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Full text of "Memoria ofrecida a la consideracion de los honorables senadores y diputados ..."

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OFRECIDA A LA CONSIDEEACION 



DE LOS HONORABLES 

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¥ i te^a b ÜltpfiUita, «oftrt d VtataDo (t limiM fi naiitsacieK flubial 

«Nibifeo s (muta yn i^lniipotnuiariM (d Vntü s ^( l^nuiutb 

ni 5 (e filMSp U 1859. 




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Jmli^ciit» ^ Sí»l SmoCoA/ Iu>%> S. SS6f>€9% 



1860. 



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CAPITULO I. 

HISTORIA DE ESTE TRATADO. 



^ 
^ 




N cinco de Mayo del año último se firmó 
un tratado, de límites y navegación fluvial 
eDtre el Brasil y Venezuela, por el órgano 
de los Plenipotenciarios Sres. Caballero 
D. Felipe José Pereira Leal, y Licencia- 
do huh Sanojo. 

Ya el Gobierno de Colombia, juzgan- 
do conveniente deslindarse con el Impe- 
rio, dio pasos al efecto, acreditando una 
Legación en Rio Janeiro. Ella no alcan- 
zó el logro de su encargo. Sobrevino la 
desmembr ación de aquella República, y 
bien pronto V^enezuela, siguiendo el ejem- 



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— 4 — 

pío de la primera, determinó llevar adelante la misma negociación^ 
para la cual convidó al Brasil en 19 de Noviembre de 1843, 10 de 
Febrero y 2 de Abril de 1844, 18 de Mayo, 30 de Junio y 9 de 
Setiembre de 1846. Por responder á tan encarecido llamamiento, 
fué enviado á Caracas, en el año de 1852, el Sr. Comendador 
Miguel María Lisboa, con las instrucciones y poderes correspon- 
dientes. Desde que anunció el objeto de su venida, se dispuso este 
€robierno á entrar en la cuestión, como no podía menos que suce- 
der en vista de tales antecedentes. A poco se emprendió el exá» 
men de la controversia, se ventilaron los argumentos que presentó 
cada uaa de las partes, se tuvo á la vista un informe dado por el 
Consejo de Grobiemo en 1844; y como resultado de las conferen- 
cias, se convino por via de transacción en la frontera que propuso 
el negociador venezolano. Al mismo tiempo se concluyeron otros 
dos ajustes tocantes á navegación de ríos y extradición de reos 
prófugos. Sometidos dichos pactos á la af^robacion del Congreso 
en 1853, corrieron varia suerte, pues el mencionado últimamente 
quedó repelido por un voto negativo, y los otros en suspenso. 
Habian estos pasado sin tropiezo en kt Cámara de Senadores, y 
también en primera y en segunda discusión en la de Representan- 
tes ; mas ai recibir la tercera, se refirieron al dictamen de una 
Comisión especial, cuyo parecer, adoptado por el Cuerpo, termi- 
naba asi : 

** De todo lo expuesto concluye la Comisión opinando : - que 
la Honorable Cámara debe diferir la consideración de este tras* 
eendental asunto hasta la próxima reunión del Congreso, impri- 
miéndose el convenio y el presente informe en el ** Diario de De- 
bates '^ y en la '^Gaceta de Venezuela'' para que, llegando á 
eonocimiento de todos, sean por todos discutidos, y puedan los 
Representantes de la Nación recoger las diversas opiniones, estu- 
diar la materia y tomar luego una determinación acertada, digna 
de los delegados del pueblo cuyos intereses se ventilan." 

Semejante acuerdo se cumplió en parte solamente, esto es, 
en lo respectivo á la publicación del tratado y el informe ; pero 
la promesa de seguir su consideración en 1854 se halla todavía 
pendiente. En vano la Secretaria de Relaciones Exteriores ha 
instado con ahinco por su despacho definitivo ; en vano hizo ver 
el inconveniente de que iba á vencer el plazo prescrito para el 
canje de sus ratificaciones ; en vano ha ponderado el mérito de 
otros motivos urgentes. Los legisladores no han vuelto á ocu- 
parse en el negocio. De aquí el que el Poder Ejecutivo les ha- 



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— 6 — 

blase en la Memoria que aquel Departamento dio en 1858, con la 
solidez y eficacia que se descubre en las siguientes palabras : 

^ Desde el año de 1852 se celebraron con el Brasil tres tra- 
tadosj uno de amistad y límites, otro de navegación fluvial, y el 
tercero de extradición de reos prófugos. Sometidos al Congreso 
de I853t se esperaba que desde entonces fueran aprobados ó no, 
de una manera terminante. Después acá el Poder Ejecutivo ha 
clamado sin cesar por ese término, sin que hasta ahora hayan sido 
felices sus esfuerzos. Parece que el pacto de extradición fué ne- 
gado, y los otros diferidos por un año ; y que desde este punto no 
se ha adelantado un paso. Se ha hecho presente ya, con la cir- 
cunstancia de haber acabado el plazo convenido para su canje, la 
necesidad de que la resolución de los legisladores tenga toda la 
claridad apetecible, así porque se conozcan los fundamentos de 
ella, como porque el Gobierno sepa en adelante cuáles son los 
defectos cuyo remedio ha de buscar. £1 rumbo seguido por las 
Cámaras produce, entre otros inconvenientes, el de mantener viva 
la esperanza de ver admitidos los tratados, y de ocurrir por medio 
de un artículo adicional, á la dificultad del vencimiento del plazo ; 
siendo razón pensar que, si se quisiera otra cosa, se habría hecho 
directamente. Tiempo ha que reside en Caracas un sugeto de 
especiales prendas, como Encargado de Negocios del Brasil ; y 
con él se habrían hecho las diligencias necesarias para cumplir 
el voto nacional, dado que se conociese ; mas el estado del asunto 
opone á esto un obstáculo invencible. Y no se crea que se pue- 
den excusar semejantes convenios ; porque, si respecto de algu- 
nos son de temer consecuencias que los hacen mirar con malos 
ojos, los que arreglan límites y cosas comunes, tienen que con- 
cluirse indispensablemente, so pena de dqar abierto un manantial 
perenne de discordias. Ahora mismo se notan los resultados que 
trae consigo ia incertidumbre en materia de propiedad de territo- 
rios. Otros más graves se presentarán á proporción que el tiem- 
po, el acaso, ó la energía de la industria humana, vayan desente- 
rrando los tesoros que esconde la venturosa rei^iot de América.'* 
** Por tanto como va observado, S. E. juzga de su imperioso 
deber, instar con eficacia á las Cámaras por el despacho de unos 
asuntos que penden en ellas desde 1853, y cuyo fin aconsejan los 
aentin^ientos de amistad que se deben al Brasil, la atención que 
merece el Poder Ejecutivo en el uso de sus facultades, la impor- 
tancia intrínseca de los actos, la manera en que se han visto hasta 
el dia, y la franqueza con que corresponde obrar al más alto Vq- 



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— 6 — 



der de la Nación. Tómese esta ó aquella decisión, la que dicte el 
buen juicio de los Representantes del pueblo, y el detenido estudio 
de las cuestiones de que van á fallar ; cualquiera que sea la suer* 
te de ellas, es preferible al olvido en que se encuentran hoi y que 
lleva en pos los males indicados.'' 

Las sesiones legislativas de 1858 fueron pocas, si nos referi- 
mos al Congreso, y dirigidas á mui diversas incumbencias, si nos 
contraemos á la Convención Nacional constituyente. Así que, 
no es maravilla que ni esta ni aquel volviesen la atención al par- 
ticular de que se trata. 

Aunque han pasado siete años desde que fué impreso el con- 
venio en unión del informe, la opinión pública no ha respondido al 
llamamiento que se le hizo. Única y exclusivamente, que se sepa 
el Redactor del " Diario de Avisos y Semanario de las provincias,*' 
escribió en este periódico unos pocos articulos, de los cuales se 
dirá algo después. 

El Sr. Lisboa tuvo que ausentarse del país, sin haberse 
aprobado definitivamente los tratados que negoció, y cuando en- 
vió su carta de retiro, hizo una comunicación sobre ellos. El 
Agente Diplomático que le sucedió años adelante, Sr. Pereira 
Leal, al seguir pidiendo el complemento de la aprobación de unos 
pactos, que han salido triunfantes de cinco discusiones legislati- 
vas, se ha esforzado en satisfacer los pocos reparos aducidos 
para tomar respecto de ellos una providenciade diferir ; en de- 
mostrar la utilidad de terminar de una vez y para siempre cues- 
tiones seculares que embarazan con una pesada carga el trato 
de ambos países ; en manifestar el vivo deseo que abriga S. M. 
Imperial^ de estrechar al Brasil y Venezuela ; y en acreditar á 
esta República, en ocasiones solemnes, que no son vanas sus pa- 
labras. Con efecto, el Sr. Leal ha prestado servicios mui impor- 
tantes en varias circunstancias ; y señaladamente, cuando en 1857 
ocurrieron graves dificultades con los Países Bajos, y cuando 
en 1858 se turbó la paz entre Venezuela por una parte, y Francia 
y la Gran Bretaña por otra, se esforzó tanto y con tan buen 
éxito en el restablecimiento de su mutua buena inteligencia, que 
mereció del Gobierno una nota gratulatoria, concebida en los tér- 
minos para él más lisonjeros. 

Últimamente, y á solicitud suya, la Corte Imperial le autorizó 
para mejorar las estipulaciones de los tratados pendientes en ob- 
sequio de Venezuela, según se verá en el curso de este escrito, y 
lo participó al Poder Ejecutivo. El cual, apenas se halló libre 



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— 7 — 

d6 incon venientes, persuadido de la necesidad de decidir los nego- 
cios que se ofrecen en la vida de los Estados, puso este en manos 
del Sr. General Carlos Soublette. Dióle él principio, celebró 
conferencias, estudió los documentos exhibidos por la otra parte, 
argüyó con los de Venezuela ; mas no le fué dable proseguir la 
comisión hasta su término, porque, habiendo sido Uanüado á servi- 
cio de guerra en Occidente, hubo de separarse de su desempeño. 
Entonces se nombró en su lugar al Sr. Ldo. Luis Sanojo, 
quien, después de aplicar al estudio de la cuestión toda la diligen- 
cia y detenimiento de que es capaz, maduró sus convicciones y 
tomó la senda que ellas le señalaron* Siendo Secretario de Rela- 
ciones Exteriores el Sr. Pedro de Las Casas, se llegó al resultado 
siguiente :- Fué admitida la demarcación ajustada en 1852, aña- 
diéndose en el propio documento los artículos de navegación .flu- 
vial, los cuales tanto se aventajan á los antiguos, que establecen 
enorme diferencia entre la obra de aquej afio y la del último. 
Se convino en descartar lo relativo á extradición, atento el fallo 
que pronunció el Senado de 1S53« y por no oojatrariar principios 
de la legislación venezolana* 



CAPITULO II. 

CONSIDEMCIONES GENERALES. 

Los Sres. Soublette, Sanojo y Casas, son todos hombres de 
notoria capacidad é ilustración : animados como el que más, del 
celo del bien público : amigos del engrandecimiento y prosperidad 
de su patria : su vida está sembrada de elocuentes testimonios de 
esa verdad. Nadie los creerá capaces de permitir un daño na- 
cional : al contrarío, un acto que tenga á su favor el voto de per- 
sonas tan calificadas, bien puede desafiar la crítica más escudri- 
ñadora é inquieta. El tratado de 1859 lleva, pues, en sí, una 
prenda de su bondad, con los respetables nombres de las personas 
que han intervenido en él, y cuyos méritos se reconocen gene- 
ralmente. 

No obstante, como el Brasil no trata de imponer á Venezuela 
los convenios celebrados, y en que no entró sino por repetidas 
instancias de esta, y aceptando lo que ella misma le propuso, para 



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— 8 — 

llevar á todos los ánimos el convencimiento de que la República 
es la que gana en la aprobación de pactos que han juzgado del 
mismo noodo favorable hombres de todos los partidos, y á los cua- 
les no se han opuesto hasta ahora objeciones graves, se ha creído 
conveniente hacer esta Memoria con el fin de ilustrar su discusión 
en el próximo Congreso. En ella se examinarán las observacio- 
nes publicadas por la prensa contra los convenios ; se satisfarán 
los reparos de la Comisión de la Honorable Cámara de Represen- 
tes ; se tomarán en cuenta las demás argumentaciones aducidas ; 
y se acompañará una serie de importantes documentos, en que 
aparecerán reunidos los datos necesarios á fin de formar una 
opinión concienzuda del caso. Ante todo, se presentará un resu- 
men de las demostraciones con que se prueba el incontrastable 
derecho que asiste al Imperio, de franquear ó cerrar las bocas del 
Amazonas, que á él solo le pertenecen, así como las cuatrocientas 
leguas de su curso que atraviesan su territorio. De aquí se deri- 
vará la importancia de la concesión hecha á Venezuela en la li- 
bertad de navegar la parte brasileña de los afluentes del Amazo- 
nas, y este mismo hasta su desembocadura ; concesión que niega 
á los Estados Unidos y á las demás Naciones, excepto el Perú, 
única que la ha adquirido. — Aun cuando las posesiones de Vene- 
zuela llegasen á las márgenes del gran rio, cosa quo ella no puede 
acreditar, de nada le sirviera esto, si el Brasil continuase dene- 
gándole el permiso de seguir aguas abajo, y de ascender á su 
territorio desde el mar. Solo por la voluntad de aquel país gozará 
este de los inmensos beneficios que prometen la colonización, co- 
mercio y civilización de las vastas y despobladas comarcas cuyo 
aspecto comienza á variar con los esfuerzos que los Gabinetes de 
Rio Janeiro y de Lima han consagrado á obra que tanto influirá 
en el porvenir de la América Meridional. Mucho se alegrarían 
las poderosas naciones de Europa y los Estados Unidos de Amé- 
rica de obtener del Emperador, aun á costa de sacrificios, lo que 
su liberalidad y el deseo del progreso de las Repúblicas vecinas 
han ofrecido á estas espontáneamente. Pero ni la grande y uni- 
versal influencia de su poderlo, ni los extraordinarios afanes de su 
comercio, ni los argumentos sugeridos por el interés, ni conside- 
ración alguna han podido nada contra la fuerza de un derecho que 
se ven obligados á respetar. Lo que Venezuela ha dado única- 
mente á un pueblo vecino, amigo, hermano, compañero en las 
glorias y trabajos de la independencia, y que hasta el año de 1830 
formó con ella una sola unidad política : eso es lo que le brinda 



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— 9 — 

el Brasil, con la diferencia de que el bien es tanto mayor, cuanto 
la utilidad de la navegación del Amazonas excede á la de todos 
los demás ríos del continente sud-americano. S. M. anhela sin* 
ceramente por estrechar los lazos del dilatado Imperio con las 
Repúblicas un tiempo colonias españolas; pues, prescindiendo de 
la forma de su Gobierno, la cual nada significa, está ligado á ellas 
por su posición, por la identidad de raza, religión, costumbres, inte- 
reses ; por la comunidad de peligros, y de aspiraciones al engran- 
decimiento de esta parte del mundo. La historia de las desgracias 
de esas Repúblicas, es la historia del Brasil. Las instituciones 
de unas y otro son igualmente liberales : él es verdaderamente 
un Imperio republicano. Si ha logrado adelantar en estabilidad, 
buen orden, paz, población, riqueza, no es avaro de su dicha ; 
quiere que ella se extienda á sus vecinos ; les presta los auxilios 
que le demandan, y eso sin interés, sin intenciones solapadas, sin 
miras de incremento territoríal. Con gusto se recuerda cuánto 
contríbuyó á destruir la detestable tiranía de Rosas, y cómo las 
fuerzas auxiliares, conseguido el objeto, se retiraron de la Confe- 
deración Argentina, dejándola en absoluta libertad de gobernarse 
como le pareciese, y sin mezclarse en sus asuntos internos. La 
generosa protección que, á su solicitud, ha dispensado al CJrnguai, 
nadie la ha puesto en duda, y es tal, que ella le debe su misma 
existencia. Ni es poco lo que ha .hecho en favor del Paraguai, 
cuya independencia se ha reconocido generalmente, merced á ios 
esfuerzos de la diplomacia imperial. 

En Venezuela, ¿ registran sus anales alguna desaveaencin 
con el Brasil T ¿ha desatendido él jamas sus leyes 7 ¿ ba exigido 
sacrificios á su tesoro? ¿ ha vulnerado en lo mas mínimo su inde* 
pendencia ? Nunca, porque sigue una política cordialmante fra- 
ternal, y respeta los derechos de soberanía de esta nación, no cre- 
yendo que sus diez millones de almas le den ninguna superioridad 
moral sobre ella. Por el contrario, siempre se ha visto al Repr^ 
sentante del Brasil h^^ciendo el papel de mediador en los detagra^ 
dos que la República ha tenido con terceras potencias, y empe- 
ñado, por obsequio de ella, en proporcionarles una salida tan de- 
corosa como pacífica, y por fortuna lo ha conseguido. 

Ha sido necesario entrar en estas explicaciones, porque hai 
quien piense que, como el Brasil se llama Imperio, y se halla cer- 
cado de Repúblicas, es entre ellas un elemento heterogéneo, sin 
ninguna afinidad con sus vecinos, é incapaz de interesarse por el 
bienestar de los mismos. 



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— 10 — 

No cabe duda en que conviene poner término ¿ la cueition 
de limites. El territorio del Brasil es inmenso ; Venezuela posee 
más de 35.951 leguas cuadradas. Asi, nadie dirá que ninguno 
de los dos países necesite extender más sus fronteras ; y que el 
arreglo de estas disputas no merezca el sacrificio de alguna por- 
ción de terreno. Bien lo conocieron los constituyentes de 1858» 
cuando autorizaron las enagenaciones de territorio indispensables 
á la conclusión de semejantes controversias. 

Uno de los males que ellas traen consigo, es la imposibilidad 
que producen en el ejercicio de los derechos concernientes al te- 
rritorio. Las cuestiones de adquisición, prescripción, traspasos, 
cambios ; las de propiedad, usufructo, jurisdicción ; las de neutra- 
lidad, violación, capturas, etc. ; y aun en general, las relaciones 
de pueblo á pueblo, todas se perjudican por la demora. Añádase 
que los lugares disputados, por fecundos que sean en riquezas de 
cualquiera clase, deben mirarse como perdidos, pues los mutuos 
celos oponen á su aprovechamiento un obstáculo insuperable, vi- 
niendo á resultar inútiles para todos. Sin cultivo, sin habitantes, 
casi sin gobierno, solo sirven de guarida á las fieras y de asilo á 
los delincuentes. 

Y lo que es peor, ese estado constituye una amenaza perpe* 
tua para la paz de los vecinos, por los choques de encontradas 
pretensiones. ¿ Qué escándalo no seria para el mundo que dos 
países como el Brasil y Venezuela, á los cuales tantos motivos 
particulares persuaden la más estrecha unión, hubiesen de hacerse 
la guerra por no haber marcado sus confines? Eso seria el 
triunfo más completo de los que combaten el engrandecimiento 
de estos países, y los conservan débiles, dividiéndolos, para domi- 
narlos mejor. Demasiada desgracia es ya, que no hayan podido 
establecer permanentemente en su seno el reinado de la tranquili- 
dad, y que victimas de disensiones internas, sin cesar renovadas, 
empleen solo en destruirse sus fuerzas físicas é intelectuales, los 
elementos de su riqueza y bienestar, retrocediendo, ó adelantando 
menos de lo justo. ¿ Cómo, pues, ha de convenirles multiplicar 
las causas de mal, añadiendo á las discordias domésticas las de 
fuera de casa ? 

El Brasil nada pierde siguiendo las cosas como están. £1 se 
halla en quieta y pacifica posesión del territorio á que tiene dere- 
cho ; ha fundado allí poblaciones que van creciendo de cada dia ; 
ha establecido también puestos militares, y levantado fortalezas 
para su defensa. Al contrario, si tuviese designios de adelanta- 



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-. n — 

miento, procuraría mantener la disputa, porque favorecido de 
ella, tendría un vasto campo para usurpaciones. No sucede lo 
mismo á Venezuela, que jamas ha pretendido siquiera pasar más 
allá de San Carlos, y que, si al presente ha asomado tal idea, se 
ha visto en la imposibilidad de sostenerla. 

Negándose ó difiriéndose la aprobación de los tratados, es 
seguro que el Brasil insistirá tenazmente en la política que dictó 
el de 1777, y no solo no franqueará á los venezolanos el uso de 
sus ríos, sino que tampoco permitirá ninguna comunicación, nin- 
gún comercio por las fronteras. 

Hai otra razón especial contra la demora, ademas de que 
esta dura desde 1853. £1 Congreso de la República no tuvo á 
bien aprobar el artículo 27 del tratado hecho en Bogotá por los 
Sres. Santos Michelena y Lino de Pombo á 14 de Diciembre 
de 1833 ; articulo que fijaba los límites que da la carta del Coro- 
nel Codazzi. Pues bien, la Nueva Granada ha aplaudido la 
repulsa; habiendo descubierto más tarde documentos por los 
cuales aspira á mucho mayor espacio que el definido entonces. 
Véase lo que contiene la Memoria de Relaciones Exteriores de 
Nueva Granada de 1850, hablando del tratado de 1843. — " Este 
tratado, aceptado por el Congreso de la Nueva Granada, fué repe- 
tidas veces rechazado por el Congreso Venezolano, y jamas llegó 
á canjearse. Encargado posteriormente el mismo Sr. Pombo de 
la Legación Granadina en Caracas, promovió la celebración de 
un nuevo tratado de límites ; pero apenas logró que en el de 
amistad, comercio y navegación, firmado el 23 de Julio de 1842, 
ambos Gobiernos se comprometiesen á abrir dentro de cierto tér- 
mino otra negociación para la exacta determinación de dichos 
limites.'' Después pasa á referir el curso de las conferencias te- 
nidas con este objeto en Bogotá el año de 1844 ; que ninguna 
dificultad se ofreció hasta llegar á discutirse los derechos de la 
Nueva Granada á la frontera del Alto Orinoco, Casiquiare y Rio- 
Negro ; y que como fué imposible dar al punto solución satisfac- 
toria, se "nterrumpió el negocio. Luego continúa así : — •* Por lo 
expuesto se habrá comprendido que los negociadores del malogra- 
do tratado de 1833 procedieron sin tener á la vista datos exactos, 
y sin conocimiento suficiente sobre la verdadera línea divisoria 
entre las dos Repúblicas. Seguramente fué por esto que el Go- 
bierno Granadino convino entonces en ceder á Venezuela la mi- 
tad de la Goagira desde el Cabo de Chichivacoa, en renunciar 
tácitamente un territorio de más de dos mil leguas cuadradas al 



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- 12 - 

oriente de la República, y lo que quizás importa todavía más, on 
desprenderse de la frontera natural y segura, y de la libre nave- 
gación de los ríos Orinoco, Casiquiare y Guainia ó Negro* Afor- 
tunadamente el tratado de 1833 no fué aprobado por Venezuela ; 
y digo afortunadamente, porque así quedaron abiertas las puertaj 
para '^que el Plenipotenciario granadino pusiera como puso para 
siempre fuera de toda duda, en la negociación de 1844, que los 
vastos territorios de que estuvimos á punto de deshacernos en 
1833, pertenecen íntegramente á la Nueva Granada, y que Ve- 
nezuela no tiene documento, título ni razón alguna capaces de 
oponerse á los muchos que nosotros podemos presentarle ; por 
manera que, si alguna vez llegara á someterse la cuestión á un 
arbitro imparcial, en lo cual no ha querido convenir Venezuela, 
seria seguro ud fallo favorable para nosotros. Sin embargo de 
esto, el Gobierno Granadino, lejos de exigir perentoriamente la 
demarcación á que cree tener estricto derecho, se propone con- 
ducirse con tal moderación, que nadie pueda poner en duda el 
sincero deseo que le asiste de terminar la azarosa cuestión de lí- 
mites por medio de una composición amigable, igualmente útil y 
satisfactoria para ¿mbas partes, que evite por siempre entre ella* 
los conflictos de imperio y jurisdicción que ya han comenzado á 
ocurrir, y que tarde ó temprano pudieran acarrear consecuencias 
desagradables." 

A este mismo propósito decia el Presidente de la Nueva Gira* 
nada á su Congreso en el Mensaje de 1858: — ^ Todos los trata- 
dos de linfíites concluidos, ó solamente iniciados, con cada una de 
las naciones que nos rodean, han fracasado, y nuestra línea fron- 
teriza no está en su mayor parte debidamente reconocida por 
nuestros respectivos vecinos. Extensos desiertos, muchos no ex- 
lirados, nos separan de las Naciones limítrofes, y con excepción 
de las lineas que corren por territorio poblado en las fronteras de 
Venezuela y el Ecuador, en que la posesión actual diariametU$ 
reconocida no deja lugar á duda, en todo el resto de tan extensos 
lindes es necesario, para prevenir en lo futuro disputas y guerras, 
determinar con precisión la línea de separación por linderos na- 
turales y fáciles de reconocer. A medida que corre el tiempo^ ad* 
quieren importancia aquellos desiertos^ y se hace más difícil su 
deslinde y más peligrosa para la paz la indeterminación de las 
fronteras. 

** En las vastas regiones del oriente las poblaciones de Vene»- 
zuda y del Brasil han ocupado importantísimas y dilatadas co- 



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- 13 — 

mKTOBMf qae por el principio del uti possidetis^ reconocido por 
todos los Oobiernos de este continente, pertenecen incuesHona^ 
Nemente á la Nueva Granada ; mientras que por nuestra parte 
no solamente no se ha dado un paso para traspirar ¡os tímiies que 
aquel principio determina^ sino que nuestra pobkunon mas bien se 
akja de aquellas fronteras. La continuación en tal estado de 
eosas nos es desventajosa. Poseedora Venezuela de la navegación 
del Orinoco^ y el Brasil de la del Amazonas y el Rio -Negro, tienen 
f&eil y frecuente comunicación con las poblaciones establecidas en 
las márgenes de estos ríos y de sus grandes tributarios, y sin d^ 
cuUad ni esfuerzo atienden á su conservación y adelanto. Basta 
allf el interés privado para que aquellos establecimientos conti* 
núen extendiéndose de dia en dia hacia el occidente sobre nuestro 
territorio. Venezuela tiene ya un cantón poblado con el nombre de 
RuhNegro, todo, ó la mayor parte ; en terreno granadino, y en ia 
perdón más importante de aquella vastísima región. Las ocupa- 
ciones verificadas por la población brasilera no son menos exten* 
SM ni menos importantes.'' 

Y aun por la misma razón ha parecido onerosa á la Nueva 
Granada la linea que en 1652 señalaron el Brasil y Venezuela, 
fil articulo 7.0 del tratado concluido por el Imperio y la Nueva 
Granada en 26 de Julio de 1858, es del tenor siguiente : — ** Te* 
niendo la Repúb&ca de la Nueva Granada cujestiones pendientes 
relatkfamenie al territorio bañado por las aguas del Tomo y del 
Aquioy asi como relativamente al situado entre el Yupurá y Ama- 
Booms, el ciudadano Presidente de la misma República, é nom- 
bre de ella, declara que, en el caso de que la vengan á perte- 
Mear definitivamente dichos territorios, reconocerá como límites 
OOB d Brasil, en virtud del principio del uti possidetis, loe estipu' 
ladee en el tratado entre el Imperie y Venezuela, de 26 de Noviem^ 
iré de 1852, y la convención entre el miento Imperio y el Perú, de 
28 de Octubre de 1851, á saber: por lo que toca al pritnero, una 
Unea que, pasando por lae vertientes que separan las aguas del 
Ihmo y del Aquio de las del Iquiare ó Isana, siga hacia el orien* 
te á tocar el Bio-Negro enfrente de la isla de San José, cerca de la 
Piedra del Cocui, situada, peco más ó menos, en el paralelo 1<>38' 
de latitud boreal; y por lo que toca al segundo, una linea recta 
tirada desde el fuerte de Tabatinga hacia el norte ; en dirección 
de la confluencia del Apapóris con el Yupurá," 

0e los pactos aquí citados pronunció el Senado Granadino 
el jtticio ^le contienen estas palabras del informe que él aprebó 



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— 14 — 

en sus sesiones de 1855. — " Estos tratados, celebrados sin anueil« 
cia nuestra, pugnan abieríamenie con nuestros derechos ; y séguü 
se asegura, uno de ellos, el concluido con Venezuela, ha sido ya 
virtualnaente improbado por el Congreso de aquella República* 
Es, pues, claro, que no debemos obligarnos á estar y pasar por 
las líneas divisorias que en ellos se fijan ; y esto con razón tanto 
mayor, cuanto que, extendiéndose nttestra frontera con Venezuela 
hasta el Alto Orinoco^ Casiquiare y Rio-Negro y con el Ecuador 
hasta el Coca, Ñapo y Marañen, nos expondríamos á perder, se* 
gun el primero de dichos tratados^ alguna parte de la hermosa co* 
marca adyacente al Rio-Negro ; y según el segundo, ratificaría* 
mos la cesión que ya hemos mencionado, de toda esa gran región 
territorial comprendida entre los ríos Caquetá, Amazonas, y una 
linea tirada entre este y aquel, desde Tabatinga, frente á la boca 
del Yavari, hasta la boca del Apapóris. 

" Ademas, admitiendo, como se admite en el referido artícu* 
lo l.^i que nuestros derechos son en esta parte hipotéticos, nos 
expondríamos también á perder el territorio que se extiende desde 
dicha línea hasta las márgenes del Coca y Ñapo, que forman nues- 
tra frontera con el Ecuador." 

Si esto se piensa en Bogotá de la línea ajustada entre Vene« 
ziiela y el Brasil en 1852, ¿qué seria de una que diese mayor ei* 
pació á este país ? ho cierto es, que ni el informe de la Cámara 
de Representantes, ni el folleto del Dr. Brícefio, ni las observa- 
ciones del Sr. Antonio Leocadio Guzman, ni el artículo del Sr. 
Carmena, ni los argumentos del Sr. Greneral Soublette, Plenipo- 
tenciario venezolano, han tenido por objeto combatir ni alterar la 
demarcación desde las bocas del Memachi hasta los confifiae 
orientales de la República. Ni podia ser de otro modo cuando la 
división corre, de acuerdo con los tratados de 1750 y 1777» por lo 
alto de las cordilleras que separan las aguas del Orinoco de las 
del Amazonas. Por eso también los geógrafos y mapas coinci- 
den en aquella parte de la frontera del Brasil y Estados Colombia- 
nos. Observación de que no debe prescindirse en el examen del 
asunto, porque es esencialisima y fecunda en consecuencias* 

Los adversarios del tratado de 1852 pretenden, sin duda, que 
la raya de Venezuela con el Brasil se prolongue hacia el sur has- 
ta el lugar donde la boca más occidental del Yapurá entra al 
Amazonas ; pero se olvidan de probar que la República tenga 
algún titulo, siquiera débil, á comarcas semejantes. Se sabe 
que la Nueva Granada, el Ecuador y el Perú las creen su* 



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- Í6 - 

yas ; y en vista de tal oposición» ¿ quién dirimirá la dispata 7 
Para el Brasil es igual colindar con todos estos países ó con uno 
solo de ellos. Logre Venezuela salir victoriosa en la contienda 
que mueva á esas Naciones, y el Imperio no tendrá ningún incon- 
veniente en sustituirla en lugar de las últimas. Entretanto él, 
que no es juez de las controversias, tiene que respetar los hechos 
que encuentra establecidos. Así, en la suposición más favorable 
á Venezuela, ella no se perjudica sancionando lo que no ofrece 
dificultad ; porque esto no le quita su derecho para completar la 
obra en adelante, y entonces se subrogarla, por ejemplo á la Nue- 
va Granada, del misnno nM>do que, si por compra, cambio, cesión 
6 cualquiera otro titulo, adquiriese de ella la parte confinante con 
el Brasil. 

El junta la cuestión de limites con la de navegación fluvial, 
porque ellas están inseparablemente unidas por la misma natura- 
leza de las cosas. Desde luego, no hai nada extrafio en que quie- 
ra aprovechar la ocasión en que hace un señalado servicio, co- 
municando sus derechos exclusivos á las Repúblicas hispano-ame- 
ricanas, para terminar con ellas cuanto sea capaz ^ producur 
disgustos, y trabajar de consuno en el adelantamiento de la Amé- 
rica. Y aun para Venezuela existe el motivo particular citado, 
de ser ella la que con empeño le ha inducido á entrar en la nego- 
ciación de límites, y de haberse convenido lo que ella quiso. Si 
después que el Brasil, impulsado de los sentimientos más cordiales, 
ha seguido una conducta noble y generosa, se viese desairado 
con la repulsa del pacto, i cómo pudiera ser que conservase dis- 
posición para conceder pruebas de benevolencia á quien no le 
daria ninguna? al que le negaría la justicia? Nada autoriza 
para exigir tanto. Bien así como la de los individuos, la amistad 
de las naciones consiste en la mutua correspondencia de buenos 
oficios. 

Cuando en algunos de los puntos de la frontera de dos países 
se encuentran ríos, y mayormente si son navegables, el convenio 
que designe sus linderos no puede dejar de decidir las cuestiones 
sobre aquellos ; pues de lo contrario los usos que de los mismos 
se hiciesen, servirían de causa frecuente de disputas. Pretende- 
ría el uno navegarlos, aunque no se le hubiese concedido expre- 
samente esta fiícultad, derivándola de un don de la Providencia ; 
querría el otro emplearlos exclusivamente : cuál aspiraría á ejer- 
cer el comercio á lo menos en la firontera fluvial ; cuál se opon- 
dría á semejante cosa : este solicitaría penetrar con sus buques 



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— le- 
do guerra en territorio ajeno ; aquel temeria con fundamento los 
peligros envueltos en dicha aproximación de fuerzas extra&as ; 
quien someteria el paso por sus aguas á formalidades excesivas : 
quién trataría de franquearlas sin consideración á los derechos 
del vecino : aquí se practicarían actos de dominio é imperio en 
lugares reputados nacionales ; allí se combatirían como usurpa- 
ciones de la soberanía. 

Hasta a^ora el Perú es la única República que por su trata- 
do de 1851 con el Brasil, ajustando la cuestión de límites, ha 
aceptado, de la maner^i que se lo propuso el Gobierno de S. M., 
la navegación del Amazonas y de sus afluentes brasileros, median- 
te concesiones mutuas. De aquí ha derivado el Perú una gran- 
dísima ventaja, porque, si bien sus buques no han empezado á sur- 
car aquellas aguas, se ha establecido por medio de las embarca- 
cíoiies brasileras un comercio activo y extenso que ha levantado 
esa República á un grado de progreso de que mucho distan sus 
hermanas. Años ha que Venezuela estaría disfrutando de las 
mismas utilidades, si la indiferencia con que una de sus Cámaras 
legislativas ha visto el convenio de 1852, no hubiese retardado 
esta época venturosa. El Perú tuvo que contríbuir á ese objeto 
con un subsidio anual de veinte mil pesos ; y, si es verdad que 
Venezuela prometió su contingente de la mitad, el Imperio, desean- 
do darle una singular muestra de aprecio y tomar en considera^ 
cion el estado de sus rentas, ha mejorado en esa y otras partes d 
convenio de 1852, para que el país pueda» sin el menor gravamen 
de su erario, entrar desde luego en el goce que nadie ha adquirido 
con tanta ventaja. V ella es tal, que el nuevo tratado hecho con 
el Perú en el último año en sustitución del de 1851, á pesar de 
lo que el Imperio debía distinguir el proceder amistoso de aquella 
Nación, j sus sacríficios anteriores, no incluye disposiciones taa 
favorables como el acto de que aquí se habla, según se har¿ ver 
en su oportunidad» cotejando uno y otro documento. 

E4I tratado de 1852, pedido por Venezuela, acorde con el dio- 
timen de su Consejo de Gobierno, regulado por la voluntad de su 
Plenipotenciario en punto ¿ confínes, aprobado en cinco discusio- 
nes legislativas y pendiente solo de la última, mal puede decirse 
que esté negado, cuando solo fué diferido por un año. El silencio 
ulterior de la C6mara de Representantes tampoco equivale á una 
repulsa, porque la Constitución ha establecido, tanto par(^ aceptar 
como para rechazar tos proyectos de leyes» trámites de votación 
que no se han observado. Lo ju^to es pensar que dicho Cuerpo. 



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— 17 — 

Dotando haberse concluido el plazo estipulado para canjear las 
ratificaciones del tratado, ha creído inútil completar su obra. A 
obviar tal inconveniente mira el tratado de 6 de Mayo, que, como 
se insinuó, es más favorable á Venezuela que el de 1852 ; de mo- 
do que, si el segundo está casi completamente admitido, con ma- 
yor facilidad alcanzará idéntico resultado el primero. Los pro- 
yectos de leí son susceptibles de reforma hasta su última discu- 
sión ; mas, caso que Venezuela quiera sellar cual está el tratado 
de 1852, el Brasil no se opone en lo más mínimo al pensamiento. 
No será él el que pierda con el cambio. 



CAPITULO III. 

J)E LA NAVEGACIÓN DE LOS RÍOS. 

Antes de ventilar lo relativo á limites, se juzga conveniente 
tocar el punto de navegación fluvial, así por el íntimo enlace de 
las materias, como para poner fuera de incertidumbre toda la im- 
portancia del beneficio ofrecido á Venezuela por el Brasil en el 
uso del Amazonas. 

Estas cuestiones han dado asunto á muchedumbre de escritos 
en varios países. Recuérdase especialmente la polémica que se 
siguió en Lima por la prensa en 1853. Pero la obra que ha exa- 
minado la controversia en todos sus aspectos, la que ha reunido 
mayor caudal de doctrinas, luces, erudición, hechos históricos ; 
la que ha cuidado de rebatir cuantos argumentos ha sugerido el 
interés; la que ha sabido justificar del modo más completo el sis- 
tema prudente del Brasil, es la titulada : "De la navegación del 
Amazonas. Respuesta á una Memoria de M. Maury, oficial de 
la marina de los Estados Unidos, por M. de Angelis, miembro 
corresponsal del Instituto histórico y geográfico del Brasil, de 
las Sociedades de geografía de París, de Londres, etc., etc. - Mon- 
tevideo, 1854." Tan precioso libro circuló profusamente en Ca- 
racas en 1857, y el Sr. ür. Mariano Briceño, que fué excitado á 
discutir la materia y ofreció hacerlo, se separó de la redaccioa 
de su periódico sin cumplir su palabra. 

En provecho de los lectores que no hayan disfrutado de aquef 
libro, bfen será que se haga actualmente un breve análisis de su 

2 



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- Id - 

eoBtenido. Comienza el autor haciendo la exposición def asunto» 
y después de describir en globo la magnifícencia de la hoya del 
Amazonas y sus cien tributarios, anuncia el plan del Brasil, Ve- 
nezuela, la Nueva Granada, el Ecuador, el Perú y Bolivia, que 
es llamar la inmigración europea, fundar á orillas de esos innu- 
merables ríos colonias agrícolas ; indica que no es dado efectuar 
esta obra inmensa sino al influjo de la paz. y unión de aquellos 
Estados, porque de lo contrario no se evitarán los peligros que 
los amenazan de parte de las naciones poderosas, caya codicia 
debe de ser excitada por las riquezas de tan opimas comarcas. 
Cita la Memoria publicada por el oficial anglo-an^ericano M. M au- 
ryt y se propone refutarla exponiendo de un modo preciso los 
principios del derecho internacional acerca de la navegación de 
los rios, y deduciendo de aquí las consecuencias relativamente al 
Amazonas, 

Con brillantes pinceladas pasa luego ¿ explicar en una gran- 
diosa introducción la historia de las naciones, desde los tiempos 
bárbaros, en que eran sinónimas las palabras extranjero y enemi- 
go, hasta la época actual en que se juzga á todos los pueblos de- 
rramados sobre la superñcíe de la tierra como miembros de una 
sola gran familia, unidos por idénticos derechos y obligaciones, 
fiados por la suprema luz de la razón, buscando la dicha común, 
no solo en la satisfacción de las necesidades materíales, sino tam- 
bién y principalmente en la de las morales, y reconociendo que 
ha pasado para siempre la época en que imperaba solo la fuerza 
bruta, puesta á un lado la idea del deber y la justipia. Allí 
muestra cómo las naciones, ni más ni menos que los individuos, 
son perfectamente iguales unas á otras delante de la leí de la na- 
turaleza, y cómo ha progresado esta doctrina hasta el punto de 
que hoi los prepotentes se avergüenzan de manifestar á las claras 
sus designios, cuando no son ajustados al tipo eterno de la verdad» 
y se afanan por cohonestarlos con hipócritas apariencias, pompo- 
sas protestas, mentido amor á la humanidad. Establece la nece- 
sidad de que los pueblos se gobiernen por principios fijos, inde- 
pendientes de sus circunstancias peculiares. 

Entrando más á fondo en la materia de navegación de rios, 
la discute á la luz de los tres orígenes de los derechos y deberes 
de las naciones entre sí, á saber la razón, la costumbre y los tra- 
tados públicos. Demuestra con la autoridad unánime de los pu- 
blicistas, que uno de los derechos permanentes, no hipotéticos, de 
los Estados, es el de soberanía, compuesto del dominio y del ¿m- 



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- 19 - 

peno. Por el primero, la nación usa del país para sus necesida- 
des ; por el segundo, manda en todos los lugares que le pertenecen. 
Entre estos se hallan los ríos que atraviesan su territorio y siguen 
las leyes por las cuales se gobierna la propiedad pública. Esta 
consiste en la facultad de excluir á todos los Estados ó individuos 
extranjeros del uso y apropiación del territorio y de todas las 
eosas en él situadas. Comprende aun los mares encerrados den- 
tro de las fronteras de un Estado. Uno de los caracteres princi- 
pales de su independencia se observa eu el uso libre y exclusivo 
del derecho de las aguas, en toda su extensión, así en el territorio 
marítimo, como en los rios, canales, lagos y estanques. Ese uso 
no está sujeto á otras restricciones que las provenientes de pactos. 
No habria razón para acusar de injusticia al Estado, aunque pro- 
hibiese toda especie de tránsito á los buques extranjeros por los 
rios, canales ó lagos de su territorio, por el mar al alcance del 
cafion de sus costas, ó su entrada y permanencia en los puertos y 
en las radas. Si un individuo diferente del dueño de la cosa tu- 
viese derecho de disponer de ella, no seria el dominio propio y 
exclusivo, no pudiendo ejercerse libremente. A diferencia de la 
propiedad particular, que es limitada por las leyes del Estado y 
siempre por el dominio eminente del soberano, la pública es plena 
y absoluta, pues en la tierra no existe autoridad que pueda ponerle 
trabas. 

Bello, y con él Ferrater, ha sentado que "una nación que es 
dueño de la parte superior de un rio navegable tiene derecho á 
que la nación que posee la parte inferior, no le impida su navega- 
ción al mar, ni la moleste con reglamentos y gravámenes que no 
sean necesarios para su propia seguridad, ó para compensarle la 
incomodidad que esta navegación le ocasione.** ¿ Qué derecho es 
ese que se ha de someter á los reglamentos y gravámenes que 
exija la propia seguridad, ó en cuyo ejercicio deben ser compensa- 
das las molestias que cause ? ¿ Y si la propia seguridad pide, no 
solo que se restrinja la navegación del rio, sino aun que se prohiba 
á los extranjeros ? ¿Quién será el juez de esta necesidad ? Evi- 
dentemente ella sola, pues es soberana y no puede admitir ningún 
poder superior. Luego el derecho que Bello concede, es esen- 
cialmente imperfecto. 

Por otra parte. Bello admite el domiti'io exclusivo de la nación 
en el territorio que ocupa ; y afirma que este se compone de toda 
la parte de la superficie del globo de que es dueño, y á la cual se 
extiende su soberanía, é incluye los rios, lagos y mares interiores. 



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— so- 
Notable contradicción ! En la misma cae Ferrater, olvidande 
cómo dos derechos entre si opuestos podrían ser ambos perfectos* 
Ellos confunden el derecho con su ejercicio, al cual toda nacioB 
por su voluntad es libre renunciar. 

Si el Estado Soberano de las fuentes de un rio tuviese facul* 
tad de navegado hasta su boca sita en los límites de otro, los 
buques de la primera podrían surcar el rio 0ntre dos oríllas de la 
segunda, la bandera de aquella ondearía en el corazón de esta» 
DO por concesión, sino ipso jure. La última no tendría siquiera 
por justa reciprocidad el derecho de navegación en la parte supe- 
rior, ó cabria que se le negase. De modo que la una, cuyas en^ 
barcaciones atravesarían el territorio de la otra, pudiera rechazar 
de sus ríos las de esta, conservando el dominio exclusivo en todas 
las partes de sus tierras, y ejerciendo ademas su imperio ea una 
porción de las vecinas; con lo cnal quitarla á la propiedad de su 
soberano el carácter de plena y absoluta. 

Continuando la misma hipótesis, es claro que no debería eo 
ningún caso embarazarse el uso del derecho de la naeioa á quien 
pertenecieran las fuentes del rio, ni aun en ejercicio del derecho 
de conservación, que es el prímero de todos los derechos y deberes* 
De donde se sigue que él resultarla ilusorio, como que ni su em«* 
pleo, ni la obligación de velar por su existencia é integridad, auto* 
rizarían al Señor de la boca para cerrar lo interior de su terrik>río 
al otro Estado. ¿ Habría en esto razón, habria justicia ? 

Lejos de eso, el dominio es completo en todo el territorio 
poseído por una nación, y solo expira donde ella deja de ejercer 
su imperio. Nada importa el lugar en que nazca un rio; él es 
parte esencial de los territorios por donde pasa ; si baña sucesi* 
vamente los de muchas naciones, hace necesariamente parte de 
ellas, y por consecuencia, de su propiedad. Como dice de Mar* 
tens, '* los ríos que atraviesan Estados ribereños, pertenecen á cada 
uno de esos Estados á proporción de su territorío." Si por cuaU 
quier motivo una nación consiente en permitir á pabellones extran- 
jeros la entrada de sus ríos interiores, lo hace por un acto de su 
voluntad soberana ; probando con esto mismo que solo á ella le 
toca el derecho de regular su navegación como lo entiende. Por 
eso contestaba Lord Aberdeen en la Cámara de los Lores^ el 10 
de Febrero de 1646. " No podemos pretender ejercer ningún 
derecho en la navegación del Paraná, cuyas dos orillas se haüam 
m el territorio argentino. Esta pretensión sería contraria &] 
tra prictioa universal y á los principios de las nacionesT 



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Al examinar la costumbre relativamente á la navegación de 
los rioSy trae Angelis este pasaje de Ortolan '* La fijación de los 
derechos recíprocos de las naciones no depende solo de las luces 
de la razón humana. La experiencia, la imitación de los ante- 
cedentes consumados, un largo uso habitualmente practicado y 
generalmente observado introducen entre ellas lo que se llama 
eostun^rey que forma regla de conducta internacional, y de donde 
proceden, por una y otra parte, derechos positivos. La fuerza 
obligatoria de la costumbre se funda en el consentimiento, en el 
con venicb tácito de las naciones. Ellas la han admitido tácita- 
mente, se han ligado por este acuerdo tácito, pues por tanto 
tiempo y tan generalmente la han practicado " 

Este derecho consuetudinario, cuya base es la razón universal, 
y al cual obedecen voluntaria, espontáneamente las naciones» 
dándole con su libre concurso una fuerza respetable, resuelve la 
cuestión lo mismo que el derecho de gentes natural. 

El derecho de conservación, que domina á los demás, es tan 
superior á ellos, tan absoluto, que ha introducido en la costumbre 
internacional una práctica extraña, y sin embargo, umversalmente 
admitida, reconocida, no disputada; á saber, que toda nación 
ejerce su soberanía en la parte del mar que baBa sus costas. 

El mar, lazo que une á los pueblos mas distantes, gran camino 
de la humanidad, medio de comunicación que acerca todas las 
partes del mundo, por donde vuelan el comercio y el progreso á 
los puntos mas inaccesibles y remotos, está destinado á las nece- 
sidades de todos los pueblos, y por lo mismo es común á todos. 
En vano algunas Potencias han querido protestar contra esa 
verdad: sus esfuerzos han sido impotentes. 

El mar no es susceptible de propiedad, porque no lo es de 
posesión, y en tal concepto, menos podrá ejercerse en él imperio, 
¿Quién lo defenderá en todos sus puntos? ¿ quién tendrá el poder 
marítimo necesario para conservar su dominación? 

Sin embargo, esa doctrina universal ha cedido al derecho de 
conservarse. El límite de la libertad de los mares es, no la playa 
•n que mueren sus olas, sino una línea imaginaria llamada línea 
de respeto* Entre ella y la costa, la nación excluye ó admite á 
los extranjeros, ejerce inmediata vigilancia, dicta leyes en virtud 
de su voluntad soberana, manda como señora absoluta. De tal 
modo se considera este espacio como parte del territorio de la 
nación, que los publicistas le han dado el nombre de mar terri^ 
UniaL 



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— 22 — 

*' LTna nación puede apropiarse las cosas cuyo uso libre y 
común," habla Vattel, "le seria nocivo ó peligroso. Por eso 
extienden su poder en el mar y á lo largo de las costas hasta 
donde ellas pueden proteger sus derechos. Importa á la seguridad 
y al bien del Estado que no todos tengan libertad de acercarse 
tanto á sus posesiones principalmente con naves de guerra, que 
impidan su entrada á las naciones comerciantes y turben su nave* 
gacion. Estas partes de mar, así sometidas á una nación, están 
comprendidas en su terrüoHo^ y no pueden navegarse contra la 
voluntad de ella." 

En la extensión del mar territorial no están de acaerdo loe 
políticos. Unos la llevan hasta donde puede hallarse fondo, otros 
hasta treinta leguas de las costas, otros hasta el limite del horí« 
zonte real. Pero la opinión que ha prevalecido es la que le fija 
por límite el alcance del tiro del canon. 

Las le^'es y tratados manifiestan el consentimiento unánime 
de las naciones en este principio. Tal sucede con la ordenanza 
francesa de Marina de 1681, el edicto de Luis XIV de 1710, el 
tratado de 14 de Febrero de 1663 entre Francia y Dinamarca, el 
de alianza de 11 de Enero de 1787 entre Francia y Rusia, el de 
1704 entre los Estados Unidos y la Gran Bretaña. El de Francia 
y las dos Sicilias de 10 de Octubre de 1796 fija en cuatro el ná« 
mero de buques de guerra que se admitirán en los puertos y radas 
de la segunda de esas Potencias. Por el mismo principio en 1825, 
cuando el Almirante francés Jurieu se presentó delante del puerto 
de la Habana con su nota, el número de sus buques excitó las 
sospechas del Gobernador de Cuba, que ordenó á la flota detenerse 
fuera del puerto ; y el Almirante se conformó con la orden, ni 
entró en la Habana sino después de haber explicado al Goberna- 
dor las causas por las cuales llevaba tan numerosa flota. 

Como todo derecho supone sanción, los Estados tienen facuN 
tad de castigar cualquier acto que viole los reglamentos estable* 
cidos en las aguas que bañan sus costas. Y en efecto, las conven- 
ciones de pesca suelen incluir penas contra sus infractores ; é 
Inglaterra ha declarado confiscable todo buque cargado de mer- 
cancías prohibidas, cuando no obedezca á la intimación que se le 
haga de retirarse dentro de veinticuatro horas, si se le halla dentro 
del limite de una legua de las costas, bien anclado, bien bordeando, 
sin dirijirse al término de su viaje cuando el tiempo lo permite. 
Esta soberanía en el mar territorial se extiende con mayor razón 
á los golfos, radas y bahías, como que hacen parte del dominio 



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absoluto del Ettado duefio del territorio que los encierra, y puede 
aplicárseles, en cuanto á los efectos del dominio y del imperio, 
todo lo que se dice de la misma tierra. Aun los mares entera- 
mente incluidos en las tierras de una nación, que se comunican 
con el Océano solo por un canal de que ella puede apoderarse, 
son tan susceptibles de ocupación y propiedad como la tierra, y 
deben seguir laeuerte del país que los circuye. Asi el mar Caspio 
es un lago enteramente ruso. 

Una de las mas notables aplicaciones de los derechos de 
soberanía y conservación introducidos por la costumbre, es la 
dominación de los estrechos, cuando los buques no pueden pa- 
sarlos sin ponerse bajo los fuegos de las baterías que los defienden, 
aunque sean el único paso entre los mares. Y es particular que 
los pueblos que gozan de estos privilegios, nunca han sido Poten- 
cias de primer orden, han tenido vecinos formidables, y sin em- 
bargo, jamas se les han disputado seriamente esos derechos. 

Dinamarca cobra derechos á los buques que pasan por el 
Sund y los Belts, aunque una de las costas del Beit menor perte- 
nece á Suecia, porque las naves tienen que acercarse á la isla de 
Seelandia y ponerse bajo el cañón de Cronemburgo. Ni Prusia 
ni Rusia, para quienes es especialmente oneroso un gravamen que 
cae sobre todas las naciones, han dejado de someterse á él, antes 
estos derechos se han fijado en tratados públicos en 1545f 1668, 
1742 y 1842. 

La Puerta Otomana ejerce un dominio reconocido por la cos- 
tumbre en los estrechos del Bosforo y los Dardanelos, por los 
cuales no puede transitar ningún buque de guerra, bien que forma 
la única entrada del Mar Negro. Rusia, cuyas provincias ocupan 
gran parte de la costa de ese mar, obedece á la prohibición fun- 
dada en un uso inmemorial, y aun la reconoció en un tratado 
solemne hecho en Londres el año de 1841. Fueron partes en él 
Francia, Austria, la Gran Bretaña, Prusia, Rusia y Turquía. En 
el preámbulo se dice que las cuatro primeras, queriendo testificar 
su acuerdo en dar al Sultán una prueba manifiesta de su respeto 
á la inviolabilidad de sus derechos soberanos, han resuelto acudir á 
la invitación de S. A. á fin He hacer constar de consuno, mediante 
un acto formal, su determinación unánime de conformarse con la 
antigua regla del Imperio Otomano, según la cual los estrechos da 
los Dardanelos y del Bosforo deben estar siempre cerrados á los 
buques de guerra extranjeros, mientras la Puerta se halle en paz 
d^c. Por su parte el Sultán declara su firme resolución de man- 



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— 24 — 

tener en lo futuro el principio invariabUíñenie establecido como 
aníigtia regla de su imperio^ y en cuya virtud ha sido en iodo 
tiempo prohibido á los bajeles de guerra de las Potencias extran- 
jeras entrar en el estrecho de los Dardanelos y el Bosforo &c. 
Los demás se obligan á respetar la determinación del Sultán y ¿ 
obrar conforme al principio enunciado. Esta máxima viene de 
la costumbre, no de los tratados; lejos de seguirlos, los ha prece- 
dido ; no emana de concesión, sino del dominio legítimo ejercicb 
por toda nación en sus riberas. 

Si la costumbre pues canoniza la legitimidad del dominio 
absoluto de un Estado en el mar que linda con sas riberas, con 
mayor razón debe reconocer el derecho mas evidente é incontesta- 
ble que tiene toda nación para disponer, según su sola voluntad, 
de sus aguas interiores, de la navegación de los ríos que pasan 
por su territorio. Todo se reúne para asegurar esta soberanía : 
la propiedad real y el imperio, la posibilidad de defender el dere- 
cho. Así la práctica general de las naciones guarda perfecta 
armonía con el principio demostrado, y todo Estado posee el do« 
minio exclusivo de sus ríos interiores, en que rechaza ó admite á 
los extranjeros, sin tener otra lei que sus propios intereses, de que 
es juez único y absoluto. 

Los rios son públicos, dice la Instituta, como los caminos, los 
puertos, susceptibles de posesión y propiedad. Los que han creído 
que los Romanos colocaban los ríos entre las cosas comunes á 
todos, como el aire, el cielo y el mar, ignoran que ellos confundían 
el derecho de gentes con el civil, ó mas bien indicaban los princi- 
pios naturales que rigen los individuos y las sociedades, sin cuidarse 
de la diferencia que hai entre las relaciones de los Estados y las 
relaciones de los individuos. 

En Francia, por la ordenanza de aguas y bosques de 1669 
se declaró que la propiedad de todos los ríos grandes y pequeños 
formaba parte del dominio do la corona. Cuando mas tarde se 
estableció una distinción entre la nación y el reí, los ríos quedaron 
en el dominio de esta, que se llamó público. El es, según Merlin* 
aquel en que la propiedad y el goce pertenecen á un tiempo al 
Estado. El preámbulo de la lei de 22 de Noviembre de 1790 
declara inalienable el dominio público sin consentimiento de la 
nacían ; solo esta podía desprenderse de la propiedad ó posesión 
de los rios; de donde se deduce*que ejercía en ellos la soberanía 
mas absoluta, exclusiva y completa. 

Espafía sigue la misma práctica que Francia y las demás na- 



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— S6 — 

cíonefly oomo lo acreditan el tratado de 1665 sobre la navegación 
del Btdasoa, y el de 1977 respecto á la del Amazonas. 

El Escalda pasa por el territorio de varias naciones. Solo 
por 8U boca podían las provincias Bélgicas sacar sus producciones ; 
pero, como los Holandeses pusieron barreras en su entrada y guar- 
niciones en ambas orillas, aquellas se vieron forzadas á soportar 
una servidumbre onerosa á su comercio. En el tratado de Fon*- 
taínebleau de 1785 se sancionó el derecho de los Holandeses, que 
mantuvieron cerrado el Escalda, aunque José II babia pedido se 
abriese ¿ sus subditos. 

Algunas veces dos Estados vecinos, regados por unos mismos 
ríos, han tenido mutuo interés en concederse el derecho de nave- 
gacion en todo su curso ; y entonces han asentado en instrumentos 
públicos y solemnes las obligaciones contraídas voluntariamente. 

Esos tratados prueban que el dueño de la parte superior de 
un rio tenia precisión de solicitar del soberano de la inferior, que 
derogase en su favor el principio del derecho de gentesl A falta 
de semejantes pactos, aquel ha subsistido inalterable. 

Cuando España adquirió ambas orillas del Misisipí, su nave- 
gación, que ¿ntes era común á Francia y los Estados Unidos, 
quedó privativa de la Corona Hispana, propietaria de su boca. Y 
de nada sirvió á los Anglo- americanos tener sus dos riberas en su 
mayor parte, y sus afluentes el Ohío, el Kentucky y el Tennessee; 
Ri ser el Misisipi única via natural de comunicación de provincias 
inmensas con el mar ; ni haber estado poseyendo el derecho de 
sacar sus producciones por las bocas de tal rio. La Union hubo 
de ceder, y obtuvo el derecho de navegar en la parte inferior del 
Misisipí, por el tratado de 27 de Octubre de 1795 firmado en San 
Lorenzo el Real. 

Los Estados Unidos, solicitando de España que les abriese 
las bocas del Misisipí, confesaron implícitamente que podia res- 
pondérseles con una negativa. Los mismos términos del tratado 
prueban que España disponía conforme á su voluntad de la nave- 
gación del rio. '' La navegación de este rio," dice uno de los 
artículos, ** es libre hasta su boca, solamente á los Españoles y los 
Americanos, á menos que S. M. C. quiera extender este privilegio 
á oirás Potencias por convenio especial" En el mismo tratado se 
concedió á los ciudadanos de los Estados Unidos por tres años un 
puerto de depósito en Nueva Orleans ; pero quedando España en 
aptitud de no continuarlo, si les asignaba un lugar de deposito 
equivalente en oíra parte de las riberas del Misisipí. 



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Una sola vez fué contradicho, al parecer, este principio. 

El tratado firmado en París el 30 de Mayo de 1814 entre la 
Gran Bretaña y Francia contenía lo siguiente : 

'' Artículo 5^ Será libre la navegación del Rin, desde el punto 
en que se hace navegable hasta el mar, y recíprocamente, de suerte 
que no pueda prohibirse á nadie ; y en el futuro Congreso se tra- 
tarán los principios conforme á los cuales puedan regularse los 
derechos que hayan de cobrar los Estados ribereños, de la manera 
mas igual y favorable al comercio de las naciones." 

*• Asimismo se examinará y decidirá en el futuro Congreso 
de qué manera podrá extenderse igualmente la disposición ante- 
rior á todos los ríos que en su curso navegable separan ó atravie- 
san diferentes Estados, para facilitar las comunicaciones entre 
los pueblos y hacerlos siempre menos extraños unos á otros.** 

Los Plenipotenciarios de las naciones de Europa reunidos en 
Viena declararon libre la navegación del Rin, del Necker, del 
Mein, del JVf osela, del Mosa y del Escalda, y en el tratado general 
firmado en Viena el 9 de Junio de 1815, inscribieron los artículos 
siguientes : 

*^ 1 08 Las Potencias cuyos Estados separa ó atraviesa un 
mismo rio navegable, se obligan á arreglar do común acuerdo 
cuanto dice relación á la navegación de tal rio. A este fin nom- 
brarán comisarios, que se reunirán, á mas tardar, seis meses des- 
pués de terminado el Congreso, y que tendrán por bases de sus 
trabajos los principios siguientes." 

*^ 109. Será enteramente libre la navegación en todo el curso 
de los ríos indicados en el artículo precedente, desde el punto en que 
cada uno de ellos es navegable hasta su boca, y no podrá prohi- 
birse á nadie, en cuanto mira al comercio : en el concepto de que 
todos se someterán á los reglamentos relativos á la policía de esta 
navegación, los cuales serán uniformes para todos, y tan favora- 
bles al comercio como sea posible." 

Esta declaración no ha menoscabado el principio que rige la 
navegación de los ríos, ni siquiera la costumbre seguida por las 
naciones. 

Por otra parte, el principio es superior á todas las declara- 
ciones ; y aunque uno ó mas Estados tienen libertad de renunciar 
á su derecho, su ejemplo no liga á los demás. Su política, impul- 
sada por motivos particulares, no se convierte en regla del derecho 
de gentes. Las naciones representadas en Viena, no obstante lo 
proclamado allí por sus plenipotenciarios, han mantenido la cos- 



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- 27- 

tumbre de cerrar sus ríos á los pabellones extranjeros. La con* 
tradiccion se explica por el fin del tratado de Viena. 

Habia en el mismo seno de Europa, en medio de naciones 
grandes, Estados pequeños, sin fuerza, importancia ni acción, y 
cuyas frecuentes desavenencias amenazaban la paz de Europa. 
De aquí la necesidad de oponer pueblos á pueblos, de organizar 
naciones fuertes, capaces de resistir por sí solas sin el socorro de 
las vecinas. 

No era posible borrarlos del mapa y sustituirlos con una sola 
nación creada de repente y con tantos elementos opuestos. Hubo 
pues el Congreso de contentarse con reunir algunos de esos terri- 
torios estableciendo su confederación, como se habia indicado en 
el tratado de París. 

Para asegurar el Congreso su propósito, debia ademas des • 
truir las causas de las disensiones de esos Estados débiles. Las 
mas hablan nacido de dificultades concernientes á la navegación 
del Escalda y del Rin. Con la clausura de aquel estaban colo- 
cadas en mui' perjudicial situación las provincias Bélgicas, y ea 
peligro la existencia mercantil de las Flamencas. A orillas del 
Rin era mayor el desorden. Reyezuelos seculares ó eclesiásticos 
abusaban de la posesión de una parte mínima de sus riberas, para 
someter los bajeles de losí Estados vecinos á derechos exorbitan- 
tes ; cuando uno alzaba los impuestos de su arancel, lo imitaban 
todos los demás por retorsión ; y entre Mayenza y Coblenza, dis- 
tancia de ocho leguas, no se encontraban menos de nueve peajes 
diferentes. A quitar del medio estas causas de rivalidades se 
dirigió el Congreso. 

Sí la forma de la declaración fué la de un principio general, 
esto se hizo para lograr mas fácilmente que se aceptase. Los 
ribereños abrieron sus rios ; los demás se limitaron á una promesa 
vaga cuyo cumplimiento podían diferir indefinidamente, y que aun 
DO se ha visto. 

Mr. Guillermo de Humboldt, informante de la comisión de) 
Congreso respecto al asunto de navegación, ya dijo en su memoria 
que ^es inútil probar la imposibilidad de celebrar convenciones 
semejantes ¿ las relativas á la navegación del Rin y aplicables á 
todos los rios, mientras duren las conferencias." 

Esto no ha impedido que el principal argumento á favor de 
la libertad de la navegación se apoye en el acta del Congreso de 
Viena. Sin embargo, los Plenipotenciarios no miraban como un 
derecho su Ubre navegación, puesto que reclamaban la aquiescen- 



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eia de los ribereSos, y al coDtrario, recooocian qae les era dado 
cerrar ó abrir los ríos y no podían ligarse sino por su pro|Ma vo« 
luntad* ** Tales estipulaciones," nota Wheaton, <* son el resultado 
de un consentimiento mutuo fundado en los intereses de los dife- 
rentes Estados ribereños. Ellos ejecutaron un acto de soberanw 
imponiendo á la navegación las condiciones q ue quisieron, y con* 
firmaron su derecho disponiendo de él seguu su voluntad. 

Ademas, cualquiera que sea la fuerza de la declaración, ella 
no puede obligar sino á los Estados que la aceptaron ; y los de 
América ni concurrieron ¿ Viena, ni cabia que fuesen invitados^ 

La República Francesa habia proclamado principios nuevos 
y estremecido los antiguos tronos. La Convención habia tirado 
la cabeza de un rei á los pies de los reyes conjurados, y cometido 
a catorce ejércitos el encargo de difundir ¿ cañonazos los principios 
republicanos. Napoleón continuó la obra revolucionaría : de sol- 
dado llegó á ser Emperador: tomó su corona en los campos de 
batalla : era enemigo de las viejas dinastías : colocaba los cetros 
en manos de advenedizos. Cuando él cayó, se levantaron las 
monarquías salvas del peligro, y quisieron afirmarse sobre sus 
bases mal seguras; y el objeto del Congreso de Viena fué poner 
un dique poderoso al torrente. Así el Congreso era completa* 
mente Europeo; no se ventilaban en él sino las cuestiones de la 
gran familia de los monarcas de^Europa, y su acta 16.» no es mas 
que una precaución empleada para consolidar el equilibrio que 
querían asentar en bases inmutables. Los Estados Americanos 
no tenían ningún interesen sus deliberaciones. A lo sumo se 
puede proponer como ejemplo lo hecho entonces. 

El Danubio, que baña á Ba viera, Austria y Turquía, perma- 
Bece bajo la dominación exclusiva de los Estados propietarios de 
sus riberas. 

Francia cierra el Ródano ¿ Suiza en medio de la cual nrace* 

España y Portugal siguen conservando la navegación exclu- 
siva del Duero y del Tajo. Por el tratado de 30 de Agosto de 
1839 y el de 31 de Agosto de 1835 se han concedido mutua*» 
mente la navegación común de los dos ríos; pero uno de los 
artículos del convenio acerca del Tajo establece, á diferencia dt 
lo acordado en Viena, que ella es un derecho exclusivo de las doé 
naciones; que cada una de estas es libre para disponer, como lo 
tenga á bien, de la parte del rio cuyas dos riberas posee^ y que en 
virtud de este derecho incontestable y por coTiveniencia reciproca 
cada una de ellas concede á la otra el derecho de navegar ea §m 



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— 99 — 

aguas. El tratado referente al Duero, después de declarar que 
BU nayegacion será libre para los subditos de los dos reinos, aSade: 
^Esta libertad se extenderá solamente de reino ¿ reino en toda la 
extensión del rio para los barcos de ambas naciones, pues que la 
navegación de cabotaje que se haga en la parte del rio cuyas dos 
márgenes pertenezcan á uno de los dos reinos, continuará siendo 
privativa de la nación á que ellas pertenezcan." 

La Gran Bretafia, que tomó tanto interés en las conferencias 
de París y de Viena, que propuso, protegió y formalmente procla- 
mó la libertad de la navegación, nunca la ha practicado. Las 
actas de navegación de Ricardo III y de Enrique VII, los Estatu- 
tos de Isabel y de Jorge II, la carta marítima de Carlos arreglan 
aun la navegación de los ríos interiores de Inglaterra, y los cierran 
ó los pabellones extranjeros. 

En 1842 dio una prueba de la enérgica obstinación con que 
defiende este dominio. En el Cambia, que baña el Senegal, con»> 
truyeron los ingleses el fuerte Jnmes. £1 Gobierno Francés hizo 
otro mas cerca de la desembocadura del rio, donde se halla esta- 
blecida la iactoria de Albreda. En 1783 medió entre ambas 
naciones un tratado por el cual Francia reconocía en Inglaterra 
el derecho de posesión del Cambia, del fuerte James hacia arriba. 
Inglaterra pretendió el dominio de todo su curso, y á ese fin fundó 
otro fuerte, el de Santa Marta de Bathurst, entre Albreda y la 
desembocadura. 

Desde entonces dominó el rio i puso á su navegación las 
condiciones que quiso ; y sometió á ellas aun al dueño de la parte 
superior que por mucho tiempo había ocupado el punto donde se 
edificó el fuerte de Santa María y las bocas del Cambia. Por 
esta ocupación Inglaterra captura los buques que se niegan 6 sa^ 
lodar el pabellón Ingles enarbolado en su fortaleza. Así socedle 
con la nave Francesa Senegamhia, porque un bajel de guerra que 
la convoyaba, no cumplió con tal exijencia. 

En Dtcisn»bre de 1843 el ChHbU que conducía al príncipe 
JoÍDville, hijo de Luis Felipe, pasó la barra sin hacer el saludos 
Esto motivó una correspondencia entre Lord Aberdeen y Mr. 
Guizot, en que decía aquel : ** La Gran Bretafia tiene derecho 
para exigir que sea respetada su soberanía ; y que sean respetados 
los reglamentos que en virtud de ella le parezca bien establecer 
en Cambia. Lo que exije el Grobierno Ingles es que sea reconocido 
y respetado el derecho incontestable y no disputado de la Crfan 
Bretafia, i la soberanía del Gambía ; medio por el cual podrte 



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— JM) — 

evitarse las desavenencias y choques. Mas» si ios oficiales Fran- 
jeases persisten en la conducta inconveniente que han observado, 
esta manera de proceder podria afectar seriamente la buena ar-» 
monía que por fortuna existe entre ¿mbos países. 

Mr. Guizot convino en la fuerza de estas razones, y así con-» 
testó: *'EI infraescrito ha sido encargado de noticiar á Lord 
Aberdeen, que las observaciones que hizo, han parecido al Go- 
bierno Francés perfectamente fundadas^ y que, á consecuencia de 
ellas, se han librado órdenes al Gobernador del Senegal, para que 
sea desaprobada la conducta del oficial que manda el vapor Galibi." 

El San Lorenzo es el gran rio que forma la comunicación del 
Océano Atlántico con los lagos Superior, Michigan, Hurón, Eñe 
y Ontario : baña todos los Estados del Norte y Noroeste de la 
Union : es la salida natura] y mas corta de sus producciones : la 
navegación de su boca interesa á ocho Estados y al comercio en- 
tero de la República. Ella no posee sino las riberas meridionales 
de los lagos y del San Lorenzo hasta los confines de Nueva Es- 
cocia, y la Gran Bretaña tiene las septentrionales de los lagos y 
el rio y las meridionales desde los 45^ hasta su desembocadura. 
Se esforzó pues el Gobierno Americano en obtener del Británico 
la navegación de la parte inferior del San Lorenzo, entablando 
negociaciones en 1826. En ellas se invocaron todas las razones, 
todos los pretextos. Se alegó que los Estados del Noroeste solo 
por aquel paso podian comerciar con el mundo ; que los Ameri- 
canos, cuando eran subditos Británicos, ejercian el derecho de 
navegar en el San Lorenzo y habian ayudado á conquistar el 
Canadá ; que los grandes lagos debian considerarse como mares 
internos y el San Lorenzo como el estrecho que los juntaba con 
el Atlántico. No se hizo mérito de que los Estados Unidos tenían 
la propiedad de las fuentes y de una inmensa extensión de la ri- 
bera meridional del San Lorenzo ; mas sí se recordó el tratado do 
Viena. La Gran Bretaña respondió que no juzgaba á propósito 
mplicar al San Lorenzo los principios que se habian admitido en 
el tratado de 1815; que los derechos anteriores no podian preva- 
lecer contra el nuevo que resultaba de la propiedad no disputada 
de los rios; y que siendo por su naturaleza el de utilidad inocente 
imperfecto y sometido al juicio de la nación que lo concede, de« 
claraba que debia negarlo á los Estados Unidos. 

No fué sino en 1854 cuando otorgó á la Union algunas ven- 
tajas en cambio de otras alcanzadas de ella ; pero, lejos de reco- 
nocer el principio de la libertad, conmemoró y sancionó solemne- 



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— 81 — 

liietite 8U derecho á la soberania absoluta en la parte inferior del 
San Lorenzo. 

^ Podrán los Americanos," dice la Convención de 5 de Julio 
de ese año, '^ir á pescar pezes de mar 4 todas las costas de las 
provincias Británicas de la América del Norte, y pasar á tierra 
¿ secar sus redes y á preparar sus pescados, con tal que no usur- 
pen los derechos de los propietarios ribereños, ni de los pescadores 
Británicos. Estas facultades no se aplican mas que á las pes- 
querías de mar, y de ningún modo á las de salmón^ sábalo^ ni á 
ninguna de las otras que se hacen en los ríos y sus desembocaduras^ 
cuyo privilegio exclusivo queda reservado á los pescadores Britá- 
nicos. De los privilegios concedi<fos á los pescadores Americanos 
en las costas de las provincias Británicas, participarán también 
los ciudadanos Británicos en las costas de los Estados Unidos, al 
norte del grado 31^ de latitud boreal ; siendo unas mismas en 
ambos casos las restricciones." 

** Los ciudadanos de los Estados Unidos tendrán derecho para 
navegar en el San Lorenzo y en los canales del Canadá que co- 
munican los grandes lagos con el Atlántico, pagando los mismos 
derechos de peaje y sometiéndose á los mismos reglamentos. Por 
otra parte, el Gobierno Americano concede á los subditos Britá" 
nicos la libre navegación del Michigan, y se obliga á invitar los 
Estados á conceder á esos mismos subditos el derecho de navegar 
en sus diversos canales respectivos." 

<< El Gobierno Británico se reserva la facultad de quitar á los 
Americanos el privilegio de navegar en el Canadá; y, en cambio, 
los Estados Unidos podrán privar á los subditos Británicos del 
derecho de navegación en el lago Michigan." 

** Una vez aplicado este decreto," expresa también el conve- 
nio, << durará vigente diez años y aun mas tiempo, á menos que 
una de las dos partes contratante;» Tiotijique lo contrario con antU 
cipacion de doce meses." 

Inglaterra consigue ventajas para su colonia ; hace entera- 
mente provisional la concesión que otorga y se reserva la facultad 
de quitarla. 

En 1854 ponia en práctica Lord Aberdeen, Secretario de 
Negocios extranjeros, el principio proclamado en 1845, pues ha- 
blaba asi: << Poseyendo Buenos Aires la soberanía en ambas ori- 
llas del Paraná, tiene derecho para impedir que cualquier poder 
extraño penetre en lo interior de ese mismo rio, del mismo modo 



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— 82 — 

gtu nosoirés tenemos derecho para prokOnr la natyegacUn id Son^ 
Lorenxo á cualquier poder extraño/* 

De todos estos hechos conmemorados solemnemente en tra- 
tados públicos, resalta con la mayor evidencia que la costumbre 
de las naciones reconoce en cada Estado el derecho de regular la 
navegación de los rios que posee en ambas orillas, y de excluir 
de ella á los extranjeros, sean ó no dueños de ia parte superior de 
esos rios. 

Los tratados que han derogado la costumbre universal son 
ellos mismos una prueba de respeto ^1 derecho común» pues para 
sancionar las excepciones se han necesitado actos solemnes. ^Uno 
ó dos tratados que se apartan de la costumbre, no mudan el 
derecho de gentes/* 

Por lo que mira al derecho convencional, el Brasil no solo no 
se ha desprendido de la facultad de disponer de la navegación 
prohibiéndola á las demás Potencias, sino que á mayor abunda- 
miento la ha fortalecido en tratados públicos, si es que está vigente 
el de San Ildefonso, concluido entre Portugal y España en 1777. 
Su artículo Id es del tenor siguiente. '' La navegación de los rios 
por donde pasa la frontera ó raya será común á las dos naciones 
hasta aquel punto en que pertenecieren á entrambos respectiva- 
mente sus orillas; y quedará privativa dicha navegación y uso 
de los rios á aquella nación á quien pertenecieren sus dos riberas 
desde el punto en que principia esta pertenencia." 

El articulo 11^ sujeta á las penas establecidas por la nación 
aprehensora á cualquier individuo de una de las dos, por d sola 
hecho de entrar en el territorio de la otra, ó en los rios, ó parte 
de ellos que no sean privativos de su nación, á menos que ana 
Becevidad indispensable, que deberán probar, bs haya obligado 
á pasar al territorio extranjero. 

Pofteriormente, en 23 de Octubre de 1851, se ajustó entre e( 
Brasil y el Perú otro tratado que contiene una estipulación sobm 
la misma nuitería, y del cual se hablará luego. 

El Amazonas y sus numerosos tributarios riegan sucesiva* 
mente los territorios pertenecientes al Imperio del Brasil y á las 
Repúblicas de Venezuela, Nueva Granada, El Ecuador, £1 Perú 
y Bolivia« El Amazonas propiamente dicho es casi enteramente 
del Brasil, que posee mas de seiscientas leguas de su curso, asi 
como los afluentes de mayor importancia, á saber el Madeira, el 
Rio Negro y el Tapajoz. 

Apoyado en el derecho de gentes, en la costumbre de las 



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y a»l4ik ikelU 4 «iiakp^ pod^r ostraAo» mmá lai RepíbUcof 
Hi<p)iaO'ftqi»qflHi|i Laa naciones ao b^brím l#nida qoe haMff 
pira eoea «t^^ respetar w voluntad suberaiuu En eapeeial kp 
Galadoa Unidos habrían nmMaocido en esto ia aplicación del prín^ 
^pi<> 4!i»i proclan^sba Mr. Ada^^s, cuando deda en nota de 1821* 
** Los derechos exclusivos de España en cualquier parte del contí* 
nenie, han cesado. . . • Como inherente á la condición de ind^ 
pendencia y soberanía nacional^ el derecho de navegar en los ri/Oá 
interiores peftenece á cada una de las naciones Americanas en su 
ierrüorio respectivo/* 

Lejos de armarse coa el rigor de un derecho incontestable, él 
se b^ apresurado á hacer todas las concesiones que le pprqiken 
aus deberes para consigo mismo. Para poblar, cultivar ó civilizar 
vastas soledades» había de tomar disposiciones liberales queatra^- 
jesen la emigración Europea, y disposiciones prudentes que no 
p:]cpusisiien su s^uridad. Unido con lazos de mancomunidad á 
iiaciojD|¡es vecinas, emancipadas ayer y sedientas como él del pro- 
greso, resolvió ayudarlas, les propuso trabajar de copsuno en la 
prosperidad de la América del Sur, y les ofreció abrir á sus ban- 
4era9 la inmensa vía de comunicación del Amazonas. £1 desin* 
teres del Brasil permite á las Repúblicas hispano-americanas llis* 
W^ ¿ poca costa sus produ,ccio;2es I^asta el Atláutfco, y enyiarlaa 
4eftUí ^Ipdo^ loscQntinentes. 

fíMMie fin s# Ajustó en 33 de Qciliihre de 196^ eoj^e el Bra- 
«1 y fil P^rá UAft oonveiMion d^ te^^r pgHÍ ffí tf» . 

/'8. & el Eiupei^ulaff fM BrasU y la ^Utp^bbaa M Fiscá» 
ifVfUpml» MHMdot éU 4mm de facUí)t«ur eil oomf^em y MvegfK 
mm áwial, por ia fronlajpa y ríos de \u^ y otro ^;^^4pf han »• 
aasHo 4iiar, aa una coaveo^^ esfteai^ }m pip«eipini y oiedíqi 
d» um mm^9 ¿wtinrado 4 dar 4 aiwww ^ bafos y condidkmM 
con que mas adisíiM^ podren establecerpf d4Éiitílviu;iE^^Bii^ ese co^ 
igiaaéc y-Qa^^^paeioQ. Con esa fia éc^J' 

«« Artscttio W" Sw M. el jBmperador d^ Bcasál, y la ftepáUica 
áei Pevtt, demmíjbo prooaorer re^iw^va gt p »<B la iia;vf^iuúon df I 
Ammésam jr «as eooflnefitsa fúg batma 4a;rapi^, qu^ assigiqr^s^ 
4a exportacioii de leainaiensosfHroducteetle es«s vaiUa región^ 
emtnboyan á aiuMisiar el námeea de sos baM^uiosy <í ot^lfamr 
las tribus salvajes, eonvíMiea en que htts .mercaderías» proiOhietas y 



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~ «4 — 

embarcacíonéá que pawrta ié\ Bttiml al Pet é é < W -] 
por la frontera y rios de nno y otro Estado, eélétt rrrrrtTririfír'nwl 
quiér derecho, impuesto ó afeábala á qoeiio-ealu^iel^attai^eliMi'lic 
mismos productos del terrüorre propio, con los cotíes ^ftteAin en 
todo equiparados.** 

" Articulo 2.** Conociendo las alias partes contratantes cttah 
dispendiosas son las empresas de navegación por vapor, f^ífit 
ninguna utilidad podrá dnr en los primeros años á los empresarios 
la destinada á navegar en el Amazonas, desde su desembocadura 
hasta el litoral del Perú, que debe pertenecer exclusivamente ft 
los respectivos Estados ribereños, convienen en auxiliar, durante 
cinco años, con una cantidad |<ecuniarta la primera empresa que 
se establezca, &c....'* " Los demás Esftdos ribereños qne, adop- 
tando los mismos principios, quisieren tomar parte en la enfpt^áa 
bajo las mismas condiciones, contribuirán también á ella con áf- 
guna cuota pecuniaria.'* 

" Artículo 8.» Las altas partes contratantes estipulan que ios 
artículos L<», 2.", 3.«, 4.« y 5.« de esta convención terfgan "vigw 
por espacio de seis años, qne principiarán á correr desde el eal^ 
de las ratificaciones, y pasado este término, subsistirán duraoíe 
las negociaciones para su renovación ó modificación, ó hasta que 
una de las altas partes contratantes notifique á la otra la cesación 
de dichos artículos.** 

Después de haber establecido asi los principios por lOs cuslte 
debe decidirse la cuestii n, M. Angetis se hace cargo de las obje- 
ciones que presentan ios contrarios, cuande fiáed la nav^sfíiea 
del Amazonas ya para los Estados Unidos, ya-pars todo el mesfds. 
Ellos dicen que el aire y las aguas, creackts .para el uso y placer 
del género humano, y siendo inagotables» perteeeoen en propiedad 
común á todos los hombres. Atega& et dereclio de uSo-iooceBle, 
que no puede invocarse sino por los ribereflos. 

Verdad es que Grocio io defiende c< uve rssto de le i 
primitíva de los pueblos ; pero él lo iiliee, porque, oomo los 
nos, confunde las cosas comunes y las públM»8« Sin esstMMgo» 
él no sienta que ese derecho sea ¿bsotuto é itimitedo ; at oootva- 
rio, lo restringe á casos de extrema neeesidad, y lambien e£ima 
que no puede ejercerse con perjuicio ée nadie, Ad« mas, si<bi,'ffdí- 
na su existencia á dos condiciones : 1*^ an uso^aceideatal, mom* #- 
t&neo ; S.*" una otilidad inocenlt'. Asi se dedoce de los • jeoipiee 
que cita en el siguiente pasiije. ** EsiaciK s obligados á dejar pa- 
^ar á los extranjeros por las tierras, rios y lugares del asar que 



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— 36 — 

.ouank^ ec|i«dfw de su patxiat tratao de 
•il«blM«r«e #Q aignoa tierra íahabitada, ó van & traficar coa un 
pueblo dieteate, ó bao emprendido una guerra justa." El mismo 
Groeio decliuik qim solo á la nación propietaria toca decidir si el 
uso que qaiere hacerse de su propiedad, puede ó no causarle per- 
juicio. '' El efecto de la propiedad es que la conveniencia del 
propietario prefiere á la de todos los demás ; que el derecho que 
tenemos al uso de las cosas pertenecientes á otro, no debe cau- 
sarle pérdidas ni inconvenientes ; y que el derecho de uso inocen- 
te TÍO es un derecho perfecto como el de necesidad, pues toca al 
poseedor juTgar si el uso que pretendemos hacer de la cosa que le 
pertenece^ le ocasionará daños ó dificultades^** 

Wolf enseña la mitnm doctrina. '' El derecho que tenemos 
al uso inocente de las cosas que pertenecen á otro, ha sido llamado 
derecho de utilidad inocente, como para recordar que es un deber 
imperfecto." 

" En virtud de los derechos de utilidad inocente, resto de la 
eoHKmidad primitiva, debe concederse el paso á los viajeros y & 
be mercancías por las tierras y rios sujetos á nuestro dominio, y 
también hai que permitir á los viajeros la residencia con justas 
causas. Pero, como, en virtud de la libertad que pertenece ¿ las 
naciones, toca á cada una de ellas^ ó á quien representa sus dere^ 
úhosy decidir si el paso ó residencia le serian dañosos, debe con* 
eltitrse que no es permUido pasar por un territorio ó permanecer 
en él sin' consentimiento expreso ó tácito del dueño. Y per k 
súsma razón es evideste que corresponde al Sefior del •terrüorío 
dictar las condiciones con que quiere permitirlo." 

Podemos, según Puffendorf, tener buenas razones para negar 
el paso á las noercancias extranjeras ya por las tierras, ya por -im 
rios ó brazos de marque están bajo nuestra depend«*ncia ; porque» 
ademas de que la demasiada afluencia de extranjeros es á vecee 
nociva y sospechosa aun Estado, ¿ por qué el Soberano no ha de 
asegurar á sus propios subditos las ventajas que los extrafios po« 
drian sacar del paso que se les concede 7 Convengamos en que^ 
permitiendo á los extranjeros trasportar sus mercancías, sm pagar 
nada por,el tránsito, no sufrimos ningún perjuicio, y que no nos lo 
causan aprovechando una ventaja de que podríamos gozar antes 
que elle s; como na tienen ningún derecho para privarnos déla 
misma, ¿por qué no hemos de tratar de reservárnosla para nos- 
otros 7 ¿por qué no hemos de preferir nuestro itUeres al suyo f 

Aun más explícito es WatteL " Llámase uso inocente ó uti-^ 



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— 86 — 

Rdad inocente, ta que ptiede sacarse de tnm cMa si 
da ni incomodidad al daefio ; y derecho de oso inoceftle es ei ^pm* 
tenemos á esa utilidad ó uso qne pnede sacarse de lae cosas perte- 
necientes á otro, sin causarle pérdida ni incomciíá0d^ 

^Este derecho de uso inocente no es un derecho perfecto oom^ 
el de necesidad; porque toca al dueño jui:gar sí el oso que qo iiw f 
hacerse de la cosa que le pertenece, no le causará dallo m ímo^ 
modidad. Si otros pretenden juzgarlo y constreñir al propieta- 
rio en caso de negativa, no será ya duefio de sus bienes* Fre-^ 
enentemente el uso de una cosa parecerá inocente, aunque en efee« 
lo no lo sea, al que quiere aprovecharla ; intentar forzar al dueño,, 
es exponerse á cometer una injusticia, ó mas bien cometerla eíec*^. 
tivamente, porque es violar el derecho que le pertenece de juzgar 
h qos tiene que hacer. Porconseeueneía» en todos los casos muh- 
óeptibles de duda, no tenemos sino un derecho imperfecto al %m 
inocente de todas las cosas ajenas.*^ 

Burlamaqui sienta las reglas que deben seguirse en los casos 
de necesidad extrema. '«Para juzgar, dice, con más preoiaíoad% 
les caeos en que la obligación imperlecta pasa á ser perfecta, de- 
ben establecerse estas tres condiciones: 1.* que la persona quc) 
exige de nosotros un servicio, esté en peligro de perecer, ó á k> 
menos expuesta á padecer un da£io mui considerable : 2.» que no 
pueda dirigirse sino á nosotros para salir del apuro : d.« ^ fin, que^ 
f» oes eacantremos nosotros mismos en la propia necesidad, ea 
éédxy que podamos acceder á lo que se nos pide, sin exppn^^oa 
& graves peligros." 

En este punto no deja ninguna duda la unanimidad de Ips 
aaloreqi asi antiguos como modernos. De los últimos, Chitty 
dflMivuelve la teoría del modo que si^ue. '* Sentado el principio 
de que los deberes de la humanidad nos permiten, en caso de com- 
pateaci^^» preferimos á los otros, nada exageramos concluyendo 
^ue, siempre que hai probabilidad de que cualquier concesión he- 
flíla á los extranjeros^ ofenda nuestros intereses^ tenemos derecho per^ 
fecto para negarla; y este perjuicio que tememos no existe solo 
^n el caso en que nuestra moral, nuestras leyes ó nuestra seguri- 
dad pudieran quedar expuestas, sino que basta que deseemos sa- 
car ¿ beneficiar nosotros mismos la ventaja que otro solicita para 
si. Por consiguiente, los argumentos de los que sostienen la li- 
bertad del paso de las mercancías como derecho natural y per- 
fecto, se reducen en derecho y justicia á esta mera proposición : 
Una nación no debe negar á sus vecinos amigos ventajas que 
pu^e concederles sin nérdida ni inconvenientes para si misma» 



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^87 — 

MiawAüMiHe. dará y que pocos Estados tandrin 
pMMf «n dudft* Y pued« afirmarse sin vacilar, que 
ittto ftHi é»-99iB punto, €¡ pemum de tranntar los subdita* y ios 
mercancías de h» «iros Estados^ á no haberse estipulado en trata' 
d^Sy no es un deber en ningún respecto^ menos quizá en algunos 
CMOS dxtraordioarios en que la negativa seria contraría á la voz 
d« k humanidad.'* 

Wheaton, publicista anglo-americano que ha escrito inspira- 
do por los principios más liberales, se expresa en estos términos : 
** Lias cosas cuyo uso es inagotable, como el mar y el agua co- 
rriente, • no pueden ser apropiadas de manera que se prive á los 
otros del uso de estos elementos ; pero no pueden usarlcu sino con 
la condición de que no resulte pérdida ni inconveniente alprspie» 
torio. Asi hemos visto que la jurisdicción ejercida por una na- 
ción en las radas, estrechos y otros brazos de mar que, {>dsando 
por dentro de su territorío, juntan dos mares comunes á todas las 
naciones, no quita á las demás el derecl^ de tránsito inocente por 
eüas vias de comunicación. £1 mismo principio es aplicable á 
los ríos que corren de un Estado al mar por el territorio de otro 
Eetado. £1 derecho de navegar con fines comerciales en un rio 
que cruce el territorio de diferentes Estados, es común á todas laf 
naciones que habitan las diferentes partes de aquellas riberas ; pe- 
ro como este derecho no es sino de tránsito inocente^ lo que lospu^ 
Uieistas llaman derecho imperfecto, su ejercicio es neccsariajnentd 
modificado por la seguridad y la conveniencia del Estado á qf^e^ 
afecta ; y no puede realmente asegurarse sino por medio de un 
tratado mutuo que regule su ejercicio." 

En resúmeOf.el derecho de uso inocente no se confunde oott 
el derecho de necesidad ; no es mas que un derecho imperfeetOi 
no se ejerce sino en casos accidentales y bajo la coodioion ée M 
causar ningún perjuicio á la ilación propietaria. Solo esta puede 
decidir si el uso le es perjudicial ó no. 

Loa Estados duefios de los afluentes del Amazonas no pueden 
pretender la navegación de la parte inferior de estje rio, facultad 
qoe soto derivarán del benévolo consentimiento del Imperio* Ei 
es propietario de la porción del rio que bafia su territorio, y sote 
en el caso de extrema necesidad tendría una nación extraña de* 
re^he de usar de sem^ante propiedad. 

Venezuela es cruzada por el Orinoco y linda en una extensa 
costa con el Atlántico : el territorío de ella que forma parte de la 
hoya d^ Anwzóftas es un vasto desierto. 



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— 38 — 

Nueva Granada posee paertos excekfntet m el i 
fio y en el mar de las Antillas. Los éttimorKmltet ét so 
rio están más próximos al mar qne á la boca del ¡Amacsófiaa. 

El Ecuador puede dar salida á sus producciones y recürir 
sus mercancías 'de exportación por la costa del Océano Pacifico. 

El Pera tiene en el mismo mar muchos puertos cómodo* fre- 
cuentados por los buques mercantes del antiguo y del ntieto 
continente. 

También Bolivia se extiende por las riberas del Grande 
Océano, donde tiene el puerto de Cobija, por el cual pueden des- 
pacharse sus producciones para el Asia y llegará Europa Moblan- 
do el Cabo de Hornos. Si no basta ese puerto, el Paraguai y 
sus grandes afluentes, el Pilcomayo y el Bermejo ofrecen á-^nis 
mercancías un camino ftcil hacia el Atlántico por medio del Pa- 
raná y del Rio de la Plata. También Boliiria esregada por aflifeeñ- 
tes del Amazonas ; pero la parte superior del Madeira y del Ta- 
pajoz ofrece á la navegación obstáculos casi insuperaUes. 

Cada uno de esos Estados tiene una ó más saKdaa para -su 
comercio. 

No existiendo el caso de necamdad, no tienen sino na derecho 
imperfecto á la navegación del Amazonas. Las ventajas que te- 
carian de la facultad de navegar estos rios serian inmensas ; pero 
eiuso inocente está sometido á rigorosas condiciones. 

Desde luego se requiere que este oso no cause ningún dafto á 
la nación propietaria. 

En segundo Tugar, á ella es á quien corresponde 4eotdir si 
puede hacer la concesión sin perjudicar sus intereses. 

Sea cual fttere su decisión, es necesan» someterse á ella. 

La facultad concedida á las Repáblicas hispano-anMricaaas, 
de navegar hasta la boca del Amazonas, hffíñbh ai Bratit á tote* 
rar la residencia permanente de extranjeros, en medio de tribus 
semi-salvajes no acostumbradas á la obediencia ; «} Brasil podifc 
creer que esto ponia en peligro su seguridad, y también 4esear 
conservar para sí las ventajas resultantes de esa navegación, en 
vez de dividirlas con otros, y responder con una negativa foraiat 
á la solicitud de aquellos Estados. 

A eso tenia derecho ; pero confiando en la biiecia fe de íh^ 
tencias amigas, ligadas á su Imperio con intereses y necesiátfáes 
comunes, ofreció sacrificar su derecho exéiosivo y contraer una 
jmnta Hga en favor del progreso, la civHfzaetoú y ti cMMroiot 

Asi es como el Perú puede trasportar direetamente sus p^co- 



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Jmimft»»^.ttfiti #1 Qe^aoOf P^r tsmdlo á$l Anoas^óqacu Asi jpodr&n 
UTrn* 4fi..UA piPOB^ ve£|t|ytA3 lo3 derpas Estados ribereños, acep- 
tando Im Wiisf^SíS .condiciones, dando al Brasil las mismas garan- 
t¡a8« De otro modo, piensa él que le seria peligroso abrirles 
flius rios. 

/*La|ioUtica del comercio, y el comercio es la política de los 
fSstados Unidos," dice M . Maury, " exige que se abra el Amazonas 
á los buques de ^apor, que se pueble y cultive este valle, y que se 
introduzcan en él las artes, la industria y el comercio." 

Lps principios del Derecho de Gentes en materia de comer- 
cio nQ*9oa los q^e ahí se establecen* . 

£{ ÍKNttbre ka sida 4u-ea4o pura la felicidad { á ella a«pira sta 
cesar i cuando creyó hallarla en su aisiami«nto, tuvo á am seme«- 
jMles por eneraigoi!; 4M>oocid<» «a -errar y triste por «u 8i>l«dad« 
tmmoé la otimpaAia ,de los demás» que la ofreció nuavaa gooas m 
una oorrespendaneía mutua de servicios. 

Ijo númno mmdié á lasttacionefv qoe^viiiefOQ mucha tiempo 
aepamdas unas deoéras^ Vieron qtie<tenian derecho á parte da 
las producciones de los damas climas; y no comprendiendo. que 
la satisfiícofon de este deseó legítimo estaba sometida á un daber 
4le racipttieidad, eorriaron á eonqmstar ios hianes de que car^iaiL 
Se aquí el origen ée eternas guarras* 

Cuandose notó que el dseraohode ta fuerza á ningún üesuitaf- 
do eondueia, MaadiókB tailai del oárnUo, y se presentó la lai de4a 
humanidad proclamando el principio de que habla Monleaquiaa 
como de k basa del derecho intevnacimial, á «aher : ** Bn paz las 
dirersas naoiaaaa ^lisóaa ^^ermelfnoffor Umh y e» guerra el me* 
mar nudpmékk^ $m perjuéioMr eus verdad^os ináereee». 

• Para la armoaía de tudas loe pueblos, la naturalaaa ha repar- 
tido por el giobo las diferentes ^duooones ; ha diversificado Joe 
climas, que la inteligcDoia humana ao pueda cambiar ; ha eoovaí»- 
aidi>coo ios resultados^ de que es tarea inútil y dispendiosa .farzar 
aJ saetada producir loque ao da espootánaamante. Aaí, y por la 
fi^oesidüid da bieneslar, ^ua va siempre á más, se ha conservado 
la divísioo-dal trabajo; se cambian los pueblos los «obr^ntas d^ 
la riqueza ; se estrechan sus lazos ; y cada uaciao^ asagui^o^o-su 
pr^ft^iaieijaidadr coAcurj'e á la ajana. PerOt como aunque iguales 
ladM w^ deraobp^ ao lo son en fuerza, la libertad del comai^aio 
paria afaaahutaf ai fuese imposible 4 a%upo abusar de su podac 
Par das|0fapia, obra cosa auoede todos los flias, y aalel defbe^ijan^ 
yarioso^na tíaae.oada £ftadixde velar por su integridad, y asa- 



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^rar áátoi que todo et bien de k» ntlMibtot A» étt « 

cá, d^bió dometer el dencho dé eMMo é líji li iüfli i m le 

En éste principio se ha fondado la creación dé las adaaftai y 
las demás trabas necesarias para qué la libertad del comercio W 
degenere en eterno peligro contra la seguridad. Tal alfoniá W 
reconocen aun los tiiás fervientes apóstoles de aquella Rfiettid. 

"Si es cierto," dice Lam predi, **qué una nacioii debe carhbiái* 
sus producciones por las de otra, cuando puede hacerlo din cáusai^ 
se dafto á si misma, no es menos cierto que en rlrtod de so Itbéf» 
tad é independencia natora!, ella es el único juez en lo6 casoe de 
colisión : es decir, que solo ella tteoe derecho para decMifai el 
eambío 6 el comercio propuesto le causa mal, ó jmtisAee él in 4e 
ta sociedad y lo» de hi nataraleea. £l qué to pide, debe i 
ees jefoio, por fiilk> qué le parMca, poiifse tie otto tmáo \ 
iéría la Hbertad é indepebdettisiá de tos hMibres jrde-laa i 
iiet ; la propiedad no prodoeirfe su efetstOf ni ta «Meded -pudieMí 
BUbeistir. Bl que llene oUigaeíon de dhtgir las*aeeíoñes dé esoe 
•ttbiHies al bien oorafUfn» puede prohibir la eetrada 6 MiMdte*4e «K 
IftmoÉ objetos de la naturaleza 6 de la industria, si ocasteeatiM 
ventejm á algueoe hidtvidcK>c, elkw daftaA é la eoMeoídad. Ni 
loa ekMhMbsos ni ke damas neaioaee puedes -qysjfc ira B oeii joflíeüi 
de esÉa prohibioion : porque aqeettos han proásetido aacrífieer ana 
ieieraetis privados ai bien general^ y etiea bo tieeee én realidad 
eiM derecho perfteto qiieel de ofreeer eos prodeocienee é pe4ig 
las Bisnaa^ y no les asiste el de exigir cea la fuer aa qCie ae aeep> 
%m BUS ofertas ó ae aatkftgaii sea deflaeadaa. PuaeHo im Sobe* 
nmo prohibe bt estrada é seMa de algODas ghmm§f m> haee eim 
cosa que declarar á las demaa nacioooBt que eoa tlsreias oele 
permiten aceptar la venta 6 el oambio de algunos artíoolea ex- 
aránjeroa» ó privarse de algunas áe sus propias producciones f y 
en eato buce nao de sus dereokoe, y á nadsa agravia." 

** Una naden,*' habla Vattel^ «■'tiene derecho para proporeíoMM^ 
te por un precio eqvfCatiyo las cosaa de que carece^ comprá n dolt a 
%'loB pueblos que ñolas han menester fmra ai miamos; H#aq«fl 
'^ Andamento del derecho de eomercfo entre hfs náoiottaa y éá 
particular del derecho de comprar. No puede aplicarse el mismo 
raaoMUBiiento al derecho de vender, porque, siendo perfeotaaAeaüA 
Nhre todo hombre ó nacton para comprar 6 ik> dua eoaa ift ie é eit 
en venta, y para comprarla i uno con prefefencia4otM>f la-M 
náteiel á nadie da ningtma especie de de!NMdM>4e v e n der aee^ 
iñroa ó mereancfas en un pueblo qtie no quiere reetMrhiaw R» 



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I §mé'm^jl^r009 • y Im puMos á fi^itmes^ interesa 
mém priiMUdmíf nó tifmm nUigum áerocho para qta^arse^ ni «i* 
; wmo 4i§$k9 imbkH negado un oficio, de humanidad. Sue 
temiarntidícnJaif puea teodriaA por. objeto uoa ganancia que 
eatnmtínm kt n¡«yfa» no fiuerian4Q que 1& saqueo á su copio/' 

^ Por Ja manera cómo besaos demostrado a/ derecho que tiene 
wui nadan para comprar á las otras lo que le falta^ es fádl mt 
fue-éíiu» ee d^ aquellos que se llaman perfectost y que van acom- 
paj|«idos del derecho de coacciim. " 

. HEtk géneml, " establece Olsieda y ]>on> ^ ¿ñ|guna nacioii 
pMde obUgaír i otra k qm U com|»re prodiieei^oes 6 meroMoÍA* 
qae.eU» nsi quiere reeihín De aquí procede el decedao qi»e ikme 
omáqumr JBMiáo p«ni Mfsme á admitir las pcoducrawes s«trasM 
jimmr-y- 1m {Huehiofr é qujmee la piobibicion na esiavioraUe^ e# 
yedsp .quqarse de ella» eomo ai se les hubiera negado un úekeit 
éehvmmminái swqtasjaa seiiao vaaas» pues lendrino por.okpto 
sMia gaMneíaque al £stado Jes lúc^ga» no queriendo que la sÉquatt 
4ea •aeta.'* 

^ De tt}ité resnihi ftft ^ temereio 4$ p€nde de la voluntad 4$ 
íps Y*^ i^FViersii ^fvcvnWf y que^nsetmem sweewmu'jMPra eyereepse-a we 
Me eir*0. Hasta es permílide á una naekm imponer é en edmer* 
ék> exterior las cdmiieiMte que jutgw fere^fiMBSé mw JHlsmitii 
üf Dome de p éaJ e deloe otros adneitirlas ó deasioiMirian. ]ist)9«eii 
h» que sollama un dereeho imperfecto, sesMjaínte'al que tteoe^ 
pobre á la tfftkmáá del rico ; si se le mega, tieae taeon pam qdst 
jiute, peto iK> derecho pát» ett^rla por hi ^smrnh oseepto ei easoí 
de extrema nece si da d.'^ 

■^E! mero permiso de comerciar no da ningún déret^ho per* 
ílbclo'; porque, si una nafeion ha tolerado por algún tíenrpa qtie otW 
haya venido á comerciar á su país, no por eso esté i[>Migada * 
permitirlo siempre, sino que puede poner ñn, conforme á su vo« 
MMd, i éim eomertm ya pfiohibiéiidoio abeototamente, ya for- 
áMmdfo teghimefftos ^ que dtobe someterse el pueblo extranjero, eim 
pÓéUt ^q^jaVee de nf n^dna ifijtistteia.^ 

'^Ifb i|eirteltdt>," expone Chitty, «"cada sacian et deber 'ée 
dcMMif I iñlñ* üotí lás'Mí^fi, rftio ctnAido pttode' Incerlo sin- dafiarse 4s 
áfVlilhia, 'f'HSofii^ todo depcsüde en éttiuio ease dcrf jtneio qoe Man 
Bktliflo'lto iRyrme,'dé lo 'que puede y de lo que debe haMr,*iavfiiiN' 
cNInM^o pMMh cdMtfr''ffiió oon^gteneüilRraules, oeino'a llwitad 
MfeMMHb ideada tma >de comerciar, y ademas eon dereekeeimper* 



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inciertos : por consi^^istMte 'it* (tescüil I 

nmtes y determinadas, deben proporcioiiirteias .por medio: ^ 

tratadoer. Como las promesas y okHgsctoiies #3tpfesiui sen 

lables, cualquier nación cnerda y virtuosa de4je ateñtameat» i 

minar y pesar un tratado de comercio ¿ntes é^ oelebrario^ pam 

no obUgorse 4 nada cootrario á lo que se. debe, k sí miaana y á las 

demaa,'^ 

^Mientras no existe tratado, el pr inotpio^ mas senctHoparooft 
■er, que cada nación tiene derecho para limitar y aun para prohi* 
Mr eiiDerame^te su comercio' y el de sos colonias á los Estados 
extranjeros^ ya absolota, ya condicionaUBjante. Segtvi eso, eslft- 
ploBaaetta autorizada ; I.** para prohibir la importacíun de ,gí«>; 
tsa mercancías ; 8.« . para oobrar «leaaohas d» aduana y iaiiipaii>" 
«arios se^o su vokmtad ; 3.« parupretcvibir íbl maicera efima sMa 
ii#BWso et^omer€Ío ea^aas BHaáé9¿^ 

> . • Ghitty adalanu «tio»iii6a ^ puas> e8laibia«ei& Ic^gitimsdad áA- 
éasaplK) que tiene la malrópolí. para, prohibir complelamaiite á iaa 
oacioiíae extranjeras el comercio con sus colonias* '^ Todas Jaa 
BsasAOftaa»" dice» '< qM haA. for9)a4a ^sl^U^imwAtp^ fuarat «a han 
apr^ipiadft 4e'tal naoda pam ai mismaaal ^oiparrior de siis py«esio-* 
HM.ya reyerv^ndolo exd^vamfuMli. á «us; 4|í|)dtti^. ya, 90^9^ 
<ÍMiHÍ9 .moaí^fM^ips k cMo^aAias xxm^^xkMi^^ que \9^ fíol^nps no, 
piftadeathagar niagUR género de.cpmacaio cqn qtca^^nacjop^s ;..ppr 
CMWgMiente, en estas posesionoa^ el coomrcía no.e^ Utu'e.jw?9ti^ 
ii«a^i)ea^xti:%nier#S4 ni siquiera se le^ pfsrmitQ desainj^rcar en 
al»4iail» oí aaeraai^e cM iua oarpe; al aj^fai^ca ^m tiro 4e paflón 
da \a costa, ei^cepto en caso de necesidad urgente. .Si^u4^,'Vta 
daxaeha da eaioltúr de lae cok>nias k ,\^ávkl^^ Aaolpnep .^ti;af#raa, 
ptaclA del dcrecl^ que aiH<)riza & lai rue^óffolí para impad\r }o8. 
Isatoa comerciales con otro Estadp, está admitido y reconocido por 
todas ia;9 iiacíiqnes," 

< ! v£i «(Hoareio eailfe loe fistiailos <U Ekimpat" sieala De^M^r- 
laiiBf ^es abara libre en tiempo depaa ; de manera que, exaaplo 
el caso de represalias, ninguna aaoioiteslá azolmfta dipl oaanorao 
aun otras, y no ae aeoosítan tratados para asegurar su goos^ .i^ttao 
tela libertad 7aga ao kapide que cnula uno joaotinua haata ahora 
aMMacieiido tedas loa regiaflaeiitos» é íntradnoiaQ^a todas laarfa^ 
tMeíaies q«e jyaga Qlmfutvam•^k$lm iotaresea, y por commgim/Bk^^ 
Ut qmegccefim iáertm h§0r4^ ^ligfma» fvmammm étLemmnm 



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tas fnereamms ywmumsm •» caláiogo tegcm su voluntiid.^ 

'' Puede considerarse como ana obligación general^ per& vagm 
% imperfiscta, la que tiene cada nacimí de no negarse al ootnercio 
tson las otras, cuando no k és perjudicial/' 

**Cada nación tiene derecho incontestabte para negarse á co^ 
merciar con cualquiera otra, y por consiguiente, para fijar, cuando 
se presta á hacerlo, las condiciones y restricciones que consMera 
conformes á sus intereses." 

Esta doctrina, que sostienen unánimes los publicistas y h>8 
economistas, ha sido constantemente practicada poc las naciones, 
las cuales han levantado en tomo de sf un muró protector de ga« 
rantias, destinadas á defenderlas, por' una parte, del instmlo' codi- 
cioso de los pueblos, y por otra, dé las ambiciones nactontttoi. 
'Este consentinrtlento resulta de los tratados de comerrelo qM ce- 
lebran las naciones, quienes diiTtan tanto de creer que el cofmwAd 
internacional sea un derecho absoluto y perfecto, qoe, ciando 
'tjuierM otorgarse ventajas recíprocas, eiAiptiian esas conetihMt 
en tratados pdblicos ; dando su propia voluntad un carácter pei^ 
fecto á un deber imperfecto por su naturaleza. 

No teniénüosé gran eonfianí» en los argumentóla arfodéoem 
nombre del dereciio de gentes, 9é ha alegado en faiK>r d% -ios*-B^ 
fados Unido9 un Irataclo hecho entre eNot y el Pera, iiiit ákf^ 
riciones sobre navegación y comercio están contenidas en kos 
artictilos ».•, 8 • y lO.» que dicen : 

'« La RepéUica del Per% deseando aumentar eJ comarci» éh 
'largo de sus cestas mediante la navegación por vapor, a» «bÜg* i 
conceder al ciudadano de los Estados Unidos que estaUes^a ota 
Hnea regular de vaporee entre ios diferentes puertos de elíi4r»dli 
del teirrítorio peruano, tos misarios privilegios de cargar y desMr^ 
gar mercanoiaa, de entrar en nuestro» puerlos para -tomar 6 deseni- 
barear pasajeros, dinero acuñado, oro y plata en barras» de iUivar 
4a bilija 4e loa corfeoa, estebieffier depósÜM de owrboo, iy>nstruir 
máquinas y los talleres necesarios para la reparación de Iga w- 
pofM, jr 4» fhi todas ImsveMc^ de que goce cualquier 4oskdad ó 
tmisfmíiUa!' 

. • - ^.Laa dos mitos partes contratantes se oMigaa y compwiarttn 
•A im-eoiieedar/MorY frimlegio ó exención^ alguna sokm c< 
y.Dwregoeioaáotnio naeioMa» sm hacerlos iambim 
nmsstíe sMtmtsima9úhs riuémfpniig de ia atva parte .cütliurfualt ; ^qpe 
goiaié&abeikKi gialuíttuMttte, ai la cono asió» httbÍB»ftiawiaMgaa- 



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ú mBÜMila igu>to«»pMtad»a i tnt* ii|iilf riili qnt ■» 
«jMtari de mota» aeMrda, si la ca^ct mo hgbkr» «da nondií 

«« Los Estados Unidos de América y la República del Pnri 
convienen mutaamente en que habrá redproca libertad de comer» 
oío y navegación entre sus respectivos territorios y ciudadanos. 
Los ciudadaoos de cualquiera de las dos Repúblicas podrán íre- 
fioentar con sus buques todas las costas^ puertos y lugares de la 
otra ec que se permite el comercio extranjero, residir en todos los 
puntos de los dos territorios, ocupar casas de habitación y alma- 
oenes ; y cuanto les pertenezca, será respetado y exento de visitas 
é inspecciones arbitrarias/' 

«* Dichos ciudadanos tendrán plena libertad para hacer ea 
É9ÍñM Ifluí partes de los territorios de ambas RepubUcas, ceoforme 
á las condiciones establecidas por los reglamentos respectivos^ el 
.flOMercio de toda especie de mercancías, producciones naturales 
•ó fabricadas, cuyo comercio no esté absolutamente prohibido;: 
4aBibien podrán abrir almacenes, tiendas y talleres, conlbniíe á 
km nsismos reglamentos municipales y de policía, obligaUMÍos 
para ios ciudadanos del pais.'' 

Por medio del tratado de 1661, se alega, el BrasíU en vez de 
•enslnir del Amazonas á ios ciudadanos americanos, los íntrodaee 
<en él, pues, según lo estipulado con el Perú, elioBpé»^^ ya ékr^ 
cAo para frecuentar con sus buques todcLS las co§ia$f puertos y hh 
gares del Perú en que es ó fuere permitido d comercie extran^enk. 
fin su tratado con los Estados Unidos, el Pera se ha obligado 4 
no conceder á las demás naciones ningún primkgio^favor 4 .txen^ 
ejsn en materia de comercio *y navegación, que no se eoítieoda 
inmediatamente á los ciudadanos de los Eistades Unidos. Por 
oonslguiente, el tratado de 28 de Octubre de 1651 da dereoho á 
-tos AmerioanoB para entrar en el Amaaónas hasta el punto en -qpe 
^ Pero ha podido eoncederlOf porque ellos tienen el mismo dereefao 
qne el Braeil para comerciar en los trílmtasíos peraanos del Ain^ 



Ante todo, contiene recordar <|ne «1 objeto 
«Mnido del convenio, era llamar á la vida comercial las-< 
vegadas por los afluentes del Amaaónas, objeto que interesaba d^ 
iwta é igualmente á los dos Estados dueftos de esos territerioa* 
V como para etto no bastaba tm decreto, aeordacon faaeer Mi.e»- 
Myo^jaetinee á conocer mejor las bqses j condtoioneeqne-dekMai 
mrvit de -bases defoitivas á este oc m etem y navios 



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— 416 — 

Jk Qito fin comemareii romorieiida io9 tlbM&skfS^ j como el 
priaeipal «ra la frontora^ raoanciaroii & )o8 ctorechiMi de entraáa 

de las mercanciaa que üegosen por ba rios. Asi quedaron estoa 
abiertos para los ciudadanos de ambas nadonesi las cuaba afirma- 
ron s^u derecho excluñr^ú á la navegación,^ '^ '^'^^* í '^'<|' « z*^** 

El tratado se completó con varios artículos relativos al número 
de viaje.s que debían hacer los empresa ríos en los diferentes años 
del privilegio ; á la obligación de conducir gratis las balijas del Go- 
bierno y del correo y cuatro empleados; y las tropas, municiones 
y pnsioneroa mediante una justa indemnización; á loa puntos del 
rio adonde habían de llegar los vapores; á la necesidad de some- 
terse á Jos reglamentos da policía y aduana; á las concesiones 
hechas k la empresa en cuanto á tierras, madera, carbón 4^- 

Todo esto hace ver e! cúmulo de obligaciones que contraen 
ambas partes en cambio de loa privilegios que se otorgan» 

Sin embargo, se pretende que el tratado en que e! Perú se 
obliga á dar á los ciudadanos de los Estados Unidos, todos los 
favores y privilegios de comercio y navegación concedidos á los 
citidadanos de otra nación, confiere derecho a los primeros para 
entrar en el Amazonas. 

El Brasil ejerce la soberanía en la boca del Amazonas y en 
toda la parte de él en que le pertenecen ambas riberas, y, según 
lo demostrado, puede permitir ó negar la entrada de este rio a los 
naciones extranjeras. 

^ El Gobierno de la Union no digputa de ningún modo esta 
ftplicacion de los principios del derecho internacional. 

En 4 de Abril de 1853 la legaciou Imperial cu Washington 
fupo que se había despachado un buque Anglo-americano para 
explorar aquel rio, y en busca de algunos puertos de Bol i vía de- 
clarados por un decreto libres al comercio extranjero. Sorpren- 
dida con la noticia, pues ni le constaba el hecho, ni creía posible 
que de ningún agente Brasilero se hubiese obtenido pasaporte 
para navegar en el Amazonas y sus anuentes, se dirijió al Secre- 
tario de Estado preguntándole si con con efecto se había despa^ 
ehado para el Amazonas y se encontraba alli algún vapor norte- 
americano mercante ó de la marina, de algún puerto de la Union, 
<^n conocimiento de las autoridades respectivas, Mr. JVIarcy 
respondió en 20 de Abril de 1853, que considerando la inexactitud 
de las noticias de la prensa, y cúnnencida de la escrupulosa úlen^ 
don con que su Gobierno procura respetar los derechos de las 
Potencias amigas t podría negar la verdad de aquellos asertos en 



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0»rt» imntfaa Aacliog joámim é^ km fkttim Um4m^jfm»9f^ 
Máa referido el «suato 4 la Secretaría 4e^ la Marina Qua 4ft 
fímteslacioQ de ella era, q«ia niagtta bu^uo hatia ialidox^oOfilestiiid 
i las aguas del AraaaoQaa llavaado iosiKuaoiooas d# ese tieparta- 
meDto» y que podia haber producido la mala ioteügeocia um 
expedición que se orgauizó para explorar el valle del A/oaaóna^ 
coa ol objeto de examinar el corso, capacidad y otros fea<imeROfl 
fisi^M^a de este rio, en consecuencia de las observacioiies y estudÁof 
sobre los vientos y corrientes del Océano á que habui prpoedidil 
el observatorio de Washington. Q.ue para ello el Gabinete Ama* 
ricano se dirijió en 1651 al Mioiatro del Brasil an los Bstadoa 
Uxúdos explicándole los deseos y objetos de la expedición y sm 
motivos desinteresados ; y que dicho agente tuvo la bondad de dat 
á los oficiales de ella pasaportes y cartas que los pusiesen ea ap* 
titud de explorar el rio Amazonas hasta su boca, con el fin d# 
satisfacer una curiosidad y con propósitos liberales y de extender 
los límites de los conocimientos geográficos, en los cuales el Brasil 
y todos los demás Estados civilizados tienen un interés común* 

Que en todo cuanto queda referido el Gobierno de los Estados 
Unidos evitó cualquiera oferua de los derechos del BrmsiU ó falta 
de cortesía á xoml Potencia con la cual cultiva las mas cerdialm 
rekiciones. La nota concluye así : ** En cuanto á la marina mer? 
cante de los Estados Unidos, de que trata la comunicación del 
8r. Moreira, el abajo firmado tiene el honor de informarle que 09 
enteramente imposible al Gobierno de los Estados Unidos, en vis* 
ta de la grande extensión del comercio de la Union Americana, 
imber el destino y objetos que tienen todas las embarcaciones que 
^alen de los puertos de este país. No obstante, «I abajo firmado 
no tiene duda en asegurar al Sr« Moreira, que los empleadas de las 
aduanas no facilitarían ciertamente la salida de ningún buque qye 
intentase infrinjir las leyes del BrcLsiL Si con todo, alguna em^ 
barcacion hubiese salido con tcdes miras, quedaría sujeta á aquellas 
leyes^ y el Gobierno de los Estados Unidos no tomatia la resfonsa^ 
bilidad de justificar un acto semejante J^ 

En 15 de Agosto de 1853 volvió á escjribir el Sr. Moreira í 
M. Marcy reclamando el cumplimiento de las promesas contenidas 
en esta nota, por haber observado que algunos armadores aven- 
tureros hablan prometido despachar vapores para forzar la entra- 
da del Amazonas en busca de puertos del Perú y Bolivia, bajo 
el pretexto de que los respectivos Gobiernos de esas dos Repár 
^0^ los habían declarado libres al comercio extranjería QiHO 



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4mí oMtftÍBádftSftié liÉllÉhni ímb fl¥riftíiinifinfífl v lan nA^laniaAi la 
émppeaa, qm baataae eiunimba que el Teoiwle Porter» oficml 
dft'la marina Nortd»«inericiMia^ dobia loiaar el maudo de eaot i»- 
poresy agregáadoae queájeate fia h»bia rMÍfaádo del Miaistorio 
ijgftiytagte upB.tif oio por doit afta«. Que» aonque no tuyieaen 
dMioa'aroiadorea la preteoeion del Gobierno de ka Uoion» qsm 
^06 tratabaii de obtener, eatabao sin embe^rgo prontos á llev€tfi.á 
dabo- 8QS siflleslres {Mro^^olos ourrieade elk>a misoios los riesgos 
ée tan temeraria empresa. .Especí&ea luego el Sr. Moreira las 
-perMnasyiugares que %u<abaB en el intento ; llama espeeialmeQ- 
íe Ja atención fawta el papel 'que en él baoe el Teniente Portar ; 
denuncia aquellos planes de invasión y hosttlMhtd contra el Brasil } 
7 en fin^ pide providendas qne loeímstreti oocno oéensAsde los 
incQntestiibies derechos del Brasil. £1 Sr. Marcy contesté en 
M de Setiembre, que nada de lo dicho era cierto, siendo lo proba* 
ble qoe el. Gk>bierno ó los ciudadanos del Perú, en virtud del tra- 
tado enti« él y e) Brasil, hubiesen querido aprovecharse de la 
íateitidad que ofrecen los Estados Unidos para construir y equipar 
Tapores. Protesté que el Gabinete Anglo americano o^aoca había 
'fiivorecido empresas, hostiles contra el territorio de Poitncias ami* 
'gMK ^Btes decretado repelidas leyes para, evita rías» AaegiAré ha* 
berse dado órdenes al Fiscal de los Estados Unidos- y al Adsod- 
nistrador de la aduanado Nueva York, informándolos de les 
temc>fes manifestados per el Sr. Moretra y recomendándoles que 
fuesen vigilantes en precaver cnalquiera violación de diehas leyes. 
Nol6 con extra ñeza que el Sr. Moreira hobiese sospechado siquia* 
rapor un momento- que un oficial de la Marina do los Estadal 
Utiídos recibiese licencia para mandar una expedición ilegai; 
•bosa qoe, según Cértifioato adjunto del Ministro respeelivo, no 
habia sucedido. Confesó que los ciudadanos de la Union, con- 
▼et»<»dos de las ventajáis de la navegación del Amazonas y 
sus tributarios, podkm haber deseado, ser los primeros en iü 
empresa. En seguida estampa este concepto. ^ El abajo famü' 
do no puede con todo presumir, que ellos lo lleven á efecto^ con vio* 
laciou de las leyes del Brasil, sabiendo que nunca recibirían apoyo 
de este Gobierno, en una empresa que envuelve el menoscabo de los 
derechos de aquella Potencia. Si entre tanto, contra su justa 
espectacion, tuvieren la temeridad de proceder así^ pueden contar 
con que incurrirán en las penas que aquellas leyes prescriben/* 
Y al cabo re^onúenda al Bra3il que quice las rtístriccione^ inne« 
(jefarias de la navegación del Amazonas,, y especialmente del paso 



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— 48 — 

áé Iú9 buques de im &iááó$ UniÍ0$ en cmmmimeimkpm Im tetri- 
torias de Bolivia y él Perú por aquel riú y -eme ajkmite$ ; wiméo 
de esperar que por etitipvlacisimes de tratude te cbimmesem estas 
ventajas para los ciudadanos de los Estados ünOos. 

Bl mísRiQ M n Maiiry reooaooe ímpUeilftaMQto los dartohot 
det Brasil. '* £i rio Totsantins,'' díoe, ^ corre, eotarameate p«r Jmi-, 
tro del territorio del Brasüt el cmI tteoe libertad para abrirla é sm 
al comercio extraojero, y su conducta en el parliealar no poeda 
dar derecho legítimo de quefa 4 ninguna ntcioo*'' Bate dmecte 
sX TooanlífM revnlta de la aoberania del Braa^ «d eA, terryoiiarbf- 
fiado por este río. La nnama canea produce igual eáeai» ratalL 
• vameote al Amaaónas* 

Si no ee un derecho natural el qjoe ae ledeana en fi|var de 1^ 
fiatadoa Unidos, no puede derivarse sino de oonveaio espeeiai^. 

Nadie puede renunciar un derecho en beneficio igenta eina 
aquel que lo posee ; luego solo el Brasil ha podido conpeclar váli- 
damente á los ciudadanos 4» la Union la entrada al Aaiaa^nas. 

¿Cimoun convenio celebrado enCve el Perú y los Estadas 
Untdoá poede obligar ai Brasil ? ¿ Como pijiede el Perú dispoMf 
dolos derechos de soberanía del BraaH? ¿Imerviao elfipaúlf 
¿alé eooaidtado 7 ha prestado su asentimjjwito? No; oon que>ipp 
ha podido ser privado^ sin su consentimiento, de un derecho ii^ 
contestable. 

Cuando el Gobíenio del Perú, hubiese expresamente coppedi- 
4o al de los Estados Unidos la aavegaoio«k ele W paute brfisUej9Ípt 
del Amaaónas^ esta concesión no produciría ningún eS^tto» «etvi 
jde raía nda ; por la sencilla rasan de que najjie jh4«4^ di^toq^ 
de Jos bienes ajenos s y yo no puedo dar la cosa <}ue peyrteoiQpa ^ 
wsX vecinq. JVf as el Perú no estipuló siq/oíera esa oonofisi^üi ÜP 
¿MMvr de los Estadoe Unidos. 

En L5 de. Abril de 1953 expidió el Gobierno.del Perú wi.do- 
icreto, que explica el oMido cómo él inlerpisetaba el tratado de 4:3a- 
tabre 4e 1651. 

CO^SIDXflASX^O : 
•'" ••••••, / • • • %• •,• 

Previo ed 9Aue]:do prestado por «el Gom^ de Estado, 

inoBBTo: 
^ Articulo I.^" Se declara conforme al tratado celebrado con 
el Imperto del Brasil en 23 de Octubre de 1851, y durante su tér* 



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— 40 — 

mino, expedita la navegación, tráfico y comercio de los buques y 
subditos brasileros por las agua^ del Amazonas, en toda la parte 
del litoral perteneciente al Perú hasta el punto de Nauta en la 
boca del Ucayali. 

<< Artículo 2.'' Los subditos y ciudadanos de otras naciones 
que Igualmente tienen tratados con el Perú, por los cuales pueden 
fTQzar d^ los derechos de la nación más famrecida, ó á quienes sean 
comunicables los mismos derechos en cuanto á comercio y navega^ ' 
cjpn^ cQj^or/n^ á d^clms tratados^ podrán en el caso de obtener la * 
entrada en las agugis del Atnazónas, gozar en el litoral del Perú de 
los mismos derechos concedidos á los buques y subditos brasileros 
por el artículo anterior J^ 

.Este decreto en au articalo 2.<> reconoce los derechos absolu- 
losdet Brasil á la tiairegacion exclusiva del Amazonas inferior ; 
ptte9 dice que ios Balados Unidas podrán navegar en los rios iote'^ 
riores del Brasil, si obtienen la entrada del Amazonas. Esta es 
una condición previa y necesaria, que el (}k)bterno del Perú nin* 
gvaa necesidad tenia de insertar en el convenio. Jamas ha con- 
siderado el Perú .que au decreto de 14 de Abril de 1853 confiriese* 
á toa Esculos Unidos ningún derecho á la navegación de la parte 
biasilara del Amaaónas, lo cual hubiera sido ona usurpación de la 
soberanía del Imperio. 

Cuando se publicó semejante disposición, el Ministro del Bra- 
sil en Lima reclamó contra la omisión cometida por el Gobierno 
Peruano, no diciendo de dónde derivaba el permiso allí mencio* 
nado, ni que, siendo el Brasil dilBño de la boca y de más de seis- 
cientas leguas del Amazonas, solo en él residía la facnltad de 
abrir ó cerrar sus puertas í de modo que ningún Estado por cuyo* 
territorio pasase aquel rio» podia celebrar con oíroque no esluvie-- 
se en igual caso^ tratado o convetiio alguno sobre su navegación, 
sin anuencia del Brasil. Fundábase ademas la queja, en que el 
Peri) había estipulado ser la navegación del Amazonas propia de 
loa Estados ribereños exclusivamente ; y eu que él no podía con- 
ceder á otras naciones ventajas que por deracbo corresponden al 
'Brasil. El Peni alegó eii su defensa que la declaración de la per- 
teaencia del uso del Arnazriuas no iiguruba eu ei tratado como 
principal^ y ademas las cláuaulas de sus convenios con la Gran 
Bretaua y los Estados Unidos, en que se promete la iacuUad de ^ 
entrnr en todos los lugares, puertos y ríos eu que se permita el 
comercio extranjero, y exteuder á sus reapectiv os ciudadauos cuaU 



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— 5a — 

qnier favor, prí\ileglo ó exención que se conceda ú tes ifc otro 
país. 

En 1.® de Setiembre de 185^, noticiosa la legación imperial 
de que se estaban realizando sus temores, pues se fa informó de la 
existencia de compañias que, fundadas en el pretenso derecho 
conferido por el articula 2.*» del decreto de 15 de Abril, trataban 
de hacer expediciones mercantiles por el Amazonas hasta el lito- 
ral peruano, y que con igual causa pe hacinri otros preparativos» 
protestó contra cualquier resultado que cediese en detrimento de 
los derechos del Brasil. El Secretario Sr. Tirado contestó decM- 
nando la responsabilidad del Perú, y diciendo entre otras cosas lo 
siguiente, con fecha 30 de Setiembre. " Esta concesión está mu¡ 
lejos de haberse hecho con el intento de perjudicar los derechos 
del Brasil, pues, como en el mismo articulo se expresa, ella se 
subordina á la condición de que los subditos de las naciones que 
están en el caso de gozar de esta ventaja por tratados con el Peré, 
obtengan la entrada en las aguas del Amazonas, teniéndose sin 
duda gran consideración especialmente á los derechos qtle perte- 
necen al Brasil." 

^Ciertamente este Gobierno no tenia obfigiicion de expresar 
esta restricción, por cuanto los derechos del Prasil en esas agütts, 
y la entrada en ellas en la parte ó extensión que le pertenece per 
la lei internacional ó los pactos, no dependen do las declaraciones 
de este Gobierno, ni dejarían de tener la eficacia que les dala 
justicia en que puedan ibndarse por la declaración ú omisioü de 
tal condición.** 

^ Así pues, esta condición ño fué sino tin acto vofuntario, ó 
nrras bien el deseo de contribuir á que sean respetados los derechos 
del Brasil, lejos de dar ocasión directa á que se atropeHed.** 

** Espero que V. E. reconocerá la justicia de esta observacioD 
aplicada al caso presente por el misnK) motivo que en él curso de 
ía apreciable nota á que respondo, hablando Y. E. de esas com- 
paüias que se están organizando, usa de la frase •* apoyándose éo 
el pretenso derecho que les da la disposición de 15 de Abríf.*^ 
Efectivamente, este decr^o no puede crear un derecho en per*; 
Juicio del Brasil, y cualquiera que sea la inteligencia y aplicación 
que en uso de su soberanía tenga á bien hacer de sus derechos el 
Gobierno de V. E., los que intentaren violentarlos por motivo del 
decreto de 15 de Abril, no harían uso sino de pretensos derechos^ 
esto es de una autorización que el Gobierno del Perú no quiso ni 
podin dar, como claramente resulta de sus citadas disposiciones.''^ 



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Se fdtUÍMe qw el decrpto de 19hl, conibtpitdo dqq el tmladn 
de comercio y navegación del Perú y los Estados Unidos, confiere 
un derecho absoluto ó relativo á la navegación de todo el curso 
del Amazonas ; y ^ Perú niega que haya pensado nunca en crear 
semejapte derecho en favor de los Estados Unidos ; y confiesa 
qqe so voluntad hobiera sido por otra parte impotente^ pues no 
podia usurpar la soberanía del Brasil. 

XfOB Estados Unidos no tiaoeo ninguna írooteca ni rio común 
á.sn territorio y jd del Pera, ni provincia que confine con lat 
penuiiMi. Laa coodieionea eepeKiaJes, relativas á la postcion geo^ 
gráfica de las dos partes contratantes, impiden que las estipula- 
«iaoes contenidas en el tratado de 1851 se extiendan á otra necion 
qve no ^e kalle en las'misoMis circnjastanctae. En el artículo 1« 
ae establece que las mexcancias que pasen del territorio de oso 
de los dos Estados al territorio del otro, por una frontera común 
4. ellos, estarán exentos de todo impuesto de aduana ó alcabala^ 
JEfSta excepción es taa eapecáal al comercio que se eíIpcUaa de una 
jrfintera i otra, jqae las.mercancias brasileras que entrasen en el 
Perú por los puertos del Pacífico» no gozarian de ningwa manera 
4e la misoia exención, como tampoco lay producciones del Perú 
qjae llegasen por mar á. Babia ó Rio Janeiro. En todo el tratado 
ae regula la navegación de los ;rios comunes á los dos Estados, y 
los Eátados Unidos» no poseyendo ninguna parte de los afinen tei 
del Amazonas, ningún derecho tienen á reclamar para sí el benO'* 
ficjo de esta concesión. 

£a suma 3 por medio da un acto público, el Perú se ha obti** 
gado 4 tratar 4 los Estados Unidos dal d^ísipo. modo que 4 la 
iMoioQ mas favorecida ; no puede hacer 4 ios iadividuos ,de cnai^ 
%oier aaoion una oon^saioa gratuita unilats^l, sin exXeDderla 
ino)adia|aa>wte 4 los ciudadancis da la Uni^a. Peip eala espeoie 
da ef|(ipp]aGÍoaei a«lbi.^oJ>MN;t;tw)a oon.los-^mvwlpa biiataralfs, 
aoa lai'Goncesiori^S'Ooerosais, 00010 la qiva eetabiac^ el tratado de 
\^lé El Parú.alKe pus rios iaiariorea al BrasUt poi;<|ue el Brasil 
fe abra radprooiktneBta ans rioe iotorioras ; el Pei4 exiaiade da- 
lüíehos las mercaaeiea brasikftat qoa eoiren en $a terríloiío por 
laJíruAtava coman, paiqua el Brasil exima recíprocamente de dera« 
cboe lae marcancias peruanas que entran 4 su territorio por la 
firoatara común ; eo e$Q no hai nlngon favor ni privil<$gio, siiui 
a» cambio; cada uno de los Estados da con el fio da recibir» y 
ceM^ wi eoavaojo bttaleraK Si por el contrario ú Perú bu- 
Uiard daalaiado para y siraplemeute franca la entrada de laa pro* 



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^se- 
ducciones de Inglaterra, los Estado» Unidos teadmn d«recho de 
reclamar para sus producciones el mismo privilegio : pero no, si 
la exención no fuese mas que un acto de reciprocidad. Ambas 
naciones se imponen un sacriñcio mutuo ; lo cual no es privilegio 
ni exención. Por consiguiente, los Estados Unidos no pueden 
ai^üir con el tratado concluido entre ellos y el Perú, pues el Perú 
no concedió ningún ¿avor al Brasil. 

Esto mismo sostuvo el Secretario-de Relacionas Exteciorea 
del Perú en notas de 16 de Eaero y 28 de P^ero de 1M4, cea 
his cuales r^Mtió vietoriosame^e las preteosioDW del jEUmado^ 
Extraoffdioario de los Estados Unidos. 

Algunas otras razones añadió el Sr. Paz Soldán en stf bien 
fundada defensa. Tales fueron el referirse el tratado entre d- 
Perú y los Estados Unidos, k costas, que son las del mar y no dé- 
los ríos : el ser la navegación del Amazonas de los riber^k)s, y 
no disponer un socio, por su voluntad, de intereses- comunes, aon^^' 
que goce de ellos en toda la extensión que corresponde á la socie» 
dad entera: constituirla navegación fluvial perteneciente á tü^^ 
versos copropietarios una servidumbre activa y pasiva -al mfsmo 
tiempo : el ejemplo del Gobierno Anglo-anrericano, que practica* 
con el mayor rigor las doctrinas del derecho internacional sobre 
el dominio y uso de los ríos, de tal modo que, á pesar de (a firita' 
de buques menores en ia California para navegar los ríos, no per- 
mitió á las embarcaciones extranjeras sino como un gran favor y* 
solamente en los primeros meses, que hiciesen la navegación flu* 
vial, protiibiéndola después de -una maikera absdiuta y aun tmpi* 
diendo que bajasen las que habían subido y no podian regreetr 
¿nte&f del plazo seUafodo. 

Gomo replicase Mr. Clay en una extensa comunictoidl}, y 
protestase, el Sr. Paz Soldán sostuvo sus posiciones con tales brríoe 
y tan buenoe ftindameirtos, qde impmo perpetuo fílencio k «a ad**' 
versario. Sondé ver los sanos prineiptoa con que é em mes t iy 
alU que no habia motivo para protestar en la diversa manera 4é 
entender un tratado ; que no se babia reconooMo por el deer«t9 
de Abril de IMa el derecho que se preteMKa por los Eetadée 
Unidos ; que si el derectm se derivaba de.eie deanMOi m segaitr 
cjne habiéndose impuesto por él la condickii de obtenet: la etttra- 
da al Amazonas, los Estados Unidos quedaron sujetos 4 una res-" 
fricción que no se podia establecer en óas^ que aquel acto iM 
declarase libre la navegadon 4el Amatéikas y su» tnbotaiieB, y 
que nada puede reclamarse contra el Perú miéntros-no se obtea- 



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— 53 — 

ga aquella concesión ; que el decreto era puramente económico j 
administratiiro, 7 no un pacto» convención ó trotado que hiciese 
hecesaría la aceptación de otn> Gobierno, y podia ser revocado^ 
ampliado ó restringido cuando el Gobierno que lo promulgó lo 
juzgase conveniente á los intereses de su pueblo y ciudadanos; 
que los derechos de uñ tercíero no se reconocen ^por mddios itídi* 
rectos ni por controversias que se suscitan entre ottos ; que p^r 
aingufi acto escrito af>ai^cih el caso deeididt) 6 fevor de los Esta.^ 
dos Unidos ; que no haMa reciprocidad per pnrie de ellos, aunque 
permitiesen i \o9 peruanos frecuentar los rios Delaware, James y 
Missisípi abiertos al comercio extranjero, por no ser este un favor 
especial para los peruanos^ en compensación de otro, sino un de- 
recho gerieral de qué gozan por estar abiertos dichos puertos al 
comercio extranjero, en loa« cuales serian admitidos aun sin trata- 
dos ; que bai diferenoia entre la navegación marítima y la fluvial, 
y esta no se comprende en aquella, debiendo ser materia de esti- 
pulaciones separadas, como lo ha sido la del Escalda, la del Vis- 
tala, &e. ; que la legación Anglo-amerícana habia reconocido la 
eXÉ^Iusira soberanía de los Estados en los rios que nacen y correa 
enteramente por dentro de su territorio sin que pertenezca á otra 
astranjera ninguna parte da ios mismos, ni haya ribereños que 
participen del derecho de navegarlos ; que la reciprocidad ofrecí» 
da por el Brasil al Perú, no tanto consistía en la navegación, def 
bajo Amazn^naa, sino en la de les rios interiores braaileiios abiertot 
por et tratado á los ciudadanos peruanos» concesión ó equivalente 
que no dabíin los Estados UdícÍos; que el Brasil daba '^ 80*000 
para la navegación del Amazonas^ y para obtenerla en los rios 
interiores del Peni concede la de los suyos y el comercio en la* 
extensión de más de cuatrocientas leguas del canal común ; que 
los Estados Unijt-s no podían oírecer igual compensación, porque^ 
no concedenaa á los peruanos solos la navegación y comercio del 
Sacramento y del Míssisifíí ; y aun cuando lo hii:iesen, tu reci* 
procidad no seria reíil y positivo, sino ifusoriíi, puea extender á los 
americanos los privilegios con red id os á los brasileños, era otorga r^ 
les verdaderos beneficios, al paso que los peruanos ningún pro ve-' 
cho podtan sacar de la apertura de los rios americanos. 
•^ No fué más feliz en sus gestiones á favor de los ingleses el 
Encargado de Negocios de la Gran Bretafía, que pretendió igual 
co&a que eí agente diplomático de los Estados Unidos, á pesar 
de tener el primero á su favor un tratado en tjue se dice que los 
subditos Y ciudadanos de cada uno de loados paises (la Gran Bre* 



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— 54 — 

taña y el Perú), respectivamente podrán llegar con Kbertad y s©¿ 
guridad, con sus buques y cargamentos, á todos los lugares^ pner^ 
tos y Ríos de los territorios de la otra nación donde se permite el 
comercio con otras naciones. 

No puede por tanto existir duda acerca de la interpretación 
del tratado concluido entre los Estados Unidos y el Perú, ni d^ 
artículo 2.® del decreto de 1968, mucho ménoe después que h, úU 
tima nación, para remover toda dificultad, declaró que su sentido 
era el que aparece de la disposieion siguiente : 

"DECRETO DEL GOBIERNO DEL PERÚ, 

'* DE 4 D£ ENERO DE 1854. 
'^CONSIDGEANDO: 

'*Que el decreto de 15 de Abril de 18S3 ha excitado varias 
cuestiones que es necesario resolver, 

'• DEC&ETO : 

*' Artícujo 1.» Los subditos braaíleroa podrán navegar libriip 
Qdcintd ea los afluentes peruanos del Ama^^óQas» confonoe a| «grtí- 
eulo l.<> del tratado de 23 de Octubre de 1851. 

*^ Articulo 2.<* El Gobierno deBignará en cada uno de los ríofi 
loe puntos en que los en^presarioa que bayan obtenido ú obtengáis 
fl privilegio de navegación por vapor, conforipe al § 5«<> del arti* 
C4lo 1.^ adipional del trat^dp con. el Brs^il* i)t^e4ar( cargar, y des- 
cargar sus mercancías. 

" Articulo 3.*» Si cualquier otro Estado pretendiese que sus 
súbditoSf en virtud de ti^atados celebrados con la República^ tiep,^ik 
dej^echo á navegar en la parte peruana del Amazonas y de su^ 
úfluenUs^ el Gobierno concederá ó negará este privilegio según la^ 
estipulaciones de los traíadm mgentes^ y con las condiciones que 
eslime justas y convenientes, 

" Artículo 4.^ El Gobierno da! Perú, reconociendo que loa 
Estados ribereños tienen todos derecho á la navegación del Ama* 
zÓDug, reconoce al mismo tiempo que ellos necesitan establecer 
de común acuerdo los reglamentos de policía y demás que debeQ 
adoptar. 

'* Articulo S.*» El presente decreto es solo una aclaración 
del de 15 de de Abril de 1853, en cuanto á los puntos especifica- 
dos en los artículos anteriores. 

'* Dado en al Palacio de Gobierno en Lima 4 4 de Enero 
de 1854." 



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— 55 — 

Oofitiaóa perfecto é intacto el derecho exclusivo del Brasil a 
la navegación del Amazonas» que posee, no solo su boca, sino su 
rarso en un espacio de m&s de seiscientas leguas, y cuyos más im- 
portantes afluentes corren por dentro del territorio del Imperio, 
siendo la parte de su hoya en él comprendida, más vasta que la pe^ 
mana y que la situada en los otros cinco Estados ribereños juntos. 

ítO mismo qve cualesquiera otras Potencias, los Estados Uni- 
dos y la Gran Bretaña pueden pedir al Brasil á manera de un fa-* 
vor, y con efecto han pedido los primeros, que abra el gran rio á 
tus buques ; mas si el Imperio, que no puede ni debe consultar 
uno sus intereses, y que es el único juez de lo que le conviene, no 
estima oportuno acceder á la solicitud, aquellos Estados no tienen 
otra cosa que hacer que ceder á m voluntad soberana, como ha 
sucedido. 

Con injusticia y amargura se dice que el Brasil ha adoptado 
una polhica peor que la del Japón, pues excluye la cultura, ia ci- 
tilhsacion y el comercio del país más hermoso del mundo ; que sa- 
biendo se hablaba en los Estados Uuidos de la libre navegación 
del Amazonas, redobló su energía en la guerra contra Rosas y «e 
apresuró á enviar Ministros á las Repáblicas vecinas para estipCi* 
hr á farvor del Imperio el derecho exclusivo á la navegación ádt 
Amazonas y sus afluentes ; siendo su fin inñpedirles que celébraiM 
con las naciones comerciantes tratados de navegación fluvial ; 
que quería retardar el progreso de dichos Bstados, cerrarles Hééi 
estrechamente que nunca la taiida de las grandes arterías del eo* 
iñetdo, y perpetnar así la eetancadon y la muerte que por trOft* 
dentdé aflos han reinado en la grande hoya fluvial del Amazonas ; 
que el Perú cayó en el lazo y firmó el tratado. 

Es muí extraño que de proponerse el Brasil abrir á los Esta* 
dos ribereños del Amazonas la boca de este gran rio, se deduzca 
que quiere privarlos de comunicación con el Océano ; de permi- 
tirles sacar las producciones de ellos por su territorio, que<}Uiere 
cerrarles toda salida ; de abrirles una puerta por donde salir, que 
quiere retener presas sus producciones. 

Esos tratados deben producir más ventajas á las Repábliéas 
Hispano-américanas, que al Brasil, el cual, dueño de su boca y dé 
tos dos riberas en una dilatadísima extensión, con numerosos 
afluentes que cruzan sus provincias, puede sacar al Océano sus 
«bsechas, sus maderas, sus metales y piedras preciosas sin pasar 
por territorio ajeno. De modo que en nada aumentaba sus 
ámtkhom 



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— 66 — 

£1 Perú no goza de \m misiuas veoUjai* Tiene (nrovmcUs» 
ciudades regadas por ¡m¿ orlantes afluentes del Amazonas. Ce** 
rrada la boca de este, las producciones de tules comarcas deberían 
subir el Ucayali y el Huallaga, trepar por las montañas de las 
cordilleras, embarcarse en el Callao, doblar el Cabo de Horoo9 y 
atravesar todo el Océano Atlántico antes de llegará los meroadost 
de Europa ; gravándose á un tiempo las producciones exportadas 
y las mercancías de importación con los gastos de ese inmenso f 
difícil viaje por tierra y agua. La via natural, que es la del 
Amazonas, más breve y cómoda, proporcionaba una economía de 
más de la mitad en el trasporte de las mercancías hasta Europa* 
Según eso, el Perú tenia un inmenso interés en aceptar las pro* 
puestas del Imperio, al cual no perjudicaba la n^ativa del Pergu 
El lazo armado por el Brasil al Perú, abria á esta Repúb)ica im% 
nueva fuente de riqueza y prosperidad. 

Las razones que ha tenido el Brasil para franquear la navd*- 
gacioD del gran rio álos Estados ribereJk», y excluir de ellaá loa 
demás, son: 1.% la mancomunidad de intereses, necesidades y pe» 
lúteos del Xnaperío y las Repúblicas, y los viocujos foriaeulosppr la 
v^nda4» religÁMü* ooslumbres, independencia, &c. 2.S al dejber 
é» vi4ar por la integridad de su territorio y realizar su obra as; 
sandio de la paz y el sosiego* 

£1 cree que el abrir el Amazonas, á todos Los pabeUoi»aa> 
axteajijeros . pondría en peligro el buen éxito de su empresa* 
La libra Aavegacioo del Aoaaaónas y sus afluanies^ que jpa^. 
ssfi par uo ininanaa tarritorkv lievariao al oMitoo del Imf^if^ 
ciyía .población indígena es muí escasa, una población DUCBe>*, 
rosa. Los extraajeros pueden eagañar la credulidad de los na* 
tmalest obteniendo de su ignorancia producciones precioms ó 
iqaportantes, ^i cambio de objetos sin valor ; comercio clandestí» 
no que debe reprimir como nocivo á subditos del Imperio quA 
la incumbe proteger. Ademas, la aflueaoia de extranjeros en lo 
interior da al contrabando ventajas contrarias a los intereses 4ol 
Tesoro público. Por fin, el mayor de los peligros es el que. ame* 
naza la pa;^ pública. Los comerciantes extranjeros ae someterán 
á los reglaqoentos y tarifas de navegación ; pero» i ciMintos eaiba*. 
nq^os diarios, cuántps enredos se suscitarian en las relaciones oe^ 
cetarias entre los comandantes de los buques y los empleados lo? 
cales ! ¿ No debe temerse que se originen oonflictoe tan difíciles^ 
de. jprevenir corio de terminar ? £1 angior propio naqiooal y lotí 
Intereses privados, encontrándose en semejantes contiendasv púa*. 



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- A7 - 

d0B dar margen á Mibarazes graves qm toaa al Imperio evter* 
Si en medio del Imperio» eo una comarca oati desierta, ea tma aU, 
dea de doseieotos babitantee se arma ua altercado eatre el 0&- 
mandante del baque extranjero y el Gobierno» el comandante no* 
qucMrrá som^erse á las reclamaciones de la autoridad \ se empon*^ 
zoñará la contiendat la tripulación sostendrá á su jefe, y pued#a6-^ 
guirse una lucha sangrienta que provoque represalias y po^Cfega al 
Gobierno en graves apuros. Gatos temores son tasto oitoos (^i 
méricoSy cuanto kt presencia de algunos ciudadanos délos Estadoa 
Unidos ha bastado para producir desavenencias con los GobieiriKi^ 
que mandan en Borneo» Tai tí, Greytown y en el Para^uai* El! 
BvaaU necesita dedioar tpdo su tiempo y esfiíerzos al desenvolvió 
qsiento del progreso en su vastó Imperio, y cuanto mire k día* 
traerlo de su noble tarea, lo considera cxnno un peligro ; y siendo . 
más fácil impedir su íbrm«kQÍao que aleólo, obedece á los conse* 
jos prudentes de la sabiduría, y aguarda' el dia en que, «in date^i 
au^ propios interesas, pueda decretar la libre, navegación de ^o^, 
ri$t9 interiores. 

Asi lo ba «s^arádo el Miiristro de Negocios Bbttrai^eros d«* 
& AL Imperial al Enviado Extraordinario de los BHados UnWos; 
cBMdo el ÉltiiBo deelar6, en Ootubre de 1859, tfoe la navegattfon* 
del Amaaónas era otageto de nmofao itttwrea para loe ciiMkid«i>e»^i 
la Uniott I que ellos -teoian rotaciones comerciales con varías Ref)»* * 
bbdM eppa&Has Minadas á ¿riilas de aquel rio, y desaaban ciskivar- 
lasipor las agua» del Aaaa^nas eofii previo y Kkre oonseotimietttf» 
del GnUaraa Brasilero ; qoe qq derivaban de wñgmk tratado: ef 
decaalH» d« navegark^ tiiio la caasideraban como un de ra etia; 
nafarat, enal era- el de navegar él Océano, via comtm de todaa la»- 
nacioaest y mi \q adioriaaba el Derecho ée Gentes y la prfttílicAí 
secroÁda en au conformidad, según se adoptó en el Ctmgreso dar 
Yiina ; q«e^ oonferaM-al uso, dietia navegación pedia ear s o m a ti* 
da á trabas por las aeoioMe por cuyos territorios pasan los rta^ 
navagiMas ; pero que el derecho á ellas no autfiriaaba el d« ex^ . 
cluir üJeerios del uso -coman de los Estados. El Gobleroo kn«^> 
perial feabaa6, como nueva, contraria al Derecho de Gentes, j • 
didada sillo pcNrel prinaipio-dei iatefes y la iíierEa, la daotrifla-< 
qaaasiartaba sá Amasáiiaff con el Océano, extráftando- qnelter 
BaladiMi Unidos no bobiésaa apelado á ella en sus controvafaiaaí 
cnA-ingiatewa y Bapaia sobre la navegaotoa dat Mioiiápí^ y <M: 
StiaL««anso» m> oh»Uata ser ribereSoe^ y ser oom^^ariiti^amafíiir 
mMaael e sp a c io qua las dos óltimas naciones otupabatf en sub* 



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béCMw. Af n^ que no podb aiiemejftrde al Océano uo rio cujras 
dos oriiliM posee ei Bvasü en la vasta extensión de cuatrocientas 
oebenta leguas, y que» sí bien es bastante ancho en varios puntos^ 
tSetke lagares angostos ^i que una fortaleza puede impedir el paso, 
bttciendo necesario d uso repetido de su^ orillas. Hizo ver que 
liM-4os terceres partes de su eiítenston navegable pertenecen al 
Impem, ei eual ha construido en su entrada los fuertes de Ma- 
cal^ fGwupá^ y aguas arriba los deMarzagao, Unas Barras, 
Sftn José €lel Rio Icé y el deTabattnga, y en ambas mái^eftes- 
dodades/ vUtas'y pobiaeiones; que es cuanto se requiere, segusL* 
\m prinoipíes'admilidos, para probar su ^berania en las agttf» del 
Amazonas. Explicó la diferencia que va de ét ai Océano, eV 
emir sirire-deeomittkicacion á todas IcTs nactonetf éd\ globo^ y etqn^ 
iMtvegacioil es indispensable á muchas, coando el rio* no se halla 
éú h» mismas cíneurfstáncfas, pUes, aunque, poblado oenvoiieiite^' 
mente, pueda alimentar el comercio de las naciones, como está hbi- 
dM desierto, ni su navegación es indispensable, ni puede intere^ 
sar en su estado actual á los no ribereños. Recordó qué 'ÍImt 
[liv éi i ei a y ded BrasH* contenidas en ei valler dei"AaMiaéQas,^sAi Im 
áM^iParár skmda en su boca, y la del nombre de es« Ho, «i tolo^ 
terfur, de las cmtesi la primera tiene eh la ciudad dn Beim oa* 
fnteHerabféMo á' todas las nadonas eatraa}M*as, y ht Mgtnsda^ po* 
blada^olo por treinta mH almas, en la mayor parte de rava ití^ 
gem, no ecmhnime ni netsesita' pioduistoe de extrafla ittdu«tiia« 
Qm kú, poiiiaoíon rica del PerÉ se haH» de la otra* pavte ée'tes 
Aiides^> y su oanmio liatural será siempre el Faotfieo ; y loe*terrt« 
tsrioS'Oksupados por Venezueia, Nueva Granada y* eKSeMder^ 
qM tienen también afluentes- del Amazonas, son escasamecne^ po^* 
bhkdos, y «íus principales ciudades nunca podfán ser abaste&ídM* 
por la navegación de aquella vía; aun cuntido se franquee ni-' 
eomersh) del mundo. Quer ademas, los afltmices nave^biee ^M' 
amazonas que atraviesan dichos territorios, jsmas serán eruxnées^' 
slflo p6r embaFcaefiones de poco calado, incapaces de entrar ea^- 
OoInnOy y gran parte de ellos necesita obras y trabajos 4iid«áulí«> 
OM-qiie hagan ^uH- la navegaieíon : dr rnode qusr toda» estes dn^ 
eansOMMfiav pvuebMi que no ^existen grandes iartereses ni deriflafi»^^ 
tiR}es*lhiídis% ni dsrtitngnna otra nació», que sirvan de pMesotoráí 
hi' p s c e ws iDo ianediata d# navegar ai lAüiaBónasi AMbgmté^ía^* 
^MerolOobiertto Imperial «atenoion de osttservar •eevmdo pave- 
sÜMfffer^ Am^ébas^ trámite» y comereí» t) «s tw i nje w > »"petfa><pg 
anutio lefianieia oportuna su apertura ; asunto gmvh que detria* 



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— 59 — 

resolverse sirt precipitación y con fas cántela* y íegúridacíés t^tf^ 
venientes. Manifestó que el tratado con el Pera habia tenido pof 
objeto estndiar prácticamente la materia en un rio cuyas oWfhlii 
están en la mayor parte desiertas, y donde no son aplíésbles lai 
reglas y providencias tomadas en Eurt>pa en cuafnto á Hds dkf 
márgenes pobladas hace muchos áigfos. Hizo ver qá« et Gíibtef* 
no Imperial habia tomado espontáneamente la inícratiifa eñ ene 
convenio, y los habría celebrado semejnrUes con Ins demás Repú- 
blicas interesadas^ sí hubiesen mostrndo deseos de obtenerlos» y 
se acordasen con el Brasil en los p:Ktos previos. Que con lo mi- 
ra de hacer igual esludíf» y promover la colonizador! y el comer- 
cio en hts desiertns oHltas del Amazóiiris, el Gobierno Imperial 
estableció en él la navegación por vapor, concedienda para esta 
privilegio exclusivo á una Cumpañía de nacíouaíes por el plazo 
de treinta años ; privilegio que se ha rescatado mediante un cre- 
cido aumento del sobsiífio que se había ¡señalado, para quedar 
S. M, desembarazado y en aptílutl de abrir el Amazonas al co- 
mercio del muüdo antes de vencerse aquel término. Dijo que, 
llegada la época, cuya oporUiniJud debe apreciar exclusivamente 
el Gobienio Imperial, de juzgarse debidamente preparado» eslá 
deekihioá no conceder átiingornt naeion la navegación dal Ama» 
zonas, ao la parte en que elBratil posee ámlNts ofilla«i aéao|»ar 
naedio de convenios qgeí garaatiean sú d^techo de propiedad^ j 
qoeeaiHeleBf-el'mntfabattdo, toBMindo providenciaa para que aea 
ooavMientemeiile man^aiúda ki fisealtáaeien. y peUeía dala nave» 
gacien. Por fin, qué en opinión del Gíobierno de S« M.^ el act» 
del Gmiigf9$Q de. ViíaiM^ .ooftstitpye tneco .dereobo. coiiv/»iiciciii^aJL 
obHgi^rio para las partes contratantes ; nunca ha sido admitidi» 
parai la JBuropa'ea general, y méoot para- todo el mundq» aiiMida 
aun muí reciente la feel^a en que la. Gran BjTQtaña y Fcancia/ha-^ 
hiflú xnoQ»f>q¡iá^ aer la navegación del Paraná una ns^v^gi^i^m^. 
inlarior de la C^nfedoj^a/^ion Argentina en ccmwh cw el ^Eiatadii^ 



Se aoota al Braail de impotencia ponqué no ha. «ngindootni 
poiitiear pero lo» henhos han dfwmeiitide feüairieQleteeewrgdi^ 
l^QMnta ai«e treima y siete aftoe dee»sletia«a^ y en eUosrha; 
adelanüMla macha Hfti etiaibteeidae Á lo Jai^gor^ de ait €ímmtp. 
m le kulímúT de sos- meiMneas de vapores ; lee ÜNueMat iilea*nH»< 
ya las ciudaidéa; lé prensa gasa de in mee amplía JifaertodiiiÍRc 
iMtriiMion erdermefta per el pttebhN graeileá kmjunmitfeüe 
eeetttlas ealaUecidee en ledee paneai i» t:vrrÍMte! d0 i^min 



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— 60 — 

gfm^om ha Mo Mbihmttle dirigida h&cia et país; se forman 
«oJ<miaa. en todas las provincias, en las fértiles llanuras de los 
«AuMUesdel Acnaaónas; á puar de la deuda de Portugal con 
^|«ie se gmv6| ba llevado todas sus cargas y fundado sólidamen- 
leen crtóiio interiof' y exterior, de modo que sus fondos valen 
«las de* la per en -Lóadres, y sus banqueros solicitan comofevor 
Ir reverMien de eos títulos al vei»3er$e los plazos fijados para el 
pego del capital t de elle en aio se dismiauye su deuda extran- 
jera por eftdo de la aaiortnsacioo : sus ingresos se han triplicado 
W diex y ocbo ajlos : su pretnpoesto excede de cien millones de 
üaufífi9 1 su f||érciU> y su anneda toa los nwgores de toda la Ahi4» 
f^ MeridioMl y Central, pues el primero asciende & veinte aü 
booibr^ y la s^gt^nda ¿ cincuenta buque* de guerra, anos de ve* 
la y otros . de vapor : su población liega casi á díes mUlenes de 
babitaftt^s ; y en An> ba logrado aabiameate eaUbleeer el imperie 
del orden ]f de la tranquilidad* y goza de una paz profiíniku q^t» 
U^.pqr/nit^ proseguir el camino en que ha .entrado definitivanMIe 
4.imp4iUo de sa. joven £mperador« que jis amado de todos sus 
conc.i(icladaoos y .lealmente favorecido con su cooperacioo. 



CAPITULO IVw 

rNFOKME DE LA COMISIÓN 

•B LAHONMABi/B CÁMARA 99 ITBfttEBKNTAIfFffS. 

Después que el tratado de limites de TB59 habia merecido la 
aprobación del Poder Bjecntivo, del Senado de la República en 
tres discusiones, y de la Cámara de Representantes en dos, se 
pas6 á una comisión especial de este euerf^, y- á ella se d^e 6l 
iafonne citado, en cuya virtud se difirió so constderaoion parh éf 
afio siguiente. Según lo acordado, este dictamen se imprrnAV en 
el Dierie de Debates de M de Abril de l&W. ¥ aunqne ta opi« 
nien*^pdbltea no se ha ma n i festad o sino por el órgano del 8r. Dr. 
Mañano Bricefio, cuya prodnceien se examinairá mas adelatíte» 
eoBviene recordar j discutir los andamentos que motivaron tar 
suspensión del pacto, á'fin de probar sn fktia de solides. 

• Knattmto el {Ñpeárabolo, dfee la primera parte del íüfimkíe. 
^ Por ehaitleoio 9.* se convtMe en reconocer como base para' hl 



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- 61 — 

dfMrminacioQ d» fronttm eirtre VenesMbt y d Brasltal m» f&9^ 
sidetis. De conforinida<i con tal prínoipk), el tratado deeUra la- 
linea divisoria en los tres pará^afos en que sesubdivideel nwiícuto 
citado. En esos parágrafos hat uof serie, de noaabres prepioe dm 
ríos, cerros, canos y cordilleras, que un legisWar.no piiedeAaaep«« 
lar naiénlras no eáCén astronüniicámeíite ñjfitios^ que es lo qu^ los 
haría indelebles, ó afianzados en exploraciones oficiales, que los 
hariau auténticos j ó siquiera garantidos por autoridades geográ- 
ficas no contestadas, ó abonados por la notoriedad de potiladores, 
en cuya tradición pudieran desea ngar probabilidades de acierto/' 

**Pero ¿cuáles fijaciones aitrooómicas, cuáles ejcploraciones 
oficiales, cuáles autoridades geográficas, o cuál notoriedad de po- 
bJadoreSf vienen hoí á dar á la Cámara la seguridad de que esos 
nombres pertenecen real y efectivamente á ]vs objetos á que se 
les da, 6 que esos objetos no tengan dos y aun más nombres^ como 
algunos de los miamos mencionados hoi en loe parágrafos que 
ocupan la Comisión ? Por ejemplo, el rio Iquiarc se menciona 
asi : Iquiare ó Isana ; y nada ha¡ que asegure la propiedad de 
uno ú otro nombre. Humboldt, por ejemplo, menciona et Iquiare, 
y sin embargo, cuida de mencionar también otros dos nooibfe» 
QQn que es conocidor á s^ber, eX .de Iquiare ó de Iguarew'* • 

^ Ha hecho mérito la Gk^miskm de estas pequeftas circimstatt^ 
eks, porque ellas están demoetimido ia iusiegiiridad de iegitslaf 
■obre nooeibres que no sean de todo punto inconcusos. • E^ mi^mA- 
Bbunboldt, acaso preiiando que sus inmortales obras vendiiac^ ér- 
8*r texto uni^rsal, tuvo el cuidado, muí propio del sabio, dtí 
ponerisvs nombres profROs cov la dubitabilidad eon que los enaon^í 
traba en los logares respectivos, y no solamente los eneohtrfrrfot 
•D los lugares» sine loa enoontrados en carta» mtú aétorízaiMer en 
ni tiempo." 

** Así ee que al mencionar una cordillera qne tíice ilamabari' 
kvmtai^Dercis Aenray y Tumucuraquej no omfte afladir:>* estos 
áéB nombres andan errantes en nuestras cartas entre Oi<» | y ^ 
de latitud boreal" 

^ Y a^ierca ée hM^oloriedad aoé qttratgunos^Niid^tret» jtt^' 
dieran jabonar esos aombiM, ¿ cuites puede haber en esos'dedlettoif^ 
I Puede abonarlos el &>asil 1 La G^mísien- de la CétiAira noihr* 
saÍMi; pero ciertos como eftamos^odos de qoe en^nada ha pro^ 
grasado Venesaela, y que lejos da-haber ariélairtado aigo^hal he0^ 
naénos de lo que hubo., ayaar, es permitido á4a .OéditlKni'^«oí0f)M^' 
hii autoridad de Humbol^ cuando cbeoí: ^T^oél interior derlas 



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(ibM^Mas HtlMdlpí^ Ferntrn^y. P^iuf»Q9a «b una tí«nr» iwiifr 
«íCa. y hñfiñ UreinK» aao« que la ge^^rafia astronómica de estas 
i^gtoois m ha hcM^ oaai oiflgoa progreso. £1 mismo emtiMc 
«i. daiMr. que tesi límites d^sea algua día de pertenecer á las 
ii^einnei de la dipkMMiúa,.asieota que solo se les puade dar reofi- 
dad tMMMánMoñ mbre el t#rroiio por medio de observacioaee 
•fltr«sóiiúoas^'' 

No €fr dificH hacer ver que eíistea loe datos astrooójBÍeoe, 
wploniciottes oficialee, aolorMades gwgráíicas y notoriedad de 
potjMtoresque la ComisioY) desea. 

Pareee que los capítsrtos 98 y 94 de las ¡aaíKHrtales obras del 
sibio Httmbotdt suministra» una gran parte de aquellos dates aa- 
Ironóoiíeos, tos caales se completan oop los trabajos oiemtiflaDS 4e 
fiehombargk f de Godaisi. 

Lea inspoitancisinios é írreeittaWes trabajos de Sehittfa«r|^ m 
MkA roBwdos ea el mapa qm p«blioó, y ha aido en parte tepiaáo 
por Cadaszi«nsu mapa de Venezuela btea conocido en la Rupábli 
ea^ y en el Mal se eticcienfmii Iñs dos fietas «ginantes. 

** Fránesa Nota : ESste mapa ka sido sacado de ios plaaw 
«OMgrMIoee de 4as treee provincias makdados levantar por «a 
Decreto del Congreso Constituyeaie do 1880. Dier aftos tei 
«mpUado el a«tor «n la formación de dicho» mapas, loa caales 
^ooásiMBil los pormeoores niaBmiiBaeicMDs del ierreno, para baaer*» 
lisa átílas^n las operaaiones militaras. liNfas h? pn^áoB inim^ 
m^Us i/uerm ^Üuoím per oósermcíoaas 4Uímné$m»m8 y bmnmá^ 
itmcast hocipitdo u$» 4(1 9€»tante, crmómetm, ieúiotam y bmrámttrm. 
Lm costas fueroa tomadas de las ««taa de Fidaigo y otras. 
X^ioa Ooogresos de 1885 y 1886 ppologieRi& la obra, que Mcifssé» 
soala priifianí Prestdaosia dtl General eniJaía Jcné Aintonie SieoE» 
sigaió prosperaado en la administración del segundo Prwdaatft 
f}r« Jos6 María Vargas y de los Vioepreaidentea Dr» Aadires Nar- 
TMfa y Gwaral de División Cárkñt ISoiiUetta^ y Mttclofjisnda 
Maado por segunda vez. ejereia la Pimsideoránisl Esa h i md ¿» 
Cúidadaiio José Antonio Páea. El Congreso <k 1886 iM8ifó jS»^ 
si#r.^slsiiM|Migaaara/para u9o de la.sfiafrs<wtie» primsrí<k é09^ 
dí^sitsr .^úsg^a^ía»; noméno$gñn0r&mfU,d$ i840^,«mftfdMiii* 
^(fUfréítítú de 4i^ müpe$>o^ p/g^aMcvarUt^al cabo.'' . . 

, ."* S^gapda jKíota ; X^as montaSas qoe corren dasdo el Esequtbo 
hjssl*^ Ifts c^beosra^ del Padaipo.y del Oripoco* han sido sítitt4aa 
9$ífim^}»B (í^f$^x¥U¡i0fm4^ Mc< Sdbomburgk." 

Admtidat .coipa ua padiavd^ da sajrkv la autoridad de 



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- «3 -^ 

HumbDMt, i qoemn-ki Honorable GomtíMi ét9^onaoery r« 
sar las del iQdCituio de t'Vaiieiii 7 de ta Soeiedad de Geogmila 1 
París, cuya comisión dijo: — *<M<ii reoíenteoieato ha ido ei 

Schomburgk á visitar la GuayarKt iUi^ne&j, f/ ft^^ n aniems mcrídiú- 
naics de Venezuela para buscar las íiiüntes dei Orutoco y penetrar 
hasta la laguna Amacu, ó el antiguo Macón de aquei famoso Do- 
rado cuya conquista soñaron los aventureros del sijjo déciaio 
sexto, Esle viajero lia remontado el Esefiüibo y Rupunnry, y 
entre los dichosos resultados de eu expedicioiij se cuentan el co- 
noc i aliento de las fuentes del Caro ni en la sierra Rosaioiü y la 
indicación precisa de la liiieu que separa ías aguas del Orinoco 
de Us que van al Rio Blanco/' Atlas de Cudazai, segunda eo- 
lumna de la tercera página. 

" Su bella carta de Venezuola (la de Codazzt) es ademas U 
expresión mas verdadera de las regiones que se ha aplicado á 
describir con claridad;*' La misoia obra, ¿Qué mas explora- 
ciones oficia Íes podía desear la Honorable Comisión íjue las de 
Codazzi autorizadas y protegidas, como se ve de la nunca contro- 
vertida primera nota, por el Congreso y Supremas Autoridades 
de la República, y cuyo mérito ha sido reconocido pur uo cuerpo 
tan respetable como la Academia de Francia? ¿Qué mas auto- 
ridades geográficas que aquel conjunto de sabios, la sociedad de 
Geografía de Paris y los respetables nombres de Humboldt 
Schombnrgk y Codazzi, que nadie y menos los venezolanos 
puede tachar de parciales T 1^^^ 

Con las mismas palabras de Humboldt citadas por la Hoao^ 
rabie Comisión se puede probar la exbteticta de notoriedad de 
pobladores que abonen los nombres propios mencionados en el 
tratado; porque, si Humboldt añrmó que el interior de las Gua* 
yanasf en el tiempo en que hizo y escribió sus viajes, era una, 
tierra desconocida, no dijo ni podia decir lo mismo de la frontera 
de Rio-Negro, que entonces visitó milla por milla, poblaciotk por 
población^ nombrándolas todas, asi como los lugares, rios y caños 
de aquella frontera i y si también añrmoque en los últimos treinta 
años, que precedieron á sus viajes, la geografía astronómica de 
esos lugares (las Guayanas) casi no habia hecbo progreso algonoy 
lo mismo no dina hoi, que después de trascurrido medio siglOf, 
existe el precioso fruto de sus inmortales viajes y de los i na por* 
tantísimos trabajos de Schomburgk y Codazzi. 

La circunstancia d» llamarse un rio Iquiare ó ¡guiare el mol 
e^fJícableí los españoles y los p4>rlügueses daban con frecuencia 



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— 64 - 

Alúñ- ríos kMo ámxM a AOMbree qy^kw iii4i§eii«i, y imdá faftl niái 
oaturaJ quo eeeriUr ua «ooi<io que reeogiati ét lo& labios de los 
flalvajes unas vecM ooa 9 y oirás con g. 

No hai ni uno sek) de los nombrados en el tratado, que no 
lea Mea y perfectomente conoddo de Ida habitantes de aquellos 
lugares» 

El Mem achí es bien conocido y, está bien nombrado en eT 
iloapa de Codazsi, como el rio donde coinciden los límites dé Ve- 
nezuela, Nueva Granada y el Brasil. 

El Aquio, el Tomo, el Xie, el Gnaicia, el Iquiare ó Isana son 
minuciosamente descritos por Humboldt, que de ellos dice en el 
capítulo 23 de sus obras lo siguiente : " Por encima del Moroa 
pasamos á nuestra derecha la desembocadura del Aquio y la def 
Tomo, En las márgenes de este último rio habitan los indios 
éheruvichenos, de los cuales yo he visto algunas familias en San 
Francisco Solano; este rio es también notable por las comunica- 
ciones clandestinas que proporciona con las posesiones portugue- 
sas. El Tomo se acerca al río Gnaicia (Xie) y la misión del 
Tomo recibe algunas veces por esta via á los indios fugitivos del 
bajo Ouainia," (Viajes de Humboldt, tomo 3.» página 227, edición 
de París 1826)* Mas adelante dice: -"Bajando el Guainia ó 
Rio- Negro, se pasa á la derecha el caño Maliapo y á la izquierda 
los caños Doriba y Emy. A cinco leguas de distancia, por con- 
secuencia casi por el 1° 38* de latitud boreal se encuentra la isla 
de San José que se reconoce provisionalmente (pues en este inter- 
fninable proceso de límite? (odo es provisional), como extremidad 
Se las posesiones españolas. Un poco mas abajo de esta isla, en 
én sitio en que hai muchos naranjos que se han hecho silvestres, 
se manifiesta una pequeña roca de doscientos pies de elevación 
eon una caverna llamada por fes misioneros la Glorieta de Úucuii 
^ue ofrece memorias poco agradables, por ser allí en donde Cucui,- 
Jefe de los Marivitanas, de quien hemos hablado mas arriba, tenia 
su «enrollo de mujeres.** 

Decirse en el tratado el rio Iquiare ó Isana, bien lejos dfe 
]MM>dQoír dudas, prueba al contrario el cuidado y aun esmero feón 
que- filó definida la linea divisoria. El rio que Codatzi y Hom^ 
bolilt' llaman Iquiare, ha sido siempre llamado por los pcyrhigu^es 
jrbrasileros Isana, y es bien conocido, no solamente por ef porlíije 
que comunica con el Tomo, sino también por existir en su desem-' 
bocawlora los pueblos bwwflenses de San Felipe y Santa r.ruz. 
Siwdo, pues, eefte mismo rio llamado por los españoles y venezo- 



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Ifliios Iqutare, y por ios^ portoga^ses y brasileros Isana, no podtá 
dejar de ser designado en el tratado por sus dos nombres, para 
evjfar asi dudas. De este rio dice Alcedo en su Diccionario geo- 
gráfico de la América, lo siguiente :- laaua - un río en la provin- 
cia y país del Amazonas, en tas posesumes portuguesas. Corre 
8. S. K recogiendo las aguas de otros ríos menores, y entra al 
Rio-Negro;' 

Menciona el tratado el caña de Maturaca» y de allí, dicet que 
se lome por los cerros de Copí, Imerí, Guai y Urucusirot y se 
atravíe&e el camino que comunica el Padaviri con el Casiano, de 
modo que las aguas que van al C ababari, Padaviri y Marari, 
queden perteneciendo al Brasil, y )as que corren al Turuñca, 6 
Idapa ó Xiaba á Venezuela, Todos estoa ríos han sido explora» 
dos y bien descritos por geógrafos de las dos naciones; pero re- 
curriendo únicamente á la autoridad ya aceptada por la Hono- 
rable Comisión, se citará so! o lo que sobre ellos dice Hum- 
boldt-**Eii otra ocasión habiaremos del rio Blanco y del Fada-' 
viri, que será cuando hayamos llegado 4 esta misión ; por ahora 
nos ocuparemos del Cababuri. que es el tercero que desagua en 
Rio-Negro, y cuyas ramiíicacionea con el Casiquiare son igual- 
mente importautes á la hidrografía y al comercio de zarzaparrilla/' 

Ei Cababuri desemboca en el Rio- Negro, cerca de la misión 
de Nuestra Señora de Caldas; pero loe rios Ya y Demety, son 
los que más desaguan en el Cababuri, de manera que desde la 
fortaleza de ** San Gabriel das Cachoeiras" hasta **San Antonio 
das Castaiiheiras," ios indios de las jiosesiones portuguesas pue- 
den introducirse por el Baria y Pacimony en territorio de las mi- 
siones españolas " 

Sobre el cafío Maluraca, dice Codazzi en su Geografía, pá- 
gina 607: -"Aira fresando et Río-Negro, frente ala Piedra de 
CocuIh va por un terreno desierto á la mitsd del caño de Maturaca* 
que en las crecientes del rio Cababuri recibe parte de sus aguas 
y las envía al Baria." En cuanto á los cerros Cupí, Imerí, Guai 
y ürucusiro y t las sierras de Paraima y Pacaraima, son tan co- 
nocídos» y la línea divisoria está tan bien y naturalmente definida, 
ijue será imposible cualquiera duda. 

Considerando, pues, lo que escribieron Humbotdt y Acedo, et 
mapa de Schomburgk, el mapa y Geografía de Codazzi, y no mé* 
nos los documentos números 05 y 36 adjuntos á ta Memoria del 
Ministerio de lo Interior de Venezuela de 1614, y el del iiiiiaero 

'0 



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19 de la de 1846, &o ee pod9& «eeteoer cod jaetüúa qae aa existen 
ks obséri^ciones agtrooómices, exploraciones oficiales, autondur 
des geográficas y notoriedad de pobladores que desea la Honora- 
ble Comisión. 

Por oirá parte, esmararilla que la Comisión esempulice tanto 
&n aceptar una línea que séllala los lugares por donde corrcw 
cuando al mismo tiempo asegura la validez de los tillados faiSf- 
pano-portugueses de 1750 y 1777. El primero bace así la de^ 
marcación : ^* Continuará la frontera por en medio del río Yupuri 
y por los demás rios que se le junten y se acerquen más al rumi^ 
del norte, hasta enqontrar lo alto de la cordillera de montes que 
median entre el rio Orinoco y el Marafion ó de las Amazonas, y 
stgvirá por las cumbres de estos montes al oriente hasta donde se 
eso^enda el dominio de una y otra Monarquía.** El segundo ha- 
bla de este modo : <' Continuará la frontera subiendo aguas arri- 
ba de dicha boca más occidental del Yapurá, y por en medio de 
este rio hasta aq.uel punto en que puedan quedar cubierto^ los es^ 
tablecipiientos portugueses de las orillas de dicho rio Yupurá y 
del Negro, como también la comunicación ó canal de que se ser* 
▼ian los mismos portugueses entre estos dos ríos al tiempo de c^ 
lebrarse el tratado de límites de 13 de Enero de 1760, conforuM 

al sentido literal de él y de su articulo 9.* « . y en 

ellos (el Yupurá y el Negro), fijarán (las fersonns que se nom- 
braren para la ejecución de este tratado), el punto de que no de- 
berá pasar la navegación y uso de la una ni de la otra nacioiv 
cuando apartándose de los rios haya de continuar la frontera por 
los montes que median entre el Orinoco y Marañen ó Amaxénas^ 
enderezando también la linea de la raya cuanto pudiere ser, hacia 
el norte, sin reparar en el poco más 6 menos del terreno que que- 
pe á una ú otra Corona, con tal que se logren los expresados fines» 
hasta concivúr dicha lín^a donda finalizan los dominios de ambas 
Monarquías.'' 

Como se ve, ambos tratados demarcan la línea de Venezuela 
expresando solo que pasará por los montes que dividen el Orim^op 
del Amazonas, y seguirá hasta donde se extienden los dominios 
de una y otra Monarquía. El convenio de 1652 no ha hecho aino 
seguir la letra de esa disposición, con la única diferencia de que, 
en vez de repetir la frase vaga de montes que separan el Orinoco 
del Amazonas, los especifica por sus nombres con arreglo á las 
obras de Greografía más modernas. ¿De qué se queja la Comí* 



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— « — 

aioo ciiftBdo id ha eumptido €»tmAas«Q8Ée lo que indiea^ y aun 
loejorádose la redaccioa y la sustaacia de aquellos tratados 1 

Si eilí>s existen vigentes, la Comisión puede pedir que se Qb« 
serven ; pero no demandar exploraciones oficiales, datos astronó- 
o^icos y notoriedad de pobladores; porque eso es dar por cierto 
qpe el ajuste está por hacerse^ contra sus repetidas aserc jones* 
En el supuesto dicho, la Comisión debió únicamente examinar el 
U^íK siguiente:. '^ L^ linea del tratado de 1852, i corre ó no por 
Ips montea que dividen el Orinoco del Amazonas 7 Nadie lo ne* 
gara porque ello salta á la vista ; de suerte que oada niás hai 
que exigir, 

£n lo que hace á ríos, los tratados de 1750 y 1777 no men* 
qionan por sus nombres sino al Orinoco, Amazonas, Yupurá y, 
BÍP-Negro en la parte de línea que atañe á las Repúblicas hijas 
de Colombia ; en cuanto á los demás, se contentan con describir- 
lo» por la circunstancia de desembocar en uno ú otro de los dos 
últimos. Y el tratado de 1852 los ha individualizado de UQa ma- 
icera que ncf deja duda acerca de ellos. Si alguna hubiese, se re* 
splvería por las partea interesadas, cuando les diesen cuenta los 
comisarios que han de trazar la linea en el terreno, según otfo d^ 
1^ artículos de la convención. 

La Coipision sigue un orden inverso del natura) : ella quiere 
qiie se adopte más bien la conveniencia que el derecho, olvidáa 
dose de que los limites deben pasar por lo alto de los montes qu« 
dividen aguas al Orinoco y al Amazonas. Este el fin qi|e Qon« 
▼iene solicitar, y á su logro se puede sacrificar cualquiera porcioi^ 
de territorio, como tan positivamepte se determinó eu los trat^dpi^ 
de 1750 y 1777. Según la política de aquellos tiempos, Jos por* 
tugueses y los espafioles, lejos de buscar el comercio y la cpoim^ 
nicacion entre pí, se esforzaban por el contrario eo dificultólos ¿ 
y á este propósito separaban las aguas de los ríos, en t6rmin9&i d(^. 
evitar ser comuneros en ellos. Por eso eligieron por lipdes aquOr 
lias elevadas cordilleras. Sean ó no conocidas, tengan un sola 
nombre ó muchos, estén ó no pobladas, la frontera tiene que se^ 
guir por ellas y por los demás puntos qpe dividep los sistemas hi- 
drográficos del Amazonas y del Orinoco. 

No es de olvidarse tampoco, sino de repetirse mui fi menudo,, 
que fué el Plenipotenciario Venezolano quien propuso la linea 
convenida en 1852 ; y lo hizo fundándose, no solo en la opiniooi 
del Gobierno de Colombia, sino también en el dictárpen M U^fir^ 
irado Consejo de Gobierno de Venej^uela» fecho á 13 de Enera 



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r* es- 
de 1844, donde, como dijo el negociador Sr. Dr. Herrera al &* 
Lisboa, se traca la misma línea de Codazzi, cm referencia á los 
orHculos 12 y 16 del tratado de 1777. 

" Explicadas las dudas que en consecuencia tiene la Comisión 
para dar un parecer de que dependerá una trascendental delibe- 
ración de la Cámara, retrocede á la parte principal del articulo 
2.^ del tratado, en que establecen los contratantes el tUi passidetU 
como base para la determinación de la frontera.. Pues bien, este 
uti possidetis no puede ser otro que el que se derivaba de los tra- 
tados vigentes entre España y Portugal al tiempo de la indepen- 
dencia de Venezuela. Entre los documentos que á la Comisión se 
han presentado, está ano de que la Comisión ya tenia conocimien- 
to de un modo auténtico; es un capitulo de la comunicación del 
Encargado de Negocios de Colombia en el Brasil fecha á 4 de 
Marzo de 1830. De ella se deduce, que el Ministro respectivo de 
aquel Imperio estimaba como previo á todo tratado el conocimien- 
to del territorio. El Ministro Colombiano indica como oportuno 
nombrar cuanto antes la Comisión exploradora que se recomien- 
da, y se deduce que tal recomendación provenia del Ministro 
Brasilero. 

^ Ya desde 1826 el Gobierno Colombi&no habia dado instruc- 
ciones sobre el particular al Sr. Leandro Palacios, á quien acredi- 
tó cerca del Brasil. La Comisión reclama de la Cámara mui 
atentafif miradas hacia este documento: l.^ porque en él está re- 
comendado el levantamiento de planos, como previo á toda esti- 
pulación. 2.S que al hacer estipulaciones, de ningún modo se 
siguiera el Ministro Colombiano por la posesión que ahora (1826), 
ocupasen los diversos puntos brasilenses en nuestras fronteras 
de Rio-Negro, pues se sabe que ellos han traspasado los límites. 
8.S que el Ministro Colombiano debia guiarse por los articules 
10, 11 y 12 del tratado de San Ildefonso en 1777 explanatorio del 
de 1750. 4.^, que la demarcación que se encuentra en casi todos 
los mapas no está hecha conforme á los tratados, y perjudica á 
Colombia. 5,% que estipulara el nombramiento de comisionados 
que examinasen por si los linderos, marcándolos del modo más 
ostensible. 6.<», y por último, se le encarga de ampliar los medios 
de anular la usurpación del territorio que ha hecho el Brasil. 

^ Ue todo lo cual se concluye, que la linea descrita en esos 
tratados, incluyendo á favor de Colombia la parte que se tiene 
como usurpada por el Brasil, ha debido ser el tai possidetis^ de cu- 
ya adopción blasona el articulo 2.«> Porque una de dos, ó es base 



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- 69 - 

el uti possidetis, ó no lo es ; si es base, los derechos colombianos 
entroncan en la línea de los artículos 10, 11 y 12 del tratado de 
1777, y esta es la línea de derecho hoi, no para Venezuela, sino 
pam la comunión de los Estados hispano-colombianos, quedando 
obligado el Brasil á las restituciones que la hagan efectiTa. Sí el 
Hti possidetis no es base, no hai para qué figure en el articulo en 
que está escrito como tal, una vez que los párrafos que le siguefi 
no concuerdan* con él. 

" Y esa línea del tratado de 1777 es la que la Comisión en- 
cuentra que Venezuela debe sostener. Desde que se emancipa- 
ron de la España los Estados que fohnnron á Colombia, en sus 
Leyes fundaméntalos ó Constituciones, fijaron para sus territorios 
los límites que la Metrópoli les habia demarcado; y este derecho 
no puede derivarse sino de los tratados existentes ; y estos trata- 
dos son los que dan la delincación del uii possidetis que todos esos 
Estados han invocado. 

" Colombia lo consignó en el artículo 8.*» de su Constitución, 
y Venezuela en el 5.<* de la suya. La usurpación no quita de- 
rechos." 

No parece exacto que el uti possidetis sea derivación de los 
tratados de 1750 y 1777, pues por él se entiende la posesión de 
hecho en una época determinada. 

Sabido es que esa frase viene del Derecho Romano, y cons- 
tituía el principio del interdicto que pronunciaba el Pretor cuando 
se trataba en general de las cosas inmuebles, y que continuaba 
así : " Como poseéis la cosa que se litiga no por violencia, ni 
clandestina, ni precariamente, el uno con respecto al otro ; prohi- 
bo que se os haga violencia." Claro está, pues, que semejante 
interdicto tenia por objeto conservar la posesión. Lo dice clara- 
mente Justiniano. "Para retener la posesión, se dan los interdic- 
tos uti possidetis y utrubi, cuando, en una controversia sobre la 
propiedad de cierta cosa, se investiga antes cuál de los conten- 
dientes debe ser poseedor, y cuál actor." Sigue explicando la 
principal utilidad de los interdictos, de retener la posesión, cuan- 
do precedían á una disputa sobre el derecho de propiedad, para 
arreglar las funciones de las partes, y asegurar al poseedor las 
ventajas de la defensa, de las cuales la principal era que, aun á 
pesar de no pertenecer la cosa al poseedor, si el demandante no 
podía probar que fuese suya, conservaba aquel la posesión. Mas 
no debe creerse que tuviese esta utilidad sola : pues también se 
empleaban ambos interdictos, y era lo más frecuente, en defender 



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- 70- 

la posesión, de las perturbaciones ó violencias qac podían ejercer- 
se contra ella sin que hubiese despojo ; como que la introducción 
de los interdictos se debió á la necesidad en que se vieron Ibft 
Pretores de intervenir supliendo con órdenes y prohibiciones lo8 
vacíos de la lei, sobre todo en las materí?)s de administración pá*> 
blica y policía, ó en las que podian producir rifias ú ofensas de 
hecho. También se nota con particularidad que, para que la vio- 
lencia, la clandestinidad ó el carácter precario de la posesión pu- 
diesen oponerse al que pedia el interdicto, era necesario que exis- 
tiesen personalmente respecto al mismo antagonista suyo ; es de- 
cir, que al mismo antagonista se hubiese arrebatado con violen- 
cia, ó quitado clandestinamente la posesión, ú obtenidose de él 
por título precario ; porque poco importarla que estos vicios exi»* 
tiesen en cuanto á otro, siempre que no participase de ellos el 
contrario : el interdicto protegería la posesión» 

De aquí se ha adoptado en el Derecho Público la expremoía 
utipossidetís para significar la posesión actual, cualquiera que sea 
^u origen. 

£1 célebre publicista americano Andrés Bello ha resuelto 
la cuestión de un modo que nada deja que desear. En sus Prin- 
cipios de Derecho de Gentes establece, que "la cláusula que re« 
pone las cosas en el estado anterior á la guerra {statu qiio ante 
heUum)^ se entiende solamente de las propiedades territoriales, y 
se ttmita á Jafi mutaciones que la guerra ha producido en la pose- 
sión natural de ellas; y la base de la posesión actual, viiposside- 
tis, se refiere á Iü época señalada en el tratado de paz, y á falta de 
esta especificación, á la fecha del mismo tratado.** Otro tanto 
uñrma Wheatan. Pero ademas Bello, consultado sobre la propia 
materia que se díí^cute, por el Representante del Brasil Sr. Miguel 
María Lisboa, le contestó en los positivos términos que van á 
verse, con fecha 28 de Febrero de 1857, desde Valparaiso. " En 
cuanto á la definición del uti possidetis, soi enteramente déla 
opinión de U., porque esta conocida frase, tomada del Derecho 
Romano, no se presta á otro sentido que el que U. le da. El uH 
possideíis á la época de la emancipación de las colonias españolas 
era la posesión natural de España^ lo que España poseía real y 
ejectivamente con cualquier título ó sin título alguno ; no io que 
España tenia derecho de poseer y no poseiaJ** 

La autoridad de un publicista tan distinguido, que ha pasado 
su vida en el estudio del derecho internacional, que ha escrito 
obras justamente apreciadas, no solo en América, sino en Europa, 



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— 71 — 

que im mtreeido cotoearse entre los mbioB de ta éppca, qae reúne 
4 Bttt tuces la práctica» pues se sabe que ha sido por muchos afios 
el Director de Chile en materia de Relaciones Exteriores» y que 
oonociendo perfectamente el derecho Constitucional de todos 
estos países» se ha contraído en su opinión al caso especial ; forma 
un argumento cuya fuerza no puede resistirse. Ni habrá en 
Yenesuela, patria del ilustro escritor» de cuya posesión ella justa- 
mente se gloría, persona alguna que se atreva á negar el valor de 
su decisión. 

El principio pues del uti possidetis no tiene relación alguna 
con los tratados preexistentes. Y si no fuera así» si hubiera de 
referirse á tratados ó derechos anteriores, seria un principio inútil 
y de ningún efecto, pues dejaria siempre la necesidad de discutir 
los tratados ó derechos en que se fundase : no seria un principie 
conveniente, pues por él nada se adelantarla para decidir cuestio- 
Bes antiguas» y que no han podido decidirse por los tratados an- 
teriores ; ni seria en fin un principio compatible con las leyes, 
fundamentales de los Estados Sur-Americanos» pues que exigirla 
y produciría adquisiciones con que ellos no han contado. 

Por eso el venerable Humboldt» contestando á una carta con 
que el mismo Sr. Miguel María Lisboa le había comunicado los 
tratados de límites y navegación concluidos entre el Brasil» Vene- 
zuela y Nueva Granada» le dijo :-** Apruebo mucho. Señor, la sOr 
bidvría con que en vuestra negociación [con las intenciones mas 
conciliadoras) no habéis insistido en engrandecimiento de territorio, 
y habéis adoptado, para salir de las largas incertidumbres que 
nacen de las vagas expresiones del antiguo tratado del^ de Octubre 
de lít?, el principio del uti possidetis de 1810. Habéis percibido 
que lo mas importante que hai para hacer salir estos países incul- 
tos de su estado de aislamiento y de abandono industrial, es 
aplacar las antipatías nacronales y aprovechar, por medio de una 
libre navegación» ese admirable enlace de ríos que, como un don 
benéfico de la Divina Providencia, ha sido inútilmente concedido» 
hasta ahora» á los pueblos de la América del Sur.** 

El uti possidetis de 1810» es decir» el territorio que de derecho 
formaba la Capitanía General de Caracas en 1810, es pues, el que 
según el articulo 5*> de la Constitución de 1830 formaba la Repú- 
blica de Venezuela. Si este uti possidetis está de acuerdo con 
los tratados anteriores, pueden estos servir para facilitar la defi- 
nición de la linea divisoria ; pero, si no están, debe prevalecer ei 
iLÜ possidetis contra los tratados. 



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De ia adopeÍM <(•! nü pinÉÍdítí9 como bwe de límiles, M «e 
aigoe, oomo objató el Sr« Aniooio Leocadio Ocizmaa, que cmerüm 
grandes regiones Ammieana$ bégo la dae^aeion de terriUnriof m 
denota con peligro eminente de ser presa de los que acMdierain á 
ellos con el título de primeros ocupantes civiUxadores, Por pose- 
sión actual no se debe entender un dominio que se extiende 4 
todos los ángulos del área de que se trata ; bosta que exista la 
posesión en los puntos cardinales, ó se haya ejercido allí jurisdic- 
ción, y esta haya sido tácita ó expresamente reconocida* Esta 
posesión existe en la América del Sur, bien notoria y reconocida, 
y á vista de ella es mui fácil ligar los dichos puntos por medio de 
líneas fundadas en valizas ^naturales ó aun en los antiguos trata- 
dos, los cuales no bai inconveniente en que sean iuvocados como 
base auxiliar cuando no se opusieren á la posesión. Por ejemplo» 
todo el rio Branco es y ha sido siempre poseído por los portugue*. 
ses, que en sus márgenes tienen haciendas de ganado, aun perte- 
necientes al Estado ; por otra parte, el Caroní, Paragua, Caura y 
otros afluentes del Orinoco son poseídos por Venezuela, pues en 
tiempos antiguos sus misioneros los visitaron y allí trataron de ca- 
tequizar á los indios ; entre estos dos sistemas de aguas corre la 
sierra Pacaraima, que es el límite natural que completa la base de 
la posesión actual. Sobre el Rio-Negro posee el Brasil á Mara- 
vitanas y Cucuhy, y Venezuela á San Carlos, y nada más fácil 
que procurar un límite natural, como la isla de San José ó la glo- 
rieta de Cucuhy, que estando poco más ó menos equidistante de 
las últimas poblaciones de ambos Estados, completa la base de 
la posesión. 

.Como se ha indicado, si se entendiese por el nüpauiásüs el 
juSf el principip no sería compatible con las leyes fundamentalea 
de los pueblos americanos de raza latina. Todos ellos, al decla- 
rarse independientes de sus respectivas Metrópolis, á fin de cons- 
tituirse cada uno en un modo de ser que le fuera peculiar y satis- 
ficiera sus necesidades de libertad y de progreso, han reconoeído 
y adoptado para el deslinde de los territorios que hayan de perle- 
necerles, los limites de aquellos que ocupaban al tiempo de su se- 
paración. Todos han convenido en sujetarse al ud possideüs de 
1810, y no sin motivo poderoso; porque tal principio es el único 
conforme con el sistema de Gobierno denominado propio popular, 
emanación de la soberanía del individuo sobre sí mismo ; pues 
sería absurdo exigir, que pueblos que par su voluntad libre se han 
constituido en cierto cuerpo de nación, hagan el sacrificio de esa 



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— 13 — 

voloitiadf ohiig4ttclo«e á mt partes oQmúmimnB 4& im £Wt«<to dt« 
ñMreate» El h«obo por todae partos ha coofirmacio el derecha ; 
parque los imtntaotos qoe» en 1S10> oeapaban eada una de las sec- 
oioBSS de la América Espafiola, se proctamnroQ independientes 
de España, únioamente can el territorio á que estaban sujetos, y 
todos han declarado en sus Constituciones respectivas, como par- 
te integrante de dicho territorio, lo que poseian de hecho en la 
época de su independencia. La Lei fundamental del Brasil eon- 
tiene la oaisma declaratoria. 

Siendo, pues, el principio esencial de los Gobiernos de la Amé- 
riea Española la w>luntad del pueblo, no puede considerarse cous- 
titoido indepeadiente, en eada secekm de ella, sino aquel territorio 
cuyos habitantes se han adherido Toluntfiriamente al acto de erec- 
ción del Gobierno respectivo ; y jamas aquel que, en 1810, era 
oeupado por un pueblo diverso que no tomara parte en tal acto, . 
sino que, por el contrario, habia proclamado y sostenido una in« 
dependencia distinta, y una nacionalidad reconocida por los otros 
Qobiemes* De aquí nace la superioridad del principio del uti 
passidetis sobre cualesquiera otros ; y el Brasil no solamente lo 
ha reconocido, sino lo ha practicado también con varios Estados 
limítrofes, según aparece de los hechos siguientes : 

l.<* Según el artículo 4.o del tratado celebrado entre las Co- 
ronas de Portugal y de España en 11 de Octubre' de 1777, la lí- 
nea divisoria por el lado del Urugusi tocaba al rio Uruguai, fren- 
te i lá desembocadura del Pepiríguazú, dejando 4 España todas 
las misiones orientales del mismo Uruguai ; mas por el parágra- 
fo 2.<» del artículo 3.o del tratado de limites de 12 de Octubre 
de 1861, ajustado entre el Brasil y el Uryguai, ya ratificado, . la 
IÍMa divisoria toca el Uruguai en la desemboeadara del Quaraím, 
dejawk) las mencionadas misiones al Brasil, en virtud del princi- 
pio del uti poeeidetis. 

2.^ El articulo 9/ de dicho tratado de 1777 dispone» que la 
fnmiera del Paraguai siga por el Igúroi, tributario del Paraná» 
hasta sus cabeceras, para buscar desde allí las cabeceras del tri- 
butarlo mÍL9 cercano del Paraguai, que es el Tejui-^uaaú, 6 Xe- 
xui'-guazú. Durante los trabajos de la demarcación, el Comisio- 
nado español Azara se adelantó y ocupó el rio Paraguai hasta dos 
grados más al norte, y los paraguayos, en virtud de esta ocupa- 
ción, reclaman derecho á ese territorio, derecho que el Brasil les . 
reconoce por el uti passidetis^ prescindiendo del tratado do 1777. 

3."* Según el artículo 1 1 del mismo tratado, la linea divisoria 



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- 74 - 

por el iado 4h Loroto» «egttia haela el Avatfptrtná» (kjsoio á 
fUpafia el fuerte portugués de Tabatinga* Sin embargo, por nl 
articulo 7."* del tratado de 28 de Octubre de 1851, el Perú, posee» 
dor de Loreto, ha reconocido el fuerte de Tabatinga como^frontera. 

4.® Finalmente, el articulo 12 del tratado de 1T77 manda tra- 
zar la linea en el Rio- Negro, por un punto que cubra loa estable- 
cimientos portugueses que existían en 1750 ; la historia de Moráis 
y del Padre Román prueba que, antes de 1750, es decir, en 1744, 
ya los portugueses poseían en el Rio-Negro, no solo á Maravita* 
ñas, sino á Yavitá, muí arriba del Casiquiare, pueblo al cual dicho 
Moráis trajo al jesuíta espafiol ; todas las eircunstanciae de este 
hecho, y de los eetablecimieotos portugueses que entonces eocíp- 
tiatt en el alto Rio-Negro, están probadas por el testimonio jtink- 
mentado que dieron varios vecinos de este último m aquella épo- 
ca; y en fio, la posesión de él por los portugueses antes de 17M 
está probada con el testimonio de Humboldt Bn esta virtud* 
cuando se trató de la demarcación, los comisarios de Portugal w* 
clamaron la entrega de San Carlos y de San Agustin, que fueron 
fundados por Solano en 1759 en territorio mucho antes ocupado 
por los portugueses, reiterando las reclamaciones hechas por t^ 
Greneral Mello y Castro, en oficio dirigido á Iturriaga en 26 de 
Agosto de 1763. Y sin embargo, en el tratado de limites ajusta- 
do entre el Brasil y Venezuela en 1852, aquel ha prescindido de 
sus antiguas y repetidas reclamaciones, y obediente al principio 
del uti p&$mdeti$9 ha consentido en .una línea que le priva del te- 
rritorio que ocupaba áutes de 1750, según el respetable testímonío 
producido. 

Aunque él Brasil ha ocupado lugar^ que se haliaa fuera da 
la demarcación del tratado de 1777, también tas Repúblicas Sur- 
americanas han hecho lo mismo, y esto no merece el nombre de 
usurpación, sino de justa adquisición. La razón es, porque en 
1801 se encendió la guerra entre Portugal y Espada, habiendo 
eiia, aconsejada ó forzada por Frcmcia, invadido aquel primer 
país para obligarle á cerrar sus puertos á los ingleses. Las hos- 
tilidades' no se limitaron á la Península, sino que se extondíercm 
á las posesiones portuguesas y españolas en América. Fué en- 
tonces cuando sucedieron tales alteraciones. Ni el tratado por el 
cual se restableció la paz, ni ningún otro posterior hizo mencioa 
de las conquistas de América, y por consiguiente las cosas que- 
daitm en el estado en que se hallaban, según las doctrinas del 
Derecho de Gentes. Oígase sobre esto al maestro de la ciencia. 



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— 7r> ^ 

VaiteJ, cap. 13, lib. a.*, § 193 : " 9í es lícito llevarse las cosíí 
fld enemigo, con el designio de debilitarle, y á veces de castigar- 
le, no es menos lícito apropiárnoslas en una guerra justa para 
nuestro uso, por via de compensación, á lo que llaman los civIHar^ 
tas expletio juris. Las retenemos como equivalente de lo que 
debe ej enemigo, de los gastos y daños que ha ocasionado, y aun 
(cuando hai causa para castigarle), como conmutación del casti- 
go que ha merecido. Porque cuando yo no puedo obtener la mis- 
ma cosa que me pertenece ó se me debe, tengo derecho á un equi- 
valente, el cual, según las reglas de Injusticia expletrit y en esti». 
macion moraf, se considera como la misma cosa« Así, conforme 
tá Del'echo Natural, que constituye el Derecho de Gentes nece* 
earfo, la guerra fundada en justicia es un modo lícito de adquirir. 

" Peío ese sagrado derecho no autoriza ni aun las adquisicio- 
nes hechas en una guerra justa más allá de lo que las aprueba la 
justicia, esto es, más allá de lo que se requiere para obtener com- 
()leta satisfacción eñ el grado necesario para alcanzar los fines 
lícitos que acabamos de mencionar, ün conquistador equitativo, 
sordo á las sugestiones de la ambición y k avaricia, hará un jus- 
to cálculo de lo que se le debe, esto es, de la cosa que ha sido 
materia de la guerra (sí no puede recuperarse la misma cosa), y 
de los daños y gastos de la guerra, y no retendrá mas propieda- 
des del enemigo que lo que es precisamente suficiente para sumi- 
nistrar el equivalente. Pero si tiene que tratar con un enemigo 
pérfido, infatigable y peligroso, le privará, por via de castigo, de 
algunas de sus ciudades, ó provincias, y las conservará para servir 
como de barrera á sus propios dominios. Nada es más lícito que 
debilitar á un enemigo que se ha hecho sospechoso y formidable. 
El fin legítimo de la guerra es la seguridad ftitura. Las condi- 
ciones necesarias para justificar ante Dios y nuestra conciencia, 
tina adqntsicion hecha por las armas, son justicia en la causa y 
equidad en la medida de la satisfacción. 

"Pero las naciones, en el trato de unas con otras, no pueden 
insistir en esta rígida justicia. Según las reglas del Derecho de 
Gentes voluntario, se considera justa por ambas partes toda gue- 
rra regular, en cuanto á sus efectos ; y nadie tiene derecho para 
JQzgar á una nación sobre lo infundado de sus reclamos, ó lo que 
ella cree necesario á su seguridad. Toda adquisición, pues, que 
sé ha hecho en guerra regular, es válida conforme al Derecho de 
Cantes voluntario, independientemente de la justicia de la causa^ y 
las razones que pueden haber inducido al conquistador á tomar la 



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• 76 — 

propiedad de ¡o que ha tomado. Sn congecnenciaf las nacionef han 
estimado siempre la conquista como wt titulo legitimo ; y rara ven 
se ha disputado ese titulo^ á menos que se derivase de una guerra 
no solo injusta en. si misma^ sino también destituida de cualquier 
pretexto plausible,^' 

Y en el lib, 4.«, cap. 2.<», § 21 : " Como cada uno de los 
beligerantes sostiene que la justicia está de su parte, y como sus 
pretensiones no se hallan sujetas al juicio de otros, sea cual fuere 
el estado en que existan las cosas al tiempo de celebrarse el tratado^ 
debe considerarse como su estado legitimo ; y si las partes intentan 
hacer en él algún cambio, han de espec^icarlo expresamente en d 
tratado. Por consecuencia, todas Itii cosas no mencionadas en el 
tratado han de quedar en la misma situación en que estaban en el 
tiempo en que se concluyó. Esta es también una consecuencia de 
la amnistía prometida. Todos los daños causados durante la 
guerra se sepultan igualmente en el okido ; y no puede intentar- 
se acción por aquellos cuya reparación no se estipula en el trata- 
do, los cuales se considera que nunca han acaecido." 

Eugenio Ortolan, examinando la cuestión de si la guerra es 
un medio legítimo de adquirir la propiedad de Estado entre las 
naciones, habla asi : " Una vez que se ha admitido esta necesi- 
dad de la guerra como procedimiento, y del éxito de las batallas 
c<uno sentencia, para terminar las dis|5uta6 entre los Estados, Im 
lógica es inflexible ; saca sus conaeouencias ; puede ser que ellas 
hieran el sentimiento abstracto de lo justo, pero la conchision si- 
gue al principio : quejémonos ¿ este y no ¿las deducciones que 
de él saca el raciocinio. Nos vemos constreñidos á remitir la de- 
cisión del derecho ¿ la fuerea, á la habilidad ó ¿ la fortnfia de^las 
armas: á no aumentar más esta calamidad con la faha de toda 
regla y de todo freno, debemos ciertamente tratarla como un ver^ 
dadero procedimiento, y dar á la solución que produee, la autori- 
dad de una sentencia de derecho. Las naciones beligerantes se 
vea forzadas á someterse á esta solución : las mismas Potencias 
Dtutraies deben aceptar sus resultados. Nuestros padres, aun 
entre pe rticul ires, tenían la sentencia déla batalla: mirábanla 
lucha de ellos con la imparcialidad requerida en los actos de jus- 
ticia, y el éxito con la deferencia debida á un juicio de Dios. 
Hasta en este punto hallamos un paralelismo entre las costum- 
bres del derecho privado y las del derecho internacional. 

*' Pero si la ocupación militar, si la conquista no bastan para 



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— T7 — 

transferir el dominio intemacíooa], no por eso debe concluirse tiue 
DO produzcan ningún efecto hasta el tratado definitivo. De consi- 
derarse en la guerra hasta su término á las partes beligerantes^ 
per una y o^ ladot c^^^^^ ^^ ejercicio de su deregho^ se injiere que 
la ocupación militar ^ la posesión del país enemigo por el vencedor 
no puede tratarse como una ocupación violenta, contraria al derc'- 
cho ; al contrario^ ella constituye una posesión válida ; el vencedor 
puede liacer en el territorio por él ocupado los actos de un po- 
seedor de buena fe ; puede cobrar los impuestos, ejercer la auto^ 
dad, la jurisdicción ; las naciones extranjeras, si quieren perma« 
mecer neutrales, están obligadas á reconocer esta posesión ; y la 
miflma nación beligerante, cuando volviese á apoderarse del paie^ 
no podría desconocer estos actos, que implican, no una proptedad 
definitiva, sino una posesión interina. 

** La ocupación puede también tener otro efecto, que es servir 
de justa causa^ en dkrecho internacional, á la traslación de propia* 
dad hecha por el tratado que pone fin álag uerra, 

** Con efecto, las naciones beligerantes se han sometido á la 
suerte de las armas ; cuando una de ellas, después de haber he* 
cho todos los esfuerzos que ha juzgado posibles, se resigna á aban* 
donar parte de su territorio antes que sostener por más tiempo la 
Ittcha, el carácter de procedimiento y sentencia atribuido á la 
guerra y al éxito de la guerra por el derecho Internacional, no 
permite que esta parte pueda mas adelante pretender que los 
triunfos de la otra no han sido sino actos de violencia que han vi* 
ciado su consentimiento; no puede pretender que ha obrado co* 
mo violaatada, ni considerar en consecuencia el tratado que fír- 
mé coou) un acto desnudo de valor. Sin duda que esto es sancio* 
nar la guerra como procedimiento, como sentencia, es decir, san* ' 
dkmar los resultados de 4a fuerza ó de la fortuna de las armas: 
sieiido vicioso el principio, hallamos también una consecuencia 
que puede herir el sentimiento abstracto de lo justo ; pero, si no 
se admitiese esta sanción, á felta de todo poder y de todo otro mo- 
do de proceder judicialmente, los r^ultados serian ami mucho 
mis desastrosos: las guerras serian * interminables, los tratados 
no serían sino treguas de mala fe hechas por una nación para re* 
cobrar los medios de levantarse luego más fuertemente ; la guerra 
no tendría otro fin posible que el exterminio completo del enemigo, 

*< Desde que ha mediado un tratado definitivo que contiene ce* 
süm del territorio ocupado por el vencedor (ó nada se dice acerca 



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- w - 

de élf QQvm 3e ha visto» en el IraUídQ de paz), ¡a pop^nan, ¿Mil/timo 
se transforma inmediatamente en dominio internacional, por el solo 
consentimiento del Estado que cede. « • . . 

** En fin» la ocupación militar, según muchos eicritOFOf d^ 
derecho interaaciooal, podria también- tener otro efecto, que ea %\ 
últinto: ella podría servir de base á la prescripción y conducir 
aai, coo el tiempo, é la. iBÍ$aia propiedad de Estado, según la opi« 
nioA da los que admiten U prescripción como medio de adqoÍHr 
esta propiedad entre las naciones, y que ven en la ocupación mib-i 
tar los caracteres de una posesión suficiente á fin de prescribir/' 

Por otra parte, siendo ciarlo que el Brasil hubieee OMoetich» 
uttirpacíones en perjuicio de las Repéblioas hispaDo*>«ameriommsf 
eslas habrían debido, uo solo protestar contra semaíantes aotos^ 
sino también reclamar diplomáticamente la devolu<»oa de loa te* 
rreoos ocupados, por todos los medios conocidos en la práctica de 
las naciones. i)e lo contrario, su inercia y fulta de reclamo auto- 
rizarían para presumir que ellas haq renunciado á su derecho en 
favor del Imperio, motivos que se dan como qno de los fundamen* 
toa de la prescripción. Pues bien, hasta ahora ninguna ha deman* 
dado al Brasil esas restituciones, de las cuales solo se ha bablade^ 
iacideotalmente, al discutir los convenios de limites* Mae ee 
claro que, sí hai verdad en tales alegacioaea, no se necesita es* 
ptrar la épeca de concluir tratados de ninguna especie, sino que 
íode pendientemente de e]los y ante todo ha debido darse un paso 
tan justo. Su omisión, qué prueba 1 Que nadie se ha consideiia^ 
do con derecho para darlo. De¿eoho^ tampoco se ha ejereido* 
jiirisdiecion en lugares que se supongan ocupados por el Imperio, 
Si alguna vea se ha intentado, ha sido por medio de disposioieiiee 
que se han quedado escritas, y no han surtido ningún e&cto* Aii 
sucedió con el decreto sobre división tarritorial de^ 1966, que au:* 
torí9&6 al Podar Ejecutivo para fijar los limites de la provincia 4A* 
^aaónas, Umandopor términos él raudal del Ature» y a/ v»a di 
ofuel nombre. Haata ahora ni se han sefialado sus lindaroi^ ai 
se babria adelantado gran cobsí con hacerla» pues desde San Jos4 
de los Maiavitaqas principian las fortalezaa y placas oaílitaf^ee 
del Brasil, que naturalmente se opondrán á los adela^tawientea 
de Yeneauela más allá del territorio que ello ocupa. 

Mas no porque se ha defendido el yti po$sideti$i se pc^ qm 
el Brasil necesita invocarla en saquestion con Veueauela, vespeo* 
ta de la cual el Imperio no tiene el menor reparo en que se trace 
la demarci^piop confoiviie 4 loa tratih^es de ]750 y 177T, que 



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-- 79 — 

oomo va á vene lu^o^ dan ¿ la República ménoe de To que le 
alriboyen Codazei y la convención de 1853. Y tal confianza hai 
en eeia verdad, que el nuevo tratado, el de 5 de Mayo de 1850^ 
ha euprioiido la mención del uti possidetUf para quitar á las Ho- 
norablee Cámaras cualquier escrúpulo que puedan abrigar ^i vir^» 
tud del informe de la Comisión que ha sido impugnado. Se ha 
seatemdo ese punto, principalmente porque la razón k> pedia, 
j en aegundo lugar, ¿. causa de que el Brasil, consecuente consigo 
Otísmo^ no puede abandonar un sistema que ha sancionado en al^ 
guBDS de sus tratados. 

Pro^gue la Conaieion, y allade : " El artículo 8.o del trata- 
da iiue so considera, reoonoce la necesidad de nombrar eomisiona<- 
diM para la demarcaeion de la línea* La Comisión acepta la ne^ 
easidad, pero eit un orden inverso : el artículo la establece para 
dsmpoefl de ratificado el tratado, es dwiiT^ a pésteriorh la Comisión 
la establece u priori. 

^Si un tratado no viene á ser en último resultado la solución 
final de toda cuestión, el término de toda controversia, el sello 
perpetuo, digámoslo así, de toda reclamación pendiente, la Comi- 
sión no acierta á comprender para qué servirá. Y se está tocan- 
do, Seftor, que se dejan cuestiones y querellas posibles, más que 
posibles probables, mui más que probables, previstas ya en el he- 
eho de deberse nombrar un comisionado demarcador de una linea 
que establece un tratado convenido y ratificado entre dos Gobier- 
nos. Y aquí una disyuntiva: ó esa línea está bien trazada y sé 
tiene la certidumbre de su runsbo, y en este caso no es necesaria 
una demarcación ulterior ; 6 es indispensable esta demarcación^ y 
en e$U caso la Ünea no da garantías algunas de una certeza de 
derechos. 

** Ken quisiera la Comisión no haber traído el tratado á estos 
ecKtremos ; pero en su tenor se toca de tal manera la incertidum- 
bre de lo estipulado, que el articulo 4.* está previendo que en la 
demarcación establecida en el 2K* pueden ocurrir dudas gravee 
provenientes de inexactitudes en ías indicaciones del presente ira* 
MMb, atendida la falta de mapas exactos y de exploraciones m<r 
nmcwsae. 

^ Esto, Señor, deja bien autorizada á la Comisión para el jui- 
do que lleva enunciado sobre el asunto en general : es decir, tie- 
X» Iba dudas respecto del tratado que el tratado mismo tiene res* 
pecto de si.'' 

La Gemisioa asegura poco mas adelante, que los tratados de 



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1750 y 1777 son I«í en Venezuela. Siendo esto así, no se coooilMt 
cómo tuvo á mal que el convenio de 1852 reprodujese una dispo^ 
sícion que forma parte de aquellos. Consúltese el primero ea su 
artículo 22 y el segundo en el 15, que es del tenor siguientes 
** Para que se determinen también con la mayor exactitud loslimi-* 
tes insinuados en los artículos de este tratado, y se especifiqíiea 
sin que haya lugar ¿ la más leve duda en lo futuro, todos los pun- 
tos por doade deba pasar la línea divisoria, de modo que se puedil 
extender un tratado definitivo con expresión individual de todog 
ellos, se nombrarán comisarios por Sus Majestades Fidelísima y 
Católica, Q se dará facultad á los Gobernadores de las provin- 
cias para que ellos ó las personas que eligieren, las cuales sean 
de conocida probidad, inteligencia y conocimiento del país, juq^ 
tándose en los parajes de la demarcación, señalen dichos punloe 
con arreglo á los artículos de este tratado; otorgando los instru- 
mentos correspondientes y formando mapa puntual de toda U 
frontera que reconocieren y señalaren, cuyas copias autorizadas 
y firmadas de unos y otros se comunicarán y remitirán á las dos 
Cortes, poniendo desde luego en ejecución todo aquello en que 
estuvieren conformes, y reduciendo á un ajuste y expediente inte* 
riño los puntos en que hubiere alguna discordia, hasta que por sus 
Cortes, á quienes darán parte, se resuelva de común acuerdo lo 
que tuvieren por conveniente. Para que se logre la mayor bre- 
vedad en dicho reconocimiento y demarcación de la línea y eje- 
cución de los artículos de este tratado, se nombrarán los comisa- 
rios expertos de una y otra Corte^por provincias ó territorios, de 
modo que á un mismo tiempo se pueda ejecutar por partes todo 
lo ajustado y convenido, comunicándose recíprocamente y con 
anticipación los Gobernadores de ambas naciones en aquellas pro- 
vincias la extensión de territorio que comprende la comisión y 
facultades del comisario ó experto nombrado por cada parte," 

Claramente se lee en el articulo inserto, la estipulacim de 
nombrar comisarios que demarquen en el terreno los linderos, ya 
fuesen los Gobernadores de las provincias, ya otras personas de 
reconocida inteligencia y probidad que conociesen bien el pais« 
Yese también que el objeto declarado de esta operación^ es de- 
terminar con la mayor exactitud y sin que haya la más leve du- 
da en lo ftituro, los lugares por donde pasará la raya Se percibe 
igualmente que el tratado prevé que pueden ocurrir dudas, y dis- 
pone que se sometan á las partes. 

Más patentemente lo expresa el artículo 16, cuando dice 



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— 81 — 

<»Log Comisarios ó personas nombradas en los términos que ex- 
plica el artículo antecedente, ademas de las reglas establecidas 
eñ este tratado, tendrán presente, para lo que no estuviere espe- 
eificado en él, que sus objetos en la demarcación de la línea divi- 
soria deben ser la recíproca seguridad y perpetua paz y tranquili- 
dad de ambas naciones, y el total exterminio de los contrabandos 
que los subditos de la una puedan hacer en los dominios ó con los 
▼asallos de la otra : por lo que, con atención á estos dos objetost 
«e les darán las correspondientes órdenes para que eviten disputas 
que perjudiquen directamente á las actuales posesiones de ambos 
Soberanos, á la navegación común ó privada de sus rios ó ca- 
nales, según lo pactado en el artículo 13, ó á los cultivos, minas ó 
pastos que actualmente posean y no sean cedidos por este trata- 
do en beneficio de la línea divisoria ; siendo la intención de los dos 
augustos Soberanos, que á fin de conseguir la verdadera paz y 
amistad, á cuya perpetuidad y estrechez aspiran para sosiego re- 
cíproco y bien de sus vasallos, solamente se atienda en aquellas 
vastísimas regiones por donde ha de describirse la linea divisoria, 
á la conservación de lo que cada uno quede poseyendo en virtud 
de este tratado y del definitivo de límites, y asegurar estos de 
modo que en ningún tiempo se puedan ofrecer dudas ni discordias.'' 

Y como si esto no fuera bastante, todavía se añade en el ar- 
ticulo 19: " En caso de ocurrir algunas dudas entre los vasallos 
españolas y portugueses ó entre los Gobernadores ó Comandantes 
de las fronteras de las dos Coronas sobre exceso de los límites se« 
Salados ó inteligencia de alguno de ellos, no se procederá de mo- 
do alguno por vias de hecho á recuperar terreno, ni á tomar satis* 
facción de lo que hubiere ocurrido, y solo podrán y deberán co- 
DXjgnicarse recíprocamente las dudas y concordar interinamente 
alguS^ medio de ajuste, hasta que dando parte á sus respectivas 
Cortes,^ ^e les participen por estas, de común acuerdo, las resolu- 
ciones ne^^sa'rias " 

Se puede oponer á la disyuntiva de la Comisión, otra más 
incontestable que la suya, á saber: ó los tratados de 1750 y 
1T77 son leí en Venezuela, ó no : en el primer caso, tienen fuerza 
y vigor los artículos acabados de citar, que se han transcrito sus^ 
tancialmente en el convenio de 1852, y no halla cabida la objeción 
de! informe : en el segundo caso, la Comisión no ha procedido 
oonsecciente conmigo misma, apelando unas veces á los tratados 

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de 1760 y ITH^ j desconoeiendo otnw foi dwpottewwwrei n ÉJfW 
á limites. 

La práctica de todas las naciones protesta ademas contra iA 
érden que el informe recomienda. 

Es visto ya por los tratados concluidos entre Portugal y Es- 
paña en 1750 y 1777, y se pueden añadir el de 1764 entre Fran- 
cia y España, el de 1772 entre Francia y Lieja, el de 1774 entre 
Francia y Berna, el de 1776 entre Austria y Venecia, el de 1777 
entre Francia y España en la isla de Santo Domingo, el de 17S4 
entre Francia y España, e! de 1795 entre los Estados Unidos y 
España, el de 1819 entre los Estados Unidos y España, ice, &c. 
No fuera difícil multiplicar estas citas hasta dónde se quisiese, 
pues las precedentes se han sacado del primer tomo de una co* 
lección diplomática que se ha venido á las manos. Mas por no 
engrosar esta Memoria, se remite al lector á las recopilaciones át 
tratados, y especialmente al único que sobre la materia se ha he« 
cho en Venezuela. Es el de 1833, en que contrataron ella y 
Nueva Granada, y cuyo artículo 28 dice : " Para fijar esta línea 
fronteriza con más precisión y poner las señales que han de de* 
signar exactamente los límites de las dos Repúblicas, ambas par- 
tes contratantes nombrarán comisionados cada una por la suya 
en número igual, cuando las circunstancias lo permitan y conven- 
gan en ello los respectivos Gobiernos. Estos comisionados le- 
vantarán la carta del territorio fronterizo y llevarán diario de suB 
operaciones, los cuales, estando perfectamente acordes, serán coQ- 
skforados partes del presente tratado, y tendrán la misraa foerza 
y validez que si estuviesen insertos en él." 

En el tratado de límites que celebraron España y Francia en 
8 de Febrero de 1777, es singular que, no obstante haberse incor- 
porado en él y adoptádose el trabajo que habían hecho D. Joaquín 
Ghircía y el Vizconde de Choiseul en calidad de Conrisarios, junto 
con los ingenieros respectivos y habitantes nacidos en el país, en 
virtud de un ajuste provisional concluido por los Comandantes 
españoles y franceses en 20 de Febrero de 1776, se pacta en el 
articulo 7.° que, '* aun cuando los límites entre ambas naciones es* 
tan clara y distintamente señalados en toda la extensión de sujron* 
tera^ habrá constantemente por una y otra parte un inspector que 
vele en la ejecución de iodos los puntos convenidos p acordad&s m 
el tratado.^* Dichos Comisarios fueron nombrados para ejecutar 
los artículos del tratado que fijaban invariablemente los limites de 
\af posenones respectivas de ambas Coronas, eonstmtr jArkímies^ 



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-c 88 - 

tfdMf ttlámos áéúáé fiídie necesario, eorter en adelante i«n dispa- 
tas que alterasen la buena armonía de ambos Estados, y levantar, 
•aon la astateoeia de un número suficiente de ingenieros, el plano 
ii^ográfieo. Bn su descripción fijan los puntos doade principia 
'h linea y doade acAba, las pirámides construidas en ellos c6n sos 
fiámarof é insaripciones, el camino que tomaron, la significación 
*4e los mareos, los accidentes del terreno, los lugares en que las 
Aguas sirven de lindero, ó las montañas, las haciendas, sus dueños, 
-sus admiaistradores, los caminos, las confluencias de los ríos, las 
-^rtiealariiibdes qne no pudieron conocerse cuando se celebró el 
tratado,'los inconvenientes que resultarían de seguirlo al pié de la 
tetra, las divisiones de las aguas, las quebradas, valles, sabanas, 
<nimbres ; las mensuras heehas, las rocas encontradas, las sinuo- 
éidades de la raya, los lechos de río, la conducta seguida en cum- 
plimiento del tratado, los habitantes que hablan hecho retirar 
cuando pasaban la Ifnea hacia uno ú otro lado, el bando en fin, 
publicado en todas partes sobre las penas en que incurrirían loa 
que arrancasen, trasportasen ó alterasen los marcos ó pirámides 
de la linea, y cualquier particular que la salvase. 

Aim es mae circnnstaneiada la diligencia de límites entre 
'PVaficia y el cantón de Berna firmada en 16 de Noviembre de 
1774, {>ue« tomando marco por marco desde él primero basta el 
'Mxagéstmo, los enumera con tal detención y prolijidad, que el 
aéta ocapa treíma páginas en la cdecoion de tratados de de 
MavMis» 

Toda esta minuciosidad es necesaria, porque, como la menor 
invasión del territorio ajeno es un acto de injusticia, para evitar 
9u comisión é impedir todo motivo de discordia, toda ocasión de 
desavenencia, conviene sefialar con claridad y precisión los lími- 
~tes de los territorios. De la' falta de cumplimiento de tan impot- 
tatite deber se han originado muchas guerras entre las naciones. 
Está ademas reconocido que, no solo debemos abstenemos de 
^usurpar ei territorio ajeno, sino también respetario y guardamos 
'dt tddo acto opuesto á los derechos det Soberano : porque ana 
-ttaeíon extranjera no puede pretender derecho en él. Asi no se 
poéde, sin hacer injuria á un Estado, entrar en su territorio con 
iberrfcá y armas en busca de un criminal y sacarle de all!. Esto 
seria violar á un tiempo la seguridad del Estado y usurpar los de- 
-CRboB^e iflffporio 6 anprema autoridad depositados en el tSkrberano» 
dBrioqiw se llama violación de territorio ; y entre las aaciones 

M peaoüooe máa^pNtemliMnte como injurio que debe i^e- 



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— 64 — 

terse c^n vigor por todo EstMb que «i quiera «oimAtir M m 
opresión. 

Aunque una línea de demarcación esté bien trazada 7 ee 
tenga la certeza de su rumbo, se necesita un acto posterior qw 
sirva de complemento y ejecución al tratado. Por eso cuantos 
pactos de confines se han consultado, ademas de especificarlot 
con exactitud, exigen aquella operación. Por eso el tratado ett* 
tre Portugal y España de 1777, es calificado en su preándMilo d» 
preliminar, diciéndose crdemas que él servirá de base y fundamea- 
tó á un tratado definitivo acerca de las fronteras, y que esle 6MI- 
mo comprenderá todos los pormenores y se hará oon toda It 
exactitud y conocimiento necesarios, á fin de evitar y prevenir 
nuevas desavenencias y sus resultas para siempre. No seevpre- 
sa lo mismo en el tratado de 1750, y esta diferencia de uno á otro 
indica la importancia que ambas Coronas daban á la colocacmi 
de marcos, la cual tenia también esta vez el objeto particular de 
indicar los lugares en que la línea de división iba á tocar algunos 
rios ó se alejaba de ellos, y advertir á los navegantes si ia nave- 
gación era común á entrambas Potencias, ó privativa de una. 

A pesar del gran cuidado que se ponga por escrito en la de- 
lineacion de una frontera, puede suceder que, al trazarse «nate* 
rialmente en el terí*eno, no coincidan los hechos con las mejorae 
observaciones ; porque no es lo mismo estudiar la situaoiuQ de4oa 
lugares para fijarlos geográficamente, que reeari'erloa cw el ña 
de formar una línea divisoria entre naciones. Esto úitáoio m* 
quiere un estudio lento, afanoso, profundo^ especialisímo, y- la ut- 
teligencia, instrumentos y demás cosas que contribuyen á la exac- 
titud de la operación. Si al tratarse del deslinde de dos hacien- 
das pequeñas, por ejemplo, hai que pedirlo á la autoridad judicíalf 
presentar los títulos que determinen su extensión y limites, man- 
dar comparecer á todos los colindantes, concurrir el juez ea per- 
sona, nombrar prácticos y ponerse de acuerdo los • interesados» 4 
de lo contrario dirimir previamente en juicio formal la disfMita; 
¿qué será cuando se quiere separar el territorio de dos Estadoat 
O i qué dificultad hai en que los terremotos, las avenidas ú óteos 
fenómenos naturales hayan alterado los montes, rios, &c., de tal 
suerte que, al ir á examinarlos, no correspondan á las deacripqjo- 
nes antes hechas ? 

Fuera de eso, la ejecución del tratado en el terreno es un «^ 
to que lo consuma mediante la posesión efectiva de la cosa, ms la 
cual, según varios autores, no bai adquisición vátida en dei^oho 



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ptlAeo« Al ftiíumo fin contribuyen las mensuras, ia colocación 
de postes y otras operaciones semejantes, y el levantamiento de 
carias topográficas que se agregan á ios convenios. Otras veces 
se eligen los Comisarios y se lefe encarga de acordarse en la forma 
de la toma de posesión y en los ajustes de comercio ú otros que 
resulten de los tratados que le sirven de base. También se les 
comete la tarea de juzgar y determinar amistosamente en los mis- 
uto» lugares de la frontera, porque en otra parte no es ni posible, 
tacks tas controversias que se suscitan entre los ciudadanos de 
lUB países confinantes respecto de jurisdicción ó linderos, para 
editar que se acuda á los Soberanos. No es raro encontrar actos 
•H-^tie se da á los Comisionados la facultad de declarar los luga- 
res (|oe deben pertenecer é las partes ; y otros que les confieren 
poder para determinar los caminos de que han de usar unos ú 
otros. En otras ocasiones asisten, ademas de los Comisarios, di- 
pttCados de las comunidades interesadas y alindantes de la fron* 
tom para su noticia, y escribanos públicos de una y otra nación, 
y de cada diligencia se levanta auto. Se necesita examinar si 
dentro de ia linea quedan poblaciones, hatos, haciendas, casas ú 
Otras propiedades de los vecinos, ó si fuera de ella ios hai de los 
Offcionales,* para resolver las diversas cuestiones de aquí prove- 
iiíootS8{ ver cuáles puntos se hallan más expuestos para hacerlos 
fiMr t i fi c sr , du;., &c. 

Nmgtmo de estos actos puede preceder á los tratados de limi- 
tas, sino seguirlos. La razón es clara : los demarcadores son jueces ' 
áé hecho, no de derecho. A ellos deben presentarse las piezas 6 do- 
cmnetítos sobre los cuales van á manifestar su opinión. Faltán- 
doles, no tienen reglas que observar, no saben qué hacer. Supón- 
gltse qtie, según dice el informe, se nombren Comisionados para 
hi demarcación de la línea. ¿Ci.ál es la línea ? preguntarán ellos. 
No se sabe qué responderia la Comisión ; pero es evidente que 
antes de celebrarse el tratado, no bai ni puede haber linea de de- 
ONnreacion. ¿ Se les dirá que vayan á explorar los lugares más á 
pfa|iósito para frontera ? Entonces se determinan ya de algún 
nodo, siquiera general, y se hace depender el derecho del hecho, 
cmumIo la Comisión sostiene precisamente todo lo contrario. 
¿i^iierrá dar á entender que, como considera vigente el tratado 
preliminar de 1777, juzga que ha de cumplirse precediéndose á 
la doBiarcftoipn en él ordenada para servir de base á un arreglo 
fitnro y perfecto ? No se cree posible, porque prescindíéndose 
dcii|«e la Comisión ha negacb la validez de ese tratado cuando 



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— as - 

reebaza ka oonfioai alH etUMecidos^ ét m im iná$4ti eanttimáhry 
ratificado entre los dos Gobiernos de Portugal y Etpafia, qm^prfm 
cuestiones y desavenencias^ pues manda nombrar Comtaark» 4ar 
marcadores. Es bien extraño que las estipulaciones encamuiadaa 
á asegurar la paz y armonía entre. el Brasil y Veneauela, pareaoaoi 
á la Comisión origen de nuevas controversias, cuando no se bu 
hecho más que seguir la práctica constante de las naotooes. Púa* 
den ocurrir en la demarcación dudas grave», no babiéndoae fi>r- 
mado mapas exactos de, los lugares, ni explor4dese tan deleiiMa ^ 
y minuciosamente como lo exige la naturaleza de an liacUf^; y. 
en verdad por eso se fija el modo de decidirlas, qoe e» somateciaC' 
á entrambos Gobiernos, sin perjuicio de continuar Ig ofwraoio» 
en los demás puntos no disputados* Dudas gravea, poique Um l¿r 
Tds las desatarán los comisionados por si. No se aloanaa alto 
medio de impedir las las dificultades, y el indicado pop la. Cqnin 
sien es imposible, y dista mncho de su objeto. £¡n ni irtírmiü 
8.S tal como está, se procura remediar loque durante Urge espe* 
cío de tiempo sucedió á las partidas portuguesas y espadólas fie 
demarcación, que pretendian usurparse funciones de sus principa^ 
les con olvido de sus hmitados poderes, y cuando haUatMua al§w 
tropiezo, se detenían en sus trabajos, pasando en esto allos y 
años. 

Otra razón por la cual el tratado debe anteceder á la i 
cacion y no viceversa, es la siguiente : entre los eonventoe que 
tienen por objeto transferir la propiedad internacional de un terá* 
torio, se hallan los de cesión en general, en que el Estado se oUkf 
ga & traspasar esta propiedad mediante otras ventajee que se le- 
conceden, por ejemplo, en materia de comercio, descargo de 
obligaciones anteriores, auxilios que ha de recibir 6 cualquier 
otro equivalente ; los tratados de venta en que se obliga mediante 
la promesa de un precio señalado en dinero ó mer concias ; de 
iransacdon^ por cuyo medio se termina una disputa* por eo»ee* 
sienes reciprocas ; de permtUa^ de ajuste de ltmi$es^ de /mnÉMen» 
que tienen la particularidad de que en ellos una enagenaeien ee 
compensada generalmente &m otra por oojavenieecia de les pe» 
tes, y qpie.asi dan origen á trasmisiones reciprecaede lerriteei^ 

Ahora bien, llenos los requisitos necesarios para trasmiiír \m 
propiedad de nación ¿ nación, á saber, validez de la oooi^eiieiei^ 
celebrada al efecto, concurso de todos los poderes indiepenaeMest 
á semejante enagenacion, y dominio en el tervitorío pceinetíéBE^;r 
esjmra ded^ukt qne, HesteseMUa ind^tMrmnaáo^ miánirms i 



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- 87 — 

b4toc n |i» i »a cioj i, no podrá exi$tir más que «ma obligación^ jf 
h pvimmo fue dabs huegrfs para llegar á trasportar el derecho de 
dmninio^ es hacer determinar el territorio de que se ¿rata. También 
m tr a s mite el dominio, si, determinado el territorio desde el princi- 
pio ó después^ se ha hecho su tradición, de modo que el Estado ce- 
sionario haya tofAado con efecto posesión. T aunque la tradición, 
Uk toma de posesión, indispensables sin ninguna duda para el ejer» 
oitio del derecho de propiedad, no io sean para la misma trasmisión 
dti d«r#ebo» en seatir de algunos autores»^ verificándose por la so* 
U fofiva del 4KNitrato ; sin embargo, ellos exigen que preceda el 
tratado, el mutuo concurso de las voluntades, si se cumple por 
g|m yerte con loa damas requi8ito0« Crean que» como la entrega 
d# la poeesion, la formalidad del registro y cualesquiera otroa 
aigaos eaUeriores solo tienen por objeto entre particulares evitar 
\m fraudes que podrían cometer vendiendo sucesivamente úask 
wiimíi cosa á diversos compradores ; no debe temerse que igual 
cesa suceda con los Estados, cuyas cesiones son materia de tra* 
tados conocidoa de todas las Potencias, unidos con grandes intere* 
sea y que hacen mucho eco. — Ademas de haber cesiones recí<- 
ptaoasen cualquier tratado de límites, en el que se discute aqoi 
eilán convenidas las necesarias para lograr mejor el fin del acto» 
como lo estipula el artículo 5.® Las hai también en los tratado» 
da 1760 y 1777 que ee í^uponen vigentes. 

Continúa el informe de la Comisioo» y dice : '' Y aunque laa 
dttd^s bastarían para que la Cámara cuando menos se abstuviese, 
no puede omitir la Comiaion razones evidentes que están por for- 
tuna al alcance de todos. 

^ 1/ Se ha prescindido de los tratados de 1750 y 1777 que 
SOB leí en Venezuela y demarcan sus linderos con el Brasil 
en 1810. 

^2.« El Sr. Ministro Brasilens^ en los protocolos de ooníe* 
reacias con ef Venezolano, protesta categóricamente contra ese 
tratado por caduco. Si el Sr. Ministro tiene sos razones para 
imprimir caducidad en un tratado porque favorece á Venezuela, 
Venezneia porque la favorece, tiene mejores títulos para recono- 
eido existente, porque favorece su derecho. ¿ Habíamos de reco- 
Aooer el derecho de protestáis contra todo aquello que se descu- 
krisee favorable á Venezuela ? Fuera de que ni esos tratados lle- 
garon á ser derogados por las Cortes contratantes en los términos 
«Males mt el derecho público, es decir, deshacer las cosas de la 
que sa hicieron, ni el Sr. Mimstm BraaüeMe estriba su 



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- w - 

protesta ad hoc sino en un heofao : luia. iiUiH-jpivewaL por.mv^^pqfN 

rra ; y un hecho, eatá dicho ya, no destruye ningún derecho. . 

'' 3.* Las restituciones á Venezuela de los terrenos que hai 
de menos por ocupaciones del Brasil, ó bien sea un regarcinúenAg 
de los acostumbrados entre las naciones, es preliminar á todo tra- 
tado, y Venezuela no puede prescindir do ello sin dejar oienoMa* 
hado el principio intangible de su integridad territoxial. 

'' 4.» Pues. que los mismos contratantes reconocen ^en al i^r* 
ticulo 3.» la necesidad de demarcación por Comisionados por io& .- 
motivos que expresa en el artículo 4.% sea esa demarcacioa pré« 
vía á todo tratado de límites." 

Que se ha prescindido de los tratados de 1750 y Vlll^ añrma - 
la Comisión, y no se percibe de dónde ha sacado esa conseouea- 
cia. En vano se recurre á ios conceptos anteriores de sa dictad 
meñ ; nada se halla que justifique tal conclusión. Ha, hablado. d» . 
falta de datos para conocer los ríos, caños, cerros y cordilleras», 
de la identidad del principio del uti possidetis oon el derecho, do . 
las instrucciones del Gobierno de Colombia á su Represeíatanta • 
en el Brasil, de la necesidad de sostener el tratado de 1777, de la 
inconveniencia de nombrar Comisarios de demarcación, y de la 
ventaja que resulta de anteceder esta al convenio. Le que cons- 
tituye la parte esencial del tratado, esto es, el curso de la lín^, no 
fué discutido por la Comisión, que ni siquiera dedicó 4ella.JA- 
más insignificante observación. De lo contrarío, habría hecho 
presentes los puntos en que la demarcación se apartaba dalo jua*. 
to, y señalado el rumbo que debería seguir. Pero lo qvte hi;ia iu¿- 
tomar unas palabras del artículo 2.°, otras del 3." y otras del 4.% 
y desentendiéndose de la parte cardinal del 2.% que por sí sola 
constituye el tratado, ofrecer los reparos á cuyo examen se han 
dirigido las contestaciones precedentes. Se conoce que la Comi- 
sión, y ella misma cuida de advertirlo, no tuvo tiempo para hacer 
una obra completa, y por eso llamó en su auxilio á la opinión pú- 
blica. Hubiera demostrado á lo menos que las dos porciones del 
artículo 2.", la que establece como base el uti possidetis y la que 
determina los linderos, no están de acuerdo, y de aquí redundaba 
daño á Venezuela. Lejos de ser asi, la adopción del vü possidetis 
ha resultado provechosa á ella únicamente, puesto que, conforme 
al articulo 9.° del tratado de 1750 y 12 del de 1777, el Brasil tie- 
ne derecho á mayor territorio que el convenido en 1852, esto es, . 
debería llegar á los Valles del Pacimony é Idapa, é incluir los 
pueblos de Santa Isabel y San Pedro de Mavaca, fundados en 1840 



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- 80 - 

mam mM de los eoofines ««tableeido* «n ambos tititedas^ y nff 
embargo, por retpeto al príooipio de la posesioD actual, y no la 
de 1810, 86 dejaron á Venezuela. Véanse los documentos núme- 
ros 14, 16, 16, 17, 18, 22 y 23. 

Pasando á la cuestión ue la validez de los tratados de 1750 
y 1T77, se inquirirá en primer lugar, si es verdad que la guerra 
no los anuló porque un hecho no destruye ningún derecho ; pro- 
poeicioD que oon el carácter de una absoluta sientan los tres sefio- 
iw infisranintes. 

Ante todo, conviene rectificar la aserción que caPifica como 
un hecho ía guerra. No, la guerra es un derecho fundado en la 
lei primitiva, en la lei divina. Las naciones viven en estado de 
completa independencia unas de otras; no reconocen ningún su- ' 
perfor, ninguna autoridad soberana capaz de apreciar .sus preten- 
siones, dirimir sus desavenencias, imponer á una la reparación 
de !a injuria hecha, á la otra el olvido, el perdón de la ofensa. 
De esta independencia, de esta falta de juez común, resulta que 
la nación que tiene 6 cree tener motivo de queja contra otra, no 
puede conseguir la satisfacción de sus agravios, sino por medio 
de una demanda directa, no puede constreñir á su adversario fi 
concedérsela sino con el empleo de la fuerza ; no puede contar 
shio consigo nrrisma para hacerse restituir lo que cree de su perte- 
nencia, para repeler la agresión dirijida contra ella, para defender 
sos posesiones. Así es que tiene derecho de rechazar la injuria, 
d% defenderse y aun de aconteter, en una palabra, el derecho d« 
hacer la guerra* 

Ella es mirada generalmente y con razón, como uno de los 
azotes mas terribles que pueden aflijir al género humano ; lo que 
podria excitar dudas acerca del origen en el derecho divino que 
se le ha señalado. Pero es preciso advertir que la guerra conte- 
nida en los limites que la lei primitiva le habia asignado, destinada 
solo á rechazar la agresión injusta, limitada á la reparación del 
dafío padecido, no es una calamidad. No ha tomado este carác- 
ter sino por el abuso, imputable á los hombres tan solamente. Se 
ha convertido en calamidad desde que se la ha destinado á favo« 
recer la ambición de dlguníos caudillos, á oprimir á los pueblos 
délriles, á justificar la injusticia y la rapiña, en suma, desde que ha 
llegado á ser, en manos del hombre, un instrumento de las pasio-' 
Bes. Solo el abudo ha mudado la guerra en una calamidad ; solo 
el hombre tiene la culpa de haber corrompido y vuelto contra si 



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- M - 



táJMaiúf y oQPlm mam mwiiinlm ti damebo <im^ i#lftiiftbMi4Mfe 
para la defensa de sus derechos y la proteodoQ de su perasMu 

La guerra es no solo un dereohot sioo también á menudo un* 
deber para los pueblos. £1 ser moral llamado Nación debe poner 
todo su cuidado en la propia conservacioQ ; debe reohaear por 
' cuantos medios estén en su mano, todo lo que amenasa su exis* 
teneia. La libertad» la indepe&denoia son atributos esao niales ám 
la nacionalidad ; án ellos no existe naoíon ; esloe doa d e f e e lioa. 
encierran todos los que un poeUo ha recibido de lakt pámMiwmf 
Lo incumbe por tanto el deber de rechazar con la fuersa« eato es 
con la guerra, todos los conatos de los pueblos extranjeros contati 
su libertad é independencia. En este particular es deposiUiiria 
del derecho que cado uno de sus conciudadanos ha poe^o ea aua 
manos, y cuyo ejercido se le confia en utilidad de todos sua 
míenbros. Si los derechos de una nación son deaconooidoe por. 
otra, si es amenazada su independencia» lastimado su boocn*, siiif 
q«e le sea posible obtener justa satisfacción por los medios amis- 
tosos, por las repreaentaciones ; su deber es recurrir i las armase 
heoer U guerra al injusto agresor. Porque una nación no puedo 
ooBsentir en la injuria cometida contra sus derechos^ su iadepen- 
denoia, su honor, dejarla impune, sin reconocer la superioridad del. 
ofittisor, sin dsjv de ser igual á él» y por consiguiente sin despOñ 
jarse de las cualidades eseneiales, únicas bases de la aacionabdad^ 

Asi hablan á otm, toz los publicista» ; y basta leer sigubre 
k» tkiilos de algunas de sus obras ó tratados de ellas para 9ímo^> 
oer que la guerra es un derecho. '< Del Derecho de la guanrat y 
de h paz," es el nombre del libro que escribió Grocio f •*' Del 
Derecho de guerra,*' es el epígrafe bajo el cual se trata el asunto, 
eq varios autores. 

Ni hai exactitud en la afirmación de que un hecho no das^ 
traye ningMO derecho. Óigase sobre el particular la doctriiHi de 
algunos j ur isconsul tos. 

Hecho se llama en la lengua jurídica, asi como en la oxdina^' 
ria* todo suceso que se presenta en el mundo de nuestras peroep- 



Puede ser producido el hecho ya por una causa superior efk^ 
tora inepto al hombre, que este no ha podido fiívorecer^ai conlrfffi 
liar;, ya con su participación directa ó indirecta » ya en fio«.pac 
efacitp ieiDodialQ de m voluntad. # 

Amo ae apUca la idea y el noeibre de hecho k lo que m at 
sino la negación de él: el caso en que no acaeaca tal acontoei^- 



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- w - 

esto se llama Tolgnrmefite hecho negativo. 

Bu in» así oomo el éereoho cod su poder ée abetraecion crea 
pweotias j oosas que no existen ; del mismo modo á Teeee Hega» 
á crear hechos imaginarios que no tienen ninguna realUaé, y 
etea como sí hnbiesea existido. 

Loe hechos pueden reoaer en el hombre mismo : tales súiw 
IMT sjenaplsy su naeimíeato^ de donde prooede un hecho de filiflo- 
oien pata uno, de paternidad ú mgen pemun para otros : so-rnik*; 
tricnoatOt la onion legal ó ilegal de un sexo con el 44ro : \m pie^ 
gresoe de so adnd i sus «ifermedadesi sus alterackmea eorporalee 
6 momias» prodocidas por la naturalasa, por accidente ó pgst 
irioleBcia» eo fin su muerte ; 

O en las cosaSf por ejemplo : su creación ó composición ; sha 
enbelleelmientos, mejorast deterioros, transformacionesi suslraa» 
oioi»» pérdida ó destruceion ; 

O en &i en xs^ y otro objeto co^ibiBados, oonsidetíM»do let 
relaeienes del hoa»bre eon las cosas; por ejemplo : la octipacíoOf 
la toma ó la pérdida de la posesión de una cosa por el homhN^' 
* Toia$ esi&M keekos^ poMÍ4ioo^ 6 negativos^ producidos por urna 
cmm^k á pür eirm^ intervienen en el derecho^ ein duda can retmUmém: 
di^tremim eegmt loe c^$o$t pero Mmpre baje el mieme €upeetút oem* 
te miemafimeionf que e» engendrar lee dereekoe. 

Meiékjuneien e» lina funeien efimmU ; ei nacen les direchoSf 
sis» m eé i0tmn p ei se Éransfieren de una persona á otra, m aa exmm^ 
orav, siemftre.es por censeeuemcia ó por medio de un keeho* 

No M dereoko qt^e no provenga de un hecho, y pree i$amm1 áy 
de bi vassiedadde ka heehas es de donde dimana la variedad 4^i 
hs dereehos» 

íiai dorios hechos que tienen especiabnente por objeta eektble^ 
e$r máre loe personas relaciones juridúcaSf crear^ mod^ear^ tram^\ 
fmr é ANiapii.Aa paascjios. 

Ese. es sufin^ su deelimo propio. 

Bn oonseetienoia el derecho» ya ¡ndividualaseme respeiia 
de algunos^ ya é lo menos por clasificación general en cuaalsié^ 
otros, los ha previsto de antemano, regulado es s* natusalesa, 
forma y efe^tosb Tales son, por sjemplo, la roaou Mnis ie n de loa 
eealiMs, la amanaipaeion de los hijos de familia, las nupoiaa, kh 
adopción^ loa testamentos y actos de última voluntad^ ios ilii asnea 
iW üa lüB fy tantos, otros, qoe ne pueden apreciarse bien sino por 
ei eoAOoimienÉo de los hechos i que se sefieren. 



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Lm elemiiit— «Mlilirtimft.fb'li» 



1.0 Lfta persQBa«r Mto es losibufobret ó ios Mrae abstnotofl» 
4» pura oreaciofi jbridicAv coiMidendos como «uscepliblat de MMf 
y ábbmc dcreek)» ; 

2«» Las cosas, esto es todos ios objetos corporale»» 6 loe 
dbrjetofl nbstmeloe, coiuridercdos como sometidos ó eap^ees de 
someterse á ias necesidades, á ta uttitdad é á los placeres d el hu wi • 
ble, y suseeplibles, por coneiguiente, de formar el objeto de loe 
d«reobes« 

' Pero las personas, sujeto activo ó pasivo de los derechos, y 
las cosas, objeto de ellos, no son sufícientes para engendrarlos. 
Fhlta la causa eficiente, la causa generatriz, la causa que oríginará^ 
ftté transmitirá ie uñó á otro, que modificará^ aue t)esTRt7iRA los 
üfiKECHos, á saber. 

8.« Los acontecimientos, los hechos, los actos del hombre, jurf" 
ékos é no jurídicos .* lo que comprendé la idea dei tiempo, del lugar, 
á$ la inunción, de la forma, cosas todas que entran en la compo* 
$kbm de lo^ hechos. 

Reúnanse y tsombtnense estas tfes ideas: las personas, sujeto 
MIHn> 6 pasivo; las cosas, objeto; y los acontecinrientos, los he* 
ébos, los actos del hombre, causa eficiente ; y se engendran, se 
Ifwmtten, se modifican, se extinguen los derechos. 

• Yelmfido A la guerra, es sabido que ella tiene por efectos 
eatre todas las naciones los siguientes. Todos los subditos del' 
e s b e r aao que la declara, pasan á ser enemigos de tedes los sáb- 
dRee-del soberano á quien se declara : los enemigos conservan este 
Mir6eter donde qaiera que están mientras no dejan de ser míem.' 

I de la sociedad con quien nos hallamos en guerra; es Kcite 

de Tiolencia contra ellos en cuariqutera parte, como no sea 
temioHo fieutral ; las cosas del enemigo, ya eon$i$tmn en ^ÍBtto&' 
maiérimks ; ya en derechos, créditos ó acciones, se vuehen respeek^ 
d$ noeotros kbs nullius; podemos apoderamos de eüas donds 
fmma-fe ée emeuentren^ menos en territorio neutral ; j ocapadas 
verdaderamente, podemos luego tranferir su propiedad aun ala» 
luíeioDci neutrales. 

».. Por eoDMguiente, la guerra pone fin á todo tmto, é toda co«( 
entre loe beligerantes, y no eoh deetruye ios pmcioB'^ 
V, eitto qoe haice de todo panto nulos aquellos qae loe' 
psftiodiaFes de ka dea naciones, ain permiso «xpreso de loa i 
pMtivos soberanos, celebren eotre sí dorante la guaría» 



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— d8 ^ 

M ao i ow ihMttadf y^ podeiMu «gMO'ht pféelim 4» «nbMv 
gMr 1m pFOfnedades eoataigas que se hallan en su territorial «I 
éeotarvrae la guerra, y ni aun las partcnas han reapalado* Ijaa 
aa o as aniebles se quitan al eoamigo; en el lAar aa-panúgiMí m 
comercio ; se apresan 6 destruyen sus buques ; ea tierra aa aú- 
J9» coptrÜHidooas, según ios usos de la ciTUisacion^ nao^aroa ; 
«a c ati q u ü t a el ierrüoHc^; á veces se pejrniite taUr los campos 
aa^uear loa pueblos» llevar por todas partes el hierro y el fu^gOi 
tidfn^deiMr. las ciudades, matar los. eoeo^igoa y aJgyo^s, vacas JUmí 
¡Hrjsipoeros, Hasta se atribuye el carácter de enamigoa» 4 4m 
ciudadapoa de upa de laa partea dalos h^garantas que tieoaD aa 
tai:ritai;io de la otra bienes raices» casas de comercio» vapiodadi^ 
^%s Oiavegan coi^ su bandera y pasaporte. La guerra impoc^ 
tjin^bien á las Potencias neutrales ciertos debares que viauaOf^ 
.garjudicavlas limitando Ips ramos de su comercio con los heiigfir 
r^li^es» quitándoles la facultad de entrar eQ determinados lugare% 
obligándolos á tomar medidas que hagan respetar so nauM'^da^ 
forzándolos en algunas circunstancias á prestar servicios» y somat 
tiendo todas sus naves mercantes á las incomodidades de la d$Aat)r 
cion y exámoQ de sus papeles.^ 

En esta situación pues, cuando solo procuran Ua ninioma 
dañarse» cuando no consienten en su seno ni las persoaaa de laa 
anaoHgas, cuando ratixan sus agantaa diplooftátiqo^ y coQau|ava% 
gita^Hto ahai^dopados los medios paciñcoa, ponen en la suerte da 
las arjQMs la daeiaion de sus disputas» en una palabra, cuando «w 
aptqs se dirijan todos á su mutua destrucción ; ¿ pomo aa pofúbla 
qpe continúan vigentes sus tratados, hechos en tiempo de pas».4«% 
bv stiponan siempre existente» y de los cuales ha sido elU'CQiidiiQiiMí 
i^f^icasaría 7 Esos pactos son consecuencia de 1^ amistad en gM 
viv^mde la necesidad de extender sus relaciones de CQmenaiOi.^i 
Bpot^r las.perao&as y bienes de sus miembros, de hacerse. raM^ír 
groóos favores» de asegurar la consideración é inviolabilidad dt 
ao^agoat^^de cultivar au buena inteligencia d&c« <S(c, . Sin d|&> 
abitad se percibe que nada de esto puede tener cabida d];uraQt/| ^ 
gt^rra» porque ella busca únicamente la disolución de cpM^oa 
vínolos existían antes de su principio, -^^ 

Eor eso dice Pioheirp Ferreira : << £n ganeral aa Daoaaa)ríaqii% 
fáfomr ftx á la^oerrat laa JPotanqias beli^er^taa daclai^N» sí W# 
tratados y convenciones que existían entre ellas cuando aa.luahé 
la.pax deben raoabear su antiguo vigor ; porque ^ ba CrpNamaa 
el que hay^ aidp el agresor ha cambiado las relacionaa bajo laa 



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— 94 — 

tmalM fatbmi eontnuMb ámbot fiMidM; hi iIhímíh tlwni 
«onfiafiea que forma la bese de todae las oenvencioBes^ y ¿r.jMvts 
ofendida tíeme ékrecáo jmra no cüimdtrmme por mas ümmpa «W- 
gudaá «jtisnMir i¿ fue no prmnetíé mma me ái am ie la -p ií m i m *ée 
wm cmrregpmídeucm con que no lees permüido comear J^ 

Y Yattel : ^ I^os tratados eontíeneo prenesas q«e*ieft pi^ 
-fectas y recíprocas. 8i uno de los aliados fiílta á sM ^Migeeis»- 
ikes, el otro puede compelerle á cumplirlas : una prooMsa porfaetti 
tsoofiere el di»recho de hacerlo. Pero si el último no táaa e ottO 
recoreo que el de tas armas para forear á su alia do á la otieerm»» 
«ia de sus promesas, en etariones le paree eré mme é prepéeUo 
unular tamkien la$ premeeas por su parée^ y dieoher el It^ImIsl 
Indudablemente ééene derecho ú eetoj pue^ sus promesas fuéresi 
hechas solo con la condición de que el aliado ejecaiaria por su 
pltrte todas las cosas á que se había obligado. La pane pOHl 
que ha sido ofendida ó injuriada en aquellos puntos que coiistitu*> 
yen la base del tratado, puede elejir ta altematiTa de compeler 
tm aliado infiel á cumplir todas sus obligaciones, ó de declamr 
disuelto el tratado con su violación. En semejante ocasión» \^ 
prudencia y sabía politica indicarán la línea de conducta que ha 
i»eegairse* 

^ Pero cuando existen entre los aliados dos d más InEtadoe» 
dliiM'entes unos de otros é independientes entre 8i« la viotaden de 
Htto de ellos no liberta directamente al injuriado de las o bH g aei é^ 
Bes que ha contraído en los otrps : porque las promesae iMloidai 
^ ^estos no dependen de las incloichis en el tratado riolado» Pera' 
el altado ofisadido, al quebrantar un tratado la otra paita, pueda 
MMnaaarle con renunciar por su parte todos loa dernae traiatfda 
^M los míen» y Ikvar á ejecución sus amenazas si el otro- laadMl* 
atiende. Porque, si alguno me arrebata (i niega mi deMcko, ytt 
Bn el estado de naturalesa puedo para oUigartsá haoerme jttMfda^ 
eastigarie ó indemnisarme, príirarie también de algunos de sus dtt- 
iMhea, ó embargarlos y detenerlos hasta que yo haya oblemde 
tx>mpleta satisfacción. Y, si ha de recurrlrse á las armas, pam 
obtener satisfacción del quebrantamiento del tratado, la paté$ * 
ofrndida comienza despojando é su enemigo de todos hs derechas 
^ms h haiian resuUado de los d^erenüés traéadosquosiAeistanm^ 
9n aiés: y al traUr de U guerra, veveasoa que peede iMMirfa 
•M» juacícia.'' 

1BI mismo Vatta!, en el capitulo 10 sobre la fe que deb e g i i ar* 
darse al enemigb, siéntalo que sigue: **Lae eenvenden^f k^ 



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— w^ 

j»gT ueiriej tf» eii¿^ lasparíes cantratanUs, aparque esos pactos se 
iknian en la tácita suposición de ¡a continuación dk la paz, é fw^ 
:qU9f 99tstndú autorizada eesda tma de las partes para privar á fH 
anmuig o de lo que k pertenece^ le quita he derechos que le haUsí 
mmf.^idif por iraémdo. Con todo, aquí debemos exceptuar los tra- 
que eetipohin ciertas cosas para el caso de rompinMeirlOy 

aev por ejemplo» el plazo que se concederá por cada parte á 
*lw SéMHtoe de la otra «aeioii pera salir del país, la neutralidad 
^ uee ciudad ó provincia asegurada por mutuo coneentimien» 
to, dtc. Pues que, con los tratados de esta naturaleea, qo er e mee 
^proveer lo qiie se observará en caso de rompimiento, renunciamos 
4SÍ dereebo de anularlos con la declaración de guerra.'' 

y en otra parte : " Cuando el tratado últimamente hecho 
mítnciona y confirma otros tratados de fecha anterior ^ estos consif' 
tuyen parte del nuevo, no menos que si literalmente se hubiesen 
transcrito é incluido en él" 

Otro tanto establece Bello : " Las pretensiones ó derechos 
acerca de los cuales nada dice el tratado de paz, permanecen en 
et mismo estado que antes ; y los tratados anteriores que se citan 
y confirman en él, recobran toda su fuerza^ como si se insertasen 
Uterabnente.^ 

. Ambos se ecuerdán también en sostener que ** importa dSs- 
Üm^W entre una nueva guerra, y la continuación de la anterior 
por el quebrantamiento del tratado de paz. Los derechos adquirid 
dOÉ por este subsisten á pesar de una nueva guerra, pero se extin^ 
guen por la infracción del tratado ; pues, aunque el estado de hoe- 
iHkIad nos autorice para despojar al enemigo de cuanto posee, 
ee&'todo, cuando ee trata de negociar la paz hai gran difereneia 
entre pedir concesiones nuevas 6 solo la restitución de lo que yá 
ee gozaba tranquifamente, para lo cual no se necesita que la suer- 
te de las armas nos haya dado una superioridad decidida.^ 

T^rrater, en sus reglas de derecho internacional, asegura, que 
i&s^ tratadas se disuehenpor la declaración de gtteri'a entre tos con* 
tcñfidantts $ que los tratados anteriores mencionados ó confirmados 
e^ el último, fijrman parte de este de la misma manera que si se Air- 
itssén repetido 6 transcrito palabra por palabra ; que los derechos 
tíiqtriridos por d tratado de paz subsisten á pesar de una nueva 
guerrOf pero se extinguen por la infracción de aquel. 

Teodoro Ortolan se expresa asi : " En fin hai tratados de 
Pü nátstíréMaty que los^anvia de hedió unaguerra subsecuente emtré 



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- 9Ü - 

bu parios c&ntrataiíteSi pero menos en ouanlo 4 b# 
que tienen par objeto regalar los princtpiofl que han de s^oítm 
durante la guerra. Con efecto, la guerra no es otra csosa que un 
pleito que las naciones se mueven con las armas enlarnaao; 
mientras él dura, los Estados beligerantes periiianecen stqetos i 

• cintas obligaciones reciprocas y adquieren ciertos derechos aedr 
dentales ; pero los derechos y obligaciones relativos al Mtado pi^ 
cífico y consentidos únicamente para este estado^ quedan eo sus- 
penso. Por eso al cekbrarse la paz^ se acoshattbra rewmit á com- 

firmar expresamente los Iralados anteriores si se quiere darki ^«^ 
eo vigor ó evitar toda equivocación en este respecto." 

I Para qué citar más, cuando de los pasajes insertos spareoe 
suficientemente esclarecido el punto? Con efecto, ellos pruebaa 
que la guerra pone fin á los tratados que ligaban é los beligeran- 
tes^ los cuales aun antes de ella comienzan negando uno á otro loi 
beneficios de sus pactos por medio de las represalias que se ll«* 
man negativas ; que las convenciones dictadas por la amtstmd y 
la benevolencia no pueden coexistir con un estado en que selo se 
busca la destrucción, ó paralización, como dicen algunos, de las 
fuerzas del enemigo 4 que la ocupación de sus cosas es un justo 
titulo para adquirirlas, ya que pasan á la naturaleza de res nulhusi 
que no solo los bienes del enemigo, sino hasta los mismos oiodft- 
danos de la nación que le hace la guerra, ó á lo menos laa propie« 
dades de ellos sitas en el territ^io de aquel, ó sacadas de este áe 
miran como hostiles, y so hallan sometidas á captura y confisca* 
cion ; que por consiguiente, no hai obligación de respetar línAitat» 
porque á ser asi, ni se podria invadir el territorio enemigo, ni mo* 
eho menos conquistarlo ; que no se renuevan loe tretadoe añketuh 
res i la guerra, si en el de paz no se cuida de expresar teraíium* 
teniente que así se hace. 

Tan claro y conocido es, el principio de que la g«ierra anula 
los tratados, que se hallan muchos en que las naciones, para 
evitar las consecuencias de él, estipulan lo contrario* Sirva de 
ejemplo el propio tratado de 1750 entre Portugal y EspaOa. 
Siendo los Soberanos que lo concluyeron amigos sinceros y pa? 
rientes, y deseando extirpar de una vez y para siempre las dificul* 
tades producidas por las disputas sobre los limites de sus pote* 
sienes en la América Meridional, adoptaron al intento diversas 
estipulaciones de que se prometian el logro de sus fines. Tal fué 
la de que aquel tratado seria en adelante el único fundam^ito y 
regla que deberia seguirse para la división y limites de sus donú* 



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— 97 — 

iík»"ed**íbda la América y en Asia/anulando los derechos y accio- 
lies qué resultasen con motivo de la bula del Papa Alejandro VI 
y de los tratados de Tordesillas, de Lisboa y Utrecht, de la escri- 
tura ift venta otorgada en Zaragoza, y de otros cualesquiera tra- 
t&doá.'conrenciones y promesas. Tales fueron las renuncias y 
cesiones mutuas convenidas en algunos artículos ; la prohibición 
' déí construir fortalezas en los montes donde la raya quedase pues- 
ta en érus cumbres, y de formar en ellos poblaciones ; la disposi- 
ción de que se mantuviesen en paz los vasallos de ambas Coronas 
establecidos en toda la América Meridional, aunque llegase á rom- 
per la guerra entre ellas, como si no la hubiese entre los Soberanos, 
stti hacerse la menor hostilidad por si solos ni juntos con sus alia- 
á^tif por ser la guerra octjLsion principal de los abusos y motivo de 
alterarse las reglas más bien concertadas^ según habla el artícu- 
lo 91. Allí mismo, después de prohibirse las invasiones, el oso 
de los puertos, el tránsito en territorio de la América á los enemi- 
gos de la otra p.irte, y todo acto de hostilidad, se concluye asi : 
** Y para la puntual observancia de todo lo expresado en este ar- 
ticulo, se harán por ambas Cortes los más eficaces encargos á sus 
reipectivos Grobemadores, Comandantes y Justicias : bien enten- 
dido, que aun en caso (que no se espera), que baya algún inciden- 
te á deseiúdo contra lo propietido y estipulado en este artículo, 
no servir^ eso de perjuicio á la observancia perpetua é inviolable 
de todo ¡o demos que por el presente tratado queda arreglado.** 

Pero el articulo que más directamente hiere la cuestión, es 
elMy último del tratado, que debe copiarse aquí : ^Este trata- 
do con todas sus cláusulas y determinaciones será de perpetuo 
vigor entre las dos Coronas ; de tal suerte que aun en caso (que 
Dieeno permita), que se declaren guerra, quedaráfirme é invaria" 
bk durante la misma guerra, y después de ella, sin que nunca se 
ptmda reputar interrumpido, ni necesite de revalidarse.** 

Semejante tratado habría quedado vigente, á pesar de una 
giierra posterior, porque las dos partes contratantes quisieron por 
su voluntad establecer una regla especial, distinta de la que se 
observa generalmente á falta de convención expresa» Pero que- 
dó anortado por el tratado hecho en el Pardo á 12 de Febrero 
de 1761. 

Ahora bien, el tratado de 1777, que se supone vigente, no in- 
cluye dicha cláusula en ninguno de sus artículos. Sea cual fuere 
la rázon de esta diferencia, ella por necesidad ha de tener alguna 

7 



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— 98 — 

sígDÍficacion, á no admitir «el imposible de que los coQtrataotes 
de 1750 estipularon una cosa inútil. Y como no cabe imaginar 
absurdo de tanto bulto, es fuerza pensar que los Soberanos de 
Portugal y de España en 1750 se propusieron hacer perpetua sa 
obra mediante el tenor del artículo 26, anticipándose á los eí&ciOB 
que podría producir una guerra futura ; y en 1777 no tuvieron la 
misma intención, y por tanto callaron en un caso lo que expresa* 
ban en el otro en varios pasajes y de un modo inequívoco. 

Ademas, el tratado de 1777 es solo un convenio preliminar, 
como lo dice su introducción, y que debia existir solo i^sia qiie 
los Comisarios demarcadores terminasen sus tmbajos ; época ea 
la cual habla de reemplazarse con otro definitivo. También en 
esto difieren ambos actos, porque el de 1750 no se intitula proli- 
minar, ni anuncia la formación de otro ulterior sobre la materia. 

En suma, Portugal y España, separadas una vez de la regla 
común, volvieron á ella, dándolo á entender en la expresión de 
ambos pactos. De donde se deduce que la máxima general tiene 
aquí en su apoyo el querer de los contratantes, de suerte que no 
es licito aplicar una regla distinta. 

Como se ha leido en alguna parte qoe el tratado de 17é0 no 
se terminó por la guerra de 1801, y se .citan sud artíoulos 21, 22, 
24 y 26 para apoyar tal aserción, jes indispensable rebatir el ar- 
gumento que se saca de ellos. 

Sin haber llegado á tener cumplimiento el convenio de 1750, 
se celebró otro en el Pardo en 12 de Febrero de 1761, con el úni- 
co objeto de anular el anterior y de reponer las cosas en stf prísti- 
no estado. 

Vino después la guerra de 1762, y las armas españolas expe- 
lieron á los portugueses del Sacramento ; pero volvían á ocu- 
parlo por el tratado de Paris de 10 de Febrero de 1763 entre 
Francia y España de una parte y la Gran Bretaña de otra, al cual 
accedió S. M. Fidelísima ; en su artículo 21 se pactó restituir to- 
das las plazas ocupadas, y que en cuanto á las colonias portugue- 
sas en América, África ó en las Indias Orientales, si hubiese su^ 
cedido en ellas alguna mudanza, se volvería todo á poner en el 
mismo pié en que estaba, y conforme á los tratados anteriores que 
subsistían antes de la guerra. 

En 1776 hubo otra guerra enke las dos Potencias, cuando la 
muerte del Monarca Portugués que causó la caída del Mioístro 
Pombal, volvió á poner ambos Reinos en armonía, y entonces 
concluyeron el tratado del." de Octubre de 1777. 



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- 9& - 

fista difiere en muchos puntos del de 1750^ como fácilmente 
lo advertirá eí que entre sí los compare. El primero en fecha es 
un tratado de límites ; el segundo, preliminar de paz y límites. 
En ambos se trazan los términos de las posesiones portuguesas y 
españolas en América; pero no exactamente del mismo modo, 
según puede observarse en la parte conexa con la cuestión aquí 
tratada. 

El neto de 1750 dice. " Continuará la frontera por en medio 
del rio Yupurá y por los demás rios que se le junten, y se acer- 
quen mas al rumbo del Norte, hasta encontrar lo alto de la cordi- 
llera de montes que median entre el Orinoco y Amazonas, y se- 
guirá por las cumbres de estos montes al oriente hasta donde se 
extienda el dominio de una y otra monarquía." Manda después 
cubrir los establecimienios de los portugueses á orillas del Yupurá 
y del Rio-Negro y el canal ó comunicación de que se servían 
entre los dos ríos, de modo que ni los españoles se introduzcan 
en ellos ni en dicha comunicación, ni los portugueses remonten 
hacia el Orinoco, ni se extiendan hacia las provincias pobladas por 
España ni en sus despoblados ; y que á este fin se señalen los limites 
por las lagunas y rios, enderezando la línea de la raya, cuanto 
pudiere ser, hacia el Norte. 

El artículo 12 del tratado-de 1777 establece. ^^ Continuará 
la frontera subiendo caitas arriba de dicha boca más occidental 
del Yupurá, y por en medio de este rio hasta aqtiel punto en que 
puedan quedar cubiertos los establecimientos portugueses de las 
orillas (le dicho rio Yupurá y del Negro, como también la comuni- 
cación ó canal de que se servian los mismos portugueses entre estos 
dos rios, al tiempo de celebrarse el tratado de límites de 13 de 
Enero de 1750, conforme al sentido literal de él y de su artículo 9", 
lo que enteramente se ejecutará según el estado que entonces 
tenían las cosas, sin perjudicar tampoco á las posesiones españolas 
ni á sus respectivas pertenencias y comunicaciones con ellas y con 
el rio OrinocoJ^ Ordena después que ni los españoles ni los por- 
tugueses se introduzcan unos en los establecimientos de otros; 
pero aflade que tampoco puedan pasar del punto de línea que se 
formará en el Rio-Negro y en los demás que en él se introducen, 
ni bajar de esos puntos los españoles ni subir los portugueses, ni 
remontarse hasta el Orinoco ; y concluye con la disposición de 
que se señalen los límites buscándose las lagunas y rios que se 
jmten al Yupurá y al Negro, y en ellos se fije la línea de que no 
deberá pasar la navegación y uso de la una ni de la otra nación, 



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-100- 

caando apartándose de los ríos haya de continuar U fix)ntera 
por los montes que median entre el Orinoco y Maranon 6 Ama- 
zonas, enderezando también la línea de la raya, cnanto pudiere 
ser, hacia el Norte, hasta concluir dicha linea donde finalizan los 
dominios de ¿mbas monarquías. 

A juicio de loa Representantes de España, en un caso, 
debe seguir la linea por en medio del rio Yupurá y por los 
demás ríos que se le junten y se acerquen mas al rumbo del 
Norte: en el otro, aguas arriba de la boca más occidental 
del Yupurá y por en medio de este rio. En 1750 la frontera 
continua por el Yupurá y sus afluentes del Norte hasta encontrar 
lo alto de la cordillera de montes que median entre el rio Orinoco ^ 
y el Marañen: en 1777 no es sino por en medio del Yupurá hasta 
aquel punto en que puedan quedar cubiertos los establecimientos 
portugueses del Yupurá y del Negro, y la comunicación entre 
estos dos ríos de que ellos se servían en 1750. Según el primer 
tratado, habia de seguir el limite las aguas de los ríos hasta su 
origen en busca de los montes ; conforme al último, la raya no 
continuará por los montes sino cuando se aparte de los ríos. Por 
el convenio mas antiguo nada se estipula acerca de uso y nave- 
gación de ríos ; por el posterior se cuida especialmente de ese 
particular. As! es que menciona la fijación de un punto en el 
Rio-Negro y en los demás que en él se introducen, para que se 
sepa cuál es el lugar de donde no debe pasar la navegación y 
uso de uno y otro Estado. En lo que sí convienen ambos, es en 
fijar por frontera común, después de los rios, los montes que me- 
dian entre el Orinoco y Marañen. 

Dos tratados que así se diferencian, no podrían tener ambos 
fuerza, ni nunca la tuvieron simultáneamente. £1 de 17T7 no 
revalidó el de 1750 : lo único que hizo fué referirse á él en lo 
concerniente al estado de las posesiones portuguesas que debian 
cubrírse. Pero, cuando asi no fuese, y se pensase que d¡6 nuevo 
vigor, aunque es imposible, á todo el contenido del artículo 9% 
esto no podría extenderse á los demás del tratado^ ni justificaría 
la cita de ellos como vigentes. 

Que tal inteligencia es la de España, se comprueba con los 
testimonios del Conde de Florida-blanca y del Comisario EspaSol 
Requena. El primero, que fué uno de los firmantes del tratado 
de 1777, manifestó diez años después á la Junta de Estado fun 
dada por Carlos III en 1789 cuáles habían sido los motivos ^^ue 



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— 101 — 

ocasionaron la suspensión de los actos de demarcación en la parte 
de la frontera descrita en el articulo 12 de dicho tratado. 

La causa» según él, de la discordia ocurrida entre los Comi« 
sarios portugueses y españoles, fué una equivocación de los pri* 
meros, que los segundos no supieron deshacer, respecto de la 
inteligencia del artículo 12 del tratado de !• de Octubre de 1777 
referente al artículo d^" del antiguo tratado de 13 de Enero de 1750, 
Para comprender la equivocación, debe tenerse en cuenta que 
este último previene, que •* continúe la frontera por en medio 
del rio VTupurá y por los demás rios que se le junten, y se apar- 
quen mas al rumbo del Norte, hasta encontrar lo alto de la cor- 
dillera de montes que median entre el rio Orinoco y el Marañon 
6 Amazonas y siga por las cumbres de estos montes al Oriente, 
hasta donde se extienda el dominio de una y otra monarquía." 
Después siguió el articulo previniendo, que se cubríesen los esta^ 
bledmientos de una y otra nación, y especiaímente los que tenían 
los portugueses á las orillas del Yupurá y Rio-Negro, como tam- 
bién la comunicación ó canal de que se servian entre estos rios, y 
qae se enderezase después la linea cuanto se pudiese hácJa el 
Norte. 

^De la simple lectura de este artículo,'' añade el Conde de 
Florídablanca, ** resulta que la frontera ó límite, según el concep- 
to qoe se tenia en 1750, debia subir por el Yupurá, hasta encon- 
trar lo alto de la cordillera de montes que se creía haber entre ei 
Orinoco y Maraüon; pero cuando se ajustó el tratado de 1<» de 
Octubre de 1777, se hizo presente por parte del Plenipotenciario 
español al portugués, que era incierto si habia ó no aquella cor- 
dillera, porque no constaba pue ninguno la hubiese reconocido, 
ni resultaba de los mapas; que también era incierta la distancia 
que habría hasta ella, aun cuando existiese ; y que el seguir un 
punto tan ignorado, podría traer perjuicios á una ú otra nación 
ó á entrambas, A estas inflexiones se aSadió la de que el objeto de 
aquel articulo 9** de 1750, habia sido cubrir los establecimientos 
portugueses en las orillas de ambos rios Yupurá y Negro, y la 
comunicación que decian haber habido entre ellos ; por lo que, en 
señalando un punto que los cubriese, é impidiese que los vasallos 
de ambas naciones lo traspasasen, y se introdujesen en sus respec- 
tivas pertenencias, podria y debería omitirse todo lo demás de 
dicho artículo para buscar la cordillera, y limitarse á que desde 
el punto que se señalase, se siguiese la frontera, porque no cons- 
taba que la hubiese. 



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~ 102 — 

" Todo esto hizo fuerza al Plenipotenciario portugués ; y en 
8U consecuencia en el artículo 12 del último tratado de 1717 »e 
omitió lo que va copiado del artículo 9" del de 1750 y dejando de 
capitular que siguiese la frontera hasta encontrar la cordillera de 
montes &c., se pactó en dicho artículo 12 lo siguiente.^ ^'Conti- 
nuará la frontera subiendo aguas acriba de dicha boca mas occi- 
dental del Yupurá y por en medio de este rio hasta aquel punto 
(ya no hai cordillera ni se trata de encontrarla) en que puedan 
quedar cubiertos los establecimientos portugueses de las orillas 
de dicho rio Yupurá y del Negro; como también la comunica- 
ción de que se servían los mismos portugueses, entre estos dos 
rios, al tiempo de celebrar el de 13 de Enero de 1750, conforme 
al sentido literal de él, y de su artículo 9.*" Esta referencia del 
articulo O"* y su sentido literal, está claro que es en cuanto á cubrir 
los establecimientos portugueses, y la con^unicacion ó canal de 
que estos se servían entre ambos rios. 

** Señalado aquel punto, continuó el artículo prohibiendo á los 
españoles bajar por él y excederlo, y á los portugueses subir y 
traspasar el mismo punto por aquellos y otros rios que en ellos se 
introducen. Desde aquel punto habia de seguir la frontera, apar- 
tándose de los rios por los montes que median entre el Orinoco y 
el Amazonas, porque, con efecto, hai algunos montes cuyas cum- 
bres conviene seguir para límites, aunque no haya la cordiliera 
que enunció el artículo 9^* del tratado de 1750. 

" Ahora es fácil comprendeüa equivocación de los Comisarios 
portugueses que no supieron deshacer los españoles. Han pre- 
tendido los primeros, que se habia de buscar la cordillera que cita 
el artículo 9° del de 1750, subiendo por el Yupurá, en el concepto 
de que aquel articulo está literalmente repetido por el 12 del tra- 
tado de l'>77, y esta es la equivocación. Por el artículo 12 ya 
no se debe buscar tal cordillera, sino el sitio donde fijar un punto 
que cubra los establecimientos portugueses* y el canal de comu- 
nicación de que se servían en 1750. En estos particulaTes es en 
lo que está estipulado seguir el sentido literal del artículo 9® de! 
de 1750 ; pero no en los demás, en busca de una cordillera de 
dudosa existencia, y que por lo mismo so dejó de nombrar en el 
tratado de 1777, 

" De esta equivocación ha nacido el obstinarse los Comisarios 
portugueses en subir, no solo por el Yupurá á buscar la cordillera, 
sino también por el río de los Engaños, viendo que por aquel no 
la hallaban, con lo que han dejado de hacer lo que previene el 



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— 103 — 

articale 12 del de 1777, y es señalar los puntos en ios rios Tupa- 
rá 7^ Negro, y otros que se les introducen, para cubrir los estable- 
cimientos portugueses, é impedir que estos subiesen y los españo- 
les binasen." 

En la Memoria presentada al Gobierno español, en 1797, por 
D. Vicente Aguilar y Jurado, y D. Francisco Requena, Brigadier 
é Ingeniero de los Reales Ejércitos de S. M. Católica (Documento 
número 18) hai varios pasajes en que se confirma aquel concepto. 

'•Desde el pueblo de Jefe, donde habían fijado sus campa- 
mentos ¿mbos Comisarios, se prepararon para proceder á la de- 
marcación prevenida en el articulo 12, que dice así: Continuará 
ia frontera subiendo aguas arriba de dicha boca mas occidental 
del Tupurú y por en medio de este rio hasta aquel punto en que 
puedan quedar cubiertos los establecimientos portugueses de las 
orillas de dicho rio Yupurá y del Negro. 

^* Para la inteligencia de las operaciones practicadas en eje- 
cución de esta parte del citado artículo 12, es necesario expresar 
k) que sobre este punto se acordó en el 9"* del celebrado en el año 
de 1750, al cual se refiere aquel ; dice pues, continuará la fron- 
tera por en medio del rio Yupurá y por los demás rios que se le 
juwten y se acerquen mas al rumbo del Norte J* 

En la novena disputa sobre el punto que en el rio Yupurá 
debia terminar la común navegación de ambas naciones, se lee. 

** Luego que el Comisario español navegando con su concu- 
rrente portugués, 4ue fué el segundo, aguas arriba del Yupurá 
llegó á la boca del expresado rio, que es el Apaporis, le hizo ob- 
servar que en él se encontraban las circunstancias prevenidas de 
entrar en el Yupurá por el rumbo del Norte y dejar cubiertos 
los establecimientos portugueses del mismo Yupurá y del Negro. 

« Desentendiéndose de esto el portugués en unas ocasiones, 
é interpretando en otras á su arbitrio lo dispuesto en los artículos 
12 del triitado de 1777 y 9 del de 1750, mandado tener presente 
para la demarcación prevenida en aquel, dedujo la solicitud de 
que la línea debia dirijirse por el rio Comiari ó de los Engaños, 
que entra en el Yupurá mucho mas arriba del Apaporis, hasta 
encontrar por él la cordillera que divide aguas por el Norte al 
río Orinoco y por el Mediodía al Marañon ó Amazonas. 

" A este fin expuso que, debiéndose buscar el rio cuya direc- 
ción estuviera mas al Norte, se aproximaba mas hacia este rumbo 
el Comiari, mas que el Apaporis; y añadió que asi convenia 



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104 — 



también^ porque el primero de estos dos ríos, tíeoe móoot «itoe, ia^i 

que el segundo. ^zm 

** El Comisario español, como auo no había reconocido los , « 

expresados ríos, se ciñó á rebatir la solicitud del portugués coa im 

las terminantes expresiones de los tratados. Le hizo observar fute^ cfi 

según el artículo 12 del de lili solo debia subir la linea por d ^ 

Yupurá hasta el punto en que pudieran quedar cubiertos los esUt' m 

blecimientos portugueses de sus orillas y délas del Negror y que esto fui 

se verificaba completisimamente continuando la demarcación por . 

el Apaporis; y de consiguiente, que no quedaba arbitrio para .|, 

seguir la navegación mas arriba, ni necesidad de buscar o'^o , ^ 

punto paratla^ entero cumplimiento al citado artículo." . ^ 

Hablando de la nueva solicitud del Comisario portugués pam iio 

que la demarcación se dirigiese por todo el curso del Yup lá \\ 

aguas arriba, hasta que por sus cabeceras se encontrara la citada «o 
cordillera de montes que divide aguas por el Septentrión \ 

Orinoco y por el Mediodía al Marañon ó Amazonas, se dice. " ^ej 

"Esta ambiciosa solicitud del Comisario general portugués '^^ 

no tenia otro objeto que el de conseguir por un medio indirecta 'ij 

lo que ya habia deducido sobre el pueblo ó fuerte de San Carlos ,^^'< 

y los demás del Rio-Negro, de que se tratará en la siguiébte dis- ^^ 
puta, y en el caso de no lograr su intento, frustrar enteramente 

la demarcación ; pero como carecía de apoyo en el tratado, pro- ^'^ 

curó hallarlo truncando algunas expresiones y omitiendo otras. ^ 

^Como en el citado artículo 12 del tratada de 1777 se cita ,^ 
el 9* del de 1760, previniendo que se tenga presente por los Co- 
misarios demarcadores, desentendiéndose el portugués de las ter- 

minantes palabras con que en el primero se describe la línea r 

divisoria, recurrió al segundo-para encontrar apoyo á su preten- ^ 

sion ; y con efecto, si el citado artículo 9"* de 1750 hubiera de ^ 
seguirse en toda su extensión, y no solo en aquella parte para la 
cual se cita en el 12 del de 1777, seria difícil rebatir dicha solici- 
tud, pues se dice en él que continuará la frontera por en medio 
del rio Yupurá y por los demás rios que se le junten y acerquen 
mas al rumbo del Norte» hasta encontrar la alti> de la cordillera 
de montes que median entre el rio Orinoco y el Marañon ó 
Amazonas. 

**Hízole pues observar que según el citado artículo lí solo 
habia de continuar la frontera por las aguas del Yupurá arriba 
hasta el punto en que pudiera trazarse la línea de modo que que- 



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m 

f¡S\ 



— 106 — 

f/á, h^émhi^tioik \o» eatmblecimíentos portugueses de las orillas del 
I . mimo Yupurft y del Rio-Negro. 

kk *«De aquí ioíeria el Comisario ü. Francisco Requena, que la 
fsi (kmarcocion no debía continuar mas arriba del Apaporis, respecto 
^Pl deque este río se junta al Yupurá por el rumbo del Norte, y deja 
F" cabiertos los expresados establecimientos portugueses, que es el 
úhíoo punto en que el articulo 12 del tratado de 1777 se refiere al 
9» iel4e 1750. 

**La referencia que hace el artículo 12 del tratado de 1777 

al 9^ del de 1750 en las palabras de que haya de ejecutarse la 

í'"' de ':^rcacion según el estado que entonces tenian las cosas, es 

lia .'tada ¿ la conservación del canal por donde en aquel tiempo 

pii 88 «DOKiDicaban los portugueses entre el rio Yupurá y el Negro ; 

\[ í j a^n continua dicho artículo diciendo que sea sin perjudicar tam- 

itifi poeo á, las posesiones españolas, ni á sus respectivas pertenencias/' 

Q I Después que España por boca de órganos tales como el 

I Secretario de Estado que negoció y firmó el tratado de 1777 y el 

j^l Comisario ¿ quien se encargó la demarcación en cumplimiento de 

r^ü?! ^I> sh^^ decidido que ni aun el artículo O'^del tratado de 1750 fué 

¿^ revalidado sino en parte, malamente se pueden alegar como obli- 

>(£{. gfttorios hos demás del mismo eoto. 

j^jg . En cumplimiento del tratado de 1777 se nombraron los Co- 

misarios que habían de ponerlo en ejecución por una y otra parte ;' 

' se reunieroa efectiyameate ; trabajaron por algunos años, mas 

sin lograr el resultado á que aspiraban. ' Dudas, disputas, desave« 

'nencías, diversas y aun contrarias interpretaciones, largns consol- 

'tas á las Cortes de Lisboa y de Madrid, falta de ooncierto, de 

datos, -de buena voluntad, enfermedades y otras mil causas fueron 

parte á que no se fijasen los límites, y quedasen sin eomplemenia 

las estipulapiones.del convenio preliminar. Los portugueses atri* 

buyen el mal éxito de las operaciones 6 los españoles, y los espa» 

ñoleo á los portugueses ; mas la imparcial justicia tiene que re- 

conocec que unos y otros se apartaron de sus instrucciones y no 

correspondieron á las esperanzas de las dos Coronas. 

^ En tal estado se hallaban las cosas cuando sobrevino la io- 

en 

10 



[er- 

nc3 
en- 

á 
üci- 



justa guerra que España movió á Portugal para obligarlo á salir 

de 8U neutralidad, y cerrar sus puertos al comercio y buques de 

los ingleses. Era el año de 1801. Encendida la guerra en la 

ii Penia3ula, se propagó también por las posesiones de los belige* 

!4 rantes en América. No se necesitaba tanto para que caducas» 

^ aquel tratado,, sijendo suficiente la guerra encendida allá en Europa. 



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— 106 — 

Ajustóse ía paz entre las dos nadones, y por el tratado de Badalos 
concluido en 6 de Julio de 1801, se restituyeron i Portugal las 
plazas y poblaciones que se le habían ocupado, excepto la plasa 
de Olivenza, su territorio y pueblo desde el Guadiana, aUerándoBe 
los límites entre las dos Monarquías,' de modo que ese rio sirviese 
de lindero en aquella parte. 

Sucedió ademas, que en la guerra de América los portsgue» 
aes hicieron conquistas mas allá de los lugares asignados por la 
línea divisoria en 1777; y como en el tratado de paz se guardó 
silencio acerca de ellas, resulta que las adquirió Portugal, y ym 
no puede invocarse aquel convenio de 1777 ni conoo autoridad 
que sirva de gpin, en atención á las doctrinas de los publicistas. 
** El tratado de paz deja todas las cosas en el estado en que las 
halló» ¿ menos que haya estipulación expresa en contrario* Se 
mantiene el estado actual de posesión, menos en cuanto lo alteran 
los términos del tratado. Si nada se dice acerca del país ó higa* 
res conquistados, quedan en poder del conquistador, y su- título no 
puede cuestionarse en lo sucesivo. Mientras dura la guerra, el 
conquistador que posee, solo tiene un derecho de usufructo, y 
continúa el título latente del Soberano anterior hasta que lo extin^ 
gue para siempre el tratado de paz mediante sus Rectos táeiíos ó 
sus disposiciones expresas " -Wheaion. 

^ La cláusula que repone las cosas en el estado anterior ¿ la 
guerra (ín statu quo ante bellum), se entiende solamente de las 
propiedades territoriales y se limita á las mutaciones que la gue* 
rra ha producido en la posesión natural de ellas ; y la base de la 
posesión actual (uti possidetis), se refiere á la época señalada en ti 
tratado de paz, ó á/alta de esta especificación, á la fecha misma del 
tratador -BeUo. 

Pero se arguye con la autoridad de ambos escritores, que es- 
tablecen, como lo resume y explica Bello, lo siguiente : '* En ña, 
la guerra cancela los tratados que antes de ella existían entre los 
beligerantes. Mas esto no debe entenderse de un modo absoluto. 
Hai tratados que suspensos durante la guerra, reviven luego sin 
necesidad de acuerdo expreso. Tales son los de cesión, límites, 
cambios de territorio, y en general todos oquellos que establecen 
derechos que no pueden derogarse tácitamente. Un tratado de 
comercio necesitaría de renovarse explícitamente en el tratado 4e 
paz para que no se entendiese que había caducado por la guerra ; 
pero, st por un pacto anterior á la guerra se hubiese reconocido 
cierta demarcación de frontera que no hubiese sufrido alteración 



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- 107 - 

por las conquistas de uno de los beligerantes sobre el ofro^ seria me» 
nester^ para que no reviviese, que se hiciese una nueva demarcación 
en el tratado de paz. 

** Aun suponiendo que los do 1783 y 1794 entre in Gran Bre- 
taña y los Estados Unidos hubiesen caducado por la guerra de 
1812, no se seguiría de aquí la extinción de los derechos de pro- 
piedad inmueble otorgados por los dos primeros á los subditos de 
la Gran Bretaña en aquellos Estados, y á ciudadanos americanofl 
en la Gran Bretaña ; y así lo declaró terminantemente la Corte 
Suprema de los Estados Unidos. Según ella, la cancelación de 
los pactos preexistentes por la guerra no puede mirarse como uni- 
versalmente verdadera, no obstante la generalidad con que IO0 
publicistas la sientan. Cuando en los tratados se conceden dere* 
chos de propiedad terrítorial, ó cuando sus estipulaciones se refie* 
ren al estado mismo de guerra, seria contra todas las reglas de 
legHfifia interpretación, el suponer que tales convenios caduquen 
por el solo hecho de sobrevenir hostilidades entre los contratantes 
•Si así fuera,' decía la Corte, * hasta el tratado de 1788, que de- 
marcaba el territorio y reconocía la independencia de los Estados 
unidos, habría perecido por la guerra de 1812, y el pueblo ame- 
ricano ^habría tenido que pelear otra vez por ambas; suposicios 
monstruosa que no es necesario impugnar. La Corte en concla- 
siott declaró que los tratados en que se estipulan derechos perma- 
nentes y arreglos generales que envuelven la idea de perpetuidad 
y sé refieren al estado de guerra como al de paz, no caducan, sino 
se sfispenden cuando más por In guerra ; y á menos que se renun- 
cien ó se modifiquen por nuevos pactos, reviven luego por la paz/ 

Esta es una opinión que no s0*ha hallado sino en los dos au- 
tores citados, los cuales se refieren á una controversia que se sus- 
citó entre la Gran Bretaña y los Estados Unidos, y á decisiones 
de la Suprema Corte de ellos. No dejan de tener peso las razo- 
nes alegadas ; pero contrayendo su aplicación á los convenios de 
limites, en el pasaje de Bello se encuentra exceptuado el easo 
presente. Considérense sus palabras : '* Un tratado de comercio 
necesitaría de renovarse explícitamente en el tratado de paz, para 
que no se entendiese que habla caducado por la guerra; pero si 
por un pacto anterior á la guerra se hubiese reconocido cierta de* 
marcación de frontera que no hubiese sufrido alteración por la con* 
quista de uno de los beligerantes sobre el otro, seria menester para 
que no reviviese, que se hiciese una nuepa demarcación en el traía* 
dodepaz.^* 



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— 168 — 

Et tratada de htnitas de Porfngal y Bspafia hecho en 
17T7 ef preeiaamente el de la excepción; porque en la guerra 
de 1801 hubo conquistas por una y otra parte, asi en Europa 
como 4n América. Bn Europa los espafioles conquistaron las 
plasas y poblaciones de Jurumeña, Arronches, Portalegre, Cas-^ 
teldevtde, Barbaeena» Campo-^mayor y Oribuela con todos sus te- 
rritorios, según consta del tratado de paz. Estas plazas y pobla- 
cioBM fueren restituidas á Portugal, con exclusión de Olívenza, 
8U territorio y pueblos del Guadiana* que conservó EspaSa, alte- 
rándose loa límites de ambos Reinos, y poniéndose en aquella parte 
coiBo firontera el Guadiana. En América los portugueses con* 
quistaron las misiones del Uruguai, que, cedidas á España en 1777, 
estaban ya en su poder ; guarnecieron ios fuertes de Albuquerque» 
Coimbf a, Principe, Tabattnga, &c^ y los sostuvieron contra el 
poder de fiapaña. Todo esto foé ejecutado en contravención del 
tratado de 1777. Ahora bien, el tratado de paz de 1801 no ha- ' 
bló de las conquistas hechas en América ; silencio que equivale al 
convenio de que las cosas <fuedasen como estaban. 

Bello tuvo sobrada razón para restringir asi el principio ; de 
lo coQtraríO) este habría venido á destruir el de adquisición bélica, 
pues, si reviviesen con la paz los tratados de límites, no obstante 
las aheradones de ellos producidas por la guerra, la Potencia ca- 
yo territorio quedase menguado, reclamaría el cumplimiento del 
pacto anterior, hasta que se repusieran las cesas en su primitiva 
situtoioQ. Hasta mi rana como nulas las cesiones hechas expftf-' 
citamente^ airando que el tratado relativo á ellas era opuesto sA 
^ne ya existía sobre límites. 

Bn verdad, parece que hai granJísitna diferencia entre esti- 
pula()iones en qne se reconocen máximas ó reglas de equidad na- ^ 
turah generalmente admitidas por los expositores del Derecho de 
Gentes» y los que tienen relación con cuestiones de señorío y do* 
minío^ territorial. Las primeras son y deben ser de naturaleza 
perpetua, por ejemplo, el principio de que el autor de un da5o ha 
de repararte, pues la guerra que se suscita entre las naciones, no 
las liberta- de la observancia de la justicia, por la cual tienen que 
modelar sii conducta en toda circunstancia, aun en medió de los 
mayores eonflietos. Las segundas se hallan en mui diverso caso ; * 
lo cnal es tan cierto, que desde el principio de la guerra, y antes 
de ella,- se toman las propiedades del enemigo, confiscándose 
siempí^ las muebles á las veinte y cuatro horas por lo difícil que 
es reoonoeerias, pasado ese tiempo ; y las presas marítimas, inclu-' 



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— 109 — 

aÍTe en ocasiones las mismas naves, después de an juicio seguido 
en el país del captor. Por lo que hace á las cosas iumuebles, 
apéni^a habrá guerra en que no se ocupeot como que este es uno 
de los medios de que se echa mano para obligar al enemigo k la 
reparación de la injuria por él hecha» y no siendo bastante, ó como 
indemnización de esta y losgastos producidos» se retienen ^lefinitiva- 
mente. No de otro modo han adquirido las naciones europeas sus 
titules á los territorios qu^ poseen en el Nuevo Mundo» debiéndo- 
los, como dice Wheaton, originariamente á la conquista, confir- 
n;mda después por una larga posesión y por relaciones iatemacio- 
nales. Así consta que hai muchas veces conveniencia y necesi- 
dad de violar las fronteras, si violación puede llamarse en el- esta- 
do de guerra ; cuando nunca por el contrario es licito desviajrae 
de los preceptos de la sana razón y de la conciencia. 

Gran número de tratados de paz contienen la confirmación, 
en ía vor.de uno de los beligerantes, de las adquisiciones de terri- 
torio hechas durante la guerra ¿ que han puesto término; 7 sin 
embargo, á nadie le ha ocurrido disputar su validez. 'Mírense 
tales adquisiciones como efecto de las hostilidades, ó de la cesión 
expresi^ en el tratado de pa^ la consecuencia viene á ser la misma 
en cuanto necesariamente hai mudanza de los límites de la nacioa 
que pierde parte de su territorio. Y, ¿ qué, será, cuando «e con- 
quista todo el Estado 7 Entonces el conquistador puede retener 
la soberanía de la nación vencida, y unirlo é incorporarla k sus 
propios dominios, ó sustituirse en lugar del soberano que exislia, 
ó gobernarlo como un Estado separado, y permitirle la covverva- 
cion de bu forma de Grobieruo. En el primero de estos casos, 
¿UQ desaparece completamente la entidad nKiral de I&nacioB,, y 
por consecuencia su territorio 7 

Por otra parte, para que se vea que el principio que sientan 
algunos modernos pomo excepción del generalmente admitido. en 
cuanto'á la caducidad de los tratados por la guerra, no tiene i^ 
sanción del tiempo, ni reúne el asentimiento común, se aitará..la 
argumentación que por parte de la Grnn 3retafia se opuso- 4 los 
Estados Unidos en el c^so que refiere Wheaton. 

Menciona él la controversia que hubo entre los Estadps 
Unidos y la Gran Bretaña respecto del derecho de pescar en Jl^s 
costas de los dominios británicos de la América Septentri^naK 
Este derecho fué materia del articulo 3.*" del tratado de^ p^de 
1783, donde se convino que el pueblo de los Estados' Unidas 'Qon* 
tinuaria gozando sin molestia en posesiones británicas 4e eyse 4e- 



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- lio — 

lecho, y el de secar y curar pescado en las no pobladas. UoroB» 
te la negociación de Gante en 1814, ios Plenipotenciarios Británi- 
eos notificaron que sa Gobierno " no intentaba conceder gratoi- 
tamente á los Bstados Unidos los privilegios á ellos concedidos 
por tratado, de pescar dentro de los límites de la Soberanía Bri* 
tánica, y de usar las playas de los territorios británicos con fines 
relativos á las pesquerías británicas." Ein respuesta á esa deda^ 
ración, los Plenipotenciarios Americanos dijeron: "que no esta-^ 
ban autorizados para poner en discusión ninguno de los derechos 
ó libertades de que los Estados Unidos han gozado antes de «hora 
en el particular, pues por su naturaleza y el carácter peculiar del 
tratado de 1783, el Gobierno de los Estados Unidos no ha creído 
necesaria nueva estipulación para hacerle acreedor al pleno goce 
de todos ellos.'' 

Por esto el tratado de Gante de 1814 no contiene ninguna 
estipulación sobre la materia ; y después el Gobierno Británico 
manifestó su intención de quitar á los buques americanos pcsca*^ 
dores la libertad de pescar, y de secar y curar el pescado en cier- 
tas partes de los territorios británicos. 

Entonces se discutió la cuestión, alegándose en favor de los 
Estados Unidos la antigüedad del goce de aquel derecho, la parte 
que habían tenido en el descubrimiento de las pesquerías, y la de- 
fensa que de las provincias donde están situadas habían hecho 
contra Francia. Se añadía que por tahss consideraciories se re* 
conocieron expresamente estos derechos y libertades en el tratado 
de 1T88, y se declaró que continuarían gozándolos ; que efta esti- 
pulación era parte del tratado en que S. M. Británica reconoció 
á los Bstados Unidos como Estados libres, soberanos é indepen» 
dieiites, y los trató como tales ; que ese trattulo no era de los que 
se anulan por una guerra subsecuente entre las partes, porque tal 
suposición envolveria el absurdo de que un Estado soberano é in- 
dependíente pierde su derecho de soberanía por el acto de ejer- 
cerlo declarando la guerra ; que la soberanía é independencia de 
los Bstados Unidos, según las mismas palabras del tratado, no se 
consideraron como concesiones de S. M., sino como existentes 
antes de él, y formalmente reconocidas entonces por primera 
vez; que precisamente d^ esta naturaleza eran los derechos y li- 
bertades en las pesquerías, como lo probaba la misma peculiaridad 
de la estipulación, que de lo contrario no habría sido gratuita, st« 
no llevado su equivalente ; que por lo tanto, no era un privilegio 
gratcutamente concedido, ni sujeto á perderse por una guerra sub- 



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— 111 — 

socMBte ; que no se perdió por esta , ni se meoosoabé por ta de- 
claradon de Grente» pues donde no hnbo posesión gratuita» no po- 
día baber que renovar ; que ios derechos y libertades de ios Esta- 
dos Unidos no podian anularse por la declaración de las inleticío- 
BMi británieasy sino únicamente por renuncia de eilos mismos. 

£o la respuesta del Gobierno Británioo a esta comunicaciony 
•e dijo que la Gran Bretaña habia considerado siempre la liber- 
tad txi otro tiempo gozada por los Estados Unidos, de pescar den- 
tro delknites británicoe, y usar territorio británieo, como derivada 
del tratado de 1789^ y de él solamente; y que la pretenaon de 
un Estado independiente de ocupar y usar, á su discreción» cual- 
quier parte del territorio de otro, sin compensación ó concesión 
«wrespondiente, no podia descansar en otro fimdaoiento que es- 
tipulación convencional. Que era innecesario inquirir los Bootivos 
que podian baber inducido en et principio á la Gran Bretaña á 
ooaceder tales libertades á los Estados Unidos, ó si otros artícu- 
los del tratado ofrecían ó no en realidad el equivalente de ellas, 
porque, según su tenor, todas las estipulaciones se fundan en recí- 
proca ventaja y mutua conveniencia. Que si los Estados Unidos 
derivaban de aquel tratado privilegios de que estaban excluidas 
otras naciones independientes no admitidas por tratado, la dura- 
cími de los privilegios debia depender de la duración del instru- 
menlo que los concedió ; y si la guerra abrogó el tratado, terminó 
los privilegios. Que se habia argüido por parte de los Estados 
Unidos^ que el tratado de 1783 era de un carácter pecuUcar, y que, 
por contener el reconocimiento de la independencia Amerícanmj no 
podia ser abrogado por una guerra subsecuente entre las partes. 
Qm/S la Gran Bretaña no podia acceder á una aserción dé esta 
«neea naturaleza. Que no conocia excepción de la regla de que á 
iodos los tratados pone fin una guerra svJ>secuente entre las mismas 
partes ; y no podia por tanto consentir en dar á sus relaciones di» 
pkmátícas con un EsUido un grado de permanencia diferente de 
aquel de que dependía su conexión con todos los demás Estados. 
Ni podia considerar que ningún Estado tuviese libertad de señalar 
á un tratado hecho con él una peculiaridad de carácter taU que^ en 
punió á duración, lo convirtiese en una excepción de todos los de» 
mas tratados para fundar, en la supuesta peculiaridad, un titulo 
irrevocable á concesiones que tenian todos los caracteres de tem» 
parales. 

Que de ningún modo era extraordinario que los tratados con- 
tuviesen reconocimientos y admisiones de titulo, de la naturaleza 



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— 112 — 

de-anaobligaeioii'perpetaa, y también coDoeriotte» áe ft fy itegiD S 
sujetas á revocación. Que el tratado de 1788, asi como"mdcik>s 
otros, contenia disposiciones de carácter diferente ; unas irrevoca- 
Um por su naturalesa, y otras meramente temporales. Que éi -áe 
esto hubiese de inferirse que, porque la guerra no pondría fie á 
algunas ventaja» especificadas en el tratado, por eso habían de 
ser igualmente permanentes todas las demás, habia de mostrarse 
primero que las ventajas eran ellas mismas del propio, ó á lo tné- 

< nos de semejante carácter ; porque el carácter de una ventaja, re- 
eenoeida ó concedida por tratado, no puede tener cone'rion'^eon 
el de otra, aunqoe se conceda por el mismo instrumento, á monos 

. que provenga de una estricta 7 necesaria conexión entre las ten- 
tajas mismas. Pero, i qué conexión necesaria podía haber, entre 
el deoreoho de independencia y la libertad de pescar en jnrisdiccírm 

' británica, ó de usar territorio británico ? Un Bstado depe^íetíte 
y otro independiente tienen igual capacidad para ejercer liberta- 
des dentro de límites británicos; y así no podían ellas ser conse- 
xMiencia necesaria de la independencia. 

No podía decirse con exactitud que un tratado concedía, pero 
sí qfxid reconocía la independencia de un Estado. Que en el tra- 
tado de 1783 fué ciertamente reconocida la independencia de los 
Estados Unidos, no solo por el hecho de consentir en el tratado, 
sino también por el consentimiento anterior en los articules 
provisionales, otorgados en 17^. Que su independenoia p«4o 
haber sido reconocida, sin necesidad de tVatado ni de artíenl^ 

. provisionales ; pero de cualquier modo que lo^ fuese, el ireooúeiei- 
miento era por su naturaleza irrevocable, ^ue la fecultad d^ 

• revocarlo ó aun de modificarlo, sería destructiva de lácoéa nlís- 
ma ; y, por lo tanto, se renunció á semejante feoultad cttattéo^ee 

"hizo el reconocimiento. Que la guerra no podía pOBerle«fia/por 
la razón justamente señalada por el Ministro Americano ; potiq«e 

«una nación no podía perder su soberanía por el acto dejíercesta ; 
y ademas porque la Gran Bretaba, cuando declaró la guerra áke 

-Estados Unidos, reconoció de nuevo con esto mismo su indepen- 
dencia. 

Todo lo dicho hasta aquí, prueba que la supuesta validez- del 
tratado de 1777 es incompatible con los principios, contraría á ia 
práctica de las naciones y ajena de la voluntad de los contratan- 
tes. Por esto el Sr. Lisboa no reconoció fuerza en aquel panto, 
y no á causa de que sea favorable á Venezuela ; aserto el último 
que no se apoya en el menor fundamento, y antes es todo lo contra- 



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— ua — 

rto d^ la Verd3(}, ni habiéndolo expresado en ninguna, parte dichp 
Ministro, no puede ser justificado el cargo que gratuitamente le 
hace la Comisión. « 

Pero hai ademas otras raaones para desechar el tratado 
4e 17t7i SolH*e ser jun aoto preliniinar que debia ir seguido de 
otro que le sirviese de camplemento, nuaea llegó á ejecatarca por 
laAdttd^S' producidas por sus palabras vagas y oscuras, y las di«- 
üojultades con3¡guientes9 que fueron causa de que los Comisarios 
demarcadores emplearan muchos años en trabajos sin fruto. Y 
sí'«sto sucedió en una época inmediata á su celebración, y cuan- 
do debia conocerse mejor el sentido de sus cl&usulas, ¿ qué seria 
h^9 de^pues^el transcurso de ochenta y trea años ? 

Establece el tratado en su artículo 12, que ^continuará la 
fircmlera sobieiido aguas arriba de dicha boca más occidental det 
Ynpurá, y por en medio de este rio hasta aquel ptinio en que pweéan 
quedar cubiertos los estftblecimientos portugueses de hs oriüas de 
dicho rio Yupurá y del Negro, como también la comunicación ó ca^ 
nal de que se servían los mismos portugueses entre estos dos riús^ 
al^tíempo de celebrarse el frotado de Hmites de 13 de Enero de 1750." 
Ahora bien, ¿especifica el tratado cuáles son los establecimien- 
tos y la comunicación de los portugueses que manda cubrir ? 
De ninguna manera ; y de aqui nacian las disputas, pretendiendo 
loa portugueses que era necesario ir hasta el rio de los EngaSos 
para lograr el objeto, cuando los españoles aseguraban que se 
<»ftfegma titeando la línea de la boca del Apaporis á la isla de San 
José en el Río-^Negrot Las dos Cortes debieron principalmente 
deinir los establecimientos y la comunicación de ios portugueses, 
«11 lo oufed dejaban el deslinde siyeto á la opinión de los demarca- 
dores» é en peligro de malo^arse, como una triste y costosa et*^ 
petiencifl prueba que sucedió. Todos cuantos han tenido que 
examinar el tratado, han echado de ver esa oscuridad, y recoto* 
cidokt como una de las causas que lo inutilizaron. 

Por otra parte, sif artículo 13 estipula que " la navegación 
de los rios por donde pase la frontera ó raya, será común á las dos 
naciones hasta aquel punto en que pertenecieren á entrambas res- 
peetivamente sus dos orillas : y quedará privativa dicha navega-' 
don y uso de los rios á aquella nación á quien pertenecieren pri" 
votivamente sus dos riberas^ desde el punto en que principiare es^ 
ta péttenencia ; y manda poner marcos con inscripciones en qne 
se lea si la navegación pertenece á.una ó ambas naciones, para que 

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— 114 — 

lo8 navegantes sepan si les es permitido ó no púsar ds aqudpw^ 
bajo las penas prescritas por el tratado. Y el articulo 17 es del te* 
ñor siguiente : ^ Cualquier individuo de las dos naciones que se 
aprehendiere haci^ido el comercio de contrabando con los i»* 
dividuos de la otra, será castigado en su persona y bienes co» 
las penas impuestas por las leyes de la nación que le hubiere 
aprehendido; y en las mismas penas incurrirán hs súbáiiúe 
de una nación por el solo hecho de entrar en el territorio de la oíw, 
ó en los ríos, ó parte de ellos que no sean prívatímos de su nacim^ 
ó comunes á ambas, exceptuándose solo el caso en que algunos 
arribasen á puerto y terreno ageno por indispensable y urgente 
necesidad (que han de hacer constar en toda forma) <í que pasartfi 
al territorio ageno por comisión del gobernador ó superior de sa 
respaoliyo pab para comunicar algún oficio ó ayiso, en euyo caso 
deberán llevar pasaporte que exprese el motivo." 

Estos dos artículos forman parte del tratado de 1777, y si ^ 
conserva fuerza obligatoria, mal puede negarse á ellos. Dividir 
el acto, que es uno, en diversas partes, y escoger, sin mas regla 
que la voluntad, las que conviene dejar y las que deben ponerse 
á un lado, no seria conforme á justicia. No faltará quien apoye 
esta opinión. Yattel, habiendo establecido que en ciertos casos la 
violación de un tratado no anula otro distinto é iudependiente del 
primero, prosigue asi. ^* Algunos escritores querrían extenderlo 
que acabamos de decir, á los diferentes articules de un tratado que 
no tienen conexión con el que ha sido violado, diciendo, que debe- 
mos considerar esos varios articules como otros tantos tratados die* 
tintos concluidos al mismo tiempo. Sostienen pues que, si cual« 
quiera de los aliados viola un solo articulo del tratado, el otro M 
^tiene inmediatamente derecho de anular el tratado entero, snioifM 
puede rehusar á su vez lo que habia prometido en vista del artf* 
culo violado, 6 compeler á su aliado á cumplir sus promesas, tt 
aun queda posibilidad de cumplirlas ; si no, á reparar el dafio ; y 
que á este fin puede amenazarle con renunciar todo el tratado, 
amenaza que puede lícitamente poner en ejecución, si la desatiende 
el otro. Tal es indudablemente la conducta que la prudencia, la 
moderación, el amor de la paz y la caridad prescríbirian cootiufi- 
msaXA á las naciones, ¿^uién lo negará, y asegurará loca- 
mente que á los soberanos es pernútido recurrir luego á las anQa% 
por el menor motivo de queja ? Pero la cuestión aquí jira sobre 
el simple derecho, y no sobre lan providencias que han de tomarse 
para obtener justicia ; y me parece completamente indefensable el 



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priiuíipi9^ em ^ue esos eseritores fundan su decisión. No podónos 
considerar los varios artículos del mismo tratado como otros tantos 
tratúihs distintos é independientes : porque aun cuando no veamos 
inmediata conexión entre ayunos de esos artículos^ están unidos 
p€r esta, relación común, á saber que las Potencias contratantes 
hmn convenido en algunos de ellos en consideración á los otros, y 
per tda de compensación. Quizá yo no habría consentido en este 
artículo, si mi aliado no me hubiese concedido otro, que de suyo no 
tiene con él ninguna relación. Así que, cuanto se comprende en 
el ndemo tratado tiene la misma fuerza y es de la misma natura- 
lexa que una promesa recíproca^ á menos que se haga formal excep- 
ciom en contrarío. Orocio observa mui acertadamente que * todo 
aftkmk de un tratado Ahva consigo ana condición cuya inobser- 
vaeion lo anula enteramente.' Añade que á veces se inserta la 
cláusula de qué la violación de alguno de los artículos no anulará 
todo el tratado^ para que una de las partes no tenga, en toda 
ligera ofensa, pretexto para apartarse de sus obligaciones. ESsta 
precaución es mui prudente, y conforme al cuidado que deben po* 
nar las naciones ea la conservación de la paz y en hacer durables 
sus alianzas.'' 

£n otra parte sienta el mismo autor : <' Pero se pregunta si 
la violación de un solo articulo del tratado puede producir su total 
rompimiento? Algunos escritores, haciendo aquí una distinción 
entre los artículos conexos entre si (connexi) y los sueltos y sepa« 
ra<^06 (diversi) sostienen que, aunque se viole el tratado en los 
artículos sueltos, sin embargo, subsiste la paz con respecto á los 
otfCM. Pero á mí me parece la opinión de Grocio evidentemente 
Jimdada en la naturaleza y espíritu de los tratados de paz. Ese 
grsmde hombre dice que los artículos de un mismo tratado están 
c^ndiciofnalmente incluidos unos en otros, como si cada una de las 
partes contratantes hubiese dicho forfnalmente. • Yo haré tal ó 
cual cosa, siempre que U. por su parte haga esta ó aquella ; ' 
y- aftftde justamente que, cuando se quiere que el empeño no 
pierda su eficacia por este medio, se inserta la cláusula expresa 
(fe que» 'aunque llegue á violarse alguno de los artículos del tra- 
tado» na obstante quedarán los otros en pleno vigor.' Sin duda 
poede hacerse tal convención. También puede convenirse en 
qme la, violación de un artículo solo anulará los correspondientes á 
é4 y qne<, por decirlo así, constituyen su equivalente. Pero, si no 
se inserta expresamente esta cláusula en el tratado de paz, la vio- 



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— 116 — 

Idcion de un solo artíado echa abajo todo el tratado^ como lo hemo& 
prohado anribaj hablando de los tratados en generaV* 

Bello adopta la misma opinión y palabras de VatteL ** Los 
tratados se disuelven por la infidelidad de ano de los contratantes. 
El injuriado puede entonces 6 apelar á }as armns para hacerse 
justicia, ó declarar roto el pacto. 

** Cuando entre dos naciones hai mas de un tratado, por la 
infraceioQ de uno de ellos no se exime directamente la parte inju- 
riada de las obligaciones que los otros le impongan ; pero puede 
intimar al infractor que, si no le hace justicia, romperá todos los 
lazos que le ligan con él, y en caso necesario llevar á efecto la 
amenaza." 

** Algunos, extendiendo esta regla á los' diversos artículos de 
un mismo tratado, pretenden que la violación de uno, de ellos no es 
st^iciente motivo para rescindir inmediatamente tos artículos que 
no tienen conexión con él. Pero no se trata aquí de lo qtíe puede 
hacerse por principios de moderación y generosidad, sino de estric- 
ta justicia. Bajo este aspecto, parece mas fundada la doctrina de 
Chrocio. Toda cláusula de un tratado tiene la fuerza de una con- 
dicüm, cuyo defecto lo invalida. Estipulase algunas veces que por 
la infracción de uno de los artículos no dejarán de observarse los 
otros; precaución cuerda, para que las partes no se desdigan 
Kgeramente de sus empeñosJ* 

Lo repite en el siguiente pasaje. ** De dos modos piiede 
romperse el tratado da paz: ó. por una conducta contraría á la 
esencia de todo tratado de paz, (como lo seria cometer hostilidades 
sin motivo plausible después del plazo prefijado para su termina- 
ción, ó alegando para cometerlas la misma causa que había dado 
ocasión á la guerra, ó algunos de los acontecimientos de día) ; 
ó por la infracción de algunas de las cláusulas del traiado, cada 
una de las cuales, según el principio de Grocio, debe mirarse como 
una condiciú/i de las otras" 

No de otro modo piensa Wheaton. ** La violación de cual" 
jquier artículo del traiado es violación de todo él; porque todo9 los 
artículos dependen unos de otros, y cada uno se juzga condición del 
otro. La violación siquiera de un artículo abroga el tratado, si 
la parte ofendida quiere considerarlo así. Sin embargo, esto pus* 
de impedirse por medio de la estipulación empresa de qoe^ infirhH 
gido un artículo, continuarán sin embargo en plena fuerza los 
otros. Si se viola el tratado por una de las partes contratantes» 
ó con una conducta incompatible con su espíritu general, ó el 



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- 117 - ^ 

qpebiaalamiento ptrticulmr de cualquiera de sus articules, no se 
iiace absolutamente jqu1o« siiio anulable á elección del ofendido. 
Si M prefiere no llegar á romper, el tratado permanece válido y 
OibJigtttorío. £1 puede renunciar ó remitir la infracción cometida^ 
ó r^Uanar justa satisfacción.^* 

Aoorde con «líos va Ferrater, el cual da la siguiente regla* 
•* Si por uno de los contratantes se ha contravenido á una cláusula 
deltralado depaz^ el otro contratante es arbitro ó de dejarle sub' 
sistir ó de declararle if^ringido." 

Aunque todas Iom citas hechas se refieren á la insubsistencit 
lie kis tratados, cuando se viola alguna de sus cláusulas, sin em- 
iMurgo las razones en que los autores fundan tal doctrina, tienen 
aquí una oportunísima aplicación, porque se trata de rebatir el 
propósito de separar unos de otros los 'artículos del pacto hispano- 
portugues de 1777, y de considerar unos vigeates y otres caducos. 
Con efecto, resulta de lo alegado, que los artículos de un mismo 
convenio, no obstante su falta de conexión, tienen entre jú tan 
estrecho enlace, que el quebrantamiento de uno produce la des* 
tracción de todo el acto, como que cada artículo es condición del 
otro. Luego es claro, que un tratado no puede existir en parte 
válido, y en parte nulo, sino que todas aus cláusulas han de ser 
obligatorias ó todas nulas : no ha! medio. 

De aquí se infiere en primer lugar, que habiendo «ido infrio* 
gído con la guerra de 1801, llevada por el Rei de España á Por* 
tugal, el artículo 1^ del tratado de 1777, que estableció entre 
¿mbas Coronas una paz eterna y constante, y una amistad invio* 
lable, fué anulado enteramente, y así permanece, pues no lo reva- 
lidaron al celebrarse la paz. 

Se deduce en segundo lugar, y con no menor fuerza, que, en 
caso de valer hoi sus estipulaciones. sobre confínes, están dotados 
del misnu) vigor los artículos 4*» y 5» preinsertos, mfityormento 
cuando su materia se roza con La de límites* 

De modo que pretender cumplir ahora el tratado de 1777, 
equivale á solicitar que el Brasil y Venezuela usen ellos única y 
exclusivamente de sus ríos, y no solo no se hagan en el particular 
ninguna concesión, sino que castiguen la entrada de los ciuda- 
danos de una parte en el territorio de la otra, á menos que los 
disculpe una necesidad indispensable, que deberán probar. 

£1 Imperio, si contra sus deseos y esperanzas no se arregla 
definitivamente la cuestión de limites, se verá en la necesidad de 
mantener por su parte, y en estricto cumplimiento del tratado de 



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1777, aquellos artículos suyos que prohiben la comunicación entre 
los territorios de ambas Potencias, por mas liberal que sea su 
política y el sentimiento sur-americano que le ha movido á ofre- 
cer á las Repúblicas vecinas la apertura de sus ríos, y especial- 
mente del Amazonas, 

Hace muchos años que Venezuela se ha quejado al Brasil de 
q^ue no se permitiese á embarcaciones de ella navegar aguas abajo 
del Río-Negro, manifestando aun por eso mismo que no conside- 
raba vigentes los artículos 4<> y 5" del tratado de 1777, y aisí 
tampoco los demás de él ; y el Imperio, á quien con este motivo 
se ha instado por la celebración de un ajuste sobre límites, ha 
hecho ver su buena disposición á terminar las dificultades entran- 
do en el asunto. 

El tratado de 1777* caducó también por la adopción qne 
tanto el Brasil, como las Repúblicas Hispano-americanas han 
hecho en sus leyes fundamentales, del prineípio del uti possidetis^ 
cuya naturaleza y significación quedan ya largamente explicadas 
en los párrafos anteriores. 

Si fuese cierto que, restablecida la paz entre Portugal y Es- 
paña por el tratado de Badajoz, pidió esta la evacuación de todos 
los terrenos, puestos y lugares ocupados en América por ias tn>- 
pas portuguesas desde que empezó la guerra, de modo que las co- 
sas quedasen en e) propio estado que tenian antes del rompimien- 
to ; y que el Gobierno Portugués respondió que espontáneamente 
el Príncipe Regente habia dado aquellas órdenes desde que había 
sabido tales conquistas ; se respondería que las devoluciones nun- 
ca se llevaron á efecto, por los derechos que adquirió Portugal en 
el tratado de paz. España apoyada por Bonaparte, declaró á 
Portugal una de las guerras más injustas que cuenta la historia ; 
por lo que no debió quejarse de que el ofendido buscase la com- 
pensación de la injuria en la retención de las conquistas de Amé- 
rica. Y es evidente que, si la razón hubiera estado de parte de 
España, no habría consentido que Portugal conservase aquellos 
territorios ; y al contrario, abusando de su superioridad y de la 
prepotencia de Napoleón, habría forzado á su vecino á restituir 
lo que le demandaba. 

Se opondría particularmente la solemne declaración que el 
Plenipotenciario de Venezuela hizo al del Brasil en la conferencia 
de 16 de Noviembre de 1852, con estas memorables palabras: 

" El Plenipotenciario Venezolano replicó^ que lo que dijo en la 
conferencia anterior sobre la validez del tratado de lTí7^fué scta^ 



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menifipar via de contestación á las razones presentadas ; pero que 
Veneziíela no tiene interés en sostener su vigencia ; que lo mira so- 
lo como la opinión de dos Soberanos que con el debido conocimiento 
de causa é igualmente interesados en deslindar sus respectivas po- 
sesiones^ establecia on lo que estimaron más adecuado para conse- 
guir su objeto. 

Puesto fuera de duda el punto de la caducidad del tratado 
de 1777, conviene repetir en esta ocasión, que ai Brasil no perju- 
dica on lo más mínimo que se apliquen sus disposiciones, como si 
estuviesen vigentes, á su cuestión de límites con Venezuela. Y 
la razón es que la parte de linea que á ella toca, debe seguirla 
dirección de los montes que medían entre el Orinoco y Amazónafl* 
y no otra se ha establecido en el tratado. Así opinaron los ilus- 
trados miembros del Consejo de Gobierno en 1844, pues, apoyán- 
dose en su voto el Plenipotenciario Venezolano, Sr. Dr, Joaquín 
Herrera, dijo al Bra^ilense en la conferencia de 6 de Noviembre 
de 1858, que el citado dictamen expresaba : " Que la línea prin- 
cipiará al oriente en los confines de los Estados, seguirá por lú 
sierra Pacaraima y Paraima, de manera que queden perfectamente 
divididos los sistemas hidrográficos del Orinoco y Amazonas hasta 
él caño Maturaca qvs une ¡os rios Baria y Cababury, y atravesaño 
do en su promedio dicho caño, seguirá rectamente á la Piedra de 
Cucuyf^.;*' y se refería á los artículos 12 y 16 del tratada 
de 1777. 

La concIusioQ ó tercer argumento de la Comisión de la C4* 
mará de Representantes, sobre las restituciones de los terrenos 
que fiíltan á Venezuela porque los ha ocupado el Brasil, ó los re- 
sarcimientos de los que se acostumbran entre los Estados, no es- 
triba en ninguna basp, y sorprende tanto al lector como las de- 
más consecuencias discutidas. ¿Cuáles usurpaciones ha cometi- 
do el Brasil ? Supuesto que las haya ejecutado, ¿ por qué redun- 
dan en daño de Venezuela T Hubiera la Comisión explicado am- 
bos conceptos, y entonces su consecuencia tendría siquiera color 
de verdad y justicia. 

La cuarta conclusión, ó sea Ja de que se anteponga el alinde- 
ramiento ai tratado que le concierne, es, según se ha visto, inad- 
misible en derecho, contraría á la práctica general, antigua y mo- 
derna, de absoluta imposibilidad, y no se compadece con los aser- 
tos de la Comisión, que por una parte inculca la validez del tra- 
trado de 1777, y por otra propone cosas diametralmente opuestas 
i los artículos de él relativos á la demarcación. 



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— 150 — 

Las otras razones alegadas en el informe sobre falta de un 
parecer capaz de ilustrar á las Cámaras, dificultad de festinar un 
asunto antiquísimo, escasez de tiempo para discutir los tratados 
artículo por artículo, y libertad con que debía proceder el Con- 
greso en la resolución de la materia, son de un carácter accidental 
y d^ circunstancias ; por lo que no se necesita impugnarlas. 

Pero sobre la última es bien recordar que la Comisión no 
tuvo á la vista los antecedentes. Con ellos por delante no habría 
imputado al Brasil, según parece, que quiere apremiar á Vene- 
zuela á la aprobación de tratados ; de lo cual se halla él tan dis- 
tante, como quien se excusó de tratar la cuestión de límites mien- 
tras duró la primera residencia del Sr. Lisboa en Caracas, á pesar 
del interés con que ya de palabra, ya por escrito, le excitaba con- 
tinuamente el Sr. Secretario de Relaciones Exteriores á negociar 
el deslinde. Si años adelante el Brasil volvió á enviar a^uí al 
Sr, Lisboa con el carácter de PlenipotenciaHo encargado de po- 
nerle térjuino, fué para atender á las muchas invitaciones de Ve- 
nezuela, no por utilidad del Imperio, al cual,, como resulta de este 
escrito, no dafia la continuación del presente estado de las cosas. 

S. M. que ni á sus subditos fuerza, y por el contrario mira 
con la debida consideración sus derechos, menos podria pretender 
violentará una nación libre é independiente, á quien tanto respeta 
como estima, y con la cual se empeña en estrecharse por medio 
de una constante y sincera amistad, de un trato afectuoso y bené- 
volop de mutuos testimünios de fraternidad americana. Pero gi 
ha debido ser motivo de justo sentimiento para S. M., que, des- 
pués que el Poder Ejecuiivo de Venezuela, único representante d§ 
ella ante las naciones extranjeras, le llamó repetidamente ft cele? 
brar un tratado, salga diciendo una de sus Cámaras legislativas 
que no tiene tiempo para examinar el asunto, que él es mui anti- 
guo, que no hai necesidad de festinarse, que los tratados son actos 
voluntarios. Y habrá subido de -punto su pena, al ver todavía 
hoi, después de transcurridos siete años, que nada se ha adelanta- 
do en p\ p^gocio por parte de la Cámara de Representantes de 
Venezuela, la cual i^o se ha dignado oir jos clamores cada vez más 
urgentes del Podej: Ejecutivo, comer si fuese conveniente á la 
República dejar sin resolver una cuestión tan ligada con grandes 
intereses. Convidar un Estado á otro á celebrar una negociación, 
y cuando el último se presta á ello, dejar interrumpida la obra por 
caminos indirectos, y c|ar quejas como á causa de que se le festi- 
na ó apremia, no es tratar con la alta estima que distingue la;s 



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— 121 — 

relaciones de los pueblos. Sin embargo, ei Brasil no solo no ha 
correspondido á Venezuela con una conducta seniejante, siso qne 
ha enviado nuevo Ministro á Caracas, en señal del aprecio con 
que mira sus relaciones con este país, y ademas le ha ofrecido 
ventajas no insignificantes en el convenio firmado en 5 de Mayo 
de 1659. Es de esperar que Yenesuela, sensible ¿ un proceder 
tan cordial, se penetro de la importancia de las concesiones que 
se le hacen, y cuidando de sus verdaderos intereses, sin pretender 
tomar á su cargo los ajenos, las aproveche en su propio beneficio, 
y dé un impulso vigoroso á la navegación de sus ríos, á la colo- 
nización de las inmensas comarcas de Guayana, y funde un co* 
mercio tan activo como útil con los lugares del Brasil que le abri- 
rá la aprobación del tratado. 



CAPITULO V. 

EL FOLLETO DEL DK BRICENO. 

Como queda dicho, el Sr. Dr. Mariano Bricefio, redactor de 
*• El Diario de Avisos y Semanario de las provincias," es el único 
individuo que ha manifestado opinión respecto del tratado de lí- 
mites concluido en 1852 entre el Brasil y Venezuela, en una serie 
de artículos encaminados á combatirlo, asegurando que, si ella lo 
jacepta, perderá una ^ran porción de su territorio. 

Con lo expuesto en el capítulo 2*" queda confutada la mayor 
parte del escrito del Sr. Briceño; por lo cual para evitar repetí* 
clones, solo se tocarán aquí los puntos que no hayan sido contes- 
tados. 

Comienza ^) Sr. Briceño por adelantar que el agente di pío- 
mático del Brasil, Sr. M. M. Lisboa, ha demostrado grande em- 
pello en arreglar los limites del Imperio con estos países ; que, 
después, de ajustarlos con Venezuela, pasó á Bogotá, donde hizo 
lo mismo en cuanto á Nueva Granada, y en 1854 agitaba en el 
ecuador igual cuestión ; que el Gobierno Brasilense procede así, 
porque trata de hacer exclusivamente suya la navegación del Ama- 
zonas ; y que al intento ha otorgado privilegio por treinta años 
al Sr. Juan Evangelista Souza para trasladar por aquel rio mer- 
paderias y pasajeros hasta |a boca 4^1 Kio- Negro y Nauta. 



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r- 128 — 

Debe suponeree que el Sr. Brieefio igooraba km < 
ÚQ las negociafiíofies de que se habla. En el rápido bosque^ ya 
hecho de su historia, se ha visto que, no ei Brasil, sino Colombia 
fué quien los iaició envíaselo á Rio de JaDeiro, en caiidad de 
PlenipoteHciario, al Sr. Leandro Palacios, y que Venezuela se 
etforaó en proseguirlas haciendo nada menos que seis invitaciones, 
de 1848 á 1846^ por órgano de su Secretario de Relacionee Elxle- 
riores. £1 Brasil no ha hecho mas que prestar oido á talee y tan 
repetidas instancias, y por esto no merece aquel cargo. Convén- 
gase en que, si de alguna parte ha habido empefio en termioar 
eeas cuestiones, no es ciertamente por la del Brasil. £1 eeti en 
fKieesion de los terrenos, de que con los mejores títulos se juaga 
propietario, y no cree que le perjudique el actual estadohde las 
cosas. 

Una vez convenido el deslinde con Venezuela, el Sr. Lisboa, 
que de paso sea dicho, se ausentó de Caracas, dejando ei nego- 
cio en manos de GoWerno, en lo cual no demostraba á la verdad 
aquel empeño que se le censura, hubo de tener como cosa muí 
nataral perfeccionar su obra completando en Nueva Granada 
la linea divisoria con las Repúblicas Colombianas. 

Por lo que hace al Ecuador, él confinará con el Imperio, 
según el resultado de sus cuestiones con el Perú. El Sr. Brieefio 
cita el articulo 7» del tratado hecho el 10 de Octubre de 1852, por 
^ cual el Brasil y el Perú fijaron como frontera la poMacion de 
Tabatinga, y de ahí pora el Norte una línea recta hasta encontrar 
^ rio Yupurá en frente de la desembocadura del Apaporis. 
Ahora bien, en la boca de este último rioy principia la raya de 
Nueva Granada, que se junta al fin con la de Venezuela. ¿Cómo 
{Mies afirmar que el Sr. Lisboa movia en el Ecuador el asunto de 
limites ? Otro fué el objeto de su viaje á dicha República, y no 
el supuesto sin fundamento por el Sr. Briceño. 

Ni se equivoca itiénos cuando señala por móvil del empefto 
atribuido al Sr. Lisboa, el propósito de hacer exclusivamente del 
Brasil la navegación del Amazonas. Lejos de eso, el Gobierno 
Imperial que está unido con los vínculos de raza, religión, cos- 
tumbres, intereses, á los pueblos hispano-araerícanos, ha querido 
abrir el Amazonas y sus afluentes á las Repúblicas circunvecinas, 
con exclusión de los Estados no ribereños. Pudiera conservar 
para si solo el uso de sus bocas, ya que ellas y gran parte de su 
dilatado curso le pertenecen por entero ; mas, siguiendo tina polí- 
tica verdaderamente Americana, deseoso de promover el desarro- 



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— 12g — 

de «rtreduir ooa le» mmmw wsm reia«ÍQiiei^ ée 
tBoder la «Baño generosa de k aüMstod y la fraternidad i tus 
nataralet ai i ado», les ha ofrecido espootáneaniente comunicarles 
laa yeot^aa que el derecho ie asegura á él solo» Teoieüdo liber- 
tad para navegar privativamente aquel riot admitir en él á uae» 
4om, veinte naciones ó á todas» se ha decidido por miii poderosos 
SDoiivos á negar este beneficio á los extraños que lo pretenden, 
y á concederlo á Venezuela, Nueva Granada, el Ecuador, Peirú 
y BoUvia. A pesar de todo el interés que la cuestión excita ea 
los angio-aniericanos, ninguno ha logrado demostrar que le sea 
licito Mitrar al Amazonas sin permiso del Brasil ; antes el Go- 
tnerao de Washington ha reconocido explícitamente nniohas ve- 
ces el principio sostenido por el Imperio» y prohibido á sus sub- 
ditos ofender la soberanía del último y violar su territorio intro- 
duciéndose en sus rios. Otro tanto han hecho las Potencias 
de Europa; y parece ya abandonada, por falta de apoyo, una 
aepiracíon que, bajo apariencias seductoras^ envuelve los fines mas 
(Qgoistas y amenaza el porvenir de la América* 

Y lo que se dice del Brasil, se aplica ignaUnente á Veoesualay 
ia enal no podia en 18M, asi como tampoco le es dado boi, per- 
mitir la libre navegación de sus rios. 

Consiste la dificultad en haber elki proelamado la osi- 
versal máxima de que los rios que baOan su territorio, son de su 
-exxiiisiva propiedad. Así resalta del decreto legislativo dsído^n 
14 de Mayo de 1847 respecto de Vespasiano Bilis, y en 3 do Mayo 
•de 1749 de E. A< TuFptn, y t\ A. Beelen, concediéodoles en ewasrto 
solo á ellos, sus socios y sucesores privilegio para la navegaeion 
intenia, por vapor, de los ríos Oiinoeo y Apure por el término de 
tf ieas y ocho aSos. 

Pruébalo ademas el artículo 38 del tratado existente entre 
Venezuela y la Nueva Granada desde 22 de Julio de 1842, y el 
eoal se expiica así : 

*^ A fin de dar mayores facilidades al comercio entre los pue- 
i>los fronterizos se ha convenido y conviene en que la navegacien 
de los rios comunes á las dos Repúblicas, sea libre para ambas, y 
que no se impondrán otros ó mas ahos derechos, de ninguna clase 
é^ denominación, nacionales ó municipales, sobre los buques per- 
teneeientes á cualquiera de las dos Repúbiicas que naveguen den- 
tro de los dominios de la otra que los que paguen ó pagaren los 
nacionales. Esta Ubettad é igualdad de derechos de navegacioii, 
se* haeen extensivas for parte de Venezuela á los buques grann- 



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4ÍQO0 qM navagnen «i las aguas úe\ río Oríaocoó dallaba da 
Maraoübo^ en toda «i axtrasioa hasta la cosía del mar.'' 

Véase con qné cuidado se exijió en ambos deerelos la oandi- 
ckm de que los vapores fuesen nacionales llevando bandera yan^- 
ssDiana; y cómo en al tratado, y solo para facilitar el cumaroio 
fronterizo, se otorgan las dos partes, no el uso de sus rios ea 
general, sino el de los comunes. Por la antigua unión da este y 
aquel pais, por tos motivos de vecindad y buena intalijeacia, por 
favorecerse mutuamente, por las demás ooncesionas incluidas en 
et pacto, se hi^o sin duda la de que se habla. Y ello mismo ooa- 
vence que las demás naciones, respecto de las cuales no militan 
estímulos tan peculiares, no pueden ni pretender igual fii<ror, ni 
llevar á mal que se haya ceñido á los interesados. 

Aparece también de esa estipulación internacional, que Ve- 
nezuela ha reconocido la inexactitud del principio de que el dueño 
de la parta superior de un rio, tiene derecho de navegar la inferior, 
aunqoe perteaesca á atro Estado y sin su consentimiento* A no 
sar asi, ni se habría insertado la cláusula en el eoavenio, ni atrí* 
imtdoaele al oaiéater da temporal (doce años) ni prasent&dose 
acal .un benafioio, ni puéatoea como compensación la reciprocidad 
daéL 

Iio prueba adamas lo que expuso al Sr. Secretario da Rala* 
aiattes Exteriores da Vana ao o l a en su Memoria de 1846, dond^t 
manifestando cuál habia sido la pretensión de Nueva Granada an 
1844, que fué tan extraña, como inesperada, según la califica, y 
Mttsistia an traspasar la línea convenida en el tratado de 1989^ y 
llevar sus límites orientales hasta el Orinoco, siguiendo las aguas 
4a este rio basta su cpafluanoía con el Meta y por Us da CasL 
4|ttiare al Rio*Negro hasta las fronteras del Brasil, señala como 
jnaonvenientes de esta pretensión, que ella priva á Venezuela de 
un territodo de mas de dos mil leguas que le pertenece clara y 
legítimamente, y ademas que una Potencia extrar^era t^es^ á 
dividir oon nosQtros el derecho á la navegación de e$o$ impertan^ 
Ueimú» rios que son como oirás tantas arterias atrapesandotpor el 
cerazen de la República. 

Aunque el riendo tratado de 1842 concede 4 Nueva Gra« 
•nada la navegación del Orinoco, el Gobierno de Veneaiieia da« 
•DHiettra en ese docameoto su deseo de quedar en lihartadide 
disponer por sí solo del uso da las rios que mencioBa, oon axcia- 
aion de toda Potencia extranjera, cualquiera que sea. 

iiéjos de pretender el Brasil hacer e^clusivamante aiijfa la 



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tiavegtKHon 'det 'Amasias, como padierm el Sr« Bricrto y Uaé 
demás que inroean el tratado de 1777, sen k» <i«ie se opoaen á «a 
apertum, porque, si 61 debe regir en los artieolos de límites, ha 
d» aplicarse también en las disposickMies que hacen la navegacían 
de los ríos privatíYa de su duefio, y castigan el paso.de los sóbditOB 
de un Estado al otro, no siendo por fuersa mayor. Tanto mas valer 
tendrán tales prohibiciones, cuanto son conforma al derecho pri- 
mitivo, á la eostnmbre y á los tratados, i Cómo explicará el Sr. 
Bricefio la contradicción en que cae 7 ¿En qué se apoyará para 
pedirla libre navegación del Amazonas* con desprecio de aquellos 
artículos, y sostener los otros del mismo tratado 7 i Dirá que no 
constituyen materia de perpetna obligación^ ó qtie un Estado ao 
puede ni por con^enb estipular la clausura de sus ríos ? 

Conviene saber que S. M., deseando libertarse de las trabas 
que podrían impedirle conceder generalmente el nsodel Amaateas 
antes de los treinta afios que debía durar el privilegio de Sottza y 
C.«, lo rescató en 2 de Octubre de 1854, nñftdiante el pago d^ uña 
crecida cantidad. El nuevo contrato hecho con ella dice en su 
articulo 1<>2 ^La compañía del Amasónas remmcia al pmflegle 
ei^clilsfvo que le fué concedido por el decreto Búmero 1097 dé M 
de Agosto de 1852 para la navegación por vapor del rio AmaaóisM, 
y á cualesquiera otras ventajas otorgadas por el mtsmo dtoralo 
que no estén declaradas en el contrato celebrado en esta ftdia 
con dicha compaflia. 

* Oblígase ditha compaSfn á navegar el rio Amazonas y sos 
afluentes por medio de barcos de vapor en las lineas abajo deel*» 
radas ácc.** 

fin los articules siguientes se establecen cuatro lineas, y las 
obligaciones y derechos de la compaHia. Una de las principales 
es fundar doce colonias en determinados pontos dentro de sesenta 
territorios de dos leguas cada uno cedidos gratis á la empreia. 
De modo qne ya el mismo Brasil, no por compulsión ni exigeaelÉt 
dé nadie, siiio espontáneannente ha removido ese estorbo. 

Pero i por qué extrañar qué el 8r. Bricefto no acierte tratan* 
dose de hechos pasados Yuera de su patria, si mi escrito oo mie a ea 
por una inexactitud con respecto á un suceso acaecido en Caracas, 
8(rt)ve asunto de interés público, y teniendo delante de los ojos \m 
«•INattos de Debates" de las Cámaras Legislativas 7 Aseg«ó 
él qne el tratado de limites entre el Brasil y Venezuela conoloiéo 
en 1853 estaba pendiente en el Senado. 9in embaído, resaha^qoe 
el -Senado (oé la primera Cámara que lo recibió de manos del 



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— 124 — 

Poder Bfeeuilvo, y hx aprobó riu dtficoHad ; habiéndolo ptmdo 
\úBgo á In de Represientatites, que también lo aprobé eo dos dit- 
elisiones, y en la última dispuso diferirlo para el aüo siguiente. 

Pásense por alto los parágrafos del Sr. Bricefio que no 
contienen nada sustancial, y en que tampoco faltan errorefi» y 
éntreseen lo que atafie á la cuestión. 

Apenas ha citado e) artículo O* del tratado de 1800 y el It^ 
det de 1777, cuando refiere que nada lograron las comisiones de 
limites, y que en ese estado sobrevino la emancipación de Améri- 
ca, affadiendo que la Constitución federal de Venezuelik de 1811 
incorporó la provincia de Goayana con la extensión á que tenia 
derecho por los tratados de España con el Brasil (querrá decir 
Portugal) ; y que las leyes fundamentales de Colombia y de Ve- 
ésclaraii que su territorio es el mismo de la antigua Ca- 
general. 

No se comprende el ol^to con que se habla del territorio de 
la Capitania general de Venezuela, que no esté averiguado c«ál 
fbeae. 6« apela á Im propias palabras del Sr. Bricefio en el nú* 
v&mú 17 de sus obeetvacieiMW. "* Hemos podido separar,*^ etcrí'» 
be^ "^ p«r eela paHe á Colombia del Perú y del Brasil ; pero seii» 
tn— iffidad pretefftder distribuir en poroiones perfectamente delinea» 
das» entre !•• tres UepáUicas oondueftas, el territorio que la demur- 
GKtkm de loe trataéos les conoede en indisputable propiedad oomo 
soaeaorai en loe derechos de su común causante, la metsépoM 
eaftfola. 8i este jamm^ logré p&nor eti doro hs lifukr9e de 
esÉM iMÍses r€^mto del Brami^ muéms púdremoB e§per^ ablener 
da^ p e s s tf pos soérs ia$ tíerrm» que por bHbs ignota» rtgiammt 
amrmp&nditrom á la CaqiitaiUa general de V^metmelaf Virettu^ 
d$ Nmsm Onmada y FreeidemeiB de QuiiaJ' 

£a vistft de eemejaate eonfesioni asombra oómo el Se 
Brioeio concluye que el tratada de 18W quita 4 Veaesuéla tmm 
gfim fofmom da au territorio, cuando no sabe cuáles su tercitorie* 

De bueaa gana ae ooaviene en que loe tratados de 17M y 
1777 deberian ser. la única regla para fijar loa limites del Brasil 
Qon el Ferúf Quito» Nueva Granada y Veneauela, ai aquelloano 
se hubiesen cancelado por la guerra y conquistas de 18(^)» y «- 
ódemas se hubiesen extendido con la claridad que piden daíeu" 
mwtns de tamaOa importaecia. Pero» ni lo uno ni lo atr»éa* 
aiieedidpv X^ oequcidad del artículo 12 del tratado de 1777 eon»' 
titüiria ya una grave dificultad contra él, y lo reconoce el mismo 
Sr. BrieeSk)^ cuando se admira de que, no ejdstieodo máa entorir 



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— 127 — 

dad que la de los tratados y operaciones de las partidas de limiteet 
no habiendo otra fuente en qué tomar datos, sin embargo los sabios 
que han hecho especial estudio de esas fuentes, no hayan trazada 
la linea de un modo uniforme. Pues si la sabiduría y la aplica- 
ción no han logrado comprender la línea, es natural suponer que 
su descripción es dificilísima de entenderse, y también de eje- 
eutarse. Recuérdese siempre que esto no incluye la parte de 
ht frontera común al Brasil y á Venezuela ; porque, si Uen 
eOa no tiene toda la claridad que corresponde, no adolece del 
kímiio grado de incertidumbre. Las cordilleras que dividea 
et Orinoco del MaVafion, son puntos determinados en cierto modo» 
y no bai suma dificultad en trazarlos sobre el terreno. En esta 
parte el articulo se halla al alcance de todos, sabios é ignonmtea 9 
cuando en lo demás aquellos no lo han comprendido de igual 
manera. Analízense las diversas líneas que presenta el Sr. Brin 
eelio, comenzando por la que él da como suya y ooofiMrme al 
texto de los tratados» 

^ Parte," dice, <«la línea fronteriza del Per^ desde el rio tÍMám^ 
ra, en «i punto situado á igual distanciado la boeadel rio Marmevé 
ijmek Mfomm-é) y confluencia del Madera ó Madeira con et Mará»* 
fioQ ó Amazonas. 8e áirije de . aUi E, O. hacia elptnUa en fM 
el Javary se reúne ctm el Marañmii, Sigue aguas abajo eela 
rio basta |a boca mas oecidental del Yupurá 6 Caquetá. SUm 
etUonoeM la linea aguas arriba del mismo Yupurú hasta un pum$^ 
no fijado por los tratados^ pues dicen estos vagamente que del 
Ti^ntrá continuaré por hs demás rios que se k junten y se aceita 
quen mas al Norte hasta encontrar la cordillera que termina H 
Knde^ és-ámbas ¡p os e& i e n es.^ 

ASade el ^r. Bricefio que, eono se ve, ct imhnente casi ktéh 
fe Mnea diimmria de Vemezuela qmda desmida por el UtOo de loe 
Iraiades de España y Portugal. 

I Q^ién se imaginará que esa inteligeiMiia no gyardk eatáoa^ 
nüdad eon los tratados por los omles se guiaba el Sr. Biieelo para 
trazar sU'lkiea 1 Pues van á convencerse los lectores de que eUa 
es maffcca, infiel á la letra del trataéo que el Sr . Brioeio aeaba de 
copiar en su escrito, y desfigurada. 

Attieulo 11 del tratado de 1777: '< Bajará la tifiea poriaa 
agnaa de estos dos rios Guaporé y Memoré, jb. unidos con el 
nombre de Madera> hasta el paraje situado en igual distancia de) 
rio Marañen ó Amazonas y de la boca del rio Mamofé ; y desde 
aquel paraje continuará por una linea Leste-Oeste hasta encon- 



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— 128 ** 

titila coh Im ribera oooidental del rio Javary^ que entra en el MaNU 
fton por su ribera auetral ; y bajando por las aguas del mismo Ja* 
mtry hasta donde desemboca en el Mar/mou ó Amazonas^ seguirá 
aguaa abajo de este rio, que los españoles suelen llamar Orellaoa 
y los indios Guieua, hasta la boca más occidental del Yupurá* que 
desagua en él por la margen septentrional.'* 

Nótese la gi'an diferencia de la linea del Sr. BriceRo á la del 
tratado. £1 primero tira una recta» del punto del Madera equi- 
distante de la boca del M amoró y del Amazóimsy á la confluencia 
del JaVary con el Marañen. Esa línea no corre en la dirección 
E. O., nno hacia el N. O. casi N., y priva al Brasil de todoeUe* 
rritorki comprendido entre ella y el curso del Javary desde el I«h 
gmr de su ribera occidental que toque una líbea £. O. hasta sa 
desembocad m^a ; le priva también de tas aguas del mismo J&vary 
iittsta donde desemboea en el Amazonas. 

Ett segundo lugar, la línea, después que ha llegado h la booft 
mis oecidental del Yupurá, no Sube aguas arriba del mismo, co^ 
Ble iienlá el Sn Bricefio, sinopw la basa más occidentml del Tu" 
pmráf OOQ arralo al tratailo» Tomará por el Vupurá desde do»* 
de 61 se divide en varios ramales, que siguen diversas y aap die* 
iMtQs direecio&es. 

En tareer lugar, el Sr. Bricefio afirma que la raya asciende 
|mr el Y^pori hasta un punto no fijado por los tratados^ pueeél'^ 
cms estos vagamemU que del Yupwrá contmumré por los dsmets riss 
ifms se le junte n y se acerquen más al Norte hasta encontrar ¡a 
omrdinera que iermna el ünde de ambas posesiones. Pocos reo» 
gloaes ánteei el Sr. Bríceño apelaba á la autoridad de los trata- 
dos, y suponiéndolos nuii claros, extrañaba que no fiíeeen «nifor^ 
«aes las carias geográficas, que deberían ajustarse á ellos $ ahora 
sale 61 mismo ooaviaiendo en su oscuridadt y agregando oiás, t 
saber, que no fijaron el punto del Yupurá donde deja estOtde ms* 
▼ir de frontera* De suerte que para el Sn Brice&o fijar ua punto 
vagamente, vale tanto como no selialarlo de manera alguna» 

Bn cuarto lugar, aunque es verdad que del Yupurá la línea 
kk de eorrer por los demás rios que se le juntan y se wés^w^ 
mis al Norte, eso no es absolutamente, porque lo asencial cows^ 
le en que se cubran los establecimientos portugueses de bis orí- 
lias del Yupurá y del Negro, y la comunicación e»tre estee dos 
rios de que se servían los portugueses en 1750. Valgan Im ex- 
presiones del tratado de 1777, Continuará la frontera sub^mdo 
aguas arriba de dicha boca más occidental del Yupuráy y por sn 



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— 12D — 

> ék este rio hasta aquel punto en que puedan quedar cubier- 
tos los establecimientos portugueses de las of illas de dicho rio YU" 
pura y del Negroy como también ta comunicación ó canal de que se 
sermón los mismos portugueses entre estos dos rioSy al tiempo de 
celebrarse el tratado de límites de 13 de Eneró de 1750, conforme 
al sentido literal de él y de su articulo 9.•'^ . . • Parece que el Sr. 
Briceflio no halla diferencia entre el tratado de 1750 y el de 1777, 
y por eso en vez de citar el último, cita el primero^ que fué ana* 
lado por el de 1761» 

Jb¡a qainto lugar, t^ le adniite de buen gtádo que trueque las 
aiUoridades ; pero se le pide que, autí haciéndolo, no laa altere. 
£1 tratado de 1777 no habla de encontrar cordillera alguna ; el 
de 1750 es el que manda continuar la frontera por en medio del 
rio Yupurá y por los demás rios que se le junten y se ctcerqws» 
más al rumbo del Norte hasta encontrar Íó alto de la cordillera de 
montes que median enir'e el rio Orinoco y el MarañóH ó de las 
Amazonas/^ 

Bq sexto lugar, se deaearia que el Sr. Bríceáo expresase cuál 
€i la parte de la linea divisoria de Venezuela que no quedó defi- 
nida por el texto de los tratados de España y j^ortugal. No se 
comprende al Sr. Briceño : unas veces dichos tratados demarcaa 
•I linde del Brasil con las colonias españolas del Perú, Quilo, 
Nueva Granada y Venezuela ; otras veces los tratados no definet 
tiMla ja liftea divisoria de Veuetuela, En el último concepto, ¿eó- 
mo la ha conocido el Sr. Briceño, y tan perfectamente que ha sen^ 
ieiiciado que el convenio de 1852 es gravoso á la República? 
La línea de ella, si no está definida en los tratados, deberá seña- 
larse por otro loedio^ nuevo motivo para desecharlos conu) hh* 
eoeapletos. 

En séftfimo lugar, el Sr. Briceño suprime cuanto ambos tra- 
tados establecen sobre cubrir los establecimientos de los portugue- 
ses, y el canal por donde pasaban del Yupurá al Rio-N'egro ; co- 
sa qiM se pactó expresan^nte en 1750 y 1777. 

Tal cúmulo de errores en asunto de esta naturaleza, induce á 
oeoj^urar que se ha necesitado para defender un propósito mal 
avenido eon los términos del tratado, que se supone debe regir la 
mnteria. 

Más adelante habrá que volver á la línea del Dr. Briceño. 

La del mapa de Colombia por Zea va del Javary aguas aba- 
jo hasta su desembocadura en el Amazonas, y después por este 
i> 8 



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— 1^0 — 

hasta el marco portugués colocado en el Avatiparaná. De aqtl* 
corre por este hasta encontrar el Ynpurá (dice el Sr. Bríceño) 
privando á Venezuela de la conjluencia del Yupurá con el Amtj^ 
zonas que le dan claramente los tratados, sigue por la orilla sep- 
tentrional del Yupurá hasta el Gran Salto, cerca del desemboca- 
dero del rio de los Engaños. De aquí toma el rumbo del Norte 
hasta interceptar el Ecuador: después diríjese al N. E. hacia la 
boca del Cananavi en el Apaporis: retrocede al N. (X en el áú^ 
guio entrante de las sierras en que nace el Rio-Negro, hasta cerca 
oe los 2"" de latitud boreal,, donde corre la línea de O. ¿ E. á buscar 
la isla de San José en Rio-Negro : se dirije después por su orilla 
oriental, sigue el brazo del Casiquiare hasta su promedió, de donde 
toma los límites de la Serranía, para terminar en la frontera de la 
Guayana inglesa, indicada en la línea de Humboldt. 

El Sr. Bríceño censura esta demarcación, sin otro motlVo 
que ir del Amazonas por el Avatiparaná. No puede tener otra di- 
rección, si vale el tratado de 1777. El dispone que la frontera 
suba pof la boca mas occidental del Yupurá, que es cabalmente 
el brazo llamado Avatiparaná, y por tanto parte del mismo Yu- 
pura. Al I i se colocó «in marco. Es pues la confluencia del Ava- 
tiparaná coa el Amazonas lo que dan los tratados i Espafla, de 
ninguna manera á Venezuela. 

En esíe pimtp, y en todo él curso de su escrito, cae el Sr. 
Bríceño en ¡a tentación de decidir magistralmente que Vene^uetá, 
sobre cuyos límites con Nueva Granada y Quito juzga también 
que no pu^de esperarse obtener datos positivos, confina con el 
Aniazonas, Pero como de ello no presenta en ninguna parte ta 
menor prueba, sino que lo afirma cual cosa sabida y corriente, tu> 
Kevará con pena que se dude de sus no motivados fallos, con la 
aittondad de él mismo en el pasaje notado con bastardilla. 

Entre tanto, se le advertirá que, si alguna dé las Rbpát^ltdliis 
que formaban á Colombia pudiera pretender partir límites don él 
Brasil por el Yupurá hasta su boca mas occidental, seHá él BcM- 
elor ; pero solo antes de 1802. Entonces ía provincia de Mainas 
y los pueblos de Quijos, que por allí se extendían, dejaron ¿te f>ey- 
tenecer á la Presidencia de Quito, y fueron agregados al Viréfliato 
de Lima ; por lo cual solo el Perú, que está ademas en pdstfiRb 
de dicho territorio, ha sido parte legítima paVá tratar sobre él^ 
como lo hizo en el convenio de 1851 con el Imperio. 

. Zea lleva la línea por el Yupurá hasta el Salto Grande, cferca 
del rio de los Engaños, como siempre lo entendió Portugal y lo 



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hn eatandido el Brasil ; y admira que el Sr. Briceño, que con* 
vieoe en la necesidad de seguir por el Yupurá y los demás ríos 
quí» «o le junten y se acerquen mas al rumbo del Norte hasta 
flQ^coolrar la cordillera que termine el linde de ambas posesiones, 
rechaze la frontera- de Zea. 

Recuerde el Sr. BriceSo que, como expone el Comisario Espa* 
Sol Requena, el Portugués dedujo la solicitud de que la linea 
d^bia dirigirse por el rio Comiari ó de los Engaños, que entra en 
Cil Yupurá n)ucho mas arriba del Apaporis, basta encontrar por 
él la cordillera que divide aguas por el Norte al rio Orinoco y 
por el Mediodía al Marañon ó Amazonas. Alegó para ello que, 
debiéndose buscar el rio cuya dirección estuviera mas al Norte^ 
f9 I9^rp;umaba k este rumbo el Comiari más que el Apaporis; y 
adadió que así convenia también, porque el primero de estos dos 
rios tiene menos saltos que el segundo. El Comisario Español^ 
sin haber aon reconocido ambos ríos, Comiari y Apaporis, contra- 
44P la pretensión, porque en el último quedaban cubiertos los 
ent^M^cimientos portugueses. 3in embargo, convino en navegar 
t) Cowari y el Mesai, y notó los saltos de todos, como también 
al i)4Jar por el Yupurá los del Apaporis. Creyó ser equivocada 
I» Mprcion de los portugueses, que no obstante no desistieron de su 
solicitud. El Comisario general portugués, dice Requena, no sólo 
4i9mpfo\^ á su segundo el que hubiese propuesto el Comiari para 
90gfMT por él la demarcación, sino que solicitó que se dirigiese 
por todo el curso del Yupurá aguas arriba ha^ta que por sus 
cabeceras se encontrara la cordillera de montes que dividen aguas 
por el Septentrión al Orinoco y por el Mediodía al Marañon ó 
Amassonas. Aüade Requena que esta ambiciu^a solicitud del 
Cooiisario general portugués no tenia otro objeto que e! de conse- 
guir pop: un medio indirecto lo que ya había deducido sobre el 
ponhlo ó fuerte de San Carlos, y los damas del Rio-Negro, y en 
0I OMO de no lograr su intento, frustrar euteraniente la demarca- 
•ieiK pero como carecía de apoyo en el tratado, procuró hallarlo 
tfuCMipd^ algunas expresiones y omitiendo otrag, V concluyei 
, *^Cnmo ea el ciiado articulo 12 del tratado de 1777 se cita el 
9f.d6két 1760, previniendo que se tenga presente por los comi* 
I jdemarcadores, desentendiéndose el portugués de las termi* 
palabras con que en el primero se describe la linea divi- 
iom, xeeurríó al segundo para encontrar apoyo á su pretensión ; 
y een ifidOt n el diado artículo 9 de 17á0, hubiera de ieguirse en 
toda su extensioTiy y no en solo aquella parte para la cual se cita 



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Goegle 



«n eí IS del de 17T7, seria difícil rebaür dicha sóliciíud^ fmes té 
dice en él que contirtuará la frontera por en medio del río Yupuré 
y por los demás rias que $e le junten y se acerqteTt mas ál rmmh^ 
del Norte, hasta encontrar lo alto de la cordillera de montes que 
median entre el rio Orinoco y el Marañan ó Amazánas. 

" En comp'obacion de que este era el jiro que debía darse á la 
línea de frontera, alegó también un informe dado por el Teniente 
Coronel Don Ramón García dé León y Pizarra en el año de 1779, 
Esle oficial habia sido nombrado poco tiempo habia por Gobernador 
de MainaSf y Comisario principal de la cuarta partida de demar^ 
cacion^ y aunque no llegó el caso de ejercer estas empleos^ ni aun 
iie pasar al distrito del Gobierno^ donde nunca habia estado^ sin 
embargo^ dando asaenso á las variar noticias de algunas personas 
tan escusas como él de conocimientos locales, informó al Virei de 
Santa Fe^ que h línea debía trazarse subiendo el Yupurá hasta 
mas arriba^ de sus saltos de Cupatí, Ubia y otros mui por cima 
del rio Apaporis en que fijaba el Comisario español Don Ftancisco 
Requena el término de la navegación común de ambas naeienes. 

" Daba mas fuerza á este alegato del Comisario portugués la 
circunstancia de que habiendo dicho Virei remitido á nuestra corte 
el citado informe, se pasó por esta á la de Portugal^ coffno apro^ 
bando la propuesta para que sirviera de gobierno, 

" No hai duda en que la fácil condescendencia de nuéstfv Mí-' 
nisterio sin el preciso y debido conoci?niento contribuyó mucho ed 
Comisario portugués para sostener la disputa ; pero sin embargo^ 
rebatió sólidamente su solicitud el español. 

" Aunque el Comisario español D. Francisco Requena no 
hubiera tenido tan sólidas y fundadas razones en apoyo de su 
solicitud para rebatir las del portugnes, jamas habría condescen-' 
dido á estas por los inconvenientes gravísimos que resuháttan ; 
pues en las inmediaciones del Vupurá por cima de su salto Orande 
ó de Ubia tiene España establecimientos y misionea ; y por al 
curso de dicho rio no se encuentran otras ccNrdiUeraa qua ta da 
los Andes, en que se hallan los Gobiernos de Quito» Popay«a y 
otros de los mas poblados, teniendo dicho Yupur6 en Ik expra* 
sada cordillera su nacimiento en una laguna situada entse lai 
ciudades de Almaguen y Pasto ; de forma que trasaado U linm 
según quería el Comisarlo portugués, lejos de evitarse la eeam- 
nicacion entre los vasallos da una y otrg corona, se íaettitaria na 
términos que no sería posible impedir las disensiones y raotproQos 
contrabandos." 



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— 138 - 

La línea de Zea^-como es de verse eti el mapa queaoompafia 
lof documentos, concede al Brasil un territorio mucho mayor 
que ei definido en sus tratados con la Nueva Granada y con Ve- 
nezueta, pues la lleva hasta cerca de la boca del rio de los ESnga- 
ños, aunque no debe ser por la orilla septentrional del Yupuri, 
como dice el Sr. Briceilo, sino por su medio ; la continua por las 
sierras de lo interior, y de ellas rectamente á la isla de San José 
en el Rio- Negro; y después por el curso de este y el Casiquiare. 

Nadie rechazará por despreciable la autoridad del ilustre co«> 
lombiano Zea, el orador mas elocuente de la República, el patriota 
que le prestó grandes servicios dentro y fuera de ella, y que tanto 
se empeñó en Europa en darla á conocer al mundo. Este célebre 
sabio fto trazó la frontera de Colombia con el Brasil sino después 
de haber estudiado mui esmeradamente los tratados de 1750 y 1777.^ 

£1 Brasil por transacción ha convenido en una línea diferente 
de la de Zea. 

. La de Humboldt, que el Sr. Briceño presenta en tercer lugar* 
la da invertida, no se sabe con qué objeto. En vez de describirla 
empezando en el Amazonas, conforme al tratado que, supuesta 
su validez, seria la regla de las reglas, toma la línea en el lugar 
en que Ja cordillera de Pacaraima por los 4" de latitud boreal abre 
paso al rio Rupunuri y aSade : - '* Siguiendo después la ladera 
austral de la cordillera que separa las aguas del Caroni de las del 
xio Branoo, se dirige sucesivamente hacia el O. por Santa Rosa 
al origen del Orinoco, hacia el nacimiento del rio Mavaca y del 
Idapa (latitud 2% longitud ñS"") y atravesando el Rio-Negro, á la 
isla de San José (latitud l^" 38,' longitud 69» 58') cerca de Sao 
Cirios del Rio-Negro ; hacia el O. S. O. por llanuras enteramente, 
desconocidas, al Gran Salto del Yvjpurá ó Caquetás situado cerca 
de la embocadura del rio de los Engaños (latitud aust. 0"^ 35') ; y 
en fin por un retroceso extraordinario, hacia el S. E. al confluente 
del Wí Yaguas con el Putumayo ó Iza (latitud S^" 5' aust) ; punto 
donde «e tocan 1^ naisiones esp-moías y portuguesas del Bajo 
PuUim&yo, y desde el cual la frontera de Colombia se dirige al 
S» atravesando el Amazonas cerca de la embocadura del Javary 
QDtre Loreto y Tabaiinga, y alargando la orilla oriental del rio 
Iftvary hasta 2'' de distancia de su confluente con el Amazonas." 

La demarcación de Humboldt es igualmente favorable al 
BrasiU como lo compruel^t la carta citada. 

Y las noticias de él que en seguida copia ei Sr. Briceño, son 
contrarias á su propósito, manifestando la larga y pacífica pose- 



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— 134 — 

sion que tenían los portugueses en lugares' que no ha recIsAmado 
el Brasil en su deslinde con la Nueva Granada, ó respecto áfos 
cuales ha cedido de su derecho. 

Se halla ademas aquí una observación de Humboldt que 
fuera lástima no aprovechar. Es que " tampoco podría cónsul 
rarse como límite de la Niteva Granada la orilla izquierdxi Íel 
Amazonas desde el Abatiparaná hasta el Pongo de Maiueriche 
fin la extremidad occidental de la provincia de Mainas. Los por- 
tugueses han tenido siempre la posesión de las dos orillas hasta 
el este de Loreto (longitud 71* 54^ ; y hasta la posición de Ta- 
IbatingsT, al Norte del Amazonas, donde está el último destacamento 
portugués, prueba suficientemente que la orilla derecha del Ama- 
zonas rntre la boca del Abatiparaná y la frontera junto á Loreto, 
.jamas ha sido mirada^ por ellos como perteneciente al territorio 
español ." 

^1 Sr. Briceño, que en un pasaje de su escrito asegura que 
los tratados dan claramente á Venezuela la confluencia del Yu- 
purá con el Amazonas, y que en otro lugar se reconoce ignorante 
de* los términos de la Capitanía general de Caracas, suministra 
ahora el dato importante, como él lo califica, de que la Nueva 
Granada seria la que confínase con el Amazonas desde el Abfíti- 
parnná hasta el Pongo de Manseriche en la extremidad occidental 
fie la provincia de Mainas, 

Inserta ademas el Sr. Briceño la carta del "Barón de Humboldt 
a] Capitán General de Venezuela, en donde asegura que la Ifnea 
eqoinoccinl ^"-deb&sQv el límite entre las posesiones portuguesas 
y líis de 8. M. Católica; y según el mnpa del Excmo. Sr.de 
Solano, publicado por el padre Caulin, el fiiertecillo de San Carlos 
y la fortaleza portuguesa de San José de los Manvitanos." Esta 
segunda cláusula queda sin sentido porque se ha cercenado una 
parte de ella, y restablecida, dirá : ** y según el mapa del Excmo, 
pr. de Solano,* publicado por el padre Caulin, el fuertecítlo de 
San Carlos se halla verdaderamente en 0<» IT* y la línea pát» 
entre San Carlos y la fortaleza portuguesa de San José de los 
Marivitanos." Dice ademas "Humboldt que la isla de San José 
y el cerro de la gloria de Cucuy, que son los limites actuales 
(1800) se hallan todavía á mas de treinta y dos leguas de latinea, 
Que esta debe pasar 6 muí cerca, Ó ya al Sur de San Gabriel 
de las Cachuelas : de modo que la misma fortaleza de San José 
de los Marivitanos, y verisímilmente los pueblos portugueses de 
fían Juan Bautista, Nuestra Señora de Guaya, San Felipe, C||l- 



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— 185 — 

der<>o, San Joaqulo, San Miguel, y los bosques de Puchey debiati 
pertepecer al Gobierno español. Que su terreno era mui rico y 
cultivado, y valia mas que todo el Rio-Negro actual, que no 
comprendia mas que setecientos indios reducidos á los cuatro 
pueblos Mohava, Toma, Duvi'pe y San Carlos. Que seria inútil 
también que entonces se atendiese mas (i sostener los límites al 
Este, porque los portugueses, sin poder ser vistos de la fortaleza, 
subian por los ríos Cababury, Baria, Pacímory y Toyapa hasta 
la laguna de Mobaca y la Esmeralda, mas allá de los estableci- 
rqientos españoles, buscando en estos últimos la preciosa zarza 
que es mui superior á cualquiera otra conocida, y faac« un ramo 
de comercio del Gran Para. 

Nadie mejor que el mismo Humboldt explicará \z cansa de 
Ifi equivocación cometida en esa carta respecto al punto por 
donde debiera pasar la linea divisoria. El Sr* Comendador Mf- 
gucl María Lisboa comimicó al Barón de Humboldt k>s tratados 
de limites por él concluidos con Venezuela y Nueva Granada* 
|)idi^dole su opinión acerca de los mismas, £n su contestación 
hahU este sabio del modo siguiente. 

'** Señor. Mui recooocido por la confianza que me quisfsleU 
tnanifeitar, y que debo pin duda á la aJEecluosa benevolencia deü 
6r, Caballero de Araujo, estudié los documentos que tratan de la 
Convención que tan felizmente concluísteis^ y que &erá g¡n duda 
adoptada en momentos mas tranquilos. Cuando se hizo la paz 
de París, fui convidado por el Duque de Wellington ¿ redi^ctar 
una memoria sobre los límites de la Guayana portuguesa, que 
fué publicada en la colección diplomática de Schoell, después de 
haber merecido la respetable aprobación de vuestra Corte. Las 
infiertidumbret que reinaron por tanto tiempo sobre los límites de 
las posesiones brasileras en la hoya del Rio-Negro tuvieron origen 
en gran parte en la preferencia que se quiso dar á suposiciones 
vagaSf relativamente al punto en que el Rio-Negro es atravesad^ 
por la equinoccial^ en lugar de adoptar las indicaciones mas sen- 
cillas y mas seguras (á falta de toda observación de laütmd) que 
suministran los coriflv^ntes de dosrios. 

/< Cuando el Sr. de la Condamme fué al Para, se creía que 
esta ciudad estaba colocada debajo de la equinoccial ; él la halló 
en el V 28' al Sur de ella. Durante medio siglo se creyó en la 
Qapitanía general de Caracas, qice el hábil ingeniero Don Gabriel 
Qlapero habia construido el ftuertede San Carlos en el punto por 
donde pasaba la equinoccial. 



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— 186 — 

** Nwguna observación astronómica se había pracHcaio eü 
ésas regiones antes que él fuese allá. La real expedición de KittkeÉ 
de Solano no pasó de la conjluencia del Ouatiare con el Orinoco. 
Yo hallé el fiíerte de San Carlos en latitud !• ST 4«' a/ Narie.^ 

Esa tradicioD del tiempo de los demarcadores, según la cual 
debía pasar la raya por el Ecuador, nació de creerse que la equi- 
noccial y San Carlos eran una misma cosa ; y como ae sabia que 
Iturriaga y los demarcadores sostenían la pretensión de San 
Carlos, se pretendió que eso equivalía á reclamar el territorio 
hasta la equinoccial. Pero ni el tratado de 1777, ni documenta 
alguno mencionó jamas como límite la equinoccial, de que se sabe 
haberse hablado incidentalmente, por suponerse estar debajo de 
día el fuerte de San Carlos. Este fuerte es el verdadero limite 
según la posesión de los españoles, cualquiera qne sea su latitorf, 
ó la que erradamente calculó Clarero, ó la que Humboldt reetí* 
ffcó después. 

Cayendo el fundamento de la equivocación, vienen ¿ tierra 
todas las consecuencias sacadas de ella« Tal es la de que debian 
pertenecer al Gobierno español la fortaleza de Sin José de los 
Marivitanos, y los pueblos portugueses de San Juan Bautista» 
Nuestra Señora de Guaya, San Felipe, Calderón, San Miguel y 
los bosques de Puchey. 

Pasa el Sr. Brícefio á describir la Ifnea del mapa de Stanner 
publicado en Londres en 1828; y oomienza por referir la adver* 
tencia del autor, de que los límites con las posesiones españolas 
se han fijado con arreglo á los tratados de Espajla y Portugal 
de 1777 en San Ildefonso y 1776 en el Prado. A este pasaje pone 
el Sr. Briceffo una nota concebida ns( : «* Tanto esée maja ctnm^ 
^ Sk". Coronel Codazzi en su geografía de Venezuela se rc^beren ú 
este tratado de 1778, que en nuestro concepto no existe. Ni el 
sabio Humboldt ni Montenegro lo citan en sus respectivas obras; 
La Secretaría de Relaciones Exteriores de Venezuela tampoco 
tiene conocimientp de tal tratado, que probablemente se toma por 
ei de 1750." 

j Cuan extrafk) parece que el Sr. Briceño no supiera ta 
existencia del tratado hecho entre Portugal y Espala en \*^ de 
Marzo de 1778, y á que accedió Francia en 1788 ! No se nece- 
sitaba ninguna diligencia para hallarlo, pues con abrir cualquier 
fx>leccion de tratados habria Tisto el (|ue afirma no existir. Bia 
un tratado de neutralidad, garantía y comercio concluido, no eo 
p\ Prado, como dioe la cita áfA Sr. 3rícefto, sino en el Pardoy por 



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Don José Mollino, Conde de Florida Blanca, Pienipotenoiarío de 
España, y Don Francisco Inocente de Souza Coutinho, Plenipo« 
tenciarío de Portugal, y en que se renuevan y explican todos loe 
deoias tratados precedentes que subsistían entre ambas Potencias. 
Tiene diez y nueve artículos, y la razón de citarse junto con el 
de 1777, es que su articulo 3*> dispone : 

'*Con el propio objeto de satisfacer á los empeños contraidos 
en los antiguos tratados y demás á que se refirieron aquellos y 
que subsisten entre las dos coronas, se han convenido sus Mages- 
tades Católica y Fidelísima en aclarar el sentido y vigor de ellos ; 
y en obligarse, como se obligan, á una garantía reciproca de 
todos sus dominios en Europa é islas adyacentes, regalías, privi- 
legios y derechos de que gozan actualmente en ellos ; como tam- 
bién & renovar y revalidar la garantía y demás puntos establecidos 
eo el artículo 2d del tratado de limites de 19 de Enero de 1750, 
el cual se copiará á continuación de este, entendiéndose los limites 
que alK se establecieron con respecto á la América meriáionáli en 
los términos estipulados y explicados úkimamejUe en el tratado 
prelifáiTtar de l^ de Octubre de 1777. Y mendo el tenor de diebo 
articulo como sigtie. Para mas plena seguridad de este tratado,' 
convinieron ios dos altos contratantes en garantirse recíprooa- 
mente toda la frontera y adyacencias de sus dominios en la Amé- 
rioa Meridtonal, conforme arriba queda expresado; obligándose 
cada uno á auxiliar y* socorrer al otcy> contra cualquiera ataque 
ó invaiion, hasta que con efeeto quede eo la pacífica posesión, oto 
Ubre y entero de h) qoe se le preCeodiese usurpar ; y esta obliga** 
don, en cuanto á las costas del Mar y países circunvecinos á ellas» 
por la parte de S. M. Fidelísima se extenderá hasta las margene» 
del Orinoco de ona y otra banda, y desde Castillos hasta el estre- 
cho de Magallanes : y por la parte de S. M. Católica se extenderá 
hasta las márgenes del rio de las Amasónas ó Mnra&on, y desde 
el dieho Castillos hasta el puerto de Santos : pero, |x>r lo que 
toea 4 lo interior de la América Meridional, será indefinida eata 
obligación ; y en cualquiera caso de invasión ó sublevación, cada 
ana de lai dos Coronas ayudará y socorrerá á la otra hasta po- 
nerse las eosas en el estado paoifieo.'' 

* Por otra parte, si se acude á la geografía general para el 
nao de la juventud' de Venezoelat de Montenegro, se hallará á \m 
Imaginas H y 3* del tomo 4.» el signiente pasaje sobre la extensión 
é» la ttepáblioa« 

^Si se comprendiera en su territorio el cabo Ckickivacoa, en 



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- 188 - 

el'cwl 06 fija d prmcipio de sa líaea divisoria con la Nueva Gra- 
nada por el articulo 217 del tratado, no ratificado d^ 14 d^ Di- 
iiíenibre de 1^8 que se copió al folio 917 del tomo 3% el término 
ans septentrional de la República, se bailaría 4 los 12^ 16' de 
krttlud N. y TI» 17' 30" de longitud al O. del cneridiano 4# 
Greenvich ; pero como dicho cabo pertenece al territorio inde- 
pettdjeote de la Goagira, su parte mas septentrional es el cabo 
Sam Bsmm, á los 12» iT de latitud N. y 70» O' 10" ^ie longitud O. 
y cu psrteaias meridional con arreglo á los tratados celebrados en- 
tr# Espada y Portugal en 1» de Octubre de 1777 y e» 11 ds Mar» 
X0 de 1778 el curso del rio Yuj^urá, después que lo ha engrosado 
el rio Apaporis, procedente de la Nueva Granada, y ¿ntes de la 
e m b oc a du ra del Yaracapi en el mismo Yupurá^ sobre los 1» 48' 
4e latitud S. y 68» 35' de longitud O." 

Es verdad que hai una leve equivocación en eso por haberse 
pqosto 11 de Marxo en lugar de 1» de Marzo: pero está citado 
el tratado de 1778, lo que niega el Sr. Bríciedo. 

Cominua él y dbe. <' Toma Stamier nuestra línea en la 
ttiintta confluencia del Guaporé y ACamoré y la dirijo al punto 
<M Javary» indicado eñ la línea de Humboldt. Sigue basta ;bu 
•mboeadttra en el Amazonas: corre después con las aguas de 
m^ rioy basta atravesarlo mas abajo de Matura para subir casi 
al Norte, á buscar la embocadura del lea ó Putomayo, y siempre 
«a -la misma díreceioo, cortando el Yupurá y el ftiá>-N^rpv ff^ 
mero cérea de San Joaquin y después en la isla de Sm Jos^ 
éñwié donde sigue á tomar la serranía. JBsta línea al llagar i 
las cabeceras del Mahá, sigue al Su^ por la Sierra Conocou, hasta 
las vertientes del Vanamao ; de allí retrocede en la dirección d^ 
la Sierra Acarai en donde se unen los límites de las poaesjones 
espaftolas con los del Brasil y Guayana Inglesa." 

Esrta línea solo va acorde con el tratado de 1777 en ciiMio 
recorre el Javary, y desde su desembocadura en el Amaióiias el 
corso de) último ; pero no cuando busca la desembecaduva del 
lea 6 Putumayo, de que no habla aquel pacto ; ni al cortar el 
Yupurá, que al contrario debefia seguir por su naedio ; ni ea b 
parte donde corta dos veces el Rio-Negro* Oe la iaki de 3ao 
losé en adelante conviene con las demás líneas, tomaodo ios 
Montes qoe medían entre el Orinoco y el AmasróoAs» 

Por vía de comento agrega el Sr. Bricefio que ^ el Sr. José 
Manuel Restrepo, en su historia de la revolución de Colombia 



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— 189 — 

éstál/lece tas fronteras de Venezueio por )a GDayunt Ingteni y <i 
Braiíl, con arreglo á la linea descrita por Stanner,** 

Para jozgar de la exactitud de esta observación, tómete <i 
mapa de Cotombia que acompaña la historia de sn rerohioíon por 
Restrepo, ó consúltese el texto de la obra, donde éi describe ui 
ios límites de aquella República. ** Desde la boea del Javmrjr 
principia Colombia á ser limitrofe de los estableeimieKCw fotí»- 
gaeses del BpasH, al qoe correspotide la margen «ottrst d«l AmÉ« 
tsónas y la Septentrional á Colombia hasta la boca mas ooeUmUsi 
del Tupurá ó Cagueta que desagua en el Amazonas y qm loe 
portugueses Efostenian ser el Awtiparaná. Cemforme al iirñm éQ 
entre España y Portugal de \** de Octubre de 1777, éehe -Aüp» 
minarse este punto, y siguiendo después d Y apuré a/nüm-é káeéa 
el Oriente hasta la laguna de Onamopi, estabhcerse wm Umsa 
hada el Norte á cortar el Rio Negro por donde desagua enélei 
rio Cababuris enfrente á Loreto ; el limite continua por el cwmo 
de este rio arriba hasta su nacimiento que se inclina mo» al Norte^ 
y desde allí al mismo rumbo hasta la cima de la Sierra de Thra 
guata ó Maraguioyo, siendo de Colombia la parte occidental y la 
oriental del Brasil. Esta Sierra y la de Pacaraima que signe 
disidiendo las aguas del Orinoco de las del Amazonas coatiniiiii 
Mcia el Este, siendo el punto divisorio bien pronunoiado de tes 
dos naciones hasta tocar con la Guayana antes holandesa y «hen 
inglesa, rodeando las ca1)eceras del río Ruptinurí, y del ako Ese- 
ijnrbo, cujras agoas divide de las del Maraffon la Sierra de Tu- 
micuraqne. De allí se vuelve hacia el Noroeste por las Sieme 
mas altas de los Manises hasta la embocadura del río Sibroma ó 
Bibároma -en el Eseqoíbo." 

Aquí no hai Matura, ni lea ó Pntumayo, ni sección del Yu- 
poré, ni del Rio* Negro en San Joaquín y San José, sino S4»io en 
Loreto, ni Mahn, ni Sierra de Conocen, ni vertientes del VaAamao, 
ni Sierra Acarai. Por el contrario, la línea de Stanner no hace 
mendon de la boca mas occidental del Yupurá, ni de su curso, 
ni de la lagupa Guamopi ; ni del Cababuris, ni de Loreto, ni de 
las SUerras de Turagoaia ó Maraguioyo, ni de Pacaraima, ni de 
Tumicuraque, ni de loe Manises, ni de los ríos Rupunury, Esequi- 
h^j Sibroma, ó Sibaroma* 

Come coincidan estas dos lineas, ó mejor dieho seMí una 
cilisina, no se ha podido entender, por esfuerzos que se han beolio. 

Prescindiendo ya de esto, se observará que ninguna de las 
dos demarcaciones es conforme á los tratados, y que en la adver- 



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- 140 - 

toacki puMta ai frente del Atlas unMo á la historia de Eesirepo* 
ee maDifiesta c4iaQ poca confiaiuut tenia el mUmo autor en los 
limitas que asignaba 4 Colombia. He aquí su coatsxto. 

«« Los límites de Colombia con Guatemala y al Perú aun e^^B 
itteiefies ; hemos seguido, pues« las lineas que nos han parecida 
mas arregladas á las disposici&nes vagas del Gobierno Español 
meerca del territorio de sus aTUiguas colonias, Skm igualmente 
immréee los Itmiies de Colombia con el nuevo ¡mperiq del Brasil y 
ern^ la Guanana antes holandesa, pero no en las costas^ sino por 
el interior. Kn cuanto á los limites con el Brasil, nos hemos arr^ 
glado á los tratados entre Espajia y Portugal^ y alas diviuones 
que hicieron de estos desiertos, que en la mayor parte no podían 
reeorreree, y que aun son descoruKidos. Los de la Guayana hoí 
inglesat se ban trazado coa ai-reglo á la posesión que tenia España 
hasta el rio Esequibo^ y que está maroada en los mejores mapas 
publicados en la misma Inglaterra." 

.Y fuera 'deesa, Restrepo dice, por ejemplo, qiifs según el 
tratado de 1777, debe determinarse cuál es la boca mas occidental 
áp\ Yupqra. ¿ Y cómo puede hacerse semejante determinación 
sino de común acuerdo de ambas partes ? Es una de las mas 
obvias reglas de interpretación, que ninguna de las partes intere- 
Sfulfis 60 el contrato tiene derecho para interpretar la escritura 
según su voluntad. Porque, si alguno tiene libertad para fijar á 
ifu propieHL el significado que le plazca, tendrá facultad de obU- 
giirme á hacer lo que quiera, contra mi intención y traspellando 
mis empeños: y por otra parte, si se me permite á mi explicar 
mis promesas como me plazca, yo puedo hacerlas vanas é ilu- 
sorias dándoles un sentiilo enteramente diferente del que presen- 
taban al otro, y en que él debió haberlas entendido al tiempo de 
aceptarlas. O lo que es igual, las naciones son independientes 
unas de otras, y por consecuencia no les es permitido imponer á 
las demás como sentencias sus opiniones. Cuanto se haga entre 
ellas, ha de ser resultado de mutuo consentimiento, sin lo cual el 
acto no tiene fuerza obligatoria. 

Se hace la antecedente observación para responder con ella 
á todos los que, apartándose de la letra del tratado de 1777 y de 
la intelijencia que le dieron los Plenipotenciarios de Portugal y 
EspaSa ^icargados de la demarcación, ó sea de su cumpUnúento, 
pretenden no seguir el curso del Yapurá hasta la boca del Apa- 
poris cuando menos. Este es el punto en que los Comisarios 
Portugués y Español convinieron quedaban cubiertos los estable- 



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- 141 — 

crlmientos portagneses de las orjilasr del mismo Yui^urá y díel Negror 

Al pasar á la linea de Codazzi, observa el Sr. Brícefio que 
ese autor adoptó un procedimiento contrario al que convenia á 
hs intereses del CMbwmo de Venezuela que le empleó en el trato de 
las cartas corográficás delpais; que figuró como perteneciente af 
Brasil en la provincia Guayanesa todos los terrenos usarpadoe é 
de dudosa fxosesion, cuando en concepto del Sr. Brícefio deUé 
agregar á Veaezuela^nosoloei territorio que incuettionabl emente 
le corresponde, sino también el que reclama con tiUitos más é 
menos valiosos. 

Aunque este punto se esclarecerá mas adelante, por ahora sé 
hace prenda de la confesión del Sr. Briceño, cuando asevera* 
como es indudable, que el Gobierno de Venezuela empleó al Co- 
ronel Codazzi en trazar los planos 'corográficbs de ella y se le 
arguye asi. El Congreso de la República, á diferencia de lo qué 
se hizo en Nueva Granada con el mapa del General Acosta, en 
ocasión de haber presentado ejemplares de sn obra al Poder Eje* 
cutivo, no protestó contra los límites allí descritos. Lejos de eso, 
no solo aprobó los trabajos del Coronel Codazzi, reconociendo por 
el mismo hecho que eran sacados de fuentes oficiales, sino que 
premió de diversos modos al ilustrado Ingeniero. Tal conducta 
importaría la renuncia expresa de los derechos que tuviera Ve- 
nezuela, si realmente los hubiese tenido, á mayor espacio del que 
seffaló la carta de Codazzi. Mas luego se verá que el Grobierno 
de la República con otros actos y documentos ha confirmado la 
exactitud de aquella demarcación. 

Antes habló el Sr. Briceño de derechos claros de Venezuela; 
en otra parte admite que no sabe los confínes de la Capitanía 
General de Caracas : aquí habla de terrenos usurpados ó de du- 
dosa posesión. ¿ En qué se fijará últimamente ? 

"Tomando pues en cuerna,'* prosigue el Sr Briceño, **el 
territorio que en el mapa de Colombia por Codazzi, ae figura como 
usurpado por el Brasil y los ingleses, la Unea de limites que veni- 
mos describiendo, comenzando por el Este, parte de las Sierras 
donde nace el Rupunury, como la línea de Stanner, con la cual 
corre conforme hacia el Oeste, hnsta encontrar los cerros de 
ArchiVaqueri. De aquí toma at nacer el Cababury, hasta su 
desembocadura en Rio-Negro. Continua casi al Sur hasta la 
laguna Gumoapi ó Marachi sobre el Yupurá, de donde se dirijo 
por su orilla hasta su boca mas occcidental en el Amazonas, para 



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m^Ar db^MiM la mirgoa raeridioaal de eite gran rio. luMto el 

^ Pero, iroIreiBOf ¿ advertir, al Coronel Qodavd oo figura 
oomo de Venesoela todo este territorio. Los limites de la Rspá* 
Miea eoQ el Brasil, los Ueva por la serranía como Humboldt^ per 
k mitad del eaik> Maturaca, y los cierra por las cabeceras del 
Memadii, afloeute del Guaiaia ó Rio-Negro, doade corta la línea 
Noiee, Sur, tirada desde el Paso del Viento en el projrecto de 
tratado qite negodó el Sr. Santos Micbelena ea 1884, y que fui$ 
desaprobado, en cuanto á limites, por nuestra Legislatura," 

Pareoeal Sr. Brice&o que la linea mas ventajosa 4 Veoeisuela 
es la determinada por Codazzi al figurar las usurpaciones del 
Brasil, y por cierto la mas conforme á los tratados, porque toman- 
do el Cababury por linde, se^cumple lo que dicen de *' continuar 
la froatmu por en medio del rio Yupurá y por los demcLs rios que 
m hjunien y as acerquen mas al rumbo del Norte hasta encontrar 
le alio de la cordillera de montes." 

Aquí cita otra Tez el Sr. Briceiío el tratado de 1750, en lugar 
ésl de 1777 ; sin conocer que el primero convenia mas á Portugal 
i}ue el segundo, oomo que, con arreglo á él, el Brasil habria de 
internarse necesariamente hasta la boca del rio de los Engaños 
6 aun joas allá. Ast juzgaba el Comisario Español Requena en 
loepaaajea que ya se han aducido. 

Cualquiera* al leer las palabras preinsertas del Sr. Briceño, 
ee figurant que el Cababury se junta al rio Yupurá, lo &ual es 
enteramente inexacto. Con efecto, él es uno de los afluentes 
septentrkMialos del Rio-Negro. Que se acerca al rumbo del Norte, 
oo tiene -duda; pero no es solo esto lo que debe procurarse. Está 
bien, que se escojan por límites los ríos, después que se haya seña- 
lado en el Yupurá y el Rio-Negro el punto que cubra los estable- 
cimientos de los portugueses en las orillas de ambos. Compá- 
PMiae los tratados de 1750 y de 1777, y se hallará que son mui \ 
diferentes uno de otro, que no pueden sustituirse reciprocamente, 
conK> sin pensar los confunde el Sr. Briceño. Téngase presente 
que el tratado de 1750 fué amrlado por el de 1761, y que, aun 
cuando algún tratado de paz hubiese tenido la virtud de hacer 
revivir los demás existentes entre Portugal y fv^paña, imposible 
habría sido que resucitase el de 1750, deshecho, no por motivo 
de guerra ni otro semejante, sino por expresa vpluntad de ambas 
partes, que, así como se obligaron en 1750, quisieron desligarse 
en 1761. 



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- Í4Í- 

£9 tratado de 1750 no rige, segotí lo» pledipotenciariot de 
Espafia, sino en la parte de! artículo 9.* para la cual se cita en •! 
de 1777, esto es para cubrir los establecimientos que tenían 
entonces los portugueses y -el canal por donde pasaban del 
Yupurá al Rio- Negro. También su artículo 25» que estaUeee 
la garantía de los territorios de Portugal y España en AfiaérU 
ca, fué renovado, revalidado é incorporado en el tratado de 
neutralidad, garantía y comercio concluido en el Pardo á lé* 
de Marzo de 1778. Este mismo convenio manda que loa lí* 
mites establecidos en el de 13 de Enero de 1750 con respecto 
á la América Meridional, se entiendan en los términos estipulados 
y explicados últimamente en el tratado preliminar de 1^ de Octubre 
de 1777. 

Es necesario repetirlo: el tratado de 1750 previene ipe 
^ continuará la frontera por en medio del rio Yupurá^ y por lee 
demás ríos que se le junten y se acerquen mas al rumbo del Norte» 
hasta encontrar lo alto de la cordillera de montes que mediae 
entre el rio Orínoco y el Marañon ó de las Amazonas, y seguirá 
por la cumbre de estos montes al Oriente hasta donde se extiendli 
el dominio de una y otra monarquía.** Dispone también que los 
Comisarios demarcadores tengan particular cuidado de sefteler 
la frontera en esta parte subiendo aguas arriba do la boca mis 
occidental del Yupurá, de forma que se dejen oabiertos los esta- 
blecimientos que actualmente (1750) tengan los portugueses ¿ 
)as orillas de este río y del Negro ; como también la cenauotoa- 
cion ó canal de que sé sirven entre estos dos ríos. El Iratttdo 
de 1777 atendió principalmente á cubrir los estableetnrísotos y 
comunicación referidos ; alteró pues la redacción del artículo asi: 
** Continuará la frontera subiendo aguas arriba de dicha bota mm 
occidental del Yupurá, y per en medio de este rio hasta aquel 
punto en que puedan quedar cubiertos los establecimientos portu- 
gueses de lás Orillas de dicho rio Yupurá y del Negre, como también 
h, comunicación ó canal de que se servían los mismos -portugue- 
ses entre estos dos ríos, al tiempo de celebrarse el tra^tado de 
líñfkites de 13 de Ebero de 1750 conforme al sentido literal de él 
y de su articulo 9<», lo que enteramente se ejecutará segua el 
*estado que entonces tenian las cosas, sin perjudicar tampoco á las 
posesiones españolas ni á sus respectivas pertenencias y comuni- 
caciones con ellas y con el rio Orinoco : de modo que ni los espa- 
ñoles puedan introducii-se en los citados establecimientos y comu- 
uicacioo |K)rtuguesa, ni pasar aguas abajo de dicha boca occidefi- 



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tal del Yiipuri, ni del puoto de linea que se formará en el Rio- 
Negro y en lo8 demás que en él se introducen \ ni los portugueses 
suUr aguas arriba de los mismos, ni otros ríos que se les uneo, 
para pasar del citado punto de la línea á los establecimientos 
espaRoles y ásus comunicaciones; ni remontarse hasta el Orinoco 
oi extenderse hacia las provincias pobladas por España, ó á los 
despoblados que la han de pertenecer según ios presentes artícu- 
los; á cuyo fin las personas que se nombraren para la ejecución 
de este tratado, señalarán aquellos límites buscando las lagunas 
y rios que se junten al Yupurá y Negro, y se acerquen mas al 
rumbo del Norte, y en ellos fijarán el punto de que no deberá 
pasar la navegación y uso de la una y otra nación, cuando apar- 
tándose de los rios haya de continuar la frontera por los montes 
que median entre el Orinoco y Marañen ó Amazonas, endere- 
zando también la linea de la raya, cuanto pudiere ser, hacia el 
Norte, sin reparar en el poco mas ó menos de terreno que quede 
á una ú otra corona, con tal que se logren los expresados fines, 
hasta concluir dicha línea donde finalizan los dominios de ambas 
monarquías," 

Tres son los fines dominantes en este artículo. El primero 
y principal, cubrir los establecimientos portugueses de las orillas 
del Yupurá y del Negro, y la comunicación ó canal de que los 
portugueses se servían entre estos dos rios el año de 1750. El 
segundo, poner trabas al paso de los portugueses al territorio 
Español y de los españoles al territorio portugués, evitando sobre 
todo que se comunicasen por los rios. El tercero, dividir el Ori- 
noco y sus afluentes, del Amazonas y los suyos, como medio eficaz 
de conseguir aquel otyeto, á lo que contribuye también el conti- 
nuar la frontera por los montes que median entre el Orinoco y 
el Amazonas. ,. 

Ahora bien, ¿cuáles son los puntos del Yupurá y Negro que 
llenan las condiciones del artículo ? Hable, no Portugal, sino* 
España representada por su Comisario el Ingeniero y Brigadier 
Don Francisco Requena, Gobernador de Mainas, que debía ha- 
llarse perfectamente impuesto de la materia por todas sus circuns- 
tancias. 



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-145- 



NOVENA DISPUTA. 



^ Sobre el ponto que en el río Yapurá debe terminar la comnn nave- 
on de ambas i * 
•egon se previene < 



gncion de ambas naciones, para qne desde él continué la demarcación 
•effon se previene en el articulo 12.^ 



** Desde que los Comisarios conferenciaron en el pueblo de 
Jefé sobre el modo de trazar la linea divisoria en esta parte» 
conoció el español la disputa que habia de suscitarse, pues sin 
embargo de que en el mapa que presentó el portugués se demar- 
caba un rio que conforme al espintu y letra del tratado se dirigía 
al rumbo del Norte dejando cubiertos los establecimientos portu- 
gueses, y propuso aquel que se conviniera en que por él se lle- 
vara la demarcación, no pudo conseguir este previo acuerdo para 
facilitar las operaciones, ni una copia de dicho mapa para diri- 
girlas con mas acierto ; y por último se negó también el Comi- 
sario portugués á que se firmara por ambos, como lo solicitó el 
español, con la protesta de que quedarla en poder de aquel : aun- 
que esto era cuanto podía desear el Comisario portugués respecto 
de que estando levantado dicho mapa por los mismos portugueses 
•in concurrencia de los españoles, y sabíendos estos la menos 
buena fe de aquellos, debian desconfiar de su rectitud, á nada de 
lo propuesto se convino. 

** Luego que el Comisario español navegando con su concU' 
trente portugués, que fué el segundo^ aguas arriba del Yupurá, 
Uegó á la boca del expresado rio, que es el ApaporiSj le hizo obser^ 
var que en él se encontraban las circunstancias prevenidas de 
e$Urar en el Yupurá por el nimbo del Norte y dejar cubiertos los 
establecimientos portugueses del mismo Yupurá y del Ne^o. 

** Desentendiéndose de esto el portugués en unas ocasiones 4 
interpretando en otras á su arbitrio lo dispuesto en los artículos 
12 del tratado de 1777 y 9<> del de 1750 mandado tener presente 
para la demarcación prevenida en aquel, dedujo la solicitud de 
que la línea debía dirigirse por el rio Comiari ó de los Engaños^ 
<)ae entra en el Yupurá mucho mas arriba del Apaporis, hasta 
•DCODtrar por él la cordillera que divide aguas por el Norlo A 
rio Orinoco y por el Mediodía al Marañan ó Amazonas. 

** A ese fin expuso que debiéndose buscar el rio cuya direc- 

10 



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— 14^ — 

cíon estuviera mas al Norte, se aproxirt)aba más hacía este rumbor 
el Comiari, más que el Apaporis ; y añadió que asi convenía tam- 
bien, porque el primero de estos dos ríos tiene menos saltos qu9 
ti segundo. 

^* Cuando el Comisario portugués manifestó estas razones en 
apoyo de su solicitud, no ignoraba su falsedad, pues ya habia re- 
conocido su segundo Comisario ambos ríos, y acaso confiaría que 
el español dando asenso á sus noticias, como lo habia ejecutado 
en Jefe respecto del mencionado mapa del Yupurá y terrenos 
contiguos, levantados por los mismos portugueses, asentiría ahora 
i la propuesta dirección déla linea, descansando sobre su palabra 
acerca de la más próxima dirección y curso del Comiari al 
rumbo del Norte y de su menor número de saltos» respecto del 
Apaporis. 

'^ El Comisario español, como aun no habia reconocido los 
expresados ríos, se ciñó á rebatir la solicitud del portugués con 
Has terminantes expresiones de los tratados. Le hizo observar 
que, según el artículo 12 del de 1777, solo debia subir la línea 
por el Yupurá hasta el punto en que pudieran quedar cubiertos 
los establecimientos portugueses de sus orillas y de las del Negro; 
y qne esto se verificaba completísimamente continuando la demar» 
eacion por el Apaporis ; y de consiguiente^ que no quedaba arbi- 
trio para seguir la navegación mas arriba ni necesidad de buscar 
otro punto para dar entero cumplimiento al citado artículo, 

** Expuso asimismo que según el articulo 9® del tratado de 1750 
hjtbia dfe continuar la frontera por el Yupurá y por los demos ríos 
que se le junten y acercan más al rumbo del Norte 

" De aquí infería el Comisarío Don Francisco Reqitena que 
ía demarcación no debia continuar mas arríba del Apaporís, res^ 
pecto de que este río se junta al Yupurá por el rumbo del Notte^ y 
deja cubiertos los expresados establecimientos portugueses^ que es 
el único punto en que el artículo 13 del trq}ado de 1777 se refiere al 
9« del de 1777.** ' 

En la linea que propone el mismo Roqueña para sustituir & 
lH del tratado, dice. 

'* Desde la boca del Tonantis que ha de quedar por la parte 
de España, según queda manifestado en la anterior disputa, se 
tirará y trazará una línea que termine en la margen meridional 
del Yupurá^ frente á la boca del Apaporís^ deforma que intercep" 
tanda aquel río quede por la parte de arriba toda la boca de este^ 



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-. 14t-. 



DECIMA DISPUTA* 



^ Sobre ol panto que conforme al articnlo 12 del tratado debe fíjmraa 
en el Rio-Negro por limite de anos y otros dominios." 



" Se ha referido ya la solicitud del Comisario portugués para 
que sin fijar punto alguno en el rio Yupurá, continuara la demar- 
cación aguas arriba hasta que por sus cabeceras se encontraran 
las cordilleras ó cuchillas que dividen aguas por el Sur al Rio- 
Negro, y por el Septentrión al Orinoco; ó igualmente queda 
manifestada la injusticia de esta solicitud. 

** Bien conoció el Comisario español que el objeto del portu^ 
gues era el que quedara por parte de Portugal todo el Rio-Negro, 
y por consiguiente les establecimientos españoles de San Carlos 
y San Agustín, situados en sus márgenes, y así lo acreditó el 
suceso ; pues con efecto pidió extemporáneamente la entrega de 
dichos establecimientos, extendiendo su ambición á la pertenencia 
de todo el Rio- Negro. 

** Esta pretensión, no menos injusta que la antecedente, la 
fundaba el Comisario portugués en que los de su nación habían 
descubierto, poseído y navegado de tiempo inmemorial el expre- 
sado Rio-Negro, citando para ello al padre Gumilla en su historia 
del Orinoco ilustrado, pero sin expresar el lagar ni referir sus 
palabras ; bien que según se infiere del contexto, parece que su 
énico apoyo consiste en que dicho historiador d\jo que no había 
comunicación por agua entre los ríos Orinoco y Negro. 

<'En comprobación de esto expuso también el tiempo en que 
los españoles, según noticias suyas, habían entrado en el último 
de estos ríos fijándolo en 1744; dijo pues, que habiendo entrado 
este año el cabo portugués de la tropa de rescate Francisco 
Javier de Moráis por el canal ó caño de Casiquiare que comunica 
las aguas de ambos ríos, halló en él al jesuíta Manuel Román, 
Superior de las misiones españolas del Orinoco, y lo condujo al 
real portugués del Rio-Negro. 

** Añadía también que, manifestándose el artículo 12 del Ira** 
tado de 1777 al 9^ del de 1750, se dispone que ha de ejecutarse 
la demarcación según el estado que tenían las cosas en este 
último año. De aquí infería que, pues entóneos no existían aun 
los establecimientos españoles de San Carlos y San Agustín sobre 



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— 148 — 

fá orilla del Rio-Negro, no debían pertenecerá España, ni trazarse 
ki lineado modo que 8e salvasen por su parte. 

^A otro sujeto no tan instruido oomo el Comisario espafiol 
Don Francisco Requena, hubiera acaso deslumbrado el portugués 
eon sus inexactas noticias históficas, y con sus sofismas y 
paralogismos. En efecto, nuestro Comisario rebatió las razones 
del portugués, manifestándole que en 168G ya tenian los españoles 
misioaes y establecimientos en las cabeceras de djcho rio y en la 
inmediación de su boca, ó desaguadero en el Maraíion por la 
parte oriental, de forma que los españoles habían en aquella 
época extendido sus conquistas temporales y espirituales por el 
curso de este rio l>asta mucho mas abajo de la boca del Negro 
que entra en él ; y por consiguiente siendo la ocupación de este 
rio por los españolea mui anterior á la época que le daba el Co- 
misario portugués, era necesario que este, para sostener su dicta- 
men, demostrara lo contrarío ; ó que probara que antes del año 
de 1686, lo hablan descubierto, poseído y navegado los de su 
nación; pero ¿cómo podría ejecutarlo cuando según los tratados 
celebrados h(|sta aquella época no pertenecía á Portugal ni aun 
la boca del Marañen ó Amazonas, como se dirá en lugar más 
oportuno 7 

" La referencia que hace el artículo 12 del tratado de 1777 
al 9* del de 1750 eo las palabras de que ha^a de ej^^cutarse la 
demarcación según el estado que entonces tenían las cos^s, es 
limitada á la conservación del canal, por donde en aquel tiempo 
se comunicaban los portugueses entre el rio Yupnrá y q1 Negro ; 
y así continua dicho aiticulo diciendo que sea sin perjudicar tajn- 
ppco á las posesiones españolas ni á sus respectivas pertenencias. 
Estas no ptieden ser otras que las de íSan Carlos y ¡San Agustinf 
sin embargo de que no existían aun en 1750, del mismo modo que 
el Comisario portugués en virtud de ¡a expresión del propio arti- 
culo en que se dice que se traze la línea desde un punto en el Yu- 
pura que cubra los establecimientos portugueses del Rio-Negro^^so- 
ticitüba que quedasen por la parte de Portugal los denominados 
Maravitanas y otros inmediatos, aunque habían sido construidos 
después del año de 1750. 

<* Así lo expuso el Comisario español, pero inútilmente, sin 
embargo de la solidez y fundamento de sus razones ; pues el sis- 
tema de su concurrente portugués era, como el de todos los nom- 
brados por la corte de Lisboa, eludir con cualesquiera pretextos 
la demarcación. 



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— 149 — 

**. Esta, según lo expuesto, debe continuar desde el punto que se 
Jije en la oriRa meridional del rio Yupurá, frente del Ápaporis, 
dejando la boca de este por la parte de España, y dirigiéndose á 
buscar un punto en el Rio-Negro entre la población portuguesa de 
Maravitanas y las españolas de San Carlos y San Agustin, con lo 
cual quedan cubiertos los establecimientos que por aquella parte tie- 
nen una y otra corona. 

" La línea enli-e los expresados puntos de los ríos Yupurá y 
Negro deberá trazarse fijando otros dos que intercepten los deno- 
minados Vaupes é Isana que corren por el terreno intermedio 
hasta entrar en el Negro y los demás que haya en aquel espacio, 

" Para la Interceptación de los expresados rios se buscarán 
algunos puntos señalados por la misma naturaleza, como saltos 
que tengan en su cursó ó alturas antiguas ; y en su defecto se 
acordará que el Vaupes se intercepte un grado al Sur del Ecua- 
dor y el Isana medio gra'Io al Norte del mismo, bajo las propias 
reglas que se han expuesto tratando de la línea que debe trazarse 
desde la boca del rio Beni en el de la Madera hasta la del Tonantis 
en el Marañen ó Amazonas. 

"Para lo restante de la demarcación prevenida en el tratado 
no haijioticias seguras y positivas que puedan servir de regla en 
el rumbo que convendrá lleve, por no haber permitido el Comisa- 
rio portugués que el español pasara, como solicitó y propuso, á 
reconocer el Rio-Negro, y de allí los paises del Oriente. El Go- 
bernador de Caracas representó ser imaginarias las cordilleras 
6 montes que suponen los artículos 9« y 12 de los tratados 
de 1750 y 1777 entre el Orinoco y el Amazonas, é hizo una des- 
cripción del curso de varios rios de aquel paraje ; pero no tiene 
esta relación toda la autenticidad necesaria para seguirla, por no 
haber precedido reconocimiento alguno al intento ; sin embargo^ 
es mui verosímil que, atendida la situación de aquel terreno, no 
ocurra dificultad trazando la línea por el espacio que media entre 
los rios Orinoco y Marañon ó Amazonas, según previene el ar^ 
tículo 12; pero seguramente seria mejor que sin atender al giro 
de los montes, si los hai, se acordara trazar la expresada línea 
por las cabeceras ó nacimientos de los rios y arroyos que por la 
parte del Norte llevan sus aguas al Orinoco y al Casiquiare, y 
por la del Mediodía á los rios Negro, Branco y Marañon ó Ama- 
zonas, de form-i que queden de la pertenencia de España las 
primeras con el lago Parima, y de la de Portugal las segundas, 

** Este método no solo qs más sencillo y fácil, sino más á 



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— 150 — 

propósito para disceruir el curso de la linea, y evitar ento siicesivo 
disputas, disensiones y contrabandos, pues como este se propor* 
clona con la navegación de los rios, y la línea los divide entera- 
mente, cesa todo recelo de que pueda ejecutarse á lo menos con 
tanta facilidad.'* 

El propio Requena en su mapa marca en la boca del Apaporis 
y el Cucuí los puntos del Yupurá y el Rio-Negro entre los cuales 
debe tirarse la línea divisoria, y este es el lugar entre la población 
portuguesa de Maravitanas y las españolas de San Carlos y San 
Agustín, con lo cual quedan cubiertos los establecimientos que 
por aquella parte* tienen una y otra corona. Aun el Comisario 
portugués Chermont firmó con el español ReqUena un acuerdo en 
que se fijaba con^o límite de la navegación común en el Yupurá 
la boca del Apaporis ; si bien por esto le exoneró la Corte de 
Lisboa, pues los portugueses pretendían que este punto sobre el 
Yupurá fuese el rio de los Engaños y después sus afluentes Mesai 
y Cuñaré; lo que reputaban necesario para cubrir los estableci- 
mientos portugueses de San Baltazar y Yavitá, usurpados por los 
españoles en 1759, mucho después del tratado, y la comunicación 
entre el Yupurá y el Negro. 

Ahora bien, se presenta este problema que resolver. Fijado 
uno de los extremos en la boca del Apaporis y el otro en San 
José, tirar la linea que ha de unirlos. La boca del Apaporis está 
á los cinco grados de longitud oriental del meridiano de Bogotát y 
la laguna Guamopí en los ocho. Esta última es también ó poco 
menos la longitud de la isla de San José, j Cómo será pues posi- 
ble que la división retroceda por el Yupurá á buscar la laguna 
Guamopí ó Marachi para cortar el Rio- Negro en la confluencia del 
Cababury y seguir después el curso de él hasta su origen? 
¿Cómo se cubrirán entonces los establecimientos brasileros de 
Loreto, San Pedro, San Joaquín, San Gabriel, Santa Aua, Saif 
Felipe, Nuestra Señora de Guia, San Juan Bautista de Mabbé, 
San Marcelino y San José de Maravitanas? ¿ No es esto lo que 
mandan imperiosamente los tratados? ¿ Por qué lo suprimen los 
que trazan la demarcación que place al Sr. Briceño? 

Requena propuso, no conforme al tratado, sino para acomo- 
darse á la conveniencia de España, dirijir una recta de la boca 
del Apaporis á San José, interceptando los rios Vaupes, Isana 
y los demás que corren por el intermedio. Pero el Brasil, ajus- 
tándose á la letra del tratado, convino con Nueva Granada en 
continuar la frontera por el curso del Apaporis hasta su unión 



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- 161 - 

con el Taraira, porque el primero es el rio que se junta al Yupur&, 
cubre los establecimientos portugueses y se acerca mas al Norte ; 
tomó luego la dirección del Taraira porque él sigue casi al Norte^ 
cuando el Apapoiis se tuerce en varios rumbos; señaló después 
¡as aguas del Taraira hasta un punto que cubra las vertientes de! 
rio Vaupes, porque este era el canal ó comunicación de que se 
servian los portugueses en 1750 para pasar al Rio-Negro; acepté 
en seguida una línea que divida las aguas del Vaupes, y del 
Iquiare ó Tsana, de las del Memachí, Naquiení y otros que van 
al Guainia, porque unas ñuyen hacia el Rio-Negro superior^ 
y otras hacia el inferior, y el tratado previene la separaciom 
d« ambos si«temas hidrográficos. Respecto de Venezuela, la 
raya empieza en las cabeceras del Memachí, prosigue dividiendo 
las aguas septentrionales de las meridionales, llega á la isla da 
San José, según el concepto del tratado y del primer Comisario 
espafiol Requena, y de allí continua por los montes que median 
entre el Orinoco y Amazonas, con estricta observancia del tratado 
en el articulo 12 tantas veces referido. 

En todo esto solo hai que hacer justicia al espíritu conciliador 
del Brasil, que ha desistido de las pretensiones de Portugal á lot 
establecimientos de San Carlos y San Agustín ; que se ha coa* 
tentado con la frontera del Apaporis en vez del rio de los Enga- 
Sos ; que pide menos de lo que le conceden el sabio Humboldt, 
el distinguido colombiano Zea, el ilustrado granadino General 
Joaquín Acosta y tantos geógrafos en quienes no cabe la sospecha 
de parcialidad ¿ favor del Imperio. 

Se deduce por tanto que la línea del Sr. Briceño es absolu- 
tamente opuesta al tratado que pretende haber seguido, y que es 
la misma de Restrepo y del mapa unido á la Geografía de Nueva 
Granada por el General Tomas Cipriano de Mosquera, Solo 
una diferencia hai entre este y el Sr. Briceño, y es que si el 
segundo la reclama para Venezuela, el primero la reclama para 
Nueva Granada. Si en Caracas se apoyan en las cartas de . 
Codazzi, en Bogotá se ha recurrido á la misma autoridad ; y coa 
efecto las partes de territorio que ese ingeniero llama usurpadas 
han sido causa de tan opuestas pretensiones. Como él no expre- 
sa contra quién haya cometido Portugal usurpaciones en Vene- 
zuela, se cree que ella es la perjudicada, y Nueva Granada piensa 
de si lo mismo. 

Hai otras muchas razones contra la línea del Sr. Briceño y 
contra todos los mapas y autoridades que puedan citarse. Aquí 



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— 162 — 

68 dable prohijar lo que decia el Sr. -Fernández Madrid en su 
ínfoxme sobre el tratado entre el Brasil y Nueva Granada, á saben 
''El Voto de los hombres inteligentes ciertamente merece citarse 
en las cuestiones diplomáticas, y en todas las demás, como con- 
cepto probable y admisible para confirmar alguna prueba ya 
alegada, en la ausencia de otras que la corroboren ; pero si ese 
voto se aduce aislado, si él no guarda armonía con ningún doca- 
mento, y sobre iodo,^ si se invoca contra el tenor expreso de pacto» 
solemnes, poco ó nada significa para la decisión de asuntos Ínter- 
nacionales^ 

Recuérdese que el tratado de 1777 mandó como capítulo 
principal cubrir los establecimientos portugueses, ó lo que viene 
á ser lo mismo, que las dos partes continuasen poseyendo Los 
Iqgares que ya poseían. En el tratado de 1750, después de ex- 
plicarse los motivos de las disputas entre Portugal y España por 
razqa de los límites de sus posesiones en América, se expresa 
que, para ponerles por siempre término, se hacen de una y otra 
parte ciertas renuncias, y que no se trate mas de la linea meri- 
diana, sino solo de lu señalada en ese convenio, siendo su ániniq 
que en él se atienda con cuidado á dos fines. '' El primero y roas 
principal es que se señalen los limites de los dos dominios, toman- 
do por términos los parajes mas conocidos, para que en ningún 
tiempo se confundan, ni- den ocasión á disputas, como son el 
origen y curso de los rios y los montes mas notables. El según- 
dOf que cada parte se ha de quedar con lo que actualmente posee, 
& excepción de las mutuas cesiones que se dirán en su lugar, las 
cuales se ejecutarán por conveniencia común, y para que los 
limites queden en lo posible menos sujetos á controversias.^ 

Otro tanto se repite en varios lugares del tratado de 1777, 
y sobre todo en el artículo 12 relativo á que se cubran los esta- 
blecimientos portugueses. 

La línea del Sr. Bríceño empieza en una de las bocas del 
Yupurá, no en el Avatiparaná, aunque allí se colocó un marco 
de división, y sigue después por la laguna Marachi, do donde 
toma al Norte buscando el rio Cababury, por el cual asciende. 
Dentro de esta línea tiene el Brasil, desde el siglo pasado, todas 
las aldeas de indios del Yupurá, de las cuales la de Curatus está 
sobre el Apaporis, y los pueblos, villas y aldeas del Rio-Negro 
hasta Maravitanas. De estos dice Humboldt, que viajó en 1801 : 
** Más abajo de la Glorieta siguen, en el territorio portugués, el 
fuerte de San José de Maravitanas, los pueblos de San Juan 



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— 168 — 

Bautista de Mabbe, San Marcelino, próximo á la desembocadura 
del Guaicia ó Vexia (de que ya hemos hablado muchas veces) 
Nuestra Señora de Guia, Boavista, cerca del rio Jeana, San 
Felipe, San Joaquín de Coane, en el confluente del famoso río 
Guape, Calderón, San Miguel de Iparaná con un fortín, San 
Francisco de las Caculbaes, y en fin la fortaleza de San Gabriel 
de Cachoeiras." £1 mismo Humboldt, en el pasaje que cita el 
Sr. Briceño, escribe. *^ Estas indicaciones pueden servir para 
rectificar los mapas, de los cuales, aun el mas moderno que se 
ha publicado bajo los auspicios del Sr, Zea, y que se asegura 
haber sido construido según los materiales que yo he recojído, 
señalan mui vagamente el estado de una larga y pacifica posesión 
entre naciones limítrofes. Se acostumbra considerar como espa- 
ñola toda la orilla austral del Yupurá desde el Salto Grande 
hasta el delta interior del Avatiparaná, donde está colocado, sobre 
la orilla septentrional del Amazonas, un marco de límite, piedra 
que los astrónomos portugueses han hallado por latitud 2® 2(f y 
longitud 69" 62' (mapa manuscrito del Amazonas por Don Fran- 
cisco Requena, Comisario de límites de S. M, Católica, 1788). 
Las misiones españolas de Yupurá ó Caqnetá, llamadas común* 
^mente mw/one* rfe /o» Andaquies, solo se extienden hasta el rio 
Caguán, que es el afluente del Yupurá por bajo de la misión des- 
truida de San Francisco Solano. Todo el resto del Yupurá al 
Sur del Ecuador, desde el rio de los Engaños y la Grande Cata- 
rata, está en posesión de los indígenas y de los portugueses. Es- 
tos tienen aun algunos establecimientos en Tabocas, San Joaquín 
de Cuerana y en Curatus ; el segundo al Sur del Yupurá ; y el 
tercero, sobre su afluente septentrional el Apaporis, á cuya boca, 
según los astrónomos portugueses por 1« 14' latitud austral y 
71^ 58' de longitud (siempre al Este del meridiano de París) los 
Comisarios españoles quisieron poner en 1780 la piedra de los 
limites, lo que indicaba la intención de no conservar el marco del 
Avatiparaná. Los Comisarios portugueses se opusieron á que 
se tomase por frontera el Apaporis, pretendiendo que, para cubrir' 
las posesiones brasilenses del Rio-Negro, era preciso colocar el 
nuevo marco en el Salto Orando del Yupurá (latitud austral 0» 
53*, longitud 75*). 

Por otra parte, el tratado de 1750 manda continuar la línea 
por en medio del rio Yupurá hasta aquel punto en que puedan que- 
dar cubiertos los establecimientos portugueses, y tomar entonces 
por los demás ríos que se le junten y se acerquen más al rumbo 



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— 15i - 

del Morte. La laguna de Marachí queda situada enfrente de la 
boca del Yupurá, y en caso de continuar la frontera por ella» re« 
•ulta que no va por en medio del Yupurá, sino que corre por un 
lago, cuando el tratado diqe lagunas y nos. Ademas, lejos de ser 
natural la demarcación del Sr. Briceno, describe una línea ima- 
ginaria de la laguaa Marachi al Rio-Negro donde desemboca el 
Cababury. 

Tampooo es posible conciliar la linea del Sr. Bricefio con el 
tratado y su fin principal, porque en 1750, época á la cual debe* 
riao volver las cosas, los portugueses ya habian establecido sobre 
el Rio-Negro las aldeas que nombró Humboldt» las cuales fueron 
fundadas aun intes de 1744 por los Carmelitas, y se servían, pa* 
ra evitar los raudales del Rio-Negro, de ia comunicación por el 
Ytipnrá al Apaporis» de este por el portaje Tequié al Vaupes, de 
este al Isana y del Isana al Tomo, por donde bajaban ai Rio- 
Negm. Para cubrir dichos establecimientos y tal comunicación» 
es indispensable trazar la línea por el rio de los Engaños ; y sin 
embargo, el Brasil se ha avenido á confinar con Nueva Granada 
por el Apaporis y el Taraira. Adoptado el lindero del Sr. Bríce- 
Ikv M laatima el tratado de 1777, que prescribe se cubra esa co« 
mnnioacjon del Yupurá con el Rio -Negro. 

No llegó á tanto nunca la pretensión de los espafiolee. Duran-^ * 
te la primera demarcación penetraron sus comiaarios en el Rio* 
Negroy en donde jamas habian tenido establecimientos algunos, 
80 pretexto de preparar almacenes para la expedición demarca* 
dora* y fundaron á San Carlos en territorio que, ya por el tratado 
de 1750, ya por el de 1777, debia pertenecer á Portugal ; porque 
se hallaba muy hacia el Sur de Yavitá y San Baltazar, comarca 
considerada en 1750, y aun mucho antes, como dependencia del 
Para. Después quisieron ganar mas terreno y ocupar el antígoo 
pueblo portugués de Maravitanas en 1763 ; mas fueron repelidos 
por los. portugueses, y tuvieron que contentarse solamente con 
una parte de su usurpación. Entonces Don José de Iturriaga re* 
clamó del Capitán General del Para, Mello y Castro, en virtud 
del tratado de 1750, no la línea del Marachi, sino la entrega del 
territorio desde el salto de Oorwcnvi hacia arriba; y como el Co- 
ructtvi, en donde tienen los brasilenses la fortaleza de San 6a<- 
briel, está mas arriba de la linea tirada de la bifurcación del Yupu- 
rá á la boca del Cababury, por el lago Marachi, se sigue que Itu- 
rriaga reclamaba entonces mucho menos de lo que ahora se pre- 
tende. Tan infundado era el reclamo de iturriaga que la Corte de 



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— 166 — 

Cspa&a, superior en poder á Portugal» no lo sostuvo» ni se qiiejú 
de que los portugueses recuperasen á Maravltanas por la fuerza 
délas armas. Desde aquella fecha sus desceadieutes continuaron, 
poseyéndolo sin nueva perturbación. .Años después siguió en 
1782 la demarcación del tratado de 1777. Los Comisarios que 
debian señalar los puntos en los rios Yupurá y Negro, de que ha- 
bla el tratado, nunca se pusieron de acuerdo, y :poT consiguiente 
se separaron. Los portugueses pretendían que esc punto en el 
Yupurá fuese el rio de los Engaños y después sus afluentes Meaai 
y Cuñaré ; lo que reputaban necesario para cubrir los establecí* 
míentos portugueses de San Baltasar y Yavilá, usurpados por loa 
españoles en 1759, mucho después del tratado, y la comunica*- 
cion entre el Yapurá y el Negro. Entonces los Comisarios aspa* 
ñcJes no hablaron del Marachi ni aun del Coj'ucuvi, sino que se 
empeñaron en ñjar en el Yupurá como término la boca del 
Apaporís. Vuélvase á leer en el particular á Sequena» y digasa 
si seria posible quo él no ajustara su conducta á las insUruccione» 
de su Gobierno, ó que este ignorase donde debian confinar laa 
posesiones españolas con las portuguesas* 

I Cómo imaginarse pues, que el Brasil consienta en abaodoMur 
lugares que España no disputaba á Portugal, que este fuiídóy ha 
maoleDido y conserva por medio de su sucesor, en que ha egerci* 
do Goastanta y pacifica jarísdiccion, donde ha hecho graadea 9^ 
fuerzoa y costos para introducir población, civiliaacion, eomerw 
cío, luces» agricultura, fíibricas, hatos, haciendas, rentas, artes, &c>; 
que son residencia de guarniciones, están defendidos por fortala*' 
zas, y forman parte del territorio del Imperio, según su constíta*. 
cion 7 ¿Cómo cederlos á Yenesuela cuando ella prohibe desmem- 
brar el territorio del Brasil, y ata á su soberano para haoéf lo 7 
iCómo babria de forzar tantas poblaciones á abandonar la nack>< 
naüdad con que han venido al mundo, se han educado y á qua 
están gustosamente adiotos, 6 ponerlas en la precisión de salir da 
aua hogares, perder su domicilio, sus bienes laioas, cambiarla 
clima, de hábitos, de sociedad, de industria, para ir áaoUcitar ua»^ 
voe y difíciles medios de subsistencia ? 

Y en suma, si Venezuela, hubiese hecho igualas ó pafeoMos 
trabajos respecto de puntos situados fuera de la linea convenida, • 
su [Hretension tendria visos de equitativa* En Rio Negro no eKis- 
ten sino San Fernando de Atabapo, Baltazar, Yavitá, Pimíolúa, 
Marca, San Miguel, Tiriquin, San Carlos, Solano, Buenaviata, 
Santa Cruz, Quirabuena, Esmeralda, Santa Bárbara, Maipurés y 



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— 156 — 

Atures. En 1843, segua el informe del Sr. Pedro Aires, se estable- 
cieroD los pueblos de Santa Isabel y de San Pedro de Mavaca en 
los valles del Pacimony y del Idapa. Nioguno defesos lugares pa- 
sa á la otra parte de San Carlos, que es el mas meridional de todos; 
y evidentemente ni Venezuela ni España han poseído mayor te- 
rreno. ¿Cuál es, por tanto, el perjuicio que vendría á la República 
déla aprobación" del lindero de 1852? Si no hai exactitud en 
esto, dígase ¿ qué ciudades, qué villas, qué aldeas, qué lugares, 
qtié establecimientos de cualquiera especie tuvo España ó ha te- 
nido Venezuela ni Sur de San Carlos ? ¿ Dónde están las leyes, 
decretos, resoluciones ú otros actos públicos que hayan compren- 
dido en el territorio nacional algún pueblo, rio, monte, laguna, &c., 
situados entre aquella fortaleza y el Amazonas ?' ¿ Qué monumento 
existe siquiera de ocupación momentánea ? Fuera de la leí de 
1*856 sobre división territorial, que estableció una provincia con 
el n<mibre de Amazonas, formándola del antes cantón de Rio- 
Ifegro, y que autorizó al Poder Ejecutivo para fijar sus límites 
con la provincia de Guayana, dándole coitio punto de partida el 
raudal del Atures, y como término el rio de las Amazonas, no se 
ha hallado otro acto á él concerniente. Pero ¿ qué significa ese 
derereto, el cual por otra paite no ha tenido ni podido tener eje- 
ctlcion, pues las autoridades del Brasil se verian constreftidas á 
impedirla, y efectivamente ejercen jurisdicción é imperio desde la 
ptedra del Cucui en «delante, sino á lo sumo cierta nueva, ex- 
traordinaria é insostenible pretensión? Las cuestiones internacio- 
nales no pueden decidirse por la expresión de un deseo, aunque 
se decore con la forma de lei, decreto ó cosa semejante. Ningu- 
na lei particular de un Estado obliga á los otros, qoe sou inde- 
pendrentes de él, y no se someterían á la voluntad agena sin re- 
nunciar por el mismo hecho su soberanía. Que una nación trate 
de ejercer su autoridad sobre lugares que por algún titulo le per- 
ttneeen, es sin duda muy natural, y tal ejercido es un buen argu- 
mento de propiedad ei ha sido consentido, prolongado, pacifico y 
de origen no vicioso ; pero que después de ajustada una contro- 
versia, faltándole muy poco para su sello definitivo y cuando ni 
se ka alegado un supuesto derecho, se quiera volver atrás, y suplir 
CM nn acto l^islativo la carencia de razones ; no es dable ex- 
pKcavlo sino por un extravio del patrio celo. Venezuela no ha indi- 
cado siquiera que su territorio llegue al Amazonas ; fué ella quien 
pkKó por medio del Negociador del tratado de 1852 la. frontera 
convenida, y es indudable que, si los esfuerzos del Brasil no hubie- 



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- 157 — 

ran llevado el movimiento y la vida á las regiones amazónicaf» 
nanea se habria pensado aquí en <|ue los límites de Venezuela de- 
biesen extenderse hasta ellas. 

Parece que el Sr. Bríceño da á entender que el Congreso vce 
nezolano no aprobó el tratado concluido con Nueva Granada en 
1838, porque fíjase como limite con el Brasil las vertientes del 
Memachi, allí donde dice, describiendo la línea limítrofe da la* 
dos Repúblicas: <« desde este punto (ol paso del Viento) rectamen- 
te á pasar por la parte mas occidental de la hguna del Térmii»o{ 
de aquí al apostadero sobre el rio Meta : y luego continuará e^ 
dirección Norte-Sur hasta encontrar con la frontera del Brasil^ 

No fué seguramente esta la causa, como que entonces n(\^ip 
se habia figurado en Venezuela la extensión de términos que 4esr 
pues se ha indicado ; y muchos actos posteriores, oomo el dicl%- 
men del Consejo de Gobierno de 1844, memorias de laSecr^aríp 
de lo Interior que se citarán luego y los decretos relativo? á \gí 
carta del Coronel Codazzí contradicen aquella suposición. Toditas 
esos documentos haif^eguido refiriéndose á los limites de Venet- 
zuela con el Brasil que señala la parte preinserta del artículo del 
tratado de 1833; y es cierto que no hubiera sucedido así» en el 
caso de haber objetado el Congreso de 1836 los confines descri- 
tos. Se sabe que él negó su aprobación al convenio, en cifanta^ 
limites» por haberse persuadido á que la península de 6oajii¡a 
correspondía toda á Venezuela, y no ie era conveniente acep- 
tar la división de ella entre los dos países que estipula el trata- 
do. Fué otro de los móviles de la desaprobación el no aparecer 
dentro de la linea de esta República, el pueblo de San Faustiu9, 
que el Poder Legislativo consideró que debía adjudicarse á ella, 
y no á la Nueva Granada. 

No solo respecto á límites fué reprobado el tratado de 
1833, como asegura el Sr. Briceño : también se deseca el adí- 
enlo 6.<* que establecía una alianza entre los dos pakes coa el otf' 
jeto de socorrerse mutuamente contra las íaociones que á mMo 
armada pretendiesen subvertir el Grobierno y el orden oonstituai^- 
nal establecidos en cualquiera de las dos Repúblicas, por sus lagt- 
timos representantes y en virtud de sus leyes. Finalmente no.ae 
condescendió á que las ratificaciones se cangeasen ea BogoÁá.en 
el término de seis meses. Sin embargo, el Sr. Brice&o se contentó 
con decir '' que el proyecto de tratado que negoció el Sr. Sáatos 
Michelena en 1834 fué desaprobado, en cuanto á límites, por niies- 
tra legislatura." Si la cita es incompleta en la sust^cia, no aoda 



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— 168 — 

mas ftoertada en punto á la fecha. El tnitado que celebró el emi- 
neoce dudadAiio Sr. Santos Míchelena, uno de los mas bábHesetf- 
tadístaff de Venezuela y cuyas obras llevan impreso el sello de tt 
iupertorided de su talento y de sus luces, es de 14 de Diciembre 
de 1838, y no 1834. Tratado importante para esta Repáblie% 
que debe lamentar siempre que se malograra, asi como la Nueva 
Gravada lo aplaude y celebrará perpetuamente. 

£1 segundo objeto del tratado de 1777 fué salvar para loe 
portugueses la comunicación ó canal de que se servian en 1750 
entre el Yapurá y el Rio- Negro. Ellos, para evitar los raudales 
y saltos del Rio-Negro, subían por el Yupurá y Apaporis ; de es- 
tos rioe pasaban por el portaje del Tequié al yaupes,del Vaupbs 
ñ\ Isasa, del Isana al TonH>, y del Tomo bajaban al Rio-Negro. 
á>e modo que la linea que cubriese la comunicacibn de que en 
1750 haeian uso los portugueses, debería subir al Rio-Negro mes 
arriba del Tomo. Por esta razón ni aun la línea que pasa por la 
piedra del. Cucui llena las condiciones exigidas por el tratado. 
Mocho menos, si se toman en consideración los datos que siguen, 
comprobados con documentos irrecusables. 

Los portugueses descubrieron el Rio-Negro en 1637, año en 
el cual halló su boca Pedro Teixeira. En 1658 entró én él el je- 
SQÍta Francisco Gonzalves. En 1669 el Capitán Pedro da Cosía 
Tavella, asociado al mercenario T. Teodosio, fundó el primer e9- 
taUectmiento en el Rio-Negro con indígenas de las naciones Ja- 
nnná y Aroaqui. En 1670 Francisco de Mota Talcon fundó la 
fiMtale«a de San José de la Barra del Rio-Negro. En 1698 el 
•argento Guillermo Valen te penetró en el Cabure, y redujo á la 
civilización loe ('aburicenas, Carahiahis y Manaes, con los cuales 
fundó una aldea, hoi parroquia de Aracary. En 1695 los carmeli- 
tas entraron en el Rio-Negro, y empezaron su misión por los Ua- 
ranaaocenas, con los cuales fundaron el tercer establecimiento del 
Rk><^Negra En 17S5 varias banderas exploradoras á expensas 
M Qobiatno subieron al Rio-Negro sus arríales en las orillas del 
Ifavitá» su confluente arriba del Casiquiare ; despacharon explo- 
mdotei á todos los oonfluentes por ios cuales percibieron la* «guw 
M Oriaooo, traídas al Rio-Negro por los ríos Inirida, Paraná, 
Pasa^ica, Tumbu y Casiquiare. 

Nada sabian de esta comunicación los españoles, pues, cortio 
dice el padre Gumilla en su obra del Orinoco ilustrado, de coyas 
mMfonesera superior. «*Ni yo, ni ningún misionero de los que 
continuamente navegan costeando el Orinoco, hemos visto entrar 



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— 160 - 

ti ftalir al tal Rio-Negro, pue« dada e»ta wníon de los rfew, 
pastaba todaria saber de los dos quién da de beber á qtrión 7 Pera 
la grande y dilatada cordillera que media entre el Mlaraflk>fi f 
OrÍBOCo excusa á los ríos de este cumplimiento j á nosotros de 
esta duda;' 

En 1725, á consecuencia de la incursión que him en ei Rio» 
Negro el indio Ajuncaba instigado por tos holanéeses, fhéeniriadd 
allí Bddior Méndez, el cual venció y capturó al Inrasor defisn- 
^ndo las misiones portuguesas. 

En 1744 ya se hallaba totalmente explorado el Rio^Negro^ 
j eso aumentó la importancia de su comunicación con el Orinoco» 
Entonces fué el encuenti*o de Moráis con el padre Manuel Román. 

En 1755 surcó las aguas del alto Amaxóo»^ una lucida flo- 
tilla de treinta y siete embarcaciones, que condu)D & Markift la 
fHurtida de demarcadores portugueses, á pesar de) emp6fk> de Ion 
jesuítas en extender los dominios de España y frustrar el cum* 
ptimiento del tratado de 1750. 

En 1755 fué también creado el Vicariato general de Rm^ 
Negro. 

En 1758 fué elevado el alto- Amazonas á la categoría de 
Capitania de San José de Javary, llamada después de Rio-Negro t 
y para asiento de su administración la aldea de Maríué, promovida 
á villa con el nombre de Barcellos. 

Ya entonces considerable parte del Rio-Negro se hattaba 
ocupada por los españoles, que con pretexto de buscar el anM 
portugués designado para la conferencia de los Comisarios, so 
internaban en el país, lo exploraban, se insinuaban y ganaban Iñ 
voluntad de los indígenas, en cuyas malocas levantaban casuchoe 
c<m apariencia de casas de recaudación del servicio de su partida 
y con las cuales hiciesen legal la ocupación del territorio, Ett 
efecto, tal es el derecho de la ocupación del territorio do €asi- 
quiare hacia el Sur, donde colocaron el puesto miKtar de Satí 
Carlos. Esta ocupación no solo redujo el límite de las posesi4noO 
de los portugueses en el Rio-Negro, sino los expntsó de ias agtrtti 
dti Orinoco que por aquel canal se comunica con dicho Rio^ Negro. 

En 1759 llegó á la capital del Rio-Negro la partida españoiA 
de demarcación compuesta de Don José de Iturriaga, Doñ B«go« 
Dio Alvarado, Don José Solano, Comisarios primero, segundo y 
tercero, con los inteligentes y comitiva correspondientes. PofO 
se retiraron al punto, por haber llegado la destitución del pofUl» 
gues, apenas se habían saludado. 



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parle oe* 



£n 1 ' &d,90 elevaron ¿ víllai y lugJirea diversas aliieu 
En el nmmo año ae cre6 una {>rov«edum de baciefid<i 
audiencia^ 

Kti llñO se oDiiliniiu a] vicariato general de Rio-Negro» 
En consecuencia de la declaración de guerm por parte 
EipnEa coligadm ccm Fntncia contra Inglaterra y Fnrtugat an 
1762, BQ manda en el ailo üiguieiite íundur ia^ fürtalexai de Sm 
Gabriel y MaravUanasoii el Rio-Negro* y expulsar de Ia9 mulootts 
da los indios Muríivitanaü íi los espis fióles tju© se Imbiiin a II i esta- 
btecido. Forzados k reliiar&e, luce adiaran Jas aialocaa y le 
llevaron los indios que pudieron á San Cárlaa y San Aguslin. 
£1 (tobernador de Gimyanu Itiiiiin^u luáld entúnoefl al iñl Para 
que mandase evacuar la parte de Rio* Negro superior al jalto 
Corucubi, ^ 

Kn esa contestación, qita no Uívq Té\MaiL por partií Je Bspa^ 
conviniendo asi en la ilegitimidad de la ocupación deMaraviíanaií, 
hÍ20 ver el Sr. Mello y Castro, que la poeesioa del Río Negro 
era tan antigua ííd la corona portuguean como el dominio de l4f 
demás colonias que tenia en aquel Estado. Alegó el ufíi qm 
desde tiempo inmemonul hacían los portugueses de su uAVtgsktiaú^' 
extendiéndola hasta muchos días de vinje por et Casiquiare urriHa 
y por varias otras bocas del miaino no, y de su» margenes que 
sembruban todos los nños* Recordé que lo» eíipn^olcs igaorabat) 
la misma exislencia del Río Negro hasta el año de iT44« eo qu« 
sucedió lo mtn Clonado en cnnnto ai padre Manud Román, Ase- 
guró que, ájícsar de tal acor* tejimiento, no fué sino en el afia de 
17ñ& cuando, fíon motivo do las reales demarcaeiones, de^pacha*- 
dos ^\ aíííJrez Díntiingo Simón López, el sargento Francisco 
Fernández Bobadilla y otros españoles a saber del arria I pt^rtii^ 
gues destinado para las courcrenciasi fueron en el triinsito flfi^^ 
picando manejos clondeslinos, persuadiendo á los iiidioif á qiie 
se pasasen a su comunidad» y formando casas en algunas pobla- 
ciones con el pretexto de prevenir almacenes en que recociesen los 
bagajes de sus respectivos cuerpos cuando bajasen al lugar de tus 
conferencias; y por semejante medióse establecieron en la po- 
blación de San Carlos» y de ella pasó Bot»adilU hn^ta MaravjlAnBSi 
Con tau ñieries riizones demí siró lo infundado de la preten«icxti 
de hurriaga at Rto-i\tígio; y coucluyu reclsunando qm st aitja- 
$en ios dmtacameníos de Sau Cúrlm^ San Aguiim ¡f demáus po- 
hlaciones mandadas praclkar dd CíUfiquiare para abajú per 
haber &e inlroflucido todas ern^la demnd^JffJii la jgl Rh^N^ij^n. ^^^^ 



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- 101 — 

Éii 1783 la Corle de Lisboa djjstituyó al Comisario Cher- 
montf por haber firmado con Requena un acuerdo en que aceptaba 
la demarcación por el Apaporís, 

En el mismo ano, para impedir las excursiohes de los espa* 
ñoles de la Caribana, el Comisario Caldas mandó fundar el pueblo 
de Nuestra Señora de laá Caldas én la boca del rio Cababury y 
estacionar en él ün puesto militar. 

En 1791 fueron comisionados para explorar los rios Vaupes, 
Xie y Yupürá el ingeniefo José Simoens de Carvallo, y el Ca- 
babur)^ y deirias afluentes del Rio-Negro, el ingeniero Ensebio 
Antonio Ribéiro. Los envió el Gobernador de Rio-Negro. 

En 1793 ei principal Tariana fundó el pueblo de San Calixto 
en el rio Vaupes. 

Loa portugueses teniati posesión inmemorial en todo el Rio- 
Negro. 

Én los años 1725 y 172G se hallaban en él tropas de la 
ciudad de Marañon y villa de Vigia de que eran cabos Juan Pais 
de Amaina!, Bernardo dé Bonza, Kstéban Cardoso, Leandro Ge- 
maqui y Sevérino de Taria, y aunque establecieron sus arrialed 
abajo de los saltos de Masaraby, Macuburu, Tausny y otros 
lugares, despacharon banderas rio arriba. 

En los años de 1738 y 1739 fundaron arriales Benito de 
Figueredo Tuirero en el salto de Corucubi ; Francisco de Costa 
Pinto en la isla que queda poco mas abajo de la Sierra del prin- 
cipal M uru ; Antonio Pacheco y Henrique de Mattos en el puerto 
del principal Juni ; Francisco Javier de Moráis en el rio Yavitá. 

En 1745 y 1740 tuvo Lorenzo Belfort arrial en la isla de 
San Gabriel ; Manuel Diaz Cardoso y Francisco Portillo en la 
isla que está en frente de la Sierra Murú ; Francisco Javier de 
Moráis en el puerto del principal Cucuhi, mas arriba de Maravi- 
tanas. Ademas de estos nrr'iíxles, que eran públicos y fundados 
por cuenta de S, M. Fidelísima^ hubo otros innumerables de p¿i- 
sonas particulares que acompañaban las tropas. 

Las muchas banderas que se despachaban, entraron no solo 
por todos los rios que desaguan en el Rio>Negro desde los saltos 
de Corucuby, y hasta el rio (Jasiquiare, sino también por los- que 
quedan mucho mas arriba como el Inírida, Pasa vira, Tumbu, Alú y 
otros, extrayendo de ellos indecible número de indios. Francisco 
Portillo fué el que mas adelantó su viaje, llegando al sitio de 
donde las aguas vuelven su curso en opuesta dirección. 

11 



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— 162 — 

Desde 1739 hasta 1751 en que Jorge Méndez de Moráis 
Tivió en Rio-Negro, habiendo viajado y explorado todos los rios 
que en él desaguan, y tratado con sus habitantes, nunca oyd 
decir que hubiese españoles por aquellos parajes, sino solamente 
en el Orinoco. En «el año de 1744 fué cuando Francisco 
Javier de Moráis, acpmpañado de Tomé Pinero, José de Moráis 
Rosa, Paulino de Silva Regó, Francisco Caroeiro de Silva y otros 
machos, se encontró ya cerca del Orinoco con el padre Román, y 
lo llevó al arrial de Yavitá donde estaba la tropa de rescate de 
que era Jefe Estacio Rodríguez, y hasta dicho tiempo no sabiaa 
nada del Rio- Negro los castellanos, por no haber bajado nunca 
i él por dicho Casiquiare, ni por los ríos Inírida y Pasavíra, que 
son los que del Orinoco desaguan en el Rio- Negro por la banda 
derecha yendo para arriba. Si los castellanos hubiesen tenido 
poblaciones antiguas en el Rio-Negro, no habría dicho el padre 
Román que iba á desengañar á los moradores del Orinoco de que 
dicho rio pagaba tributo al Rio-Negro, pues ellos afirmaban que 
BO, y también tenian por cierto que los habitantes de Rio-Negro 
eran jigantes, y donde quiera que llegaban, lo llevaban todo á 
hierro y sangre ; lo que encontró dicho padre enteramente al 
contrario, probando esto que fué el primer castellano que pasó á 
Rio-Negro á verlo, y no á visitar poblaciones que por allí no te- 
nian. Yavitá está situado mvá arriba del Casiquiare. 

"Una tierra desconocida," dice Humboldt, "empieza del 
otro lado de las grandes cataratas, y es un país en parte montañoso 
y en parte llano, que recibe al mismo tiempo las avenidas del 
Amazonas y del Orinoco. Por la facilidad de sus comunicaciones 
con el Rio-Negro y el Grran Para parece pertenecer mas bien al 
BrasiJ que á las colonias emanólas. 

*• Interesado Solano en aproximarse cuanto le fuese posible á 
las posesiones portuguesas , resolvió avanzar hacia el Este. 

^ "Cucuhi y Cusero se hacían una guerra á muerte en el alto 
Orinoco cuando Solano llegó á la desembocadura del Guaviare, 
El primero habia abrazado el partido de los portugueses. 

"En 1755, antes de la expedición de los límites, mas conocida 
bajo el nombre de expedición de Solano, toda esta comarca entre 
Yavitá y San Baltazar era mirada como defendiente del Brasil 
Los portugueses se habian adelantado desde el Rio-Negro por el 
portaje ó arrastradero del caño Pimichin hasta las orillag del 
TemL 

" Los portugueses, que ya habian formado algunos establecí' 



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míeni0s sólidos en aquellas comarcas fueroD rechazados hasta la 
parte inferior del Rio-Negro. 

** Las misiones fundadas desde mediados del siglo 17 para 
procurarse esclavos condujeron á los portugueses poco á poco desde 
el Rio'Negro por el Casiquiate á la madre de un gran fio que no 
sainan fuese el Orinoco. Un campo rolante compuesto de la 
tropa de rescate favorecía este comercio inhumano. Después de 
haber excitado á los naturales á hacer la guerra, se rescataban 
los prisioneros ; y para dar apariencia de equidad al tráficOi 
acompañaban algunos religiosos á la tropa de rescate para ezamí* 
nar si los que vendian los esclavos tenian este derecho, habiéndolos 
hecho prisioneros en guerra abierta. 

** Por cima de Moroa pasamos á nuestra derecha la desem- 
bocadura del Aquio y la del Tomo. En las orillas de este último 
río habitan los indjos Cheruvichenos, de loa cuales yo he visto 
algunas familias en San Francisco Solano ; este ría es también 
flotable por lus comunicacioues clandestinas que proporciona á 
las posesiones portuguesas, £1 Tomo se acerca al rio Guaicia 
(Xie) y la misión del Tomo recibe algunas veces por esta vía los 
indioB fugitivos del bajo Guaicia. 

** Bajando et Guainia ó Bio-Negro, se pasa i la derecha el 
caño de Mahapo y á la izquierda los de í)aríba y Emy. 

'* Ocurrieron seguramente mucho antes que los e8pañol08 
estableciesen misiones sobre el Atabapo, el Casiquiare y el Rio- 
Negro, mas allá de los establecimientos portugueses formados 
entre los Maravitanas en diversas épocas, incursiones para el 
Norte allende del Casiquiare por el Cababury y Pacin^oni. 

^Hallareis en mi gran carta del Orinoco, lámina 16 del atlas 
geográfico de mis viajes, escritas junto á un lago situado en el 
grado 3^ de latitud norte las palabras siguientes : " En las már- 
genes de este lago al Este del rio Mavaca, los portugueses pene- 
traban por el arrastradero que comunica al rio Siaba, afluente 
del Casiquiare, con el Mavaca para cojer el fruto aromático égl 
Laurel Puchery y la Zarzaparrilla, artículos de exportación d^l 
Pari. Llegaban hasta el Este de la Esmeralda, donde yo y el 
Sr* de Schomburgk, treinta años después, nos aproxiipamos al orí* 
gen del Orinoco. Mas por este lado las incursiones eran tempo- 
rales, no eran una posesión efectiva, 

'* Cuando los indios aventureros acompañados de colonos 
portugueses practicaban con frecuencia sus incursiones hasta las 
aguas del rio Temí y Tuamini, áates de 17iS5, era para hacer escla- 



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— 164 — 

tros, rescatar almas, y venderlos en el Rio-Negro portugués. El 
establecimiento de Yavitá sobre el rio Tiíamini existia, sin duda; 
era una aldea de indios bajo el dominio de un jefe indio llamado 
Yavitá (*). 

"Los primeros blancos que el padre Rotnan encontró em 
Febrero de 1744, al pasar antes que cualquiera otro español del 
Orinoco al Rio-Negro, fueron los comerciantes portugueses de la 
tropa de rescate. El padre Román esperó la llegada del jesuíta 
portugués Avograde, que vino del Para, no á la aldea dominada 
por el jefe Yavitá, sino á uno de los establecimientos portugueses 
del Rio Negro. 

•* Los portugueses en 1750 no tenían, (creyó Humboldt) ni 
un establecimiento de cultivo al norte del punto donde entra el 
Casiquiare en el Rio-Negro, que está al Nordeste de la roca de 
Culimary, donde acampé con el Sr. de BompUnd.'* 

Contiene el Rio-Negro brasilero la ciudad de Marañaos, la vi- 
lla de Mariuá, las parroquias de Jahu, Pedreiras, Carnis, Araca- 
ry, Caboquena, Baroroá, Santa Isabel y Maravitanas, y los pue- 
blos de Cúmaru, Santa María, San Joaquin, Lamalonga, Boa vista, 
Caldas, Cumarü, Eumanao, Cápela, Castanheira, Coané, Curiana, 
Turnas, Guia, Iparaná, Loreto, Mabbé, Marácobi, Santa Ana, 
Santa Bárbara, San Calixto, San Felipe, San Gabriel, San Mar- 
celino y San Pedro. 

Colton, á quien menciona en úttimo lugar el Sr. de Briceño, 
" toma la línea, según dice este, en el Madeira^ no en el promedio de 
que hablan los tratados^ sino agitas abajo en el punto donde desembo- 
ca el Tabuan. De aquí corre el lindero perfectamente de Este á 
Oeste cerca de los nueve y medio grados de latitud meridional, has- 
ta encontrar los Andes de Cachao. Sigue Este-Oeste por las mon* 
tañas de Canomanas hacia las vertientes del Javary, corre por su 
margen oriental hasta el Amazonas ; después por la ribera meri- 
dional de este rio "y al llegar á la boca mas occidental del Yupurá, 
toma aguas arriba por su margen izquierda hasta tocar un punto 
que está Norte- Sur con Fonte-Boa en el Amazonas, ó cerca del rio 
Manabi que desemboca en el Yupurá por su derecha. Desde dicho 
punto se dirige rectamente al Norte hasta cortar el Rio- Negro pa* 
ra seguir aguas arriba sus^inuosidades hasta la piedra dé Cuciütu 
De allí en fín, corre por las tortuosidades de la serranía hasta ter- 
minar en la linea fronteriza de la Guayana inglesa." 

(*) El Cacique Yayitá, autorizado por una patente real portuguesa, hacia su» 
^tviñofíts, pasando del Yupurá al RiO'Negro por el Vaupesy Xie. 



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- 165 — 

*'£sta misma carta figura como reclamado por el Brasil el 
territorio contenido entre la línea descrita desde el Yupurá hasta 
la boca del üteta ó Xié, y la que sigue al Oeste por la ribera me- 
ridional de este rio, curbándose para cortar el Isana, y tomar al 
Sur acortar también el Vaupes ó Naupes por el Ecuador, de don- 
de corre Norte-Sur a buscar el Apaporis. Desde aquí circunscri- 
ben el territorio que se supone reclamado por el Brasil, las orillas 
del Apaporis, y del Yupurá hasta el punto de donde hemos par- 
tido." 

. Después de las observaciones hechas en cuanto á la linea 
del Sr*. BríceSo, y que son aplicables á la de Colton, poco hai que 
decir en particular de la úUiína, Baste recordar que^ según se con- 
fiesa, eHa no guarda conformidad con los tratados de 1760 y 1777, 
como aparece á primera vista, y siendo así, poca autoridad debe 
concedérsele. Desde que el autor se creyó autorizado para susti- 
tuir su capricho á la voluntad de los Gobieraoa de Portugal y Es- 
paña, aun en la parte en que la expresaron inequívocamente, 
¿quién duda que habrá hecho lo mismo respecto de los otros pun- 
tos menos positivos? ¿Con qué derecho Colton elige, no el pro- 
medio del rio Madera, sino el paraje donde desemboca el rio Ta- 
bnan? ¿ Por qué, cuando ha llevado la línea por el Yupurá, la 
continua en dirección Sur-Norte á cortar el Uio-Negro, olvidando 
el precepto que le manda tomar los rios que se junten al Yapuri 
y se acerquen mas al rumbo del Noite? ¿Qué fundamento tuvo 
para suponer que en el sitio donde abandona el Yupurá quedan 
cubiertos los establecimientos de los portugueses y la comunica- 
ción de que se servían entre él y el Rio-Negro ? ¿ De dónde sacó 
que el curso del Rio- Negro ha de tenerse por división ? Por mas 
que se lee y relee el tratado de 1777, no se halla tal cosa en nin- 
guna parte. Solo el último trozo de la líneu, desde la Piedra de 
Cucuhi en adelante, puede aceptarse como ajustado al tipo que 
debió seguirse. 

Convendría que el Sr. Briceño explicase el motivo porque 
afirma que Colton se detiene caprichosamente eii un punto del 
Yupurá que unido por una línea á Nuestra Señora das Caldas ó 
á la boca del Cababuri, quedaría esta al Norte y aquel al Sur, 
cuando es casi la misma que él propone como la mas ventajosa á 
Venezuela y la mas conforme á los tratados. 

Sigue en el folleto del Sr. Briceño una serie de aserciones á 
cual más absoluta, -aunque no pueden reputarse sino como deseos 
laudables en favd!* de su patria. Tales son que la letra de los 



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— 166 — 

tratados da sin disputa á Venezuela terrenos importantes que el 
Brasil boi reclama sin ninguna especie de titulo : le da una línea 
mayor de navegación en el Rio-Negro : le da á nombre de Co- 
lombia las dos orillas del \ upurá desde sus vertientes hasta 1^ 
laguna de Guamopi ó Marachi, ó cqando méoos, hasta algunos 
de estos rios ó caños Amovin, Puapua ó Canopo, que según el 
mapa de Humboldt desembocan en la orilla boreal del propio Yu- 
purá : le da nada menos que una parte de la orilla septentrional 
del Marañon ó Amazonas : que por los tratados nada de esto es 
disputable : que las comisiones de limites de las dos naciones tan 
solo discreparon respecto de algunos puntos por donde debia pasar 
la línea; pero sus mismas controversias ^evidentemente manifiea* 
tan que con mas ó menos extensión tiene Venezuela libre paso 
al Yupurá y al magnifico Amasónas. 

¿Cuáles son, podría preguntarse al Sr. Briceño» los terrenos 
importantes que la letra de los tratados da sin disputa á Venezue^ 
la, y que el Brasil pretende sin ningún titulo? ¿Cuál la línea ma- 
yor de navegación en Rio-Negro, siendo así que muí inmediata á 
la frontera se halla el fuerte de Maravitanas 7 ¿ Cómo le da, á nom- 
bre de Colombia, las dos orillas del Yupurá desde sus vertientes 
hasta la laguna Guamopi ó Marachi ó hasta uno de los caños 
Amovin, Puapua ó Canopo y la orilla septentrional del Amn* 
pionas f 

Para afirmar tanto, debió ser el primer paso, del Sr. Brioefk) 
inquirir y demostrar los confines de Venezuela en contraposición 
de los de Nueva Granada y del Ecuador. Porque pretender 
para la primera República únicamente los derechos atribuidos á 
Colombia, es desheredar á las otras dos de la parte que les co- 
rresponde en la sucesión. No hai en todo el escrito del Sr. 
Briceñó ni una palabra sobre límites de la provincia de la Guayana, 
que es la que se toca con el Brasil : solo se .encuentra lá confe- 
sión de ignorarse los linderos de Venezuela, Nueva Granada y 
Quito. A falta de semejantes datos no puede recurrirse sino á 
los hechos de posesión, jurisdicción, &c., porque ellos representan 
el trabajo necesario para la apropiación de las cosas y son los que 
legitiman la propiedad. 

El derecho de gentes no reconoce la soberanía de una nación 
sino sobre los países vacíos que ha ocupado de hecho, en que 
ha 'formado establecimientos, y de que está usando actualmente. 
El navegador que hace viajes de detcubrímienlo^ cuando halla 
islas en otras tierras desiertas, toma posesión d% ellas á nomlnnt 



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• — 167 — 

de su soben^no, y este titulo es generalmente respetado, si lo 
acompaña una posesión real. 

Fácil es demostrar cómo un instinto, esto es, un impulso 
nativo, imperioso, aun irreflexivo es lo que mueve al hombre á 
Moderarse de las cosas de la creación, á atribuírselas, á conver- 
tirlas en sus usos y necesidades. Este instinto tiene por objeto 
la conservación, el bienestar, y el perfeccionamiento del hombre. 
La actividad se emplea en satisfacerlo. La razón, corrigiendo y 
reprimiendo las exajeraciones del instinto, poniendo en la balanza 
los de unos y de otros, y sancionándolos en lo que le parece legí- 
timo, deduce de ellos la idea de la regla de conducta de los 
hombres entre si, es flecir la idea del derecho, la idea de propiedad. 
Los animales tienen el instinto, pero el derecho no existe sino 
entre los hombres, porque solo la razón humana se eleva á esta 
altura. 

En la manera de realizarse el fenómeno, se ve que el primer 
título, la primera causa de adquisición del derecho de propiedad, 
és el empleó de las fuerzas, el empleo de la actividad física ó 
intelectual con el fin de conseguir los objetos necesarios ó útiles» 
esto es el trabajo. A ese modo de adquirir deben reducirse todos 
los demás. Todos, economistas, políticos, jurisconsultos, reco- 
nocen este principio, que el trabajo es el fundamento racional 
de la propiedad. Esta proposición, verdadera en cuanto á la 
propiedad individual, lo es también respecto de la propiedad de 
Estado á Estado. 

Si un hombre llega á tomar de hecho en su poder una cosa 
que á nadie pertenece, de manera que se halle en situación de 
ejercer en ella su acción, de usarla y de emplearla en su como- 
didad ; se junta, al hecho de poder una intención, no de satisfacer 
su curiosidad, de examinarla, de detenerla efímeramente, sino de 
apropiarse la cosa y tenerla para sí, esa es la ocupación ; en tér- 
minos técnicos, la toma de posesión de una cosa que á ^ladie 
pertenece. Tal ocupación da la propiedad. 

I Pero qué otra cosa es eso sino el resultado de la actividad 
del hombre, de un empleo de sus fuerzas, de su destreza, de bu 
intelijencia, en una palabra el resultado de un trabajo ? Para 
alcanzar este resultado, se necesitan instrumentos, fatigas, pérdida 
de tiempo. No todo es placer en la caza, especialmente para el 
qUe la convierte en medio de vivir ; el oficio de pescador es duro, 
mas aun el pescador de perlas y de coral ; las naves que van á 
bmcar en los islotes y rocas del Océano cargamentos de huano 



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— 168 — • 

arrostran la tempestad, los armadores contribuyen con sus capi- 
tales, los marineros con su duro y penoso trabajo; lo mismo suce- 
de con los que van á los mares de Groelandia ó al banco de 
Terranova en solicitud de ballenas ó bacalao. No nos hablen 
de cosas que se nos presentan como por si mismas, sin dificultál 
ni dilijencia de nuestra parte, de modo que baste inclinarse al 
suelo ó levantar la mano á la rama para cogorlas. Ya pasaron 
esos tiempos ; si tales hechos se presentan, son meras casualidades. 
Aun en estos mismos hechos, poco ó mucho, hai siempre empleo 
de la actividad del hombre, es decir trabajo ; trabajo es recoger y 
guardar los frutos, segar, secar y guardar el heno; cortar, azo^ 
tar y llevar el trigo al granero; aplicado á cosas que no tienen 
dueño y que las solas fuerzas de la naturaleza han producido, ese 
trabajo es cuanto exijen las cosas para poder el hombre aprove- 
charlas. Así y en todas las cosas hai trabajo en la ocupación; 
Ja propiedad que la sigue, no es sino una recompensa del trabaja. 

En mnteria.de bienes inmuebles no pertenecientes á nadie, 
hai que distinguir dos series de trabajos; los necesarios para 
trasportarse á los lugares de que se cuestiona, situarse, estable- 
cerse en ellos, en una palabra, tomar posesión ; y los que siguen 
á estos, y sirven para desmontar, oultivar, laborear, mejorar el 
suelo. Los primeros son los que constituyen por sí ^olos la ocu- 
pación, y desde que se efectúan, se adquiere le propiedad. Sin 
duda, cuanto mas habita el hombre el campo, lo remueve y cul- 
tiva, vierte en él su sudor, sus recursos, su vida : tanto mas puede 
decirse que 'cimenta su unión con él, se identifica con el mismo, 
consolida y hace respetable su propiedad. 

De las naciones consideradas colectivamente debe decirse lo 
que hpmos dicho de los individuos. El acto que les dará la pro- 
pieda'd internacional del territorio que quieren atribuirse, es el 
acto que las haya puesto en aptitud de usar el territorio, de apli- 
car á él sus fuerzas de cultura y laboreo y de obtener para la hu- 
manidad los servicios y la utilidad á que lo ha destinado la Pro- 
videncia. Ha) un la^.o imlisolublc entre los trabajos de ocupación 
y los de labor quo deben seguir fí estos: si se hacen los unos, 
es para pasar á los otros. 

Debe decirse que siendo la ocupación la toma de posesión de 
las cosas que no tienen dueño, se compone necesariamente, así 
como la posesión, de dos elementos esenciales : un elemento in- 
tencional, la intención do apropiarse la cosa, y un elemento de hc- 
gIio, el poder efectivo sobre esta cosa, porque la posesión no exis-» 



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• _ 169 — 

tesioo respecto <1el que con ánimo de apropiársela tiene real y 
efectivamente la cosq en bu poder, á su disposición ; que se halla 
de hecho en estado de ejercer sobre ella su acción y obstar á la 
acción de los otros ; el que ocupa un lugar que los otros no i)0- 
drian tomar sino expulsándole. No basta la intención sin el he- 
cho, asi como tampoco el hecho sin la intención. La ambición, la 
codicia del hombre, y las de los pueblos, qne se extienden á todo, 
que lo abrazan todo, que no tienen limites materiales, no constitu- 
yen por sí solas la ocupación : se necesitan actos físicos, y la ocu- 
pación halla su limite en el mismo de estos actos. 

Resulta de ahí : 

I."* Que el primar requisito de la propiedad de un territoriíi 
qoe no pertenece á nadie, y que un pueblo quiere atribuirse, es eL 
heebo de tener este pueblo en su poder, á su disposición, dicho 
territorio, á fin de poder aplicarle su trabajo y esfuerzoe* 

2.® Que por consecuencia no puede ser válida una oett]Mr 
oioa nno en cuanto la nación que pretende oonpar un paU tiene 
M> poeeeion real» ya haya trasportado á él medios suficiente para 
mantenerse allí, ya haya conducido colonos ó comensmdo 4 ¿ar- 
mar establecimientos. 

8** Que el mera reconocimiento ó descubrimiento de tierras 
no pneden equivaler á estos actos de posesión. 

4.* Que los desembarcos en la playa, las palabras 6 debitara- 
Clones nominales pronunciadas en ella, las inscripciones ó séllales 
perceptibles allí dejadas, no constituyen tampoco ia ocupación. 
Manifiestan sí la intención ; pero falta el hecho de poder y de es-, 
tablecisaiento efectivo. 

S.* En fin, que por los mismos rcqtiisitos de una ooupteioii 
física y efectiva, el derecho de cada nación para apropiarse los 
territorios vacantes se halln lin>ttado dentro de una justa medido,. 
cual es la posibilidad que tenga de establecerse verdaderamente 
CAeees territorios y utihzarlos en su ventaja particular, la cufld 
concurrirá así, en último análisis, á la ventaja de todos. 

Estos principios que husta aquí hemos apoyado en la autoría 
dad de la ciencia racional solamente, se hin presentado y dése»- 
vuelto sucesivamente en la práctica de los negocios internacío- 
nales ; se han invocado muchas veces en medio de las controversias 
nnoserosas que se han suscitado desde el ^lescubri miento del Nue- 
vo MttwUi hasta nuestros dias; han pasado en consecuencias próe- 



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— 170 — • 

ticas á tratados, ó k los usos interoacional^s, y pueden coneide* 
rarse hoi como generalmente reconocidos y sancionados por la 
autoridad del derecho de gentes positivo. 

Si el lector se ha penetrado bien de las verdades primeras 
de donde la razón humana ha sacado el reconocimiento del dere- 
cho de propiedad ; si ha ^comprendido bien que el fundamettt9 de 
este derecho, no es otra cosa que el respeto debido por todos á la 
aecion del hombre en las cosas susceptibles de ser apropiadas i 
las necesidades de nuestra existencia ; que, bajo el exterior de 
una atribución exclusiva, no hai en este derecho sino un medio 
necesario de hacer que el hombre cumpla su destino, las cosas 
átm su utilidad y so satisfaga al interés general por el estimulo 
M ialeres privado ; en fin, que cesa la idea del derecho desde el 
memento que nos ponemos fuera de estas condiciones : conckáifc 
lógicamente que el dereeho de propiedad tiene por oorrelatÍT^ 
ra e ion el é indispensable ciertos deberes de acción de part» del 
propietario eobre su cosa* Cuando el dueño, por esta ó aquella 
cevea, at>andofia el ejercicio del derecho, y permaoeee inerte, b# 
teMeado ya veiaciones con su cosa, falta á sus funciones, y el io» 
teres general padece un perjuicio, pues esta inactividad ha ánuli* 
lisado un elemento de la riqueza. Si se supone que ducanie este 
tiempo, un poseedor obra ostensiblemente y sin obstáculo sobre 
esta mema oosa en calidad de propietario, y saca de ella la utili- 
dad de que es susceptible, este poseedor llena, en cuanto á la pre- 
daoetoa y el uso de la riqueza, en cuanto al interés general inlis 
rente á ella, el vacío ocasionado por la negligencia del propíetoM, 
restituye la cosa á su destino ó en él la mantiene. Se conaibe mm 
easbargo que el derecho de propiedad, por un eiecto enteramente 
metafieico, y en consideración al respeto debido al trabajo ante- 
rior, que es siempre el origen de este primer derecho, debe eoa- 
servarse eierto tiempo^ no obstante el silencio y la inercia actual 
del propietario. Si fuera de otro modo, el derecho, reducido 4 tmm 
duración efknera, pronto á ceder al menor hecho de posesión, m^ 
tendría ninguca eficacia, y el fruto de un largo trabajo anterior 
se vería injustamente perdido en un instante ; pero se eoacibe 
taanbieu que ese efecto del todo metaíisieo, que esa. duracíoQ 
puramente ideal no pueden prolongarse en infinito; se ooaai« 
be q«e Uega un instante en que la consideración del trabejo an* 
tefier, origen de la propiedad, se halla destruida por la del aban- 
dono-ó inercia que han continuado hasta el punto de compeoeoria : 



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— 171 — 

un instante en que el derecho pasa al poseedor cuya aetividad ha 
desempeñado y conquistado el papel de propietario, y en qme es- 
te poseedor no podria ser despojadQ sin injusticia. 

El mismo principio que sirve para fundar la legitimidad del 
dereefao de propiedad en las adquisiciones primeras, ainre para 
fimdarhi también en esta especie de trasmisión, por la cual bm 
un tiempo perdido para uno y adquisición para otro. Aplicada 4 
uaa cosa que no pertenece á nadie, la toma de posesión da e» «i 
acto la propiedad ; aplicada á una cosa perteneciente á otro, pero 
que el-duefilo abandona y descuida reclamar, esta posesión nece- 
sita prolongarse cierto tiempo para producir el misaba efiKto» 
B( trabajo contenido en la toma de posesión basta en el pnner- 
caeo ; en el segundo se requiere un trabajo mas largo, mas < 
timio, porque aquí se eneuentra otro trabajo anterior, que 
ser respetado en el derecho de apropiación qoe había ffoénmim^ 
hasta qtie la eonsideracion de él quede borrada por la duración de k 
negiigencia de una parte, y del nuevo trabajo de la olra. La iesK 
gitttd del tiempo puede, ó mejor diobo, debe variar según la natSMPa*^ 
leaa de loe bienes, según el grado de negligenoia del ptapia . 
tavie, ó segon es mas ó méoos excusable el error del poseedea^ 
conforme 4 la buena ó mala fe que haya tenido el úUimo ; paio^ 
e» eondosien, mas breve en un caso, mas largo en otro, siaas* 
preesel trabajo lo que engendra y legitima la propiedad. Ha. 
aquí el motivo racional, deoieivo y radical de este modo 4b ad- 
qiaincion que se encuentra 4 menudo respecto de la pr o piadadv 
privada, que los jurisconsultos romanos llamaban, con muaha 
ejiactitad, u$ucapioy esto es, adquisición por el uso ; pero que hsÁ^ 
par consecuencia de una confusión sensible, y en un lengaaja 
que se explica solamente por recuerdos de fórmulas y p ro as di » 
mteatos romanos, se designa en general con el nombre de pvea^ 
cripcioB. 

Asi establece un ilustre autor, jurisconsulto y político^ la le«* 
gitímidad de la ooupacian y de la prescripción ; y así se l e spaa áe 
al Sr. Brioeio. 

Al tocar la cuestión de la validez de los tratados de ITIM 
y 1777, atribuye al Sr. Lisboa haber dicho (fk esos docameaéea 
no valen porque no se encuentran en cierta obra que colecta la- 
dos los tratados de Eispafta. Se ha examinado con el niajror es- 
crépulo el protocolo de las conferencias que calebrareii los Fla« 
nipoletteiarios de 1868, y no hallándose alegada seoMJante raaaa, 
foraosaafteate se debe concluir la inexactitud del iafonne ^ue d»< * 



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— i72 — 

ron MI 6l partUnilar al Sr. Bríceño. Ya se ha leído aquí la verda- 
dera cansa que díó el 8r. Lisboa para reputar sin fuerza los trata- 
dos de 1750 y 1777, ó si se quiere el último solamente, el cual 
arrastra consigo la parte del convenio de 1750 ¿ quo dio valor. 

Antes de salir del folleto del Sr. Briceño, no será inoportuno 
recordarle <2iertns cosas cuya falta de conocimiento le ha hecbo 
asegurar qne la demarcación ajustada entre el Brasil y el Perú 
ett 10 de Oetubre de 1851 es gravosa al Ecuador porque le quita 
ima buena parte de su territorio. 

El artículo 7 del referido tratado dice : ** Para precaver du- 
das respecto de la frontera mencionada en las estipulaciones de la 
presente convención, aceptan las Altas Partes Contratantot el 
principio del utipessidetis, conforme al cual serán arreglados loe 
límtiteiilre el Imperio del Brasil y la República del Perú; por- 
coasigwieme reconocen respectivamente como frontera la pobla* 
cion «le Tabatinga, y de osla para el Norte la línea recta que va á 
■■iwilrar de frente al rio Yupurá en su confluencia con eLApa- 
pone» y de Tabatinga para el Sur el rio Javary deede tu eoo- 
con et Amazonas. Una comisión mixta nombrada por 
I Gobiernos reconocerá, conforme al principio del utifomi» 
detm^ la frontera, y propondrá sin embargo loe /cambios de terrí* 
torios que creyere oportunos, para fijar los límites que sean mee 
naturales y convenientes á una y otra nación." 

Separando al Perú de Colombia y del Brasil, sienta el Sr. 
que la Koea parte de la boca de Tumbes, en el Pacífico; 
en stg-zag hacia el Sursureste á tomar la cordillera, corta 
el Amacollas mas arriba del recodo que forma este rio en su pri» 
me s a dirección desde su nacimiento, al Noroeste» para torcer 8« 
ewrso bácia el Noreste on busca del Atlántico ; sigue con algunas 
skraosidades al Este y al Noreste atravesando los rios [Jtembaa- 
ba, Guallaga y Ucayale hasta encontrar el Javary, á los 2* de 
distancia de la confluencia con el Amazonas ; desde este punto 
retr oood e al Sur subiendo el Javary y deslindándose con el Bra- 
sil, según los diversos sistemas expresados ó según loe tratados 
consabidos* Que en dicho pimto del Javary, 2 grados de su con- 
tesDciaeon el Am^Ébnas, coinciden los límites de la antigua Co- 
loNsbia con el Perú y el Brasil. 

Constante es que asi la Capitanía General de Venezuela, co<^ 
rao el Nuevo Heino do Granada, Víreinato de Lima y demás pose* 
sioaos -espafiolas en América estaban bajo el poder de un solo ^ 
niowiroo. iri él 4as habia^dividido unas de otras« era más por con* 



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- na - 

treníencía de su gobierno que por necesktad ; y no cabe éúéñ «h 
que á su arbitrio podía distribuirlas en las partes que creyese ccm- 
venientes, reunii- varias en una sola, hacer de esta dos ó mat, 
aumentar unas con diminución de otras, &c. Tal sucedió con la 
Capitanía General de Venezuela y el Nueva Reino de Oranada, 
siendo conocidas las desmembraciones que sufrió el último por 
haberse segregado de él varias provincias que fueron unidas á la 
primera. En 17T7 las de Guayana, Maracaibo, Cumanáy Marga- 
rita pasaron de aquel Vireinato á esta Capitanía. 

En 17 de Julio de 1802 expidió 8. M. Católica una Real Cé- 
dula que separando de Quito el (Gobierno y Comandancia Oene- 
tñláe Maitias, los incorporó al Vireinato de Lima. (Documentoa 
números 10, 11 y 12.) 

Del primero de ellos consta que Don Francisco Re<}aena» 
Gobernador que habia sido de M alnas, informó la convwifaAem 
de que sus misiones dependiesen de Lima por la mayor faeilkhad 
de atenderlas desde allí, asi como las de los rios Ñapo, Potimia^ 
y ITupurá : propuso que todas ellas se agregasen al OolegiD áe 
propaganda fide de Ocopa, y se erigiese un Obispado que laa con»- 
fn'endiera. En consecuencia resolvió Su Magestad, oido el C^fnt* 
sejo pleno de Indias, y mandó agregar al Vireinato de Lhnael 
Gobierno y Comandancia General de Mainas, con los pfueWos del 
Gobierno de Quijos, excepto el de Popnyacta, y que aquella Co- 
mandancia General se extendiese no solo por el rio Marañen aba- 
jo haMa las fronteras de las colonias portuguesas f sino también 
por todos los demás rios que entran en el mismo Marafk>n porgan 
margen septentrional y meridional, como son : Morona, OtioMi- 
ga^ Pastazay Ucayale, Ñapo, Javary, Pvtnmayo, Yupurá y aéi^m 
menos considerables hasta el paraje en que estos mismos rios por 
sus'saltos y raudales inaccesibles, no pueden ser narvegaUas, de- 
biendo quedar h la misma Comandancia General los poeMos ét 
Lamas y Moyobamba para confrontar en lo posible la juriadic- 
cion eclesiástica y militar de aquellos territorios. ResoMó ani- 
mismo poner todos e^os pueblos y misiones á cargo del Colegio 
Apostólico de Santa Rosa de Ocopa del Arzobispado. de Lima ; 
que por sus Reales cajas mas Inmediatas se sirtisficiese det0nnrii«- 
ío sinodo á cada religioso misionero laego que se les eñcommir 
dasen las doctrinas (íe todos los pueblos de la jurisdicción de la 
expresada Comandancia General y nuevo Obispado- de mismies 
que había decitHdo se erigiese; que estas so organitasen aagtm 
tales y cuales reglas. Resolvió ignalmenle la ereaaioR d# «n 



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Ohitf mIo con dkbas miiiones, sufragáneo del Arzobispado de í¿- 
ma, oompoiiiéiidolo» entre otras partes, de las mísiooes situadas 
en la parle superior del Putumayo y en el Yupurá, llamadas de 
Soettmbios | que el nuevo Obispo residiese en el pueblo de Jeve- 
4KM oomo centro de las principales misiones, pues solo las del 
Putamayo y Yupurá quedaban mas distantes y podian ponerse en 
•lias TÍcarios« Reeolvió finalmente que ki dotación del nuefo 
prelado fuese de cuatro mil pesos anuales situados en las Reaks 
Cajas de Lima^ de doade mandó también tomar mil pesos para 
dos eclesiásticos que asistiesen al Obispo. Elsta Real Cédula se 
«•mniiieó a los Vireyes de Lima y Santa Fe, al Presidente de 
Quito, al Comisario General de Indias y á los Obispos de TnqUlo 
y Quito. 

8« ha alegado que esta Real Cédula no tuvo fuerza legal, ni 
•e tmmfiió ni debió cumplirse, por haber sido vicioso su orijen y no 
Uevar ei pase del Yirei de la Nuera Granado, no pudíendo ejecutar- 
se sÍB esto eo un territorio que formaba parte de ella. También 
ee dice que el Presidente de Quito, Barón de Carondelet,. reclamó 
4e ellAf en uso de la facultad concedida por la lei 24, libro g% 
titulo 1<» de la Recopilación de Yudias, que permitía suplicar de 
ke mandamientos, cédulas y provisiones, suspendiendo su cuod- 
pUmiento» siempre que de él se siguiese escándalo conocido ó da^io 
irreforahh^ y q^ue por esps motivos las cosas continuaron en el 
estado fn que se encontraban antes de ser expedida la real cédala. 

fil Perú ha contestado el argumento diciendo: ** £n ^1 iségi- 
fisea abselttio de los Reyes dt España, en que las leyes enoianaban 
ém «na autoridad que era suprema, que no reconocia mas ]iaái0s 
-^¡m su peepia voluntad, los intendentes y virey^ de 3us coloni«is 
WB podian contradeeír, ni negarse al cumplimiento de los decretos» 
•ésdeoes reales ó cédulas dictadas coa toda la fuer¡^ de wa lei* 
sin trastornar en sus bases el sistema absoluto. Afirn^r lo 
ce atr a rio, seria confundir lastimosamente la potestad inadmisible 
ds eees cuali-autócratas con la simple faeultad de hacer observa- 
okmes ó de suplicar^ concedida en la lei de Yudias citada. 

'* Olyidariaoee, por otro lado, los principios de la cien/QÍs 
SiéwwHistiiitiva, si se concediera al Yirei de una coloni^^ mero 
de l e g ifcd o de la petestad real y del j^ mismo de la metróppli, d^ 
i|UH9i le veieia toda la autoridad, el derec)io de dar ó no j^^e 4 las 
mAMW f eomo asegura eT Sr. Mata de la de 1802 4 porque e^ 
#WSb oooeUerar iguales en la facultad de maiidar al Mqnaaca 
absoluta de kts Esp^tfia^ y á un Yirei, seria tr^t^l^ go9¡0 á 



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. - 176 - 

soberanos ¡ndepedíentes* Por consiguiente» sin dar á la palabra 
pase una significación que choca con el sentido común» no se 
puede deducir que la cédula de 1802, que era verdadera lei» 
euya modificación solo era dada al que tuvo el poder de dictarla» 
delHese quedar sin efecto» para asegurar que los que son legitimes 
derechos del Perú entren en la condición de simples pretensiones, 
¿Cuál ha sido el jefe de algunas de las diferentes secciones de las 
antiguas colonias espafiolas que» armado del veto» haya detenido 
las diversas desmembraciones y circunscripciones territoriales or- 
denadas por el Soberano absoluto» en cuyos dominios jamas se 
poma el sol ? ¿ Quién» que no hubiese sido castigado como un r^ 
beldé» si al erigirse en Yireinato la presidencia de Santa Fe en 1719« 
al extinguirse luego» al restablecerse después en 1739» ó al separar- 
se del Perú é instituirse en 1777 el Yireinato de Buenos Ai^^es» no 
hubiese dado cumplida y perfecta ejecución á las detera^naciones 
del Gabinete de Madrid ? 

^Mas» en vez de esta doctrina extraña» cuyas consecuencias 
•eiiian verdaderas aberraciones» la importancia y oportunidad de 
la cuestión exijia que S. E. el Sr. Ministro de Relaciones Extep 
viores del Ecuador patentizara que las representaciones del Yirei 
de Santa Fe ó del Presidente de Quito (caso de ser cierto el hecbe^ 
fiíeron atendidas por S. M. Católica» y que» á mérito de ella«» se 
mauló» modificó ó alteró siquiera en algo la expresada cédula de 
lt02» único modo de desvirtuarla» y combatirla. Pero» mui al 
eoBtrario» vemos que el Rei de España ratificó las demarcaciones 
Isrrítoriales designadas en la Cédula de 1802» mediante la orden 
real posterior de 7 de Octubre de 1805, cuando se obtuvo la apro- 
bación pontificia de'la erección del obispado de Mainas» es decir 
pna años después de' haberse expedido la primera» y cuando 
kabia corrido excesivamente el tiempo necesario para que» llega- 
das á su conocimiento las representaciones del Yirei de Nueva 
Granada» las hubiese acojido» caso de ser justas y de su beneplácito. 
No sucedió tal, quedando en vigor como incuestionables las de- 
mareacienes y segregaciones ordenadas en 1802. 

*' Ahora bien» si desde 1802 bástala independeruna délas 
colonias» los Comandantes generales de la provincia de MainaSf 
y por consiguiente las autoridades subalterniui obtuvieron nom- 
bramiento de los Yíreyes de Lima» y si tampoco en los años sub- 
siguientes fueron modificadas las disposiciones de la cédula de 
ld02» es claro que conforme á ellas ha sido establecida k juris^ 
dicción politioa del Perú.'' 



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- 1Í6 - 

Además el Perú ha tenido y tiene la posesión de dicho terri- 
torio, habiendo establecido en él el Gobierno político y militar de 
Loreto. 

El segundo de I03 citados documentos número 11, esotra 
Rtíal Cédufn librnda en 7 de Octubre de 1806 con el objeto dé 
conceder facultad al Obispo ya aprobado de las misiones de 
Mainas, para que de acuerdo con el Gobernador Comandante ge* 
tíeral de ellas, asignase el territorio de que debía componerse la 
Mitra, formase su mapa y lo remitiese á S. M. Católica. 

El tercer documento número 12 comprueba que d Virei de 
liima en 1806 tenia bajo su dependencia el territorio de Maian^ 
á cuyas autoridades mandaba se suministrasen las medicinas, libros 
para cuentas y demás objetos que le pedian; declaraba el suelde 
que debía go2af Don Tomas de Costas Grobernador interiiio de 
Mainas, ademas de nombrarlo y expedirle título en W09; rectbia 
y mandaba ejecutar en 1810 los despachos de Don Antonio Re» 
fael Alvaro^, elegido Gobernador militar y político de Mainas 
por la Junta de Gobierno del Reino de España en lugar de Boa 
Diego Cal^o. 

En fin, el documento núrtiero 21 acredita que el Virei de 
Nueva Granada cumplió terminantemente la Real Cédula de 1803, 
y que no le ocUrrió cosa alguna que representar acerca de la segre^ 
gacion de Mainas del Vireinato, é incorporación al Perú, At 
contrario, da dos razones en favor de la separación : una la dh- 
tarícia á que se hallaba Mainas de Bogqjá y hasta de Qaita, f 
otra, lo gravosa que era su dependencii de Nueva Granado, por 
tener anexa la comisión de límites con Portugal hacia el MaraBon* 

Tal razón cree tener* el Perú en esa disputa con el Ecuador, 
que una de las causas que le movieron últimamente á declararle la 
guerra, aun no concluida entre ambos Estados, fué haber querido 
el Gobierno ecuatoriano desprenderse por adjudicación ó venta, 
en favor de extraños poderosos, de importantes porciones de terri- 
torio situadas dentro del de las antiguas misiones de Mainas, y de- 
clarar universaltrtente libre la navegación del Morona, Huallaga, 
Pastaza, Ñapo y Putumayo enumerados en la Real Cédula de 1802. 

Con estas noticias, ya no parecerá extra fío al Sr. Briceíio 
que el Brasil y el Perú hayan convenido en hi línea de Tabatinga 
á la boca del Apaporis. Si en el tratado ha habido cesión en favor 
del Imperio, la Rejjública peruana no tenia inconveniente para 
disponer de su territorio del modo que estimase oportupo, y hasta 
ahora no se sabe que ni el Ecuador, ni la Nueva Granada se ha- 



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- 177 - 

jmn quejado de diefaa demarcación, Al contrarío, ee conocido 
que la Nuera Granada» en el tratado de 1853» estipuló la misma 
frontera de Tabatinga i ta boca del Apapi^ris para el caso en que 
Hegifae á pertenecerle definitivamente el territorio de que se ha« 
Ma. Y aunque ese convento ñié diferido por una de las Cámaras 
legíslatiras neo-granadinas, no se duda que será aprobado cuando 
Tvetra á éiaminarse con ántmo sereno y la cslaaa que inspira el 
tiempo. Si se consulta la defensa que de él hizo el Secretario é% 
Kelaciofies Exteriores que lo firmó, Sr. Dr. Lorenzo María Llerast 
j la refotaeion del infilhne que produjo su diferimiento, informe dé 
Bih Pedro Femándes Madrid* no es posible pensar otra cesa. 

Sofl oiertamente mai laudables los esfuerzos que se hacot 
fúf i^rte ée Tenesueia para dilalar sus términos en las comarcas 
^M eslán contiguas al Amazonas ; j el Brasil áo puede, porque 
le sobran tíenras, lener grande interés en que sus confines con Y^ 
neiuela sean mas ó menos extensos. Todos sus vecinos le mere* 
mm é mismo grado de aprecio, no le es indiferente la dicha áe 
ginguno, y desea contribuir á la prosperidad de la América Ma- 
ridtonal por cuantos medios están á su alcance. Es la fuerza del 
stereeho y el deber que ha contraído de conservar la integridad 
Ipacional, lo único que le obliga á sostener sus limites. Estos los 
arira como arreglados á la justicia, no solamente en virtud de sus 
propias opiniones, sino también fundándose en las de las partes 
centrarías interesadas en la cuestión. Venezuela, por ejen>plo, h|i 
cwpfi>rdsfln con el Brasil mediante el órgano del Gobierno de .Co« 
kambia, del Congreso Nacional, del Poder Ejecutiva, s«gun lo 
yru#ba el tratado de 185f, repetido én 1859, y lo demás que «a 
Isetá en adelanta. SI mismo hecho de provocar la discusión, ai 
isa aiyomento más de la lealtad con que procede el Brasil, quien» 
H^ da pretender usurpar territorios armando lazos, como tan li* 
lÁummenjte se le impula, aspira solo á convencer y persuadir á lea 
▼aa ea ol anos todos de que la justicia y conreniencia reunidas Ib- 
foreeaa su eausa« y que son atropelladas las censuras que mM 
ha» hedía y ae puadaa hacer de la linea divisoria. La Tardad j 
la Bsodaraeioa Imo dictado estas contestaciones al Sr. Bricai% 
fprian en alias debe ver el eaámea de su juioio sobre el oonvaaia 
amas el Brasil y Venezuela, y por consiguiante la tfmnqníta dia- 
df iaéareass da Estado. 



12 



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— W8 — 



CAPITULO VI* 



£L AJiTICÜLO 

DE ''EL MONITOR INDUSIRIAl.'' 

•* El Monitor Industrial,*' periódico de esta ciudad, inyprTnniiS 
en su número 155 de 14 de Enero de ISS^'una Real Cédufá que 
S. M. Católica expidió en 5 de Marzo de 1768, en donde se dfc'i 
hicidentalmente que los «'términos de la provincia de Gunyan» 
%Dn por el Septentrión el Bajo Orinoco, lindero meridional de la» 
provincias de Cumaná y Venezuela; por el Occidente ef AKo 
Orinoco, el Casiquiare y el Rio-Negro, por el Mediodía et Rio 
Amazonas y por el Oriente el Océano Atlántico. 
** Es el único argumento que toca directamente la cuestiotí ; 
pero tan Tejos está de ser decisivo en la materia, como no lo cr#- 
TÓ tampoco "el Monitor,"' que se reduce á polvo con una solk 
reflexión. La Real Cédula es lei particufar de España, qué tendrá 
dentro de su territorio cuanta fuerza se quiera, pero que no admite 
la menor aplicación á un asunto que interesa á otro Estado inde- 
pendiente déla Monarquía Ibérica, y que soíaj>udo dirimirse 
le común acuerdo entre las partes. 

El derecho internacional es el que regula y gobierna tas rela- 
cíoneé'de los pueblos entre sí. Ahora bien, los pueblos son inde- 
pendientes unos de otros. Las palabras nación, pueblo, indfcáo 
Sociedades humanas que viven en estado de libertad é indepen- 
dencia recíprocas y absolutas, no reconocen ningún poder éomun» 
ningún lazo que no^ea el de la humanidad, ninguna "cat)eza qoe 
pueda imponer su voluntad á varias de ellas. *Sin>sta indepen- 
'dencia no existe nacionalidad. La sociedad que reconoce un Jelfe 
%xtrañjero común con otra sociedtid, por ese soFo hecho déjü. "9^ 
net nación, y no es sino una reunión de subditos tte otra Dacleii. 
A^í los puefcloá libres, los pueblcrs soberanos no tienen nitígon ál^ 
bítro, ningún jaez común que poeda decidir las diferencias que «#> 
tre ello» ée suscitan, jmgar sus pretensiones, pfrotiundar sefüell- 
eia y hacer que la ejecuten todas la^ partes interetradas. fNRo 
Dios, criador y soberano jnoderador de todas las cosas, único que 
tiene el derecho de abatir y elevar imperios, y dar cuando le plaz- 
ca á los Reyes, grandes y sublimes lecciones, es el juez supremo 



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éé hit BMOM». ¥mc^ km mtm vecet so» failot no sob da etto tnua- 
dfo, iM Uarra lu i ti t i i — «jos ; stai étkb/ Dios oastíga la injusticia» 
la TÍolMiGia 7 la asufpvoion» p«r^ é fnotivdo las penas no caen en 
loa c i Jp a doa sino naa tavdo, d sep w as de esta vida« 

Vodot loo pueblos «ooscwmkran, para regnhir su conduéta 
MI loo domas puoMos, pntrikar leyes, ordenansas» 3ra permanentes, 
fm aeoaffododas á las oírcnnaloncias Mee qtíe hétihin, d daf á cono* 
oar por asadlo doaotiflcaeianes diplomáticas la regla de condoeta 
qno ae proponen seguir. Setas leyes son particnlaros. 

Sié^oiial fJMTO ta anateria tratada en dichas leyes, ordenan- 
aaa é aplifcaoiopes, sea eual Ibero la posición de la naden que 
loa ps aasa lg i as » boi%oraftto é -pacífica, poderosa ó débil, nunca 
p«aéHi ia'»tiaaasD oomo reglas de derecho internacional ; sa apK- 
oMoiettoaBataral, neeeaaríaenente limitada á los sábditos del prÍA» 
mfmf á taa^tadadanoa de la aaciea que las ha dado : con efecto, 
r4 otas leyee auloridad inora del territorio sometido' á su 
roariajevidanlommte oooeoder á este jurisdicción sobre on 
ttwiaiere^ y por eonsigoiente, lastimai% destruir su indo-* 
ia, ytl af lo ea naciowlidad. El derecho de dar leyes y 
eo atributo ovefusrro del poder «obemno, los súb- 
» á 61 sani ot id oe san loa qoe exolosivamonte deben dbedecen> 
lao) do doado reanita ^o 4os extraiqeros no reaidentes- en un Es- 
tado «attoa p tt odo n sor soaaetídos á kts le]res emanadas del sobe- 
' de 000 fiMado. Lo qoo so dioo tie las \éyta particulares se 
I m vSwM oHi oaMopi^^n* 

Loa io]^o t n» a rio roe doboa ser ejeccrtadas pot todos los séb< 
I on loa Estados del príncipe y por todor loer ex^ 
al territorio de ét ; pero ahf cesa su eficacia. 
No pm ds a —ata oateodor so amoridad fuera de los limites del 
lai ii is ii a^ thgtm eao, una naeioR no puede prohibir á los subditos 
da tai p asbls oa lsas ye f u importar ciertos géaeros en otro pueblo 
oBtamferoi mtm puado prohibir á aas sábditos exportar los do as 
toi ü ufki y llovarloa á otm de«ermmada nación. 

Lm a aa ioa a o ao halhm en oslado do comptett independencia 
«saa do olsaa ; n iag uia a de ellae líooe derecho de dictar ioyos á 
loa domas. 8ía oanbargo, desde que rompo una goerra, loe boli- 
fanasloa «saloii pdilicar «toeíaracíonoe, reglamentos, ordofianaas 
a»fi«ol>aaaa la regla do coadaota que se proponen segoir para 
oott laa p aob i c s ^máMmh £soe «alee, cnsrioeqniera que sean, no 
valor iu ta ina a i a ii al, ai paeAsn apHoftrie, i lo ménoo 
I, á-taopaéfcfcwrWctrtfnjrtros: ■ < 




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peden P«ro ea graAdítiina «áin*re d# eif un a te ammi, ««mfBed* 
decirse que siempre que la« dmámm bfliyraiilei Imui leaM» p«» 
der tuficieQt» pera kaeerlo impniwiettii. tmi pm<oé i» lada 
Im leyee iuttroeeíoaalM» y aplioMk^iae prepiae Jefe* kHMtoü 
aQ0 á loe puebloe extraojecea» á lee nem ralea lieahm lnalin.q|ír 
aplar per asedio de la fueixa. Sia duda eeae bnihuf eM atanii» 
dee contra la iadepeadpnoifl 4e lae Aaeíonea. 

I^ leyee de uo üstada so tieueo A»a9 ftiewft ea^notfne la 
que «1 s^uedo haya queridp v<d«nUriaoHui(e neafiedepUif pee 
oonaiguieAte, no producen por si iniemeei4)<i§aeÍQ» ajgünx» im 
sjlbditaa de loe otroa &iadoi( y de a%iiíeav piureíaB^»te»xp»4M| 
gi^raiitía de aeolralidad eo usa póUa» de iegoae ioa«ee i 
per k 8eoteoGÍ# de ua iribwal eatraajve.qoehap^.i 
hiqm neutral por coatraveiH*4Qe & anaAquiega eadi 
aaenio que adicione ó altere ea alguaa uoea el i 
reconocido, y que no tenga á au &¥er lea ^aectoe- eatee la^ ■ 
ífEm condena la presa y la nación á qw perteae^ael Jiuque» ' 

Las leyee de ua E a t adíe eUigaa á ene 
ásnlee ea peía, extraaíaro, pere cedea á lee de Isé 
hai opoaiekMi entre unes y otree i y «aa ^ eaao de mo 
aa «aponen ignoradas por las aaeMViae aatreagavaav lae 
no imervienen traiadoe en ceolvaMie» ae eelán ehli(gaHaei i 
la fuerza de la autoridad póblica para 
i obedecerke* Son palpaMee lea laaaatiaientsi 4}«u p aaal t a ri aa 
de ua sisleaie centrario» f riiae^o» lea atieianea 
coatinua intervención ea loe aegeeiea doméalípae ea* 
4s loque reaaltarian oha qu es y dsaaveaaaeiaa. S^iesl 
janéii derecho no seria cenailiable caá loe de expatfiacíe 
laria y de asilo. Tereepo, coa respeaée 4 lee eíadadaaafti 
tfaáos tti ftigiti¥as».cad«aaeiaa ea k mayoe p aele (kr4ee< 
tiene medios dentro de ai nasnia pata hacer «rsspaSar sus .i 

£1 p rim a r prineifáo ge ne r al» ea 
díataiaeate de la indapendeaoia de 4a« ns 
pasee y ejorce sola y eadusivaiaftaia k ao h es aa k y la j 
eion ea toda k eatension de ea ternlaiia.*' De-< 
s i g a s que ks.kyes de cada Estada afectan, aUífan jf i 
pkno derecho iedaf. ka propkdnfks tPBMsehkay j 
Man ea su t#iiiisi»p» «4í «orna tadae^kafaseesM* fu>«i *M* 
lan nataratee ó no ; ea i 





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MDteBtUos é oMMiiéM e»k cirwi ti t rfpc ioft ée 6fte lerriürio. 

El segundo principio gener»l> et (fue nmgtm Estado, niogtt^ 
jm DMMOB poede» eon ttia labres, «feetar difectaüÉente, ligar ó re- 
gular ÉhjitÉg qua se h»ll«Q Aiera da au terrítorío, ó afectar y oMt« 
gurioa yiiitaas i|iia aa él ao ratídao, ya toa estén sometidas por 
«a»a«uMMit»6Mw Batees ea«aao«aneia dei primer prtneipio 
general : el sistema ^vm admitiese ea cada nación la faeakad de 

if las peteoBM ó e e s aa ipie se hallaii üiera de sq territorio, 

liria I» ig ualdad de d e r ec hos eaire iaa diversas naciattes, j 
he^-aabesteta ca a h i si ira ifae^peftaneae á cada una de eHaa. 
41. r iaei 4a» pri n aiytsa ye aa sK^abaa de eirancíar engendra» 
mt^^mum&mmcim ias p a rt a tt la» j ippa encierra loéa omestra dedii* 
1^4 safcar, lyse tadóa km a fec t a s ye Iaa leyes e traaj er a s pae- 
ea -el larritofía da ima aaeion, depeadei ábsotata* 

r del consentimiento expreso ó tácito de esta aaeseo. 

htapiiaad^ eat# ciitk» de aaCeridades» Ajpéáaa iMista a|¡^l¡- 
La lUal Cédula de 1768 es una lei particular de fiaf)afia« 
Y pac feaúmo ine^paa de servir para rsaolver uaa enestioQ <|iie 
fOMesRÍ» á eHü y é Portugal, £Ütade independiente. Mucho 
tüánas ,a<uindá> iüBibas Petaocias la ajustaron por ssedie de k>s íbw^ 
tmAaa de VSM> y 1777, en los caalea se describen linderes de Jtodo 
püfea eootrarios á los especificados en la Cédala Espai&oia. Aun 
WMMk^ el eoio de 1777 laeaa iie la asisflia natwralexa que la C4- 
¿ufa^ da 17#8,baataria eot^ar sus feckas peora conceder valor ai 
^'■iii yolameiile Si bai oolirioa entre dos leyes afirmativas, ó 
éM tratados aCrnsatixrea. concluidos entre uaas mismas personas^ 
áiirn^ flsísmoa Jistados, et d» msm reciente data reeUma proisraa 
ila,nnhir-#l aotiguo^ povye es eirídeaAs ye, poes émbas. layas 
ó tratados ban emanado de un mismo poder, el acto subaaousete 
e0i MpaA de derogar al aatarior. 

» ' Jlaaoftaaaaíeii^el presante eaaa: el primer mafo ef <ei par-. 
tipibMf M KapHls, al segundo» lei de S^iaAa f Poilugal á jm 
tJMW^: Jüm ea Jo nnase refiere 4 leyea aa fiartiauáar, iodubitabla* 
mente ba de darse la preferencia á las aaae iaofortantes y aeee* 
ümMi* Bito es' la^gram. sagla ^m debe oheervaqie euaBdo se 
b»tto»iM refugnaAoia usaa co# otras) es^la. r^n íyn exye ma- 
ytj^atjaotsa; y p^ taat4^ la oeloea Oyaroa al írente de todaa 
lij. ñuflas üíie sienla jK>bre la asalaria. . ftsscnidv una lei de 
awinrie M^pertaama, a«o4>relej|to..de obtarwFotra menos neee- 

y de.iDÍM«Mt neweeueacla, es oentgriar »l Jk^ gsMial d» 



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— 182 — 

la togMaciofi, yelgrmiid» ók^ áe hm hffmym yfmkd^ tri 
conikioUi e« crimhial ; pcfqse un bitm dmmvi « eselaye «tro 
mayor, toma la natural esa dt un mtil. 

Diga '' Bl MoDTtMr" si en rista de le expuesto le parece pe- 
sible la competenofa entre la Real Cédala y los Trmtséoe de ITM 
y 1T77« De ne obeerrarse aqueHa, mBguB« e o nstc ii e p eí a hÉMa 
resultado ; la violación de eetoe hubiera producido la guerra, eale 
es, el peor mal que puede reeaer en la humanidaé. 

La Real Cédula faé une dispoeteion perttevlar de 
queleninr libertad para anularla, derogarle ó refemmrla 
bien le pc^reeiese, sin haber de dar euenla á nadie de ei» 
Los traUdos formaban leyes intemaoioBetee» oMigatoriM pena 
Portugal y Eepafta, y no smoqpttblM áe níngoiia wmámm mrU 
cual ne eonvíniesen émiíaspanes intevesadee» q«e«n teéel^r^» 
tiro 4 ellas debian caminar de ao«erdo, de manen que le km$km 
sin él careeift de ralor . 

* La Real Cédkila no deftie ios ItmHes de la GcrayMÉ* telü 
al contrario los in^a solo por incidencia en una dispoe íei e» ééh 
tinada é* cosa raui diferente, cual era agregatr i esa pinriucia 1é 
eonnindancia general de las nuevas fundaciones det Aho y Baj» 
Orinoco y Rio-Negí^, aprobando la determinación tomada sobrl 
esto por p. José Iturriaga, Virei y Capitán General del Nuevo Reti- 
ne tie Granada y Presidente ele la Audiencia de Santa Fé* PWi 
suponiendo que hubiese tenido por objeto demarcar los Hvderds 
de la prorincia de Guayana, lo cual debié hacerse en la épotfl 
de su creación, y no después, seria una disposición inierior, palli 
las colonias espafiolf», hija de la conveniencia del ]Foiraltia« I^M 
tratados pot el contrarío miraron al ftn de dirimir la* mmm 
traáas pretenstenes de des Estados eoKndantes, como Ferlo^ 
y BspiHIa* 

La Real Cédula, si se le concediese valor, produéirla m A* 
MHNio. Al geipe de ella caerían no eolo Im po we i e nes pwtugva- 
e«e situadas al Norte del Amacenas, sino tambieh hta ingleaai, kü 
holandesas y las *afteceas; todas desaparecerian par« dar Vag^ 
éfñeatmen^e é la C^ayana española* 

Es de pensatee q«e la Heal Céddta se pr»pi»o deüir ti 
comarca oe^ociéa oon el n^mbi% de Ouayafia. Da p^o á to 
conjetura io xfáe dice O^aad en m geografla ai hablar és áMy 
gosttirar -'La ciudad de Ang^ttfra es la tap^l éa GuayaM» 

de eqnd terflhrio, y que fiU é^fmes «rt«wl£é»*iíe A feo ef wwto 



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pms qm qméa wmümnm É^ entre df Otmmco» el Casiqwiare, Rk^ 
NegrOi Amazónms y el AÜántíco, formando una inmensa isla éh 
Is cual persenece grmí parte, áj^en^emtelay el Brasil^ y pequeñas 
forcumes á h¿ ingleses, holandeses y franceses.^ En otras varifui 
•bras de geografla se lee: ^Griiayana, extensa regkm de la Amó^ 
mm éel 8iir, ^e abraza en «u sentido mas lato todo ei territorio 
qú% haí •Blre<«l Arnaaénas y el Orinoco y se dilata entre 4<* de 
Imíkmi S«r y &" 4^' de latikid Norte y 60* y 66« de longitud oe» 
fsvádBtal. La mayor porción eon mucho de esta región (antigua* 
tteiMe Uaioaéa Giiayami espaftoia y portuguesa) perterosce it lee 
tMNTJlofíofl de VeBeswet» y del Brasil, y el término Guaj^asa, se» 
gaa \m imeKgen^ia genepal de hor, se refiere solo al país situada 
mam O* 40* j ao éV «te-latüod Norte, y 57» M" y 60» del^ngttaá 
s wi i ^ eB»»! diviiKde entre los in'glctses, hokndeses y franceses.^ 

lift QuajMMMi JiokDéesa» oomonzó á existir en 15M, tifio eñ 
fBtiM • armaron eslabkreiinienioe 4!erca del Ponaaron y otros lu- 
(pwes. ÍDiaediatQS. Los iagleses ibnnaron ios suyos ea 16Mi 
Algisnos franeeses ;se fiiaroo en Cayena por primera vez desdb 
IMM. CiMUido se oelebré el traladío de límites de 1750 entr« 
Pormipal y £sp«fia, el Ajnecónas desde sm boca aguas arriba ha)s- 
ta Ja del J»vary e» eue-^os riberas estaba ocupado por la Coroni 
Lufi|itaBa»«ooaio k> añrma su preámbulo ; y emónces se capitt^ó 
que c«4a parte se quedase oon lo que poseía. La U?eai Cédale 
imrte&ecie «1 afto d^ 11^, y de consiguiente aun en la feeba dol 
acto no pudo S. M. Católica borrar g^04» una plHOMnla l#e füMItit 
nes de aquellos cuatro Estados. 

Bien hace por lo tatotd**Eí ftíonilor^ en no creerla decisiva 
en la materia. 

Bli verdad que, cuando se expidió, no estaba vigente el tra; 
tado de 1750, el cual fué anulado, no por el de 17'Í7, como desa- 
certadamente lo sienta^ el Monitor** sino por el concluido en el 
Pardo á 12 de Febrero de 17«1 y que firmaron Don Kic¿rdo 
Wall y Don José da Silva Pesanha. Dice asi : 

"Los Serenísimos Reyes de España y Portugal, viendo p^ 
«ma serie de sucesivas experiencias que en la ejecución del ti^a*- 
tado de limites de Asia y América, celebrado entre las dos co- 
ronas, firmado en Madrid á IJ de Enero de 1750 y ratificado eñ 
el m^s de Febrero del mismo año se han hallado tales y tan gra- 
ves dificultades, que sobre no haber sido Conocidas al tiempo que 
se estipuló, no solo no se han podido superar desde entonces has- 
ta ahora á causa de que siendo*^en unos paí&es tan distantes^ 



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|PM# c^OMkkMi de lai dm ••rtes, era ¡■rf¡>paü»M> ^ 
4» \o9 ioibjTiaet de loa nwhoi >n>yla»AMi de umi y elr^ pMPte 4 
tü» fia, Quya contrariedad B^nea ^ padidk) radüotrae 4 oeoeeffdia» 
Míe ^ue han becko eooocer que el referido traliidp de Kiitilam 
eeüpMlado tiMlaiidal y yoettivaie el a para establecer osa perftete 
ifttODla eaAre las dos coronas» y upa ioallerable tNiicaí eotis sw 
l»fallos« por el costrario desde el afio de ITS km émim y dwm 
9m le fiHwro muohos y muí frecoenlee afiDlívoe de conlMif«MÍM 
y ee m es ta e iíi «e g epoesUs á tan loables fiaos : eebie esla. etam 
as w e ci wie n to, loe doe sertnbioMW Reyes de auitao aeoerdo^ ji 
f pc fi ri ea do á todos y cualesquiera otros intsatiss» el de kaeer aa* 
atr y remoTer keeia la mas lemota ocaaiea ^iie paeda ateeMB-^ at 
asía la laotoa armeaia y buena correspoadeaeia qae e a ^e a jba 
f Jaealos de sa iatima amistad f eslrachse parsalaecos, sisa laaa» 
kien la cease rvacioa da la aiae aasifaUe uaíoQ eaisa sas s ea p e o 
líiros Tasallosj después de haber precedido sak-e eela 
alelaría anucbas y mui sertas eo Bfc r o i i a i e e » y de haber eaaaiji 
aaa la mayor oircunspeccion todo le á ella p ert e n e eiei ite» aolosl* 
aaron ean loe plenos poderes necesnríds, á saber: S. M* CatéUaa 
a» Sn l>oa lieardo Wall, y 8. M. PídaHeima al 8n Don Jbei da 
Mva Peeenha» los cuales, después de extiitúdae y permutadas 
laefprocamente sue plenipoteadas» bien ínstraídes de laeTerdaide» 
aae iateacfoDes de loe dos Serenísimos Reyes- sms amos^ y s iguió »' 
éi* sas reales órdenes, eoacordaroa y c e a e toycr eit de aaiftiíaa 
iaaadb lee a nt é a l os sigaianles.*' 

** Ipi sobredicho tratado de limites de Asia y América entre 
^$, dos, coronas, firmado en Madrid en 19 de Enero de HSQ, qoi| 
%>dos los otros tratados ó convenciones que en consecuencia de 
H ^e:fu#ron celebrando para arreglar las instrMeciones de los res- 
peetivGfs comisarios que hasta ahora se haa empleado en las da- 
^ifircacionea de los referidos limites* y todo lo acordado en virtud 
4| ollti se dan y quedan en fueraa del presente por cancelado^ 
papados y anuladoa como si nunca hubiesen esústido, ni liubieaejí 
nido ejecutados ; y todas las cosas pertenecientes á los límite^ di^ 
América y Asia se restituyen & los términos de los tratados, pacr 
tos y coQTenciones que habian sido celebrados entre las dos coro- 
^^^n contratantes antes del referido afio de 1750 ; de forma que so- 
ip^^slo^ tratados, pactos y convenciones celebrados antes del afio 
de 1730 qu e dan de aqui adelante en su fuerza y vigor.^ 



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▲KTICIJb9 9.^ 

** huefpy que este tratado fuere ratificado, harán los mismos 
leían í s iw Qe rtyeB e:iRpedir copUs de él auténticas á todos sus jres- 
gectivos comisarios y gobernadores en los límites da los domínioa 
4e A^éricaft daclaráodoles por canpeiado, casado y anulado el 
leferido Ucaitado de límites signado en 13 de Enero de ITM» coo 
todae ka convenciones que de él y á 61 se siguieron ; ordenándo- 
les que dajado por nulas y haoíeado cesar todas las operacicNa^ y 
tOos res{iectÍTos á su ^yecucion» abatan los monumentos erigido^ 
en consecuencia de ella y evacúen inmediatamente los terrenot 
«ppadoe ^ su abrigo ó con pretexto del referida tratado ; demo- 
Uendo laa babit^cioitest caaes ^ ^rtakzas ( las de San Carlos y 
8et Ajpualin 1 1 ) que en oonsideracion de él se hubieren hecho ó 
levantado por una y otra parle ; y decía candóles que desde el 
y s p e i ()Í4 ele li^ ratifica wm deipreeoDle tratado ^ $^eUu2te sola 
6e quedarán sirviendo de rielas para dirigirse los tratados, pactoa 
\ convenciones estipulados entre las dos coronas antes del afip de 
1750» porque todos y todas se hallan instaurados y restituidos 4 
íMl primitiva y debida fuerza» como si el re&rído tralado.de 13 dst 
Enero de 1750 con todos loa. demás que de él se siguieron,^ nuncft, 
lltubieses existido; y estas órdenes se entasgaráapor dupUcadoi^ 
4e naa y «^ra corte para sa direecian y mas pronta eumpU-^ 
«liento.'' 



* DI ptiMmte tratado y le que en M se hafla paetsdo y 
será de perpetisa Ifemm y vigor entre los dos refefidee 
rejwsi todos sus f ces e t ^e y entre hm dot e w »e n n a f 
f ee aprobará, conffrmará y ratifienrá por sus Mageetaées can* 
f eé adu se las respeetívas ratifieacionea en el témino ét m mee,* 
cootflrto desde^la data de este, ér ames st posible'imre.*' * 

De este modo tan especial enúiató el tratado de 17£#, y el é|f 
ffTT, M]oe de hacer lo que desde 17#1 estaba hecho, pof el cdn> 
frarif» restauró en parte el artteulo-9 de dfcho pacto de 1790. En 
el alD de 1778 se restableció su articuló M medtante haber sidd^ 
meo»porado en el 8.* del comlaido en el Arde sobre neutrafídndT 
fannitfa y comercio, tratado qtre ademas expresé se entendiesen' 
lee liiitsB establecidos en ITM con rrtpecto á la Améríot Wíéá^ 



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dioofil, e& los térmijK>s ettipulados y explicados úitimameote en 
«1 tratado preliminar de-ITWr • - • 

Con presencia del tratado de 1750, al cual es idéntico en esta 
TMirte superior de la línea divisoria el de 1777, ¿ quién podrá afirmar 
que los limites designados en el prinwro sean ios mismos descritos 
611 la Real Cédula de 17B8? £n 1796 se envió una expedición de 
Kmhes, no porque ellos fuesen entonces inciertos, sino en cumpK- 
Aiiento del articulo 22 del convenio de 17M, que para "determinar 
con mayor precisión, y sin dar cabida á la mas leve duda en k) 
fbttro, los lugares por donde debía pasar la raya, mandó nooH 
War comisarios inteligentes qne ia visitasen toda y pusiesen Ua 
marcos oportnnot. 

fiX tratado de 17Y7 debería ser Vi regia para la- fijación de 
lóslfmhes entre Pbrtngál y. la^Espafta, si, como eeteiro v^^te 
desde la fecha de sti celebración hasta 1S01, iinbtese coQtlnuáé5 
de aChl en adelante. Mas no sucedió asi, habiéndolo cancelado la 
gtierrft qne enttaioes movió fispafia á Foftngal, coa el injustUb% 
ble intento de hacerlo esf hr de sn netiiralidad, y privarlo de su co* 
roeréio con ios ingleses. 'Sin embdrge, se concede de btiena gana 
que' se apüque al caso el paeto dé 1777. Antes se ha demostrado 
que« tomándolo por norma, Venezuela no alcai»a la extensión 
ffue le asigna el tratado que ajustó con ella el Brasil en 1S52. Pa- 
ra mirar como cnmpK4^ el primero, seria preciso que ia IWiea 
femase iné« arriba del Rb-Negro saüendo al Tomo, pues solo asi 
fSMdarian cubiertos los establecimientos de los portugueses, y i 
«iés la cemunicacion de que en 1750 usaban para ir del YupoM 
al Rio-Negro. Ellos posabaadel.Y^HHir^ y Apaporis al Vaupee 
por el portaje del Tequié, del Vaupes al Isana, del Isana al Toiao 
j «dnl .TooM al .Hia-QIe§ro* También jku la división ,4e las 
1 4)iJe el, tratado de 1777. previjapi «^ hiciese con el &n da 4||jmi 
á Portugal los 4al Amaaógan, y í £s^|míjU las d^.0% 

» ; iaa dal Casiquiace y Rio^^^Negro áebmian haberse «fluida 
tmitm tu k»s aledaios del Br^l. Los espaml^a iko habían p«Qa> 
Irado an RioT-Ne|;ro, cuando ya estaba explorado y poblada {^. 
lü po#(qfiieses ánies da 1^744» ea qpe Moráis llevó al Pad^a Ma- 
mml Roasaa i Yavij^. Coa^moUvQ de la expedición de iínaiüa 
oaiisestieote al tratado de 1750^ fundaron los ^espa£ioIea fuera da 
m» límiy^ los est^hscimientos de Sao Carlos, Saa Ajíii^ f, 
tul Famaado de^Alahapa, segu^ lo. Qoofiesan eUps misxaav.^ui^ 
4a ealenesniente prob^ y lo asevera el Padra.Cauliixcnel^a); 
4|íe 4«e luego se^^opiará oím otro <i#sigaip. . • . » . ^. ^ 



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preUmiBar aj u t Nii o jr Bmciteiéu anira 8. M. Calélmi y k 
FHIelísima, y ratificado por el Rei á 1 1 da Oatokra é% 1797» fm 
el etial quedaron termina^at las disptiÉae que las- doe poteneias 
habían teaido ooo prelenamMs opueataa* por la pafÉe 4M Ata» 
Qraná^f 4a eoala del mar y la Gaavaim. Para fijar Mm aalaa 
WwitaB, le E apa i a «adió uoa pa r ois a de au tenrílDrio aohae la La« 
fMa Cfeade y Mena <|ue balNa recitando kaala mMmma^ y 
métrAM por el lado-del Maraion y kkhcNagra lado el taml«te 
^pie AMeattaba. Seganeelelgai^io, el Eoaador 4ebe aer al limim 
éal Baaaíl ; pero loa pnrti yiaaa s aa extendieaos dnipaea aatea 
awareatü le gaaa , ta^lo ea el país de las Amaaóaaa roasg al Nede 
y «1 Oaala de la G^y^fta .eapaiola ; y para impedir aiiafas. ttaor* 
pa ci o n es» maadó ei Reí oanatiuir >l líierte de Saa Carlea aobca il 



Nadie aabri mtjmráfm ><ir*msl y * Esfafta aaiies e— m lea 
íbte ana pesssioaea m ▲máfioa* hmmmm 
enMladeaameiite el paaétbeto del iratede de HM, 
•iMüíaaerea de la ilt nd«anin> 4e Psitanal aaet 
MM haMla la boea del jMrajry, im le aatiiaéa liel Sacraasaatni yjéa hi 
^aftloseepaiolee h ab i a a o e n ps dn aa Asia al OocideaÉejda la lifeM 
del tratado eeMkiide ett TenáasiUMea 44M. filden77 
fue uao de los piMioipales-aaolíirea da lae 
tretas dea^ofeaas, ba aido el esia b les Í M¿s alc pertegusaáe le^et 
laflía del Saeramatn, isla de Saa Gabriel y elvoe pnerlea y 
iMÍaa ^SM se hea prelaadido por aquaUa parte «a la 
del Eiede la Píate. .Tawbiaa eipoae «He 

entre lea dos Mottavquíaa ha aide la ettüada a» )t 
de los Patos ó Rio Grande de Se» Pedro, sifweade de» 
faaa por ees vertieales hasta el rio YaoMÍ, cujíes des hsadaa^ 
baa preteadide perteaeoerles áoUkae eoroaas. Ne fi 
a^ nit^ina eoDtrai^ersia «e^eetivasaaote á Ua«yaiM^ \ 

(K fiepaia eedM en eaaaA» é le aa p sg aciaa %^wánám dele | 

de les Patea y Rio Grraade de Saa Pedro, que ae áealesie» 
de lnMÉi|^ei, aUt aaiaaae aal^iMaw la flaei[^iifr 



eíott de loa ríes de la Piala y Ura§w, y loa t ej r sHos daáua-dee 
e p t e l ftoaal y «wridíoaal, qiM «a ie ndÍHdirafea, i 
kdel Seerasfiento, la isla de Sea O ei br iel y lee i 
qtxe hasta eaténcea hiibieaa pese l d a 6.¡ 
la eeaena de «Ntlagal ; y ae ■ ses aka ha , bueear Eapa» 
aowifswsaiisa en U parte del ^ waai aa s y K i » i is ye i Me lal 



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i 9&krr% C hw i y m a, iNdto qb» h hah i sii» «o k<ee I» mát lev» 
r et l»l«4o d»-19V7| y EspMto^ar logr* üéfoirir comí i^ 
fMtt por didh* Mk>. 

Q«M^ Mgon €86 trntarfo, el Ecuador Mm ser el limile del 
BfasiK M e«fecM é tevevcMi l«n f^regrÍM^ eo^o q«e ni sin «rib^ 
6«Im ]i^-y 19, né 44M demás ém él eelab U ee n naé» 0e«M)««let f 
wám •t uum i n da HcmiboMt, praéaeta de tu» IradMeR eqnívmad« 
f ffm é) arieme ee enaargó de expttaar ea sa cana-ai-Br. Iii»* 
koa; pueS» haber dado mán^n á l« aflrm&don^le ** Bt Monllar.* 
Jw lia sabe en t!¡0k queda : ya prcffeiide toi itorites de ta Rear 99* 
dahi| ec^'ea, el llio*fle|fro, Aif)3i.6na9 y AtNiíltícOy ya el Bcaádeft 
JiO §6 deaCnERAre otirü objeto en ta ctta aet pfmier ckiuiRiieiito t nn 
etiM ftaigo, t poco ae desentíeade dr M; y ya aípfM al KfiSllé de'ft 
4^!iinooi4f'* . . • 

Pueita aparte la última pretensión, qoe ya quedtf NfbütM}^ 
eaanilMaa w pfiaMT% en coifiparacioH' eoa la finea ttef tratado 
•alVWr 1^ jya Meaf OMwa fNt fer tsiefto^pie pmtevsiMr w 
flapasM líaMi er AflsaaanRS aewa la eiNURNtt^a oei i^^o^Dixíffwi 
WMlv}*%íea»d«aifaet: ai H a la da d»IVT7 eataWeeev aaHyMftoel 
4M ^^^Wf'^aw av AiuawHiaaf croaos sa oaaa wsia Mt^pr ^ai^^HF^^ a^^ 
rá R si togal, y pa» l a auigu i ü K u al #wisl». «.^ La Real 
pone pav Mhil^ Aienaiaanr aa Oiíaytiaa et Aiaasonaa dea* 
dtt^ ia Wttwaaaefa dar m\^ riag^aa- 4aaia aw 'deaaHiaaeadara en al 
'^tiatadoda^MÜ^, ai Amaaónas oo sin^ da Kadars 
porsoguaaaa y eap Éfi al a s^ me en la áiü uu e ia'q a i 
*ia aaoMi cwl Jaifaay a la niaa oeaMeatai "der^MtlHMN 
ai* ^K-^aivlaJkeal Cédate, ta damaroaeionr -cen^ Solo par el •W 
■aoa^ \>iMK|CMnrej ^Re^J^'^vffs^y AHiaaonaat OT^tialftcfo nMHNM'Mii^r 
éA A iaaót M W , no íx^r ai Mo-^Negre, sino por la beea triÉa lMi> 
sHlsal del xapQia, aa^fair el carso de 'este, después er'üe l^a't^A 
SV te joaten y se* itoei^faea nrtiy at raaibe cM neate, tir#r pirtEwlN 
sttN^'Wiea ^le ^aya a cobflr en et Rio— Negro ios estabiaeiflkMm 
y ^ aanl por d^aáa paaabaa 4a él «1 ¥)iptfrá, y 
i'taaMr^taa damas^ioa qae se «aiaa->al Negao^ 4i* ^tík 
l É Ü i al Qéd«tei»g< mf aaa gaida aaMvwlída m aaaisls^ Hashada 
aa*aa p si <nQ stS8 s s tew s a le paaagiiaa d^ Iba riaaydal oMir* al 
Hal a lie aaiala p ar caniaer en parta TÍaa y sn paila tea 
yia aiadha aufra #i Ortnoeo y Mamiont baala 
dhaateíaa da ánbaa manaf^afaia. é.» La lUal Cédate < 
4fta» loa* léraaiasa da O aa y a a a, la eapaflela, la paanifiiaaa, te 
laMaaNtesa y la fi a a s a i S y y e8l»eaunaépoa»a»^q|«a-yii 




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& áf • Ostólica iMiMa rewno eiJ» ts exitlMMa d# 
tfujeras en Guayana, ¡mr ejempto, roapeclo á Pontgal m al tva» 
laih> da 17M ; taeaal» á k-OratiBrelaia, en loatralaéoa 4a IMI 
ydbr 17189 m cuanto á üalaaria, m al taatoio át Matiaier 
4fir 1646. El tralado da }77f a« raeional, perqae, aupa«m»do >a 
Mtataneia ée to4aa tas dicliaa oaioaíaia, daja á la Gkiayana espm 
Mía en aw «mbéaroa Hatilaa^ sm prat«^4ar^ ianpaaiMa^cie tlaa^ 
tNMff la raaiidail da alroa fajaaa lebrytea aa at ca uQtmámm podia 
^mkw jmai^oékm alfima ». M. CatóKca. 6.^ La RairiOétfnhi 
éaetora ib popiviad aflfMiilala^ tanto %l OriMoa^nia al AaMua^ 
aaa r el espíritu y la letra del tratado se dirigen á dividir aüaéa 
«loeU »tiBÜiiiyaad0.al prian#ro ¿ k>a aapaftoles y ^.a^padc^á lea 
far fujuanai » proktbimlaiiuanaaa^sa introdiiaiinn en 
é» etaM^ y «apagando aias lu^as por medio da loa aUoa 
fBo axislan iatarpiiaatoaj ?;» La Real Cédula no '^ttiTThaait ínira^ 
i|e egaao tsrritorio, aiw tambiaa apgrla los Uaiilea. da i^pafta. d» 
kMi oatableciimaiitas qm etta tawa : el iraudo pone ia daian^ii 
qíoi^ en toa punto» ImsIo doada ^iagatwa ka pttMeioaja^rfastivj» 
da cafUmao de laa doa raittos. &» ¿«aJUal Cédula istrodueo é 
1lipiSi^e»«l lii^^JSegror, €^ üá dasaubisrta por loa pnrtuf¡iimü 
y a& ^uya* arittaa eateb l aa i aaaatadoa Wa 'pMaUoa y fartaJuaniAih 
tie.aiiuaMJiadoa: lalüatado aaiftceda la mayor ^gMla da moi«<Ni^ 
fpo á Portia0id, paea ppaaeMa ooaao Jiodaaí^al Yupivii, y 
turar da él ímm línea míRio-'Ns§m^ qm 9u¡krmJímmá%bbck 
ygtmiiii» de laa 9KÍllas da 4nvbci^ d.» La Real Cédula quiu á 
£iirlií|g|^ los aatábiecimientoi qn^ habla formado á onibs del Yu'> 
i: al tifitado eon viene en su existencia y los manda cubrir á 
: dfirtao de la linea de aaa Monarquía. 10." La Real Cédula 
üiuivalewá un dociunento que dijara qu^ Guaj^aoa conímaba coa 
al Brasil por el Sur, sirviendo de separación el AniaEÓiíaB : el ira- 
tfdo describe una linea tan diferente» que solo da á Espa&ii, en 
Qomun con Portugal, un corto trecho en el Amazonas, admitiendo 
ser todo este del Brasil exclusivamente desde la boca |náii occiden^ 
tal del Yupurát aguas abajo. 

* ¿Cómo seré posible que, á pesar de la repugtiancia en que se 
hfUa la Real Cédula con el tratado de 1777 y varios otros» 
subsista al mismo tiempo que ellos» por lo que hace á PortLtgaí? 
pero, si la Real Cédula carece de v^Ior intertiacbEial, no es lo 
qúsmo en cuento é sus efectos dentro de los domlujos de Espaflat 
qjLie deben resjpetar sus disposiciones cualesquiera que fuesen. 
Cuando menos, estaría vig^ite en ellos, desde la época de la crea- 



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MoB de OMfam, ó dmám IMi hMte «1 ateiU 1777, eo que «b 
•eUbffó %\ Iratado dm <)U» m haUa. Akoia biao, pues la míaiBa 
ihipaift seiaió por limitM oecMmitalaa da Gkiafaaa al Caaíquiava 
jral R|»-Negra» i^tq/aé raxon «a fiuriaria Veaesuala pasa preíatt- 
áar ia boea del Yupurá y coaiquiaaa aira parta aiiaada al Oa«la 
del Rio-Negra f En el mafa pelítíaa da VanaaMla da 1610, qw 
haca parla dal Atlas ds Cadazaí, asía ^^graüa la ds |3iar limiüa 
al Ooeidaiile, al Oriasoo desde la dassmhsiasiíaca del Mala, kiaps 
al At ab ap o» y en fia el Rio-Negro.. Praeba de yiecapaidaré^ tí- 
9Biila k Real Cédula de 17M» Inaa i|«a ao la si gai saa en teda aa 



Dflsp a a s -de hecha esta dematoacíoa y de haber desarila la ' 
i nyn del Brsstl y Venezarfa ea diffofl atiaar oan-ia aaosa^aa 
Miviase para afirmar en su Geografía ^ que ftiara lodaTfa n i ayai 
la aa t aas i s a da Gaayaaa, si se coenpraiidieae ep sas líoMtas d 1^ 
nrkorio aatrcf ei Apaporis y Yaptirá y el Otiamopi hasta saMr ^ 
araren del Gababary, sagun los üaladea aatfe ^fispafta y B^rtugsrii 
Satóoeaa aa a awisntaria aaa 9¿%M leguas ^e oeopaa ios bvasí^ 
l e ttses .^ La coatradicoian as taato fwayor, eoiAto el s a t e m e Gsn 
éi wí ea las eartas de üalambia qiie Isaaé y se baUaa a»sa Adas, 
sltaa ^ Apaporia aa ei Departaroeala da Ca ttdtaaw a rea , qaa es 
lie i\tievn GrtiTiridií, y el Yu|jijrÉ ealre asa saLUtDP y la4M Asu a s 
perteneciente aJ Beiíador, coaia n^a de áaibos paisas, y dala 
boca del Apaporii va por utm recta al filarle de T abati a g a» 

Montenegro, en sii Geografía general, hace coiaeldfr*fcis N^ 
mitas de Venezuela, ÍTueva Graftada y "tSeiiader entabam d4 
Apaporis, y los de Vení*xuelíi y el Ecuador en la confluencia M 
Guamopi fron el Vupiirá; mns tampoco cuida de expKear oóane 
ha ¡adelantado Veneíiaeb su territorio desde el Itfo-ííégro hasM 
el Yupiirá y el Apaporis- • 

E! Coronel Don José de Alcedo en su articulo sobre Guaya- 
ma, la describe asegurando que es *< provincia grande de Cumaná y 
parte de la Nueva Andalucía ; es una de las mayores de Améri- 
ca, y comprende todo el país que hai entre el rio Orinoco al Nor- 
te, y el Marafion al Mediodía, canfina por et Este con la costa del 
mai'j en que timen diferenles colonias los holandeses, y más á ftatr- 
lovenlo la Cayena ^ perteneetentG á los franceses, por el Norte con 
las orillas del Orinoco, que dividiendo las provincias de Cumaná, 
Barcelona, Caracas, Barí rías, Santa Pe y Po payan, forma un ma- 
dio círculo vütvíendo al Este i buscar su cabecera cerca de la 



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- ASI - 

lfl0m% Farima, por el Sí^r con tos dominios del Rei de Portugal en- 
el Braúlt ignorándose sus límites hacia esta parte.^^ 

£( autor gigue en parte la Keal Cédula, esto es, en I09 límitet 
del Norte y del Sur, apartándose de ella en los del Este. Pero* 
detpue* de sentar que Guaycma comprende todo el país que hai 
enire el rio Orinoco al Norte, y el Marahon al Medíodia, se le^ 
f0capa agregar qfie se ignoran sus límites hacia la parte del Sur, 
donde ceniíaa con lo^ dominios del Rei de Portugal en el Brasil. 

Ademai^ en diferentes pasajes de su Diccionario hace qué 
]#i posesione» |>9i*tuguesas se extiendan al Norte del Atn^izónas, 
io.tgrritorío que, según su defínicioa de Guayana* debía compren- 
dtr en su circiMi^renQia. Por ejemplo, en el artículo " Cababu* 
Mg¡^ del cual dice que es '* rio caudaloso de la provincin y país da 
ks Amazonas, en la parte que poseen los portugueses. Corre deJ 
Norte al Sui% recogiendo las aguas de otros muchos, y entra eii el 
Rio-Negro.** " A-ari, rio de la provincia y país de ¡as Amazonas^ 
¡á Gumyana de los portugueses, síace en el territoriu Je Ujb indios 
Tuheres, cerr^e al Sur S* E. y erntra en el Marañon, entre \q& de 
Tuber.es y de Cayari. cerca desií salida al mar.** *' hana^ rio de 
la provincia y país de las Amazonas en ¡aparte que poseen los 
portugueses, corre al Sur S. E. recogiendo las agua3 de utros mu* 

chcNi ríos pequeik>s« y entra en el Rio-Negro.** ** Marañon 

desde la boca hasta el rio Javary sobre la orilla austral, y hasta el 
fmehlo de Loreto de los Ticunas en la boreal, pertenece hoi esíe 
gran rio y los territorios adyacentes, é los portugueses ; y desde 
ñílí para arriba á la corona de Esparta, que ha fundado muchi^ 
mos pueblos de indios, ya cristianos, y reducciones que firman Ai 
v^ision llamada de Mainas, que tuvo principio y floreció bajo ík 
dirección y. conducta de los Regulares dé ha Compaffia de fk 
provineia de Quito, hasta el año de 1767, que el Presüdente Doé 
Jo^é Dibuja envió varios sacerdotes para sustituir á aqtiellot, 
cuando sucedió su extrañamiento de los dóríiinios det Rei, y tan^ 
iien hai oU^íls misiones de los Religiosos de San Francisco en' les 
orillas dé los rios Manua, Putumayo y Caquetá, "* * 

El Pacire Cautín, en su Historia de la Nueva Andalucía, tám- 
\nesi focolica ^ue esta provincia, por la linea Norte-Sur, gozaba 
de 270 la^u^s jjeográficas q\ie corrían de la costa del mar del 
Norte hai^ta.el^gran rio ó país (le Fas Amazonas. Ün una nota 
¡¡gfífi ía, »d¥^t€M(^ia 4iiguienté:-:''lBstá hoi (1770), separada la 
prpyincÚ4 d^Ouayana d^ la Gobe^iacion de Cumaná, y sus lími- 
tes son : por el Oriente, el Océano Atlántico ; por é) Occidente» el 



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~ Ifi ^ 

alto Orinoco y caño de Casiquiare ; por er Norte, el bajo Oirhioco, 
lindero meridional de las proirinciaa de Cuma'ná y Car&caÉ ; y 
por el Mediodía el Rio-Negro y Amazonas.'* 

Aunque levemente alterado, este es di mismo contorno qué 
expresa la Real Cédula de 1768. Como se ha probado que tal 
documento no tiene fuerza contra el Brasil, se concluye la inefi- 
eacia de todo testin^onio que en él estril>e. Mas, si se quiere 
acreditar que el mismo Caulin se contradice y desrirtua la Reifl 
Cédula, se conseguirá confrontando el pasaje citado con esté otro 
del mismo autor, que se halla en nota de la página 7S, edicioft 
de Caracas, ** Tres leguas mas abajo de la boca del Casíqttiillfé 
Be hallan los dos pueblos de San 'Cárlo$ y San FeBpe^ quéjknáé* 
ron ios comisarios de la expedición de KmiteSf á una y otra márgeli 
del Rio>Negro con indios Marapisanas y otros de ofUeva rédud» 
cion, con un fortín guarnecido de alguna tropa 7 artSIeria menor, 
gue íiT^e de barrera á nuestros dominios por aqweMa parte y de 
frontera á ios portngueses que se haUún estaJbUcidos y forí^adm 
minie y dnco leguas vmls abajo en San José de MiítaviUinas^ y em 
todo el r€8(o de RioN^o desde attí hasta su boca én el Afnaián4is^ 

Eq nota de la página 40 escribe : ** Babiéndose explorado 
mejor el vatio territorio del alto Orinoco y Rio-Negro por D06 
José Solano, comisario de la Real expedición de límites, y reco- 
jiocidose la dificultad de que los mistoneros jesuítas pudiesen, en 
puchos años, reducir al gremio de nuestra santa Religión la nu- 
nexota gentilidad que habitaba en aquellas dilatadísimas sefiras; 
é igfarmadQ jsl JIn de iodo, resoluié S. M. que desde el raudal ie 
Maifurés, en iodo el aUo Orinoco y Sio-Negro hasía la frontera 
és las forkigweeeSf se encargasen los Capuchinos andaluces de £r 
jLTáncnViii y conversión de a^meílos naémraleeJ^ 

En la página 11 reconoce que la nacioc holandeta tenia lu- 
UPI^ pobkéoi en les rios y costas de Ésequibo, Demerari y Ber- 
vm, C|>ieQtÍB» Ciipeoaie, Sureeivaca y Surínania, en terreno que 
aw talonees llamaba el padre Cauliá usurpado á 8. HL Catófica ; 
y que tambieti los jesuítas fi|uicesaa Uabtaii Aiadado á Cayena y 
oíros paiseg en aquella costa. 

De )o discurrido hasta aquf en el presente capkuTo sé detfüoe 
que el único documento donde se demarcan tos Iknltee de la pro* 
vincia de Guayaoaf ó sea la Heal Cédula de f f<(fe, no solé no 
&vorece la pretensión de ser Tenesuétá ílberüB^ del kxááw/tlUk^ 
stino tambiei} pone fuera de dntfa que tani^pocolé aslslé líftíto pafa 



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— 196 — 

«jrtffwkirie al Yupurá, Apaporís y otros lugares del Mediooia o*- 
tuados ai Occidente del Rio-Negro. 

En corroboración de esto se acumularán los actos oiciales 
del Grobíemo de Venezuela aprobatorios de la frontera con el 
Brasil que le asigna Codazzi. 

Las instrucciones dadas por el Gobierno de Colombia á su 
Hmípateaciarío en el Brasil, según declaró el Plenipotenciario 
lEaneaolaDo al Sr. Coniendador Miguel María Lisboa .en la confe- 
Miicía de Id de Noviembre de 1852. 

£1 dictamen del Concejo de Gobierno de Venezuela dado en 18 
de Enero d% 1844, en que se apoyó el Plenipotenciario venezolano 
9i discutir la cuestión de limites con el mismo Sr. Lisboa en 8 de 
Moviembre de 1852. 

La opinión del Poder Ejecutivo que en 1852 no solo fimnó 
esa línea» sino la propuso. 

£1 voto de la Cámara del Senado que aprobó non^ilnUmíin 
t« el tratado de 1853. 

£1 voto de la Cámara de Representantes, que lo aprobó en 
4os dkeuaioAef, determinando en la tercera diferirlo paca el afk> 

Las leyes de 14.de Octubre de 1830 y 3' d€ Mayo de 1838^ 
^¡üie establecieron una comisión para el levantamiento de los planos 
Jt-liMí iaeee provincias de Venezuela, con noticias de geografía^ 
fisínn y esiadistica, concediendo el doble sueldo de su empleo mi« 
lílar al oficial encargado del trabajo y declarando que tus úiíle$ 
§fmi(if seria» trascendentales á la mejor dirección de las operada 
nes miKtareSf al conocimiento de los límites de las provincias, á la 
nraurtíiírf en el establecimiento de las contribuciones^ y alfomenfo 
és la ^agricultura. 

Lw leyes de 22 de Abril de 1835 y 17 de Abril de 1837 pro- 
redando dicha comisión, mandando levantar el plano general de 
la República y conservando al comisionado Coronel Codazzi el 
ausiento de sueldo concedido. 

La lei de 18 de Abril de 1837, que ordenó continuar la co- 
BBÍsim corográfica, dio reglas sobre el modo de desempeñarla^ 
pi^viBo se formase la historia y geografía de Venezuela, dispuso 
fM él Gobierno franquease al comisionado cuantos planos, itinera* 
fioSf noticias estadísticas y demás se encontrasen en sus Secreta* 
fém, y el oficial juzgase necesario consultar para cumplir con los 

13 . 



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— 194 — 

deberes á él impuestos ; y en -fin mandó distribuir la obra entíre 
las Universidades, Colegios y oficinas públicas. 

La lei de 16 de Marzo de 1840 en que se dice que el Poder 
Ejecutivo encargó la obra al Coronel Codazzi en virtud del De- 
creto del Congreso constituyente de 1830, que se le había fisicnl* 
tado para grabarla por su cuenta como un premio de 9u aksohUa 
consagración al trabajo que se le encargó^ consuHmnde^ mi i 
tiempo la economía del Tesoro, sin que por eso detjmra de . 
ébra nacional, cuya pronta conclusión era de sumaénpertmiem: 
Y en donde se le concede un empréstito de diez mil pe«M M 
Tesoro público para la impresión y grabado de la o^ra. - 

La lei de 28 de Febrero de 1841 en que se conceda al Coro- 
nel Codazzi un nuevo empréstito de cinco mil pesos para el «ñmíé 
objeto de imprimir y grabar su obra, y se repite que ella «t ék kíí- 
lidad nacional, y su pronta conclusión de suma importaneút* 

La lei de 29 de Abril de 1842 que premió al Coronel Codi»zi 
con el goce de la tercera parte del sueldo de su grado y le pp»- 
rogó por ocho años el plazo en que debia pagar los empi1§stito«» 
en atención á la importancia de sus trabajos eorogréfieoe, y Ifeom- 
do adelante el deseo manifestado por el Congreso de remunef&tBehB 

La lei de 17 de Mayo de 1845 que, considerando la grande 
importancia de los servicios del Coronel Codazzi en lafommektí 
de la carta de Venezuela y en su publicación con la geegra f keM 
historia del pais, le conservó el goce de la tercera parte 4e«i 
sueldo, y decretó que se le admitiesen en pago de su deuda al 
Tesoro los mil trescientos veinte ejemplares existentes de la obra 
y se vendiesen por cuenta de la nación. 

El tratado que entre Venezuela y Nueva Granada se cctobré 
en 14 de Diciembre de 1833 por los Plenipotenciarios Sres» Sanlm 
Mtchelena y Lino de Pombo, porque en su artículo 14, relativo á 
límites, hace coincidir los del Imperio y ambas Repúblieasren ana 
Tínee que de Norte á Sur parta del apostadero del rio Meta. 

El decreto expedido por la Convención Nacional enS4i 
Febrero de 1859 aprobando el arreglo que celebró el Poder Eje- 
i:utivo con el Agente Diplomático de los Estados Unidos sobre 
indemnización de unos anglo-aniericanos que ocuparon la Mi. 
de Aves. Según se lee en la Memoria de Relaciones Exl»^ 
riores de 1858, el Gobierno pretendió negar que fuese oficialía 
obra de Codazzi, y de ahí deducía que el no haber compr^idié» 
él esa isla entre las de Venezuela no debia perjudicarla; pero 
como después el Poder Ejecutivo y la Convención accedieron á 



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— 196 — 

la dMwntta, quodó por el hhsiiio hecho admitida la bondad de loa 
fimdamentos del reclamo. 

La Memoria presentada por el Secretario de lo Interior en 
1848» en que hablando del Distrito de Rio-Negro, expone que "^se 
ha dividido en tres ciroottos de reducción: I"» el del Casiquiare 
fM compreiNte 15 misiones ó poblaciones : 2^ el del Guairiare 
con 7 ; y 8* el del Ventuari donde se han formado ya tres pobia- 
stMMS. Mi prhnero principia en Baltazar sobre el Atabapo á 
tas •* M* de latitud Norte, y ^^ extiende hasta nuestros confines 
m m' ié ís n m h^ can el Brasil^ (j^ratanés la hoya del Chiainia ó Rio* 
¡hgm^ kiMOaetquiare y las de los afluentes meridionales del Orí* 
I tal Bsmeralda : el segundo está comprendido entre e! 
Mite y la beya del Intrida por el Sur, el Meta por e( 

s» HWi » J lémemfronteríza con Nueva Granada por el Poniente, 
jreí 0^ im $ tú kms$m Im Esmeralda por el Naciente ; la misión de loe 
Atures se ha agregado á este circuito ; el tercero abraza todo et 
MrriCerto comprendido entre la ribera derecha del Orinoco por el 
Slir j^Ptaiente, los cantones de Caicara y Angostura por el Norte 
y Na e ie a te , y nuestros imites con el Brasil fsr el 8, 8, E, en kt 
séfrru Fmréna.^* Refiriéndose después á un canul que juntase el 
9maá eon el Pimichin, la misma Memorii expresa : '• Gh-ande es 
kt importancia de este pequeño canal que facilitaría las comunica-' 
domes entre la parte mas poblada dd distrito y nuestras fronteras 

^ Bretsü^ cen el resto de Venezuela, evitando kt penosa y larga 
dd Casiquiare" Ninguno de los tres circuito» en 
fs»«» divide aq«í el Rio-Negro excede los Iknites do Godas», 
aiéxsevno tampoco el cuadro de misiones unido con el námero 8# 
Mft * i»<w r ia de lo l li i ri o r de >§44. 

^•s; •4r.p«r ákimo d tratado que ed 5 de Mayo de 18M celebró^! 
Poder Ejecutivo, comenzando la negociación el Sr. General 
Ceiba SoMbletto y dáiMloie cima el Sr. Ledo. Luis Sai^ojo, du- 
Moterel Ministerio del Sr. Pedro Pablo de las Casas, Seoretatio 
d» Haeieada y delaciones Exteriores. 



CAPITULO Vil. 

EL MEMORÁNDUM 

DEL SR. ANTONIO LEOCADIO GUZIAN. 

JU Sr. A»4onio Leocadio 6«zman, hallándose en Lim;i en 
20 de Noviembre de 1854, como Ministro Plenipoletioiario de 



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Venesmla, présenlo á la Legación 4el Brasil aUt aererfilMb «a 
Memorándum) cujro principal objeto es oembatir la liasa ik^Ga* 
dkszS, y al misoao tiempo probar que exteasae regimies del Ama- 
aónas pertenecen á ia Capitanía General de Venezuela* 

Su argum^ito es una indacoion saoada del silencio da laa 
Reales Cédulas, que crearon Audiencias en las coImáss espsftolaa 
de América. 

** De ellas (las Realas Cédulai^, reaiilia ^pia al dmmatm» 4» 
jarísifiocion de la Real Audieaaia déla isla Bapafiola» junsfligriM 
que pasó luego en la parte csutinaAlel ^ la Baal AudisMÍe «ie Gftr 
láoas, ineluyó el Soberano las provincias del Powdkii.SMi 4íi|i^ 
iaea diTieoría al Sur, Este ni Q s sl s. Poc laBlo« 
aioB no qaadé limilada, sino por'las líaens de iMüitas <|ff» 
mamante establecidas se encuentran deinaroada^ 4 satwilii.jíi»' 
lisdiaciones competentemenie creadas al MadíodMi» Otiaiita f Qor 
aidaale. 

^ Al crear la jurisdicción de la Audiencia' y CaBciHeai». Í0 
Ibnta Fe, le olorgó el Soberano aquella parte del Hosado %pt 
■a fnesa de la Audiencia de la E^ipaftola ; peio epCo mukf m M 
Oriente, porque en cuanto al Sur, limita y corta la Aaal Cédlrii^ 
la jurisdiecion de Santa Fe, aUi donde empeaabaa, entáiftoa^ Í09 
tierras no descubiertas. Así es que dice el Rei que allí ] 
)a jurisdicción política de la Nueva Granada* 

^ La que fundé la Audiencia y Canoillecia da Qniin^ 
saínenle la inakiyó las oomarcas de Jaea, Valiadolid, Lo¡^ j 
ra> Coenca,. las Zorras y GiMiyaqaii ; peso nada de i 
és ai ana al río Ñapo, y eeano al Oriente de este ria saWsaiMift 
encontrado y pueden encontrarse poblasiaasn ambataaisp -jTásat 
Ws nómadas, aquella jnrisdíc^ion quedó Utnitada 4 le»p«aUs0 
exisiantes. 

^ La jurisdicción de la Audiencia de Lhna, amiqna al flbrle 
empezaba en Tumbes,* bajaba a I Sur á cortar el rfc> Ctaíró ^isr «A 
paralelo de Valladolid, y bajando todavía cerca de Chota, oum i t i i 
el M araílon más abnjo de Jaén, después al Este el Ucubamba» 
bajaba hasta cerca del paralelo de Chachapoyas, seguía las aguas 
del Paraná pura y cortando en sug^mbocadura tas del Huallagtt 
jimto al Yurinagua, venia á cortar el ücayali entre los S y 7 
grados de latitud Sur, s^uia las aguas de este rio hasta Caño 
grande y por una curva buscaba las del Javary en el gtack> 
quinto, y seguía por ellas hasta desembocar en el Aiaz6aa»4aiHaa 
mas abaÍD del grado cuarto. 




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— 197 — 

^ Bi (Áies el Soberano demftrcó y limitó la jurisdicción de las 
AndieactUs de Lima, Quik) y^ Santa Fe, y dejó sin limites entre 
aquellas tros la jtirisdioeíon de la Española, dsspues Caricas, 
resolta que las regiones amaxónicat que quedaron excluidas de 
las dichas tres jurisdicciones^ perteneciaa de derecho en 1810 á Ja 
Real AiNUeoeía de Caracas. 

^Y.así aparece del derrotero que, subiendo las aguas del 
Ayrie baste sus afluentes y bajando por una línea recta ¿ tomar las 
ésl ríe Vitela par el grado 62 de longitud del meridiano de Cádiz, 
y «¡fttisMb omi este río basta deseiobocar en el Rio- Negro» y 
p«r es4e hasta donde se «oníundefi Ais aguas coa^ 
t'^mml kgo^fihmapi, deseribió uaa de las e&pediciones man» 
jpÉT ia Rmi AudieneiajT Capitanía General, cuando pseaklia 
t f gsbosusUia esla Dom lesé Solano, expedición ^e b^ 
al'flsNT de la Jíttea, ^|«e reooaoció las aguas del Sicayare, YuE»hii> 
cÉH j de las bocas del Yupurá en el Amazonas ya sobre la ei»> 
éai Rio-Negro/' 
yu diera «oaeedeMe al Sr« Guarnan todo cuanto forma las 
d^ e» argMiaeiito, para negarle la eoncliisioo. Coa 
»,,eUi^aMrueIva la proposición de que los limites que. se pre^ 
^ averiguar, baa de eaeantrarse fijados en las reales cédulas 
ao4aa del Gobierno español. Pero es foszoso tener pce- 
cualesquiera que fuesen los confínes de la Guayana ea 
IM^ Y 17X7, etto» quedaron definidos por los tratados concluidos 
«BÉtecea eiOUa Portugal y España, de una manera que debe pre- 
inséasar sobre las denoarcaciones anteriores, mayormente si estas 
ee Sifaatiiaran por leyes de uno de los dos Soberanos inteiesadoa. 
■a el eafWtulo anterior se ha discurrido sobre -lo absui'do <)ae seria 
á leyes iniemas valor internacional ; por lo que bastará 
íaítaala. 

Jüabea tratados adyalican al Brasil el AmaEÓaas desde sa 
la det rio Javary ; á Colombia4ocaria únicaiaeate uaa 
daiis añilas del Aiaaoónas en la distancia que hai de la conflueo* 
oía del Javary á la boca mas occidental del Yupuré, á no haber 
si4o por la segregación de Mainas y Quijos hecha en 1802; la 
Raal Cédula de 1768 da por término de la Guayana al Occidente 
el &io-Negro;.este, según los tratados dichos, en gran parte de su 
ciiaav J sin la mas la¥e duda en su. boca, queda encerrado en el 
tenritorío del Brasil : eo tal concepto, ¿ qué jx>rcion del Amazonas 
cQiri«ponde á Guayana, ó Caracas 7 

Concédase más, á saber, que Nueva Granada, el Ecuador y 



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— 196 — 

el Perú deíistieaen de sus pretensiones, y dejasen á VeDesoeia 
llegar hasta el gran rio : ¿tuviera entonces mayor parte qae U 
comprendida entre la boca mas occidental del Yupurá y la del 
Javary 7 Y ipor qué ilusión del deseo afirma el Sr. Guzman; que 
los datos por él presentados constituyen á Venezuela el dominio 
de extensas regiones amazónicas, y de gran parle del prpfio rio ? 

El Sf. Guzmau propende á negar la vaHdec de los tratados 
de 1750 y 1777, para sustituirles las dtsposreiwies del Rei ét 
España; y así se contenta con indicar que ellos pfiedenservtr á)« 
amistosa y benéfica intelijeocta de loft Grobiemes fM BfW y 4e 
Venezuela. Pero, aunque es cierto q«ie no tienen tiei i 
gatoria, la tuvieron evidentemente el de ITW 4mé 
htista 1771, en que fcé anotado por mutile d w en e e, y il ^ IfW 
(kftde este afio hasta el de !§•!, en que 1^ cancelé ht gitertf»^ 
invüsion de Portugal por España. Once aSesen tm caso y r^imtm 
y «natro en el otro bastaron y sobraron para destruir, de naeioQ á 
nación, las le^^es interiores de cunl<]uiera de el^, ottanto mee 
que un momento de vigor habria produeifte i^én^e w sw ih ado. 
Sígase al Sr. Guzman en su argumentación. S«gim él, ^ 
fué oreada la Real Audiencia de la isla Espa?iela,^qae en h 
continental pasó á la de Caracas, mcl«i)t> et- So b er ano tars pM^ 
vincias del Dorado sin fijar la Hnea éimsoria al Shtr, fSéi^ni 
Omte. La citada Real Cédula es del tenor sig uitMie ; ''HfuiiÉ» 
mos qtTc en la ciudad de Santo Domingo de la tela BepaAola resMa 
nuestra Audiencia y Chancillería Real como eslá fenéttda. ... y 
tenga por distrito todas las islas de Barlovento, y de la eosia áe 
Tierra Firme, y en ellas las gobernaciones de Venezuela, Ifoeva 
Andoluda, y el rio de la Hacha que es de hi gobe ma ei»!» é^ 
Santa* Marta '^ y de la Ouayana ó Pravintia del Dorado, 1& tfne 
por ahora le tocare y no mas, partiendo términos por ei ÑhtbMti 
cea las cuehro Audiencias del Nuevo Meine de Ormna d m , IWra 
Pnrtne, Guatemala y Neeva España, segim las costas qwi omwm 
de 4n mar del Norte, por el Po;iiente con las pr^hriweiae deía IW 
rida, y por lo demás con la mar del Norte." 

Aquí eslán señalados los confines de la Audiencia de la Bispa- 
ñola por el Mediodía, por el Poniente y por lo demás, eSto es -por 
el Oriente y por el Septentrión ; y como los del Sur son las ccratro 
Aiidiencjns del Nupvo Reino de Chanada, Tierra Firme, G«a!^ 
ni la y Nueva España, con justicia se infiere desde luego que 
el aserto del Sr. Guzman contradice su misma prueba, y*eíf «*• 



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— 199 — 

gando lugar que se ha deshecho uno de los cimientos de su ra- 
ciocinio. 

Hablando de la Audiencia y Chancillería de Santa Fe, afir- 
ma el Sr. Guzman que ei Soberano le otorgó aquella parte del 
Dorado que no fuese de la Audiencia de la Española ; pero esto 
era y es al Oriente, porque en cuanto al Sur limita y corta la 
Real Cédula la jurisdicción de Santa Fe allí donde empezaban 
entooces las tierras no descubiertas ; y que asi dicjs el Rei que 
allí termine la jurisdicción política de la Nueva Granada. La 
Raal Cédula á que se alude, es del tenor siguiente: *'En Santa 
F% de Bogotá del Nuevo Reino de Granada resida otra nuestca 
Aodieocia y Cbai4cillería Real. .« . y tenga por distrito las pro- 
viaciaE del Nuevo Reino, y las de Santa Marta, Río de SaQ Juan*, 
y ^ajle Copean, excepto los lugares que de ella están señalados á 
IcLReal Audiencia de Quito, y de la Guayana ó Dorado, tenga 
loque no fuere de la Audiencia de la Española, y toda la provincia 
de Cartagena, partiendo términos, por el Mediodía con la dicha 
Audiencia de Quito y tierras no descubiertas, por el Poniente y por 
el Septentrión con el mar del Norte y provincias que pertenecen á 
la Real Audiencia de la Española, y por el Poniente con la 
Tierra Firme." 

No debe ser esto solo al Oriente, porque, sí la Audiencia de 
la Espolióla confinaba por el Mediodía con la del Nuevo Reino de 
Gxanada, es claro que la del Nuevo Reino de Granada se tocaba 
por el Norte con la Audiencia de la Española. De donde se 
deduciría que las regiones amazónicas pertenecerían, mas bien 
que á la Audiencia de Caracas, á la del Nuevo Reino de Granada. 
Cubra mayor fuerza la conclusión, si se reflexiona que la provin- 
cia de Guayana dependió del Vircinato de Santa Fe hasta el año 
de 1777>*aegun dice el Sr. Secretario de Relaciones Exteriores 
de VjBnqzucla en su Memoria de 1846. Ahora bien, la Real Cé- 
dula de 1768 dice q.ue el límite Meridional de la Guayana lo for- 
maba el Amazonas; luego es claro que, si este rio perteneció ea 
aljjpq tiempo á España, se hallaba bajo la jurisdicción de la 
A^di,encia de Santa Fe, en que no habría podido continuar por 
im|)iedirlo los tratados de 1750 y 1777. Y que la frontera de 
Santa Fe llegaba á la boca del Javary, lo asegura el Comisario 
español Requena, cuando describe el marco que él y el comisio- 
nado portugués Teodosio Constantino Chermont colocaron en 
a(juel sitio con, las palabras siguientes; "Para futura memoria 
en íflfrorUera de Ig, Real Audiencia de Quito, Vireinaío de Santa 



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— 200 — 

Fe y del Eüado del Oran Para y Marañan. Eo los gloriofot 
reipados del niui alto, poderoso y augusto Reí Católico de las 
Españas y de las Indias el Sr. D. Carlos III y de la muí alta, po- 
derosa y augusta Reina Fidelísima de Portugal y de los AlgarbeB, 
la Sra. Doña María I y el Sr. Don Pedro III. En virtud del 
tratado preliminar de paz y de límites de 1777, sus Comisarioe 
mandaron erigir proirisionalmente este marco á 5 de Julio de 
1781. Franeisco Requena, Comisario de 8. M. Católica. Tte- 
domo Constantino Chermont, Comisario de S. M. Pideiisiiiia.'' 

Aqaí tieoe probado el Sr. Guzman, I"" que las frontaras ém 
\m Audiencias de Nueva Granada y Quito confinabas eoa el 
Amazonas, y 2<* que lo demás de este río se bailaba en lot tér- 
Miinos del Estado del Gran Para y Marañen desde la boca M 
Javary iiaata el Atlántico. También resulta este iPor4ad oam^ 
probada del decreto expedido por el Reí de Porti^l ea II dk 
Jime de 1757 elevando el alto Amazonas á la categoría de 6a- 
pitoiia de San José de Jawiry^ nombre que después se sustÍÉiqr^ 
con et de Capitanía de San José del Rio-Negro. 

AI tratar el Sr. Guzman de la Audiencia de Quito, exprest 
que la Real Cédula de fundación le incluyó las comarcas de 
Jaén, Valladolid, Laja, Zamora, las Zorras y Guayaquil ; pero 
que nada de esto se extiende ni aun al rio Ñapo, y como en as» 
rio solo se han encontrado y pueden encontrarse poblacioHOS am- 
bulantes y tribus nómades, aquella jurisdicción quedó limitada i 
los pueblos existentes. La Real Cédula mencionada habla da 
esta onanera : '* En la ciudad de San Francisco de Quito, eo el 
Perú, resida otra nuestra Audiencia y Chancilleria Real..... y tenga 
por distrito la provincia de Quito y por la costa hacia la parte 
de la ciudad de los Reyes, hasta el pserto de Paita exclusive, y 
por la tierra adentro hasta Piura, Caja marca, Chachapeyíw, Msi- 
yobamba y Motilones exclusive, incluyendo hacia la parte mao- 
dicha los pueblos de Jaén, Valladolid, Loja, Zamora, Cuenca, la 
Zarza y Guayaquil, con todos los demás pueblos que estuvieran 
«n sus comarcas y se poblaren ; y hacia la parte de los p o ot te e 
de la Canela y Quijos, tenga los dicbos pueblos con los demat 
que se descubrieren ; y por la costa hacia Panamá, hasta el p«ei^ 
de Buenaventura inclusive ; y la tierra adentro á Pasto, Popayan, 
Cali, Buga, Chapanchlca y Guarchicona^ porque los demás la- 
gares de la gobernación de Popayan, son de la Audiencia del 
Nuevo Reino de Granada, con la cual y con la Tierra Firme parf^ 
términos por el Septentrión, y con la de los Reyes por e^ J)6míío- 



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dfa, tenidiKk) al Poniente la mar del Sar y al Leranté prefíneme 
aun no pacificadas ni descubiertas.^ 

También aqui yerra el Sn Guzman por no haber visto que 
la Audiencia de Quito no solo pasaba del Ñapo, sino alcanzaba 
al Amazonas, según consta del pasaje de Requena antes citado, 
como que él la figura en la boca del Javary ; que al oriente del 
Ñapo habia en 1810 las populosas villas de Pevas, Loreto, y las 
misiones bajas de Mainas, San Ramón y Asunción ; que confi-* 
naba la Audiencia de Quito por el Levante con provincias no pa- 
cificadas ni descubiertas. 

Respecto de la Audiencia de Lima, expone el Sr. Guzman 
que " aunque al Norte empezaba en- Tumbes, bajaba al Sur & 
cortar el rio Cleiró por el paralelo de Valladolid, y bajando toda- 
vía cerca de Chota, cortaba el Marañon mas abajo de Jaén, 
después al Este el Ucubamba, bajaba cerca del paralelo de Cha- 
chapoyas, seguia las aguas del Paranapura y cortando en su 
embocadura las del Huallaga junto al Yurinagua, venia á cíortar 
el Ucayali entre los seis y siete grados de latitud Sur, seguia las 
aguas de este rio hasta Caño grande, y por una curva buscaba 
las del Javary en el grado quinto y seguia por ellas hasta desem- 
bocar en el Amazonas millas mas abajo del grado cuarto." 

Esto confirma más y más la inexactitud de la argumentación 
del Sr. Guzman ; porque, si la jurisdicción de la Audiencia de 
Lima era el curso del Javary hasta su unión con el Amazonas, 
y alli mismo empezaban los confines del Estado del Gran Para 
sirviendo de frontera el Amazonas desde la boca del Javary hasta 
la más occidental del Yupurá, y siendo el Marañon de aqui en 
adelante aguas abajo privativo del Brasil, no queda nada del 
Amazonas para Guayana, mucho menos cuando Nueva Granada 
disputa á Venezuela todo el territorio que hai al Occidente aun del 
alto Rio-Negro. 

No faltan otros vicios al razonamiento del Sr. Guzman. Va 
á probar que Venezuela tiene parte en el Amazonas, y se desen- 
tiende de los tratados entre Portugal y España, da por supuesto 
lo mismo que se ventila, se sirve de datos mal seguros y saca las 
consecuencias que bien le parecen. Caso de tener posesiones 
España al Sur del Marañon y limítrofes con la Guayana, cobraría 
alguna fuerza, aunque mui poca, su manera de discurrir; mas no 
siendo asi, podria servirle para probar la propiedad de Vene- 
zuela, no ya en el Amazonas, sino en todo el imperio del 

sil. JSeto es, 8« BMfiíoraiidum presupone que Caracas, el 



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del Perú eran colonias de Espafte» j tanbieft lo» paiaes extrafiM 
que ooQ ellif partían limiten 

Agregúese ^ue el Mociaiea fiepaüol no siguió en la dirisioii 
de las Audiencias la misma de Um proradae ó gobemackmea» 
Por ejemplo, Guayana pertenecía al Nuevo Reino de Granada, 
y en parte dependía judicialmente de la Au^Kenda de la eapafiola: 
otra parte de Guayana estaba bajo la jurisdicción de Santa Fe. 
Rio Hacha era de la gobernación de Santa Marta, y se hallaba 
dentro de la Audiencia de la Española, aunque Santa Marta fué 
sometida á la^de Santa Fe. La provincia de Popayan quedó di- 
vidida entre ta Audiencia d§ Samta Fe y la de Quito &c. &c. 

Se cree suficiente lo dicho para combatir el error que el 
memorándum del Sr. Guzman envuelve, mayormente cuando 3ra 
se discutió la Real Cédula española de 18M, y las demás que 
fueron consecuencia de ella sobre agregaron de Mainas y Quijos 
al Vireinato de Lima. 

Eti cuanto al derrotero seguido por una de las expedicíonee 
de demarcadon, ade»nas de no tener valor mternacioiial, eonvme 
saber que, si el Don Jeeé Solano^ á que se refiere el Sr. Gmman 
es el Comisarlo que acompaió á Iturriaga y Alvarado, él nada 
hiso de aeuerdo coa ei Pienipoteneiario portugués, á causa de 
haber llegado, antes de empezar los trabajos comunes, la destitu- 
cioQ del de Portugal ; lo que produjo la vuelta de la partida es- 
pañola. Y el testimonio de Humboldt acredita que la expedición 
de Solano no pasó de la coniueocia del Goaviare con el Orínoeo. 
Y en su carta al Capitán General de Caracas, que alegan el Sr. 
firioefio y '* El Monitor," se be que, '< según el mapa del Exemo. 
Sr. de Solano» publicado por el padre Caulin, el fuertecillo de San 
Carlos se halla verdaderamente en 0<> IT, y la lÁea pasa entre 
San Carlos y la fortaleza portuguesa de San José de los Mara- 
vitanas." También el Sr. BriceSo asegura que los límites dados 
por Codazzi son los propios de Solana Si pues, la autoridad i 
que apela el Sr. Guzman sirvió de norma á Codazzi para trazar 
la frontera del Brasil y Venezuela, ella es cxmiraprodueéntem. Y 
aun cuando fuese cierto el hecho del derrotero de la expedición, 
y que hubiese sido mandada por la Real Audisocia y Capitania 
General de Caracas, esto nada probaria á fkvov de Veneaaela. 
Que el Üf upará pertenecía en común á Portugal y España basta 
cierto punto, y en b demás 4 la última eoiona, nadie lo ha negado ; 
lo %ue na se admite, es que haya pirteaeoido 6 Caiáms. Aw- 



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qam conpreniHdo en cd Nueír» Rekio de G^mtdft, C(Mn0 e«te y 
Gar6oa8 eoiMrthoiaii colonias de Eepafia, ningún inconveniente 
hubo para que en las operaciones del deslinde eHa diese interven- 
ción á las autoridades caraqueñas en lo concerniente al territorio 
granadino, y viceversa. Tal solia hacer el Monarca EspafioL 



CAPiTUí^ vm. 

qI tUitadO' oe nia»€>áaMMv puMHoC eJUM^wy etifcle ti SSíomC w ^eiMMMU^ 

Cumpliendo el propósito que se anunció al principio de esta 
Memoria, va á confrontarse el tratado de navegación fluvial que 
el Brasil y Venezuela firmaron en 1852, el que cencluyeron en 
1859 y el que con el Perú negoció el Brasil en 18>58, á ño de paten- 
tizar las ventajas que Venezuela ha adquirido por medio de las 
últimas estipulaciones. 

En 1852 se declararon libres las comunicaciones entre émbos 
Estados por la frontera del Rio-Negro ó Groainia, asi cómo el 
tránsito de las personas y sus equipajes» con exención de todo 
impuesto nacional ó municipal y sujetámkdos aolo á los regkp 
mentes de policía y fiscales que se estableciesen por cada Gobier- 
no en su respectivo territorio. En 1859 se estipuló igual cosa ; 
pero sustituyendo ¿ las palabras frofltí/erat de RUhNegra é Guau 
nioy las siguientes : por la mutua franiera^ lo que ha dado mayor 
extensión al sentido del artículo, que ahora abraza comunica- 
ciones fluviales y terrestres, como se pactó úitimamente con el 
Perú. 

En esto quedó el tratado de 1852 ; pero el de 1869 permite 
el paso de las naves venezolanas debidamente registradas, al 
Rio-Negro, al Amazonas y aun al Océano por esas aguas en via- 
je de ida y vuelta, siempre que se sometan á los reglamentos fis- 
cales y de policía que dicte el Brasil. Las embarcaciones brasi- 
leras podrán entrar en la parte de Rio-Negro que pertenece á 
Venezuela, en el Casiquiare y Orinoco, bajo iguales condiciones. 
No contiene más el tratado con el Perú. En ambos casos se ex- 
ceptúa el comercio de cabotaje fluvialt reservado por las dos nacio- 
nes á sus respectivos ciudadanos. 

TTales reglamentos deben ser los más fevorables á la nave- 



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gaoíon y oomertío de IO0 dos países, y en eUos se p roeare r á la 
uniformidad, asi en materia de policía confio en lo £scaU De esto 
no se habló en 1852. 

Al definirse las naves brasileras y venecolanas, se capituló 
que lo fuesen aquellas cuyos dueños y capitanes pertenecieran á 
una ú otra nación. En esto ha sido Venezuela igualada al Perú, 
y favorecida más que él en lo relativo á las tripulaciones, que de- 
ben ser cuando menos en sus dos terceras partes de ciudadanos de 
]a República, ó de cualquier Estado ribereño. En el otro tercio 
se sobreentiende que pueden constar indistintamente de extran- 
jeros. 

Los lugares en que comercien las embarcaciones anteriores, 
son los habilitados ó que en adelante se habilitaren para ese objeto. 
El Perú y Venezuela gozan en esto de las mismas ventajas, y 
ella ha recibido ademas la de que no se exigirá ningún derecho 
á sus buques, cuando la entrada en los puertos sea por fuerza ma- 
yor y sacaren la carga que llevaban. 

Fuera de semejantes puertos, se designarán otros lugares 
á que lleguen las naves á reparar sus averías, tomar combustible 
ú otros objetos de que carezcan, con la obligación de presentar á 
la autoridad local el rol de la tripulación, la lista de los pasajeros 
y el manifiesto de la carga, que serán visados gratis, y de no des- 
embarcar pasajeros sin previa licencia, y mediante la exhibición 
de sus pasaportes. Otro tanto se convino con el Perú. 

En idéntico caso se halla el artículo por el cual se obligan 
las partes á darse conocimiento de los lugares designados para 
las comunicaciones referidas, y de las mudanzas que en esto hi- 
cieren, con la conveniente anticipación. 

Por otro articulo común á las convenciones del Perú y de 
Venezuela, se castiga con multa y otras penas toda comunicación 
no autorizada con tierra, ó en lugares no designados, excepto los 
casos de fuerza mayor. 

No menos á las embarcaciones venezolanas que á las perua- 
nas, es lícito desembarcar sus cargamentos en todo ó en parte, 
cuando una avería ú otro accidente extraordinario les impida con- 
tinuar su viaje ; siempre que el capitán se dirija antes á los em- 
pleados de la estación fiscal más próxima, ó á cualquiera otra 
autoridad local, y se someta á las medidas que juzgaren necesa- 
rias los empleados para evitar el contrabando. Aquí tiene Vene- 
zuela un favor más, y es que los capitanes de sus buques acudirán 
á las autoridades donde estojuere pcribk. Y ademas, que tes di- 



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— 905 ^ 

chas mercaderías, siendo reexportadas en las mismas embarca* 
ciomB ó en otras menudas, no pagarán impuesto alguno. 

Respecto de los trasbordos hechos sin previa autorización^ 6 
mn las formaUdades prescritas en cuanto acuques peruanos ó 
venezolanos, quedan sujetos á multa y las demás penas señaladas 
por las leyes del pais en materia de contrabando. Sin embargo, 
la descarga en tierra efectuada por naves venezolanas no sé cas« 
tiga cuando no haya sido posible llenar tales requisitos ; de las 
peruanas no se dice cosa semejante. 

Ni. unas ni otras podrán continuar embargadas, cuando, ha* 
hiéndelo sido por violación de los reglamentos fiscales 6 de policía 
sobre el tránsito fluvial, se asegurare el valor dé los objetos déte* 
nidos. Si la contravención no mereciere mas que multa, el in* 
fractor, en afianzando su importe, podrá proseguir su viaje, fil 
tratado con Venezuela no pide más reí del Perú exige tambiati 
el aseguramiento del efectivo pago de la multa dentro de nú plazo 
competente. 

Ambas Repúblicas cnentan con la. debida protección á tas 
tripulaciones de sus bajeles, á estos y á las mercadería^ en caso 
de naufragio, así para la salvación de las vidas como para el re- 
eogimiento y conservación de los objetos preservados. 

Cuando el capitán, duello de la carga, ó la persona que ha- 
ga sos veces, quisiere trasportarla en derechura de tal lugar al 
puerto de su destino, ó cualquiera otro, podrá hacerlo sin pagar 
otro derecho que los gastos de salvamento. Esto en cuanto i 
Venezuela ; la convencioa del Perú guarda silencio sobre el par» 
ticular. 

Lo propio sucede en lo tocante 4 una estipulación que prevé 
el caso de no estar presente el eapítan del buque, el dueBo de las 
mercancías náufragas, ó quien haga sus veces, y que autoriza al 
empleado local para satisfacer los gastos de salvamento, con ii^ 
demnizacion del duefio, ó su representante,* ó á costa de las nser* 
cancias, rematando las suficientes ai efecto. A las demás se apli» 
cafan las leyes de cada pais sobre naufragios en los mares teni- 
loríales. 

Comprende al Perú y á Venezuela la disposición de po d er se 
establecer derechos destinados á ios gastos de faros, valizas u 
otros auxilios que se presten á la navegación, en el concepto de que 
solo gravarán á los buques que vayan directamente á sus puertos, 
ó bagan en ellos escala (salvos los casos de fuerza mayor), si ear» 
garen ó descargaren allí. 



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— 206 — 

En 1851 se obligó el Perú con el Brasil, á favorecer la pri- 
mera empresa de navegación por vapor que llegase al litoral pe- 
ruano, con el subsidio de veinte mil pesos al año, durante cinco. 
Análogo empeño contrajo Venezuela con el Brasil en 1852, res- 
pecto de la primera^m presa de navegación por vapor que por el 
Rio-Negro penetrase en la República ; empresa que debia auxi- 
liar, también durante cinco años, con diez mil fuertes en cada uno. 
Sin embargo, en el tratado de 1859 entre el Brasil y Venezuela no 
se ha hecho depender el uso de sus rios del pago de la contribu- 
ción! ni siquiera se ñp [a que haya de ser, pactándose solo que 
más adelante se señalarán el auxilio y los medios de concederlo, 
por convenciones 6 acuerdos especiales. 

Para algunos debe ser también mejora de primer orden, la 
supresión hecha en 1850^ de la cláusula donde se decía que la 
navegación del Amazonas y sus afluentes pertenece exclusiva- 
mente á los respectivos Estados ribereños; principio que, si bien 
muestra en et Brasil un desprendimiento generoso en obsequio 
de sus vecino^, ha aido tomado en mala parte por ciertos escritores 
ÜH90ff que lo han convertido en piedra de escándalo. 




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— 207 — 



(DOHOILIÍJgEOHo 



Si no engaña el de€ieo de la común prosperidad del Brasil y 
de Venezuela, se ha dicho aquí lo bastante para desvanecer las 
flQ&s leves dudas acerca de la justicia y conveniencia de la tran- 
sacción contenida en el tratado de limites y navegación fluvial 
que ambos paises ajustaron en 5 de Mayo de 1859, 

Estos límites son los mismos trazados en las cartas y geogra^ 
fia de nn ingeniero que trabajó ¿e orden del Congreso y del Po- 
der Ejecutivo de Venezuela, con datos obtenidos en las Secro- 
tarías de Estado, y el fin de facilitarlas operaciones gubernativos 
y para instrucción de los ciudadanos; habiendo lá Legislatura 
protegido de todas maneras al Comisionado Sr. Curonel Codazzi, 
y costeado la obra, que no significa otra cosa el haber recibido en 
pago de los préstamos á él hechos cuando la imprimia, mil tres- 
cientos ejemplares de ella« 

Estos mismos límites fueron los que propuso el negociador 
venezolano, al acudir el Brasil al convite que tantas veces y tan 
encarecidamente le había hecho Venezuela pnra resolver la 
cuestión. 

Estos mismos límites han merecido, ya directa, ya indirecta- 
mente, la aprobación de Colombia, de los Congresos de Venezue- 
la y del Poder Ejecutivo» 

fistos Krnites, disentidos especialmente en 1853, fueron san- 
' Clonados tres veces por la Cámara del Senado, y dos por la de 
Representantes. 

Estos límites, á pesar de la excitación dirigida entonces al 
público, no han tenido en ocho años más contradicción que la del 
Shr. Dr. Mariano Briceño en sus ya contestados artículos. 

Estos límites están acordes con la letra y el espíritu de los 
tmtaikM de 1760 y 1797. 

Estos límites son los que el Brasil, abandonando las antigtias 
pretensioaes de su Metrópoli y por transacción acepta, porque 
ceiiieíden exactamente con los hechos, y convienen con Ihs anti« 
guas tradiciones y la posesión inmemorial. 



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— 208 — 

Finalmente, estos límites, estos hechos, esta posesión jamas 
han sido reclamados, nunca objetados ni en el tiempo de Espafia, 
ni en viJa de Colombia, ni durante la existencia de Venezuela. 

Por el contrario, el Estado vecino, Nueva Granada, pretende 
que Venezuela ha cometido usurpaciones de su territorio, y ^ooia- 
ma á la faz del mundo que posee títulos irrefragables, en les cuales 
tiene la mayor confianza, á la comarca de Rio-Negro ; por lo quo 
no vacila en someter la disputa á la decisión de un arbitro. 

Grrave desacato seria suponer ignorancia de \oé confines de 
Venezuela en los tres ilustres ciudadanos que han tttdáo ioftervea^ 
cion en el tratado, Sres. General Carlos Soublette, Pedro 4e las 
Casas y Licdo. Luis Sanojo. 

El primero, General de la Independencia, liizo un impoitaifté 
papel en Colombia, y en Venezuela ha sido Vicepresidente y Pre-> 
sidente de la República, Secretaño de Estado en diversos Despa- 
chos y repetidas veces, y Ministro Plenipotenciario en la Corte de 
ÉspaSa, sin contar otros mui importantes empleos de distinción, 
ttoi es Senador por Caracas. 

El segundo entró desde mui temprano en la carrera de U di- 
plomacia, sirviendo en la Legación Colombiana en Londres. Em* 
tuvo muchos años encargado de la Jefatura de sección de Rela- 
ciones Exteriores de Venezuela, y mui frecuentemente del Minis- 
terio de ellas y de Hacienda : en 1858 perteneció á la LegacioM. 
fde Londres como Secretario, pasando de allí á representar su 
^tria .en Francia : á su vuelta ocupó las Secretarías de Relacio- 
Aes Exteriores y de Hacienda : después que se retiró de ellas, fué 
elegido Diputado por Caracas, y actualmente es también miembro 
xfel Gabinete. 

El tercero, jurisconsulto, ha servido diversas magistvstttras, 
|)erteneció á la Convención Nacional de 1858, de allí fué sacMU 
para encargarse de las Secretarías de lo Interior y Justieis» y 4m 
la de Relaciones Exteriores : ahora es Ministro de la Corte Ship»* 
ríor del tercer distrito, que reside en Caracas. 

Jio es tierra lo que desea ó pretende el Brasil ni lo qcie fftttáé 
hacser falta á Venezuela. El que ponga los ojos en el map» ée la 
República, y observe la escasez de su población, él corto néSMM 
^s«M ciudades, villas y aldeas, Ja insignificante poreionde sute- 
ralof to cultivada y los inmensos bosques, móntalas y valles, qfa& 
todavía no ha pisado planta humana, conocerá que han de trans» 
zurrir muchos siglos antes que pueda utilisarse-su dilatadísÍQia su* 



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— 209 — 

Jinete, aun cuando la más numerosa inmigracioa vw^ & dar 
Impulao á su progreso. 

Y por lo que toca á la navegación del Amazonas y sus aifu^lir* 
lest la República ha obtenido lo sufmo á que le era dado aspirar ; 
•1 derecho» establecido por el tratado, de navegarlo hasta el Océa* 
QO, saliendo y entrando. ¿ Querría perder tamaño beneficio por 
ti afán do generalizarlo ? , Eso seria posponer sus intereses cieiv 
los y bien entendidos al de extraños que solicitan su engrandeció 
iúetfto particular, su prepotemcia. la absorción de las nacionali- 
dades américo-lat¡Da». ¿ De qué han servido las leyes de Nueva 
Granada, Ecuador y Bolivia, abriendo sus ríos á todas las baiv 
darás ? Semejantes acto», á que los ha forzado su posición, por 
la cual tien^i solo una parte del eurso de los ríos, y no sus bo^ 
oas» testifican únicamente la inclinación del hombre á subordinar 
la justicia á la conveniencia, á adoptar la política que el interaa 
aconseja cuando se olvida el derecho. Todos esos esfuarsos s^ 
lian ef^r^Uado en la noceskiad da respetar la soberanía dal Brasil 
en sua aguas interiores, que Gíobiemo alguno ha Hegadb á deao<^' 
Qqcer. ^stén oiertos los amigos de la libertad de la uavegaoioa 
fluvial, de que el Brasil cumplirá sus promesas cuando lo juzgue 
oportuno, y realizará sus esperanzas apenas estén removidos loa 
obstáculos que las lecciones de lo pasado y de lo presente ofrece^ 
4 la adopción del sistema que ningún Estado ha seguido, y qua 
m pretende bacer obligatorio para un pais infante. Y en ^la 
palabra, ¿ por qué no consideran los extrañoa que la apertura dal 
^máaónas y sus afluentes á los ribereños, es ya un paso gigací^ 
^0aco dado en el camino de sus deseos ? Si lo que en verda4 
9Vliara% es el ejercicio de un comercio inocente y las veiMiíaa Mk 
óiM 4ue lo acompañan, ¿ por qué no han de valerse de embaroaK 
«iaa#s bvaiileras, peruanas ó venezolanas ? O ¿ por qui^ no naaíoy 
^i^Iizan las suyas en cui^lquiera de dichos Estados 7 

Bl Brasil es el aliado natural de las Repúblicas Sur-Amañ^ 
aanaa, pues con cari todas ellas se toca por extensas lineas, liena 
mtm miamoa intereses y necesidades, profesa idéntica veligioa» eali 
■analido á igaalea costumbres, habla casi la misma lengua, e»* 
aseatca en su carrera dificultades que reconocen un origen e^ 
■NiD, y anhela, como ellas, por la prosperidad db esta parte da la 
América* No busca el papel de director de la política cealina^ 
lal ; para sí cree que su población, su inmenso terrítorio, sn traa^ 
^ailídad, su ríquaxa y su crédito, son elementos que pesan al|po a» 
la saerte de las naciones, y contribuirán no poeo- al bien ganefal 



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Su Augusto Emperador busca la gloria en la moderación y justl" 
cía solamente. Ninguna mira de engrandecimiento territorial» 
ningún proyecto ambicioso halla el camino de su espíritu recto. 
Satisfecho con el amor de sus subditos, no apetece, ni tampoco la 
hai, otra más dulce satisfacción que la de hacer en beneficio de 
ellos las conquistas pacificas y comerciales en que se cifra la feli^ 
cidad del Imperio. Bien prueba tal desinterés su conducta con la 
República Oriental, que, vecina del Brasil, saciulida por agitacio- 
nes perpetuas, exhausta, necesitada de su auxilio, pidiéndolo sin 
cesar, y adeudada con él en una crecida suma, le ha abierto un 
vasto campo para la ejecución de designios ambiciosos, dado que 
ios tuviese. De su participación en la guerra contra llosas no 
han venido sino bienes para todos. Aun sin más estrechos lazos, 
la posición y la política del Brasil han sido y son una verdadera ga* 
rantía de los pueblos sur-americanos. Ellos no posdra ni debm 
prescindir de unión tan provechosa y aun necesaria. 

Caigan, pues, las barreras que hasta el presente han separa- 
do al Brasil de Venezuela ; terminen para siempre las cuestiones 
de territorio que Portugal y España no pudieron ajustar en largos 
siglos ; sea todo paz, todo amistad entre ambos países ; no se au- 
menten con nuevos embarazos los que son inseparables del pe- 
riodo de su infancia ; reine en su trato común la franqueza, la 
cordialidad, la buena fe que. tanto conviene á Estados hermanos 
y vecinos ; no aparten nunca de la memoria que su aislamiento 
les es infinitamente perjudicial ; junten en uno sus esfuerzos para 
desarrollarse, poblar y civilizar sus inmensos desiertos, descuajar 
sus selvas, cultivar su suelo, beneficiar sus minas, cruzar sus ríos, 
imprimir por todas partes el sello del movimiento y la vida. 
Solamente entonces se pondrán en contacto las Repúblieas His- 
pa&o-Americanas por medio del Marañen, que parece destinado á 
servirles de lazo común, pues de la mayor parte deellas recibe tri- 
butarios. El Rio-Negro le lleva aguas de Venezuela ; el Yupurá, 
de la Nueva Granada ; el Ñapo, del Ecuador ; el Ucayalt, dd 
Perú ; el Madeira, de Bolívia. Un canal de corta longitud o^ 
municaria sus aguas con las del Paraná, que desemboca en el Rio 
de la Plata, Este admirable sistema de ríos con que ha sido fa- 
vorecida la América del Sur, ayudado por el vapor, que ya oo- 
mienza á penetrarlos, y del telégrafo, que también cuenta va- 
rios ensayos, foraiaria de todos sus pueblos uno solo, de si» bie- 
nes reunidos la mayor suma de riqueza, y de su debilidad relativa 
una potencia respetable. 



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ERRATAS NOTABLES. 



I*ágioa 


línea 


donde dice 


léase 


11 


20 


1848 


1883 


13 


16 


parte; en 


parteen 


22 


21 


1704 


1784 


41 


6 


asa costo 


áiucoela 


78 


28 


épeca 


époM 


112 


33 


Gran Brotaba 


OranBrtUnñ» 


122 


23 


1862 


1851 


123 


26 


1749 de 


1849 e» cuanto á 


id. 


id. 


en cnanto solo 


tolo 


121 


2 


COII& 


eocto 


137 


19 


1777. Y siendo 


1777, y tiendo 


138 


6 


Greenvich 


GreenmeA 


142 


10 


Legislatara, 


LegitbUnra. 


146 


10 


levantados 


levantado 


id. 


88 


1777 


1760 


147 , 


86 


entóneos 


entonces 


l&l 


88 


nsnrpacionM en Venezoela, murpaeione 


156 


92 


' adictos 


adietas 


160 


1 


1 59 


1760 


158 


17 


los comnnicacioaes 


hu cowtunicíiciotk 


167 


46 


el pescador 


eldepeseadar 


192 


82 


Berrim 


Berviz 


id. 


id. 


Cnpenaze 




id. 


id. 


Sarasimaca 


8%ra9maea 



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JAN 4- 1932 




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