto^ y á ser tan aceptada, que 
el Papa Paulo III se creyó obligado á condenarla, como lo hizo 
por dos breves expedidos en Roma, á 10 de Junio de 1537, en 
los cuales decidió "que es malicioso y procedido de codicia infer- 
nal y diobólica el pretexto que se ha querido tomar para molestar 
y despojar los indios, y hacerlos esclavos, diciendo que son como 
animales brutos e incapaces de reducirse al gremio y fe de la igle- 
sia católica; y que ól, por autoridad apostólica, después de haber 
sido bien informado, dice y declara lo contrario, y que manda que 
así á los descubiertos como los que adelante se descubrieren sean 
tenidos por verdaderos hombres, capaces de la fe y religión cris- 
tiana, y que por buenos y blandos medios sean atraídos á ella, sin 
que se les hagan molestias, agravios ni vejaciones, ni sean puestos 
en servidumbre, ni privados del libre y lícito uso de sus bienes y 
haciendas, con pena de excomunión, lata sententia ¿psofacto incu- 
rrenda^ y reservada la absolución á la Santa Sede Apostólica, á 
los que lo contrario hicieren, y que esa aún no se les pueda dar 
sino en el artículo de la muerte, y precediendo bastante satisfac- 
ción" (2). 

Ni es sólo el historiador chileno el que pinta con vivos colo- 
res la malhadada suerte de los indios. El. notable literato Gon- 
zález Suárez, dice ''que los indios llegaron á comprender el auvsia 
que los españoles tenían de oro, y en venganza y represalia de 
los malos tratamientos que de ellos recibían, ocultaron todas las 
riquezas que en la ciudad y en otros pueblos había, y tan bien las 
escondieron, que hasta ahora, no se ha logrado descubrirlas, y 
tal vez no se hallarán jamás. Empero, los conquistadores, vién- 
dose burlados en sus más lisonjeras esperanzas, descargaron toda 
su cólera contra los indios, y principalmente contra los caciques ó 
reguíos de los pueblos, á quienes tomaban presos y atormentaban 
para que declararan donde estaban escondidos los tesoros de Ata- 
hualpa. A unos quemaban á fuego lento, á otros les cortaban 
las orejas, ó les mutilaban cruelmente, cortándoles no sólo 



(1) Herrera, Historia General de las Indias, déc. II, libro IV, < 
4°. y 5°., y déc. III, lib. 8°. cap. X. — Edición que se encuentra en la 
blioteca Nacional de Guatemala 

(2) "Los Precusores de la Independencia de Chile, por Mig 
Luis Amunátegui. Tomo II, pág. Sa. Santiago, imprenta de la Eej "^ 
ca, 1871. 



92 



orejas, sino las narices, las manos y los pies. Amarraron á mu- 
chos de dos en dos por las espaldas, y así amarrados los 
ahogaron en el Macháiígara, precipitándolos desde las peñas, 
por donde se complacían en verlos bajar, dando botes, rodando 
hasta el agna. Por dos ocasiones, encerraron á muchos en casas 
y les pegaron fuego, haciéndoles morir dentro abrasados. Otro 
ge'nero de crueldad usaron, que destruyó i millares á los indios, 
y fué la siguiente: para los viajes, para las expediciones que em- 
prendían, reclutaban centenares de. indios, y los empleaban en 
hacerles llevar á cuestas el fardaje: los pobres indios, con mez- 
quino y nada sustancioso alimento, durmiendo á la intemperie, 
rendidos de cansancio, abrumados de fatiga, quedaban muertos 
en los caminos, de tal manera, que de los muchos que eran lleva- 
dos á esas expediciones, apenas volvían á sus hogares unos pocos. 
En esas expediciones no se respetaban ni los más sagrados víncu- 
los de la naturaleza, ni los más tiernos afectos del corazón: el es- 
pañol tenía en más su rocín que un indio!! , , , . Las familias se 
veían desoladas, porque los padres, los esposos, los hermanos, 
eran llevados por el conquistador. lejos de sus hogares á climas 
mortíferos, de donde les sería casi imposible volver; así es que el 
viaje con los extranjeros era la despedida para el sepulcro. Y 
muchas veces do era el clima insalubre, ni la falta de alimento, 
ni el cansancio, lo que hacía pereter á los desventurados indios: 
los españoles, para hacerse temer, incendiaban de proposito los . 
pueblos y los reducían á cenizas, ó hacían despedazar á los desnu- 
dos indígenas con jaurías de perros, que mandaban llevar con ese 
objeto; ni era menos frecuente el ver las mujeres oprobiadas por 
el sensual conquistador, quien, para cohonestar sus vicios, calum- 
nió á la raza americana, diciendo que era incapaz de los delica- 
dos afectos de familia" (1). 

No soy yo, por cierto, de los que creen que si nuestras mi- 
radas no divisaran á Colón y íí las Casas,no se vería en medio de las 



(1) Herrera, Oviedo y Castellanos liablau bien claro de las cruel- 
dades cometidas por los conquistadores contra los pobres indios en Améri- 
ca: aquí, como en todas partea, la conquista ofrece escenas sangrientas. 
Véase e! Opúsculo del P. Fray Bartolomé de los Casas, sobre !a Brevístma 
"lición de las Indias, en el tomo 71? de la Colección de documentos 
tos para la Historia de España -Madrid 1879, El conocido académi- 
le !a Historia, señor Fabití, hizo una nueva edición de ¡os escritos del 
jas Casas, para completar 6 ilustrar con ellos la Biografía del íanioso 
isor de los indios. En el tomo II de !a Biografía, en el apéndice XXI, 
a una copiosa relación de las horribles crueldades que se cometieron 
UK conquista de América. Según este documento, líumiñaliui murió 
itado; y Zopozopangui atenaceado. Creemos estas naii-acione-s no poco 



93 

■^^■^^— ^— ^■^^^^^M^iM^^^'^i*—^^*^»^!»^— ^^ ■ »M ^M— 1^^-^M^^— ^^— ^^— M ■ I ^^^^ ^— ^^^<W^—^I^— — ^i^ ■ —■ ■■»—■■■■ -Mi ■..■■■.--■■■i i ■,, l^ll — ^— <»a I ■ P Wl ■■!■»■■■■ - 

escenas abominables que han ensangrentado la América, nada 
que pudiese consolar la humanidad. Con raras excepciones sin 
embargo, los aventureros que venían á estas tierras, en lo que 
menos pensaban era en el bien y provecho de los miserables in- 
dios, sino en hacer riquezas, á cambio de exponer momento á mo- 
mento la existencia. / Así es que no puede parecer extraño que 
explotasen y maltratasen á los primitivos pobladores de los paí- 
ses conquistados. . Ni la época era de extremada cultura, ni el 
móvil que los traía fué de civilización, ni las ideas de entonces, ni 
el ambiente social en que se encontraron, daban lugar á otros 
trámites y procederes que aquellos de los españoles; y en' medio 
de todo eso, es innegable que los reyes de España, desde el pun- 
to del descubrimiento, pusieron mucho empeño en amparar y 
proteger á los naturales de América. La magnánima doña Isa- 
bel, cuyo corazón era fuente inagotable de amor hacía sus subdi- 
tos, dio órdenes muy estrictas para el buen tratamiento de los 
indios, y hasta enfadóse con Colón porque osaba convertir en escla- 
vos á sits vasallos (1). En el testamento de la excelsa reina, 
recomendó muy encarecidamente que se amparase á los aboríge- 
nes. El emperador Carlos V y el sombrío y cruel Felipe II ex- 
pidieron leyes paternales en pro de los indígenas. La Recopila- 
ción de Indias es un elocuente monumento de la regia solici- 
tud con que, en todas ocasiones, los monarcas españoles se preo- 
cuparon por la felicidad de los aborígenes; pero ya se verá por qué 
aquellas filantrópicas disposiciones se quedaban casi siempre es- 
critas en el papel, sin dar el resultado que hubiera sido apetecible. 

Con la conquista, quedaron los vencidos en verdadera escla- 
vitud, de hecho (2), hasta el punto de que, pasados los horro- 
res de la guerra, tenían los hijos de los reyes de este suelo que de- 
mandar por limosna el pan á sus señores los españoles, como les 
sucedió á los descendientes de Atahualpa. Con todo, no fué tan 
absoluta la abyección en que cayeron los aborígenes, que no 
dejasen de hacer alguna vez esfuerzos heroicos por su libertad, 
sin lograr más que promover el derrame á torrentes de más san- 
gre y provocar la ira horrenda de sus dominadores, que acabaron 
por disminuir en más de la mitad la población americana, antes 
de que alboreara el siglo XVII, según lo demostraré en uno de 
los capítulos siguientes. 

La conquista de América fué, en suma, la epopeya apocalíp- 



(1) Navarrete— Colección II, número 45. 

(2) Véase "Los viajes de Tomás Gage'* — París — 1838, tomo 
página 71, en donde habla de la miserable condición de los indios de Gi 
témala, ^Han triste como la de los esclavos^ 



1 



\ 



94 

tica de heroicos hechos, proezas increíbles, vicios horrendos, ac- 
tos salvajes, virtudes filantrópicas, creaciones nuevas, destruccio- 
nes impías y ayes de dolor de una raza entera. Necesaria evolu- 
ción, acaecida cuando el mundo antiguo, en medio de estruendo- 
so clamoreo, se hallaba viejo y estrecho para el Renacimiento de 
la huraanidarl. 



1 



GAPITÜIxO SEGUNDO 



«•»»#< 4>i 



Las leyes de Indias 



Carácter y tendencias de las Leyes de Indias. — Noble conducta de 
Felipe IV para con los indios. — Pragmática de don Carlos IL — Privilegios 
en favor de los indios. — Conducta de los conquistadores. — El interés pudo 
más' en América que la elevada actitud de los monarcas españoles. — Infor- 
me del arzobispo don Cayetano Francos y Monroy acerca de la condición 
denlos aborígenes. — Cómo se desvirtuaban las filantrópicas miras de los re- 
yes españoles. — Motivos principales que se oponían al buen gobierno de 
las Indias. 



Todo lo relativo al gobierno de América estaba tan prolija y 
menudamente reglamentado en las Leyes de' Indias, que parece 
no hubieran querido los monarcas españoles dejar nada fuera del 
alcance de los preceptos legales. Ni hay en el mundo otro códi- 
go que haya previsto tanto caso, ni consultado con más solicitud 
las ocurrencias todas que podían acaecer en este Continente. Si 
la tendencia de esta legislación era la de alargar lo más posible 
el poderío español en las colonias, también es preciso reconocer 
que tales leyes reflejan un espíritu de justicia y de protección 
hacia los aborígenes, de que ningún otro pueblo conquistad 
más que España, puede envanecerse. 

Si se consulta la época en que las Leyes de Indias se e^ 
dieron y el estado en que la América se encontraba después 
la conquista, se comprenderá por qué no era dable que se hici 
más de loque se hizo, en esa famosa compilación, que si resp 
á las veces espíritu restrictivo, propio de aquellos tiempos, o«^ 



11 



ta á vueltas de los defectos de que se resiente, intención elevada 
y deseo de amparar á los infelices aborígenes. (1) 

En 1628, llegaron á noticia de Felipe IV los malos trata- 
mientos de que eran víctimas los naturales de estos países, y no 
sólo recomendó la más estricta observancia de todas las anteriores 
pragmáticas y cédulas en pro de los indios, sino que, inspirado 
por un celo uoble y en extremo laudable, escribió de su puño lo si- 
guiente: "Quiero que me deis satisfacción á mí y al mundo dei 
modo de tratar esos mis vasallos, y de no hacerlo con que en res- 
puesta de esta carta vea yo ejecutados ejemplares castigos en los 
que hubieran excedido en esta parte, rae dar¿ por deservido; y 
aseguraos que aunque no lo remediéis, lo tengo de remediar, y 
mandaros hacer gran cargo de las más leves omisiones en esto, 
por ser contra Dios y contra mí, y ep total ruina y destrucción 
de esos reíros, cuyos naturales estimo y quiero que sean tratados 
como lo merecen vasallos que tanto sirven á la monarquía, y tan- 
to la han engrandecido é ilustrado.'' 

Carlos II hizo insertar este mandato de su padre en la lej- 
23, título X, libro VI de la Recopilación de Indias, declarando 
que "su voluntad era que los indios fuesen tratados con toda sua- 
vidad, blandura y caricia, y de ninguna persona eclesiástica ó se- 
cular ofendidos; y mandando á los virreyes, presidentes, audien- 
cias y justicias que visto y considerado lo que el rey don Felipe 
IV había sido servido de mandar, y todo cuanto se contenía en 
las leyes dadas en favor de los indios, lo guardasen y cumpliesen 
con tan especial cuidado que no diesen motivo sí su indignación, 
y para todos fuese cargo de residencia." 

Aquellos soberanos, dice D. Miguel Luis Amunáteguí, no se 
limitaron á reconocer una y mil veces, y de la manera más solem- 
ne, que los indígenas americanos eran iguales á sus vasallos espa- 
ñoles, y tan libres como ellos, y por lo tanto dueños de sus per- 
sonas y de sus bienes. 

Hicieron más todavía. 

Decretaron en su favor todos los privilegios que el derecho 
ha inventado para amparar contra los abusos del fraude y de la 
violencia á las personas ignorantes ó desvalidas. (2) 

Entre otros, son muy notables los que siguen: 

Los virreyes, audiencias y demás magistrados de las Indias 

debían poner particular cuidado en que los indios comprasen sus 

•""stimentoB por precios equitativos, "tasándolos con justicia 3- 

■deraeión"; y "en que los hallasen más baratos que la otra gen- 



1) El año 1680 se publicó la Eecopilación de Indias. 

í,2) Los indios estuvieron á cubierto de las iniquidades de la Inqaí- 
'm. Ley 25, t I. Libro 6.— Ley 17, Lib. I, de la Eec. de Indias. 

En el t. 1. del Oedulario de la antigua Real Audiencia hay muchas ce- 
as en favor délos indios del Eeino de G-uatemala. 



97 

te, en atención á su pobreza y trabajo," debiendo castigar los ex- 
cesos con demostración." (1) 

Eran declaradas nulas las compras que se hicieran á los indí- 
genas, á menos que se efectuaran en almoneda pública, debiendo 
pregonarse por el término de treinta días si se trataba de bienes 
raíces, y por el de nueve si se trataba de muebles que valiesen 
más de treinta pesos de oro común. Los objetos de menos valor 
no podían ser enajenados sin permiso e intervención de la jus- 
ticia. (2) 

Las tropelías y vejaciones perpetradas contra los infelices 
naturales causaban tanto disgusto, tanta repugnancia,tal vez tanto 
sonrojo en la corte, que los reyes ordenaron que en las capitula- 
ciones para nuevos descubrimientos ''se excusara la palabra con- 
quista^ y en su lugar se usara de las de pacificación y población, 
pues habiéndose de hacer con toda paz y caridad, era su voluntad 
que aun este nombre interpretado contra la real intención no oca- 
sionase ni diese color á lo capitulado, para que se pudiese hacer 
fuerza ni agravio á los indios". (3) 

Por desgracia, la supresión del nombre no importaba la su- 
presión de la cosa. 

De los hechos que acabo de mencionar muy en resumen, apa- 
rece que había acerca de la condición y tratamiento de los indí- 
genas americanos dos doctrinas diametralmente opuestas, sosteni- ' 
da la una por los reyes y practicada la otra por los conquista- 
dores. , 

La opinión real era defendida en América, comunmente por J 

los eclesiásticos y los legistas. l| 

Según los conquistadores, los indios eran siervos á natura^ 
incapaces de comprender y malos por instinto; especie de bestias, 

que no podían tener otro fin que el de ejecutar oficios de tales. I 

Al observar la manera como se trata á los indios, escribía el rey ; 

á la audiencia de Quito en 19 de Octubre de 1591, ''parecen ha- \ 

ber nacido sólo para el servicio de los españoles"; y en efecto era : 

lo que creían los conquistadores. \ 

Según los reyes, los indios eran hombres como todos los 
otros, aunque más desgraciados y miserables, á quienes los mo- I 

narcas de España, por disposición de Dios y del papa, debían 
instruir en la verdadera fe, para que en la tierra sirviesen á las 
dos Majestades, y pudieran de este modo ser bienaventurados en \ 

el cielo. I 

El destino del desdichado indio, era para los conquistadores | 

(1) Eecopilación de InSias, libro 6, tít I, ley 26. 

(2) id id id id 4, tít. I, ley 27. 

(3) Eeóopilación de Indias, libro IV, tít. I, ley 6. 



98 



el provecho personal de su amo; y para los i^eyes, su conversión al 
catolicismo. 

Cualquiera habría imaginado que la doctrina sostenida con 
tanto empeño y constancia, de abuelos á hijos, por los omnipo- 
tentes reyes de España hubiera sido la que había de prevalecer. 

En abstracto, prescindiendo de las circunstancias especiales, 
esto habría sido lo lógico, lo natural; pero la fuerza de la situa- 
ción pudo más que la voluntad soberana de una larga serie de 
monarcas absolutos y venerados. 

En vano dijeron: esto es lo que queremos y lo ({ue ordena- 
mos; y en vano se llevaron repitiéndolo de añoenaño,por espacio 
de tres siglos. 

Su generoso y ardiente anhelo de hacer á los indígenas di- 
chosos en este mundo y en el otro, tuvo que quebrantarse delante 
de una situación que no pudieron dominar completamente, que no 
pudieron amoldar á sus benéficos planes. 

El genio de Colón había dado á los reyes de España la mag- 
nífica presea de un vasto mundo, ignorado hasta entonces en me- 
dio de las aguas del océano. 

Pero una vez descubierto el nuevo Continente, había que to- 
mar posesión de él; había que conquistarlo, como se dice en la 
lengua vulgar; había que pacificarlo y que poblarlo, como dice la 
ley de Indias. 

La empresa era por demás ardua y dificultosa. 

Para ello, había que imponer la ley á una población despro- 
vista de medios de ataque y defensa comparables á los de los eu- 
ropeos, pero en compensación sumamente numerosa; y sobre to- 
do, había que vencer una naturaleza exuberante é imponente; los 
ríos, las selvas, las ciénegas, las cordilleras; y había que soportar 
todo linaje de privaciones y de penalidaes, desde el hambre has- 
ta la fiebre. 

Habría sido bello, admirable, sublime, el espectáculo de una 
nación que se hubiera encargado de convertir á la civilización 
aquellas poblaciones bárbaras ó semibárbaras, con todo desinterés, 
sin otro estímulo que el de servir á un principio santo, que el de 
cumplir un gran deber, que el de realizar una obra que se presu- 
mía ser sumamente grata á Dios. 

Las cruzadas de esta especie á la América, en el siglo XVI, 
para libertar á los indígenas de los vicios de la barbarie, habrían 
" 'o harto superiores á las que en el siglo XI se dirigieron al Asia 
.ra libertar déla dominación musulnáana el santo sepulcro. 

No pretendo negar que entre las turbas de aventureros que 
nieron al Nuevo Mundo, al tiempo del descubrimiento, ó en las 
>ocas posteriores, hubiera algunos varones insignes y preclaros 
quienes animaban los afectos más generosos, el anhelo de la 
iría, el deseo del engrandecimiento de la patria, el propósito 
ser útiles á sus semejantes y á su religión. 



/ 
/ 
/ 
I 



99 

Pero por desgracia esas fueron excepciones. 

La gran mayoría de los conquistadores y colonizadores es- 
pañoles miraban más por la granjeria de sus haciendas, que por 
la salvación de las almas infieles. 

Aquello que buscaban con empeño desmedido era, no tanto 
méritos para la bienaventuranza celestial, como recursos para la 
prosperidad terrena. 

Inmediatamente que llegaban á una comarca, preguntaban á 
los indios por el oro y la plata que en ella había, hasta el extremo 
de que algunos de los interrogados se persuadieron que estos me- 
tales eran el dios que aquellos extranjeros adoraban. 

Ahora bien, no podían obtener el codiciado atesoramiento 
de riquezas sin la cooperación forzada de los indígenas. 

Los conquistadores españoles eran relativamente muy po- 
cos: algunos millares de individuos esparcidos en un vastísimo 
Continente. 

Aún cuando hubieran tenido voluntad de trabajar, y tiempo 
de hacerlo, no habrían bastado por sí solos, particularmente en 
medio de tantas y tan variadas atenciones, para enriquecerse, y 
sobre todo para enriquecerse pronto y muy pronto, como lo pre- 
tendían. 

La metrópoli, a lo que se ocurre, no podía disponer mas que 
de dos arbitrios para tomar posesión del Nuevo Mundo: ó for- 
mar cuerpos pagados de conquistadores, ó dejar la empresa á la 
actividad individual de sus subditos. 

Lo primero era materialmente imposible. La monarquía es- 
pañola, de erario siempre escueto, no tenía que gastar. Para 
equipar las tres miserables carabelas de la expedición de Colón, la 
reina Isabel tuvo que empeñar sus joyas. ¿Cómo habría podido 
la metrópoli levantar ejércitos asalariados para enviarlos á Amé- 
rica y en seguida proveerlos y mantenerlos en ella? 

No quedaba masque el segundo arbitrio, que fué el que se 
adoptó. 

Pero habría sido insensato imaginarse que tantos aventure- 
ros desalmados hubieran venido á arrostrar todo linaje de fatigas 
y penalidades, sin el atractivo de una ganancia pronta y muy 
cuantiosa. 

Y ésta, dadas las circunstancias, no podía conseguirse sin la 
explotación de los pobres indígenas" (1). 

Por eso no bastó el plausible anhelo de los monarcas iberos 
para hacer felices á los indios. El interés, que es la gran palanca 
que mueve al mundo, pudo más en América que la noble actitud 
de los reyes españoles, desde el otro lado del océano; el interés 



(1) ^'Los precursores da la independencia de Chile," por Mign*^ 
Luis Amunátegui, Tomo II, p. 18 y 19. 



100 

de loG que aquí venían en busca de ora, les hizo considerar á los 
indios como siervos á natura, á pesar délas opiniones de los legis- 
tas y de los eclesiásticos, que propalaban por lo común, lus dere- 
chos de los pobres naturales de es-tas tierras, como antes se ha 
dicho. 

El limo. Don Cayetano Francos y Slonrroy, Arzobispo de 
Guatemala, en un informe que expidió (A 15 de Agoeto de 1784, 
decía: "Es opinión entre algunos que al indio liasia quitarle eldi- 
neroy el pellejo. Lo peor no es que se diga, sino que se ejecu- 
te He aquí porqué dice el Señor Palafox que el juicio 

de los indios ha de ser terrible y temible. Sin embargo, no ex- 
trañaré que haya quién diga que es preciso tratarlos de esta suer- 
te para sujetarlos y que no se subleven. Tampoco me hará fuer- 
za que se aseguro que el indio es por naturaleza incapaz, idiota y 
poco menos qu irracional. Lo primero, á más de ser por decirlo 
así, una hei'cjía política, es un error enorme, y ésto sólo se pue- , 
de decir por quien no los ha tratado, oído ni visitado, como padre 
y como pastor, qmí como dice el Pr. Palafox, es donde única- 
mente se les conoce. Lo que á mí me ha enseñado la experien- 
cia sobre este punto, es 'á la verdad todo lo contrario; y por lo 
mismo, afirmaré que por lo común se vive muy equivocado, pues 
el indio es por naturaleza humilde, agradecido, garboso, fiel y ca- 
paz para cualquier oficio y aun también para el estudio, pues no 
ha faltado algún otro, aunque muy raro, que habiéndose dedicado 
á las letras se ha graduado en la universidad de Salamanca, y 
ascendiendo á las sagradas órdenes, ha desempeñado con acierto 
el oficio de párroco en el pueblo de Ocosocoutla del obispado de 
Chiapa" (1). 

Es Innegable, pues, que á la sombra de las benéficas leyes 
de Indias se habían introducido en América, innumerables abu- 
sos, y que, por medios ingeniosos y atrevidos se burlaban las más 
de las veces las providencias reales. A mediados del último siglo, 
emitieron dos célebres matemáticos, D. Antonio de Ulloa y D. 
Jorge Juan un informe secreto á Fernando VI, que fué impreso 
en Londres el año 1826, en la tipografía de R. Taylor. En esa 
importante obra, escrita por dichos sabios, se narra la crueldad y 
extorsiones de que fueron víctimas los indios; las causas de su 
origen y los motivos de su continuación, durante tres centu- 
rias. 

Ni era hacedero humanamente que, hace trescientos años, Á 
. de la conquista del Nuevo Mundo, en medio de las preocu- 
jiones y errores de aquellos tiempos, dejasen de cometerse 
usos, desvirtuándose las filantrópicas leyes de los monarcas ibe- 



1) "Gaceta de Guatemala," del hmcs (i de Junio de 1803. — n? 
tomoVir, folio 239. 



101 

j ros, que no podían ver lo que pasaba aquende el océano. Era 
\)' ''''\ y tardía la administración y dispendiosos los trámites. Pararepa- 
) ., '. rar una falta necesitábase mucho tiempo y sobra de dilatorias. La 
^) ' ^^ ^ precisa intervención de los tribunales de las Audiencias en to- 
dos los negocios gubernativos era constantemente la causa del en- 
torpecimiento de las disposiciones del Consejo de Indias, de las re- 
soluciones de los virreyes, y del curso de los procesos, por más 
serios é importantes que fuesen. Los virreyes pasaban casi to- 
dos los asuntos á las Audiencias para evitarse cargos en las re- 
sidencias, y tenían que contemporizar con los oidores, que en úl- 
timo caso serían sus jueces. Las Audiencias desplegaban gran 
fuerza subyugadora en sus respectivos distritos, y absorbían con 
su influencia todos los elemeetos gubernativos. Eran los territo- 
rios muy extensos, las comunicaciones harto lentas, y la vida ad- 
ministrativa pausada y soporosa. El aparato y el trámite preva- 
lecían sobre la justicia práctica. Los procesos y los pleitos aho- 
gaban el derecho, mientras languidecían los intereses y se lleva- 
ba una existencia monótonamente triste. 



»•» > # « 4>i 



i 




i 



CAPITULO TERCERO 



Fr. Bartolomé de las Casas en Guatemala, y el 

tributo, los uiandauíiontos y las eucomien- 

(Ins de los indios 



Conatos de rebelión de los ÍQdi(». — Malos tratamientos de que eran vícti- 
mas — Pr.Bartolomé de las Casas. -Su filantrópica misión. — Conquista pací- 
Jlca de la Verapaz. — Tratado latino del P. Las Casas "De tínico vocationia 
modo" — Oposición de la Eeal AndienciadeGuatemala al obispo Las Casas, 
Notas del Cabildo de la ciudad de Guatemala malquistando á Fr. Barto- 
lomé de las Casas con el emperador Curios V — Trabajos del protector de 
los indios para que se abolieran los mandamientos. — El servicio personal de 
los aborígenes en Guatemala. — Las encomiendas. — Opiniones de los ju- 
risconsultos Albornoz, León, Matienzo y Herrera sobre las encomiendas. 



Hacíanse las reducciones de los indios á sangre y fuego por 
los conquistadores, habiéndose aquLÜos sublevado más de una 
vez, al contemplar rotos sus ídolos, violadas sus mujereg, y en es- 
tado de esclavitud á sus hijos. Los incas se esforzaban heroica- 
lente por recobrar su libertad; los araucanos se alzaron; los azte- 
is pusieron en cofiieto á los españoles en la noclie triste; los qui- 
enes se revelaron contra el yugo extranjero; los zendales toma- 
m otra vez las armas, creyendo que volverían íí ser los señores 
;le su tierra; y Quimba, cacique de los jíbaros del Paute, man- 
\ú tocar el cuerno del combate contra los blancos, y redujo á ce- 
izas la ciudad de Logroño, aiTcbatando para sus soldados á to- 
is las mujeres jiívciies, hasta á las monjas de la Concepción, que 



103 

— ^— ^^^^^^ I —■ ■ ■ II ■ »■■■■■■■» p»l W— ■»■ ■■ 1»MMIB ll.MMM ■■■! »■!■ — ■ ■■■ - i .■■-■■II I ■■ ■ —II ■ I II I ■ ■ ■ ■!■■■■■■ 

I 

después fueron, cual otras sabinas, las madres de los hijos de 
aquellos bárbaros. 

Natural era que las naciones de las razas primogénitas de es-* 
te hemisferio se empeñaran en resistir la servidumbre que les im- 
podían los conquistadores, que cayeron sobre ellas como una terri- 
ble maldición, llevando el exterminio y el llanto hasta el pueblo 
más remoto y la choza más apartada. 

En medio de este cuadro de sangre y de dolor^ se alza, cual 
emblema de virtud, de humanidad y de consuelo, el meritísimo 
Fr. Bartolomé de las Casas, protector fervierte de los indios, que 
vino para abolir aquí los tributos de jóveues y niñas, entregadas 
á la liviandad de los conquistadores; para poner término á la ho- 
guera y á la horca; y para abogar contra la rudeza de los manda- 
mientos y encomiendas (1). Diríase que fué el ángel bueno, 
que enjugaba las lágrimas de los infelices conquistados (2). 
' Fr. Bartolomé de las Casas es el modelo de la fe, la piedad y el 
espíritu verdaderamente cristiano, que contrasta con el fanatismo 
feroz de Luque, Dávila y Valverde (3). 

Cuando se considera que la aberración y la codicia pusieron 
en duda hasta la racionalidad délos aborígenes, y que el orgullo 
de los conquistadores, en todas las épocas y en todas las naciones, 
ha visto con odio á los que han sucumbido á la fuerza del desti- 
no; se magnifica y se eleva el filantrópico misionero que abogaba 
por la raza vencida, á pesar del torrente de las ideas y de la opo- 
sición de los dominadores. Mientras que don Pedro de Alvara- 
do había sometido á los indios, por medio del terror en las tie* 
rras vecinas al golfo de Honduras, el piadoso dominico se prepa- 
raba para la conquista pacífica de la región más rica que había 
entonces, por estas primitivas comarcas. Denominábase tierra de 
guerra^ lo que después llamóse Vera Paz^ nombre que revela la 
tranquilidad á que llegaron aquellos pueblos, por el convenci- 
miento y no por la fuerza de las armas. El P. Las Casas había es- 
crito un tratado latino, con el nombre de '' Verdadero modo de 
convertir " (J)e único vocationis modo), por medio de la predica- 
ción. Hizo componer en lengua quiche sencillas canciones, en 
que estaban expuestas las doctrinas fundametales de la religión 
cristiana, y dispuso que aprendiesen á cantarlas algunos de los 
naturales, que ya se habían sometido, y que después se presenta- 
ban como mercaderes para despertar la curiosidad de los pueblos 
que iban á reconocer. La novedad de las baratijas que vendían, 
y el canto y música que empleaban, dice Remesal, atrajo pronto 
á los curiosos deTesulutlán,que en 1537, fueron visitados en per 



(1) Crónica indígena. 

(2) Las Casas vino á Guatemala, á principios del año 1531. 

(3) Oeuvres de Marmontel. Vol. III, Los Incas. 



104 

sona por el mismo Fr. Bartolomé, pacífico redentor de los indios 
bravos de la Vera-Paz. (1) 

Ni se limitaba el celo del piadoso misionero í reducir, por 
la razón, Á los pueblos de aquella exuberante zona; que también 
el filantrópico discípulo de Cristo, clamó por que no se impusie- 
ran los onerosos tributos y las tequiosas encomiendas sobre aque- 
llos á quienes llamaba hijos suyos. La Real Audiencia de Gua- 
temala era contraria á los propósitos del protector de los aborí- 
genes, quien con fe inquebrantable on sus propósitos y alentado 
por su corazón magnánimo, tuvo que hacer viajtí á España para 
abogar por los indios y por la conquista pacífica de las tierras de 
la. Corona. El Cabildo de la muy Noble y Leal Ciudad de los Ca- 
balleros de Guatemala, dirigió con fechas 20 de Abril de 1540 y 
10 de Septiembre de 1543, oficios al emperador, tratando de 
malquistar á Fr. Bartolomé de las Casas, (2) á quien llamaron 
"frayle no letrado, non sánelo ynvidiuso, vanaf/lorioso, apasio- 
nado, ynqiiieto y no falto de cudiciu." Tampoco se mostró amis- 
toso hacia él, el obispo Marroquín,qne también hizo malévolas apre- 
ciaciones de su conducta, ante el gobierno de España. (3) Ca- 
si todos se burlaban de las filantrópicas ideas del Vicario de los 
Dominicos, quien sostuvo siempre que sólo por la persuación era 
legítimo tornar al cristianismo á los indios. Hoy la historia le ha 
hecho justicia, y recuerda con admiración al varón humanitario 
que indujo al gobernador del reino de Guatemala, Alonso de 
Maldonado, á no establecer encomiendas en la Vera-Paz, y á que 
ningún español entrara allí por el término de cinco años. (4) 

Los misioneros fueron hasta el centro de aquella región, y 
después de convertir al cacique Don Juan, que así decían al jefe 
de las tribus, juntáronlas en pueblos, que se hallaron ricos y feli- 
ces, mientras no cayeron en manos de la codicia de los aventu- 
reros. Los choles, los manche's y otros fueron reducidos por los 
religiosos dominicos, quienes fundaron muchos pueblos; pero el 
año de 1678, sin que se sepa el motivo, volviéronse á internar á 
los montes, (o) Sería acaso porque comenzaron á sentir el du- 
ro yugo de los encomenderos, á pesar de los esfuerzos del virtuoso 
Padre Las Casas que tanto hizo porque se aboliera la mita- ins- 
titucióo odiosa que hacía huir á loa indios á esconderse en los 



Herrera, Dúc. I, Libro IX, cap. 14. 

Gavarrete. cop. Doc, 41, 4-i. — Arévalo, Ciileuüión de docamen- 
■uiLiguos, 15, 16.— Edición de "El Musco Guatemalteco" — 1857. 
(íí) Bancroft, Vohime VII, page 3üJL leazbaleeta, Colee. Doc. I, 

Convenio de 2 de Mayo de 1537 y Ctídulas de 17 de Octubre 
J y 19 de Mayo de 1543. 

Juarros — ílistoria dj Guatein'ila, ttt. 2'' \>. 1-Sl. 



í 



105 



bosques. (1) Para comprenderla, bastará decir que los infelices 
aborígenes eran vasallos inmediatos de la corona, ó dependien- 
tes directos de otro vasallo, al cual habían sido cedidos en enco- 
mienda, durante la vida del encomendero ó de sus hijos; pero en 
todo caso estaba sujeto cada indio al tributo^ que era un impuesto 
que pagaban en maíz, mantas, aves de corral, cacao y otros pro- 
ductos. Por un salario fijo se les obligaba á trabajar en el cul- 
tivo de los campos, en el cuidado de los rebaños, en la conserva- 
ción y construcción de caminos y edificios público^. Debían 
concurrir al trabajo alternados y en cierto orden. Esto era lo 
que se llamaba mita^ 6 sean los mandamientos^ que hasta el día, 
por desgracia se conocen. Verdad es que las leyes mandaban 
que no se sacase á los pobladores de una comarca, sino hasta 
cierto número de leguas de distancia, y que se les dejase tiempo 
para sus sementeras y que no se les obligara fuera de su turno, 
y que no se les exijiese mayor trabajo que aquel lí que se halla- 
ban obligados; pero no es menos cierto qne la mita, como dice el 
historiador Barros Arana (2) llegó íí ser un motivo de terror 
para los desgraciados indios. En vano se residenció á varios, en- 
tre otros á un Gobernador de Honduras, porque mandaron repe- 
tidas veces á los naturales de los pueblos muy lejos de su domi- 
cilio. El defecto estaba en la institución, y no era hacedero que 
el rey de España, desde el Escorial, pudiese evitar la serie de 
abusos infames que se cometían. En el año 1680 formó el oidor 
de Guatemala Chacón Abarca unas ordenanzas, reglamentando 
los mandamientos que siempre fueron manantial de tropelías con- 
tra los indios. J 

Pues bien; Fray Bartolomé de las Casas predicó y escribió 
mucho contra los mandamientos y contra el ''tributo trimestral 
de doscientas cincuenta mantas, cuarenta y dos ziquipües de ca- 
cao y lo de la sementera." (3) En aquellos tiempos de abso- 
lutismo, en que no se reconocían derechos individuales, en que 
las ideas económicas eran erróneas, á raiz de la misma conquista, 
consideraba el abogado délos indios que era una verdadera escla- 



(1) La Keal Cédula de 80 de Octubre de 1547, dispuso que ningún 
español entrase en la Verapaz sin licencia del Sr. Pedro de Ángulo "y otros 
religiosos dominicos, 3^ que saliese de tal provincia don Francisco Montejo, 
sin sacar indios, bajo pena de muerte. Otra Eeal Cédula, expedida á ins- 
tancias de Las Casas, dispuso con fecha 9 de Octubre de 1549, que no se 
les hiciese guerra á los indios de Cliiapa, sino que por medios pacíficos se 
les indujera á la religión. 

(2) Historia de América, pág. 49, tít. 11. — Véase la Noticia His- 
tórica de Soconusco por don Manuel Larrainzar, pág. 22. — Los yanaconas 
eran verdaderos esclavos en el Peni, Quito y otras regiones. Véase la 
Historia del Ecuador, por González, Suárez tít III, pág. 455. 

(8) Pacheco y Cárdenas. Col. Doc. VII 231.. 6. Colección de las 
obras del Padre Las Casas, publicación de Llórente — Paris^ 1822. 



^m 



-»r>^: 



106 



vitud eso de llevarlos á trabajar de un punto á otro, sacándolos dfe 
su domicilio y forzándolos á rudas faenas. Hoy, á fines del siglo XIX, 
que se oiga siquiera sea tardíamente, la voz de Fray Bartolomé 
de Las Casas, y que queden abolidos los mandamieyítos de indios! 
Antes de que se le erija la estatua que, con tanta justicia acordó 
el Gobierno levantarle, no debe haber ya mandamientos en Gua- 
temala! 

Empero, ya he de tratar ampliamente ese punto en el lugar 
que le corresponde. Cumple ahora apuntar solamente que, desde el 
principio del descubrimiento de América, se establecieron las en- 
comiendas y los mandamientos de indios, contra los cuales traba- 
jó después con ardor el fraile dominicano, sin que los españoles 
cedieran ante su celo y razones. (1) Por otra parte, los mismos 
eclesiásticos se enriquecían á expensas de los indios, ocupando un 
número crecidísimo en los curatos y cofradías, pues á la verdad 
que no todos estaban inspirados por el benéfico anhelo del memo- 
rable Las Casas. (2) 

Solórzano (3) nota que, por el año 1568 en las provincias 
de Guatemala y en otras de Chile, Quito y Nueva España, no 
acababa de desarraigarse el servicio personal que. muchos enco- 
menderos exigían por vía de tributo, rehusando de todo punto su 
tasación. Herrera (5, 10 y 9,) hablando de mediados del siglo 
XVI, expone que al fin de mucho tiempo se ejecutaron las nue- 
vas leyes en el Perú, Nicaragua y Guatemala, á costa de mucho 
caudal de la real hacienda, muchas muertes y destrucciones; y 
refiriéndose al mismo siglo XVI, añade: después acá por remi- 
sión de algunos viso-reyes y lo mismo presidentes y gobernadores, 
y por otras razones, las reales provisiones hechas con muy buen 
acuerdo de su consejo para la conservación de los indios, se rela- 
jaron con gran daño de ellos. Agía, que escribió el año de 1603, 
supone vigente en su tiempo en las mismas provincias esta espe- 
cie de esclavitud; y no parece haberse extinguido hasta haber 
sido sustituida por otra muy diferente en sus trámites, pero idén- 
tica en la sustancia, y acaso más funesta en sus estragos. 

Otra especie de servicio personal, que también se enderezaba 
á particulares comodidades y aprovechamientos, se introdujo anti- 
guamente en todas las provincias de las Indias; y aún se conservó 
en muchas, con haber tantas leyes y ordenanzas que lo prohiben. 
Pidiendo los españoles, pobladores y habitantes de ellas, á las 
vicias, que para el servicio de sus personas y casas, y traerles 






(1) Juan A. Llórente, biografía del P. Las Casas, al principio de 
^"^^as de este venerable obispo. 

) Por Real Cédula feclia en Zaragoza á 80 de Junio de 15-17 se 
^uso que el presidente y oidores de la Audiencia Real de Guatemala, 
^'-^"^n encomendar á los indios que vacasen. 
Libro II, cap. 11. 



i I 



107 

agua y leña, ó cuidar de sus cocinas y caballerizas, les repartan 
algunos indios por semanas ó meses; que les sirvan, aunque no 
quieran, pagándoles un corto jornal, á los cuales en el Perú lla- 
man mitayos de servicio, y violentándoles y oprimiéndoles con 
este color, á servicios graves y laboriosos. Estos repartimientos 
se llamaron en el país mandamientos, y prevalecieron después de 
la edad del célebre Casas. 

Apenas por el año de 1552 se despachó carta á la Audien- 
cia de Guatemala, encargando á los oidores de ella que saliesen 
á la visita de la tierra, tuviesen cuenta de hacer que los indios 
trabajasen en sus haciendas y heredades, y en las ajenas, y no 
se les permitiese la ociosidad, dando por razón, que se dice, son 
flojos y holgazanes, y si no se provee que trabajen para' su pro- 
vecho, no tendrán ningún género de policía, ni aprovechamiento, 
lo cual sería en daño suyo. Todavía en el propio año de 52, se 
prohibió, por cédula de 20 de Marzo, el dar los indios para labrar 
las casas de españoles, y se manda que no se les den, si no los 
que quisieren trabajar de su voluntad, y pagándoles muy bien 
sus jornales. 

Pero ya en cabildo de 12 de Noviembre de 72 se recibe 
mal que el señor presidente reserve del servicio ordinario de la 
ciudad á los indios, y se acuerda pedir no los reserve, y no re- 
mediándolo, se apele de su proveído para la Real Audiencia, y 
se siga por todas instancias. En cédula de 74, ya se permiten 
estos servicios expresamente, y se ordena que se den reparti- 
mientos para edificar y reparar las casas de los españoles, y otras 
obras públicas, como sea con moderación, y buena paga en mano 
propia. Entre las obras públicas cuenta este escritor las fuente?, 
puentes, puertos, aperturas y reparos de caminos. Entre tanto, 
en cédula remitida á Méjico se nota que los pueblos de indios 
hacen las obras públicas, que son muchas y son compelidos á 
poner los materiales y el trabajo de sus personas, sin que por 
razón de esto, se les descuente en sus tributos: que sobre ello 
son muy molestados, y por otra parte pagan los tributos entera^ 
mente, y reciben notable daño. 

No obstante, en carta de 75, se dice al virrey de Méjico, que 
siendo necesario, se apremie á los indios á trabajar en las minas, 
sacándolos por repartimiento de sus pueblos, como se hace para 
las obras públicas y sementeras. En cabildo de 18 de Febrero 
de 78 se trata sobre una cédula que tienen los indios del barri'^ 
ele la Candelaria y los de las Milpas para no servir; y se acueri 
seguir información secreta, con parecer de la Audiencia, sobre s 
ganada con siniestra información, y ante un alcalde indio s 
autoridad. 

Los españoles y pobladores no se detenían en solicitai 
obtener repartimientos de indígenas para todo género de tral 
jos, de modo que para propender á su alivio, se fué hacienda ^ 



1 



i 



f 

/ 



108 

tinción de trabajos necesarios en la agnciiUiira, como la semen- 
tera de granos y cuidado de los ganados, y otros menos necesa- 
rios, como los de viñas y olivares, y en esta última clase se con- 
sideró el beneficio det jiquilite, en cédula del año de 79, despa- 
chada á la audiencia de Méjico, y carta del año 81 dirigida á esta 
de Guatemala." (1). 

Los españolea se creyeron con derecho á repartirse á los 
indios desde que Colón descubrió la Amériga, y así con mucha 
candidez enseña el célebre autor de la Política Indiana — que 
tanto he citado, y que es el que mejor describe el gobierno de 
estos países — "que les pareció preciso desde un principio á los 
conquistadores el aprovecharse, como era natural, del trabajo de 
los aborígenes, y dando los encomenderos, á su modo, varias sa- 
lidas á las leyes y mandatos reales que se lo prohibían, y siem- 
pre desearon el alivio de los indios' (2). Confiesa aquel 
célebre jurisconsulto que estos fueron tratados como bestias, y 
que Á consecuencia de las quejas del obispo Las Casas, se expi- 
dieron varias provisiones á Diego Vehízquez el año 1,518 y á 
Fernando Cortés, en 1,523, en las que, después de referir los 
daños y vejaciones, se agrega: "Que habiéndose mandado plati- 
"car sobre ello á los del Consejo y á Theólogos religiosos, y 
"personas de muchas letras y de buena y santa vida, pareció que 
"Nos (con buenas conciencias), pues Dios Nuestro Señor crió á 
"los indios libres y no sujetos, no podíamos mandar encomendar 
"ni hacer repartimiento de ellos á los Christianos; y así manda- 
"mos no se hagan, y se quiten los hechos." 

Creeráse, desde luego, que con esa expansión, por decirlo 
así, de sentimiento honrado, con esa ley que abolía la servidumbre 
de los indios, quedaron libres; pero por desgracia no fué así. Ni 
los trabajos del P. Las Casas, ni los informes de las Audiencias, 
ni los votos de todos cuantos se condolían de la penosa situación 
de loa primitivos pobladores del Nuevo Mundo, fueron bastantes 
á salvar de la esclavitud Á los infelices conquistados (3). Los 
cabildos y los gobernadores hicieron presente á S. M. que sin los 
repartimientos no se podían conservar las Indias, sino que habría 
que desampararlas, y ante esa alternativa, se revocó aquella hu- 
manitaria providencia. Si Las Casas escribió contra las enco- 
miendas, muchos otros célebres juristas, como el Lie. Bartholo- 
md de Albornoz , Antonio de León, Juau Matienzo y Antonio de 
-•- "-^ra, las defendían con ahinco. Sobre todo, las sostuvo el 



García Peláez, Memyms para !a historia del Antiguo Reino 
latemala, t? I, p. 192. 

'') Solórzano y Pereira, Pol. Iiid. t" I, Lib. III, cap. I. pág. 221. 
Las mujeres de los presidentes, oidores y otros magnates nci 
¡I sino en sillas de manos, á hombros de indios; y no faltaron presi- 
- ~ -" viajaran de ese modo. 



109 

interés de los mismos encomenderos, y siguieron los indios siendo 
esclavos de hecho, no obstante el cúmulo de leyes que por su 
bienestar promulgaban los reyes de Castilla. (1). 

Para poner fin á este capítulo, es conveniente transcribir lo 
que escribe Gage, acerca del tratamiento que se daba á los indios 
eu Guatemala, allá por el ano 1625. ''Los españoles, dice, que 
viven en este país y particularmente los hacendados del valle 
de Mixco, Pinula, Petapa y Amatitlán y los de Sacatepéquez, 
han representado C(imo todo su comercio y trabajo tendiendo al 
bien del Estado, y no habiendo bastantes españoles para hacer 
todas las obras necesarias en un país tan grande, y no teniendo 
todos los medios de comprar esclavos y negros, se encuen- 
tran en la necesidad de servirse de indios dándoles un salario 
razonable. Por esto se mandó que se distribuyese cierto 
número de trabajadores indios todos los lunes ó los domingos 
por la tarde, y que serían repartidos entre . los españoles según 
la calidad de sus haciendas ó empleos; tanto para la cultura de 
sus tierras como para conducir sus muías y ayudarles en lo que 
cada uno pudiese tener necesidad en sus ocupaciones. 

De suerte que en cada distrito hay un oficial para esto, que 
llaman juez repartidor, el cual, segím la lista que tiene de las 
casas y haciendas de los españoles, está obligado á darles 
cierto número de indios todas las semanas; cosa muy cómoda 
para el presidente de Guatemala y otros jueces, para poder hacer 
adelantar á sus criados dándoles ordinariamente estos destinos. 

Ellos nombran el pueblo ó sitio, donde deben juntarse los 
domingos ó lunes, y allí se encuentran con todos los españoles 
de este distrito. 

Los indios de los pueblos deben también por su parte tener 
dispuesto el número de trabajadores que están obligados á sumi- 
nistrar cada semana, por orden de la corte de Guatemala, que 
son conducidos á la asamblea general por un oficial indio de su 
misma ciudad. Cuando han llegado á este sitio, con todos los 
útiles necesarios para el trabajo, como azadones, palas, picos, 
hachas y víveres para alimentarse una semana, que regularmente 
son tortas secas de maíz, frijoles ó judías, un poco de chile ó 
pimiento largo, y algunos pedazos de carne fría, para uno ó dos 
días, con la cama sobre las espaldas, que no es otra cosa más 
que una manta de lana gorda con que ellos se embozan para 
acostarse sobre el suelo; los encierran en la casa de la ciudad, dán- 



(1) Merece citarse aquí el Auto acordado de la Eeal Audiencia de 
Guatemala, de 13 de Noviembre de 1801, que prohibió los repartimientos 
de indios, y comercio de los Corregidores, Alcaldes Mayores y demás jue- 
ces, recomendándoles evitaran los abusos que se cometían contra los natu 
rales. 



lio 

(1 jics al uno algunos palos y á otros bofetones y putitapi(.'S si no 
rjuieren entrar. 

Cuando están todos unidos y la casa de la ciudad llena, el 
oficial 6 juez repartidor llama á los españoles según el orden en 
(¡ue están en la lista, y al mismo tiempo tantos indios cuantos la 
curte le ha ordenado. Hay quienes deben tener tres ú cuatro, y 
otros quince ó veinte, según su necesidad y el trabajo que tienen 
que hacer. De esta manera se distribuyen á cada uno de los 
españoles los indios que debe tenei, hasta que no quede uno. 

Concluida esta distribución, los españoles quitan una manta 
ú otra alhaja á cada uno de sus indios, para que sirva de prenda, 
por temor de que no se vaya, y dan al oficial que ha hecho el 
reparto, por sus doi-echos, medio real de á cinco sueldos por 
cada iíidio, lo que les vale mucho al año; porque hay oficiales de 
éstos que tendrán tres ó cuatrocientos indios para distribuir cada 
semann. 

Si un español so queja de que algún indio se le tía escapado, 
y no le ha servido la semana entera, se le hace buscar hasta que 
se encuentra, y después se le ata de los brazos á un poste en la 
plaza dal mercado, donde se le azota públicamente sobre las 
espaldas. 

Mas si un pobre indio se queja de que los españoles le han 
engañado y hurtado su pala, hacha, pica, su frazada ó sus salarios, 
no se hace ninguna justicia contra el español que ha robado 
ó engañado al pobre indio; aunque es muy justo que se les haga 
justicia igual á los unos como á los otros. 

De esta manera se venden los indios cada semana como escla- 
vos por cinco sueldos seis dineros cada uno, sin permitirles por la 
noche ir á ver á sus mujeres, aunque el lugar en donde trabajen 
no diste más de mil pasos del pueblo de su residencia; mas hay 
otros que llevan á tres ó cuatro leguas más allá y no se atreven 
á volverse sino hasta el sábado en la noche, después de haber 
ejecutado cuanto á su amo se le antoja mandarles. 

Es tal el salario que se les da, que apenas se pueden sustentar 
con él; porque no llega á cinco sueldos por día lo que les corres- 
ponde, no teniendo más que veinticinco sueldos por semana en 
todo. 

^ste orden se observa en la ciudad de Guatemala y en los 
_-..03 de los españoles, donde se da á cada casa los indios que 
iesita para llevar agua ó leña y otras cosas necesarias, y con 
objeto están obligados los pueblos vecinos á suministrar indios 
í^ he dicho arriba. 

ío hay un verdadero cristiano que pueda creer el mal trato 
. se da á estos miserables, por ciertos españoles, en la semana 
■ "'-'■"- á su servicio. Hay algunos que vai á abusar de sus 



111 

mujeres cuando los pobres maridos están ocupados en labrar la 
tierra de otros, que los azotan, porque les parecen demasiado 
perezosos, ó que les dan de cuchilladas ó rompen la cabeza por 
haberse querido disculpar de sus acusaciones, ó bien les roban sus 
instrumentes 6 privan de una parte 6 del total de sus salarios, 
diciéndolos que ellos pagan medio real por el servicio que deben 
hacer y que no habiéndolo hecho no están obligados al pago. 

Yo he conocido algunos que tenían por costumbre, cuando 
ya habían sembrado su trigo y que casi no tenían en que ocupar 
á los indios, retener en su casa á todos los que les habían dado 
para la siembra, y sabiendo bien la afección que estas pobres 
gentes tienen de volver á su familia, después de haberles hecho 
cortar leña, el lunes y martes, el miércoles les preguntaban 
¿cuánto querían darles por dejarlos ir? y de esta manera sacaban 
de unos un real y de otros dos y tr^s, de modo que no solamente 
se hacían surtir de lena para su casa, sino que sacaban también 
bastante dinero para comprar carne y chocolate para quince 
días, viviendo ociosamente á costa de estos pobres indios. 

Hay otros también que se los alquilan á sus vecinos, que 
tienen que hacer por aquella semana, en un real cada uno, que 
ellos tienen buen cuidado de reducir de sus salarios. 

También están sujetos á una servidumbre igual en todos los 
pueblos, porque los muchos viajeros que transitan por allí pueden 
pedir al más próximo, cuantos indios necesitan para conducir 
sus muías y llevar sus equipajes, y al fin del viaje les arman una 
querella bajo cualquier pretexto, y las más veces les despachan 
con algunos golpes por toda recompensa. 

Ellos hacen cargar á estos pobres miserables, por espacio de 
uno ó dos días, maletas que pesan cuatro arrobas, atándoselas á 
la cintura y pasándoles por la frente una ancha correa, atada á la 
misma maleta, que hace que todo el peso de este fardo caiga 
sobre la frente arriba de las cejas, cuya señal les queda de tal 
suerte que por ella se pueden distinguir fácilmente de los demás 
habitantes del pueblo, y porque al mismo tiempo esta correa les 
hace caer el pelo y los vuelve calvos de delante. 

Así es como este pobre pueblo trata de ganar su vida entre 
los españoles; pero es con tanto dolor y agonía, que las más 
veces piden á Dios los ponga en libertad, y no tienen otro con- 
suelo que el que les dan los sacerdotes, aconsejándoles que suf" — 
todo por amor de Dios y por el bien del Estado. 

Sus inflexibles capataces los hacen trabajar y caminar en 
das las estaciones, haya calor 6 frío en los llanos, en las montan 
en los malos y buenos caminos, sin embargo de que sus vestio Ti 

no sirven más que para cubrir su desnudez, y muchas veces est 
tan hechos pedazos que no les cubren ni la mitad del cuerpc 

No hay que olvidar, en todo caso, que los monarcas españ 



i .1 



w. 



112 

les, liasta el hechizado Carlos II, todos se inspiraron en el deseo 
de que se tratara bien á los indios; mientras que el interés de los 
conquistadores; la codicia de los emigrantes de España; el espí- 
ritu de enriquecerse, primero por aventuras y después por enco- 
miendas; la distancia de la metrópli; lo largo y dispendioso de los 
trámites^todo ahogaba en la América hispana el proposito lau- 
dable que doña Isabel la Católica y sus regios sucesores, en favor 
de los naturales del Nuevo Mundo tuvieron. 



f 



CAPITULO CUARTO 



» >#« 



Vejaciones á los indios en Guatemala^ y notable dis< 
minucidn de ellos en toda la América española 



Los indios eran tratados como esclavos. — Sistema que se adoptó en 
Guatemala, desde un principio, para la formación de poblaciones indíge- 
nas. — Pueblos que desaparecieron. — Eelación que hace Eemesal de cómo 
se despoblaban los asientos de los indios. — El P. Las Casas narra peculia- 
ridades referentes á Guatemala, San Salvador, Honduras y Nicaragua. — 
A mediados del siglo XVI mudóse la naturaleza de las encomiendas en el 
reino de Guatemala — Real Cédula de 27 de Mayo de 1582, dirigida al 
Presidente y Oidores de Guatemala, haciéndoles cargo de los malos trata- 
mientos que sufrían los indios. — Informe estadístico del partido de Suchi- 
tepéquez de 20 de Mayo de 1814. — Queda diezmada la población indígenav 
— Resultado funesto de las Misiones. 



Por más que, la atroz codicia y la inclemente saña de los 
conquistadores españoles hubiese sido crimen del tiempo y no de 
la metrópoli, como dice el poeta clásico, no se puede desconocer 
que á los desgraciados indios se les trató con suma crueldad, 
marcándolos á veces con hierros candentes, convirtiéndolos en 
esclavos, martirizándolos sin conmiseración y haciéndoles, en fin, 
odiosa la existencia. (1) 



(1) Ximénez, libro III. cap. 62. 

Por real cédula fecha en Yalladolid á 19 de Septiembre de 1548, o 
denó el Rey que el Presidente de la Audiencia de Guatemala mandas 
averiguar el número de indios que había en la provincia de Honduras, ■ 
de los que hubiera en disponibilidad de dar en encomiendas. Véase 
^''Extracto cronológico de las Cédulas y Reales Ordenes referentes á Guatemai 
escrito por dx)n Manuel Antonio del Campo y Eivas''\ que contiene 2,29 
cédulas, en II tomos, formado en la ciudad de Guatemala, año de 1801. 



1 



114 

Por lo que á Guatemala concierne, el sistema que se adoptó 
desde un principio para la formación de las poblaciones indíge- 
nas, no pudo inducir otra cosa que el desamparo y desocupación 
de sus labores; porque, como escribe el arzobispo Peláez, redu- 
ciéndose íí un pueblo, no los caseríos de las estancias, sino pue- 
blos enteros, acumulándose para formar uno solo, y habiéndose 
de dar an solo egido á este último, todos los demás habían de 
perder su territorio y pertenencias comunes y particulares. Así 
es que cinco pueblos grandes y otros tan os pequeños, que for- 
maron Chichicastenango, tenían cinco y diez egídos y entraron á 
tener uno solo: once pueblos principales y otros tantos accesorios 
([ue formaron el de Sacapulas, y disfrutaban veintidós egidos, no 
tuvieron en adelante más que uno, Nebah, que se compone de 
diez y seis pueblos mayores y otros tantos menores, y había de 
tener treinta y dos porciones de egidos, no tiene sino uno. Lo 
mismo Amatitlán, cuyos seis pueblos debieron poseer seis egidos, 
quedó reducido á uno, dentro los egidos de I.i capital; y por este 
tenor es de discurrir de los otros pueblos. Por lo cual no es de 
extrañar desapareciese entonces el pueblo de Ucnbil, en que, 
según relación de Juarros, se acamparon las huestes castellanas y 
sacatepéquez, como tampoco parecieron más los pueblos de 
Samastepeque é luestiquixa en el mismo valle, y en las inmedia- 
ciones de Escuintla los de Guacaeapa, Chialchitán, Malacatepeque 
y Marma, que se mencionan en actas de los años de 41 y 42 
Humboldt, en el En8.,l¡b. 2, cap. 6, lamentando lo deplorable que 
la conquista hizo el estado de los indígenas, escribe: toda pro- 
piedad india, fuese mueble ó raíz, era mirada como perteneciente 
al vencedor; y esta máxima atroz llegó á ser sancionada por una 
ley, la cual concede á los indígenas una pequeña porción de 
teireno al rededor de las iglesias nuevamente construidas. 

Remesal, libro 8, cap. 25, expone: quo asentados los pueblos 
en la forma referida, donde dábanla vuelta los padres, eran de- 
samparados desús nuevos moradores, y era menester volverlos á 
juntar otra vez, acariciarlos, ponerlos en sus casas nuevas, derri- 
barles las antiguas, deshacer los sitios.de su anterior superstición, 
y para todo esto, estudiar el modo de hablarles, para que enten- 
diesen que cuanto se hacía era por su bien. Lo mucho que los 
padres trabajaron, se echa de ver claramente por una cédula del 
rey don Felipe II, de 5 de Marzo de 1557, en que hace memoria 
■¡ierta relación que le hizo el P. Fr. Domingo de Alva, procu- 
jr de esta provincia: que los indios se comenzaban á salir de 
pueblos en que vivían, y se volvían »í los antiguos asientos 
. solían tener, y si se les consentía hacer esto, sería causa para 
~ se perdiesen, y los pueblos quedarían deshechos, de que 
bien resultaría disminuirse la hacienda real, y para quitar 
■1 inconvenientes, manda S. M. á la Audiencia do Guatemala 
"" consienta que los indios se vuelvan á los sitios antiguos. 



115 

Por este estilo debió suceder, que muchos indígenas propietarios 
abandonasen uno y otro sitio juntamente: el nuevo, porque no 
les acomodaba, y el antiguo, porque no se les permitía, y así 
ver^e en la necesidad de emigrar, y destituidos de propiedad. 
Otros adoptarían el nuevo domicilio llanamente, mas aunque se 
acomodasen en él, no podían recibir mucho contento sus antiguos 
moradores, llegándoles otros dueños y vecinos, con quienes ha- 
bían de partir sus terrenos y formar comunidad, con lo que los 
indígenas eran mortificados en todos conceptos." (1) ^ 

El P. Las Casas narra peculiaridades que se refieren á Gua- A 

témala, San Salvador, Honduras y Nicaragua. La menos mala, 1 

dice, y menos fea causa que los españoles tuvieron para hacer á 
los indios esclavos, fué moviendo contra ellos injustas guerras, 
según fueron las otras llenas al menos de mayor nequicia y defor- 
midad, porque todas las más han sido espantables y nunca vistas 
ni oídas tales novedades de maldad, para poner en admiración á 
todos los hombres. Aquí referiré de muchas, algunas pocas. 

Unos, por engaños que hacían á los indios, que estuviesen 
con ellos, ó por miedos ó por halagos,los atraín á su poder, y des- 
pués les hacían confesar delante de las justicias, que enuí escla- 
vos, sin saber ó entender los inocentes, que quería decir ser es- 
clavos; y con esta confesión las inicuas justicias y gobernadores 
pasaban y mandábanles imprimir el hierro del rey en la cara, 
siendo sabedores ellos mismos de la maldad. Otros provocaban 
algunos indios malos con media arroba de vino, ó por una camisa 
ú otra cosa que les daban, á que hurtasen algunos muchachos 
huérfanos, ó los trajesen por engaños como para convidarles, y con 
una manada de ellos veníase á los españoles y haciéndoles del 
ojo que los tomasen: los cuales los ataban y los metían á los na- 
vios, ó llevábanlos por tierra y sin hierro y vendíanlos por escla- 
vos; y aquellos plagiarios primeros, ó los segundos que los com- 
praban, iban delante del gobernador ó justicia, y decían que los 
habían comprado por esclavos, y luego sin más averiguar los he- 
rraban. Algunas veces los han herrado con hierro del rey en las 
caras, otras en los muslos. 

Otras veces á muchos de los indios pusiéronles nombres na- 
borías por fuerza, habiendo vergüenza de llamarlos esclavos, aun- 
que como cosa muy segura y bien ganada, de unas manos á otras 
los venden y traspasan, y de esta manera y con esta justicia, or- 
den y buena conciencia, han traído á las islas Española y Ci ' 
San Juan de la costa de la Perla, de Honduras y de Yucatán, 
gran manera y en inmensa cantidad, y con detestables y tir 
cas desvergüenzas, del infeliz reino de Venezuela y de Gua^^ 



(1) García Peláez, Memorias para la Historia del antiguo re' 
Guatemala, t? I, pág. 181. 



116 



la y Nicaragua, para llevar !Í vender íl Panamá y al Perú. Nin- 
guna vez traían en navio trescientas ¿cuatrocientas personas, que 
no echasen en la mar cien ú ciento cincuenta muertas por no dar- 
les de comer y de beber: porque tantos cargaban que las vasijas 
que metían para agua, ni los bastimentos que llevaban bastaban, 
sino para muy poco más que para sustentaree los plagiarios que 
los Ealteabaii, ó de los otros salteadores los compraban". (1) 
A mediados del siglo XVI mudóse la naturaleza de las enco- 
miendas, que se convirtieron en tributo. Por los empadronamien- 
tos que se hicieron, notóse bien que la población indígena dismi- 
nuía de modo pasmoso, debido á los malos tratamientos de que 
era víctima, según puede verse por la Real Ce'dula de 27 de 
Mayo de 1582, que muestra el empeño real en extirpar abusos y 
exhibe al propio tiempo crueldades sumas. He ahí ese importan- 
te documento histórico que dice así: "Presidente y Oidores de 
nuestra Audiencia que reside en la ciudad de Santiago de la pro- 
vincia de Gxiatemala: nos hemos informado que en esa provincia 
se van acabando los indios naturales de ella, por los malos tra- 
tamientos que sus encomenderos les hacen, y que habiéndose 
disminuido tanto Ips dichos indios, que en algunas tierras faltan 
más de la tercia parte, les llevan las tasas por entero, que es de 
tres partes las dos más de lo que son obhgados á pagar, y los tra- 
tan peor que esclavos, y que como tales se hallan muchos ven- 
didos y comprados de unos encomenderos á otro¿, y algunos 
muertos á azotes, y mujeres que mueren y revientan con las pe- 
Fadas cargas, y á otras y á bus hijos los hacen servir en sus gran- 
jerias, y duermen en los campos y ahí paren y crían mordidos de 
sabandijas ponzoñosas, y muchas se ahorcan, y otras toman yer- 
bas venenosas, y que hay madres que matan á sus hijos en pa- 
riéndolos, diciendo que lo hacen para librarlos de trabajos que 
ellas padecen". 

Con anterioridad áesa real cédula, ya Carlos V y sus suce- 
sores habían expedido muchas leyes favorables á los aboríge- 
nes; leyes que se llamaron nuevas y que fueron muy mal re- 
cibidas en Guatemala, provocando la cólera délos conquistado- 
res y del Ayuntamiento contra el filántropo Las Casas, que como 
todo redentor fué calumniado y perseguido. No faltan escrito- 
res extranjeros, como Washington frving, que califican de exage- 
radas las descripciones del virtuoso defensor de los indios, cuando 
. -US padecimientos y triste situación á que se les había su- 
''^- "ero hay que considerar que un norteamericano nunca 
..'Strarse muy compasivo hacia una pobre raza que la an- 
„.jOna destruyó del modo más inhumano y despiadado. Lo 
- -' lloTiia la atención es que nuestro distinguido compratriota. 



"Bartolomé de Las Casas. La esclavitiid de los indígenas 



(1) Hist* ele la América Central, t? IL, Cap. I. por Don José Mi" 

(2) Larráinzar, Apuntamientos para la Hist^ de Méjico. — Hubo m 
clios que, como Ñuño de Guzmán, fueron Atilas de Nueva España. YC 
se ^'Méjico al través de los siglos". Tomo II, pág. 203. 

(3) R G. Suárez, Hist* del Ecuador. Quito, 1890. Cancera de C 
le, n? 14. — Informe de Ulloa y Jorge Juan al rey de España, noticias se< 
tas de América. — Hist'? Antigua del Peni, por D. Sebastián Llórente. 



H 



117 

Don José Milla, califique de exageradas y declamatorias las aseve- 
raciones del célebre misionero, en su Brevísima Relación de la des- 
trucción de las Indias Occidentales", una vez que, á pesar de las 
''Reñexiones í mpar cíales sohve la humanidad de los españoles en 
las Indias'', del abate Juan Nuix, publicadas en 1782, es bien sa- 
bido que en menos de trescientos años se redujo la población indí- 
gena de Améri(ja á la décima parte,según queda demostrado en otro 
lugar de la presente obra. Enhorabuena que el espíritu de conquis- 
ta, la sed de oro, el férreo carácter de los conquistadores, las ideas 
erróneas de aquellos tiempos, sirvan de excusa á la saña cruel de 
que fueron víctimas los infelices indios;pero que no por eso se deje 
de encomiar al Padre Las Casas, que ha merecido grandes elogios 
de Quintana y de otros muchos notables escritores españoles, ni 
se desconozca, como lo hace nuestro compatriota historiador (1), 
que la población de América, en las regiones que España conquis- 
tó, se redujo á fines del siglo último á la décima parte en cuanto 
á la raza aborigen. En el Perú había unos seis millones de in- 
dios, y según el censo hecho por orden del virrey Gil Gamos, 
en 1796, quedaban seiscientos ocho mil ochocientos noventa y 
nueve. En Méjico era quizá mayor la población que entre los 
incas, y se minoró^ en extremo, como lo demuestra el eruditísimo 
Larráinzar. (2) En el Ecuador y en todas las demás regiones 
sojuzgadas por soldados hispanos, si no acababan del todo con los 
indios, diezmaron su número y los redujeron á dura servidumbre 
(3). En los populosos reinos de Guatemala había más de tres 
millones de pobladores, en un extenso territorio,^ antes del siglo 
XVI, y quedaban sólo seiscientos cuarenta y seis mil sesenta y l| 

seis, según el*l;enso del año 1810, relativo á todo el ibtmoCentro- 
Americano, contando únicamente la población indígena de raza 
primitiva americana. En Cuba, Santo Domingo y Honduras, de- 
cía el mismo Carlos V, con datos ciertos, que se habían destruido 
más de dos millones y seiscientos mil indios. 

En el informe estadístico del partido de Suchitepequez, que 
emitió el alcalde mayor don Juan Antonio López, con fecha 26 
de mayo de 1814, se lee lo siguiente: 'Tenía en principios del 
siglo XVIII, veintiocho pueblos florescientes y bien poblados. En 
el día, apenas cuenta diezisiete, de los cuales sólo cinco están me- 
dianamente poblados, que son Santo Domingo, Mazatenango, Cu- 
yutenango, San Sebastián, Quezaltenango y San Antonio Retal- 



4 

i 



118 

huleu. Los once perdidos se aniquilaron en menos de setenta 
años, y de los demás ni vestigios se hallan en el día. Las cau- 
sales de este deterioro las hizo ver,eii un informe que dio á la Real 
Audiencia, el alcalde mayor que futj en este partido, Don Jo- 
sé Eosi y Rubí". (1) 

No hay, pues, hipérbole en decir que la población indígena 
de América quedíS diezmada durante los tres siglos de régimen 
colonial. 

,-En aquellos tiempos no se había comprendido que, como di- 
ce el publicista Alberdi, gobernar es poblar. 

De'^ués de la grande epopeya de la conquista, después de 
las hazañas homéricas y. de los horrendos crímenes de Cortés, 
Pizarro y Alvarado, las posesiones españolas casi se quedan sin 
historia. Durante ese largo período los indios desapareciron por 
tribus y por naciones; pero ni aun se oía su queja. Sin el oro 
del'Perü, la plata de Méjico y los cortos productos que el mono- 
polio dejaba penetrar en Europa, la América española habría lle- 
gado á ser un mito, habría podido ser sumergida en el mar, como 
otra Atlántida. (2) 

El Gobierno español pensó que el establecimiento de las Mi- 
siones sería fecundo en grandes beneficios para América, dice nn 
político observador: acaso creyó también que los misioneros serían 
la compensación de los encomenderos, y que, á falta de escuelas, 
colegios, buenos caminos, comercio y demás ventajas de la civili- 
zación rehusadas á los criollos, se alcanzaría á lo menos el gran 
bien de atraer el mayor número posible de indios salvajes á una 
semibarbarie reducida al bautismo y la vida común de los case- 
ríos ó pueblos. Si el gobierno procedió de buena fe en este asun- 
to, como lo creemos, su cálculo fué muy equivocado. Los hechos 
probaron que las Misiones nada hicieron ganar á la civilización, 
pues sólo sirvieron para dar opulencia á los jesuítas, opulencia que 
fue peligrosísima para el gobierno, funesta parala sociedad, y pa- 
ra mantener á los indígenas reducidos á la vida civil, en la más 
triste abyección. Las Misiones hicieron degenerar á las razas indí- 
genas en dondequiera; y si la historia de esos establecimientos 
no estuviera probando la plena exactitud de nuestra aserción, 
los ejemplos que ofrece Colombia no dejarían lugar á duda 
alguna. De todos los pueblos de Hispano- Colombia el más hon- 
damente atrasado — á pesar de sus excelentes elementos de pros- 
idad — es el Paraguay, que fué patrimonio de los jesuítas, 
-"amenté representados más tarde por el doctor Francia. En 



) El informe citado del alcalde mayor don Juan Antonio López 
ne origina] y manuscrito el autor de la presente obra 
) Ignacio Gómez— La poosía y los poetas de la América eapañola, 



V 



119 

— i— — ^w^— ^— ^^i^— ^—i ^—^■^ — * ■ ■ ■ ■ ■— ^^■■^— ■—— ■■■ ■■■.■-■■ ' P ' ■■■■■ 11 I I p» — ■■■■■ ■ n 

Nueva Granada, como en Venezuela y Buenos Aires, los 
jesuítas tuvieron sus más valiosas haciendan ó Misiones en 
los llanos ó en las pampas. Allí poseyeron inmensos rebaños y 
crías y tierras superiores é ilimitadas, que les dieron opulencia. 
I bien, ¿cuáles fueron los resultados? Por una parte, las pobla- 
ciones más belicosas, ásperas y temibles de Colombia y de las re- 
públicas del Plata han surgido precisamente de esas Misiones; por 
otra, el Uanerp y el gaucho, semibárbaros en todo y crueles y de- 
vastadores en la guerra, no aprendieron sino á guardar resenti- 
mientos por la dura explotación que sufrieron; y el día en que se 
hizo general la lucha por la independencia, fué de los Llanos y las 
Pampas de donde salieron los más formidables enemigos de Es- 
paña, (1) 



(1) J. M. Samper — Ensayo sobre las revoluciones poKticas ó I 
condición social de las repúblicas colombianas. Cap. III, París, 1861. 
Véase también "La América, por J. V. Lastarría*' 



GAPITÜIiO QUINTO 



Sitiiaci(>n de los indios en Guatemala á principios del 

presente siglo. Alnisos de cofradías, sacristías 

y servicio parroquial. Medios propuestos 

& las Cortes Españolas para mejorar 

la condición de los aborígenes, el año de 1810. 

STT:t,íE.A.K.IO 



Estado de la Aniéñca española, en los comieuzoa de la centuria actual. — 
Conmocionea y movimientos en Chile, el Perú, Nueva Granada, Guatemala y 
Méjica — Situación agrícola y económica del reino de Guatemala. — Su ex- 
tensión territorial — Su población. — Había un millón de habitantes, de loa 
cuales eran indica .seiscientos cuarenta y seis mil seiscientos sesenta y seia 
— Cómo ae hallaban gobernados.— Su industria y agricultura. — Trabajos 
que se les imponíaiL — Los pardoa — Los blancos. — El comercio de todo el 
reino de Guatemala. — La agricultura con respecto á loa indios. — Junta pro- 
tectora de los aborígenes. — Medios propuestas por el real Consulado de 
Comercio de Guatemala á fin de mejorar la condición de los indios. — Abu- 
sos en las cofradías. — Abuso en el servicio de sacristías. — Abuso en el ser- 
vicio pari-oquial. — Sólo en la provincia de Suchitepéquez se empleaban do- 
ce mil setecientos setenta y cinco indios en las raciones para los curas. — 
Sólo los indios componían de balde los caminos, puentes y calzadas. — Se 
perdían más de cuatrocientos mil Jornales en Suchitepéquez, por el sistema 
abusivo que prevalecía contra loa indios. — Causas que influyeron en la 
pórdida de los cacaotales. — Hubo tiempo en que del reino de Guatemala 
salían doce mil cargas de cacaa — Jueces de provincia. — Cómo debieran ha- 
ber sida — Cuadro estadístico de las quince provincias que formaban el an- 
i.: — Q reino de Guatemala, — Tributo que se pagaba. — Renta de alcabalas, 
ereclios de importación. — Renta del tabaco. — Dereclio del Real Consu- 
Niímero de habitantes. — Población indígena. 



ira concluir el presente libro, es oportuno examinar el es- 
.1 que se hallaban los aborígenes de Guatemala en los albo- 
1". centuria actual, cuando comenzó á escucharse en Hispa- 



\ 

I 

J 



121 

no-América el sordo rumor de la revolución de independencia^ 
que se iba preparando, como se prepara la tempestad por el acre- 
centamiento paulatino de electricidades contrarias, que en un mo- 
mento chocan, y despiden luz y hacen conmoverse los espacios 
etéreos. Turgot dijo que las colonias eran como Lis frutas que 
permanecen en el árbol hasta que maduran; y la época de la ma- 
durez estaba próxima para las colonias hispano-americanas. 

Después de tres siglos de régimen absoluto; después de doce 
generaciones de indios que habían sufrido cruda servidumbre, se 
redujo su número á la décima parte de los que encontraron los 
conquistadores castellanos. Cuando los españoles, en vez de 
aprovecharvse de la enseñanza que les daban los levantamientos 
del Perú, en tiempo del virrey Jáuregui; la revolución del Soco- 
rro en Nueva Granada, bajo el gobierno de don Manuel Antonio 
Flores; la prematura intentona de Chile; los movimientos de Mé- 
jico, la asonada de Belén en Guatemala, y los demás síntomas que 
se dejaban ver en el resto de la América española; — cuando los 
castellanos, digo, en vez de aprovecharse de. la lección elocuente 
que los sucesos les suministraban, sólo fueron duros é inhumanos 
con los vencidos, fomentaban ellos mismos, con la represión vio- 
lenta, los varios elementos de la guerra de independencia, pre- 
vista por el político conde de Aranda, que anunció la emancipa- 
ción de las colonias americanas, y reconoció que sus grandes des- 
órdenes eran tan añejos, arraigados y universales, que no podían 
evitarse ni en un siglo de buen gobierno; sin que por otra parte, 
la distancia permitiera jamás el remedio radical del sistema mons- 
truoso que se había implantado. 

Y así fué en realidad, pues poco ó nada se consiguió con los 
esfuerzos tardíos que, en los comienzos de este siglo, se hicieron 
en pro de la tranquilidad de las colonias y por el mejoramiento de 
la triste suerte de los indios. (1) Cuando á las Cortes extra- 
ordinarias del año de 1810, fué electo diputado el Sr. Dr. D. An- 
tonio Larrazábal, la Junta de Gobierno del Real Consulado for- 
mó unos interesantes ''''Apuntamientos sobre la agricultu7^a y co- 
mercio del Reyno de Guatemala^'^ que dan á conocer perfectamen- 
te el malestar en que se hallaban los aborígenes y los abusos de 
que eran víctimas. Aunque bien pudiera hacer un extracto de 
ese documento histórico, me he decidido á transcribirlo íntegro, en 
lo que con los aborígenes se relaciona, tanto porque es en extre- 



(1) Por real cédula publieada en Guatemala, á 18 de marzo de 
1802, se ordenó que los indios no pagaran diezmos. El auto acordado el 
22 de abril de 1782, mandó que á los indios no se exigiesen costas, ni car- 
celaje, y que se les nombrara intérpretes, sin costarles nada. Las tardía 
medidas en pro de los naturales, no podían contener el alud preparado an 
tes, en mucEos anos de opresión. 



s. 



■■ü^'s-iv, :_' "T**. 



122 

mo raro y curioso, como porque así pintaré más fielmente la ma- 
nera de ser de nuestros indios, en vísperas ya de la independen- 
cia de Centro-América. 

''Desde luego — dicen aquellas apuntaciones — damos á la área 
de todo el reyno sesenta y cuatro mil leguas cuadradas, pues 
sobre poco más ó menos tiene de largo seiscientas leguas comu- 
nes de E. á O. y de N. S., en partes ciento cincuenta, en otras 
ciento, y en la más angosta como sesenta. 
/ Esta extensión de tierra goza incesantemente y á un mismo 

tiempo, la influencia de las cuatro estaciones del año periódicas, 
en Europa; porque lo que se denomina la costa, esto es, la tie- 
rra contigua á los dos mares del N. y S., y lo que también vul- 
garmente se llaman las provincias, experimentan rigurosamente el 
calor del estío. Las demás provincias conocidas por Hos altos^^^ 
el frío del invierno. Otras, los temperamentos del otoño y pri- 
mavera, cuya variación es muy poco sensible en todas; y general- 
mente, disfrutan seis meses de copiosas lluvias,y otros seis de seca. 
Las cosechas de granos, frutas y demás productos dé la naturale- 
za, que son en Europa resultados del tiempo favorable para su 
respectiva procreación, en este reyno provienen del terreno ade- 
cuado á la jespecie,de modo que los esquilmos europeos de otoño, 
invierno, primavera y verano, se producen en todos los meses del 
año en el reyno de Guatemala, los unos en las tierras frías, y los 
otros en las templadas y cálidas, formando la enunciada exten- 
sión un conjunto de montañas y volcanes asombrosos por sus ele- 
vaciones, y espesas selvas abundantes de todas maderas exquisi- 
If.^ tas: de barrancos profundísimos, no menos vestidos de cedros y 

útiles vegetales que las serranías; y de llanos inmensos ó sabanas 
de terreno feraz y adecuado para siembras y plantíos, con mu- 
chos y caudalosos ríos, que se descargan en los mares del N. y S. 
Nuestra mfe,dre España tiene sobre poco más ó menos cua- 
renta y cuatro mil leguas cuadradas, y según los censos modernos 
de diez y medio á once millones de almas. En tiempo de los re- 
yes D. Fernando y Doña Isabel, tenía veinte millones, y en el de 
A^ugusto de cuarenta á cincuenta, según atestiguan autores clá- 
sicos. 

Esto quiere decir, que la área del reyno de Guatemala, que 
excede á la de España en veinte mil leguas cuadradas de terre- 
no feraz, de temperamento frío, templado y caluroso en todo el 
curso del año, podría ser ocupada holgadamente, á lo menos 
i igual población, y esto supuesto ¡qué reino tan pujante no 
ía! ¡Qué rico y que apetecible para las comodidades de la vi- 
!! 

Pero hallándose tan inmenso espacio de país ocupado por un 
._ón escaso de habitantes derramados en todo él,á distancias enor- 
íS interpoladas de desiertos y montañas, y en que no ha pene- 
'^o su centro la huella humana, y de costumbres diametralmen- 



\ 



123 

te opuestas á todo lo que verdaderamente podría constituirlos 
felices en sus respectivas condiciones: ¡qué probabilidad ha de 
haber de que con estos datos, se eleve repentinamente á un grado 
de opulencia que compita con los mejores reinos del mundo! Ilus- 
tremos más la proposición, y digamos que el millón propuesto de 
habitantes se compone de. . . .646.666 indios de todos sexos y 
edades. 313.334 pardos y algunos negros. 

40.000 blancos. 



1,000.000 



Los primeros, que son, hablando con propiedad, los indíge- 1 

ñas ó naturales, gobernados inmediatamente por sus Gobernado- 
res y Justicias de la propia casta, bajo el dominio español, en lo 
político; de un Intendente Alcalde Mayor ó Corregidor, y en 
lo espiritual, de los curas seculares ó regulares, se mantienen has- 
ta el presente tan adictos á sus costumbres y usos antiguos, que 
verdaderamente su vida es la misma que la de los primeros pobla- 
dores de la tierra. Al igual que aquéllos, ciñen sus necesidades 
á un alimento parco y rústico para el día, y á cubrir sencillamen- i 

te sus carnes, sin aspirar á otra cosa, porque desconocen aquellas 
otras necesidades, que la vanidad y refinamiento de las naciones 
que se llaman cultas, han constituido aunque superfinas en su 
esencia, precisas al orgullo humano. 

Su agricultura se reduce á sus milpas^ trigales, frijolares y 
hortalizas, en terrenos para ellos precarios aunque propios, lo que 
luego explicaremos, con que subsisten del modo indicado, pagan i 

su tributo, ocurren á los capitales de sus cofradías religiosas y 1 

cajas de comunidades: Proveen con dichos esquilmos y frutas la 
^laza de la capital y cabeceras de partido, donde se compran por 
as otras clases para su sustento y regalo. 

Su industria artesana está vinculada desde tiempo inmemo- 
rial en ciertos y determinados pueblos. Una carpintería de esca- 
ños y sillas mal forjadas, toscas y prolijas en su labor, por no em- 
plear en ellos instrumentos adecuados, sino un cuchillo viejo ó un 
pedazo de machete, y sobre todo baratísima en demasía, es pe- 
culiar por ejemplo, del pueblo de Comalapa. En Cobán ejercen 
este mismo oficio con más finura, pues trabajan papeleras y otros 
muebles embutidos de madera blanca con figuras primorosas y 
prolijas en su ejecución. En la misma ciudad, capital de la pro- 
vincia de Verapaz, en Cahabón, Rabinal y otros pueblos de ella, 
todos habitados de indios, se ocupan las indias en la hilaza de al- . 

godón, con que se proveen los tejedores de ropas llamadas de la 
tierra^ que existen en la capital, en la Antigua Guatemala y 
otros parajes. 

En la provincia de Totonicapam se emplean también en ( 
ramo de hilaza y tejidos. Hay pueblos que sólo se entretiene: 



V 



en hacer medias y calcetas de algodón, como en Sumpango. 0- 
tros, loza ordinaria: otros, esteras ó j'^tdfes, redes, sombreros de 
palma, hamacas &. 

Lo refei'ido, y los trabajos á que se les obliga enviándolos 
los alcaldes mayores en partidas con nombres de repartimientos á 
las haciendas de los que los piden para sus labores, y á los que deben 
dárseles con arreglo á las leyes; la conducción sobre sus espaldas, 
de cargas pertenecientes á los mismos alcaldes mayores, curas y 
particulares de la clase de blancos, de unos parajes á otros: la 
composición de caminos, la construcción de los edificios, templos 
y casas, bajo la dirección de los maestros arquitectos ó albañiles, 
y en fin, todo lo que es servicio penoso y molesto, está reservado 
para esta gente en todo el reino de G-uatemata. Ellos son el des- 
canso de las demás clases sin exclusión: ellos son los que nos ali- 
mentan surtiéndonos de lo necesario y de regalo, al paso que 
ellos son tan parcos y frugales que casi nada eomen de sustancia. 
I silos indios trabajan como queda insinuado, las indias hacen lo 
propio al tanto y talvez más: hasta los indiznelos trabajan, pues 
apenas tienen alguna solidez en sus piernecitas, cuando van con 
sus madres al monte á recoger palitos para el fuego, y á renglón 
seguido caminan ya con sus padres jornadas largas con sus car- 
guitas proporcionadas á cuestas. (147) 

La segunda clase de habitantes son los 313,334 pardos, in- 
clusos algunos negros; casta menos útil por su innata flojera y 
abandono. De esta especie se pueden hacer tres divisiones: 1* 
artesanos, como pintores, escultores, plateros, carpinteros, tejedo- 
res, sastres, zapateros, herreros &', cuyos oficios son necesarios 
en la República, pero de tal modo los ejercen por costumbre, ca- 



{li7) R C. del Señor Don Felipe III al virrey ilel Perú, Marques de 
Montes Claros. 

"Marqués de Moates Claros k. Cosa sabida es la mucha gente españo- 
la que hay en esas provincias, así de la que de acá va do ordinario, como 
de crioHos nacidos allá, y también se tiene entendido, que con ser mucha 
de esta gente humilde y pobre, no se inclina á trabajar en las labores del 
campo, minas ni otras granjerias, ni á servir á otros espafioles, y los tie- 
nen por menos valer: de que resulta luiber tanta gente perdida y cargar 
sobre los indios el peso de todo el trabajo y servicio de los espafioles. Y 
en consentir y dejar pasar por esto á loa eapaHolea los ministros mícB, que 
, gobernado, y ka demás justicias, se lia introducido esta ociosidad ¡í 
! en ninguna de las repiíblieas se da lugar. Y como quiera que en el 
apacho sobre los servicios personales délos indios que ahora se os envía, 
oa ordena que encaminéis al trabajo de todas las dichas labores á los es- 
ioles de condición servil, mestizos, mulatos, y zambaigos, como cosa que 
to deseo, é importa dar principio á esta reformación tan necesaria para 
buen gobierno y conservación de esas provincias, alivios y libertad de los 
lioa, oa lo he querido volver á encargar aparte, como lo encargo y man- 
■' "^-olorz. P. V.) 



125 

— ^^^^^"^ ■ * I * ■ ■■ ■ ■■■■ ^- ■■ ■■ I .T— ^^^—- « ■■» ■! I ■■ ■ ■ I M ■■ I 11» » ■ É M »■■■■ I ■ ■ ■ I t" I — II ■ ■ ■ I " ■ ■ ■ ' I ■ »» ■ II I IP ■■■■■■■■■ — ■■■ ■ ■■■ 11 ■ I ■ 

pricho y arbitrariedad, que necesitan una reforma y arreglo, que 
precavan los menoscabos que sufre frecuentemente el comím, 
que está por necesidad atenido á ellas, sin que esto perjudique á la 
habilidad particular de algunos plateros, escultores y carpinteros; 
tanto más admirable, cuanto que parece natural, que en vista de 
sus principios, y falta de proporciones no debían tenerla, ni á la 
formalidad y honradez de algunos maestros acreditados por su 
conducta. Carecen de fondos en lo general, para proveerse de 
los materiales respectivos: es menester que el que necesite la obra, I 

si su valor llega á una docena de pesos los desembolse al maestro, 
antes de recibirla, para comprar la materia, pagar á los oficiales, y 
comer mientras la trabaja, lo que sería soportable si la recibiese I 

al tiempo estipulado, y en aquellos términos y modo pactados; 
mas no sucede así: las más veces se halla frustrada la confianza 
del que manda hacer la obra y ha desembolsado su dinero con 
anticipación, porque si la consigue es en fuerza de sus reconven- 
ciones repetidas (5 demanda judicial á que se ve constreñido por 
último recurso. Las de menor valor siguen el mismo rumbo de . 
perjuicio, porque se ha de recibir bien ó mal hecho lo que el car- 
pintero, sastre y zapatero entrega, sin arbitrio de poder mejorar 
ocurriendo á otros. — 2.* Gente de labranza y armería: ¡qué pe- 
nalidades, atrasos y fatigas no experimentan los dueños de ha-, 
ciendas, y de recuas con ella! Indiferencia absoluta por los in- 
tereses del amo, es el daño menor que resulta del servicio de esta 
especie: su pereza y falta radical de vergüenza, hacen indispensa- 
ble una continua vigilancia sobre ellos para que trabajen algo: en 
no viéndolos, ya no hacen otra cosa de provecho, pasándoseles ^ 

el tiempo en la holgazanería, y lo peor es que propensos al robo ^ 

por su educación enteramente abandonada, lo ejercen al menor 
descuido de los dueños y mayordomos; y un mayordomo, regu- 
lar hombre de bien y celoso por la hacienda del amo, es tan raro 
encontrarse, que el que lo logra lo tiene por gran fortuna. Sin , 
embargo, no deja de haber porción de gente parda que dedicada 
á la agricultura en pequeñas heredades, que trabajan por sí. tan- 
to en las provincias como en los pueblos de las inmediaciones 'de 
la capital, debemos con justicia excluirlos de la nota que sólo re- 
cae en la especie que acabamos de describir. — 3.* Esta, que no 
es la más diminuta, se compone de una zanganada perjudicial en 
sumo grado á todos los demás órdenes del Estado, porque no tra- 
bajando absolutamente para subsistir, viven á expensas de los ro- 
bos de reses y frutros, que ejecutan en las haciendas; de los plá- 
tanos que hallan abundantes en las márgenes de los ríos y de ra- 
piñas y hurtos en poblado, con lo que pasan la vida jugando á 
los dados, embriagándose, hiriéndose y matándose atrozmente, y 
en suma, arrimados á las tapias y cercas de los pueblos, y de los 
barrios de la capital, infundiendo recelo á los vecinos honrados y 
laboriosos. 




12G 

La tercera clase de población, que hacemos ascender á ciia- 
reata mil almas, es la de blancos. Compónese de americanos y 
europeos, hacendados, comerciantes, mercaderes de toda suerte 
di: tráficos, empleados y eclesiásticos, &. 

En cuanto á los hacendados, unos poseen tierras de conside- 
rable número de leguas sin trabajarlas, á reserva de alguna muy 
corta parte, resultando por consiguiente inútiles á ellos, y al co- 
común que carecen absolutamente de terreno propio para sem- 
brar su maíz ú otro fruto. El ganado mayor es por lo regular el 
nervio y sustancia de estas grandes haciendas, pues criándose en 
las de las provincias remotas y comprado y traído para repastar- 
tarlo en las de la capital, para abastecer de carne, forma un trá- 
fico entre un orden de individuos, que ni corresponde propiamen- 
te á la agricultura, ni al comercio. 

Los agricultores que se deben considerar como tales, son los 
que poseen las haciendas productoras del añil. Este fruto por 
su preciosidad é importancia merece la mayor atención, porque es 
toda el alma que vivifica el reino; es su comercio activo de ex- 
tracción, de tal modo, que sin él no habría objeto de relaciones 
entre la metrópoli y nosotros. 

Otro ramo de agricultura, cual es el azúcar y rapadura, cons- 
tituye un tráfico interior que abastece al reino de este artículo, sin 
estenderse á la exportación por las distancias y costos para em- 
barcarlo. Lo mismo sucede con el algodón, que sin embargo es 
incalculable su utilidad para los tejidos del país, con que se pro- 
vee la gente pobre, y aun la que no lo es, de modo que si se 
desterrara la ridicula y muy perjudicial vanidad de hacer uso de 
géneros extranjeros, de los introducidos por el contrabando y 
permisos perjudiciales, ninguna clase de gente se podría quejar 
con razón de no tener ropa con qué vestirse, adecuada á los tem- 
peramentos del reino, y de una decencia sustancialmente racional, 
puesto que no faltan tampoco los tejidos de lana, cuyas fábricas 
son peculiares de Quezaltenangoy su provincia. 

Con exclusión de muy pocos, los referidos labradores, á pe- 
sar de los vastos terrenos que abrazan sus haciendas, son pobres 
en realidad, porque además de dichas posesiones tienen sobre sí 
capellanías, hipotecas y otros gravámenes al par de sus valores, 
que los obligan á acudir anualmente á la satisfacción de los rédi- 
tos, necesitan_adeu darse para poder trabajarlas bajo el método 
i acostumbran, no verificándolo casi nunca con el desahogo 
ncial que proporciona el provecho y felicidad del hombre. Pa- 
.3 que estudian con empeño cómo ahuyentarla de sí, aun cuan- 
por algún accidente favorable se les aproxima, porque si tie- 
1 una hacienda gravada, y por ventura logran desempeñarla á 
rza de su trabajo y á merced de algunas buenas cosechas y ex- 
adio ventajoso, en este caso, en vez de dedicarse cuerdamente á 
""fiarla con desembarazo á independencia do toda suerte de 






127 

habilitaciones y demás empréstitos que obstan á la prosperidad, 
compran otra ú otras, que los constituyen hombres de muchas 
tierras, de muchas ideas huecas, de felicidad, y de mucha agita- 
ción en todo el curso de su vida, empleándola en tapar y desta- 
par continuamente los agujeros que la codicia ocasiona en el mal 
cimentado edificio de sus errados cálculos; y esta es la propen- 
sión innata de los labradores de este reino. 

Respecto á los Comerciantes, ascenderán á treinta ó treinta 
y cinco en todo el reino las casas mercantiles que merezcan este 
título, siendo las únicas que directamente reciben de Cádiz por el 
golfo de Honduras anualmente el valor de un millón de pesos, 
sobre algunos miles más ó menos, en géneros europeos, que dis- 
tribuyéndose entre los mercaderes, los expenden por menor en 
sus tiendas, y aun el mayor número de los primeros practica lo 
prop)io en las que en sus casas tienen con nombre de almacenes. 
Los retornos se efectúan en igual porción de libras de añil, fruto 
casi único que sostiene las relaciones del comercio con la metró- 
poli, debiéndose entender este cálculo aproximado cuando la 
guerra con los ingleses no pone obstáculos á la navegación, y la 
langosta ó algún otro contratiempo, no menoscaba las cosechas 
de la tinta. 

Uno, dos, ó tres barcos menores que vienen á Sonsonate 
también del Perú, con cargamentos de vinos de Chile, aceite, 
aceitunas, pasas, almendras, pellones, de doscientos á trescientos | 

mil pesos en moneda, para compra de añiles, cortes, forma otra ^ 

relación de comercio entre este y aquel reino. 

De la Habana, Batabanó y Cuba, llegarán á Trujillo de ocho j 

á diez goletas, pailebots, etc., la mayor parte con cargamentos 
mezquinos de aguardiente de caña, cebollas y otros objetos que 
más parecen pretextos para ganar los registros en las aduanas, 
que motivo de negociación; así es que, importando un cargamento 
de éstos á lo sumo, calculado por los registros, de cinco á seis 
mil pesos, y llevándose en retorno, además de porción conside- 
rable de añiles, de treinta á cuarenta mil pesos en moneda regis- 
trada, y acaso otros tantos por alto, en la plata y oro en pasta de 
los minerales de la provincia de Honduras, es evidente qne dicho 
tráfico es contrabandista y clandestino, que se ejerce impune- 
mente, á vista, ciencia y paciencia de los mismos que debieran 
embarazarlo. 

Al río de San Juan vienen también anualmente tres ó cuatro 
barcos con registros de Cartagena, Santa Marta y otros pueri 
españoles, donde no es verosímil , haya almacenes capaces 
formar los cargamentos que traen, siendo consiguiente que ést^ 
se efectúen en Curazao y que los registros ó sean falsos, como 
ha probado repetidas veces, ó comprados á la infidelidad de aU 
nos empleados. 

De todos estos manantiales, y de las introducciones que 



1 



J 



hacen por el puerto de Villa Hermosa en la provincia de Tabas- 
co, las más de ellas igualmente fraudulentas, se eslabona una ca- 
dena de giro, que circulando progresivamente do mano en mano, 
constituye una base de comercio sobre que estriba el segundo 
orden de este ramo compuesto de mercaderes con tiendas ma's ó 
menos surtidas en la capital y demás cabeceras de partidos, así 
como de viandantes, que andan por todas partes acechando las 
ocasiones de proveerse de anchetas, á todo trance y riesgo. 

Fuera de estos principales ramos que los forman, como de- 
jamos expuestos, los géneros europeos legítimamente introduci- 
dos, y los asiáticos é ingleses de algodón, que á pesar de las leyes, 
reales órdenes, y contra la buena política del interés de la patria 
se nos ingieren, tenemos otros domésticos de alguna considera- 
ción, y fuera en sumo grado su importancia á no obstarlo los 
espurios asiáticos ¿ingleses, contrarios á sus progresos y prospe- 
ridad, tales son los cortes de enaguas azules, mantas blancas 
ordinarias, medianas y finas para sábanas, fustanes, camisas, y 
otros infinitos usos: cotines de todos colores y labores, propios 
para el vestido decente diario del hombre, especialmente los 
más adecuados, por su mucha duración y baratura, para los 
niños y muchachos: cotonías blancas muy buenas, superiores á 
las inglesas en duración, y por una tercera parte del precio que 
éstas se venden: mantelería ordinaria y hasta exquisita, toballas, 
colchas, y otros varios tejidos todos de algodón patrio y de lana, 
que eo el día lánguidamente se fabrican en la capital, Quezalte- 
nango y otros pueblos donde se consume ya muy poco; pero que 
no hace machos años se fabricaban con ahinco é interés, se gas- 
taban con gusto, y se hacían crecidas remesas á las provincias, 
expendiéndose ventajosamente, ya en las tiendas y ya en partes 
de las habitaciones que se dan á los cosecheros de tintas, y en 
cambio también de éstas, de que resultaba el incalculable bene- 
ficio de la ocupación de los patricios, hallando fácilmente en ella 
la subsistencia de sus familias; que el numerario no pasase á 
países extranjeros, pues circulaba sólo en el reino, en provecho 
suyo; que los ociosos (muchos á su pesar, especialmente del 
gremio de tejedores) de que estamos abrumados actualmente, no 
lo fuesen en dicha época; y el que la extravagancia del lujo no 
tuviese corrompido, como ahora, todo el mujeriego sin distinción 
de clases y condiciones, con otros infinitos males accesorios á los 
^''¡ados. 

ste es en suma el cuadro analizado del estado actual del 

, que demuestra su extensión, las cualidades de sus tei'renos 

ñas para las producciones propias y extraíías, su población 

"''''da en las clases que abraza, y los usos y costumbres de cada 

- j,j,ra subsistir. Bajo cuyo principio, entramos en materia 

■'■^" á la agricultura y comercio, y á la indagación de los me- 

"luibles á su mejora. 

m 



s 



129 

I ■ I ' I I - I II. I I I I I I 

La agricultura, pues, ha sido siempre considerada como el 
manantial más necesario y rico de un Estado, porque alimenta á 
los hombres, y proporciona las artes, siendo como el tronco de 
un árbol, sobre el cual toman su incremento todas las ramas del 
comercio. Es el destino del hombre en sociedad, que no ciñén- 
dose á clase alguna las abraza todas en general; así es que el 
clérigo, el magistrado, ¡al caballero, el español llano, el indio y el 
mulato.pueden ser labradores en su esfera, no habiendo ocupación 
más digna del hombre libre, más grata y mejor, que la empleada 
en el cultivo de la tierra, cuya posesión es una verdadera y sóli- 
da propiedad, que la ley protege y perpetúa (1). 

En efecto, la propiedad que el hombre adquiere en el país 
donde nace ó reside, es la que le inspira el amor patriótico, la 
que lo aficiona á trabajar para utilizarse de ella, desviándolo déla 
holgazanería y vicios consecuentes; y la que en fin, lo hace miem- 
bro útil é interesante del Estado, siendo evidente que el hombre 
sin propiedad nada posee, que el que nada posee, nada tiene que 
perder, y que el que no tiene que perder, no tiene patria; de don- 
de proviene que esta casta de gente es la más temible en cual- 
quiera conmoción popular, por presumir siempre que no puede 
empeorar su suerte. ^ 

Por otra parte, es cosa averiguada en este reino, que las 
tierras repartidas en pequeñas posesiones, trabajadas material- 
mente por sus propios dueños, fructifican incomparablemente más 
que las constituidas en grandes haciendas. 

Este que es un gran principio inconcuso, lo vemos puntua- 
lizado en nuestras cosechas de añil. Ghalatenango y Tejutla, en i 
la provincia de San Salvador, componen' un vecindario de doce 
mil quinientas almas, cuya mayor parte es propietario de cortos 
terrenos, y á pesar de que éstos son sin disputa los más estériles 
de toda la provincia, puede asegurarse que anualmente excede 
de mil zurrones su cosecha, y en la del año de 806 levantaron como 
se podría hacer ver, más de mil quinientos. Por esta proporción 
y sin contar con las ventajas del terreno, correspondía que toda 
la provincia con respecto á su población, levantase de catorce á 
quince mil zurrones anuales, y que la cosecha de 1806 hubiese 
ascendido á veintiuno ó veintidós mil, siendo así que no pasó de 
cinco mil quinientos, á seis mil zurrones. Si volvemos los ojos 
á las cosechas de maíz que tenemos á las puertas de la ciudad, 
veremos también en ellas confirmada esta verdad. Un hacenda-^'^ 
que siembra diez fanegas, no levanta arriba de seiscientas 
ochocientas, y un propietario poquitero que siembra una se 
fanega, alza sobre cien y á veces hasta doscientas: es decir qi 



(1) Nihil est agricultura melius, nihil dulcius, nihil homine li"^ 
ro dignius — Cic. 



> 



130 

en manos de éste, produce un doscientos por ciento sobre el 
labrador en grande. Toda esta diferencia hace que la tierra 
esté distribuida en grandes ó pequeñas proporciones, cuya razón 
no es necesario indagar, porque es bien obvia y conocida. De 
aquí, y de sus menores gastos, proviene también que en manos 
del poquitero, tenga siempre menos precio cualquier fruto". 

(1) 



Agricultura con respecto á los indios. 



Jamás nos cansaremos de clamar en favor de los indios de 
Guatemala que nos tocan más de cerca: la justicia lo requiere en 
razón de sus derechos y estado. Esta clase, la más numerosa de 
la población del reino, pues la hemos hecho ascender á seiscien- 
tas cuarenta y seis mil seiscientas sesenta y seis almas, afianzados 
en buenos datos, es la que segím hemos indicado, trabaja más 
que las otras, resultando casi todo su trabajo en beneficio y 
comodidad de ellas. A pesar de esta verdad, resuena continua- 
mente en nuestros oídos que los indios son unos haraganes, flojos, 
indolentes, borrachos, y que si no se les apremia con rigor, nada 
hacen, porque son como las bestias. ¿Y quiénes son los que les 
hacen tales acusaciones y tan indignamente los vituperan? Aque- 
[ líos mismos que si no fuera por los indios, perecieran de necesi- 

! dad: aquellos mismos que no emplean su tiempo sino en puras 

bagatelas y operaciones fútiles, cuando no perjudiciales, y aquellos 
mismos, que aun trabajando, si se compara su trabajo con el del 
indio, se encontrará mucho más pequeño que el de éste. Es 
cierto que el indio propende á la borrachera, pero trabaja para 
emborracharse, y se emborracha con chicha^ y borracho no daña 
á nadie: pasa su letargo al lado de su fiel consorte ó de algún 
compañero que se abstiene de beber para velarlo mientras le 
dura: es indolente; pero trabaja de cualquier modo, y las indias y 
los indizuelos, desde la edad de seis y siete años, trabajan igual- 
mente. 

Pero en cuanto á su propiedad afecta á sus ejidos, es tan 

sumamente precaria que la distribución depende del capricho de 

propias justicias, quienes arbitrariamente les dan tierras á su 

ojo, se las quitan y vuelven á dárselas cuando y como quieren, 

ándolos fuera de proporción, á lo mejor del tiempo, de poder 

-^brar ni para sí ni para otro alguno, y lo peor es que con 



cite 



Informe á este Eeal Consulado en 1808, por don Juan Anto- 
^ queche y don Anselmo Quirós. 



131 

este desarreglo y arbitrariedad jamás podrá el indio afianzarse en . 
el laborío de su posesión, para ser útil agricultor aunque sea de 
sólo maíces y legumbres. 

Para remover este abuso y otros muchos, que luego seña- 
laremos, juzgamos convendría crear en esta capital una junta 
protectora de esta clase de gente, compuesta del ilustrísimo 
señor Arzobispo, del señor Ministro decano de la Real Audiencia, 
del Regidor decano del N. Ayuntamiento, y del Prior del Real 
Consulado, con Secretario: que celebrase sus sesiones una vez en 
la semana, para tratar en ellas de cuanto conduzca á su bien y 
felicidad, oyendo sus reclamos y quejas, para ventilarlas y satisfa- 
cerlas expedita y sencillamente: que cuando el negocio por su 
naturaleza necesitase del conocimiento de la Real Audiencia ó 
del Superior Gobierno, se ocurriese á estas autoridades por 
medio del Secretario, firmando éste los escritos con previo acuer- 
do de la Junta, la cual lo debería ejecutar por sí en las represen- 
taciones que conviniese hacer á S. M. 

Que al propio efecto y por el mismo orden, se creasen en 
las cabeceras más principales de las provincias otras juntas com- 
puestas del S. Intendente ó Alcalde mayor, del Cura, del Regi- 
dor decano y del Diputado consular, también con Secretario, y 
que éstas se correspondiesen con las de la capital en todo lo rela- 
tivo á la mejora de costumbres, agricultura y felicidad de los in- 
dios. En cuyo supuesto, convendría estatuir los artículos si- 
guientes: 

El indio tendrá campo propio del ejido de su pueblo, dis- 
tribuyéndosele la porción de tierra suficiente luego que se case, 
en que pueda sembrar lo necesario para mantener su casa todo el 
año, pagar sus contribuciones, vestirse, y que le quede algún so- 
brante. 

Estas tierras se les darán en absoluta propiedad para sí y 
sus sucesores, sin que sus justicias puedan ya despojarlos de ellas, 
como ahora lo hacen en muchos pueblos; pero sí los obligar*^^ -^ 
cultivarlas en el caso de indolencia del propietario. 

En ellas deberán cultivar no sólo su maíz y demás nece^ 
para el gasto de su familia, sino los frutos análogos al el" 
circunstancias del país. 



Para estos cultivos, le suministrará el Alcalde mayor, herra- 
mienta, semillas, bueyes de arado y demás que necesiten; pero 
no podrá repartirles efecto alguno que les sea inútil, bajo la 
pena de perderlo. 



De las habilitaciones que haga el Alcalde mayor en su pro- 
vincia, formará dos notas individualizando los efectos y precios, 
que juradas y firmadas entregará una á las justicias naturales y 
otra al respectivo párroco, quienes firmándolas también las pasa- 
rán á la Junta de protecciáu. 



Llevará el Alcalde mayor un libro también jurado, donde 
anotará por menor los efectos que reparta, y los frutos que reci- 
ba en pago, con expresión de precios en unos y otros. 



El cobro de dichas habilitaciones, lo hará el Alcalde mayor 
precisamente en frutos de cosecha propia del indio deudor, y 
no en otra especie, dejándole los sobrantes, si los tuviere, para 
su libre tráfico y contratación. 



Del mismo modo percibirá en frutos el importe de las con- 
tribuciones con que el indio deba subvenir á los cargas del Esta- 
do, y de este monto hará los enteros en la tesorería respectiva 
sin descuento alguno. No obstante, si al indio le conviniere 
vender por sí dichos frutos y hacer el entero en dinero, se le 
dejará en libertad para ello. 



do lo que reciba por uno ú otro título, lo anotará por 

. en el libro indicado, con expresión de especies y precios, 

■"' 'ambién notas á las justicias y á los curas, para pasarlas á 

.- protectora en los mismos términos que los del repartí- 



133 



10. 



En ningún caso podrá cobrarse en maíz ni otros granos del 
preciso alimento del indio y su familia, sino, como se ha dicho, 
únicamente en los otros frutos que cultive, pues aquellos han de 
ser sagrados y no han de aplicarse jamás á otro objeto, 

11.^ 

Para que en uno y otro no haya atraso, ni omisión por parte 
del indio, será obligación precisa de los Alcaldes mayores, el 
celar que indispensablemente cultive todo indio aquellos frutos y 
aquella porción de tierra que se le señale, bajo la pena de perder 
la habilitación, que le haya dado aquel año. 

12,^ 

Al efecto, y siendo el objeto principal el fomento déla agri- 
cultura del reino en todos sus ramos, y proveer además á la có- 
moda subsistencia del indio, sacándolo de su indolencia, harán los 
Alcaldes mayores visitas territoriales en los tiempos de siembra, 
y demás beneficios de los frutos, en las cuales se enterarán por sí 
mismos de si todos los indios atienden á sus labores ó hay alguno 
que las abandone, y cuál sea la causa, con cuyo conocimiento 
acudirá al remedio oportuno. 

13.° 

Si el motivo fuese el de enfermedad ó muerte del indio, hará 
que las justicias obliguen á los mozos del pueblo á que continúen 
los beneficios que exija el fruto hasta su cosecha en los días 
festivos, para lo cual acordará con el Padre Cura sú habilitación, 
después de haber oído misa, pero siempre en favor del propieta- 
rio ó sus herederos, no debiendo esperarse se niegue nadie, si se 
les hace comprender el común beneficio de esta práctica. 

De ningún modo podrá el Alcalde mayor entregar sus hal * 
litaciones á las justicias délos pueblos para que ellas las repartí 
y cobren, como han hecho muchas hasta aquí con el fin de hac 
les el cargo total, y precaver los riesgos individuales, sino qi. 
deberá correr estos sin que el común ni los hijos y herederos d 
que muriere ó faltare al pago, sean responsables más que ha: 
donde alcancen sus bienes, con exclusión de las tierras, pues és^ 
nunca deberán responder á deuda alguna del propietario, ^ 



pertenecer al ejido del pueblo, debiendo pasar á los sucesores del 
difunto. 

15.' 

Respecto á que la extracción de indios que se acostumbra 
hacer en los pueblos con el nombre de mandamientos para traba- 
jar en las haciendas de los blancos, perjudicará infaliblemente á 
la labranza de los mismos indios, teniendo éstos campos propios 
á que atender j ocuparse, siendo precisamente el tiempo en que 
se efectúan dichas exti"acciones el oportuno que ellos necesitan 
para cultivar también sus posesiones ó cosecharlas, parece debe 
considerarse este punto con mucha prudencia y tino, á fin de que 
ni los unos ni los otros sufran detrimento. Bajo este supuesto, 
no tan sólo no se obligará á indio alguno que tenga sementera 
propia, ó que esté para sembrarla, cuidarla ó cosecharla, á que 
vaya á beneficiar la del blanco, sino que aunque quiera, no se le 
permitirá abandonarla si de ello ha de resultar el que se le 
pierda. Podrá solamente echarse niano para dichos repartimien- 
tos, de aquellos indios que por algún motivo se hallasen expedi- 
tos en la ocasión que se pidan; y los hacendados procurarán bus- 
car otra gente que les trabaje por sus justos jornales, introdu- 
ciendo esta práctica observada en muchos parajes del reino, bien 
qne conocemos las penalidades que les ofrecen las costumbres 
viciosas de la gente parda y mixta si no se logra reformarla. 

16.° 

Podrán continuar los repartimientos de hilazas de algodón 
en aquellas provincias donde estuvieren en práctica, pues siendo 
esta ocupación propia de las mujeres, en nada debe embarazar la 
de los indios en su agricultura. 

17." 

.También deben introducirse las hilazas en todas las provin- 
cias donde se cultive el algodón, así para dar ocupación á las 
indias, como para abaratar los hilos con el ahorro de los 
"'"-.nsportes de algodón en rama con pepita, que los recarga en 
tres cuartas partes de su peso. 

18." 

Como el más inmediato objeto de este plan es el insinuado 
-, mentar la agricultura entre los indios, y sacarlos de la mise- 
"" que por lo general están al presente, será el primer cargo 



135 

de residencia de los Alcaldes mayores el de los adelantamientos 
de ambos puntos, y observancia de estos artículos en lo que les 
respecta en el tiempo de su gobierno. 

19.^ 

En ella se presentarán los libros que haya llevado, la cuenta 
y razón de las compras y repartimientos que hubiese hecho, y de 
los frutos en que haya cobrado, todo qon sus precios, á que se 
acompañarán las notas que haya dado á los Curas y Justicias de 
los respectivos pueblos, pasadas á la Junta protectora. 

20." 

Si se hallase exceso y omisión culpable, se le impondrá una 
pena pecuniaria correspondiente, que se distribuirá entre los 
mismos indios ó sus herederos, con proporción al negocio que 
haya hecho con cada uno, y además pagará el costo de formar 
esta liquidación. 

21.« 

Como no es fácil que ningún ladino pueda engañar al indio 
vendiéndole al contado ó fiado los utensilios y efectos que nece- 
sita para el cultivo de su tierra, dándoselos á exorbitantes precios 
y haciéndoles recibir los que les son inútiles, entendiendo el 
indio como entiende muy bien en esta parte,lo que le trae cuenta, 
y regatea y examina, como suspicaz, las cosas á la luz de su pro- 
pio interés, de modo que sólo el respeto, la sumisión, y acaso la 
violencia de los alcaldes mayores en tiempo de los repartimientos 
arbitrarios, les obligaba á cerrar los ojos y recibir lo que dichos 
jefes querían, y á los precios que les seíialaban por altos que 
fuesen, podrá cualquier mercader de la capital ó de las provin- 
cias proveer á los indios de lo que necesiten, con tal que interven- 
gan en la compra las justicias naturales, con sólo el fin de evitar 
toda sombra de mala fe y engaño entre el vendedor y comprador,, 
observándose para el pagamento lo prescrito en los artículos 7,^ 
10 y 14. 

He aquí la constitución política, que nos parece debers 
estatuir para hacer al indio verdadero agricultor, y fomentar " 
agricultura del reino, pues además de ser análoga á su caráct 
y costumbres, concilía perfectamente los extremos de las d 
opiniones contrarias acerca de los repartimientos, que les hacíí 
los Alcaldes mayores, y que hoy se hallan suspensos por sup' 
rior resolución. 

A la verdad, eran repartimientos violentos y tiránicos, pr 



i 



I 
I 

f 

I 

I 

I 

1 

I 






136 

pios sólo para enriquecerse dichos jefes, y abismar más y más en 
la miseria á los indios, porque les hacían tomar violentamente 
artículos que ellos para nada necesitan, y á precios exorbitantes, 
poniendo trabas á cualquiera otro individuo español, de poderlos 
habilitar con utilidad del indio, exenta de vejaciones abomina- 
bles, en cuyo ¡supuesto estriba la opinión de la negativa. La 
afirmativa rueda sobre que «i al indio no se le obliga con rigor al 
trabajo, nada hace de provecho por su indolencia natural y pocas 
necesidades para subsistir á su modo, y que mediante este prin- 
cipio, los Alcaldes mayores por su interés propio y codicia, los 
apremiaban á que trabajasen para pagarles, siendo el resultado, 
que á pesar de esta tiranía clásica, trabajaban, algo les quedaba, 
y los hilados y frutos que se vendían en la capital por cuenta de 
los repartidores, beneficiaban al público. 



Abusos en las cofradías. 



Estas congregaciones (dice), según el verdadero espíritu de 
su primitiva invención, son excelentes y útiles, tanto en razón de 
moral cuanto en línea de política. Reunir al pueblo por turnos 
al pie de los altares, suministrarle ideas y vínculos de dependen- 
cia bajo el aspecto más agradable y sagrado, divertirlo y compla- 
cerlo en el seno mismo de la piedad, hacerle gastar en cosas ho- 
nestas y de gusto, enseñarle á tener fondos públicos, á aumentar- 
los, á socorrerse con sus productos, son objetos muy finos, muy 
dignos de que agradezcamos á los primeros conquistadores la 
atención que ponían en extender, consolidar y cubrir de flores el 
imperio de su nueva dominación. 

Pero en esta provincia se han alterado infinito las circuns- 
tancias y método de las cofradías, y estas han llegado á ponerse 
en un pié el más ruinoso para su población y agricultura. Por 
decontado, ninguna de estas cofradías tiene fondos, y todos los 
gastos generales é individuales, deben salir de la contribución, 
de la derrama, de la limosna, del sacrificio del cofrade. En se- 
gundo lugar, su número no es proporcional al vecindario de los 
íblos. Cuando éstos tenían triple cantidad de familias conta- 
i V. g. diez cofradías cada uno: las mismas diez se han conser- 
vo, aunque la gente ha disminuido en razón de tres á uno. 
r con siguiente, el artículo de cofradías se ha hecho más pesado, 
^azón de uno á tres. En esta cabecera, que apenas tiene 
._.entos tributarios, hay diez cofradías y noventa y seis indivi- 
*s en ellas. (San Antonio Suchitepéquez). 

s gastos de un cofrade regularmente sobrepujan al alean- 






137 

^» ■-■■■■■■ ^ ■ ^ ■■■■■■■■ — ■ ■ ■ . , , , . ,1 I I , ■ , „ I. I ■■-_, „ ■-■, ■■■■■■■- ■ ,■■■■-■■ , ^— ■ . ■ , . 

ce de sus fuerzas. Una pobre india molendera ó mujer de un 

jornalero infeliz, tiene que gastar cuando menos ochenta y un 

pesos al año. Ahora, pues, una molendera gana doce pesos al 

año ó á lo sumo diez y ocho. Tin machetero gana cincuenta pesos, 

y es menester para ello que sea buen trabajador, ¿con qué comen, 

con qué visten estos miserables en el discurso del año de la 

cofradía? Es verdad que algunos salen de este ahogo vendiendo 

6 empeñando su cacaoatal, pero pocos y pocas tienen este recurso 

y solo les queda el de robar y prostituirse, después de haberse , 

agotado todos los demás, de vender y venderse .... Estos incon- ^^| 

venientes y otros análogos, que omito, resultan de las cofradías 

en el pié en que están de no tener fondos productivos y propios, 

de ser demasiado numerosas, y ocasionar gastos excesivos. 

No obstante, todo ello sería llevadero si los pobres contri- 
buyentes pudiesen trabajar mientras les dura esta obligación. ; 
Siquiera ganarían parte de lo que han de gastar; pero lo peor es, 
que desde que entran en cofradía hasta que salen, quedan vincu- 
lados exclusivamente en la sacristía 



Abuso en el servicio de sacristías. 



Una iglesia parroquial en España está perfectamente aseada 
y servida por un sacristán y un par de monacillos, y en la de los 
anexos no hay más que un sacristán. Por consiguiente, las seis 
parroquias, los diez anexos de esta provincia, no ocuparían en 
Europa más de veintiocho hombres. Aquí ocupan, además de 
las cofradías, doscientos cuarenta y ocho indios. Todo este nú- 
mero de indios no se desprende de los balcones y corredor de la 
sacristía, y allí vegetan silenciosos y miserablemente á la sombra 
del campanario, olvidados de sus trabajos, y esperando que sus 
mujeres les lleven allí mismo la comida diaria, gánenla donde la 
ganaren. 

Cuando un indio de éstos acaba su año de sacristía ó de co- 
cofradía, además de quedar arruinado, y lleno de deudas, ya no 
vuelve con el amor de antes á su^antiguo trabajo del monte. 
Un año entero de retiro, de sueño y de inmovilidad, entorpeció el 
juego de sus músculos, y le inspiró un gusto que no tenía para 
residir en el pueblo, y abandonarse en él á todos los resultados 
de una vida sedentaria é inactiva. (1) 



(1) Demuestra el observador, en dos estados, uno de las cofradías 
y otro del servicio de sacristía, el número de individuos que en ellas se 
emplean, con los nombres de sus respectivos oficios. Hace ascender/él t-o 



138 









Abuso en el servicio parroquial. 



Los mismos fatalísimos productos saca un indio del tiempo 
que invierte en el servicio parroquial. Si en este objeto se em- 
plearan solamente dos ó tres indios, tendrían ocupación suficiente; 
pero su número es excesivo. ¿Será creíble que para el servicio 
individual de los dos Padres Curas y dos coadjutores, que v tiene 
esta provincia, se dediquen diaria y exclusivamente ciento trein- 
ta y cuatro hombres, sin contar las mujeres? Ello es dificultoso 
de creerse; pero por desgracia es matemáticamente cierto y ver- 
dadero. El servicio de la Casa Real ocupaba doce, y quedó re- 
ducido á tres, por el autor de estas reflexiones. 

Ninguno de estos empleados gana un cuartillo, y en llegando 
la hora de comer van á buscarlo á sus casas. No se adivinar qué 
coman ni de dónde les venga, estando de fuerza con los brazos 
cruzados: si sé que uno solo de estos curas manda dar tortillas. 

Como antiguamente estos pueblos eran tan populosos y admi- 
nistrados por conventos de religiosos, no es extraño se adjudicase 
tanto número de indios á su servicio personal y doméstico. Con 
el discurso del tiempo, los pueblos han ido perdiendo su vecin- 
dario, un solo sacerdote secular ha entrado á desempeñar las ve- 
ces de una comunidad regular; no obstante, ha quedado en la 
trena el mismo número de sirvientes, y ha quedado en el mismo 
pié de ociosidad y de hambre. Iguales causas;, han influido para 
que las raciones diarias de víveres que estos indios dan á sus P.P. 
Curas sean sumamente crecidas. Mi antecesor D. José de Al- 
varado, hizo de orden superior, una cuenta de lo que importaban 
en los seis curatos de la provincia. Estas raciones reducidas 
á valores numerarios, y aun calculando su importe por términos 



tal de las cofradías, en los diez y seis pueblos de la provincia, á ciento se- 
tenta y ocho, que constando cada una de seis individuos,suman mil sesen- 
ta y ocho personas, de las que quinientas treinta y cuatro son hombres, 
que se deben contar por perdidos anualmente en cuanto á los trabajos de 
agricultura, y quinientas treinta y cuatro mujeres, que corren parejas con 
los hombres en su ramo de trabajos caseros. Sobre cuyo dato, y el de los 
scientos sesenta y cinco días del año, que dejan libres trescientos uno á 
indios para poder trabajar, saca ciento sesenta mil setecientos treinta y 
itro jornales de pérdida al año correspondientes á los hombres, y otros 
tos á las mujeres. El del servicio de sacristías en los mismos pueblos, 
lace subir á doscientos cuarenta y ocho, entre fiscales, maestro de coro, 
astro doctrinero, cantores, mayordomos de sacristía, de fábrica, sacristanes, 
ibores, clarineros, pitos, criados de los mayordomos de sacristía, etc. etc. 
leduce la perdida ae jornales contra la agricultura, por el mismo princi- 
^ue el de las cofradías, á setenta y cuatro mil seiscientos criarenta y ocho. 



139 

bajísimos, halló que pasaban de diez y siete mil pesos anuales, 
cuya cuenta debe existir original en los Archivos de la Real Au- 
diencia. 

Yo no hablaré nada sobre el particular de raciones, porque 
mi objeto no es averiguar cuánto dinero pierden los indios en 
este ó en otro punto, sino cuántos indios dejan de trabajar en el 
cultivo de la tierra, por esta ó aquella distracción inútil á la 
agricultura. 

En el pianito siguiente, trazo la cuenta de cuántos indios se 
ocupan en las noventa raciones de zacate (1) y en las cincueii- 
ta de leña que los indios dan diariamente á sus P. P. Curas; y me 
asombro al ver que este pequeño y único ramo tiene embaraza- 
dos doce mil setecientos setenta y cinco jornales. 



Tercios, de leña. De zacate. Total 

Al Cura de Mazatenango 4 16 20 

Al de Cuyotenango 8 20 28 

Al de Zambo 4 8 12 

Al de Retalhuleu 6 12 18 

Al de Samayac 4 10 14 

Al de San Antonio Suchitepéquez . . 6 6 12 

Al Coadjutor de San Sebastián ... 1 2 14 24 

Al de Santo Domingo ... 6 6 12 



Total de raciones. . . 50 90 140 



Según esta cuenta, en la que no se incluyen las contribucio- 
nes extraordinarias, ni las que sufragan los semaneros, resultan 
ciento cuarenta raciones al día, y cincuenta y un mil ciento al 
año. Supóngase que un indio puede desempeñar la tarea de 
buscar, hacer y traer cuatro tercios al día, (que no es suponer de- 
masiado) y reduciendo este número de raciones á jornales e- 
fectivos, sale demostrado que el zacate y leña de las raciones, in- 
vierten un trabajo equivalente al de doce mil setecientos setenta 
y cinco jornales. Por toda esta faena no ganan los indios más 
que tal cual piquete de culebra, mojarse, embarrancarse, darse 
algún hachazo, ú otra semejante adeala, pues como van al monte 
muy precisados en todo tiempo, y en toda hora, no pueden pro- 
ceder con todas las precauciones ordinarias, para libertarse d( 



(1) Yerba ó forraje para caballerías. 



140 

los encuentros de los reptiles venenosos, ni de las intemperies 
de la estación, ni de todos los . demás productos de la prisa y 
del miedo. 

Ea estos mismos tiempos de infelicidad, y con las mismas 
causas que acabo de insinuar, se han establecido otras costumbres 
onerosas á los pobres indios. Una de ellas es que en todos los 
curatos se destinan unas cuadrillas numerosas, con el nombre de 
pescadores, los cuales salen de sus pueblos precisamente el do- 
mingo de quincuagésima, van á establecerse á orillas de los ríos 
caudalosos, en los parajes más solitarios, y allí se mantienen pes- 
cando hasta el sábado santo, á su costa, sin ganar un medio, con 
la pensiíin de enviar diariamente al P. Cura cuanto pescado va- 
yan cogiendo, y con la otra pensión, más terrible, de deberlo 
llevar fresco, y para esto tienen unos corredores, que van y vie- 
nen continuamente. Ello es para las raciones de toda la cuares- 
ma, que para todos los viernes del año hay otros pescadores que 
se ejercitan en lo mismo,dos días cada semana,y después se aumen- 
tan, cuando ocurren vigilias ó témporas. Parecerá esto frivolo, 
pero véase en el planecito número cinco, que esta bagatela hace 
perder á la agricultura de la provincia nueve mil quinientos o- 
cheuta y cuatro jornales al año. Los cinco mil ochocientos cua- 
renta de ellos son los más preciosos para la subsistencia del país, 
porque la estación cuadragesimal eu que se pierden, es cabal- 
mente la de las rozas y siembras. El miserable indio, que en- 
este tiempo va á pescar, se queda sin milpa, (1) que quiere de- 
cir, sin el recurso de su primera necesidad. 

Otra de estas costumbres injustas, es la de enviar de balde á 
los indios á llevar los tributos á la capital. Es verdad que este 
dinero es del rey; pero el rey paga á quien le sirve. Con los 
mil trescientos veinte jornales que se pierden en esto, según el 
plan námero 6, había para mantener limpio anualmente un cacao- 
tal de seiscientas sesenta cuerdas. 

Un. poco peor es la otra costumbre de que solólos indios va- 
yan á limpiar y componer de balde los caminos, puentes y calza- 
das. No hay motivo para que loa ladinos se eximan de este traba- 
jo tan átil como necesario. Si los ladinos llevasen siquiera por 
mitad el peso de esta costumbre, no cargaría sólo sobre los indios 
la pérdida de los tres mil trescientos ochenta jornales que se in- 
vierten en estas operaciones segfin el plano número 7. A este to- 
' ', debe agregarse los días que pierden las indias, ya en preparar 
bastimento que deben llevar á sus maridos, y en llevarlo ellas 
imay. 

Por el plano número 8 se verá que otros mil ochenta joma- 
sen los que pierden gratuitamente en composturas y refaccio- 



1 1) Siembra tic maíz. 



''\ 



141 

nes de casas parroquiales, iglesias y cabildos. También de esta 
costumbre están libres los ladinos, así conR) lo están de todas 
las demás que dejo expuestas. 

Todas ellas se impusieron, como se ha indicado, cuando los 
pueblos eran muy numerosos, y se hallaban en un estado pu- 
jante de cacaotales y demás ramos de agricultura. Luego quedó 
la carga de los mismos entables, aun faltando sus causales y justi- 
ficantes, sólo en fuerza del hábito y de la costumbre. Bien sé que 
esto hace ley, pero como dice oportunamente el P. Terreros en la 
definición de dicha voz "esta se debe entender cuando es buena en 
orden á seguirla y cuando mala en orden á huirla por su tiranía y 
dominio" .... 

Es verdad que los indios están muy pegados á lo que ellos 
llaman costumbres; porque como siempre temen empeorar de si- 
tuación, prefieren un mal conocido á todo bien que no alcazan á 
ver y no creen posible. Aman sus costumbres, como aquella 
vieja de Siracusa rogaba al cielo por su Dionisio. Pero este ape- 
go de los indios, sólo se exprimenta cuando se trata de establecer 
algún nuevo orden de cosas: mientras se está tratando, mientras 
se habla, se proyecta, se amaga para lo futuro, mientras el nego- 
cio no pasa de la hipótesis á la realidad y de la teórica á la veri- 
ficación. Hágaseles conocer experimentalmente, que con motivo 
de quitarles una mala costumbre,no se les pone otra peor como les 
está sucediendo casi siempre, y se verá con que gusto y pronti- 
tud abrazan la exoneración de cuantas tienen. Todo hombre, y 
muchísimo más el hombre infeliz, ama la bondad por sí misma, y 
porque en ella cree verdaderamente existente cuanto cabe en 
las ilusiones de su esperanza y deseo. Y el indio será insensi- 
ble ó resistente á esta inclinación, que es una de las más genera- 
les de la naturaleza!". . . . 

Habiendo expuesto el observador sus reflexiones sobre las 
costumbres, comprendiendo en esta denominación todo lo ante- 
dicho de cofradías, sacristías, servicio y demás tequios (1) de 
los indios, pasa á vituperar los abusos (no el establecimiento) de- 
las escuelas de los indizuelos,milpas de comunidad etc. producien- 
do á más de los tres estados, de que se ha hecho mención, otros 
once individuales, que evidencian matemáticamente la enorme 
pérdida de jornales, que pierden forzosamente al ano los indios 
de la provincia de Suchitepéquez, sin ganar nada para sí, ni pa- 
ra la agricultura, cuya recapitulación de dichos estados es como 
sigue: 



I 



k 



i 



(1) Vejámenes. 



142 



Jornales Perdidos. 

1 Por la institución y servicio de cofradías 160,734. 

2 Por la asistencia, y servidumbre de la sa- 

cristía 74,648. 

3 Por el servicio personal de conventos. . . 40,334. 

4 Por la ración de leña y zacate de los mis- 

mos 12,775. 

5 Por el ramo de pescadores parroquiales 9,584. 

6 Por la conducción de tributos á la capi- 

tal 1,320. 

7 Por las limpias y composturas de caminos 

públicos 3,380. 

8 Por composturas y refacciones de conven- 

tos etc. etc 1,080. 

9 Por los empleados de Cabildos y Justi- 

cias 77,959. 

10 Por el desperdicio que hay en las milpas 

de Comunidad 17,036. 

11 Por el orden de escuelas 9,030. 



I 



Total 407,880. 



En esta suma, tan espantosa como infalible, no se incluyen 
Iqs ciento sesenta mil setecientos treinta y cuatro jornales de las 
indias de cofradía de que habla el Estado número i."", ni los trece 
mil quinientos cinco de las molenderas, especificadas en otro es- 
tado, cuyas dos cantidades componen la de ciento setenta y cua- 
tro mil doscientostreinta jornales de mujer, que aunque no se re- 
puten más que á medio real de valor cada uno, forman la suma 
de diez mil ochocientos ochenta y nueve pesos, siete y medio rea- 
les anuales, que equivale talvez á la que podían necesitar las mis- 
mas indias para vestirse todo el año. 

La pérdida de los cuatrocientos siete mil ochocientos ochenta 

jornales de los indios á razón de real y medio cada uno, valen en 

numerario setenta y seis mil cuatrocientos setenta y siete pesos, 

cuya cantidad produce menos ventajas que si se echasen al río 

~ j con año. Con dichos cuatrocientos siete mil, ochocientos o- 

3 jornales que se pierden tan míseramente, había para culti- 

casi doble número de cacaotales de los que hay en la provin- 

Si se pregunta, porque los cacaotales se han perdido y en- 
jtado? porqué se han esterilizado los que parecen limpios? por- 
i se han abandonado la siembra y beneficio del jiquilite, y de 
ana, que antes se cultivaban en estos pueblos? Por qué en 



143 

ellos no hay ya cosechas ni cuidado del ramo de vainillas, en otro 
tiempo tan pujante? ¿porqué no hay haciendas ni milpa^^ ni algo- 
donares correspondientes á la extensión y feracidad de su terre- 
no? ¿porqué se han ido arruinando las poblaciones, los caminos, 
las iglesias, y lo demás que se divisa de. estos objetos, el numero 
de indios, el comercio, la piedad y la moral popular? A todo 
se debe responder: porque se hace perder á los indios más de 
medio millón de jornales al año. Si se reproduce: ¿porqué los 
jueces de provincia no remedian este espantoso y necio desper- 
dicio? Se responde: no lo hacen, porque ♦ algunos no saben, 
porque otros no se atreven, porque otros no quieren, y porque 
no pueden. 

Y si se insta de nuevo: ¿porqué los jefes supremos no ponen 
este remedio, ya que en ellos no concurren las faltas insinuadas de 
poder, de voluntad, de valor y sabiduría? También se responde: 
no lo remedian, porque ignoran el verdadero origen del mal: lo 
buscan en los objetos de mayor magnitud, en los hechos de bulto, 
en las combinaciones más generales de la legislación: á estos pun- 
tos dirigen sus providencias, y todas caen en vago porque el mal 
no reside en ellos. 

Los subalternos que informan y proyectan, contribuyen por 
su parte á perpetuar este descamino, por adulación, por orgullo, y 
por ignorancia. Se avergüenzan de contraerse á cosas pequeñas, 
de seguir el hilo y últimos resultados de una friolera, de calcular 
sobre partes mínimas, de dar el debido valor á las cosas obscuras: 
quieren informar en cosas grandes, proyectarlas lo mismo: así to- 
dos pierden el tiempo y los medios, pues el bien ó el mal de una 
provincia consiste elementalmente en la agregación de una infini- 
dad de poquedades. 

Es bien público y notorio que en estas cuatro provincias de 
la costa, á saber: Soconusco, Suchitepéquez, Escuintla y Sonsona- 
te, el fruto del cacao se ha ido perdiendo progresiva y sensiblemen- 
te. Todavía existen monumentos de cuando los barcos del Pe- 
rú y Panamá frecuentaban el puerto de Sonsonate, y extraían a- 
nualmente los diez y los doce mil zurrones. Como cuatro á cinco 
mil salían por tierra, en atajos para Oaxaca y Qtras partes de A- 
mérica y Europa, y otros tantos salían, en cabezas de indios, para 
el resto de este reino, y toda esta extracción en el día se halla re- 
ducida á cero. 

El número de pueblos y vecinos ha decaído igualmente. / 
hora setenta y seis años, por no hablar de más atrás, tenía esta pi 
vincia de San Antonio treinta y tres pueblos, los veinte de ell 
muy pujantes: ahora sólo tiene diez y seis, cinco de ellos regiV 
res, y cinco pequeños y los seis restantes son puras ruinas. 

Y supuesto que las leyes, el rey nuestro Señor, y la Real í 
diencia, á nombre de S. M., mandan y ordenan en favor de lof 
dios y de la agricultura cuanto se expresa en el rescripto,, (\v^ 






144 

copia al fin de este cuaderno, se debe guardar y cumplir lo si- 
guiente: 

1** que no haya más cofradías que las que están fundadas con 
Real licencia, y aprobadas sus ordenanzas y estatutos por el Real 
y Supremo Consejo de las Indias. 

2*^ Que no se repartan indios de servicio en los conventos, ni 
en las Casas Reales, ni indias molenderas, ni zacateros^ ni leñate- 
ros, ni chajales^ ni pescadores ni otro alguno, por ser esto contra- 
rio á la raz(5n y justicia, pues S. M. los da por libres de cualquiera 
obligación que tengan, y en caso de servirse de los indios sea pa- 
gándoles 8u trabajo y ocupación sin apremiarles. 

3"^ Que los indios tengan la misma libertad individual que los 
ladinos esto es lo que manda el Rescripto referido. Que ten- 
gan los indios las mismas pensiones que los ladinos en el Arancel 
de derechos parroquiales, esto es lo que se propone. La razón del 
Estado y la Justicia distributiva se interesan directamente en la 
primera parte. En la segunda se interesan también, con bastan- 
te fuerza, aunque de un modo menos inmediato y directo. 

A esto se alegará que no tendrán los indios con que sufragar 
estos derechos. ¿Y cómo tienen para sufragar los exorbitantes 
desperdicios de una cofradía? Una molendera desnuda halla o- 
chenta y un pesos para entrar de chajala^ á pesar de que no pue- 
de trabajar á derechas en todo el año. Un indio atado á una pre- 
cisa y absoluta necesidad, busca y encuentra los ciento y los do- 
cientos pesos para servir una mayordamía; y no hallarán estando 
libres y trabajando, los diez ó los doce pesos que pueden caberles 
anualmente en este sistema, por el entierro de un hijo ó por el ca- 
samiento de una hija! 

También se alegará que quitando las cofradías, servicios con- 
ventuales etc., ya los indios no irán á las iglesias. Para este caso, 
8Í llegase á suceder, sirven mucho las persuasiones del pulpito, y 
.6Í esto no alcanza al remedio, seguramente lo conseguirán las pro- 
videncias del Juez real. En diferentes provincias del Perú se pa- 
sa lista de los indios en la puerta de la iglesia cada día festivo, co- 
mo se practica aquí con los indiezuelos de doctrinas. Parece no 
habría inconveniente en adoptar este mismo recurso. 

A veces profieren algunos curas que los indios se sublevarían 

si se les quitan sus cofradías y costumbres; pero los que esto dicen 

dan á entender, que ellos mismos serán los sublevados, á más de 

' no se pretende que radicalmente se extingan las cofradías,sinQ 

jxcesivo número de ellas,y el exorbitante de los individuos que 

componen con perjuicio de sus intereses y del de la agricultu- 

y por las demás pésimas consecuencias que ya se han tocado. 

fin, las leyes y el Soberano son quienes prohiben absolutamen- 

^1 servicio personal y gratuito de los indios, sus cofradías no a- 

' idas, sus raciones parroquiales, sus pescadores, sus zacateros 

^'^ñateros. 

11 



Jueces de Provincias 



Pur lo que respecta á los Jueces de provincias, como que de- 
ben ser los agentes principales de la felicidad, y de los progresos 
de la Agricnltura en ellas, haremos las reflexiones siguientes. 

Hay alcaldes mayores,que apenas tienen de sueldo trescientos 
pesos al año; otros quinientos, y el que más mil doscientos. Con 
semejantes dotaciones, claro estíí que no pueden vivir con todo el 
desinterés, la imparcialidad, el honor y energía, que constituyen y 
deben acompañar su carácter. 

Si para compensar la falta de sueldo, echa mano el juez, y es- 
to es lo común, del comercio, de la estafa, y otros infinitos arbitrios 
bajos é iodecorosos, disfrazándolos con cualquiera nombre honesto, 
como delincuente que se juzga en ellos, no se atreve á corregir á 
sus subditos, ni menos á castigarlos, y ¿stos por su lado lo hacen 
temblar con el amago de descubrir sus transgresiones; de manera 
que por uno y otro motivo, se reduce el mando á cero en la reali- 
dad, y en lo exterior á formalidades de papel sellado, adecuadas 
siílo para deslumhrar, y entretener las sindicaciones de la Supe- 
rioridad. 

Si el juez es justo en todos sentidos, es imposible subsista con 
la deconcia correspondiente, ceñido sólo á su sueldo, y en este es- 
tado de indigencia, el respeto y temor que necesita se le tenga pa- 
ra hacerse obedecer, según lo requiere el cargo, son muy débiles 
cuando no enteramente nulos. Mi juez, dice el intrigante acaudala- 
do, no tiene dinero para sostenerse en el caso que le sea necesario, 
pues no ha cuidado, sino quiere aprobar mi inicua conducta, y he 
aquí que por este otro extremo, queda también el mando sin el 
buen efecto que conviene á la causa pública. 

Un juez de provincia en este reino necesita por lo menos de 
dos rail pesos anuales para poderse mantener condeeoroy sin pros- 
tituirse á ninguna villanía, y estos sueldos deben salir de las ar- 
cas reales, no de aumento de contribuciones, capitaciones, derrames 
etc., establecidas entre los subditos, pues aunque sea verdad que 
del pueblo debe salir el pago de sus magistrados, ha de ser de tal 
modo que no perciba los muelles y máquinas por donde se haga 
la extraccié'D. 

Respetado un juez, temido, bien quisto en su provincia, y coi 
vigor suficiente en su judicatura, duplicará y triplicará los proven- 
tos de alcabalas, tanto por evitar las defraudaciones, cuanto por 
los aumentos que proporcionará á la agricultura, á la industria y i 
comercio, y este es el modo de que el pueblo pague los sueldos d 
su juez, sin que los reciba de sus manos inmediatamentej.' 



/ 






146 

Remediado el desorden de los sueldos, es preciso mejorar el 
estado de las esperanzas del juez, porque si los goces del empleo 
quedan reducidos al sólo sexenio de su concesión: si un Alcalde 
mayor vive en el desconsuelo de saber que acabado su mando que- 
da en la calle: si tiene siempre delante de los ojos la perspectiva 
lúgubre y segura de ir á parar á una vida privada y desnuda^ es 
muy natural tire á asegurarse un pedazo de pan para el tiempo de 
su desolación, y no robando por necesidades presentes, robará por 
las que le esperan al fin de su corta carrera. (1) 

Para precaver esta vehemente tentación, es muy conveniente 
viva entendiendo el juez, de que, concluido el término de su judi- 
catura, residenciado y declarado justo y exacto en el desempeño 
de ella, se le conferirá el mando de otra alcaldía ú otro empleo 
correspondiente, á que tendrán opción todos los que bien se por- 
ten, prefiriendo siempre para las mejores colocaciones á aquel que 
más visible y palpablemente haya beneficiado la provincia de su 
cargo en la agricultura, industria y costumbres populares; y que si 
de la residencia resulta lo contrario, se le declarará incapaz de ob- 
tener en lo sucesivo empleo alguno publico, y se le impondrá ade- 
más la pena pecuniaria, y aun corporal, á que haya dado causa su 
mala conducta, y el abuso de la confianza del mando. (2) 

Sentado este principio, ningún alcalde mayor, ni otro emplea- 
do público, deberán dar al rey más fiador por las resultas del ejer- 
cicio de la judicatura ó administración que S. M. les confíe, que su 
honor, aptitud y mérito personal, quitando por este medio el per- 
judicialísimo gravamen que sufre el público y en especial el co- 
mercio, fiándolos para el empleo. 

Desde luego se presentan desconocidos en la capital, con al- 
gunas cartas de recomendación para comerciantes, que se ven por 
ellas en la peligrosa precisión de fiarlos para que se les dé la po- 
sesión, acaeciendo algunas veces, que estas fianzas dan al través 
con el buen comerciante, que se franqueó á otorgarlas, en cuyo 
desgraciado caso, queda arruinada su familia, perdiendo el Estado 
al mismo tiempo un vasallo que le acudía con sus contribuciones, 
y era contado en el número de los que lo constituyen nervioso y 
pujante. 

Es constante, por una práctica infalible, que en tales ocasio- 



(1) Hasta aquí el enunciado observador con alguna variación en el 
ao, y muchas supresiones para no hacer muy prolijos estos apuntamien- 



^s de 



(2) Sería muy conveniente se formase escala de las Alcaldías ma- 
te las provincias para asegurar la subsistencia y los ascensos á los 
saldes mayores, que se portaren bien en ellas. 



147 

Des, la Real Hacienda ó sus Ministros, proceden con el mayor ri- 
gor al cobro de los descubiertos que le sobrevienen; y es muy cier- 
to igualmente, que un comerciante, aunque tenga fondos compe- 
tentes, y créditos bien establacidos para su giro, en ciertas y crí- 
ticas circunstancias en que suele verse, basta para arruinarlo 
que se le apremie á un pago perentorio con amenazas de ejecución; 
y esto es lo que practica la Real Hacienda so el colorido de sus te- 
mibles privilegios, y cantinela de que el rey ha de cobrar á pesar 
de inconvenientes. 

Suprímase, pues, el sistemado tener que dar fiadores los jue- 
ces por sus resultas,y en vez del público inocente paguen ellos has- 
ta con sü pellejo si delinquen, ó sean premiados correspondiente- 
mente si cumplen con sus cargos como deben. 

En la suposición también de que un Juez de provincia debe 
ser respecto de sus subditos, especialmente si son indios, lo que es 
un padre relativamente á sus hijos, ha de procurar por todos los 
medios posibles hacerlos felices, laboriosos, morigerados, y en su- 
ma hacerles conocer y palpar sus verdaderos intereses. Para ello 
es sobre todo esencial, el abstenerse de aquella detestable voz 
preséntate por escrito^ cuyo fallo trae consigo el lucro del juez, y 
la ruina del quejoso y del común, puesto que de ella nacen, se fo- 
mentan y eternizan los pleitos entre los subditos, sólo por el ruiní- 
simo miramiento de coger costas y derechos procesales, en asuntos 
que el mismo juez puede componer y conciliar paternalmente, sin 
gastos ni estrépito judicial, en bien de los interesados, de la pro- 
vincia, y satisfacción suya. 



Ilustración adicional. 



Dividíase el reino de Guatemala en 15 provincias, á saber: 
5 en la costa del mar del S. — 5 en la costa del mar del N. 



Habitantes. Habitantes. 

Chiapa 99,001 Verapaz 54,138 

Suchitepéquez 15,000 Chiquimula 52,423 

Escuintla 24,978 Honduras 93,501 

Sonsonate 24.684 Nicaragua 68,93( 

San Salvador 137,270 Costa Rica 30,00^ 

300,933 298,9' 



5 Intermedias 



Totonicapam 58,450 

QuezaltenaDgo 34,000 

Solóla 27,953 

Chimaltenango 40,082 

Sacatepéqnez 72,786 

233,271 



Fiovídcíbb. Habitantes. 

En las de la Costa del Sur 300,933 

En las del Norte 298,992 

En las intermedias 233,271 



Total de habitantes .. . 833,196 



Comprenden dichas quince provincias, 4 Intendencias, 39 
Subdelegaciones, 4 Comandancias ó Gobiernos políticos y mili- 
tares, 3 Corregimientos y 7 Alcaldías Mayores. 



Hay en ella» 



En el arzobispado 125 436 

En el obispado de Nicaragua 46 107 

r\ el de Honduras 33 123 

el de Chiapa 40 108 

244 774 



Vo se incluyen las plazas militares de Omoa, Trujillo, Peten, 
"Dulce y San Carlos, donde hay Capellanes Reales, ni las 



149 

nuevas reducciones de ladinos é indios agregados á Curatos 
antiguos. 

Los indios tributarios por la matrícula de 803, son 111,335. 

El tributo que pagan anualmente es de dos pesos. En 
algunas partes diez y doce reales. Los negros y mulatos libres, 
no son tributarios en este reino. 

La renta de alcabalas se regula en ciento ochenta mil pesos 
al año común. Cedió el rey todos sus productos en el decenio 
de 775 á 784 para la traslación de la capital arruinada por los 
terremotos de 1773, é importaron un millón, setecientos cuarenta 
y siete mil cuatrocientos cuarenta y dos pesos y tres cuartillos 
reales. La cesión fué de la cuarta parte de estos productos para 
los edificios reales, y las otras tres cuartas partes para las comu- 
nidades, iglesias y auxilios de particulares. 

Los derechos del comercio recíproco del Callao, Guayaquil 
y Acapulco, con los puertos menores de Realejo y Sonsonate, en 
el quinquenio de 795 á 99, importaron cincuenta y un mil seis- 
cientos noventa y dos pesos, seis y medio reales. 

La renta del tabaco en el quinquenio de 799 á 803 rindió de 
utilidad líquida novecientos cuarenta y nueve mil setecientos 
cincuenta y siete pesos, tres cuartillos reales, que corresponde por 
año coman ciento ochenta y nueve mil novecientos cincuenta y 
un pesos. 

El ramo de ventas y composiciones de tierras realengas en el 
decenio de 793 á 802, produjo la corta cantidad de veinte mil 
setecientos diez pesos, tres y medio reales. 

El medio por ciento del derecho del Real Con- 
sulado desde Mayo de 1794 en que se estableció, 

hasta fin de 803, importó $ 91,820.5^ 

De Enero de 804 á Diciembre de 810 „ 91,395. f 

Inversión $183,215.6 

En puentes, caminos y puertos ,, 51,009.6 

Costas erogadas en las Oficinas de la Real Audien- 
cia y Superior Gobierno por los negocios que ha 
promovido en beneficio público „ l],629.2f 

El resto se ha invertido en sueldos de los empleados, inclu- 
so el agente de negocios en la corte, asignaciones y suscriptores 
á periódicos, de orden de S. M., arrendamientos, muebles y uter 
sillos de la casa consular, y gastos de sus oficinas; portes y frai 
queo de cuentas, cartas, etc., iluminaciones en las solemnidade. 
de tabla. Festividad anual de la santísima Patrona; y en las 
públicas demostraciones de júbilo en la Augusta Proclamaciói 
de nuestro amado Monarca don Fernando VII, que Dios guarde 
"LO., eiL/. , eio. 



I 
1 

^ 



150 



• 



En el quinqueneo de 798 á 802, se exportaron para Cádiz 
por el Golfo Dulce de Honduras en buques de registro. 

Tercios 6 zurrones de á 214 libras de añil 22,241. 

Botijas de bálsamo 1,347. 

Arrobas de zarzaparrilla 1,386. 

Cajones de cigarros de tusa , 391. 

Docenas de mechas de papelillo 1,139. 

Tercios de caoba 18. 

Plata acuñada. — Pesos 532,158.4 

id. en pasta 1,636. 



T- 



Datos que se han tenido presentes para el cálculo más aproxi- 
mado de la población del reino y división de clases. 

Por el censo que se formó en 1778, á virtud de Real or- 
den, resultaron: 

Habitantes 797,214 



Por la enumeración de las provincias respectiva- 
mente, según queda demostrado 833,196 



Por padrones posteriores de las cuatro diócesis 

Por el de Guatemala, remitido en 1805 á S. M. por el limo, 
señor Arzobispo Peñalver, 

A saber: 

Sacerdotes seculares y regulares 453 

Religiosos 164 

Blancos, pardos y negros de todos estados, sexos y 

edades 225,66í 

idios de todos estados, sexos y edades 411,561 

637,439 

or el de la de Honduras: todas clases 93,501 

)r el de la de Chiapa „ ,, 99,001 

►r el de la de León „ ,, 131,932 

961,873 



151 



Haciéndola ascender á un millón, y calculado por la Dióce- 
sis de Guatemala en cuanto á la división de clases, resulta que el 
cálculo más aproximado de estas es el establecido en la pág. 10. 

Junta ordinaria, número 735, de 20 de Octubre de 1810. — i 

Párrafo 4 Y que en cuanto á la Agricultura y Comercio 

en toda su extensión se forme por N la instrucción conve- i 

niente del sistema general que, con presencia de las circunstan- i 

cias del país, sus climas, habitantes y producciones, convenga 
adoptar en beneficio de una y otra profesión, etc. 

En junta número 749, de 29 de Marzo de 1811. 

Presentó el individuo del Cuerpo comisionado, el cuaderna 
concerniente á la comisión, y habiéndose leído y discutido algu- 
nos puntos, se aprobó; firmando el acta los señores Prior y Cón- 
sules, y Secretario (1)." 



(1) "Apuntamientos sobre la agricultura y comercio del reino 
Guatemala, que el señor Doctor don Antonio Larrazábal, Diputado en 
Cortes Extraordinarias de la nación por la misma ciudad, pidió al R 
Consulado en junta de Gobierno de 20 de Octubre de 1810. — Nueva G^ 
témala" 



^ 



TERCERA PARTE 



Los indios después de la independencia de Guatemala. 

Estado social de esa raza. Medios de acrecentar 

su civilizacitfn 



GAPITUItO PRIMERO 

lios indios* después de la Independencia de Guatemala 
del Gobierno de España 

La independencia de la América española íué resultado de la lucha 

eatre criollos y peninsulares. — Causas que la prepararon y la produjeron, 

— Gíirmenes de anarquía que las nuevaa nacionalidades llevaron en su 

seno. — Ingratitudes para con los proceres de la revolución. — Estado y 

condición de los indios durante la guerra de independencia y después de 

ella. — En las 420,000 le^as cuadradas de territono que España tenía en 

sus colonias americanas, había á principios del siglo actual catorce millones 

úbditos, que mandaban unos nueve millones de renta anual á la metró- 

. — Quedaron unos ocho millones de indios salvados del naufragio de su 

" , — Varias formas de gobierno que la América Central ha ido teniendo 

_avés de los siglos. — Al proclamarse la independencia de este país se 

laró iguales á todos los nacidos en su suelo. — Noticia geográfica de 

■tro- América, escrita por don José C. del Valle, en el año 1830.— La po- 

' ■^n era de unos seiscientos mil individuos, de los cuales las dos terceras 

. i eraa indios. — Observaciones económicas hechas el afio 1823, sobre 

~- — ;iijn de la razaindígena,— Cómo estaba el Estado de Guatemala, 



153 

durante la federación de Centro- América. — Departamentos y pueblos que 
comprendía. — Aumento posterior de población. — De la independencia para 
acá, ha triplicado la población. — Falta de brazos para la agricultura — Opi- 
nión delDr. don Mariano Ospina -Hace falta una buena legislación agrícola. 



El más grandioso y trascendental de los acontecimientos \ 

verificados en este siglo, en el Continente americano, es la inde- j 

pendencia de las colonias españolas, que á la verdad no fué fruto **' 

de reacción de los vencidos contra los vencedores, sino ineludible 
y lógico final de la tremenda lucha entre dos porciones de la raza 
conquistadora; entre los miembros de la misma familia, criollos 
unos y peninsulares otros. Los dueños primitivos de estas bellí- 
simas comarcas no se alzaron en armas, clamando libertad del 
rey de España. El glorioso estlandarte de la rebelión no fué 
tremolado ni por aztecas, ni por cakchiqueles, ni por muiscas, ni 
por quichuas, ni por araucanos. Los aborígenes eran espectado- 
res, ó á las veces instrumentos de los españoles nacidos en ameri- 
cano suelo, que desde Chile hasta Méjico, lucharon heroicamente 
por la emancipación délas colonias, alas órdenes de Bolívar, San 
Martín, Sucre, Páez, Hidalgo y Morolos, quienes no pudieron 
invocar los manes de Atahualpa, Caupolicán, Lautaro y Guauti- 
moc, pues al fin corría por las venas de aquellos proceres la 
misma sangre que diera vida, tres siglos atrás, á Hernán Cortes, 
Pizarro, Valdivia y Al varado. 

Sea que, desde los albores de la conquista, dejasen los esfor 
zados capitanes el germen de la independencia, al sembrar rece- 
los y odios; sea que el sistema colonial, con sus acerbas injusticias 
y lamentables errores, hubiese de emancipar al cabo á la América 
hispana; sea que las teorías de los enciclopedistas difundieran sus 
efluvios en esta tierra virgen; sea que la independencia de las 
colonias británicas estimulase el patriotismo de las colonias espa- 
ñolas; sea que la Revolución francesa tuviera resonancia al través 
de los mares; sea que la invasión napoleónica en España, y e^ 
advenimiento de una nueva dinastía, debilitasen el poder penin- 
sular; ello es lo cierto que todo hubo de contribuir, por los mis- 
teriosos senderos de la historia, al aparecimiento de una pléyade 
de repúblicas, que al nacer á la vida, vinieron como los seres 
humanos vienen, con dolores y con lágrimas; porque la revolució) 
contenía en su seno el pestilente cancro de un militarismo turb^ 
lento y antojadizo, poco avenible con las tendencias democrátic 
de entonces, menos prácticas y científicas que vagas y fantástica 
El camino quedaba erizado de espinas, y la planta del áng< 
tutelar de las naciones se teñiría en sangre, para percibirse al f 
serenos horizontes iluminados por los divinos fulgores de 
libertad. 



154 

Los héroes mismos de la Independencia, que no fueron 
víctimas de su gloriosa empresa, bajaron al sepulcro sin recibir 
más que ingratitud por sus bélicos esfuerzos. El vencedor de 
Junín, después de escapar providencialmente, el 25 de Septiem- 
bre de 1828, de que lo asesinaran en Bogotá, muere de dolor, 
calumniado y perseguido, en miserable albergue; el inmaculado 
Sucre, el Gran Mariscal de Ayacucho, cae en Barruecos, al golpe 
infame de traidoras balas, que frente á frente no pudieron jamás 
herirlo; San Martín expira en extranjero suelo, olvidadas, de los 
suyos las glorias de Chacabuco y Maipo; Monteaguado paga con 
alevosa muerte sus esfuerzos por la autonomía de su patria; y 
Portales, el regenerador de Chile, sucumbe al golpe bárbaro del 
más favorito de sus amigos. 

Entretanto, los descendientes de los primitivos pobladores 
del Nuevo Mundo, permanecían en el mismo estado de abandono 
y embrutecimiento en que habían vivido, participando de las 
consecuencias funestas del desorden consiguiente á las heroicas 
luchas por la independencia y sin disfrutar ni de las ventajas de 
los triunfos bélicos, ni de las glorias militares, ni de los frutos que 
produjo la emancipación política. La América, que se sintió 
exánime bajo las espadas de Pizarro, Cortés, Valdivia y Alvarado; 
que fué teatro del poderío de muchos virreyes; que se vio explo- 
tada por los aventureros que venían á llevarse la plata y el oro 
de sus entrañas; durmió, durante tres centurias, un sueño terrible, 
del cual debía despertar, á los principios del presente siglo, entre 
convulsiones, delirios y esperanzas. Pasó el poderío español en 
América, dejando á España pobre y abatida, después que, á cofeta 
de su grandeza anterior y merced á funestos errores y á las cir- 
cunstancias de los tiempos, implantó un sistema antieconómico y 
nocivo en sus colonia^. (1) 

¿Qué bienes ó qué males trajo el descubrimiento de América 
á España, al resto del mundo y á los naturales de este Continente? 
Cuestión es esa muy compleja, que sólo por lo que á los indios se 
refiere puede tratarse en la presente obra. Ya se ha visto cual 
fué la suerte que corrieron mientras duró la dominación española, 
y puede bien afirmarse que no siguió siendo menos precaria, 
atentatoria y esclavizadora con posterioridad á la independencia. 
En aquellos vastos dominios que pertenecieron á Su Majestad, en 
aquellas 420,000 leguas cuadradas de superficie, había 14 millones 
«íibditos, según el censo de principios del siglo, los cuales 



\1) Seis mil sesenta millones de pesos, poco más ó menos, fueron 
ispaña de las Indias, desde su descubrimiento, hasta el año 1787, en que 
libio don Miguel de Zavala y Auñon su Miscelánea Económico Política^ 

la cual detalla minuciosamente la plata y oro que se enviaba de 

^-'oa á la Metrópoli Pág. 170. 



155 

I ' ' ' ' lili ..111 .11 . ■ . I . 

mandaban unos nueve millones de pesos como renta anual á la 
metrópoli. Serían ocho millones de indígenas los que, salvados 
del naufragio de su raza, permanecían abyectos y en la misma 
situación en que habían vivido. 

La América Central, al través de los siglos, ha venido asu- 
miendo varias formas de gobierno. Monarquía de reyes indíge- 
nas; provincia sometida al rey de España; república unitaria go- 
bernada por un capitán general, de acuerdo con una junta con- 
sultiva; provincia sujeta al emperador de Méjico; república cen- 
tral regida por un poder ejecutivo compuesto de tres individuos; 
república federal dirigida por un presidente y cinco jefes de 
Estado; cinco repúblicas microscópicas, convertidas á las veces 
en monarquía vitalicia, en autocracia tiránica ó en burocracia y 
personalismo. Y los indios de la América Central, han sufrido 
con esos vaivenes y altibajos constitucionales, siendo siempre 
instrumentos de la ambición ó de la tiranía. 

Proclamada independiente Guatemala de España, la Repú- 
blica declaró iguales á todos los que hubieran nacido en nuestro 
suelo, y los indios fueron así elevados á ciudadanos, con voto 
activo y pasivo en las elecciones populares; pero, como era natu- 
ral, dada su ignorancia y abyección, ni los indios comprendían sus 
derechos políticos, ni les importaba gozar de ellos; y por esto es 
que más bien han sido un elemento de perturbación en los países 
hispano-americanos, pues á las veces, y en nombre suyo, se han 
cometido ultrajes contra la sociedad. 

Allá cuando Guatemala era uno de los Estados de la Fede- 
ración, el sabio don José C. del Valle escribió una noticia geográ- 
fica muy interesante acerca de este país, y calculó que era la 
población de unos seiscientos mil individuos^ en una área de siete 
mil leguas cuadradas. ''Se considera, dice, que los dos tercios 
de la población del Estado son indígenas; y las lenguas que 
hablan se llaman cakchique], mejicana, nahuate, pocomán, agui- 
lac, populuca, subtujil, proconchí, man, quiche, sinca y caichi 
Cada una de ellas es un obstáculo opuesto á la civilización de los 
indios. (1) 

En las "Observaciones rústicas, sobre Economía Política," 
publicadas en Guatemala el año 1823, por F. G. R, se dice: 
"La población indiana ha rebajado notablemente del tiempo colo- 
nial á esta parte. Pínula no es lo que era, cuando fué un señorío 
independiente, lo mismo que Petapa, los cuales en unión de ^ 
Jalpataguas resistieron á Alvarado en su regreso de Hondu: 
Guazacapan, Taxisco, Escuintla, tampoco son ahora lo que fuei 



(1) Descripción geográfica del Estado de Guatemala, por don t; 
C. del Valle. Hoy, según el ultimo censo, hay 467,475 ladinos y 1.042' 
indios. Total de habitantes, 1.510,326. 



«v 



156 

en esta sublevación en que pusieron en tanto aprieto al ejército 
pacificador. Quezaltenango fué una población de trescientos mil 
habitantes, y hoy no excede de quince mil, entre ellos cinco mil 
naturales. La población de Totonicapán, que opuso á los espa- 
ñoles noventa mil guerreros, no tiene hoy nueve mil naturales. 
Tampoco parecen lo que fueron Tecpán Guatemala y Mixco, 
sacados de su antiguo territorio. Iquibalam, rey d^l Quiche, an- 
teriormente había salido con doscientos mil combatientes contra 
Rumal Ahus, rey Zutujil, que le opuso setenta mil; y en el día 
ambos reinos apenas componen los corregimientos de Solóla y 
Totonicapán." (1) 

Para formarse una idea exacta de cómo se hallaba Guatemala, 
cuando era Estado de la Federación, conviene advertir que estaba 
dividido en siete departamentos, á saber: Guatemala, Chiquimu- 
la, Verapaz, Quezaltenango, Totonicapán, Sacatepéquez y Solóla. 



El de Guatemala comprendía: 

Habitantes 

la ciudad del mismo nombre, que tenía 30,775 

el pueblo de Jocotenango 1,316 

la villa de Guadalupe 288 

el pueblo de Ciudad Vieja 328 

el de San Pedro 210 

el de Mixco v 4,820 

el de Chinautla 2,791 

el de Falencia 2,243 



42,951 



El de AmatitlÁn comprendía: 

el pueblo de San Juan Amatitlán 2,864 

el de' San Cristóbal Amatitlán • 3,000 

la villa de San Miguel Petapa 1,895 

i« de la Concepción ó Villa Nueva 1,705 j 

mueblo de Santa Inés Petapa 113 

le Santa Catarina Pínula 5,500 

15,087 

Observaciones rusticas sobre Economía Política, por el ciuda- 
'>. P., Guatemala — Imp. de Beteta. Año 1823. 



157 



El de Escüintla comprendía: 



la villa de la Concepción Escuintla 2,660 

el pueblo de San Pedro Mártir 382 

el de Chagüite , 112 

el de Masagua 189 

el de Guanagazapa 550 

el de San Juan Mixtán 175 



4,068 



El de Mixtan comprendía: 



el pueblo de Don García 1,^19 

el de Tescuaco 118 

la villa de la Gomera 252 

el pueblo de Chipilapa 136 

el de Siquinalá 42 

el de Santa Ana Mixtán 120 

el de Cotzumalguapa 600 



2,487 
El de Güazacapan comprendía: 

el pueblo del mismo nombre 2,562 

el de Tepeaco 63 

el de Tacuilula 99 

el de Taxisco 1,446 

la villa de Chiquimulilla 3,284 

7,454 

El de Jalpatagua comprendía: 

el pueblo del mismo nombre 1,234 

el de Sinacantán 228 

el de Ixguatán 318 

el de Nancinta 101 

el de Ninistepeque 88 

el de Pasaco 226 

el de Tecuaco 419 

2,614 



.j 



158 



El de Cüajiniquilapa comprendía: 



el pueblo del mismo nombre 2,041 

el de Santa Rosa 1,720 

el de las Casillas • 600 

el de Mataquescuintla 554 

el de Jumaitepeque 1,443 

el de Los Esclavos 483 

el de Azacualpa 1,394 

el de Conguaco 2,382 

el de Comapa 519 

el de Moyuta 1,001 

el de Asulco 326 



12,468 



Después que Guatemala se declaró república independiente, 

rota la federación de Centro- América, merced á la tranquilidad 

\ que prevaleció y á la acción benéfica del tiempo, aumentó la 

población hasta alcanzar un millón de habitantes; y calculándose 

I siempre que las dqs terceras partes eran de indios, como puede 

verse en la Geografía de don Francisco Gavarrete, que se publicó 

en el ano 1868. 

. En posteriores tiempos, se impulsó la vitalidad del país, y 

r fué aumentando el número de sus habitantes, hasta alcanzar hoy 

la cifra de un millón y quinientos diez mil trescientos veinte y 

I seis. Nótase, pues, que de la fecha de la independencia para 

[ - acá, casi se ha triplicado la población de Guatemala; pero no por 

I eso se ha mejorado la situación de los indios, ni éstos producen 

! * todo lo que debieran producir. 

I Respecto de brazos para la agricultura, se presenta en Gua- 

temala un fenómeno que ya lo hizo notar mi maestro el sabio 
economista Dr. don Mariano Ospina, en un interesante informe. 
Siendo muy limitada, decía, la producción industrial comparada 
con el número de habitantes, la oferta de brazos debía exceder á 
la demanda, y sin embargo no es así. Aunque la población del 
"~^~ es casi toda agrícola y pobre, los empresarios de agricultura 
'en con frecuencia embarazados por falta de jornaleros. Pro- 
.j esto principalmente de lo muy limitado de las necesidades 
la masa de la población y de la facilidad de procurarse los 
'^ios de satisfacerlas, teniendo á discreción tierras fértiles, que 
. un débil trabajo les da lo necesario para vivir en su parsimo- 
habitual. De esto ha resultado que no habiendo adquirido 
'^blaci^n todavía hábitos serios de trabajo vigoroso y sosteni- 



159 

do, es casi improductiva, vegeta en la pobreza y repugna el 
trabajo. Esa repugnancia induce á los jornaleros á eludir los 
contratos de trabajo que celebran. Urgidos por alguna necesidad, 
6 estimulados por el deseo de las bebidas embriagantes, reciben 
anticipaciones de dinero por cuenta de trabajo, las disipan luego; 
y siéndoles cosa dura trabajar, prefieren con frecuencia recibir 
nuevas anticipaciones de otros empresarios, poniéndose en la 
imposibilidad de cumplir sus compromisos. Los inconvenientes 
que de esto resultan á la agricultura son generalmente sentidos 
en toda la República, pero más especialmente en los territorios en 
que nuevas empresas agrícolas han aumentado la demanda de 
brazos. 

Si hubiera una buena legislación agrícola, que sobre la base 
de la libertad de las industrias y del trabajo, facilitara á los in- 
dios el conseguirlo, y á los patrones el no verse burlados por los 
que tienen anticipos^ se podrían evitar, en mucha parte, los males 
que resultan del modo vicioso y primitivo, en que se halla tan 
importante ramo entre nosotros. Pero ya hablaré en el capítulo 
siguiente de las ventajas de un Código Rural^ en Guatemala. 

Entretanto, es oportuno apuntar aquí que el término medio 
anual de aumento de población en Guatemala es de 7,304 ladinos, 
y 16,506 indios, conforme al último censo de 1892; de modo que, 
más del doble del crecimiento de los habitantes de la república 
es de esa raza que urge se proteja y civilice. Es necesario que 
las leyes agrícolas, á la par que fomenten el desarrollo de la agri- 
cultura, tiendan á atraer á los aborígenes al camino de la civiliza- 
ción. 



i«» > # « 4«i 



r 



GAPITÜIíO SEGUNDO 



lios mandamientos, 6 sea la esclavitud de los indios. 

El trabajo libre. Los principios econtfmieos. 

Un Código Kural 



La sitaaeión económica de un país lia de juzgarse por el mayor bien- ■ 
estar y cultura de las clases trabajadoras. — Los pueblos que tuvieron escla- 
vos, sufrieron al fin grandes convulsiones. —En Guatemala se abolió la escla- 
vitud desde el año 1824; pero hasta el día son peores que siervos los infelices 
indios, que forman las dos terceras partes de la población de la república. — 
Los mandamientos. — Abusos que se cometen. — Imposibilidad de remediar- 
los.— Elmal está en la institución, queataca la libertad individual y la liber- 
tad del trabajo. — Los mandamientos se prestan á preferencias odiosas. —En- 
carecen las Bubsísteneias. — Sólo en maíz producen los indios más de ocho 
millones de pesos anualraenta — Es vergonzoso que de California envíen á 
Guatemala maíz, patatas, cebollas,frijolea y otros artícujos que aquí se pro- 
ducen fácilmente, — Los males que sufre el país son efecto de los monopolios 
y los mandamientos. — Error de suponer que pierde la agricultura si se su- 
primen los mandamientos.-— En ninguna pai'te del mundo subsiste esa 
odiosa esclavitud.- -La distribución económica de la riqueza ea un factor 
del progreso. —Teoría del economista Droz. — Necesidad é importancia de 
decretar un buen Código Rural, como el que existe en la república Ar- 
gentina. 



, situación económica de un país, ha dicho Mr. John Mili, 
i de juzgarse por el mayor bienestar y cultura de las cla- 
bajadoras; de tal suerte, qne las naciones servidas por as- 



Principles of Political Economy — Ixindon, 1866. 



161 

clavos, llevan en su seno el germen de su propia destrucción, por 
más que en el exterior se ostente á las veces lozanía y vida: podrido 
el corazón,muerta la savia, viene al fin á corromperse todo el cuerpo 
social, hasta que, arrancado el cancro, renace vigorosa la fuerza de 
expansión en la colectividad. 

Esta verdad se ha confirmado en la historia de los pueblos. 
Roma, con sus siervos; la Europa feudal, con sus vasallos; la mo 
derna Federación Americana, con sus esclavos; el Brasil, con los 
suyos; y todos los pueblos que tuvieron semejante institución, 
han sufrido al fin grandes convulsiones y trastornos. 

En Guatemala fuó en donde primero se abolió la esclavitud^ 
desde el ario 1824, (1) y por ello nos gloriamos y justamente 
nos envanecemos; pero á la verdad,la esclavitud que se abolió fué 
la de unos cuantos negros africanos, que no sufrían malos trata- 
mientos de sus amos. La servidumbre de los indios, que forman 
las dos terceras partes de nuestra población, existe hasta el día,. 
y acaso con circunstancias más perjudiciales que la de los mismos 
esclavos; porque éstos, á guisa de cosas, siempre los cuida y tra- 
ta de conservar el patrón, dado que, como los semovientes^ 
tienen valor en el comercio, y constituyen una riqueza perma- 
nente; mientras que el indio, de finca en finca, de diversos due- 
ños, va en trabajo nómade agotando su existencia: tiene amos su- 
cesivos y ninguno de ellos se preocupa por su vida, ni por su con- 
servación. 

Cualquiera que haya visto cómo, á media noche, ó á otra 
hora del día, de orden de la autoridad, se arranca á Iqs indios de 
sus pobres chozas, sin curarse de si tienen enferma á la mujer ó á 
los hijos; si la milpd^ (maizal) que con gran sacrificio han forma- 
do, necesita de su trabajo; si van á recorrer larguísimas distan- 
cias pai'a ir á trabajar contra su voluntad; en una palabra, cual- 
quiera que, de cerca vea los gravísimos abusos que se cometen 
para dar lleno á los mandamientos^ se conduele y se lamenta de 
la triste suerte de tan desgraciada raza. 

En ciertas heredades de poderosos mandatarios, en vez de 
pagarles jornal sólo se les daba de comer á los indígenas,que por 
turno iban á trabajarlas. Esto era peor que los repartimientos 
que hacían los conquistadores. En todas las fincas hoy no se les 
da de comer á los indios, que van en virtud de mandamiento, si- 
no que ellos deben llevar sus bastimentos. 

Y no se diga que á los jefes políticos se recomienda que no 
vejen á los indios, y que los repartan con criterio y atiendan 
órdenes de mandamientos procurando que no sufran los trab 
dores; porque esto era lo mismo que los reyes españoles hicier 



(1) Constitución Federal^ de 22 de Noviembre de 1824, art 13, y 
creto de la Asamblea Nacional constituyente de 24: de Abril de 1824. 



162 

en vano durante tres centurias. El mal está en el principio; y es 
bárbaro y anticonstitucional ese procedimiento de trabajos forza- 
dos, en un país en que se blasona de libertades individuales para 
todos los que lo pueblan. 

Sobre ser inmorales y contrarios á la Constitución los man- 
damientos, se prestan á otro linaje de abusos, puesto que los je- 
fes políticos y los alcaides proporcionan gente para sus trabajos 
íí aquellos que son los predilectos; á aquellos que destruyen, me- 
diante adulación y bajezas — si no por concusiones vergonzosas — 
la igualdad ante la ley. 

Con ese trabajo forzado,no produce la agricultura todo cuan- 
to debiera producir, y se encarecen las subsistencias y escasean 
los granos y demás artículos indispensables para la vida; porque 
los indios son quienes siembran y cultivan y cosechan el maíz, el 
frijol, las patatas, las arbejas, el arroz, las legumbres y todo lo 
que abastece los mercados. 

Mucho se habla siempre de las grandes plantaciones de café, 
de ese artículo de exportación, que enriquece á una exigua mi- 
; noria de agricultores; pero se ve con desdén y hasta inconsciente- 

¡ mente se ataca á la gran colectividad productora de la repúbli- 

i ca que, con sólo maíz, crea una riqueza anual de más de ocho mi- 

I llones de pesos ! 

I ¡Vergüenza da que, desde California, nos manden ese grano 

los yankees; junto con patatas, cebollas y otras muchas cosas que 
I aquí produce admirablemente nuestro suelo! 

I Esa carestía enorme de lo más preciso para la vida, hace al 

pueblo infeliz y menestroso. El hambre es la causa de muchos 
males sociales. El pueblo no siempre razona; pero siente, y á 
veces se impacienta y busca cómo mejorar su condición. 

Dos son las calamidades mayores que económicamente can- 
ceran al país. Los monopolios y los mandamientos. Los manda- 
mientos son monopolios de trabadores forzados, en pro de unos 
y en perjuicio de la generalidad. 

No hay quien no reconozca la injusticia de los mandamien- 
tos y lo perjudiciales que son para los indios; pero muchas per- 
sonas, sin dejar de lamentarlos, arguyen que la supresión de ellos 
sería un mal para la agricultura, fuente de riqueza pública. Los 
que así piensan están en un error. La agricultura ganaría sin 
duda, si los mandamientos se suprimieran; porque el trabajo 
re es más productivo y da mejores frutos. Esos mismos indios 
3 hoy trabajan forzados, trabajarían libre y espontáneamente, 
igando la autoridad á los vagos á que se emplearan en algo 
^ Lo único que resultaría, es que las fincas de ciertas perso- 
privilegiadas, que monopolizan á los peones, trayéndolos de 
"ires lejanos y sin pagarles el salario justo, ya no tendrían ese 
opolio que perjudica á los demás agricultores. Lo que se ex- 
^«íTÍa sería el abuso; porque claro está que, al abolirse los man- 



i 



1 •■! 



163 

damientos, se dictarían disposiciones enérgicas para no permitir 
la ociosidad, y reprimir la vagancia, procurando por otro lado 
crear necesidades á los indios. 

Yo no sé que en ninguna parte del mundo subsistan los man- 
damientos^ que la aneja legislación española toleró, por no poner- 
se en pugna con los que de la Península venían á explotar estos 
países. Los cabildos elevaban al rey exposiciones diciéndole que 
sin los mandamientos era mejor abandonar las Indias. Hoy al- 
gunos agricultores, de esos que convierten en granos de oro el 
sudor de los forzados indios, gritan que, sin los mandamientos^ 
perece la agricultura. Siempre el egoísmo pretextando el bien 
general, para cohonestar la servidumbre. 

El hecho es que, mientras unos cuantos privilegiados ganan 
anualmente miles de pesos con sus cosechas de café, el pueblo se 
lamenta de la carestía del maíz, del pan y de la carne .... 

La distribución de la riqueza es uuo de los factores del pro- 
greso. Cuando ésta se estanca en pocas manos, súfrela colectivi- 
dad. "La dicha del Estado, dice el economista Droz, depende 
menos de la cantidad de riquezas que posee, que de su oportuno 
repartimiento. Supongamos dos naciones igualmente pobladas, 
de las cuales la una tiene dobles riquezas que la otra: como estén 
mal distribuidas en la primera y bien en la segunda, ésta alcanza- 
rá mayor grado de felicidad. Ningún país es tan notable como 
la Inglaterra bajo el aspecto de la producción: en Francia la dis- 
tribución es más ventajosa, y concluyo de aquí que hay mayor 
masa de felicidad en Francia que en Inglaterra. 

Para que la distribución sea copiosa, es de apetecer que la 
producción sea considerable. Mas acaece con frecuencia que una 
idea extraña sorprende nuestro espíritu y se ingiere, sin notarlo, 
en nuestras reflexiones en lugar de otra: así, ciegos ante la pros- 
peridad pública, no pensamos más que en ella, y á fin de acrecen- 
tarla, nos ocupamos en examinar cómo pueden multiplicarse las 
riquezas: bien pronto lo olvidamos todo, menos las riquezas: el me- 
dio se convierte en fin, yla felicidad es desatendida. La facilidad 
con la cual se operan estos cambios de ideas es una sentina de 
errores. Un distinguido escritor de economía política, Ricardo, 
toma la pluma para ser útil á sus semejantes; pero arrastrado por 
sus cálculos, con frecuencia parece olvidar á los hombres, y no to- 
mar en cuenta más que los productos. Asienta, v. gr., que en un 
país ocupado por diez millones de habitantes, bastando el trab 
de cinco millones de entre ellos para alimentarlos y vestirlos l 
dos, nada ganaría con aumentar su población hasta doce millc 
siendo necesario siete de éstos para obtener iguales resulta 
(1) Muéstrase, pues, indiferente á que existan dos mi?^' 

(1) Des principes de V Economie politique, tomo II, p. 224, de 
duccion francesa. 



r 



164 

de hombres ó no existan, si el producto fuere el mismo. AI leer 
las obras de ciertos economistas, no parece que las riquezas sean 
hechas para los hombres, sino los hombres para las riquezas. 

Bien distribuidas, elevan á los habitantes de un país á una 
posición favorable, para crear otras nuevas. Si al contrario, la 
distribucián es de tal suerte viciosa, que unos no tengan casi nada, 
j los otros lo tengan casi todo, falta á los primeros el estímulo pa- 
ra alentar la industria, y los segundos carecen de la posibilidad 
de hacerlo: entonces todo se agosta, se embota la inteligencia, y 
los hombres no aciertan á procurarse ni placer ni trabajo. Duran- 
te el régimen feudal, el fausto de los señores consistía en rodear 
se de numerosos domésticos, y su pasatiempo favorito érala caza. 
Para satisfacer estas necesidades, bastaba la renta de sus dominios 
inal cultivados y la vasta extensión de sus parques. Las artes les 
merecían desprecio, y los pobres vasallos, ni aun podían ecitar 
sus deseos con variedad de productos. No parece sino que no 
hay medio alguno de salir de un estado tal de ignorancia y de mi- 
seria, si la experiencia no nos revelase qué cambios prodigiosos 
puede obrar, á la larga, una serie de causas y de efectos, que se 
hacen causas á su vez y producen efectos siempre más notables. 
Sucede, andando el tiempo, que algunos vasallosmás inteligentes 
que el resto, presentan en los castillos las primicias de una nacien- 
te industria: sus ganancias infunden aliento, y su ejemplo tiene 
imitadores. Los grandes propietarios vislumbran que ])ueden 
existir placeres hasta entonces ignorados. Los que viajan, los 
que se alejan por causa de las guerras, quedan absortos á la vista 
de objetos que les agradan y qne desearían encontrar también 
en su país. Sensibles á deseos nuevos, conocen la necesidad de 
aumentar y de emplear de un modo distinto sus rentas: se intere- 
-san por los progresos del cultivo, á fin de doblar el rendimiento 
de sus posesiones, despiden pajes y sus sueldos se ¿amblan en sala- 
rios de artesanos. La industria despierta, la miseria disminuye, 
la inteligencia se desarrolla, los capitales se forman, y el trabajo 
cobra un realce nuevo. En estos cambios afortunados la distribu- 
ción de las riquezas se presenta, ya como efecto, ya como causa; 
hija de la industria, se convierte en su custodio y su motor. 

Conviene admitir una excepcional principio que hace depen- 
der en gran parte la producción de las riquezas de su oportuna 
distribución. Hay parajes en donde están repartidas de la mane- 
s viciosa, y sin embargo, la producción es considerable. Pa- 
'"zarse este fenómeno son precisas dos circunstancias: la una 
los hombres que lo tienen todo sean inteligentes: la otra 
j que nada tienen sean esclavos. Entonces dichos países se 

.v.n á un vasto taller provisto de máquinas vivas, á las cuales 

"■"dustriosos dan movimiento. Tales son esas extensas coló- 
donde el europeo condena á los negros á extenuarse por 
^'■"temos de probar que el trabajo de los hombres libres 



165 

cueste menos que el de los esclavos: admito este hecho como du- 
doso. Acaso,bajo un cielo abrasador, el hombre libro trabajaría me- 
nos que el esclavo: acaso la superioridad de su inteligencia no ofrece- 
ría una suficiente compensación ¿Qué importa que estas conjetu- 
ras sean fundadas ó no? Las cuestiones relativas á la libertad y á 
la dignidad del hombre, ¿son cuestiones mercantiles? Cuando los 
partidarios del tráfico de los negros, ó de los mandamientos d elos 
indios,encomian las ganancias de que les son deudores y se imagi- 
nan justificarlo así, creo ver álos ladrones reclamando la impuni- 
dad, porque prueban que sus crímenes les son lucrativos. 

Apresurémonos á observar que una producción abundante 
no puede ser obtenida por el medio execrable de que acabo de 
hablar, sino cuando sea el trabajo tan sencillo que los obreros no 
tengan necesidad de inteligencia. Si se pretende que un país sea 
fecundo en productos variados, es indispensable poblarle de hom- 
bres industriosos y garantirles el goce del fruto de sus afanes. 
Así la excepción confirma el principio de que: '4a buena distribu- 
ción de las riquezas es un medio eficaz de multiplicarlas." (1) 

Si se quiere engrandecer al país, es preciso que no sean los 
indios, (es decir más de las dos terceras partes de la población) 
para unos pocos monopolistas; que no sean los indios para la rique- 
za, sino la riqueza para distribuirse económicamente entre todos, 
según su trabajo y actividad. A cada uno según su capacidad y 
según sus obras, como decía el gran economista francés. 

En vez de esa Ley de Trabajadores^ que es absurda y viciosa, 
decrétese un Código fíural^ un cuerpo filosófico de leyes, como lo 
hay en la república Argentina y en otras partes, que, calcado so- 
bre la libertad del trabajo, estatuya todo lo relativo á los deberes, 
derechos y obligaciones que entre los peones y patrones existan; 
los deberes de estos últimos entre sí,para no arrebatarse al traba- 
jador que ya tiene compromisos; las habilitaciones que se pueden 
dar, y la manera de hacerlas efectivas; (2) la policía rural, que 
garantice la agricultura; las prescripciones especiales á los dueños 
de tierras; las marcas y contra-marcas; los tránsitos con animales; 
las cercas; el abijeato; las rondas; las servidumbres; los caminos; 
las armas lícitas y prohibidas; la vagancia; las penas; las preven- 
ciones á las autoridades políticas; las funciones especiales de los 
Jueces de Agricultura; el trabajo de los indios; las cuf^stiones de 



(1) Economía Política, por J. Droz, traducida por Dn. Manuel ( 
meiro, pág. 56. 

(2) Este punto de las habilitaciones debiera estudiarse y reglamen 
se bien. Convendría extirpar el abuso que de ellas se hace, en perjuicio 
agricultor y del indio. 



166 

salarios; los trámites fáciles para decidirlas; los juegos de azar; las 
bebidas embriagantes, etc. (1). 

Un buen Cbdigo Agrícola promovería de una manera asom- 
brosa la agricultura en Guatemala, ya que no puede dejar de ser 
fenomenal que tengamos códigos que reglamenten hasta la mari- 
na del país (que no existe), y no hayamos pensado en lo que más 
se necesita: en el conjunto metódico de leyes que reglamente y 
garantice todo lo relativo á las personas rurales y á la propiedad 
rural, en un país como el nuestro, esencialmente agrícola. 

La estatua que se levantará á Fr. Bartolomé de las Casas, 
debía llevar ese libro en la mano, con un mote que dijera: ¡Que- 
dan abolidos los mandamientos! ¡Son libres al fin los indios! ¡Se 
trahajapor su civilización! 

" Ya que viven tristemente 
bajo la choza ó la tienda, 
labrando la ajena hacienda 
con el sudor de su frente: 
¡Sin esperanza y sin luz! 
¡para su existir precario, 
cada hacienda es un calvario, 
cada cafeto una cruz!" (2) 



I CJna de las materias que debería simplificarse, en ese código, es . 
' adquisición de terrenos nacionales, de un modo fácil y expedito. 
Joaquín J. Palma. 



GAPITÜIíO TERCERO 



I»» » # < <•■ 



Exposición analítica de los métodos empleados para 
mejorar la situación de los indios, y resultados que 
dieron (1). La Sociedad Económica de Amigos 
del País. Las leyes de reforma relativas á 
tierras, censos, ejidos, bienes de comuni- 
dad y cofradías, con respicencia á los 
aborígenes de Guatemala 



España dumnte el reinado de Carlos IIT. — En 1795 se fúndala Socie- 
dad Económica de Amigos de Guatemala. — En 1797 se abre un concurso 
para premiar la mejor obra que demostrara la utilidad y ventaja de que los 
indios se calzaran y vistieran á la española. — Diez memorias fueron presen- 
tadas y discutidas.— Obtuvo el premio la de Fr. Matías Córdova y el ac- 
cessit Ja del P. Fr. Antonio de San José Muro. — Juicio de dichas memo- 
rias. — En 1799 la Sociedad Económica abrió otro concurso en favor de la 
instrucción de los indios. — Fueron muy mal recibidos en España los es- 
fuerzos que se hacían por los sabios de Guatemala para regenerar á los 
aborígenes. — Eeal Cédula de disolución de la Sociedad Económica — Nota 
que el señor Villa Urrutia dirigió al Gobernador y Capitán General, Do- 
más y Valla — Escuelas de Artes y Oficios que para los indios se establecie- 
ron. — Memoria escrita por el Dr. García Eedondo. — No pudieron dar bené- 
ficos resultados los esfuerzos en pro de los indios, á causa de las circunstan- 
cias de la época — Decreto de 31 de Octubre de 1851, en favor de los ir """ 
genas. — Las leyes de reforma relativas á tierras, censos, ejidos, bienes 
comunidad y cofradías, con respicencia á los aborígenes de Guatemala 



(1.) Esta exposición analítica^ también la requiere el decreto gu 
nativo que abrió el Concurso para que se premiasen las mejores obras ( 
después de un estudio histórico de esa raza, propusieran los medios de «^ 
centar su civilización. 



Sabido es que en España, durante el liberal reinado del 
ilustre Carlos II I, no sólo se promovió el progreso de la Penía- 
snla, haciéndose esfuerzos para levantarla de la postración en 
que yacía, sino que en favor de las colonias se dictaron benéficas 
disposiciones. Se comenzaba á comprender cuánto influye el 
bienestar y la riqueza de los pueblos en la grandeza de las 
naciones; y se fundaban Sociedades Económicas, encargadas de 
aleutar el desarrollo de los elementos materiales y de resolver las 
cuestiones prácticas de la administración pública. 

En 1795 se creó para el reino de Guatemala una de esas 
instituciones, qut; fomentó siempre patrióticamente los intereses 
generales. El problema de mejorar la manera de ser de los 
indios, no pasó inadvertido á la Sociedad Económica de Amigos 
del País, que abrió un concurso publico, en Septiembre de 1797, 
ofreciendo una medalla de oro y el diploma de Socio de Mérito, al 
que escribiera la mejor memoria sobre el tema siguiente: "De- 
mostrar con solidez y claridad las ventajas qile resultarán al 
Estado de que todos los ludios y ladinos de este reino se calcen y 
vistan á la española, y las utilidades físicas, morales y políticas, 
(jue experimentarán ellos mismos; proponiendo los medios más 
suaves, sencillos y practicables para reducirlos al uso de estas 
cosíis, sin violencia, coacción ni mandato. Será preferido el que, 
en igualdad de circunstancias, manifieste mejor, por vía de am- 
pliación, las mutuas ventajas que traerá al Estado y á los indios 
y ladinos el que se haga general el uso de cama y otros muebles 
domésticos de necesidad y comodidad y la mejora de habita- 
ciones. 

He aquí á la Sociedad Económica planteando, 96 años hace, 
bajo una forma nada pretensiosa, uno de los más importantes pro- 
blemas sociales, en cuya resolución podían ocuparse entonces, y 
al que debieran consagrar hoy sus meditaciones los hombres pen- 
sadores del país. Tratábase, como se ve, nada menos que de 
proponer los medios de hacer entrar en la vida civil y participar 
de sus beneficios á la clase aborigen, y otra porción numerosa 
de la clase menos acomodada de la sociedad. Teníase en mira, 
.seguramente, la asimilación de laé razas heterogéneas que pueblan 
este país, y se buscaba la manera de impulsar el comercio, la 
industria y las artes, haciendo que contribuyese á este fin la 
inmensa mayoría de la población, que entonces como ahora 

ndoseá sí misma, llenaba con muy poco, las limitadas nece- 
''es de una existencia miserable. Tan ilustrados y prudentes 

-patriotas, los autores de aquel proyecto comprendieron 

.. violencia y la presión producirían, aun en aquellos tiempos, 

ados perjudiciales; tratándose de los indios, clase tan ape- 

i á sus antiguos hábitos; y por eso exigieron que el plan para 

'•-",rlos, hubiese de excluir precisamente toda idea de coac- 

^"■íta de mandato. Buscábanse los medios morales é 



169 

indirectos, como los más adecuados al fin que la Sociedad se 
proponía. 

Los hombres inteligentes no vieron con indiferencia el lla- 
mamiento que este ilustre cuerpo hacía al celo patriótico de los 
guatemaltecos. Diez memorias se presentaron al concurso, y 
fueron examinadas y discutidas por una comisión compuesta de 
los sujetos más competentes é imparciales. Una que estaba se- 
ñalada con el número 7 y se distinguía por el siguiente epígrafe, 
tomado de una Oda ¿e Horacio: ^\Odi profanum Vulgus^ et 
arceo^'' fué calificada como la más digna del premio; y abierto el 
pliego cerrado, que contenía el nombre del autor, se encontró ser 
el del P. Fr. Matías Córdova. Obtuvo el ''accessif la del P. 
Fr. Antonio de San Josó Muro, Asistente general del Orden 
Bethlemítico, que la envió desde Méjico, donde residía. El Dr. 
Górdova recibió el día 12 de Diciembre de 1,797, en un acto 
público y solemne, á que concurrieron las personas más distin- 
guidas de la ciudad, y sobre ochenta maestros artesanos, el título 
de Socio de Mérito y la medalla de oro de tres onzas de peso, 
con el busto del monarca reinante, las armas reales, inscripciones 
y símbolos alusivos al asunto. En aquella época habían recibido 
el título de Socios de Mérito dos sujetos solamente: el hábil 
ingeniero don Antonio Porta y el sabio naturalista don José Lon- 
ginos Martínez, bajo cuya dirección se formó el primer gabinete 
de historia natural que hubo en Guatemala. Esa circunstancia 
hace más valiosa la honra concedida al P. Córdova. 

La Memoria premiada está escrita con sencillez, claridad y 
buena lógica, y propone los medios más adecuados para ir logran- 
do, poco apoco, destruir las preocupaciones que, á juicio del 
autor, son, más aún que la falta de medios, las que se oponen á 
que las clases india y ladina entren de lleno á participar de todos 
los beneficios de la vida civil, y contribuyan al fomento del 
comercio, industria y artes. Contiene algunos pensamientos que 
me parecen dignos de recordarse. Hablando de la infiuencia que 
el traje ejerce en la opinión, dice: ''No acabamos de creer que 
el vestido forma la opinión, por una fuerza con que atrae á los 
hombres la exterioridad. Todavía no basta la experiencia para 
hacernos conocer que los medios directos no son los más efica- 
ces, y que es preciso valerse de algunas flaquezas del corazón, 
para fortalecerlo en la virtud." Aludiendo á la funesta propen- 
sión de la clase indígena al vicio de la embriaguez, el elocuer 
religioso se expresa en estos términos, que no sé si podr^ 
considerarse hoy como harto previsores: "Si no se empreí 
mantener el equilibrio de las necesidades, cada día hará n 
progresos la embriaguez." (1) 



(1) José Milla.— Discurso en elogio de Fr. Matías Córdova. 



170 

En el Archivo antiguo de la extinguida Sociedad Econó- 
mica de Guatemala, que se conserva en la Biblioteca Nacional, se 
registra el legajo que lleva el número 2, y en él se encuentra un 
expediente compuesto de sesenta y nueve fojas, que revela con 
claridad el sistema político del reinado de Carlos IV de España, 
con respecto á las colonias de América, en ^contraposición al del 
ilustre Carlos III. En dicho expediente aparece que en el año 
1T99, aquella patriótica asociación abrió otros concursos, no sólo 
en materias artísticas é industriales, sino también en asuntos 
económicos de harta trascendencia, ofreciendo premios para el 
que desarrollase tesis ó proposiciones, como esta: "J. la que 
demuestre más fundadamente la utilidad del establecimiento gene- 
ral de escuelas de primeras letras en los pueblos de indios ¡ obstácu- 
los que hasta aquí lo han impedido^ y arbitrios para que remo- 
vidas éstas^ puedan lograr los naturales la conveniente instrucción 
recomendada por diferentes reales cédulas (alude á las de Carlos 
III). 

Hombres como Villa Urrutia, Goícoechea, el Dr. Flores, el 
Dr. Rayón, Mociño, Longinos y otros sabios, pretendieron rege- 
nerar el país; pero ¿cuál sería su asombro y su dolor cuando 
después de enviar á España algunos de los trabajos presentados 
á los concursos, se recibió por toda respuesta la Real Cédula, 
que existe auténtica en el expediente, y que dice así: "Habien- 
do dado cuenta al rey de la memoria impresa, que acompañó 
V. S á su carta de 3 de Junio último, escrita por el socio de mé- 
rito Fr. Antonio Muro del orden Bethlemítico, en la que intenta 
persuadir la utilidad y medios deque los indios y ladinos vistan y 
calcen á la española: ha resuelto S. M, porjustas causas y conside- 
raciones, que esa Sociedad Económica, de que V. S. es Director, 
cese enteraínente en sus juntas, actos y ejercicios. Lo que de 
Real orden aviso á V. S., para que haciendo saber esta real reso- 
lución á los individuos que la componen, tenga cumplido efecto, 
avisando V. S. las resultas. — Dios guarde á V. S. muchos años. 
San Lorenzo, 23 de Noviembre de 1799. — Joseph Antonio de 
Caballero." El señor Villa Urrutia, que era el Director de la 
Sociedad Económica, sintió en el alma esta resolución, como lo 
expresa en una elocuente nota que dirigió al Capitán General y 
Gobernador, don José Domas y Valle. Así quedó disuelta la 
Sociedad Económica de Amigos del País, el 1 6 de Julio de 1800, y 

Vio á restablecerse hasta 1811. 
i cinco fojas útiles existe en el mismo Archivo que queda 

, una certificación del Juez Preventivo de San Agustín 

•saguastlán, del año 1798, en la que testifica que el Cura y 

''o don Tomás Calderón, tenía fundadas en dicho pueblo 
'íscuelas de artes y oficios para varones, á saber: sastres, 

_ros, herreros, pintores y canteros, á las que concurrían 

-«oalos indios; y pronto^ dice, establecería una de mujeres. 



'•■•«I, 



171 

I . 

Además, certifica: que el mismo cura, con el objeto de estimular á 
los indios, había hecho grandes plantaciones de trigo y lino, en 
las montanas hacia el norte del pueblo. 

Por ese tiempo se tomaba empeño en acrecentar la civiliza- 
ción de los indios, como puede notarse también por una memoria 
escrita por el Socio de la Económica, Dr. don Antonio García 
Redondo, sobre el fomento del cacao, el bienestar de los natura- 
les y varios ramos agrícolas. Es de citarse igualmente, á tal 
respecto, la comunicación que dirigió Fr. Josó Muñoz, Guardián 
de Totonicapán, en la que da cuenta á la Sociedad Económica de 
hallarse vestidos á la española varios indígenas, traje que hasta 
hoj'' conservan muchos de ese pueblo. 

Pero, ni los esfuerzos de aquella patriótica institución, ni las 
sugestiones del Real Consulado de Comercio del reino de Guate- 
mala á las Cortes Españolas, de las cuales hable largamente en el 
capítulo V de la segunda parte, pudieron dar resultados en pro 
de los indios; porque las turbulencias en la misma España, los 
vaivenes políticos y la entronización posterior del absolutismo, 
no dejaban lugar para promover la cultura de América. La feroz 
reacción que en un rapto de venganza, sumió á la heroic£^ patria 
del Cid en hondo abismo; los destellos de la alborada de la inde- 
pendencia de Hispano- América en 1810, y los odios que se extre- 
maban entre españoles peninsulares y americanos, no constituían 
por cierto propicias circunstancias para promover entonces la 
indiana civilización. 

Por lo demás, la Sociedad Económica de Amigos de Guate- 
mala, no sólo se interesó por la riqueza del país, fomentando la 
agricultura, la industria y las artes útiles, sino que más de una 
vez apuntó muchos de los errores tradicionales que en Guatemala 
subsistían. El sistema romano de la propiedad rural; las leyes 
que cohibían el dominio; el antiguo régimen hipotecario, las tra- 
bas impuestas á las enajenaciones; los censos; los bienes en co- 
mún; las vinculaciones; y tantas otras remoras al desarrollo agrí- 
cola, fueron censuradas muchas veces en las publicaciones de 
aquella asociación, á la cual tanto debe la República. Desde 
principios del siglo, se clamaba contra el pésimo sistema, hereda- 
do de España, de tener la tierra repartida en ejidos, sin que los 
indios contasen con propiedad particular, y poseyendo los pocos 
hacendados españoles áreas inmensas de centenares de caballe- 
rías sin cultivo. Lo que hace la división de labores en las ar' 
— decía un periódico del año 1823 — obra también en la agrii 
tura la división de las tierras. Cuando los visigodos ocupar 
España, refiere Jovellanos, se adjudicaron los conquista^ 
los dos tercios de la tierra; y lo mismo parece haberse verif '^ 
en el continente americano por sus pacificadores. En los p 
pios, se asignaron términos comunes á los concejos y lugai 
tierras en propiedad á los vecinos primígenas y colonos pa^-í» 



I 



f 



172 

sementeras y crianzas. Pero ya el Sr. Carlos V, en cédula de 1^ 
de Noviembre de 1591, comunicada á este reino, advierte que 
los segundos habían ocupado la mejor y la mayor parte de toda 
la tierra, sin que los concejos é indios tengan lo que necesaria- 
mente han menester. "j^Z Amigo de la Patria'^ en el número de 
15 de Mayo de 1821, forma un estado comparativo de las tierras 
que poseían unos y otros, y deduce de él, que las tierras de los 
indios son un tercio de las tierras de los españoles, y ladinos. (1) 

Pero en realidad, la desamortización de la tierra, no se reali- 
zó sino hasta que se expidieron las leyes de redención de censos 
(2), de reducción á propiedad particular de los terrenos ejida- 
les y supresión de cofradías y servicios parroquiales. Esas leyes 
afectaron naturalmente á los indios, sin ponerlos en aptitud de 
adquirir terrenos de propiedad particular, porque fueron los ladi- 
nos los que más compraron tierras y denunciaron ejidos. 

La propiedad territorial en común, siempre fue sistema pri- 
mitivo, que representa épocas de atraso y de pobreza, y que re- 
dundaba en mal de los mismos indígenas, erí cuyo favor se debie- 
ron haber establecido facilidades para que adquirieran tierras, y 
no que después que ellos redimieron muchos terrenos, se los vol- 
vieron á quitar, con la mayor injusticia. 

En el capítulo V de la 2.* parte de la presente obra,se hizo un 
estado prolijo y estadístico de los muchos gravámenes que, á raíz 
de la centuria actual, pesaban sobre los indios, y se apuntaron los 
innumerables abusos de que eran víctimas, y que se vinieron á 
cortar por las disposiciones económicas de que se acaba de hacer 
mérito. 

Harto falta por decretar en pro de los aborígenes, es verdad; 
pero no hay duda tampoco de que al desamortizarse el capital y 
la tierra^ se dio un gran paso en favor de otro de los elementos 
de producción, que son los brazos,» 

Aún existen muchos pueblos numerosos de indígenas que 
viven primitivamente, con sus sementeras, bosques y prados en 
común, sin tener propiedad particular, ni darle importancia al 
individuo, sino solamente á la colectividad. Refractarios al roce 
con las demás clases sociales; aferrados á sus usos y costumbres; 
hablando solamente lenguas antiquísimas y aborígenes; se conser- 
van, á uzanza asiática, separados de la civilización, si no por mu- 
rallas materiales, sí por barreras de otro linaje, más difíciles de 
4. — í^ pQj. cierto, que las ciclópeas construcciones de los habi- 
.al celeste imperio, 
hastó, como se hizo por el decreto del gobierno de 31 de 



Observaciones rusticas sobre Economía Política, por el ciuda- 
G. P.. — Guatemala, imprenta de Beteta. Año 1823. 
"^-creto núm. 169, de 8 de Enero de 1877. 



173 

I I >. I ■ I ■ ■ I I I II I É ■ . II III ■ ■ II . ■ ■ I I 

Octubre de 1851,recomendar á las autoridades subalternas que no 
vejasen á los indios, y que los consideraran como personas mise- 
rMes^ según las leyes de Indias, que por ese mismo decreto se 
mandaron observar en Guatemala. En vez de revivir el sistema 
español, que jamás dio personalidad á los aborígenes, ni trató de 
sacarlos de la tutoría ominosa en que vivieron, se hace preciso 
considerarlos como seres capaces de derechos y obligaciones civi- 
les, que deben entrar á tomar parte en la gestión de la cosa pú- 
blica. Hay que sacarlos de ese estado de parias, para que se con- 
viertan en ciudadanos. Hay que atacar la propiedad en común, la 
sujeción abyecta de los indios á sus caciques; hay que enseñades 
el español y las primeras letras; mejorar su agricultura por méto- 
dos y máquinas usuales; hay que crearles necesidades, y hacer 
que paguen un impuesto moderado, para que sean elementos pro- 
ductivos al país. Pero de todo eso me debo ocupar en capítulo 
aparte, que vendrá á ser como corolario de las premisas que en 
las diversas secciones de esta obra he ido consignando. Una vez 
conocidos los vicios, fácil es poner remedio á ellos: hecho el diag- 
nóstico de la^ enfermedad, no es difícil aplicar la medicina. (1) 



(1) Los indios tienen muchas costumbres peculiares que, siendo ino- 
centes, deben respetarse; y aún conservan en su organización social y política, 
tradiciones admirables. En Nahualá, en Santa Catarina, en Santo Tor 
Chichicastenango y en algunos otros pueblos se gobiernan de este modo 
gobernador y la municipalidad actúan en los casos comunes sujetos á 
jurisdicción; pero si es extraordinario, lo someten á la decisión de la Jui 
de Notables, que sólo se compone de los individuos que han servido carj 
públicos, de alcaldes primeros en adelante. Si el negocio es muy arduo 
puede comprometer los intereses generales del pueblo, acuden al Cons 
de los Ancianos, compuesto de los hombres de más edad y experiencia, 
yo parecer es sagrado para todos, aunque contraríe sus intereses ú opiní^ 



CAPITULO GUARTO 



Ventajas é inconvenientes de la civilización. Elemen- 
tos que la constituyen. Resefia de los principales 
pueblos indígenas de Guatemala. Escollos con 
que tropieza el desarrollo de su civilización. 
Hedios que pueden emplearse para lo- 
grar su avance. 

BTTZ).d:.A.IMCO 



Inconvenientes que se atribuyen á la civilización. — Necesidad de que 
no se pierda en coatumbrea lo que se gana en adelanto material. — El progre- 
so es ley del individuo y de las socieaades. — La civilización no debe desen- 
entenderse del elemento físico, moral é intelectual. — Divergencia de opinio- 
nes acerca de las causas que originan el progresa — Teorías de Buckle, 
Darwin, Baheliot, Gruizot, Balmes y Severo Catalina.— Carácter de la civi- 
lización antigua del continente americano. — La oi^anización política de los 
virreinatos y capitanías generales de la América española, era un trasunto 
de la preexistente manera de ser de los indios.— Los indios son susceptibles 
de desenvolver su cultura y progreso.— Reseña de las principales poblacio- 
nes de indios de Guatemala, su número de habitantes, su agricultura, in- 
dustria, comercio y demás cosas notablea — Los trabajos públicos en algu- 
nas poblaciones de la Verapaz y de los Altos han hecho emigrar á muchos 
indios. — Medios de evitar que se ahuyenten de los pueblos. — Cónao Napo- 
león IXI civilizó los pueblos de la Sologne y de los Landes, que estaban 
tan atrasados como los indios guatemaltecos. — Cansas que se han opuesto al 
trrollo de la cultura de éstoa — Falta de estímulos que han tenido y la 
ección en que han estado. — Remedios contra ese obstáculo, y modos de 
.overla — Concursos regionales.— Los idiomas primitivos de los indios 
los dejan progresar, — Opinión sobre ese punto del sabio don José Ceci- 
del Valle. — Lo que acerca de tales lenguas, pensaba Solórzano y Perei- 
-Medios que pueden emplearse á fin de que todos los indios hablen 
tellano. — La tercera causa del estancamiento de los indios es que no 
len necesidades que los impulsen al trabajo y al mejoramiento de su 
■^'•■'lón.—la ignorancia en que vegetan obsta á su civilización. — El 



175 

mundo antiguo se civilizó por castas privilegiadas, mientras que el mundo 
moderno se civilizó por la instrucción primaria, gratuita, obligatoria y 

f)ráctica. — Cuál ha de ser el sistema de escuelas para los indios, que conci- 
íe el instinto que ellos tienen de acostumbrar, desde niños, á sus hijos al 
trabajo.— Escuela Normal de indios. — Escuelas rurales. — Escuelas de 
Agricultura. — La embriaguez entre los indios. — Lo que de ellos dicen 
Acosta,Herrera y Garcilaso. — El Concilio Limense II y las cédulas reales 
que la reprimían. — Auto acordado de la Audiencia de Guatemala de 26 de 
Junio de 1793, sobre la ebriedad de los indios. — El pueblo de Santa Cata- 
rina Ixtahuacán y el de Nahualá no permiten licores embriagantes dentro 
de su demarcación territorial. — Lejos de fomentar la embriaguez debe re- 

Erimirse. —Bando célebre del año 1804, del Capitán General Mollinedo y 
aravia contra las borracheras de los indios. — Medidas que á ese respecto 
deben tomai*se. — La sexta causa de estacionamiento de los indios es la pro- 
piedad de tierras comunales. — Cómo debe fomentarse su agricultura. — Me- 
didas que deben dictarse en orden á las industrias indígenas.— Opinión del 
ilustre D. Melclior Gaspar de Jovellanos, en cuanto á terrenos en común. — 
Lo que debe hacer el Gobierno á ese respecto. — Malos tratamientos dados 
á los indios y desprecio con que se les mira. — Sociedades protectoras de 
indios, que deben fundar.se. — Los mandamientos deben suprimirse. — Debe 
crearse Jueces de Agricultura. — La 9a. causa del poco progreso de los in- 
dios es su pereza é indolencia. — Causas que las han producido y medios de 
combatirlas. — Las colectividades concentradas de los pueblos indianos que 
viven aislados del resto de la sociedad, se oponen al avance de su civiliza- 
ción. — Esas masas humanas en América, al fin del siglo XIX, son anacro- 
nismos vivientes. — Hay que hacer porque entrenen roce con los ladinos, — 
Lo que pasó en Chile y la Argentina respecto de esas agrupaciones preco- 
lombinas. — Leyes que deben dictarse. — Un Código Eural. — Lo que dice la 
escritora peruana Sra, Matto de Tunier respecto á los aborígenes del Nue- 
vo Mundo. — Las sombras de Colón y Las Casas demandan que se les redi- 
ma, ampare y civilice. 



Decía Chateaubriand que se pierde en costumbres lo que se 
gana en luces, y que éstas parecen de tal suerte colocadas por la 
naturaleza, que las unas se corrompen siempre en favor del en- 
grandecimiento de las otras, cual si la balanza estuviese destinada 
á hacer imposible la perfección entre los hombres. Los griegos 
al civilizarse, perdieron la pureza de costumbres. ¡Felices si no 
hubieran trocado las virtudes que los salvaron de Jerjes, por los 
vicios que los pusieron en manos de Filipo! 

Y muchos, entre nosotros, aun sin saber esa cita histon*^» 
sostienen que los indios hoy, en su rudeza, están mejor que si 
les saca de ella; porgue, al civilizarse, tendrán todos los defer 
del ladino y las malas condiciones del aborigen, con los achaq 
consiguientes á las nuevas necesidades que se les producen, 
civilización, dicen, á la par que fomenta las artes y la industi 
que perfecciona, propaga y generaliza los objetos de comodic" 
y lujo, dando brillo y esplendor á la sociedad; desarrolla eH^ 



\ 



, 



176 

de adquirir, hace que la pasión del lujo se encienda, y que todo 
se sujete al cálculo frío y á la ley del oro. Si los indios se civili- 
zan serán menos morigerados y menos dichosos, exclaman aque- 
llos que cifran la moral en lo primitivo de la vida, y la dicha su- 
prema eñ acercarse más al bruto. 

Sin negar que la refinada civilización de los pueblos moder- 
nos, de Europa sobre todo, produce ciertas excrecencias, si se 
puede decir así, es evidente que las costumbres, el carácter y la 
ventura de las naciones y de los individuos, ganan con la civiliza- 
ción. Lo que se hace preciso, y no debe olvidarse en cuanto á 
los indios, es que, al procurar civilizarlos, ha de tratarse de mora- 
lizarlos, de que no pierdan en costumbres lo que ganen en ade- 
lanto material. 

Los que cifran la civilización sólo en el goce propio, y dicen 
como el célebre orador revolucionario, que la sociedad humana 
no es más que una guerra de astucia, en la que la fortuna es la 
regla de lo justo, la probidad un negocio de placer ó de decoro, 
y el mundo el patrimonio de los bribones más diestros; los que, 
cual Hobbes, proclaman el egoísmo, como regla de conducta, no 
comprenden que la l)ase de la civilización es la moral sublime que 
prédica la caridad y el desprendimiento. Sin el altruismo no 
puede subsistir la sociedad. El progreso es ley del individuo y 
de los pueblos; pero no cabe progreso verdadero y que produz- 
ca bienestar social, si no se forman costumbres puras. En cada 
ser viviente hay fuerza misteriosa de crecimiento; en todas las 
agregaciones de seres animados, existe un elemento de continuo 
desarrollo, bajo condiciones favorables, en lo físico y en lo moral. 
Todo nuestro progreso, al sentir de Emerson, consiste en el de- 
senvolvimiento ordenado, que se asemeja al paulatino crecer del 
botón, que se vuelve flor, para dar fruto. 

En lo material, el hombre se halla sujeto á leyes físicas; en 
lo mental á preceptos que rigen el entendimiento; en lo moral á 
reglas que estatuyen lo que es bueno. La civilización no debe 
desentenderse de ninguno de esos tres elementos esenciales. La 
sociología los estudia y toma en ( uenta. 

Empero, no están de acuerdo los pensadores acerca de las 
causas que originan el fenómeno del progreso. (1) Los unos bus- 
can en lo intelectual el germen del desarrollo externo; los otros 
cifran en el elemento. del alma, el vital principio del progreso, y 
.^ayen á la religión todos los beneficios del esparcimiento de las 
'^s; éste, hace consistir el fundamento de su teoría en la moral in- 
a; el otro, en las fuerzas de la naturaleza y en el destino del hom- 
Autores hay que profesan el principio de que las causas mo- 



La escuela espiritualista, !a positivista, la antropologicn, la evo- 
sta etc., establecen diversas teorías acerca del progreso. 

13 



177 

rales producen las físicas; al paso que no faltan filósofos que pien- 
san que las causas físicas engendran las morales. 

Así, Mr. Buckle procura demostrar que el desarrollo del 
hombre es del todo proveniente de los elementos físicos que lo 
rodean. Darwin establece la evolución, por transmutarse el sis- 
tema nervioso de padres á hijos. Bahehot contempla esa fuerza 
natural que, de edad en edad, va creando la civilización, como 
una cinta de colores, que cada vez recibe más obscuros tintes, por 
la agregación sucesiva de fuerzas. Guizot y Didón atribuyen al 
cristianismo la actual moderna cultura. Balmes y Severo Cata- 
lina quieren que el Pontificado Romano sea el centro de las fuer- 
zas morales, que han hecho crecer á los pueblos. (1) 

Cuestiones son éstas, que se ven al trasluz de las ideas y preo- 
cupaciones de cada cual; pero que demuestran en todo caso que 
la fórmula del progreso es complicada, y que, al tratarse de la ci- 
vilización de una colectividad, se han de aprovechar todos los ele- 
mentos, en el orden material, intelectual y moral. 

Viniendo ya al punto del mayor avance de la civilización de 
nuestros indios, cabe observar que la cultura aborigen se perdió 
por completo. Los quichés y cackchiqueles revelan su pasada 
grandeza; pero no dan muestra hoy de ella, (2) porque la más 
leve chispa de desenvolvimiento de esa raza alarmaba á los con- 
quistadores. Que hay gérmenes de perfectibilidad en esos pueblos, 
lo prueba su misma historia. Lo que se necesita es que se desa- 
rrollen y fecunden. Los abona la tradición de lo que fueron; 
les son favorables los elementos físicos del suelo en que viven; 
pero hay que poner los medios para que dejen ese sistema de co- 
munidad; ese traje común é invariable; ese alimento bárbaro de 
totopoxte y chile; esas lenguas antediluvianas; ese rancho agreste^ 
mansión primitiva y rústica; en una palabra, hay que sacar á los 
indios de la manera de ser que tienen, estancada y oriental. 

La organización de los virreinatos y de las capitanías gene- 
rales de la América española,se basó en la preexistente manera de 
gobernarse que los mismos indios tenían. Ora formaron comunis- 
mos teocráticos, no ya en favor del régulo, sino en pro del fraile ó 
del encomendero; ora el socialismo gubernativo de las tribus se 
explotaba por medio de los mismos señores principales indios, 
en favor del conquistador ó del cura; ora la plebe indiana, cual 
rebaño de carneros, era dominada, primero por sus caciques, 
luego por los gobernadores, en seguida por losmagistrado« '^^ 
las Audiencias y Presidentes ó Virreyes, mientras allá en Esp 



(1) Balmes decía "que la civilización es la mayor suma de ...^ 
dad, la mayor suma de inteligencia, la mayor suma de bienestar en *»! 
yor numero posible de'seres humanos." 

(2) Bancroft, tít.' II, pág. 82. 



r 



178 

dictaban leyes los monarcas iberos, con todo el aparato del Con- 
sejo de las Indias. Así nunca hubieran los aborígenes podido 
mejorar de condición; no obstante los más filantrópicos deseos de 
Doña Isabel la Católica y todos sus sucesores regios. 

Después de la independencia délos Estados hispanoamerica- 
nos, puede asegurarse que los indios siguieron casi lo mismo que 
antes, ya de instrumentos de algún jefe militar afortunado; ya sir- 
viendo de acémilas para conducir mercaderías ó bagaje de, gue- 
rra; ya explotados por algún sátrapa de la canalla, de esos que 
el viento revolucionario ha solido convertir en mandarines de 
facciones y promovedores de boohinches; — bien que con el roce 
que han tenido loa aborígenes con los ladinos^muchos de aquellos 
han salido de su antigua condición, en Méjico, Centro América, 
el Ecuador, Venezuela, Colombia, Perfi, Paraguay y Bolivia, en 
donde una parte de la población civilizada es de raza indiana, 
más ó menos pura. 

No puede, pues, revocarse á duda que son los indios muy 
siisceptibles.de desenvolver su civilización y acrecentar su pro- 
greso. No será la generación presente de los aborígenes, la que 
pueda entrar de lleno en el estado de cultura que se apetece; pe- 
ro las generaciones nuevas, tiernas y flexibles, se acomodai^n á 
las exigencias del siglo y á las nobles aspiraciones de los que fi- 
lantrópicamente se empeñan por el bien de los aborígenes y el en- 
grandecimiento de Guatemala. Véase, si nó, cómo pueblos ex- 
tensos de indios ya se confundieron con el resto de la gente la- 
dina. No hace muchos años que en Jocotenango, existía'una 
numerosa población de aborígenes, vestidos á usanza indiana, 
hablando su primitiva lengua, y formando una villa con sus jus- 
iicias, su templo, su cementerio y sn cárcel. Hoy los hijos de 
esos jocotecos son casi todos albañiles, y ya salieron de su condi- 
ción de indios, volviéndose ladinos, olvidando su lengua y vis- 
tiéndose como las gentes del pueblo. Cuando uno va á pasear 
por ese barrio de la capital, con dirección al Hipódromo, apenas 
recuerda que cerca de la altísima ceiba que está junto á la anti- 
gua fuente, hubo una iglesia y un camposanto, de un pueblo nii- 
ineroso de indios puros. 

El hombre es como el diamante, que se pulimenta con el roce. 

Inmediatos á esta capital, los jocotecos acabaron por amalgamarse 

con el pueblo ladino; y así, de esa suerte, viene sucediendo con 

— ; f-/iQg ]Qg pueblos cercanos á los centros de riqueza. La ci- 

ón es contagiosa y se expande é infiltra á las gentes 

hallan más próximas á los focos de cultura y comercio. 

pueblo de Mixco, de donde vienen nodrizas á servir 

jsas acomodadas de esta capital, ya está bastante civiliza- 

icabará por tener los usos y costumbres de la gente ladina. 

se fija la .vista en los indios de la Verapaz, de esa zona 

■ de la república, que en sus nueve décimas partes está 



179 

poblada por aborígenes, se notará que tienen buena índole, y qrfe 
si en algunos puntos reinan preocupaciones de castas, debe atri- 
buirse á ciertos ladinos que se han establecido en medio de ellos, 
dándoles malos ejemplos. "Los naturales de San Juan Chamel- 
co, el pueblo más antiguo de la Alta Verapaz, hacen el comercio 
de loza inglesa, que van á comprar á Izabal, y que llevan á la 
capital, al Salvador y á otros puntos remotos, trayendo á su re- 
greso efectos de aquellos lugares. Los de Rabinal vienen á la 
capital y á Chiquimulilla, donde se abastecen de sal: los de Ca- 
habón traen algodón y cacao, que van expendiendo hasta Guate- 
mala: los sampedranos viajan por la costa E. de Verapaz, donde 
tienen sus milpertas y sus crianzas de cerdos, cosechan cacao y~ 
zarzaparrilla: van á las salinas de los Nueve Cerros, al Petéil, etc. 
Los tactiqueños, generalmente cargadores, trafican desde Tele- 
mán y Panzós hasta Guatemala y los Altos: los indios de San 
Cristóbal y Santa Cruz, venden en toda la república lazos, redes, 
suyacales^ huevos, etc. En fin, los de Cobán son algo más seden- 
tarios; con todo, algunos de esos indios son nómades, y muchos 
de esos pueblos proveen de brazos á las doscientas fincas de café, 
que cuentan con tres millones y medio de árboles. 

Poco tiempo después de su establecimiento en la Verapaz, 
los dominicos, con el doble objeto de completar la educación re- 
ligiosa de los indios y de reunirlos en las ciudades recién forma- 
das, instituyeron varias cofradías, y he aquí el origen del gran 
número de estas asociaciones religiosas. 

Ocioso me parece entrar en pormenores acerca de los gastos 
y varios otros compromisos á que están sujetos todos los indivi- 
duos de una cofradía; y son muchos los indígenas que, para evi- 
tar se les nombre mayordomos, prefieren abandonar sus casas é 
internarse en las montañas. Es mayor del que se piensa el nú- 
mero de los que se han desterrado voluntariamente (1). Hay 
también que advertir, que algunos mayordomos de cofradía, que 
no son muy buenos administradores, por lo menos, tienen á ve- 
ces que vender sus animales y hasta su casa, cuando se trata de 
celebrar la festividad de algún santo. 

He dicho que algunos indios son nómades, y esto es tan 
exacto, que durante la mayor parte del año, no ée encuentra en 
el pueblo de San Pedro Carcha (el más numeroso de la Alta Ve- 
rapaz, que hoy tiene 4,500 habitantes), sino la décima parte de 
ellos. Casi todos viven en sus milpertas^ las cuales distan hi 
treinta leguas de San Pedro. Es bien sabido que los indior 
ese pueblo en la Alta Verapaz y los de Santa Catarina Ixtal 



(1) El obligar á los indios á trabajos públicos, como el del pui. 
municipal de Cobán, sin retribuirles como era debido, ha sido una ^'^ 
causas de que muchos emigren. 



180 

cáu en los Altos, no cesan de pedir tierras, y tratan de invadir 
constantemente terrenos ajenos. En la fiesta titular de Carcha 
(29 de junio) se puede juzgar del número délos sampedranos, 
porque entonces van á celebrar la fiesta del Patrón, consumiendo 
en menos de seis días, cerca de dos mil quinientas arrobas de 
aguardiente flojo, de mal gustó, entregándose á los regocijos se- 
mirreligiosos, que se resienten de antiguas costumbres, á zaraban- 
das, bailes, etc. Escogen estos días para traer de la montana á 
los niños, á fin de hacerlos bautizar: el número de bautizmos as- 
ciende á veces á más de ciento en un sólo día; y tambión traen 
á los moribundos para que el padre les administre los últimos 
sacramentos. La disminución de un pueblo que tuvo más de veinte 
mil almas, y el haberse dispersado en las montañas, es sin duda 
un mal grave, que debiera remediarse por medio de la predica- 
ción, de la persuasión, de la instrucción pública, del establtjci- 
miento de un hospital, y de un asilo para los huérfanos y los im- 
pedidos. De esta diseminación resulta evidentemente el relaja- 
miento de las buenas costumbres, la falta total de instrucción en 
los niños, y esa timidez casi salvaje que se nota enti'e muchos 
indios, pues en los caminos reales se ve frecuentemente á las 
mujeres huir de la vista de un pasajero, esconder sus niños y 
ocultarse en el monte, hasta que ha' desaparecido el español. 

Estos pormenores tienen su significación, y por eso los re- 
fiero aquí sin exagerar uada, y con el verdadero pesar que pro- 
ducen á todo aquel que abriga simpatías por la desgraciada raza 
indígena. 

Los trabajos públicos emprendidos en una grande escala, de 
algunos anos acá, en los pueblos de la Verapaz,han ahuyentado á 
muchos indígenas, porque no se les da salario ninguno. De ahí 
resulta que cuesta trabajo conseguir peones para et servicio de 
las fincas, que muchas veces los mozos pagados anticipadamente, 
según la costumbre, por los empresarios de cafetales, están ocu- 
pados por la municipalidad del lugar, que no concede á las 
empresas toda la importancia que tienen, y no prevé que el 
engrandecimiento de esos pueblos está fundado en la protección 
que dé á la agricultura. Es, pues, necesario tratar de hacer ce-' 
sar dichos inconvenientes, nombrando ad lioc Jueces de Agricul- 
tura.^ encargados de sistemar el trabajo de los mozos, conciliando 
á la vez los intereses del pueblo y los de los agricultores, que 

-1 cuantiosas sumas para dar al país un importantísimo ramo 
—portación. Muchos son hoy día los empresarios que, alha- 
as por el número de brazos, la feracidad del suelo, la proxi- 
'id de la Alta Verapaz á los puertos del Atlántico, y por el 

'lido empeño del supremo gobierno en el cultivo del café, 

esan los mismos deseos. Los Jueces de Agricultura., bien 

lizados, debían existir en toda la rep'iblica. 
"O de los medios que debe contribuir, con el tiempo, á 



181 

impedir la inmigración de los indios á las montañas, consistirá 
en el cultivo del trigo, que se da en las partes frías próximas á 
los pueblos. Este cultivo dará á los terrenos un valor más gran- 
de, proporcionará á los cultivadores un punto de venta seguro 
y lucrativo, y mejorando la alimentación de estos pueblos, intro- 
ducirá el bienestar poco á poco entre ellos. Al lado del trigo, se 
podrán cultivar las papas, que se dan durante todo el año en la Al- 
ta Verapaz, y suministran un alimento sano y nutritivo. El caca- 
huete, manilla ó cacao de la tierra, es otro cultivo importante, 
del cual pocas personas se forman una idea exacta. El caca- 
huete necesita muy pocos trabajos, y produce más que culquie- 
ra otra clase de plantas; las matas secas arrancadas en tiempo de 
la cosecha, forman el mejor pasto que se pueda dar á los gana- 
dos; la almendra subterránea que se saca del suelo como las pa- 
pas, es un verdadero frijol aceitoso, es decir, un alimento de 
primer orden: da un 40 p.§ de un aceite exquisito, tanto para 
comer, como para quemar, hacer jabón etc. El residuo de la 
preparación, harto fácil, de este aceite, es el mejor alimento que 
se pueda dar á los cerdos y á las aves domésticas. En fin, el 
cacahuete da su cosecha á los seis meses, crece en los terrenos 
más arenosos, en tierra caliente, templada y fría. En Cobán 
esta planta prospera de un modo extraordinario. 

En lugar de un cafetal de comunidad, como el que hubo en 
Cobán, sería preferible una Escuela Municipal de Agricultu- 
ra: que en un terreno adecuado, la municipalidad enseñara á los 
indios el cultivo del trigo, de las papas, de la manilla^ del lino, 
de las abejas, y que distribuyera al fin del año á los más inteli- 
gentes, semillas para su reproducción, útiles nuevos de labranza, 
instrumentos de música europeos, premiando cada año en una 
junta solemne, los esfuerzos de los colonos, y distribuyendo tam- 
bién recompensas á los servidores constantes y probos que se le 
designasen en todas las fincas. Acaso los empresarios de cafeta- 
les contribuirían con gusto á los gastos que demandase semejan- 
te institución. 

Por medios análogos se ha mejorado de un modo incontes- 
table la situación moral y física de algunos pueblos de Francia, 
los cuales no vacilo en decirlo, eran tan atrasados como los de 
la Verapaz, y acaso más miserables. Napoleón III, realizó se- 
mejantes proyectos, reputados poco antes de él como sueños, 
utopías, ideas comunistas. Así es que la memoria de este _ 
narca, á pesar de sus errores, vivirá eternamente grabada 
corazón d*^ los pueblos de la Sologne y de los Laudes." (1 

Los indios de los Altos, de esa parte tan rica de GuatCx^ 
son trabajadores, industriosos y pacíficos. Hay poblacion^^^ 



(1) Julio Rossignon. — El porvenir de la Verapaz. 



e\ir 



\ 



182 

mo San Pedro Sacatepéquez, con cinco mil iadígenas, en una 
ventajosa posición topográfica, á una milla de San Marcos, con 
buenos edificios públicos, con muchas fuentes de uso coman, con 
calles rectas y con floreciente agricultura. Sus pobladores cul- 
tivan los cereales y fabrican bellos cortes de enaguas, huepiles 
y fajas de hilo y seda. No faltan carpinteros, sastres, herreros y 
ladrilleros. Santo J'omás Chichtcastenango, á cinco leguas de 
Santa Cruz Quiche, tiene veinte mil habitantes indígenas, que 
cultivan maíz, trigo y papas, hacen buenos tejidos de algodón, 
crían ganados y llevan una vida sobria y laboriosa. En esta 
ciudad se contemplan ruinas rodeadas de grandes fosos. Joya- 
haj con cinco mil pobladores, que pastorean ganados y siembran 
granos y frutas. Sacapulas, fundada por Fray Bartolomé de las 
Casas, cuenta con cinco mil habitantes, que elaboran sal, fabrican 
telas y siembran caña de azúcar, cacahuate (manillas), ynca, fri- 
jol y maíz. Nevaj, de cinco mil vecinos, que pasan la vida fa- 
bricando canastas de caña, objetos de jarcia, y sembrando cerea- 
les. San Miguel üspantán, que tendrá tres mil habitantes, cuya 
industria principal consiste en fabricar sombreros de palma, es- 
teras (petates)^ paraguas (auyacales) y escobas. Totonicapam, 
cabecera del departamento de este nombre, y ciudad de veinti- 
séis mil habitantes, casi todos indios, se encuentra al pié de una 
elevada montaña, con clima benigno. Allí están todavía los 
descendientes de los tlascaltecas que trajo D. Pedro de Alvara- 
do, y que tienen buenas fábricas de tejidos y alfarería. Es po- 
blación industriosa y rica, á ocho mil setecientos pies sobre el 
nivel del mar, con casas buenas, provistas de agua potable. Mo- 
mostenango, á unas siete leguas de dicha cabecera, es pueblo im- 
portante de agricultores, que emplean variados cultivos por la 
diversidad de climas. Los indios momosíecos tienen particular 
veneración á un retrato de Diego Vicente, aborigen que cons- 
truyó por su cuenta la iglesia parroquial. Santa María Chiqui- 
■tnula, con tres mil indígenas, que son comerciantes y peones 
agrícolas. San Cristóbal, compuesto de seis mil almas, con una 
antiquísima iglesia. Los indios de allí son tejedores, herreros, 
carpinteros, talabarteros, fabricantes de trastos de barro, marim- 
bas y cohetes. Siembran trigo, maíz, habas, frijoles, arbejas, 
duraznos, manzanas, nueces y ciruelas. Panajachel, á orillas del 
pintoresco lago de ese nombre, produce arenas de plata, capari'o- 
■e y tiza. Se cnltiva el frijol, el maíz y ricas legumbres, 
is indios son dados á la pesca y al tejido de telas de algodón, 
irá ese precioso pueblo dos mil almas. Santiago Atitlán, 
=iete mil habitantes, que siembran cacao, café, maíz, frijol, 
.„ y hortalizas. La industria se reduce á cuidar ganados y á 
car. — Santa Lucia (Jtatlán, en donde se hacen jabones, y se 
^'"■\ el trigo, el maíz, la linaza, la cebada y la avena. Nahua- 
1 »"»'nte mil indígenas, en clima frío, qne crían ganado la- 



183 

nar y siembran maíz y trigo. Los terrenos son quebrados, y la 
industria consiste en fabricar ropa de lana y curtir cueros. Sa7i- 
ta Catarina Ixtahuacán, á ocho leguarS de Solóla, con veinti- 
cinco mil habitantes, todos de raza primitiva americana, se dedi- 
can á criar obejas y carneros, á tejer sus ropas y á cultivar maíz, 
frijol, trigo y frutas. No admiten ladinos en su pueblo; no con- 
sienten estanquillos de aguardiente ni chicha; son bravos y crue- 
les cuando se sublevan, pero respetuosos para con las autorida-. 
des y sumisos cuando los tratan con justicia. Es uno de lo& 
pueblos en que mejor se pueden estudiar las costumbres aborí- 
genes. 

Todavía hay en los Altos muchas otras poblaciones indíge- 
nas, aunque de menor importancia, que guardan reliquias de los 
tiempos precolombinos. Sería prolijo el enumerarlas todas. 

En los departamentos del centro,existen también pueblos de 
indios, como Chinautla, con mil ochocientos habitantes, que se 
ocupan en alfarería y siembras de maíz; San Antonio La Paz^ 
con mil, que siembran café y caña de azúcar; San Pedro las 
Huertas^ á orillas de la capital de Guatemala, tiene unos qui- 
nientos habitantes aladinados^ que cortan leña y siembran café,, 
pasturas y hortalizas; San Juan Sacatepéquez^ con quince mil po- 
bladores, que labran madera, fabrican trastos de loza, siembran 
maíz y frijol, cuidan ganados y tejen jarcia; San José Nacahuil^ 
con quinientos habitantes, de los cuales las mujeres tejen y lo& 
hombres cultivan la tierra; Mixco^ á tres leguas y media de la 
capital, con ocho mil indios, que son agricultores por lo general, 
y fabrican utensilios y juguetes de barro. Las mujeres muelen 
maíz y hacen tortillas, ocupándose también de nodrizas en las 
casas de las personas acomodadas de la capital. San Raymun- 
do^ es otro pueblo de indios que está en ei departamento de 
Guatemala, y tiene unos mil quinientos habitantes, que son agri- 
cultores, comerciantes, y algunos de ellos beneficiadores de cer- 
dos; Palin^ del departamento de Amatitlán, tiene como cuatro 
mil indios que cultivan frijol y frutas, y siembran caña de azúcar; 
San Vicente Pacaya^ que tendrá mil habitantes que trabaian en 
siembras de café. Allí se encuentra una grandísima piedra tra- 
dicional llamada Doña Maria\ flores grandes de madera muy 
curiosas y carbón mineral que arde perfectamente; Dueñas^ en el 
departamento de Sacatepéquez, fué erigido por Alvarado, 
en el sitio en que había él dispuesto sembrar una mih^ 
(maizal) para las viudas de los conquistadores. Está muy a 
ca de la Antigua ese bonito pueblo, al cual le asignan mil ci 
trocientos indígenas. Los terrenos producen maíz, frijol, café 
cochinilla. Alotenango, con mil quinientos habitantes, da b 
ñas maderas, zarzaparrilla, granos y legumbres. Santa Man 
en las faldas del volcán, cuenta unos dos mil quinientos natu 
les, que se ocupan en faenas agrícolas, en tejer sus vestidos y 



184 

elaborar carbón. San Juan del Obispo, fundado por ud virtuoso^ 
diocesano, apenas tiene ochocientos pobladores, y produ- 
ce cochinilla, café, maíz y frijol. San Antonio', da maíz, café, 
frijol y garbanzos, y tiene unos mil indios, que no sólo trabajan 
la tierra sino que fabrican pétales (esteras) y hacen ceñidores, 
fajas y hucpiles. Santa Catarina, que fué fundado por Ignacio 
Bobadilla, y que hoy cuenta como mil habitantes, cuya industria 
jirincípal consiste en tejer cotones y ceñidores. San Andrés, 
!^an Lorenzo, Santiago, Magdalena, Santo Tomás, San Migueli- 
to, San Mateo, San Lucas, Sumpango, San Bartolomé, Xenacó, 
Jocntenango^ Pastores, son otros tantos pueblos que rodean la 
antigua capital del histórico reino de Guatemala, y que á fuerza 
del contacto con gente civilizada, se van aladinando poco á po- 
co. En Cltimal teñan go está Tecpán Guatemala, que tendrá fue- 
ra de los ladinos, unos cinco mil indios, que fabrican telas y 
crían ganados; J*rt/zít??, con buenas minas y plantaciones de ca- 
fé, produce también trigo, maíz y frijol; Comalapa, de unos tres 
mil pobladores, da también trigo y cereales, siendo su industria 
de tejidos de huepiks y zutes (paños). 

Én el oriente de la república de Guatemala hay uno que o- 
tro pueblo de indios; pero ya hoy esta'n casi todos aladinados. 

En el Peten cuéntanse varias poblaciones indígenas y existen 
los lacandones,(in& no tienen por cierto la ferocidad que se les atri- 
buye. Son unos doscientos aborígenes, en la parte del territorio 
de Guatem,ala, que se conservan independientes sobre las márge- 
nes del Usumacinta. Los indios de Izabal se encuentran por Ca- 
habón, Chajal y otros puntos. 

Con vista de esta breve reseña, se comprende que existen 
aún muchas poblaciones de indígenas; pero se hace preciso adver- 
tir que entre ellas las hay de pura raza, como Santa Catarina Ix- 
tahuacán; mientras que otras se hallan mezcladas de ladinos é in- 
dios. En unas, sólo se hablan las antiguas lenguas quiche, cack- 
chiquel, zutujiletc; en otra.s, prevalece el español adulterado. 

De todos modos, para poder establecer cuáles sean los medios 
más eficaces á fin de lograr el mayor avance en la civilización de 
los indios, se hace necesario inquirir qué causas son las que se han 
opuesto á que se desarrollen y progresen. De la misma historia 
de esa desgraciada raza, resultan las siguientes. 



La falta de estímulos que han tenido y la abyección en que 
antaño han estado. Desde el primer día de la conquista, fue- 
""putadoSjOra por irracionales; ora por hombres nacidos como 



185 

siervos á naiura; ora por instrumentos de hacer riquezas; ora por 
personas miserables^ en tutela perpetua; ora por seres inferiores, 
en todo y por todo, al español El indio, á su vez, al cabo de tres 
siglos de opresión y abusos, volvióse suspicaz, taciturno y triste. 
Hoy mismo, decirle á uno ¡indio! es una injuria ó e>: presión des- 
pectiva, que significa rudo, montaraz, bestia de carga. 

El indio carece del estímulo de mejorar su propia condición, 
estímulo que impele á otras razas á emprender obras que requieren 
atención y fuerza de voluntad: habituado durante siglos á no ejer- 
citar su inteligencia, ni á concentrar su atención, los trabajos en 
que se emplea consisten en cargar grandes pesos, andar largas dis- 
tancias, abrir zanjas en la tierra, ó cultivarla de una manera pri- 
mitiva; alguna vez se dedica á alguna industria tosca, pero sin 
cambiar la forma, el gusto ó el material de los artefactos, conti- 
nuando la rutina que siguieron sus antepasados; así fabrica tinajas, 
redes, petates^ instrumentos músicos, exactamente iguales á los que 
fabricarían los antiguos aztecas, quichós y cackchiqueles. No pa- 
rece que en su trabajo tomara parte la inteligencia, sino que obra- 
ra impelido por un mecanismo ó instinto semejante al pájaro, que 
contruye su nido igual á los nidos qne millares de años antes for- 
maron los pájaros de su especie. Convendría, pues, tratar de 
mejorar sus industrias, proporcionándoles modelos, elementos, u- 
tensilios etc. y premiando sus esfuerzos, en Concursos Regionales. 

La separación de la gente de otra raza mantiene al indio en 
los hábitos que heredara de sus mayores: no conoce de la civiliza- 
ción sino sus defectos y sus vicios, y las violencias e injusticias que 
se le hacen sufrir, y por esto se reconcentra en sí mismo y se aso- 
cia únicamente con sus compañeros. Sacarlo,pues,de este aislamien- 
to es un punto esencial para ponerlo en el camino de la mejora de 
sus hábitos; que tenga á la vista otras costumbres y otra manera 
de vivir más fácil y cómoda: que entre en contacto con personas 
de miras más elevadas que las suyas, para que la imitación, que es 
natural en la especie humana, opere insensiblemente un cambio en 
su existencia. Mas por desgracia las personas que hoy tratan á 
los indios lo hacen con tal dureza y desprecio, que los alejan de 
sí y mantienen en ellos la desconfianza y el temor que concibieran 
por los conquistadores; si queremos pues, reformar á los indios, 
debemos comenzar por reformar nuestra conducta hacia ellos; na- 
da importa que en la Constitución se les declare iguales á los de- 
más guatemaltecos, si en la práctica se les consideía poco me 
que brutos. (1) Debe, por lo tanto, emitirse una Ley Prot^'^' 
de Aborígenes. 

El Gobierno, además, por medio de sus subordinados, l. 
emprender la cruzada de hacer que se trate bien á los indios. 



(1) Sociedad Económica— Tomo VI n° 17, página 2* A. B. 



186 

se les estimule y levante. El periodismo, que es palanca podero- 
sa, puede también popularizar las ideas redentoras de esa raza; y 
en los clubs y en la tribuna y en el palpito, es dable hacer que la 
opini(5n se enderece en pro de los aborígenes, estableciéndose ade- 
más Sociedades para su protección y fomento. (1) 



II 



La segunda causa que ha opuesto una barrera ala cultura in- 
diana, son los idiomas primitivos, que mantienen á gran parte de 
los indios como sordo mudos respecto á la porción civilizada de la 
sociedad. Esas lenguas de los aborígenes impiden el contacto de 
la gente ladina con aquellas masas inertes y estacionarias, que se 
concentran en pueblos orientales; que ven con miedo y odio á los 
de otras razas que tantos males les han hecho. Sin hablar caste- 
llano los indios, no comprenden los beneficios de la civilización, y 
sí miran recelosos á los que consideran sus enemigos natos. El sa- 
bio Valle decía que esas lenguas aborígenes son el mayor obstá- 
culo para que entren los indios á formar parte de la república. Des- 
de el tiempo de la colonia, creyeron muchos que los idiomas pri- 
mitivos debían sustituirse por el castellano, á efecto de que no 
permanecieran los pobladores de este suelo aislados de los espa- 
ñoles que venían del otro hemisferio. En el Supremo Consejo de 
las Indias, se discutió si sería mejor obligar á los aborígenes á ha- 
blar sólo castellano, de tal suerte que olvidasen sus lenguas, ó por 
el contrario, si debían los misioneros y catequistas aprenderlas, 
para hacerse entender de ellos. El Concilio Limense III, mandó 
que se les enseñasen las oraciones en sus idiomas y dialectos, sin 
obligarlos á aprender el castellano. Algunas cédulas é instruc- 
ciones recopiladas (2) dispusieron lo mismo, de acuerdo con la 
opinión de Acosta y Garcilaso. El célebre autor de la Política 
Indiana, Don Juan Solórzano y Pereira, distinguido catedrático 
de Salamanca, profundo le'gista, experto en letras sagradas y pro- 
fenas, que había estado dieziocho años en Linia, de cuya Audien- 
cia fué Oidor, y después miembro del Consejo de Indias; ese fa- 
moso doctoren leyes y cánones, dijo siempre la última palabra en 
iirección de los asuntos coloniales, y opinaba que desde un prin- 
'^^ se debió haber enseñado el español á los indios. He aquí 
«labras del famoso autor de la obra "De Indiarum Jure, sive 



I En cada municipalidad debiera nombrarse á uno de los conce- 
'rotector de Indígenas, 

íi. 30, t° VI, Libro I de la Eecopilación. 



187 

de Juxta Indiarum Occidentalium Inquisitione, Acquisitione et Re- 
ten tione": "Pero, sin embargo de lo referido, dice, yo siempre 
me he inclinado más á la opinión contraria, y tengo para mí, que 
en los principios de las poblaciones de estas provincias de Indias, 
hubiera sido fácil y conveniente, haber obligado á todos los indios, 
que iban entrando en la Corona de España, á que aprendieran la 
lengua de ella, y que hoy aún será esto mucho más fácil y conve- 
niente; porque, cuando en los viejos se diera alguna dificultad, no 
dejarán de aprender lo que bastara para entendernos: y en los mu- 
chachos y en los que después fuesen naciendo, no podía haber al- 
guna, pues toman y aprenden con tanta facilidad, cuantas les qui- 
sieran enseñar, como lo dice Erasmo (1). 

Y así, en breve tiempo, estuviera corriente y entablado nues- 
tro idioma ó lenguaje, y se olvidara de suerte el suyo, que ya no 
supiéramos cuál había sido; como lo experimentamos hoy en los 
indios que han quedado en la isla Española y sus adyacentes, aun 
sin haberse puesto cuidado en ello por nuestra parte, como lo ad- 
vierte Bernardo de Aldrete (2). 

Añadiendo luego el ejemplo de nosotros los españoles, que 
en siendo juzgados y gobernados por los romanos, comenzamos, 
ya voluntaria, ya forzosamente á hablar su lengua, de suerte que 
dejamos y olvidamos la propia, y antigua nuestra, en tanto grado, 
que no ha habido quien con certeza pueda averiguar ni decir cuál 
era la que teníamos, aunque han trabajado mucho en inquirirlo 
doctos varones (3)" 

¿Qué sería de los indios, en la época presente, si desde el prin- 
cipio de la conquista, ó por el tiempo en que escribía Solórzano 
Pereira, en el año 1629, se les hubiera enseñado á hablar español? 
Fácil es comprender que actualmente se hallarían confundidos con 
el resto del pueblo, vestidos del mismo modo, y no formando esas 
agrupaciones como galvanizadas,y hoy tan incultas como hace tres- 
cientos años. 

Cumple, pues, poner todo empeño, y emplear cuantos me- 
dios sean posibles, para hacer que los indios hablen español y se 
rocen con los ladinos. (4) Obligúese á los indios á asistir á las 
escuelas en donde se les enseñe el español, y establézcase que los 



(1) Erasm. In adag. fenis mutare linguam. Cicer. T offic. Sermone i 
o uti debemus, qui notus est nobis. \ 

(2) ' Aldret de orig. Ling. Hisp., lib. T, cap. 22. i 

(3) Poza, in alio simili argum. Gregorio López Madera, in lib. j 
Monte Santo Granat. cap. 18, Covarr. in Thesaur. Ling. Hispan. 

Juan de Solórzano y Pereira, Política Indiana, Tom. IL, p. 193. 

(4) El Congreso Constituyente del Estado de Guatemala expidió | 
decreto, que lleva el numero 14, de 29 de Octubre de 1824, dictando j : 
videncias para que hubiese un idioma nacional, y se extinguieran las ' 

guas de los aborígenes. 



1 



188 

municipales y todos los que ejerzan cargos deban saber el caste- 
llano, exonerándose á los que lo hablen y vistan como ladinos, 
del tributo moderado que deben pagar, para invertirse en su 
propia educación y mejora. 



III 



La tercera causa del estancamiento en que se encuentran los 
indios es que no tienen necesidades que los impulsen á progresar, 
ni á salir de esa vida de atonía, semiprimitiva y semibárbara. 
• Con un pobre rancho, sin tener ni cama, ni mueblaje, sino una 
hamaca ó un tapexco^ y una piedra de moler, vive el aborigen 
una vida improductiva y monótona, que no puede entrar en el ca- 
rril del movimiento progresivo. La idea de la Sociedad Econó- 
mica, expuesta y demostrada por Fr. Matías Córdoba y el I'. Mu- 
ro, de procurar que los indios calcen y vistan como los ladinos 
contribuiría á crearles necesidades, que son aguijón para el traba- 
jo, y que acrecentarían la riqueza nacional. (1) Dice Buffon que 
se deben considerar los vestidos como parte de nuestro ser, y que 
hasta los trajes influyen en las costumbres de los hombres. Se 
hace preciso también que los indios paguen una contribución 
equitativa para los gastos que, en pro de ellos mismos, hará el 
Estado. En vez de tanta exacción en cofradías, servicios parroquiales 
\y y otros tequios, bien pudiera hacerse que de un modo prudente 

contribuyeran en algo los indios, salvo los que comprobasen que 
trabajan como colonos ó jornaleros contratados en las fincas, para 
estimular á la vez la agricultura. 



I\ 



T 



La ignorancia en que perpetuamente ha estado sumida la 

pobre raza indiana, es la cuarta causa de ese estado de salvajez en 

que vegeta. Si la civilización significa adelanto, luz, progreso; 

é progreso, ni que luz, ni qué adelanto, caben en esos pueblos 

icionarios, que nada comprenden de su pasado, ni se preocu- 

i por su porvenir? El hombre que no lee, ni escribe, no pue- 

ponerse en contacto con el mundo culto. Nace y muere en 



(1) Si los indios no tuvieran en cada pueblo trajes diversos y pecu- 
'^, habría más roce entre ellos, y no vivirían tan aislados de los ladinos. 



189 

breves años, sin ver mas que lo que abarcan sus ojos, sin otro ho- 
rizonte que el de una existencia material y tosca, sin otra aspira- 
ción que la de vegetar, sin ningún ideal generoso y expansivo. 

Si en Europa y Estados Unidos el pueblo es civilizado, debe- 
lo á las escuelas primarias, que bajo métodos propios esparcen y 
siembran los conocimientos necesarios para que la inteligencia se 
desarrolle y el espíritu se cultive. Las escuelas, son la base de 
la prosperidad y de la república en Norte América. Si en pocos 
anos han conseguido en la patria de Washington el estado de gran- 
deza y libertad, que al mundo asombra, es á causa del sistema de 
pública enseñanza, gratuita, obligatoria y esencialmente práctica. 

El mundo antiguo se civilizó por medio de castas privilegia- 
das. El mundo moderno se ha civilizado, merced ala instrucción 
popular, que funde en un solo pensamiento á la colectividad, es- 
parciendo á la vez el bienestar general. La difusión de los me- 
dios de desenvolver las aptitudes particulares, hace que una colec- 
tividad pueda aprovecharse de los recursos acumulados de la ci- 
vilización. Leibnitz decía: refórmese la educación y se reforma- 
rá el mundo. 

Digámoslo de una vez. Instrucción primaria, práctica y 
educativa, es la que se necesita para esas masas de indios rezaga- 
dos, que constituyen una verdadera remora para el adelanto del 
país. Sí se han hecho esfuerzos en favor de la instrucción, entre 
nosotros, pero no se ha hecho lo bastante. Antes de ahora, mul- 
tiplicábanse las escuelas, sin verdaderos maestros y sin elementos. 
Un pobre hombre que ganaba veinte pesos mensuales, como pre- 
ceptor, teniendo familia, y á quien se solía adeudar seis meses de 
sueldo ¿qué podía hacer? 

Que haya escuelas para los indios, á las cuales se les atraiga, 
y se verá cuan presto se siembran las semillas de la cultura y del 
adelanto entre ellos. Las generaciones venideras recogerán el 
fruto de lo que se plante, por una mano liberal y benéfica, en ese 
sentido. 

Los asilos de maternidad, en los que al propio tiempo que se 
establezcan enseñanzas adecuadas para párvulos^ se alivie á las 
madres, siquiera durante las horas del trabajo material, del cuida- 
do de sus hijos; los hospitales para enfermos desvalidos, regenta- 
dos por Hermanas de la Caridad, no sólo mitigarían en esos pue- 
blos de aborígenes incultos, las necesidades impuestas por la 
desgracia y la pobreza, sino que á la vez serían medios eficac^^ 
de suavizar las costumbres y niorigerar á aquellos desgraciad 

¡Hágase un esfuerzo en pro de los indios, y se mejorar? 
condición. Querer es poder! 

La instrucción primaria debe ser obligatoria entre los inc 
pero cuidando de que no pasen de tres las horas de escuela, á 
de que no impidan á los indizuelos dedicarse á ayudar á sus 
dres en el campo ó en las faenas de la casa. No hay que co*- 



190 

^— . 1 11 ■ ^l^—^w ■ I I ■■ ■ I — — ■^- — ■^■ — ■■ — ■ M H .»!^— ^. I ■»■ M IP ^^^^^—.^ I ■ ■ ■ ■ ■ lililí ■■■ ^■■■ — ^ — —■»■-»■ — ■■-■■— W 

riar al indio, que quiere que sus hijos se acostumbren desde niños 
al trabajo material, para que después no se les haga insoportable, 
ni deben sobrecargarse los ramos de enseñanza, sino limitarse á lo 
más necesario. 

Se p^iede obligar á los indios á mandar á sus hijos á las es- 
cuelas, imponiendo penas á los que no lo hagan, y exonerando 
además, 4e la contribución, al que compruebe que va durante dos 
horaa á la escuela nocturna de primeras letras, ó tiene dos hijos 
por lo menos en las escuelas diurnas. Las nocturnas serán para 
adultos. 

Es indispensable crear una Escuela Normal para maestros 
indígenas^ en donde aprendan bien castellano y los ramos de la 
enseñanza que deben impartir á los de su raza. Con elementos 
asimilables es como mejor se hace cundir la civilización. Sería 
muy conveniente establecer Escuelas Rurales de primeras letras en 
los caseríos aislados, y Escuelas de Agricultura en los principales 
departamentos. 



El vicio más dominante entre la raza indígena es el de la 
embriaguez. Este vicio embrutecedor es la quinta causa que in- 
fluye muy particularmente en el abandono y estulticia en que se 
hallan los descendientes de los primitivos pobladores del suelo 
americano. Basta visitar, por modo rápido, algunos pueblos de 
indios para persuadirse de que la chicha y el aguardiente son 
elementos de destrucción, de pobreza y abatimiento para los 
desgraciados aborígenes. Desde el tiempo en que el famoso So- 
lórzano y Pereira escribió la Política Indiana (1) notábase que 
la borrachera órales á los indios tan dañosa, que podía asegu- 
rarse que más habían muerto del abuso de los licores que de las 
guerras y las pestes. Acosta, Herrera y Garcilaso refieren las 
clases de bebidas que usaban, y explican también lo propensos 
que son los indios á embriagarse. (2) El Concilio Limense 
II y muchas cédulas reales, prescribieron que cuidasen las auto- 
ridades de impedir las borracheras de los indios, dejando que, 

..e los días de fiesta se recreasen en diversiones honestas; 

'■'■^do eso se quedaba escrito, porque lo mismo entonces que 



Libro II, cap. 25, niím. 27. 

Aconta, Déc. 20. — Herrera, Déc. I, Libro V", cap. 12. 



191 

■■■■ ■* ■! ■■ I ■-■ ■»■■ !■ «M» ■■ » ■ .«p ■ ■ ■ ■— - ■ ■ ■■ ■■II ^.^^^^ I I ■ I I ■— ■■ ■ I »»■■■■ 

después, esos infelices han consumido el fruto de su trabajo y sus 
enervadas fuerzas en la chicha y el aguardiente. (1). 

Los propios indios comprenden cuan perjudicial es para 
ellos semejante vicio, y ha habido pueblos, como el de Nahualá 
y el de Santa Catarina, que solicitaron, mucho tiempo hace^ pa- 
gar una cuota a la hacienda pública, con tal.de que no hubiera 
ningún estanquillo dentro de su población. El indio que Uega- 
gaba ebrio, sufría veinticinco azotes, en cuanto le pasaba la 
beodez. 

El mal depende de que siendo la renta de licores uua de las 
más pingües del erario nacional, están interesadas las mismas au- 
toridades en que haya mucho consumo de licores, y no persiguen 
tanto como debieran la embriaguez. Mientras más cunda el vi- 
cio, más crece la renta, y más aumenta la desmoralización y la 
vagancia, y más enfermedades resultan, y más se deterioran las 
razas, y más disminuye la población, y más se amengua la rique- 
za pública. Esta es una verdad palmaria. Si no se pone reme- 
dio á semejante plaga, las consecuencias serán funestísimas. 

Estúdiese la estadística crimhial, y se verá que un setenta y 
cinco por ciento delinque en estado de embriaguez, y que es 
muy raro que los indios cometan un crimen, á no ser impulsados 
por el licor. (2) Están, pues, interesadas la moral, la econo; 
mía política y la higiene pública, en perseguir semajante vicio 
No cabe civilización, ni progreso, ni nada, en donde el pobre 
campesino y el fatigado industrial consumen sus ahorros en acre- 
centar la renta de licores embriagantes. El termómetro más 
exacto del mal estado de un pueblo, es el rápido y crecido desa- 
rrollo de esa renta, amasada con lágrimas y crímenes, conse- 
cuencia ineludible del aumento de la embriaguez. A cada 
paso, en la aldea más miserable, en el cortijo más remoto, se en- 
cuentra la chichería y el estanquillo, en donde debiera estar la 
escuela pública, la granja modelo, la caja de ahorros, el hospi- 
tal, la casa de huérfanos, el asilo maternal, y tantos otros esta- 
blecimientos que civilizan, y mitigan los odios y celos de las cla- 
ses proletarias contra las acomodadas y ricas. Si la Caridad y 
la Filantropía se ostentaran ahí, en vez de Baco y Venus, cuan 
diferente fuera la suerte de nuestros pueblos. (3) 



(1) El auto acordado de 26 de junio de 1,793, fijó penas co 
los ebrios y contra los que expendían licores prohibidos en Guatema 

(2) La estadística arroja sólo 520 indios criminales, por 1,1í^í: 
dinos. Mientras los primeros tienen 1 criminal por cada 2.005, los see 
dos tienen 1 por cada 390; ó sea por cada indio juzgado hay 5 ladin 

(3) En tiempo del gobierno español se trataba de evitar la 
briaguez de los indios, como se puede probar con muchas disposicic 
reales. Por ser curioso se inserta á continuación el bando siguiente: ''"' 
Antonio González Mollinedo y Saravia etc., etc. 



192 



VI 



Es visto, por lo dicho larga y prolijamente en los capítulos 
anteriores, que la propiedad en común de las tierras que los in- 
dios han tenido, constituye una remora grandísima á su riqueza, 
desarrollo y cultura. Desde que el sí^bío don Melchor Gaspar de 
Jovellanos emitió su célebre informe sobre la Ley Agraria, de- 
mostrando cuan funesto era el sistema de baldíos, tierras de co- 
munidad, estancamiento de grandes terrenos en pocas manos 
privilegiadas, mayorazgos y otras instituciones tradicionales, na- 
die puede poner en duda que las leyes españolas, que reglamen- 
taban la agricultura y el dominio rural, eran de todo punto an- 
tieconómicas y nocivas. 

Esas leyes, que constituían un sistema por demás absurdo, 
rigieron en las colonias; y á ellas se debe, en gran modo, el atra- 
so en que se hallaban. Verdad es que la mayor parte han des- 
aparecido en Guatemala, á impulsos de la reforma; pero no es 
menos cierto que todavía trabajan los indios en Comunidad, y 
que ellos no han adquirido terrenos individual sino colectiva- 
mente. 

La ley de redención de censos y la de denuncias de bienes 
ejidales, son, como ya se dijo, leyes muy beneficiosas al país; pe- 



En 9 de setiembi*e de 1801 se publicó por bando la Eeal Cédula de 
igual día y mes de 800, en que S. M. desaprobó en todas sus partes el 
proyecto formado para U libre venta de 1ü bebida regional llamada chicha^ 
por no haberse procedida en su ejecución con arreglo á las Leyes de In- 
dias 51 y 74, del Título 3 lib. 3. Y en su consecuencia, se procedió á la 
total extinción del ramo, provicionalmente establecido por el Señor mi 
antecesor, declarando que el uso de la chicha no se prohibía á los indios, 
pero sí el fabricarla para venderla, y que á las demás castas se entendía 
prohibido de todo punto, y con la generalidad que lo estaba anteriormente. 
Por otro Bando de 26 de octubre del mismo año de 1,801, á consulta 
del N. Ayuntamiento de esta capital, se declaró é hizo saber que la per- 
misión del uso de la chicha á los indios debe entenderse de la dulce y sa- 
ludable, que no puede embriagar, compuesta únicamente dejocoiCj ^^apadu- 
ra V súchiles^ sin que en manera alguna pueda mezclarse otra materia ó es- 
3 que haga más activo, fuerte ó espirituoso su fermento, pues la de 
'. clase, como propensa á pervertir los sentidos, y por esta razón perju- 
alísima á la salud temporal y espiritual, se prohibía expresa y absolu- 
'^Tite: declarando también que el uso de la permitida á los indios era 
alidad de que la fabricasen en sus pueblos ó reducciones, y cada uno 
5U propia casa en corta cantidad, no más que la precisa para refrescar, 
^'^'^ar ó templar los ardores del sol, cuando están en sus tareas ó traba- 
que los mismos indios puedan venderla á los de su propia clase, 
-" 1 orminos pública ni privadamente en poca ó nmcha cantidad. 

14 




193 

ro por lo que hace á los indios, eti vez de haberles facilitado la 
adquisición de terrenos, no se ha hecho más que, á la sombra 
de ellas, extorsionarlos con exacciones ilegales y tributos extraor- 
dinarios^ para dejarles, como por favor, algunos de sus terrenos. 
Cuántas veces, en tiempos pasados, ordenaba un jefe á un pue- 
blo de indios que, si no pagaban unos cuantos miles de pesos, se 
procedería á despojarlos de sus tierras 

Los terrenos de Pamaxán y otros muchos, propios para ca- 
fé, han sido arrebatados á los indios, y en vez de dárselos á ellos 
mismos, en lotes particulares, que constituyesen su propiedad 
privada, se los han repartido unos cuantos que, á título de polí- 
ticos de encrucijada ó estadistas de baratillo, se han hecho unos 
Cresos en pocos años. 

El sistema ha sido quitar á los indios sus terrenos; obligarlos 
á trabajar como esclavos por medio de mandamientos; no pagar- 
les por su rudo trabajo, en las fincas de ciertos potentados, más 
que un cuartillo de real diario; venderles á rodo chicha y aguar- 
diente; mantenerlos en la más crasa estupidez; en una palabra, 
tratarlos peor que los tratara el férreo conquistador del siglo 
XVI 6 el bárbaro encomendero de horca y cuchillo. 

Hoy que el Gobierno trata de que se civilicen y mejoren 
de condición, preciso se hace remoypr de raíz los estorbos mo- 
rales y materiales que á ello se oponen. Es menester procurar 



Noticioso ahora de que estas providencias, aunque de pronto se eje- 
cutaron con el mayor celo, después no han producido él efecto que era de 
desear, y que continúa el uso de la chicha con notable exceso, no sólo de 
la saludable y permitida á los indios en sus habitaciones, sino de la mez- 
clada y muy nociva á la salud, originándose las embriagueces y desórde- 
nes que en todo tiempo se han perseguido y castigado con el merecido ri- 
gor. Examinada de nuevo la materia, y siguiendo el espíritu de dichas 
providencias, leyes y bandos anteriores, acerca de ella publicadas, he veni- 
do en resolver y mandar lo siguiente: 

1? — Las declaratorias contenidas en el Bando de 26 de octubre de 801, 
de que se ha hecho mención, se observarán rigurosamente, sin interpreta- 
ción alguna 

29 — En su consecuencia, queda prohibida por punto general toda ne- 
gociación y venta de chicha, sea de la saludable, permitida á sólo los indios 
en sus habitaciones, ó de la dañosa, que enteramente se ha de extinguir 
dondequiera que se encuentre. 

39 — Los que vendan chicha, de cualquier clase que sea, á más r"-"^ 
perdimiento instantáneo del licor, y de las vasijas en que se aprehen< 
sufrirán irremisiblemente las penas del acordado de la Real Sala del f 
men de 26 de noviembre de 1,801; á saber: los españoles, indios c 
ques, justicias ó principales, un mes de servicio de obras publicas: los 
más indios veinticinco azotes á la picota; los mulatos ó mestizos de 
guna reputación, dos meses de obras púbUcas; los demás de esta clase, 1 
gazanes, vagamundos, desconocidos y pordioseros, veinticinco azotes y 
mes de obras públicas: las mujeres españolas quince días de reclusiór 



194 

que los indios (si no todos, por lo menos los acomodados) ten- 
gan propiedades ríisticas particulares, y que dejen de trabajar 
para el común^ y de vivir como han vivido, á estilo oriental 
de tribus primitivas. , Por medio de una ley, que al efecto 
se dictara, y con la cooperación de las autoridades departa- 
mentales, se lograría realizar ese objetivo, que es de la ma- 
yor importancia. Se podría distribuir por lotes algunos terre- 
nos entre varios de los pueblos de indios, extendiéndose á ca- 
da indio agraciado él título de propiedad de su lote respectivo, 
que debería ser inscrito en el Registro,, sin que pudiera eneije- 
narlo ni gravarlo durante diez año?, á fin de que no hubiese 
riesgo de que se lo arrebatase el ladino. El sistema de propie- 
dad particular del suelo, dice Guizot, es eminentemente civiliza- 
dor. Ya es tiempo de amparar los derechos de las dos terceras 
partes de la población de Guatemala, de la raza indígena, que 
ha vivido vilipendiada, arrojada dú sus hogares y tierras, y su- 
mida en oprobiosa servidumbre. "En esta parte, los principios 
de justicia van de acuerdo con los de la economía civil, y están 
confirmados por la experiencia. El aprecio de la propiedad es 
siempre la medida de su cuidado. El hombre la ama como 
una prenda de su subsistencia, porque vivé de ella; como un ob- 
jeto de su ambición, porque mandfei en ella; como un seguro de 



un mes á las indias y demás castas; entendiéndose estas penas por la pri- 
mera vez, doblándose á la segunda, y formándose causa á la tercera, para 
proceder á mayor castigo. 

49 — Para la imposición de dichas penas será suficiente la aprehensión 
de la chicha, constante por fe de escribano, ó testigos en su defecto, ó 
parte jurado del juez aprehensor. 

o? — Al celarse y perseguirse la clandestinidad de las fábricas y ven- 
tas de aguardiente de caña, conforme al particular reglamento de este ra- 
mo, se perseguirá también toda fábrica y venta de chicha, en cualquier 
sitio ó paraje donde se sospeche ó tenga noticia de que la haya. 

6? — Si los reos de este delito tuviesen licores se embargarán, y á pro- 
porción de ellos y sin perjuicio de dichas penas aflictivas, se les exigirá 
una multa, aplicada íntegramente á los aprehensores, ó por mitad entre és- 
tos y los denunciantes si los hubiese, declarando el respectivo juez de 
cuanto deba ser, segiín los casos, personas y facultades de los reos, y cui- 
dando de su justa distribución. 

79— Todos los jueces, justicias, ministros y empleados públicos, cada 

o en lo que le corresponda, celarán el cumplimiento de estas providen- 

\ y concurrirán ásn rigurosa ejecución, bajo responsabilidad que se 

declare, si al ver ó tener noticia del menor desorden de esta clase, no 

^'^"ran su pronto y eficaz remedio. 

59 — Al N. Ayuntamiento de esta ca{)ital se pasará el conveniente 

3 para que según la promesa que sus individuos hicieron en el afio de 

\ ejercite toda su vigilancia en este importante asunto; comunicándose 

lismo fin por circular á los jueces, y de ruego y encargo á los prelados 

"^Ksticos. 

do etc., á 29 de octubre de 1,804." 



nn/^ 



195 

SU duración, y si puede decirse así, como un anuncio de su in- 
mortalidad, porque labra sobre ella la suerte de su descenden- 
cia. Por eso este amor es mirado como la fuente de toda bue- 
na industria, y á él se deben los prodigiosos adelantamientos que 
el ingenio j el trabajo han hecho en el arte de cultivar la tierra. 
De ahí es^ que las leyes que protegen el aprovechamiento exclu- 
sivo de la propiedad, fortifican este amor; las que le comunican 
le amenguan y debilitan; aquéllas aguijan el interés individual, y 
éstas le entorpecen: las primeras son favorables, las segundas in- 
justas y funestas al progreso de la agricultura." (1) 



VII 



Los malos tratamientos dados á los indios por los ladinos^ 
que se han creído superiores á ellos desde los primeros tiempos 
de la conquista; el haberlos considerado como bestias de carga; 
el haberlos visto con desprecio y crueldad, como si no fuesen 
hombres; el no haber hallado esos parias ningún amparo en las 
autoridades; el haberlos obligado ¿í trabajar, como si fueran sier- 
vos, llevándolos á remotas distancias, cuando acaso su mujer ó 
sus hijos quedaban moribundos en el infeliz rancho; todo ello ha 
contribuido á apagar en esa raza digna de mejor suerte, hasta la 
esperanza de levantarse al nivel de la dignidad y de la civiliza- 
ción. Hay que trabajar con energía para que salga de la pos- 
tración en que yace. (2) 

Fácil es organizar en cada departamento Sociedades Sucur- 
sales Protectoras de los Indios^ que tengan un centro aquí en la 
capital, en donde esté La Sociedad Central Protectora de los In- 
dios^ con el objeto de fomentar todo lo que tienda á la civiliza- 
ción y mejoramiento de esa raza, como sería el procurar la me- 
jora y progreso de sus rústicas viviendas, de los medios que em- 
plean en sus cultivos agrícolas; hacer que usaran máquinas y u- 
tensilios nuevos; velar por que se cumplan las leyes favorables á 
los indios; procurar la extirpación de los graves abusos de cofra- 
días de que largamente he lia blado, etc. Esas Asociaciones Pro- 
tectoras de' los Indios, ampj¿^4idas y eficazmente protegidas p^r 
el Gobierno y por las autoridades departamentales, influirían n 
ral, intelectual y materialmente, en desvanecer los obstáculos c 



(1) Don Melchor Gaspar de Jovellanos. Ley Agraria, pag. 30. 

(2) Es oportuno citar aquí el Auto acordado de la Real Audi 
cia de Guatemala, de 8 de Abril de 1802, mandando no imponer •" — 
azotes á los indios que hubiesen servido cargos concejiles. 



1 
i 



i 

I 



• 



9 



196 

evitan el desenvolvimiento y cultura de nuestros aborígenes. Si 
en Londres, en Nueva York y en otras muchas metrópolis, se re- 
vela la filantropía hasta en sociedades protectoras de los anima- 
les ¿por qué no hemos nosotros de tener con muy buenos resnl- 
tados, sociedades que amparen á los indios? Levántese una cru- 
zada en favor de ellos; que la chispa del entusiasmo prenda en 
los corazones generosos, y aquí en Guatemala, qne hay senti- 
mientos elevados y nobles, se podrá hacer mucho por los primi- 
tivos dueños del suelo en que nos tocó nacer. 



VIII 



Sería inútil repetir, cuanto en capítulo separado, háse dicho 
con relación á los mandamientos ¡ pero es preciso apuntar aquí que 
esa bárbara práctica, ó costumbre, ó abuso incalificable, ó como se 
le quiera llamar, constituye una de las principales causas que no 
sólo evitan el que los indios puedan civilizarse, sino que los em- 
pujará rápidan\ente á su destrucción y ruina. (1) 

Los mandamientos deben suprimirse cuanto antes, combinan- 
do á la vez los intereses de la agricultura, como se ha explicado 
por extenso en el capítulo segundo. 



IX 



La indolencia y pereza del indio, que son vicios inherentes 
á la manera en que ha vivido, forman también un poderoso mo- 
tivo, un obstáculo fuerte, que hay que tener en cuenta al plantear 
el problema de su redención y mejoramiento. Como si los po- 
bres naturales de esta tierra, al verla en poder de otra raza, se 
hubieran creído moralmente muertos, así se han postrado en la 
inercia, se han dejado caer, como el camello del árabe, que pre- 
fiere sucumbir antes que dar un paso más cuando se fatiga; se 
han vuelto indolentes, suspicaces y perezosos. Hay que tener 



U.O 



) Esta obra fué presentada al Ministerio de Instrucción Pública el 

oeptiembre de 1893. — Los mandamientos se suprimieron por decreto 

^ernativo de 23 de Octubre del mismo año; ley que honra altamente al Gral. 

"""osé M. Eeyna Barrios, presidente de la república de Guatemala, quien 

lido la gloria de devolver la libertad á los desgraciados indígenas, por 

'" '^i^ríiización se ioteresa con patriótico entusiasmo. 



197 

en cuenta esos rasgos distintivos de la fisonomía de la raza in, 
diana. No porque abogue yo por la abolición de los mandamientos 
estoy en favor de la holgazanería y de la inaccicm de los indios. 
Creo que sería el caso de dictar una ley especial de indios vagos^ 
en la que se impusiesen penas adecuadas á todos aquellos que no 
trabajen como propietarios, colono?, industriales, etc. y obligar 
al servicio militar especial para los indios á los que no acrediten 
que son trabajadores. Se debería además crear Jueces de Agri- 
cultura^ que velasen acerca del trabajo de los indios y de las 
cuestiones que se susciten entre ellos y los patrones. 



X 



Otra causa que influye por manera directa, en el estanca- 
miento de los pueblos de indios es que, muchos de ellos forman 
colectividades numerosas concentradas en sí mismas, sin expan- 
sión ni roce con los demás pueblos. Todos los indios de una 
parcialidad se visten del mismo modo, así como se vistieron sus 
antepasados hace miles de años; se casan entre ellos; allí se mul- 
tiplican y extienden sin ningún elemento extraíío; y viven y mue- 
ren, y van pasando de generación en generación, sin que la ma- 
no del tiempo los impulse hacia adelante en la senda *del pro- 
greso. A estilo hebreo ó chinesco, los indios están aislados, re- 
volviéndose entre ellos y moviéndose en un círculo muy estrecho. 
Hay en esas masas primitivas, algo de la fuerza de atracción con- 
céntrica que se nota en el mundo sideral. Las naciones antiguas 
todas tendían á ese aislamiento, á esa centralización, mientras 
que las naciones modernas pugnan cada día más por el roce y 
la amalgama y la comunidad, que conducen al adelanto en todos 
sentidos, y que puede decirse, forman el espíritu de la civili- 
zación moderna. En el movimiento está la vida. Hay que ha- 
cer, pues, por que esos pueblos á que me refiero, y que son nu- 
merosos en Guatemala, se muevan, se rocen con el resto de la 
población culta, tomen parte en la cosa pública; en una palabra, 
que no vivan formando un status in statu^ ó mejor dicho, un can- 
cro en el cuerpo social. Que se reduzcan á pueblos los caser:-^- 
dispersos y que prudentemente se procure dividir las poblac 
nes muy densas. 

Anacronismos vivientes son esas masas humanas en Améri- 
á fines del siglo XIX. Al ver unos veinte ó treinta mil indios, 
€sos que llevan un turbante blanco en la cabeza, una chupa I 
gada negra, y anchos calzones obscuros, con las pantorrillas 
aire, y sandalias toscas; todos del mismo color, en ese traj^ *" 



I 



I 



198 

diluviano, parecen exhumados de repente, allá por los tiempos 
precolombinos. Fué curioso y digno de estudio, á ese respecto, 
el espectáculo que ofrecían en la procesión con que se celebró 
en esta capital, el cuarto centenario del descubrimiento de Amé- 
rica, las agrupaciones indígenas que de cada pueblo vinieron. 
Había allí de toda clase de trajes y de idiomas, según el origen 
de cada municipio; era aquella una exhibición ambulante, muy 
propia y ütil para el estudio de la arqueología, la etnografía, la 
lingüística y la indumentaria; pero que, al propio tiempo, reflejaba 
el atraso de miles de años, de esos pueblos que estacionarios han 
ido sobreviviendo ante el progreso, sin entrar en los rieles de la 
moderna cultura. Ksos desgraciados indios, celebrando por niodo 
automático el descubrimiento de América, sólo serían compara- 
bles á los moribundos gladiadores romanos, que exclamaban en 
honor del César ¡Morituri te salutant! 

Convendría, pues, para remover aquella causa de estanca- 
miento indígena, que se procurara hacer que los aborígenes vis- 
tieran y calzaran ¿ estilo de los ladinos,como lo deseaba el célebre 
Fr. Matías Córdoba, con lo cual también se conseguiría que consu- 
mieran algo en el comercio general y produjeran más en pro de la 
riqueza publica. 

Podríase establecer que en las municipalidades no obtuvie- 
ran cargos, sino los que se vistiesen como la generalidad. En los 
pueblos de ladinos é indios debería haber municipalidades mixtas; 
pero vestidos los indios como ladinos. Se podría prevenir que 
los que permanecieran vestidos á estilo indígena, prestaran cier- 
tos servicios onerosos, mientras que sería oportuno hacer conce- 
siones favorables á los que abandonaran sus trajes, ellos y sus fa- 
milias, y hablaran espaiiol. (1) Influye más de lo que se cree, 
el idioma y el vestido antiguo de los indios. Son remoras al 
progreso. En Chile, gracias á la configuración del territorio, á 
liues del siglo XVII, el castellano era el idioma general, desde 
Atacama hasta las márgenes del Bío Bío. 

Kn El Salvador, aunque la mayoría de los habitantes es de 
indios pipiles ó mezclados,ja entraron todos en el movimiento ge- 
neral, en el comercio de la república; porque hablan castellano y 
no Hsan trajes primitivos. Todos son soldados; la mayor parte 
es de agricultores, y contribuyen sin excepción á formar lá ri- 
queza pública. Es que allí se han rozado los unos con los otros, 
f'xisten esas masas de millares de indios, con municipalida- 



, Así lo decretó últimamente la Asamblea Nacional Legislativa, á 
m del autor de esta obra, quien propuso en la Oomisión^Extraordina- 
-•le exceptuara del servicio de zapadores álos indios que sabiendo leer 
■^'f se vistiesen de ladinos, ellos y sus familias. 



199 

des indígenas y gobernadores suyos, hablando quiche, cackchiquel^ 
zutujil y tantos otros dialectos como hay aquí en Guatemala. 

En la Argentina, al desalojar las tribus salvajes déla Patago- 
nia, se disolvió la familia indiana y se dispersaron sus miembros 
entre todas las provincias argentinas; los hombres, en número na 
pequeño, fueron al ejercito y á la armada (1). La raza india se 
fusionó con la parte culta del país. Hay, pues, que procurar el 
movimiento y fusión de la raza indígena primitiva con los demás 
elementos de cultura que existen en Guatemala. 



XI 



Si en las escuelas de indígenas, y además, por medio de los 
alcaldes, gobernadores, jefes políticos, curas, sociedades protecto> 
ras de los indios, y autoridades superiores, se procurara, valién- 
dose de procedimientos suaves, que fueran los aborígenes cam- 
biando de manera de vivir, en el sentido de usar camas y algunos 
otros muebles indispensables, aun á gente ruda; se habría logrado- 
mucho, ya que nunca fué la fuerza el ínedio conveniente para dul- 
cificar las costumbres, ni para introducir en el hogar los elemen- 
tos de la cultura y de la dicha. 

Si los reyes indios y los nobles de aquella raza desgraciada 
tuvieron en sus mesas, antes de la conquista, platos de oro, sober- 
bias jicaras de conchas de mar, y vajilla de riquísimo barro de 
CholoUan (2), que siquiera usen los actuales aborígenes los mue- 
bles y utensilios que la mediana cultura demanda. 

Los dueños de fincas deberían estar obligados á proporcionar 
á sus colonos y mozos siquiera unas tarimas para que durmiesen 
dentro del agreste rancho, después de las duras faenas de la labran- 
za. Aquí en Guatemala, que por todas partes abundan buenas 
maderas, no pudiera estimarse como gravamen muy grande el o- 
frecer á los peones un modo higiénico de descansar, dado que el 
tapexco^ cuando no el suelo puro, es lecho harto primitivo. Si se 
consultan las leyes rurales de otras partes, se podrá ver que es obli- 
gación de los patrones proporcionar á sus sirvientes siquiera una 
pobre cama y sana vivienda, ya que no es posible exigir comodi- 
dades y completo bienestar para aquellos á quienes la fortunr 
favoreció con sus halagos. 

Que además, se les garantice en sus personas y pequeño 



(1) Vicente G. Quesada ^'La sociedad hispano-americana, bajo 
minación espafíola" — Madrid — 1893 Introducción. 

(2) México al través de los siglos, t** I, p. 820. 



[• 



200 

beres, no solamente por las leyes escritas,sino en los procedimien- 
tos^ diarios; puesto que casi no hay ladino^ sobre todo de esos de 
pueblo, que no se crea con derecho de ultrajar, vejar y deprimir 
al indio. Al respecto de esos abusos incalificables, es deber es- 
tricto de todas las autoridades reprimirlos cual lo demandan la jus- 
ticia y la humanidad. Si durante la colonia se ampararon los in- 
dígenas bajo el manto de amor y de caridad de un Fray Bartolo- 
mé de las Casas, que los ampare hoy el escudo de la Ley. 



XII 



Y á proposito de ese último punto, la falta de disposiciones 
encaminadas á garantizar el trabajo rural, a reglamentarlo y pro- 
tegerlo, se deja sentir entre nosotros, con grave perjuicio de la 
agricultura y de sus peones, que son por lo común indios. Repi- 
to que un Código Raral^ análogo á los que en otras repúblicas exis- 
ten, sería muy benefici(»so al país* Como largamente hablo, en el 
capítulo II de esta última parte, sobre esa materia, que es de tras- 
cendental importancia, cumple sólo encarecer aquí que se estudie, 
forme y emita esa compilación de leyes, que tanto fomentará el 
progreso nacional, favoreciendo á la vez á los patrones y á los 
trabajadores; en una palabra, á la agricultura. 

Si el gobierno; la prensa; las sociedades protectoras de los in- 
dios y sus sucursales; los jefes políticos; y la gente sensata; hacen 
un esfuerzo en pro de los aborígenes, empeñándose patrióticamen- 
te en remover las causas mencionadas, que se oponen al mayor 
avance de la civilización de los indios, llegarán éstos á ser facto- 
res más útiles en la máquina social. Ese millón de parias, que 
hoy no forman parte de la república, serán en las generaciones 
próximas otros tantos ciudadanos (1). 

Se debe procurar la inmigración extranjera; pero esforcémo- 
nos también por que salgan de la rudeza en que están esos infeli- 
ces, que son guatemaltecos, que aquí nacieron, y que constituyen 
más de las dos terceras partes de nuestra población. 

Con justicia exclamaba una literata insigne: ''Amo con amor 

de ^ternura á la raza indígena, por lo mismo que he observado de 

^^ sus costumbres, encantadoras por su sencillez, y la abyección 

ue someten esa raza aquellos mandones de villorrio, que si va- 

' de nombre, no degeneran siquiera del epíteto de tiranos. No 



El censo último arroja 1.0-i2,85l indios y 467.475 ladinos. To- 



*^26 habitantes. 






201 

otra cosa son, en lo general, los curas, gobernadores, caciques y 
alcaldes." (1) 

Empréndase con fe la gloriosa cruzada de mejorar la suerte 
de loa indios. La onda sonora que la civilización moderna hace 
repercutir al través del siglo XIX, debe llegar al fin á esa desven- 
turada raza. 

¡Las sombras ilustres de Colón y de Las Casas demandan que 
se redima al aborigen de América! 



''OMNIA EX LABORE" 



(1) ^^Aves sin nidó'\ por la escritora peruana, señora Matto de ^ 
ner. 



^ 



índice 



«■»»#« 4»» 



Páginas. 



Advertencia 

Introducción 6 



«»» > ♦ < 4»' 



PRIMBRA PARXB 



Tiempos precolombinos, 6 los indios antes del descu- 
brimiento de América 



■•» > # < <•' 



CAPITUIiO I 

í 

! 



I^ 



llGEIí DEL HOMBRE AMERICANO, SUS RAZAS É IDIOMAS 

SUMARIO 

rersas opiniones acerca del origen de los indios. — Inmigra- 
-Manera cómo han podido verificarse. —Teoría del abate- Bras- 
Bourbourg. — Remotísima antigüedad del hombre americano. 



203 



Pásinaa. 



Eazas indígenas di versas. — Existen algunas tribus que parecen blan- 
cas. — Opinión de Mr. Bennet Dowler acerca del tiempo que lleva el 
Nuevo Mundo de estar habitado por hombres. — Lenguas que encon 
traron los españoles al llegar á América. — No hay analogía éntrelos 
idiomas de éste y del Antiguo Continente. — Craacteres de las len- 
guas americanas. — Opinión de Bancroft sobre dichas lenguas. — Gru- 
pos de civilización qne fija el Dr. Berendt en Centro- América, con re- 
lación á las lenguas. — Idiomas que se hablaban en Méjico al tiempo 
de la conquista. — El quichua y el aimará en la América del Sur. — Se 
rebate la opinión del abate Brasseur de Bourbourg de que el maya 
viene del latín. — Gramáticas de las lenguas de los indios de Centro 
América — Doctrina Cristiana, en cackchiquel, por el primer obispo 
de Guatemala, señor Marroquín. 



CAPITULO II 

/ 



Tribus barbaras y naciones civilizadas del Nuevo 
Mundo, particularmente las del istmo centro- 
americano 

SUMARIO 

Tribus que poblaban las orillas del Mississipí. — Diferencias que 
las distinguían de la^ otras de la América del Norte. —Lo que dice de 
ellas Mr. Jocqueville. — Indios del norte de Nueva España. — Descrip- 
ción que de ellos hace el Barón de Humboldt — Tribus bárbaras de 
Méjico. — Aborígenes semi-salvajes de Centro- América. — Naciones ci- 
vilizadas del Nuevo Mundo. — Estado de progreso de los aztecas. — 
Diferente cultura de las naciones de Centro- América, el Perú y Méji- 
co. — Primitivos pobladores de Guatemala. — Balan Votan. — Los na- 
huas ó nahoas. — Origen de los quichés, cakchiqueles, zutujiles j ma- 
mes. — Fastos de la monarquía quiche. — El Memorial deTecpán Ati- 
tlán. — Diversos pueblos que existían en Guatemala — La opulenta 
Utatlán, corte de los reyes quichés. — Su palacio, fortaleza, colegios, ] 

suntuosidad y esplendor. — El reino cakchiquel. — Cómo estaban esos 
reinos cuando vinieron á conquistarlos los españoles. — Sus ruinas de- 
muestran la civilización pue tuvieron en tiempos antiguos. — Los in- 
cas, su cultura y desarrollo. 14 



204 



CAPITULO III 



Teogonia de los indios de Guatemala, sus ritos y 
ceremonias religiosas, sacrificios, altares, tem- 
plos, sacerdotes y fiestas 

SUMARIO 

Interés que se ha tomado en los últimos tiempos en penetrar los 
mistérica de la religión de nuestros indios. — El sabio Max Müller 
consagra á Guatemala un erudito estudio sobre su teogonia antigua — 
El libro de los salvajes. — El Popol-vuh. —Autenticidad que tiene ese 
"Libro del Pueblo", ósea Biblia de los Quichés. — Cuándo fué descu- 
bierto el manuscrito del Popol-vuh.— La traducción de Jiménez. — 
Las opiniones de Brasseur de Bourbourg. — Es muy posible que los 
autores del manuscrito hayan sufrido influencia de las ideas europeas 
y cristianas. — Extractos del Popol-vuh. — El Génesis quiche. — Ani- 
males dotados de palabra y razón. — Eesurrección de héroes. — La con- 
fusión de las lenguas. — Emigraciones de Oriente. — Cómo termina el 
Popol-vuh. — Los indios de Guatemala eran muy fanáticos y supersti- 
ciosos. — Los brujos, — El indio jamás se creía solo, sino rodeado de obje- 
tos que contenían espíritus ocultos. — La vida futura. — El miedo era la 
base de la religión de los aborígenes. — Particularidades religiosas de 
los indios Choles y mames de la Verapaz. — Los indios de Guatemala 
dividían sus dioses entres clases. — Cuáles eran éstas. — De los sacerdo- 
tes, vírgenes y sacerdotisas. — Loque escribe Brancroft acerca de ellos. 
— Altares, templos, sacrificios y fiestas religiosas de los indios de Gua- 
temala — Los calpules. —Solemnidades religiosas. — Cómo dejaban las 
cabezas de los sacrificados clavadas en astas. — De los mitotes. -Sacri- > 

ficios especiales en favor de las sementeras. — El sacrificio de la caza. 27 



CAPITULO IV 



Sistema de Gobierno é instituciones roLÍTiCAs que 

TENÍAK LOS INDIOS T PARTÍCULA BM ES TP: LOS DE GUA- 
TEMALA. Ceremonias de la coronación y oit- 

DEN DE SUCEDER EN LA MONARQUÍA. 

SUMARIO 

Gobiernos de MiSjico y el Perú.— El Gobierno de los pui'bloa del 
istmo centro-americano era monárquico alisoluto.— Consejeros lí Oido- 
res que había en lo político y en lo judicial. — En Hondura." no había 
reyes hereditarios, sino jueces elegidos por el pueblo. — Cómo se proce- 
día á la elección de los reyes. — Presentes que ofrecían al nui'vo sobe- 
rano. — Ceremonias de la elección. — La coronación. — La ficstü Temo- 
huá. — Arenga del gran sacerdote. — La jura del monarca. — Cuatro días 
de ayuno que observaba el rey.— Toma de posesión del gobierna — 
Los palaciegos. — Ceremonial de audiencias i'eales. — Cómo iba el rey 
en las calles. — Etiqueta de la mesa, — Despensas y botilleriaa— Orden 
de sucesión de los señoríos de Guatemala. — Consejo supremo del mo- 
narca del Quiche. — Tenientes del rey. — Leyes penales contra el sobe- 
rana — Opinión de Bancroít sobre el orden de sucesión en las monar- 
quías de Guatemala 



CAPITULO V 



Leyes civiles y penales de los indios antes de la 

conquista, y en especial las de los poliladokes 

DEL ISTMO Centro- América NO 



SUMARIO 



La propiedad entre los indios. — La familia indígena de Amírics 
— La poligamia.— El matrimonia- Solemnidades y ceremonias coi 
que se celebraba.— Manera de vivir de los macehual es.— Jueces y Tri 
bunales. — Castigos que comunmente empleaban lo.= indios. — Pena 



206 



contra los tiranos. — Manera de castigar los delitos de lesa majestad, el 
robo, el hurto, el estupro, el adulterio, el incendio, la impiedad y otros 
delitos. — Penas contra el simarrón, — Las leyes penales en los reinos 
quiche, cakchiquel y zutujiL — Manera de computar los grados de pa- 
rentesco. — ^Varias penas que aplicaban á diversos delitos. — Informe 

que el Oidor de Guatemala, Licenciado Don Diego García, dirigió al 
rey de España sobre esos puntos. 



53 



CAPITULO VI 



La instrucción pública enti:e los indios de Guatema- 
la. Nociones de orden científico que tenían. 
La poesía, el teatro, la música, en América, 
antes de la conquista española. Fies- 
tas Y diversiones de los indios 

SUMARIO 



Cómo e<lueaban los mayas á sus hijos. — Escuelas y colegios en el 
Quiche. — Ramos que estudiaban. — El historiador Bancroft contiene 
datos curiosos sobre las letras, entre los indios de Guatemala. — Cómo 
contaban el tiempo. — Cuándo comenzaba el año. — Libros que escribían 
los aborígenes. — Papel que hacían en Amatitlán. — Los pobladores de 
Nicaragua tenían efemérides escritas.— El Manuscrito Mejicano. — El 
Código de Dresden. — El Manuscrito Troano. — Conocimientos que te- 
nían los indios en ciencias naturales. — Nociones astronómicas. — La 
poesía indiana. — Los avaricos 6 poetas pcrutános. — Las odas de Neza- 
hualcoyotl. — La poesía quichua — Poesía popular de nuestros indios. 
— Las representaciones teatrales. — La fiesta de Balsa. — El baile del 
Tun y otras diversiones de los indios. — La danza del Toncontín. — El 
baile de San Pedro y San Juan Bautista.— Descripción que hace de 
esas danzas el Padre Tomás Gage. — Confesión de sus pecados que los 
indios hacían después de decapitar á San Juan Bautista — Cómo esa 
X fiesta revela bien el carácter de los primitivos pobladores de 



59 



I»» » # < 4 » 



207 



CAPITULO VII 



Estudio histórico crítico acerca de la civilización y 

estado de cultura en que se hallaban los indios 

DE Centro- América, al ser descubierto el 

Nuevo Mundo por Cristóbal Colón 

SUMARIO 

Numerosas y grandes ciudades que hallaron los. conquistadores 
en América. — Ocupaciones á que se entregaban los indios. — Cómo se 
encontraba la propiedad rural en los pueblos aborígenes. — Tierras rea- 
lengas, comunes y del culto. — El Calpullec que velaba por los intere- 
ses generales. — Los rebaños eran del rey. — En qué consistía el tributo 
real. — Los indios estaban regidos militarmente. Debían dar uno de 
sus hijos, por cada tres que tuvieran, para sacrificios o como esclavos. 
— ^Población de Centro- América antes de la venida de los españoles. — 
Opulencia del reino del Quiche. — Peste asoladora en el año 1520. — 
La sífilis en América y en Europa — Industrias de los indios de Gua- 
temala. — Las j .>yas, obras de oro y plata, tisúes finísimos y mosaicos 
de plumas. — La medicina entre los indios. — Remedios para curar di- 
versas enfermedades. — Cómo curaban la enfermedad venérea -r- Aplica- 
ción de la carne de lagartijas. — Memoria del Protomédico de Guatema- 
la, Dr. don José Flores sobre ese remedio. —Empleo del achiote. — Re-, 
ducciónde lujaciones. — Sangrías. — Embalsamamiento de cadáveres. — 
V estidos que usaban los indios de Guatemala -r-Utensilios y costum- 
bres domésticas. — Sacrificios y usos bárbaros. — Baile libidinoso llama- 
do Oxtún. — Castigo impuesto á los indios de Alotenango, por haber 
pretendido bailarlo. — Los pipiles del Salvador. — Los chontales de 
Honduras. — Los talamancas, guaimies y chorotegas de Costa-Rica — 
Informe del Oidor de la Real Audiencia de Guatemala, don Diego Gar- 
cía del Palacio al rey de España — Eran independientes de Moctezuma 
los reinos del Quiche, Guatemala y Atitlán. — Célebres ciudades de 
esos reinos. — Cómo fueron subyugados por los españoles. — Violación 
de la célebre princesa Xuchil 78 



«•»»#< 4»» 



-1 



SEGUNDA parte: 



Los indios durante la dominación española en 
América 



CAPITULO I 



Poderío español, bégimen colonial, y suerte reser- 
vada Á L09 INDIOS COTT LA CONQUISTA 



Poderío de España eoel aiglo XVI — No ha habido conquista sin 
ntroeas crímenes. — Despotismo, centralismo y errores económicos de 
la Península, — La ley cohibía la libertad y el anatema religioso domi- 
naba la razón. — A los indios se les trataba con dureza y crueldad. — 
Se popularizó la idea de que no eran hombres. — Loa reyes de España, 
sin embargo, pusieron empeño en proteger á los indios, — La reina do- 
ña Isabel la Católica tuvo á mal á Colón que loa hiciese esclavos. — 
Carlos V y Felipe II, expidieron leyes favorables á loa indios. — La 

ecopilación de las Leyes de Indias, — Obstáculos que á su cumpli- 
'iento se oponían. — Antes de los comienzos del siglo XVII ya había 

sminuído en más de la mitad la población indígena americana. 



209 



^riM^Hn««Hirt^MI^«^Ma^Íta«^M^MM^-^ 



CAPITULO II 



Las Leyes deündias 



SUMAEIO 



Carácter y tendencias de las Leyes de Indias. — Noble conducta 
de Felipe IV para con los indios. — Pragmática de don Carlos IL — 
Privilegios en favor de los indios. — Conducta de. los conquistadores. — 
El interés pudo más en América que la elevada actitud de los monar- 
cas españoles. — Informe del arzobispo don Cayetano Francos y Mon- 
roy acerca de la condición de los aborígenes. — Cómo se desvirtuaban 
las filantrópicas miras de los reyes españoles. — Motivos principales que 
se oponían al buen gobierno de las Indias. 



95 



CAPITULO III 



Fray Bartolomé de las Casas en Guatemala, y el 
tributo, los mandamientos y las encomiendas 

de los indios 

SUMAEIO 



Conatos de rebelión de los indios — Malos tratamientos de que eran 
víctimas —Fr. Bartolomé de las Casas — Su filantrópica misión — Con- 
quista pacífica de la Yerapaz — Tratado latino del P. Las Casas "Z^e ú- 
nico vocationis mocío^'-Oposición que la Eeal Audiencia de Guatemala 
hacía al obispo Las Casas — Notas del Cabildo de la ciudad de Guate- 
mala malquistando á Fr.Bartolomé de Las Casas con el emperador Car- 
los V — Trabajos del protector de los indios para que se abolieran los 
mandamientos — El servicio personal de los aborígenes en Guatemala 
Las encomiendas — Opiniones de los jurisconsultos Albornoz, León, 
Matienzo y Herrera sobre las encomiendas. 



102 



210 



CAPITULO IV 



Vejaciones a los indios de Guatemala y notable dis- 
minución de aborígenes en toda la america 

ESPAStOLA 
SUMAEIO 

Páglnaa 

Los indios eran tratados como esclavos — Sistema que se adoptó 
en Guatemala desde un principio, para la formación de poblaciones in- 
dígenas — Pueblos que desaparecieron. — Eelación que hace Eemesalde 
cómo se despoblaban los asientos de los indios. — El P. Las Casas na- 
rra peculiaridades referentes á Guatemala, San Salvador, Honduras y 
Nicaragua. — A mediados del siglo XVI mudóse la, naturaleza de las 
encomiendas en el reino de Guatemala. — Eeal cédula de 27 de Mayo 
de 1582, dirigida al Presidente y Oidores de Guatemala, haciéndoles 

cargo de los malos tratamientos que sufrían los indiovS. — Informe esta- 
dístico del partido de Sucliitepéquez,de 20 de Mayo de 1814 — Queda 

diezmada la población indígena —Funesto resultado de las Misiones. 113 



CAPITULO V 



Situación de los indios en Guatemala a. principios 
del presente siglo. abusos de cofradías, sacris- 
TÍAS Y SERVICIO PARROQUIAL. MeDIOS PROPUES- 
TOS 1 LAS Cortes espaííolas para me- 
jorar LA CONDICIÓN DE LOS 
ABORÍGENES 

SUMARIO 

ado de la América española en los comienzos de la centuria 
-^'^nmociones y movimientos en Chile, el Perú, Nueva Grana- 



211 

nada, Guatemala y Méjico.— Situación agiícola y económica del reino 
de Guatemala. — Su extensión territorial— Su población. — Había un 

millón de babitantea, de los cuales eran indios seiscientos cuarenta y 
seis mil seiscientos sesentay seis. — Cómo se hallaban gobernados. — Su 
industria y agricLdtura, — Trabajos que se les imponían. — Los pardos. 
Los blancos. — El comercio de todo el reino de Guatemala. — Ija agricul- 
tura con res[>ecto álos indios. — Junta protectom de los aborígenes. — 
Medios propuestos por el Real Consulado de Comercio de Guatemala, 
á fin de mejorar la condición de los indios. — Abusos en las coíradlas. 
Abuso en el servicio de sacristías. — Abuso en el servicio parroquial — 
— Sólo en la provincia de Sucliitepéquez se empleaban doce mil sete- 
cientos setentay cinco indios en las raciones para los curas.— Sólo lo.'; 
indios componían debal de los caminos, puentes y calzadas. — Se per- 
dían más de cuatrocientos mil jornales en Suchitepéquez, por el siste- 
ma abusivo que prevalecía contra los indios — Causas que influyeron 
en la pérdida de los cacaotales. — Hubo tiempo en que de] reino de 
Guatemala salían doce mil cargas de cacaa—v Jueces de provincia. — Có- 
mo debieranhaber sida— Cuadro estadístico de laaquince provincias 
que formaban el antiguo reino de Guatemala. — Tributo que se paga 
ba. — Renta de alcabalas. — Derechos de importación. — Renta del taba- 
co. — Dereelio del real Consulado. — Número de habitantes. — Población 
indígena — 120 



1 



X 



TBRCBRA PARTE 



lios indios después de la independencia de Guatemala. 
Estado social de esa raza. Medios de acre- 
centar su civlUzacitfn 

CAPITULO I 



Los INDIOS DESPUÉS DE LA INDEPENDENCIA DE GUATEMALA 

SUMARIO 

La independencia de la America española fué resultado de la lu- 
cha entre criollos y peninsulares. — Causas que la prepararon y la pro- 
dujeron.— Gérmenes de anarquía que las nuevas nacionalidades lleva- 
ron en su seno. — Ingratitudes para con los proceres de la revolución. 
— Estado y condición de los indios d arante la guerra de i ndependencia y 
después de ella — En las 420.000 leguas cuadradas de territorio que 
España tenía en sus colonias americanas, había á principios del siglo ac- 
tual catorce millones de subditos, que mandaban unos nueve millones 
de renta anual ala metrópoli. — Quedaron unos ocho millones de indios 
salvados del naufragio de su raza. — Varias formas de gobierno que la 
*Tnérica Central ha ido teniendo, al través de los siglos— Al procla- 
irse la independencia de este país se declaró iguales á todos los naci- 
os en su suela — Noticia geográfica de Centro América escrita por D. 
3SÓ C. del Valle, en el año 1830. — La población ei-a de unos seiscien- 
■s mi! individuos, de los cuales las dos terceras partes eran indios. — Ob- 
laciones económicas hechas el año 1.823 sobre disminución déla raza 
dígena. — Cómo estaba el Estado de Guatemala, durante la federación 
Centro América — Departamentos y pueblos que comprendía. — 



1 



Aumento posterior de población, — Dc!a independencia paraíH'á ha tri- 
plicado la población. — Falta de brazos parala agricultura.— Opinión 
del Dr. Don Mariano Ospina. — Hace íalta una buena legislaeíón agrí- 
cola — 152 



CAriTUIiO II 



Los MANDAMIBNtOS, Ó SEA LA ESCLAVITUD DE LOS INDIOS. 

El TRABAJO LIBIÍE. LoS PKItíClPIOS ECONÓMICOS. 

ÜIÍ CÓDIGO RUBAL. 



La situación económica de un país ha de Juzgarse por el mayor 
bienestar y cultura de las clases trabajadoras. — Los pueblos que tu- 
vieron esclavos sufrieron al fin grandes convulsiones.— En Guatemala 
se abolió la esclavitud desde el aílo de 1,824; pero hasta el día son 
peores que siervos los infelices indios, que forman las dos terceras 
partes de la población de la república. — Los mandamientos. — Abu- 
sos que se cometen. — Imposibilidad de remediarlos. — El mal está en la 
institución que ataca la libertad individual y la libertad del trabajo. 
— Los mandamientos se prestan á preferencias odiosas. — Encarecen 
W las subsistencias. — Sólo en maíz producen los indios más de ocho nii- 

tllones de pesos anualmente. —Es vergonzoso que de California envíen 
á Guatemala maíz, patatas, celjollas, frijoles y otros artículos que 
aquí se producen fácilmente — Los males que sufre el país son efecto 
de los monopolios y los mandamientos. — Error de suponer que pierde 
la agricultura ai se suprimen los mandamientos.- En ninguna paris 
del mundo subsiste esa odiosa esclavitud— La distribución económica 
de la riqueza es un factor del progresa —Teoría del economista Droz. 
— Necesidad 6 importancia de decretar un buen Código Rural, como 
el que existe en la República Ai^rcntina. ] 



CAPITULO III 



Exposición asalítioa de los métodos empleados pa- 
ra MEJORAR LA SITUACIÓIf DE LOS INDIOS, Y RESUL- 
TADOS tíUE DIERON. La Sociedad Económica de 
Amigos del país. Las leyes de reforma 
relativas á tierras, censos, ejidos, 
bienes de comunidad y cofradías, 
con respicencia á los aborí- 
GENES DE Guatemala. 

SUMARIO 

EspaHa durante el reinado de Carlos III — En 17íJ5 se furnia la 
Sociedad Econúraica de Amigos de Guatemala. —En 1797 se abre un 
concurso para premiar la mejor obra que demostrara la utilidad y 
ventajas de que los indios se calzaran y vistieran á la española. — Diez 
memorias fueron presentadas y discutidas. — Obtuvo el premio la de 
Fray Matías Cói-doba y el accessit la del P. Fray Antonio de San Jo- 
sé Mura— Juicio de dicbas memorias, — En 1,799 la Sociedad Econó- 
mica abrió otro concurso en favor de la instrucción de los indios. — 
Fueron muy mal recibidos en EspaSa los esfuerzos que se hacían por 
los sabios de Guatemala para regenerar á los aborígenes. — Real Cédula 
de disolución de la Sociedad Económica. — Nota que el seSor Villa 
Urrutia dirigió al Gobernador y Capitán General Domas y Valle, — 
Escuelas de artes y oficios que para los indios se establecieron. — Me- 
moria escrita por el Doctor García Eedondo. — No pudieron dar bené- 
ficos resultados los esfuerzos en pro de los indios, á causa de laa cir- 
cunstancias de la época, — Decreto de 31 de octubre de 1851, en favor 
de los indígenas. — Las leyes de reforma relativas á tierras, censos, eji- 
dos, bienes de comunidad y cofradías, con respiccncia ú los aborígene=i 
de Guatemala. J 



CAPITULO IV 



Ventajas de la civilización. Elementos que la 

CONSTITOTEN. ReSEIÍADE LOS PRINCIPALES PUEBLOS 

indígenas db gfüatemala. escollos con que 

tropieza el desarrollo de su civilización. 

Medios que pueden emplearse para 

lograr 8ü avance 

SUMARIO 

Ventajas que se atribuyen á la civilización. —Necesidad de 
qae no ae pierda en costumbres lo que se gana en adelanto material 
—El progreso ea ley del individuo y de las sociedades. — La civiliza- 
eión no debe desentenderse del elemento fíaico, moral 6 iiitelectuaL— " 
Divergencia de opiniones acerca de las causas que originan el progre- 
so. — Teorías de Buckle, Darwin, Baliehot, Guizot, Bídmes y Severo 
Catalina. — Caráeter de la civilización antigua del continente america- 
no. — La organización política de los virreinatos y capitanías generales '- 
de la América espaEola, era un trasunto de la preexistente manera de 
^r de los indios. — Ix)s indios son susceptibles de desenvolver su eul- 
tnra.y progreso. — Reseña de las principales poblaciones de indios de 
, (i uatemala, su número de habitantes, su agricultura, industria, comer- 
cio y demás cosas notables. — Los trabajos públicos en algunas pobla- 
ciones de la Verapaz y délos Altos han hecho emigrar á muchos indios 
— Medios de evitar que se ahuyenten de los pueblos.— Cómo Napo- 
león III civilizó los pueblos de la Sologne y de los Landes, que esta- 
ban tan atrasados como los indios guatemaltecoa — Cansas que se han 
opuesto al desarrollo de la cultura de óstos. — Falta de estímulo que 
han tenido y la abyección en que han estado. — Remedios contra ese 
obstáculo,y modos de removerlo. —Los concursos regionales, — Los idio- 
mas primitivos de los indios no los dejan progresar. — Opinión sobre 
ese punto, del sabio don José Cecilio del Valle. — Lo que acerca de 
tales lenguas jiensaban Solórzano y Pereira. — Medios que pueden em- 
plearse á, fin de que los indios hablen todos castellano. — La tercera 
causa del estancamiento de los indios es que no tienen necesidades 
que las impulsen al trabajo y al mejoramiento de su condición. — La 
ignorancia en que vejetan obsta á su civilización. — El mundo antiguo 
se civilizó por castas privilegiadas, mientras que el mundo moderno 
se civilizó por la instrucción primaria, gratuita, obligatoria y práctica. 



Cuál ba de ser el sistema de eaciielas para los indios, que concille el 
instinto que elloa tienen de acostumbrar, desde niños, á bus hijos al 
trabajo. — Escuela normal de indios. — Escuelas ruralea— Escuelas de 
-A.gricultura, — La embriaguez entre loa indios. — Lo que de ella dicen 
A-costa, Herrera y Gareilaso. — El Concilio Límense II y las cédulas 
reales que la reprimían. — Auto acordado de la Audiencia de Guate- 
temala. de 26de junio de 1,793 aobre la ebriedad de los indioa^Ei 
pueblo de Santa Catarina Ixtahuaeán no permite licores embriagan- 
tes dentro de «u demarcación territorrial. —Lejos de fomentar la em- 
briaguez, debe reprimirsa — Bando célebre, del a!ío 1,804, del Capitán 
General MoUinedo y Saravia contra las borracheras de los indios.— r 
Medidas que á ese respecto deben tomarse. — La sexta causa del esta- 
cionamiento de Io3 indios es la propiedad de tierra.s coraunalea. — Có- 
mo debe fomentarse au agricultura. — Medidas que deben dictarse en 
cuanto á las industrias indígenas. — Opinión de Jovellanos respecto á 
tierras comunales. — Lo que debe hacer el Gobierno á ese respecto. — 
. Malos tratamientos dados á loa indios y desprecio con que se lea mira 
— Sociedades protectoras de indios, que deben fundarse. — Los manda- 
mientos deben suprimirsa — Debe crearse Jueces de Agricultiiro. — La 
novena causa del poco prt^reso de los indios ea su pereza é indolen- 
cia. —Causas que las han producido y medios de combatirlaa — Laa 
colectividadea concentradas de los pueblos indianos, que viven aisla- 
dos del reato de la sociedad, se oponen a! avance de sa civilización. — 
Esas masas humanas en América, al fin del siglo XIX, son anacro- 
nismos vivientes. — Hay que hacer por que entren en roce con los ladi- 
Tws. — Lo que paaó en Chile y la Argentina respecto de esas agrupa- 
ciones precolombinas. — Leyes que deben dietarsa— Un Código Rural. 
— Lo que dice la escritora peruana señora Matto de Turner, respecto á 
los aborígenes del Nuevo Munda — Las sombras de Colón j Las Ca- 
sas demanijan que se redima, ampare y civilice al indio desgraciado. ] 



F=IN 



n 



fV 



m 



^^■W! 




*f 



I 

< 

I 

V 






»> '' 



Va ^ 



f 







/ 


Thia book shoilld be retumed to | 


the Library on or Before the 


last date 


stamped below. 




A fine of flve cents a day i 


incurred 


by retaining it beyond the 


Bpecifled 


time. 




Pie ase return promptly. 








1963 



t^ 



^•^HlM 



i